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En mi artículo sobre «Una probable in~cripción latina en un casco de Pozo Moro» acepté una fecha en el siglo IV, que en ese momento los expertos me aseguraban era con seguridad la de la tumba en que apareció el casco.
Ell o creaba un problema de cronología fonética, ya que la inscripción consiste en la palabra MVL VS, y por lo tanto había que aceptar ya en esa fecha el paso de -os a -us, que normalmente no se considera cumplido hasta comienzos del siglo 11.
Sin embargo. nuevos datos arqueológicos han llevado a los arqueólogos interesados en el tema a considerar posible para la tumba una fecha ya dentro del siglo 111, lo que resulta más fáci lmente coordinablc con los datos epigráficos y lingüísticos.
Espero volver en breve sobre e l tema en colaboración con F. Quesada.
A él y a R. Sanz Gamo. que llamaron en primer lugar mi atención sobre la nueva cronología, y a M. Almagro-Gorbea, excavador de Pozo Moro, agradezco su inapreciable ayuda.
Respuesta al artículo de J. Arce, «Los trofeos de Pompeyo 'In Pyrenai iugis'»,AEspArq 61,/994, Estando en prensa nuestro trabajo «La identificación de los trofeos de Pompeyo en e l Pirineo» (JRA 8.
1995) y coincidiendo más o menos con la publicación de nuestra comunicación «Pompey' s Trophies)) al XIV Congreso Internacional de Arqueología Clásica (Tarragona 1993), Tarragona, 1994, pp. 93-96, J. Arce ha publicado el articulo «Los trofeos de Pompeyo in Pyrenaei iugis» en el último volumen de esta misma revista al que queremos también aqui dar la respuesta que ya incluimos al final de nuestro artículo del JRA.
Hemos de decir en primer lugar que se trata de una publi cación que se basa sólo en comunicaciones verbales e inéditas y en un pequeño artículo preliminar escrito antes del ini cio de las excavaciones arqueológicas ( «Eis models arquitectónics deis trofeus de Pompeu als Pirineos», Homenatge a Miquel Tarrade/1, Barcelona 1992Barcelona, pp. 647-651, redactado en 1989)).
Pretendemos hacer ahora tan sólo unas puntualizaciones y avanzar que el articulo de Arce carece de fundamento sólido al desconocer, además, buena parte de la bibliografia especifica del yacimiento, que recogemos en nuestro articulo del JRA.
El trabajo de Arce hace un somero repaso de las fuentes literarias; hay que tener en cuenta que la tesis de G. Castellvi (Université de Montpellier, 1991, Atelier national de reproduction des theses.
Université de Lille 111) se dedicó a examinar en profundidad las fuentes literarias con un análisis que supera largamente al de J. Arce; de todos modos se deberá es• perar a la publicación definitiva que se hará como Suplemento de la revista Gallía, según anunciamos en la comunicación presentada en el XIV Congreso Internacional de Arqueologia celebrado en Tarragona en 1993 y publicado en 1994.
A partir de una revisión teórica de las fuentes, J. Arce propone una restitución de cómo podrían ser los trofeos de Pompeyo, deslumbrado por el hallazgo del trofeo de Sila en Queronea.
Se atreve, pues, a presentar unos elementa les dibujos extrapolados de cómo debie ron ser los trofeos de Pompeyo mencionados por las fuentes, dado que descarta que el hallazgo de Panissars corresponda a los mismos.
Naturalmente todo ello sin tener en cuenta para nada el trabajo de campo y pensando ap riorísticamente que los trofeos de Pompeyo deben corresponder al mismo modelo que los de Si ta aunque estos últimos conmemoren una batalla en concreto y los de Pompeyo. en cambio, no. prefigurando el trofeo augusteo de La Turbie dado el paralelismo de las inscripciones mencionando una lista de pueblos sometidos.
J. Arce propone identificar el yacimiento de Panissars con una estructura de un sistema defensivo, posiblemente praetenturae de origen augusteo reutilizadas en la Antigüedad tardía.
Al margen de un posible uso parcial como puesto defensivo en época tardía cuando el monumento se hallaba ya en estado de degradación, hemos de señalar que las defensas bajo-imperiales ex isten verdaderamente, pero a unos 4 km. al norte. en el emplazamiento de Les Cluses {Francia), topónimo der ivado directamente de c/ausurae con restos imponentes de fortificaciones tardo-romanas que emplean para su construcción bloques del monumento de Panissars; a este respecto y, además de la bibliografia citada en nuestro artículo del JRA, acaba de aparecer el artículo de G. Castellví, «Ciausurae (les Cluses, P.-0): Forteresses-frontiere duBas Empire romaim>, en Frontieres terrestres.jrontieres cé/estes dans I'Anliquité.
De todo ello se deduce claramente que J. Arce no ha vis itado el yacimiento de Panissars ni conoce el territorio, confund iendo a veces datos orales y escritos; si hubiera estado en el yacimiento se habría dado cuenta de que, tanto las técnicas arquitectónicas como el propio emplazamiento, lleva n a descartar que se trate de unas defensas bajo-imperiales, refuerzo de una estructura augustea precedente.
Cons ideramos que muchas de las aseveraciones de J. Arce encuentran su respuesta en nuestros dos recientes artículos citados al principio de esta nota, en cuyas conclusiones y validez nos reiteramos, a la vez que queremos dejar constancia de la debilidad de los planteamientos de J. Arce.
Si Arce <<rigurosamente hablando» considera prematura e indemostrable nuestra identificación de las estructuras de Panissars con los trofeos de Pompeyo, creemos que estas páginas le harén matizar su opinión.
De todas maneras hubiera sido mucho más correcto, por parte de J. Arce, examinar el yacimiento con el equipo que ha trabajado en él, escuchar sobre el terreno sus razonamientos según se le ha ofrecido reiteradamente, y, sobre todo, esperar a la publicación más detallada de los resultados por pane de los propios excavadores antes de aventurarse a entrar en polémicas. |
Creemos que «alrium» es utilizado por el opúsculo emeritense con u11 se ntido muy preciso que no se corresponde C(lll la vaguedad de lo que habi1u; tl111cn1e e l lenguaje arqui1ec1ó11ko expresa con este termino.
Recabando en e, ia fuente. i111c111amos demostrar que la forma y función de es1c edificio so: Cllrresponden c.:un una fórmu la arqui1cc1ónil:a de poder, cn lu Mérida de mediados de l siglo \' 11.
La comparaciún 1:011 Ja, E1i11111/ogias de San Isidoro denllll 'Slra que d discurso no e' exclusivo de Mcrida. sino que a1ri11111 es considerado en la Hispania visigoda c.:umo una fórmula arqui1cc1 ónica úul ica. adoptada por el poder religioso.
Las Viras Sanctorum Patrum Emeretensium es un opúsculo anónimo, escrito en los años treinta del siglo v11, cuyo tema es el relato de la vida y milagros de los obispos emeritenses que ocuparon la sede en la centuria precedente.
Existen varias ediciones de este texto, pero nosotros utilizamos la edición /:' 11 h11t1H'111 ~i1' a I Pmt: f'<'I'<' de Pa /ol cri 1ica de A. Maya Sónchez por considerarla la mús adecuada 1 • La obra es de un inestimable va lor. no súlo para el conoc im iento de los fastos episcopales emeritenses y de la vida religiosa y litúrgica de la sede de Mérida durante esta época. sino también para el desarro llo histórico de la Pení ns ula durante los re inados de Leovigildo y Recaredo, incluyendo la conflictiva rebelión de Hem1enegildo.
Las V.S.P.E. son una fuente de d ocumentación importante para la reconstrucción de los escenarios arquitectónicos, tanto civ iles como religiosos. asi como para el estudio topográfico de Mérida en el siglo v1.
Ya R. Puertas Tri cas la util izó e n su glosario de términos arqueológ icos de los testimonios literarios hispánicos ~.
El conocimiento arqueológico de Mérida en época tardorromana y visigoda ha experimentado un g ran adelanto en estos últimos años, debido a las excavaciones efectuadas en la iglesia de Santa Eu la li a y en la barriada de Santa Catalina, dirigidas por L. Caballe ro y P. Mateos • 1 •'Sobre las ediciones de las Viias Sanc1orum l' a1rum E111crc-1cnsiu111. cfr.
Vcasc también la introducción de Camacho.
1946; aunque nosotros ulilizamos la edición crítica de Maya Sánchcz. cil., por considerar que ha superado las precedenlcs.
La fec ha de la composición del texto ha de fijarse en el pontificado de Es1eban l. enlre el 633 y el 638.
A par1 ir de ahora citaremos V.S.P.E. 1 Puerias Tricas.
R.: Iglesias hispánicas (siglos wal n11).
1 Algunos ar1iculos. de carácter general. en Actas del Simposio Internacional conmemoralil'o del Bimi/e11ario tlt' Mérida ( 16 a l 20 de novfrml>re de 1975).
Creemos que atriu111 es utilizado en el opúsculo emeritense en un sentido muy preciso que no se corresponde con la vaguedaJ de lo que habitualmente el lenguaje arquitectónico actual expresa con este término.
Arquitectos, arqueólogos e hi storiadores del arte utiliLan el sustantivo «atrium» para referirse a un úmbito descubierto, situado delante de la fábr ica de un edificio, más o menos amplio. con distintas so-IU1: iones de planta y que puede tener. en alguno o todos sus lados, columnas o pi lares sosteniendo cubiertas.
La mejor manera de abordar su significado en las V.S.P.E. es el análisis de las pericopas en las que este término aparece citado y que permiten discutir sobre su ubicación, forma y función.
Conocemos el emplazamiento topográfico dd atrium dentro de las mural las de Mérida, por el episodio que narra la vuelta del obispo católi co Masona a ocupar la cátedra de Mérida que le habla sido arrebatada por el obispo arriano Sunna.
Masona se había refugiado en la basílica de Santa Eulalia, que se hallaba extramuros, y se dirige al afrium -intramuros-en una solemne procesión por las calles de la ciudad. conforme a su dignidad: Rávcna, 1992. págs. 139-190.
L. y Mateos, P.: Excavacione~ en Santa Eulalia de Mérida. ( 1 Jornadas de Prehistoria y Arqueología de Extrcmadura, 1986Extrcmadura, -1990)), Extremadura Arqueolágica.
Íd.: Trabajos arqueológicos en la iglesia de Santa Eulalia de Mérida, (Jornadas sobre Santa Eulalia de Mérida), Extrl! madura Arqueo/tigica, 3.
Sobre las excavacio• nes realizadas en la barriada de Sama Catali na.
El cult o a Santa Eu lal ia y su influencia en el urbanismo emeritense (siglos 1v-v1).
P. Mateos nos ha comunicado la próxima publicación de su tesis doctora l referente al urbanismo tardorromano de Mérida que sin duda aportará una nueva visión de la Mérida visigoda a partir de las recientes excavaciones y ta utilización de las fuentes escritas.
Otro párrafo de la misma vida de Masona confirma la ubicación del atrium en el interior de la muralla emeritense: «Tertio dl:'mum die ad atrium. quod est.fi111-du111111 intra meniis ipsius urhis. repedauit 1anwque non alacritare el mentís co11stantia regressus l:'Sf (... )» ~.
A pesar de la familiaridad con que el opúsculo emeritense utiliza el ténnino atrium, las descripciones del espacio 11sico no son muy minuciosas y, por lo tanto. resulta muy dificil intentar reconstruir una planta del edifi cio o edificios a los que se designa con el sustantivo atrium.
En la vida de Fidel, sin embargo, se narra el derrumbamiento del atriwn como un fenómeno milagroso, al no producirse ninguna víctima, ocasión que aprovechó e l obispo para reconstruirlo en acción de gracias a Dios y a la virgen Eulalia: El obispo Fidel se hallaba allí cuando van a buscarlo los miembros del clero para dirigirse a la iglesia en solemne procesión y celebrar la misa; apenas se habían alejado diez pasos de la puerta. el edificio se vino abajo desde los cimientos.
El testimonio resulta bastante explícito para asegurar que se refiere a un espacio -al menos en parte-cubierto, con unas puertas de acceso, al que se dirigen en procesión desde la iglesia y del que salen en la misma formación solemne (universi cum eodem {Fide/i. \j de atrio paululumfere dec: em graduum prucesserunt.fóris).
Que no se trata de un simple pórtico pode- mos inferirlo del verbo que se utiliza -residere-, una voz absolutamente estática que sugiere la espe-• ra del obispo sentado (dum in atrium cum multis ji-/iis ecclesiae resideret).
La descripción de la reconstrucción del atrium permite ciertas precisiones sobre e l espacio arquitectónico que estarnos intentando modelar.
La reedificación contemplaba una ampliación en longitud, anchura y altura del edificio: las paredes y e l pavimento fueron cub iertos con nítidos mármoles; y los techos fueron recubiertos con un rico artesonado.
El autor utiliza e l plural de atrium, con un sentido diferente del que aquí venimos analizando (pretiosaque arria columnarum ornatibus suspendens).
Es evidente que aquí e l plural atria alude a una parte constitutiva del edificio que las V.S. P.E.
designan con el singular del mismo sustantivo.
En este• caso, los atrios de preciosas columnas, han de referirse a los pórticos que forman parte del atrium.
Resulta aún más curioso que el autor anónimo del opúsculo emeritense haya escogido el mismo nombre para denominar el atrium y sus pórticos.
¿Tenemos que considerarlo como una coincidencia etimológica o. por el contrario. e x iste alguna otra razón'?
Volveremos más adelante sobre este asunto.
Sabemos. por el momento. que d a1ri11111 es un espacio en parte cubierto y situado cerca de la iglesia, pero lo suficientemente separado de e lla como para permitir el despliegue y desplazamiento de la comitiva del obispo en lus festi v idades ordinarias y las solemnes como la de Pascua.
La desc ripción que acabamos de analizar nos lleva incluso a inferir una disposición ortogonal de la planta cuadrado, rectángulo al hablarnos de ampliaciones en longitud y en anchura.
Pero la verdadera delineación del espacio sigue siendo una incógnita por cuanto no contamos con ninguna descripción más explicita que la arriba citada.
Por esta razón vamos a pasar a analizar los textos que refieren la funcionalidad de este espacio, y la disposición de los protagonistas en el escenario; de esta manera podremos averiguar si el atri11111 requería un trazado especial en la articulación de su e spacio interno.
La utilización más frecuente de e ste espacio es la de sala de recepción.
El obi spo recibe a unos mercaderes griegos -negotiatures graecos in 11avihus de urientibus advenisse u1q11e Hispania litora contigisse-, que a l llegar a Mérida van a presentarle sus respetos en el u1ri11111: Otro episodio nos narra la funcionalidad del atriwn como lugar habitual de recepción: «Qui quum primo dilil' lilo aperta perue11isset ad utrium. protinus ew11 uir su11c111s interrogauit quali ora de prediclV loco egressus.filissel» 11 • El adverbio protinus expresa la colocación de uno frente al otro, y sugiere, además, un lugar de preeminencia del obispo, ante el cual el muchacho se presenta.
El atrium es también el lugar donde se desarrolla la disputa entre el obispo Masona y el obispo arriano Sunna en presencia de jueces civiles que actuaban de mediadores.
Es preciso subrayar el marcado carácter judicial del acto que se desarrolla en este espacio arquitectónico:
A. Maya, cit., pág. &3.
Cabe señalar. en este caso, que el ablativo salututo 11iro implica una posición solemne del obispo dentro del atrium y el adverbio ex more nos habla de una ceremonia de salutación reverencial habitual.
El empla1.amicnto de los personajes sugiere un estrado para la colocación de los jueces, por lo tan-10. un lugar <le presidencia.
Los obispos se colocan uno frente al otro para dirimir las diferencias sobre sus pretensiones acerca de la posesión <le la basílica de Santa Eulalia, en pública sesión.
El u1ri11111 es también el lugar donde el archidiácono Redempto acude para infom1arsc sobre el estado de salud del obispo Masona. quien ya había dictado su última voluntad:
Se trata del fragmento que relata la premonición de la muerte del obispo Fidcl por un devoto de la iglesia de Mérida.
Los santos que se ha ll aban en el coro de la iglesia mandan a unos etíopes para que acaben con los sufrimientos del obispo, pues había llegado su hora: <<Qui mox sancti dixerunt: «Suh omni celeritate pergentes ud atrium ingredimini cella. in qua sanctus Fidelis episcopus iacet (...)» 14 • Los santos ordenan a los etíopes que se dirijan al atrium y que entren en la habitación del santo obispo.
Este párrafo permite dos lecturas.
Una, como residencia del obispo -palacio episcopal-en donde se encontraría su habitación; y la otra, como atriwn desde el que sería posible acceder a la habitación del obispo, es decir, a su residencia.
En el atrium, Masona reparte vino, aceite y miel a los pobres, actividad que confiere también al edificio un marcado carácter público.
La distribución de vi no, aceite y miel por el obispo en Mérida y en estas fechas constituye una institución caritativa eclesiástica que hunde sus raíces en una de las funciones más antiguas de las curias municipales romanas: la racionalización de los artículos de primera necesidad entre los más necesitados. los puhlicani.
Resulta ilustrativo que esta función propia de las curias municipales, en Mérida esté asumida plenamente en el siglo v1 por la curia episcopal.
El ejercicio de las matrículas de los pobres fue la forma más directa empleada por la Iglesia para obtener e l favor popular y el medio más seguro para asegurarse el patrocinio sobre la misma ci udad 1 •.
El escenario para llevar a cabo estos actos -con toda la solemnidad que requieren-es, al menos en lo que a la sede de Mérida se refiere, el arrium.
De las menciones de atrium que hemos recopilado resulta muy difícil definir la forma arquitectónica de lo que las V.S.P.E. conciben como tal.
De una lectura superficial del texto podrían desprenderse incluso versiones contradictorias.
La mayoría de los autores traducen el término atrium como palacio episcopal 17 • Pero la verdad es que no siempre puede entenderse en este sentido y, máxime, cuando en una ocasión utiliza e l sustantivo episcopium para referirse a la residencia del obispo 1 ~.
Otra acepción del término atrium en las V.S. P.E., con un sentido mucho más simbólico, nos clarifica algo más el s ignificado de este concepto arquitectónico en la Mérida de los siglos VI y VII.
32, el obispo Paulus abandona e l atrium y todos los privilegios de la dignidad episcopal, retirándose a una mísera celda en la basílica de Santa Eulalia:
A nuestro entender. atri11111 es utilizado por e l autor del opúsculo en un sentido gencrico como atributo de la dignidad episcopa l, aunque éste sólo se aplica al obispo ortodoxo Masona y no a l obispo arriano Sunna. para el cua l sólo se utiliza el término dumus para referirse a su residencia.
En las V.S.P.E nunca se menciona que Sunna ocupase el atrium. ni aun cuando fue erigido obispo de Mérida por el mismo Lcovigildo. aunque, claro está, puede tratarse de una versión algo tendenciosa <lel mismo cronista.
Difícil mente atrium puede significar palacio, en el sentido estricto de la palabra. cuando no es utilizado por las V.S. P.E. para designar la residencia de dos personajes como el duque Claudio -contra el que el autor no siente ninguna animosidad-o el obispo arriano Sunna, como cabría esperarse dado el cargo que desempeñan.
Retornando sobre la ubicación. hemos visto que el atrium se encuentra dentro del recinto murario de la ciudad emeritense.
Podemos incluso inferir que su emplazamiento debía estar en el centro neurálgico administrativo de la ciudad, porque en una ocasión se alude a la proximidad de la domus del dux provinciae, Claudio, que, teniendo en cuenta su rango, debía tener el palacio en una ubicación topográfica preeminente 20 • Una única vez atrium viene determinado por e l genitivo ecclesiae 21 • El contexto de la pericopa expresa una orden del rey sobre el escenario en el que debía dirimirse-ante jueces civiles-una causa eclesiástica, como e ra el litigio entre Masona y Sunna sobre Ja posesión de la basílica en que se veneraban las reliquias de la mártir Eulalia.
En este caso pueden aceptarse dos interpretaciones: una. en la que la sentencia real determine simplemente la naturaleza del espacio en el que debía celebrarse la vista, esto es. en un ámbito eclesiástico 22; la otra, supondría Ja:o V.S. P. E. V, X. 3 7, «q11itl dom u., du., /C/a11dii) ualde contiguerat atrio(...)», ed. A. Maya, cit., pag.
12. n S i aceplllmos esla interpretación. debemos pensar que Leovigildo es1á determinando que la vis1a se celebre en el atrium de la iglesia por existir, por lo menos, otro bajo su jurisdicción y que el monarca está precisando de esta manera la distinción.
Suponiendo que, para los emeritenses. ya sólo exisliera el atri11m en sen1ido religioso -el si1uado intramuros-. es posible que d rey matizara su adscripción con una clara intencionalidad política: marcar las distancias ante las ingerencias en materia política de la jerarquía eclesiastica emeritense.
En es1os momentos, Masona era la \mica autoridad de la ciudad reconocida por la comunidad crisliana que sólo veía en Leovigildo un monarca impio y hereje.
F.l episcopado emeritense, no sólo estaba asumiendo fas funciones del poder polí1ico, sino que también estaba usurpando -a juicio de la monarquía visigoda arriana -las formas.
1994 existencia de un atrium en la basílica de Santa Eulalia. al entender el genitivo ecclesiae referido a la iglesia que está en disputa.
Abundando en esta segunda interpretación, en las dos ocasiones en que el autor del anónimo emeritense alude al emplazamiento del atrium en el interior de las murallas de la ciudad -quod est.fimdafllm intra moeniu, quod est jimdatum intra muros civitatis-, la acción se está desarrollando en la basí- lica de Santa Eulalia, sita extramuros.
Cabe la posibilidad de que el autor considere necesaria esta precisión por existir un atrium en el complejo eclesiástico de Santa Eulalia con funciones análogas a las del atrium situado en el interior de la ciudad.
A nuestro entender, en las V.S.P.E. atrium tiene un significado y unas connotaciones específicas que se alejan, en ocasiones, del sentido clásico y difieren siempre de las varias acepciones que a este término ha dado el lenguaje arquitectónico moderno.
Para la sociedad emeritense del siglo v1 y principios del v11 parece que el término determina siempre un edificio cristiano; hasta tal punto esto es así que pasa a ser sinónimo de la dignidad episcopal, como uno de sus atributos más distintivos.
A juzgar por las actividades que tienen por escenario el atrium -audiencias, juicios, reuniones, distribución de matrículas, lugar donde el obispo aguarda con toda solemnidad la procesión que habrá de conducirle hasta la iglesia-, todas ellas con un marcado carácter áulico, y nunca de índole litúrgica, podemos concluir que se trata de un «edificio de representación».
En el atrium el obispo de Mérida se manifiesta con toda la majestuosidad, no únicamente la ingénita a su dignidad eclesiástica, sino también y -sobre todo-la inherente a su posición como poder civil.
De esta manera se traducía arquitectónica y urbanísticamente la asunción y/o usurpación de las atribuciones que en época imperial eran propias del poder político.
Por estas razones, por lo menos en lo que a Mérida se refiere, este espacio arquitectónico puede equipararse en funcionalidad a las denominadas aulas de recepción emblemáticas de los palacios imperiales y, por delegación, atributo también de la arquitectura de aparato de los praefecti urbium 23 • mides olisericas induentes quoram eo quasi quoram rege incederent et, quod his temporibus nullus poter'al, nullus presummebat, huius indumentis amicti ante eum deuilum deferentes obsequium pergerent», ed. A. Maya, cit., pág. 53.
23 Ya desde la reforma de Constantino los prefectos del pretorio se convirtieron en funcionarios civiles ejerciendo de viceemperadores en las circunscripciones territoriales de las prefecturas.
La sede del praefectus urbi disponia de una sala de recepción donde se guardaban los archivos, despachaba el prefecto y se ce-Resulta comprensible, de este modo, que si alguna vez ha podido interpretarse atrium como sinónimo de palacio episcopal es porque el cronista utiliza este nombre como sinécdoque, es decir, refiriéndose al todo por la parte, al complejo episcopal por el edificio donde se representaba el fasto de su completa autoridad: la religiosa y por ella también la civil o temporal.
No deja de sorprender, sin embargo, que esta fuente literaria sea la única que utilice atrium con este significado.
Es evidente que el término debió seguir una evolución semántica desde época clásica y tardorromana, hasta llegar a un período posterior, difícilmente precisable, en el que pasa a designar el pórtico de un edificio 24 • Isidoro de Sevilla en sus Etimologías nos ofrece una definición de atrium, contemporánea a las V.S.P.E., que, de leerse en el sentido de la interpretación que proponemos, probablemente se ajuste mucho más a la realidad del momento de lo que siempre se ha venido considerando la obra enciclopédica isidoriana:
Para Isidoro, atrium es el nombre que recibe un edificio grande y espacioso, una mansión.
Hace derivar etimológicamente el nombre de la existencia de tres pórticos adosados por el exterior.
Pero lo que resulta realmente interesante es el orden en que figura su definición.
Isidoro sitúa el término al principio del capítulo dedicado a las mansiones (De habitaculis): primero define aula como «domus est regia, sive spatiosum habitaculum porticibus quattuor conc/usum»; en segundo lugar atrium; a continuación añade un comentario sobre el origen onolebraban los juicios.
2' Du Cange, Glossarium mediae et infimae latinitatís, 1, París, 1840, s. v..
Vincent de-Vit, Totius latinitatis /exicon opera et studio, Prado, 1848-1860, s. v Es preciso señalar aquí que Isidoro diferencia de forma muy clara atrium y porticus: «Porticus, quod transitus sit magis quam uhi stundum sit, quasi porta; et porticus. eo quod sit apertus» l 7.
La diferenciación dentro de la tenninología isidoriana es triple.
Por un lado, porticus es parte integrante de aula y atrium como queda implícito en sus correspondientes definiciones.
Esta divergencia conceptual queda, además, manifiesta al incluir porticus en un capítulo diferente (De aditibus) dedicado a las entradas, tras haber concluido la clasificación de los edificios según su función y precediendo, como es lógico, el capítulo titulado De partibus aedificiorum 28.
Por último, la propia definición de porticus señala su carácter de lugar de tránsito y no de pennanencia.
Para Isidoro, cualquier edificio puede tener porticus mientras que, para alguno de ellos, el número es un elemento definitorio de su categoría y clase dentro de la clasificación establecida por el Hispalense: el aula requiere cuatro portici, el atrium únicamente tres.
La ordenación de Isidoro resulta, a nuestro entender, muy significativa por cuanto relaciona atrium. con la edilicia palacial.
Pero además, refleja con claridad meridiana la intencionalidad del santo hispalense: una clasificación gradual que parte del aula representativa de la potestad regia con cuatro pórticos, pasando por el atrium que dispone de tres, para acabar con el pa/atium.
Se desprende nítidamente que Isidoro concibe éste último como la residencia real -la parte doméstica-porque su discurso pasa a describir el espacio interior del mismo, espacio interior que, por otra parte, puede ser común con el de las residencias de rango inferior.
De esta manera el Hispalense ha definido por lo menos tres edificios independientes en su fábrica y en su función: aula, atrium y palatium.
n Sin duda la traducción literal del titulo de este capítulo, «Partes que componen un edificio», no se corresponde con el lenguaje isidoriano que, en este caso concreto, es mucho más preciso que el nuestro.
En este capitulo, Isidoro hace referencia a los elementos constructivos utilizables en cualquier tipo de edificio, sea cual sea su función. jerárquico según el grado de significación y función política de los edificios.
La fórmula arquitectónica que representa la dignidad real es el aula. mientras el palatium es tan sólo la residencia privada del monarca.
Mientras aula y pulatiwn están definidos claramente como edificios aúl icos, no ocurre así con utrium.
Su carácter aúlico, dada la coherencia de todo el discurso isidoriano en la cuestión que nos ocupa, debe inferirse por su posición en la enumeración.
Siguiendo con este argumento. atrium debe ser un edificio a medio camino entre uno y otro; pero, ¡,en qué sentido?
Si cotejamos el modelo que se desprende de las Etimologías y el que se induce de las V.S.P.E., debe descartarse la posibilidad de que el atrium sea simplemente un aula minimizada por la supresión de un pórtico.
También ha de desestimarse el atrium como palacio episcopal.
Atrium no está contemplado en el capítulo dedicado a los edificios sagrados, dentro de las Etimologías.
Contrariamente a como cabría esperar de la acepción que los especialistas le dan en el Anónimo Emeritense, atrium no es utilizado para denominar el palacio episcopal en la terminología isidoriana.
¿Es que Isidoro no concebía tal proyección edilicia corno inherente a la potestad episcopal?
¿O acaso, al haber definido ya el modelo de arquitectura de poder, no lo consideraba necesario?
Que la arquitectura cristiana tiene unas connotacioné~ áulicas para Isidoro puede observarse claramente en la definición que hace del término basilica: «Basi/icae prius vocabantur regum habitacula, unde et nomen habent; nam «basileos» rPx et basilicae regiae habitationes.
Nunc autem ideo divina templa basilicae nominantur. quia ibi regi omnium Deo cu/tus et sacrificia offeruntun> 29 • En la concepción isidoriana de la arquitectura palacial se desprende un esquema triple.
El aula es el lugar de representación emblemática de la potestad regia, el palatium, su residencia privada.
Del atrium sólo hace una descripción arquitectónica, omitiendo su función.
Al cotejar las V.S.P.E. con las Etimologías resulta que la funcionalidad que desempeña atrium en la edilicia episcopal emeritense no es la específica de aula ni la de palatium, sino que la complementa en el modelo áulico de arquitectura isidoria- na.
Si intentamüs buscar los équivalcntes de aula y palatium en las J.'.S.P.E., nos encontramos también con un esquema triple. a la manera isidoriana, pero especi ficamentc eclesiástico.
La función tk representación que tiene el aula para la potestad regia halla su análogo en la basilica o el marryrium "' -voces que sí define Isidoro. como ya hemos visto-.
Además. en una peculiar ocasión el cronista de las V.S.P.E. utiliza aula en sentido isidoriano:
Ac deinde Paschalem sollemnitatem omnes cum eo ciues iucundissime celebrantes more priscorum platearum fragore magno iuhilantes in laudem Domini clamauerunt dicentes: «Cantemus Domino, gloriose enim honorificatus est»; et iterum: «Dextera tua, Domine, magnificara est in uirtute; dextera manus tue, Domine, confregit inimicos et pre multitudine magestatis tue conteruisti adversarios» 3 1 • La utilización de aula por el cronista en este fragmento resulta bastante peculiar, porque constituye una excepción al tratamiento habitual que da a la iglesia de Santa Eulalia: hasilica y ecclesia.
En nuestra opinión, aula tiene aquí una plena acepción isidoriana que puede deducirse del contexto en el que se insiere, a saber, la celebración del triunfo definitivo del catolicismo frente al arrianismo.
En Mérida, la celebración de este triunfo no se realizó en la catedral, sino en la iglesia de Santa Eulalia, que, como escenario de tan magno acontecimiento, sólo podía ser vista por el autor como aula.
La funcionalidad de residencia que desempeñaba el pa/atium para el rey, tiene su equivalente en el episcopium para el obispo.
Si esto es así, la funcionalidad del atrium isidoriano queda perfectamente ilustrada por su homólogo en las V.S.P.E., un edificio de representación.
Queda también fuera de toda duda la adscripción de 1 o Isidoro define martyrium a continuación de basílica: «Martyrium locus martyrum Graecu derivatione, eo quod in memoria martyris sit co11s1ructum. vel quod.vepulchra sanctorum ibi sint martyrum.», Isidoro.
ambas acepciones de urrium en el modelo de la llamada arquitectura de poder áulico/eclesiástico de este momento.
Por la descripción arquitectónica que nos hace Isidoro, sabemos que el arrium es un edificio majestuoso con tres pórticos.
Por otra parte, las V.S. P.E. nos hablan de una funcionalidad de representación del poder que requiere la instalación de un ámbito preeminente para la manifestación del poder del obispo, función ésta que resulta dificil creer que se desarrollara al descubierto.
Hemos visto que el Anónimo Emeritense lo define corno un edificio en parte cubierto y con atria, por lo que arquitectónicamente el atrium se modela como un complejo con una parte cubierta y -característica ésta definitoria. según el Hispalense-con tres pórticos, que lógicamente deben circunscribir un espacio al aire libre y generar unos ámbitos cubiertos.
Del texto emeritense se desprende su emplazamiento próximo a la basíl ica y en comunicación con las habitaciones privadas del obispo (episcopium) con los que debía constituir un conjunto orgánico.
Por consiguiente, la función de este magno edificio es, ante todo, la concreta y especí fíca de representación del poder, sea real o episcopal.
Tanto es así que las V.S.P.E. llegan a identificar atrium como símbolo de los privilegios y dignidad del obispo.
En el atrium el obispo ejerce la jurisdicción eclesiástica -episcopalis audientia -, se dirimen causas civiles, se reciben embajadas, se distribuyen matrículas a los pobres; es también donde se reúne la curia episcopal y donde el obispo aguarda la procesión que habrá de conducirle a la iglesia en la festividad solemne de Pascua.
En definitiva, es el lugar donde el obispo manifiesta y ejerce el poder y las funciones civiles inherentes a su dignidad.
Por analogía podemos deducir la funcionalidad del atrium que Isidoro definía sólo arquitectónicamente.
El atrium isidoriano debía cumplir una funcionalidad similar a la que se desprende del emeritense, la correspondiente a un contexto de poder real.
A nuestro entender, debe desempeñar una función de representación del poder fáctico, en cuanto es el escenario donde se realizan las actividades inherentes a la autoridad que representa y que pueden ser delegables.
Esta diferenciación contempla una matización muy sutil entre el trono o quien lo ocupa y las funciones intrínsecamente reales pero que pueden ser delegadas.
En conclusión, Isidoro expone el organigrama de la arquitectura aúlica; las V.S.P.E. ilustran su adaptación por el episcopado de Mérida.
El Hispalense, sin embargo, no define el organigrama arquitectónico episcopal, porque, a nuestro entender, no lo considera. necesario al haber señalado ya el único modelo posible de arquitectura de poder.
La utilización de estas fórmulas por el poder eclesiástico le parece a (sidoro del todo justificable, excepto en Ja fórmula de manifestación; por este motivo introduce la definición de bas ilica y martyrium en el capitulo dedicado a los edificios sagrados.
Es en la voz basilica donde Isidoro precisa esta relación con el aula real: se trata del aula del rey de todos, Dios.
El organigrama isidoriano de la arquitectura de poder y su correspondencia con el modelo eclesiástico de las VS.
P. E. podría ser el de la figura 1... "'
El eslado actual de la investigación arqueológica no permite proyectar. por el momento, esta hipótesis sobre los restos monumentales de Mérida.
El conocimiento arqueológico de los conjuntos episcopales del resto de la península Ibérica es, por otra parte, muy fragmentario.
Sin pretender hacer un análisis exhaustivo de los restos de los conjuntos episcopales del orbe cristiano, proponemos algunos ejemplos que ilustran el modelo de arquitectura de poder que venimos definiendo.
Nos vamos a ceñir al modelo eclesiástico, por considerar que el áulico merece una atención lo bastante importante como para ser el objeto de un trabajo monográfico futuro.
Entre los conjuntos arqueológicos cristianos conocidos y estudiados, creemos que uno de los ejemplos que más se ajusta al prototipo arquitectónico de atrium que hemos expuesto se halla en el complejo de la iglesia de la Santa Cruz de Rusafa (Ser-giopolis ). en Siria 1?.
Rusáfa era. además de un importante centro de peregrinación por la veneración de las reliquias de San Sergio. una destacada sede episcopal.
El complejo de la iglesia de la Santa Cruz esta constituido por una espaciosa basílica, el martyrion, un edificio absidado en el SE y un gran patio porticada, que Ulbert denomina «Peristylhof». y que es lo que queremos destacar como paradigma ilustrativo de nuestra interpretación de atrium (figura 2).
Este magno espacio porticado se encuentra adosado al muro norte de la iglesia.
Su construcción es asociada por Ulbert a la segunda fase constructiva de las cuatro que sufrió el complejo episcopal.
La cronologia de estos periodos ha podido precisarse por una superposición de las estructuras a partir del hallazgo de un tesorillo en los niveles fundacionales del primer edificio, datado a finales del siglo v e inicios del vi.
La segunda fase se fecha a mediados del siglo v1, en Ja que se construye el espacioso patio porticado, bajo Jos auspicios del obispo Abraham, hacia el 559 33 • El tercer momento corresponde a una remodelación que tuvo lugar como consecuencia del destrozo ocasionado por un terremoto en el último cuarto del siglo v1.
El peristilo fue reconstruido hacia la década de los ochenta del mismo siglo, en el episcopado de los prelados Sergio y Maronios.
La última fase identificada por los excavadores nos "Ulbcrl, T.: R11s afa 11.
-lglcsia de la Santa Cruz de Rusáfa (Siria), segunda fase. según Ulbert.
habla de la amortización funcional originaria de este espacio, puesto que hacia el siglo v11 se construye una mezquita, invadiendo la mitad del solar que ocupaba este singular edificio.
El «Peristylhof» del complejo de la iglesia de la Santa Cruz presenta unas características que se acoplan al modelo arquitectónico que hemos establecido a través de Isidoro y de las V.S.P.E..
Constituye un magno espacio descubierto, delimitado por tres pórticos y, en su extremo este, por un complejo de ámbitos cubiertos, entre los que cabe destacar una exedra que coincide, además, con el punto medio de focalización de este edificio.
Hay que señalar que la parte este del conjunto se abre al patio con una soberbia fachada con arcos que acentúa aún más si cabe el carácter preeminente de este sector (fi- gura 3).
Es interesante apuntar que en la tercera fase constructiva -la efectuada a finales del siglo v1-, tras el terremoto, el «Peristylhof» sufre una transformación en su cabecera, convirtiendo la cámara situada al sur del ábside en un espacio absidado adosado a la exedra, cuya funcionalidad es difícil de precisar por no haberse finalizado su excavación.
Coincidiendo, de esta manera, el «Peristylhof» de Rusafa con el edificio modelado teóricamente a través de las fuentes escritas de Isidoro y el opúsculo emeritense, lo proponemos como ilustración arqueológica del aJrium.
En Rusafa tenernos el atrium y la basílica -adosados uno a la otra-, faltando por identificar aún el episcopium, del esquema de arquitectura de poder episcopal que hemos propuesto.
Esta proximidad del atrium a la iglesia y al mismo lugar de veneración de las reliquias de San Ser- gio no sólo da al conjunto un carácter homogéneo, sino que hace del atrium de la iglesia de la Santa Cruz de Rusáfa el escenario ideal para solemnes procesiones entre este edificio y la iglesia -como las que nos narran las V.S.P.E.-, dada su comunicación directa con el espacio litúrgico de la basílica.
Si aceptamos que el atrium es una fórmula de la arquitectura de poder episcopal, además de la estrictamente áulica, su presencia es imprescindible en los conjuntos catedralicios, o por lo menos un espacio que desempeñe las funciones palatinas concernientes a la episcopalis audientia.
La majestuosidad de la construcción dependerá, claro está, de la importancia y de la riqueza de la sede donde se encuentre.
En el caso del atrium de Rusafa, la soberbia construcción y su riqueza decorativa están perfectamente justificadas por la importancia del poder episcopal de un prestigioso centro de peregrinación.
De dar crédito al modelo de la arquitectura de poder isidoriano y al de las V.S.P.E., el atrium es un edificio con entidad propia e independiente.
Si bien es cierto que su proximidad a la basílica puede llegar al adosamiento, a juzgar por el caso de Rusa fa.
Sabemos que el atrium es un edificio independiente que no tiene por qué estar adosado a una iglesia, sino más o menos cercano a ella.
Teniendo en cuenta esta observación, queremos sacar a relucir de nuevo auges» que en su dfa preocuparon a N. e Y. Duval 34 • En su estudio se analizan cinco monumentos africanos (Hr.
Goubeul, Oued Louz, Haidra y Madaura), de los que sólo tres han sido excavados ( figura 4).
Duval data estas construcciones a principios del siglo v por semejanzas de su escultura arquitectónica con la del complejo de Tebessa, aunque no existen criterios estratigráficos ni de otra lndole que confirmen esta datación.
Referente a la utilización de estos edificios, N. Duval declina las hipótesis que los identificaban con cuadras para los caballos, lo que nos parece de una evidencia contundente, habida cuenta del lujo y de la majestuosidad de las construcciones.
Por su parte N. Duval relaciona la magnificencia de estos edificios y Ja disposición de unas estructuras parecidas a los abrevaderos -<ie ahí la confusión con caballeri-zas-con la distribución pública de las largitiones, hipótesis que ya había formu lado G. Picard a propósito de un edificio de estas características excavado por él en Mactar 35 • N. Duval encuentra. de esta manera, j ustificable la solemnidad de la arquitectura, tratándose del prestigio del Estado, de la munic ipalidad o de los evergetas privados.
Esta función favorecería -continúa N. Duval-la circulación de los beneficiarios en Ja sala descubiena central. garantizaría la reserva de las provi siones (eo los pisos superiores) y facilitaría la distribución (en las salas laterales), permitiendo, al mismo tiempo, la presidencia de la ceremonia por el benefactor o por el magistrado en el ábside Ji..
El esquema arquitectónico de estos edificios se ajusta bastante bien al prototipo de a1rium que estamos analizando, si bien desconocemos su relación con otras construcciones de su entorno por fa lta de excavaciones sistemáticas.
Están cons tituidos por una zona descubierta, rodeada por tres pórticos, y con una parte cubierta con un ábside y cámaras adosadas.
Si aceptamos la hipótesis interpretativa de N. Duval, tenemos otro punto de coincidencia, también en la funcionalidad, con el atrium emeritense, al ser éste el escenario de las distribuciones caritativas, las matrículas, efectuadas por el obis po Masona.
En cualquier caso, N. e Y. Duval declinan Ja interpretación de estos edificios como edilicia cristiana, a pesar de la presencia de algunas inscripciones monogramáticas de carácter aclamativo y de dificil lectura como, por ejemplo, la de Hr.
A modo de recapitulación, diremos que el atrium de las V.S.P.E., tantas veces interpretado como palacio episcopal, constituye una pieza arquitectónica muy peculiar en la edilicia de prestigio episcopal de la Mérida de los siglos v1 y v11.
La comparación con las Etimologías de Isidoro adscribe al atrium dentro de la arquitectura de poder.
La utilización de ambas fuentes nos ha permitido definir un tipo arquitectónico al que le son inherentes unas determinadas funci ones propias del poder que representa.
El mejor ejemplo arqueológico. más o menos contemporáneo, es el «Peristylbof» de Rusafa, en Siria, el atrium del conjunto episcopal de Ja iglesia de la Santa Cruz.
457 El término quasi utrium que emplea Egeria resulta muy revelador para nuestra interpretación del atrium isidoriano.
A pesar del salto cronológico y geográfico que supone este testimonio. no debe olvidarse el origen hispánico de Egeria y que su relato está dirigido a sus hermanas de congregación.
El problema está en saber cómo ha de interpretarse el adverbio quasi que modifica a atrium y cuáles son las razones por las que Egeria no emplea este sustantivo con toda claridad.
Sin duda. a los ojos de esta peregrina, el edificio que contempla no reúne todas las características que definen el atrium.
Si Egeria tenía el mismo concepto de atrium que más tarde Isidoro recoge en sus Etimologías, puede inferirse su dificultad en describir, con un lenguaje arquitectónico habitual, el edificio existente entre el Martyrium y la Anastasis, los dos escenarios más sagrados del cristianismo.
El conocimiento arqueológico que se tiene del complejo del Santo Sepulcro es muy fragmentario, a pesar de las excavaciones que se han venido desarrollando.
En cualquier caso, la crítica arqueológica acepta la existencia de un espacio descubierto entre el Martyrium y la Anastasis, rodeado por tres pórti-17 ltinerariJtm Egeriae, 37.
CC, series latina, 175, Tumholt, 1965, pág. 8 J. Cfr. la edición critica y traducción catalana de Janeras, S.: Pe/egrinatge d'Egeria.
Aplicando el concepto isidoriano de atrium, cobra significado la descripción del quasi atrium de Egeria la cual justifica, a su vez. la restitución que propone J. Wilkinson (figura 5).
Cuando Egeria se encontraba en el espacio situado entre el Gólgota y el edificio que conmemora la resurrección de Jesús, contemplaría un espacio descubierto rodeado de pórticos -seguramente tres-, pero le faltaba el cuerpo cubierto que Isidoro define como característica propia del atrium que hemos podido restituir en Mérida y podemos observar en Rusafa.
Definir este espacio como atrium habría significado considerar la Anástasis como parte integrante del mismo.
Los motivos que hacen que Egeria lo califique como quasi atrium son, entre otros, la veneración que le inspira la propia Anástasis, edificio que tanto arquitectónica como ideológicamente tiene -para la peregrina-una entidad propia.
Lejos del sentido habitual que el lenguaje histórico-arquitectónico confiere al atrio como un simple pórtico de un edificio. hemos podido comprobar a travcs de Isidoro de Sevilla que se trata de una fórmula arquitectónica Je: pmlc:r.
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No queremos acahar si n proroncr una rcllcxión sobre un problema que ha prco1.:urado profundamente a la critica arqueológica de la Antigüedad Tardía: la interpretación de la llamada «arquitectura de podem.
Creemos que debería replantearse a partir del modelo isidoriano la identificación arqueológico-arquilectónica y la plasmación plástica en las representaciones iconográficas de este tipo de arquitectura.
El atrium es también el escenario en donde Ma- sona convoca al duque Claudia -dux provinciae-" para que actúe de mediador en la d isputa por la posesión de Santa Eulalia con el obispo arriano Sunna. quien se hab ía confabulado con el noble |
Este artículo presenta una serie de late Roman unguentaria de los siglos VI-VII d.C, hallados en las recientes excavaciones llevadas a cabo en Carthago Spartaria, la actual Cartagena, en España.
Estos ungüentarios son analizados en función de su tipología, cronología, contexto, función, sellos y patrones de distribución e incrementan la nómina de evidencias arqueológicas sobre la presencia bizantina en Spania, proporcionándonos nuevos datos acerca de la arqueología, la historia y la economía de este territorio durante este período.
Presencia bizantina en Spania.
Las excavaciones arqueológicas que en el curso de las dos últimas décadas han venido realizándose en la ciudad de Cartagena, han supuesto un avance considerable en el conocimiento de la etapa tardía que vive ésta, momento en el que, tras haber sido promocionada en época dioclecianea como capital de la provincia Carthaginensis, se convierte en uno de los principales centros direccionales de la presencia bizantina en España 2.
Bien en virtud de la presencia de un contingente militar que exige la imbricación de la ciudad en las redes de distribución de la restaurada annona, bien en virtud de la actuación de los negotiatores Graeci o spanodroVmoi asentados previamente en el solar hispano, o quizá mejor, en virtud de la confluencia de ambas iniciativas, estatal y privada, la ciudad aparece volcada al mercado mediterráneo, descansando su abastecimiento en una dinámica importación 3.
Dentro de este comercio, si bien es cierto que el África bizantina acapara el protagonismo, también hay una fuerte presencia oriental, que explica la presencia de materiales como los que nos disponemos a analizar, los ungüentarios orientales tradicionalmente englobados bajo la genérica denominación de late Roman unguentaria y en la actualidad mucho mejor conocidos gracias a nuevos análisis tipológicos y de pastas 4.
La masiva llegada de éstos exige detenerse en su análisis y contextualización, a fin de explicarnos su presencia en la Península e interpretar su función.
CARTHAGO SPARTARIA EN ÉPOCA BIZANTINA
La presencia bizantina en Cartagena supone un jalón más en la cadena de transformaciones que su dibujo de la mayor parte de las mismas.
Igualmente, estamos en deuda con el Dr. Luis Caballero Zoreda por la lectura de este manuscrito y amables sugerencias para su mejora.
2 Acerca de la secuencia de acontecimientos, cf. Vallejo (1993).
Para la ciudad debemos destacar la actuación del magister militum Comitiolus, quien interviene en sus murallas.
3 La Lex Visigothorum dedica un título a estos comerciantes orientales, De transmarinis negotiatoribus (LV, XI, III).
4 Hayes (1971). fisonomía urbana experimenta al menos ya desde el siglo II d.C., marcando el tránsito entre la antigua civitas y la madina islámica (Fig. 1) 5.
Para la etapa conocemos un extenso barrio levantado sobre el antiguo teatro romano que, al igual que otros instalados en este tipo de edificios de espectáculos, presenta sus viviendas reocupando los antiguos espacios y, de forma especial, aterrazadas sobre el antiguo graderío (Fig. 2).
A pesar del aspecto humilde del conjunto, los contextos materiales muestran un poder adquisitivo no despreciable, en donde el abastecimiento de productos como el aceite, vino o salazones depende de mercados externos, muy especialmente del norte de África, de donde, junto a la vajilla de mesa, compuesta por los tipos más tardíos de terra sigillata Africana D, se importan las ánforas Keay XXXII, LXI, LXII o numerosos spatheia, complementados, en menor medida, por los envases orientales LRA1/Keay LIII; LRA 2/Keay LXV o LRA4/Keay LIV, en cuyos fletes debieron incluirse los ungüentarios objeto de estudio de este trabajo 6.
Se integra también en el ajuar doméstico la vajilla vítrea, con un repertorio vascular donde cuencos tipo Isings 116 y frascos de morfología diversa -muy especialmente las copas tipo Isings 111-, constituyen las formas más recurrentes7, aunque tampoco faltan envases singulares, como un cuerno de vidrio para beber 8.
La situación de este barrio encaramado al cerro de la Concepción, que custodia la zona portuaria y en torno al cual, al igual que ocurre hasta época moderna, debió de gravitar la defensa de la ciudad -lo que explicaría la posible existencia de un castellum que precedería la fortificación medieval hoy conservada-, parece sugerir su vinculación a la guarnición bizantina que el kastron acogería y a cuyo mantenimiento se destinarían las mercancías importadas a veces, de hecho, en un número que deja ver UNGÜENTARIOS BIZANTINOS EN CARTHAGO SPARTARIA AEspA 2008, 81, págs. 151-176 ISSN: 0066 6742 un carácter de almacenamiento que excede las necesidades domésticas 9.
Induce a pensar lo mismo la documentación en algunas de las estancias del barrio de elementos pertenecientes al equipamiento militar protobizantino, sea el caso de puntas de flecha de tipo ávaro, sea, muy especialmente, el de una coraza laminar, con paralelos en otros lugares mediterráneos 10.
Nuestro conocimiento de la ciudad durante este período también ha avanzado gracias al descubrimiento de un espacio cementerial que, vigente hasta el primer cuarto del siglo VII d.C., se encuentra ya en uso desde el siglo V d.C. 11.
En conjunto, aun cuando la documentación arqueológica de Cartagena sea todavía parca para los dos principales vectores de la transformación urbana durante la etapa bizantina -la fortificación del recinto urbano y la cristianización de su topografía-, la evi-Fig.
Barrio de época bizantina levantado sobre el teatro romano de Cartagena (Archivo de la Fundación Teatro Romano de Cartagena).
Se indica el lugar donde han aparecido los ungüentarios.
Acerca de sus ajuares, que se han dividido en dos categorías: el de tipo simbólico, compuesto por jarras y ungüentarios, y el denominado personal, que engloba elementos de indumentaria y adorno corporal, cf. Vizcaíno y Madrid (2006) Hasta ahora, dentro de la denominación de late Roman unguentaria, se han recogido distintas producciones datadas entre los siglos V y VII d.C. que, a pesar de contar con características comunes como su morfología ahusada y su procedencia oriental, resultan ciertamente diversas.
Es por ello por lo que, de cara a una más correcta individualización, se ha señalado la existencia de tres tipos distintos, para los que se propone una diversa denominación 13.
Así, para la variante tradicional 14, se sugiere emplear el término early Byzantine ampulla, mientras que para otra caracterizada por su pasta altamente micácea, la hasta ahora denominada late Roman unguentarium type B 15, se propone Ephesian early Byzantine ampulla.
Finalmente, una tercera variante, la llamada Unguentarium M 369 16, petrográficamente tiene también su origen localizado en Éfeso, razón por la que se apuesta por clasificarla como Ephesian early Byzantine amphoriskos, a pesar de no tener asas 17.
Desgraciadamente, no siempre es fácil la diferenciación entre estas variantes, en especial cuando no se ha tenido ocasión de trabajar directamente con las piezas y se intenta realizar la discriminación únicamente a través de la documentación gráfica o textual existente.
Tengamos en cuenta a este respecto que claras diferencias morfológicas únicamente se dan entre las dos primeras y la última, en tanto que, para diferenciar aquéllas entre sí, la morfología ayuda sólo en puntuales ocasiones, residiendo el principal criterio diferenciador en la composición de la pasta, altamente micácea en el caso de la Ephesian early Byzantine ampulla y sólo esporádica en el caso de la otra.
De la misma forma, si bien los sellos son característicos de esta última, tampoco se limitan a ella, sino que ocasionalmente aparecen también en los ungüentarios de origen efesio.
Poco a poco, se va perfilando un mapa de distribución de las piezas cada vez más completo, de tal forma que si, inicialmente, cuando J.W. Hayes individualizó el tipo, su documentación era reducida, los estudios posteriores confirman una difusión capilar por prácticamente todo el Mediterráneo 18.
Precisamente, de dichos mapas, siempre y cuando no nos encontremos ante un déficit de investigación en algunas áreas, parecen desprenderse importantes datos para una de las principales incógnitas que suscitan estos ungüentarios, la de su procedencia.
En este sentido, cabe notar que, o están ausentes o su presencia es poco significativa en los Balcanes, donde faltan incluso en alguno de los centros más dinámicos como Salónica, así como también en Egipto, pero sobre todo en Siria, hecho que viene a cuestionar seriamente la tradicional localización de su foco productor en la región palestina 19.
En función de los datos actualmente disponibles, este tipo de ungüentarios parece estar mejor representado en las zonas donde el poder bizantino tuvo continuidad, como Atenas, Corinto, Asia menor occidental (incluida Rodas y Samos) y Cilicia.
De hecho, es en Asia Menor donde se da la mayor concentración y el propio J.W. Hayes, en el congreso celebrado en Roma en 1995, aceptaba una nueva localización en Panfilia de la producción de LRU 20 microasiáticas y sí por el contrario en clases cerámicas palestinas y jordanas, explicándose quizás así el elevado número de piezas que están deparando los yacimientos de Asia Menor únicamente en la atención que de un tiempo a esta parte están recibiendo y no necesariamente, por tanto, en que sean la zona de producción23.
De esta forma, en lo referente al área de procedencia, se trata de una cuestión aún no cerrada del todo.
En el caso de los ejemplares documentados en España, hasta ahora no se ha incidido en la diferenciación de variantes que se propone en la actualidad, manteniéndose la denominación genérica tradicional.
En cualquier caso, la nómina de piezas se ha incrementado de forma sustancial en los últimos años, hasta el punto de que si hasta hace poco apenas se conocían más que las halladas en Cartagena24 y en el yacimiento valenciano de la Punta de l'Illa de Cullera, hoy en día el mapa de distribución incluye otra serie de puntos (Fig. 3) 25.
A este respecto, las piezas publicadas se dan sobre todo en núcleos que, al igual que Cartagena, pertenecen a la Spania imperial, como Málaga26, Algeciras 27, Benalúa (Alican-te) 28 o el valle mallorquín de Sóller 29, pero también en otra serie de yacimientos que, como ocurre en el caso de Punta de l'Illa de Cullera, se mueven en el área de influencia de la provincia bizantina y que, en algún caso y sólo de forma puntual, efímera, pudieron llegar a estar también incluidos en ésta, como el Tolmo de Minateda, València la Vella (Riba-roja de Tùria, Valencia) o la misma Valencia 30.
Parece, por el contrario, que su presencia en áreas más alejadas de esta zona es extraña, si bien no faltan ejemplares en ambos extremos septentrionales de la Península, tanto en la fachada mediterránea, donde conocemos sendas piezas de Tarragona y Barcelona 31, respecti- vamente, como en la zona gallega, en donde, recientemente, se ha hallado una pieza en Lugo.
En cambio, por ahora, no se conoce su existencia, por cuanto nos consta, en otros puntos del territorio visigodo, ni siquiera al parecer en Mérida, ciudad especialmente volcada al mundo oriental, como deja ver otro tipo de evidencias y en la que no habría que descartar por ello mismo su documentación32.
Así las cosas, se dibuja un mapa de distribución que esencialmente se ciñe al ámbito de soberanía e influencia bizantina y que en el caso de los puntos más excéntricos del tipo de Tarragona o Barcelona, dado que últimamente también se han hallado piezas de este tipo en Marsella o Luni, se explicarían en su calidad de área bisagra entre la Spania y la Italia imperiales33.
De la misma forma, también podemos ver que dicho mapa de distribución es sobre todo costero, con mínimas excepciones, y en general, poco alejadas de la costa, como ocurre con el Tolmo de Minateda o València la Vella (Riba-roja de Tùria, Valencia).
Por lo demás, la presencia es desigual en estos puntos, de tal forma que, como cabe esperar en este contexto, dada su importancia y mayor demanda, las concentraciones más significativas se dan en dos de los principales centros de la Spania bizantina: Málaga y, sobre todo, Cartagena, que dispone casi de un centenar34.
Sorprende, sin embargo, teniendo en cuenta estas pautas, que otro importante núcleo de la Spania bizantina, Septem, no reciba, al parecer, este tipo de ungüentarios, algo que consideramos tan sólo un problema de registro, habida cuenta que sí se dan, y hasta con cierta frecuencia, en el ámbito geográfico del norte de África, en lugares como Berenice, Apolonia, Ptolemais, Tocra, Cirene, Sabratha, Hadrianópolis, Alejandría o Cartago35.
En el mismo senti-do, tampoco en el otro gran baluarte de la presencia bizantina en el marco hispano, las Baleares, dicho recipiente parece ser significativo, de tal forma que apenas tenemos constancia más que de algún ejemplar, caso del dudoso recuperado en el mallorquín Valle de Sóller.
No obstante, de la misma forma que la distribución de los ungüentarios orientales por el territorio norteafricano hace verosímil su presencia en Septem, también el hecho de que éstos se registren en toda la zona alrededor de las Baleares, desde la misma África septentrional por el sur, las costas francesa e italiana por el norte (Marsella o Luni 36 ) y la italiana (Roma, Siracusa o Cerdeña 37 ) y española (sureste y levante), a oeste y este, respectivamente, sugiere que también debieron de hacerlo aquí y además de forma destacada, dado el papel que las islas desempeñan en los contactos mediterráneos.
Respecto a la cronología, también últimamente se va perfilando un panorama mucho más complejo del inicialmente establecido, de tal forma que, si en un principio se pensó circunscrita a los siglos VI-VII d.C, sin duda alguna el período de circulación más intenso, hoy en día parece extenderse tanto en su límite inferior como en el superior, cuestión especialmente interesante para el marco hispano, pues, a pesar de la evidente filiación oriental de los ungüentarios, se hace patente que no necesariamente hubieron de comercializarse durante el período de dominación bizantina en el mediodía peninsular.
Así, por cuanto se refiere al inicio de su producción, lo cierto es que parece arrancar ya del siglo V d.C, como demuestran los ejemplares recuperados en la basílica del lado norte del ágora civil de Éfeso 38.
En lo relativo a su cese, habría que datarlo incluso a principios del siglo VIII d.C, pues, si ya su presencia en depósitos del siglo VII avanzado como la Crypta Balbi en Roma era garante de una circulación activa aún en ese período, la constatación de ejemplares en niveles posteriores, como es el caso de los recuperados en Iasos, confirma una perduración bastante tardía 39.
En este sentido, de confirmarse esta data avanzada, lo cierto es que también podría utilizarse como argumento en la polémica acerca de la procedencia de este tipo Barcino, donde podemos citar al menos uno de ellos, conservada en su integridad, procedente del complejo episcopal de Plaza del Rei (Beltrán de Heredia [2001], n.o 295).
Agradecemos a J. de recipientes, ya que la tradicionalmente señalada, Tierra Santa, chocaría con el obstáculo de encontrarse en dicho momento en manos árabes, situación que abriría un abanico de posibilidades: el definitivo descarte de esta procedencia, como parecen apuntar los análisis mineralógicos referidos; la existencia de otro territorio productor que continuara el suministro en Anatolia occidental40, suspendido el de esta área; o simplemente, una continuidad de la producción bajo los nuevos dominadores, como parece ocurrir con otros productos41.
Dentro de esta problemática cronológica, los ejemplares hispanos también pueden aportar algo, pues, aunque no hay constancia del contexto de todos, como ocurre con el caso de las piezas de València la Vella, recogidas en prospecciones superficiales, en otros casos es posible establecer unos márgenes cronológicos concretos.
A este respecto, si bien en algunos casos sólo hay certidumbre de un contexto genéricamente tardío, como ocurre con la pieza tarraconense, hallada en la necrópolis paleocristiana de la ciudad, prácticamente todos los ungüentarios se datan en el período de circulación más intenso, es decir, a partir de época justinianea y, al parecer, no más allá del primer cuarto del siglo VII d.C.
En relación a la datación, también se han intentado establecer algunas seriaciones y así la presencia o no de sello se ha considerado indicio cronológico, por más que, sin embargo, no haya total consenso, de tal forma que, mientras que la mayoría de autores consideran que los ejemplares sellados son los más antiguos, desapareciendo en el siglo VII d.C. 42, otros, en cambio, parecen sostener lo contrario 43.
Sea como fuere, también para esta cuestión las piezas de Cartagena permiten un estudio más atento.
UNGÜENTARIOS TARDÍOS DE ORIGEN ORIENTAL EN CARTAGENA
Si ya las excavaciones efectuadas en la ciudad desde finales de los años sesenta habían proporcionado abundantes ungüentarios, la intensificación de las intervenciones a partir de la década de los noventa y, de forma especial, la recuperación del teatro romano, que ha supuesto la documentación del barrio de época bizantina ya citado, ha aumentado el número de piezas44.
Ahora incluso, a pesar de que la mayoría de éstas siguen concentrándose en la zona comprendida entre los cerros de la Concepción y Molinete y sobre todo en el mencionado barrio, también se dispone de algún ejemplar de la zona oriental de la península sobre la que se asienta la ciudad, ya abandonada y presumiblemente extra moenia.
No faltan tampoco ejemplares en los alrededores, como el hallado junto a materiales de esta cronología en una intervención antigua en el poblado costero de Escombreras 45.
En cualquier caso, el yacimiento que ha proporcionado un mayor número de evidencias es el barrio de época bizantina.
En este sentido, dentro del ingente depósito cerámico tardío documentado, su cifra resulta tan abultada que nos centramos aquí únicamente en las piezas mejor conservadas, sin entrar a cuantificar el volumen total de informes, del que habrá que ocuparse en un estudio más amplio.
A este respecto, a pesar de que entre los nuevos hallazgos se encuentra una pieza cuyas características llevan a encuadrarla en el tipo de Ephesian early Byzantine amphoriskos, objeto de atención específica en otro trabajo46, las restantes que integran el lote que ahora analizamos corresponden a la más documentada early Byzantine ampulla, que reúne la mayoría de los rasgos tradicionales atribuidos a este tipo de ungüentarios.
Así, de forma homogénea, se trata de una producción caracterizada por una arcilla muy depurada, de matriz uniforme, bien calibrada, en la que los agregados, cuando son visibles, presentan un tamaño homogéneo.
Encontramos una variada coloración en función de la cocción, que va desde las tonalidades rojizas a las grisáceas o incluso negras, con frecuencia alternas en pastas mixtas.
De hecho, las opciones de cocción oxidante y reductora ofrecen también una amplia gama de resultados para las superficies externas, de modo que, aun siendo mayoritaria la de color rojizo o marronáceo, no faltan los ejemplos en que sea totalmente gris (CP 4203-178-1) o incluso negra, caso este último de un interesante ejemplar cartagenero con doble sello zoomorfo, ya previamente estudiado.
Del mismo modo, los recipientes, de forma ahusada, se encuentran irregularmente engobados por inmersión, por lo general uniforme sólo hasta la mitad AEspA 2008, 81, págs. 151-176 ISSN: 0066 6742 de su cuerpo, cayendo a partir de ésta toda una serie de goterones que pueden alcanzar la base.
En algunos ejemplares, el engobe se encuentra también en parte del interior del recipiente, aunque apenas supera pequeños goterones en el cuello, claramente de forma accidental.
De la misma forma, también suelen ser características las marcas del proceso de fabricación, consistentes en huellas fusiformes de entre 1 y 3 cm de largo, probablemente resultado de ese mismo proceso de cocción, cuando los recipientes permanecen uno contra el otro en el horno; otra explicación propuesta es que se trate de las improntas dejadas por el soporte usado durante el proceso de secado de las piezas, después de que éstas hayan permanecido inmersas en el mencionado engobe 47.
Lo cierto es que no dejan de ser muestras de una ejecución descuidada, poco atenta al aspecto final, un rasgo que se manifiesta también en la frecuente presencia de huellas digitales.
Por lo que respecta al pivote, distintas son las soluciones, no estando todas presentes en el lote que analizamos.
Así, parece faltar aquí el puntal de base ligeramente cóncava que sí encontramos en otros lugares orientales, del tipo de Hierápolis o Iasos 48, solución que, asociada a ejemplares no sellados que se siguen documentando en contextos avanzados como Saraçhane (s. VIII-X d.C.) y la misma Iasos (s. X d.C.) quizá podría ser propia de una variante tardía de estos ungüentarios 49.
Frente a estas excepciones, en el conjunto cartagenero predomina el pivote apuntado que no garantiza la sustentación y que unas veces es sólo terminación de la tendencia ahusada del cuerpo, mientras que en otras insinúa un pequeño pie, al modo del que desarrollará de forma más efectiva la variante del Ephesian early Byzantine amphoriskos.
También este tipo de ungüentarios se caracteriza por presentar un cuello tubular, cuidadosamente ejecutado y delimitado por una fina moldura, que algunos autores consideran destinada a servir de tope a un tapón de cierre en material perecedero 50.
Todas presentan borde redondeado y no apuntado, variante que conocemos en otras piezas y que normalmente limita su diámetro a los 2,4-3 cm.
En ambas variantes de este mismo tipo de early Byzantine ampulla encontramos piezas selladas, cuyas marcas pueden aparecer también en la Ephesian early Byzantine ampulla.
A este respecto, en el lote que analizamos, dentro de la tónica habitual de constituir una mínima parte del conjunto, dichas estampillas presentan cartelas sobre todo circulares y, en contadas ocasiones, con un solo registro en cada caso, de tipo rectangular y cuadrado.
Faltan así las cartelas de tipo triangular, trapezoidal o en U, que esporádicamente han sido registradas en Hierápolis para los dos primeros casos y en Seleucia Sidera para el último 53.
Respecto al carácter de dichos sellos, si bien la ciudad dispone de algunos de tipo zoomorfo ya publicados, que además reaparecen en otros yacimientos hispanos, caso de una pieza de Algeciras 54, todos los que ahora analizamos son monogramas en caja o de bloque (en los que una letra -normalmente Π, M, N o H-hace la función de marco o base cuyos trazos comparten las restantes letras) o monogramas en cruz, un tipo cuya aparición se ha fechado en un momento posterior a 518 55 y que es quizá el más numeroso y extendido a todo tipo de piezas 56, pero, a fin de cuentas, sólo uno más en un panorama cada vez más diverso donde encontramos desde aquellos que se caracterizan por sus ligaduras o se componen mediante iniciales, como algunos de los hallados en Hierápolis 57, a aquellos otros que bien presentan una o varias letras, se distribuyen de forma tripartita o combinan su fórmula epigráfica con animales o símbolos.
Los ejemplares constantinopolitanos de Saraçhane, otros atenienses, microasiáticos, en el caso de Antioquía de Pisidia y Seleucia Sidera, o palestinos, como los de Gerasa, entre otros, dan cuenta de estas distintas soluciones, por el momento ausentes en el panorama cartagenero 58.
De un modo u otro, lo cierto es que su lectura resulta bastante compleja y no está libre de equívocos, razón por la que se impone la prudencia en su interpretación 59.
ANÁLISIS DE LAS PIEZAS 60
A continuación recogemos los ungüentarios aparecidos en los últimos años, tanto en el barrio de época bizantina de Cartagena, como en algunas intervenciones arqueológicas efectuadas en otros yacimientos urbanos.
Dado el ingente número de ejemplares, presentamos únicamente los que se han conservado en mejor estado, no contabilizando otro grupo de fragmentos que, en cualquier caso, habrán de tenerse en cuenta en estudios futuros para calibrar la verdadera intensidad de la presencia de estas piezas en la ciudad. foraminíferos).
56 Es el caso de la vajilla de plata, ponderales o los abundantes sellos plúmbeos.
I-III; C. Perassi (2002) y, especialmente, para los últimos materiales, los sellos del depósito de Crypta Balbi, de una cronología similar a la de nuestros ungüentarios, así como los de otros yacimientos, Marazzi (2001) y Touratsoglou et al. (2006).
Recoge las piezas del sudoeste turco Laflý (2005), Abb.
Para los ungüentarios palestinos, Uscatescu (1996), p.
Alerta sobre los excesos en la lectura de estos sellos, Baldoni (1999).
Aspectos de la vida cotidiana.
117), quedando pendiente el estudio que ahora acometemos.
Igualmente, la última pieza que incluimos en nuestro catálogo, también ha sido objeto de publicación previa (Berrocal 1997, p.
122, lám. 1.7), ciñéndonos ahora únicamente al análisis paleográfico de la misma.
La pieza fue hallada en el interior de un relleno de la fase islámica, que contenía, sin embargo, abundante material de época bizantina.
Conserva solamente el ápice, y es posiblemente uno de los más singulares del conjunto, no tanto por sus dimensiones, sólo algo su-periores a las del resto, como por su cocción reductora, fruto de la que resultan superficie y pasta gris, en las que no se advierte ninguna inclusión significativa.
Debemos destacar en cambio el tratamiento del cuerpo, cuya superficie se presenta cuarteada, particularidad que no hemos constatado en ningún otro ejemplar.
De la misma forma, a pesar de que sólo conservemos el ápice, todo lleva a pensar que no se le ha aplicado engobe, puesto que faltan los típicos goterones que desde la mitad superior del cuerpo llegan a descender hasta la misma base.
En cuanto a ésta, se encuentra fracturada, si bien deja entrever el desarrollo de pie, quizá ofreciendo una sustentación más eficaz que la que encontramos en las otras piezas.
Por otra parte, el ungüentario fue sellado con un monograma de cartela rectangular deteriorada en el extremo inferior derecho y más hundida en el lateral izquierdo.
Las letras se leen con claridad a pesar de tener menor profundidad que la propia cruz.
Llama la atención la primera letra (si empezamos a leer, como es habitual, por la situada a la izquierda), que parece trepar hasta el extremo de la cruz y que podría ser una Γ, con uno de sus trazos confundido en la prolongación del brazo de la cruz62.
En la vertical se lee B P A, en el extremo derecho, la lectura es más dudosa: Σ triangular o Λ.
En la parte superior, encontramos la esperable Y, que hace las veces de ligadura OY, indicando así el caso genitivo en el que se suelen inscribir estos nombres.
No hemos encontrado monogramas similares, ni en ungüentarios ni en otros soportes, pero no está fuera de lugar leer en este monograma el nombre de Gabriel, que responde con precisión a las letras identificadas.
Lo que es más, puesto que -como veremos a propósito de los ungüentarios 4.1.6 y 4.1.19-no es raro encontrar en los monogramas cruciformes de los ungüentarios sellos con la indicación de «del prefecto», resulta razonable identificar el Gabriel de este sello con un eparco de Constantinopla atestiguado en 543, cuyo nombre está recogido en genitivo con la forma ΓΑ− ΒΡΙΗΛΙΟΥ 63.
En las conclusiones exploraremos el alcance de esta propuesta de identificación.
La pieza fue hallada en el estrato de colmatación de la habitación n.o 10, anexa a aquella otra en la que se recuperó un ejemplar de coraza laminar, datado entre el siglo VI avanzado y la siguiente centuria 64.
Entre el material cerámico del estrato, aparte de algún ánfora norteafricana (Keay LXI-LXII), sólo cabe destacar la presencia del ánfora oriental LRA 1 / Keay LIII, así como de algunas ollas y cazuelas de producción local.
En cuanto al ungüentario, resta únicamente la boca.
4.3 y 8.3) A pesar del deficiente estado de conservación de la pieza, fragmentada y erosionada, se trata posiblemente de una de las más significativas del lote que presentamos: por un lado, porque presenta un tipo de sello, con monograma en caja, apenas registrado en la ciudad (cf. addendum) y en conjunto, al parecer, tampoco el más frecuente en el amplio mapa de distribución mediterránea de estas piezas; por otro, porque estratigráficamente se encuentra también entre los ungüentarios de posible datación más temprana.
Resulta sugerente, además, poner en conexión ambas particularidades, si bien creemos que es importante no perder de vista otra serie de datos.
El ungüentario formaba parte de un relleno anterior a la etapa bizantina (fase 9 de la excavación), situado en el exterior de la habitación n.o 27 del barrio de dicha fase.
En este sentido, a pesar de la estratigrafía, resulta dudosa su datación en la mencionada fase 9, fechada en la primera mitad del siglo VI d.C., en tanto el depósito cerámico muestra un porcentaje considerable de intrusismos, entre los que destacan algunas formas propias del último cuarto del siglo VII d.C., como el tipo Hayes 107 65.
Respecto a la pieza, como dijimos, sólo conserva parte del cuerpo, habiendo perdido el pivote.
Una particularidad de la manufactura reside en el tratamiento de su superficie, en la que, si bien igualmente afectados por el estado de conservación, se aprecian restos de impresiones paralelas, a veces coincidentes con el torneado interno.
Por lo demás, el ungüen-tario es fruto de una cocción oxidante, presentando superficie y pasta de tonalidad beige, en la que también, en esta última, se aprecia un minúsculo núcleo ceniciento.
Apenas se pueden distinguir inclusiones significativas más que algunas partículas blancas de tamaño pequeño y carácter esporádico, o tan sólo una, de color negro, visible en superficie y algo significativa, dado que, dentro de nuestro análisis macroscópico, tan sólo la documentamos aquí.
El monograma en caja que conforma el sello se enmarca en una cartela circular que lo ciñe estrechamente.
Destaquemos que el trazo del aspa central y de las verticales laterales es similar a una cinta (más ancho que profundo).
La letra que sirve aquí de apoyo o marco al resto de las letras es una M, cuyos trazos oblicuos se prolongan hasta formar un aspa que a su vez forma en la parte inferior la letra A, cerrada en pico (en realidad, una segunda aspa).
Son las únicas letras distinguibles en el monograma, aparte de una tercera aspa superior en la que podemos leer la terminación en OY, ya mencionada en otra morfología.
Monogramas que responden al mismo esquema, realmente exitoso, se han encontrado en el yacimiento valenciano de Punta de l'Illa de Cullera 66, así como en Iasos y Cnido 67.
Del mismo modo, sellos muy similares se encuentran en la capital del Imperio (Depósito 30 de Saraçhane, s. VII 68 ), Éfeso 69 y Antioquía de Pisidia 70.
Esta misma disposición de las letras M A sirve de base al monograma del emperador Mauricio en soportes como monedas, recipientes de plata y ladrillos 71, aunque en el caso de los ungüentarios la ausencia de otras letras que apoyen la lectura del nombre del emperador impide justamente ésta.
Sin embargo, sí es cierto que los monogramas en caja con M A aparecen habitualmente en ladrillos constantinopolitanos junto a la mención koubikoular(iVou) En este caso el ejemplar fue recuperado en el interior del relleno de una fosa de expolio practicada en la habitación n.o 24 del barrio de época bizantina.
Éste se caracterizaba por su amplia cronología, incluyendo, además de un porcentaje no significativo de piezas residuales, materiales que cubrían desde la etapa bizantina a la islámica.
El ungüentario conserva únicamente el pivote, de cierto desarrollo, si bien tampoco garante de sustentación 75.
4.5 y 8.5) La pieza fue recuperada en un pavimento de la fase islámica (siglos XII-XIII).
A pesar de la estratigrafía, el material cerámico recuperado se enmarca claramente dentro de la fase bizantina, contando con gran parte de las producciones y formas características de ésta.
El ungüentario conserva únicamente su ápice, rematado en base anular con plano ligeramente inclinado.
Cuenta con pasta de tipo mixto, con núcleo central ceniciento, sin que se distinga inclusión alguna significativa.
En cambio, su superficie muestra una coloración marronácea en la que, junto a las manchas de ahumado y rugosidades varias, cabe destacar la presencia de un goterón de engobe Por otro lado, la pieza presenta un sello con cartela circular irregular, fruto del estampillado defectuoso, deformado en especial en su parte izquierda.
La estampación no es excesivamente profunda, pero permite leer con claridad las letras E (invertida y con forma rectangular), Π (que parece prolongar el trazo superior en un ápice), una gran X central de trazado ancho y la ligadura de la terminación OY (con el círculo inferior ligeramente triangulado y la V superior corta y abierta) en el extremo superior.
En el inferior, la comparación con otros sellos permite asegurar la presencia de A. Se trataría, pues, del monograma EΠAΡXOY, que encontramos también en otra pieza de Cartagena, la de calle Beatas y que se imprimía en ungüentarios y otros objetos.
De los sellos que hemos podido estudiar, el nuestro se acerca mucho a uno encontrado en San Polieucto en un contexto del s. VIII (pero probablemente residual) y a un ungüentario de Iasos datado en el s. VII 76.
En las conclusiones abordaremos el significado de este sello.
5.6 y 8.6) El ejemplar fue hallado en el interior del relleno de una gran fosa (UE 4855) situada sobre la antigua orchestra.
Dicha fosa contenía un amplio en el que, a pesar de su conservación fragmentaria, no es arriesgado leer el nombre MIXAHΛIOY 77.
CP 6167-178-1 (Fig. 5.7) Este ungüentario fue recuperado en el interior del relleno de una fosa de expolio de la habitación n.o 29 del barrio de época bizantina.
Desde el punto de vista estratigráfico, junto al ejemplar CP 5301-178-1, es una de las más tempranas del lote que presentamos.
Lamentablemente, el exiguo y deteriorado depósito cerámico en el que se integraba poco puede colaborar a corroborar dicha realidad.
Sorprende en dicho panorama el buen estado de conservación del ungüentario, que mantiene gran parte de su cuerpo.
Se engloba en el tipo de early Byzantine ampulla, si bien en la variante apenas representada en el lote cartagenero, cuyo pivote presenta escaso desarrollo, siendo apenas únicamente la terminación ahusada del cuerpo.
Como ya se comentó, a tal particularidad morfológica acompañan también otras desde el punto de vista técnico, tales como una pasta uniforme de coloración beige, no mixta, y la presencia de pequeñas vacuolas.
Dicha superficie, por lo demás, presenta también color beige, habiendo recibido engobe en la parte superior del cuerpo, donde también se advierten dos impresiones fusiformes, que desciende en goterón hasta la base.
CP 4466-178-1 (Fig. 5.8) Este pivote de ungüentario se encontraba en el interior del relleno de un pozo de época bizantina (UE 4467) que únicamente proporcionó material de cronología genéricamente tardía.
De la pieza sólo se conserva su terminación con pie algo desarrollado que, al menos morfológicamente, puede ser incluido en el grupo de early Byzantine ampulla 78.
CP 4488-178-1 (Fig. 5.9) Este ungüentario, uno de los mejor conservados del lote que presentamos, fue hallado en el interior de una fosa de época bizantina en la zona occidental de la plaza porticada del mercado.
Afortunadamente, el material cerámico que lo acompañaba nos aporta un margen cronológico preciso, pues, junto a ánforas orientales de cronología genéricamente tardía (LRA 1 / Keay LIII), también aparecen algunos de los tipos de la vajilla fina norteafricana más característicos (Hayes 101, Hayes 105) El ungüentario, al que le falta únicamente la boca, ha sido elaborado con una cocción oxidante, fruto de la que resultan superficie y pastas rojizas.
Por su 77 Un monograma muy similar en Martindale (1992), Monogram n.o 226, correspondiente a Michaelius 7, MicahliVou skri Vbono~ (med. s. VI-med. s. VII).
Conocemos dos funcionarios aj po; ej pa Vrcwn de nombre Miguel (ibidem, p.
78 No nos ha sido posible analizar directamente esta pieza, moviéndonos únicamente con el material gráfico disponible acerca de la misma.
El ungüentario formaba parte del relleno de una fosa (UE 4855), donde, junto una amplia representación de las producciones cerámicas de época islámica, encontramos un característico depósito de época tardoantigua.
El ejemplar ha perdido la parte superior y es fruto de una cocción reductora.
La pasta presenta una coloración uniforme, con una arcilla muy depurada.
En su superficie, de ejecución descuidada, son apreciables algunas vacuolas, no abundantes pero sí en determinados casos significativas, dado que su grosor y profundidad llevan a pensar en la presencia de materia orgánica más que en irregularidades fruto del proceso de cocción.
En el mismo sentido, una observación macroscópica también permite detectar las habituales partículas blanquecinas de tamaño pequeño y medio, registradas con intensidad moderada.
CP 3156-178-1 (Fig. 6.11) Este pivote de early Byzantine ampulla integraba el nivel de destrucción de la habitación n.o 35 del barrio de época bizantina, levantada sobre la media cavea del edificio augusteo.
Dicha destrucción, que parece corresponder a la que llevan a cabo las tropas del rey visigodo Suintila c.
625, se puede datar por la presencia de un variado repertorio de formas cerámicas, entre las que, para la vajilla fina, cabe destacar los tipos Hayes 99 C, 80 B/99, 104 C o 105 realizados en terra sigillata Africana D, acompañados de las ánforas más características de procedencia norteafricana y oriental, sea el caso de los tipos Keay LXI-LXII, spatheia y LRA 1 / Keay LIII, respectivamente, esta última además, con su variante de producción local que la toma como prototipo.
El ejemplar conserva sólo el pivote, apenas desarrollado, sin pie alguno, terminando únicamente la tendencia ahusada de las paredes.
CP 3416-178-1 (Fig. 6.12 y 8.12) Este ungüentario fue localizado fuera de su contexto original, en concreto, en un relleno de abandono de las habitaciones de época bajomedieval construidas junto a la Catedral Vieja.
La pieza, que conserva únicamente el fondo, cuenta con superficie beige, así como pasta alterna, de núcleo central gris tenue, sin apenas contraste, y en donde se aprecian partículas blanquecinas de tamaño mínimo en intensidad baja.
La inclusión del sello cruciforme es anómala: si identificamos el signo que está en la parte inferior izquierda con la terminación -OY, que debería encontrarse en el extremo superior, entonces el monograma está prácticamente invertido.
Acorde con esta estampación descuidada es la propia morfología del sello, cuya única letra realmente perfilada es una gran E rectangular.
En las dos restantes, sólo se puede tener certeza de la presencia de un elemento de base circular, que sugiere las letras OθΦ (descartamos sigma lunar [C], infrecuente en estos sellos); en el extremo derecho, podría tratarse de Φ, aunque la hipotética asta estaría torcida y no es imposible que se trate de una irregularidad del sello.
Por lo que respecta al elemento inferior, resulta tentador ver en él una Ρ y leer ΕΦΟΡΟΥ, pero la verdad es que otras lecturas son posibles (ΘΕΟΦΑΝΟΥ, ΘΕΟΦΥΛΑΚΤΟΥ) y todas hipotéticas El ungüentario fue recuperado en el relleno de abandono depositado en el interior de la habitación n.o 14 del barrio de época bizantina, anexa a aquellas donde se documentaron restos de equipamiento defensivo, como puntas de flecha de tipo ávaro o una coraza laminar80.
Lamentablemente, sin embargo, el relleno en el que se encontraba la presente pieza apenas aportó material significativo.
Tampoco el ungüentario se encuentra entre los más interesantes, restando únicamente el pivote con las habituales características de esta producción.
CP 6492-178-1 (Fig. 6.14) Recuperado en el interior del relleno de un vertedero localizado sobre la habitación n.o 69 del barrio de época bizantina, fue hallado junto a las formas más habituales de la vajilla fina norteafricana (Hayes 99, 102, Hayes 104, 109), ánforas africanas (Keay LXI-LXII, spatheia), orientales (LRA 1 / Keay LIII), de producción local, o una olla de procedencia incierta con paralelos en la segunda mitad del siglo VII d.C. 81.
En cuanto al ungüentario, en su superficie, de coloración beige, se advierten inclusiones blanquecinas de tamaño mínimo e intensidad baja, así como alguna esporádica partícula dorada tono mate, de tamaño pequeño.
Por otra parte, su pasta es uniforme en uno de sus lados y en el otro alterna, igual que ocurre en la boca.
6.15 y 8.15) Hallado en un relleno datado estratigráficamente entre la fase bizantina y la posterior islámica, junto a diversos tipos de la vajilla en terra sigillata Africana D (Hayes 99B/C, 80B/99, 101, 104C), lucernas y ánforas norteafricanas (Keay LXI, XXXII, spatheia), orientales (LRA 1 / Keay LIII, LRA 2 / Keay LXV, LRA 3/ LIV bis, LRA 4/ LIV) o cerámica de cocina de producción local.
El ungüentario conserva únicamente el pivote, apenas desarrollado, a modo de simple terminación ahusada, con pasta de coloración beige uniforme, no alterna, así como superficie igualmente beige con goterones de engobe, en la que están ausentes las inclusiones blanquecinas.
Como sucedía con el ejemplar CP 3416, este sello también ha sido estampado de un modo descuidado y presenta lo que debería ser la parte superior en el lado inferior izquierdo.
En este caso, sin embargo, lo que nos impide leer la totalidad del sello es que no se ha acabado de estampar por la parte derecha.
El marco es circular, ligeramente más estrecho por la parte central, sin duda porque la letra del extremo izquierdo (I) permitía que el círculo se estrechara.
Esta morfología confirma que primero se diseñaban las letras y luego se rodeaban estas.
La forma superior es la ligadura -OY, omnipresente en los sellos de la presente muestra; la inferior debería poder leerse como Φ (en los monogramas cruciformes esta letra suele ser un círculo alrededor del centro de la cruz82 ) y toca el único trazo conservado de la letra del extremo derecho, una línea oblícua de notable anchura que en el molde original se cruzaría con el extremo derecho.
Esta letra derecha, estampada parcialmente, podría ser K o E invertidas, o bien X o Λ, aunque no parece que hubiera realmente espacio para ellas.
De ser lambda la letra derecha, podría considerar que el monograma encie-rra aquí el nombre de Philippus (ΦΙΛΙΠΠΟΥ), un eparco de Constantinopla en el s. VI/VII, del que se conserva un monograma cruciforme en un peso de vidrio, que no coincide con el nuestro Fue recuperado en un relleno constructivo de la habitación n.o 67 del barrio de época bizantina, sobre la antigua porticus post scaenam.
El depósito cerámico no se aparta de lo habitual en esta fase, salvo en que sí se registra una variada presencia de los contenedores orientales (LRA 1 / Keay LIII; LRA 2 / Keay LXV, LRA 3 / Keay LIV bis o LRA 4 / Keay LIV), mas sin eclipsar la pujanza norteafricana, tanto en la vajilla de mesa (Hayes 80 B/99, 99, 100, 104) como en las ánforas (Keay LXI, LXII, spatheia).
El ungüentario se ha conservado prácticamente completo, faltándole simplemente la boca, de la que únicamente resta el arranque del cuello.
La pieza, en cuya superficie se insinúa el fuerte torneado interno, destaca por estar pasada de cocción, circunstancia que afecta tanto a su superficie como a su pasta mixta.
En ambas se pueden apreciar inclusiones blanquecinas de pequeño tamaño en intensidad moderada.
Este cuello de ungüentario fue hallado en el interior de un relleno depositado sobre la habitación n.o 69 del barrio de época bizantina.
Se documentó junto a algunos de los tipos más habituales de la vajilla fina norteafricana (Hayes 91, 99, 101) o ánforas de procedencia oriental (LRA 1 / Keay LIII, LRA 2 / Keay LXV, LRA 3 / Keay LIV bis, LRA 4 / Keay LIV).
La pieza es fruto de una cocción reductora, con pasta mixta, de núcleo central ceniciento, advirtiéndose minúsculas inclusiones blanquecinas en intensidad baja, que también afloran a la superficie.
CP 9792-178-1 (Fig. 7.18) Formaba parte de un basurero que colmataba una fosa de expolio de época bizantina (UE 9794), asociándose a ánforas orientales (LRA 1 / Keay LIII y LRA 4 / Keay LIV) y cerámica de cocina de producción local.
El ejemplar se conserva prácticamente íntegro, a excepción del cuello.
Pertenece a la variante de pivote de escaso desarrollo, contando con superficie beige y pasta muy depurada, mixta, de núcleo central ceniciento.
El ungüentario fue recuperado en un nivel superficial, fuera de contexto, en un solar de la calle Beatas, cercano a la necrópolis tardía85.
Conserva única- mente el pivote, si bien ha perdido su remate.
Fruto de una cocción oxidante, presenta superficie de color marrón, con pasta mixta de núcleo ceniciento.
Elaborado en una arcilla depurada, como es habitual, la observación macroscópica no permite diferenciar inclusiones significativas aparte de alguna esporádica partícula blanquecina de tamaño mínimo.
La pieza presenta un sello de cartela circular, de ejecución cuidada, que mantiene cierta distancia de cortesía con las letras que encierra.
En su interior un monograma cruciforme en el que falta el travesaño horizontal, de modo que las letras laterales quedan colgadas.
Se percibe claramente una E triangular, Π con la horizontal sobresaliendo ligeramente por la parte derecha, A inferior en la que el interior del ángulo que constituye el módulo de esta letra alberga una cruz cuyos trazos inferiores superan el espacio del citado módulo.
En la parte superior, la ligadura del genitivo -OY muy triangulada.
Nos encontramos, pues ante un nuevo ejemplar del monograma ΕΠΑΡΧΟΥ, próximo a dos ejemplares de ungüentarios de S. Polieucto, cuya fecha no ayuda a precisar el contexto Publicada ya previamente en el marco de un trabajo en el que se analizaba el contexto en el que apareció, así como sus características morfológicas, volvemos a ocuparnos de esta pieza hallada en calle Mayor, esquina calle Comedias, en plena zona portuaria de la Carthago Spartaria bizantina, para un estudio paleográfico del sello que presenta 87.
En efecto, este monograma cruciforme se inserta en una cartela rectangular ligeramente trapezoidal, de impresión más marcada en la parte inferior y derecha.
La disposición de las letras se diferencia de la de los restantes sellos cartageneros en la acumución de formas en el extremo inferior del eje vertical 88.
La ejecución del sello sugiere retoques sobre la forma después de impresa con intención de borrar las barras cruzadas en la zona central dentro del círculo que lo rodea, en el extremo superior cuando atraviesa lo que debería ser una ómicron y en el extremo izquierdo de la barra horizontal.
El resultado es que la confusión creada se puede superar en el caso de la ligadura -OY porque ésta es la forma esperable; en el caso del extremo izquierdo, porque la letra identificable (N invertida) invalida la existencia de un trazo horizontal superior; en el centro de la cruz y en el brazo superior se distinguen dos letras de módulo redondo en las que, sin embargo, no es posible reconocer con certeza O, Θ o Φ.
Esta acumulación de letras es propia de monogramas tardíos, de finales del s. VI y primera mitad del s. VII.
Se explica por la unión del nombre propio de un funcionario con su cargo89.
En el caso de este sello, el nombre propio es probablemente Juan (ΙΩΑΝ− ΝΟΥ), la explicación más plausible de la concatenación de las letras Ω A en el extremo inferior.
En las restantes letras (Π, O, Θ o Φ) habría que buscar el cargo de nuestro Juan: Π en la posición en la que se encuentra en este sello suele formar parte de la indicación ΕΠΑΡΧΟΥ (eparco), ΥΠΑΤΟΥ (cónsul) o ΠΑΤΡΙΚΙΟΥ (patricio), pero necesitaríamos que las 86 Cf.
17; cf. supra § 4.1.5, sobre otros sellos con la misma mención.
88 Como sucede en nuestro sello, también los analizados por Cruishank Dodd (1961), Table III, n.o 58-66, se valen del ángulo interior de ù para encajar el vértice del ángulo de la letra inferior (en nuestro caso A, en el de Dodd, Ä). restantes letras del brazo superior confirmaran esta hipótesis.
En cualquiera de los tres casos hay abundantes funcionarios de nombre Juan atestiguados en los ss.
Sólo uno de ellos es eparco de Constantinopla, en el s. VI 90.
Creemos que el lote de piezas presentado se presta a ciertas conclusiones que pueden ser útiles en el estudio de este tipo de ungüentarios.
Por lo que respecta a la cronología, a pesar de que algunas de las piezas integran estratos de datación amplia o se hallan claramente fuera de contexto, en su mayoría se datan entre la segunda mitad del siglo VI d.C. y el primer cuarto del siglo VI d.C.
Sin embargo, los estratos de dos piezas halladas en el teatro romano insinúan una datación ligeramente más temprana en el mismo siglo VI d.C. 91 Nos referimos a aquellas encontradas en la etapa inmediatamente anterior a la construcción del barrio de época bizantina (CP 5234-178-1) o en el interior de una fosa cubierta por el relleno constructivo de una de las habitaciones de aquél (CP 6167-178-1), ejemplares que, no obstante, por lo menos en el primer caso, se acompañan de algunas formas cerámicas características de la segunda mitad de la sexta centuria, que hacen planear la duda acerca de un posible intrusismo.
Por otro lado, también existe otro ungüentario cartagenero que quizá arribe a la ciudad en los prolegómenos del desembarco bizantino.
Nos referimos a aquel (CP 4203-178-1) cuyo sello interpretamos como «de Gabrielio», y que, dada la frecuente alusión en estas piezas a la figura del eparco, quizá debamos identificar con el funcionario constantinopolitano que ocupa tal dignidad en el año 543.
La presencia de ejemplares en el barrio alicantino de Benalúa datados por el responsable de su estudio en un momento anterior al desembarco bizantino peninsular ofrece un caso paralelo de presencia de cerámica oriental en la primera mitad del s. VI 92.
Respecto al momento final de circulación de los ungüentarios, hay que señalar su adscripción a conjuntos cerámicos posteriores al s. VI, como el de S. Polieucto en Estambul (Depósito 30) o el de Crypta Balbi en Roma, datable ca.
En el caso de Cartagena, los ungüentarios se hallan con relativa frecuencia en estratos de amplia cronología que abarcan hasta la etapa islámica (UU.
Sin embargo, ello no resta verosimilitud a que algunos ungüentarios llegaran a la Península a comienzos del s. VII y así lo sugiere la presencia de algunos sellos con monogramas característicos de esa época, como el de M-90-3-IIb.
En definitiva, para nuestros ungüentarios, aceptando una comercialización genérica que parece arrancar en el siglo V para perdurar hasta el VII avanzado, en el caso hispano habría que circunscribirla sobre todo a la segunda mitad del siglo VI y primer cuarto de la siguiente centuria, horizonte en el que se localizan igualmente, aparte de las ya citadas piezas béticas de Málaga o Algeciras 94, las de Barcelona 95 y Tarragona 96.
567, con un monograma similar, pero sin Ω inferior y con K junto a la Π derecha.
91 Sobre el patrón de contactos regulares con Cartago anterior a la conquista bizantina, vid. Reynolds (1995), p.
133) es de la opinión de que los unguentaria llegarían a Occidente por una vía que no pasa por Cartago sino por Siracusa y el sur de Italia.
92 Las excavaciones de este barrio alicantino son las intervenciones realizadas en Calle Churruca/Oscar Esplá/Calle Castelar y Avenida Oscar Esplá, donde se documentan sendos vertederos que, en ambos casos, parecen tener un límite cronológico superior situado ca.
575/580, y que, en el segundo caso, a pesar de abarcar materiales desde el siglo II, centra su período de actividad a partir del 500/525 con un tope superior en la mencionada fecha, pero con una intensidad mayor tan sólo hasta el 550.
93 Una pieza de fuera de Cartagena registrada en un momento posterior a la etapa bizantina es el ápice de ungüentario localizado en el Tolmo de Minateda, en el denominado horizonte IIIb, correspondiente a los materiales que aparecen en los niveles de abandono de casas islámicas y calles, que se fechan en época emiral, en concreto, hacia mediados del siglo IX; véase Gutiérrez, Gamo y Amorós (2003), pp. 148-156, fig. 22.6.
Con todo, la residualidad manifiesta hace considerar a los responsables de la excavación y estudio de los materiales una originaria pertenencia al horizonte I, en el que, no obstante, las producciones importadas son escasas y al parecer también residuales (ibidem, p.
Para el ejemplar de Algeciras carente de sello y procedente de la Calle San Nicolás 1, tenemos constancia de su inclusión en un depósito con seguridad datado en la segunda mitad del siglo VI, donde, además, las formas de vajilla fina Hayes 99 o 104, los contenedores anfóricos (Keay LXI y Keay LIII) y aun el numerario, compuesto de pequeños nummi entre los que hay uno justinianeo, permiten respaldar esa data (Navarro, Torremocha y Salado 2000, pp. 226-227).
En cambio, no tenemos conocimiento de la cronología del yacimiento donde fue documentado el otro ungüentario de esta localidad gaditana, el de Calle Méndez Núñez, el que, a pesar de haber sido datado preliminarmente entre finales del siglo V y la siguiente centuria (Bernal 2003, p.
34), hoy día se considera, acorde con la mayoría de ejemplares, dentro de la segunda mitad de la sexta centuria. nar fuera confirmándose con nuevos hallazgos, los ungüentarios que analizamos habrían llegado a España, salvo alguna excepción, únicamente tras la conquista bizantina del Mediodía hispano, a diferencia de otras mercancías orientales presentes previamente en cierta cantidad.
¿Significa esto que la llegada de LRU a la Península se vio favorecida por el aprovisionamiento que necesitaba la presencia bizantina en ella?
Sin duda, la localización de ungüentarios orientales constituye una prueba más del comercio regular con el Mediterráneo oriental, en el que la intervención estatal está más que probada97; con todo, el beneficio económico explica igualmente la comercialización de productos orientales en Britania, Galia e Hispania98.
La difusión de este tipo de envases en el Mediterráneo podría ser, pues, complementaria a la de los bienes de primera necesidad99 y respondería a una demanda prolongada en el tiempo, que quizá en un primer momento estimulada por las «colonias de comerciantes orientales» y favorecida por la presencia bizantina en el vecino norte de África100, sólo pudo ser satisfecha de modo adecuado una vez asentados los milites Romani en Hispania.
Por otra parte, que la administración imperial estaba implicada en la producción del contenido de estos ungüentarios es algo confirmado por la presencia -hemos visto dos ejemplos cartageneros-de sellos con la mención «del eparco» 101.
A pesar de las vacilaciones iniciales en la lectura de estas marcas, resulta muy verosímil que tal sea la resolución de los monogramas mencionados102, cuya presencia, en el caso de los objetos de plata, garantizaba la pureza del metal103, pero en el caso de los ungüentarios, sin duda, la calidad o cantidad del contenido, sobre el que sólo existen indicios de que se tratara de bálsamos 104.
El control de este tipo de productos formaba parte de las atribuciones de uno de los altos funcionarios imperiales que llevaban ese término tan genérico de «eparco» 105, que puede indicar cualquier persona que detenta el mando (en especial de una eparchia o provincia), pero que en lo relativo al control de las mercancías aludiría al prefecto de la Polis106.
En el caso de los objetos de plata, y desde finales del reinado de Justiniano, es el prefecto de Constantinopla quien tenía la responsabilidad de garantizar con su sello la pureza del metal utilizado y la identificación del nombre de Gabrielio en uno de nuestros sellos apunta en el mismo sentido, puesto que tenemos noticia de un prefecto de Constantinopla llamado así107.
Todas las interpretaciones de sellos con función similar se han decantado por identificar la autoridad implicada con este prefecto.
Sin embargo, la AEspA 2008, 81, págs. 151-176 ISSN: 0066 6742 producción de ungüentarios protobizantinos no es constantinopolitana, sino anatolia, y el prefectus Urbis no tendría ninguna jurisdicción sobre ella, al contrario que el prefectus Orientis, la primera figura administrativa de Anatolia, que bien podría haber puesto un marchamo homologador en el prestigioso producto que contenían los recipientes.
Una posible explicación es que el interés (quizá fiscal) de la administración central en el control del producto llevara a que el prefecto enviara su estampilla al centro minorasiático y un delegado suyo controlara el llenado de los recipientes 108.
Sea como fuere, la presencia de estos «monogramas secundarios» de funcionarios imperiales y, en concreto, del eparco, pero también (hipotéticamente) de un hypatos o cónsul, no es incompatible con la existencia de ungüentarios sellados por miembros de la administración eclesiástica 109.
Como es sabido, en Rodas vio la luz un ungüentario con el sello de un obispo de nombre Severiano y en Iasos otro similar de un obispo Erasino 110; pero también parece haberse identificado en los sellos algún miembro del clero, como el anagnostes mencionado en una pieza de Éfeso 111.
Sin duda, los nombres propios que esconden muchos monogramas responden a una u otra categoría de funcionario imperial o eclesiástico.
En una realidad como la que se vivía en Anatolia en ese largo final del mundo antiguo, no es sorprendente que la administración eclesiástica se hiciera cargo del control de la producción, en fases intermitentes o en la etapa final, y se beneficiara de ello.
Algunos estudiosos están persuadidos del valor religioso del contenido de los unguentaria y de un uso en contextos de culto cristiano heredero de la función de este tipo de recipientes en los ritos de enterramiento de época helenística y romana 112 nistración eclesiástica no eran solamente lugares donde se praticaba el culto cristiano, eran también centros económicos, en ocasiones extremadamente activos, y servían de residencia a una élite socioeconómica para la que el contenido de los LRU debía de ser en el s. VI un producto de uso común.
Del mismo modo, la presencia de ungüentarios en lugares sin función religiosa alguna, como Hierápolis, Algeciras, Málaga o Cartagena, no impide un uso religioso privado.
Hemos de recordar que, en especial, estos dos últimos casos nos muestran una presencia abultada de este tipo de piezas.
Si la presencia de sellos de la administración imperial no previene su contenido de ser de uso cultual, tampoco la presencia de sellos obispales es óbice para que el contenido no tenga que ver con la religión.
No es descartable, así, que los LRU sirviesen simplemente para la comercialización de productos de lujo, como aceites perfumados o ungüentos121.
De la misma forma, también se ha señalado la posibilidad de que contuvieran salsas especiales o vinos preciados, entre otras opciones122.
La hipótesis de que contuvieran productos de lujo en pequeñas cantidades como dichos ungüentos, de elevado coste y por ello destinados a las capas sociales de mayor poder adquisitivo, choca con su amplia documentación en contextos domésticos de poblaciones como Carthago Spartaria, sin duda desahogados, a juzgar por un rico ajuar cerámico importado, pero tampoco privilegiados, como evidencian todas sus características constructivas123.
Hemos de tener en cuenta a este respecto, que, además, el caso de la ciudad hispana no es ninguna excepción, pues similar resulta también el de los ejemplares lunenses, recuperados igualmente en estratos pertenecientes a las casas lígneas construidas sobre el foro o también el de las numerosas piezas localizadas en la Casa de los Capiteles Jónicos de Hierápolis124.
En este sentido, ya el mismo Hayes señaló desde un principio la existencia de este tipo de recipientes en las casas, quizá conteniendo óleo bendecido usado con fines medicinales 125. |
carta dd 4-7-1994 que considera la inscripción con seguridad i1álica. aunque en su orinión.
4ue en cslc aspec10 no comporto. seria o c1rusca o «pro1osamnitaJ>.
Recientemen1e se ha publicado. dentro de un estudio de los cascos de tipo Montefortino hallados en la península ibérica, el aparecido en las excavaciones de 1974 en la inci neración 2 de la cuadrícula 4F de Pozo Moro, un enterramiento rico, con armas abundantes y fechado por la cerámica griega que contenía entre 375 y 350 a.C. 1 • El casco de bronce. que se conserva en el Museo Arqueológico Nacio-nal~. está fragmentado en varios trozos, los dos mayores formaban la parte superior del capacete, hundida como por un golpe. y la mitad inferior del mismo con el borde bajo bien conservado, en cuya parte interior, en la zona derecha del guardanuca y terminando a poca distancia de las ani llas de éste". se encuentra la inscripción a la que están dedicadas estas líneas (fig. 1) 4 • La existencia de la inscripción y su aspecto general nos eran conocidos hace tiempo gracias a la generosidad de Martín Almagro-Gorbea. su descubridor, que no había dudado en proporcionamos los datos a los interesados.
Yo mismo me había referido a ella en ocasiones, en relación con la escasez de armas con inscripción ibérica y como un argumento más sobre el valor en la escritura meridional del signo' Garcia-Mauriiio, J..
1 Aún sin número de regis1ro.
Agradezco 11 las conservadoras Alicia Rodero y Magdalena Barril su ayuda y las fadlídadcs <le 4uc disfruté.
Igualmente agradezco tas observaciones de los in formantes de EAE.
•' El borde interior del guardanuca es 111 zona habitual como soporte de inscripción en este tipo de cascos.
• No insisto en más detalles arqueológicos. que pueden ser consultados en el articulo ci1. de Garc!a-M: iuriño. que en la levanti na se transcribe por be'.
Efectivamente con los daros entonces disponibles se imponía la hipótesis obvia de que una inscripción procedente de Pozo Moro debía ser palcohispánica. tal como la interpreta el editor del casco•.
Pero a la vista del excelente dibujo que acompaña la publicación 7 se plantean serias dudas sobre su caracter ibérico. que la autopsia no hace sino confirmar i-.
El problema es que se trata de una inscripción ( fig. 2) de sólo cinco signos. uno de ellos repetido, poco característicos como tendremos ocasión de ver, y cuya posición en el borde inferior del casco no permite decidir de antemano cuál es la línea de base de la inscripción, que sólo se define por la forma de los signos.
Si leemos la inscripción invertida (fig. 3) obtenemos una inscripción paleohispánica admitiendo serias irregularidades en el primero y último signo: s i la leemos de acuerdo con la figura 2 las irregularidades desaparecen pero la lectura paleohispánica es imposible y tenemos que aceptar que se trata de una escritura dependiente en último extremo de un a lfa beto griego de tipo euboico, como demuestra el tercer signo que. como veremos, resulta esencia l para la identificación de la escritura.
La inscripción está cuidadosamente grabada por medio de puntos incisos en el bronce por percusión l...... \ PIWl!..\1311• l\JSCKll'(' IO'-: 1:\11' A 1:1' > l 1N C:\S('O 1>1' 1'0/0 f\10RO sobre un instrumento profesional' 1, de sección triangular. que ha dejado claramente definida su huella en pequeñas hendiduras muy nítidas cuya superficie corresponde a triángulos isósceles de escasamente 1 mm. de lado.
Consta de cinco signos cuya lectura. según la figura 2, es decir de derecha a iz: quierda, adelanto que debe ser MVL VS.
Et primer signo es claramente una M de cuatro trazos que podría corresponder a las más diversas variantes de alfabetos griegos o derivados del griego.
En ltafo sin embargo, en el alfabeto etrusco y sus derivados, domina la versión de cinco trazos con la excepción del alfabeto «Sudpicénico» y del latino.
Veremos más adelante que hay motivos para excluir el sudpicénico, como también un alfabeto griego.
En cuanto al latino, la M con cinco trazos no • Los cj.:mplos de inscripciones sobre armas itálicas o griegas son de sobra conocidos para que merezca la pena insistir en ellos. cf. por ej. CIL = Cll F 1255, CI L 3609a, y para la época imperial los muchos ejemplos recogidos por Me Mullen, R., 1960: «lnscripcions».
Muchas de estas inscripciones sin embargo son grafitos realizados con un instrumento cortante cualquiera, con trazos más o menos largos y de forma relativamente descuidada, por ej. las dos «sudpicénicas»: Mainetti.
1985: Le iscrizioni, págs. 252-255. está atestiguada en las inscripciones del siglo v que emplean ya la de cuatro, y un supuesto ejemplo del siglo 1v (C IL 454) es más probable que sea falisco 1 ".
Si adoptásemos la lectura de la figura 3, de izquierda a derecha, podríamos suponer que se trata del signo ibérico meridional cuya versión levantina y celtibérica se lec he, pero los trazos laterales arrancarían demasiado bajo (cf. MLH 111 1, tab.
3 subf; en pág. 248) y el único paralelo plausible sería el de algunas inscripciones celtibéricas, demasiado alejadas cronológica, geográfica y culturalmente.
La V sin tallo y con ángulo agudo es normal en los alfabetos de Italia, mientras que son pocos los griegos que han desarrollado ese tipo y ninguno que pueda justificarse en Hispania en el siglo 1v.
En todo caso hay que excluir de los italianos el «sudpicénico», que ha invertido la posición del signo apuntando el ángulo hacia arriba.
La s implicidad geométrica del signo explica que su forma invertida coincida con otros de valor muy diferente, como la lambda griega clásica o alguna de las variantes de la ka paleohispánica, por lo que su lectura depende enteramente del contexto, lo que a su vez nos lleva a la opción itálica.
JAVIER DI: HOZ La L con ángulo inferior es normal en algunos alfabetos griegos arcaicos, entre ellos el euboico del que depende el etrusco y sus transformaciones italianas; de ella, al convertirse el ángulo agudo en recto, nacerá la forma latina clásica que todavía utilizamos.
Se trata de un signo por lo tanto esencial para la opción itálica, ya que los alfabetos griegos posibles se excluyen por otros motivos, pero de poco valor clasificatorio dentro de aquélla.
Al existir también una forma idéntica invertida, normal en alfabetos griegos y en variantes de la escritura paleohi spánica, seguiría teniendo el mismo valor si aceptásemos la lectura de la figura 3.
El último signo es una S angular de tres trazos. cuyo trazo inferior es mucho más largo que el superior, apenas apuntado.
El tipo e s conocido en los alfabetos italianos conviviendo con el redondeado y, como en Grecia, con el de cuatro trazos, mientras que los tipos angulares griegos tienden a utilizar trazos de longitud más homogénea.
En Hispania no existe en la escritura me ridional pero sí en la ibérica levantina, donde alternan e l tipo de cuatro trazos y el de tres en variantes que van de la normal en Grecia a la forma próxima a una N arcaica levógira (MLH 111 I, tab.
Pero si invertimos la inscripción, de acuerdo con la fig. 3, no sólo tendríamos que admitir un signo claramente levantino, en contradicción con el p rimero, que de ser hispánico debería ser meridional, sino particularmente mal trazado y además girado sobre su eje vertical.
En conjunto las formas de los signos, a pesar de no estar éstos entre los más explícitos, apuntan a un alfabeto! acial o en todo caso directamente dependiente del latino.
Es significativo que todos ellos estén representados precisamente en el único alfabetario latino del siglo 1v y a la vez más antiguo conservado, el de Monteroni di Palo 11, en las proximidades de Cerveteri, en el que es sensible la d iferencia de longitud entre los trazos inferior y superior de la S. La confirmación del abecedario es particularmente bienvenida ya que es dificil hallar paralelos adecuados para nuestra inscripción, porque el número de inscripciones latinas del siglo 1v es muy escaso 12 • Incluso en el siglo y medio siguiente, en el que la documentación aumenta considerablemente, el panorama que ofrecen los datos paleográficos es bastante caótico y no permite en absoluto una datación razonablemente segura excepto en los márgenes más amplios 13 • En todo caso con los datos dis-" Ver en el último lugar, con la bibliograíla anterior, Lejeune, M., 1988: «Mézence)), pág. 50.
ponibles la única objeción que se podría hacer a la hipótesis latina desde el punto de vista de la historia de la escritura eslriba en la dirección s inistroversa del texto, pero e n realidad sería una objeción mal fundada.
De hecho no está nada claro en qué fecha se generaliza la escritura dextrógira en el Lacio, pero hay indicios de que, al menos en zonas marginales y de montaña, durante el siglo 1v ha podido sobrevivir la escritura.levógira, puesto que como demuestra C IL 5 lo hizo la husrrvphedon 1 ~.
Por su parte la forma lingüística obtenida confirma plenamente esa impresión de latinidad.
La lectura final que obtenemos es Mulus, una palabra del léxico latino-de etimología desconocida, pero cuyo uso como cognomen está bien atestiguado 1 s_ en nom. como es normal en las inscripciones latinas de una explicación para la -s final, y el significado de la raíz, «ofrenda, ofrecer», exige alguna indicación complementaria que en nuestro caso el estado de conservación de la parte baja del casco permite afirmar que no ha podido existir.
Aceptando el término como latino o de su inmediato entorno, debe ser obviamente el N P del propietario del casco, pero en las fechas en que nos movemos la expresión cognomen carece de sentido.
Habría que pensar más bien en un NP en sentido pleno por sí mismo y por lo tanto en una situación anterior, en la zona de procedencia d el propietario o en su grupo social o en ambos, al desarrollo del sistema del nombre gentilicio.
La idea no es particularmente atrevida ya que, incluso en la propia Roma, no sabemos exactamente cómo se desarrolló en el tiempo y en la estructura social esa innovación •~y por otra parte la existencia de Mulus como antiguo " Wachter.
11 latomus 19, 1960, págs. Si la cronología arqueológica del cas<.:o es firme. como parccc. la mayor dificultad que plantea la intcrprctación de la insnipción es la tlna l moderna -11~ • cn \l'/ dc -os dominante hasta comienzos del siglo 11. lfay quc rnntar sin embargo con fuertcs tcndcncias conservadoras. en especial en la grafía de los NN P cn las inscripciones oficiales o solemnes:•. a pcsar de lo cual la forma moderna puede estar ya representada en la primera mitad del siglo 111 en el sepulcro de Scipio Barbatus (CI L 7¡::. y existe una inscripción frchable en el siglo 1v (CIL 5):J. del territorio de los marsos. precisamente la que nos ha scrvido como testimonio de escritura levógira. en la que la desinencia de dat. pi. muestra ya la forma -hus en vez de -hos 14.
El conjunto de los <latos que hemos examinado nos lleva a admitir que en el casco de Pozo Moro se gravó en la primera mitad del siglo 1v una inscripción en alfabeto latino y en una lengua que podemos considerar latín en sentido amplio, es decir no necesariamente la lengua de la ciudad de Roma pero sí de su mismo ámbito lingüístico, de la que por lo tanto tuvo que ser autor. cuando era propietario del casco. un individuo del Lacio o de sus inmediatos aledaños.
No es probable que ese mismo individuo acabase enterrado en Pozo Moro en una tumba típica ibérica, por lo que debemos suponer que en algún momento el casco cambió de propietario y pasó a manos <le un íbero.
Obviamente las circunstancias en que esto ocurrió son irrecuperables y es dudoso que merezca la pena especular sobre ellas. pero al menos debemos preguntarnos si hay alguna situación histórica conocida que pudo servirlas de marco. porque en ella se diesen contactos reales entre gentes del área ibérica y de la Italia central.
García-Mauriño ha llamado ya la atención. al comentar las posibles vías de llegada a la península ibérica de los cascos tipo Montefortino, sobre el tema w Sc hulze, W..
Por otra parte algunos estudios recientes insisten en que la adopción <lc ciertos tipos dc armas en la península ibérica durante cl siglo' <lcmucstra que la inílucncia itálica en sentido amplio cra intensa:... aunque por ahora no parccc que sc hayan detectado cauces y causas precisos de esa inllucncia.
En el caso de los cascos tipo Montefortino la inscripción dc Pozo Morn pul.!de representar un indicio significativo a favor de que su introducción en la Península se produjo también desde Italia. y no desde el área céltica, sin que naturalmente pueda extrapolarse esa idea a la cuestión polémica del origen último del tipo.
Sin embargo el horizonte cronológico de los cascos es posterior al de otros tipos de armas itálicas adoptadas y adaptadas por los íberos, y no entra en mi competencia el decidir si se trata de fenómenos re lacionados o no. Con los datos actualmente existentes creo que la explicación más sencilla de nuestra inscripción supone que el casco en que se encuentra pasó de manos de un propietario italiano a manos de un mercenario ibérico, que regresó con él a su patria para terminar enterrado en Pozo Moro i 1 • Admitiendo la fecha arqueológica del casco, la ocasión de la presencia en Italia de nuestro mercenario debe estar relacionada con las actividades de Dionisio 1 de Siracusa. que como es sabido contó con mercenarios ibéricos citados en las fuentes en numerosas ocasiones 2 ~. y cuyo enfrentamiento con los etruscos dio lugar a acciones militares en la zona central de la propia Península que probablemente no quedaron reducidas a la que de entre el las adquirió celebridad, el saqueo del santuario y puerto de Caerc en Pyrgi en el 384 (Aristot.
X 184), sino que darían lugar probablemente a escaramuzas de menor importancia en otros puntos más meridionales, en las que pudo producirse el «traspaso» del casco, ello sin contar con que, dada la permeabilidad de la Italia de la época, no hay que olvidar otras actividades de Dionisia, en concreto en el Adriático, en la 1 ~ García-Mauriño.
27 Na1uralmen1e no es cuestión de entrar aquí en la valoración del mcrcenariado ibérico. pero la imagen arriba evocada es con seguridad posible. aun en el sopuesto de que sea cierta la tendencia actual a reducir y devaluar el impacto cultural del fenómeno, en la que en mi opinión hay un punto de partida justo pero se está llevando la reacción más allá de lo que los datos permiten; vid. por ej. Quesada, (en prensa): «Vías».
2 " García y Bellido.
A., 1952: «El mundo», págs. 657-660. ltal ia meridional o en Córceg;1;... y que cabe induso que el rrorietario latino del casco fuese a SU vez Ull mercenario tk: srla1.ado de su lugar de origen. ya que aunque norma lmente sólo se piensa desde este punto Je vista en las gentes sam nitas'". nada se opone a que tambi~n los habitantes del reborde montañoso del Lacio rracticascn ese oficio.
Obviamente tampoco podemos excluir un mero fenómeno <le comercio ". mientras no tengamos mús datos sobre en qué medida jugaban un papel en el mercado antiguo los ohjctos de segunda ma no. |
En 1901. el erudito polígrafo malagueño Manuel Rodríguez de Bcrlanga dedicaba una extensa crónica a llorar la mue ne de su amigo Emil Hübner.
La necrológica. que adopta el aspecto formal de un rápido repaso por la obra del sabio alemán mezclado con muchos recuerdos personales. constituye una de las pocas referencias que se hicieron en la bibliogralia española sobre tan triste pérdida 1 • Lamentaba Rodríguez de Berlanga el carácter inconcluso de la tarea de Hübner en España. en donde al parecer se disponia a redactar una memoria sobre los hallazgos del Tajo Mantero, cerca de Estepa. cuando le sobrevino la muene.
Al otro lado de los Pirineos, en el prólogo a los Addita• menta de CIL 11 publicados en Ephemeris Epigraphica 9 en 1903, Hermano Dessau lamentaba la misma pérdida que había dejado interrumpida una tarea de actualización epigráfica que él mismo, con la ayuda de R. HObner, el hijo del epigrafista, se disponía a concluir con aquel suplemento, parcialmente preparado en vida por el difunto sabio alemán.
A comienzos de este siglo. el año de la muerte de Hübner. la primera edición del CIL 11 había cumplido ya 32 años y casi 1 O el supp/ementum; aunque las actualizaciones en Ephe• meris Epigraphica venían ocupándose de los nuevos hallazgos y de las oportunas correcciones de textos ya conocidos. en los primeros vei nte años de est.a centuria el volumen de epigrafes fue creciendo de forma importante hasta rebasar con 1 A las citadas por P. Le Roux en «E. Hübner ou le memier d 'épigraphim» (Epigraphie Hispanique.Probfémes de méthode etd'edltion,
«Ampliación a la nota necrológica hübneriana inserta en eata revista», /bid..
Tal crecimiento no fue accidental. sino consecuencia del interés despertado por la edición hübneriana del propio CIL 11 y el impulso dado de~ de la Real Acad. emia de la Historia por Fidel Fita.
Por toda la geografia peninsular surgieron estudios eruditos. las más de las veces sólo encaminados a ensalzar glorias patrias. que hicieron aflorar, con mayor o menor rigor, viejos epígrafes latinos arrumbados en casas de campo o reutili?.ados en construcciones modernas.
Hilbner no sólo había realizado una titónica labor de compilación y valoración, sino que había sembrado la semilla para convertir la Epigrafía en una disciplina histórica en la investigación española.
Algo má~ de noventa año~ después de su muene. y casi lo~ mismos desde el último suplemento de Ephemeris Epigraphicu, el volumen de inscripciones romanas de la península Ibérica casi se ha triplicado. enriqueciéndose además con miles de pequeñas y grandes correcciones a los textos anteriores, y con la edición de rescriptos. leges. epi.1•1olae. nuevas evidencias de cultos, etc., por no citar la interminable nómina de titulas funerarios que pueblan ahora nuestros ficheros.
Tan riquisimo repertorio acaba de hacer su entrada en la bibliografía con el primero de los fascículos de la esperada editio altera del Corpus lnscriptionum Lotinarum: fnscriptio• nes Hispaniae lotinae. una herramienta de trabajo que, sabida imprescindible, ha constituido un empeño constante desde los viajes a la peninsula ibérica de L. Wickert en 1928 y 19J l.
Surgida de la pluma de G. Alfóldy, M. Clauss y M. Mayer. con la ayuda de algunos colaboradores españoles y franceses, la nueva edición de l CIL 11 supone la culminación de una empresa que sólo el empeño personal de editores y autores ha podido sacar adelante tras sinsabores y esperas que ya se pueden considerar históricos.
La historia de esta editio altera es sobradamente conocida y ha sido ya relatada por sus protagonistas 2 • por lo que n es necesario repetirla en detalle.
Conviene sin embargo recordar que han pasado cerca de setenta años desde que L. Wickert redactara sus primeras schedae para lo que en principio se había planteado como un s11pplemen111m a la obra de Hübner; primero la guerra civil española. que obligó a interrumpir la encuesta, y luego la segunda guerra mundial, que truncó las expectativas editoriales, darían al traste con una empresa que tenía visos de concluir con éxito y que habría servido para adelantar en dos generaciones una tarea tan necesaria.
El trabajo de Wickcrt recibió un nuevo impulso a partir de 1958 con la creación de la Colaboracion Española al C I l ( C ECI l ). surgida del empeño de J. M.o de Navascués y S. Lambrino por concluir aquella tarea; como otras empresas de aquella etapa. las insuficiencias financieras y las dificultades de coordinación reducirían el proyecto a pequeños logros individuales que no llegarían a materializarse en una edición.
Pese a las dificultades surgidas en aquellos años. la necesidad de un repertorio epigráfico actualizado. fuera de las crónicas regulares aunque incompletas de L'A1111i?e Epigraphique. era un anhelo compartido que se materializó ocasio- nalmente tanto a nivel particular como a nivel público.
Asi surgieron empresas como el fichero epigráfico impulsado en Heidelberg por G. Alfóldy, que si rvió de base para el primer desarrollo de esta editio ulteru que estamos festejando. o el loable aunque insuficiente empeño editorial de Hispu11ia.411-1iq11u Epigraphicu. que concluyó pronto y que omitió la necesaria evaluación critica de los epigrafcl> que publicaba.
A partir <le 1981 los planes para la e laboración de un nuevo.mppleme11111111 al C I L 11 entraron en una senda <le trabajo constante. con e l respaldo institucional y económico suficiente para llevarlo a buen puerto.
A. U. Stylow y un grupo de jóvenes colaboradores españoles ocuparon una dependencia del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid, en donde se llevó a cabo la paciente recopilación bibliográfica de cuantas publicaciones se habian ocupado de los epígrafes romanos peninsulares.
Aquellos ficheros, ubicados en un piso de la calle Serrano cerca de la sede del Instituto, fueron en uno u otro momento meca de peregrinación para muchos de nosotros. que recurrimos a aquella exhaustiva información para realizar diferentes trabajos.
Incluso en aquella fase previa en la redacción del nuevo CIL 11, la extrema generosidad y hospitalidad de Armin U. Stylow. coordinador de esta empresa editorial. y de sus colaboradores. significó un apoyo indispensable para muchos investigadores.
En aquel fichero central. hoy trasladado a München y duplicado para la redacción de Hispania Epigraphica en Madrid. se fue compilando la historia de la investigación española, al tiempo que cuantos en alguna ocasión nos acercamos alli pudimos recibir e l siempre enriquecedor magisterio de su director.
Mientras en Madrid se llevaba a cabo esta tarea previa y necesaria, los responsables de las diferentes provincias peninsulares realizaban un seguimiento sobre el terreno de los epígrafes.
Viajes, visitas a los museos e instituciones, seguimiento de inscripciones en propiedad de particulares, consulta de manuscritos, etc. jalonan un trabajo que el tiempo ha demostrado fructífero y que se ha materializado ahora en este primer fascículo del nuevo corpus de las lnscripliones Hispaniue Lutinue; concebido originalmente como un.rnpp/e111ent11m, el volumen de las novedades y de las correcciones a realizar sobre viejas lecturas de inscripciones fue modificando el objetivo hasta aconsejar una editio completa de todas las inscr ipciones.
En la linea prevista por sus editores. esta primera entrega. dedicada al sur del convenws Turraconensi.1• presenta una importante novedad con respecto a la antigua edición, y es la inclusión de todos los textos anteriores al año 711 d.C.. rebasando el criterio de estricta romanidad empleado por Hübner en las ediciones de 1869 y 1892, que relegó los textos cristianos a un volumen aparte ( 1871) con su correspondiente supplementum ( 1900).
Junto a esta ampliación del horizonte cronológico. el nuevo CIL 11 presenta otras tres novedades no menos significativas: se ha dejado de lado la transcripción de los textos en letras mayúsculas, como aparecía en la edición original, para emplear únicamente minúsculas y desarrollar las abreviaturas, algo a lo que Hübner únicamente había recurrido en el aparato critico de inscripciones complejas; en segundo lugar hay que reseñar la datación de los textos con criterios homogéneos y actuales, lejos de la exclusiva estimación paleográfica empleada por Hübner y, por fin, la inclusión de fotografias.
El volumen incluye trece tabulae fotográficas con una selección de monumentos y una serie de microfichas con el resto de las imágenes; para estas microfichas con imposible equivalencia precisa en lengua latina se ha empleado la denominación de bratteo/ae.
Frente a estos nuevos criterios se ha mantenido la tradición de los volúmenes del CIL al ofrecer una edición integramente traducida al latln.
Desde el punto de vista del contenido, el lector encontrará también en esta obra dos diferencias sensibles con respecto a Ja anterior edición; la primera de ellas es la ausencia de una descripción minuciosa de los miliarios. que aparecerán en CIL XVI 1 y que sólo se referencian al comienzo de cada capítulo: la segunda es la desaparición de la mayor parte del i11stru-111e11111111 do111estic11111 en el sentido hübneríano del término. omitiéndose las inscripciones realizadas con medios mecánicos (sellos o moldes) pero manteniendo los grafitos; la razón de esta loabt.: omisión estriba en la imposibilidad de garanti-Lar en todos los casos la producción peninsular de este tipo de objeto!.. siendo más aconsejable dejar esta tarea para los repertorios espccí líe os.
Desde el punto de v ista geográfico. el ámbito de este primer fascículo del nuevo CIL JI. al que se añadirán otros dos para cómpletar el c11111•e111m El fascículo incluye un total de 857 textos. aunque la numeración sólo alcanza hasta el 81 4.
La razón de esta diferencia estriba en la adición. incluso en 1994, de las últimas novedades bibliográficas a fin de garantizar la actualidad de esta valiosa herramienta.
Las s iete unidades administrativas o geográficas empleadas para la distribución de los epígrafes ofrecen, a primera vista, serias diferencias en su riqueza epigráfica y en el valor de sus contenidos.
Asi, mientras la regio inter Saguntum el Leserum e1 Derwsum sita sólo incluye 12 entradas. y 11 el territorium de Leseru, Sagun111111 y su periferia acaparan una gran parte del volumen, con casi 500 textos.
Contra lo que pudiera parecer en principio, la inclusión de las inscripciones cristianas y de algunos textos bilingües anteriores al año 711 a.C. no ha incrementado s ustancialmente el número de registros.
De hecho, y lo advierte G. Alfóldy en el prólogo (p.
XVI), la mayor parte de la documentación que aquí se presenta corresponde a los siglos t y 11 d.C.. con escasísimas evidencias de 111 y IV d.C. y menos aún de las centurias posteriores, en las que los textos más tardíos publicados en este volumen proceden de Derwsa.
La reunión de toda esta riquísima documentación en un solo volumen constituye un alivio sustancial para los estudios históricos, ya que evitará durante un buen periodo de iiempo la tortuosa peregrinación de los historiadores por la selva en que se ha convertido la historiografia local y regional.
Tal dispersión bibliográfica, de la que casi todos en mayor o menor medida somos responsables, es una muestra del interés que los estudios históricos en general y epigráficos en particular tienen hoy dia. pero constituye la más seria barrera a la que debe enfrentarse cualquier investigador.
En el caso de las inscripciones de la fachada mediterránea peninsular esta situación había adquirido tintes dramáticos; sirva como muestra el caso de Sagunto y su territorio: pese a que el último corpus regional sólo tiene quince años de antigüedad (F. Beltrán 1980), el catálogo epigráfico se habla incrementado con dos abultados estudios de G. Alfüldy con ediciones y correcciones l, el conocido estudio de J.-N. Bonneville sobre ¡ G. Alfüldy, «Epigraphica Hispanica l.
Neue und revidierte lnschriften aus Saguntum», ZPE 41, 1981, Siendo este el ejemplo más evidente, la dispersión de la información no es menor en casos como el área castellonense, en donde el número de trabajos a manejar se cuenta por docenas. o en el uger Valen1i1111s, en donde se carecía incluso de una recopilación inicial.
En tales circunstancias, la posibilidad de disponer de toda la información en un solo vo lumen debe servir de trampolín para los estudios históricos de una forma tremendamente eficaz.
En el nuevo rnrpus llama la atención el elevado número de cpigrafes saguntinos. tanto los procedentes del área urbana (no 14,291-14,579) como los del 1erriwrium (no 14.
757). que constituyen la parte sustancial del volumen.
Debidos a la pluma de G. Alfoldy su cantidad y la riqueza de su nintenido permiten perfilar no sólo los grandes rasgos históricos de la vida de la ciudad, sino incluso algunos caracteres de su estructura social.
Merece destacarse en este sentido la observación de Alfoldy (p.
61) sobre la posibilidad de distinguir dos grandes catagorías en los tituli funerarios: los relativos a los niveles superiores de la jerarquía social y los referidos a los colectivos menos privilegiados.
El incremento de epígrafes en la periferia de Saguntum ha permitido individualizar cuatro conjuntos, dentro de los cuales los textos presentan manifiestas afinidades. que evidencian centros de culto o monumentos funerarios colectivos; son estos el Mon11me11w de la Trinidad (p.
Con un volumen de epígrafes tan importante como el saguntino.
G. Alfoldy ha podido extraer valiosas conclusiones sobre los caracteres formales de los textos que. sustentadas sobre una base documental tan amplia, se pueden considerar de validez regional.
Llama la atención el autor (p.
61) sobre el uso corriente en las o.fflci11ae locales de las interpunciones triangulares, cuya disposición parece tener valor cronológico, pues parece que la mayor parte de los textos en los que un vértice de la intcrpunción apunta hacia arriba pueden ser preflavias.
Asimismo, en un epígrafe ya editado por Hübner(CIL 11 2 14.407 = C IL 11 6031) ha podido documentar Alfüldy el uso de hederae distinguentes a mediados del siglo 1 d.C.; la cronología vendría avalada por el uso de una forma como horteis pro hortis y constituye la más antigua evidencia de este elemento de separación, que en el resto de los enclaves de la costa es algo posterior.
Hace unos años G. Alfóldy ya se había ocupado de hacer una primera evaluación epigráfica de esta riquísima comarca s en la que debió existir una estructura organizativa de tipo municipal cuyo nombre sigue siendo desconocido.
El elevado número de epígrafes y su contenido desaconsejaban claramente la adscripción del área a alguno de los núcleos próximos, por lo que hay que aplaudir la idea de individualizar esta comarca, a la espera de la evidencia que nos indique algún día el nombre de la entidad urbana correspondiente.
Mayor complicación geográfica ofrece la regio in ter Saguntum et leseram et Dertosam sita (no 14,769), de imposible adscripción territorial por el momento en la que desca und Umgebung», ZPE 54, 1984, pp. 221 -245. taca el elevado número de miliarios frente a la relativa escase:.: de otro tipo de evidencias epigráficas.
En el penúltimo apartado dedicado a las grandes un idades territoriales se consagra el territorium de Lesera, un núcleo cuyo conocimiento debemos a un preciso estudio de G. Al fóldy hace casi una veintena de años.
El conjunto epigráfico reunido en esta comarca a caballo entre Teruel y Castellón es reducido. pero suficiente para determinar la existencia de la estructura municipal y conocer a algunos miembros de su élite, algunos de los cuales aparecen en el conocido monumento de lglesuela del Cid. que los autores de este capitulo suponen debe datarse en el siglo 11 d.C.
En este peregrinar hacia e l norte, siguiendo el orden establecido en su día por Hübner. el último nucleo que integra este riquísimo dossier epigráfico es Dertosa (no 14.
781-14.814 ). de la que en fecha reciente se había realizado una evaluación epigráfica a la luz de las evidencias físicas y de la informació n documental, pero cuyos epígrafes se publican reunidos y en detalle por primera vez.
El último texto del volumen constituye un auténtico broche de oro, no sólo por la riqueza de su contenido sino por constituir la auténtica primicia bibliográfica de una inscripción anunciada en repetidas ocasiones; nos referimos a la extraordinaria esrela con curmen epigráfico de Vinebre (Tarragona). que M. Mayer data aqui a finales del siglo l d.C.
Ya hemos aludido a que una de las novedades de esta editio altera es la inclusión de valoraciones cronológicas para cada uno de los epígrafes.
Efectivamente. en la introducción a cada uno de los capítulos figura un apartado dedicado a establecer los criterios de datación y la tipología de los monumentos.
A este respecto conviene elogiar en los editores la prudencia en la estimación cronológica; en las publicaciones epigráficas de los últimos diez años los criterios de datación en entornos regionales reducidos han alcanzado lo que podríamos considerar un cierto grado de precisión; estimaciones paleográficas, tipología dé los soportes, usos y costumbres en las abreviaturas, forma de las interpunciones, etc.. han permitido realizar aproximaciones cronológicas inimaginables hace dos o tres décadas.
En su aplicación a los diferentes conjuntos epigráficos que integran este fascículo dedicado a la purs meridiona/is del conventus Tarraconensis los editores y autores de las diferentes entradas han establecido patrones generales de datación que no arriesgaran la longevidad de la obra.
Así por ejemplo. al referirse a las inscripciones funerarias del conjunto de Jérica.
46) que el nombre del difunto en dativo se emplea desde la época flavía; la presencia de D(is) M(anibus) o de fórmulas como patronae optimae,.flliae pientissimae, etc. indica que los textos no son anteriores al siglo 11; las hederae, con excepción de un texto saguntino ya citado, aparecerían desde comienzos de esa misma centuria, etc. Aunque en la aplicación a cada uno de los epígrafes se precisan a veces estas valoraciones, parece más prudente, como en esta obra se ha hecho, establecer márgenes temporales amplios, uniformes y de aplicación general, más duraderos que las estimaciones individualizadas siempre sujetas a revisión, y más propios de una obra llamada a mantenerse viva durante varias décadas.
Por otra parte, este criterio más globalizador parece abrirse camino en otras publicaciones aparecidas en fechas recientes 6 • Tan interesantes como la datación del contenido son los criterios empleados para datar los soportes o para establecer cronologías a partir de los materiales empleados para su elaboración.
Tales criterios destinados a ser de aplicación general se emplean aqul por primera vez, aunque fueran corrien-tes con anterioridad en conjuntos locales.
Al respecto. conviene señalar el interés de las estimaciones realizadas sobre Ja tipología de los soportes saguntinos, la datación em picada para los pedestales de los diferentes centros o la valoración cronológica del uso de materiales específicos como el Jaspi de la Cinta (brocatel/o) en Derrosa.
No se ría justo omitir en esta breve crónica el exlraordinario interés de la ilustración gráfica de los monumentos.
Aunque la empresa a buen seguro ha planteado todo tipo de dudas editoriales sobre el formato a empicar. la solución final parece la correcta, al incluir en láminas fotográficas una selección de epígrafes que por su lipología o por la trascendencia de su texto merecerían individualizarse. dejando para las brat1eolae el catálogo completo de imágenes. tanlo fotográficas cuando ello es posible, como dibujos o aniiguas ediciones para textos perdidos.
Concebido como un proyecto a medio plazo. la aparición de este primer fascículo del nuevo CIL 11 evidencia la viabilidad de la reedición. maierializada con un sólido respaldo institucional y económico, y constituye una buena muestra del rigor con que se está abordando tan difícil empresa.
A los lectores nos queda la satisfacción de tener en nuestras manos una herramienta tan extraordinaria y la expectación ante el anunciado próximo volumen, esta vez dedicado al conve111us Cordubensis, dentro de este mismo año.
Juan Manuel Abascal Universidad de Alicante J. J. CAF.ROLS, Sacra vía (1 a.C.-1 d.C.).
Responde desde luego a un muy encomiable esfuerzo el hecho de que se publique sobre la sacra via un libro donde se recogen y estudian las fuentes escritas, dentro de un proyecto, dirigido por J. Arce, que pretende unir los elementos que conducen al conocimiento global de una realidad más compleja.
Por ello, tanto la iniciativa del director como los propósitos del autor se encaminan a un objetivo instrumental de gran utilidad, al querer ofrecer la documentación sobre un tema de tanto interés para la arqueología, la historia de las religiones y la historia tout courl como es el de ((la calle más antigua y famosa de Roma».
La obra, con todo, es más que eso, pues, al menos, pueden distingu irse tres planos. desde luego perfectamente imbricados en un todo coherente.
Asi, en un conjunto intencionalmente único, cabe añadir, a la exposición crítica de las fuentes, una propuesta metodológica de orientación escéptica que roza el pirronismo histórico y una reseña crítica del libro de Filippo Coarelli sobre el foro romano en época arcaica lo coloca entre la basílica de Paulo y el primer templo men-!=ionado. es decir, del de Antonino y Faustina. del que quedará por tanlo al oeste.
La figura 48 de Richardson es explícita acerca de las consecuencias que se pueden extraer del texto de Varrón, cuando los CurnelU aparecen situados ínter sacram 1•ium N Mace/111111.
Si fuera así. ya no tendría ningún sentido, por parte de Coarell i. la defensa del recorrido que hace de la sacra vía.
Dar por scn1ada la localización de Richardson vendría en contra de la tcoria de Coarelli aun antes de emprender las criticas abiertas. mientras que su propia identificación sirve de apoyo a las tesis que posteriormente serán objeto de crítica. las que dirigen la continuación de la sacra vía hacia el noreste a partir del templo de Júpiter Estátor.
En relación con el mismo texto. tampoco tiene razón J.J.C. al pretender que la forma editum indica la existencia de una edificación.
Al analizar otro texto de Varrón, Lengua latina.
5, 47, J. J. C. se centra en la critica de dos expresiones,.rncra...fenmtur y profecti para intentar aminorar el efecto ritual que Coarelli atribuye a la relación entre el aug11racu/11m de la arx, el cornicio y la sacra via, como parte fundamental de las ceremonias relacionadas con los orígenes de la ciudad.
Que sacra pueda referirse a los objetos sacros no disminuye, sino que potencia, la función procesional de la vla.
Que profec1i tenga que entenderse en el sentido figurado puede servir precisamente para conferir a la arx el valor de punto de partida ideológico para la contemplación del mundo y la ciudad. como parece deducirse del mismo comentario de J. J. C., que no ofrece en este caso alternativa.
La crítica analítica sirve aquí sólo para introducir matices formales, estilisticamente útiles, sin proyección histórica.
En relación con el texto de Dion Casio, LIV, 27, 3, donde se menciona la «casa pública» y la «del rex sacrorum)), comentado en p.
31, la alternativa de Caerols de traducir mén1oi «en cambio», y no «come conseguenza» corno hace Coarelli, no altera el argumento de éste, pues indicaría que lo que Augusto hizo con su casa. que fue convertirla en pública, no lo hizo con la casa del rey de los sacrificios, que entregó a las Yesiales.
De todos modos, esto no deja de ser una consecuencia de lo anterior, expresa o tácita.
Los mismos argumentos utilizados por Caerols en la nota 58 (p.
187) muestran cómo la dis• tinción que él quiere ver no puede establecerse de modo rígido. pues regia sí puede referirse a la domus publica del Pontífice Máximo, que es de lo que se trata en los argumentos de Coarelli.
En relación con otro texto del mismo autor (LXIX,4,(3)(4), no está tan claro que la preposición es haya que traduci rl a necesariamente «frente a», como se hace en p.
Al comentar Ovidio, Tristes, 3, 1, 27-40, sorprende que J. J. C. trate de extraer consecuencias topográficas del uso de ista, en pág. 74, cuando es tan frecuente el uso enfático, admirativo o simplemente con la intención de dar la sensación de que se habla de algo ya conocido.
Paralelamente, sorprende por igual que no se comente el texto de Ovidío, Fastos, VI, 793-4, citado por Coarelli, p.
26, sobre el templo de Júpiter Estátor,... quam Romulus olim ante Pa/atini condidit ora iugi, al que dedica un interesante comentario R. Schilling en la edición de la Collection Budé (año 1993).
Brevemente, puede decirse de otros textos que la enumeración de Solino no implica necesariamente la diferenciación de tres emplazamientos distintos entre la Yelia, la Puerta Mugonia y la summa sacra via por el hecho de que se enumeren por separado (p. i L. Richardson, A New Topographlca/ Dictionary of Ancíent Rome, Baltimore-Lond.res, John Hopkins University Press, 1992.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA, 68, 1995 121 ). ni que en relación con una cal le se pueda marcar de un modo determinante la diferencia en i11 y a111e.
Tampoco es definitiva la traducción del Varrón «junto a la vía que hay a la izquierda», por sl! c1111d11m 1•ia s uh sinisJra (p.
126 ). ni el argumento ~obre el uso de la preposición ad (p.
134) y de la repetición de I'/, ni el orden de palabras de p.
Lo dicho no invalida globalmente el análisis de los textos comentados. cuya acumulación tiene indudable valor por sí misma. al reunirlos de modo sistemático.
Sin embargo, como a veces parece criticarse la rigidez de quien pretende extraer consecuencias firmes. conviene recordar que las matizacio• nes son igualmente necesarias para el uso negativo como para el uso positivo de los datos cuando se van a emplear para intentar comprender el pasado remoto.
Si se puede criticar el uso de profec1i por sacar conclusiones excesivamente literales. también puede criticarse la falta de atención hacia los usos no mecánicos de un demostrativo.
11 J. J. Caerols basa su posición metodológica en el rechazo de fuentes de ambiente anticuario (p.
34), criterio que le sirve de fundamento para la descalificación.
El análisis filológico y circunstancial de las fuentes permite sin duda evi1ar el uso superficial de las mismas.
Ahora bien, el objeto del análisis tenderá lógicamente a conocer las circunstancias por las que las fuentes se acercan a la realidad. para intentar conocer determinados aspectos de ésta.
Ninguna fuente antigua, ni historiográfica ni anticuaria, refleja la realidad que para nuestra interpretación es necesaria.
Sin embargo. tanto la historiogratia como el anticuarismo permiten conocer la realidad antigua posible y sólo un sólido cuerpo conceptual permite su interpretación histórica como parte de Ja evolución compleja de las sociedades humanas, que se expresan como se expresan, de acuerdo con sus propias posibilidades históricas.
El análisis de las características de las fuentes debe servir para conocer más y mejor, y no sólo para descalificar lo que se haya podido conocer a través de otras formas de análisis.
La descalifi cación siempre será posible. pues nada responde al concepto de fuente deseado.
Siempre podrá emplearse el argumento de moda de la falsificación o el de la invención.
Pero sólo el uso de esos anticuarios, espejo deformado de la realidad, asi como el análisis de los modos de deformación empleados, dentro de sus propias condiciones de existencia, como espectadores parciales de la realidad, permite que ésta se conozca mejor, con todas las limitaciones con las que es posible conocer el pasado.
Lo que se dice en sus textos constituye una realidad especifica, que el ambiente anticuario transmite para permitirnos conocer mejor la antigüedad, si, frente a la credulidad ingenua, no elegimos en cambio el escepticismo devaluador que sólo lleva a la posibilidad de conocer el presente, y éste mismo sólo deformado por el violento juego de intereses que caracteriza nuestra sociedad.
La historia de los orlgenes de Roma se halla conformada por el escepticismo hipercritico.
Filippo Coarelli ha hecho un esfuerzo para conocer la realidad desde el análisis de los datos, literarios y arqueológicos.
Naturalmente, es posible y deseable que esos datos se critiquen.
El problema estriba en si el espíritu que preside determinada critica no llevará simplemente a recuperar el pirronismo histórico de las tendencias positivistas de los primeros aftos de este siglo.
Sin duda, el esplritu anticuario imprime un determinado sesgo a los datos transmitidos.
De ahí a pensar que por ello todo es construido p inventado hay un abismo.
Lo positivo será más bien tratar de hallar cuáles son las bases sobre las que se ha elaborado el montaje anticuario y la propaganda de época augústca, del mismo mod. o que la utilización por Mussolini del Imperio romano no lo convierte en una invención, sino en objeto de estudio ante el que hay que analizar críticamente la historiograf1a de la época.
Tampoco el descubrimiento de América es una invención. a pesar de que los fastos del 92 pretendan dar una imagen deformada del mismo. ni ha dejado de existir la revolución francesa a pesar de la versión light que se difundió en el momento de su bicentenario.
La cuestión es cómo. cuándo y por qué se «inventa» una tradición y cuáles son los elementos constituyentes de la misma.
La relación entre tradición y realidad no es tan simple como para poder sacar conclusiones disyuntivas entre invención y autenticidad.
Con el análisis de los textos y una actitud escéptica ante el conocimiento del pasado, J. J. C. emprende una crítica de la visión de F. Coarelli del foro romano y la sacra vía, que por su parte se presenta cargada de coherencia y sentido histórico.
El problema estriba en que el análisis poco articulado de los textos, sin un objetivo que pretenda alcanzar la comprensión global de los primeros siglos de Roma. sólo consigue introducir grietas en parte de los datos de la anterior coherencia, sin que desde luego dé la impresión de que su conjunto se deshaga.
Ninguno de los argumentos en concreto lo consigue por sí solo y el conjunto no tiene cuerpo coherente que sirva de alternativa, sino que funciona como desagregación de datos incapaz de contraponerse por su fuerza a la interpretación totalizadora y orgánica de Coarclli.
En efecto, que hay pocos testimonios de la sacra vía larga está ya dicho (p.
18) tanto por los anticuarios mismos como por Coarelli.
Ésa es la cuestión que ya conoce este autor.
La vía sacra se ha quedado reducida a la memoria de los anticuarios.
Pero eso no quiere decir que se Ja inventen en una teórica «construcción» propia de los escenarios de Hollywood.
Los eruditos suelen saber cosas que el vulgo no sabe.
Por eso son eruditos.
Que Fi lippo Coarelli haya tenido que ir ampliando la calle (p.
35) sólo indica la dificultad de la situación, ante la que sin duda la posición más científica no es la de declarar la falsedad de los datos, sino la de tratar de extraer de ahí la realidad cambiante e ideologizada, sobre todo si se trata de una realidad que ha desempañado un papel religioso y vinculada a la propia visión que los romanos se hacían de su pasado, del que, desde luego, tratan de transmitir una imagen específica, válida para consolidar sus formas permanentes y cambiantes de dominio.
Ante estos datos, es evidente que nada autoriza a sacar conclusiones positivas.
Pero también es evidente que. para la antigüedad, desde las fuentes disponibles, las únicas conclusiones positivas posibles son banalidades, ya que los aspectos verdaderamente interesantes de las relaciones humanas siempre aparecen manipulados y enmascarados, porque afectan a modos de dominio y a manifestaciones tan humanas de la realidad que el hombre no puede mostrarlas de modo absolutamente descarnado.
La visión global del pasado depende de los análisis concretos, sin duda, y Caerols los emprende con cuidado y detalle, pero los detalles desarrollan su potencialidad cuando ofrecen un panorama coherente del pasado.
La relación entre la totalidad histórica y el dato preciso ha de ser de constante interacción, pues los méritos de los análisis minuciosos se notan más en lo positivo, cuando conducen a la afirmación del conocimiento del pasado, que cuando sólo consiguen debilitar parcialmente los apoyos de tal conocimiento.
Al libro le faltaría pues la proyección hacia un objetivo que realmente demuestre que merece la pena ofrecer una alternativa a la interpretación de Coarelli.
La obra que reseñamos resuha de intcres. por cuanto en ella se abordan diversos aspectos de ta personalidad histórica de la figura de Trajano, y del contexto sociopolítico de su mandato imperial.
El volumen esta integrado por diez aportaciones. ta primera de las cuales a cargo de J. Beltrán Fortes y M.'
L. LoLa Azuaga. se dedica a la iconografia del retrato de Trajano. haciéndose un recorrido por la rctratlstica del emperador circunscribiéndose en lo posible al ámbito de la escultura de bulto redondo.
Por su parte C. Castillo ofrece una síntesis sobre la relaciones de la familia de Trajano, y de la amistad con otros senadores de su tiempo, haciéndose especial referenciu a M. Ulpius Truiunu.s y las mujeres de la casa del emperador.
asi como a los senadores hi spanos amigos de Trajano, y a los senadores de origen bético en Tibur.
Sobre el culto imperial en la época de Trajano, se centra la contribución de R. M!
Cid López. abordándose la treologia jupiteriana y la veneración del optimus princeps. asi como las innovaciones en el culto imperial. los homenajes a Trajano en Oriente y Occidente. y el culto a los dfri.
De interés resulta el trabajo de L. A. Curchin cc Local elites in Baetica in the time of Trajan», y de F. Chaves Tristán sobre la amonedación de Trajano. en el que se expone en primer ténnino. los elementos de las monedas trajanas (tipología, leyendas. metales y metrología), y las monedas y finanzas; también se tienen en cuenta aspectos sobre moneda y política. y sobre la ceca en época de Trajano (organización de la ceca. y valoración de las emisiones y su volumen).
A las re vueltas judías e n tiempos de Trajano dedi ca sucomunicación L. García Iglesias. quien lleva a cabo un recorrido sobre los diversos movimientos al re specto de Cirenaica.
Mesopotamia y Palestina. analizando sus motivaciones y las consecuencias a que dieron lugar.
Por otro lado, y en relación a la guerra pánica. se refie re e l texto de J.
González. estableciéndose a pesar de que como se ind ica las fuentes li te rarias son escasas. las lineas generales del desarro llo de di chas campañas.
Po r su parte el prof. D. Plácido Suárez, centra su aportación en la imagen del emperador como optimus princeps, poniendo de man ifiesto cómo el autor más significativo como exponenete de todo el ropaje ideológico que envolvía la época y la figura de Trajano. es sin duda Plinio e l Joven, C<Sobre todo en e l Paneglri<:o dedicado al emperador. modelo del género. tanto por el esti lo como por la capacidad de e laboración que revela la eficacia de los métodos propagandísticos de la época».
También forma parte del volumen que reseñamos. las cont ribuciones de R. Teja y J. J. Ventura Martínez: en la primera de ellas se aborda el tema de la política de Trajano para con los cristianos, tratándose fundamentalmente la cana de Plinio, datada en el otoño-inv ierno del 110-111 o del 112-113. y el escueto rescripto de Trajano: a su vez y en un contexto netamente arqueológico, se enmarca el trabajo de J. J. Ventura Martinez sobre la ltalica trajanea. en el que tras exponerse el marco geográfico, la historia de la investigación y una síntesis histórico-arqueológica, se pasa a analizar la urbanística e infraestructuras (red viaria, red de saneamiento, abastecimiento d e agua, murallas). la arquitectura, (teatro. anfiteatro, termas, casas. etc.), necrópolis, decoraciones arquitectónicas. escultura y artes industriales.
Finalmente Varios factores contribuyen a hacer de Bulla Regia uno de los yacimientos mas imponantCl> del territorio IUnecino: SU situación en las grandes llanura~ del Medjerda. mencionada!> por Polibio.
Tito Livio y Apiano. su umplitud cultural y cronológica des de tiempos pimicos hasta i: poca árabe, y sobre todo la monumentalidad de los edificios y la originalidad de las casas de epoca romana.
Las excavaciones comen zadas en el siglo XIX pusiero n al descubierto vari as necrópolis libiopúnicas y una pequeña parte de la ciudad romana convertida en colonia por Adriano.
Pero la ex tensión y las caracteris1icas de los vest igios romanos de este importante yacimie nto de l A frica Proconsular han hecho que las investigaciones continúen y que los resultados vayan llegando en forma de publicaciones monográficas y de diversos anículos.
La monografia objeto de recensión está ded icada a uno de los muchos edificios de esta interesante ciudad: las termas construidas entre 220 y 240 por ltt/ia Memmia, según consta en una inscripción. aunque su ocupación continuó después de haber dejado de ser en época bizantina un balneario.
Los autores han llevado a cabo un estud io arq uitectónico ex hausti vo, e n el que no faltan lns referencias hi storiográficas de las investi gaciones, que ocupa todo el capítulo l. con inclusión de los dibujos y fotografias realizados en el siglo pasado y de un anexo, inserto al final del libro. en forma de dossier fotog ráfico de los trabajos efectuados en los años ci ncuenta.
Los cuatro capítulos siguientes se ocupan de la descripción de las distintas partes del edificio: fachada.frigidarium, gimnasios. tepidurium. praejurnium, destrictarium, así como del monumento helenístico an terior a la construcción de las termas o del criptopórtico añadido hacia el 360-365.
Es de destacar la magnífica documentación gráfica de planos y alzados que acompaña a la descripción. de forma especial el plano IV que muestra la apariencia externa del monument o <CSemi-simétrico» artic ulado en volúmenes geométricos.
Asimismo tiene un gran interés el análisis realizado por P. Arnould sobre los restos de l combustible empleado para calentar el destriclurium, que confirma el uso. bien atestiguado e n las fuentes. de madera y ramas de olivo procedentes de la poda. asi como de productos residuales de la prensa del aceite.
El estudio se completa con tres capítulos más, ded icado el VIII a las técnicas de contrucción. con el empleo de mármol tanto en el interior como en el exterior del edilicio, la circulación del agua y la forma de calentamiento; el IX que constituye un análisis histórico del yaci miento a través de las inscripciones, las fuentes literarias y los restos urbanlsticos desde época numidica hasta la árabe; y el X sobre la tipología del edificio dentro del contexto urbano del barrio y de la ciudad de Bulla Regia.
Los autores han contado además con la colaboración de varios especialistas: R. Hanoune se ha encargado del estudio de los pavimentos musivos, de escaso interés iconográfico ya que, a excepción de la escena del laberinto, todos ofrecen una decoración bien conocida de tipo geométrico o floral; C. Vivert-Guigue de las pinturas parietales, que se encuadran dentro de la ortodoxia tipológica de las provincias africanas: H. R. Baldus hace el estudio de las monedas, cuya cronología va del siglo tv-111 a.c. hasta el 3SS-J61 d.C.
En cuanto a los resultados de la investigación quizás el aspecto más destacable en las termas Memmianas. y en ello insisten los autores, sea su contribución a definir la arquitectura termal romana a través de unos elementos arquitectónicos que, como el amplio pórtico de entrada animado con un j uego de arcadas, sirven de espacio de transición entre lo de se remonta a los últimos meses de 1953. año en el que una primera excavación puso al descubierto una parte de la casa.
Aunque no se ignoraba que en el ángulo noroeste existian dependencias. también con mosaicos. simétricas a las del ángulo sudoeste. cuyos pavimentos fueron tras dos décadas publicados por S. Goz.lan (Les pavements en mosa' iques de la Maison de Neptune á Acholla-Botria (Tunisie).
1974. pp. 71-135), los trabajos de excavación con el fin de publicar todo el conjunto arquitectónico y pavimcntal no se reanudaron hasta 1979. procediéndose durante las campañas llevadas a cabo hasta 1982 a la extracción de todos los mosaicos y a la realización de sondeos estratigráficos.
Transcurridos varios años desde entonces, es en la actualidad, no obstante, cuando por fin salen a la luz los resultados completos de estos trabajos. exponiéndose en el presente volumen el estudio de los mosaicos y de los elementos que justifican su datación; mientras un segundo tomo será consagrado al estudio arquitectónico del edificio. al análisis de los niveles de ocupación y a los restos de decoración pictórica.
Como objetivos primordiales de esta monografia, la autora se centra en presentar la descripción precisa de los pavimentos. en algunos casos ya muy deteriorados, analizar la lógica de su colocación y emplazamiento y distinguir eventualmente en los detalles de realización la mano de equipos u obreros diferentes.
Siendo como son generalmente ornamentales, el análisis de los esquemas ocupa la mayor parte de este estudio, aportando indicaciones sobre la historia del mosaico.
Se citan series próximas geográfica y estilísticamente, que permiten distingu ir familias y hábitos de escuelas o talleres, constatando que frecuentemente los motivos decorativos comportan aqul cabezas de serie. asl como la coexistencia de lineas ligeras y sobrias en estancias modestas y ricas en salas de recepción.
A modo de introducción, en un breve apartado dedicado al conjunto arquitectónico (pp. 1-9) figuran condensadas las diferentes partes de la casa.
Gracias al excelente estado general de los mosaicos, el plano de la casa, cuyos elementos arquitectónicos aparecen mal conservados, figura claro.
Se trata de una casa con peristilo en la cual las piezas se ordenan alrededor de un gran espacio inferior descubierto, rodeado de pórticos.
La implantación de una necrópolis, que se advierte en la parte occidental, en el siglo v o VI, confirma que la casa estaba situada en la proximidad de un limite de la ciudad en el momento de la mayor extensión de ésta.
No sólo sus dimensiones sino también su decoración. que, además de los mosaicos. incluía pinturas y estucos. es un fiel ind icador de que se trataba de una mansión lujosa.
Los mosaicos, tema central de la monografía (pp. 1J-210), cubrían 1.
175 m 1 y pavimentaban salas de recepción y apartamentos privados. así como zonas de ci rculación como peristi los y estancia~ decorati vas tipo ábsides.
El catálogo consta de 56 mosaicos. clasificados según una ordenación basada en el emplazamiento. pictas de acceso a salas ( núms.
1-3 ). el peristilo y sus dependencias (núms.
4-8), piezas del ala norte (núms.
49-55) y. por último, el mosaico parietal del ábside central orientado frente al oecu.1• (núm. 56).
Tras hacer referencia a la sala que pavimentaba, su situación actual. dimensiones y circunstancias del descubrimiento. se incluye una detallada descripción y un análisis del esquema y de cada motivo, con gráficos, así como su evolución particularmente en el Norte de Africa.
Es de resaltar. al estudiar el mosaico núm. 8, -aquel que aparecía pavimentando el ábside central semicircular IX en el viridorium. en el centro de la galería occidental del peristilo y de cara a.1 oecus y al rectángulo del triclinium 6-. la identificación precisa de distintas especies de peces y crustáceos que decoran el pavimento.
Además de su identificación. la autora aborda el estudio de esta s especies. del cual se desprenden como principales conclusiones que todas pertenecen a la fauna marina propia de la costa, y concretamente a las correspondientes a las tonas cercanas a la orilla, de modo que el mosaista las ha podido ver y observar y las ha representado a su tamaiio real, captando detalles característicos. aunque vistas ventralmentc, en una actitud que parece delatar la muerte reciente. • Respecto al oecus. la sala mayor y la más suntuosamente decorada, a cuyos pavimentos dedica una parte extensa del volumen, destaca el mosaico del Triunfo de Neptuno que dió nombre a la casa, para cuya descripción. especialmente de los medallones con nereidas, tritones y otras figuras relacionadas con el mundo marino, así como con pájaros, se mantiene la numeración incluida en el citado articulo de 1974, aportando un nuevo dato sobre la localización de uno de los medallones. el núm. 17. con la representación de una nereida junto a un centauro marino, que, aun sin más precisiones, sitúa en Yugoslavia, ya que, como se sabe, este pavimento se encuentra fragmentado y disperso en distintos lugares.
Al abordar el estudio de la representación del Triunfo de Neptuno, se incluye un valioso cuadro que contiene una lista de las representaciones de la ccNavegación» del dios documentadas en la musi varia romana, figurando junto al lugar de procedencia y localización actual la correspondiente referencia bibliográfica.
No obstante, dado el punto de vista frontal desde el que aparece representado el Triunfo en Acholla. el aná• lisis se centra en los ejemplares representados según esta misma perspectiva frontal, concretamente en el otro procedente del Norte de Africa. el mosaico de La Chebba, en el itálico de Fano, y en los originarios de Autun y Nyon, asi como en los orientales de Se/eukeia del Eufrates y Adana; poniéndolo en relación asimismo con aquellas otras representaciones del Triunfo de Dionysos. vistas también de frente al espectador, como las conservadas en mosaicos de 1.a Casa de Tertulia de El Djem, la Casa del Triunfo de Dionysos de Antiocheia o de Corinto; y siendo de destacar el estudio que se realiza del carro. ya que, por lo general, en las publicaciones de mosaicos con escenas del Triunfo en las que Neptuno aparece sobre un carro, la referencia a éste no sobrepasaba la mera descripción relativa a la forma de la caja, curva o recta, y. en el caso de inclusión de ruedas, el número de sus radios.
Otro apartado (pp. Respecto al periodo de ocupación. la documentación. por un lado. de lucernas de la segunda mitad del siglo 11 y de la primera mitad del 111 y los platos de cerámica fina también de la primera mitad del siglo 111. y por otro, la ausencia de sigil/ara clara O aparecida hacia el 300 y la escasa sigillata clara C permiten situar el fin de la vida en la casa y su destrucción hacia mediados del siglo 111.
El reducido t iempo de ocupación viene además confirmado por el excelente estado de conservación en que se hallaban los pavimentos en el momento de su descubrimiento, ya que no hay trazas de restauraciones antiguas, puesto que las degradaciones se deben a la destrucción de la casa y al estado en que fue dejado el lugar tras las primeras excavaciones de 1954.
Tras su destrucción, la casa fue seguidamente recubierta por una nec rópolis.
En el sondeo 7 apareció un fragmento de lucerna roja paleocristiana de los siglos V-Vt, lo cual sugiere una datación tardía.
En cuanto a los motivos del abandono, sin trazas de incendio, la autora no cree que se trate de un fenómeno aislado y lo pone en relación con ci rc unstancias similares en Thvsdrus.
Hadrume-111m, Uthina, Uziua.... lo que sugiere una érisis económica y politica que habrla afectado a toda la Byzacene.
En lo concerniente a la propia realización de los mosaicos, son dignas de resaltar las conclusiones de este estudio.
La autora considera que. aún existiendo modelos de talleres, es evidente también que éstos son constantemente adaptados y modificados dejando una gran libertad al mosaísta, quien prefiere muy a menudo variedad y fantasía.
Algunas de las anomallas observadas pueden ser explicables por el trabajo simultaneado de varios equipos de obreros sobre una misma decoración.
En el tapiz núm. 1, por ejemplo, la manera de colorear los cuadrados de trenzas revela la presencia de tres equipos diferentes.
En este sentido, un especialista debía estar encargado de la elaboración del cuadriculado permitiendo la distribución general del esquema y, posteriormente, siguiendo directrices globales y respetando sólo indicaciones muy generales, los equipos debieron dar rienda suelta a sus iniciativas.
Sobre los tapices figurados, en particular, los medallones han sido compuestos aparte e insertos después en la trama previamente ejecutada y, a este respecto, su homogeneidad prueba que fueron hechos al mismo tiempo sobre el terreno y luego insertados.
En suma, y para concluir, se trata de una magnifica monogratla con gran profusión de cuadros y excelentes láminas en la que S. Oozlan presenta con todo rigor el resultado de tantos aflos de trabajo dedicados a la Casa del Triunfo de Neptuno en Acholla.
Modrzcwska constituye un nuevo ejem• plo del reciente auge que experimentan las investigaciones sobre economía de la Antigüedad en base al material anfórico.
A la acertada temática. se une un buen número de datos sobre un campo tan poco conocido. como es el de la relación comercial entre dos.tonas geográficas de singular protagonismo en la Antigüedad.
Hispaniu será. durante no poco tiempo. la principal provincia productora de variedades ali• menticias del Imperio, de igual modo que Italia será la principal consumidora a todas las escalas.
Sin embargo, como paradoja, los investigaciones sobre la proyección económica del material anfórico en estas provincias. no alcanza. salvo excepciones. la entidad y minuciosidad a que nos tiene acostumbrados la bibliografia francesa. alemana. suiza o británica.
Este trabajo. se inscribe en el marco de un estudio general sobre la cerámica anti gua de la laguna de Venecia, desarrollada por el Comité Nacional de consulta de Ciencia y Tecnología de Bienes Culturales del Consiglio Naziona/e de/le Ricerche.
Por ello, se plantea una investigación de la región. empleando tanto métodos arqueométricos (químicos. petrográficos y mineralógicos). como los propiamente arqueológicos. cuyos resultados, aplicados a un tipo concreto de material, se plasman en esta primera monografia sobre las ánforas.
El planteamiento de la obra busca integrar aspectos am• plios y diversos de la investigación anfórica. como son los de la historiografia (Caps.
1 ). la filiación de las tipologías y los aspectos metrológicos (Cap.
2), o el estudio de los pecios (Cap.
3), donde se evidencia el importante papel de la Arqueología Subacuática en el estudio de las rutas comerciales en la Antigüedad.
A partir del Capitulo 4, la autora ofrece una visión pormenorizada, con abundan tes referencias bibliográficas, sobre la presencia de contenedores hispanos en el Véneto.
En estas páginas se estudian los diversos tipos anfóricos. de forma individualizada, así como las caracteristicas histórico-arqueológicas de la región Veneciana.
Quizá, en este empeño el índice propuesto fuera más esclarecedor agrupado con otra lógica, ya que obliga a una lectura un tanto ampulosa. al dividir el estudio de la región veneciana en varios apartados alternos, algo solapad os (Caps.
Los capítulos siguientes (5 a 10) dedicados al estudio de las diversas formas, tienen la virtud de constituir un elenco de hallazgos de gran interés para el investigador, aunque no se recojan datos cuant itativos y estadisticos referidos al número de individuos localizados.
Por otra parte, las tipologias tropiezan con el eterno problema de la imprecisión en la exacta atribución a tipos morfológicos concretos, lo que se debe tanto al creciente número de variantes existentes, como a nuestro limitado conocimiento sobre las áreas de producción.
En este sentido, conviene retomar como punto de partida los talleres de origen, tal y como hace la autora en varios pasajes. en los que sólo se echa de menos alguna referencia a los novedosos hallazgos en el área oscense-gad itana (Alonso Villalobos, Campano, Lagóstena, Martlnez Maganto}, omisiones que deben estar relacionadas con la recientlsima publicación de dichos trabajos.
Modrzewska dibuja un panorama muy interesante sobre la. s relaciones comerciales entre la P.lbérica e Italia, con especial atención al origen Bético de la mayorla de contenedores localizados en el Véneto, como justifica el subtítulo del trabajo.
En estos conjuntos, la presencia de ánforas de salsas de pescado y salsamenta alcanza una llamativa preponderancia, que viene acompailada, en muchos casos, por las olearias Dreasel 20, cuyo estudio más avanzado gracias a las recientes labores del Testaccio, permiten su utilización como referente vilido.
El importante volumen de contenedo-
1995 re~ de ~ala, rón locali1a<.lo:.. viene a confírmar nuestras sospe• cha) )Obre la enudatl de la:. indu~nias salarias en la Bética. cuyo r11mo de producción 1uvo que ser constante. para satis• facer la demanda de un exigente mercado repanido por todo el lmpeno.
Suiza o Gran Bre-1aña. a lo) que se añaden ahora los datos recogidos sobre el área sep1cn1rional de ltalrn y 1.onas adyacenies. confírman este extremo.
Las ruia:. de comercialización propuestas son va riadas. aunque la autora hace especial hincapié en la vía maritima que a través de la C0)13 levantino-catalana. siguiendo el Midi francés. llega a la Liguria IFigs.
Desde este punto. pueden decidirse 01ras alternativas. bien hacia el interior de la llalia Cisalpinn. bien. vía marítima. hasta Roma.
Otra posible ruta. muy bien documentada por hallazgos submarinos. es la 1ransmedíterránea.
Pane del mediodía o el levante español. se encamina hacia las Baleares y. fínalmente, por el Estrecho de Bonifacio, alcanza la Italia central (Figs.
Estos itinerarios no menosprecian la ruta directa vía Adriático o el papel redistribuidor que el Vénelo ejercía sobre las provincias de Noricum o Pannonia.
Modrzewska no olvida la imponancia que hubo de tener la comercialización interna que. a partir de puenos estratégicos del Tirreno, como luni o Pi.l'ae. siguiendo vias fluviales o terrestres, alcanzaba el Véneto.
No en vano. la densa capilaridad fluv ial favoreció este trasiego de produc1os (vía Ródano-Po). a juzgar por la upresen:u de1 contt'netori spagno/i in IUtti i territnri transulpini». así como por las numerosas inscripciones de los collegiu na11tur11m Por su parte. la bien estructurada red de comunicación terrestre. a la que alude la autora. favorecía esta movilidad en todas direcciones.
En cuanto al estudio analítico de las muestras. el trabajo de Modr1.cwska apona numerosos datos de iaterés.
Sin embargo. quizá no terminen de quedar muy claros cuáles son los procedimientos seguidos en el desarrollo de los estudios arqueomé1ricos.
Las menciones relati vas a la metodologia son demasiado parcas. a pesar de la inclusión de referencias bibliográficas a 1rabajos similares (Meeting 011 Ancie111 Ceromirs.
Además, entre ellos, no se incluye mención alguna a las novedosas investigaciones analíticas desarrolladas sobre materiales idénticos de Ceuta, Almería y Cádiz. de los que ya han sido publicados algunos avances (Bcrnal C'asasola.
Por otra parte, las ilustraciones y tablas que recogen los resultados arqueométricos (rigs.
27 a 51) resultan poco clarifícadoras (ausencia de unidades de medida. imprecisiones en la nomenclatura. falta de escalas o magnitudes). especialmente para el lector no avezado en trabajos de esta índole.
Quizá. el aspecto más criticable del conjunto de la obra esté en relación con la documentación gráfica aportada.
Los mapas. aunque bien ejecutados, presentan algunas lagunas. que debemos atribuir a la antigüedad de los trabajos que han servido de referencia.
Este hecho es especialmente notable en los mapas que recogen los yacimientos submarinos (Figs.
4 a 6), o el relativo a los hornos de la zona gaditana (Fig. 7).
Los dibujos de las diversas ánforas son extremadamente simples y su ejecución no permite conocer el interior de la pieza o el perfil del labio-asa, lo que limita la información de un objeto, al que no acompaña escala alguna.
Por su parte, las fotografias son muy desorientadoras: el objeto fotografiado adopta diversas posiciones, algunas imágenes son de muy escasa nitidez y, a veces. las piezas no se disponen perpendicularmente al objetivo.
En muchos casos, la escala de referencia no existe o no es bien visible y, en ocasiones, se entorpece la visión del ánfora con altos trípodes metálicos.
Finalmente, la "o, bra resulta de ardua lectura, ya que esta edición no intercala fi¡uras en el texto y utiliza el sistema de citas en capltulos finales, lo que obliga a acudir constantemente a otras pá¡inas, incomodidad que se hubiera solven-tado con la cita americana y las notas a pie de página. de má~ rápido acceso.
Por otra parte. exbtcn numerosas erratas tipográficas. así como algunos confusione!> en la escala de la!> láminas o en la organización alfabética de la bibliografía, lo que denuncia la premura con que el trabajo ha sido publicado.
En resumen. la obra de Modrzewska. recoge destacadas aportaciones sobre las relaciones comerciales entre la P.lbérica e Italia. conslituycndo un excelente elenco de datos para los investigadores del mundo anfórico y de la historia económica de la Antigüedad.
No cabe duda de que el 1rabajo es fruto de una in1ensa labor de estudio y documen1ación en la que. por desgracia. los errores de forma desvalorizan el trabajo de fondo.
U.A.M J. M. BLAzouez, J. R EMESAL, E. RooRfGUF.Z ALMF.IDA, Excavaciones arqueológicas en el Monte Teslaccio (Roma).
En eMe volumen se estudia en una labor sistemálica. el ma terial epigráfíco recuperado durante la excavación arqueológica llevada a cabo en el Monte Tcstaccio de Roma en otoño de 1989.
La obra que se comenta consta de una introducción con una breve historia del Testaccio y de tres capítulos. el primero y el segundo fírmados por E. Rodríguez Almeida. el tercero por J. Remesal.
Además contiene un apartado con índices y tablas que facilitan la labor de consulta.
El primer capítulo es introductorio al tema.
Ya Cervantes. que vivió unos años en Roma. menciona el Testaccio.
En el siglo XIX fue el alemán Dressel, cuyo centenario se celebró hace poco, el primero que cayó en la cuenta de la importancia excepcional del Testaccio, monte que comprende entre 45 y 55 millones de ánforas, un 12% de las cuales a partir de los Severos son de procedencia africana.
El Testaccio es el único archivo fiscal que ha llegado hasta nosotros del Imperio Romano. pues las ánforas. además del sello con el nombre del productor del aceite, llevaban sobre los hombros la ficha fiscal con todos los dalos pertinentes.
El contenido del capitulo segundo, consiste en el estudio de los tltuli pie//, uno de los principales focos de atención de la investigación hispana del Testaccio.
Sobre los ri1111i picli y sobre los sellos. se centra el énfasis del estudio del proyecto español del Monte Tcstaccio.
El presente volume n es el mejor estudio paleográfíco del Imperio Romano. con una cronología segura, y donde se puede seguir perfectamente la evolución de las letras y sus características en un momento determinado.
Complementa los estudios hasta ahora juzgados definitivos de Mallón.
E. Rodríguez Almeida, siguiendo la linea directora de la obra, se limita a incluir un catálogo de fragmentos, sobre todo de ánforas Dressel 20, con tituli picti. en muy diverso estado de conservación.
La mayor parte son fragmentos de ánforas béticas y una mlnima de ánforas de origen norteafricano y gálico.
Los datos que proporcionan los tituli picti sirven para interpretar las confiscaciones de los Severos en Hispania, después de la batalla de Lyon del año 197, en la que Hispania se puso de parte del derrotado usurpador Albino.
No hay tales confiscaciones. o por lo menos no se generalizaron.
Sólo afectó a la flota que transportaba el aceite bético a Roma, antes en manos de particulares.
Alejandro Severo volvió a entregarla a los paniculares.
En el capitulo tercero, firmado por J. Remesa l. se estudian 145 sellos sobre ánforas Drcssel 20.
Los sellos aportan información acerca de la producción de las ánforas y del aceite contenido en ellas.
Y los enfoques para estudios futuros. basándose en los mismos, pueden se r de carácter arqueológico. epigráfico o económico.
Los sellos, si como sugiere el profesor Remesal. son los nombres de los productores del aceite. demuestran que en la Bética y más concretamente en la 1ona de Lora del Río. la propiedad estaba muy repartida. y no cxistlan en epoca de la Dinastía de los Severos grandes propiedades. ni imperiales. ni de particulares.
Tan sólo se conoce el Kalendarium Ve¡:l! tia-1111m. que por razones ignoradas pasó ya en época de Marco Aurclio a manos del Emperador.
Pudo ser por donación.
Las grandes familias senatoriales de época flavia-antoniniana no están mencionadas en las ánforas del Testaccio.
El objetivo prioritario que dirigió la publicación de este material epigráfico es. según el autor. la datación de un conjunto de sellos. confrontadas las dataciones consulares de los rituli picti con aquellos y con los niveles artificiales de la excavación.
Como en el capitulo anterior. los sellos se presentan cada uno con su ficha técnica, la cual se ilustra con el dibujo del sello. escala unitaria 1: 1.
El estudio adecuado de los tituli picli y sobre todo el de algunos de sus elementos. como los sellos que se catalogan en este volumen. contribuirán a plantear nuevas cuestiones sobre la historia económica. también social e incluso politica del mundo romano altoimperial.
Son absolutamente vál idos para inferir datos acerca de las relaciones entre las provincias y la metrópoli, para la datación de los materiales.
El volumen, bien ilustrado, es una importante contribución para el estudioso de la economía en la antigüedad.
La realización de este extenso trabajo de geografla histórica sobre el actual territorio nacional de Túnez. es evidentemente un proyecto sumamente interesante pero no exento de riesgos, no sólo por la extensión y por la enorme complejidad histórica del espacio y temas estudiados. sino también por la entidad y alto nivel de conocimientos que la investigación especializada en el Norte de Africa ofrece de los yacimientos arqueológicos tunecinos.
Por ello debemos resaltar, en primer lugar, la valentía del autor y su evidente capacidad de slntesis para elaborar y ofrecer un pa norama. ordenado y sistemático, que relaciona con absoluta coherencia las caracterlsticas geográficas del territorio montañoso situado al Nordeste de Túnez con el devenir de la ocupación humana de ese ámbito en época antigua.
El estudio se estructura en tres grandes partes: 1° A modo de catálogo. se exponen las características flsicas por regiones y comarcas naturales.
También se recogen los yacimientos arqueológicos localizados hasta el presente.
Dentro del esquema compositivo resulta muy interesante e innovador la inclusión sistemática de un apartado de toponimia que precede al resto de la documentación bibliográfica, geográfica e histórica.
El catálogo es por tanto una magnifico ejemplo de documentación completa.
2o Posteriormente se analiza el desarrollo del fenómeno urbano en el territorio tunecino en época antigua, cnt. re otras particularidades debemos destacar la excelente combinación de arqucologia y fuentes literarias en enclaves donde se han localizado~ restos arqueológicos.
Para identificar las ciudades antiguas en ruinas dispersas el autor se ha guiado por un criterio metódico y lógico buscando especialmente testimonios que manifiesten la existencia de instituciones municipales o monumentos significati vos dedicados a la colectividad y al desarrollo de una vida ~ocial compleja.
J" Apartado dedicado a la economía del territorio. donde se analizá fundamentalmente el fenómeno agrícola y el mundo rural.
En el mismo apartado ~e incluyen otras actividades económicas como procesos industriales {elaboración de cerámicas a gran escala. talleres artc:.anales, o la elaboración de manufacturas alimentaria!>) y 01ras muestras del sector primario: actividades ganaderas, la minería y la explotación de los recursos naturales.
Para la elaboración de este trabajo no sólo se ha compendiado un buen número de datos bibliográficos que son referencias básicas de época antigua en Túnez. también se añaden los resultados de la propia prospección realizada por el m ismo autor en el territorio. lo cual implica el meritorio intento de reequilibrar y actuali7.ar. de modo unitario. los conocimientos aportados por investigadores que lo han preced ido.
Entre los riesgos. antes señalados, y sin duda asumidos por el autor. en pro de una si ntetización del resultado, queremos señalar la brevedad de algunos apartados históricos que. en nuestra opinión resultan demasiado parcos.
Ello sucede al contemplar la escasa entidad de las referencias dedicadas al periodo preromano, donde apenas podemos reconocer qué panorama histórico y arqueológico concibe el autor del mundo indígena y de la aculturación púnica del territorio, aunque sea incluso dentro de la propia romanidad.
También son excesivamente discretos los apartados dedicado al cristianismo si hemos de considerar que esa religión determinó cultura y sociedad durante un amplisimo período histórico (siglos 111-Vll). irradiando. a través de sus representantes eclesiásticos de renombre, su propia versión de «cristianidad» sobre el resto del Imperio.
Por todo ello nos parece que. en este meritorio trabajo, el autor ha preferido buscar los nexos comunes de ta ocupación humana del territorio por encima del análisis de las distintos acontecimientos históricos. y por ello, aunque el resultado es satisfactorio, resulta 1 imitado.
Otro problema de este trabajo es su excesiva adecuación al ámbito regional que analiza.
Los datos obtenidos merecerían un adecuado paralelismo con datos procedentes de otros ámbitos del Imperio para resaltar lo idiosincrasia «proconsulom y sus vinculaciones con el resto del mundo Mediterráneo en época antigua.
Por último resta fel icitar al autor por la amplitud y la excelencia de su labor y suponemos que en obras sucesivas podremos seguir conociendo nuevos datos del cada vez más completo panorama histórico que presenta el Norte de A frica en época antigua.
Los trabajos arqueológicos realizados en las murallas romanas de Nimes, han permitido al autor la elaboración de este amplio y detallado estudio sobre el trazado del recinto amurallado y de la tipologfa edilicia, destacando el gran número de torres contemplado.
Como sucede en la mayorfa de las ciudades antiguas. los edificios modernos superpuestos en estructuras arqueológicas sólo (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa )14 REC ENSIONl:.S AEspA.
Esta lim11ac1ón ha sido accnadamcntc i.upcrada por el autor quien reúne un extenso conjunro de datol > digno& de ser publicados.
Mucho más si rcncmos en cuenta que Ni me~ era en la antigüedad una de la~ ciudades más importante~ de la Galia narbonense. y si cabe del mundo romano occidental. lo cual justifica la tarea reah1ada.
Por la amplitud de los rcl>ullados contenidos en este traba-JO podemol> afirmar que el eMudao es en cieno modo precuri; or pues. en la documentación arqueológica que actualmente disponemos sobre el mundo romano, los recintos urbanos rrovinciales están aún e~casamcnre tratados y en su gran mayoría. por las dificultades anrcs indicadas, únicamente de un modo muy superficial.
También hemos de indicar que gran rarte de la publicación que reseñamos es balance de más de 30 años de investigación arqueológica sobre el terreno, por lo cual no cabe dudar de la experiencia y la madurez de las apreciaciones aquí recogidas.
En un primer apartado el auror aborda, con minuciosidad, la descripción y la recopilación de datos objetivos. donde recoge los descubrimientos de siglos pasados y los aportados por otros investigadores que lo precedieron. sin embargo ocupan un lógico papel preponderante las exploraciones del propio autor en distintos aramos de murallas.
También del>taca la evaluación realizada sobre las técnicas de construcción empicadas en el recinto, y la extensa upología obtenida del d1sei\o de las torres (p.
149). que conviene al rceinio de Nimes en un ejemplo excepcional de arquircctura defensiva romana.
Es muy ace rtada la distinción jerarquizada de las 11pologih de las torres en dos grandes apanados. lo cual simplifica posreriormente la creación de subripos individuali.tadO!>.
A modo de conclusión el auror dcsraca las caracreristicas principales del recinro• por un lado su unidad como recinto concebido y manrcnido desde época augustea, y por otro lado la enorme diversidad de las construcciones que la conforman. lógico resultado de una larga pcrvivencia del recinto amurallado, por ello suponemos que en próximos estudios se podrían valorar las aportaciones edilicias de los disrinros periodos históricos que lo han conformado.
También debemos felicirar al autor por el excelente apartado gráfico que ilustra el tcxro con eficacia mediante dibujos de las torres y csrru cturas despejadas (si acaso demasiado récnicos) e incluso rcconsritucioncs de los alzados.
Es obligado mencionar la buena calidad de las forografias.
Por último desracar el acompai\amiento de planimetría histórica de la ciudad de Ni mes, que nos permite reconocer el rrazado y las estrucruras en épocas medievales y modernas, documentación indispensable para los trabajos arqueológicos contemporáneos y los que se realicen en un futuro.
Aún alabando la publicación de este meritorio trabajo esperamos que pronto aparezcan aquellos daros complementarios que deben complcrar la tarea presentada.
En efecto, como nos indica el auror, la presente publicación. constituye sólo una primera aportación sobre el recinto de Nimcs, estando en proyccro un segundo volumen, donde se incluirán edificios anejos al recinto amurallado y una interpreración histórica del conjunto.
Por ello aún reconociendo la aportación del presente trabajo, creemos conveniente que se profundice en algunas cuestiones que requerirfa toda obra que pretenda constituirse en referencia fundamental para estudios de poliorcética romana, nos referimos especialmente a la necesidad de otorgar a la tipolo¡la descrita en las torres una valoración cronológica que debe basarse en la estrati¡raíla y en los materiales obtenidos tras las exploraciones.
Sólo nos queda animar la realización de nuevas publicaciones que, como •c:n el caso descrito, nos permit. an evaluar, cada vez con mayor precisión, las estructuras defensivas de época romana.
Ehusus y la influencia púnica en los territorios ltispanos.
VJll Jornadas de Arqueología fe nicio-púnica (Ibiza.
Trabajos del Museo Arqueológico de Ibiza, 33.
En 11rimer lugar aparece la intervención de C. G. Wagncr sobre «El auge de Cartago (siglos VI-IV) y su manifestación en la Penlnsula Ibérica».
Tras señalar la visión anticartaginesa impuesta por la tradición greco-larina y la ausencia de estudios sobre la presencia cartaginesa an terior a los bárquidas, analiza el imperialismo de Cartago en el Mediterráneo, prestando una atención especial a su desarrollo en la Península Ibérica, calificándola de hegemónica mediante un sistema de alianLas desiguales.
Asimismo pone su atención en la ausencia de tofets en el extremo occidente que para el autor, al ser un fenómeno urbano, es más una cuestión de índole arqueológica que una prueba de la sohdeL cartaginesa.
Sobre la Liga púnica-gaditana se encarga O. Aneaga presentando una revisión del contenido conceptual del Circulo del Estrecho o fenicios occidentales. en su desarrollo socioeconómico. político y cultural, y en donde la isla de Ibiza e:.r:I inregrada desde su fundación: igualmente resalta el papel comercial del Templo de Melqart como impulsor de esa «Liga de Gadir» como él la llama.
M. Ocndala Galán. a rra vés de las diversas tradiciones recogidas en las fuenrcs literarias y los restos arqueológicos de época romana. ofrece un consi!>lente panorama del iníluJo cartaginés en el interior de Andalucía y de su penetración en Exrremadura.
Este nuevo planteamiento puede servir para revalori7ar el poso que ese importante componente cultural púnico ha dejado sobre las poblaciones indígenas del Sur Penins ular, lo que, a su vc7, explica su rápida romanización.
En el conjunro de estas comunicaciones merece especial mención en mi opinión la de B. Costa sobre «Ebesos, colonia de los cartagineses», en donde se analiza ampliamente el proceso formativo de la sociedad púnico-cbusirana. recalcando con suficientes evidencias arqueológicas su integración en el ámbito fenicio-occidental como consecuencia de la expansión económica de Gadcs y de su red colonial.
De gran interés es su interpretación sobre el singular texto V, 16 de Diodoro Sículo, que mezcla en un solo acontecimiento, la doble colonización semita de la isla: a esa conclusión llega analizando los procedimientos compositivos que emplea Diodoro que resume, no siempre de fonna coherente. en sus fuentes de infonnación.
J. Santacana 1 Mestre expone brevemente un debate sobre la fonnación de las sociedades ibéricas en Cataluña.
Para ello pane de dos yacimientos concretos que forman pane de sus investigaciones. el de Aldovesta y el de Berranc deis Gáfols con evidentes contactos comerciales fenicios.
Igualmente se refiere a la influencia comercial y cultural ebusitana que se manifiesta en los yacimientos de la costa central catalana.
Es de destacar el interés que estas novedades tienen para comprender mejor la expansión comercial y cultural íenicio-púnica en unas zonas como las catalanas que precisamente parecían haber quedado al margen de ese proceso.
En resumen, el libro es francamente satisfactorio con interesantes aponaciones, directrices y sugerencias acerca del tema presentado, y esperamos que los encuentros que el Musco Arqueológico de Ibiza inició en 1986 con el propósito de presentar los avances realizados en nuestro pais, prosigan con tanto éxito, para el bien de quienes nos dedicamos al estudio de la coloni zación semita.
Este nuevo trabajo viene a incrementar las monografias que sobre la isla de Ibiza hace años realiza el Museo Arqueológico de Ibiza.
En él se dan a conocer los resultados de una excavación de urgencia efectuada en 1980. que permitió documentar un pozo o vertedero púnico en Hort d'cn Xim, cerca de la ciudad.
La estructura del yacimiento indica que el pozo antes de su amortización como vertedero fue utilizado para la extracción de agua.
Los materiales que en él se documentan son exclusivamente los cerámicos para uso doméstico.
En el conjunto se observan dos tipos de producciones: las de importación, de las cuales destacan las ánforas centro-mediterráneas. tanto greco-itálicas como púnicas norteafricanas, y las de fabricación ebusitana que son las más representativas.
La correlación entre las diversas formas cerámicas es la base que ha permitido establecer la cronología del vertedero entre el 240-220 6 21 O a.c. Finalmente el análisis comparado con otros depósitos del mismo tipo del N. y O. de la bahía de Ibiza, ya publicados o en vía de estudio, permite al autor llegar a conclusiones de carácter económico y cultural de gran interés para el conocimiento rural de la isla.
En este contexto. el libro se enriquece con la contribución, recogida a titulo de apéndices de dos estudios.
El primero relativo al análisis zooarq ueológico del pozo por M. Saña, cuyos resultados se contrastan con los restos faunisticos del pozo de Sa Joveria hasta este momento inéditos, obteniendo algunas apreciaciones sobre la ganadería y alimentación de Ibiza.
El segundo apéndice realizado por N. Juan Muns, contiene el estudio de la ictiofauna, representada por una sola vertebra de atún.
Igualmente debemos destacar todo el utilísimo aparato gráfico, así como el estadístico {cerámicas, restos óseos); no obstante debido posiblemente a una impericia de la imprenta nos ha privado de la fig. 1,
Si es cierto que la madurez de una ciencia se mide por el interés que la historia de su desarrollo suscita entre quienes la practican, podríamos decir que la arqueologla espai\ola está aún en su adolescencia.
En efecto, la historiografia de la arqueologia española es uno de los temas que los profesionales de esta disciplina menos conocen y al que dan todavla poca importancia, considerándolo más como una afición que como una ciencia per se.
Un simple vistazo a los planes de estudio es suficiente para demostrar el Intimo lugar que ocupa, y basta ir a cualquier biblioteca o librerla para confirmar la ignorancia en que sobre este asunto nos hallamos.
Los únicos manuales existentes sobre historia de la arqueologla en general han sido escritos por extranjeros -Stuan Piggott, Glyn Da-niel.
Bruce Trigger, Alain Schnapp-. por lo que, pese a su enorme interés, nuestra historiografia no está tratada. lógicamente, mas que de fo rm a casual (en este sentido, es curioso notar que, de todos los anticuarios españoles relevantes por su contribución a la evolución de la ciencia. dichos manuales sól? citan por lo general a Antonio Agustín).
Pero hay que reconocer que tal desconocimiento de la realidad es culpa nuestra.
No obstante, esta situación se ha visto paliada en los últimos años por diversos factores: la celebración del /y /1 Congreso l111emacio11a/ de Hiswriograjia de la Arqueología y la Historia A111ig11a en E: spuiia (siglos.l 'l' J//•.'<X) (Madrid, diciembre de 1988(Madrid, diciembre de y noviembre de 1995)). centrándose e l último en el tema «La cristali zación dt:I pasado: génesis y desarrollo del marco institucional de la arqueología en España»: la publicación de diversos trabajos sobre el tema debidos a Ricardo Olmos, Gonzalo Pasamar e Ignacio Peiró.
Gonzalo Cruz Andreotti, Femando Wul ff, Jordi Cortadella, Gloria Mora, Margarita Díaz-Andrcu, entre otros; la reali zación de varias tesis doctorales leidas recientemente en Madrid y Barcelona, y. finalmente, la aparición de libros como los dos que aquí se reseñan.
La Antigüedad como argumento.
HistoriograJia de Arqueología e Historia Antigua en Andalucía /es el resultado de un ciclo de conferencias celebrado en la Universidad de Sevilla en 1992.
El conjunto de las conferencias -diez en totaltrata, salvo una excepción, de Andalucía.
Cronológicamente abarca desde el Renacimiento hasta nuestra época. aunque de hecho se detecta un interés mayor por estudiar los siglos XVI y XVII; tematicamente aparecen reflejados casi todos los aspectos propios de los estudios anticuaristas: coleccionismo de antigüedades, epigrafia, estudios de topografia antigua, falsificaciones, historia prerromana.
Todo ello contribuye a que esta obra sea un hito importante en los estudios de historiografia de la arqueologia.
En el prefacio José Beltrán y Fernando Gaseó, organizadores del ciclo y responsables de la coordinación del libro, establecen con claridad el carácter de éste: se trata de un análisis de la historiografia arqueológica de Andalucla desde el siglo XVI en adelante, abarcando además el problema de la integración de las culturas no clásicas (fenicios e iberos) en los estudios sobre la antigüedad.
Según Jos autores, en el largo camino de la investigación sobre el mundo clásico, a los griegos y romanos se les fueron añadiendo otras civilizaciones que hicieron especialmente rico el estudio sobre el pasado de Andalucía.
Estos son los planteamientos que dieron origen, según los editores, al ciclo de conferencias.
¿Se cumplen tales objetivos'!
FERNANDO GASCÓ se propone estudiar el proceso de recuperación del pasado clásico en Andalucía desde el Renacimiento.
En este sentido ofrece una clara visión general de las causas por las que surgió el estudio de las antigüedades en Andalucía en época renacentista y del proceso que dicho estudio siguió hasta el siglo XVIII (con un ligero salto hacia el XX con la mención a Bias Infante).
Es interesante su diferenciación entre «pasado>> e «historia»: esta última es objetiva y científica, mientras que el «pasado» es susceptible de ser seleccionado y, en consecuencia, manipulado.
Esta sería, en su opinión, la razón de que se eligiera como objeto de estudio el glorioso pasado clásico (grecorromano) de Andalucía, ignorando el islámico y tratando sólo de forma marginal el período prerromano.
En este sentido, sin embargo, habria que puntualizar algo que Gaseó no recoge, y es que no debemos olvidar que entre los cronistas e historiadores de los siglos XVI y XVII la dominación romana de Espaila era considerada tan nefasta como las invasiones anteriores y posteriores (Florián de Ocampo, padre Mariana).
Por otra parte los monumentos medievales no fueron tan ignorados durante el XVIII como se na pensado.
Ello lo demuestra la redacción de una Historia de la dominación de los árabes en España por José Antonio Conde, el levantamiento y e studio de las Antigüedades árabes de España por Juan de Villanueva y Pedro Amal dirigí- Rodrigue¡¡ Ruiz.
1992 ). o los escritos de Jovellanos relativos al gótico.
Igualmente hemos de tener en cuenta que las falsificaciones granadinas de finales del XVI y de mediados del XVIII no fueron sino, en parte. un in1ento de igualar el valor del pasado medieval de España con el grecolatino.
Podríamos decir. pues. que no se trata de un problema de selección. sino de intentar reconstruir el pasado a panir de las fuentes disponibles.
Por otra parte nos parece que habría sido útil destacar mas las relaciones contradictorias entre los textos clasicos y los bíblicos sobre las fundacione s de ciudades y los problemas que para los cronistas suponía intentar compaginar ambas tradiciones (Hércules con Túbal. por ejemplo).
Ademas extraña la omisión de lo referente al siglo XIX en la lista de eruditos a partir del siglo XVI y en los trabajos de la Real Academia de Buenas Letras.
Finalmente. frente a la afirmación sobre los «Sorprendentes paralelos que existen entre la biografía de Juan de Flores y el personaje de ficción, el abate Vella, descrito por L. Sciascia en /1 Consig/io d 'Egitto» (p.
24 ). parece importante aclarar que el abate Giuseppe Vella no es un personaje ficticio: fue un protegido del cardenal siciliano Alfonso Airoldi, miembro de la Accademia Ercolanesc, que a me• diados del siglo XVIII falsificó un códice arabe con el fin de legitimar los pretendidos privilegios de la nobleza siciliana frente a la corona de Napoles1 • Un buen ejemplo sobre el uso del pasado lo constituye el caso de ltalica.
PILAR LEÓN hace una revisión modélica de la historiografía sobre Itálica desde el Renacimiento hasta la primera mitad del siglo XX. evidenciando cómo la fama de esta ciudad no proviene de las fuentes clasicas -que apenas la mencionan-sino de los poetas y viajeros que desde el Renacimiento cantaron sus ruinas.
La imagen de Itálica es conformada tanto por historiadllres y anticuarios como por literatos y artistas.
Sólo a partir del siglo XX (con un antecedente notable en las excavaciones de Bruna del XVIII) se observa un cambio en la exposición de la historia de ltalica, puesto que ésta se centró ya en las excavaciones realizadas de forma científica, most.rando así Ja autora. conscientemente o no, el cambio en el estudio de las antigüedades.
JULIÁN GONZÁLEZ analiza la epigrafia española en los siglos xv a XVII: es un trabajo interesante por los datos que aporta sobre la presencia de epígrafes españoles (falsos y auténticos) en repertorios extranjeros, aunque habría sido deseable qu e se extendiera al menos hasta la época de Hübner y la elaboración del CJL 11.
Sin embargo, falta en nuestra opinión la integración de los datos en su contexto histórico: se trata de una lista de recopiladores de epígrafes hispanos, con un apartado especial dedicado a Rodrigo Caro.
Complemento de éste es el articulo de RAFAEL ATENCIA reivindicando la historiografía epigrafica: la utilidad de los epígrafes como documentos topográficos, su manipulación; al mismo tiempo. la necesidad de estudiar las fuentes historiográficas para determinar procedencias de epígrafes importantes por los datos que apo11an sobre la historia antigua.
Por su parte, JOSÉ BELTRÁN ofrece una historiografia más crítica y contextual izada sobre el estudio de las antigüedades en Andalucía, analizando las dos tendencias existentes: los eruditos y los coleccionistas.
Tras una ilustrativa introducción de carácter general (en Ja que trata el problema de los falsarios y sus implicaciones en la formación de una imagen negativa de la ciencia española). se centra en el caso de los eruditos, anticuarios y coleccionistas de Córdoba como punto de referencia para analizar la evolución de los estudios anticuarios andaluces: Ambrosio de Morales y Juan Fernández Franco en el siglo XVI.
Pedro Diaz de Rivas y Bernardo de Cabrera en el XVIII, los trabajos de la Real Academia de Buenas Letras de Sevilla en el XVIII.
El artículo dedicado a José Nicolas de Azara. escrito por MIGUEL ÁNGEL ELVIRA, sirve de bisagra entre los estudios de la Edad Moderna y la Contemporánea.
La verdad es que la presencia de este estudio sob re Azara extraña en un volumen tan compacto y de tema tan definido. pues la única vinculación de Azara con Andalucía fue el envío desde Roma de una serie de vaciados de estatuas clásicas famosas como regalo para la recién creada Escuela de Dibujo de Cádiz.
Ademas, si bien para un no iniciado este trabajo arrojara sin duda luz sobre este personaje. todavía no suficientemente conocido por los arqueólogos, habría sido deseable para los que ya le conocían previamente que el autor añadiera datos nuevos (o se centrara en aspectos menos estudiados) a los ya sabidos y publicados anteriormente.
Tres trabajos dedicados a la época prerromana, sobre fenicios, Tanessos e iberos. ocupan la última parte del libro.
Su colocación en el volumen es acorde con la cronología mas reciente de los estudios sobre estos temas.
Como se había especificado en el prefacio. fue el estudio de la antigüedad clasica el que llevó al de otros grupos culturales marginados o ignorados por las fuentes.
Según explica JAIME AL V AR. el conocimiento sobre lo fenicio en España debería haber comenzado con la identificación hecha en el siglo XVI entre la Tarsis bíblica y Tartessos. pero este aspecto no se desarrolló en la época «quil:á por tratarse de un asunto extrabiblico», dice el autor.
En el XV III proliferaran los estudios sobre inscripciones en caracteres fenicios o púnicos (Francisco Pérez Bayer.
Luis José Velázquez de Velasco), pero sin ocuparse de la cultura material.
A partir de finales del siglo XIX la ideología política antisemita afecta a la arqueología de manera que se produce una minimización de la importancia concedida a los fenicios como originadores de la civilización occidental en contraposición a los griegos (arios).
La influencia de esta postura se muestra lógicamente en figuras como Bosch Gimpera, de formación alemana, y, por supuesto, Schulten, mientras que la reacción no aparece hasta los años cuarenta en las obras de García y Bellido y de Femández de Castro y Pereda.
Finalmente, el descubrimiento del tesoro del Carambolo y otros hallazgos llevan a Pelliccr a identificar correctamente como púnicos los materiales encontrados en el Cerro del Real y en la necrópolis Laurita a principios de los años sesenta.
Una visión en parte contradictoria con la anterior es la presentada por GONZALO CRUZ ANDREOTTI y FERNANDO WULFF al tratar del tema de Tartessos.
Analizan cómo una concepción nacionalista de la historia en el siglo XIX, en su búsque• da de la unidad y la pervivencia de las raíces de España a pesar de las varias invasiones y largos períodos de domina• ción, repara más en celtas e iberos -con ellos los celtíberosque en otros pueblos como Tartessos.
La lectura que se nos da de Schulten parece, sin embargo. sesgada, puesto que se resaltan los aspectos positivos que el investigador ofreció sobre su visión de Tartessos, pero no los muy negativos derivados de su nacionalismo de tendencia xenófoba.
El trabajo de ARTURO Ru1z versa sobre la historiografía del mundo ibérico.
En primer lugar subraya el fuene componente estético que tuvieron los primeros trabajos sobre la escultura ibérica, en concreto sobre la Dama de Elche, y cómo esta visión más propia de la Historia del Arte ha predominado hasta hace una década.
Después realiza un interesante análisis de cómo el cáracter nacionalista unitario o periférico ha influido en las distintas interpretaciones del mundo ibérico.
El último articulo del libro es un apéndice de JOSÉ IGNACIO BUHIGAS CABRERA y ENRIQUE PÉREZ FERNÁNDEZ dedicado (según el título) al gabinete de antigüedades que Guillermo Tyrry, marqués de la Cañada, formó en el Puerto de Santa Maria a mediados del siglo XVIII.
Por qué se ha incluido como (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa apéndice y no como un capítulo más es inexplicable, ya que en cierto modo rompe el hilo argumental del volumen.
Por otra parte, salvo la breve alusión en las dos primeras páginas a la colección del marqués y el interesante inventario de sus antigüedades, el resto del artículo está dedicado a narrar pormenorizadamente la vida del marqués.
Parece que hubiera sido más interesante, y habría estado más en consonancia con el espíritu general del libro. un estudio de esta importante colección de antigüedades que (contaba con el famoso sarcófago de Medina Sidonia) y de las relaciones del marqués con el conde de Caylus. a quien en 1764 envió trece láminas t: On dibujos de sus piezas para ser publicadas en el Recueil J'A111i-q11iré.
1 • que éste redactaba.
En resumen. se trata de una obra muy interesante tanto por la novedad de su concepción como por su contenido. y sin duda será de consulta obligada en futuras labores historiográficas.
No obstante es de lamentar la ausencia del tratamiento de algunos aspectos básicos de la historiografía de la arqueología (que quizá se hallen contemplados en el próximo curso que los editores están organizando sobre el tema en la Universidad de Sevilla), como. en primer lugar, los avatares de la arqueología andaluza en el siglo XIX, con el tema fundamental de las misiones extranjeras (Siret, Bon sor, París, Engel ).
Por otro lado falta un capítulo dedicado a los trabajos arqueológicos. epigráficos y numismáticos de una academia tan fructífera como la de Buenas Letras de Sevilla. en especial los relacionados con el descubrimiento de Munigua a finales del XVIII.
Tampoco se ha tratado con profundidad el tema de la importancia de los coleccionistas de antigüedades, tan abundantes en Andalucía: está por hacer aún el estudio de las relaciones entre anticuarios y coleccionistas españoles y europeos y las consecuencias científicas de éstas, mediante el intercambio de piezas. tratados manuscritos, cartas. etc., asi como una investigación sobre el destino final de estas piezas y su inclusión en repertorios de antigüedades españoles y extranjeros, como el del p.
Montfaucon y el ya mencionado del conde de Caylus 2 •
Por lo que respecta a la segunda obra objeto de esta recensión, problemas de tiempo y espacio nos han impedido estudiarla como merece.
No obstante, por su importancia intrínseca y por la necesidad de darla a conocer no podemos dejar de incluirla aquí.
Nos limitaremos, pues, a exponer brevemente qué temas se tratan en ella.
La antigüedad como argumenro 11 es el fruto de un segundo ciclo de conferencias que tuvo lugar en la Universidad de Sevilla en noviembre de 1993 y cuyo objetivo era el mismo que el expresado por los organizadores (Gaseó y Beltrán) en el primer volumen: «promover y difundir estudios que ilustren la forma en que se descubrió u olvidó, preservó o destruyó la antigüedad, en especial la relacionada con Andalucía», documentando «los limites y capacidades de anticuaristas, historiadores y eruditos desde el siglo XVI en adelante» (nota de los editores).
Aquí aparecen reflejados (al menos en parte) algunos de los temas cuya ausencia lamentábamos en la primera entrega: la presencia de arqueólogos extranjeros (con un trabajo de Michael Blech, del Instituto Arqueológico Alemán, sobre «Schulten y Tartessos»); el papel de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras (varios); las colecciones de antigüedades (Vicente Lleó Cañal, José Ramón López Rodríguez); estudios de erudición epigráfica (Helena Gimeno Pascual) y de historiografía ilustrada relacionada con la arqueología y la historia antigua (Patricio Guinea, Fernando Wulff, V. Fombuena Filpo).
Cabe destacar la conferencia-ar-1 Véase al respecto, y como una primera aproximación al tema, G. Mora, «Las antigüedades de España.
Noticias sobre la aportación española a la literatura anticuaria europea del siglo XVIII», en El siglo que llaman ilustrado.
Homenaje a Francisco Aguilar Piñal, Madrid, 1996 (en prensa). ticulo de José Beltrán sobre la configuración del patrimonio arqueológico (nacional. pero con especial énfasis en el andaluz) desde el siglo XVI al xx. sobre rodo por su carácter inregrador de diversos aspectos tocados de forma más detallada en el resto de los textos: coleccionismo (particular y público). excavaciones. legislación sobre patrimonio. instituciones creadas para protegerlo, avances en la metodología arqueológica.
De todas formas. y ya para terminar. a nuestro parecer no queda suficientemente resallada en el conjunto de ambas obras la especificidad de Andalucía sobre el resto del territorio peninsular por ll' que respecta a los estudios clásicos.
Es cierto que las condiciones iniciales con las que se conló en esta región para el estudio de las antigüedades (tradición humanista. abundancia de vestigios monumentales y restos materiales, etc. ) fueron excepcionales, pero si lo que se pretende es justificar la restricción geográfica del titulo mediante las referencias al pasado clásico de Andalucía -y ya los editores advierten en el.segundo volumen que debemos entender la reducción geográfica como «un limire convencional»-, tal limitación no queda clara sin llevar a cabo al mismo tiempo un estudio comparativo con otras zonas como Aragón o Levante, donde más o menos se dieron las mismas condiciones con parecidos resultados.
Pero esperamos que no se tomen las ausencias mencionadas como una critica quisquillosa al texto. sino como acicate para animar a los coordinadores del libro a que sigan organizando estos ciclos de conferencias. convencidas de que tanto en la historiografía arqueológica de Andalucía como en la del resto del pais queda aún mucho camino por recorrer.
El homenaje al Profesor F. Presedo organizado por el Departamento de Historia Antigua de la Universidad de Sevilla con motivo de su jubilación recoge un total de 67 trabajos sobre temas diversos de Historia Antigua, en su mayor parte relacionados con la Península Ibérica.
El libro está organizado por los editores en cuatro apartados bajo los epígrafes de Oriente y Orientalizante, Grecia, Roma, el más extenso, y un último apartado de Varia, en donde se reúnen de forma heterogénea trabajos sobre Oriente, Roma, alto medievo e historiografla.
Los temas tratados giran en torno a los siguientes aspectos: literatura griega y latina. religión romana, mitología y antropología, numismática, epigrafla y lingüística, aspectos sociales en el Bajo Imperio, estudios sobre el papel de la mujer romana, instituciones prerromanas y romanas, estudios de objetos arqueológicos, entre otros.
La diversidad de los temas tratados responde más al magisterio del prof. Presedo, que a su dedicación científica, centrada en la arqueología de Egipto y de la protohistoria peninsular, mientras que bajo su dirección sus discípulos han trabajado sobre una amplia variedad de temas que incluyen tanto la Grecia clásica como el mundo de las instituciones de Roma.
Esta diversidad temática es fruto también de la variada dedicación científica de colegas, amigos y colaboradores que han querido rendirle homenaje y que muestra, por otra parte, las diversas tendencias y enfoques que están presentes en la actual investigación de Historia Antigua.
De esta forma, en el presente volumen se da cabida a gran variedad de temas sobre horizontes culturales y cronológicos diversos entre los que predominan los re-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa lacionado~ con la lfi, pania romana y el ámbi10 geografico andalu1.
En cicr1a medida. esta heterogeneidad. no sólo de temas i.ino 1amb1én de in1erprc1aciones y métodos. parece reílejar una de las carac1erís1icas del Profesor Prescdo mencionada en la introdu cción de varios tra baj os prese ntes en este vo lumen: «la posición de l observador frente a los objetos de conocimiento.
F. Presc: do no concede a las cosas -a los objetos his1óricos-un valor en si mismas; no es un <1anticua rista11 ni un adic10 al mos plrilo/ogfrus.
No se deja atrapar por el 1cxto o la ruina más o menos venerable.
No concede a todas las cosas e l mismo valo r, y sabe además que tal valor existe sólo en virtud de la representación de la Historia que se hace el in-ves1igador. y en defini1iva en vir1ud de su manera de estar en su propio mundoii CG. |
Cadil.l. de:.iac:;a 1111 1csorill11 de 56 nmncdas canagi-nc~as de cobre alo: ado con muc ho plumo. que proporciona la.:ronolugi;a final dc la vida del yac: irnicnw tfurantc la Segunda Guerra Punic:a.
Son moneda~ udc ncee.~idad» que c: on probabilidad fueron acuñadas en Cartag.o y dbtribuid: is cn los momcntos de penuria monetaria entre la~ 1wp: is canaginesa~ de lo' distintos frente!> bclicm..
La actividad arqueológica en la zona de la Torre o Casti llo de Doña Blanca ( Pue rto de Santa María, Cádiz), se ha venido desarrollando de forma casi ininterrumpida a lo largo de diversas campañas desde el año 1979.
Las excavac iones realizadas bajo la dirección del Dr. D. Diego Ruiz Mata han dado como resultado el conocimiento de cuatro yacimientos con una cronologla que abarcaría desde la Edad del Cobre hasta finales del siglo 111 a.c.
El conjunto arqueológico, que está formado por un poblado calcolítico (La Dehesa), un asentamiento de época púnica (Las Cumbres) y el propio yacimiento protohistórico de Doña Blanca junto con su necrópolis. se ubita en tre lu ladera meridional de la Sierra de San Cri stóbal y la margen i1.qu icrda del río (iuadalctc. en el término municipa l de El Puerto de Santa María.
En concreto, de las excavaciones:•;istemá ti cas rea lizadas en el asen tamiento de la Torre de Doña Blanca, identificado por numerosos investigadores con el P11ato de Me11esteo. se desprende la existencia de un hábitat continuado desde la primera mitad del siglo vm hasta finales del siglo 111 a.c. El estudio de los materiales que corresponden a los niveles iniciales. ha llevado al Dr. Rui1 Mata, a considerar el yacimiento como una fundación feni cia realizada por colonos procedentes. probablemente, de la ciudad de Tiro.
Así lo ponen e n evidenc ia tanto el sistema urbanístico de viviendas aterrazadas y el tipo <.le técnicas constructivas em picadas pura su realización, como los restos cerámicos que, por ejemplo. muestran el repertorio completo de la vajilla de engobe rojo fenicio (platos, oinocóes. quemaperfumes, lucernas.... ).
En estrecha relación con la Torre de Doña Blanca está el poblado indlgena de Las Cumbres, en donde se advierte, para estos momentos del siglo v111 a.C., un proceso de rápi da asimilación a los nuevos modos orientales.
Este yacimie nto, que parece que se abandona al poco tiempo de la fundación de la ciudad, se encuentra situado sobre el punto más elevado de la Sierra de San Cristóbal, y su evidente valor estratégico, debió propiciar de nuevo el establecimiento de una población e ntre los siglos 1v y 111 a.C.. por lo que constituye otro de los núcleos de interés para el estudio de la circulación monetaria de la zona.
En la zona de la Torre de Doña Blanca, en etapas posteriores y, como resultado de establecimientos ya marginales, únicamente se han podido constatar algunos restos aislados de época romana, vestigios de una pequeña población almohade entre los siglos x11 y x111 y la torre vigía del siglo xv que da nombre al yacimiento.
La superposidón de estos niveles de habitación ha dado como resultado la formación de un 1elf de unos 300 m en su eje E-O y 200 m el eje N-S junto a una potencia estratigráfica que. en algunos sectores, llega a alcanzar los 8-1 O m de altura.
Con una ubicación sobre una plataforma muy próxima al mar, su desarrollo entre los siglos v111-111 a.C., siempre estuvo favorecido por su posidón como puerto y por su evidente relación a lo largo de este período con la ciudad de Gadir1 • 1 Como biblto¡¡rafia fundamental remitimos a Ruiz Mata, O.:
Las cerámicas fonicias del Castillo de Doi\a Blanca, (El Puerto de Santa Maria).
Al'las de las I J,,rnodos sobre el M11nd11 Ibérico (Jaén.
C.: El Túmulo 1 de la necrópolis de Las Cumbres (Puerto de Santa Maria, Cádiz) Tartesos.
Arqueología pro10-his1orica del Bajo Guadalquivir.
Sabadell (Barcelona), 1989, pp. 591 y ss.; Ruiz Mala, D.: Los fenicios de época arcaica (siglos v111-v1 a.C) en la Bahía de Cádrz: es1ado de la cuestión.
El número de monedas halladas en el yacimienco del Castillo de Doña Blanca entre 1979 y 1989, tanto esporádicamente como en excavación, es escaso -no llega al centenar-aunque de gran imerés, y cronológicamente pertenecen a tres periodos históricos:
-El primero corresponde al siglo 111 a.c.. con 70 ejemplares (87,50 % del total) de Gadir y Cartago de distintas cecas y cronologías, que son el testimonio de la circulación monetaria del yacimiento protohistórico en el último siglo de su vida.
Algunas de estas monedas han sido halladas en contexto arqueológico, por lo que su estudio tiene un doble Doi\a Blanca (Pucno de Sama Maria, Cádiz). /1 Congreso lnter-11acfonul El Es1reC'h11 de Gibraltar.
19901 (en prensa) (En adelante citado como Alfaro y Marcos, TDB).
Desde estas páginas nuestro agradecimiento al Dr. Ruiz Mata por habernos confiado el estudio del material numismático hallado en el yacimiento.
Igualmente nuestra gratitud para el Dr. Giles, Direc1or del Museo de El Puerto de Santa Maria y iodo el personal del mismo por las facilidades recibidas para la consulta de los fondos numismá1icos que conservan. -.1111 a:.es rnmanm. impcriale.... uno de crún •• y otro tk Adnano.
1! tercer periodo 1.:orrc, pnndc J la l: daJ \lct.lla con 6 moneda hallada-.
Och -.on h1:.pano-árabc,. la primera un ft'/lis de primera i'.-poca" y la segunda un dirht•m de la Taifa Abbndí tk S1..'\ illa fechado entre los a1"ini--l.lX--t-t8 de lu l légirn 1J047-1056 d.C.''.
Ot rm, In::. ~o n cri:.t i a n a~ del remo de Casti l la-1 eón. dl)s rc~pc c ti va mcntc <iho/11 y tlil/(.'/'O (c.
Estas moneda!., halla<la' en superficie.
probablemente cstún en relación con d poblado a lmohade que se asentó sobre e 1 yaci miento protohi.;tórico. con la reconqu 1o; ta Lle la 1ona cn 1261 por A l fonso X y con la torre o i:a-.t i ll o del siglo'\\ supucsrnmen tc rclacionndn con 1 ~1 rct'lu~iún Lle doña BlarH:a. mujer de Pedro l.
Ct)n tnda pn)habilidad. en la propia C "artago durante la Scguntla Guam r única''.
Las mom•das que lo fo11nan i"ut: rnn h:i liadas clu ra111c la cumpaña de l IJR6 en el s1..•ctor SE.SO del yac 1m it-n1u.
La 1011a. dcnllflllll: lda •<espigón». se e nc uentra próxi m:1 al pue rto de l pllblttdo y n1rresponde a lus cs tructura ~ de lcnsÍ \ as de éste.
En e l:írca'c han exca, auo los resto" de una dohk muralla del tipo conocido como de «caj a)) o de «casamatas». eon.,tru ida a hase de si llares 4ue presentan un almohadt lladu hclcnis11co. r-1 hallr11g1) tm o l ugnr en un<i ck las hahitacioncs-ulmacén que cktcrminan c'IJ muralla, en concreto, hacia In esquina NE del <<Almacén 1 n. jumo a uno de los muros del habitáculo.
El contexto arqucol ógicll en el que apareció el tt! sorillo o frece materia les de g ran interés cntrl' los que se encuentra un ánfora grCCl)-itMica y otra cartoginesn, ambas comple tas, junto u otros restos de ún foras. un fragmento de ceni mica de Kouass. a"¡ l m.1110lll"t:l i.(lhrc c'l!h 11101\L'lla~ en /\llJr a de la 1 um: de ll ila Bl: tnl-n ( Puerto de'\an1r1 \l arni.
Las mo11L•dai. apare1.:1cron pcgauas unas a otras con tt!-.p111.:to d e l•rlindro mctúlico y con mancha, de: ma1eria orgú 111ca a'>U alrededor, por lo que originariamente ckhit: rnn es la r mcl idas en una especie de saquito de tela n cuero. ele forma tubular. preparado ex profeso para contener y llevar monedas de ese diámetro. l la) constancia del uso de cajas. bolsa:. y saquitM con moneda:. cartaginesas en tumba~ púnicas''. aunque no conocemos su hallaLgo en otro tipo úc contc ~lo arqui: ológico 11'.
E:-11: saquito cun moneda-; es l'l tcstunonio tic la prcl! ipirnda huida de su po:;ce<lor. probablcmcn1c un soldado. ante lo:. graves acontcdmil! nlos que acabaron con la \ idu del ya1.:imicnto.
Lo ri¡mloJ,:Ía de las 56 moneda:.. sa lvo dis1in1as variantes artisttca. y es1ilis1icas, es muy similar y muestra en anverso la cabcla de Tantt a izquierda. con espigas en el pelo. que presenta ligeras varían-d~lnd.: ap: ircccn c11nJus como de 1 ern1111du 111.
Tan\lm: On conucc mos rcslo~ de unn buls11a con IJ ve llo. tes en d grahado de los distintos cuiios. y en reverso un cahallo a dereclw sobre linea de cxcrgo. gcncr:.ilmcntc con rn111al 1 • • representando en distintas disposil.'iono.:s y a<;o111pat1ado por diferentes símbolos y m: asíonalmcntc letras púnicas diferenciadoras de emisiones(¡.).
Estas series se emitieron en grandes cantidades como se aprecia por la variedad de cu11os utilizados. aunque la mala conservación general de este tipo de monedas hace di lki 1 poder pre e isar mús en este sentido.
Las diíen: ncias en los reversos nos hacen agrupar las monedas, por órdcn de emisón. en seis tipos fundamentales.
El grupo más antiguo con 3 monedas 1'. presenta el caballo al paso con la cabeza vuelta.
Un ejemplar lleva la letra'u/ep/J y otro una gime/.
La cabeza de Tanit aparece representada con el pelo corto y redondeado. con pendiente <le triple colgante que sólo se aprecia en el ejemplar n" 2. y cuello triangular con la base más ancha que parece estar rematada por col lar con apéndices verticales.
Los cuños de anverso y reverso son distintos en las tres piezas.
El segundo tipo, el más abundante con 24 monedas, presenta el caballo parado con la cabeza vuelta 1''.
Tres ejemplares llevan la letra'u/eph, dos una het, uno probablemente la letra mem, otro una sade y cinco las letras'a/eph y sacie conjuntamente.
Las monedas de este grupo poseen una acuñación menos cuidada y los pesos más irregulares del conjunto.
Aunque el mal estado general de las monedas no permite realizar el detallado estudio de los cuños, en principio, nos parece observar que tanto los de anverso como los de reverso son diferentes. a excepción de los ejemplares nn.
24 y 25. con letra he/, cuyos reversos proceden del mismo cuño.
En general la cabeza de Tanit presenta pelo corto y de formas redondeadas como en el grupo anterior. con pendiente mayoritariamente de un colgante (nn.
El cuello también es triangular con la base más ancha y a veces rematado por collar plano o.con apéndices verticales.
La cabeza de Tanit de estas monedas se aparta estilísticamente bastante de las que encontramos en los grupos siguientes.
Algunas parecen estar reacuñadas pero 11 Para Baldus, H. R.: Die Münzpriigung der numidischcn Kiinigreiche, Die Numider, Bonn, 1979, pp. 187-191, el ronzal en estas monedas está en relación con la presencia de mercenarios númidas en el ejército cartaginés.
(En adelante citado como SNGCop). en ninguna se aprct: ian restos <le la tipnlogia de la moneda original. aunque sabemos que ejemplares de este tipo se reacuñaron sobrc piezas de Hicrnn 11 de Sirncusa.
El tercer grupo 1;011 una mom: da. presenta el cabal lo parado con la cabeza vuelta y detrás estrella ~".
Esta moneda lleva la letra he1 cnt re las patas d(•l cabal lo.
Aunque el tipo de reverso es similar.:-alvo por el símbo lo. al grupo anterior. el estilo de la cabe;.-a de Tanit es idéntico al que encontramos mayoritariamente en d grupo siguiente.
La estrella <lel reverso en otros ejemplares, rnnocidos también puede tener 6.
Como en el grupo anterior. también se conocen ejemplares rcacuiiados sobre monedas de Hierón 11.
El tipo cuarto. con 16 monedas, presenta el caballo parado con ronzal, la cabeza vuelta y detras palmeta ~1 • Cuatro ejemplares llevan la letra gime/ y una la letra m111 o lamed.
Estas monedas presentan un estilo muy homogéneo. con una cabeza de Tanit casi exacta en todos los ejemplares aunque pcquefias diferencias parecen descartar su procedencia de un mismo cufio. a excepción de las\ piezas nn.
El peinado. con el pelo recogido en la nuc:.i que da la apariencia de una especie de moño bajo, e l pendiente de un colgante y cuello estrello y recto. a veces rematado por collar plano, es similar al de algunas monedas contemporáneas. fundamentalmente de plata 22 • Como excepción la monedano 43 se aparta estilísticamente algo del modelo descrito y se asemeja más a las monedas de Grupo 11.
El quinto grupo. con 11 monedas, presenta el caballo al paso y detrás caduceo 2.1.
Tres ejemplares llevan la letra'ayin.
La cabeza de Tanit presenta dos esti los diferentes.
Uno es bastante parecido al de las monedas del grupo anterior (nn.
54 y 55) y a su vez casi idéntico al que presentan algunas monedas de electro del grupo XV de Jenkins y Lewis 24.
El otro estilo de cabeza de Tanit presenta pelo corto más floreado con rizos flotantes en la nuca, como otros ejemplares de electro del mismo grupo anterior y como algunas de las monedas posteriores tipo «tesoro de El Djem» 2 ~.
Nos parece encontrar El sexto y último tipo lo forma una moneda, probablemente la más moderna y ra ra del conj unto, que presenta e l caba l lo parado 1.'.0n ronzal, detrás una estrella de ocho rayos y delante la letra •ayi11.
Además de los ejemplares que conocemos hallados en Melilla y Ampurias. sabemos de la existencia, grac ias a la información de Paolo Visona, de otras dos piezas en el Museo Británico, otra en e l Mu seo de l Bardo y una más sin •ayi11 formando parte del tesoro de Bujía.
En este tesoro falta un tipo de moneda atribuída por G. K. Jenkins también a la Segunda Guerra Púnica y presente en otros tesoros como el de Bujía, que se caracteriza por mostrar en reverso el caballo parado con la cabeza vuelta y detrás caduceo ~".
La metrología de estas monedas. con un peso medio general de 7, 15 grs.. las acerca al peso teórico de l siclolshekel por lo que G.K. Jen kins las asigna ese valor ~7 • Las monedas de l primer y segundo grupo muestran los pesos más bajos de l conj unto con medias de 6,03 y 5,88 grs. respectivamente, por el mayor desgaste s ufrido, al ser las piezas más antiguas, propiciado por su a lto contenido en plomo.
Los grupos tercero, cuarto y quinto ofrecen pesos medios cercanos a los de l pa tró n metro lógico teórico del siclolshekel con medias de 7,17, 7, 13 y 7,26 grs. Por último la moneda que forma el grupo sexto presenta 9,44 grs., un alto peso que probablemente se debe a la buena conservación del ejemplar por ser la pieza más reciente del tesoro.
Los análisis metalográficos realizados a estas monedas evidencian, e n general, un alto porcentaje de pJomo en su composición, que en algunos casos llega a cerca del 90 % 1 ~. salvo en algunos ejempla-'o SNGCor 320-321.''
Esta gran cantidad de plomo en su composic ión las diferencia c laramente de las acuñadas en Sic ilia y en la península ibérica q ue presentan altos porcentajes de cobre, como hemos comentado, y es un dato más para ci rcunscribir su emisión al á rea de Cartago ~~. d onde sabemos que el plomo era muy abundante y se explotaba en las cercan ías de la ciudad •'o.
Los lwlla: gos de este tipo de monedas son abundantes y se situan fundamentalmente en la zona litoral mediterránea.
Conocemos a lgunos tesoros de composición si milar al de este yacimiento.
Uno se halló en 1929 en Bujía (Argelia), a ntigua Saldae, y estaba formado por más de 2500 monedas de bronce de las que E.S.G. Robinson pudo examinar unas 130 de tipología similar a las de nuestros grupos 1''.
2o, 3° y 4°, junto a otros tipos de monedas ausentes en la Torre de Doña Blanca como el SNGCop 320-32 1, 353 y 397, estos dos últimos fechados por G.K. Jenkins en el 210-202 a.C., por lo que la ocultación del tesoro tendría lugar hacia el 200 a.c. 3 1 • Otro tesoro se halló en Túnez en 1965 y estaba formado por mas de 300 ejemplares de nuestros grupos 1 o, 2o, 3o, 4o y 5o 32 • Otros dos tesoros proceden de la isla de Pantelleria, antigua Cossura; el primero. aparecido en 1895, contiene 48 monedas de nuestros grupos 1 o al 5" cuya ocultación, según Jenkins, se produjo hacia e l 200 a.c. 33; el segundo, hallado en fecha desconocida y más dudoso. está formado por 42 monedas de bronce de las que 33 son de Cartago. algunas de los tipos del tesoro de la Torre de Doña Blanca, y 9 de Cossura 34 • Por último, una moneda de nuestro grupo 2° se halló en 1965 junto a otras N Jenki ns, 198 7. p.
El principal punto en que se apoya es1e au1or para atrib uir es te 1ipo de monedas a la ceca de Cartago son los hallazgos.
01ro argume n10 es la posición de c uños veriical de es tas monedas que carac1eriza a la ceca de C'artago en contraposición con las cecas de Sicilia y Cerdeña.
10 Ejemplo de la abundancia de plomo en ta zona es la llamada Yabal Rusas o «mon1aña de plomo» que se localiza en las afueras de Tunez. otras 24 mús de la antigua colección Jackson halladas en el siglo pasadti en las ruinas de la propia Canago que en la actualidad se conservan en el Huntl!r Coin Cabinct de Cilasgow'".
Por el contrario (i.K..lcnkins señala escasos ha-lla1.gos en Sicilia. solo 4 ejemplares en Morgantina que se ven aumentados a 6 según la rccil! nte publicación de las excavaciones de las Uni\'ersidades de Prinecton, lllinois y Virginia entre 1955 y 1981'''.
A estos hallazgos hay que aiiadir los recogidos por P. Marchetti y por P. Visona en Sicilia y el sur de Italia • 111
• De Cerdcña se recogen pocos hallazgos de este tipo de monedas: 3 en el Musco de Cagliari, 8 en la colección Forteleoni, una en la colección Biggio y otra de Tharros.
Sin embargo se reseña un número mayor en Malta junto a los dos hallazgos citados de Pantellcria ~ 1 • Por su parte B. Fischer recoge los hallazgos de monedas africanas en Gallia, documentando monedas similares a las de nuestro tesorillo en Crcil (3 SNGCop 324).
Por último, en la península ibérica, islas adyacentes y parte más occidental del Norte de África ( fig. 5 ), hemos local izado hallazgos de monedas de estos tipos en:
3.-Torre de Doña Blanca (Cádiz).
Además del tesoro de 56 monedas que comentamos, también se halló fuera de contexto arqueológico otra moneda del tipo 11 4 5 • " Bateson.
Mas de la mitad de las monedas púnicas de esta colección pertenecen al periodo de la Segunda Guerra Púnica.
1 del tipo 11 en el poblado de Las Cumbres en la Sierra de San Cristobal (Puerto de Santa Maria.
5. -5 de distintos tipos en Cúdiz J'.
7.-Moncdas de los tipos 1y11 en distintos campamentos militares cartagineses de Andalucía Oriental: La Tablada.
Ubcda, Cazorla, Puente del Obispo, Cerro de la M(1ra y Cerro Colomera que fundamentalmente se situan en la margen izquierda del GuadalquivirJ''.
8.-Gran hallazgo de miles de monedas cartaginesas. pensamos que de estos tipos. en la provinca de Jaén. al parecer dentro de una caja metálica.
Puede ser una caja para pagos del ejército de ocupación en Hispania. lo que pondría de manifiesto la importancia de estas monedas para la financiación de la guerra y habría que añadir su potencial a las cifras que maneja Villaronga para los bandos contendientes'".
12.-1 de] tipo 11 hallada en Cruce de 4 caminos ( Macastre-Alborache, Valencia) n.
• 1 " Alf'aro y Marcos.
Oira pieza recogida por Vidal Gonzá! cl'., P.: Los hallazgos monetah:s del catálogo di: J. Gaillard.
El último ejemplar procedente de la caja de seguridad del Banco Español de Crédito. depositada en el Gabinet Numismatic de Catalunya.
•• Cha ves Tristan, F.: Los hallazgos numismáticos y el desarrollo de la Segunda Guerra Púnica en el sur de la península ibérica, Lutomus, 3, 1990, pp. 613-622.'° Agradecemos la información al Dr. lvan Negueruela.
" Rodríguez Oliva, P.: Noticias numismaticas de la Andalucía mediterránea (1), citado. p.
La monedano 55 de 6,70 g.. clasifícada en dicha publicación como hispanocartaginesa de la serie X de Villaronga, 1973, pensamos secorresponde con nuestro grupo V, del tipo SNGCop 326-329.
1 -' Arroyo llera, R: Mata Parreño, C., y Ribera i Lacomba, A.: Aproximación a la circulación monetaria de las comarcas interiores de la provincia de Valencia, Saguntum, 22, 1989, n• 71, la describen como hispano-cartaginesa con prótomo de caballo.
15.-1 del tipo IV en el Grau Vell (Sagunto.
16.-11 de casi todos los tipos en Ampurias (Gerona) halladas en las distintas campañas de excavación ll evadas a cabo en el yacimiento.
A esta cifra se pueden añadir otras 7 monedas conservadas en los fondos del Gabinet Numismatic de Catalunya que con probabi lidad también fueron halladas en la zonan.
18.-3 monedas, al menos. en Ibiza. una del tipo 1, otra del tipo 11 5 ~ y la tercera del tipo V hallada en San Antonio 60 • 19. -Millares en el dragado del puerto de Melilla, posiblemente transportadas en un barco cartaginés hundido 61. la cronología de las monedas del tesorillo es muy precisa, 221-2 1 O a.C., por varios moti vos.
En primer lugar por las reacuñaciones de monedas de nuestros grupos segundo y tercero que se han constatado sobre monedas de finales del reinado de Hierón ll de Siracusa que murió en el 215 a.C. chas, como sucede en Morgantina (Sici lia). donde un ejemplar apareció al excavar la llamada «casa del hallazgo de plata» en el estrato correspondiente a la captura de la ciudad en el 2 l I a.c. h~.
Este tesorillo que comentamos es uno de los materiales arqueológicos más importantes recuperados en el yacimiento ya que, gracias a la clara cronología de las monedas que lo forman y en estrecha relación con el nivel de incendio y destrucción donde se hallaron. nos proporciona con exactitud la fecha final de la vida del yacimiento, inicialmente fijada a finales del siglo 1v a.c.. y que gracias al testimonio numismático podemos situar en los prolegómenos del 206 a.C., momento de la expulsión de los cartagineses de la Península tras su derrota en ll ipa.
Las monedas del tesorillo hallado en este yacimiento están en estrecha relación con las recuperadas en el dragado del puerto de MeliJla que probablemente pertenecen a la carga de un barco hund ido procedente de Cartago a finales del siglo 111 a.c. Las monedas recuperadas pertenecen en su mayor parte a la Segunda Guerra Púnica, con una presencia testimonial de monedas sículas del siglo 1v a.c., sardas de la primera mitad del 111 a.c. y cartaginesas anteriores al citado conflicto bélico.
Estas monedas. por el gran número en que fueron recuperadas, parece que pudieron estar descinadas al pago de tropas y no permite asociarlas a dinero de bolsillo de sus tripulantes.
El puerto de Rusadir tuvo una gran importancia en la antigüedad corno escala de navegación y de avituallamiento en las rutas marítimas en dirección a las Colu mnas de Hércu les a lo largo de la costa norteafricana y hacia la peninsula ibérica y viceversa.
Este puerto era escala indispensable en la navegación <le cabotaje seguida por los cartagineses en el Norte de África, como nos documenta el Periplo de Scylax en el siglo 1v a.C., y precedía a la gran masa rocosa del cabo de Tres Forcas, denominada Metagonium por los griegos y Rusadir por los fenicio-pún icos, desde donde los barcos procedentes de Cartago enfilaban con facilidad hacia la costa del cabo de Gata y Cartagonova.
En dirección contraria, la navegación desde Malaca y Seks tenía condiciones muy positivas en cuanto a corrientes y vientos para llegar a la costa africana de las proximidades de Rusadir 66 • Esta facilidad de comunicación naval entre lbe-~1 Buurey, T. V.: Erim.
"" Sobre las rutas de navegación entre Rusadir y Cartago y Ru sadir y la Península ver Gozalbcs.
E.: Economía de la ciudad antigua de Rusadir.
E.: _., ria y el Norte de África. fundamental mente la i'OIHI de la Mctagonia. propkió los constantes transvases de soldados que se efccturaron desde d 2.17 a.c. y durante toda la Segunda (juerra Púnic:i. como sabemos por las fuentes.
Así. por ejemplo. en el 216 a.C. se en\"Ían a As<lrúba l desde Africa 4.000 infantes y l.
En el 215 a.C. nuevumente se em•ian refuerzos al mane.lo e.le.: Magón a la Pcninsula (livio.
En el 211 las fuentes dtan tropas cartaginesas invernando en Turdetania y en el 208 rnbalkria númida y africana a las órdenes de Asdrúba l (livío.
En el 207 a.C. nuevamente se dta un ejército cartaginés que pasa a la Península (livio.
En el 206 se cita a Masinissa, como dos años antes. al frente de los númidas en Iberia.
Incluso después de la expulsión de los cartagineses de la Península en 206 a.C., las fuentes nos hablan de tropas reclutadas por Magón en el Norte de África para pasar a Iberia y viceversa (Livio, XX III.
29)" 7 • Es especialmente importante el dato transmitido por Polibio (111,33,[8][9][10][11][12][13] referente al gran con tingente de tropas peninsulares que Aníbal acantonó en la región de Metagonium. al pri ncipio de la guerra. para proteger tanto la retaguardia como esta conexión marítima, evaluada en 3.000 estadios. entre Rusadir y Cartagonova.
Evidentemente parece tentador pensar que el numerario de la nave cartaginesa hundida en el puerto de Rusadir que comentamos. podía estar destinado para ¡>agar a los mercenarios acantonados en esta zona de la actual Melilla, o en sucesivas escalas de navegación del Norte de África en dirección al estrecho de Gibraltar, durante los años del conflicto bélico.
Aunque sabemos que los mercenarios exigían su soldada en oro y plata, estas monedas de «cobre» de bajo poder adquisitivo, podrían servi rles para los gastos. de su mantenimiento en las ciudades y, desde el punto de vista cartaginés, sobre todo para evi- Saitahi, XI.
(En adelante citado como Blázquez.
1961.) tar la deserción inmediata de las tropas por la carencia de monedas fuertes con que.: realizar el pago a las mismas. como muy bien ha visto Gozalbes'".
Uasta recordar la grave revuelta de los mercenarios motiv¡1da por la falta dr.: cobro de Ja soldada al fina l de la Primera Guerra Púnica que. a veces. se ha rucsto c.:n relación con la pérdida de las minas hispanas antes del 240 a.c. rnmo algunos autores deducen del texto de Polibio (l.
Muchas de estas monee.las «de necesidad», acuñadas precipitadamente en Cartago, pasaron con los mercenarios también a la península ibérica. como prueban los abundantes hallazgos y. en especial, el tesoril lo de la Torre de Doña Blanca, que debe ser la bolsa de un soldado recién llegado a la Península desde el Norte de África en los últimos años del conflicto bélico en estas tierras.
Esta bolsa o tesorillo se formó con numerario de distintos tipos circulante en esos momentos en el área de Cartago, como lo indica la ausencia de monedas acuñadas en otras zonas como por ejemplo Sicilia.
El numerario se debió atesorar paulatinamente aunque en un espacio muy corto de tiempo. e incluso pudo ser producto de un pago estatal a pesar de que las monedas presentan distinto grado de desgaste.
La bolsa debió llegar al yacimiento traída por un soldado recien venido del Norte de África pues éste no tuvo tiempo de incluir en élla monedas de valor similar acuñadas por los cartagineses en Hispania.
Sabemos además que estas monedas subs idiarias de «cobre-plomm> se enviaron a Italia y Sicilia desde Cartago durante la guerra de Anibal.
Los hallazgos de este tipo de piezas en Sicilia son muy abundantes y parecen asociarse con claridad a la expedición del 213-21 O a.C. que fue duramente financiada por Cartago, a la vista del escaso numerario de bronce emitido por Anibal en Italia 711 • Cabe también la posibilidad de que, en algún momento de graves dificultades económicas del bando cartaginés, este numerario de socorro acuñado en Cartago hubiera podido servir igualmente para el pago de tropas mercenarias en Iberia, como quizás pueda deducirse de algún gran hallazgo de este tipo de monedas como el de la provincia de Jaén.
Estos momentos dificiles podrían muy bien localizarse inmediatamente antes de la expulsión de los cartagineses de la península ibérica (c.
209-206 a.C.), cuando ya no se podían acuñar monedas en Iberia, fundamentalmente, por la pérdida de las minas de la zona de Cartagonova.
En este sentido, Re".
Cahall(i para<ln a <lerecha con ro11z<.1I y la 11ar en H ispania <lcspués <le la pér<lida de Cartago-cabeza \'uelta.
En e 1 campo a la <lcrcd1a y nnva en 209 y antes de marchar Asdrúbal a Italia l.' 11 entre las patas puede llevar letras púni-207.
Jcsapareciendo rapidamcnte su numerario <le cas.
Grútila de puntos (nn.
• Los bárquidas explotaron intensi-4.6.
H A continuación del número de órdcn de cada moneda figuran el peso en gramos, el módulo en milímetros, la posición di: descentrado cui'los expresada en horas, la conservación. el n• de inven1ario y ocasionalmente observaciones.
Los corchetes que unen númc-5.
Entre las patas ¿ mem? ros de orden indican identidad de cui'lo de anverso ([) Acquaro, 1979, 32-35. |
PAZ GARC ÍA-BE L LIDO Depar1a1111.:n11> tk llbwria Antigua ~,\ rq11co l11~ia. > y revisión Je l o~ cpigrálicos y literarios. se insiste cn la imposibilida (Cuenca).
Sin embargo. si guerras scrtorianas si: tra la<lasc la ciudad dcsdc la Mes.:ta nor1e a ('abcza de Griego. ocasionando.:stc nuevo e í mportantl' c1npl<1, rnmi.: ntll e l línal de la c: iu<lad c: crcana <le C1rntn.:bia C'arbica.
En 1974, con motivo de la publicación de un tcsori ll o de denar ios ibéricos hallado en Salamanca, defendí que la ciudad celtibérica de Segohrix -como debían pronunciar los celtíberos-cuyo único legado histórico de momento han sido sus emisiones de denarios, ases y semises, amén de unas pocas y equívocas referencias litera rias, no debía buscarse en las ru inas de la Segobriga de Cabeza de Griego. sino en • Este texto fue entregado para el Homenaje al Dr. Maluqucr en 1986: van ahora nuevos datos y propuestas que hoy desgraciadamente debo ofrecer en su memoria.
A la 1/1('//Wria del Dr..loan Mu! tll¡uer de Mmes la mesopotamia del Duero y el Pisuerga 1 • Mis argumentos se basaban entonces en e l área de dispersión de las monedas de esta ceca y desde entonces ningún testimonio nuevo ha venido a contradecirlos, más al contrario, cuando tropiezo con nuevas referencias de hallazgos, resultan siempre reiterativas. acumulándose en la Celtiberia de la Meseta norte.
Lo que ofrezco a hora es el estudio de nuevos hallazgos de la moneda de.\'ekobihkes. marcando mi énfasis esta vez, mús en las piezas de bronce que en las de plata, al contrario de lo que hice en 1974.
Si el motivo entonces fue el tesorillo sa lmantino. hoy lo es básicamente la circulación monetaria en la ciudad de Clunia J.
Las líneas que s iguen son datos y argumentos 1 Cf.
M. P. S. Bihl iogrnlia sobre d tcmn: pro la locali!.ación d.:.
El cuadro y mapa que van al final del trabajo son parte esencial de la argumentación.
Varios datos bibliográtíc: os sobre hallazgM se los debo a Cruces Bláqucz. al igual que a Ignacio Barandiarún.
Luis Cah: illcro y Ange l Espam1. rccib:111 desde aquí mi agradecimiento.
Recop ilación importante donde se cartografian y estudian todas las piezas procl•dentcs del habitat. n: cogiJos y aplicat.los según una mctodologia ya <.:lúsica en numismáti<.:a. basada en los estudios de dispersión monetaria. (iracias a ellos podemos asegurar que las cecas suelen hallarse en el epicentro de la dispersión de sus monedas. de ahí la importancia <le la n.'cogi<la de los hallazgos y de su plasmación cartográfica.
Esta metodología la utilizó ya Zobel para adjudicar a España importantes series de mont! da cartaginesa, en contra de la común opinión europea de entonces que las creía africanas.
Es cierto que los darns de los hallazgos fueron tan contundentes, que tras conocer los argumentos de Zobel la ciencia internacional aceptó la existencia de una moneda hispano-cartaginesa, indudablemente bárquida, que venía a certi ti car los datos de las fuentes literarias sobre la fuerza política de esa familia en el «reino» hispano •'.
Más tarde Delgado la aplica a muchas otras cecas béticas, y con ellos, no sólo numísmatas, sino tilólogos, arqueológos e historiadores la han empicado para cartografiar datos materiales que permitan, por aproximación o extensión, localizar talleres o fenómenos culturales.
Es un método bien contrastado, cuyos resultados han sido óptimos en muchos casos e imprescindible y exclusivo en aquéllos en que el material arqueológico es único -monedas en nuestro caso.
Quiero adelantar al lector alguna de las conclusiones de este trabajo para sensibilizar su criterio sobre los datos recogidos, lo que me evitará después reiteraciones e insistencias: es posible, como entonces apunté, que la Segobrix republicana estuviese en los aledaños de Palenzuela, Clunia, Uxama, Roa, etc., pues la circulación de moneda republicana de.~:ekobirikes, que fechamos ya en los finales del siglo 11 y en el primer cuarto del siglo 1 a.d.C., fue aquí fluida y mayoritaria. y sin embargo su total ausencia en los tesoros o yacimientos cercanos a Cabeza de Griego muestran que su ceca no pudo hallarse en esas latitudes (figuras 8-1 O).
Hoy -1986opino que esa ciudad republicana de la Celtiberia norte, quizás fuese arrasada por los romanos tras las guerras sertorianas o du rante ellas, y a mi entender, y esto es lo más conflictivo, trasladada su población al enclave que hoy conocemos en Cabeza de Griego, en cuyos aledaños sí se halla moneda imperial de SEGOBR l(iA -nunca <le. i; ekohiNkescon tipos que realmente son una continuación de los estampados en su moneda republicana, sirviendo de enlace tipológico entre ambas series la escasa emisión con leyenda SEGOBRIS y la transicional con cabc7.a augústea (figuras 1-4 ).
La serie con leyenda SEGOBRIS no es fácil de situar. ni en tiempo ni en espacio, porque no contarnos con ningún hallazgo de procedencia conocida. pero hay que recalcar, según opinó Villaronga en su día, la gran similitud con las monedas de Clounioq (figura 5). lo que podría indicar que todavía se emitió en Celtiberia. paralelismo que ya se había dado con los denarios de 5ekobifikes tan similares a los de ko/ounioku. haciéndonos suponer que estas dos cecas republicanas hubieron de hallarse muy próximas.
Pero es cierto, como ya vió P. Beltrán y hoy insiste Villaronga. que también existe un parecido grande con la últimas serie de kontebakom karbika (figura 6), ciudad que situamos en Fosos de Sayona.
Sobre estos datos volveré más abajo..,
Como he dicho, los nuevos hallazgos de moneda de.fekobií-ikes refuerzan la opinión que expresé en 1974, y a modo de anexo al repertorio que ofrecí entonces, añado ahora nuevas piezas del viejo tesorillo de denarios celtibéricos aparecido en Roa, localizadas y publicadas por J. D. Sacristán~.
Parece ser que doce denarios más de sekobihkes se montaron como pulseras poco después del hallazgo y otras monedas ibéricas se conservaban en el lugarcf. figura 1 O, hallazgo 43.
El mismo trabajo de Sacristán da noticias de los despojos de otro tesorillo procedente de la zona, restos que como ha demostrado el conjunto anterior y estudios teóricos sobre el problema pueden, en la inmensa mayoría de los casos, ser una muestra muy digna del • La Edacl del hierro en.-1vull.-111(•tlio del D11l!m, Rmulu 1Ro11, Burgos), Valladolid 1986. pp. 212-216.
En página 216 dice: «composición típica de los conjuntos aparecidos en el interior de la Meseta correspondientes a csios años (sertorianos). con una mayoría de los denarios de sekobirikes».
Oiros datos reiierativos son los procedentes del tesoro de Palencia con 12 denarios ibéricos, de los que 9 son de St! kohiNke.v. dos de turia.rn y 1 de ar.wos.
Los restos ~ n csca:.os. con un lota( de 2.f moneda:.. de las q ue 14 denario:. son tk.~c/..obih/..e,,.
Constatamos, una vc1 más, que la composición es homogénea y consta nte. con una mayoritaria proport'ión <le moneda de. \e/..
11hiÍ'ik1•s e n todos los halh11gos monctalcs de esta /.Ona de la Cel tiberia.
Muy explíci tos son también los datos que proporcionan los tres tesoros <k Padilla de Duero ( n'' 35) en curso de publicación.
Do~ tic el los con tenían monedas. cuyo total. a iu1gar por el catá logo de la exposición, es de 72 pk 1n~. de los que 34 son de, i.<!kohiNkcs, 26 de 111Naso.
Estas cifras dan un 36 por 100 a.~eko-'" ron: cnl<1.1e: ilgo m:b haJO que e l que prn-purc1onan lo:-. hall~l7gn~ d~ Roa'.
221: «numerosas monedas iguales todas de segobirices».
• Para la circulac.ión monetaria en el O. peninsular cf. C. Blázquez. la circ11 ludá11 11111ne1t1riu en torno " la Vía tle fu l'luw dese/(' s11.1• inicios a los.finales del reinado tle Commodo, Tesis doctoral de la Universidad de Salamanca, 1993.
Estos lesoros occiden1alcs donde joyería y moneda -ésta a veces muy escasa -conviven, son un claro testimonio del Intimo índice de mo• netización de la zona, donde la moneda, frecuenlemente trocea• da, es atesorada como plata.
Este mismo patrón lo tenemos en el por otras razones ".
El rortugués. frchahlc en las guerras sertorianas. conl iene tan sólo dos monedas ibéricas, un denario de ho/.,;kc111 y otro de.frkohiNkes, amén de 134 denarios romanos, cuya última pieza nos permite datarlo no mucho más tarde del 76 porque de ese a11o no hay sino una moneda, indicativo de ser emisión reciente. cuando las inmediatamente anteriores, del 79 son ya dos, y las más frecuentes del 80 son 4. patrón aplicable a un suministro fluido de numerario.
Hay que tener en cuenta sin embargo, que a estas fechas corresponden las quejas que Pompeyo desde aquí eleva al Senado por carencia de moneda para Ja guerra peninsular -Salust.
2, 98 M. 2.9-, lo que podría indicar que, en este caso, el denario del -76 no proporciona una fecha inmediata al ocultamiento y sí corresponde a la interrupción de entrada de numerario romano fresco; pero en Palenzuela sí hay denario del -7 5 y del -74, señal de que también durante estos años entró moneda romana en H ispania y que la ausencia en Santana puede deberse a que el escondite se efectuó poco después del -76 "'.
El tesoro portugués es muy complejo en su composición al contener tres torques de tipo ibérico, si n relación con los de la cultura castreña, lo que hace pensar en la estancia del dueño en el este peninsular, diez pendientes del tipo lb de Raddatz, quien sólo conocía el ejemplar de Santiago de la Espada (Jaén) pero de los que ahora tenemos una alta concentración en el valle bajo del Tajo donde también se localiza nuestro hallazgo, moneda celtibérica y abundante moneda romana que viene a fechar éste, amén de los otros escondrijos cercanos que por contener sólo joyería ofrecían cronologías muy laxas, dentro de las guerras sertorialeva nte y sur peninsular para fechas mucho más tempranas ss.
111-11 --•. pero es impensable sin embargo en tiempos augústcos. cf. mi articulo «El pro..:cso de monetización en el lcvanlc y sur hispani..:o durante la Segunda Guerra Púnica». nas 11 • lo que nos hace plantearnos si el territorio afectado por la penetración de tropa romana no fue mucho más extenso que lo que creíamos. y sí la presencia del ejército se limitó realmente a las vías de conex ión entre Extremadura y Celtiberia.
El lo no parece ser cierto pues el tcsorillo de Santana se integra en el jalón d e testimonios que desde los ('c¡stra Caecilia hasta Palcnzuela fue dejando la tropa romana en las guerras sertorianas, piénsese por ejemplo en los tesoros de Monroy.
Valdesalor, Cabe<;a da Corte, etc. 12 • Precisamente la disminución del porcentaje de moneda romana a medida que nos internamos en el espacio celtibérico y su substitución por denario ibérico es lo que nos hace pensar que la tropa romana, ahí, fue en casos pagada con plata indígena.
El último hito en este jalón sería el tesoro de Barcus. en el Pirineo francés, escondido posiblemente por un soldado en su marcha anual para invernar en Gallia.
En Arrabalde (Zamora), tesoro mixto con abundante joyería de tipo castreño, es decir local, ocultado en ocasión de la guerras cántabras como su situación y los denarios de Marco Antonio y César 11 J. R. Vicgas y R. Parrcira.
Los AA. dan una cronolo• gia al tesoro post 72 por el denario de hol.<ku11 que consideran la pieza más joven del conjunlo, y sin embargo el denario pcrlenece al grupo 1 de G. K. Jenkins («A Cchibcrian lloard from Granada».
1 comparte el mismo cuño de anve rso.
Villaronga («Ordenación y cronología de los denarios de la Cehibcria», GN 3-4.
9 ss) ha antepuesto un grupo más antiguo. dando una cronología a su Grupo 11. al que perlencce e l denario de Santana, entre el -104 y el -92 como los hallados en Salvacañctc, aunquc perdurarán en circulación todavía en tiempos scrtorianos, como vemos en el tesorillo de Salamanca. muestran 1'. el patrón de cecas es similar al de Salamanca -arsaos, hol.~kan.. \:ekohihkes y /uhaso-aunque falta w: ekohaa, pero el porcentaje de presencia es distinto, pues wh't1so y no.~ekohihkes es la ceca mús representada.
El alto número aquí de moneda de //IÍ'iu:w y la falta de la de tdekm"ma. podrían ser un buen ti.:stimonio de la modernidad de unas y de la antigüedad de otras monedas como opina Villaronga 1 ~.
Pero el tesoro reitera lo comentado para esta zona más arriba en los de Somiedo.
Y sin e mbargo, los datos más interesantes de ci rculación nos los proporciona el yacimiento d e Clunia por formar un conjunto con sus coordenadas espacio-tiempo muy bien delimitado, y por tener tras de sí muchos años de excavación y recogida de materiales, lo que supone contar con un porcentaje de documentación alto y fiel a la hora de estadísticas.
J. M. Gurt ha hecho el estudio de todas las monedas hal ladas en el habitat, que como sabemos es de época imperial, sin que se haya localizado todavía la ciudad indígena, supuestamente sita en un cerro cercano que, sin embargo, no proporciona materia-...
La alta presencia que comentábamos de moneda de.sekohifikes en la Meseta nor~e se ve correspondida con su total ausencia en los yacimientos de Cuenca (figura 9).
Recordemos que las excavaciones en Cabeza de Griego no han proporcionado ni una sola moneda de sekohií-ikes. aunque sí de Segobriga 1' 1 • Es cierto que los materiales mas antiguos por ahora, una pieza de Calagurris del lVDJ (M. P. la rnlec• ción Sánche~ de la Corera.
Madrid 1986, n" 1782. salidos allí a luz en cstraws arqueológicos son de época bajo-republicana: cerámicas de barniz negro que M. Almagro -p.
192-fecharía en tiempos postsertorianos o cesarianos, al igual que la terra sigi-1 lata itálica.
Pero hay que puntualizar, como hace él, que los materiales más precisos para la cronología son allí los numismáticos, y ellos evidencian que todavía no se ha dado con la ciudad republicana, pero ¿es que la hubo?, y ¿desde cuándo?
Sería de esperar que en una circulación monetaria del 72 al 45 a.c. constatada en el yacimiento por las piezas de Bilbilis y Celsa. estuviesen presentes las monedas de sekobifikes. si es que aquélla había sido su ceca.
Recuérdese que sin embargo en Clunia, donde el yacimiento excavado es el imperial, predominan los bronces de sekobifikes dentro de la circulación residual.
Más datos ex absentia proceden de la provincia de Cuenca (figura 9).
Del yacimiento de Villasviejas (Fosos de Sayona), lindante con Cabeza de Griego. son las monedas ibero-romanas publicadas por C. Alfara entre las que una vez más faltan las de.~ekobifikes.
El yacimiento tuvo larga vida, desde el Bronce final hasta las guerras sertorianas. a juzgar por las monedas 20 • Las hay hispano-cartaginesas, ~"C. A lfaro. «llallazgos monetarios en «Foso de Bayona», Villasviejas (Cuenca).
La A. opina que el final del habita! debe fecharse con las guerras sertorianas como la presencia de moneda de hol,1'kan. hilhilis y.-1 f:".,¡1.•I. 6 7. l'J i/hi/is y dos de Roma.
Entre esta variada rrcscn i1"ikes, como tampoco las hay en los otros hallazgos de la zona centro que cstudi0 con este propósito en el 7-t:i _ Es un dato ex ahse111iu que por reiterativo y nuclear debe ten e rsc muy en cuenta.
Tampoco a parecen sus monedas en el nuc\ o hallazgo de Almadenejos (Ciudad Real) fechado su cierre en post.
100 que. aunque con una amplia mayoría de denario romano también lo hay de ik11ll'ske11 y w•scws::.
Entremos ahora en los datos que proporcionan los hallazgos de moneda con epígrafe latino SEG0-13R IGA (figura 4), pero antes quisiera hacer ciertas consideraciones numismáticas que creo son importantes al respecto.
Las acuñaciones con leyendas celtibéricas (figura 1 ), que ya comentamos en el 74 cuán semejantes eran a las piezas de.frkotias y ai•kailiko.~ (Langa de Duero y Burgo de Osma, u Osma). son seguidas por los ases con leyenda latina SEGOBR IS (figura 2), cuya semejanza a las piezas de Clunia con leyenda Clounioq es extraordinaria (figura 5 ). sugiriendo que ambas cecas. no sólo estaban muy cerca. sino que esas em isiones fueron coetáneas. lo cual es perfectamente posible a juzgar por su metrología, módulos. etc.!~.
Pues bien. las emisiones pre-augústeas y augústeas (figuras 3 y 4) mantienen los mismos tipos que las de Segobris. indicando quizás que la ciudad politicamente fue la misma. y sin embargo sus circuitos no son coincidentes.
V e amos algunos datos.
En la ciudad de Clunia, como ya hemos visto, la etapa que proporciona más modedas/año es la de Tiberio, fechas en la que la propia Clunia acuña bronce en abundancia y por tanto su porcentaje es el mayor respecto a l resto de la circulación, un 74, 66 por 100, segundo de un 33,84 por 100 de Caesaraugusta! 4 • El hecho de que Clunia acuñe sólo bajo Tiberio hay que relacionarlo sin duda con el asentamiento de tropas no muy lejos de allí o, si lejanas, alimentadas monetalmente por esta ceca que fue la más occidental 25 • Bajo Calígula la mayor parte de las cecas hispánicas suspenden sus acuñaciones y entre ellas está kll11u•huko111 demuestran.
Yo añado que 1ambién la hispano-latina de Cás1u lo núm. 7 debe fecharse c.
Oc recogidas posteriores en Fosos procede un centenar de piezas que comenta• mos infra.
Clunia. pero no Scgobriga que sigue emitiendo.
Durante esta etapa la alimenta<.:ión del numerario <le Cluniu pro\'icnc en nrnyorj¡1 de la ccc<1 mú:-; cercana.
En esta penuria de amonedación hispúnica. en ta que muy pocas cecas están ya acuñando. seria de esperar la presencia de moneda de Segobriga que si acuña bajo Calígula. y sin embargo tampoco la hay.
La ausencia total de numerario imperial segobrigense en Clunia presenta un claro contraste con la mayoritaria presencia, que hemos comentado, de piezas republicanas de.vekohií-ikes en el mismo yacimiento.
Si los métodos arqueológicos tradicionalmente empleados siguen siendo válidos, ambas emisiones no pueden proceder de una misma urbe.
Además del escaso numerario segobrigens.e ha-1 lado en las excavaciones de Cabeza de Griego citado más arriba, se ha publicado un tesorillo en bronce compuesto por 20 monedas de Segobriga y 1 de Turiaso procedente de Cabeza de Griego que. éste si, proporciona una total mayoría de monedas segobrigenses imperiales, lo que no hace sino incidir en la disociación de los circuitos monetales de las dos etapas históricas de esta misma ciudad 1 ".
A parte de ellos, hay muy pocos hallazgos que constaten su presencia en otras regiones, a no ser zonas excesivamente alejadas de uno y otro emplazamiento como para poder dirimir con ello su ubicación.
Moneda de Segobriga aparece en Levante. en el Noroeste y en Extremadura, pero en cantidades tan ralas que no implican ningún aporte valorablc al problema.
Levante es la zona de Hispania más temprana y densamente monetizada, lugar de embarque y desembarco de celtíberos mercenarios, más de tropa romana, más de equites y comerciantes itálicos, por lo que la presencia salpicada de una o dos monedas a lo largo del litoral o en la trascosta no es signmftcativa en estudios específicos 17 •: 6 J. M" Vidal, «Tesorillo de bronces hispano-latinos ha ll ado en Segobriga (Cuenca), AN lfi.
«Tcsorillo de denarios hallados en Tiermes (Soria)», (i(lcl! fll numi. rnuiticu 89, 1988, p.
32 donde. llevado por estos mi smos argumentos disocia. también él. las cecas republicana e imperial.
21 Un estudio sobre la presencia en esta zona de moneda celtibérica presenté en «Moneda celtibérica fuera de la Celtiberia» Coloquio sobre N11111ismátic-a en la Celtiheria.
Barcelona 191!7, cuyo manuscrito no llegué a entregar.
Practicamente todas las cecas celtibéricas presentan el mismo patrón en esa zona: presencia débil y salpicada.
A falta de estos testimonios podemos echar mano de otros, no tan explícitos. pero sí válidos: las contramarcas.
Sabemos que el fenómeno del contramarcado se da por ci rcuitos monetales, y que sólo se resellan aquellas monedas de la propia ceca donde el control se efectúa. o aquellas otras que por su frecuencia en ese circuito son aceptadas por el usuario y por la propia administración oficial como propias.
El hecho es que habitualmente encontramos las mismas contramarcas sólo en monedas de una ceca o en las de procedencia muy cercana.
Pues bien, Segobriga. cuyas monedas rara vez presentan contramarcas. repite los resellos de Carthagonova, y con menor frecuencia, pero también en algún caso. los de las cecas del Ebro, indicando su posición intermedia entre una y las otras.
La contramarca I.S. se conoce sólo en tres ejemplares de Segobriga, uno de Tiberio y dos de Calígula 2 x.
Esta misma contramarca aparece sobre tres ejemplares de Carthagonova de Tiberio -Vives 132,1-que guarda el IVDJ. l• A. de Guadán.
«Tipologia de las contramarcas en la numis-má1ica íbero-romana».
96: M Almagrn-Gorbca, ((N uevo ejemplar de la con1ramarca l.S. sobre un as de Segobriga».
Es decir que esta contramarca se la reparten Carthagonova y Segobriga en un 50 por 1 00, y los mejores paralelos tipológicos para la grafía se encuentran en sellos de anforas Dressel 20 de época alto-imperial, procedentes de Ví llar de Brenes.
Las contramarcas efectuadas dentro de sociedades de explotación son, como ya defendí en otro lugar, frecuente s y es lógico que en época de Caligula, en que las cecas del sur se han reducido a una.
Acci, se produzca un 1 1 ac111m1 monetal que atraiga el numerario más cercano, en este caso segobrigense y cartagenero, las otras dos cecas cercanas; existe sin embargo otra posibilidad que recoge M. Almagro como verosími l, trasmitiendo una opinión de A. Balil. e l que la contramarca estaría revalorizando la moneda, un as, en un as y un semis 2''.
La interpretación es plausible puesto que el descenso progresivo en el peso de las monedas de bronce conlleva su revalorización con el tiempo.
También la contramarca S. 106 es común en umhas cecas, indicando que sus numerarios entraban en <ircas comunes de cin.:ulaciún.
Con las cecas del F.bro comparte Segobriga una de los resellos mús frecuentes.
Guadán tipo 24: ligndura de LA. que con pequeñas \'ariantcs aparecen en practicarnentc todas las cecas del Ebro. como Cclsa.
Bilbilis e incluso Ercavica. y que hemos pueslo en relación rosiblc con la Legitl Alaudac'".
Las contramarcas pues corroboran lo que los documentos epigrúficos imperiales y algunos datos literarios atestiguan: la situación en la Meseta sur -probablemente en Cabeza de Griego de la Segobriga imperial.
La ausencia de testimonios arqueológicos más antiguos de la fose post-sertoriana en Cabeza de Griego después de tantos años de excavación. obliga a plantearse la posibi lidad de que allí no existit! se una ciudad importante prerromana del cal ibrc que hubo de constituir Segohrix republicana.
Las monedas más antiguas hall adas en Cabeza de Griego. vienen a confirmar los datos cerámicos y son: «... un as ibérico postsertoriano de Bilbilis, otro de Celsa bilingüe y un semis de Segobriga. todos ellos techables en el segundo tercio del siglo 1 a.C.» ".
Han aparecido, aunque siempre fuera de contexto estratigráfico, algunos materiales importados muy anteriores al momento que nos ocupa, como es el fragmento de ánfora ática de mediados del siglo v. o los procedentes de las necrópolis excavadas a fines del siglo x1x en Uclés y Cabeza de Griego, donde en una urna de plomo y vidrio se halló, procedente seguramente de ésta última, un cáliz de figuras rojas.
Pero estos materiales de importación lo son de prestigio y con el lo objetos que pueden tardar en amortizarse siglos según sabemos, por ejemplo, de la Dama de Galera que, siendo del siglo v11, se entierra en el siglo 1v.
Por ello, la posible procedencia de Segobriga de objetos sueltos de importación no es argumento para llevar la historia de la ciudad muy atrás, al menos el de una ciudad de la importancia que hubo de tener la que acuñaba los denarios y bronces'" Si la interpretación fuese correrla. el interés dél thllo es inmenso pues atestiguaría que de la legión V trasladada al Limes antes del -14, quedan aquí algunas l'<'Xilu1io11es.
El dalo de que la legión utiliza el mismo sello en teja~ de Novacsium lo publicaré en el trabajo sobre La moneda hispana en el Limes germánico, en preparación.
Cuadro de contramarcas en M. P. Garcia-Bellido y C. Blázquez, op. ci1. (n.
La cita proc.:de de <dn1erpre-1ación... » p.
republicanos, citada por las fuentes como objeti\'1l a conquistar tanto por Virialo como pnr Pompeyo. según \'eremos.
P1..•ro muy cerca si existió una importante ciudad republkana. posibkmente Carbica. cuyas historia parece terminar cuando se inicia la de Sl•gobriga.
Del yacimiento de Villasvicjas (Fosos de 13ayona) parecen proceder un centenar de monedas de las que tan sólo una es de.,:ckohi/-ikes mientras que treinta y cinco lo son de kou1ehak1>111/kai'hika. amén de que todas ellas son anteriores a Augusto, mostrando de manera segura que el ym: imiento dejó de tener vida en época post-sertoriana.
Los hallazgos monctales y las similitudes entre los tipos de las monedas de Carbica y de Scgobriga (Vives 39,4 y 135, 1) llevaron ya a P. Beltrán a proponer una cercanía y una secuencia en la vida de ambas cecas, semejanza que le valió para defender la situación de Segobriga en Cabeza de Griego 1!.
Este argumento ha sido corroborado con otros de cariz histórico y <1rqueológico proporcionados por los excavadores <le Fosos de 13ayona: al igual que las monedas, las cerámicas dan un fecha de vida anterior a las guerras scrtorianas, precisamente cuando Contrebia deja de ser citada en las fuentes y de emitir moneda.
Más aún. el trazado de la vía republicana que, sobre camino prerromano. corría desde Salduie hasta Carthagonova pasaba por Ercavica-Huete-Carrascosa-Fosos de Bayona-Ví llarejo de Fuentes pero «el trazado imperial rectifica y varía su desarrollo en función del auge de Segobriga y de la desaparición de Fosos de 13ayona.. ».
Todo ello ha sido considerado por los excavadores como «prueba del relevo de Segobriga con respecto a Contrebia, que por estas fechas (augústcas) ya habría sido destruida o abandonada» 11 • L. Villaronga ha incid ido recientemente sobre el tema proponiendo conclusiones similares a las de los excavadores de Fosos, basadas esencialmente en argumentos de metrología y estilo numismático.
Pero Villaronga no propone una secuencia en la vida de dos ciudades distintas, sino un cambio de poblamiento de una misma ciudad, mientras.i•ekohiNkes desaparece en la Meseta norte sin continuidad monetal.
Ercavica se convertiría en Segobriga.
Un mismo taller habría acuñado las últimas monedas de kontehakom kai-hika y de inmediato las de SEGOBRIS, su estilo y su secuencia metrológica así lo indicarian.1 4 •'' P. Behran, «Segobriga».
«La ciudad de Fosos de Bayona...
Las citas proceden de p.
IJcl'.livamcnl l.!. y nlllHl wdos lns argumentm. cxpueslos muestrun.
Fosm. de Uayona y Cahcza de Ciril.:go. muy pos1blcmc1llt' Contrchia Carbicu y la Scgobnga impa1al. fucrnn dos ascn1amicntos con'ida:-. ~m•csl\ a:-.. ~m embargo. no neo que e:-.temos anh: dci:-. cmpla1amic11tos con:.ecuti\11s de una 1111:.ma cnt idmJ poi il a:a. sino ante dos ciudades di li! renies l'.Cllllll:.u~ monedas indk; tn.
A mi juicio existe una continuidad interna inconlro\'er11blc entre las monedas de.~<'kohi1" ikcs.
SEGOURIS y SEGOORICiA. sobre todo por: ws tipos monetalcs -auténticos emblemas de las ciudades. pero también por su metrologia. su arte, etc.. mostrando que estamos ante una misma entidad politica como la permanencia del nombre y su perfecta secuencia etimológica indican.
No veo por qu~ buscar en Carbica la prehistoria de Segobriga cuando ella esta tan clara en.~eko hi i-il.e.~.
Respecto a l: is semejan1.as artísticas con C: arbica, es indudable que existen. aunque me parecen más exactas las que Vi l lamnga propuso en 1978 con CI unia (figuras 2.
5 y 7 l. pero es indudable que el lo abre un importante campo de discusión que ha-bremo~ de seguir en el futuro.
La secuencia mctrológica entre Carbica y Segobriga. es sin duda cierta, pero ello puede deberse. sin más. a la pertenencia a un mismo patrón monetal. el celtibérico. en do~ o tres fases sucesivas e inmediatamente anteriores a la implantación del sistema augústeo.
Gracias a los datos que me ha proporcionado personalmente Villaronga poseo los pesos de la emisión de Clunia que. comparados con los publicados por él e1,. el artículo citado para las otras dos cecas. dan los resultados siguientes: Es evidente que la acuñación más antigua. mo~ delo de las siguientes, es la de Clunia, y que tras ella y en una secuencia muy cercana se hallan Carbica y Segobris.
Tras esa emisión se inicia la metrología augústea de 1O/ 1 1 gr. Tenemos aquí un testimonio 1nás de las relaciones íntimas entre el núcleo de la Ce ltiberia y la Celtiberia carpetana, sólo futuros hallazgos y nuevas ideas podrán esclarecer el problema.
1'/:"STJ.\fON/OS l:'Sl R/10S L:l te:.15donde enumera l o~ pucbl,1s que concurren en el coll\ cntu jurídico dc t'artagonm a «... los ore1a-n1. cognominados german1: lo~:-cgobrigcnses. que forman la cabc1a de la ('cltihcria: los toktani. que están sobrc el rio Tajo... » ".
No huy duda <le que la Scgohriga cit; ida aqui debe bus1.:arse en la Mescta sur. al este <le Toledo y lindante con los metanos cuya ciudad 1mis importante.
Orctum. es Granátula no lejos de Cabc1a de Griego.
La segunda cita de Plinio -6.
160-trata de una piedra especular <le gran ca lidad que producía la H ispania Citerior. que efcc-1 ivamente se ha lucali1.ado en los alrededores de Segobriga.
Tambil!n Ptolomco -57-parece situar Segobriga en esa zona. puesto que sólo la distanciaría de Valeria, cuya locali:1ación en la Valcra de Cuenca si es clara. un grado. y aunque sus imprecisiones gcograficas son evidentes, es éste un dato valido para no llevarla muy lejos de la Valeria conocida.
Por lo tanto. los datos tardíos, digamos imperiales. referidos a la Segobriga imperial parecen coincidir en situarla en Cabeza de Griego. o cerca de ella.
Otra muy distinta es la información que nos proporcionan los datos literarios referentes a la Segohrix republicana que parecen coincidir en llevarla a la Meseta norte. y entremezclarla. en los pocos casos en que la citan, con ciudades que hoy localizamos con toda seguridad en la Celtiberia de Cast illa la Vieja.
La referencia más antigua se nos ha conservado en un historiador tardfo.
4,5.22-donde narra el pasnje en q'lle Víriato, tras exigir ayuda de Segovia y serle denegada, se dirige a Segobriga donde tambien es rechazado Peroquiás sea el lacónico texto de Estrabón -3,4,13-el más preciso: «De las cuatro naciones en que están divididos los keltiberes. la más poderosa es la de los arouákoi. que habitan la región oriental y meridional y son limítrofes con los karpetanoí y l'l>n las fuen- El texto deja muy claro que la Celtiberia que describe Estrabón, probablemente la de Po libio. es limítrofe por el sur con las fuentes del Tajo y por e l este con los Lusones. quienes a su vez también limitan por el mediodía con e l Tajo ".
Es decir que los celtíberos no debian situarse al sur del curso alto del Tajo. donde sin embargo si se hallaban los carpetanos. vecinos de los arévacos por el norte, como la fuente deja c laro.
La ubicación de Segohrix e n plena provincia de Cuenca está. según el texto de Estrabón. fuera de lugar pues la situaría en Carpetania •~.
Esta es también la opinión explícita de Schulten «Segobriga pertenece a Celtiberia sólo en sentido geográfico, si se llama «ce ltiberia» toda la Meseta. mientras que políticamente Celtiberia se limita a los valles del Duero y Jalón, y Segobriga pertenece a los Carpetanos...
Bilbilis sí está en Celtiberia».
N. Este mismo equívoco se plantea con Sigüenza, estando ésta todavía mucho más al norte que Segobriga, y sin embargo Polibio -10.7,4-cita la ciudad en Carpetania ~11 • Amén de que Estrabón añade que tanto Segobriga como Bilbilis son ciudades celtibéricas, y que en las cercanías de ambas lucharon Metelo y Sertorio, dándonos una proximidad de ambas ciudades, que como ya se ha comentado muchas veces, hace dudosa la ubicación de Segobrix en Cabeza de Griego, por ejemplo para A. García y Bellido: «Segobriga es de dificil identificación.
Para alguno es Segorbe... para otros Cabeza de Griego...
La Segobriga de Strabón no parece ser la de Valencia; y a caso tampoco la de Cuenca pues la cita como próxima a Bilbilis...
Habría que suponer otra, o corregir por por Segontia (Sigüenza), lo que tampoco satisface... ».
Si a esos datos, sumamos el de Frontino que cita Segobriga como objetivo siguiente a Segovia en las exigencias de Viriato, veremos que Sego-17 Probablemente se refiere a l Tajuña. más norteño que e l Tajo. cf. A. Schulten, FHA VI, 248.
1 " No se me oculta lo problemático de esta afirmación, aunque la expansión de los celtíberos hacia el sur, tanto en occidento como en oriente. ha sido un tema bibliográfico reiterativo (Cf. con abundante bibliograíla, J. M. Blázquez.
«La expansión céltica en Carpetania.
Ogam 1962. pp. 409-28: S. Valiente y L. J. Balmaseda, «Hacia una delimitación de la Carpetania en la Edad del Hierro 11», Homenaje al Pro/ M..
Parece probable que los datos que tenemos sobre la Celtiberia alto-republicana permitan situarla al norte de las fuentes del Tajo, aunque evidentemente con posterioridad hubo una expansión natural, o dirigida, hacia el sur que sin embargo no conlleva la «cultura celtibéri ca» primigenia.
Las ciudades de Ercavica, Valeria y Segobriga. núcleos urbanos celtibéricos para tiempos imperiales. no han dado por ahora cultura material celtibérica republicana.
•o Cf. también nota anterior p.
hrix debe buscursc sin duda en la Meseta norte.
En la referencia de Ptolomeo arriba citada, éste cita la ciudad como próxima a Bursao ( Borja) lo que evidentemente es un error para tiempos imper iales, pero muy expresivo si pensamos que está utiliamdo fuentes republicanas.
Los epígrafes recogidos en Cabeza de Griego proporcionan algunos testimonios más que se deben interpretar en la misma dirección ~1 • En dos lápidas funerarias se citan dos di fcrcn tes personajes con el étnico Celriberlu, que en uno de los casos es un cog110111e11 (n" 78, CJ L 11 5881) y en el otro un nomen (n" 82, CJL 3132). pero es indudable que ambos deben interpretarse como apelativo de gentes foráneas dentro del habitar, y así lo comentó A. Tova r: «La distribución de Celtiber.
Celtibera, siempre, salvo dos ejemplos en Uclés, en la frontera meridional. lejos de Celtiberia. parece confinnar que el uso del étnico no es natural que se dé en el territorio del étnico mismo»~~.
Los otros paralelos que M. Almagro recoge para este étnico, Cefliher/a, proceden de Caldas de Reyes (Pontevedra) -CIL 11 2545-, lsona ( Lérida) -4464-.
Je rica (Castellón) -606 7-, Barcelona -6188-. e incluso de A frica -Cll V/113690-, siempre en ejemplos aislados. siendo en Segobriga el único sitio donde el apelativo se repite, lo que debe indicar una más íntima conexión con la Celtiberia propia, lógico si la parte nuclear de la población procedía de esas tierras 0.
No se saben las fechas de estas dos inscripciones, pero es posible que los epígrafes con este étn ico sean muy posteriores a l traslado de población a Segobriga, con un lapso de tiempo suficiente como para considerar a los celtíberos ya como foráneos.
Otros étnicos, indicativos una vez más de gentes extrañas, son recogidos por Almagro en las lápidas de la ciudad, así Canraber (no 79 y 80), Bilbilitanus (no 78), Ga/lus ( 10), Toletanus (no 72).
Des- Juan Mateo Reyes Ortiz de Tovar y su valor en la antigua epigraíla extremer 'la» Anas, en prensa.
Agradezco a los autores la facilidad que me han dado para utilizar el manuscrito antes de su publicación.
Cantia es un gentilicio de tipo céltico. y yo creo que Celtibera debió aquí constituir un cognómen étnico. delerminativo de gentes exógenas en origen, ya arraigadas en el territorio por lo menos en la generación de Cantia, como índica el adjetivo Emeritensis.
CUNCLl'Sf() N!:'S Documentos de variada índole parecen pues dism: iar gcogralicamcntc Ja ciudad S11g11hri.r de tiempos republicanos de la Scgobriga Imperial. lo que podría indicar <los ciudades homónimas, hecho muy posible dada la vu lgaridad de sus componentes. pero las monedas dan la impresión de pertenecer. por su homogeneidad. a una misma entidad política.
La explicación que yo aquí ol"rt: zco. me parece la única lógica por ahora.
La ciudad republicana de Segobrix. hubo de estar situada en la mesopotamia del alto Duero y el Pi suerga. cerca de Clunia con la que hemos visto tiene tantas relaciones. pero más de Palem: ia donde los porcentajes de sus monedas son los más altos y a cuyo norte no aparece sino moneda de.~ekohi Nkes, como por ejemplo en A maya.
Sin embargo, la Segobriga imperial no ha dejado allí ningúna huella, más bien ha ocasionado un vacío monetal que ha sido substituido por otras cecas cercanas.
Estos datos negativos. más la presencia de moneda de Segobriga en Cabeza de Griego, y el de su relación por los resellos con otras cecas imperiales del sur, unidos a las referenc ias literarias de época imperial, que sin duda sitúan Segobtíga en la antigua Carpetania, podrían indicar la ubicación de la ciudad en la provincia de Cuenca, tras un traslado de población desde el núcleo de la Celtiberia.
Sabemos que los traslados de población en época romana no son excepcionales, y que fue el método para la fundación de Palma y Pollentia llevada a cabo por Metello con el trasvase desde la Península de 3.000 colonos hispano-romanos.
Si estas ciudades fueron colonias fundadas por deductio no está claro, pues aunque Mela -2, 124-así las llama, Plinio -3,77-las cita como oppida.
Más traslados de población entre los artabros por motivos socio-políticos son citados por Estrabón -3,3,5.
Pero en íntima relación con nuestro caso, por tratarse de sucesos de las guerras sertorianas y por haber mantenido la nueva fundación el topónimo original, está el asentamiento de antiguos soldados de Sertorio en las cercan ías de lugdunum Convenarum, en una ciu-" Este epigrafe es uno de siete fragmentos pertenecientes a una inscripción monumental dedicatoria del teatro, donde por las varias mcnciom:s a cargos y asuntos legionarios, la palabra LEGION pudo referirse, no a un étnico legion(ensis), que tendria que ser muy tardío, sino a un cargo o referencia militar. daJ llamada Calagorris al igual que la Calagurris rehelJc asediada y destruida por los romanos ~•.
Que Segohrix. donde tanto denario en las guerras sertorinas se acuñó y al laJo de la cual lucharon Sertori o y Metelo. fuese arrasada y su población trasladada a zona menos nuclear que el centro Je la Ce ltiberia. es naturalmente una hipótesis. que sólo futuras exi.:avaciones en la propia Cabeza e.le Griego y en otros centros de la Carpctania podrún dilucidar. aunque los datos contundentes habrán de proceder sin e.luda de la propia Celtiberia.
Ya en prensa este articulo se ha publicado el libro de F. Romero.
C. Sanz y Z. Escudero (edits.), Arqueología 1•accea, Valladolid 1993, donde se recogen minuciosamente los tres tesoros -joyas y monedas-de Padilla de Duero.
Proceden de tres diferentes puntos de Padilla, y uno de el los, el tercero, no contiene moneda.
3 de ur.rno.\• y 1 de helikio.
Las cifras globales coinciden con las del cuadro adjunto que estaban tomadas de opp.citt. en n.
También tarde para incluirlo en el mapa y el cuadro, me llega la noticia de dos tesorillos de El Castro del Chano (León). con una alta mayoría de moneda de.~ekohiNkes, cf. datos en nota 7.
LISTA DE ABREV IATURAS USADAS |
37.6) que en el 122 u. e. como resultado de sus victorias sohre los allohrogcs.
D. Ahcno• barbus y Fabio Maximo erigieron torres coronadas con los trofeos de armas de los enemigo~. en d escenario de las hatallas (ipsis 1111ih11.v tli111ic1n 'l' l'/Jnt locis.rnx1•as t'rl!
Pero et propio Flore• subraya lo inusual de tal hecho (i.c. levantar torres con el
Se examina en este artículo la reciente propuesta. realizada por un equipo de arqueólogos españoks y franceses. del descubrimiento y posterior reconstrucción de los trofeos de Pompeyo en Panis~ars (Pirineos Orientales).
Consecuentemente se analiza toda la documentación literaria i: xistente a este propósito y se esrudian los monumentos triunfales comcmporáneos.
A la vista del análisis parece inaceptable la reconstrucción que se ha hecho hasta el momento de dicho monumento y se proponen alternativas que se consideran mas acordes con monumentos contemporáneos similares.
SALUSTlO, SILA Y LOS TROFEOS DE POMPEYO
El autor antiguo más cercano al levantamiento de los «trofeos de Pompeyo» en los Pirineos es Salustio (86-34 a.C.).
En sus Historiae, llegadas a nosotros fragmentariamente, dice: devictis Hispanis tropaea in Pyrenaei iugis costituit (se.
Pompeius) 1 • Ninguna indicación precisa, como se ve.
Como resultado de la victoria sobre Sertorio, Pompeyo levanta trofeos (tropaea) -nótese bien, en'Salusrio, Hist.
La victoria sobre Sertorio fué el resultado de una guerra civil, en la que Pompeyo sofocó y sometió a los pueblos que apoyaron al rebelde Sertorio en el territorio de la península ibérica.
Se trató de una guerra civil. que concluyó en el 71 a.c. y no de una guerra de conquista expansionista 1 • Antes de pasar al análisis de otras fuentes que se refieren a este hecho, me parece importante -metodológicamente--hacerse la siguiente pregunta: ¿cómo eran los rropaea que los romanos levantaban como consecuencia de sus victorias a comienzos del s. 1 a.C.?
¿Tenemos alguna evidencia de este tipo de monumentos de modo que pueda servirnos de ejemplo o de modelo ilustrativo?
Es evidente que el modelo arqueológico -o arqui tectón ico-ha de buscarse, no en la esfera de otras conmemoraciones, tales como monumentos funerarios, si no en lo que se ha dado en llamar el «arte triunfal» • 1
• La respuesta es que sí, que disponemos de ejemplos contemporáneos que pueden ilustrar lo que eran y cómo eran los tropaea en la época en la que Pompeyo alzó los suyos en los Pirineos.
Estos ejemplos, o estos i Es necesario subrayar el carácter de guerra civil por lo que se dirá más adelante y porque determina el entendimiento correcto del significado de los trofeos de Pompeyo.
F.ste aspecto no ha sido, lamentablemente. analizado en el últ imo libro sobre Sertorio publicado en España. el de i: clix García Morá, Un episodio de la Nispa11ia Repuhlicana: la J!.Uerra de Sertorio, Univ. de Granada.
358-359 que incomprensiblemente tampoco menciona las referencias de Estrabón a los trofeos (cfr. más abajo).
Sobre la guerra de Sertorio en cuanto guerra civil, im-l.OS l l.j tl'Slinwnios. son di.' dlb tipo~: itonográtkos y arq lll'O lóg Í COS 1 • Una cuestión prl',•ia: tro¡){Je11111o1rophae11111 cs. origim1riaml 'nll'.
L' I signo d1.: la,•ictori;i. el tronco <ld úrbol; il t¡ttl' se.: lijan las armas, los escudos y demás parakrnalia. tonrndos al enemigo'.
Con el paso del tiL'mpo. el úrbol o tronco n~al. con arm; is rc.:aks. pasó a sl'r <le piedra o di.' mármol y las armas Sl' rctlujcron tambi0n a lo esqlll'tnútico.
Jos trnf\:os. lm¡wia. en e l vocabulario de Salustio. son dos monumentos de estas características, de piedra o de mármol. que se erigen sobre un pedestal.
No se rl! quicrc otra monumentalización en principio en el periodo de com ienzos del «arte triunfal». que es al que nos estamos refiriendo, y al que se refieren tainbién los trofeos de Pompeyo ".
Porque. en efecto. el año 71 a.C. -Veleyo Paterculo recuerda que el triunfo ex Hispania de Pompeyo fué en esa precisa fecha' -estamos todavía en un período en el que el «arte triunfal» romano estaba en una fase aún no suficientemente desarrollada. en la que, los maniquíes con armas -ya en piedra o en mármol -eran el modelo corriente.
Tenemos confirmación de ello: en primer lugar así lo testimonian abundantemente las monedas, en cuya iconografía los encontramos asociados a los triumphatores o viri triumphales ";y, del mismo modo, lo evidencian los restos arqueológicos.
Poseemos, además, una gran fortuna a este propósito, debida a un reciente descubrimiento.
El año 86 a.C. -es decir, a muy pocos años. quince, de distancia de la erecc ión de los trofeos de Pompeyo a los que alude Salustio-el general romano Si la, tras haber reducido con éxito Atenas y el 1m111iqui encima): Un grupo de arqueólogos norteamericanos -dirigidos por John Camp de la American School of Classical Studies in Athens-ha descubierto ahora y publicado el trofeo de la colina de Tourion que conmemoraba la Victoria de Sila en Queronca 11 • ¿Cómo era? ¿,En qué consistía el monumento?
Brevemente, puesto que la detallada descripción se encuentra en el artículo citado de J. Camp, se trata de una base rectangular con una inscripción (altura 0,32 cm; anchura 85 cm) destinada a sostener el tronco de árbol en mármol o piedra local.
En la inscripción se recuerda a los héroes de la batalla (Homoloijos y Anaxidamos).
El tronco. con su panoplia, se ha identificado -si no es el mismo, seria uno semejantecon uno conservado en la localidad vecina de Skripiou -en el monasterio que allí existe-en Orcomenos 1 J. El mismo Si la. en tetradracmas suyos. representa después los dos trofeos de Queronea, así como también en denarios de Roma, del 80/ 81, con la cabeza de Venus, divinidad a la que se atribuye Ja Victoria 13 • Finalmente, en las cercanías de Tourion se elevó un templo a Apolo, cuyos restos han sido identificados también por los arqueólogos norteamericanos • ~.
Como consecuencia de lo dicho hasta aquí po- /\hora bien,,-,disponcmm. de: ilguna información m: is::.ohre los trofeos de Pompcyo que pt.!rm1ta profundizar en s us caracterist icus'!
Analizaré a conti-1111ació11 la documentación por orden cronológico, intcntanuo al mi smo tiempo ofrecer una va loración contcxtunl a Ja misma.
4, l. dcscrib1en A. 67. l lJlJ-l hecho ck que desde el territorio de los edetanos «lrnsta los Pirineos y los trokos de Pümpeyo la costa mide 160 estadios».
Poco más adelante los recuerda otra vez 111.4.7: «Entre el lugar en el que el Ebro desemboca en el mar y las alturas de los Pirineos. en las que e.-;tán situados los trofeos de Pompcyo, la primera ciudad es Tarracm>.
Hablando de los ampuritanos y su territorio incluye una tercera mención de Estrabón sobre los trofeos de Pompeyo: «Pero algunos de los ampuritanos ocupan incluso parre de las alturas de los Pirineos hasta los trofeos que fueron erigidos por Pompcyo. pasados los cuales. corre el camino que viene de Italia... (esta vía) se dirige hacia Tarraco desde los trofeos que levantó Pompeyo... »1 ".
En fin las menciones del geográfo se completan en el pasaje IV.1,3 en el que comenta los limites de la Narbonense y señala que el río Var constituye el límite entre esta provincia e Italia: «Desde el río Var -dice Estrabón-la costa se extie111de hasta el templo de la Afrodita Pirenaica.
Y es este templo, precisamente, el que marca la frontera entre la provincia de la Narbonense y el país de Iberia, aunque algunos consideran que el lugar donde están los trofeos de Pompeyo es el que marca la frontera entre Iberia y Céltica».
Varias conclusiones se pueden extraer de estos textos estrabonianos.
En primer lugar, Estrabón utiliza siempre el plural para referirse a los trofeos de Pompeyo: en las menciones del libro 111 sobre Iberia, utiliza el genérico «anathemata Pompeiou» «las ofrendas de Pompeyo» y en el libro IV -que trata de la Galio-utiliza el más especifico tropaia. también en general, un concepto que está englobado en el ant, erior, esto es: trofeo es una ofrenda en cierto sentido, ofrenda representada por el maniquí con las armas 17 • Una segunda observación: en época de Estrabón ya los trofeos del gran Pompeyo son un elemento o hito fundamental que sirve para delimitar la frontera (horos) entre Galia e Hispania.
Así lo entienden sus fuentes geográficas e incluso en ellas hay discrepancias sobre el problema (cfr. el texto IV, I, 3 ).
Resulta claro que las referencias de Estrabón demuestran que los trofeos están en relación o cercanía de una vía, la que desde Iberia, bordeando la costa, se dirige hacia la Galia Narbonense y luego a Ital ia.
En un principio, en origen, los trofeos de Pompeyo. fueron una ofrenda a la victoria dejada por el vencedor. visible para todos cuantos visitasen el territorio.
Con el paso del tiempo, de poco tiempo -entre el 70 y la fuente de Estrabónse c: On\'inieron en un ter111i1111.
En este caso los trofeos están funcionando en el sentido más primigenio de su significado. en el sentido de marcar un confín al territorio del enemigo 1 •.
Casi contemporáneamente otros monumentos similares. como los 3rcos. pasarían a cumplir en ocasiones igualmente esta función.
Este es e l t: aso. bien atestiguado. del m"CllS in monte Amano que decretó construir el Senado en honor de Germánico. que recuerdan, tanto Tácito como la Tabula Siaremis 20 • Lo que sí es claro es que para Estrabón (o mejor para sus fuentes geográficas) los trofeos de Pompeyo servían de 1er-mi1111s territorial, estaban cerca de la costa y además eran termin11s del territorio de los ampuritanos.
Trofeos de Pompeyo y Templo de Afrodita Pirenaica, no obstante, se podían confundir en cuanto a su función de límites.
Ambos debían, pues. de estar cercanos y. por qué no, relacionados.
No deja de ser una coincidencia que también en Queronea. junto a los trofeos de Sita, existiese un templo 2 1 • LA CURIOSIDAD DE PLINIO El naturalista Plinio completa el dossier más significativo que poseemos sobre los «trofeos de Pompeyo».
En el libro 111 de su Natura/is Historia, Plinio, se ocupa de la península ibérica desde el punto de vista de su organización territorial, del número de municipios, civitates, oppida y límites 12 y señala -escribiendo ca. el 77 d.C.-: «El espacio antiguo de la España Citerior ha cambiado considerablemente, como e l de muchos otras provincias: piénsese que Pompeyo el Grande, en los trofeos que alzaba en los Pirineos, atestiguaba haber sometido 866 oppida desde los Alpes a los confines de la España ulterior.... ahora sin embargo... » 23 • En otro pasaje, NH, 7, 96, vuelve a referirse a los trofeos JA \' ll: R:\RCI'. y dice: «... tras haber somctitlo toda el Africa, de 1:.1 que se trajo como botín el nombre de Magno, volvió... a su patria en carro triunfal y rápidamente marchó al Occidente donde. alzando trofeos en los Pirineos, (exdtatis in Pyrenac>o rrupaeis), se añadió al mérito de su victoria el haber sometido 876 oppida desde los A 1 pes hasta los límites de la H ispania Ulterior; y con gran generosidad, no hizo mención de Sertorio». finalmente en el libro 3 7, Plinio vuelve sobre los trofeos de Pompeyo.
El naturalista está tratando en este 1 ibro de las gemas y las piedras preciosas.
Y en 3 7,5 se refiere al personaje que en Roma fué el primero en tener una colección de gemas, Scauro; hasta Pompeyo no hubo en Roma otra colección que la suya.
Pero fue éste último quien dedicó en el Capitolio la colección del rey Mitridates.
Pompeyo es para Plinio el responsable de la moda de las gemas ( 3 7,6) y para demostrarlo pasa a reproducir textualmente (verba ex ipsis Pompei trium- phorum actis subiciam) lo que escribió éste último en las Actas de su triunfo~~.
Entre los muchos tesoros que se incluían eral et imago Cn.
Pompei e mar- garitis, un retrato de Pompeyo hecho con perlas.
Este hecho suscita en e l anticuario Plinio un comentario de desaprobación: aquella efigie -dice-, aquél rostro honesto, digno de veneración por todos los pueblos, estaba hecho con perlas: aquello sí que era el triunfo de la /uxuria y el fin de la austeridad 15.
Continúa quejándose de la desmesura de tal acto para terminar: «¿ pero no era mucho más parecida aquella imagen tuya (non ergo illa tua simi/ior est imago) que has puesto sobre lo más alto de los Pirineos?» ~6• Comprendemos pues que la curiosidad de Plinio le lleva a tratar o a referirse a los trofeos de Pompeyo de muy diversa forma y en contextos bien diferentes.
En el libro 111, de carácter geográfico-administrativo, su preocupación era el saber el número de pueblos, municipios, colonias y las divisiones territoriales.
Ello le llevó a consultar documentos: entre ellos, la inscripción que ornaba los trofeos de Pompeyo que enumeraba los 866 oppida sometidos 27.
Con ello Plinio produce un dato más -significati-,.
Sobre la costumbre de los triumphatores de escribir sus hazañas en tabulae cfr.
8-9 y otras referencias en Harris, (n.
• El contexto permite pensar que imago aquí no es una estatua. sino un retrato.
El hecho no me parece especialmente relevante.
Resulta inapropiado traer a colación, como hace l.
Rodá, la inscripción copiada en el manuscrito BNMadrid 5.577. folio 2. ya que ésta es una imaginaria creación contraria incluso al texto pliniano: linea 9: Sertorium domuit bello servi/i; Plin.
96: vo -sobre los monumentos que tratamos aqui: la existencia en ellos de una larga inscripción que enumeraba los oppida sometidos ~•.
En el libro VI 1 -que trata de las grandes hazañas de algunos personajes históricos-vuelve sobre el tema dando o añadiendo. en esta ocasión. más datos preciosos que permiten completar el texto de la inscripción.
De hecho. la rcft: rcncia dl.!I libro VII nos informa de una omisión fundamental en la inscripción, omisiól'll que expl ica el uso y razones de la erección de los trofeos: Pompcyo no mencionó en su inscripción triunfal el nombre de su verdadero rival causante del «trofeo»: Sertorio.
Sobre esto volveré más adelante.
Baste decir ahora que los nombres de los oppida eran los de los pueblos aliados con Sertorio en la guerra civil que mantuvo contra Pompeyo.
En fin. el párrafo del libro 37 de Plinio corresponde a otro de sus múltiples intereses, las obras de arte, las curiosidades anticuarias.
Indirectamente, eso sí, completa aún más nuestra información sobre los trofeos pirenaicos, ya que se refiere a un retrato del propio Pompeyo que adornaba uno de los dos (o quizás los dos) monumentos.
Quiero subrayar un hecho: Plinio habla primero de una imago hecha con perlas en una ocasión; y luego utiliza otra vez el vocablo imago para referirse a la representación que ornaba los trofeos: ¿estamos en este caso ante un retrato sólo o ante una estatua'? (statuam hubiera sido más apropiado).
Me inclino por lo primero, esto es, en los trofeos había no una estatua, sino una imago de Pompeyo.
Además, esta imago (o incluso, si se quiere, esta estatua) era visible, cercana, accesible al espectador. que podía fácilmente distinguir los rasgos definitorios del rostro de Pompeyo!'1.
Importante aspecto a tener en cuenta en una posible reconstrucción del monumento_ el maiore animo Serwrium tacuit; cfr. l.
649 que no parece haberse percatado del texto pliniano; en el trabajo de Rodá hay que corregir además amiore por maiore y Sertotirum por Sertoriwn. l • La inscripción, cuyo contenido reproduce Plinio, proviene directamente de la consulta de las acta 1ri11111pha/ia o del propio textO de Pompeyo en su tahula (véase supra n.
Puede incluso tratarse de una visión directa de Plinio durante su estancia y viajes en Hispania: sobre el terna y fuentes de Plinio sobre ta Península cfr.
24 Trofeos con esculturas coronando la columna colocada entre los dos maniquíes cfr.
La estructura de los de Pompeyo parece sustituir la estatua por el retrato.
Los trofeos que aparecen en las monedas reproducen esquemáticamente el monumento triunfal real.
El maniquí con las armas, o mejor. los maniquíes -constituyen el elemento esencial o imprescindible. que luego se adornan con un aderezo arquitectónico-.
La evolución de este tipo dará como resultado la grandiosidad de'l monumento de La Turbie: cfr.
J. llagamos ahora una si ntcs1s de lo dicho y t.k la información que ofn: cen los textos que hemos anal izado sobre los trnlcos de Pompeyo. para luego < inalilar otros aspccios que contribuyen a la comprensión más rigurosa de lo:-. monumentos.
Salustio. el mái. cercano u los hechos. da una not11:i•1 cscucta de los trofeos. propia de una narra-c1ún analística. que no pcnnttc otra cosa que constatar qut' se alzaron trofeos en los Pirineos tras la guara con Scrtorio.
Estos trofeos se alzaron para ce lebrar la victoria sobre el rebelde y sus aliados.
Cuando Estrabón describe los trofeos de Pompcyo estos han pasado a ser o se han convertido en un 1er111i1111s fron terizo que se utilizaba para di íerenciar el territorio de las provincias de Hispania y de las Galias.
Servian además como limite del territorio ampuritano.
Junto a los trofeos existía un templo -1emp/11m Veneris -quc podía confundirse con e l con fin, o servir de confin.
Algunos geógrafos así lo consideraban 1 ".
Estrabón util iza y está intere sado en los trofeos pirenaicos sólo desde este punto de vista geográfico-territorial.
Consiguientemente entre el 71 a.c. y la fuen1c de Estrabón -antes del 14 d.C. al menos-los trofeos han cambiado de significado. o mejor. han añadido a su significado primigenio un componente más, el de termillus fronterizo.
Este becho ¿pudo implicar una monumentalización de los dos maniquíes existen1es ya en época de Pompeyo?
Es muy probable: y es igualmente verosi mil que haya sido el propio Augusto quien hiciera esa tranformación 31 • Por el texto de Estrabón no podemos deducir nada más.
Plinio. en fin, nos informa que los trofeos comprendian 1ambién una inscripción con la mención expresa de los 866 oppido sometidos. inscripción que no hacia mención del rival sobre el que se fundamentó el triunfo -y consecuentemente los trofeos-. es decir, de Sertorio.
Además en los trofeos, y situada en un lugar sobre e l que podemos especu-'" Las discn~iones entre los geógrafos est: ln recogidas en el propio Estrabón.
Este: 1cmplu an1iquisimo. debía cslar en un principio relacionado con los navegantes. como 13ntos otros san1uarios de la epoca de la ex pansión grie-ga (de hecho. es mencionado por Avicno en su p~riplo).
También el Trofeo de lu Turbic se hallaba dividiendo Ualia e Italia y en• relación ~•un la vía Augusta.
El trofeo de Adamkl issi se encuentra en el <:ruc1: de las vlas Marcianopolis-No11iod11num y Tomi-Durus1orum-Nicopolis ad ls1rum.
11 Debo esta sugerencia a X. Duprc. que h~ puesto de mani• íicsto la relación Trofeos de Pompcyo-Arco de Martorell-Arco de Bará como método en la reorganiLaci<in 1crritorial augustea en su libro (en prensa) El Arcu dt• Barú lar mas addantc. hubo una i111at.o rt•ali sta J e Pompeyo. imago \'Ísiblc y fúcilnientc discernible por el espectador.
Dicho esto. pasamos al mniivo de la erección de l<1s trofeos y al problema de 1<1 ausencia expresa de Se rtorio en la inscripción.
SE RTOR IO Y LOS TROF EOS DE POMPEYO
La apropiada contextuali.au.:ión de los trofeos de Pompeyo. que se mencionan en l a~ fuentes que he anali, mdo, exige referirse a la causa y razón de su levantamiento.
Conviene pues recordar que los trofeos pirenaicos son el resultado de la victoria de Pompeyo sobre Sertorio.
Es bien conocido este episodio c111re los historiadores de la República romana y por ello no voy a referirme aquí a é l in extenso •'~.
So lo quiero subrayar que se trató de un be/111111 ci1•il t' entre itálicos y. consiguiente mente. de una guerra no justa (hellum iniustum) que no daba derecho al triunfo'• 1 ni a su celebración.
Pompeyo, al alzar un monumento en recuerdo de su victoria sobre Sertorio y sus aliados. no tenía ninguna justificación si no era alterando el se111ido de los hechos y omitiendo el nombre del rival, haciendo así aparecer el acto como una guerra contra pueblos extranjeros.
Por ello, como expresamente anota Pl inio. no mencionó a Sertorio en la inscripción, aunque el naturalista atribuye la omisión a la magnanimidad del vencedor 34 • Atribuyéndose sólo el hecho de la conquista y sometimiento de pueblos en Hispania y Galia, Pompeyo desviaba inteligentemente el problema y hallaba así una j ustificación al monumento que. desde el punto de vista propagandístico. le favorecía.
No mencionó tampoco el nombre de Merelo, su colega que tanto había contribuido al éxito de las operaciones en la Pení nsula.
No pasó este hecho desapercibido a los antiguos.
Floro H sena la. sin lugar a dudas, que los trofeos pirenaicos pretendían hacer aparecer a los ojos de todos que había existido un triunfo sobre pueblos exteriores, cuando en realidad se había tratado de una lucha entre facciones poi íticas romanas: sic recepu1 í11 pacem Hispania, vicwres duces ex1ernum id magis quam civile be-
DE LOS TROFEOS DE POMPEYO
Como es lógico los arqueólogos han tratado de identificar e l lugar y los restos de los trofeos de Pompeyo en algún punto de los Pirineos.
Sobre e l tema se han hecho multitud de especulaciones y propuestas w.
Pnrece razonable pensar que se e ncuentran cerca de la costa, en lo alto de la montaña pirenaica de forma que fueran visibles y que se encuentren en la proximidad de la v ía que unía Tarraco con la Narbonense.
Ocurre, si n embargo, que, en mi opinión, e n esta búsqueda ha primado la imprecisión en el análi s is de los textos y una c ierta atrae- • Y no ha!:litado quien, al mis mo ticmro. ha buscado modelos --imagirrntivamelllc en épocas muy antc ri oresen los s iglos 1v y 111 antes de Cristo ~1 • Este es un juego peli groso y metodológicamente incorrecto.
Por una simple ra1.ón: porque no conservamos nada del monumento o monumentos de Pompeyo que permita establecer un precedente.
Y en segundo término -y más importante-p orq ue. como he señalado. la esrcra c ontex tua l en la que se crean los trofeos de Pompeyo corresp onde a la de la época: y hemos comprobado que. iconográficamente y también arqueológicamente. los 1mpaia de ca. el 71 a.C. consistían en un pedestal. una inscripción y eventualmente una estatua y/ o e l re trato de l vencedor colocada sobre el tro nco de árbol que so stiene las armas • 1.
Pienso que mientras no dispongamos de evidencia clara no es lícito retrotraer la monumentalización y magnificencia de este tipo de monumentos en época de Augusto estatua entre los dos maniquíes. tal y como se propone en la fig. 2. o en e.los pedestales con estatua + maniquíes.
No hay otra «evidencia».
Lo que arqueólogos franceses y españoles han c.lescuhierto en Panissars es una estructura que merece un detenido y riguroso análi sis.
Es posible --y lo avanzo aquí como hipótesis solamente-que se trate de una de las praetenturae que constituían la defensa de los caminos -sistema creado ya por Augusto-como testimonia Suetonio. luego reforzados y reutilizados en época tardorromana •J. Pero. por el momento. identificarlo con los trofeos de Pompeyo me parece. rigurosamente hablando, simplemente prematuro e indemostrable.
Probablemente no son los trofeos de Pompeyo ilícitamente erigidos para recordar la victoria sobre Sertorio. • ~
Agradezco muy sinceramente a Walter Trillmich, Pierre Gros y a Emilio Rodríguez Almeida el haber leído este manuscrito y haberme hecho indicaciones preciosas.
La responsabilidad del texto es exclusivamente mía.
A Fabienne Burkhalter que ha sido, como siempre, quien me ha dado, con sus críticas y sugerencias. una ayuda inestimable en algunos as-" Lo que han desc ubierto los arqueólogos franceses y españoles (Rodá. (n.
644 ss.) es posible que sea una de las praetenturue o clausura«> que formaban parte de la defensa pire• naica (Schulten, lherische lundeskrmde. (cit. n.
1 y e l sistema de defensa atestiguado en otras zonas montañosas y fronterizas del Imperio en época tardía, cfr.
•~ Picard consideraba que los Trofeos de Pompeyo debían ser una torre redonda (tour) del tipo de La Turbie o Adamklissi, pero es adelantar cronológicamente los hechos (cit. n.
En fin. a Gonzalo Sácnz, de la Escuela Española de Historia y Arqueología del C.S. l.C. en Roma, por haber tenido la gentileza de ayudarme en el dibujo re<:<1nstructi' o.
---~ --•~~~J Figura 2.-Reconstrucción hipotética propuesta para los trofeos de Pompeyo en los Pirineos. |
MARÍA LUISA LOZA AZUAGA RESUMEN Damos a conocer una cscullura en bronce. que procede <le la 1•i//o romana <le Almedinilla. al sur de la provincia de ('6rdoba. y que identificamos como un hcrmafrodita danzantc, elaborado en un ta lkr cxtrapeninsular po~iblcmentc en el siglo 1 d.C.. seglin llH)<.h: los hch: nis1icos.
En fecha reciente el Musco Arqueológico de Córdoba ha ingresado una magn ífica escultura elaborada en bronce, que, Irás su restauración, se expone en una de sus salas (figs. 1 y 2).
No obstante, la única referencia bibliográfica con la que se cuenta hasta el momento se debe a su inclusión en los catálogos publicados con motivo de la exposición «Andalucía y el Mediterráneo» (Sevilla 1990 y Almeria 1993 ), sólo mediante escueta reseña, donde se identificó erróneamente con Diony.ws, y fotografías de la pieza antes de su restauración 1 • La procedencia de la escultura, adquirida en el comercio de antigüedades, se vinculaba de forma genérica a un lugar indeterm inado al sur de la provincia cordobesa.
Hoy día, no obstante, tenemos la certeza de su procedencia concreta de la villa romana de «El Ruedo» (A lmedin illa), ya que a la pieza pertenece un brazo pc1.:hoi. apl! nas insinuados, propio <le un hcnnafrodita <le tipo cfébico y rarúctcr íti fálico 1 • 1 a torsión en espira l 4uc ostcnt:1 11uc.,lrn ejemplar remite tk forma c,¡1cc1~I a una'ene de t1¡w:. cscu ltúnco' propios dd hcl1.:111smu. como. pnr cjcm-ph1, i:I jo' en s: itiro que:.e 'uch e para coger la cola'. reladona<lo a~i m1 ~mo formalmentc <.:on tipo~ t.lan-1antcs de sátiros y ménade:. del temprano helenismo 1 •• Preci sa mente <.:n el ejemp lar cordobés la acentuada torsión del cuerpo.
In posición de los bruos y la auscrll'.ia de atributo cu la mano derecha hact•n pensar que se trataría de un tipo de hcrmafrudilél dnnnrntc. que se documenta cspl! dalmente en ambientes dionisíacos. tic los que el hermafrodita fo¡ma parte de manera habitual.' l>C: koun 1 %6,:!5~~.
206,., ltg:!7,, l r.:éo~c una'éinté1m 111: n: pl11:;" di.'..:.~ grupo (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa ~lt\Ri:\ Ll' IS:\ l.C l/:\ i\IU:\(i:\ sideramos que l.!! típico atributo femenino del srm-¡1'111111. el palio n; ctangular que se convierte asimismo en característico del tocado de las representaciones de hermafroditas 11 • ha sido sustituido en esta ocasión por la ornamentación de pámpanos y corimbos y la cinta. que tiene identificarse además con la mirra oáquica.
Esa postura danzante se constata también en ciertas representaciones.
Debe tenerse en cuenta que. como hijo de Afrodita. son nume rosos los tipos iconográficos en los que imita en sus actitudes y atributos a. su madre divina, como el ejemplar que presenta entre sus manos una concha. imitando el tipo de la Afrodita con concha 17 • Dentro de la serie de hermafroditas que siguen e l tipo de la Afrodita Callipigia pueden contemplarse dos variantes, con li geras diferencias en la disposición de los brazos •~.
El primer grupo ostenta como característica la presencia de un espejo en la mano derecha, a l que generalmente dirige su mirada por encima del hombro''\ mientras que con la mano izquierda se arregla e l cabe llo, cubierto con el stro-" Oélcourt 1966, 45s.; Ajootian, 269. p/111111.
Para Hornoorstcl el prototipo del hermafrodita con espejo debió ser iti fü li co, como efecto del sentimiento narcisista que provoca en el hermafrodita la contemplación a través del espejo de su otra mitad femenina, que produce la excitación de su parte masculina y se manifestaría de forma externa en la erección!".
Esa,•i1H.:ulació11 con elementos de la fertilidad explica su prescni.:ia constante y culto en jardines y bosques. pero con un matiz mtis intelectual que e l que intervenía, por ejemplo, en e l culto a Príapo! 1 • A esta serie pertenece un ejemplar posib lemente de origen hispano (Mallorca), aunque en la actualidad se conserva en e l Museo de Hamburgo!~.que recoge las características de torsión de ta figura desnuda. espejo en la mano derecha e izquierda sujetando e l s1roph11111 sobre la cabeza! l.
La segunda variante, a la que cabe adscribir formalmente el nuevo ejemplar cordobés, aparecía hasta ahora sólo constituída de forma clara por un ejemplar de Mirécourt ~~.ya que a la pieza del Kunsthi storischcs Museum de Viena!> le falta la mano derecha. y no es posible asegurar si llevaba o no como atributo el espejo.
En todo caso el hermafrodita de Córdoba se apróx ima de forma clara. formal y estilisticamente, al citado ejemplar de Mirécourt (fig. 3), hoy en el Musco de Epinal, que constituye su mejor paralelo, conformando una variante del tipo del hermafrodita con espejo, en la que falta este atributo, por lo que queda más evidente el carácter danzante.
Para Neuegebauer e l bronce de M irécourt, dada su calidad, constituiría un original helenístico! 11, extremo negado por Boucher, para quien en líneas generales la producción en época helenística de pequeños bronces debió ser bastante limitada en contraposición a época romana n.
El carácter priápíco aparece en otros 1ipos de hcrm;1frodita (Dékouri 1%6.
107. fig. 182). pero dl!I tipo más frecuente de A1111syro111e-11os. que asimismo deriva de un 111odelo de Venus. con un largo chiton que deja al descubierto uno de los hombros y senos. a la vc1. que es levantado por la parte delantera para descubrir su doble naturaleza (Ajoo1ian, 274ss.. con lista de replicas).
Para Manfrini-Aragno ( 1987, 21) hay que recurrir espccia lmi: nte al contexto arqueológico para dilucidar en muchos casos problemas de caracterización estilística.
En e 1 caso del bronee cordobés. <le cal ida<l superior a la del ejempl ar francés citado. nos encontramos ante una producción enc uadrablc a com icn1os de la épo1.:a imperial. mome nto en e l que e ncaja perfectamente ese eclcclicismo clasicizante de la pi eza; y sin duda se trata de una importació n, elaborada en un ta ller cxtrapcnsin ul ar.
Por otro lado. el hermafrodi ta cordobés se integra en Lln importante conjunto ese u ltórico recuperado en la l'illa de «E l Ruedo» de Almedinilla. que demues tra su va lor pinu de la pCtlriia lk Pan "'. un 1nten.:sant1: rc li c\C de carúc tcr bucúlil:u. un pusihlc grupo tk genios cstacionaks ".un Atis trapaúforn. uos frag -111cntos de figura:-(k Vcnu~. do~ licmuw báquico:>, etc.
Rodrigua-Oliva ha apu11tado la hipótesis ~o hrc la interpretación genera l de l 'Stt' programa al considerar la figura (k::.tac.:ada del I ~r¡111os comn elemento prin cipi.
1 1 del conjunto. y la descripción literaria tk la so¡1or(láa So111111 u11/a con ten ida en la M<'tu-"wr/osis de Ovidio (XI 592-(1 15) como base para el desarrollo arqu itectúni co y csctdtúril..'o dc parte de la 1•illa (peri stilo. triclinio y ninfeo)'~.
No obstantl'. es posible que el hcrmal"nHlita cordobcs. que orig inalmente fue rnntchido en relación eon /Jim1.1•S1Js y su t/iiasos. tu vicrn también esa' inculación en cl programa orga nizado en la fase del sig lo" d.C. ".
En cierto modo cl predominio <le los temas y personajes báquicos. o relacionados con e ll os de una forma mús o menos estricta, conformando un típico parudci.ws de corte dionisiaco (Venus, Priapo, Herma frodita.
Alis. ninfas. efebos. atletas, niñrn;. animales... ). es algo eviden te desde In época tardorrcpublicana en los programas ornamentales de 1•il/ae romanas. den tro de ese ambiente distendido. a la griega, e n e l que se aúnan arquitectura y dcl'.oración escultórica dentro de una determinada estética para e l disfrute del o ti 11m 1 • 1 • Precisamente en esa zona de la campiña cordobesa hay un predominio <le l elemento dionisíaco en los conjuntos o piezas escultóricas recuperadas de l'illae. aunque en algunos casos no queda c lara la datación exacta del ambiente en e l que servían de ornamentación. como en las 1•il/oe de «La'" l11tcrprc<ac1ón currcc ra. csralilccida por Bacna ( l lJ<JJ.
55s.). frente:i la dada po r ~u cd i1 or co mo uTékfo 11urn1and1) de la d..-r- Casilla <le la Lúmparan (Montilla). en la <le Aguilar de la Frontera y con la certeza <le una cronología a fin a la de Almedinílla -cn la de la «Casa del Mitra» de Cabra''.
Se une. pues. la nueva pieza cordobesa a una importante serie de csculturas hisp: Jnorromanas de curácter ornamental de l'iflae cordobesas. con una problemática bien definida. y en la que destacan especialmente ejemplares en bronce, como el que nos ocupa. en general de importación. y que rdlcjan el desarrollo del poblamiento romano de la zona u todo lo largo de la época imperial. y mús en concreto a fines del s. 111 d.C. y comienzos del siglo 1v d.C. |
En la úlrimu décoda. lo cpigrafiu hispánico hu vuclro a ponerse de gran actualidud con el descubrimiento de nuevos y fundamentales documentos de carácter público (como las legl!.\ broncíneas Co11tn•hh•11\is e lmllww. o como la Tahu/u Siure11. \1,, por citar sólo los ejemplos más conocidos).
Pero é:-.ta es una Hi spania del todo diversa de la de la mci.eta central donde faltan hasta ahora documentos epigráficos de peso semejante. mientras abundan loll ajados restos de una epigralia «pobre». rural, dell• centrada respecto a los grandes núcleos urbanos del poder. de la admani trac1ón o de lo. negocios No mara\ rila, por tanto. el hecho de que lo cultore.<; de este tipo de estudios hayan sido en el pasado más bien pocos y modestos.
Es verdad que el alba de nuestro siglo ha visto afanarse en este campo un P.
Fita (entre los autóctonos) y un E. Hübner (ent re los «~namorados forasteros>)); pero hemos de pasar la mitad de la centuria para ver, entre mil tentativa., sectoriales. tomar cuerpo el trabajo de los varios Scrr: ino G: ilkg.o. l lurtado S Amonio.
Rubio AliJa. \1: inga' }.'ohrc lodo. el fun.
G. Altoldy. con un amb1c10:.o proyecto de reed1c1ón del C/l //, reengancha ddin11ivamente a l:i corriente «mi11cleuropem1 esta parcela geográfica de la cp1gralia clásica.
En la linea de estos cstud1ol> y en la horma de Alfóldy se encuadra la invc. tigación de R. C. Knapp 1 • Otros 1rabajoq i.uyos lo habían calificado preceden-teme~te como observador atente> de fenómeno. y experiencias de la arqueología y de la historia hispánicas (A.\'/)('C' f.\' lll HI e Kl\ •\ l'P. /((),\11 \ /\SCl? ll'TI(}\.\' o¡: ('!:' \ l'H •ll.
Sl'.-1/\ ---------nes de una 1.ona mús bien,•asta y poco in\'estigada de la Meseta y un si llar importante de la l' onstrucción del 1n11:\'o ('//.
La obra estú concebida subs1ancial111ente en dos partes lksigualmenle extensas. una de recopilación y ic<.:tura Je c.lnl: umentos (púginas 3-309. con algunos apéndices. p.
311-337) y una serie Je estudios dedicados a los problemas que estan en la base de la exégesis epigráfica o 1.:onstituyen su natural corolario: pakografía. onomúslica. datos socio-ambientales (familia.
Jemogratla. s1a1m social, a<lministrnción. ejército. movimientos inlerétnicos. cte.).
Haremos solamente algunas anotaciones sobre cada una de estas dos partes en que el trabajo aparece dividido.
La serie de documentos epigráficos está reunida en grupos de unidades geográficas. en cuyos centros se encuentran Avila y Scgovia para las respectivas provincias y Alcalá de Henares para la de Madrid (Madrid misma. en cuanto localidad antigua. resulta, por los materiales allí recogidos. insignificante).
Los epígrafes aparecen fichados individualmente. comenzando por los de carácter sacro u honorífico (unos 40 en total); pero «la parte del león» la obtiene, como siempre, la epigrafía funeraria.
331 ). un dato que proporciona la medida de cuánto aún resta por investigar y recoger en los museos y colecciones de todo tipo de la región.
El resultado, de todos modos. es un número altísimo (y hasta ahora casi inimaginable) de 331 epígrafes: tantos, si se tiene en cuenta el carácter aislado y moralmente «periférico» (por usar un término a la vez paradójico y eficaz) respecto a la Hispu11ia levantina y meridional.
Estamos, en efecto. en esa especie de «lim-bo>} de la Meseta Duero-Tajo, en los confines poco accesibles de los conve11t11s Tarraconenses de Clunia y Car1hugo No11u y el lusitano de Emerira Augusta.
Las fichas se inician con una descripción sumaria y todas las noticias (sintéticas) antiguas y modernas relativas a cada pieza; sigue la transcripción según los habituales y más aceptados criterios epigráficos; se continúa con las referencias bibliográficas (igualmente sintéticas); se termina con una discusión breve de los datos obtenidos de la transcripción y lectura, y con eventuales confrontaciones con otros epígrafes.
No nos detendremos excesivamente en el análisis de los grupos zonales (A vi la, Madrid, Segovia), de los que los dos últimos nos son (al menos directamente) desconocidos, limitándonos (por razones, sobn: todo. prúc.:ticas) a pocos comentarios sobre algunos aspectos generales del trabajo. cuya mole y cuya precisión dejan poco espacio tanto a la crítica cu: rnto. sübre todo. a las mejorías. y que, si bien tcndrú en un futuro necesidad de puesta al día. di fíci lml! nte podrá considerarse metodológicamente superado.
Las pocas reservas qui! expresamos sobre algunos aspectos (marginales. sobre todo) estoy seguro que no sedn <lcsdel'ladas por tu seriedad del investigador y por la benevolencia del amigo.
Probablemente poco quita. pero ciertamente nada ar1ade al magnífico carúeter metodológico del catálogo epigráfico. la serie de dibujos a línea que acompaña pieza a pieza (cuando éstas se conservan y son visibles, o. al menos, conocidas por reproducción fidedigna) las fichas individuales.
Junto a una abundante dotación de 24 tablas y 42 microfichas fotográficas. estos dibujos (obra de A. Futrell, que firma en sigla cada pieza) desentonan un poco. porque «traicionUJ)>) en algún modo el rigor y la atención que el autor ha puesto a manos llenas en el texto.
17-1. n'' 98 ), ilustrándoh1 con un pequeño díbujo obten i1fo dirccta1m: ntc (sin intermcdiurio fotográfico). donde aparece perfectamente prismiltka y con dos p11fri111 rcgularil; imos en lo alto.
En la misma lámina aparecía una vcrsíón gráfica de la págína epigráfica obtenida directamente por calco «canáceo». realizado personalmente en los locales del Museo de Bella ~ Artes de Avíla (anejo de la ex-iglesia de St(l.
Tomé) con la ayuda del mis mo R. Knapp.
De tal calco se obtenía claramente la lectura lvf..!_1id11t!J.U! fl N_gimpi., (o.-1.!Jimpis, ll.!J.1•111pis)/ Ml¡yn•(!j!.
Con todas las reservas que la excepciona lidad de la pieza en Avila (la única sacra, la única en un tipo de piedra aparentemente no local} puede plantear. resulta difíci l. s111 embargo. entender por qué razón en la ficha de Knapp no se haya tenido en cuenta el calco «cartáceo», sea para la ilustración de la pie1..a. sea para su lectura. en la cual se pretende leer (última 1 inea) un, en mi opinión, inexistente 1•(0111m) s(ofrir) /(ihl! ns) 111(n•i111 ): la cosa puede ser imputable, creo, sólo a un negativo (pero decisivo) influjo del dibujo en cuestión. obtenido de una fotografia tan poco clara que ha hecho desaparecer incluso los pufloini de la parte alta.
En el no 4 7, encontramos un consumidísimo fragmento de granito que, colocado en la muralla de A vi la a notable altura. no es fácilmente observable a s imple vista.
Mi fami li aridad con ésta. como con el resto de las inscripciones de A vi la, se remonta al lejano 1952.
cuando comenzaba a ocuparme «diletantísticamentc>) de estos materiales.
Desde entonces, al menos. una decena de observaciones y otras tantas versiones gráficas y fotográficas me habían dado la relativa seguridad de una lectura.../Nabafl!}rfrai(ani) Caes(aris)I serhi.
En la misma foto de Knapp (tab.
28 y nuestra fig. 2). al menos en la última linea. aparece perfectamente legible serhi; pero en la transcripción resulta una cosa enteramen te diversa y en el comentario se añade: « I do not know how his (í. e., E.R.A.) rcadings are possible».
Pues bien, aparte la intrínseca dificultad de la erosionadisima pieza, c reo que la experiencia de al menos dos decenios de contacto casi diario ofrezca la garantía, si no de interpretar, al menos de ver con mayor seguridad lo poco que es visible.
En fin, el tercer ejemplo, el no 48. encontrarnos otro dibujo claramente obtenido de fotografia y una restitución gráfica evidentemente incompleta.
Por ejemplo, aparecen (y se transcriben) cuatro líneas de escritura y se da como leída por mi, «pero no observable en la piedra)), la fónnula final/(aciendum) c(uravit).
Pues bien, ya la simple fotografia por mi publicada en A. R. -----------;:;------
Lu inscripdón Knupp 2. <le i\vila: 11) versión grúficu Ro<lrigucz i\lmci<la, 1981; h} \Crsión LICS, y,.
J copia. <lbtcnida por calco cart: icco. de la r1: igina epigráfica_ e indiscutiblemente la presencia de la quinta linea con tal fórmula; en el momento de la redacción final de la ficha de Knapp, la fotografla. evidentemente, no ha sido controlada.
Si en la foto de Knapp tal linea no es visible (tabla 28), la razón es que, cuando se ha realizado la instantánea, la tierra (porque la pieza se e ncuentra al nivel del suelo) cubría la última linea.
De todo esto nace una reílexión.
Es verdad que la palabra escrita s uple, al menos en general, a la escasa claridad de ciertos documentos epigráficos; pero es verdad igualmente que, a veces. una imagen vale mil palabras y deja a quien la contempl a más libertad de juicio que una sentencia escrita.
Si en homenaje a l método somos puntillosamente fieles en no descuidar ningún tipo de referencia bibliográ- fi ca, ¡,por qué no reservar a las imágenes obtenidas precedentemente a nuestro examen el mismo reverente trato, al menos en aquellos casos en que un juicio definitivo es difícil o imposible'?
Como para la escultura o la gran epigrafía rebuscamos en los fondos de nuestras fototecas a la búsqueda de imágenes «oficiales» (casi siempre de repertorio y conocidas rutinariamente a través de mi l publicaciones),;.por qué ra7.ón. en el caso de la epigrafia «pobre», no usar imágenes que otros ojos y otras manos (tal vez en mejores condiciones ambientales o de luz, o a través de mayor familiaridad con el objeto) han obtenido con no menos esfuezo del nuestro?
Se puede responder, no sin razón: «Se corre el riesgo de agravar (incluso económicamente) la publicación».
Es cierto; pero los trabajos de gran importancia y de gran rigor. como éste, no deben ser privados de elementos de juicio que pueden resultar preciosos.
Se considera esta inscripción (justamente) moderna ( «sixtecnth to eighteenth century'?») y se da la transcripción «Haz luego lo [que]/ quisieras (h)aver h[ e/cho]/ a (ti]», poniéndola en relación con los textos evangélicos Ma11.• 7.12 y luc., 6.31 que, sintéticamente, son una invitación a «hacer a los otros lo que quisiéramos que se hiciese a nosotros mismos».
Ha pasado inadvertido a Knapp el sentido clásico (pre-renacentista) del adverbio «luego» (ahora, inmediatamente), que cambia completamente el sen- |
Uni\c:r, idad de Alicante
Este breve articulo contiene com: cci;i un conjunto de inscripcion<:s latinas de Hispania (pmvinda' de Afüante. l3adajo:1..
Salvo un grafito. aun inédito, y un texto prácticamente desconocido de Sagunto. las observaciom:s que se hac.:n se r.:ficren a lci: turas o biblíografia de h! xtos ya puhlii: ados.
Las paginas que s iguen son notas de lectura sobre inscripciones ya conocidas si se exceptúan dos textos, de Alicante y Valencia respectivamente, que no han sido publicados hasta la fecha.
En la mayor parte de los casos nuestras observaciones se dirigen a precisiones onomásticas e identiticacion de textos repetidos, pero también inc luyen especialmente en los referentes a l territorium de Aquae Flaviae, las consideraciones de tipo bibliográfico.
El conjunto de inscripciones aquí reseñadas corresponde mayoritariamente a la provincia Tarraconense, aunque no faltan algunos ejemplos lusitanos.
PROVINCIA DE ALICANTE n" 1.
En la Guía de 1 Mu seo de Alicante de 1959 ( 1 ), J. La fuente citó dos pondera de barro cocido inéditos, procedentes de las excavaciones del m11mc1prnm asentado en el Tossal de Manises.
Lucentum en Plinio. que presentaban inscripción en su parte superior.
El primero de e l los ya ha sido dado a conocer (2 ). mientras el segundo ha aparecido en una reciente revi sión de los fondos del Musco (3 ).
El nuevo ejemplar tiene unas dimens iones máximas de 8,3x6,1 x 4, 1 c m y un peso de 320 gramos; en su cara superior ostenta una breve inscripción incisa e n una sola línea cuyas letras miden 1,3 cm de altura.
Se conserva en e l Museo Arqueológico Provincial de Alicante ( lnv.
TM -1287) y el texto dice: De este fragmento de lápida en mármol. hallado en la Alcazaba. se conserva únicamente el ángulo superior derecho con el final de la primera línea y parte de la segunda.
El texto visible en el dibujo que publicó A. García y Bellido dice:
Habida cuenta de que delante de la primera letra visible se conserva una interpunción, y que por ser la primera línea de texto debe contener una fórmula onomástica, proponemos leer entre 1.1 y 1.2 el nombre Spen[dusaj ( 1 ).
Esta restitución puede ponerse en relación con un texto segobricense (2) recientemente revisado por nosotros en el que creímos identificar Spendusa como un hapax en la epigrafía hispánica (3 ), suposición que debe rechazarse a la vista de este texto.
El nombre del dedícante de esta inscripción ha sido leido tradicionalmente como Valerius Prissus Valeriani f(i lius); sin embargo, hay motivos para suponer que su cognomen no es Prissus sino Pressus: en efecto, al comienzo de Ja segunda línea hay una breve fractura en la que debía figur ar la vocal en cuestión; en la parte inferior de esa fractura se obscn'a un hrc\•e trazo hori.wntal que no corresronde al liro de 1 que presenta el texto, y que conviene a una E muy cstili1.ada y de trazos horizontales conos c.:omo IJs que liguran en otras líneas del mismo.
Esta mod ificación permite dejar de considerar el cog110111e11 Pri ssus como un lwpu.r no sólo hispánico sino latino; al mismo tiempo.
Prcssus es un rng-11ome11 latino ( 1) bien <:onocido en la Península lhérica (2).
Esta inscripción fue rublicada por Fita a comienzos de siglo con dos lecturas completamente distintas (op e ir. pág. 516 y 518) indicando que estaba grabada en un 'a" ode alabastro.
A. Rodríguez Colmenero la dio a conocer de nuevo a partir de un dibujo de M. L6pc1 sm percibir la existencia de la ed1c16n previa de hta ni el detalle de que el dibujo de LópCI eh minaba hi:. duda:. sobre la existencia de ese h1potct1co vaso de alaba tro reseñado por el ilustre jesuita.
Este fragmento de inscripción en pésimo estado de conservación presenta tan sólo restos de cuatro lc.:1ra, que en'u momento 1dc.:nt1licamos como REM. por la pth1cion que m: upaban'upus1mos que se tr.i-1aba dc un 1n11. •10 J1.• palahra. pero no supimos determinar.1 cual podna pertenecer J\m1, ro-..imcmc. el Or LA ('urchin ( Uni'. \\:aterloo.
Ontanu. (. anudá) rl\h ha'ugerido ( 1 ) mtcrprc-1ar esta' poca' lctrn' a la 1111 de \arias inscripciones burgalesa-. y de ull! uno:. orro-; testimonios numnis-má111:0., y cp1grúlicos: eti: cti.,,amen1c. parece prn-bt1th1 la cxistcnc 1u de un 110111"11 Rcn ius no recogido por Schul• 1c. pcro que scriu una variante del bien conocido Rennius. que u pu rece en 11 ispania sobre inscripciones de Lara de los Infantes (2), Miñón (3) y Rcvilla de l Campo (4). toda!> ellas dentro de la rrovincia de Burgos. l:n apoyo de esta suposición 1n, oca accnadumentc Curchan la leyenda C. RENI con que aparece un magl\trado monetal del año 138 aC.
(5) La h1pótC'il!> de ( urchtn puede confinnarse si uaemo a colación lo' te,11monio!I epigráficos que en H1\pania mue,1r; in la'>lmphlicación de estos grupos de consonante' geminadas Nomino como An-n1u' a ) 1 fercnntul> a aparecen escritos con una solo N en diversa\ oca,1ones Sin necesidad de alargar el argumento se pueden citar An1us S1h (-)en Rosinos de Vidnalcs (Zamora).
Hcrcnia fecunda en Medellin {Badajoz).
Ania Poudaum['!] en Garray (Soria). el reciente testimonio de Anius Calistus en Munigua (AE 1989, 411 ), etc.
En consecuencia, y aceptando la opinión de Curchin, la inscripción de Ciruelos del Pinar podría considerarse como el epitafio de un Renius.
Galiana y por algunos de sus corresponsales con diversos personajes de su tiempo (V. Castañeda, Cartas eruditas de Fray Luis Galiana, y de otros autores, recopiladas por él mismo, BRAH 87, 1925, 612-668).
La mayor parte de esa correspondencia se refería a temas eruditos ligados con la antigüedad de las tierras valencianas. y especialmente a los hallazgos que se producían regularmente en las ruinas de Murviedro (Sagunto, Valencia).
Dos de esas cartas tienen un especial interés epi-grúfíco por no haber sido empkadas hasta ia fecha en la elaboración de los estudios cpigrúlícos sobre Saguntum. y por contener daros de cierta relevancia sobre el hallazgo y contenido de cinco 1cxtos fragmcnrarios.
La primera de estas epís1olas, <le 4 de enero de 1765 hace referencia al hallazgo de nueve sepulcros de inhumación en 1 759 baso d solar de la casa de la viuda de Francisco Casasús. en el arrabal dt: la Trinidad: la segunda carta. redactada el 7 de febrero de 1765, contiene precis iones sobre el hnllazgo citado y sobre el de otras tres sepuhuraso en la casa de D. Pedro Tovar, antigua calle Real, n" 25 y posteriormente C/José Antonio. con el mismo número.
La in formación sumí n istrada por estas cartas permite precisar e l lugar de hallazgo de esto!-i fragmentos. incluye uno probablemente inédito y descarta la identidad entre otros dos ya conocidos.
A1iádase ahora V. Castañeda.
Procede d e los sepulcros hallados en 1759 en casa de la viuda de Francisco Casasús, en el arrabal de la Trinidad.
Fue el único hallazgo epigráfico del conjunto y se trasladó a casa d e D. Pedro T ovar (Calle Real, n" 25 ), en donde quedó empotrada en la fachada.
La carta que detalla el hallazgo fue enviada a Matías Perelló por el propio Luis Galiana el 4 <le enero de 1765, y la ubicación definitiva del monumento se recoge en la misiva que Pedro Juan Miró envió a Gerónimo Espuig el 7 de febrero de 1765.
Ambos textos eliminan definitivamente la sospecha de P. Beltrán sobre la identidad de este texto con ELSagunto n" 259, ya que d e ambos se ofrecen noticias en estos documentos.
Este pequeño fragmento. que la carta de Miró a Espu ig (7 de febrero c.k 1765) sitúa en el lateral de la tercera sepultura de la casa <le Pedro Tovar (Calle Real. no 25 ), no ha tenido entrada hasta el presente en los repertorios epigráficos de la ciudad.
Lamencionada carta sólo indica que el texto los formaban «tres grandes iniciales» con las letras A.Y.I. (la puntuación es original), sin que podamos precisar su contenido.
LAS INSCRIPCIONES DE AQUAE FLAUIAE
El conjunto epigráfico de Aquae Flauiae y su territorio posee una extraordinaria riqueza y ha sido objeto de un amplio estudio en fecha reciente por parte de A. Rodríguez Colmenero (Aquae Flaviae l.
Fon tes epigráficas, Chaves 1987, 2 vols.; en adelante AF); este trabajo fue objeto de una recensión por parte de J. M. García en Conimbriga 27, 1988, 211-216, que incidía especialmente en la lectura de algunos epígrafes.
Por nuestra parte, señalamos a continuación algunas correcciones y adiciones de tipo bibliográfico sin ánimo de ser exhaustivos, sino citando únicamente trabajos específicos y precisando la procedencia de algunos textos. |
El halla1: go en superficie en el casco urbano de la ciud; iJ hbpano-romana de Uxuma Argaela (Soria 1 de una monc: du de o ro de mediados del )iglo v1. acuñadón de un monarca'1• sigodo bajo el nombre del emperador bi1: an1ino Justimano l. es un nuevo tc: stimonic1 material que se añade a los todavía escaso~ documentos sobre la continuidad de la vida de c~tc dcMacado núcleo en el trámito a la Edad Media.
El interés de la pieza que presentamos no se encuentra tanto en su valor numismático corno en el hecho de haber sido recogida en superficie en el propio núcleo urbano de Uxama.
En efecto, si es bien conocida la relativa abundancia de trientes de esa época, procedentes en su mayoría de tesorillos. salvo contadas excepciones no se puede decir lo mismo de su hallazgo en relación con yacimientos arqueológicos de tipo urbano, y menos aún en la Meseta Norte.
Por otra parte, aunque es sabido que Uxama, situada en zona de asentamiento visigodo, tuvo relieve en la etapa hispanovisigótica por albergar una sede episcopal al menos desde el siglo vu, apenas hay manifestaciones materiales de su vida en esos dos siglos y medio.
Algunos enterramientos aparecidos fortuitamente en una obra de construcción a principios de los cincuenta (Reinhart, l 945a, fig. 4,d y fig. 7,a, -Ortego, 1955, pp. 235-237) y algún reci -picnic cerámico aislado en un depósito de saqueo oculto entre las ruinas de una casa del siglo 111 (García Merino.
VI), es lo único de que se tiene noticia.
A ello hay que añadir el hallazgo de un triente de Suintila en el territorium de la ciudad. en Sotos del Burgo (Mateu Llo• pis, 1953, p.
En otro orden de cosas está la constancia de un «episcopus oxomensis» en el 111 Concilio de Toledo y la pervivencia de la sede episcopal hasta hoy.
Esa capita lidad religiosa que, contra lo que podía preverse. no recayó en Clunia, capital administrativa desde hacía varios siglos. parece testimoniar indudablemente un papel destacado para Uxama en esa época.
Sin embargo, los materiales arqueológicos con esa cronología son sumamente escasos.
En las excavaciones realizadas en el interior del cinturón defensivo tardo-imperial de la ciudad, bien es cierto que contadas, sólo se han documentado niveles antiguos. anteriores a mediados del siglo 111 (García Merino, 1991 ), debido. en nuestra opinión a que los posteriores fueron arrasados por la preparación del terreno para cultivo en la Alta Edad Media.
Si en un principio la ausencia de niveles de ocupación bajo-imperiales parecía deberse a un abandono de la ciudad alta en favor de la zona llana (inmediaciones del actual Osma) a finales del Imperio, el abundante material cerámico tardío, asociado con restos constructivos (García Merino, 1989, p.
Saquero, Carrete.ro y Guerrero, 1990, pp. 585-598), recogido en el complejo de cisternas de planta semicircular de la cumbre O (excavaciones de 1988) nos llevó a modificar esa opinión.
Creemos, por tanto que Ja falta de niveles de cronología avanzada en las excava-cionc-. c.k la /11na ccn1rul dd ca~co urbano no'e c.kbc 1111crrrc1.1r nccc:.anamcntc como una 1nc'1~ten• cm tk hi... m1, mo-..
El hall:11go de este material con cronolllgia del:-1g, lo'1 parece corroborar tal ascno.
l lacc t11111:. tiño:-tra:. una copil>sa lluvia que arrastró d1kn: n11:., 1m11criales urqueológícos del yacim1cn-10. un' l 'l' 1nu de 0-;ma recogió la pieza que no!> ocupa l 'll el'"''Clor sr. dd Llano de la Atalaya. junio:l unoi. re:;tll!> di: muros.
• siendo la del oro puro de 19'3 g.r/cm'.
El ílan es aplastado y la gra fil a se encuentra casi borrada.
1:.1 estado de conservación se puede consi• derar regu lar pues tiene el borde doblado en algu• nos puntos y el desgaste de la pieza evidencia un periodo de uso no demasiado largo.
El trazado de las letra:-no es 1odavia cuneiforme y los rasgos palcogniticos rc'lultan acorde-. con la grafia visigótica monc1al ((i.
1952. pp. 146-l -t9): la V con una de la:. hastas doblada en curva, la 1 con lo!> extremos doblo.dos también, la T con el brazo más ancho en los ex iremos, la R con la cola muy corta que arranca del hasta vertical. más abajo del ojo, la N normal y retrógrada y. sobre iodo. la S que presenta dos trazados uno de los cuales. característico de las leyen• das visig61tcas sobre monedas, es retrógrado y de mayor camaño que el resto de las letras.
Las leyen• das 1ienen incorrecciones, típicas ya de las acuñaciones próximas al reinado de Leovigi ldo.
Anverso: Busto del emperador a la derecha co n crui' en el pecho y tocado con diadema con in ful as.
El perfil, mu y sumario. es de trazos gruesos con el ojo de frente.
Sobre el rostro, correspondiendo aproximadamente a la posición de la oreja derecha. parece verse una S. quizá representación de ésta.
La leyenda, en dos mitades a ambos lados del busto y desarrollada de abajo a la izquierda hacia abajo a la derecha, es:
Parece una simple reproducción im itat iva de los thulos y del nombre del emperador bizantino: D(ominus N(osrer) lustinianus P(ius) A(ugusrus).
En la repetición de una leyenda como un elemento de• corativo el resultado es que la D, retrógrada se convierte en C. pegada a un lateral del busto y en posición simétrica con la C( por 0) de Aug(ustus) como hizo notar P. Beltrán a propósito de algunas de las piezas del tesorillo de Zorita de los Canes (Beltrán, 1953. p.
En cuanto a la parte central del nom• bre, no está claro si la N y la 1 están borrosas por el deterioro o si nunca se escribieron. l• 1g.uru 1 1 ric1111: prolu\ 1~ig1)(fo hallado en el ca~co urbann t.k U\tl11111. lrgul'l11 (Sorial.
Dnimc1m rcul de la pk.ra: l7 mm R<•1•er.w: Vic1oria a la derecha con palma y corona.
La cabc.1:a es una estrella de seis puntas y el brazo izquierdo se dobla en ángulo recto.
En el cxergo ONO y la línea del cxcrgo ligada a las letras de los extremos El tipo. derivado como se sabe. del bizantino. aunque dilic1lmen1c identificable por su tosquedad, no es todavía inscctomorfo.
Sin llegar a ser la barbari.rnda Victoria de las series posteriores a Lcovigi Ido. prefi gura ya sus rasgos: alas esquemáticas, torpe paso y cuño descuidado de forma que el tipo es casi irreconocible a la par que la leyenda, onográficamcntc incorrecta. remeda Victor[i]a Au/g)ustor (um).
En el anverso aparece el busto de Justiniano. según el texto que dentro de las series de estas caracterís• ticas mantiene. aún con una grafía peculiar, la estructura de las leyendas romanas en la buscada imi• tación de los tipos imperiales que precede en las acuñaciones visigóticas al C:>tablecirniento de tipo:. propios a panir de los primeros años del reinado de Lcovigi ldo. La corrupción de las leyendas puede ser frut o, bien de la deformación deliberada, bien de la copia sin comprensión del modelo. como también ocurre en el código de la ceca. en origen CONOB.
Ambas hipótesis no son nuevas.
El efeclO que cau• san e~ el uso del texto como elemento casi ornamental, independientemente de su significado por lo cual el que no sea ortográfícamente correcto o. incluso, como suce~erá algo más tarde. que la lectura sea incoherente no importa; lo que se busca es la aproximación métrica y morfológica, no la imitación o falsificación puntual.
Es un triente. acuñado por uno de los monarcas anteriores a Leovigildo. de las series llamadas pro• tovisigodas. emitidas bajo el nombre de los emperadores bizantinos y derivadas de tipos romanos en una ceca seguramente hispana.
Habría que encua• drarla en el periodo de Justiniano (527-560) que abarca los reinados de Teudis.
Teudiselo, Agila y /\tanagildo.
Y si seguimos la opinión tk lkltnin (lkltrún.
42¡ el hecho tk que la cru1 no penda de dos cadenitas no:. llernría a considerarla anterior a Atanagiltlo. c~ <lecir. anterior a 55-l.
No hemos podido encontrar un pamlclo exacto en la b1hliogralia disponihle aceren de csns cmisionc:..
Por el 11po de leyenda del all\er:.o. de seguir la clasiti-caci<' in de Rcinhmt. se podría as imilar a las del grupo l3. con leyenda:. rela1iv: uncn1e corrccia:-. que este au1or dis1 ingue entre los trientes acunados entre 527 y Leo\igildo y atribuye. especialmente. a la ceca de Sevi ll;i (Reinhart, 1945b, pp. 227-228).
El tipo de pectoral corresponde al 7 de G il Farrés que según este autor tiene una cronología coincidente con el periodo ciiado mas arriba (Gil Farrés.
Es en el tcsorillo de trie111es ha liudo en el baptisterio de la basilica de Recópolís donde parece haber una similitud mayor.
No es de cxtrnfüncsa falla de réplica. dadu la abundancia y vurkdad de estas acuiiacioncs.
Lo que está claro es que se trata de una de las más tempranas series de este tipo: por la relativamente poca importancia de los <<errores» en las leyendas y por la ausencia de cadenitas en el pectoral. así como por el tipo del reverso se podría pensar en fechas anteriores al reinado de Atanagildo.
Asimismo la relativamente reducida incorrección textual parece apuntar hacia una ceca del Sur: quizá Sevilla. sede real con T eudis y ceca y centro cultural antes y después de él, si bien es más lógico que fuese Toledo la ceca difusora de monetario para esta zona. antes incluso de ser la capital de l reino.
En cua lquier caso lo que está claro es que corresponde al conjunto monetal protovisigodo en que los reyes aún no ponían su nombre en el anverso y la gran pureza del metal. el pequeño módulo y el peso. apuntan también a una época temprana. pues entre estas acuñaciones godas que imitan las piezas imperiales en los años de crisis. las más recientes presentan un envilecimiento del peso y la ley (Tomasini, 1964 ).
De acuerdo con el lo este triente podría ser anterior a la captura del tesoro real por los cordobeses en 550, lo que incide nuevamente en el reinado de Atanagildo como fecha ante quem ya que. además. su peso no se ajusta a los de las series recogidas en Recópolis, en su mayoría de Leovigi ldo o contemporáneas de sus primeros años ( Beltrán.
Finalmente hemos de señalar el hecho interesante, de cara a fu turas excavaciones en el yacimiento. de que este divisor del so/idus apareció en un sector de l E. de la ciudad, no alejado del Foro, donde. en fotografia aérea, se perciben con extraordinaria ni-tide1 una serie de ulincad1rnc:-en sentido E-O que.: pan.:ccn C\ idcnciar una trumél ul"hana. de es1rnc1 urus naturnk•:;. etc. que incidieron en la demografía y en el nivel ck nquc1.a general. la pnbl: JC1ón se asentase prercrihlcmcntc c.:n el llanc.).:JI pie del castro qui1á en torno a una iglesia martirial o con reliquias importadas.
Sin embargo. hay que tener en cuenta también In posibil idad, tímidamente sugerida por es1c halla1go. de que el habital del viejo núcleo síguiesc en el mismo emplazamiento. ni menos antes de la figura uní ficadora Je Lcovigildo y su conversión al catolicismo.
Agradecemos a M 11 Solcdud Parrado Cuesta. autora de los análisis. meta lográfico y dcnsométrico del triente. su generosa colabornción.
También queremos hacer constar nuestra gratitud a l. l.
M. por la gen-tileLa mostrada al permitimos dar a conocer la pieza. |
Ocpanamcnto de llis toria Antigua y Arqucologia.
A. García y Betl ido.
Cf. los comentarios de R. Olmos, Esbow de una historia del depar-1amen10.
El antiguo In stituto de Arqueología «Rodrígo Caro» en AEspA, 64.
1 Sobre la figura científica y humana de Antonio García y Bellido cf. la comunicación de J. Arce sobre A. García y Bellido.
Garc ía y Bellido y los comienzos de la hi storia antigua en España, Congreso /11ter11uci1mul 1dfistoriogru./ít1 de fu Arqueologiu y la llistoriu Antigua e11 t: spmiu (sig/11s.ITl//•.l'.1') 1989.
Presentar esta convocatoria científica que hoy nos reune en torno a la figura del profesor Antonio Ga rcía y Bellido es para mí un honor a la vez que un reto y un riesgo.
Pues el objetivo principal de esta jornada es el tratar de acercarnos a través de las propuestas de diversos especialistas y de la discusión final a la labor gigantesca del que fue un investigador único y, junto con él, a la de toda una época crucial de la arqueología española, la que nos lleva de la década de los años 1930 a los inicios de la década de 1970.
Pero este año, además de que sea placentera una convocatoria científica como la presente en la que pretendemos escucharnos y establecer un diálogo, además. digo, es esta reunión ante todo, para algunos de los aquí estamos, un deber.
Con García y Bellido. tanto sus alumnos más directos como los que no lo fuimos más que incidentalmente, tenemos contraída una enorme deuda.
En García y Bellido se perfila y desarrolla una significativa visión de la arqueología histórica del mundo antiguo que marcará época y abrirá camino y dará pauta a múltiples indagaciones posteriores.
Pero además fue García y Bellido el creador de un importante cauce científico con el que quiso aglutinar gran parte de la arqueología clásica -prerromana y romana-en España a lo largo prácticamente de tres décadas: los años 40 a 70.
Este deseo aglutinador se realizó por medio de una institución como lo fue el antiguo Instituto de Arqueología Rodrigo Caro, diseñado y sostenido fundamentalmente por él y su autoridad científica desde inicios de los años 50 1 • Pero de todo el lo. y del instrumento científico que fue sobre todo la Revista Ard1i1•0 Espaiiol de Arc¡111! ología como foro de discusión, nacional e internaciona l. de la arqueología clásica e n España nos hablará enseguida en pormenor el profesor Javier Arce 1.
Que hoy se celebre en el actual Centro de Estudios Hi stóricos que ha absorbido aquellos pequeños institutos especializados como lo fue, prácticamente durante treinta y cinco años el Rodrigo Caro es. digo, un deber así como un acto de s incero agradecimiento a su fundador y promotor.
Estaremos o no de acuerdo con unas u otras, con muchas o con pocas, de las formulaciones científicas de García y Bell ido.
Estarán o no superadas tales o cuales propuestas y modos de enfocar la historia.
Pero somos deudores y herederos de la tradición histórica de nuestros predecesores y hoy, e n nuestro caso, la investigación del mundo antiguo en sus vertientes principalmente histórica y arqueológica lo es en una gran medida de la figura de García y Bellido.
Creo que DL\ DI•,\:-11 <J Nl<J l;:\RCI:\ Y Bl•.
117. lt)l)..j un rnodo de ex¡m:~ar l'~C agradcci 111 ienltl es tratar de situar. de'; dorar y de cornrrcndcr. en su pcrspedi ni histúrica ademada. uno de los aspectos de la activiJad cicntilic;1 de ese hombre que ejerció ror rnmpkto la ill\estigación corno vocación, Antonio (iart"Ía y Bellido. lloy nos ocurarú en csrccial su visión del mundo ibérico. sus uportacioncs a esta l 'acl' ta de la arqueología prerromana en Espniia.
1:1 pn: so:ntc no es aut0sulicienk ni absoluto y no so: puede explicar encerrado en sí mismo. sin acudir al pasado.
El historiador debe recuperar esa memoria del tiemro pretérito que en la arqueología además puede material izarse en las cosas.
El pasado es siempre un est imul o de retlexión y la misma investigación no debe liberarse de una critica de sí misma. de un autoanálisis.
Uno de los diversos caminos tic rctlcxión es proyectarse en el espejo de los que nos antecedieron.
Esta búsqueda. si es profunda. puede ayudar a explicar en ocasiones aspectos del presente.
Nuestra situación actual -más o menos buena o mala. según se quiera ésta leer-con nuestras virtudes y limitaciones, con nuestros aciertos y desaciertos científicos, debe implicar también esta retlexión historiográfica de nuestro pasado inmediato.
Creo que esta reunión no pretende ser nostá lgica sino científica.
Lo que no implica que no sea afectiva.
Estamos aprendiendo todos a compartir el afecto y el respeto con la crítica.
La razón y la pasión pueden ir unidas.
La generación de los que andamos ahora entre los 40 y 50 años, olvidada inconscientemente de la historia inmediata, con demasiada frecuencia disoció una y otra.
Durante muchas décadas no se ejercitó en España In reílexión historiográfica.
Un Pío Baroja historiador del siglo romántico en los años 30 notaba ya con su aguda perspicacia «esa cxtra11a falta de curiosidad de los espa11oles del siglo x1x por la historia viva»~.
1<España -diría después Antonio de Obregón en 1934-es uno de los pueblos donde más sucesos importantes se han desarrollado sin dejar rastro» ~.
Pero en estos últimos años se está recuperando el hábito perdido de la memoria histórica.
Era una paradoja que historiadores y arqueólogos, quienes precisamente nos dedicamos a este oficio del pasado, no nos aplicáramos el cuento y la receta a nosotros mismos.
En este sentido la arqueología española ha sido, creo, poco reflexiva desde esta meditación por <lcsbro1.ar comn cs la historia <.k nuestro propio oficio (k historiadores.
1 kmos ckgido este año como hilo conductor de nuestra reunión la visión del mundo ibérico. una parcela importante en la actividad de García y Bellido y del antiguo Instituto Rodrigo Caro.
Un tcma además importante y de actualidad en el campo de nuestra arqueología española: se apuntan en estos años búsquedas y propuestas nuevas.
La última sintesis de Arturo Ruiz y Manuel Molinos, los lheros.
presenta algunas de las posibilidades de la nuevas búsquedas en un espacio y en un tiempo ibérico dialéctico.
Pues bien, el planteamieneto de hace unos cincuenta años, época ya de plena madurez de García y Bellido. fue clave para la fijación de la arqueología del periodo ibérico.
Como hoy. aquella época presentó con claridad sus problemas y propuso sus soluciones.
Unas han perdurado y son vá lidas.
Otras, no. Más atrás aún en el tiempo. cuando García y Bellido se introduce en la ciencia en los inicios de los años 30. este campo mantenía unos límites aún oscuros y bastante mal definidos.
Existía. por el contrario, una importante historiografía romana con sus ámbitos, cronológico y temático, precisos.
De lo ibérico apenas se tenía nada por seguro.
Ni siquiera el nombre.
Es decir, incluso el mismo nombre fluctuaba.
Sin querer ahora pecar de nominalistas hemos de admitir que el nombre es un cauce fundamental de las ideas: si no es un espejo de ellas. «un vestido transparente del pensamiento» como pensaba Unamuno ideológicas 11 • Las osi.:ilac1ones del nombrc se mantendrán -creo que por el indudable carisma pa1riarcal de Don Manuel-hasta incluso después de la guerra. si bien ahora ya de forma más csponídica.
Basle aquí decir que en García y 13ellidL> se afirma plenamente la nomcndatura ibérica aceptada aiios atrús por 1:3osch Gimpera.
Entendió pues y usó ya lo ibérico prác1icamentc en la misma acepción histórica nucstru.
Bosch (jimpera y García y Bellido son dos viejos pilares fundamentales de nuestra moderna arqueología ibérica.
El siglo xrx <ipenas conocía la arqueología ibérica.
Cuando en los primeros años 80 se descubre la bicha de Balazote no se sabe ni cómo llamarla ni dónde encuadrarla históricamente: se la sitúa bien como producción caldea bien como obra palacial bizantina 11 • Las dos propuestas valen y encuentran entonces respaldo científico.
Pues prácticamente no existía la categoría de lo ibérico cuando una u otra se formulan.
Y de este modo. a las Damas del Cerro de los Santos, descubiertas poco antes. se las denominó mártires visigodas.
Amador de los Ríos, a finales de siglo.
Lo ibérico constituía. pues. una categoría borrosa. imprecisa.
Urgía una rígida taxonomía.
Entre estas afirmaciones disparatadas y los inicios de la producción científica de García y Bellido apenas median dos generaciones de investigadores.
Sus predecesores más inmediatos -como un ya lejano Pierre París Pongero, Manuel Górnez Moreno, A. Schulten y e l mismo José Ramón Mélida y aquellos otros que alcanzaron su cénit con unas dos décadas de antelación a García y Bellido como Bosch Gimpera y Rhys Carpcnter-todos e llos paulatinamente y de un modo u otro tratan de aproximarse a la realidad ibérica en el espacio y en el tiempo. es decir, en la historia.
La época de García y Bellido, " ('f.
Juan Cabré. i\rqui1ectura hisr•inica.
73: «necesitamos tic dicho nombre (iberismo) para aplicarlo al arte t.le nucslro primitivo ncolí1ico persistente muchos siglos con lijc1.a en la región de l Ebro. o sea la Iberia propia. donde no se manifiesta dicha otra cuhura».
Seria preferible llamarle «periodo hispánico a este con que se inicia la arqueología histórica española».
Se puede seguir la ambigüedad o fluc1uaci6n de la denominación t ibérica. hispánica) durante. al menos. las dos décadas siguientes en las páginas de AEspAA y luego Af:'spA.
• ~ 11 ice un análisis del fenómeno histórico del Corpus Vasorum l lispanorum en mi artícult), El «Corpus vasurum 11 ispanorum». setenta años después: pasadn. presente y fu1uro del gran proyecto internacional de la cerámica antigua.
11 Rodrigo Amador de los Ríos.
Barcelona, 1889. pp. 720 SS...:mpczando por algunos co..:táncos suyos más viejos como Juan C::ihré y por otros más jóvenes como Domingo Fletcher. fui: precisam..:nte crucial para las definiciones y para..:1 enmarque histórico de lo ibérico. más o menos como lo entendemos hoy.
Bellido vivió inmerso..:n l!
Slos problemas de precisión.
Recordemos su famosa tesis romana sobre la Dama de Ekhc que hoy nadie acepta-argumentada desde la arqueo logia y desde las fuentes textuales antiguas 1'.
La situación, el enmarque histórico del mundo ibérico era entonces prioritario.
Sólo por el lo hoy puede serlo el análisis de su proceso diálectico, territo: rial y social o los primeros ensayos de una caracterización semiótica de su universo imaginario.
Podemos hoy jugar mejor con las metáforas pues estamos algo mejor asentados en la realidad.
Seguramente a algunos les parecerá hoy superfluo. ingenuo o excesivo el afán tipológico y definidor de aquella época.
Los limites se necesitaban precisar también internamente.
Se precisaba clasificar el mundo ibérico.
García y Bellido será. sí. un intérprete pero también, como hombre de aquella época, fué un clasificador.
Bien es cierto que Bellido trascendió la tipología para hacer historia que era lo que más le interesaba.
No se quedó nunca en aquélla.
La tipología es clasificación, es taxonomía e implica un contacto directo con la materialidad de los documentos.
Entonces, en los años 30 y 40, el arqu, eólogo se relacionaba directamente con los documentos.
Por de pronto en aquel originario Centro de Estudios Históricos era prioritario ficharlos.
Lo ibérico, como lo púnico, lo griego o lo romano, se integraba en aquel fichero de arte antiguo, vinculado a la filosofía del patrimonio histórico y monumental del Centro.
A Bellido se le encargó, antes de la guerra, de la parcela antigua de este fichero, lo que le permitió un contacto y familiaridad con los objetos y con los dibujos y fotograflas de los objetos.
Uno de los primeros frutos sería su librito «los hallazgos griegos en España» 15 • Seguirían, después de la guerra, muchos otros en esta línea, como sus «Esculturas romanas de España y Portugal 16 • Se partía, simplemente, del documento, escrito o material.
La hermeneútica era sencilla.
Constituía una especie de adecuación primaria entre el investigador y el objeto.
A ello se añadía, en el caso de García y Bellido, la inmensa erudición de las fuentes literarias.
Pero también con ésta la relación era directa.
Hoy interponemos más el discurso.
Entre el investigador y los documentos se ha introducido el filtro de la hermeneútica científica. ele la contextualidad, de la duda.
Descon fiamos de las palabrasde las nuestras y las de los antiguos-y de que éstas nos ofrezcan una relación directa por un lado con el pensamiento y por el otro con las cosas.
Somos en ello, dramáticamente, deudores indiscutibles de nuestra época.
Posiblemente estamos intercalando más que nunca los textos nuestros y los de otros investigadores entre el pasado y nuestra lectura que en ocasiones no es. no puede ser tan directa como entonces.
Bellido, al contrario, creía leer con mayor inmediatez. sin tantos artilugios, lo ibérico o lo romano. ¡,Qué vamos a tratar de leer hoy?, ¿también lo ibérico?, ¿o será nuestra interpretación de la visión de Bellido y de su época de lo ibérico?
De este modo hoy más que nunca sentimos que la realidad se nos escapa.
Pero, paradójicamente, también puede resultar más compleja y matizada.
Tal vez no podamos ya evitarlo.
La visión arqueológica de García y Bellido fue enormemente creadora.
Era una creatividad desbordante en los más variados campos del pasado.
Sólo uno de ellos era el mundo ibérico.
Sería ingenuo pretender comparar hoy la creatividad de la investigación actual con la de la época de Bellido.
Son parámetros diferentes 17 • La vitalidad científica de entonces pudo conllevar que no fuera necesario pararse y calibrar los límites de los postulados, las barreras que nos impone el pensamiento.
García y Bellido, un pensador pragmático, no tuvo grandes formulaciones epistemológicas.
Le guió un instinto primordial y el sentido común.
Sin mayo('eS preocupaciones se sirvió de las categorías historiográficas de la época 1 ~.
Hoy debemos aplicar una parte de la creatividad a esta reflexión marginal.
Un objetivo de esta jornada que aquí nos reune podría ser el detenernos, siquiera un instante, en esta investigación de prisas que nos caracteriza.
Compartir con la reflexión de todos Ja semi lla ibérica de García y Bellido es también proyectar al futuro la investigación de lo ibérico.
Y reflexionar sobre lo que dijeron " En este punto consistiría mi esencial discrepancia con el tex to -tan motivador y sugestivo, por otro lado-de Javier Arce que se ofrece también en las páginas de la revi sta, un Javier Arce al que me he permitido calificar en estas jornadas -con la carga de respeto y afecto profundo que ello implica como de verdadero tábano socrático.
u Por ejemplo, incorporó sin molestias las tesis continuis1as. desde la Hispania antigua. de las raices históricas de España, que se aceptaban ya en el siglo x1x y que propiciarla finalmente con la polémica Claudio Sánchez Albornoz. nuestros predecesores -y sobre todo. entender por qué lo dijeron. es decir, situarlos en su limitación histórica-no Jebe implicar una decadencia de pensamiento arqueológico.
Como si. no teniendo otras cosas más novedosas que decir. nos refugiáramos en las formulaciones de los otros.
No: este ejercicio de la crítica es parte integrante de la historia.
Los temas aquí propuestos se dividen, al modo tradicional. en parcelas temáticas -escultura. arquitectura. urbanismo. cerámica. fuentes históricasprecedidas por un anális is historiográfico sobre la personalidad científica y la obra de García y Bellido en el antiguo Rodrigo Caro 1 ".
• Estos son los ponentes y lemas de la jornada cicniítíca que lí gurnn en el programa: Javier Arce.
Arqueología Rodrigo Caro y la Revista Archivo Español de Arqueología i:n la concepción de Antonio García Be llido»; Manin Almagrn.
«De arquil rica en la o bra de García y lkl lidn»: Rica rdo Olmos.
« Pro blemas hi storiograticos de cerámica iber ica e ico• nogralia».
Este último trabajo será publicado en Rel'is w de es-111dios lhérirns.
1, 1994. coger los principales aspectos que trató es1e auwr en relación con e l mundo ibérico.
Su dis tribución responde pues. en gran medida. al viejo modelo de la investigación.
Podrían, efectivamente. haber s ido otras las propuestas pero creo que así tenernos una repartición tradicional. sencill<i y útil.
Nuestro discurso y. sobre todo, la discusión que esperamos surja de todos los participantes servirán para entrelazar los aspectos parciales en la dialéctica de la globalidad.
Quedan, por último. unas breves palabras de acogida.
De bo indicar que. siguie ndo el espíritu de la tradición de estas jornadas. nos encontramos ante una reunión austera. sin la fluidez económica a que nos podían tener acostumbrados otros fastos científicos.
Por ello, en nombre del Departamento de Historia Antigua y Arqueología del Centro de Estudios Históricos quiero agradecer muy cordialmente a todos -investigadores, familiares y amigos-su participación y su presencia.
Especialmente quiero agradecer la co laboraci ón desinteresada de los colegas que en estos días han dedicado su tiempo y e sfuerzo en preparar su comunicación y en ofrecernos hoy su valiosa aportación científica.
Muchas gracias a todos.
Considero este escrito de García Bellido el documento básico para comprender la idea que tenía sobre su Instituto y para entender en qué principios fundamentaba su acción y su futuro.
En esta ocasión que se me brinda de recordar al gran investigador, arqueólogo e historiador, me limitaré a estudiar este texto que contiene todavía muchísimos puntos e ideas válidas, sugerencias y recomenda-ciones que invitan a la reflexión y que permite, sobre todo, contrastar lo que él se propuso y lo que hizo y el desarrollo posterior del Instituto.
Se plantea aquí una cuestión de principio, esto es, e n qué medida y por qué hemos de seguir o continuar el espíritu del, llamémoslo así, «padre fundador», en qué medida debemos o no debemos considerar importante o necesaria la continuidad.
Creo que podríamos estar de acuerdo en que mantener las líneas maestras y esenciales que han guiado e impulsado un centro de investigación o una revista, constituye la característica definitoria y de identificación de la historia, la línea y la coherencia de este centro.
Constituye su propia definición.
En el curso del tiempo sobrevienen modificaciones y adaptaciones a los contextos y exigencias que van surgiendo; |
En el siglo XVIII el estudio de los monumentos de la Antigüedad condujo a numerosos arquitectos a Roma, incluidos los españoles, en una época en la que predominaba en las artes europeas una contemplación del pasado grecorromano como solución estética y respuesta teórica al caduco arte barroco.
Estos trabajos constituyen una importante documentación gráfica del estado de los monumentos clásicos en aquel entonces, y reflejan las inquietudes arqueológicas del Siglo de la Ilustración.
Al tratarse de una ciencia ya perfectamente desarrollada, la arquitectura abordó el análisis de la Antigüedad con una precisión inexistente en la mentalidad anticuaria, como demuestran los dos ejemplos que ofrecemos: la elaboración de los planos del Teatro de Marcelo y del Santuario de Hércules Victor.
Los monumentos antiguos de Roma sirvieron de modelo y fuente de inspiración de los arquitectos de toda Europa en los siglos XVIII y XIX1.
La capital pontificia, punto de confluencia de las ideas estéticas y artísticas -basadas desde el Renacimiento en la comprensión y el estudio de la civilización romana en todos sus aspectos-que recorrían el continente europeo en el Siglo de las Luces, se convirtió en un taller privilegiado de formación de decenas de jóvenes en los distintos ramos de las Nobles Artes.
Roma, denominada entonces el «Teatro del Mundo», desvelaba a través de una temprana e inmadura arqueología lo que su rico patrimonio podía ofrecer a eruditos y artistas, hecho que motivó que las nacientes academias subvencionaran viajes de estudios a sus discípulos a fin de que se instruyeran en el gusto que comenzaba a despuntar, de corte clasicista, el cual habitualmente se etiqueta y generaliza con el nombre de estilo neoclásico.
Aunque a un nivel cuantitativamente muy inferior al de sus colegas europeos, los arquitectos, pintores y escultores españoles efectuaron el viaje de Italia y se instruyeron en los talleres y en los ambientes académicos romanos, dejando una huella detectable de su paso por la ciudad del Tíber 2.
La promotora de estos desplazamientos fue sobre todo la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, gracias a un sistema de pensiones distribuidas mediante oposición que se prolongaban durante cuatro años, y cuya contrapartida estribaba en la remisión anual a la institución de las obras que demostrasen los progresos de sus alumnos, en el caso de los arquitectos, de planos de monumentos antiguos: debían consagrarse a su análisis pormenorizado, ya se mantuvieran enteros o arruinados, tenían que medirlos y dibujarlos, señalar la decoración que conservaban, y proyectar su reconstrucción ideal.
Estas propuestas de restitución de las ruinas requerían de una escrupulosa documentación en las bibliotecas romanas acerca de las fuentes clásicas en las que se recogía la historia del monumento, la numismática ayudaba a reconstruir su aspecto parcial o completamente desaparecido, en conjunción con las operaciones arqueológicas.
Todas estas labores se reflejaban en las memorias que acompañaban a los diseños de los pensionados explicando su proyecto, en ocasiones un compendio de las noticias que la tradición anticuaria transmitía del monumento en cuestión, o un diario de excavaciones si por entonces se procedía a desenterrarlo.
Así, los envíos de los arquitectos muestran el método de acercamiento a los vestigios del pasado de mayor cientificismo en los siglos XVIII y principios del XIX, al sustentarse en una disciplina acreditada, con unas herramientas definidas y cuyo objetivo estribaba en el conocimiento de la arquitectura grecorromana, en lugar del mero deseo de sacar a la luz mármoles con los que decorar las galerías nobiliarias o que poner a la venta en el mercado anticuario.
No insistiremos en este trabajo sobre una cuestión acerca de la cual ya tuvimos oportunidad de extendernos en otra ocasión, concerniente al desaprovechamiento del rico material gráfico producido por los arquitectos españoles que viajaron a Italia, el cual, lejos de destinarse a ilustrar posibles publicaciones de arqueología o de arquitectura clásica, permanecieron circunscritos y malogrados en el estrecho marco de la enseñanza académica 3.
Motivaciones económicas e institucionales, así como la rígida percepción de los fines que debía perseguir la formación de un arquitecto en el extranjero, impidieron que estos artistas se situaran a la par que los ingleses y franceses en el descubrimiento y divulgación por toda Europa de los restos existentes de la Antigüedad, hecho que ya señalaron con pesar Fernando Chueca y Carlos de Miguel en el caso de Juan de Villanueva 4.
Por ello presentamos aquí sendos proyectos dieciochescos pertenecientes a arquitectos de la Real Academia de San Fernando de Madrid, de ninguna repercusión en nuestro país, pero que sin embargo sí fueron publicados en Roma, y se insertaron en el debate que el anticuariado mantenía entonces acerca de los monumentos en que se centraban, el santuario de Hércules Victor de Tívoli y el Teatro de Marcelo; éste apareció en los Monumenti di fabbriche antiche estratti dai disegni dei piu celebri autori (1803) recopilados por Giovanni Battista Cipriani, mientras que aquél lo hizo en Illustrazioni della Villa di Mecenate in Tivoli (1812), obra del religioso Pedro José Márquez.
Muchos otros de sus proyectos se han extraviado definitivamente ya que no fueron grabados para su publicación, si bien la Biblioteca Nacional conserva una colección de más de cuarenta dibujos relativos a la estancia italiana de Velázquez, en los que se aprecia la meticulosidad de los estudios que los pensionados ejecutaban de los monumentos del pasado (y en general de los restos materiales de la cultura romana) y cómo convergían en ellos la calidad pictórica de un artista y la precisión científica y vitruviana de un arquitecto 6.
A pesar de que no pasaron por la imprenta, el arqueólogo Luigi Canina recordaba todavía avanzado el siglo XIX los planos realizados en el Foro por Velázquez y Castillo, seguramente los del templo de Antonino y Faustina, que ambos habían reflejado sobre el papel en 1793 7 (Figs.
Los ejemplos de dibujos arquitectónicos de pensionados extranjeros im-3 Jorge García Sánchez, «Las pensiones de la Academia de San Fernando en Italia: artistas españoles en el debate arqueológico y arquitectónico en torno a la Antigüedad de los siglos XVIII y XIX», en José Beltrán Fortes, Beatrice Cacciotti y Beatrice Palma (eds.), Arqueología, Coleccionismo y Antigüedad.
En el marco del academicismo francés encontramos que si bien existió la voluntad a partir de 1815 de grabar y publicar regularmente los envíos anuales de sus pensionados, las publicaciones que se llevaron a cabo fueron resultado de la iniciativa privada de los arquitectos.
Introduzcamos brevemente a las figuras implicadas en las dos publicaciones y las relaciones que los unían.
El personaje al que estos pensionados debieron su introducción en los círculos del anticuariado romano y en sus relaciones con los teóricos de las artes y la arqueología del momento que sacaron a la luz sus dibujos fue el diplomático aragonés José Nicolás de Azara (1730-1804), ministro plenipotenciario ante la Santa Sede tanto de Carlos III como de su sucesor en el trono entre 1794 y 17989.
A falta de un director de los pensionados que orientara los estudios de los arquitectos en la Ciudad Eterna, Azara los tomó bajo su tutela, la cual, como observaremos, fue decisiva en los trabajos que llevaron a cabo en esos años y que devinieron objeto de envío a la Academia.
También el mexicano Pedro José Márquez siempre reconoció en él al promotor de sus iniciativas, en su caso de índole literaria.
Márquez era uno de tantos jesuitas a quien el ministro en Roma brindó su amistad y protección, muy numerosos en Italia desde su expulsión en 1767, como también es el caso de Esteban de Arteaga, su bibliotecario y colaborador en las ediciones de los autores clásicos.
La decisión de Azara se halla detrás de varias de las obras del anticuario mexicano, quien podía escribir tanto sobre estética, al igual que Arteaga, como de arqueología clásica y precolombina, siendo sin embargo un autor de mucho menor difusión en España que en Italia10.
La relación de estos arquitectos con Pedro Márquez, miembro de la Academia Romana de Arqueología, se remonta ya a sus años iniciales de pensión, puesto que en 1792 Isidro González Veláz-quez había acompañado al ex-jesuita mexicano y al erudito francés Petit-Radel en sus excursiones arqueológicas por los alrededores de Roma, y hacia 1795 Silvestre Pérez había examinado las ruinas de la Villa de Plinio en la Laurentina junto a aquéllos, cuyo resultado sería la publicación un año después de Delle Ville di Plinio il Giovane por parte de Márquez 11.
En 1803 la planta del llamado templo de Serapis de Pozzuoli -en realidad el macellum del barrio portuario de la antigua Puteoli-, delineada por Velázquez, sería introducida por Márquez en un apéndice de su obra Dell'Ordine Dorico...
12, en el que disertaba acerca de las reconstrucciones sucesivas practicadas en el monumento, la última de las cuales databa en el reinado de Marco Aurelio.
Por su lado, Giovanni Battista Cipriani era uno de los grabadores más reputados de Roma en el cambio de siglo, autor de diferentes recopilaciones sistemáticas de las construcciones antiguas y modernas de la ciudad.
Amén de coincidir con Azara en el cenáculo privado del arquitecto y filósofo Leonardo De Vegni, quien congregaba entre otros a reconocidos cultores de la Antigüedad como Francesco Milizia, Onofrio Boni, Carlo Fea y Ennio Quirino Visconti 13.
Cipriani había ya grabado algunas de las imágenes contenidas en los escritos de Márquez, como las alusivas a las edificaciones dedicadas a espectáculos públicos en época romana 14 En 1794, después de los envíos previos relativos a los templos de Cástor y Pólux, y de Antonino y Faustina, en el Foro Republicano, el embajador José Nicolás de Azara enfocó las investigaciones de Pérez y Castillo hacia uno de los restos arquitectónicos de los más espléndidos, a la par que expoliados, de la ciudad de Tívoli.
En un escrito remitido por los dos arquitectos al secretario de la Real Academia de San Fernando, Isidoro Bosarte, le ponían al corriente del trabajo en que se habían embarcado de la mano del diplomático aragonés: «Habiendose, pues, descubierto en Tivoli parte de uno de los patios de la Vila (sic) de Mecenas de correctisima arquitectura y unico exemplar del orden dorico griego q.e. existe en Italia; noticioso el Ministro de S.M. en esta Corte de tan feliz descubrimiento para las bellas artes, nos insinuó y aun ordenó que sería útil pasar à medirlo y levantar planos geometricos exactos de todos los fragmentos q.e se ven y subterraneos de la referida Vila.
S.E. mismo nos conduxo al parage y mediante su instrucción hemos dibujado lo q.e. existe, para despues suplir lo que falta» 15.
Las publicaciones que han analizado la historiografía del templo de Hércules Victor (Fig. 3) y los escritos que abordan la figura de José Nicolás de Azara coinciden en señalar al embajador como autor de unas presuntas excavaciones arqueológicas desarrolladas hacia 1794 en los terrenos de la antigua construcción republicana, de las cuales no se suele especificar su lugar concreto, o los resultados obtenidos 16.
El arqueólogo italiano C. F. Giuliani sí iba más allá apuntando que el embajador «fece sgombrare dalle vigne il tratto compreso grosso modo tra il tempio ed il porticato che dà sull 'Aniene» 17, es decir, el área que constituía la mitad septentrional del santuario, mientras que Beatrice Cacciotti y Urríes de la Colina encontraban en las motivaciones de Azara para excavar en este punto el deseo de aumen-tar su colección de antigüedades 18.
El verdadero interés del caballero Azara estribaba en que no cayera en el olvido la arquitectura dórica del santuario, manteniendo viva su memoria a través de una obra escrita -de la que habría de encargarse Pedro José Márquez-, y de los dibujos de los pensionados, en definitiva, la auténtica aportación del embajador para el conocimiento del monumento erigido junto al río Aniene, y que no carece ciertamente de una dimensión arqueológica.
Relata el ex-jesuita mexicano que habiendo elegido el ministro español Tívoli como localidad de reposo, se paseaba habitualmente por entre los vestigios de las villas antiguas que se repartían por su campiña, admirando especialmente la de Mecenas.
Consciente de la importancia de estas ruinas se puso de acuerdo con el Gobierno pontificio para que se descombrase la zona que «dalle vigne attuali si stende sino alle colonne del portico interno», es decir, la parte noreste del área sacra del edificio.
Desenterrado este sector, que hoy sabemos que corresponde a un ángulo del primer pórtico del recinto que asomaba a la gran plaza donde se levantaba el templo, Azara hizo copiar el conjunto, creyendo que las obras de una moderna fundición pontificia que se estaba levantando allí derruirían las arcadas descubiertas 19 (Fig. 4).
La narración del padre Márquez es la versión más exacta acerca de la intervención de Azara en el santuario en estos momentos, salvo en uno de sus detalles.
Las operaciones de reforma para adaptar los pertrechos industriales de la armería de Pío VI (inaugurada en 1795) en los restos del complejo antiguo habían sido las causantes del hallazgo de ese pórtico ornado de medias columnas dóricas, y no el deseo de Azara de que se rescatara la arquitectura original del monumento.
El propio diplomático nos lo confirma de su puño y letra en ocasión del envío de los planos de la villa a la Academia en 1795, cuando le comentaba a Bosarte lo siguiente: «Estas ruinas no han sido hasta ahora examinadas ni medidas Arquitectonicamente por nadie, no obstante que millares de turistas las dibujan todos los dias para componer vistas y paisajes, esto me movio a encargar a estos dos jovenes que levantasen un plano lo mas geometrico que se pudiese, aprobechando la ocasion de que de orden de este gobierno se excavaba y restauraba una parte de dhas. ruinas para establecer una fabrica de Armas, aprovechando la gran cantidad de agua que pasa por ellas» 20.
La inclusión del padre Márquez en el proyecto de José Nicolás de Azara no acaeció hasta que Pérez y Castillo concluyeron sus planos.
En 1795 había aparecido la obra del ex-jesuita Delle case di città dei signori romani 21, y se encontraba preparando la relativa a las residencias de campo de la Laurentina y la Toscana de Plinio.
Azara consideró que el ex-jesuita era la persona más adecuada para componer el tipo de escrito que acariciaba, en vista de los análisis sobre la arquitectura clásica que había llevado acabo precedentemente.
Con los planos arquitectónicos en la mano Márquez acudió repetidas veces a Tívoli para contrastarlos con los restos del santuario y redactó su descripción, la cual presentó a Azara.
Éste le manifestó su deseo de publicarla, si bien tenía en mente que se ampliase con una disertación relativa a la arquitectura griega en Italia, cuya edición correría a cargo del tipógrafo Giambattista Bodoni 22.
Esta obra incluiría una parte gráfica nutrida por los diseños de los arquitectos pensionados de diversos monumentos del pasado, como de los templos de Paestum, de Isidro González Velázquez, o del Teatro de Marcelo, de Silvestre Pérez (en colaboración con sus compañeros), además de los consabidos de la Villa de Mecenas 23.
La partida del aragonés de la capital pontificia en 1798 y su propio fallecimiento unos años más tarde provocaron que no se cumpliera la idea de reunir en un volumen todos esos monumentos que empleaban el orden dórico.
En las donaciones recibidas por la Real Academia de San Fernando entre 1796 y 1799 consta la entrega de un ejemplar de Delle case di città dei signori romani y una copia del escrito de la Villa de Mecenas 24, que el padre Márquez expediría a Madrid poco después de terminar la redacción de su manuscrito.
Mientras que una copia de los diseños de los dos arquitectos fue remitida a la Academia, Azara mantuvo los originales en su po-der y, todavía hacia 1800, encontrándose fuera de Italia, le decía a Bodoni que a su regreso pretendía que se los publicase, permaneciendo aquéllos entre las cosas que había dejado el ministro en Roma 25.
Tres años más tarde Márquez solicitaba de su amigo y benefactor, entonces embajador en París, los manuscritos originales de varios de sus escritos que Azara mantenía tras haberlos corregido, entre ellos el de Mecenas, el cual contenía una planta de la edificación que el ex-jesuita necesitaba para sus investigaciones a falta de los dibujos originales, traspapelados entre los cajones depositados en el palacio de España de Roma que contenían los cuadros, libros y porcelanas del diplomático aragonés 26.
Esto lo repetía asimismo el abate Uggeri, que en 1806 se lamentaba por la improbabilidad de que salieran a la luz todos los estudios y noticias recogidos acerca del santuario por Pérez y Castillo, a los que definía como «due valorosi architetti Spagnuoli», al conservarse todo el material entre las pertenencias del difunto Azara 27.
Ni los planos de los pensionados ni el texto del padre Márquez permanecieron en el olvido, dado que con el auxilio de la Accademia Romana di Archeologia, y en tributo a la amistad que lo uniera con Azara, el ex-jesuita publicó finalmente en 1812 el libro Illustrazioni della Villa di Mecenate in Tivoli, con los grabados de G. B. Cipriani y V. Feoli.
La obra no contenía todo lo que hubiese deseado Azara, ni tampoco todo el trabajo efectuado por Pedro José Márquez, ya que en 1814, J. T. Medina advertía en sus Noticias bio-bibliográficas de los jesuitas expulsos de América en 1767 de la exclusión en el escrito de aquél de un ensayo introductor relativo a la vida de Mecenas que el mexicano había redactado, y que hubiese querido ver publicado junto al material editado por la Academia Romana.
Juana Gutiérrez Haces localizó esta disertación, titulada Commentari sopra la vita di Mecenate, en el manuscrito 113 (2242) del Fondo Jesuítico de la Biblioteca Nazionale Vittorio Emmanuele de Roma 28.
La preocupación del padre Márquez por la arquitectura romana y su representación teórica en el texto vitruviano, además de en otras obras señaladas con ante-20 Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores.
Santa Sede (en adelante, AMAE. ss). leg.
22 La ingente correspondencia entre Azara y Bodoni, con quien emprendió numerosos proyectos editoriales, puede consultarse en Angelo Ciavarella, De Azara-Bodoni, Parma 1979, 2 vols.
Carta citada de José Nicolás de Azara a Isidoro Bosarte de 10 de junio de 1795.
24 Distribucion de los premios concedidos por el Rey Nuestro Señor á los alumnos de las tres bellas artes hecho por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la junta pública de 13 de julio de 1799, Madrid 1799, p.
25 Bodoni comunicaba asimismo al embajador español en octubre de 1799 su deseo de que regresara a Italia, y así poder acompañarle a visitar las villas de Mecenas y Horacio.
A. rioridad, fue objeto de su análisis en cuatro volúmenes inéditos redactados como una enciclopedia de arquitectura y conservados en la Biblioteca Nacional de Madrid, en el último de los cuáles su autor habría incluido tres de los diseños de los pensionados de la Villa de Mecenas si se hubiese llegado a publicar29.
El ex-jesuita planteó su escrito como una descripción de los siete planos resultantes de la actividad desplegada durante casi dos años por los pensionados en los vestigios que todavía se mantenían en pie, siempre entendidos como residuos de una villa augustea en lugar de pertenecientes a un santuario republicano.
Para comprender los trabajos de los pensionados y de Márquez tenemos por tanto que acudir a la realidad arqueológica del recinto consagrado a Hércules, y de las transformaciones acaecidas en él a lo largo de su historia.
El culto de Hércules Victor tenía su sede en Tívoli en un complejo que forma parte del conjunto de grandes santuarios laciales construidos a finales de la República (entre los siglos II y I a.C.), entre los cuales podemos mencionar los de Palestrina, Gabii, Nemi, Lanuvium o Terracina30.
De la amplia área sacra que formaba parte de la fisonomía del monumento apenas se han conservado vestigios, siendo los de las galerías abovedadas del cuerpo del basamento que sustentaba el santuario los que en mejor estado han llegado hasta nuestros días31 (Fig. 5).
Dos cuerpos porticados -como señalamos, el primero se encontraba decorado con la incorporación de semicolumnas dóricas entre las arcadas-cercaban la explanada frente al templo por tres de los cuatro lados del santuario, permaneciendo el cuarto abierto hacia la llanura.
La plazoleta del área sacra, sepultada por una parte entre las fábricas modernas, y por otra bajo el prado formado actualmente, estaba compuesta por el templo dedicado a Hércules Vencedor, un teatro donde se efectuaban las representaciones vinculadas con los mitos de Hércules.
Del recinto octóstilo de culto únicamente son visibles los restos del alto podio sobre el que se alzaba32 (Fig. 6).
En la parte norte de la fachada del monumento se localizaba la entrada de una via tecta -rebautizada como Porta Scura en el Medievo-que cubría el tramo de la Vía Tiburtina que lo atravesaba durante 150 metros, de los que actualmente solamente se mantienen 80 abovedados, a causa del derrumbamiento en el siglo XVI de uno de los extremos del pasaje.
A lo largo de la via tecta se dispusieron en los laterales una serie de ambientes, algunos identificados con tabernae y pequeños negocios que se suceden paralelamente, y otros con estructuras abovedadas vinculadas a la sustentación del conjunto del santuario33.
Cuando Silvestre Pérez y Evaristo del Castillo delinearon en 1794 la Villa de Mecenas se desarrollaban en ella las obras de acondicionamiento que consentirían la instalación de la fundición vaticana en el monumento.
Ésta era una más de las explotaciones industriales a las que se había sometido el santuario de Tívoli desde el siglo XVII, y una de las causas de sus amplísimas transformaciones y de la introducción de estructuras modernas, aunque posiblemente también de su conservación 34.
Ya desde el siglo XII se documenta la instalación sirviéndose de los restos del monumento de dos iglesias con sus respectivos complejos monacales y sus terrenos cultivables, Santa Maria del Passo y San Giovanni in Votano, que se abandonaron a comienzos del siglo XVIII.
De principios del siglo XVII en adelante se registra sin embargo la disposición de diversos establecimientos con fines productivos e industriales, que en su aprovechamiento de las galerías abovedadas del basamento del santuario y de las conducciones subterráneas desviadas del Aniene implantaron algunas modificaciones estructurales en el santuario.
En 1612 la Cámara Apostólica asentaba una fábrica de armas, y posteriormente emplazó en las ruinas un arsenal, sustituyendo al de Villa Gregoriana.
Durante casi un siglo en éstas se manufacturó lana, cáñamo y lino (entre 1658 y 1740), hasta que en 1795 Pío VI inauguró la fundición que armaría a su ejército, dirigida por Carlo Lombardi y Niccola Giardoni, insertando así al monumento en el proceso de industrialización general de Roma.
A consecuencia de los trabajos de Desde el Cinquecento las ruinas fueron visitadas por anticuarios y artistas, que dieron sus propias interpretaciones sobre la funcionalidad del complejo de Porta Scura.
La lectura de los textos de Suetonio y de Horacio, que hablaban de la habitual presencia en Tívoli del emperador Augusto y de la demora del aristócrata C. Cilnio Mecenas determinaron que los vestigios del santuario se consideraran usualmente como una villa de éste o de aquél.
En el siglo XVIII y comienzos del XIX los autores ilustrados continuaban asignando las ruinas a la Villa de Mecenas, entre ellos Volpi 37 43.
La planta de su templo también era deudora de la de Silvestre Pérez y Evaristo del Castillo, así como la reconstrucción de 1826 de Luigi Rossini, cuya planta contiene una conciliación de elementos extraídos de los planos de los pensionados españoles con otros directamente inventados para dar sentido a su supuesto foro tiburtino44 (Fig. 7).
Por otro lado, en 1892 Lanciani aún sostenía que las ruinas de la catedral de Tívoli pertenecían al templo del héroe divinizado.
LA INTERPRETACIÓN DE PEDRO JOSÉ MÁRQUEZ Y LOS PENSIONADOS
A causa de la atribución humanista del santuario a la Villa de Mecenas, tanto la restauración imagi-nada por los arquitectos pensionados, como el texto de Márquez, mostraban una errónea e interesada adecuación de los vestigios de Porta Scura a lo que debía de ser una casa de campo romana.
Además de los dibujos, grabados al final de su opúsculo en cuatro láminas, el ex-jesuita recurría a las fuentes renacentistas que describían las antigüedades tiburtinas, renunciando a las posteriores a éstas, al considerar que simplemente habían repetido las noticias transmitidas por los anticuarios G. M. Zappi, Antonio del Re, o Pirro Ligorio.
En particular de éste extraía una serie de párrafos que introducía a la par que sus explicaciones, a veces corrigiéndolas.
Esto sucedía con la compleja cuestión del segundo pórtico de columnas jónicas cuya existencia rebatía Márquez, y que el anticuario napolitano aseguraba haber visto 45.
A partir de la descripción de Ligorio, Zappi y el resto de autores habían aceptado la veracidad de ese cuerpo superior, sin que sin embargo se verificaran trazas de él.
Cabral y del Re apuntaban que albergaba estancias y lugares de habitación46, y Uggeri y Nibby confirmaban a principios del XIX su existencia, no obstante a carecer de la prueba arqueológica47.
Fue el arquitecto Charles-Alphonse Thierry quien investigando en 1861 el sector noreste del orden dórico inferior halló sobre éste dos bases de pilastra y las de cuatro columnas en línea, demostrando así la veracidad del relato de Pirro Ligorio.
El erudito mexicano argumentaba por el contrario que en el lado asomado al Aniene se observaban restos de un parapeto original que remataría el primer orden, lo que convertía en imposible que sobre él se elevara otro cuerpo de columnas48 (Fig. 8).
En opinión de Giuliani, lo que Márquez contempló como un elemento antiguo sería producto de las restauraciones ejecutadas en 1795 en el monumento, ya que el mexicano lo había visitado una vez finalizados esos trabajos; el hecho de que los planos de Pérez y Castillo fuesen diseñados hacia 1794 podría indicar que ya en esas fechas Márquez les hubiese infundido su recelo acerca AEspA 2008, 81, págs. 177-200 ISSN: 0066 6742 del orden jónico, que por supuesto no representan los pensionados en su restitución (Fig. 9).
El ex-jesuita entendía que Pirro Ligorio basaba su testimonio en el hallazgo de algún indicio de este orden, proponiendo como ejemplo una columna jónica que los arquitectos de la Academia hacían figurar en el lado suroeste del área sacra 49 y de la cual Márquez determinaba que mientras que el capitel sí se habría descubierto entre las ruinas, el fuste no pertenecía a la villa y menos en aquella disposición.
Esta columna era la misma que Cabral y del Re relacionaban con una de la que Zappi señalaba que estaba remataba por una estatua, y que junto a su compañera decoraría la fachada de la villa 50.
Los pensionados -y por consiguiente el arquitecto mexicano-solucionaron la presencia de un capitel jónico en la construcción otorgando este orden a las columnas del segundo y tercer cuerpo que delineaban en la restauración de la hipotética residencia principal de Mecenas.
La via tecta del santuario recibía la iluminación tanto de las aberturas de entrada como de cuatro lucernarios rectangulares (hoy subsisten dos, uno de había escrito que de la cimentación al punto culminante del edificio la elevación era mayor que la de la basílica del Vaticano 53 (Fig. 11).
Basándose en los planos y en la descripción de Pirro Ligorio el ingreso en la fachada de la edificación se reconstruía con dos escalas laterales que conducían al hemiciclo de la cávea del teatro, contemplada como otra escala más para alcanzar la plataforma principal de la villa 54 (Fig. 12).
Desde que aquél diseñara este graderío, ningún otro autor lo había vuelto a hacerlo constar en sus planos hasta que Silvestre Pérez y Evaristo del Castillo comprobaron la veracidad del relato de Ligorio a través de dos fragmentos curvilíneos que todavía subsistían en ese punto semienterrados entre las viñas 55.
En las exhaustivas indagaciones efectuadas por Márquez y los arquitectos pensionados en el santuario, únicamente descubrieron restos de decoración en un friso pintado de la bóveda de una de las salas del primer pórtico, del cual se daba el dibujo 56.
El exjesuita aludía también al estucado que habían poseído las columnas dóricas, del que no había descubierto ningún indicio, si bien sí se han conservado algunos pocos restos casi desaparecidos.
En época romana la fachada del santuario estuvo completamente enlucida y respecto a su cromatismo, se sabe solamente que la cornisa se hallaba pintada de rojo.
A comienzos de junio de 1795 José Nicolás de Azara envió a España los siete planos geométricos y las vistas del santuario ejecutadas por Silvestre Pérez y Evaristo del Castillo.
La buena impresión que suscitaron facilitó la continuación del auxilio de la Academia a sus discípulos durante un año más y decidía a la institución a agradecer encarecidamente a Azara su buena dirección sobre los pensionados, cometido que Bosarte cumplía elogiando su papel desempeñado en la elaboración de los dibujos de «una PLANOS DE ARQUITECTOS ESPAÑOLES PUBLICADOS EN ROMA (S. XIX) AEspA 2008, 81, págs. 177-200 ISSN: 0066 6742 obra q.e. renace á segunda vida con el calor que V.E. la ha fomentado sacandola como de un sepulcro en q.e. yacía» 57.
En contraste con el resto de envíos de los pensionados de esos años, de la remesa expedida a la Academia de los planos de la villa existen dos diseños en el Gabinete de dibujos de ésta 58.
Uno es el alzado del sector septentrional del monumento asomado sobre el río Aniene, que corresponde a la lámina II, figura 1 grabada por Cipriani, que en comparación carece de ciertos detalles que hallamos en el original.
El segundo representa la parte interna del pórtico dórico en su estado de conservación y no consta en la obra de Márquez.
LOS PLANOS DEL TEATRO DE MARCELO
Para el envío de 1796, mientras Evaristo del Castillo se proponía dibujar el Pórtico de Octavia, Silvestre Pérez delineó el único teatro que ha subsistido en Roma hasta nuestros días (aunque como observaremos, se basaría en dibujos elaborados anteriormente junto a los demás pensionados) y segundo junto al de Balbo de los edificados en el Campo Marcio en el siglo I a.C. Relata Suetonio (Caes.
44) que Julio César comenzó la construcción del teatro al sur del Circo Flaminio, pero su proyecto inconcluso lo llevó a cabo Augusto en memoria de su difunto nieto hacia el 13 a.C. Después de caer en desuso hacia mediados del siglo IV d.C., durante la Edad Media sus ruinas se convirtieron en fortaleza de las familias que asentaban su poder en la Urbe, sucesivamente los Pierleoni, los Fabi y los Savelli, durante cuyo dominio el teatro pasó a denominarse entre el vulgo el quliseo de' Saveli, al confundir su estructura con la de un anfiteatro 59.
Con el antiguo pórtico arruinado, y el interior del teatro sepultado por los escombros y la acumulación de materiales caídos de las bóvedas, los Savelli decidieron rehabilitar el edificio en 1519, haciendo construir un palacio nuevo sobre los vestigios existentes de las arcadas de la cávea.
El arquitecto sienés Baldassarre Peruzzi dirigió las obras, que salvo las lógicas transformaciones inherentes al paso de los siglos, y las restauraciones practicadas al comprar el palacio el príncipe Orsini en 1712, le dieron la fisonomía que caracterizaba al teatro en la última década del siglo XVIII 60.
Si el monumento tal y como lo observamos en nuestros días es el producto de una serie de trabajos efectuados durante el periodo fascista, a finales del siglo XVIII Silvestre Pérez abordó el proyecto de un monumento todavía insertado en la confusa urbanística romana, lo que implicaba ciertas dificultades para la ejecución de los estudios de un arquitecto.
Contemplando la planta de Roma de G. B. Nolli (1748), lo que llama inmediatamente la atención es esa estrecha cohesión del teatro con la inmediata arquitec- tura moderna, la angostura a la que las viviendas circundantes lo sometían hasta el punto de obstaculizar su perspectiva global, refiriéndonos siempre a su hemiciclo externo61.
De norte a sur, partiendo de la Vía de Pescheria, dicha fachada se desplegaba desde la Plaza de la Catena, siguiendo por la Strada de' Sugarari (o Sugherari) hasta la Plaza Montanara, a la que asomaban ya las últimas arcadas.
Así, las dos plazas constituían los dos puntos que presentaban las mejores vistas de la antigua fábrica, si bien el espacio que ofrecían continuaría manifestándose insuficiente para los propósitos de copiarlo y estudiarlo de los artistas que acudiesen allí.
Los grabados y estampas del XVIII, pretendiendo resaltar el monumento, exageran la amplitud de sendas explanadas, si bien los de Vasi manifiestan mayor rigurosidad urbanística para la segunda mitad de siglo62 (Fig. 13).
En las galerías de la arcada dórica del teatro, enterradas a una profundidad de unos cuatro metros respecto al nivel original, se hacinaban bodegas de carboneros, almacenes de mercachifles, y tienduchas de baratilleros donde se comerciaba una gran diversidad de mercancías63; la zona meridional del Campo Marcio detentaba un destacado papel comercial en la ciudad por su proximidad al Tíber, por donde afluían las mercancías, y así los trabajadores del campo, los habitantes de la campiña se desplazaban hasta aquí para adquirir provisiones y aperos de labranza, y vender sus mercancías, hecho del que deriva el nombre de la Plaza Montanara, en consonancia con la infinidad de montagnuoli o montañeses que cada día confluían en aquel sitio.
Sobre los vanos inferiores, las arcadas conservadas del orden jónico aparecían cegadas con muros de tufo a causa de las obras de Baldasarre, y seguramente también por las intervenciones medievales que hicieron de la edificación una fortaleza.
La estructura del palacio Orsini substituía la del tercer cuerpo corintio que remataba el monumento en la Antigüedad, desaparecido en su totalidad, a causa de los cual a comienzos del XIX existía la opinión de que fueran cuatro y no tres los órdenes de su fachada, cuando no que eran dos64.
Algunos de los vestigios del interior del teatro eran accesibles a través de las bodegas del primer intercolumnio, como los pasadizos en los que se abrían las puertas de los vomitorios, o las galerías que conducían a la orquesta, gracias a lo cual los arquitectos desde el siglo XV habían sido capaces de delinear su planta, con las lógicas deficiencias suscitadas por la carencia de una completa información arqueológica.
Silvestre Pérez delineó doce planos del Teatro de Marcelo, lo que evidentemente, por las características del edificio, le llevaría algún tiempo y le obligaría a tomar medidas de todas sus partes65.
Tenemos constancia de que entrado el siglo XIX, los pensionados franceses que pretendían medir sus proporciones hubieron de obtener el permiso de sus aristocráticos propietarios, como es el caso de H. Labrouste en 1827 y de Th.
Ballou en 1844, el último de los cuales casi tuvo que renunciar a su proyecto ante los obstáculos interpuestos por el príncipe Orsini 66.
A finales del XVIII la protección del patrimonio artístico no aparecía apenas regularizada y no fue hasta a partir de 1823, cuando bajo el pontificado de Pío VII se esta-bleció una normativa que controlaba la actividad de los pensionados en sus investigaciones sobre los monumentos antiguos.
Un dibujo del arquitecto francés A. Vaudoyer encaramado en el teatro en el momento de medir el cornisón del orden jónico, bajo la atenta mirada de los tenderos y los usuales viandantes ociosos de la Urbe, enseña la libertad de acción con la que el mismo Pérez pudo aplicarse en el monumento67 (Fig. 14).
En él se observan perfectamente muchas de las peculiaridades que hemos citado: la instalación de locales en los vanos, la casa típicamente settecentesca ocultando parte del edificio, o la escasa perspectiva ofrecida desde la plaza Montanara a causa del comienzo de la Strada de' Sugarari.
El interés de Silvestre Pérez por el monumento del Campo Marcio se remontaba al menos a 1794, cuando él, Castillo e Isidro Velázquez lo midieron y delinearon con exactitud; sus diseños, grabados en ocho láminas por G. B. Cipriani (quien añadió una más Si en esas fechas Pérez había contado con ambos compañeros como colaboradores, en 1796 Evaristo del Castillo todavía le ayudaba en su complejo pro-yecto, tal vez en el proceso de precisar sus proporciones, o en sus exploraciones por los ambulacros de la cávea, si tenemos en cuenta las palabras de Azara al secretario de la Academia: «Perez y Castillo trabajan indefesam.te en el Teatro de Marcelo, y estan yà mui adelante en sus dibuxos»70.
Los planos que Pérez entregó a la Real Academia de San Fernando no se han conservado, pero la descripción de varios de ellos en los catálogos coincide con lo que plasmaban las láminas del grabador italiano, lo cual apunta que la composición de su envío no fue tanto una labor personal como una puesta en limpio de los dibujos trazados en conjunción con Castillo y Velázquez.
Los diseños facilitados por Cipriani y Uggeri por tanto resultan de especial relevancia para interpretar los trabajos de 1794 y los posteriores añadidos y retoques de Pérez, así como para ayudar a desmentir la atribución a este arquitecto por parte de Carlos Sambricio -y de otros autores a partir de él-de una planta del Teatro de Marcelo localizada en la Academia (ASF.
La aportación original de Silvestre Pérez residió en levantar los planos de la planta y del alzado de la fachada y los laterales del Teatro de Marcelo, además de proyectar su sección.
El resto de los dibujos que ilustraron la obra de Cipriani atañían a los estudios, típicamente académicos, de los cornisamentos y los órdenes de los cuerpos de la edificación, de los capiteles y las basas de sus columnas -con sus perfiles y plantas-, las secciones de los pórticos y galerías internas, y una planta subterránea (Figs.
La gran mayoría de las plantas llevadas a cabo sobre el monumento desde finales del siglo XVI seguían un modelo común, el de los planos de Baldasarre Peruzzi, que como arquitecto a cargo de las obras del Palacio Orsini, disfrutó de la ocasión de examinar las ruinas del teatro y de extraer sus conclusiones directamente de los vestigios preservados al paso del tiempo.
A partir de aquí, las plantas de Serlio, de Desgodetz en el siglo XVII, o más tarde las de G. B. Guattani 72 y del mismo abate Uggeri reflejaban los estudios de esa fuente original.
Todavía a comienzos del siglo XX Alberto Calza Bini y Paolo Fidenzoni reconocían la importancia de Peruzzi en sus publicaciones acerca del monumento.
Todos estos autores admitían su deuda con éste, y así, Desgodetz señalaba servirse en su restauración de «un plan trés ancien», mientras que Angelo Uggeri aseguraba que al hallarse una construcción moderna insertada en la edificación antigua resultaba prácticamente imposible dibujar su planta, por lo que introducía la de Serlio -además de la de Pérez, Castillo y Velázquez-, recordando que éste a su vez copiaba la de su maestro Baldasarre 73.
Mayor originalidad e independencia respecto a interpretaciones anteriores contenía la planta de Piranesi 74, artista que aunque se empeñó en dar a conocer exhaustivamente la decoración y la arquitectura del monumento, a la hora de dibujar su planta, ésta presentaba tantas inexactitudes como las de los demás autores.
Las plantas de Serlio y Desgodetz son idénticas (Fig. 20).
En ellas figuran tanto los dos cuerpos con ábside como el pórtico trasero de la escena, pero se omite la exedra que define la Forma Urbis.
Basándose en las descripciones vitruvianas, Baldasarre Peruzzi -y por consiguiente los demás-situaba en este pórtico los hospitales y el aula regia mencionados por el tratadista romano distribuyéndolos en tres aulas 75.
Además de en las medidas, las imprecisiones que se detectan en los planos de estos autores atañían al número de arcadas externas, situando 39 en lugar de 41, al número de accesos a la orquesta, y la multiplicación de las escalas de las galerías radiales.
Tampoco tenía mucha relación con la realidad la excesiva separación entre la orquesta y la escena, así como la disposición de un tercer ambulacro concéntrico muy cercano a la orquesta además de los dos existentes realmente.
Publicada en 1812 junto al resto de dibujos de Vaudoyer 76, la planta de este arquitecto introducía un elemento extraño a las precedentes, al prolongar el ambulacro externo como si éste hubiese abrazado toda la construcción, incluidos los ambientes laterales y el pórtico, peculiaridad que ni la arqueología, ni la imagen de la Forma Urbis han constatado 77 (Fig. 21).
En contraposición a esta incorrección, el cálculo que aportaba del diámetro del semicírculo era prácticamente el exacto, errado sólo en diez centímetros.
En esto superó a Piranesi, quien al establecer en 45 el número de arcadas incrementó en más de veinte metros el diámetro calculado para el hemiciclo del teatro.
Angelo Uggeri, que amén de clérigo era arquitecto, cayó en más equivocaciones de las provocadas por la repetición de la planta de Peruzzi, en cuanto que introdujo apreciaciones personales muy poco fundadas y rodeó las aulas que flanqueaban el pórtico con la proyección de la galería externa.
El abate convirtió las salas del pórtico en espacios destinados a los actores y a los asistentes del teatro, y las laterales en pórticos cubiertos en los que el público podía distraerse en las pausas de las representaciones.
A la inevitable galería en hemiciclo próxima a la orquesta le dio como objeto el tránsito de las bestias que imaginaba formasen parte de los espectáculos, dotando PLANOS DE ARQUITECTOS ESPAÑOLES PUBLICADOS EN ROMA (S. XIX) AEspA 2008, 81, págs. 177-200 ISSN: 0066 6742 a la orquesta de accesos específicos para ellas78.
La planta subterránea de los pensionados españoles -en la que Uggeri, desconocedor de la participación de Castillo, hizo constar el título «Plan du Théatre de Marcellus dessiné et verifié par les Architectes Perez, et Velasquez l'An.
1794»-, muestra únicamente la cávea, la orquesta y el púlpito, por lo que el ambulacro externo se desenvuelve tan sólo a lo largo del semicírculo de la fachada (Fig. 22).
La ausencia de toda la sección que se asomaba al Tíber no puede ser causada por un auténtico desconocimiento de ella por parte de sus autores, y de la que tendrían constancia a través de la Forma Urbis y de los arquitectos renacentistas y contemporáneos.
Más bien parece que el interés de su diseño recae sobre la representación de los vestigios existentes del monumento, de los compartimentos y corredores radiales del interior, de algún material componente del púlpito y las arcadas frontales, elementos que se remarcan en un tono más oscuro.
La singularidad de la planta es la omisión de ese tercer ambulacro, acierto que comparten con la planta de Vaudoyer (al tratarse de una planta subterránea, no sabemos si mantuvieron los siete accesos a la orquesta tradicionales), y la coincidencia con la de Piranesi en el número de arcadas establecido, 45, cantidad que superaba la real y que incrementaría en más de veinte metros el diámetro calculado para el hemiciclo del teatro por los pensionados.
Junto a los trece arcos que proseguían a la vista resaltaron la conservación de una columna más del orden dórico inferior, y que posiblemente habían examinado en el sótano de alguna de las casas adosadas al teatro.
Silvestre Pérez y Evaristo del Castillo regresaron en 1796 a España portando consigo los dibujos del teatro augusteo y del Pórtico de Octavia trazados ese año.
Éstos fueron objeto de encomio por parte de los académicos de San Fernando, quienes acordaron que promocionarían a ambos pensionados ante el monarca para que éste les encargara en el futuro comisiones de arquitectura79.
Los planos se colgaron en la Sala de Arquitectura con sus correspondientes marcos y cristales, como se hacía habitualmente con las obras de mayor talento y que se pensaba inspirarían y fomentarían la educación artística de los discípulos de la Academia.
De las copias dejadas en Italia se sirvió poco después Cipriani para componer el apartado de su repertorio de antigüedades referido al Teatro de Marcelo, gracias a lo cual hoy conocemos estos dibujos, dado que los originales no se han conservado.
Junto a los planos levantados del santuario de Hércules, constituyen un conjunto de interesante docu- |
I. 67. l 'l')-l J:\ \' ll "R ARCI• nuestros predecesores -y sobre todo. entender por qué lo dijeron. es decir, situarlos en su limitación histórica-no Jebe implicar una decadencia de pensamiento arqueológico.
Como si. no teniendo otras cosas más novedosas que decir. nos refugiáramos en las formulaciones de los otros.
No: este ejercicio de la crítica es parte integrante de la historia.
Los temas aquí propuestos se dividen, al modo tradicional. en parcelas temáticas -escultura. arquitectura. urbanismo. cerámica. fuentes históricasprecedidas por un anális is historiográfico sobre la personalidad científica y la obra de García y Bellido en el antiguo Rodrigo Caro 1 ".
• Estos son los ponentes y lemas de la jornada cicniítíca que
pccrivas»: F.:rnando Quesada, «Los mcn: cnarius ihérit: vs y la co ncepción hi sté>rica en la o bra de García y lkl lidn»: Rica rdo Olmos.
« Pro blemas hi storiograticos de cerámica iber ica e ico• nogralia».
Este último trabajo será publicado en Rel'is w de es-111dios lhérirns.
1, 1994. coger los principales aspectos que trató es1e auwr en relación con e l mundo ibérico.
Su dis tribución responde pues. en gran medida. al viejo modelo de la investigación.
Podrían, efectivamente. haber s ido otras las propuestas pero creo que así tenernos una repartición tradicional. sencill<i y útil.
Nuestro discurso y. sobre todo, la discusión que esperamos surja de todos los participantes servirán para entrelazar los aspectos parciales en la dialéctica de la globalidad.
Quedan, por último. unas breves palabras de acogida.
De bo indicar que. siguie ndo el espíritu de la tradición de estas jornadas. nos encontramos ante una reunión austera. sin la fluidez económica a que nos podían tener acostumbrados otros fastos científicos.
Por ello, en nombre del Departamento de Historia Antigua y Arqueología del Centro de Estudios Históricos quiero agradecer muy cordialmente a todos -investigadores, familiares y amigos-su participación y su presencia.
Especialmente quiero agradecer la co laboraci ón desinteresada de los colegas que en estos días han dedicado su tiempo y e sfuerzo en preparar su comunicación y en ofrecernos hoy su valiosa aportación científica.
Muchas gracias a todos.
Considero este escrito de García Bellido el documento básico para comprender la idea que tenía sobre su Instituto y para entender en qué principios fundamentaba su acción y su futuro.
En esta ocasión que se me brinda de recordar al gran investigador, arqueólogo e historiador, me limitaré a estudiar este texto que contiene todavía muchísimos puntos e ideas válidas, sugerencias y recomenda-ciones que invitan a la reflexión y que permite, sobre todo, contrastar lo que él se propuso y lo que hizo y el desarrollo posterior del Instituto.
Se plantea aquí una cuestión de principio, esto es, e n qué medida y por qué hemos de seguir o continuar el espíritu del, llamémoslo así, «padre fundador», en qué medida debemos o no debemos considerar importante o necesaria la continuidad.
Creo que podríamos estar de acuerdo en que mantener las líneas maestras y esenciales que han guiado e impulsado un centro de investigación o una revista, constituye la característica definitoria y de identificación de la historia, la línea y la coherencia de este centro.
Constituye su propia definición.
En el curso del tiempo sobrevienen modificaciones y adaptaciones a los contextos y exigencias que van surgiendo; Una primera conclusión útil para eventuales olvidadizos: García Bellido entendía claramente que la Ar.queología y la Historia del Arte deberían estar separadas como disciplinas independientes con objetivos diferentes y métodos también diferentes.
Pero e l resultado de la separación implicó que el nuevo Instituto fuera de Arqueología y Prehistoria.
Esta denominación era, para García Bellido, un hecho transitorio: «Es evidente -señalaba en su manifiesto-que, pese a sus contactos y relaciones innegables, la Arqueología Clásica y la Prehistoria son disciplinas fundamentalmente distintas.
Es de esperar -concluía-que ambos busquen y hallen sus propios cauces en institutos hermanos, pero independientes».
Tenemos pues, que se hacían dos separaciones netas y claras: la Arqueología, por un lado y la H" del Arte y la Prehistoria, separadas del mismo modo.
Uno se puede preguntar: ¿ y para qué este afán de separar?¡, Se trata de una cuestión baladí, bizantina. inútil que pertenece a las clasificaciones de las ciencias del x1x, o del particularismo o, mejor, si se quiere, intención de ser el dueño de su parcela en plenas competencias sobre la 111 isrna'!
Puedo responder que no. en absoluto.
Mús adelante veremos que Ga Hcllido tenía una idea precisa. amplia e intcrdisciplinar de «SU» (entre comillas) departamento.
Pero antes de pasar a examinar esta idea. es necesario responder a la pregunta del por qué esta separación entre Arqueología.
H" del Arte y Prehistoria.
La respuesta está en la propia idea que Be ll ido tenia de la Arqueología ex presamente cspct: ificada por él mismo.
A este propósito conviene no olvidar que «el manifiesto» de V Bellido en el que delineaba las directrices del nuevo departamento. es del año 1951 y no olvidar que él mismo había experimentado en Europa -principalmente en Alemania-la experiencia de Departamentos de Arqueología que le sirvieron. en mayor o menor medida. de modelos.
Para Ga Bellido la Arqueología que el «R.Caro» debía hacer tenía e l sentido de ser el estudio de las Antiguedades Griegas y Romanas. «incluyendo las de los pueblos sometidos directa o indirectamente a sus influjos».
Ello excluía, en su opinión, «las otras arqueologías» -la americana, la egipcia. la mcsopotámica que, señala expresamente-«aunque disciplinas afines por sus métodos, tienen otros objetos específicos y presuponen conocimientos auxiliares muy diversos (a los de la Arq.
Si aceptamos y entendemos la Arqueología de esta forma, esto es, más que otra cosa la disciplina que estudia un período en un espacio y en un tiempo concretos, y no la entendemos como un método de análisis. la claridad de la división de Ga Bellido es o resulta coherente y nítida.
Por lo tanto, ni la H" del Arte ni la Prehistoria caben en ella más que de modo subsidiario.
En definitiva para Bellido el elemento o factor que determina la separación son los conocimientos auxiliares o comp lementarios.
Un historiador del Arte podría no saber griego -peor para él; un prehistoriador no por fuerza podría saber latín-de nuevo tanto peor.
Pero un arqueólogo clásico, de las antigüedades griegas y romanas. no puede no saber ninguna de las dos lenguas.
Ni tampoco podría ignorar la epigrafía, la numismática o el derecho antiguo: el prehistoriador no los necesita; e l arqueólogo clásico, sí.
Es como si pensaramos en un egiptólogo que ignbrase el demótico o el jeroglífico; o un estudioso de las culturas mesopotámicas que ignorase el cuneiforme.
Precisamente por ello, Ga Bellido proponía, o mejor, aspiraba en su manifiesto a una «organización horizontal» de los Institutos de investigación humanística en el CSIC -son palabras suyas, que cito textualmente:''Cabe augurar que en un futuro próximo estos Inst itutos de Investigación se agrupen o asocien en sentido horizontal, incluso en la -------------------------------• ---yuxtaposidón de sus lahoratorios y bibliotecas.
Creemos que llegad un día en d que el Instituto de Arqueología Rodrigo Caro, como el de Numismática y Epigrafía antiguas, se asocien estrechamente con su paralelo el «Nehr{iu». dedicado a la Filología Clásica. conviviendo en una vecindad intima, mús razonable que la que hasta ahora había con el Instituto de Historia del Ane».
Bellido entendía que este agrupamiento horizontal dehia prevalecer sohre cito textualmente-«institutos aislados acrónicos, heterogéneos. s in más lazo de unión que sus contactos verticales».
Tengo que decir a este respecto que desde hace años he venido propugnando esta misma idea que he propuesto en diversos escritos al CS lC y a sus coordinadores.
Pero parece ser que el mantenimiento de las parcelas de competencias están hoy más arraigadas y presentes que en e l caso de G" Be ll ido.
Porque en definitva -en mi opinión-su propuesta era razonable, lo ra:c.onablc: un gran departamento de Ciencias de la Antiguedad que incluyese todas las disciplinas afines.
Hoy que se habla tanto de inte rdisc iplinariedad seguimos empeñados en una praxis compartimentada.
Ocho añadir que es obvio que la propuesta de Ga Bellido sobre una biblioteca unificada con la de disciplinas atines cobra hoy una actualidad total.
En resumen: Ga Bellido vió claramente que lo que él entendía por Arqueología -es decir la Arqueología Clásica.
«Se apoya en las Ciencias Humanísticas»-son de nuevo palabras suyas.
Y la Prehistoria en las «Ciencias Naturales)>.
Esto sigue siendo completamente válido hoy.
Mi propuesta, en este punto, es ésta: las nuevas corrientes que han surgido recientemente en los estudios y análisis arqueológicos, la tecnificación de los mismos, los nuevos puntos de interés y problemáticas ciertamente fundamentales y que han significado un gran progreso en la Ciencia arqueológica, ¿no están más cerca de las «Natural Science.rn'?
Desde luego mi experiencia personal en la E.S.F. me confirma que ello es así; y los proyectos de Prehistoria o de este tipo de a rqueologías están conectadas con las «Natural Science.'w y no tanto con las llamadas «Humanitie.\'».
Evidentemente unas se necesitan a otras; y no son excluyentes, sino complementarias; o, como diría Bellido, subsidiarias.
Pero poseen sus campos propios.
Un reciente coloquio celebrado en Uppsala -por poner un ejemplo-viene a confirmar esta diversidad y complementariedad.
Dedicado a «The Economies of Cult in the Ancient Greek World» viene a demostrar que los paradigmas técnicos o los modelos establecidos por algunos autores, no sirven literalmente para nada, si no hay un amplio, preciso y competente conocimiento y entendimiento 1an10 de la soci..:dad gri..:ga y ~us instituciones, como de la religión. los textos ( lsúcratcs. por ejemplo. o Demóstenes). la epigralla. y los propios objetos en su contexto arqueológico. además de un buen conocimiento del funcionamien10 de ciertas teorías económicas generales.
Pero esto cs. o seria. otro debate que quizás habría que hacer y nos aleja demasiado del tema de csia intervención.
El Instituto pensado por -señaló; y cronológicamente «rebasa los limites-escribe Bellido-tradicionales con que se suele poner fin a lo que se conoce por Edad Antigua, esto es. sus límites, en España. son el 711. el acontecimiento que cierra y completa el círculo de la cultura clásica». y la época carolingia. (<que es para Europa central el verdadero limes crono lógico entre lo antiguo y lo medieval».
Esta amplitud de miras de G" Bellido demuestra ampliamente su correcto entendimiento de la dimensión del mundo clásico antiguo y está en plena consonancia y total acuerdo con los avances de la bibliografía más reciente y solvente -baste citar Peter Brown, R. Hodges o los trabajos de K. Randsborg sobre «el primer milenio».
La dimensión de las propuestas de García Bellido y su concepción clara y rigurosa de su Departamento (un Departamento no «suyo», sino un departamento propio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas que forma parte por tanto de la Política Científica nacional) no tuvo -por circunstancias que no es caso anal izar aquí-sucorrespondencia esencial, o su contrapartida coherente: la creación de plazas de investigadores que pudieran afrontar y llenar de contenido la idea.
El Rodrigo Caro se nutría de profesores universitarios que alternaban la docencia con la investigación de modo «saltuario» y el propio García Bellido, con su inmensa capacidad y amplios conocimientos, cubría casi todos los campos-arquitectura, epigrafia, historia mi litar, excavaciones, mosaicos, estatuaria, instrumentum domesticum, religión antigua, mundo ibérico, tartésicos, fenicio, céltico...
Permitaseme una referencia personal a este respecto: cuando yo tuve la responsabilidad de la dirección del Departamento de Arqueología e Ha Antigua dediqué, con mayor o menos éxito, todos mis esfuerzos a atraer y cubrir plazas en el Opto. con una idea, que ha sido discutida por mis colegas e incluso calificada de errónea; la de encontrar especialistas competentes para los DI:\ l>I ANTONIO <iAJ<ci/\ Y BELLIDO diversos aspectos que el Opto. debía acoger dentro <le la línea de la concepción <le G" Bellido: desde el mundo celta hasta el mundo visigodo. <lcsdc la cenimica griega hasta la propia arqueología de campo y espacial. desde la escultura romana (no olvidemos que la Prof. Pilar León sacó la plaza de colaboradora del Dpto. aunque luego optó por la universidad) hasta la incorporación de técnicas auxiliares de la Arqueología (la Dra.
Asunción Vila estuvo <los años con el Opto. y se trasladó por fin a Barcelona).
En torno a estos directores de investigación se podían ir formando grupos o núcleos en las diversas especialidades.
Sigo pensando que el Departamento necesita el refuerzo romano y además un epigrafista.
Del espíritu del manifiesto de Ga Bellido se deriva claramente una idea: la divers idad del campo de inves tigación del departamento y no la constante y unidireccional temática de los campos a cultivar.
En unas recientes declaraciones a la prensa, a propósito del Congreso Internacional de Arqueología Clásica, el periodista destacaba -<:ómo nouna frase mía: «La Arqueología española es provinciana» frase que me ha ocasionado una marea de críticas y un enfado más que encendido por parte de muchos colegas.
No he sido el primero en hacer esta declaración.
Ya Ga Bellido en 1951 en su manifiesto escribía en Archivo Español de Arqueología: «El signo que presidió hasta ahora nuestras actividades arqueológicas ha sido el del "provincialismo" científico con toda la limitación de horizontes y pobreza de espíritu que en si lleva el concepto.
Nos interesaba "sólo" lo nuestro.
Hay que hacer lo nuestro, sí.
Pero creemos, subrayaba Bellido, que ha llegado el momento de empezar a cultivar una arqueología que no sea sólo nuestra, la provinciana (palabra suya) sino la Arqueología patrimonial del Occidente..... debemos pues -proseguía-cortar amarras, dejar la navegación costera y lanzarnos a la alta mar de una Arqueología sin adjetivos posesivos.
Este es -co ncluía-ahora uno de los fines primordiales de nuestro Instituto con el que, sin abandonar lo nuestro se ha de procurar entrar en campos investigatorios hasta ahora inéditos para nosotros.»
En una estricta interpretación del texto, la finalidad primordial del Instituto de Arqueología pensado por Bellido era la de hacer Arqueología clásica no local.
Hasta qué punto ésto se haya cumplido, toca a la comunidad científica valorarlo.
Lo que s.i puedo decir es q'ue desde tiempo, pero especialmente ahora, el CS IC dispone de un punto de apoyo externo que resulta ser un complemento adecuado para que las aspiraciones de Bellido se cumplan: me refiero a la Escuela Española de Ha y Arq. de Roma, centro y delegación del CSIC, dónde la formación de los becarios por fuerza rebasa el ámbito local y desde donde cualquier investigador dispone de posibilidades para ocuparse de la arqueología que Bellido soñaba.
Consecuente con sus planteamientos G" Bellido, que dirigía también la revista A rd1ii•o Espaiiol di:' Arc¡ueologfo, entendió que ésta debía ser el órgano de expresión no sólo de los estudios sobre H ispania o Ja Península Ibérica, sino que debían tener cabida en ella otros estudios no exclusivamente locales.
En este sentido Bellido era rotundo y claro en su manifiesto: «De todas las actividades creadoras del Instituto son éstas (las publicaciones) las más importantes.
La publicación es «la tarea fundamental» (decía), la meta final, todo lo demás le está subordinado.
Archivo Español de Arqueología ha de recoger fundamentalmente los estudios dedicados al mundo clásico (no olvidemos la extensión que para Bellido tenía este término) en todos sus aspectos».
Y así, la revista Archivo recoge desde 1951 artículos de autores españoles o extranjeros de una temática variada: Marchetti-Longhi sobre el teatro griego-desde el punto de vista arquitectónico, Max Wegner, H. G. Ptlaum, G. Mansuelli, G. Alfóldy, Mario del Chiaro, Claude Domergue, Beat Brenk, Tchernia, Schlunk y un largo etc. El Archivo de Bellido se articulaba como una revista cuyas características eran Ja variedad, la originalidad (de materiales y de interpretaciones), l.a extensión temática y cronológica (desde los fenicios hasta los visigodos) y el Noticiario.
Era -es-una revista muy informativa de todo cuanto pudiere interesar a su público más frecuente -el español-y donde todo el mundo clásico y sus aledaños estaban presentes.
Originalidad y novedad; calidad científica y variedad.
La personal idad de Archivo no se basaba en los estados de la cuestión, ni en los artículos programáticos de método, sino en los resultados de la aplicación de esos métodos; no era una revista de debate, sino de resultados y tesis o propuestas de interpretación.
Para terminar, ¿qué resta de ese Instituto propuesto por Ga Bellido?
Son Vds. quienes deben responder a esta pregurna.
Yo sólo diré lo que hemos perdido en el camino o algunas cosas que hemos perdido en el camino.
Hemos perdido el papel esencial que Ga Bellido quería para el Instituto en la elaboración del C IL JI (supplemen/um}; hemos perdido la Hispania Antiqua Epigrafica; hemos perdido el Corpus Signorum lmperii Romani; hemos perdido Ja Biblioteca, en el sentido de espacio para el estudio y la consulta.
Hemos hecho el Corpus de Mosaicos y la TIR avanza felizmente por citar sólo proyectos que Bellido tenia como propios dcl Instituto (luego, es cierto. han venido otros y hemos ganado otros); no sé si hemos perdido el archivo fotográfico.
Hemos estado a punto de perder Archi\'l>. lo que hubiera significado acabar con el Instituto, perderlo todo.
No es mi tarea aquí decir qué es lo que se debe hacer en el futuro; mi tarea ha s ido recordar cómo nació y cuáles eran los fundamentos y las ideas guia con las que se creó el Dpto. dc!\rqucologia del CSIC'.
Un Dpto. que el aiio 2001 cumplirá 50 ar'los tic historia. que habrá tic celebrar adecuadamente, porque no debemos renunciar a la historia, una historia esforzada de todos sus muchos colaboradores, una historia. que a pesar de todo. creo que hace honor a su fundador. una historia de compromiso con la invcsiigación dc alt<S calidad y rigor que es la que practican cotidianamente sus miembros de todas las escalas.
LA URBANÍSTICA DEL MUNDO IBÉRICO.
l'OR L. ABAD y M. BENDALA Uniwrsidad Autónoma de Madrid
Hace cincuenta al11". el conocimiento que se tenía de la urbanística y la arquitectura ibérica era muy limitado y fragmentario.
En palabras de D. Antonio García y Bellido, según escribía en los años cuarenta, «el número y nombre de las ciudades ibéricas conocidas por los textos antiguos era grande, sobre todo en Andalucía y Levante; pero desgraciadamente son poquísimas las que han llegado a nosotros aun en ruinas, y éstas son siempre, o casi siempre, ciudades que por su área, sus construcciones y el mismo anonimato con que se han dado a la luz. denuncian haber sido de rango relativamente bajQ)> (Ars Hispaniae l.
Es la idea, expresada en un párrafo muy sintético, que desarrolla en trabajos de la época y algo posteriores (la Arquitectura entre los iberos, Madrid, 1945; Historia de España de R. M. Pida/, 1-3, Madrid, 1954, 3 73ss.), y corroboran los demás autores, entre ellos A. Arribas, en su conocida síntesis sobre los Iberos, de unos años después (Barcelona, 1965 ): «Por desgracia, el conocimiento que tenemos de los núcleos de población ibéricos es muy limitado» (p.
Era evidente un conocimiento muy parcial, y particularmente escaso o nulo para la zona de mediodía, la que según todos los indicios había conocido un mayor desarrollo del urbanismo y el florecimiento de las ciudades de mayor rango.
Se tenía en ello una consecuencia de la diferente intensidad de la investigación arqueológica en unas zonas y otras y, además, el resultado del diverso grado de continuidad histórica de los centros urbanos desde la Antiguedad a nuestros días.
En cualquier caso, el despegue económico y científico a partir de los sesenta, que ha conducido a la multiplicación de los equipos científicos y de las excavaciones. y la aplicación de una política patrimonial más respetuosa con el legado arqueológico, permiten situarnos hoy ante un panorama completamente nuevo a la hora de contemplar el urbanismo ibérico.
El cambio cuantitativo (muchos más datos) y cualitativo (rnejorregistro arqueológico, nuevos planteamientos metodológicos y teóricos) puede resumirse y plantearse en función de los dos planos principales e n que se proyecta la ciudad; el conjunto de la organización urbana y las formas urbanísticas concretas de cada núcleo o tipo de centros.
Dicho en otras palabras: lo urbano y lo urbanístico.
Se ha intens ificado la investigación en busca de una aclaración definitiva a la cuestión de si el mundo ibérico alcanzó o no niveles urbanos.
El resultado, con discusiones inevitables, es que el mundo ibérico es una cultura de nivel urbano, y la pregunta, en cada caso, no puede o no debe plantearse -a la altura de nuestro tiempo-en el sentido de si éste o aquel centro. es una ciudad, sino si pertenece a una organización urbana y qué lugar y papel ocupa en ella.
Se reconoce en el mundo ibérico una estruc- |
proyectos que lkllido tenia como propios del Instituto (luego, es cierto. han venido otros y hemos ganado otros); no sé si hemos perdido el archivo fotográfico.
Hemos esta. lo que hubiera significado acabar con el Instituto, perderlo todo.
No es mi tarea aquí decir qué es lo que se debe hacer en el futuro; mi tarea ha sido recordar cómo nació y cuáles eran los fundamentos y las ideas guia con las que se creó el Opto. de Mqueologia del CSIC'.
Un Dpto. que el aiio 2001 cumpl irá 50 a11os tic historia. que habrá de celebrar adecuadamente, porque no debemos renunciar a la historia, una historia esforzada de todos sus muchos colaboradores, una historia. que a pesar de todo. creo que hace honor a su fundador. una historia de compromiso con la invcsiigación de al t<S calidad y rigor que es la que practican cotidianamente sus miembros de todas las escalas.
Hace c incuenta al11". el conocimiento que se tenía de Ja urbanística y la arquitectura ibérica era muy limitado y fragmentario.
En palabras de D. Antonio García y Bellido, según escribía en los años cuarenta, «el número y nombre de las ciudades ibéricas conocidas por los textos antiguos era grande, sobre todo en Andalucía y Levante; pero desgraciadamente son poquísimas las que han llegado a nosotros aun en ruinas, y éstas son siempre, o casi siempre. ciudades que por su área, sus construcciones y el mismo anonimato con que se han dado a la luz, denuncian haber sido de rango relativamente bajm> (Ars Hispaniae l.
Es la idea, expresada en un párrafo muy sintético, que desarrolla en trabajos de la época y algo posteriores (la Arquirectura entre los iberos, Madrid, 1945; Historia de España de R. M. Pida/, 1-3.
Madrid, 1954, 3 73ss.), y corroboran los demás autores, entre ellos A. Arribas, en su conocida síntesis sobre los Iberos, de unos años después ( Barcelona, 1965 ): «Por desgracia, el conocimiento que tenemos de los núcleos de población ibéricos es muy lim itado» (p.
Era evidente un conocimiento muy parcial, y particularmente escaso o nulo para la zona de mediodía, la que según todos los indicios había conocido un mayor desarrollo del urbanismo y el florecimiento de las ciudades de mayor rango.
Se tenía en ello una consecuencia de la diferente intensidad de la investigación arqueológica en unas zonas y otras y, además, el resultado del diverso grado de continuidad histórica de los centros urbanos desde la Antiguedad a nuestros días.
En cualquier caso, el despegue económico y científico a partir de los sesenta, que ha conducido a la multiplicación de los equipos científicos y de las excavaciones. y la aplicación de una política patrimonial más respetuosa con el legado arqueológico, permiten situarnos hoy ante un panorama completamente nuevo a la hora de contemplar el urbanismo ibérico.
El cambio cuantitativo (muchos más datos) y cualitativo (mejorregistro arqueológico, nuevos planteamientos metodológicos y teóricos) puede resumirse y plantearse en función de los dos planos principales en que se proyecta la ciudad; el conjunto de la organización urbana y las formas urbanísticas concretas de cada núcleo o tipo de centros.
Dicho en otras palabras: lo urbano y lo urbanístico.
Se ha intensificado la investigación en busca de una aclaración definitiva a la cuestión de si el mundo ibérico alcanzó o no niveles urbanos.
El resultado, con discusiones inevitables, es que e l mundo ibérico es una cultura de nivel urbano, y la pregunta, en cada caso, no puede o no debe plantearse -a la altura de nuestro tiempo-en el sentido de si éste o aquel centro-es una ciudad, sino si pertenece a una organización urbana y qué lugar y papel ocupa en ella.
Se reconoce en el mundo ibérico una estruc-1>1 \ l>I!\' l \IO (i,\IH I•\' 1111 Lll>O tura J crarqui1.ada y complcj a. que nn sólo permite la cxi:-11.:nc: ia de difcn: nics tipos de centro, sino que lo!> l.!xigc en \'Írtud de determinadas formas de control y tk cxplot:.ictún di.' la tierra. y di.! contacto!> con ambitos tcrritorialc:-cul. la vc1. mú:.;implios.
El estudio tk la dimcnsic)n territorial de la ciudad, con un tccundo diálogo. en cuestiones metodológicas. entre lo:-rcl>ulladol> de exca\' t:-h.:1mit1l' considerables.
El progreso en la definición de la estructura ur-ban<i se ha ido consolidando en sus dos vertientes deti nit0rias principales: la espacial y la cronológica.
Para lo uno y lo otro. l;i referencia a la base lartésíca resulta imprescindible.
Sólo con decir esto se subrayun tanto la antiguedad del urbanismo ibérico como el reconocimiento de una región de vanguardia en la zona nuclear tartésica.
Excavaciones en numerosos yacimientos (Mesa de Asta, Carnmbolo Carmona.
Tejada la Vieja, Montemolin.
Córdoba, Montoro. etc.), acreditan ese fenómeno.
Su irradiación cultural y su consolidación por el contacto reciente con los colonos mediterráneos pondrá las bases de desarrollos regionales en los que se inserta lo que se entiende como cultura ibérica clásica.
En ésta, los datos de su madurez urbana y urbanística remontan ya con seguridad al siglo VI y los comienzos del v, lo que acreditan ros núcleos de hábitat excavados (entre ellos El oral), las necrópolis y. muy expresivamente. la producción artística, con niveles y facetas, sobre lodo en la escultura mayor, que sólo se explican en contextos urbanos (sociológicos, económicos, culturales) desa rrollados.
Con diferentes vicisitudes. esta organización urbana será la base que haga posible la conquista romana y la potenciación y ampliación de su estructura como consecuencia de la romanización, otra de las facetas tratadas intensamente en la in vcstigación reciente.
Geográficamente, el mediodía es escenario de un gran desarrollo urbano, reflejado también en la existencia de las mayores aglomeraciones ciudadanas (Carmo.
El módulo se reduce en las culturas de levante y aún más en zonas de influencia en los ámbitos celtibéricos (como se ve en los abundantes yacimientos conocidos del valle del Ebro).
En cualquier caso, el reconocimiento de una irradiación de la cultura ibérica hacia el interior peninsular cada vez más profunda e intensa, es otra de las consecuencias de la im c:.11g; iciú11 rc1: icntc. reveladora de interesantes!
Cnómcnos de rcladún centro-peri feria.
La comprcn~ión de la organi1.ac16n urbana va ganando terreno igualmente en a:-.pc1: tos 1:01110 la rcJ viaria. el n: conocimicntu de cont; i1:tos zonales privilegiados, la valorucicin del papel dc centros no urbanos. como los santuarios. en la integración de difcrc111cs ciuda<lc:-..
En esto. la historiogralla trndi-c10nal forjo una imagen de la dudad ibérica en lu que cni una nota pcculiar la ausencia de centros de culto. que se ubicaban por lo genera l ruera. en para• jes natura les.
Es éste otro aspecto desmentido por la investigación moderna. que equipara las aglomeraciones ibéricas a las de tantas otras culturas en las que el templo es un referente urbano de primera magnitud.
Los casos de la Escucra, la Alcudia de Elche. la Isleta de Campello, Torreparedones. el Amarcjo.
Azaila y otros. revelan es1c hecho. tanto gracias a excavaciones modernas como a la revisión con nuevos presupuestos de las antiguas (otra labor acometida con importantísimos resultados).
En los apartados urbanísticos de las ciudades ibéricas. los avances han sido también espectaculares.
García y Bellido describía en la ya citada Hiswriu de Espwia dirigida por R. Menénde: Pida/. el tipo de casa ibérica como «pobre y modeslo. por lo general con un solo departamento habitable, a veces más. pero siempre ocupando el espacio estrictamente indispensable para vegetar al cobijo de la intemperie y conservar en ella el humilde patrimonio mueble de una familia: hasta el extremo de ser realmente pocas las veces en que el excavador halla. dentro de estos habitáculos. huellas diferenciadas de lo que en otras culturas primitivas representa el núcleo destacado de la familia y el eje princípal de la casa: el hogar (... )Si la casa es de compartimentos múltiples. no se les adivina su destino específico (... )».
Se deduce, pues, que la casa ibérica era realmente una casa primitiva y atrasada, aunque llamaba la atención acerca de que en algunas ciudades. como La Bastida y Aiai la, se vis lumbraban otras «que parecen estar formadas por dos o más compartimientos; pero es dificil aislarlos del conjunto abigarradO'de paredes vecinas y contiguas para reconstruir con ellos un posible conjunto do• méstico»: cree que. al menos en Azaila. ello pudo deberse ya a la influencia romana.
Para asentar su opinión acerca de las casas ibéricas, nuestro veaerable maestro contó en realidad con bastantes pocos materiales: las casas de La Bastida Azaila, Calaeeite, Puig Castellar y unas pocas más, esto es, con asentamientos en algunos casos ni siquiera ibéricos y todos ellos excavados en décadas L.:\BAD Y M. lll: ND:\L,\ Jll3 antaiorcs. con los métodos y reque rimientos del momento, que desperdiciaban buena parte de la información.
Y como tal quedó durante bastantes años.
En el libro ya citado.
Antonio Arribas se lamenta de que la falta de excavaciones s istemáticas no haya permitido avanzar en el conoci miento de los poblados ibéricos.
Durante mucho tiempo. esta situación se ha mantenido; hemos venido repitiendo tópicos acerc.;a tle la estructura urbana ibérica basándonos en los mismos yacim ientos con que pudo con tar García y Bellido, y en todo caso en a lguno más, quizás mejor excavado pero sólo parcialmente publicado, como pudo ser Covalta, en los límites de Alicante y Valencia.
En las décadas siguientes, e l conocimiento de la urbanística ibérica apenas prosperó.
La más notable aportación fue la de E. Llobregat en su obra Co11res1ania Ibérica. publicada en Alicante en 1972; e l autor realizó una síntesis de todos los yacimientos conocidos y, lo que es más importante desde nuestro punto de vista, ll evó a cabo el primer intento de estructuración de las unidades de habitación del poblado de La Bastida, proponiendo. a partir del estudio de los materiales encontrados en los diferentes departamentos. que tal vez tuvieran relación con el lugar de habitación y de trabajo de un sexo concreto.
Se iniciaba así un nuevo camino en el planteamiento de los estudios de urbanismo ibérico.
Otro, que tendrá que esperar años, es el estudio de la modulación de las diferentes estructuras, desarrollado en J 983 por F. Buril lo en sus trabajos sobre El Taratrato y Los Castellones de Herrera de los Navarros.
Y por último se incorporará el estudio de las técnicas constructivas ibéricas y de sus estructuras más peculiares; es la vía que recoge y sistematiza el libro de J. Maluque r Arquirecrure i urhanisme iherics a Catalunya. publicado en Barcelona en 1986.
En los últimos años, se ha avanzado considerablemente en algunas de estas líneas de investigación, y muchas de ellas han s ido objeto de un primer tratamiento en el coloquio Habitars etsrructures domestiques en Médirerranée occidenrale duranr la Protohistoire celebrado en Arlés en 1989, cuya publicación constituirá sin duda un hito en este tipo de estudios.
Sin embargo, el conocimiento de la urbanística ibérica se encuentra constreñido por varias circunstancias dificilmente superables.
En primer lugar, por la menor espectacularidad inmediata de los trabajos en ciudades y poblados con respecto a los de las necrópolis, que hace que se concentren con preferencia en estas últimas; en segundo lugar, por el hecho de que durante muchos años la mayor parte de los trabajos se hayan centrado en la realización de cortes estratigráficos y sólo muy raramente se hayan llcvatlo a cabo actuaciones en extensión.
Las primeras resultan sumamente útiles para conocer la kcha de los poblados y su mutua interrelación. pero para avanzar en su conocimiento se requiere e l trabajo en amplias extensiones. que resultan caras y costosas para los recursos que actualmente se destinan a la Arqueología.
La línea marcada por E. Llobregat fue seguida especialmente por los trabajos de H. Bonet, C. Mata, J. Bernabéu y P.Guérin. quienes e n el Coloquio sohrl' el Microespacio de Terucl celebrado en 1986 analizaron los materiales encontrados en el Puntal deis Llops en Valencia, proponiendo un destino concreto a las habitaciones.
J. Santos Velasco realizó por este mismo tiempo un ensayo de estudio espacia l, diferenciando al macenes de zonas de habitación en La Bastida de Les Alcuses. el mismo yacimiento sobre el que trabajó E. Llobrcgat.
Sin embargo, los nuevos trabajos llevados a cabo sobre este yacimiento por E. Díes y H. 13onet, han puesto de manifiesto que la planta y las estructuras publicadas no se compadecen con la real idad, por lo que cualquier conclusión obtenida sobre éstas puede eslar alejada de la realidad.
En la actualidad se están realizando trabajos de este tipo en numerosos yacimientos: El oral, Puente Tablas, El Tossal de Sant Miquel en Liria, etc.
En e l segundo aspecto, la modulación de las estructuras, el libro recientemente publicado por uno de los autores (L. Abad) y F. Sala sobre e l poblado ibérico de El Oral, en San Fulgencio, Alicante, plantea la posibilidad de una cierta modulación. basada en el empleo de una unidad de medida de unos 36 cm y en la existencia de estructuras de dimensiones similares que se repiten en varios lugares del poblado.
Y en cuanto al tercero, los métodos más cuidadosos aplicados a las excavaciones en los últimos años han permitido encontrar aquellos hogares que García y Bellido echaba de menos y documentar un amplísimo repertorio de hogares, desde los más simples a los más complejos; junto a el los, bancos, umbrales. desagues. etc.. han ido llenando poco a poco. aunque no tanto como quis iéramos, el vacío existente.
El poblado de El oral, al que acabamos de referirnos algo más arriba, constituye un buen ejemplo.
De todo ello puede concluirse que las casas y las estructuras ibéricas son en realidad bastante más complejas de lo que se suponía en época de nuestro admirado maestro el profesor García y Bellido, en consonancia con la mayor complejidad que, como ha quedado claro a lo largo de esta Jornada. corresponde a la propia cultura ibérica.
Pero para que podamos avanzar por este camino es necesario publicar todos los asentamientos que, de una u otra fonna, se encuentran cxt:a\ ados: realizar trnbajos en extensión en poblados y ci udades de diferentes tipos y en muchas áreas geográficas: intensificar las prospecciones. <ksde la convicción de que deben ser comp letadas con el estutli(l <le los principales asen-tamienH)s; cs1udiar la fum: ión de las casas dentro dd asentamiento y de las habitaciones dentro de aquéllas. y la relación que pudo ex istir entre ciudades y necrópolis.
Si somos capaces de llevar.a cabo todo ello. el fenó meno urbano y el urbanismo en las culturas ibéricas. que ahora empiezan a entreverse. nos depararán en los próximos años sorpresas tan grandes como aquellas a las que hemos asistido desde el año 1954.
ESCULTURA IBÉRICA, AYER Y HOY: |
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Si somos capaces de llevar.a cabo todo ello. el fenó meno urbano y el urbanismo en las culturas ibéricas. que ahora empiezan a entreverse. nos depararán en los próximos años sorpresas tan grandes como aquellas a las que hemos asistido desde el año 1954..-1 /,' _,¡1.•I. 6 7.
MICHAl; L BLFCll J05 mación de Lnventarios en catálogos y la síntesis de la investigación previa. todo ello futura base de sus interpretaciones.
Su obra permanece vigente hoy en día. a pesar de los defectos propios de la época.
Precisamente los errores provocaron fructíferas respuestas.
Uno de estos ternas polémicos es la definición de «lo ibérico».
Su primer trabajo sobre un terna del mundo ibérico y su primera aportación monográfica sobre una escultura ibérica trata de la Bicha de Balazote •'.
Esta aportación ya supone la existencia de la cultura ibérica como un concepto evidente que abarca no sólo la lengua y la etnografia 4 dentro de un marco temporal y sus relaciones con el mundo mediterráneo y oriental.
P. Bosch Gimpera 5 y Rh.
Carpenter• buscaron los modelos de la Bicha de Balazote en el mundo griego, mientras que L. Heuzey 7 y P. Paris ~ los buscaron en el mundo oriental antiguo.
García y Bellido matiza este planteamiento del problema.
La revisión iconográfica del toro andrósopo lo llevó a dos posibles orígenes: la Magna Grecia y Sicilia, entre finales del siglo v1 hasta el siglo 1v a.C., y especialmente a Etruria ~. con el toro andrósopo echado, como demuestran algunos relieves arcaicos de cipi sepulcrales de Chiusi io. y e l aplique de un asa et rusca procedente de un taller de Yulci, encontrada en Málaga 11, a donde llegó debido a las importaciomes del comercio púnico.
Este último testimonio, que García y Bellido no pudo conocer, ofrece no sólo un ejemplo muy próximo, sino también' Ciarcia y Bellido 1931b.
Para la palabra cultura «ibérica» Dominguez Monedero, A. J.: Los términos «Iberia» e « Iberos» en las fuentes grecolatinas: estudio acerca de su origen y ámbito de aplicación, Luccntum 2.
Para la definición de lo ibérico como un reflejo histórico c.f.
Así. jarras similares a la del asa de Pozo Mom pudieron encontrar su camino hasta el hinterland de la costa levantina 1 ~. donde existió la voluntad y habilidad de transformar un motivo propio de las artes menores en gran p lástica 11 • De todas forma s los ejemplos aducidos permitieron a García y Bellido algunas conclusiones: «... hay suficientes motivos para abandonar la tesis antigua que hacía de la Bicha de Balazote un documento demostrativo de la existencia de remotas relaciones entre nuestra Península y el Oriente Mesopotámico.
La cronología que de esta tesis se deriva queda. por consiguiente. también rectificada por la clara cronología que los prototipos griegos o pseudogriegos de todo el Mediterráneo llevan.
Nuestra "Bich:a de Balazote"... es hija de helenos, pero hermana de nuestras esfinges ibéricas. de los bronces de la Luz, de las cabezas del Cerro de los Santos y de la misma Dama de Elche» 14
• El motivo de nuestra Bicha de Balazote, el del toro echado, queda como un caso excepcional aunque algunas monedas aisladas de Emporión, del siglo 1v a.C., y de Sagunto 15 documentan el toro caminando, motivo que tiene sus paralelos más próximos en las regiones de la Magna Grecia y Sicilia tó.
García y Bell ido busca las comparaciones estilísticas ibéricas en el gran conjunto de los exvotos del Cerro de los Santos.
Precisamente las cabezas de estas esculturas ofrecen «paralelos técnicos». apreciables sobre todo en la presentación geométrica y decorativa del peinado y de la barba de la Bicha de Balazote 17 • Esta observación nos acerca un poco más a lo propio, «a lo ibérico».
Este problema está planteado en dos trabajos posteriores de García y Bellido 1 K. La labra de las piedras -las superficies continuas, miembros angulosos, el tallado en bisel, los trazos geométricos etc.-denuncian Ja mano de «un escultor que ave- Ravello 1987Ravello, 1988, 373•389:, 373•389: C / Domínguez Monedero, A. J.: El enfrentamiento etrusco-foceo en Alalia, en: La presencia de material etrusco en la Península Ibérica, Barcelona 1991, 263-269 esp. 268s.
IJ Para la presencia etrusca véase Blázquez Mar1inez, JI.
M.: La presencia de artesanos etruscos en Tartesos, en: Presencia... (cit.) 597-600 1991; Cf Gran-Aymerich, J.: cit. (n.
•$ Villaronga Garriga, L.: Las monedas de Arse.
1 •Garcia-Bellido 1990, 83-92. zado a la talla lignaria. elige una piedra blanda para labrarla. quizá con los mismos instrumentos carpcntilcs que acostumbra 1'')).
Él interpreta estas observaciones a la manera de fósil-director. como los «survivals» tk una fase anterior. la etapa xoánica de l<i cst: ultura ibérica en analogía con una supuesta fase de la escultura griega 211 • Este rasgo.que se puede apreciar en toda la escultura ibérica ~1 • se mantuvo a lo largo de los siglos por la tendencia conservadora y tradicionalista propia del «provincialismo» de todo el arte ibérico.
La Dama de Elche misma ofrece este rasgo.
El plegado de sus paños no está en relación con la magnifica talla de su rostro, que denuncia la mano de un escultor que conoce lo «clásico-helenístico», mientras que los pliegues traducen fórmulas datables quizá dos siglos antes.
Este plegado geométrico en lineas paralelas o en zigzag es evidentemente un «pseudoarcaicismo», supervivencia estereotipada de una técnica en madera~~.
Este planteamiento tiene sus consecuencias: los rasgos «pseudoarcaicos» son una constante en esta escultura y no se pueden tomar como indicios cronológicos. porque entonces el estilo de la escultura ibérica se revelaría como un fenómeno conservador y por lo tanto sin valor cronológico.
Así, los influjos foráneos tendrían casi inevitablemente una importancia decisiva, ya que no sólo marcarían las pautas en cuanto a la cronología, sino también en cuanto a su significado.
El caso de la Bicha de Balazote nos puede servir como ilustración.
Por un lado pertenece al primer grupo, a los evidentes trasuntos, más o menos directos, de modelos griegos arcaicos, fechables entre mediados del siglo v1 y mediados del siglo v, aunque su fecha más probable, según García y Bellido, deba calcularse hacia el siglo 111 ó más reciente 23 • Así, aspectos como el alejamiento de los modelos griegos -compárese en nuestro caso especialmente el cuello alto voluminoso y los rasgos faciales geometrizados-y la calidad ofrecen una escala para la clasificación cronológica.
Cuanto más se valoró la parte ibérica. tanto más se distanció de 1 •Garcia y Bellido 1943b, 79. lus influencias helénicas. llegando finalmenic hasta lu época de la romanización 24
• Esta postura dio lugar a una serie de respuestas cont rarias.
Precisamente las relaciones más opuestas son las de E. A. Llobrcgat y M. Tarradell 2'. reflejando en el fondo ambos un mejor entendimiento del planteamiento de este problema que los científicos que lo dejaron pasar por alto.
Estos comprcndit: ron bien que un entendimiento acertado de lo «ibérico» tiene también sus consecuencias a la hora de establecer una cronología más correcta, mientras que otros buscaron la relación directa con un prototipo, pensando en artistas griegos. artistas iberos de formación griega. etc. ~b.
E. A. Llobrcgat expresa su opinión de manera positiva: «La evidencia arqueológica nos obliga a postular una indigenidad, una autoctoneidad para el arte ibérico, y una vez aceptado este postulado, hay que llevarlo a sus últimos extremos y comparar la escultura ibérica con la escultura ibérica... » que vista en bloque constituyera un todo. «basada en una voluntad de estilo manifiesta».
«Que en esta "voluntad de estilo" 17 haya una elaboración vieja de la que corrientes griegas arcaicas, etruscas, fenicias o púnicas formen parte, no empaña en absoluto la radical unidad del conjunto, ni justifica que se llame arte provincial o arte hecho por griegos en el suelo del país.»
Lógicamente las huellas que dejaron las llamadas corrientes griegas arcaicas, etc., apenas influían en la datación de las esculturas ibéricas. siendo las dataciones de los propios contextos ibéricos lo realmente decisivo, como sucede por primera vez con las excavaciones de La Alcudia de Elche, por A. Ramos Folqués ix _ i.
150 destaca la personalidad de esta escultura sin excluir inspiraciones y contactos.
«No res ulta demasiado aventurado suponer que en su origen algún escultor griego pudo tener participación directa en la creación de la escuela y del estilo.
Una revalorización de lo ibérico se anuncia también en el bosquejo de M. Tarradell sobre «El arte 1 bérico» ( 1968) 2 ".
Este tiene en cuenta por un lado las inspiraciones foráneas -en el fondo también Llobrcgat contó con ellas-y un proceso de asimilación, y por otro lado la autonomía de la escultura ibérica.
Además habla de la dimensión sociológica, <le la relación ent re el artesano y su clientela. opinión que se refleja más tarde en los trabajos como los de T. Chapa o A. Ruiz Rodríguez y otros.
Un detalle de este proceso tan complicado de la «asimilación» está desarrollado en una aportación de W. Trillmich.1o basándose en la cabeza fragmentaría de Verdolay en Murcia.
Se refiere a las di ferencias. o más concretamente, a las distancias entre un modelo, es decir la inspiración concreta. y la obra ibérica.
De manera ejemplar describe de un lado los rasgos recibidos del estilo severo griego y por el otro la parte indígena. la reinterpretación: el proceso con-sisitiría en una estricta abstracción y esti lización de los rasgos aislados y una expresión hierática en su conjunto.
Sólo en este sentido se podría hablar de estilo de esta cabeza.
En cuanto a la conformación arcaica del ojo, más que un anacronismo, se trataría precisamente de una característica ibérica propia-mente dicha: A este respecto, sería indiferente que la conformación del ojo se base en modelos arcaicos.
Lo mismo sucede con la estilización del peinado 31 • Su argumentación concluye con un resultado metodológico.
La reinterpretación de una escultura de la Magna Grecia, de medi. ados del siglo v a.c. y con la misma forma de la cabeza que la de Verdolay, pennitiría hacer dos propuestas cronológicas: que la cabeza haya sido creada poco después que el modelo. o que sea un reflejo tardío de éste.
El material disponible. en su mayoría sin contexto, no era sufic iente para poder tomar una decisión Ji.
La descripción en detalle del distanciamiento de los esquemas interpretativos ibéricos con respecto a los prototipos griegos no nos permitiría una paralelización demasiado rápida.
Por esta razón la falta de calidad de una pieza no se puede calibrar según su distanciamiento de los posibles modelos griegos, sino en comparación con otras obras ibéricas.
Y el preguntarse por la presencia de artesanos griegos dentro del mundo indígena pierde importancia.
En cualquier caso. los iberos estuvieron en situación de seleccionar e in1crprctar los modelos y motivos foráneos según sus tradiciones'•.
Las tendencias abstractas se expresaron de manera diversa y. a veces. incluso desconcertante: por ejemplo los dos jinetes de la necrópolis albaceteña de Los Vil lares 1 ~. el guerrero a caballo de principios del siglo,. a.C.. con sus rasgos faciales regulares similares a los de algunas cabezas raciales de la necrópolis del Llano de la Consolación • 1 " y a las de Cerril lo Blanco.17, aunque más lejanas, frente al hombre a caballo a finales de ese mismo siglo, caracterizado por una estilización sistemática; o entre algunas «barrocas» esculturas ilicitanas frente a la austeridad de las de Cerrillo Blanco de Porcuna 3'; o entre las dos cabezas de esfinges de «A 1 icante» y la de Ubeda la Vieja, que reflejan las mismas tendencias hacia formas geométricas y estilizadas J~. etc. 4 ".
Después de dar tantas vueltas volvemos a nuestra escultura de la Bicha de Balazote, que carece de contexto y constituye una tipología casi aislada dentro de la plástica ibérica, a excepción del toro echado, sin cabeza. de Agost 4 1; además no ofrece ningún indicio preciso que sirva para su clasificación cronológica.
Sólo su confolTTlación -las superficies lisas y tensas y en especial los rasgos faciales reducidos a líneas esbozadas sobre la forma abstracta de la cabeza, un volumen compacto y cilíndrico--nos hace pensar en las características de algunas estructuras fechables. como las de La Alcudia de Elche o las del Cerrillo Blanco de Porcuna, del siglo v a.C. También se puede comparar con las esfinges de Agost 4 ~ y de Haches 4.1, cuyos rostros, a la manera de máscaras. parecen estar sobrepuestos sobre la cara, y el cuello en forma de columna y además la actitud atenta y erguida, su cara vuelta hacia el espectador, como un motivo que fo rmó parte del repertorio de los escultores ibéricos inspirado por modelos griegos.
J.: Primeras aportaciones arqueológicas sobre la cronología de la escullura ibérica, en: llomcnaje a J.M. Bláz.quez. vol. 11, Madrid 1994.
1994 Otro argumento nos lo ofrece e l «horizonte de la destrucción escultórica»•• que pone fin a una época iconográfica ibérica muy rica, en la que también podría encajar nuestra Bicha de Balazote y la serie de las esfinges. los centauros. etc. Así obtenemos una cierta cronología entre la época de los posibles prototipos, es decir los años alrededor 500 a.C., y el «horizonte de las destrucciones» (véase nota 44), es decir. entre principios y finales del siglo v.
Sólo entonces, habiendo obtenido la clasificación cronológica de una pieza, «lo ibérico» asume su importancia histórica.
El conjunto arquitectónico al que pudo pertenecer nuestra figura no está muy claro.
El monstruo aparece echado sobre una especie de plinto, si se mira de frente.
Verosímilmente formó parte de una esquina de un monumento arquitectónico, una posible tumba, porque la zona delantera del cuello y de la pata derecha están esculpidas casi por completo, mientras que la parte trasera está formada por una superficie tosca, de contorno irregular y bordes curvados que no pudo coincidir con la de una hilada de sillares en el muro~$.
«Por lo dicho -según García y Bellido-, es probable que estuviese más o menos arrimada en una pared» 4 r•.
Pero si se tratara de daños recientes que hubieran afectado al contorno de la parte trasera, podríamos pensaren una función similar a la de los leones del monumento sepulcral de Pozo Moro ~7• De todas formas la Bicha de Balaz0>te perteneció a un conjunto arquitectónico y muy probablemente a un monumento sepulcral, teniendo la misma finalidad de guardián de las esfinges, los leones o los toros 48 • La postura echada del monstruo sobre una tum- "Chapa 1993, 185-195 (con la bibliografía). ba dentro de un conjunto arquitectónico podría subrayar este carácter de guardián••. en contraposición con la de un animal caminando, que reflejaría un movimiento, caso del toro andrósopo Aqueloo, que en el mundo griego representaba los ríos y las fuentes. ¡,Tenemos por esto que suponer un cambio del significado de nuestro motivo?
A pesar de estas observaciones quedan algunas objeciones contra esta interpretación tan formal de un caso aislado: cabría Ja posibilidad de que nuestro toro híbrido fuera uno de esos toros monumentales que E. A. Llobregat relacionó con la idea de las aguas 511 • Las posibles ideas asociativas que los iberos pudieran tener en torno a esos temas no nos es posible materializarlas más. si queremos evitar conclusiones fáciles y simplistas 51 • En todo caso el monumento mismo sirvió para destacar al personaje sepultado y a su gens del resto de su sociedad y con tema tan especial e l individuo reflejó su gusto exótico 52 • El contexto perdido -su situación dentro del conjunto de una necrópolis H y su marco topográfico 5 ~hubieran podido decirnos algo sobre este personaje aristocrático y su mundo.
Precisamente estos aspectos iconográficos, religiosos y sociológicos de lo «ibérico» deberán ser matizados en el futuro; y fundamentos para ello existen.
10 Llobregat, E. A.: Toros y agua en los cultos funerarios ibericos, Llobregat.
H Para materiales de una interpretación del motivo del toro véase p. e.
~-1 Véase Almagro-Gorbea, M.: El «paisaje» de las necrópolis ibéricas y su interpretación socíocultural, RStLig, 44. |
LOS MERCENARIOS IBERICOS Y LA CONCEPCION
HISTÓRICA EN A. GARCÍA Y BELLIDO POR FERNANDO QUESADA SANZ
Uni vers idad Autó no ma de Madrid En fechas recientes 1 hemos argumentado una serie de razones por las que creemos que los mercenarios ibéricos que combatieron al servicio de los cartagineses (y ocasionalmente bajo estandarte heleno) en Sicilia y e l Mediterraneo, no ejercieron un papel significativo como agentes de la supuesta (y debatible) «helenización» de Iberia.
No repetiremos aquí un largo discurso ya publicado, pero si resumiremos sus puntos esenciales, sobre los que desarrollaremos otras consideraciones cercanas a la figura y obra de D. Antonio García y Bellido, quien en muchas ocasiones se ocupó de estos mercenarios 2 • A nuestro juicio, para discutir los procesos de «helenización» de Iberia debemos diferenciar una primera fase (desde fines del siglo v1 a.c. has ta c.
237 a.C.), de la época posterior en que Iberia entró en la «Gran Partida» de las luchas entre grandes potencias.
Creemos que durante esa primera fase no fueron muchos los mercenarios reclutados por Cartago en Ibe ria; opinamos además que estas tropas tuvieron pocas oportunidades de impregnarse de la cultura semita y menos aún de la helénica, salvo, quizá. algunos jefes.
En tercer lugar. sostenemos que pocos o muy pocos de los mercenarios reclutados regresaron alguna vez a sus pueblos de origen, bien porque murieron mientras estaban en filas (no necesariamente en combate) o porque se establecieron definitivamente en Sicilia.
En consecuencia, su papel helenizador debió ser escaso o nulo, salvo a thulo individual.
No trataremos ahora de la segunda fase, de características distintas.
En esta ocasión pretendemos insistir en algunas cuestiones relativas al modo en que la inves-1 Ver F. Quesada Sanz.
11Vlas de contacto entre la Magna Grecia e Iberia: la cuestión del mercenariado>1.
Encuentro internarional (<Arqueologia de la Magna Grecia.
Sicilia y la Peninsula Ibérica».
1 Para una bibliografia de los 1rabajos de Garcla y Bellido sobre el problema del mercenariado, cf nota 1. ligación de época de García y Bellido trató los aspectos históricos y arqueológicos del mercenariado, contrastándola con algunos enfoques actuales.
Garcia y Bellido publicó e ntre 1934 y 1974 cerca de una quincena de trabajos (póstumo el último ) sobre los mercenarios ibé ricos. lo que da idea de la importancia que concedía a la cuestión.
Sus co nclusiones, por lo general, se apartan de las ideas que hemos resumido en lineas anteriores; títulos tan expresivos como «Factores que contribuyeron a la helenización de la España prerromana» 3 así lo expresan.
A través de dichos estudios podemos apreciar toda una serie de presupuestos y enfoques de inves tigación q ue conviene analizar.
En primer lugar, sus trabajos iniciales (cuatro entre 1934 y 1939) se insertan dentro de una preocupación investigadora europea más amplia.
A nuestro juicio, no es casualidad que en 1933 y 1935 se publ icaran en fnglaterra los libros, todavía fundamentales, de Parke y Griffith sobre los mercenarios griegos 4, que García y Bellido pudo conocer dada su vocación viajera \ pese a los tiempos difíciles que enseguida vendrían.
En todo caso, la coincidencia muestra La conexión entre la «Historia con adjetivos posesivos» (esto es, de España) y las corrientes europeas imperantes, visible en otros aspectos del trabajo de García y Bellido ~.
Pese al medio ambiente en que s u investigación hubo de desenvolverse, el tono de García y Bellido a l tratar la cuestión de los mercenarios es razonablemente aséptico, sin caer (salvo en momentos co111..:re1us.
Je corte má~ 1 ih: ra rio q uc ideo lógico • ) en la teniat: ión de empicar 1al lema en la exaltación tk lo rada! hispano, en liga: tún con la ideología oficial i111pcran1c en el 11H1111ento •.
Qu Í/Ú..:1 ra~go la lente mús carac1erist ii:o del m1l' ntJO de (iarda y Bellido es lo que podríamos llamar un uop1i1111smo histórit:o-arqucolúgico». en el qU1::-e parte de la base (con ~dcntc o no) de que mc-Jianle una imcst1gac1ón m1nuc1osa de las fu cn1cs. asociadas a los datos arqueológicos relcvantcl>. es posiolc descubrir la «realidad his1órica». cualquiera que és1a sea.
Las dificultades prac1icas y 1córicas Je la investigación. casi siempre ligadas a la calidad y finbilidad de las fuente s. son solventadns con una nolable erudición. una metodología rigurosa para su momento... y ciertas dosis de optimismo sobre la capacidad del razonamiento humano para suplir las deficiencias de la información disponible.
Sin embargo. esn infonnación cs. en nuestro campo de esludio escasa y poco informati va.
Las fucnles 1 iterarías que aluden a mercenarios ibéricos son. aunque en apariencia numerosas. muy poco expresivas.
La mayoría de las veces constan de un nombre dentro de un catálogo de pueblos empleados como 1ropas a sueldo de púnicas o griegos.
Rara vez, junto al nombre aparece una ci fra de efectivos: además. muchos de los textos habitualmen1e citados ni siquiera citan expresamente a mercenarios ibéricos; a veces, la atribución hecha por la investigación actual es verosímil.
De 201 alusiones que hemos espigado. sólo 42 (21 %) se refieren al período anterior a la Segunda Guerra Púnica. y de ellas. al menos una decena no alude directamente a iberos.
Esto hace un total de una treintena larga de menciones en 280 años.
Por otro lado, muchas referencias son encadenadas. esto es, hacen referencia a los mismos contingentes v.
01m aspecto donde el op11mismo conceplllal latente en los años cincucnt::i es más visible es en la cuestión de los dcctivos.
Rara vez los tex1os 1ws proporcionan datos sobre él nümcro de mercenarios reclutados o los cfecti\Os de los ejl! rcitos.
Habrá que esperar a las narraciones de las guc: rras pún icas (nuestra segunda fase). a Polibio y a Lt\ÍO. para contar con cifras mn~ liahles.
Autores como Garcia y Oellido vieron claramente que cierto'> dalos a111 iguos eran invcrosimi les. y propusieron coclicientes reductores rat.onablcs. que en la mayoria de los casos eran, en palabrn del propio Garcia y Bellido. <1aven1urar» cifras 111 • A nueslro modo de ver, aún siendo razonables. e incluso posibles. tales reducciones carecen de cualquier base fiable y metodológicamente son hoy en día muy discutibles_ Incluso para el ejército si racusano de Dionisio el Viejo las cs1imacioncs varían en más del 100 %11 según los autores. que panen de cifras mucho más detallados (Diodoro XIV.47,7; XIV.41. etc.).
Por lo que se refiere a los datos arqueológicos utilizables para «rastrear» el paso de los mercenarios ibéricos en Sicilia e Italia. también los métodos empleados en los años 30-60 resultan hoy en exceso optimistas.
A lo largo de los diversos trabajos publ icados sobre los mercenarios ibéricos (no sólo de García y Bell ido. sino de otras fi guras del pres1 igio de Bosch Gimpera o Blázqucz Martínez) u, se aprecia como di versos elementos de cultura material son considerados como prueba del regreso de mercenarios a Iberia. o de su puso por Italia.
Así. aparecen citados los cálatos ibéricos hallados «cerca de Metauro». una patera argéntea hallada en Urbino,o los broches de cin1urón de garfios de tipo «céltico» hallados en Corcira y Olimpia. estos últimos objeto de bibliografía mucho más reciente. anclada en presupuestos anteriores 11 • Hoy sabemos. sin emba rgo, que los calatos decorados de Italia son lle/.
Es probable que en buctia parte sea n los mismos hombres los bárbaros no especi ficamc nic iberos ci tado~ pc.>r Pla1on c.
En consecuencia. seis chas de 1res autores probablemcnlc se refieren a los mismos cen-1enares -como maximo 2.000 mercenarios.
Ambas cifras son una imposibilidad logística.
muy posteriores a las guerras pliniG1s 1'. mientras que los intentos de adaptar lu cronología de los broches de los santuarios helenos a una teoría preconcebida (por ejemplo. que son ofrendas de los iberos que marcharon a Grecia a mediados del siglo 1v a.C.) chocan hoy con los estudios tipológicos que los fechan al menos un siglo anies.
Es. creemos. oportuno recordar el duro cm•eat lanzado rccicn1emcntc por A. Snodgrass sobre lo que él ha llamado la «falacia positivista>} 1'. consistente en sucumbir a la tentación de tratar de asociar mecánicamente acontecimientos históricos (por ejemplo. asedios) con datos observados en un yacimiento.
Partiendo de la base. compartida con un extraño compañero de viaje, D. Clarke 1 n, de que los datos arqueológicos son datos arqueológicos y no históricos. y además incompletos. ambiguos y complejos.
Snodgrass se muestra en extremo escéptico con estas «bodas forzadas» de datos literarios y arqueológicos 17
• Sin entrar ahora en la discusión de esta postura, no nos cabe duda de que en el caso de los escasos materiales ibéricos hallados en Italia o Grecia, el intento de asociarlos a portadores concretos, como resultado de acciones concretas (batalla de Metauro, de Himera) es en Barcelona.
1 • Y Snodgrass. un arqueólogo clásico de: vieja tradición. no es precisamenle sospechoso de ser un «joven turco» de la Ar-extremo aventurado. y en algunos casos. indus11 demostrablemente erróneo.
Una de las conclusiones de lo que venimos diciendo es que para el investigador actual resulta f'ácil osci lar hacia el otro extremo dd péndulo. cayendo incluso en un cierto escepticismo sobre nuestras posibi 1 idades reales de hacer «Historia (verdadera y absoluta)» en lugar de «una Historia (condicionada por múltiples factores)».
Este escepticismo no cs. creemos. insano.
En cambio. es fücil caer también en un relativismo extremo que lleve a la ambigüedad en las propuestas y a una dejación de la tarea de proponer hipótesis (que a la larga es una de las cosas que hace avanzar una disciplina) en favor de la catalogación de posibilidades a lternativas sin una definición clara de posturas.
En una reciente novela, Claudio Magris escribe que «la ambigüedad es un pretexto de los débiles, para achacar al mundo su incapacidad de discernir, como un daltónico que acusase a la hierba y a las amapolas de tener colores indefinibles>} 1 ~.
Nadie podrá acusar de ello a D. Antonio García y Bellido, cuyas contribuciones en el campo que hemos tratado. como en tantos otros, han resultado fértiles incluso cuando hoy las podamos llegar a creer o demostrar superadas.
queologia, aunque en los últimos años se csre esforzando por la renovación de la «Arqueologia clásica».
De indos modos. para una visión más ponderada de las vehementes propuestas de Snodgr: iss. véase la recensión de/\.
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En 1984, y fruto de un larga serie de reflexiones que habían durado varios años, publicó el Centre de Recherches d'Hisroire Ancienne de la Universidad de Besan~on el primer volumen del lndex Thématique de la Dépendance. encargado a M. Garrido-Hory y con Marcial como sujeto de estudio.
A partir de ese año el mismo centro ha proseguido la tarea iniciada dedicando un par de volúmenes más a la correspondencia de Cicerón para, en cuarto lugar, sacar a la luz el presente libro, consagrado a Tucidides. el primero de los publicados encomendado a un investigador español.
El planteamiento de la obra es el habitual en esta clase ele trabajos: antes que nada, la presentación del lndicc propiamente dicho, que incluye algunas modificaciones con respecto al del último de los previamente aparecidos, resultado de la revisión constante de los contenidos y del continuo repensar de los r.pigrafes de que hace gala el centro de Besanyon.
A continuación, los pasajes que contienen los términos relativos a la dependencia, con las referencias también usuales a los diferentes epígrafes del indice así como con la alusión al estatus dependiente a que apunta el texto (esclavo, liberto, otro tipo de dependiente, incierto); tras ello. la cuantificación de los datos, agrupados en los epígrafes y. por último, el estudio de las informaciones obtenidas.
El panorama que a partir del texto considerado dibuja Plácido de la sociedad griega del tercio final del siglo v a.c. se nos presenta, desde el punto de vista de las formas de dependencia, como correspondiente a un período de transformación, provocado en parte por la propia guerra del Peloponeso, a su vez motivada por las mutaciones que está experimentando la polis clásica.
Plácido destaca el juego que instituye Tucídides entre esclavitud en sentido metafórico douleia, y esclavitud o esclavizamiento real. andrapodismos, y la equiparación entre la primera y el imperio o arche que los atenienses mantienen sobre sus teóricos aliados, necesario por otro lado como medio de evitar, para los atenienses. la douleia, que puede acabar llevándoles a una verdadera esclavización, la cual puede serlo tanto impuesta desde el exterior o, lo que sería más grave, establecida sobre el demos por parte de los clrculos oligárquicos.
Es, pues, por esta inclinación que manifiesta Tucídides por lo que tiende a ser poco preciso en lo que se refiere al estatuto jurídico concreto de los dependientes, con excepción de los hilotas espartanos convenientemente caracterizados como tales si bien, y como consecuencia de la situación de crisis que representa la propia guerra, hay una tendencia tanto a la «privatización» de algunos de estos hi lotas, como a la promoción de parte de los mismos, mediante su paso a brasideos y neodamodeis, respectivamente.
De la misma manera, son poco frecuentes las referencias a las actividades productivas de los dependientes, puesto que suelen aparecer en función de la guerra, siendo numerosas, en cambio, las citas relativas al papel de los esclavos en ella, asi como la variedad decircunstancias posibles; no obstante, el énfasis se pone, como destaca el autor, en los modos de apropiación y control y en el temor por la huida y la traición.
Plácido cómo frente a esa indefinición de estatus hay. por el contrario. una generalización del lenguaje de la esclavitud empicado en el terreno de las relaciones políticas, en la línea a que aludía en un párrafo anterior; precisamente, la aplicación del término douleia con el sentido de esclavitud real al caso mesenio. es decir, un pueblo sometido por otro de forma colectiva, le sirve al autor como una de las piezas claves de su argumentación, puesto que considera que puede equipararse este uso a la utilización metafórica de la expresión por parte de Tucídides, en este otro caso con el sentido de dominio sobre ciudades, equivalente por tanto a una «esclavización» de las mismas; y en relación con ello, destaca el autor cómo Tucídides emplea el mismo lenguaje para referirse tanto al temor de los espartanos a la rebelión de sus hilotas como al de los atenienses a la defección de sus aliados.
Otro de los elementos interesantes, en mi opinión, de la aproximación de Plácido al tema de la dependencia en Tucl• dides es el vínculo que establece entre la guerra, la crisis del sistema esclavista y la quiebra de la solidaridad entre los grupos dominantes de las diferentes poleis; es en estos hechos donde posiblemente se muestra más claramente el carácter traumático que asumió la guerra del Peloponeso.
La polis esclavista, promoviendo la revuelta de esclavos en otras po• /eis, al tiempo que tomaba medidas, en ocasiones drásticas, para evitar que ocurra lo propio en su interior a instancias de los propietarios de esclavos (individual o colectivamente) de las po/eis enemigas, está, en el fondo, liquidando una de las bases de su propia existencia, que se había cimentado, ya desde el alto arcalsmo, sobre la base de un conjunto de equilibrios entre apetencias económicas y de poder, tanto en el plano interno como en el externo.
1 n ddtlllll\J, Pl:i\.1d11prnpurw1r11' la Ha )Ido un gr.in ICteno Jel prof r Rodrigue~ Adrad~ la publu: acmn por \C/ primera de e''a colcce1ón de cuentoi. eró• ttco, p.ncgo>. la11no\ e 1nd10,, pubhcac1on que llena. como el uu1uod\al1.artl\ ~ecb en:.u obra. un' acio en la ÍO\csuga• c1un mundial'obre el 1ema que arranca de la hteratura popu• lar hclcni~uca y que ha pcr\ 1\11do ha:.ta nuci.1ros días.
La colección. bu:n, clcccionada de cuenlos eró1icos.'a pn:1: ed1Ja de un amplio Cl>lud10 que i.mc para encuadrar las nnrrac1oncl>. lo) pun1oi.
1n11adoi. y i.u ~uper\li vencia a través de loi. l>1glul>.
Com1cn111 el au1or un análisis de las tres fuentes del cuen1 0 erótico: fue ntes gri egas. fucn1es latinas y fu entes indias. y de sus 1 nterrclucioncs y pervi vcncias.
A rrnncu e l estudio de la poc• slo del llrlco Arquiluco.
Je lo~ 16pico:. nnii femeninos. de l papcl que pud11: ron jugar lo~ milo' ai::mrioi. para pasar a seña lar la 1nno, ac16n de Grecia en c~te punto concreto y la iniciauva de la'> mujerc) en las fuentci. lattn3\ rcYi:.a brevemente llb colee• c1oncs anon1ma) med1cvalei.. l de Pedro Alfonso.
El Y engnmus y Odón de Cri• ron En c: sda íuenre c:1.am1n:s brevemente cada origen. que son 9 ¡¡rnegal>.
9 l: sttna~ y 8 111d1u Seilala bien F. Rodríguez Adrados. el impacto del cucn10 erótico gncgo en el romano) en el in• dio. y el inílujO de es1e uh1mo en la~ namic1ones medievales. y la~ apor1ac1onc> de Mc..opo1.1m11 y de Irán sobre el panicular Loi. cuento) cró11co~ eonoc1do' on escasos.
Arrancan de la l11cra1ur1 helcn1s1tca. pero pueden hundir ~us raíces en épocu anlcnorc~ E tud11 el au1or de1cmdamcn1e el papel importanle desempeñado por los clmcos. que desprestigiaron ya a Ale-Jlndro Magno, con una cri1tca a la sociedad, con su libenad en la p; ilabra y con el uso de anuguas narnc1ones.
Son dignos de señalar do~ punto~ 1mponantes indicados por el autor: la cre1c1on de la epíca animal y el 1nílujo de los cuentos eróli• cos en lo hbros del Buen Amor. dtl Lazarino y el Qu1j o1e
En resumen. el libro del pror F. Rodríguez Adrados llena un voclo en la inves11gac16n y:.e ~cñala bien el impacto de un gé nero literario que arranca de la literatura helenística y que llega hasta nuestros dfas.
Los cuentos están traducidos por el auror en un estilo chispeante y vivo.
Los dibujos de gran ca• lidad artlstica, debidos a un buen humorista. contribuye n a hacer la lcciura mucho més agradable.
1.1 anunc111 Je la ••1hc1bn. a cargo del profowr Ciarcia y llcllidu, w \clll 11ivartahk y con1 inua men1c po.~t• c•c•1/ic/11 de lu up11~t il l a.. en prcn~au,,¡n que la obra lcrminara de \Cr In lu1 (.'uundo en fedrn 1mh rcc1c n1e un trabajo sohrc el emperador julrnno dc, plu1t'I al Álhum Vive, de "u luchada ocla~a pl.ua. lo' m:h pe,1m1 'rn' ricn, amo' que habría de pa-!>ar mucho ucmpo hu,1.1 que pud1érnmo''er la publicación ocupando lo) anaquclc' Je n11c'"a' b1blto1cca\ A ron u nada• mcn1e no' cqut\OC: amo') el ltbro acaba de ~ltr a la calle.
La recop1lac1ón de C'le material ¡;rafico di!>perso en vana~ colccc1one' para,u publt.:ac1ón era uno de los proycc1os del pmfc, or Bclltdo que U prcma1ura mucrrc ) pthtblemi.:nte inrnnclu'o habria quedado de no ha• bcr "do re, ca1.ido) lle\ ado 1 buen 1crm1110 por su hiJa Ello. " por un lado puede lle' ar.¡ lo' que nn 1cnemos hijo5 dedt• cadu' a C\IC mcnc,1cr a temer por el fu1uro de nuestros qucn• do) proyec1os " un d11 e \en 1ntcrrump1do:.. no ya por el tajO 111c11orable de la Muira''"o por cualquier otra evcnrua• ltdad. al menM en C!>IC ca'o concreto 00) llc\3 a fdicnarno' Y ltl prov1denc11I ha \Ido que el profe.. or Bellido tuviera en!>U h1Ja una digna con1tnuadora de ) U emp~sa. no menos lo "el que \C haya obtemdo el pa1roc1mo de la Fun<!ación Ba• nc~to pocoi. mci.c) anrci. de su cxttnctón. pue,. el Album V1• ~es ha "do la üh1ma obra de este genero que dicha insti1u• c16n ha \ubvcn-c1onado en w cona andadura.
El grueso del volumen lo constlluycn 352 láminas que agru• pan 902 objeto~. fu ncfomen111lmen1e de bronce, pero 1ambién de oro y platu. que cronoló¡;icamcnic obarcan desde el Campani forme hflS!O In epoca nuzarl, y geográficamente, la prác-1ica 101a lid11d del 1erritorio ci.poilol.
Alg unas piezas. las ma~ notables como e l jarro rodio de Grnnndo. la cora1.a de Cala• ce11c o el cuchillo de Lunc1a, eran ya conocida~ a través de la b1bhografia al ui.o. pero la mayor p; inc del material permnnccia has1a la fecha 111cd110 A e~te'alor de novedad unen muchos de los Objeto\ ahora publtcados el de conocerse su procedencia Incluso p1eLa!> ya editada:. como de origen tn• cu: no cncucn1ran ahora u lu&ar de hallugo exacto; tal es el caso. por CJemplo. de una arracada de oro procedente de Carmona (741 ). donde C)IC ttpo de orícbrcria no se babia docu• mentado ha!>ta la íccha Oiros obJe•os como el felino de la HSA (429.
430) cobran 1ntc~~ a la lul de recientes hallazgos como los bronces del Torrejón de Abajo: conjuntos homogé-neo~ del upo de los a1uarcs romanos de penmten. inclu o. soi.pech: ir la ex1stenc1a de yacimientos más o mcnoi. ampltos y ha~1a la rechti de conocidos. etc.
A la pre entac1ón de este interesante ma1eñal acompaña un cat61ogo dcscnptho uu el que )C avcngua una ardua la• bor de documentación por vano muscos y colecciones na-c1onale y cx1ranjcros Tal \-e7 e echa de menos en él la tn• corporación de la btbltografia especifica rcíerenle a cada una de las p1c1as pubhcadas. pero seguramente ello habría retra• bado de forma no deseable la edición del libro.
Algunos pequcilos lap.rns en la claslficac16n (ílbulas 662 y 663, de tipo Accbuchal y Sung11is11ga o navictlla respectivamente) se jus• tifi can por la amplitud cronológica y cultural del repertorio. y no desmerecen el conj\lnt o de una obra cuya fi nalidad fun• damc ntal es dar a conocer un notablllsimo grupo de bronces y joyas de l que todos hablamos oldo hablar. pero del que nunca hablamos podido dispone r de forma cómoda. l.a cdiciún sc complcmc: nta con un prólogo en cl 4u.: j u111u a un hr.:\ c p.:rfil biogrútíco.:íian lo' a\'atar.:, qu.: su frii> la cokel: ión ( lt1s obj.:tos y las lúmi-IHI >) desde que, c formú ha, ta 4uc >I! tJi, grcgú cn di\.:r>tb muscos y i.:olcccio111:s. La narración de todo c:I fH•Kcso en d que i111.:rvic: ron de, tal•ada, per, lllWlida de la' ida i: uhural cspaii1)la s 1k siglo. p.:rmih:.:vol•ar d.: fo rmu;11fü•1rn di versos aspc: clo!> d.: aquella época en 4ue la Arquc1)logia olii:i:1 I daha sus primeros pasos <' n nuestro país.
En sunw y;1unque con déi: adas de: ju,1i lii.:aJo n: tra"l• ho y poderno, contar e1lll la publicai: ión bien si,1emat1/.ad;1 tic una de las cokccion.:s «histórica'" J.: la Arqu.:ologi<1 e'pañola.
Con.:lla:,e cumplen sobradam.:nte los objcti' o'que: se plantl•an al abnrdar un trabaj11 dc este tipo: <li\'lllgar el Patrimonio l li stúrico y sistcmati zar dato' con lo, quc argumentar el <lcbat.: científico.
Un último apunte sobre un pequcño error únkamente ad1acabk a Vives o. tal ve/., a sus informadores y que yo no puedo l'incial Coinag<'.
Desde la gran obra de Antonio Vives sobre La Moneda Hi.vpú11ic(I. editada en 1926. no se había vuelto a hacer una recopilación fotográfica de todo el material numismático. pues aunque el espléndido trabaj o Mo111111wnta Li11K11arnm Hispa-11iC"aru111 de J. Unterman n de 1975 recog ía. estudiaba y discutía con gran minuciosidad toda la moneda con escritura ibcrica. no se ilustraban con fotogralia si110 aquellas piezas con variantes epigráficas. amén de excluirse las cecas que no usaran la escritura ibérica.
La necesidad de un nue vo corpm después de tas muchas novedades de los últimos años era imperiosa y sólo Leandre Villaronga podía ll evarla a cabo.
Su profundo conocimicnlll 1.k la ntuncda hispana, más el gran lichcro que durante sus cuarenta años de acti vidad científica ha ido confeccionando con todas las piezas o fotografias de monedas llegadas a sus manos, ha hecho factible la elaboración de esta obra.
Los objetivos básicos que el autor se ha planteado en este corpus han sido la compilación de todos los tipos monctalcs y su sistematización cronológica.
Villaronga ha introducido en los grandes grupos monetales en que ha divido nuestras emisiones, todas las novedades, algunas de ellas de inmensa importancia por su trascendencia histórica.
Especialmente valiosas son las nuevas leyendas de dracmas de imitación, la de un municipio en Aipora y los broncecitos de cabeza femenina gateada/coraza (p.
406) aparecidos «en un campamento» en Mcgibar, Jaén, junto a los otros broncecitos cartagineses de casco. es decir y aunque el autor no lo diga, muy posiblemente se trata de nuevas monedas cartaginesas.
Las novedades son muy numerossas y Villaronga no ha hecho de momento sino darlas a conocer. ofreciendo su estudio a los investigadores.
He echado de menos la inclusión de algunas emisiones como por ejemplo la de la ciudad de Tagilit (Almería), identificada por C. Alfaro (AEspA 1993 ) gracias a la correcta lectura de la leyenda púnica y con epígrafes latinos que la confirman como res publica Tagi/itana. y el bronce de M(etalla) OR(etani) procedente de excavación y publicado por Dom.:rgue.,obre e l 4uc yo m;b tarde in,•i<li ti/ S1111¡11"' S 11mis111ct1ic de Barcdona. l 97XJ. bel tc, tim111110 mú:-. antiguo de mo neda c'pecíticamcntc m inera cn todo el mundo romano. nwneJa, 4uc "ilo se hari1n hahitualc, en el tiempo de 111, Ant1111ino:-.
1: 1 ~cgunJo objctl\'ll. una crnnnlogia total y coherente para t,1da la: inH111cJación hispana. es a mi j uic io de 111om.:nto impo, ibk.
Pa ra la lkui:a. el autur parc,•c hat>cr scguido tic cer también sus ventajas. como la de colocar Arsa en Badajoz, ubicación quc todos los nurnismatas del siglo xx habían abandonado, él incluido. situándola entrc lo s libiofenicios de Cá<liz.
Ambas inccrti<lumbrcs. cronológicas y geográficas. dehcn tencrsc mu y en cucnta c uando'e maneje el libro. pues Villarunga da la impresión de q ue poseemos dat os seguro' para datar y rcducir las.:mtswnes y la, cecas. cosa que. desgraciadamente. no es del todo cicna.
S in ninguna duda. en mnbas i: uest ioncs habran dc s.:r los datos: m1ucológicos lo~ quc tengan la ult ima palabra.
En la intro<lucdón avisa e l autor sobre la parquedad a la hora de dar bibliografía pertinente en cada caso: sc trata de un ('l}r¡ms donde las referencias únicas son a Delgado.
Jenkis y a su propio libro de 1979, excepto en aquellos casos de publicaciones monográficas sobre cecas concretas.
Es sin embargo extraño que tratándose básicamente de la moneda en escritura ibérica no haya utilizado los Mo1111-111~111a Li11~11C11w11 /-/üp1111icaru111 de J. Untermann. do nde la mayo ría de las cecas -toda s la s que e$c ríben en ibéricocstán estudiadas dt: manera exhaustiva. con cronologías y lot: alizaciones disrntidas y fijadas por hallazgos. etimologías. fucntes literarias. cte. Una referencia a este gran nir1111s de 1975 hubiera facilitado sobremanera el trabajo del lector a la horu de encontrar los datos eicnti tic os sob(C las piezas. porque eso es lo que falta en la obra de Villaronga, el estado <le la cut: stión. la discusión que justifique sus planteamientos.
Por ejemplo. en Cástulo ha introducido entre las series ibericas, y e n contra de lo que conocemos de su amonedación y de la opinión de todos los investigadores que sobre ella han trabajado, dos se ries diferentes que e l convierte en una sola -llama ases y scmises-a pesar de que una es bilingüe y la otra latina.
Es de imaginar que esta «interrupción)) se hace exclusivamente por cuestiones metrológicas sin tener en cuenta el resto de los argumentos numismáticos habituales: la emisión bilingüe y la de Soced nunca aparecen en los depósitos con la mo neda ibcrica. ambas muestra n una latinización que es continuada e n las emisiones latinas del siglo primero, etc. Es mucho más coherente convertir en dupondios las monedas de Soced y situarlas a mediados del siglo 1 a.c. También ha decidido po ner como correlati vas las series con creciente y con mano sin discutir el problema de los hallazgos, por ejemplo el de La Loba, donde aparecen j untas, cuños de los mismos modelos. una y otra.
El problema mayor es que esta ordenación no se explica, no se justifica, no se discute.
Es el caso también de sekobifikes y SEGOBRIGA, emisiones que presenta como de distinias cecas, adjudicadas las primeras (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
(p 291) a una ceca en el l't1r:11ón de Celtibena, seg:ün es ya aceptado entre 'o' numbmatas. y las segundas a Contrcbia C'árbica (p 2841 como em1,,1ón contigua a la que en ibérico e,,cribia Átmfé•hcJfom fol'hi/..u. ciudad que el auior. posiblemente, jgu1cndo la opinión de 'o" excavadore:.. identifica con FO!>PS de O: iyuna l:.~t:i 1ajan1e di"ecc1ón es sin duda conílictiva y debcria haberse d1scu11do. pero el autor ha borrado ya Scgobriga de los Indices y ) U> monedas aparecen entre las de C: on1rebta Cárbica.
El auwr ha preferido a lo largo de la obra expresar tan sólo su opinión sobre el conjunio de la moneda ibérica. l!
Xcluyendo muchas de las propuestas ajenas hoy vá-lida~ o ul meno!> di~cuiible~. y éste es a mi juicio uno de los problemas mayores de la obra: el lector no sabrá nunca sobre que se basa el autor para sus apreciaciones. cuándo lo expresado es opinión de otros especialistas compart ida por él. o cuándo se trata tan ~olo de su opinión.
Un somero planteamiento sobre hipótesis encontradas. o una bibliografia mas amplia y discu1ida hubieran enriquecido sin ninguna duda la obra.
Vi:ámos ahora el tema de la metrología. argumento esencial. yo diría que exclusivo para el autor. a la hora de dar cronologias.
Vtllaronga es sin ninguna duda el científico español que má!> aponac1onc:. ha hecho a la metrologia monetal, y con ello a la posibilidad, cuando faltan los datos arqueológicos. de una datación absoluta. lo que a su vez revierte en beneficio, entre otras ciencias. de la propia Arqueología.
Con esas base~ ha conformado un gran panal cronológico donde ha ido incluyendo cecas y series.
El autor advierte en la Introducción que este entramado es más fino del que la moneda, hoy por hoy, permite y que habrá de corregirse en mucnos casos.
Efectivamente, es seguro que muchas piezas beticas datadas en la primera mitad del siglo 11. por su alto peso y gran módulo sean dupondios y no ases. o se trate no de moneda romana sino de un sistema metrológico diferente. lo que afecta sustancialmente su datación.
Veamos dos ejemplos ademas del de Cástulo ya comentado.
El primero lo sacaba a colación A. M. Faria en su recieme reseña a este trabajo -Vipa.1•co 3.
Una moneda de Imperatoria Salacia {Vives 84.9) ha sido acuñada de nuevo por la ceca de Baesuri (p.
Es indiscutible que Salacia recibe el nombre de Imperatoria a mediados del siglo 1 a.c. y que por tanto la emisión de Bacsuri no puede ser anterior a esas fechas, de finale s del siglo 11 como qu iere el autor.
En el segundo caso se trata de las monedas de AIPORA. en una de las cuales Villaronga Ice MYN AI PORA y fecha la emisión. por s us 19.90 gr. en la primera mitad del siglo 11 a.c. Si realmente, como parece por la fotografia. el epígrafe constata un municipio, es imposible que la emisión sea de esas fechas. sino posterior en un siglo. como muy pronto.
La importancia del tema hubiera merecido un comentario por la constatación de un nuevo municipio. sobre todo si fuera del siglo 11 a.c. como el autor propone.
El dato es importaniisimo y dado el estatus, los tipos y el unico hallazgo constatado en Badajoz. debe tratarse. no de la Eburo cerio/is de cerca de Sanlúcar de Barrameda, sino de Eporafoederatorum. hoy Montoro (Córdoba} mencionada en inscripciones como res publica y m11niciplum -cf.
Tabula lmperii Romanl, hoja J-30, C.S.l.C.. en pren~a.
Estos son tan solo dos ejemplos claros que sirven metodologicamente para invalidar la homologación mayor peso911ayor antigüedad.
Desgraciadamente un baremo tan cómodo hubiera sido util pero hoy sabemos que es falso.
El propio Villaronga, Collentes y yo misma hemos insistido ultimamente en la existencia de una metrología púnica en el sur peninsular, mas extendida de lo que creiamos y coc1ánc11 a la romana y a la de 01 ras culturas indigenas. mc-trologia\ cuyos valores y precisiones cronológicas conocemos mucho peor S1 esta\ pic73~ de Aipora fuesen dupondios romanos podrían fcc har:.c en el:.1glo l. intluso más hien en epoca de Augusto dado l>U C:o.latu:o. municipal y el peso de 10 gr confo: rido entonce:. a lo:. ases.
Estos ciiados son sólo unos ejemplos de loi. errores a lo:. que la metrología puede induci rno~ cuando su~ dato~ ~e valoran en exclusivo.
Respecto al tn1amicnto de las cuestiones epigráficas.
Vt• llaronga ha tlcd kado un gran csfucno a la compilación detallada de 1op ónimo~. étnico~ y nombres de magistrados.
Unos espléndidos indi ce~ separan la~ leyendas latinas de 01ras ibé• neas. púnicas. etc.• y las de anverso de reverso.
Pero las trans• cri pciones en si mismas cstan poco cuidadas. cf. por ej. pp. 445-464.
Las griegas escrita~ en la1 ín. sin que comprendamos la ratón dada la vulgaridad hoy de esa tipografía en cual• qu ier imprenta. y si no presentarlas en dibujo corno se ha hecho con ibéricas y púnicas.
Mas aún, en la trascripción no se han dislinguido ni siqutera largas de breves y vuelve a c~cri birse aqui. como en otros N>rpnru recientes.
EMPORJTON. sin aislar los dos sonidos de la o, el uJtimo una omega indicativa de los gcniuvos plurales y cuestión importante para distinguir topónimos de étnicos.
En las trascripcíoncs del ibénco no se han marcado distinciones entre los dos sonidos des y de r, fonemas claramente diferentes que necesitan de grafias distintas en todas las trascripciones.
Si no se dispone de tipografia adecuada pueden usarse otros distintivos, como el j uego de minüsculas y mayüsculas. las marcas co•n subraya• do, etc.. pero de ninguna manera deben confundirse dos sonidos y dos grafias nitidamente diferenciados por sus usuarios.
Son éstos, detalles de edición que, dada la categoría de corpus de referencia que la obra ha de tener. pueden viciar los hábitos numismáticos de trascripción de leyendas, bastante correctos por otra parte en los últimos tiempos.
Y sin embargo. hay que agradecer a Vitlaronga que no haya confundido, como se está haciendo habitual en terminología nu• mismática. los términos «étnico» y «topónimo•>.
Un serio problema, sin duda culpa de todos nosotros. es el hecho de que Villaronga haya mantenido a rajatabla el térmi• no libiofenicio como distin1ivo de un grupo de cecas y de un territorio, cecas 1enidas por todos hace tiempo como neoplinicas sin más, pero a las que por nostalgia histori ográfica seguimos llamando l(libiofcnicias».
Villaronga ha abierto sin embargo un listado específico de leyendas libiofenicias. sin entrecomillar, a las que en los mapas (p.
505) incluye en el territorio del s ur peninsular exclusivamente.
Hoy sabemos. y él ha sido uno de los defensores para el caso de Turrirecina. que en Badajoz debían hallarse ésta y Arsa -nueva localización defendida por mi hace poco, Anos 1992-.
Tagilis en Almerla -defendida por C. Alfaro como ya he mencionado-, amén de en Sevilla Olontigi e huci como sabíamos desde tiempos de Zobel.•Las áreas marcadas en ese mapa no son tan nítidas como el autor muestra.
En todas ellas hay mezclas de las demás. habiendo sido más exacto denominar como mixta toda la futura Bélica.
Sí merece la pena constatar que el autor ha sacado aqul Baicipo de entre las c<libiofenieias» donde la inclula en 1979, pues efectivamente, como ya indicamos. tiene sólo leyenda latina.
Unos espléndidos Indices. necesidad valorada como lujo por la mayor parte de los autores peninsulares, coronan la obra: repertorio de eplgrafes con dibujo de aquéllos que no son latinos, indices de leyendas, de tipos, de símbolos, todo ello especificado en anverso y reverso. amén de un listado de monedas de rnkco.:ioncs públicas. llubiera ~ido de desear una correspondencia con las laminas del Vives. corpus citado en toda nuestra bibliografía desde 1926. y 01ra co n los Mo1111111e11tu de Untermann.
Es posible que el A. Ja pueda proporcionar a postcriori. liado que todo ello está c()nfecdonado con ordenador.
A los indices s e adjunta un manojo de mapas con las Jocalizacionc:s de: lao ceca~ (pp. 505-510).
En ellos la división entre las provincias 11lteri11r y dteri11r se ha hecho segú n una linea errónea que en paralelo con Ja costa cantábrica divide por gala en dos mitades Ja Península, y a,i vemos in c luidas en la ulterior lllicí y C'artagonova (pp. 507-509). cuando en realidad la citeriur se extendía hasta la propia Baria en Almeria.
En la primera pagina del libro se ha presentado e l li stado de coleccionistas a quienes agradece el autor su colaboración, y entre ellos nos encomramos muchos investigadores que no somos coleccionistas siendo. para algunos que desempeñan puestos oficiales como conservadores de museos, un lapsus poco afortunado.
El libro. como he dicho, es un espléndido ('Orpus que co11liene toda Ja información tipológica sobre el conjunto de nucsl ra numismática republicana, imprescindible para cualquier estudio de la antigüedad y por ello «manual» de toda biblioteca pública y privada que se dedique a esos lemas.
Si la ciencia numismática era deudora ya de Villaronga. este corpus no hace sino acrecentar nuestra dependencia de sus trabajos científicos.
Los 1ratados de agrrme~ura son la clave para la elaboración de:>U monografia pero ~in por ello olvidar los datoi. aportados por otra!> fuente:. tan10 literarias (Apiano.
Tito Livio. etc.) como juridiC3!> ( Digci.to de Justiniano l. paplroló-gica~ y epigráficas (catastro de Omngc.
11: rmini a11g11stull'.1'. etc.). que le sirven para corroborar y completar lo ya expuesto por los agrimensores.
Los llm11es cronológicos que el autor ha impuesto a su trabajo obedecen a dos hechos muy claros: arranca en el siglo 11 a.C. debid1) a que la confección de archivos comenzó en los oños que siguieron a la segunda guerra púnica y se convinió en algo habitunl a principio~ del Imperio, y concluye con los Falvios ya que existe una continuidad desde lo~ Gracos hasta los Flavios en lo referente al con1 rol de la superficie cultivable.
Moatti entiende su libro como 11una especie de dossier preliminar destinado a la vez 11 presentar una puesta al dia y a formular cuestiones nuevas y a que suscite otras investigaciones o slntesis» (p.
Es importante no olvidar la intencionalidad del autor a la hora de adentrarnos en su monogra• fia. si no queremos quedar decepcionados al no corresponderse los resultados que podríamos esperar de un libro que para nosotros tiene un 1itulo tan novedoso y atractivo con los que realmente se obtienen.
Más que resolver lo que hace Montti es plantear interrogantes y posibles vias de resolución en temas como la naturale.la de los archivos imperiales (Tuh11/a-ri11m pri11cipi.~.
Tuhulurium provi11ciue,I' Tub11/uriu111 coluniae); los mecanismos de control del uger p11hlit1Lf aún no cultivado; la nonnalidad de la practica de confeccionar la/urmu tras cada operación de asignación: el aspecto jurídico y poli• tico de la /ex agraria. etc.
El libro está formado por cinco capítulos además de una breve introducción y conclusión.
El proceso administrativo que tiene como resultado la definitiva instalación de los colonos en sus lotes de iicrra y los trámites burocráticos que dan fe del mismo es el lema de los cuatro primeros capítulos.
El primero se centra en la /ex agraria que sancionaba la posterior asignación colonial y en el reclutamiento e instalación de los beneficiados con un lote de tierra (aúscriptio y adsignatiu); el segundo y el tercero tratan sobre la.forma y los otros instrumenta publica (libri aeris o commMtarii. lihri subsecivorum, líbri beneficiorom. libt!/11, /ex co/oniae) que quedaban como prueba jurídica y administrativa de todo el proceso y a los que se recurría para resolver las c: ontroversiae agmrum e informase sobre la superficie ocupada y la que aün podia ser asignada; el cuarto capítulo estli dedicado a los archivos en los que se guardaban los documentos anteriomente mencionados, redactados por duplicado para que quedase constancia del acto administrativo de la asignación tanto en Roma como en la comunidad en cuyo territorio había tenido lugar.
El ultimo capitulo se ocupa de los archivos del ager publícus a través de los que se podían conocer las tierras aún vacantes y de la (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Consta 1ambicn c l lihro de indices anali1 icos de 111n1crias. nombres personales, 1rnmbrc,, gcográlico:. y fuen1c~ que permiten un accl!!>O más directo y sclcc1ivo a los dato:.. lln lo referente al lema.;,, un libro no\'cdoso y recom.:m.lablc para iodo aquél que 1.:nga la 1111cnc1ón de ade n1rar"'e en el u"" 1111'11.wiria como ciencia de la ord.:nación 1crri1orial y 1r:11c de dar rc!>puc,,1as a los intcrrogan1c,, que Moaui no!> plamea a lo largo d.: toda su obra.
Reúne el presente volumen la~ acial> del congreso que. con ese 1itulo. se celebró en Tri cstc en el año 19R7.
En el mbmo se publican vcin1ici neo comun icaciones seguidas de una sin• tesis y de unas conclusione~ gencrnlcs. referidas. en la mayor parte de los casos. a las re~iones augusteas X ( Veneiia) y XI ( Tra11spadu11a), es decir a la lialia sepicntrional al norte del rio Po.
Dentro de este marco global los tc: mas abordados son abundanres y aqui aludiré tan sólo:i algu nas cuestiones de con; unto.
Así destacaré el trnbajo de P. Uros. en el que se compara la política de cons1rucciones de foros en Italia, y en las provincias de Galia Narbonense y en la Tarraconense. haciendo hincapié en las diferencias de ritmo en estas dos úllimas con respecro a la primera.
De carácter general es el articulo de Zorzctli sobre la cul-1urn romana de época republicana y su incidencia en las artes y las letras: y acerca de los progresos de la latinidad en el ámbi10 céltico y vé neto de la l1alia del Norte versa el trabajo de Grilli.
El proceso de formación del mundo urbano del territorio de las futuras regiones X y XI durante el periodo republicano lo acome1e Bandell i. mientras que Strazzulla Ruscono y Rossignaoi tratan, respec1ivamente. sobre la edilicia templaria y los edificios públicos de la llalia sep1en1rional duranre la República.
Pasando a casos más concretos.
Rosada analiza las murallas, los arcos y las puertas de la regio X y Verzar-Bass hace lo propio con los teatro:. de la Italia del None.
Por su parle Tassaux, a panir de la eprgrafia y de la prosopogralia, realiza un completo estudio sobre las élites istria.s en el Alto Imperio, al tiempo que Zacearía, haciendo uso asimismo de la epig. rafia, se centra en la polltica edil icia en ambas regiones en época imperial estrechamente vinculada a la$ élites locales y a sus tendencias cvcrgéticas, asunto al que también se refiere la in1ervención de Frézouls, que es capaz de dí stinguir no1ables diferencias e n este tipo de comportamientos entre una regio y otra.
C'olfrgia. en ei. tc cni.c> et di! lo' /ahri. lo, ( 1•111111111n/ y lo' denclmphuri en la,.. rc'u liando el gran pre, tigio d..: que ¡;0111han..:n cll:". i.icmlo particulanm:111c rc!>eriahle el ejemplo de Urc.. c1a 1 1 r..:~to de l volumen ~e dedica u c:.tud1os generak" o cone rcllh de l.'1Udad.:,: trn:. una panonimira con,,agrada a la, l' iu-daJc, rmnan:i:. del Piamontc ~ep1c11tnonal (lvrca.
en U 111car-(iecJ. en ínc>IC (Ma~i: lli Sc1l! lil y en lo, foro: de Vcronn tCavalicri Mana:.:-..:l y de Ne,:i1.io y Pola tMatija-s1c).
Finalnwnic. d ca'o (k Vken1.a es.:kgtdo por Cracco Ruggini para rcallnir un un: ili:.b d.: «historia 10-1at" de tu ciudad y ~u región cn1rc el ~1glt1 11 a.c. y el \'I d.C. t:n'u ru¡1¡111r1 d<• ":1•111hio, \I! rierrc Grnh dcMaca como uno ele lo' cxi\O) de la reunión Je Tric:.le el haber podido eonjugarudccuadamemc la, exigencias de la presentación dc:l mat.:rial arqueológico y las de la reílc"<ión his1órica: igualm..:nte subraya..:1 dc)arrollo de la topogralla históricu como mé1odo di;:..::-tudio de la ciudad aniigua. rcconoi: iJamcntc una.:n1idad dinámica. fl or lin Torclli. en, us conc lu~ione~. recalca de todo el conjunto de in tervenciones lo que a su juicio son los tres grandes temas abordados: la polco-génesis o naeimit: nlo de la forma urbana. la organización del cspacio urbano y el papel dd evergetismo e n estos ámbitos scp1cn 1 rionale~ de la anrigua lwlia.
Por consiguien1e, sólo nos resta señalar que este volumen se si11ia dentro de una nueva aproximación a la ciudad antigua en general y romana en panicular carac1erizada. precisamente. por la consideración de la misma como un ente dinámico y no sólo como un cOOJUllto 1. k monumentos; es decir, por d "a' o d.: una perspcctivu c:.t rictamcntc ma1erial y centrada en la dci.cripciún desde un punto de vii.1a esti lístico o arquilec1(111ico de sus monumentos mth representat ivos. a tllru claramente histórica. en la que la ciudad )\!manifiesta como el lugar en el que se afirma buena parte de los rasgos característicos ele la vida en la Antigüedad, Jt: la que tales monumentos y e lementos materiales no son más que su tradución en piedra.
Rcílejo de esta imponancia que los estudios sobre la cíudad romana es1án adquiriendo puede ser. por ejemplo. el tema fundamental del recicntemcn1c celebrado (Tarragona. sepriembre de 1993) XVI II Congreso Internacional de arqueología clásica, que no ha sido otro que la Ciudad e11 el M11ndt1 Romano.
El Congreso de Tries1e aquí reseñado cs. pues. un ejemplo a seguir para el e~1 udio de la ciudad romana. que 1icne 1anto más scnrido euan10 que ~e circunscribe a un ámbiio geografico concreto, ab~olutamenle necesario para integr; ir la ciudad en su contexto tcrri1orial. algo de todo punto inexcusable e n cualqu ier 1ratamie11to de la forma urbana en el mundo antiguo.
Los investigadores franceses han sido los pioneros en el estudio de los mosaicos y han logrado g~neralizar este estu• dio.
M. Blanchard-Leméc a quien se debe es1e volumen, es de sobra conocida en el campo internacional por sus estudios sobre los mosaicos y siempre se ha dis1inguido por la alta calidad de sus trabajos.
La deM: ripción de lo~ mosaicti, sigue el prototipo de otro' ~ol ú1m: nes: una descripción breve y minuciosa del pavimento. de, u estado de conservación y de la bibliografia exhaustiva tk cada uno. señalando los paralelos y encuadrando d 111osairn dentro del lugar del hallazgo. siempre que ello ha sido pt)siblc.
M. Blanchard Lemée demuestra un conocimiento y domin io total del tema. que facilitara mucho el estudio de los mosaicos para otros investigadores. pues. muchos motivos geométricos de estos mosaicos lioneses se re piten en los pavimentos hispanos. lo que plantea ciertos problemas sobre la difusión de los motivos representados en los mosaicos.
temas de moda que se ex1cndian por amplias regiones del Imperio. ¡,viajaban mu~ivarios que rcctlrrian varias provincias. o se usaban'"'P.1•-ho11ks'> Las re laciones entre la Gallia e Hispania siempre fueron frecuentes.
Se ha dado a menudo como caracteristica artistica de los mosaicos hispanos. de extensa~ arcas dd 1crriioriu. e l norte desde la ac1ual provincia de Na• varra. ambas Casti ll a~. hasta la capita l de Lusitania.
Augusta Emcrita. la preferencia por el mosaico adornado con temas geométricos, pero c>ta tendencia se observa igualmente en lo> pavimentos de la Ga ll ia.
Al final del prese nte vólum.:n se estudian también los mosaicos medievales.
En resumen. el libro de M. 131anchard-Lemée es una excelente aponación al estudio de los mosaicos de una zona de la provincia lionesa. |
información, pero se pueden establecer algunas hipótesis sobre el uso que de la escritura hicieron distintos grupos sociales en el área no indoeuropea de la Península.
En el mundo tartesio la escritura alcanzó escasa difusión, y además la aristocracia no desarrolló usos simbólicos, a diferencia de otras aristocracias mediterráneas.
El S.O. depende de las prácticas tartesias, pero innova al desarrollar una epigrafía sepulcral propia.
El mundo ibérico presenta una gran complejidad; algunas áreas no van más allá que los tartesios, pero existe un estamento básicamente dedicado al comercio que desarrolla un uso activo y variado de la escritura.
1 La primera versión de este texto correspondió a una conferencia en los cursos de la Universidad Complutense en El Escorial, durante el verano de 1990.
Una versión más breve de algunas de las cuestiones aquí tratadas pero relativa también al área indoeuropea, en inglés, se publicará en «Paleohispanic Societies and Writing», 11 Coloquio internacional Arqueología Hoje, Faro.
La investigación en que se basan ambas publicaciones ha sido financiada por la Dirección General de Investigación Científica y Técnica (Proyectos PB87-0670 y PB90-0623 ).
La historia de la cs1: rituru en la Península Ibérica en la antigüedad puede ser abordada desde muy diversos puntos de vista. desde los pura mentes técnicos, como los recursos y los sistemas grafcmáticos o los aspectos paleográficos, pasando por cuestiones epigráficas más o menos relacionadas con d contenido de los textos y su forma lingüística, hasta problemas que llegan a inscribirse más bien en la historia de la cultura en sentido amplio, como pueden ser la función de la escritura en una sociedad dada y sus relaciones con la vida de esa soc iedad en sus diversos aspectos. culturales. políticos, sociales y económicos.
En lo que sigue voy a intentar dar un cuadro de las escrituras paleohispánicas desde estos puntos de vista citados en último lugar.
Pero antes de abordar el tema debo empezar por hacer dos observaciones previas.
Para tratar adecuadamente las cuestiones que voy a suscitar es necesario tener resueltos previamente varios problemas de tipo más o menos técnico; en lo que sigue utilizaré, por lo tanto, los resultados de investigaciones anteriores que sería enojoso. e imposible por razones de tiempo. exponer aquí de forma adecuada, y que resumiré brevemente mencionando sólo en los términos más escuetos su grado de seguridad o su posición en el estado actual de las cuestiones.
Además, y ésta es la segunda observación, debo advertir que la información de que disponemos por el momento para afrontar las cuestiones de que vamos a ocuparnos es muy insuficiente, a pesar de la continua publicación de descubrimientos significativos que contribuyen a su conocimiento, por lo que las conclusiones a las que he llegado deben ser consideradas fundamentalmente como hipótesis de trabajo racionalmente construidas sobre los datos disponibles en la Península Ibérica y la comparación con lo que sabemos de cuestiones equivalentes en otras zonas del Mediterráneo antiguo, pero en modo alguno como resultados firmes y definitivos; valga esta advertencia previa para evitar en lo que sigue una reiterada y enfadosa sucesión de matizaciones y de expresiones de duda.
La escritura nació en la Península Ibérica, de acuerdo con la generalidad de los investigadores, en el contexto de la cultura tartesia de la Baja Andalucía, en fechas dificilmente precisables pero que en todo caso no descienden del siglo VII a.
C. ya que para entonces existen testimonios materiales indiscutibles de su existencia 2 • Más problemático es su origen.
Personalmente estoy convencido de que la primera escritura propiamente hispánica nació como adaptación de la escritura fenicia, es decir, como resultado de los contactos entre tartesios y mercaderes y colonos fenicios, que dieron lugar a la existencia de individuos bilingües y conocedores del alfabeto fenicio. alguno de los cuales tuvo la idea de realizar una adaptación de éste a las características estructurales y fonéticas de la lengua tartesia, tal vez tomando en consideración secundariamente el alfabeto griego, en un momento en el que la sociedad tartasia estaba madura para asumir la nueva técnica, hacerla suya y transmitirla a las generaciones sucesivas 3 • (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa.1:\ \' 11•.R l>I 110/ A J:'., ¡>A. 61l. l 99.1 hicieron scn1ir la conveniencia de procurarse una técnícu propia comparable a la que observaban en uso entre los fenicios. y L'Ómo evoluc ionó su actitud hacia la escritura a medida que ésta les fue resultando müs familiar.
Son cuestiones excesivamente complejas para la parquedad de nuestros datos. pero si a éstos unimos lo que sabemos de procesos similares en otras sociedades. es posihk por lo menos delimitar una respuesta.
El punto de partida está naturalmente en los testimonios director que del uso de la escritura tenemos en el área tartésica, en especial en las fechas que corresponden a la cultura así ll amada, y que podemos considerar concluida en el siglo v. cuando se han producido cambios lo suficientemente significativos corno para que hablemos de un mundo turdetano. continuador pero distinto del tartesio 7 • La primera dificultad estriba en que en esas fechas altas en Andalucía prácticamente no existen testimonios epigráficos de cronología segura; tan sólo podemos citar los grafitos sobre cerámica de Huelva, los más antiguos de los cua les remontan al menos al siglo VII, y que constituyen la prueba directa de que los tartesios conocían la escritura~.
Los grafitos del Carambolo, en los alrededores de Sevilla, aunque son también de cronología tartésica no pueden ser utilizados corno testimonio, porque en ningún caso existe la certeza de que se trate de escritura y no de simples marcas 9.
La generalidad de los autores suele referirse, sin embargo, a otros epígrafes cuando habla de epigrafía tartesia.
Existe, en efecto, un conjunto epigráfico muy bien definido a la vez por sus características materiales y grafemáticas, que penetra en la Andalucía occidental. aunque su área propia se encuentra en el Sur de Portugal; se trata de lápidas sepu lcrales escritas en la escritura paleohispánica que, para no prejuzgar conclusiones, puede ser llamada del S.0., aunque a menudo se denomine tartesia, y en una lengua que por el momento nos resulta casi totalmente críptica 111 • De estas inscripciones una ha aparecido en la provincia de Córdoba y dos en la de Sevilla 11, y aunque ninguna de las publicadas puede ser fechada con seguridad, en el territorio portugués se relacionan claramente con un conjunto de necrópolis que definen una cultura contemporánea de la tartesia y claramente influida por ésta.
Por ello una opinión bastante difundida ve en estas inscripciones un rasgo de la cultura tartesia que habría penetrado en su periferia portuguesa y extremeña, junto con otras influencias muy visibles, y que sólo por azar estaría mucho peor documentada en Andalucía que en Portugal.
Por mi parte, hace tiempo que defiendo el caracter secundario de la escritura del S.O., basándome en argumentos puramente grafemáticos que exigen, a mi modo de ver, postular la existencia de un modelo intermedio entre la escritura fenicia y la del S.O., que podría identificarse o no con la escritura atestiguada en la Andalucía oriental y el S.E. 12 • A estos argumentos han venido a añadi rse recientemente un testimonio importante; en pleno territorio de la: icio de apn: ndi7aje: sobre una laja 1.k pizarrn un maestro ha grabado la secuencia di.! los signos de una escritura pakohispánica. y en una línea inferior el discípulo los ha repetido c: lln mano insegura.
Lo importante es que l.!! signario de Espanca presenta.junto a claros indicios de su origen en el alfabl.!to fenicio, discrepancias características con respecto al conjunto de signos de la escritura del S.O. que, a juzgar por lo que conocemos en casos puraklos. como los alfabetarios utilizados en la l.!nscñanza de la escritura etrusca, tienen una explicación sim ple: el caracter ac: usadamcntc tradicional de la enseñanza di o lugar a que se transmitiese un sign:.1rio teórico. idéntico al de la escritura modelo. aunque en la práctica no se utilizaba la totalidad de los signos así apren didos.
El signario de Espanca testi monia la existenc ia de una escritura modelo dc la del S.O.. pero algo más compleja. y por razones históricas csa escritura no puede ser sino la tartesia.
Junto al testimonio de los grafitos de Huelva podemos colocar. por lo tanto. otros testimonios que no por ser indirectos resultan menos probatorios. el signario de Espanca como signario tartesio aunque usado por gentes del S.O.. y la epigralia misma del S.0.. conte1nponínca de la cultura tartesia y que, dada su pcrtcnencia a la familia de escrituras palcohispánicas, de origen evidentemente único. y dadas las relaciones mediatas y no profundas del Sur de Portugal y Extn: madura con el mundo colon ial. debe explicarse por el modelo de la escritura tartesia 1 ~.
Sin embargo, a pesar de que la verosimilitud histórica aconseje situar en el mundo tartésico los orígenes de las escrituras paleohispánicas. y de que existan testimonios di rectos e indirectos de la escritura tartesia, en cuanto intentamos precisar los aspectos no meramente técnicos de su creación y hacernos una idea del papel que ha jugado en la sociedad tartesia, advertimos que las lagunas de nuestra información son excesivas y que desconocemos datos esenciales.
De ahí la importancia de tomar en consideración, como ya he mencionado, procesos similares de sociedades mejor conocidas.
Las escrituras antiguas del Mediterráneo, nacidas de un préstamo bien documentado, que conocemos mejor son la griega, la etrusca y la latina.
En todos esos casos, y también en otros peor conocidos, puede afirmarse que la escritura aparece en un momento en que las actividades económicas. si ngularmente el comercio, están en plena expansión, y que los portadores de la escritura modelo participan activamente en esas actividades comerciales 1 ~.
Es cierto que la historia posterior conocerá reiteradamente la creación de una escritura por razones puramente 11 Correa, 1993: «El signario de Espanca»; en prensa: «El signario hallado»; de Hoz.
1990: «El origen oriental»; 1991: «The Phoenician origin»; Untermann, en prensa: «La escritura tartesia».
rJ Sobre la cultu ra del S.O. en Portugal no existe de momento ningún trabajo sulicientemente extenso; puede consultarse Vareta Gomes en da Si lva, A. C. F. & Gomes.
is Varios trabajos significativos en Phoinikeia Grammata.
Para el alfabeto griego es básico Heubeck, A., 1979: Schrifi, 75-100: vid. también de Hoz, 1983: «Algunas consideraciones», y para la bibliografia más reciente lsserlin, B. S. J., en Plwinikeia Grammata cit. Para Italia sigue siendo básico Cristofani, M., t 972: c<Sult 'origine»; bibliografia posterior en et artículo de Briquel, D., en Phoinikeia Grammata cit. Problemas paralelos en Lejeune, M.• 1983: «Rencontrcs».
culturales, en concreto religiosas, cuando los misioneros de alguna de las grandes religiones proselitistas pongan a punto una grafía para poder traducir sus libros sagrados a una lengua hasta entonces no escrita. pero este fenómeno toda vía no se daba en esas fechas 11'.
Aún así puede proporcionarnos también algún paralelo útil, sobre todo si tomamos en cuenta un aspecto esencial en la historia de las escrituras que es el de su transmisión.
En el caso de estas escrituras proselitistas. y antes de que se produzca su frecuente expansión a otras esferas de uso, que puede traer consigo una generalización dentro de Ja sociedad receptora al margen de los limites de los meros conversos, la escritura se transmite a través de una escuela confesional en la que, aun cuando los maestros sean ya nativos, pertenecen a los miembros activos de un grupo religioso 17; es decir, y éste es el dato más generalizable, que puede existir dentro de una sociedad una transmisión de la escritura limitada a uno o varios grupos definidos por una actividad concreta, y que no alcanza, por lo tanto, a la generalidad de esa sociedad, ni siquiera en sus capas superiores.
Es un fenómeno bien conocido en el caso de las culturas que han desarrollado escrituras de extraordinaria complicación, cuyo uso quedaba reservado a un pequeño núcleo de escribas especialistas, sometidos a un entrenamiento largo y riguroso, como fue el caso de Mesopotamia o Egipto en la antigüedad • ~, pero en condiciones sociales adecuadas puede darse también con sistemas de escritura perfectamente simples; baste pensar en el caso del alfabeto latino en amplios períodos de la historia europea medieval 1' >.
Pero volviendo a los casos mencionados, y aunque existan aún ciertas discrepancias en la interpretación de sus respectivos procesos históricos, creo que puede admitirse que tanto el alfabeto griego como el etrusco y el latino nacieron como consecuencia de Ja intensificación de la actividad comercial y económica en general, y que en ellos se dieron también otras circunstancias que se repiten en la cultura tartesia de forma más o menos próxima.
Por ello hay ciertos aspectos del proceso de creación de la escritura tartesia que pueden parecer claros a la luz de las analogías mencionadas.
La escritura tartesia nace en el momento de mayor intensidad del fenómeno orientalizante en el mediodía peninsular, a la vez que la influencia culturaJ y técnica de los fenicios se deja sentir con fuerza creciente en otros aspectos de la civilización tartesia~o.
En el mundo tartesio, como en el etrusco o el griego del siglo VIII, existe una aristocracia que asimila en grado muy superior al de los otros estratos sociales esas influencias, y las adapta en una creación original 21 • Esa aristocracia controla los recursos naturales que buscan los fenicios, y participa de un sistema de intercambios que va más allá 1 ~ Dejo de lado otro fenómeno también anacrónico para la sociedad tartesia, el de la creación, o adaptación, «nacionalista» de una escritura, para defenderse de influencias culturales extrañas y revalidar la propia tradición sin renunciar a modernizarse; vid., por ejemplo, Lewis, l., 1986: «Literacy».
17 Por ejemplo, las escuelas coránicas y las misionales.
iH Mejor que en el intento de presentación general, demasiado vago, de Goody, J., l 986: la /ogique, se debe acudir a la bibliografla de primera mano, por ejemplo, al capítulo V de la siempre espléndida Oppenheim, A. L., 1964: Ancient Mesopotrimia.
19 Muchos datos en los diversos artículos de McKitterick, R., ed., 1990: The uses.
10 Parto de la base de que los grafitos tartesios arriba mencionados, y la repercusión de la escritura tartesia en el S.O., son suficiente demostración de su existencia al menos ya en el siglo VII, a pesar de las dudas de algunos colegas.
La bibliografía sobre la influencia fenicia en el mundo tartesio se confunde prácticamente con la bibliografía general sobre éste; vid., por ejemplo, Aubet, M.a E., ed., 1989: Tartessos;1977-1978 Pero si desde el punto de vista de las motivaciones, el desarrollo de la escritura tartesia puede ser comparado con el de otras escrituras mediterráneas antiguas, hay otros aspectos que resultan por ahora mucho más dudosos.
Griegos y etruscos desarrollan rápidamente usos complementarios de la escritura que son distintos porque también lo son ambas sociedades, pero que tienen elementos comunes que se dan ya en la escritura modelo fenicia y que en algunos casos, en especial las inscripciones de propiedad en su forma más simple, resultan obvios y casi inevitables.
En el mundo tartesio, hasta la fecha no advertimos prácticamente esos usos complementarios, e incluso los grafitos de propiedad están mínimamente atestiguados.
Naturalmente aquí se plantea ante todo una cuestión circunstancial, la de hasta qué punto está suficientemente explorada desde el punto de vista arqueológico la cultura tartesia como para que podamos responder adecuadamente a cie rtos problemas y, sobre todo, sacar conclusiones de la ausencia de ciertos documentos.
Indudablemente, y a pesar del enorme esfuerzo y progreso de los últimos tiempos, la cultura tartesia sigue estando muy mal conocida 22, son pocos los yacimientos excavados y ninguna en una extensión realmente significativa, y se desconocen casi del todo las necrópolis indígenas, que en el caso de otras culturas han proporcionado importante información epigráfica; mas aún, no existe un solo caso de santuario tartesio conocido, con la excepción del Santuario de la Algaida que tiene un caracter más bien marinero e internacional 2.l.
Cabría pensar, por lo tanto, que simplemente falta aún investigación arqueológica para que podamos hacernos una idea de la utilización de la escritura tartesia sobre materiales duraderos, pero hay ciertos indicios de que en cualquier caso esa utilización no debió ser muy abundante.
Es significativo el contraste con la epigrafia colonial en la propia área tartesia, que en principio debiera sufrir de las mismas limitaciones de la documentación, y que por ser un elemento extraño, sólo ocasionalmente justificado en e l contexto nativo, se esperaría que hubiese dejado menos testimonios que la escritura local.
Sin embargo, poseemos una inscripción votiva fenicia arcaica de los alrededores de Sevilla sobre una pequeña estatua de bronce que representa a Astarté, a quien está dedicada la inscripción 2 4, y en Huelva, en la zona portuaria antigua, han aparecido un par de grafitos griegos, uno de los cuales al menos presenta indicios de haber sido grabado ya en relación con el mundo indígena 25.
Evidentemente se trata de un material muy escaso y, por lo tanto, no puede en modo alguno desecharse la acción del azar, pero puede tratarse también de un primer indicio significativo.
Existe otro, a mi modo de ver más pertinente, que viene dado por los que podemos considerar como monumentos funerarios propiamente tartesios 26 • Ya he indicado que la informa- 22 Bendala, 1990: «Tartessos hoy», 14.
lJ Blanco, A. & Corzo, R., 1983 julio: «Monte Algaida».
24 La bibliografía es abundante, vid., por ejemplo, Gibson, J. C. L., l 982: Te.xtbook, con referencias anteriores.
26 Bendala, 1992: «La problemática»; Pellicer, 1993: «Crítica analítica», 195-196 y 202-204; Ruiz Delgado, M. M., 1989: «Las necrópolis tartésicas». ción de este tipo es muy escasa. a lo que se ar1ade en los últimos tiempos una cierta tendencia a rcintcrpretar como testimonios de colonias de agricultores orientales algunas de las necrópolis hasta ahora consideradas tartesias, como la de La Cruz del Negro, cuestión ~sta no sufícientcmr.:ntc aclarada todavía aum¡uc a mi modo de ver poco verosímil 17 • pero en cualquier caso subsisten cit! rtos grupos dt! tumbas en las que debemos wr enterramientos de la aristocracia tartesia del momento dt! máxima inlluencia orienta lizante. en Huelva.
Carmona y Scteti lla.
F.stas tumbas presenran los rasgos característicos de los enterramientos aristocráticos en otras zonas del Mcditcminco en las que una élite social ha podido controlar el comercio de larga di stancia y ha acumulado sus beneficios, in virtiéndolos al menos en parte en bienes de prestigio que contribuían a la afirmación y el mantenimiento de su poder en el ámbito local.
Si la aristocracia tartésica hubiese desarrollado formas no puramente prácticas, o al menos con un cierto contenido ceremonia l, del uso de la escritura, seria de esperar que al menos algún indicio hubiese quedado en el contenido de esas tumbas, de la misma forma que lo encontramos en las tumbas etruscas ~K. El argumento tiene, sin embargo, la debilidad de todos los argumentos negativos, aumentada en este caso por las limitaciones de nuestro conocimiento de la cultura tartesia, sobre las que ya he insistido, y no se puede excluir la posibilidad de que hallazgos futuros modifiquen sensiblemente nuestra imagen del uso de la escritura entre los tartesios.
Pero ateniéndonos por el momento a los datos de que disponemos, merece la pena plantearse si a partir de ellos podemos llegar a obtener una imagen coherente de lo que fue el proceso de adopción de la escritura en el mundo tartésico y su evolución posterior.
In sisto una vez más en que el préstamo debe explicarse en el contexto del conjunto de intercambios económicos entre los colonos y mercaderes orientales y los indígenas.
Esos intercambios tuvieron que dar lugar a la existencia de individuos bilingües pertenecientes a los grupos especia lizados en ellos, y en un paso más adelante debieron familiarizar a algunos de esos indígenas bilingües con las prácticas escritas de los orientales.
No creo que bastase con la observación superficial de que en las colonias o factorías fenicias existían lápidas sepulcrales inscritas, o de que ciertos objetos de uso eran portadores de inscripciones.
La imitación de estas prácticas pudo, desde luego, darse en un momento posterior, pero el punto de partida tuvo que ser otro porque si no no me parece justificado el esfuerzo social que se puso en marcha.
Hay que partir, en efecto de que el creador o creadores de la escritura tartesia, indígenas o fenicios pero en cualquier caso bi lingües, consigui eron introducir una nueva técnica que exigía un aprendizaje, por simple que éste pueda parecernos en contraste con el de otros sistemas orientales de escritura.
Ese aprendizaje es por supuesto un hecho socia l que afecta a la transmisión de la tradición de unas generaciones a otras, pero no a la transmisión asumida de forma prácticamente inconsciente en los hábitos sociales, sino a la que exige una organización y una técnica, y no se explica sin una demanda de cierta amplitud, aunque sea exclusiva de un grupo dado.
No se puede rechazar a priori, aunque no parece nada probable, el que un amplio conjunto de la sociedad tartesia sintiese la atracción de la escritura como una forma más de expresión oricntalizantc. y que por lo tanto los creadores de aquélla encontrasen ya creado un ámbito de desarrollo y transmisión de su nueva técnica: tampoco cabe rechazar a priori. aunque depende de una idea de la sociedad tartesia que está muy lejos de haber sido probada, que una autoridad superior. con los medios disponibles para asegurar la continuidad del proceso. descase disponer de la escritura como un medio más de prestigio.
Pero dejando a un lado Ja total falta de indicios en ambos casos, y la escasa probabi lidad de ambos, sobre todo el primero, en términos históricos, existen contra el los argumentos concretos.
El fenómeno orientalizante en la sociedad tartesia parece haber tenido limitaciones importantes y no haber llegado nunca a eliminar formas tradicionales de cultura; parece totalmente inverosími l que una sociedad que permanecía aferrada a sus tradiciones de cerámica fabricada a mano sintiese la necesidad de una expresión ceremonial orientalizante tan sofisticada como la escritura.
Claro está que este argumento no tiene validez si imaginamos esa necesidad en un ámbito muy restringido 2.,, el de una aristocracia minoritaria o incluso el de una supuesta realeza con control de un ampl io territorio; existe, sin embargo, otro argumento que sí afecta a esta segunda hipótesis.
En efecto, si partimos de la idea de motivaciones ceremoniales y de prestigio en el desarrollo de Ja escritura, tenemos que aceptar que su uso debió de ser fundamentalmente público y visible, lo que casi obligadamente nos lleva a suponer la existencia de sopones de cierta entidad y duraderos, es decir, al tipo de testimonios escrituarios cuya falta precisamente se hace sentir de forma tan acusada en el registro arqueológico tartésico hasta la fecha.
Por lo tanto, y sin exc luir que hallazgos futuros obliguen a revisar estas ideas, me inclino a pensar que la aparición de la escritura en el mundo tartesio se debió a razones puramente prácticas y técnicas en la esfera limitada de las gentes directamente implicadas en los intercambios comerciales con los orienta les.
Naturalmente debía existir una vinculación estrecha entre esas gentes y la aristocracia tartesia, si aceptamos que ésta ejercía el control último de esos intercambios, y esa vinculación podría haber dado lugar, como ocurrió en el caso etrusco, a que Ja aristocracia tartesia asum iese Ja escritura como una más de sus formas de expresión, a través de las que se definía y se diferenciaba del resto de la sociedad, y mantenía su prestigio, pero ello no fue así al parecer.
Conviene subrayar que no existe ninguna necesidad histórica incontrovertible en los procesos de préstamo cu ltural, incluso en casos relativamente similares en sus condiciones generales.
Los príncipes célticos de la Europa hallstáttica se beneficiaron de un intenso comercio a larga distancia sin llegar a adoptar la escritura que desde luego era bien conocida en e l mundo griego o etrusco de sus proveedores 30, y cuya utilización técnica se manifiesta incluso en trabajos que debieron realizarse en el propio territorio céltico, como el montaje de la crátera de Vix, siguiendo las pautas dadas por los signos alfabéticos de las piezas 31.
Y Ja historia del comercio medieval y moderno en Africa proporciona ejemplos de reacciones diferentes ante estímulos similares.
No debe sorprendernos por ello que la sociedad tartesia se comportase 29 Cf. más adelante sobre la escritura del S.O.
Jo El testimonio más antiguo de escritura al N. de los Alpes, todavía tan mal comprendido que no es ni siquiera clasificable, lo encontramos en un fragmento de tablilla de Dürrnberg: Zeller, K. W., 1988: «Neue keltischer Gewerbebauten», 11 y 13.
Para testimonios posteriores vid. Jacobi, G., 1974: «Zum Schriftgebrauch»~ Kramer, W., 1982: «Graffiti».
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66, 199 3 de modo peculiar, y no supiese o qui siese desa rrollar la escritura en el grado en que lo hicieron los etruscos del s iglo VII o los griegos del v111 -por supuesto en fechas posteriores la evolución de los griegos y etruscos quita todo sentido a su utilización como paralelo histórico de los tartesios.
Pero es probable que la actitud inhibida que parece haber predominado en la sociedad tartesia frente a la escritura tuviese también causas definidas en su propia estructura y desarrollo.
Parece claro que la aparición de una soc iedad propiamente urbana favorece la ampliación de las práct icas escritas, tanto en el número de los implicados como en su propia variedad interna'~. lo que a su vez provoca una mayor abundancia de testimonios susceptibles de pervivir y de llegar a ser estudiados algún día.
Desde este punto de vista sería deseable tener una idea más clara de hasta qué punto llegaron los tartesios en su desarrollo urbano, pero la información de que f)Or el momento se dispone no anima a ser particularmente optimistas.
Algunos expertos en el tema rehusan decididamente atribuir el desarrollo propiamente urbano de la Andalucía antigua a la evolución interna de la cultura tartésica'\ y, en general, se prefiere hablar de una sociedad protourbana.
El problema estriba naturalmente en establecer matices y grados en esa definición muy general, pero probablemente ese estadio protourbano no había alcanzado el mismo nivel de desarrollo que el que se daba en Italia en momentos para los que también se puede utilizar la calificación de protourbanos y en los que, sin embargo, el uso de la escritura aparece diversificado y extendido 3 ~.
En todo caso los datos de que disponemos hasta el momento indican c laramente que la escritura está íntimamente ligada al fenómeno orientalizante, y a falta de indicios en otro sentido creo que debemos valorar en primer lugar los aspectos económicos de ese fenómeno.
La escritura tartesia es una técnica orientalizante que se justifica en la conveniencia de los responsables directos del comercio tartesio y, tal vez, de la explotación de recursos en escala mayor, al menos mayor desde la óptica de magnitudes del mundo tartesio, como debió darse en el caso de la minería; esos responsables constituían una fracción minoritaria de la sociedad tares ia que dependía de, o en parte se confundía con, la aristocracia tartesia.
Lo limitado de su número, junto con la falta de interés de esa aristocracia por los aspectos ceremoniales y simbó-1 icos de la escritura, explica el que ésta no llegase a tener una variedad de funcione s y, por lo tanto, un peso cuantitativo, en los hábitos culturales tartesios.
En cuanto a la sociedad turdetana, heredera de la tartesia desde aproximadamente comienzos del siglo v 35, los escasos indicios que poseemos, y que en general proceden de las zonas próximas al territorio de los iberos oretanos, parecen indicar que ha mantenido tradiciones similares a las de los tartesios en lo que al uso de la escritura se refiere 36 • Las observaciones previas implican una definición restrictiva de lo que podemos llamar epigrafía tartesia, y que es la que he justi ficado en páginas previas.
Según esa definición debemos considerar la epigrafía del S.0., representada en su casi totalidad por lápidas sepul-32 Incluso la exige según algunos autores como, por ejemplo, Coulmas, F., 1989: The Writing Sysrems, 7-8, que cita en su apoyo un clásico, Childe, G., 1982 erales' 7, como testimonio de una escritura y una lengua no tartesias, aunque contemporáneas al menos en parte de la cultura tartesia y atestiguadas en algunos casos en el territorio de ésta'~.
Todo ello exige una explicación compatible con los modelos utilizados hasta el momento para interpretar el desarrollo de la escritura tartesia.
Como ya he dicho, tanto razones internas como el testimonio del signario de Espanca indican que la escritura del S.O. es una adaptación de la tartesia, su origen debemos buscarlo pues en la existencia de gentes bilingües, hablantes a la vez de la lengua tartesia y de la del S.O. y conocedores de la escritura tartesia; no es necesario, por e l contrario, contar con una influencia fenicia directa.
Desde el momento en que existen inscripciones del S.O. tanto en territorio tartesio como fuera de él, la cuestión de la zona de origen de la escritura del S.O. no resulta obvia, y deberá ser afrontada también a la vez que la de las condiciones del contacto que expliquen la existencia de esas gentes bilingües que hemos mencionado, y la del contexto histórico en que ese contacto haya podido provocar la aparición de una demanda de escritura en la sociedad del S.O. Todo ello exige recapitular brevemente lo que sabemos de esa sociedad.
La continuidad de la Edad del Bronce es más acusada en e l territorio extremeño y del Sur de Portugal durante e l período orientalizante que en la Baja Andalucía.
En ambas zonas perdura una tradición de enterramientos en cistas, y es característico el empleo de losas sepulcrales decoradas, que en la versión portuguesa más antigua -losas decoradas con armas en relieveremonta al Bronce Medio.
Tanto las losas como otros aspectos del testimonio arqueológico no exclusivos del ritual funerario parecen indicar que el proceso de diferenciación social, y la aparición de una aristocracia con considerable capacidad de tesaurización, era relativamente antiguo y quizá explicable sin recurrir a estímulos exteriores, sino dentro del proceso interno de la propia sociedad del S. O. 39 Los estímulos externos no faltan, sin embargo; sobre todo procedentes del área atlántica, en particular desde el centro de Portugal, y del área tartesia.
Estos influjos tartesios van acompañados de elementos orientalizantes que en parte pueden haber sido introducidos desde las costas portuguesas por los fenicios, pero que sobre todo deben haber sido aportados por los propios tartesios 40 • Hay que tener e n cuenta en este sentido sobre todo los recursos mineros de esas zonas del S.0., que explican la atracción que han podido ejercer para los tartesios en su papel de intermediarios mercantiles de los fenicios.
La relación entre tartesios y aristocracias locales debió dar lugar a relaciones y procesos en parte similares a los que había originado el contacto entre tartesios y fenicios, en especial el incremento de la actividad económica y el control de la riqueza originada por una élite social que empleó en parte esa riqueza en bienes de prestigio, pero debieron existir diferencias de cierta importancia entre ambos casos.
Los tartesios parecen haber desempeñado un papel comercial mucho más activo, son claros sus intereses maríti-37 A falta de un corpus propiamente dicho, el repertorio más completo se encontrará en Beirao, C. M. de Mello, 1986: Une civilisation, 125-146.
En general, la mayor parte de los arqueólogos pone el énfasis en la influencia tartesia, y, a mi modo de ver, la importancia de ésta queda clara desde el punto de vista epigráfico.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa mos, y algunos investigadon:s piensan que sus relaciones con Cerdeña y con las costas atlánticas septentrionales, incluso más allá de la Península Ibérica, pudieron haberse desarrollado con independencia de los fenicios 41
• Las gentes del S.O. han podido jugar un papel puramente pasivo en t!I comercio tartésico. suministrando materias primas a cambio de manufacturas tartesias o fenicias, por lo que el desarrollo de una escritura local en respuesta a estímulos puramente económicos parece menos probable que en el caso tartesio 4 ~.
En contrapartida hay ciertos aspectos originales en su respuesta al estimulo exterior que faltan en el caso tartesio.
La aristocracia del S. O., tenía una tradición propia de enterramientos de prestigio, una de cuyas características más notables era el empleo de las mencionadas losas sepulcrales, que da lugar posteriormente al tipo de las llamadas estelas extremeñas, con armas grabadas en los casos más simples y con figuras humanas e incluso auténticas escenas en los tipos más complejos 4 -'.
Esta tradición explica probablemente el que las gentes del S. O., con o sin el estímulo de Ja epigrafia sepulcral oriental, hayan desarrollado su característico grupo de inscripciones, relativamente bien atestiguado y que contrasta con la pobreza de otros indicios epigráficos, tan escasos en la zona como en el propio territorio tartesio • 14 • El caracter exclusivo casi de la epigrafia sepulcral, unido a la torpeza que frecuentemente se observa en las lápidas, y que tal vez incluya auténticos errores de grafia 4 \ me hace pensar que la escritura del S. O. nació corno aportación tartesia a una demanda de la aristocracia del S. O., interesada en añadir un e lemento más de prestigio a su repertorio, que tenia la ventaja de unir el valor de las novedades orientalizantes a la propia tradición ritual.
Pero no creo que la escritura llegase a ser una práctica corriente en aquel mundo, lo que explicaría su desaparición total o casi total a partir de digamos el siglo v, bajo la presión de dos hechos muy distintos, la crisis de la cultura tartesia, y por lo tanto el cese de su papel fertilizador, y la penetración de grupos humanos desde la Meseta portadores de otra lengua y otra cultura, que no llegan a asimilar la escritura entre los préstamos que reciben de las poblaciones autóctonas, a pesar de algún testimonio de que sus primeros caudillos, en un momento inicial de mestizaje y cuando la influencia de los recién llegados aún no se había hecho predominante, pudieron llegar a ser enterrados al amparo de una estela del S. O. en lengua indígena pero en la que figuraba su nombre indoeuropeo; es el caso del Akosios de la estela de Almoroqui 46 • Cuando pasamos del mundo tartésico al ibérico, hay una primera gran diferencia que condiciona el uso que ambas sociedades hicieron de la escritura.
La cultura orientalizante tartésica era, básicamente, la cultura de un estamento social minoritario que controlaba la producción de los bienes en los que estaba interesado el comercio internacional, y aunque las influencias orientales vayan penetrando poco a poco en la forma de vida del conjunto de la población, dando 41 Almagro-Gorbea, 1986: «Bronce Final», 356, 419-420, 430-434.
411 Falta un estudio adecuado de esta estela sobre la que en 1980 envié un artículo a la imprenta que, por diversas causas, aún no ha aparecido (de Hoz, en prensa, «La inscripción»); puede verse provisionalmente Beltrán, M., 1973: Estudios, 94-97; Almagro-Gorbea, M., 1977: El Bronce Final, 265-266. lugar por ejemplo a nuevas técnicas cerámicas y constructivas, el cambio que se produce en aquélla no es comparable con el rápido desarrollo de los rasgos diferenciales de la aristocracia tartesia y de la peculiar cultura que le sirve de señas de identidad.
En el mundo ibérico, por el contrario, aunque no falten las diferencias sociales. ex iste una cultura común mucho más generalizada de la que participan los distintos grupos y estamentos, a la vez que el área geográfica de esa cultura es mucho más extensa que la de la cultura tartesia en sentido estricto ~7 • Esa misma extensión sin embargo plantea un problema dificil en la interpretación histórica de la escritura ibérica.
En el caso de los tartesios. sin necesidad de conocer el lugar concreto en que nació su escritura podíamos comprender e 1 que se general izase a partir de su origen fenicio a la totalidad del área nuclear de su cultura, aunque limitándose a un estrato social reducido.
En el caso ibérico esto resulta mucho menos comprensible, como veremos, y como por otra parte la escritura utilizada por los íberos no fue una sino al menos tres, nuestra ignorancia de la zona concreta en que nació cada una de ellas. y del proceso de expansión por el que se extendió a otros territorios, constituye un impedimento grave para entender las circunstancias históricas que explican el uso ibérico de la escritura.
No lo ignoramos todo si n embargo sobre el proceso de desarrollo de la escritura en el mundo ibérico, y conviene que empecemos por recapitular lo que sabemos.
La lengua ibérica se ha escrito en la escritura que d enomino m eridional. en la ibérica propiamente dicha, y en la greco-ibérica 4 K, La escritura meridional es una escritura andaluza que o es idéntica a la tartesia o deriva directamente de ésta, y que, como creo haber demostrado en otro lugar, no es probable que fuese creada para escribir ibérico 49 • Las inscripciones meridionales en lengua ibérica se encuentran en la Alta Andalucía desde Cástulo hacia oriente, en Almería, Albacete y Alicante, pero en esta última provincia parecen desaparecer a partir del siglo lll, en e l que sólo se encuentran inscripciones en la escritura ibérica propiamente dicha 50 • La utilización por los íberos de la escritura meridional, que está atestiguada desde al menos el siglo rv, pero que como veremos sin duda debe de ser anterior, es indiscutiblemente resultado de la influencia tartesia, pero no podemos precisar en qué zona de las sometidas a esa influencia se ha originado, ni si ha llegado por vía terrestre Guadalquivir arriba o por vía marítima a las costas alicantinas.
El número de inscripciones ibéricas en escritura meridional es relativamente reducido, en todo caso mucho más reducido que e l de las inscripciones en escritura ibérica propiamente dicha 5 1, y por ello, y también por los muchos problemas sin solucionar que todavía plantea 47 Almagro-Gorbea, 1986: «Bronce Final», 472-51 O; 1990: «Segunda edad del hierro», 516-550; lniesta, 1989: «Los íberos»; Abad, L., 1987: «La cultura ibérica».
4 M La bibliografía se encontrará en su mayor parte en Unterrnann, MLH, en especial MLH lll 1.
51 de Hoz, J., 1976: «La epigrafía prelatina meridional»; en prensa: «Notas»; Fletcher, D. & Bonet, H., en prensa: «Bastida VI»; Untermann, MLH lll 2, F.9.2 (y quizá F.9.4A).
Habría que plantearse también la posible autenticidad del plomo y el plato recogidos en MLH IJI J, 102-103, y considerados falsos por Untermann. aquella escritura 52, sólo las utilizaremos secundariamente, como datos complementarios, en el estudio de la función de la escritura entre los íberos.
En cuanto a las inscripciones greco-ibéricas, se trata de un pequeño número de textos ~1 • al parecer todos ellos del siglo rv. aunque creo que se puede afirmar que la adaptación del alfabeto jonio para escribir ibérico utilizaba en estas inscripciones se originó en el siglo v, y todos procedentes de Alicante o Murcia. es decir del territorio de los íberos contestanos o de sus prox imi dades inmediatas 5 ~.
Por último la escritura ibérica propiamente dicha'\ sobre la que se basarán en lo esencial las páginas siguientes. está sin duda genéticamente relacionada con la meridional. con la que comparte rasgos de estructura esenciales como el semisilabismo, y se deja ver en un número relativamente alto y continuamente creciente de inscripciones, de tipos variados, desde el río Herault, en Languedoc occidental, a lo largo de las costas mediterráneas hasta el Segura, con una profunda penetración por el valle del Ebro hasta al menos Zaragoza, en donde se establece la frontera con otra área epigráfica, la de los celtíberos, cuya escritura no es sino una adaptación de la ibérica sin apenas cambios ~6• La inscripción ibérica más antigua conocida hasta la fecha alcanza los años finales del sig lo v, y las más modernas pertenecen ya al período romano y es posible que alcancen la época imperial 57 • El problema del origen de la escritura ibérica, que incide muy directamente, como veremos, sobre el tema que ahora nos ocupa, aunque claro en algunos aspectos esenciales, plantea preguntas todavía irresolubles sobre las que habremos de volver.
Como he dicho la epigrafia ibérica es abundante y variada, lo que implica ya una importante di fcrencia con respeto a la tartesia 5 K. Por una parte contamos con los banales grafitos cerámicos que nos proporcionan los testimonios más antiguos, pero además, junto a tipos más significativos aunque no peculiares, como las lápidas sepulcrales, existe un documento muy característico de la cultura ibérica, la lámina de plomo con inscripción grabada, que constituye un testimonio de primera importancia para definir adecuadamente la función de la escritura en la sociedad ibérica.
No cabe sin embargo prescindir de los restantes tipos de epígrafes.
Los más banales como he dicho son los grafitos cerámicos 5 ~.
Se trata de un uso secundario de la escritura, cuya práctica tiene siempre por supuesto otras motivaciones, pero puede ser 52 Las lecturas utilizadas en MLH 111, y defendidas en 111 1, 140-146, pueden ser contrastadas con de Hoz, 1989: «El desarrollo», y en prensa: «El signario hispáni co».
La atribución del último plomo publicado a la zona de Sagunto debe ser puesta en duda, como tantas otras atribuciones de objetos no procedentes de excavación regular.
9(a), inscripción ibérica en caracteres griegos, podría ser testimonio del uso ocasional de la escritura griega por un íbero de la zona ampuritana, o una auténtica inscripción greco-ibérica llegada del S.E.
57 C.2.30 es la más antigua; sobre la epigrafía ibérica de época romana vid. de Hoz, en prensa: «Escrituras en contacto».
sx Sobre los usos epigráficos ibéricos en general Untermann, MlH 111 1, y de Hoz, en prensa: <<Escrituras en contacto».'
Un número considerable de grafitos ibéricos es resultado de hallazgos superficiales o asislcmáticos. y no puede ser valorado desde un punto de vis1a no ya estadístico sino ni siquiera como est imación grosera de la mayor o menor frecuencia de grafitos en un yaci miento.
En algunos casos s in embargo, aunque si n llegar a grandes precisiones. podemos estimar al menos si los grafitos son raros o si abundan más de lo normal; no ocurre esto último hasta la fecha en ninguna necrópo li s, pero si en lugares de habitación, sin que se vea c laro un patrón de distribución territorial.
Tampoco cabe contcntarse como explicación con el caracter caprichoso e innecesario de la marca de propietario, porque esto jusi i fi caría pequei1as diferencias de frecuencia dentro de un uso nunca muy común, pero no ciertas concentraciones locales que exigen una interpretación.
Por razones que sólo más adelan te nos resu ltarán claras es significativo que entre los escasos puntos en que se da esa concentración haya que citar Ensérune. el punto avanzado de l comercio ibérico en el sur de Francia, Ullastret, e l poblado ibérico en íntima relación con la co lonia griega de Ampurias, y la isla de Campcllo, en las proximidades de Alicante, en la que conviven gra fitos greco-ibéricos y púnicos, dando testimonio del caracter comp lejo de su población que, unido a su posición geográfica. se explica ante todo por el caracter de mercado qui.! debió definirla''".
En cuanto a inscripciones de propiedad sobre objetos de mayor valor o al menos no tan com unes como la cerámica, son bastante poco frecuentes ya que apenas si podemos mencionar un casco con escritura meridional"', una falcata " 1, algunos objetos de hueso ~•'. dos mosaicos y algunos recipientes de plata, con e l agravante de que excepto en e l caso del casco podría tratarse de otros tipos de inscripción, y de que los epígrafes sobre vaj illa de plata fl.I y sobre mosaico n~ representan desarrollos tardíos, e incluso pueden ser considerados sí ntomas de romanización.
En contrapartida hay que subrayar que algunas inscripciones sobre armas de hierro se han pod ido perde r sin dejar rastro, dado e l estado en que a menudo aparece ese metal.
Otros tipos de inscripción que, si n llegar a ser tan banales como las de propiedad, constituyen aprovechamientos secundarios de la escritura, y sólo proporcionan indicios indirectos, a través de su mayor o menor frecuencia, sobre el grado de desarrollo de aquélla, son las firmas de artistas, las inscripciones votivas y las sepulcrales.
El problema estriba en que, con la excepción de las sepulcrales que se dejan definir por sus rasgos externos, la delimitación de los otros tipos resulta todavía muy dudosa debido a nuestra casi tota l ignorancia de la gramática y el léxico ibéricos.
Algunas de las posibles inscripciones de propiedad sobre objetos de valor podrían ser alternativamente firmas de artesanos, y las inscripciones en escritura meridional sobre los platos de Abengibre (MLH G.16), que posiblemente, aunque no con absoluta seguridad, están escritas en lengua ibérica, presentan indicios de ser voti vas y de proceder del tesoro de un santuario.
En todo caso, y aunque luego veremos otros posibles casos de firmas de artistas, se trataría en el mejor de los supuestos de tipos poco frecuentes. li(j MlB B. I, C.2, G.9; Llobregat, 1989: «Los "graffiti"»; de Hoz, en prensa: «Gr iegos e íberos».
61 Procedente de la necrópolis de Pozo Moro, según amable comunicación de M. Almagro-Gorbea.
1, y Bonet, Helena & Mata, Consuelo.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa l3astan1c mejor atestiguadas están las inscripciones sepulcrales, que añaden además el intc-r~s tk potkr ser en marcadas en el conjunto general de las prácticas funerarias ibéricas, que a su \ "CZ han sitio ya estudiadas desde diversos puntos de vista como indicador de la estructura social de los íberos"''.
Las lápidas sepu lcrales tienen una distribución limitada dentro del territorio ibérico; por el sur no traspasan la frontera de los edetanos, aunque existen un par de excepciones muy dudosas. y por el norte se detienen en Ampurias; por el valle del Ebro penetran tan sólo hasta Caspe y el curso bajo del Cinca.
La frontera meridional es particularmente significativa porque coincide con la septentrional de las típicas necrópoli s ibéricas del Sudeste, caracterizadas por rasgos distintivos de ritual y ajuares, y sobre todo por las tumbas monumentales, turriformes o con pilares escu lpidos en un primer momento, y de ensanchados tumulares posteriormente.
Las lápidas sepulcrales faltan en esa área, que coincide básicamente con el territorio que las fuentes atribuyen a los contestanos, y faltan también en otro territorio ibérico, el de la Alta Andalucía, en donde en los territorios atribuibles a los íberos oretanos y a los bastetanos se detectan necrópolis de otro tipo, cuyos rasgos más distintivos son las cámaras sepulcrales y las cajas funerarias 1' 7
• Rasgo común a ambos horizontes, el del Sudeste y el de la Alta Andalucía, es el acusado desarrollo de la jerarquización social que manifiestan los usos funerarios, y que en ambos casos culmina en lo que pudiéramos llamar tumbas principescas de una aristocracia dominante y capaz de acumular riquezas si no directamente comparables con las de la anterior aristrocracia tartesia, ya que en ellas falta la abundancia de metales valiosos que encontrábamos en las tumbas de ésta, tal vez superiores en algunos casos en valor relativo a juzgar por la calidad del trabajo escultórico o arquitectónico que conllevan.
Por ello es significativo que, al igual que ocurría en el caso de los tartesios, y a diferencia de lo que observamos en otras sociedades mediterráneas como la etrusca, la aristocracia ibérica de la AJta Andalucía y del Sudeste no haya sentido interés por incorporar la escritura a los símbolos de status de sus tumbas.
No ocurre lo mismo entre edetanos, ilercavones, ilergetes y algunos de los pueblos menores de Cataluña, entre los que encontramos las lápidas sepulcrales inscritas, en casos, en especial el de Sagunto, con notable abundancia.
Claro está que por el momento carecemos de criterios de datación puramente ibéricos, por lo que sólo podemos fechar aquellas lápidas que muestran claros indicios de influencia romana, y éstas son mayoría en lugares como Ampurias o Tarraco, y no faltan en Sagunto, por lo que cabe la posibilidad de que en algunas zonas, sobre todo en Cataluña, el desarrollo de la lápida sepulcral inscrita sea consecuencia de los comienzos del proceso de romanización<•~.
En todo caso la peculiar distribución de este tipo de epígrafes, unida a las variantes geográficas de las necrópolis que en relación con ellos hemos debido citar, nos pone frente a un problema general de la epigrafta ibérica ya mencionado pero sobre el que será necesario insistir reiteradamente; no existe en realidad una única epigrafia ibérica sino varias.
A diferencia 66 Congreso de arqueología ibérica, 1992, y en especial «Las necrópolis ibéricas» de Almagro-Gorbea con la bibliografía anterior allí citada.
67 Vid. mapa 2 en de Hoz, en prensa: «Paleohispanic Societies»; aunque en él se combinan datos que pertenecen a momentos cronológicos distintos, son sin embargo significativas las distintas tradiciones funerarias.
bs Beltrán, F., 1993: «La epigrafía», 250-252; de Hoz, en prensa: «Escrituras en contacto». de lo que veíamos en el caso tartesio o en el del S.O., y de forma comparable. aunque en un grado menor, al caso griego prchclcnístico, la cultura ibérica se nos presenta, desde el punto de vista epigráfico y desde el de otros criterios culturales. como un mundo di ve rsificado geográficamente, entre cuyas distintas regiones las diferencias pueden llegar a ser considerables.
La homogeneidad lingüística de las inscripciones ibl! ricas. indiscutible, no debe hacernos cerrar los ojos a las <li fcrencias epigráficas lo<.:ales bien visibles. y a otras. menos evidentes, quc puedan surgir como consecuencia de nuevos hallazgos o <le an<ilisis más linos.
Hasta aquí nos hemos ocupado de inscripciones que han sido como si dijéramos añadidas a un objeto que tenía ya su propia personalidad como útil funcional o simbólico con anterioridad a la aparición de la escritura ibérica.
En lo que sigue nos ocuparemos de dos categorías de inscripciones en las que la escritura posee o una total a utonomía, y existe sólo en cuanto escritura, o una mayor independencia aun siendo solidaria de otro artefacto cultural; podemos hablar de textos autónomos y de inscripciones semi-independientes.
En este segundo caso se sitúan aquellas inscripciones que están grabadas sobre objetos que podrían existir sin ellas, pero en los que el texto escrito ha llegado a alcanzar tal importancia que prácticamente ha llegado a redefinir el objeto, y le ha proporcionado una personalidad plenamente diferenciada de la de s us congéneres no inscritos.
Naturalmente no existe una línea divisoria neta entre este caso y el de las inscripc iones meramente aiiadidas, y la diferenciación de ambas categorías es en buena medida cuestión de conveniencia; de hecho podrían aducirse buenos motivos para incluir las lápidas sepulcrales en el grupo de las inscripciones semi-in, dependientes, pero dada la tradición de losas decoradas que precede a, y convive con, las inscripciones sepulcrales en algunas zonas del territorio ibérico he obtado por incluirlas en el grupo de inscripciones añadidas.
El interés de las inscripciones sem i-independientes estriba en que a mi modo de ver implican una cierta familiaridad con la escritura, un estadio en el desarrollo de ésta en el que una parte no desdeñable de la población está acostumbrada a la presencia de textos escritos aun en el supuesto de que no esté en condiciones de leerlos.
Al menos esto es lo que creo se puede deducir del tipo ibérico que mejor representa esta categoría, las inscripciones integradas en la decoración de vasos cerámicos, tal como la vemos en Liria M.
La cerámica de Liria se caracteriza en efecto, junto con su decoración pintada, por la frecuencia con la que en ella aparecen inscripciones también pintadas de dos tipos; el más común son los letreros que, según la clase de recipiente, adornan los labios o la parte superior del vaso, y en los que a menudo se repiten ciertos elementos léxicos y gramaticales; con menor frecuencia se encuentran también textos integrados en la decoración pintada, y que parecen guardar una relación con las escenas representadas.
Este último tipo tiene buenos paralelos en algunos períodos de la historia de la cerámica griega, e incluso alguno en la Roma republicana, mientras que el primero es dificil de valorar mientras no tengamos algo más de información lingüística; no es improbable que en algunos casos se trate de inscripciones dedicatorias, o de firmas de artista, pero en todo caso están integradas, como las del tipo anterior, en la decoración de la cerámica, y contribuyen a la definición de su estilo.
Se trata por lo tanto de un género en el que -aunque puedan existir piezas sin inscripción-la escritura no es mero (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa añadido. sino que se ha creado un tipo cerámico nuevo integrado en él la escritura.
Lo mismo cabe decir del estilo emparentado de las cerámicas de Alloza, en Teruel (MLH E.4.1-4).
Por último tenemos que ocuparnos de la categoría de textos más significativa para valorar la función d1.: la escritura en una sociedad, y a la vez la que, salvo excepciones como el caso mesopotámico o ciertos aspectos de la epigrafía griega, suele dejar menos huellas en el regi stro arqueológico, los textos autónomos.
No tenemos ninguna noticia sobre la utili zación por los íberos de materiales perecederos como los conocidos por las culturas que más directamente les han influido desde el punto de vista escriturario; tampoco tenemos indicios de que entre ellos haya existido una epigrafía pública, ligada a instituciones oficiales70, a pesar del evidente desarrollo de la ciudad en algunas zonas.
Tan sólo cabría mencionar, en fecha ya avanzada, las leyendas monetales 71, que por muy interesantes que puedan ser como indicio de las posibilidades de desarrollo de una epigrafia pública, en sí mismas son claramente inscripciones añadidas al objeto monetal, que es el realmente significativo.
Otros posibles indicios, en concreto algunas inscripciones más o menos monumentales en piedra, resultan todavía totalmente enigmáticas, no se puede asegurar en absoluto que tengan caracter público, y en todo caso serían demasiado escasas como para tener excesivo significado.
Los textos autónomos ibéricos se limitan por lo tanto al parecer esencialmente a la esfera privada.
En primer lugar hay que mencionar algún ejemplo de óstraca (C.3.1 ), es decir fragmentos de cerámica reutilizados como material barato de escritura, de acuerdo con un uso ocasional bien conocido en el mundo griego, pero en el que precisamente por su caracter ocasional no merece Ja pena detenerse.
El soporte de escritura realmente característico del mundo ibérico, y el que nos permite sacar mayores conclusiones sobre Ja función de aquélla entre los íberos es sin duda la lámina de plomo 72 • Conocemos en efecto un número alto y creciente de laminillas de plomo procedentes de casi todo el territorio ibérico, en las que están representadas las tres variedades de escritura aunque predomina ampliamente la ibérica propiamente dicha, cuyas fechas varían desde el siglo 1v hasta época posiblemente romana, y que proceden sobre todo de lugares de habitación aunque unos pocos ejemplares han aparecido en tumbas.
Se trata de láminas escritas por una o ambas caras, de dimensiones variables aunque siempre reducidas, a veces no determinables con seguridad no sólo por los desperfectos sufridos sino porque algunas muestran huellas claras de reutilización, lo que a veces ha implicado recortes; su grosor sin embargo sí suele mantenerse en límites simi lares, y desde luego han sido preparadas con el objeto único de servir de soporte a un texto.
El uso del plomo como soporte de escritura no es exclusivo de los íberos; los primeros testimonios remontan el mundo neohitita en el que existen un par de documentos privados en ese material, pero sobre todo, y sin contar algunas referencias literarias, tenemos un número creciente de textos griegos, aparte del caso especial y bien conocido en la epigrafía griega y latina de las defixiones o tablillas de imprecación que se solían depositar en las tumbas.
Los plomos griegos están atestiguados desde época arcaica hasta época helenística avanzada, y aunque existen ejemplos atenienses y de otras zonas de la Urccia central. proceden sobre todo de zonas murginales, del Mar Negro. de la región de Marsella y de Ampurias. y en los últimos años sobre todo de Sicilia. donde los descubrimientos se multiplican • 1
• Los testimonios masaliotas y ampuritanos. y algún ejemplo galo en escritura galo-griegu. que sin duda depende de la influencia griega en el Sur de Francia. unido a que algunos de los más anti guos testimonios de plomos ibéricos están en escri tura greeo-ibéricu, nos lle van a la conclusión de que fueron los griegos quienes transmitieron a los íberos esta técnica epigráfica.
Es signifü: ativo el tipo de textos que encontramos en los plomos griegos; se trata de cartas privadas, relativas a cuestiones mercantiles. y de contratos de compra, reconocimientos de deuda o documentos simi lares.
En general en e llos nos movemos en e l mundo de las actividades económicas, y más concretamente en el mundo de la economía privada de los mercaderes o de los propietarios de tierras y casas.
Naturalmente nuestra ignorancia de la lengua ibérica no nos permite llegar a conc lusiones tan precisas sobre los plomos ibéricos. pero aparte la presunción que aporta el caracter de sus modelos griegos. comamos con ciertos indicios sobre los que basar nuestras conclusiones.
Podemos reconocer los nombres de persona ibéricos, y en algunos plomos podemos advertir que se trata de listas de perso nas en las que a cada nombre sigue una indicación numeral, es decir posiblemente listas de deudores o acreedores: en general es frecuente la aparición de cifras con referencia a un par de sistemas mctrológicos distintos, lo que parece confirmar al caracter económico de muchos de estos textos.
Por último algunos parecen reprod ucir la estructura externa de las cartas griegas sobre plomo. con el texto principal en una de las caras y en la otra un texto menor, normalmente la indicación del destinatario.
Podemos concluir por lo tanto que los plomos ibéricos nos sitúan, salvando las inevitables diferencias entre ambas sociedades, en el mismo ambiente que los plomos g riegos, el de los mercaderes y propietarios y sus actividades económicas.
Lo más significativo es que sea precisamente esta clase de textos la mejor atestiguada en e l mundo ibérico, tanto en número de epígrafes como en di stribución cronológica y geográfica, lo que les confiere una posición decisiva a la hora de valorar la función de la escri tura entre los íberos.
Pero antes de abordar esa cuestión esencial conviene ac la rar ciertas cuestiones previas, de gran signi fi cación histórica, que condicionan cualquier concl usión a la que pueda llegarse sobre la escritura entre los íberos.
La lengua ibérica tal como precariamente podemos definirla por e l momento, es decir una lengua caracterizada por una estructura fonética que conocemos relativamente bien, por un pequeño grupo de morfemas que hemos aislado y de cuya distribución sabemos algo pero prácticamente nada de su función, por un sistema onomástico bastante claro, y por algunos lexemas característicos de cuyo valor semántico no sabemos prácticamente nada 74, está atestig uada en un área muy amplia que comprende todo el territorio en que se encuentra la escritura ibérica propiamente dicha. y que ya he delimitado más arriba, y además la zona del S.E., de la Península en que se utiliza Ja escritura meridional hasta la antigua Obulco, la actual Porcuna. en cuyas inscripciones monetales, de época ya romana, tenemos testimonios de contacto de lenguas que indican una zona fronteri za 75 • Originalmente Obulco parece estar enclavada en 7 J Bibliografia en de Hoz, en prensa: «Griegos e iberos», n.
1974 La cuestión se complica sin embargo ya que. según he defendido en otro lugar, creo que no hay motivos para pensar que el área en que está atestiguada la lengua ibérica coincida con el área en que ésta se hablaba como lengua coloquial y nativa 77: más bien creo que estamos en presencia de un típ ico caso de lengua vehicu lar, utilizada para la relación entre comunidades diversas, que ha ejercido una influencia muy amplia como única lengua escrita de una gran parte de la Hi spania antigua, y que incluso ha podido prestar a otras lenguas no só lo elementos léxi cos sino su propia antroponimia como sistema onomástico de prestigio.
Naturalmente esta teoría plantea inevitablemente la cuestión de cuáles fueron las zonas en las que realmente se hablaba ibérico como lengua nati va.
La escritura grego-ibérica, que en el estado actual de la documentación parece ser específica de los contestanos, nos proporciona una primera aproximación al problema, ya que se trata de una adaptación del alfabeto griego para escribir ibérico realizada en las costas alicantinas7 ~, y por tanto en esa zona el ibérico era la lengua habitual.
Por desgracia no sabemos en qué lugar se creó la escritura ibérica propiamente dicha ni en qué punto se empezó a usar la escritura meridional para escribir ibérico, pero ya he indicado que en Cástulo la lengua ibérica está atestiguada en fecha temprana, y seguirá utilizándose, siempre con la escritura meridional como medio escrito, en época ya romana, pero si en esa zona el uso del ibérico correspondiese sólo al de una lengua vehicular y especializada, llegada de fuera, lo lógico sería que también allí hubiese acabado generalizándose la escritura ibérica propiamente dicha.
Creo por lo tanto que en la Alta Andalucía el uso del ibérico no es resultado de ninguna influencia externa, sino que responde a la realidad lingüística de la zona, y que alll mismo, en directo contacto con la cultura tartesia por la vía del Guadalquivir, y bajo fuerte influencia de ésta desde fechas muy tempranas, pudo tomarse en préstamo la escritura meridional tartesia para transcribir ibérico, fuese éste el mismo que el de la zona contestana o una variedad dialectal más o menos divergente.
Pero una vez admitido esto se nos hace evidente un rasgo del uso de la escritura en la zona en el que hasta ahora no hemos reparado, su total coi ncidencia con el área tartesia en lo que se refiere a la documentación epigráfica.
En ambas zonas encontramos la misma escasez de epígrafes y los mismos tipos, y puesto que ambas zonas, aunque con un desfase cronológico, son zonas de producción de mineral, y controladas por una aristocracia restringida a la que cortejan los mercaderes extranjeros, creo que podemos extrapolar las conclusiones a las que hemos llegado sobre el uso de la escritura entre los tartesios y extenderlas al uso de los íberos de la Alta Andalucía.
En Contestania la situación es sin embargo diferente.
Como ya hemos visto allí no sólo se ha utilizado la escritura meridional sino también la ibérica propiamente dicha, que ha acabado imponiéndose, y además en el siglo v se ha inventado la escritura greco-ibérica.
Por otro lado es un territorio en el que también tenemos atestiguada una aristocracia con características hasta cierto punto similares a las de la Alta Andalucía, pero cuyo acumulación de bienes de 16 de Hoz, 1993: «El desarrollo», 563.
prestigio no pudo deberse al control de productos naturales sino más bien al de las vías que comunicaban la costa con la Alta Andal ucía •••.
La escritura meridional ha llegado sin duda del oeste. probablemente a través de los íberos de la Alta Anda lucía a los que ya hemos visto utilizarla. aunque no es del todo imposible que tos prestatarios hayan sido directamente los tartesios por vía marítima tal cnmo sugiere un grafito muy arcaico de la Peña Negra de Crcvillente "'.uno de los poblados en que se manifiestan los primeros testimoni os de aculturación fenida y tartesia de la zona. pero muy pronto. ya en el siglo v. la inílucncia griega es lo suficientemente inten sa como para que, junto a la escritura meridi onal. los contestemos desarrollen otro sistema, el greco-ibéri co, y no só lo eso. también en el siglo v -como de muestran los primeros testimonios epigráficos-iberos que pueden haber sido los mismos contestanos. y que en todo caso se hallaban dentro de la mi sma área cultural sometida a in fl uencias tartesias, pero en su borde oriental. transforman la escritura merid ional en la ibérica propiamente dicha por moti vos que por ahora no podemos precisar en detalle, pero en los que sin duda jugó un papel el deseo de aproximar más la escritura a las peculiaridades fonéticas de la lengua, y tal vez también la influencia griega i< t.
Todas estas innovaciones implican una sociedad mucho más preocupada por la escritu ra que lo que nuestra documentación parece impli ca r para el área tartesia o la de la Alta Anda lucía, y a ello se une el panorama epigráfi co de Contestani a, mucho más rico y variado.
No parece que la aristrocracia contestana, si no se diferenciaba netamente de la tartesia y de la de la Alta Andalucía en su talante y en s u act ividad económica. haya podido ser la responsable de toda esa efervescencia epigráfica; tenemos que contar con factores nuevos. y buscar indicios para su definición en el registro documental.
Quizá e l rasgo más llamativo esté, junto en Ja proliferación de plomos inscritos, en la evidente predisposición a las relaciones con otros pueblos y regiones que demuestran ciertos íberos, algunos de ellos con seguridad del S.E., a partir del siglo v.
Ya la escritura meridional, aunque haya acabado por ser abandonada, partici pa en el S.E., de estas tendencias; tenemos plomos en esa escri tura, algunos de caracter claramente económico, y por lo menos un par de ellos han viajado fuera de los límites esperab les, hasta Castellón e incluso el Sur de Francia xi.
La escritura greco-ibérica por su parte expresa claramente esa predisposición al intercambio, y subraya Ja importancia de la presencia griega en la zona S.E., y como vimos, en el mismo sentido podemos interpretar la difusión del uso de las tablillas de pl omo como soporte de escri tura.
Precisamente son testimonios griegos los que nos permiten avanzar más en esta investigación.
Un contrato griego de Pech-Maho nos muestra como en el siglo v una importante transacción comerc ial en el Sur de Francia podía implicar a gentes de tres grupos étn icos di stintos, los colonos focenses, un impreciso elemento en el que creo que debemos ver a los indígenas de lQ Vid. en último lugar, con referencias a la bibliografia anterior -a las que habría que añadir Trias, G., 1967-1968: Cerámicas l.
1991: l es Crees, 323-324 y 326-330; en éstas últimas páginas se subraya el comportamiento paralelo, en lo que a signos externos se refiere, de las sociedades del S.E., y la Alta Andalucía, pero no los muy diferentes recursos locales.
81 de Hoz, en prensa: «De la escritura meridional».
Tal como yo veo los datos. los íberos eran en origen tan ajenos al Sur de Francia como los propios griegos. y su presencia allí. que no parece justificarse en absoluto por una in vasión ni tan siquiera por colonizaciones de auténtica entidad, respondc fundamentalmente al comercio. aunque ese comerc io traiga consigo el establecimiento de pequc1ios grupos de inmigrantl.!s. Pero un comercio que se incrusta entre el área masaliota estricta y el úrea ampuritana' 4 parece dificilmente explicable sin una cierta colaboración con el mundo gricgo.
En ese mismo sentido nos habla una carta gri ega de Ampurias en la que se menciona una transacción comercial en la que aparece imp licado un individuo de nombre muy probablcmcntc ibérico'', y tal vez también esté relacionado el hecho de que la más antigua inscripción en escritura ibérica levantina proceda de Ullastret (C.2.30), el poblado indígena íntimamente relacionado coñ Ampurias.
En el siglo v parece en efecto que se está consolidando una amplia área comerc ial en la que griegos e íberos no sólo conviven sino que parecen colaborar, y en la que por el momento es dificil precisar qué papel jugaban los fenicios occidentales y los púnicos.
Ese área comercial va a conso lidarse y perdurar: en ella se van a mover las cerámicas grises cata lanas o las imitaciones de cerámica ática de barniz negro producidas en Rhode, y en ella van a seguir activos los íberos, y su lengua y su escritura van a jugar un papel esencial en la comunicación, como Jo demuestra el reciente hallazgo en Ampurias de una carta ibérica en plomo, de hacia la transición del siglo 111 al 11, dirigida a o por un galo, en la que Ja lengua ibérica se nos aparece como vehícu lo de comunicación en una ciudad griega y para un celta del Sur de Francia xh.
Creo que en lo íberos implicados en ese ambiente comercial debemos ver a los responsables de las innovaciones ep igráficas ibéricas y de Ja versatilidad de usos de la escritura ibérica que hemos tenido ocasión de comprobar. e imaginarlos como una comunidad activa, que ha experimentado con la escritura porque la escritura estaba íntimamente ligada con su actividad mercantil, sin por eso construir la imagen rígida de un estamento geométricamente definido.
En otro lugar he contrastado a los mercaderes con el elemento militar de la sociedad ibérica, a propósito de la escasez de testimonios epigráficos en relación con el conocido fenómeno del mercenario x'. pero no quistera con esto fo mentar artificiales dicotomías a lo Dumezil.
No es que un mercader ibérico no conociese el uso de las armas, ni pudiese ser enterrado con ellas, sino que el modo de vida predominantemente militar de quienes se empleaban como mercenarios. o de las aristocracias guerreras locales, hacía poco frecuentes las ocasiones de aprender a escribir, y normal el enterramiento con armas, mientras que las actividades predominantes de los mercaderes hacían normal la alfabetización y no necesario el enterramiento con armas.
Pero la sociedad ibérica nos resulta todavía excesivamente desconocida como para pretender precisiones gratuitas; tan sólo podemos vislumbrar algunas tendencias, algunos fenómenos de una cierta generalidad, y entre ellos me atrevería a considerar probable la reconstrucción de un estamento dentro de esa sociedad. en particular en su versión del S.E.,, que se especializa en una actividad comercial de caracter internacional, y a través de sus contactos e incluso del KJ Lejeune, M., J. Pouilloux & Y. Solier: 1988 (= 1990): «Étrusque et ionien», y Le je une, M., 1991: «Ambigu 'ités», donde se menciona la bibliografia restante; de Hoz, en prensa: «Griegos e íberos».
K' de •Hoz, en prensa: «Griegos e íberos».
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199.I L.i\S SOCll oDADl•.S l'ALEOlllSPANICAS asentamiento en territorios originalmente no ibéricos facilita el desarrollo de esa cultura. común a pesar de sus variaciones locales, que llamamos ibérica, y extiende junto con ella una lengua y una escritura como vehícu los de comunicación supralocal.
Has ta qué punto llegó el proceso de asimilación es imposible precisarlo por ahora; en el Sur <le Francia se advierte todavía en época imperial la pervivcncia de los elementos preibéricos. junto con los galos llegados a la zona en fecha relativamente tardía xK. mientras que los íberos han desaparecido. tal vez porque como grupo más helenizado se latinizaron totalmente 1:11 poco tiempo.
En H ispania hay que contar también con esa latinización temprana x", pero es preciso rastrear todavía hasta qué punto se conservan restos de comunidades no ibéricas en el área de cultura ibérica.
En todo caso debemos buscar una imagen menos monolítica del mundo que llamamos ibérico.
Uno de los rasgos que más han contribuido en el pasado a esa imagen monolítica han sido precisamente la lengua y la escritura. y espero haber mostrado al menos que éstas no son incompatibl es con una pluralidad de pueblos y de lenguas, y que lo único que garantizan es la unidad y cohesión de un grupo social. |
Este trabajo da a conocer un importante lote de cráteras de campana áticas de la primera mitad del siglo IV a.
C., halladas en una misma habitación del poblado ibérico de La Loma del Escorial, lo que pone de manifiesto la importancia de este enclave como centro redistribuidor de cerámica de lujo entre las poblaciones indígenas del sureste español.
1 Queremos agradecer al Dr. D. Ricardo Olmos la amabilidad que ha tenido con nosotros al ofrecernos las páginas de AEspA para publicar la primera noticia de este importante hallazgo arqueológico.
También queremos mostrarle nuestro agraqecimiento más sincero por la ayuda prestada en la identificación del motivo iconográfico de la crátera núm. 1.
LA EXCAVACIÓN DE 1990 Los trabajos arqueológicos han puesto de manifiesto la ex istencia de tres niveles de habitación.
El más antiguo fechable en el siglo v a.
C., apenas ha podido ser explorado, pero se documentaron muros perpendiculares con zócalos de piedra (nivel lll).
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Hacia finales de este siglo o principios del s iglo IV se produce una importante remodelación de l poblado. en la c ual es desmantelada la fase antigua. para levantar construcc iones con una nueva disposición (n ive l 11 ).
Este nivel se mantu vo hasta mediados de l siglo IV en el que se produjo su destrucción; la última fase constructiva se inicia a finales del siglo IV a.
C. y perdura hasta los primeros decenios del siglo 11 a.
C. en el que se abandona definitivamente.
El conjunto de cráteras áticas de figuras rojas cuyo estudio es el principal objeto de este trabajo. fue hallado en el interior de la habitac ión A de l nivel 11, del cual conocemos tambié n la habitación B y la planta general en una extensión de 192 m~ (figura 2).
La habitac ión A se ubica en el centro aproximado de l á rea excavada; tiene forma casi c uadrada de 4,60 x 4 m.
La puerta se abre e n e l muro sur junto a la esquin a suroeste, de 90 cm. de anchura.
Los muros están formados por un alto zócalo de piedra trabada con barro, de 85,4 cm. de a lzado y 40 cm. de anchura.
Conservaba una hilada de adobes que constituiría e l resto del a lzado.
El depósito arqueológico doc ume ntado e n e l interior de la habitación A. corresponde al derrumbe de la misma.
El estrato superior está formado por una potente disolución de adobes que incluye abundantes adobes completos o cas i completos caídos en talud hacia el interior de la habitación.
Debajo de esta espesa capa diferenc iamos otro estrato con adobes con impronta de troncos. piñas y hojas de palmito, además de abundantes carbones y tierra con textura más sue lta que interpretamos como correspondiente a la caída de l techo.
Finalmente una fina capa de ceniza color negro de 4 c m. de espesor que se extendía por encima de casi todo el pavime nto, de color blanco.
Fue localizado a la cota de 2, 15 m. sobre el nivel del mar.
Las cráteras números 1, 2, 3, 4, 5 y 7, fueron halladas junto al muro sur de la habitación, e ntremezcladas entre sí y con un ánfora púnica del área del Estrecho y otra ibérica, así como una fuente de mármol blanco.
Pensamos que estas seis c ráteras estaban depositadas en una estantería situada a media altura de l muro.
Al desplomarse éste, las cráteras resbalarían por la repisa hac ia la puerta, quedando los fragmentos entre los restos de l muro caído, en pendiente desde la parte s uperior del zócalo de piedra hasta el pavimento en una extensión aproximada de dos metros c uadrados.
Las cráteras 6 y 8 aparecieron en el ángulo noroeste de la habitac ión junto a una ánfora de Chios que estaba incrustrada en el muro oeste, y otras tres ánforas ibéricas.
Completaban el ajuar 4 grandes vasos de cerámica ibérica pintada.
Además fueron localizadas varias ánforas ibéricas, otros grandes vasos de almacenamiento, soportes de anillo, una botellita pintada con círculos concéntricos, una paterita F. 24 L., dos platos F. 21 y 22.
L. de cerámica ática de barniz negro datables en la primera mitad del siglo IV.
CATÁLOGO Y ESTUDIO ICONOGRÁFICO
Las cráteras s~ han ordenado según el motivo iconográfico, respetándose el número de inventario de la excavación.:s::: 1-:, terior: en la bcll'.a hoja.., de laun:I hac ia la i1quierda: en la uni(>n del ruapo con la boca una pcy udia aca naladura en rc... ava.
La C\ccna se apoya... obre un fri so con greca.., y ajcdn.:1atln:-. alternanuo en prnporci<)n tre... a uno.
Acanaladura en J\!serva en la unión del pie con la base. y otra líni:a rcsi:n ada en la carena del pie.
Fondo cx 11.: rno sin barni.1.ar. f-riso de ova... alrededor dcl arranq uc dl' 1 as a:-a\.
a) Proces i6n al templ o de A polo (fi gura 3).
En e l ce ntro tic la escena dc... caca un j inc1c, lllontado en un caballo:-.ohrcpintatlo en blanco. que se dirige hacia la derecha.
El caball o muestra lns nrnarncnto.., t: on bami1 diluido que adquiere tonos dorados: crines. cola. ojo. arreos y riendas.
La mrn11ura es una pit:I de leopardo cx lendida, con la tado dcn.:c.:ho del ca -Figura 3.-Crátera núm. 1.
Procesión al templo de Apolo Pitio.
65.1992 CERÁMICA ÁTICA DE LA LOMA DEL ESCORIAL <CARTAGENA J bailo, y la cola y los cuartos traseros en la parte posterior.
Está realizada igualmente con barniz diluido sobre la pintura blanca.
El jinete, desnudo, en tres cuartos, tiene el cabello rizado, con un rizo sobre la oreja y un tocado de hojas de laurel alternados con frutos blancos.
Este peinado se repite en los seis personajes de la imagen.
El brazo derecho extendido hacia adelante, dirigiendo la marcha de la procesión.
Colgado del hombro izquierdo lleva la clámide con numerosos pliegues.
Los rasgos anatómicos son muy sumarios: el pie izquierdo asoma por debajo del caballo desproporcionadamente largo.
Detrás del caballo, hacia la izquierda, otro joven desnudo, con la clámide colgada y el mismo peinado ya descrito.
Se dirige hacia la derecha con la cabeza vuelta hacia atrás.
La mano izquierda sustenta una antorcha, con la llama en pintura blanca sobre pintada.
La derecha es levantada indicando la marcha.
A su lado aparece un niño también desnudo, dirigiéndose hacia la derecha.
Porta la misma indumentaria y peinado; apoyada en el hombro izquierdo lleva una rama de laurel (et'.pecrtcóv11).
La mano derecha recogida a la altura del pecho, excesivamente grande.
Tras él otro joven desnudo completa la escena, alentando con su brazo derecho el sentido de la marcha, mientras con su brazo izquierdo sostiene una antorcha.
Al otro lado de la escena, delante del caballo, dos jóvenes, también desnudos, con el peinado e indumentaria ya referida.
El primero lleva un paño blanco en el cuello, cayéndole los dos extremos del mismo sobre el pecho.
Sujeta una antorcha con la mano izquierda y la derecha la dirige hacia el jinete.
Entre sus pies se dispone un pandero parcialmente tapado por el caballo.
Cierra la escena el segundo, que se dirige a la izquierda con una antorcha, mientras que levanta la mano derecha a la altura de la boca.
Tras él, en el extremo de la escena, en la parte superior se observan una jamba y un dintel de la puerta del templo de Apolo, con detalles en pintura blanca.
Del dintel cuelga una gran rama de laurel con frutos en blanco (figura 4).
h) Escena de palestra (figura 5).
Tres jóvenes envueltos en grandes himdtia dialogan.
Dos se dirigen hacia la derecha, totalmente envueltos en sus mantos que sólo dejan asomar los pies.
Los himátia están hechos mediante finas líneas de barniz diluido.
Por lo que respecta a los rasgos anatómicos, apenas están esbozados; los cabellos son simples manchas de barniz, de los que cuelgan algunos rizos.
Los ojos son líneas de barniz negro y la boca un punto.
El tercer personaje se enfrenta a ellos, con un brazo extendido, y un disco en la mano izquierda.
Segundo cuarto del siglo IV a.
Pensamos que el motivo iconográfico que exhibe esta crátera puede relacionarse con las fiestas que en honor de Apolo: se celebraban en Atenas.
Estas consistían en una procesión al santuario del dios, seguramente Pitio, donde se le presentaban una selección de los primeros frutos de la cosecha, dos veces al año, durante las Thargélia y Pyanópsia, correspondientes a los meses de mayo y octubre, con el fin de que el dios bendijera las cosechas (Deubner, L., 1969, 198).
Nuestra procesión corresponde a la que se celebraba en segundo lugar, esto es el siete de pyanopsion, en donde los oferentes llevaban los frutos del momento al santuario del dios, principalmente judías (7tÚcxvcx).
Este día era costumbre que acompañara al cortejo un niño de padres vivos (mxf t0cxA.'ñ<;) (figura 6) que llevaba en un hombro una rama de laurel, denominada eiresióne (Simon, E., 1983, 76-77).
Esta era colocada encima de la puerta del templo.
Así mismo también era usual que otros (1tcxt& t0cxA.et<;) recorrieran las calles de la ciudad cantando y pidiendo que se contribuyera a las fiestas del dios.
Muy fragmen tada (sesent a trozos), le fa lta la mayor pa rte de la escena del reverso, parte del borde y las a~as.
Segundo c uarto de l s iglo IV a.
C. Barniz negro brillante, bie n adherido, con refl ejos metálicos.
Pasta anaranjada, compac ta, blanda, bie n de purada.
Hojas de laurel en e l labio exte rior del borde.
Q ueda e n reserva una línea debajo de este fri so y otra e n e l arranque de l labio.
Igualme nte reservados e l interior del pie, la uni6n del pie con e l c ue nco y e n la parte infe rior de la mo ldura de l pie.
Un fri so cte ovas e n e l a rranque de las asas.
Debajo de éstas_, dos palme tas supe rpuestas c ircundadas por rólcos.
En la parte infe rior de la escena un fri so continuo formado por grecas y ajedrezado en proporción tres a uno.
Va 1oc:1da con una diadema tkcorada con pwllth hlanélh. l•.I cabello e't.i ren1g1do 1.•11 una cola. cayendok un hut iL' por encima de la oreja.
4uctlando -.,u, pentl1do-., en el am:.\!rededor tk la pareja -,e di\ pone la paldas a la c... ccna prin1.:ipal. aunl)ue da la imprc:-.iü11 de que ~e' uche hacia la ménade.
La mano que se <.:om crva c:-.tá mal <.:om: cbida. -..610 tres dedo-... l ~-..tá muy incompleto.
Un pandero en el -,uelo en tre d -.,:í ti ro y la ménade.
A la tlcrccha de la pareja <le cJio 'e''e encuentra otro.,;:ítiro dc, nudo parcialrnl.' ntc o<.:ullo tra:-.
El dc la dcnxha lk' a diadema l'll p1ntu1a hl.lllla. cl dl.' la 11quicrda addanta un hra10 que parece... ujctar un d1... co. El central apcn.1-.,.,.... ha con.,cn ado.
Ü\ a 'a"• 1:1 c...,pacm tntano entn.' e.... ta' queda harn1n1do <le negro.
La parte inferior de la e 'ce na la delimita un ln' o de grcL• ~..., ~.1_1edrcnu.Jo-.,.
a) E!-.ccna lk cortL'¡o dioni:-.íaco ( fi gura 9).
La l''ccna prrncrpal rc ) una corona de hojas y fruto blanco.
Se dirige hacia la i1quierda. con la caheta \Licita hacia la ménade.
Lleva una< lúm1cle colgada del hombro dacdw que k cae por de trá!-. del cuerpo.
E.... te bra10 e..., a liado en tanto que con e l otro maniicne un trr 'o rin1men1e adornado con fru to') llon.!:-. ele pintura blanca.... ohrepintada.
A la derecha aparece una ménade en i.!xta "i'. ín1egramcn1e en pintura blanca. con lo!-. deta-lle~ rc!-.cña<lo:-. en tono' dorado:-..
P re~c111a la cabc;a lev antada hacia aira..... con un gran pandero e n la mano de recha.
Lleva la rndena'ue lt a con adornos que le cae n por la c~pa l da.
Escena de TMasos dionisiaco.
Cornpkt.111 l.t l''n•rw dos..,átirm. -.1tuado.., en lo-. e'\1rcmo1.,. am bo' dc-.nudo.., ) con dta.., e n all o. llevando una ci nta n.~pn.::-.e n1ada en pinwra hlanLa L'lltn.' -.,us br:v ns.
El ot ro parece imitar a la dan1a. con.... u hra/(1 derecho levantado.
La pan\.' infe rior de la esce na prc-.cnta clemcn10, que la s itúan en un paisaje agrc.... tc.
E111rc la' l' igu1a..,'L' colocan hoja' de hiedra y frut o' en pinturn hlanca diluida.
h1 Tre... ck bo:-. con g rande.... himtÍlia que le.... llegan a lo.., pie' (tigura 10).
1:1 de la i1quierda ) el n•n1ral. amhos parcialme nte con-.c rvados:-e diri gen hac ia la derecha: e l primero muestra un di:-.L•n en:-.u mano.
Frente a e llos e... tá el terce ro. en el lado derecho. se parado por una columna.
Los detall e:-. anatómico' ele los trc:-. personajes son muy sumario.... y e:-.qucmát irns, típi cos de las escenas de rever:-.o de este período.
Crátera ática de campana de figuras rojas.
Se conservan 63 fragmento..... aunque cs tú muy int omplcta.
Le falta la base y el pie completamente así como un asa. pa11e de l borde y c uerpo.
Segundo cuarto del siglo 1 V a.
C. Barni1. negro brillante con iri saciones metiíli cas.
En e l reve rso. barni1 rnn tonos roji/.os.
Pasta dura y compacta de color anaranjado.
Exterior: bajo e l lahin del borde una pcyucñu moldura en re:-.crva que enmarca un fri so de Figura 10.-Crátera núm. 2.
Escena de palestra (Foto J. L. Montero).
De bajo lk c't~h otra fran.1a rc-.1:r\'ada lJllC ha'>Ido akuada al r1: ali1ar la compo1.,ic i l /11\.
Lo-, tlet: tlk-.. tk e:--te. t'llll,u\~, ~ ri1ch (k p-:: ln que k c uelga n pm la caraa"¡ como lo, njm: la boca e:-.tün hec hth L"tlll pintura blanca tlilui c.Ja. con tono-. dorado'>.
Delante de 151 aparece Ero~. co n la:-. carnacio ne:-. en blanco. tk l que -..
Por tíltimo ntra ménade vc,1ic.Ja con pe plo..,:-.entada ju ntl) a Dioni:-.o: apn) atla en un pandero.
Fn: ntc a ella otro joven tk::-.nutlo.:-.cμura111e11tc un:-. l< Í vuelto hacia el la a la que -,a luda con el bn110 dcrceho en alto.
La mano c~tá ma l concebida y con <.,eis c.
El,;í1iro va ck sn udo y le cuelgan rc~t o:-. de la ll<;hrid<'.
Del techo cuelμ a11' ario~ pámpano:-. o racimo:-. de uva:-..
La e:-cena c~t;í adornada con abundante' tallo:-. tk hiedra en pintura blanca dil uida.
Se con:-.crvan rc:-.Hh tic tre' j6vene:-. completamente e11vuclLO:-. en 'u' /1i11uÍlia.
Est a..,ta anaranjada. bien depurada. grano muy fino.
Pintor dd Ti r1o,o cgro.
Sq! undo cuarto del, iglo I\ a.
Exterior. l'n la boca hoja-; de laurel hacia la i14uierda: en la unión del cuerpo con la boc.:a una pc4ud1a acanaladura..,in barni1ar.
Debajo de la c~ce na fi gurada franja de grecas y un aspa.
Lleva el cahd lo rt•cog1do por una haml.1 de pu111n-. hl~11l O. ricamente decorado con punto-. hlanLO\. l)d'laJO dt• ~"tL' un pamkm.
A la i/quie1d.1 aparece..' un..,;í1iro harbado. l.'n c-.cor/o. -.e dmgl.' hal'la la i/4uierda. pero\ ucl \e la cabe/a hacia la tkrccha. mirando a la llh.:ll: Hk. \r.1 tocando el 1111/0, 1\111c él otro tir-.o. un rliyró11 y un pandl.'l' o colgado tkl tec ho.
Cierra la c-.cena pur c-.tL' lado 01ra m~na tk:.
Se ohsc r\all lo:-. plicg ut:-. del rH.:plos y reslth de una 11éhr11lc'.
Til.'nc la-, ca11iaL irn1L'' blancas. va de:-.cal1a.
En el otro ex tremo de la c-.cena otro'>Üliro i111: ompleto. con las piL•rna-. abie rtas. se di rige hm: ia la presidiendo la reunión aparecen recostados Dioniso y Ariadna con sus atributos característicos: tirso, coronas, joyas y también las carnaciones en pintura blanca en el personaje femenino.
Por la derecha se aproxima una ménade que ofrece a la pareja frutos en una bandeja.
La escena se completa con dos sátiros y otra ménade, dispuestos de manera que van alternándose personajes masculinos y femeninos.
El culto de Dioniso, dios del vino, la naturaleza y la fertilidad, vinculado por tanto con los cultos de Eleusis, cobra un inusitado interés en la sociedad griega desde las últimas décadas del siglo va.
C., auge que se incrementó en los primeros años del siglo IV a.
C., ya que pese a su incorporación a la polis se mantuvo como un dios campesino (García López, J., 1975, 123).
Este esplendor se refleja inmediatamente en las representaciones de la cerámica ática del siglo IV a.
C., en donde se convierte en uno de los temas predilectos de los ceramistas junto con los ciclos de Apolo, Afrodita y Eros (Metzger, H, 1951, 101-154).
Los temas elegidos son variados: nacimiento e infancia, su encuentro en Naxos con Ariadna, quien desde ese momento se convertirá en su compañera, o bien representaciones de la pareja de amantes acompañados por el cortejo báquico, esto es, sátiros, silenos y ménades que bailan y danzan, o bien escenas de banquetes en los que los participantes suelen ser los mismos.
En todas ellas Oioniso y Ariadna se sitúan en el centro de la imagen (Metzger, H., 1951, 123).
Dioniso suele estar tratado como un dios joven e imberbe, con los cabellos ordenados en bucles, generalmente coronado.
Aparece desnudo y puede llevar el himátion colgado en un brazo.
Suele acompañarse con un gran tirso (Villanueva Puig, M.C.. 1989, 304) a partir del final del clasicismo su aspecto pasa a ser un tanto afeminado (Boardman, J., 1989, 225).
Del cortejo junto a los sátiros normalmente desnudos, seres de la naturaleza que acompañan al dios en sus manifestaciones, es importante destacar a las ménades, ya que imponen una revolución al propiciar la salida de la mujer del habitual gineceo en el que estaba recluida en la sociedad griega, al mundo exterior en igualdad con e l hombre.
Las ménades eran elemento fundamental en la configuración del rito tal y como nos ha transmitido Eurípides en sus Bacantes.
El entusiasmo (ev0oucncx.oμÓ<;). la locura (μcx.vicx.) eran imprescindibles en este culto a Dioniso que distinguían a sus adoradores de otros ritos.
La divinidad se apoderaba de ellas con un frenesí incontrolado que era propiciado por la música de los timbales, flautas y crótalos que eran los instrumentos orgiásticos por excelencia de los griegos (Dodds, E. R., 1986, 254), en ese momento de comunión mística con la divinidad se producía el éxtasis, aunque fuera pasajero (García López, J., 1975, 251-259).
Estas representaciones son bastante abundantes en ia Península Ibérica en la primera mitad del siglo IV a.
La crátera número 7 pese a lo fragmentado de su conservación, se puede reconstruir fácilmente la escena principal.
En el centro aparece la pareja de amantes, Dioniso como joven im-,, Figura IS.
Escena de Thía. \os dionil.1aco.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa berbe del que sólo se conserva la cabeza coronada de hojas de hiedra y perlas, que debía estar sentado, con su tirso a la derecha y Ariadna situada a su izquierda, de pie. con las carnaciones en blanco, y sostiene una phiala para libar en su mano izquierda, mientras que con la derecha parece que quiere taparse la cara con su velo en un gesto típico de recato femenino o aidós. en una ambivalente actitud de enkálypsis o anakálypsis (desvelación) tan del gusto del mundo griego y oriental desde siglos atrás (Olmos, R. y B. de Griñó, 1985 41-42, con la bibliografía pertinente; existe un vaso ibérico con la representación de una anakalypsis procedente del poblado de Santa Catalina del Monte (Verdolay), conservado en el Museo de Murcia.
Ambos enamorados miran hacia la derecha donde está situado Eros que indica que el amor existente entre el dios y la mortal preside el momento.
Completan la imagen dos sátiros y una ménade.
La crátera número 8 muestra igualmente otro instante de fiesta dionisiaca y aunque incompleta, presenta a una ménade con las carnaciones en blanco. coronada y con un tirso en su mano derecha, que quizás sea Ariadna; se dirige hacia su izquierda escoltada por dos sátiros, uno de los cuales toca un au/ós.
Hacia la izquierda del vaso se aprecia otra ménade que lleva una nébride encima del peplos.
La escena se completa con múltiples detalles que nos introducen en el mundo dionisiaco, tales como tímpanos, cuernos de la abundancia, racimos de uva, siendo la base de la misma muy rugosa, con piedras de distinto tamaño que configuran pendientes que muestran lo agreste del paisaje donde se desarrollan los mitos.
La número 2 mejor conservada que las precedentes, presenta una escena de danza estática con sólo cuatro personajes.
Los dos centrales pueden ser Dioniso, desnudo, con un rico tirso en su mano derecha, que contempla las convulsiones de su pareja, Ariadna (figura 15), que aparece con las carnaciones en blanco con collares y otras joyas.
Esta mueve la cabeza dejando caer su melena suelta hacia atrás, dando la impresión de que en total éxtasis, recuerda con esta actitud uno de los pasajes de las Bacantes de Eurípides en el que se dice «yo haré que dejes de sacudir el pelo hacia atrás».
La escena se completa con dos sátiros en los extremos junto a las asas.
Uno se dirige hacia Ariadna, mientras que el segundo contempla los movimientos de ésta en el otro extremo de la acción, iluminando el cortejo con una antorcha en su mano derecha.
Los reversos de las tres cráteras exhiben escenas esterotipadas de palestra, con grupos dejóvenes sumariamente ejecutados envueltos en amplios mantos que contribuyen a distorsionar todavía más la imagen.
Los jovénes dialogan entre sí, generalmente suelen representarse dos o tres, y pueden llevar un estrígilo o un disco en la mano, otras veces se muestra también al maestro que puede llevar un bastón.
Estas imágenes de gimnasio tienen también connotaciones de iniciación a la homosexualidad (para un análisis exhaustivo de estas caras B véase Trías, G., 1987, 57-60).
En la Península Ibérica es frecuente hallar cráteras de campana con esta clase de representaciones.
No se conserva el borde, ni las asas.
Debajo de éstas dos palmetas superpuestas, formadas por diez pétalos cada una y rodeadas por róleos.
La escena se apoya sobre un friso de grecas y ajedrezados en una proporción de cuatro a uno.
Este friso es continuo, da la vuelta a todo el vaso incluso debajo de las asas.
Barniz negro brillante, bien adherido en la superficie, con líneas en tonos rojizos y una banda sin barnizar que delimita el cuerpo de la crátera.
Parcialmente picado en el exterior.
Pasta de color ñaranja claro, fina, depurada, blanda y compacta.
a) Hércules conducido al Olimpo en una cuádriga por una Nike (figura 16).
A la derecha de la escena se observa al auriga.
La cabeza queda envuelta en un círculo de barniz negro.
Las alas asoman por detrás, a ambos lados.
Está toscamente conformada ya que la boca es un punto de barniz, los ojos están definidos por tres finas líneas y un punto.
Su hombro izquierdo encaja muy apretado con el del personaje masculino situado a la derecha.
Por detrás asoman varias ovas del friso que remata el arranque de las asas.
Ambos personajes están de perfil, dirigidos hacia la izquierda.
En la parte inferior se observa la mayor parte de las dos ruedas de tres a cinco radios, y parte de los ejes del carro.
Este va tirado por cuatro caballos al trote, con las patas delanteras levantadas.
No se conservan las cabezas, sólo las crines de tres señaladas con rayitas paralelas de barniz negro.
Debajo del cuello de los caballos llevan peto para el tiro, resaltado con pintura blanca.
La concepción general es muy sumaria, formándose como un bosque de patas delanteras, alternadas con las traseras en, donde únicamente se definen las rodillas, I.os cascos y los sexos masculinos de los mismos.
Aunque sólo se conserva la mitad inferior de la crátera, el tema que representa se puede reconstruir prácticamente en su totalidad.
Aparece una cuádriga conducida por una Nike, y a su izquierda un hombre desnudo de complexión atlética, Hércules, mostrado como un joven imberbe, que debe llevar la clava en su mano izquierda, apoyada en el antebrazo, tal y como suele representarse en otros vasos de este período con el mismo tema (Boardman, J., 1989, núm. 348 y 354).
Con la mano derecha agarra el asidero del carro.
Los caballos marchan al trote; la victoria se concentra en la conducción del carro.
Sólo se aprecia el inicio de las alas por detrás de sus hombros.
La imagen presenta el traslade en una cuádriga conducida por una victoria de Hércules al Olimpo para proceder a su apoteosis y posterior divinización, después de haber sido inmolado en una pira funeraria.
La escena se podría completar con Hermes como guía y mensajero de los dioses por delante de la cuádriga.
Este tema dominó el repertorio en la cerámica ática de figuras negras, siendo representado en especial en la realización de los doce trabajos, sobre todo en las luchas contra monstruos y gigantes, o también su introducción en el Olimpo por parte de Atenea (Boardman, J., 1988 b, 226-228).
En las representaciones del siglo IV a.
C. aparece únicamente el carro, mientras que en períodos precedentes el carro puede ser conducido por Atenea (Boardman, J., 1989, 228) o por lo-b) Apenas se conserva.
En un fragm ento se observa parte de un efebo joven que quizás sostiene un estrígilo; delante un ¿aríbalo'? cuelga del techo.
Este joven cerraría la escena por la derecha, donde aparecen restos de la palmeta de debajo del asa.
Los detalles anatómicos están confeccionados de muy sumaria.
Nos encontramos ante un tema marino, que se desarrolla entre el mar y la costa.
Aunque falta una parte del vaso y por lo tanto de la concepción completa del moti vo iconográfico representado.
No obstante podemos vislumbrar el argumento elegido.
La parte de la crátera conservada en dos fragmentos nos muestra el desarrollo de la escena de izquierda a derecha.
En primer lugar está situado el monstruo marino, bien dibujado con escamas y aletas, éste se enfrenta a dos personajes, uno es el dios Posidón con tridente y corona de frutos que lo mira y que apoya sus pies en una ola, junto a él hay una mujer con peplo que le cae hasta los pies con las carnaciones en blanco.
Finalmente se ha preservado la parte inferior de unas alas ¿Eros? colocadas entre el monstruo y Posidón.
Analizados los fragmentos que restan de esta crátera se puede inferir que el tema iconográfico representado es una escena con Posidón en la que está presente el amor, por tanto pensamos que la acompañante del dios es la nere ida Anfitrite que se convirtió en su mujer legítima.
El monstruo desgraciadamente incompleto podría ser una representación de Nereo, padre de Anfitrite que tenía capacidad de metamorfosearse en cualquier tipo de animal o monstruo marino.
El instante ofrecido por la crátera sería el momento en que Anfitrite tras una primera negativa para acceder al matrimonio con el dios que le lleva a esconderse con Oceano primero y con Atlante después, cede a la propuesta de Posidón, tras haber sido encontrada por un delfín a quien posteriormente Posidón en agradecimiento convertiría en una constelación.
También es frecuente representar a este matrimonio en su carro tirado por monstruos marinos, razón por la cual el monstruo de nuestro vaso podría ser uno de los que suelen representarse cerca de las divinidades del mar formando parte de su cortejo.
No obstante al quedar incompleta la escena.. se puede hipotetizar con lo que podría completar la composición en la que como mínimo, en función del espacio que falta y del tamaño del vaso, cabrían todavía dos personajes hacia la izquierda.
Si tenemos en cuenta las preferencias temáticas y el gusto existente en el siglo IV a.
C., por ciertos temas en los que se representan monstruos marinos, nos viene a colación rápidamente la historia de Andrómeda en cualquiera de las versiones de Eurípides y Sófocles (Metzger, H., 1951, 340-342).
En este caso la parte perdida nos mostraría a Andrómeda atada a unos árboles o a una roca junto al mar para ser devorada por un monstruo marino ketos (para la representación de monstruos marinos en el mundo clásico, véase Boardman, 1987, 73-84), enviado por Posidón para castigar la soberbia de su madre Casiope quién se había jactado de ser más bel la que las nereidas.
La única salvación del reino sería exponer a su hija al monstruo.
En este caso Posidón y Anfitrite estarían en el mar observando al monstruo que emerge para devorar a Andrómeda, la presencia de Eros en esta reconstrucción habría que interpretarla como nexo de unión de los dioses del mar o bien como símbolo del amor que inmediatamente va a surgir entre Perseo y Andrómeda.
Perseo se situaría en el extremo del vaso detrás de Andrómeda.
Sería su salvador quedando tan perdidamente enamorado de la heroína que inmediatamente después de su salvación contraería matrimonio con ella.
Barniz negro brillante. con tonos rojizos en el interior. deja traslucir los surcos del tomo.
Bien adherido, un poco picado el interior.
Pa<;ta anaranjada, blanda, un poco exfoliada, depurnda y fina.
Exterior, en el borde hojas de laurel hacia la izquierda; sobre ellas una línea en reserva en el borde, y otra en la unión entre el borde y el cuerpo.
El arranque de las asas está delimitado por un friso de ovas.
El espacio de debajo de las asas está decorado con dos palmetas superpuestas de nueve pétalos rodeado por dos roleos a cada lado y un caulículo.
Sólo se conserva un poco de la parte superior de la escena.
a) En la izquierda se observa la parte superior de un animal, con un asta dirigida hacia la derecha, probablemente un toro.
Delante de éste se observa la frente y el de un personaje masculino, con corona de laurel y puntos blancos.
Ante él una guirnalda en pintura blanca colgada desde la pane superior.
En el centro de la escena aparece un brazo de hombre, que agarra una rama de laurel con puntos blancos entre las hojas.
Cierra la escena por el lado derecho un personaje masculino tocado con pétasos en pintura blanca, vestido con la clámide y portando dos lanzas (figura 18).
De esta crátera apenas conservamos el borde y por lo tanto únicamente la parte superior de la escena representada.
Los elementos de que disponemos son la pane anterior de la cabeza de un posible bucranio, cuyo cuerno izquierdo está adornado con una guirnalda en blanco.
Delante se distingue una pequeña porción de la cabeza de un personaje probablemente masculino con una corona de hojas con frutos en blanco hacia su izquierda.
Delante de él una gran guirnalda o cinta en blanco que parece diferenciar este ambiente, quizás sagrado, del resto de la composición.
Los dos personajes representado~ en el centro de la imagen no se conservan excepción hecha de un gran arbusto de laurel con frutos en el que se apoya uno de ellos.
En el extremo izquierdo del vaso otra figura masculina con pétasos y dos lanzas en su hombro izquierdo, parece que observa lo que sucede.
Tendríamos un último detalle, un pequeño rizo o cuerno que se aprecia en el centro de la composición entre el arbusto y el recinto sagrado.
Establecer una reconstrucción satisfactoria de la imagen con los fragmentos que se han preservado es arriesgado, sin embargo y a modo de hipótesis se pueden plantear varios temas:
Se podría pensar en un sacrificio en donde el rizo o cuerno fuera de un camero llevado al altar, que estaría situado delante del arbusto de laurel, composición parecida a la de una crátera de campana del pintor de Chrysis procedente de Capua (Boardman, J., 1989, núm. 183).
La segunda hipótesis de trabajo sería la vinculación de la escena con la purificación de Orestes en Delfos después de haber cometido el asesinato de Clitemnestra y Egisto, para vengar la muerte de su padre Agamenón.
En este caso el personaje que se apoya en el arbusto de laurel sería el dios Apolo, mientras que el personaje recluido en el recinto sagrado con el bucranio sería Orestes.
Delante de ellos se colocaría el altar de sacrificio y el joven que contempla el desarrollo de la escena sería Pilades, el inseparable amigo de Orestes (Overbeck, J., 1857, 7 14-717, núm. 55 y 58, lámina XXIX 7 y 12).
Una tercera opción podría ser el sacrificio de lfigenia a manos del adivino Calcante, para lograr que pasase la calma que impedía a la flota aquea partir hacia Troya.
(Foto M11, co tk Murcia).
co n ~tru cció n es rrnh complicada todavía.
El per!-.onajc del arhu!-.IO podría ~cgu ir ~ie n do J\polo. delant e de l ~e ~i tuaría Calcante y el altar; e l ri10 o cuerno pert enecería al animal que en el último intantc su~t ituiría en el sacrificio a lfi gcnia, nonnalrm: ntc una cierva.
En este caso e l pcrsonajl.! de la derec ha pod ría!-.cr Agamcnón. pero lo rl.!duc: ido del tamario del vaso no pl! rmiti ría la introducción de rrnb fi guras con'u ~tan ci aks a C!-.11.! dnuna como la diosa Ar1emis. causante de la calma por una ofc n ~a rcaliatda por 1\ g amenón. o la propia 1 figcnia (Üverbed, J., 1857.
Una última!-.Olución podría ser la llegada de Orestcs y Piladcs a la Táuride, donde lfí gc11ia habría..... ido transportada por A 11crni~ en e l instante del sacrifi cio. y donde ern sacerdoti sa. tal y como recoge Eurípidcs ( 1 fi genia en Táuride.
En este caso Orcstcs y Pi l ade~ se rían los dos personajes situados a la dcrec: ha. uno agarrado al árbol y el otro a su iLquierda con las do!-. lan1as.
En el o tro lado de la e!-.ccna estaría e l recinto!')agrado sim bol i1.ado por el bucranio y las ci nt a~ en blanco.
Faltaría el altar e lfigenia adem;h d e la imagen de Anemi!-. que Oreste!') vendría a robar para acabar de purifi c ar~c por haber asesinado a C litemncstra, siguiendo nuevamente la versi ón de Eurípides (Orestcs).
No obstante se plantea el mismo problema 4ue en e l caso precedente, la falta física de espac io para insertar todos los personajes precisos (Boardman, J., 1989. núm. 350 ).
Después de haber expuesto varias hipótesis sobre e l tema representado en e l anver~o de esta crátera. pensamos que la más plausible denLro de la imprecisión en la 4uc no!') movemos y teniendo en cuenta e l espacio expositi vo y los personajes necesarios parn rep re~e n tar e l mito se-JO C. y J.M. GARCÍA CANO Af-~spA, ó5.
71O-719), episodio del ciclo troyano al que se recurre en mayor o menor medida en la cerámica ática del siglo IV a.
Nos encontramos ante un hallazgo de singular importancia ya que se ha producido en un cimiento indígena del que si bien se conocían materiales áticos de figuras rojas de cierto valor como la kylix de rojo coral y otros fragmentos con cronología del siglo v a.
C., hay que señalar que no pasaban de ser fragmentos de vasos muy atomizados (García Cano, J. M., 1982).
Sin embargo con el hallazgo presente resulta que se documentan en una sola habitación restos de ocho cráteras áticas de campana de figuras rojas, de las que tres están casi completas, y otras tres dan el perfil completo.
En segundo lugar hay que destacar el hecho de que todas pertenezcan al mismo período cronológico, y la variedad y riqueza iconográfica de las escenas.
En cuatro cráteras (núm. 2, 3, 7 y 8) se representan escenas dionisiacas, cortejo o banquete, tema éste muy frecuente en Ja cerámica ática de figuras rojas en el siglo IV a.
C. (Metzger 1951) y también mayoritario entre las importaciones de cerámica ática que llegan a la península ibérica (una relación de hallazgos de c•ortejo dionisiaco en la Península Ibérica, véase Villanueva Puig, M. 1986).
Otras dos presentan temas típicos de la cerámica de este período, pero que son escasos en el Occidente mediterráneo.
El tema marino con Posidón (crátera núm. 5), y la ascensión de Hércules al Olimpo en una cuádriga (núm. 6).
Sin embargo los otros dos motivos aparentemente son de una rareza extraordinaria lo que le confiere una singularidad aún mayor al hallazgo de Los Nietos, y en especial por lo que se refiere a Ja crátera núm. 1, en donde se contempla Ja procesión al templo de Apolo Pitio el día siete Pyanopsion, en la que participa el na.fe; áμq>t8aA: JÍ <; portando la eiresióne sobre un hombro.
Este motivo iconográfico podemos decir que es único en la Península Ibérica hasta la fecha.
En cuanto a la otra crátera con escena poco común en los repertorios del siglo IV a.
C., parece esbozarse el tema de la purificación de Orestes.
Por lo que respecta a los pintores que decoran este lote de cráteras podemos señalar la interelación existente entre las de tema dionisiaco y los caracteres generales de ejecución de todo el conjunto, esto es, empleo de pintura sobrepintada en blanco y dorado, unificación temática de los reversos o el tamaño de los vasos.
Estos caracteres nos llevan a vincularlas con el Grupo del Pintor de Telos, tal y como lo definió Beazley, con una fuerte conexión entre los pintores integrantes del mismo Telos, Grifomaquia de Oxford, Retorted painter y Tirso Negro (Beazley, J., ARV2, 1406), tan vinculados entre sí que el propio Beazley dudaba en atribuir un vaso al Retorted painter o al pintor del Tirso Negro (Beazley, J., ARV2, 1425-1426).
En función de los detalles compositivos y de los hallazgos peninsulares creemos que al menos las cuatro cráteras con tema dionisiaco pueden adscribirse al círculo del pintor del Tirso Negro.
También hay que contemplar la posibilidad de que las cráteras de mejor ejecución, sobre todo el anverso de la núm. 1, aunque muestra evidentes distorsiones anatómicas, es de una calidad superior• a las restantes, pudiera haber sido pintada en esta cara por un pintor, y en el re-AEspA, 65.1992 CERÁMICA ÁTICA DE LA LOMA DEL ESCORIAL (CARTAGENA) -11 verso por otro, cosa relativamente frecuente en este período como señaló Beazley en varios vasos del pintor de Telos (Beazley, J., ARV2 1427).
El lote de las cráteras áticas estudiadas supone un 2 l.6 por 100 respecto al total de la cerámica exhumada en la habitación A, mientras que el de los materiales áticos se sitúa en un 29.7 por 100 (se han d! ocumentado también dos platos F. 22 L., una F. 24 L. y un plato F. 2 l L.).
Esto nos indica que el porcentaje de las cráteras de figuras rojas sobre el total de la cerámica ática constituye más del setenta por ciento.
Este dato es explícito en cuanto a lo inusual del hallazgo.
El contexto global en el que aparecieron dentro de la habitación A del poblado, en el que predominaban las ánforas, ibéricas y de importación, y grandes vasos de cerámica ibérica nos induce a pensar que estamos ante un departamento dedicado a almacén.
Las habitaciones circundantes, en proceso de excavación en el momento de redactar estas líneas, contienen ajuares domésticos normales en cualquier poblado ibérico de este período cronológico, lo cual vendría a ratificar la hipótesis expuesta, en la que el departamento A sería un almacén, y las piezas estudiadas destinadas a un comercio redistribuidor.
La circunstancia de que en la necrópolis, con cerca de doscientas tumbas excavadas en total, a penas se hayan encontrado escasos fragmentos de cerámica ática de figuras rojas, refuerza esta afirmación.
La Loma del Escorial debió ser un enclave regular para la navegación de cabotaje de agentes comerciales que desde Ampurias recorrían toda la fachada levantina peninsular, convirtiéndose en centro redistribuidor de las importaciones áticas, tanto como escala hacia el Sur por vía marina, como hacia el interior en conexión con los próximos centros de la desembocadura del río Segura.
La localización costera de La Loma del Escorial, y su proximidad a la Sierra Minera de La Unión, le confieren unos. caracteres estratégicos que no podían pasar desapercibidos para los pueblos colonizadores al menos desde principios del siglo V a.
C, como lo atestiguan la calidad y la variedad de las importaciones áticas exhumadas hasta la fe.cha presente.
El mismo origen del poblado y su principal actividad económica durante toda su existencia debió estar en conexión con esta localización próxima a las minas de La Unión, ricas en plata y plomo, como parece indicar la gran cantidad de minerales y escorias de fundición de estos metales que se han atestiguado durante el curso de excavación.
Archivo. n C. y J.M. GARCÍA CANO CUADRADO DiAZ, E..
1958: «Otra crátera del pintor del Tyrso Negro». |
Se presentan nuevos hallazgos en el yacimiento que permiten identificar en su última fase (siglos 1v-11 a.
C.) un posible santuario de Deméter y Core rodeado de un campo de silos.
Apuntan en este sentido el hallazgo de una estructura de culto incluyendo un altar helenístico en mármol pentélico y un gran depósito votivo localizado en el interior de un silo.
Este depósito permite identificar el significado ritual de otros hallazgos anteriores en el interior de silos.
1993 EL YACIMIENTO Y SU INVESTIGAC IÓN (Fig. 1) El yacimiento de Mas Castellar de Pontós está situado en la depresión altoempordancsa. sobre una pequeña elevación ( 140 m.s.n.m.) limitada al norte y noroeste por el cauce de la riera Algucma (afluente del río Mano() con cortados de 25 a 55 m. de altura y descendiendo suavemente hacia el sur en dirección al cauce del Fluvia, a 2 km. de distancia.
Se trata por tanto de un a col ina abierta. con defensas naturales y una amplia visibil idad de 25 km. a la redonda.
El terreno está cubierto hoy en día por trabajos agrícolas y un manto boscoso de encinas.
Un paisaje semejante en líneas generales al que presentaría en época antigua, cuando el yaci miento se situaba en las sierras de poca altura que limitaban la marisma litoral que cubría toda la costa del go lfo de Rosas.
Su posición, a unos 20 km. de distancia de Emporion y de Rhode. equidistante de ambas ciudades siguiendo los cauces fluviales que aseguraban la comunicación a través de la marisma, convierten este yacimiento, destacado centro geopolítico. en un importante documento para el estudio de la iberización en el Ampurdán.
La existencia del yacimiento, comunicada por el propietario de los terrenos, motivó en el año 1966 una inspección de J. Maluquer y M. Oliva y la divulgación de su exis t encia~. pero no sería hasta los años 1975-1977 cuando el Centre d'! nvestigations Arqueológiques de Girona. bajo la dirección de A. Martín, realizase las primeras excavaciones.
A parti r de estos trabajos, el lugar fue definido como un «campo de si los»: un yacimiento de época ibérica, con abundante presencia de importaciones griegas, caracterizado por una gran concentración de silos sin que se apreciara su relación con estructuras de hábitat J. A. Martín destacaría el enorme volumen de almacenamiento de estos silos\ publicando diversos materiales o hallazgos significativos en conjuntos de colmatación con presencia de campan iense A: un conjunto de terracotas con cabeza de Deméter aparecidas en el relleno del silo 28 5, un «hogar en fosa» en el silo 26, aparición de otro hogar singular definido como «hogar ritual», hallazgo de un ostracon discoidal con cuatro líneas en alfabeto ibérico en el silo 25, etc."
En trabajos más recientes.
A. Martín ha señalado la presencia de materiales massaliotas, ll egados en su opinión por intermedio de Rhode 1.!
Oliva, M.A.: Nuevo importante yacimiento prerromano en el Ampurdán: el poblado de Puíg Castellar (Pontós, Gerona).
4 Martín, A.: Memoria de la segunda campaña de excavaciones en el yacimiento de Mas Castella de Pontós, Revista de Girona, 78,1977,55: «estos silos tienen una capacidad entre 6 y 8 m. cúbicos y algunos mayor aún.
Un metro cúbico de trigo o de avena pesa unos 660 kg. Con las modernas técnicas de producción, 1 Ha de terreno aquí da unos 1800 kg. de trigo, por lo que puede calcularse que cada uno de estos silos puede contener como mínimo la producción de 2 Ha... »
Añadiremos únicamente a esta observación que los silos presentan dimensiones variables.
Los hallados en la parte superior de la colina son de tamaño inferior a los excavados por Martín en la terraza media.
3 7 Martín, A.: Aportacions de les excavacions de Roses a l'estudi del comer~ massaliota a l'Alt Empor.da en els segles IV-III a.C., Cypsela, 4, 1982, 113-122; Ruiz de Arbulo, infra, señala no obstante la imposibilidad de distinguir en los siglos JV-III a.C. los comercios emporitano y rodio. -Plano topográfico del Ampurdán en época antigua, con s ituación de los yacimientos citados en el texto y restitución aproximada de la marisma (según J. Ruiz Arbulo).
Una primera restitución esquemática del paisaje en la Antigüedad y la inserción en el mismo del yacimiento ha sido planteada por Ruiz de Arbulo 8, valorando éste como e l principal testimonio del comercio del cereal ibérico que habría ocasionado el auge económico de Emporion y Rhode en el siglo IV a.
C.' 1 J unto al oppidum de Ullastret se trata de un punto clave para entender las relaciones entre los íberos indicetes y los habitantes de las colonias del golfo.
M Ruiz de Arbulo, J.: Emporion y Rhode. dos asentamientos portuarios en el golfo de Rosas, Arqueologia espacial, 4, Teruel, 1984, 128-132 y fig. 4.
Algunas reílexiones preliminares, Revista d'Arqueologia de Ponent, 2, 1992.
En este último trabajo se rebate la opinión de Domínguez, A.: La función económica de la ciudad griega de Emporion, VI Col.loqui lnt. d'Arqueologia de Puigcerda ( 1984), Puigcerda, 1986, 193-199 que identificaba erróneamente los silos con fosas de agua para el trabajo del lino.
Ver también una breve referencia al yacimiento en Sanmartí, E.: Les influences méditerranéennes au nord-est de la Catalogne a l' époque archaique et la reponse indigene, I Focei dall'Anato/ia a/l'Oceano, PdP, 37, 1982, 281-303.
LAS NUEVAS IN VESTIGACIONES Y SUS RESULTADOS (Fig. 2) En 1990. la investigación del yacimiento ha sido recmprendida por el CIA de Girona, bajo la dirección de E. Pons y A. Adroher, a través de una campaña intensiva de prospección fotog.rúfica, electromagnética y cdafológica, continuada por realización de catas estratigráficas en los lugares oportunos 1 ".
Los importantes hallazgos alcanzados en la campaña de 1992 de cara a la definición y análisis del yacimiento 11 nos mueven a presentar un avance de los mismos de forma inmediata en colaboración con J. Ruiz de Arbulo.
Estos resultados se concentran en dos aspectos fundamentales:
Identificación de una primera fase de ocupación correspondiente a un oppic/11111 ibérico amurallado destruido a fines del siglo V-inicios del siglo 1v a.
Documentación parcial de un edificio con dependencias (sondeo 1 ), abandonado en la primera mitad del siglo 11 a.
C. y que definimos como parte de un edificio de culto por la presencia de un altar monolítico de mármol importado.
Hallazgo en la plataforma superior del yacimiento de un depósito votivo en el interior de un silo (núm. 1O1 ), igualmente datado en la primera mitad del siglo 11 a.
Sus características permiten entender igualmente como ofrendas votivas los hallazgos anteriores realizados por A. Martín («hogar ritual», «hogar en fosa» del si lo 26, ostrakon ibérico. terracotas de Deméter, etc.).
Aunque sin evidencias epigráficas, los ritos atestiguados permitirían plantear la hipótesis de un santuario dedicado a las grandes diosas: Dcméter y Corc-Perséfone.
La presencia de este santuario presidiendo un campo de silos sería un documento de excepción para lograr entender la relación entre íberos y griegos en el comercio cerealístico de los siglos 1v/ 11 a.
C.: la concentración de los excedentes en un mercado neutral protegido por el carácter sacro de la divinidad.
Se trataría, pues, de un santuario empórico, cuyo papel como elemento de comercio y aculturación en la dinámica colonial ha sido ya bien estudiado en numerosos lugares.
Al mismo tiempo, su situación interior, equidistante de Emporion y Rhode, permite estudiar su relación con unos territorios cuyas características de momento desconocemos casi totalmente.
Las excavaciones de 1992 han documentado las fases correspondientes al abandono del yacimiento a mediados del siglo 11 a.
C. Esta fecha no es causal, sino que coincide con la 11 La documentación exhaustiva se encuentra recogida en los informes de excavación entregados al Servei d' Arqueologia de la Generalitat.
Queremos mencionar como responsables de excavación en la campaña de 1992 a X. Barturen, R. Borreda, F. Contreras, J. M. García y E. Tabernero.
Estudios especializados: C. Aguer y A. Cusó (restauración), N. Carulla y J. Aurell (geomorfología), R. Vallejo (sedimentología), R. Buxó y D. Canal (carpología), M. Ros (antracología), S. Casellas y M. Saña (fauna), B. Agustí (antropologia), A. Adroher, A. Martí y M. J. Femández (ceramología) y Lluis Sant (topografia).
Recordamos igualmente la participación entusiasta de un buen número de estudiantes de las Universidades Central y Autónoma de Barcelona, Tárragona, Valencia y Madrid. romanización di: ctiva del territorio emporitano y por tanto con la transformación de la situación social y económica que había motivado su existencia.
En este primer trabajo intentaremos fundamentalme nte explicar esta última fase de la vida del yacimiento. interpretando las características del culto y su func ionamiento económico y político.
Examinaremos en primer lugar las ev~dencias documentadas.
EL EDIFICIO DE LA ZONA 1 (fig. 3) La excavación ha delimitado, por debajo del nivel superficial, los restos arrasados de un edificio de varias habitaciones, con niveles de abandono y derrumbe de muros conservados sobre las pavi mentaciones.
Los límites exactos del edificio son todavía desconocidos en espera de la ampliación de la excavación en la próxima campaña de 1993.
De momento se dibuja una planta rectangular en torno a una gran estancia central ( 1) rodeada por diversas cámaras (2,3,4,5 ), sin que todavía puedan definirse con seguridad las circulaciones.
Los zócalos de los muros están realizados con material lítico heterogéneo (travertinos, areniscas, calcáreas, etc.) de tamaños desiguales calzados en ocasiones con ayuda de fragmentos anfóricos.
Las estancias tienen suelos de tierra batida y guijarros dispersos con excepción de la sala 5. provista de un pavimento de cal (SL 27) que asciende en los laterales rebocando los muros.
En la estancia central 1 aparece en un lateral una basa circular de arenisca correspondiente a un apoyo de columna ( BS 13) alineada con uno de los muros.
Por encima de los pavimentos se extienden niveles de abandono con abundantes restos materiales y faunísticos.
En la estancia central 1, las U Es 126 y 108 presentan restos faunísticos en conexión y la UE 132 la apariencia de un vertedero cerámico.
Lo mismo ocurre en el nivel 129 que cubría el pavimento de cal de la estancia 5, con presencia de un molino y restos abundantes de cerámica, algo de fauna y metales.
Las características del material de estos estratos son homogéneas: campaniense A, ánforas grecoitál icas, púnicas y punicoebusitanas como importaciones. cerámica común ibérica pintada, gris de la costa catalana, ánfora ibérica y cerámica de cocina a mano, junto a algunos fragmentos áticos, massaliotas y del taller de Rosas como material residual.
Un contexto situable por tanto en la primera mitad del siglo 11 a.
El análisis de la fauna recogida en estos niveles sobre el suelo de la estancia 1 muestra como elemento destacable la presencia mayoritaria de perro -ca nis familiaris-(202 restos, 85,2%, 5 animales) seguido a gran distancia de buey -bos taurus-( 11 restos, 4,6%, 2 animales), oveja/cabra -ovis arieslcapra hircus-( 1 O restos, 4, 1 %, 1 animal), caballo -equus sp. -(7 restos, 2,9%, 1 animal), cerdo -sus domesticus-(7 restos, 2,9%, 1 animal).
En la estancia 3 aparecen en un lateral los restos de un hogar (LL 28) asociado a un pavimento de tierra batida (SL 36) y, sobre el mismo, un nivel de abandono ( 131) que presenta, junto al habitual conjunto cerámico, el hallazgo espectacular de un ara de mármol blanco fragmentada.
La lista de materiales es la siguiente:
-Cerámica ática: 1 borde.
-Barniz negro, taller de Rosas: 1 fragmento.
-Gris de la costa catalana: 2 bordes, 5 inf.
Edilicio de la i'Ona 1. /\. vista hacia el sur.
H, plano hipotético en relación a los hal lazgos.
Se indica la numeración de los sectores y los princ ipales contextos cs tratigrálicos.
Los aslcris<.:os sei)alan los fragmentos del ara.
Mármol: 27 fragmentos correspondientes a un ara (estudiada más adelante). -Fauna: 52 fragmentos.
-Restos humanos: fragmento s de cuerpo derecho de mandíbula humana perteneciente a un adulto por encima de los veinticinco años, probablemente de sexo masculino.
LOS S ILOS DE LA ZONA 4 (Figs.
4, 5 y 6) Una cata de 8 x 1 O m. en la zona 4 proporcionó bajo e l nivel superficial la aparición del suelo natural, compuesto por un conglomerado detrítico con inclusión de areniscas en el que se abrían una serie de fosas circulares con rellenos antrópicos que hemos definido como fosassilos, procediéndose a la excavación completa de tres (SJ 100, 101 y 102).
Los si los 100 y 102 contenían respectivamente cerámicas a mano ( 100) y un contexto cerámico datable por copas Cástulo ( 102) cuya cronología se aleja, pues, del tema que ahora nos ocupa.
Nos detendremos en la descripción del relleno del silo 1 O l.
Su relleno, de excepciona l riqueza, aparece en diversas capas que describimos por orden de sedimentación: UE 418.
Relleno del fondo de la fosa, con superficie horizontal, conteniendo fragmentos del reboque y pared de la fosa junto a fragmentos cerámicos, constructivos y carbones.
Entre el material, señalar la presencia de cuatro piezas discoidales recortadas de ánforas púnicas e ibéricas.
Sobre el suelo horizontal formado por el relleno 418 aparece, en posición centrada, una capa cenicienta circular de carbones minúsculos, correspondientes a pinus sylvestris y quercus i/ex-coccifera.
Cubriendo los carbones se extiende una capa heterogénea, con restos de las paredes de la fosa, abundante fauna y como materiales:
-Bronce: un anzuelo, botón y anilla. -Ánfora ibérica: cuatro únforas enteras.
Ccrámica ibéri ca: un d il ato pintado y asas trcm•aclas de estilo Fontscaltks: un ascos (pic1as en teras).
Ungüent arios: un ejempl ar.
Discos: vei nte discos recortados en ccrúmi ca.
Lógicamente a1iadircmos a esta lista un abundante conjunto de fragmentos quc incluyen ccrúmica ática y de Rosas, ánfora púnica (2 fra gmentos), común y únfora ibérica ( 106 fra g- Se trata de otra ara circu lar, también de má rmo l y parecido tamaño, con amplia base lisa. fuste estriado terminado en un cimacio de talón y mesa enmarcada por dos volutas 1'.
Esta pieza, de concepción genera l menos cuidada que el ejemplar de Pontós, apareció en el interior del llamado templo M. formando parte de l depósito de mármoles que incluían la parte inferior de la estatua y serpiente de Asklepios, los pies de otra estatua sedente, una estatuilla de Artcmis o Afrodita. etc. Su cronología es imprecisa ya que forma parte de un santuario construido a principios del siglo 11 a.
C. y vigente hasta mediados del siglo 1 d.
C. De cualquier forma, la similitud del ara emporitana permi te imaginar Emporion (o Rlwt!e) como lugares de origen para el altar de Pontós ya fu era como puntos de desembarco de las piezas o bien como ta lleres donde ambas se rea l izaron.
El análisis estilíst ico de un ara de tipo griego con esta cronología debe recurrir al tradicional trabajo de Ya vis 1 ~, ahora complementado por la tesis de Rupp 17, útiles como taxonomías pero muy pobres en ideas funcionales o cronológicas.
Una reunión celebrada en Lyon en 1988 se ha dedicado de forma monográfica al tema de los altares de época clásica, principalmente helénica, su función, uso y los problemas de su clasificación y registro.
Las propuestas de clasificación surgidas de esta reunión evidencian parecidos problemas sobre el dinamismo fu ncional de las estrictas series tipológicas ix.
En espera del estudio detallado de esta pieza, que aquí simplemente presentamos, recordaremos que el uso del mármol y el carácter mono lí tico del altar de Pontós permiten situarlo con seguridad en época he len ística (s. 111 a.
C.?), momento en que los altares de obra estucada fueron en gran parte sustituidos por este nuevo tipo de piezas susceptibles de ser desplazadas.
Ignoramos cuál era la posic ión exacta de esta ara en el conjunto sacro de Pontós.
Por sus características no debe tratarse del altar principal si no de una donación, una pieza de culto que imaginamos ofrendada por un mercader rodio o emporitano como prueba de fervor y magnificencia.
la planta del edificio sacro (Fig. 11)
Esta «casa» sing ular de Pontós cuenta con paralelos para su interpretación como un lugar sacro con algunos famosos ejemplos del área itál ica.
Los diferentes recintos del santuario empórico de Gravisca y los santuarios urbanos de Morgantina muestran, entre otros ejemplos, santuarios de planta «doméstica» en un amplio lapso cronológico de los ss. v al 111 a.
En Gravisca, puerto de Tarquinia, se consolidó a lo largo del siglo VI a.
C. un emporion o mercado neutral de intercambios puesto bajo la protección de un mínimo de cinco divinidades diferentes; Hera, Afrodita, Deméter, Apolo y Adón 1'1.
En realidad, conocemos las construcciois García y Bellido, A.: Hispania Graeca.
Figura 11.-Arriba, planta de uno de los edificios sacros de Gravisca (de Boitani, op. cit., n.
18); abajo, santuarios norte y sur de Morgantina (de Bell, op. cit., n.
dell'antica Gravisca, en Symposio de Colonizaciones, Barcelona, 1974, 79-92 nes de la fase línal del santuario. vigente en los siglos 1v-111 a.
C. (el lugar fue abandonado en los inicios del siglo 11 a.
C.), con diferentes edificios organizados en torno a patios con altares. dedicados a divinidades etruscas: Uni.
Por debajo. sin embargo. aparecen impresionantes rellenos con restos de la etapa de culto anterior. plagados de exvotos cerámicos (copas. jarras. lucernas. ungüentarios) y algunos bronces.
Los epígrafes griegos con dedicatorias de mercaderes atestiguan las divinidades veneradas en el siglo v a.
C. y el origen de los fíeles. ricos aristócratas jonios también documentados en Naucratis e incluso siervos empleados como intermediarios de confianza en sus empresas ~11 • La sacralidad de los edificios queda evidenciada por la presencia de altares, basas de estatuaria y las riquísimas ofrendas votivas, pero las plantas de estos edificios. con salas organizadas en torno a patios, nada tienen que ver con la imagen que tradicionalmente nos hacemos de un templo clásico.
En Sierra Orlando (Sicilia). las excavaciones americanas han documentado el perímetro y el área central de Morgantina, la ciudad sic iliota que Roma entregaría en el 21 1 a.
C. al íbero Moerirns y su tropa 21 • En el interior de la ciudad, las excavaciones han documentado diversos santuarios de culto ctónico, activos durante los siglos IY-111 a.
C.. que junto a las necrópolis han proporcionado entre otros materiales más de 2000 prótomos, bustos y figuras femeninas de terracota 22 • El santuario Norte (fig. 11 a), abandonado a fines del siglo 111 a.
C. coincidiendo con la ocupación hispana, aparece como un gran conjunto doméstico (<rnnpretentious house») organizado en torno a un patio.
Las necesidades del culto provocaron su ampliación a otro edificio ( «North sanctuary annex») al otro lado de la calle.
La definición sacra viene dada por la presencia de altares en algunos ambientes junto a abundantes depósitos votivos: monedas, thymiateria, vasos cerámicos y figuras de terracota, ofrendas de cereal, aceite y otros comestibles conservados en parte en depósitos enterrados y en parte dispersos en el nivel de destrucción 2 J.
El santuario Sur, junto a las murallas, aparece como un edificio organizado en dos sectores en torno a sendos patios (fig. 11 b.
La habitación 2, donde apareció un gran número de terracotas, contenía un pequeño baño lustral y comunicaba con una habitación (3) con altar central.
En la sala 1 se encontraba un vaso conteniendo el famoso tesoro de monedas romanas de plata datables entre el 220-21 O a.
C. 24 • En el espacio anexo, aparecen una sala con pithoi y terracotas (7), un baño (6) y un almacén con vasos y ánforas (9).
Un gran número de terracotas aparecen en las salas 7 y 9.
La primera, además, contiene en el pavimento numerosas monedas de la segunda mitad del siglo IV a.
C. Al igual que el santuario Norte, también este santuario fue abandonado tras la llegada de los hispanos en el 211 a.
C. 25 • 211 El estudio fundamental para la prosopografia de los oferentes es el de Torelli, M.: Perla definizione del commercio greco-orientale: il caso di Gravisca, PdP, 1982, 304 y ss.
Junto al ágora, entre el graderío que la limita por el sur y el vecino teatro. encontramos un tercer santuario. de nuevo con habitaciones rodeando un patio.
En éste se situaba un altar. con recinto circular en torno, conteniendo un depósito de lt11.:crnas, vasitos votivos y láminas <le plomo con maldiciones a terceros invocadas a Gé (la Tierra).
Junto al patio. aparece una exedra con asientos y dos ambientes anexos y una sala con altar precedida de un vestíbulo.
A poca distancia. otro edificio contenía un gran conjunto de lucernas que se han relacionado de nuevo con un depósito sacro de tipo ctónico Y•.
Estos paralelos permiten defender el carácter sacro del edificio de Pontós, aunque todavía es pronto para definir la función precisa de las diferentes salas del edificio, ya fueran lustrales, de culto, de banquete o almacenes de ofrendas.
Para corroborar esta imagen contamos con un segundo elemento de aproximación entre los depósitos de abandono de la habitación 1 a los que nos referiremos más adelante.
¿Por qué un santuario'!:\.
M:' i\DIWllER. fruto de esta situación es el descubrimiento arqueológico de ricos depósitos votivos que describimos habitualmente con los términos latinos de.fa1•issa<• •'" y stipitC!s 11 • El bóthros del silo 101 (::.mw 4)
Resulta habitual que un silo fuera de uso. como fosa cavada en el sucio. se convirtiera en un pozo negro o en un vertedero de desperdicios.
En el interior de hábitats es también frecuente encontrarlos colmatados en un momento concreto. por ejemplo para evitar el hundimiento Je nuevas construcciones que pasaran por encima.
Como vertederos. encontramos en sus rellenos abundancia de materiales cerámicos, en muchas ocasiones piezas completas o casi completas, objetos metálicos. fauna, cte.'~.
No obstante. en el caso del silo 1O1 la secuencia estratigráfica y los hallazgos materiales demuestran que se trata de un depósito votivo intencionado.
El primer hallazgo determinante lo constituye el hogar situado al fondo, sobre el relleno inferior.
El análisis de sus cenizas ha proporcionado minúsculos restos vegetales (pinus sylvestris. quercus ilex, entre los carbones de madera, y un grano de trigo, dos fragmentos de aceituna, etc.. entre productos agrícolas).
Debe tratarse de los restos de la ofrenda alimenticia a la divinidad.
Como tal puede ser definido como un auténtico altar en fosa, una eschára destinada a ser utili zada una única vez y cuyo carácter queda reforzado por la inmediata presencia de una cabecita femenina de terracota. la cabecita de terracota (/ig.
Se trata de una cabeza pertenecientP. a una figura femenina de terracota, de la cual fue cortada.
Tiene 3,5 cm. de altura, presenta los ojos hundidos, la cabeza ladeada a la derecha y luce un peinado «de melón» ceñido por una diadema y acabado en un moño alto.
En las orejas lleva pendientes de disco.
La pasta es de color crema oscuro como resultado de una cocción oxidante, sin restos de pintura, de aspecto externo algo tosco.
La producción de figuritas femeninas de terracota, drapeadas y en posición alzada, gozó de gran popularidad durante la época helenística junto a los personajes teatrales, grotescos o 1'
1 En el ritual itálico los dones hechos a los dioses eran distinguidos del mobiliario cultual y podían ser reutilizados (las leyes sacras describen esta acción como «volver de nuevo profano» el objeto en cuestión).
21 O. Ver también &ey-Vodoz, V.: Les offrandes da ns les sanctuaires galloromains, ibid..
Jo El sentido defavissa transmitido por las fuentes (Aulo Gelio/Varron y Festo) une los conceptos de almacenamiento de viejos objetos o imágenes sacras con el de cisternas de agua, cf. DA, s.v. favissae (H.Thedenat) y sobre todo Hackens,T.: Fauissae, Etudes Etrusco-italiques, Lovaina, 1963, 71-99.
31 Desnier, J.L.: Stips, Revue de la Histoire des Re/igions, 204, 1987, 219-230..1i Ver por ejemplo en Emporion, el silo Gall 1 colmatado por la construccion del foro en AA VV, El Forum-Romá d'Empuries, Barcelona, 1984; o el relleno en la Neápolis del «silo de las ánforas» en Ruiz de Arbulo, ir!/ra, n.
El cono<.:imicnto de estos materiales se produjo en la segunda mitad del siglo XIX a partir de los grandes conjuntos suministrados ror las necrópolis de Tanagra q en Beocia y Myrina 1' en Eolia.
Al tratarse de piezas realizadas a molde. ff11.:ilcs de producir y de copiar. los centros de producción fueron muy diversos y su prcsen<.:ia se extiende por todo el mundo heléni<.:0.
La <.:abecita de M. C. de Pontós luce un peinado denominado «de melón». con bucles paralelos peinados hacia atrás y recogidos en un moño alto cet'tido por un cordón.
Es un peinado muy frecuente en la coroplastia helenística que se inicia a fines del siglo IV a.
C. en Tanagra y Atenas''' difundiéndose en los siglos 111 y 11 a.
C. por Grecia, Asia Menor, Italia y Sicilia 17.
El moño alto, a su vez, deriva del! ampadion (pequeña antorcha), típico de mediados de l siglo IV a.
C. La presencia de una cinta o cordón sobre las sienes sustituyendo la diadema (steplwné). es también habitual en los peinados «de melón» 1 ~.
La factura de la pieza, esquemática y poco cuidada. sin apenas detalles ni decoración incisa. hacen pensar conjuntamente en un momento avanzado de la producción, en los siglos 111 / 11 a.
C. y también en la factura de un taller secundario.
Entre las 2000 terracotas de Morgantina encontramos los paralelos más cercanos en diversas cabecitas correspondientes a los niveles de abandono de los cultos clónicos durante la ocupación hispana de la ciudad en el siglo 11 a.
Su producción, tras el saqueo de Siracusa por Marcclo en el 212 a.
C.. se asocia a los talleres de Kenturipa. al iada de Roma desde el 263 a.
C. y una de las más importantes ciudades de Sicilia en los siglos 11 y 1 a.
C., cuyas necrópoli s han proporcionado también numerosa coroplastia de estos mismos tipos 40 • Por lo demás, recordemos que la producción de coroplastia es también frecuente en la Magna Grecia. a partir de los talleres de Tarento, que alcanzaron ta categoría de auténtica escuela 41, difundida hasta los grandes centros campanos como Capua o Neapolis H. En el Lacio, los depósitos sacros republicanos del santuario de Satricum han proporcionado igualmente una amplia colección: 395 figuras enteras, 150 fragmentos y 300 cabecitas 4
11 Ver como obras de introducción H iggins, R.: Greek Terrac: oflas.
1 a llegada a Pontú... tk C!' >tC orig111a l... e prndu.10 eon segu ridad por intenm: dio de los puerto!' > tkl golfo. l.n!'> paraklo!'> 111:' 1!' > pn'l\irno!'>:-.e encuentran en contex to' funerario~ de la lll'crópoli: de incinam: ión de La ~ Corts. en E111porio11. todo:. d ios datahks de l(>rnia aproximada en lo:.... iglo:-.
Pl>r otra pa rte, recordemos en lo re lativo a la producciú11 que en lo~ horno!' > ecrúm icos tk Rlunle. at ti\ l>s en el siglo 111 a.
C.. ar arec ió un mo ldc 1.k pasta lllU!'>sa liota para produci r próll>mo:-. d\.• ü em0tcr 4' lh: sulta írcc m: nt c que estas fi gurita!' > femenina s se rompieran por el t ucllo.
En los c iones. como oc urre en halla1.gos a tcnil.!nses dd s ig lo I \' a.
C.'" abundan rnús l o~ cuerpo:-. que las cabezas.
Sin l.!mbargo. una presencia ca:-.í cxcl usi\ a de cahccitas como la obscn ada en la 1H: crópolis de Las Corh pudo obedecer t a mbi~n a un hl.!cho intcncionatlo: la rot ura'oluntaria de la fi gura como:-.1mbolismo de su cntrl.!ga a la d i\ inidad.
La presencia de cnbcc11as ais ladas rotas'oh1ntariamt: ntc ju nto a figuras e nteras ya ha bía sido observada en la nec rópolis di.!
Como en 1:'111¡wrio11, ta m b i ~n en Tanagra, Myrina, Morga ntina o Kentoripa va ria t: l númcro ele: las fi guras presentes en las tumbas, de una o dos hasta grandes conjunt os con dcc<.:nas de ejemplares.
88 (cuatro cahcci l a~. una fragmcn-1ada. trc~ dc~a parecida!:>).
10~ (tre!:> cabecila!:> y una terracota de cabe1.a de Dcmétcr).
129 (una cabcclla y cuatro lerracota:. de Dcml:h.:r fragmentada!:>) ) 131 {un ejemplar).
Ya sea en un contexto votivo o como ajuar funerario, estas figuras femeninas aparecen siempre en estrecha relación con los cultos a Dcmétcr y Corc.
Se trata de la unión de dos ritos complement arios. por un lado el ciclo agrario anual representado por el rapto de Corc y su búsqueda por Deméter y en segundo lugar la tlwoKamiu o matrimonio divino entre Core, ahora Perséfone y Hades.
Esta imagen se corrobora por la asociación votiva entre estas figuritas y las terracotas con cabeza de Demétcr.
Así ocurre en el depósito del Bordisal de Camarles. en la ant igua línea de costa junto al Delta del Ebro, donde una treintena de terracotas de Dcméter aparecen asociadas a dos figuritas femeninas drapeadas y cerámicas áticas del siglo 1v ~7 • Idéntica asociación aparece también (en la vertiente funeraria de los cultos) en la necrópolis cmporitana de Las Corts (añadir a los ejemplos citados las terracotas de Deméter de las tumbas 88, 102, 123 y 158).
Recordaremos por último que Pontós había ya proporcionado un lote de terracotas con cabeza de Demétcr en el relleno del si lo 28.
Un excelente ejemplo de la presencia de estas figuritas femeninas drapeadas en depósitos votivos dedicados a Deméter lo proporciona un hóthros excavado en el templo de Deméter en Priene.
Este hóthrvs contenía 212 terracotas representando a las diosas, Baubos.
Níkes, danzantes. erotes y figuritas femeninas en posturas diversas junto a hidrias en miniatura, palomas y jabatos, ahora conservados en el Musco de Berlín ~~.
La presencia aislada de esta cabecita junto a los restos del hogar/altar centra l permite descartar un culto heroico, que también hubiera podido recibir ofrendas subterráneas y conduce directamente, junto con las herramientas agrícolas, al cic lo de Deméter y Core-Perséfone ~•1 •
Entre los materiales del depósito aparecen veintidós discos de cerámica recortados de vasos y ánforas.
En otros depósitos de Pontós estos discos han aparecido también en gran número ~0• Algunos son discos de un cierto tamaño, utilizados habitualmente como opérculos para tapar las ánforas, pero la mayoría son discos pequeños utilizados probablemente como pesas de telar o de uso para la contabilidad.
Los pintores áticos representaron a menudo escenas de trabajo en el interior del gineceo, con el cardado de la lana y la realización de tejidos en el telar como actividades destacadas.
En los telares, la tensión de los hilos era lograda mediante pesos colgados, los habituales pondera troncocónicos, bien documentados en los hallazgos arqueológicos.
Sin embargo, en estas representaciones aparecen también pequeñas fichas destinadas a la separación de hilos finos en telares o trabajos de mayor precisión.
En nuestra opinión se trata del depósito votivo de un santuario que debería s ituarse en la inmediata proximidad.
Materiales dd dcpó~iio \OIÍ\o del silo 101: A.:-.1crra:-.; B. hoci:"; (. pmlonc:-. actividad 51 • En nuestro depósito. junto a la presencia de una fusayola. la presencia de estos discos deberá interpretarse como una ofrenda característica de la vida femenina 5!.
La presencia en e l depósito de un amp lio muestrario de herramientas agrícolas, en muy buen estado de conservación y todavía en algunos casos con restos de los mangos de madera. permite una vez más desechar la hipótesis de un vertedero.
Las herramientas agrícolas son una de las ofrendas características a Deméter y Core, diosas de los cereales y protectoras del ciclo agrícola de siembra. germinación y cosecha.
Como veremos más adelante, estas ofrendas podían consistir en la dedicatoria directa de las herramientas, como se documenta en la fase arcaica del thesmoplwrion de Bitalemi 5 • 1 o bien por su sustitución por hoces votivas como ocurre en el santuario de Deméter en Heraclea.
En ambos ejemplos, también los cuchillos, utilizados durante el banquete ritual, eran ofrendados a la divinidad.
No insistiremos en este trabajo sobre las características técnicas de estas herramientas, actualmente en proceso de restauración y que serán fruto de un estudio específico.
Su enumeración se encuentra en el ya citado listado de materiales del depósito.
Ilustramos aquí algunos ejemplos.
El conjunto cerámico permite en primer lugar una datación precisa del depósito, ya que la asociación de formas antiguas de campaniense A, perduración de barniz negro de Rhode, ánforas grecoitálicas evolucionadas (altas, con pivote macizo y labios de borde poco saliente), ánforas púnicas, cerámica gris de la costa catalana y cerámica ibérica pintada o lisa, es característica de la primera mitad del siglo 11 a.
Ahora bien, definir con precisión las características rituales de estos materiales nos resulta de momento imposible.
Las ánforas fueron depositadas enteras y ya vacías de sus contenidos.
Se trata de ánforas grecoitálicas contenedoras de vino y de ánforas ibéricas de contenido no preciso (quizás simplemente agua).
En ambos casos debemos imaginar que se trata de contenedores de productos consumidos durante el banquete sacro.
Junto a las ánforas, encontramos un cierto simbolismo en el reparto funcional de la escasa vajilla que las acompaña: dos cuencos y un plato de barniz negro, un cálato, un ascos, un mortero, un ungüentario.
Piezas que resumen y simbolizan funciones distintas de aseo y lustra-5 1 Castro, Z.: Piezas discoidales en yacimientos ibéricos del NE de Catalunya, Cypse/a, 2, 1976, 173-195; donde se analizan diferentes posibilidades (tapaderas, ficha de juego, sistemas de cómputo, inclinándose por la opción textil).
52 v. ínfra el paralelo de los póndera troncocónicos ofrendados a la diosa en el thesmophóríon de Bitalemi.
Para la fusayola ver también el trabajo de Castro, Z.: Fusayolas ibéricas, antecedentes y empleo, Cypse/a, 3,1977, 177 y ss.
54 Mar, R. y Ruiz de Arbulo, J.: Sobre el ágora de Emporion, AEspA, 61, 1988, 39-60; Ruiz de Arbulo, J.: Contextos cerámicos de la primera mitad del siglo 11 a.c. en la Neápolis emporitana, Homenaje a M. Tarradell, ed. Curial, Barcelona, 1993, 629-646. ción (ungüentario), transformación de productos (mortero), contenedores preciados (cálato) y decoración y consumo en mesa (ascos, cuencos y plato de barniz negro).
Elementos de vestuario y otros
El vestuario aparece representado por escasas piezas de bronce (fíbula, torques, botón, ani lla, bola perforada).
Como en el caso anterior se trata de ofrendas habituales, en gran parte propias del atuendo femen ino, características de los depósitos votivos.
Junto a ellas, el anzuelo Pn.:scnta<lo por Martín en el XV CNA de Lugo de 1977 55 el relleno de este silo, en apariencia de interpretación compleja, presenta una casi total analogía con el depósito que acabamos de e:-;tudiar.
Fl si lo presentaba en el fondo un estrato estéril (111) con arenas y cantos ro<la<los.
Encima aparecieron los restos de un hogar formado por piedras y tierra arcillosa quemada y sobre el mismo «abundante material cerámico, entre el que había varias piezas de cerámica cmporitana y hecha a mano completas, rotas, pero con los fragmentos en conexión» 5'', seguida por un estrato de colmatación con abundantes materiales (11) y un estrato superior ya alterado por intervenciones posteriores (1).
Entre los materiales del estrato 11 se mencionan campanicnsc A, cerámicas ibéricas y emporitanas, «grandes piezas ovoides y bicónicas» (que podríamos considerar vasos de agua similares a las hidrias tan frecuentes en los depósitos itálicos), ánforas «de boca triangular» (hemos de suponer que grecoitálicas ya que el resto del contexto no permite pensar que se trate de Dressel 1 ), ánforas «de filtro» (Mañá O) y otras ánforas púnicas e ibéricas.
Se señalan también restos óseos atribuibles en parte a oveja.
El inventario de estos materiales permite dar al conjunto de los estratos «11 y 11 nivel hogar» una misma cronología de primera mitad del siglo 11 a.
C. y asimilarlos funcionalmente al depósito de 1992: encontramos una vez más el hogar/altar (eschára) al fondo del pozo, seguido de la deposición del material votivo.
El relleno del silo 2g las terracotas con cahe=a de Deméter (/ig.
18) Publicado en 1980 57, el relleno de este silo presentó una vez más un conjunto de materiales datables en la primera mitad del siglo 11 a.
C.: fragmentos residuales de cerámica ática, campaniense A antigua, bicónicos y páteras en gris de la costa catalana, cerámica ibérica pintada en blanco, ánfora ibérica, ungüentarios altos, cerámica a mano y di scos cerámicos.
Junto a estos materiales se destacó la presencia de un lote de seis terracotas con cabeza de Deméter.
Los contextos de aparición de estas terracotas en Cartago, Sicilia, Cerdeña y las costas ibéricas desde Enserune a Varia y la costa malagueña prueban la variedad de su uso: podían representar a la divinidad en el altar doméstico, acompañar al muerto como ajuar funerario o bien actuar como ofrenda votiva en los santuarios.
Su denominación tradicional de thymiateria es confusa ya que tan solo los ejemplares de la favíssa de Cartago y algunas de las piezas del depósito del nurage Lugherras presentan restos de fuego en la cazoleta superior, elemento ausente en la mayoría de ejemplares occidentales 5 ~.
La presencia de estas piezas en Pontós deben corresponder una vez más a una ofrenda votiva, corroborando la ya citada asociación entre estas terracotas y las figuritas femeninas drapeadas evidenciada en el depósito de Camarles.
Sohrc una plataforma inferior estéril si.: cxt icml e un ni vel homogéneo muy ric.:o en mat eriales con una Lamb.
23 en barni; negro (Rosa:-o campanicnse /\). únforas grecoitáli cas, únfora pirnil'.a centromediterrúnea, ánfora ibéric:a, ccrúmica ibérica (k pintura blanca y un am plio rnnjunto de 295 disco~ recortados en ccrúmica. r~xcepcio nalment c. uno de estos discos presentaba un texto ibérico de cuatro lineas ~•1 • Aunque i..:n este caso las ca racteríst ica s del depósito parcc.:cn mostrar una simple escombrera, la prese ncia del amplio conjunto de di scos incluyendo el os1rako11 resulta s ignifi ca tiva y el estudio parti c ular de este último lleno de esperanzas si pensamos l'l1 inscripciones votivas análogas como las de Bitalcmi o l lcraclca que mencionaremos mús addantc.
La.\ <~/i•<!mlas d<! cánidos <'11 el ed(/lcio I En s u informe preliminar, los estudiosos de la fauna (S. Casellas y M. Saria) han subrayado su sorpresa por la abundancia <le restos faunisticos de perro sohre el sue lo <le la sala 1 (SL 14).
1:1 1cx10 corresponde a una serie de antropónimo~ anlc lo cual la po~ihilidad de que M.: tralc de la dedicatoria a una divinidad por parle de un devoto no puede dcscartar-;c.
Estos restos pertenecen a un mínimo de cinco individuos y en un alto índice se encuentran en conexión anatómica.
Unicamente un calcáneo presenta estrías de descuartizamiento.
Esta presencia mayoritaria de cánidos no puede ser casual, aun más si estamos hipotetizando la existencia de un santuario de tipo ctónico por la ofrenda en bóthros del silo 1 O l.
Ahora bien ¿qué significado puede tener el sacrificio de cánidos?
En este caso, encontramos un interesante paralelo para un ritual semejante en la propia Roma.
Según la tradición mítica, el rey Numa instituiría en Roma las Robigalia, celebradas el 25 de abril.
Su culto perduraría durante e l Imperio, en relación directa con la fiesta y ludi de Ceres-Deméter ( 19 de abri l).
Ovidio nos describe el rito al contemplar casualmente su celebración, en el quinto miliario de la via Claudia, junto al /acus Robigi.
Presidida por e l sacerdote de Marte (jlamen Quirina/is), la procesión desfilaba desde Roma hasta este lugar, donde tras la oración, junto con libaciones de vino y purificación con granos de incienso se inmolaban las entrañas de dos víctimas propiciatorias: una oveja y una perra.
Ovidio señala la extrema rareza en el ritual romano del sacrificio de esta última y lo explica por el motivo de la celebración: la diosa Robigo debía evitar que el grano, en su madurez, fuera atacado por el parásito de la roya y éste se manifestaba cíclicamente en relación con la aparición en el firmamento de la constelación del can 60 • Todavía encontramos en Roma una segunda fiesta arcaica celebrada con idéntico procedimiento y por iguales motivos.
Se trata del sacrificium o augurium canarium, celebrado en las afueras de la ciudad, junto a la puerta denominada precisamente catularia (de catu/a, perra o cachorro).
En ella se inmolaba una perra de• color rojo para preservar las mieses del ataque de la roya 61 • 6-0 Ovidio, Fast., IV, 905 y ss.
La roya es un hongo parásito con aspecto de polvo amarillo que ataca la maduración de los cereales.
Sabemos además que la Dcméter helénica ostentaba idénticos poderes a tra v~s de di fercntes epítetos en que la diosa es recordada como «la que vigila la formación de los granos», «la que defiende el grano de la roya» y en suma «la que hace madurar el grano al calor del sol» " ~.
La abundancia de perros en el ambiente 1 de Pontós puede por tanto exrlicarse como la evidencia de las últimas ceremonias celebradas en el santuario.
La existencia de este pudridero no debe extrañar a nuestra mentalidad si pensamos en otros casos documentados de áreas sacras donde los restos de los sacrificios quedaban dispersos en torno a los altares "• 1
No podemos de momento asegurar si este tipo de sacrificios indicaría la presencia de lati nos en las últimas décadas de la vida del santuario o si por e l contrario se trata de un tipo similar de ceremonias que en el área grecoindiceta protegiesen la maduración del cereal con ritos análogos'' 4
Aproximación al culto e interpretación de un santuario clónico
Aunque los o rígenes del yacimiento quedan todavía por definir con precisión, éste parece convertirse a partir de un cierto momento (¿siglo IV a.
C.?) en un campo de silos organizado en torno a un santuario.
Es evidente que ambos factores (silos y santuario) están en directa relación ya que no en vano las divinidades invocadas son precisamente las diosas griegas protectoras de los cereales.
Deméter pasa por ser la responsable y divulgadora de la c iencia de la siembra, cosecha y transformación del cereal.
Plinio (HN,7, 157) atri buye a la diosa las artes de moler el grano en e l molino, preparar la pasta y cocer el pan.
En último termino, Deméter es igualmente la responsable del almacenamiento del cereal (Diod., V,68) y, bajo la invocación de epikleida, su guard iana 6 s.
Este culto a las «grandes diosas» se inserta en un contexto religioso ampl iamente divulgado por todo e l mundo helénico.
En Eleusis los solemnes Misterios evolucionarían rápidamente hacia un culto iniciático en busca de la perfección y la inmortalidad 66 • Pero precediendo esta iniciación existió antes que nada un culto de fertilidad de c iclo anual, protector de las cosechas y la reproducción humana.
Atenas instituiría en e l siglo va.
C., tras una hambruna, la solemne procesion de la Proerosia a Eleusis y la ofrenda a las «grandes diosas» de las primicias de la recoleccion en nombre de todos los griegos con el fin de obtener «bellas y abundantes cose-• 2 DA s.v.
102, lam.52,2) encontramos in si tu encima del fuego/altar la mandíbula del cerdo que allí fue asado.
En general, los restos oseos que aparecen en los estratos de colmatación o depósitos vot ivos de santuarios son siempre interpretados como restos de los sacrificios.
64 Sobre estos sincretismos, pensemos por ejemplo en el paralelismo existente entre las inhumaciones de neonatos en el interior de las casas ibéricas (v. p.e.
Cuad. de Prehist. y Arq.
Castellonense, 13) con los idénticos enterramientos sub grundo que Servio, Ad.
Aen, V, 64 describe en la tradición romana.
Ceres con otras referencias y atributos.
66 Excelente síntesis de los ritos y divinidades asociadas en DA, s.v. mysteria (Ch Lecrivain); v. como estudio clasico Mylonas, G.: Eleusis and the Eleusinian Mysteries, Princeton/London, 1961.
El rito aparece disperso por todo el mundo helénico como patronazgo de los ritos agrarios de siembra y recolección que conocemos bien en el Ática, con una serie de fiestas repartidas a lo largo del año en un ciclo sintetizado por el descenso (káthodos) y ascenso (únodos) de Corca los inficrnos"x.
Sicilia fue sin duda una de las áreas donde el culto a las grandes diosas alcanzó una mayor difusión.
El ritual siciliano y magnogreco presenta como variedad la importancia otorgada a Perséfonc a través de su theogamia o matrimonio sacro con Hades como símbolo del matrimonio terrenal " 9
• Diodoro (XIV,63) describe en Sicilia la celebración anual de dos festivales básicos: un rito de cosecha a fines de la primavera en recuerdo del descenso de Core, raptada por Hades y un rito de otoño en honor a Deméter.
En el festival de otoño, celebrado durante 1 O días, se recordaría la reunión de madre e hija en un ritual equivalente a las thl.'smopltória que tendría como fin la preparacion de la simiente para la nueva cosecha.
Desde Sicilia, el culto se extendería en el siglo IV a.
C. al mundo cartaginés como purificación obligada tras el saqueo por H imi león del thesmophórion suburbano del barrio de Akradina en Siracusa durante el sitio de la ciudad en el 396 a.
C., impiedad que habría motivado la maldición de las diosas y una epidemia que devastaría el ejército púnico 711 • Como expiación, Cartago incluiría a las diosas en su panteón con culto «a la griega» por parte de sus principales ciudadanos y griegos residentes en la ciudad.
Ya hemos mencionado anteriormente como paralelo para la posible estructura de culto de Pontós los santuarios urbanos de Morgantina dedicados a Deméter y Core.
Añadiremos ahora dos nuevos ejemplos para las cuestiones de ritual.
Los ritos oferentes en Bita/emi y Heraclea
Los depósitos votivos asociados a los santuarios clónicos son de una extraordinaria riqueza.
Tan solo el gran santuario suburbano de la Malophoros en Selinunte ha proporcionado entre otros materiales 12.000 figuritas votivas de diferentes tipos 71 • Sin embargo, como paralelo para los rituales de Pontós contamos con un excelente ejemplo, aunque algo alejado en el tiempo.
Se trata del thesmophórion suburbano de Bitalemi, en Gela 72 • La vida de este santuario suburbano, situado en una colina costera separada de la ciudad de Gela por la desembocadura del río homónimo, comenzó a mediados del siglo VII a.
C. como un santuario abierto, sin construcciones, caracterizado simplemente por restos de hogares con idéntico documento (423-422 a.C.) mencionando la entrega de las primicias de las cosechas a los sacerdotes de Eleusis con llamada de participación a las villas helénicas aliadas y no aliadas.
72 Ver como trabajo fundamental Orlandiní, P.: Lo scavo del thesmophorion di Bitalemi e il culto delle. divinita ctonie a Gela, Koka/os, 12, 1966, 8-35, donde se describen la estratigrafta, el tipo de depósitos y los materiales aparecidos.
de los sacri licios y ágapes ri tuales j unto a la deposición agrupada de objetos d irectamente sobre la arena de la coli na, habitualmen te e n posición invertida como símbolo de ofrenda ctón ica.
Se trata d e estatuillas y máscaras de terracota. balsamar ios fi gu rados rod ios. vasos tardocori ntios. copas jonias. enócoes. estamnos y m iles de cscifos e hidrias de di fcrentes tamaños.
Aparecen ade más án fo ras de vi no y ace ite c lavadas ve rt ica lm ente e n el sucio. o bjetos de bronce y. ya en e l sig lo VI a.
C.. hasta trei nta y un depositos de aes rude (lingotes informes de bronce ) y cuis signutwn (la primiti va forma mone ta l doc umentada en Lac io y Etruria ).
Junto a e llos aparece n los c uchillos de hierro utili zados durante los ága pes y o frendas de herramientas agríco las e n hierro: hoces, azadas y rej as de arado.
C. e l santuario fu e dotado de peq ueños ed ifi c ios de adobe (nuískoi ) a la vez q ue se regularizó su superfic ie.
Los depós itos asoc iad os a esta fase s ig uen conteniendo fig uras, máscaras, vasos cerámicos, collares de cuentas. etc. Junto a l naískos G 5 aparece un probable d epósito fund ac io na l compuesto por un cí rculo de 100 copas ácromas invertidas y en e l centro una fi g urita fe menina acom pañada de una enócoe y una copa en posición normal.
Un segundo depósi to, asociado a l nuískos G 7. está formado por un n uevo c írculo. fo rmado esta vez por enócocs ácromas invertidas rodea ndo una estatuilla de tipo rodio. junto a algunas copas y lucernas en posición no rmal.
El santuario se incendió a mediados del sig lo v y fue reconstru ido con nuevas construcciones en piedra.
Asociados a e llas conti núan apareciendo como ofrendas fi g uritas femeninas alzadas o sedentes, pondera les de telar, m uchos de ellos grabados con la inscri pción 1heotímos (digno de la di vi nidad ) y, com o d ocumento de fin itivo, un os1rako11 recortado en la base de una tapa de píx ide ática con inscripció n grafitad a en d os líneas: hiaru Tliesmvpháro I ek 1ás Díkaiós skanas. «sacro a (Deméter) Tesmoforos, de la tienda de Dika ió».
Se tratarí a pues de un thesmophóríon suburba no com o ya evidenciaban las ofrendas dedi cad as a di osas (incluyendo las habitua les figuras de Core con anto rcha y cerdito), por parte de m ujeres (abundancia de hidrias, vaso fe menino por excelencia, pesas de te lar).
Un culto ctó nico (ofrendas invertidas o subterráneas), de protecc ió n de los campos (o frend as de herramie ntas a grícolas).
C. sobre los restos de un culto a rca ico ( fin VII-VI a.
C.) surgido en torno a un a fue nte y asimilado a Atenea.
En esta segunda fase, e l santuario aparece como una serie de ambientes en torno a un patio prov isto de un altar en herradura con agujero interio r (bothros).
Las o frendas se depositaban e n e l subsuelo, e n ocasiones e n anill os ci líndricos de terracota como el encontrado en 1964 conte niendo 80 vaso s miniaturísticos, protomos de Deméter con antorcha y cerdito y figuritas feme ninas enteras o recortadas 74 • Las o frendas conservadas inc luyen fu ndamenta lmente hidrias voti vas con dedicatorias a la diosa por parte de los fi e les (tam bién sobre lámi nas de bronce), vasos m iniatura destinados tradic io nalmente a contener las p rim icias, pequeñas hoces votivas representando los instrume ntos ag rícolas, bustos d e Deméter y de Artem is Bendis.
Junto a estos materia les, Pianu señala en Ja última fase de vi da del santuario depósitos de hierros sin dl.!finir que relaciona con «rituales de manumisión» ligados al paso de Espartaco por la zona''.
EL SAN TUARIO COMO SISTEMA DE RELAC IÓN Los campos de silos situados en el entorno de la marisma altoempordanesa ya habían sido valorados como el testimonio del comercio del cereal ibérico con los puertos comerciales de Emporion y Rhode pero ignorábamos en qué forma se establecía esta relación 1 t..
Ahora, por primera vez, comenzamos a tener datos objetivos sobre esta cuestión que apuntan, por Jo demás, a un fenómeno ampliamente documentado en el mundo colonial mediterráneo: el papel del santuario como mercado neutral.
Ya fuese en los territorios sometidos a una colonización agraria o en los emporia diseminados por las costas, el santuario extaurbano aparece como el centro de intercambio por excelencia.
Lógicamente, no todos los santuarios actuaban igual, ya que el espacio sacro urbano y extraurbano, en una teórica fundación colonial griega en Sicilia o Magna Grecia, integraba una gran variedad de cultos complementarios: el área central del asentamiento urbano acogía los cultos «nacionales», protectores de la población, cuya historia se resumía en construcciones, dones y epígrafes.
Al mismo tiempo, otros cultos diferentes se dispersaban por el espacio urbano como testimonio de ritos o grupos diversificados.
Un segundo grupo de santuarios «periurbanos» se situaban en el contorno de la ciudad, dentro y fuera de los muros, protegiendo simból icamente el recinto, favoreciendo las ceremonias iniciáticas en el exterior de la ciudad o simplemente actuando como territorio sacro, neutral y mediador.
Un tercer grupo de santuarios se dispersaban por el territorio circundante sacralizando puntos significativos (fuentes, vados fluviales, col inas, etc.) actuando como elementos representativos del control y ordenamiento simbólicos del espacio agrario, complemento necesario de su soberanía.
En cuarto lugar, otro grupo de santuarios marcarían las fronteras del territorio, ya fuera como elementos desafiantes ante potencias vecinas o bien simplemente como puntos neutrales que favorecieran los contactos entre comunidades 71 • El santuario empórico por antonomasia debía ser un santuario suburbano o extraurbano como garan tía de neutralidad y la de sus accesos.
En último lugar, estos santuarios extraurbanos podían adoptar también un carácter «federal» como centros de reunión de una población todavía no plenamente urbanizada o bien de grupos que se reconocían pertenecientes a una misma etnia (como el Panionion consagrado a Poseidón por las ciudades jonias).
Ver tambien Greco, E.: Magna Grecia, Guid.
77 V. el corto capítulo pero lleno de sugerencias «Cultes et fondations coloniales» en Polignac, F. de: la naissance de la cité grecque. cu/tes, espaces et societé VIII-V/ a.C., París, 1984, 93-125 que establece (p.
95) la siguiente clasificación: santuario monumental del polo urbano, santuario monumental del polo no urbano, junto a santuarios no monumentales periurbanos y extraurbanos.
Para la recogida de los datos referentes a Italia contamos posteriormente con el exhaustivo catálogo de Edlund,l.: The Gods and the place. location and junction of sanctuaires in the countryside of Etruria and Magna Grecia (700-400 BC), Estocolmo, 1987...1/:\p..
MIENTO DE PONTÚS Y l:l. <:OMl: Rl'IO 01: f.'.\fNJRIO.\ Y /U/<J/J/:' ll7
Sobre el fun c ionamiento de estos santuarios.
Coarclli 7 K ha recordado una c ita de Di onisio de Halicarnasso (111.
32) describiendo el santuario lacia! de Feronia que resulta un magnífico paralelo para la situación social que intentamos describir en Pontós:
« Había allí un santuario honrado en común por latinos y sabinos. entre los más sacros de los dedicados a la diosa Feronia, que algunos traducen en griego "portadora de ílores". otros "amante de las coronas", otros también Perséfone.
A este Jugar muchos concurrían de las ciudades vec inas en los días de fiesta para o frecer votos y sacrificios a la diosa, muchos para comerciar durante la fiesta: mercaderes, artesanos y ciudadanos... »
En Gela. la abundancia de thesmophúria en el entorno de la ci udad ha sido interpretado como evidencia de un proceso de mediación cultural entre la población griega e indígena N. Una mediación en la que debieron jugar un papel fundamental las mujeres.
No en vano las mujeres eran la primera necesidad de las fundaciones colon iales y el instrumento más habitual para establecer alianzas con las poblaciones indígenas xo.
De cualquier forma es todavía pronto, con la información que disponemos, para pl antear una utilización del ritual de Pontós más allá de la mera relación comercial.
Hasta ahora, conocíamos unicamente en el entorno de Emporion y Rhode la existencia de un santuario extraurbano todavía no localizado: el A.frodision situado en e l extremo de los Pirineos xi.
Se trata sin duda de una marca geográfica destacada, un lugar de descanso y agradecimiento por parte d e los marinos que se enfrentaban a los riesgos d e las siempre difíciles travesías del golfo Galo o la superación del cabo d e Creus xi.
La posición de Pontós. equidistante de Emporion y Rhode, unida a la independencia política de ambas poleis en los sig los 1v y 111 a.
C. nos impide conocer con seguridad el origen «político» del santuario o su atribución como santuario de frontera.
Como ya se expuso en otro trabajo, la chóra emporitana descrita por Estrabón, extendida desde los Pirineos al Bajo Ampurdán fue creada en un momento tardío, ya por influencia de Roma y tras la entrega de Rhode a,_ Coarelli, F.: 1 santuari, il fiume, gli empori, Storia di Roma l.
77 y ss; seguido por Treziny, H., Cité et territoire, quelques problemes, Le territoire de Marsei/le grecque (Aix 1985), Aix, 1986, 12. ~0 Recordemos como ejemplo de xenia la leyenda de la fundación de Massa/ia transmitida por Aristóteles y Trogo Pompeyo: la élite de los colonos foceos recién desembarcados es recibida en hospitalidad por el rey local Nannos en el banquete para preparar las bodas de su hija Gyptis.
Durante el mismo, ésta ofrece la copa (es decir escoge por marido) al griego Euxeinos lo que facilitaría la instalación de la colonia, v. como estudio más reciente Pralon, D.: La legende de la fondation de Marseille, Marseille Grecque et la Gaule (Marseille 1990(Marseille ), 1992, 51-56, 51-56 Emporio11 como ciudad conquistada en el 195 a.
C ~-.Antes de ese momento, no podernos saber cuál sería la extcnsion de las chúrai respectivas, quizás limitadas a las franjas costeras en las inmediaciones de ambos núcleos ya que la marisma marcaba claran11.:nte la frontera interior.
Desde este punto de vista, Pontós sería un mercado situado en el interior del territorio ibérico, un punto de acumulación de excedentes agrícolas conducidos a la costa por los cauces fluviales.
Podríamos restituir el proceso de la siguiente forma: en un momento determinado, ante la necesidad de establecer lazos comerciales regulares y asegurar los suministros de cereal, los griegos de Emporiu11 y/o Rhocle habrían introducido, transformado o pactado en un punto concreto del interior indiceta, la existencia de un santuario extraurbano protector de las cosechas.
Una casta sacerdotal, cuyas características de momento ignoramos, controlaría su funcionamiento.
Este santuario se convertiría a lo largo de diversas fiestas anuales en un lugar de reunión general generadora de un gran mercado.
Se trataría de un lugar de función económica pero también, y esto es importante recalcarlo, un vehículo de aculturación a partir del comercio y los sincretismos religiosos~~.
Es probable que el santuario actuase como «sucursal» de otros santuarios análogos situados en Rhode y Emporion, aunque desconocemos casi todo sobre la topografía sacra de ambos yacimientos en epoca prerromana x~.
No puede ser casual que Emporion y Rhvde inauguraran sus series monetales de dracmas de plata a fines del siglo IV a.
C. con monedas que tomaban como efigie la cabeza de Core tocada con espigas, del más puro estilo helénico en el caso de Rhode e imitando tipos púnicos en el caso• emporitanox''.
Aun teniendo en cuenta la copia de motivos destacados en la numismática de la época, la elección concreta de esta diosa de forma coetánea en ambos yacimientos resulta para nosotros significativa.
Es cierto, sin embargo, que " • 1 Ruiz de Arbulo, op. cit. n.
8. "~ Sobre el papel culturizador del comercio recordemos la bella leyenda relativa a la fuente de Salmacis, cerca de Halicarnaso recogida por Vitrubio (11,8):
«El hecho es que, cuando Melantes y Arevanias trasladaron allí (Halicarnaso) una colonia de habitantes de Argos y de Trezene expulsaron a sus habitantes cretenses y lelegos.
Estos, por su parte, refugiándose en los montes, se reunían y hacían correrías y cometían latrocinios, devastaban el pais y saqueaban cruelmente a aquellos colonos.
Al cabo de no sé cuánto tiempo, uno de los habitantes, seducido por la bondad de las aguas y con la esperanza de sacar provecho, instaló junto a la fuente una tienda provista de toda clase de vituallas: esto fue incentivo para atraer aquellos bárbaros, que dieron en acudir a ella primero aisladamente y luego en grupos, celebrando convites o asambleas.
Así, poco a poco, abandonaron sus rudas y agrestes costumbres reduciéndose por su propia voluntad a la dulzura y cortesía de los griegos... »
xs Estrabón unicamente menciona que en ambos yacimientos se veneraba a la Artemis efesia.
Sobre la topograíla de Rhode tan solo conocemos la situación del yacimiento bajo la Ciudadela de Rosas, unos escasos sondeos inéditos y la excavación de parte de un barrio helenístico con talleres de producción cerámica.
Recordemos de cualquier forma que en este barrio se producían terracotas con prótomos de Deméter para ser vendidas como ofrendas funerarias o exvotos en un santuario de la diosa, cf. Martín, op. cit. n.
En Emporion podemos restituir la situación del templo de Artemis acompañada quizas por Apolo en la Palaiapo/is como santuario «nacional».
Conocemos además la existencia en posición suburbana de un santuario de culto paliado situado bajo el Asklepieion del siglo 11 a.C. pero de atribución todavía imprecisa.
El culto a Deméter y Core está atestiguado de momento en Emporion unicamente por una terracota de Core con cerdito y cesto aparecida en 1907 en las dunas cercanas al muelle portuario (v.
20). estas efigies desaparecerían poco después de los tipos monctalcs, siendo sustituidas por la ninfa Arethusa de tipo siracusano.
La existencia del santuario de Pontós abre una línea de investigaciones prometedora. a la vez que ayuda a entender datos históricos hasta ahora no interpretados.
Un buen ejemplo sería la actitud de Catón cuando Livio narra que desembarcado en Emporiun en el 195 a.
C. «en la época del año en que los hispanos tenían el trigo en las eras» expulsó a los publ icanos proveedores con el famoso «la guerra se alimentará a sí misma» x'.
Nunca habíamos entendido cómo. rodeado por un ej ército de hispanos en rebeldía.
Catón podía dedicarse con tanta seguridad a realizar ataques con su caball ería contra unos oppida establecidos a ciertas distancias.
La respuesta era en realidad mucho más sencilla: conocida la existencia de Pontós y quizás otros enclaves semejantes en e l entorno de la marisma, Catón pudo asegurar sus suministros mediante un rápido golpe de mano.
La vida económica del santuario no se extinguió con la llegada de Catón pero sí con la reforma prov incial de la segunda mitad del siglo 11 a.
C. La última fase de ocupación del santuario se sitúa con precisión en todos los contextos en la primera mitad del siglo 11 a.
C., cuando todavía el mundo ibérico indiceta no había experimentado más transformación que la obl igación de pagar el tributo anual a Roma.
S in embargo, las evidencias de transformación q ue documentamos a fines del siglo 11 a.
C. en el entorno de Emporiu11, con la aparición de las primeras villae o la construcción de la nueva c iudad emporitana xx significaron ciertamente la puesta en marcha de una nueva realidad económica y social en la cual Pontós ya no jugaba ningún papel.
Durante e l mes de septiembre de 1993 se ha realizado una nueva campaña de excavaciones en el yacimiento que introduce las sigui entes novedades:
1.-La excavación en el sondeo 1 ha demostrado que el denominado edificio singular se ha ampliado en estructuras y a la vez se inserta en un barrio edificado a lo largo de una calle de 5 m. de anchura.
Dichas estructuras están limitadas entre el margen este del yacimiento (una carena de 14 m. de altura) y la mencionada calle.
La fachada que da a ésta está construida en sillería de piedra arenisca en la parte sur y travertínica en la parte norte, donde nuevas habitaciones amplían la planta limitada por los perfiles del sondeo (de 20 x 25 m.).
Sobre la funcionalidad de los ambientes señalaremos que la estancia 1. con puerta a la calle, se dibuja como una sala abierta centrada o patio que comunica las estancias 2, 3, 4 y 5 situad as a su alrededor, con diferentes fases de uso.
En la fase más antigua, la estancia 5 es un depósito rectangular, probablemente de aceite, y la estancia 4, también abierta a la calle, es un ~h Villaronga, L.: Numismática antigua de Hispania, Barcelona, 1979, núms.
Rhode: anv. cabeza de Corea la izq., leyenda Rhodeton; rev. rosa vista por debajo.
Emporion: anv. cabeza de Core a la izq., leyenda Emporiton; rev. caballo parado coronado por una Níke, gráfila de puntos.
M. Gázquez): «Era aquélla la época del año en que los hispanos tenían el trigo en las eras; y así habiendo prohibido a los suministradores que acaparasen trigo y habiéndoles reexpedido a Roma dijo: «La guerra se alimentará a sí misma».
Habiendo salido de Ampurias incendia y saquea el campo enemigo y todo lo llena de huidas y terror.» sx Casas, J.: l'0/ivet d'en Pujo/ i els To/egassos.
Dos estab/iments agríco/es d'epoca romana a Vilademat, Girona, 1989; Ruíz de Arbulo, J: Los inicios de la romanización en Occidente: los casos de Emporion y Tarraco, A thenaeum, 79, 1991, 459-490.
la excavación c.:n 6 ni vc.: lcs) caractcri/.ado por la prcse ncia de materiales inlcgros. junio a fra gmentos tk adobes, carbones y restos más escasos de fauna.
LI in ventario <lt: los materiales es el siguiente: Barni/ negro.
1 alter de Rosas: un cuc.:nco Lamb. |
plantear algunas cuestiones tanto sobre los talleres de producción, en Etruria, como sobre los mecanismos de distribución y circulación de vajilla metálica desde la Península Itálica hasta la Ibérica durante el arcaismo.
De este modo resulta imprescindible volver a tratar los ejemplares documentados en Pozo Moro y Málaga así como tratar otros vasos de bronce de producción etrusca.
En una colección particular catalana de arte, ha llamado mi atención una figura de bronce que representaba un joven desnudo.
La pieza permite su identificación como fragmento de un asa de jarra metálica, de las llamadas «con kouros».
El ligero arqueo de la espalda y las piernas de la figura no ofrecen dudas sobre su identificación diferenciándose sin problemas de las producciones toréuticas del sur del Lacio, las conocidas cistas prenestinas que presentan perfiles más arqueados junto a unas decoraciones y acabados distintos (Bordenache 1979; Kent-Hill 1937) (Fig. 1).
La pieza procede de la provincia de Cuenca, sin más precisiones sobre su hallazgo.
Este importante documento se suma al catálogo de vasos metálicos de la Península Ibérica de época arcaica y amplía el espectro de importaciones en el interior peninsular.
Si bien aquí ya han sido documentadas algunas importaciones de vajilla metálica etrusca y griega de época arcaica (Segóbriga, Calaceite, etc.), las jarras con asas «con kouroi» se han documentado hasta el momento únicamente en el sur peninsular (Pozo Moro y Málaga).
De este modo, la presentación de esta pieza refuerza la idea de la pluralidad de vías de comunicación entre el interior y la costa, y permite al mismo tiempo plantear una mayor participación de las élites peninsulares en los mercados internacionales.
La voluntad de este trabajo no es la de reestudiar la totalidad de los vasos metálicos importados en la Península Ibérica, pero me resulta inevitable para el discurso volver llamar la atención sobre una serie de elementos bien conocidos por la investigación que permiten contextualizar el asa en cuestión.
CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE LOS VASOS CON ASAS ANTROPOMORFAS
Los vasos con asa antropomorfa han llamado repetidamente la atención de la comunidad investigadora siendo Politis 1 el primero en tratar el tema en relación con las hydrias y posteriormente D. Kent-Hill (1958) y Th.
Weber (1983), también respecto a las jarras, con unos catálogos más completos y un espí-ritu de catalogación (especialmente Weber).
Finalmente respecto a las páteras cabe destacar los trabajos de Gjødesen (1944), Amandry (1953) y Ch.
Los vasos con asa antropomorfa se distribuyen en diferentes tipos y en distintos talleres de producción: hydrias, enócoes, ánforas, jarras de tipo «Schnabelkannen», tapaderas de cistas y páteras.
En primer lugar las hydrias, las más antiguas de talleres laconios y posteriormente corintios y áticos 2.
Entre las producciones laconias con asas con kouroi destacan especialmente los ejemplares N. Inv 3243 del Museo de Esparta 3 y el N. Inv.2785 du Musée du Louvre 4.
Los ejemplares corintios encuentran en la hydria de Trikala (Atenas M Nacional N. Inv.591-99) su ejemplar más representativo, fechándose entre el 540-530 a.C. a partir de los paralelos del kouros, arrodillado, y de las esfinges (Rolley 1982: 53).
Por otro lado deben considerarse otros posibles talleres como serían Atenas a partir del asa de Atenas n.4 del catálogo de Kent-Hill (1958) 5.
Las enócoes pueden corresponder a producciones peloponésicas, las más antiguas de la Laconia.
Posteriormente, aunque fuertemente influenciada por la tradición laconia, se reconocen las producciones corintias, para las que no puede descartarse una producción en las colonias adriáticas de Adria y Spina.
Especialmente importantes dentro de las produccio-Fig.
Vistas del asa de «Cuenca».
2 Aunque los estudios de Cl.
Rolley (1982;1990;2003) sobre el taller de la crátera de Vix y las hydrias del heroon de Paestum permitirían considerar una producción en área magno-griega a partir de su estructura, pero no encuentran confirmación con los hallazgos arqueológicos.
La importante curvatura la identifica como asa de hydria y no de enócoe, Kent-Hill 1958: n.11.
4 Siglado como procedente de Monemvasie pero con total seguridad, según Cl.
Rolley (1990: 36), del santuario de Apolo en Phoiniki, que también corresponde a un asa de hydria, con el detalle de la cara que permite identificarlo con una producción laconia de tercer cuarto de siglo VI aC (Kent-Hill 1958: n.12).
El enócoe de Ugento, a partir de los paralelos de la cara del kouros permitió fechar la pieza en el último cuarto del s. VI a.C. (Politis 1936: 167).
El ejemplar de Ugento se identifica como producción corintia (Tarditi 1996: 190) pero Cl.
Rolley propuso que este ejemplar correspondiera a una imitación magno griega o mesápica (Rolley 1995) hecho que permite continuar el debate acerca de la producción magno griega, aceptándose la importancia de Taranto pero no sin numerosos matices y controversias (debate en Graells ep.a).
Finalmente se reconoce una producción etrusca, comúnmente identificada como vulcente.
Las ánforas parecen proceder en su totalidad de talleres del entorno de Vulci.
Entre ellas destaca el ánfora Pourtalés, la del Museo de Edimburgo (Johnstone 1937) y la pareja de asas identificadas como cat.
Las similitudes entre el enócoe de Schwarzenbach y las asas de ánfora 40 y 41 del catálogo de D. Kent-Hill (1958) y las asas de los «Schnabelkannen» 35 y 36 del mismo catálogo permiten considerar todos estos elementos como producciones de un mismo taller fechables a inicios de s. V a.C. Especialmente el ánfora Pourtalés que según Riis se fecharía entre el 480 y el 460 a.C., lo mismo que puede proponerse para el ánfora de Edimburgo y la pareja cat.
Para los «Schnabelkannen» con asas «con kouros» se considera Vulci el centro productor a partir de la diversidad de piezas con asas similares de las que se ha demostrado una paternidad vulcente7.
Todo este inventario de tipos y talleres lleva a considerar que estas piezas, realizadas a molde, no tenían por qué estar realizadas por un único taller o artesano (Grassi 2003b: 508) y podría existir una cierta movilidad, como ha sido observado en algunos casos respecto a las cráteras de bronce (Maas 1983).
Debe destacarse para las asas de jarras, no para las asas y mangos de cistas y páteras, la paternidad laconia del esquema, siendo los detalles de acabado y fabricación los que permiten distinguir las distintas producciones (Rolley 1982: 37; Tarditi 1996: 156).
De este modo, el esquema normal para este tipo de piezas es el de una escena superior, en el borde posterior del vaso metálico, donde se sitúan normalmente dos leones y un joven desnudo con el cuerpo ligeramente arqueado hacia atrás con los brazos levantados sujetando con cada mano una cola.
Los pies del joven descansan sobre una escena inferior caracterizada por la presencia de una palmeta y una pareja de animales, normalmente carneros para las producciones de hydrias y enócoes y estructuras más complejas para los jarros tipo «Schnabelkannen».
Evidentemente la originalidad del artesanado antiguo así como las variaciones entre distintos talleres hizo que se mantuviera el esquema básico, pero que se añadieran multitud de variaciones, especialmente en las producciones de Vulci.
Como ya señaló A. Hus (1975: 85-91) sobre el estilo de la toréutica de la Etruria septentrional, concretamente de Vulci, una de las características fundamentales es el estiramiento de las figuras, especialmente claro en muchos de los animales del registro superior y en los kouroi de las asas de Campli (Bouloumié 1973), del Metropolitan (Richter 1915) o de Dürkheim.
También la sensación de movimiento de los animales, normalmente en posición de ataque (Hus 1975: 86) o sentados, como en el ejemplar de Schwarzenbach.
Por otro lado destaca la pluralidad de representaciones que no se limitan a la repetición mimética de los leones del registro superior, ya que no siempre estarán en posición de reposo y ni siquiera serán siempre leones, existiendo representaciones de otros seres como en el asa de Málaga en la que se representan Aqueloos.
El registro inferior es el que presenta más variaciones en cuanto a motivos.
Por un lado cabe distinguir entre distintos tipos de palmeta y la presencia en algunos casos de cabezas de Gorgona, normalmente en producciones griegas de hydrias.
Lo mismo con las parejas de animales, que si bien normalmente AEspA 2008, 81, págs. 201-212 ISSN: 0066 6742 serán carneros, la presencia de parejas de sirenas en el asa de Málaga, o de luchas entre Herakles y Hera en la «Schnabelkanne» de Schwarzenbach, o de una pareja de prótomos de caballo en el asa BB1445 (Adam 1984: n6) permitirán poner en relación estos registros con las series etruscas de asas de jarros y de trípodes.
Pero las producciones etruscas también presentarán variaciones respecto a los modelos griegos en los rasgos anatómicos del cuerpo de la figura central.
La poca definición de los detalles anatómicos del cuerpo en los modelos etruscos, da una apariencia de representaciones planas, especialmente claro en los ejemplares más evolucionados como los ya citados jarros de Campovalano-Campli y de Dürkheim.
Finalmente la figura no siempre está de pie, como en la hydria de Trikala, donde está arrodillado, o en posiciones donde el arqueo del cuerpo varia, probablemente relacionado con los tipos de vaso a los que pertenece.
Si bien es griego el origen del tipo de asa, la explosión de aplicaciones debe considerarse un hecho itálico.
Weber (1983), identificó de manera muy importante la producción etrusca, claramente de Vulci, no solamente por el estilo del joven sino por numerosos motivos correspondientes al registro del remate inferior del asa.
Sin duda los elementos más fácilmente identificables como etruscos son las asas correspondientes a los «Schnabelkannen» (Bouloumié 1973a(Bouloumié y 1973b;;Jacobsthal-Langsdorff 1929).
Las producciones etruscas presentan una clara distancia cronológica respecto a los vasos producidos en Grecia.
Los griegos se fechan, como hemos visto en la segunda mitad del s. VI a.C., mientras que las producciones etruscas deberán situarse a finales de s. VI a.C. y durante la primera mitad de s. V a.C.
El asa se presenta fracturada, conservándose únicamente la parte central del cuerpo del kouros, desde el pecho hasta la parte baja de la pierna a poca distancia del tobillo (Fig. 2).
La pieza presenta una altura máxima de 90 mm., de los que 29,5 mm corresponden al torso.
Los rasgos anatómicos aparecen poco marcados, destacando únicamente las líneas que marcan las ingles y el surco del ombligo.
Un elemento importante es la posición de las piernas, que presentan los muslos unidos hasta poca distancia de las rodillas y presentando a continuación las partes inferiores de las piernas sin contacto entre los gemelos, caso que se do-cumenta también en el jarro de Schwarzenbach y en el asa de Málaga.
Por otro lado fue la ligera curvatura del cuerpo la que permitió identificar esta pieza como asa de un jarro arcaico.
Esta curvatura del cuerpo coincide con la del kouros del jarro de Schwarzenbach, así como sus dimensiones.
6), sin procedencia, presenta un perfil similar al del ejemplar de Cuenca, con la espalda muy curvada, presentando las piernas sin curvatura, hecho que permite identificar el asa con una jarra de tipo «Schnabelkanne», lo mismo sugiere la larga superficie del registro superior donde reposan los leones, que se prolonga indicando la curvatura del borde posterior del jarro.
La base presenta una decoración con una palmeta y una pareja de prótomos de caballo8, que pueden considerarse de tipo etrusco (Adam 1984: 5).
La descripción y las figuras de las asas del ánfora N. Inv.
Las dos asas corresponden a kouroi evolucionados, como se desprende del peinado, con los cabellos cortos, así como de las manos que ya no cogen las colas levantadas de los leones, aunque mantienen el esquema y se continúan mostrando los dos leones en el registro superior, y los pies sobre un soporte formado por una palmeta y una pareja de carneros a sus lados (Johnstone 1937: Tav.
La estructura del cuerpo recuerda mucho las proporciones del asa de Cuenca, con un inicio del torso en sección casi cuadrada y un sutil trabajo de la musculatura, la insinuación del ombligo y un ligero arqueo de las rodillas.
Todos los paralelos expuestos permiten considerar el fragmento como una producción etrusca, de un taller de Vulci o de la Etruria septentrional.
Si bien la parte conservada permite considerar la filiación de la pieza, el grado de fragmentación impide asegurar con rotundidad a qué tipo de pieza correspondió.
A nuestro modo de ver las dimensiones, la curvatura y los paralelos más próximos llevan hacia una asa de jarro del tipo «Schnabelkanne» distinguiéndose claramente de los de época tardía, varios de ellos forman un grupo idéntico que deben considerarse realizados en un mismo taller y bajo la misma mano, los llamados de tipo «Jacobsthal-Langsdorff» o grupo IDEtr.d de Weber (Fig. 3).
Corresponde a un asa hallada en la ladera de la Alcazaba de Málaga a inicios del s. XX.
Como hemos visto anteriormente, este tipo de representaciones es inusual siendo la representación más normal la presencia de leones tumbados, sentados o en posición de flexión de las piernas.
El registro inferior se caracteriza por una pareja de sirenas con las alas abiertas hacia el interior del registro, con el brazo exterior ligeramente extendido.
La palmeta que presenta la escena es plenamente arcaica, hecho que la diferencia levemente de otras palmetas asociadas a sirenas, que se documentan sobre asas sin kouros.
Para identificar la filiación de este ejemplar, los Aqueloos y la compleja escena del remate inferior son fundamentales.
Ambos elementos encuentran abundantes paralelos dentro de la toréutica etrusca, destacando especialmente los remates inferiores de asas con escenas complejas.
Especialmente singular es el jarro de Schwarzenbach con una escena de lucha, similar a otras asas de producción etrusca (Louvre Br.2788 y Br.2789).
Según Blanco (1965), su atribución puede corresponder tanto a una hydria, un oenochoe, un «Schnabelkanne» o incluso una ánfora (atribución que no comparto).
A mi parecer corresponde a un «Schnabelkanne».
Al mismo tiempo, A. Blanco (1965) considera el tipo de piezas con asa con kouros, con una cronología amplia que comprende desde el 600 hasta el 450 a.C. Finalmente, este autor considera su posible taller de producción en Vulci y no en el Peloponeso (Esparta o Corinto) o en la Magna-Grecia, a partir de un ejemplar del Museo de Florencia procedente de Vulci, del que se diferencia en escasos motivos decorativos.
Por otro lado, otros elementos que refuerzan esta atribución como el asa del museo de Berlín, también procedente de Vulci, con una palmeta flanqueada por dos sirenas, y el ejemplar 141303 del Metropolitan Museum de NY (Ri-
Debajo del monumento turriforme de la necrópolis de Pozo Moro se documentó una pira en la que se halló, junto a distintos materiales como una kylix ática del pintor del Pithos y una lekythos de la clase Atenas 581 además de varios objetos en oro y plata, la parte superior de una figura de bronce correspondiente a un kouros con los brazos flexionados, en la típica posición de los kouroi de las asas de jarros arcaicos.
Se consideró de producción griega pero sin poder precisar el taller concreto (Almagro-Gorbea 1977).
Si bien es cierto que el estado de conservación en el que se encontró el fragmento no permite grandes conclusiones, el análisis de gran cantidad de ejemplares realizado por Th.
Weber ha permitido al investigador incluir el ejemplar de Pozo Moro en su serie etrusca de producción vulcente (1983) (Fig. 5).
Pero el fragmento en cuestión es el único hallado en contexto en el occidente mediterráneo, y por ello una valoración del contexto es necesaria para poder considerar los otros casos peninsulares.
Ante todo es necesario valorar que Pozo Moro es un monumento singular, como lo es también la presencia de jarros de bronce con asas antropomorfas.
Si recientemente valorábamos la singularidad de algunos recipientes metálicos hallados en la Península Ibérica dentro de un marco mediterráneo10, el caso de Pozo Moro muestra la singularidad de los personajes que podían acceder a este tipo de importaciones y al mismo tiempo la comprensión del uso al estilo mediterráneo, formado en este caso por la jarra y la kylix.
Se fecha en torno al 500 a.C., coincidiendo la kylix, la lekythos y el asa (Almagro-Gorbea 1977).
A MODO DE CONCLUSIÓN: ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LOS VASOS METÁLICOS DE ÉPOCA ARCAICA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA
Este tema ha sido tratado recientemente en varios artículos y comunicaciones en congresos, especialmente referentes a producciones etruscas (Botto y Vives 2006; Graells 2005Graells, 2006, ep.a y ep.b; Pozo 9 D. Kent-Hill, por otro lado, prefiere atribuirle una producción indeterminada, pero que de entrada no parece griega (Kent-Hill 1958: 200). ).
La cantidad de vasos metálicos en bronce documentados en la Península Ibérica e Islas Baleares permite considerar distintos focos de concentración así como diferentes producciones.
A las conocidas producciones etruscas (quizás las mayoritarias de cuantas se documentan) existe un considerable número de elementos originarios de talleres magnogriegos y alguno más de producción campana 11.
Al mismo tiempo se han reconocido distintos elementos de producción peninsular (seguramente del sur de la Península como señala Jiménez Ávila 2002) pero inspirados en modelos greco-etruscos, como son los olpai de bronce.
La distribución de las piezas se sitúa en distintas áreas: Empúries y su Hinterland (especialmente el oppidum de Ullastret), la zona de la desembocadura del río Segura y su vía hacia el alto Guadalquivir (considerando sus zonas próximas) y distintos puntos dentro de la comunidad andaluza, los cuales sin duda se sitúan en vías de paso o de explotación de los recursos locales.
Pero el hallazgo de un nuevo ejemplar de recipiente metálico en la provin-cia de Cuenca viene a consolidar y enfatizar la importancia de la vía que comunica el litoral de la comunidad valenciana y el interior peninsular (Fig. 6).
Como hemos visto el asa corresponde a una producción etrusca, a la que debemos añadir los ejemplares conocidos de los infundibula de Xàbia y Cancho Roano 12; los olpai de El Oral, del Cabecico del Tesoro, de Sexi, de Pedro Abad, del Mirador de Rolando, de Segóbriga 13; el enócoe de Sevilla (Jiménez-Ávila 2002); los ralladores de El Oral y de Ullastret 14; las páteras de Crevillente (de borde perlado) y de la Granja de Soley (de borde plano y omphalos) 15; las sítulas de Ullastret y la Pedrera 16.
Además de la reciente identificación de las asas y fragmentos de chapa que formaban parte de la tumba de Les Umbries/Les Ferreres (Calaceite, Teruel), materiales que en numerosas ocasiones se dieron por perdidos y que fueron recuperados por Rouillard (1997: 134-5) entre los fondos españoles del Museo del Louvre, actualmente depositados en el Fig. 6.
Mapa de distribución de los recipientes con asa con kouros procedentes de Vulci: Cuenca (1), Málaga (2), Pozo Moro (3), Carthago (4), Cerveteri ( 5), Vulci (6), Volterra ( 7), Campovalano-Campli (8), Ascoli Piceno ( 9), San Ginesio (10), Eperies (11), Trier-Schwarzenbach ( 12), Dürkheim ( 13).
11 Como vasos de producción magno-griega se conoce una pátera con el asa figurada en forma de kouros desnudo (hoy por desgracia en paradero desconocido).
Se encontró en Mallorca hacia 1835, con breve descripción y reproducción en el Voyage en Sardaigne (Paris, 1840) de A. della Marmora y republicada por A. García y Bellido (1945).
Graells ep.c.; de fecha posterior y siempre de producción magno-griega, deben considerarse las asas de la crátera del pecio del Sec; de producción Campana únicamente ha podido reconocerse el kyathos del pecio de la Cala Sant Vicenç (Graells ep.a y ep.b).
12 Para una visión general de los infundibula v.
13 Para una visión de detalle de los olpai peninsulares v.
14 Para una visión general de los ralladores en la Península Ibérica v.Graells 2005, con bibliografía, a los que debe añadirse el ejemplar inédito de Ullastret.
15 Para una visión general de las páteras de bronce de tipo etrusco en la Península Ibérica v.
16 Para una visión de la sítulas etruscas en la Península Ibérica v.
Las asas pertenecen a un tipo de recipiente caracterizado por Cook (1968) y que se define por presentar un perfil abierto con ónfalo, paredes bajas y cuatro asas opuestas entre sí dos a dos.
La distribución de estas piezas parece indicar que fueron fabricadas en Italia central, posiblemente en el entorno de Orvieto, situándose su datación a mediados del s. VI a.C., lo que es coherente con la cronología generalmente asumida para el ajuar de la tumba de Calaceite.
De esta manera la abundante presencia de vasos etruscos en metal evidencia un cierto dinamismo entre la Península Ibérica y la Italia central.
Así, la mayoría de estos vasos deben interpretarse como la evidencia de unos objetos de gran prestigio destinados a las aristocracias de la Península Ibérica.
Esto presupone el conocimiento por parte del aristócrata local de éste tipo de piezas, la voluntad de adquirirla al entender sus funciones (en el banquete y en la representación social) y la capacidad de adquirirla.
Sobre la distribución de la vajilla metálica hacia la Península Ibérica hemos propuesto un intercambio directo (Graells ep.a), que correspondería a dos estrategias distintas: suministrar productos a un mercado conocido, como sería el sur de Francia, y abrir mercados en base al impacto sociológico, cultural y artístico que suponen los vasos metálicos (para la Península Ibérica).
Todo ello matizado por el grado de contacto, el conocimiento del imaginario/ideología y la capacidad de solicitar ítems concretos por parte de las comunidades indígenas (entendiendo éstas como pueblos de la Península Ibérica y sur de Francia).
Aún siendo consciente de la advertencia que propuso B. Bouloumié respecto a las cartas de distribución de vajilla metálica, debido, según su parecer a una aleatoriedad en su circulación (1985: 168), es inevitable considerar la presencia/ausencia de tipos entre ambas regiones.
Es interesante constatar la inexistencia de sítulas, olpai e infundibula de bronce en el sur de Francia, área en la que, en cambio, destaca la abundante presencia de páteras de borde perlado, el hallazgo de alguna cista de cordones 17 y algún enócoe de tipo «Schnabelkanne» 18.
Esta dife-rencia de productos podría interpretarse como resultado de vías comerciales diferentes para el sur de Francia y la Península Ibérica.
Esto choca aparentemente con las importaciones de cerámica etrusca en Cataluña, consideradas tradicionalmente como provenientes del sur de Francia.
En esta línea toma fuerza la idea de dos circuitos de intercambio diferenciados, uno mayoritario, en el que se situarían las importaciones cerámicas, como testimonio del comercio o intercambio de productos manufacturados y otro de menor envergadura que representaría los bienes de prestigio.
Estos dos circuitos presentan distintas concentraciones de materiales que permiten recrear unas hipotéticas zonas de contacto.
Por un lado el nordeste peninsular se caracteriza por dos focos de acumulación de cerámica etrusca, Empúries y su hinterland y la zona de la desembocadura del Ebro en un sentido amplio 19.
La posición de las Islas Baleares ha solucionado a menudo la explicación para la difusión de materiales etruscos hacia la Península, pero plantea importantes dudas de cara a la distribución de la vajilla metálica etrusca e itálica a causa de su ausencia en contextos insulares y en cambio muy numeroso en sus pecios y en colecciones de materiales de procedencia indeterminada20.
A esto debemos recordar la ausencia de tipos análogos en el sur de Francia, añadiendo que en teoría los materiales etruscos fueron comerciados o directamente por etruscos o por fenicios (Cabrera 2000: 171).
Por otro lado, la broncística etrusca ha representado en la bibliografía arqueológica peninsular un referente algunas veces poco contrastado.
Los casos de las páteras del nordeste peninsular, del Coll del Moro de Serra d'Àlmors o el de la pátera con pie troncocónico de la necrópolis de la Pedrera, han sido considerados tradicionalmente como importaciones etruscas 21.
Si bien es cierto que presentan ciertas similitudes formales con los recipientes etruscos, pero en ningún caso pueden considerarse como tales.
El ejemplar de la necrópolis de la Pedrera de Vallfogona de Balaguer22, presenta dos partes diferenciadas, el pie y el cazo, unidos por remaches, que recuerda al tipo Breitrandschüsseln aus Bronze mit Fuß, que pre-* Agradezco a Ch.
Lone y St. Verger las facilidades pra poder consultar estos elementos.
18 No se considera el dato ofrecido por B.Bouloumié sobre el hallazgo de 3 ejemplares en la Península Ibérica ya que no tenemos más referencia que ésta sobre su existencia (1985: 168).
Unicamente conocemos el «Schnabelkanne» de la necrópolis del Cigarralejo, sobre la que se debatió sobre su filiación, discutiendo si era una imitación local o bien una importación aceptando la segunda (Botto y Vives 2006; Cuadrado 1987; Jiménez Ávila 2002: 381). senta la práctica totalidad de sus paralelos en Centroeuropa, siendo únicamente el ejemplar de la tomba del «Tridente» de Vetulonia el que se escapa de esa concentración.
Eso no excluye una influencia en la concepción de la pieza, de manera que muy probablemente debamos considerar esas dos piezas como inspiradas en modelos foráneos (especialmente la pieza del Coll del Moro de Serra d'Àlmors, con ónfalo en la base), aunque no pueden evitarse otros paralelismos con la tradición cerámica y broncística local.
Este fenómeno de inspiración cambia en el sur de la Península, donde no podemos considerar piezas inspiradas sino imitadas, versionando algunas de las características decorativas (no estructurales) de las piezas.
Este hecho, ejemplificado por algunos olpai que consideramos de producción local, permite suponer uno o varios talleres en la Península que producen piezas de tipo etrusco, fenómeno que enlazaría con el desplazamiento de artesanos desde Etruria a las costas peninsulares o la formación de artesanos peninsulares en talleres de Etruria.
La presencia de este tipo de vasos implica la normal asociación de los objetos importados con otras producciones locales o de otras procedencias, cuya circulación es notablemente restringida.
Este comportamiento se observa de igual manera tanto en hábitats como en contextos funerarios que indican la posición de tales importaciones en la escala de valores reconocida y aceptada por la comunidad, como ha señalado J. Vives, independientemente del origen pues es cuestionable que en la antigüedad se distinguiera, como lo hacemos hoy, la concreta procedencia del objeto23.
En ese sentido, lo importante es la apropiación de estas producciones en sus contextos como diferencia significativa respecto a los que no las tienen y por lo tanto como bienes de prestigio indicadores de manera indirecta de una organización social fuertemente estructurada.
Cuando se propone la pregunta sobre quiénes fueron los principales actores de los intercambios tirrénicos nadie tiene duda alguna sobre la primacía de las poblaciones locales que aparecen como agentes activos en el teatro económico que se crea en las costas tirrénicas 24.
Ello demuestra en primera edad del hierro un sistema económico orgánico.
Esto podría dar explicación, tal como ya propusieron A. Oliver y F. Gusi25, a la presencia de material etrusco en Castellón, zona ampliamente dominada por las importaciones fenicias.
Afirmación que ratificó también Gómez-Bellard26.
Pero debe tenerse presente las palabras de F. Gracia27: «La localización de producciones etruscas en el Ebro y a lo largo de la costa del Levante indica la no existencia de la compartimentación zonal enunciada por diversos investigadores, de igual forma que el aumento del número de piezas permite, cuando menos, no confirmar genéricamente la idea de comercio residual y adscripción de los materiales etruscos al comercio semita».
De esta manera puede retomarse lo que recientemente proponía M. Gras28, sobre si es aún legítimo continuar separando sistemáticamente el «comercio etrusco» del «comercio griego» a partir de la documentación del Midi de la Galia y si es aún pertinente seguir buscando quiénes llegaron primero, si griegos o etruscos.
Estas mismas preguntas son perfectamente aplicables para el levante peninsular añadiendo a esos comerciantes «los fenicios».
De esta manera uno debe buscar quién comerció qué, pero como se ha demostrado repetidamente a partir de los numerosos pecios, el comercio antiguo, la emporìa, supone cargamentos mixtos, de manera que debería descartarse este tipo de preguntas ante la dificultad de su respuesta.
Por este motivo M. Gras no es partidario del uso de esta expresión «comercio etrusco».
De todos modos el uso de la categoría «comercio etrusco» tiene argumentos a su favor, pero como ha insistido M. Gras deben matizarse29, como es el volumen de ánforas comerciales y Bucchero hacia el sur de Francia, los pecios y hallazgos subacuáticos de las costas del sur de Francia (Antibes, Bon Porté, etc.).
Pero el caso que tratamos, el de los recipientes metálicos con asas antropomorfas viene a proponer un interesante y complejo abanico de intercambios con la Etruria central durante el arcaísmo.
Documentar este nuevo ejemplar enriquece el catálogo de bienes de prestigio importados de tipo etrusco; evidencia las relaciones con Etruria que cada vez debemos considerar más significativas para lo que al desarrollo de las élites se refiere; y la adopción de un banquete etrusco se observa de manera más clara, así como las formas de expresión de la riqueza. |
C. Nos basamos en la distribución espacial de las evidencias arqueológicas. como la cerámica pintada, las monedas y la escultura en piedra.
Han pasado veinte años desde que apareciera la primera síntesis sobre el mundo ibérico, planteada como una obra de carácter histórico, que abordara, entre otros, un tema tan espinoso como el de la delimitación del territorio de uno de los grupos culturales citados por las fuentes literarias; me refiero a Contestania lhérica de E. Llobregat ( 1972).
Esta obra ha sido, desde entonces, básica para cualquier estudioso del iberismo y hoy sigue siendo un punto clave de referencia para aquellos investigadores que se acercan a la problemática arqueológica de las culturas prerromanas del Levante y Sureste de nuestra península.
No obstante, han transcurrido dos décadas y contamos ahora con una mayor y mejor sistematizada documentación, aparte de unos resortes teóricos y metodológicos, que no existían en la investigación española de comienzos de los setenta.
Ello permite, desde una nueva perspectiva, proponer nuevas hipótesis que se irán desarrollando a lo largo de las páginas siguientes.
Una de las cuestiones de más debatida actualidad es la caracterización de la estructura social del mundo ibérico.
Tema sobre el que se viene trabajando con particular intensidad desde hace algo más de una década, y que ha supuesto un salto cualitativo, de la mayor trascendencia, para la comprensión de los cimientos estructurales que configuraron aquellos grupos culturales,_ en el marco global del mundo prerromano mediterráneo.
Hay un aspecto de este debate que nos interesa particularmente: la concreción, en el sureste, de formas estatales aristocráticas arcaicas, sobre la base de un entramado territorial protourbano.
Tema que ya he tratado, en sus líneas generales, con anterioridad (en prensa, a) y del que ahora quisiera abordar uno de sus aspectos, los criterios para la delimitación de un territorio en torno a una de aquellas protociudades, en concreto la de Elche.
Previo a esto conviene dar un repaso, aunque sea somero, a algunos de los datos con los que contamos para hablar de rango de protociudad, en el sureste, en época ibérica.
1) Urbanismo y espacios públicos se encuentran en un momento de desarrollo incipiente, al menos por lo que conocemos hoy.
Podemos citar poco más que las murallas, aunque recientes descubrimientos están sacando a la luz una realidad más compleja.
Existen recintos como El Oral, de planta cuadrada, calles que se cruzan casi en ángulo recto, y con una amplia zona rectangular abierta (Abad, L., 1985-87, 60).
Las excavaciones de Sagunto demuestran la existencia de un barrio marítimo, en la zona del Grau Vell, que sería el antiguo puerto, originado por la actividad comercial que Plinio refleja en sus es<.:ritos, al llamar a Sagunto «ciudad opulentísima» (Hist.
En Cástula existe lo que pudo ser un barrio industrial con alfares, hornos y escorias de fundición (Blázquez, J. M. y García Gelabert~ M. A., 1986-87).
Sabemos que la jerarquía de los asentamientos conlleva la distinta funcionalidad de los mismos, que en muchos casos son hábitats especializados en determinadas actividades.
Caso de las torres andaluzas (Ruíz, A., 1978) o de lugares como Puntal deis Llops (Valencia), una unidad funcional compleja que se levanta en una sola fase constructiva, a partir de un plan preestablecido (Bemabeu, J. et al., 1986, 321).
No olvidemos, entre los recientes trabajos, el yacimiento de Alt de Benimaquia (Denia.
Valencia), donde se han puesto al descubierto lugares para la elaboración de vino, siendo interpretado, por sus excavadores, como un centro residencial de un personaje de élite.
Se trata de un hábitat de apenas media ha., con una fortificación con seis bastiones construido. ex 110\'o, en la primera mitad del siglo VI a.
C., y cuya ocupación dura tan sólo cincuenta años.
Es un lugar donde se produce, en una fecha antigua, un bien de consumo claramente vinculado a las implicaciones sociales e ideológicas que plantea la aculturación a través del vino, entre las élites indígenas (Gómez Bellard, C. y Guerin, P., en prensa).
Pero donde más evidente se hace la diferente funcionalidad del hábitat y sus consecuencias sociológicas es en la localización de los santuarios.
En la cuenca del Segura se encuentran junto a hábitats importantes, en una triple asociación santuario/poblado/monumentos funerarios, que nos advierte sobre la presencia de una élite que habita sólo en determinados centros, a los que además se asocia el culto y la vida religiosa (Santos Yelasco, J. A., 1989a).
Situación semejante a la de Levante, en lo que Aranegui denomina santuarios peri urbanos (en prensa).
No podemos pasar por alto, en este apartado, un reciente trabajo sobre el Cerro de los Santos, donde no sólo se sugiere la imagen ibérica en piedra, como la imagen de la clase dominante, sino que se argumenta la hipótesis de un santuario transnacional, situado en el límite de dos pentápolis, al estilo de lo que ocurre en Etruria y Grecia (Ruano, E., 1987, 208).
Por las fuentes, también sabemos que ciudades como Sagunto tenían templos, como en este caso dedicado a Diana (Plinio, Hist.
Por su parte, las estructuras de la! lleta de Campello, datables en el siglo IV a.
C. e interpretadas como templos (Llobregat, E., 1988, 141 ), han sido reinterpretadas, más recientemente, como una posible casa-palacio (Almagro, M. y Domínguez de la Concha, E, 1990).
2) Los asentamientos ibéricos son de pequeño y mediano tamaño (Coimbra del B.A.: 1,6 has., Ilici: 9 has.).
Ahora bien, tengamos en cuenta que Ampurias. incluyendo la Palaiopolis, cubre 4,5 has., y que existen centros indígenas, como Cástulo, con 44 has.
Se aprecian además dos fenómenos significativos: a) Una gran reestructuración del hábitat a mediados o fines del siglo V a.
C.2, acompañada muy probablemente de un aumento demográfico, a juzgar por la gran cantidad de yacimientos datables a fines del siglo y primera mitad de IV a.
C. Ambas cuestiones coinciden con el desarrollo de las fuerzas productivas y la consolidación de la cultura ibérica (Fase Plena), que es precisamente el momento de afinnación de las aristocracias arcaicas, perceptible en el registro arqueológico a través de las tumbas principescas (Santos Velasco, J. A., 1989b).
b) El hábitat está fuertemente jerarquizado, como sabemos por los estudios del valle del Ebro (Burillo, F., 1986), Andalucía oriental (Ruíz, A., 1978), Levante (Geruin, P., et al., 1989) y sureste (Santos Velasco, J. A., l 989a)..
En las fuentes literarias abundan datos que refrendan esta situación, como el conocido caso del régulo Culchas que gobierna en 207 a.
C. sobre 28 ciudades; o el caso de los dobles topónimos como Saitabi/Saetabicola u Obulco/Obulcula, del mismo modo que la asociación entre nombres de ciudades y de pueblos (Basti/bastetanos u Oretum/oretanos) son todos síntomas de un desarrollo protourbano, si no plenamente urbano (Jacob, P., 1985, 51 ).
En el caso que estamos tratando, grosso modo, las cuencas media y baja del Segura, se reconocen unos centros que articulan el poblamiento desde el siglo VI al 11 a.
C. (La Encamación, El Cigarralejo.
Ver por varias razones, que señalé en su momento (Santos Velasco, J. A., 1989a).
-Lo reducido de sus tamaños. de lo que se deduce lo reducido de su población.
-Los hallazgos de sus necrópolis permiten suponer que con el tiempo iba variando la importancia de su ocupación, entre los siglos v y 11 a.
C. Por lo que también el peso político y económico de estos centros debió de ir variando.
Hecho que puede ser fortuito, depender de situaciones coyunturales, o tener una explicación más profunda, dentro de un complejo sistema político-social de alcance regional.
Lo que nos lleva a plantear la existencia de un centro mayor que actue, en este área, como «capitalidad».
En este sentido en la bibliografía reciente se ha planteado la idea de la existencia decapitales supracomarcales, Elche y Bocairente (Domínguez Monedero, A., 1984, 150) o Elche y Saitabi (Gil Mascarell, M., 1980, 233), que debieramos entender a partir de la hipótesis de una concentración paulatina del poder político, entre los siglos Vl-111 a.
C., a medmda que se consolida una organización arcaica de estados aristocráticos, territorialmente pequeños que, en el caso preciso que nos ocupa. debió tener su centro en Elche.
CRITERIOS PARA LA DEFINICIÓN DEL TERRITORIO DE ILICI
El punto anterior nos introduce en la cuestión siguiente: cómo identificar los centros económicos y políticos que organizan el ordenamiento del hábitat.
Cuestión que está todavía por resolver, pero de la que contamos con algunos indicios, en otras áreas culturales.
En un reciente trabajo se ha identificado S. Miguel de Liria, con más de 1 O has. de superficie, como el centro de un área extensa, que engloba pequeños asentamientos diseminados en la llanura y fortines situados a lo largo de la sierra Calderona, que sirven de límite o «frontera» al territorio bajo su control (Guerin, P. et al., 1989).
Una realidad similar existe en la actual provincia de Jaén, donde se identifican tres grandes oppida, que ordenan el poblamiento: Obulco, Cástulo y Toya.
Lo que no quiere decir que sean tres estados diferentes, por los vínculos que se establecen entre los dos últimos centros en las fuentes escritas (Ruíz, A.• et al., 1985-87) Este caso es de sumo interés porque nos ayuda a entender mejor el referido al Segura, donde estamos lejos de una comprensión global precisa de esta problemática, pero donde se pueden ir perfilando algunas cuestiones.
Centros como El Cigarralejo, Verdolay, Coimbra del B. A. y otros son de similar importancia, por tamaño, por los datos de sus necrópolis (con monumentos funerarios), porque todos están asociados a santuarios, y todos parecen controlar una amplia comarca natural (Santos Velasco, J. A., l 989a).
El dilema es corroborar que se trata de lugares dependientes de otro mayor, que pudo ser Elche.
Unico centro de la región con suficiente entidad para ello, en las cuencas media y baja del Segura.
Ya se señaló la unanimidad de la investigación en cuanto a otorgar a llici una relevancia de carácter supracomarcal, de control de lo que sería el sur de la Contestania, y los datos arqueológicos que estamos manejando en la actualidad. sobre el poblamiento, las necrópolis, etc., conducen a plantear este tema, pudiendo no sólo ratifü: arlo. sino además proponer una nueva delimitación del territorio de la antigua llici ibérica.
La importancia de este yacimiento viene dada por varias razones. entre otras. su extensión que con 9,8 has.
1988) supera con creces las de otros centros regionales importantes como El Cigarralejo, Coimbra del B. A. o La Escuera: y la continuidad de su poblamiento, ininterrumpido desde el siglo VI a.
Asimismo, La Alcudia fue un centro de gran importancia durante la Fase Ibérica Antigua.
Pensemos que allí hubo varios monumentos funerarios en forma de torre (Chapa, T., 1986, 246) y que es el único lugar que documenta todos los tipos iconográficos de la escultura zoomorfa (figura 1 ).
Por otra parte, Chapa Brunet mantiene la hipótesis de que en la zona del Vinalopó hubiera un taller de escultura de ámbito comarcal, pues los leones de Sax, Monforte del Cid y Elche, y en menor grado los de La Albufereta y Villajoyosa, son con toda probabilidad piezas del mismo taller, con un área de dispersión entre el Vinalopó y la costa sur alicantina (Chapa.
La distribución de la escultura zoomorfa señala unos ámbitos geográficos que se definen mejor si tomamos algunos de sus tipos, toros del grupo B. leones del período antiguo, caballos, lobos, esfinges y grifos (ver Chapa, T.• 1986), que se reparten fundamentalmente entre los ejes del Júcar y del Vinalopó/Segura, encuadrando un área sobre la que debemos tener presente dos puntos: a) Las sierras alicantinas separan la Contestania en sentido este/oeste, de una manera na- tural.
Al norte la zona de montaña. con centro en Bocairente y al sur el llano con centro en Elche (Dornínguez Monedero.
A., 1984). h) Las esculturas sobrepasan la línea Vinalopó/Segura y las hallamos hacia el interior, por la cuenca del Segura, hasta el Cigarralejo.
De estos datos se puede deducir que en la Fase Antigua la Contestanía es un territorio mal definido, lo cual no es de extrañar si consideramos que el término Contestania sólo aparece en las fuentes escritas más modernas, mientras que las más antiguas hablan de los mastienos, en esta zona de la península (Abad, L., en prensa).
Elche se manifiesta como un punto de referencia importante, cuya influencia se extendería por la costa sur alicantina.
Vinalopó y cuenca baja del Segura, pero la ausencia de más datos impide saber si ese influjo es económico, político o ambos a la vez.
La documentación arqueológica, sobre fechas más recientes, concreta un ámbito territorial mejor definido. l) La distribución de las monedas de la ceca de Ilici, en época altoimperial (reinados de Augusto y Tiberio), demuestra que el área de expansión económica de esta ciduad está entre las costas meridionales alicantinas y las cuencas media y baja del Segura, región de Murcia (figuras 2 y 3. ver Llorens, M., 1987).
Es una evidencia tardía, pero concuerda con la dispersión de los hallazgos más importantes de vasos pintados de estilo de Elche (entre fines del s. 111 a.
C. y el cambio de era) 4 • Desde el centro neurálgico de Ilici, la mayor concentración se halla en el Vinalopó y la cuenca del Segura, hasta Archena (figura 4).
Hecho que, a su vez, concuerda con la dispersión de los kalathni de los tipos del Cabecico del Tesoro (figura 5).
Entre las trece piezas estudiadas recientemente, ocho son de pleno estilo ilicitano o afines, datables entre Ja primera mitad del siglo 11 a.
2) Los testimonios del uso de la escritura en alfabeto griego jonio, que conocemos como
Figuras 2 y 3.-Dispersión de monedas de la ceca de llici durante los reinados de Augusto y Tiberio (según Llorens, 1987). greco-ibérico, se e nc ue ntrnn en el mismo área (fi gura 6) y nos llevan a contextos arqueológicos ya dentro del s iglo IV a.
3) Por último, entre los s ig los IV y 11 a.
C. se documentan una serie de objetos, relacionados con e l culto, que aportan nuevos datos: los pebeteros con fonna de cabeza femenina y otras terracotas, relacionadas con Tanit o con una diosa local de la muerte y la fec undidad, entre las que pudo darse un posible si ncretismo.
Han sido analizadas por Marín Ceballos ( 1987). quien admite un alto grado de asimilación del culto a Tanit, en el sureste español, debido a que en esta zona de la península se documentan en número abundante y particularmente en santuarios y necrópolis!i.
Conjuntos importantes de las mi smas los encontramos distribuidos, una vez más. por la costa sur de Alicante y las c ue ncas del Vinalopó y bajo Segura (figura 7).
Esta zona se constituye en un área central, rodeada a su vez de una serie de hallazgos vinculados, como la figura de la necrópolis de El C igarralejo (Cuadrado, E..
1987); la Dama sedente nutricia de Alcoy, de producción local (Marín Ceba llos, A..
1987, 63); y las piezas del santuario de Coimbra del B. A. (Jumilla, Murcia).
De lo expuesto parece desprenderse que, entre los siglos IV-1 a.
C.. el territorio sur de la Contestania está definido en un área en tomo a Elche, que abarca las costas meridionales de Alicante y la cuenca del Segura, hasta Archena, rodeada por un área de influencia, relacionada directa o indirectamente con llici (figura 8).
Un interrogante que surge, tras esta ex posición, es que las fu entes literarias más modernas citan como ciudades contestanas, entre otras, Dianium y Saitabi.
O bien las consideramos no contestanas, o bien habría que plantearse que la Contestania está fragmentada en dos zonas, como ocurriera en la Fase Antigua.
Una septentrional, en tomo a Saitabi (Gil Mascarell, M., 1980) o Bocairente (Domínguez Monedero, A., 1984), y otra meridional en tomo a Elche.
Esta última, como sugiere Abad (en prensa), desborda el Vinalopó para adentrarse por el cauce del Segura, hasta Archena.
Uno de los aspectos más interesantes, a tener en cuenta, es que los criterios para establecer los límites del territorio ilicitano, son manifestaciones de alta cultura (moneda, escritura).
En tanto que otros, de carácter iconográfico, están ligados a la superestructura ideológica (pebeteros de cabeza femenina, damas nutricias sedentes o estantes y los motivos de la cerámica pintada).
En estos casos no debemos sorprendernos, pues sabemos que sus más característicos elementos icónicos están vinculados entre sí.
De hecho ya Olmos los había relacionado, partiendo de la base de que rodas estas representaciones fi guradas citadas presentan siempre los mismos elementos: busco (anodos), frontaJidad, pájaros y espigas (Olmos, R., 1990, 20).
Estamos probablemente ante una deidad local de la fecundidad y de la muerte, que ha sufrido el sincretismo con la púnica Tanit, de la que, por otra parte, sabemos de su identificación con la Juno romana, y recordemos que los semi ses de Jlici de 13-12 a.
C. llevan un templo tetrástilo, con la inscripción IUNONI (Marín Ceballos, M., 1987, 68).
En otras palabras, no sólo se puede definir un área económica homogénea, sino también cultural y política, establecida sobre la base de una cohesión de carácter religioso, exponente de un culto ciudadano, centrado en Elche y su territorio.
Ciudad y estado, en el caso ilicitano, se manifiestan de forma embrionaria y con un fu erte grado de aculturación helénico y fenicio-púnico.
Elemento, este último, que hay que volver a reinvindicar en la formación y desarrollo de la cultura ibérica del sureste, pues no sólo lo apreciamos en los elementos referidos, sino también (Marín Ceballos.
LA CR ISIS DE FINES DEL S IGLO IV A. C.: LA CONSOLIDACIÓN DEL MODELO AR ISTOCRÁTICO Y LA CONCRECIÓN DEL TERRITORIO
El tema de l período crítico que sufre la cultura ibérica a fines de l siglo IV a.
C. es, en cierto modo, recurrente en la bibliografía, desde que en 1961 Tarradell publicara su conocido Ensayo de estrarigraffa comparada, donde propone como causa de aquella crisis los efectos, sobre la península ibérica, del segundo tratado romano-cartagi nés de 348 a.
En la actualidad se vuelve sobre la propia dinámica de cambio del mundo ibérico, planteándose la posibi lidad de una coyuntura económica inestable (Ruíz Mata, D..
La crisis se hace patente e n el registro arqueológico, básicamente. a través de dos parámetros:
1) La práctica total desaparición de las cerámicas de importación.
2) El abandono de ciertos poblados y necrópoli s.
C. e n adelante se aprecia un importante descenso de las importaciones de cerámicas áticas, cuyo comercio había llegado a su cénit, poco antes, entre 375-350 a.
C. Durante el tercer cuarto del s iglo IV a.
C. todavía llegan piezas en un número significativo, aunque muy reducido, para desaparecer prácticamente entre 325-300 a.
C. Como explicación se han invocado, de nuevo, los efectos del 11 Tratado entre Roma y Cartago.
Probablemente ésta sea una razón entre otras, algunas de las cuales se nos escapan.
De hecho, este comercio de vasos griegos desciende bruscamente, pero no desaparece, en la segunda mitad del siglo IV a.
C.; y si tenemos en cuenta que los púnicos actuaron de intermediarios, a juzgar por lo que se desprende de las excavaciones del pecio de El Sec (Arribas, A., et al., 1988), tendríamos que pensar que no habría razón para terminar con esa corriente comercial, en las áreas meridionales de la península ibérica, de dominio púnico, ya que antes y después del tratado seguirían siendo ellos (los púnicos) quienes comerciarían con las cerámicas griegas.
La explicación de estos acontecimientos pueden estar en varias circunstancias, de carácter muy diverso, que convergen grosso modo entre 350-300 a.
Por un lado, la producción de cerámicas áticas, como objeto de lujo, que se exporta masivamente por el Mediterráneo, padece una crisis abierta tras las g uerras del Peloponeso.
En la figura 9 se aprecia el descenso paulatino del número de vasos de barniz negro en el Agora de Atenas, entre fines del siglo v y fines del IV a.
Si comparamos ese cuadro con el de las importaciones de El Cabecico del Tesoro (García Cano, J. M., et al., 1989) 6 vemos 6 El cuadro de las imponaciones de esta necrópolis nos sirve como marco global regional, pues su comportamiento es, a grandes rasgos, el mismo.
Figura 7.-Pcbctcros y tcrracola). rclm: ionadas con un posible cuho a Tanil o un culto sincré1ico.
1: Alcoy; 2: Benidonn; 3: llleta de Campello~ 4: La Albufereta; 5: Elche: 6: Guardamar: 7: Coimbra del Barranco Ancho: 8: El Cigarralejo; 9: Cabecico del Tesoro.
Figura 8.-Propuesta de ámbito territorial de Elche y su á rea periférica de iníluencia (en rayado horizontal).
Localización de algunos de sus centros más significativos.
1: Akoy: 2: Benidonn; 3: El Monastil: 4: La Albufercta: 5: La Alcudia; 6: Coimbra del B. A.: 7: Cabezo del Tío Pío; 8: Cabecico del Tesoro; 9: El Cigarralejo: 1 O: Cartagcna.
unas circunstancias pecul iares.
La mayor profusión de barniz negro en Atenas se da en el último cuarto del siglo Y. a.
C., c uando en la península ibérica todavía se importan pocas piezas.
Sin embargo, en el Agora la producción datable en los dos cuartos de siglo siguientes (400-350 a.
C.). desciende, siendo, por el contrario, el momento de apogeo de la presencia de barniz negro ático en nuestra península.
La investigación es unánime a la hora de explicar este fenómeno, por el cambio de mercados de los prod uctos atenienses.
C. su principal comprador es el mundo itálico, tras las guerras del Peloponeso, que finalizan en 404 a.
C., los productos áticos deben buscar nuevos mercados en la periferia (la península ibérica y el Mar Negro).
C. vemos cóm o decae paulatinamente la producción ateniense, mie ntras que en Iberia caen las importaciones de una manera b rusca, en la segunda mitad del siglo IV a.
C. Podemos barajar dos posibles expl icaciones, bien los talleres áti cos han buscado nuevos compradores, despl azando sus productos a otros lugares, fuera de nuestra penínsu la (referencia oral de la Dra.
C. Sánchez Fernández), bien una coy untura de crisis, económ ica o s.ocial, interna provoca el colapso de los mercados ibéricos. que dejan de comprar los vasos griegos.
C., momento de apogeo de las importaciones át icas en la península ibérica.
Mientras que los períodos bélicos, contra Agatocles de Siracusa, entre 342-339 a.
C., coinciden, el primero con el brusco corte de las importaciones en los mercados ibéricos hacia 350 a.
C. aproximadamente, y el segundo con la propia decadencia final de los talleres atenienses y el fin de la llegada de vasos áticos a nuestra peníns ula.
Tal vez sea la combinación de todos estos elementos externos e internos lo que nos acerque a una mejor comprensión de aquel período crítico.
C. se abandonan parte de los hábitats y necrópolis ibéricas.
Unos vuelven a reutilizarse a partir de la segunda mitad del siglo siguiente, otros son destruidos o abandonados definitivamente..
Podemos englobar los yacimientos de la región, de los que contamos con dataciones más seguras, en tres grupos, siguiendo aquel criterio.
a) Yacimientos que se abandonan definitivamente hacia 325 a.
C.: Los Saladares (Orihuela), Cabezo de la Rueda (Alcantarilla), Los Molinicos (Moratalla), Ascoy (Cieza), La Bastida (Mogente), Cabezo Lucero (Rojales), El Puig (Alcoy) y la llleta de Campello.
h) Yacimientos que padecen la crisis, pero reanudan su ocupación hacia 200 a.
C.: Cabezo del Tío Pío (Archena), Cobatillas la Vieja (Cobatillas), Las Cabezuelas (Totana), el Cigarralejo (Mula), Castillico de los Baños (Fortuna), Bolbax (Cieza), El Xarpolar (Margarida) y El Castillo de Aspe.
65.1992 e) Yacimientos que no presentan muestras claras de haber vivido la crisis, pues en ellos se documentan abundantes materiales de imponación de los talleres protocampanienses del siglo 111 a.
La Covalta (La Albaida), La Escuera, La Albufereta.
Tossal de Manises (Alicante), El Monasti l (Elda), El Campet (Monfon) y Los Nietos (Cartagena).
En la figura 10 vemos la localización de los lugares citados con anterioridad; en él apreciarnos lo siguiente:
La primera mitad del siglo IV a.
C. es un momento de expansión, puesto que la mayoría de yacimientos cuentan con materiales de ese período.
La crisis de fines del siglo no parece vivirse con igual intensidad, en todas partes.
Vemos que los centros en los que no se percibe con claridad aquel fenómeno de recesión son lugares, en su mayor parte, en el curso del Yinalopó o en la costa, próximos a Elche.
Sólo Coimbra del B. A., Los Nietos y Cabecico del Tesoro se hallan más alejados.
Al mismo tiempo se abandonan definitivamente o padecen la crisis una larga serie de yacimientos situados en los cauces del Segura, Mula y Guadalentín, más alejados del centro principal, Elche.
Ello sugiere una reestructuración del modelo de ocupación del territorio, con el abandono de ciertos centros secundarios y la concentración de la población en lugares como Coimbra del B. A., Yerdolay o Los Nietos.
Por último, observamos que, entre fines del siglo 111 a.
C., y comienzos del siglo siguiente, se reanuda la vida de un conjunto de yacimientos que describen un gran arco, que prácticamente incluye el área del Vinalopó y el curso del Segura hasta Archena, precisamente el territorio propuesto como ámbito geográfico ligado política y económicamente a Elche, en e l apartado anterior.
En consecuencia se puede sugerir como hipótesis 7 que las formas de poder aristocrático que se consolidan en la primera mitad del siglo IV a.
C., basadas en la preeminencia de unos linajes dominantes, que podemos identificar en las tumbas principescas de necrópolis como El Cigarralejo, Coimbra del B. A., etc., entran en crisis a fines de ese siglo 11 • Ahora bien, cuando volvemos a encontrar abundante documentación arqueológica y literaria, hacia 250-200 a.
C., apreciamos una continuidad de las antiguas formas aristocráticas de poder dominantes.
Se aprecia en el retrato de las comunidades indígenas que hacen las fuentes literarias; en la iconografía de los vasos pintados de Liria; en las tumbas tardías de grandes guerreros como la Tumba O de Hoya de Sta.
C.; o la tumba de cámara de Toya de alrededor de 300. a.
C. Además, el armamento continúa siendo el mismo, ligero, prehoplítico, y con igual abundancia de armas en las tumbas tardías, como se ha demostrado recientemente en el Cabecico del Tesoro (Quesada, F., 1989).
Dato éste que contradice la idea tradicional de la casi total ausencia de armas en las tumbas de la Baja Epoca, que se interpretaba como la pérdida de vigencia de la clase guerrera dominante, tan característica de la Fase Plena.
Acontecimientos semejantes a éstos han sido interpretados en Andalucía oriental como el agotamiento del modelo nuclearizado y la resoluc ión y definición de nuevos grupos (oretanos, bastetanos), que se vinculan a un oppid11m homónimo (Oretum, Basti), que en esta región del sureste se entendería, de acuerdo con nuestra hipótesis, como la reorganización de un área de dominio en torno a Elche, paralelo a la definición de un modelo de estado aristocrático protourbano, que controla un territorio más o menos amplio, comprendido entre las costas meridionales de la actual provincia de Alicante y las cuencas del Yinalopó y del Segura, hasta Archena.
Fenómeno parejo a su vez al de la definición de la Contestania meridional, tal y como nos llega a través de las fuentes escritas más modernas, que citan hasta Cartago Nova dentro de sus límites.
Hipótesis preliminar de trabajo a refrendar o refutar con un estudio exhaustivo del territorio y su poblamiento.
8 Para esta hipótesis son de gran valor los datos con que contamos en la provincia de Jaén donde se observa, en las gráficas de pólenes de Puente Tablas, una caída de uso del suelo, en ese período (Ruíz, A., et al., 1991, 32). |
En este trabajo se anal iza un co11ju1110 de 61 placas arquitectónicas y 9 antcfijas procc<lcntcs del santuario de La Encarnación (Caravaca.
Las placas presentan decoración en un doble registro con palmetas circunscritas en la parte superior y un doble friso de palmetas de siete pétalos alternando con flores de loto, opuesto por su base. y separado por una fila de espirales en horizontal.
Las antefijas reproducen los bustos de sátiros y ménades.
Se trata de un material importado que tiene en la Península Itálica sus paralelos más inmediatos.
Se fechan en el siglo 11 a.
C. y documentan un proceso de monumentalización precoz de un viejo santuario ibérico, impulsado seguramente por la propia Roma.
El santuario de La Encarnación se halla situado en el actual término municipal de C'aravaca de la Cru1.. al noroeste de la provincia de Murcia. unos 100 Km. en línea recta al NO de Cartagcna.
Hasta ahora las excavaciones han puesto al descub ierto dos edificios de culto de distintas dimensiones y tipología denominados respectivamente como templo A, el de menores dimensiones, arrasado hasta l:i última hilera de sus cimientos y parcialmente visib le y vaciado cuando iniciamos nuestras excavaciones, y el templo B. de mayores dimensiones y que en s u estadio fina l adopta el aspecto de un templo octóstilo, jónico y pseudodíptero ( fi g.
Figura!. -Santuario de La Encarnación, Caravaca, Murcia.
Ubicación de los templos A y B sobre la topogra fía del Cerro de La Ermita.
Las campañas de excavación se desarrollan de forma sistemática desde 1989 y, a pesar de las profundas remociones y alteraciones que han afectado al primitivo santuario -transformado en una ermita cristiana en el siglo XVI y modificada durante los siglos siguientes por la adición de nuevas construcciones, adosadas al edificio original construido sobre las paredes en opus quadratum de la cella del templo B-, hemos podido recuperar gran parte del material arquitectónico y elementos de uso cultual que van permitiendo una aproximación a su realidad histórica.
1 De todo este conjunto, se analiza en este trabajo un abundante lote de material ornamental que incluye terracotas arquitectónicas. formadas por placas de revestimiento (61 ejemplares) y antefijas.
Procede en su totalidad del denominado Cerro de La Ermita que constituye el centro de un importante complejo arqueológico ubicado a ambas márgenes del río Quipar, y cuyas trazas de ocupación más antiguas se remontan al Paleolítico Medio.
Durante la Edad del Bronce se constata ya un hábitat estable en el Cerro de la Placica de Armas, mientras que los poblados ibéricos ocupan sucesivamente los Cerros de Villarcs y Villaricos que, en cierto modo, enmarcan el Cerro de La Ermita como auténtico centro de culto individualizado de los restantes. pero en estrecha conexión con ellos (Ramallo, 1992, 31 ss.).
El material más abundante dentro de este apartado está constituido por placas de revestimiento (fig. 2).
Todos los ejemplares recuperados pertenecen a un mismo tipo y modelo aunque con arcillas de características externas diferentes.
Se trata de un tipo de placa de revestimiento compuesta por un caveto decorado con un friso de cinco palmetas de tres pétalos, circunscritas individualmente por cintas redondeadas terminadas en espiral; un cordón en relieve de sección semicircular separa este primer registro decorativo del motivo central formado por un doble friso, enfrentado por su base, de palmetas de siete pétalos alternando con flores de loto de tres hojas que brotan desde un grueso cáliz acampanado, dispuestos en direcciones contrapuestas y separados por una fila de espirales en S colocadas en horizontal.
Sobre el friso superior se inscriben dos palmetas enmarcadas por tres flores de loto y dos semipalmetas en los extremos mientras que en el friso inferior, invertido, se desarrollan tres palmetas encuadradas por dos flores de loto y en los extremos otras tantas seccionadas longitudinalmente por la mitad.
El extremo inferior de la placa está recortado siguiendo en cierto modo los contornos impuestos por las hojas de la flor de loto.
Dos orificios de sujeción de 0,9/ 1 cm. de diámetro están situados generalmente sobre las palmetas circunscritas de los extremos, y otros tres, del mismo diámetro, se distribuyen sobre el friso superior junto a las semipalmetas de los extremos y junto a la flor de loto central.
No se han registrado perforaciones sobre el friso inferior.
Arcilla: Por su aspecto externo se pueden establecer dos grupos distintos a los que se adscriben todas las terracotas, caracterizados respectivamente por tonos rosaceo-anaranjados, con ligeras matizaciones dentro de esa gama de colores, y otro grupo, minoritario, de tonos grisáceo-oscuros.
En ambos casos, las partículas de desgrasante son visibles en superficie al haber desaparecido la posible pintura que las recubría exteriormente.
Distribución: En general, las terracotas arquitectónicas aparecen dispersas por todo el Cerro de La Ermita mezcladas entre niveles de arrastre, relleno o colmatación caracterizados por la abundancia de cerámicas ibéricas y escasez de cerámicas propiamente romanas.
Algunos fragmentos fueron incluso empleados como cuñas de nivelación en la construcción de determinados sectores de la ermita y dependencias anexas; así hemos recuperado varios fragmentos de placa, fuertemente impregnados de yeso, cal o cemento, al retirar los escombros de las construcciones del siglo XIX (camarín de la virgen, habitaciones, etc.) que se adosaban a la cabecera de la ermita original (área 3000).
Algunos fragmentos han aparecido junto al denominado Templo A (área 5000), otros junto a las cimentaciones de construcciones modernas situadas al norte del templo (área 4000), también en el lateral oeste del templo sobre el estrato de nivelación del terreno circundante al edificio en un estrato de vertido reciente, aunque la mayor parte procede del potente nivel de arrastre que discurre sobre la ladera oriental del cerro, en el área que hemos denominado 2000.
En el cuadro adjunto se insertan, a modo de catálogo, los fragmentos más significativos.
En la descripción de las piezas se han seguido los siguientes parámetros: número de inventario que está formado por tres cifras que permiten identificar, sucesivamente, la zona de localización (área, corte, estrato), código del material (81 O para las terracotas arquitectónicas y 812
para las antclijas) y número de o rde n: dimensiones máximas de la pie za, ex presadas en milímetros ( longitud. a nchura y grosor múximo y mínimo): y finalmente dt: scripción del fragmento conservado.
Análisis de la dernración
Indi vidualmente, el motivo representado sobre estas placas de revestimiento se repite en distintas facetas artísticas de ámbito greco-etrusco al menos desde fines del siglo v i-inicios del siglo v a.C. Así. las palmetas alternando con flore s de loto, que constituyen el terna central de las terracotas de Caravaca. se muestra. ya ple namente formado, sobre una laminita de bronce procedente de Vulci y conservada en e l Musco de Villa Giulia (sala V. vitr.
En ambiente plenamente griego, vemos también las palmetas encuadradas por flores de loto sobre una teg11/a hiposcópica de Locri depositada en e l Museo de Reggio di Calabria (Gullini, 1980, lám. XIX,6 ), y también como decoración pintada en el templo C de Selinunte, aún dentro del siglo VI a.C. (Wikande r, 1986, 41-42).
El motivo desarrollado sobre un único friso horizontal se repite también sobre una serie de placas cerámicas pintadas del santuario etrusco de Veií, con flores de loto esti li zadas rematadas en cintas en espiral ( Stefani, 1951, lám. D).
Con las placas arquitectónicas realizadas a molde, el repertorio de paralelos se amplía considerablemente tanto desde el punto de vista geográfico como cronológico.
El tema se manifiesta de dos formas distintas.
Las placas más antiguas y generalmente de mayores dimensiones con los motivos citados pertenecen en su mayor parte a ciudades de clara raigambre etrusca (fig. 5).
En Caere vemos el doble friso con palmetas de once pétalos y flore s de loto separados por una banda de espirales en horizontal sobre placas de grandes dimensiones ( 61 /65 cm. x 47 /48 cm.), asociados a un caveto de estrígi los y fechadas a finales del siglo IV y siglo 111 a.c. (Andren, 1940, lám. 19).
En este mismo contexto hay que situar también las placas del «Ara della Regina» con idéntico esquema decorativo (Cataldi, 1986, fig. 357).
Similar esquema, aunque con palmetas de nueve pétalos y con mayor anchura que longitud (c.
60 x 43 cm.), se repite sobre placas del templo de Belvedere de Orvieto, con estrígilos asimismo sobre el registro superior (Andren, 1940, lám. 70,l) y, en cierto modo, en Minturnae, con la decoración de la placa dividida en tres registros (Johnson, 1935, 87, fig. 44 ).
Una variante, con espirales entrelazadas, nos ofrece una placa del Antiquarium de los Museos Capitolinos, seguramente procedente del territorio de Bolsena, fechada entre fines del siglo IV y la primera mitad del siglo 111 a.C. (Colini, 1935, lám. XXVl,3), composición que se repite sobre tres placas del Museo Nacional de Copenhague (Breitenstein,194 l, lám. 95 ).
Bajo las cimentaciones del templo B de Pietrabbondante hallamos una decoración de estas características, si bien con las flores de loto más desarrolladas, asociadas a placas decoradas con dos grandes palmetas en diagonal y espirales en el sentido opuesto, fechadas, en parte por contexto arqueológico entre los siglos 111-11 a.C. (N iro, 1980).
Por otra parte, en Todi, placas muy fragmentadas con palmetas y flores de loto, se insertan en el grupo b, que se paraleliza con las placas de Orvieto (Falconi, 1977).
En el santuario de Minerva en Punta della Vipera (Sta.
Marinella) sobre placas fechadas hacia mediados del siglo tv a.C., palmetas de siete pétalos lanceolados y cáliz triangular alternan con flores de loto de hojas divergentes y tres pistilos centrales bajo una comisa estrigilada (Stopponi, 1979, fig. 3, 4 y Torelli, 1967).
Muy próximas estilísticamente a las placas de Santa Marinella se hallan las del santuario etrusco de Pyrgi, encuadrables ya dentro de su segunda fase (inicios del siglo IV-siglo 111 a.C.), y caracterizadas por una cornisa estrigilada con pequeñas vainas cóncavas y con núcleo de campanillas en las flores de loto del friso inferior.
La existencia de algunas placas y fragmentos con corte oblicuo han llevado a proponer su utilización para el revestimiento de marcos de puertas (Pyrgi, 1970, fig. 156).
Finalmente, dentro de esta serie de placas arquitectónicas caracterizada por una cornisa con estrigi los en el registro superior y e l doble friso de pa lmetas a lternando con flores de loto en el inferior, hay que recordar la serie proporci onada por las excavaciones de Cosa.
El Capitolium, en e l que ha sido definido por sus excavadores como cuarto periodo de la decoración, segunda reparación, ofrece un tipo de placa con palmetas de nueve pétalos y fl ores de loto de hojas muy esti 1 izadas en e l friso superior, mientras que en el inferior estas mismas hojas se unen entre si enmarcando por completo la palmeta y condicionando el desarrollo del borde inferior de la placa.
Sus dimensiones además son tan sólo algo mayores que las de las piezas de Caravaea. mientras que cronológicamente esta fase se sitúa a fina les del primer cuarto del siglo 1 a.c. (Richardson, 1960, lám. XL Y,2).
En cua lquier caso. conocemos también otra abundante serie donde se reproduce el mismo esquema compositivo con mayor fidel idad, y en dos registros superpuestos con idénticos motivos a los desarrollados en las placas de terracota de Caravaca (fig. 6).
Una placa del santuario oriental de Lanuvio. fechada dentro del siglo 111, nos ofrece un caveto decorado con seis palmetas de seis pétalos circunscritas por una ci nta ovalada rematada en espiral, separado por un cordón en relieve del registro central, decorado por un doble friso de palmetas de siete pétalos y flores de loto, contrapuestos y separados por una banda de espirales en horizontal (Enea, 1981, 072 ).
Idéntica composición se reproduce sobre placas de Ar<lea fechadas entre los siglos IV (Grupo 1 A) y la primera mitad del siglo 1 a.C. (Grupo 111 C; Andren, 1932, lám. IV,2, y también, de la Acrópolis, Stefani, 1944-45, fig. 27d y del Templo di Col le della Nocc, Ardea, lmagini, 1983, f.
131 ), con muy pocas variantes entre unas y otras, y en el templo de Lo Scasato (Civitá Castellana), en terracotas encuadradas por Andren en su Grupo 111, pertenecientes a la segunda mitad del siglo 111 a.C. (Andren, 1940, lám. 54).
Pyrgi nos ofrece de nuevo placas con seis palmetas circunscritas sobre el registro superior y el doble friso con palmetas de siete pétalos y flores de loto en el inferior, así como en Cosa donde destacan proporcionalmente el número de fragmentos de esquina, esto es, en ángulo recto.
En esta última ciudad se distribuyen en ejemplares procedentes unos de la decoración original del Capitolium, c.
150 a.e. y otros del tercer período de la decoración, primera redecoración, fechado en torno al año 100 a.C.. con la principal diferencia en el contorno del borde inferior, ondulado en los ejemplares más antiguos y denticulado en los más modernos.
Finalmente completan esta revisión los fragmentos de placa arquitectónica de Norba, tempio maggiore. con palmetas y flores de loto (Sarignoni-Mengarelli, 1901, fig. 2 1 y Andren, 1940, 386,3) y los del Capitolium de Signae, encuadrados por Andren dentro del Grupo 11 (siglos IV-ttl a.c.) con palmetas circunscritas en el registro superior y doble friso de palmetas y tlores de loto.
Otros fragmentos de placas con la misma decoración, aunque de factura algo más descuidada, han sido hallados en Luni y se les ha atribuido una cronología de los siglos lt-1 a.c. (Mi lani, 1885, lám. VIl,5).
Nuevas variantes se aprecian en placas del templo de Talamón, con los dos frisos de palmetas y flores de loto directamente opuestos por su base, sin línea de espirales (Libertini, 1921y Talamone, 1982, 66, fíg.
Desde el punto de vista cronológico, el principal problema que se plantea es la falta de un contexto arqueológico claro que de momento permita asociar este material arquitectónico con cerámicas, monedas u otras producciones bien conocidas que puedan establecer una cronología lo más aproximada posible.
Hasta ahora, y dejando a un lado los fragmentos de placa reutilizados en la construcción de los distintos edificios que constituyen el centro de culto moderno, la mayor parte del material ha sido hallado en los estratos de relleno o arrastre que prácticamente rodean el templo por sus cuatro lados, y sobre todo en la ladera este del cerro (UE.2000) asociadas a material ibérico seguramente de los siglo m-11 a.c. procedente de la amortización y desmonte de las estructuras precedentes a la construcción del templo en su aspecto más monumental, y tal como se nos ha conservado hoy día.
De momento, sí parece clara la• inutilización de este tipo de material en la primera mitad del siglo 11 d.C., amortización que se constata con el hallazgo de algunos fragmentos de placa en el nivel de abandono y TERRACOTAS ARQUITECTÓNIC1\S l>L LA l •.NCt\RNAUÓN (MURCIA> XI colmatación de las canteras, situadas en la pendiente sureste del cerro de donde con toda probabilidad se extrajo la piedra para la construcción del cdi ficio monumental y de la situada al SO del templo A, junto al actual camino de acceso a la ermita.
Por otra parte, queda clara, tras los análisis estilísticos y sobre todo mineralógicos de las arcillas utilizadas, la importación del material, con toda seguridad a través del puerto de Carthago Nova, desde algún punto de Italia, donde la cronología misma de este material está en muchos casos sujeta a discusión.
Se ha 1 lamado la atención sobre la estercotipación y reproducción mecánica de los mismos tipos en períodos de tiempo muy amplios, de forma que la datación por criterios estilísticos, sobre todo en el caso de las placas que aquí nos ocupa, debe ser necesariamente amplia ( Strazzula, 1977, 41 ).
Es evidente, que desde el punto de vista estilístico, como ya hemos señalado más arriba, los paralelos más próximos a las placas de Caravaca proceden de Pyrgi, Lanuvio, Civita Castellana, Ardea, Cosa, Nemi, Segni y Norba.
Ahora bien, si revisamos la cronología dada a estos conjuntos observamos cómo existen divergencias entre los distintos investigadores que se han ocupado del tema.
El caso más significativo, por ser el que de momento ofrece uno de los soportes arqueológicos y estratigráficos más precisos, es el de las terracotas de Cosa, colonia fundada en el 273 a.C., donde las placas con registro de palmetas circunscritas (o estrígilos) y doble friso de palmetas de siete pétalos y flores de loto del Capitolium, se ubican entre el 150 a.C. para la decoración original y fines del primer cuarto del siglo 1 a.C., para el cuarto período de la decoración, segunda reparación (Richardson, 1960).
Posteriormente, se ha sugerido una datación más alta para la construcción del Capitolium, quizás vinculada al final de la Segunda Guerra Púnica y a la segunda deducción colonial del 197 a.C., al tiempo que se ha cuestionado la periodización casi mecánica en lapsos de 25 años para las sucesivas redecoraciones o reparaciones del templo (Strazzula, 1977, 43 ).
En cualquier caso, parece clara la ubicación de este conjunto de terracotas a lo largo del siglo 11 y, todo lo más, a inicios del s iglo 1 a.c.
Más problemática incluso es la datación de las terracotas de Civita Castellana, hoy identificada con Falerii, principal centro de los faliscos, cuyas terracotas, en el caso concreto del tempio dello Scasato que aquí más nos interesa, se ubican entre fines del s iglo IV y los siglos 11-1 a.C., aunque para Torelli las terracotas de los grandes templos urbanos de Scassato y de Vignale serían anteriores a la destrucción del 241 a.C. ( 1974, 1O1 ).
Por otra parte, en base a la identificación Civita Castellana=Falerii y a la conocida destrucción de la ciudad a manos de los romanos en el 241 a.C., algunos autores sitúan estas terracotas dentro de la primera mitad del siglo 111, mientras que otros, en base sobre todo al eclecticismo de las figuras y a las características de la decoración a molde las ubican ya dentro del siglo 11 a.c. (Strazzula, 1977, 44).
En este sentido, Richardson, en el análisis de las terracotas de Cosa de tipo similar, encuadra las de Civita Castellana en el segundo tercio del siglo 11 a.c. Strazzulla ( 1977, 44-45) en una solución de compromiso, señala tres posibilidades distintas: que todas sean del siglo 11 a.
C., que sean del siglo 111 a.C., anteriores a la destrucción de Falerii, o bien que el conjunto responda a varias fases de las cuales la última, limitada a las placas a molde, corresponda ya al siglo 11 a.c. Las placas de Pyrgi son comúnmente ubicadas entre los siglos 1v-m a.c. (Pirgy, 1970; Strazzula, 1980, n.o 37), mientras que las de Segni, sin duda las más próximas estilísticamente a las de Caravaca, parece que se pueden situar, al igual que las de Luni, ya dentro del siglo 11 a.c. (Strazzula, 1980, n.
En cualquier caso, la práctica totalidad de las placas con los motivos descritos se han de ubicar en un abanico cronológico que cubre los siglos 111-11 a.C. rnn una posible prolongación, tan sólo en algunos casos. en el siglo 1 a.C. Consecuentemente, y si junto al anális is esti lístico relacionamos el material cerámico de Caravaca con otros elementos arquitectónicos y votivos vinculados al templo, debemos situar las placas exhumadas en el discurrir del siglo 11 a.C. o. todo lo más. en los primeros ar"los del siglo 1 a.C. En esta dirección, y si seguirnos criterios estilísticos, es evidente una mayor csquematización de los distintos motivos que componen el conjunto de la decoración en re lación a los mode los ita lianos.
Esta diferencia se plasma en el número de palmetas circunscritas, cinco en nuestro caso y seis en casi todos los paralelos aportados (excepto cinco en el templo de Diana de Nemi), y se manifiesta sobre todo en la terminación de las flores de loto que en nuestro caso se reducen a un cál iz compacto donde apenas se vislumbran los tres sépa los y a las esquematizadas hojas que de él brotan, mientras que ya han desaparecido los tres pistilos o las campanillas de las placas de Pyrgi, Civita Castellana o Cosa, por citar tan sólo algunos de los ejemplos.
Es curioso observar cómo el motivo representado en las placas es sobre todo característico de edificios sacros datados en el siglo 111 o en la primera mitad del siglo 11 a.c. y cómo desaparece, o más bien es parcialmente sustituido en la decoración arqu itectónica de los templos de la segunda mitad del siglo 11 y del siglo 1 a.C., en que se generali zan las placas decoradas con dos grandes pa lmetas de nueve pétalos dispuestas en diagonal y opuestas entre sí, con dos grandes espirales en S perpendiculares a ellas que ocupan el resto del campo.
El segundo motivo más difundido presenta una doble fila de palmetas de cinco pétalos, orientadas alternativamente hacia arriba y hacia abajo, rodeadas por una cinta plana y entrelazadas por vo lutas en espiral.
Ejemplos de estos modelos muy significativos y bien datados nos los proporcionan el santuarío de Juno en Gahii. c.
En nuestro caso, el motivo del doble friso de palmetas alternando con flores de loto se relaciona más con las terracotas de tradición etrusca de fines del siglo 1v y siglo 111 a.C.
Respecto a la procedencia de la producción parece fuera de toda duda su origen en el área centro itáli ca (fíg.
Es precisamente en el círculo de poblaciones situadas en el área de influencia romana donde hallamos, como ya hemos visto, los paralelos más inmediatos.
Por otra parte, la propia naturaleza de la arcilla (vid. anexo) nos indica claramente que se trata de un material manufacturado en origen que se exporta ya terminado y listo para su utilización al centro de destino; hay pues que descartar una posible circulación de moldes hasta talleres urbanos más próximos cual sería la ciudad de Car/hago Nova donde se habría podido fabricar una producción de esta naturaleza.
En este sentido, es evidente la estrecha relación que ex iste entre esta ciudad y la población caravaqueña que se manifiesta además en la utilización de los mismos prototipos y modelos en el material arquitectónico (basas, capiteles, cornisas, etc.), trabajados en este caso en piedra local, incluso parece más que probable el desplazamiento de un equipo u officina Carthaginensis para la construcción del templo de La Encarnación, lo que hace también plausible que el material cerámico de revestimiento haya sido transportado desde la ciudad portuaria.
En cualquier caso, se trataría de un material muy concreto encargado ya con unos fines y un destino final ya predeterminado pues hay que destacar también la ausencia, de momento, de un material de características similares en la propia Carthago Nova, donde por otra parte, conocemos ya bastante bien, la cultura material de época tardo-republicana.
XJ Todo ello se re laciona ta mbién con e l proceso de construcción del templo de l cual, placas y antefijas constituyen un e lemento importante.
Ahora bien, ¿ese mate rial se encarga ya a los centros de producción con unas dimensiones determinadas según el plano elaborado previamente por la <~//ici na y los operari os encargados de construir e l templo'? o. por el contrari o, ¡.forma parte de todo un «paquete)) importado que incluye incluso un determinado modelo arqu itectónico donde se expresa la totalidad de la obra?
• Con palmetas ci rcunecri taa A Con e trigi los 0 Tndeter111inorios Figura 7.-Di stribución geográfica de los paralelos establecidos para las placas arquitectónicas de La Encarnación.
Este fenómeno de importación directa del producto ya elaborado contrasta con lo que se ha podido observar en otras ciudades de la misma Italia, como por ejemplo en el caso concreto de Luni, donde los modelos utilizados en la decoración arquitectónica corresponden de forma precisa con programas decorativos empleados contemporáneamente en la misma Roma, pero sin embargo, los análisis mineralógicos indican una fabricación con arcillas locales (Forte,199 l,70).
En cualquier caso, la importación del producto contrasta con la idea de ausencia de un comercio marítimo o transalpino para estos productos durante época tardo-republicana (Anselmino, 1981, 214).
Por el contrario, y en el caso concreto de Italia, especialmente en el área de la Etruria centro-meridional, sobre todo en una primera fase, la decoración cerámica aparece muy vinculada al propio proceso de construcción del templo e incluso pequeños talleres de coroplastas elaboran su producción a pie de obra (Bedelio, 1990, 97 ss.).
Es sobre todo a partir Sl: llASTIA N F. RAMALLO ASl'.NSIO Ar:.
1993 de ini cios del siglo 11 <.:on motivo de la reactivación ed ilicia motivada por el fin de la Segunda Guerra Púnica. cuando se con figuran ya las grandes empresas que tienen su principal centro de producción c:n la propia Roma al mi smo tiempo el principal cliente para estos talleres (Strazzula.
Otro problema distinto afecta a la ubicación de estas placas en el templo.
En este sentido, precisamente las reducidas dimensiones de las terracotas de La Encarnación e incluso es más. de muchos de los prototipos descritos con los mismos motivos que las placas de Caravaca, y el hecho de que en algunas local idades se hayan locali zado en placas de esquina, han llevado a proponer su utilización para el recubrimiento de los marcos de puertas (Andren, 1940, 142; Pyrgi.
1970, 228) además de para el recubrimiento del columen o gran viga central del techo, para los mutuli o vigas laterales y para la gran viga que corría en los muros de la cella (Richardson, 1960, 224 ).
De momento el elevado número de placas con idénticas dimensiones y el mismo motivo parece implicar su pertenencia a un mismo friso que, si consideramos la anchura de cada placa multiplicada por el número mínimo de ejemplares constatado, nos proporciona un friso de más de 14 metros de longitud (fig. 8), dimensión excesiva para el marco de una puerta.
En otro aspecto, muy poco se puede aportar de momento, respecto a la policromía que recubría estas placas.
En Ardea se han conservado trazas de la decoración en azul y rojo (Andren.-1932); en Cosa se utilizaron el blanco, rojo, amarillo y negro; restos de rojo se han reconocido en las palmetas circunscritas de Civita Castellana; rojo y negro sobre las de Norba, A f:.1•¡,A. 66.
199 •' TERRACOTAS ARQUITECTÓN ICAS 1-)E LA ENCARNAC IÓN (MURCIA> y blanco, negro y rojo en las de Segni.
En el caso concreto de La Encarnación, quizás debido a que las placas fueron pintadas tras la cocción, tan sólo se pueden señalar posibles trazas de pintura blanca sobre el fondo de la cornisa con palmetas circunscritas del fragmento CE/2404/ 810-1.
Desconocemos también si el distinto fondo rojo o marrón de las placas impl icaria alguna modificación en la coloración, hecho éste que creemos bastante improbable.
En cualquier caso, es también muy interesante observar la interpretación ibérica del tema de las palmetas circunscritas sobre el ábaco de un capitel de pilastra hallado en Elche (Garc ía y Bellido, 1943, 63), cuyos escultores dada la coetaneidad con las placas de terracota que aquí analizamos pudieron inspirarse en ejemplares similares.
Esta relación se puede hacer extensiva al tratamiento de algunos elementos arquitectónicos (ovas de capiteles por ejemplo) que encuentran una interpretación muy similar en numerosos monumentos ¿funerarios? de plena época ibérica.
Los fragmentos de las nueve antefijas hasta ahora localizados se encuadran dentro de los tipos de sátiros y ménades básicamente característicos de los siglos 111-11 a.C. Todas ellas carecen del nimbo estrigilado, rasgo éste característico de las producciones coroplásticas del período inmediatamente anterior e incluso en parte de éste.
Cabeza de sátiro joven e imberbe con corona de hojas de hiedra y un grueso corimbo en el centro de la frente que condiciona en parte el desarrollo de los cabellos sobre la frente.
Nebris anudada bajo el cuello.
La reconstrucción integral del tipo a partir de los diversos fragmentos conservados permite determinar unas dimensiones en torno a los 24 cm. de altura máxima x l 7 cm. de anchura máxima en la base, dimensiones que se hallan dentro de los parámetros establecidos por los paralelos citados más abajo.
Circunstancias y fecha del hallazgo: desconocidas, depósito antiguo del museo de la Soledad.
Un dibujo de esta pieza fue publicado por Litio Carpio, El poblamiento ibérico en Murcia, 1981, p.
3 1,8 junto a otras piezas de La Encarnación (1,3,6,7 y 11), como procedente del Santuario del Recuesto (Cehegín).
Nuestras recientes excavaciones han contribuido a preci sar y corregir el lugar de hallazgo.
68 mm. Bastante erosionado ha perdido gran parte de la nariz, boca, ambas sienes, e incluso parte del mentón.
Dentro del primer grupo es el ejemplar más completo.
Rostro de forma ligeramente ovalado, con frente lisa y baja, las órbitas oculares profundas, con los párpados destacados con grueso listel.
Nariz ancha y corta, boca semiabierta con labios gruesos y carnosos, levemente despegados.
Cabello levantado hacia arriba con mechones cortos y apuntados.
En la frente, destacan los mechones centrales simétricamente opuestos.
Limpieza superficial ladera este.
52,3 mm. Excelente estado de conservación salvo un pequeño desconchado bajo la boca, sobre el mentón, y pérdida de parte de la nariz.
Seguramente procede del mismo molde o uno casi idéntico al anterior y permite completar la descripción de la pieza anterior.
La frente aparece recortada por encima de las órbitas oculares por lo que se ha perdido toda la
Figura 9. ~Propuesta de restitución de la antefija con cabeza de sátiro de La Encamación, a partir de los fragmentos conservados.
ca bdkra aunque.;e ctrnsc n a ca-;1 in11.:gro el roslfll. l• -.. ll' prl'-,l' tHa ra-..gn-.. lisrnH11111cn-.. h1l'n mode lados con me n1 ú11 reuondeado y algo sohresal1cntc. l.os njlls almendrados l'tlll parpados ck sta cadus se 1nst: rla11 en una pro funda ca\ rdaJ ondar. l. as ccps SL' resaltan tan só lo rncdianl c un ligt: ro abultamiento. mientras que nada:,,e co nscna de los puhc llu ncs l.Tlos,:Vkj>llas con pómu lo-, redorH.lcados J,."
Part e s upe riur y remate de antdíja cnn re.; tns del ca bello formado por mcc lrnne::. cMtos )' o nd ulados dispucsllh de fMtníl sim01rica.\' op ul'.sta dc::.de l'.I centro de la frente do nde se ill!
Antdija con cabc;a de sú1 iro hallada en La Encarnación ( A-1.
En la cuadricula si tuada al noreste del templo 13.
53,5 mm. Se conserva la parte superior y de rcmalc de la antcfija..
1 ras L'-.tl'.• 1pc11dt L 'L' tnangulttr liso. > pcr fonu: iún para 111scrcar u11 \CÍ:-.tagn llk tcí li co u /l/(' l// \t'/111.... l na ancha ho¡;1 de lunlra con trc.., pé ta lo.., oc ulta y a la' o recoge lo-; 111cc l10nt:s latcrak:-..
I" ragmcnto de a11 1c liJa con cabeza dc ~á tiro halladí:I en La Encarnac ión (A-4.
FrngmcnlQ de ante lija con rcs1os de 11ehris anudada al cuello de un sátiro, hallada en La Encarnación.
Ci rcunstancias y fecha del hallílLgo: ca mpaña oficial de julio de 1992.
Entorno del templ o/\.
145 mm.: GMax. (en la zona del cuello) 40 mm.; Grosor en la base.
2 1129 mm. Tercio infe rior con restos de ancho cuel lo tras e l cua l sube la 11ehri.1 • cuyas garras se anudan bajo el ment ón.
En la parte posterior conserva e l arranque semicircular de l i111hrex.
44,2 mm. Garras de la nebris anudadas sobre e l pecho que rodea el cuello y se le va nta por la parte posterior de la cabeza.
Conserva en la parte posterior la impronta de unión con el imbrex.
S<í tiro o ménad e con corona de hojas de hiedra sobre la frente, diadema o tenia anudada en la frente que separa y diferencia los med10nes dispuestos hori zontalmente de la parte superior y los cortos. apun tados y ligeramente acaracolados del frontal.
La factura y form a del rostro muy similares a la de la serie anterior, lo que parece indicar un artesano común en la fabrica c ión de ambos moldes.
Circunstanc ias y fe cha de l ha ll azgo: recogida superfi cial en e l Cerro de La Ermita por los alumnos del Instituto de Enseñanza Media de Caravaca donde se conserva e n la ac tual idad.
20.5 mm. Bibliografía: una fo tografía de esta ante fij a se reproduce e n G. Sánc hez Romero, El Campo de Caravaca (Murcia).
Restos de una corona de hojas de hiedra sostenidas por una tenia lisa anudada e n e l centro de la frente que separa los cabellos hirsutos de la región frontal de los de la parieta l dispuestos a mane ra de arquillos..... -------------~------' Figura 14.
Propuesta de restituc ión de la antefij a con cabeza de ménade de La Encarnación, a partir de los fragmentos conservados y por analogías con el tipo anterior.
47 mm. Muy erosionada ha perdido prácticamente la totalidad del rostro y cabello.
Se conservan restos de la corona de hojas de hiedra.
Perforación longitudinal para la inserción del menischus.
Circunstancias y fecha del hallazgo: recogida superficial durante la campaña del INEM de 1991-1992.
38,7 mm. Sobre el cabello corona de hojas de hiedra de forma acorazonada.
Perforación longitudinal de 6 cm. para la inserción del menischus.. l111ili"' l 1 rn11ulo,!!,ia 1,¡... anll 'l' l_¡;t"i tk La l: rn.:anial'1Ún ( li1:;s. 9-16) re~pondL 'll hús1l' Hl11l'nlc a la-; 1.:ar: tl'll: ri-.11ca.., L'~l 'llL' l.ilc... lra/.ada:-. rara c...
1c 1ipu de producciún et>ropltí...
11:-.1i111yen a lo:-.' iejns:-.ikno:-. barbado:-(/\ndrl..'n. llJ-W. ccx\\iiil que ~l' adtHnan y a la \' O Sl' di sl inguen por la f°i1rma de la 1.:orn1w'eg.cla l que recoge lo:-. t: abc llo:-.. la mi sma forma tk C:s tos. l' i111.:luso por la pre:-.t: n1.:ia o au:-cnl'Ía de la nchris a nu dada hajo l.'.
Parak larnl.'.nll.'.. y snbre todo desde el siglo 11 a.('..
Roma'a desplata ndo lo~ 1rad 1cionak:-. centro:-. de l área l'lrusca 1.:entro-mcridiona l (On•1e10. (' j, i1ú Cas1dlana. ele.) como gran cen tro productor de material tk re\estimiento cerúmicn.
Esta cl'n 1rali1aciún. por así tkc1rlo de la ~ grandes 1~/lll • i11al' t:n Roma. frt: nte a la mayor divcrsificaciún dt: talleres en lo s principales centros ctrusco-lacialcs dura nte lo~ s i glo~ 1\ -111 a.C.. que desde ahora se con' icrtc en e l cen tro propulsor de sus propios modelos y tipos a la 'e1 qul' en l' I pnnl'.ipa l ccnlrn propagadM de los mismo~ (/\nsl'lmi1w. llJ 81.
19 77. -l 7). coincitk y a la va e-; consecucnt: ia de la u1ili1ación de este tipo de recubrimiento 1.:crúmico. mú~ all;1 de los 1radicionaks edilicio~ sa<:ros. e n cdilicin~ públicos púnicos. ll::nnas. ninfeu:-.. cte.
Paralelamente e-;le prn1.:c-;o conc urre co n la g ran expansión del mu ndo rnmano por iodo e l Meclite n ftneo y ct1nsecuenlcmc111c con In apertu ra de nuc\ os mercados y un notable a um t: nlo ele la clcmanda.
1 -.sta gc ncralinc ión conduce a una ma yor cslcreo-1-igura 15.
Fragment o <k antctija con probabk representación tk ménade. hallada en La Encarnación (A -8.
2000/ 8 12-3). tipación de los modelos, con la consiguiente pérdida de calidad y degeneración en el proceso de producción, que toman como base y principal motivo ornamental el uso de la palmeta de inspiración clásica.
En este sentido son muy significativos los hallazgos en Vía Gallia y Vía Merulana dello Statuto, de los restos de sendas ofllcinae, activas, al menos en parte. durante el siglo 1 a.C., donde se produjeron antefijas, lastra «Campana», teg11/ue y ladrillos (Anselmino, 1977, 10-11 ).
Desde finales del s iglo 11 a.C., y sobre todo durante el siglo 1 a.c. y la primera época imperial, se generaliza el uso de la palmeta como consecuencia de la influencia cada vez mayor de los talleres neo-áticos sobre la decoración coroplástica, y desaparecen casi por completo los tipos anteriores.
Son precisamente estos tipos los que hallamos mejor documentados en las regiones del norte de Italia de romanización más tardía, donde los tipos más precoces con sátiros y ménades propios de finales del siglo 111 y la primera mitad del siglo 11 están prácticamente ausentes (vid. por ej. Strazzula, 1987, passim).
En consecuencia, es precisamente la propia Roma y su entorno más inmediato la que nos proporciona los paralelos más próximos para las antefijas de La Encarnación (fig. 17).
Destaca entre ellos una antefija con cabeza de ménade coronada por una guirnalda de hojas de hiedra y con un grueso corimbo en el centro de la frente, hallada en el Palatino (Vaglieri, 1907, 273, f.
Dentro de la misma corriente, aunque de características algo distintas, es otra antefija hallada entre los templos C y B de Largo Argentina con corona de corimbos y hojas y la nebris anudada bajo el cuello (Marchetti-Longhi, 1934, 305, f.
18), hallada en un estrato sellado por el pavimento de tufo construido cuando la fundación del templo B, en torno al 100 a.C. Parece corresponder a la decoración del templo C, si bien no se puede precisar si pertenece al aparato figurativo original de la primera mitad del siglo 111 a.c. o más bien, a una restauración posterior datada en torno al 179 a.c. (Strazzula, 1977, 47), fecha ést.a última que consideramos más probable.
En líneas generales, la nebris anudada bajo el cuello suele aparecer en antefijas con cabeza de sátiro joven bien con corona de corimbos y hojas (MNR, tipo 32), bien con corona reducida (tipo 36-38) o a veces sin ella (tipo 39), fechadas en su mayor parte a finales del siglo 111 o en el siglo 11 a.c.
La unión de sátiros y ménades con una cronología amplia similar y en un mismo conjunto se identifica asociado a los templos D, B y de Júpiter, en Cosa, con nebris anudada en la base del cuello, en el sátiro.
Ambas figuras se destacan de una concha o nimbo redondeado sobre el que se desarrolla serpenteante un tallo con zarcillos, flores estrelladas y hojas acorazonadas que brotan desde acantos situados en los ángulos (Richardson, 1960, 187).
De esta misma ciudad, concretamente de la reparación del templo de Júpiter, procede otra antefija con cabeza exenta de joven sátiro, con la nebris anudada bajo el cuello, datada en torno al año 100 a.c. (Richardson, 1960, 177, lám. XXII, 1-2).
• En el santuario de tuno en Gabii las terracotas con cabeza de joven sátiro, algunas de estrecho parentesco con nuestros ejemplares, proceden en su mayor parte de la favissa 11 y se encuadran dentro de Grupo VII:3, fechándose entre el 150 y el 100 a.c. (Dupré, 1982, n.
Una de ellas, concretamente, presenta el busto de un joven sátiro imberbe, cubierto por un velo y decorado con una diadema de factura muy similar a nuestra pieza n.o 8 (Dupré, 1981, fig. A 91, 44).
En esta misma corriente se inscriben también algunas antefijas del santuario de Diana en Nemi, depositadas en el Museo de Nottinghan (Melis y Serra, 1987, fig. 3 y MacCornick, 1983, 31).
En este mismo contexto hay que ubicar también las antefijas con cabeza de sátiro con corona «di corimbi e fog li e» asociadas a antefijas con cabeza «Me lonenfrisurn y corona de «pampini e grappoli)) del santuario de luno Lacina en Norba, fechadas en la segunda mitad del siglo 111-inicios del siglo 11 a.c. ( Pensabene, 1983, 91-93; Savignoni y Mengarelli, 1903, 248, fig. 16).
Simi lar a ésta última es también una antefija del depósito votivo di Campetti, en Yeií (Yagnetti, 1971, n.
Tívoli ha procurado una antefija con cabeza de ménade adornada con una diadema y corona de hiedras y corimbos, datada en el siglo 11 a.c. (Faccenna, 1957.
También Pompeyanos ofrece algunas antefijas con cabeza de sátiro joven e imberbe, sonriente, con la nebris anudada sobre el pecho y con cabello de mechones cortos y ondulados adornados por pequeñas hojas (Ambrosio y Borriello, 1990, n.
Algo más alejados en cambio del modelo utilizado en La Encarnación se hallan las antefijas con cabeza de joven sátiro de Arezzo, coronados con racimos y hojas de hiedra (Pernier, 1920, 200) y de Lavinium, con cabeza velada de joven sát! ro, sonriente, cabellera de gruesos mechones irregulares y las garras de la nebris anudadas en la base del cuello (Mazzolani, 1975, 179).
El modelado del rostro, los ojos, labios gruesos e incluso la forma de los mechones puntiagudos del cabello de las antefijas con corimbos es muy similar a algunas de las cabezas votivas de algunos santuarios etruscos, como por ejemplo una cabeza masculina del tempio del Manganello, en Cerveteri donde se constata el paso desde las fórmulas post-clásicas o protohele-Figura 1• 7.-Distribución geográfica de los principales paralelos para las antelijas con sátiros y ménades de La Encamación..
TERRACOTAS ARQUITECTÚNlCAS DE LA ENCARNACIÓN <MURCIA)
\1.1 nísticas de los ejemplares ve lados más antiguos que perduran durante la segunda mitad del siglo IV y todo el siglo 111 a.C., a la corriente cla sicizante del último helenismo que sigue modelos lisípeos para los ejemplares masculinos.
VV., 1985, 40. depósito l.26-A5) o también de algunas de las cabezas votivas de Carsoli (Cianfarani et alii.
Es también muy interesante destacar el hallazgo en las excavaciones de Largo Argentina de varios menischi en forma de piezas metálicas de bronce con un.o de sus extremos curvado en espiral que, aplicados sobre el remate superior de Ja antefija, evitaban que ésta pudiera ser derribada por los pajarillos y palomas.
Las perforaciones para colocar estas piezas se han constatado en varias de las antefijas de la Encarnación.
La aparición de las terracotas (ante fijas y placas de revestimie nto) en la Encarnación, con toda certeza importados por vía marítima desde los centros de producción centro-itálicos (probablemente de la misma Roma), nos lleva a replantear ciertos hallazgos submarinos de material arquitectónico cerámico que tradicionalmente han s ido interpretados como material perteneciente a la propia nave.
Muy significativo en este sentido es el hallazgo de Porto Venere, donde entre grandes tejas romano-republicanas se pudo reconocer un imbrex con antefija de características similares a los hallados en los templos etrusco-itálicos de los siglos 111-11 a.c. (lamboglia, 1965, 246).
El principal problema estriba en determinar las causas que provocan la llegada de estos productos a este territorio del interior en unas fechas tan tempranas y en qué contexto histórico se insertan.
En este sentido, es preciso señalar que La Encarnación no es un caso aislado en el contexto general de la romanización de los últimos siglos de la República, sino que se inserta en una serie mayor de poblados y santuarios ibéricos -que, tras las primeras escaramuzas de conquista, a la que muy pronto sigue la rebelión de los pueblos hispanos que se produce a comienzos del siglo 11 a.C., tan sólo sofocada por la actitud firm e y dec idida de Catón enviado a la península con poder proconsular en e l 195 a.C., pervi ven, algunos incluso con un renovado esplendor, durante al menos los siglos 11 y 1 a.C., mientras que otros parecen sufrir una destrucción sistemática y abandono en los últimos años del siglo 111 a.C. y sobre todo los años iniciales del siglo 11 a.c. (Coimbra del Barranco Ancho, Amarejo, etc.).
Aquí hay que ver claramente una apuesta decidida o toma de partido de determinados núcleos poblacionales por la causa romana, quizás incluso más en contra de su propios vecinos que de la vieja potencia púnica, ya vencida.
En esta situación se hallan, junto a La Encarnación, poblados del significado y envergadura de Bolbax, auténtica llave de paso en el curso medio-alto del Segura y con una clara tradición habitacional que remonta al menos hasta finales de la Edad del Bronce, y cuya pervivencia en época romano-republicana se refleja en los restos de pavimentos de opus signinum decorados con teselas blancas -los únicos que conocemos fuera del área costera y en ambiente plenamente ibérico-hallados sin contexto tras el expolio sistemático del Cerro; y del Verdolay, con una topografía y situación muy similar, flanqueando el curso medio del Segura donde los ajuares de la necrópolis muestran una significativa continuidad hasta al menos el tercer cuarto del siglo 11 a.c., para decaer posteriormente en clara coincidencia con la revitalización económica del tramo costero del entorno de Carthago Nova y especialmente de sus minas, que probablemente absorberían, junto a esclavos de guerra, una abundante mano de Sl-.BASTIÁN F. RAMALLO ASENSIO Al:•spA.
199J obra proccdenti! de estas regiones del interior.
Pero el paralelo más significativo es el de l Cerro de los Santos. donde fueron hallados los restos de un templo tetrástilo, jónico, seguramente sin podium, con alzados de opus quadratum y rebancos adosados a las paredes. de caractcristicas y cronología muy similares a La Encarnación.
Desde el punto de vista tipológico es muy difícil precisar la planta del templo al que se asocia este material cerámico.
En ámbitos centro-itálicos, los materiales con estas características aparecen en cdi licios de culto construidos parcialmente en piedra (basas, fustes y capiteles), y entablamento. con arquitrabe y friso junto al frontón. en madera.
Estos últimos ocultados exteriormente por placas Je revestimiento.
De esta forma, en una primera aproximación. vinculamos el material cerámico con nuestro templo A. de menores dimensiones y de tipología más sencilla, tal vez un templo in anti.\• con dos columnas entre ambas o un simple próstilo tetrástilo (fig. 18), pero el posterior incremento del número de placas en las campañas siguientes, nos ha hecho dudar ya de esta primera adscripción, ya que identificando cada fragmento como perteneciente a una placa distinta de 23,2 cm. (hemos intentado recomponer el máximo de fragmentos y determinar el número máximo de placas) y multiplicando por el total de 6 1 fragmentos. considerando que cada pieza recuperada corresponde a una placa distinta, nos proporciona un total de algo más de 14 m. ( 14,152 m.) lo que excede en casi 10 metros la anchura total del frontal del templo A (de 5, I O m.) e implicaría la continuación del friso sobre los lados laterales del edificio (algo que se ha sugerido para algunos templos itálicos) o por los vértices del frontón.
Por otra parte no se ha registrado ningún fragmento de esquina, que se pueda relacionar con un posible marco de puerta (como se ha señalado para los templos itálicos de Pyrgi o Cosa) o que pueda vincularse con el revestimiento de un posible frontón.
Al mismo tiempo, el hecho de que el templo A presente una orientación casi subordinada por la existencia del templo B, y distintos problemas de tipo arquitectónico, podrían justificar la existencia de una primera fase en este templo, tal vez como un simple tetrástilo. anterior a la última monumentalización como templo, jónico, octósti lo y pseudodíptero.
De cualquier forma, la cronología precoz de este primer conjunto implica sin duda un primer proceso de monumentalización de las estructuras ibéricas.
Ahora bien es muy dificil, en un ámbito eminentemente ibérico como el que nos hallamos, aceptar un encargo directo por parte del régulo u oligarquía local de un edificio ya terminado y que sigue en todo los patrones la arquitectura templar itálica.
Sabemos por otra parte del intento de asimilación, al menos formal, por parte de los reguli o aristocracias locales, con los generales o personajes romanos.
Este fenómeno se manifiesta claramente en la adopción de formas externas, cual es el vestuario, con que algunos de estos personajes quieren ser representados, en las esculturillas o exvotos que se ofrecen en los principales santuarios del sureste (el ejemplo más significativo nos lo proporcionan los pal/iati del Cerro de los Santos, aunque algunos exvotos de bronce de procedencia surestina siguen esta misma tradición).
Por otra parte este fenómeno de transformación de las viejas estructuras de culto ibéricas, quizás en parte aún de madera, no es un fenómeno exclusivo de La Encamación o el Cerro de los Santos, sino que se puede también hacer extensivo a otros famosos santuarios como los de La Luz, Despeñaperros, y, siguiendo modelos arquitectónicos distintos, al de Torreparedones, caracterizados todos ellos por la identidad formal de sus exvotos.
En la mayor parte de los casos, esta continuidad y sobre todo estas transformaciones de tipo urbanístico, se deben vincular con un apoyo decisivo a la causa romana, que en muchos casos arranca quizás del final de la Segunda Guerra Púnica y, sobre todo, a sus generales y gobernadores, pertenecientes a la más rancia aristocracia senatorial romana. que con una hábil política de c liente las han sabido ganarse el respeto y la devoción de los caudil los ibéricos.
La política de conciliación inici almente puesta en marcha por Escipión es segu ida por otros genera les cuya actuación deja huella en pueblos o regiones hispanos.
Se ha señalado la existencia de regalos por parte de algunos de estos importantes personajes a determinadas ciudades de la Península lbéri.ca. destacándose sobre todo el caso de L. M11mmi11s con la ciudad de Itálica y tras la toma de Cori11tho aunque recientemente el epígrafe que servía de base para esta relación ha sido rcinterpretado y vinculado con L. Aemi/ius Paullus Macedonicus (Canto.
1983, 227 ss.), personaje que juega un importante papel en un período importante de Ja conquista y pacificación romana de Hispania, y que desde el punto de vista cronológico estaría más acorde con la cronología posible del material cerámico de la Encarnación.
De cualquier forma, actualmente es imposible vincular el desarrollo de esta población durante este período con un personaje o familia determinada de los últimos siglos de la República.
Por otra parte es muy interesante relacionar este proceso de monumentalización precoz con un fenómeno similar que se observa en algunas regiones centro-itá licas con anteri oridad a la Guerra Social.
En Lazio, Saunio y Piceno nos hallamos también con la transformación de viejas estructuras autóctonas que modifican su aspecto original, siguiendo unas normas más o menos precisas y comunes a una amplia zona.
Es característica común a la mayor parte de ellos los alzados sobre columnas estriadas, basas áticas sin plinto, capiteles jónicos de cuatro caras (jónico-itálicos) y entablamentos de madera recubiertos por placas de decoración geométrica.
En este sentido hay que destacar la presencia constante del capitel jónico de cuatro caras en el conjunto de La Encarnación, aunque matizado con las peculiaridades que le impone la existencia de una tradición anterior en la arquitectura ibérica monumental.
Por otra parte un dato también muy sign ificati vo. prueba de esa cronología precoz para La Encamación, se halla en los restos de pavimento de opus signinum decorado con teselas blancas, que todavía se pueden reconocer frente a la puerta de ingreso a la cella del templo A y sobre todo en múltiples fragmentos recogidos en los niveles de colmatación depositados junto al lateral oeste del templo B, y que encuentra parangón asimismo en muchos de estos santuarios itálicos.
En términos generales, y desde el punto de vista arquitectónico, la adopción de modelos de inspiración itálica o helenística se refleja pues en Ja utilización de todos estos elementos ornamentales (placas cerámicas o antefijas) o arquitectónicos (capiteles, cornisas, basas, etc.), y sobre todo en la utilización de determinadas plantas que responden a modelos elaborados en ambientes centro-itálicos o del Mediterráneo Oriental (templos A y B), en edificios que se insertan en un espacio (santuario) preexistentes.
Sin embargo, a diferencia de los modelos itálicos o helenísticos, aquí no se establece una organización, sistematización y seguramente jerarquización integral del espacio y los edificios no ocupan el centro o eje de complejas composiciones simétricas encerradas en un temenos encuadrado por muros regulares e íntimamente integradas en el paisaje, al modo de las grandes creaciones helenísticas.
Por el contrario el edificio templar se ubica por razones cultuales que de momento desconocemos, como por ejemplo en el Cerro de los Santos, en un extremo del propio santuario o descentrado en relación a éste, aunque hay que intuir en esta ubicación precisa un intento de suplantación o mejor de continuidad del viejo emplazamiento de culto, pero con materiales y nuevas fórmulas constructivas.
En consecuencia, y a partir de los hallazgos de La Encamación, conjugados con las referencias y datos de otros santuarios ibéricos, podemos hablar de una continuidad cultual y religiosa de algunos de los más antiguos santuarios ibéricos desde los primeros momentos de la romanización que a su vez coincide con un proceso de monumentalización de los antiguos recintos sacros.
1993 TERRACOTAS A RQUITECTÓN ICAS D E LA l: NCAR NACIÓN CM URC: IA) |
En este trabajo se estudian por métodos de rayos X, análisis espectroquímico y microscopía de luz transmitida cuatro muestras de cerámicas del templo romano de La Encarnación (Caravaca, SE. de España) con objeto de obtener información sobre su composición mineralógica. aspectos texturales y probable fuente de esos materiales.
El estudio mineralógico revela en dos muestras una composición particular de los fragmentos diseminados (presencia de nódulos anortosíticos) que apoya la hipótesis de que esos materiales fueron importados.
Desde las últimas décadas se han venido aplicando con eficacia diversas técnicas mineralógicas al estudio de fragmentos cerámicos, tanto antiguos como actuales, para obtener una información precisa sobre las materias primas originales y los procesos de elaboración.
En este sentido, la Mineralogía puede ofrecer un complemento importante en una investigación esencialmente arqueológica.
Aparte de la difracción y la fluorescencia de rayos X, los métodos ópticos por luz transmitida y reflejada, microscopía electrónica y de barrido (scanning), técnicas térmicas, análisis químico, espectroscopia Mossbauer e infrarroja y otros métodos complementarios, son de uso cada vez más frecuente (Jourdain, 1966; Balcázar et al., 1983; Arana, 1985; García Ramos et al., 1986; De Andrés et al., 1988, 1989; Bennett y Oliver, 1992, entre otros).
En la fabricación de un producto cerámico intervienen numerosos factores según las propiedades deseadas, el uso a que va destinado y la calidad que se pretende alcanzar.
Así, tanto la composición mineralógica del material de partida. como el tipo y abundancia de desgrasantes, densidad de la pasta, tiempo y temperatura de cocción. pigmentos, grosor y tipo de barnices. etc., son parámetros que, bien de una manera empírica o mediante un control técnico adecuado, se pueden variar en un amplio margen. con lo que el producto final tendrá unas propiedades determinadas ( Singer y Singer.
En conjunto se producen una serie de transformaciones fisicas y químicas en el material inicial para dar un producto cerámico con unas propiedades totalmente nuevas.
Dentro del análisis integral del templo romano de La Encarnación se han seleccionado dos fragmentos de terracotas arquitectónicas utilizadas como motivos ornamentales (n." 1 y 4) y otros dos de uso cultual (n." 2 y 3) que destacan por la originalidad de las formas, con objeto de llevar a cabo un estudio mineralógico y obtener información sobre los procesos de fabricación de la s cerámicas respectivas y sobre la posible fuente de partida para esos materiales.
En este sentido se ha efectuado un análisis de las muestras por microscopía de luz transmitida y un estudio por difracción y fluorescencia de rayos X para conocer la naturaleza de las fases representadas y algun-0s datos sobre el qui mismo global en cuanto a elementos mayoritarios y trazas.
Asimismo, se molió una pequeña cantidad de cada muestra y se seleccionó la fracción comprendida entre 125 y 250 μ para efectuar una separación magnética de las partículas mediante un separador isodinámico Franz L-1.
Las fracciones obtenidas (ferromagnética, paramagnética y diamagnética) se analizaron posteriormente por difracción de rayos X para conocer la identidad de las diferentes fases.
Este trabajo forma parte de un estudio mineralógico más completo sobre los diversos materiales empleados en la construcción del templo, su procedencia y los principales procesos de alteración que han actuado sobre ellos.
De esta forma, las observaciones recogidas pueden encajarse en el contexto multidiscipl inar con que se ha abordado la investigación de este interesante templo.
Placa de revestimiento Se trata de una cerámica basta de tonos pardos, muy porosa, formada por una matriz micro a criptocristalina, con numerosas cavidades libres, tanto redondeadas como alargadas y generalmente orientadas.
Los componentes que se pueden caracterizar ópticamente en la cerámica comprenden dos grupos bien definidos: de una parte, fragmentos líticos y de otra granos minerales dispersos en la trama, esencialmente cuarzo, carbonatos, feldespatos, piroxenos y menas metálicas.
Los fragmentos líticos corresponden a rocas de naturaleza muy desigual (cuarcitas y anortositas) y aparecen claramente individualizados de la trama.
Los fragmentos de cuarcita son los más abundantes, con formas angulosas más o menos deformadas, bordes redondeados y contornos suaves, muy bien definidos.
Están constituidos por un mosaico de pequeños cristales xenomorfos de cuarzo con orientación óptica muy variable, junto a pequeños haces de moscovita que definen claramente una esquistosidad de flujo.
Contienen algunos granos intersticiales de clorita y feldespato potásico y todo el conjunto aparece fuertemente impregnado por óxidos y oxi-hidróxidos de hierro en un entramado muy compacto.
Los fragmentos de anortosita están constituidos por un agregado de plagioclasa cálcica en cristales alargados. maclados y parcialmente interpenetrados con secciones prismáticas y basales de piroxeno de tipo augita, cuyos bordes se muestran parcialmente alterados.
En conjunto, los cristales de plagioclasa y piroxeno aparecen fuertemente imbricados. con abundantes menas metálicas intersticiales, probablemente de tipo ilmenita y/o hematites.
Los cristales dispersos en la trama corresponden a cuarzo. plagioclasa. piroxeno. calcita y mica.
Los cristales de cuarzo se caracterizan por una marcada heterornetría de grano. desde algunos milímetros a varias micras y contornos irregulares.
Es un componente muy abundante y el principal desgrasantc de la cerámica.
Los fragmentos de carbonato presentan igualmente una marcada gradación en el tamaño de grano, con una alteración apreciable.
Su naturaleza es calcítica y siguen a cuarzo en cuanto a abundancia relativa de los fragmentos elásticos.
Los cristales sueltos de piroxeno son de la misma naturaleza que los que aparecen en los fragmentos de anortosita y destacan de la trama por su fuerte refringencia y sus contornos idiomorfos a subidiomorfos.
La plagioclasa se encuentra en cristales alargados, con macias polisintéticas en haces parcialmente interpenetrados y un tamaño apreciable. a veces superior a 0.5 milímetros.
Los cristales de mica aparecen dispersos en la matriz en forma de finos haces; corresponden a una moscovita.
Todo el conjunto aparece impregnado por una coloración pardo-rojiza, tanto en el interior de los fragmentos líticos como entre los componentes de la trama.
La figura J 9a ofrece un aspecto general de esta cerámica, destacando la marcada heterometría de grano, tanto de los fragmentos líticos como de los cristales dispersos en la trama.
Se trata de una cerámica parda de matriz microcristalina y una porosidad muy elevada, con abundantes cavidades de forma elipsoidal, subesférica o bien alargadas, producidas durante la etapa de cocción de la pasta original.
En conjunto, tanto por la textura como por la composición, esta muestra es sensiblemente distinta a la anterior, particularmente por la ausencia de fragmentos de cuarcita y anortosita.
La cerámica empleada en el pebetero presenta una impregnación generalizada de óxidos de hierro que afecta a J.os distintos componentes, con escasas menas metálicas diseminadas y de pequeño tamaño, hecho que destaca al observar la muestra con un solo polarizador.
Las principales fases cristalinas son las siguientes:
-Cuarzo, en cristales sueltos, subredondeados y angulosos, con una marcada gradación de tamaño, desde algunos milímetros a varias micras, por lo que es también un componente importante de la matriz.
Algunos granos aparecen fragmentados, con microfisuras irregulares y contienen inclusiones aciculares de moscovita; otras inclusiones son de rutilo y hematites.
-Biotita, en pequeños haces parcialmente alterados y con un marcado pleocroísmo en tonos pardo-rojizos; presenta una amplia gama de tamaño de grano, pasando sensiblemente a la matriz.
También se encuentran cristales aciculares sueltos de moscovita, mucho más pequeños.
-Clorita, en agregados hojosos con débil pleocroísmo en tonos verde-amarillentos.
Cak11a. en pec.¡uc1i:h Sl'l:L'ionc-. romhoidak~ ocupando intcrqicio:-. de la tr: ima.
Pla g.1 de la alhita.
h1 la rígura l9b se ufrc..:l 'c un aspL' cto genera l de esta mue~lra entre polari/ndorc:-. cru1.ados.
Dc~t: tL 'a la ell'\ ada porosidad y la rnarc.:ada hc11.:rome1ría de grano de sus componen tes. f'uenc -111l'lllC imprcgnadns por óxido:-. de hic1-ro. con predominio de tonos gri ses y negros... ~:.J.:". / 1::..,..
Figura 19. a) Placa de revestimiento, observada en lu7.
Destaca la prcsenciH de fragmcnlos de a1wrtos i1a y una marcada hcterome1ría de granü en lo¡, compnne11 1es de la trama. h) Pebetero. en fu,-trans mitida y polarizadores cruzados.
Destaca la elevada porosidad de la muc~1ra y la gran variación en e l 1ama1io de grano.
En tonos claro~. cris1ales de cu<i rzo y calci la. e)
Fx\'olo. en lu1.: lransmitida y po la rizadorcs cru1.:ados. fuerte impregnación de óxidos de hierro entre lo! oo compo11c11 1 e~ de la! rama, pri11cipal111cn1c cuarzo y ca lci ta, en tonos c laros. d) Antefija, en lu7 1rans111itida y polnrizaclorcs cruzados.
Se oh:-.crvan fcnocristaks maclados de plagioclasa cúlcica, granos irregu lares de cuar1.:o y una fuerte impregnación de óxidos de hierro.
Corresponde a una cerámica de tonos pardo-rojizos y matriz microcristalina, caracterizada por una elevada porosidad y una marcada heterometría de grano.
Sus principales rasgos son parecidos a los de la muestra anterior. au nque las proporciones de calcita y cuarzo están aquí ligeramente invertidas, siendo algo más abundante la primera.
Los principales componentes identificables al microscopio son los sigu ientes:
-Cuarzo, en cristales de bordes angulosos con una acusada gradación de tamaño.
Algunos cristales presentan una microfisuración y pequeñas inclusiones de menas metálicas.
-Fragmentos angulosos de calcita, constituidos por agregados muy finos entre los cuales aparecen numerosas cavidades libres.
Color de interferencia muy elevado.
-Haces de cri stales de biotita con fuerte pleocroismo en tonos pardo-rojizos dispersos en la trama; generalmente son de pequeño tamaño y pasan también a la matriz.
También se encuentran dispersos cristales aciculares de moscovita, menos abundante que la anterior.
-Plagioclasa sodo-cálcica (ol igoclasa-andesina), en agregados maclados.
-Fragmentos angulosos de cuarcita, constituidos por cristales xenomorfos de cuarzo, con haces de moscovita y disem inaciones de menas metálicas.
Finalmente se debe destacar la impregnación generalizada de óxidos de hierro en los distintos componentes de la muestra y en los espacios intergranulares (figura l 9c).
Esta muestra es muy parecida a la n.o 1 (placa de revestimiento).
Se trata de una cerámica de grano grueso con abundantes restos líticos y numerosas cavidades vesiculares; también presenta una fuerte impregnación de óxidos de hierro entre los componentes y una diseminación de menas metálicas (magnetita, hematites y goethita).
La matriz es microcristalina, de un color rojizo característico, dentro de la cual destacan cristales de cuarzo, plagioclasa, fragmentos de cuarcita, piroxeno augítico, anfibol, calcita y micas (biotita y moscovita).
Los rasgos son similares a los descritos para estos componentes en la muestra número 1.
En la figura l 9d se ofrece un aspecto general de esta muestra entre polarizadores cruzados.
Se advierten fenocristales de plagioclasa maclada, granos de bordes irregulares de cuarzo y una intensa impregnación de óxidos de hierro.
ESTUDIO POR DIFRACCIÓN DE RAYOS X
Se ha efectuado un rodaje de cada muestra en placas de polvo con objeto de identificar las diversas fases presentes.
Asimismo, se han estudiado por esta técnica las fracciones ferromagnética, paramagnética y diamagnética en el tamaño comprendido entre 125 y 250 micras, obtenidas con un separador isodinámico.
De esta forma se ha podido llevar a cabo una identificación más fácil de los minerales correspondientes a cada fracción, con un interés particular en el caso de las fases ferromagnéticas.
Composición mineralógica de las cerámicas El estudio difractométrico de las fracciones magnéticas confirma la presencia de magnetita como fase ferromagnética presente en todas las muestras aunque sólo al estado de trazas.
La fracción paramagnética comprende los componentes más característicos de las menas metálicas diseminadas (hematites, ilmenita y goethita) j unto a otros granos de Ja trama como piroxeno, anfíbol y clorita.
Finalmente, la fracción diamagnética es la más abundante y está formada por cuarzo, calcita, feldespatos y moscovita.
En el estudio de la muestra íntegra por fluorescencia de rayos X aparecen con gran intensidad las líneas características correspondientes a potasio, hierro y calcio; con intensidad media las de titanio y manganeso, junto a trazas de bario, cobalto, níquel, cromo, cobre, cinc, estroncio, rubidio, plomo y arsénico.
La procedencia de estos elementos se puede relacionar fác ilmente con los minerales anteriormente descritos.
En efecto, el calcio forma parte de la red de la plagioclasa, piroxeno, anfíbol y calcita; el potasio se relaciona con el feldespato potásico (ortosa) y micas.
Los elementos hierro, titanio y manganeso van asociados a las menas metálicas diseminadas en la trama y en las impregnaciones en torno a los cristales.
Los elementos pesados (Zn, Cu, Ni, Co, Pb y As) están conectados igualmente con las menas metálicas citadas.
Finalmente, el Sr debe ir asociado con Ca y el Rb con K.
No se observan diferencias cualitativas apreciables en la concentración de los elementos reseñados en las distintas muestras, aunque sí se encuentran algunas variaciones en la intensidad de las líneas; así. el Mn y Sr son más abundantes en las muestras 1 y 4 que en las 2 y 3, confirmándose de esta forma un mayor parecido entre las dos primeras ( 1 y 4) y entre las dos últimas (2 y 3).
Aparte de conocer los rasgos esenciales sobre la textura y composición de un material cerámico, el estudio mineralógico trata de conseguir información sobre las condiciones en que se ha formado el producto y si existe una relación entre las materias primas utilizadas y las que se encuentran en un entorno próximo.
De esta forma se puede establecer una hipótesis más o menos razonada sobre la procedencia de los materiales utilizados en su elaboración.
Durante el proceso de cocción se produce una serie de transformaciones químicas y mineralógicas en los productos originales que llegan a modificar totalmente su naturaleza.
La materia prima normalmente está constituida por cantidades variables de los siguientes materiales: a) arcillas (caolinita, montmorillonita, ilita, clorita, etc.); b) síl ice cristalina. generalmente en forma de cuarzo; e) pigmentos colorantes, sobre todo óxidos de hierro; d) carbonatos (calcita y/o dolomita); e) feldespatos alcalinos (ortosa, albita, etc.)
Y./) materia orgánica y compuestos diversos, generalmente incorporados con fragmentos de rocas.
Las transformaciones químicas se inician con una pérdida gradual de agua en sus diversas formas estructurales (higroscópica, de constitución y ceolítica) junto a procesos de transformación de las diversas fases presentes en función de Ja temperatura.
Los principales procesos han sido resumidos por Anton Bertet ( 1973) y Guitián y Yázquez ( 1981 ), entre otros.
Esencialmente siguen la siguiente secuencia al aumentar la temperatura: 100 oC.
Destrucción de la materia orgánica presente.
Deshidroxilación de la caolinita y formación de metacaolinita.
Transformación de los carbonatos.
Comienzo de la fusión de algunos minerales alcalinos, que termina a unos 1300 oC.
Recristalización de la metacaolinita.
Destrucción de las micas presentes.
Aparición de cristales de mullita.
La composición mineralógica encontrada en las distintas muestras presenta algunas variaciones en el contenido relativo de las fases principales identificadas, cuarzo, calcita, feldespatos (ortosa y plagioclasa), así como en la presencia o no de algunos componentes minoritarios y trazas (mica, clorita, piroxeno, anfibol y menas metálicas).
Como características texturales presentan en común una elevada porosidad y un tamaño relativamente grueso de los componentes mayoritarios en un amplio margen granulométrico.
Esta mineralogía revela una temperatura de cocción relativamente débil, inferior a la necesaria para la descomposición de los carbonatos (entre 600 y 800 oC) o para producir transfor-AEspA.
Desde el punto de vista mineralógico destaca igualmente la presencia de restos de anortosita en las muestras 1 y 4 entre los fragmentos adicionados a la pasta.
Este hecho hace pensar que estas cerámicas sean de procedencia foránea. ya que no se encuentran rocas de este tipo a grandes distancias del templo de La Encarnación -al menos varios centenares de km. que hayan podido emplearse como materia prima.
No se puede afirmar lo mismo para las muestras de pebetero y exvoto, aunque tampoco se excluye que se trate de un material importado.
Estos hechos parecen ser concluyentes para sospechar que las cerámicas descritas como pebetero y antefija se importaran ya elaboradas.. |
En este trabajo se analizan tres inscripciones conmemorativas halladas en el teatro romano de Canagena en 1990.
Dos de ellas se inscriben sobre sendas arae de mármol blanco. mientras que la tercera corresponde a un gran dintel ho rizontal.
Representan una exaltación a la figura de Gaius Caesar. posible patrono de la c iudad..50 SEBASTIÁN F. RAMALLO ASENSIO AEspA.
65.1992 arqueológico, dadas las especiales condiciones naturales de este Cerro, el más elevado y de mayores dimensiones de los cinco que constituyen la ciudad antigua, el área comprendida en el entorno de la Catedral Vieja había proporcionado numerosos restos arquitectónicos, pavimentos e inscripciones que hacían denotar la existencia de un importante complejo monumental en sus alrededores 1 • Estas previsiones se han visto confinnadas tras las excavaciones arqueológicas que desde final es de 1988 hemos venido realizando de forma sistemática en lo que se conoce oficialmente como solares del entorno de la Plaza de la Condesa de Peralta, junto a la mencionada Catedral Vieja y en la ladera occidental de dicho Cerro.
Por su proximidad al puerto, ésta ha sido tradicionalmente una de las zonas más densamente pobladas de la ciudad, y hasta no hace muchos años uno de sus centros neurálgicos, pero la progresiva degradación a que se ha visto sometido el casco antiguo y el consiguiente desplazamiento de la población con mayores recursos hacia las nuevas zonas del ensanche de la ciudad, que en gran parte han venido a ocupar los terrenos colmatados del viejo Almarjal, ha provocado un paulatino deterioro de viviendas y calles y la progresiva ruina de muchos de sus edificios.
Este fenómeno precisamente, al tiempo que ha facilitado los trabajos de excavación, paralelamente ha sido también un freno a su desarrollo en extensión dada la excesiva parcelación del suelo que ha provocado la existencia de solares de dimensiones muy reducidas y distintos propietarios, así como una difícil actuación al existir incluso también en algunos casos, riesgo de desplome de las edificaciones colindantes.
Pero al mismo tiempo esta misma situación podrá facilitar la actuación futura al tratarse de solares y viviendas de bajo precio y al no existir grandes bolsas de población que deban ser realojadas, ya que son muy pocas las familias que en la actualidad habitan en la zona que podemos considerar se halla dentro del complejo monumental.
En todo este contexto, y tras un primer sondeo efectuado a finales de 1987 2, en noviembre de 1988 se iniciaron las excavaciones sistemáticas que se prolongaron, de forma discontinua, hasta marzo de 1989.
Una segunda fase de actuación se desarrolló entre los meses de enero y marzo de 1990, reanudándose de nuevo en octubre del mismo año y finalizando en marzo de 1991.
La entidad de los restos y la necesidad de abordar su excavación de forma extensiva, acometiendo el estudio de todo el conjunto han determinado la paralización de los trabajos de campo, mientras que se procede a la adquisición y derribo de edificios y solares afectados por la excavación y se elabora un proyecto definitivo de replanteamiento urbanístico para toda la zona.
1 Los hallazgos antiguos de todo el entorno del Castillo de la Concepcion fueron en parte recogidos por Beltrán, A.: "El plano arqueológico de Cartagena", en AEspA., XXV, 1952, 47-82 y especialmente en las páginas 66-70, destacando sobre todo las "lápidas conmemorativas y fragmentos de construcciones monumentales" que hacían concluir a este autor la existencia en esta zona del "templo de la Salud, el de Augusto y el Circo" (este último hoy ya definitivamente identificado con el anfiteatro de la ciudad).
Otros hallazgos posteriores del entorno de la Catedral Vieja han sido inventariados recientemente por San Martín, P.: «Nuevas aportaciones al plano arqueológico de Cartagena», Boletín del Museo de Zaragoza, 4, 1985, 131-149.
2 Este primer sondeo fue realizado dentro del programa de excavaciones de urgencia del Museo Arqueológico Municipal de Cartagena por la licenciada en H.• Antigua y Arqueología, Dña.
María del Carmen Berrocal Caparrós.
Debo agradecer aquí la amable invitación de D. Pedro A. San Martín Moro, director del Mus~ Municipal de Cartagena y responsable junto al Dr. Martfnez Andreu de las excavaciones de urgencia en la ciudad, para la realización de las excavaciones en la zona.
¡\/; 0.\¡1:\. ().'\.11)!)~ ramenlo de la e:-.i.:ena formado por una cimentai.:ión maciza de algo más de 7 melros de anchura y una profundidad media de 4 melros. y el inicio de la rnl'ea y orchestra se distribuyen una serie de habitaciones alineadas, a modo de whenwe de 2.5 melros de anchura y 7 metros de longitud. en cuyas cimentacione:-.. destinadas a salvar el foso de hypo:•;rnenium y de casi 2 melros de profundidad, se utilizó abundante rnalerial arquiteclónico y ornamental amonizado (capiteles. basas. cornisas. fustes de columna, ele.) perteneciente al propio tealro.
Destaca, entre lodo este material. un! ole de 13 capiteles corintios de mám1ol blanco cuyas características esenciales destacamos más abajo.
Pero lambién en el relleno de colmatación bajo las habitaciones tardorromanas y entremezclado con grandes sillares de arenisca y otros elemenlos constructivos, fueron halladas las dos aras conmemoralivas con inscripción que constiluyen el núcleo central de esle trabajo (fi gs.
La tercera inscripción que analizamos, asimismo de carácter conmemorativo, constituía el dintel rectangular situado sobre uno de los itinera de acceso a la orchestra.
Siguiendo un orden cronológico en cuanto a la fecha de aparición de los diferentes testimonios epigráficos, comenzamos por la última mencionada.
Inscripción conmemorat iva grabada sobre un dintel incompleto de piedra caliza gris~ de 0'84 m. de ancho x 2'4 m. de longitud y 0'38 m. de profundidad.
Se halla panida en dos trozos que miden respectivamente l'8 1 m. y 1' 13 m.
Fue hallada el 26 de enero de t 990 desplomada sobre el pavimento de opus signinum liso de uno de los itinera con el fragmento de menores dimensiones vuelto al revés.
Se conserva actualmente in situ.
Letra de tipo capital cuadrado de excelente factura y surcos profundos, con puntos triangulares invertidos de interpunción y una altura constante de 18'5/l 9 cms. excepto en la T de augusti que mide 22 cms. y las dos 1 de dfri cuya allura es de 21'5 cms.
La zona de escritura conservada, ligeramente rehundida, es un rectángulo horizontal de 2' 14 m. x 3'45 m. y se halla delimitado por un marco de doble moldura cóncava. l.a parte superior del si llar se remata con una moldura sobresaliente suavemente anicu lada.
Ciera la inscripción por su lado derecho (y seguramente también por e l izquierdo aunque este lado no se haya localizado hasta el momento) un cuerpo rectangular liso de 48 cms. de ancho por 82 cms. de altura.
El texto dice: C(aio).
La restitución del fragmento que falta (fig. 5) nos parece confirmada por la leyenda epigráfica de las dos aras de mánnol que analizamos a continuación. sentó al Congreso de visigodos celebrado en Madrid en J 990, con el título Carthago Spartaria. la ciudad entre los siglos IV y VII d.
C. 4 En realidad se trata de una de las lípicas micritas grisáceas procedentes de las canteras del Sabina! y los Nietos, situadas unos pocos kms. al este de Carthago Nova que fueron ampliamente utilizadas en inscripciones, elementos arquitectónicos y constructivos, etc. Vid.
Hasta el mome1110 se co11scrva tan s61o aproximadamenle e l tercio superior que incluye completos en:-.u cara anterior campo epigráfico. cimacio y pu l vino.
Las medida-; m:íximas de lo conservado son 5~ cms. de ancho >.
La ktra es capital cuadrada.
El campo ep1g.nírin> mide::?ff 6 cm'>. de altura x 43 cm:-.. de ancho y se in:-.er1a en un cuerpo n::c1angu lar de 46 Clll\. de anchura y de 24 •5 cms. de altura (con, crvada).
Sohre él una moldura formada. de abajo a arriba. por caveto. doble fo.te l. gola recta. li... tcl y gola reversa.
Por encima del:íhaco rectangular se de.,arrolla un cimacio li:-.o con pulvino' la1era ks decorados con hojas imbricada'> con nervadura central y pequeñas cabc1as de gorgona en el fn: nle encuadrada:-. en un dohk anillo.
Las medidas de lo:-. renglones'>On 1.1.
Presenta int líneas. forma de separación característica de finales del sig lo 1 a.c. y cid primer cuarlo de l!-.iglo 1 d.C. En la paginación se observa un t: icr10 despla1.amicnto del 1cx10 hacia la i1.4uierda. así en 1.1, 1-1'8 cms.
En cualquier caso, y pese al estado fra gmentado de la inscripción llama la atención la distribución de la leyenda en 1.4. donde nombre y filiación del dedicante se inician casi en el ángulo del ara, y se juntan más las letras como queriendo reservar espacio en la derecha para tres/cuatro letras más. que muy bien podrían corresponder bien a algún cargo o magistratura ostentada por el personaje o bien a la abreviatura de la consagración del ara.
Ara votiva de mármol blanco hallada junto a la anterior el 13 de marzo de 1990 en el relleno de la taherna tardo-romana 1-3.
Ha perdido tan sólo el ángulo posterior derecho.
Está formada por un cuerpo central prismático levantado sobre pedestal y coronado por una moldura con ábaco, cimacio y pulvino.
Sus dimensiones son: 64 '5 x 50 x 50' 6 cms de profundidad en el cuerpo central, en el cual el campo epigráfico ocupa 46'6 x 15 cms.; el ábaco mide 2'9 cms., mientras que el cimacio tiene una altura de 7'8 cms., siendo el diámetro del extremo circular del pulvino donde se reproduce a la Gorgona, de 6 cms.
El basamento se levanta sobre un amplio zócalo cuadrangular (8 cms. de altura) y está constituido por una gola recta inversa, listel plano, gola recta inversa, y doble caveto inverso (fig. 6a).
La moldura superior, muy similar a la del ara anterior, presenta, de abajo a arriba, gola recta, filete, gola recta, listel y cuarto bocel al que se superpone el cimacio con pulvinos de escamas apuntadas imbricadas, halteus en el centro formado por dos anchas fajas lisas y con cabezas de gorgona encerradas en un doble círculo en los extremos.
La letra es capital cuadrada y el epígrafe se distribuye en tres renglones que miden: 1.1.
En cuanto a la paginación del texto, si bien aparentemente es muy regular, en realidad se observa, como en la inscripción anterior, un cierto desplazamiento del texto hacia la izquierda.
La lectura del texto es la siguiente:
COMENTARIO Sorprende, en primer lugar, la dedicatoria a Gaius Caesar que aparece en dos de las inscripciones, ya que parece lógico restaurar Ja parte que falta en la inscripción núm. l con el praenomen Archivo Español de Arqueología, 65, 1992, 49-73 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa "'''' h~.1 '1' 12 I'' >C Rll 'C 10' 1'.i 10, 0 Rll IC \'> l>I 1 11 \ IRO l>I e \I< 11 1 \(,e 1' o' \ ~~~~~~~~-.:::..::...:'\.
Así. la datac ió n de las inscri¡x: ione!' el momento tic concc~iün tkl l'slat uto colonial a la ciudad y ~i éslc es una prmno-ci611 desde un c~tado municipal o de ciudad privilcgi; ida.
Tradkionalmcntc se ha ven ido aceptando la fcc: ha prnpucsla por A. Be ll r~\n a partir de la evidencia m1111i-.111á1icu. (vid.
«L1-. moneda~ latina:. de Cart//(/g11 N o'"1 ". i\ 11111'"' dt' la U11ii'l•nidat! el n que servía de argumcnio a Beltrán ha:.ido ex1raída de las! o estud io se ha c: onsidcrado que debe vincu lar-:.c a otra ceca hi-.pana de uhicación incierta.
Para e l an:íli!«.i!'<. de los tc:.timonios que reafirma este período de esplendor de la ci udad portuaria puede verse ahora.
Ramallo, S.: La ciudad m11w11a dr Ca/'/ltaxo Nom.
11: La documentación arqueológica.
7 El mármol uti lizado. probablemente del pcn1élico. es muy puro. de gruno muy fino y excclc111c calidad con ahundan1es cristales maclados y exfoliación perfecta. y es pnícticarncntc idéntico al utilizado para los grandes capiteles corintios.
Análisis pe1rográficos y observaciones comparati vas han sido rea lizadas por el Dr. R. Arana Castillo, Catedrático de Geología de la Universidad de Murcia. a quien agrade<.:emos La filiación completa que hallamos en la inscripción núm. 1, A11g11stif(ilio).di\ü1( epoti ). se repite también en otras inscripciones conmemorativas de Mediolanium..
Varagronum y Cástula, donde ostenta ya también los títulos de consul (año 1 d.C.) e imperator (año 2/3 d.C.) 10, y con la misma titulatura también en Agedincum (en la provincia LuRdunensis) 11, mientras que en Soriano Polimartium (Bomarzo) aparece aún como consul designatus 12 El grupo más numeroso de inscripciones es el que nos lo presenta como consul, junto a los títulos de pontifex y prínceps iuven1111is, que aparecen en las inscripciones de Sulmo (Solmona), Angulus (Spoltore), Ariminum, Ahellinum, No/a y Medellín tJ.
Finalmente, inscripciones gemelas a la de Cartagena son las de Augusta Pretoria 14 y Sagunto, donde se inscribe sobre un pedestal de estatua con base y cornisa 1 ~.
La mayoría de estas inscripciones parecen corresponder a basamentos o pedestales de estatuas 16 y en muchas ocasiones aparecen asociadas a epígrafes gemelos dedicados a su hermano Lucius 17 • Incluso conocemos también una inscripción colectiva dedicada a Gaius por Ga-1/aecia, hallada en Bracara Au1: usta ni.
el interés por resolver con prontitud las cuestiones que le hemos planteado.
Para la comparación del material pétreo puede verse, Alvarez, A. y otros: «ldentificacion de materiales lapídeos arqueológicos mediante difraccion y fluorescencia de rayos X», Bol.
Perfiles de las molduras de remate de las aras.
Por otra parte, es muy interesante destacar la amplia representación de los dos príncipes, nombrados ya sus sucesores por Augusto, y en muchas ocasiones estrechamente vincu lados a su figura, en las monedas hispánicas fechadas entre los años 6 a.C. y 4 d.C. Por otra parte, no existe argumento alguno para afirmar la existencia de una escultura de principe que hubiera estado en relación con el ara, aunque, en cualquier caso, destaca el aspecto descuidado de la parte superior de esta, entre los pul vinos, de superficie rugosa y sin muestras de posible focus, lo que indicaría la existencia de un elemento metálico, seguramente de bronce, que se ajustaría en los resaltes escalonados del frontal del ara.
Otra posibilidad, en cambio, nos sugiere el Dr. M. Mayer de que se trate de un genitivo de posesión y consecuentemente haya que sobrentender la expresión ex iussu (que vendría a significar «por mandato de») fónnula que hallamos reproducida en otras inscripciones de características similares 3 R y que justificaría Ja dedicatoria monumental de la colonia al propio Gaius quien en su condición de patrono de la ciudad habría regalado a sus «conciudadanos» este magnifico edificio, o al menos una parte, igual que años antes su padre había hecho con los ciudadanos de Mérida. w.
En cualquier caso, tipológicamente, las aras de Cartagena entroncan con una amplia serie de altares y monumentos funerarios en forma de altar frecuentemente decorados con guirnaldas y roleos vegetales, que en algunas ocasiones muestran también la capur Medusae sobre los extremos de \/,,.
corintios en las esquinas, guirnalda y un frondoso friso acantifonne que encuadra el campo epigráfico.
Cronológicamente, el ejemplar ha sido fechado desde época de Claudio hasta los antoninos 41 • Un ara de características similares, aunque de carácter funerario, se localiza en el Museo Nazionale Romano procedente del monumento sepulcral de la f? ens Ciartia, sobre la vía Ostiense, con cabezas de Amón en los ángulos de cuyos cuernos cuelga un rico festón de flores y frutos y cabeza de gorgona en las acróteras del cimacio, fechado en época flavia 42 • Dentro de esta misma serie hay que situar también el ara de CLucretius C.f.
Optatus procedente de Collatia, depositada en el Museo Nazionale Romano 43 y de notable similitud con los ejemplares de Cartagena.
En cuanto a los monumentos funerarios en forma de altar con Gorgoneia, sin duda la serie más conocida aunque su tipología se aleja notablemente de las aras cartageneras nos la proporcionan los monumentos de Barcelona, fechados según Balil entre fines del siglo I d.C. y el primer tercio del siglo m d.C., ejemplares que representarían para este autor una excelente muestra del quehacer cotidiano de los talleres barcinonenses 44 • El máximo desarrollo del tipo lo hallamos sin embargo en el pulvino de un mausoleo de Neumagen en combinación con una compleja representación figurada de los Trabajos de Hércules 45 • También en el Museo de Wonns se conserva un altar coronado por una moldura con sendas cabezas femeninas a los lados 46 • Se observa de cualquier forma una estrecha relación de las aras de Cartagena con ejemplares de la Península Itálica, si bien en nuestro caso, las aras de Carthago Nova presentan una cronología anterior (5 a.C.-1 d.C.) a la de los monumentos citados y bien pudieron formar parte de las series de modelos que inspiraron estas aras de decoración más exuberante y más rica simbología de cronología posterior.
El tema de las hojas imbricadas con nervadura central reproducido sobre los pulvinos 47, que se populariza como motivo ornamental a partir del siglo I a.C., es frecuente en monumentos funerarios en forma de altar de Italia, Galia y Germanía y se localiza asimismo, ya en la Península Ibérica, sobre un ara de Beira litoral 48, en Barcelona 49, en la conocida serie de pulvinos con cabezas de Gorgona, así como en una amplia serie de pulvinos de monumentos funerarios béticos so.
A partir del siglo 11 el tema se populariza como motivo decorativo en las cubiertas de sarcófagos áticos y del Mediterráneo Oriental 51 • •• Beltrán, op. cic. (n.
40),168-173, con análisis del tema de la Gorgona en conexión con roleos vegetales y acantiformes y también Gamer, G.: «Formen romischer Altare auf der Hispanischen Halbinsel», De cualquier forma un excelente punto de relación dentro de la propia Cartagena nos proporciona la llamada ara de la Salud hallada en el siglo XVI en el monte Sacro.
Los problemas que plantea la citada ara son múltiples y afectan desde la determinación de su ubicación original en la topografía de la ciudad, hasta su cronología, pasando por el más importante de su correcta interpretación y significado.
Presenta decoración figurada por sus cuatro caras con distintos temas alegóricos: un personaje velado que levanta en su mano izquierda una rama de olivo; dos cornucopias cruzadas llenas de espigas y frutos con una pátera ba.io ellas; timón de nave en otro de sus lados, y finalmente un tronco de olivo con una serpiente enroscada.
Se podría relacionar la figura velada con la concesión a Augusto del título de pontifex maximus en el año 12 a.c. y en este caso, sería un ejemplo más de devoción de la ciudad al propio emperador 52 • Para Beltrán 53 los relieves que adornan las caras del ara simbolizan la Paz y los beneficios que de ella se obtienen aunque también en sus tipos hay una alusión clara a Salus y Aesculapio a través de la serpiente y la rama de olivo.
Este mismo autor pone en relación la representación del monumento con la moneda de M. Postumio Albino y l.
Porcio Capito con sacerdote de pie sosteniendo en sus manos símpulo y ramo de olivo y fecha consecuentemente ambos en el año 2 d.C. Tipológicamente el cimacio bajo del ara del monte Sacro con los extremos de sus pulvinos terminados en pequeñas rosetas, muestra cierta similitud con las del teatro y aunque las molduras de pedestal y remate son ligeramente distintas, no se puede desechar una cronología próxima entre ambos ejemplares.
En cualquier caso, no hay que descartar del todo una interpretación dentro de un contexto funerario y privado que invalidaría en gran parte todo lo escrito hasta el momento 54 • No sucede lo mismo con otra ara votiva de Cartagena que C.Valerius Felix dedica a la Victoria Augusta que se podría ubicar en los últimos años del siglo l a.c. 55 y que entraría dentro de esta serie de honores hacia el emperador y su círculo más inmediato.
En cuanto al dedicante de las inscripciones, l.
Junius LfTn.Paetus, pertenece a una de las familias de más amplio raigambre en la sociedad romana, algunos de cuyos miembros ocuparon altos cargos en la Hispania de época republicana SEBASTl!\N F. RAMAL.LO ASENSIO se1111io Paer11s fue cónsul junto a P.Pt'fmnio T11rpilia110 en el año 61 -' 7 y otro /1111i11.\• Paerus fue cónsul sufecto. junio a P. Tu/Jius Varro. en el año 127 5 x.
En Carthago Norn, esta g('J1S no se había considerado hasta ahora como una de las grandes familias de la ciudad 5' 1 • Un L. Ju11i11s. ll-1•ir <¡11i11q. firma junto a L. Adlius una serie de semi ses y quadrantes que Beltrán fecha en el año 37 a.C. t.o. con leyendas y tipos en los sem ises de L.Acili11s./floir.q11i11q.A11gur junto a la pátera. el praefericulo y lituo y en el reverso.
Augur. y el águila sobre rayo con el lituo delante; los quadrantes con L.Acilius. pátera y lituo y L./u11i11s. praeferículo.
No podemos precisar del todo la relación del llvir q11inq. con nuestro personaje aunque a juzgar por la cronología de la emisión monetal, habría que interpretarlo como su padre, de nombre asimismo L.lu11i11s, sin embargo, también es posible pensar que el lfrir de las monedas sea el mismo dedicante de las inscripciones, con lo cual habría que modificar la cronología de la emisión monetal y habría que buscar un nuevo significado al Aug que aparece junto a la magistratura monetal y que Behrán relacionó con el título de Augur obtenido por Octavio en el año 37 a.C. En este caso podría tratarse de un cargo ostentado por el propio Junius Paetus al igual que también lo fueron en la ciudad M.Cornelius Marcellus y un Maeci11s Ver11s praenomen. pero emparentado con toda probabilidad con el C. Maecius que como qui11que1111alis acuña junto a L.Acilius, quinquenal en las emisiones de nuestro personaje.
En este sentido, se podría pensar en una restitución con la abreviatura AVG en la inscripción de Gaius y Caesar tras la filiación del personaje. lo que coincidiría con el rnrsus reflejado en las monedas.
Sin embargo, el carácter de aras gemelas nos induce mejor a restituir la abreviatura SAC (rum), tras el rnrsus del princeps en concordancia con la dedicatoria de la inscripción n.'' 3. completa, donde paradójicamente no se presenta el cargo sacerdotal.
Por el contrario. el magistrado monetal.
L. lunius es para Curchin, quizás. posterior al año 5 d.C. 11 ~.
El cognomen Paetus, atestiguado ya en época republi cana 111 y durante e l siglo 1 d.C. <l-l es relativamente raro en la Península y lo conocemos en Cartagena por un fragmento de inscripción sobre micrita gris actualmente incrustada sobre los muros de cimentación de la Catedral Vieja, muy próximo a donde aparecieron las otras inscripciones. que conserva este apelativo 115 • El mismo cognomen lo hallamos también sobre una inscripción funeraria de Huesear, en la provincia de Granada 66, y en su forma femenina sobre una inscripción de Martos (Jaén) Este orgullo y raigambre por los miembros de la gens, que mencionábamos más arriba, se manifiesta en la filiación completa expresada por el personaje en la inscripción, hijo de Lucius. nieto de Ti rus 69 • Curiosamente se reproduce aquí la fórmula empleada en la inscripción monumental de G. Caesar donde también se especifica la filiación con Augusto y la descendencia con el divino Cesar, fenómeno que se repite en las grandes inscripciones conmemorativas de Cartagena.
Así Juba 11 de Mauritania remonta su filiación al rey Masinissa (ahnepoti), y otros personajes pertenecientes a familias de gran renombre: L.Aemilius, hijo de Marco. nieto de Marco o L.Sulpicius, hijo de Quinto, nieto de Quinto 70 • Respecto a la dedicatoria a Fortuna de la inscripción n.<' 3, realizada por el mismo L.lunius Paetus, se puede incluir, en primer lugar dentro de una amplia serie de testimonios epigráficos y numismáticos cartageneros donde se rememoran personificaciones de divinidades abstractas relacionadas en muchos casos con la figura del emperador o la familia imperial.
Hemos men-66 SEBASTIÁN F. RAMALLO ASENSIO AF.spA.
65, J 992 cionado más arriba, la inscripción de la Victoria Augusta, que Etienne, recogiendo la datación propuesta por Hübner, fechó sin fundamento dentro del siglo 11 71; a ella habría que añadir las múltiples alusiones a Sa/us Auf? usta de las monedas, que en este caso podríamos hacer extensiva a la vecina llici, e incluso el ara del monte Sacro donde precisamente sobre dos de sus caras se reproducen dos de los atributos más característicos de la Fortuna, el cuerno de la abundancia y el timón.
Según la tradición, el culto a Fortuna habría sido introducido en Roma por el rey Servio Tulio, difundiéndose, con mayor o menor intensidad, según períodos durante la época republicana, en que se le erigen numerosos templos en la propia Urbs y en otras ciudades centro-itálicas, para conocer un nuevo apogeo en época tiberiana 72 • En parte asimilada a la Tyche griega, Fortuna romana adopta muy pronto una serie de epítetos y comienza a vincularse con otras abstracciones divinizadas (Fides, Spes, Faustitas, Sa/us, etc.) 7 3 que diversifican su significado aunque siempre en el marco de una divinidad protectora y, al menos en un principio, benefactora (aunque también a veces mala o adversa) que se hace extensiva a todo el pueblo romano (Fortuna Publica Populi Romani), a una ciudad (tyche Ayaze-Fortuna-Tutela), a una determinada clase social (Fortuna Equestre), se asocia al propio emperador (Fortuna Augusta o Fortuna Redux 74 que garantiza el feliz retomo del emperador) o a los mismos particulares (Fortuna privara).
El carácter de la ciudad y su emplazamiento, puerto insalubre, justifican todas estas advocaciones, en una ciudad donde la principal actividad económica estaba estrechamente vinculada con el comercio --especialmente marítimo-.
No por capricho Estrabón (111,4,6) señala Carthago Nova como el principal emporio para las mercancías que llegando del interior han de ser cambiadas por las que vienen del mar y estas por las que proceden de tierra adentro.
En este contexto, encuentra clara justificación la alusión a la Fortuna que garantiza el éxito de los negocios y la prosperidad de la ciudad, al tiempo que proteje a sus ciudadanos, el primero de los cuales, en su calidad de patrono, sería, sin duda el propio Gaius Caesar.
Consecuentemente la erección de altares, pedestales y estatuas o la simple dedicatoria de epígrafes a la Fortuna, en sus distintas advocaciones, fue frecuente en todas las regiones y provincias del Imperio.
Tan sólo en Hispania conocemos dedicaciones a Fortuna 75, Fortuna Augusta 76, Fortuna Re dux 77 y Fortuna Balnearis 18, entre otras y la erección de aras fue frecuente 79 • Pero es sobre todo muy interesante destacar la aparición de este nuevo testimonio de advocación a Fortuna en una ciudad donde los cultos a Aesculapio y Salus estuvieron tan extendí- 71 Etienne, op. cit., p.
Fortuna, pp. 1264-1277, y más recientemente, Champeaux, J.: Le cu/te de la Fortuna a Rome et dans l' Empire romain, I. 1982. dos; incluso se puede ver una cierta relación entre los tipos iconográficos del ara del monte Sacro, varias veces mencionada, con la figura velada que porta la rama de olivo y la serpiente enroscada que han sido relacionadas con los cultos de Salus y Aesculapio y el timón y las cornucopias, como atributos característicos de Fortuna.
Esta misma asociación se plasma también sobre una inscripción de Bonna en cuyo comienzo se lee Fortuna Saluraris, Aesculapio et Hyf? iae 80 • En este sentido, González Blanco ha insistido recientemente sobre la existencia de un culto a Fortuna Balnearis en el importante complejo de baños salutíferos de Los Baños en la moderna población de Fortuna, topónimo éste que sin duda hay que remontar a época romana y vincular con la divinidad homónima.
La relación entre ambas poblaciones es evidente e incluso se ha llegado a plantear la posible existencia de una vía que comunicara directamente ambas poblaciones.
En cualquier caso los epígrafes pintados sobre la Cueva Negra, muy próxima a los Baños, han confirmado, como se ha demostrado recientemente, esa vinculación 81 con la ciudad portuaria, relación que se aprecia también en el importante complejo de baños salutíferos de Archena, cuya restauración corresponde en parte aJ duovir L. Heius Labeo, personaje perteneciente a una gens bien atestiguada en los principales puertos mediterráneos dedicada fundamentalmente al comercio marítimos 2 • La inclusión de ambos espacios dentro del territorio dependiente de Carthaf?O Nova, esto es dentro del ager carthaginensis parece evidente, igual que no debe ofrecer duda la relación de la Fortuna cartagenera con el topónimo de la población mo-. derna y con el culto allí desarrollado.
Hasta qué punto puede haber una dependencia de uno con respecto al otro, es una cuestión a dilucidar.
Por otra parte, aún está por determinar de forma concluyente el culto o cultos vinculado con las inscripciones de la Cueva Negra, donde precisamente uno de los vocablos que más se repite en las inscripciones es el de anrrum; en este sentido, no creo vano recordar aquí el culto oracular del santuario de Praeneste estrechamente vinculado al de la Fortuna Primigenia donde el pozo oracular de la terraza de los hemiciclos constituía el eje fundamental del culto.
En cualquier caso las nuevas perspectivas que, en este aspecto, abre nuestra inscripción son muy sugerentes.
Finalmente, por cuestiones de espacio, no vamos a entrar aquí en profundidad en cuestiones relativas al programa decorativo integral del edificio, que claramente se puede relacionar con las inscripciones, ni en los posibles actos de evergetismo desarrollados por los sucesivos patronos nombrados por la ciudad, ya que todos estos análisis serán desarrollados in extenso en el co-Tespondiente estudio global del edificio y de la excavación que en la actualidad se. halla en avanzado estado de elaboración.
Todo ello entronca, en cualquier caso, con el proceso de urbanización y sobre todo de monumentalización de la ciudad en época augustea, fenómeno que se plasma sobre todo en la construcción de este magnifico edificio recordado en las inscripciones.
El proceso coincide además con la concesión del patronato de la ciudad a importantes personajes de la vida política y militar del momento, muy vinculados por otra parte con la propia familia imperial, así como a miembros de esta misma.
Destaca en este sentido, el carácter de pedestal de estatua que ofrecen las ins-cripciones conmemorativas de los nombramientos que sin duda, debieron estar ubicadas en un lugar importante, monumental y, por supuesto, público de la ciudad, construido o reconstruido con motivo de la concesión de su estatuto colonial x.i.
Por desgracia, no conocemos el emplazamiento original de estas inscripciones conmemorativas de patronato, aunque, paradójicamente, parte de su historia reciente ha estado vinculada con el entorno del Castillo de la Concepción.
En este sentido quizás haya que contemplar este Cerro como uno de los puntos neurálgicos en el desarrollo de la ciudad.
En cualquier caso, todo ello se enmarca, como ha señalado Roddaz en «Un movimiento de proclamación de localismo con respecto a la fam ilia imperial y traduce el cuidado de estas comunidades de entrar directamente en la clientela de ésta» 84 • Es también, por otra parte interesante extrapolar esta situación de transformación urbana según cánones emanados desde la propia Roma a otras ciudades de clara raigambre púnica, de algún modo vinculadas a la propia Carthago Nova y que presentan un fenómeno de características similares.
El ejemplo más significativo y próximo nos lo proporciona la ciudad de Cherche! donde durante el período de luba 11, patrono de la ciudad hispana y su hijo Ptolomeo, llvir quinq. de la misma, se desarrolló un vasto programa edilicio, el más importante de toda la his- toria de la ciudad, que contempló la construcción de nuevos edificios como el teatro, foro, el llamado Palacio Real, templo de lsis, templo de Augusto, etc. 115, donde muy probablemente participan talleres y arquitectos procedentes de la propia Urbe y donde aparece ampliamente documentado e l uso del mármol blanco de las canteras de Luni.
La vinculaéión arquitectónica y decorativa de los modelos emanados de la propia Roma, se manifiesta sobre todo en e l caso concreto de los capiteles que adornan la escena del teatro de una y otra población, lejos ya de la tradición anterior de raíz púnica, que en el caso concreto de Carthago Nova se había manifestado en el amplio uso y particularidades que adoptó el orden jónico.
Nos encontramos por primera vez en la ciudad con una decoración arquitectónica realizada, al menos parcialmente, en mármol blanco importado.
Los ejemplares de Cartagena presentan dos coronas de hojas de acanto que ocupan la mitad de la altura total del capitel.
Las hojas de la primera corona se hallan divididas en cinco lóbulos, de los cuales los dos inferiores se dividen en cinco hojitas de forma lanceolada mientras que las de los dos centrales se articulan en seis, cuya unión determina la existencia de zonas de sombra en forma de gota alargada e inclinada, y el lóbulo superior en cinco.
Fuerte y ancha nervadura central separada por dos profundas acanaladuras de los lóbulos laterales.
Las hojas de la segunda corona nacen directamente de la base del kalathos.
Los caulículos que hrotan entre las hojas de esta segunda corona de hojas de acanto, presentan una forma estrecha. alargada y ligeramente inclinada con el tronco formado por cuatro hojas yuxtapuestas en forma de lengüeta rematadas en un grueso listel horizontal de sección cóncava.
El cáliz está constituido por dos hojas de acanto de perfil, de tres lóbulos cada uno unidas entre si a través de las dos primeras 83 Es muy curioso observar como este proceso de monumentalización cada vez mejor evidenciado a través de los vestigios arqueológicos de la ciudad coincide con la aparición sobre las monedas de la denominación oficial de la ciudad, fenómeno este que se produce, aunque la concesión de estatuto de ciudad privilegiada parece ser anterior, sólo con las emisiones postreras de Augusto. la única excepción la constituye la emisión con Palas y monumento de difícil ubicación cronológica.
84 Roddaz, J.M. racterísticas semejantes a las <le Cartagena, datado hacia la media-edad augustea 'l' l.
El mismo ílorón del ábaco con motivo serpentiforme se reproduce también sobre un capitel de Ostia (R.l, ls.X ll,6), con hélices de cinta de sección ligeramente cóncava unidas entre si por un listel y tallo de sección cilíndrica que brota desde un sencillo cáliz llKl.
Algunos elementos, tales como la forma de los caulículos e incluso también el tratamiento de las hojas de acanto remite asimismo a un capitel procedente de esta misma ciudad (R.I, Is.
XII. l ), datado en época tardo-augustea o más bien en la primera edad julio-claudia 1111 • La decoración del óvolo con un kyma jónico de ovas separadas por lancetas es también frecuente en capiteles de la primera época imperial y en ámbitos occidentales especialmente en la época julio-claudia w~ si bien es un elemento que se manifiesta en capiteles corintios del Oriente Mediterráneo en épocas bastante posteriores 1 o•'.
En e l primer caso se presenta en los capiteles del arco de los Sergios, construido en torno a los años 29-28 a.c. con lengüetas sobre el cavetto, en e l templo de Apolo Sosiano con ligeras variantes respecto al anterior, así como en el Templo de los Castores de Roma, datado en el año 6 d.C. y. ya fuera de Roma, en los capiteles de la escena del teatro de Arles ubicados en la segunda decena a.C. 11 ¡.¡, o en un conjunto de cinco capite les de Saintes Antiques con florecillas de cuatro pétalos en Jos espacios entre hélices y volutas y con acanto espinoso que caracteriza en Roma al denominado «Grupo del Segundo Triunvirato» arriba mencionado 105 y sobre todo los capiteles de la Maison Carrée fechados ahora en época medio-augustea 106 por citar algunos de los ejemplos más conocidos.
La misma decoración hallamos de nuevo en capiteles compuestos del ji 'Ol1s sclU' IW del teatro de Ostia datados en tomo al año 12 a.c. 101.
Respecto a los caulículos, su composición y forma. ligeramente inclinada, con las estrías sobre e l tronco verticales y el grueso listel horizontal cóncavo en el extremo superior nos remiten de nuevo a l Templo de Castor arriba citado pero sobre todo a los caulículos del templo de Mars Ultor del Foro de Augusto, dedicado en el año 2 a.c. ioK y a una amplia serie de ejemplares de él directamente derivados.
Podríamos destacar, entre ellos, de nuevo los caulículos de los capiteles de la Maison Carrée, donde, asimismo, las dos hojas de acanto que brotan del tronco, dispuestas de perfil, presentan la misma forma y responden seguramente al mismo modelo.
Nuevas concomitancias, fruto más de la derivación de un modelo común que de una relación directa, hallamos con estos capiteles nimenses en el corto listel que une las hélices y bajo el cual asciende el tallo del florón del ábaco, ligeramente fusiforme y engrosado en el extremo inferior, SEBASTIÁN F. RAMAi.LO ASENSIO AE. vpA. ó5.1992 dotado asimismo de un pistilo serpentifonne de características similares a los de Cartagena, aunque. por otro lado, mucho más próximos a los mismos prototipos del templo de Marte del Foro de Augusto.
El cáliz es, en cierto modo, una esquematización de aquél y se halla muy próximo al capitel 3W de Nimes 11 >< 1
En cuanto a las hojas de acanto destaca, en primer lugar. el corte disimétrico que determinan las digitaciones de los distintos lóbulos de las dos coronas de hojas al conectarse entre sí, creando unas zonas de sombra en fonna de gota alargada y 4ue. aproximadamente desde el cambio de Era, caracteriza al acanto de época imperial frente al tipo de acanto de corte simétrico propio de época tardo republicana. cuyos ejemplos bien datados más recientes se ubican en el último decenio a.C. y hacia el cambio de Era 110 • Las referencias estilísticas nos conducen de nuevo a algunos de los capiteles de la basílica Emilia y al templo de Roma y Augusto de Ostia, ambos de cronología algo posterior a los de Cartagena, donde algunas digitaciones, al igual que sucede ya en los capiteles del templo de Marte, y a diferencia de Cartagena, llegan a solaparse ligeramente.
Por otra parte. la forma de la hojas recuerda también algunos de los capiteles de la Maison Carrée, realizados. según Gros, por artesanos locales inspirados en los cartones de los capiteles del templo de Mars UIJOr, pero conservando incluso algunas tradiciones locales que individualizan este conjunto, fec hado en época medio augustea y concretamente antes de los años 5-6 d.C., frente a sus modelos 111 • Nos encontramos, en definitiva, ante capiteles que globalmente entroncan con la tradición de los talleres medio augusteos de la propia Roma, tradición visible en el modelado, la tendencia naturalística de las hojas de acanto, la plasticidad y carnosidad de los lóbulos suavemente inclinados y ahuecados en el centro, la forma de los caulículos, florón del ábaco, etc., pero que al mismo tiempo remiten aún, en cuanto a la decoración de pequeñas flores de cuatro pétalos situadas entre las volutas y las hélices, a los capiteles del denominado "Grupo del Segundo Triunvirato", de cronología anterior.
Estilísticamente, sus rasgos concuerdan básicamente con la datación ofrecida por las inscripciones arriba comentadas (5 a.C.-1 d.C.), realizadas además en el mismo material, cuyo empleo en cantidad aparece así atestiguado por primera vez, introducido seguramente por artesanos griegos en parte e inicialmente activos en talleres de la propia capital.
De esta forma, la construcción de este edific io se enmarcaría en un vasto proceso de urbanización que afecta a un gran número de ciudades del Imperio y que contempla entre otros aspectos, y junto a la restauración o construcción de las murallas, la erección del teatro 112 • En el 11 1' 1 Amy y Gros, op. cit. lám. 58b. iw Roth-Conges, op. cit., son según esta autora los capiteles del arco de Susa, fechado por una inscri pción entre los años 9-8 a.C., del templo de la Fortuna de Pompeya, c.
3 a.c. y del templo de la Magna Mater, en el Palatino, reconstruido hacia el 3 d.C.
112 La utilización de estos edificios como centro de expresión de la fidelidad a la casa imperial con numerosas estatuas e imágenes de la familia reinante, ha sido planteada por Bejor, G.: "L 'edificio teatrale nell' urbanizzazione augustea", Athenaeum, 57, 1979, pp. 124-138.
En este mismo sentido, P. Gros ha insistido sobre el alto contenido político e ideológico de estos altares dedicados a los Caesares, enmarcados frecuentemente en vastos programas urbanísticos y ubicados en sitios especialmente significativos en la topografía e historia de la ciudad, poniéndolos en relación con la instauración de un primer culto de carácter dinástico que precedería al culto imperial propiamente dicho.
Gros, P., op. cit., y también, "Un caso concreto de Canagena es c urioso observar cómo este proceso coincide además con Ja introducción regular de l topónimo de Ja ci udad en las monedas donde se expresa de forma clara Ja titulación de Colonia Urhs Nom Carthago. fenómeno que coincide seguramente con un momento en e l que la ciudad comienza a abandonar su viejo aspecto de c iudad republicana, condicionada hasta entonces por la impronta púnica para convenirse, corno cada vez más traducen los nuevos hall azgos, en una ci udad de aspecto completamente nuevo.
Esta transformación se prolongará seguramente durante la época julio-claudia, momento de mayor auge de la ciudad como capital del Com•entus Cartlwginensis.
Hasta qué punto hay que relacionar estas aras y las inscripciones arriba mencionadas con la pronta erección del templo dedicado a Augusto reproducido en las monedas de Carthago Nova, es algo que habrá que determinar con la intensificación de los trabajos de campo y sobre todo con la revisión de los materiales ya existentes. |
CONSIDERACIONES EN TORNO A LA TÉCNICA DE LA ENCÁUSTICA GRECORROMANA
Los resultados obtenidos en el estudio analítico de algunas muestras de pintura mural romanas procedentes de Mérida parecen indicar que la materia pictórica empleada estaba compuesta por una mezcla de pigmentos y calcita aglutinados por una emulsión de cera de abejas y jabón potásico.
Similares componentes fueron detectados también en otras muestras de pintura mural romana de Marsala y Complutum analizadas en este estudio.
El examen de los textos griegos y latinos sobre pintura parece confirmar que tanto la composición como las características de la emulsión detectada corresponden a las de la técnica grecorromana de la encáustica, cuya composición exacta no ha sido detectada hasta la fecha y continúa siendo objeto de debate.
1: 1 enrie rl.'.<:to 1.'.0ll la <:apa 'l' rde indica que l' I c.... trato marrón ha sido l'ucncmcntc hrui1ido.
La L •apa'upcrior, ~1guicndo la rcgl:1 gcm.•ral en Mérida.
Estratigrafia de Mérida 2.
1: l: mpaslc blanco de gran espesor.
J: Capa de pintura ncgrn.
4: Fondo de pigmen to negro mezc lado con grandes cri~ta l es de a1u l egipcio.
La capa de fu ndo lrn pe nclrado parcialmente en el mortero indicando que la pinl ura fue aplirnda muy diluida.
Luego fueron aplicadas las ve laduras rn.:grn y amarilla, y fína lmcn1c el empaste blanco.
Por otra parte, los colores de los murales de Mérida resultaban excesivamente vivos y brillantes para haber sido agl utinados con cal, y además el brillo aumentaba cuando la pintura era cepillada.
Finalmente, la pintura se disolvía al frotarla con un trapo húmedo.
Estas peculiaridades hicieron pensar a algunos especialistas que en la ejecución de los murales de Mérida debía haber intervenido algún tipo de temple 1 • Parecía pues conveni ente llevar a cabo una serie de análisis químicos que nos permitiera aproximarnos a la naturaleza del aglutinante empleado.
Las piezas objeto de este estudio fueron cuatro fragmentos de pintura mural de considerables dimensiones, procedentes de la «casa del mitrco» y de las «Casas de la cripta del museo».
Las muestras no habían sufrido ningún tratamiento de limpi eza o protección y presentaban un magnífico estado de conservación.
Las muestras fueron sometidas a un análisis preliminar por espectrometría infrarroja para asegurar que carecían de sustancias orgánicas no detectables por cromatografia de gases, y que sirviera también para determinar el proceso de derivatización más apropiado para identificar los componentes presentes.
Las muestras fueron montadas en una célula de microdiamante y analizadas con un Mattson Cygnus 100 Fourier-Transform lnfrared Spectrophotometer/Spectratech IR-plan microscope.
Los análisis de infrarrojos detectaron básicamente hidrocarburos y ésteres (fig. 3), por lo que nos inclinamos por un método cromatográfico basado en el Derivation Method 1 desarrollado en C.A.L. para la identificación de ceras, aceites y resinas 2 • La disolución del aglutinante, necesaria para su posterior examen por cromatografía de gases, resultó mucho más problemática de lo esperado.
Se ensayaron diversas técnicas de extracción, pero los análisis cromatográficos y de infrarrojos, así como los exámenes microscópicos, mostraban su escasa efectividad.
Finalmente fue necesario recurrir a grandes muestras (hasta 1 cm 2 ), y forzar la sensibilidad del cromatógrafo al máximo, con las desventajas asociadas de obtención de grandes picos debidos a contaminantes y una línea base con mucho ruido.
Los estratos pictóricos eran separados del soporte con un escalpelo, molidos en mortero de ágata y disueltos en agua.
El vial con la pintura en suspensión era introducido en un baño de ultrasonidos durante dos horas.
Tras centrifugación, los pigmentos y el resto de la materia inorgánica eran eliminados.
La solución era entonces tratada con varias gotas de 3N HC 1.
Los compuestos orgánicos eran extraídos con éter, y éste posteriormente evaporado.
Diez microlitros de cloruro metílico eran añadidos para disolver la muestra.
El disolvente era parcialmente evaporado para concentrar la muestra, y la solución era entonces analizada por cromatografía de gases, los cromatógrafos utilizados fueron un Hewlett-Packard 5790A con un lntegrator HP3394A, y un Cario Erba HRGC 5300 Megaseries con un PE Nelson 900 series Interface.
Universidades de Alicante y Sevilla.
Los cromatogramas de cada uno de los estratos pictóricos presentes en las cuatro muestras estudiadas mostraban un grupo de hidrocarburos de la serie impar C2 l-C3 I, con un máximo para C27, y un grupo de monoésteres de cadena larga de número par de carbonos C38-C50 en áreas decrecientes, en una configuración típica de la cera de abejas (fig. 4.1 ).
Los cromatogramas también revelaban presencia de ácidos grasos libres, así como algunos picos que no pudieron ser adscritos a ninguno de los materiales tradicionalmente asociados con procedimientos pictóricos antiguos y que fueron atribuidos a contaminaciones.
Los ácidos grasos detectados eran básicamente palmítico, esteárico y oleico, que procederían de grasas animales o aceites vegetales.
Como cabían dudas acerca del estado original en que dichas grasas o aceites habrían sido incorporados a la pintura, los análisis se repitieron pero prescindiendo del tratamiento de las muestras con ácido clorhídrido.
En esta ocasión los cromatogramas revelaron un fuerte descenso en la proporción de ácidos grasos libres.
Esto parecía indicar que la mayoría de los ácidos grasos de la muestra estaban saponificados, y por tanto no eran detectados por el cromatógrafo.
El tratamiento con HCI los convertía en ácidos grasos libres y aparecían entonces en los cromatogramas (figs. 4.4 y 4.5).
Las muestras fueron analizadas una vez más tras tratar el aglutinante original con varias gotas de KOH al 10% en metano( y neutralizarlo posteriormente con varias gotas de 3N HCI.
Los ácidos grasos aparecieron con distribución y proporciones similares a los registrados la primera vez.
Esto parecía corroborar que la materia grasa detectada en la pintura se encontraba saponifi~ada originalmente, pues Jos ácidos aparecían libres de sus enlaces en Jos ésteres, y por este motivo podían ser detectados....::......
Monoésteres de cadena larga.
Posible contaminación -no identificada.
1: Cera blanca de abejas.
2: Cera blanca de abejas tratada con KOH.
3: Emu ls ión de cera de abejas y aceite de oliva.
Muestra tratada con HCI.
Los ácidos grasos del jabón aparecen sumados a la configuración de picos de la cera de abejas.
4: Análisis del empaste blanco de la fig.
1 disuelto en agua y sin tratar con HCI.
Cromatograma ruidoso y con contaminaciones, pero en el que se aprecian los picos de hidrocarburos y ésteres de la cera de abejas y una cantidad poco s ignificativa de ácidos grasos.
5: La misma muestra de la figura anterior disuelta en agua y tratada con HCI.
La configuración de hidrocarburos y ésteres es sensiblemente similar a la anterior. pero la proporción de ácidos grasos ha aumentado de forma notable...J EspA.
1993 Como experimento adicional en la detección de jabones se llevó a cabo una prueba para separar los productos hidrofilicos de los lipofílicos en las muestras Mérida 1 y Mérida 2.
Los componentes orgánicos fueron disueltos en CHFI~ y extraídos.
Una vez evaporado el disolvente, las fases etérea y acuosa fueron separadas con éter y agua.
Los cromatogramas de ambas fases mostraron que los mismos componentes que aparecían en la fase etérea se encontraban también presentes en la fase acuosa.
Ello sugería la presencia de un fuerte emulgente que impedía la correcta separación de las fases.
Se planteó la duda acerca de las responsabilidad de la causticidad del mortero de cal en la saponificación de los ácidos grasos.
Se llevaron entonces a cabo ensayos de aglutinantes compuestos por cera de abejas y diversos aceites no secantes o grasas.
Se comprobó que las mezclas no secaban, y por tanto no podían haber sido utilizadas como material artístico.
Si los ácidos grasos procedieran de aceites secantes estaríamos ante un óleo con adición de cera, procedimiento que no aparece desarrollado hasta épocas muy posteriores 3.
Además un aglutinante de este tipo polimeriza, con lo que no se explicaría la solubilidad en agua que presentaban las muestras de Mérida.
Una serie de ensayos ha permitido determinar las características y el comportamiento de la emulsión de cera y jabón como material artístico.
El jabón es un fuerte emulgente, elaborado desde la Antigüedad calentando grasas y aceites con lejías 4 • Si éstas eran sódicas, el jabón resultante era sólido.
Las lejías potásicas, obtenidas tradicionalmente por filtración de agua hirviendo a través de diversas cenizas vegetales 5, da lugar a un jabón de consistencia plástica.
A través de los ensayos experimentales se observó que la mezcla de jabón con cera de abejas fundida formaba una emulsión que podía ser diluida con agua en cualquier proporción.
Las moléculas de jabón se pueden explicar esquemáticamente como compuestas por una cabeza hidrofílica y una cola hidrofóbica.
Al combinarlas con cera y agua, las colas parafinosas de dichas moléculas se adhieren a las partículas de cera, y las cabezas hidrofilicas permanecen en el agua.
El jabón forma así un puente entre la fase acuosa y la fase grasa, dando lugar a la emulsión 6 • Los jabones sódicos y potásicos, que son muy solubles en agua pero escasamente solubles en grasas, formarían con las ceras emulsiones del tipo grasa en agua 7 (fig. 5).
El secado de la pintura a la cera-jabón se producía por evaporación del agua contenida en la emulsión.
Una vez seca, la pintura resistía bien la humedad, debido a que en su superficie habrían quedado las colas hidrófobas de las moléculas de jabón, con tendencia a repeler el agua.
No obstante, un proceso mecánico de frotación en presencia de agua hacía que ésta 3 Loumyer, G., 1914: les Traditions Figura 5.
Representación idealizada de la orientación de las moléculas de jabón en la pintura a la cera-jabón.
penetrase en el aglutinante y que la pintura perdiera consistencia.
El secado de la pintura era por tanto reversible, característica que coincidía con lo observado en los murales de Mérida.
La evaporac ión del agua provocaba la contracc ión de la pi ntura.
El jabón sódico no ¡parecía capaz de absorber suficientemente dichas contracciones: los ensayos efectuados con películas de cera de abejas y jabón sódico aplicadas sobre soporte de vidrio mostraban grietas y falta de adherencia, indicios de la escasa cohesión de esta emulsión como aglutinante.
El jabón potásico, por el contrario, formaba con la cera de abejas un aglutinante que se mantenía flexible durante el secado y la pintura resultante no se agrietaba.
Las películas de pintura compuestas por una em ulsión de cera de abejas y jabón potásico mezclada con diversos pigmentos y aplicada sobre vidrio, muro estucado, tabla, lienzo y papel, mantenían una firme adherencia al soporte tras e l secado.
Esta materia pictórica mostraba la facilidad de manejo y la velocidad de secado propias de otras emu lsiones acuosas, como los temples, con la ventaja adicional de que admitía fuertes empastes sin pérdida de cohes ión.
Otras características de la pintura a la cera-jabón eran la transparencia de tonos, la luminosidad del colorido, el cuerpo de la pincelada, de trazo blando con rebordes abultados, y la configuración de pequeños cráteres que aparecían con frecuencia en la superficie de los colores debido a las burbujas que quedaban atrapadas en la pintura al diluir con agua dicha materia jabonosa (fig. 6 y 7).
El acabado natural de la pintura era mate, pero adquiría un brillo suave al frotarla con un paño.
Con el fin de determinar si se habían utilizado jabones sódicos o potásicos en las muestras romanas, se llevó a cabo un anál isis elemental sobre muestras sin tratar con un JEOL JXA840A
Los análisis detectaron en la pintura una cantidad de potasio elevada y ausencia de sodio, en consonancia con la hipótesis de que el aglutinante debiera haber sido elaborado con lejías potásicas (fig. 8).
También mostraron la constante presencia del calcio, en concordancia con los análisis de infrarrojos, que ya habían detectado carbonato cálcico en la composición de los estratos pictóricos (figs. 1 1gura 7.
Rc-.111!.1 no1ona la:-1111il1111d de a... pertn quc prc, cntan l'''o' cmp,1:-tc' ron lo~ Jl• la figura antcnm. l•I rnrl1lrnato 1.:úkico podría proceder de ca l que hubiera sido aiiadida al aglutinante. o ele 1111111.:ra l cali,w introducido como ca rga en la prepara ciún de la pintu rn.
Para'alorar la i111: itk11eia de la ca l y del carbonato dk ico en la emul:-.1ó11 cera-jabón, se l'lectuó una -.ene de e1h a)o.; de laboratorio.
Primera mente:-.e estudiaron di, er:-.<b combinat: io-111::-. tk cal con proporcione~' ariablcs <k cera.
Ja bón y Jl\ersos pigmento:-.. l:n toda:-las prueba:-la incorporn<:ión de la cal hi7o que se rompiera la e mubión ) que é!'.ta no pudiaa cmrlcar-:-.e con fines artístirn:-..
La hipótesi!'. de que d carbona to cálcico de las muestra:-. hubiese s ido aiiadido a In pintura en forma de cal parecía quedar dcs<:artada.
La segunda hipó t esi~ st: estudió comparando una st: rie Je nh.!lcla:-. dt:l ag lutinante de <:crajabún y di ve rsos pigmentos. <:on una segunda st: ric en la que a las mezclas mcm: ionadas se había aiiadido calcita.
De forma porn pre\ isibk. lth co lores con ca lcita resultaron más inten -~O!'i y lurninosos que los elaborados ron pi gmento puro.
También se com probó que di<.:lws en:-.a yo:-. que la sa tu ració n de color del ag luti nante l-ie efec tuaba con una cantidad de pigmen to relati\ amente pcquc11a en re lació n <:on técnicas como el óleo.
La mate ria pictórica rcl-iultaba por esta ca usa excesiH1mcnte transparente y falta de cuerpo. l.a!'l pruebas en las que st: aumentó la proporción de pigmento mostraban una mejora de esta s características. pero la pintura se volvía mate, opaca y difícil de manej ar.
Una nueva serie dt.: t.:nsayos permitió observa r que el ca rbonato dtlcico daba al artista la posibilidad de controlar el grado de transparencia y cuerpo de la pintura sin perjudi car su brillo y luminosidad.
Por otra parte, la pintura con ca rbonato res ultaba más dura tras el secado y admitía mucho mejor el bruñido.
Estas experiencias parecían ind icar que el carbonato cálcico no debería ser rnnsidcrado como una si mrle carga, si no como parte fundamental en la formula ción de la pintura. ya que suponía una mejora sustan cia l en las cualidades de la mi sma.
Los at)tcriores ensayos parecían confirmar la idoneidad técni ca del agl utinante de cerajabón rara r inlura artísti l:a. /\ún así rodríamos preguntarnos s i la pn: scncia de <.:stas sustancias no procede ría de un tratam iento superfic ia l que hubiese impregnado un estrato pictórico ejecutado e l fresco.
Esta hipótesis, s in embargo, nos dejaría por explicar la propia hechura de los murales emeritenses, que incluyen múltiples vel aduras y empastes con una técnica comparable a la de las pinturas de caballete y que parece exigir, por tanto, la intervención de un aglutinante matérico.
Tanto el fresco como las distintas técnicas de co loreado de estucos que incorporan un bruñ ido final con ceras y j abones K, requieren que la coloración sea ejecutada con tintas muy K Lade, K., Winkler, A., 1960: Yesería y Estuco.
143-144. transparentes y de escaso cuerpo. muy poco apropiadas para reproducir los corpóreos rasgos de que hacen gala los murales estudiados.
PRESENCIA DE LA TÉCN ICA A LA CERA-JABÓN EN LA ANTIGÜEDAD En 1950 el químico italiano Selim Augusti publicó el estudio químico más comp leto que se ha efectuado hasta la fecha para determinar la técnica pictórica empleada en la ejecución de los murales pompeyanos' 1
• Augusti analizó la composición química de la pintura en un gran número de muestras procedentes de Pompeya, correspondientes a los cuatro estilos.
También analizó muestras de Herculano que no habían sufrido ningún proceso de limpieza o conservación.
Tras el examen visual y microscópico, Augusti consideró que los murales no fueron ejecutados al fresco, ni tampoco al temple o con técnicas mixtas.
A través de exámenes microquímicos, Se lim concluyó que la masa de todos los estractos pictóricos, tanto en los colores de fondo como en las capas superpuestas, estaba compuesta por cera de abejas, jabón potásico y carbonato cálcico, además del pigmento correspondiente al color del estrato.
A lo largo del presente estudio, los autores han analizado la composición de otras muestras de pintura mural romana: seis procedentes de Complutum y dos de Marsala.
Esta vez se ha llevado a cabo un análisis simplificado, tendente únicamente a la detección de ceras y ácidos grasos, y prescindiendo del estudio compositivo capa por capa.
Los ensayos previos y algunas de la reflexiones que comentaremos más adelante nos hicieron considerar que sería suficientemente significativa, en ciertos casos, la presencia de las mencionadas sustancias a la hora de determinar si la técnica de ejecución de una pintura mural había sido la emulsión de cera.
Las muestras fueron analizadas por cromatografia de gases, previa disolución del aglutinante y su tratamiento con HCI según el método explicado para la primera fase de las muestras de Mérida.
Nuevamente aparecieron las caracterí sticas configuraciones de picos de la cera de abejas, y las de los ácidos palmítico, esteárico y oleico (fig. 9).
Estos resultados también estaban en concordancia con los obtenidos por Augusti en Pompeya, lo que parecía indicar la existencia de una técnica común para los cuatro enclaves considerados.
La uniformidad de técnica pictórica que presentaban unas pinturas murales tan separadas geográfica y temporalmente parecía indicar que el aglutinante de cera y jabón tenia un destacado lugar entre las técnicas pictóricas de la Antigüedad.
El estudio de los textos antiguos ha convencido a los autores de que la técnica detectada no era otra que la técnica grecorromana de la encáustica.
Plinio informa en su Historia Natural que la encáustica era una materia pictórica a base de cera de abejas que se empleaba en pintura artística: «Ceris pingere ac picturam inurere quis primus excogitaverit non constat.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Praxitele. sed aliquanto 1•e111stiores e11ca11s/U (' piuuraC' exstiterc.
Elasippus quoque Aeginae picturae suae inscripsit enékaen, quod profecto non fecisset nisi encaustica inventa» (no sabemos con certeza quién fue el primero en inventar el arte de pintar con cera y marcar a fuego la pintura.
Algunos creen que fue inventado por Arístides, y más tarde llevado a la perfección por Praxiteles, aunque existen pinturas a la encáustica de fecha anterior, por ejemplo de Polignoto, de Nicanor y de Mnasilao de Paros.
Elasipo de Egina también grabó en sus pinturas «lo pintó a la encáustica», lo que no hubiese hecho antes de la invención de la encáustica) 111 • Las palabras de Plinio inurere (de inuro, marcar con un hierro candente) e inscripsit (de inscribo, grabar), pueden relacionarse con la costumbre griega de imprimir sellos como firma de autoría o propiedad 11 • Podríamos pensar que los pintores griegos no firmaban sus obras con pincel al modo actual, sino que, como hacían con cartas y documentos, estampaban su sello sobre la cera coloreada.
Esta hipótesis toma consistencia con el comentario final del mencionado párrafo de Plinio acerca de la inscripción de Elasipo, que quizás Plinio alcanzase a ver estampada en e l cuadro, y cuyo texto completo fuese probablemente Elasíppos enékaen.
Esta estructura es sim ilar a la empleada por los ceramistas griegos para firmar sus obras, del tipo Euphrónios égrapse (Eufronios lo grabó con un punzón) 11, y también Exékias epoíese (Exequias lo hizo) 1.1.
Dos sellos del artista griego del siglo va.
C. Dexamenos, que llevan la inscripción Dexúmenos epoie 1 4, vienen a apoyar el uso del se llo como firma de la obra.
Los sellos que se utilizasen para firmar encáusticas deberían ser diferentes a los empleados para lacrar, ya que tendrían que aplicarse en caliente sobre las ceras endurecidas de la pintura.
Por tanto, serían probablemente de metal y dispondrían de mango.
Entre los utensilios empleados por los pintores antiguos figuraba uno cuyo uso se desconoce.
Su nombre sugiere que se aplicaba en caliente: el cauterio.
Leemos en un documento del jurista Marciano: «ltem pictoris instrumento legato, cerae, colores similiaque horum legato cedunt. ítem peniculi et cauteria et cvnchae» (cuando se deja en herencia el instrumental de un pintor, las ceras, los colores y cuanto tiene que ver con esto, forman parte del legado, así como también los pinceles, Jos cauterios y las conchas) •s. Un texto de Tertuliano parece apoyar la idea del cauterio como firma del pintor.
Hablando del pintor Hermógenes dice que era «bis fa/sarius. et cauterio et stilo» (dos veces falsario, una por el cauterio y otra por el estilo) •h.
De la encáustica sabemos también que podía ser aplícada tanto a espátula como a pincel.
En el párrafo de Plinio que sigue al ya mencionado leemos «Pamphilus quoque Apellis praeceptor non pixisse solum encausto sed etiam docuisse traditur Pausiam Sicyonium primum in hoc genere nobilem.
Pinxit et ipse penicillv parieres Thespis, cum re.ficerentur quodam a Po/ygnoto picti» (dice la tradición que Pánfilo, el maestro de Apeles, no solo pintó a la encáustica, sino que también enseñó a Pausias de Sición, 10 Plin.
Sección paral ela a la superficie a tra vcs dd estrato pictórico de una o bra cjecuwda a la cera-jabón sobre 1 icn10.
Sobre el fondo general de colM se de~tacan manchas osc ura~ de aspecto graso 4uc 11 0 pnrecen resu ltar mi sc i ble~ con los pigmentos. así como tllras mc.:nores. transpare nt es o amarill cnt •h.
St: cc ión paralela a trnvés del estrat o pit: tórico de la muestra Marsala 1.
el primer maestro reconocido en su esti lo.
Pausias era hij o de l3rietes. con quien había estudiad o en s us comienzos.
Él también pintó con pincel algunos murales en Tcspis, que habían sido pintados originalmente por Poi ignoto y necesitaban ser restaurados ) 17 • Un poco más ade lant e comenta Plinio acerca de la pintora Jaya de Cícico «penicil/o pin:r: it et cestro in ehore)) (pintaba co n pince l. y con espátula sobre marfil) 1 ~.
Cierra Pl inio el libro XXXV dedicado a la Pi ntura con un ambi guo párrafo que no parece sino insistir en que la encáustica era una pintu ra a base de cera, y que sobre marfi 1 se solía aplicar con espátula. «encausto pi11ge11di duo.f/1ere 0111iquitus genera, cern et in ehnre cestro. id est vericulo» (dos fueron los métodos de pintura a la encáustica en la Antigüedad, a la cera y sobre marfil con un cestro o vericulo) 1''.
Gracias a l estudio de Cross y Henry sobre la cndusti ea greco rromana podemos deducir que ambas denominaciones, ccstro y veric ul o, t: orrcsponden a espátulas 20.
Los retratos funerarios de El Fayum son magníficos ejemplos de la apli cación de la encá usti ca según estos dos métodos.
En dichos retratos es frecuente encontrar las carnaciones ejecutadas a espátula y los ropajes a pincel 1 1.,,,, Figura 12.
1::-.t: arnn ex traí da de la pintura a la <:era-jabón dt: la l"ig.
1:011 ligu rat: io n t:~ at: it:u l;i rc.:s t ransparl'ntcs y las m a:-.a~ c.:om pat: tas de pint ura.
Escama c. x traída de Ma rsala 1. /\spct: to s imi lar a la de la fig ura ank• ri or.
Las partículas <lcl pigmen to y la t: arga result a n menos envueltas por e l aglu ti nante. (cuando se empezó a pint ar las na ves de guerra se añadió un tercer método. en el que la c.:cra derretida e ra apli cada con pince l.
Esta pintura no se ve afectada en las e mbarcac iones por la acc ión del sol, de las sa les o del viento).
Como parece quedar cla ro que este terce r método, en e l que las ceras co lorendas se aplicarían en ca liente. era uti lizado para pint ar barcos. podríamos conside rarl o al margen de este estudi o ded icado a técni cas artí sti cas.
La anécdota de la visita de Apeles a Pro t óge n cs ~~ ind ica que la pintura para artistas estaba siempre lista para su uso y era de fáci l manejo, lo que confi rma que sus caracterí sticas eran bien di sti ntas a las de la cera fundid a de la pi ntura para embarcac iones.
El mi smo hecho de que la encá usti ca artística pueda ser apli cada exclusiva mente con pince l abunda en este concepto: en los ensayos ll evados a cabo co n cera fun dida y pigment os se observaba que la cera se La cera de abejas puede permanecer líquida a temperatura ambiente en emul sión acuosa o disuelta en un aceite volátil.
Esta última posibilidad debe ser descartada, pues aunque este tipo de disolventes ya era conocido en los tiempos de la Grecia arcaica, nu nca pareció haber sido empleado en pintura!'.
El propio nombre de encáustica es indicati vo de que la cera se encontraba en forma de emul sión.
Encáustica procede del griego enkaustikós. de en en, y kau. \•tikás. sustancia que quema y destruye los tejidos vivos que se ponen en contacto con ella 14.
Cera en-cáustica sería pues cera tratada con un sustanc ia cáustica, es decir, cera en emul sión.
Los textos de Sereno Samónico 1 ~ indican que los romanos conocían la propiedad de la cera de convertirse en emulsión por acción de la lejía.
Algunos autores han considerado que la cera saponi ficada con sosa era la cera púnica de la que hablaban los textos antiguos sobre pintura, y dedujeron en consecuencia que había sido empleada como aglutinante.
Los textos de Dioscórides y Plinio que describen la preparación de la cera púnica explican que la cera amarilla, tras haber sido expuesta al sol, era repetidamente hervida en agua de mar con nitro 26 • La traducción del nitrum romano por natron (sosa), ha sido el origen de la confusión sobre la naturaleza de la cera púnica.
Vicente Requeno, ya en el siglo xv111, demostró que el nitrum no era otra cosa que el nitro actual, es decir, nitrato potásico 27 • Los ensayos experimentales mostraron que al hervir la cera de abejas con nitrato potásico ésta no se saponificaba; únicamente se blanqueaba.
Este mismo efecto se producía al hervir la cera con cloruro sódico (agua de mar).
Dichas experiencias parecen dejar claro que la cera púnica era cera de abejas blanqueada por un proceso químico.
El mismo Plinio coloca la cera púnica a la cabeza de las distintas calidades de cera, sin hacer otra distinción que su grado de pureza 211 • Conviene considerar por otra parte que la cera emulsionada con un alcalí no es suspectible de ser empleada como aglutinante.
Los ensayos llevados a cabo tanto con sosa como con potasa dejaron patente que la emulsión de cera resultante carecía de cohesión, y la pintura resultaba pulverulenta y quebradiza.
A esta emulsión le hacía falta un plastificante.
Éste era el papel del jabón potásico.
El jabón potásico era un producto bien conocido por los romanos.
Dioscórides describe su preparación con aceite o sebo y ceniza de sarmiento 2' 1, y Plinio recomienda e l jabón de sebo de cabra y cenizas de haya 30 • Al imaginar ahora la encáustica como una emulsión de cera y jabón, que tiene un secado reversible, resulta lógico que los griegos utilizaran otro tipo de pintura en las embarcaciones que no se fuera con e l agua.
De hecho, la pintura seca a la cera-jabón puede eliminarse con una l! sponja húmeda.
Esta es una de las características de la pi ntura griega que ha sido comentada por Esquilo, Platón, Eurípides y Antifon 11.
El suceso relatado por Plinio en el que Protógcncs pinta la boca espumeante de un perro lan za ndo su esponja llena de color' 2 muestra además de forma gráfica que la pintura era una materia jabonosa.
Aunque Plinio no dice expresamente que Protógenes pintaba a la encáustica, sí cuenta que Pánfilo, maestro de Apeles, pintaba con esta técnica, por lo que su discípulo la habría aprendido.
La anécdota del cuadro pintado a medias por Apeles y Protógenes muestra que ambos utilizaban una técnica común cuyas características parecen coincidi r con las de la cera-jabón.
Para poder valorar la extensión del uso de la técnica a la cera en la pintura grecorromana debemos considerar que la encáustica es el único proced imiento citado por Pl inio en relación con pintura artística.
Otros autores grecorromanos se refieren también al uso habitual de la 11 Forbcs, R. 66.
1993 gran simi litud entre 1a configuración de las muestras romanas y las de pintura a la cera-jabón (figs. 3.
Por último se comprobó que los rasgos de ejecución característicos d~ la pintura romana podian ser reproducidos con gran fidelidad con la técnica de la cera-jabón (fig. 19).
Los datos aportados por los textos antiguos acerca de la composición y características de la técnica grecorromana de la encáustica parecen indicar que los murales de Mérida y Comp/11-111111 estudiados, y también las pinturas pompeyanas analizadas por Augusti. fueron ejecutados con dicha técnica.
Estas conclusiones siguieren que dicho procedimiento pictórico tenían un uso mucho más generalizado de lo que se consideraba hasta la fecha. y por tanto más acorde con la importancia concedida a la encáustica en los textos griegos y latinos.
La confirmación de estas hipótesis haría necesaria una revisión en profundidad de las teorías que consideran el fresco como la técnica pictórica habitual en el mundo romano.
Jorge Cuní quier, e agradecer la ayuda prestada a este proyecto por: Walter H. Hopwood. por los aná lisis por F.T.l.R. y las diversas soluciones que proporcionó para el desarrollo del estudio analítico.
W. David Erhardt y Enrique Parra, por la orientación del trabajo analítico y los análi sis por C.G., E.M. y F.T. l.R. José Joaquín Caerols, por su colaboración en la traducción de los textos griegos y latinos.
Ricardo Olmos y Marion F. Mecklenburg, por su apoyo al proyecto.
Roland H. Cunningham. por su colaboración en los trabajos de estratigrafía y microfotografía.
Melanie T. Feather, por los análisis por S.E.M. Juan Altieri y Antonio Méndez, por la cesión de las muestras antiguas.
Ei leen Lynch, por sus sugerencias y constante apoyo.
Y al Ministerio Español de Educación y Ciencia/Comisión Interministerial de Ciencia y Tecnología por su ayuda en la financ iación y coordinación de este proyecto.
MARSALA 1 Mortero con capa de pintura lisa en color rojo óxido y empastes superpuestos en forma de hojas en ocre amarillo. |
UN CONJUNTO DE CAPITELES DE ORIGEN ASIÁTICO EN TARRACO Y BARCINO
Reflexiones sobre la importación de elementos orientales en la arquitectura del nordeste de Hispania a partir del siglo II d.
Entre los capiteles compuestos de TarraC. este artículo distingue un conjunto de fragmentos de zona superior fechables en el siglo 11 y relacionables con grupos de capiteles minorasiáticos de esa época.
A partir de su estudio, y con el complemento de otras piezas de Barcino y de la propia Tarraco. se analizan las corrientes de importación de elementos orientales de decoración arquitectónica en el nordeste de Hispania y se advierte una transformación sustancial de los esquemas durante la época de Adriano.
65,1992 que induce tanto a la precaución a la hora de establecer relaciones como a un replanteamiento del estudio, que se intentará abordar en este trabajo y deberá centrarse específicamente en los fragmentos de zona superior.
Ello permitirá identificar un nuevo grupo o corriente de la decoración arquitectónica tarraconense, cuya dimensión podrá perfilarse con el análisis de otras piezas de Tarragona y de Barcelona.
Para evitar alargar inútilmente el texto, la numeración y los datos de identificación, localización y descripción técnica de las piezas se exponen de forma esquemática en el cuadro anejo, al que se remite para este tipo de documentación.
El conjunto de fragmentos registrados de zona superior de capitel compuesto de mármol se compone de 24 piezas, veintidós de ellas corresponden a volutas o bien incluyen segmentos parciales de canal, volutas, ábaco o varios de estos elementos, y las dos restantes pueden identificarse como flores de ábaco.
Si se observan los fragmentos de voluta, en primer lugar, pueden distinguirse claramente dos grupos.
El primero de ellos (núm. 1-16) es el más numeroso y se caracteriza por una mayor uniformidad de soluciones decorativas y, en general, por una tendencia más desarrollada a la profusión ornamental.
Por otra parte, se compone exclusivamente de volutas, lo que facilita una descripción conjunta.
Las espirales, de cuatro vueltas visibles, ofrecen un trazado geométrico en general uniforme -si bien en este punto cabe una precaución dada la conservación parcial de todas ellas-y preciso.
La sección -cónica-es cóncava, con el borde definido por un listel.
La nota más destacable, sin embargo, viene dada por la decoración de tipo vegetalizante, que responde a la intención de recubrimiento decorativo.
Se observa la presencia de zarcillos de acanto en el interior del canal 6, de una flor pentapétala que destaca el polo de la espiral y de una hoja, identificable como de caducifolia, que recubre el cojinete o banda determinada en volumen por las volutas 7 • El balteo -bajo esta hoja-se compone de un bocel enmarcado a ambos lados por un caveto y un listel.
Estas formas pueden observarse con detalle en los fragmentos números 6, 7, 8 y 9, y parcialmente en los números 3 y 4.
Las variantes tipológicas principales se manifiestan, como es lógico, en los motivos vegetales, es decir, los zarcillos de acanto y más concretamente las terminaciones de éstos.
Se registran formas de cáliz y palmeta -fragmentos números 6, 7 y 8-, cáliz y semipalmeta -número 2-, palmeta sin cáliz -número 11-o bien desarrollo no en forma propiamente de zarcillos sino de hojas de folíolos pendientes -números, 9, 1 O y 14; relacionado con la semi palmeta, sin cáliz, números 11 y 15-.
Las flores pentapétalas de los polos de las espirales presentan una mayor uniformidad, y las hojas que recubren los cojinetes muestran diferencias debidas sobre todo a diferentes manos o al grado de acabado.
5 A título de ejemplo, el catálogo de Recasens recoge solamente 9 de estos fragmentos cuando pueden localizarse como mínimo 19 en el MNA T. 6 No se observa en los fragmentos números 3, 4 y 5, probablemente por corresponder a sectores de la espiral donde el zarcillo ya no llega -es decir, la zona en general bajo la recta horizontal que pasa por el polo-; ya que los demás elementos visibles sí corresponden a los del resto de la serie.
1 Esta banda en efecto corresponde a la transformación topológica de la forma del cojinete de los capiteles jónicos al aplicar la voluta en todas las caras del capitel.
Se mantiene por tanto esta denominación, así como la de balteo para su elemento central.
Esta observación adquirirá especial interés en el estudio de los fragmentos del segundo grupo.
Respecto a éste, puede observarse la obtención de los contornos mediante trépano, no siempre perpendicular a la superficie -apreciable claramente en los fragmentos números 1.
5 (flor pentapétala inacabada).
8, 11 y 12-y una definición en general de las formas mediante un modelado suave acompañado de incisiones ligeras. aunque no faltan los relieves más destacados en volúmenes alabeados -fragmentos números 7, 8 y 15-.
Se observan algunas diferencias. por último, en las dimensiones.
Algunos ejemplares pueden plantear por ello la posibilidad de varios conjuntos o por lo menos varias unidades decorativas.
Destacan, por ejemplo, los fragmentos números 1 O y 16 en grosor o. en diámetro exterior de la espiral. dentro de los escasos ejemplares en que se documenta este dato, el número 6.
Salvo estas diferencias, no obstante. el conjunto presenta una homogeneidad general destacable y parece corresponder, si no a un mismo momento y programa decorativo, por lo menos a una evolución bastante restringida de una misma corriente o incluso taller.
Sus características, por otra parte, pueden asignarse de manera bastante precisa.
Dentro de la propia Tarraco. que evidentemente proporcionaría los datos de mayor utilidad, es difícil encontrar piezas relacionables con ellas salvo los capiteles compuestos mencionados en primer lugar.
Como únicos indicios pueden reconocerse formas de modelado equivalentes a las descritas en frisos fechados entre las épocas julioclaudia y flavia M, y la aplicación de tipos de cáliz con modelos análogos a los registrados en fragmentos de kyma /éJhico fechables en el mismo período 9 o de phalera con una asignación más concisa a la época flavia JU.
En un contexto más general, el tipo de voluta se ajusta de manera bastante precisa a la que se utiliza en los capiteles compuestos romanos de la época flavia considerada en sentido amplio.
Dentro de ella., sin embargo, debe observarse que, respecto a la obligada referencia de los capiteles del arco de Tito, ~ En fragmentos inéditos de comisa y de marcos con kyma de arco trilobulado conservados en el MNAT sin n.
Este tipo de kyma (Bügelkymation en la terminología de Wegner, M., Ornamente kaiserzeitliche Bauten Roms.
23) se adopta en Tarraco según modelos romanos de épocajulioclaudia y parece mantenerse sin variaciones significativas hasta un momento bastante tardío.
10 Se trata asimismo de fragmentos inéditos y sin n." inv. del MNAT, asimilables a los conocidos con representación de Zeus Amón.
176), o el trabajo mencionado de Ted'a. el grado de recargamiento observable en la composición y relleno de las volutas tarraconenses es significativamente más moderado.
El recorrido de los zarcillos, de un cuadrante de vuelta de la espiral en Tarra(•o y de una vuelta completa en el arco de Tito, constituye un dato expresivo.
Este particular puede relacionarse con las observaciones de Strong acerca del capitel MNAT 114 que motivan su propuesta de adscripción a la época julioclaudia 11, y viene a constituir por tanto un nuevo elemento de afinidad con éste.
Caben sin embargo dos observaciones.
En primer lugar, recordar las precisiones, más recientes, de Pfanner sobre la fecha del arco de Tito y la vinculación de sus características a una etapa subsiguiente, representada esencialmente por el arco de Trajano en Benevento 12 • Ello viene a reafirmar la relatividad del primero como referencia, sobre todo respecto a Tarraco -que puede acentuarse si se advierte la analogía de los ejemplares tarraconenses con capiteles compuestos flavios del Palatino, que Pfanner, sin embargo, vincula más directamente a los del arco-y, en segundo término, de las observaciones mencionadas de Strong.
Por otra parte, se debe insistir en la inoperatividad de las dataciones estilísticas en este punto y esca escala, aspecto que subraya especialmente Pfanner y que en este caso se ve agravado por tratarse exclusivamente de fragmentos de voluta sin la referencia, siempre más segura, del acanto: de ahí también que resulte útil poder documentar técnicas asimilables en fragmentos tarraconenses aunque sean escasos y de otro tipo.
En síntesis, los únicos hechos que parecen perfilarse con cierta verosimilitud en este primer grupo de volutas, aparte de la homogeneidad del conjunto, son la posibilidad de asimilación al capitel del Seminario (MNAT 114) y equivalentes y un carácter estilístico concordante con las corrientes romanas de épocaju-Iioclaudia o flavia y, dentro de ellas, con un estadio formalmente previo a Ja eclosión del barroquismo flavio que supone el arco de Tito, sin que ello implique necesariamente una fecha anterior, por otra parte probable dadas las analogías observadas.
Las variantes parecen responder, como se ha apuntado, a diferentes manos dentro de un mismo taller o a la evolución de una corriente que mantiene sus constantes, hecho que no es infrecuente en Roma: nótese la conservación, hasta bien entrado el siglo n, de elementos decorativos característicos de la época tlavia que conviven con la adopción de formas nuevas 13 • Pero es probable que por lo menos la mayoría de los ejemplares corresponda al mismo programa decorativo.
Se documenta la procedencia de 5 de las piezas -números 1 a 5.
En todos los casos corresponde a la ciudad alta y, dentro de ella, salvo el número 5, se relaciona directamente con la terraza superior.
Ello insiste una vez más en la vinculación a los capiteles mencionados y, en general, a las piezas correspondientes al programa protoflavio o tlavio de decoración en gran escala de la zona, al que por lo menos una mayoría puede atribuirse sin problemas.
Vienen a constituir pues un elemento más en la interpretación del mismo.
El grupo descrito, testimonio de una forma de voluta adoptada en una fase determinada de la decoración de las terrazas de la ciudad alta, va a constituir una referencia obligada, y de ahí 11 Respecto a los capiteles compuestos de la Porta dei Leoni de Verona puede observarse que, si la hoja de acanto, elemento a este respecto fundamental, responde mejor a estos esquemas, la voluta no ofrece una relación tan precisa en el modelado, aunque sí en el modelo aplicado: cf. Kahler, H. Die romischen Stadttore von Verona, JDAJ 50, 1935, pp. 138-197 (p.
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111 embargo.'>L' L'l.:lllra pnnci palmcnte en el \egundo grupo.
411e comprende el re'1o dt> la:-. pic;a., e 1nclu)C. como.,e ved a part ir del amí li 'i". totlo:-. lo:-.!'ragmen10., 4 111: no corre:-.ponden a vo lu ta..,.
Ello) la au.... cnc1a de hibliograría acon"eJan una de... cripción ma., md1"iduali1ada.
Por 1íltimo. debe oh'>eí\ ar-.e que la don11ncn1ac1ón'>ohn.: la pron.•dcncia de la-. pioa:-en C'>te... eguntlo g rupo e., ab.... olutamentc nul a.
17) contiene una voluta y e l corrc....pondi cnte ángulo del: Jhaco11.
En co nt ra' >te con lo" eje mplare.... ante riore:-.. la decorac ión c... c:-.encia l111e111e sim pli fi cada.
El cojinete. en primer lugar..,e recubre con una hoja de tipo c.:aducil'olio m;h pro lo ngada que la-.. observada., en e l pri mcr grupo ) a..,u' e1 di-..er i ada ) mode lada de manera e:-.encialmente di:-.tinta: el ne n io central va esta VI.! / en re lieve.) lo:-fo lio los vienen determ inados por una delimitac ión de l c.:on1orno preci..,a pero en escaso re lieve y con e l trépano fino apuntado úni camente -por lo menos en e l rc:-.ult ado fin al-e n lo:-. pun tos esenc iales.
Se observa por otra parte el arran4ue de un motivo exento que:-.e sit úa entre la voluta y el áng ulo de l ábaco.
Bajo la hoja. el ba lteo e:-de dohlc c.:ordón. no enmarcado "i no por la supe rficie rc--;ultantc de la geometría de la propia'olu ta.
E., decir. recupera en cierto modo lo., e.,4 ucma:-. dccorat ivo:-. de l hallen de l capi te l jónic.:o canónico.
11•a.,po11iéndol<'' a una C\llllctura Lk V<.)luta., en las cual ro c.: aras.
La voluta, por s u parte -equi val ente en ambos lado:--presenta un c.:an al li:-.o. salvo en todo caso en la sal ida de la c:-.piral. donde se aprecia el ori ge n de un moti vo idcnt ifi cable. por' >U posición, con la pa lmeta de <lngul o caractcrí:-.tica de los capitclc:-. jónicos 1 ~.
El borde es un:-.imple @ Figura 4.
El polo de la espiral viene marcado por un fino orificio que constituye el centro de un círculo plano en una de las caras y de un ligero casquete esférico en Ja otra.
El ábaco, por su parte, presenta una decoración de kyma lésbico, en una versión muy simple16, enmarcado superiormente por una banda.
La simplificación de motivos y las características generales observadas deben encuadrarse en las corrientes de revalorización del orden jónico en sus formas helenísticas, que tiene lugar en el siglo Il.
La presencia de volutas de este tipo se documenta fácilmente en ejemplares jónicos del Foro de Trajano en Roma17, con analogía bastante directa, o, en modelos compuestos, en ejemplares específicamente minorasiáticos del siglo 11'y, en concreto, en el grupo que Heilmeyer reconoce como escuela pergaménica y efesíaca18, cuyo esquema decorativo reproduce fielmente el ejemplar tarraconense.
La decoración del ábaco en kymation lésbico aparece también en ejemplares jónicos adrianeos de Roma y sobre todo de Tívoli 1 9, probablemente influidos por las mismas corrientes.
A este respecto es interesante observar, en los capiteles jónicos documentados por Bingol en Asia Menor -uno de los pocos repertorios suficientemente completos y útiles en este punto-que el kyma lésbico se usa, con una profusión significativa, o bien en época helenística -siglo 11 a.
C.-o ya en el siglo n d.
C. a partir de Adriano 20 • El tipo de (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Figura 5.
C\ el m<b frccucnlc en Turnwo. donde aparece con variante:-. di-' a:-.a-. en gran can1idad tk fragmen to:-.; ninguno de ello:-.. -.in embargo. corrc:-.pondc a un c: api -1cl, y. por n1ra pai1e, la documcn1:u.: ión sobre lo:-. mis mo:-.
Únicamcn1c puede:-.cr de u1 i lídad. por ex is1 ir un mínimo tk da1os, su aplicación como marco en los rcl icve:-. dccnralivo:-. t: on 1e málil-:1 de cande labro:-. -y eve ntualm ente 1rofcos-conservados fragmerllariamcntc en el MNKr: 1 • E:-.te conjunl o. no e:-.ll! diado aún de forma prec i ~a. debe corrc:-.pondcr 11 Pueden contarse:w fragmento:-.: con:-.1:1 el n.'' inv. de tres de e llo:-.
11 Con la rc, crva de indicac: ionc:-. m:í-; precisa.\ en un cswdio en prepuración sobre e\los frag111c1110-;. deben corri:,pnndcr a 8 placa:-como mínimo. de una altura aproximada entre l'.W y 140 cm. deducihlc di: la po:-.iblc allura de lo:-. cande labro!> (d.
Main1 1986 para 1i pología:-. de é:-.lOs). con carnc1crísticas escu ltc>ricas del:-.iglo 11 má:-. bien avanzado y tcm:ít ira oh:-.crvada en a una serie de paneles o placas fechable en el siglo 11 i~ y situable en alguno de los recintos de la ciudad alta ~•1.
El tipo de kyma aplicado, con diversas variantes también -se confinna asimismo la po! iibilidad de aplicación de diversas variantes en un mismo conjunto decorativo--es asimilable al del ábaco estudiado si bien corresponde visiblemente a otras manos o a otro taller.
Dada la profusión de este tipo en Tarraco. este elemento sólo puede tener actualmente un valor relativo.
No obstante, la vinculación directa de la voluta a corrientes minorasiáticas del siglo 11 constituye un dato del mayor interés.
La segunda de las piezas de este grupo (núm. 18) corresponde a un fragmento de canal, voluta y ábaco de un capitel compuesto de mánnol.
En lo que puede apreciarse de la voluta, presenta una sección también significativamente más plana que los ejemplares del primer grupo y un listel, plano y fino, que la enmarca.
No se advierten otros detalles del trazado dadas la exigüidad del segmento conservado y la erosión parcial del borde.
Con todo, es interesante observar, en contraste con el ejemplar anterior, la decoración del canal con zarcillos vegetales de hojas presumiblemente acantiformes que alternan su orientación hacia ambos lados del eje o vástago central.
Los contornos, cuyo esquema de realización mediante trépano es especialmente visible en los segmentos inacabados, y el modelado plano en escaso relieve sugieren una correspondencia a corrientes del siglo 11, y en todo caso diferentes de las observables en el primer grupo.
Lo mismo puede decirse de la naturaleza y di sposición del propio motivo, que presenta una diferencia sustancial con los zarcillos de los ejemplares de tradición flavia considerados anteriormente.
El ábaco es en este caso liso, moldurado, con una secuencia de ca veto, li stel y medio bocel.
Es importante observar que el canal se solapa con la superficie del ábaco.
La superficie superior del mismo, por último, presenta un cuadrado portante -scamillusde 1 centímetro de altura.
Esta morfología del ábaco responde asimismo a esquemas identificables en capiteles orientales de época imperial.
Heilmeyer documenta numerosos ejemplos en capiteles compuestos del siglo n de Efeso y Afrodisias, y asimismo alguna aplicación en Roma en época de Adriano o posterior 24 • Parece pues corresponder a una obra monumental relacionada con las corrientes de adopción de formas orientales durante el siglo 11.
Dos de los fragmentos (núms.
19 y 20) presentan una estrecha analogía con el anterior.
Ambos se conservan en el MNAT sin documentación alguna.
Corresponden asimismo a sendos segmentos de canal, ábaco y, en uno de los casos (núm. 19), un pequeño sector de voluta, y su grado de erosión es sensiblemente mayor que el de la pieza número 18.
Sus características son en esencia equivalentes a ésta, pero pueden aportar tres datos de interés.
T arragona.,1rca dd loro de la c: iudad ha.i a.
-.encía ¡k lige ra:-. variantes de lns tipos vegc1ales. putenic-.:-.obre todo en la:-. pcqucrias hoja.' > que complementan la composició n lle lo:-.
En:-.cg.undo. un acabado incompleto de esta mi sma pieza, oh:-.ervahle en las hue ll as no borradas de los inst rumentos de modelado y e n los conto rnos de los e lement os vegetales que permiten apreciar los i11dicios del trabajo de l trépano mejor que en el fra gmento número 18.
Y por t'.il timo la molc.lurnci6n probable de l úbaco de la pie1a número 20 en cyma re1•er.,•a, quizá enmarcada por un lisie!, mie ntras que e l de la número 19. con las reservas debidas a la conse rvación parcial, sigue la mi sma sccucnciu que Ja amerior.
Si bic11 cl res ult ado visual es en ambos c1sos c4ui valcn1e. y dc:-,de c:-,tc pun10 de vista puede cons iderarse u1w va riant e sin excesivo s ignificado. debe ob'\crvarsc que la aplicación de la cyma re1•ersu es mu y frecuente en'formco por fo menos dc:-,J c principios de la época llavia: el mejor ejemplo viene constituido por los capiteles toscanos y l!I arqui trabe ele la pla1.a del foro prov inc ial, conservados en la torre dc Pilatos y en un edificio ele la pla1.a de l Pallo!''.
Esta variant e ofrece por ello connotaciones inte resant es.
Un nucvo fra gmento (núm. 21 ). correspondiente al ábaco y un escaso segmento de volu!a de un capitel, se encuentra en la entrada a los servicios de l Paseo Arqueológico.
La altura de l übaco parece indicar un eje mplar de dimensiones considerables, por lo menos en relac ión con los demiís ejemplares reg istrados.
Su molduración es de caveto. listel y medio boce l.
Presen ta un sra11tillu. \• e n la superfic ie superior de 2 centímetros de altura, es dec ir, el doble qu e el de l número 18.
Po r otra parte. e l áng ulo que forman las prolongaciones del lado de éste y de la tangente al contorno del ~\baco e n cualquiera de los puntos del segmento conservado pe rmite comprobar en este ejemplar que, efecti vamente, se trata de capit eles compuestos y no jónicos, detalle que no puede comprobarse con esta seguridad en los trc~ anteriores.
Gimcno, J., Tipología y ap licaciones de elementos dóricos y toscanos en Hispania: e l modelo del NE, J\EA 62.
El fragmento número 22 conserva parcialmente los elementos esenciales de la zona jónica del capitel: en concreto, un segmento del contrario, del kymation -suficiente para comprobar que es de cinco ovas-, del canal, de la voluta y del ábaco respectivamente.
Aparece señalado el emplazamiento probable de la flor del ábaco, totalmente erosionada.
El kymarion proporciona un elemento valioso de datación, tanto por el número de ovas que alude a la recuperación de modelos helenísticos como por su morfología 26, y puede proponer una asignación al siglo 11.
La estructura general, por otra parte, conserva las características del capitel jónico, como por ejemplo la forma del equino o el canal, y probablemente la voluta, exentos de decoración vegetal.
La probable presencia de la flor del ábaco, sin embargo, es más propia de modelos compuestos, y raramente se encuentra en tipos jónicos dentro de estas corrientes.
Presenta en la superficie superior un scamillus con una elevación de 6 milímetros sobre la superficie del ábaco y un retroceso de 7 centímetros respecto a éste.
Recasens, sin aducir motivo alguno, propone para este ejemplar una fecha de la primera mitad del siglo 1 d.
C. Las características observadas parecen apuntar, no obstante, a los tipos introducidos en época de Adriano, sobre todo a partir de las remini scencias observadas en el equino.
Por otra parte, esta misma morfología puede encontrarse en ejemplares compuestos minorasiáticos del siglo 11, en concreto en Éfeso y en Afrodisias 27, con lo que viene a constituir un ejemplo más de esta vinculación.
Dos últimos elementos interesantes en esta línea son dos fragmentos, conservados en el MNAT, de decoración floral (núms.
Aislados intencionadamente de su soporte original, con toda probabilidad por afán de conservación en alguna reutilización de las piezas, deben interpretarse como flores de ábaco.
Así lo indican tanto el trabajo y técnica observables, a pesar de las adaptaciones, en las superficies laterales y posterior, como la propia morfología.
Si bien no son idénticos, ambos fragmentos pueden considerarse dos variantes de una misma forma.
Presentan un cáliz abierto, en uno de los casos -número 23-sobre un anillo de base cuya forma sugiere la del caulículo, que contiene a su vez una vaina y el pistilo.
El conjunto viene enmarcado por pétalos acantiformes.
Esta tipología difiere esencialmente de lo habitual en flores de ábaco de capiteles corintios de cualquier tipo.
Ahora bien, se encuentra claramente adoptada en capiteles compuestos minorasiáticos del siglo 11, una vez más de Éfeso o Afrodisias 28 o, en todo caso, en algunos derivados romanos aunque ya del tipo más tardío denominado corintio asiático 29 • Con la reserva de 26 Leon, pp. 267-268.
Sobre la reducción del número de ovas del kymation en los capiteles jónicos minorasiáticos, Bingo!, pp. 43-46.
No obstante es un factor muy relativo ya en los ejemplares estudiados por Bingo!, por lo que tampoco puede extrapolarse con suficientes garantías a capiteles no directamente relacionados con éstos.
Hecha esta advertencia y considerando los hechos, los ejemplares minorasiáticos de cinco ovas son augusteos o bien del siglo 11.
La primera posibilidad es difícil de encuadrar en Tarraeo dada tanto la ausencia de importación de mármol en esta fase como la forma del capitel.
En los ejemplares compuestos nimorasiáticos del siglo 11 abundan los kymatia de tres ovas.
Son sin embargo de cinco los de Aizanoi (Naumann, loe. cit.) y Side (Müfid Mansel, loe. cit.).
De todas fonnas, no debe descartarse totalmente la posibilidad de que el ejemplar tarraconense corresponda a un capitel jónico dentro de esta misma corriente, al modo de los ejemplares romanos de época de Adriano.
101..encia e n el mundo mrnora-..i;ítico a partir de l -,iglo 11. l labida L'Uenta Lk la au..,cncia de rlore-.. dc;íhaco con-..en ada-, en Jo-, dcm:h ejemplare-. regi, trado;.,. c-..tch fragmento-.. con-..tllll) cn ckme11to;., de gran' alor que reafirman ron ba-..iantc C\ idcm: ia la~ caractcrí-..tica-..) corricn tL'" del conj unto.
Fl lllímcro de rrngnwntO\ l'On\ervacJo de e\tl' -..egundo grupo c... realmente e-..ca'IO. y en todo... lo-..
L""'o";.,e trata de fraccione~ mu) reducida-. tic lo.., cap11ek" corrL•..,pondien1e-..
411e proporcionan por tanto una documentac ión mu) limitada de In., m1;.,nw.....
Por un;1 parte. documentan la pn.~"L 'ncia e11' forran> tk una corric 111 c de aplicaciün del capitel co111pue..,to.) m connctamentL' de dctenninada;., forma~ del mi..,mo. hasta ahora inédita.
Por otrn. -,ug.1en.'n la l.'\1 "tl' lll'l:t de un,1 corrie11tL' tk la arquitec1 ura tarraconense. dc-..arrollada durante el;.,iglo 11. que parece vim: ular... c a los talkrc.... minora..,i: iticn" de e"te "iig lo.
Por úl1imo conv iene subrayar que. contrariamente al conjunto de época l'lavi:i. no corrc-..poncJcn a un esquema unitario o a una mi;.,ma unidad con, trm: tiva 4ue 111011va "t' por..,¡ -..ola la imponació11.;.,ino 4ue;.,e identifican va rio-.. conjunto" diferente-..
Frngmcn1n úe relieve con 1cma de candelabro~.
menos tres-que sugieren m<ls bien una acti vidad o prc~encia más di latada que pudo proveer a diversas edificaciones o programas decorati vos.
La ausencia <le datos de procedencia en la totalidad de los ejemplares impide cualquier hipótesis de asignación en este sentido, sa lvo los supuestos generales basados en simples similitudes formulados para el ejemplar número 17.
Esta situación plantea varias cuestiones sintc1i1.ables. en general, en la forma de re lación con Asia o. en sentido amplio, con Oriente. y en e l sistema de importación.
Estas cuesti ones. por otrn parre. deben englobarse e n la problemática g lobal de la difusión ele los talleres minorasiálicos desde el siglo 11, que ha sido abordada por diversos autores tanto desde una perspectiva general como referida a determ inadas zonas. prov1ncia~ o regiones del Imperio'o.
1972. pp 317-362. que sigue ofreciendo el estado de la cuest ión general mú:-. completo y actuali zado. complctablc en todo caso con los trabajos. de alcance más loca l, n-..1 i1uir un dato rn:h en b intl'rpre1ac i6n del pwbk nia ge neral y del alcance de c-..a dit'u-..i6n.
Por e ll o -..cní convc nil..'nle repa'>ar la-.. línl'a-., L':-.e ncialc:-, de la:-, ituación Je la decoraci ón aryui1cc16ni ca cn'forru • rn en el.... iglo 11. en com-re10 por lo que:-.e refiere a la:--aplicacionc-..
J cl m:írmo l en arqui1cc1ura rcprl.'.'-..e111 a1iva. arnc:-, de pa, ar a rcvi:-,ar alguno;.; eje mp lare'> del nordc-..1c de l/1.\¡w 11it1 ljllC pueden:--L' r t''>fh:'t' ialmentc L ítilc:-,.
En Tarrae, la importación de decoración arquitectónica se desarrolla ampliamente desde la época julioclaudia, promovida sin duda por el conjunto monumental que se inicia con la construcción del Augusreum tiberiano y desemboca en el complejo de terrazas de la ciudad alta.
Sucede a una fase augustea caracterizada, por lo menos según los testimonios conservados J I, por una proporción relativamente importante de construcciones monumentales que utilizan exclusivamente material local y c uyos criterios decorativos deben englobarse en las corrientes denominadas provinciales o re lacionarse en todo caso con las de los primeros años de la época augustea en Italia central.
La actividad julioclaudia, y sobre todo tlavia, da lugar a una importante afluencia de mármol y ¡por tanto a un sistema de importación que, según puede desprenderse tanto del material en sí como de la morfología de las piezas, parece organizarse en un esquema de relación exclusiva con estructuras y talleres de la propia Roma.n.
Esta dinámica debe vincularse con el desarrollo de la capitalidad provincial y, en cierto sentido, viene a recuperar y actualizar una tradición tarraconense modificada en la etapa anterior.
En el siglo 11, aun sin la intensidad observada en época flavia, se sigue documentando la continuidad de este sistema.
Los ejemplos más significativos a este respecto vienen dados por los dos capiteles corintios de tipología relacionada directamente con los del Panteón o la Basílica Ulpia, suponiendo que procedan efectivamente de Turraco • \\ y otros ejemplares fragmentarios en la misma línea.\ 4; un conjunto de piezas de comisa con si mu decorada de tradición tlavia, procedentes de la ciudad alta y fechables con toda probabilidad en época de Trajano o Adriano •'s;' 1 Principalmente la frons scaenae del teatro (capiteles fechados por Recasens, núms.
16-22 y otros que permanecen inéditos; resto de elementos, Del Arco, A., Hallazgos en el Teatro romano de Tarragona, BA 1919, pp.69-79; Puig i Cadafalch, J. Teatre romá de Tarragona, AIEC 6, 1915-1920, pp. 712-7 17; Ventura, S. Teatro romano de Tarragona, MMAP 1942, pp. 196-202; otras actualizaciones de la cuestión sobre el edificio no consideran la problemática de lafrons scaenae); los tambores de fuste y capitel hallados en la ermita de Els Mongons (Gibert, A. Temples pagans de la Tarra¡¿ona romana, Tarragona 1916, pp. 109-1 10), un conjunto de fragmentos de capitel procedentes de la necrópolis del Francolí (Tulla, J. Beltrán, P. Oliva, C., Excavaciones en la necrópolis romano-cristiana de Tarra¡¡ona, MJSEA 88, 6, 1925-1926, Madrid, 1927, lám. XVII, sin referencias en el texto), un conjunto de capiteles de tipo corintio itálico (Serra Vilaro.
Pensabene, Dialoghi di Archeolo¡¡ia 6, 1972, dt., para la organización general de este sistema.
Se integran en el mismo los ejemplares de capitel compuesto que componen el primer grupo.
Cf. asimismo Álvarez, A. Mayer, M. Roda, l., La importación del mármol en época romana.
Efectivamente, no existe ninguna documentación de estas piezas en el MNAT, lo que resulta sospechoso dada la vistosidad de las mismas. una basa ática decorada procedente de la calle del Vidrio, asimismo en la ciudad alta 36, y una basa ática de doble escocia -<:empuesta-sin procedencia 37 • Debe observarse que estas piezas tienden a situarse en la primera mitad del siglo.
Otros elementos, sin embargo, parecen denotar una transformación del sistema.
Ya lamencionada basa de doble escocia sigue un modelo en principio romano, pero que puede encontrarse con características idénticas en otros lugares de ámbito provincial y, en concreto, en el edificio de culto de Itálica, de época de Adriano, que se ha calificado de Traianeum 38, o en la basílica de Cartago, fechada en el tercer cuarto del siglo 39 • Más significativo resulta un conjunto de fustes monolíticos --0 por lo menos de tambores muy alargados-de mármol 40 que presentan una analogía bastante acusada entre sí pero a la vez una heterogeneidad notable de las dimensiones y otras peculiaridades: es decir, parecen poder asignarse a talleres equivalentes pero no corresponden en absoluto a un mismo edificio o conjunto, esquema que ofrece, en principio, una cierta similitud con lo observado acerca de los capiteles compuestos.
Es interesante comprobar la presencia de fustes de este tipo, de mármol de Chemtú, en la mencionada basílica de Cartago 41, y debe advertirse por otra parte que los fustes no son elementos que suelan documentarse habitualmente en la bibliografía, lo que limita bastante las posibilidades de una verificación eficaz.
Cabe recordar no obstante los testimonios mencionados por Pensabene sobre el comercio de fustes elaborados completa o parcialmente, a diferencia de otros elementos 42 • No insistiremos, por último, en los relieves con tema de candelabros y trofeos cuyo significado se ha comentado ya en relación con la voluta número 17.
A partir de todo este material parece esbozarse, en el siglo n, una situación más diversificada de los flujos de importación que contrasta con la unicidad de la etapa anterior y, en síntesis, proporciona un contexto bastante preciso a la problemática planteada por los capiteles compuestos estudiados.
Es difícil, sin embargo, deducir si esta nueva situación sustituye a la ante-36 Mirambell, A. Sancho.
Fechable a partir de analogfas tipológicas bastante precisas con ejemplares romanos: cf. Wegner, M. Schmuckbasen des antiken Rom, Münster 1965, pp. 51-52 y n.
Responde en efecto a un modelo muy extendido en Roma a partir del Foro de Nerva (Von Blanckenhagen, P. H., Flavische Architektur und ihre Dekoration.
16; sobre la evolución más general de basas de doble escocia en Roma, cf. Strong, D. E. Ward Perkins, J. B.• The Temple of Castor in the Forum Romanum, PBSR 30, 1962, pp. 1-30 (pp. 5-12).
Se conservan otras basas áticas imperiales de mánnol de Tarraco, probablemente relacionables con éstas, pero sin elementos suficientes de datación para proponer una atribución precisa.
3 a León, P.• La zona monumental de la Nova Urbs, en ltalica (Santiponce, Sevilla).
Actas de las primeras jornadas sobre excavaciones arqueológicas en Itálica.
Diputación Provincial de Sevilla, septiembre 1980.
Se trata de un ejemplar, no obstante, de perfil ligeramente más simple que el tarraconense.
40 Pueden registrarse por lo menos ocho ejemplares.
Se trata de fustes de 24 acanaladuras con relleno convexo hasta una detenninada altura.
La mayoría de ellos inéditos.
Cf. solamente, como noticia, Balil, A., Excavaciones en la Torre de Pilatos (Tarragona).
331. rior o, simplemente, se superpone a ella.
La cronología de las piezas, en efecto, parece polarizarse, de forma concordante con las dos situaciones identificadas, en tomo a dos momentoso intervalos-diferentes, cuyos términos vienen a situar la inflexión entre ambos, es decir, la transformación de las premisas, en época de Adriano.
En este punto, y en cualq uiera de las dos posibilidades, cabe plantearse si la nueva situación sigue basándose en un papel polar o transmisor de Roma o se pasa a otro sistema de relaciones.
Es conocida, en efecto, la presencia de talleres minorasiáticos que trabajan en Roma a partir de la época de Adriano4.i y, pensando en la hipótesis de una continuidad de la situación anterior, pueden canalizar la nueva aportación a través del sistema ya existente o, en otros términos, actuar de intermediario.
En relación con ello es útil recordar que la importación mencionada de piezas monumentales se complementa, precisamente a partir del siglo 11, con una intensa afluencia de arquitectura de revestimiento y doméstica en mármoles de diversos tipos y procedencias, que en Tarraco adquiere un volumen sin precedentes.
Esta importación se integra en un sistema distinto del anterior que se desenvuelve según otros parámetros, pero interesa señalar su presencia como factor complementario de gran importancia y, dentro de él, advertir la presencia de dos capiteles jónicos de mármol de pequeñas dimensiones, probablemente importados 44, que dejan entrever un papel de ésta como origen de una corriente de aplicaciones domésticas y por tanto una cierta función de intermediario en esta esfera.
Dado el contexto, no obstante, este ejemplo tiene únicamente un valor de referencia.
No obstante, es interesante considerar también el caso de otras provincias, en concreto las africanas.
Pensabene identifica al respecto una intensa importación de mármol minorasiático en Tripolitania y Numidia, que tiene lugar a partir de la segunda mitad del sig lo 11 y que lleva consigo la afluencia de talleres asiáticos que, a diferencia de los que trabajan en Roma, son itinerantes 46 • En Cartago se documenta, precisamente a través de capiteles compuestos, la coexistencia de esos talleres con corrientes procedentes de Roma 47 • También en África se ha observado la restricción de la importación de mármol a las ciudades costeras frente a un desarrollo local de los tipos que predomina en el interior 4 K. Estos datos y, especialmente, la ausencia absoluta de una tradición importadora anterior que implica una implantación minorasiática directa, ofrecen gran interés porque suponen un modelo y una aplicación geopolítica diferente de la anterior y, por tanto, otra vía posible de penetración distinta de la mediación romana.
Debe señalarse que en todos estos conjuntos, y ya a partir de las observaciones generales de Pensabene basadas en algunos indicios en las canteras y en la ausencia de pruebas en contra, se excluye AEspA.
65.1992 unánimemente una importación de las piezas ya elaboradas -salvo fustes-, y se opta por el traslado de los talleres, en principio junto con el material, a los lugares de construcción.
Respecto a los ejemplares de capitel compuesto y a su elaboración, no debe descartarse pues en Tarraco una situación similar a la de Roma, originada o no a través de ésta, o a la de los modelos africanos.
En este punto será útil la consideración de tres ejemplares que podrán aportar datos del mayor interés para la comprensión del tipo de importación y los límites de la misma.
El primero de ellos es un nuevo fragmento de capitel de mármol de dimensiones monumentales, procedente del foro de la ciudad baja de Tarraco e inédito 4 <J, correspondiente con cierta probabilidad al tipo denominado corintio asiático.
De ser así puede fecharse con facilidad, dado que la difusión de este tipo parece seguir unos límites muy precisos, a finales del siglo 111 --como mucho la segunda mitad-o principios del IV.
No pertenece al edificio basilical conservado, realizado en material local dentro de corrientes provinciales de época julioclaudia, sino que debe corresponder a una reedificación de cierta importancia en el espacio foral.
Pensabene considera este tipo de capiteles como primer testimonio efectivo de la exportación de piezas manufacturadas desde Asia Menor, que en principio sustituye al sistema anterior 50 • El ejemplar tarraconense, único de este tipo en la ciudad y en el NE de Hispanía, puede documentar tanto su presencia en Tarraco como la continuidad de la participación de ésta en una evolución de las corrientes de importación homóloga a la observable en otras provincias y, particularmente, en África.
Los otros dos ejemplares proceden de Barcelona.
El primero de ellos es un capitel jónico de arenisca de Montjuic, también inédito, hallado en la plaza de la Catedral 51 • Entre sus características es interesante observar un equino de notable desarrollo en altura, de tres ovas en principio pero con marcado contraste entre la inhibición de las laterales por medio de las palmetas de ángulo y la presentación clara y completa de la central, bien modelada y enmarcada por cáscara ceñida.
Esta morfología parece concordar con corrientes del siglo m o posteriores.
Las volutas, de tres vueltas y con el polo en un plano situado aproximadamente a la mitad de la altura del equino, destacan notablemente el borde, que se convierte en el elemento que define la configuración mediante un único efecto de claroscuro y ocupa la totalidad de la altura del canal.
Esta resolución es bastante original, por lo menos entre ejemplares documentados, pero puede encontrarse ya en capiteles minorasiáticos de época adrianea, como por ejemplo los correspondientes a la reforma del templo de Dionisos en Teos y algunos ejemplares de Afrodisias, que precisamente añaden una presentación completa de las ovas 52.
El cojinete, por su parte, presenta tres hojas polilobuladas y un balteo con motivo de nudo de Heracles, motivo que aparece en Asia Menor, en concreto en Pérgamo en época de Adriano 5 \ y no se documenta en cambio en los conjuntos conocidos occidentales 54 • El ábaco, por último, presenta una molduración en ca-49 MNAT 5443.
51 Museo de Historia de la Ciudad sin n.
La procedencia debe deducirse de Durán i Sanpere, A., Noticia y guía de las excavaciones de la calle Condes de Barcelona.
Foro romano, basílica paleocristiana y edificaciones posteriores, Barcelona 1954, n.
Altura 31 cm, altura del equino 13 cm., altura del collarino 3 cm., altura del ábaco 6,5 cm., diámetro de las volutas 13 cm., diámetro de base 41 cm., longitud del cojinete 50 cm., ábaco 56 cm. veto, listel y medio bocel, equivalente a la observada en los fragmentos de capitel compuesto tarraconenses.
Con las reservas debidas a la escaseZ' de ejemplare~ y sobre todo de conjuntos completos documentados, este modelo parece inscribirse dentro de las corrientes de apl icación del capitel jónico en piezas de pequeñas dimensiones ~omésticasderivadas en segunda fase de modelos monumentales asiáticos que se desarrollan a partir de la época de Adriano pero, dentro de ellas, debe vincularse más a tipos propiamente minorasiáticos que a aplicaciones romanas u occidentales.
Es interesante contrastar esta particularidad, que bien puede responder a la presencia de un taller o artífice minorasiático, con la evolución del capitel jónico de aplicación doméstica e n Tarraco en este mismo período que, probablemente a partir de modelos iniciales importados, desarrolla una tipología local independiente de otras intluencias 55 • Mayor interés ofrece un capitel corintio de columna de arenisca de Montjuic conservado en el Museo Arqueológico de Barcelona 56 • Algunos de sus elementos, como las volutas o la posible decoración del ábaco, han sido elim inados completamente en una reutilización como pila.
Pero e n cualquier caso puede advertirse que se trata de un ejemplar original en el conjunto de capiteles barcinonenses.
Se le ha querido atribuir una cronología flavia a partir de la observación de las hojas y mediante el habitual argumento del tré pano y las zonas de sombra 57 • El tipo del acanto, en primer lugar, puede derivar aparentemente de la evolución de modelos romanos de é poca julioclaudia pero, sin embargo, los vacíos sobre el propio eje de las hojas --comparables en este punto con las del anthemio11 de la comisa tarraconense mencionada anteriormentey la importancia concedida al mode lado en surcos determinan una diferencia significativa.
Además, es de suma importancia en este caso analizar más detalladamente la zona superior.
En concreto las hélices, de sección muy estrecha, probablemente cóncava con borde aunque no puede definirse con preci sión, describen espirales muy abiertas con polo indefinido y, a su vez, dejan vástagos radiales que unen puntos correspondientes de vueltas consecutivas, probablemente para evitar los problemas de fractura que podría presentar hipotéticamente el vaciado total.
No obstante, la arenisca de Montjuic no tiene por qué presentar estos problemas, como pue-d~ indicar por ejemplo el profundo modelado de las volutas del ejemplar jónico anterior.
Es interesante asimismo observar las proporciones, muy esti lizadas, de los cálices y de los tallos de las flores del ábaco, así como el modelado acantiforme con importantes surcos verticales de trépano tanto en los primeros como en los cálices en que apoyan los segundos.
Esta resolución, tanto de cada uno de los elementos como del conjunto, es significativa ya que se diferencia claramente de las corrientes locales y occidentales, mientras que puede encontrarse con analogías muy precisas en algunos conjuntos orientales.
Weigand, en un trabajo clásico que estudia precisamente estas diferencias, documenta ejemplos con estas soluciones del modelado de los cálices en Éfeso, de éstos y el cáliz del tallo de la flor del ábaco en Éfeso y Milete, o de las hélices en Alejandría --como antecedentey Baalbek s 11 • Varios de estos ejemplares, en concreto de 55 Recasens, pp. 5-15.
Altura 58 cm.. altura de la corona inferior de acanto 17 cm., altura de la corona superior 30 cm., altura del ábaco 8 cm., diámetro de base 48,5 cm., máximo conservado de la longitud del ábaco (no diagonal) 75 cm.
51 Gutiérrez, M. A., Capiteles de Barcino en los museos de Barcelona, Barcelona, 1986, n.o Baalbek, presentan precisamente la solución de los vástagos radiales de unión de las vueltas de las hélices.
Si responden a criterios técnicos, como parece probable, deben vincularse pues a tradiciones orientales quizá originadas por un tipo de material y sugerir. como hipótesis, una apl icación inicial en Barcino, resultante de esta tradición. en un ejemplar tan directamente relacionado con los tipos orientales.
Por otra parte, los capiteles asiáticos mencionados se fechan en su totalidad en el siglo 11, y se diferencian claramente tanto de Jos del 1 en la misma región como de la tradición romana, por lo que suponen una referencia bastante precisa.
Pueden añadirse, con análogas observaciones, ejemplares de Pérgamo del siglo 11 registrados por Heilmeyers 9.
Volviendo, tras estas observaciones, a los acantos, puede comprobarse fácilm ente que los tipos correspondientes a la derivación observada aparecen también en los ejemplares referidos: análogo gusto por el modelado en surcos y una cierta separación de folíolos se encuentran, por ejemplo, en ejemplares de Éfeso y Baalbek 60 • Estos ejemplares barcinonenses ofrecen gran inte rés por estar realizados en arenisca de Montjuic, es decir, en material local, lo que supone una elaboración local de tipos directamente procedentes del mundo asiático y, por tanto, un testimonio efectivo de la presencia de talleres asiáticos que trabajan en la ciudad.
Testimonio, por otra parte, de la difusión de estos tipos y estos talleres en los ámbitos monumental y doméstico y fuera de los circuitos de importación de elementos marmóreos.
Este hecho no se documenta de manera tan precisa en Tarracr> ya que, como se ha observado, todos los elementos de estas características son de mármol importado.
Solamente el tipo de kymation lésbico del ábaco de la pieza número 17 o la cyma reversa aplicada en el de la número 20 pueden suponer, con las correspondientes reservas, indicios de una vinculación a tipos o recursos de aplicación frecuente en la ciudad.
La presencia efectiva de talleres orientales documentada en Barcino, junto a los datos de carácter gene ral, hace bastante verosímil una presencia similar, incluso más arraigada, en Tarraco.
Por otra parte, los ejemplares de Barcino parecen sugerir asimismo en el nordeste de Hispania una situación diferente al modelo norteafri cano en lo que respecta a la relación entre tipo de material y manufactura y a la disociación entre elementos locales e importados.
Se mantiene no obstante, por lo menos a falta de testimonios en contra, la restricción de la presencia oriental a las ciudades costeras.
Por otra parte, la diferencia de los tipos registrados en Tarraco y en Barcino permite asegurar la presencia de talleres o grupos de talleres orientales netamente independientes en ambas ciudades.
No hay indicio alguno de evolución o transferencia dentro de la región en ningún sentido.
A pesar de que la escasez de elementos conservados impide observaciones más precisas, puede proponerse un modelo general de multiplicidad de talleres, incluso de procedencia de los mismos, más que de expansión a partir de un solo centro.
Esta multiplicidad puede existir asimismo dentro de una misma ciudad -Tarraco con mayor probabilidad-pero la documentación no permite comprobarlo.
A partir de lo observado sobre el capitel corintio de Barcino, las posibilidades de origen no deben circunscribirse necesariamente a Asia Menor -<¡ue sigue siendo no obstante el centro por excelencia sino que pueden extenderse a Siria.
Por último, la ausencia de elementos arquitectónicos de mármol conservados en Barcino, en contraste con la profusión tarraconense y la situación de las manufacturas observada en esta ciudad, constituye 59 Heilmeyer, p.
En cualquier caso. la presencia, multiplicidad y extensión de los talleres asiáticos parece fuera de duda.
Los ejemplares analizados, pues, constituyen testimonios que añadir en la interpretación del fenómeno de expansión de los talleres rninorasiáticos a partir de la segunda mitad del siglo 11.
En síntesis, a través del material tarraconense y a partir de unas condiciones iniciales de continuidad del flujo de importación desde la época julioclaudia, puede comprobarse que esta dinámica tiene lugar a partir de la segunda mitad del siglo 11, o todo lo más de la época de Adriano. y no anteriormente, y supone un cambio en el esq ue ma de relaciones.
No puede deducirse con exactitud, a partir del material conservado, si el nuevo sistema sustituye al aprovisionamiento desde Roma o se superpone al mismo.
En todo caso parece perfilarse que la dinámica inicial se prolonga hasta la época de Adriano y que es en ésta cuando tiene lugar en todo caso la transformación de las coordenadas, que se compagina con Ja organización simultánea de todo un sistema de importación de revestimientos y piezas de tamaño menor dentro del proceso general de divulgación de las aplicaciones marmóreas.
Barcino, que hasta entonces había desarrollado su decoración arquitectónica dentro de las corrie ntes provi nciales occidentales, se agrega al nuevo sistema probablemente en re lación con el auge que experimenta su vida urbana en el siglo 11.
En cualquiera de Jos supuestos, s uperposición o sustitución, es posible una función inicial de Roma como intermediario a través de los talleres minorasiáticos que instalan en la Urbe, lo que concordaría con las premisas. de una evolución sin rupturas de la tradición tarraconense.
Sin embargo, el proceso de la importación de mánnol en África proporciona una posibilidad, ya sea alternativa o s ubsiguiente, tanto de configuración como de vía de transmisión del sistema.
El material de los capite les de Barcino, por su parte. atestigua de manera inequívoca la existencia de talleres asiáticos que trabajan en e l NE hispano.
Ahora bien. la escasez de ejemplares y la neta disociación de los conjuntos impiden comprobar el carácter de estos ta lleres, es decir, si se trata de establecimientos fijos según el mode lo romano, itinerantes según e l atestiguado en África, o siguen otro sistema.
En c uanto a la evolución posterior, e l capitel jónico de la plaza de la Catedral de Barcelona puede constituir, salvando las condiciones de aplicación, el único testimonio probable de l trabajo de estos talleres durante e l siglo 111 en un contexto que contrasta con la importac ión de capite les corintizantes elaborados o con la evolución en coordenadas locales que se observa en Tarram.
Por último, si se acepta la identificación del capitel procedente de la zona del foro de la c iudad baja de Tarraco como corintio asiático, viene a indicar, de nuevo e n un ámbito de arquitectura monumental pública, una prolongación y conclusión del ciclo homóloga a la observada en las demás regiones occidentales, es decir, mediante un nuevo paso a la importación, esta vez segura, de ejemplares e laborados 111 • 6 1 Este trabajo se entregó para su publicación en julio de 1990.
Con posterioridad a esa fecha han aparecido diversos estudios cuyo contenido puede relacionarse con los argumentos aquí expuestos y que pueden completar. por tanto, la documentación bibliográfica.
En primer lugar cabe mencionar nuestra propia tesis doctoral, Gimeno, J., Estudios de arquitectura y urbanismo en las ciudades romanas del Nordeste de Hispania, Madrid, 1991, que recoge y documenta la mayoría de las piezas arquitectónicas de Barcino y Tarraco utilizadas aquí como referencia, bajo los números 36-40, 161-162.
Las referencias de otros centros y regiones pueden incrementarse con algún ejemplar recogido por Chiner, P., la decoración arqui- tectónica en Saguntum, Valencia, 1990.
Es interesante asimismo, como documentación regional de de- Las medidas se dan en cm. Abreviaturas: MNAT = Museo Nacional Arqueológico de Tarragona; MDT = = Museo Diocesano de Tarragona; Referencias: Catálogo = Hemández Sanahuja, B. Del Arco, A., Catálogo del Museo Arqueológico de Tarragona, Tarragona 1894; Recasens = Recasens, M., Los capiteles romanos del Museu Nacional Arqueologicde Tarragona, BA 1979, pp. 43-144; Serra Vilaro, AEA 76, 1949= Serra Vilaro, J. La muralla romana de Tarragona, AEA 76, 1949, pp. 221-236. (*) La descripción de Catálogo 234 no parece corresponder a una voluta.
Mantenemos no obstante la identificación de Recasens. |
con conjuntos arqueológicos similares de las costas inglesas, galesas y aquitanas.
Estos hallazgos confirman la importancia de Gijón dentro de la red comercial atlántica • en el período tardoantiguo.
A. USCATESCU BARRÓN AEspA.
65.1992 En primer lugar el lote cerámico gijonés lo compone un importante conjunto procedente del norte de África: las denominadas terras si}?illatas africanas D. En segundo lugar, una serie de importaciones orientales, reducidas a la terra sif!.i /lata focense tardía y a la denominada ánfora rardorromww tipo J de Cartago procedente de la zona de Antioquía.
En tercer lugar, un abundante grupo de terras sigillatas f!,rises gálicas tardías. procedentes del litoral atlántico francés.
Y. por último. un pequeño grupo de cerámicas que se podrían denominar como imitaciones regionales de las terras sigil/atas grises gálicas tardías, de origen incierto 1 •
Procedencia de las piezas
En el presente estudio se analizan un total de 49 piezas cerámicas halladas en el yacimiento urbano de Cimadevilla (Gijón).
En este barrio antiguo de la ciudad se han localizado restos de estructuras correspondientes a una muralla tardorromana, a unas termas (siglos II-IV d.C.) y a un establecimiento dedicado a la explotación pesquera que funcionó entre los siglos 111 y IV /V d.C.
Los ejemplares cerámicos objeto de nuestro estudio proceden en su gran mayoría de las Termas del Campo Yaldés (Sector E).
Estas fueron excavadas parcialmente en 1903 por el erudito local C. Alvargonzález.
Desde 1990 se han llevado a cabo trabajos de recuperación y exhumación de las ruinas antiguas, así como la excavación sistemática de nuevas zonas por parte de C. Femández Ochoa y P. García Díaz.
Dentro del sector E excavado en las Termas (fig. 1 ), concretamente en las denominadas cuadrículas Z-4 y Z-8 correspondientes a uno de los hypocausta del edificio termal, se localizó un importante depósito arqueológico, de aproximadamente unos 1,20 m. de potencia, perteneciente a un «Horizonte» de finales del v d.C. primera mitad VI d.C. Dicho depósito se ubicaba sobre el suelo arrasado un hypocaustum y aparecía sellado, en su parte superior, por un estrato de época altomedieval.
En este depósito además de t.s.a., t.s.g.g.t. y ánforas orientales, se determinó la existencia de un importante grupo de cerámica común, de origen incierto, aunque probablemente regional, que será objeto de análisis en ulteriores publicaciones.
Otro grupo de hallazgos cerámicos (n.o cat.
4, 5, 16, 23, 27 y 34) de estas termas, lamentablemente carece de contexto arqueológico, ya que provienen bien de niveles superficiales y alterados o bien de las antiguas excavaciones de 1903.
Por último tres fragmentos (n.o cat.
1, 2 y 25) procedentes de las distintas catas efectuadas en la muralla tardorromana (Sectores B y C) y sin contexto definido.
Estudios peninsulares antiguos y recientes
Las primeras investigaciones sobre las importaciones de este tipo de t.s. se remontan a inicios de este siglo.
Concretamente Ja primera descripción fue publicada por L. Siret ( 1906, -Área excavada de Cimadevilla con la muralla y las tennas y detalle de las tennas de Campo Valdés.
Este investigador intuyó un dato interesante sobre el posible origen de unos platos decorados hallados en las excavaciones del cerro de Montroy (Villaricos.
Importantes también fueron los estudios sobre las t.s.R.t. de M. Cazurro ( 1909-1910) y H. Zciss ( 1933), que se pueden considerar pioneros dentro de la investigación de esta variedad francesa de siRillala.
Por lo que respecta a las investigaciones peninsulares sobre estas cerám icas importadas de la ant igüedad tardía. durante un tiempo parece que el interés por estas piezas decae hasta que a finales de la década de los años cuarenta P. de Palol publicó su estudio sobre las cerámicas estampadas romano-cristianas halladas en la Península (Palo!, 1948).
Un problema que plantea este estudio pionero es que engloba distintos tipos de importaciones bajo una misma denom inación, tales como 1.s.a. o 1.S.f?.1.
Durante las décadas de los años cuarenta a los sesenta la investigac ión peninsular recibe un fuerte empuje tras la publicación de los distintos trabajos de N. Lamboglia ( 1941Lamboglia (, 1958Lamboglia (, 1963) ) sobre las, entonces, denominadas «terre sixilla1e chiare» y el de J. Rigoir ( 1968) sobre las «sixillées paléochrélienne.r grises et oran¡fées ».
En este período la investigación peninsular se enmarca dentro de la coriente latina, encabezada por N. Lamboglia.
Mientras que los investigadores anglosajones continuaron empleando los trabajos más significativos publicados al respecto hasta la fecha (Waage, 1933; Hayes, 1972).
No será hasta los años ochenta, como hemos indicado en otro lugar (A lonso y Fernández Ochoa, 1988, 353-354 ), sin duda influenciados por la publicación del Atlante del/e forme ceramiche I (VV.AA., 198 1) dirigido por A. Carandini, cuando los estudiosos españoles se intere- sen por esa misma obra y se comience a emplear la tabla tipológica de J. W. Hayes (1972Hayes ( y 1980)).
1972, J. W. Hayes acuñ6 e l término de African Red Slip Ware. q ue hacía referencia a su zona de producción. negando e l ori gen egipcio propuesto anterionnente (Waagé, 1933, 293 ).
Actualmente no hay ningún problema en aceptar la nomenclatura de t.s.a.. propuesta por la escuela de Carandini (VV.
La primera vez que se dieron a conocer este tipo de importaciones en Gijón fue a principios de siglo cuando C. Alvargonzález recogió una serie de piezas halladas en las excavac io nes de las Termas del Campo Valdés (fi gs.
Con esta denominación. este autor, englobó tanto a las t.s. hispánicas como a las africanas (Alvargonzález, 1965, 61 ).
En 1977 se publicó una revisión de las piezas cerámicas de las Termas intentando identificar correctamente los distintos tipos cerámicos dibujados por C. Alvargonzález (Maya.
El nuevo lote que aquí presentamos procede de las últimas excavaciones en la muralla de Gijón 4 y de los más recientes hallazgos, hasta la fecha inéditos, de las Termas del Campo Val dé s. Todas las t.s.a. localizadas en Gijón pe rtenecen a la producc ión D \ fabricada en las oficinas de Túnez septentrional (Hayes, 1977, 280), 1981, 14), que es sin duda el tipo más extendido por todo el Mediterráneo (Salomonson, 1968, 90).
Dentro del conjunto de Cimadevilla hemos hallado productos de distintas fases de estos alfares del norte de Túnez, en concreto de la producción 0 1, caracterizada por un engobe con poco brillo o casi mate y de la fase primera de la producc ión 0 2, versión algo más tosca, en general, y con un engobe más espeso (V V. AA..
J. L. Maya la consideró como una producc ión de t.s.a.
Pero esta identificación es difícil de confim1ar ya que sólo contamos con los magníficos dibujos de C. Alvargonzález y sus poco clarificadoras descripciones (Alvargonzález, 1965, 62).
Ante la imposibilidad de analizar directamente esta pieza siempre quedarán dudas sobre su verdadera adscripción a la producción Do a la C. En este último caso sería la única pieza del conjunto de Cimadevilla perteneciente a los alfares de la Bizacena.
Morfológicamente este borde de cuenco resulta problemático, parece similar a la forma 73A de Hayes ( 1972, fig. 2 1, 2), pero esta variedad se caracteriza por presentar el borde liso, sin ningún tipo de decoración (Hayes, 1972, 123) y en cambio la pieza n.
0 41 de nuestro inventario se caracteriza precisamente por la presencia de dos bandas paralelas impresas a ruedecilla.
En cambio, existe otra forma, la variante de la forma 70 de Hayes ( 1972, fig. 21, 9) que es similar y además presenta una decoración a ruedecilla en la parte superior externa del borde, tal y como muestra la pieza en estudio (fig. 17, 41 ).
En Els Prats de Rei (Barcelona) se halló una forma 73A, fabricada en C con decoración de ruedecilla en el borde (Járrega, J 991 b, 52, fig. 2, 5 ).
La cronología, como es lógico, dependerá de la clasificación tipológica de esta pieza.
La variante de la forma 70 de Hayes, sin embargo, tiene una cronología más antigua, fechándose desde finales del IV d.C. a inicios del v d.C. (Hayes, 1972, 119).
Ante la imposibilidad de revisión directa de esta forma y su identificación como producción C 4 o 0 1, debemos contentamos con situarla cronológicamente en el siglo v d.C. (Hayes, 1972, 140) o cuenco con listel (Caballero.
La primera pieza fue publicada por C. Alvargonzález ( 1965, Lám.
El nuevo ejemplar (fig. 11, 3) de las tennas pertenece al tipo D. producción que se fecha desde finales del va mediados del VI d.C. (YV.AA., 1981, 14).
La pieza de Gijón pertenecería a la primera fa se de la producción 0 1 (VV.
292), caracterizada por pastas finas y engobes lustrosos de colores rojo-anaranjado o naranja ladrillo.
Según J. W. Ha yes ( 1972, 144) sería una de las variantes más tardías de este tipo de cuencos.
Este autor la fechó, en un principio entre 530-600 d.C., cronología que también se mantuvo en el «Atlante del/e forme ceramiche l (VV.
Años más tarde Hayes reconoció que el inicio general de la fonna 91 debía situarse a finales del siglo IV d.C. (Hayes, 1976, 86).
El cambio de fechas fue producido por las subsiguientes investigaciones en Cartago, que modificaron la fecha inicial de esta forma.
La misión italiana advirtió que esta forma aparecía ya en contextos finales del siglo IV e inicios del v (Tortorella, 1982, 127).
La mayoría procedía de niveles anteriores a la construcción del muro de Teodosio II (400-425 d.C.).
• Figura 4.-Mapa de dispersión de la fonna 99 Hayes de Terra Sigil/ata Africana D. mientos norteafricanos ocurría lo mismo pues en Sitifis (Sétif, Argelia) aparecía antes del 400 d.C., y por tanto, estaba ya presente antes de la conquista vándala ( Hayes, 1977.
En las excavaciones de la Universidad de Michigan en Cartago aparecieron ejemplares tempranos de la variante 91 C Hayes en un depósito de finales del siglo IV d.C. (Hayes, 1976, 68, fig. 8, 10-11 ), por lo cual la fecha de 530 como inicio de la producción de esta variante, ya no se puede mantener.
Dichos ejemplares continúan apareciendo entre finales del siglo ve inicios del VI d.C. (Hayes, 1976, 54-56).
En la Península Ibérica es una de las formas de africanas mejor representadas (fig. 3) y parece hallarse en las costas españolas desde, por lo menos. mediados del siglo v d.C. En Valencia, la forma 91 Ces considerada como una de las series más tempranas de formas tardías (Reynolds, 1984, 480).
En Maians (Bergas, Barcelona) esta forma parece típica del siglo VI d.C. (Járrega.
Otros autores corrigen la cronología dada por Járrega a la pieza de Maians diciendo que el conjunto en el que se encuentra puede datarse entre el siglo IV d.C. y la primera mitad del siglo v d.C. (Daura y Pardo.
En Conímbriga, al parecer, no aparecen en niveles de mediados del siglo V d.C. (Delgado, Mayet y Mountihno.
En Belo es la sexta forma de la producción Den importancia.
En este yacimiento se empleó, para su datación, la propuesta por Hayes, aunque recortada por Fulford (Bourgeois y Mayet, 1991, 304 ).
La cronología de la forma 91 C de Hayes en la Península Ibérica, tras los nuevos datos estratigráficos que tenemos sobre la presencia de estos cuencos en distintos yacimientos del Mediterráneo, tiende a ser considerada como demasiado tardía.
Actualmente se pueden llevar algunos ejemplares peninsulares de la forma 91C Hayes a la segunda mitad del siglo v d.C. (Járrega, 1991 a, 62).
Las piezas de Gijón, no tan tempranas como los ejemplares de Cartago (Hayes, 1976, fig. 8, 10-11) pueden fecharse entre finales del siglo V d.C. y mediados del VI d.C. como parece desprenderse de las características de su manufactura, perteneciente al tipo 0 1 • e) Forma 99 Hayes Por su estado fragmentario no podemos adscribir esta pieza a ninguna de las variantes observadas por Hayes, ya que esta subdivisión se realizó por la relación existente entre la medida del diámetro del borde y del diámetro de la base (Hayes, 1972, 152), y la pieza de Gijón (fig. 11,4) es sólo un borde, por lo que pudo pertenecer tanto a un cuenco de la forma 99A como a uno de la 99B.
Este fragmento de cuenco pertenece a la producción 0 2, ya que presenta un engobe semilustroso y más grueso que la anterior producción 0 1 (que recuerda en cierto modo al de la A La cronología propuesta por J. W. Hayes ( 1972, 155) del 510 al 580 d.C. nuevamente se vio alterada con los descubrimientos de la misión de la Universidad de Michigan en la misma Cartago donde, en el depósito VII, se halló un plato de la forma 99A fechable, todo el conjunto, desde finales del siglo V a inicios del VI d.C. (Hayes, 1976, 87).
En cambio, las cronologías que tienen este tipo de piezas en la Península Ibérica se acercan bas1ante a la primera propuesta de J. W. Hayes.
Otros ejemplos son los del Llano del Olivar (Aljezares, Murcia), cerro del Fuerte (Rioja, Almería) (Caballero, 1974, 205), los de Villar de Zagrilla (Priego, Córdoba) (Vaquerizo, Murillo y Quesada, 1991, fig. 16) o la de la Alcazaba de Mérida en el tipo 0 2 (Vázquez, 1985, 61) fechados desde inicios del siglo VI d.C., aunque Vázquez ya apunta la posibilidad que pudo aparecer en el siglo V d.C.
Los ejemplos más tardíos son los de la ciudadela de Rosas, cuya cronología se sitúa bien entrado el siglo VI d.C. (Nolla-Brufau, 1984, 447), el de Roca Roja (Berga, Barcelona) del siglo VI d.C. (Daura y Pardo, 1991, 45) y los de Valencia de finales del siglo VI d.C. (Reynolds, 1984, 478).
Como vemos es una forma bien representada en la Península Ibérica (fig. 4 ).
La pieza de Gijón ostentaría una cronología general asignable al siglo VI d.C.
d) Forma l 04 Hayes, variante de Gijón
Estas dos piezas fueron objeto de un estudio monográfico anterior (Alonso y Femández Ochoa, 1988) y fue clasificada preliminarmente como la forma 104 A/B de Hayes (Alonso y Femández Ochoa, 1988, 339).
Nuevas investigaciones nos han llevado a profundizar en la clasificación anteriormente propuesta.
Si bien, su adscripción a la primera fase de la producción 0 2 fechada desde el siglo v d.C. a inicios del VI d.C. caracterizada por un engobe brillante y muy pulido (VV.
AA., 1981, 14) es correcta, su clasificación como forma 104 A/B Hayes puede matizarse6 • En el dibujo que aquí publicamos (fig. 1 O, 1) se muestra claramente su borde «escalonado» en el interior, que difícilmente se puede clasificar dentro de Jos estudios taxonómicos existentes (Hayes, 1972; VV.AA., 1981).
Morfológicamente debiera situarse entre la forma 104 Hayes, por el perfil de la pared y su pie, en general y, la forma 105 de Hayes, más próxima a la de Gijón, por su borde «escalonado».
Además, no siempre ha sido posible, en Belo, distinguir entre las tres variantes de la J 04 de Hayes.
En cuanto a la estampilla con crismón inscrito en un corazón y dos motivos en «S» a cada lado del crismón (fig. 18, 1) pertenece al estilo A(ii)/E(i) transicional de Hayes; estilo fechado de forma general entre el 450 y el 480 d.C. Se conocen estampillas similares en Istria (Rumanía) (Alonso y Femández Ochoa, t 988, 363), y en la Península Ibérica los tenemos en Lucentum (Reynolds, 1987, n.° 661) y en Belo (Ponsich, 1980, Lám.
Un motivo idéntico es el punzón que se empleó en el alfar de El Mahrine (Mackensen, 1985, Abb.
El punzón se fecharía en la segunda fase de este alfar, que es probable que iniciara ya la producción tipo 0 2, y que se fecharía entre el 460 y 480 d.C. (Mackensen, 1985, 32).
En Gijón tenemos una segunda pieza perteneciente también a la variante 104 (fig. 1 O, 2), que fue hallada durante las excavaciones de la muralla de Cimadevilla.
Este fragmento de borde resulta problemático; por su forma y características externas pertenece a la misma forma que el plato anterior, aunque es ligeramente diferente en algunos aspectos que habría que matizar: el engobe, aplicado en el interior y en el exterior del borde sólo llega hasta el exterior del borde inferior, no como el plato casi completo (fig. 1 O, 1 ), donde el engobe ocupa mayor espacio en el exterior y su diámetro y grosor general es algo mayor.
De ahí que se hayan considerado como dos piezas distintas.
En cuanto a la cronología, si la adscripción de estas piezas a la oficina de El Mahrine es cierta, debemos situarlas entre el 460 y el 480 d.C. e) Bases decoradas de Terra sigi llata africana D La primt! ra (fig. 17.
827; Járrega, 1991 a, 66-67), pero al carecer de la documentación gráfica de la sección de la base no podemos adjudicarla a ninguna de las variantes de Hayes y. por tanto. su cronología es también imprecisa: de finales del siglo V d.C. al siglo VI d.C., si n poder precisar nada más sobre esta pieza.
En el lote de Gijón, aparte de la estampill a del plato de la fonna 104 variante, de un crismón inscrito en un corazón analizado líneas arriba, ex iste otro motivo (fig. 11, 6) compuesto por un punzón, presumiblemente dispuesto en círculo en series repetitivas en el interior de un plato de t.s.a.
D r Este motivo definido como serie de tres círculos concéntricos con orla punteada ( «dotfringes») del estilo A(ii)/(iii) de Hayes, se fecha entre finales del siglo IV y mediados del VI d.C. (Hayes, 1972, 236, fig. 40, 32n). j) Difusión peninsular de las terras sigil latas africanas D Con los últimos hallazgos peninsulares (figs. 3, 4 y 5), incluidos los de Gijón, parece confirmarse la hipótesis que años atrás emitió J. Salomonson ( 1968, 90) sobre la difusión de la t.s.a.
D que resulta ser mucho más amplia de lo que se pensaba (fig. 2).
Cronológicamente la máxima difusión de la t.s.a. se da desde finales del siglo v d.C. a la primera mitad del siglo VI d.C. (Tortorella, 1986, 213).
Esta máxima difusión, según Tortorella coincide con una mayor variedad de formas, tras la reconquista de Justiniano del norte de África (Tortorella, 1986, 2 19).
Este panorama también se observa en la Península Ibérica, donde por ejemplo, la mayor parte de las piezas pertenecen a la D.
En la Península Ibérica y las Baleares la presencia de este tipo de importación está atestiguada a lo largo de todo el litoral mediterráneo, atlántico y cantábrico y, en menor medida, en el interior, a lo largo de las vías fluviales más importantes: Guadalquivir, Ebro, Duero y Tajo.
Lo que resulta muy significativo es la presencia de estas importaciones en el litoral Cantábrico, aunque no son muy abundantes.
Hasta ahora sólo se conocen las de Gijón y la problemática pieza de Flavióbriga (Castro Urdiales, Santander) que al parecer pertenece a la fonna 69 de Hayes 7 • Más al interior tenemos las piezas de lruña y Pamplona.
Según R. Járrega ( 1991 a, 92) es a finales del IV o principios del v d.C. cuando los productos africanos alcanzan el litoral can- 7 En la publicación de Flavióbriga, Solana ( 1977, 35-36) no expresa claramente la adscripción del plato a una producción africana.
Este autor dice literalmente: «S. tv-v: Disponemos de algunas piezas de este período.
Dos platos de terra sigillata que corresponden a /as formas Hispánica 49 e Hispánica 6.
El primero debe identificarse con la forma 69 de Hayes que data del segundo cuarto de siglo V».
En este párrafo, confuso por el empleo de dos tipologías, una para producciones hispánicas y otras para africanas, el plato en cuestión jamás aparece mencionado como una producción africana y sí, en cambio, como forma hispánica.
La descripción de Mañanes ( 1980, 231) de ese plato «... cuya forma oscila entre la Hispana 49 y la Hayes 59:y la T.SH. tardía de Palo/», nos hace pensar que quizá se trate de una producción hispánica y no una importación africana. tábrico y continúan imponándose durante la segunda mitad del v y primera mitad del VI d.C., dato que se confi nna claramente con los ejemplares de Gijón.
Terra Sigillata focense tardía
La nome nclatura de este tipo de producciones resulta problemática y polémica.
En los primeros momentos fue conocida en oriente como «Late Ronw11 C Ware », término acuñado por F. O. Waagé ( 1933, 279).
Este mismo autor le cambió e l nombre al hallarse e l alfar productor de estas cerámicas en Focea, localidad turca situada entre Esmirna y la anti gua Pérgamo, proponiendo el nombre de «Phocaean Red Slip Ware » (Hayes, 1980, 525). que es el nombre más extendido.
Aunque también se la denominó t.s. de Asia menor o de Co11stanti11ópo/is (VV.
Los autores españoles y ponugueses han empleado directamente el ténnino inglés, tanto e l de «Late Roman C » (Méndez Oniz, 1983-83) Se trata de una producción tardía bastante homogénea en cuanto a formas se refiere, pero con una calidad variable con bastantes altibajos en el aspecto exterior 9 • Su origen, por el hallazgo de restos de alfares junto con análisis ceramológicos, se sitúa actualmente en Focea (Mayet y Picón, 1986, 133) y un segundo alfar, subsidiario, en Grynion, localidad turca cercana a Pérgamo centro productor de menor difusión que Focea 1 o (Empereur y 8 Los anteriores ténninos eran confusos y podían dar pie a errores.
Por ejemplo la denominación de «Late Roman C» podía confundirse con una producción antecesora de aquella, la denominada «Eastern sigillata C» o sigillata de (;andarli.
Por ello no se debe omitir en su denominación el adjetivo de «tardía» o «tardorromana», para evitar este tipo de confusión.
9 Estas diferencias en las calidades de los engobes y acabados de la t.sft. pudo comprobarse personalmente por una de las autoras en un lote de cerámicas de Gerasa (Jarash, Jordania).
Picón, 1986, 143), donde estas cerámicas se relacionan con sus antecesoras t.s. de <;andarli o t.s. oriental e 11 • Las t.sft. se caracterizan por un repertorio morfológico bastante reducido, unas diez formas. descritas por J. W. Hayes, que además son muy sim i1'ares entre s í.
En todos los casos son cuencos más o menos abiertos, por lo q ue una de las características de esta producción, h.asta la fecha, es la ausencia de los grandes platos abiertos y la a usencia de formas cerradas.
Las distintas formas diferenc iadas por Hayes se basan en e l aspecto de bordes, ya que e l resto de la pieza (pared, pie) es bastante similar.
Las pastas son de granulometría fina, aunque a veces se observan pequeños desgrasantes; las partículas de cal son frecuentes.
En cambio, la mica es bastante rara.
La pasta normalmente está bien cocida y adquiere un matiz rojo-pardusco, granate o pardo.
La fractura es limpia y recta.
El engobe, que cubre toda la pieza, es fino, como una película y es cohesivo con la arcilla.
A veces es más espeso en e l interior del cuenco y en otras ocasiones adquiere un matiz metálico.
Según Las revisiones de anliguos trabajos, como el de L. Siret ( 1906, Lám.
3 y 4) mos-1raron la existencia de.> es1e tipo de hallazgos en la costa mediterránea.
La mayoría de las piezas de excavaciones untiguas se englobaron erróneamente dentro de las r.s.a.. caso de las del cerro de Montroy (Villaricos.
Recientes hallazgos han venido a completar el panorama de la difusión de la t.sj.r., como los de Cartagcna, pertenecientes todos ellos a la forma 3, en concreto, la mayoría a la variante E de Hayes (Méndez Ortiz, 1983-84, 155; Méndez Ortiz, 1988, 144), los de Cártama (Málaga) (Serrano y Luque, 1980, fig. 17), los de Punta de!'Arenal (Jávea, Alicante) con un ejemplar de la forma 3E, fechado entre finales del siglo ve inicios del VI d.C. (Bolufer, 1988, 43), los de Lucentum (Reynolds, 1987.
109) donde la fonna 3E de Hayes se fecha desde fina les del siglo v a inicios del VI d.C., los de Rosas (Nolla-Brufau, 1984, 446) que fueron objeto de un estudio pormenorizado por parte de F. J. Nieto ( 1984) el cual incluyó todos los hallazgos conocidos hasta la fecha en la Península Ibérica, estudio completado por R. Járrega (1991a, 84-86) Paz ( 1991,223) donde se incluyen además los hallazgos de Caesaraugusta.
Más recientemente se han publicado los ejemplares de Belo, donde la forma 3 también es la predominante dentro de las importaciones focenses, y en concreto la fonna 3E se fecha desde finales del va inicios del VI d.C. siguiendo la cronología de Hayes (Bourgeois y Mayet, 1991, 374-375).
Pero realmente los ha llazgos que resultan más s ignificativos para explicar la presencia de la 1.sf1. en G ijón, son las piezas gallegas y portuguesas, y. en último término, las documentadas e n las Islas Británicas e Irlanda.
Uno de los conjuntos más importantes es el de Conímbriga (Delgado, Mayet y Mo untinho.
1975, 285-288) donde este tipo aparece fechado ya en los ni veles de destrucción de mediados del V d.C. re lac ionado con la conquista sueva y donde además la forma predominante es la Hayes 3 14 • También están presentes cerámicas de este tipo e n Braga y Tróia de Setúbal (Pereira Maia, 1977, 300).
Este panorama portug ués ha sido completado por Pereira Maia ( 1977) con nuevos hallazgos en la costa me ridional portug uesa en e l castro de Cacem (Sintra) con un borde de la forma 3C, en Ciudade das Rosas (Serpa), Horta de Dona María (Serpa), cerro da Vita, Loulé Velho y Marím (Pereira Maia, 1977, 301-302).
Los ejemplares gallegos, a unque escasos, se localizan en La Coruña, donde está documentada la forma 3 de Hayes (Naveiro, 1991, fig. 8, 11 ), la pieza del campamento de Cidadela, la de Falperra (Naveiro, 1991, 46) y el hallazgo de Noville (Murgados) correspondiente a la forma 6 de Hayes (Naveiro, 1991, 46; Pérez Losada, 1991, 91 ).
Importantes son los hallazgos más septentrio nales, hasta ahora conocidos, y relacionados con un comercio marítimo.
La pieza de 1.sf1. irlandesa de Garranes (O'Riordan, 1942, 132, fig. 23, 249) se relacionó desde el primer momento de su descubrim iento con otro hallazgo británico en Tintagel.
El primer ha llazgo que fue relacionado con una importación oriental fue e l galés de Dinas Powys (Alcock, 1964, 105-106), su descubridor señaló su similitud con otras cerámicas orientales del ágora de Atenas, Constantinópolis, Tarsus, Antioquía, Dura Europos, etc. Además la t.sft. de Dinas Powys fue correctamente fechada después del 425 d.C. A estos hallazgos hemos de añadir los recogidos por J. W. Hayes (1972, 422) de Tintagel y Congresbury.
Ejemplares a los que se s uma e l de Burdeos, en el litoral atlántico francés (Mayet y Picón, 1986, 130).
En cuanto a los hallazgos peninsulares atlánticos y cantábricos se observa que c ubren toda la vía marítima desde e l Mediterráneo hasta las Islas Británicas, Irlanda y litoral atlántico francés.
Se confirma así la teoría emitida por J. W. Ha yes, que aseguraba que la presencia de las cerámicas focenses e n el sur de Irlanda y Gran Bretaña se debía a la llegada directa por mar desde el Medite rráneo, tesis que fue apoyada por otros investigadores (Mayet y Picón,l 986,130).
En lo referente a las cronologías, al contrario de lo que ocurre con algunas de las t.s.a., parecen confirmarse las propuestas por Hayes y, su presencia en la Península Ibérica se produce desde mediados del siglo v d.C. a mediados del siglo VI d.C., tal y como se confirma en Iatrus (Moesia, Bulgaria), donde se presenta una de las mejores seriaciones cronológicas de la forma 3 de Hayes (Mackensen, 1991 ).
En otros puntos del Mediterráneo, como en Cartago (Hayes, 1978, 73) también aparecen desde mediados del siglo v d.C. a inicios del siglo VI d.C. (Hayes, 1985, 40).
En consecuencia, parece que su comercializació n en Cartago no se vio afectada por la conquista vándala del norte de África.
Algunos autores han yuerido relacionar el auge de la presencia de las t.sft. en occidente con la conquista vándala de Cartago que produciría el consiguiente descenso en la exportación de las r.s.a.
Esta hipótesis no parece confinnarse en el caso peninsular.
Por ello la presencia de estas importaciones debemos relacionarla con la importación de otros productos. corno los alimenticios, de los cuales tan sólo nos han llegado los restos anfóricos relacionados con el auge productivo de la zona oriental.
Justo desde finales del IV hasta por lo menos el siglo VI d.C. se eleva el índice productivo de la agricultura de la zona microasiática.
Según Tortorella cualquier testimonio de t.s.a.
D asociada a r.sj.r. y ánforas orientales indica las relaciones comerciales directas con Constantinópolis (Tortorella, 1986, 220).
Terra sigillata gris gálica tardía
a) Nomenclatura de las producciones gálicas tardías La nomenclatura de estas producciones resulta un aspecto muy conflictivo.
Desde la primera vez que se identificaron estas cerámicas y hasta estos últimos años han sido numerosas las denominaciones por las que han sido conocidas.
A principios de este siglo fueron publicadas con el adjetivo de «Visigodas» por J. Déchelette (Déchelette, 1904; Rigoir, 1968, 177), ténnino que fue desechado por J. Rigoir, ya que esta producción, cronológicamente, se situaba por lo menos cuarto de siglo antes de la llegada de los visigodos.
Cazurro ( 1909Cazurro ( -1910) ) optó por esta misma denominación para los hallazgos peninsulares.
Un término más general, pero también vago es el adoptado por H. Zeiss ( 1933) de cerámicas de Ja antigüedad tardía («spiitantiken Keramik»).
Años más tarde se impuso Ja denominación de «c, erámica estampada» que supuso aún mayores problemas, ya que englobaba no sólo a las producciones gálicas tardías, sino también a las africanas (Palol, 1948, 466-468).
Desde finales de la década de los años sesenta y tras la publicación del trabajo de carácter tipológico de J. Rigoir ( 1968) estas cerámicas son conocidas con el nombre de t.s. paleocristianas grises y anaranjadas.
Uno de los mayores problemas que afectan a estas producciones en España, reside en el hecho de que han sido estudiadas por su decoración estampada y no por su origen; como ya hemos indicado bajo la denominación de «estampadas» romano-cristianas (Palo!, 1948) se incluyó tanto las producciones gálicas como las africanas y las hispánicas.
Con la designación de «cerámica tardorromana-visigoda anaranjada y gris con decoración estampada» (Mañanes, 1980) ocurrió algo similar; aunque en esta última obra se desglosan las producciones africanas (Mañanes.
L. Caballero ( 1972) mantuvo la denominación francesa llamando a estas producciones «sigillata gris anaranjada paleocristiana», y siguiendo a Rigoir hace claras referencias a los alfares gálicos.
El panorama de la nomenclatura se complicó algo más cuando J. e Y. Rigoir ( 1971) rebautizaron sus producciones paleocristianas fabricadas en la Galia y las llamaron «dérivées des sigi-/lées paléochrétiennes».
Este nuevo nombre hizo que se complicasen aún más las cosas, ya que por ejempfo L. Caballero por su parte decidió mantener la denominación original de los autores franceses: Por último cabría mencionar la postura adoptada por F. Mayet ( 1984, 268); esta in- vestigadora, optó por denominar a estas producciones como si¡:illatas tardías de Galia, que es la que nosotros adoptamos en este trabajo por parecernos la más adecuada, aunque queda claro que estas producciones no son sif? illatas propiamente dichas (Rigoir, 1968, 179) y que este término se acepta de forma convencional, como en el caso de las africanas, focenses o chipriotas.
Por contra, pensamos que el término de estampada debe desecharse.
Como hemos visto, conlleva numerosos problemas, ya que engloba a distintas cerámicas contemporáneas fabricadas en diversos centros productores, como las t.s.a., las t.s. hispánicas tardías decoradas con estampilla junto con las gálicas propiamente dichas.
Además la denominación de estampada resulta equívoca, como señaló J. Rigoir ( 1968, 179) los términos de sigillata y estampada son etimológicamente equivalentes.
Por otro lado, esta cerámica tardía no sólo se decora con estampillas, sino que también aparece adornada con ruedecilla e incluso existen formas lisas.
El término de derivadas propuesto por J. e Y. Rigoir en el caso peninsular resulta confuso.
En concreto, en la zona que aquí estudiamos existen una serie de producciones hispánicas que ya se han denominado de imitación de paleocristianas (Carrocera y Requejo, 1989, 16).
El adjetivo de Paleocristianas, que aunque para L. Caballero ( 1972, 205) resulte más aceptable que el de visigodas, es demasiado concreto y puede resultar equívoco, como señala F. Mayet ( 1984,268).
Hace referencia a unos tipos de estampillas muy concretos, de carácter cristiano (Bolufer, 1988, 42) y el repertorio iconográfico-decorativo de estas cerámicas no sólo se reduce a estampillas cristianas.
parece más correcto hablar de terras sigillatas gálicas tardías, tal y como propuso F. Mayct ( 1984,268).
hJ Características y centros de producción de la terra sigi llata gris gálica tardía J. Rigoir ( 1968, 181 -183) estableció tres centros de producción 15:
Grupo Narbonense o del Languedoc.
Grupo Atlántico con centro en Burdeos.
Al último grupo, atlántico, es al que pertenecen las piezas de Gijón.
Este grupo se caracteriza por tener la producción más homogénea de todas las gálicas tardías, a unque en cuanto a formas, su repertorio es limitado.
Las pastas están compuestas por unas arcillas finas, casi sin desgrasantes a simple vista, aunque a veces tienen inclusiones de pirita, calcita o cuarzo (Rigoir y Meffre, 1973.
207), no se puede decir que sean homogéneas ya que las pastas suelen variar en su aspecto ligeramente.
El engobe suele ser brillante, de tonalidad oscura, generalmente bien adherido a la pasta y adquiere un tacto jabonoso por pulido (Rigoir, 1968, 185).
La cocción del taller atlántico es predominantemente reductora y casi no hay producciones anaranjadas (Rigoir, 1968, 182, Mapa 4).
Las formas atlánticas son menos variadas que las de las producciones del Languedoc o la Provenza, suelen presentar perfiles más pesados o gruesos que aquéllas.
Todas se realizan a tomo.
En cuanto a la decoración podemos decir que la dominante, con respecto a las otras dos producciones francesas, es la impresa a ruedecilla.
Las estampillas también están presentes, sobre todo las de carácter cristiano.
J. Rigoir ( 1968, 185) señaló en su día la marcada intención religiosa de las estampillas atlánticas.
Tienen un trazo curvilíneo.
Uno de los punzones más representativos es el de un cérvido, de tamaño mayor que los ciervos narbonenses o provenzales, y suele ir acompañado por otros motivos: palmas, cruces, estrellas, soles y otros animales, incluso esquemáticas representaciones humanas.
La cronología de toda la producción gálica tardía es bastante imprecisa, aunque parece que los talleres atlánticos son algo más tardíos.
La fecha más antigua de toda la producción es la primera mitad del siglo IV d.C. cuando aparecen en el Languedoc (Caballero, 1972, 206; Mayet, 1984; Palol, 1948, 459; Rigoir, 1968, 187) y las piezas más tardías aparecen asociadas a enterramientos merovingios del siglo VII d.C. La fecha de inicio de esta producción se fijó en el siglo IV d.C. porque muchas de estas cerámicas aparecían asociadas a monedas del siglo IV d.C. La asociación de estas cerámicas a las pequeñas monedas del IV d.C. resulta problemática, ya que estos bronces (AE3 y AE4) se pueden fechar sin ningún problema en el siglo V d.C. (Mayet, 1984, 268) tal y como ocurre en Cartago (Ha yes, 1977, 280).
Para la datación de las t.s.g.g.t.
J. Rigoir empleó el modelo estratigráfico del op pidum de Saint-Bl aise (bocas del Ródano).
En este yac imiento las 1.s.¡u:.1. aparecían junto con otras producciones como /11ce111es. t.s. claras B y las t.s.a.
D. Las hi pótesis de J. Rigoir se basaron en la observación de l paulatino aumento de las t.s.g.t. con respecto a las otras producciones en los disti ntos ni ve les anal izados (Rigoir, 1968, 190-19 1 ).
En España parece que las piezas de los talleres del Languedoc y ProvcnLa se documentan en el valle del Ebro a mediados de la segunda m itad del s iglo IV d.C. (Paz.
Uno de los problemas que presenta el estudio de estas prod ucciones es que, al contrario de las formas de r.s.a., la tipología de las gálicas definid a po r Rigoir, por el momento, no tiene connotaciones cronológicas, es decir, que se trata simplemente de una c las ificación morfológica.
La dispers ión de la producción atl ántica es fundamentalmente francesa y se sitúa entre los valles del Loira y el Garona (Rigoir y Meffre, 1973, 207).
Fuera de esta zona sólo se documentan en el yacim iento galés de Dinas Powys.
e) Producc iones atlánticas en Gijón
El conjunto de Gijón resulta un hallazgo importante ya que, hasta la fecha, en la Peníns ul a Ibérica sólo se conocían las produccio nes gálicas de los talleres de l Languedoc y la Provenza francesa 16 • J. A. Paz ( 199 1.
En el fondeadero de cabo Higuer (Hondarribia, San Sebastián) se menciona la existencia de t.s.g.g.t. aunque no se determina la procedencia de las m ismas tal vez provengan del taller aquitano, dada la relación comercial existente e ntre esta costa española y Burdeos (Benito, 1988, 158-159).
Los productos atlánticos constituyen uno de los grupos mejor representados en el conjunto de las Termas de Cimadevilla.
En las excavaciones de principios de sig lo, C. Alvargonzález 17 d ibujó una pieza fácilmente identificable con los hallazgos que hemos realizado recientemente y que damos a conocer en el presente artíc ulo.
Con esta form a, que es una de las mejor representadas en el grupo atlántico, hemos identificado dos fragmentos (fi g.
12, 13-14 ); ambos están decorados en el borde con motivo impreso a ruedecilla, m otivo típico del re pertorio atlántico.
Ejempl ares similares se localizan en Burdeos (Rigoir y Meffre, 1973, PI.
17 C. Alvargonzález define esta producción como: «Fragmento de una wza de barro gris azulado, cu• hierro de un barniz negro muy similar a las de Faro.
En el Museo de Nápoles existen ejemplares de estos barros negros clasificados como "pasta /oc: ali" ».
En Murias de Paraxuga, en Asturias. hay un plato asociable a esta fonna, pero realizado en un alfar hispánico (Carrocera y Requejo.
1989, 27, fig. 1, 10) fechado entre finales del siglo IV y siglo v d.C. También hay ejemplares en Yillanueva de Azoague (Zamora) realizados en un posible alfar local (López y Regueras.
En la Península Ibérica esta forma fabricada en los talleres provenzales y languedocienses se fecha de manera general desde el último cuarto del siglo IV d.C. (Paz, 1991, 211 ).
En el vertedero de Tarragona, una pieza provenzal se data en el segundo cuarto del siglo v d.C. (VY.
Como nuestras piezas son las únicas que pertenecen a la producción atlántica, y ésta es algo más tardía que la languedociense o la provenzal, debemos recortar algo esta cronología y llevarla a mediados del v d.C. o inicios del VI d.C.
Este plato es, al parecer, una de las piezas que más se fabricó en los talleres atlánticos.
Según J. Rigoir se inspira en la fonna 9 de Lamboglia de t.s. clara B (Rigoir,l 968,202), producida en la Narbonense.
En Gijón están presentes las dos versiones que tiene esta forma.
Una lisa, conocida desde antiguo, ya que fue publicada por primera vez por C. Alvargonzález (1965, 59, Lám.
En Francia también hay paralelos de esta versión lisa, como los de Saint Bertrand de Comminges (Rigoir y Meffre, 1973, PI.
Existe una versión caracterizada por una o varias acanaladuras horizontales en el exterior de estos platos (fig. 13, 16).
De la versión con dos o varias acanaladuras en el exterior hay ejemplos franceses, como los de Burdeos (Rigoir y Meffre, 1973, PI.
En Asturias también se localiza una forma similar, aunque definida como t.s. hispánica tardía imitación paléocristiana (Carrocera y Requejo, 1989, 26), de Murias de Paraxuga (Carrocera y Requejo, 1989, fig. l, 10) Este cuenco carenado (Rigoir, 1968.
205) es la fonna mejor representada en Gijón, aunque en el taller atlántico no es tan abundante como las fonnas 1 y 4.
La fonna 16 es más frecuente en las producciones provenzal y narbonense (Rigoir y Meffre, 1973.
Al parecer es la forma más importada, ya que contamos con ejemplares en Gales, en el yacimiento de Dinas Powys.
Pero la mayoría de los paralelos de esta fonna son franceses. como los de Poitiers (Rigoir y Meffre.
La ruedecilla es el motivo más extendido en los cuencos de la forma 16, tal y como se comprueba con el lote de Gijón (figs. 13,[17][18][19].
Existe un motivo a ruedecilla (fig. 13, 18), que a pesar del mal estado de conservación en el que se encontró la pieza20 podemos decir que es similar al tercer tipo de ruedecilla observado por Rigoir y Meffre (1973, 244), definido como múltiples depresiones que no fueron producidas por una sóla ruedecilla (Rigoir y Meffre, 1973, fig. 11, 3699); resulta una técnica indeterminada, pero su existencia en Gijón viene a afirmar la hipótesis del directo aprovisionamiento de esta ciudad de los alfares del litoral atlántico francés.
Según J. Rigoir ( 1968, 207) esta forma deriva de las t.s. sud-¡:álicas (forma 37 Drag.) a través de la forma 2 de t.s. clara By la forma 2/37 de la lucente y es una de las formas más características de esta producción gálica tardía.
En Zaragoza, dentro de la producción languedociense se fecha en un nivel de finales del siglo V d.C. o principios del VI d.C. (Paz, 1991, 218).
En Gijón tenemos un pequeño fragmento (fig. 14, 20) que pudiera pertenecer a esta forma.
Es similar pero no igual a los publicados por Rigoir, por lo que esta clasificación no es de ningún modo segura y tiene para nosotros un carácter preliminar.
Bases decoradas de terra sigillata gris gálica tardía En primer lugar tenemos una base decorada con varios punzones (figs. 14, 26 y 18, 26).
Su decoración está compuesta por un motivo central formado por un ciervo, rodeado por series de palmetas y rosetas, todo ello dispuesto en el interior de la pieza y rodeado por un círculo impreso a ruedecilla.
El motivo central de cérvidos es muy corriente en la producción atlántica21 y sólo aparece esporádicamente en las otras producciones gálicas (Rigoir y Meffre, 1973, 248); suele aparecer asociado a otros motivos secundarios como ruedas, estrellas, etc., pero su significado es enigmático (Rigoir, 1981, 182).
Los punzones que rodean a esta estampilla central son una palmeta (Rigoir y Meffre, 1973, PI.
El resto son bases decoradas a ruedeci lla ( fi gs.
Incl uso hay un ejemplar que muestra restos de una estampill a ( fig. 15.
No tenemos muchos datos en Gijón para fechar estas formas de t.s.g.g.t., pero podrían situarse, al igual que las otras importaciones halladas en las Termas del Campo Yaldés en un ho-rilOnte <le finales del siglo v d.C. y primera mitad del VI d.C.
Imitaciones de rerras sigil/atas grises gálh•as tardías (talleres locales o regionales)
El estudio de este tipo de producciones está aún en sus inicios.
Caballero y Argente ( 1975,142) intuyeron la existencia de una imitación de la cerámica pa/eocristiana22 al documentar una serie de estampi llas que no coincidían con las clásicas publ icadas por Rigoir.
Se tienen noticias de la existencia de algunos talleres hispánicos c uyas formas y decoraciones recuerdan a las t.s.g.t., tanto en su versión g ris como anaranjada.
En concreto hay bastantes indicios en Yillanueva de Azoague (Zamora) para pensar e n una producción local influenciada por las r.s.g.g.r.
(López y Regueras, 1987, 138) y en Nájera (Garabito, 1983, 189) fechados e n los siglos IV y V d.C. En e l Cantábrico, tambi én se han localizado producciones de este tipo, aunque a diferencia de las zamoranas de Azoague, las formas abarcan platos y en mayor medida cuencos.
Estas producciones cantábricas se relacionan con las cerámicas tardorromanas de la Meseta y Noroeste peninsular y para E. Carrocera y O. Requejo ( 1989,16) son una manufactura de carácter local o regional que imitan o están influidas por los talleres gálicos contemporáneos, serían las producciones que L. Caballero denomina t.s. hispánica tardía de imitación paleocristiana.
El grupo de producciones de «imitación pafeocrisliana» asturiano que estudian Carrocera y Requejo (1 989) procede de los yacimientos de Murias de Be loño, Murias de Parax uga, Castro de Coaña y Castro de Pendi a.
Este grupo se caracterizaría por unas pastas finas y de buena calidad de color grisáceo, un engobe gris oscuro o negro, cocciones reductoras, y sus formas y decoraciones estarían influenciadas por los productos gálicos, fechándose de forma general desde finales de l IV d.C. y durante e l v d.C. (Carrocera y Requejo, 1989, 27).
Sin embargo, el lote de Gijón no se parece al definido por estos autores, ni por caracte rísticas de las pastas ni siquiera e n las formas.
Lo único que une las imitaciones de Gijón al resto de las imitaciones asturianas es su inspiración en ciertas formas de cerám icas importadas.
El grupo gijonés está fonnado por tres piezas perte necie ntes a una misma fo nna (figs. 16,[38][39][40].
La pasta de estos c uencos se podría considerar casi de l tipo común, aunque lo suficientemente distinta, por aspecto y acabado, de las c, erámicas comunes locales halladas en las excavaciones de las Termas, como para ser considerada como importación.
Carecen absolutamen-te de engobe y fue ron cocidas e n una atmósfera reductora irregular, tras Ja c ual adquirieron tonal idades grisáceas y e n ocasiones, en Ja superficie de las piezas, se observan zonas de color ocre.
Dos de los ejempl ares tienen decoración en e l borde, una muy simple, realizada con un punzón fino de sección cuadrangular (fig. 16, 39) y otra con series de «especie» de cruces (fi g.
16,38) sie mpre dispuestas e n Ja parte superior del borde.
De este último motivo de «cruz» o aspas cruzadas con un pequeño círculo central tenemos un punzón simi la r e n un cuenco anaranjado del castro de Monte Cildá (Olleros del Pi suerga, Palencia) (Bohigas y Ruiz, 1989, 42, figs. 5, 10 y 11 ).
La Pieza de Monte Cildá, fechada en el siglo v d.C. estaría relacionada con las denominadas t.s. de imitación gálicas tardías.
Se documenta un motivo semejante e n el alfar tardío de Nájera (Garabito, 1983, fig. 4 ).
En cuanto a la fonna, el prototipo de este c uenco de borde poligonal, e n estrella o «festonea-do» («sca/loped rim »), lo encontramos en la forma de t.s.a.
En la Península Ibérica está atestiguada la presencia de cuencos africanos de la forma 97 Hayes, en Mérida (Yázquez, 1985, 61 ), en Belo (Bourgeois y Mayet,199 1,305) y en Conímbriga, por ejemplo, donde aparecen los primeros ejemplares datados en la primera mitad del siglo v d.C. (Bourgeois y Mayet,199 1,306).
También e n las t.s.p,.f?.I. e ncontramos otro prototipo similar, en la forma 3b de Rigoir (Rigoir, 1968, 202) que está ausente de la producción atlántica.
Por tanto, nuestros ejem piares, de confirmarse su vinculación con las t.S.}:.p,.r.. deben relacionarse con los talleres languedocienses o provenzales.
Por el momento y ante los datos aportados aquí, debemos contentarnos con clasificar estos tres cuencos de borde poligonal de Gijón dentro de la gran familia de «imitaciones de 1.s.g.g.t.», sin que sepamos e l lugar de origen de estas producciones.
Su cronología, a modo de hipótesis debería de situarse entre los siglos v y primera mitad del VI d.C.
Ánforas orientales a) Nomenclatura
Este tipo de importación anfórica ha sido identificada e integrada dentro de diferentes tipologías locales e n distintos yacimientos durante los últimos veinte años.
Por ello creemos imprescindible indicar la serie de nomenclaturas con las cuales son conocidas estas producciones: Tipo Británico ii, tipo Ballana 6, ánfora tardorromana tipo 1 de Cartago («Carthage Late Roman Amphora J » ), Beltrán 82, Scorpan 88, Keay LIU (Keay, 1984, fig. 32), Yassi Ada 1, Clase 44 de Pea.cock y Williams (1986, 185) h) Origen y contenido La primera vez que se localizó este tipo de ánforas fue en Gran Bretaña, y Thomas ( 1959) pensó que su origen estaba en las islas griegas.
Otros investigadores, como Lang pusieron su origen en Chipre (Williams, 1982,!03).
J. W. Hayes y J. A. Riley propusieron, en un principio, una procedencia egipcia, concretamente en Memphis (Riley, 1976, 117).
Algunos autores basándose en hipótesis sobre el contenido de los recipientes pensaron que el norte de África sería la zona originaria de estas ánforas, pero tras los análisis de pastas que se realizaron, esta zona quedó descartada, pues los resultados de estos análisis apuntaban hacia una zona que tuviera abundancia de rocas ultrabásicas de origen volcánico (Williams, 1982, 103), concretamente, la zona de Antioquía.
Los resultados de los análisis de D. F. Williams ( 1982) de minerales pesados son bastante similares a los obtenidos en la Universidad Autónoma de Madrid y explicados en e l anexo de este mismo artículo (cfr. infra) 24 • Actualmente no hay ningún problema en admitir su origen en la región de Antioquía del Orontes (Fulford y Peacock, 1984, 200) o norte de Siria (Peacock y Williams, 1986, 187).
Aunque para otros autores, la variedad detectada en sus pastas sugiere más de un centro de producción (Keay, 1984, 271) 2s.
En cuanto a su contenido, si fue e l aceite, pudieron producirse en Antioquía entre inicios del siglo v y mediados del VII d.C. (Peacock y Williams, 1986, 187).
Ciertamente en La Bourse (Marsella) se observaron restos no oleaginosos en un ánfora de este tipo, pero en su versión más antigua (Bonifay, 1986, 300-30 1 ).
Para C. Panella su contenido aún está por determinar, pudo ser tanto vino como aceite (Panella, 1986, 270).
En Gijón no tenemos ninguna forma completa, tan sólo fragmentos de paredes, caracterizados por su perfil «escalonado» (fig. 11, 9) y fragmentos de asas (fig. 12,12).
Este ánfora se caracteriza por un cuerpo más o menos abolsado con un perfil «escalonado», base redondeada, cuello y hombros marcados y borde redondeado con una ligera carena en el labio exterior, y dos asas de sección oval con una o dos acanaladuras longitudinales que arran-
-Ánfora Tardorromana Tipo I de Cartago (12, asa).
En Cartago estas ánforas se encuentran documentadas e n e l período vándalo, es decir, en e l siglo v y principios del VI d.C. En este yacimiento las primeras ánforas aparecen en conjuntos pre-Teodosianos del 425 d.C., aunque su presencia aumenta en contextos del siglo VI d.C. (Rilcy, 1982, 116-1 18 ).
De forma general podemos fechar su aparición en e l norte de África en la primera mitad de l siglo v d.C., no sólo en Cártago, sino también en Uthica (Keay, 1984, 272).
En el Baptisterio de Albenga se documentaron en e l primer cuarto del siglo v d.C. (Keay, 1984, 272), así como en la Magna Mater donde también se fechan en el siglo v d.C. En Nápoles aparecen desde mediados del siglo v a final es del VI d.C. o incluso inicios de l VII d.C. (Panella, 1986, 270).
Las ánforas sardas son algo más modernas de mediados del siglo VI d.C., con los ejemplares de Porto Torres (Panella, 1986, 270).
En Malta también son del siglo VI d.C. como las de Tas Silq e n contextos fechados por fonnas tardías de r.s.a.
En la costa francesa están los ejemplares de La Bourse (Marsella), con dos versiones de este mismo ánfora, una temprana (Bonifay, 1986, 270) y otra más tardía.
De esta última se conocen otros ejemplares franceses de Saint-Blaise, Toulón y Saint-Raphael (Boni fay.
Según Keay ( 1984, 27 1) la primera aparición de este tipo de ánforas e n las costas peninsulares sería a finales del siglo V d.C. en e l c laustro de la catedral de Tarragona, ya que este tipo de cerám ica estaba ausente del cementerio paleocristiano de Tarragona fechado entre fin ales del IV y mediados del v d.C. El hallazgo del vertedero de la calle Vila-Romá de Tarragona corrige esta afirmación, y estas ánforas se pueden fechar si n problemas desde la primera mitad del siglo v d.C. e n Tarragona (VV.
En la villa de Can Bosc de Basea (Tarragona) se hallaron en contextos de finales del IV y mediados del v d.C. En Ampurias son del s iglo VI d.C. en general.
En Rosas se atestiguan en niveles fechados antes de mediados del VI d.C., al igual que en la villa de Vilauba (Camós) (Keay, 1984, 271).
En otros yacimientos donde existen estas ánforas se fechan de forma general e n el siglo VI d.C. o inicios del VII d.C. como las del fondeadero de cabo Hi guer (Hondarribia, San Sebastián) clasificadas como tipo Be ltrán 82 (Benito, 1988, 132), o en Cartagena (Roldán, López y Vidal, 199 1, 3 14, fig. 5, 1) datada como en Cataluña desde finales del siglo V hasta finales del VI d.C. La más antigua peninsular es la del vertedero de la c/ Duque de Cartagena, fechada en la segunda mitad del siglo VI d.C. e inicios del VII d.C. (Laiz y Berrocal, 1991, 336-337, Lám.
Los hallazgos más modernos de estas ánforas se encuentran en Tocra (Cirenaica) con ejemplares de mediados del siglo VII d.C. (Boardman y Hayes, 1973, 116-117) fora perdura en un tipo ta rdío, bastante semejante al de los s iglos v y VI d.C. y que se fecha, por su aparición en el depósito XXIII de las excavaciones de la Universidad de Michigan. en e l siglo Vil d.C. (Hayes, 1978b, 50, fig. 11, 2).
A pesar de estas pruebas arqueológicas Ful fo rd y Peacock piensan que estas ánforas en contextos del siglo VII d.C. deberían considerarse como piezas residuales (Fulford y Peacock.
Por último. y en general podemos decir, tras el hallazgo de Gijón26 y la identificación de las ánforas del fondeadero de cabo Higuer (San Sebastián) como ánforas importadas de la región de Antioquía. que el mapa de dispersión enunciado por distintos autores debe ampliarse (fig. 6), puesto que además tenemos noticia del hallazgo en las costas gallegas de otras ánforas orientales 27.
CONCLUSIONES La presencia de este tipo de importaciones en Gijón puede justificarse a través de dos tipos de vías de penetración: una claramente terrestre a partir de las costas tarraconenses, el valle del Ebro y la ruta transversal de la meseta hasta Asturica Augusta (Alonso y Femández Ochoa, 1988, 368).
Y otra netamente marítima fruto del mantenimiento de un tráfico regular a lo largo de las. costas atlánticas y cantábricas peninsulares.
Existen una serie de pruebas arqueológicas que nos inclinan a aceptar esta última hipótesis de penetración marítima en detrimento de la vía terrestre desde el Mediterráneo.
Estos indicios se concretan en tres yacimientos modélicos, como son el de Gijón (Asturias), Burdeos (Litoral atlántico francés) y Tintagel (Sur Islas Británicas).
En todos ellos convergen una serie de características: en primer lugar, su ubicación costera atlántica, en segundo lugar se comprueba cómo en estos yacimientos existen importaciones de idéntica procedencia (t.s.a., t.sft., t.s.g.g.t. y ánforas orientales), que cronológicamente responde al mismo momento histórico, y por último que probablemente fueron puntos (puertos de escala) de una misma red comercial atlántica.
Además de los yacimientos-modelo citados no se pueden olvidar los hallazgos de distintas importaciones mediterráneas que jalonan la costa atlántica galaico-lusitana (Naveiro, 1991 ), y que reforzarían esta hipótesis.
A medida que avanzan las investigaciones sobre los hallazgos romanos en la costa cantábrica se afianza la idea de la estrecha relación entre los materiales arqueológicos de la costa Aquitana, fas costas inglesas y galesas (Redde, 1979, 481) y la costa septentrional española.
Tal sería el caso de la zona de Oiasso (cabo Higuer) (Benito, 1988, 159) al que hemos de sumar el de Gijón tras los hallazgos de las producciones cerámicas aquitanas en este yacimiento.
En este sentí- do nos parece importante señalar que Gijón marca en la actualidad el punto más occidental de la presencia de la 1.s.g.1.. además este tipo cerámico está muy bien representado en Gijón, siendo claramente el mayoritario dentro de las importaciones, tal y como se muestra en la figura 8.
Por lo 4ue respecta a la configuración histórica de la ciudad de Gijón, las piezas que hemos estudiado manifiestan un hecho importante: la continuidad de la ocupación de la zona desde época romana hasta los primeros años de la dominación visigoda.
El hecho de que la ciudad se mantenga viva en el período tardoantiguo explica. en cierta medida, 4ue sea Gijón la fortaleza 4ue ocupe Munuza (durante unos pocos años) en los inicios de la Reconquista, tal y como lo refieren las c rónicas altomedievales.
Los musulmanes no ocuparían un universo arruinado, sino un lugar prot, egido y que había tenido alguna significación en época goda (Femández Ochoa, 1992).
RN,\ NOEZ OCHO A. P. GARCÍA DÍAZ. |
Se trata en este artículo de una posible producción de sigillatas hispánicas tardías en el sur de la península ibérica, que se propone denominar TSHTM.
Se considera su vinculación con las sigíllatas hispánicas y las norteafricanas y se estudia su dispersión geográfica.
Parte de estas cerámicas se conocían hasta ahora como sigillatas paleocristiana.\• de Cástulo y se relacionaban con las producciones tardías gálicas.
Dentro del mundo romano es de sobra conoc ida la di versidad de alfares de cerámicas finas o de vajilla que a lo largo del tiempo se han documentado.
En este sentido es cada vez mas común la localización de producciones de sigillata clásica en Hi spania y si nos centramos en la zona meridiona l el ejemplo queda perfectamente documentado 1 • Es lógico pensar en Ja continuidad de la tradición de esta actividad mas allá del siglo 11 d.
Referente a las producciones tardías de sigi llatas hispánicas, sistematizadas por Palol en 1974(Palol: Cortés, 1974), tenemos que decir que en los últimos años han tomado un gran auge las investigaciones sobre el tema, en especial debido a la cada vez mayor identificación de posibles producciones locales tardías.1.
Dentro de este apartado incluimos las que nosotros definimos como Terra Sigillata Hispánica Tardía Meridional (Orfila. en prensa) •i, cuya identificación en parte ha sido conocida hasta ahora bajo la denominación de sigillatas paleocris-1iana. \• de Cás111/o (Molina, 1975: Blázquez, 1979; Molina, Huertas, Ocaña, 1980) y que en este artículo analizamos ~.
Esta denominación se ha tomado de la propuesta hecha por Caballero en la que marcó una diferenciación entre dos posibles subproduccioncs tardías locales: «presencia de dos posibles subproducciones, una más meridional (Molina) tipificada por el burilado y otra más septentrional estampada (quizás intervienen en estas diferencias categorías cronológicas)» (Caballero, 1989, pág. 86).
Las sigillatas paleocristianas de Cástulo fueron relacionadas, como ya su denominación indica, con las sigil/ées paleochre1iennes que Rigoir publicó en 1968, utilizando en parte esa tipología gala para su catalogación ".
Algo aventurada es, a nuestro entender. esta asociación como ya hemos indicado anteriormente (Orfila, en prensa) en parte por la poca difusión de esas producciones galas en esta zona de la Península y por otra debido a que algunas formas con las que se relacionan tienen una difusión escasa en el Mediterráneo 7 • Consideramos que las piezas identificadas aquí como TSHTM tienen unas características comunes que nos permiten hablar de unas cerámicas finas de vajilla en un marco geográfico de localización básicamente en el sur de la península ibérica, con identidad propia, estando justificada su inclusión dentro de la familia de sigil/a1as por las propias formas de las piezas, que da pie a formular una tipología, y por su funcionalidad de vajilla K. En algunos casos se puede pensar en producciones de cerámicas comunes por la pérdida de parte de cali-•' Un buen ejemplo de ello lo tenemos en el número 111 del Boletín de Arqueología Medieval, monográfico sobre el tema, editado en 1989.
4 En la IV Reunión de Arqueología Cristiana celebrada en sep.-oct. de 1992 en Lisboa presentamos. a modo de introducción, estas producciones de sigillatas tardías meridionales, de hecho el propio título que propusimos retleja la provisionalidad de dicha comunicación: «¿ Producciones de sigillatas no c lásicas en la Bética?
Las llamadas Sigillatas Paleocristianas de Cástulo», provis ionalidad que también queda patente en este artículo tanto desde el punto de vista del número de formas identificadas, como de su cronología y dispersión geográfica.
5 Ya dedicamos en Lisboa (Orfila, en prensa) un apartado a la revisión del estudio de las cerámicas paleocristianas de Cástulo junto con sus tipologías, así como el realizado por Arteaga y Blech ( 1985) referentes a una serie de piezas que les parecían producciones locales imitando formas norteafricanas o hispánicas, halladas en la excavación de Cerro Maquiz, Jaén.
Añadimos aquí la también asociación a estas producciones citadas por Arteaga y Blech de parte de los materiales de Begastri publicados por Ramallo (1984) como cerámicas tardías, grupos dos, tres, cuatro y cinco.
7 Una mas completa información sobre este tema aparece en el apartado dedicado al estudio de cada una de las formas identificadas de TSHTM.
x Somos conscientes de que estas producciones se pueden alejar en algún aspecto de las sigillatas sensu stricto: no hay evidencias de la utilización del molde al fabricarse esta vajilla, ni la presencia de sellos que nos indiquen quién o quiénes fueron sus alfareros; o un proceso de fabricación oxidante tanto en el calentamiento y mantenimiento como en el proceso de enfriamiento.
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199 3 TERR,\ SICilLLATA lllSPÁNICA TARDÍA MERIDIONAL 127 dad de su engobe o barniz en relación a otras producciones. en especial a la TSHT.
Hay que añadir también la diferenc iación que se aprecia en su morfometría. como queda detallado más adelante al hablar de las características específicas de estas producciones.
Volviendo a la tipología de las TSHTM. diremos que la mayoría de las formas que hasta la actualidad hemos identificado las relacionamos con formas de las sigi llatas norteafricanas' 1, sin ser excluyente su asociación a otras producciones tardías, tanto hispánicas como de otros lugares; en este sentido ponemos como ejemplo la taza o bol identificado como forma número 2 de TSHTM y que relacionamos con la forma Drag.
37 de la TSHT. aunque la mayoría de estudios sobre producciones de s igi llatas hispánicas tardías asocian sus tipologías a las de las gá licas 111 • Otra diferenciación estaría, como ya Caball ero indicó, en su decoración.
Las producciones meridionales presentan una decoración burilada, salvo excepciones, mientras que en las septentriona les domina Ja impresa realizada mediante punzones (Caballero, 1989, pág. 86).
Buen ejemplo de estas últimas lo tenemos en las producciones localizadas en Salamanca (Cerrillo y Cerrillo, 1984/85 ), en Asturias (Carrocera y Rcquejo, 1989) o las procedentes de Cáceres, Madrid y Segovia (Caballero, 1989).
Refere nte a la primera decoración, la burilada, no podemos o lvidar lo frecuente que suele ser en las paredes finas, en la sigillata clásica, en las DSP gálicas, o en algunas piezas de producciones africanas, por poner algunos ejemplos.
Las características que macroscópicamente hemos podido aprec iar en estas producciones de TSHTM, como ya indicamos en Lisboa (Orfila, en prensa), son las siguientes:
Y Nos basamos en la documentación existente: están contabilizadas sigil latas africanas en yacimientos en donde hemos identificado TSHTM. diríamos que con un porcentaje mayor (de africanas) en las zonas costeras o de fácil acceso fluvial, y menor en zonas más interiores en donde aumenta la presencia de las sigillatas hispánicas tardías meridionales.
Al mismo tiempo se comprueba la pobreza cuantitativa en la presencia de Sigillatas Paleocristianas (Derivées de les Sigil lées Paleochretiennes) en esos mismos yacimientos.
Recordemos también en este sentido la producción de piezas con formas de tipologías norteafricanas en otros lugares desde algunos casos en las DSP Gálicas (Atlante 1, 1981. pág. 6). a las locales tardías datadas en los siglos 1v y v1 d.
C. de la zona de Rávcna ( Maioli, 1983, págs. 87 a 112), o las identificadas como «others late Roman slip wares» en la Schola Praecorum de Roma datadas en el siglo v1 d.
111 Es corriente asociar formas de las producciones locales tardías de sigillata hispán ica a producciones galas.
Larrén ( 1998, pág. 56), por poner un ejemplo, habla de la terra sigillata de imitación paleocristiana en su estudio de los materiales cerámicos de la Cabeza, Navasangil, Ávila.
Molina mismo, al comentar los análisis que efectuó sobre sigillatas paleocristianas de Cástulo, afirma: «Creemos que los resultados de estos análisis apoyan aún más nuestra idea de una fabricación local de la sigillata paleocristiana de Cástulo, proceso que se inicia a través de la imitación de Jos tipos fabricados en los centros de producción franceses, llegando a la creación de tipos y decoraciones originales propios de los alfares castulonenses» (Malina, 1975, pág. 1O13 ).
En este mismo sentido se inclina Caballero aunque indicando: «Sin que ello suponga, desde luego una renuncia total a la tradición «hispánica» y al sustrato de las claras D» (Caballero, 1989. pág. 86), es decir, a una posible asociación de algunas de estas producciones tardías a formas norteafricanas e hispánicas.
No nos extraña, en cierta medida, esta asociación mayoritariamente gala; no nos podemos olvidar que la presencia cada vez más acusada a partir de fines del siglo 1v d.
C. de producciones gálicas en Hispania, en especial en el ámbito mediterráneo con cerámicas de procedencia mayoritaria de la zona del Languedoc (ponemos como ejemplos el yacimiento de Vi la-romá, en Tarragona (T'EDA, 1989) y el de Sa Mesquida (Orfila, 1989) en Mallorca), documentándose también en la Península producciones de DSP atlánticas, en especial en el norte de Hispania (Femández Ochoa, C.; García, P; Uscatescu, A, 1992).
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
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199:l Pasta bastante depurada. de consistencia dura y compacta, escamosa, y con un aspecto parecido a las sigi llatas claras o hispán icas tardías, como se apunta en la publicación de Cerro Maquiz (Artcaga: Blech, 1985 pág. 170).
Presentan en algunas ocasiones partículas que pueden llegar a tener hasta varios milímetros de grosor: el color va entre anaranjado y roj izo, a ocre tirando a marrón y grisáceo. tonalidades que pueden presentarse a la vez sobre una misma pieza, lo que le confiere un aspecto no uniforme.
El barniz es mas bien mate y suele tener el mismo tono y coloración que la pasta; puede que en ocasiones tengamos que hablar de una especie de engobe más que de barniz, en otras ocasiones casi ha desaparecido el tratamiento externo de las piezas, que tanto puede ser por la mala ca lidad del mismo, como consecuencia de los procesos post-deposicionales que han sufrido las mismas.
En cuanto a la cocción, Malina ( 1975) y Blázquez ( 1979) indican que en estas producciones fue de tipo reductor lo que les proporciona el color grisáceo, pero los colores descritos más arriba nos dan a entender que estaríamos frente a una cocción final de tipo oxidante, apareciendo también en otras piezas una sección a modo de «Sandwich». con un color oscuro en el interior y anaranjado en los exteriores, es decir, utilización de un ambiente reductor durante el proceso de calentamiento y mantenimiento durante un período de tiempo del mismo, y un ambiente oxidante durante la post-cocción o enfriamiento del horno.
Estaríamos frente a un alejamiento del proceso de cocción de las sigillatas clásicas en donde se utiliza la atmósfera oxidante para ambos casos.
En estos mismos términos define Ramallo ( 1984) las características de las cerámicas tardías de Bcgastri, concretamente las pertenecientes a los grupos dos, tres, cuatro y cinco 11Conviene destacar lo marcado que quedan las estrías del torno, como si fueran un motivo de decoración, llegando incluso a poderse interpretar como si estuviesen realizadas mediante el mismo buril que se utiliza en la decoración incisa más abajo descrita.
Se suelen romper de manera laminar, casi nunca rectas, apareciendo en ocasiones unos desconchados, posiblemente producidos durante la cocción, en los que salta parte del barniz y de la pasta.
En algunos casos no tienen un acabado perfecto o depurado, presentando rugosidades en los bordes, carenas o bases. en este mismo sentido estaría la asimetría de algunas piezas, al no tener la misma altura de un lado a otro.
Generalmente la base de estas piezas o es plana o tiene un pie ligeramente diferenciado.
La decoración incisa burilada es una de las características que mejor diferencian estas producciones locales hispánicas de otras, repitiéndose triángulos, rombos o formas ovales u oblongas, tanto en horizontal como en vertical, formando franjas alrededor del borde, en el cuerpo (tanto en el interior como en el exterior), como sobre el fondo de las piezas.
Estos motivos se pueden presentar combinados sobre un mismo objeto, pudiendo aparecer el mismo motivo en diferentes tamaños.
Muy esporádicamente puede aparecer decoración impresa, como las que aquí presentarnos sobre una pieza de la forma 4 (fig. 4) a modo de círculos, y sobre otra de la forma 5 ( fig. 4) en la que aparecen unas palmetas.
En algunas ocasiones y en especial sobre los cuencos TSHTM l aparece, a modo de decoración, una franja de unos dos o tres centímetros de color ceniza sobre el borde exterior, que puede aparecer en otras formas, como la 9.
Las posibles diferencias de tipo regional que Molina, Huertas, Ocaña ( 1980) indican en cuanto a una mejor calidad de las producciones paleocrist ianas procedentes de Cástu lo en relación a las localizadas en la zona de Cerro del Cortijo del Molino del Tercio (Mora lcda de Zafayona, Granada), más al sur, no creemos se pueda sostener.
Piezas de diversas calidades se localizan indistintamente por todo el ámbito geográ fi co que abarca la dispersión hasta ahora conoc ida de las TSHTM.
No obstante no descartamos la posibilidad de la existencia de varios centros productores como parece comprobarse desde el punto de vista de una observación macroscópica. en cuanto a compónentes de las pastas y barnices de estas cerámicas, apreciándose este hecho sobre materiales procedentes de un mismo yacim iento.
Con los datos que hasta ahora tenemos podemos presentar un ámbito geográfico de dispersión de estas producciones básicamente interior, como se aprec ia en el mapa.
Se documenta una mayor intensidad de hallazgos e n las actuales provincias de Ciudad Real, Jaén, y Granada, parte de Almería y Mál aga, documentándose también en las de Cuenca, Córdoba, Murcia y puede que hasta la altura de Madrid 1 ~.
En el estud io de cada una de las formas de la tipología de TSHTM que presentamos aquí aparecen citados yacimientos en los cuales se han identifi cado las piezas de estas producciones Ll.
11 No hemos podido obtener información referente a la zona de Albacete, ni más hacia occidente como pue.de ser la provincia de Sevilla, zonas en las que no creemos errar al pensar en la posibilidad de la localización de piezas de estas producciones en futuras investigaciones, de hecho las piezas identificadas como «sigillé dite tripolitaine» en Belo (Bourgeois; Mayet, 1991, pág. 12) pueden ser producciones de este tipo.
Al mismo tiempo también queremos indicar las dudas que tenemos re ferente a la línea que pueda marcar la diferencia entre las producciones locales tardías de vajilla septentrionales de las meridionales, línea que seguramente podríamos mejor denominar como franja; no olvidemos la identificación de piezas de TSHT en el sur de la Península y la posibilidad de que puedan ir acompañadas de piezas de producciones locales septentrionales o viceversa; en este sentido consideramos que la variante de menor tamaño de la forma número 2 es más frecuente en yacimientos ubicados más al norte, como Oreto, Cancho del Confesionario o La Cabeza. de Navasangil, Ávila, publicados por Hortensia Larrén ( 1989) y relacionados por ella con las sigillatas paleocristianas de Cástulo, que en cierta manera ratifican el hecho de la localización de piezas más al norte, o de la asociación de formas en diferentes producciones de sigillatas tardías locales con formas de TSHT, así como de la utilización común de decoración burilada.
1.1 Queremos agradecer a todas las personas y entidades que nos han permitido consultar y utilizar datos obtenidos en sus investigaciones: A Lourdes Muñoz por Jos materiales de Ja v illa de Bruñel, Quesada, base de este artículo; al Instituto Arqueológico Alemán de Madrid por consultar los materiales de Cerro Maquiz; lnocencio Blanco por los materiales de las prospecciones de Granátula (Ciudad Real); Esteban Moreno y Carmen García Bueno, por los materiales de Alcázar de San Juan y Valdepeñas (Ciudad Real); Pablo Casado por los materiales de Martos e Higuera de Calatrava (Jaén); Concha Choclán por los materiales depositados en el Museo de Linares, procedentes de Cástulo (Jaén); Dimas Martín, üodes Camaliche y Esther Chávez por los materiales de la zona del Almanzora (Almería); Pedro Aguayo por la pieza de Acinipo (Ronda ); Rafael Hidalgo por Jos materiales de Cercadillas (Córdoba); Tomás Quesada y Encarna Motos por los materiales de la prospección de Jodar (Jaén).
A Francisco Contreras por las prospecciones de Sierra Morena y a Fernando Molina por las del proyecto Millares.
Esta dispersión de yacimientos puede dar pie a pensar que una cierta dificultad en el transporte para acceder hacia zonas más al interior de la Península de materiales de procedencia norteafricana. gálica u otras. y que sea esa la causa que origine una producción local de vajilla. aunque tampoco se pueden descartar causas comerciales. de encarecimiento del producto, cte. En Bruñe! o en niveles de Cerro Maquiz, por poner algún ejemplo, la presencia de TSHTM es casi única. aunque también se ha documentado TSHTM en yaci mientos como Las Pilas (Mojácar.
Almería), Córdoba o en Begastri (Cehegín.
Murcia) lugares en donde llega masivamente la producción de vajilla norteafricana.
Nosotros la consideramos como una Ritt.
8 (Orfila, en prensa).
Cuenco o bol de mediano tamaño de paredes redondeadas intuyéndose en algunas ocasiones una 1 igera carena con borde vuelto hacia el interior; alguna pieza puede presentar una inclinación hacia el exterior; labio redondeado o triangular, engrosado esporádicamente, que no suele diferenciarse.
La base puede ser cóncava o con un pie ligeramente diferenciado.
Presenta en muchas ocasiones una decoración burilada que puede presentarla en el borde como en el cuerpo y tanto en el interior como en el exterior, conjuntamente o en una de las partes mencionadas.
En otras ocasiones y a modo de decoración podemos encontrar una franja de color ceniza, de unos 2 o 3 centímetros de altura en el borde exterior de las piezas.
8 es frecuente en las producciones hispánicas tanto clásicas como tardías perdurando hasta el siglo 1v según Mezquiriz (Mezquíriz, 1985, pág. 146).
En la zona de Castilla-León, en concreto en Clúnia (Peñalba de Castro), esta forma llega a monopolizar las producciones de los siglos 11 y 111 (Tuset, 1991 ).
J. A. Paz documenta en la provincia de Zaragoza la forma Ritt.
8 en diversas variantes, llegando a medir un ejemplar de Turiaso, de un nivel del siglo 1v d.
En el teatro de Caesaraugusta se afilia una pieza de esta forma a los siglos v, v1 d.
C. (Paz, 1991, pág. 59) Provincia de Jaén: En Linares, yacimiento de Cástulo, además de las publicaciones en donde aparece caracterizada esta forma (Molina, 1975(Molina,, pág. 1005) y en especial materiales procedentes de la villa urbana del Olivar (Blázquez, 1979), citaremos los trabajos de Urruela que cataloga como paleocristianas las piezas núms.
2 y 7 de la fig. 3 Provincia de Cád iz: En Belo, la pieza identificada con el número 599 en la publicación de Bourgeois y Mayet ( 191 1, pág. 3 12 ), con decoración biselada y catalogada como una producción tripolitana, podría ser muy bien una forma de TSHTM.
Comunidad autónoma de Murcia: En Cehegín, yacimiento de Begastri, piezas del número 18 al 27 (Ramallo, 1984).
Es una de las formas más frecuentes junto a las 1 y 9.
Cuenco o bol con una carena muy marcada en el punto de contacto entre el borde, muy alargado, y el cuerpo, pie ligeramente señalado o casi inex istente.
Podemos hablar de dos variantes, una de menor tamaño (fig. 2, 2.1 y 2.2) de unos 12 cm. de diámetro boca, con la carena del cuerpo muy marcada y borde más curvo con el labio en su mayoría triangular, asociada a nuestra forma 8.
Las piezas de la otra variante (fig. 2 del 2.3 al 2.7) de mayores dimensiones, unos 25 a 35 cm. diámetro boca, con un borde más recto y labio un tanto redondeado sólo en algunas ocasiones diferenciado.
Normalmente presenta decoración burilada con los típicos motivos romboidales, triangulares y ovales tanto en el interior como en el exterior.
Se podría pensar también que la variante de menor tamaño pudiera ser una evolución de la forma TSHTM 8 o una forma por sí misma; consideramos más correcto darla como una variante de esta misma forma 2.
Localizada principalmente en yacimientos ubicados mas al norte, como Oreto (Ciudad Real) y apareciendo en la meseta septentrional piezas muy parecidas, como en Navasangil (Ávila) (Larrén, 1989, Una pieza con una carena parecida a esta forma 2, Ja variante de menor tamaño, fue hallada en Zaragoza catalogada como TSHT 11 de Palol recordando, como indica J. A. Paz, a Ja forma Rigoir 18, datada por estratigrafia en el siglo v, otros perfiles de esta forma aparecen en otras figuras, destacaremos los de la núm. 70, con la decoración «en hueco», recordando Ja burilada de las TSHTM (Paz, 1991, pág. 99, fig. 28, núm. 177 Provincia de Jaén: Cástulo: Materiales procedentes de la vi lla urbana del Olivar (Blázquez, 1979), Urruela cita como paleocristianas Ja pieza núm. 3 de la fig. 3, procedente del sondeo 1 (Blázquez, Contreras y Urruela, 1984, pág. 18), puede que la núm. 12 también lo sea, pero estaría la figura girada.
En Higuera de Calatrava, yacimiento Cortijo del Cerro Franco, aparecen también fragmentos en Los Cuartos.
En Quesada, yacimiento Cortijo Plaza de Armas, Bruñe!, varias piezas, entre ellas una con el perfil completo, procedentes de las excavaciones realizadas en la villa.
Provincia de Cádiz: En Belo, las piezas identifi cadas con los números 597 y 598 en la publicación de Bourgeois y Mayet ( 1911, pág. 312), catalogadas dentro de una producción tripolitana, podría ser muy bien una forma de TSHTM.
Comunidad autónoma de Murcia: En Cehegín, yacimiento Begastri piezas del número 13 al l7 (Ramallo, 1984, pág. 75).
Nosotros la consideramos (Orfila, en prensa) como una Lamb.
Pátera o fuente de escasa profundidad, con el borde vuelto hacia el exterior y con el labio redondeado sin diferenciar.
La parte superior de la pared es recta exvasada, curvándose en su tercio inferior al unirse con el fondo, que es generalmente plano y que, a veces, presenta una acanaladura que configura un falso pie.
Puede presentar decoración burilada en las paredes, tanto interior como exterior, además de en el fondo.
En algunas ocasiones es dificultoso discernir entre la forma 3 y la 2 variante de mayor tamaño, si se tiene un fragmento de reducidas dimensiones de la zona del labio.
Al considerarla como una Hayes 80 tenemos que acogemos a la cronología que se da a la misma en las producciones.
Ejemplos de esta forma se presentan en la fig. 3.
Se han identificado piezas que se pueden adscribir a la forma 3 de TSHTM en los siguientes yacimientos: Provincia de Ciudad Real: En Granátula, yacimiento de Sedano.
Provincia de Jaén: En Linares, Cástula, materiales procedentes de la villa urbana del Olivar (Blázquez, 1979).
En Higuera de Calatrava, yacimiento Cortijo del Cerro Franco aparecen varios fragmentos.
En Jodar en los yacimientos Hornillos Bajos, Cerrillo de las Rojas, Barranco de Las Masavas.
En Quesada, yacimiento Cortijo Plaza de Armas de Bruñe!, varias piezas procedentes de las excavaciones realizadas en la villa.
Provincia de Granada: En Moraleda de Zafayona, yacimiento del Cortijo del Molino del Tercio, del corte 8, un fragmento de base decorado, dado como paleocristiana (Molina et alii, núm. 6, pág. 253, fig. 19, núm. 6).
Provincia de Cuenca: Yacimiento de Segóbriga los fragmentos 43, 44 y 45 catalogadas como imitaciones locales de cerámicas vulgares, pertenecen a la forma 3 de TSHTM (Losada; Donoso, 1965, pág. 30, fig. 12, núms 5, 6, 7).
(Orfila, en prensa), aunque por la curvatura que puede llegar a tener la parte de la pared, podría recordar Ja Hayes 67.
Plato de paredes convexas exvasadas, con borde diferenciado horizontal o ligeramente inclinado hacia el interior, a modo de visera.
El fondo es plano, pudiendo presentar, en ocasio-nes, una acanaladura a modo de pie atrofiado.
Curiosamente sólo hemos documentado decoración impresa realizada con un punzón realizada sobre piezas de esta forma (fig. 4).
La forma Rigoir 1 aparece en el Atlante (Atlante 1, 1981, pág. 6) como variante de la Drag.
51 y se relaciona con la forma Lamb.
También se puede relacionar con la forma A. I de Caballero ( 1989, pág. 92) y que este autor asocia a la forma Rigoir 3 de Malina y Blázquez.
En Cuenca e n el yacimiento de Yaleria, una pieza identificada como TSH forma 4 con decoración a ruedecilla recuerda esta forma que estamos describiendo aquí (Sánchez-Lafuente, 1985, pág. 159, fig. 54, núm. 77).
Al considerarla como una Hayes 59 tenemos que acogernos a la datación que se da a la misma en las producciones norteafricanas.
La aparición en el vertedero de Yila-roma (Tarragona) reafirma su presencia en contextos de primera mitad del siglo v (TED' A, 1989).
Ejemplos de esta forma se presentan en la fig. Provincia de Jaén: En Linares, Cástula, materiales procedentes de la villa urbana del Olivar (Blazquez, 1979).
En Quesada, yacimiento Cortijo Plaza de Armas de Bruñel, una pieza procedente de las excavaciones realizadas en la vi lla.
Provincia de Cuenca: En Valeria, posiblemente se pueda considerar como una TSHTM 4 una pieza de este yacimiento (Sánchez-Lafuente, 1985, pág. 136, fig. 40, núms.
FORMA S. No podemos asociar esta forma a ninguna de las presentadas por Malina y Blázquez (Molina, 1975; Blázquez, 1979); nosotros la consideramos semejante a la Lamboglia 57 y Hayes 738, según las variantes (Orfila, en prensa).
Copa de borde diferenciado horizontal o ligeramente inclinado hacia arriba, liso o con una o dos acanaladuras, el labio está engrosado y las paredes suelen ser convexas exvasadas, tiene un pequeño pie anular diferenciado.
Presenta una decoración impresa con punzón en un ejemplar a modo de hoja o palmera (fig. 4).
Aunque queda bastante clara la asociación a esta producción norteafricana, no podemos olvidar la semejanza a la forma 8 de la TSHT (Palol; Cortés, 1974, fig. 42) que tiene ciertas reminiscencias de la forma 5 de TSH (Mezquíriz,196 l), forma que se produjo en Andújar (Roca, 1976).
Al considerarla como una Hayes 73 tenemos que acogernos a la cronología que se da a la misma en las producciones norteafricanas, datadas entre los años 420 y 475, según Hayes (Atlante 1981, pág. 72).
Se han identificado piezas que se pueden adscribir a la forma 5 de TSHTM en los siguientes yacimientos: Provincia de Jaén: En Quesada, yacimiento Cortijo Plaza de Armas en Bruñe!, dos piezas procedentes de las excavaciones realizadas en la villa.
De esta forma clásica (Drag.
Nosotros la consideramos semejante a la Lamboglia 35 y Hayes 44, según las variantes.
Copa o cuenco de borde vuelto al exterior y paredes curvas.
Presenta, en ocasiones, decoración burilada en la cara externa.
Se puede relacionar con el cuenco semiesférico, forma B.6 de las cerámicas de «época visigoda y postvisigoda», procedente de Cancho del Confesionario, Manzanares el Real (Madrid), dada como una posible variante de la forma 11 de Molina y catalogada en el grupo meridional de decoración burilada (Caballero, 1989, pág. 94).
Una forma parecida y definida como Drag.
35 es la presentada por J. A. Paz, con paredes mas gruesas, pie casi desaparecido, diámetro entre l O y 13 cms., llegando su cronología hasta el siglo 1v d.
Al considerarla como una Lamb.
Hayes 44 tenemos que acogernos a la cronología que se da a la misma en las producciones norteafricanas datadas desde mediados de l siglo 111 hasta finales del 1v (Atlante.
Se han identificado piezas que se pueden adscribir a la forma 6 de TSHTM en los siguientes yacimientos: Provincia de Ciudad Real: En Granátula de Calatrava.
Provincia de Jaén: En Linares, yacimiento de Cástu lo, materiales procedentes de la villa urbana del Olivar (Blázquez, l 979).
En Quesada, yacimiento Cortijo Plaza de Armas de Bruñel.
Provincia de Córdoba: En Córdoba, en el yacimiento de Cercadillas aparece esta forma en un estrato del siglo v d.
Dentro de la tipología de Molina (1975) y Blázquez (1979) no la podemos relacionar con ninguna forma, aunque está catalogada una pieza con un perfil semejante al de la forma aquí descrita, TSHTM 7, como paleocristiana en Cástulo 11 (Blázquez, 1979, pág. 161 ).
Pequeño bol de borde curvado y labio triangular vertical.
Puede relacionarse con varias formas debido al pequeño tamaño del fragmento recogido, tanto a una Drag.
27, pero con decoración incisa exterior, como al borde de las formas Drag.
44, suficientemente representadas dentro del repertorio de sigillatas hispánicas.
Se han identificado piezas que se pueden adscribir a la forma 7 de TSHTM en los siguientes yacimientos: Provincia de Jaén: En Linares, Cástulo.
Vasito o cuenco de borde vuelto al exterior con labio redondeado ligeramente diferenciado, cuerpo de forma troncocónica.
La podemos asociar a la variante de menor tamaño de nuestra forma 2.
Catalogada en Cancho del Confesionario, Manzanares el Real (Madrid), como un cuenco perteneciente a la forma B de las cerámicas de «época visigoda y postvisigoda» y que nosotros asociamos concretamente a las variantes B.1 y B.2, dada como forma evolucionada de Rig.
22 que a su vez habría evolucionado de la Rig.
Recuerda esta forma a la pieza procedente del yacimiento de Varea (Logroño), dada como forma de las producciones locales en cerámica común romana ( Luezas; Saenz, 1989, pág. 177, fig. 83 ).
Se han identificado piezas que se pueden adscribir a la forma 8 de TSHTM en los siguientes yacimientos: Provincja de Ciudad Real: En Granátula de Calatrava, Oreto, una pieza dada como paleocristiana (Nieto et alii, 1980: fig. 52, núm. 250, pág. 159, tabla 11 Provincia de Jaén: En Linares, Cástu lo, materiales procedentes de la villa urbana del Olivar (Blázquez.
Provincia d e Granada: En M oraleda de Zafayona, yaci miento Cortijo de l Molino del Tercio (Molina et alii, 1980, pág. 278).
Provincia de Cuenca: Segóbriga, puede que la pieza catalogada como cerámica vulgar puedan identificarse con la forma 8 de TSHTM (Losada; Donoso, 1965, pág. 40, fig. 18, núm. 3).
Comunidad autónoma de Madrid: En Manzanares el Real, yacimiento de Cancho del Confesionario (Caballero, 1989, pág. 93).
Nosotros la consideramos como una Hayes 61, Lamb.
Plato de paredes convexas exvasadas, con borde ligeramente diferenciado de sección triangular que puede ser ligeramente entrante, vertical o exvasado, dependiendo de las distintas variantes.
El fondo es plano, presentando decoración burilada tanto en el labio, como en las paredes externas o en el fo ndo del mismo, a modo de decoración aparecen las estrías del torno muy marcadas, llegando incluso a poderse interpretar como realizadas mediante el mismo buril que se ha utilizado en la anterior decoración mencionada.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Figura 6.--9.8: Bruñe l, 35 cm. diám. boca; 9.9: Cerro Franco, 35 cm. diám. boca; 9.1 1: Cástulo, Museo de Linares, 28 cm. diám. boca; 9.12: Barranco de las Majavas, 30 c m. diám. boca.
Provincia de Cádiz: En Belo, la pieza identificada con el número 600 en la publicación de Bourgeois y Mayet ( 1911, pág. 312), con decoración biselada y catalogada como una producción tripolitana, podría ser muy bien una forma de TSHTM.
Provincia de Cuenca: Yacimiento de Vale ria, una pieza ide ntificada como forma inédita, de 25 cm. de diámetro, con decoración a ruedeci ll a y acanaladuras, pasta beige anaranjada y barniz marrón bien conservado (Sánchez-Lafuente, 1985, pág. 138, fig. 41, núm. 220) que nosotros la podemos asociar a esta forma 9.
FORMA 1 O. Podemos considerar dentro de esta forma las piezas cerradas, jarras, identificadas con las formas IV y V de Molina ( 1975Molina (, pág. 1007) ) Es dificil dar una cronología individualizada a esta forma.
Se han identificado piezas que se pueden adscribir a la forma 10 de TSHTM e n los siguientes yacimientos: Provincia de Ciudad Real: En Granátula de Calatrava, yacimiento Sedano se ha identificado un fragmento amorfo decorado de una fo rma cerrada.
Provincia de Jaén: En Linares, Cástulo, materia les procedentes de la vill a urba na del Olivar (B lázqucz.
Provincia de Granada: En Moraleda de Zafayona. yacimiento Cortijo del Molino del Tercio, dentro de la tabla tipológica. números 35.
Podrían pertenecen a estas producciones de TS HTM las piezas del 0.1 al 0.5 que presentamos en la figura 7.
A la hora de intentar dar un marco cronológico a estas producciones de sigillatas hispánicas tardías meridionales, éste tendría que ser básicamente los siglos 1v y v d.
C., dataciones muy cercanas a las indicadas por Ramallo ( 1984, pág. 79), siempre desde un punto de vista provisional, a las cerám icas tardías de Bcgastri: entre la segunda mitad de l siglo 1v y la primera del v1.
La presencia de una imitación de la Ritt.
8 podría indicar un inicio anterior de esta producción, difici l de precisar, pero que podríamos aventurarnos a señalar a fina les, -------- Dos problemas de investigación existen referentes a las TSHTM en la actualidad: a) Su localización mayoritaria en excavaciones antiguas con malas estratigrafias o su procedencia de prospecciones y, por tanto, sin una cronología documentada en contexto arqueológico fiable.
En este sentido la futura publicación de la memoria de las excavaciones realizadas en el yacimientos de Cercadillas (Córdoba) posiblemente nos proporcione dataciones más precisas ya que se han contextualizado materiales de estas producciones (formas de TSHTM, 1, 9 y en menor cantidad la 6) en niveles del siglo v d.
C. 17 b) La no identificación hasta la actualidad de ningún posible alfar de terra sigillata hispánica tardía meridional por lo que tampoco podemos aún diferenciar si se reali zaron en un solo centro productor o, como pensamos en la actualidad, en varios, por eso solemos utilizar el término en plural: producciones de sigi llata tardía meridional.
Esa no identificación de alfares es la que no permite, por tanto, caracterizar analíticamente las piezas en este tipo de yacimientos.
Tampoco se han realizado su ficientes análisis i x de este tipo de vajillas en lugares en principio receptores como para poder comparar con suficiente rigor sus características con otras producciones bien identificadas.
Tenemos que sopesar también la rentabilidad de los posibles resultados de la analítica sobre piezas descontextualizadas, que es con Jo que mayoritariamente contamos en la actualidad.
Consideramos también que las TSHTM son fruto de la continuidad de la tradición de fabricación de piezas de cerámica tan arraigada en la Península y en el Sur en especial (basta remontarnos a la época ibérica o alto imperial romana con la cantidad de producciones identificadas).
En este sentido no creemos errar al pensar que en un futuro se puedan identificar piezas intermed ias entre las sigillatas clásicas,., y las tardías. ya no sólo en el Sur de la Península, sino en general.
Podríamos considerar como piezas intermedias entre las c lásicas y las tardías las que presentan unos pies menos diferenciados o son de peor calidad en su acabado o 17 Agradecemos al equipo que dirige Rafael Hidalgo la información que nos han proporcionado.
•R Se realizaron unos análisis a mediados de 1975 sobre piezas identificadas como Paleocristianas de Cástulo, extrayendo de los mismos la siguiente información: «Análisis por refracción de rayos X, realizada sobre sigillatas paleocristianas de Cástulo por los doctores Linares y Barahona.
Se ha podido observar cómo la arcilla utilizada para la fabricación de la paleocristiana gris es muy semejante a la de la cerámica común romana.
Por otra parte la arcilla de la sigillata hispánica es también muy similar a la de la sigillata paleocristiana anaranjada» (Molina, 1975, pág. 1O13).
19 Ya hemos mencionado en la nota 2 que existe un salto entre la cronología final de las sigillatas clásicas, en el siglo 11 d.
C. y el inicio en el siglo 1v de las producciones de TSHT (Mezquiriz, 1983, pág. 136), como ya indicaba M. Roca en su artículo de 1981: «Lo que está claro es que en el sur de la Península no parece que se produzca sigillata después del siglo 11>> ( 1981, pág. 407).
Evidentemente que estas dos autoras se refieren a las producciones de estas vajillas de sigillatas con los condicionantes que señalamos en la nota 8.
Alcázar de San Juan; 2.
Baños de la Encina; 6.
en su barniz, llegando incluso a diferenciarse en algunos fragmentos un barniz interior «tipo c lásico» y semejante al tardío meridional en el exterior 20 • Esperemos que ese enlace aparezca documentado en un futuro en alguna estratigrafía 21 • |
Un iversidad del País Vasco (Área de Arqueología).Yitoria RESUMEN Este artículo constituye un breve avance de las investigaciones que, desde hace algunos años. viene efectuando e l autor sobre la época tardoantigua en e l área de los Pirineos más occidentales.
El descubrimiento en tierras alavesas y navarras de dos necrópolis de los siglos v1 y v11. con un n úmero de armas digno de mención y con rituales, depósitos y ajuares funerarios que nos remiten no a un contexto cu ltural hispanovisigodo sino al norte de los Pirineos, permite abrir un debate que replantee las interpretaciones historiográficas actuales para este período.
Se ha escrito muchas veces que la tardoantigüedad constituye, dentro de la historiografía europea, uno de los períodos más oscuros y menos conocidos.
Y sí puede, en efecto, afirmarse que hay mucha verdad en e ll o, la hay mucho más cuando nos referi mos a la región de los Pirineos Occidentales y sus aledaños, ámbito polémico como pocos y con unas peculiaridades especí ficas que lo han convertido en objeto de enconadas discusiones en las que, frecuentemente, se han entrecruzado intereses muy diversos.
Sucede también que la propia escasez de las fuentes nos obliga en ocasiones a caer de forma reiterada en lugares comunes de la historiografía de este período, abusando de temas tan recurrentes como la presunta vasconización de territorios distintos a los del solar vascón de!!poca clásica. las campaiias de los monarcas visigodos contra los territorios peninsulares septentrionales.. con la poli'.: mica interpretación de algu nos topónimos recogidos 1.:n los cron icones -. la actitud de los vascones fren te al poder políti co de Toledo. su mayor o menor grado de independencia o paganismo. ch.:.• todo ello acompañado de los acostumbrados epítetos de ferocidad. barbarie e incultura que ca lifican desde hace milenio y medio a aquellos habitantes del entorno pirenaico. l lay. sin duda, estudios muy serios. pero resulta dificil abandonar la sensación de que es poco. muy poco, lo que todavía sabemos sobre todo ello.
No conviene olvidar. finalmente. el indudable peso de las llamadas «historiografias nacionales» u la hora de proponer o defender determinadas interpretaciones.
Los Pirineos en época tardoantigua. y con la excepción de su parte más oriental. han sido vistos rei teradamente a partir de Vouillé como una pantalla que separaba nítidamente --salvo esporádicas incursiones en uno u otro sentido-un horizonte septentrional «franco» de otro meridional «visigodo» en una concepción del pasado que topaba, sin embargo. con el enojoso problema de los vascones y sobre quienes no se ha podido consensuar ni su ubicuidad ni las razones de su comportamiento.
Las opiniones, como cabía esperar, son para todos los gustos.
En este marco historiográfico, la aparición de las necrópolis de Aldaieta (Nanclares de Gamboa, Alava) y Buzaga (Elorz, Navarra) constituye una verdadero hito para el período tardoant iguo.
Su excepc ional importancia radica precisamente en su carácter de descubrimientos no prev i sto~ por la historiografia tradicional y que cuestionan determinados puntos de vista sólidamente cimentados durante largos decenios al reflejar en sus materiales una estrecha relación con contextos culturales norpirenai cos. Aldaieta y Buzaga, además, revalorizan un yacimiento conocido desde ant iguo: la necrópolis de Pamplona, denominada franca por unos y visigoda por otros.
Si los materiales de Pamplona han resultado discutidos se debe, en parte, al carácter mixtificado de la propia necrópolis, con elementos tardorromanos, hispanovisigodos, merovingios e, inclu so, islámicos.
Esta di versi fi cación cultural, su larga perduración en el tiempo y el hecho de que la ciudad de Pamplona constituyera un punto de enorme importancia estratégica, apetecido por unos y por otros, ha motivado que los aspectos norpirenaicos de la necrópoli s hayan encontrado explicación en las incursiones que determinados monarcas merovingios realizaron al sur de los Pirineos.
En este sentido, lo norpirenaico ha sido visto siempre como algo esporádico y circunstancial que hubo de dejar alguna huella, obviamente, pero nada, en suma, que fuera estable o definitivo en una Penínsu la Ibéri ca que, no sin cierta complacencia, se ha querido presentar unificada rcl igiosa y políticamente bajo el poder toledano.
Los recientes descubrimientos de Buzaga y Aldaieta vienen, como decimos, a complicar los puntos de vista tradicionales.
Ya no se trata de elementos aislados, sino la existencia de poblaciones estab les lo que obligará a abrir un debate serio durante los próximos años 1 • El texto que ahora presentamos no es, obviamente, más que un brevísimo avance de las investigaciones que estamos llevando a cabo desde hace algún tiempo y que esperamos dar a conocer en el plazo máximo de dos o tres años.
Antes de entrar en materia nos gustaría, sin embargo, realizar una observación que consideramos obligada.
Siempre hemos sido partidarios de huir de la tentación arqueográfica procurando contextualizar históricamente los datos arqueológicos.
Esta vez, no obstante, n.os hemos sentido excusados por dos moti vos: por la presencia. en primer lugar, del artícu lo de K. Larrañaga complementario al nuestro.
Y, en segundo lugar. porque nuestro objetivo fundamental es el de dar a conocer la existencia de unos testimonios arqueológicos que apuntan inequívocamente al norte de los Pirineos y no el de reflexionar históricamente sobre este hecho, asunto que, como es obligado, habrá de ser abordado en su momento.
ALGUNOS APUNTES SOBRE L A ARQUEOLOGÍA FRANCO-AQUITANA
Desde que C. Barriere-Flavy primero ~.
N. Aberg algo más adelante 1 y, más recientemente E. James~ -entre otros-efectuaron sus trabajos sobre los ajuares funerarios de época tardoantigua en el sudoeste francés, se ha venido identificando una «facies» arqueológica definida como «aquitana», diferenciable de otra calificada como «septentrional». «nórdica» o «franca».
C. Barriere-Flavy había concedido un origen visigótico a estas peculiaridades meridionales. siendo posteriormente rebatido por N. Aberg. que -ciñéndonos ahora al capitulo de las guarniciones de cinturón-prefirió considerarlas como producto de una población nativa que habría recibido influjos germánicos, de manera que sus broches de cinturón constituirían una mixtificación de formas francas y ornamentación quitano-mediterránea ~.
E. James, profundizando en este punto de vista. enfatizó aun más la existencia de unos caracteres propios del sudoeste de la Galia que llegaría a influir. incluso. al norte del Loira i..
«Los arqueólogos... -llegaba a afirmar-llevan demasiado tiempo acostumbrados a considerar a los francos como los árbitros del gusto y de la cultura. pensando siempre que las costumbres merovingias se extendieron del norte al sur.
Hay historiadores que ll evan algún tiempo defendiendo el movimiento en el otro sentido(... ).
Quizás una valoración de los broches aquitanos nos llevara a concluir que también e el campo artístico tenían algo que aportar los hombres del sudoeste al resto de la Galia» 7.
Trabajos más recientes han efectuado algunas correcciones a los postulados de E. James.
P. Perin. sin dejar de reconocer el valor del trabajo de este autor, matizó. por ejemplo, algunas de sus hipótesis, defendiendo la evolución conjunta de todos los broches del sudoeste con las demás guarniciones de cinturón del resto de la Galia, a pesar de la inequívoca personalidad de los ejemplos aquitanos del siglo v11 y de la particular eclosión que sufrieron en esta centuria~.
S. Lcrcnter ha continuado en la misma línea que P. Perin, efectuando importantes mejoras en las tablas tipológicas <le E. James''.
Entre las particularidades, bási camente decorativas, que recoge James para los broches de cinturón del sudoeste de la Galia. cabe destacar las siguientes: a) división del campo ornamental en paneles transversa les 1 o; h) utilización de l puntillado tanto para decorar los fondos de las placas como para ejecutar los moti vos lineales 11 • Esta última sería, para E. James, «probablemente la cuestión decorativa más característica de las hebillas aquitanas y un elemento más que separa el grupo de otros estilos de trabajo en metal durante el período merovingio»; e) presencia de ornamentación zoomorfa, fundamentalmente cuadrúpedos, distinta de la que se conoce en el ciclo burgundio 1 ~; d) decoración geométrica a base de medallones, motivos cuadrilobulados, entrelazados, semicírculos dobles apoyando en el borde de la hebilla 1 1, etc. A estas peculiaridades ornamentales habría que añadir otras de carácter técnico, como el baño de estaño que recubre estas piezas dándoles un aspecto brillante y plateado y su realización mayoritaria en bronce con apenas presencia de ejemplares de hierro con damasquinados, tan característicos de la Galia septentrional.
Tras esta brevísima aproximación a una parte de la arqueología franco-aquitana, analicemos ahora algunos de los materiales conocidos al sur de los Pirineos.
Veamos, en efecto, si existen motivos para la reticencia o si, tal y como pensamos, resulta indudable el carácter «extrapeninsularn y «norpirenaico» de algunos elementos que no pueden considerarse ya ha-1 lazgos aislados o minoritarios, sino reflejo de una «realidad no prevista» por la historiografía tradicional y para los que habrá que buscar una explicación satisfactoria.
LA NECRÓPOLIS DE PAMPLONA
La necrópolis de Pamplona es conocida desde antiguo.
Excavada en 1895 por F. Ansoleaga y J. Iturralde y Suit, sus materiales fueron dados a conocer primero por el propio Ansoleaga 1 4, ~ S. Lerenter, les plaques-boucles mérovingiennes en bronce de type aquitain.
13 Según James, este rasgo constituirá el motivo geométrico más importante.
Definido como «typical Aquitanian semi-circular arcading» (pág. 375), constituye «un motivo prácticamente universal de las hebillas aquitanas, siendo uno de los más utilizados como diseño para un borde o para rellenar un espacio (... ).
Que yo sepa, aparecen exclusivamente en Ja Galia romana, en la zona de los Pirineos franceses, justo al sur de Toulouse: en Bagnéres-de-Luchon, Saint-Pé, Mayrége, Tarbes y Blagnac.
Por lo tanto, aparece en monumentos de principios o mediados del Imperio, no lejos de la zona en la que debió de nacer el estilo aquitano)) (The Merovingian Archaeology, cit. pág. 140).
14 F. Ansoleaga, El cementerio franco de Pamplona, Boletín de la Comisión de Monumentos de Navarra, Año 1916, números 25, 26 y 27. recogidos más tarde por H. Zeiss 15 y publicados por última vez por M. A. Mezquríriz 11'.
Los comentarios posteriores sobre el carácter de los materiales de esta necrópolis, si n embargo, han sido muy diversos, como pronto veremos.
Según se deduce de las publicaciones mencionadas, la necrópolis de Pamplona ofreció un centenar de sepulturas de lajas en cuyo interior e l cadáver del difunto fue depositado directamente sobre el sue lo.
Los enterramientos, alineados en dirección O-E (cabeza a poniente y pies a oriente), dispuestos sin una regularidad aparente dentro del espacio cementerial, ofrecieron un importante conjunto de objetos arqueológicos conservados actualmente en el Museo de Navarra y cuya ubicación original dentro de cada enterramiento nos resulta desconocida.
Son bastantes, como decimos, los elementos tanto de ajuar personal como de depósito estrictamente funerario 17 recuperados por Ansoleaga e lturralde y Suit.
Entre los primeros habría que señalar un lote de armas -seis puntas de lanza, tres «scramasex» o espadas de un solo filo, dos puntas de flecha, casi una veintena de elementos pertenecientes a guarniciones de cinturón (hebillas, agujas escutiformes, broches con placa articulada, broches con placa rígida, etc.), dos fragmentos de fibulas (romano-tardías probablemente), brazaletes, zarcillos, cincuenta y dos sortijas de plata, bronce o hierro, etc. Entre los segundos se recogen ocho recipientes derámicos de tipología diversa, dos trientes de oro de Suiutila acuñados uno en Saldaña (Palencia) y otro en Zaragoza, una defensa de fabalí perforada para su uso como colgante y dos láminas de sílex ix.
Todos estos materiales, como decíamos, han sido objeto de diversos comentarios, muchos de ellos contradictorios, que hacen que la necrópolis de Pamplona merezca, en opinión nuestra, un nuevo estudio a la luz de los datos que poseemos en la actualidad.
F. Ansoleaga se había referido a un cementerio «franco»,.,,_ H. Zeiss había defendido también su carácter «más merovingio que visigodo» 20.
M. A, sin embargo, prefirió considerarlo «visigodo».
Nos parece importante señalar, no obstante, que esta autora se decide en favor de tal adjetivación «por la datación de los hallazgos más que por el carácter étnico de la población inhumada» 21 que no sería ni franca ni visigoda sino vascona, a pesar de reconocer que Jos ajuares de Pamplona «responden al inventario habitual de los cementerios merovingios» • Creemos sin embargo que. aunque di sc utidos. de lo que no cabe dudar es de la inequívoca iníluencia norpi renaica en este yacimiento y de que. todo ello. refleja unas relaciones entre ambos lados de los Pirineos muy superiores a las que ha admitido tradicionalmente la histori ografia española y a las que han imaginado. incluso. autores tan cualificados en este tema como E. James!~ o M. Rouche 15 • Sin espacio suficiente, en el marco de este trabajo. para un análisis exhaustivo de todos los materiales rec uperados en esta necrópolis -análisis que dejamos para una ocasión próximanos fijaremos ahora en algunos de los elementos pertenecientes a las guarniciones de cinturón, característ icos, como veremos. de un contexto cultural no visigodo.
El primer ejemp lar es un broche de cinturón completo (fig. 1. a) 1'' que consta de una placa articulada trapecia l con tres botones o remaches y dos espigas para su articulación con la hebi lla. arriñonada y con aguja de base escutiforme.
No resulta fácil encontrar para lelos de esta pieza.
Cita M. A. Mezq uíriz 17 un ejemplar muy semejante procedente de la necrópolis de Estagel.
H. Zeiss la considera, junto con la siguiente, como únicas en la Península y dependientes de prototipos francos ix.
Morfológicamente no responden a ninguna de las categorías establecidas para el mundo aquitano, sino más bien a los broches de placa rectangular o trapecial con tres o cuatro remaches (tipo 59 de Perin) propios del mundo «Septentrional» o «franco». aunque estos últimos estén realizadas en hierro --con damasquinados en algún caso-y nuestro ejemplar. por el contrario, sea enteramente de bronce.
La decoración, en cambio, sí que es plenamente aquitana, con una línea ondu lada en el cen tro de la placa, flanqueada a ambos lados por un trenzado de gi ros mal trazados y casi angulosos.
Trenzados similares pueden contemplarse en sendas piezas de los museos de Périguex 2 ~.
Agen • 10, Museo de la sociedad arqueológica de Charente, en Angouleme 31, Museo lngres. en Montauban • 12, etc.
El segundo ejemplar de la necrópol is de Pamplona que pasamos a comentar es un broche de ci nturón del que se co nservan únicamente la placa y la aguja ( fig. 1, b ).
Morfológica mente resulta similar al caso anterior, aunque lo diferencian de él los dos «picos» que se insinúan en d extremo opuesto al del engarce con la hebi lla y que lo aproximan al grupo 18 1.k James («Ucakcd» B11cl--lc-Pl a1 cs).:-.i hicn e:-mús cs1ili7ado que lo que acoslumhran a ser los ejemp lares carat: lcrístico:-de este grupo aquitann.
1. e) es complc1 ame111c pecu liar talllo por:-.u decoración (linea: tran:-vcrsalc:-. ocupando todo d campo de la p lnc.:a). como por su morfología.
Prnbablcmcn tc se trate de una co111raplaca.
U cuart o de los broch¡;s de cinturón que comcnlamos ( lig.
1. d) responde a una de las pie1as m:ís carac terísti ca!-. del mundo mcrn"ingio.
Se trata. en concreto. del tipo 6-l.
1 de Pcrin 11 (grupo 11 de Jame:-.. tipo DIJ de Lcrcntcr) y que búsicamcntc conforma una placa triangula r con tres apé ndi ce!-. ci rculares sobre el pali 1 de la p1 c1a. y do:-. e:-. pi gas para s u art iculación con la hebilla.
Los para lelos son múltiples 1 ~. l"<.:chúndme todos <.:llos en la primera mitad 1.kl siglo' 11.
En nuestro ejempla r. los apéndices circulan:~ carecen. por pérdida. de los botones o remaches que descansan sobre e llos.
1-.I siguiente eje mplar constituyt:. una \C/ más, una pieza caractcrbtica de este mundo ( lig 1, e).
Gcncvc. de ellos procedente de Nolet que presenta una extraordinaria semejanza. incluso en la decoración de un animal inciso» ".
Tipológicamente. sin embargo. el fragmento de placa de Pamplona nada tiene que ver con el paralelo de Nolet -claro ejemplo del grupo IB de James -, y sí, en cambio. con el grupo IV de este mismo autor que engloba unas piezas características, con placa trapezoidal de tres pares de botones o remaches en los laterales y un gran botón o cabeza de remache en el pie rodeado de otros tres más pequeños (Lercnter. tipo 022).
Estos broches de diez botones poseen un notable interés.
Su inclusión por James dentro di! los broches aquitanos en función de sus motivos iconográficos 1 " fue criticado por Perin' 7, quien. recogiendo algunos trabajos recientes, prefirió ubicar su centro de gravedad y. probablemente también, sus centros de producción, en el Loira medio y en la Baja Normandía 1 K. Las pl acas normandas han sido fechadas por CI.
El sexto de los ejemplares ( fig. 1, f) nos traslada, una vez más. al norte de los Pirineos.
Se trata de un broche de cinturón de placa rígida triangular y hebilla arriñonada, dos apéndices circu lares alveolados en su base enmarcando una pequeña concavidad cuadrangular, un apéndice circular alveolado en su vértice y tres cavidades alargadas ocupando el espacio central.
Todos estos compartimentos acogían la pasta del esmalte, hoy desaparecida, siendo una técnica frecuente en el mundo aquitano 40 • Este tipo de ejemplares constituyen, probablemente, una evo lución de los broches «mediterráneos» del siglo vr, fundidos en una pieza y con unos apéndices «en chefs d 'oisseaux a bec crochu», pudiendo ser datados a comienzos de la séptima centuria 4 1 • Es significativo, por su ubicación geográfica, que una pieza muy similar proceda de El Castillete (Reinosa, Cantabria), aunque en este caso la hebi lla sea rectangular 41.
La necrópol is de Pamplona ha ofrecido cinco placas más.
Los tres primeros ejemplares 4 J tienen en común su pertenencia al grupo de placas rígidas con decoración geométrica calada.
Consideradas por H. Zeiss como de filiación romana 44, fueron luego relacionados por P. Palol con el circulo burgundio 45 ~ industriales, cit., pág. 141.
Caballero se muestra de la misma opinión para el conjunto de los broches de cinturón de placa rígida (tanto calados como grabados), considerándolos pertenecientes «a una tradición romana o si se prefiere hispanorromana» (L. Caballero Zoreda, Arqueología tardorromana y visigoda en la provincia de Soria, Actas del / Symposium de A rqueo/ogia Soriana, Soria, 1984, pág. 444 ).
El cuarto ~•1 es un ejemplo fragmentado de los denominados «broches de cinturón de placa rectangular rígida y lengüeta oval o rectangular... » 50 • Fechadas inicialmente por H. Zeiss en la primera mitad del siglo v1, más recientemente P. Palol 5 1 -que resalta la semejanza de estas piezas con otras procedentes de Francia e Italia-y G. Ripol 1 5 ~ prefieren retrasar su cronología a finales de esta centuria.
Muy frecuente también en las necrópolis peninsulares, como lo es también el último de los broches de Pamplona ( 1965, lám. VI).
Vemos, en resumen, que de once broches de cinturón, seis nos remiten inequívocamente al norte de los Pirineos y cinco, en cambio, son más frecuentes en e l contexto funerario peninsular.
Llama la atención, no obstante, la ausencia total en Pamplona de los ejemplares más característicos de la toreútica visigoda e hispanovisigoda -broches tipo 1-11 y broches liriformes, fundamentalmente 53.
Pero no es solamente la elevada representación porcentual de placas «merovingias» la que ha llevado a hablar del cementerio franco de Pamplona, tal y como se ha dicho 54, sino que es buena parte del propio conjunto de los materiales conservados el que apunta en esta dirección y, en particular, la notoria presencia de armamento (tres «scramasaxes>>, cuatro puntas de lanza y dos puntas de flecha).
Se apercibieron de ello cuantos investigadores se han ocupado de su estudio.
Es conocida, en efecto, la ausencia casi total de inhumaciones con armas entre los visigodos y su frecuencia, por el contrario, en el contexto merovingio.
Atención especial merecen los tres «Scramasaxes» mencionados por M. A. Mezquíriz 55 • De los datos que presenta, llama la atención, en primer lugar, sus inusuales dimensiones: entre 41 y 75 cms. de longitud y entre 3,4 y 4,4 cms. de anchura, lo que nos ofrece ya una pista para su cronología tardía 56 como más adelante veremos.
LA NECRÓPOLIS DE BUZAGA (ELORZ, NAVARRA)
El nuevo yacimiento al que ahora nos referimos se encuentra ubicado en el lugar denominado Buzaga, dentro del término municipal de Elorz y a 13 kms., aproximadamente, de Pamplona.
El 16 de febrero de 1986, J. M. Martínez Txoperena y J. M. Pastor Elorriaga localizaban, en una pequeña loma del lugar mencionado, algunos objetos metálicos que afloraban en superficie y que han alcanzado un número no desdeñable de materiales del máximo interés.
El inventario de las piezas a las que hemos tenido acceso es el siguiente: 21 lanzas de tipología diversa y en distinto estado de conservación; un «scramasaX» casi completo (fig. 2, b) y varios más en estado fragmentario; dos puñales (fig. 2, a); una veintena de cuchillos, todos en estado fragmentario; varias puntas de flecha: siete placas de cinturón (tres en estado fragmentario) y dos contraplacas; dos apliques escutiformes simples y uno doble; cinco hebillas arriñonadas de bronce; tres hebillas ovaladas de bronce; seis agujas escutiformes de bronce; cuatro hebillas arriñonadas de hierro; una gran hebilla de hierro con su aguja, decoradas ambas con damasquinados en plata; varias hebillas más de distinta tipología y estado de conservación; tres probables «briquets»; cinco placas dorsales de bronce; dos plaquitas con inscripción y una pequeña pieza aviforme, todo ello respondiendo, muy probablemente, a las diversas decoraciones que adornaban los «Sac a maim> característicos de las sepulturas femeninas; dos botones o remaches; un alfiles de bronce fragmentado con cabeza decorada; una cuenta de pasta vítrea; un punzón de hierro; cinco anillos (tres de bronce, uno de hierro y otro. fragmentado de plata); l O tachuelas; 11 lascas de sílex; una treintena de piezas dentarias humanas; varios fragmentos más, finalmente, pertenecientes a objetos de morfología y funcionalidad indeterminados.
Estando todo ello en estudio para una publicación que daremos a luz próximamente, nos limitaremos ahora a efectuar algunas acotaciones sobre el tema que nos ocupa.
Buzaga, a diferencia de Pamplona -mucho más mixtificada culturalmente-presenta rasgos mayoritaria e inequívocamente norpirenaicos.
Por desgracia, los materiales que hemos podido consultar no proceden de una excavación sistemática y carecen, por lo tanto, de la contextualización imprescindible en estos casos.
Trataremos, no obstante, de analizar algunos de los objetos conservados que nos parezca más significativos.
Y, en esta ocasión, nos fijaremos, al igual que en Pamplona, en los broches de cinturón.
El modelo más frecuente (hasta cuatro ejemplares muy similares entre sí) lo constituye la placa triangular tri lobulada (fig. 3, a, b, c, d) 57, parecida morfológicamente a una de las piezas ya vistas en Pamplona.
Como aquélla, se correspondería, por lo tanto, con el tipo 64 n Los dibujos que figuran en este trabajo han sido realizados por el Dr. J. Núñez Marcén, profesor del Área de Arqueología de la Universidad del País Vasco.
Asimismo queremos agradecer muy especialmente a J. M. Martínez Txaperena su magnífica disposición a Ja hora de facilitarnos el acceso a los materiales procedentes de Burgos que, una vez estudiados, han sido depositados por él mismo en el Museo Arqueológico de Navarra. i:,
-Puñales (a) y «scramasax» (b) procedentes de Buzaga (Elorz, Navarra).
Puntas de lanza (c) exhumadas en la necrópolis de Aldaieta (Nanclares de Gamboa, Alava). mos a la base el triángulo y uno en el vértice) sobre los que se fijan tres botones o remaches de carácter únicamente decorativo.
Los puntos de sujeción al cuero del cinturón se sitúan en el reverso, disponiéndose el del vértice en sentido transversal a los otros dos.
Nuestros ejemplares poseen algunas peculiaridades que conviene señalar.
Las placas triangulares «nórdicas», «septentrionales» o «francas» carecen con frecuencia de ornamentación alguna, a diferencia de las «aquitanas» (James: Grupo 11; Lerenter: Tipo DI) perfectamente caracterizadas por una decoración específica ~K. Se ejecuta ésta a base de una itra de metal (fundida por separado ~•1 ) en forma de pequeño bocel sogueado que enmarca la placa rodeando los tres botones o remaches.
Entre los dos de la base queda generalmente un pequeño cuadrado o rectángulo y, entre éstos y el del vértice, un trapecio"o.
Ambos compartimentos se ilustran generalmente con motivos incisos geométricos o zoomorfos.
En el caso de los ejemplares de Buzaga, en tres de las placas -una vez realizadas a molde y antes de la fijación de los botones o remaches-, se efectuó una decoración a base de líneas ejecutadas por sucesión de puntos, representando una línea en dientes de sierra inscrita en doble banda que une los tres lóbulos o apéndices circulares (fig. 3, a, b, d).
En el cuarto ejemplar (fig. 3, c) una doble banda incisa une de nuevo los tres apéndices circulares formando un pequeño rectángulo entre los dos lóbulos de la base que se decora con una cruz de San Andrés.
En ambos modelos da la impresión de que se quisiera imitar la técnica de los ejemplares aquitanos antes descritos.
Otro ejemplar, muy frecuente también en el mundo merovingio, es el broche de cinturón de placa rígida de hebilla rectangular y lengüeta con cinco apéndices (dos a cada lado y uno en el extremo opuesto al de la hebilla) y nervadura central (fig. 4, c).
Pueden verse paralelos en La Turraque 6 3 y Lavoye 64 y vienen a fecharse a fines del siglo v1 y comienzos de la centuria siguiente.
G. Fingerlin realizó un estudio sobre su evolución con las variaciones morfológicas Sufridas por los apéndices ( 1.
Los tres broches que comentaremos a continuación manifiestan también una indudable filiación norpirenaica, aunque más explícitamente vinculada, quizá, a Aquitania que las que hemos descrito anteriormente.
Se trata, el primero de ellos (fig. 4, a), de un ejemplar rectangular -ligeramente trapezoidal-con dos pares de botones o remaches en los laterales y un s~ Cfr. un ejemplo de ambas en M. Larrieu et a! ii, la nécropole mérovingienne de remache en el extremo opuesto a la hebilla, todos ellos -como viene siendo habitual en el sudoeste francés--de carácter únicamente decorativo I> 7 se realiza por dos espigas en ambas piezas, articuladas por un pasador que no se ha conservado.
La aguja es característica. también, de estos ejemplares. con una base ancha de decoración si milar a la de la placa.
A destacar tres de los cinco remaches adornados con pequeños círculos troquelados. con un punto central, dispuestos en forma cruciforme, y un quinto círculo similar en su centro.
Existen tambi én paralelos aquitanos en Preignan y Montegut (Gers) "K. La decoración de la placa sigue escrupulosamente las peculiaridades más características del cic lo aquitano: técnica a base de punzón o'' con un fondo de puntos cubriendo gran parte del campo decorativo, medallón central en círculos concéntricos, doble banda incisa rodeando el perímetro de la placa, etc. Tipo lógicamente pertenece inequívocamente al grupo 18 de E. James ( «Bccked» Buckle-Plates» ). y al tipo B 1 de S. Lerenter («Plaques trapezoidales a queuc d 'aronde») cuyos prototipos imita toscamente y que, según James, corresponden a un grupo local cuyo centro de producción estaría en algún lugar del Toulousin, sin paralelos fuera del sudoeste francés 70.
Cronológicamente ha de ubicarse en la primera mitad del siglo v11.
Nos quedan dos ejemplares por comentar, ambos desgraciadamente fragmentos, aunque no por ello pierdan interés.
Del primero de ellos (fig. 4, b) sólo conservamos la hebilla, la aguja y parte de la placa trapezoidal, con dos pequeñas espigas para su articulación con la hebilla, dos grandes botones o remaches y una decoración nuevamente característica de lo aquitano, a base de arquerías de semicírculos descansando sobre una doble línea que recorre el perímetro de la placa.
En el centro un motivo peculiar 7 1 que aparece también en la base de la hebilla.
Sería fácil recoger una larga lista de paralelos iconográficos de estos semicírculos tan típicamente aquitanos: la necrópolis de Tabariane (Ariege) ofrece varios ejemplos 72 y resulta particularmente significativo el ejemplar del Museo de Agen procedente de Eymct-sur-Dropt (Dordogne) 73 • Su adscripción tipológica no resulta del todo segura debido a su estado fragmentario.
Pertenece, sin duda, al grupo 1 de E. James y, muy probablemente, al 18, con una cronología por tanto de la primera mitad del siglo v11.
Otro tanto cabe decir de una placa, también fragmentada, que llama la atención por el color brillante y plateado que le confiere el baño de estaño recibido (fig. 3, e).
Los dos remaches del extremo próximo a la hebilla han desaparecido.
Entre ellos queda un espacio rectangular delimitado por una línea doble y, en su interior, un motivo también característico de la iconografia aquitana: el cuadrado con sus vértices constituyendo lazos unidos entre sí por semicírculos dobles 74 • Numerosas placas procedentes de Tabariane (Ariege), Revel, Gasailou M Los botones o remaches -de forma cupuliforme-no cubren puntos de fijación o remaches reales.
Estos -generalmente tres-se ubican más centrados en el reverso de la placa.
1>1 Tenemos nuestras dudas sobre nuestro acierto a la hora de elegir la hebilla que pudiera corresponder a la placa que comentamos.
6 q Las líneas, incluso, están ejecutadas mediante una apretada sucesión de puntos.
71 Cfr. un paralelo muy similar en una placa del Museo de Montpellier, procedente de Milhau (Aveyron).
72 (Haute Garonne), Vilkneuve-lc-Comptal (Aude), etc. muestran motivos idénticos 75 • En el cuerpo central de la placa. un entrelazado de varios cabos reincide también en este mismo tipo d1.: decoraciún.
El resto de los objetos recuperados en Buzaga coinciden en su origen extrapcninsular: la abundancia de armamento, los «briquets» tan característicos de contextos funerarios merovingios'''. una especie de punzones o «fiches á bél iere» -objetos de funcionalidad todavía incierta y que han merecido las interpretaciones más di versas 77 -, ese doble aplique escutiforme ( fig. 3. f) con paralelos casi idénticos en lugares de la Galia tan alejados entre sí como La Turraque (Aquitania) 7 x y Reville (Manche) 7'', etc. Pero. si n duda. es la abundante presencia de armamento uno de los rasgos -coinc idente. ror otra parte, con Pamplona-más llamativo de esta necrópolis: 21 puntas de lanza de tipología diversa, adscribibles cronológicamente al siglo v1 y comienzos de la centuria siguiente xo. un «scramasax» completo ( fig. 2, b) fechable probablemente en la primera mitad del siglo v11 y varios más en estado fragmentario. varias puntas de flecha, etc.
LA NECRÓPOLIS DE ALDAIETA (NANCLARES DE GAMBOA, ALA VA) La necrópolis de Aldaieta, ubicada en la misma orilla del embalse artificial de Ull ibarri-Gamboa (a unos 15 krns., aproximadamente de Vitoria-Gasteíz), se halla enclavada en el término de Nanclares de Gamboa. ente adscrito administratívamentc al ayuntamiento de Arrazua-Ubarrundía.
La existencia del yacimiento fue detectada por J. A. Apellániz González -alumno en su día y colaborador en la actualidad del Área de Arqueología de la Universidad del País Vascodurante el mes de septiembre de l año 1987.
La necrópolis de Aldaieta ocupa una amplia extensión que se di vide en dos partes, una de las cuales (sector A: orillas del pantano o playa) corre el riesgo permanente de ser cubierta por las aguas, mientras que la otra (sector B: zona de bosque) se encuentra a salvo por ubicarse en cotas superiores a las que pueden alcanzar las subídas anuales del embalse.
Ya desde las mismas fechas del descubrimiento supusimos que el pantano habría deteriorado una parte importante de la necrópolis, con la pérdida definitiva de información arqueológica, tanto material (desaparición de ajuares) como histórica (ausencia de contextualización en los recuperados en superficie).
No sabíamos con exactitud, sin embargo, si la pérdida (en lo que respecta a 75 /hidem. pi.
77 Característico. al parecer, de las sepulturas masculinas, ha recibido en la bibliografia france sa las denominaciones e interpretaciones más dispares («fiches a découpern, «fiches a béliére», «per~oim>, «pointes». «piquoirs». «porle-équipementS», «fers aiguisern, «OUtil de vannier» etc. ( la zona afectada por el pantano) era cuasi-completa. parcial o de importancia menor.
En cualquiera de los tres casos merecía la pena salir de dudas dada la cxcepcionalidad del yacimiento.
Tras la campaña de 1991. sabemos ya que la docena de enterramientos recuperados en la playa durante 1988 y 1989 eran. por desgracia. los últimos testimonios funerarios de un amplio espacio ccment1.:rial que hubo de contener numerosos enterramientos.
De una aproximación hipotética a los límites de la necrópolis y de una extrapolación al sector A (playa) de la densidad de hallazgos conocidos en el sector B (bosque). puede deducirse que son varios cientos de tumbas destruidas por el embalse. lo cual nos da idea de la s dimensiones e importancia dd yacimiento de Aldaicta.
Hasta el presente son en torno a los noventa los e nterramientos que han sido exhumados xi. algunos de ellos en franco estado de deterioro. y otros. por el contrario, en buen estado de conservación x~.
Todos ellos responden, de momento, a la misma tipología de enterramientos: se trata, sistemáticamente, de tumbas en fosa simple en la que se depositó el cadáver dentro de una ataúd de madera ~-', con un ajuar y depósito funerarios cuanto menos sorprendentes.
Entre los diversos enterramientos destaca uno sobre todos los conocidos hasta la actualidad.
Se trata de la tumba núm. 28 con un material arqueológico que llama, sin duda, la atención por su abundancia y diversidad.
El personaje -y no cabe duda de que lo era-fue inhumado con dos grandes puntas de lanza junto a la tibia derecha; un hacha de combate sobre la diáfisis de la tibia izquierda; un espléndido cuenco de bronce ( «Perlrandbeckcn») en posición invertida con un vaso de vidrio intacto en su interior, dispuestos sobre la parte superior de ambos fémures; en la zona pelviana aparecieron un «scramasax» con restos ya mineralizados de su funda de madera y dos cuchillos; un poco más arriba, la guarnición de cinturón con una hebilla arrii1onada y su aguja escutiforme, un aplique también escutiforme y dos apliques más de diversa tipología; finalmente, sobre el pecho, un collar con cincuenta y una cuentas de ámbar y un canino de oso perforado.
Este depósito funerario y este ajuar personal vienen a
x i Resulta di 11ci l indicar con total precisión el número exacto de enterramientos, habida cuenta que, en algunos lugares de la necrópolis, los inhumados no aparecen individualizados sino formando parte de un depósito de numerosos restos óseos que sólo los antropólogos sabrán leer correctamente.
Nuestra labor, como arqueólogos (con la colaboración «in situ» de un antropólogo). se ha limitado en estos casos a su registro escrupuloso -con numeración de todas las evidencias óseas sobre mosaico fotográfico y plano-y al levantamiento cuidadoso de material ostcológico).
Conviene recordar además, que, entre los datos recogidos en este breve artículo, están ex luidos los materiales procedentes de la campaña de 1993 que han superado en importancia cuantitativa y cualitativa a los de las campañas precedentes.
xi Las tumbas que, en la actualidad, se encuentran en el bosque (sector B) no han sido violadas en ningún caso de los conocidos hasta el momento.
La poca profundidad de la mayoría de los enterramientos; sin embargo (menos de 50 cms. en muchos casos), y la acción de las raíces de los árboles hace que el estado de conservación de los restos osteológicos sea delicado.
KJ Sabemos de la existencia de ataúdes de madera, no porque se hayan conservados restos o trazas lígneas, sino por la abundancia de clavos que se recuperan casi sistemáticamente en todos los enterramientos.
La orientación escrupulosa de las cotas y la orientación de todos los clavos, nos ha permitido, incluso, restituir varias posibilidades de construcción de estos ataúdes.
En Aldaieta llama la atención, sin embargo, la entraordinaria cantidad de clavos recogidos en algunos enterramientos, muy superior a cuantos ejemplos conocemos en la Galia o en Hispania.
Sin que podamos ahora profundizar en ello y para cuestiones relacionadas con este tema (existencia o no de ataúdes o parihuelas, interpretación de los clavos en algunos casos como objetos de carácter ritual o apotropaico, etc. Cfr.
A. Simmer, le dmetiere mérovingien d'Audun-le-Tiche, cit., pág. 103. confirmar el alto nivel y la importancia cuantitativa y cualitativa que alcanzó el colectivo que vivió durante los siglos v1 y v1 1 en este rincón del territorio alavés.
El ajuar militar puede considerarse ya único en la Penínsu la con más de 40 puntas de lanza de tipología di versa ( fig. 2, c), algunas en espléndido estado de conservación, y 22 hachas de combate ( ftg.
En un rápido inventario provisional -recordando que aún no han finalizado la s excavaciones-se pueden citar, además, un «scramasax», una magnífica empuñadura en asta de ciervo decorada, la estructura metá lica de un casco de cuero, 11 cuchíllos, una espléndida hoz de filo dentado, un broche de cinturón con placa articulada, 17 hebillas de plata y bronce, siete agujas escutiformes, seis apliques de bronce, dos agujas, una bíbula en omega, cinco vasos de vidrio (tres de ellos completos), 1 O recipientes cerámicos, dos espléndidos cuencos de bronce (completos también), varias asas de sección helicoidal y refuerzos metálicos de recipientes de madera, 23 anillos de hierro, plata y bronce (algunos de ellos espléndidos, con pasta vítrea o camafeos engastados en su cabujón), dos pendientes, cinco collares, casi dos centenares de cuentas de ámbar y pasta vítrea, más de un millar de clavos, tachuelas... y un número indeterminado de objetos de hierro y bronce de oscura funcionalidad.
Otra de las novedades importantes que deparó la campaña de 1991 se refiere a la organización interna de la necrópolis.
Pensábamos hasta esa fecha que su desarrollo topocronológico era horizontal, sin superposiciones de niveles sepulcrales distintos.
Pues bien, hoy estamos en condiciones de desmentir esta última afirmación, al haberse constatado distintos niveles de enterramiento de gran interés.
Parece claro que los inhumados en Aldaieta lo hacían en grupos perfectamente delimitados unos de otros por amplios espacios libres.
En un comienzo creíamos que estos grupos -con individuos vinculados entre sí por lazos probablemente sanguíneos o sociales-se organizaban horizontalmente en largas hileras de enterramientos (al estilo de «les cimetieres par rangées» de la Galia).
Estos dos últimos años (1991-1992), sin embargo, han aparecido varios grupos que presentaban una organización peculiar.
De abajo hacia arriba -es decir, en un sentido inverso al proceso de excavación-se ha observado, en uno de los casos, un primer nive l con tres enterramientos.
El central, núm. 28, era el más rico de todos ellos como si se tratara de una tumba fundacional sobre la que se organizó, a lo largo del tiempo, el «panteón» excavado.
Sobre este primer nivel se superpuso un segundo también con tres enterramientos y, encima del central del segundo nivel, un tercero consistente en una inhumación infantil.
Muy próximos, aunque fuera del sistema organizativo descrito, se observaban dos enterramientos más con ajuares de inferior calidad.
Llama la atención que este grupo, aún di sponiendo de amplio espacio en sus inmediaciones para depositar a sus fallecidos, prefiriera la peculiar disposición que hemos descrito aún a pesar del abigarramiento que conllevaba.
Indudablemente la atracción del lugar fundacional fue más fuerte que otras consideraciones vinculadas a la comodidad o la mejor racionalización del espacio funerario.
Habrá que estudiar por qué unos grupos preferían la organización horizontal y otros, en cambio, la vertical, pudiéndose inferir de estas diferencias (junto a la aportación procedente del trabajo tipológico de los materiales y del estudio antropológico) importantes datos cronológicos, sociales o culturales.
En la campaña de 1992, por ejemplo, ha sido significativa la confirmación de que los grupos funerarios con superposiciones aparecen únicamente en la zona oriental de la necrópolis, con los cuerpos orientados mayoritariamente en dirección S-N (cabeza al sur y pies al norte) y, en algún caso, N-S, mientras que la zona occidental la distribución de los enterramientos se desarrolla en largas hileras sin superposiciones y con orientación O-E (cabeza al oeste y pies al este).
Los ajuares muestran también diferencias significativas.. e-.
Figura 5.-Hacha de combate depositada en uno de los enterramientos de Aldaieta (Nanclares de Gamboa, Alava).
La bibli ografia arqueológica tradicional había llamado la atención, desde siempre. sobre el ordenamiento en largas hil eras de muchas de las necrópolis merov ingias. hasta el punto de convertir el hecho en una de sus pecu li aridades más caracte rí sticas (de ahí la de nom inación alemana de «Reihengraberfeld» o la francesa de «ci mctieres par rangées» ).
E. Sal in ll egó a considerarlo, incluso, como un rasgo típicamente germán ico~~.
Los estudios más recientes, sin embargo, rechazan tales planteamientos porque, en primer lugar, no todas las necrópolis merovi ngias están ordenadas por hileras y, en segundo, porque tal ordenamiento existe también en necrópolis tardorromanas que no muestran ningún aporte germánico.
Como señalan P. Perin y B. K Young, la disposición de los enterram ientos «par rangées» puede deberse simplemente a un paralelismo entre las fosas derivado de una orientación predominante o del propio deseo de acceder a los sepulcros en muchas necrópolis e n las que la densidad de los ente rramientos es evidente 8 s. Sí que parece, en cambio, que se dio un cierto respeto por la individualidad de las 84 E. Salio, la civilisation mérovingienne d'aprés les sépultures, les textes et le laboratoire ( sepulturas, sea o no éste un rasgo también germánico como quiere E. Sal in, lo que hace que las superposiciones -•aunqul! se den-no sean excesivamente frecuentes, como tampoco lo son las reutilizaciones de las sepu lturas ><n.
La dualidad presente en nuestra necrópolis, con grupos perfectamente diferenciados, le confieren un máximo interés.
La investigación de los antropólogos, todavía en curso, puede resultar en este sentido de una importancia capital.
Otro aspecto en el que la necrópolis de Aldaieta manifiesta un alto interés, es el referido al de las costumbres funerarias, dado el grado de diversidad de los ritos que se observan bien en el aspecto relacionado con la orientación de las sepulturas, bien en el de la posición de los cuerpos, bien en el de la presencia de depósitos funerarios de indudable significativo apotropaico.
Los resultados, en este sentido, son el algún caso espectaculares: dos individuos inhumanos sin cabeza, abundante presencia de denticiones humanas depositadas con intencionalidad ritual (rodeando el cráneo en un caso, al ineadas cuidadosamente sobre el pecho en otro... ), deposiciones de detenciones de équidos junto a las cabezas de los difuntos, etc. No es ésta, de todas maneras. una cuestión que esté de moda.
Frente a los excesos, quizá, de interpretación de muchos autores clásicos de la historiografía merovingia, durante los últimos años se ha ido imponiendo un cierto excepticismo ~7 que pone en duda muchos de los aparentes rituales que antaño se postulaban con ardor.
Recientemente, sin embargo, A. Simmer ha defendido la existencia en Audun-le-Tiche, de mutilaciones y decapitaciones rituales, presencia de numerosos objetos de carácter apotropaico, fuegos rituales y un sin fin de cuestiones que parecían haber desaparecido de la bibliografía reciente> <.
En el caso de Aldaieta, los antropólogos y paleopatólogos habrán de certificar la existencia -como suponemos-de esqueletos en posiciones violentadas, la presencia de modos de inhumación ciertamente sorprendentes... para tratar luego, entre todos, de contextualizar este panorama que se nos presenta lleno de complejidad.
De los resultados obtenidos, hasta el momento, en esta necrópolis, existen ciertos aspectos que merecen algún comentario: no cabe duda de que los enterramientos acogen a individuos de cualquier edad -ancianos, adultos, niñosy de ambos sexos, dato éste que, unido a la existencia -antes de la destrucción producida por las aguas del embalse-de varios cientos de enterramientos, lleva a considerar a Aldaieta no como el reflejo exclusivo de un grupo reducido de carácter militar (como se nos ha llegado a sugerir desde algunos foros), sino como el testimonio inequívoco de la existencia de un asentamiento 119 xv Habida cuenta que la necrópolis parece responder a una población estable, desde 1989 hemos venido prospectando sistemáticamente el entorno de Aldaieta con resultados, creemos, altamente satisfactorios.
Hoy en día estamos en condiciones de afirmar que el habitat relacionado con la necrópolis puede estar ubicado en un emplazamiento próximo que, rodeado de una amμlia línea defensiva, domina desde lo alto el valle de Arrazua-Ubarrundia y buena parte de la Llanada alavesa.
Su magnífica condición estratégica queda evidenciada en el topónimo con el que todavía su cota más alta, «Espikulatxe», de composición vasco-latina (spicula = «atalaya», «lugar de vigilancia» + aitz = «peña»).
J. A. González Salazar, Cuadernos de Toponimia. núm. 2: Toponimia Menor de Salvatierra.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa parcialmente ese misterioso vacío de varios siglos en la historia del Paí s Vasco que tantos quebraderos de cabeza ha producido a los hi storiadores, generando cientos de páginas a la búsqueda de una hipotética explicación.
Que esta población poseía un fuerte componente militar queda tambi én de toda duda.
El ajuar recuperado, en este sentido, puede considerarse ya único en toda la Península superando cuanto se conocía hasta el presente.
Estamos hablando de más de sesenta armas entre espadas, lanzas y hachas de combate, y todo ello únicamente en la parte conservada de Ja necrópolis.
No nos parece éste e l momento adecuado para aventurarnos, en exceso, en disquisiciones sobre el carácter étnico-cultural de los inhumados en Aldaieta: la sorprendente e inusual presencia de armamento les aleja, desde luego, de las necrópolis visigodas e hispanovisigodas, habitualmente huérfanas -como es conocido-de este tipo de ajuares funerari os, acercándoles en cambio al mundo merovingio en el que sí que resulta muy frecuente la inhumación de los varones con sus útiles militares 90 • La tipología de las lanzas y, sobre todo, de las «franciscas» o hachas de combate, la existencia de otros depósitos característicos del mundo merovingio como los cuencos de bronce de borde perlado o los cubos de madera con refuerzos anulares y asas de sección helicoidal, los rituales funerarios -tan simi lares en muchos casos-, etc. refuerzan esta afinidad.
Nada hay, por el contrario, que recuerde los ajuares habituales de las necrópolis españolas de este período.
Todo ello, sin duda, plantea arduos problemas de interpretación histórica, obligándonos a reflexionar críticamente sobre antiguas certezas y lugares comunes de nuestra historiografía.
Siempre nos había resultado difícil ubicar en la Llamada alavesa la campaña de Leovigildo contra los vascones (año 58 1) descrita por e l Biclarense y, por lo tanto, nos resistíamos a admitir las habituales reducciones de «Victoriaco» con Vitoria, Vitoriano, Jruña o algún lugar próximo.
Ya lo señalábamos antes, incluso, del descubrimiento de Aldaieta 91 • Las posibilidades de tal hipótesis se reducen aún más, en opinión •nuestra, porque ciertamente no parece sencillo imaginar en el escenario victorioso de Leovigildo Yi a una población importante (y no visigoda) con indudable carácter militar.
¿A quién temían Jos inhumanos en Aldaieta?
¿De quiénes se defendían y contra quiénes luchaban?
Como indicábamos en otro lugar Y 3, es hora ya, probablemente, de poner en duda no tanto la veracidad del testimonio de Juan de Ciclara cuanto la ubicación de los acontecimientos que narra y de asumir, lógicamente, las consecuencias que de ello se deriven.
ALGUNAS CONSIDERACIONES CRONOLÓGICAS A MODO DE CONCLUSIÓN
Antes de terminar este breve trabajo, nos gustaría apuntar a lgunas consideraciones de carácter cronológico que habrán de tomarse en cuenta provisionalmente.
Buzaga aún no ha sido objeto de una excavación sistemática y Aldaieta está todavía por concluir, sin olvidar que 90 Cfr.
B. K. Young, Quatre cimetieres, cit., págs. 9 1 Cfr.
A. Azkárate, Arqueología cristiana de la Antigüedad Tardía en A lava, Guipúzcoa y Vizcaya, Vitoria, 1988.
92 Recuérdese que Aldaieta se encuentra a pocos kilómetros de la capital alavesa.
91 A. Azkárate El eremitismo en época visigótica.
Testimonios arqueológicos... estudios antropológicos (absolutamente claves) están en curso de realización, que muchos materiales importantes vienen todavía siendo objeto de una restauración cuidadosa y que, en consecuencia, no han podido ser estudiados todavía con detenimiento.
Hay que recordar, además, que carecemos de hallazgos monetales que acompañen los ajuares y depósitos funerarios, que en la Península Ibérica no se conoce nada similar hasta el presente y que en las zonas aq uitanas -como más próximas geográficamente-no existen demasiados estudios que puedan servirnos de referencia.
Como señalaba muy recientemente todavía E. James, las fuentes arqueológicas son infinitamente inferiores en cantidad y calidad en el sudoeste que en las demás regiones de la Galia merovingia, siendo habitual la inexistencia de sepulturas ricas en ajuares, la ausencia de excavaciones sistemáticas, etc.94 • Es por ello por lo que, en esta primera aproximación, hayamos recurrido a tablas tipológicas y propuestas cronológicas mucho más septentrionales.
Llama la atención en Aldaieta la abundancia de hebillas arriñonadas con su aguja escutiforme.
Son 17 las recuperadas hasta el momento, además de siete agujas escutiformes también y varios remaches de la misma tipología.
Todo ello mayoritamente en bronce -en algún caso estañado-.
Estos objetos, tan característicos del ajuar personal, responden al grupo de «Bronzeschallen A6» que K. Bohner 95 ubicara para Renania básicamente en su nivel 111 (520-600 aprox.) aunque sean anteriores en origen (nivel 11).
En propuestas cronológicas más modernas, pertenecerían al tipo 52 de P. Perin que este autor sitúa entre las fases ABD y DEF (480-580 aprox.) dentro del estudio que efectuara para la región de Ardennes y Meuse en el Nordeste francé s 911 y que viene a coincidir con el que R. Legoux real izara en la necrópolis de Bulles 97 (tipo 19 de Legoux, fases ABC a CDE, es decir, de fines del siglo val 580 aprox.).
La ausencia 98, por otra parte, de broches de cinturón de placa tanto rígida como articulada -objetos que, salvo en algunos tipos de cronología anterior, se diversifican a partir de final es de la sexta centuria para alcanzar su esplendor en la centuria siguiente-viene a confirmar al marco temporal apuntado por las hebillas dentro del siglo v1.
La cronología del gran número de armas recuperadas, caso único en la Península, redunda en lo dicho y se orienta básicamente en la misma dirección.
Las hachas de combate merovingias han merecido una datación similar en cuantos han elaborado tablas tipológicas de valor cronológico.
Las 22 franciscas recuperadas hasta el presente en Aldaieta habría que llevarlas, por tanto, hasta finales de las sexta centuria aproximadamente.
Otro tanto cabría decir de un porcentaje importante de las puntas de lanza recuperadas, aunque en este caso el panorama se presenta algo más complejo.
La tipología es diversa y hemos de reconocer que, para algún caso, no hemos encontrado todavía paralelos evidentes.
Pero una parte importante corresponde al tipo de punta lanceolada de sección losángica con enmangue tubular abierto, adscribible, según P. Perin, a sus fases ABD-DEF (hasta 570/80 aprox.).
Otros tipos, sin embargo, pudieran quizá ser algo más tardíos, prolongando la fecha de la necrópolis hasta entrado el siglo v11.
Su aparición e n los grupos que se inhuman en dirección O-E y su ausencia entre quienes lo hacen en dirección S-N y N-S es, en este sentido, muy significativa.
Ya hemos hecho mención a la existencia en Aldaieta de dos colectivos que orientan sus muertos de distinta manera, que organizan el espacio funerario también muy distintamente y que muestran, además, en sus enterramientos ajuares con diferencias apreciables.
Conocer qué hay detrás de ello es, obviamente, fundamental.
Pero no sería prudente avanzar excesivas precisiones en estos momentos estando, como estamos, a la espera de los resultados que ofrezcan diversos análisis en curso y que pudiera obligarnos a matizar posteriormente algunas apreciaciones.
Tampoco nos parece poco lo que avanzamos: en las proximidades de Aldaieta (Nanclares de Gamboa, Alava) vivió, de forma estable -aunque preocupada indudablemente por cuestiones militares-, una nutrida comunidad de individuos a lo largo de la segunda mitad del siglo v1 y de, al menos, parte del v111.
Esta comunidad no responde a cánones culturales visigodos o hispanovisigodos, sino a otros de carácter norpirenaico.
Esto nos parece algo indudable.
Otra cuestión muy distinta que abordaremos detenidamente cuando se publique la memoria final de las investigaciones en curso pero que no podemos tocar aquí en profundidad, es la de las interpretaciones que a este importante fenómeno puedan dársele.
No obstante, resulta inevitable pensar en el año 541, con la conocida expedición de Childeberto y Clotario al Sur de los Pirineos y en la controvertida mención del Pseudo-Fredegario a los tributos que un tal Francio, duque a la sazón de Cantabria, pagó durante largo tiempo a Jos monarcas merovingios hasta el reinado de Sisebuto ( 612-621 ).
Entre una y otra fecha, no habría que olvidar a los pervasores que Leovigildo expulsa de Cantabria en su campaña de 574, su victoria parcial sobre los vascones en el 581 100, la acción del duque Bladastes ese mismo año, la expedición de Thierry 11 y Teodoberto 11 en el 602 y otros puntos que se tratan con detenimiento en el trabajo de K. Larrañaga antes mencionado.
Nos hemos referido antes al carácter mixtificado de la necrópolis de Pamplona y a su perduración, al menos, desde época tardorromana a período islámico.
Centrándonos, no obstante, en lo tardoantiguo, parece que caben pocas dudas sobre las turbulencias políticas que hubo de vivir la capital navarra durante aquellos años.
Es muy poco, sin embargo, lo que sabemos con certeza -a pesar de cuanto se ha escrito-sobre quienes ejercieron el control político en la antigua Pompaelo.
Las presencias y ausencias de los obispos pamploneses en los concilios visigóticos han sido interpretados tradicionalmente como indicadores de la dependencia política intermitente de la ciudad respecto a la monarquía de Toledo, aunque ha habido 100 Resulta muy elocuente que un monarca como Leovigildo tuviera que conformarse con ocupar sólo una parte de Vasconia y comprensiblemente la sorpresa que un autor tan cualificado como J. J. Sayas manifiesta a este respecto.
Parece razonable suponer, como lo han hecho muchos autores. que durante esos ai1os Pamplona girara en torno a Ja órbita política de Toledo. ¿,Qué ocurrió. sin embargo, desde el primer Concilio de Tarragona -en el 516hasta el 581 y en el largo lapsus existente entre el 592 y el 681?
Sin poder responder a estas cuestiones en el breve marco de este trabajo, sí nos gustaría, no obstante, insistir en algunos puntos habitualmente olvidados.
M. A. Mezquíriz, apercibiéndose de la «innegable diferencia que se encuentra entre los materiales muy unitarios de las necrópolis castellanas» y los que se recuperaron en la capital navarra, recordaba que «la región de Pamplona, invadida ocasionalmente por los ejércitos francos y visigodos, mantenía relaciones tanto en el norte como en el sur, por lo que (... ) creemos que desde un punto de vista étnico tal vez haya que atribuirse la necrópolis a otro pueblo, posiblemente los vascones 10 -', que presentarían en su aj uar elementos importados por los invasores del norte de los Pirineos y de los visigodos» 1114
• Aunque cabría efectuar algunas matizaciones a lo dicho, la cita nos sirve para recordar que la existencia en la necrópolis de Pamplona -en una proporción notable--de elementos materiales de origen nordpirenaico ya había sido advertida hace muchos años, a pesar de la poca importancia que se le ha prestado.
A diferencia de Aldaieta, sin embargo. sorprende observar entre los ajuares recuperados la escasa proporción de hebillas arriñonadas con aguja escutiforme atribuibles al siglo v1'°~ (solamente dos). y la existencia, en cambio, de placas de cinturón de indudable aspecto aquitano, cuya 1111 A. Besga Marroquín. la situación política de los puehlos del Norte de Espaiia en la época visigoda, Bilbao, 1983, pág. 48.
No incluimos el probable Concilio celebrado en Toledo durante el reinado de Gundernaro por las dudas que su existencia ha provocado.
Cfr. un trabajo reciente en el que se puede ampliar la bibliografia al respecto: A. González Blanco, El Decreto de Gundemaro y la historia del siglo v11, los visigodos, Historia y Civilización, Antigiiedad y Cristianismo, 111, 1986, págs. 159-169.
1 No se comprende muy bien la extrañeza de F. Pérez Rodríguez y M. A. De Cos Seco (Los restos visigodos, cit., pág. 315, nota 12), cuando preguntan «con qué argumentos» se atribuye Pamplona a los vascones en el artículo de M. A. Mezquíriz, para añadir luego que «dado que buena parte de la polémica... se ha centrado más en el terreno de la denominación étnica que cabría atribuir a los inhumados que en el carácter de la realidad cultural que los ajuares patentizan, sería tal vez mejor referirnos al yacimiento como necrópolis de época hispanvvisigoda con it! fluencias merovingias» (págs. 316-317).
No entendemos muy bien, sin embargo, qué realidad cultural (si hi spano-visigoda o franca) se quiere expresar diciendo que una necrópolis es de época hispanovisigoda con influencias merovingias.
Por otra parte, y en lo que al resbaladizo terreno de lo «étnico» respecta, nos hemos cuidado mucho en este trabajo de no entrar de lleno en este punto y no lo haremos hasta que los antropólogos finalicen su trabajo en Aldaieta.
De todas formas convendría recordar, como ha sido señalado en numerosas ocasiones, que la germanización de los ajuares funerarios en un territorio no significa, por fuerza, su colonización étnica (Cfr., por ejemplo, E. James, Les problémes archéologiques du Sud-Ouest wisigothique et franc, cit., pág. 151 ).
Y si ello fuera cierto también el caso que nos ocupa -es solamente un supuesto, aunque razonable-¿qué otra población esperaban encontrar los autores citados en una ciudad como Pamplona? 1<1 4 M. A. Mezquíriz, Necrópolis de Pamplona, cit., pág. 131. ms Esta fechación sirve también para la Península Ibérica.
Tal y como indica G. Ripoll, las hebillas arriñonadas con aguja escutiforme pueden estar presentes en el nivel 11 de su tabla tipológica. cronología -tal y como indicábamos más arriba-se ubica en el siglo v11.
Los «scramasaxcs» apuntan también hacia esta cronología y, más en concreto, a fechas avanzadas ya de la séptima centuria.
«Scramasaxes» de dimensiones similares a los dc Pamplona han sido fechados en la necrópoli s de Audun le Tiche muy a fines del siglo v1 1 e. incluso. a comienzos del sigu iente 106 • En cualquier caso, convendría ubicarlos de mediados del siglo séptimo en adelante 10 7 • 3.
El descubrimiento de Buzaga nos parece de una importancia fundamental.
Esta necrópolis, con materiales de rasgos mayoritaria e inequívocamente aquitanos aleja. o debería alejar. definitivamente las dudas de cualquier escéptico.
Todos los ajuares recuperados poseen una homogeneidad cultural que armoniza perfectamente con la capital navarra.
Su abanico temporal, sin embargo, parece más amplio que el de Pamplona, con hebillas arriñonadas. agujas escutiformes y algunas puntas de lanza adscribibles al siglo v1, un broche de cinturón de placa rígida con hebilla rectangular y lengüeta de cinco apéndices, fechable a partir de fine s de la sexta centuria o comienzos de la siguiente y diversas placas d e cinturón o «Scramasaxes» que pueden ubicarse perfectamente a todo lo largo del siglo v11.
No cabe duda, pues de que Pamplona y Buzaga prolongan la cronología que apuntaba Aldaieta ocupando una buena parte de la centuria que se inicia de los años seiscientos e n adelante.
Los acontecimientos relacionados con nuestra región que se recogen en las fuentes documentales, para este período. son numerosos y debieran articularse en una explicación que armonizara las informaciones de origen documental con aquéllas inferibles de la investigación arqueológica.
Sin ningún ánimo de exhaustividad y únicamente a modo de pinceladas que esbocen algunos de los sucesos relacionados con el e ntorno pirenaico durante los dos últimos tercios del siglo v11, comenzaremos recordando, por ejemplo, la expedic ión que Dagoberto 1 «le dernier a s 'intereser a la conquete de l' Espagne wisigothique» 10 x, realizara a Zaragoza para apoyar a Sisenando, rebelado contra Suintila (632), o los numerosos contingentes burgundios que el propio Dagoberto 1 reunió tres años después (635) en una expedición contra los vascones que logró, según cuentan las Gesta Dagobert;, que «toda la patria de Vasconia fuera ocupada por el ejército burgundio» antes de ser derrotada por aquellos 1 M.
Por esos mismos años, algo especialmente grave debía estar ocurriendo en las proximidades de nuestro escenario para que las epístolas de Braulio de Zaragoza insistan en manifestar una gran inquietud por « los acontecimientos y por las turbaciones (... ) que amenazan a cada (480/90-ca.
G. 1117 Nos queda la duda de que algunos de los catorce cuchillos citados por Mezquíriz pueda tratarse también de un «scramasax», sobre todo por las dimensiones mayores que se recogen (en torno a los 20 cms.), si bien reconocemos que no siempre es fácil realizar tal diferenciación. momento con el naufragio» y que, según ha seña lado J. Orlandis. no parece motivada por el hecho circunstancial de la deposición de Suintila, sino más bien por un inquietante estado de cosas prolongado durante bastante tiempo por el vall e del Ebro 11 11 • El reinado de Chintila (636-639) tampoco fue más tranquilo, tal y como reflejan las actas de los Conc ilios V y VI de Toledo 11 1 y parece como si aun hubieran empeorado las cosas en época de Chindasvinto (642-653 ).
Efectivamente, durante e l reinado de este último monarca, en una carta que Braulio.
Eutropi o y Celso dirigen a Chindasvinto se evocan insistentemente «los peligros y ataques de los enemigos».
La carta -ha señalado E. A. Thompson 1 1 ~da a entender que. además de los numerosos problemas domésticos que hubo de solventar en su reinado, el monarca visigodo hubo de enfrentarse en e l año 648 a graves acontecim ientos externos.
Los protagonistas del suceso, signifi cativamente, proceden de l valle del Ebro.
No se puede negar, por tanto, esa sensación de inquietud, preocupación y miedo.
Con el fin de ir avanzando en las probables explicaciones a todo e llo, quizá deberíamos mirar de nuevo al norte de los Pirineos y, particularmente a cuanto va acontec iendo por estas fechas e n el viejo solar aquitano.
Con la desaparición del enérgico Dagobetto 1 (638), rey de Austrasia primero (623), Neustria-Borgoña más tarde (629) y Aquitania tras e l fallecimiento de Cariberto 11 (632). comienza un proceso de debilitamiento del poder merovingio que sabrá aprovechar el viejo particularismo aquitano para ir consoli dando paulatinamente un poder político que pronto actuaría al margen del control de los reyes francos 11 -'.
Este proceso, resultado -según asume comúnmente la historiografia gala-del perfecto entendimiento entre las ambiciones de los poderosos patricios provinciales y los colectivos vascones, utilizados como fuerza militar al servicio de aquellas, será lento pero imparab le.
Cariberto 11 se había visto obligado a intervenir contra e llos en el 632 y, tres años más tarde, Dagoberto 1 organizará de nuevo un poderoso ejército consiguiendo que, al poco (636), los vascones con Aighina, duque sajón de Burdeos, a la cabeza le prestaran juramento.
No se sabe con certeza qué ocurre en Aquitania entre el año 639 y los años 658-59, pero parece que la región vive con tensión el enfrentamiento entre dos posiciones antagónicas: la de la vieja generación de Dagoberto 1, fiel a los reyes francos, por una parte, y la representada por las tendencias centrífugas, irreversib les ya, del viejo substrato aquitano.
El mayordomo neustrio Ebroíno tratará, aunque inútilmente, de mantener bajo control los territorios meridionales del reino franco y, quizá, con esa intención, había concedido a Félix (658/58-672), ilustre patricio de Toulouse, el principatum sobre todas las ciudades hasta los Pirineos y sobre el pueblo de los vascones, en un acto que ha sido interpretado como una restitución del Markenkonigtum de Cariberto 11 (629-632) 114 • Vano intento, sin embargo, a juzgar por e l cariz de los acontecimientos, de los que cabe deducir que Félix pudo haber cedido a la tentación de asumir un poder político propio.
Su sucesor Lupo (672-?) iba a acelerar cualitativamente este proceso enfrentándose abiertamente a los francos, a pesar de vano intento de Clotario 111.
Cabe, razonablemente, imaginar la posibilidad de que todos estos acontecimientos pudieran haber tenido alguna re lación con lo que venía aconteciendo al sur de los Pirineos y llegar a intuir, en este sentido, dónde pudieron encontrar cobijo los prvfugi y refugae que:: se:: citan durante los reinados de Chinti la y Chindasvinto, o de dónde procedían las frecuentes devastaciones que, de manos también de refugae, se menc ionan en e l VIII concilio de Toledo (653).
El propio Froya ha sido visto como uno de ellos, y es significativo que, en su ataque a Zaragoza 8653), el rebe lde acudiera rodeado de contingentes vascos.
Es probable también que el levantamiento de estos durante el reinado de Wamba no fuera del todo ajeno a la rebelión de Paulo en la Septimania.
Así lo sugiere el propio M. Rouche, recordando el papel activo jugado por Lupo y sus vascones-aquitanos en los acontecimientos 117 • Estos hechos nos llevan a replantear una antigua cuestión sobre el posible entendimiento entre los vascones de ambos lados de los Pirineos, espinoso tema éste que no ha resultado del agrado de la mayoría de los historiadores y que, sin embargo, nos atrevemos a proponer de nuevo -como hipótesis de trabajo-a la luz de los nuevos datos arqueológicos.
El negarlo argumentando que « las actuaciones vasconas no necesitan el montaje común de un mecanismo complejo», que «son primarias e instintivas» y que, en definitiva, «cada parte vive su propio reto» 11 K, conduce, finalmente, a un callejón sin salida en el que la única alternativa es reconocer que «el caso vascón no es asimilable a ningún otro y resulta incluso de dificil catalogación como un problema de política exterior o como un hecho de resistencia interna.
Además, aparece todavía más sorprendente el fracaso de los visigodos frente a los vascones si consideramos que este pueblo no había presentado dificultades en la época de la conquista romana de Hispania y tampoco había manifestado, que sepamos, una especial belicosidad en la etapa bajoimperial, caracterizada de suyo por las revueltas de grupos sociales.
La falta de información que tenemos en general sobre la organización interna de los vascones y sobre los diversos grupos humanos que los forman nos impide explicar de modo satisfactorio su actitud en la época visigoda» 119 • Antes de seguir con ello. volvamos, sin embargo, a los sucesos protagonizados por Froya.
«Esta intervención -apuntan Barbero y Vigil-revela que los vascones, además de ser independientes en la región de los Pirineos, tenían una organización y una fuerza que les hacía capaces de tomar parte en la vida de naciones mucho más poderosas que ellos» 120.
Pero ¿,de dónde procedía esta organización y esta fuerza?
Dificilmente podremos responder a esta cuestión si nos empeñamos reiteradamente en imaginar a los vascones como un extraño colectivo de montañeses bárbaros y salvajes, caracterizados, además, por la actitud -un tanto extravagante, si n duda-de reunirse periódicamente para medi r sus fuerzas con sus vecinos.
Hubo de existir algo más, pero ¿qué?
¿Qué es lo que ocurre para que los vascones, un pueblo que «no había presentado dificultades en la época de la conquista romana de Hispania y tampoco había manifestado, que sepamos, una especial belicosidad en la etapa bajoimperial» se transforme radicalmente en tan poco tiempo?
Estamos convencidos de que no es posible que estas comunidades pirenaicas fueran capaces de hacer cuanto se dice de ellas sin una red de núcleos defensivos estables, sin un armamento eficaz y periódicamente renovable, sin unos medios materiales adecuados, sin «algo» que fuera «catalizador» y que generase motivaciones, que decidiera las prioridades, que tomase las decisiones...
Pensamos que este «elemento catalizador» hay que buscarlo en el «factor aquitano», en ese largo proceso que culmina con la creación de un poder político nuevo en el que lo «vascón» y lo «aquitano» se desdibujan, diluyéndose entre sí, en los propios cronicones merovingios.
Este proceso se consolida 121 precisamente en el norte de los Pirineos, cuando en el sur se vive momentos dificiles y se teme a enemigos foráneos que, sin embargo, se sienten muy próximos geográficamente.
Proponemos, pues, como hipótesis de trabajo, que se replantee la existencia de un sólida realidad vasco-aquitana que, aunque centrada básicamente el sudoeste de los territorios galos, pudo abarcar también -como sospechamos-una parte importante de las tierras que se extienden al sur de los Pirineos Occidentales.
Hoy por hoy, y a modo de avance, ofrecemos como argumento la existencia de tres necrópolis ubicadas en territorios de los vascones peninsulares que participan, sin embargo, de los modos culturales que rodeaban a los vascones continentales.
Tres necrópolis peninsulares con materiales que -alejándose de todo lo hispanovisigodo-en dos casos, al menos, tampoco son, empero, estrictamente «francos» sino aquitanos y fechables por esas fechas en las que Aquitania se va alejando irreversiblemente de los monarcas merovingios.
Siendo, como fueron, los vascones la «fer de lance» del poder aquitano, ¿no resulta elocuente que sea tan alto el número de armas recuperado 122, que los hallazgos a los que nos referimos se ubiquen precisamente en territorios de la Vasconia peninsular y que todo ello, sin embargo, esté armónicamente integrado en un contexto cultural que nos remite de manera inequívoca al norte de los Pirineos? |
Los sorprendentes hallazgos de Aldaieta (Álava) y Buzaga (Navarra), que han revelado la presencia -al Sur de la cadena pirenaica-de comunidades humanas de -al parecer-fuerte componente militar y con elementos de civilización material a referir inequívocamente a un mundo de influencias norpirenaico (del área aquitano-novempopulana, más concretamente), han hecho que el autor vuelva a preguntarse sobre la credibilidad de un célebre y discutido texto -el del Pseudo-Fredegario-, que hablaba de un enclave cispirenaico que pagaba tributos a los reyes francos allá por los finales del siglo VI y/o comienzos del v11.
Un detenido examen de la cuestión lleva al autor a pensar que, a la luz de Jos referidos hallazgos de orden arqueológico, lo que en dicho pasaje resultaba de más chocante y llamativo se vuelve ahora menos incongruente o inverosímil, y que otra serie de indicios de naturaleza textual y onomástica, que antes venían siendo preteridos a falta de referentes hermenéuticos mínimamente aceptables, cobran hoy, a la luz de esos mismos hallazgos, una nueva dimensión interpretativa, enigmática y turbadora.
la reseña de las interpretaciones dadas al texto del PF.
Por e l contrario, nuestro interés:>e cii\e a llamar la atención sobre el hecho de que, a la luz de ciertos hallazgos de orden arqueológico que vienen produciéndose en los últimos años, Je; que en dicho pasaje resultaba de más chocante y llamativo parece volverse ahora un poco menos incongruente o inverosímil. y que, a la luz de esos mismos hallazgos, otra serie de indicios de naturaleza textual y onomústica. que venían siendo olvidados o preteridos a falta de referentes hermenéuticos mínimamente aceptables, cobran hoy una nueva dimensión interpretativa, enigmática y turbadora.
Los hallazgos de orden arqueológico, a que nos estarnos refiriendo, son los que, localizados básicamente e n Aldaieta (Nanclares de Gamboa, Álava) y Buzaga {valle de Elorz.
Navarra). son objeto de los precisos análisis de A. Azkáratc en el interesantísimo trabajo que acompaña a estas líneas~.
Nosotros, por nuestra parte, nos limitaremos a reunir y comentar todos aquellos pasajes documentales e indicios onomásticos que, a la luz de lo que sugieren esos hallazgos arqueológicos, podrían ser susceptibles de una interpretación que avalase el viejo testimonio del PF o, en todo caso, hiciese menos incongruente la especie de ámbitos de dominación franca precarolingia al Sur de los Pirineos.
Una observación fundamental antes de pasar adelante.
Y es la de que, cuando en el curso del trabajo se habla de eventuales episodios de dominación.fi"anca al sur de la cadena pirenaica, el término franco no ha de ser entendido por necesidad en sentido estricto -cual si los protagonistas de los mismos hubieran pertenecido al grupo étnico de los Franci-, sino en uno más amplio. comprensivo de cualquier instancia de poder norpirenaica -del área novempopulano-aquitana, por ej.-, que, moviéndose en la esfera de influencia -más o menos real, más o menos teóricade los dinastas francos, pudieron eventualmente protagonizar hechos de dominación al sur de la cadena, guardando en mayor o menor grado las formas de subordinación jerárquica respecto de aquéllos.
Y, al hablar así, está claro que no exclu imos soluciones como las que apunta en su trabajo A. Azkárate, que nos remitirían a un mundo aquitano que las fuentes cronísticas del tiempo se empeñan en con.fundir cada día más con el de una Vasconia sobredimensionada 7, mundo -éste-que, por otro lado y según se sabe, constituyó durante años la reserva más importante de las fuerzas de choque de que se valió la clase dirigente aquitana en su secular enfrentamiento contra los amos del Norte.
EL TEXTO DEL PSEUDO-FREDEGARIO
Pero, antes de entrar en el debate, urge que analicemos con algún detenimiento el discutido pasaje del PF.
Suena así en la edición de B. Krusch K: 6 V., además, A. Azkárate: Algunas consideraciones sobre la arqueología de época germánica en Euskal Herria, en «Munibe.
7 Y. en este punto la parte introductoria de nuestro trabajo Euskal Herria Antzinate Berantiarrean eta lehen Ertaroan (VI-X. mendeak), Bilbao 1993, en que se hallarán algunas referencias documentales y bibliográficas (la versión castellana de la obra, con el titulo de Euskal Herria en la Tarda Antigüedad y en el primer Medioevo [ss.
VI-X}. verá la luz en breve).
Texto que, traducido al castellano, podría sonar así 11: «En ese año [el XII del reinado de Teodorico //, es decir, el 607 d. de C.], habiendo muerto Witerico, le sucedió Sisebuto en el reino de España, varón sabio y muy encomiado en toda España y colmado de piedad.
Y es que combatió ardorosamente a la república romana, y sometió al reino de los Godos la provincia de Cantabria, la que por algún tiempo poseyeron los Francos.
Un dux, de nombre Francio, que en los días de los Francos había administrado Cantabria, pagó por mucho tiempo tributos a los reyes francos; mas como Cantabria fuese declarada de nuevo parte del Imperio, fue ocupada, según se dice arr iba, por los Godos, y Sisebuto arrebató muchas ciudades al imperio romano en la costa y las destruyó hasta los cimientos. [... ]
En España se robusteció el reino godo por la ribera del mar hasta los montes Pirineos».
Dejando ahora de lado cuestiones como la de que el cronista ignora el reinado de Gundemaro (610-612) y parece aun adelantar unos años la desaparición de Witerico (octubre de 6 1 O), hay varias cosas -por lo que hace particularmente a nuestro objeto-que a una simple lectura llaman la atención en este pasaje.
Una primera es la especie de que una provincia llamada Cantabria estuvo sometida por algún tiempo a los Francos; de hecho -y puesto a singularizar situaciones-, el cronista sabe de un dux, llamado Francio, que «durante mucho tiempo pagó tributos a los reyes» merovingios.
Otro dato importante que se desprende del texto es el de que Sisebuto consiguió al cabo anexionarse dicha provincia -un Sisebuto que, por otro lado, es presentado bajo una luz favorabilísima, detalle no irrelevante, viniendo como vienen los e logios de la pluma de un escritor franco-.
Junto a esas referencias que interesa particularmente resaltar, hay otras -más embrolladas-que tienen que ver con las relaciones de l monarca godo con los Romanos.
De hecho, se alude dos -o quizá tres-veces a esas acciones de Sisebuto contra la res publica.
De tales referencias una -la primera-no reviste dificultad interpretativa particular, sabiendo como ~ Hemos de avisar al lector que nuestra versión -bastante próxima a la de un M. Risco (o. c.,p.
323), y sobre todo, a la de J.-F. Bladé (o. c., p.
67)-dista no poco de otras que hemos visto por ahí, que no han acabado de convencernos.
Es probable que tampoco ésta convenza a más de uno; pero, en todo caso, nos ha parecido más ajustada al texto del PF que otras: v., por ej.. la de J. González Echegaray (o. c., p.
75, nota 44), o de la A. Besga (o. c., pp. 60s), quien en el punto más embrollado sigue a la letra la de G. Echegaray.
Hemos de advertir aquí que el texto latino que maneja éste -transcrito, según se dice, de Fontes Hispaniae Antiquae (IX, p.
244)-suena >-lo que justificaría de alguna forma y en parte el giro interpretativo que se permite G. Echegaray, y que, copiándolo, hace también suyo A. Sesga, aunque en presencia de un texto latino ligeramente diferente.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa sabemos que uno de los frentes de lucha del Estado godo venía estando desde los días de Atanagildo en la provincia bizantina del área litoral del Sudeste: Siscbuto -viene a decir el texto comentadoad versus 11w1111111 publecamj (Jrliler demica1•i1.
Pero el cronista franco vuelve a referirse al Imperio -y en términos de harto más problemática comprensión-al tratar de la ocupación de Cantabria por los Visigodos: cum parte imperiae jiierar Ccmtahria rel'ocata. a Gotltis.
Y termina el texto del borgoñón haciendo que al relato de esa campaña en el Norte peninsular siga -separado con una simple coma, y enlazado con un el-lo que parece ser el relato de otras acciones de Sisebuto contra los bizantinos, pero en el área litoral del Sudeste: et piures cil'itates ah imperio Romano Sis<!hodus lirore maris ahsrulit.
Digamos, para empezar, que las palabras de lo que dentro del texto hemos distinguido como segunda referencia al Imperio han dado pie a toda suerte de lecturas e interpretaciones.
Los hay quienes han interpretado la frase sed cum parte imperiae fuera/ Cantabria revoca ta cual si en ella se hablase de cuando la Cantabria fue segregada del Imperio, pero retrotrayendo -según parece-el tiempo en que se consumó esa segregación a los días ya lejanos de la descomposición del Imperio romano de Occidente rn.
Bajo la pluma de otros el término revoca ta se cobra un sentido del todo diferente.
Así, por ej.• J.-F. Bladé -en un intento de traducción literal del texto cronístico-habla de cuando la provincia de Cantabria volvió nuevamente a formar parte del Imperio 11 -es decir, según entendemos, después de un cierto tiempo durante el que, por lo visto, dejó de pertenecerle-.
A esa interpretación se aviene también J. de Jaurgain quien, manejando el texto del PF, reproduce casi a la letra la traducción del erudito gascón 12 • Y volviendo atrás, vemos que se expresó de manera no muy diferente M. Risco que habla también, traduciendo de forma más o menos literal este pasaje, de una ti erra de Cantabria que, tras haberla gobernado el duque Francio, «fue después conquistada, y recobrada por el Imperio, de quien fue poseída hasta que la ocuparon los Godos, apoderándose de ella Sisebodo» 13 • Otros, en fin, tientan fórmulas menos trilladas de interpretación y, si se nos apura, más en línea con lo que se entiende debió de suceder, pero ello a costa de forzar no poco la litera lidad del texto pseudo-fredegariano.
Así, por ej., J. González Echegaray ofrece la siguiente traducción del pasaje comentado: « [... ] pero al ser incorporada Cantabria a los Godos, siendo parte del Imperio, según siempre ha constado, toma sus precauciones y entonces Sisebuto arrebató [etc.]» 14 • Traducción que en este punto concreto hace literalmente suya también A. Besga Marroquín 15, la que, empero, no dejará presumiblemente de suscitar objetu V.,por ej.,G. Balparda: o. c.. v. l. p.
128, quien ofrece esta traducción del pasaje: «Pero cuando la Cantabria fue segregada del Imperio, los Godos, como arriba se dice, la ocuparon y Sisebodo quitó [etc.]».
Conviene, empero, anotar aquí que ese giro interpretativo le es facilitado o sugerido a Balparda por una versión un tanto corregida del texto latino, versión que, por ej., introduce la preposición a (a parte Jmperii fuerat Cantabria revocata) después del Sed cum.
11 Se expresa así para el pasaje comentado, dentro de lo que -como dicho-avanza como intento de traducción líteral del texto cronístico: «[.. c., p.
Se entiende que se trata al caso de lo que, según interpreta M. Risco, dice en su embrollado texto el cronista; no, de lo que piensa al respecto el continuador de la España Sagrada.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa cioncs a más de uno. y no sólo por lo que más arriba decíamos en nota 1 " sobre el cambio -por descuido-de. wper en semper en el texto latino que maneja Gonzá lez Echegaray.
Pero, como quiera que el esclarecimiento de las vicisitudes políticas que afectaron a la «provincia de Cantabria» Jurante la Antigüedad Tardía interesa sólo aquí en la medida en que las mismas tienen que ver con el objeto específico de nuestro trabajo, vamos a dejar de lado por ahora cuanto se refiere al objeto de esas supuestas relaciones de la provincia con el Imperio en los tiempos visigóticos, y a centrarnos, por el contrario, en el anál isis de las razones que han determinado el escepticismo o las reticencias de la mayoría de los autores frente a las otras dos informaciones que hemos destacado del texto del PF.
LAS RAZONES DE LOS ESCÉPTICOS Y RETI CENTES
Entre las razones que explican el escepticismo de los autores frente al hapax del PF, una principal deriva del hecho de que en los textos tardoantiguos no se regi stra una sola referencia -a excepción del comentado del cronista borgoñón-que explícita o implícitamente aluda a hechos de dominación o asentamiento franco al Sur de los Pirineos.
Como escribe M. Risco, «ningún escritor antiguo, nacional o extranjero, hace memoria de lo que refiere Fredegario» 17, lo que en su opinión arguye a las claras el carácter «muy fabuloso» de todo el capítu lo».
Abundando en la especie del aire legendario o épico, de que se resintiría en su opinión el relato del PF en este punto, B. Krusch subraya el detalle de que se asocie al nombre de un Francia -homón imo de aquel mítico fu ndador de la estirpe, del que, según Ja misma crónica •x, derivaría el prestigioso étnico Francila titularidad de ese ducado de Cantabria sujeta al dominio
del su puesto ducado merovingio de Cantabria! 1
• S in embargo, lo que las fu entes en su conjunto revelan sobre las circunstancias de esa ex pedición estaría muy lejos de abonar, según opinan los escépticos o reticentes, una tal interpretac ión.
Contamos. como es sabido, con tres referencias esenciales sobre dicho evento -dos de origen peninsular y otra de allende el Pirineo-: el breve apunte de la así llamada Chronica Caesaraugustana ~!. el relato -algo posterior y más desarrollado-de Gregorio de T ours!\ y, por último. la vers ión que ofrece San Isidoro en su Historia Gothvrum!~.
Ahora bien, la impresión que para una mayoría de a utores -modernos. sobre todo-se desprende de colegir y contrastar estas tres fuen tes de información. es la de que, muy lejos de lo que afirmaron el cardena l Baronio!~y otros. la expedición de « los cinco reyes» se sa ldó con muy otra cosa que una victoria total. que habría dado pie a supuestos hechos duraderos de dominación en el área de la Tarraconense!~.
Y este fracaso -o semifracaso, según por dónde se lo mire-no vendría a ser sino «la primera de una serie de derrotas in interrumpidas» -subraya un moderno estudioso francés n _ que s ufrirían las armas francas fren te a los Visigodos en los decenios siguientes.
Sólo que, corno es sabido, esos sucesivos enfrentamientos e ntre e l aparato de poder godo y los Francos no tendrán ya como escenario la provincia Tarraconense, si no -según dan a entender las fuentes en que se hace relación de los mismos-a llende los Pirineos, e n la más lejana provincia de Septifftania.
Hay, empero, memoria de otra acción armada de los Francos, que, por las trazas! x, tiene lugar a este lado de l Pirineo: la expedición del duque Bladastes a Yasconia en e l año 581.
Pero se trataría esta vez -si nos atenemos a la li teralidad del texto-de una acción armada que no ~1 Así, por ej..
223). -Es probable que haya que entender referido a este suceso un breve pasaje de Jordanes sobre el rey Theudis: Francorum insidiosam calumniam de Spuniis pepulit (De origine actibusque Gewrum, 58.
De ser eso así, tendríamos otro testimonio más y rigurosamente coetáneo sobre los hechos en cuestión. un testimonio que, por otra parte, avalaría en su enorme concisión la versión isidoriana de los mismos.
20 Así, por ej., entre los mismos autores transpirenaicos.
J.-F.. el que en no pocos puntos sigue a pies junti llas la línea de argumentación de M. Risco...;v. también M. Rouche (o. c.,p.
27 M. Rouche: /bid. ix El texto del Turonense, que se referencia abajo (n.o 29), dice expresamente que la expedición de Bladastes se dirigió a Vasconia.
Ahora bien, según se encargaba de poner de relieve J.-F. Bladé -en Ja línea de los M. Bouquet, M. Risco, etc.-, «dans le glossaire géographique de Grégoire de Tours, le nom de Vasconia ne s'applique encore que a la Vasconie espagnole.
Empero, esta mención de Vasconia en el contexto de la acción punitiva de Bladastes fue interpretada por J. de Jaurgain como Ja prueba de que para esas fechas los Vascones operaban ya en la Novempopulania (o. c., p.
En fin, para M. Rouche -quien no deja de subrayar el hecho de tratarse de la primera atestación del término Wasconia en las fuentes del Alto Medio Evo-. el topónimo designaría aquí más precisamente el sal tus pirenaico ( O. c., p.
Pero preguntamos: ¿en su vertiente tarraconense o novempopulana, para traducirlo a términos de la administración romana, o en ambas?
Porque Gregorio dice que marchó a Vasconia, y los Vascones -a Jos que las fuentes clásicas atribuyen. por supuesto, un su/tus en el tiene que vérselas con d aparato de poder visigodo, sino con Jos Vascones. quienes por esas fechas empezaban ya. según parece. a ser motivo de preocupación para Jos merovingios. aunque nada sepamos de actuaciones concretas de aquéllos. que pudieran haber dado razón para e llo ~y.
De tal expedición -¡,y por el hecho quizá de que sólo afectara las relaciones entre Francos y Vascones'?-no ha quedado memoria sino en los autores de a llende el Pirineo, en Gregario de Tours'", más concretamente.
Aun así, un moderno estudioso francés ha creído plausible hablar al respecto de una m(J11iohra <'11 te11(J:::a. concertada ent re el monarca godo y el dux Bladastes.
Só lo que éste habría actuado. según se sospec ha, siguiendo designi os de medro personal -muy en consonancia, en cualquier caso, con la línea de actuac ión de ciertas grandes familias locales o importadas del área aquitano-novempopul ana por esos años, en que, a falta de arrestos para empeños de más envergadura, tienden cuando menos a jugar un papel personal en el área y a marcar las diferencias frente a los amos del Norte-.
Lo que sea de esto, en apoyo de la tesis de la concertación entre Leovigildo y Bladastes. a la par que la coincidencia temporal de las acciones respectivas. argüiría el hecho -atestiguado por Gregario de Tours para un tiempo algo posterior-de las connivencias existentes entre Leovigildo y esa nobleza del área novempopulana, entre la que se cuenta el obispo Amelius de Tarbes y la mi sma suegra de Bladastes, Leuba 1 1
• M. Rouche señala sobre eso el carácter gótico del nombre de Leuba -'2, Jo que daría pie a pensar-y sería un indi cio más-que el dux Bladastes pudiera estar casado con una ari stócrata de origen godo.
En cualquier caso, y aun admitido el que en las acciones coi ncidentes de Lcov igi ldo y Bladastes haya que ver el reflejo de una maniobra en tenaza conscientemente preparada, lo que el mismo Turonense refiere del fracaso estrepitoso de la expedición del dux franco resultaría motivo suficiente ya de por sí para que no cupiera insistir en e lla como hipotético punto de partida para episodios de dominación franca duradera a este lado de la cadena.
A no ser -claro está-que hubiera razones para interpretar Ja información del Turonense como inficionada por una secreta intención de desquite o como expresión velada de un juicio reprobatorio contra quien, por propia iniciativa y a espaldas de sus jefes, se habría avenido a concertar acciones de ese tipo con los tradicionales enemigos de los Francos, y q ue en lo sucesivo tampoco se señalaría como un dechado de fide lidad respecto de sus señores naturales33 • entorno pireanaico-eran adscritos por las mismas y sin género de dudas a la provincia Tarraconense.
O ¿es q ue había ya Vascones al otro lado por ese tiempo, antes de que las fuentes empiecen a hablar inequívocamente de sus irrupciones en la Novempopulania?
¿Vascones sensu stricto -el de los autores clásicos-o sensu latiori?
Y, si había de los primeros, ¿desde cuándo?
Cuestiones -éstas-cuyo análisis detenido nos llevaría mucho más espacio del que aquí disponemos.
LA EN VOL TURA LEGENDARIA Y EL NÚCLEO HISTÓRICO SUBSISTENTE
Y vuelve de nuevo la pregunta: ¿cabe retener algo del relato del PF sobre el dux Francia de Cantabria'?
Ha solido ser un lugar bastante común entre eruditos e historiadores, cuando la piqueta de la crítica histórico-literaria ponía en entredicho la autenticidad de algún documento, o evidenciaba la esencial naturaleza legendaria de ciertos relatos (y, sobre todo, cuanto en tales textos y/o relatos se hallaba vita lmente comprometida la defensa de importantes inte reses partidistas, o la de dogmas históricos consagrados por una larga tradición... ), el recurrir a la distinción entre la forma y el fondo -entre la envoltura más o menos adecuada de que por necesidad ha de echar mano un mensaje, y el mensaje mismo en su expresión más pura y simple-.
Según esto, no es raro el que los hi storiadores, aun reconociendo las esenciales limitaciones de un texto en lo que respecta a ser expresión fidedigna de los hechos sobre los que informa, se pregunten a veces sobre el núcleo histórico subyacente al mismo.
Y algo de eso pasa en nuestro caso.
No han faltado, en efecto, estudiosos que, no obstante reconocer las dificultades que presenta e l pasaje del PF para ser aceptado a pies juntillas en sus contenidos informativos, se han sentido obligados a preguntarse sobre el fondo histórico que pueda subyacer al mismo 3 ~.
Ahora bien, puestos a discernir y a aquilatar ese supuesto fondo histórico, una primera gran dificultad reside para estos autores en el hecho de que e l PF asocie justamente al nombre de Cantabria ese cuestionado ámbito de dominación fran ca al sur de la cadena.
Y es que ¿de qué Cantabria se trata?
¿ De la Cantabria clásica, tal cual venía definida en las fuentes del período romano, y que se extendía desde las fuentes del Ebro hasta la costa de la mar • 15?
¿De esa otra Cantabria tardo-antigua, de que hablan algunos 3 6, escorada al Sudeste del primitivo emplazamiento cántabro -más precisamente, sobre los primitivos solares de Serones y Autrigones-, y de cuya realidad vendría a ser indicio la persistencia del nombre Cantabria, asociado tanto a la ciudadela sita junto al Ebro, encima de Logroño, como a la vecina sierra homónima?
O, en fin, ¿de una Cantabria recrecida que englobaría tanto la clásica como la riojana?
Y es que trio hacia sus superiores jerárquicos, está ampliamente atestiguada la participación del duque en la fracasada aventura secesionista de Gondovald (582/585), en la que, por supuesto, jugará un papel no poco importante y lo acompañarán algunos jerarcas del área novempopulana que le estaba encomendada.
V. al caso el relato de M. Rouche: o. c., pp. 66-83, en que se hallarán las referencias pertinentes sobre Bladastes.
• 14 V. algunas referencias en la nota 5.. is En punto a los límites de la Cantabria clásica, además de la obra célebre del padre E. Flórez (la Cantabria..., Madrid 1768 [=ES. t.
36 Desde los días del padre E. Flórez (o. c., p.
162) no han sido pocos los que han aceptado de una u otra forma y con mayores o menores matices la idea de un corrimiento del nombre de Cantabria hacia el Sudeste, sobre los primitivos lugares de asentamiento de Berones y Autrigones.
En su exposición Flórez habla de la conquista por Leovigildo tanto de la Cantabria clásica -hecho que quedaría fuera de dudas por la referencia expresa del Biclarense (ad a.
574?) a la toma de la ciudad de Amaya en la frontera meridional de su territorio-, como de la Cantabria ciudad riojana -a que se aplicaría mejor el famoso texto de la Vita S. Emiliani (33 (26)), que empuja a pensar en una Cantabria toda próxima al lugar de habitación del anciano cenobita-.
V., en todo caso, algunas referencias y precisiones en J.
González Echegaray: La <<nota».... pp. 71 y ss, y A. Sesga: o. c.. pp. 84-88.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa 11<6 K. LARRAÑAtiA ELORZA AEspA.
1993 tampoco faltan modernos historiadores 17 que, con mayor o menor base de razón, estiman debe entenderse así la Cantabria de que se habla en ciertos textos tardoantiguos.
Porque. tratándose de la primera Cantabria, la verdad es que se hace dificil imaginar en ella en los días de Sisebuto un ducado sometido al poder merovingio: por un lado, por la sencilla razón de que en el año 574 Leovigildo anexionó a su reino dicha Cantabria, que tenía una de sus plazas fuertes en A maya.ix -sin que con posterioridad se oiga para nada hablar de acciones armadas de los Francos por esa parte.1' 1 -; y, de otro, porque un ámbito de dominio franco tan escorado hacia el Oeste habría derivado en una situación auténticamente insular y del todo excéntrica respecto del mundo de influenc ias merovingio, del que aquél se vería cortado por el compacto cerco que formaban en derredor las tierras depend ientes del reino de Toledo por el Sur, y un extenso no man's land ('?), sometido a la influencia de los Vascones o expuesto cuando menos a sus correrías, por el Este y Sudeste.
Cabría, en todo caso, la posibilidad de que esa situación de insularidad pudiera a la sazón haberse visto corregida -o aliviada cuando menos-por un cierto tráfico marítimo que, a partir de Burdeos, enlazaba al mundo merovingio con el litoral peninsular, tráfico marítimo del que testimoniarían a su modo ciertos textos cronísticos 40 y otros hagiográficos de más dificil tratamiento histórico-crítico 41, pero que, en cualquier caso, parece estar mejor documentado en el caso de la Galicia sueva 42 que en el de esta fantasmal Cantabria merovingia de la que hace nos ocupemos el texto del PF..1x Sobre el hecho contamos con tres testimonios principales: uno, del Biclarense ( Chron. [ad ann.
Goth., 49); otro, en fin, de Braulio en la Vita S. Emiliani (33 [XXVI]).. w Es cierto que algunos han visto en unos versos de Ven.
Fortunato, posteriores en todo caso a la conquista de Cantabria por Leovigildo en el 574. el indicio de enfrentamientos posteriores entre los Francos. por un lado, y Cántabros y Vascones, por otro (así, J. Gonzálcz Echegaray: o. c.,p.
Sólo que los versos de referencia (Carm., X. 19, vv. l 12s), tomados del poema Ad Galactorium comite111, no le parecen a uno tan claros o definitivos, salvo quizá en lo que suponen -sobre todo, en boca de un personaje tan próximo a las instancias de poder merovingias como Fortunato-de reconocimiento de la personalidad indiscutible de ambos pueblos.
Puede verse un atinado comentario del poema, en M. Rouche: o. c.,p.
505). -Lo que sea de esto, no hay que olvidar que, para S. Isidoro -y la observación es de A. Sesga (0. c., p.
67)-, Recaredo «acertó a mantener en paz, ordenar equitativamente y gobernar con moderación las provincias que su padre se había anexionado mediante la fuerza» (Hist.
54), y que tampoco lo que sabemos de la relación de fuerzas entre Godos y Francos en los años inmediatos parece propiciar la hipótesis de una reconquista de Cantabria por éstos antes del reinado de Sisebuto.
Gregorio de Tours: De miraculis Sancti Martini, IV, 40 (el caso del Mauranus cántabro).
269 ss (habla del comienzo de una nueva era en el régimen de intercambios de toda la fachada atlántica, que afecta también en mayor o menor media al Cantábrico).
4 ~ V. al caso J. Orlandis: Communications et échanges entre l'Espagne wisigothique et la Frunce mérovi11gienne 1 en «Annales de la Faculté de Droit de Toulouse» 18, 1970, 253-262, part. pp. 258-261; Id.: Historia del reino visigodo..., A. Prieto Prieto: El marco político-religioso de Mas tampoco resulta fácil imaginar un ducado sometido al dominio merovingio en el entorno de una Cantabria estrictamente riojana.
Digamos, ante todo, que para ciertos autores 4:i distaría mucho de que pudiera decirse probada la especie que habla de corrimiento del topónimo Cantabria hacia la Rioja en los tiempos tardo-antiguos, «por lo menos hasta mediados del siglo VII» 44 • Pero, aun dándola por probada y admitido también por descontado que un dominio constituido sobre los solares primitivos de Berones y Autrigones estaría realmente más cerca de los Pirineos y de otros ámbitos de obediencia franca, no por eso dejaría de hallarse -como la Cantabria de la otra hipótesis-cercado por todas partes de tierras hostiles -bajo dominación goda, por el Noroeste y Sur; formando parte de ese no man's land en que campan por sus fueros los Vascones, por e l Norte o Nordeste-; con la particularidad de que la situación excéntrica o de insularidad, de que hablábamos arriba, se habría visto agravada en el caso de un ducado franco riojano por el hecho mismo de hallarse privado de salidas a la mar (a no ser, claro está, que se quiera verlo prolongándose hacia el lado de la costa que perteneció otrora a los Autri gones).
Queda aún la posibilidad de la tercera Cantabria -la que sin dejar de englobar a la clásica se extendería hacia e l Sudeste por tierras de Autrigones y Serones hasta más abajo de Logroño en la línea del Ebro-.
Pero nos tememos que ni planteada así se libra de sustanciales objeciones la especie que habla de un ducado de Cantabria bajo dominio franco a la altura del reinado de Sisebuto; de hecho y por lo pronto, quedarían en pie en lo esencial, referidas a ésta, las reservas formu ladas para las dos hipótesis anteriores.
Pero no vamos a insistir más en este punto de la /oca/izaciún precisa de la Cantabria de que habla el célebre pasaje del PF.
Y es que lo que al cabo interesa en e l mismo a nuestro objeto no es tanto la verosimilitud de la especie que sitúa precisamente en Cantabria un ducado sometido al dominio franco, cuanto la existencia misma de un ducado franco al Sur de la cadena.
Ahora bien, reconducido el debate a este punto y volviendo a enlazar con la pregunta con que abríamos este epígrafe, interesa recordar aquí que se cifraban en dos principales las reservas de los que se oponían a la especie de un ducado cispirenaico bajo dominio franco: a) se insistía, ante todo, en el hecho de que en los textos tardoantiguos no se registrara una sola referencia -a excepción del comentado del cron ista borgoñón-que explícita o implícitamente aludiera a hechos de dominación o asentamiento franco al Sur de los Pirineos; b) se venía a decir luego que, en las escasísimas ocasiones en que las fuentes de la época hablaban de acciones francas episódicas al Sur de la cadena, se ofrecían éstas de naturaleza tal, que resultaba impropio al caso estimar el que de el las hubieran podido seguirse hechos más o menos importantes y duraderos de dominación.
Se trata, sin duda, de objeciones importantes -lo que expl ica en buena medida las resistencias que la especie pseudo-fredegariana del ducado franco cispirenaico ha encontrado en la generalidad de los estudiosos modernos mejor informados-; pero que no son decisivas, y pueden incluso ser neutralizadas con relativa facil idad, cuando, como en nuestro caso, vienen a terciar en el estado de la cuestión nuevos e importantes elementos de juicio.
En cuanto a la primera objeción, cabría, en efecto, argumentar que se trata de una época en que la documentación coetánea referida al área septentrional de la Península es, por lo demás, los concilios bracarenses I y //, en El Concilio de Braga y la.fundación de la legislación particular en la Iglesia, Salamanca 1975, pp. 67-89.
J. tan escandalosamente escasa, que el argumento ex silentio no parece deba considerarse decisivo para restar veracidad a informaciones que, como la referida al dux Francio de Cantabria, se recogen una sola vez en la documentación coetánea.
De hecho. no resulta dificil espigar en las crónicas del tiempo atestac iones de hechos que se dirían hapax legómena en el sentido estricto de la palabra, pero que no por eso dejan de ser tenidas en cuenta en la práctica historiográfica, y explotadas en mayor o menor medida por e lla.
Sin ir más lejos, puede uno traer a colación los escuetos pasajes en que Hidacio consigna los episodios relativos a la insurrección bagaude de la provincia Tarraconense~~. episodios que. como es bien sabido, no cuentan con otro refrendo documental que el del Chronicon del obispo de Chaves, y que, sin embargo, son aprovechados sin complejos en la práctica historiográfica.
Etc., etc. Así, pues, si aquí un hapax legómenvn recibe un trato distinto, no parece que e llo se deba sin más al hecho de que se trate de un hapax.
sino al de que la información que vehicula resulta chocante por otros motivos.
Entre éstos puede si n duda pesar el de que la impresión resultante del haz de testimonios coetáneos, de que por lo demás disponemos en punto a las relaciones de vecindad entre Godos y Francos por entonces, parece no encajar -o excluir incluso-situaciones como las de un dux de Cantabria pagando tributos por largos años a los reyes merovingios.
Pero se trataría, en todo caso, de impresiones resultantes de nuestras propias lecturas o interpretaciones de un haz de testimonios documentales, los que, por otro lado -todo hay que decirlo-, son más bien contados, y se producen a cuentagotas en una sucesión temporal de no pocas décadas, en que las situaciones de indefinición de fronteras entre diferentes ámbitos o esferas de poder no han debido de ser tan raras, sobre todo en áreas marginales.
En cuanto a Ja segunda objeción, nada tenemos que decir ya, una vez sentado lo anterior.
Y es que ese punto b) sólo puede tener sentido o relevancia probativa al caso en el supuesto -excesivo a todas luces, según nuestra manera de ver-de que las referencias documentales existentes agoten en c ierto modo el tema de las relaciones de vecindad entre Godos y Francos.
Y ése no sería el caso, según lo expuesto en el apartado anterior, o, cuando menos, no estaría suficientemente probado que lo fuese.
Así las cosas, no parece que en principio pueda negarse algún viso de probabilidad a la especie recogida por el PF, de un supuesto enclave cispirenaico sometido al poder franco.
INDICIOS TEXTUALES QUE ABONARÍAN EL SUPUESTO PSEUDO-FREDEGARIANO
Aclaremos, antes de pasar adelante, lo que aquí entendemos por indicios en favor de la plausibilidad de la información del PF.
No se trata, por supuesto, de indicios positivos unívocos -es decir, de referencias textuales que sólo tendrían explicación en el contexto de la noticia pseudo-fredegariana sobre un ducado cispirenaico bajo dominación merovingia-.
Se trata a veces de elementos indiciales que en las hipótesis explicativas formuladas hasta el momento no han hallado -que sepamos-una explicación del todo satisfactoria, los que, en cambio, cobrarían una plausible, caso de aceptarse el núcleo del relato fredegariano.
Otras, en cambio, se trata de referencias que pueden hallar encaje tanto en éste como en otros contextos hermenéuticos manejados.
En nuestra exposición trataremos de ceñirnos en lo posible a un cierto orden cronológico, 45 Chron.
-En las referencias textuales de que disponemos sobre la toma de Cantabria por Leovigildo, hay dos detalles que de tiempo atrás han venido llamando la atención de los estudiosos, y que, a nuestro entender -y vistas las contradictorias interpretaciones a que se han prestado-no han sido nunca explicados de forma del todo satisfactoria.
Uno es que en el texto del Biclarense 46 se califica como invasores -pervasoresa los que detentaban el poder en la provincia, cuando ésta es atacada por el monarca godo.
Y cabe preguntarse: ¿de qué invasores de la provincia se trataba?
¿De Cántabros que incursionaban en territorio godo, como sugiere A. Schulten 47?
¿De Suevos, según ven otros 4 ~?
¿De Vascones quizá, como se le ocurre pensar a M. Rouche 49'?
O ¿se trataba más bien de gentes o grupos internos de acción que tiranizaban la provincia -en el sentido clásico de la palabra-, como sugiere C. Sánchez Albornoz so, seguido por algunos otros S•?
Y me pregunto: ¿qué razones hay para que no quepa pensar igualmente en los supuestos súbditos francos de la Cantabria del PF?
¿La de que esos pervasores provinciae se dirían ya derrotados (¿y soj uzgados?) desde los días de Leovigildo según el relato del Biclarense, siendo así que los supuestos súbditos francos cispirenaicos del relato pseudo-fredegariano lo habrían sido en los días del rey Sisebuto?
A la verdad, de absolutizar el valor de esta objeción, habría que renunciar por igual tanto a la hipótesis que acabamos de formular -a título puramente conjetural, por supuesto-, como, por la misma razón, al pasaje del PF en que se habla de un ducado de Cantabria que se somete a Sisebuto ya entrado el siglo v11; y es que, para el Biclarense, la Cantabria habría sido ya conquistada por Leovigildo varios lustros antes.
Pero el hecho es que no son pocos los autores que se tientan la ropa, antes de despachar de forma tan expeditiva la noticia del cronista borgoñón.
-Hay otro detalle --en el conjunto de informaciones referidas a las acciones si de Leovigildo contra Cantabria-que no deja de resultar chocante para los estudiosos.
Y es el de que un personaje de excepción, como Braulio, tache de artero y perjuro al rey godo que protagonizó tales acciones.
Ahora bien, nos preguntamos: ¿qué significa el que un obispo de la Iglesia hispana, plenamente identificado -por lo que parece 53 -con la suerte de la patria visigótica, no tuviera empacho en calificar así a un Leovigildo, al que, a despecho de su fe arriana, no dejaba de considerársele como uno de los máximos fundadores de ctichapatria?
¿Es que lo que atacó Leovigildo era algo así como un Estado de derecho -un dominio de otro príncipe, valga por caso, reconocido como tal en virtud de tratados internacionales o de situaciones de hecho 46 V. referencia -Referido a ese mismo año 574, hay un pasaje del Cronicón de Marius d' Avenches, que no ha dejado de suscitar alguna perplejidad.
Habla en él de los langohardi que protagonizaron una incursión en el Yaucluse ( Provenza), y llegaron hasta el monasterio de Ca unas, donde se aposentaron por muchos días.
«Y luego -prosigue-entablaron batalla contra el ejército de los Francos in Baccis [sic]. en donde fueron casi del todo exterminados. a excepción de unos pocos que se libraron mediante la fuga.
Pero también los Mauri y otras gentes que tuvieron la osadía de invadir la Provincia de aquéllos fueron derrotados por los mismos Francos» 54 • Reconocemos que las palabras del cronista -tan centradas como parecen por el resto, en su literalidad, en hechos que tienen que ver con el actual Midi francés-dejan muy pocos resquicios para su plausible contextualización en un entorno más próximo al de la Cantabria del PF.
Mas ahí está ese locativo in Baccis. que, a falta -muy presumiblemente-de referentes onomásticos más próximos en la historia tardoantigua del área en cuestión, ha movido a un profundo conocedor de la misma 55 a adscribir esa parte del pasaje -siquiera. a título puramente conjetural-a los Vaccei de otros textos tardoantiguos 5 6, y, a partir de esa adscripción, a buscar un encuadre a la noticia en el contexto de las luchas de los Vascones con los Francos 57 • Pero, como d icho, no es ni mucho menos seguro que el texto de Marius d' Avenches tenga nada que ver con los Vascones.
Fortunato a Cántabros y Vascones: referencias que, empero, resultan de no escaso interés, por un lado, porque son el síntoma de la creciente importancia que iba cobrándose en los destinos de esta parte de Europa la otrora oscura nación pirenaica, y, por otro -y en esto hace más a nuestro caso-, porque a través de las mismas puede, por lo que parece, rastrearse algo sobre las relaciones de vecindad entre Francos y dichos pueblos del norte peninsular.
La primera, escuetísima, se incluye en un poema que Yenancio escribió hacia el 570 en honor del emperador Justino 11 y de Sofia, y se reduce a sendas menciones del étnico Vasco, en la primera de las cuales hace al Vascón vecino del Cántabro, y en la segunda lo alinea en un mismo plano de igualdad junto a otros pueblos que -como el Germano, el Bátavo, el Britano, tachados de bárbaros-eran a todas luces independientes y pesaban lo suficiente en el panorama político de la época como para que se ocupasen de e llos las cancillerías sx.
Ahora bien, no deja de intrigar a los autores e l hecho de que, en un momento en que no hay aún noticias de enfrentamientos entre Francos y Vascones-al menos, del lado de allá de la cadena pirenaica-, 54 Chronica, ad ann.
Empero, no hemos podido documentar, sí hacemos abstracción de ésta de Marius d'Avenches -dubitatívamente y a título conjetural avanza M. Rouche-, otras atestaciones de la reducción Vaccei o Baccei'"' Vascones anteriores al texto isidoriano de las Etimologías.
Lo que no sería, en nuestra modesta opinión, sino montar conjeturas sobre conjeturas, si se tiene en cuenta que todo el entramado hermenéutico descansa sobre la reducción -¡puramente conjetural!-de Baccis = Vacceis = Vascones.
un áulico como Fortunato nombrase a éstos en un mismo plano de igualdad junto a otros pueblos que s í constituí an de tiempo atrás moti vo de preocupación para sus amos.
Lla ma también la atención el hecho de que hiciese vecinos a Cántabros y Vascones, relegando al si lencio a los pueblos -Autrigones, Caristios, Várdulos-que en la etapa imperial se intercalaban entre unos y otros.
Vascones vecinos de los Cántabros, por un lado; y Vascones, que son puestos en un mismo pie que otros que de antaño inquietaban a los reyes francos...
Pero ¿dónde resultaban amenazadores para el poder franco tales Vascones, los que, según ha venido repitiéndose sobre la base de un célebre texto de Gregorio de Tours ~•1 • no lograron hasta el 587 trasponer los puertos pirenaicos, para lanzarse sobre la plana novempopulana?
En otro poema, dedicado a l rey Chilperico en ocasión del sínodo de Berny (año 580), Fortunato muestra a éste sojuzgando junto a su padre a los Vascones"°.
La referencia ha sido a veces interpretada como una alusión a la fa mosa marcha de los «cinco reyes» sobre Caesaraugusta y la Tarraconense, de que tratamos arriba 111, marcha en la que el ejérc ito franco pasó por Pampelona, ciudad vascona, según se hace constar expresamente en las fuentes.
Pero no existe certeza alguna sobre que tal interpretación sea la ajustada.
Habría que decir, por el contrario, que resulta altamente improbable que e l poeta pudiera imaginarse a Chilperico tomando parte en esa expedición 6 2, siendo así que el futuro rey de Soíssons y de París no hacía mucho que había dejado los pañales cuando su padre C lotario y Ch ildeberto se abrían paso hacia e l Sur a través de los puertos pirenaicos.
Habría que hallarle, en consecuencia, un mejor encuadre temporal a esa referencia venanciana a un Chilperico que combate j unto a su padre a los Vascones; y ello, por lo que parece deducirse del texto, antes del 561 como terminus ad quem, fec ha en que desaparece de la escena Clotario l.
Ahora bien, ¿dónde combate Chilperico a los Vascones, si la irrupción de éstos sobre la plana novempopulana se retrasa, según se nos dice sobre la base del conocido texto de Gregorio de Tours, hasta e l 587, año más o menos?
-Hay otro pasaje del Biclarense, que, a nuestro entender, merece ser considerado en este contexto, y es el que registra la ocupación de Vascon ia por Leovigildo 63 • No vamos a extendemos aquí sobre lo mucho que se ha escrito en punto a las circunstanc ias que, según algunos 6 \ concurrieron en el evento, o sobre el alcance de la acción protagonizada por el monarca H Hist..
Sobre el alcance del testimonio conjunto de V. Fortunato, puede verse, por ej..
62 El que sí parece, en cambio, tornó parte en esa expedición fue el Leontius, futuro obispo de Burdigala, al que Fortunato dedica algún que otro poema.
En uno de ellos lo muestra «versus ad Hispanas acies curn rege sereno», y añadiendo de esa forma nuevos bri llos a los muchos que le correspondían por otros conceptos (Carm., 1, XV, vv.
70) estima que la operación de Leovigildo contra los Vascones pudo estar motivada por un eventual ataque previo de éstos a la ciudad de Roda (¿Rosas?).
Le da pie a pensar en ello una leyendo monetal que conmemora la entrada victoriosa del rey godo en la citada localidad, y que, por todas las trazas, habría que datar entre 580 y 584.
Ahora bien, habida cuenta, por un lado, de que por esos años y en relación con el monarca godo las fuentes sólo documentan las luchas que le enfrentaron a su hijo Hermenegildo y a los Vascones, y considerando, por otro, que Roda -identificado con Rosas-se hallaba notablemente lejos del escenario agitado por la sublevación de aquél, apenas habría dudas para el historiador británico sobre que fueron los Vascones los que protagonizaron AEspA.
Retendremos tan sólo que, para ciertos autores -y según quedó señalado arriba, al hablar de la acción antivascona del dux franco Bladastes 66 -, se habría tratado de una operación en tena=a contra los Vascones de uno y otro lado, operación en la que la representación franca " 7, vinculada por nacimiento o azar.es de gobierno al ámbito circumpirenaico occidental, se habría supuestamente implicado por oscuros móviles de poder o de medro personal en la zona.
Extraña un tanto, sin embargo, que quienes han hablado de concertación de operaciones en Jenaza entre Godos y Francos, por una parte, y subrayado, por otra, la voluntad de reunifi- cación de todo el territorio peninsular, que anima al gran caudillo godo, no hayan apurado más el margen de maniobra hermenéutico al que se presta el texto del Biclarense en lo que dice sobre que aquél se anexionó sólo una parle de Vasconia.
Y es que cabe justamente preguntarse: ¿Por qué sólo una parte?
¿Por impotencia o incapacidad para hacerse con el resto?
No parece muy convincente esta hipótesis para algunos, a la que le faltaría -según se encargan de señalar-el más mínimo apoyo en las fuentes 6 x.
Pero cabe seguir preguntándose: ¿por qué, entonces?
¿Acaso porque en las conversaciones previas a la concertación de esa operación en tenaza los atacantes se habían fijado límites a eventuales acciones de ocupación posteriores?
El margen de maniobra conjetural a que se presta la interpretación del pasaje no excluye, como se ve, ni mucho menos la hipótesis de una Vasconia cuyo dominio estuviera repartido entre Godos y Francos, y eso hacia el 581, cuando nada sabemos todavía de que el nombre de Vasconia recubra otros territorios que los de la vieja provincia Tarraconense.
-Vamos a dar fin a nuestro repaso de los indicios de orden textual, que, a nuestro modo de ver, abonarían en cierto modo la especie pseudo-fredegariana de un ámbito de dominación franco al sur de los Pirineos, volviendo al punto mismo de partida, y sometiendo a análisis algunos extremos no tocados del pasaje del cronista borgoñón, que da pie a estas consideraciones.
Y, una vez metidos a ello, interesa destacar, ante todo, el formidable e insólito elogio que tributa aquél a Sisebuto, un monarca godo del que sabe, sin embargo -si es que responde a la verdad lo que él mismo añade a continuación-, que hizo sufrir algún tipo de descalabro o de disminución de poder a sus señores naturales, los reyes francos, ya que un ducado que antes estaba sometido y rendía tributo a éstos, fue anexionado por aquél al reino de los Godos.
Y surge una primera pregunta: ¿Cabe suponer en buena lógica que, de no ser ciertos en algún sentido los hechos que relataba, un fiel vasallo de los reyes francos se inventara una especie así, que, en cualquier caso y en su acepción literal, dificil mente podía ser interpretada sino como un desdoro el ataque referido (a señalar que son varios los que estiman justificada esta conjetura, entre los que el mismo M. Rouche: o. c., p.
504 67 Aludimos, claro está, al dux referido y al círculo nobiliario que lo apoyaba, del que formaba parte muy probablemente ese Amelius, obispo de Tarbes, al que nos referíamos más arriba (v, texto relativo a la n.
30) y al que junto con Leuba, la suegra de Bladastes, vemos algún tiempo después metido en oscuros tratos con el rey Leovigildo, a espaldas, por supuesto, de Jos reyes mevoringios y en contra de los intereses de éstos.
V. en la n. citada la referencia al pasaje de Gregorio de Tours, junto con las de los comentarios que el mismo ha suscitado.
para e l nombre de su pueblo'?
Se sospecha no si n razón que autores d e obed ienc ia merov ingia pudieran, llegado el caso, esti mar un d eber cubrir con un discreto ve lo de si lencio ciertos hechos menos favorab les al nombre de la patria franca'"'. o. cuando menos, tratar de restarles importancia. interpretándo los en fu nc ión de supuestos de orden moral y teológico. que lavaran en c ierto modo o dejaran a salvo el prestigio de la na<.:ión y de sus n: ycs' 11 • Lo que extraña más es que, puestos a faltar a la verdad. se inven taran hec hos que redundaran en desdoro de su propio universo doméstico.
O ¿habrá q ue pensar que el Gotlwrum regno suhe1egi1 del texto pseudo-fredegari ano ha de ser interpretado en un contexto disti nto del de una movilización armada'?
¿En e l de unas negociaciones pacíficas, quizás'!
Sólo q ue este posible nuevo giro interpretativo nos lleva a preg untarnos sobre las re laciones de vecindad entre Visigodos y Francos en los d ías de Sisebu to.
Es sabi do, en efecto, que el to no de tales re laciones no fue siempre el mismo desde que, en los ya lejanos d ías de l reí no vis igodo de To losa, empezó éste a sentir sobre sus fronteras la presión amenazante de las hordas francas de Clodoveo, presión que habría determ inado en parte -o acentuado, cuando menos-la corriente inmigratoria goda que se produce sobre la Pen ínsula aun antes de la fecha fatí dica del 507 (Voui ll é) 71 • Hubo, si n d uda, no pocas veces momentos de tensión, que desembocaron en la acc ión armada.
Pero los hubo igualmente presididos por una voluntad de entendi m iento y de arreglo pac ífi co de las desavenencias. q ue se sel laron a veces por d ife rentes a lia nzas matrimonia les.
La política de acercam iento entre Godos y Francos conoció un prime r episodio en e l enlace de Amalarico con Clotildc. la h ij a de C lodoveo, enlace que, empero, lejos de servir a la ca usa de la paz, parece sirvió sólo para enconar aún más las relaciones entre ambos pueblos.
S ig uieron, en los días de Atanagildo, las un iones de sus hijas Brunekh ílda y Gai lswintha con los hijos de Clotario, Sigeberto y Chilperico respectivamente, aunque tales uniones en lo desigual de sus vicisitudes y desen lace ta mpoco sup usieron el punto de arranque d e la nueva era de paz, que se esperaba.
En fin, los enlaces que Lcovigi ldo concertó para sus h ijos Hermenegi Ido y Recaredo -con Ingunda, hija d e Sigeberto de Austrasia y de Brunekhilda, en e l p rimer caso; con Rigu nth is, hija de C hil perí co de Neustria y de Fredegunda, e n e l segundo-, o el que Witérico concertó años después para su hija Ermenberga con Teodorico 11 de Bo rgoña -n ieto d e la célebre Brune khilda-sup usieron otros tantos pasos más -no todo lo afortunados que fu era de desear-en e l intento d e conso lidar un c lima de paz en las re laciones entre Francos y Visigodos.
"~ El mismo Gregorio de Tours -que es, conviene recordarlo, un representante de la aristocracia galo-romana, que sabe muy bien, llegado el caso, marcar distancias frente a los amos del Norte-se creerá, así y todo, obligado a echar un discreto velo de si lencio sobre ciertos descalabros que sufrieron los príncipes merovingios en sus enfrentamientos con los Godos.
V. por ej., su relato de la expedición de Clotario 1 y Childeerto sobre la Tarraconense en el 541 (Hist.
Franc.,111,29), en que para nada se oye hablar de los desastres que, según Isidoro (Hist.
Goth.,4 1 ), les habría infli gido el duque godo Theudisclo.
Lo cierto es que tampoco la Chron.
Caesaraugustana -que es, según se cree, el testimonio más inmediato a los hechos por cercanía espacial y de tiempo-dice nada de acciones de represalia de los Godos contra el ataque desolador de los merovingios (Ad ann.
10 V., por ej., los relatos que ofrece el mismo Gregorio sobre las expediciones protagonizadas por Gontran en el 585 y 589 contra la Septimania (Hist.
Franc.,VIII,30 y IX,31 ), relatos en los que, si no se si lencian los descalabros sufridos, se diría atenuarse la significación de los mismos y, en todo caso, descargarse de responsabilidades a los titulares de la realeza, achacando los resultados negativos al comportamiento indigno o inadecuado de los subordinados.
No es que los esfuerzos de paz que se protagonizaron por uno y otro lado se redujeran a esos episodios, que acabaron en bodas de más o menos trágicos destinos y de más o menos infausta memoria'~.
Si es que aquí nos hemos fijado particularmente en ellos, es por una circunstancia que por lo general concurría en las negociaciones que llevaban a la concertac ión de una boda, y era la práctica de la Morgengahe o Morganegiha. a que se refiere en alguna ocasión Gregorio de Tours'-'. práctica usual entre los Germanos y que consistía en un presente que el desposado hacía a la recién casada a la mai'iana siguiente del día de boda, como reconocimiento y recompensa de la virginidad por ella aportada.
Ahora bien. sabemos que tales regalos podían muy bien suponer la concesión del dominio sobre ciudades o territorios más o menos importantes; así, en el caso de Gai lswintha -la hija de Amalarico, que casó con Chilperico 1-, la Mo rge~gahe que le hizo éste comprendía las civitates de Burdeos, Limoges, Cahors, Béarn y Bigorre, las que, muerta Gaislwintha y a fa lta de herederos más directos, reivindicaría para sí su hermana Brunekhilda 74 • Sabemos también que tal práctica no era privativa de los Francos, documentándose casos de príncipes godos que negociaron sus correspondientes aportaciones al solicitar la mano de las princesas merovingias 7 ~.
Siendo esto así, ¿se nos permitirá avanzar -a título puramente conjetural, desde luego-la hipótesis de que princesas francas, al igual que Gailswintha, hubieran podido hacerse con la titularidad de dominios más o menos extensos a este lado de la cadena, dominios bajo control godo -más o menos teórico, más o menos efectivo--al principio, pero que, con posterioridad, por mor de los avatares sucesorios, pudieran haber pasado a manos francas?
Cabe legítimamente suponer, cuando menos, que Clotilde, la hija de Clodoveo que casó con Amalarico, y asimismo lngunda, Ja hija de Sigeberto que lo hizo con Hermenegi ldo, recibieran de sus cónyuges respectivos la correspondiente dote y Morgengabe, dotes que, al morir sus titulares sin posteridad reconocida a este lado de la cadena pirenaica 76, pudieron acaso venir a parar a manos de sus parientes transpirenaicos.
Como va dicho, avanzamos nuestra hipótesis a título puramente conjetural, pero estimándola, en todo caso, no exenta de ciertos visos de plausibilidad, visto lo que sucedió con la herencia de Gailswintha.
Ahora bien, ¿,qué es lo que podía suceder, cuando tales dotes o Morgengabe incluían tierras de dominio incierto, es decir, derechos más o menos fundados sobre marcas o civitales a conquistar, como parece fue el caso en más de una transacción entre príncipes germánicos por ese tiempo 77?
¿Debería extrañarnos tanto el que de tales dotes, constituidas sobre la base de tierras a reganar o de dominios de suerte fluctuante, no hubiese apenas quedado rastro en la documentación? 72 Sobre relaciones entre Godos y Francos en general, v.
J. Orlandis: Communications...; justo en las décadas que preceden el reinado de Sisebuto, v.
A. Isla Frez: Las relaciones entre el reino visigodo y los reyes merovingios a finales del siglo v1, en «España Medieval» 13, 1990, 11-32.
15 V. por ej., Gregorio de Tours: Hist.
n No sabemos que Clotilde dejase posteridad de sus cortas y turbulentas relaciones con Amalarico, ni que el hijo de lngunda y Hermenegildo, caído junto con su madre en manos de los Bizantinos cuando huían de Leovigildo, pudiese hacer efectivos sus derechos hereditarios al morir sus progenitores.
Muerta lngunda cuando junto con el hijo era conducida a Bizancio por los imperiales, el rastro de éste se pierde en la ciudad imperial, de donde trataron en vano de rescatarlo su abuela Brunekhílda y Childeberto II.
77 No puede uno menos de recordar el caso del célebre reino tolosano de Chariberto 11 (c.
629/632), reino que, ~onstituido en favor del mismo por Dagoberto 1, estaba formado en buena parte por territorios o civitates de dominio incierto y/o a reganar a los Vascones (v.
Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 177-205 (c) Un dato o indic io: por la correspondencia del conde Búlgar venimos --casualmente y a posterioria enterarnos de un caso de cesión de dominios o plazas fronterizas e ntre gobernantes godos y fran cos. del que nada nos habían dicho los cronistas habituales de tales hechos.
Por Búlgar sabemos. en efecto, que Recaredo --en momentos de buenas re laciones entre los pueblos respectivos. si n duda-cedió a Brunekhilda las plazas de Ju vignac y Corneilhan en la d iócesis de Béziers, plazas que años más tarde el lugarte niente del rey Gundcmaro en la Septimania se encargó de retomar y poner a buen recaudo como medida de represa lia por el trato in fligido por Teodorico 11 y Brunekhilda a los enviados godos Tatila y Guldrimiro 1 x. los que, por cierto, habrían sido retenidos por orden de aquéllos en el actual Pa.
Y puesto que e stamos hablando de las vic isi tudes que las relaciones de vecindad entre Godos y Francos conocieron al paso de los años, no esté tal vez fuera de lugar, volviendo al texto que da pie a estos comentarios, subrayar aquí el hecho de que el cronista atribuya precisamente a Sisebuto la recuperación de ese supuesto ducado franco de Cantabria.
Un S isebuto que, no lo o lvidemos. es presentado por e l m ismo bajo la luz más favorable...
Un Sisebuto que. por otro lado, protagonizó un insólito caso de incursión real en los terrenos de la literatura hagiográfica, redactando una Vita Desiderii que ha sido modernamente interpretada como una obra de insoslayable intencionalidad política: una obra por la que el rey godo, a cambio de hacer una condena sin paliativos de las formas de gobierno de Teodorico de Borgoña y de su abuela la célebre Brunekhilda (¡una princesa visigoda. no con viene o lvidarlo!). habría tratado de granjearse las voluntades de aquellos sectores de la población austrasio-borgoñona. que pudieron haberse sentido perjudicados por la po lítica de los citados príncipes, y, sobre todo, de atraerse a Clotario 11 -el nuevo árbitro de la si tuación en e l mundo franco desde el 613-, para de esta gisa promover un clima de entendimiento y de buenas re laciones entre Godos y Francos MO_ Ahora bien, tratándose de un monarca godo así, bienquisto de círculos influyentes de la población austrasio-borgoñona y, sobre todo, acreedor a un singular favor del detentador único de la realeza entre los Francos, ¿qué sentido tiene que un clérigo borgoñón le atribuyera éxitos como el que representa la recuperación del ducado de Cantabria, un ducado que se reconoce perteneció otrora a los Francos?
¿ Inventaba de punta a punta el PF, o se hacía eco de algo realmente sucedido en e l nuevo clima de re laciones que inauguraban los dramáticos sucesos de 613? ¡,Algo, por ej., como la devolución al monarca visigodo -en muestra de agradecimie nto por el favor recibido con la redacción de la Vita Desideriide un dominio franco s ito en la vert iente sur de la cadena pirenaica?
Como no puede menos de ser, dejaremos la pregunta en suspenso; pero no sin antes volver a insistir en e l hecho de que las relaciones de vecindad entre Godos y Francos y la repartición de las respectivas áreas de poder pudieron no ajustarse tan rígidamente a los simplistas esquemas a que nos ha acostumbrado la historiografía posterior, de que puede ser un índice el hecho ya apuntado de enclaves de dominio franco, como los de Corneilhan y Juvignac, sitos en la provincia septimana.
1993 --Como apéndice a este epígrafe sobre los indicios de índole textual que abonarían el supuesto pscudo-fredegariano de ámbitos de dominación franca a este lado de la cadena pirenaica, vamos a dedicar unas pocas palabras al tema de los limites de la Gu/lia Comatu por este lado del Pirineo occ idental. terna que para algunos pudiera tener algo que decir en el asunto que nos ocupa.
Como es sabido, la cuestión -resue lta de modo más o menos razonable y satisfactorio para los tiempos clásicos xi _ se suscita fundamentalmente aquí en razón de unos pocos textos altomedievalcs de origen peninsular -de unos de Eulogio de Córdoba, sobre todo-que darían pie a pensar que bajo tal denominación geográfica pudieran a partir de cierto tiempo haber sido comprendidos ámbitos territoriales que caen de este lado de la cadena pirenaica.
Es decir, que, en el oscuro período que sigue al colapso del orden romano en el área y al abrigo de circunstancias como las que propician la afirmación del expansionismo vascón, el límite clásico entre la Galia e Hispania pudiera haberse difuminado un tanto en la utilización que los eruditos habrían hecho de tales términos, y no ajustarse al eje pirenaico de modo tan estricto como en la Antigüedad clásica o en los tiempos modernos.
Y, claro, se haría obligada la pregunta -turbadora pregunta-sobre las razones que habrían determinado tal deslizamiento onomástico...
Ha sido C. Sánchez Albornoz el que entre los modernos estudiosos ha abordado de forma más específica el tema, analizando, por un lado, los escasos textos que han dado pie al planteamiento del mismo, y haciéndose eco, por otro, de las interpretaciones que han venido formulando al caso los autores x~.
Pero mucho nos tememos que en sus conclusiones, al incluir sin titubeos dentro de la Gallia Coma/a « la zona alavesa y guipuzcoana» y al dudar, por contra, que en el uso que se hacia de tal término a mediados del siglo rx se incl uyese la Vasconia ultrapirenaica x3, no haya ido más allá de lo que permiten dichos textos, interpretados en su justa luz.
El hecho es que, si excluimos la calendación de un diploma del cartulario de Siresa 84 -diploma sobre cuya autenticidad, como el mismo S. Albornoz reconoce, se ha suscitado más de una duda-, sólo tendríamos los referidos pasajes de S. Eulogio para tratar de esta cuestión.
Ahora bien, entre éstos hay dos que de forma indubitable, a nuestro modo de ver, sitúan los límites de la Gallia Comata en el eje pirenaico.
Ambos derivan de la célebre epístola del cordobés al obispo Wiliesindo de Pamplona.
En el primero habla de las razones que lo detuvieron más de la cuenta en los cenobios pirenaicos durante su viaje en busca de unos hermanos ausentes, y que se cifraban en el clima de revuelta imperante a la sazón en el reino franco, que hizo que no sólo la Gothia, sino que «la misma Gallia Comata que limita con Pamplona y los Sebúricos» se alzase en contra del rey Carlos 85 • El otro viene líneas abajo en la misma epístola, y habla de la ida del cordobés al monasterio de San Zacarías, asentado -precisa-«al pie de los Pirineos, en los puertos de la susodicha Galia, donde tiene sus fuentes el río Aragus, que recorre Seburi y Pamplona y se arroja en el río Cántabro Stuttgart 1900, ce.
82 Sobre la posible localización de la Ga//ia Comata, en ID.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Ahora bien. estos pasajes no parecen sino reafirmar la teoría que sitúa en el eje pirenaico el límite entre Gal/iu Comuta e Hi spania.
Induce a pensar así la afirmación expresa de Eulogio sobre que la referida Ca/lía limita con Pamplona y los Sebúricos.
Bien es verdad que estos términos han podido ser a veces interpretados como referidos a simples núcleos de población -los de Pamplona y Zubi ri. concretamente-, y que. en base a ello. sc ha podido desplazar en mayor o menor grado hacia el Sur o el Sudoeste el límite entn: la Ga//io Comatu c Hispania, haciendo entrar en la primera determinadas porciones de la vertiente cispirenaica. akdañas de las citadas localidades.
Pero. según observaba ya G. Balparda x 7 en contra de las elucubrac iones de J. de Jaurgain xx y de otros, tal interpretación ni es la única posi bl e. ni es la que mejor se adecúa al sentido general de los textos del autor cordobés.
Dejando aquí ahora de lado la cuestión de si había a la sazón en el enclave del actual Zubiri un núc leo importante de población que, como el de Pamplona, pudiera servir a Eulogio como punto inteligible de referencia, observaremos que en el uso común del tiempo términos como el de Pamplona servían a menudo para designar señoríos, colect ividades o áreas territoriales.
Pero hay más, y es que tal interpretación viene avalada por lo que luego refiere el mismo Eulogio sobre el monasterio de S. Zacarías, ubicado -dice-«al pie de los Pirineos, en los puertos de la susodicha Galia, donde tiene sus fuentes el río Aragus, que recorre Seburi y Pamplona y se arroja en el río Cántabro».
Ahora bien, apenas existen dudas de que ese monasterio de S. Zacarías. que celebra tan calurosamente el cordobés, viene a ser el mismo que el célebre de Siresa en el valle de Hecho M' I. En efecto, sabemos, por un lado, por Eulogio mismo que el abad de ese monasterio de S. Zacarías se llamaba Odoario'lli, al igual que «el abad del monasterio serasiensc», al que Wiliesindo deberá encargarse de saludar en su nombre 411 • Pero está, luego. que cuadran perfectamente con el monasterio serasiense todos los datos explicitados por Eulogio sobre la situación del de S. Zacarías, y ello sin necesidad de inventarse -como lo han hecho algunos, entre los que el mi smo G. Balparda " 2 -supuestos errores de apreciación en el cordobés.
Admitida, en efecto, la identidad del monasterio de S. Zacarías y del de Siresa, se entiende por qué Eulogio hable de un río Aragus que riega Pamplona y Seburi, para arrojarse en el Ebro.
La dificultad que se inventan algunos para aceptar la traducción de Aragus por Aragón viene condicionada de hecho por una previa cuanto gratuita identificación de Seburi con Zubiri, identificación sin otra base que la de una cierta similitud fonética, y que hoy puede ser descartada del todo, al documentarse justamente en un diploma del cartu lari o serasiense el topónimo " 7 Historia crítica...,t.
1, No vemos, de todos modos, por qué critica Balparda a Jaurgain en ese punto concreto de la interpretación de Pampilonem y Seburicos como simples núcleos de población, ya que, si lo hemos leído bien, Jaurgain ve a «la Gaule chevelue, voisine du royaume de Pampelume et des terres de Zubiri» (o. c., p.
" 41 Un historiador tan concienzudo como J. M. Lacarra pudo vaci lar en algún momento al respecto (v.
Id.: las más antiguas fundaciones monásticas en el paso de Roncesval/es, en Homenaje a D. Julio de Urquijo, t.
1, San Sebastián 1949, pp. 91-108, concret, pp. 94s.); pero más tarde no parece albergar la mínima duda sobre tal identificación (así, en la Historia política del Reino de Navarra desde sus orígenes hasta su incorporación a Castilla, 3 u., Pamplona 1972Pamplona -1973, concret. t.
Ya antes abogaba por esta interpretación E. Lambert: le voyage de Saint E11/oge dans les Pyrénées en 848, en Estudios dedicados a Menéndez Pida/, IV, Madrid 1953, pp. 557-567.'IO Epist. ad El tema podría decirse definiti vamente zanjado tras lo expuesto. si no se dieran en el mismo Eulogío los elementos que han venido a compl icarlo de manera inextricable.
El pasaje decisivo en ese sentido es uno que viene en su Memoria/is Sa11ctoru111. y habla de un Sanctius. originurío ex Aluliensi oppido Gallial!
Conwtae. que. reducido a cautividad en su adolescencia y adscripto después in/C'r militar<'.I' r<'gis μueros. fue al cabo martirizado v~.
Ha sido este texto, en efecto. el que. a partir de la reducción del citado oppid11111 Alahense con la munsio A/ha del /1i11crari11111 A111011i11i'"' --mansio de la vía As111rica-811rdigala. localizada comúnmen te en torno de la actua l Sal vatierra en Álava-. ha hecho que autores como J. M. Lacarra' 17 o C. Sánchez Albornoz ••x hayan venido a hablar. aunque con matices di ferenciadorcs. de una Gallia Coma/a que se habría extendido por tierras de Guipúzcoa y Álava.
Y hay que reconocer que se avienen bien con tal idc.ntificación algunos extremos que cabe inferir de la noticia eulogiana: así, el de que el santo -capturado en temprana edad-hubiera nacido o vivido al menos-en tierras abiertas a las azeifas musulmanas, o el de que se hubiese llamado Sanctius. nombre que no disuena sino todo lo contrario en ese umbral del mundo vascón, en el que los Sanchos se documentan con profusión por entonces.
Pero no convendría exagerar Ja f ucrza probativa de tales coincidencias -por llamarlas de algún modo-.
De hecho. las razzias musulmanas también ll egaron a la sazón a afectar, aunque mucho más raramente. a la vertiente transpirenaica.,., o a "' Cartulario d<• Siresu. ed. de A. Ubieto Aneta, Valencia 1960. pp. 35-38. vJ V. en este punto J. Canal Sánchez-Pagin: lo. \• rncom!s 1111 puehlo 1•asco-na1•a1.,.o. et aJi.ws ( 11,11, ed. Mignc en PL 115,771 ).
No esté quizá de sobra anotar aquí que A. Morales leyó A/ahensi en el manuscrito, y que pasó a cambiarlo por Albensi basándose en los textos de Plinio ( Nat. hist.,3,26) y Ptolomeo (Geogr..
En otras ediciones puede leerse Alhe11. \•i.
Recuérdese el caso -rigurosamente contemporáneo-de Musa lbn Musa, el que, según la Cróniw de A~fonso 111 (25. ed. de J. Gil, p.
144), «peleó contra los Francos y Galos e hizo muchos estragos y cautivos en su tierra (Multa.<; ibi strages et predasfecit, según el texto latino)», contándose justamente entre aquéllos Sancho Sánehez, duque de Vascon ia, y su cuñado Emenón. conde del Périgord.
Es verdad que C. Sánchez Albornoz (E/ tercer rey de España [1969), en Id.: Vascos y navarros..., pp. 252-255) aventuró la hipótesis sobre que la acción de que habla Ja Crónica pudiera ser la misma que la de la batalla de Abelda, de quien informan las fuentes musulmanas.
Pero, aunque se demostrara la plausibilidad de tal hipótesis -empeño en el que no ayuda mucho el texto mismo de la Crónica, con ese adverbio ihi referido a Francos y Galos-, no dejaría de ser ésa una referencia válida para nosotros, ya que, fuese cu¡il fuese el teatro de operaciones, estaría probado que Musa hizo múltiples prisioneros entre los Francos o Galos que combatió.,,,,, ámbitos peninsulares bajo dominio franco 11 " 1, pudiendo en las mismas haber sido capt urado ese joven originario de un oppidum galo.
Y queda, luego, que en ese ámbito también se documentan -y con profusión-los Sanchos 101 • ni deja, por otro lado. de haber localidades que pueden. por lo de la similitud fonética, competir con la a la vesa en lo de reclamarse patrias del mártir cordobés, si bien puedan suscitarse dudas de si en rigor 111: o en la intención de Eulogio 111 • 1 formaban parte de la re fer ida Gallia Coma ta: ahí está, de todos modos.
A lbi 1 11 ~ -que no pi It a tan a desmano de esa Gvrhia que mantiene en vilo Guillermo con la ayuda de los cordobeses. o de los ámbitos en que se mueven esos Sancho Sánchez y Emenón a los que combate Musa lbn Musa 'o'-; ahí. e l A/ha Hefriu que documentan Plinio y otras referencias antiguas 1 "" en la Galia Narbonense, etc 101 • Pero diremos, en cualquier caso, por cerrar el tema. que. incluso para quienes entienden la Gallia Comara eulogiana como «la zona montañosa y cubierta de bosques que iba de Álava a Francia (Álava, Guipúzcoa y Baztán)». se habría tratado de «un término no indígena, sino más bien erudito, libresco, y no bien precisado» rnx_ e l que, por lo mi smo. parece tener poco que decir en el asunto preciso que aquí nos ocupa.
Y. INDI C IOS ONOMÁSTICOS QUE ABONARÍAN EL SUPUESTO PSEUDO-FREDEGARIANO
Son conocidos los pronunciamientos de M. Broens sobre la relevancia del aporte franco al poblamiento de la Península en la Tarda Antigüedad 1 o' 1, y los juicios -más bien negativos--que 1tKi V. recogidas en el o. c. de C. Sánchez Albornoz (pp. 248 s) algunas noticias sobre acciones en las que súbditos del califa cordobés intervienen militarmente contra los francos en la Marca Hispánica.
Tales acciones, cuya noticia se debe al Kitab al-Muqtabis de lbn Hayyan. tuvieron lugar por los años 846-849.
1111 Ahi está ese Sanctiu.~ Sancrionis, de que habla el mismo Eulogio en la Episl. (cap. 1 ). w?
Pero ¿es que podía el mismo Eulogio en rigor hacer de la Baioaria una parte de la Gallia Toga/a (v.
Episl. ad Wilies.,1), o de la Alba alavesa, un oppidum de la Comaw?
w.i Obsérvese que Eulogio habla de la Gorhia. término que a ta sazón recubre. según todas las trazas a la antigua provincia Septimana de los Visigodos.
w 4 Se documenta ciuitas Alhigensium (con var.
Alhiensium, entre otras) en la Not. prov. et rn~ Nat. hist.,3,36.
Se documenta como civitas Albensium en la Nor. prov. et 7 Otras posibles identificaciones (una más -Alba Augustaen la Gallia Narbonensis), en A. Pauly-G.
17-18, 1955-1956, 59-77;v. también Id.: le peup/ement germanique de la Gau/e entre la Méditerranée et /'océan, en «Annales de Midí» 68, 1956, 17-38, estudio que puede estimarse complementario del anterior, pero de cuyas conclusiones difiere un tanto. los mismos han merecido de la comunidad científica 11 11 • No vamos a ser nosotros, por supuesto, quienes rompamos una lanza por una teoría, algunos de cuyos supuestos -de índole tanto histórico-textual 11 1 como lingüística 11 ~han sido invalidados de forma contundente por la crítica de nuestros días.
Ello no va a ser óbice, empero, para que de la masa de datos que acumula el autor en apoyo de su tesis tratemos, por nuestra parte, de recuperar aquéllos de índole lingüística que, a nuestro modo de ver, no han hallado que sepamos respuesta sufic iente por parte de sus contradictores. y pueden ser vistos como el indicio de la verdad relativa que pudiera esconder la noticia psellJdo-fredegariana sobre el dux Francio de Cantabria.
A ellos añadiremos las referencias de índole onomástica o, más globalmente, lingüística que nos ha deparado el azar de nuestras rebuscas en los textos altomedievales, referencias que, a nuestro modo de ver, han de ser explicadas asimismo en relación con hechos pobladores anteriores al cambio del milenio.
No hace a nuestro caso extendernos aquí sobre el lote de topónimos con el tema Francos o Francelos, que documenta M. Broens para el primer milenio en relación con el área gallega -en concreto, dos tardoantiguos, y anteriores cuando menos al siglo x otros dos más-1 1. • Digamos, para abreviar, sobre los primeros -documentados en el famoso Parroquial Suevo del siglo v1 114 -, que pueden muy bien ser explicados en relación con el régimen de contactos bastante intensos, que, por las trazas, mantiene a la sazón el reino suevo con los Merovingios por vía marítima 11 5; y, en cuanto a los otros, que el primero de ellos deriva, por lo que parece, de una falsificación de fines del siglo x1 o x11 (y decimos parece, porque Broens no aduce otros datos individualizadores del documento, que el de la presencia del topónimo castrum de Francos en el mismo, más la fecha de su expedición en el 841, datos que se repiten a peu pres en un conocido falso de la colección diplomática astur 116 ), mientras que del segundo sólo sabemos, por lo que explicita el mismo M. Broens, hallarse asociado a una villa en un documento datado en el 877, y parecerle, por otro lado, al autor «distinto del primero» 117 • Tampoco vamos a demorarnos aquí en la consideración de los indicios onomásticos de supuesta implantación franca, que documenta A. Prieto Prieto para el solar astur en la primera mitad del siglo x y comenzado el segundo milenio 11 x, ya que, de suponérseles a los topónimos en cuestión un arranque temporal anterior al siglo v11, podrían en principio ser explicados en razón de los contactos que por vía marítima mantenía, al parecer, el litoral astur-galaico con el mundo franco en el siglo v1 11' 1, y, caso de retrasarse algo ese arranque temporal -opinión a que se inclina a la postre el autor-, nos remitirían a un horizonte histórico -el de las relaciones que mantuvo Alfonso 11 el Casto con Carlomagno a fines del siglo v111-que se saldría del marco estrecho que aquí nos hemos impuesto.
Ahora bien, lo que por nuestra parte podemos añadir es que el étnico Francos se documenta también, con anterioridad al cambio de milenio o antes al menos del auge de las peregrinaciones jacobeas, asociado a entornos más próximos al supuesto ducado franco de Cantabria, y más próximos también a los enclaves en que se registran los importantes hallazgos arqueológi-cos a que hacíamos n.:fcrencia al inicio de este trabajo.
En el Car111/ario d11 S. Millán y en un diploma que se data en el 952 se hace alusión a un rivo d11 Francos i:u en un contexto (¿actual R1diw1cos. en el partido judicial de Villarcayo?) que se diría no muy alejado de la vaga Cantabria de ciertos textos tardoantiguos o del en otro lugar mentado yacimiento de Nanclares de Gamboa 1 ~1 • En el mismo Cartulario, y en el célebre diploma conocido como la «Reja de San M illán», datado en el 1025, vuelve a aparecer por dos veces la forma? rango como nombre de dos comunidades alavesas de la hermandad del río Ayuda. que pagaban reja al famoso monasterio riojano i!:.
En fin, para el año 1074 documenta M. Broens un Ril'O Francorum que refiere al partido judicial de Lerma (Burgos) 1!\ sin que, empero, explicite la procedenc ia ni otros pormenores de tal atestación toponímica l! 4 _ Y surge naturalmente la pregunta sobre el arranque temporal de los episodios pobladores que subyacen al nacimiento de tales topónimos.
Señalaremos al lector que por precaución hemos presci ndido voluntariamente del tercero de ellos, ya que, si la toponimia recogida en un documento deriva por lo común de situaciones anteriores, lo avanzado del siglo x1 en este caso aconseja alguna reserva sobre que pueda estimárselo reflejo de hechos pobladores antiguos.
En cuanto a los otros dos, parece indudable en el primer caso y altamente probable en el segundo, que nos las habemos con hechos de población anteriores a los que tienen lugar en el área en relación con la peregrinación jacobea, la que, si se documenta en casos muy singulares para antes del fina l del primer milenio 12 \ no parece cobrar relevancia poblacional en ella hasta bien entrado el siglo x1 126.
Ahora bien y admitido eso, ¿habrá que referirlos, como lo 11 ° Cartulario de San Mi//án, 64 (ed. de A. Ubieto Arieta, pp. 75s).
i!i Las menciones toponímicas que, por lo demás, recurren en el diploma todas hacen referencia a lugares de Castilla próximas a Valdegobía, o a localidades de Álava y Guipúcoa, en torno de Urbina y Ullíbarri. lugares éstos que son mencionados también.
Las localidades vuelven a aparecer en un documento de 1257 como Franco de Suso y Franco de Yuso (v.
A. Ubieto Arteta: Un mapa de la diócesis de Calahorra en 1257, en «Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos» 60.
389), fundiéndose con posterioridad en el único Franco que se documenta desde la segunda mitad del siglo xv1 y corresponde al actual del condado de Treviño.
Dejando de lado otros problemas (v. en sentido J. M. Piel: Toponimia germánica...• p.
537; F. Marsa: Toponimia de reconquista. en Enciclopedia Lingüística Hispánica, 1, Madrid 1960, pp. 641 s). pensamos que la mutación Franco > Prango pudo haberse debido a los hábitos fonéticos de una comunidad euskaldum, a la que no resultan extraños en los préstamos de otras lenguas esos cambios de/inicial en p [URL] pago..flcus---+ piko o fraile---+ praile).
Sobre el topónimo, v. las referencias que recoge M. N. Sánchez González Herrero: El habla y la toponimia de la Puebla de Arganzón y el Condado de Treviño, Vitoria-Gasteiz [ 1986), pp. l 86s.
124 En el «Índice de lugares» que hace figurar J. del Álamo al final de su Colección diplomática de San Salvador de Oña (2 vv., Madrid 1950) y concretamente en la p.
1002, hay una entrada que sueña Francorum (río), pero a la que, por olvido o por lo que sea, no se Ja asigna referencia de pág. Lamentamos que nuestros esfuerzos por localizar el topónimo en las cerca de mil páginas de texto que incluye la colección hayan resultado baldíos...
Pero acaso no esté de más la pregunta de si este río Francorum podría corresponder al Rivo Francorum de M. Broens, que pervive en el actual Ríofranco.
J. M. Lacarra: La repoblación de las ciudades en el camino de Santiago: su trascendencia social, cultural y económica, en L. Yázquez de Parga, J. M. Lacarra, J. Uria Riu: Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, t.
I, Madrid 1948, pp. 465-497. hace A. Prieto para el caso astur, a contingentes de soldados carolingios destacados en la zona. a los que, en virtud de un supuesto acuerdo de Alfonso 11 con la corte de Aquisgrán, se les habría asignado un servicio de a1111hda o de vigilancia en las fronteras de Álava y al-Qile?
Hemos de decir q ue nada tenemos en principio contra la hipótesis en sí o la forma en que la instrumenta el referido autor, sino que la zona alavesa o castellana en que se documentan esos topónimos, aunque dependiente teóricamente de la órbita astur y más o menos accesible a posibles misiones francas a despecho de la 1>er/ldia 1•asco1w, se revela, en todo caso, más recalcitrante frente a la corte ovetense 1 ~7 que la zona astur montañosa en que documenta A. Prieto sus Francos y guardiarores, y que nada hay. por lo demás, de positivamente documentado que privilegie esa sol ución sobre otras que puedan razonablemente argüirse.
Entre los indicios onomásticos de implantación franca que sue len comúnmente aducirse tenemos, luego, las formaciones toponímicas en -l'i/la.
En otro lugar 12 x dejamos dicho algo ya sobre la problemát ica que se suscita en torno a las mismas, y no es cuest ión de que ahora reincidamos en el tema.
Interesa, empero, señalar que entre los que cita como casos expresivos M. Broens los más se documentan justamente en el área 1! 9, en la que, por otro lado, nos ha sido posible localizar alguna más.
Una que ha merecido de manera particular la atención del investigador francés es Beranrevilla, formación onomástica atestiguada como Verantivilla ya desde 1080 en el Cartulario de San Millán uo. y en la que Broens se atreve a reconocer la presencia del nombre de Barontus -uno de los duces que, según el Cronicón de Fredegario, acompañaron a Dagoberto en su expedición del 645 contra los Vascones 131 -.
En la j urisdicción de la actual Berantevi lla encontramos, por otro lado, lacervil/a rn. que en 1257 se documenta licerivilla.
Sin salirnos aún de Álava y en un contexto próximo, tenemos: Elhenivilla, documentada en 1025 en la zona de Nanclares 1.
11 • En fin, hay un barrio de nombre Garavilla en Llanteno (valle de Ayala, Álava), y nombres de heredades o labrantíos dichos Birihi/a ux en Marquínez, Lagrán y Artaza de Foronda 1 ~••. nombres de los que, empero, no hemos hallado acreditaciones antiguas significativas.
En la actual Navarra, y lindando por el Oeste con la zona que registra las más de las atestaciones toponímicas anteriores. tenemos Gene1•illa. que suena Urnnavilla en el citado documento de 1257 1411 • En la provincia de Burgos, pero en un contexto más bien próximo al que definen las citadas formaciones onomásticas, registra M. Broens Mm•illa, en Salas de Bureba, y una nueva Elhenfrilla, en Sedano, de la que afirma hallarse acreditada en el Cartulario de San Millán para el siglo x1 141 • Y a esto se reduce el material onomástico con terminación en -villa que hemos podido documentar en el área, si dejamos de lado el que el autor citado registra para Zaragoza y Huesca 1 4 ~, para el que, empero y caso de revelarse de origen germánico, cabría qu izá hallar una expl icación mejor, a nuestra manera de ver, en el contexto de la colonización caro lingia de los altos valles pirenaicos.
Así las cosas, y entretanto los lingüistas no se pronuncien sobre la composición de tales formaciones onomásticas -distinguiendo las que reúnen los elementos característicos de las formaciones germánicas (antropónimo y terminación en villa), y las que no (formaciones a partir de un nombre común y terminación en villa)-, al historiador sólo le resta destacar quizá la forma llamativa en que las mismas se centran y/o densifican en un área cercana a la vaga Cantabria de ciertos textos tardoantiguos y altomedievales o a los yacimientos de Aldaieta y Buzaga.
¿Mero azar. sin ulterior trascendencia'?
Uno puede responder que en un caso análogo de concentración de formac iones toponímicas en villa justo en la periferia exterior de la provincia septimana -punto crucial en la frontera entre el reino godo y el franco en los siglos v1-v11-un moderno autor, y tras un meticuloso análisis de todo el material, se ha sentido autorizado a interpretarlas como el síntoma de una consistente implantación franca, que habría tenido como objetivo el reforzamiento del dispositivo fronterizo por ese lado 1 4 ~.
¿No podrían serlo también en cierta medida en el caso que nos ocupa?
Vamos a cerrar nuestra recogida de los materiales onomásticos indiciarios de implantación franca, sometiendo a la consideración de los li ngüistas una formación de otro tipo, pero que suele relacionarse también con aquélla 144 • Se trataría -si no van del todo descaminadas nuestras apreciaciones-de una formación con desinencia en curtis, única con la que hemos topado hasta ahora.
En el texto de referencia, datado en 1257, se registra como Elegortes. en el arciprestazgo de Yiana en Navarra, y parece responder hoy a un despoblado llamado Elgortes, 11 ~ M. Broens escribe significativamente Virivil/a, refiriendo el término a Lagrán, Laguardia (o. c., p.
77); pero no aporta testimonio alguno que privilegie una tal grafía sobre la de Biribila (v. nota siguiente), en cuyo favor podría quizá argüirse, tratándose de labrantíos o heredades, el euskérico biribil (redondo), al que seguiría en este supuesto el determinante a.
G. López de Guereñu: Toponimia alavesa.
112 referencias a los trabajos de F. Lot y J. Johnson.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa cerca de Torralba 1 ~5 • Presentamos este nuevo dato con todas las reservas que se merece el juicio de uno que por desgracia no puede presumir de hallarse medianamente versado en temas de Lingüística; pero, caso de revelarse acertada nuestra apreciación, significaría un indicio más entre los que avalarían la especie pseudo-fredegariana de un dominio franco a l Sur de la cadena pirenaica.
¿Se ha parado mientes, a todo esto, en que, justo al ladito d el yacimiento de Aldaieta en Nanclares de Gamboa, se documenta ya en 1025 un topónimo que suena Hurizahar, es decir, villa o poblado viejo 14 "?
EPÍLOGO SOBRE LAS FUNCIONES Y LA PERCEPCIÓN SOCIAL DE LA FRONTERA EN LAS SOC IEDADES ANTIGUAS Se trata, sin duda, de un tema de enorme complejidad, cuyo tratamiento adecuado exigiría un generoso esfuerzo interdisciplinar, inspirado en los métodos y prácticas de los antropólogos culturales.
Aquí, por supuesto, no vamos a embarcarnos en una tal aventura, y nuestro objeto se 1 imi tará a llamar la atención sobre la complejidad del tema mediante unas cuantas reflexiones deslavazadas.
Éstas nacen de nuestra sospecha -no sé si suficientemente fundada-de que, al tratar de cuestiones de límites entre naciones y fo rmaciones políticas antiguas, atribuimos a menudo anacrónicamente a éstas formas de percepción de las fronteras y de delimitación de las mismas, que sólo se dirían documentarse en tiempos posteriores, como resultado de complejos procesos sociales y políticos y cuando los aparatos de poder respectivos cuentan con los recursos materiales y humanos suficientes para hacer efectivo hasta ese nivel el control del territorio percibido como propio.
No queremos decir, al hablar así, que en las sociedades antiguas se ignoren las formas de control más riguroso, sobre todo cuando se trata de fijar los límites de los predios privados.
Lo que queremos poner de relieve es que, cuando como delimitadores entre pueblos o formaciones políticas se citan y operan magnitudes como la del complejo pirenaico -en el caso de Galía e Híspania, del reíno visigodo y el mundo merovingio, etc.-, en tales casos el límite o frontera ha de ser por necesidad percibido como algo por demás vago y difuso, máxime si, como en e l caso del área que nos ocupa, la cadena pirenaica se diría prolongarse a una simple mirada en e l laberinto de montes que constituyen la Depresión Vasca 147
• Para hacer aún más inevitable esa impresión, contará el que durante siglos ese entorno constituya como el epicentro de la resistencia vascona frente a los intentos asimilistas que protagonizan las grandes formaciones políticas del norte y del sur, y, por lo mismo, como el punto en el que se revelarán menos eficaces los dispositivos de control de los aparatos de poder respectivos.
¿Puede extrañar, así, la impresión de enorme vaguedad en lo geográfico, que se desprende a menudo de las fuentes de la época cuando se refieren a hechos que tienen que ver con estos aledaños 148?
Cartulario de San Millán, 180 (ed. de A. Ubieto Arteta, p.
Pomponio Mela 2,6 (85), Floro 2, 33, 46 y Orosio 6, 21, 2, pasajes que, a nuestro entender, reflejan con bastante claridad esa idea que se hacían los antiguos sobre la prolongación del Pirineo en los montes vascos y en el sistema cantábrico.
V.,empero Plinio: Nat. hist.• 3,30 o Ptolomeo: Greogr.,2,7,4 (5). dicho sea esto incluso dejando de lado las delirantes «definiciones» de Guasconia y de Spanoguasconia, que resultan del texto del Ravenate 14' 1, en el que. como se sabe, el área de influencia vascónica aparece extrañamente sobredimensionada.
Pero ¡,cómo no traer, en todo caso, a colación aquí, aunque remitan a tiempos un tanto posteriores. las referencias documentales recogidas por J. Caro Baroja, en que se muestra a las claras que para los moradores de los va lles altoaragoneses, por ej., el término Yspania o Hispania venía a significar allá por el cambio del milenio la parte llana que se extendía al Sur del Pirineo y del Prepirineo 150?
Tras de lo cual voy a permitirme unas últimas preguntas ¿,Cabe pensar sinceramente que fuera operativa durante los siglos v1-v11, ni tan siquiera en el plano de las representaciones mentales -es decir, en ese nivel en que se realimentan y cobran nueva urgencia los sueños imperiales o las nostalgias irredentistas de los pueblos 1 ~1 -, una línea fronteriza entre la Galia merovingia y la Hispania goda, como la que, sobre la base de la divisoria de aguas Norte-Sur poco más o menos y no sin algunos conflictos, ha ido definiéndose y elevándose a letra acordada en los tiempos modernos?
¿Hasta qué punto pudo ver herido su orgullo patrio un visigodo por el hecho de que se dieran enclaves bajo dominio merovingio -más menos nominal, más o menos efectivo-a la altura de Villarreal de Álava, o de ldocin en el valle de Elorz (Navarra)?
¿En fin, resultaría tan extraño que en esa zona de dominio incierto, que constituye el ámbito vascón al Norte de la línea defensiva Amaya, Victoriacum, Ologicus o Pompaelo, se dieran enclaves enfeudados en mayor o menor medida al poder merovingio, sobre todo si -en la línea de lo que revela un primer ensayo interpretativo de los hallazgos de Aldaieta, Buzaga y Pamplona-el elemento humano y cultural dominante en tales enclaves hubiera que referirlo no tanto a lo franco en sentido estricto, cuanto a lo aquitano-novempopulano, es decir, a un ámbito que desde el lado franco es percibido cada día más como formando un bloque con la • Vasconia perjura y rebelde 152?
Porque no convendría olvidar en este punto que ese mundo constituía en todo caso para el vascón cispirenaico (por razones de vecindad y de remotos parentescos presumiblemente, sobre las que algo dejan entrever los autores clásicos 153, pero de las que no puede ser cuestión ahora 154 }, un horizonte referencial en cierto modo próx imo y, en cualquier caso, no tan extraño como el franco o el godo, a despecho de las relaciones de subordinación jerárquica -más o menos real, más o menos teórica-que pudieran haber vinculado a tales enclaves o a los jefes que los mandaban con los monarcas merovingios.
mundo ibérico-pirenaico, San Sebastián 1988, pp. 67-76 y 94s, quien se explaya en atinadas observaciones sobre el «cierre de horizontes» que se produce desde la Antigüedad Tardía sobre el mundo pirenaico, cierre de horizontes que se habría traducido en un empobrecimiento o en una esquematización de los conocimientos relativos a las particularidades de la cadena y de las gentes que la poblaban.
1 H Apuntaba ya en este sentido, al tratar del entronque cultural de ciertos materiales hallados en el así llamado «cementerio visigodo de Pamplona», Ed.
V., por otro lado, en ese sentido las múltiples referencias que recojo en la obra cit. en la n.
154 Puede verse, en cualquier caso, J. Caro Baroja: la Aquitania y los Nueve Pueblos, en «AEA» 17, 1944, •113-134; Id.: Sobre los pueblos de Aquitania y su relación con los vascos, en Historia general del País Vasco, v. |
Las monedas romanas e indígenas halladas por Schulten en sus excavaciones de principios del siglo XX, en los campamentos y fuertes romanos de la circunvalación de Numancia y de la Gran Atalaya de Renieblas, han suscitado un interés desigual.
En este trabajo se da a conocer un pequeño lote de monedas inéditas, de diversa procedencia, que vienen a sumarse a las halladas por Schulten.
Se hace una puesta al día de los estudios que se han ocupado de las monedas de Numancia, especialmente del trabajo de Hildebrandt, cuestionando su metodología y resultados, así como un análisis de los distintos materiales hallados en el campamento V de Renieblas que pueda contribuir a aclarar su polémica fecha.
Lager V de Renieblas., nos propusimos ahora dar a conocer algunas monedas procedentes tanto de los campamentos de Escipión como del «Talayón» de Renieblas y que fueron recogidas en el transcurso de las visitas a estos lugares dentro de los trabajos de campo para la revisión del cerco de Numancia.
A la vez también se pretendía acometer una puesta al día de los trabajos que se han ocupado de la numismática de los campamentos romanos republicanos de Numancia y, en especial, del discutido trabajo de H. J. Hildebrandt en el que se plantea una nueva fecha para el campamento V de Renieblas, aunque sobre bases poco firmes, como veremos.
Las monedas que presentamos, todas ellas descontextualizadas, tienen un origen variado: cuatro son hallazgos casuales de superficie fruto de nuestras visitas a estos yacimientos; seis se encuentran en colecciones particulares a las que hemos tenido acceso; un as romano de bronce fue regalado a uno de nosotros por un vecino de Renieblas y, finalmente, una procede de las prospecciones realizadas dentro del marco del Plan Director de Numancia en 2003.
A pesar de su origen heterogéneo, el hallazgo de monedas siempre es un acontecimiento importante, especialmente cuando se producen en contextos fechables que contribuyan al esclarecimiento de sucesos producidos en la antigüedad.
Desgraciadamente en este caso ninguna procede de excavaciones y por tanto están fuera de contexto estratigráfico.
Pero al menos tenemos la total seguridad de su procedencia: de los dos ases romanos de los que desconocemos su origen exacto, sabemos al menos que proceden de uno de los recintos del sur de la circunvalación.
Inclusive la donación de Renieblas sabemos que es un as hallado en las tierras de labor del campamento V. Sin Como continuación de la colaboración iniciada tiempo atrás entre los autores de este trabajo, materializada recientemente en un artículo en el que se modifica el trazado del cerco numantino (Morales y AEspA 2008, 81, págs. 213-228 ISSN: 0066 6742 embargo, de este trabajo se ha excluido un as indígena del que no hay certeza total de que proceda del oppidum de Numancia o de los recintos de la circunvalación.
A primera vista se trata de un conjunto pequeño, aunque no lo es tanto cuando lo comparamos con los hallazgos numismáticos que han aportado las excavaciones de Schulten en cada uno de los campamentos.
A continuación presentamos el catálogo de piezas (Figs.
Cabeza de la diosa Roma con casco alado, a la derecha; detrás, jarro de leche; delante, X. Rev.)
A la derecha, SEX PO; a la izquierda, FOSTLVS (Sextus Pompeius Fostlus) La loba amamantando a los gemelos Rómulo y Remo, a derecha, con la cabeza vuelta a la izquierda, hacia ellos; detrás, la higuera ruminal (ficus ruminalis) bajo la que fueron amamantados los gemelos; sobre ella se ven tres pájaros, uno posado en el tronco y los otros dos posados en las ramas superiores; a la izquierda el pastor Faustulus apoyado en su cayado contempla la escena.
Cabeza viril barbada, a la derecha; algunos rizos de gancho, detrás signos ibéricos BO N ( ).
Jinete lancero, a la derecha; debajo, sobre línea, inscripción ibérica BOLSKAN ( ).
Cabeza laureada de Jano; encima I. Rev.)
Proa de nave, a la derecha; delante, I; encima, la loba amamantando los gemelos.
En las prospecciones realizadas en 2003 por el «Equipo Arqueológico de Numancia» en los campamentos del cerco de Escipión, se encontró un denario romano que, en el correspondiente informe, se describe sucintamente como «ANV: Retrato femenino (alegoría de Roma).
REV: Auriga conduciendo una viga.
Por otro lado, la comunicación oral aseguraba que la leyenda del denario era SPVR, lo que ha permitido su clasificación.
Así, 6) Denario romano.
Cabeza de la diosa Roma con casco alado, a la derecha; detrás, X. Rev.)
Luna en biga, a la derecha, manteniendo las riendas con la mano izquierda, y la vara con la mano derecha; encima, creciente; debajo, A. Bibliografía.-Villaronga, 1984, 272, 15; García-Bellido/Blázquez, 2001, II, 28, 14 Observaciones.-Prospección.
Como puede observarse, en la muestra existe una cierta variedad de monedas: dos denarios romanos y uno indígena, seis ases romanos y tres ases indígenas.
Los ases, tanto romanos como indígenas, presentan una gran amplitud cronológica, lo que unido a su gran perduración, limita su utilidad como elemento cronológico.
Llama la atención la similitud de los pesos de los dos ases romanos procedentes del cerco, Castillejo y Vega, 27,68 grs y 27,15 grs respectivamente, e incluso la de los procedentes supuestamente de Peña Redonda, 33,92 grs y 29,18 grs, todos ellos situados en la mitad inferior de la columna, es decir, entre los ases menos pesados de los hallados en los recintos de la circunvalación (Fig. 3).
Por el contrario, los ases romanos procedentes del campamento V de Renieblas presentan pesos más heterogéneos, 29,04 grs y 21,07 grs, y que corresponden respectivamente al segundo as más pesado de la columna y al anterior menos pesado, una gran amplitud entre ambos de casi 8 grs que podría estar indicando, quizá, una diferencia cronológica, lo que de nuevo nos lleva al problema de las superposiciones y alteraciones, o bien al de la reutilización de las instalaciones del campamento.
En lo referente a los ases indígenas, el as de Valdevorrón procede de ARSAOS (Fig. 1.5), ceca sin localizar, pero dentro del área conquistada.
Ni su peso ni sus tipos desentonan con los nueve ases de igual ceca hallados en la circunvalación de Numancia, uno ellos, como el nuestro, en Valdevorrón, y otro más en el campamento V de Renieblas (Romagosa 1972, 92).
Con un total de once piezas, Arsaos es la ceca indígena más representada en los campamentos numantinos.
Otra ceca indígena representada en este trabajo es Fig. 3.
Tabla con los ases romanos de los tres contextos, campamento III de Renieblas, campamentos de Escipión y campamento V de Renieblas, ordenados por pesos.
Los números de las monedas se corresponden con los de Hildebrandt.
Conservación de las monedas: 1 = excelente, 9 = muy gastada.
En las excavaciones del cerco, Schulten encontró seis ases de Bolskan, uno de ellos en Valdevorrón, y el ánima de bronce de un denario forrado (Haeberlin, en Schulten 1929, 245; Romagosa 1972, 94), y dos ases más en el campamento V de Renieblas (Haeberlin, en Schulten 1929, 248).
El as del campamento III, dado por Haeberlin como emitido por Bolskan, en realidad corresponde a Sesars (Haeberlin, en Schulten 1929, 242; Romagosa 1972, 90).
Bolskan, capital de los Suessetanos, futura Osca imperial, con un total de once piezas, es una de las cecas ibéricas que mayor representación tiene en los campamentos romanos republicanos de Numancia y, particularmente, en los recintos de la circunvalación de Escipión.
El as de ARECORATAS (Fig. 2.12) hallado en el campamento V es novedad dentro del numerario tanto de Renieblas como del cerco de Numancia.
Esta ceca se localiza tradicionalmente en Muro de Ágreda, en la ruta de llegada a la Meseta desde el Valle del Ebro.
Esta moneda, correspondiente a la 4a emisión, se atribuye a un momento avanzado de la segunda mitad del siglo II a.C.
Caso bien distinto son los denarios romanos, uno de SEX PO FOSTLVS procedente de Castillejo (Fig. 1.1), y otro de A. SPVRI hallado en Peña del Judío, que se pueden fechar respectivamente en 137 y 139 a.C., fechas que pueden asociarse sin mucha dificultad con aquéllas del cerco de Numancia.
El denario de A. SPVRI es una novedad dentro del numerario procedente tanto del cerco de Numancia como de los campamentos romanos de Renieblas.
Sin embargo, el no haberlo podido documentar adecuadamente y trabajar con referencias ha planteado algunas dudas, lo que no ha sido óbice para identificar al magistrado A. SPVRI (A. Spurinna, A. Spurilius o A. Spurius).
Por último, el denario de SEX PO FOSTLVS procedente de Castillejo, se fecha en 137 a.C. Este denario tiene su correspondencia con uno hallado por Schulten en el campamento III de Renieblas, recinto que tradicionalmente se asocia con la campaña de Nobilior de 153 a.C., (1929,263), lo que de nuevo viene a certificar las dificultades para asignar determinados materiales a algunos campamentos como consecuencia de las interferencias que presentan entre ellos.
Sin embargo, existen otras causas que pueden explicar satisfactoriamente su presencia aquí.
Por un lado hay que tener presente la corta estancia de Mancino en el campamento de Nobilior (Ap.
Y su hallazgo también podría estar certificando la presencia de tropas romanas en El Talayón, relacionadas con los trabajos de la circunvalación para la toma de Numancia por Escipión.
ESTADO DE LA CUESTIÓN Romagosa (1972, 88 y nota 4) y posteriormente Villaronga (1979, 220-221) se quejaban del escaso interés que habían suscitado en España los hallazgos numismáticos de las excavaciones de los campamentos numantinos, a diferencia del despertado en algunos estudiosos extranjeros como Hill (1931), Untermann (1964), Jenkins (1969) o Crawford (1969;1985) entre otros, que viendo su importancia se interesaron tempranamente por ellos.
Dentro de esta dinámica, Hildebrandt (1979) publicó una revisión de las monedas de todos los campamentos romanos de Numancia que, desde su aparición, ha sido objeto de encendida polémica, cuestionándose tanto la metodología empleada como las fechas atribuidas al campamento V de Renieblas.
La metodología de Hildebrandt para determinar cuándo fueron usadas las monedas y así poder fechar los campamentos, estaba basada en su peso relativo y conservación (Fig. 4).
Su premisa parte de que el peso medio de las monedas de bronce acuñadas en Roma es conocido por haberse rebajado gradualmente durante los siglos II y I a.C. Y también consideró, a la vez que Villaronga (1979), que las monedas indígenas de bronce habrían experimentado un descenso proporcional en sus pesos durante el mismo periodo.
Hildebrandt creyó que podría identificar una media de pérdida de peso gradual en las monedas de bronce romanas, y que esta pérdida de peso se reflejaría en las acuñaciones encontradas en los sitios receptores.
Según esto, la muestra de monedas de bronce con el peso medio más alto debía ser más temprana (Pamment Salvatore 1996, 26).
Y resultó que la estación con el peso medio más alto era el campamento III seguido de los campamentos del cerco de Escipión y, finalmente, del campamento V de Renieblas con el peso medio más ligero.
Hildebrandt pensó que era posible llegar a la fecha en que circularon las monedas de bronce en los campamentos romanos republicanos de España comparando sus pesos con los pesos de monedas perfectamente fechadas acuñadas en Roma.
Y así también podrían fecharse las monedas indígenas de cronología incierta.
De esta comparación de pesos, y usando varias técnicas estadísticas para tener en cuenta la reducción Puede verse que, con excepción del Campamento V, las fechas de Hildebrandt no se apartan de las de Schulten, y se corresponden estrechamente con las de éste.
De hecho, suponen una confirmación a los contextos históricos propuestos por Schulten.
Sin embargo, los resultados de Hildebrandt se han encontrado con una aceptación variada.
Ulbert (1984, 67 y 172), por ejemplo, acepta rápidamente todas las fechas de Hildebrandt, incluso la del campamento V. Crawford las rechaza, en parte porque cuestiona la identificación que hace Hildebrandt de ases y semises; también está en contra de la agrupación de las monedas de los campamentos de la circunvalación, y por considerar que se estaba empleando una muestra pequeña para la metodología escogida (Crawford 1985, 90, nota 14).
Un fallo de Crawford es aceptar incondicionalmente todas las fechas derivadas de las reflexiones históricas de Schulten y usar éstas como un aval para fechar las monedas.
Así comenta, por ejemplo, que «las monedas de los campamentos de Numancia son en su mayor parte más tempranas que las fechas de los campamentos» (1985, 90), y «los hallazgos de Numancia confirman que la acuñación del denario ibérico empezó antes del 137, fecha de la reocupación del campamento III por C. Hostilio Mancino» (1985, 91 y ss.; y lo mismo en 1969, 5 -las fechas se refieren a las de Schulten).
También otros son «culpables» de utilizar las fechas de Schulten para fechar las acuñaciones (Hildebrandt 1979, 239).
La metodología de Hildebrandt para fechar las monedas de bronce también ha sido cuestionada por Knapp que considera que fechar las monedas de las acuñaciones indígenas en base a la disminución de los pesos es poco fiable, ya que, aunque efectivamente se produjo un descenso en el peso durante el siglo segundo y la primera mitad del primero a.C., éste no fue uniforme, como de hecho no lo fue en las acuñaciones de Roma (Knapp 1987, 19).
Y, siguiendo a Crawford, tampoco Keppie parece aceptar estas nuevas fechas (1984, 73, y nota 13).
Debido a estas críticas, y también a la falta de acuerdo entre los numismáticos para fechar la acuñación indígena (explicada por Crawford, 1985, 84 y ss.), los resultados de Hildebrandt no deben aceptarse incuestionablemente.
En defensa de Hildebrandt hay que decir, a pesar de las críticas, que su metodología global es objetiva, sus fechas no contradicen las ofertadas, aunque de manera limitada, por la cerámica, y con la excepción del campamento V, sus resultados no están reñidos con los de Schulten.
No obstante, sus resultados tienen un margen de error y por tanto su valor es discutible.
Entre los investigadores españoles la numismática de los campamentos romanos numantinos se ha tratado casi siempre de forma marginal y con mayor atención a la indígena que a la romana.
En este sentido, Romagosa (1972) publicó un catálogo de las monedas ibéricas de estos lugares con correcciones a Haeberlin, e incluyendo las fotografías de algunas piezas no publicadas.
Romagosa es ya consciente del escaso valor cronológico de las monedas de Castillejo, excluyendo por ello de su catálogo los dos ases de Iltirta (1972, nota 13).
Unos años después Villaronga (1979) y Domínguez (1979) hacen referencia a los hallazgos de los campamentos numantinos siguiendo las cronologías establecidas por Crawford una década antes.
Las monedas indígenas de los campamentos numantinos también han sido referente obligado en la controvertida, y no aclarada, cuestión del origen y función del denario ibérico, temas en los que han recalado una pléyade de estudios tanto nacionales como extranjeros (Beltrán 1986; García-Bellido 1993; ambos con una profusa bibliografía).
Tras la aparición del estudio de Hildebrandt, las fechas propuestas para el campamento V han sido aceptadas por la comunidad científica sin la menor crítica, a pesar, como hemos visto, de los reparos mostrados por Crawford y otros.
Sanmartí las utiliza como aval para llevar los materiales del campamento V al momento escipiónico, ignorando algunas evidencias que difícilmente se concilian con dichas 1985a; 1985b; 1992; 1997).
Romero (1989) se sirve de las fechas de Hildebrandt como garantía para llevar las lucernas del campamento V a las fechas del cerco de Numancia «en virtud de su procedencia».
En realidad, y como ya apuntara Morillo (2003), el proceso debe ser el inverso: el estudio de los materiales debe servir para fechar el campamento.
Finalmente Vidal Bardán (1994) relaciona de nuevo las monedas indígenas y romanas halladas por Schulten tanto en los campamentos de Numancia como de Renieblas, aunque para establecer la cronología de unas y otras sigue las fechas apuntadas en su día por Crawford.
En ausencia de nuevos datos estratigráficos, la cuestión sigue pendiente.
EN TORNO A LA FECHA DEL CAMPAMENTO V DE RENIEBLAS Las visitas realizadas por Schulten en 1908 al cerro «Talayón» de Renieblas (rebautizado por Schulten como «Gran Atalaya» por problemas de traducción) descubrieron restos de muros que, como cuenta él mismo, eran reconocibles a flor de tierra, lo que permitió levantar los primeros planos.
Entre 1909 y 1912 se realizaron extensas excavaciones en las que se identificaron restos de cinco campamentos romanos parcialmente superpuestos cuya cronología fue establecida únicamente mediante criterios históricos, y en la que apenas tuvieron relevancia los abundantes materiales hallados (Schulten 1911;1914;1928;1929;1945).
Schulten relacionó los campamentos I y II con la campaña de Catón en 195 a.C., pero no explica el motivo de la construcción de los dos campamentos el mismo año y en el mismo lugar (Morillo 1991, 153).
El primero de ellos, con construcciones interiores, sería un campamento de invierno, mientras que el segundo sería de verano.
Sin embargo, el único argumento para la datación del campamento I es la mención de Aulo Gelio (XVI, 1, 3) de una conversación de Catón sobre Numancia, mientras que la fecha del campamento II está totalmente abierta (Luik, 2002a, 771).
El campamento III lo fecha Schulten en 153 a.C. gracias a un texto de Apiano (Iber.
Considerando las numerosas superposiciones e interferencias que presentan estos campamentos, las difíciles condiciones del terreno, así como la metodología de excavación empleada por Schulten y las escasas consideraciones estratigráficas, las asignaciones de materiales a determinados períodos resultan, como poco, problemáticas (Luik 2002b, 175).
Que la construcción del campamento V afectó a los restos del campamento III es indiscutible.
La esquina noreste del primero de ellos se superpone al segundo en al menos una sexta parte, por lo que es posible que durante las excavaciones de Schulten algunos materiales aparecieran mezclados.
La cita de Salustio (Hist., 1, 94) según la cual Pompeyo ordena al legado Titurio que invernase en la Celtiberia con 15 cohortes, le sirvió de confirmación para atribuir el campamento V a las guerras sertorianas, toda vez que tras las excavaciones reconoció una distribución del campamento para acoger cohortes, por lo que la fecha del campamento V debía ser posterior a las reformas de Mario (Schulten 1929, 231).
Así pues, Schulten dedujo el momento de su construcción principalmente de reflexiones históricas.
Y lo justificó con la «evidencia arqueológica» de su interpretación de que se habían encontrado cohortes en lugar de cuarteles manipulares, de que no había ningún aliado presente y de que el emplazamiento ocupaba una situación menos defendible en comparación con la de los otros campamentos.
El último de estos argumentos sirvió a Schulten para sugerir que el campamento V era posterior a la caída de Numancia, y los otros dos aspectos significaban que el campamento era del siglo I a.C., y concretamente posterior al año 90 a.C. (1929, 180 y ss.).
Sin embargo, usar la situación del campamento para justificar su fecha es un argumento muy débil, puesto que su situación más al sur respecto a los otros campamentos, simplemente pudo haber sido evitar los restos de las instalaciones anteriores.
El campamento también acoge la parte más alta de la colina y las fuertes defensas que se han conservado en los lados norte y este demuestran que estaba lejos de ser un campamento difícil de defender.
Por tanto, el emplazamiento no es razón suficiente para fechar el campamento después del cerco de Escipión, y su discutible situación dice poco sobre la fecha.
La presencia de cohortes de la manera reconstruida por Schulten es cuestionable; este argumento para fechar el campamento es dudoso, y la idea de que no había aliados no puede demostrarse de ninguna manera, puesto que no se conoce el esquema completo del campamento.
Durante su revisión del trabajo de Schulten en Numancia, Fabricius coincide con Schulten en que la excelente construcción del campamento V y sus edificios significaba que era un campamento de invierno, pero no estaba de acuerdo con la visión de Schulten de que era posterior al asedio de Numancia.
Fabricius también pensaba que la atribución de Schulten de los campamentos IV y V al período sertoriano estaba basada en un razonamiento cuestionable.
En el caso del campamento V, Fabricius pensó que era muy improbable que un ejército de un tamaño acorde con el área del campamento V invernara aquí después del momento del asedio, puesto que la naturaleza de los inviernos en la Celtiberia eran tan duros que un ejército sólo se habría quedado aquí si realmente fuera necesario.
A favor de Fabricius para asociar los campamentos IV y V con la campaña de Escipión de 134/133 a.C., están los comentarios de Apiano como prueba.
Él sugiere que el campamento IV podría haber sido el campamento de verano de Escipión de 134 a.C., mientras que el campamento V propone que fuera uno de los dos campamentos de invierno que Escipión construyó para 134/133 a.C., donde se iniciaron los preparativos para el asedio y desde donde podía observarse Numancia.
Las propuestas de Fabricius son posibles, pero hay otras.
Schulten creyó que la cerámica del Campamento V apoyaba la fecha propuesta (1929,181).
Sin embargo, la datación de la cerámica no tiene aparentemente una base firme; la opinión de Koenen parece ser bastante subjetiva al pensar que el material del campamento V era considerablemente más tardío que el del campamento III y el del cerco de Escipión (Schulten 1929, 181 y 284 y ss), aunque no parece haber ningún testimonio que ayude a fechar la cerámica de forma rigurosa.
El conflicto entre Hildebrandt y Schulten sobre la fecha del campamento V depende fundamentalmente de la interpretación de una moneda.
Es una uncia encontrada «en la casa de los triclinios al este del Pretorio» (Schulten 1929, 182 nota 1; aunque no da la situación exacta).
No obstante, él está satisfecho, ya que la moneda apoya las fechas de Schulten para el campamento V. Por el contrario, Hildebrandt, aunque acepta la revisión de la fecha de Crawford para la uncia, rechaza la importancia de datación de la moneda porque es significativamente más tardía que las otras 15 monedas del campamento V y está incómodo con su procedencia, de ahí que considere que sólo las otras monedas deben usarse para fechar el campamento.
La mayor parte de éstas le llevan a pensar en el período c.135 -c.130 para el campamento V y que la ocupación se produjo poco después del cerco escipiónico (1979,266).
Como resultado de esta diferencia en la interpretación, fechar el campamento V es cuestionable, aunque los testimonios arqueológicos pueden favorecer una interpretación ligeramente distinta de la visión de Hildebrandt.
Si las fechas de Schulten de 75/74 a.C. se aceptan, el campamento V estaría cerca de ser contemporáneo de Cáceres el Viejo.
La cerámica y las fíbulas sugieren que el de Cáceres el Viejo fue ocupado durante la primera la mitad del siglo I a.C., y las monedas afinan el momento de inicio y duración de la ocupación entre 90 y 80 a.C. (Ulbert 1984).
Sin embargo, en contra de que los dos campamentos sean contemporáneos esta el hecho de que no hay casi ningún solapamiento entre los hallazgos de los campamentos de Numancia y el de Cáceres el Viejo.
En cambio, el material fechable de Numancia es más temprano y Sugiere una fecha del siglo II a.C., en contraste con los hallazgos más tardíos de Cáceres el Viejo fechados en el siglo I a.C.; Ulbert (1984) insiste en este punto repetidamente y Luik en general está de acuerdo con él (2002b).
Una excepción es que tanto el campamento V como el de Cáceres el Viejo tienen el tipo de ánfora Beltrán 85, pero esto no es suficiente para demostrar su contemporaneidad puesto que este tipo de ánfora tiene un rango de fechas muy amplio, entre la segunda mitad del siglo segundo y todo el siglo I a.C. (Ulbert 1984, 186).
La diferencia cronológica entre el campamento V y el de Cáceres el Viejo viene marcada principalmente por las monedas.
Si comparamos únicamente las monedas romanas del campamento V (para evitar dudas sobre el método para fechar las acuñaciones indígenas), sólo una moneda entre 10 está dentro de A diferencia de lo anterior, Crawford, en base a las monedas, fecha el campamento V y el de Cáceres el Viejo en el período 124-92 a.C., y los campamentos del cerco de Numancia en el período 208c.150 a.C. (1969, 144 f.).
La única razón para esta agrupación debe ser la uncia del campamento V, ya que Crawford comenta que las monedas de los campamentos de Numancia «son todas del mismo período, con la sola excepción de la uncia de aproximadamente 110 a.C. del campamento de 74 a.C.» (1969, 5; lo que revela una vez más su dependencia de las fechas de Schulten).
La desigual distribución de monedas a ambos lados del año 100 a.C. entre el campamento V y el de Cáceres el Viejo contradice la suposición de Crawford de que ambos campamentos eran contemporáneos.
Con un nivel tan bajo de materiales coincidentes entre el campamento V y el de Cáceres el Viejo y la asunción general de que los hallazgos de Numancia son del siglo II a.C., Hildebrandt podría estar en lo cierto rechazando una fecha del siglo primero a.C. para el campamento V y cualquier otra referencia de que se encontraba próximo al de Cáceres el Viejo.
A favor de que Hildebrandt situara el campamento V dentro del siglo segundo y concretamente cerca del período escipiónico está el hecho de que dos fragmentos similares de cerámica campaniense, uno de la circunvalación de Escipión y otro del campamento V, tenían la misma estampilla decorativa (Koenen en Schulten 1929, 300 y ss, taf.
79, n.o 15 y 24, descritos respectivamente como Teller-plato y Schale-fuente).
Es posible que ambas piezas con la misma estampilla se fabricaran dentro de un período relativamente corto, por lo que el campamento V podría fecharse cerca del período escipiónico, o, al menos, más probablemente dentro de la segunda mitad del siglo II que en el siglo I a.C.
Este tipo de ánfora también lo encontró Schulten repetidamente en los campamentos de la circunvalación, lo que favorece una fecha del siglo II para el campamento V, en lugar del siglo I a.C. Sin embargo, la evidencia arqueológica actual ofrece fechas desde inicios del siglo II para este tipo anfórico, siendo más frecuente durante su último tercio, y no más allá de la primera mitad del siglo I a.C. (Luik 2002b, 148; Pérez Ballester 2000, 133, y Debate 389-390; Carretero 2004, 433 y 436).
Este sello es otra evidencia que favorece no sólo fechar el campamento V en el siglo II en lugar de a comienzos del siglo I, sino que también esta indicando que podría fecharse hacia finales del siglo II a.C.
Romero comenta que las lucernas de Numancia y los campamentos de la circunvalación, así como las procedentes de los campamentos III y V de Renieblas, se fechan en el siglo II a.C. (Romero 1990, 287).
Sin embargo, los ejemplares del tipo Ricci E del campamento V (Romero 1990, n. os 3, 11?, 13 y 25; Luik 2002b, R357, R362, R367), Luik los fecha entre finales de la segunda centuria y comienzos de la primera a.C. (2002b, 108) lo que de nuevo, en combinación con las otras evidencias para fechar el campamento, y comparando el material con Cáceres el Viejo, estaría a favor de una fecha de finales del siglo II para el campamento V en lugar del siglo I a.C. (Luik 2002b, 111).
Los resultados de Hildebrandt sitúan en fechas muy próximas los campamentos de la circunvalación y el campamento V. En su método es premisa básica la disminución del peso de las monedas de bronce a lo largo de los siglos II y I a.C., aunque no de una forma tan regular como él pretendía, pero esta reducción del peso parece incuestionable (Villaronga 1979; Knapp 1987); por tanto, sigue siendo válido el principio de que «la muestra con la media de peso más alta es más temprana».
Considerando que la conservación de las monedas de estos lugares es más o menos uniforme de cara a una posible repercusión en los pesos, resultan significativos los marcados escalones que se producen entre los tres contextos.
Si reflejamos en una tabla los pesos de los ases romanos del campamento III, los campamentos del asedio y el campamento V (Fig. 3) vemos cómo los pesos medios de los contextos con fecha conocida, responden a la premisa establecida: los dos primeros, campamento III y campamentos de Escipión, con fechas absolutas de 153 y 134/133 a.C., ofrecen pesos medios de 35,22 grs y 33,64 grs respectivamen- te, y del tercero de ellos, el campamento V con la fecha en discusión, resulta un peso medio de 25,17 grs, lo que parece indicar, en efecto, que este campamento no es contemporáneo del cerco de Numancia como sugería Hildebrandt, sino posterior.
Entre el campamento III y los campamentos del asedio escipiónico hay una diferencia cronológica de unos 20 años, diferencia que aparece reflejada en el peso individualizado de las monedas.
Así, en la columna del campamento III hay 4 monedas más pesadas que la primera más pesada de los campamentos de Escipión (42,98 grs) que, además, procede de Castillejo (y que por su peso destacado es susceptible de pertenecer a cualquiera de las dos fases preescipiónicas; y el resto de las monedas de la columna de los campamentos del asedio constan como «sin procedencia» por lo que serían igualmente sospechosas).
Del mismo modo, en los campamentos de Escipión de 134/133 a.C. hay 9 monedas más pesadas que la primera más pesada del campamento V (32,76 grs y esto en el caso de que dicha moneda no proceda de la zona superpuesta al campamento III).
Este escalón en los pesos de las monedas puede estar reflejando, como en el caso anterior, un escalón cronológico, de donde se podría concluir que el campamento V no es contemporáneo del cerco de Escipión como pretendía Hildebrandt, sino que su fecha debería retrasarse algunos años.
En este sentido, la fecha del as de Arekoratas, segunda mitad avanzada del siglo II a.C., que lo aboca a fines de la centuria, podría estar confirmando la tendencia de los ases romanos.
Desgraciadamente la escasez de las muestras impide establecer comparaciones claras cuyos resultados sean fiables.
Si las fechas sugeridas por Hildebrandt para el campamento V se aceptaran, queda el problema de la uncia de 108 ó 107 a.C. El rechazo de Hildebrandt debido a su procedencia dudosa no es convincente, máxime cuando su situación la describe Schulten de la misma forma que todas las demás monedas, por lo que, si se aceptara este argumento, todas ellas deberían ser consideradas como no estratificadas.
Sin embargo, la moneda podría haber llegado más tarde al campamento, puesto que, como Hildebrandt sugiere, las otras 15 monedas son más tempranas.
Si las fechas de Hildebrandt se aceptan para las seis monedas indígenas de bronce, habría un hueco de 22 años entre ellas y la uncia.
En sí, este hueco no es necesariamente significativo, pero lo es cuando se compara con la distribución general de las otras monedas (Fig. 4).
El resultado es que la uncia parece muy atípica en el contexto y refuerza la sugerencia de Hildebrandt de que no estaba asociada con el campamento.
Un soporte adicional para esto viene dado por el conjunto de monedas del campamento V que tiene una fecha de distribución casi idéntica a la de los campamentos del asedio; es decir, sin la uncia, una fecha dentro de la década del 130 sería la datación natural para ambos contextos.
Si se acepta que la uncia llegó más tarde al campamento V, y el campamento pertenece a los años anteriores al 130 a.C., entonces se plantea la pregunta de cómo el campamento V se relaciona con los campamentos del cerco de Escipión.
Hildebrandt sitúa el campamento V inmediatamente después de Escipión debido a la comparación de pesos y condiciones de uso de las monedas.
Sin embargo, pueden cuestionarse su conclusión y metodología.
Hildebrandt agrupó todas las monedas de los campamentos del cerco de Numancia, ignorando la presencia de dos fases preescipiónicas en Castillejo; y Hildebrandt era consciente de ello (1979, 246, nota 207-213).
De la forma en que Schulten registró la situación de las monedas no es posible adscribirlas a una fase concreta de Castillejo, por lo que Hildebrandt podría estar incluyendo monedas preescipiónicas en su muestra.
Esto debilita claramente cualquier argumento de datación basado en los pesos de las monedas, ya que las monedas más tempranas, potencialmente más pesadas, estarían desviando la muestra; en particular la moneda más pesada «escipiónica» es un as romano de Castillejo de 42,98 grs (Hildebrandt n.o 208).
Hildebrandt tuerce su muestra incluyendo las monedas que Schulten registra como procedentes de los campamentos de Escipión, pero sin especificar de cuales (Hildebrandt n.o s 218-239).
Diez de éstas (todos ases romanos, con pesos entre 41,25 y 25,12 grs) comprenden las monedas más pesadas en la lista de Hildebrandt (1979), de las que sólo el as de Castillejo de 42,98 grs es más pesado.
Existe la posibilidad de que alguna de estas monedas pudiera venir de las dos primeras fases de Castillejo, por lo que claramente no deberían usarse las monedas sin procedencia para fechar los campamentos de Escipión.
Como resultado de esta metodología, el rango de fechas de Hildebrandt para los campamentos del cerco podría desviarse a demasiado temprano y de ahí la sugerencia errónea de que los campamentos del cerco eran más tempranos que el campamento V.
En favor de que el Campamento V sea anterior a los campamentos escipiónicos está la proporción te, ya que aparentan haber servido para alojar manípulos y no cohortes como los reconstruye Schulten, lo que contrasta con los cuarteles de las tropas de Escipión alrededor de Numancia de los que se puede sugerir que fueron organizados en cohortes, considerado el tipo más tardío de formación.
Quizá esto es una evidencia más para situar cronológicamente el cambio de manípulos a cohortes, que pudo no haber sido un proceso rápido, sino gradual, y con ambos tipos de organización en uso durante algún tiempo (Dobson 2008, 58 y ss.).
Otro argumento a tener en cuenta es su planta regularizada, propia ya del siglo I a.C., o al menos post-guerras numantinas, cuyo paradigma es Cáceres el Viejo (Morillo 2003, 70).
En este sentido, también habría que citar los campamentos de Almazán y Navalcaballo (y posiblemente también La Rasa) como antecedentes directos de los rectangulares imperiales (Morillo 1991, 179).
Recientemente han aparecido nuevas evidencias que incluso podrían apoyar la fecha de Schulten para el campamento V y también ponerlo dentro del contexto de Sertorio.
Además del estudio de Luik (1997, 463-479) en el que se refrenda la datación sertoriana de los campamentos IV y V de Renieblas basándose en el hallazgo de fibulas de tipo Alesia, durante los trabajos de campo de uno de nosotros en Renieblas tuvimos acceso a una bala de honda de plomo con inscripción que un vecino había encontrado en El Talayón (Gómez-Pantoja y Morales 2002).
Desgraciadamente no se conoce el lugar exacto donde fue encontrada.
Lo que puede leerse es: Pietas / / Q(uintus)•Serto(rius)/proco(n)s(ul) En consecuencia, fechar el campamento V es todavía incierto, especialmente por la importancia cuestionable de la uncia de fines del siglo II a.C., de la bala de honda y la evidencia potencialmente contradictoria de los ases.
El conjunto de los testimonios sugiere, no obstante, que el campamento V no era contemporáneo del de Cáceres el Viejo, sino anterior.
Y también habla a favor de situar el campamento V a finales del siglo II o quizá inicios del I a.C., como ya propuso en su día Pamment Salvatore, para quien «una fecha en algún momento de finales del siglo II y principios del I a.C. es quizá lo único que se puede proponer una vez examinada toda la evidencia disponible» (Pamment Salvatore 1996, 26-27).
Los posibles contextos históricos para este período son la invasión de los galos en 104 a.C., y la rebelión de los celtíberos, arévacos y vacceos entre 99 y 82 a.C. relativa de ases acuñados en Roma de los dos contextos.
Los ases cesaron acuñarse en Roma entre 146 y c.
Por tanto, el sitio con la proporción mayor de ases romanos podría fecharse más próximo al año 146 a.C. El volumen de monedas se muestra debajo, con las monedas sin procedencia de los lugares concretos mostradas entre paréntesis: Los ejemplares romanos e indígenas de Castillejo no deberían tenerse en cuenta en ninguna discusión de comparaciones, ya que pueden proceder de las fases preescipiónicas.
Ignorando estas monedas de Castillejo, significa sencillamente que por debajo de un tercio (5/17 -29,4 %) de los ases de los campamentos de Escipión eran de Roma y sólo en torno a un quinto (5/24 -20,8 %) si los bronces sin procedencia de Peña Redonda fueran ases, en contraste claro con aproximadamente la mitad (7/13 -53,8 %) de los del campamento V. Por tanto, puede sugerirse que el campamento V es anterior a Escipión, y no, como Hildebrandt sugiere, posterior.
Si, por otro lado, se acepta el argumento de Hildebrandt de que los ases demuestran que el campamento V es posterior a la campaña de Escipión, la importancia de la uncia necesita ser considerada; no hay ninguna razón convincente para excluirla simplemente por ser más tardía que el campamento.
Las fechas que aportan la cerámica y las lucernas, aunque no exactas, no entran en conflicto con que el campamento V estuviera ocupado en la última parte del siglo II o incluso los inicios del I. Por tanto, esto, y la fecha de la uncia, podrían indicar sencillamente que el campamento V estuvo ocupado durante más tiempo que sólo unos pocos años después del asedio de Numancia como Hildebrandt propone y que seguía estando en uso hacia fines del siglo II a.C. o inicios del siguiente.
Si éste fuera el caso, el tipo de cuarteles que pueden reconstruirse en el campamento V es sorprenden- |
La historiografia tradicional ha venido sosteniendo que durante la Baja Antigüedad la ciudad de Ampurias no era otra cosa que el fantasma apenas tangible de su lejana grandeza.
Sin embargo, una lectura atenta de los datos y un conjunto de nuevas evidencias, textuales y arqueológicas, permiten plantear los hechos de manera bien distinta y reconocer, para esta etapa histórica, un período de gran importancia para la ciudad. sede episcopal y el puerto más activo de un vastísimo territorio.
Estas ideas que completaban el panorama y que ayudaban a explicar el proceso histórico de aquel territorio desde el Bajo Imperio. fueron asumidas. también. incorporándose rápidamente a estudios monográficos y de síntesis <.
Sin embargo. este esquema histórico presentaba ángulos oscuros. zonas muertas enormes que era preciso iluminar.
Efectivamente. por un lado. a pesar de la supuesta destrucción de la ciudad por los bárbaros. quedaba claro que ésta no llegó a desaparecer si bien habría iniciado una larga etapa de decadencia y ruina. acelerada por otros muchos desastres (col matación del puerto. saqueo normando. actividades piráticas.... ) hasta el siglo x1 o x11; por otro. era un hecho indiscutible que Ampurias había sido sede episcopal documentada desde el año 5 16 fecha en que Paulo, obispo de la ciudad. firma los cánones del concilio provincial de Tarrago na ~ y desde este instante podemos rastrear la presencia de éste y otros obispos ampuritanos a lo largo de todo el siglo v1 y v11 hasta el 693 fecha en que Gaudila firmó en los cánones del XV I Concil io de Toledo 7
• Después no volveremos a tener noticias de esta sede episcopal por lo que hay que suponer que habría desaparecido con la invasión sarracena (hacia el 717) o durante los ~ P. de Palo!. op. cit. (n.
Las mesas de altar paleocristianas en la Tarraconense.
Recientemente ha matizado estas consideraciones (P. de Palo!.
Del Baix lmperi a la presencia deis arabs.
Esta propuesta es absolutamente razonable especialmente si se asumía corno indiscutible la destrucción y ruina de Ampurias.
Al lado de modestos hallazgos tardíos en Ampurias. las excavaciones de la Ciudadela proporcionaban un material abundante y extraordinario y, además. el hecho de que la monarquía goda acuñe moneda en esta ciudad parecía ser un dato más a tener en cuenta.
Sin embargo, Rosas no tendrá obispado o al menos no lo consolidará (ver nota 9 de este trabajo) y el haber acuñado monedas durante algunos pocos reinados no deja de ser interesante pero no parece tener demasiada importancia sobre todo si no viene acompañado por otras evidencias.
Pero si analizamos con cuidado los datos que la investigación arqueológica ha ido reuniendo sobre la Rosas tardía veremos que lodos juntos son escasos, y no permiten hacerse una idea de conjunto.
Existe un gran edificio con una factoría de salazones cerca de la playa que se abandona durante la segunda mitad del siglo v1 y es ocupado por un pequeño cementerio que se extiende ligeramente hacia el norte.
Más allá, alrededor de la iglesia románica de Santa María, se ha excavado otra necrópolis. que parece más importante y que ocupa una notable extensión, con una probable cella memoriae que se localizaría inmediatamente por debajo del templo medieval.
Parece haber, más al sur, restos estructurales tal vez bajo-imperiales pero que pronto serán ocupados por nuevas tumbas que hay que asociar a la necrópolis de Santa María.
En otros puntos de la villa han aparecido, nuevamente, pequeños cementerios tardíos (con tumbas de tegulae, de ánfora,... ) y sin embargo la «ciudad» no aparece por ningún lado.
¿No se ha localizado, aún?
¿Se trata de una ciudad dispersa?
Es pronto para poder contestar a estas preguntas pero los hechos no nos permiten ver una ciudad consolidada, floreciente, una alternativa económica a la vecina Ampurias sino algo intangible que aún no podemos valorar con justeza.
Sobre todo el lo F. J. Nieto, la Terra Sigil/ata Africana en el nordeste de la Tarraconense, Tesis doctoral, Universidad Autónoma de Barcelona, 1991 (que saldrá publicada en breve) y J. M. Nolla y N. M. Arnich, Els orígens del cristianisme y la Baixa Antiguitat al nord-est de Catalunya.
2), 23; M. Oliva, Arquitectura románica ampurdanesa.
6 « Paulus in Christi nomine episcopus inpuritanae civitatis subscripsi» (Concilios visigóticos e hispano-romanos, editados por J. Vives y Ja colaboración de T. Marín y G. Martínez, Barcelona/Ma- drid, 1963, 38).
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa años de dominio musulmán de este territorio que durará hasta el 785 K. Más adelante, a pesar de los esfuerzos de los condes de Ampurias a lo largo de la Edad Media.
Roma no aprobará su restitución a causa. muy probablemente. de las presiones de los obispos de Gerona y de los condes de Barcelona.
Este hecho, la existencia de una Ampurias sede episcopal, era dificil de encajar en el fresco histórico ofrecido por arquéologos e historiadores y, más aún. a sabiendas que la «esplendorosa» Rosas, del otro lado del golfo, no tuvo obispo por estas mismas fechas y, por lo tanto, forma ria parte del territorio administrado eclesiásticamente desde Ampurias' 1
No era fácil adecuar estos datos con el claro esquema dibujado por Botet y sus continuadores que, por otra parte, parecian confirmar dia a día las excavaciones del lugar.
Era obvio que no todas las viejas colonias y municipios romanos consolidaron una sede episcopal en la Baja Romanidad y que algunas, por las razones que fuera, desaparecieron como centros urbanos.
Sin salir de este territorio, ciudades alto-imperiales bien documentadas «dejan de sern en este período -Rosas 11 >, Caldes de Malavella ".
8/andae Otro dato a considerar, tal vez valorado en menor medida por arq ueólogos e historiadores pero también muy importante, era la cap italidad condal de Ampurias en Ja reorganización territorial de la Marca por obra de Carlomagno que hay que fechar inmed iatamente después de la conquista de Barcelona.
En este momento, el nordeste peninsular se divide en tres distritos gobernados por un comes: Gerunda, 8i.rnldu1111111 y Ampurias 1 ••.
Todo esto había sido captado por la mayoría de historiadores preocupados por estos hechos que habían intentado expli car satisfactoriamente y sin demasiado éxito, a pesar de aguzar el ingenio y de acabar recurriendo al tópico del prestigio del nombre de la ciudad y a la nobleza de su origen 111 • Una serie de nuevas noticias y la interpretación justa de los datos arqueológicos y documentales existentes, tomados por ellos mismos, sin apriorismos y relacionándolos con lo que conocemos del territorio circ undante, permiten dibujar un esquema nuevo, distinto, que consideramos mucho más ajustado y razonable y donde parece encajar mejor lo que sabemos.
Si contemplamos las evidencias a partir del resultado de las excavaciones arqueológicas del yacim iento ampuritano, detectaremos, efectivamente, un progresivo abandono de la Neápolis y de la «ci udad romana» a partir de época de Claudio después de observar un cierto estacamiento urbano desde el principado de Octavio! i.
Estos datos parecían con fi rmar claramente el esquema evolutivo propuesto y, a partir del último tercio del siglo tercero. después de l despoblamiento total del área urbana situada más al sur y sudoeste del puerto, la vida se habría concentrado en Sant Martí, la antigua Palaiápolis de Estrabón 22 (figura 1 ), un espacio mínimo donde sólo era posible imaginar una vi da decadente y en continuo avance hacia el colapso 17 M. Tarradell, op. cit. (n.
111 Inmediatamente después de la conquista de Gerona y su territorio• en el 785, se crea un único condado con aquella ciudad como capital, la gran forta leza de esta región frente a los musulmanes.
Poco después de la ocupación de Barcelona, a principios del siglo 1x, se reorganizan estas posesiones y se crean los nuevos condados entre los cuales está Ampurias.
En el 813 se menciona específicamente a lrmingarius como conde de esta ciudad.
Sobre este cargo y su evolución véase: R. d' A badal, Deis visigots als catalans. l.
10 Por ejemplo, M. Almagro, op. cit. (n.
52: «La existencia de la sede episcopal que tuvo Ampurias en la época visigoda no denuncia un renacer nuevo de la población, sino que se basaría en viejas tradiciones cristianas, como ocurrió en otros sitios, dado el carácter tradicional de la Iglesia Católica)); E. Ripoll, op. cit. (n.
2), 17: «Sin embargo, debió continuarse una exigua vida urbana, y el hecho de tratarse de una urbe tan antigua justifica la ex istencia de una sede episcopal que se mantendrá hasta la invasión árabe en el siglo v111 y que quizá tiene raíces apostólicas.» 1 1 Un estado de la cuestión en: J. M. Nolla, L'abandonament de la Neapolis emporitana.
Véase el texto original y la traducción (de A. García y Bellido) en M. Almagro, op. cit.
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En otro lugar hemos insistido en la necesidad de interpretar los datos de otro modo a partir del conocimiento global de la historia ampuritana. viendo en la decadencia que, en efecto, existe y es muy grave, una crisis nacida de las circunstancias especiales que configuraron. en su momento, el extraordinario crecimiento de la ciudad en base a una actividad comercial y a unas circunstancias poi íticas muy concretas que determinarán una auténtica edad de oro para Ampurias entre principios del siglo 11 y el último tercio del siglo 1 a.
C.2.l Ya hemos hecho notar que, a causa de la gran riqueza que afluye a la ciudad, ésta crece, se embellece y se dota de monumentos públicos de coste y, a menudo, notables, pero da la sensación, a veces, de un crecimiento excesivo, no armónico, consecuencia de unos hechos muy precisos e irrepetibles y que ayudan a explicar con claridad el abandono rápido de diversas áreas, innecesarias, que era imposible conservar.
La ciudad (o, mejor, las ciudades 24 ) que creció vertiginosamente, decae, también, a la misma velocidad.
Sus más de treinta hectáreas, una gran superficie para una fundación tardorrepublicana, resultan excesivas y empiezan a abandonarse casas y diversos sectores públicos.
Hay una grave crisis demográfica u.
Pensamos que todos estos datos son de un extraordinario valor para rastrear los efectos de la mutación sobre la ciudad y el camino (n.
Sobre las causas del desarrollo y crisis posterior, consúltese, además de la bibliografía citada en nota 25, los siguientes trabajos: F. J. Nieto y J. M. Nolla, El yacimiento arqueológico submarino de Riells-la Clota y su relación con Ampurias, VI Congreso Internacional de Arqueología Submarina, Cartagena, 1982(Madrid, 1985), 265-283; J. Aquilué, R. Mar, J. M. Nolla, J. 15 Esta hipótesis fue planteada inicialmente por Ripoll y Marti a partir del análisis del material cerámico de una cisterna de la casa romana número 1 de Ampurias (E. Ripoll y F. Martí, Materiales cerámicos de una cisterna en Ampurias, Ampurias, XXX, 1968, 275-292).
Después no han cesado de aportarse datos nuevos mucho más precisos (F. J. Nieto, Acerca del progresivo despoblamiento de Ampurias, Rivista di Studi liguri, XLVII, 1983, 34-51, a partir del estudio de la cerámica africana).
Tal vez pueda pensarse que las reformas tlavias que afectan este territorio, con la creación del municipio de Rosas que se tuvo que hacer a partir de su propio ager (J. M. Nolla, op. cit. (n.
10)), tengan que ver con la crisis de la ciudad (Cf.
Es interesante constatar que cuando Ampurias se dote de grandes edificios públicos de diversión -un anfiteatro y una palestra situados fuera muros-en la primera mitad del siglo 1 d. •c.
(M. Almagro, El anfiteatro y Ja palestra de Ampurias, Ampurias, XVII-XVIII, 1955-1956, 1-20), su construcción, muy sencilla, denota a las claras la decadencia de las clases dirigentes y, en última instancia, de la administración incapaz de hacer frente al coste-que representaban estos edificios que vemos aparecer en estas fechas en la mayor parte de las ciudades.
Al norte se distingue el curso y la desembocadura del Riuet, el brazo más meridional del río Fluvia, que sigue, aproximadamente, el antiguo curso; 1.
Antiguo puerto, al oeste, al pie del acantilado, circula el camino que conecta la Neápolis con Sant Martí; 3.
Cementerio de la Neápolis; 4.
Cementerio de la muralla meridional de la Neápolis; 5.
Necrópolis de «l' Hort de la Palanca»; 8.
Sant Viceni;. hacia un nuevo equilibrio que pasará, inexorablemente, por echar por la borda todos los pesos muertos. enormes, absolutamente innecesarios, y adaptarse a una nueva situación muy distinta de la anterior.
La Ampurias de la Tardía Antigüedad es. sobre todo. fortaleza y puerto. centro político de un territorio activo y equilibrado. pero donde no hay grandes espacios públicos, edificios de diversión ni nada parecido que recuerde la lejana época de la Baja República y primeros años del Imperio.
Y sin embargo nada más es necesario.
Un centro pequeño, bien protegido y din~mico y un territorio suburbano en ebullición son suficientes.
El punto álgido de esta crisis hay que fecharlo hacia el 270 ~1•, momento en que todo el sector meridional y occidental del puerto (Neápolis y «ciudad romana», con las áreas periféricas) se han abandonado completamente.
La vida se habría concentrado en Sant Martí, la antigua isla. un espolón rocoso que se alza al norte del puerto (figura 1 ).
¿Significa este hecho el fin de Ampurias, tal como se pensaba, siguiendo a Botet?
Nosotros pensamos que no, que tan sólo señala el momento final de la crisis y el hallazgo de un nuevo equilibrio al adaptarse a la nueva situación.
Tracemos brevemente las lineas maestras del devenir histórico de Ampurias a partir del Bajo Imperio y veamos cuáles son los datos que permiten esta interpretación.
Sant Martm, habitado permanentemente desde finales del siglo v11 o inicios del v1 a.
C.. con claras frecuentaciones anteriores 27 y donde es muy probable que se haya de situar el emplazamiento del templo de Artemis Efesia 2 ~, ofrece un lugar óptimo para acoger la pequeña ciudad que ha resultado de la larga y grave crisis; se halla sobre una pequeña elevación fácil de defender y bien protegida por el mar y, además, permite controlar y aprovechar a la perfección el puerto y la desembocadura del Fluviá.
Nada ha cambiado en relación al territorio de la ciudad con cm que se conecta perfectamente.
Estas circunstancias justifican la elección del lugar, más adecuado que el área de la Neápol is o que el sector más septentrional de la «ciudad romana», mucho más difíciles de defender y, en el caso del último lugar, mal comunicado con el puerto.
Esta opción tiene, por lo demás, su lógica interna al no cambiar, en última instancia, el emplazamiento del pomerium, el solar sagrado, volviendo a concentrarse en el núcleo original.
Era impensable el traslado a otro lugar, cerca o lejos, más all á de los límites sacralizados de la urbs (figura 1 ).
Sant Martí, en el Bajo Imperio, se dotará de unas poderosas murallas de opus quadratum con grandes sillares de piedra arenisca bien dispuestos que conocemos sólo parcialmente y que coinciden, por lo que sabemos, con las fortificaciones actuales y que podrían presentar alguna durante la Baja Antigüedad.
Sant Martí, la urhs arnpuritana, se protegió con sóli das obras de fortificación que resultarán una excelente inversión de futuro.
Del interior dt.: la ciudad sabernos poco.
Las excavaciones con éxito se han centrado en un solar al norte de la iglesia con el hall azgo de un cementerio y obras de defensa medievales y restos de habitaciones tardorrornanas pertenec ientes a un edificio indetermi nado y algunas tumbas en ánfora que sirven para detectar la más antigua necrópol is intramuros 11 • Dentro de la iglesia se conserva una mesa de altar paleocristiana que se ha fechado en los siglos 1v y v.1 4 que puede suponerse procedente de un templo de l lugar (en torno al cual se habría desarrol lado el cementerio tardorromano aludido) y una cantidad notable de materia l arqueológico que permite seguir la conti nuidad de la ocupación de este lugar desde el siglo 1v al v11 3 ~.
Interesa señalar. también. la existencia documentada de la iglesia consagrada al santo confesor de Tours ya en el 843, una fecha muy antigua que nos hace pensar en la posibil idad de que se tratara del templo catedralicio de época visigoda Jh (figura 1 ).
Tenernos otros muchos datos en relación al territorio inmediato que hay que conocer, j untar y calibrar, para ver el valor real que poseen.
Inmediatamente al sur, al otro lado del puerto, ocupando una vasta extensión, se localiza una enorme necrópolis, el gran cementerio de Sant Martí entre los siglos 1v y v111, que poseerá una cella memoriae y que contaba, como mínimo, con 500 tumbas 17 (figura 1 ).
De allí proceden dos interesantes sarcófagos esculturados de taller romano que se fechan entre finales del siglo tercero y princ ipios del cuarto 3 \ que son elementos a tener en cuenta como prueba de la existencia de la ciudad y de sus contactos con el exterior en aquel las fechas y de una aristocracia urbana capaz de importar objetos de lujo de JJ S. J. Keay, op. cít. (n.
(Cartoral de Carlomagno, Archivo Episcopal de Gerona.
Véase la transcripción completa en M. Almagro, op. cit. (n.
El documento es de un interés extraordinario puesto que nos menciona el templo dedicado al santo de Tours donde se guardaban unas reliquias todo ello «infra muros Empurias civitate».
¿Se trata de un viejo templo o de un edificio carolingio?
A menudo se ha considerado que la expansión de este culto, tan popular en Cataluña, viene unida a la penetración franca y, mayoritariamente, así debe ser.
Sin embargo el prestigio de Martín, el enorme desarrollo de su culto inmediatamente después de su muerte y las intensas relaciones de Hispania y Gallia en el Bajo Imperio nos hacen ir con cuidado.
No sería de extrañar que Ja advocación al santo confesor fuera en este caso anterior a la conquista sarracena.
Sobre el culto a San Martín en la Tardía Antigüedad, tan extendido en estas latitudes, consúltese C. García Rodríguez, El culto de los santos en la España romana y visigoda, Madrid, 1966, 336-342. la lejana capital • 1''.
Es un cementerio bien organizado que, en un momento avanzado, se delimita con un muro por e l sector merid ional y donde se construirán unas esca leras y una rampa para acceder del nivel de circulación a l nivel basilica l y con au las fune rarias de un notab le interés 40 • Más hacia mediodía, al otro lado de la mural la de la Neápo lis, se halla otra necrópolis, menor pero muy interesante, con dos momentos de uso -fi nales del siglo 1/inicios del siglo 11 y Anti güedad Tardía-que no puede re lacionarse, en modo alguno, con la necrópolis neapolitana 41 (figura 1 ).
Un repaso crítico a la publicación de M. Almagro dedicada a las necrópolis ampuritanas basta para darse cuenta del significado de los cementerios tardíos en relac ión a los alto y medio imperiales (siglos 1 a 111) aún sin haber tratado el más extenso (Ncápolis).
Hay tumbas tardías (de tegulae, de ánfora... ) d ispersas en la mayor parte de cementerios 42 y necrópolis importantes como el Castellet o Ca l'Estruc (fi gura 1) q ue han proporc ionado 28 y 59 inhumaciones, respectivamente 43, que, en ni ngún caso, fueron exploradas completamente tal como 1 • A partir de un nuevo aná lisis de los restos estructurales de la cella memoriae dentro del marco global del gran cementerio tardío del sector norte de Ja Neápolis y áreas adyacentes, hemos llegado a la conclusión, con una serie de evidencias suficientes, que el excelente sarcófago romano llamado de «las estaciones», de muy princ ipios del siglo 1v, muy bien conservado y con la cubierta original intacta y frontalmente decorada, es Ja tumba principal, situada en el sanctuarium, simétricamente dispuesta frente al prebisterio y sobre la cual se alzaba la mensa alturis.
Hay que suponer que en este sarcófago yacía un personaje muy importante del primer cristianismo ampuritano que al morir fue enterrado en este magnífico sarcófago de temática aún pagana pero que puede tener, sin dificultades, una lectura cristiana (Buen Pastor, las estaciones, el paso del año,... ).
El lugar donde se depositó la tumba inicialmente nos es desconocido pero es probable que ya se tratara de un sector indeterminado de la necrópolis Martí, el área más occidental del gran cementerio neapolitano y donde se localizaron las inhumaciones más antiguas de, como muy tarde, principios del siglo 1v.
Más adelante, la tumba habría sido trasladada al construirse e l pequeño templo que aprovechó estructuras anteriores y a su alrededor se habrían ido depositando las sepulturas más notables.
Se trataría, por lo tanto, de un cementerio ad sanctum, tal como pasa en muchos otros lugares, organizado alrededor del prestigio de alguien, mártir o no, de recuerdo imborrable para aquella comunidad naciente.
Lamentablemente su memoria no ha dejado otros rastros que no sean arqueológicos.
indicó su excavador 44 • Hay que añadir a estos datos los hallazgos, difíciles de valorar, de las fases antiguas y las tumbas de la iglesia medieval de Santa Magdalena4; (figura 1 ) o de Sant Vi cene; mucho más dudosas 46 (figura 1) o la nueva necrópolis de I' Hort de la Palanca 4 7 (figura 1) con enterramientos en ánforas de los siglos v y v1 4 ~. para empezar a dilucidar un panorama bien distinto.
Además, la existencia de estas necrópolis y tumbas diseminadas por una extensa superficie, a lo largo de la falda occidental del altozano de la «ciudad romana» y en el «Turo de les Corts». especialmente, lejos del mar e in visible desde allí, nos inducen a imaginar la existencia de una población dispersa, suburbana, puesto que era absurdo suponer que estas tumbas pertenecieran a los habitantes del núcleo urbano de Sant Martí que poseían su propio cementerio (Neápolis) al otro lado del puerto y cómodamente comunicado por tierra 4' 1 • Otro dato importante procedía de las excavaciones de la iglesia románica de Santa Margarida. en e l sector occidental del altozano de Ampurias, más allá (oeste) de la carretera que conduce a Sant Martí (figuras 1 y 3), y donde se localizaron los restos de un probable baptisterio anterior al templo medieval y que abría importantes interrogantes sobre el lugar durante la Tardía Antigüedad50 • La fotografía aérea y unas interesantes excavaciones de salvamento han servido para aportar nuevos datos, de gran valor, para el conocimiento de esta área durante la Baja Romanidad, datos que ayudan a comprender la extensión e importancia de la necrópolis Estruc (figura 1 ).
Es mérito del doctor J. Casas haber localizado a partir del análisis de unas fotos 44 M. Almagro, op. cit. (n.
45 M. Almagro y P. de Palol, op. cit. (n.
46 M. Almagro y P. de Palol, op. cit. (n.
M Ánforas de la forma Keay LXII que deben fecharse entre el segundo tercio del siglo v y finales del siglo v1 o inicios del v11.
Señalemos como dato interesante la presencia de algún ejemplar de esta forma entre el material cerámico de las excavaciones del Puig de les Muralles (Puig Rom, Rosas) que por mucho que retrasemos su cronología es un dato más a tener en cuenta si pretendemos avanzar la fecha fundacional del poblado al menos hasta finales del siglo v1 o, si se quiere, muy a principios de la centuria siguiente, con lo cual su existencia se habría prolongado a lo largo de unos 1301150 años. aéreas 51, un extensísimo edificio, dentro del cual se sitúa la pequeña iglesia de Santa Margarida (y por lo tanto las estructuras anteriores que ahora habrían de interpretarse en relación a esta 51 Damos las gracias al amigo J. Casas. por la noticia y la restitución en planta, a partir de la foto aérea, del edificio y caminos del conjunto de Santa Margarida.
El cliché fue tomado en mayo de 1982 en un vuelo vertical a baja altura que tenía como objetivo cubrir fotográficamente el conjunto monumental y áreas adyacentes de cara a restituciones planimétricas y encargado por la Diputación de Barcelona propietaria del yacimiento.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa gran construcción), con una serie de caminos fósiles que conducen a su interior desde el oeste o desde el sur y sureste.
Son estructuras complejas que delimitan grandes habitaciones, patios y dependencias varias y que ocupan, a primera vista y muy aprox imadamente, unos 6000 metros cuadrados de superficie.
Este núcleo continuaba, claramente, hacia levante, hacia la carretera y las últimas pendientes de la colina ampuritana, muy cerca ya del cementerio de Ca I' Estruc y de otras tumbas tardías dispersas a su alrededor (figura 3 ).
En seguida, por la proximidad de estas inhumaciones y por los hallazgos de Santa Margarida, propusimos, como hipótesis razonable, una cronología tardía para el edificio que diversas prospecciones visuales parecían confirmar pero que los trabajos de salvamento de octubre de 1991 /enero de 1992 han probado plenamente 52 •
Por las características estructurales asemeja una gran villa suburbana pero la posibilidad de asociar a l hallazgo el probable bapti sterio descubierto por P. de Palol en los años cincuenta 5.1 nos hacen pensar en la posibilidad de localizar, en este sitio, la basílica y el palacio episcopal 54 o un monasterio del cual tendríamos, tal vez, una referencia en el nombre de Secorius que firmó los cánones del XIII Concilio toledano como abbas en representación del obispo 55 • Son hipótesis llenas de sentido y que tan sólo una excavación extensiva del lugar permitirá solucionar convenientemente.
Algo parecido hay que suponer en relación al cementerio del Castellet, una extensa necró-52 Véase un avance de estos resultados en X. Rocas, S. Manzano y A.M. Puig, L 'excavació d' urgencia a la carretera de Sant Martí d' Empúries a la carretera d 'Orriols a I' Escala, Primeres Jornades d'A rqueologia de les Comarques de Girona, Sant Feliu de Guíxols, 1992, 125-136; J. Llinas, S. Manzano, A. Puig y X.
54 Esta cuestión ha interesado a todos aquéllos que se han preocupado por la Ampurias tardoantigua.
Desde la suposición de que la iglesia catedralicia correspondía a la pequeña cella memoriae del cementerio neapolitano hasta la creencia de que iglesia y palacio episcopal se hallaban dentro de Sant Martí por debajo del templo gótico actual o en algún lugar no excavada del área de la antigua «ciudad romana» (véase J. M. Nolla y N. M. Amich, op. cit. (n.
4), donde se recogen estas diferentes propues-tas}.
Nosotros hemos sostenido que el núcleo episcopal hay que buscarlo en la ciudadela fortificada de Sant Martí.
Apoyarían esta suposición el ara paleocristiana, la solidez del recinto y su seguridad, la situación dominante de la actual iglesia que podría corresponder al emplazamiento de un viejo templo griego, la continuidad bien documentada de los lugares de culto, el viejo cementerio con tumbas en ánfora al lado mismo de la iglesia actual y la existencia segura, desde muy antiguo, de una basílica en este lugar (ver nota 35).
Sin embargo, el gran edificio tardío de Santa Margarida, dentro de la cual hay que localizar el baptisterio descubierto y excavado por P. de Palol, nos obligan a mostrarnos cautos.
Es probable que aquella gran construcción corresponda al conjunto episcopal, en este caso, a escasa distancia de la ciudad, separada y resguardada visualmente del mar.
No olvidemos el hallazgo, en este lugar, de un sarcófago decorado de taller aquitano (ver nota 49 de este trabajo).
Hay que relacionar también, este edificio con Jos cementerios del sector occidental de la colina de la «ciudad romana», situados inmediatamente delante, y con una lápida cristiana descubierta en 1896 y depositada en el museo diocesano de Gerona (R. Font, op. cit. (n.
Se trata de una sencilla inscripción sepulcral dedicada a Máximo (o Máxima), con un crismón con el alfa y la omega (G. Fabre, M. Mayer e l.
Es algo que hay que tener presente y que sólo podrán resolver las excavaciones futuras.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa polis delimitada por sus cuat ro costados por un muro de obra de notable calidad ~". que se localiza en el Turó de les Corts y que sólo se explica correctamente suponiendo la ex istencia de un hábitat no descubierto, y lo mismo pasa con cualquiera de los otros cementerios dispersos por e l territorio inmediato a la ciudad.
Citemos, también, varios hallazgos epigráficos tardíos. con dos inscripciones funerarias de procedencia incierta 57, y otra, conmemorati va. relativa a la consagración de unos altares dedicados al Protomártir y a una santa, que constituyen un documento importante de la hi storia de la Ampurias cristiana 58, datos, todos ellos, únicos para el nordeste catalán, sin parangón en Rosas ni en la misma Gerunda.
Señalemos, finalmente, una mensa altaris de mármol de Luni, de la cella memoriae de la Neápolis ~''. dos interesantes frontale s de sarcófago decorados y de taller aquitano que hay que relacionar con las necrópolis periféricas y no con el gran cementerio neapolitano (figura 4 a y b) y un soporte de altar, de mármol blanco, bellamente decorado por tres de sus cuatro caras que podría proceder de Sant Martí y que hay que fechar, sin duda, en pleno siglo v11 w (figura 5 a, b, c y d).
El resultado es, pues, bien distinto del que presentaba la historiografía tradicional, con un núcleo central fortificado, defendiendo y en función de un puerto activo e importante, y de un área suburbana densamente ocupada, dinámica y activa, lejos de la imagen de desolación y desierto tan asimilada.
Con esta reinterpretación de los hechos, nosotros damos una gran importancia al puerto (o puertos 61 ) de la ciudad, que continúa en activo y sugerimos, por su situación, tradición y dinamismo, que sea considerado como el principa l del nordeste, más allá de Barcelona, y lugar por el que arriban los productos mediterráneos y por donde sale el excedente; un puerto menor,,,, ¡\ J \1 "' ll 1 \ ---------'',,,l. (\(1, l 'I'>~ Figura -L San:ót: igo-. dccor: Hh>--de talla aquilano.
A) l l: tllado.:n lo:. alrc ituación rn rdactón al territorio inmediato (\ allcs del 1• lu' iú y dd Ter) y la propia importancia un elemento esencial a la ve; que no~ permiten observar otros antiguo que nos aleja, delinitivamenle, de las hipótesis trndicionak~ y quc nos ayuda a entenckr mucho mejor el pape l real de la ciudad de /\mpu n as no só lo en esta importanlc etapa sino cn e l periodo i11111etlia1amcnle anterior. o en vano, los caroli ngios 110 dudarún ni un inslante en convertir Am purias en la capita l de uno de los nuevos condados puesto que no cabía otra posibilidad 1 •~.
Dos a:-.entamientos p1>rtuario:-. en el go lfo di..: Ro:-.cs, Arqueo/o,l!
E~te dato junto con la~ noticias sl.'gí111 las cuales los hahitanti:~ de las Baleares piJíeron ayuda a Carlomagno contra las agresiones musulmanas. valoran notablemente la importa1Kia de Ampurias en estos a1ios como sede de la:-1 Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 207-223 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa operativa de la escuadra ampuritana 04 • Son referencias indi rectas que podrían ser discutidas y poco valoradas, como así ha pasado a menudo.
Otro dato, sin embargo. permite considerarlas adecuadamente a la vez que proyecta una luz distinta sobre la historia de la ciudad mucho más en consonancia con las ideas que aquí hemos apuntado.
En efecto, en el año 933, siendo conde Gausfredo. hijo de Gausberto, tal como informa el historiador árabe ibn-Hayyan. por orden del califa cordobés, e l general Abd al-Malik ibn Said ibn Abi Hammama al mando de fuerzas regulares y suficientes dirigió un ataque contra Ampurias que muy probablemente tenía como objetivo quebrar su poder naval y su actividad pirática sobre los territorios dependientes del califato: «La escuadra se presentó ante la ciudad de Ampurias, centro de sus atarazanas y refugio de sus naves.
Los musulmanes la asediaron por tierra y por mar, quemaron las naves en el puerto y los arrabales y mataron a todos los que hallaron.
Los muertos fueron más de cuatrocientos.
Los habitantes de alrededor de la ciudad y las gentes de los casti llos cercanos, cuando supieron del ataque de esta escuadra a la ciudad, entraron en ella para defenderla.»
Después de cuatro días de sitio y destrucción, el ejército expedicionario, cumplidos los objetivos principales, se retiró sin haber logrado tomar por asalto Ampurias 6 ~.
Lejos de entrever una ciudad fantasma nos hallamos ante un centro activo, con unas dársenas, con un puerto donde fondean numerosas naves, sólidamente fortificado, y con una amplia población dispersa alrededor del núcleo principal, tal como hemos podido comprobar que sucedía en la Tardía Antigüedad.
La potencia de las murallas bajo-imperiales aseguró la defensa si bien es muy posible que la expedición de Abd al-Malik significara un fuerte golpe a la actividad marinera (y corsaria) de los condes de Ampurias que poco después trasladarán la capital a Castelló, menos expuesta a los peligros que llegan del mar.
Parece ser que quedaría el recuerdo de este feroz ataque en el Cartulario de Santa Maria de Rosas, actualmente perdido, que incluía un precepto real del 944 en el que se refería a un reciente golpe de mano de piratas «paganos» y donde se mencionaba el saqueo de la ciudad, la captura de muchos de sus habitantes y la huida, dejándolo todo, de Jos restantes (P. Negre.
Castelló de Ampurias de villa rural a capital del condado de Ampurias. |
Se presenta el informe preliminar elaborado por un equipo hispanofrancés sobre las implicaciones de lo llamado «arcaico» en la cultura ibérica: su concepto, su historiografia y su relación con otras columnas mediterráneas.
Se tratan aspectos particulares: bronces griegos e ibéricos, joycria orientalizante, escultura local, cerámica, problemas iconográficos, etc. Se analiza n también diferentes formas de comercio en época temprana con las áreas mediterráneas.
El trabajo en equipo se desarrollará en el futuro.
El equipo hispanofrancés que se ocupa actualmente de una revisión del concepto de lo arcaico en su relación con el mundo ibérico, ha desarrollado un seminario de trabajo en la Casa de Yelázquez de Madrid el jueves 3 de diciembre de 1992.
Han participado en este semi nario Paloma Cabrera (M.A.N.• Madrid), Francis C roissant (Univ.
París, 1), T eresa Chapa (Univ.
París, 1), Agnes Rouveret (Univ.
París-Nanterre) y Trinidad Tortosa (C.S.l.C., Madrid).
Actuaron como moderadores Pierre Rouillard (C.N.R.S.) y Ricardo Olmos (C.S. l.C.).
El trabajo se integra en el proyecto de investigación conjunto «Griegos e Iberos en época arcaica». aprobado por el C.N.R.S.-C.S. l.C. para J 992 y renovado en 1993.
El principal objetivo de este proyecto se centra en la revisión del concepto de arcaismo tradicionalmente aplicado al arte ibérico.
Nos planteamos previamente si tiene o no sentido hablar de un arte iberogriego y en qué términos cabe util izar el uso o usos de este concepto.
Como paso previo a la investigación en este primer seminario, nos hemos centrado en una presentación y revisión de materiales correspondientes grosso modo a una supuesta fase P. CABRERA Y OTROS..l/:'sp.-1.
199] arcaica hallados en la península ibérica. partiendo de manera puramente convencional de los paradigmas cronológicos de Grecia.
En esta revisión. hemos discutido diversos grupos temáticos bajo sus diferentes categorías clasificatorias.
Paloma Cabrera ha presentado en un análisis actualizado la complejidad de la presencia griega en el extremo occidente.
Su revisión es a un tiempo conceptual e historiográfica.
Se exige un uso más matizado de los términos (presencia y no colonización, diversidad de los lugares comerciales y de los modos de intercambio, redefinición de las categorías de la praxis comercial arcaica incluyendo la misma -tan problemática-del comercio aristocrático, del papel comercial de los santuarios y de las anteriores pautas fenicias).
Los nuevos hallazgos replantean en cada yacimiento concreto una nueva visión del comercio arcaico.
Al tradicional problema de las tipologías y de las propuestas clasificatorias -y sus revisiones cronológicas: «Copas jonias»-se contrapone hoy el interés creciente por más precisa de los talleres productores.
Ello conlleva una nueva reflexión sobre las fuentes (presencia focea), e incluso ir más allá de aquello que las fuentes no transmiten expresamente (¿es posible hablar de una diversidad comercial jonia, frente a la tácitamente aceptada exclusividad o preponderancia focea?).
Deberá preocupar más la aún desconocida vertiente de las producciones «Coloniales», así como el modo de distribución de los productos importados en las rutas del interior.
Los conjuntos no se estudian ya aislados, por «etnias», sino asociados a otros productos concominantes que llegan con el comercio (debate del bucchero etrusco), etc. En definitiva, Paloma Cabrera despliega en su síntesis toda la complejidad, llena aún de interrogantes, de la presencia griega arcaica.
Lurdes Prados ha introducido el tema de los bronces «arcaicos» más allá de su simplicidad cronológica, en la dialéctica de su dinámica evolutiva.
El tema de su vinculación étnica -procedencia fenicia o griega de los estímulos-quedaría superada en el nuevo significado de su re.alización occidental.
Ha considerado diacrónicamente tres grandes estadios.
En un primer momento, la presencia de bronces se vincularía a importaciones predominantemente orientales y a santuarios costeros.
El debate se establece aún al definir aquellas importaciones de los objetos realizados en la península en su doble vertiente: como productos de un artesanado colonial o como realizaciones propiamente locales, indígenas.
Este proceso dialéctico entraña una vertiente productiva -una relación artesanal-e ideológico-religiosa.
Esta última es mecánica: implica la significación del bronce en su propio contexto social que le justifica y explica.
Ello nos sitúa en un segundo estudio.
Frente al santuario costero debe considerarse la existencia de bronces, aún aislados, en el interior (ejemplos del «Guerrero» de Medina de las Torres, o el Jinete de la Bastida de los Alcuses).
Nuevos conceptos, incorporando algunas propuestas recientes de M. Almagro Gorbea, entran en juego en el ámbito de la lectura simbólica: ¿cabe hoy ver en algunos de estos bronces «lusitanos» la vieja divinidad oriental (el llamado «Smiting God») o un sincretismo local; expresión de una monarquía divinizada; horoización de un antepasado?
Un tercer momento vincula ya los bronces a santuarios ibéricos: implica una generalización.
Cada santuario parece definir su propia tipología especial izada: Collado de los Jardines-exvotos masculinos y abundancia de jinetes-; Castellar -predominio femenino y ausencia de jinetes-. etc. L. Prados trata de definir tipos y funciones, con la compleja relación del objeto con el oferante, de la imagen con la realidad.
Y trata también de estudiarlos en su contexto histórico geográfico: rutas, emplazamiento y función integradora desde el punto de vista social y territorial de los santuarios, etc. Otros problemas -cronológicos, evolutivos y de producción artesanal-han quedado apuntados en esta exposición.
Teresa Chapa plantea una síntesis de la gran plástica ibérica en piedra, distinguiendo previamente entre el carácter hipotético de una posible etapa arcaica (o, más asépticamente antigua) frente a una perduración de determinados rasgos arcaicos (lo arcaizante).
Frente a posiciones «colonialistas» considera la necesidad de buscar en el propio mundo ibérico las razo-:•ll:"l' fi.'I. 6'1.
1 -.N 1-.L M U DO IBi-.RIC.:0 2::!7 ncs de la existencia de esta plástica. aceptando la foranc idad de s us form as.
La adopción en piedra de la gran escultura en la etapa antigua (a partir del siglo v 1 y a lo largo de l va.
C.) debe justificarse internamente en el nuevo sistema socioeconómico de la aristocracia ibérica que busca un modo de expresión a tra vés de la escultura.
Hay que asociar los monumentos escultóricos y su proyecc ión míti co-iconográfica a la reestructuración del territorio (cf.. por ejemplo. en Jaén, la ordenac ión del territorio en torno a los ejes de Cástulo y Porcuna).
El monumento de Pozo Moro es, ante todo, una referencia social y territorial.
Formalmente revela una raigambre oriental -o carencia de uniformidaden los tanteos de los orígenes.
La eclosión de formas (todo el repertorio animalístico-fabuloso), de influjos diversos (fundamentalmente griegos y orientales) y de posibles caminos debe corresponder, en gran medida, a la paralela eclosión de las aristocracias en' et nuevo espacio ibérico.
La ausencia de una evolución clara junto a los matices diferenciales de una dialéctica local caracterizan este temprano momento que sólo analógicamente podríamos definir como arcaismo ibérico.
En ningún caso sirve aquí el concepto de arcaico tal como se ve desde la lectura griega.
Francis Croissant, en una revisión que se apoya en datos aportados por Pierre Roui llard, nos ofrece la reflexión de un especialista en mundo griego, en plástica helénica.
Analiza, pues, el problema desde un punto de observación externo a lo ibérico.
Parte del interrogante de qué elementos griegos ha podido ver el artesano ibérico.
Y tras esta pregunta -¿han visto los artesanos iberos obras griegas?-revisa individualmente los s upuestos bronces considerados de un modo u otro griegos o grequizantes hallados en España: sátiro del Llano de la Consolidación (laconio); el centauro de Royos, para el que plantea Croissant la presencia de ciertos rasgos específicos peculiares que nos sitúan en el límite de lo griego y de lo indígena; el sileno danzante de Capilla, obra claramente no griega y tal vez ni siquiera arcaica; «guerrero de CádiZ», etc. Todo ello replantea una revisión -basada en análisis esti listicosde los posibles influjos, de los modelos y de los estímulos di ve rsos que confluyen en las realizaciones locales.
Alicia Perea centra su análisis en diversos ejemplos concrt! tos --diacrónicos-de la o rfebrería peninsular. consi derándola desde las consecuencias que se pueden extraer de un análisi s prioritario pero no exclusivamente técnico.
Un ejem plo como el tesoro de Villena del Bronce Final debería. de una vez por todas. hacernos superar el viejo prej uicio historiográfi co de la ineptitud del indígena. vigente desde comienzos de siglo.
El período «orientalizante» o tartésico. ejemplificado en Aliseda. supone una ruptura tecnológica. una innovación.
La disyuntiva artesanos fenicios e indígenas se resuelve en las implicaciones de una relación estrecha, requeridos por toda transmisión tecnológica.
Técnicas tan definidas como el granulado o la filigrana sólo han podido realizarse por medio de un contacto personal entre artesanos.
Este contacto expli ca la rápida aceptación indígena de nuevas técn icas.
Tesoros como el de Serran illa o Segura de León -situables en una fase ibérica antigua o «arcaica»-apuntan a la continuidad tecnológica.
No así iconográfica y tipología con innovaciones.
Finalmente. la orfebrería de Cancho Roano nos sitúa en un importante centro de actividad política, religiosa y económica que permite pensar en la existencia de un taller de orfebrería con amplia proyección expansiva y modélica hacia el ulterior mundo ibérico.
Trinidad Tortosa propone unas reflexiones sobre el nacimiento de la imagen cerámica en el mundo ibérico.
¿Parten determinados estímulos decorativos ibéricos de una anterior estímulo orientalizante y «colonial»?
Desde esta perspectiva, y en determinadas zonas -sureste andaluz, mundo levantino-, analiza determinados e lementos, tanto baj o una posibilidad evolutiva, como los residuos d e una anterior herencia fenicia.
Se plantean, más que respuestas, cuestiones puntuales considerándose el tránsito hacia determinadas cerámicas ibéricas a partir de los rastros de elementos orientalizantes (por ejemplo, casos de Peña Negra y Saladares, en Alicante).
En esta línea de una perdida tradición orientalizante queda planteada conjeturalmente la existencia de elementos ico-P.
CAl3RLRA Y OTROS AEs¡i.•I. 66,1993 nográficos an tiguos en la cerámica temprana ibérica, como es e l pccul iar caso de las representaciones animales. mctópadas. en algunos ejemplos de Elche.
El seminario sobre arcaísmo se complementa con un «cxcursus» historiográfico de Alain Schnapp sobre la figura de Pedro Bosch Gimpcra.
Ofrece Schanpp unos elementos de reflexión sobre la peculiar proyección universal de la figura científica y poi itica de Bosch. que a través de una visión científica particularizada en la arqueología catalana y, seguidamente. de la península ibérica trasciende y logra el acceso a una arqueología global y europea.
Esta amplia visión europea se gesta principalmente durante sus años de actividad en Barcelona. y se explica en la perspectiva que la Cataluña de la época ofrece como microcosmos de la cultura europea.
Analiza el papel unificador en la investigación de Bosch desde su puesto político (visión de las excavaciones, de los Museos y de la Universidad), su vertiente teórica (como comunicador, formador de una escuela. como divulgador de unas ideas científicas) para conclui r, sobre todo, con el impulso globalizador que multiplica su faceta universitaria e internacionalista tras el exilio en Méjico: incorporará allí la visión antropológica a ta arqueológica enlazándola con una más rica visión del patrimonio.
St::ndas conferencias de Ricardo Olmos y Agnes Rouveret. dirigidas a un público más amplio. cierran la sesión científica y tratan de ofrecer respectivamente dos modelos de aproximación diferentes de interpretación iconográfica: por un lado, la lectura interna de la imagen ibérica. generalmente descontextualizada y sin el apoyo de referencias textuales (R. Olmos); por otro. el análisis de las tumbas lucanas a través de su articulación sintáct ica en un sistema de signos que nos ofrece una relación entre los diferentes talleres lucanos que decoran sus paredes.
En el trabajo de este primer año, el equipo de investigadores francoespañoles que redactamos este in forme, hemos tratado de ofrecer los datos esenciales de un debate que habrá que desarrollar en el futuro para definir el problema básico que centra hoy nuestra investigación: por un lado, definir el grado de participación respecto a otras culturas mediterráneas del fenómeno arcaico; por otro, establecer los parámetros diferenciales, es decir, la peculiaridad de lo que de un modo genérico y convencional correspondería con un supuesto período arcaico de las culturas ibéricas.
¿Es lícito aplicar en nuestro caso un concepto de un fenómeno prestado y modelado historiográficamente sobre modelos griegos?
¿Cuáles son los rasgos de ese proceso mediterráneo en el extremo occidente?
Una discusión plural en el futuro deberá profundizar más en los diversos aspectos hoy aquí planteados. |
Entre los materiales arqueológicos que ingresaron en el M.A.N. de las antiguas excavaciones de L. Sirct en Villaricos (Almeria). cabe destacar unas monedas de cobre con topónimo neopúnico. desconocidas hasta ahora, que evidencian la existencia de una nueva ceca púnica.
La transcripción de dicho topónimo ncopúnico en THL YT nos lleva a identificar esta ciudad emisora de moneda con la res p11hlica Tugilitana. citada en una lapida del siglo 11 d.
C'. hallada en el término municipal de Tijola (Almeria).
El extraordinario parecido fonético entre el nombre púnico. el latino y el de la localidad actual. facilita esta atribución.
La factoría púnica podría estar emplazada en la Muela del Ajo de Tíjola. importante yacimiento e n el que se han doc umentado materiales arqueológicos que muestran una ocupación en tre los siglos v y 11 a.
Las acuñaciones púnicas de Hispania pertenecen en razón de su autoridad emisora fundamentalmente a dos categorías políticas.
La primera autoridad, foránea se corresponde con las emisiones provinciales de carácter militar realizadas por los cartagineses en la Península entre el 23 7 y 206 a.
C. La segunda. de carácter local. a una serie de ciudades de sustrato fenopúnico que acuñan bajo su propia autoridad municipal utilizando el alfabeto fenicio. el elemento más determinante de su filiación sea cual sea su estadio evolutivo.
La cronología de estas emisiones púnicas municipales, en general, se puede situar entre principios del siglo 111 a.
C. y la primera mitad del siglo t d.
C.). aunque no todas las cecas acuñaron durante este largo período. ya que la importancia de cada ciudad, sus necesidades o su especial status en época romana favoreció o no la emisión de moneda.
En la mayoría de los casos aún existen grandes problemas para fijar la cronología absoluta de muchas de estas emisiones y tanto las excavaciones arqueológicas como los nuevos hallazgos monetales han de ir refrendando las fechas que se proponen en cada caso.
Estas ciudades emisoras púnicas de Hispania se sitúan en general en la parte meridional de la Península y la isla de Ibiza, aunque su área de desarrollo es más amplia de lo que en principio se suponía, pues no son costeras, sino que también están situadas mucho más al interior, llegando incluso algunas como Turiregina y también posiblemente Arsa a estar ubicadas en la provincia de Badajoz.
Muchas de estas ciudades son antiguas fundaciones fenicias y colonias púnicas bien conocidas por las fuentes literarias y arqueológicas, generalmente costeras y con puertos de importancia como Gadir (Cádiz), Ebusus (Ibi-za).
Olontigi {Aznalcazar, Sevilla). ltuci (Tejada la Nueva, Huelva) y. con mayores dudas en la identificación, Albata (Abla, Almería), cuyas monedas en general se caracterizan por una escritura normalizada púnica o neopúnica. tipos helenizados y volúmenes de emisiones aceptables.
Otras ciudades generalmente situadas más al interior, posiblemente asentamientos más recientes de sustrato mayoritariamente africano. son Asido (Medina Sidonia, Cádiz), Bailo {Bolonia.
Cádiz) y otras menos conocidas como Lascuta (Alcalá de Gazules, Cádiz), lptuci (Prado del Rey.
Cádiz), Oba {Jimena de la Frontera.
Badajoz) 1, y Vesci («.Gaucin'!, Málaga. o quizás mejor al Sur de la provincia de Badajoz).
Todas ellas, denominadas convencionalmente «libio-fenicias» desde que Zobcl en 1863 les dio ese nombre, presentan monedas con una escritura neopúnica no normalizada en ocasiones aberrante, tipos menos influidos de la plástica grecorromana y salvo alguna excepción, volúmenes menores de emisión y en algunas cecas coyunturales.
A estos dos grupos cabe añadir otra serie de monedas púnicas «inciertas» que presentan tanto epigrafta púnica como neopúnica, normalizada o no, pero que por el momento no se pueden situar con seguridad en ningún emplazamiento conocido, existiendo la posibilidad, incluso. de que algunas fueran monedas africanas i.
También cabe incluir, como excepción,
Figura!.-Localización geográfica de las cecas fcno-púnicas hispanas.'
Sobre la localización de esta ceca recientemente ha tratado M. P. García-Bellido: Sobre la dos supuestas ciu• dades de la Bética llamadas Arsa.
Nuevos testimonios de púnicos en la Baeturia Turdula, Anas (en prensa). quien definitivamenre la ubica en la zona de Badajoz y descarta la existencia de la supuesta Arsa gaditana.
J La problemática de estas monedas y las atribuciones que se han barajado en C. Al faro Asins: Epigrafla monetal púnica y neopúnica en Hispania.
7' 1 la ceca de Baria ( Villaricos). cuyas monedas fueron emitidas por gentes púnicas aunque no presenten epígra fes.
Este sustrato semita lo encontramos 1ambién en muchas otras cecas de la zona meridional de la Península que no consideramos «púnicas» como. por ejemp lo.
Obulco o ll ipa. pues sus monedas presentan una iconografia y s ímbolos fenicio-púnicos, en ocasiones bajo fonnas grecorro manas. como ha puesto de manifiesto fundamenta lmente García-Bellido. aunque la ep igrafia que uti lizan es ibérica o latina.
En este sentido cabe c itar también que la cerca de Ursone (Osuna) parece incluir una le1ra yod en su primera emisión. aunque no por ello se ha considerado púnica'• Pues bien, una vez realizada esta breve introducción sobre las ac.. ñaciones púnico-hispanas. nos cabe la satisfacción de poder incluir una nueva ceca m unicipal: Tagilit (Tíjola.
Almería), que pasamos a comenta r ~.
EL MATERIAL NUMISMÁTICO DE VI LLAR ICOS
Entre 1931 y 1935 ingresaron en el Museo Arqueológico Nacional una serie de materiales procedentes de las excavaciones arqueológicas efectuadas por Luis Siret en la antigua Baria (Viltaricos, Almería). fundam e ntalmente en la necrópolis, entre fina les del s iglo pasado y tos primeros años de este 5 • Además ingresaron 51 dia rios de excavación. su biblioteca y otros ma nuscritos con el estudio y la descripción de muchos de estos materiales. entre ellos las monedas.
Con posterioridad a estas fechas cabe destacar los trabajos de M. Astruc 11 y las ex ca-El ma1erial numismático de estas ant iguas excavaciones que ha llegado a nosotros tiene un gran interés. aunq ue la mayoría de las piezas no sabemos exac1amen1e en qué s ituación se hallaron dentro del yacimiento.
Algunas de estas monedas sin contexto conocido fueron descritas por J. M.a Vidal que. inicialmente, rublicó nueve divisores <le la ceca de Baria hasta ese momento desconocidos. después 82 monedas de cobre de gran peso de la misma ceca y, por último. describió otras 157 monedas halladas en el yacim~ento. de ellas 85 de Baria, las mismas 82 anteriores a las que añadió otros tres nuevos ejemplares. los ya citados nueve divisores de Baria. dos monedas púni cas, 13 ibéricas, siete hispano-romanas. ocho romanas republicanas y 33 imperialesH.
Además de estas mo nedas sin contexto recogidas por Vida!, hemos podido clasificar 105 nuevas piezas. aunque se han desestimado otras 188. prácticamente frustras.
Por último, e l lote más interesante lo forma n 143 monedas que conservan el importante dato de la tumba en que se hallaron y que daremos a conocer próximamente.
Entre todo el material numismático procedente de Villar icos, desde nuestro punto de vista, destacan una serie de monedas de tipo púnico' Arq11e1>/ogía 79.
De las excavaciones de este último ai\o cabe destacar un tesorillo de 19 monedas de Cástulo halladas junto a una de Gadir.
M. J. Almagro Gorbea: Un tesorillo de monedas ibéricas y púnicas de la antigua Baria.
Ct1adernc1s de Prehistoria de la Universidad de Granudu, 11.
de:-.conoci<las ha~t a la fecha.
Algunas de esta~ pie1as parecen estar en la lim~a Je las acu1 'ial' 1011cs h1spano-cartagincsas, pero otras. la:-. que han captaJo nrn: slra atención des<le hace va-J'Hh a1i<" y <lanHb a conocer una'c1 csdarcci: da:o.U fi la;u; ión. com.~'J1ll ll<ll•Jl a llll\I llUC\ a L:l!
T:.igalit. t) Tagili)\ en -.u'crsiún btina. como 1ntentan.:mns <kmostrar a 1..'.0nti nuación.
• b l a moneda nu podemos decir qu U fomgr: ilia <:ír J. M V1dat: Lu t•1rculuc1on monetaria de V1llarko~... l'it (n.
Los crvación muy deftcicn tl.'. aunque no., parci:c ob-sCl'\'iH un mismo cuiio de anverso y c laramente distinws 1: u1'ios de re\CNl. dift:r\.•nciables tanto en la forma y tamaño del delfin como en la leyenda.
Los pesos de las dos monedas que conocemos son de 2.30 y l,!\7 gr, lo que parece evidenciar que el'alor de rstas piens ~cría el de cuanos de una uni<laJ tanto de 8-9 gr i: omo de 10-1 1 gr. <1unque ror la tipología que presentan nos incl inamos a pensar que sig1.H.:n el último. nHis reciente y que en otras cecas como Gadir prc~cnta di visorc~ tipológicamente exacto~ a éstos.
Es pues lógico deducir que estas pequeñas monedas fueran divisores de otras de mayor tamaño que o bien 110 se acuñaron, 110 han llegado a nosotros o no somos capaces de relacionar entre sí.
La tipología. el reducido tamaño e incluso la leyenda de estas monedas recuerdan fundamentalmente algunos divisores lle Olontigi con cabeza masculina y dellin a derecha 111, aunque estos mismos tipos de anverso y reverso son frecuentes también en otros talleres púnicos de Hispania como Ab<lcra Esta similitud tipológica con monedas púnicas de otras cecas bien conocidas y su reducido tamaño han podido ser quizás las causas de que no conozcamos más ejemplares de esta nueva ceca que, si existen en otras colecciones, se han podido clasificar con el numerario de alguna de las ciudades citadas, fundamentalmente Gadir y Olontigi, como sucedió con la pieza n.
0 1 atribuida erróneamente a Gadir por Yidal Bardán.
Sin embargo, creo poder identificar estos ejemplares con una moneda recogida primero por Delgado i x y después por Vives entre las «inciertas» (figura 3).
Este último investigador ya no vio directamente la pieza por lo que se limitó a reproducir y describir el dibujo de la obra de Delgado sin transcribir la leyenda comentando sólo que quizás fueran una moneda de Gades mal vista 1 Y. Figura 3.-Moneda «púnica no clasificada» de Delgado ( lárn.
LXXXV, n.o 5) o «incierta» de Vives (lárn.
MB'L, con s ignificado «de los ciudadanos», «del pueblo de» 21 • Por su parte los epigrafistas, s iguiendo a F. Pérez Bayer, se han inclinado por la trascripción con peh: MP'L, con significado de «obra», «trabajo» y por extensión «acuñación de» 22 • Desde un punto de vista estrictamente formal de la letra según aparece en i11 Delgado. págs. 387-388. n.o 5. io L. J. Velázquez: Ensayo sohre los alfabetos de las /e1ras desconocidas, que se encue111run en las más anliguas medallas y monumentos de España.
Uno de los numismáticos que siguen esta lectura es E.
Nota epigráfica, Studi per Laura Breglia.
Supplemen to del Bollettino di Numismatico, 4, 1987, 235-237. i: F. Pérez Bayer: Del a(fabeto y lengua de los fenices. y de sus colonias.
Más recientemente defendido por J. M. Solá Solé: A propósito de un rótulo monetario.
Miscelánea púnico-hispana I V, Sefarad, XXVII, 1967, págs. 16-28. y G. K. Jenkins: Spain-Gaul, Syl/oge Nummorm Graecorum.
(En adelante citado SNGCop Spain. ) <.'ARMl'.N /\l.FARO l\SJNS las monedas de Ciadir fundamental mente. insistimos en que la gratia corresponde a la de unap<!h púnica. con independencia del significado de la palabra con una u otra letra.
Esta leyenda superior no es visible en ni nguna de las monedas que presentamos. aunque es muy posible que este rótulo exista y contenga la conocida fórmula M P' L. habitual en algunas cecas púnicas hispanas y norteafricanas. con sentido de «acuñación de».
Por otra parte. esta hipótesis se afianza en el convencimiento de que estas monedas son similares a la recogida entre las inciertas por Delgado y Vives, antes citada. que se reproduce con esta leyenda superior. claramente díbujada e interpretada.
En cuanto a la leyenda inferior. que es la que hemos podido observar directamente en los ejemplares hallados en Villaricos. cabe destacar que se trata de una epigrafia normalizada sin apenas problemas de lectura (figura 4 ).
El primer signo es una clara letra taw neopúnica Figura 4.-Lcycndas de las monedas del tipo 1: TGLT. similar a la que aparece en Olontigi 2.1, en algunas piezas de Abdera H, en divisores tardíos de Gadir 2 s y en abundantes cecas norteafricanas.
Esta letra en la primera moneda, la de mayor peso, presenta un trazo muy grueso en su parte superior por lo que pudiera parecer la cabeza cerrada de la letra, a la manera de una be1h en negativo (figura 4.
La segunda letra es una también claragimel neopúnica, en ambas monedas representada por un doble trazo angular de igual longitud 26 El tercer signo es una lamt'cl con distinta gralia en cada moneda.
En el primer ejemplar la letra adopta una grafia púnica pero trazada en negati vo, forma errónea simi lar a la que documentamos en una moneda de la primera serie de Gadir 2'' (figura 4.
En la segunda pieza la letra adopta una fo rma claramente neopúnica que sobresale por encima del resto de la leyenda (figura 4.2), grafía también documentada en monedas tardías de Gadir iu.
La cuarta letra parece ser otra taw de grafía similar a la anterior, aunque no se aprecia claramente en el primer ejemplar y en el segundo los trazos que la forman no están unidos por el vértice, como es habitual.
Es posible que pueda haber algún otro signo a continuación de Jos reseñados como opinaba Rodríguez de Berlanga, aunque no parece probable dado el importante relieve de los trazos que se conservan y el escaso campo monetal que queda libre hasta el borde de la pieza.
Por lo expuesto, la transcripción TG L T que proponemos es bastante clara. incluso también aplicable a los tres primeros signos del dibujo de la obra de Delgado, después recogido por Vives.
Esta leyenda podría voca lizar en Ta-GyLaT o TaGyLiT, con una estructura si milar al' BDRT o ABDeRaT de Ja cercana ceca de Abdera.
Así pues estas monedas tanto por tipología, como por metrología y sobre todo por presentar la leyenda neopúnica MP' L I TG L T, están en la línea de las acuñaciones municipales que 11 SNGCop Spain, n.o 167.
1 • C. Alfaro Asins: Variante en moneda de Gadir.
J o C. Alfaro Asíos: Observaciones sobre las monedas de Seks según la colección del M.A.N..
" J. M. Solá Solé: Acuñaciones monetarias de Olontigi, citado. pág. 23, Jám. l. l' \,, 1 \ \ ( ll l>\I) l' l \,1( \ 1' /// \/' 1\ /1 /(,/ )/ crnwcenHb e n 1ltras c iuuadó ¡rnnico-h1,p:.in:..... f1111damcnta l111cntc IOll l'lltre finak, 1.kl...
Rev.-Creciente. encima cstrcllns de -l ra-Ylls y dcbaJO leyenda púnica T G YLT (..'.') 3..
lk la:-. c uatr1) n11incdas 4uc act11: d111cntc conun•mos de este tipo. la'.' 1 dos prnncras que i: studiarnns, cn11sc n «1tJa s en la colc1.:c1ón del M.t\.. pmccdcn tk Vi llancos) una de t'llas. la n.'' -l. se..• hal ló como lin1cn nwtl! nal 11111nis-111 á11co c..•n la tumba n.'' 9 3 7. l: sta tumba rnrrc:-pomk a un cn1erram1ento colcct1\n dentro de una gran dmara hipogea de forma n:t.:l<tngu lar t.:on corredor de acce... o. nc; ivada en la colina dcnomtnada U Garban1al. dent ro de la 1.o na l'igura 5.
Al parecer hallndu en l o~ a l redcllurc~ <lé lo~ hipogeos.'
J\t: nHkccmo' a la doctora (1urcio• llcllid o rnnto las ~ugcn.:nl'tas 4uc ha rculw1do u c~1c 1rnbnJo como la licha de lu moncdu del ln~11tu10 de Valcncrn de don Juan. colec-c11' 1n nun11smfit1ca que catalogó grm:1a' n una beca de la Fundm:1ó n Marc h. un ani ll o dc plata. cstrigiht!\ tk hierro. \ari ll a~ ) arn:-. dl' bronce. clavo::. y espiguil la::. cin: ul arcs de huc:-.o a<lnrnadas con trazns rncliados í ncisos. asi como restos de unos cato rce esquel eto:-. sin quemar''.
•st o!> hipogeo:-. de Villaricos son datnble:-. entre los siglos 1\ a.
C.. aunque es difíci l diferenciar los aj uares de cada enterramiento debido a los revueltos pr<i vot: ados por las rcu1íli zacioncs. los ant iguo!\ saqueos y los derrumbes de los techos de las cúmaras 1''.
1-.n cuanto a metrolog ia las cuatro mon eda~ qu' ~ t\)not: cmos tienen un peso de 3.37.
3.00 y 2.84 gr. con unu media de J.065 gr. por lo que podrían ser tant o mitades de poco peso dd sistema de 8-9 gr como, mejor. cuart os del patrún de 10-J 1 gr. Dada la s imili1ud tipológica con los di visorc:-, dl: Baria. nos prcguntamo~ sí no podría tratarse rnmhién de una misma de-nominac1ón aunque más ligl'rn.
La posi bl e pérdida ele peso ele las moneda:-. de Tag ilit quid1:\ pu(liera deberse a l predominio del plomo en su compos ición'°.
Por el contrario en los di visores de Baria predomina e l cobre 11 • • 1\>truc, p{tg.
Tipo lúgicnmcn tc c:-.tas nrnneda:-. i..''>t~1n i.:n l:t linea tk l a~ cmi:-.1onc::. ca rtag inc-,as. ya que la palmera e:-. dc:-;pu~-. del caball o e l tipo niús rcprescn ta do y. en c::.pct:1 a l. son mu y prúx 1 mas a la~ at: uiiac1oncs pún ica:-de la anti gua na ria. tk do nde qui LÚ!> tomaran el mud~lo.
Co mo tipo principal y ca:-.i siem pre representada con frutos, la p mu y frecuente en emisio nes t:u rtagin csa:-. de plata y bronce de S1cilia "~. y dl' oro y brunCL' de C:a rtag~> 1 1.
En la Península Ibéri ca la palmera como tipo principal la t: ncon tramos en lt1s reversos Je la ceca de Baria. tanto en el va lor superior".; como en su di visor. cuarto d el ante rior"'.
También aparece en lo), reversos de dos emisiones de bronce his panocanagin esas, aunque en todos estos casos se representa con fru 1 0~ 11'. "
" J M. Vida l: Moneda inédi1a de Baria. ci1ado. pag1• nas 37-.W. El tipo de rcvl..'rso. un t: rl..'cil..'ntC ton estrl' lla tk cuatro rayos, es1{1 en evi dente rclnción co n e l 11rue11s con crccrcntc y astro que aparece l.'.11 los anversos de los d1\ 1sores de Bari a que mkmús presentan también. corno hcmth dicho ya. u11a palmera en rcver~o.
El crecie nt e. con o si n astro, como tipo sen 111dario es muy frecuente en el n11mcranu hispúnil:o y norteafricano. especialmente en cmisioni:s tk tipo púni co. pero es muy raro co mo tipo principal.
En la Península Ibérica como tipo principal. al menos hasta hace poco. só lo lo utili: taba la ceca de Malaca en los anwrsos de un (Badajoz) segun F. J. Jiméne7 Avíla: E: mu/i11 1111111is-111ti1ico del pnhlwfo de Hor11ach11elos (Ril>era del ¡:resno.
92 c.:o rncn la e l halla zgo de rn:\ s monedas simi lares e n el yaci mic1110.
Otro ejem pla r de 3.78 gr publicado rccien1cmcn tc en el Ca t:i logo de la subas-1u de Jesus Vi co reali zada el 3 de marzo de 1993. n."
R~•.: icntcmcnll..' tamb ién se cst ri:s. conoc idos gracia:-a l 1mportantc halla1g11 de Vi llarrub1 a tk lo:-.
Ojo~ (Ciudad R~•a l ). presentan l'I tTl.'.c ic ntc y un delfín a J crccha entrando l' ll él' 1 (figura 8b).
Por últim o otros di visores. también desconocidos hasta su ha lla: tgo en Camarasa ( Lé rid a). presentan una c¡1bc: ta mascu lina c1 1 anverso y un crec iente con punto en rcv<:rso (tí gura 8c) {) tambi én una cabeza rcmcnina en anverso y creciente con punto enlre dos delfines en reverso (figura 8d)'~.
En el Norte de Áfri ca e l crcc icntl' con o sin astro aparece en el reverso de a lgunas moneda ~ púnicas de Bull a Regia y Macomada ".
El creciente con i: strl..'lla de se is rayos, en la mi sma disposición que e l de las monedas tk Tag1lit, lo enco ntramos tambi é11 en cjcmrlarcs mucho más recientes de Juba 11 y Pt olomeo q.
En Ital ia este tipo pri ncipal de reverso lo cnt•ontramos ex ac ta mente igual qut: en Tagilit. es decir con csuell a de 4 rayos, en 1110ncdas etruscas ".
El crecien te con u sin g lóbulo central aeompaiiado de estre llas también aparece en uncias scmi li brales anó nimas, acu1iadas 1:n "' fia ra M. P. Garcia-Acllido: Las rc l igimws o ric111ulc s én la Península lhérirn: doc111ml'n10> num1 s111[111.:o~. l.
"' M. García Garrido. y S l"osia.
El crecie nte j unio con el disco solar. la luna y las estrellas. moli vos proc<.:dcntes tk antiguo:. cultos orientales. son atributos de Ta nit y Baal Hammon como di vinidades astrales que figuran en abundantes manifestaciones re ligiosas ca n agi nesas.
Su e Ieee ión e n esta ceca parccl' estar en relación con el posible cu ho a la diosa, a l a que sabemos se ve neraba en la Baria púnica'~.
La asociación d e la palmera y e l creciente con astro también parece tener un s imbolismo funerario, como se interpreta en las pinturas ele Kef-el-Ulida "".
Hil.rT <las de Ja Tagilis púnica. se utili zan en la Península solamente en acuñaciones que se c ircunscriben a la zona mediterránea y son frecuentes en emisiones cartaginesas y norteafricanas.
En cuanto a la leyenda de estas monedas. que transcribimos en TGYL T. como en el caso anterior vemos que se trata de una escritura normalizada que, en sus signos visibles, no presenta problemas de lectura (figura 9).
El primer signo es una clara letra taw neopúnica. similar a la inicial de las monedas que forman el tipo 1.
Figura 9. -L..:yenda de la~ monedas dd 1ipo 2: TGYL T.
La segunda letra es también una clara gime/ neopúnica que, como única diferencia con la de las monedas del tipo 1, presenta el trazo derecho prolongado en su parte superior, sobresaliendo del ángulo a manera de ápice 61 • La grafia de esta letra es también parecida a la shin neopúnica de algunas monedas de Shemesh ~2, Asido y otras cecas convencionalmente denominadas «libiofenices», aunque también es similar a la waw que aparece en una rara emisión de Malaca 63 • El tercer signo es una yod neopúnica similar a la que encontramos en algunas monedas de Ebusus.
Esta letra puede ser una ma1er /ectionis con función de vocal, típica del neopúnico, que representa un intento de vocalización respecto a la leyenda de las monedas del tipo 1.
La cuarta letra es una lamed neopúnica similar a la de la segunda moneda del tipo 1.
Por último, en las monedas n.o 2 y 3 nos parece ver un quinto signo que podría ser una letra nun o una taw, probablemente esta última por comparación con las monedas del tipo 1.
CARM EN:\LFARO A SINS: JEspA, 66.
199J Figura 10.-Mapa de situación de Tagilit/Tagilis (según Sillieres).
el auténtico nombre púnico de la actual Villaricos, ciudad que a raíz de la conquista romana por Escipión en el 209 a.
C. o algo después, pudo haber perdido el topónimo púnico para tomar el de Baria, nombre latino con el que la citan, entre otros, Cicerón, Ptolomeo y Plinio 67 • Esta hipótesis inicial de atribución de las monedas a Villaricos se des vaneció ante Ja evidencia de que su topónimo monetal que transcribimos en TGL T o TGYLT, y que podría vocalizar en TaGYLaT o TaGYLiT, se hallaba documentado en una inscripción romana de cuidada ejecución grabada en una lápida de mármol blanco de 91,50 por 60 cm, aparecida • 1 J. A. Tapia Garrido: Historia General de Almeriu y su provincia.
Según J. M. Solá Solé: Toponimia fenicio-púnica.
Enciclopedia Língüistica Hispánica, l.
Madrid, 1960, pág. 499, es• muy poco probable una etimología feniciopúnica para este topónimo de Baria.
en marzo de 1977 en el término municipal de Tíjola (Almería), que, según Resina y Pastor, dice:
Voconia Q(uinti) f(ilia) Avita thermas rei publicae suae Tagilitanae s(olo) s(uo) s(ua) p(ecunia) f( ecit) easdemq(ue) circensibus editis et epulo dato dedicavit ad quod opus tuendum usumq(ue) perpetuum (t)hermarum praeben dum r(ei) p(ublicae) Tagilitanae denariorum duo milia quingentos dedit «Voconia A vita hija de Quinto, construyó unas termas en terrenos de su propiedad para la República Tagilitana.
Las dedicó después de haber ofrecido un banquete y celebrado unos juegos circenses.
Para la conservación y mantenimiento perpetuo de las termas entregó a la República Tagilitana la cantidad de dos mi l quinientos. denarios de plata»"'.
En efecto, en esta lápida de mármo l de Macacl de finales del siglo 1, o principios del 11 d.
C., se cita un nuevo topónimo. desconocido hasta ese momento, T AG lLITANA, que alude al municipio romano de TAG ILI o TAG ILIS, cuyo nombre, por el extraordinario parecido fonét ico, vemos se ha perpetuado en la actual localidad de Tíjola, donde se halló la pieza, situada a unos 60 kms. de Baria.
Al parecer son muy abundantes los hal lazgos arqueológicos de la zona de Tíjola, donde hay constancia de varios yacimientos arqueológicos desde el paleolít ico a época moderna.
Desde el punto de vista de las monedas que presentamos, destaca una enorme factoria púnica emplazada en la Muela del Ajo, cerro de contorno irregular situado a unos 1.800 m. al norte-noroeste de Tíjola, en la margen izquierda del río Almanzora.
Se trata, según Pellicer y Acosta, de un gran núcleo púnico industrial y comercial de los s iglos v1-111 a.
C., formado por la penetración de gentes púnicas venidas de Baria que ascenderían por el valle de Almanzora en busca de minerales de cobre (Cueva de la Paloma), hierro (Serón) y mercurio (Bayarque).
Además otros atractivos de la zona serían tambié1. su riqueza agrícola y el manantial natural de Cela.
La superfic ie del yacimientos de unos 100.000 m 2, según los citados autores, está repleta de fragmentos cerámicos, predominando las ánforas pún icas con formas arcaicas y los grandes vasos de la misma tradición.
También abundan las escorias de hierro, plomo y cobre.
P. Resina: Inscripción romana aparecida en Tíjola (Almeria).
Esta factoría púnica tierra adentro 7 " era paso obligado desde el Mediterráneo a la altiplanicie granadina que conducía a la zona minera de Jaén.
La vía, jalonada de yacimientos arqueológicos de todas las épocas, unía desde antiguo los centros mineros donde se extraía el oro de Sierra Nevada y el plomo argentífero de Sierra M6rena, con Baria, puerto de embarque del mineral.
La cuenca del Almanzora y del Guadiana Menor fue probablemente el camino más utilizado para las relaciones entre el litoral del Levante mediterráneo y el alto Valle del.Gua- Segunda campaña de prospección arqueológica en la sierra de los Filabrcs y el alto valle del Almanzora (Almería), Anuario Arqueológico de Andalucía.
11' El fenómeno colonizador semita bien pudiera ser que no tuviera un carácter tan marcadamente litoral: sus vestigios empiezan a encontrarse a más de 150 Kms. de la costa. como han señalado J. Fortea, y J. Bernier: Red11to.< y fvrrijicadone.v ibérkos e11 fa Béticu.
F: sla anligua vía de r('lll' trac1 ó11. ulilr/:1da ya cn ~rtKa argúrica. partiendo Je Baria. rcmont: iba e l valle de l río Al manzora. pasab:1 por ragilis.
Cas1c llones de C ca l.
Tug1a, lJbcda l<1 Vicja, lb rns) finalm<.:ntc llegaba a Cást ulo. des<lc donde co111inuaba ha<.:ia lll ra::-. ti i rece i oncs 1 • Esw vía. de principio a lin. cst:i ja lonada ck ricas necrópolis y yacimicnlos en l o~ qul' se ha constatado una fuerte pre~en c i a de cer: imicas griegas de importación.
Así en la Muda del Ajo de Tíjola, donde los matcriak!-111ucs1ran una otupación cksde el siglo v al 11 a.
C., sl'gún Rouillarci. se halló un fragmento de pie dl' cr: itcra de tiguras roj<ls darn-Jo en la primera mitad <lel siglo 1v a.
C. Tambicn en la mina de <.:obre de la Cueva cic la Paloma. s ituada 800 111 al sur de Tíjola la Vieja. una prospección de C. Domcrguc ha proporcionado materiales que permiten d<ttar la ex-plo1ación entre principios del sig lo I\' a.
C.. entre éstos un fragmi! nto de cerélmica álica de barniz negro fechado en tre 380-330 a.
Estamos pues ante las nTone<las de la l'at: toria púnica de Tagi lit o Tagilis que debió ser lo suficientemente próspera como para importar., I' S il l 1Cl'C~: /,,'.\''o""'.lé.,11.,.
De esta l.'iudud no queda más testimonio de:-.u pasado plini co que lo::-. fragmentos ccrúmil.'os que citan Pe llicer-Acosta y e).tas monedas que no só l1.
1 nos propor<.: ionan el 1cstil11llnio de una ciudad plinirn con complejidad política sufície nte para acuñar moneda, si no también su au téntico nombre púnico. topónimo que permanece ina lterado en época romana. como vemos por la inscripción tk época fla via de Vo<.:onia A vi ta.
No sabemos qué suene corrió la ciudad ante la c.:onquista romana, si fue tomada por la rueri'CI como Baria en el 209 a.
C., o se sometió 1 ibrcmcntc como las resta ntes cecas púni cas.
Probablemente la segunda opción está mús ele acuerdo con la permanencia del topónimo púnico de la ciudad en época romana.
La población púnic.:a de esta zona debió estar bastante iberizacia o, al menos. muy en contacto con gentes ibéricas como se ve también en Vil larieos, ciudad que estaba en el límite de lo que era Ptolomco ( 11.
4, 6) eran los «hástulos llamados púnicos» que habitaban desde el Es1rec ho hasta Baria.
También se trnta de una zona muy romanizada des pués. próxima a la ciudad de Acci (Guadix) que albergó n los veteranos de dos legiones de César. que entre los años 7 y 2 a.
C. pasó a formar parte de la Ta rraconense.
La c iudad romnnn de Tagilis también debió tener cierta importancia pues tenia termas U NA N U EVA CI U D/\ü PÚNICA EN lf/SP:l.Vl.1.
T<i/. )/' 2-U junto al citado manantial salutífero de Cela, un bosque sagrado y celebraba juegos circenses. según la citada inscripción. aunque su nombre no figura en ninguna fuente latina.
La primera vez que se cita este topónimo es en El ldrisi. leido por Saavedra como Torchela y Tayula. de donde. al parecer. procede el nombre actual de Tijola ".
Se presenta en este trabajo una breve descripción arqueológica y cronológica del yacimiento de Co111rehia Bdaisca, incidiendo especialmente en los datos proporcionados por las campañas más recientes de excavaciones.
Se ofrece una visión global del entorno histórico en que se encuadran los tres documentos escritos sobre bronce hallados en la ciudad, aportando nuevos datos arqueológicos sobre el hallazgo del primer texto celtibérico.
El objetivo primordial es dar un avance sobre el gran bronce de Botorrita, aparecido en la campaña de excavaciones de 1992. comentando los datos que proporcionan las circunstancias de su descubrimiento y la lectura de algunos signos que se observaban a simple vista, antes de su limpieza.
umi especie de tocado o ~o mbrcro.
Re'.-Del fin a derecha. encima leyenda pú- nica I PM'L], debajo sobre linc ~1 de excrgo k - yl.'nda púnica TGLT. |
UN/\ NUEVA UUD/\ü PÚNICA EN 11/S!': INl: I. T f 2-U junto al citado manantial salutífero de Cela. un bosque sagrado y celebraba juegos circenses. según la citada inscripción. aunque su nombre no figura en ninguna fuente latina.
La primera vez que se cita este topónimo es en El ldrisi. leído por Saavedra como Torchela y Tayula. de donde. al parecer. procede el nombre actual de T íjola ". •.
Se presenta en este trabajo una breve descripción arqueológica y cronológica del yacimiento de Cuntrl! hia Beluisca. incidiendo especialmente en los datos propor- cionados por las campañas más recientes de excavaciones.
Se ofrece una visión global del entorno histórico en que se encuadran los tres documentos escritos sobre bronce hallados en la ciudad, aportando nuevos datos arqueológicos sobre el hallazgo del primer texto celtibérico.
El objetivo primordial es dar un avance sobre el gran bronce de Botorrita, aparecido en la campaña de excavaciones de 1992, comentando los datos que proporcionan las circunstancias de su descubrimiento y la lectura de algunos signos que se observaban a simple vista, antes de su limpieza.
C.. constaladü en el Cabe10 por la apa -nc1on, en la campaña arqucolúgit.:a de 1992. d un 1 it.!n10 ele 5 m de longitud hasta cncontrarst.! con olra muralla de adobe. ckjando un frentl:. ligl: ramente curvado hacia el exterior. de unos 30 m de longitud.
Esta muralla se adaptnrí generales de la topogralla de l Cahoo.
1 a l": ibrir;1 e!\ irrqwlar a lu largl1 ck tlHlo d l11: n1ll l: lHbl ituido bih1l "llllll' llle por arc111:-.céh locatc.... cal11a:-. y. en mcnnr medida. canto-. rodado,.
Lo.. mampue'-10-.. e... tan trahado, en'ct.:o. h.11lando 'L''ollll' ra-mcn11: trabapdo~ ~ cal1ados l'.On np10 ~ l:1Ja' de arenhca.
Ln esta muralla aparec ieron poco:-. materiaks ) de crnno logia mu y ampl ia. como ccrúmica 1 bérica con decorar 1 ón ele banda~. t/11/ ia ti pn lld11nuli11 y \arios fragmentos de cera mica a nw1w ali~ada ) con decoración a pc111e.'\o obstante. la lübril'a ) forma del 1 ien11> de esta muralla nos n: miten.... egun \ laluquer(pág. 66). a un momento a caballo entre lo~ ~iglo:-.' ) I\ ¡1, C.
C. se erigiría el gra n edificio de adobe en la 1011a sur de la t.:ima de l Cabe10. aunque abierto y orien1ado al norte.
Su momento de mayor cspkndor se si túa en el siglo 11 a.
C.. siendo destruido' iolentamentc en la primera mitad del:.1glo 1 a.
Oc este momento de esplendor tenemo~ también toda una serie de instalaC'; onc:-. fabriles dedicadas al 1.:urtido de pieles. c.¡uc ~e extienden por la 1ona noroccidental de la ci ma del cerro, la ladera norte y este del mi smo (D ía1., M. A. y Mi: drano.
1986 ). y que se encuentran igua lmente presentes en el arca baja del poblado. en el noreste. cerca del río ( Día1.
M. A.. y Torra Iba, J.. pág. 47).
El ni\'cl tic destrucción de e!>ta:. t enería~ no~ proporciona una datación en torno a lo!> arios 79-78 a.
C.. por lo que podemos ponerlo en relación con las guerras sertoríanas.! lacia el 49-48 a.
LIS estancias de trabajo, apareció el primer bronce escrito de Boto rrita.
A partir de este momento. el Cabezo tiene una única funcionalidad: la m ilitar.
Se rehacen El bronce latino (tabula Contrebiensis) fue encontrado en una excavación <Clandestina. y pudo ser finalmente recuperado efectuando su estudio Guillermo Fatás ( 1980).
Al parecer procede de un punto situado en la base del Cabezo de las Minas, prácticamente frente al lugar donde se halló el tercer bronce.
Sus dimensiones son 43,8 x 20,8 cm y contiene un texto jurídíco en el que los jueces del senado contrebiense emiten fallo sobre un litigio entre otras comunídades indígenas, procedímíento judicial que es sancionado aptobatoriamente por el procónsul de la Provincia Hispania citerior.
El primer bronce celtibérico se halló en la campaña de excavaciones arqueológicas realizada en 1970.
Según los datos proporcionados por el profesor Manuel Martín-Bueno, responsable de los trabajos de campo en esa campaña, apareció en dos fragmentos.
E l primero, más pequeño, se encontró en el interior de un patio abierto o semicubierto; el segundo estaba a unos tres metros de distancia y en otra habitación contigua a la anterior.
El fragmento mayor se situaba sobre los restos de una placa de madera quemada, de forma regular, a la que pudo estar adherido.
Toda esta zona pertenece al área de trabajo de una vivienda, y no a su zona noble.
Caben serias dudas de que éste fuera el empla-zamiento original del documento; debíó estar ubicado en las proximidades del lugar de aparición.
Los materiales arqueológicos evidencian una cronología final en torno a mediados del siglo 1 a.
C., pudiéndose precisar más mediante algunas ánforas. cerámica ibérica, e imitaciones ibicencas de campaniense. que nos llevarían a época cesariana (Díaz y Torralba, pág. 43 ).
Las dimensiones de este bronce son 40.5 x 9,5/ 10,5 cm y es el único de los tres que está escrito por las dos caras.
En su cara A presenta un texto de 11 líneas y en la cara B una lista en 9 líneas de individuos con su nombre personal más el gentilicio y el nombre del padre en genitivo singular; las referencias correspondientes a cada personaje terminan con la palabra bintis.
Sobre este documento se han efectuado interesantes estudios lingüísticos, como el de Javier de Hoz y Luis Michelena ( 1974 ). otros que incluyen algunas referencias arqueológicas (A. Beltrán y A. Tovar.
1982) y trabajos más recientes que han intentado profundizar en el análisis filológico o incluso plantear hipótesis acerca del significado de su contenido (J. F. Eska, 1989;G. Olmsted, 1991 ).
El denominado gran bronce de Botorrita apareció el 20 de octubre de 1992, al efectuar una serie de catas arqueológicas preventivas en el lugar donde se había previsto situar un aparcamiento de automóviles.
Se trataba de unos trabajos secundarios incluidos dentro de la campaña de excavaciones arqueológicas y las obras de cubrición del Cabezo de las Minas, dirigidas por María Antonia Díaz Sanz.
El lugar de hallazgo se ubica en una pequeña elevación del terreno al sureste del Cabezo. distando 88,30 m de la muralla del siglo 1v a.
C. y unos 65 m del foso que rodea al Cabezo por el sur (figura 2).
Existen noticias antiguas de la presencia de opus tese//atum en el inmediato entorno de este Ju- gar (J. J. Pamplona, pág. 148) y más recientes del hallazgo de glandes de honda de plomo, monedas y, en las proximidades, fragmentos cerámicos y restos constructivos, todo ello fuera del área vallada del yacimiento.
Estratigráficamente apareció en un nivel arcilloso, que se asienta sobre otro de arenisca en el que se incrustaba una esquina del bronce.
Sobre la capa de arcilla había otra de gravilla Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs 243-248 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
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nat ural que. poco anlcs de cfecluarse la cata. rue parci almente retirn<la por los vednos de Uolo rrita.
Apareció panida en dos grandes fragmentos, recupenindose después otros 92 fragmentos de dimensiones variables, correspondientes a la esquina superior derecha ( ligura 3 ).
Los análisis metalogrú licos indican la prese ncia de plomo en In aleación. asi como de burbujas en e l interior -------1: igura 3.
V1~1a del g ran bronce de Bo1orri1a. del mennr dt• lo ~ do~ fragmen to... ma yorc).. e l cual i.:arc1.:c de c~ni tura.
M icnt ra-. que lo:-. do-. bronce~ a111crinres 1110::.traban huel la" tk ruego (:.i n duda \.'.0 111 0 i.:onsecucnci;l de i111.:end1th pro' oC<ldns por la dc"lrucciún bélica ck la ci udad). este no presentaba a ltcrac iún 1érmica alguna.
Por lo que respecta;i l s istema dt: su.1ec1ún. mientras qui.' la wh11/11 ('1111/r1'h1t•11, \/\ rosl.'C "el:. perforaciones rcgu lan;s e iguak" alineadas a intcr\'alos regulare:-. ccri.:a lk los d lis lados mayores de la placa (Fatas. p:'tg.
15). y el anterior bronce ce ltibérico teni:i qu1, d1 un sistema de sustentación a basl' de tre:-. pequeiins orificios por lo:. que se pasarían ta l ve; los lirantes de sujeció n (De Hn1 y M ic..:hckna. púg. l(U ). el gran bronce de Botorrita muestra -;cis orificios circulan.:s. ordenados formando dos triúngu los con la base paralela al bo rde superior de la placa. muy l 'l' l'Ca del mismo. y prfict1i.:amentc en el centrn de su longilud.
Quedan todavía restos de lo~ clavos en esto:. orilic1os. cuya factura no a fccló al tcxto. al conlrario de lo que sucede rnn e l orificio superior centrnl de Ja wh11/u ('1111/rehiemis.
Dado que la escritura se exticnck hasta el limite del lado i1quie rdo y del borde inferior del gran bronce. resulta evidente que si.' expuso sujeto por los dos grupos de orificios citados que forman triúngulos. quedando libre el resto.
EL GRAN BRONCE DE 80TORR ITA
El doc..:umcnto presenta una bu<:na O!'(/i11atio en su. lineas que. al igual que en e l caso del bronce latino. hace pensar que su preparación fue cuidadosa y que. tal vez, se trazara previamente un borrador o plantilla (Fa1as, pág. 16).
A difc rcnl.:ia de los 01ros dos textos. <iquí la leyenda está reali zada con In técnica del puntillado y, como en el anterior celtibérico, las palabras se separan mediante dos puntos. como puede apreciarse en las lineas n." 3.
S y 7 que trnnscribimos más adelante.
El gran bronce de Botorrita, a simp le vista y antes de su limpieza. parece contener una!; SO líneas de texto. en lengua celt ibérica y escritas en scmiallabcto ibérico, si bien no seria de extraiiar la presencia de alguna iníluencia Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs 243-248 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa lingüística <lcl ibero, dada lu situación cultura! mente frontcri /.a <le Co111n•hia 81.'! aisca.
La extensión del documento le confiere una extraordinaria importancia. puesto que estamos ante el más amp lio texto celtibérico conocido. lo cual supone un aporte importante para intentar descifrar esta lengua y. si logramos averiguar su contenido. también para profundizar en e l conocimiento de la cultura celtibérica.
Por otra parte el hallazgo de tres textos sobre soporte broncíneo en Co11trehia, permite plantear seriamente la hipótesis de que existiera un archivo en la ciudad que. dada la proximidad de los lugares de aparición de dos de los documentos. debió situarse cerca del punto donde encontramos el gran bronce.
Aunque en el momento de escribir estas lí- neas la única actuación! levada a cabo es la limpieza de la tierra adherida a la placa metálica. pueden apreciarse ya fragm entos <le texto en algunas partes de su superficie.
A mo<lo de ejemplo transcribimos a continuac ión algunos signos que se aprecian a simple vista en nueve líneas situadas bajo los clavos de sujeción. que ya podían leerse cuando se extrajo la pieza:
Aunque esto no es más que una muy breve nw cstra del contenido del bronce y. desde luego. el primer análisis del texto deberá ser de índole filo lógica. materia en la que no somos espec ialistas. podemos ya realizar algunos comentarios:
En la línea n.o 3. observamos la presencia de la conjunción enclítica -cue, conocida en otras inscri pciones celtibéricas y que también aparece en el anterior bronce de Botorrita (cara A; v.
En las líneas n.o 3 y 7 eneontranrns e l antropónimo lll<' /11111, que se repite tres veces en la cara U del bronce precedente (op. cit.. pág. 37).
En la línea n." 3 aparece el signo «Y». del cual ya tenemos otros testimonios epigráficos en Cuntrehiu Belaisca y que. como ya expresamos en un trabajo anterior. debe utilizarse en esta zona como vocal (M. Medrano y M. A. Díaz, 1986 ).
En la línea n.o 7 observamos la palabra ela.rn. que cabe poner en relación con la cita que efectúa A. Beltrán (op. cit., pág. 57) de una inscripción sobre una pieza de alabastro, procedente de Contre- hia, que contiene la leyenda M1111ip.
Elaisio. y que podría hacer refereneiu a una entidad municipal.
Finalmente por lo que respecta a la cronología del gran bronce lo único que podemos decir. mientras no avance el trabajo arqueológico en la zona de hallazgo, es que debe ser coetáneo del anterior bronce celtibérico y que. por los materiales aparecidos en el inmediato entorno (los glandes de honda citados), su abandono debe coincidir con algún acontecimiento bélico.
Se discuten algunos métodos de caracterización mineralógica de cerámicas. buscando el establecimiento de tipos que permitan combinar los datos morfométricos y la funcionalidad de las vasijas con su estructura f1sico-química.
Para ello se utilizan varias categorías cerámicas, análisis de íluorescencia de rayos X y un tratamiento de los datos con análisis multivariante de los óxidos mayoritarios y minoritarios en la composición de la cerámica.
Los materiales analizados proceden de castros prerromanos de la Zona Arqueológica de Las Médulas. caracterizados por unas producciones a mano que se engloban dentro de la Cultura Castreña del Noroeste. |
ce con a/ftd>elo «ihérico» de Botorrita, Zaragoza.
Se discuten algunos métodos de caracterización mineralógica de cerámicas. buscando el establecimiento de tipos que permitan combinar los datos morfométricos y la funcionalidad de las vasijas con su estructura f1sico-química.
Para ello se utilizan varias categorías cerámicas, análisis de íluorescencia de rayos X y un tratamiento de los datos con análisis multivariante de los óxidos mayoritarios y minoritarios en la composición de la cerámica.
Los materiales analizados proceden de castros prerromanos de la Zona Arqueológica de Las Médulas. caracterizados por unas producciones a mano que se engloban dentro de la Cultura Castreña del Noroeste.
Este trabajo se integra dentro de un proyecto de investigación a escala regional.
Zona Arqueológica de Las Médulas 1, que se está llevando a cabo en el Suroeste de León y cuya finalidad última es el conocimiento de los cambios económicos y sociales que experimentaron las sociedades indígenas de la zona al producirse el contacto con el mundo romano.
Uno de los factores esenciales de esas transformaciones fue el desarrollo de la minería del oro como nueva actividad a gran escala, planificada y dirigida dentro del marco de los intereses globales romanos en la Península Ibérica.
Sin embargo, en el desarrollo de esa investigación hemos tenido ocasión de caracterizar a las comunidades prerromanas astures que ocuparon la zona en los dos siglos anteriores al cambio de era.
Estos indígenas prerromanos pertenecen al amplio complejo cultural de la Cultura Castreña del Noroeste.
Es decir, su núcleo de población es el castro.
Estos castros se sitúan en emplazamientos muy selectivos de topografía muy regular y constituyen recintos bien delimitados natural y artificialmente.
Son de tamaño reducido en comparación con los poblados de otros círculos peninsulares de la Segunda Edad del Hierro -nunca sobrepasan las 2 Ha.-y albergan comunidades también reducidas.
Sin embargo, son la unidad básica de ocupación del territorio hasta sus últimas consecuencias sociales.
Es decir, cada castro es una comunidad social independiente que desarrolla de forma autárquica una economía de subsistencia de base agropecuaria.
Esta falta de cohesión entre los diversos castros tiene su reverso en la organización del espacio interior de cada uno de ellos.
En efecto, existe una fuerte interdependencia social y económica entre las unidades de ocupación o viviendas que componen el asentamiento, cuyo carácter cerrado queda aún más de manifiesto en la importancia de los elementos constructivos que lo delimitan -ya sean parapetos, murallas o fosos-, dotados así de un significado 1 El Proyecto de investigación «Zona Arqueológica de las Médulas» está subvencionado por la Junta de Casti lla y León y se realiza en el Departamento de Historia Antigua y Arqueología del Centro de Estudios Históricos del C 'SIC'.
sociocultural que transciende lo meramente defen sivo.
Su patrón de ocupación del territorio es, por lo tanto, autárquico, de la misma forma que su modelo de ocupación de ese territorio es autosu ficiente.
Es comprensible, pues, que sean com unidades que se mantienen en un relativo aislamiento de otros grupos culturales cercanos.
Así se explica. por ejemplo. que sólo con la presencia romana se introduzca en la zona el molino circular o la cerámica a torno de tipo celtibérico.
Sin embargo este menor desarrollo técnico en comparación con las comunidades vecinas de la Meseta y el que su cerámica pertenezca al circulo de la Cultura Castreña gallega, nos ha animado a presentar este trabajo, en la doble razón de que sus resultados son relativamente extrapolables a un ámbito cultural amplio y de que el método para llegar a ellos no carece de novedad.
En tres de estos castros prerromanos leoneses, tan sucintamente definidos, hemos realizado excavaciones.
En dos de ellos en suficiente extensión como para contar con la cantidad de material cerámico necesaria para establecer un repertorio tipológico de sus formas.
El primero de ellos es La Corona de Corporales (Sánchez-Palencia y Fernández-Posse, 1985y 1986; Fernández-Posse y Sánchez-Palencia, 1988).
Está situado en la cima de una colina sobre el curso alto del río Eria, al pie de la vertiente s ur de la Sierra del Teleno; muy cerca por tanto de la divisoria entre las cuencas del Duero y del Sil y de uno de los pasos de comunicación entre la Meseta y Galicia.
El segundo es El Castrelín de San Juan de Paluezas (Sánchez-Palencia y otros, 1990), sobre la margen izquierda del río Sil.
Se emplaza en un espolón definido por dos encajados arroyos desde el que se domina casi todo El Bierzo.
Su lado sur, el único relativamente accesible, se prolonga en un paisaje sobre el Sil a la Subfosa de Las Médulas.
En el primero de ellos ya se habían realizado análisis de sus cerámicas (Galván García y Galván Martínez, 1988 y Fernández-Posse y Sánchez-Palencia, 1988: 64-75), aunque sólo con la finalidad de caracterizarlas mineralógicamente y establecer su presumible procedencia local.
Para este último objetivo se realiza-ron. asimismo. análisis sobre algunas arcillas uti lizadas como materia pr ima y materiaks de construcción.
Esos estudios sobre la composición mineralógica de las cerámicas de Corporalca fueron real izados en el 1 nstituto de Edafología y Biología Vegetal del CS IC. hoy en dia Centro de Ciencias Medioambientales y se util iLaron los siguientes métodos: Difracción de Rayos X. Microscopía Electrón'ica y Espectroscopia Infrarroja. además de su estudio por binocular.
De esta forma se tipificó su homogénea composición mineralógica y quedó clara la autoctonía de la manufactura, que utiliza el material sedimentario más inmediato (muy i•dóneo por otra parte) decantándolo más o menos según la funcionalidad de cada vasija de aproximadamete 600-700".
Es deci r, en aquella ocasión se cumplieron los objetivos citados y quedaron establecidas, además, algunas otras cuestiones referidas principalmente a la estructura fisica de esas cerámicas que. por otra parte, forman un conjunto homogéneo de índices tipométricos claros que definen un repertorio de formas restringido.
Son cerámicas a mano de características técnicas bastante cuidadas como queda de manifiesto en cuestiones como lo fino de s us paredes o en el tratamiento, en ocasiones minucioso, de sus superficies.
También es factible la atribución funcional de estas vasijas.
Pese a esa homogeneidad general y desde el primer análisis visual de sus componentes fisicos, registramos una característica que parecía significativa: la naturaleza, tamaño y número de desgrasantes e ran variables que defi nían dos «clases» cerámicas.
En efecto, las cerámicas más finas, de tamaño reducido y decoradaslo que podríamos denominar desde el punto de vista de su funcionalidad «vajilla»-eran micáceas, es decir, tenían presencia significativa de mica.
Las cerámicas de cocina y almacenaje mostraban un aspecto pizarroso.
Esa, en cierto modo, artificial división de las cerámicas en dos grandes grupos por el tipo mayoritario de desgrasante utilizado, perdió parte de su significación cuando se observaron varias muestras de los dos tipos de binocular: su composición no era excesivamente diferente y se había utilizado en ambas la misma ma-teria prima de pizarras micáceas y de micas moscovitas.
El hecho de que a simple vista algunas cerámicas muy determinadas parecieran más micáceas que otras se debía a la orientación de ese material sobre su superficie. lo que les daba un característico aspecto brillante.
Y esto se debía simplemente al tratamiento espatulado o bruñido más apurado de su superficie.
De todas formas. y aunque todas tenían la misma composición mineralógica -arcillas micáceas-. algunos ejemplares introducían mayor cantidad de micas como desgrasantes, respondiendo. pues, grosso modo a nuestra clasificación visual.
Asimismo los resultados de las pruebas por Difracción de Rayos X establecían dos grupos cerámicos con valores bastante diferentes de mica, que en algunos ejemplares llegaban a duplicar el patrón normal.
Como esta mayor presencia de mica va unida a un proporcional descenso del cuarzo. parece tratarse de arcillas premeditadamente más depuradas, circunstancia que adquiere significación cuando vemos que se corresponden con las cerámicas voluntariamente más cuidadas y que llevan con frecuencia decoración, contrariamente a las cerámicas más bastas de cocina y almacenaje que presentan siempre los valores más bajos.
Evidentemente el haber realizado esa analítica sobre las cerámicas de Corporales fue una experiencia positiva.
Sin embargo no dejaba de ser una solución de corto alcance y cuya validez puede cuestionarse.
En primer lugar, porque otorga solamente un valor nominal al contenido de mica, por más que éste permitiera discriminar algunos tipos de pasta.
En segundo término, porque muchos fragmentos de cerámica sólo aparentan ese alto nivel de desgrasantes micáceos por el cuidado en el tratamiento de sus superficies, que ha dejado orientadas las brillantes partículas de mica sobre ellas, cuando en realidad el resto de su pasta no contiene valores altos.
En un intento de corregir esas ambigüedades, decidimos un cambio de planteamiento o de estrategia a la hora del estudio de las cerámicas prerromanas de la Zona Arqueológica de Las Médulas, es decir, las del segundo de los yacimientos citados: El Castrelín de San Juan de Paluezas.
En este sentido consi deramos conveniente. rues, comenzar la búsqueda de elementos más concretos y fiables que permitan. además. el establecim iento de verdaderos tipos.
Y todo ello a sabiendas de que el proceso ha de resultar largo y necesita de instrumentos más ajustados como son los análisis cuantitati vos de s u composición mmeralógica y una estadística más rrofunda.
Al hablar de tipos no nos referimos solamente a aquéllos que q uedan definidos por la tipometría de las cerámicas y su funcionalidad. a lo que preferimos denominar «formas». sino a los resultados de combinar tales tendencias de fabricació n con la estructura físico-química y técnica de las cerámicas.
Es decir, algo que quizás esté más cerca de lo que podría llamarse «clase» y cuya existencia sea susceptible de quedar demostrada empíricamente.
Esto es, una clasi fi cac íón que resulte. sobre todo. útil a la hora de analizar grandes cant idades de cerámica desde un punto de vista diacrónico.
Entre la cerám ica del Castrelín se vislumbran. más que en La Corona. algunas formas con características técnicas en apariencia diferentes.
Se trata de comprobar si esas diferencias son premeditadas y forman conjuntos individualizados por variables que se refieren tanto a sus componentes y características de fabricación, como a su forma y func ionalidad.
En el conjunto bastante homogéneo a simple vista que constituyen las cerámicas de El Castrelín aparecen dos posibles tipos particulares que parecen separarse del común de la cerámica castreña que es como denominaremos al resto de la producción: uno de ellos está compuesto por unas pequeñas o ll itas de borde corto y exvasado que tras un cue llo marcadamente ci líndrico desarrollan un galbo bastante amplio.
Pese a s u fabricación a mano, presentan un aspecto bastante evolucionado que las separa fácilmente del resto.
Poseen paredes muy finas y levantadas con una pasta homogénea. compacta y depurada que produce líneas de roturas regulares y lineales y un característico color gris claro que nos ha determinado a agruparlas bajo la denominación de grises.
No son demasiado abundantes en el yacimiento.
El segundo grupo lo constituyen unas vasi-jas no menos características que suelen llevar una terminación cepillada o escobil lada en su surcrficic con cierta ambición decorativa.
Estas vasijas, que denominaremos grupo escohi-1/atlo. s ul! lcn ser ollas de dimensiones medias y se caracterizan tipológicamcnte por un cuello marcadamente troncocónico y un desarrollado galbo de perfil globu lar de tendencia también troncocónica.
Su boca. bastante cerrada. termina en un grueso y corto borde.
Su aspecto técnico. como su forma, se separa del resto de la cerámica del yacimiento, presentando un aspecto arcilloso y compacto con escasos desgrasantes y frecuente coloración rojiza.
Suelen presentar ennegrecidas las superficies exteriores con una concrección carbonosa.
La terminación cepi llada vertical que les da nombre está regularmente aplicada sobre el cuello y parte superior de la panza de la vasija.
El conjunto restante. el que denominamos cerámica custreiia, es mayoritario.
Se acomoda a las características morfométricas, dentro de una considerable tendencia a la estandarización, y de fabricación propias de la cerámica castreña del ámbito cultural a que pertenece. es decir, el Noroeste pen ins ular, con abundantes ejemplos en esta zona astur-leonesa objeto de nuestro estudio: unas producciones de pastas poco depuradas donde predominan los colores oscuros y los tratamientos espatu lados.
Además de estos tres conjuntos cerámicos consideramos conveniente hacer objeto del estudio algunos ejemplares de cerámica a torno, del tipo de pasta anaranjada, y de unos característicos moldes de sítu/a.
Ambos con el objeto de saber, como era presumible en el caso de los otros conjuntos. si su procedencia era local.
La inclusión de estas dos categorias han de entenderse en su contexto, como indicadores que son de la interacción en unas comunidades que hemos presentado como independientes en sus relaciones espaciales y económicas.
Sobre todo, este punto de vista es obligado en el caso de los moldes cerámicos de sítulas ya que nos hablan de unos contactos o intercambios en el seno de un ámbito regional extenso. puesto que este tipo de sítula, además de unas caracterí sticas fijas y repetiti vas, ofrece una amplia dis-persión en castros del occidente gallego y portugués (Carballo.
Resumiendo. los objetivos de este trabajo son por tanto saber:
-Si existen diferencias geoquímicas entre los conjuntos de cerámicas enumerados más arriba. es decir cerámicas grises. escohilladas, c•astreíias. a torno y sítulas.
-Si esa cerámica a /Orno y los moldes de sítula son o no de fabricación local.
Para llevar a cabo nuestros objetivos se seleccionaron 34 muestras de cerámica y arcillas de seis categorías arqueológicas distintas todas ellas de carácter arqueológico: los grupos cerámicos arriba definidosgris, escobillado, castreño, torno-y otros elementos como moldes de sítu/as y arcillas utilizadas en la construcción.
Cada una de esas categorías queda representada por seis muestras, excepto las de arcillas de construcción de las que se obtuvieron como se expresa en la tabla s iguiente: CATEGORÍA Escobillada Gris Castreña A Torno Molde de Situla Arcilla No DE MUESTRA 1.9.11.12,22,23 2.
a) Fluorescencia de Rayos X 2
El método de análisis utilizado para obtener la composición geoquímica de las cerámicas y arcillas fue el de Fluorescencia de Rayos X (FRX) (Dupont, 1977; Kardos et al., 1985).
Los análisis se efectuaron con un espectrómetro secuencial Siemens SRS 300 con tubo de rodio de ventana equipado con un microordenador PdP 1 l / 23.
El método de preparación de muestras fue el de la Perla de Borax.
Con este método se determinaron los óxidos mayoritarios y minoritarios de cada una de las muestras expresados en tantos por ciento: A 1,0,, CaO.
MnO, Fe,0 1, Na~o: MgO y K,Ó, como pod-emos ver eñ la Tabla 2.
h) Tratamiento de los datos
Para el tratamiento de los datos escogimos, dentro del conjunto de métodos de análisis multivariante, el análisis discriminante.
Este es un método de cálculo estadístico que permite estudiar la existencia de diferencias entre grupos, en este caso de categorías cerámicas. definidos mediante variables cuantitativas, a partir de los elementos químicos de las cerámicas.
Nos permite entonces determinar las probabilidades de pertenencia de una cerámica a grupos arqueológicos establecidos previamente (Picón, 1984; Esquive!, 1990).
La utilización del análisis discriminante nos permitió observar si existe una correspondencia entre la geoquímica de las cerámicas estudiadas (Tabla 2) y las diferentes categorías arqueológicas consideradas (Tabla l ).
Utilizando como factor de clasificación para el análisis discriminante las categorías cerámicas observamos:
Una discriminación muy clara de las agrupaciones arcilla sin cocer (n.
0 4) y arcilla cocida (n.o 7) del resto de las categorías utilizadas en el análisis (Gráfico 1, Tabla 3).
El grupo de cerámicas hechas a torno, identificadas con el n.
0 6, se aparta, excepto en un caso, del resto del material.
Las cerámicas que hemos denominado castreñas (n.o 2) se discriminan del resto del material constituido por los cuatro gr~pos de cerámicas que no presentaron características geoquímicas bien definidas.
Clasificación de categorías arqueológicas según los % de óxidos.
Datos correspondientes a l Gráfico 1.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa rías denominadas escobillado y gris; el grupo 2 las castreiias; el grupo 3 las cuatro muestras de arcilla rncida y sin cocer; el grupo 4 los moldl!.,. de.\'it11lus; el grupo 5 los fragmentos de cerámica a torno.
Los resultados de este análisis fueron muy similares a los obtenidos con el anterior factor de clasificación.
El segundo caso se llevó a cabo con agrupaciones distintas del material, quedando las categorías arqueológicas escobillada, gris y castreña en un único grupo, el n.o 1, los moldes de situlas en otro identificado con el n.o 2, las cerámicas a torno en el 3 y las arcillas en el 4.
En este caso como podernos observar en el Gráfico 2, Tabla 4:
Una clara discriminación de las arcillas por una parte y de las cerámicas a torno por otra, del resto del material.
Una cierta asociación del resto de las categorías.
Por último se realizó un tercer análisis discriminante sin utilizar la categoría a tor- no. De esta forma las cerámicas escobilladas Agrupación se agruparon en el número 1. las cas/rei1as en el 2, las grises en el 3. los moldes de sít11las en el 4 y las arcillas en el 5.
En este caso los resultados, reflejados en el Gráfico 3, Tabla 5, nos permiten discriminar claramente las arcillas 8n." 5) y las cerámicas denominadas caslreiias (n.
0 3), escobilladas (n.'' 1) y moldes de sit11/as (n.o 4 ). quedando estas dos últimas categorías dentro de un mismo grupo.
DISCUSIÓN Y CONCLUS IONES
Este trabajo sobre las composiciones geoquírnicas de las cerámicas de El Castrelín de San Juan de Paluezas, continúa una serie de estudios mineralógicos y geoquírnicos que sobre conjuntos cerámicos venimos. algunos de nosotros, realizando desde hace tiempo (Galván Martínez, 1986; Galván García y Galván Martínez, 1987, 1988y 1990).
A raíz de las últimas investigaciones (Galván Martínez, 1991) --------------------•---4,9
• T -, --;; probamos que utiliiando diversos métodos de análisis estadístico en el tratamiento de datos, en este caso de porcentajes de óxidos mayoritarios y minoritarios en las cerámicas. podernos llegar a resolver problemas arqueológicos relativos a la fabricac ión de las mismas. demostrando que las composiciones geoquímicas pueden corresponderse con algunas de las diferencias formales o funcionales.
Para ello apl icamos sistemáticamente el análisis discriminante hasta obtener la separación más adecuada del material según las categorías arqueológicas prefijadas de forma hipotética.
Así vemos en el caso que nos ocupa que algunas discriminaciones eran ya bastante nítidas desde los pr•rneros análisis efectuados: las cerámicas a tomo y las arcillas siempre aparecen separadas del resto del material cualquiera que sean los factores de discriminación (Gráficos 1 y 2; Tablas 3 y 4 ).
De igual forma los fragmentos de moldes de ~111itas aparecen siempre asociados a la categllria castreña. la más común del yacimiento. como se muestra claramente en el Gráfico 3.
De lo anterior se puede plantear, de acuerdo con nuestros objetivos, las siguientes cuestiones:
-La discriminación que tan patentemente afecta a las cerámicas a torno, parece estar indicándonos que las materias primas utilizadas para su fabricación no son las mismas que las que componen el resto del utillaje cerámico del yacimiento; como tampoco son las mismas las técnicas y el proceso de fabricación.
Siendo su geoquímica tan: poco equiparable a la de otros grupos cerámicos, la expl icación parece estas en la posible procedencia de estas manufacturas a torno del comercio externo.
No en vano representan solamente un mínimo porcentaje de la cerámica del yacimiento, en torno al 1 % más concretamente, y se pueden asimilar a la cerámica celtibérica de los siglos 11y1 antes de nuestra era.
-Completamente diferentes son los resultados que afectan a los moldes cerámicos para fabricar sítulas.
Su clara similaridad con la cerámica más común en el yacimiento -la más abundante y la que es general en los castros leoneses de la Segunda Edad del Hierro-nos está indicando, contra lo que podía esperarse. su fabricación local.
Como ya dijimos anteriormente, este tipo de objeto tenía hasta el momento una conocida dispersión restringida a las áreas litorales gallega y portuguesa.
Ahora. además de constatarse una interacción de ámbito geográfico más amplio entre las comunidades del Noroeste peninsular, podemos comprobar cómo una manufactura de especial sign ificado y difícil producción se realiza en el propio poblado.
-Mucho menos clara es la respectiva discriminación de las cerámicas grises y escobilladas entre sí y el grupo denominado castreño que sólo responde al análisis discriminante de forma débil y matizada.
Sin embargo lo hacen (Gráficos 1 y 3; Tablas 3 y 5) en la medida suficiente como para que puedan ser tomadas en consideración ciertas diferencias premeditadas en su fabricación. aunque adquieran significado solamente cuando se tienen en cuenta otros factores como son sus matrices morfométricas, su funcionalidad o, como en el caso concreto de las grises, su escasa presencia y aspecto evolucionado dentro del conjunto cerámico del yacimiento.
Es decir sin estar fabricadas con otra materia prima que las castreñas, se discriminan por una composición premeditadamente diferenciada, en una voluntad, como en el caso de los moldes de sítulas, de alcanzar una determinada calidad en el resultado del producto.
Aunque no podamos establecer el alcance de tales diferencias, queda claro que el método analítico utilizado se val ida para el establecimiento de «clases» cerámicas, en un intento de superar las tipologías morfológicas al uso.
-Son también interesantes las diferencias significativas puestas de manifiesto entre las arcmas utilizadas en los materiales de construcción de algunos elementos del poblado: alzados, pavimentos de las construcciones e incluso construcciones de hornos y las utilizadas para la fabricación de las cerámicas.
Circunstancia que nos informa sobre la utilización y transformación, es decir, la inversión de trabajo y tiempo, de los materiales disponibles en torno al poblado por sus ocupantes.
Como puede observarse, la finalidad de este trabajo, queda cumplida en la operatividad |
En base a su trabajo monográfico sobre el teatro de Sagunto, el autor identifica, por el análisis directo de las obras de fábrica, diferentes fases constructivas que suponen ampliaciones sucesivas de una primera implantación romana del teatro.
Relacionándolas por medio de su correspondencia con el tipo definido por Yitruvio, se descubre el sistema que utilizaron los constructores romanos para ampliar el edificio teatral saguntino que había, ya previamente, obtenido una primera implantación basada en un trazado vitruviano ortodoxo.
Desde esta perspectiva se contemplan los tres tipos de teatros romanos propuestos por D. Small en su artículo de AJA de enero de 1983 como tres estadios de la evolución del mismo tipo teatral y el trazado de F. Sear aparecido en esta misma publicación en abril de 1990 como un caso particular del sistema general que se propone aquí como regulador de la evolución de las estructuras teatrales romanas.
La hipótesis que se presenta a continuación, como propone una metodología generalizable para el estudio de los teatros romanos, se comprueba en aquellos de Hispania de los que se dispone de planimetría fiable (Acinipo, Itálica y Segóbriga... ) identificando la validez de su planteamiento.
La mayor particularidad del edificio teatral romano, a partir del siglo I a.
C., es precisamente la existencia consciente de unas reglas que organizan su desarrollo: los trazados reguladores dem Tratado de Yitruvio.
Estas reglas no fueron, entonces, deducidas del análisis de múltiples y variados edificios y después elevado a generalización, sino que eran conocidas previamente a la gran mayoría de la edificación de los teatros.
En «Hispania», cuanto menos, la relación fue clara y directa.
Yitruvio escribe sus «Diez libros de Arquitectura» y muy pocos años después, Augusto organiza la construcción de la gran mayoría de los teatros que hoy contemplamos.
Suponer la relación directa en la primera implantación y génesis de los edificios teatrales, no parece aventurado.
Así, la propuesta de este trabajo, consistente en el análisis de Ja existencia y aplicación de los trazados vitruvianos en los teatros romanos y particularmente en el de Sagunto, puede resultar una útil herramienta para facilitar su comprensión.
EL TRAZADO DE YITRUVIO SEGUN YITRUYIO
Realmente decir esto resulta aventurado ya que el legado de su tratado, como sabemos, es a través de múltiples copistas y desconocemos hoy hasta qué punto está alterado.
Existe sin embargo un consenso entre todas las traducciones consultadas, con respecto a los trazados que resumo aquí, extraidos del capítulo sexto: «De la forma del theatro» que nos presenta en su tratado.
Así pues inicialmente se traza la circunferencia completa de la orchestra sobre un lugar plano.
El diámetro de la circunferencia no viene detenninado, es elegido por el arquitecto.
A continuación se inscriben en su interior 4 triángulos equiláteros produciendo las siguientes correspondencias:
-La base del triángulo paralela a la escena y más próxima a ella, define la alineación del fronrscaena.
-Una paralela a esta línea por delante divide el pulpitum del proscaenium y delimita el espacio de la orchestra en el interior de la cávea.
Aquí los traductores difieren entre sí de modo sustancial variando el lugar de situación de la paralela al frente de la escena respecto de la orchestra.
-Los 7 ángulos que pertenecen al semicírculo de la cávea detenninarán sus scalariae en el primer círculo.
Los tramos superiores alternarán con los bajos.
Los otros 5 ángulos señalarán la composición de la escena.
Enfrente del central, la puerta real y de los 2 contiguos, las hospitafia.
En resumen, el círculo de la orchestra, la inscripción de los 4 triángulos, la situación del frente de escena, las subdivisiones de la cávea y la posición central de la valva ref!.ia fueron fácilmente asimilados y reproducidos.
Por contra, la indeterminación de la línea del pulpitum provocaba desplazar los aditi y la posición de las valvas lwspitalia admitía algunas variaciones.
LA APLICACIÓN DEL MODELO VITRUVIANO
Si los trazados que propuso el arquitecto romano en el siglo 1 a..
C., fueron aplicados a la construcción de los teatros y hasta que punto, ha sido un tema ampliamente debatido.
Todavía hoy no ha sido cerrada la investigación y se siguen publ icando trabajos al respecto.
A menudo una recomendación que el autor había dado a sus contemporáneos para que adaptaran las indicaciones del tratado ha sido la justificación dada por los estudiosos modernos para afirmar que los arquitectos abandonaron las reglas allí expuestas.
Pero analicemos detenidamente los textos para descubrir y reinterpretar su significado:
Pero no en todos los theatros pueden responder las medidas a todas razones y effectos, sino que c6uiene considerar el architecto, con que proporciones se ha de seguir la medida, y con q razones deuaser templada la obra cóforme a la naturaleza del lugw~ y a la grandeza de la obra, porqay algunas cosas, las qua/es en chico y grande theatro, es necessario que se hagá de vna misma grandeza por razon del vso, assi como las gradas, los diazomatos, que son los patios, los p/uteos, que son los llanos, los caminos, subidas, entradas, pu/pitos, los tribunales y sillas, y si otras cosas ay que entreuengan, en las qua/es la necessidadfilerra a apartarnos de la medida, porque el vso no fe impida.
Tambien conuiene si ay falta de materiales, como de marmol, o de madera, y de las demas cosas que se aparejan para la obra, quitar, o añadir alf? un poco, con tal que no se disforme, ni parezca feo, antes con acuerdo y juyzio.
Esto se entiende, si el architecto fuere hombre sabio, y tuuiere vso, y experiencia, y no careciere para esto de ingenio, y solercia /Vitruvio, 1582, pág. 68}.
Fijándonos en el contexto advertiremos que Vitruvio escribe esto en el capítulo VII «Del techo del portal del theatro», después de haber modulado la dimensión de la escena y sus órdenes arquitectónicos.
Los trazados reguladores los había explicado ya en el capítulo anterior (VI) De la forma del theatro, en el que no hacía ninguna concesión a la variación o libertad personal.
Por otro lado, en el capítulo VI, se establecen los trazados en base a relaciones geométricas posicionales, colocando los elementos en su contexto y en relación de vecindad con sus colindantes.
Por contra en el capítulo VII, se define la dimensión de elementos conocidos y no exclusivos del edificio teatral (podio, pedestales, columnas, capiteles, arquitrabes, etc.).
Por medio de modulación respecto de la orch. estra y a base de relaciones numéricas (1/2, 1/6, 1/5, etc.), se dan medidas de los diferentes elementos.
Si reelemos el texto vitruviano, veremos que aconseja ajustar las medidas para «ser templada la obra».
Esta práctica, lógica para adecuar las órdenes a las dimensiones del teatro, era necesaria si tenemos en cuenta que no hay dos teatros en el mundo romano de las mismas dimensiones.
Sin embargo un trazado geométrico es «amétrico».
Las normas vitruvianas podían crecer o disminuir sin variar en lo más mínimo su significado.
No tienen relación alguna con las dimensiones del teatro ya que no incluyen ni medidas, ni límite alguno que determine su lindes externos.
Así pues, el autor aconsejaba ajustar las medidas de los elementos, pero se mantenía inflexible en sus trazados; aquello lo que significa su geometría.
Con ello Vitruvio conseguiría que, aunque se variaran las dimensiones de los teatros, se mantuviera su aspecto interior constante por medio de la relación posicional de sus elementos principales.
Otro asunto aparte será conocer si los arquitectos romanos que trazaron los teatros obedecieron o no al autor del tratado.
Muchos autores han tratado este tema.
De entre ellos merecen destacarse algunos por su especial interés:
Margaret Bieber en su obra The history of the Greek and Roman theater [Bieber, 1961, pág. 186]. concluye su análisis tipológico de los teatros romanos diciendo: «La forma de los teatros construidos al final de la república y en el período de Augusto, debió ser la que Vitruvio Poli ion conocía cuando describió, alrededor del 13 al 16 a.
C., el teatro Romano y recomendó su imitación.»
La autora se refiere al modelo vitruviano como extraido de la práctica constructiva empleada entonces.
Por lo tanto, el sistema no sólo provenía del tratado sino también de la realidad edilicia y por ende, sus ejemplos eran cuantiosos.
Vitruvio simplemente lo recogió.
Demostrado queda pues que se aplicó, por lo menos en estos períodos.
The Excavation of the Main theater at Petra [Hammond, 1965, págs. 64-65], plantea una variación respecto del trazado vitruviano, que detecta en su trabajo sobre Petra.
El autor advierte posiciones delfrontscaena más retrasadas que la línea de la base del triángulo equilátero principal de la orchestra, que le impiden relacionar los tres vértices centrales con las tres valvas.
Estas se encuentran más separadas que aplicando los trazados.
Su propuesta se basa en Ja utilización exclusiva, para Ja escena, del triángulo equilátero principal (el delimitador delfrontscaena), pero esta vez para obtener la posición de las hospitalia.
Prolongando sus lados oblícuos e intersecando con la alineación real de la escena, encontramos la posición de las puertas.
Resulta difícil pensar que la situación del muro delfrontscaena -primer y más importante resultado de los trazados-fuera abandonando por los romanos tan fácilmente, manteniendo por otro lado la necesidad de trazar el triángulo principal, para situar algo más accesorio como las hospita/ia.
David B. Small, publica en American Journal of Archaelogy, su artículo titulado «Studies in Roman Theater Desing».
En su trabajo, niega que la mayoría de los teatros se construyeran sobre los trazados vitruvianos y por consiguiente invalida la hipótesis de Hammond como deducida por modificaciones de aquellos.
«El sistema de Hammond está basado sobre el método vitruviano, cuya relevancia debe ser seriamente cuestionada [Small, 1983, pág. 65].
El trazado, según Small, se ajustaba más o menos bien a la cávea, pero no a la escena.
Para su trabajo, va a clasificar tres tipos de teatros con relación a la configuración de sufrontscaena.
Con scaenae frons recta y columnata rectilínea.
155 Para el grupo primero, establece una cronología desde el final de la República hasta la mitad del siglo 11 d.
C. Acepta que su implantación se realiza con trazados vitruvianos, pero que su exactitud debería ser revisada.
1 Small, 1983, pág. 61] Incluye aquí teatros tan diferentes como Ostia, Pompeya, Casino, Aspendos y Gerasa.
Es partidario de suponer, para el segundo grupo, --en contra de Bieber y otros-que aunque este tipo de escenas se atribuyan a reformas posteriores, sus trazas son originales: «Hay persuasivos argumentos para afirmar la originalidad del diseño.
Un dato derivado de la decoración de los scaenae frons no debe ser aplicado al edificio escénico entero» [Small, 1983, pág. 63).
De este modo, el autor propone que, si la valva semicircular proviene de una concepción de nueva planta, podríamos descubrir un trazado que la contemple.
Ya que por el contrario si aparece con una reforma parcial referente al cuerpo escénico ello sería más difícilmente justificable.
Agrupa teatros como Mérida, Pompeyo, Orange, Palmira, Dougga, Petra, etc., cronológicamente situados entre Augusto y la primera parte del siglo ll d.
Por último en los teatros con tres valvas semicirculares aparecen como elementos nuevos el traslado delfrontscaena, y el espaciado mayor entre las hospitalia.
Cronológicamente situados La disposición en1re las partes (Orchestra-valvae-scae11a-aditi) en los tipos 2 y 3, parecen no guardar relación direc1a de procedencia con los trazados vitruvianos.
Esto da pie a Small para plantear la ex istencia de un trazado oc ulto que él descubre. con el que se edificaron los teatros de los grupo~ 2 y 3.
Pero en lugar del sistema Vitruviano, el diseño de estos teatros. responden al siguiente modelo: (fi gura 2).
-Se inicia igualmente por una circunferencia que ocupe la orchestra.
-Trazar el diámetro del círculo que separa cávea y escena.
-Sobre la circunferencia el arquitecto coloca las dos columnas de la valva re~ia (a y ~).
-Traza el diámetro OC perpendicular a AB.
-Sobre este eje OC, el arquitecto dibuja un círculo que le define el tamaño y la posición de la valva re~ia. • Desde los puntos de intersección (G,H) entre las circunferencias de la valva regia y de la orchestra, se trazan dos nuevos círculos que producen dos intersecciones (1,J) con la línea EF del frente de la escena, donde se colocarán las hospitalia.
Este curioso sistema, casi exclusivamente a base de circunferencias, necesita precisiones del autor referentes a:
Adaptabilidad: Reclama la posibilidad de variaciones y ajustes: «La aplicación de cualquier sistema en arquitectura no puede ser completamente unifonne.» 1 Samll.
Variabilidad: Las circunferencias con centro en G y H. pueden optar por tener dos radios: o bien el de la valva regia o el de la orchestra, a elegir por el arquitecto.
Globalidad: Este sistema plantea la situación de los elementos escénicos, sin contemplar la cávea.
Para ello, Small propone un sistema mixto.
«Algunos arquitectos debieron haber estado usando dos sistemas de diseño.
El método vitruviano para determinar la situación de las escaleras, mientras nuestro sistema propuesto determinó el diseño del escenario.»
Y por último, la fi'ontscaena no siempre viene situada sobre la línea EF, tangente a la orchestra. sino que a menudo sobre todo en los ejemplos africanos (grupo 3) se aproxima al postscaenium, lo que representa un pormenor interesante sobre el que volveremos más adelante.
ANÁLISIS DE LA PROPUESTA DE SMALL D. Small plantea un sistema, al margen que original, profundamente contradictorio internamente.
El autor supone tres tipos de teatro, de nueva planta con personalidad tipológica propia y derivados de diferentes trazados.
Sin embargo, después propone la utilización de dos esquemas diferentes: uno para la cávea y otro para la escena.
Si su propuesta se refiere exclusivamente al edificio escénico y la principal característica del edificio teatral romano es la unidad entre las partes, es indudable que nos hallamos ante una actuación parcial en el teatro.
Es decir, el autor propone un esquema reguladlor para reformar escenas.
Además el sistema plantea demasiadas elecciones para un trazado regulador: La orchestra, la posición de las columnas de la valva regia, la situación delfrontscaena, el diámetro de la valva regia, son variables a elegir por el arquitecto.
Si a esto añadimos la posibilidad de elegir la circunferencia regia o de la orchestra para fijar las hospitalia. nos daremos cuenta que tal ambigüedad hace que el sistema ajuste en prácticamente cualquier edificio teatral.
Cinco variables en un trazado para definir la escena parecen demasiadas frente a una única variable --diámetro de orchestra-, del trazado vitruviano, para definir el conjunto del edificio.
Cuesta trabajo pensar que un arquitecto romano necesitara tal grado de libertad al construir un teatro.
Por fin, para trabajar y obtener conclusiones sobre trazados en arquitectura, la primera condición indispensable es una exacta y detallada cartografía de cada monumento.
D. Small utiliza, como a menudo nos vemos obligados a hacer todos, las reproducciones gráficas de los teatros provenientes de textos generales, que presentan un insuficiente grado de definición.
Así en el caso de Sagunto, que más intensamente se ha estudiado aquí, Small presenta los siguientes datos en su tabla 3 elaborados a partir del plano que recoge del texto de Hanson [Hanson, 1959, lám. 35J.
C (situándose hoy en los primeros años de nuestra era).
-Rel ación entre los diámetros: regia-orchestra = 0,46 (siendo la real 0,55 ).
-Coloca el adiws en la parte de la escena respecto del diámetro. cuando realmente coincide con el eje.
1990 Frank B. Sear, e n la misma publicación periódica «AJA», escribe su artículo Vitruvius und Roman Theater DesiRn. donde plantea la demostración de que los arquitectos del temprano Imperio modificaron el trazado vitruviano sin abandonar su uso.
Inicia su trabajo detectando las di sfunciones que respecto del tratado de Vitruvio presentan los teatros.
Para ello va a centrar su explicación alrededor del teatro emeritense: «En la mayoría de los teatros, al menos de las provincias del oeste, las puertas están separadas más ampliamente que la prescripción vitruviana y la scaenae frons se sitúa en la tangente del círculo de la orchestra.
F. Sear, reconoce cierto grado de aproximación en el sistema que propuso Hammond, aunque no siempre coinciden sus puntos con los de las posiciones reales de las hospitalia.
Después de descalificar a Small, añade a continuación: «Es en las escalinatas donde está la clave del diseño del teatro.»!Sear, 1990, pág. 253-254 1.
Definiendo después su interpretación y adaptación del trazado: (figura 3).
-El arquitecto dibujó el círculo que iba a ser su orchestra.
-Trazado el diámetro horizontal (CD), el aditus puede colocarse en cualquiera de sus tres posiciones: del lado de la cávea, de la escena o coincidiendo su eje con el diámetro CD.
En la época Imperial, se utilizaron generalmente las dos últimas. -Una paralela al diámetro y tangente en la parte inferior de la circunferencia, determina la línea delj;•ontscaena (NP). -Se trazan los 4 triángulos creando 12 intersecciones en la circunferencia.
-Estos puntos, determinan las escaleras, cuya posición debe corregirse en función de que el aditus ocupe o no espacio del semicírculo de la cávea. -Si la escena es tangente a la orchestra, las hospita/ia quedan fuera del círculo.
Por ello, se deben proyectar desde la circunferencia hacia el exterior «del mismo modo como se hizo en el lado de la cávea» [Sear, 1990, pág. 255], o sea radialmente (QR).
Este sistema de aplicación directa para los teatros que dividen su cávea en 6 cunei (Mérida, Corintio, Verona... ), es adaptado por el autor a los que dispone de 5 y 4, inscribiendo en la orchestra 2 pentágonos o 2 cuadrados respectivamente.
ANÁLISIS DE LA PROPUESTA DESEAR
La propuesta general es altamente interesante y supone una leve adaptación del modo de trazar la posición de los elementos de la escena.
Su acierto viene avalado por la práctica y se ajusta a un gran número de teatros.
Los puntos del trazado, coinciden bastante fielmente con la posición de los elementos de gran cantidad de teatros que estudia el autor.
Sin embargo es interesante profundizar en algunos extremos acerca de:
-La direccionalidad de los vértices: El trazado vitruviano sirve para marcar posiciones de los elementos, no necesariamente di-/\ ----'--J-~t:. -;::.,_,_ --•-----.... \ /... recciones u otras características.
Los 5 vértices superiores, indican la posición de las escaleras.
Su dirección viene definida por la cávea que al ser circular, las necesita radiales, con el fin de subdividir uniformemente el conjunto.
Por el contrario, los 5 puntos inferiores, se corresponden con un edificio lineal: la escena.
Su dirección deberá venir condicionada por una ortogonal o paralela respecto del edificio escénico.
Así se afirma también en el tratado de Vitruvio, al decir que las valvas estarán enfrentadas con sus correspondientes vértices.
Los dos vértices de los aditi constituyen el elemento ambiguo de transición entre la estructura radial de la cávea y la ortogonal de la escena, y pertenecen a las dos partes, además de tener una personalidad propia.
Esta concepción hace difícil de aceptar, desde un punto de vista teórico, que algún elemento de la cávea adopte estructura ortogonal, tanto como que algún otro de la escena, se defina irradiando desde el centro como plantea F. Sear en su sistema.
-Las variaciones tipológicas: Las soluciones adaptadas para teatros con 5 y 4 cunei, son más difícilmente asimilables: La primera inscribe 2 pentágonos que representa una figura trazable con dificultad, y de uso nada extendido en el mundo romano.
Por otro lado, no aparecen representados ni la escala, ni Ja valva regia, ni existe correspondencia entre el número de vértices con la cantidad de elementos a situar.
La segunda. de 2 cuadrados. se muestra certera para pequeños teatros, incluso odeones. edificios más tardíos. no definidos por Vitruvio y con mucha variación tipológica.
Su aplicac ió n, si se produjo. necesitaría de una explicación más detallada por parte del auto r, ya que hoy no resulta convicenre <figura 4 ).
En cualquiera de los dos casos, existe una alteración importante del modelo vitruviano. pasando de disponer 12 vértices e n el original a 1 O u 8 en Jo~ siguientes.
Tal variación, trasciende de la mera adaptación para adentrarse en la definición de esquemas tipológicamente diversos de l romano.
Recordemos que el mismo Vitruvio, para definir el teatro griego, vuelve a utilizar 12 puntos, aunque por medio de una transfonnación de sus proporciones propiciada por Ja inscripción de 3 cuadrados.
APLICACIÓN DE LOS TRAZADOS A SAGUNTO
Definición del ámbito del círculo de la orchestra: La posibi lidad de disponer gradas o niveles de asiento en su interior creó una cierta ambi- güedad en Ja definición del espacio de la orchestra.
Si a esto Je añadimos la libertad total del arquitecto para elegir el número y las dimensiones, los resultados son tan variables como se presentan en la actualidad.
Por ello los autores que han tratado los trazados de los teatros eligen a voluntad la circunferencia a utilizar para definir la orchestra, reconociendo la ambigüedad de su propia definición.
Así Small para Mérida, incluye una grada en su orchestra, ninguna en Thubursian y Corinto, todas en Forum Julii y todas con la praecinctio en Dougga y Yasio.
Sear por su parte, abarca todas con la praecinctio en Arus, sin la praecinctio en Yolterra y ninguna en Mérida.
Representemos sobre un caso real los tres trazados propuestos por Jos autores y observemos lo que sucede en su aplicación al ejemplo saguntino por medio de su análisis comparado:
Hammond: (figura 5) La prolongación del triángulo principal intersecciona con el frente de escena en el punto exterior de la supuesta posición del final de las valvas hospitalia.
Donde debería estar el centro acaba la circunferencia.
El frente de escena se produce en un punto más retrasado del Yitruviano y coincide con la tangente a la circunferencia de la orchestra.
El desajuste en la situación de las hospitaliae se aproxima a los 4 metros.
Método general: (figura 5) Se demuestra más eficaz.
Si bien en la cávea sólo coinciden la escala regia y las extremas del diazoma, en la escena nos sitúa el frente de escena y los centros de las dos valvas hospitalia.
La longitud de la escena es mayor del doble del diámetro de la orchestra, sin embargo esta es la medida que hay entre los extremos exteriores de la caementicia de las valvas hospitalia.
Método para cuatro cunei: (figura 6) Si aplicamos la adaptación planteada por el autor, no observaremos más coincidencia que los dos ejes principales.
Obviamente éstos coinciden siempre con los aditi y valva-escala regia.
El resto se demuestra inválido.
Aunque si el trazado del autor inglés ha sido aquí cuestionado teórica y prácticamente debemos, sin embargo, reconocerle algún acierto o proximidad con la realidad en los ejemplos que dibuja en su artículo, e incluso con el saguntino (ver Ja figura 7).
Su sistema, a partir de intersección de circunferencias. genera un lugar de puntos en la tangente a la orchestra o muro defrontscaena, con algunas peculiaridades:
En Sagunto, el centro de la circunferencia de la valva regia está en la tangencia, como así sucede habitualmente.
Si el diámetro de la valva fuera igual al de la orchestra, el trazado nos llevaría a un punto que coincide con el obtenido por el trazado de F. Sear.
En este caso límite los dos trazados coincidirían (ver figura 8).
Por lo tanto, pensemos que estamos ante dos caminos diversos que nos llevan a un mismo lugar.
Si aceptamos la limitación del autor de que la valva regia esté comprendida entre 0,46 y 0,81 veces la de la orchestra, su trazado nos define un segmento (b 1, b2) sobre la tangente realmente próximo al b3, obtenido por el sistema de triángulos.
Si a esta proximidad le añadimos la dificultad de la exactitud de los trazados en base a la planimetría que utiliza Small y que la tangencia entre la orchestra y escena no siempre es exacta resulta posible alcanzar los puntos deseados, con pequeños ajustes.
Los trazados de ambos autores se mueven en un entorno de puntos muy próximos aunque alcanzado por métodos diferentes.
Sagunto, es una buena prueba de ello, tal y como se demuestra en las figuras de aplicaciones de los trazados al modelo actual.
1992 Figura 9.-Comparación de los trazados de F. Sear y D. Small.
Líneas de trazos, q> max. valva = 0.81 q> orchestra; Líneas de puntos, q> min. valva = 0.46 q> orchestra.
Hay sin embargo un punto oscuro, no suficientemente explicado en ninguno de los trazados: La posición del frontscaena.
Todos los autores detectan que en los ejemplos estudiados se presenta en una posición más retrasada que la que prescribe Vitruvio.
Hammond lo situará en una posición intermedia entre la base del triángulo principal y el final de la circunferencia de la orchestra, pero siempre en una posfoión interior.
Ejemplo de esto lo tenemos en Ostia ó Alba Fucens e incluso Pompeya.
Small y Sear lo colocan en la tangencia a la circunferencia, aunque en sus estudios encuentran teatros que lo tienen cerca de la tangente pero en puntos interiores a la orchestra y a veces incluso en posición exterior más allá de los límites del círculo.
Esta pequeña arbitrariedad puede ser, al no estar suficientemente precisada, fuente de irregularidad de los trazados.
Por otra parte, el replanteo de la tangente a una circunferencia, añade un cierto grado de dificultad en la ejecución.
Vitruvio ya había demostrado su habilidad al proponer únicamente para su trazado, circunferencias y triángulos inscritos que consütuyen figu-ras de muy sencillo trazado y además indeformables y con la ventaja de que la única dimensión recta a utilizar era el rad io. una vez para la circun fe rencia y doce veces para los vértices por medio de una hábil s ustitución del trazado de dos hexágonos alternados en lugar de los triángulos, para después restituirlos si fue ra necesario.
¡,Porqué cambiar los trazados vitruvianos tan avalados por la práctica constructiva de los teatros e n Roma?
¿Porqué generar nuevas construcc iones geométricas más complicadas y sobre todo inexactas? ¿, Porqué desplazar hacia atrás la escena, separando las puertas entre ellas?
¿Quié n se atrevería en provincias a plantear diferentes modos de disposición de los elementos de l teatro, cuando incluso, como se ha demostrado en Mérida. venían destinados desde Roma canteros y picapedreros?
Sear 11 990, pág. 258 I, los teatros e n la época de Augusto se debieron plantear con esq uemas vitruvianos, y para ello se dispon ía del tratado: si por otro lado se ha detectado en Hispania que hubo en esta época «un inusitado desarrollo en la construcción de teatros» [Mariner, 1982, pág. 23] y por fi n «la planificación romano-imperial de la cima de l Castell de Sagunt» [Aranegui, 1985, pág. 2461. se hace e n época de Augusto, iniciándose después el teatro, debemos concluir la existencia de una primera implantac ión de l teatro saguntino alrededor de la época del cambio de Era.
Este extremo ya ha sido demostrado por los sondeos estratigráfi cos. Además el trazado regulador correspondie nte con esta primera implantación, debió de tener una génesis vitruviana, habitual e n la época.
S in embargo, hoy presentan las estructuras del teatro un acuerdo mayor con los trazados propuestos por F. Sear e incl uso D. Small, que con aquellos del arq uitecto romano.
Una clave se presenta como la única con posibilidad de comprensión hacia estas preguntas y suficie nteme nte importante como para darle respuesta a todas: las reformas y ampliaciones y su incidencia sobre la implantación inicial, modificándola.
Si en el teatro saguntino, se han reconocido fases, reform as y ampliaciones realizadas sobre su precedente construido y todas ellas e n período rom ano, debe resultar obligado y altamente explicativo indagar alrededor de la estructura formal de cada una die ellas.
FASES CONSTRUCTIVAS Y SUS TRAZA DOS RESPECTIVOS
Del análisis del estado actual del teatro descompuesto en sus diferentes fases y relacionadas con sus correspondientes trazados, se pueden deducir interesantes conclusiones.
Enumeremos las características deduc idas del trazado expuesto por F. Sear, aplicándolo al ejemplo saguntino: (fi gura 6).
-Escena en la tangente paralela a aditi.
-Valva reRia en el eje perpendicular.
-Centro de las hospitalia en la intersección, con el muro de escena, de la irradiación de los vértices de la base del triángulo principal. -Ancho de la escena sin correspondencia con el trazado.
Observemos algunos aspectos interesantes: El sistema de irradiación de los vértices provoca el mismo efecto, por proporcionalidad, que AEspA.
1992 el que se conseguiría por medio de trazados a partir de orchestra concéntricas de diámetro cada vez mayor.
En el caso particular en que la orchestra y el frente de escena son tangentes, los centros de las hmpiralia, obtenidos irradiando, coinciden con los vértices de la base de un triángulo principal inscrito en una orchestra de diámetro doble que la original.
Si la trazamos en el teatro saguntino esta nueva circunferencia coincide con el halteus de separación entre la primera y segunda praednctio de la parte baja, y además resulta tangente a la parte trasera del muro de escena.
De este modo detectamos la existencia de un posible trazado de ámbito diferente al inicial (ver figura 1 O).
-Orchestra abarcando la ima cavea hasta Ja primera praecinctio inclusive (02).
-Frente de escena en línea con la base del triángulo principal (Tp2).
-Valva regia en el diámetro perpendicular.
-Eje de las hospitalia «enfrente» de los vértices de la base del mismo triángulo principal (H2).
-Ancho de la escena sin correspondencia con el trazado.
Las bases vitruvianas de este trazado son obvias y serían exclusivas al suponer:
Primero el desplazamiento de los centros de las hospitaliae de los vértices centrales a los extremos, siempre dentro de los 5 que corresponden a Ja escena.
Esta evolución ya fue explicada por F. Sear en su artículo.
Y segundo una nueva orchestra que considerara todas las gradas de la ima cavea como prima sedes es decir senatoriales.
Esta explicación viene avalada por la comunicación entre los aditi y los vomitorios principales creando un único acceso y por la existencia de la doble praecinctio baja y su balteus que separan definitivamente estas gradas del resto de la cávea.
No es de extrañar que para ampliar la cávea se recurra a aumentar el tamaño de la orchestra para que ordenado por el nuevo trazado regulador, el conjunto del teatro crezca también proporcionadamente.
Recordemos que Vitruvio deja que el arquitecto elija el diámetro de la orchestra -única variable vitruviana y módulo del conjunto---en función del tamaño que quiera obtenerse del conjunto del teatro.
Se puede detectar una última correspondencia de líneas.
El postscaenium edificado en la ampliación, necesario ya que las valvas semicirculares ocupan todo el fondo del edificio escénico preexistente, se sitúa en la tangente a la circunferencia resultante de la doble praecinctio alta.
CONCLUSIÓN TIPOLÓGICA DE LA EVOLUCIÓN
De acuerdo con los estudios anteriores, se puede deducir el sistema de los trazados que fue aplicado en la evolución del teatro saguntino.
Los trazados detectados se apoyan exclusivamente en el modelo vitruviano, es decir, partiendo de los dos elementos básicos: la circunferencia de la orchestra variable del sistema y sus cuatro triángulos equiláteros inscritos.
La relación, de los elementos arquitectónicos así resultante en Sagunto es la vitruviana.
La semicircunferencia de la cávea, define las escaleras que, con leves ajustes, parten de la orchestra y el diámetro, la posición de los aditi.
La base del triángulo principal se alinea con el frente de escena.
Los tres vértices centrales sitúan los centros de las valvas.
Hay que recalcar sin embar~o, alguna peculiaridad que suponen complementos o modificaciones respecto de lo que sería la-pura ortodoxia vitruviana:
La variabilidad en la posición del aditu.'i: Si como en el caso de Sagunto el eje del aditus coincide con el diámetro, el semiancho de éste, absorbe un espacio de la semicircunferencia que después se reparte distribuyendo unifor-memen1e las escaleras y corrigiendo proporcionalmente su posición respecto de los vértices de los triángulos.
-La aparición del postscaenium:
En la tangencia a la circunferencia de la orche: stra, se halla el fondo de la misma pane trasera del muro de escena o postscaenium.
Como éste no venía definido en el tratado vitruviano y por lo tanto no estaba dentro de la orchestra, los arquitectos romanos debieron iniciarlo justo donde acababa la circunferencia: en su tangencia.
-La si1uación de las valvas hospitalia:
Si bien Yitruvio advirtió que su posición fuera «enfrenle» de los vértices colindantes a la valva re~ia. en los intentos de agrandar el edificio escénico, los centros se desplazaron a los vértices contiguos, que por otro lado, no tenían una clara función asignada en el texto romano.
Por un lado la necesidad constante de ampliación de la cávea para aumentar y diversificar el aforo y por otro el agrandamiento de la escena por argumentaciones representativas y de complejidad escenográfica, motivaron la necesidad de evolución de las estructuras teatrales.
La respuesta que propuso Yitruvio presentaba dificultades.
Para conseguir un teatro más grande, había que partir de una orchestra mayor y trazar con respecto a ella.
Pero esto con el teatro construido suponía graves problemas técnicos y constructivos, ya que hacer aumentar el diámetro de la orchestra, vaciándola, además de perder gradas previamente construidas, suponía la realización de costosas e innecesarias obras de excavación o de rellenos, dependiendo del caso.
Por otro lado problemas funcionales ya que todo espacio dedicado a la orchestra era «inútil» en el teatro romano.
A diferencia del teatro griego, este lugar no era utilizado por los romanos, ni para espectadores ni para la representación.
Su uso se reducía a la tímida disposición de las gradas senatoriales y a permitir el acceso.
Había que buscar otro sistema.
La propuesta me parece ahora altamente ingeniosa.
Si aumentamos el número de gradas senatoriales, la orchestra crece con ellas.
No una orchestra vacía sino ocupada por espectadores importantes.
Así, el acceso a la ima cavea, ahora es el mismo que el de la orchestra.
Las escaleras transversales de comunicación entre aditi y vomitorios principales son claros testigos de ello, tanto en Baelo o Medellín, como en Sagunto.
Sin obras de gran envergadura, aumenta el círculo a voluntad y con ello el trazado regulador hace crecer el frente de la escena, manteniendo la ordenación vitruviana del conjunto.
En Sagunto, el modo de su aplicación es muy didáctico.
Para realizar el salto del aumento de la orchestra de la supuesta Fase O, se alcanza la Fase 2, ambas de trazado vitruviano, pasando previamente por la 1 (ver figura 11 ).
Fase O: Trazado ortodoxo vitruviano ya comentado, donde se observan las siguientes líneas de trazado en la figura adjunta.
Oo: Circunferencia sin gradas senatoriales.
Ad: Aditus, diámetro de la orchestra.
FEo: F~ente de escena.
Valvas sobre vértices centrales (Ho).
-Hipótesis de evolución en la aplicación del trazado vitruviano en el teatro de Sagunto.
O, circunferencia orchestra: Tp. triángulo principal; Ad, aditus; Mp, muro proscaenium; Fe, frente de escena; P, postcaenium; R. valva regia: H.,•afrae hospitalia.
Fase/: Se retrasa el frente de escena manteniendo la orchestra, con la incorporación de las gradas senatoriales:
Oo: Se mantiene la circunferencia anterior.
Tpo: Triángulo principal anterior.
FE 1: El frente de la escena busca el muro del postscaenium (anterior Po).
PI: Se crea un nuevo postscaenium en la tangente a la 1 "praecinctio (02).
R 1: Se retrasa sobre FE 1.
H 1: Se amplía el ancho a los vértices de Tpo y se retrasan a FE 1.
Mp: El proscaenium ocupa el lugar de la antigua escena en FEo.
Fase 2: Se reordena conjuntamente cávea y escena según el trazado vitruviano:
02: Nuevo diámetro de orchestra.
Incorpora la ima cávea.
Tp2: Nuevo triángulo principal inscrito.
FE2: Nuevo frente de escena rediseñando el anterior (FE 1) y ocupando el anterior espacio del posrscaenium hasta Pl.
P2: Nuevo postscaenium en la tangente a la 3• praecinctio (03).
H2: Hospitalia sobre los vértices de Tp2.
Veamos un cuadro resumen del conjunto:
Observamos que los tres trazados producen doce alineaciones diferentes (tres el primero, cuatro el segundo y el cinco el tercero) que se colocan en un total de cinco líneas por lo que cada nuevo trazado se produce reutilizando los muros anteriores y creando uno nuevo correspondiente al postscaenium.
El sistema es altamente ingenioso, ya que consigue de un sólo golpe solucionar diferentes y contradictorios problemas.
-La reutilización de estructuras precedentes por la cual ningún muro se queda descolgado del trazado.
-Se crean nuevas edificaciones siempre en la parte trasera de la cávea y postscaenium. por lo que de este modo sería posible también la redecoración de fachadas con cada reforma.
-Supone una reinterpretación del concepto de orchestra como el área baja dedicada a las primas sed~s, más acorde con el concepto romano no destinado a la representación sino a la expectación y por ello localizado en el semicírculo de la cávea.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa -La relación entre el postscaenium y su tangencia a las circunferencias de las praecinc1io de la cávea sigue manteniendo la relación de unidad entre cávea-escena tan definitoria del teatro romano.
-Cualquier reforma o ampliación era reutilizable para las otras siguientes fases que se pudieran producir.
Sin más que extender la orchestra hasta la siguiente praecinclio se generaba el nuevo trazado a aplicar.
Bien es verdad que cada vez el desarrollo se complicaría más debido sobre todo a que el ensanchamiento de la escena obligaría a distanciar los aditi para facilitar la visión.
El trazado vitruviano fue mantenido siempre como el sistema generador del conjunto del edificio teatral durante el tiempo de duración de la cultura romana.
Suponer que esto no fue así, no explicaría las similitudes tan profundas entre los teatros del imperio.
Si teatros tan distantes y de épocas tan diferentes como Aspendos, Sabratha, Dougga, Amman, Pompeya o Sagunto se pueden utilizar como modelos comparables entre sí hasta un grado muy elevado de similitudes tuvo que ser debido a algo más que casualidades.
El «Orden Romano» y Vitruvio como su ejemplo más directo y pragmático debieron ser sus causas.
El análisis del teatro romano de Sagunto así se lo reconoce.
CONTRASTACIÓN CON OTROS DE HISPAN/A
Una vez identificados los trazados reguladores que coordinaron el desarrollo y ampliación del teatro de Sagunto, la propuesta, aquí presentada, debería ser contrastada.
Se debería estudiar la posibilidad de su generalización por medio de la efectividad o no de su aplicación en otros teatros, aunque ello conlleva algún impedimento previo que sería deseable superar.
La primera dificultad surge por la inexistencia, de un modo generalizado, de cartografía adecuada de los teatros para la realización de una investigación que precisa tanta exactitud como ésta en Hispania.
Itálica, Segóbriga y Sagunto son las excepciones a esta desafortunada norma y que todos deben su existencia, directa o indirectamente, al magisterio de Antonio Almagro Gorbea.
Del treatro de Acinipo se dispone de planos que, sin llegar a ser del todo precisos, si permiten alguna aproximación.
Al respecto del teatro de Mérida sería imprescindible para avanzar en cualquier línea de investigación sobre sus interesantes estructuras, reelaborar su cartografía dadas las inexactitudes que presentan los planos de 1963.
De la mayoría, sin embargo, disponemos de simples croquis muchas veces realizados durante las excavaciones (Baelo, Clunia, Regina, MedeHín, Málaga, etc.).
La segunda dificultad se presenta porque su realización precisa necesariamente de un análisis previo en detalle de cada uno de los teatros que abarque tanto la cávea como la escena.
Es necesario tener claro una exacta división de los distintos órdenes por medio de la localización de sus praecinctio y respectivos balteus, para determinar los sucesivos ámbitos de la orchestra.
El edificio escénico debe demostrar con suficiente claridad las distintas etapas históricas que ilustran su construcción.
Las posiciones de sus elementos principales (línea de frente de escena, muro de proscaenium, valvas regia y hospitalia e incluso la alineación del postscaenium), deben poderse reconocer aisladamente y como partes integrantes del conjunto.
Por otro lado, es conveniente distinguir previamente la existencia de las diferencias que generaron el diferente grado de desarrollo al que llegaron las diversas estructuras teatrales.
65.1992 recen tearros poco evolucionados donde no es fácil detectar ampliaciones o reestructuraciones, probablemente porque no existieron, junto con otros altamente transformados como el caso saguntino.
A esto debemos superponer la diferencia cronológica en el momento de su fundación.
Los.teatros tardíos sin duda fueron menos modificados que los más antiguos y su inicial implantación debió ser diferente, como diferente era el gusto de la época y mayor la experiencia acumulada.
A partir de la reciente planimetría elaborada por Alfonso Jiménez, quizá la más completa existente de cualquiera de los teatros de His¡pania se detectan las correspondencias siguientes: (ver figura 12).
-Circunferencia de la orchestra coincidiendo con el hise/lium.
Eje de los aditi sobre el diámetro (AB).
Línea del proscaenium sobre base del triángulo principal (T. I).
Frontscaena en la tangente a la orchesrra (Tg. l ).
Muros de subestructura de escena al doble de la orchestra (M. 1-M.2).
-Circunferencia de la orches1ra (0.2 ampliada a dos gradas de la ima cavea, allí donde aparecen claramente indicadas las improntas de un halteus para disti nguirlas del resto. -Posrscaenium sobre la tangencia (Tg.
-Las valvas hospitalia enfrente de los vértices del triángulo principal (T.2) de la nueva orchestra (0.2). -Fronlscaena, proscaenium y valva regia sin cambios en su alineación.
-Circunferencia de la orchestra hasta abarcar toda la ima cavea.
-Triángulo principal (T.3) plantearía la posibilidad de retrasar algo la escena.
-Pórtico trasero tangente (Tg.3) a la circunferencia resultante de este modo.
Hipótesis de desarrollo: Si aceptáramos la evolución detectada para el teatro saguntino como extrapolable al caso de Itálica, ello supondría:
Fase I: Trazado ortodoxo vitruviano (lcr planteamiento).
-Fron1scaena sobre el actual proscaenium.
-Valvas hospitalia (H. I) sobre nichos contiguos a la regia.
Fase 2: Ampliación de escena y ámbito de la orchestra.
-Frontscaena en la tangente de la antigua orchestra.
Aparición del proscaenium y pulpitum.
-Ampliación de las prima sedes a dos filas de la ima cavea.
-Construcción del postcaenium y sus hexedras.
-Valvas hospitalia (H.2) sobre los vértices del nuevo triángulo principal (T.2).
Previsión de Fase 3: Ampliación de la orchestra a toda la ima cavea.
Ello conllevaría laposibilidad de:
Mantener el lugar del frontscaena o retrasarlo una distancia muy pequeña.
Si se procediera igual que en Sagunto la posición quedaría invariable. -Desplazar las valvas hospitalia (H.3)un nuevo nicho hacia el exterior sobre los vértices de la nueva base del triángulo principal (T.3). -La ocupación del espacio cubierto del porticus trasero para ser utilizado como postscaenium, función que ya desempeñaba.
Esta última fase que no llegó a realizarse, sí estaría prevista al terminar la Fase 2, para lo cual se hicieron corresponder las posiciones de los elementos con el nuevo trazado derivado de (0.3).
A la vista de estas hipótesis resulta sugerente profundizar en las similitudes con la evolución del teatro saguntino.
65.1992 SEGÓBRlGA En base a la restitución de A. Almagro que presentó para el Simpósium de Mérida [Almagro, 1982, pág. 29 J, se pueden detectar las siguientes correspondencias (ver figura 13).
Circunferencia de orchestra con límite en el bisellium.
El diámetro AB no separa la cávea de la escena sino marca con bastante exactitud las versurae.
Los aditi sitúan su eje sobre la base CD del triángulo principal invertido ocupando espacio destinado tradicionalmente a la cávea.
Las escaleras regia y laterales tienen marcada su posición por los vértices resultantes en la porción de la circunferencia que ocupa la cávea.
Elfrontscaena se alinea con la base del triángulo principal dentro de la ortodoxia vitruviana.
El postscaenium se alinea en la tangente a la circunferencia (0.
1) de la orchestra inicial.'''''' -------
Orchestra 2 (0.2).• Posibil idad de crecimiento.
1) 1 -Circunferencia (0.2) definida por la ocupación de la ima ca.vea por la orchestra.
Valvas hospitalia definidas por la intersección del nuevo triángulo T.2, con la anterior frente escena.
Nuevo postscaenium sin relación aparente con el trazado.
Fase J: Trazado vitruviano modificado.
Partiendo del trazado ortodoxo pero modificando la relación de los vértices con los elementos.
Así el arquitecto trasladó los ejes de los aditi a los vértices contiguos en la dirección de la cávea.
Esta propuesta hábilmente innovadora conseguía reducir el espacio ocupado por la gradas para que no alcanzaran el semicírculo, dando gran capacidad al edificio escénico.
65.1992 Por otro lado. los laterales de la cávea en su encuentro con las parascaenia. que eran espacios de muy deficiente visibi lidad por estar en posición paralela a la escena se ven reducidos así.
Nos encontramos ante una nueva reinterpretación del trazado vitruviano, demostrándose otra vez 4ue esto debía ser moneda común de los arquitectos romanos, preferentemente, en épocas tardías. como la de Segóbriga.
Fase 2: Posibilidad de crecimiento.
Si se produjera la ampliación con el consiguiente retraso delfronrscaena para ocupar la línea del postcaenium esta coincidiría con la base del nuevo triángulo principal (T.2), volviendo a responder a un trazado vitruviano.
Esto no llegó a producirse.
Sí se realizó sin embargo una redecoración de escena a finales del siglo 11 o principios del m [Almagro, 1982, pág. 351 que afectó a la posición de las valvas.
Se realizó en hexedra la valva regia y las hospitalia debieron de alejarse de su inicial posición H 1 a la H2 intersección del nuevo triángulo principal T.2 con el existente frente de la escena que no se retrasó.
Si creemos en la cronología propuesta por M. del Amo en su ponencia del Simposium de Mérica, [Del Amo, 1982, pág. 230), nos hallamos ante uno de los teatros más antiguos de Hispania (2a mitad del siglo 1 a.
Sin embargo, si observamos sus estructuras, se aprecia una clara conceptua lización vitruviana que supondría una implantación más tardía (ver figura 14).
-Circunferencia de la orchestra desde la ima cavea.
-Eje de los aditi sobre el diámetro A.B.
-Proscaenium sobre base del triángulo principal (T.1 ).
-Frontscaena sobre la tangente Tg a la orchestra (0.1 ).
-Hospitalia (H.2) enfrente de Jos vértices de Ja base del triángulo principal.
-Sea/aria de la cávea en número y posición vitruvianas, con la corrección del eje del aditus.
Dada la exactitud de este trazado habría que estudiar la posibilidad de una primera implantación de escena sobre el actual proscaenium y la posición de las valvas recayendo en (H.1 ).
La actual ima cavea tiene 14 gradas, como el original trazado saguntino, pero aparentemente carece de praecinctio.
Sin embargo se detecta una grada -la 7a o intermedia-que se sitúa sobre una circunferencia (0.2) que coincide con el arranque de las bóvedas de los aditi y es tangente al postcaenium de acuerdo con los trazados generales estudiados.
De poderse confirmar este extremo, la cávea baja y el trazado de Acinipo presentaría una similitud muy ajustada con la primera implantación del teatro saguntino y su adaptación del modelo vitruviano.
En cualquier caso, resulta difícil pensar en Ja fundación del teatro de Acinipo en una etapa anterior a la llegada del sistema de definición del trazado vitruviano a España, dadas las múltiples y exactas correspondencias que presenta con él.
Vinculada a la demostración de Ja praecinctio del punto anterior, su uso supondría el •desarrollo genérico del modelo vitruviano. |
El 1 rahajo que presentamos aborda el estudio de un epigrafo de fáci l lectura pero de problemática in1eprc-1<1ciún procedente de Vil lamicl (Cáceres).
El caracter rústico de l doeumcn10 no impide apreciar que en su labrn Sl' ha intent: tdo acomodar el soporte a la forma de un t1•1-mi1111. ~.
Esw. unido a la indiscul ibh: presencia de abreviaturas en las 1res primeras lineas del texto. nos lleva a interprc1ar e l epigrafc como un cipo vinculado a labores técnicas de agrimensura, destinado a ser leido por los 111e11.rnre.I'. quizá en relación con las operaciones de medición del aga per i: xtre111i1111e111 111c•ns111•a co111-flrd1e11s11s al que se relierc Frontino.
Es también destacable la mención de dos comunidades desconocidas hasta ahora por las fuentes: Vi11ia (o lnia l Campegien.l'i.I' y
El artículo que presentamos tiene como objet ivo el análisis de una inscripción poco usual.
Este hecho, unido a las dificultades de interpretación que ofrece el documento, justifica sobradamente un tratamiento pormenorizado del epígrafe. pese a la brevedad del texto inscrito, seis líneas, por ende bastante parcas.
Esta dificultad de interpretación viene marcada por la esencia del documento y no por dificultades de lectura, ya que el epígrafe nos ha llegado prácticamente completo y en excelente estado de conservación.
Creemos además necesario hace-r constar como advertencia preliminar que las conclusiones que aquí desarrollamos nos parecen las más ciertas. dentro de unas posibilidades reducidas, pero sería faltar a la honradez el presentarlas como absolutamente seguras 1 • 1 Queremos agradecer aquí la amabilidad de los doctores: José Antonio Abásolo, Joscp Maria Gurt y José Luis Rarnírez Sádaba. con quienes intercambiamos puntos de vis.ta a propósito de la interpretación del epígrafe.
Huelga decir que somos los únicos responsables de cuan10 se expresa en el texto que presentamos a continuación.
También estamos en deuda con David Ariño, quien proporcionó asesoramiento sobre la coherencia si ntáctica de la restitución que damos al texto, especialmente en lo que se refiere a las abreviaturas de las tres primeras lineas.
ANTECEDENTES Y CIRCUNSTANCIAS DEL HA LLAZGO
La comarca de la Sierra de Gata se sitúa en el ángulo Noroeste de la provincia de Cáceres. limitando al norte con Salamanca y al oeste con Portugal.
Geológicamente esta zona fonna.junto con la Sierra de Francia. un segmento di!I Sistema Ci! ntral. definido a un lado por d Corredor de Béjar y al o tro por e l de Las Mesas. qui! le separa de las prolongaciones port uguesas de la Sierra del Gardunho y de la Estrella.
sión. distribuidos por laderas y va l ks y que nos hablan di! la existencia de un hábitat disperso sc: mcjante al conocido en la /.Olla hasta hace bien pocos años:.
Las mismas prospecciones han permitido mostrar también la existencia de núcleos de población importantes situados en las 1011a:-. más bajas. en el límite con la penilla-m1ra extremeiia.
Muchos de ellos parecen ser asentamientos antiguos que potlr! an haber entrado en contucto con la cultura romana si n n ingú n tipo de traumas.
Así parece ocurrir con el asentamiento de «Val de los Poi 'OS», en el téri:1gura 1.
Localinción del epigralc en relación con d entorno urbano.
Lo que conocemos del poblamiento durante la é poca romana es realmente poco.
Situada en una zona de di fíc il es com un icaciones, las ci udades conocidas más próximas a la comarca fueron Mirobriga (Ciudad Rodrigo) al norte, Caurium (Cor ia) al sur y la ciuitas lgaeditanorum (ldanha-a-Velha) al este, sin que podamos establecer por el momento el tipo de relación que los habitantes de la sierra tuvieron con ellas.
Las prospecciones realizadas desde los años ochenta han permitido localizar más de cincuenta yacimientos, e n su mayoría de peq ueña exte n-mino de Vi llam iel, uno de los núcleos con mayor entidad durante la época romana, a la vista de su extensión y de los materiales estudiados J. En relación de proximidad con «Val de los Pozos» se conocen otros yacim ientos, como el de «Los Trechados».
Ver por ejemplo Torres Peralta.
La inscripción fue localizada hace algunos a1)os formando parte de una cerca, junto al caserío'.
La información recibida entonces pare-e\! situar 1.:l lugar original de procedencia en sus inmed iaciones, bien en el mismo teso. bien en el contiguo. entre las ruinas de la ermita de Nuestra Señora de la Oliva.
Hoy en día se encuentra en San Martín de Trevcjo, en casa de D. Luis Bacas, a quien agradecemos las facilidades que hemos encontrado para su estuciio.
El epígrafe había sido publicado por uno de nosotros" junto a otras inscripciones de la zona.
La singularidad del documento nos ha tentado a volver sobre su estudio, con la esperanza de desentrañar su significado.
DESCRIPCIÓN Y ESTADO DE CONSERVACIÓN
La pieza que aquí presentamos corresponde, como se verá, a un terminus elaborado en pizarra.
El soporte apenas ha sido trabajado por el marmorarius, que se ha limitado a aprovechar la forma sensiblemente piramidal de la roca, tallando y puliendo exclusivamente la parte destinada a acoger al texto.
El cipo presenta un somero trabajo en su parte superior que lo configura casi a modo de fastigium.
En su parte derecha superior la inscripción ha sufrido una rotura que apenas afecta parcialmente a la primera línea.
Por lo demás, el documento está prácticamente completo y sólo presenta un desconchado a la altura del principio de la tercera línea, que afecta solamente a la letra inicial.
Las dimensiones de la pieza varían en virtud del punto en que se tome la medida, dado el carácter tosco que presenta el epígrafe.
Jalama y la epigrafia latina del antiguo Corregimiento, Symholue. l11douico Milxe/t>na sepluagenurio ohlu1ae, Salamanca, 1985.
La altura de las letras oscila entre los 3,5 y los 9 cm. La distancia entre líneas varía entre 1 cm y 6 cm siendo destacable que el alineamiento no es perfecto por lo que se producen variaciones en una misma línea.
El texto es perfectamente legible y sólo la primera letra de la tercera línea se encuentra algo deteriorada, tal como acabamos de decir, pese a lo cual parece segura la lectura de esta letra como una v. menos probablemente una N.
Como particularidades paleográficas destacar únicamente que la última letra de la pri mera línea, una M, se adapta al marco, deformándose a consecuencia de la falta de espacio con que el grabador tuvo que enfrentarse a causa de una mala ordinatio.
La quinta letra de la tercera línea presenta una factura deficiente a consecuencia de una fisura natural de la roca.
Las dos primeras letras de la segunda línea están unidas por un nexo y la lectura puede ser tanto TE como ET.
Antes de empezar una interpretación del texto que el monumento epigráfico nos transmite queremos insistir, como ya hacíamos al principio del trabajo, en el hecho de que es dificil establecer un análisis seguro, dado lo abreviado de la inscripción.
Nuestro objetivo va a ser el de intentar comprender la función del documento a partir de los datos que consideramos, en principio, más ciertos o al menos más probables.
A partir de ellos intentaremos interpretar las partes del epígrafe más oscuras.
La parquedad del texto inscrito nos ha hecho prestar especial atención a un capítulo que, imprescindible en todos los estudios epigráficos, reviste en nuestro caso una especial importancia.
Nos estamos refiriendo al análisis del soporte y la paleografía.
Como punto de partida pensamos que hay que asumir una serie de hechos como altamente probables.
En primer lugar creemos que existe una absoluta coherencia en el texto inscrito.
Lo cual permite afirmar que o bien el lapidarius entendía perfectamente el texto, o bien existió un control directo por parte de la persona que lo encargaba.
En cualquier caso el hecho fue que los puntos de separación se situaron de manera lógica y precisa de modo que facilitaban la comprensión del texto pese a su brevedad.
En este mismo sentido podemos pensar que el soporte fue elegido en relación con el texto.
Pese a su apariencia rústica, el soporte ha sido configurado para acomodarse a la función deseada.
Así en su extremo superior se ha procedido a tallarlo, retocando con este fin el bloque que, ya por su configuración natural, asemejaba el aspecto deseado de un termínus.
El somero trabajo preparatorio al que ha sido sometido el bloque natural de piedra no ha impedido que el campo epigráfico haya sido cuidadosamente alisado.
Esta circunstancia, junto a la diferencia en la técnica de inscripción que se observa, nos ha llevado a determinar que las dos últimas palabras (et Valsení ) se añadieron con posterioridad a haberse fijado el monumento sobre el terreno.
En efecto, la parte inferior del soporte, donde se sitúan estas últimas palabras, no ha sido preparada y alisada como el resto del campo.
Por otro lado. hasta la mitad de la quinta 1 ínea incluida (sis ) el.'>rnlprum se ha utilizado para configurar las letras en la habitual forma de surco 1 y a partir de ahí las letras se han inscrito por medio de un piqueteado a base de puntos.
Otra idea de la que hemos partido para nuestra interpretación. ha sido la convicción de que el uso de las abrev iaturas se justifica por la natural eza técnica del documento. perfectamente inteligible dentro de un contexto destinado para un personal especializado y familiari zado con él.
Aunque con menor grado de seguridad. y atendiendo a la coherencia del documento, pensamos que puede afirmarse que cada una de las tres primeras lineas. donde se concentran las abreviaturas, expresa por sí misma una idea o ideas completas.
Igualmente, y asumiendo este hecho. creemos que existe un orden de importancia en la exposición de estas ideas de tal manera que lo que se quiere destacar figura en la primera línea.
A continuación procederemos a un anál isis pormenorizado de cada una de las líneas con el fin de poder aportar una interpretación de conj unto.
Línea 1: A • V • PM Partiendo del lugar que ocupan los puntos de separación podemos afirmar que contamos en esta línea con tres significantes distintos.
Las claves de interpretación se basan en la lectura de la v como numeral y de PM como passuum milia.
La identificación de la v como numeral se basa tanto en el punto que figura encima de la letra como en la coherencia que esto presenta con la lectura de PM como passuum mília.
Sobre esta interpretación para las dos últimas letras de la linea hay que decir que, si bien la abreviatura más usual es MP, la abreviación en PM no carece de ejemplos documentados
La dificultaJ pnnc1pal Je esta parte radica 1..•n la línea tercera) co n... i:.te en desentrañar ~1 c -:1~1e punto tk... cparactún entre la primera letra (una v. meno:. probablemente una ) y la ~t: gunda (una 1).
A la vista de los datos expuestos en el apartado anterior nuestra transcripción, aún con las lógicas reservas ante la brevedad del texto, es la siguiente:
A(nte) V p(assuum) m(ilia).
Creemos, en consecuencia, que estamos ante un epígrafe técnico, relacionado muy probablemente con las labores de una limitatio o depalatio y que cobra su pleno sentido dentro de este contexto y en relación con otras piezas semejantes.
En nuestra opinión estamos ante un documento de carácter interno, es decir, instalado por men.-;ores como referencia para las operaciones de medida.
Esto justifica el uso de un lenguaje abreviado 10, la importancia de los numerales, la ausencia de verbos, la forma esquemática en que figuran las comunidades al final de la inscripción así como la rusticidad del soporte y la grafía.
"' Es propio del lenguaje técnico de los agrimensores este carácter abreviado.
Aunque carecemos de paralelos en sentido estricto para la insc ripción que pn: sentamos puedc verse d uso de abreviaturas como norma en documentos como los catastros en mármol de Arnmio (0rang.:): Piganiol.
De creer a los agrimensores existían incluso unas claves de lectura para simples marcas en los cipos, que indicaban. al que estaba familizarizado con ellas. la existencia de una fuente. un arroyo, un pozo. un depósito de agua o una linea de árboles por ejemplo.
A propósito de ello pueden encontrarse referencias en Dilke, O.A. W.: Tlw Romu11 Lu11d Survevors.
El uso de abreviaturas en los cipos de limirurillnes es usual en todos los casos documentados. si bien és- tas son muy uniformes y por ello de comprensión más fácil y directa que las que presenta nuestro 1ermi1111s.
Ver también la traducción Entre la información que el texto transmite destacan tres aspectos distintos.
En primer lugar hay que seña lar que la inscripción comienza con la distancia respecto a un punto anterior medida en passuum miliu.
Este debió ser el aspecto más importante para el trabajo que se estaba realizando.
En segundo lugar figura la numeración del terminus y su relación con el precedente. respecto al cual se mide dicha distancia.
En tercer y último lugar se hace constar los colectivos cuyas tierras son objeto de medición.
En nuestra opinión se midió en primer lugar el perímetro de la comunidad de(: Vinia:J Campegiensis, siendo después utilizado el mismo terminus para el perímetro de la comunidad colindante de los Valseni, cuyo nombre se añade con posterioridad 11 • Aunque no conocemos paralelos idénticos al epígrafe que analizarnos, el CIL, VI, 29793 presenta una distancia medida en pies entre dos cipos que se numeran formando parte de una serie y que parecen corresponder a los límites de una pequeña propiedad 1?.
Sabemos además que este tipo de operaciones eran frecuentes en los trabajos de agrimensura.
Ejemplares más r.:cicntes de C'i/l/IÍ gm111111ici han apar.:cido en Man1ua ( Roffia.
Catálogo de Expt)Sición de Mantua.
Un buen número de ellos han aparecido vinculados a las centuriaciones del norte de A frica: Trousset.
Poi: Les bornes du Bled Seguí.
11 Aunque en la restitución que proporcionamos del texto hemos optado por leer Vi11iu como primera palabra de la cuarta linea. hay que valorar la posibilidad de que el nombre de la comunidad fuese lniu. siendo la primera letra de intepretación más problemática.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa lleva Ja numeración de los rermini y Jo mismo ocurre en Cll.
• También se documentan cippi sin numeración pero con referencias topograficas utilizadas para la delimitación de campos privados1'.
No estamos en condiciones de afirmar cual fue la causa que llevó a establecer la medición del perímetro de las tierras de las comunidades citadas, si se debió a una iniciativa particular o estatal, así como tampoco podemos afirmar si existió o no un litigio de tierras como transfondo -aunque esto nos parece menos probableya que el epígrafe no lo indica de ninguna manera.
Sí que nos parece pertinente resaltar que la tierra parece haber sido medida por la totalidad de su perímetro, dada la amplitud de la medida expresada en el terminus, lo que resulta tentador relacionar con el ager per extremitatem mensura comprehensus que menciona Frontino 17 • Aunque este tipo de ager fue sin duda algo muy extendido en todo el Imperio, es destacable que uno de los dos ejemplos que cita este. gromaticus es justamente el de la ciudad de Salmantica en Lusitania.
Este sistema de medición de campos es mal conocido pero sabemos que se define midiendo la totalidad de su superficie partiendo de su perímetro.
Frontino especifica que es e l sistema de organización territorial propio del suelo tributario en las provincias, por lo que cabe asociarlo a las ciudades estipendiarias.
En el ager per extremitatem mensura comprehensus el estado romano se limitaría a establecer la superficie total de tierras de una ciudad fijando el impuesto global a las autoridades de la misma según el re-..
TERM N VIII f T llNNI / 11MPLIATI ab altera parte: TERM N v111 / 1vLIORVM FLAff1 • 1;r C f.LSI. También Cll.
VIII, 25988 presenta un conjunto de cippi con numeración pertenecientes a la ciudad de Thugga.
16 Sobre la acrioflnium regundorum y los epígrafes que a ella se refieren vid. Hinrichs, Focke Tannen: Die Geschichte der gromatischen..., 171-223, cit. (n.
sultado, quedando la recaudación bajo la responsabilidad de la administración urbana ix.
El epígrafe que aquí presentamos podría ser un ejemplo no sólo de este tipo de campo, sino del sistema que se utilizaba para su medición. y testimoniaría el uso de esta técnica para las coledividades.
Otra cuestión espinosa a la que hay que aludir es la que se refiere a la identificación de las localidades que el terminus recoge.
A este respecto poco podemos aportar puesto que ninguna de las dos es conocida, al no ser mencionada ni por las fuentes ni por la epigrafía 1 Y. La identificación de las localidades con yacimientos concretos es muy difícil aunque a título de hipótesis queremos mencionar la posibilidad de que el yacimiento de «Val de los Pozos» (Villamiel, Cáceres), muy cercano al lugar del hallazgo, se corresponda con una de las dos.
Por último es necesario aludir a la cronología de la pieza, tema sobre el que no podemos pronunciarnos puesto que el epígrafe carece de criterios internos de datación y tampoco tenemos datos proporcionados por un contexto arqueológico.
La paleografia, muy condicionada por el material del soporte y el carácter rústico del documento, no permite extraer ninguna conclusión.
Si analizamos el epígrafe desde el punto de vista de un marco histórico general y lo in-'" Hinrichs, Focke Tanncn: Die Geschichte der gromutischen..., 114-115. cit. (n.
Vid. también Salinas de Frías, M.: Sobre las formas de propiedad comunal en la cuenca del Duero en época prerromana, Veleiu, 6, 1989, 103-110. •• No obstante es necesario aludir a los termini de delimitación entre Mirohriga (Ciudad Rodrigo) y Sulmantica (Salamanca) (C/l, 11, 857) y Mirobriga y Bleti.1•sa (Ledesma) (C/l, 11, 858). donde el nombre de las localidades se menciona seguido de VA L, abreviatura de dificil interpre-1ación.
Las inscripciones están hoy perdidas pero tanto Cabañas como Ponz, los copistas que las transmiten, coinciden en este punto.
Puede encontrarse un estado de la cuestión sobre el problema del significado de VAL, así como sobre el problema de la exacta procedencia de los termini. en Mangas, Julio: Ciudades an tiguas de la Provincia de Salamanca (siglo 111 a.C. -Diocleciano), Actas del I Congreso de Historia de Salamanca. vol. 1, Salamanca, 1992.
No obstante, valorando todos los datos que tenemos, pensamos que no es seguro identificar la abreviatura con una comunidad ni, por lo tanto, nos parece legítimo relacionarlo con los Valseni de la inscripción que aquí estudiamos.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa terpretamos como correspondiente a las operaciones técnicas de del imitación del ager per extremitatem mensura comprehensus, lo que nos parece lo más probable, sería posible fecharlo incluso en época augustea ~0• fecha que parece excesivamente temprana para la zona.
No nos parece descartable una datación en épo- cit. (n." 10), piensa que la medición del uger pt 'r E' Xtre111iwu•111 men.rnru co111preh e11.ws en Lusitania fue iniciativa de Augusto y simultánea de las operaciones de asignación de tierras en Augus ta Emerita, en conexión con la reestructuración de la nue va provincia.
Es de de stacar que los ca flavia en relación con la política de revisión del catastro llevada a cabo por Vespas iano 21 • Al respecto queremos destacar que la pobreza y mala factura del monumento epigráfico no debe ll evarnos a presuponer necesariamente una datación tardía. por otra parte no descartable.
Recientes investigaciones e interpretaciones han pretendido verlos como una prueba de religiosidad de los propietarios de las villae en las que fueron encontrados.
Mi propuesta es que han sido «Superinterpretados» y que es necesario ser muy cautos cuando se realizan dichos estudios. teniendo en cuenta el contexto histórico de la producción musiva del período tardorromano.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa |
terpretamos como correspondiente a las operaciones técnicas de del imitación del ager per extremitatem mensura comprehensus, lo que nos parece lo más probable. sería posible fecharlo incluso en época augustea 10, fecha que parece excesivamente temprana para la zona.
No nos parece descartable una datación en épo-:o Focke Tannen Hinrichs: Die G!'schic hte dl' r gmmuthchen..., 115. cit. ( n." 10); flistoin.> des insti111tiu11s....
121. cit. tn." 10), piensa que la medición del uger pu f'Xtremi -tt11e111 1111'ns11ru co111prehe11.ws en Lusitania fue iniciativa de Augusto y si multánea de las operaciones de asignación de tierras en Augusta Emerira. en cone)(ión con la reestructuración de la nueva provincia.
Es de destacar que los ca ílavia en relación con la política de revisión del catastro llevada a cabo por Vespasiano 21 • Al respecto queremos destacar que la pobreza y mala factura del monumento epigráfico no debe llevarnos a presuponer necesariamente una datación tardía, por otra parte no descartable.
Mirohrigu y Sulmuntirn llevan dat<Jción del año 6 d.
C.:• Sobre la política de revisión del catastro llevada a cabo por Vespasiano l'id. H inrichs.
El historiador Amiano Marcelino, gran testigo de los hechos y de la sociedad tardoantigua, lo dejó claramente escrito: la aristocracia tardorromana de su tiempo era. en general, inculta e ignorante.
En un pasaje en el que critica la sociedad tardorromana que lo circunda, el historiador antioqueno seña la que en estos círculos de senadores y ricos propietarios «en vez de al filósofo se prefiere al cantante» (pru philosopho. cantor); y frente al orador se tiene más consideración con el director de escena (in /o- cum oratoris doctor artium ludicrarum accitur).
Consecuentemente -sigue Amiano-las bibliotecas (de Roma) estaban cerradas para siempre como si fueran tumbas (et hibliothecis sepulchrorum ritu in perpetuum clausis)1 • Este es un texto, ciertamente, que debe ser matizado y contextualizado en la propia dinámica de la obra amianea. pero aún así, es un testimonio que se debe contrastar con la visión, generalizada en exceso, que hemos asignado a la sociedad tardorromana identificándola, unilateralmente, con los Nicómacos, Símacos, Libanios o Synesios.
Hemos recreado uniformemente y sin distinciones, un modelo de gobernadores, perfectissimi, ilustrissimi o eminentissimi que, probablemente, no responden, en la mayoría de los casos, a la realidad -de la que por otro lado desconocemos casi todo-.
Se ha hecho de estos personajes latifundistas todos iguales, sabios, conocedores del pasado y de la más intrincada filosofia, sabedores de los más complicados simbolismos crípticos y elitistas.
Y esto ha sucedido, a veces, en las interpretaciones de los mosaicos pavimentales de las vi/Jae romanas de época tardía.
EL MOSAICO DE LA VILLA DE «LA MALENA» Un reciente artículo sobre los mosaicos de la villa romana de La Malena, cercana a Zaragoza (Caesaraugusta), ha visto en la escena central la representación de las bodas de Cad-mo y Armonía~.
Esta identificación puede ser correcta o no serlo.
En este caso particular yo creo que no lo es. debido a dos hechos fundamentales: 1) a que no ex iste ninguna propuesta de paralelo en toda la iconografía antigua que permita inferir con certeza tal identificación y 2) a que disponemos de una solución mucho más sencilla, bien atestiguada en la documentación antigua -literaria e iconográfica-que permite proponer que se trata de una escena común de matrimonio a la que asisten los dioses protectores y garantes del acto, como testimonian, por ejemplo, Plutarco en su Questiones Romanae o Agustín.
Una interpretación semejante está, por otro lado, mucho más en consonancia con una tendencia que se observa en un elevado porcentaje de mosaicos pavimentales de época tardía en Hispania: temas banales y cotidianos, un cierto provincianismo y vanidad personal, escasas manifestaciones intelectuales. (recuérdese a este propósito la proliferación de mosaicos de caballos y circos, de escenas de caza, etc.).
Sobre esto trataré más adelante.
Pero el caso no queda ahí, en la interpretación forzada de la iconografía, va mucho más allá y se convierte en hiperinterpretación; de la iconografía pasamos al significado del complejo arquitectónico y a la función de la propia residencia y la propuesta termina siendo que La Malena -cito textualmente-«es un espacio sagrado, un cabirion. un monasterio o un lugar de culto, probablemente residen-1 Me refiero a Dimas Fcrnántlc¿ Galiano: Cadmo y llar• monia.
Imagen, milo y arqueología.
331-334 no me parece convincente y resulta ser una solí• citud de disculpa ptH parte de Dimas hacia sus propios planteamientos y cntraiia auténticas contradicciones.
Yo le reprochaba a Dimas Fernández el no aducir documentos válidos (en realidad no presenta. ninguno) ni bibliogralia para sostener su hasta ahora una simple hipótesis.
Se justifica diciendo que «tal vez la fatiga -saturado como estaba por la lectura de estudios tan rebosantes de erudición farragosa como vacíos de ideas-me inclinaron... a no prodigar las citas» (Dimas Fernández Galiana l.c. págs. 331 ).
Lamentable justi licación para un investigador que además entraña un desprecio intolerable hacia sus pr • pias lecturas.
No es éste lugar para responder a las alega• ciones de Dimas Femández cosa que haré en otras páginas.
LOS MOSAICOS COMO DOCUMENTOS (SIGLOS IV-VJ
267 cia de una comunidad de creyentes en los misterios de Samotracia... ».
La consecuencia última está formulada de tal forma que pienso que no puede ser obviada, ya que adquiere dimensiones históricas: «de poco sirve estudiar los antiguos cahiria -continuo citando-para entender éste; por época y ambiente cultural conviene compararlo con otros monasterios o conventos que con el impreciso nombre de villae se vienen desconociendo en la bibliografía dedicada a la última romanidad en Hispania».
En resumen: «Fraga, Santervás del Burgo, Quintanares de Rioseco, Centcelles, Torre de Palma y muchas otras villae hispanas, son conventos y monasterios» 3.
Se nos propone, pues, a los historiador, es y arqueólogos, en función de una hiperinterpretación de la «imaginería», esto es, de la iconografía de los pavimentos, ver en las villae, no Jo que siempre hemos considerado que eran, sino el lugar de retiro de comunidades religiosas paganas, centros de vida monacal pagana.
Esta propuesta de algunos iconografistas que estudian los mosaicos es tanto más importante y a tener en consideración en cuanto que propone para la Hispania tardorromana una sociología totalmente diferente a la que ahora estamos o venimos interpretando; esto es, lo que entendemos que era, una sociedad de grandes propietarios romanos, ricos, productores, absentistas a veces, creadores de una economía local que define el periodo.
En cambio, de la iconografía hemos pasado a la propuesta de la religiosidad pagana, compuesta de diferentes sectas, que se constituyen en la misma norma en el paisaje rural tardorromano.
Consecuencia exagerada -diría-que viene de la mano de los estudiosos de los mosaicos.
El problema es que ésta interpretación no posee ningún fundamento ni en las tipologías y funciones que evidencian las vil/ae de Ja Península, ni en la documentación histórica a nuestra disposición.
Podemos comenzar por el mismo vocabulario empleado para designar lo que nosotros llamamos villae.
Se pretende que son monas-1 Las dos citas textuales en Dimas Femández Galiana:.IRA, S, 1992, pág. 176. terios o conventos.
Estos son términos, cuando menos, inadecuados.
La idea monástica o conventual, con su regla y sus normas inherentes es ajena al paganismo; es propia del cristianismo.
El emperador Juliano intentó crear una «Iglesia» pagana~.
Balty -recicntementeha propugnado mediante el análisis iconográfico de los mosaicos de la localidad de Sarrin, en Oshroene, la pervivencia de grupos paganos aún en época muy tardía siglo v1-v11 d.
C., pero no de monasterios en esta regi ón ~.
Y el reciente libro de G. Bowersock, Hellenism in Late Antiquity, no hace más que corroborar, para la Pars Orientis y para las remotas tierras de Arabia, esta permanencia del «helenismo» manifestada en pinturas, mosaicos y estatuas 6 • Desde luego en Hispania en el siglo 1v no existían monasterios ni cristianos ni paganos 7 • Las villae o los edificios como el de Sarrio podían servir para la reunión de personas, que eventualmente, discutían en ellos de temas de interés común o de interés ideológico afín.
Pensemos en las casas de los filósofos del ángulo occidental del agorá de Atenas.
Este tipo de actos los puede promover cualquier persona en su residencia sin que ésta se convierta por ello en un monasterio.
Y además ¿es un mosaico elemento suficiente para una afirmación de este tipo?
Mi respuesta es que no.
El primer concilio de Caesaraugusta -destinado a condenar las doctrinas priscilianistas y celebrado en el año 380 d.
C.-contiene algunos cánones interesantes a este respecto.
El canon 2 anatematiza a quienes se esconden en los cubículos ocultos de su casa o en los montes y a quienes acuden a víl/ae de otros para celebrar reuniones (ne habiten/ latibula cubiculorum ac montium qui in suspicionibus per-
• Sobre esto, aparte de los testimonios de la propia obra de Juliano, en cartas y discursos, ver las iluminantes páginas de J. Bidez: la vie de /'Emperor Julien, París, 1930 y W. Koch: Comment l'Emperor Julien tache de fonder une Eglise palenne.
•n l..'stas creenc ias.:-. inu que -, 1g.a n 1:1 c1cm plu de los ob ispos y no acceda n a la:-\ i1 la:-. ajenas r ara cckbrnr reu1HOl1C'>» ).
411c nadi..: se ausente de la Ig lesia durante todn 1:1 día. ni sc: m:u llc e n su ca:,a ni -,e \ aya a su 1•1//o (n la secta pri scilianista se reunia n en l'i//ae de amigos. simpati za ntes u encu bridores: pero las l 'illne seguían siendo l' illae. propiedades rura les de los grandes tcrratc nicntcs; nu con ventos o monasterios.
El mosa ico de «La Makna» nn es pues. en mi opin ión. otra cosa que un mosaicn pagano que re presenta cl matrimoni o de los prop ietarios de la mi sma. matrimoni o as i-;tido y presenciado por los dioses y genios que lo presiden.
Ya Pluiarco en sus Q 11aes1iun es Ro11u11we se preguntaba: «¡,Por qué en las bodas se encienden cinco lámparas'!
Porque los contrayentes piensa n -responden Plutarco -que se precisa la ayuda de cinco di oses. esto e:-;, el perfec to Jt'.
1pitcr. la perfecta Juno, Venus. la diosa de la « Pe rsuasión» y espec ia lmente Dia na. a quien las mujeres in vocan cuando les sobrevienen los dolo res t.lel parto» x.
A estos dioses se pueden añadir otros, el Genio protector de la casa y otros a los que se quiere o tie ne devoción especial -Mercurio-esto es, e l dios d e la prosperidad y los negoc ios: los dioscuros. etc. que son los representados en e l mosaico de «La Malena» ( fi gura 1).
Lo que queda en In historia <le la His pan ia tardorromana en el clamoroso caso de los mosai cos de La Ma lena es, una ve7. más. una n eo. paga no. que «rega la» a su esposa (y a los arrngos y huéspedes) e l Pa' imen to rnn su retra to ma trimonial bendecido y sa ncionado ror los dioses de siempre''.
La Malena no nos altcra -creo yo -la historia religiosa de l paganismo his páni co del sig lo I \ con complicaclas e innecesarias-hi storias tk los ritos de lo:-. m isteri os de Samotrac ia en un apanacln rincón de la Ta rraconense.
Aftl TERNUS Y C ARR ANQ UE Ot ro mosa ico que ha susc itado disc usión y que ha trnido a co ltic ión un importante personaje de la historia de la 1 lis pania tardorromana es el del rnhirn! t1111 de la villa de Ca rran quc.
Hace añ os tu vl.! la oportunidad y la fo rtuna -por qué no decirlo-de ser e l primer cdi111r de este espléndido pa viment o cuya prob kmútica icon ográ li ca con ser ex tre madamente 1111po rt ante por su o ri gina lidad en e l repe rtori o hi spánit:o. cstéÍ ampli ame nte s uperada por la inscripc ió n que está e n la w hula an.wta representada e n la entrada de la habit ación.
1110~:11co;..,Je las 1'1//11e romanas son b ien co nocidos y l' recuenc,•s; en P1:l//.a Armcrina. en l'cd rosa de la Vega. en To;..sa 11<.:I M: ir. c11 I~ vrllu de «U Oli var del Cc111cno», ('¡\i: crc, en Cc n1cclks. ch.:. por no lrnblur 1k los nu mcro;..b imns ejemplo;.. de sa rcófagos. a...ei12 1 r:1 u J. l 1 1 •..:..JJ m:a..LOEC Sobre este lema yo escribí: «M aternus. frec uente nombre en la meseta hispúnica tksde a111iguo. pero abundante en época tardía, incluso en allos dignatario~ que pertenecían a la fami lia imperia l» 1 ~.
De aquí se ha ido al paso siguicn-1e: el rropictarin era Maternus Cinegius, que ful.! prcfet: to del pretorio en Orienk con Teodosio l.
Además: inc luso se sugiere la posibilidad de que Malerno Cinegio estuviera cnterrado en Carranquc. ya que sabemos que su viuda Acanthia lrasladú su cadáver desde Constantinopla a Hi!-ipania''.
Conviene detenerse un momento es este punto.
Yo mismo tamhién escrihi a propósito del propietario »'.
Je pl: lla decorac.lu:-. nrn l'M.'.C IHI), mitnlógica:-. pagana~. y e l calendario <le rilocdo. de l 35-1. es de un cristiano. l labia una ambigüedad y una frontera di fkil, nente disc.:crnibk entre paganismo y crisl iani:.rno entre la sociedad (sobre todo culta).:n el siglo 1\ d.
Esto.: es un 1i:111a 1.:omplcjo. sobre l' I que ~e ha escritu (y cst.:rihir:'i) 11H1cho y que p{)(lna sc r l)bjl'to d e largl1 dd1au.:. l 'l' ro aún n: c1111oc1é 11dolo y:-.icnch1 co11scic111c... de e llo. y de que la identilic.:aeíún. mosa ico lk lema pagano igual a propietario pagano. no es ni mucho menos mecúnica. cxiskn algunos casos mús cvitkntcs o mús daros que 01ros.
1-:n Centccl les de l que hablaremos mús a<lt.:lantc-no hay ambigüedad alguna: el programa iconogrútico est:í calculado y pensado para rmkar ul espectador de un a111bien1c si mbólico crísl iano.
Materno Cinegio fue un personaje cuyos rasgos de dt:l"inición en la alta administración tcodtlsiana 110 ofrecen ambigüedades. al menos en un punto: fue un arui011te perseguidor del paganismo, un gran destructor de 1cmplos, sacrificios e ídolos 1 ".
S. V. que duda. ramnuh lcmcnll'. de Ml orige n hispano..:?70 JA\ IH cgún d h1!.toriador Zósimo. «encargó a Cincg.10. el prefecto del prl! torio enviado a Egip10. con la ordl!n de lle\ ar a todos la proh1b1ción di!! cuho a los dioses y de clausurar los recintos!>agrados. y para que mos1rase a los alejandrinos la imagen de Máximo (estamos pues entre el 384-388 ). la expusiera públicamente y anunciase al pueblo que había correspondido a aquél ocupar el trono a su lado.
Cinegio. además de cumplir en este punto la orden. cerró a lo largo de Oriente. de todo Egípto y en la misma Alejandría. los accesos a los templos y prohibió los sacrificios que habían sido celebrados desde siempre y cualquier ceremonia ancestral» 17.
En un segundo viaje por Oriente que incluyó también Egipto-en el último año de su vida. tomó medidas constantemente para la supresión del paganismo •M, y él fue quien con la ayuda de Marcelo de Apamea derribó un templo -según testimonia la HE de Teodoreto •~-.y quien. animado por su esposa y un grupo de monjes sin perm iso del Emperadorsegún relata Libanio 20 -destruyó otro templo en Oshroene.
Murió durante el viaje de regreso a Constantinopla y mereció ser enterrado -nada menos-que en el mausoleo de la iglesia de los Santos Apóstoles, aunque sólo fuera transitoriamente. ya que al año siguiente -389-su esposa Acanthia lo trasladó a Hispania ~•.
Este es el único dato que ha permitido a algunos historiadores inferir que era un hispano de nacimiento-podemos hipotizar que su esposa lo era, pero tampoco tenemos ningún dato para asegurarlo.
Dicho esto, mi interrogante es éste: ¿podemos imaginamos a Materno Cinegio disfrutando de un cubiculum en su villae de Carranque rodeado de escenas que -permitaseme-voy a llamar eróticas, recuerdo y presencia de historias amorosas como la de la ninfa Amymone, el bello Hylas --con Hércules presente-el 1' l.us..
«Voyeur» Acteon cubricndo la desnudez de Diana o tncluso la amorosa y secreta cita de Piramo y Tisbc? o 1;é si la moral victoriana tenia cabida en el ánimo de Materno Cinegio y probablemen1c era un gran hipócrita.
Pero prefiero pensar que aquí no huy ambigüedad: Materno. el de Carranque. tenía un sentido de la vida muy distante del espíritu que animó a Cinegio y prefiero seguir f)roponiendo que era un pagano y que el Prefecto del Pretorio de Tcodosio no tiene nada que ver con la espléndida vi lla de Carranque.
La tentación de los mosaístas de dar nombres de personajes históricos y de encontrar propietarios conocidos a sus l'i-1/ae. es muy fuene hay ejemplos clamorosos.
Piazza Armcrina-: pero sirven más los prudentes testimonios contrastados.
Debo. por f ucr1a. comentar, aunque sea rápidamente otro complejo de mosai cos que se han relacionado desde siempre con problemas históricos de la época tardorromana en Hispania: Centcelles.
Centcelles es una crux para historiadores, arqueólogos e iconografistas.
De nuevo estamos ante un caso en el que la tentación de asignar propietarios notables ha traicionado. quizás, a los arqueólogos.
Hauschild pensaron en que podría ser el mausoleo de Constante -uno de los hijos de Constantino-, siempre con prudencia. pero con decisión. la última propuesta eleva la identificación a los limites de lo inverosími l y de la hiperinterpretación.
A. Arbciter ha escrito reiteradamente que en los mosa icos de Centcelles no hay sino cuatro Emperadores. o mejor. dos Emperadores y un César y un Emperador-usurpador: Magnencio. en posición preeminente; Constancia 11. aunque senior y único legítimo, en posición subordinada: Decencio, el César de Magnencio y el emperador-usurpador de apenas 10 meses de duración, Vetran io.
Todo este programa habría sido inventado e impulsado por Magnencio que -según Arbeiterpretendia de ese modo ofrecer una especie de concordia imperatorum. dedicando ('?) el monumento a Constante, pero representándose él más 10) --duración de la usurpación de Vetranio.
¡Dos millones de teselas son muchas teselas! -. y d) el objetivo del monumento, la propaganda de la Concordia, no se podía alcanzar o era absurdo que se alcanzara haciendo un monumento en la Tarraconense tan poco visible. tan escasamente aparente y visitable que pretendiese una difusión amplia de los intereses de Magncncio.
En defin iti va: por qué no dejar la historia como está en nuestra evidencia disponible, esto es. que Constante murió en Elne, cuando venía hacia Hispania, a manos de los esbirros de Magnencio.
Que su cadáver desapareció y no se encontró -frecuente fin de los Emperadores derrocados violentamente-y que por ello no fue trasportado al mausoleo imperial de Constantinopla.
Y que Constancio -en fin-como le recrimina Atanasio no hizo nada por procurarle un recuerdo digno en ninguna parte.
Hay que recordar que Constancio no respetó ni aceptó nunca compartir el poder con sus dos hermanos ni con nadie -incluso Juli ano2 ~.
Y ¡,por qué no aceptar que los mosaicos de Centcelles son para una tumba de un alto dignatario o personaje cristiano -un obispo, el propio Materno Cinegio-que participó y estuvo cerca de la majestad de los Emperadores?
¿Y qué ocurriría si Centcelles no es un mausoleo, sino un aula de recepción perteneciente a la villa?
Esta hipótesis será objeto de una nota que publicaré próximamente.
He comentado hasta ahora los mosaicos que de forma más significativa se han puesto en relación con problemas históricos relevantes de la época tardo-imperial en Hispania.
Debo, en fin, aludir a otros mosaicos, o a los mosaicos en su conjunto.
EL MENSAJE DE LOS MOSAICOS
Podemos volver al principio, a la cultura de los grandes propietarios tardorromanos de Hispania.
En este punto hay que subrayar que con los mosaicos solos es difícil llegar a conclusiones específicas sobre el particular.
El reciente catálogo de Juan Gómez Pallarés sobre is Por ejemplo Amiano Marcelino 16.2.68 y ss. los mosaicos con inscripciones -que será publicado próximamente-pero a cuyo manuscrito he tenido acceso por su amabilidad, pone de manifiesto. entre otras cosa~. el carácter banal. reiterativo y, en todo caso, vanidoso y de autoafirmación de los propietarios. que dejan constancia escrita de sus intereses.
Portalegre) el propietario -o el artesano que lo realizó-advierte al visitante o al encargado de la limpieza de la habitación de que tenga cuidado con la escoba al barrer no sea que pueda destrozar las teselas: scvpa aspro tesellam federe noli -; otras veces se trata simplemente de la expresión <le un deseo. de un augurio de bienestar o de felicidad: «Si Cardi lio y Avita viven, su casa (turris) está feliz» (Torres Novas, Portugal); o Vita/is que hizo declaración expresa para recuerdo de todos los integrantes de sus posesiones y eventuales visitantes de que mientras él viviera, no habría problemas para sus feudos: salvo Vita/e l felix Tur(r)issa. reza el mosaico de su vil la de Torre del Mar, en Gerona; una breve y rotunda forma de expresar el sistema de dependencia de los campesinos con el dominus y el régimen del colonato.
Me pregunto, en fin, si en el famoso mosaico de El Ramalete con Dulcitius, la referencia no es más bien al caballo que al possessor; porque los mosaicos con nombres de caballos famosos son -corno era de esperar-abundantes en una sociedad que amaba más las carreras que la filosofía.
En la villa romana de Cuevas de Soria, hoy en el Museo Arqueológico Nacional, un mosaico ostentaba el monograma que escondía el nombre de la familia propietaria, que probablemente servía también para marcar los caballos de sus propiedades 21'.
Nunca hasta ahora se ha descifrado este monograma.
Creo que se puede tratar de Faventini (figura 4), una familia que, una vez más y como es frecuente en los mosaicos tardíos de Hispania, deja constancia de su nombre o de su retrato en los mosaicos que adornan su villa, como ocurre en La Malena (los espo-1 1g11ru -1.
Munugrnma <lo:! 111u~:11c11 lle la rt//11 J.: Cucva:. dc Soriu. sos retratados): en Ca rranque (Materno). en Torre del Mar ( Vital is ): ~n Torres Novas (Car-d1lius y Avita): en Pedrosa (los retratos de la familia bordeando el tema de Aquiles en Skyros) o en la vi lla de «El Olivar del Centeno» (Cáceres) n.
Hay un mosaico. e l de los Siete Sabios de Mérida, que junto al de las Musas de Arróniz, podía ser interpretado como expresión de una cu ltura filosófica de sus propietarios.
Quiero sólo recordar -como lo ha hecho P. Brownque en unas letrinas de Ostia Antica aparecen estos mismos filósofos ofreciendo a los sentados clientes, severos y j uiciosos consejos sobre «el modo correcto de defecar» ( P. Brown).
Esto es un hecho muy significati vo por lo que respecta a lo que los antiguos entendían y hacían con s us decoraciones de repertorios y de lo que nosotros por el contrario podemos hacer o no hacer con e llas.
Creo que por fin -y poco a poco-estamos casa vez más ajenos a aquella línea interpretativa de los mosaicos como «fuente para la.
17 Agradezco al Dr. Emilio Rodriguez Almeida el des-c1fram1ento del monograma de Cueva) de Soria.
Sobre estos individuos. sus van idades. aspirnc1ones y fatuidades cír.
Algunos mosaicos africanos representa n escenas de la vida rural.
Un ejemplo famoso es el llamado del Dominus Julius. hoy en la Musco del Bardo en Túne.1:.
En ellos se obsen an gentes ca.lando. ocupado!> en acti,•idadc~ de pesca. o de:.iega o de siembra: el transpone y recolección de productos. no faltan en las imágenes de estos bel los ejemplares.
El problema de la interpretación de las escenas. desde el punto de vista del historiador. reside en saber si realmente ofrecen escenas tomadas de la vida cotid iana u obedecen a patrones anísticos estereotipados.
K. Wc11¿mann ha observado recientemente al ha-. blar de estos mosaicos que «de la misma forma que las representaciones bucólicas, es dificil determinar si los artis tas trabajaron por una directa observación o derivación de tipos convencionales y tradicionales».
El artista dependía de textos populares (y popularizados) como los de Oppiano o el pseudo-Oppiano y res ulta difici l saber lo que es de tradición helcnísticoalcjandrina o lo que efccti vamentc pudo ser la rea lidad:".
Para la historia tardorromana de la diócesis Hi. \puniurum los mosaicos que decoran los pavimentos de las numerosas vi/lue o viviendas urbanas tienen un valor en si m ismos, como evidencia del trabajo artesanal y decorativo de los diversos complejos arquitectónicos y de la diversa importancia dada a las dis tintas habitaciones.
Valen por lo que significan las distintas officinae que están atestiguadas en la Península -Janinc Lancha ha escrito sobre este tema páginas defin11ivas en los Melanges de la Casa de Velázque¿ z": y destaca entre ellos en Hispan ía la inscripción de Carranque donde está perfectamente señalada la división del trabajo: la officina y su maestro y el pintor que concibe el cartón )o.
Existen pocos ejemplares que demuestren tan evidentemente estas dos actividades: pero la inscripción de un mosaico del museo de Tebas, en |
Presentamos aquí un nuevo mosaico polícromo hallado en una 1•i/111 romana situada.:n el lugar llamado Barrugat (13item, Tarragona). en Cataluña, cerca de la ciudad de Tortosa.
E~te mosaico (que fue destruido después de su descubrimiento) se conoce gracias a un dibujo hecho en el año 191 1. que había sido olvidado hasta tiempos recientes.
En el año 191 O. con ocasión de la construcción del canal izquierdo del río Ebro, se descubrieron en el término de Bitem, muy cerca la ciudad de Tortosa (capital de Ja comarca catalana del Baix Ebre, en la provincia de Tarragona), los vestigios de una lujosa villa romana.
Se pudieron documentar restos de muros. así como de hipocaustos y un mosaico.
Posteriomente, en 1984 se llevó a cabo una campaña de urgencia (todavía inédita) de excavación y limpieza en los márgenes del mencionado canal, sobre la que se ha publicado una primera referencia (Genera-Arbeloa 1986-87, pág. 87), y que dió como resultado el hallazgo de abundante material arqueológico, así como restos de otros mosaicos, que permanecen inéditos.
Los hallazgos cerámicos documentados en los trabajos de 1984 cubren un abanico cronológico que abarca desde época romano-republicana o quizá altoimperial (ello no es seguro considerando que la villa se encuentra junto a un pequeño asentamiento ibérico, del cual eventualmente podrían proceder los materiales más antiguos hallados en el área de la misma) y finales del siglo V o la primera mitad del VI como mínimo. de acuerdo con los fragmentos de sigillata africana D localizados en este lugar 1 • En relación a los hallazgos efectuados a principios de siglo existe una breve referencia del arquitecto Joan Abril i Guanyabens ( 1931, págs. 33-34 ). que describe someramente la naturaleza de los mismos.
Sin embargo, no se conocía ningún detalle sobre el mosaico al cual hace referencia este autor.
Recientemente. con ocasión de una revisión de los fondos del Museo Municipal de Tortosa se halló un dibujo realizado por el mismo Abril y fechado en el año 1911. que representa el mosaico en cuestión.
Habida cuenta de que su autor es un arquitecto cabe suponer la exactitud del dibujo en relación al modelo real; Abril tuvo el cuidado de representar incluso las abundantes teselas de que está compuesto el mosaico, y de especificar las dimensiones del mismo, indicando la escala a que está hecho el dibujo e incluyendo varias medidas parciales.
Dicho dibujo se encuentra actualmente expuesto en el Museo Municipal de Tortosa!.
Asimismo. para un estudio más amplio sobre la fase tardoantigua del mismo véase Járrcga.
Agradecemos al personal del Museo de Tortosa las facilidades que en todo momento nos dieron para estudiar este dibujo.
El mosaico en cuestión era de opus tesst>-llu1w11 polícromo; dado que es la única fuente gráfica que tenemos sobre el mismo (puesto que el original ha desaparecido), nos remitiremos al dibujo de Abri l siempre que hagamos referencia a su coloración.
En conjunto. la representación del mosaico debida a J. Abril produce una impresión de verismo y fidelidad al modelo real. que permite hacer un estudio del mismo basado en datos fiables.
Añadiremos que el mosaico cubría un pavimento que descansaba sobre un hipocausto, cuya sección fue asimismo representada por J. Abril junto al dibujo del mosaico (véase figura 1, arriba).
El mosaico, como se ha dicho, se encontraba situado sobre un hipocausto.
Se ignora si servía como pavimento a una habitación o bien a un pasillo o ambu lacro, dado que en el dibujo se observa claramente que estaba fragmentado en dos de sus lados, y no es posible, por consiguiente, determinar la extensión primitiva del mosaico; parece ser. por simetría, que el esquema compositivo sería el mismo tanto en la parte documentada como en la que falta.
Las dimensiones del fragmento se situarían alrededor de los 112 x 140 cms. (teniendo en cuenta que el mismo no tiene unos límites regulares). según se deduce de las medidas indicadas por Abril.
Su escasa anchura permite suponer que pudo corresponder a un ambulacro, o bien debió pavimentar una habitación de reducidas dimensiones, que en tal caso sería bastante estrecha, si bien su longitud es desconocida.
Los colores del mosaico (siempre según el dibujo de Abril) son los siguientes: amarillo, rosa, verde claro (con dos tonalidades, una más pálida que la otra), verde oscuro, marrón claro y marrón oscuro (o quizá negro), éste último reducido a algunas zonas.
La orla del mosaico está formada por líneas de semicírculos secantes y tangentes cuya intersección forma ojivas y escamas, en oposición de colores, siendo las ojivas polícromas.
El ejemplo citado en el reciente corpus de mosaicos geométricos (Balmelle et alii 1985, pág. 99. lám. 49. b), hallado en El Djem (Túnez), es muy similar al de Barrugat, aunque en nuestro ejemplar el ceniro de las ojivas, más oscuro, aparece aislado del punto de contacto entre la cenefa y el campo, a diferencia de lo que ocurre en el mosaico de El Djem.
En el interior de estas ojivas, y enmarcadas por un fondo blanco, aparecen dos ojivas concéntricas, de las cuales la exterior es alternativamente de color marrón claro y verde o amari llo claro (no es fáci l precisarlo a partir del dibujo de Abril), mientras que la ojiva interior o central es de color verde oscuro; el espacio conformado por los semicírculos secantes, que forma la decoración de escamas, es de color verde oscuro. y está delimitado por una línea de teselas de color verde claro, separada de las ojivas por otra línea paralela de color verde oscuro.
El campo del mosaico está constituido por una composición ortogonal de círculos intersecantes. los cuales dejan entrever cuadripétalos en las intersecciones y forman cuadrados cóncavos en el núcleo de los círculos; presenta teselas de color verde en los puntos de tangencia.
Los cuadripétalos resultantes de la intersección de los mencionados círculos están delimitados por teselas de color verde oscuro; el interior de los mismos está decorado con sucesivas líneas en forma de ángulos agudos, alternando sucesivamente los colores marrón claro, verde claro y verde oscuro.
Esta decoración del interior de los pétalos es bastante atípica, dado que no conocemos paralelos de la misma; parece derivar de los motivos denticulados que en ocasiones decoran el interior de estos pétalos (cfr.
Los cuadrados cóncavos situados en el centro de los círculos presentan una composición ordenada en líneas de círculos orientadas en diagonal.
La descripción de los motivos la realizaremos frontalmente, es decir, que si un motivo puede parecer una cruz siguiendo la línea diagonal en que se ordena, aparecerá como un aspa contemplando frontalmente el mosaico.
Es esta última la descripción que utilizaremos.
De este modo, los cuadrados cóncavos aparecen visualmente como estrellas rombiformes, aunque respetamos la denominación de cuadrados cóncavos establecida en el mencionado corpus Sucesivamente, y de izquierda a derecha. sobre un fondo de color (aparentemente) blanco. se aprecia una flor de cuatro pétalos dispuestos en forma de cruz, cuyo centro está formado por una florecilla de color verde oscuro.
La coloración de los pétalos es diferente en cada caso; así, de izquierda a derecha y de abajo a arriba son amarillos en el primer cuadrado. mientras que en el segundo los pétalos verticales son de color rosa, y los horizontales amarillos.
El tercer cuadrado cóncavo presenta todos los pétalos de color rosado, mientras que en el siguiente, a la inversa de lo que sucedía en el segt.1ndo, los pétalos verticales son amarillos y rosados los horizontales.
Se aprecia, pues, una alternancia en la coloración de los pétalos, que son amarillos y rosados con casos intermedios en que la coloración varía según sean los pétalos verticales u horizontales.
En la siguiente alineación, sobre un fondo de color verde claro aparecen unos cuadrados cóncavos concéntricos, formados sucesivamente por líneas de color verde oscuro, verde claro y amarillo, resultando el núcleo formado por un pequeño cuadrado (tal vez una sola tesela) de color verde claro.
La parte exterior de los mismos aparece cortada por los cuadripétalos formados por la intersección de los círculos.
En la siguiente alineación de cuadrados cóncavos, sobre un fondo de color verde claro idéntico al anterior, aparecen varias aspas concéntricas (como los cuadrados anteriores, cortadas en su parte exterior por la intersección de los círculos) formadas por líneas sucesivas de color marrón claro, verde oscuro y verde claro; el aspa central, sin embargo, es de color marrón oscuro, o tal vez negro, extremo éste que no puede precisarse a partir del dibujo conservado.
Idénticos en todos los detalles a los que acabamos de describir son los cuadrados cóncavos de la siguiente línea diagonal, con Ja única diferencia de que el aspa central, del mismo color (marrón o negro) que ta anterior, no es rectilínea como la antes citada, sino que presenta un engrosamiento del centro en relación a los extremos.
La alineación siguiente está formada por una serie de cuadrados cóncavos concéntricos, que aparecen como rombos desde el punto de vista que hemos adoptado, a diferencia de lo que ocurría con los de la segunda línea; al contrario que los mismos, por lo tanto, no aparecen cortados por la intersección de los círculos, dado que son paralelos a ellos.
Están formados por varias tiras de color verde claro, marrón claro y verde oscuro respectivamente, estando el núcleo formado por un pequeño cuadrado (probablemente una sola tesela), de color verde claro, colocado asimismo en posición romboidal desde nuestro punto de vista.
A partir de aquí, la siguiente línea vuelve a mostrar la composición que hemos descrito con relación a la primera. y se va repitiendo sucesivamente la misma composición.
La ordenación de la decoración del campo de este mosaico consiste, pues. en la repetición de un grupo de cinco líneas diagonales de círculos, caracterizadas por los motivos que hemos descrito.
La decoración de orlas musivas, consistente en motivos de ojivas y escamas generadas por la intersección de semicírculos secantes y tangentes, se documenta en mosaicos itálicos en blanco y negro desde el siglo 11 d.
Estos motivos aparecen también en diversos mosaicos del Norte de Africa y de Esparta (Grecia)3.
La distribución de este motivo en España ha sido estudiada por Femández-Galiano ( 1984, pág. 22 1 ), habiéndose documentado en algunos yacimientos de Andalucía y Mérida, así' Véase un elenco de estos mosaicos en Fernández-Galiano 1984, págs. 219 y notas 3 y 4, con bibliografía anterior.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa como en C/1111ia y en diversos yacimientos rurales, como las villae de Cuevas y de Santervás del Burgo. en la provincia de Soria ( Fuidio 1934, lám. XV. n.
El mosaico de los trabajos de Hércules de Liria (Valencia) (Fernández Avilés 1947, lám. XL-VI 11 ). que también presenta este tipo de decoración, no sabemos s i corresponde a una villa o a una domus de la ciudad romana de Edeta.
De los mosaicos de Can Modole ll (Sant Just Desvem, Barcelo na) y de la villa romana de El Val (Alcalá de Henares, Madrid) que presentan también este tipo de orla, haremos mención especifica más adelante, dado el estrecho paralelismo compositivo existente entre estos mosaicos y el de Barrugat.
En cuanto a la temática decorativa de los círculos intersecantes, ésta tiene, como es sabido, una amplia cronología; justo es indicar, sin embargo, que la datación de estas decoraciones es siempre poco precisa, fundamenta lmente porque no ha sido posible, en una gran parte de los casos, fecharlas mediante elementos estratigráficos de excavación.
La variante de la temática de círculos intersecantes más sencilla (y probablemente también la más antigua), es la realizada en blanco y negro, en la cual las intersecciones que forman cuadripétalos están hechas con teselas de color negro sobre fondo blanco.
Esta temática aparece ya en época severiana, como prueban múltiples ejemplares de las Galias 4 • En España podemos citar los mosaicos de la vi lla romana de Torre Llauder (Mataró, Barcelona), datados asimismo en época severiana (Barral 1973, págs. 735 La decoración del mosaico de Barrugat presenta una policromía y un barroquismo decorativo que no aparecen en los mosaicos más antiguos con este tipo de decoración.
Su paralelismo con otros casos y su datación resultan muy difici les. basándose so lamente en elementos estilísticos; téngase en cuenta que en el variado elenco de ejemplares decorados con temática ortogonal de círculos intersecantes recogidos en el «corpus» sobre las decoraciones geométricas (Balmelle et a/ii, 1985) no se recoge ningún ejemplar comparable al que aquí nos ocupa.
Un mosaico similar al de Barrugat, tanto por la polic, omía como por la temática decorativa, fue hallado en la villa romana de Séviac (Montreal.
La orla del mosaico la constituyen también 1 incas de semicírculos secantes y tangentes que forman ojivas y escamas: el campo está formado así-" Sobre los mosaicos con círculos secantes de Andalucía, véase un elenco en Fernández-Galiano 1984, pág. 222 (con bibliograíla anterior).
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa mismo por una composición ortogonal de círculos intersccantes que forman cuadripétalos en las intersecciones.
Sin embargo, a diferencia del ejemplar de Barrugat, los cuadrados cóncavos formados en el núcleo de los círculos presentan una composición decorativa que no se ordena en diagonal como en el mosaico de Barrugat. si no siguiendo una orientación rectilinea.
Así. mientras que en una de las líneas longitudinales aparece un motivo con veinte lados que podria definirse como una cruz inscrita en un cuadrado (aunque sin separaciones internas de ningún tipo. sino formando un mismo motivo). la siguiente línea presenta una flor de cuatro pétalos en cuyo centro aparece un círculo inscrito en un cuadrado.
La composición se basa en columnas alternas de círculos con la representación de estos motivos.
Otro mosaico muy cercano en la temática decorativa y en el espacio (y probablemente también en el tiempo), es el hallado en el año 1885 en la masía de Can Modolell (Sant Just Desvern.
Barcelona). conocido. como el de Barrugat, tan sólo por un dibujo contemporáneo del hallazgo.
La composición del campo consiste asimismo en círculos intersecantes que forman cuadripétalos en las intersecciones y cuadrados cóncavos en el núcleo de los mismos.
En el interior de los citados pétalos se aprecia un motivo floral.
Los cuadrados cóncavos presentan un tipo de decoración que acerca este mosaico al de Barrugat, dado que la ordenación de los mismos sigue también un sentido diagonal, representándose alternativamente un nudo de Salomón y una flor de cuatro petálos.
Sin embargo, la decoración de la orla difiere parcialmente de la del mosaico que nos ocupa, dado que la línea exterior de oj ivas que también tenía el de Can Modolell estaba en este caso separada del campo de círculos intersecantes por una línea de grecas.
La coloración del mosaico (blanco, negro, azul, rosa y naranja) difiere parcialmente de la del mosaico de Barrugat.
Un mosaico muy similar al de Barrugat, a pesar de las diferencias que seguidamente señalaremos; se halló en la villa romana de El Val (Alcalá de Henares, Madrid); este mosaico ha sido estudiado por Fcmández-Galiano ( 1984. págs. 2E7 a 222, láms.
Al igual que el de Barrugat, presenta un campo de círculos intersecantes y una orla de ojivas.
Esta última está formada por una banda en la cual los espacios de las intersecciones que forman escamas están formados. como sucede en el mosaico de Barrugat. por teselas de color negro, mientras que los que forman las ojivas consisten en un fondo blanco en cuyo interior aparecen otras ojivas de menor tamaño, alternativamente de color rojo y amarillo (Femández-Galiano 1984, pág. 217).
Cabe señalar que esta alternancia de colores es la misma (si bien el rojo parece ser en este caso marrón claro, según el dibujo de Abril) que se aprecia en el mosaico de Barrugat, aunque en este último, como se ha indicado anteriormente, la parte central de estas ojivas de color alterno está ocupada a su vez por otras ojivas más pequeñas de verde oscuro. a diferencia de las del mosaico de El Val.
La parte central del mosaico de la villa de El Val al que estamos haciendo referencia, si bien está formada por una composición de círculos intcrsecantes, es bastante diversa de la del mosaico de Barrugat.
Las intersecciones de los círculos se alternan oblicuamente en relación a los lados del mosaico, presentando líneas de elipses de color rojo enmarcadas en negro en sentido norte-sur y amarillas enmarcadas en gris en sentido este-oeste; los cuadrados cóncavos están divididos en cuatro partes iguales, cuya coloración se alterna en dos variantes, disponiéndose generalmente dos partes de teselas de color blanco y alternando las dos partes restantes en colores rojo y amarillo.
Con ello, los cuadrados cóncavos configuran una disposición die retícula de cuadrados en los cuales quedan inscritos los círculos, lo cual aleja considerablemente esta composición de la del mosaico de Barrugat, pese a la innegable relación tipológica que existe entre ambos.
El aspecto cronológico es el que presenta mayores problemas, dado que carecemos de datos estratigráficos que nos permitan definir-Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 275-284 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa lo con precisión.
En este caso solamente cabe hacer algunas consideraciones estilísticas y tener en cuenta las fechas atribuidas a otros mosaicos semejantes.
T anto Balil ( 1962, págs. 65-68) como Barral ( 1978, pág. 125) reconocen la frecuencia de los motivos de ojivas y de los círculos secantes, por lo cual atribuyen una datación amplia al mosaico de Sant Just Desvern; mientras Bali l propone una cronología de finales del siglo 111 o inicios del 1v para el mismo.
Barral aduce una datación más amplia situada entre finales del s iglo 11 y primera mitad del IV d.
C., en base a que la policromía induce a excluir una datación demasiado antigua y a que la composición general le hace descartar una datación posterior a la segunda mitad del siglo IV.
Sin embargo, Barral cita una serie de mosaicos (como el de los trabajos de Hércules, en Liria) que presentan decoración de ojivas en la orla, y que considera «par la plupart tardives».
El mosaico antes citado de la villa de Séviac es datado por Balmelle ( 1987, pág. 163) hacia la segunda mitad del siglo IV.
Esta fecha no la atribuye al mosaico per se, sino a todo el conjunto musivario de la villa en general, y lo hace en base a la disposición de las estructuras arquitectónicas de Ja misma y a las características decorativas de sus mosaicos, a falta de datos estratigráficos (que si existen no se explicitan en dicho trabajo).
La fecha del mosaico de la villa de El Val es también bastante problemática, debido a la simplicidad de su esquema, si bien sus características concretas reflejan, como dice Fernández-Gal iano, un gusto por la sobrecarga de los motivos que se manifiesta en mosaicos de los siglos 111 y IV.
El mencionado autor, teniendo en cuenta la irregularidad en la factura de este mosaico (tanto en la variación del motivo de la cenefa como en la disposición de colores en los centros de los cuadrados cóncavos) lo fecha hacia el siglo IV d.
A pesar de todo cuanto se ha dicho, creemos que cabe hacer hincapié en algunos aspectos que permitirán, a nuestro entender, si no precisar con seguridad la datación del mosaico de Barrugat, sí apuntar una cronología proba-ble algo más ajustada.
Por un lado, no conocemos paralelos similares de época severiana, período en el cual se documentan los círculos intersecantes en blanco y negro pero que en general no parecen confrontables, (incluso en el caso de que sean polícromos). con el barroquismo que aparece en nuestro mosaico.
El hecho de que los pétalos formados por la intersección de los círculos estén decorados interiormente por unos motivos anguliformes poco tipicos. que creemos derivados de los denticulados que suelen decorar este tipo de pétalos (y que aparecen en el mosaico de Séviac), parece indicar también una evolución de toda esta temática, que no creemos adecuado situar en un momento inicial de este tipo de decoración.
Por otra parte, la ordenación decorativa del campo en un sentido diagonal da la impresión de ser, asimismo, un recurso estilístico evolucionado, que no parece documentarse en los mosaicos similares de época severiana.
Creemos, pues, que si bien no es posible descartar totalmente una datación dentro de la primera mitad del siglo 111, el mosaico de Barrugat debe situarse cronológicamente en un momento avanzado del mismo o en la primera mitad del siglo tv.
En este sentido, además de las cuestiones estilísticas a las que acabamos de hacer referencia, tenemos en cuenta la datación atribuida por Balmelle al mosaico de Séviac, tan semejante al de Barrugat, como hemos visto.
Por otro lado, del dibujo de Joan Abril se deduce una clara regularidad en la factura y ordenación de los motivos, que contrasta con el mosaico de la villa de El Val (Alcalá de Henares); por esta razón pensamos que este último mosaico quizás sea más tardío que el de Barrugat, fechándose ya en un siglo 1 v avanzado.
Como hipótesis de trabajo, suponemos que los mosaicos de Barrugat y Sant Just Desvern podrían corresponder a un momento floreciente para algunas vi//ae de la zona costera catalana situable en tomo a la época tetrárquica o constantiniana.
En apoyo de esta teoría podemos citar el caso de un mosaico polícromo de la villa romana de Darró (Vilanova i la Geltrú, Barcelona), no muy lejos de la de Sant Just Desvern, del cual paradójicamente desconocemos su temática decorativa (debido a haberse Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 275-284 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa hallado casi totalmente destruido) pero que ha podido fecharse estratigráficamente en relación a una fase de reconstrucción de la l'illa que se ha datado en tiempos de Dioclcciano (López-Fierro 1987-88, págs. 65-66 ). y que creemos que podría situarse, bien en esta época o bien en la de Constantino 7 • Además, aunque se relacione con la citada fase constructiva de la villa, no debe olvidarse que el mosaico en sí podría ser algo posterior a la misma, aunque ello nos parece poco probable.
Además de los casos citados, podemos traer a colación otros diversos mosaicos del siglo IV detectaáos en diversas villae de la costa catalana, como la de Cal Ros de les Cabres (El Masnou) (Barral 1978. pág. 95) K, La Rectoría (Pacs) (Balil 1987, passim) y el hallazgo posiblemente localizado en El Marquet (Mura) (Daura et alii 1987, pág. 85; Daura-Pardo 1990, pág. 146. nota 4; Daura-Pardo 1991, pág. 48, nota 8; Daura 1992, págs. 25 1-252 y 262, foto 13) en la provincia de Barcelona, y Els Munts (Altafulla) (Navarro 1980) y Paret Delgada (Guitart 1936 y Sánchez Real 1951, passim), en la provincia de Tarragona, todos ellos indicativos de la existencia de asentamientos rurales relativamente ricos (y algunos de ellos realmente lujosos, como el de Els Munts) en la costa catalana durante el siglo IV d.
1 Según comunicación personal de los excavadores de la villa de Darró (concretamente, del doctor Alberto López y el se ñor Javier Fierro, a quienes agradecemos esta indicación), la datación en tiempos de Diocleciano la hacen en base a la aparición de la forma más antigua de la sigillata africana D (la Hayes 58) y la ausencia de las otras formas de esta producción en niveles asociados a la construcción del mosaico.
Dado que la sigillata africana D comienza a producirse y exportarse principalmente hacia el segundo cuarto del s iglo 1v, creemos que la presencia de la forma Hayes 58. que efectivamente comenzó a producirse a finales del siglo 111, no impide por otra parte una datación constantiniana para esta fase constructi va de la villa. puesto que la ausencia de la otras formas de la producción cuadra muy bien con este «lapsus» cronológico.
~ En la villa de Cal Ros de les Cabres se halló un mosaico polícromo con decoración geométrica de circulos que ha sido fechado por Barral en ta primera mitad del siglo IV (Barral 1978, págs. 92 y 95). la misma datación que atribuimos al mosaico de Barrugat.
Sin embargo, los mencionados. circulos del mosaico de Cal Ros no son intersecantes. por lo que tipológicamente dicho mosaico se aleja bastante del mosaico de Barrugat. son más tardios. y podrían tanto datarse en la segunda mitad del siglo IV (Castillo 1939, págs. 254-255) como pertenecer ya al siglo v d.
En el contexto definido por estos yacimientos creemos que debe inscribirse el hallazgo de Barrugat que aquí estudiamos.
En definitiva, y aunque podamos conocerlo tan sólo mediante una representación gráfica, el mosaico de Barrugat viene, aunque tardíamente, a engrosar el elenco de mosaicos de la zona Este de la antigua Hispania citerior, concretamente de los polícromos con decoración geométrica.
La datación que proponemos, dentro de un margen amplio comprendido entre finale s del siglo 11 / inicios del 111 y mediados del IV d.
C., creemos que debe bascula r mejor hacia la segunda mitad avanzada del siglo 111 o, con preferencia, la primera mitad del IV d.
C. En todo caso, la falta de datos estratigráficos y la ambigüedad cronológica de los elementos estilísticos nos impiden precisar más su cronología.
BIBLIOGRAFÍA ACUÑA, F., 1973: Mosaicos romanos de Hispania Citerior 11.
En el año 1988, la Profesora Milagros Guardia defendía su Tesis Doctoral sobre el tema Temática y programas iconogr4ficos en la musivaria hispano-romana del Bajo Imperio 1 y hoy nos llega la publicación definitiva de ese trabajo, con el título de los mosaicos de la Antigüedad tardía en Hispania.
Estudios de iconografía 2 • A lo largo de estas páginas quisié-' Tesis Doctoral publicada por la Universidad de Barcelona, en su colección de microfichas Tesis Docwrales Miao- fic hadus, n.488, Barcelona, 1989 (IS BN 84-7528-706-9).
1 Publicado por las Promociones y Publicaciones Universitarias, S.A.. en Barcelona, 1992 (ISBN 84-7665-944-X). ramos presentar algunas observaciones a esta publicación, centrándonos en exclusiva en aquello en que podemos decir algo sólido. es decir, en las inscripciones musivas contenidas en los pavimentos estudiados por la Dra.Guardia • 1 • Estas observaciones se van a fijar en el «Apéndice B» del libro de referencia (págs. 400-412) donde se recogen «las inscriciones que presentan el conjunto de fos mosaicos hispánicos del Bajo Imperio».
Si es necesario, también nos referiremos a las páginas precedentes donde las inscripciones se estudian en su ambiente arqueológico y edilicio~.
3 En el momento en que escribimos estas páginas (mayo de 1993) se encuentra en curso de publicación nuestro Corpus de /11saip<"i1J11t'.\' Musfras d<' flisp1111ia ( CIM/I), que constará de dos secciones diferenciadas.
Un primer volumen, que será publicado por la Academia Española de 1-1 istoria y Arqueología de Roma. se centra en las inscripciones paganas, mientras que una segunda entrega (en formato artículo), trata las inscripciones c ri stianas.'
Algunas de estas inscripciones son presentadas en el ámbito de estudios iconográficos sobrl! los pavimentos figurados de Híspun.ia, que forman la parte importante de este trabajo (págs. 29-293) y que valoro mucho, pero sobre lo que. en conciencia. no puedo hablar: aquello que decia Cicerón, non pos.mm11s omnes udirl!
Las inscripcíones son citadas también en el «Apéndice A» (págs. 373-399), donde se recoge «el conjunto de viviendas con mosaicos figurados bajo-impe• riales que no han sido seleccionados en el estudio previo (pág. 373)». |
Este trabajo revisa y corrige las páginas dcdicmlas a las inscripciones musivas de Hispa11ia en d li bro de M.Guardia, Los mosaicos 11<' la Antigiiedad tarclíu t:'ll Hispa11ia.
En el año 1988, la Profesora Milagros Guardia defendía su Tesis Doctoral sobre el tema Temática y programas iconogr4ficos en la musivaria hispano-romana del Bajo Imperio 1 y hoy nos llega la publicación definitiva de ese trabajo, con el título de los mosaicos de la Antigüedad tardía en Hispania.
Estudios de iconografía 2 • A lo largo de estas páginas quisié-
ramos presentar algunas observaciones a esta publicación, centrándonos en exclusiva en aquello en que podemos decir algo sólido. es decir, en las inscripciones musivas contenidas en los pavimentos estudiados por la Ora.Guardia -'.
Si es necesario, también nos referiremos a las páginas precedentes donde las inscripciones se estudian en su ambiente arqueológico y edilicio~.
En el año 1989. cuando empezaba a estudiar las inscripciones musivas de Hispania. hice una primera lectura de la Tesis de la Ora.Guardia. gracias a un permiso escrito suyo, que siempre he agradecido.
Sus páginas fueron para mi de gran ayuda en esos momentos.
Casi cinco años después de esa primera lectura. recibí con alegría y esperanza la noticia de la publicación definitiva de ese trabajo pensando que su información y la mía habrían crecido al mismo tiempo y su integración favorecería a ambas.
Pero una lectura atenta de la información que más me interesaba del libro da la Ora.Guardia me demuestra que no ha sido así.
Las páginas de 1992 han salido a la luz sin grandes cambios y ahí radica el problema.
No es lo mismo leer en 1989, en una Tesis inédita, que «no pretendemos realizar una minuciosa edición de estas inscripciones», que encontrar exactamente la misma afirmación en la publicación definitiva y divulgada de 1992.
Soy consciente de que la especialidad de la Ora.Guardia no es la epigrafia, como no es la mía la iconografia en los mosaicos hispanos.
La reproducción en 1992 de las páginas de 1988 nos ha llevado a escribir estas notas para corregir algunas de las ediciones que se leen en el libro de la Ora.Guardia porque, aunque no se trate de «una minuciosa edición», en ese libro se presentan las inscripciones de los mosaicos figurados hispanos; porque, aunque no se trate de «una minuciosa edición», la autora «acepta lecturas existentes o propone otras» (mezclando, por tanto, lecturas propias con otras procedentes de fuentes diversas) y porque, aunque no se trate de «una minuciosa edición», «transcribe las inscripciones según las normas de la reedición actualizada del CIL 11 5 ».
El orden de mis notas sigue el de la presentación de las inscripciones en el libro de la Ora.
En la edición del llamado «Mosaico del Circo de Barcelona 6 », la Ora.Guardia no ofre-' Todas estas afinnaciones se encuentran en la pág. 400. • Á lvarez 1990 = J.M.Álvarez Martinez.
Mo. wicus Romanos de Mérida.
«Mosaicos hispánicos del Bajo Imperio».
• MCV = Mélangcs de la Casa de Ve láz.que:i:.
• Piernavieja 1977 = P.Piernavieja, Corpus de insaipciones deportivas ele la España Romana, Madrid, 1977.
Roda, «Iconografía y epigrafía en dos mo• saicos hispán icos: las villas de Tossa y de Dueñas», VI Ca• /oquio Internacional del Mosaico Antiguo.
Queremos agradecer a la Prof.Rodii su amabi lidad al dejarnos consultar su trabajo todavia inéd ito.
El único signo diac rí tico que utilizamos en este trabajo y que no es habitual en los repertorios epigráficos es el del nexo. que indicamos con /"/ entre las dos letras uni• das, v.g.
OF! flCIN"A. en nuestra observación al texto n.2 (vid. in.fra).
En el mosaico encontrado en la
L"ll un ambiente de ckcoración ílora l. un cesto en el in1erior del cual figuraba una ins1.:ript: ión ".
En estL' caso. la Dra.Guardia confía en la kc1ura de R. Pita (e/. not;i 9) y dc!>COJHH.:c la torrcccil>n publicada por IRC 11 en e l aiio 1985. tres a1io~ antes de la defensa de la T¡::-;1s y:-;icte aiio:-; antes de la pub licación de 1992. l.a rnscnpt:1ó11 tiene que leerse cmpc1andll por la línea inferior e i1111.:rp rl'tarsc como una conocid;i fórmula'" que desea al propietario una re li/ uti li/ación del pavimento y de su casa.
Edic ión Ciuardia: Rcecli,.¡e Edición IRC 11 15 (e/ figura 1 ):
El mosaico cristiano procedc111e de l: stada ( l luesca) toda vi a no ha sido lcitlo o explicado ~:a 1isfactoriamente.
Es un 111os<lico que presenta grnndes di f"icu ltadcs tcxt ualcs e iconogrú ficas, muestras de las cua les son las múltiples interpretaciones y ediciones del tcxlo 11.
El sigui ente problema a solucionar es el de la relac ión ent re tex to e iconogralla 1 i_ pero esa es una cuesti ón que no atañe a estas púgi nas.
De la llamada «Casa de Leda». en C11111-plu111111 (A lcalá de Henares, Madrid ). procede un mosa ico cuyo emb lema central representa la seducc ión de Leda por pa rte de Zeus H. El mosa ico nos da el tít ulo de la escena y nos identifica a la protagonista fe meni na de la mi sma.
Por el es tado de conservació n no pod.: mos ~uber s1 el verso csta ha com plc10 o no en el mosa1rn.
En cua lquier caso. se trata de Vcrg.. /le11 2.
23 4 11 Estamos preparando un trabajo monogníficu so bre el lema, que va a presenta r!
Odas las hipó1csis de expli cació n del mosaico.
L:.n la ed ición de una inscri pción a islada proced ente de un mosa ico de la Akudia de Elche (A li cante) 1 \ en la que se idcnt itica a la nereida protagonista del cuadro. la Ora.G uardia (pág. 405 ), no indica que ex iste una hédc ra cerra ndo el texto.
Ga latea Edic ió n nuestra: GA LA TEA (hetlera) 1' Vid.
" "., 1 hl> l •>'11 I'\ "C R 11' I \" 11 l'\ f' \'\ \" _,,, X 1 11 la 1•t//u de ~anthteban Jcl Puerto (Jaen).... ali ó a la lu/ urhl de lth poco... mth; llcti... de tema hom~rieo de la Pcnin ~ula Ibérica 1 •• En él:-.e n: presenta el pa~aje de la 11 rnJa en que t\qu1k-.. es e:.condrdo por su madre Tetis en la rsla lk Skyro!'>. entre la:-. hrj llH'llil•ntcmcnte de rnuje ) con el nombre de Pyrra. corteja a una de la:. hr.i: ts.
L11 el mosaico se me/clan. a nuestro entender. otros tema:. de l ciclo homáico. comn son la prcsencia de Circe y de su sohrina Medea o el nombre de Priamo 1 -.
405) i.;s u1141 kctura propia. «que introduce algunas v: Hiarlles» y que nos presenta el te' de las lecturas consideradas por la Dra. (iuardia como desaparecidas. pueden todavía hoy leerse en el mosaico.
U n pa' tmcnto procedente de una 1•i/lu del pueblo de Sauccdo (municipio de Tala' aa de la Reina, Toledo) 1 ~ presenta un embl ema con un busto, a nuestro entender. masculino y una inscripción que identifica ul personaje.
La Ora.G uardia (p.406) reproduce la lectura de llláLq ueL (Corpus Mosaicos V). pt.:ro expresa sus dudas sobre esa edición.
Yo pienso que. sobre las fotos del mosai<;o (no se puede visi tar por las obras que se est<in real i1.:111do en el palacio de Sa11ta Cru1.. donde se em: uentra), no puede verificarse lseaim'? ( Blú1.qu~1. y Guardia). s ino ISCALLIS.
1 O. Procedentes de la l'i//a romana <le Carranquc (Toledo). conocemos a lgunos pavimentos con decoración figurada e inscripción 1' 1
• En el trabajo de la Dra.G uardia se encuentran en la pág. 406.,., l'u/., como rrnncru 1n1roducc 1tin n ta gran riquc/a pav11nc 111al de e''a l' illa. l>.Fcrníintlc1-Guliu110-R.Gurcia Scrrnnll. uCarranquc.
Unu vi lla con c"ccpcio nales nwsui-co~ en el campo tra propue:-ta e'.\ f>/,\'G/T y no pi11ri,.
Edición nuestra (e/. figura 5):
«El mu, a1co de la' MetamorfoM, de Carr;111quc (Toledo)>>.
27 ( 11) La tercera inscripción pertenece al oec11s de la l'illu y contiene una representación de Marte ) Venu:.. contemplando la lucha terrible entrt• Adoni:-> el jabal i.
Do:. perros de cua. separado:-. entre si e ide ntifi cado~ por dos inscripciones. acompañan a Atlonis ".
Si intcrpretáramo'.\ correctamente la edición de la Dra.Guanli a. tendríamos que entender que se trata de una única insc ripción compuesta por dos lineas de texto. sin nexos de ningún tipo.
Lu realidad es bien distinta.
En el cercado de San Isidro ( Duciias, Palencia ) fue puesta al descubierto una l'illo. en las termas de la cua l (entre el calt! ari11111 y el 1epit! ari11111) salió un mosaico con representación de caba llo y caballero a pie''.
Una inscripción en el cuel lo del animal nos da su nombre.
Qui-1:í se trate de un error tipográfico. pero la edición de Guardia ofrece un texto Amori. mientras que en el texto se leía muy bien AMORIS ~~.
que mcrc, ca una probable C JUl1tu al amé~ dc:I animal y cerca de la palabra.4111or1.1.
Trl•~ km al ~ur del pul'blo tk CabcdH1 de P1M11.:rga (Valladolid) ~•. apareció otro mosa ico tk tema homérico. que combina imúgc-ne~ y texto •••. l• I mosaico rcprc:-.cntaba un pasaje de la llíada (//..
1 19-120) en que se narra la lucha entre Glauco y Diomcdes, tras la cual los combatientes se dHn lus manos y se in tercambian las respectivas armas. l la y tres grupos de inscripciones cn d 111osaieo. el primero de los cuales en alfabeto g rkgo y lo~ otros dos en lutino.
En la edición de la Drn.Guardia parece no existir el alfabeto griego) se da a entender. otra \eL. que se trata de un solo texto.
Por otra parte, aque llas intcgracionc~ ra1onablcs que procedían dc la primera ed ición de la inscripción (citada en notn 25 ). fuente reconocida de la Ora.
VA l'•• 1-1 primero q 11ccta comc111udo,,.,,,,~•11 h[... ] 13. l lay alguna~ cn~a s a comentar en las inscripcionc~ del mosako de ltalica cn que sc representa el nm: imicnto de Venus:'. l.a primera afecta a la unilicaciún tipográlica que debe imperar cn la public;11.:1ón de un grupo de inscripcionc:-.
Cuando en la ediciún de la Ora.Guardia lccmos (púg.
8 de este trabajo) leíamos Pyrra.fili fusj I Te1itl/i/s.... tcndemo:. a pen sar que la palabra Ey! p1J<' cstú di\ idida. en la inscripción. en dos líneas.
La realidad del mosaico nos dice que la palabra está dividi da po r la cabeza del viento distinta a las dos anteriores, ya no sabe uno qué pensar sobre la distribución de lineas en las ediciones de la Ora.Guardia en relación con su re fcrente origina l.
Otro aspecto a comentar es el de la prescnt;11.:ión de las inscripciones.
Si en este trabajo Icemos (edición (luardia) l•.y/poc Arc: thusa A1111mone ¡,qué tendemos a pensar?
Pues que se trata de un texto único. dividido en trc!-t lineas.
¿O qui-1á se trata de un texto único dividido en cuatro líneas'?
Ni lo uno ni lo otro: el emblema central del mosaico está rodeado por octógonos (con figuras de vientos e inscripciones con sus nombres) y rectángulos (la misma configuración, pero con ligura!'> de ninfo:-).
1-11 rc:-.umcn. la kctura re:-.ulta muy dificil porque 110 hay un único cri terio de edición de la:-. >11, cripcione:-. (en cualquier ca:-.o. d de CIL 11''eguro que no) ) la conlia111a en lo que uno ke:-.e d.:bilita.
Un tercer probkma en l'~ta inscripdón: como ya e' habitual 110 ~e indica que existe un nexo t.:n una de las palabras.
Fdición nuestra (lf figura 6): a.
F.n un mosaico encontrado en la e Ma-:-.ona de Mérida. se representaban dos cuadrigas con aurigae victoriosos!~.
Aunque pcrte-11c1can a un mismo pavimento. se trata de dos cuadros composirivos dislintos con dos grupos de inscripciones diferenciadas. l::n la edición de la Ora.G uardia aparecen conw,i de un solo texto se tratara.
Adcmús. falta alguna inlerpunción; el nombre en genitivo, que probablemente identifica al propietario. se edita Ge111/i. cuando en el mosaico hay un espacio en blanco'' 1'11/. ('orpu) El primero afecta a la utilización de la minúscula y la mayúscula en las ediciones de la Ora.Guardia.
Vemos cómo la única inscripción griega de la villa portuguesa •'ose edita en mayúsculas. mientras que las demás vienen editadas en minúsculas. sin que sepamos a qué criterio obedece el cambio.
En esta primera inscripción. griega 11, no se indica en ningún momento que existe un espacio perdido en la parte izquierda del mosaico.
Un trabajo que nace de la recopilación de algunas observaciones a un fragmento de libro no necesita de conclusiones.~flfrto se11.\ •11.
En mi opinión habría sido mucho mejor. si la voluntad de la Ora.Guardia era publicar los apéndices con las inscripciones de los pavimentos musivos estudiados por ella. que hubiera rea lizado una lectura más críti ca y rigurosa de esas inscripciones.
Su trabajo en el campo de la iconografía es realmente importante y no hacía ninguna falta enturbiarlo con una información imprecisa y no pocas veces incierta.
Si sus ediciones hubieran sido fiables. su trabajo global hubiera resultado doblemente valioso. porque hubiéramos encontrado en un solo volumen una correcta edición de textos y un mejor comentario de las imágenes a que acompañan, y esa es, a no dudarlo. la mejor manera de comprender una inscripción musiva.
No me complace especialmente escribir páginas como éstas, pero pienso que es mucho mejor corregir los errores de lectura publicados por la Ora.Guardia que no pensar que los lectores no especializados en el tema van a recibir una información incorrecta.
Tómense estas páginas como un complemento al dossier de los mosaicos bajo-imperiales en Hispania 1 ~.
Presentamos en este articulo un conjunto de ungüentarios cerámicos de origen o rienta l de la Antigüedad Tardía procedentes de Punta de l'llla de Cullera, Valencia.
El interés de estas piezas viene dado por ser la primera vez que se documentan en la Península y su posible relación con algún aspecto de la liturgia cristiana.
1 Queremos agradecer al Servicio de Investigación Prehistórica de fa Diputación de Valencia y especialmente a su Director, Dr. Bernat Marti Oliver. las facilidades y el
Así mismo. agradecemos al Dr. Luis Caballero Zoreda y a Dña.
Rafaela Soriano Sánchez la preocupación e interés en la elaboración de este articulo. |
Fernando han permitido reconstruir las circunstancias del hallazgo del conocido tesoro de Quintana Redonda, formado por más de mil denarios de bols ́kan, un casco de bronce y dos recipientes de plata.
Presentamos los dibujos de estos dos recipientes, un skyphos y un mastos realizados en el momento del descubrimiento y hasta ahora inéditos.
La revisión del conjunto permite afirmar que pudo tratarse del tesoro de un militar romano y que su ocultación debe ser anterior a las guerras sertorianas.
La Academia de la Historia fue durante más de siglo y medio, esto es, desde su fundación en el siglo XVIII hasta finales del XIX, la principal institución encargada de la conservación del patrimonio arqueológico español.
Especialmente en ese siglo XIX, las comisiones provinciales de antigüedades aportan información de primerísima mano acerca de los hallazgos que se efectúan en las áreas de su competencia, tal y como ha quedado reflejado en la publicación de los índices que de esta documentación se conserva en la Academia3.
Una parte de estos descubrimientos arqueológicos pasa a enriquecer los fondos del Gabinete de Antigüedades de la Academia, especialmente hasta la creación del Museo Arqueológico Nacional y los museos provinciales.
El Gabinete Numario fue una de las partes más importantes del Gabinete de Antigüedades y desde su creación, hacia 1751, se surtió tanto de aportaciones de los propios académicos, como de hallazgos monetarios que pasaban, en su totalidad o en una parte, a engrosar el pronto copioso monetario.
La colección de moneda hispánica, en concreto, recientemente publicada, consta en la actualidad de más de 3700 piezas 4.
Su procedencia es, desgraciadamente, desconocida en la mayoría de los casos, pero es fácilmente deducible que muchas de las monedas procede de tesoros, tal y como indican tanto las características físicas de las propias piezas -de cuños y conservación similares-, como la propia historia de la formación del monetario.
Existen varios hallazgos de moneda hispánica muy conocidos en la bibliografía numismática que se conservan, en su totalidad o en parte, en el Gabine-te Numario.
Entre ellos destaca el tesoro de Quintana Redonda (Soria), del que además se conserva en el Gabinete de Antigüedades el conocido casco de bronce5 (Fig. 1).
Este tesoro no fue dado a conocer en la literatura científica hasta 1887, fecha en la que se publica una noticia en el Boletín de la Real Academia de la Historia 6, en la que se dice que D. Mariano Álvarez, desde Ávila, ha adquirido un denario oscense de los encontrados en Quintana Redonda, veinte años atrás.
El hallazgo, según el informante, estaba formado por dos pucheros llenos de monedas de plata, que habrían sido vendidas en Soria por mil pesetas.
Sin embargo, en el siguiente volumen de la publicación de la Academia, se recoge una rectificación en la que se explica que el tesoro estaba compuesto por 1.300 monedas contenidas en dos tazas de plata, cubiertas, a su vez, por un casco de bronce.
Una de las tazas, la que tenía asas, junto con las monedas que contenía, pasó al gobernador de Soria, mientras que la otra, el casco y el resto de las monedas llegaron a D. Eduardo Saavedra7.
Como puede verse, ya desde ese temprano momento las noticias sobre el hallazgo y su composición eran confusas, incertidumbres que se han perpetuado en la bibliografía posterior.
Ya en el siglo XX, Horace Sandars vuelve a mencionar el tesoro en dos de sus publicaciones.
En la primera de ellas 8 lo cita en relación con el hallazgo de Santa Elena, dentro de una recopilación de tesoros españoles en los que han aparecido vasos, dando a entender que una de las tazas formaba parte de la colección Saavedra junto con setecientas monedas celtibéricas de Osca; menciona que tanto el vaso como las monedas se encontraron bajo un casco de bronce que se encontraba en el Museo de la Real Academia de la Historia y completaba el hallazgo un segundo vaso de plata, con la forma de los de Boscoreale, que se conservaba en la colección Diente.
Se trata ésta de la mención más detallada que tenemos sobre la taza con asas, y la única que habla de su localización.
En la segunda cita sobre el tesoro, Sandars ya se centra en el casco y resume las circunstancias del hallazgo diciendo que se encontró en Quintana Redonda en 1863 cubriendo dos tazas de plata llenas de monedas autónomas con la leyenda bols ́kan 9.
Autores posteriores hablan del tesoro con referencias cada vez menos precisas.
B. Taracena resume que habían sido publicadas en el Boletín de la Academia, aunque fecha el hallazgo en 1868, y habla de denarios ibéricos y romanos 10.
En los trabajos más recientes se continúa citan-do este tesoro entre aquellos a los que se atribuye una cronología sertoriana, aunque sin aportar nuevos datos.
Así, entre otros, Raddatz 13, Domínguez Arranz 14, Villaronga 15, o García-Bellido y Blázquez 16.
Como puede verse, las noticias son confusas, tanto en lo que se refiere a fecha del hallazgo como a la composición monetal del tesoro, pero pueden completarse en parte con la documentación conservada en la Academia de la Historia, al igual que se ha comprobado recientemente en otros hallazgos monetales 17.
Por otro lado, en el archivo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando se conservan diversos papeles de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Soria que complementan y amplían los datos que se conservan en su homóloga de la Historia y que iremos intercalando de forma cronológica para completar el relato de los avatares que sufrió el tesoro desde su descubrimiento.
Con fecha 26 de mayo de 1863, la Academia de San Fernando recibe una comunicación redactada por el Gobernador Civil de Soria, Eduardo Capelastegui, en su calidad de presidente de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos, se conserva en el archivo de la Academia de San Fernando 18 y en la que se recogen con todo detalle las circunstancias del Respecto de las monedas, se nos cuenta que presentan en anverso un busto sin morrión y la leyenda, y en reverso un guerrero a caballo, con lanza, al galope, y con la leyenda.
Todas eran iguales, y con buena conservación, aunque entre las mil veintiuna del total existían cuatro incusas.
Adjunto al informe, Capelastegui envía a la Academia de San Fernando los dibujos del casco y de las tazas y diez de las monedas que había adquirido.
Esta institución recibe el donativo del Gobernador de Soria, como se constata en una carta que se le envía con fecha de 12 de junio de 1863, si bien decide que, al no poseer monetario propio, las monedas estarían mejor en la colección de la Academia de la Historia.
En cuanto a las tazas, al considerarse objeto artístico de mérito, estaría muy interesada en comprar «la de asas» que poseía la Comisión Provincial de Soria.
Paralelamente, en ese mismo mes de junio, en la Real Academia de la Historia queda constancia del donativo de setecientas monedas de plata, junto con un vaso del mismo metal y un capacete de cobre encontrados en Quintana Redonda, por parte de Eduardo Saavedra y Moragas (quien, en ese momento, se encontraba excavando en las ruinas de la cercana Nu-mancia) como se recoge en un informe firmado por el Anticuario Antonio Delgado 20 así como en el Acta de la Junta del 5 de junio de ese año.
Sin embargo, cuando este documento es reproducido en las Noticias de las Actas... publicadas en 1868, la mención al donativo de Saavedra de las piezas de Quintana Redonda ha desaparecido 26.
COMPOSICIÓN DEL TESORO Después de esta revisión documental, podemos decir con seguridad que el tesoro de Quintana Redonda estaba formado por un casco de bronce, dos tazas de plata y un número indeterminado de monedas que oscilaba entre las 1.021 y las 1.100.
Veamos ahora con detalle cada uno de estos elementos.
El casco de bronce, como se ha dicho, se conserva en el Gabinete de Antigüedades de la Real Academia desde 1863, fecha de la donación, casi inmediata al hallazgo, que realizó el académico Saavedra.
Se considera de tipo Montefortino, atribuyéndosele una fecha que oscila entre el siglo II y el primer tercio del primero.
Presenta una sencilla decoración en la parte inferior, que no se aprecia con detalle en el dibujo original, en el que únicamente se esbozan unas líneas de puntos y trazos oblicuos, por lo que es posible que en un primer momento, quizás antes de la limpieza de la pieza, no fueran bien visibles estos motivos decorativos.
Gracias a los dibujos conservados en el Archivo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y que reproducimos en este trabajo, es posible conocer por primera vez las dos tazas que formaban parte del tesoro de Quintana Redonda.
Estos dibujos, como ya se ha dicho, fueron realizados por Dionisio López de Cerain, entonces vocal de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Soria.
Están realizados a tinta sobre papel vegetal, a tamaño natural y con anotación del peso de las piezas.
La primera de ellas (Fig. 3), que se venía describiendo como «taza con asas», al parecer se encontraba en poder de la Comisión de Monumentos de Soria, y habría sido depositada en las dependencias del Gobierno Civil de la provincia hasta que fue robada de allí en 1864, tal y como se recoge en la documentación vista anteriormente.
En la actualidad se encuentra en paradero desconocido.
Se trata de un skyphos cuyas medidas son 18,9 cm de longitud máxima (de extremo a extremo de las asas), 12,5 cm de diámetro en la boca y 6,5 cm de diámetro en la base, con 7 cm de altura total.
Podría describirse como una copa carenada, con borde ligeramente exvasado en la parte superior y un pequeño pie anular moldurado.
Presenta dos asas aplicadas formadas por tres elementos: la parte superior es una pieza de forma trapezoidal, plana, que sirve de apoyo para los pulgares y que continúa el plano horizontal del borde del recipiente; le sigue el asa propiamente dicha, de forma anular, y por último un remate, que, a juzgar por el dibujo, podría recordar una forma vegetal, que serviría como refuerzo, y se une a la taza a unos dos tercios de su altura total.
La vista superior del recipiente nos permite apreciar dos pequeños rebordes en la boca del skyphos, así como la forma de las asas.
En el interior de la copa se han marcado con punteado tres círculos concéntricos que cabe interpretar como el diámetro de la base y el pie, mejor que como decoración interna.
El peso del recipiente era de 10 onzas y 5 adarmes, lo que se traduce por, aproximadamente, 296 g.
El skyphos es una de las formas más comunes del argentum potorium de finales de la República, aunque se hace más habitual a comienzos del Imperio, si bien en esa época es habitual que aparezca cubierta de decoración aplicada o repujada 28.
Nos encontramos sin duda ante una forma de tradición helenística, desarrollada a partir de un prototipo cerámico griego 29, que resulta muy poco común en la Península Ibérica, donde sólo se había constatado hasta el momento en otro tesoro descubierto en 1930 en Poio (Paradela de Guiâes, Portugal), en el que se recuperaron dos recipientes similares 30.
Al igual que en Quintana Redonda, en Poio aparecieron diversos objetos de servicio de mesa -dos skyphoi, una jarra y un cuenco o plato-en compañía de monedas de plata, en este caso al parecer todas romanas, aunque no pudieron ser estudiadas en su totalidad 31.
Tradicionalmente se ha venido incluyendo este tesoro entre los de cronología sertoriana por ser la más moderna de las conservadas una pieza de la emisión de C. Postumius del año 74 a.C. (RRC 394/1a) 32 y si bien una reciente revisión de las monedas propone retrasar su fecha hasta el 49-48 a.
C. 33, a falta de datos más seguros se puede seguir considerando este tesoro como de época sertoriana 34.
El skyphos de Quintana Redonda es muy similar, a juzgar por el dibujo, al más pequeño de los aparecidos en Poio, en cuanto a forma se refiere, especialmente si nos fijamos en las asas, aunque el ejemplar soriano presentaría la carena mucho más marcada.
En cuanto al tamaño, estaría entre los dos de Poio, tanto en altura como en diámetro.
Este recipiente puede encuadrarse dentro del tipo de copas o vasos de Boscoreale 35, tal y como apuntó correctamente Sandars, aunque con algunas puntualizaciones.
El tesoro de Boscoreale, descubierto en 1895 en una villa rústica cercana a Pompeya, está formado por diferentes objetos de plata, entre los que destaca el servicio de mesa 36.
Sus más conocidas copas pertenecen a época ya imperial y presentan una decoración muy elaborada, con aplicaciones o repujada, característica habitual en los skyphoi de esa etapa, si bien algunos ejemplares de decoración más sencilla parecen ser anteriores, siendo estos últimos los más próximos a los ejemplares hispanos.
La forma también ha sido documentada en hallazgos de Francia, Italia o Dinamarca, en diversos contextos.
Se trata de un conjunto formado por dos copas y un skyphos, todos ellos de plata, considerados como una importación italiana.
La interpretación propuesta para este hallazgo, al que se atribuye una cronología de primera mitad del siglo I a.C., es que las piezas podrían haber viajado en un barco cuando se produjo su pérdida accidental.
Se atribuye al conjunto una cronología de primera mitad del siglo I a.
Si nos fijamos en el skyphos, de cuerpo ligeramente exvasado, veremos que presenta unas asas muy similares a las vistas en el de Quintana Redonda, con el que coincide también en medidas.
También procedente de la Galia es el tesoro de Berthouville, del que forma parte la «copa de los centauros», un skyphos, aunque a veces se conozca como kantharos, con decoración en relieve.
El conjunto estaba dedicado en su templo al Mercurio Canetonense y de su carácter votivo dan fe los nombres de los dedicantes, entre ellos quien dedica esta copa, de procedencia itálica 39.
En el conjunto descubierto en 1929 en Palmi (Reggio Calabria, Italia) se recuperaron tres tazas que recuerdan en gran medida a las de Quintana Redonda 40.
Las número 3 y 4 presentan una pequeña carena en el tercio superior del vaso, aunque, a diferencia de los ejemplares hispanos, la forma del recipiente es ligeramente exvasada, y las asas son totalmente distintas; en cambio la número 5 presenta asas similares en tres partes y cuerpo hemiesférico.
La taza número 4 presenta además en su interior una inscripción cuyas características epigráficas permiten datarla en la primera mitad del siglo II a.
C. 41, cronología anterior a la fecha de ocultamiento del tesoro, que se habría producido en el primer cuarto del siglo I a.
Para concluir el listado de paralelos entre los skyphoi europeos más conocidos, citaré el procedente de Giubiasco, en el cantón de Tesino, en Suiza, recuperado en una necrópolis tardía de La Tène 43 y, aunque ya de época imperial, los skyphoi de Hoby (Dinamarca) 44.
Desde el punto de vista de la tipología, de todos estos skyphoi europeos, los de Quintana Redonda, Poio y Palmi 3 y 4 son los únicos que presentan el cuerpo carenado, mientras que en el resto las paredes del vaso tienden a la forma cilíndrica o ligeramente ovoide (Fig. 4).
Sería posible pensar que los ejemplares hispanos ilustran un paso intermedio entre las piezas carenadas, exvasadas y sin decoración de Palmi, fechadas en la primera mitad del siglo II, y los ejemplares de Thorey, de primera mitad del I a.C., que ya han perdido la carena presentando un perfil hemiesférico, evolución estilística que culminaría en época augustea y altoimperial con las elaboradas piezas de Hoby o Boscoreale.
Por lo que respecta al lugar de fabricación y su funcionalidad, parece aceptado, por lo visto en los estudios realizados sobre los ejemplares europeos, que se trataría de objetos de importación 45.
Su función como regalos diplomáticos parece evidente en el caso de las copas de Hoby (Dinamarca), firmadas además por un artesano de nombre griego 46.
La segunda de las tazas de Quintana Redonda que, al parecer, habría sido donada por Eduardo Saavedra a la Real Academia de la Historia, y cuyo paradero actual se ignora, es un recipiente hemiesférico, tipo cuenco (Fig. 5).
Sus medidas eran 13,4 cm de diámetro en la boca y 7 cm de altura.
Parece tener un pequeño reborde en la parte superior de unos 6 mm en el que podría tener una decoración punteada.
Su peso era de 7 onzas y 13 adarmes, lo que puede traducirse por, aproximadamente, 224 g.
Este tipo de cuenco es muy sencillo y habitual en la orfebrería hispana, aunque también aparece en otras zonas de Europa como los Balcanes 47.
Tipológicamente, suele englobarse en un mismo apartado con otro tipo de cuencos de forma cónica, con el nombre genérico de mastos, y se utilizarían como recipiente de bebida 48.
Recientemente se ha documentado este tipo también en Francia 49.
Si cotejamos las medidas del recipiente de Quintana Redonda con los promedios de medidas y pesos elaborados por Raddatz en su apartado dedicado a esta tipología, encontramos que es ligeramente más pequeño del tamaño medio calculado que rondaba los 15 cm de diámetro 50, quedándose en 13,4 cm. El peso, tal y como lo hemos calculado por las indicaciones del dibujo, tampoco llega al de la libra romana que pesarían algunos ejemplares de Andalucía.
Por lo que se refiere a piezas similares documentadas, ya en el inventario elaborado por el mismo autor se recogían veintisiete ejemplares 51, a las que hoy es posible añadir algunas más como los del tesoro de Chiclana de Segura (Jaén), donde aparecieron, entre otros objetos de plata, cuatro de estos recipientes 52.
La práctica totalidad de los hallazgos de estas piezas de platería se concentra en la zona sur de la Península Ibérica, asociada a tesoros de la zona de Sierra Morena y Valle del Guadalquivir 53.
Algunos de ellos pueden fecharse con cierta seguridad gracias a las monedas romanas que también formaban parte de su composición, como es el caso de los de Molino de Marrubial, Almadenes de Pozoblanco, Chiclana de Segura, etc. 54.
De este modo se engloban en un periodo cronológico cercano al año 100 a.
C. 55, ilustrando un horizonte de inestabilidad para el cual 45 Baratte (op. cit. nota 39, p.
108); su habitual presencia en los tesoros hispanos ya la hemos visto constatada por Sandars (op. cit. nota 8, pp. 397 s.) y en estudios posteriores, por ejemplo por ejemplo, A. Blanco Freijeiro, «Plata oretana de «La Alameda» (Santisteban del Puerto, Jaén)», AEspA, vol. XL, no 115-116, 1967, pp. 92-99, quien recoge la existencia de cuencos similares en los hallazgos de Torre de Juan Abad (Ciudad Real), Almadenes de Pozoblanco, Molino de Marrubial y La Grajuela (Córdoba), o Perotito y Los Villares en la provincia de Jaén.
49 Véase por ejemplo, el cuenco procedente de Eyres-Moncube (Landes): VV.
86), procedentes de los hallazgos de Alcornocal (Fuenteobejuna, Córdoba), Azuel (Córdoba), Molino de Marrubial (Córdoba), Almadenes de Pozoblanco (Córdoba), Castellar de Santiago (Ciudad Real), Castillo de las Guardas (Sevilla), Fuensanta de Martos (Jaén), Mengíbar (Jaén), Santiesteban del Puerto (Jaén), Torre de Juan Abad (Ciudad Real), Cástulo (Jaén), Los Villares (Jaén), Padrad (Proença-a-Nova, Castelo Branco).
52 L. Avellá Delgado y P. Rodríguez Rus, «Un tesoro de plata procedente de Chiclana de Segura», Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, XXXII, no 126, 1986, pp. 23-58.
53 En la recopilación de Raddatz (op. cit. nota 13, p.
89) únicamente se recoge el hallazgo portugués de Padrad fuera de esta región.
54 Una reciente revisión de estos tesoros en T. Volk, «The composition, distribution, and formation of Roman Republican coin-hoards from s. Hispania, c.
100 BC», en R.M. S. Centeno; Ma P. García-Bellido y G. Mora (coords.).
Rutas, ciudades y moneda en Hispania.
La relación entre tesoros y cuencos hemiesféricos aparece recogida en la tabla B y en la p.
También F. Chaves, Los tesoros en el Sur de Hispania.
Conjunto de denarios y objetos de plata durante los siglos II y I a.
Los objetos de plata han sido estudiados, en ese mismo volumen, por Ma L. de la Bandera, «Objetos de plata que acompañan a las tesaurizaciones», pp. 609-702.
55 ciones andaluzas de esta época y no se repite en los hallazgos de época posterior, de modo que, aún en el caso de que faltaran las monedas, sería posible fechar los tesoros con estas piezas de orfebrería a finales del siglo II y principios del I a.
LAS MONEDAS Como se constata en la documentación conservada, las monedas recuperadas en el hallazgo de Quintana Redonda superaban las mil piezas, hablándose en un primer momento de mil veintiuna y después de mil cien.
De ellas, al parecer la Real Academia de la Historia habría recibido un total de setecientas trece, de tres donaciones diferentes: las setecientas donadas por Eduardo Saavedra, las diez recibidas de la Real Academia de San Fernando y finalmente, tres monedas donadas por su correspondiente Francisco Javier de León Bendicho.
De todas estas piezas sólo se ha conseguido identificar diez.
Las primeras ocho monedas corresponden al tipo CNH 211.259, que se caracteriza por presentar en anverso una cabeza masculina barbada con collar, a derecha, y detrás los signos ibéricos bo.n., y en reverso jinete lancero a derecha, debajo, sobre línea, bols ́kan.
Las dos últimas (n.o cat.
Este número coincide con las diez piezas donadas por la Real Academia de San Fernando, que además se conservaron en su sobre original hasta la reciente ordenación de la colección de moneda hispánica.
De la donación de Bendicho quedó constancia en varios documentos.
En el primero, redactado por el propio correspondiente, aunque detalla la procedencia de las monedas, no proporciona ningún dato físico de las piezas, salvo que son de plata.
Sin embargo, se conserva entre los papeles del Gabinete Numario el informe realizado por D. Antonio Delgado sobre esta donación.
Se trata de un documento titulado «Monedas q e han pasado al monetario de la Academia en 1865», en el cual se recoge un listado más completo de esta donación 60.
Aunque en este caso ya no se cita la procedencia de las monedas, puede deducirse que las dos monedas de bols ́kan que describe Delgado en su lista podrían proceder de Quintana Redonda.
De una de ellas, además, nos dice que presenta el reverso incuso, particularidad que sabemos se daba en algunas monedas del tesoro que habían sido adquiridas por Capelastegui 61.
Parece evidente que, si la composición del tesoro era, tal y como nos dicen los primeros informes, denarios de bols ́kan exclusivamente y, por tanto, las piezas ingresadas en el Monetario de la Academia de la Historia lo serían, éstas se han perdido, como también habrían desaparecido en este siglo y medio el cuenco hemiesférico que fue donado junto con ellas.
Quizás la explicación más sencilla sea que la donación de Saavedra de las setecientas monedas y el cuenco de plata nunca llegó a materializarse, a pesar de que la hemos encontrado constatada en varios documentos, lo que explicaría que en la primera publicación del tesoro en el Boletín de la Real Academia de la Historia de 1888 se hubiera perdido toda memoria de estos materiales 62.
La emisión a la que corresponden las monedas del tesoro identificadas, se considera la segunda y se fecha, según autores, en la segunda mitad del siglo II a.C. 63 o desde segunda mitad de este siglo II hasta 60 GN 1866/1.
Aunque parezca existir un desfase de fechas entre la donación y el documento, no hay tal, pues la donación se produce en diciembre de 1864.
Además, el cotejo de ambos documentos demuestra que nos encontramos ante las mismas piezas, a pesar de que en el segundo no se mencionen las procedencias.
Lo mismo sucede en la publicación de esta donación: P. Sabau, Noticia de las actas de la Real Academia de la Historia leída en Junta Pública de 7 de junio de 1868.
61 Ver supra, documentación.
En este documento, sin embargo, sólo se habla de dos denarios de bols ́kan.
62 Todos los esfuerzos dedicados a encontrar algún otro rastro de esta donación en la Academia de la Historia, aparte de los documentos citados, han resultado infructuosos.
He llegado a plantearme la hipótesis de que el hallazgo no estuviera compuesto únicamente por piezas de bols ́kan sino que entraran en su composición denarios de otras cecas celtibéricas y romanas.
Me aferraba a indicios como la donación de León Bendicho, la noticia de Taracena (op. cit. nota 10, p.
137) hablando de denarios celtibéricos y romanos, o en el detalle de que Delgado siempre habla de moneda de plata y no de moneda céltica como sucedía en los documentos enviados desde Soria.
Esta «línea de investigación» ha resultado equivocada: Taracena posiblemente interpretó erróneamente el término «denario común oscense» utilizado en la primera noticia del tesoro, pero la prueba definitiva es que en el Monetario de la Academia no se constata ningún aumento considerable de la colección de moneda hispánica ni de la romana tras la redacción del inventario de el primer cuarto del I 64.
La presencia de piezas de esta emisión en tesoros de diferentes fechas certifica su dilatada cronología: se encuentra bien representada en los tesoros del sur peninsular cercanos al año 100, que hemos visto anteriormente, como Carissa, Marrubial, Almadenes de Pozoblanco, Torres, Granada II, o Salvacañete; también aparece en hallazgos relacionados con el horizonte sertoriano -Maluenda, Nájera y Salamanca-, pero perdura hasta poder encontrarse en hallazgos tan tardíos como Arrabalde (cuya ocultación se fecha en relación con las guerras cántabras), y el de Villar del Álamo, de época ya augustea 65.
Sobre estos hallazgos, y sin pretender realizar un exhaustivo estudio sobre la cronología de las monedas de bols ́kan, hay que hacer algunas precisiones.
En primer lugar, el tipo que estamos estudiando aparece con mucha más profusión en los hallazgos pertenecientes al que denominaremos «horizonte del año 100».
Estos tesoros se encuentran bastante bien datados por aparecer en ellos denarios romanos 66.
Los tesoros «sertorianos» en los que se encuentra representada esta emisión de bols ́kan son muchos menos: Maluenda, Nájera y Salamanca.
Sobre su cronología hay que matizar que sólo del primero podemos asegurar una fecha sertoriana por entrar en su composición denarios romanos, el más moderno de los cuales se fecha en el 77 a.C. 67.
Los tesoros de Nájera 68 y Salamanca 69 compuestos únicamente por moneda ibérica, no pueden ser datados sino por paralelismos y deducciones.
En ambos, la presencia de denarios de bols ́kan es muy residual, con un solo ejemplar en cada uno 70.
Por último, la presencia de denarios de bols ́kan en fechas tan tardías como las guerras cántabras, y aún más, época augustea, no indica sino una circulación residual en zonas periféricas (Arrabalde).
De otra parte, si nos fijamos en los tesoros recuperados en zonas próximas a la de Quintana Redonda y que son conocidos con un mayor grado de certidumbre, y a los que igualmente se supone una fecha de ocultación sertoriana, no deja de ser chocante una composición única de moneda de bols ́kan.
Un rápido repaso por estos hallazgos de la Meseta y el Valle del Ebro, nos indica una presencia bastante residual de esta ceca en detrimento de las cuatro más habituales: s ́ekobir ́ikes, tur ́ias ́u, ar ́ekor ́ata y arsaos 71.
Aún variando los porcentajes, estos cuatro talleres forman el grueso de la práctica totalidad de los tesoros conocidos en toda esta región.
Un ejemplo de ello es el tesoro de Palenzuela, que se fecha por el último de los denarios romanos conservados, post.
C., si bien presenta un porcentaje relativamente alto de piezas de bols ́kan -5,71 % de las más de dos mil seiscientas que lo componían-, éstas pertenecen a una emisión que es considerada posterior a la recuperada en Quintana Redonda 72.
Los hallazgos documentados en la provincia de Soria no aportan apenas datos a la solución del problema.
El de Retortillo de Soria, cercano geográficamente a Quintana Redonda, se conoce únicamente por noticias muy imprecisas: publicado por Gómez Moreno y recogido por Taracena, el primer autor en ningún momento menciona que el tesoro se encontrara dentro de una taza de plata 73.
Igualmente imprecisa es la noticia del tesoro de Pozalmuro, transmitida por Eduardo Saavedra, con los únicos datos de que se trataba de una olla repleta de monedas iguales hallada en 1835, de las que consigue recuperar un denario de tur ́iasu que dona a la Real Academia de la Historia 74.
Entre los tesoros documentados en la cercana región del Valle del Ebro, el hallazgo de Maluenda, EL TESORO CELTIBÉRICO DE QUINTANA REDONDA (SORIA) AEspA 2008, 81, págs. 229-244 ISSN: 0066 6742 posiblemente el mismo que el de Aluenda 75, es el que presenta una composición más parecida a la de Quintana Redonda, en tanto que en ambos la única moneda ibérica representada era la de bols ́kan (a excepción de una pieza de s ́ekobir ́ikes en Maluenda).
Este hallazgo, sin embargo, y a la luz de los estudios realizados sobre circulación monetaria en la Tarraconensis, resulta extraño para la zona, especialmente por la presencia de moneda romana 76, por lo que es posible que no se formara en la región sino que llegara ya en bloque como producto de algún pago 77.
Así pues, si bien es cierto que esta muestra de monedas no alcanza ni siquiera el 1% del total del hallazgo, resulta curioso que todas pertenezcan a la misma emisión, mayoritariamente reconocida como de las más antiguas de la ceca, con una cronología que, a juzgar por su representación porcentual en los tesoros, estaría bastante más cercana al cambio de siglo que a las guerras sertorianas.
Tras la revisión de toda la documentación presentada pueden darse por seguros algunos datos sobre el tesoro de Quintana Redonda.
El hallazgo se produjo en 1863 y estaba compuesto por un número de monedas de plata cercano a las mil (mil veintiuna en el primer informe), un casco de bronce de tipo Montefortino y dos recipientes de plata: un cuenco hemiesférico y un skyphos, elementos característicos del servicio de mesa.
A pesar de la exhaustiva revisión documental llevada a cabo para este trabajo, ha sido imposible reconstruir con seguridad las circunstancias que ocasionaron la pérdida del tesoro, sin embargo sí cabe anotar que en los años siguientes al hallazgo se producen una serie de factores que pudieron influir en esta pérdida.
Dentro de la Academia de la Historia, Antonio Delgado deja el cargo de Anticuario en 1865, cuando se jubila, y habrá que esperar a septiembre de 1867 para que sea nombrado Aureliano Fernández Guerra, quien no toma posesión hasta diciembre.
Es posible que Delgado, entonces, no tuviera tiempo material de catalogar todas las piezas ni de dejar constancia de su procedencia, algo que sí sucede con la mayoría de las donaciones que se realizan durante el ejercicio de su cargo, incluida la de las diez monedas de este mismo hallazgo de Quintana Redonda que había donado la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando 78.
A este periodo de transición entre la jubilación de Delgado y la toma de posesión del siguiente anticuario se unen la complicada situación política que desemboca en la revolución de 1868 y que tiene su reflejo en el funcionamiento académico 79.
Prueba de ello es el paréntesis que se produce en las publicaciones institucionales, por ejemplo en las Noticias 80.
Es posible pensar que la conjunción de estos elementos pudo suponer, si no la pérdida de los propios materiales, desde luego sí su olvido.
Por lo que se refiere a los datos aportados por los nuevos materiales recuperados, me atrevo a decir que ninguno de los elementos que componían el tesoro de Quintana Redonda permite, por sí mismo, certificar la cronología sertoriana del hallazgo.
El casco, característico del ejército romano, debió pertenecer a un militar, posiblemente a un oficial, y, por su tipología, puede datarse entre inicios del siglo II y mediados del I a.
La tipología del cuenco hemiesférico, muy similar a la de los documentados en tantos tesoros del sur peninsular, nos remitiría a una cronología cercana al año 100 que avalan los denarios recuperados en esos mismos hallazgos.
Por otra parte, las monedas que han podido ser catalogadas, aunque sean en un porcentaje inferior al 1 %, pertenecen todas a un mismo tipo y a una emisión 75 L. Villaronga, «Notas a un hallazgo de denarios en Maluenda (Zaragoza)», Ampurias, XXVI-XXVII, 1964-1965 78 Hay que anotar que la fecha de descubrimiento del tesoro impidió a Delgado incluirlo en su obra Nuevo método de clasificación de las medallas autónomas de España, Sevilla, 1871 y 1876, que, había sido redactada con anterioridad y donde sí se menciona, en alguna nota a pie de página, la donación de Saavedra de las moneda halladas en la vía entre Uxama-Augustobriga, de 1861, (Delgado, 1876, III, p.
14, n. al p.) con la apostilla de «recientes investigaciones».
79 M. Almagro («El Archivo de la Comisión de Antigüedades: una visión de conjunto», en M. Almagro-Gorbea y J. Maier (eds.), 50 años de Arqueología y Patrimonio.
Documentación sobre Arqueología y Patrimonio histórico de la Real Academia de la Historia.
214) habla de crisis reflejada en el volumen de documentos recopilados en los años del sexenio revolucionario.
80 Las Noticias de las actas de la Real Academia de la Historia..., redactadas por Pedro Sabau, y que habían tenido hasta entonces una periodicidad anual o bianual, no se editan entre 1862 y 1868.
Estas noticias habían dejado de publicarse en las Memorias de la Real Academia de la Historia desde 1852 y aún habrá que esperar hasta 1877 para que comience a editarse el Boletín de la Real Academia de la Historia.
330) afirma que, aunque las monedas apuntan a cronología sertoriana, «el casco pudiera ser algo anterior».
Solamente la presencia de un skyphos de plata, cuyo único paralelo en la Península se encuentra en el tesoro portugués de Poio, podría asegurar la cronología sertoriana del hallazgo.
Sin embargo, el hecho de que contemos con un único paralelo, plantea la duda de si la relación podría ser a la inversa y los skyphoi de Poio fueran las piezas más antiguas del hallazgo, no contemporáneas de las monedas.
Recordemos que las tazas de Palmi, también carenadas, se datan en la primera mitad del siglo II a.
C. No podemos dejar de lado que este tesoro de Quintana Redonda difiere radicalmente en su composición de todo lo visto hasta ahora en los hallazgos monetales de la Meseta Norte y del Valle del Ebro: monedas de un único taller y recipientes de servicio de mesa, un tipo de objetos poco habitual en los tesoros celtibéricos, donde lo corriente es que aparezcan joyas o fragmentos de ellas, en compañía de las monedas (casos de Padilla, Palencia, Roa, etc.) 82.
Tampoco se conoce vajilla de plata en otros contextos arqueológicos de la zona, por lo que la explicación más plausible es que nos encontramos ante un objeto de importación.
Llegados a este punto, creo que puede plantearse la hipótesis de que este tesoro fuera propiedad de un militar romano que lo ocultó bajo su casco, y que su fecha podría ser anterior a las guerras sertorianas.
Anteriormente se había planteado la posibilidad de que el poseedor del tesoro fuera un soldado celtibérico 83, sin embargo la presencia exclusiva de moneda celtibérica no indica necesariamente que el dueño tuviera que serlo, puesto que el papel de las cecas hispánicas en el cobro de impuestos y de pagos relacionados con las tropas con anterioridad a ser utilizadas por el bando sertoriano, y en relación de igualdad con la moneda oficial romana, está siendo tenido en cuenta cada vez más por los investigadores 84.
Parece perfectamente posible que un oficial romano pudiera estar en posesión de esta clase de numerario, así como de las dos piezas de orfebrería, sin duda alguna objetos de importación.
Sin embargo, tal y como sucede en muchos otros aspectos de la arqueología, nos movemos en el terreno de la hipótesis.
En lo referido a las ocultaciones monetales, insistimos en aplicar determinados modelos, intentando insertar cada tesoro en un horizonte de inestabilidad, cuando ni siquiera conocemos, como en este caso, su composición completa, y quizás nunca alcancemos a discernir las verdaderas causas que llevaron a la ocultación de muchos de los tesoros que han llegado a nuestros días. |
Un trabajo que nace de la recopilación de algunas observaciones a un fragmento de libro no necesita de conclusiones.~flfrto se11.\•11.
En mi opinión habría sido mucho mejor. si la voluntad de la Ora.Guardia era publicar los apéndices con las inscripciones de los pavimentos musivos estudiados por ella. que hubiera rea lizado una lectura más críti ca y rigurosa de esas inscripciones.
Su trabajo en el campo de la iconografía es realmente importante y no hacía ninguna falta enturbiarlo con una información imprecisa y no pocas veces incierta.
Si sus ediciones hubieran sido fiables. su trabajo global hubiera resultado doblemente valioso. porque hubiéramos encontrado en un solo volumen una correcta edición de textos y un mejor comentario de las imágenes a que acompañan, y esa es, a no dudarlo. la mejor manera de comprender una inscripción musiva.
No me complace especialmente escribir páginas como éstas, pero pienso que es mucho mejor corregir los errores de lectura publicados por la Ora.Guardia que no pensar que los lectores no especializados en el tema van a recibir una información incorrecta.
Tómense estas páginas como un complemento al dossier de los mosaicos bajo-imperiales en Hispania 1 ~.
Presentamos en este articulo un conjunto de ungüentarios cerámicos de origen o rienta l de la Antigüedad Tardía procedentes de Punta de l'llla de Cullera, Valencia.
El interés de estas piezas viene dado por ser la primera vez que se documentan en la Península y su posible relación con algún aspecto de la liturgia cristiana.
1 Queremos agradecer al Servicio de Investigación Prehistórica de fa Diputación de Valencia y especialmente a su Director, Dr. Bernat Marti Oliver. las facilidades y el
Así mismo. agradecemos al Dr. Luis Caballero Zoreda y a Dña.
Rafaela Soriano Sánchez la preocupación e interés en la elaboración de este articulo.
El término La/e Roman U11~11e111ari11111 fue adoptado por J. W. Hayes para designar un tipo de ungüentario ccrúmico que aparece regularmente en yacimientos de los siglos \"I y v11 d.
C. en la parte oriental del Mediterráneo y diferenciarlo del común ungüentario fu siforme de época helenística. en vista a su general similitud (Ha- ycs.
Estos pequc11os frascos cerámicos tienen una altura de alrededor de los 20 cm., presentan una forma fu si forme, pequeña boca tubular di ferenciada del cuerpo por una tina moldura y cuerpo apuntado hacia e l pie, acabando en una base truncada burdamente.
Un aspecto interesante de estas piezas es que algunas de ellas exhiben una pequeña estampilla ci rcular o rectangular en la zona del pie con variada temática. mayoritariamente epigráfica (letras ligadas. monogramas... ). apareciendo también motivos animales de clara simbología cristiana.
Desde un punto de vista técnico su manufactura es muy característica, tanto por la pasta como por el tratamiento exterior que presenta.
La cerámica es de grano muy fino y de fractura recta y afilada, percibiéndose ocasionalmente algunas inclusiones de pequeños puntos de cal.
Presenta líneas muy marcadas de torno, visibles en el interior de las piezas. al contrario de la superficie externa que aparece bien alisada.
El color de la pastil es muy variable dependiendo del grado de cocción de la misma, siendo normal las tonalidades anaranjadas, rosadas. marrón-rojizas, púrpuras y grises. apareciendo con frecuencia piezas con un corazón gris conjuntamente con una superficie rojiza. y viceversa.
Otro aspecto a destacar es la presencia en la parte superior de la superficie externa de las piezas de un ligero engobe de tonalidad algo más oscura que cae en forma de goterones (Hayes, 1971: 243 ).
Las piezas cerámicas que aquí presentamos proceden del yacimiento costero de Punta de I' lila de Cu llera, población situada a unos cua-renta kilómetros al sur de la ciudad de Valencia (figura 1 ).
Esta untigua isla fue unida a tic-m1 fi rme con la construcción de un dique en el siglo'\\ 111.
Por otra parte. el yacimiento fue arrasado por la construcción de un gran cdi lício en décadas pasadas.
Desgraciadamente, tan sólo tres cortas campañas de excavación pudieron ser efectuadas en los años 1955, 1957 y 1966 por el Servicio de Investigación Prehistórica de Valencia, a cargo de D. Enrique Pla en colaboración con D. Miguel Tarradell.
Estas excavaciones evidenciaron la existencia en el istmo de diferentes estructuras constructivas y de un considerable volumen de material arqueológico en su mayor parte inédito 1.
Sí fue publicado, en cambio. e l estudio del conjunto numismático (Mateu y Llopis.
1972), el cual da una amplia cronología al yacimiento, que, iniciándose en época alto-imperial, tendría un florecimiento en el si-: Noticias anteriores a la excavación sobre la existencia del yacimiento:
C. para perdurar hasta la época de Justiniano de Bizancio. detectándose un período de influencia vándala a partir del 460, atestiguado por la presencia de 51 monedas emitidas por el reino vándalo del norte de África, correspondiendo las últimas emisiones a Gelimer (530-533 d.
La cronología de los hallazgos numismáticos se cerraría con el hallazgo aislado de una moneda de Wamba.
Las someras noticias publicadas sobre el yacimiento, unidas a la total destrucción del mismo en la década de los 60, han hecho que la bibliografía no se ocupara prácticamente del mismo.
Tan sólo el Dr. E. Llobregat ha mostrado siempre el mayor interés, dando noticias de dos cruces litúrgicas de bronce allí encontradas y defendiendo el carácter religioso de las instalaciones ubicadas en la isla, isla que cree posible relacionar con la que aparece mencionada en el epitafio del obispo Justiniano de Valencia y, consiguientemente, poner en relación las estructuras de!'lila de Cullera con el cenobio fundado por este obispo en memoria del mártir San Vicente 3.
E.: «San Vicente Mártir y Justiniano de Valencia», Homenaje a Fray Justo Pére= de Urbe/.
Llobregat, • E.: la primitiva Cristiundat Valenciana.
Asimismo, hay que añadir un reciente estudio del material anfórico de este yacimiento, el cual proporciona una cronología centrada en la segunda mitad del siglo v 1 d.
Es en este contexto del siglo v1 d.
C. donde se incluyen los ungüentarios cerámicos objeto de este artículo.
DESCRIPCIÓN DE LAS PIEZAS (Figuras 2 y 4)
Pieza conso lidada, incompleta, no conserva el borde.
Altura conservada: 18.1 cm. Anchura máxima: 5 cm. Pasta de coloración rosada, compacta, dura y bien depurada, con algunas inclusiones apenas visibles de partículas de cal.
Superficie interna de color rosado, rugosa y con las líneas de torno muy marcadas.
Superficie externa de tonalidad rosaanaranjada, alisada, aunque son visibles raspaduras, huellas digitales y manchas de arcilla.
Conserva restos de un engobe muy ligero de coloración rojo-anaranjada.
Cerca de la base presenta una estampilla muy deteriorada, poco Llobregat, E.: «La más antigua cristiandad».
Llobregat, E.: «Las cruces de la Punta de l' llla (Cullera)», Trabajos Varios del SJP, núm. 89, 1992, págs. 663-670. visible, de forma circular y con un motivo cruciforme.
Pieza incompleta. consolidada, no conserva el borde.
En realidad se trata de dos fragmentos pero que se incluyen juntos en el mis mo dibujo, pues presentan las mismas características y es más que probable que formaran parte de la misma pieza, indicando el punto de fractura.
Altura conservada: 17.8 cm. Anchura máxima: 4.4 cm. Pasta de coloración rosada. compacta, dura y bien depurada con escasas impurezas apenas visibles de partículas de cal.
Superficie interna de color rosado, rugosa y con líneas de torno muy marcadas.
Superficie externa de tonalidad rosa-anaranjada, fina, con algunas ras paduras y huellas digitales.
Presenta un ligero engobe rojo-anaranjado en la pared externa de la parte superior de la pieza, cayendo en forma de goterones hacia e l inferior de la misma.
Próxima a la base aparece una estampilla, un tanto deteriorada, de forma rectangular y con motivo monogramático.
Pieza consolidada, incompleta y cuya mitad inferior aparece quemada.
Pasta de color anaranjado, dura, compacta y bien depurada, con escasas partículas de cal.
Superficie interna de color anaranjado y con lineas de torno muy marcadas.
Superficie externa de tonalidad anaranjada, alisada, presentando raspaduras, huellas digitales y restos de arcilla.
Conserva parte de un engobe de color rojizo en la superficie externa, cayendo en forma die goterones por la zona inferior de la pieza.
Cerca de la base aparece una estampilla cuadrangular con motivo monogramático muy similar al de la fig. 2.2, pero en posición invertida respecto a ésta.
Fragmento de la parte inferior de un ungüentario.
Altura conservada: 6.4 cm. Pasta gris azulada, dura, compacta y bien depurada, no apreciándose impurezas.
Superficie interna de color beige-anaranjado c laro, líneas de torno marcadas.
Superficie externa de color gris con manchas anaranjadas, alisada.
Presenta una estampilla circular monogramática.
Este tipo cerámico fue individualizado por J. W. Hayes en un nivel del siglo v11 d.
C. en la iglesia de San Polyeuktos de Sara(,:hanc, Estambul. l)e ahí proceden tres ejemplares casi completos, dos de ellos con estampilla, así como 20 bases estampilladas y alrededor de 45 sin estampillar (Hayes, 1968: 2 14 ).
En un articulo posterior, el autor recoge los principales hallazgos conocidos. realiLando un mapa de distribución y una lista de los mi smos, evidenciando una ampl ia circulación en toda la cuenca del Mediterráneo oriental y una particular concentración en puntos costeros de Grecia y Turquía (Constantinopla, Rodas, Éfcso, Atenas, Kythera... ), así como algunos ejemplares de Palestina, la región de Alejandría y Libia; situando también los hallazgos más esporádicos del Mediterráneo occidental: Norte de África, Sicilia y Marsella (Hayes, 1971: 247-248, figura 3).
Figura J. Dis tribución gcogrática tk lo:. ungüentario,.
C., siendo los ejemplares estampillados propios del siglo v1 ya que las piezas datadas en el s iglo v11 no suelen llevar estampillas, aunque Ja sota ausencia de las mismas no implica que éstos sean tardíos.
El final de esta producción cerámica cabe situarla alrededor del 650 d.
Más recientemente, Lusuardi y Murialdo ( 1991: 123-124, lám. 1, 1-4) amplían ta carta de distribución realizada por Ha yes de esta cerámica añadiendo los ejemplares de Luni, tres Apuntar por nuestra parte la presencia de otro ejemplar con estampilla cuadrangular hallado en la Basílica de San Juan de Éfeso (Parman, 1989: 280, fig. 6a).
Todos los ejemplos citados se ajustan a la cronología pr9puesta por Hayes de los siglos v1 y VII d.
Por lo que respecta al lugar de producción, las evidencias con las que contamos son variadas y su origen oriental queda fuera de toda duda.
Por una parte, su distribución refleja una profusión de hallazgos en centros costeros del Mediterráneo oriental. en una zona de dominio directo del Imperio Bizantino durante los siglos 1v al v1 1 d.
C. Hayes, aunque reconoce que el lugar exacto de su producción no está totalmente definido, en base a la uniformidad de su manufactura supone un único origen.
De entre las producciones del Mediterráneo oriental su fábrica se asemeja mucho a un tipo de cerámica pintada tardía, la Ware X de Nessana. muy característica de los yacimientos de la región del Negev (Baly,.
Cerámica de simi lar factura, aunque sin decoración pintada. también aparece en Dhiban, Jordania ( Hayes, 1971: 246 ).
Así mismo, en el reciente estudio de Magness sobre la cerámica romana-tardía y bizantina de Jerusalén, queda patente que el tratamiento superficial de goterones de engobe oscuro, típico de la producción de LRU, secorresponde bien con la tradición cerámica romana-tardía de Jerusalém (Magness, 1989: l 89).
Por otra parte, la presencia de las estampillas con caracteres griegos en muchos de los ejemplares documentados vienen a avalar un origen oriental para esta producción cerám ica.
Los monogramas que aparecen en algunas de las estampi llas son característicos y comunes en capiteles de columnas, monedas, vajilla de plata (Cruikshank, 1964(Cruikshank, y 1968)), anillos (Dalton, 190 1 ), popularizándose durante el período del 450-650 d.
Asimismo, es bastante común la aparición de estampillas similares en otros tipos de producciones cerámicas de origen palestino, como las ánforas tipo Pa/estinian Bag-Shaped (Aharoni, 1964: fig. 9.4 y 9.5), cerámica común (Bagatti, 1983: 130, lám. 19).
Del mismo modo, son muy frecuentes en algunos tipos de lucernas palestinas muy comunes en el período bizantino la aparición de fórmulas religiosas, peculiares ligaturas, símbolos y letras retrógradas, motivos que como ya hemos visto aparecen en las estampillas de los ungüentarios (Loffreda, 1985; Magness, 1989: 837-852).
Hay que hacer notar la existencia de otro Su fonna, pequeña capacidad y su solidez apuntan hacia un preciado contenido y, aunque no contamos con evidencias directas, se ha supuesto que pudieron tener alguna finalidad religiosa y haber servido para contener agua del Jordán, aceite sagrado de alguno de los grandes santuarios de Tierra Santa o algo similar, en cualquier caso, relacionado con alguna ceremonia concreta de la liturgia cristiana como el bautismo o la ordenación de clérigos, aunque la porosidad de estos recipientes los hace más aptos para contener aceite que agua (Hayes, 1971: 244, 246).
Algún indicio indirecto sobre la función de estos ungüentarios nos lo proporcionan dos ejemplares que en sus respectivas estampillas llevan sendas inscripciones en griego que contienen el título de una jerarquía eclesiástica (obispo) y el nombre del mismo en genitivo.
Uno de ellos proviene de Rodas y en la estampilla se lee «del obispo Severiano» (Hayes, 1971: 244, lám. 37b), el otro es originario de Jerusalén y como el anterior hace referencia a un obispo (episkopou -erasinou) (Magness, 1989: 189).
La presencia del nombre de un obispo es, según Hayes, muy significativa y confinnaría el valor del contenido y el especial interés de la Iglesia por el mismo, apuntando incluso que la propia Iglesia podría participar en su distribución y venta, aunque es probable que no tuvieran un uso exclusivamente litúrgico y también fueran utilizados con propósitos medicinales, con la creencia, muy extendida en aquel la época, en las propiedades terapéuticas del aceite santificado (Hayes, 1971: 247; Elvira.
Por último, únicamenle apuntar que la presencia de estos ungüentarios cerámicos, junto a otra serie de objetos litúrgicos aparecidos en Punta de l'llla de Cullera, vienen a reforzar la idea defendida por el Dr. Llobregat del carácter religioso del asentamiento y su posible conexión con el monasterio aludido en el epitafio del obispo Justi niano de Valencia 4 • BIBLIOGRAFÍA |
El presente trabajo estudia los procedimientos técnicos apropiados de dibujo, geometría y composición empleados en la ejecución de la decoración pictórica mural de la iglesia de San Julián de los Prados, edificada bajo el reinado de Alfonso 11 (791-842) en las afueras de la ciudad de Oviedo (Asturias).
La pintura mural realizada al fresco, que recubre la superficie de sus paramentos interiores, representa la muestra pictórica altomedieval hispana que más perfectamente conservada ha llegado hasta nuestros días.
El estudio se centra fundamentalmente en la composición de los trazados previos incisos a punta seca que delimitan el contorno de las figuras dibujadas y que representan la fase preparatoria más importante del diseño de las pinturas.
La Iglesia palatina de San Julián de los Prados fue construida afundamentis bajo el período monárq uico de Alfonso 11 (791-842) en fecha no precisada con rigor por las crónicas altomedievales de la monarquía asturiana.
No obstante, su edificación estaría comprendida aproximadamente entre 811-842.
Dedicada a los santos mártires Julián y Basilisa, está emplazada en la zona norte del suhurhium de la ciudad de Oviedo (Ouerao), extramuros, pues, de la re~ia sedes ovetense de Alfonso 11.
Mantiene una planta (figura núm 1) con la estructura basilical predominante en la tipología de las iglesias prerrománicas asturianas, es decir, Nave Central (spatium jidefius) de 10,30 m. de longitud y 7 m. de ancho, con s u eje longitudinal orientado oeste-este, y separada de las naves laterales norte y sur por sendas arquerías con arcos de medio punto apoyadas en capiteles imposta, que en número de tres descansan en pilares de sección cuadrada.
Al éste se abre un arco triunfal que da acceso al Crucero o Nave Transversal, espacio arquitectónico cuya disposición no encontramos en Ja distribución espacial del resto de las igles ias asturianas conservadas.
Tiene esta Nave Transversal 14 m. de largo por 7 de ancho y una altura de cerca de 11 m.; configura un espacio litúrgico (chorus) que precede al ábside tripartito que remata la cabecera.
Al Sanctuarium aftaris o Abside Principal se le anexan dos capillas al mediodía y al septentrión.
A la Iglesia se accede por un vestíbulo y ésta posee dos habitaciones anexas a las fachadas norte y sur: con comunicación interior abierta a la Nave Transversal.
Todo el edificio está rematado por cubiertas a dos aguas con armadura de madera, a excepción de la cabecera tripartita, cuyos ábsides están abovedados con cañón, siguiendo la tipología constructiva de las iglesias asturianas de la época.
La pintura mural que recubre la superficie de los paramentos interiores de la Iglesia palatina de San Julián de los Prados representa la muestra pictórica altomedieval hispana que más perfectamente conservada ha llegado hasta nuestros días.
Sus más inmediatos antecedentes, tanto de recursos técnicos como de semejanza y de tradición pictórica conservan unas influyentes raices clásicas.
Sus motivos decorativos tienen una estrecha relación con la pintura mural de época romana.
No vamos a profundizar en esta línea de investigación sobre los orígenes e influencias a que están sujetas las pinturas de San Julián de los Prados, pues otra es la reflexión y objetivos que nos hemos propuesto en estos momentos2.
Pero aún hoy el programa pictórico de M: spA, 65.1992 PINTURA M URAL DE SAN JU l.l..\N DE LOS PRADOS IX5
su revestimiento pictórico muy mal conservado. a excepción de los restos de las paredes norte y sur de la Nave Transversal.
Este soporte re produce imitaciones de revestimiento mannóreo o cr11swe policromadas.
Decoraciones de rectángulo~ alternando con bandas y meandros de color rojo y negro así como cuadrados con perfil rojo.
Allemativamente se aprecian fajas alargadas en color amari llo oro.
Los pilares y pilastras de las arquerías del crucero estarían integrados en este primer nivel así como los pilares de la Nave Central igualmente estucados y revestidos cuya decoración pictórica se ha perdido en su totalidad.
Las pilastras correspondientes a la Nave Transversal, en su sector de la cabecera tripartita, conservan una gran riqueza decorati va.
Estan realizadas a base de imitaciones de mármol con estriado en color rojo y se encuentran adornadas con pinturas simulando acanaladuras así como imitaciones fingida s de columnas.
Respecto a las arquerías de la Nave Central, en la totalidad de sus arcos se han dispuesto medallones entre los que se intercalan haces de hojas contrapuestas.
Sus intradoses están recorridos por est ilizadas guirnaldas de hojas dispuestas en espiga de variados y ricos colores que surgen de vasos de cuenca gallonada.
-El se¡.:1111do nivel o Zona Central de pinturas está situado inmediatamente enci ma del zócalo descrito y registra una extensa decoración de representaciones arquitectónicas.
En su parte inferior se imita una cornisa fingida policromada.
En el muro occidental de la Nave Transversal se ha representado un rec uadro con un motivo ornamental compuesto por círculos entrelazados similar al representado en la pared occidental de la Nave Central.
El fri so de la zona central nos ofrece un registro de marcos arquitectónicos con una sucesión de edificios ensamblados alternativamente por perspectivas arquitectónicas y compuestos por columnas decoradas con capiteles corintios y pilastras estriadas adosadas a las mismas.
Estos se rematan alternativamente por un entablamento superpuesto a un simulado techo de estructura leñosa, mientras que en otros edificios el remate constructivo lo configura un frontón con pequeñas construcciones laterales.
En el interior del marco arquitectónico se re presentan cortinajes recogidos en ambos lados de las pilastras que nos descubre un amplio repertorio de pequeñas edificacioi: ies: en unos encontramos edificios con una planta baja c uya fachada está rematada en un frontón; en otros una construcción central en cuyas fachadas laterales se abren puertas dispuestas frontalmente pero con el cuerpo del edificio siguiendo una técnica de perspectiva con inclinación de 45".
La excepción a esta distribución se e ncuentra en las paredes norte y sur de la Nave Transversal y en la pared oeste de la Nave Central.
La disponibilidad de mayor espacio en sus paredes permitió reproducir grandes edificios que semejan palacios.
Las peculiaridades de estos difieren de los correspondientes a la Zona Central.
Dos columnas con capiteles corintios flanquean el marco arquitectónico rematado por un entablamento y el correspondiente frontón.
Tienen igualmente grandes cortinajes recogidos a ambos lados que descubren una espléndida edificación.
Uno de los edificios, repetido cinco veces, es de mayor envergadura que el resto de los edificios pequeños, tiene visión frontal con dos puertas de acceso y cortinajes recogidos a ambos lados.
Está rematado por tejado a dos aguas y coronado por una fachada de corta altura en la que se abren seis ventanas.
El otro edificio, no repetido, se compone de dos niveles de planta con cuatro huecos abiertos en cada una de ellas, fl anqueados por columnas.
Se representa una puerta abierta en el lado derecho de la fachada, y en la parte posterior del edificio sobresale otra edificación donde se disponen cuatro ventanas.
Se remata la construcción con un frontón y un tejado también a dos vertientes.
-El tercer nivel, o zona superior de ventanas, contiene representaciones arquitectónicas de palacios, las cuales se repiten de forma alternativa.
En unos, en su zona central a modo de patio, se ha situado un estilizado árbol y en la parte s uperior un vaso del que surge una guirnalda con llores.
En su parte central está rematada su estructura con un frontón, y a ambos lados se encuentran sendos huecos alargados con cortinajes recogidos hacia un lateral.
El conjunto queda flanqueado por columnas con capiteles corintios.
Otro tipo de representación palaciega está enmarcado por sendas columnas sobre las que se asienta un frontón, estando dos de s us columnas centrales rematadas por un arco de medio punto.
Su interior está subdividido en dos niveles: en el inferior se han representado cuatro columnas con una puerta central y en el superior se remata por un triángulo de lados curvos.
Otra de las edificaciones está flanqueada por columnas con capiteles de tradición corintia y rematada por un entablamento superior y un frontón el cual encierra una ventana con arco de medio punto.
Prácticamente el sector central del marco está cubierto por el despliegue de una cortina de color amarillo oro, y a ambos extremos de la misma y entre las columnas se encuentran sendos jarrones de delgado cuello.
De ellos surgen plantas con esquematizadas hojas de color y flores con hojas más pequeñas.
Se reproducen asimismo cuadros con cortinajes desplegados en su totalidad y recogidos en forma de pliegues sostenidos por cabalgaduras.
Destaca de fonna especial, en este nivel superior, la representación de la cruz de la Anostasis, la Vera Cruz.
Carece de pie y se encuentra reproducida bajo un arco decorado con óvalos apuntados simulando piedras preciosas.
Dicho arco descansa sobre dos columnas de similares características que las de los marcos arquitectónicos ya descricos de la Zona Central.
En todo el conjunto predomina un color amarillo oro.
En la cruz aparecen representados el Alpha y la Omega apocalípticos.
Sus brazos están rematados en sus extremos por fonnas redondeadas.
En su parte inferior, a ambos lados, se colocan sendos edificios, Belén y Jerus alén, con una puerta de acceso lateral y tres huecos rematados con arcos de medio punto, de los cuales penden cortinajes recogidos hacia uno de los lados.
Por encima de este último nivel recorriendo todo el perímetro de la parte alta de las paredes (si bien en la actualidad se conserva solamente en las paredes oriental y occidental de la Nave Central) está representado un fri so de modillones con perspectiva en «espina de pez».
Asimismo, en los frontones occidental y oriental de la nave central, se conservan aún, y por encima de este friso, un conjunto decorativamente policromado de vasos s ituados encima de pedestales de los que surgen hojas con diversas formas de flore s y ramas en esquematizada representación.
En cuanto a la decoración pictórica de la cabecera tripartita, a excepción del Abside Central, las otras dos están decoradas con la representación en sus paredes norte y sur de arquerías ciegas fingidas, siendo sólo arquitectónicas las correspondientes al Abside Central.
En la parte superior de esta arquería se ha representado un fri so de modillones en perspectiva de similares características a los ya descritos.
Los motivos de la decoración pictórica de la bóveda central lo componen un conjunto casetonado en el cual se representa una alternancia de círculos y cuadrifolios asimétricamente dispuestos.
Los cuadrifolios quedan configurados con cuatro círculos tangentes, en el centro de los cuales se inscribe un cuadrado.
En su interior se dibuja un rosetón de ocho hojas policromadas de diverso color.
En las bóvedas de los ábsides laterales la composición está integrada por cuadrados y hexágonos.
Los cuadrados conservan en su interior un círculo de guirnaldas de flores y los hexágonos tienen dibujados un rosetón del cual irradian dos filas de pétalos.
A su vez, en el conjunto de los tres ábsides, y en su pared oriental, a partir de la parte superior del friso de modillones se ha representado, a modo de lujoso tapiz, un planificado motivo de círculos y óvalos apüntados en asimétrica dispos ición.
Los círculos quedan compuestos, por un rosetón interior con ocho pétalos y enmarcados por una fina línea de puntos.
El conjunto de las dos figuras geométricas óvalo-círculo está ensamblado por estilizadas figuras rectangulares en cuyo interior se dibuja un trenzado floral.
El fondo de todo el conjunto es de tonalidad rosácea.
TÉCN ICA, GEOMETRÍA Y COMPOSICIÓN DE LA PINTURA MURAL Con este estudio pretendemos reflexionar sobre los procedimientos técnicos apropiados de dibujo, geometría, composición y proporción, así como los criterios estéticos empleados en la ejecución de la decoración mural de Santullano.
El conocimiento y aplicación de los mismos influi rá decisivamente en el acabado pictórico decorativo que recubre la superficie mural del interior de la Iglesia de San Julián de los Prados.
A su vez, la técnica pictórica empleada, los trazados previos incisos a punta seca que delimitan el contorno de las figuras dibujadas, así como el estudio de los procedimientos aplicados en la fase proyectual del diseño de la decoración mural, revisten una especial y relevante importancia para el conocimiento y valoración de las influencias culturales recibidas J. Con ello se permite profundizaren la evolución y la transmisión de los conocimientos teóricos, esti los y técnicas aplicadas por los diversos talleres, constituidos con posterioridad al de Alfonso II, en los programas pictóricos desplegados en el conjunto de las iglesias prerrománicas que integran el ciclo artístico asturiano.
La «línea pictórica» supone un ordenamiento intelectual e n el cual subyace la preocupación por realizar una construcción geométrica cuyo principal objetivo se encuentra en la búsqueda de la belleza y la regularidad interna de la obra.
Por medio del arte de la «Geometría», basada en el compás, la regla y los variados instrumentos de medición,!brotarán figuras y «arquitecturas», todo un realismo pensado que simbolizará y esquematizará a partir de los conocimientos científicos de Boecio, Casiodoro, Isidoro de Sev illa,... ideas abstractas en directa correspondencia neoplatónica.
Es la geometría entendida como una estructura sirviéndose y organizando su «corpus» a partir del dibujo para configurar la forma y la magnitud de las figuras y los cuerpos.
Esta es la geometría «Úti l» que permitirá realizar y perfeccionar el trabajo del artista y del pintor medieval: «[Artes] incommutabiles reRulas habent, neque u/lo modo ab hominibus institutas, sed inf? eniosorum sa[?acitate compertas» 4.
Y estos principios primarán por encima de lo que podríamos definir como una representación visual directa de la naturaleza: «Pictura autem est imaw> exprime ns speciem rei a/icuius, quae dum visa fuerit ad recordationem mentem reducit.
-' Los trazados previos de la Iglesia de Santullano han sido objeto de reflexión por parte de Helmut Schlunk y Magín Berenguer.
La Pintura Mural Asturiana de los siglos IX y x, Oviedo.
1957, pp. 168-172.) 4 «Las artes poseen reglas inmutables, que no fueron en absoluto establecidas por el hombre, sino descubiertas gracias a la habilidad de los inteligentes».
5 «Pintura es la imagen que representa la apariencia de alguna cosa y que, al contemplarla, nos evoca su recuerdo.
Se dice pictura en el sentido de ficrura (ficción), pues se trata de una imagen ficticia, no auténtica.
De aquí que se denomine tambiénfucata (simulacro), es decir, pintada de un color ficticio, al que no hay que dar crédito, pues no es Ja verdad» (San Isidoro, Etymolo¡:iae, XIX.
16, B.A.C., Madrid, 1983)..v¡>A. 65.1992 Toda la regularidad compositiva que impregna el soporte pictórico mural medieval de Santullano quedará ordenado de esta forma por líneas horizontales y verticales: una cuadrícula que visualizará la obra completa dibujada preliminarmente y una trama geométrico-aritmética donde el azar pretende ser erradicado y cuya perfección geométrica y armonía entre las partes prevalece como leit motil• en toda su ejecución.
En el mundo altomedieval, la pintura recurre a la geome1ría como eficaz instrumento de conocimiento para materializar gráficamente «aquellas reglas determinadas por la razón con el fin de reali: ar una forma exterior a s1t espíritu » (De Bruyne, 1987.218).
Espíritu que San Isidoro recogería con precisión: «...
La pintura mural de Santullano contrasta en última instancia esa relación de iconicidad existente entre la imagen temporal de un espacio inmediato, real y terrenal y la representación de un espacio trascendente, cuya concepción visual y espacial se escapa de la realidad exterior para configurar un lugar ideal, absoluto.
El espacio pictórico de Santullano, su superficie policromada de arquitecturas fingidas, simuladas, presididas por la Cruz del Gólgota suponen una conceptualización de la realidad que establece una barrera entre el mundo sensible, vinculado al espacio temporal del hombre y el mundo sujeto a una concepción atemporal de su existencia; un Universo en modo alguno deducido de la experiencia terrenal, sino fundado en una realidad cuyas imágenes más directas evidencian un alejamiento de toda lógica visual.
Por otra parte, dentro de esa conciencia del valor simbólico de la decoración y ornamentación en línea con la venustas isidoriana, Dios sólo será representado por unos inmutables símbolos: La Cruz de la Jerusalén Celeste y el Paraíso Celestial traducen esa evocación plástica.
Las representaciones de los Palacios, las arquitecturas regias de los edificios terrenales, esas moradas de ensueño (Fontaine, t 978), las iglesias, suponen ese salto real de la jerarquía política a la organización eclesiástica.
Más allá, pues, del revestimiento material de las pinturas murales de Santullano, de sus valores cromáticos, de sus construcciones ilusionistas o de la contemplación y emoción estética de sus perspectivas y lujosas arquitecturas, el tiempo humano presente y futuro se detiene en ese fingido momento y alcanza ahí su sagrado término.
Así, el pintor, de acuerdo con las orientaciones teísticas, debería limitarse a la ejecución material de la obra, mientras que la fijación de los contenidos plásticos sería privativa del teólogo.
De hecho los docti (los únicos que estaban legitimados para evaluar los criterios estéticos) proponían a los artifici (los encargados de la creación formal artística) el contenido de sus representaciones.
El pintor del primer medievo asturiano, al igual que el pictor parietarius romano o bizantino, se regía por unos conocimientos o principios de ejecución pictórica en los que las normas y directrices de los maestros del Taller prevalecían sobre las del artista.
«Norma, dicta graece vocabulo pznxú extra quam nihil rectumfieri potest» 7 • Y en este sentido el Taller de Alfonso 11 no difería sustancialmente de esas normas heredadas del mundo antiguo, romano o bizantino.
De acuerdo con Teófilo, y siguiendo su Diversarum artium aschedu/a (Theophile, 1980; Dod-6 «Belleza es lo que se añade en los edificios para adornar y decorar, como los techos artesonados en oro, los revestimientos de mánnol y las pinturas de colores».
7 «La nonna, denominada en griego yvroμwv, fuera de la cual no puede hacerse nada bien» (San Isidoro, Etymoli>giae, XX, 18; P.L. 82, c.
680)., 1961 ), el pintor, una vez igualada la superficie de estuco enlucida. debía coger el compás y amarrar a cada extremo de sus puntas un palo de madera que pennitiera la fijación de un pincel.
A continuación pasaría a distribuir y marcar todas las medidas necesarias para la organización de las figuras y composiciones decorativas sobre el soporte mural.
El artista debía fijar primero, pues, las proporciones de las figuras sirviéndose de los instrumentos propios del dibujo, básicamente el compás (circinus), la escuadra (norma), la regla (regula), la cuerda para alinear (linea) y la plomada (perpendiculum) (Isidoro.
1983), ejecutando el dibujo preparatorio sobre la pared de acuerdo con la composición pictórica previamente diseñada en boceto, a modo de virtual proyecto.
La transposición debía adaptarse a la superficie mural a decorar con un alto grado de fidelidad.
Es evidente que dispondría de amplios repertorios iconográficos, en forma de vaciados de cartones y plantillas con decoraciones geométricas y variados detalles de motivos ornamentales, como guirnaldas trenzadas, vegetales, jarrones, vasos, variedad de flores esquematizadas, etc...
Aún así, el pintor tendría que reelaborar e improvisar nuevas variaciones de las figuras representadas en los esquemas previos por necesidades de adaptación al dibujo, bien por alteraciones introducidas sobre la marcha en la composición pictórica, bien por acoplamientos y reajustes de las medidas finales.
En los trazos lineales de la decoración de la pintura mural de Santullano hemos registrado varios reajustes de este tipo, así como huellas de incisiones a punta seca, rectificadas con posterioridad y desplazadas unos centímetros en dirección a su correcta posición.
En acertado juicio de Joan Sureda: «No cahe huscar, sin embargo, una ahsoluta pe1fección geométrica, una subordinación total de la forma a la geometría, un esquema de la tiranía de la misma; el ligero. diríamos.fallo del compás, el desviarse de la ortogonalidad hace que la pintura vibre, que la geometría, una de las artes del quadrivium, junto a la aritmética, la astronomía y la música, no convierta la pintura en all(o infalihle, ahsolutamente ajeno al sentimiento del riesgo y a la experiencia personal.»
Estas líneas de dibujo que contienen fonnas geométricas diversas están divididas en proporciones simples de acuerdo con un orden, el cual dirige la división de las zonas o campos de la composición pictórica, en espacios proporcionales según el doble, triple o cuádruple de una magnitud horizontal o vertical, y en la que la materialización de sus medidas respectivas vendrían definidas por la unidad de medida adoptada por el architectus y puesta en vigor por el Taller.
ANÁLISIS DEL DISEÑO Y LOS TRAZADOS PREVIOS
En la práctica totalidad de Ja decoración pictórica conservada in situ en la Iglesia de San Julián de los Prados, se ha empleado la técnica de la pintura al fresco.
Se aprecia notablemente, y en un perfecto estado de conservación original, la existencia de un trazado previo de dibujo basado en una sencilla, pero útil y eficaz, técnica de incisiones.
Las líneas grabadas con un punzón, quizás metálico, han sido ejecutadas con la ayuda de una regla (regula) sobre la última capa del enlucido o intonaco.
Esta operación se realizaba sobre el enlucido aún tierno y con posterioridad al repaso con la llana que proporcionaba una superficie adecuadamente lisa.
Eventualmente se podía proceder a un bruñido de la superficie final del enlucido con un pulidor (liaculum).
Las líneas grabadas por este procedimiento configuran la composición del motivo «ideado» por el autor del programa y ejecutado por el artista o artesano al «tamaño real».
El artista debía pintar con Jos colores preparados siguiendo estas líneas preliminares con las cuales se de-Figuras 3 y 3 bis.-Detalle del trazado previo del techo simulado con motivos en forma de Sen los grandes edificios.
finirá tanto el contorno de los objetos como las zonas de separación de superficies o masas concretas de color.
Este procedimiento era conocido y plenamente vigente su utilización en el mundo helenístico, básicamente en el trazado de motivos geométricos, extendiéndose e n Roma a partir del tercer estilo pompeyano, aplicándose a múltiples y variados motivos decorativos.
Por otra parte, la técnica del grabado de punta seca trazada con un estilete. u otro instrumento de punta fina, utilizada en Santullano sería perfectamente compatible con e l uso del trazado pintado.
Así, sobre la última capa de l e nlucido era esbozado e l motivo con un pincel e l cual había sido previamente impregnado de pintura ocre o roja o de otro color.
El s istema, vigente e n períodos posteriores del arte Asturiano (Alfonso 111 y final es de la monarquía asturiana), era ya conocido por los pintores egipcios y griegos en época clásica y he lenística y utilizado asimismo en Pompeya (ABADCASAL.
El método, por medio del c ual el artista ejecutaba previamente un esquema abstracto o bosquejo del estudio compos itivo final a diferente magnitud, --evidentemente inferior a su tamaño definitivo para luego trasladarlo, con la mayor fidelidad posible, al soporte mural-representa un avance c ualitativo de una importancia fundamental en la constitución interna del trabajo del taller pictórico de Alfonso 11.
La preparación de las líneas verticales y horizonta les que configuran una c uadrícula o red de la superficie a decorar, y sobre la c ual se va a trasladar la composic ión decorativa, representa un perfecto y equilibrado conocimiento de la concepción abstracta de l espacio geométrico y visual.
Esta se encuentra íntimamente unida al desarrollo y generalización de conocimie ntos teóricos de aritmética y geometría y del uso de instrumentos adecuados de dibujo.
El trazado de estas líneas tiene, pues, un decisivo valor de referencia y visión previa de los objetos figurados en su poste rior transposic ión al espacio mural real a decorar.
Existe, de esta suerte, una coordinación mutua entre la «Concepción espacial real» y la «figuración previa», es decir, la imagen mental que se ha proyectado de los elementos decorativos a componer de su programa iconográfico, y cuyo momento más álgido de madurez sólo lo encontraremos en el Renacimiento, pero que en el período altomedieval que estamos estudiando es aplicado con una visión extraordinariamente premonitora.
El artista medieval, recogiendo las recomendaciones de Vitruvio en su tratado De Architectura (Vitruv-io.1787), de Plinio en su Historia Natural (Plinio, 1947), en los textos de los Map -
PINTURA MURAL DE SAN J UUÁN DE LOS PRADOS
1CJ1 pae clal'icula (Mortet, 1907), y en San Isidoro de Sevilla en sus textos de las Etymologiae (Isidoro, 1983), con una fuerte influencia de Plinio en lo que a la actualidad de sus conocimientos pictóricos se refiere, así como en el más antiguo formulario medieval de pintura: el Anónimo de Luccas del siglo VIII-IX (Loumyer, 1920), que data del período carolingio, seguía un orden prefigurado rigurosamente en la ejecución de los trazados sobre el revoque.
Este debía de estar bien crespo y grueso. y entonces, tirándolas primero con cuerda, marcaba los espacios dividiéndolos en mitades proporcionales, de acuerdo con el boceto preliminar indicado en Jos planos generales.
La expresión «tirar con cuerda» hace referencia, en la técnica pictórica medieval, al acto de marcar sobre el estuco aún tierno las líneas horizontales y verticales que definirían la composición a ejecutar en la superfi cie mural.
El proceso se iniciaba a partir de la fijación, en un punto previamente elegido en la pared, de una cuerda a cuyo extremo era aplicada a su vez la plomada (perpendiculum).
Con el compás de puntas y haciendo centro en un punto de la cuerda, variable éste según el esquema proyectado, se abría el compás con una abertura predeterminada (circinum diducere) y se trazaban círculos (c: ircinarus) hacia la mitad inferior y la superior.
De este modo se obtenían intersecciones a ambos lados de la línea vertical que unidas entre sí registrarían la solución pretendida: una línea hori zontal.
El proceso responde, básicamente, al principio y ejecución del método euclidiano (Heath.
1956) de levantar una perpendicular sobre una línea recta, recogido y descrito e n los manuales de pintura medieval (Cennino, 1982).
Este método tenía la gran ventaja de prescindir de escuadras o niveles de burbuja, recursos empleados en dibujos y composiciones cu.ya extensión fuera más reducida y el error introducido mucho menor.
El trazado de las líneas generales horizontales y verticales a partir de Figuras 4 y 4 bis.-Detalle del trazado previo del friso de modillones con perspectiva en «espina de pez».
LORtiNZO ARIAS PÁRAMO AEspA. ó5. l 992 estos puntos obtenidos por el compás, debían ser grabados o marcados en el enlucido húmedo o aún tierno.
Para ello se procedía a tensar un hilo o fina cuerda que uniera los puntos obtenidos de color.
Seguidamente se procedía a soltarlo de golpe sobre la pared con lo que se obtenía una huella sobre el enlucido.
Posteriormente podía ser repasado con regla grabándolo a punta seca: éste sería el caso de las líneas incisas en la superficie mural de la Iglesia de Santullano.
En la subdivisión posterior de los esquemas compositivos serían empleados instrumentos mecánicos de dibujo comunes a todo taller medieval: las escuadras. el transporte de magnitudes por medio del compás, las reglas y varas de medir. niveles. etc...
A continuación el artista debía iniciar inmediatamente el desleimiento de los colores en agua y proceder a la aplicación inmediata de los mismos sobre el enlucido aún húmedo para que la pigmentación de los colores quedará embebida en el conjunto del revestimiento, formando así una película de carbonato cálcico que uniría homogéneamente los colores a la pared.
Es sabido que la mayor dificultad de la técnica al fresco se encuentra precisamente en la rapidez con la que debe ser aplicado el color.
El artista, al recurrir a esta técnica, disponía de escaso tiempo para llevar a término su trabajo, por lo que debía poseer una profunda experiencia de los procedimientos técnicos a emplear.
El fraguado del enlucido es muy rápido; al disminuir la humedad de la pared los colores no pueden ser aplicados en un espacio dilatado de tiempo.
Cualquier corrección pictórica que se pretendiera introducir durante el proceso de trabajo resultaría, pues, arriesgada provocando en muchos casos la sustitución total de la capa de enlucido afectada.
La técnica de la pintura al fresco empleada por los maestros del Taller real de Alfonso 11 en la Iglesia de San Julián de los Prados sigue una tradición histórica anterior, como ya hemos señalado con anterioridad; recoge en gran medida las reglas seguidas por la tradición artística paleocristiana, romana y bizantina en su tratamiento de las diversas técnicas de revestimiento del soporte mural y preparación de los colores, así como en las prescripciones seguidas en la elaboración y composición de los dibujos previos a ejecutar sobre La superficie de la pared.
El número de capas de enlucido empleadas por el Taller de Alfonso 11 se ha reducido en número y espesor.
Esta variación es coincidente con la disminución progresiva que se experimenta ya en el arte paleocristiano, siendo estas menores en número que en la pintura romana (Abad Casal, 1982 a).
Asimismo, en Bizancio la capa preparatoria o trulisación tiene mayor espesor, pero también el número de las mismas es menor.
No se ha registrado en ningún momento el tipo de revestimiento descrito y recomendado por Vitruvio y cuya composición estaría integrada por tres capas de arenado encima de la trulisación y otras tres de estuco, siendo Ja última capa muy fina sometida a un tratamiento de pulido8 • En la Iglesia de Santullano las diversas capas de enlucido (tectorium) están reducidas a dos: la trullisatio y el intonaco.
La trullisatio representa la primera mano de revoco extendida sobre el muro humedecido para sacar la «rectitud» a Ja pared.
Se compone de cal y arenato.
«Coronis explicatis parieres quam asperrime trullissentur; postea autem supra trullissationem subarescentem deformentur directiones arenati, ut longitudines ad regulam et lineam, a/titudines ad perperdiculum, angu/i ad normam respondentes exi- ~antur: namque sic emendara tecroriorum in picruris erit species »' 1 • En la Iglesia se Santullano esta primera capa, variable entre 2,5 y 3 cm. de espesor, tiene una composición de un 30 por 100 de arena y un 70 por 100 de cal w.
A continuación de la trullisario se extend ió una fina capa de 0,5 a 1 cm. aproximadamente de espesor, llamada inronaco, compuesta de arena muy fina y polvos de mármol y cal en proporciones iguales.
Sobre'ella se aplicaron, ya definitivamente, los colores desleidos en agua.
En la técnica del huonfresco no se contemplaba la aplicación del color sobre la capa final del enlucido ya seco.
De todas formas en Santullano, al igual que en otras representaciones pictóricas de carácter mural bizantinas o romanas, se han utilizado métodos mixtos, sustitutivos o complementarios, en los que predominaba e l uso de colores diluidos con diversos aglutinantes (medium), como cal apagada, aplicados con pincel o por el procedimiento de veladuras.
Es lo que suele llamarse fresco seco o medio fresco, pero de todas formas el proceso que se desencadena de reacción química es el mismo por lo que resulta especialmente dificil de identificar y aislar su uso.
Aún así, era más fácil de realizar este último método pero con el inconveniente de que la perdurabilidad de sus colorantes es menos duradera.
En este proceso se utilizaban igualmente colores en dilución, pero ahora disueltos en agua de cal, y aplicados una vez que el fresco estuviera seco.
Su empleo se circunscribía básicamente a un método de retoque de aquellas partes en las que la tonalidad del color Jo precisara, bien por la débil intensidad obtenida, bien por corregir posibles errores introducidos durante la aplicación del color.
Ordinariamente se pintaba con rapidez, y como ya hemos mencionado e l artista o artesano disponía de un conjunto de planos y modelos iconográficos prefijados de las partes más relevantes del conjunto decorativo a pintar.
Ello le permitía visualizar la obra en su generalidad con un alto grado de aproximación real a la composición definitiva.
Los maestros del taller alfonsí trabajarían necesariamente con un indeterminado número de ayudantes, los cuales se repartían el trabajo acorde con el grado de especialización de cada uno.
La categoría del pintor altomedieval es difícil de precisar en cuanto a sus competencias específicas.
De acuerdo con la inmediata tradición romana habría que tener en cuenta al pictor imaginarius, con una cualificación bastante alta que le permitía pintar con una mayor soltura todo tipo de figuras y motivos pictóricos decorativos.
Le seguiría el pictor parierarius, con un nivel inferior de cualificación.
Pintaría éste aquellas zonas de la decoración mural que no revistieran excesiva complejidad.
Además de estas categorías existirían otros pintores de inferior cualificación, con el grado de aprendiz, cuyo cometido estaría restringido, bien al blanqueo de los revestimientos (los que podríamos llamar dealbatores), o bien a dar la imprimación correspondiente de color al fondo de la pared (los coloratores).
Además de estas categorías de pintores habría otros operarios con dedicaciones y competencias variadas: revestir las paredes de estuco, aplicación de argamasas, preparación de pigmentos y colorantes, trazados de los dibujos preliminares, etc...
En las grandes composiciones, como es el caso de la Iglesia de Santullano, en las que era
Figuras 5 y 5 bis.-Tra2a<lo previo de jarrón con guirnaldas.
65.1992 preciso trabajar amplias superficies de enlucido, la celeridad en la aplicación de los colores era fundamental pues la rapidez de la carbonatación del revoco está en razón directa con la evaporación del agua que contiene el revestimiento..
El lo suponía la estimación de un cálculo del tiempo a invertir, estableciendo un programa de la superficie a preparar con e] revestimiento de argamasa y capa de enlucido incluida, así como el tiempo necesario para componer y fijar los trazados preliminares del boceto, las cantidades de pintura a emplear y la duración total que empleará el pintor para llevar a término su trabajo.
El estudio de estas variables permitía la determinación de las jornadas de trabajo, es decir las pontatte, o lo que es lo mismo la superficie total que se podía pintar en un día de trabajo.
La justeza de la programación permitiría revocar exclusivamente aquella zona de superficie prevista para pintar en un sólo día o jornada de trabajo.
El método empleado en la pintura mural de la Iglesia de Santullano ha sido el trabajo por andamiadas.
Es decir, realizaban el trabajo de revoco y pintura siguiendo la línea de zonas que cubría el andamio (machina), iniciando el trabajo por la esquina superior de la izquierda de la pared con el fin de que las salpicaduras. derrames de pintura y de cal no estropeasen y perjudicaran el trabajo ya pintado.
Progresivamente se avanzaría moviendo la estructura del andamiaje de acuerdo con el programa de trabajo diario establecido.
El problema derivado de las junturas entre las zonas trabajadas en diferentes jornadas o andamiadas. y la necesidad de que las mismas permanecieran lo más imperceptiblemente posible. debía ser res uelto por los maestros del taller alfonsí de forma muy delicada.
En el caso de la pintura mural de Santullano, los bordes siguen exquisitamente las líneas del dibujo vertical, definidas básicamente por el contorno de las columnas y las líneas horizontales, las cuales configuran a su vez los marcos que definen •cada uno de los campos decorativos específicos. anterior de tradición romana que está siendo objeto en la actualidad de continuados estudios (Abad Casal.
1977, 1982a, 1982 b; Ochoa, 1982), y que conserva una absoluta identidad, en lo que a la construcción geométrica del trazado previo de las pinturas se refiere, con los procedimientos empleados en los trazados previos de la decoración pictórica de la Iglesia de San Julián de los Prados.
«En la Iglesia de San Julián de los Prados roda la decoración esrá esbozada median re líneas incisas, llegando al extremo de trazar ejes de simetría para trasladar las medidas de un hoceto previo y de comhinar líneas verticales, horizontales y oblicuas para la solución de las perspectfras.
Es un testimonio más de la pervivencia de soluciones clásicas.
Si se hubiera conservado algún edificio monumental romano de este tipo, posiblemente el esbozo sería muy similar a éste» (ABAD CASAL.
La importante novedad de los trazados previos de Santullano viene dada por ser la única iglesia prerrománica en la que se ha recurrido a esta técnica de dibujo previo inciso a punta seca por parte del taller de Alfonso 11.
(Si bien recientemente hemos descubierto importantes huellas de trazado previo grabado a punzón en el estuco de la Iglesia de San Pedro de Nora (Nora, Oviedo) edificación construída en el período monárquico de Alfonso JI.
Creemos que este relevante hallazgo, apunta a una extensión del Taller alfonsí y a la práctica generalizada, y no aislada, de este método en su tiempo.)
Así, merced a su extraordinario grado de conservación es posible reconstruir el método de trazado de composición y proporción y su distribución de espacios decorativos y bocetos previos con una fidelidad y precisión que no se ha tenido oportunidad de realizar en ninguna otra edificación.
Y ello, tanto en la pintura mural romana conservada actualmente, debido al estado de fragmentación de sus restos pictóricos, como en el resto de la pintura mural prerrománica, al caer en desuso este üpo de técnica de grabado previo con procedimientos mecánicos en los talleres posteriores al período monárquico de Alfonso 11, y recurrir a la técnica de la sinopia.
Método que consistía en la realización de un dibujo con ocre u otro material colorante, realizado sobre la segunda capa del revoco y que al transparentar sobre el enlucido final cumplía las funciones de guía del trazado final para el pintor.
Hemos de hacer constar, no obstante, que en la Iglesia de San Salvador de Valdediós (Villaviciosa, Asturias) construída por Alfonso 111 en el 893, hemos detectado también surcos del trazado previo grabados a punzón en parte de los restos de pintura conservados, lo que puede apuntar a una pérdida del uso de este sistema no tan radical como hasta ahora se venía sosteniendo.
Por otra parte, los restos de pintura mural posteriores al ciclo alfonsí son escasos, y buena parte de los mismos se conservan en condiciones delicadas, y en gran medida deteriorados, con lo que ello supone de dificultad en la interpretación de sus trazados previos.
65,1992 PINTURA MURAL DE SAN JULIÁN DE LOS PRADOS 197 tría cumplen una función compositiva primordial de referencia en la posterior fijación de la trama geométrica y distribución de las retículas de proyección sobre el revestimiento mural.
Permiten transportar las diferentes medidas consignadas en los diferentes bocetos y diseños previos trazados con anterioridad a menor magnitud.
* Un segundo grupo lo configurarían lo que podríamos denominar trazados directores (figuras 1 O y 19).
Estos constituyen el dibujo correspondiente al trazado preliminar de los fri sos de edificios de la zona central de la Nave Transversal y de la Nave Central.
Este friso con decoración arquitectónica está repetido rítmicamente y el grabado preliminar a punta seca define de forma extremadamente nítida las columnas decoradas así como el entablamento, las pilastras y el frontón.
También se encuentra en este grupo el tercer nivel de ordenación espacial de lapared mural: la que hemos denominado Zona Superior o de ventanas.
Aquí el dibujo previo a punzón definiría las líneas principales horizontales y verticales de los diversos palacios que recubren el espacioso panel decorativo superior.
Aquí se incluiría igualmente la Cruz de la Anasrasis que preside centralmente cada pared transversal de la Iglesia.
Las incisiones delimitan tanto el contorno y los vértices del dibujo final como el propio eje de la Cruz y de las columnas.
* El tercer grupo estaría definido básicamente por los trazados auxiliares verticales, horizontales y oblicuos (figuras 11 y 20) que hacen posible la representación previa, tanto de las soluciones perspectivas en «espina de pez» 11 de Jos frisos de modillones (en la figura 4 se representan los trazados previos de un tramo del friso.
Ver asimismo la figura 7) como de las representaciones geométricas del piso del zócalo con imitaciones de intarsia y grecas.
Asimismo se encontrarían en este grupo los intradoses de los arcos decorados con vasos y motivos vegetales, y en los que muchos de sus trazados serían realizados sobre la marcha.
También encajan las decoraciones de octógonos y losanges alternados los cuales recubren parte de los muros de las naves laterales, así como los múltiples motivos decorativos que configuran la composición interna de los paneles como es el caso de los jarrones con guirnaldas, uno de cuyos detalles se refleja en la figura 5 ó el conjunto policromado de vasos de los cuales surgen hojas con flores representándose un detalle de su trazado previo en la figura 6.
En este grupo quedan incluidos los trazados de las bóvedas de los tres ábsides que configuran la cabecera tripartíta, e igualmente los pequeños edificios representados en el interior de los palacios de la Zona Central de la superficie mural de cada pared de la Nave Transversal y la Nave Central.
Es notable la precisión de los dibujos incisos previos que definen el contorno de los edificios prefigurando la forma final de los mismos (ver el conjunto de dibujos de las figuras 26 y 27 y de la 30 a la 33).
Tanto en este grupo como en los precedentes se encuentra perfectamente conservada la huella de haber recurrido al uso del compás de puntas o de pincel, así como la huella de los surcos pertenecientes al trazado de círculos realizados para la obtención de un dibujo geométrico circular específico.
El sistema de trazados previos que «prefigura» la composición decorativa pictórica, como ya hemos mencionado, responde a un programa iconográfico «pensado» previamente y proyectado a una escala menor para, con posterioridad, dibujarlo a su magnitud real sobre el paramento una vez aplicada la capa final del enlucido.
Se puede confirmar que los dibujos, que delimitan el contorno de los diversos motivos arquitectónicos y decorativos, han sido trazados en' >U casi lotalidad sohrc líneas i nc i sa~ prev ias.
La di v i ~i ón en! res grupo~ ex pue-.ta mfü, arriba no:-. permi1 ir;í estudiar con mayor fluidc1 y claridad la transposición del boceto previo a ~u cst: ala real anali:1ando así con 111ayor precis ión las diversas fa ses de l trabajo y cómo fu eron estas clcsa-ITOllándose sucesi vamc111c.
El estudio geométrico-proporcional 111iliLa en sus cálculos el sistema metrológico basado en el pie de OJ O m.
El cálculo se ha realizado a pan ir del procesamiento de un pom1enori1ado número de dimens iones dcdut: iclas del repe11orio pictórico mural.
Del conjunto de medidas seleccionadas se ha realitado la media aritmética y la desv iación standar de las mismas. obteniendo el valor de un pie (/ W.\) de 0.30 m. unidad hásica de medida empicada en la ejecución de los tratados (fi gura 13).
El P"•''>C encuen1ra integrado dent ro del... istema metrológico romano de medidas.
Semi' Figura 13.-Tabla de conversión del sistema de medidas romano (basado en Tine Kurent).
de ubicar con precisión los límites extremos superior e inferior de la división jerárquica tripartita introducida en la composición decorativa mural.
Todas las líneas en color rojo representadas en el plano se corresponden con trazados de incisiones visibles actualmente en la superficie del enlucido.
Recordemos que no se han representado todas las líneas grabadas, sino sólo aquellas que nos interesa estudiar de forma puntual en este apartado por el interés que conservan de fijar las líneas maestras que permiten la ejecución del sistema compositivo de los trazados.
Iniciando la descripción vertical en sentido inferior-superior, desde el suelo hasta el extremo superior, estas líneas incisas de referencia pictórica configuran espacios muy precisos de la decoración mural.
Así, el espacio E-D de 14 pes de altura, es decir 4,20 m, nos sitúa el límite inferior de un recuadro rectangular con un motivo ornamental configurado por círculos entrelazados tangentes entre sí y de diverso diámetro y color.
Esta franja tiene una altura de 3,5 pes, la mitad de la magnitud de 7 pes que predomina en la altura de los recuadros.
En realidad el conjunto decorativo de círculos ensamblados tiene una anchura de franja de 2,5 pes (0, 75 m.) equivalente en el sistema de medidas romano a l gradus.
El trazado preliminar en forma de malla o red de líneas paralelas y verticales inciso en la pared, y que sitúa los puntos del compás para trazar los círculos, está representado en la figura 12.
Dentro de este tramo D-C se encuentra representada la comisa fingida policromada sobre la cual se puede observar todo el repertorio de palacios correspondiente a la Zona Central de las pinturas.
Esta comisa contiene motivos geométricos rectangulares con registros quebrados a 45o y líneas en estrecha franja superior o inferior con motivos de raíz floral.
Existe en toda su extensión el surco de los trazos indicadores de las líneas maestras de la decoración (figura 11 ).
La Zona Central, acotada por la magnitud B-C de 7 pes y que reproduce el friso de arqui- tecturas, ha sido organizada en su composición rítmica y simétrica, a partir de la figura geométrica del cuadrado.
Inicialmente 13 Ejes de Simetría geometrizan y actúan como referencia divisoria de su distribución.
De estos Ejes de Simetría, 7 pertenecen a los ejes de los Palacios decorados con columnas y rematados alternativamente por frontones y tejados.
Estos ejes (a-a'; ce'; e-e'; g-g'; j -j'; m-m' y p-p') tienen una separación entre sí de 7 pes (2, 10 m.) la misma dimensión que en altura conserva el friso de palacios en toda su longitud.
Este procedimiento técnico de composición es de una relevancia decisiva; supone que una sencilla trama reticular permite trasladar al soporte mural el diseño general ejecutado a escala, reproduciéndolo con una gran fidelidad compositiva respecto al boceto original.
Este procedimiento será aplicado asimismo en la zona de construcción de los Palacios de la Zona Central, y entraríamos en la descripción de Jos que hemos definido como segundo grupo o análisis de los trazados directores (figura 10).
Estos, en efecto, conservan en su totalidad unas columnas decoradas y rematadas en capiteles de tradición corintia.
Cada Palacio nos ofrece una altura de columna de A'-C=5 pes ( 1,5 m.) equivalente a 1 passus en el sistema romano de medidas, cumpliéndose este tempo o secuencia rítmica metrológica, en el dimensionado del resto del intervalo columnar (B'-D'= 5 pes; A"-D"= 5 pes, A"'-0"'= 5 pes, etc... ).
A su vez, la altura de 1 passus ó 5 pes es igual a la distancia existente entre las columnas correspondientes de cada Palacio (C-0'= 5 pes; C"-D"= 5 pes; C"'-0"'= 5 pes, etc... ), con lo cual tenemos configurado un cuadrado perfecto de lado 1 passus, que enmarca el diseño y composición general de cada uno de los Palacios.
Esta regla de dimens ionado es alterada exclusivamente en el Palacio situado en el Eje central de Simetría.
Aquí, la distancia entre sus columnas es de 1,20 m. y no de 1,50 m., medida común del resto de las distancias intercolumnares.
Este ajuste obedece a una adaptación del proyecto original a la superficie de la pared.
Así, los dos ejes de simetría situados inmediatamente al lado del eje central miden 2 m. entre sí y no los 7 pes (2, 10 m.) perceptivos que debían de tener de acuerdo con la perfecta regularidad introducida en el resto del dimensionado.
En estas construcciones palaciegas el ancho del fuste de la columna de 5 pes de altura tiene valor de O, 15 rn., es decir, la mitad de 1 pes.
Magnitud que se mantiene con ligeras variaciones en la totalidad de los fu stes de los palacios.
Igual valor de 1/2 pes (0, 15 m.) tiene la pilastra adosada que sostiene la techumbre con imitación de estructura en viga de madera.
La altura de esta techumbre tiene una uniforme medida de 0,20 m.
(1 bes en el sistema romano de medidas).
A su vez, la distancia existente entre las pilastras adosadas es de 3 pes, mientras que la altura del fuste de la columna (igual a la altura total de la pilastra) es de 1,30 m. equivalente a 3,5 palmipes (1 palmipes= 0,37 m.).
Por su parte, el entablamento apoyado en las columnas con capiteles de tradición corintia, tiene una altura de 0,20 m.
Esta magnitud es uniforme, no así la posterior subdivisión en tres bandas, la cual varía en sus medidas.
Estas representaciones de palacios están unidas por edificios en perspectiva, en el centro de los cuales tienen una pilastra estriada de 1,30 m. de altura (3,5 palmipes), sobre la cual descansa un entablamento en forma de ángulo a 45o de inclinación, superponiéndose la incisión del eje de simetría en uno de los lados de la misma (b-b'; d-d'; f-f; h-h'; k-k'; n-n').
La anchura de este tramo tiene una medida de 1 gradus (0,75 rn.).
La pilastra introduce una división en dos espacios iguales de 1 palmipes cada uno.
La disposición de los diversos espacios o plantas con columnas adosadas, tanto a la pilastra central descentrada como a las columnas de los paneles arquitectónicos contiguos, está subdi-Archivo Español de Arqueología, 65, 1992, pp. 179-221 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Sus marcas penniten deducir el dimensionado introducido en sus elementos compositivos en perspectiva tal y como lo reflejamos en el dibujo de la figura 1 O. En ella las medidas verticales correspondientes conservan el siguiente dimensionado: una altura de 1 palmipes para el primer piso inferior.
2 hes (0,40 m.) para el segundo piso, 1 pes de 0,30 m. para el entablamento superior y 1 dodrans (0,224 m.) para la medida del extremo superior, lugar de emplazamiento, a su vez, de la figura de un jarrón.
Las dos plantas o niveles del patio que configuran el espacio arquitectónico analizado albergan sendas columnas adosadas a las paredes laterales (en realidad las columnas pertenecientes a las paredes contiguas).
En el piso inferior, la altura de estas es de 2 hes y su ancho de 1 palmus (0,074 m. ).
Por su parte en el piso alto de la columna tiene una altura de 2 bes y el mismo ancho de 1 palmus.
Analizaremos ahora el último tramo A-B de este lienzo occidental de la Nave Transversal (figura 9).
Esta franja, a los que hemos llamado Zona Superior o de ventanas, tiene una altura de 7 pes (2, 1 O m.) magnitud igual, pues, al tramo anterior B-C o Zona Central.
Se establece así una secuencia rítmica, ya descrita líneas arriba, de repetición de la magnitud de 7 pes.
En la parte inferior de esta Zona Superior de representaciones arquitectónicas se ha introducido un fri so ornamental con un ancho cuya medida es variable entre 0,29 y 0,32 m.
Hemos deducido una media aritmética de 1 pes de 0,30 m. para la franja.
Queda así el resto del dimensionado correspondiente estrictamente a las representaciones arquitectónicas con una medida de 6 pes de altura (1,80 m.).
Magnitud que pennanece prácticamente invariable a lo largo de los 14, 1 O m. de longitud total.
Detectamos ciertas desannonías metrológicas entre las distancias de los respectivos ejes de simetría, consecuencia indudable de los distintos artesanos que han trabajado conjuntamente en la obra.
En efecto, en el sector situado a la derecha del Eje Central vertical, los ejes de simetría son una prolongación vertical fiel de los ejes de simetría inferiores situados en la Zona Central de Palacios.
Por el contrario, en el sector izquierdo de esta franja superior, los ejes de simetría verticales conservan una pequeña pero variable diferencia entre sus distancias.
Esta circunstancia impide que la prolongación de algunos ejes de simetría de la Zona Central izquierda no tengan continuidad en la Zona Superior y tengan una desviación de escasos centímetros.
Así, en la figura 9 podemos observar representada la magnitud constante de 7 pes entre los ejes de simetría (H-H'; S-S'; t-t'; U-U' en el sector izquierdo y V 'V'; W-W' y L-L' en el sector derecho).
La distancia entre los ejes A-h y r-r' del sector izquierdo es de 1,97 m., próximo a los 7 pes, así como la magnitud Z-Z' y A'-A" en el sector derecho de igual magnitud: 7 pes aproximadamente.
Estos ejes incisos son fundamentales para redistribuir ulteriormente todo el trazado del programa iconográfico proyectado.
Si estudiamos ahora el dimensionado de los cuadros en los cuales se encuentran las representaciones arquitectónicas, observaremos como esta magnitud de 7 pes se repite proporcionalmente también aquí.
Entre el eje r-r' y el eje M-N existen 7 pes, al igual que entre el M-N y el G-G' o el E-E' y el F-F' o entre el F-F' y el eje Z-Z'.
Unicamente el cuadrado central configurado por los ejes G-G' y el E-E' con una distancia entre ellos de 6 pes, se escapa a esta constante de rectángulos de 7 pes de largo por 6 pes de alto.
El hecho que encontremos la figura del cuadrado en la Zona Central obedece a que en este espacio está representada la Cruz de la Anastasis, habiéndose adaptado el marco que la contiene a las proporciones de la Cruz.
Las incisiones grabadas a punzón de los Trazados Directores (figura 10) de esta Zona Superior, son claramente perceptibles en el enlucido.
Estas definen las líneas principales verticales y ---------------------------~------- En ~1 panel arquitectónico contiguo F-Z-H-Z' se han subdividido los diversos espacios que definen las líneas reguladoras de su composición decorativa (figuras 11 y 15) proporcionando inicialmente una magnitud de 2 pes a Ja distancia intercolumnar central K-P.
El ancho del fuste, a su vez, tiene 1 trie ns (0, 1 O m.) y el contiguo intercolumnio 2 bes (0,40 m.).
Cada columna extrema lateral tiene un fuste de 1 quincunx (0, 124 m.).
Respecto a Ja configuración vertical, Ja alt ura f-g tiene un valor de 1, 1 O m. equivalente a 3 palmipes.
El tramo superior F-f también conserva igual medida unitaria de 1 palmipes.
A su vez, el tramo inferior g-H tiene el valor de 1 pes.
La altura de las columnas extremas de fuste decorado con sogueado, conserva una altura total de 3,5 palmipes ( 1,29 m.).
Las columnas interiores, por su parte, miden 1, 16 m. de altura correspondiendo 3 pes a la altura del fuste.
La zona central de este conjunto palaciego está dividida en dos niveles, configurando una perspectiva arquitectónica.
En el nivel superior, sobre el cual se ha representado un estilizado árbol, Ja altura del espacio flanqueado por columnas mide 1 cuhirus (0,44 m.) mientras que la parte inferior, en la cual se ha representado un pequeño arbusto, tiene una altura de 1 pes.
ANÁLISIS DE LA SECCIÓN LONGITUDINAL HACIA EL SUR
Esta sección (figura 18) recoge tres lienzos con conjuntos pictóricos importantes.
Uno de ellos pertenece a la bóveda del Abside Central decorada con motivos casetonados, en el que se han representado círculos y cuadrifolios alternativamente dispuestos.
El segundo lienzo corresponde a la pared sur de Ja Nave Transversal y el tercero al lienzo sur de la Nave Central.
* Los restos pictóricos que actualmente pennanecen en el lienzo sur de la Nave Central se encuentran en un delicado estado de conservación, si bien han tenido un proceso de restauración y ello posibilita que en la actualidad puedan ser estudiados con cierto rigor, pues se conservan las líneas generales de la composición arquitectónica.
No obstante en esta zona la densidad de trazados previos es más tenue que en el resto de los lienzos, aún así el estudio metrológico y de composición no se verá afectado negativamente por esta circunstancia.
El trazado distributivo de la composición horizontal recurre al método proporcional descrito en la división jerárquica de la Nave Transversal.
Así, se mantiene el inicio de la primera franja decorativa, imitación de una comisa fingida policromada, a una distancia próxima a los 4,20 m., la misma magnitud que había sido ajustada para la Nave Transversal ya estudiada.
La distancia en esta oca- • iT,.
1 O m. reales, si hicn el ni vel del suc io no es el origi nal al haber sido sustituido éste por un enlosado de piedra en el transcurso de una restauración efectuada en el siglo pasado.
Los 4,20 m. responden a la magnit ud real proyectada origina lmente como así lo corrobora el traslado de esta medida al nivel de suelo primiti vo que aún hoy permanece conservado en una zona próxi ma al umbral del arco de acce~o a la Nave Transversal.
Este nivel se encuentra 1 O cm. por debajo del nive l actu al de losas de piedra arenisca que recubre actualmente el firme de la iglesia.
La secuencia posterior (fi gura 19) reserva 1 pes para la altura de la comisa fin gida y 3 pes para el marco arquitectóni co de la Zona Central.
Distancia que acota la altura de l fust e de las columnas, rematadas en capiteles de tradición corintia. que integran la composición de l friso de palacios y sobre las cuales descansa un entablamento con su correspondiente frontón.
La si metría y proporción introd ucida se ha articulado de nuevo en torno a la figura de l cuadrado, en esta ocasión de 3 pes.
Y ello porque, en sentido longitudinal. la medida del intercolumn io de cada Palacio conserva también una dimensión constante de 3 pes.
En efe<.:- * Respecto al lienzo sur de la Nave Transversal (figura 18). la distribución proporcional vertical introducida en la composición, tiene su fundamento en dividir la altura total en 4 magnitudes de 7 pes (2, 10 m.) más una de 3,5 pes, (la mitad de 7 pes).
Iniciando la descripción por la pane inferior tenemos el tramo G-F de 7 pes, que define la superficie del zócalo con decoraciones fonnadas por bandas de color rojo y negro, alternando con cuadrados y diversas fonnas geométricas.
Una faja cuyo ancho es de 1 pes divide este primer nivel inferior del nivel definido por el primer cuadro de Palacios y cuya altura D-E sigue s iendo de 7 pes.
Este marco arquitectónico descansa sobre una cornsa fingida ricamente ornamentada cuya altura tiene el valor de 1 cuhitus (0,44 m.).
El ancho tendría la misma magnitud de 7 pes, si bien no se conserva el extremo izquierdo del panel, aunque es perfectamente deducible su magnitud original por la simetría del motivo arquitectónico que contiene el marco.
La medida del fuste de la columna, situada en primer plano y a ambos extremos (en la actualidad solamente conservada la correspondiente al sector derecho) tiene una altura de 3,5 palmipes, la misma medida que la correspondiente a los pilares que sostienen un techo con una perspectiva muy acusada. fruto de un punto de fuga que sitúa al observador en un punto muy bajo de la escena representada.
El techo está decorado con un motivo de espirales en forma de S entre los cuales se ha introducido un trifolio.
Un detalle del trazado previo de este motivo se puede ver en la figura 11.
Entre estos pilares se encuentra un gran vano que enmarca el pequeño edificio central.
En realidad se ha representado una columnata en forma rectangu lar de 3,5 palmipes de alto por 3 pes de ancho, conteniendo pequeñas columnitas con sus respectivas basas y capiteles.
Por su panelas columnas extremas tienen una altura de 5 pes ( 1,50 m.) con su capitel incluido.
En la pane superior del techo descrito se inicia el entablamento, una de cuyas partes mide 1/2 pes (0, 15 m.) y el frontón: 1 cuhitus (0,44 m.).
Le sigue la comisa fingida policromada con rica ornamentación en cuya línea interior conserva una pequeña decoración de cuadrados divididos diagonalmente y cuyos motivos de representación pudieran ser la imitación de piedras preciosas.
El marco arquitectónico B-C de 7 pes es idéntico igualmente en dimensionado al ya estudiado en la pared occidental de la Nave Transversal.
De hecho es una continuación del programa arquitectónico introducido en esta pared.
Es importante, por lo tanto, resaltar que ha sido ajustado todo el proyecto mural al dimensionado de los paramentos.
De tal suerte que, como se puede observar, el ajuste de 7 pes introducido entre las columnas de la pared occidental de la Nave Transversal tiene s u perfecta y lógica continuidad en las paredes laterales Sur (aquí estudiada) y Norte y Este.
El último tramo A-8, perteneciente a la Zona Superior o de ventanas, respeta la distribución jerárquica geométrico-proporcional de 7 pes de alto (figura 19).
El marco arquitectónico pertenece al mismo estilo que el estudiado en el lienzo sur de la Nave Central.
Está configurado por un cuadrado H-A-N-B de 7 pes de lado, medida que se repetirá tripartitarnente en la distribución vertical de la Pared Sur como estudiaremos más adelante.
En la parte inferior está representada una franja a modo de zócalo sobre la cual descansa el panel.
La distancia A-R de 6 pes ( 1,80 m.) forma cuadrado con la A'-H', cuya magnitud define la medida entre las columnas exteriores, siendo la altura total de la columna de 3,5 deunx (0,96 m.).
La figura del cuadrado está igualmente presente en la subdivisión posterior (figura 18).
Así, la altura a-e y b-d, de 3,5 palmipes
( 1 JO rn.) es el lado de un cuadrado en el que su otro lado es la distancia a-by c-d existente entre los triángulos representados en los intercolumnios laterales y ornamentados por dibujos que representan motivos florales.
El ancho del intercolumnio interior sobre el cual apoya el arco de medio punto tiene una medida de 4 hes (0,80 m.), mientras que la altura de la columna es de 3 pes, fonnando un cuadrado e-f-g-h.
Las medidas interiores se reparten así: el ancho del fuste de la columna interior sogueada tiene 1 pa/mus (0,075 m.) y las pilastras adosadas del piso alto 0,06 m.
A su vez, el ancho del intercolulumnio central del piso alto (m-n) tiene 1 pes (0,30 m.) y la altura de la columna 3,5 pes (0,70 m).
Las columnas inferiores tienen una altura de 1 semis (0, 15 m.) y un ancho del fuste de 1 sescuncia..
Por lo que al sector izquierdo del lienzo corresponde, éste mantiene la misma semejanza metrológica y de esquemas de composición que el sector derecho ahora analizado.
Así, nos encontramos con dos secuencias de paneles arquitectónicos verticalmente distribuidas de acuerdo a unas reglas de dimensionado basada en la magnitud de 7 pes.
Medida que seguirá manteniendo ahora una relevancia muy importante.
Los dos sectores de revestimiento pictórico están separados por un ventanal rematado en un arco de medio punto cuya arquivolta contiene dibujos de círculos negros y rojos entre los cuales se han intercalado haces de hojas contrapuestas.
El ancho interior de este ventanal tiene una medida de 7 pes para el lienzo sur (semejante metrológicamente al lienzo Norte).
El ancho o profundidad de la arquivolta es de 1 pa/mipes (0,37 m.) lo que nos ofrece una dimensión total interior entre los dos marcos o paneles arquitectónicos izquierdo y derecho de 9,5 pes (2,84 m.) y una medida total de la pared de 23,5 pes, exactamente la mitad de la longitud total de la Nave Transversal.
A destacar esta identidad que se ha tenido presente, por parte del maestro medieval, de equilibrar y ajustar al programa pictórico mural el dimensionado del ventanal con el de los paneles, ajustando todos ellos a un esquema modular en el que se integran de una forma perfectamente proporcional.
El ventanal, por su parte, tiene una altura de 14 pes (4,20 m.) configurando un doble cuadrado.
La misma relación que habíamos observado en los ventanales de la Nave Central.
* El tercer conjunto pictórico importante lo constituye la bóveda del Abside Central (figuras 20 y 23).
La composición de trazados previos está integrada por una cuadrícula o retícula modular con 45 ° de inclinación y una separación entre sus ejes de simetría de 1 pes (0,30 m.)
Estos ejes marcan la posición de los puntos de intersección de la malla, situando espacialmente el centro donde deben inscribirse lo centros de las circunferencias y cuadrados que configuran la composición decorativa de la bóveda.
ANÁLISIS DEL TRAZADO PREVIO DE LA CRUZ BAJO EL ARCO
La Cruz de la Anastasis o Vera Cruz (figuras 21, 22 y 24), como ya hemos hecho mención líneas arriba, destaca de forma especial en el centro simétrico de Ja Zona Superior de cada uno de los lienzos transversales de la Iglesia: Nave Transversal y Nave Central.
Hoy solamente se conservan en buen estado, de las cuatro cruces originariamente existentes, la situada en la pared occidental de la Nave Central y la de la pared oriental de la Nave Transversal.
Esta última es la que será objeto del análisis metrológico y de composición, pues consideramos que es la AEspA.
65.1992 que se encuentra en mejor estado de conservación, facilitando con ello un estudio más preciso.
Su ubicación real se puede ver en la figura 21.
Los trazados previos que permanecen perfectamente visibles en su superficie están reflejados en la figura 1 O. El surco de algunas líneas incisas ha desaparecido pero en su mayoría se conserva aún la huella, lo cual permite reconstruir el proceso original de distribución y composición de las medidas y proporciones introducidas.
El campo rectangular que enmarca el arco apoyado sobre dos columnas, y en el interior del cual se ha representado la cruz latina, tiene unas medidas muy significativas.
El doble de este valor, como ya hemos estudiado, representa la medida básica de regulación modular en la composición de la pintura mural.
En el interior de este ancho de 3,5 pes se han grabado las líneas de la composición de acuerdo a una regulación de intervalos definidos inicialmente por el pes de 0,30 m.
En efecto, el arco está asentado sobre dos columnas cuyo ancho es de 1 semis, 1/2 pes (0, 15 m.) cada una.
Cada columna conserva, a su vez, un eje de simetría central: Y-Y' y H-H', siendo su distancia al eje de simetría central X-X' de 2 bes (0,40 m.).
La subdivisión proporcional posterior se centrará en torno a estas pautas metrológicas.
Así, la altura de la columna ha sido fijada por medio de 4 ejes directores incisos en el enlucido.
Son estos el A-8 y el G-P separados entre sí 1/2 pes y que delimitan la altura del capitel de tradición corintia, y el M-N y el C-D de igual magnitud: 1/2 pes (0, 15 m.), que definen la altura de la basa.
Las columnas, a su vez, están divididas en varios sectores decorados con motivos curvilíneos y trazados esquemáticos en diagonal.
Estas franjas conservan entre sí surcos de trazado previo y una equidistancia significativa entre ellos: 1/2 pes, (a-b; c-d; e-f; g-h).
Por lo que al arco se refiere, está adornado con óvalos apuntados imitando piedras preciosas, en las que se ha registrado el trazado de sus ejes, conserva un espesor igualmente de 1/2 pes y sus radios, tanto interior como exterior, están en dependencia del ancho intercolumnar ya descrito.
Se conserva aún la huella del centro de la punta del compás.
La cruz, propiamente, no tiene pie (está representada como sí permaneciese en el aire) y sus brazos están rematados en formas redondeadas lobuladas.
Se percibe perfectamente en sus cuatro extremos la huella de un trazado previo anterior rectificado con posterioridad y que es el que permanece en la actualidad.
Conserva dos ejes de simetría; uno ya descrito: el vertical X-X', eje que divide en dos partes iguales la basa de cada columna.
4 hes es, como hemos visto, la distancia entre los ejes correspondientes de cada columna.
La medida del ancho de Jos brazos de la cruz es de 1 quincux (0, 125 m.) y están definidos sus perfiles por trazados incisos que hemos marcado con las letras R-R' y S-S' para los perfiles verticales y T-T' y U-U' para los horizontales.
El decorado interno del cuerpo de la cruz está configurado por dibujos de cuadrados, pequeños círculos y óvalos en referencia directa a imitaciones de piedras preciosas, pedrería y perlas, no conservándose las líneas incisas previas de la misma.
Respecto a los dos edificios situados a los pies de la cruz tienen un arco de acceso de medio punto y dos huecos contiguos.
Configuran una arquería con disminución progresiva de sus diámetros simulando una perspectiva, pero mantienen el nivel de ejes constante.
La distancia hasta el hueco de entrada es de 1 semis (0, 15 m.), las subdivisiones posteriores de la arquería son aleatorias pero con la evidente intención de introducir un claro efecto de perspectiva.
La altura desd~ la base al eje de la arquería es de 1 septunx (0, 174 m.) aproximadamente.
De los tres huecos, el mayor puede ser considerado como puerta de acceso y los otros dos como constitutivos de la arquería interior, pendiendo de lo), 1re' hueco), cortinaje:-. recogido~ hacia un lateral.
Se wn~c rva aún la huella de lo' centro~ de 1n11ado del compá:-. para comtruir lo), arco-; de medio pun1 0 dt.: la arquería y en el edilicio i1quicrdo permanecen ig ualmente lo:-. tran1do' tk im:i),i611 de los lími tes hori1ontalc), del 1ejado a do:-. vertiente:-. en un efec10 de perspectiva central que se encuentra en desarmonía wn la perspec1iva i111roduc ida para el lrnLado de la ar4uería.
ANÁLISIS DE LOS PEQUEÑOS EDIFI CIOS: TRAZADO PREV IO Y CRI TERI OS GEOM(:TRICOS DE PROPORCIÓN Y COMPOSICIÓN
De lo:-. cerca de doce modelos diferenlcs en su estilo que se encuentran en la~ igles ias repre-),Cntad a~ en las pintura), de Sa ntullano, hemos escogido seis modelos que rcllcjan de fonna fi el la técnita y lo~ procedimientos geo mé trico~ empleado!'.> en el tratado de esta), pequeñas cdificacionc.....
Su repetición por pare:-. y en alguno), rn~m en po~ición invcnida, rc prc~cn t a una circ un ~tan c ia que contrihu yc a resumir y exponer suci ntamente las diver~a~ fórmu la' geométricas y de proporción e mpi cada~.
Figura 30 y 30 bis.-Trazado previo de pequeño edificio situado en Ja pared occidental de la Nave Transversal.
La selección efectuada pretende, pues, analizar el diseño proyectual empleado en aquellos edificios que podemos considerar como prototípicos en el uso de determinados procedimientos geométrico-proporcionales y de composición comunes a la práctica de los maestros medievales asturianos.
Figura 26.-Edificio situado en el lienzo Norte de la Nave Transversal, a la derecha de la pared (figuras 25 y 28).
Está flanqueado por dos torres con tejado a dos aguas de 1 semis (0, 15 m.) de ancho.
En la fachada la altura desde el suelo al tejado a dos vertientes es de 2 bes también, la mitad del largo total.
El muro del edificio tiene una altura de l pes.
La libertad del pintor de este edificio ha introducido variaciones en el esquema inicial de composición.
Sobre la marcha ha alterado la trayectoria de algunas líneas originales, e introducido otras cuya aleatoridad es evidente.
En otros casos ha ido improvisando simultáneamente al propio proceso de ejecución pictórica del motivo.
Así, ha dibujado un doble perfil a las torres laterales rematándolas con un tejado de doble línea en ángulo de 102°.
El repertorio de improvisación y reelaboración sobre la marcha es evidente, e incluía también el frontón con doble línea repetida a igual ángulo de l 02o así como las puertas rectangulares de las torres.
La puerta central conserva ciertas huellas de incisiones previas de los pliegues de los cortinajes que se recogen a ambos lados de las jambas, así como el surco del trazado, grabado en semicírculo, de los enganches de las cortinas.
A su vez el tejado conserva también incisiones que imitan un tipo de teja ancha de imprecisa identificación ¿tegula romana?.
Todo el edificio se sustenta sobre un zócalo corrido.
Figura 27.-Edificio situado en el lienzo oriental de la Nave Transversal (figuras 21 y 29), en el sector izquierdo de la pared.
Conserva un cuerpo central de forma rectángular rematado en un frontón con cubierta a dos aguas y un ángulo de inclinación de 51° 20'.
A sus lados se abren dos naves laterales con apertura en cada frente del edificio de una puerta de acceso con cortinajes recogidos hacia un lateral.
La pared de cada nave extrema está representada en perspectiva, conservando sus líneas de fuga la misma inclinación de 51° 20', la misma que el frontón central.
El pintor del edificio se ha regido por unas efectivas reglas de representación perspectiva.
Reglas simples cuya base de configuración geométrica se inicia haciendo coincidir metrológicamente la altura de los edificios laterales de 4 quincunx (0,50 m.) con el ancho de la fachada de 4 quincun.x también.
La altura de la fachada conserva igual medida proporcional de 2 quincunx, tanto en lo que respecta al primer plano de fachada como al plano de fondo de la perspectiva: 2 quincun.x.
Incluso la longitud del fondo lineal del edificio (no su proyección), es de 4 quincun.x.
El resto de magnitudes introducidas se ha establecido igualmente de acuerdo a un reparto simple proporcional.
Así, el ancho de las puertas es de aproximadamente l quincunx (0,125 m.) conservando unos cortinajes en los que se ha pregrabado con incisiones gran parte de su trazado pictórico final.
La altura total del edificio, incluida la construcción con una puerta central y frontón con inclinación a dos vertientes en ángulo de 51° 20', es de 2 pes (0,60 m.) y el ~ncho total 4 bes (0,80 m.).
Considerar finalmente que el conjunto arquitectónico se cierra por el fondo con un muro que presumiblemente pretende demarcar el límite de un patio cerra- do interior.
El tejado de las edificaciones laterales no conserva la representación de tejas que supuestamente tendría; su efecto de perspectiva ha sido ejecutado de forma intuitiva, en un intento de aproximación a una representación ilusionista de lejanía.
Figura 30.-EI edificio que estudiaremos ahora está situado en la pared occidental de la Nave Transversal (figura 9) en el lado izquierdo del lienzo.
Las dimensiones generales del mismo son de 1 xradus de longitud, es decir, 2 palmipes (0,74 m.) por 2 pes de altura total (0,60 m.).
La altura estricta de la fachada exenta de zócalo y tejado es de 1 palmipes (0,37 m.).
Es decir, que la fachada ha sido construida de acuerdo a la figura geométrica de un doble cuadrado.
El edificio conserva una perspectiva central acusada por la dirección del tejado a dos vertientes.
La orientación de las tejas convergen en un eje central que descubre dos naves laterales con un ancho de fachada de aproximadamente l dodrans (0,224 m.).
Los ejes centrales de las fachadas están separados 2 quincunx (0,25 m.) cada uno, y los huecos de las puertas de acceso tienen un ancho de 1 triens (0, 1 O m.) excepción hecha de los tres arcos elevados del interior cuyo ancho es de l palmus cada uno (0,74 m.).
Observar que se ha dividido en tres ejes el espacio central con una separación aproximada entre ellos de 1 palmus, habiéndose corregido con posterioridad dicho trazado regulador por evidentes motivos de simetría.
Los cortinajes han sido trazados sin recurrir al grabado previo, sí en cambio, las tejas en las que se conservan surcos de la orientación inicial introducida.
El zócalo sobre el cual descansa todo el edificio mide también 1 pa/mus.
Figura 31.-Edifi cio situado en la Pared Norte de la Nave Central, en el lado izquierdo del lienzo.
Al igual que las edificaciones estudiadas es una construcción con una fachada principal rematada en frontón con tejado a dos vertientes.
En la fachada lateral se abren tres ventanas con arcos de medio punto levantados sobre un estrecho zócalo.
Tanto la puerta de acceso como los huecos de ventana tienen travesaños a modo de barras de los cuales cuelgan sendos cortinajes recogidos hacia un lateral.
Metrolágicamente la fachada tiene 1 pes de altura y el tejado O, 1 O mts.
Igual medida de 1 pes conservan en longitud los tres ventanales.
Cada uno tiene 1 palmus de ancho.
Se han iniciado estas pinturas partiendo de un trazado inciso de los ejes regulares; sobre estos se situarían los centros de los arcos de medio punto, así como las líneas directrices de los enmarques de cada ventanal.
Es de suponer que el resto de las líneas hayan sido trazadas en el transcurso del proceso de ejecución.
Figura 32.-Construcción situada en la pared occidental de la Nave Transversal (ver plano general en ta figura 9), en el lado izquierdo del lienzo.
Es un edificio de dos plantas con una clara representación de sillares trabajados en sus paramentos.
Conserva dos fachadas con dos puertas de acceso rematadas por sendos frontones.
Tiene tejado a dos vertientes con una representación de perspectiva central.
Las tejas han sido dibujadas con una identificación presumiblemente de tradición romana.
Geométricamente ha sido diseñado con cuidada proporción.
La fachada de la planta baja mide 2 palmipes y la altura total de la misma, con tejado incluido, 1 palmipes.
El ancho de la puerta baja y el tramo recto de fachada miden, a su vez, 1/2 pes (0,15 m.) respectivamente.
Respecto al piso superior su altura es de 1 bes (0,20 m.) y el ancho de la fachada 2 deunx (0,548) m. representando en un mismo plano la visión del exterior e interior de la misma.
Respecto a la sección interna; una vista de las dos plantas interiores separadas por columnas y en las que en sus huecos, y sujetas por ani llas a unas barras, cuelgan cortinajes.
A la izquierda del edificio nos encontramos con una gran puerta con arco de medio punto, de la cual pende un cortinaje recogido hacia un lateral.
A la derecha, una puerta rectangular con otro cortinaje recogido hacia la izquierda, encima del cual se encuentra un frontón con dos semicírculos.
Estas serían las vistas exteriores del edificio y sus previsibles entradas al recinto sagrado.
El resto de edificaciones que se elevan por encima del tejado tienen dificultades de interpretación sobre su función.
En torno a un cuerpo central con cuatro ventanas se adosan dos torres laterales rematadas por un frontón cada una, Ja fachada central conserva tejado a dos vertientes y detrás de ella se levanta otro frontón a modo de una nueva representación de otro edificio más lejano.
Metrológicamente tiene un ancho total de aproximadamente 4 bes (0,80 m.) y una altura de 3 pes (0,90 m.).
El cuerpo central dividido en dos plantas tiene una división geométrica regular cuyas medidas entre columnas son de l pa/mus (0,074 m.) y cuyo ancho de columna es de 1 uncia (0,024 m.).
La altura del hueco de cada planta es de 1/2 pes.
Respecto a las vistas exteriores, el cuerpo derecho de la construcción conserva un ancho de 1 dodrans y la puerta tiene 1 quincunx (0, 125 m.) de ancho a su vez.
La Fachada Principal tiene una altura de 2 deunx (0,548 m.}, mientras que el conjunto de tejado y fachada superior del edificio superior es de 2 quincun.x, siendo la longitud de esta fachada de 2 bes y su altura O, 1 O m.
Como se puede observar el dimensionado de todo el conjunto se establece en torno a medidas que son múltiplos entre sí y se articulan por la existencia de un diseño proyectual organizado en tomo al pes romano y a medidas más pequeñas divisores de la misma como el unci y el pa/mus. |
En este trabajo estudiamos un nuevo tipo de ánfora recientemente identificado, perteneciente a la época tardorromana.
Estas ánforas probablemente transportaban• vino, que era usado para abastecer Ja ciudad de Roma y eventualmente se comercializaba en otros paises del Imperio; al menos, éste es el caso de Hispania, eviden-; iado por los materiales que aquí estudiamos.
El estado actual de conocimientos sobre las ánforas tardorromanas 1 pone de manifiesto la preponderancia casi absoluta de los productos africanos (en los que se envasaba principalmente vino y salazones) entre finales del siglo 11 y el siglo v1 d.
C., así como la presencia (menor pero no insignificante) de producciones anfóricas procedentes del Mediterráneo oriental.
La citada preponderancia de los productos norteafricanos envasados en ánforas coincide plenamente con el auge comercial de la zona correspondiente a la actual Túnez, que además de por los elementos citados se confirma por la exportación de vajilla de mesa (sigillata africana C y D) y lucernas~. así como, a otros niveles más lujosos, la comercialización de sarcófagos' y la existencia de talleres musí varios de origen o inspiración africana que se encuentran ampliamente documentados en el Mediterráneo occidental.
En contraste con esta situación. el potencial exportador de los productos itálicos se encontraba en retroceso desde el siglo 1 d.
C.. pudiendo considerarse la península itálica durante la Antigüedad Tardía más como un área importadora que exportadora.
Prácticamente la única excepción a esta tónica (aunque significativa) que puede señalarse es la comercialización de sarcófagos de taller romano, que tiene una florecimiento muy importante en época constantiniana, y otro período significativo a finales del siglo 1v e inicios del v d.
C. 4 • Con respecto a la comercialización deánforas itálicas durante el Medio y el Bajo Imperio en Hispania contamos solamente con un posible ejemplar de Tarragona (Keay 1984, vol. 1, pág. 372, fig. 171, núm. 8) que ha sido identificado por Manacorda ( 1987, pág. 44) como un ánfora de Empoli, que se produjo en el área de dicha ciudad etrusca en los siglos 111 y 1v d.
Sin embargo, debemos tener en cuenta que existe una forma anfórica, la Keay Lit, fechada en los siglos 1v y v d.
C. (Keay 1984, vol. I, págs. 27-268) que se ha considerado sin seguridad (basándose en las características de la arcilla) como procedente del Mediterráneo oriental; recientemente, Arthur ( 1989, passim) ha sugerido que estas ánforas podrían haberse fabricado en realidad en el Bruttium (Sur de Italia), donde al parecer se han localizado hornos en los que se producían ánforas de esta forma.
J En relación a la exportación de sarcófagos africanos es ilustrativo el ejemplo de Tarragona, recientemente estudiado por Roda ( 1990).
• Sobre la importación de sarcófagos de taller romano en Hispania, véase Palo! 1967 y Sotomayor 1975; una recopilación de los datos conocidos sobre la presencia de estos sarcófagos en la zona catalana (con bibliografia anterior) puede encont rarse en Járrega. en prensa.
De todos modos, y aun aceptando que todas las anforas de la forma Keay LI I sean de orígcn itálico, su difusión no es en absoluto masiva. por lo que no puede compararse cuantitativamente con la de los productos africanos y oriental es ~.
En lo que respecta a Hispa11ia, la presencia de ánforas itálicas tardoimperialcs es solamente testimonial, aun considerando como tales las correspondientes a la forma Keay LII "; si n embargo. los hallazgos de los que seguidamente nos ocuparemos. si bien no cambian sustancialmente este panorama, sí que permiten matizarlo de forma bastante significativa.
IDENTIFICACIÓN DE UN NUEVO TIPO DE ÁNFORA
Recientemente ha sido identificada por Clara Bencivenga una nueva forma de ánfora itálica que se ha documentado en las excavaciones de Gricignano (Caserta, Campania) en Italia (Bencivenga 1987 passim).
Puede considerarse, desde un punto de vista estrictamente formal, <mueva» sólo hasta cierto punto, puesto que presenta estrechos paralelismos con la.forma Dressel 2/4, que se produjo en Italia (y más tarde en otras zonas) a finales de la época romana republicana e inicios del Imperio.
Sin embargo, existe un hiatus de más de doscientos años entre el período final conocido de la producción de dichas ánforas y la cronología de los ejemplares hallados en Gricignano; por otro lado, y desde el punto de vista estrictamente formal, se diferencian estos últimos de la clásica forma Dressel 2/4 por tener unos perfiles marcadamente cilíndricos, más masivos, alargados y rectilíneos (Bencivenga 1987. pág. 396 ), no siendo siempre las asas bífidas, característica esta última propia de las Dressel 2/4 itálicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa El citado hiatus cronológico entre las Dressel 2/4 típicas y las mencionadas ánforas bajoimperiales constituye sin duda un problema importante, que creemos que tenderá a resolverse a medida que se conozcan mejor las producciones itálicas de los siglos 11y111 d.
C. 7 • La estrecha similitud formal (pese a las diferencias antes señaladas) entre las ánforas de Gricignano y las Dressel 2/4, así como la identidad de la zona de producción de ambas, nos hace pensar que lógicamente debe existir un nexo de unión entre las dos producciones, que aún no se conoce detalladamente.
Las ánforas localizadas en Gricignano fueron sin duda producidas en Italia, como lo demuestran las características físicas de la arcilla. que es compacta, de color rosado-rojizo, micácea, con pequeñas inclusiones de color negro y sin engobe ( Bencivenga 198 7, pág. 396 ).
Su cronología puede establecerse con cierta aproximación, dado que fueron reutilizadas en enterramientos junto con ánforas de la Í0'!'111a Almagro 51 C-Keay XXIII, que al parecer proceden del Sur de Hispania y que se fechan entre los siglos 111 y v d.
Un dato cronológico muy preciso para una datación post quem lo constituye la presencia de una copa de sigillata gris estampillada de producción gálica de la forma Rigoir 6 B reutilizada para cubrir la boca de una de las ánforas de la forma Almagro 51 C-Keay XXIII halladas en la necrópolis.
Dado que estas cerámicas finas empiezan a producirse a partir del último cuarto del siglo 1v podemos afirmar que la datación de la necrópolis de Gricignano puede situarse a finales del siglo 1v (Bencivenga 1987, pág. 397) o ya en el siglo v, posiblemente en su primera mitad.
LA DOCUMENTACIÓN DE ESTA PRODUCCIÓN EN HISPAN/A: LOS HALLAZGOS DEL PALMAR HOTEL
En el yacimiento del Palmar Hotel (Premia de Mar) se han hallado dos ejemplares (uno completo y otro fragmentario) que creemos poder atribuir a la misma producción anfórica detectada en Gricignano, y de los cuales nos ocuparemos seguidamente.
El enclave arqueológico de Palmar Hotel se encontraba en el término municipal de Premia de Mar, en la comarca catalana del Maresme, situada administrativamente en la actual provincia de Barcelona w.
Pudo documentarse la existencia de una necrópolis de inhumación constituida por unas sesenta o setenta tumbas, que fue brutalmente destruida en el año 1976 por máquinas excavadoras, por lo que los trabajos arqueológicos (llevados a cabo por la Secció Arqueologica del Museu Municipal de Premia de Mar) tuvieron que hacerse en condiciones muy desfavorables; por esta razón, el conocimiento que tenemos sobre este yacimiento es muy parcial, aunque suficiente para hacerse una idea sobre el mismo.
Asimismo, nada sabemos sobre el hábitat al que correspondía esta necrópolis.
Las tumbas de la necrópolis del Palmar Hotel correspondían a los típicos enterramientos de tégulas y de fosas (una de las cuales estaba cubierta por un suelo de opus spicatum), cuya datación es bastante problemática, puesto que se practicaron en un amplio marco cronológico que abarca todo el Alto y el Bajo Imperio romano, así como parte de la Alta Edad Media.
El dato que más puede contribuir a precisar su cronología (y en estrecha relación con nuestro estudio) lo constituye el hallazgo de dos inhumaciones en ánfora, las únicas que se han constatado en esta necrópolis.
La reutilización de ánforas (ya sea completas o fragmentadas) en
Sobre una excavación de parte de la necrópolis no afectada por la destrucción de 1976, véase Coll-Cazorla, 1987, passim.
Queremos dejar constancia de nuestro agradecimiento a Ferran Bayés y Femando Cazarla por su desinteresada colaboración en la eleboración del presente trabajo.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA, 66, 1993
ÁNFORAS ITÁLI CAS TARDÍAS DE PR EMIA DE MAR (BARCELONA).:m los enterramientos es una técnica que empieza a utilizarse en el siglo 111 d.
C.; por tanto, es a esta centuria o a un período posterior al que corresponden estas ánforas y al menos parte de la necrópolis.
Entre las tierras de este yacimiento se hallaron también Uunto con otros materiales más antiguos) un fragmento de plato de la forma Hayes 50 de la sigillata africana C (fechado entre el segundo cuarto del siglo 111 e inicios del 1v d.
C.) y una moneda de Constantino 1 (Prevosti 1981, págs. 123 y 125) lo que de algún modo apunta también a que como mínimo en el siglo 111 (si no más tarde) la necrópolis estaba en plena actividad.
Seguidamente procederemos a describir las características de las dos ánforas anteriormente citadas.
Ambas se conservan actualmente en el Museu Municipal de l'Estampació Textil de Premia de Mar. Aunque estos dos ejemplares no habían sido estudiados a fondo y reproducidos gráficamente hasta ahora, el ánfora completa había sido ya razonablemente clasificada como perteneciente a la forma Dressel 2 por Prevosti ( 1981, pág. 125).
Si bien el referente de esta forma resulta claro, creemos que con los datos actualmente conocidos es factible la asociación de estas ánforas con las localizadas en el yacimiento campano <le Gricignano, por las siguientes razones:
Figura 3.-Fragmento anfórico número 2 del yacimiento del Palmar Hotel {Premia de Mar, Maresme, Barcelona).
a) El análisis visual de la arcilla demuestra que se trata de productos itálicos.
b) Los perfiles (como se aprecia sobre todo en el ejemplar completo) alargados y fusiformes alejan estas ánforas del prototipo de la Dressel 2/4 acercándolos al mismo tiempo a las ánforas de Gricignano.
e) El hecho de que estas ánforas se encuentren reutilizadas en una necrópolis de inhumación permite atribuirles una cronología mínima del siglo 111 d.
C., lo cual impide identificarlas como Dressel 2/4.
Es interesante poner de relieve que las características físicas de los dos ejemplares que aquí estudiamos no son idénticas.
Efectivamente, en el fragmento de cuello, borde y asas la concentración de desgrasante de olivina es muy grande, lo que junto con las características de Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 310-323 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa: lt:~pA, 66, 1993 la arcilla lo hacen en todo semejante (en este aspecto concreto) a las ánforas vinarias romano-republicanas ( Dressel 1 y Dressel 2/4 ) de procedencia itálica; en cambio, en el ejemplar completo este desgrasantc, si bien es también evidente, aparece en mucha menor cantidad y mezclado con otro tipo de partículas.
Es posible que ello se deba a la procedencia de ambos ejemplares de dos centros de producción diferentes, aunque éstos se encontraban sin duda en Italia.
Un problema bastante difícil de solventar es el de la cronología de estas ánforas.
Dado que fueron reutilizadas para aprovecharlas COJTlO parte de unos enterramientos, es evidente que no pueden fecharse con anterioridad al siglo 111, en el cual se in icia este tipo de reutilizaciones con tal fina lidad; suponer que pueda tratarse de ejemplares más antiguos reaprovechados doscientos años después de su fabricación nos parece fuera de lugar, teniendo en cuenta que se trata de recipientes meramente utilitarios cuyo período de uso había de ser muy reducido, por todo cuanto se conoce actualmente sobre las ánforas romanas.
La cronología mínima de estas ánforas, como hemos dicho, se sitúa en el siglo 111 d.
C., pero es posible que en realidad sean más modernas.
Considerando válida su re lación con las ánforas localizadas en Gricignano, que se fechan a finales del siglo 1v o en la primera mitad de l v d.
C., podemos suponer para las del Palmar Hotel una fecha semejante.
Sin embargo, el hecho de que estas ánforas correspondan a los dos únicos enterramientos de la necrópolis en los que se reutiliza este tipo de recipientes en una extensa zona de enterramientos de tégulas y de fosa permite pensar que pueden corresponden a la fase inicial del uso de las ánforas en las necrópolis, lo que permitiría apuntar al siglo 111 d.
C. Por otro lado, la presencia entre las tierras de la necrópoli s de una moneda de Constántino 1 podría sugerir una datación más moderna, pero se trata de un dato demasiado aislado como para poder utilizarlo para este fin, puesto que su relación estratigráfica con los enterramientos no está clara.
En cualquier caso, los dos ejemplares de ánforas que hemos estudiado nos permiten afir-mar que se trata de productos itálicos (uno de los cuales defectuoso de origen, lo cual no le impidi ó ser comercia lizado ) q ue tienen una cronología post quem del sig lo 111 d.
C., pudiendo muy bien corresponder al siglo 1v o al v debido a su paralelismo con las ánforas de Gricignano.
--Figura 4. -Ánfora casi completa procedente del yacimiento de Gr icignano, Italia (según Bencivenga).
LA DIFUSIÓN DE ESTAS ÁNFORAS EN EL RESTO DE HISPAN/A
La constatación de la importación de ánforas itálicas en Hispania, gracias a los materiales localizados en Premia de Mar, nos ha inducido a buscar otros posibles casos similares a través del análisis de la bibiliografía especializada.
Creemos que esta búsqueda ha dado un resultado positivo, localizando otros posibles ejemplares, de los que seguidamente efectuaremos un elenco en relación a los yacimientos arqueológicos en que fueron hallados.
En este lugar existió una villa romana, en la que se han hallado restos de estructuras arquitectónicas y tumbas de tégulas 9; se han localizado en el mismo algunos fragmentos informes de sigillata africana D y un fragmento de borde de copa de sigillata gris estampillada gálica de la forma Rigoir 2 (Ribas 1975, figura 47: Prevosti 1981, n.o 2).
Entre los hallazgos efectuados en este yacimiento figura un fragmento de cuello, borde, asas y parte del cuerpo de un ánfora que presenta estrechos paralelismos formales con los hallados en el Palmar Hotel, tanto por su borde pequeño y redondeado como por el perfil alargado y cilíndrico del cuello.
Desgraciadamente, los materiales hallados en el yacimiento de Sant Miquel del Cros se encuentran actualmente en paradero desconocido, y este fragmento anfórico se conoce tan sólo por un dibujo de Maria Ribas publicado por Prevosti ( 1981, figura 63, n.
0 7) por lo que no es posible estudiar directamente esta pieza.
Además de estos paralelismos tipológicos, el hallazgo (al parecer casi exclusivo) de otros materiales de época tardorromana permite apoyar la cronología tardoantigua que atribuimos a este fragmento anfórico.
En las excavaciones efectuadas en el solar actualmente ocupado por la casa Padellas de la ciudad de Barcelona durante los años treinta del presente siglo apareció un ánfora romana completa, que se conserva en el Museo de Historia de la Ciudad.
Esta ánfora, como la mayoría de las cerámicas romanas halladas en Barcelona, puede considerarse sustancialmen- te inédita10, aunque Balil ( 1972. págs. 117-118) ha efectuado algunas consideraciones sobre ella, al tratar de relacionarla con las estructuras arquitectónicas halladas en el mismo lugar. que son objeto del estudio de dicho autor.
La atipicidad de este ejemplar no fue pasada por alto por Balil. quien indica que «de no hallarse esta ánfora completa su perfil se atribuiría, como en otras ocasiones, a error del restaurador» (Balil 1972, págs. 1 17-1 18).
Dicho autor considera asimismo que esta ánfora, a algunos «caracteres julio-claudios, une otros antoninianos», considerando que debe fecharse en los inicios del siglo11 d.
El ánfora se conserva completa, y el perfil fusiforme y alargado, más bien masivo, de la misma, así como la pequeñez y el perfil redondeado del labio Ja hacen muy similar al ejemplar completo del Palmar Hotel.
La arcilla es de un color rosado intenso, aunque no podemos efectuar más precisiones puesto que no hemos estudiado directamente la pieza, que durante mucho tiempo ha estado expuesta en el emplazamiento aproximado de su hallazgo en el Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona.
Tampoco en este caso contamos con un contexto arqueológico que nos permita una datación directa de la pieza, aunque existen algunos indicios dignos de consideración.
Esta ánfora fue uno de los primeros hallazgos efectuados en el solar que hoy ocupa la Casa Padellas de Barcelona, y sirvió de oportuna motivación para continuar los trabajos de excavación.
Como permiten observar las estructuras arquitectónicas conservadas, en dicho lugar se ha documentado un importante desnivel del terreno entre las estructuras romanas más antiguas y las más superficiales (que aparentemente son de época tardo-antigua) 11; por esta razón, podemos pensar que esta ánfora, que se debió hallar en los estratos más modernos, corresponde al contexto de las estructuras más tardías, y por ello debe (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa tener una cronología amplia pero en todo caso dentro del periodo tardo-antiguo (mejor que la datación en el siglo 11 que le atribuye Balil). lo que corrobora la cronología aproximada que puede atribuirse a la pieza desde el punto de vista tipológico..:.: Figura 5.-Ánfora procedente de antiguas excavaciones de Barcelona (dibujo elaborado a partir de una fotografía publicada en Duran i Sanpere 1943, sin escala).
Entre los hallazgos anfóricos submarinos efectuados en la playa de El Saler, cerca de Valencia, en el año 198 1 figura un fragmento de cuello, borde y un asa (Fernández Izquierdo 1984, pág. 73, figura 28, n.o 218 y pág. 80).
Este ejemplar, recogido por Fernández Izquierdo ( 1984, pág. 80) entre los fragmentos de forma indeterminada. creemos que corresponde a la producción que estamos estudiando, tanto por sus características tipológicas como por su composición física.
El perfil cilíndrico y alargado del cuello y el pequeño tamaiio del borde, así como la sección ovalada de las asas y el perfil poco anguloso de las mi smas, son muy similares a los de los ejemplares documentados en el Palmar Hotel.
El diámetro exterior del borde es de 14,5 cms.
Según Fernández Izquierdo ( 1984. pág. 80) la pasta es de color «naranja, porosa con escaso desgrasante de arenas negras»; esta descripción corresponde a una pasta identificable con la del ejemplar completo hallado en el Palmar Hotel.
Dado que se trata de un elemento aislado y sin contexto no existen datos cronológicos externos, pero creemos, teniendo en cuenta los paralelismos expresados, que corresponde a la forma anfórica que estamos estudiando.
En el núcleo urbano de la ciudad de Setúbal se han recuperado en diferentes épocas varias ánforas romanas, casi siempre con un registro arqueológico deficiente, dado que se trata de hallazgos fortuitos 12; entre este lote de materiales anfóricos existen dos ejemplares (de los cuales se ha publicado la reproducción gráfica de uno) que han sido publicados como pertenecientes a la forma Dressel 2/4 (Coelho-Soares y Tavares da Si lva 1978, págs. 175-176 y figura 1, n.o 1 ).
El citado ejemplar del cual se ha publicado un dibujo (Coelho-Soares y Tavares da Silva 1978, figura 1. n.o 1) corresponde a un fragmento que conserva el cuello, e l borde y las dos asas.
El perfil cilíndrico y alargado del cue-1 lo, la pequeñez y la sección redondeada del borde y el perfil poco anguloso de las asas lo hacen muy similar a los ejemplares localizados en Gricignano y en el Palmar Hotel; la sección de las asas es bífida.
Según la descripción de las arcillas publicada por Coclho-Soares y Tavares da Silva ( 1978. pág. 176) estas son compactas y duras. con superficies alisadas-ásperas que presentan finas estrías y largos surcos acanalados horizontales.
La composición del ejemplar dibujado muestra, según el análisis del microscopio, una fractura regular atravesada por pequeñas brechas. numerosas inclusiones calcáreas, algunas translúcidas y de tonalidad oscura, y raras inclusiones negras y vítreas.
El otro ejemplar presenta una pasta diferente, con numerosas inclusiones de color negro, típicas de los productos itálicos.
Ahora bien, de este otro ejemplar (que se describe como más fragmentario) no se ha publicado ningún dibujo, por lo que no puede excluirse que se trate de una Dressel 214 típica, tambien de producción itálica pero de cronología alto-imperial.
Citamos este hallazgo en último lugar, debido a que es el más inseguro (por su tipología y posible cronología) de los que componen este elenco.
En el lugar llamado Riudarenes, a 900 m. del núcleo urbano de Constantí''. las lluvias torrenciales pusieron al descubierto dos ánforas completas, que quedaron en propiedad particular, aunque se ha publicado sendos dibujos de las mismas (Papiol 1973-74, pág. 255, figura 9).
La otra ánfora (Papiol 1973-74, pág. 255, figura 9, derecha) corresponde a grandes rasgos a la forma Dressel 2/4, aunque su perfil ligeramente más alargado y fusiforme de lo normal permite pensar que pueda atribuirse a la producción que estamos estudiando.
De toi i Sobre •este yacimiento, véase Papiol 1973-74, pág. 255 y Gorges 1979, pág. 414. dos modos, resulta más cercano al de la Dressel 2/4 típica (incluyendo la sección del asa. que es tota lmente bífida) que los otros ejemplares que estudiamos, por lo que debido a que no hemos podido analizar directamente la pieza (que únicamente conocemos por el dibujo que se ha publicado de la misma), presentamos esta posible asociación como una simple sugerenc ia poco segura.
De todos modos. llama la atención que esta ánfora se hallase completa junto con otra tambien entera de la forma Keay XVI, que sí es con seguridad bajoimperial, aunque ello no nos permite asegurar que ambas perteneciesen al mismo contexto estratigráfico, lo cual por otro lado parece probable.
Son escasos todavía los datos cronológicos que conocemos para datar estas ánforas.
Los ejemplares del Palmar Hotel no pueden ser anteriores al siglo 111, debido a que fueron reutilizados en una necrópolis, costumbre que se inicia, al parecer, en dicho siglo.
El hecho de que correspondan solamente a dos tumbas en un amplio conjunto funerario formado por más de sesenta enterramientos de tégulas y en fosa, podría hacer pensar, como ya se ha dicho, en una datación antigua para ambas tumbas de Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 310-323 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa ánforas, es decir, e l siglo 111 d.
C. Sin embargo, el hallazgo de una moneda de Constantino 1 entre las tierras de la necrópolis. pese a carecer del correspondiente registro estratigráfico, nos hace considerar la posibi lidad de una cronología posterior, ya en el siglo 1v d.
C., si bien tampoco cabe descartar una perduración del uso de esta necrópolis más o menos amplia.
El frag mento an fórico de El Saler (Va lencia), que de todos los que citamos (además de los del Pa lmar Hotel) creemos que es el que con mayor seguridad puede atribuirse a la producción que estudiamos aquí, no ofrece ningún contexto arqueológico que permita datarlo, como tampoco las án foras de Setúbal (Portugal) y el posible ejemplar de Riudarenes (Tarragona).
La d atación más aproxi mada la proporcionan las excavaciones ita lianas de Gricignano, que debido al hallazgo de un fragmento de sigi llata gris estampi ll ada reutilizado para cubrir la boca de una ánfora de la necrópol is (aunque perteneciente a otra forma anfórica distinta) no parecen poder datarse antes del último cuarto del siglo 1v.
Teniendo en cuenta todo lo expuesto, creemos que la cronología de las ánforas objeto del presente estudio podría in iciarse quizás (aunque sin seguridad ) en e l siglo 111, estando constatada sin duda en Ja segunda mitad del siglo 1v y si n descartar una perduración hasta un momento indeterm inado del siglo V como mínimo.
Los datos de las excavaciones de Gricignano, conjugados con las referencias de las fuen tes escritas (véase más adelante) parecen iipuntar con mayor seguridad a una datación en la segunda mitad del siglo 1v d.
CONS IDERAC ION ES SOBRE EL T EMA
Los hallazgos anfóricos del yacim iento campano de Gricignano y los que hemos estudiado, permiten documentar la existencia de un nuevo tipo anfó rico de é poca bajoimperial y de producción itálica, q ue como podemos ver tuvo alguna difusión exterior, al menos en lo que se refiere a Hispania.
Dado que estamos en la fase inicial del conocimiento sobre estas produccio nes, son es-casos aún los resultados concretos que s u estudio nos a porta, empezando por el tema mismo de la producción de estas ánforas.
Efectivamente. tanto las ánforas de Gricignano como las del Palmar Hotel son sin duda (como demuestra el análisis visual de s u composic ión fisica) productos itálicos. pero la zona concreta de su fabricación a ún se desconoce.
Lógicamente hemos de suponer que fueron (a l menos en parte) producidas en Campania, donde se localiza el enc lave de Gricignano; s in embargo, las diferencias en la com posición de los dos ejemp lares (por otro lado, si n duda itálicos) del Palmar Hotel puede hacer pensar en la existencia de diversos centros de producción, que de todos modos pudieron muy bien estar todos ellos situados en Campania.
Aunque evidentemente no contamos con datos arqueológicos d irectos que lo confirmen, podemos pensar q ue el producto que se envasó en estas ánforas fue el vino; e l paralel ismo fo rmal con las ánforas tardo-republicanas y altoi mperiales de la forma Dressel 2/4 (q ue siempre se ha considerado típicamente vinaria) y el hecho de que se trate de producciones itálicas (teniendo en cuenta los datos proporcionados por las fuentes) así permiten suponerlo.
Se conoce una ley de Graciano, fechada el Es tan reci..:nte la identificación de la forma anfórica que estamos estudiando que todavía no se le ha atribuido una catalogación tipológica concreta. sino que ha habido que referirse a ella (tanto en el estudio de Bencivenga como en el nuestro) siempre de acuerdo con su similitud a la forma Dresscl 214.
Es difici l atribuir una clasificación concreta para estas ánforas, que quizás podríamos desi5nar como «tipo Gricignano» debido al yacimiento en el que fueron documentadas por primera vez.
Un detalle curioso que nos permite conocer el ejemplar completo del Palmar Hotel es el hecho de que no se prescindió de comercializar ejemplares defectuosos como el citado. que está claramente deformado.
Es posible que esto guarde relación con el carácter esporádico de la comercialización de estas ánforas, aunque todo ello está todavía por ver.
Por último. debemos señalar que la escasez con que se han documentado estas ánforas puede no ser tan grande. e incluso ser solamente aparente.
Dada su estrecha similitud tipológica con la forma Dressel 2/4. sin duda el hallazgo de ejemplares fragmentarios dificultará grandemente su identificación y facilitará su confusión con la citada forma, máxime cuando no se cuente con contextos arqueológicos claros. e incluso en tales casos, en los que podría erróneamente considerarse como material residual.
Creemos que una revisión en profundidad de los fondos de museos y de los materiales de excavación podría deparamos algunas sorpresas.
Como conclusiones preliminares de este estudio, podemos establecer los puntos siguientes:
-Existió una producción vinaria en Italia (principalmente, o acaso exclusivamente. en Campania) en la segunda mitad del siglo 1v d.
C. (y posiblemente también antes), que se destinaba al aprovisionamiento de la ciudad de Roma.
-En el mismo período se produjeron en el área itálica unas ánforas que posiblemente guardan una lejana relación con las ánforas al-toimperiales de la forma Dressel 2/4. por lo que podemos suponer que eran vinarias.
Probablemente. en estas ánforas se envasó el vino que nos documentan las f ucntes escritas.
-Estas ánforas (y por lo tanto. el vino itálico) además de aprovisionar la ciudad de Roma. debieron exportarse esporádicamente al exterior (como mínimo a Hispania) como demuestran los hallazgos españoles y portugueses.
Incluso se transportaban ocasionalmente productos defectuosos. pero útiles para el cometido para el que fueron fabricados (como el ánfora del Palmar Hotel).
ÁNFORAS ITÁLICAS DE ÉPOCA TARDORROMANA EN |
El estudio tiene por objeto el fenómeno cultural encerrado en las llamadas «Iglesias mozárabes».
La conclusión del análisis correspondiente es que en ellas conviven dos universos culturales distintos: uno, relacionado con un influjo bizantino directo, que es posible situar en el siglo VI; y otro de manifiesto sentido rural. que corresponde a la cultura astur-leonesa.
Asimismo se propone una revisión radical del concepto de «mozarabismo arquitectónico», que aquí se sustancia, más que en el uso de ciertos elementos formales, en un criterio «funcionalista» homólogo al de las primeras fases de la mezquita mayor de Córdoba, que se manifestaría en la reutilización sistemática de restos arquitectónicos y estructurales de épocas anteriores.
EL PROBLEMA DE LA CULTURA MATERIAL «MOZÁRABE» El más importante conjunto de capiteles de raigambre cultural bizantina aparecido en España ha llegado a nuestros días en los alrededores de la «frontera» occidental de la antigua diócesis de Astorga, definiendo un área que va desde las proximidades de León hasta los límites de la actual Cantabria.
La mayoría han aparecido asociados a las ll am adas «iglesias mozárabes» 1, para las que, según las hipótes is tradicionales 2, habrían s ido realizadas.
Sin embargo, desde mi punto de vista esa atribución debería ser revisada para subsanar las graves contradicc iones que implica, desde los puntos de vista histórico, «artístico» y arqueológico J.
Como es sabido, el ténnino «mozárabe», en un sentido similar al que hoy utilizamos, se consagró a finales del siglo pasado -concretamente a partir de 1897-, cuando se comenzó a publicar la obra de Simonet (Historia de los mozárabes en España), y quedó abierto e l camino para local izar los restos materiales que correspondieran al hecho cultural enfatizado por dicho erudito; en ella y con independencia de toda matización etimológica, se entendía por «mozárabe» lo mismo que recogían los testimonios literarios posteriores a la toma de Toledo: cristiano que vive bajo el control institucional islámico (Simonet, 1983, t.
Como es notorio, la empresa sería culminada por Gómez Moreno veinte años después, cuando tras un trabajo meticuloso, fue capaz de estructurar los objetos materiales que parecían corresponder a los datos de Simonet.
Sin embargo, con la sistematización de Gómez Moreno, surgió la primera contradicción: la mayoría de las «iglesias mozárabes» conocidas (con la excepción de Melque y ¿Bobastro?) habían aparecido en zonas no sujetas al control institucional andalusí; es decir, la mayoría de las «iglesias mozárabes» no podían ser consideradas como tales en sentido estricto.
Así pues, Gómez Moreno tuvo necesidad de matizar el término «mozárabe» en un sentido que parecía «natural»: el arte «mozárabe» no sólo sería aquel realizado por cristianos bajo control institucional islámico, sino también cualquier otro que respondiera al transfondo cultural latente bajo el fenómeno mozárabe.
Surgía así la idea que aún permanece vigente y que, de hecho, se concretaba en aplicar el término «mozárabe» a los objetos materiales que manifestaran una fuerte dependencia respecto de la cultura hispanois lámica 4, que en los casos más paradigmáticos, se sustanciaba documentalmente en la existencia de comunida-1 A mi juicio, el «problema mozárabe» y, en general, el problema de la cultura material de la Alta Edad Media española, tiene múltiples vertientes que he tratado de afrontar en artículos anteriores (especialmente en Domínguez Pereta, 1984Pereta,, 1987 y 199 1) y que no reiteraré aquí más que en las cuestiones sustanciales.
2 Gómez Moreno,19 19; las hipótesis de Gómez Moreno siguen siendo defendidas por S. Noack (ver Noack, 1991 ).
3 El problema «mozárabe» tiene tantas vertientes que su análisis detallado requeriría una extensión incompatible con el carácter de este artículo.
Para ver un «apunte sobre las cuestiones metodológicas y los modelos epistemológicos que han rodeado el conocimiento del «arte mozárabe», véase mi artículo publicado en el número anterior de esta misma revista, del que éste es, en cierto modo, continuación.
Sobre lo ali{ fonnulado y a la vista de los reparos que se han puesto a mis planteamientos, de acuerdo con Dennet, tan sólo me resta recalcar que, por lo visto, las interferencias de ciertos sistemas de creencias (y los sistemas motivacionales subyacentes en ellos) parecen mantener una sólida barrera que dificulta considerablemente la comprensión de las cualidades más obvias de las culturas altomedievales hispanas.
4 A mi juicio, esa ampliación del ténnino, que hoy parece lógica, en aquella época encerraba varias la existencia de Melque en época preislámica, otorgaba una relevancia nueva a las reutilizaciones impuestas por la recuperación del culto cristiano.
En cualquier caso y dejando para otros los matices terminológicos institucionales, ¿qué se podría esperar de la cultura «mozárabe», tal y como la dejó formulada Gómez Moreno? ¡,En qué modo se debería concretar la cultura material de las comunidades mozárabes?
Conociendo los altibajos de las relaciones entre cristianos y musulmanes durante los siglos IX y x y s in necesidad de emitir ningún juicio de valor, de algo podemos estar completamente seguros: los mozárabes -forzosamente-tenían que estar inteimplicaciones de enorme trascendencia metodológica.
La primera y la que ahora nos interesa, que de ese modo se creaba la categoría «arte mozárabe» con unas cualidades que desbordaban el concepto de «estilo artístico», puesto que con ello se otorgaba preeminencia a los atributos culturales sobre los institucionales.
Así pues, en un contexto metodológico centrado en cuestiones formales e institucionales, el «estilo mozárabe», como también sucedió con el «estilo mudéjar», quedaba sustanciado a partir de una situación de relación cultural y no desde unas cualidades formales concretas y específicas.
~ Es posible que al kctor le sorprendan algunas de las afirmaciones e, incluso, algunas de las matizaciones realizadas hasta aquí.
En relación a ello, debo hacer notar que durante el siglo x -es decir. durante los años en los que se realiza lo más significativo del fenómeno mozárabe-, la situación administrativa de la península Ibérica sufre múltiples modificaciones que no se compaginan bien con lo que implica la vulgarización de los términos «reconquista» o «repoblación».
De hecho, a lo largo del siglo X la independencia política y administrativa de los «reinos» cristianos del norte es cosa muy relativa.
Por otra parte, también es conveniente resaltar que con el «arte mozárabe», como luego con el «arte mudéjar» --de circunstancias comparables-nos hallamos ante fenómenos de amalgama cultural difíciles de conciliar con toda visión histórica (metodología) fundada en una compartimentación sincrónica o diacrónica.
En los ciclos mozárabe y mudéjar nos enfrentamos a fenómenos que resultan de la interrelación de dos complejos culturales en permanente evolución, que, en su contacto, precipitan resultados materiales híbridos, •imposibles de comprender marginando cualquiera de los factores que los sustancian y, en especial, aquellos que responden a la realimentación que existen entre Jos sistemas generadores.
6 Como casi siempre ocurre, los planteamientos de Camón tenían mucho más trasfondo del que parece a primera vista; porque también con el «arte de repoblación» nos hallamos ante un «estilo de amalgama» definido en claves culturales, que ahora, con la denominación elegida y al margen de los problemas encerrados en el ténnino «repoblación», son mucho más sensibles.
De hecho, desde mi punto de vista y con las matizaciones que señalaré más adelante, esa denominación encajaría bien con lo que manifiestan los restos conocidos, con sólo matizar dicho ténnino en claves institucionales; es decir, arte (cultura material) de la fase de «repoblación» institucional que llevó a cabo la monarquía asturleonesa (con independencia de que esa «repoblación» fuera tal a todos los efectos o un simple hecho administrativo, por el que los territorios pasaban a ser controlados por instituciones cristianas. grados en el sistema cultural andalusí. participando de unos usos y unas costumbres que, con la natural excepción de las circunstanc ias religiosas, serían sensiblemenle comunes.
Y naturalmente, entre esos usos y costumbres habría que situar los rasgos de cultura material; unos rasgos que. como en todos los sistemas culturales, siempre están condicionados y. en ocasiones. determinados, por las interrelaciones a que esa cultura material debe subordinarse.
Así, por ejemplo. para la realización de cualquier tipo de escu ltura -ya sea un modesto relieve ornamental, ya un busto-, el artífice «h ispano» del siglo x deberá someterse a los medios y las posibi lidades del sistema cultural.
De manera que un anífice o un grupo poco numeroso de artífices sólo podrá hacer uso de las canteras que estén en explotación y de las herramientas que les proporcionen los herreros; del mismo modo, sólo podrán emplear los «conocim ientos generales» del entorno...
En síntesis reiterativa, el «al1e mozárabe» (la cultura material mozárabe) debería caracterizarse por ser, ante todo, un reflejo de la cultura material andalusí (inmediatamente anterior).
Y en términos formales, esa caracterización se ha pretendido sustanciar en el arco de herradura y en una concepción arquitectónica cualificada por la fragmentación espacial 7; cualidades que, unidas a la recuperación de algunas tradiciones de época visigoda y a un bizantinismo que se manifestaría, sobre todo, en los elementos ornamentales y, en especial, en los capiteles, conformarían lo más sustancial del paradigma «arte mozárabe».
En relación a ell o, hay que exponer, en primer lugar, que los elementos fonna les sobre los que se hace grav itar el peso del influjo andalusí, no son rasgos culturales inequívocamente andalusíes, sino preislámicos, que fueron desarrollados en época visigoda x y luego en Al-Andalus entre Jos siglos VIII y X. De manera que, en principio, la ex istencia de arcos de herradura y de organizaciones arquitectónicas fragmentarias " en las iglesias «mozárabes» podrían ser explicadas al margen del influjo andalusí. en un marco probabilístico que incluye Jos flujos asturianos y que debería tener en cuenta la más que posible recuperación de los rasgos culturales preislámicos en un nuevo marco cronológico general.
¿Y el bizantinismo de los capiteles?
¿Cuál podría ser el origen de un influjo bizantino tan acusado como el q ue reflejan los capiteles «mozárabes»?
Si hubiera sido posible llevar lacronología de estas iglesias hasta la segunda mitad del siglo X o al siglo XI, habría bastado con remitirse a la cu ltura andalusí 10 o al reflujo de las Cruzadas...
Sin embargo, a partir de las 7 A pesar de lo mucho que se ha escrito en sentido contrario, resulta difícil encontrar en las iglesias mozárabes otros rasgos arquitectónicos supuestamente invariantes.
En unos casos se emplean sillares bien labrados; en otros, mampuestos.
Unas veces se utilizan sistemas completamente abovedados; otras, combinaciones de bóvedas y estructuras de madera.
Algunas iglesias se aproximan a la planta basilical; otras. tienden a la organización centralizada; etc.
8 Tampoco están exentos de «problemas» los restos materiales de época visigoda, en permanente revisión, que en un futuro no muy lejano, acaso impongan un replanteamiento radical, incluso de los fenómenos «formales» antes mencionados.
Sin ir más lejos, los capiteles tradicionalmente considerados «visigodos», en mi opinión, y en términos generales, corresponden a fases cronológicas diversas, con frecuencia, anteriores a los siglos VI y VII.
9 El resto de los elementos arquitectónicos de las «iglesias mozárabes» presentan una dispersión que resulta contradictoria con la homogeneidad de los elementos ornamentales (los capiteles).
10 El bizantinismo en las culturas hispanas del siglo X está documentado mediante documentos escritos en la época de al-Hakam, cuando se realizaron los mosaicos de la mezquita mayor de Córdoba y, de modo mucho más difuso, en los restos materiales de la época de Abd al-Rahmnan DI, concretamente, en relación a las fuentes documentales, que obligan a retrasar la hipotética realización de los capiteles hasta principios del siglo X, resulta que los intlujos bizantinos aparecerían antes en tierras de León que e n Córdoba.
Y frente a los posibles antecedentes asturianos, resultaría algo aún más sorprendente: los e lementos bizantinos de los edific ios ramirenses resultan ser más degradados que los que aparecen en los edificios leoneses del siglo x.
Dicho de otro modo: desde las hipótesis tradicionales, resultaría obligado admit ir la ex istencia de un influjo bizantino directo (es decir, sin mediación de la cultura hispanoislámica o de la asturiana) que acaso pudiera ser justificada sabiendo que las relaciones entre Córdoba y Oriente están bien documentadas durante todo el siglo X 11 • No obstante, esos supuestos contactos carecen de cualquie r otro tipo de respaldo documental y, como veremos enseguida, chocan frontalmente con lo que reflejan los restos que deberían ser fruto de e llos y. aún, con los testimonios proporcionados por las fuentes literarias.
Por todo e llo, se impone un replanteamiento del paradigma «arte mozárabe», desde las cualidades que, a priori y en términos culturales, es posible atribuir a unas comunidades originarias de Córdoba y asentadas en tierras leonesas, desde, al menos, el siglo IX y. con toda seguridad, mucho ames de la expansión edi licia del califato.
Replanteamiento que. en primer lugar y por las razones ya expuestas, debería pasar por lo que sabemos del foco cultural emisor.
Si las comunidades mozárabes eran subsidiarias de la sociedad andalusí, es lógico suponer que en el aspecto arquitectónico esas comunidades se deberían manifestar solidarias con la concepción que, hasta entonces, habían manifestado los dignatarios cordobeses en ese sentido.
Y da la caobras realizadas en los salones del aparato de al-Zahra.
Dentro de la cu ltura andalusí, el resto de los objetos en los que se han querido ver influjos bizantinos imponen no pocas dudas.
En primer lugar, porque, a mi juicio, no están claras las atribuciones cronológicas de los restos islámicos anteriores al siglo x (véase Domínguez Pereta, 1991) y en segundo lugar porque el bizantinismo de los restos anteriores a la época de al-Hakam también podrían expl icarse advirtiendo que en Al-Andalus ex istió un proceso cultural endógeno relativamente paralelo al que protagonizaron las áreas de gran influjo bizantino entre los siglos IV y x.
En relación a ello. los influjos orientales de las iglesias mozárabes podrían obedecer a dos líneas de transmisión: la impuesta por un comercio de lujo canalizado por el norte o a través de Abd al-Rahman 111 en al-Zahra, es decir, a partir de los años centrales del siglo x. de manera que nos veríamos obligados a adelantar la cronología de todas las «iglesias mozárabes» hasta la segunda mitad del siglo x.
En el supuesto de que el influjo bizantino fuera fruto de una relación establecida al margen de al-Andalus, el hecho de que los restos «mozárabes» sean «más bizantinos» que los asturianos impondría que esa relación fuera directa, es decir, que hubieran existido contactos entre los monjes mozárabes y Bizancio (artífices o comerciantes) en un momento en que, al margen de un forzado «accidentalismo histórico», ni siquiera es posible pensar en esa posibilidad.
En cualquier caso, la simple comparación de los influjos «bizantinos» que aparecen en las iglesias leonesas con los que se aprecian en Al-Andalus a partir de la época de Abd al-Rahman 111, arroja unas diferencias de rango tales que resulta muy problemático conciliarlas con las cualidades culturales de ambas sociedades (fuertemente ruralizadas, en el caso asturleonés, y muy dependiente de modelos y sistemas de trabajo tardohelenistas, en el caso andalusí).
11 A modo de ejemplo, sabemos que en época de Abd al-Rahman III, Rabí (o Recemundo), obispo de Elvira participó en varias embajadas que, al menos en un caso, tuvieron como finalidad expresa la obtención de elementos ornamentales para los palacios de al-Zahra.
Desde Jos datos que conocemos, cabría la posibilidad de que gracias a contactos de ese tipo, se establecieran relaciones entre las comunidades mozárabes y los cristianos de Oriente (bizantinos), que podrían haber dado fundamento histórico al influjo mencionado.
Pero, con los datos históricos que conocemos, admitir esa posibilidad con anterioridad al año 936 (comienzo de las obras de al-Zahra) y, aún luego, resulta, cuando menos, muy forzado.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 ttp://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa sualidad que hasta mediados del siglo x, la arquitectura hi spanoislámica que conocemos se distingue por un detalle de excepcional importancia, al que creo se ha prestado poca atención: el rasgo de «Utilitarismo» que presupone el uso de material de acarreo 12 • Un material que permitía construir con rapidez y, al tiempo, aseguraba un nexo de unión con las tradiciones locales de los que tan necesitados estaban quienes, al fin y al cabo, fueron contemplados como extranjeros.
Puestas así las cosas, desde el sentido semántico que reconocemos al término «mozárabe» y suponiendo que hacia el siglo IX, serían relativamente abundantes las edificaciones abandonadas al norte de Toledo 1 \ las reutilizaciones asociadas al ciclo mozárabe dejarían de ser un rasgo circunstancial para convertirse en una cualidad sustancial, en el rasgo caracterizador de la cultura material mozárabe.
Y desde ese previsible rasgo, el componente bizantino de las iglesias mozárabes cobra un sentido nuevo.
LOS CAPITELES A) Bamba
En el lugar que se ha identificado con Gérticos apareció uno de los dos capiteles (VBAO 1, figura 1) más antiguos de la serie «mozárabe» 14 • Subsiste convertido en pila de agua bendita en la proximidad de impostas de pilastras 1 ~ perfectamente integrables en la serie que nos ocupa.
El capitel. de mármol y 40 centímetros de altura, es una derivación bizantina del corintio asiático y argumento contundente acerca de la existencia de un foco cultural bizantino en esta zona, porque, tal y como señaló Schlunk (1945, Relaciones, p.
193 y nota 2), «La confrontación con capiteles bizantinos de la segunda mitad del siglo V, por ejemplo R. Kautzsch, número 164 (de Constantinopla) no ofrece lugar a dudas: se trata de una pieza genuinamente bizantina, importada a España, o lo que es menos probable, trabajada en España por maestros griegos».
343, ver figura 3) 17 que se distingue por presentar distinta distribución de la corona 12 Como es natural, no quiero decir que no se haya advertido esta circunstancia, s ino que no se le ha otorgado la entidad que, a mi juicio tiene, por encima, incluso, de otros rasgos de la arquitectura hispánica.
De hecho, en términos de «aportaciones», la utilización masiva de material de acarreo -y lo que ello presupone desde el punto de vista arquitectónico y cultural-resulta ser el rasgo cultural más relevante (caracterizador) de la cultura islámica (hispanoislámica) durante los siglos VIII y IX.
13 Unos elementos que, por su vinculación a emplazamientos sacralizados de antiguo, debían poseer un cierto valor s imbólico y religioso, porque en ellos se conservarían reliquias.
14 El otro sería un fragmento de capitel conservado en Toledo que parece muy similar a éste.
Bamba es heredad de Recesvinto y lugar donde murió en 672 y donde fue elegido Wamba sucesor.
204. is En el interior de la iglesia de Bamba se conserva una imposta de concepción estructural similar a los capiteles de Escalada y Peñalba, de los que se distancia por un tratamiento técnico sensiblemente más torpe.
Es probable que se trate de restos de una fase cultural local en trance de disolución y, por lo tanto, posterior a la de aquellos.
16 Firetli lo situaba en el siglo VII ( «.... posteriores al reinado de Theodosio 11 y deben datar del si- A destacar que, frente a las modalidades más repetidas de las series que veremos más adelante, en éste no se ha empleado el trépano con valor plástico y que, por Jo tanto, nos hallamos ante una concepción estética distinta de la que expresan las series de Escalada, Sahagún, Peñalba y áreas próximas.
Otro tanto sucede con los brazos del ábaco, que aquí son curvilíneos, frente a lo más habitual en las iglesias mencionadas.
En definitiva, sin variar un ápice la apreciación de Schlunk, debemos situar este capitel de Bamba entre la segunda mitad del siglo V y los primeros años del VI, en el seno de un fenómeno de expansión cultural bizantino sin ninguna aportación local.
Lo que s upone el primer dato positivo extraído directamente de este tipo de piezas: el capitel de Bamba nos asegura la existencia de un influjo cultural bizantino directo a partir de un momento incierto situado en los alrededores del año 500 2 1 • B) San Cehrián de Ma: ore El segundo grupo de piezas aparece en San Cebrían de Mazote 22 • El primer análisis de interés al respecto obedece a la pluma de Gómez Moreno (1919, p.
175), que advirtió la existencia glo VII»); no obstante, hay que tener en cuenta que su artículo está fechado en el año 1949.
Firetli mismo, en el mencionado artículo habla de «Un capitel idéntico ha sido encontrado en el Palacio de la Magnaura», que habría sido publicado por Mamboury.
CXVll, y que no he podido localizar.
17 Harrazi considera que el de Cairuán, prácticamente idéntico al de Bamba, fue tallado en Constantinopla.
En todo caso, no parece que para esa época, se pueda hablar de un comercio de capiteles o de mármol muy activo.
Para segu ir el problema desde sus comienzos, ver Ward Perk ins, 1980.
ix A tenor de la ordenación cronológica que aparece en el artículo. dicha atribución pudiera ser una errata.
19 Este del Museo de Mesina presenta en la zona bulbosa un motivo ornamental inciso que, como advierte Agnello, debe ser de época posterior.
En todo caso, es una pieza de dimensiones prácticamente idénticas a las de Bamba que, además, marca un fenómeno comparable al del noroeste de la península Ibérica.
También allí aparece una serie de piezas de manifiesto carácter bizantinizante pero de fuerte personalidad propia.
21 El fragmento de Toledo permitiría creer que este primer influjo bizantino no se restringió al área leonesa.
Sin embargo, s u carácter insular, la existencia de restos de manifiesto influjo bizantino anteriores al siglo VI en el noroeste de la península Ibérica, y lo que veremos a continuación, penniten apuntar en dirección contraria, esto es, que el fragmento toledano fue transportado a Toledo, muy probablemente, desde la zona leonesa.
22 La iglesia está documentada en el cartulario de San Martín de Castañeda, en el año 952, cuando se renueva una autorización dada, al parecer, en la época de Ordoño 11, a propósito de los derechos de pesca en el lago de Sanabria (Fontaine, 1978, p.
199): «... los hermanos de Castiñeira, quienes habíamos vivido anteriormente en Mazote con nuestro abad Martín... ».
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 ttp://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa de series de adscripción cu ltural diversa, desde la época romana hasta la asturiana.
Así pues, nos hallamos ante el primer dato explícito que contrasra de manera positi va la hipótesis mencionada: San Cebrían de Mazote refleja con claridad meridiana ese utilitarismo arquitectónico que podemos relacionar con la cultura andalusí.
De todas las series allí documentadas, interesa destacar las siguientes: b.
Serie definida por un conju nto de capiteles (figura 4) de manifiesta homogeneidad modular, que hoy aparecen adosados pero que fueron tallados por las cuatro caras, por lo tanto, para un lugar distinto al actual.
Todos e llos tienen una altura próxima a los 32 cm. y una anchura que osc ila entre los 40 y los 42 cm., lo que asegura de su común procedencia.
Constan de cesto de ocho hojas, más c uatro e n los ángulos, volutas exteriores, que culminan e n rollo helicoidal, y cálato con labio, que alberga un motivo vegetal con piña central, agrupación de cinco hojas con eje inciso y dobles espirales con diminuto tallo que llega al fl orón que, a veces, es un disco solar.
El ábaco está perfectame nte articulado con brazos c urvos, al modo romano.
Las hojas, muy simplificadas. conservan, no obstante, la idea de l acanto; aunque no se empleen ojales, existen limbos plegados hacia el interior.
Únicamente el tipo de talla, de escaso relieve, nos remite hacia usos posthe lenistas.
A juzgar por su fuerte dependencia de las variedades corintizantes y e n concreto, con algunos prototipos romanos muy conocidos, nos hallamos ante capiteles que nos hacen pensar en laposible ex istencia de un foco de cultura tardorromana que acaso hubiera que relacionar con la expansión de las villas, probablemente hacia e l siglo IV.
No obstante, el indudable parentesco del tipo de talla de estos capiteles con algunas de las series de fuerte influjo bizantino, la constancia de que en estas últimas manifieste un fuerte rezago de cultura «hele nista occidental» y el hecho de que existan fustes con el borde doblemente sogueado (ver pieza VMZ23), nos obliga a considerar también la posibilidad de que, en realidad, fueran realizados e n un momento posterior, como aportación local al proceso constructivo de impronta bizantina.
Así pues, deben clasificarse e n la banda cronológica comprendida entre los siglos IV y VI, a la espera de nuevos datos que permitan mayor precisión. b.2) Capiteles pseudocorintios de collarino «laureado».
Está compuesto por cuatro capiteles 2 • 1 (figura 5) en aceptable estado de conservación, de relieve somero, que poseen collarino -en tres casos, laureado y en otro, anómalo--, abocelado en liso, cálato poco marcado, dos coronas de hojas repartidas entre el cesto y el c uerpo superior, volutas exteriores y ábaco de escasa articulación y con brazos rectos; carecen de caulículos y de volutas interiores; las exteriores, rematadas en espiral, arrancan de la hoja central del segundo nivel, según fórmula relativamente frecuente desde las modalidades teodosianas.
El cálato es bulboso, como en los capiteles «de medallón».
Tanto estructural como ornamentalmente es el grupo vinculado más directamente con las fórmulas usadas en Constantinopla ( Kautzsch, 159, 162 y 163 ), como en el caso del capitel de Bamba, con paralelos entre los reutilizados de Cairuán (figura 6).
Las hojas del cuerpo superior siguen modalidad muy frecuente en la talla bizantina de los siglos v y VII, mediante grandes foliolos biselados con ojales triangulares y alargados, s in que se marquen 23 Lampérez, 1902; 1904; 1916; 1930, t.1, p.
172-185; Schlunk, 1945; Puig i Cadafalch, 1961, lám. XL; García Romo, 1973, p. trepanaciones. como las del capitel de Bamba; las del cesto contienen anillos muy redondeados --conseguidos mediante el uso del trépano--, que parecen rasgo local y que, con una interpretación u otra. veremos con cierta frecuencia en todo el conjunto de collarino laureado.
Las cartelas integran brácteas, veneras y flores, también frecuentísimas en lo oriental de estos años, así como las letras que presenta uno de ellos.
Sin ducla lo más interesante de la serie está en la convivencia de fórmulas bizantinas en sentido estricto -las hojas del cuerpo superior-al lado de otras -las hojas del cuerpo inferior y, tal vez, el carácter dibujístico de las volutas exterioresde sentido más original -si se quiere, local-que caracterizan al grupo y pone en conexión -dentro de una secuencia cronológica relativamente breve-, a las piezas más tempranas ~I capitel de Bamba-con las que marcan el paso siguiente: los capiteles de Sahagún y los de Escalada, en los que se opta por acentuar los rasgos creativos -locales-, dejando a un lado las fórmulas bizantinas ortodoxas 24 • Aunque no me fue posible medir las huellas de las cabezas de los trépanos, a juzgar por el tipo de talla, creo que las herramientas utilizadas no se diferencian mucho de las que se emplearon para tallar las series de Escalada: seguramente, el collarino sería realizado mediante trépanos de 2 ó 3 milímetros mientras que las anulaciones de las hojas se obtendría mediante trépanos cónicos de unos 5 ó 6 centímetros.
Uno de los rasgos más característicos de esta serie y de todos los capiteles del área leonesa lo hallamos en el collarino que, por la parte ihferior, limita al cesto.
Un collarino que, s iguiendo a Gómez Moreno, podemos denominar «laureado» y que, con las mismas cualidades ~n la misma s ituación-no he conseguido documentar en el ámbito bizantino en parte alguna, dentro del amplio contexto al que es posible atribuir todas estas piezas; circunstancia que, incluso, en el supuesto de que exista algún capitel similar en algún punto ignorado, nos asegura de su singularidad y rareza.
En todo caso, con los datos que conocemos, es posible establecer dos hipótesis para acotar su procedencia: como elemento aislado, es decir, como collarino «doblemente sogueado» o como estilización de la laurea.
a) Collarino doblemente sogueado.
El único «precedente» literal que he conseguido documentar en este sentido se halla en un capitel romano, del Museo Nacional (n.
891) (figura 7), con aspecto de cesto, labrado. en «mármol griego» y atribuido a los siglos 11-111, que, según Grüneisen 2 \ es documento fundamental para explicar la aparición de los capiteles cesto bi-24 Contemplando todos estos capiteles en conjunto, da la sensación de que nos hallamos ante unas series creadas por un «taller» -por un único «impulso cultural»-que, partiendo de fórmulas estrictamente bizantinas, una vez arraigado en el noroeste español, acaba dando vía libre a la creatividad de los tallistas, pero sin que éstos lleguen a romper con los fundamentos de su origen, del mismo modo que sucede, por ejemplo, en Egipto en época Copta.
Ver Severin, 1981, capiteles de las fig. 1 (Ahnas), 3 (Ashmunain) y 4 (Convento Rojo); los paralelismos entre esta serie de Mazote y ellos son muy claros, sobre todo, en la «manera» de interpretar el orden y eri detalles como la vuelta de las hojas, el acanto afilado, el tipo de relieve, algo más carnoso en los egipcios.
Sobre el origen de estas modalidades ornamentales, véanse, sobre las interpretaciones orientales -sirias-de las fórmulas romanas, en las que se fundará el desarrollo posterior: Krencker, y Zschietzschmomn, 1938, p.
En él se ha utilizado un doble sogueado exactamente igual a los que aparecen en los capiteles leoneses, pero en lugar de estar en la parte in ferior del cesto, se encuentra a media altura, en el cuerpo inferior, para separar el diferente tratamiento superficia l del cesto y, al parecer, para delimitar la parte inferior del «ábaco».
Desde la idea que subyace en ese capite l, podríamos suponer que e l doble soguedo de nuestros capiteles sería un motivo estrictamente ornamental de naturaleza semejante, empleado para acentuar la separación entre el fuste y el cesto del capitel ~6 • b) No obstante, también cabe la explicación que, implícitamente, se hallaba en la denominación utilizada por Gómez Moreno, de «collarino laureado».
Y es que, en lo bizantino es muy frecuente el uso de este elemento, más o menos estilizado, para determinar compartimentaciones, como vemos en algunos capiteles de Santa Sofía (figura 8).
Asimismo, son numerosos los capiteles «de zonas» 27 que, como los de Rávena (figura 9), emplean el motivo de la láurea estilizada para ornar la parte inferior del cesto con carácter de collarino.
El desarrollo de este tipo de fórmu las pudo desembocar en soluciones como las que presentan algunos capiteles de Rávena (figura 1 O, Rávena, Museo Nacional) 111 o los leoneses.
Sea como fuere, con mayor o menor esquematización 29, este motivo se conv ierte en invariante y caracterizador de esta serie y en motivo utili zado con mucha frecuencia, como elemento «marco» parra configurar áreas, en la decoración de época visigoda y en la asturiana, de donde, según las hipótesis tradicionales, habría s ido tomando por los tallistas «mozárabes» (como es natural. desde m i punto de vista, habría que invertir e l sentido del 26 Pensabene, 1982, pieza n." 87, p.
64 y lám. 67. a propósito de un curioso capitel muy «degenerado», del siglo IV, habla de «espina pez» para referirse a un «Collarino» comparable a los de las series leonesas, situado en zona de unión al fuste.
T al denominación sería de todo punto inapropiada en nuestro caso.
27 Sobre los capiteles de «dos zonas», en los que aparece este motivo de la láurea, ver, además de la bibliografía de carácter general: Firatli, 1974; Vergara, 1981, pp. 80-82. la pieza D-6. siglo VI, presenta bocel decorado con estrías dispuestas en «espinas de pez» -¿en láurea estilizada?-(esta pieza atribuida por Wackemagel al siglo XI: Wackemagel, 1991. p.
60; no obstante. esta atribución ya había sido modificada por Colasanti, 1923, que la situó en el VI); las piezas C-6 y J-5, del siglo VI, también presentan collarino similar; otro tanto sucede con las D-6 y C-6, fechados en relación a los de San Clemente, de Roma, realizados con seguridad entre 514 y 524.
También CSA, Civ idale del Friuli.
139, figs. 7 y 8 (en relación a estas piezas: Bertaux, 1904, 1, pp. 75-76, supone que serían realizadas en el siglo VI en el Proconneso para la explotación; también Fairoli, 1964, que realiza una tipología de los capiteles de «dos zonas».
El uso esporádico de collarinos de cordón también está documentado en el ámbito romano (Harrazi.
46) y, sobre todo, en Oriente, como de costumbre, en el seno de las corrientes bizantinas (Harrazi, 1982, n.
166, bizantino de collarino doblemente foliáceo; n.
214 y fig. 17, con sogueado tipo Escalada, también en el siglo VI.
Para las zonas más orientales: Schlumberger, 1933, varios capiteles con sogueado de cordón, del templo de Soueida, láms.
29 Casi de modo anecdótico podemos citar un capitel copto, aparecido en Faras, de estructura muy evolucionada, con trepanaciones sueltas, ábaco apenas articulado, que, a modo de «volutas vegetales», presenta largas hojas de foliación seriada, de aspecto similar a una láurea estilizada (estilizadísima), que Ryl-Preibisz clasifica entre finales del siglo v, principios del VI.
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Por lo que ahora interesa, con esta serie estamos absolutamente seguros de la existencia de unos rasgos culturales directamente vinculados con el capitel de Bamba que, por lo tanto, informan del desarrollo de lo que ello suponía pero, ahora, con aportaciones de carácter «local». que. en este caso, no parecen ser una aportación de los rasgos culturales autóctonos, sino desarrollo creativo del foco cultural emisor.
Dicho en otros términos: estos capiteles de Mazote parecen ser obra de un «taller» de individuos formados en el seno de la cultura bizantina, que con cierta autonomía, optan por desarrollar fórmulas decorativas originales. de concepción muy próxima a la que aparece en el capitel de Bamba y de la que son claros continuadores. b.3) Grupo SCM2 (pseudocnrillfios de collari110 laureado).
Existen dos capiteles de mayor alto que ancho (figura 11 ), en su carácter de testimonio cultural, perfectamente integrables entre los demás de collarino sogueado.
Como sus compañeros, presentan dos coronas de hojas con series de foliolos relativamente alejados del acanto tradicional. pero muy próximos a las fórmulas orientales, de las que se distinguen por una cierta estilización -sin llegar a la geometrización-: lo más destacable de estas formaciones de hojas es la inclusión de una, diminuta y curvada, que marca ojal circular, comparables a las que veíamos en las coronas inferiores de la serie anterior.
Sobre las esquinas se han colocado «volutas» que no son sino un cordón desarrollado hasta adquirir forma espiral.
El cálato está, como en la serie anterior, levemente insinuado, y el frente del ábaco presenta ornamentación de perlado.
Las cartelas contienen palmetas.
Lo más llamativo se encuentra en la manera de acodar la vuelta de las hojas angulares, que a algún autor le sugirieron formas animadas, y que no son sino columnillas lisas o torsionadas.
También es interesante en esta serie el uso, en el cuerpo superior, entre las cartelas y la hoja axial de la segunda corona, de unas palmas aveneradas, semejantes a las de las cartelas del grupo anterior.
Junto a ellas existen unos diminutos casquetes con discos de radios curvos., muy frecuentes en Jo bizantino y en la ornamentación de época visigoda que, por supuesto, también podemos suponer de contenido simból ico.
Como en la serie anterior, también se advierte el uso de trépanos de punta cónica de cualidades similares a lo que también señalábamos a propósito de aquella.
El cálato ha perdido parte del carácter bulboso que antes indicábamos y el ábaco ofrece una articulación peculiar.
Sus rasgos de reutilización son mucho más claros que en la serie anterior: no existe correspondencia entre la parte inferior del cesto y el fuste y el tamaño del dado superior tampoco guarda acuerdo con las dimensiones del ábaco ~1 • Aunque sus rasgos estructurales y formales presentan una manifiesta evo-• 1o También existen precedentes en el mundo hispanorromano, en un vaso de vidrio procedente de Tennantia (Soria) con borde sogueado y doble sogueado y de un vaso de terra sigilata de Almendralejo compartimentado con espiguilla (Taracena, 1947, fig. 160, fig. 167), en confluencia formal con los motivos de espiguilla estilizada.
Y, desde luego, acaso con una confluencia similar, también lo hallamos en los iconostasis de Santa Cristina de Lena (Schlunk, 1947. fig. 269); es motivo habitual en las culturas mediterráneas tardorromanas y, desde luego, en la época de gran influjo bizantino.
A propósito de este motivo, ver también las piezas procedentes de la basílica de Breviglieri (Al-Khadra) (De AnKelis D'Ossat y Farioli, 1975, cat. n.
También presenta una configuración formal muy similar a los collarinos de estos capiteles las láureas -en sentido estricto-de algunos relieves italianos altomedievales; ver. por ejemplo, Panazza, 1966, pieza n." 4 (de Brescia).
31 Más adelante, a propósito de Lebeña y Peñalba tendremos ocasión de ver cómo se concreta estacorrespondencia.
Aquí sorprende, sobre todo, la desproporción que existe entre el dado de arranque de los arcos -no parece que, en este caso, se pueda hablar de cimacioy el ábaco.
La «organicidad» estructural impondría en este caso un cimacio piramidal (o prismatoide) de base cuadrada. lución -si se quiere, una cierta «barroquización»-, no parece probable que fueran realizadas mucho después que los anteriores.
Sencillamente, nos hallamos ante capiteles que. por su vinculación a la serie SCM 1 e, indirectamente, al de Bamba. siguen señalando en Ja misma dirección cronológica y cultural, aunque por sus peculiaridades. acaso informen de una «mano» distinta de la que realizó los anteriores o, sencillamente, de otro gesto creativo... b.4) Saie SCM4 ( Pseudocorintios).
Lo componen dos piezas más clásicas que las anteriores (figura 12). que descansan sobre dos fustes de concepción arquitectónica dispar. lo que de nuevo. nos permite plantear la segura reutilización de unos y otros.
Sobre un collarino recompuesto, surgen ocho hojas con series de dos folíolos, uno grande y en hiesto y otro encurvado y pequeño, comparables a los que hemos visto en las series anteriores y a las que veremos en Escalada y Peñalba.
Poseen dobles volutas, con cáliz adherido por la parte inferior y que culminan en hélices perfectamente marcadas, casi al modo «clásico».
El conjunto axial está sustituido por una palmeta, en unas ocasiones y en otras, por un motivo vegetal de composición simétrica que también aparece en el hueco dejado por las volutas angulares de uno de los capiteles.
El cálato está perfectamente marcado, al modo tradicional. y el ábaco es de brazos rectos con cartelas rectangulares lisas.
La talla es también somera y con trepanaciones cónicas de valor plástico.
Sobre ellos se conservan sendos cimacios.i~. de escaso espesor, moldurados y ornados con palmetas muy geometrizadas, contarios y sogueados, que muy probablemente fueron concebidos originariamente con estos capiteles, puesto que las dimensiones y la ornamentación de unos y otros concuerdan.
En todo caso, este detalle informa de una concepción estética de cierta sofisticación, ajena a lo más habitual en el seno de las soluciones ornamentales bizantinas pero tampoco demasiado distante a ellas.
Así, por ejemplo, sin guardar un paralelo literal, Ja configuración del cuerpo superior de estos capiteles y, en especial la forma de las volutas, marcando arista con el cálato, es muy similar a la que, para el mismo detalle, hallamos en algunos capiteles de Cairuán (Harrazi, en especial, el n.o 365).
Si se nos permite el símil, estos capiteles parecen ser el resultado de fundir lo que de «oriental», o «bizantino» hay en las series anteriores, con fórmulas directamente tomadas de la tradición helenista occidental -también sujeta, a su vez, al influjo oriental-y con aportaciones propias de fuerte componente helenístico.
Es por tanto, la serie «más clásica» de todo el conjunto de Mazote y una de las que nos hacen dudar de si, en realidad, no estaremos ante capiteles realizados con anterioridad al siglo v.
32 Estos peculiares «cimacios» componen uno de los rasgos más sobresalientes de la ornamentación arquitectónica asociada al ciclo cultural que tratamos.
Seguramente por sus anómalas proporciones han sido denominados «Sobreábacos» y, realmente, no faltan razones para ello, toda vez que parecen ampliaciones del ábaco, muy adecuadas a la estructura lisa de esa parte en la mayoría de los capiteles leoneses.
En todo caso, da la sensación de que esa original solución sólo fue ensayada en pocos casos, puesto que el resto de los capiteles que conocemos (Escalada, Peñalba y Sahagún) han aparecido asociados a cimacios estructuralmente más convencionales, con ornamentación muy esquematizada de perlados, que pudiera derivar de la molduración de los de Mazote.
Sea como fuere, nos hallamos ante un rasgo cultural (otro más) que carece de precedentes hispanoislámicos y que, por su sentido orgánico y por su aparición en un contexto rural, nos hace pensar en soluciones creativas que sólo pueden tener sentido en el seno de una ~ociedad muy vinculada aún a las tradicionales helenistas.
Entre lo que más se aproxima a estos elementos ver Duval N. y Lézine, A..
C) San Mixuel de Escalada
También es muy curioso el problema de San Miguel de Escalada. u, documentado gracias a una lápida perdida y conocida a través de Risco: «Este local, de antiguo dedicado en honor del arcángel Miguel y erigido en pequeño edificio, tras caer en ruinas, permaneció largo tiempo derrotado, hasta que el abad Alfonso. viniendo con sus compañeros de Córdoba su patria, levantó la arruinada casa en tiempo del poderoso y serenísimo príncipe Alfonso.
Creciendo el número de monjes. erigióse de nuevo este hermoso templo con admirable obra, ampliado por todas las partes desde sus cimientos.
Fueron concluidas estas obras en doce meses, no por imposición autoritaria ni oprimiendo al pueblo, sino por Ja vigilancia insistente del abad Alfonso y de Jos frades, cuando ya empuñaba el cetro del reino García con la reina Mumadona, en la era 951, y fue consagrado este templo por el obispo Genadio a doce de las calendas de diciembre (913).»
Desde mi punto de vista, el documento resulta especialmente interesante por cuanto informa de dos circunstancias fundamentales acerca del fenómeno «mozárabe»:
a) El explícito reconocimiento de ese carácter utilitario de Ja arquitectura mozárabe, que citaba al comienzo de estas líneas, y que en este caso se concreta en la rehabilitación de un pequeño edificio que estaba en ruinas.
b) Y el explícito reconocimiento de la participación de una mano de obra (del «pueblo») que, aunque ello entre en contradicción con la idea «repobladora» relacionada con este fenómeno, es pos ible interpretar en términos de población autóctona...
Desde un punto de vista cultural, los capiteles definen tres grupos: todos Jos del pórtico menos uno (figuras 16 y 17), Jos exentos reutilizados del interior (figuras 13.
Los capiteles del pórtico • 14 junto con los de Peñalba y Lebeña, integran el modelo que he denominado «corintio astorgano», con una estructura que se fundamenta en el collarino laureado, dos coronas de hojas, caulículos, cáliz mínimo, dobles volutas, cálato troncocónico, cartelas lisas y ábaco articulado de manera peculiar, mediante segmentos angulares y siempre con el frente liso.
De manera que, a partir de estas cualidades y a salvo de alguna pieza excepcional, las diferencias que hay de unos grupos a otros responden a las soluciones ornamentales y, todo lo más, al carácter de los caulículos.
La mayoría --que no todos-son entregos, con una configuración que tampoco tiene precedentes entre los otros capiteles de similar naturaleza que conocemos en España, ya sean califales, ya sean de otra procedencia cultural, toda vez que la pie-33 Algunos comentarios «antiguos» son muy curiosos.
59: «Priorato a presentación de S.M. con más de quatrocientos ducados de renta: debe ser reedificación, y nueva Dotación Real, porque en lo antiguo fundación es de un Abad, que vino de Córdoba, como parece por una piedra.
No hay Reliquias, ni libros, ni y puedo decir mas de Jo que tuve por relación, yo no fui allá.
Las columnas de la Iglesia son lindos jaspes».
377: «En los doce arcos de su pórtico, sostenidos por columnas sin base con capiteles de la primera época bizantina, sorprende hallar la curva reentrante o de herradura tan graciosa y tan pronunciada como si a orillas del Guadalquivir la trazaran artífices sarracenos... » 34 Fontaine, 1978, p.
57 realiza una referencia a los capiteles del pórtico como síntesis entre los modelos bizantinos y las «técnicas rigurosas del sur».
Esas «técnicas rigurosas del sur>> deben ser una alusión al uso del trépano que, por cierto, nada tiene que ver con los trépanos de las piezas andalusíes. za entrega final no es el resultado de «seccionar» un capitel completo. sino de una organización que rompe la simetría del conjunto •i~.
Respecto de lo ya visto en las series de Mazote. hay que hacer notar que nos hallamos ante capiteles que. a pesar de su manifiesta caracterización, presentan ciertas relaciones con algunos de aquella iglesia: en concreto, la configuración de las volutas, el fragmento de cálato y, sobre todo, las cartelas son de una proximidad manifiesta.
Ello y el hecho de que también aquí nos hallemos ante situación arquitectónica anómala • 11'. de nuevo, nos asegura la reutilización de unos capiteles que, en algunos casos, tal vez estuvieran pensados para soportar cimacios más convencionales que los de Mazote, del tipo que vemos sobre los de la parte occidental y sobre el LME21 (figura 16), de entre los orientales.
Dicho de otro modo: resulta evidente que todos estos capiteles fueron concebidos para integrarse en un sistema constructivo muy dependiente de los modelos orientales del Bajo Imperio.
Sus proporciones entre ancho y alto, oscilan entre 1 y 1,20, con un caso anómalo en el que ese valor llega a 1,30; de manera que tampoco en esta cualidad existe paralelo con los modelos hispanoislámicos (califales). cuyos capiteles se someten al canon cúbico.
Frente a otros capiteles de ubicación cultural semejante, las series de Escalada se cualifican también por una técnica de talla que permanece dentro de lo que veíamos en el capitel de Bamba, es decir, mediante un relieve biselado de poquísima profundidad -en las piezas de mayor profundidad apenas se alcanzan Jos 10 mm., mientras que, por lo general, esta dimensión oscila entre los 3 y los 5 milímetros-al que se añaden puntos de trépano, realizados mediante herramientas peculiares, de cabeza cónica, en ocasiones, afiladísima, cuyos diámetros oscilan entre los 2 milímetros, que se usan, sobre todo, para marcar los ejes del collarino, y los 7 milímetros, utilizados para marcar las digitaciones anulares de las hojas y otros detalles ornamentales.
He aquí otro dato de singular interés para ubicar culturalmente estos capiteles, porque no conozco capitel andalusí -califal o emiral-que testifique el uso de herramientas de sofisticación comparable a las aquí documentadas 37, que, sin embargo, encajan perfectamente con las posibilidades técnicas que acreditan los relieves bizantinos.
Atendiendo a los paralelos estructurales de estos capiteles y entre lo más antiguo, cabe destacar un capitel de la llamada «Casa del Perro» (Thouvenot, 1970), que posee dos filas de hojas con elementos comparables a los de Escalada.
Más claro y menos forzado es el paralelismo con los del Santo Sepulcro, donde se utilizaron capiteles corintios con volutas muy clásicas, ábaco delgado, sin espata ni pedúnculo.
También es claro el paralelismo con los capiteles del Convento Rojo (Severin, 1981 ), realizados antes del siglo V, con vueltas de hoja prácticamente idénticas a las de Escalada, y con los de la iglesia sur de Bawit (Torp, 1970, pp. 35-41: láms.
32, 2 y 3) que con una talla comparable a la que muestran aquellas, presentan una «interpretación» del orden muy similar a la que acreditan los de las tierras leonesas; y como es normal entre los siglos V y VI, con collarino que en éstos de Egipto adopta el mode-lo del contario.ix.
En Aquileia hallarnos otro grupo de piezas de estructura comparable a los de las tierras leonesas, siempre en los alrededores del siglo V I (Buchwuld, 1966, capiteles 68 a 71, todos e ll os del siglo VI).
Así, el cupitel de la Basílica Patriarcal (Tavano, 1978, p.
531, figura 22) (550), presenta con hojas de talla a bisel pero con abundancia de trépuno; dos coronas de hojas y collarino trabajado.
En Rávena (Tavano, 1978, pp. 510-511, figura 4), existen capiteles comparables, por ejemplo, en la iglesia del S. Spirito (finales del siglo v, principios del VI); también hay uno de similar estructura e n la Basílica Patriarcal de Aquileia, pero con dobles caul iculos, cálato y ábaco menos articulados y tres coronas de hojas 969,p.
Existe un capitel de estructura muy semejante a los de Escalada en el oratorio de Santa Maria in Valle (Civ idale del Friuli), de cronología muy discut ida, pero que probablemente fue realizado entre finales del s iglo V, y principios del VI.
Algo similar sucede con el capite l del claustro de S. Salvatore, de Brescia (Verzone.
135) al VI, en el que advertirnos el uso de biseles, collarino con banda lisa y también, una interpretación del orden paralela a lo que h ay en Escalada.
Por fin, en Jerusalén (Kautsch; 317 a 33 1) hallamos capiteles que, dotados de cierta individualidad formal, presentan c ie rto «aíre estructural» que también hace pensar en los de Escalada • 19.
Por lo que se refiere a la decoración y dejando a un lado los «acantos» de hojas afiladas, de las que ya he hablado en las series de Mazote, las palmetas que hallamos en Escalada y, sobre todo, las de foliación descendente 40, cuentan con paralelos abundantísimos en todo e l ámbito de influencia cultural bizantina 41 • Así, hallamos fórmulas totalmente homólogas en San Juan de Constantinopla, en Santa Sofía, en la Roseta de Tesifonte (V-VI) y en Siria, pero con una con-. lx Ver también Raspi Serra, 1972, p.
141yfig.27, capitel del Museo Copto de El Cairo, procedente de Saqqarah. siglo VI: ábaco, tal vez, semejante a los de la serie mozarábc.
Walters, 1974, pp. 176-185: capiteles coptos derivados del orden corintio: con cáliz, volutas reducidas, acantos afilados, de Saqqara; otros sin volutas (volutas vegetales); otros, sólo con volutas angulares (Saqqara); cesto con ábaco articulado (Saqqara).
39 Dado el carácter cultural de las series de influjo bizantino y dada la situación histórica de estos años, sería iluso pretender hallar paralelismos totales.
De todas fonnas, las coincidencias con estas piezas mencionadas de Jerusalén van mucho más allá de lo accidental: los «acantos» derivan directamente de las variedades del corintio asiático, tienen dobles volutas, carecen de cáliz, el frente del ábaco y las cartelas son muy delgadas; de manera que parecen pensadas para integrarse en una articulación arquitectónica muy similar a la de los capiteles de Escalada o los mejores de Mazote.
Algo más forzado es el paralelismo con los capiteles de Siria publicados por Tchalenko, G.: Villages Antiques de la Syrie du Nord, París, 1953, lám. LIX, capitel de Brad, con talla de biseles y cierta relación con los de Escalada.
Noack (Noack, 1991, Coloquio, pp. 40-41 y lám. III, f) recoge un capitel del siglo VI, de Jerusalén, que resulta otro magnífico ejemplo de lo que estoy comentando.
47, fig. 37, publicó un «proceso evolutivo» de las hojas de medias palmas invertidas y adosadas que, pasando por estos capiteles, culminaría en Vilanova y Comellá.
41 En relación a esta fusión de «medias palmetas», hay que señalar que hallamos la misma idea compositiva, aunque con fórmulas ornamentales distintas en un fragmento de capitel, procedente de Sta.
María Aurora, de Milán, que Beloni supuso de los siglos 1v-v (probablemente sea algo posterior), y en otro -netamente bizantino-de Tomis (Barnea, 1969, fig. 3,5). cepción algo más evolucionada que en Escalada; en San Ambrosio de Milán; en un disco de orfebrería del Museo del Bardo, procedente de Cartago y fechado en el siglo V; también en Aquileia (CSA.
5-39), etc. etc. Son, en suma, piezas que podemos interpretar como versión «local» evolucionada de los capiteles corintios asiáticos 4 ~.
Dejando a un lado los parentescos formales y estructurales citados, siempre de carácter «puntual», como ya seña lara Gómez Moreno, no se encuentra ningún paralelo literal a estas piezas ni en Oriente ni en Occidente, de manera que también en este caso podemos hablar de una fuerte aportación local, similar a la que seña lábamos para el caso de las series de Mazote: de nuevo nos hallamos ante piezas «originales», pero vinculadas directamente a las fórmulas de la cultura emisora, de manera que, tal y como se viene admitiendo y, desde mi punto de vista, estamos ante capiteles directamente emparentados con los más «bizantinos» de Mazote, que debieron ser realizados en una secuencia cronológica relativamente corta.
En cualquier caso, el especial carácter del resto de los capiteles de fücalada, permite resolver y contrastar con facilidad el problema de la atribución cronológica de todas estas piezas, porque, frente a lo que ocurriera en Mazote, en esta iglesia sí ex isten piezas que necesariamente debieron ser realizadas al efecto (al menos, las de las pilastras) y que, aceptando la fecha de construcción de la iglesia proporcionada por las fuentes epigráficas (913), nos permite extraer conclusiones acerca de las fases de cultura material que reflejan todas ellas: a) La de los capiteles mencionados, sin ninguna duda, reutilizados y procedentes, bien de la pequeña edificación anterior citada por la inscripción o de alguna otra de las proximidades 43 • h) La de las pilastras y los capiteles comparables, de concepción más burda y simplificada (degenerada), que resulta obligado situar hacia el año 913.
e) La de los capiteles reutilizados del interior, que determinan una secuencia cronológica de cierta amplitud.
A la vista de estos tres grupos de piezas, resulta insostenible la adjudicación a la misma fase cultural (al siglo X) de las dos primeras series, por las siguientes razones:
La manifiesta reutilización de los capiteles del pórtico.
La existencia de un capitel del grupo b) en el pórtico, que parece informar del agotamiento del material de acarreo y de un intento burdo por imitar la configuración de aquellos.
No parece razonable que quienes podían realizar capiteles de Ja serie a), los reservaran para la parte menos noble de la iglesia.
La colocación «tardía» de los capiteles del grupo a), parece fruto de un acarreo realizado cuando no existiera premura por finalizar la construcción de la primera iglesia.
La manifiesta relación existe entre los capiteles de la serie b), con los asturianos tardíos, que encaja perfectamente con los datos epigráficos, por cuanto ese «pueblo», partícipe de las 42 Entre los capiteles corintios asiáticos más evolucionados existen capiteles asombrosamente próximos, sobre todo, a los orientales de Escalada; ver, por ejemplo, los capiteles del pleno Imperio de Palmira (Filarska, 1966, p.
123, figs. 1 y 2) y entre los más evolucionados, aún muy cerca de lo que vivimos en Bamba, el capitel de Ahnas, del Museo Copto de El Cairo (Severin, 1981, p.
43 La existencia de dos familias ornamentales de capiteles pennite imaginar que, de hecho, se trata de capiteles realizados en origen para dos edificaciones de diferente concepción modular.
concepciones c ulturales de la sociedad astur-leonesa, sería el responsable de la talla de estas piezas.
Y a la vista de los datos suministrados por su excavación y de acuerdo con los puntos anteriores, es muy posible que sólo algunos de los capiteles reutil izados del interior pudieran pertenecer a la iglesia primitiva: e l LME08 (figura 15), posiblemente del siglo Vil, muy parecido a otro de la catedral de Oviedo (ACA05); el LME07 (figura 13) y el LME l4 (figura 14), de hojas lisas y estructura muy dependiente de los modelos helenísticos, que puedén ser algo anteriores 44 • En suma, el carácter de la inscripción y el hecho de que la iglesia fuera realizada en un momento tan temprano como el año 913, convienen a San Miguel de Escalada en «pieza clave» para resolver e l problema que nos ocupa, puesto que en ella hallamos documentada toda la secuencia material asociada al fenómeno mozárabe, con la reutilización de piezas, que van desde antes del siglo VI hasta el siglo VII, y con la talla de otras realizadas al efecto, que enlazan con los precedentes asturianos.
Dicho de otro modo: las cualidades formales de la escultura orna-.mental, que fue realizada coincidiendo con la construcción de la iglesia, no expresan influjo andalusí.
Por el contrario. en consonancia con la distribución del trabajo en aquellos años, esos elementos dan continuidad a la escultura arquitectónica asturiana y, por lo tanto, tal y como anticipábamos en e l epígrafe introductorio, e n este caso, sería más apropiado hablar de restos culturales «astur-leoneses», o si se prefiere, «de repoblación» 45 • D) Santiago de Pe1ialha
Hasta ahora se viene suponiendo que la construcción de Santiago de Peñalba obedece a una inic iativa de Genadio, quien en su testamento, fechado en el año 919, dejó escrito (Gómez Moreno, 1919, p.
224 y nota 1 ): «Desplegando toda mi solicitud y todo mi ingenio sobre el yermo susodicho, amplié erigí cuanto mejor pude la iglesia de San Pedro, que había restaurado poco antes, transformándola con admirables edificaciones.
Después construí en aquellos mismos montes un claustro, bajo la advocación de San Andrés, y otro monasterio según orden monástico; separado un trecho, construí ~n memoria de Santiago un tercer monasterio, que se llama Peñalba, y entre uno y otro, en el lugar que se dice Silencio, fabriqué un cuarto o ratorio en honor 44 El LME08 es un capitel que, como el ACA05, parece fruto del desarrollo «degenerativo» de la tradición de los capiteles de collarino laureado, que también hallamos en Santa Cristiana de Lena, y de ahí su más que posible cronología hacia el siglo VII, que concuerda con la manifiesta reutilización de estos últimos.
En cambio, los otros dos (LME07 y LME14) son pseudocorintios de volutas angulares, con el cálato perfectamente marcado y, por lo tanto, con presentar ciertas cualidades orientalizantes, acaso indiquen una fase cultural anterior, relativamente singularizada respecto del flujo bizantino que nos ocupa (siglos Y-VI).
45 Siempre, claro está, entendiendo esa «repoblación» como un hecho administrativo, con aportaciones mozárabes de carácter superestructura!, que se traducirán en una concepción arquitectónica sujeta a los ritos practicados por las comunidades emigradas y realizada según fónnulas andalusíes.
Fórmulas andalusíes que, a mi modo de ver, más que en cuestiones fonnales, se concretaría en estructuras comparables a la de la mezquita de Córdoba: columnas, muretes sustentantes de mampuesto, cubierta de madera. etc. y todo ello, realizado desde los criterios de utilitarismo que implica la reutilización de cuantos elementos arquitectónicos (fustes, capiteles, cimacios) se adecuaran a la funcionalidad perseguida.
Sin embargo. como esa cronología resuhaba inviable desde el punto de vista del desarrollo formal y a la vista del testamento de Salomón (93 1-951 )4 ", Gómez Moreno dedujo que. en realidad, la construcción del edificio habría sido finalizada bajo Fon is, esto es, entre los años 919 y 937.
Momento que resolvía el problema forzando sus términos pero que resultaba satisfactorio desde la secuencia cuhural manejada 47, naturalmente, siempre con la inconveniencia del fantasmagórico influjo bizantino 4 x.
Desde mi punto de vista. el testamento de Genadio informa del carácter de buena pane de los documentos de esta época, seguramente inclinados hacia una matizada exageración, que también aparece en San Miguel de Escalada. y en los problemáticos textos asturianos y que impone una cien a prevención a la hora de admitir sus datos.
Porque. en efecto. si hacemos caso a Genadio, toda la secuencia cronológica defendida por Gómez Moreno carecería de fundamento, a no ser que retrasáramos la realización de Escalada, lo que aún resultaría más increíble.
En suma, desde las hipótesis tradicionales, las fuentes documentales de Peñalba y de Escalada resultan contradictorias.
Sin embargo. desde las aquí manejadas, esos problemas dejan de tener sentido sobre todo si, como en este caso, también tenemos testimonios literarios de la época de san Fructuoso que informan de una imponante actividad monacal y cenobial en esta zona. d.
Santiago de Peñalba contiene uno de los dos grupos que, al parecer. han llegado a nuestros días en su contexto arquitectónico.
Son nueve piezas (figura 18), todas ellas entregas 49 menos una, colocada en la puena de acceso.
Por lo demás, poseen collarino laurealas condiciones administrativas del siglo x, habría resultado más adecuado para proceder a la rehabi 1 itación mozárabe.
Lo más factible es que, a propósito del adosamiento, en esta iglesia de Peñalba se aplicara una solución distinta de la que reflejan el resto de los capiteles de «collarino laureado».
El problema del alfiz nos remite a lo que ya anunciaba en las líneas anteriores.
Si, corno supongo, Santiago de Peñalba fue realizada en el siglo VI, habría que replantear el sentido del flujo asociado a ese elemento arquitectónico. do, cesto levemente cónico, una sola corona de hojas, cuatro más centradas bajo las canelas, otras cuatro angulares, caulículos, dobles volutas, cálato visible y ábaco con sectores circulares; se distinguen de los de Escalada porque carecen de la disminuida referencia al cáliz que había en aquellos 50.
Las hojas se agrupan según tres modelos diferentes: el adoptado en el segundo nivel, en siete de los casos, compuesto por dos medias palmetas de tres limbos rectos y uno curvado, y dos más con cuatro digitaciones rectas; el del piso bajo, similar al anterior pero con la inclusión de tres foliolos lanceolados en la unión de cada hoja con la inmediata; y, por fin, el modelo de los ángulos, basado en dos medias palmas descendentes de más de cuatro foliolos.
Los caulículos, sensiblemente iguales, poseen cuatro listeles rematados en punta.
Por encima de ellos, las boquillas acostumbran a resolverse según sencillos segmentos lisos; sólo en algún caso aislado existe una diminuta banda laureada intercalada entre los caulículos y el mencionado segmento.
Esta homogeneidad formal casi absoluta, se prolonga a las proporciones entre ancho y alto que en todos los casos se aproxima muy considerablemente al valor 1,2 (6/5), de indudable carácter clásico.
Aquellos sobre los que fue posible documentar las cualidades técnicas -los de la puerta-fueron tallados mediante procedimientos similares a los de Escalada, con brocas de cabeza cónica cuyo diámetro máximo oscila en tomo a los 8-9 milímetros y la profundidad de «ataque» fue de unos 5 milímetros.
Atendiendo a sus cualidades formales, sin entrar en reiteraciones necesarias y en relación a las series de Escalada hay que hacer notar que, por la carencia de cáliz, las piezas de Peñalba son un punto más evolucionadas.
Contra lo que sucede en Escalada y en Mazote, y al igual que sucede en Lebeña, aquí existe correspondencia perfecta entre fustes, capiteles y cimacios: los capiteles adosados están pegados a los muros, los collarinos cumplen su función de «elemento separador» en perfecta concordancia --el diámetro del cesto por encima del collarino coincide sensiblemente con el diámetro del fuste-; y los cimacios se ajustan con total precisión a los ábacos.
En definitiva, entiendo que nos hallamos ante el primer «paradigma» de Jos modelos arquitectónicos para los que fueron realizados la mayoría de los capiteles que estamos estudiando 51, que no responden en absoluto al funcionalismo arquitectónico que caracteriza al resto de las iglesias mozárabes y que hemos relacionado con la naturaleza de la cultura material andalusí anterior a la época de Al-Hakam.
Porque ese paradigma nos habla de iglesias rurales, de reducidas dimensiones (menos de 200 metros cuadrados en planta) y con una organización es-5o Gómez Moreno ( 1925, p.
54-55) escribió a propósito de los capiteles de Peñalba lo siguiente:... «capiteles corintios y de tipo especial, esculpidos a biseles sus hojas y llevando consigo el soguedo astrágalo, detalle éste que muy fácilmente los caracteriza... » (... )
«Respecto de las piezas mannóreas, de carácter bien a las claras bizantino, pueden creerse labradas expresamente para los edificios leoneses donde se las halla, en el segundo tercio del siglo x, a partir de Mazote, donde parecen registrarse sus prototipos.
En las iglesias anteriores nunca se las halla; a lo último fueron imitadas en Lebeña y Villanova, y desaparecen luego, dejando series... en Hornija y Sahagún».Tampoco puedo estar de acuerdo con el carácter de «prototipos» que Gómez Moreno otorga a los capiteles de Mazote, porque como hemos tenido oportunidad de ver, las series de Mazote, con tener ciertas cualidades decorativas comunes con los de Escalada y Sahagún, presentan estructuras muy diferentes.
Por otra parte, es muy curioso el tratamiento que Gómez Moreno otorga a los capiteles de Lebeña, al margen del «taller bizantino» (Gómez Moreno, 1919, pp.161 y 183), como «imitaciones» de las precedentes.
51 Haciendo salvedad de la mayoría de los capiteles de Mazote, que por la dispersión de sus tipos nos impiden concretar modalidad arquitectónica alguna. tructural que tiene muy poco que ver con la arquitectura califal y mucho con los prototipos bizantinos anteriores al siglo Vl 52.
Los datos documentales sobre Sahagún son indirectos y. paradójicamente, aparecen vinculados a la «fundación» mozárabe (Simonet, 1983, t.
501 ): «En 872 el Abad Adefonso y varios monjes que vivían en el Monasterio de San Cristóbal. situado extramuros de Córdoba, en la orilla opuesta del Betis, fundaron el célebre Monasterio de Sahagún»...
«Florecían estos monjes en gran virtud y devoción, cuando de improviso se arrojó sobre el Monasterio multitud de moros y con gran furia mataron a cuantos monjes encontraron, desolando el edificio (nota 2: «Subsistió la iglesia, que se conservaba con culto en 964») Quiso Dios que aquel día se hallase ausente e l abad, con aEgunos otros monjes, los cuales, oído el asesinato de sus compañeros, se retiraron a los dominios del Rey D. Alfonso.
Recibiólos este ilustre monarca como embajadores del cielo; les dió para morada el antiguo y ya destruido Monasterio dedicado a los santos mártires Facundo y Primitivo, y les concedió para su mantenimiento varios pueblos y heredades.... »
Y s iguiendo con el testimonio de Ambrosio de Morales: «Y así, un Monasterio célebre en toda España.... tuvo por primer abad y restaurador a un mozárabe cordobés, testigo de la emigración de que tratamos.
Es decir, como en el caso de Escalada, y ahora en un momento anterior, nos encontramos con una comunidad mozárabe a la que se otorga un «antiguo y ya destruido Monasterio»...
Los capiteles relacionados con Sahagún, como en el caso de Hornija, integran un conjunto de cierta heterogeneidad; una heterogeneidad que desde la ornamentación al~anza, incluso, a la estructura de los capiteles.
Si aún restara alguna duda acerca de la atribución de todo el grupo al siglo VI, bastarían estos capiteles para despejarla, porque, además de las corrientes documentadas en Peñalba y Escalada, aquí aparecen fórmulas perfectamente integradas con lo habi-52 Contra los reparos que se han planteado a mis hipótesis, argumentando que los conflictos políticos del VI no fomentarían un ambiente apropiado a la actividad arquitectónica, cabría responder que el carácter estructural de esta iglesia, completamente abovedada y con unos muros sobredimensionados, especialmente adecuados para resistir todo tipo de agresiones, es un dato muy significativo en ese sentido, que, por el contrario, ayudarían a comprender que fuera realizada en un momento de conflictos políticos y militares.
502): «es de notar, por último, que en los diplomas y privilegios concedidos por Alfonso y demás monjes fundadores del Monasterio de Sahagún, suscriben algunos personajes que por sus nombres parecen mozárabes emigrados, como Teudecuto, Arcediano de Ja Sede Baiecense y Recemiro lbn December».
s 4 Ver Escalona, Historia del Monasterio de Sahagún, doc. XXII. ss Gómez Moreno, 1919, p.
107: Alfonso lll compra en 904 la iglesia arruinada de los Santos Facundo y Primitivo, para «que allí fundase un abad Alfonso y sus compañeros venidos de Andalucía, dando así origen al célebre monasterio de Sahagún».
Sobre el «taller bizantino» (920-940), ver también pp. 143, 161. tual en las üreas bizantinas durante los siglos V y VI que, además, asocia esas fórmulas con los prototipos de Peña Iba y Escalada.
Concretamente, e n e l capitel del conve nto de Santa Cruz conviven las ~ol ucioncs de Escalada con una variedad bizantina de capitel corintio de volutas exteriores que.:. por otra parte, nos remite al de Bamba.
Si n salimos de lo decorativo, los capite les de Sahagún. además de recoger algunas de las soluciones que ya hemos tenido o portun idad de ver, presentan las hojas más directamente relacionadas con el acanto asiático de los prototipos desarrollados a partir del siglo 11, y en especial, con algunas piezas coptas de Saqqara st. (fi guras 20 y 21 ), a las que también les une una concepción de l orden semejante 57 • Algo parecido sucede con otros motivos como, por ejemplo, la proliferación de perlados que, del mismo modo, nos remiten a la misma tradic ión.
Además, muchos de los miembros de esta familia presentan una proporción entre ancho y a lto que oscila entre 1, 17 y 1,44, es decir, que también nos remite a fórmulas helenísticas.
En definitiva, es muy probable que podamos situar en Sahagún el nexo de unión entre e l capite l estrictamente bizanti no de Bamba y los que, desde la m isma concepción cultura l, se real izan en la península Ibérica bajo el impulso de una acción creadora nueva. e.
I) Grupo SAH 1 (corintio de volutas exteriores).
Entre todos los capite les procedentes de Sahagún sólo es posible establecer un grupo, éste de volutas exteriores, que, además no se mantiene inalterable, sino que varía sustancialmente de un capitel a otro.
En lo común hay que citar al collarino «laureado», dos coronas de hojas con series de foliolos rectos y uno corto encurvado, y volutas exteriores.
En algunos, e l contario remata el borde de l cá lato y, por lo general, las carte las están muy devaluadas, llegando, incluso, a desaparecer.
En un caso, tal vez, accidental, la superficie del ábaco carece de anillo y l o~ brazos que culminan en las volutas se prolongan hasta la cruz de cartelas.
Sus paralelos más próximos los hallamos en Bizancio y Egipto, atribuidos a los siglos V y VI (Kautzsch, 1936y Grabar, 1966, figura 3 11 ); e l hecho de que los de Sahagún resulten algo más evolucionados, nos permite asegurar con cierta probabilidad que, como los anteriores, fueran realizados hacia e l siglo VI.
F) San Román de Hornija y Toro
También San Román de Hornija, como Bamba, conserva una tradición que le vincula con las instituciones visigodas a través de sus monarcas, en este caso y concretame nte, con Chindasvinto, a quien se supone enterrado allí.
Recordemos el re lato de Ambrosio de Morales ~ Los foliolos alargados de los capiteles de Sahagún guardan una cierta relación con algunas series de Qalat Siman, en las que, con un tratamiento distinto hallamos la seriación de foliolos mediante una encurvada, fonnando círculo, y otras biseladas y alargadas.
También les une, indirectamente, la concepción que la mayor-fa de esos capite les sirios presentan en su peculiar interpretación del orden corintio, muy próllima a la de los capiteles tardorromanos del noroeste hispano, mediante cálices de enonne desarrollo que dejan sin sentido ornamental a las volutas.
Las hojas alargadas de perfil afilado nos remiten a fónnulas orientales, también espléndidamente documentadas en Baouit (Graviers, 1932) y en Siria, con la única diferencia de que en ambos casos no existen digitaciones anulares.
n Entre los paralelos es posible señalar un fragmento de arquitrabe, aparecido en el Foro de los Césares, _ de Roma que Pani Ermini (1 974), t.
XJV) sitúa entre los siglos IX y x y que, desde mi punto de vista, debe ser anterior. ción histórica 5 x.
En todo caso, tampoco parece posible poner en duda la vinculación entre San Román de Hornija y Chindasvinto; una vinculación que, sin grandes problemas, muy bien pudo traducirse en que, en efecto, como recoge la tradición, dicho monarca fuera enterrado allí.
Ahora abien, a partir de esta hipótesis ¿qué podemos concluir?
Para R. Corzo ello permitiría explicar la aparición del foco bizantino del noroeste, de manera que todos los capiteles que estarnos viendo serían la consecuencia más o menos directa de una iniciativa surgida en la época de ese rey...
Se me excusará por no rebatir un argumento que, tal y como hemos visto, entra en contradicción frontal con las cualidades materiales de los capiteles de collarino «laureado».
No obstante, ello no quita para que, dejando a un lado la hipótesis de Gómez Moreno, a partir de dicha tradición, podamos establecer un nuevo marco probabilístico que bascularía en torno a la polaridad determinada por el hecho de que, en realidad, bajo Chindasvinto se acometiera alguna actividad constructiva en «solar yermo», y por la posibilidad de que el mencionado rey decidiera ser enterrado en un lugar sacralizado de antiguo mediante una importante construcción religiosa, a la que muy bien pudo añadir alguna ampliación...
Pero detengámonos en el análisis de los capiteles.
En San Román de Hornija 59 se acentúa lo que veíamos en tomo a Sahagún, porque allí encontramos el más espectacular y heterogéneo grupo de capiteles de collarino «laureado» conocido.
Y si a los capiteles de Hornija unimos los hallados en sus proximidades (Toro y Morales de Toro), la variedad desborda toda fantasía e ilustra hasta dónde llegó la capacidad creativa de este interesante núcleo cultural.
La variedad es tanta y tan rica que, desde mis hipótesis, resulta extremadamente difícil establecer una línea evolutiva clara.
Unos son más clásicos en su comprensión del orden, pero integran modelos ornamentales muy evolucionados; otros, menos fieles a aquel carecen de innovaciones; otros, en fin, emplean ábacos de estricto sentido clásico.
En suma, es como si nos halláramos ante uno o varios «talleres» --entendido como unidad productiva-dominados por un fuerte individualismo o, si se quiere, por un activo sentido creativo.
Entre ellos se encuentran algunos que sirven para jalonar la evolución y para abrir una serie de hipótesis que podrían matizar lo que estamos viendo.
Concretamente, estoy pensando en los de Santo Tomás de Toro y en dos de Hornija.
El primer vértice es un cesto de capitel compuesto (figura 22) muy mutilado, con hojas de fuerte plasticidad, sumamente próximo a los prototipos bajoimperiales, cuya realización no debió separarse mucho del año 400, si es que no es an-Figura 25. l lornija (ZR l I05 ).
Los ot ros do~ son corintio), clasicista), de ),imilar cronología ( fi gura 23) 1 ~1• En conj unto revel an la existencia de una corriente. indocumentada por o tras piezas. de excepcional importancia por tratarse de la 1.011 a de que se trata. y de un senlido marcadamente «Occidental » que, por lo tanlo, tambi én podría serv ir para ex pli ca r l a aparición del collarino «l;1urcado» al margen de las aportaciones orientalc), y el manten imiento de la organicidad del orden corintio.
Concn: lamentc. el CC!'>to de capitel cornpue:-,to po),CC un peculiar collarino «:-.ogucado», que permite olor-'~' S61o conozco c:-.tos capitclt.:' a través <le las fotografía¡, puhlicatlas por Gómc1 Moreno.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 ttp://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa gar cierto crédito a una tercera posibilidad para explicar la génesis del «Collarino laureado», como resultado de una evolución «creativa» a pan ir de los collarinos lisos, que son muy frecuentes en los capiteles tardorromanos del noroeste.
Y es que los otros dos capiteles mencionados de Hornija parecen reforzar esta hipótesis, toda vez que documentan la pervivencia del orden corintio asociado al collarino liso que, a su vez, permitiría comprender el rezago helenista al que me he referido con insistencia.
Por lo demás, los capiteles de Hornija que fue posible estudiar directamente muestran un repertorio de trépanos que supera por arriba y por abajo a las series de otros lugares: entre 2 y 1 O milímetros de diámetro.
Las proporciones entre ancho y alto, entre 1 y 1,5 1 61, como en Sahagún, nos remiten a modelos helenistas.
En el sentido decorativo, parece exclusivo de este área el uso de grandes «florones» que no llegan al extremo del ábaco y que se sustentan sobre palmetas o sobre grandes tallos nacidos, bien de los caulículos, bien por detrás de alguna hoja.
También aquí es frecuente hallar trenzados de dos cabos, empleados igualmente en Italia (Roma, Milán y Véneto) durante los siglos v y VI y. después, en la arquitectura de época visigoda.
A mi juicio, pues. nos hallamos ante un conjunto de piezas que definen una secuencia cu ltural desarrollada entre los siglos IV y VII, con un momento de apogeo que, como en el resto de las edificaciones del mismo ciclo, habría que situar hacia el siglo VI, cuando serían realizados los capiteles más sobresalientes.
Y lo que es más importante, de las cualidades de los de aquí podemos deducir la ex istencia de otro «taller» perfectamente individualizado.
G) Santa María de lebeña
La iglesia que presenta algunos de los capiteles más evolucionados de la serie está documentada hacia el año 924, cuando el Conde Alfonso de Lévona y su esposa fundan y dotan la iglesia de Santa María (Gómez Moreno, 1919, p.
267 y ss.) 62 • Ese dato le sirvió a Gómez Moreno para deducir que sería entonces cuando se construyó la iglesia y, por supuesto, cuando se tallaron los capiteles 6:1.
En mi opinión, esa sería la fecha de rehabilitación de un edificio que, como Santiago de Peñalba, habría permanecido hasta entonces abandonado pero en aceptable estado de conservación; en un estado tan aceptable de conservación que, contra lo que, probablemente, sucediera en Mazote o en Escalada, no fue preciso tallar capitel alguno 64 • Y por si cu-61 Valores originales constatados: 1,31; 1,3 1; 1,5 1; 1,0 1; 1,25; l, 15; 1, 17; 1,29; 1,24.
Adviértase que, contra lo que se ha dicho con cierta ligereza, no existe concentración de valores según modelos califales, ni muchísimo menos.
378:... «debió su erección al conde Alfonso de Lévana, tal vez mozárabe, y a su esposa Justa, de nombre andaluz conocido».
Ya se comprenderá lo accidental de la hipótesis de que los Condes de Lévona fueran ellos mismos mozárabes.
278 y lám. CVI-CVII: Capiteles:... «pudiendo creérseles esculpidos por el mismo que hiciese los de Peñalba y pónico de Escalada».
Sin embargo, en otras ocasiones, se inclina por creerlas «imitaciones» de época posterior (Gómez Moreno, 1925, pp. 54-55:... «a lo último fueron imitadas -las piezas marmóreas, es decir, los capiteles-) en Lebeña y Villanova... »).
64 Es muy interesante el «juicio relativo» que le supuso a Gómez Moreno el carácter de la iglesia de Lebeña.
369:... «en Santiago de PeñaJba y Sta.
María de Lebeña, erigidas a las puertás de Asturias, un cierto bizantinismo triunfa; en Castilla, con San Millán de la Cogolla y San Bau- piera alguna duda, desde las hipótesis tradicionales, de nuevo reaparece el problema de encajar las fechas de los documentos con los restos materiales, porque ese año 924 resulta incongruente con la frontera del 930, en la que, según Gómez Moreno, fue realizada la parte occidental del pórtico de Escalada, y que presenta unos capiteles mucho más dependientes de los prototipos ornamentales bizantinos que los de Lebeña --de concepción mucho más localista-y que, por lo tanto, deberían ser posteriores a aquellos, en especial, si suponemos que todos ellos -los de Escalada, Peñalba y Lebeña-fueron obra del mismo taller 65 • En Lebeña existen tres familias básicas 66, de las cuales sólo una aporta novedades que trascienden lo decorativo.
Las demás cuentan con el astrágalo tradicional, dos o tres pisos de hojas, caulículos, dobles volutas, cartela mínima y ábaco semejante a los de Peñalba o Escalada.
La referencia al cáliz se ha minimizado o, simplemente, no existe.
Los sectores de los «acantos» están cubiertos por dos modalidades fundamentales: folíolos rectos sin anulaciones, que configuran «hojas-peine» o agrupaciones de medias palmetas descendentes como las de Peñalba, pero aún más desarrolladas.
Se ha eliminado casi por completo el uso del trépano con valores plásticos, que apenas se manifiesta en los «ojos» de las palmas descendentes y en algunos detalles sueltos.
En cuanto a la serie más «innovadora» (figura 28), constatamos la intervención de un «ta-11ista» 67 que modifica algunos detalles del ábaco, las volutas y la vuelta de las hojas, de manera que no hallamos en otras piezas.
También aquí, los capiteles encajan perfectamente entre fu stes y cimacios, de manera que, de nuevo, hemos de deducir que, al menos, hasta la altura de estos últimos, la iglesia permanece tal y como fue concebida.
En el capítulo de los paralelos, hemos de señalar que la modalidad de las «hojas-peine» es relativamente frecuente en piezas tardohelenísticas y que los ejemplos conocidos, en este caso más que en otros, no pueden entenderse como reflejo de una relación cultural, sino como fruto de situaciones culturales comparables.
Ese es, por ejemplo, el caso de algunos capiteles romanos del norte de Africa y de algunas soluciones decorativas orientales de época temprana (Filarska, sobre capiteles de Palmira, 1966, p.
Algunos capiteles del complejo paleocristiano de Al Khadra (Angelis d'Ossat y Farioli, 1975, especialmente el cat. n.
30, figura 56), «degenerados» en extremo, presentan un tipo de hoja perfectamente integrable con los más evolucionados de Lebeña. del de Berlanga, lo califal toma carta de naturaleza sin perder originalidad, y un pujante arte decorativo de cepa bizantina contribuye a fijar el rumbo extraeuropeo nuestro de entonces.»
M Cambiando el término «taJler» por «corriente cultural» y como tendremos oportunidad de señalar más adelante, las cosas cambian poco.
Y es que la secuencia cultural definida por los capiteles de Escalada, Peñalba, Lebeña y los que son similares a ellos, supone un proceso de integración -<le «contaminación localista»-que, como señalara el propio Gómez Moreno en 1919(p.
183) y en 1925 (pp. 54-55), culmina en Lebeña, donde están las piezas más simplificadas y, por lo tanto, más alejadas del «paradigma bizantino».
Gómez Moreno «resuelve» la contradicción remitiéndose a los «prototipos» de Mazote, pero ya hemos señalado cuán artificiosa es esa explicación.
176, organiza los capiteles de Lebeña según cuatro series: 1.-7 de los 8 del cuadro central: 3 filas de hojas, borde superior en ganchillo.
2.-Arquería longitudinal de la nave: 2 filas, piico de águila.
3.-Bajo arco triunfal: 3 filas de folíolos aplanados, picos se unen.
4.-Arcos transversales (alto, alrededor de 22 cm.) similares a la 1 con 2 hileras de hojas.
6; El entrecomillado responde a la intención de matizar el ténnino en sentido abstracto.
~ "-:':..,.'~ ~ M También e:-. posible citar algunos paralelos con las formas decorativas derivadas de la hoja de palma: entre ellos merece ser destacado un capitel derivado del orden compuesto de Santa Pressedc, en Ronrn (Pani Ermini, 1974, T. 1, n.
XXXIII), de proporciones comparables a los de Lebeña (altura, 22; ancho, 19 cm.) que la mencionada autora situa entre interrogaciones en el siglo IX y que, a juzgar por la articulación del ábaco, acaso sea anterior 11 x.
Como es sabido, se conocen algunos capiteles más, procedentes de lugares situados en el mismo área geográfica que, sin embargo, han llegado a nuestros días descontextualizados y desprovistos de otros recursos documentales.
De todos ellos destacan, en términos cuantitativos, cuatro de Rueda del Almirante, dos de Nava de los Caballeros y de Valdevasta; y en ténninos c ualitativos, el de Sandoval.
Todos ellos, dentro de las líneas que tenemos indicadas, parecen culminar en otras piezas de concepción diferente repartidas por el norte y noroeste peninsulares, y seguramente realizadas a partir del siglo Vil, cuando el influjo bizantino había perdido vigor cultural y se había convertido en la referencia que sustancian los restos asturianos de los siglos posteriores.
Nos hallamos, pues, ante restos materiales de indudables relaciones con Bizancio, dotadas de fuerte personalidad que, sin embargo, y a pesar de aparecer en el medio rural, no podemos relacionar con una impronta localista marginal, sino con un foco cultural preexistente más «heleni zado» que otros del norte de Africa, que también asimilaron las corrientes bizantinas y pudieran compararse a él; lo que hemos visto nos hace pensar en un fenómeno comparable a los que sufrieron Aquileia, la Rávena en los años posteriores a Justiniano, acaso Mesina 6 " y, desde luego amplias zonas de Siria 70 • Fenómeno que podríamos sustanciar en los siguientes puntos:
Todos ellos permanecen dentro de la tradición del orden corintio, con peculiaridades que, a pesar de su carácter s ingular, no suponen transgresión de Ja idea orgánica helenista, en oposición a lo que sucede hacia el siglo x en otras áreas rurales de cualidades culturales comparables 68 La catalogación de los restos de Sata.
Pressade pennanecen sujetos a debate con bandas cronológicas muy amplias: existe un capitel corintio que para Krautheimer, 1937-54, III, pp. 250-251) sería romano, mientras que para Pani Ennini sería del lX.
69 Agnello, 1966 recoge una colección de capiteles de impronta bizantina que, en cierto modo, ilustran un fenómeno cultural similar al del área leonesa, con elementos decorativos de una gran originalidad.
70 De ahf las persistentes relaciones que se han establecido con estos lugares y que, sin embargo, más parecen paralelismos forzados por situaciones históricas comparables.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 ttp://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa a las que se pueden suponer para el noroeste peninsular.
Otro tanto podemos decir del repertorio ornamental empleado en ellos, así como en el resto de las cualidades que determinan el carácter global del capitel, desde su servidumbre arqu itectónica hasta su dependencia respecto de las herramientas de talla, increiblemente sofisticadas para lo que podría ser una comunidad rural del siglo X. Todo ello y la existencia de algunos capiteles sueltos de manifiesto sentido tardorromano, nos permiten concl ui r que el influjo bizantino del que estamos hablando se aplicó sobre una zona de cierta romanización en un momento anterior a la disolución de la tradic ión helenista, con resultados tan brillantes como los que hemos señalado.
Entre ellos, merece ser reseñado el uso de cimacios, entre los que destacan aquellos de escaso espesor de Mazote (que no se repetirán), el collarino «laureado», la tendencia a olvidar el cáliz, el uso de una técnica de talla peculiar, etc.
En todo caso, a juzgar por la manifiesta actividad del mencionado componente bizantino, pero, sobre todo, por la manifiesta existencia del factor «Occidental», no resulta admisible que lo más sustancial del conjunto pudiera haberse realizado en el siglo VII, como propone R. Corzo, toda vez que esa hipótesis implicaría la total recomposición de la cu ltura de época vis igoda.
Si, como supone R. Corzo, Chindasvinto hizo venir artífices («artistas») bizantinos para construirse un mausoleo, no se comprenderían los componentes «occidentales» y, como planteara en su día Gómez Moreno, mucho menos, que no ex istieran restos homologa ble a éstos en Toledo 71 • Al mismo tiempo, el hecho de que en ningún caso aparezcan paralelismos formales ni estructurales con los capiteles andalusíes 72 y los datos documentales reseñados a propósito de la reconstrucción de iglesias por iniciativa de los monjes emigrados desde Córdoba (ver cuadro adjunto), nos obligan a pensar que el factor mozárabe --en sentido estricto--se concreta, precisamente, en el hecho de la reu1ili zación, es decir, en ese pragmatismo constructivo que es rasgo cultural de Al-Andalus hasta la proclamación del cali fato.
71 Tal vez, se comprenda aquí la anterior alusión a un plateamiento «accidentalista» de la Historia.
La «explicación» proporcionada por R. Corzo para «encajar» estos capiteles en la Alta Edad Media española, con ser «posible», es mucho más «improbable» que la manejada aquí y, en todo caso, resuelve peor los problemas de la cultura material de esos años.
A no ser que estos capiteles hubieran sido realizados por un conjunto de personas que, en clkls mismas, materializaran los fenómenos culturales mencionados; en ese caso, sin embargo, tampoco sería «lógico» que la realización de las piezas hubiera tenido lugar en el siglo VII, cuando en todo el mundo med iterráneo ya se habían disuelto los conceptos ornamentales helenísticos en beneficio del «efectismo» bizantino, tal y como expuso en su día A. Riegel.
En definitiva, aunque ante un debate en el que estamos discutiendo en una banda cronológica de cinco siglos, cincuenta años pudieran parecer «el chocolate del loro», lo cierto es que estos cincuenta años, que impHcan la recuperación de las hipótesis de Lampérez, implican también uno de los problemas culturales más importantes de todo el entramado cultural hispano: la noción misma de «cultura visigoda» y la «realidad cultural» de las zonas rurales del noroeste de la Península.
72 Los paralelismo fonna les citados por S. Noack, casi siempre sustanciados en motivos ornamentales elementales, a mi juicio, son poco relevantes y metodológicamente muy discutibles.
Incluso en el supuesto de que, contra mi opinión, admitiéramos los talleres emirales del siglo IX, tal y como los definió Gómez Moreno, la correspondencia entre los capiteles emirales atribuidos a la época de Abd al-Rahman 11 y los leoneses podría explicarse a partir del origen común de unos y otros.
Archivo Español de Arqueología, 65, 1992, 223-262 (c) B) CRONOLOGJA Y TALLERES Desde el punto de vista de su ubicación cronológica, la serie de capiteles de collarino «laureado» comprende un conjunto de variedades tipológicas y ornamentales que hace difícil creerlas producidas en un lapso cronológico de pocos años.
Muy al contrario, incluso desde el punto de vista formal --de la evolución de las formas-da la sensación de que todos ellos reflejan un proceso de superposición cultural de cierta rapidez inicial pero que cumple por completo el periplo de este tipo de procesos: primeros contactos (superposición), asimilación y desarrollo autóctono e imbricación en la dinámica propia y disolución.
De ahí que, resulte muy difícil atribuir todos los capiteles a un único taller activo durante un lapso cronológico corto, tal y como pretendía Gómez Moreno.
A los primeros momentos de la segunda fase pertenecerían las series «más bizantinas» de Mazote seguidas de los de Sahagún, Peñalba, Escalada y algunos más de Maz, ote, con unos capiteles absolutamente integrados entre los productos materiales relacionados con la expansión de Bizancio, pero dotados de «personalidad propia».
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 ttp://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa vez, prolongada hasta el siglo VII, corresponderían los de Lebeña, algunos de Hornija. las series más evolucionadas de Mazote y algunas piezas sueltas más. que señalan cómo, poco a poco, aquella corriente cultural inicial fue disolviéndose entre unos componentes rurales distintos de los que cimentaron el sustrato inicial.
En síntes is, se pueden acotar cuatro núcleos productivos coetáneos, dotados de otros tantos prototipos estructurales y ornamentales, una fase evolucionada. otra de desarrollo tardío y otra más de lo que podríamos llamar los primeros contactos. según el cuadro de la página siguiente.
En suma, los capite les de collarino «laureado» informan de dos fenómenos culturales perfectamente indi vidualizados: a) Un impulso constructivo de carácter rural. muy posiblemente concretado hacia el siglo VI, al que pertenecierom dichos capiteles y, desde luego, Santiago de Peña lba y Santa María de Lebeña7 ~.
h) Un fenómeno arquitectónico de evidente sentido mozárabe --en el más estricto sentido de l término--regido por la síntesis de los dos fenómenos culturales que impone el hecho de la emigración.
Y si de la primera fase poco o muy poco es lo que podemos decir con cierta seguridad, habida cuenta la precariedad documental al respecto, no sucede lo mi smo con la segunda.
Puesto que el análisis de estos capiteles otorga una nueva y, a mi juicio, más aj ustada interpretación del fenómeno mozárabe, en relación a las circunstancias históricas ambientales.
Porque ahora podemos formular con absoluta seguridad que el fenómeno mozárabe es «lo que tenía que ser», es decir, una síntesis cultural entre los elementos del sistema cultural propios del componente «superestructura!», aportados por los monjes andaluces. y los que dependen de la «infraestructura» del lugar de asentamiento, determinados por la estructura social de la zona astur-leonesa.
Así, pues, el componente c ultural hispanoislámico estaría, más que en el uso de soluciones formales andalusíes, en la concepción global arquitectónica 74 y, desde luego, en ese pragmatismo que caracterizó a la arquitectura cordobesa anterior a la proclamación del califa- Posibles iglesias de cierta entidad.
Capiteles «bizantinizantes» con remanentes helenistas.
Posible edificación de entidad.
Pérdida del virtuosismo de la fase anterior (soluciones «efectistas» de menor complejidad técnica).
Degeneración de los rasgos bizantinizantes y de tradición helenística (pérdida de la estructura orgánica del orden). |
Se ana! izan en este articulo algunos aspectos referentes a la controvertida obra realizada por los arquitectos G. Urassi y M. Portaceli en el teatro romano de Sagunto. y en especial ideas como la supuesta recuperación del espado original o el pretendido respeto a las estructuras originales.
Se hacen igualmente algunas reílcxiones sobre la aün más polémica sentencia dictada por el Tribunal Superior de Justicia del País Valenciano que ha declarado it.:galcs dichas obras.
La conservación del Patrimonio Histórico no suele ser compatible, en general con actuaciones grandilocuentes.
Una labor eficaz de protección y tutela de nuestros monumentos nunca tendrá un impacto sobre la opinión pública similar al que pueda tener la inauguración de una presa o la apertura de una nueva carretera.
Pienso que un objetivo perfectamente asumible como óptimo en un programa político podría ser transmitir ese patrimonio al menos en el mismo estado que como se recibió.
Digo en el mismo estado físico, no en la misma • El comité de redacción de AEspA ha decidido la edición de este texto atendiendo a su interés. a pesar de que se ha publicado previamente otro similar del mismo autor. situación de deterioro progresivo, esto es, cada vez más deteriorado, que es a lo que estamos acostumbrados.
Naturalmente, un logro como éste, muy difícil de alcanzar si lo aplicamos a la totalidad o al menos a la generalidad de nuestro patrimonio, es dificilmente vendible dentro de una cultura poi ítica más basada en los grandes gestos que en acciones auténticamente eficaces de una política programada y a largo plazo.
Esta actitud no es exclusiva de ningún grupo político y de esta responsabilidad no está tampoco exenta la misma sociedad.
Además, la conservación del patrimonio no se presta al desarrollo de acciones eminentemente creativas, sin que por ello deban descartarse.
Pero parece evidente que, en la acción conservadora, deben primar los valores del bien a conservar solbre los que nuestra creatividad actual pueda aportar.
Resultan por ello extrañas y dificilmente defendibles actitudes, y más aún acciones, que justifican a ultranza la aportación de creaciones arquitectónicas actuales sobre nuestros monumentos, amparadas dentro de lo que debieran ser acciones de conservación, máxime cuando se financian con fondos destinados a este último fin.
Cuando grandes gestos políticos en materia de cultura junto con anhelos de creatividad a ultranza toman como excusa un monumento histórico, no es difícil que surja un problema como el del teatro romano de Sagunto (figs. 1 y 2).
La propuesta de G. Grassi y M. Portaceli parte de unos criterios que aparentemente pueden tomarse como muy defendibles, pero que analizados en detalle no soportan una crítica' Quisiera ac larar que en 11111glin momcnlo me he podido' c111ir u l udido por wlcs críli c¡is, pues mi li111i1;1d:i in1cr-\cnción en el tcatrn 110 supuso ninguna n.:con slru~ció n;.ino só lo la conso l idació n de piedras mo vida, de la /llll:t ilc la rnvca y la colocac ión de reja' y harnndilla, tic scgurid::ul.
1n1c\ o L'n el nHH1lltlh! tlto. que por otro lado no ¡m::-.L'ntaba ya prnbkma!'> gra' es dl' cnn~erva ción. hasta qul' no:-.t:' r...:ali1.:1ra una s¡;na y..::xhaustiva invcstigaeil'in pre\ ia del mi smo. Esta in' i: stigm:: ión ha sitio rcaliradn en fecha rccien1c al margen de la obra. y sin que haya tenido inllueneia dirc1.:t<1 en el la'.
Incluso. al 1.'Ulltrano. lo~ Li 1 timos dcscscomhros y 1 impiczas de cstruct u ras antiguas se han rea 1 izado con las obras ya muy avanzadas y sin que pudieran inrluir en modificaciones sobre una estructura rígidamente proyectada.
En suma, no puede afír111ar~c que e l proyecto se haya basado en un conocimiento científico ni riguroso del edificio. ni menos aún, que haya sido l! xquisi tamcnt e respetuoso con és1e.
Ni se hi10 la adecuada investigación previa a la rase de proyecto. ni los resultados obtenidos de los ha! lazgos o estudios rostcriores han provocado las modificaciones qu1.: hubiera sido de rigor. lo que es ditkilmente compatible con la afirmación de del icadeza y respeto al monumento.
Como testimonios en este sentido, cabe señalar que aún recuerdo haber visto, en t1na visita realizada en los primeros momentos de la obra. estructu ras origina les romanas de opus l'i11a111m (si llarejos) cortadas con disco de carborundo para abrir cajas en que insertar muros de nueva construcción, inexistentes en la obra orig ina l.
Otro ejemplo: e l muro de cierre del postscae11i11111. seguramente ejecutado en dos fases en época romana. presentaba exterionnente una clarísima estructura de machones de refucr.lO de opus q11adrat11111. cuyos grandes sillares habían sido arrancados ya de antiguo, pero de Jos que quedaban las huellas, con relleno de opus 1•itta111111.
De tal estructura no ha quedado hoy visible ni legible absolutamente nada, al haberse construido sobre sus restos un muro nuevo en su casi totalidad. además en si llarejo similar al opus vitlatum, lo que contribuye aún más a aumentar la confusión actual y futura.
Respecto a la pregonada calidad de la obra y del diseño. invitaría a quien visite la obra a que, haciendo un ejercicio de imaginación, traslade el graderío reconstruido a un lugar cualquiera, fuera de las ruinas del teatro.
La tosquedad del diseño, barandilla incluida, dudo que contenga méritos para salir publicado en ninguna revista de arquitectura.
Eso sin entrar a juzgar la arbitraria decisión de interrumpir las scalae en los halteus, contra las claras evidencias que Ja ruina aportaba.
Por otro lado, la forma constructiva adoptada resulta igualmente torpe.
Un aplacado de piedra blanca ( «traverti-no>> de Teruel), con color disonante sobre la masa gris de la piedra local, con la que sin duda estuvo construido el graderío, se ha asentado sobre un relleno de piedra menuda y mortero de cemento.
Este relleno es semejante al primitivo romano. aunque evidentemente alcanza cotas superiores, pues éste servía para asiento de grandes sillares, con igual altura que las gradas.
Es decir, se ha utilizado la misma técnica antigua de asiento de piedras (al menos aparentemente), pero alcanzando volumen y niveles que nunca tuvo la fábrica primitiva.
La colocación de una red de material plástico como elemento separador de lo nuevo y lo viejo, ni resulta estéticamente válida ni mucho menos efectiva para permitir una supuesta reversibilidad de la intervención, pues no ha evitado en absoluto la adherencia de ambas fábricas.
Otro detalle que no sabría si atribuir a mal diseño o a simple ignorancia, pero en todo caso sí a falta de sensibilidad estética, lo constituye el remontaje o supuesta anastylosis de algunos elementos de los órdenes que decoraron elfrons scaena.
Realmente, tal montaje más parece ser una caricatura que un intento serio de mostrar o de hacer intuir al visitante lo que pudo ser la ornamentación del teatro.
Las columnas se han dispuesto con una proporción absolutamente rechoncha, lo que las priva de la elegancia y, en especial, de la armonía y belleza de proporciones que caracteriza los órdenes clásicos.
Parece que se ha supuesto que la escena tuvo triple orden, lo que no se sustenta en ninguna evidencia y que sólo el montaje realizado se encarga de contradecir con absoluta claridad.
En cuanto a la reconstrucción del edificio escénico debemos decir que nos parece, antes que nada, bastante confusa en su apariencia final, aparte de errónea en la altura total, pues queda achaparrado al no haber alcanzado la altura que debió tener originalmente, sin que con ello queramos dar justificación a la idea de reconstruir la escena.
Una organización de los muros que recuerda las formas de las valvae pero que apenas levantan unos pocos metros, creo que lejos de ayudar a intuir la forma original de la escena induce a confusión.
El actual espectador o visitante que entre en el espacio del teatro encontrará que, de las superficies que se le presentan ante la vista, ni siquiera una cuarta parte son restos originales romanos, pues las zonas que ahora no han sido afectadas por las nuevas fábricas son precisamente las que sufrieron más fuertes intervenciones en pasadas obras de restauración.
En resumen, pienso que las ruinas del teatro romano de Sagunto sólo han servido, en este caso, de excusa para realizar una construcción que, de haber sido hecha en otro lugar, difícilmente habría merecido justificación y menos aún el aplauso de algunos sectores casi exclusivamente circunscritos al campo del diseño arquitectónico actual.
Y entramos aquí en el tema más difícil y polémico de toda la intervención.
¿Hasta qué punto se justifica una intervención actual de esta envergadura en un monumento histórico?
Se han argumentado dos tipos de justificaciones que merecen un tratamiento diferencial.
En primer lugar se arguye con notable insistencia, sobre todo en los últimos años, que históricamente siempre ha habido intervenciones de cada época en los edificios, llegando algunas a te-.-1 r: spA.
199 J RECONSTRU<TIÓN DEL HATRO ROMANO DE SACiUNTO ner tanta o mayor ca lidad que la obra original.
Es una evidencia histórica que no pretendo refutar pero que debe ser entendida y analizada en el marco de cada época.
Si algo caracteriza nuestro tiempo es la indudable existencia. no sólo de forma elitista sino sentida por la mayoría de la sociedad, de una mayor conciencia histórica y de un respeto hacia el legado del pasado, en este caso arquitectónico, que es expresión y síntesis de la mi sma Historia.
No en vano nuestra época se caracteri za por haber plasmado este sentir, entre otras cosas, en legislaciones protectoras de este legado.
Intervenciones como la construcción del palacio de Carlos V en la Alhambra proyectada por Pedro Machuca. o del crucero de la catedral en la mezquita de Córdoba por Hernán Ruiz, son obras que sólo se comprenden y se justifican en su época y en las circunstancias en las que se hicieron.
Son obras geniales, pero que desde nuestra conciencia histórica sería injustificable y anacrónico que hoy se plantearan y menos que se realizaran.
Porque en este caso no se trata de opiniones sobre gustos, sino de la esencia mi sma del concepto de conservación de un patrimonio que la sociedad considera propio, universal y necesitado de ser legado íntegramente a las generaciones futuras.
Y no debemos olvidar, por otro lado, que esas transformaciones históricas de nuestros monumentos más preciados fueron el fruto de voluntades que hoy consideramos autoritarias, algunas ejecutadas, como la de la mezquita de Córdoba, contra el mayoritario sentir popular en una época en que, evidentemente, éste no contaba en las tomas de decisiones.
Argumentar que igual que se hizo en esas épocas se puede hacer hoy, es un contrasentido histórico, y, en todo caso, y pese a toda la modernidad que se quiera imprimir a la obra, será en su concepción y actitud, arquitectura de otra época, no arquitectura actual.
Con todo esto, no pretendo argumentar que no se pueda aportar arquitectura actual a nuestros monumentos.
En alguna ocasión puede resultar incluso imprescindible, porque si existe absoluta necesidad de construir algo nuevo, esto debe llevar la impronta de nuestro tiempo.
Pero en cualquier caso debe respetar la esencia y la naturaleza del monumento, no sobreponerse a él. ni apabullarlo, ni menos ocultarlo o enmascararlo detrás de la obra actual.
Y respetar su esencia puede en muchos casos querer decir respetar su estado de ruina que es también y ante todo, la expresión de su historia, especialmente cuando no existe una necesidad imperiosa por razones de conservación o de uso.
Conviene aquí preguntarse hasta qué punto es necesario que todos los monumentos vue lvan a recuperar un uso, f ucra del que ev identemente ya tienen de ser expresión del pasado y servir de lección histórica y estética para hoy y el futuro.
En una palabra. en ningún modo se justifica siempre el utilitarismo a ultranza de los monumentos.
Hay muchos que merecen quedar como meros símbolos.
Y si hace falta un teatro, y se quiere que tenga la forma de un teatro romano. evidentemente hay muchos lugares en que poder edificarlo.
Otro de los argumentos utilizados en defensa de esta obra es la supuesta restauración del espacio original.
Mi buen amigo Antoni González, Cap del Servei de Patrimoni Arquitectonic de la Diputació de Barcelona, interpreta la idea plasmada en la Carta de Venecia de exigir el respeto a la autenticidad, considerando legítimo recuperar el espacio original como único realmente auténtico, no restringiendo el concepto de autenticidad a la sola materialidad.
He de reconocer que la idea siempre me ha parecido sugestiva y fundamentada, aunque como todo en esta vida, debe asumirse con matices y no de forma absoluta.
La recuperación del espacio primigenio original, considerado como el único de verdad auténtico, choca evidentemente en la mayor parte de los casos con la conservación de la materia auténtica del monumento, que tiene que enmascararse y aun a veces desaparecer.
Eso sin contar con que habría que considerar igualmente «original» el espacio resultante de las distintas aportaciones históricas.
Lo que no tiene sentido es que una restauración cree un espacio nuevo o transforme el original, sobre todo por la vía de la transformación del color, la textura o los propios materiales.
Y por otro lado, en un monumento! legado a nosotros en estado de ruina, su espacio ruinoso no será el supuestamente «auténti-ANTONIO Al.MA(iRO.-11-:.,pA.
M. 1993 co» original, pero puede llegar a cobrar significación propia como ruina, y por tanto nueva autenticidad, scglin el valor que la sociedad y la cultura le den.
Las ruinas del Partenón no rclkjan el espacio origina l, pero contienen hoy y para nuestra sociedad valores espaciales, como tales restos.
Incluso hay quien llega a contradecir la validez de la anasty/osis de determinados monumentos. cuyos restos caídos expresan muchas veces con absoluta claridad realidades y hechos históricos o acciones de la naturaleza.
El atractivo y la veneración que para nuestra sociedad encierran muchos de nuestros monumentos, incluso desde el punto de vista de la atracción turística, no cabe duda que en muchos casos se desvanecerían tras actuaciones de reconstrucción, aunque fuera por la mera vía de la recuperación del espacio original «auténtico».
Y en esto creo que no sólo hay que ver una mera atracción romántica hacia la ruina, sino el reconocimiento de los valores simbólicos y testimoniales que genera lmente los monumentos, como realidad y documento histórico. tienen para la sociedad.
En suma, la idea de recuperar el espacio original como único auténtico no puede tomarse como válida en todos los casos y, desde luego, cuando hay serias dificultades para conocer su auténtica forma y vibración, y más cuando exige realizar un volumen de obra que rivaliza con las partes originales conservadas, resulta más que dudosa su validez como criterio de actuación.
Y para colofón, y como los males nunca vienen solos, a todos los problemas antes tratados ha venido a juntarse una sentencia judicial, que de llegar a ser firme y crear jurisprudencia puede constituir un precedente de consecuencias difícilmente predecibles.
La sentencia del Tribunal Superior de Justicia del País Valenciano declarando ilegales las obras que acabamos de analizar, creo que merece también una detenida reflexión.
La ley del Patrimonio Histórico Español, en que se ha basado la sentencia, es una ley de aplicación eminentemente administrativa, que tiene su desarrollo principalmente a través de criterios técnicos.
Pero no puede evitarse que la acción popular prevista en la ley haya planteado una demanda ante los tribunales, ya que la administración. promotora de la obra y a su vez responsable de la tutela del monumento, se mostró insensible a las protestas contra la intervención.
Y a este respecto tengo que decir que me resulta difici lmentc imaginable que una obra de este carácter y planteamiento hubiera contado con la aprobación administrativa si llega a ser promovida desde una iniciativa privada.
La sentencia que ha declarado ilegal la obra se ha basado e n el artículo 39.2 de la ley del Patrimonio Histórico Español, que en realidad contiene una nueva redacción, algo más matizada, de l artículo 19 de la antigua ley del Tesoro Artístico que prohibía taxativamente toda reconstrucción en los monumentos, tratando de erradicar los criterios en que se basaron muchas de las restauraciones del siglo pasado y de comienzos de éste.
El problema es que, mientras el reglamento de la antigua ley remitía la interpretación de los criterios a aplicar a una junta de técnicos y expertos que, junto con el arquitecto responsable de las obras, debía decidir cómo actuar en cada caso, la nueva ley deja prácticamente la determinación de los criterios en manos de los responsables políticos. que son los únicos con capacidad de decisión.
Es decir, las decisiones son unipersonales, pese a que puedan existir asesoramientos.
Junto a esto, la ley actual ha pretendido matizar la dureza de la redacción de la antigua ley, pero incluyendo términos que, cuando menos, siguen teniendo un significado un tanto ambiguo, con determinadas connotaciones semánticas que obedecen más a interpretaciones de las mentes de algunas personas que al significado que generalmente se les da.
Por ello, no es de extrañar que los jueces hayan dado una interpretación estricta y literal, ante la falta de una correcta definición por parte del texto legal, de lo que se ha querido entender con cada término.
Y de todos modos, creo que el problema tampoco se resolverá con pretendidas nuevas redacciones de la ley, pues cuanto más intentemos definir y precisar, por la vía de la reglamentación, los criterios de lo que debe ser una correcta restauración, más dificultades crearemos.
Creo que es imposible pretender que la ley garantice una correcta restauración de los monumentos.
Ésta debe ser fruto, ante todo, del sentido común y de un cierto consenso en la definición de lo lícito y lo correcto, fruto de los deseos generalmente sentidos por la sociedad y de una sosegada discusión entre aquellos sectores implicados y realmente interesados en la protección del Patrimonio Cultural.
Porque al fin y al cabo, los criterios de restauración serán siempre expresión de una situación cultural concreta y, probablemente. siempre cambiantes.
Pero en todo caso, no deberían responder nunca a decisiones políticas y menos unipersonales.
Es comprensible que una parte de la sociedad haya entendido que la obra ha supuesto una agresión contra el monumento.
Y también es comprensible que hayan intentado detener esa agresión por todos los medios. incluidos los legales.
Qui zás e l legislador no se refería precisamente a este tipo de obras cuando redactó la ley. pero tan1poco puede decirse que la sentencia carezca de fundamento.
Creo que lo ideal hubiera sido que el tema no se hubiera planteado nunca ante los tribunales. sencillamente porque no se hubieran realizado las obras en cuestión. que por otro lado ni eran tan necesarias ni mucho menos imprescindibles, máxime si considerarnos el estado general en que se encuentra el resto de nuestro Patrimonio y la necesidad de rentabilizar y optimizar la aplicación de los escasos recursos que a él se destinan. |
En este trabajo mostramos cuál puede ser el potencial de estudio y algunas de las limitaciones que tienen los métodos más comúnmente empleados en los análisis de caracterización de cerámicas arqueológicas.
Tras realizar un repaso por la bibliografía que se ha producido hasta el momento en nuestro país sobre este tema, comprobamos que este tipo de técnicas todavía no se ha desarrollado en toda su amplitud, siendo necesaria su integración en el marco de aproximaciones más rigurosas que contemplen el fenómeno de la cerámica como un factor más de los que interactúan en el seno de las comunidades del pasado.
Durante los últimos veinte años hemos asistido a un creciente desarrollo en el uso de métodos científicos aplicados a los objetivos de la invest igación arqueológica.
Dentro de estos métodos han adquirido un interés notable las técnicas de análisis de objetos arqueológicos y en particular las referentes al estudio de cerámicas.
En nuestro país, como ha ocurrido en otros aspectos de la investigación científica, este desarrollo no ha ido parejo al avance que se ha producido en otros países con respecto a los análisis efectuados sobre los materiales de excavación.
Mientras que en algunos de ellos esta práctica viene siendo habitual desde hace ya algún tiempo, en España todavía no se aplica de forma generalizada y son pocos los estudios que se han llevado a cabo.
Por esta razón, creemos importante hacer una llamada de atención hacia este tipo de técnicas de análisis y mostrar cuál puede ser su potencial en la resolución de problemas arqueológicos.
Estos planteamientos nos han llevado a realizar una reflexión crítica de la bibliografía que hasta el momento se ha producido en nuestro país sobre este tema y a elaborar un apéndice final en el que veremos cuáles son los métodos con los que contamos en la actualidad para la caracterización de materiales cerámicos, cuáles son sus ventajas y limitaciones, cuál es su grado de resolución y qué tipo de cuestiones pueden resolver.
La caracterización de cerámicas arqueológicas se incluye dentro de lo que se ha denominado Arqueometría.
El ténnino «Arqueometría» se empezó a utilizar en la investigación arqueológica a raíz de la publicación del primer número de la revista inglesa Archaeometry en 1958 por el Oxford Research Laboratory of Archaeology and the History of Art.
El término hace referencia al conjunto de técnicas físico-químicas que se emplean para la resolución de problemas arqueológicos.
La Arqueometría se aplica en tres campos básicos de estudio: 1) La localización de sitios arqueológicos por medios geofísicos de prospección.
2) La datación absoluta o cronométrica.
Queda claro pues, que la caracterización es uno de los campos de estudio de la Arqueometría, concretamente el que se refiere a las técnicas físico-químicas de examen de objetos arqueológicos que se utilizan con el fin de identificar las propiedades características del material o los materiales que los constituyen.
En algunos casos estas técnicas pueden determinar el origen de los mismos.
Su aplicación en arqueología descansa sobre la asunción de que la cerámica es un recurso de información arqueológica con relaciones específicas, repetidas y definibles, entre las materias primas que Ja componen y los productos acabados derivados de ellas (cerámica).
De esta forma, resulta razonable suponer que en el pasado la pasta cerámica formó parte de la tradición alfarera igual que la forma y la decoración (Buko, 1984; Peacock, 1970).
Partiendo de este razonamiento, es importante resaltar que cualquier aproximación que intente abordar en su conjunto el fenómeno de la cerámica arqueológica deberá tener en cuenta la interacción entre estos tres factores: pasta, o Jo que es lo mismo, su materia prima, forma y decoración.
Las técnicas de caracterización de cerámicas arqueológicas comenzaron a utilizarse por norteamericanos• e ingleses en la década de los 50 tras comprobar que había problemas, como Ja cuestión de los orígenes y procedencia de los materiales cerámicos prehistóricos o los procesos de su manufacturación, que no podían resolverse desde planteamientos puramente arqueológicos sin lá ayuda y apoyo de otras disciplinas (Sayre y Dodson, 1957).
Estos países cuentan con un gran desarrollo en la actualidad en estas técnicas al tener una experiencia detrás de casi ya treinta años.
En los años 70 otra serie de países como Francia, Suiza, Alemania o Suecia, comenzaron también a aplicar en sus programas de investigación toda esta analítica.
En nuestro país, salvo algún trabajo aislado que luego tendremos oportunidad de comentar, ha sido solamente a partir de los años 80 cuando ha empezado a utilizarse.
Es lógico, por tanto, observar como en las aproximaciones españolas existentes se echa en falta cierta sistematización y apoyo metodológico.
No podemos olvidar que en estos países hay toda una tradición que respalda este tipo de aproximaciones precisamente por la larga experiencia que tienen a sus espaldas.
Una prueba de ello es la publicación periódica de revistas especializadas en la materia, como la mencionada Archaeometry, el Journal of Archaeological Science o la más reciente Révue d'Archéometrie francesa, además de la aparición de trabajos colectivos que tratan de reflexionar sobre los avances que se están produciendo (Hughes, 1981; Freestone eral..
Con estas técnicas se han tratado de resol ver dos tipos de cuestiones dentro de los estudios cerámicos.
Por un lado, las relacionadas con la naturaleza de las arcillas, que tienen como fin principal incidir en cuestiones tecnológicas.
Por otro, aquellas que se refieren a la procedencia de las materias primas con las que se ha elaborado la cerámica.
No es necesario insistir en que ambos aspectos deberían complementarse, aunque sin embargo, son muchas las aproximaciones que sólo muestran interés por uno de ellos.
La tradición arqueológica anglosajona, muy relacionada con los estudios antropológicos y muy interesada en valorar en sus interpretaciones los aspectos del comportamiento social, se interesó desde el principio en la reconstrucción de los patrones de comercio e intercambio de las sociedades del pasado a través de la caracterización de sus materiales cerámicos, sus pautas de distribución, la información etnográfica y la experimentación con los tipos de manufactura observada.
No en vano Renfrew, en un trabajo de 1977, señalaba que había dos tipos de aproximaciones dentro de los estudios de comercio e intercambio.
Una teórica, relacionada con la antropología económica, y una pragmática, que se desarrolJaba con la aplicación de las nuevas técnicas analíticas a Jos materiales de excavación (Renfrew, 1977).
Aunque en las aproximaciones anglosajonas no podemos decir que se descuiden los aspectos tecnológicos, sí podemos afinnar que el mayor peso específico recae sobre la distribución de artefactos caracterizados.
Un ejemplo de esto lo podemos ver en el recientemente publicado manual de arqueología de Renfrew y Bahn ( 1991: 314-320), donde la caracterización de materiales arqueológicos es tratada en el capítulo dedicado a comercio e intercambio.
Como resultado de la gran influencia que ha ejercido sobre este tipo de estudios el inmenso volumen de publicaciones anglosajonas sobre el tema, en la actualidad hacer referencia a un estudio sobre caracterización es casi sinónimo de análisis de procedencia de las materias primas y reconstrucción de los patrones de producción, intercambio y comercio.
Dado que con la caracterización se intenta poner en relación los materiales que conforman una cerámica con el entorno geológico en donde ésta se ha hallado para poder detenninar su origen, es impotante contar con un buen conocimiento geológico de la distribución de las materias primas que pudieron utilizarse ~n su manufactura.
Por ello, disponer de una buena cartografía geológica y de buenos trabajos regionales es del todo indispensable.
Algunos autores recomiendan incluso, siempre que sea viable, la recogida sistemática de muestras actuales de arcilla poteqcialmente utilizables del área de estudio con el fin de poder contrastar los resultados de 65.1992 la caracterización (Wilson, 1978; Echallier.
Si a todo ello unimos el poder manejar cerámicas bien contextualizadas, llegaremos a la conclusión de que este tipo de técnicas pueden ofrecemos datos de gran interés sobre aspectos tecnológicos, sociales. económicos y culturales que pueden semos de mucha utilidad para emprender reconstrucciones más precisas acerca de las comunidades del pasado.
LOS TRABAJOS DE CARACTERIZACIÓN DE CERÁMICAS EN ESPAÑA
Corno hemos señalado al principio de estas líneas, los estudios de caracterización de cerámicas se han ido introduciendo de una manera lenta en la investigación española y han tenido un desarrollo tardío con respecto a otros países.
1973; Díaz Balde, 1975) en los que se trata de analizar un reducido número de muestras de yac imientos concretos poniendo en práctica dos o tres técnicas entre las que se encuentra siempre Ja Difracción de Rayos X. Generalmente sólo se intenta conocer Ja composición mineralógica de las cerámicas y su tecnología.
Hasta finales de esta década no nos encontramos con trabajos que intente n resolver problemas relacionados con la procedencia de las materias primas utilizadas en su ela.boración, aunque en este primer momento todavía son tímidos intentos carentes de una estrategia global de investigación (Gallart, 1977; Capel y Delgado, 1978; Capel et al..
Sin embargo, es sólo a partir de los años 80 cuando este tipo de técnicas empieza a irrumpir e n Ja bibliografía española (vid. fig. 2).
Es ahora cuando comienzan a utilizarse otras técnicas de análisis intentando conjugar los resultados de cada una de ellas.
Una de las primeras aportaciones es Ja de Gracia ( 1980), Ja cual analiza cerámica ibérica y griega con métodos que se utilizan por vez primera en nuestro país, como la Espectroscopía Mossbauer o la Espectrometría de Absorción Atómica.
También hay trabajos que introducen otros métodos, como los de Peláez ( 1982-83) y González y Pina ( 1983) basados en el análisis petrográfico sobre lámina delgada, o gran parte de Jos que ha llevado a cabo Rincón ( 1981 a y b; 1983; 1985 a, b, c y d; 1986; Rincón y Valle, 1983), en Jos que destaca la utilización de microsondas electrónicas para conocer la composición de microestructuras en algunos elementos superficiales de las cerámicas.
Junto a Jos trabajos realizados específicamente con cerámicas arqueológicas, hay que mencionar algunos otros que también tienen incidencia, aunque no de forma directa, con los estudios de caracterización.
En este sentido son importantes algunas aportaciones que a pesar de no haberse realizado desde planteamientos puramente arqueológicos pueden resultar de gran ayuda a la hora de caracterizar las cerámicas de una región determinada.
Nos referimos a aquellos trabajos que estudian la arcilla desde el punto de vista de su aprovechamiento industrial 1, aque-llos otros que han mostrado interés en el análisis de las materias primas utilizadas en la alfarería popular actual (p. e.
García Ramos. et al..
1974), o los que se han centrado en estudiar las propiedades. físico-químicas de las arci llas que componen una cerámica y su componamiento a lo largo de la cocción (entre otros González Peña.
Si centramos nuestra atención en los diferentes estudios que se han producido dentro de cada uno de los períodos históricos en Jos que interviene la investigación arqueológica 2, podemos ver que una de las etapas que mayor interés ha recibido en los análisis sobre caracterización de cerámicas en nuestro país ha sido el Neolítico.
Principalmente gracias a la labor desarrollada por uno de los primeros equipos interdisciplinares que con carácter permanente funciona en España desde finales de los 70.
Este equipo se formó debido a la colaboración existente entre el Departamento de Prehistoria de Ja Universidad de Granada y la Sección de Físico-Química y Geoquímica Mineral de Ja Estación Experimental del Zaidín (C.S.l.C.) de esta misma ciudad.
Sus trabajos se han centrado en e l estudio de la cerámica neolítica de esta provincia (Cape! et al..
Junto a estos trabajos también son de gran interés los que ha realizado M. D. Gallart con materiales neolíticos valencianos (Gallart, 1980 a y b) y con materiales de la cueva de Chaves (Gallart y López, 1988 b).
La creación del Laboratorio de Tennolumini scencia y Analítica de Cerámicas de la Universidad Autónoma de Madrid.1 a finales de los años 80, también ha supuesto algunas aproximaciones importantes al fenómeno de la cerámica neolítica (Arribas et al., 1988-89) aunque han realizado igualmente análisis sobre otros tipos de cerámica( Arribase1al., 1987;1991; Milláne1al., 199 1).
Este buen número de trabajos realizados sobre cerámica neolítica contrasta por otro lado con la escasez que presenta este tipo de analítica en estudios de cerámica de otros períodos.
En etapas como el Calcolítico apenas se ha iniciado el análisis de sus cerámicas (Ayala y Ortiz, 1987Ortiz,.
En la Edad del Bronce a pesar de que existen ya varios trabajos en sus diferentes períodos cronológicos 4, todavía no constituyen una inic iativa establecida.
Igual suerte han corrido los estudios efectuados con materiales de la Edad del Hierro, en donde si exceptuamos los que se han llevado a cabo con cerámica ibérica 5 los trabajos han sido escasos.
Resulta importante resaltar cómo en la arqueología clásica y medieval, períodos en los cuales existe una rica y variada evidencia directa de su producción cerámica a través de restos de hornos y talleres, todavía no se ha iniciado de una forma general izada la caracterización de sus producciones.
Por contra, Jos trabajos más importantes que se han realizado en esta dirección 1 No podemos olvidar aquí algunas de las aportaciones que han tenido lugar en el estudio de materiales cerámicos americanos, entre las cuales destacan los trabajos de Galván et al. ( 1974de Galván et al. (, 1989)), Guinea y Galván (1976) y Mingarro y López (1982)..i La información sobre el acceso a los servicios que presta este laboratorio se ofrece en Calderón et al. (1988).
Esta situación trata de paliarse en la actualidad en lo referente a producciones cerámicas romanas gracias a la existencia del proyecto OFFICINA. que tiene e ntre sus objetivos documentar los restos de hornos y talleres en la Península Ibérica y a través de la aplicación de nuevas metodologías. entre las que se encuentra la caracterización de sus producciones, emprender su estudio en función del papel económico que jugaron (Juan Tovar.
Por lo demás, los estudios de caracterización de cerámicas en estos períodos son bastante escasos.
1991 ) en los que producciones tan importantes desde el punto de vista comercial como la terra sigillata o las ánforas6 todavía no han sido estudiadas con esta metodología si exceptuamos el trabajo de Rincón ( 1985 d).
El caso de la cerámica medieval es muy similar, aunque es notable el avance que se ha producido en el estudio de las cerámicas grises catalanas gracias a la existencia de un equipo interdisciplinar en la Univers idad de Barcelona que trabaja en un proyecto conjunto de Arqueometría desde el año 1984 (Riu, 1986: Pradell et al., 1991: Aliaga et al., 1991 ).
En cualquier caso, hay pocos trabajos que hayan tratado de caracterizar la producción de alfares conocidos (Aguado, 1986: Aguado et al..
A pesar de la existencia del grupo interdisciplinar de Granada y del Laboratorio de la Universidad Autónoma de Madrid mencionados anteriormente, o del grupo de la Universidad de Barcelona, no podemos decir que los análisis sobre caracterización de cerámicas constituyan por el momento un campo de estudio contínuo y establecido dentro de la investigación arqueológica española como demuestra la figura 2.
Un buen ejemplo de ello lo podemos observar en la falta de aproximaciones que tengan en cuenta entre sus objetivos la toma de muestras actuales de arcilla como medio de contrastar los resultados, aunque hay notables excepciones (Capel, 1986: Martín Socas et al., 1985; Barrios et al., 1991 b ), o la falta de una planificación en los análisis siguiendo una estrategia regional.
Por otro lado, tampoco es frecuente en nuestras publicaciones explicitar cuáles son las cuestiones arqueológicas que se pretenden resolver con los métodos de análisis utilizados, si exceptuamos las relacionadas con la composición mineralógica y los aspectos tecnológicos.
De los 65 trabajos que nos han servido para confeccionar los gráficos de las figuras 1 y 2, sólo en un número muy reducido (Gallart, 1980 a; Capel, 1986) se intenta trascender los resultados analíticos y conectarlos con una interpretación arqueológica más global.
De este modo, estudios como el que ha llevado recientemente a la práctica el grupo de Granada (Navarrete et al., 1991) culminando todo un proceso de trabajo realizado sobre las cerámicas neolíticas granadinas a lo largo de casi diez años, constituyen toda una excepción en nuestra investigación.
Si echamos un vistazo al gráfico de la figura 1 que muestra cuáles han (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa s ido los métodos que se han utilizado en los diferentes trabajos sobre caracterización, podemos comprobar que se han empleado más aquellos que podían estar a un mayor alcance de los arqueólogos en detrimento de otros cuyo coste o grado de complejidad les alejaban de su utilización.
Por ello, ciertos tipos de análisis como el de Activación Neutrónica, han sido escasamente desarrollados.
Nosotros solamente tenemos constancia del llevado a cabo con materiales del yacimiento sevillano de Cerro Macareno (González eral..
1983;1985 pecializadas en temas arqueométricos, podemos observar que apenas hay trabajos españoles sobre caracterización de cerámicas arqueológicas y los pocos que existen han sido publicados, salvo en alguna ocasión (Capel et al., 1985; Martín Socas, et a., 1989; Gerrard y Gutiérrez, 1991 ).
no por arqueólogos sino por los propios especialistas (González et al., 1983; Gancedo et al..
Asimismo, son pocos los autores extranjeros que han trabajado con materiales españoles, lo cual también puede ser indicativo del poco interés que se ha mostrado hacia ellos (Peacock, 1974; Picon, 1984; Tavares, 1984; Echallier y Jullien, 1985; Harrison et al., 1987: 80-83) y cuando lo han hecho ha sido porque necesitaban caracterizar estas producciones ya que les aparecían en las excavaciones de sus respectivos países (Bazzana et al., 1986; Demians et al., 1986).
El caso contrario es toda una excepción (Vendrell-Sanz et al., 1989).
Además, a todo esto hay que añadir que los dos únicos trabajos divulgativos sobre el tema, paradójicamente repetidos en dos publicaciones distintas, se deben a un autor suizo (Jornet, 1984ayb).
Todos estos trabajos que hemos ido viendo a lo largo del texto reflejan, como hemos comentado anterionnente, que esta clase de estudios todavía no se ha desarrollado en nuestro país con toda la amplitud de posibilidades que ofrece. cuestión que pone de manifiesto en nuestra opinión el escaso interés que han suscitado entre los arqueólogos españoles.
Buko, en un artículo de 1984 en donde reflexionaba sobre algunos de los problemas que presentaba la caracterización de cerámicas arqueológicas, distinguía tres tipos de aproximaciones en los trabajos que se habían publicado hasta la fecha.
En la primera de ellas se incluyen aquellos estudios que intentan evaluar la capacidad y utilidad de una o varias técnicas de análisis utilizando material empírico.
En general no suelen contribuir de manera importante a Ja problemática de identificar fuentes de materia prima aunque les reconoce su importancia metodológica.
El segundo grupo de aproximaciones es el más general izado.
Engloba los estudios que tratan de establecer el modelo de producción local de un único lugar arqueológico mediante la aplicación de una técnica concreta y sobre el que se identifican los elementos foráneos.
El tercero es sin duda el que menos atención ha recibido ya que requiere una estrategia de investigación a nivel regional.
En este caso se intenta poner en relación las materias primas existentes en una región con las cerámicas arqueológicas que ha proporcionado (Buko, 1984: 349).
En la arqueología española ha predominado, si seguimos la división que establece este autor, un tipo de aproximación que podríamos situar entre los dos primeros casos.
Es decir, trabajos que utilizan sólo cierto material de un yacimiento detenninado para mostrar la capacidad de la técnica o técnicas de análisis que han puesto en práctica e identificar sobre un modelo de producción local los elementos foráneos.
Únicamente podríamos incluir dentro del tercer tipo de aproximaciones el trabajo llevado a cabo por el grupo de Granada en el estudio de las cerámicas neolíticas de esta provincia (Navarrete et al., 1991).
Estos trabajos muestran una serie de constantes ya planteadas por uno de nosotros (García Heras, 1992).
Pueden resumirse en los puntos siguientes:
1) Existe una clara desconexión entre los propósitos arqueológicos y los relacionados con las técnicas de análisis, motivada en gran parte por la escasa colaboración entre el arqueólogo y el especialista y por la poca información experimental del primero.
Esto hace que en muchas monografías los análisis cerámicos aparezcan como un simple apéndice al final de las mismas y con poco valor en las conclusiones globales.
2) En muy pocas ocasiones se realiza una justificación de los métodos de análisis utilizados en función de los problemas a resolver, así como tampoco se explicitan los criterios seguidos a la hora de seleccionar las muestras a analizar.
De esta forma resulta muy difícil hacer una valoración de los resultados.
3) Incidencia en los factores tecnológicos de la producción cerámica.
Se muestra muy poco interés por integrar estos datos en la reconstrucción de patrones de comercio e intercambio, ni en analizar sus pautas de distribución.
Se ignora por completo el papel social de la cerámica y aspectos como el de la especialización de su producción.
De igual forma, no es corriente el uso de datos etnográficos de la zona en estudio como medio de obtener información acerca de la tecnología (Gerrard y Gutiérrez, 1988, 1991; Pradel 1 et al., 1991 ).
Igualmente. no es corriente la experimentación como medio de acercamiento a los problemas planteados en la manufacturación de cerámicas.
5) Falta ele estudios globales de carácter regional en donde se relacionen las materias primas potencialmente utilizables de la región en estudio con las cerámicas proporcionadas por los diferentes yacimientos de la zona.
En cualquier caso, algunas de estas cuestiones tienen mucho más que ver con la propia dinámica de la investigación arqueológica española que lo que en sí representan dentro de este tipo de aproximación.
No podemos olvidar que en los estudios sobre cerámica arqueológica todavía siguen prevaleciendo los criterios de forma y decoración con un único objetivo: la ubicac ión cronológica, y que por el momento la pasta que compone una cerámica raras veces se contempla interrelacionada con estos dos factores.
Por ello, aún no es frecuente en nuestras publicaciones el uso de una lupa binocular a la hora de clasificar las cerámicas de un yacimiento, hecho que puede ser de gran ayuda para iniciar un estudio de caracterización o para contar con una base de datos preliminar de las características externas de las pastas cerámicas obtenidas por áreas geográficas y por períodos.
Obviamente, estos condicionantes no representan precisamente un campo abonado para el desarrollo de estas técnicas.
Hay también otras cuestiones.
La creación de equipos interdisciplinares formados por arqueólogos y otros especialistas trabajando en los mismos programas de investigación, nunca han sido una constante hasta hace relativamente poco tiempo dentro de nuestra tradic ión arqueológica.
Dentro de este panorama creemos que en última instancia a quien nos corresponde reflexionar sobre este estado de cosas es a los propios arqueólogos y que las conclusiones deben extraerse desde nuestra propia disciplina.
En nuestra opinión pensamos que las diferentes técnicas de caracterización pueden ofrecer muy buenos resultados siempre que se conozca cuál es la naturaleza de los problemas a resolver, las técnicas que pueden ayudar a solucionarlos y asumiendo las limitaciones que presentan.
En este sentido sería interesante ampliar la colaboración entre el arqueólogo y los distintos especialistas y aumentar los programas integrados de investigación que conduzcan a la creación de más equipos interdisciplinares estables que contribuyan a la consolidación de la analítica ya existente y desarrollen aquellas técnicas que a pesar de su potencial aún no se han aplicado de forma generalizada en los estudios de caracterización de cerámicas (vid. fig. 1 ).
Este último aspecto podría contribuir al desarrollo de toda la analítica relacionada con la caracterización de una manera más directa que el acceso comercial a estas técnicas, cuyos costos son en la mayoría de los casos muy elevados (Harbottl~, 1982: 39).
También podría contribuir a que sea el propio arqueólogo el que se especialice en estas técnicas y se implique directamente en los diferentes problemas planteados en los estudios de caracterización.
Esta cuestión ha sido igualmente defendida por Vita y Estévez en un reciente artículo en donde exponían la necesidad de desarrollar las distintas ciencias auxiliares desde la misma arqueología dado que su enfoque actual se centra en el estudio de las relaciones económico-sociales de las comunidades del pasado y exige el desarrollo metodológico de nuevas líneas de investigación (Vita y Estévez, 1989).
Ahora bien, es necesario insistir en que las técnicas de caracterización no son un fin en sí mismo y que los análisis efectuados sobre las cerámicas arqueológicas tienen un escaso valor si no se integran en el marco de aproximaciones que contemplen el fenómeno de la cerámica como uno más. de los factores que interactúan en el conjunto de las sociedades del pasado.
Es importante también insistir en la necesidad de desarrollar este campo de investigacion dentro de la tra- dición arqueológica española ya que puede c9ntribuir de manera decisiva a la solución de muchos de los interrogantes planteados por la cerámica de los diferentes períodos históricos.
Por otro lado, no estaría de más insistir igualmente en la necesidad de concienciar a nuestros museos sobre el potencial que ofrecen este tipo de métodos. el cual justificaría sobradamente la destrucción en algunas ocasiones de una parte mínima del objeto y que. sin duda, nos ayudaría a perder ese culto casi místico que a veces se establece entre el investigador y sus objetos arqueológicos.
Por último. no queremos terminar estas líneas sin hacer una llamada de atención acerca de uno de los métodos de análisis que ha sido escasamente utilizado en España a pesar de que en otros países tiene una gran aceptación.
Nos referimos al análisis de láminas delgadas a través del microscopio petrográfico, un método que combina estudios mineralógicos de composicion con estudios propiamente tecnológicos relacionados con el proceso de manufacturación de las cerámicas.
Es un método que permite emprender, con unos costes asequibles, complejos y completos estudios sobre la procedencia de los materiales empleados en la elaboración de las cerámicas de uno o varios yacimientos siempre que se cuente con una buena información geológica del entorno.
APÉNDICE: LOS MÉTODOS DE ANÁLISIS
La composición mineralógica de una cerámica caracteriza a un lugar o a un área de manufactura.
Básicamente hay dos tipos de análisis para conocer esta composición.
El análisis mineralógico y el análisis de elementos químicos.
Cada uno de ellos comprende toda una serie de técnicas que veremos a continuación.
Algunas de estas técnicas, como podremos comprobar, también nos informan sobre la tecnología que se utilizó para transformar sus materias primas y convertirlas en un objeto cerámico.
La mayoría de los especialistas reconocen que ambos tipos de análisis deberían ser complementarios y que los resultados de unos deberían cotejarse con los resultados de los otros.
En cualquier caso, la elección del método o métodos de estudio estará condicionada teóricamente por la naturaleza de los problemas que se quieran resolver, aunque desgraciadamente en esta elección también intluyen otros condicionantes propios de la investigación, como pueden ser las disponibilidades presupuestarias o la existencia de laboratorios dotados con equipos tanto humanos como técnicos para utilizar cada método.
Por este motivo, se hace indispensable una contínua colaboración entre el arqueólogo y el especialista.
Que éste conozca cuál es la naturaleza de los métodos de análisis y qué tipo de cuestiones pueden resolver y que aquél comprenda ante qué tipo de datos se encuentra y qué analítica puede ofrecer.
A pesar de todo este tipo de condicionantes, sería deseable que en los trabajos de caracterización se realizara s iempre una justificación sobre el método elegido y sobre las razones que han influido en la elección de ese método con el fin de poder hacer una mejor valoración de los resultados.
En los estudios sobre composición de cerámicas se siguen siempre cuatro pasos fundamentales: l) Selección de cerámicas a analizar.
2) Obtención de muestras de estas cerámicas.
3) Análisis de las muestras.
4) Interpretación de los resultados.
La base sobre la que se sustentan las aproximaciones de procedencia es conocer la concentración característica de cada mineral o elemento químico de la arcilla que compone una cerámica procedente de un lugar conocido.
De esta forma se compara su concentración con la de otros lugares conocidos.
Por ello, como ya adelantábamos anteriormente, muchos autores insisten en que cuando se trata de identificar varios grupos de composiciones en un yacimiento arqueológico o en un área muy restringida, es necesario conocer también la composición de las arcillas susceptibles de uso en ese mismo yacimiento para realizar una caracterización completa de sus materiales y obtener unos datos más concluyentes sobre la posible procedencia autóctona o alóctona de ellos (Picon, 1973; Wilson, 1978; Echallier, 1984; Adan-Bayewitz y Perlman, 1985).
En la aplicación <le esias técnicas analíticas es importante tener en cuenta dos factores que a veces resultan cier1amentc difíciles de eval11Jar.
Por un lado, los cambios que han tenido lugar en los componentes de una cer:ímica duran1e su cn1erramien10.
En este sentido todavía son pocos los estudios que han incidido en dio (Franklin y Vitali, 1985; Capel, 1986; Picon, 1987), aunque a nuestro modo de ver sería un aspecto importante a desarrollar.
Por Otro lado. los cambios sufridos por la materia prima durante la producción del artefacto.
Para conseguir un conocimiento exhaustivo de estos cambios sería interesante desarrollar mucho más la vía de la experimentación con materiales actuales con el fin de observar su cumponamiento ante estos procesos.
LOS MÉTODOS DE ANÁLISIS MINERALÓGICO
En general permiten recabar información acerca de los componentes cristalinos presentes en las cerámicas en forma de desgrasantes.
Los principales métodos mineralógicos son el análisis de láminas delgadas con el microscopio petrográfico y la difractometría de rayos X. En la mayoría de los casos y a pesar de no ser un método propiamente mineralógico, se utiliza la Lupa Binornlar como medio de realizar un primer acercamiento a los fragmentos cerámicos y efectuar la selección necesaria que dictaminará cuáles de ellos son los que presentan mejores características, según las cuestiones planteadas, para poder ser analizados por los diferentes métodos.
La observación con lupa binocular consiste en examinar superficies y roturas frescas de las cerámicas.
Con ello se pueden determinar aspectos relacionados con el acabado y la decoración y obtener una primera separación de grupos tecnológicos que ayude a centrar los estudios posteriores.
Los aumentos que se utilizan (hasta 60 x) son sobradamente suficientes para realizar un estudio serio sobre decoraciones o trazas de útiles empleados en acabados. pero pueden llevar a engaño si se intenta hacer una interpretación mineralógica.
En esta caso se hace necesario utilizar otras técnicas con resultados más precisos.
-Análisis de Láminas Del[!,adas y Microscopía Petrof!,ráfica: Este método consiste en confeccionar una lámina de unos 0,03 milímetros de grosor a partir de un fragmento cerámico, con lo cual es necesario cortar una mínima parte del mismo, pulirla y posteriormente adherirla a un portamuestras por medio de unas resinas especiales.
Esta lámina se analiza a través de un microscopio petrográfico provisto de un dispositivo que polariza la luz y permite identificar los minerales según sus propiedades ópticas.
Los análisis sobre lámina delgada pueden utilizarse en dos sentidos: 1) Para conocer los componentes minerales presentes en la pasta cerámica, ya sea en forma de desgrasantes añadidos intencionadamente o contenidos en la arcilla de forma natural.
Los métodos que se emplean en este caso son los mismos que los utilizados por los geólogos para examinar rocas y minerales.
2) Para determinar las técnicas que se emplearon en la fabricac ión de la cerámica.
En esta ocasión se combinan con las observaciones efectuadas con la lupa binocular, resultando de gran interés en el estudio de acabados, decoraciones, aspectos de la cocción, formas de modelar, etc.
El objetivo final de los análisis sobre lámina delgada es el de caracterizar mineralógicamente las cerámicas para con posterioridad poderlas asociar en grupos tecnológicos o poder hacer referencia al origen de las arcillas utilizadas en la fabricación de las mismas.
Este segundo punto se revela bastante complejo puesto que de todos los minerales presentes en las cerámicas sólo algunos de ellos serán «caracterizadores» en relación con la geología del entorno.
Para entendemos mejor, si en un yacimiento nos encontramos con cerámicas caracterizadas por la presencia de cuarzos, feldespatos y micas, estos resultados serán poco significativos si nos hallamos dentro de una región granítica de muchos km 2, pero en cambio serán de gran valor los fragmentos de rocas volcánicas que puedan ser características por ejemplo de una zona volcánica determinada fuera de esta región.
Todo esto hace que cuanto más «raros» sean los minerales presentes en la pasta más positivos sean los resultados.
Esto hace también que el método sea menos útil cuanto más decantadas estén las pastas y sea más difícil identificar los desgrasantes, revelándose complementario para los análisis de cerámicas finas a tomo (Courtois, 1976).
Uno de los problemas principales que presenta es la incapacidad de cuantificar objetivamente la pro- porción de los minerales presentes en las muestras. con la complicación que esto conlleva para posteriores tratamientos estadísticos de los datos.
Sin embargo. y a pesar de los inconvenientes señalados. este método ha posibilitado excelentes estudios en países como Inglaterra o Francia con interesantes resultados sobre todo a la hora de trazar rutas de comercio de materiales cerámicos y de los productos que contenían (Echall ier, 1982; Gosden, 1987; Nicholson, 1989 ).
Parn una más completa información acerca de las últimas aportaciones que se han realizado con este método puede consultarse el trabajo editado por Middleton y Freestone { 1991 ).
En algunas ocasiones el análisis sobre lámina delgada no resulta demasiado concluyente cuando se trata de determinar la naturaleza de inclusiones demasiado homogéneas. como puede ser el caso de la utilización de desgrasantes compuestos por arena.
Para resolver esta cuestión se ha aplicado el Análisis de Minerales Pesados (HMA). consistente en separar dichos minerales de la pasta reducida a polvo y diluida en una solución especial.
De esta forma se comparan las concentraciones de la muestra con las de los posibles sedimentos de los que proceden.
Aunque el método arrojó buenos resultados e n estudios relacionados con la cerámica romana inglesa (Peacock.
-Dijl•accián de Rayos X (XRD ): Es un método que se complementa muy bien con el anterior ya que permite detectar aquellos elementos cristalinos que no han podido ser observados con el microscopio petrográfico.
Ha sido ampliamente utilizado en todos los estudios sobre caracterización.
Consiste en bombardear una muestra. previamente reducida a polvo. con rayos X. Estos rayos son difractados por cada sustancia cristalina presente en la muestra de una forma característica lo cual permite la identificación de los componentes minerales de la pasta.
Su presencia sólo puede estimarse en términos semicuantitativos, lo cual representa una de sus principales limitaciones.
Resulta muy apropiado para conocer la composición de las arcillas aunque la mayor parte de las veces éstas ya hayan perdido su estructura cristalina a través de la cocción.
Con este método se pueden hacer estimaciones sobre la temperatura alcanzada en la cocción basándose en la presencia de minerales «neoformados» que aparecen por transfonnación de otros que estaban presentes en la pasta inicial de la arcilla cuando se alcanzan ciertas temperaturas, aunque éste no es el único factor que produce dichas transfonnaciones.
También pueden influir las características de cada mineral, la atmósfera de cocción u otras.
Algunos de los fundamentos del método aplicado a cerámicas prehistóricas pueden ampliarse en los trabajos de Weymouth ( 1973) y Echallier ( 1981 ).
-Microscopía Electrónica (EM): Los microscopios electrónicos utilizan haces de electrones lanzados a gran velocidad, lo cual pennite ver los objetos con unos aumentos que pueden llegar a ser del orden de 100.000 x.
Un aspecto tan importante como los aumentos que se logran es el de la gran profundidad de <;:ampo que puede alcanzar.
Esto permite estudiar ciertas microestructuras incluso con poca magnificación.
Normalmente suelen tener acoplada una microsonda que puede realizar análisis químicos de los elementos mostrados e n la imagen.
Este dispositivo ha posibilitado algunos trabajos de gran interés (Kamilli y Lamberg- Karlovsky, 1979; Freestone, 1982).
Una de sus mayores ventajas consiste en poder observar la estructura de los microcristales de la arcilla si ésta no ha sido transformada del todo durante la cocción, pudiéndose identificar de esta forma el tipo del que se trata.
Hay dos tipos principales de microscopios electrónicos: 1) El Microscopio Electrónico de Transmisión (TEM). que se emplea sobre todo para el reconocimiento de los minerales mediante la difracción de los electrones dentro del área que se selecciona.
2) El Microscopio Electrónico de Barrido (SEM), utilizado generalmente para el reconocimiento morfológico de las pastas cerámicas, analizando su porosidad, textura y microestructura (Tite y Maniatis, 1975; Tite et at., 1982).
Entre sus inconvenientes puede señalarse su elevado costo.
Por esta razón su utilización suele restringirse a la resolución de problemas concretos como puede ser el análisis de engobes, colorantes, pinturas o identificar la composición de determinadas partículas de la pasta.
Como hemos podido ver, los principales problemas que presentan los métodos de análisis mineralógico se relacionan con la cuantificación de los resultados.
En el caso de las láminas delgadas se han intentado resolver mediante técnicas de «conteo de puntos», no demasiado satisfactorias por el momento.
Algunos autores prcfiacn por ello reflejar los resultados en ténninos de «estimación de abundancia» en lugar <le port•i: ntaji:s. Por lo que se refiere a la difracción de rayos X. en las cuantificaciones se emplean porcentaje:-... cmku¡1111i1a1ivos aproximativos. ya que sólo es posible hacer un conteo de la ma1eria cristalina que \l' ha podido identificar.
Esto hace que por ahora los resultados ofrecidos por los diferentes laboratorios no pui: dan ponerse en re lación.
E-; importante hacer hincapié en el enorme potencial que ofrece por sí misma la microscopía petrográlka para lkgar a resolver importantes problemas en la composición de desgrasantes y en la detenninat: ión de:írcas suministradoras de materia prima. aunque a veces haya que buscar el apoyo de otros análisis ya sean químicos o mineralógicos.
Además, es el sistema que tiene los costos menos elevados a pesar de que exige un aprendizaje prolongado para poder llegar a distinguir los minerales presentes en las pastas cerámicas ya que a veces no presentan las mismas características que en las rocas naturales.
LOS MÉTODOS DE ANÁLISIS DE ELEMENTOS QUÍMICOS
La mayoría de los métodos de análisis que determinan los elementos químicos que contiene la pasta de una cerámica están capacitados para medir la concentración tanto de elementos mayoritarios como minoritarios, así como de elementos traza.
Como mencionamos anteriormente, estos análisis deberían utili7.arse para complementar la información que nos han proporcionado los métodos mineralógicos.
De todas formas, en muchas ocasiones las muestras cerámicas son tan homogéneas desde el punto de vista mineralógico que sólo el análisis de sus elementos químicos puede proporcionamos una caracterización fiable (Shotton y Hendry.
En estos casos, que en realidad conforman la amplia mayoría de sus aplicaciones arqueológicas, se recurre a medir la proporción de elementos traza que presentan las muestras, dado que los elementos mayoritarios no nos ayudarían de forma concluyente para caracteri: larlas por su relativa presencia en todos los compuestos naturales.
Los elementos traza aparecen en muy pequeñas cantidades y sus concentraciones se miden en partes por millón (ppm) e inferiores.
Los análisis sobre elementos tra7.a se basan en la asunción de que su presencia en un objeto es única e irrepetible y depende de la génesis y origen de sus materias primas y de los métodos empleados en su elaboración y tratamiento (De Bruin et al., 1976).
Podríamos decir que estos elementos son las huellas digitales de un objeto arqueológico.
Es importante resaltar que las determinaciones químicas en la composición de una cerámica son resultado de la correlación estadística de las concentraciones de cada elemento.
Su grado de precisión se mide en términos de probabilidad y como tal deben interpretarse sus resultados.
En los estudios de procedencia de cerámicas esto se traduce en que una muestra aislada podrá tener un índice alto de probabil idad de lugares en los que no se manufacturó, pero no se podrá afirmar, sin repertorios de referencia, cuál es su lugar de manufactura (Harbottle, 1982).
Existen, como veremos a continuación, varios métodos para medir la concentración de estos elementos.
Cada uno difiere en costos, en sensibilidad y precisión para medir cierta cantidad de elementos y en la necesidad de destruir o no parte de la muestra.
Aunque se han producido grandes avances en este tipo de analítica, todavía en la actualidad no se han resuelto algunos problemas importantes, como puede ser la puesta en común de los parámetros empleados en cada laboratorio para estimar las distribuciones de cada elemento.
Este punto debería tenerse en cuenta si se pretenden comparar los resultados obtenidos por diferentes laboratorios con los mismos materiales.
-Análisis de Activación Neutrónica (NAA): Fue uno de los primeros métodos que se empleó en el análisis de cerámicas arqueológicas (Sayre y Dodson, 1957).
Para muchos autores es el método ideal para los estudios sobre procedencia por su precisión para determinar un gran número de elementos (Picon, 1991 ).
Es un análisis químico isotópico basado en la medida de la radiactividad artificial que emite una muestra al ser bombardeada con neutrones en un reactor nuclear.
Por este procedimiento la muestra emite un espectro de rayos gamma.
Como cada elemento químico tiene un nivel característico de estos rayos, según sea el índice de energía emitida el método detecta la presencia de cada elemento.
Su intensidad informa sobre la cantidad contenida.
Es un método muy preciso para determinar muchos elementos de una sola vez.
En un principio se utilizaron detectores de centelleo que sólo permitían la determinación de unos pocos elementos.
Actualmente se utilizan detectores de alta resolución que pueden detectar una gran cantidad de éstos.
Consta de dos tipos de técnicas: la Activación Radioquímica (RNAA), en donde la muestra se analiza en solución y requiere la destrucción de una parte mínima del objeto (5 mg.); y la Activación Instrumental (INAA), que no requiere destrucción de la muestra.
En ambos se utilizan elementos estándar sobre los que se basan las mediciones.
Su ventaja principal reside en que determina tanto cualitativa como cuantitativamente un elevado número de elementos y en que una de sus técnicas no es destructiva.
Entre las desventajas que presenta están el elevado coste tanto económico como de tiempo de realización, el tener acceso a un reactor nuclear y el que las muestras analizadas pueden contener una reducida cantidad de radiactividad durante algún tiempo.
Algunas de las más recientes aportaciones que se han llevado a cabo con este método utilizando cerámicas arqueológicas, han sido recogidas en el trabajo editado por Hughes et al. ( 1991 )..1pA.
65.1992 -Espectmme1ría de Emisión Óplica (OES): Sus fundamentos consisten en excitar a los electrones de los á1omos vapori7.ando la muestra con una chispa eléc! rica de alto voltaje en un arco de carbono.
De esca forma cada elemen10 emite una luz con una determinada longitud de onda.
El método registra las líneas que emiten los elementos a partir de una muestra estándar sobre la que se basan las mediciones.
Los resultados se expresan en porcentajes para los elementos comunes y en ppm para trazas.
Determina un número elevado de elementos pero no es muy preciso.
Además. presenta problemas importantes con los silicatos e interferencias entre elementos con longitudes de onda muy similares.
Es un método destructivo que ha sido muy utilizado en la primera e1apa de análisis cerámicos para determinar composiciones e lementales (Cailing, 1963; Catling y Jones, 1977).
En la actualidad poco a poco se va desplazando en favor de la Espectrometría de Absorción Atómica y de Plasma de Acoplamiento Inductivo.
-Espectrometría de Absorción Atómica (AAS): Tiene el mismo principio que la Espectrometría de Emisión Óptica aunque aquí la muestra se disuelve en un ácido y se excita con una llama producida en un horno especial.
También es un método destructivo.
Es muy preciso midiendo elementos mayores y cuando se trata de medir un solo elemento, aunque su precisión disminuye con los elementos traza (Bomgardner, 1981 ).
Es una técnica muy costosa en tiempo para efectuar mediciones de varios elementos.
Tiene grandes ventajas a la hora de detectar metales no ferroros como el cobre y elementos con bajo número atómico como el litio y el sodio.
Algunas cerámicas británicas romanas han sido analizadas con este procedimiento (Tubb et al..
-Espectrometría de Plasma de Acoplamiento Inductivo (!CPS): Sigue el mismo principio que la Espectrometría de Absorción Atómica y la de Emisión Óptica.
En este caso la muestra se excita en una atmosfera de gases ionizados mediante una inducción eléctrica.
Su ventaja principal reside en que reduce los problemas de interferencias entre elementos que presentaba la Espectrometría de Emisión Óptica para determinar composiciones e lementales.
Su precisión, por canto, es elevada.
Es un método destructivo.
El trabajo de Hughes et al. ( 1991) recoge igualmente algunas de las más recientes aportaciones.
-Espectrometría de Fluorescencia de Rayos X (XRF): Ha sido uno de los métodos más utilizados en los análisis cerámicos por su bajo costo y por tener una precisión relativamente alta (Stem y Descoeudres, 1977; Culbert y Schwalbe, 1987).
En esta técnica la muestra se irradia con rayos X que excitan los electrones de la superficie.
Cuando cesa la irradiación los electrones vuelven a su posición original, pero antes emiten una serie de rayos X secundarios o fluorescentes.
Cada elemento emite una longitud de onda característica y por este procedimiento pueden detectarse y cuantificarse.
Los elementos se miden sobre la base de una muestra estándar.
Es un método no destructivo pero sólo analiza la composición de la superficie del material.
Si se desea examinar el interior es necesario destruir la muestra.
Este método ha resultado ser muy útil en el análisis de la composición de vidriados.
-Emisión de Rayos X Inducida por Protones (PIXE): Es una técnica muy similar a la anterior y tiene sus mismos principios.
Todavía no ha sido muy utilizada en análisis cerámicos.
Determina un gran número de elementos con bastante precisión.
-Emisión de Rayos Gamma Inducida por Protones (PIGME): Sus principios son muy s imilares a los del análisis por Activación.
Se suele emplear como apoyo de la Espectrometría de Fluorescencia de Rayos X para detectar elementos con bajo peso atómico como la fluorina, e l sodio y el aluminio que por este procedimiento no se miden con mucha precisión (Renfrew y Bahn, 1991: 316-3 17; Rice, 1987: 400).
Como hemos podido ver, la mayoría de técnicas de análisis de elementos traza requieren un instrumental de gran precisión y tienen unos costes ciertamente elevados.
Debemos insistir nuevamente en la planificación de la estrategia de investigación ante problemas arqueológicos y en el contínuo diálogo entre los especialistas y el arqueólogo.
Sólo así podremos conseguir que la inversión realizada resulte rentable desde el punto de vista de los objetivos a conseguir.
En algunos casos puede darse la circunstancia de que los análisis de elementos traza no sean necesariamente el mejor procedimiento con los datos dis- poníblcs o con la naturaleza del problema a resolver (Bíshop et u /., 1982).
Un buen análisis mineralógico puede dar muy buenos resultados.
Los elementos traza pueden ser útiles en general para d istinguir los orígenes de arcillas cercanas y muy similares en estudios regionales o para agrupar muestras sobre la base de las concentraciones de dos o tres elementos característicos (Renfrew y Bahn, 1991: 317-318
OTROS MÉTODOS DE ANÁLISIS
En esle apartado hemos incluido aquellos métodos que por sus características no pertenecen a ninguno de los grupos de análisis anteriores.
En general son técnicas que se utilizan o bien para la resolución de problemas puntuales o para apoyar los resultados de alguno de los métodos que hemos comen1ado.
-Análisis Térmico Diferencial (DTA): Pennite medir las alteraciones que sufre una muestra determinada a lo largo del calentamienlo producido en un horno por comparación con una muestra inerte.
Duranle el calentamiento. los componentes sufren una serie de transformaciones físicas que se traducen en deshidrataciones a bajas temperaturas, desorganizaciones estructurales y, a tempera1uras elevadas, del orden de los 700 a l.000°C, recristalizaciones.
En la práctica, la interpretación de los diagramas que ofrecen las cerámicas se toma muy complicada, ya que las cerámicas son cuerpos muy complejos, por lo que se utiliza casi exclusivamente para determinar las temperaturas de combustión de la materia orgánica presente en algunas de ellas (Kingery, 1974).
-Dilatometría: Consiste en medir las variaciones volumétricas que sufren las cerámicas a lo largo de su calentamiento como consecuencia de las dilataciones y contracciones que experimentan debidas, entre otras causas, a la pérdida de agua de constitución y a las transformaciones en las estructuras arcillosas.
Ha sido empleado durante mucho tiempo para evaluar las temperaturas de cocción (Tite, 1969).
Principalmente se basa en el hecho de que las cerámicas durante su cocción sufren un proceso de «sinterizado» (densificación).
Cuando se sobrepasa la temperatura que alcanzó la cerámica en su cocción original el proceso de sinterizado comienza de nuevo, produciéndose entonces una importante contracción.
Es importante resaltar que cualquier método que calcula la temperatura de cocción lo hace sobre la temperatura máxima alcanzada, la cual tiene una importancia relativa, pues muchas veces una cocción a baja temperatura con un enfriamiento prolongado y un buen control tiene mucha más calidad técnica que una cocción a muy alta temperatura pero descontrolada.
-Análisis Textura/ (TA): Es un método que utiliza las imágenes digilizadas de las láminas delgadas.
Estas imágenes son tratadas posterionnente con un programa informático con el fin de calcular la proporción de los desgrasantes presentes en la pasta y su distribución por tamaños, sin hacer referencia a las características mineralógicas de los mismos.
Es una técnica que en cierta medida intenta superar los problemas de cuantificación existentes en la Microscopía Petrográfica (Darvill y Timby, 1982; Middleton el al..
Su mayor ventaja reside en que puede llegar a separar grupos de cerámicas muy parecidas en su composición minera lógica por pertenecer a una región geológica muy homogénea, atendiendo a las características litológicas y sedimentológicas de sus desgrasantes.
Una de sus principales desventajas es que exige la utilización de equipos informáticos muy complejos y programas específicos creados para tal fin.
-Espectroscopía Mosshauer: Es un análisis espectroscópico de resonancia en donde se mide la radiación de los rayos gamma absorbida por los núcleos de los átomos de la muestra.
Sobre todo es útil para estudiar aquellos materiales que contengan compuestos o minerales de hierro, como ocurre con la mayoría de las cerámicas.
En este caso se detenninan las fases q ue contienen este mineral en las arcillas observándose su comportamiento durante la cocción.
Este método es muy preciso cuando se trata de determinar la procedencia de las arcillas, cuyas diferentes localizaciones contienen distintas proporciones en los minerales y compuestos férricos.
Si e l espectro se realiza por transmisión es necesaria la destrucción de una pequeña cantidad de la muestra ( 100 mg).
En cambio, si se lleva a cabo por reflexión no hace falta destruir el fragmento aunque su precisión disminuye al no penetrar en el interior del objeto.
Sus dos principales desventajas radican en el alto coste que presenta y en la cantidad de tiempo necesaria para realizar un espectro (alrededor de 40 horas).
Para más infonnación acerca de este método pueden consultarse los trabajos de la española Gracia ( 1980) y de Maniatis et al. ( 1982).
Existen otros métodos de análisis en los c uales no vamos a insistir, ya sea porque por el momento todavía no se han aplicado demasiado en los análisis cerámicos, como es el caso de la Espectroscopía de Infrarrojos, o porque su potencial con respecto a las cerámicas se halla aún en un estado de experimentación, como ocurre con los Métodos Radiográficos (Carr, 1990; Rice, 1987: 403).
Como hemos ido viendo a lo largo de estas páginas, las técnicas de caracterizacion de cerámicas arqueológicas se han convertido en los últimos años en uno de los medios más consistentes de aproximación a fenómenos tales como el origen y procedencia de las materias primas que constituyen una cerámica o los procesos de su manufacturación, los cuales pueden proporcionamos infonnación muy valiosa sobre su fonna de producción y sobre sus patrones de comercio e intercambio.
Los métodos de análi sis tratan de conocer esencialmente cuál es la composición de los materiales de una cerámica, qué modificaciones pueden haber sufrido durante su elaboración y cómo pueden relacionarse con el entorno geológico en donde se ha hallado la cerámica.
Para ello existen básicamente dos tipos de técnicas: la técnica de análisis mineralógico, que determina los componentes minerales presentes en las muestras, y la técnica de análisis de elementos químicos, cuyos objetivos están encaminados a detenninar las concentraciones de estos elementos muchas veces presentes sólo en fonna de trazas, es decir, concentraciones en partes por millón (ppm) e inferiores.
Dada la naturaleza de estos métodos de análisis, su elevado costo y su alta complejidad en algunas ocasiones, se hace necesaria una contínua colaboración entre el arqueólogo y los diferentes especialistas tanto a la hora de diseñar la investigación como a la hora de fonnular las cuestiones que se pretenden resolver.
Un repaso a la bibliografía que hasta el momento se ha producido en nuestro país sobre este tema, nos hace comprobar que este tipo de analítica todavía no se ha desarrollado plenamente 65.1992 dentro de Ja investigación arqueológica española teniendo en cuenta el enorme potencial de estudio que ofrece.
La aproximación que ha predominado en los diferentes trabajos se caracteriza por utilizar sólo cierto material de un yacimiento determinado con el fin de mostrar la capacidad de las técnicas de análisis utilizadas e identificar los elementos foráneos estableciendo un modelo de producción local.
Algunas de las constantes que presentan estos trabajos pueden resumirse en: mico.
Escasa colaboración entre el arqueólogo y el analista.
Desconexión entre los problemas arqueológicos y las técnicas de análisis utilizadas.
Falta de justificación de los métodos de análisis empleados.
Falta de justificación en los criterios seguidos para seleccionar las muestras a analizar.
Incidencia en los factores tecnológicos de la producción cerámica.
Falta de integración de los análisis en modelos generales de estudio del fenómeno cerá-Escaso desarrollo de la experimentación como fuente de contrastación para la caracteri-Escasa utilización de datos etnográficos.
-Ausencia de estudios regionales.
Constantes que, en nuestra opinión, se deben al escaso interés que este tipo de aproximación ha tenido entre los arqueólogos españoles, al predominio en los estudios de cerámica prehistórica de criterios como los de fonna y decoración por considerarlos buenos indicadores cronológicos y a la falta de equ ipos interdisciplinares estables que trabajen en los mismos programas de investigación.
Por todo ello creemos necesario una verdadera concienciación desde la propia arqueología del papel que pueden jugar estas técnicas en la resolución de poblemas arqueológicos, asumiendo que no constituyen un fi n en sí mismas y que pueden tener un escaso valor si no se integran en el marco de modelos intepretativos generales.
De esta forma, las técnicas de caracterización se alzan como un instrumento muy importante para emprender reconstrucciones más precisas acerca de las sociedades del pasado. |
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa' Una errata en el texto griego destruye su sentido.
1 En la n.82 (y en la 84 ), al margen de las cuestiones de cronología sobre las que luego volveré, parece que el A. no ha entendido el contenido de los mapas mios citados. y les atribuye una cronologla que sólo se refiere a su momento inicial.'
En la edición (G.16) el A. se limita a reenviar a una opinión de M. Almagro Gorbca, pero en realidad falta un estudio arqueológico adecuado.
Tras la publicación en 1990 del tan extraordinario estudio: «Triplism and Plurality: lntensity and Symbolism in Celtic Religious Expressiom>, M. Green ha sorprendido. una vez más. al ámbito tanto arqueológico. como religioso, con esta obra.
El contenido de la misma es declarado por su autora en los momentos preliminares (p. l l ): «... entender y explorar por qué el hombre dio al sol una importancia religiosa en la Europa bárbara... abarcando un periodo de 3000 años, desde el 2000 a.
Aunque el propósito de la obra se cumple en toda regla. el libro cae, parcialmente. en el pecado de toda obra arqueológica, la parquedad de ilustraciones que ejemplifiquen el modelo a tratar (cf. J. J. Hatt, Mvthes et Dieu:c de la Ga11le.
31 i lustraciones, acerca de Gundestrup Cauldron; Miranda ¡ 1 dibujo! sobre un tema manipulado en cuatro ocasiones: pp 58.
100 y 126) todo ello subsanado por la habilidosa mano de Green, que remite al lector a las notas finales, escindidas en capitulas, donde se halla la documentación (¿al alcance manual de cualquiera?) precisa para suplir tal escasez.
La obra es, en parte, algo reiterativa, sin declaración expresa por parte de la autora ( cf. p.
1 13: equivalencia de ideas en ambos lugares: deterioro climático europeo durante la E. del Bronce y sus consecuencias: capítulo IV y p.
115: transporte solar mediante una barca: si rva como muestra un botón. por no dejar de lado al <!cabal lito» de Trundholm: pp. 12-13, 41, 44, 56-57... ) o ya con declaración expresa (cf. p.
Por lo que hace a la bibliografia y sus citas correspondientes, es sumamente completa (abarca obras desde 1869 hasta 1990) en lo referente al tema arqueológico en su ligatura con la perspectiva cultural; en lo que concierne a las citas, M. Green es bastante cuidadosa, aunque a veces olvida la mención y cotejación de ciertas obras (cf. p.
La obra cumple todos los objetivos declarados por la autora: estudiar el papel y la importancia solar en un período determinado de la historia europea.
El preludio, como su nombre muestra, dispone al lector sobre lo que va a encontrar en el libro sin rayar en brevedad, y el capítulo final es una escueta compilación de lo que ha aparecido con anterioridad. donde se recogen los puntos esenciales del estudio (ambigüedad complementaria y antitética solar: fusión de la religión celta y medíterranca: importancia solar en todas las funciones primordiales de la actividad humana; antropomorlización de la divinidad solar en el ámbito celta y romano... ).
Todos los capítulos en los que se divide la obra mantienen una estructura equivalente: un breve preludio sin titulación, y las diferentes divisiones anunciadas por aquél.
El contenido de los mismos es: 11) importancia del sol en las tribus primitivas, con mención especial en las culturas orientales (Babilonia y Egipto); aspectos antagónios solares (vida y dador de ésta -destrucción y muerte): representaciones solares con su análisis individual y la significación simbólica que conllevan; animales ligados al culto solar (caballo, ciervo. cerdo); destaca el merecido y detenido análisis del papel solar en el ámbito funerario: 111) representación solar y significado apotropaico de cada una de ellas, siempre dentro de modelos arqueológicos: círculo, ojo (presenta gran afinidad con el sol), flores, svástica (connotaciones en el mundo micénico y griego). cruz: desdoblamiento de parte del capitulo precedente (papel que desempeñan los animales en la representación solar); estudio minucioso sobre la rueda. símbolo propiamente solar, y extensible al resto de la obra (cf. capítulo V, pp. 101-106); IV) capítulo interesante por el análisis que se realiza sobre Stonehenge (demuestra el notable dominio, por parte de Green, en lo concerniente a la arqueología británica: cf. otras obras suyas); diversidad del transporte solar (carro, barca,... ): actuación talismánica del sol para determinados objetos y partes corporales; estudio arqueológico del arte inciso pétreo escandinavo e italiano, con una mirada al papel fálicofertilizante del sol: V) religión celta (destaca el papel de Sucellus y la importancia de la diosa celta) y su conexión con el ámbito religioso romano; iconografia vegetal y animal (pájaro, serpiente, águila, toro) en su relación solar; VI) papel sanador del sol en enfermedades oculares, en su asociación con el líquido elemento: relación entre el caballo (animal que lleva el carro solar) y el sol como divinidad; VII) análisis iconográfico solar en las tumbas (luz en la iluminación para el camino al más allá); asociación solar con el toro y la serpiente en sus papeles antitéticos.
Obra interesante tanto para el que gusta de la historia de las religiones. como para el amante de la arqueolo-.B2 RECE:.NSIONES AE., pA.
1993 gia: sencilla de ko.:r tha de reconocerse la carencia lcxi• ca del inglé~) y a mena. hrinda un análisis detallado. comrleto y ólrul.'lurauo sobre uno de los clcmcn10~ nat uralc~ mcnfü e:-t udiado~ en el a~pecto cultural. el sol. pero al tiempo reclama.
C\ 1di: ntcmcnte. un e~tudlO!-oÍ• mctrico en otro!> ámh1w' cult ura le:-..
En 1975 se publicó en Wiesbaden el primer tomo de los Mun11me11111 ling11ur11111 Hispunicurum ( ~ MLH ). con los que J. Untermann pretende sustituir. a la altura de nuestros conocimiento~ y de las técnicas de edición actuales. los viejos Mc>numentu linguue lherkue de E. Hübner (Berlín 1883 -M LI ).
Ese primer tomo. que en España extrañamente no es utilizado con la asiduidad que seria exigible, tenia cie rta~ características especiales. debidas a l o~ condicionamientos específicos del material numis mático.
Con el segundo tomo, publi• cado en 1980 y dedicado a las inscripciones ibéricas del Sur de Francia. el corpus tomó la ordenación lingüística que hace aconsejable la va riedad de lenguas de la antigua Hispania. subrayada por la diferencia de titulo entre la obra de 1883 y la de nuestros días.
La publ icación en 1990 del tercer tomo concluye la presentación de la epigra fia en lengua ibérica. al incluir las inscripciones de la Península. y se completa con una importante introducción general a esa parcela. con mucho la más rica de entre las lenguas fragmentariame nte atestiguadas de Hispania y una de las más ricas del Mediterráneo antiguo.
El corpus vigente de la epigrafia ibérica, afortunadamente ya en parte anticuado por los numerosos hallazgos recientes. queda asi constituido por Mu1111me111u 111, más el tomo 11 para las inscripciones del Sur de Francia, más la introducción y las entradas A.l-A.35.
Si en lo que sigue insistiré básicamente en desacuerdos o lo que considero limitaciones de la obra reseñada, será en un intento de aportar alguna precisión útil al estudio de la lengua y epigrafia ibéricas. pero partiendo de la base de que cualquier aproximación al tema desde este momento debe arran• car del corpus reunido por Jürgen Untermann. una obra excepcional y ejemplar en el panorama de los estudios sobre lenguas fragmentariamente transmitidas.
La pieza clave de ese corpus es sin duda el tomo 111.
La obra está organizada en cinco partes, de las que las cuatro primeras corresponden al primer volumen y la quinta, la edición de los textos, al segundo.
Las cuatro partes del primer volumen son bibliografia y abreviaturas, introducción, signarios, e índices y concordancias.
La introducción va más allá de un s imple complemento de la edición, y constituye la más sistemática, amplia y actualizada presentación de la lengua y la escritura ibérica de que disponemos en la actualidad.
Dejo para más adelante el comentario de su primer capítulo, ya que está más directamente relacionado con la edición.
El capitulo 2 es una historia de la investí-gaeión. que se resicnh! del tratamiento separado en el tomo 1 de los e~tudios sobre la moneda ibérica. que han jugado un parel esencial en el avance dl!I conocimiento ~obre la cs1: ritura y la lengua ibéricas: por lo demás ~e trata <le una \'isi<in breve pero aJu~ta<la en la que por mi parte quil'.á eo.:haria <le meno~ una valoración más definida de las aportae1onei. <le (ierhard 13ahr (pág. 108) y Lub Michelena tpág.
109). y una po~ición mái. critica con respecto a l;1 mcdmne obra que el A. cita en pág. 11 O y considera «informac 1íin ptira el lector no c~ pecial is ta fuera <le Es¡iaña».
El capitulo 3 se refien: a l a~ fu e nte ~ históricas y lo,; halla1.gos relativos a los pucblt's de 11 ispani;1 hablantes de ibérico. es decir se trata de la in troducción histórica al tema.
El A. reenvía a la introducción de su torno l. aunque ~eñala las diferencias enlre epigralla monctal y las restantes inscripciones que hacen necesario completar aquel tratamiento.
Obviamente una introducción histórica en pocas páginas implica siempre una selección personal en la que distintos autorc~ echarán de menos distintas cosas.
El A. insiste esencialmente. y creo que con razón. en el problema de los diversos pueblos ibéricus y las ciudades.
Estoy totalmente de acuerdo en que no existe una nación ibérica (pág. 114) au nque el texto de Hcródoro de Heraclea exigiría un comentario más detenido para que el A. no de la impresión de contradecirse al citarle 1.
Por lo demás creo qu e ha y una dependencia de Tolomeo que esa fuente no merece en modo alguno: es cierto que los criterios que llevaron a ese autor a atribuir ciudades a pueblos <lisian mucho de estar claros, pero hay sobrados indicios de artificialidad por su parte. y la distribución que el A. reíleja en su mapa 2 (pág. 240) no me parece aceptable en muchos puntos.
La imagen de la cultura ibérica que nos da el A. es extremadamente selectiva, con 1endencia a cronologias bajas y con brevísimas indicaciones sobre la recepción de la escritura, sin entrar en las condi ciones internas del mundo ibérico, al margen de los meros contactos culturales, que puedan explicar el fenómeno z.
Respecto de la cpigrafia ibérica en época romana el A. considera que se produce una gcncrali.1ación de la escritura indígena (pág. 125) que me parece exagerada. aunque evidentemente continúa el proceso de crecimiento que ya venia de antes, y toca el problema de su desaparición, aunque sin utilizar los datos cerámicos que hubieran sido útiles.
La última parte del capitulo. que a mi modo de ve r podría haber sido ampliada e independizada. se refiere a los soportes de las inscripciones ibéricas.
En general se trata de un conjunto de datos precisos y muy útiles en los que sólo se echa de menos una mayor atención a las cuestiones cronológicas; en particular no se me alcanzan las bases para la datación de los platos de Abengibre (pág. 128) 1 • Respecto de los plomos estoy de acuerdo con el A. en su carácter mayoritario de documentación económica y privada (pág. 129), pero creo que se debía:u.1 haber insistido más en los paralelos griegos. estudiados hace tiempo y que constituyen un modelo muy probable para las prácticas ibéricas. como vengo defendiendo hace años•.
El capitulo 4 -«Las escrituras»-contiene inevitablemente varias cuestiones discutibles. hasta el punto de que tal vez hubiera sido conveniente separar netamente en distintas secciones la información que puede considerarse ya más o menos segura. y los puntos de vista que por ahora no pueden representar sino intentos personales de dar sentido a unos datos insuficientes.
Respecto a la distribución geográfica de las ccrituras (pág. 132) sólo hay que objetar que la presencia de escritura ibérica septentrional en Andalucía debe ser matizada; no es seguro que la inscripción de Menjíbar (H. 10.1) corresponda a ese tipo. ní que la de la ceca de lliberris presente una variante particular del mismo.
En cuanto al cuenco de El Alcornocal. cuyo lugar de hallazgo es claramente occidental y de ningun modo se puede situar en «Andalucía orientah>. se trata claramente de un objeto llegado del Este. y debería haber sido tratado con el material levantino. de la misma manera que el A. hace con el cuenco de Padrao ( H. 1.1 ). al que au nque aparecido en Portugal incluye. como sus características exigen, en las inscripciones de Andalucía.
El tratamiento de la escritura greco-ibérica (pág. 133) es quizá excesivamente escueto. sobre todo teniendo en cuenta que en ninguna parte de la obra se da énfasis adecuado a la personalidad de ese grupo de inscripciones.
Por otro lado creo que es preciso corregir lo que se dice del signo que el A. llama samekh a la luz de nuestros conocimientos actuales de la escritura jonia arcaica; de hecho no llego a comprender la frase final de la n.
La discusión de la escritura ibérica septentrional. «del N. E.» para el A.. se apoya en los volúmenes anteriores de MLH y por lo tanto sólo desarrolla en detalle algunos puntos particulares, varios de los cuales son polémicos.
El A. admite que en varias inscripciones del N.E. se encuentra un sistema coherente de diferenciación de ciertos silabogramas que conviene tomar en cuenta en la transcripción. distinguiendo. por ejemplo, ti y t'i.
Considera sin embargo que ciertas dificultades. que indudablemente existen. invalidan la propuesta que siguiendo a Maluquer he hecho para interpretar esa distinción como un recurso que permitía distinguir las oclusivas sonoras de las sordas i; pero el A. no menciona los argumentos en que se basa la propuesta.
Existen una serie de formas atestiguadas a la vez en escritura greco-ibérica o latina y en los textos en cuestión, y en alguno de éstos aparecen NNP galos cuya correcta interpretación fonética conocemos por otras fuentes: en total. y dejando aparte casos dudosos, diez testimonios de una oclusiva cuya cualidad sonora o sorda conocemos, y en to• dos los cuales se utiliza la variante con menor número de rasgos para representar la sonora y la variante con mayor número para representar la sorda.
Las posibilida• • Cf.
1979: «Escritura e influencia clásica en los pueblos prerromanos de la Penlnsula», AEA 52.
227-50. no mencionados por el A. en la bibliografia sobre los plomos ibéricos. y vid. ahora en prensa: «Griegos e Iberos.
Testimonios epigráficos de una cooperación mercantil», Griegos e iberos.
C. 5 J. de Hoz, 1985: «El nuevo plomo ibérico de Castell y el problema de las oposiciones de sonoridad en ibérico», Symbolae l.
La cuestión del origen de la escritura ibérica. y de las relaciones de la septentri onal y la meridional es particularmente polémica.
No existe desde luego ninguna explicación de esas cuestiones que pueda darse no ya por segura sino por decididamente más probable que otras. y por lo tanto en una obra de síntesis. corpus. manual o tratado. sólo caben dos alternativas. limitarse a dar los datos ciertos que afectan al tema o además exponer objetiva y críticamente las hipótesis alternativas F.I A. ha optado por la segunda solución. pero involucrando la presentación de los datos en la de las hipótesis.
No es éste el lugar adecuado para entrar a fondo en tan complicados problemas. pero sí quisiera subrayar algunos hechos.
En cuanto a los datos, el A. reitera a lo largo de la obra en varias ocasiones que los grafitos arcaicos de la Baja Andalucía y Extremadura no son pertinentes para la cuestión porque verosímilmente son fenicios (pág. 123)'', pero aun sin tomar en cuenta los publicados con posterioridad a M LH 111. ni los aún inéditos de Medellín. a muchos de ellos no se les puede considerar fenicios mientras entendamos por escritura fenicia lo que normalmente suele entenderse.
Es cierto que se trata de testimonios miserables, cuya adscripción a una de las variantes de la escritura paleohispánica no puede ser probada con seguridad, por lo que teóricamente podrían pertenecer a una escritura, local o colonial. sólo por ellos atestiguada hasta la fecha. pero lo que varios de ellos no pueden ser es fenicios, y dado su lugar de hallazgo y sus coincidencias formales con los signarios paleohispánicos la hipótesis económica es considerarlos testimonios de la escritura tartesia.
Otro dato con cuya forma de presentación por parte del A. no estoy de acuerdo es el de la fecha de las inscripciones del S.0.; es totalmente cierto que parece «no estar todavía asegurada por encima de toda duda» (pág. 136), e incluso esa afirmación parece exageradamente optimista, pero cuando el A. indica que en un mapa de inscripciones anteriores al siglo IV a.
C. se incluyen las «Sin duda más recientes» inscripciones del S.O. (pág. 123 n.
82) no toma en cuenta que si no hay o no había inscripciones del S.O. individualmente fechadas. sí está claro que en conjunto pertenecen a una cultura determinada, y no conozco ningún trabajo arqueol, ógico en los últimos veinte años que considere aún viva esa cultura en el siglo IV, al margen de posibles arcaísmos residuales.
El A. pasa después, tras exponer las diferencias entre las dos variedades de escritura ibérica, a describir la del Este.
El problema mayor de ésta, el grafema Y, excelentemente tratado (págs. 137-138) excepto. como veremos, en un punto de cronología, lleva al A. a la cuestión del grafema m (pág. 138).
Untermann supone que en ciertas inscripciones de fecha temprana, en especial en Ullastret, en las que aparece m pero no Y, el valor del primer signo es equivalente al del segundo en otras inscripciones.
Posteriormente, en inscripciones en que aparecen ambos grafemas, m representaría la reintroducción de un signo anticuado para expresar una nueva distinción en las nasales.
La idea es atractiva, pero los testimonios son por ahora insuficientes para compro-
• Lista de referencias a la cuestión en pág. 136 n.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa baria. y en todo c.:aso el plomo de Palamós (C.4. l ), que el A. induye entre las inscripciones tempranas con m pero sin Y, contiene a mi modo de ver un ejemplo claro de este úllimo grafema.
Por otro lado no se puede admitir que haya existido una fase antigua de la escritura iberica sin Y. ya que en los plomos de Orleyl F.9.5-7, enterrados con cerámica griega del siglo 1v. el grafema está bien atestiguado.
Mucho más compleja es la cuestión de la escritura meridional. ya que en este caso no existe un desciframiento aceptado. y el A. debe justificar la mayor parte de las transcripciones que decide adoptar.
Empiezo por decir que no creo que por el momento se pueda ir más allá de hipótesis excepto en el caso de lo•.;rafe mas de interpretación comúnmente admitida, y que en un corpus seria preferible por el momento no transcribir esos signos hipotéticos sino representarlos por imitaciones regularizadas o números.
El A. empieza por reunir esos grafemas de interpretación comúnmente admitida, sin justificar sin embargo sus valores e incluyendo en los casos de a y e alógrafos discutibles 7 • El A. opina al parecer que el acuerdo es suficiente en estos casos, pero dado el carácter de la obra y la importancia de la cuestión, aun así sería conveniente justificar las transcripciones, y de hecho el acuerdo no es tan general". como puede verse en los cuadros de págs. 258-259•.
El A. añade luego cuatro signos cuyo valor le parece tan seguro que se atreve a transcribirlos en el corpus, y a incluir en los indices las lecturas así obtenidas.
Esos cuatro signos incluyen el supuesto bi, propuesta mia que creo correcta pero no lo suficientemente demostrada como para usarla en un corpus, los supuestos ba y be, posibles pero para los que a mí modo de ver hay alternativas más probables, y el supuesto r, lectura que considero excluida prácticamente con seguridad.
Al sistema del plomo greco-ibérico de Alcoy habría que añadir ahora, tras la publicación de MLH 111, los ricos ejemplos de Coimbra del Barranco Ancho 10 • El A. aisla el sistema del plomo de Mogente, con lo que no estoy de acuerdo, y trata todos los restantes signos numerales como testimonio de un único sistema, lo que no está probado y no me parece probable; este único sistema (n.
79) dependería totalmente de modelos griegos, lo que en algún caso parece posible pero no creo que se pueda excluir desde ahora la existencia de sistemas indígenas.
Tanto en la discusión como en los índices no se distinguen los casos de letras acrofónicas griegas -presentes en grafitos griegos que casualmente comparten soporte con grafitos ibéricos-y signos análogos u homólogos empleados en un sistema ibéri-1 En el cuadro de la pág. 14 l el triángulo con trazo vertical en el centro, de la penúltima linea, es errata por rombo con trazo vertical.
• Aunque coincido con la opinión del A., yo no me atreveria aún a transcribir como kl en un corpus el grafema que tiene ese valor en la escritura ibérica levantina.
• En pág. 258 son erratas las transcripciones que se me atribuyen para los signos discutidos transcritos en MLH como e y be.
10 Muñoz, A.M.: 1990: «Plomo ibérico en escritura griega de Coimbra del Barranco Ancho (Jumilla, Murcia)», Verdolay 2.
El capitulo 5 está dedicado a la lengua •!.
El A. empieza por algunas consideraciones generales sobre la geografia lingüística de la antigua Hispania en las que la falta de espacio obliga a simplificar cuestiones polcmicas. aunque al menos en las notas hubiera sido aconsejable llamar la atención del lector sobre los problemas, por ejemplo en la 5. donde se echa de menos el nombre de K. H. Schmidt, sobre la clasificación del lusitano.
La descripción de lo que sabemos de la lengua ibérica es mínimamente interpretativa, supongo que por razones de principio dado el carácter de la obra, pero de todas maneras se echa de menos un tratamiento menos fragmentado ya que las cuestiones combinatorias son esenciales en e l análisis de las inscripciones.
Respecto a la fonctica no estoy seguro de que nuestros confusos datos permitan establecer una relación clara entre los signos greco-ibéricos e ibéricos para vibrantes, por lo que quizá seria preferible transcribir aquéllos del modo tradicional, y no a la inversa; el A. admite la existencia de una segunda líquida {págs. 153-154) que aunque posible no me parece demostrada. ya que los argumentos de Mariner en su contra, a los que se podrian añadir otros igualmente significativos. tienen indudable peso 1.1.
A la segmentación de los posibles elementos morfológicos ibericos había dedicado recientemente el A. dos artículos fundamentales, cuyas conclusiones recoge ahora en lo que indudablemente será el punto de partida para todo trabajo futuro sobre la gramática ibérica; sin embargo la presentación en forma de repertori o alfabctico, aunque imprescindible, debería completarse con apartados críticos en que se delimitasen lo que son meras posibilidades de los casos más seguros, sobre todo los bien conocidos sufijos que acompañan a NNP en inscripciones de propiedad, es decir -Yi, -ar, -en y sus combinaciones -ar-Yi, -ar-en y -ar-en-Yi.
Los restantes son a mi modo de ver más dudosos.
Los prefijos, escasos en número, plantean también problemas, pero bas ( § 515), is( § 526), n ( § 536), o( § 611) y sobre todo ba me parecen probables, mientras que kuí•s ( § 532) es más dudoso.
Una denominación introducida por Untermann, quien subraya, sin embargo, que se trata de un concepto intuitivamente supuesto y falto aún de comprobación( § 555), es la de «paradig- 11 En n.
26 se citan los artículos de Mariner sobre el tema (desde 1962) de forma que da la impresión de que en ellos se admite una segunda liquida ibérica, y la opinión de Mariner se atribuye a un articulo ( 1986) de otro autor.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa.135 mas "pronominales"».
Lo cierto es que en las inscripciones ibéricas se repiten algunos segmentos muy breves seguidos de otros segmentos alternantes, por ejemplo, ba.fhinlh.a.firlhc~iw junto a harhinl haferlhahe. que podrian interpretarse como bases léxicas seguidas de afijos.
En ese caso la escasa entidad de la base podria ser indicio de que se trataba de una palabra gramatical. aunque por s~1puesto no es imposible una palabra monosilábica perteneciente al vocabulario común, máxime si tomamos en consideración algunos indicios de que la lengua ibérica privilegiaba los monosílabos 1 •. y hay que tener en cuenta la dificultad añadida de que, a menor númern de elementos, más fáciles son las meras coincidencias no significativas.
En todo caso es una posibilidad interesante que conviene tener presente. aunque no todos ), os indicios aducidos tengan el mismo valor.
Es una lástima que por una pequeña diferencia de tiempo el A. no haya podido recoger en su obra la primera oposición gramatical clara que se deja aislar en las inscripciones ibéricas. la de ekiar y ekien en las musivarias de Caminreal y Andelos 1 s.
Los capítu los 6 y 7 están dedicados a los NNP. un tema en el que la contribución del A.. tanto en el campo de Hispania como en el de la antigua Italia. ha sido particularmente relevante.
En concreto el contenido de estos capítulos había sido elaborado en dos artieulos esenciales 1 •. que el A. completa y pone al dia en esta ocasión.
El capitulo 6 contiene un excelente estudio general mientras que el 7 proporciona un listado de todos los NNP ibéricos seguTOs o probables, presentado en el sistema de doble entrada por elementos de composición, muy cómodo y claro. que el A. ya había introducido en sus publicaciones anteriores.
Este capitulo constituye un útil de trabajo imprescindible cuyo único defecto es el ya mencionado a propósito de la escritura merid ional, introducir sin indicación explicita NNP cuya transcripción no pasa de hipótesis.
A pesar de la longitud de la introducción, y de ser en general muy completa, hay sin embargo una laguna de cierta trascendencia; se echa de menos una presentación general de la cronología de las inscripciones ibéricas, insistiendo en los elementos seguros de que disponemos, como el grafito más antiguo de Ullastret (C.2.30), los plomos de Orleyl del siglo IV (F.9.5-7), el plomo de Mogente (G.7.2), y los numerosos grafitos sobre cerámicas fechables cuyo estudio empezó Maluquer -el reciente grafito de Cástula de comienzos del siglo IV no podía ser conocido aún por el A. 17 -.
A mi modo de ver ya hoy día se puede manejar, a pesar de las numerosas lagunas, una cronología algo más articulada que la que parece estar implícita en la obra, y que consiste en " Una vez más puede tratarse de un espejismo creado por el método de segmentación de elementos formales recurrenics, sin control del significado, pero es curioso por ejemplo como en los elementos bisilabos que intervienen en la formación de los NNP reaparecen una y otra vez algunas sílabas en distintas combinaciones.
" Mczquiriz, M.• A.: 1991-92: «Pavimento de «Opus signinum» con inscripción ibérica en Andelos», Trabajos de Arqueología en Navarra JO, 365-7. una simple contraposición de escritura temprana y reciente (vid. por ej. pág. 138), y en la edición seria deseable que expresiones como «vasija ática» fuesen sustituidas por una indicación cronológica que a menudo podria moverse en poco más de un cuarto de siglo.
Aquí tropezamos sin embargo con un problema típico de la disciplina, que exigiría de nosotros ser a la vez lingüístas. epigrafistas y expertos arqueólogos: como esto no es posible habrá que plantearse cada vez más la necesidad de trabajos en colaboración.
Creo que la tendencia a las bajas cronologías del A. habría sido matizada por la ayuda de un arqueólogo; el problema se dejaba ya ver en ML H 11, donde siguiendo las viejas clasificaciones de la cerámica de Ensérune, las únicas publicadas de forma sistemática. se consideraba cerámica campaniensc piezas que deben ser barniz negro ático del siglo IV.
El volumen se completa con mapas generales, utilísimos cuadros de signos e índices y concordancias.
En el futuro habrá que acudir continuamente a esos cuadros e índices. en los que sin embargo se echa en falta una integración de los datos del Sur de Francia, con el resultado de que. por ejemplo. los signos a 1, a2, a5. a6 y a7 de M LH 11 se convierten en a6. as. a6. a 1 y a2. mientras que los antiguos a3 y a4, que no están atestiguados en Hispania, no se corresponden tampoco con los nuevos números, y de que al buscar paralelos será preciso consultar ambas obras, y también MLH 1, cuando hubiese sido factible con poco esfuerzo intercalar aquí los datos de los otros volúmenes, incluídos los ricos repertorios de Pech Maho posteriores a MLH 11.
El problema más grave sin embargo sigue siendo el de las transcripciones de la epigrafía meridional.
El volumen segundo contiene el corpus epigráfico propiamente dicho. cuyos criterios son explicados en el capítulo 1 del primer volumen.
Se sigue una agrupación geográfica, incluyendo en su región correspondiente, sin distinciones particulares, los epígrafes en cualquiera de las escrituras utilizadas para escribir ibérico, lo que es conveniente desde el punto de vista lingüístico y en cierta medida histórico, pero como ya indiqué debería haber sido compensado con una mayor atención a la personalidad de la epigrafia greco-ibérica en la introducción.
Como en el volumen anterior, cada región se identifica por una letra, cada localidad por un número de orden dentro de la región, y cada epígrafe, dentro de su localidad, por un segundo número.
La justificación de los límites de las regiones establecidas no se ven a veces muy claros, aunque es ésta una cuestión en la que era imposible conseguir una objetividad que sólo pod ríamos alcanzar con un conocimiento mucho mayor de la Hispania antigua del que nos es asequible por ahora.
Aún así cuesta trabajo entender por qué Benasal (E.9) por ejemplo no ha sido incluido en la región F; el A. más que referirse a criterios epigráficos parece depender de las antiguas unidades étnicas, pero como es sabido no conocemos sus fronteras. y de nuevo parece que el poco fiable Tolomeo ejerce excesiva influencia.
La ordenación de las inscripciones dentro de cada localidad es muy coherente (vid. vol. 1, 91 ), pero quizá hubiese sido mejor sacrificar algo la coherencia para mantener numeraciones anteriores en yacimientos en los que ya existía una tradición establecida, como Orleyl o Yátova -máxime cuando esos casos no se tienen en cuenta en las concordancias-.
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1993 La organi1.;1ción de edición y comentario es excelente. y la ilu!-lración muy rica. aunque a menudo. como ya ocurría en los tomos anteriores. el editor no ha hecho jm.ticia a las fotografia:. aponadas. que con frecuencia no permiten comprobar las lecturas.
Inevitablemente hay alguna~ erratas. como la del plomo mayor de Alcoy (u.
1.1) sobre la que ya ha llamado la atención el A. en carta circular. y algunas cue~llones discutibles cuya enumeración alargaría en exceso esta reseña••. pero bá-:.icamcnh: se cumplen ca~i todas las demandas que un usuario puede hacer a un corpus ideal.
En cuanto a la cxhaustividad del corpus. el A. no ha regateado esfuerzos a lo largo de muchos años para conocer directamente toda la epigrafia ibérica existente. y en su obra está prácticamente todo. y prácticamente todo estudiado de primera mano.
Es cierto que la rapidez con que se producen los hallazgos ha hecho que en la pág. 95 del vol. 1 el A. pueda mencionar ya alguna~ nuevas inscripciones. y que otras, a veces muy importantes, se hayan publicado desde que se envió a la imprenta MLH 111. pero comparadas con las contenidas en el corpus se trata de una pequeña minoría que será fácil reunir al investigador actual. y lo seria más si mejorasen algunas peculiaridades de la edición arqueológica.
Por otro lado el A. ha prestado atención a los falsos en el volumen introductorio. aunque quizá el libro se ha concluido en un momenl<l en que todavia se podía actuar en este tema con una psicología propia de tiempos más felices que los que empiezan a hacerse evidentes. y no ha insistido en el problema todo lo que parece que se va haciendo necesario.
Tampoco ha recapitulado los datos que en su día reunió 1-lübner. y que, dado que su obra contribuirá a hacer cada vez menos usual el manejo de los MLI. libro por otro lado no fácil de encontrar en muchas bibliotecas locales, y que algunos de los viejos falsos existen aún y pueden ser devueltos a la circulación, no deben ser perdidos de vista.
El A. ha recogido en total doce textos que considera falsos, y ha señalado problemas en diez que admite como auténticos (vol. 1, 97-104); algunos de los supuestos falsos lo son sin duda, de algún otro no tengo opinión a falta de autopsia. en cuanto a •9. •¡ O, • 1 1 y • 12, les concedería al menos el beneficio de la duda, en particular a • 10 que me hace pensar en un falsario excesivamente sabio y hasta quizá profético.
Por el contrario sigo creyendo que el onus probundi recae sobre quien piense que G.1.2, el plomo del lote de falsos de El Mas de Is, es auténtico. y por ahora nadie ha aportado esa prueba.
Por otra pa.rte cualquier plomo no procedente de excavación, aparecido en los últimos años. debe ser cuidadosamente comprobado.
Al recorrer las mil páginas de MLH 111, dedicadas a cuestiones dificiles, en las que se dependen de datos más que precarios, y que no han contado nunca ni con un número suficiente de cultivadores ni con una infraestructura institucional adecuada, es inevitable encontrar muchas ocasiones para disentir. pero nunca se pierde de vista el que uno se halla ante una obra auténticamente irreemplazable.
Los estudios ibéricos afortunadamente no volverán a ser lo que eran.
Javier de Hoz Universidad Complutense de Madrid " Corúio en ocuparme de ellas en una próxima crónica so• brc la cpigrafia ibérica.
Es éste un libro largamente c~perado por todos lo~ investigadores que se dedican al mundo fcnicio-púnic.:o en general. y aunque ya se habia adelantado en algu-na~ publicaciones parte de ~us contenidos. estamos por fin ante el trabajo final. muy bien coordinado por J. U. A.
Se 1ra1a básicamente de los resultados de las excavaciones realizadas en Málaga entre 1981 y 1987. en el marco de un acuerdo hispano-francés. que se efectuaron en dos áreas separadas entre sí menos de 200 metros; la zona del Teatro Romano. al pie de la Alcazaba. y el convento de San Agustín. cerca de la Catedral.
En el primer caso se excavaron casi 300 mz. y en el segundo se trató de un sondeo puntual de 50 m!.
Sin embargo. a pesar de que pueda parecer una superficie exigua y de no haberse encontrado prácticamente estructuras. estos trabajos han arrojado más luz sobre el período fenicio y púnico de la ciudad de Málaga que casi todo lo hecho hasta entonces.
El libro se divide en seis grandes capítulos de irregular extensión, que a su vez se subdi viden en numerosos apartados. obra de diferentes investigadores.
Los seis capítulos están constituidos por la introducción general (marco geográfico. historia de la investigación). las excavaciones al pie de la Alcazaba (un capítulo sobre la estratigrafia y otro sobre los materiales). la excavación de San Agustín, la valoración de conjunto desde la época fenicia a la creación del municipio ílavio en el siglo 1 d.
C. y las breves conclusiones generales. que subrayan el papel de Málaga en el Extremo Occidente.
Hay que felicitar a J. G. A. por haber sabido confiar debidamente parcelas concretas de los hallazgos a notables especialistas, y así podemos disponer de los apartados de M. Sznycer sobre epigrafía. de J. Alexandropoulos sobre numismática. de R. Puertas y E. Serrano sobre las estructuras y los materiales romanos. de M. Acién sobre las cerámicas medievales.
Contamos además con un sugestivo comentario de R. Olmos al estudio de los materiales griegos y etruscos. y con unas espléndidas páginas de Pascal Guichard sobre la ciudad tardo-púnica y romana imperial (personalmente he encontrado una serie de ideas de gran interés en esta breve aportación).
La imagen que se desprende de la lectura del libro es la de un trabajo serio, madurado a lo largo de varios años, y que permite a través del estudio minucioso del registro arqueológico incorporar Málaga a las grandes cuestiones de la protohistoria del Mediterráneo occidental, al menos desde el siglo VI a.
Es verdad que de una manera latente se la ha tenido siempre en cuenta, aunque sólo fuera por su aparición en las fuentes escritas o por la importancia de su numismática, pero carecía del peso específico de los otros asentamientos fenicios y púnicos, desde Cádiz a Ibiza, a la hora de plantear cuestiones de fondo o de largo alcance.
Creemos que no es pequeño el mérito de J. G. A.
por haber cambiado esa situación. a partir de una~ excavaciones aparentemente poco alentadoras debido a la escasez de estructuras.
Pensamos pues que esta monografia sobre uno de los grandes centros coloniales de Occidente se convertirá en obra de obligada referencia por su dimensión general. pero también en instrumento de trabajo por d minucioso estudio de los materiales.
Por supuesto que se puede matizar algún aspecto concreto. o corregirlo. especialmente en lo que se refiere a los materiales.
Como ejemplos. y por presentar dos casos que nos conciernen o nos interesan mucho por referirse a Ibiza. en las págs. 60 y 166 se hace referencia a la presencia de cerámicas a mano indígenas en la isla. en ambiente fenicio, apoyándose en materiales publicados por nosotros (Gómcz Bellard et alii, 1990, 144).
De la atenta lectura de lo que allí expusimos. queda claro que se trata de cerámicas de cocina fenicias, como sucede en otros yacimientos coetáneos.
No conocemos, hoy por hoy, ninguna producción local de la sociedad indígena prefenicia. probablemente porque no existió (véase Gómez Bcllard-San Nicolás, 1988).
Y en la pág. 62 se incluye equivocadamente los askoi zoomorfos ebusitanos entre las piezas de engobe rojo, cuando esas piezas llevan una simple decoración pintada y se fechan sólo a partir del siglo v avanzado; un interesante ejemplo con inscripción púnica pintada puede verse en Fernández-Fuentes, 1983.
No queremos decir que pueden multiplicarse los ejemplos. sólo recordar que todo estudio es perfectible.
Sin embargo este libro nos sugiere una serie de reílexiones bien distintas, en concreto sobre la valoración que de estos hallazgos malagueños (y también sobre los de Huelva) han hecho en los últimos años algunos investigadores, de los que discrepamos totalmente.
Y es que a decir verdad, nos deja perplejos el hecho de que la constatación arqueológica de la Málaga fenicia y púnica sirva sobre todo para lanzar grandes disquisiciones sobre las actividades de los griegos en Andalucía en los siglos VII-V a.
C. A raí z de los hallazgos de Huelva, con sus interesantísimas cerámicas de la Grecia del Este en especial, y ahora con los materiales malagueños, asistimos en los útimos años al establecimiento de una corriente comerdal focense en el Estrecho, a la posible existencia de «puntos de contacto» griegos en Andalucía (¡,Qué categoría colonial es esa, punto de contacto?), a la materialización de «horizontes samios» en las factorías fenicias como el Cerro del Vi llar, «et ainsi de suite».
Y como culminación de todo ello tendríamos el establecimiento a partir del siglo va.
C. de un sólido eje de intercambios comerciales Cádiz-Ampurias. que articularía el comercio del Extremo Occidente mediterráneo.
Simplificamos mucho, ya que estas hipótesis han sido repetidamente expuestas.
Por amor a la brevedad, y dado que la cuestión deberá ser tratada con mayor extensión en otro lugar, permítasenos tan sólo algunas objeciones.
-Los hallazgos de Huelva son un 10% de cerámica griega en un contexto de materiales mayoritariamente fenicios, en el ámbito de una ciudad tartésica.
-Los hallazgos griegos y etruscos de Málaga suponen el 0,2% de los materiales, siendo el resto fenicios como cabe esperar... en una factoría fenicia.
-Lugares tan representativos como Toscanos han proporcionado el mismo tipo de materiales que se han atribuido al «horizonte foceo» (N iemeyer, 1990, págs. 45-46).
Es más, la casi totalidad de las importa-cione~ griegas y etruscas en lo~ siglu~ Vil y Vl a.
C. en el sur de la Península Ibérica aparecen en las factorías fenicias.
No se puede. con lo~ datos actuales a la vista, seguir hipotetiza ndo sobre la presencia fisica de focenscs u otros griegos en la Península. y menos el papel fundamental jugado en las relaciones comerciales.
No tiene sentido además convertir ahora Mainake en «une périodc historique particuliérement favorable» al comercio griego del Este (¿qué hacemos con Estrabón?). ante la imposibilidad manifiesta de señalar una colonia, una factoría, cualquier pequeña instalación griega al Sur de Ampurias.
Hoy por ho y. hay que contentarse con identificar y estudiar bien unas cerámicas que junto con otros materiales fenicios, etruscos. etc., circulan probablemente a través de las redes comerciales fenicias.
Esto por lo que se refiere a la época arcaica.
Para el siglo v. como hemos dicho, se ha propugnado que el papel fundamental en el comercio lo tendría un eje Cádiz-Ampurias.
Estas actividades serian rastreables sobre todo a partir de las cerámicas áticas, entre las que se encontrarían unos lotes muy específicos que conformarían un «horizonte ampuritano» de amplia distribución peninsular.
Permítasenos de nuevo, brevemente, hacer algunas reílexiones.
-Las cerámicas áticas que conforman ese supuesto horizonte no sólo se encuentran en Ampurias y desde luego en Ibiza.
En realidad aparecen en sitios muy diversos, como por ejemplo en las necrópolis púnicas de Cerdeña, especialmente en Nora (Tronchetti, 1985) o Tharros (Barnett-Mendleson, 1987), donde parece dificil pensar que la colonia focense juegue un papel cualquiera...
Existe desde luego un circuito para esos productos en el Mediterráneo occidental. pero Ampurias no es sino un eslabón más.
-La proyección hacia Grecia, en el siglo v, de productos gaditanos o mejor del Estrecho, simbolizados por las ánforas Mañá-Pascual A4 halladas alli, no necesita del intermediario ampuritano.
De hecho se encuentran en Corinto (y en Cartago), y la ruta de las Baleares pare ce la más lógica, como por otra parte nos indica el pecio de Tagomago, junto a la costa oriental ibicenca.
-Una tercera y última precisión, ésta de carácter topográfico.
Resulta curioso que J. G. A. se sorprenda de las dimensiones de la Málaga fenicio-púnica, para él «étonnament réduites»: casi 17 ha. Porque si mirámos hacia otros lugares, vemos que Cádiz tendría unas 1 O ha. en el siglo VII a.J.C. (A ubet, 1987, 236) y tal vez 15 ha. dos siglos después (dejamos de lado la cuestión del Castillo de D.• Blanca).
Para Ibiza, hemos calculado unas 12 ha.. a partir de las excavaciones de urgencia de los últimos años.
Por lo tanto, la extensión de Málaga no es nada despreciable para su época y su área geográfica.
La aparición de este libro sobre Málaga, junto con los que en los últimos años se han publicado sobre Cádiz, Lixus o Ibiza, por poner algunos ejemplos, invita a profundizar en la especificidad fenicio-púnica Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 331-350 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
199 3 de la Pcnín~ula Ibérica. sobrc iodo en su mitad meridional.
Sólo c~111dios globales. sincrónicos y diacróni-co~. pcrmitiran integrar 1oda la documentación (incluida la cerámica griega... ) en una reflexión que nos ayude a compn: ndcr uno dc los períodos más sugestivos de nuestra pro1ohis1oria.
Y en la medida en que el li bro de J. G. A. colabora decididamente en esa empresa. repe1 imos una vez más que. en nuestra opinión. es una obra indispensable para los investigadores de esa época.
El presente libro, el número segundo de la serie Ciudades Antigua.v de Italia, se centra en el estudio completo de la antigua Tuder, la actual Todi.
Aun cuando el grueso de la obra viene constituido por el análisis de los restos arqueológicos conservados en la ciudad moderna. antes de entrar en él, la autora pasa rev ista a los testimonios literarios, epigráficos y numismáticos existentes.
Un curioso apartado, en esta misma línea, es el representado por la consideración de las informaciones que aporta la documentación erudita comprendida entre los siglos Xtlt y XIX, no sólo por un motivo puramente anticuarístico sino. sobre todo, a fin de extraer la gran cantidad de datos que sobre el aspecto de la ciudad en esos períodos proporcionan tales escritos. por más que en muchos casos sea necesaria una intensa labor de critica, tanto mayor cuanto más nos remontamos en el tiempo.
Esta tarea se continúa con la mención de los trabajos más o menos científicos del siglo presente, entre los que un hito fundamental fue el marcado por el volumen de G. Becati, dentro de la serie Forma ltaliae, del año 1938. verdadero punto de partida de iodo estudio posterior.
Tras esta fase de documentación inicia Tascio el análisis his1órico, integrando a Tuder en su ambiente tiberino. y emplazado en una zona de contacto y de tránsito entre el mundo umbro-sabélico y el etrusco (no hay que olvidar que Todi se encuentra tan sólo a 25 Km. en linea recta de la ya etrusca Orvieto-Volsinies).
Los datos arqueológicos correspondientes a la época prerromana muestran una población mixta. con tradiciones funerarias tanto inhumadoras como crcmadoras. como ejemplo de esa poliición fronteriza que asumirá pronto la ciudad.
La misma se manifiesta en un intenso comercio ya desde fines del siglo VII que determina, ya a lo largo del siglo v. la aparición de una poderosa aristocracia. con todo lo que ella implica desde el punto de vista organizativo.
No obstante. y salvo las necrópolis y la extraordinaria escultura de Marte. obra maestra del arte etrusco de taller volsinicnsc de la primera mitad del siglo IV a.
C.. apenas se conoce nada del hábitat prerromano, en buena medida (aunque no es el único factor, como se verá más adelante) debido a la accidentada topografía del lugar.
Por lo que se refiere a las acuñaciones monetarias. iniciadas por influencia romana, también su distribución refleja los amplios intereses comerciales de la ciudad, que exceden los límites estrictos de su área de influencia inmediata.
Prosigue la autora analizando el proceso de romanización del territorio. comenzado de forma apreciable tras la batalla de Sentinum (295 a.
C.). y que en el país umbro se realiza sin ningún episodio traumático: la región tudertina es pronto atravesada por varias vías romanas importantes (Vías Flaminia y Amerina) y en el 89 a.
C. obtiene la ciudadanía romana. quedando integrada en la tribu Clustumina. con algunas vicisitudes posteriores (participación en la Guerra Social, recepción de una colonia de veteranos en época de César o de Augusto, etc.).
La epigrafía, numerosa por otro lado, no revela ningún acontecimiento histórico relevante.
En conclusión, yo diría, a la vista de la documentación que reúne Tascio, que Todi fue una ciudad completamente anodina. una de tantas colonias romanas que no destacan especialmente en aspecto conocido alguno: una aurea mediocritas dentro del inmenso orbe romano.
Tras esta necesaria introducción el estudio aborda la carta arqueológica propiamente dicha de la ciudad, acompañada por completos levantamientos topográficos y por abundante documentación gráfica. fotografías y dibujos,.en general de excelente calidad.
Así, se pasa revista a un total de 63 estructuras, entre murallas, vestigios de edificios y construcciones públicas (teatro, anfiteatro. cisternas y otras obras hidráulicas), restos de viviendas o de sus suelos de mosaico, áreas de culto (terracotas arquitectónicas) y necr,ópolis.
Es este exhaustivo trabajo el que le permite a la autora abordar una visión de conjunto, y diacrónica, del desarrollo urbanístico de la ciudad.
La topografia romana se caracteriza. ante todo, por la creación de una serie de terrazas en opus quadratum en torno a la colina, a fin de salvar los importantes desniveles existentes y gran parte de los restos conservados se hallan, directa o indirectamente, al servicio de tal planificación, así como los numerosos canales y obras de drenaje subterráneas (cunico/i) que aira-viesan en su totalidad el conjunto urbano.
Todo ello permitió disponer de un arca urbanizablc que actualmente ocupa unas 9 hectáreas. pero que seguramente era más grande en la Antigüedad.
En el punto central y articulando los dist intos barrios de la ciudad. se ubica el foro. bajo la actual Piazza del Popolo, pero indudablemente mayor. abarcando la parcela pavimentada que conformaba la plaza pública una superficie de 140 x 60m..
En la terraza oriental. e inmediata al foro. se hall a una vasta zona de uso pilblico. en la que se sitúa el teatro y un gran muro decorado con nichos. que parece delinir un conjunto terraza-templo, acaso dedicado a A polo. como ocurre en otros centros itálicos.
Igualmente, Ja parte más elevada del hábitat. llamada la Rueca. debió de ejercer la función de ciudadela o urx. mientras que en el sector noroccidental hubo establecimientos termales y el anfiteatro se ubicó en Ja vertiente suroriental, ya extramuros aunque bien comunicado con la ciudad pero. sobre todo, abierto a los ambientes rurales y campestres relacionados con ella.
Es destacable cómo este minucioso estudio se acompaña de abundantes paralelos, procedentes sobre todo del área centro-itálica. para justificar y documentar algunas de las propuestas avanzadas por la autora y que si rven, al tiempo. para s it uar Todi en el contexto histórico y cultural del que formó parte tanto antes de su integración en el mundo romano como con posteríoridad a la misma.
Sugiere Tascio que este ambicioso programa se pone en marcha en el periodo inmediatamente anterior a las Guerras Sociales. como sucede asimismo en otras ciudades próximas. tales como Pcrugia o Asís; antes de ese momento, da la impresión de que sólo las construcciones de tipo religioso han poseído un carácter monumental, habida cuenta de la casi total ausencia de restos arquitectónicos prerromanos.
De la misma manera en época augustea. coincidiendo con la llegada de nuevos colonos. la ciudad sufre importantes retoques. con la apertura de nuevas áreas de habitación; por fin. en el siglo 11 d.
C. experimentará sus últimas transformaciones monumentales durante la Antigüedad.
Resulta verdaderamente admirable. y es a mi juicio uno de los as-pecto~ más conseguidos del trabajo, la labor de identificación. a pesar de las grandes dificultades existentes para ello, claramente agravadas en el caso de Todi. de parte de la estructura regular de la ciudad romana a partir del análisis detallado de la red viaria actual, heredera de la medieval y, según demuestra Tascio, también directamente de la antigua.
En el capítulo octavo aborda la autora el proceso de metamorfosis de la ciudad hasta alcanzar la fisonomía actual y en el noveno se afronta el problema del territorio. posiblemente ocupado por numerosas vi/lae, y dedicado en buena medida a la producción vitivinícola.
El libro se completa con varios apéndices, entre ellos uno referido al proyecto de realización de una cartografia informatizada de la ciudad, lo cual permite una actualización constante y una observación diacrónica del tejido urbano.
Diversos índices cierran la obra. así como el mapa arqueológico propiamente dicho, a escala 1:2.000.
Sin duda alguna este estudio, así como los demás que integran la serie, serán los instrumentos primarios de conocimiento de la realidad urbana en la Italia Romana, y sería de desear que trabajos de este tipo prolifera-ran más en los restantes paises que formaron rmte tlcl Imperio. como medio de avanzar en el conocimiento de la ciudad en el mundo romano.
La tumba cerctana «dei Dcnti di Lupo», así llamada por una particularidad de su decoración pictórica. ha sido incorporada recientemente al patrimonio arqueológico etrusco.
Descubierta en 1969, está situada en la colina de Bufolarcccia. al N, de la ciudad antigua con la cual se comunicaba fácilmente; se trata de una zona de enterramiento ya utilizada en el siglo VII a.
C.• contemporáneamente a la gran necrópolis ceretana de la Banditaccia.
Esta tumba constituye el objeto de estudio del presente libro, fruto de un trabajo para la obtención del diploma en Etruseología realizado por A. Naso en la Universidad «La Sapienza» de Roma.
La obra. que en ningún momento carece de interés, se divide en cinco capítulos, que tratan respectivamente sobre las condiciones del descubrimiento y elementos topográficos, las características arquitectónicas y de la decoración. el ajuar funerario. determinados análisis petroquímícos -con una colaboración de K. Burkhardt-. y finalmente sobre las inscripciones halladas.
El material encontrado en el interior de la tumba, así como las particularidades de su decoración, permiten fechar el monumento en el tercer cuarto del siglo VII. a caballo entre el oríentalizante medio y el orientalizante reciente.
Un elemento de gran interés está proporcionado por el material epigráfico, breve pero muy sustancioso.
En una olla de «impasto» rojo, procedente de la cámara oriental de las dos que componen la tumba. se leen dos inscripciones de contenido análogo, pero grafitadas en momentos y por manos diferentes, con una fórmula onomástica bimembre en genitivo y el nombre del vaso. objeto parlante. en nominativo.
El propietario de la olla es una mujer llamada Pupuiu Kurkunu, nombre que se presta a interesantes comentarios, tanto el pruenomen -quizá relacionado con términos referentes a las clases de edadcomo el nomen, pues Karkana está atestiguado en la epígrafia ceretana desde la primera mitad del siglo VII.
En este contexto. el libro se enriquece con la contribución. recogida a título de apéndice, de dos investigadores franceses, J. J. Gran Aymerich y D. Briquel, que incorporan un estudio (desde el punto de vista cerámico el primer autor; epigráfico el segundo) sobre los vasos conservados en el Museo del Louvre con inscripciones sobre esta misma familia etrusca, los Karkana, a quienes habría que considerar como los titulares de la tumba.
Jorge Martinez-Plnna Universidad Complutense de Madrid Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 331 En 290 a. (" la' tropa~ del cón~ul M. Curio Dcntato 1nll1g1cro11 una dcrmta ddinitiva a lo~ >abino:..
C. obtendrían la plena ciudadanía: el proce:.o de romani1aciún de la Sabina quedaba asi completado.
Pc ~aro) y Potentia (act.
Uolonga). y aún se establecerían otras en los añ.os siguientes: M111i11a (act.
El prop? sllo de e:.tos a~enta mientos es daro: reforzar la pos1c1ón romana frente a la pre:.ión de la~ tribus galas de los boyo:. y:.enone:..
A ba:.tantes siglos de di~tancia. entre 1733 y 1737. >e encuentran en un terreno propiedad de un erudito local.
Annibale degli Abati Olivieri Giordani. a poco más de un kilómetro de Pesaro, catorce inscripciones (C/l l 1.
Partiendo de c:.tos datos. dispares y alejados en el tiempo.
Peru11i ha elaborado un fascinante estudio pluridisciplinar acerca de l a~ relaciones entre Roma. la Sabina y la colonia de Pcsaro. entre los siglos.ut y ll a.
La obra e~1á dividida en tres partes.
«I romani di Pe~aro», combina la perspectiva histórica (caps. 1.11 y VII). la epigrafía (caps. 111-V) y la religión (caps. VI y VII I-XI).
«Latino di Pesaro e latino di Roma», reviste un carácter netamente lingüístico: a partir del estudio de las inscripciones de Pesaro. y también de otra de Roma (C/L 1 ~-975), Pcruzzi se adentra en cuestiones de morfología, fonética, sintaxis y lexicografía, con el propósito último de demostrar la existencia. tanto en Pesara como en Roma, de variedades de la primera declinación latina que nada tiene que ver con lo que conocemos, variedades que presentan una simplificación extrema en sus desinencias y que, según el autor, explican el paso de -ci a -a en el nominativo singu~ar de los temas en -u (de hecho, la antigua forma en -a larga se mantendría en formaciones como meü refert. que aquél explica como una construcción de dativo del tipo meal! rl!i refert).
En ella se estudia. por una parte, la figura del poeta Accio, originario de Pesaro y relacionado con la conocida familia de los Attii. posiblemente originaria de la Sabina.
Peruzzi encuentra las claves que explican su reforma ortográfica, la geminatio uocalium. en el sistema de declinaciones de Pesaro. tal y como se describe en la parte anterior.
Los otros capítulos (XXI a XXIII) establecen una secue_ncia cronológica y causal entre la llegada a Roma del primer gran contingente sabino, la importante familia ~e ~os Claudios, en los primeros momentos de la Repubhca (en 504 6 503 a.
C., según la tradición). el establecimiento de estas gentes en la ribera del río Anio, en tierras arreliatadas recientemente a los sabinos, y la tenta-tiva de Apio lkrdonio. en 460 a.
C. explicada por Pc-ru1.11 como un intento de lo>:.abino, llegados con los Claudios cuarenta ario~ ante:. por ver reconocidos los derecho:. que entonce~ les habían ~ido concedido:.. en un plano de igualdad con la población urbana.
Concluye la obra con un apéndice que se dedica al.estudio iconográfico de cieno~ platos hallados en Alena y C.: apena. en lo~ que ~e representan elefantes am: bata~os.a Pirro y exhibidos por Manio Curio Dentato en su triunfo dd 275 a.
C. Estos elefantes recibieron por vc1 primera la de~ignación de /.11ca lws en la batalla cllc Heraclca (280 a.
C.). según el autor: el dialecto era marrucino.
Un utilísimo indice analítico pone punto final al libro.
En térm inos generales. la obra presenta el méri10 de hacer novedosas aportaciones al conocimiento de la lengua. la historia y la religión de Roma y de una de sus colonias.
Pcsaro. a caballo entre los siglos 111 y ti a.
C.: a lo ya dicho acerca de la primera declinación latina. hemos de añadir la participación de un importante contingente de colonol> procedentes de la Sabina en la fundac ión de Pisu11ru111. por un lado: por otro. las explicaciones que propone PeruZ?i para divinidades tales como las diosas Marica y Feronia. los dioses nu11ensidc•s (divinidades de las fuentes. de carácter salutífero) o las de11us comisca. ~ de las inscripciones romanas: por último. resulta especialmente iluminadora su descripción del proceso histórico que lleva del a~entamiento en Roma de lo~ Claudio~ y ~u clientela sabina ha:.ta la intentona de Apio Hcrdomo.
Lo dicho ju~tifica ampliamente la lectura y, más aún. la consulta frecuente de esta obra interesantísima.
Si algo caracteriza a una ciencia madura es, preci~a mente, su historia, es decir. todo lo que ha acontecido desde el momento en el que surge y si para algo sirve esa historia es para poder volve r sobre ella y recapacitar acerca de los logros y de los errores a fin de que pueda servir de referente para el presente y de medio para proseguir su desarrollo y transformación in_in.t~ rrumpida; cs. asimismo. indicio de madurez la pos1b1hdad de hacer un alto en el camino y, sin necesidad de deshacer el trecho andado. contemplar lo que ha sido el decurso de dicha ciencia aunque no de modo aséptico sino. justamente, de modo histórico, mediante la elaboración de una historia de la historiografía o. quizá. y acaso aquí sería más oportuno, de una «arqueología» de la historiografia.
El resultado, ni qué decir tjene, permite una mejor reílexión sobre el presente.
Este es el caso del libro objeto de esta reseña. que recoge algunos de los trabajos, o parte de ellos, que dedicaron a la Arqueología de Grecia dos insignes estudiosos franceses, Oeorges Perrot y Maxime Collign?n ambos, sucesiv~ mente, catedráticos de Arqueologta Griega de la Umversidad de la Sorbona.
Los pasajes son presentados por Philippe Bruneau, él mismo catedrático de la disciplina
en una de las hen: dcras de la vieja institución. la Univcrsidad de París IV. y confeso «sucesor» de los dos autores en el cargo.
El libro se inicia. pues, con unas notas de 13runeau acerca del tipo de Arqueología de Grecia que hicieron sus dos predecesores. en buena medida sus creadores como actividad científica. al menos en el ámbito galo y. por consiguiente, en cierto modo responsables de su desarrollo ulterior.
En los momentos en que Perrot accede a la cátedra de la Sorbona tras haberla creado ( 1876) está en p lena eforvescencía un debate entre la mayor o menor «dignidad» como fuentes históricas entre los texws y los restos materiales. debate en el que Pcrrot toma partido declarando la complemcntariedad de éstos con aquéllos para poder escribir Historia: igualmente estaba viva la controversia entre la mayor o menor amplitud de la Arqueología con respecto a la historia del Arte: también Perrot. a pesar del empleo de las técnicas del historiador del Arte. defiende un obj¿to de estudio más amplio para la Arqueología al tratar de toda clase de creación material humana y no sólo de las que son «bellas».
Es. ta l y como lo sintetiza Bruneau. la diferencia entre la historia di: los monumentos (Historia del Arte) y la historia por los monumentos (Arqueologia) por más que en muchas ocasiones sea dificil discernir entre ambas disciplinas al considerar los textos de ambos autores.
Observa asimismo Bruneau cómo Perrot y C'oll ignon se dejan llevar por e l gusto moderno a la hora de comprender y explicar las obras de arte, así como por los conocimientos sobre el Renacimiento para interpretar al artista y a su actividad, lo que produce. naturalmente, anacronismos.
Responsabilidad también de los inicios de la disciplina arqueológica fue la idealización de una Grecia. en buena medida desvinculada de su realidad contemporánea. así como la periodización del arte helénico a partir de conceptos biológicos (origenes, clasicismo o madu rez. decadencia). y el marcado aticocentrismo de las reconstrucciones del momento, rasgos todos ellos que han pervivido con el paso del tiempo.
No obstante, esos juicios que formula Bruneau sobre sus antecesores. y de ahí las rellexiones con las que iniciaba esta reseña. le permiten también criticar la Arqueología griega de la actualidad en algunos de sus defectos; uno de ellos. el que la propia excavación arqueológica, impecablemente realizada. puede tender a convertirse en un fin en sí misma; el otro, el que el deseo de aspirar a un carácter científico le ha llevado a dejarse seducir por las ciencias de la naturaleza.
En ambos casos se trata de mejorar las condiciones de observación: frente a ello Perrot y Collignon. menos interesados por esos problemas teóricos. aún no planteados, se dedicaron a lo que, en opinión de Bruneau, debe ser el objeto de la Arqueología, el estudio de los restos materiales como medio de aproximarse al ser humano. responsable de su elaboración, y a las «reglas» que subyacen a la producción artística de una civilización determinada.
Tras la densa introducción de Bruneau se recogen los diferentes escritos objeto de la recopilación.
De G. Perrot se incluyen los siguientes: De l 'art égyptien et de l' art assyrien ( 1877) La lectura de estos trabajos, los m{1s recientes ya con más de odienta a1ios. depara una sensación contradicturia; por un lado. y apagados ya lo~ ecos de fútiles polémicas. responsables parcialmente de l planteamiento de algunos de ellos. qued;i en los mismos un finí simo y agudo sentido de la observación de la obra de arte en buena medida aún perfectamente válido y asumible: por otro lado, y de ahi la contradicción a la que aludía. ni la Historia del Arte Antiguo ni. tan siquiera, la propia Arqueología Clásica. han sido capaces. en muchos casos. de superar y trascender. también a pesar del tiempo transcurrido. los límites ya perceptibles en los momentos iniciales de tal ciencia.
Sólo de unos ai'ios a esta panc un nuevo debate. ya apuntado por 13runeau en su Introducción. y que en el mundo anglosajón tiene en Snodgrass su principal representante. va en esta linea de. sin perder de vista el pasado y aprovechando la experiencia de las ya varias generaciones de arqueólogos clásicos y de historiadores del arte. sentar las bases de lo que habrá de ser la Arqueología del futuro.
Es éste un libro que hace hito en la historiografía de la antigüedad, un corpus que utilizarán muchas generaciones futuras de científicos.
Sus autores. la envergadura de los fondos de las once colecciones numismáticas que han servido de base de estudio y las editoriales que lo han sacado a la luz son respaldo suficiente para poder decir que la ciencia numismática debe fe licitarse por este nuevo compendio.
La obra que inicia su andadura con este volumen tiene el objetivo de constituir el primer corpus de moneda provincial romana de todo el imperio, es decir, de compilar las acuñaciones no recogidas en el Roma11 Imperial Coinage, donde no habían ten ido cabida las riquísimas emisiones autónomas de las ciudades provinciales.
La obra está proyectada en unos diez volúmenes en los. \pA.
66, 199] que intcrwndri1n di>tlntn".:"p.:ciali>las s.:gün l1ls tema~ a tratar. pc:m lo" ohjet í' 11" proyectado" y los mO: todos a aplicar estfm ya planteado" en el prólogo y merecen un comentario. -n1pción del contenido dd trahajo.
La obra.:,,tá concehida como un c11r¡111., numbmati• co donde M! recojan todo" lo" tipo" de mon.:da con "u" \anante" epigrafica> y tipológica~. en "uma un libro de fuente" para histonadore" de la antigüedad. con,,erva-Jore> o colcccioni "ta"• l'Omo en d prólogo sc declara.
La enorme amplitud del contenido.
100.000 moneda" catalogadas y convertidas en 5.000 tipos clave sólo para este volumen. da idea de la magnitud de la recopilación y también del enfoque al que se han visto obligados a doblegarse los autores: la de"cripción y catalogación exactas y detalladas de las monedas son las protagonis• tas de la obra. habiendo de relegar a un segundo término la" discusiones epigráficas. institucionales. económicas y. en general. histórica); es evidente que no habia lugar para todo.
La labor cs. como en tantos ca.sos en lo" cor¡wra. la de facilitar al resto de los investigadore" un material ingente para su completa incorporación en los trabajos de la antigüedad. dándoseles los materiales con unas introducciones que les orienten sobre los pro-blema~ cronológicos básicamente. pero también sobre los económicos o administrativos.
Ahora. no existe disculpa para no utilizar la moneda como un material arqueológico más en los trabajos históricos.
El tipo de presentación mejora considerablemente la del RIC: se podria haber seguido, como allí. sólo un orden cronológico donde la arnoncdación de Augusto apareciera conjunta y separada de la de Tiberio, o uno exclusivamente geográfico en el que la moneda de Grecia. por ejemplo. hubiera constituido por si sola un volumen.
En el RPC se han combinado ambos. primando la importancia de la vida sin cortes de las provincias y de sus ciudades. donde una 1radicíón cultural propia es el aliento que más se percibe, y cuyo mejor testimonio son las monedas por la continuidad de sus tipos, sus magistraturas. fórmulas epigráficas, valores, etc.: pero a su vez, no se ha querido desligar tajantemente la pro• vincia de los territorios veci nos con los que existen unas relaciones culturales indudables.
Por ello, cada volumen coniiene sólo un gran ciclo histórico: éste, hoy publicado. es el que corre desde la muerte de César a la de Vitelio (del 44 a.
Sin duda esta concepción conlleva la firme creencia de que, en las pro• vincias, la importancia de una arraigada tradición cultural es prioritaria a los cambios políticos que el emperador desde Roma pueda ocasionar, y que es más fructi fero estudiar de forma continua las monedas de Cala• gurris que dividirlas entre los tiempos de Augusto y Tiberio.
Otra novedad importante, debida a la misma filosofla, es el orden geográfico elegido para la presentación, donde el recorrido por el Mediterráneo se hace. no desde su cuenca norte para llegar a la sur, sino desde su occidente completo para arribar al saliente, uniendo en la presentación Hispania, Cerdeña, Sicilia y Africa, o Chipre, Siria y Alejandría.
Es indudable que se establece un nuevo orden de relaciones culturales, más coherentes con lo que fueron éstas en la antigüedad que con lo que SOf! hoy día las de Europa con A frica.
Es sin duda cierto qoc la arnonedación de la Bética tiene sus mejo-res paralelos en la africana y poco que ve r con la gala. tanto en sus usos epigráficos como en el lenguaje iconográfico. o en s u ~ valores.
E~tas nuevas coordenada~ en la prc,,entación de las fuentes hi,,tóricas parecen no tener importancia. pero marcan i.in duda las Jirectrice" de la futura investigación numtl>m:Ítll:a.
F.I reparto de la ohra entre loi. trci.
AA. i.c ha hecho como ~iguc: a cargo d.: A. Burnett corre la l nt roduc• c1ón Ueneral. rná" las provincia:. de Cirecia y Asia. de M. Amandry las provincia" de Cialia.
Cirinaica y Creta. amén de Chipre y lal> entradai. de todas las colonias griegas. de P. P. Ripollés la moneda hispana.
Aunque existe una clara y perfecta concordancia entre la obra de los tres AA. en cuanto a apartados, normas de presentación. eic.. es indudable que todos no han puesto el mismo énfasis en las mismas cuestiones y que cada uno ha dispues10 de cierta libertad en temas y pá• gina~ para hacer las introducciones provinciales y ciudadanas. y para el número de datos a recopilar en la catalogación. cf. por ejemplo lo~ largos parágrafos de las colecciones de cada tipo de moneda en Ripollés y lo~ breves de Bumett, o las largas introducciones de éste y las cortas de aquél. o el tratamiento dado al tema de las magistraturas monctales en los tres autores.
Esto forma parte de las ventajas y los inconvenientes de las obras compartidas. más cuantiosas sin duda aquéllas porque al lector en un solo libro se le ofrecen distintas perspectivas de enfoque. método, e incluso conclusiones. sobre un mismo material histórico. en este caso numismático.
Ciertas conlradicciones internas creo que son beneficiosas a la hora de juzgar problemas numismáticos. y estoy segura que van a alentar nuevas intervenciones de distintos especialistas. incluidos los numisrnatas, cf. por ejem. pp. 2 y 66 sobre las acuñaciones con leyenda PERMISSU AVGVSTI que en un sitio son consideradas corno testimonio de la autoridad suprema de acuñación, y en otro corno usos caprichosos de las administraciones provinciales.
La Introducción General de 54 páginas hecha por A. Burnctt es una auténtica introducción a la Numismática.
Contempla varios apartados: 1 autoridad emisora y magistrados; 2 la producción y circulación de las monedas en las provincias: 3 denominaciones (valores); 4 el diseño de los tipos y las leyendas: 5 los emperadores y la familia imperial. y 6 los emperadores y la moneda provincial.
Es una introducción espléndidamente hecha en la que se abordan los problemas trascendentes de la moneda provincial. cuya ejecución conlleva pasos legales y administrativos que afectan, no sólo a las provincias. sino al aparato general del Imperio.
Se plantean problemas más que soluciones. -y éste es uno de los grandes logros de Bumctt-. ofreciendo en cada caso un estado de la cuestión desapasionado.
Es imposible que toquemos todos los temas de la Introducción, pero véase por ejemplo la justificación de la puesta en mercado de la moneda provincial (pp. 6-19), terna muy en litigio últimamente desde los trabajos de Crawford que han abierto una importantísima brecha en los estudios numismáticos, planteando nuevas perspectivas en economía política que hasta ahora habían sido obviadas.
Crawford ha defendido que la causa principal de acuñación son los gastos estatales, sobre todo el ejército, pero también otros tipos de gasto público. costos que afectan naturalmente a la política fiscal en todo el lrn-Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 331-350 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Con Tiberio quedan aqui sólo dos legiones, la VI y la X. ambas formando parte del ejército de la citerior y bajo un solo legado. y es ahora cuando se cierran muchas de las cecas del sur. y en cambio se abre Clunia, que no había acuñado moneda desde época ibérica. muy posiblemente en relación con la Legio X. asentada en Petavonium.
Existen muchos más datos y matices, incluidos los que proporcionan Nemausus y Lugdunum. cuyas monedas en altísima presencia en el limes germánico deben apuntar hacia la misma explicación ¿Se acuña en estas cecas por decisión de Roma para solventar el problema de abastecimiento de moneda menor a las tropas?, o c, llega la moneda allí porque la tropa atrae ese numerario?
Si la decisión fuese sólo municipal pronto hubieran dejado de acuñar esas ciudades al ver las fugas de su moneda fuera de su territorio.
Naturalmente la justificación militar no es la única. pero sí la principal, motora además por rechazo de otras muchas necesidad políticas que implican la puesta en circulación de numerari o.
Mi impresión pues es que Crawford vio muy bien y justificó, en gran parte, la importancia que el ejército juega en la economía monetal imperial y provincial.
Si la explicación estuviese, como se defiende ahora, en la obligación de aprovisionamiento de moneda menor a las ciudades, no se justificarían los grandes lapsos temporales sin moneda, las diferencias cuantitativas entre unas emisiones y otras, los cierres abruptos de las cecas en momentos de crecimiento económico, etc. etc. Pues bien, éste es uno de los temas abordados por Burnett con un equilibrio y mesura de los que yo carezco.
Los ejemplos que Burnett aporta para todos los temas de la Introducción son numerosos y enormemente ilustrativos, aunque son mucho más ri• cos los relativos a la moneda del Mediterráneo oriental que a la del occidental. como c> lúgil:o. dadP quc c: mejor conocedor de aquella quc de.!>W. La concepción lle la obra conlleva la neccsitfad de uno~ espléndido~ indices que faci liten el manejo y e l aprovechamicnw de tanto dato. indices que presumiblemente s.:rán los mismo'.:n el resto de los vollimencs y que por ello me permito comentar aquí porque sQn el testimonio más claro de cuáles han sido las prio• ridades <k estudio a la hora de valorar la moneda como fuente histurica.
Los autores han sido prolijos y nos proporcionan siete grandes bloques con subdivisiones: 1 ci11dudt's: 2. pt'1•su1ws.
1 familia imperial: 2.2 reyes y gobernantes: 2.3 oficiales romanos: 2.4 retratos de noromanos; 3 lel'emlas.
1 España: 7.2 pre-imperial (excluida España): 7.3 imperial (excluida España).
He hecho algunos sondeos en los indices y la corrección y clicacia es el sintoma constante de la obra.
Todo está recogido y todo se encuentra.
Faltan sin embargo tres tipo de indices. a mi juicio muy importantes: 1) de magistraturas.
2) de fórmulas admi nistrativas y 3) de patrones metrológicos.
En el primero hubieran tenido entrada las magistraturas de los llviri. llllviri, aedilcs, quaestores. sufetes. etc. etc. pues, aunque se ha hecho un indice de nombres de magistrados. muy útil para estudios prosopográfícos. es inút il para el estudio de las magistraturas puesto que éstas constan al final de cada nombre.
Al faltar este índice se silencia, por ejemplo. que todavía existen sufetes responsables de la amonedación en Caralis (Ct: rdeña) -o de la colonia Carthago como se creia antes-cuando la ciudad es ya muni cipio. magistratura formada. no por dos individuos como es normal, sino por tres, y es posible que haya más casos constatados en las monedas: pues bien, en ningú n índice existe la entrada de sufetcs o sufctazgo.
No podemos conocer a través de los índice en qué ciudades acuñan cuestores y en cuáles ediles...
Hubiera sido extremadamente útil tener recogidos todos los cargos municipales para estudios comparativos de todo tipo.
Un segundo indice que echo en falta es el de las fórmulas administrativas como ex S. C.. o D.D.P.P..
D. D.• etc., que deberían tener una entrada propia.
Sabemos que sólo algunas raras cecas provinciales marcan con S. C. sus acuñaciones, y no con D. D. como es lo habitual.
¿Dónde y por qué ocurre?
Tenemos constatada también la sistemática utilización de la fórmula D.D.P.P. en Cirta, Uti ca.
Carthago y Paterna, todas ciudades de Africa proconsular, que si n duda debe tener alguna justificación concreta que se nos escapa, pero que convendría hacerla explicita para que tanto epigrafistas como historiadores pudieran tenerla en cuenta cuando se enfrentan a sistemas formularios similares que en Roma no eran necesarios, y que sin embargo ocurren en algunas provincias donde sin duda se están traduciendo al latín usos formularios propios.
La incor• poración de todos estos datos numismáticos a la Historia Antigua habría sido más fácil si se hubieran recogi-Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 331-350 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Rl:c:t: NSIONES Af:\pA.
M1, 199] do en indicó. y 1amhié11 de forma m;i, cxplici1a en las introducción a la' ceca, o a las cmi, ionc' correspondiente,.
1:1 enfoque numi,.má1ico a ultrai11a ha llevado a que Ja, leyenda,'o' o >e 1ra, criban. indicando. eso'i. la mob minim;i'ariant éptica p.: ro nll,e 1:01111:111a la di licultad d.:'u comph:t capa a nadie.
Es pena que estos dctallei. puedan dificultar el que el espléndido corp11.
1 se utilice hasta sus máximas consecuencias, pues la trascendencia de la moneda para eslu• dios de administración ciudadana en las provincias es inmensa. sobre todo en estas fechas de transición de lai. estructuras civiles indígenas en las equivalentes romanas.
Sospechamos que aunque la nomenclatura de los cargos ciudadanos sea la latina. en muchos casos puede tratarse sin más de traducciones de contenidos que no le corresponden. y que en realidad los sistemas de gobierno no romanos pervivieran hasta muy tarde bajo una nomenclatura latina.
Nada mejor que un estudio sincrónico y diacrónico de las emisiones monetales en estas fechas para su estudio.
Tambien echo de menos. como dije an1es. un indice de metrología por la misma razón.
Saber cuáles de las ciudades griegas. africanas. hispanas. mantienen sus sistemas metrológicos vivos.
¿Hasta cuándo y dónde se acuña en shekels, en dracmas, etc.'? los sistemas metrológicos son un testimonio cultural importante que en nada como en la moneda se puede estudiar.
De todas formas creo que estos indices son addenda fáciles de incorporar a la obra, puesto que todo ello está informa• tizado.
Otra anomalía comprobada a lo largo de toda la obra es la utilización del término «étnico» aplicado a las le• yendas toponímicas.
En el caso en que se cita a los ciudadanos está bien empleado. pero no en aquéllos en que se cita la ciudad.
Es muy distinto un topónimo de un étnico y de ninguna manera deben confundirse.
La información sobre esas variaciones lingüísticas es tan importante como para perm111r ~cguir la evolución de un, il>tema político a 1ravés de ello: aí•ekorariko. i.
11i• un etnico sino un topónimo.'us habitante~ fueron unol>. romano~. y otro,. lu, itanol>.
El topónimo pucd.: i.cr un residuo lingüístico que no corr.:sponde a la población que lo habita. siendo su étnico bien distinto.
Por ejemplo. las monedas acui'tadas en Morgantina a nombre de /-li.1pu11ornm contienen un étnico que nada tiene que ver con el topónimo.
La terminología internacional hace estas diferenciaciones y de ninguna manera debe la Numismática. fuenle importantísima para cuestione, lingübticas. permitirse confusiones terminológicas.
Pcrmitanseme ahora ciertas puntuali.i: acioncs a la parte de Hi!>pania que. como el rcl>tO de la obra. está espléndidamente presentada y contiene todo tipo de información numismática minuciol>amcntc detallada.
Pero. como es lógico. me surgen ciertas preguntas y ciertos comentarios que quiero hacer en alta voz. ¡,Qué parte de nuestra numismática se ha incluido'!
Ripolles explica que las emisiones incluidas son aquéllas que no siendo imperiales. como los denarios de E merita por ejemplo. sean acuñaciones de ciudades romanas. eitcluyéndose sin embargo las de ciudades c 1.
¿Por qué Segovia es romana y Toleto no, cuando ésta marca su emisiones con ex S. C:!
La recopilación de material que ha hecho el A. es inmejorable y no es fácil que en un futuro próitimo haya novedades de lecturas o de tipos en monedas de colecciones o museos.
La presentación es minuciosa y exacta en todo.
Hay sin embargo una excepción y ella es la trascripción de los letreros ibéricos, donde no se han consignado los signos diacríticos que separen bien los dos grafemas s y s. r y r.
Sonidos que fueron para los autores tan distintos como para nosotros la k y lag. son aquí escritos con un sólo signo: tampoco deben ponerse mayúsculas y minúsculas en un solo topónimo puesto que se trata de una transcripción de una leyenda donde no existe esa diferenciación de grafia cf. Untikesken.
Turia.rn. cte. etc.., cuando deberían ser: untikesken. kai~•katu,.vekohiNkes. tuhaso. cte. Estas son cuestiones importantes que deben cuidarse puesto qi;e implican lecturas erróneas de las leyendas monctales.
Otro error está en las leyendas griegas de Ampurias que. aunque transcritas en alfabeto griego. consignan de manera sistemática lo que debería ser omega como omicron.
Las introducciones a las cecas están muy bien hechas y contienen los datos esenciales para una comprensión de la historia numismática previa a las acuñaciones que se estudian. aunque naturalmente siempre se echen de menos ciertas citas, o de más ciertas interpre• taciones.
Sin embargo me hubiera gustado encontrar más información histórica sobre esas ciudades. o mejor ver la moneda empicada más a menudo como trascendente documento histórico. en el precioso dato por ejemplo de la exis1encia de dracmas de imitación cmporitana a nombre de Tarraco y de Cose. documento importantísimo por antiguo (s. 111 a.
C.) y por oficial. que reabre de manera brusca la discusión de si Tarraeo-Cesse fueron dos o una ciudad. preámbulo necesario si se hubiese comentado que en ninguna emisión imperial aparci: en juntos los topónimos de Ces..: y Tarraco.
En la misma Tarraco la leyenda DEO A VGVSTO hubiera merecido un comi: ntario particular dada la excepcionalidad del epitctu dentro de toda la acuñación imperial. y el que fu..:s.: Tarraco el centro inicial en occidente del culto imperial.
En Ampurias se ha obviado un dato importante para las cronologias de las monedas de estas fechas. que como bien dice Ripollés (p.
106). no contienen información intrínseca para su datación y oscilamos entre fechas prcimperialcs y Caligula; ello es la aparición de la moneda de L M RVF PC Q en Haltern. campamento del Lippc arrasado en el 9, una fecha mlll' l{U<'lll tan concreta y temprana que constituye un hito importante en la cronologia de la moneda cmporitana.
Este hallazgo no se ha traido a colación nunca y es el único dato que poseemos sobre la cronología absoluta de las monedas de Emporia con magistrados.
Como la ordi: nación r..:lativa de las monedas propuesta por Villaronga parece correcta. esta emisión en la mitad de la lista. obliga a pensar que las acuñaciones de Emporion no pasaron de los tiempos de Augusto y como mucho de Tiberio.
Quiero cerrar mi comentario haciendo hincapié en la importancia de la obra, por sus objetivos y sobre todo por la calidad de su ejecución.
Como dije al principio. constituye un hito en nuestra historiografia pues!O que en esa ingente recopilación de documentación histórica que puso en marcha Mommscm, y que ha ocupado la ciencia del siglo XIX y principios del XX, no se había abordado este material, no existía una recopilación y estudio de la moneda imperial de las provincias.
Aquí tenemos uno. el primero, de los diez volúmenes que formarán el compendio. y la seguridad. conociendo a sus gestores. de que el trabajo no ha hec ho sino comenzar.
Bajo el título «La agrimensura romana» se han publicado los resultados de un ~ymposium que tuvo lugar en Wolfenbüttel y Gottingen del 5 al 8 de junio de 1988 y que pudo llevarse a cabo gracias a la hospitalidad brindada por la Herzog August Bibliothek de Wolfenbüttel, lugar en el que si: custodian lo~ rnás ~alioMb manu~c:n tos de la tradición gromática. y a l patrocinio d~• la A1: ademia de las Ciencias de Güuingen.
Las aportac: ione~ di: todos aquellos que en él inlcrvinicwn están organi1.adas en ocho apartados qu..: pro-fundi1.an en los conti: nidos de l C11rp11.,../~ri111e11s11m111 Ro111a1111r11111 ( C.A.R. ) desde difcrcnti:s perspectivas: hi~ toria de la i11vestigación. c11cstio11cs filológicas. hallazgos arqueológicos. aspectos religiosos. jurídico~. matemáticos y técnicos. k1 cnscfü1nza.:n la At11igü..:dad y. por úhimo. la his1oria de la colonización romana.
Dentro del apartado dedicado a la historia de la investigación.
Capogrossi Cologncsi se centrn en el tralamiento que recibienir1 los tratados de agrimensura en el siglo XIX. empezando por Niebuhr ( 1812) y su idea de aclarar los misterios que se esconden en estos escritos a través de la observación de marcas de centuriación sobre el terreno; para seguir con los estudios de Rudorff ( 1852) en un intento de sistematizar el contenido de los 1 ratados.
Mommsen y su « Bodenrccht» ( 1891 ) como preámbulo a la obra de Wi: ber ( 1891) que inaugura un nuevo fil<'m en los estudios de historia económica, Bcaudin ( 1894) que se sirve de la literatura gmmi1tica en su libro sobre la limilación de las tierra~ en ri: lación con..: 1 derecho <le propiedad.
En la parte dedicada a cuestiones filológicas están incluidas las contribuciones de Toneatto y de Grelle.
El primero nos presenta un nuevo recuento de los manuscritos sobre el ur.
1 • mensoriu. inclu yendo tanto los de tradición directa como los de tradición indi recta. todo ello acompañado por una minuciosa bibliografia y por unas tablas en las que figuran los recuentos de manuscritos hechos por 131ume.
Bubnov y Thulin. más aquellas en las que se resumen las conclusiones de Toneatto al respecto.
Urelle, por su parte, centra su atención en la estructura y origenes de los Lihri c11/o11iaru111, en su contenido y problemas cronológicos asi como en las conclusiones de Mommsen sobre el tema: cs. según Grelle, una compilación de obras diversas tanto en origen como en carácter y en las que no se ha intentado en ningún momento dar una estructura homogénea a la redacción.
En el apartado de hallazgos arqueológicos está el estudio de Clavel-Léveque sobre el nivel teórico y práctico contenido en el C.A.R estudiando los casos del ager Mint11rne11si.1•. ager Nolunus y ager Baeterrensis y, en segundo lugar, seleccionado los pasajes gromáticos que hacen referencia a superposiciones catastrales para después someterlos a un análisis factoria l de correspondencias.
Su intención es abordar tres puntos esenciales: la evidencia de sucesivas operaciones catastrales y sus imágenes, las estrategias catastrales que las producen y los modos de construcción catalogados.
Desde el punto de vista religioso tenemos las colaboraciones de Hübner y Gladigow.
La primera acerca del trazado del dec11manus maximus y cardo maxinws.
el origen etrusco de esta operación y algunos detalles en torno a ella, como la anchura de los dos ejes y su orientación.
Con respecto a esto último Hübner postula que la vaguedad en el uso de las preposiciones de los textos de Frontino e Hyginio sobre cuestiones de orientación de los dos ejes principales podría ser una parti-Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 331-350 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa per <'Xtremiwtem me11.rnra c11111pr('/1e11.rns. elige este tema por ser para él «Un 1mponante y genuino problema de agrimensura».
A partir del texto transmitido en el rn-d<':r Arc<'riu1111s. no muy exacto para este autor. y de la versión presentada por Pctcr Scrivcrs en 1606 reconstru ye la forma en cómo se media el perímetro y se calcu laba la cxtcn~ión <le este gc•1111s ugri.
lntercsantc es el anh: ulo de Schnindel en el que ~e interroga sohre si existía en la agrimensura una sistemática y organizada teoría de ensciianza. algo similar a la disi.:iplina de las «arh!s liberales».
Para responderla analiza el autor los contenidos <lc los tratados incluidos en el CA.R. teniendo en cuenta. entre otras cosas. la propia denom inación del autor. las pruebas de la procedencia <le su materia de enseñanza. la información sobre sus destinatarios y lectores. la designación del tipo de trabajo. de su objetivo y aplicación. las carai.:teristicas de la disciplina tratada. cte. La conclusión de su rastreo es que durante los siglos 1 y 11 los textos no prueban la existencia de escuelas de agrimensores. pero. en cambio. resalta la función más pedagógica de estos escritos durante la Antigüedad Tardía.
Todo esto le lleva finalmente a plantearse cómo y dónde se formaban los agrimensores si no es clara la existencia de escuelas o clases organizadas.
El punto final lo ponen Gabba y Gals• terer.
El primero con su «historia y política en los Gromatici» donde resalta los pasajes gromáticos en los que se mencionan las diferentes formas de utilización del ager puhlirn.v P.R.. comparándolos con las noticias que sobre el mismo tema nos transmiten Appiano y Plutarco: la evolución en la división y organización de la superficie cultivable que culmina con la centuriación, reexaminando. por último, la historia del problema agrario tal y como lo presenta la tradición historiográfica analística para la Roma monárquica y republicana.
Por su parte, Galstercr se centra en la colonización en Italia hasta la época de los Gracos sin hacer apenas alusión a los tratados de agrimensura sobre los que concluye preguntándose por la relación existente entre su contenido teórico y su aplicación práctica.
Cuenta el libro en su parte final con un índice de materias en el que se distinguen nueve apartados: historia de la colonización romana; índice toponímico (lugares. regiones. comarcas y vías); agrimensura: religión y orientación; propiedad estatal y privada del suelo dentro del derecho procesal privado; matemáticas, geometría y geografla; los tratados de agrimensura. sus autores y su carácter didáctico; los manuscritos; estudio del paisaje y el tratamiento estadístico de los datos.
Este nuevo trabajo sobre la agrimensura romana que tiene como fuente principal el C.A.R.• es un claro ejemplo de cómo sólo a través de un estudio interdisciplinar es posible adentrarse en los secretos todavía encerrados en los enigmáticos tratados de agrimensura y en el resto de los textos que componen el conjunto de la obra.
Esperamos que la iniciativa emprendida por Behrends y Capogrossi Cologncse sea un ejemplo a seguir por todos aquellos que desarrollan su labor científica dentro del ámbito de la historia agraria romana, en la que los tratados de agrimensura deberían ocupar el mismo puesto que los escritos de los agrónomos.
Universidad de La Rioja Blázquez Mari íncz.
Urhanismo _,. sociedad en His¡wnia, Istmo, Madrid.
Griegos y Cartagineses e11 0ffidente.
Cátedra, Madrid, 1992, 546 págs. El prolCsor Blál.4ue1. reúne en estos tres libros un con-jun10 de cim: uenta y cuatro artículos. en su mayoría publicados en diferentes revistas nacionales y extranjeras. así como en actas de coloquios de muy diverso origen y que rd1cjan una parte imponante de la intensa actividad del autor durante los últimos 35 años: algunos de ellos han sido realizados en colaboración con otros investigadores.
A fin de podt!r abarcar en esta breve reseña la mayor cantidad posible de materias. desglosaré el contenido de los tres volúmenes de forma temática.
Advertiré que para referirme a las distintas obras aludiré a ellas como Religiones.
Empezaré por el cpigrafe que podemos titular Gri<•gos •'' E1r11.vc11s. y al que corresponden diez trabajos.
En ellos se trata. por ejemplo, del influjo egco en el alto Guadalquivir (F1mici11s,, del problema de las relaciones míticas entre Iberia y el mundo griego. ejemplificadas en el <.:aso de Gerión (Fenicios. págs. 323-348) y de las relaciones entre la colonización griega en la Península y en el Ma r Negro (Fenicios, págs. 309-322).
Un grupo de trabajos viene representado por el asunto de las influencias del arte y la cu hura griega sobre las formas artísticas ibéricas. tanto de modo global (Fenidos. págs. 349-386) como centrado en algunos casos, tales como el monumento de Jumilla (Fenicios,. el de Porcuna (Fenicios, págs. 387-421) o el que representan las necrópolis ibéricas de Cástulo (Fenicios,.
El apartado concluye con un estudio sobre los artesanos etruscos en Tarteso (Fenicios,. el elemento griego en las religiones orientales de Iberia (Rl!!igiones, págs. 183-187) y un trabajo, relativo a la imagen que de Iberia transmite el geógrafo griego Estrabón ( Urhanismo, págs. 13-15), que marcó un hito en el momento de su aparición allá por el año 1971.
Estos trabajos. que muestran la preocupación del profesM lllázquez por la pcrvivencia de rasgos de religiosidad indígena en la Hispania romana. se ven completados por sendas monogratias dedicadas a la problemática religiosa, y su relación con la urbanística, en ciudades como Itálica (Religiones. págs. 285-313 ), Cartago Nova (Religiones, págs. 3 15-331 ).
Por último, dos artículos tratan sobre los orígenes del cristianismo hispano (Religiones, págs. 361-372) y sobre Prisciliano y el ascetismo (Religione.~, págs. 3 73-442), respectivamente.
Tal y como he intentado resaltar. los problemas abordados en esta antología de trabajos son de una amp litud tan extraordinaria, que exceden con mucho las posibi-1 idades de una critica detallada; baste decir que todos ellos conforman un mosaico de datos. un centón de informaciones. de todo punto imprescindibles para cualquier estudioso del Mediterráneo y de la Península Ibérica en la Antigüedad.
Este volumen recoge una serie de trabajos sobre mosaicos hispanos del aulor o en compañia de sus colabo-radorc~. que publican en la actualidad el Corpus d<' Mowil'os tle Espa1ia. del que ya han aparecido IX volúmcn..:s, a los que se ha añadido el estudio de algún pavimento de Portugal (Torre de Palma). de varios mo• saicos del Oriente y de Ostia. y dos 1rabajos sobre las pinturas de Qusayr' Amra en Jordania.
Parece que el autor ha querido recoger en un volumen todas sus publicaciones sobre mosaicos. hispanos en su mayoría. y sobre pinturas.
Universidad Autónoma de Madrid
Esta recogida de los trabajos de J. M. Blázquez es útil a los estudiosos, por estar dispersos en diferentes revistas. algunas de ellas de dificil manejo, sobre todo en el extranjero.
Todos los trabajos se caracterizan por un gran empleo. a veces excesivo, de paralelos y de la numerosa bibliografia.
El número de las ilustraciones es relativamente grande. pero hubiera sido deseable que todos los trabajos fueran convenientemente ilustrados, ya que algunos estudios no llevan figuras o son de pe• queño tamaño.
También algunas ilustraciones. como las del mosaico mitológico de Torre de Palma ( Portugal), son débiles.
Los estudios de J. M. Blázquez ilustran muy bien algunos aspectos fundamentales de los mosaicos romanos en general. como son la técnica de fabricación; por ejemplo, una inscripción de Carranque (Toledo) prue• ba que un artesano dibujaba las figuras y los motivos geométricos y otros fabricaban el pavimento; algunos mosaicos acusan diferentes manos, como el de la Gran Caza de Pedrosa de la Vega, donde las diversas escenas se ensamblan sin dar gran unidad al conjunto; varios mosaicos hispanos, al parecer, se inspiran en pinturas como el de Poli femo y Galatea de Córdoba y sirven muy bien para confirmar las relaciones entre pintura y mo• saicos. que J. Balty estudió en el caso de los mosaicos de Siria, con pruebas irrefutables.
Llama Ja atención el gran número de mosaicos hispanos de tema báquico y mitológico, varios de los cuales sólo se reproducen una vez, como el Juicio de París de Casariche (Sevilla) o la boda de los semidioses de Ja villa aragonesa de La Malena, etc. Muchos mosaicos hispanos son de una gran calidad artística, como el cosmogónico de Augusta Emerita, o el citado de La Malena, probando que en Hispania hay gran cantidad de mosaicos que pueden competir con las mejores piezas encontradas en el Oriente y N. de A frica.
La musivaria hispana sigue las corrientes artísticas y temáticas del momento.
Hispania, en cuanto al arte de sus mosaicos, no es una región apartada del Imperio, sino que incluso en el Bajo Imperio se acusan las modas artísticas del momento.
Así, los mosaicos de finales de la República son de opus signinum, como Jos de Italia; los de los dos siglos primeros imperiales son de procedencia urbana, en blanco y negro, e indican influjos de los pavimentos de Ostia, que era el puerto por donde llegaban a Roma todas las numerosas mercancías hispanas, según afirmación del geógrafo griego Estrabón (3.2.6)..
A partir de la Dinastía de los Severos, los pavimentos hispanos acusan influjos africanos, tesis esta última seguida por K. Dunbabin y Wilson.
J. M. Blá: tquez es partidario de que los musivarios trabajaban con copy-hooks. cuyas escenas acoplaban a su gus10. más bien que de una llegada de artesanos africanos. como propugna K. M. D. Dunbabin.
Una novedad grande en el estudio de los mosaicos hispanos en los últimos años es la detección de claros influjos de la musivaria oriental.
El autor considera posible que llegaran incluso artesanos orientales (mosaicos de los Siete Sabios de Grecia y de Cabezón del Pisuerga con letreros en griego) a Hispania. al igual que se comprueba la existencia de un joyero oriental que escondió hacia el año 400 las joyas de lllici.
Entre los estudios publicados por J. M. Blá: tquez y recogidos en este libro destaca el referente a los espectáculos con toros en mosaicos y relieves, fundamental para conocer el origen de las actuales corridas de toros españolas y portuguesas.
Llama la atención también la espléndida galeria de retratos en los mosaicos hispanos (Pcdrosa de la Vega.
Tossa del Mar, etc.). incluso los domini se hacian retratar vinculándose con Dionisos (Emerita Augusta y villa extremeña del Olivar del Centeno). porque reílejan bien la sociedad de la época.
En resumen, creemos que ha sido un gran acierto del autor la recogida en un solo volumen de sus numerosos estudios sobre mosaicos, que ilustran puntos importantes de su técnica de fabricación, temática, relaciones artísticas. etc.
S. Montero Universidad Complutense de Madrid
Tomás Mañanes Pérez, La villa romana de Almenara-Puras (Valladolid).
Éste es el segundo libro que publica el prof. T. Mañanes sobre una villa romana de Valladolid, en los que da a conocer unos mosaicos excepcionales 1 • Si el yacimiento de Cabezón de Pisuerga destacaba por el mosaico de tema homérico. la villa de Almenara-Puras sobresale por la escena de la Toilette de Pegaso figurada sobre uno de sus pavimentos.
Comienza su estudio T. Mañanes con un capitulo (págs. 7-25) dedicado a las villas hispano-romanas y en concreto a las situadas en la cuenca del Duero, los distintos tipos de villas y, sobre todo, presta una atención especial a los temas figurados y decorativos de los mosaicos, ofreciendo un cuadro muy útil (págs. 21-22).
1 ncluso hace el autor una breve incursión en el complicado mundo de los talleres, entre los que identifica al menos seis: el taller del NO., caracterizado por Jos temas marinos; el taller o talleres del N., uno que hace los temas geométricos y otro las escenas figuradas; los dos talleres de Quintana del Marco, el que realiza las orlas vegetales y el encargado de las escenas figuradas y final-mente el taller de Baños de Valdearados, en donde se patentiza ya una disgregación de las formas clásicas.
27-5 1) está consagrado a la vi lla romana de Almenara-Pura~.
El autor ofrece una hi~to riografia de esh: yacimiento desde su descubrimiento en 1887: las excavaciones de G. Nieto Gallo en 1942-1943; la campaña reali1: ada por P. de Palol en 1969: la~ excavaciones dirigidas por A. Balil. con la cola boración de T. Mañanc~. e n 1975Mañanc~. e n.
Varios planos permiten localizar la villa con exactirud en un área arqueológica integrada por varios yacimi entos cuyos materiales se dan a conocer de forma sucinta.
De igual forma. son ofrecidos con un gran cuidado la planta y el alzado de la villa de Almenara-Puras. permitiendo su estudio estructural y tipológico.
Evidentemente se trata de una construcción de prestigio. con va rias dependencias entre las que destacan una sala octogonal. un aula trilobulada. una estancia con cabecera pentagonal y el uec11s.
A ello hay que añadir el complejo termal. los restos de columnas y capiteles. las pinturas murales y los pavimentos que cubren los suelos.
Sin lugar a dudas. lo más destacable de esta villa son los mosaicos, a los que está dedicado todo el capitulo 111 (págs. 53-71 ).
Predominan los temas geométricos y florales. de elegante diseño y gran riqueza cromática.
Todos ellos tienen paralelos en otras villas de la Mcscia. mostrando una especial relación con los pavi mentos leoneses de Navatejera, aunque también se encuentran en zonas más alejadas como son el valle del Ebro, por una lado, y Lusitania por otro.
El sorprendente paralelismo entre las orlas de Almenara, Prado y Navatejera han llevado a M. Torres a proponer la existencia en este último yacimiento de un tall er encargado de real izar las guirnaldas~.
Sin embargo. las conex iones técnicas y estilísticas de esta zona con otras nos han llevado a p lantearnos en un estudio reciente sobre los mosaicos de León •', la existencia de talleres especializados en ciert os lugares de la Meseta, uno de los cuales podría localiza rse en Almenaral'rado, así como la probable ci1c ulación de c art ones a través de dos vías: Emeri1u-Ast11ricu y As1urica-Caesu-ra11g11s1a.
En cuanto a los dos temas figurados proporcionados por la villa de Almenara, el de los peces, procedente de las te rmas, se enmarca dentro de un taller itinerante especializado en temas marinos, que trabaja de la segunda mitad del siglo 111 a comienzos del rv, cuya sede parece ser que se encontraba en Bracara.
En otro mosaico figu rado pavimentaba una sala octogonal situada al S. de la villa en el eje de la habitación con cabecera pentagonal.
La escena representa la toilette de Pegaso. tema que de momento es único en la musivaria hispana. si se exceptúa el perdido mosaico de S. Julián de la Valmuza (Salamanca).
La iconografia de las ninfas, peinadas con moño y ataviadas con joyas, lleva al mosaico leonés de Hylas y las ninfas.
De igual forma. la figura recostada sosteniendo en la mano iz-' M. Torres: Los mosaicos de la Meseta None, BSSA 56, 1990, pág. 229 Wesch-Klein es la autora de esta obra sobre la mrmi-.f/cl! ntiu privu1a en las ciudades de l norte de A frica, fruto de su Di.1•serlati1111 le ída en 1986 en la Universidad de Osnabrück.
El tema viene siendo objeto de estudi o en los últimos años --destacando los trabajos de A. Mannzmann para el mundo griego, los de J. Andreau y S.
Mrozek para Italia, el de A. Lussana para la Galia, el de D. Gablcr para la Pannonia o los de A. D'Ors y J. Mangas para Hispania-sin d uda por su evidente inte rés para el conocimiento de cua lquier aspecto de la vida urbana en el Imperio Romano.
Las provi ncias africanas no habían recibido hasta la fecha tanta atención como las anteriores y sólo por este hecho el presente trabajo merece ser bien recibido.
Sin embargo, me parece grave la omisión de dos trabajos sobre este tema publicados en España: el de J. L. Ramírez Sadaba (que la autora, al menos, reconoce no haber podido consultar) y -el más extenso aún-de Rosa Cid López, «Los Flamines y las prácticas evergéticas.
Su contribución al embellecimiento de las ciudades africanas de Numidia», en Homenaje a Carlos Cid, Oviedo, 1989, 153-175 elaborado también en base a la documentación epigráfica.
Existen en la obra de Wesch-Klein dos partes claramente diferenciadas.
La primera, a mi juicio excesivamente s intetizada (pp: 5-52), ofrece una perspectiva global de la munificencia privada en las ciudades norteafricanas, desglosada en cortos capitules: los donan-Archivo Español de Arqueología, 66, 1993, págs. 331-350 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Finalmente otros trcs nuevos apartados c'tudia n la motivació n y la posición social del bencfactor. y las mujeres y asociaciones como bcncfaclora,.
Entrc fa, fundaciones privadas no se considera a lgo ta n usual como la erección de estatuas.
Se organiza por provincias (Africa Procons ular.
Mauritania) y, dentro de ellas, por ciudades; el listado epigráfico vuelve a repetirse en unas tabulaciones donde, de forma más esquemática. se indica el dedicantc. el tipo de dedicación o cantidad de dinero entregada y la fecha aproximada de la inscripción.
La obra se cierra con un indicc de fuentcs epigráficas y de topónimos antiguos.
La edición de las inscripciones es impecable pcro su presc ntación. sin una nume ración correlativa. hacc muy incómoda al lector la localización de las inscripciones a las que alude la primera parte.
Un análisis de las a lusiones a la 1111111ifice111iu en obras literarias o historiográficas dc autores m)rtcafricanos creo que hubiera cnriquecido notablemente las conclusiones de cstc trabajo.
De igual forma. e l contraste de la munificencia privada de las ciudades africanas con otras provincias occidentales del 1 mperio y, particularmente. con e l evergetismo griego hubiera sido muy interesante.
No parecen haber sido éstos. no obstante, los objetivos de la autora que nos deja un abundante material epigráfico de indudable interés y utilidad. |
Presentamos un skyphos cerámico producido en talleres aretinos hallado en Carteia (San Roque, Cádiz).
En dos escenas gemelas se representa el certamen musical que enfrentó a Apolo con Marsias, imágenes a las que acompañan las de Baco y Sileno.
Figuran asimismo la siringa, personificación del dios Pan, y piñas de pino cerradas sobre capiteles estriados, relacionadas con el ritual dionisiaco.
En sendas cartelas se lee el nombre Cerdo Perenni, el afamado artesano de la primera fase de producción del taller aretino de M. Perennius.
En memoria de Francisco José Presedo Velo, director de las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el yacimiento de Carteia (San Roque, Cádiz) entre 1971 y 1987, presento un singular vaso cerámico sacado allí a la luz en otoño de 1985 y que había permanecido inédito hasta ahora.
Durante aquella campaña la actividad arqueológica se centró en dos de los sectores de mayor personalidad urbanística de la ciudad: el foro y las termas1.
En este últi-mo espacio, a partir de lo ya exhumado a mediados del siglo pasado por Julio Martínez Santa Olalla, el área excavada fue ampliada en dirección al este al objeto de completar lo hasta entonces conocido del conjunto termal, no sólo como base para identificar su estructura y la funcionalidad de cada uno de sus ámbitos, sino también para conocer la evolución experimentada por el edificio a lo largo de su historia.
A la complejidad del estudio de una construcción que se ha visto sometida a continuas reformas y remociones a lo largo de la antigüedad 2, se le añade en este caso, no sólo la dificultad que se deriva de la proximidad de las estructuras arqueológicas a la superficie del terreno, sino las profundas alteraciones sufridas en tiempos recientes, tanto por la construcción de la carretera que conducía a Torre Cartagena y Puente Mayorga, como por una más moderna plantación de eucaliptos llevada a cabo en esta zona del yacimiento.
El cuenco cerámico que aquí se estudia (Figs.
1-10) apareció fragmentado en días sucesivos formando parte de la cimentación de la citada carretera moderna, para lo que se utilizaron materiales de acarreo conteniendo multitud de restos romanos indiscriminadamente desplazados fuera de su contexto original.
Estos materiales acabaron formando parte de los estratos de alteración superpuestos a los de amortización del edificio termal, concretamente sobre la que entonces describí como habitación n.o 26, situada en el ángulo oriental de las termas3, y cuya concreta funcionalidad no ha podido ser identificada.
Desgraciadamente, por esta descontextualización de los materiales recuperados, se ha perdido la posibilidad de vincular cronológica y ambientalmente el hallazgo con las estructuras arqueológicas subyacentes.
Se trata de un skyphos producido en talleres aretinos 4 de pasta muy fina y de excepcional calidad.
Las líneas de fractura, a pesar de que éstas se han visto alteradas por el rodamiento, son muy nítidas.
El barniz, muy brillante, de textura finísima y color marrónrojizo ha saltado en algunos puntos de la superficie por el rodamiento, mientras que en el resto está muy desgastado, mostrando diferencias de tonalidad de unos puntos a otros 5.
La afectación es más intensa en el borde, dejando en ocasiones a la vista la pasta, de color más claro 6, lo que denota un largo o intenso uso del recipiente, así como expresa las alteraciones a que éste se vio sometido con posterioridad.
La altura total del vaso es de 10 cm. No se ha conservado la parte de la basa que contendría el sello en relieve que registraría el taller cerámico, pérdida que en este caso resulta menos sensible, ya que aquél puede plenamente identificarse a través de la restante información extraída de la pieza.
El pie, de forma cilíndrica y 8 cm de diámetro exterior, terminado por abajo en chaflán, es breve, de 8 mm de altura.
El cuerpo tiene forma globular desarrollada en cilindro que concluye en un borde escasamente exvasado y labio redondeado, siendo el diámetro exterior de la boca de 13,9 cm. La anchura máxima del vaso cerámico incluyendo las asas debió de ser, si aquéllas tuvieron en su momento la misma longitud (ya que una no se recuperó y ha debido ser restituida), de unos 20,2 cm. Formalmente podemos catalogar al vaso en correspondencia con la forma IX de Dragendorff 7.
Al interior la superficie es lisa, a no ser por una moldura que identifica por dentro un borde más desarrollado 8 que al exterior.
Se trata de un vaso elaborado a molde, con figuras en relieve, sobre el que posteriormente se aplicaron dos asas opuestas diametralmente.
Como adelanté, de las dos asas que originariamente tenía se ha conservado completa sólo una.
Ésta está compuesta abajo por una argolla que al interior tiene forma de faja de 1,5 cm, desarrollada en forma no exactamente cilíndrica de unos 2 a 2,5 cm de diámetro (Fig. 9).
Al exterior presenta por abajo forma de prótomo de lobo con las orejas triangulares enhiestas, sobre cuya cabeza se labró una palmeta trifoliada.
La sujeción del asa al cuerpo tiene la forma de las garras de este animal.
Por la parte superior el asa arranca de un cordón horizontal fijado debajo de la línea incisa que individualiza el labio.
Desde éste se extiende en forma de rectángulo de laterales cóncavos de 1,2 cm. de ancho por 3,3 de largo, decorado arriba por un cordón liso paralelo al borde y que en las zonas más próximas al cuerpo del vaso se ensancha terminando en forma de espiral.
En el centro del rectángulo está representada una clava en relieve 9 (Fig. 8).
La parte externa del vaso consta, de arriba a abajo, primero de un corto labio, indicado por una fina línea incisa.
Luego un friso sin decorar de 0,9 cm de ancho, lugar en el que se aplican las asas.
Debajo de este friso discurren dos molduras en forma de media caña separadas por un corto filete.
A continuación tres alineamientos de decoración en relieve: una fila de ovas de 3 mm de grosor, una finísima línea ondulada y, por último, una hilera de finas hojas de laurel imbricadas.
Por debajo se extiende, sin más solución de continuidad, la escena figurada que ocupa todo el cuerpo del vaso.
Esta escena, donde destacan cuatro personajes, se repite dos veces, a uno y otro lado de las líneas teóricas marcadas por las asas.
No son sin embargo exactamente simétricas, sino que existen pequeñas variaciones entre una y otra.
Estas diferencias se refieren, primero, al hecho de que los cuatro personajes de la serie que se inicia a la derecha del asa conservada se han colocado más separados entre sí, quedando el primero y el último casi pegados a las asas próximas, mientras que hay un espacio en blanco entre las asas y el conjunto de las figuras humanas en la serie opues- Las figuras representadas, en relieve muy marcado, se manifiestan individualizadas, sin que exista ningún contacto entre éstas.
Son, de izquierda a derecha, primero un joven, de 5,3 cm de altura, erguido y con la pierna izquierda retrasada y flexionada, en actitud de caminar hacia la derecha.
Está enteramente desnudo, no sirviendo para cubrirle la fina y corta capa anudada al cuello.
Se aprecian claramente los detalles anatómicos de la musculatura.
Barbilampiño y de pelo corto, parece ceñirse los cabellos con una banda, o, caso de tratarse como suponemos (vide infra) de una representación de Apolo, de la corona de laurel, su atributo.
Sujeta con la mano izquierda una lira moldurada de 7 cuerdas10, finamente cincelada, que toca con la mano derecha11.
A su diestra un personaje más fornido, cuyo rostro no puede identificarse en ninguno de los dos casos en que se representa, a uno y otro lado de la copa 12.
De llevar barba y bigote, lo que, por el defecto indicado no puede confirmarse, podría tratarse de Hércules.
Mide algo menos que el anterior, 4,9 cm de altura.
Porta una capa, que le llega en este caso a la altura de los pies, igualmente ceñida al cuello y que tampoco cubre nada de su anatomía.
A pesar de que por debajo de los hombros parecen identificarse las líneas de lo que pudieron ser las garras de un animal, no aparenta ser la piel del león de Nemea13.
Puede por ello verosímilmente tratarse, como alternativa, de una piel de pantera, lo que nos lleva a suponer que estamos ante una representación de Baco.
Éste porta con las dos manos un odre del que, apoyándolo sobre la pierna izquierda flexionada, vierte su contenido en una crátera de volutas que aparece a sus pies a la derecha, delante de él.
El tercer personaje, de 5 cm de altura, se representa en sentido contrario, mirando a la izquierda y enfrentado por consiguiente a los anteriores.
Aparece en equilibrio inestable, inclinado hacia atrás, y con la capa anudada al cuello ondeando al viento.
Por lo que se conserva del rostro de uno de los dos personajes equivalentes, se trata en este caso de un hombre barbado, con ambas piernas, a diferente altura, flexionadas.
Con la mano iz-quierda sujeta enhiesto, elevándolo por encima de su cabeza, un cayado de grueso remate, posiblemente el tirso, rematado por una piña de pino, como símbolo fálico utilizado en las fiestas orgiásticas en honor de Baco.
Es el personaje más musculoso de los cuatro, y es aquí, en el trazado de su anatomía, donde el artesano muestra un más prodigioso dominio de los punzones en la elaboración del molde.
El cuarto personaje, de aproximadamente 4 cm de altura, es el único representado frontalmente, aunque desgraciadamente en ninguna de sus dos versiones ha conservado el rostro.
Igualmente desnudo y con el consabido manto corto, adelantando su pierna derecha hacia el espectador, toca con las dos manos un largo aulós o flauta de doble caña 14.
Entiendo que todos estos personajes se pueden identificar, tanto por su propia fisonomía, como por las vestimentas e instrumentos que los acompañan, no como un thiasos, sino como representación de las propias divinidades, Apolo y Baco los más destacados.
El primero, posiblemente el personaje representado en el extremo izquierdo de la escena, es protagonistas de un argumento bien querido de la mitología: el certamen musical que le enfrentó a Marsias, verosímilmente la figura del extremo opuesto.
Es bien conocido el mito: Atenea había construido con huesos de ciervo una flauta doble, que, ante las sonrisas de Hera y Afrodita que se burlaban de sus carrillos hinchados al tocarla, arrojó al río, maldiciendo a quien la recogiese de las aguas.
Pero Marsias inconscientemente así lo hizo.
Al sonar la flauta, que tocaba sola las melodías de Atenea, provocó la admiración de todos quienes lo oían.
Apolo, airado por esta competencia, lo retó a un certamen musical.
Marsias, tras ser vencido por una estratagema de su contrincante, fue desollado vivo por Apolo.
En el centro de cada una de las dos escenas gemelas que componen los cuatro personajes, a la altura donde abajo se trazó la crátera, y sobre la cartela con el nombre del artesano grabador, aparece un instrumento musical que completa argumentalmente la representación.
Se trata de la siringa 15, personificación del dios Pan.
Éste, que había transformado en cañas a la ninfa de la Arcadia que llevaba aquel nombre, se consoló de su pérdida fabricando con este material su zampoña.
Ello podría confirmar el que fuese precisamente Baco el segundo personaje, mientras que el tercero podría ser buenamente Sileno, el Silvano romano, su tutor e inseparable compañero, habitualmente, como aquí, representado ebrio 16 (Fig. 10).
Los elementos decorativos complementarios a que aludíamos al comenzar la descripción del relieve del cuerpo del vaso son, amén de la ya descrita siringa, una serie de columnas estriadas, cuyo fuste va disminuyendo de abajo hacia arriba, con basas y capiteles moldurados.
Sobre el capitel se representa lo que parece ser una piña de pino cerrada, a la que ya hice referencia, así como a su significación orgiástica en relación con el ritual dionisiaco, al tratar del tirso que porta Sileno.
Son diez las columnas de este tipo representadas: una sobre la que se superpone el asa original conservada y, a partir de aquí, hacia la derecha, otra a la derecha del primer Apolo, la tercera entre la crátera y Sileno, la cuarta entre éste y Marsias, la quinta inmediatamente junto al asa restituida.
Luego, en el friso gemelo, la sexta a la derecha del asa, la séptima, muy tenue, entre Apolo y Baco.
También es muy somera la que se encuentra a la izquierda del segundo Sileno, mientras que de la siguiente sólo se conserva un mínimo resto del remate y la basa, muy dañada.
La décima y última entre Marsias y el asa.
Una diferencia más entre los dos frisos, análogos aunque no idénticos, consiste en que sólo en el que se desarrolla a la derecha de la única asa original aparecen en relieve, entre Baco y Sileno, tres a modo de pequeños óvalos apuntados en relieve, cuya significación desconozco 17.
El último elemento que queda por describir son las dos cartelas que, a media altura, por debajo de las correspondientes siringas y, por lo tanto, en el centro de cada una de las dos escenas simétricas, focalizan la atención.
En la primera cartela en relieve, ovalada y de 5 mm de alto por 11 de ancho, se lee CERDO (Fig. 6).
En la cartela diametralmente opuesta, en este caso rectangular, de la misma altura y de 19 mm de ancho, se lee PERENNI (Fig. 7).
Se tra-ta, a pesar de su minúsculo tamaño, de letras capitales cuadradas de magnífica factura, con características gráficas propias de la época augustea: anchas, simétricas, sin pies ni refuerzos, con los bucles de las P y R semicirculares y ocupando exactamente la mitad superior del asta, la O en forma de circunferencia y la C y D de semicircunferencias perfectas.
Por si no bastasen otros elementos que permiten una clasificación segura, como el examen de la pasta, el análisis de la decoración 18, el estudio epigráfico y onomástico de las marcas permite no sólo una clasificación, sino la perfecta identificación tanto del taller 19, como del propio artesano, además de una segura asignación cronológica.
Cerdo es el nombre del esclavo de origen griego que nos es bien conocido como uno de los primeros artesanos, si no el más antiguo, y uno de los de técnica más depurada de los talleres cerámicos de Arretium 20.
A mayor abundamiento aparece aquí la referencia en genitivo al nombre de su dueño: Cerdo Perenni.
Y, a su vez, el co- La provincia Hispania Ulterior se encontraba, tras el final de las Guerras Civiles, en pleno proceso de total asimilación con Roma.
Las masivas inmigraciones, institucionalizadas como resultado de los procesos de deducciones coloniales, las promociones municipales, así como la extensión de los regímenes estatutarios urbanos implantados en colonias y municipios siguiendo patrones romanos fundamentan y expresan la plena incorporación de la provincia en la romanidad.
Sus habitantes se muestran así como destinatarios naturales de esta exportación de productos aretinos, de lo que el vaso que ahora presentamos no es por supuesto el único conocido, aunque sí destaca especialmente por el grado de conservación con el que ha llegado a nosotros.
Aquí podemos aducir, no únicamente paralelos, sino, que conozcamos, al menos se documenta en la misma provincia, concretamente en Itálica, un fragmento perteneciente a otro ejemplar verosímilmente salido del mismo molde 25.
En la dinámica de integración en la romanidad, acelerada por entonces, y de la que nos resultan familiares otras manifestaciones arqueológicas más grandilocuentes, como la monumentalización urbana y la difusión por medio de la escultura de los programas iconográficos capitalinos, este cuenco cerámico producido por el habilísimo esclavo Cerdo en los talleres aretinos de M. Perennius entre el tercer y la primera mitad del segundo decenio a.
C., comparativamente hablando mucho más humilde, se nos evidencia sin embargo como un eficacísimo instrumento que, por su permeabilidad social, permite una amplia y eficaz difusión en la provincia de los modelos romanos en él rotundamente expresados. |
En el presente artículo se apuntan una serie de datos y de observaciones sobre la pintura en el mundo púnico sugerida~ por Ja relectura de algunos Lrabajos antiguos y de otros más recientes que han tratado el tema bajo aspectos diversos.
El empleo de una pintura polícroma con aplicaciones diferentes, como recurso funcional y como recurso decor.llivo, en los sarcófagos antropoides de Sicilia y de España, y sobre Jos sarcófagos arquitectónicos hallados en Canago. proporciona una valiosa infonnación que apunta hacia un origen sidonio y ático de estos productos. |
En el presente artículo se apuntan una serie de datos y de observaciones sobre la pintura en el mundo púnico sugerida~ por Ja relectura de algunos Lrabajos antiguos y de otros más recientes que han tratado el tema bajo aspectos diversos.
El empleo de una pintura polícroma con aplicaciones diferentes, como recurso funcional y como recurso decor.llivo, en los sarcófagos antropoides de Sicilia y de España, y sobre Jos sarcófagos arquitectónicos hallados en Canago. proporciona una valiosa infonnación que apunta hacia un origen sidonio y ático de estos productos.
Qui. tuttavia. l'esistenza di un intcrvcnto pittorico su! coperchio che riproducc una figura femmini le e ipotizzata. ma non documcntata: «debe pensarse que todos los complementos decorativos serían reflejados mediante la pintura» 17 • Analogo impiego d i una perduta policromía e ipotizzato in una maschera funeraria in bronzo e in stucco rinvenuta a ll'intemo del sarcof ago: «A los lados del cráneo se encontraron unas pestañas de bronce q ue indican la existencia de una máscara funeraria, posiblemente de madera policromada; esta máscara formaría parte del estuche cuya fonna se vació en el fondo de la caja.
Cuatro c lavos de bronce hallados junto a los pies deben corresponder a otro estuche similar que cubriría esta parte.
El resto del cadáver podía ir cubierto con cartones estucados y pintados al estilo de los sarcófagos egipcios tardíos.» 1 ~ l sarcofagi antropoidi di S icilia e d i Spagna utili alla documentazione che intendiarno riproporre restituiscono, dunque, dati di un certo rilievo.
Ramírez Delgado, Op. cir.. |
NATURALEZA DE LOS COLOR ES FUGITIVOS
Tanto la cerámica gncga de l'ig ura~ negra' como la de figura:. rnJa'• pre, cntan frecuente mcntc algun<h t: olorc~ añadido~ al rojo del va'o) al negro dd barniz. fato~ colorl'S, gcneralmenll' hlanco. amarillo y púrpura. ~on tk una nuturalc1a mu) d1,1in1a a la del barni1: blando~. rnn mudm cul'ípo. ) cnn e\casa cohc, ión.
Además. pueden \l' í cli1111nado' frmándolo' con un paño húmedo.
Se oh-,cn a t: on frecuencia qul' lo único 4uc \C ha con:.cr' ado (k elloló -,u huella mate ~ohre el hami1 negro.
La aparicnt.:ia de esto~ colores ha hecho pcn~ar a alguno-. al1lorc~ que debían -,cr engohc:-.
Sin emhargo. l'I hecho de que aparcLcan hahitualmenlc apltc1do-. -.obre la capa de bamiz plamca alguna-.. duda';1ccrca tic la vcro~i militud de c'ta hipótc-.i-,.
El cngohc c:-. una capa de arcilla coloreada que ~e aplica diret: tamentc -,obrc la cerámica ante" de la nx.:ción. y que puede'cr rccuhicrlll por harnicc-. ">in... cr di, uclla por cllo,. l.a aplicación invcr-' ohlc.
Cl~. "a•e l cngobc'obre el harni1. no e~ rceoml•ndada por ltb ccra11fr..
1a'>, ya que'e c~l ar ía colocando la capa que -,ufrc ru.. ión durante la l"l)l'l.: ic)n bajo la 4uc pcrmanet:c -,in fundir'. l.a cocción en dth fa 'iC'> 1 e a la supcrficic de la ccrám it:a de f'orma estable 1 • Algunlb auton.::-. rcconot: cn la prcscnt: ia de l'O• lorC'> aplicado' Ira"> la cocción.
Noble admite quc c:-.10:-. colore' é\l:Ín prc~cn1c-. en lo' lcl-ythoi.
Sin embargo no rclaciona -.u na1uralc1a con la de 10, colore'> f11 gi1 i vo~ en la t: cr;ímiea de lígural-negra' o ruja~. a pcsar de que sul-comentarios acerca de ~u fragilidad y lns marca.¡ mates que dejan cn la pic1a tra" \U dc-.apanci llio\. e'1~cial-111en1c en lo:-. pcrrilc:-. y en lo' punto-; 7.
La e1H::íu, tica es un procedimiento pictúrirn cuyo aglutinante e-. una cmul,i<in aeuo:-.a de cera ele abeja" y jabón pot: hico.
La pintura \e prepara me7clando el aglut inan1e con carbonato c:ílcico. que k da durc1.a y luminosiclad, y con pigmcntu. que le aporta el color.
El acabado natural de la pintura e., mate. pero adquiere un brilo suave,¡:-e la frota con un paño seco.
El procc:-.o de "ceadn de ohll:.
La pintura 'l' Ca por evaponu.:1ün de pune del agua contenida en la emulsión.
Una ve1 -;cea resislc bien la humedad.
o oh:-.tante. un procc:-.o mecánico de frotación con agua hace que é:-.ta penetre en el aglulinantc. y que la pi111ura pierda MI con:-.i:-.1cnc1a "• Para un artista acostumbrado a 1rabajarcon cnt'ÚU).tica no hay eluda de que ésta fut: la técnica empicada en lo., colore:-atiadidos de la ccr{unica griega.
Su combinación de transparencia y cuerpo, el tmzo blando ele la pincelada con lo:-. reborde:-. abultados. y la especial conliguraci(m de crátcre:-. que aparece con l 'rccucnc1a en la supcrticic de lo' colnrcs. le conlicren un aspecto muy caracterí-;tico.
J\nkulo 4uc'"pu hlicar:í en d p111\lmo numero de Arclmo bpañol de 1\r-qucolog1a (Cl(l) 191). l Parece que la encáustica era el procedimiento piclórico empicado habitualmente por los artistas griegos pura la ejecución de sus obras.
Los griegos no sólo cubrían de pinturas sus muros.
También policromaban esta1uas, templos y objetos cenímicos.
Dado que la encáustica puede emplearse sobre cualquier soporte rígido -piedra, estuco. tabla. cerámica-. no resultaría extraña la aplicación de la encáustica en los vasos griegos.
Hemos tenido la oportunidad de analizar una muestra de blanco superpuesto al barniz negro en un fragmento cerámico procedente del área arqueológica de Segesta.
El fragmento estudiado no había sufrido ningún tratamiento de limpieza o conservación.
Los análisis se llevaron a cabo por cromatografía de gases en Conservation Analytical Laboralory, Smithsonian lnstitution, Washington D.C. El método cromatográfico empleado fue el desarro-liado por los autores para la identificación de encáusticas.
El análisis detectó la serie de hidrocarburos correspondiente a la cera de abejas, y ácidos grasos saponificados, lo que indica que la pintura blanca de la muestra de cerámica estaba aglutinada por una emulsión de cera de abejas y jabón, es decir, habría sido pintada a la encáustica.
La posibilidad de una aplicación generalizada de la encáustica en Ja cerámica griega exige que los tratamientos de limpieza y conservación tengan que tener muy en cuenta las condiciones de reversibilidad en el secado de la encáustica, debido a que tanto el agua como cualquier otro tipo de disolvente pueden provocar la desaparición de los colores pintados por este procedimiento.
Sobre la imagen de Ja divinidad frontal en Ja cerámica ibérica de Elche *.
Centro de Estudios Históricos.
Analizamos el significado de la imagen frontal en la cerámica ibérica de Elche que cabe interpretar como expresión de la «alteridad» de lo divino, en contra de la opinión heredada.
Esta lectura, basada en ejemplos de Elche, nos permite proponer una nueva aproximación a ese proceso dialéctico de la humanización de la idea de lo divino.
«Y Dante inventó además ese hermoso sinónimo: el Otro.
Que es terrible además¿ no?. porque significa, bueno, que uno está muy lejos del otro, que uno no es el Otro» (Jorge Luis Borges y Osvaldo F errari, Diálogos, Seix Barral, 1992, págs. 13-14).
En un reciente trabajo que con justicia se podría juzgar excesivamente largo, me he referido al complejo proceso de antropomorfización de la imagen en el mundo ibérico 1 • • Trabajo realizado dentro del proyecto de investigación «Imagen, mito y sociedad en la cultura ibérica» (n,o PB-89-0006-C02-0l), aprobado por la DGICYT.
1 Religiosidad e ideología ibérica en el marco del mediterráneo, «Religiosidad y vida cotidiana en la España' |
Su nombramiento tuvo lt11? ar en la reunión, ce!t•hrada en Roma el pasado día 12 de nol'iemhre, del Comité Ejecuti1•0 de la AIAC.
11110 de cuyos ohjNiPos era la elección del nuel'lJ presidente.
La presidencia de la AIAC se hallaba vacante tras el fallecimiento, el pasado mes de agosto, del Prof. Charles Pietri que. a finales de 1990, había sucedido en el cargo al Prof. Massimo Pallottino.
Por primera vez desde la creación de la AIAC un español detenta la presidencia de dicha asociación.
La candidatura de Javier Arce, apoyada por todos los miembros del Comité, está basada en un proyecto de renovación de la asociación, con una propuesta de nuevas iniciativas a desarrollar por la AIAC.
Destaca, en el programa del nuevo presidente, una campaña de difusión, a nivel internacional, de los objetivos y características de la asociación con el fin de ampliar el número de asociados y conseguir una presencia real entre los arqueólogos clásicos que trabajan en los diversos países.
Hasta la fecha, las actividades principales de la AJAC han consistido en la edición de los Fasti Archeolo&ici, cuya responsable es la Profa.
M. F. Squarciapino, Secretaria de la AJAC, y en el patrocinio de los Congresos Internacionales de Arqueología Clásica.
Dichos congresos, iniciados en Atenas en 1905, se celebran cada cinco años en diversas sedes (Roma, Londres, Ankara... ).
El próximo congreso de la AIAC, presidido por el Prof. Pere de Palol, se celebrará en España, concretamente en Tarragona, el próximo año 1993 y tratará el tema de la «La ciudad en e l mundo romado».
La Asociación Internacional de Arqueología Clásica se ocupa de coordinar varias iniciativas como el Corpus Signorum lmperii Romani, el Comité Internacional para el estudio de las Ciudades Antiguas y colabora con la Asociación Internacional para el estudio del Mosaico Antiguo.
Tiene su sede en Roma, en Via degli Astali, 4, en habitaciones integradas en Palazzo AEspA.
Se rige por un estatuto establecido en 1957 y ser miembro de la misma está abierto a todos los arqueólogos. investigadores o instituciones interesados en la arqueología de todas las naciones.
En la actualidad los siguientes países están representados: Australia, Austria, Bélgica, Bulgaria, Canadá, Chipre, Checoslovaquia, Dinamarca, Finlancia, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Grecia, Hungría, Israel, Italia, Yugoslavia, Luxemburgo, Holanda, Noruega.
Polonia, Portugal, Rumanía, Suecia.
Suiza, Túnez, Estados Unidos.
URSS, El Vaticano y España.
La asoc iación está dirigida por un consejo de sesenta miembros elegidos entre los asociados, diez de los cuales se eligen entre los representantes de las diversas academias e institutos extranjeros en Roma.
El Consejo elige al Presidente, representante legal de Ja Asociación, al Vice-Presidente y al Secretario, que forman el equipo del Presidente.
Todas estas actividades se realizan de forma voluntaria sin remuneración.
La Asociación no tiene capital propio y para realizar sus actividades se basa en las cuotas de los asociados, cantidad ampliada con aportaciones del Estado italiano (Ministero degli Affari Esteri -aportación determinada por decretoy el Ministero dei Beni Cu/turali ed Ambientali) y de las diferentes instituciones arqueológicas extranjeras representadas en Roma.
La UNESCO había contribuido en el pasado, esperamos que vuelva a hacerlo, para la publicación de los Fasti Archeologici.
La Asociación depende fundamentalmente de las cuotas de sus asociados y miembros.
Por esto esta nota es además de informativa un llamamiento a los profesionales, personas e instituciones, a contribuir con su afiliación a la nueva etapa y planes de la Asociación.
Para ello basta escribir una carta de solicitud a la AIAC, Via degli Astali, 4, I-00186-ROMA, incluyendo Ja cuota (30 $USA, para las instituciones, 15 $USA para los profesionales), preferentemente en forma de cheque bancario a nombre de la Asociación. |
Tiene fecha de 30 de septiembre de 1991 y es una angustiosa llamada, a todos los colegas europeos, para detener la guerra que está destrozando vidas humanas y un patrimonio cultural de incalculable riqueza.
Acompaña a la carta un mapa de todos los yacimientos bombardeados hasta entonces.
Estos se han multiplicado desde esa fecha pues hoy todavía escuchamos las noticias del bombardeo continuado de Duvrovnik.
Algunos de los lugares que se mencionan en la carta son yacimientos arqueológicos de fama mundial.
Nos traen a la memoria otros nombres, otros espacios públicos, hasta otras guerras del pasado, especialmente del imperio-romano, noticias que conocimos no ya por la televisión sino por sus menc iones dispersas y diluidas en la erudición de los libros.
Son nombres hoy eslavizados que siglos atrás tuvieron sonoridad romana en tierras de la Dalmacia y de la Liburnia como Salonae, o como Cibalae, en la inmensa Pannonia que limitaba el Danubio.
En este mapa de lugares bombardeados de la actual Croacia hay muchos otros nombres históricos -tal vez la mayoría-que por nuestra limitación en ese campo no logramos hoy reconocer.
Pues desconocemos mucho de Europa aunque nos creemos hoy más que nunca ciudadanos y hombres de Europa.
Croacia, y en general los pueblos que han constituido la federación yugoslava, son una llamada, una llamada europea que nos recuerda que esas ciudades del mapa pertenecieron un día al mismo imperio, a la misma comunidad de hombres que las hispanas Barcino, Corduba, Toletum, Cesar Augusta o Emerita Augusta.
Son también algo nuestro.
La guerra nos hiere a todos y a todo.
Primero a los hombres; después a las cosas que han hecho los hombres y que como arqueólogos e historiadores estudiamos.
Las cosas de los hombres no tienen sentido sin los hombres, pues la vida de un hombre es siempre más valiosa que las cosas que hizo y, por tanto, su pérdida más dolorosa.
Pero con la pérdida de los hombres se pierde paralelamente el sentido que tienen las cosas.
Y, viceversa, con la pérdida de las cosas, se empobrece la historia de los hombres y lo que de ella queda, su memoria.
Perdido el hombre, resta sólo el consuelo de su recuerdo, de sus objetos.
tiene hoy lugar de nuestro patrimonio histórico es todo un s.ímbolo y es más que un símbolo. es la vida de muchas generaciones de hombres ahí concentrada.
Pero con demasiada frecuencia en estos tiempos escuchamos noticias de otras diferentes guerras que asolan el patrimonio, más vasto. de la historia.
¿Cómo han quedado la antigua Babilonia y otras milenarias ciudades del Eufrates tras la guerra del golfo?
Se desarrollan además otras guem as más cercanas a nosotros. hechas por nosotros, pero a las que no se llama guerras. como la que ha destrozado en la pasada primavera un yacimiento tardorromano a l construirse el ferrocarril de alta velocidad a la entrada de Córdoba.
Los compañeros croatas acompañan su carta con e l pasaje de la Eneida en el que Yirgilio cuenta la destrucc ión de un patrimonio y la aniquilación de Troya: «Urbs antiqua ruit... »... «por doquier el dolor terrible, por doquier e l pavor y la imagen abundante de la muerte» (Eneida.
Hay lágrimas por los hombres y los hombres no pueden evitar llorar. dirá también Yirgilio. narrando estas cosas.
Pero. también. como en otro contexto diría de nuevo el mi smo Yirgilio «sunt lacrimae rerum», hay lágrimas de las mismas cosas.
El Departamento de Historia Antigua y Arqueología «Rodrigo Caro» de l Centro de Estudios Históricos. |
observar tendencias y agrupamientos que personalizan los distintos períodos culturales desde el Bronce Antiguo hasta el Hierro 11.
Mientras el Bronce Antiguo y Medio se caracteriza por el empleo de oro nativo, en el Final fue práctica cotidiana la aleación oro-plata.
El Período Orientalizante y las culturas del Hierro diversifican las tradiciones de orfebre bajo los influjos tecnológicos del Mediterráneo oriental, marcando una clara diferencia entre la cultura Ibérica y la del Hierro del Noroeste.
La orfebrería de todos los tiempos ha sido siempre objeto predilecto de investigación, actuando como polos de atracción la propia calidad intrínseca de las pequeñas y grandes obras de arte confeccionadas y el elevado valor simbólico-real de la materia empleada: el metal precioso.
Esto último sigue suponiendo una de las mayores trabas a la hora de plantear investigaciones de índole tecnológica (siempre supuestamente agresivas para los objetos), generan-do prejuicios a veces irreductibles en propietarios y conservadores de museos.
Con todo, en los últimos cuarenta años se ha ido reuniendo un conjunto de datos sobre la calidad del oro de las producc: iones de orfebre halladas en la Península. suficiente para encarar con ciertas garantías de éx ito una ordenación sistemática de las aleaciones y su evolución a lo largo de la Prehistoria rec iente.
Utilizaremos dos fuentes principales: 446 análisis publicados por Hartmann1 y 24 realizados por nosotros dentro del programa Arqueometalurgia de la Península Ibérica.
EL ORO Y SUS ALEACIONES
Como es sabido, el oro puro es un metal de color amarillo, brillante cuando tiene la superficie pulida e inalterable ante los agentes corrosivos habituales.
Ocupa el lugar más elevado dentro de la serie galvánica (E 0 = -1,5 V a 25 °C), siendo, por tanto, el metal más noble.
Sus cualidades mecánicas más características son blandura, ductilidad y maleabilidad.
El punto de fusión se halla en 1063 °C, temperatura relativamente elevada que se rebaja de manera sensible en algunas aleaciones.
La plata ligada al oro tiene la virtud de aclarar el color dorado, pasando suces ivamente a tonalidades cada vez más alimonadas cuando la tasa de plata remonta el 20 % (electrum), hasta el blanco amarillento de las aleaciones de oro bajo con plata.
Estos dos metales ligan perfectamente (la plata funde a 960, 5 °C), pero sus aleaciones mantienen intervalos de solidificación relativamente altos.
El cobre también liga perfectamente con el oro.
Tiene el efecto de cobrizar el oro de la aleación, virando el oro hacia tonos más cálidos.
Pero sin duda uno de los efectos de mayor repercusión tecnológica es el notable descenso de la temperat1Ura de fusión: una aleación 80/20 funde rápidame nte a 890 ce, a pesar de que el cobre solo lo hace a 1.083 °C.
Determinadas aleaciones hacen más trabajable el oro, soportando mejor los esfuerzos de laminación, repujado, etc. Por tanto, el uso y control de las aleaciones pueden ser, en principio, indicadores del dominio y desarrollo tecnológico, facilitando el trabajo al artesano, dando más calidad a sus manufacturas y repercutiendo de alguna manera en el sistema económico.
Todas estas razones obligan a elaborar un capítulo sobre aleaciones, dentro de la historia de la metalurgia.
Ahora bien, para poder hablar sobre control y uso de aleaciones deberemos, en primer lugar, acordar qué constituye una aleación intencionada, qué elementos forman parte de la aleación ysi es técnicamente viable su preparación.
Ello nos lleva inevitablemente a tratar la cuestión de la composición original de la materia prima.
COMPOS IC IÓN DEL ORO NATIVO
El oro se difere ncia del resto de los metales usados e n la me talurgia antigua por ser aprovechado en estado nativo.
E sta circunstancia y su recolección mediante una sencilla técnica de lavado de las arenas auríferas con bateas, hacen innecesario~ grandes conocimientos técnicos previos para conseguirlo, cuando existe en e l medio natural.
Por el conrario, la explotación minera del oro s upone una gran invers ión de esfuerzo. técnica y medios, y no parece comenzar hasta época romana.
De ello se s igue que la gran mayoría de los objetos prerromanos de oro proceden casi con seguridad del oro aluvial 1 • La composic ión del oro aluvial puede ser muy variable, especialmente por su contenido en plata, metal que junto con e l oro va a ser elemento clave de las aleaciones.
Por desgracia la información disponible sobre la composición del oro nativo peninsular es muy pobre -por no decir que nula-.
Están por hacer los estudios analíticos con muestras de las distintas cuencas auríferas y tan sólo contamos para el oro antiguo con datos genéricos extraídos de los comentarios de Plinio -\ quien aseguraba «que el oro español tiene siempre plata e n proporción variable, a veces hasta un décimo o un octavo».
Según la c ita, e l oro debería presentar del 1 O al 12,5 % de plata.
Sin embargo el único análisis que conocemos, procedente de Guadamar (Alicante) 4, da oro bastante puro, y existen materiales del Calcolítico y Bronce Antiguo como la placa del dolmen de Matarrubilla (Sevilla), la lámina de la Loma de Belmonte (Almería) y uno de los torques de Caldas de Reyes (Pontevedra), con porcentajes entre e l 3 y el 6 % Ag.
Con todo, y a pesar de la variabilidad observada en los objetos analizados, ciertamente hay un gran número de piezas de la Edad del Bronce que se sitúan en tomo al intervalo atribuido por Plinio al oro peninsular.
Por lo que se conoce del oro en otras regiones del mundo\ la tasa de plata puede osci lar desde unas pocas décimas hasta casi e l 40 % en algunas ocasiones y países.
Estas asociaciones naturales de oro con más del 20 % de plata son las denom inadas por los c lásicos eleurum o e lectro.
La e levada cantidad de plata que es posible encontrar en e l oro nativo hace difícil distinguir buen número de aleaciones intencionadas o, al contrario, podemos atribuir a la voluntad del orfebre lo que es en realidad un producto natural.
En España muy pocos objetos de los primeros períodos metalúrgicos presentan valores superiores al 20-25 % Ag, y de e llos, las dos muestras analizadas por Siret" son de época argárica y se pueden considerar aleaciones artificiales con plata, metal también utilizado en aleac ión con cobre e n dicha época 7, más bien que e lectro natural.
El mismo Siret comenta que tales objetos son los de color más claros, dando a entender que el resto de las piezas de oro 2 F. J. SÁNCHEZ-PALENCIA y L. C. PÉREZ, «Los yacimientos auríferos de la Península Ibérica.
Posibilidades de explotación en la Antigüedad», en El oro en la España Prerromana.
L 'Apport des analyses», en Minerfa y metalur¡:ia en las antif (uas civilizaciones mediterráneas y europeas, vol. 11, Ministerio de Cultura, Madrid, 1989, p.
53. -•------•------de los yacimientos del sureste q ue excavó tendrían menor cantidad de plata 8.
Otros argumentos en favor de la baja tasa de plata del oro nati vo de esta región pueden extraerse de los tres análisis practicados por nosotros a una lámina y dos cuentas c ilíndricas de la Loma de Belmonte, dando e ntre 2,9 y 6.4 % Ag.
El tercer caso de oro con más del 25 % de plata es un brazalete de Lamela de Silleda que. por llevar también un 4, I % de cobre, ofrece pocas dudas de ser una aleación artificial.
Además de plata, el oro nativo suele llevar pequeñas cantidades de cobre.
Salvo excepciones detectadas por ahora e n Alemania, norte de Italia y Checoslovaquia. en donde e l cobre alcanza el 3,5 % 4, los valores normales no superan el 1 %.
Tal parece ser el caso de la Pe nínsula pues los materiales antiguos, tanto en la serie de Hartmann como e n la nuestra, se mantienen por debajo de dicha c ifra.
Podemos, pues, de manera tentativa, fijar como límites • Convencionales por encima de los c uales podemos hablar de aleaciones artificiales las c ifras de l 25 % Ag y 1 % Cu, límites que deberían ser corroborados mediante análisis de oro nativo peninsular.
Tales aleaciones pueden lograrse ligando oro con plata, con cobre o con dos elementos de manera conjuma por medio de plata ligada previamente con cobre, proceso este último que no resultaría anómalo, dado que era una aleación conocida desde época argárica 10 • Junto a la plata y el cobre puede n acompañar al oro otras impurezas, e ntre las que destacaremos el estaño y e l platino por las interpretaciones a que han dado lugar.
La presencia de es útil la clasificación en grupos efectuada por Hartmann r!. basada exclusivamente en intervalos de composición de las tasas de impurezas.
Unicamente cuando el estudio de los análisis se elabora en función de la cronología y de la localización geográfica de los objetos, observando las tendencias, pueden extraerse algunas conclusiones de interés y apreciar el cambio y la evolución tecnológica seguida.
El estudio individualizado de la composición por piezas puede venir afectado por muchas circunstancias, entre otras por la frecuente reutilizac ión del oro.
Como ya se ha indicado, la fuente más numerosa de datos analíticos para este trabajo se ha tomado de los análisis publicados por Hartmann en 1982.
De ellos hemos seleccionado aquellos en los que se ha podido establecer la procedencia concreta y una cronología precisa.
No se han tomado en cuenta por el momento los materiales portugueses ni otros procedentes de yacimientos españoles que no hemos identificado satisfactoriamente.
También se han desechado aq uellos análisis de Hartmann en los que la detenninación de la plata resulta imprecisa, cuando tal imprecisión imposibilitaba asignarles alguno de los intervalos de clase empleados en nuestra clasificación.
Los datos disponibles manifiestan que, desde un momento relativamente temprano, se están empleando aleaciones intencionadas de oro, aunque con una frecuencia pequeña, tanto en el norte como en el sur de la Península: un hilo de El Argar (Antas, Almería) contiene algo más del 34 % Ag; un anillo espiral del Cerro de la Virgen (Orce, Granada), 2, 1 % Cu; uno de los brazaletes de Lamela de Silleda (Pontevedra), 4, 1 % Cu.
Por tanto. en algún momento aún no bien acotado del Bronce Medio los orfebres indígenas comenzaron a ensayar la manera de bajar la ley del oro.
El primer cambio importante en la composición del oro llega con el Bronce Final.
Según los histogramas de frecuencia relativas de las figuras 1 y 2 i J existe una clara diferencia de los contenidos de cobre y plata con respecto a épocas anteriores.
Mientras en el Bronce Antiguo en principio. y dada la mayor abundancia de objetos de oro. que la respuesta del orfebre ante la demanda creciente fue aumentar el rendimiento del metal bajando la ley.
Pero, aunque la economía de mercado funcionara según pautas paralelizables con las del libre mercado -cosa poco probable tratándose de un bien escaso, atesorable y elitista-, nos faltaría para poder apuntalar la opinión un conocimiento más detallado de la circulación de metal y de la optimización de la explotación de los rec ursos disponibles.
Por el contrario, existen textos contemporáneos y aun anteriores. de otras latitudes, que hablan expresamente de la estricta vigilancia y fiscalización a que son sometidos los artesanos del metal para evitar fraude s 14 • Por otro lado, la figura 1 indica que aún en el Bronce Final hay poca tendencia a ligar con cobre pero, al mismo tiempo, las impurezas de cobre aumentan cuantitativamente.
Ello es un reflejo, junto con el aumento de la plata, de la frecuente refundición de joyas amortizadas.
Efectivamente, la reutilización de alguna pie.za más cobrizada junto con otras porciones de oro más limpio hará subir la tasa media de cobre.
Hay testimonios arqueoló- El inc re mento de la tasa media de plata probable mente se deba a razones tecnológicas: la búsqueda y ensayo de mejores aleaciones para trabajar más có modame nte el oro.
Recuérdesde que el oro industrial de 22 quilates contiene 91,6 % Au y e l de 18 qui lates (el más empleado por re unir las mejores cualidades) 75 % Au.
Otros avances tecnológicos de la orfebrería del Bronce Final fueron el empleo de moldes para vaciado (varillas, anillos. brazaletes, torques ) y de una inc ipiente técnica de soldadura 1 6.
Entre los materiales del Bronce Final cabe e studiar aparte el tesoro de Yillena, conjunto numeroso y representativo en sí mismo.
Si observamos la distribución del contenido de im- ---------• --purezas de cobre en la figura 1 obtendremos una situación intermedia en relación con los materiales del Bronce Antiguo y Medio y el resto de los del Bronce Final.
El contenido medio de plata, 8.6 %. contrasta también con el 12.78 % del Bronce Final, quedando más próximo pero por encima del contenido de los materiales del Bronce Antiguo y Medio.
Esta diferencia se hace más llamativa si comparamos este conjunto con el del Cabezo Redondo, también en ténnino de Vi llena. que presenta mayor contenido medio de cobre y plata. en cifras muy similares a las medias del Bronce Final.
Esta situación intermedia de la calidad del oro del tesoro de Vi llena permite terciar en la polémica acerca de la cronología de este singular hallazgo.
¿Nos hallamos ante unos materiales importados o, al menos, fabricados con oro de distinta procedencia que la del resto de materiales promediados?
¿Se trata de un atesoramiento con mayor antigüedad que la hasta ahora atribuida condicionada por la presencia de hierro, nuevo metal que pudo haber sido incorporado al conjunto en un momento tardío en relación con el de fabricación de las piezas de oro?
¿O, simplemente, se empleó mayor cantidad de oro nativo que de recuperado, al contrario de lo que parece ser hábito común de otros conjuntos del Bronce Final?
La orfebrería del Período Oriental izante, donde ya las composiciones con cobre son mayoritarias, ofrece otro notable contraste siendo los rasgos principales que la caracterizan s u diversidad y variedad.
Mientras que hasta este momento veíamos una relativa homogeneidad en la composición de las dist intas zonas que nos permitía sistematizar de forma general los períodos, ahora resultan homogéneos los conjuntos individualizados pero difere ntes unos de otros, como se observa en los seleccionados para el cuadro 1.
Ello desaconseja el tratamiento conjunto de los datos, ya que de hacerlo obtendríamos unos resultados dependientes del número de piezas analizadas de cada conjunto.
El que los candelabros de Lebrija tengan plata pero no cobre, que Trayamar tenga algo más de plata y también cobre, que el tesoro de El Carambolo presente menor cantidad de plata que los anteriores, pero cobre similar a Trayamar, o que Jávea no tenga apenas plata pero sí bastante cobre, mientras que en La Aliseda se combinan varios modelos, simplemente está confirmando la diversidad de influencias y tradiciones que entran en juego y se entrecruzan durante e l Período Orientalizante.
A ellas debemos la introducción en la Peníns ula de las técnicas de filigrana y granulado que conferirán a las labores una belleza y una complejidad en los diseños desconocida hasta entonces 11.
Tras este período de diversidad y variación vuelve a establecerse una norma predominante en las producciones de orfebre de la segunda mitad del primer milenio a.
C., norma que será dist inta para las dos zonas peninsulares: el noroeste y el mundo ibérico o mediterráneo.
Por lo que respecta a esta última, la composición en plata es similar en toda la geografía de los pueblos ibéricos, como refleja la figura 3 donde se comparan los materiales ibéricos con los del taller de Cádiz.
Esta similitud en los tipos de aleación, que implica unidad en este rasgo tecnológico, en nada se opone a las evidentes diferencias de estilo y modo de trabajar el metal dentro complejo mundo ibérico, de las que s in duda es ejemplo clarís ico la orfebrería gaditana.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas. -----------------•------La diferente concepción de la orfebrería entre los pueblos mediterráneos y los del noroeste peninsular encuentra un sólido argumento en la propia composición del metal base, como se recoge en la figura 4.
Mientras en los materiales del noroeste predomina el oro con alta carga de plata con valores superiores al 20 % Ag, en el área mediterránea los valores se sitúan en el extremo contrario del gráfico dada su cualidad de poco o nada argentados.
En un principio nos planteamos qué relación podría existir entre los tipos de objeto y la aleación para de ese modo ofrecer una explicación al fenómeno.
Como es sabido, la orfebrería del noroeste se caracteriza por sus objetos pesados (torques, brazaletes, grandes fíbulas), en tanto que las joyas ibéricas son piezas livianas, de unos pocos granos de peso (pendientes, aretes, anillos).
Cabía la posibilidad de pensar en un ahorro sustancioso de oro en los objetos pesados a base de incrementar la ley de plata, reservando para los pequeños el oro de mejor calidad.
Sin embargo no parece que esta pueda ser la explicación correcta pues entre los análisis del noroeste hay algunas joyas pequeñas, como un pendiente de La Graña y una cuenta de collar de Elviña, con más del 20 % de plata, dejando muy en entredicho la suposición anterior.
Tampoco podemos apoyar las pesadas piezas de oro argentado del noroeste en ninguna tradición previa pues por el momento no se ha apreciado en ningún período procedente una tendencia de tal naturaleza: --------el mismo tipo de objetos, fueran o no pesados, se elabora con oro de composiciones muy diversas o, lo que es lo mismo, no se detecta ninguna relación entre el peso y el tipo de aleación.
Parece razonable concluir, por tanto, que la diferencia entre ambas regiones responde a una tradición cultural y tecnológica distinta.
Si hacemos un repaso general a la evolución del contenido de plata como muestra la figura 5, llama la atención que después de reflejada Ja tendencia al aumento desde el Bronce Antiguo y Medio hasta el Bronce Final, tendencia que se agudiza durante el Hierro 11 en el noroeste, en el mundo mediterráneo e ibérico experimente un retroceso y a veces disminución drástica la plata ligada al oro, incluso por debajo de Jos valores detectados en el Bronce Antiguo cuando gran parte de la plata es debida a su asociación natural con el oro y las aleaciones son menos frecuentes que en los períodos posteriores.
Este hecho llamativo debe ligarse a la puesta en escena en las comunidades mediterráneas de una técnica para afinar el oro bruto. mediante la cual era posible eliminar la mayor parte de los metales a él asociados.
Los testimonios arqueológicos y numismáticos indican que la cementación del oro con sal común era conocida en Sardes (Anatolia occidental) desde tiempos de Creso (575-550 a.
C. ) 1 K. Desde allí se difundió el mundo griego, empleándose para afinar oro en tiempos de Filipo II de Macedonia y de Alejandro Magno co días 20.
Este debió ser el método practicado en el Imperio Romano ya que Plinio el Viejo describe un sistema similar para el afino del oro en Hispania. aunque con la variante de añadir pirita de cobre 2 1 • Por la crono logía de las piezas peninsulares que denun cian claramente el uso de oro afinado la técnica pudo conocerse en las costas ali cantinas desde. al menos. el siglo IV a.
C., y deberse a influencias griegas.
El caso más claro es e l tesoro de Jávea, fechado segú n Almagro Garbea en dicho siglo IV 2 ~. y que estilísticamente responde a un influjo helénico, habiéndose planteado incluso la pos ibilidad de que pudiera se r obra de un artesano griego.
El empleo en s u manufactura de oro afinado corrobora esa pos ible relación o influencia.
La distribución de joyas de oro afinado coincide con los territorios ibéricos, res ultando un argumento a sumar a los otros muchos que s ustentan e l influjo griego sobre la cu ltura ibérica.
Hay, s in embargo, ciertos elementos discrepantes que di stors ionan este panorama feliz: e l tesoro de La Ali seda tiene un anillo de oro s in plata y con un 6 % de cobre que podría ser de oro afinado ligado con cobre, y otras piezas con poca plata que podrían serlo también.
Si así fuera, y dado que este tesoro se fecha a fines del siglo VII a.
C., cabría cuestionar la cronología anatolia antes apuntada, remontándola cómodamente hasta el punto de hacerla compatible con la arribada de elementos fenicios (como s ucede, por ejemplo, con el hierro), o cambiar el centro de invención del afinado del oro.
Mucho más prudente res ulta por el momento considerar e l anillo de La Aliseda una aleación excepc ional (fortuita?) oro-cobre, porque el resto de piezas poco argentadas, si bien no son frecuentes, tampoco son rarezas.
Queda, finalmente, otra opción c ual es que el tesoro de La Aliseda no constituye un conjunto unitario fe chable todo él en el siglo Vil, s ino que algunas piezas sean de cronología posterior a la antes apuntada, dadas las circunstancias del hallazgo.
Serán los nuevos anális is de orfebrería orientalizante los que posibiliten otros planteamientos.
En cambio los orfebres del noroeste no reflejan ningún indicio del empleo de la técnica de afinado, lo cual explicaría las diferencias compositivas constatadas y podría considerarse como un rasgo cultural diferenciador a la par que indicativo de la falta de contactos y relaciones fluidas con el sur de la Península.
A través de las composiciones podemos observar algún contraste más, probablemente relacionado con e l proceso de afinado del oro.
En la zona levantina, y más concretamente en las provincias de Alicante y Murcia, más del 60 % de las joyas analizadas ofrecen una tasa de cobre mayor o igual que la de plata, pero nunca s uperando la cifra del 10 % Cu.
Materiales con estas características se dan esporádicamente en las provincias limítrofes y en Cádiz (figura 6).
El oro fino, por ser de alta pureza, podía alearse con plata y cobre a voluntad controlando de ese modo el orfebre la ley del producto resultante -como sucede en la actualidad-, además de mejorar las propiedades del metal para trabajarlo mejor, como se ha dicho más atrás.
En la descripción que hace e l monje alquimista Theophilus del método de 20 T YLECOTE, oip. cit., n.
La pirita y la sal común pennitirían la formación de ácido sulfúrico y clorhídrico, quienes atacarían la plata y otras impurezas ()el oro depurando el metal noble.
22 M. ALMAGRO GORBEA, «Orfebrería orientalizante», en El oro en la España prerromana, Revista de Arqueología, 1989, p.
68-81. afino por cementación con sal 2 J se insi ste en la conveniencia de, una vez logrado el oro fino, alearlo con una pequeña cantidad de cobre.
Theophilus no explica la razón, que probablemente no es otra que rebajar significativamente el punto de fusión de la aleación resultante.
Las cantidades de cobre detectadas en las piezas ibéricas, en el tesoro de Jávea e, incluso, e n algunas de La Aliseda, proporcionalmente mayores que las de plata en cada caso. sólo pueden deberse a la adición por separado de dicho metal e indica que los antiguos orfebres conocían el efecto.
En otros materiales mediterráneos en los que la tasa de plata es siempre
Aunque mucho más tardía (comienzos del siglo XII), la técnica descrita por Theopilus no difiere sustancialmente de la empleada en la Antigüedad, con la ventaja en este caso de ser expuesta por un verdadero experto.
Los textos clásicos (Agatharcides, Diodoro Sfculo, Estrabón, Herodoto, Plinio, Papiro de Leyden), no fueron redactados por especialistas en el tema en cuestión (a excepción, quizá, de Plinio) y ello dificulta en cierto modo su comprensión y hace necesario expurgarlos de elementos incongruentes que acompañan al cuerpo fundamental (oro laminado o en porciones pequeñas, arcilla, sal, natrón, horno, tiempo de cementación).
Así, la reproducción experimental del método propuesto por Diodoro Sículo resultó un fracaso (citado por HEALY, op. cit. n.
Ningún texto antiguo hace referencia a la adición de cobre al oro fino, sin embargo era práctica común como demuestra un buen grupo de análisis de orfebrería.
El'! letal para amonedaciones es otra cuestión, si de Jo que se trata es de emplear oro puro (el aurei romano, con más del 99 % de pureza). |
Tradicionalmente se ha considerado que la aristocracia ibérica depositaba en las tumbas sus materiales más preciados como prueba de categoría social.
Sin embargo, el oro está básicamente ausente de estos contextos.
Este trabajo propone considerar el oro como un metal del máximo valor práctico, y por tanto no amortizable en las tumbas, sino objeto prioritario de la transición por herencia del poder y la propiedad.
EL ORO COMO ELEMENTO DE PRESTIGIO SOCIAL EN ÉPOCA IBÉRICA
El mundo de los iberos no fue una excepción al considerar el oro como un elemento de máximo valor.
Sus propiedades físicas, su resistencia al fuego -mayor que la del cobre o la plata-y sobre todo su brillo «solar» han hecho de este metal el más preciado en muy distintos tiempos y lugares (Eluére, 1987: 13-14).
Su posesión ha sido siempre muestra de una riqueza sólida y perdurable; sin embargo, su simbolismo y sobre todo la disposición que de él puede hacer su propietario es algo que ha cambiado considerablemente con el tiempo.
Defendemos aquí que en la sociedad ibérica la propiedad del oro presenta unas características muy distintas respecto a periodos anteriores plenamente "prehistóricos".
Este hecho condicionará tanto su uso como su última función, convirtiéndose en un bien de transición hereditaria, lo que evidentemente afectará a su deposición final y a su recuperación arqueológica.
En este trabajo, por lo tanto, no se realizará un detallado catálogo de halla.zgos, ni un estudio de las técnicas extractivas o de fabricación.
Tampoco se aludirá al significado simból ico o ritual de las piezas (Nicolini, 1987), sino al papel que juegan en la acumulación de riqueza por parte de las clases altas de la sociedad ibérica.
Somos también conscientes de que aquí jugamos con informaciones de cronologías muy distintas, puesto que muchos de los datos funerarios son de los siglos Y-IV a.
J.C., mientras que otros materiales, y sobre todo los textos, son más tardíos.
Sin embargo, creemos que el argumento ofrecido sigue teniendo validez a pesar de este hecho 1 • EMPLEO SOCIAL DEL ORO DESDE EL CALCOLÍTICO AL MUNDO ORIENTALIZANTE.
No es nuestra intención realizar un análisis en profundidad del papel que desempeñó el oro en la sociedad peninsular a lo largo de la Prehistoria, sino más bien fijamos en los aspectos que distinguen al momento ibérico de las etapas precedentes.
Este trabajo, sin embargo, es especialmente deudor de la básica revisión efectuada por Perea (1991 ), a la que aludiremos constantemente.
A lo largo del tiempo se observan cambios sustanciales. tanto en el valor como en la posibilidad de acceso y disposición de este símbolo de riqueza.
Así, durante el Calcolítico, la mayor parte de la producción (el 86%) tiene como destino final el ajuar funerario (Perea,l 989).
Esto es comprensible en un momento en el que empiezan a surgir las élites y existe una creciente competitividad por ocupar puestos ventajosos en la naciente diferenciación social: «... durante el Calcolítico, las élites incipientes se veían obligadas, para mantener su poder, a reforzar y exhibir permanentemente su elevado rango» (Hemando, 1989: 40).
Las piezas de oro presentan ya una tipología bien establecida en época campaniforme, y se consideran como símbolos de poder personal (Perea, 1991: 46).
Este se plasma en la posesión de objetos de valor «primario», término empleado por Renfrew (1986: 159) para definir materiales de valor intrínseco adscrito.
Entre éstos figuran los que son de vista y tacto agradable, raros en la naturaleza, perdurables y poco útiles cuando se emplean como instrumentos.
El carácter «personal e intransferible» de estas piezas se demuestra por su incorporación al ajuar funerario, de manera que su pertenecía al personaj~ socialmente destacado no acaba con la muerte, y por lo tanto los supervivientes deberán ser capaces de obtener por sí mismos estos materiales, manteniéndose una continua competición.
Parece que incluso esta producción de objetos de oro pudo tener la intención de refrendar el estatus de una persona precisamente en el momento de su muerte, ya que no es infrecuente que las piezas procedentes de ajuares funerarios no tengan indicio alguno de uso.
Este panorama parece perdurar, aunque con una creciente afirmación, durante el Bronce Antiguo y Medio.
Observando los hallazgos, mayoritariamente argáricos, de nuevo encontramos que el 80% de ellos son funerarios, adscribiéndose por regla general a sepulturas individuales y conformando un ajuar repetitivo o normalizado.
La presencia dentro de este territorio de sepulturas masculinas y femeninas con adornos de oro parece indicar una élite más consolidada, e incluso una transmisión hereditaria en ciertos momentos, si consideramos la riqueza de ciertas tumbas infantiles (Lull y Estévez, 1986: 451 ).
El panorama del Bronce final es ciertamente más complejo, pues el oro mostrará características diferentes, tanto en su conformación como en su empleo.
Siguiendo a Perea ( 199 J: 95) pueden apreciarse una serie de rasgos nuevos que reflejan una situación también inédita.
Por una parte, los objetos responden técnica y morfológicamente a unos gustos que son comunes a un amplio territorio, resultado de las relaciones a larga distancia mantenidas a través de la fachada atlántica, lo que incluye estos procesos en una dinámica común del Bronce Final en el Occidente europeo.
De hecho, la delimitación de alianzas y de los centros de poder se ha fundamentado en la consideración de estas piezas como regalos políticos y símbolos de autoridad (Ruíz--Gálvez, 1988).
Otro rasgo llamativo es la introducción en este momento de nuevos tipos áureos que incluyen elementos de vajilla, y no sólo adornos personales (Ruíz--Gálvez, 1989: 53).
Por otro lado, las piezas muestran una acumulación de materia prima desconocida hasta la fecha.
Basta recordar que un sólo torques de Sagrajas pesa 2 kgs, (Almagro Garbea, 1977), y que el peso total del tesoro de Villena --0ro y plata-es de 9 kgs.
Estos objetos, al contrario que en las fases precedentes, eran profusamente empleados por su propietario, y lejos de terminar en una tumba, acaban conformando depósitos u ocultaciones que eventualmente permiten una recuperación de la materia prima.
).-Extracción ~ Fundido ~ (Uso) ~ Ajuar Funerario 2.-Extracción ~ Fundido ~ Uso ~ Fundido CUADRO No 1.-Diferentes sistemas de empleo del oro: 1.-Calcolítico, Bronce Antiguo y Medio; 2.-Bronce Final (Según Perca, 1991, 277).
Aun considerando que algunos de estos depósitos fueran funerarios (Bradley, 1982), y por tanto no estuviera prevista su recuperación, la reiterada escasez o ausencia de restos sepulcrales con ricos ajuares y, por el contrario, la abundancia proporcional de depósitos, marca la primera separación de los individuos de la élite respecto a los símbolos de su autoridad.
Para Bradley (1982: 103-104) esta disgregación parece «transferir el énfasis del papel del muerto a las aspiraciones de los supervivientes, y de un sentido de continuidad a uno de cambio».
En un período de incertidumbre o ambiguedad, el problema se plantea más crudamente cuando el difunto y las ofrendas funerarias se divorcian físicamente.
En cualquier caso, y para la idea central de este trabajo, lo relevante es que el oro sigue retirándose de la circulación en grandes cantidades, pero con un sentido muy diferente al que encontramos en épocas anteriores, ya que la transmisión generacional empieza a configt•..'.use como una posibilidad.
En palabras de Perea ( 1991: 277) «S i este metal es demasiado valioso para abandonarlo definitivamente en las tumbas, la propiedad de estos conjuntos no es verosímil que estuviera en manos de artesanos, sino en las de aquellas personas que tuvieran alguna posibilidad a su acceso, por derecho o por fuerza».
Esta riqueza, por tanto, se demuestra no tanto por la poses ión de un objeto raro o exótico, de valor «primario», sino por el atesoramiento o monopolización de la materia prima (Hemando, 1989: 40).
Este modelo inicia un cambio cuyos resultados se apreciarán en época ibérica, siempre teniendo en cuenta las transformaciones que se operan en la fase orientalízante, que enlaza aquella con el Bronce Final.
Durante esta etapa intermedia las ocultaciones siguen siendo la norma general, y así lo observamos en los grandes tesoros de El Carambolo, Cortijo de Ebora, Serradilla o Segura de León (Perea, 1991: 171 ).
Hallazgos como el de Peña Negra (González Prats, 1983) confirman un trabajo artesano en algunos centros de importancia.
Los ajuares funerarios son escasos, pero en ciertas ocasiones muy espectaculares, como sucede en La Aliseda, (Almagro Gorbea, 1977), si es que en realidad estamos ante una sepultura.
Sin embargo, la norma es que los enterramientos de esta fase, aunque presenten unos ricos ajuares (Setefilla, La Joya) sean muy limitados en el número y peso de las piezas de oro.
Es el caso de la tumba toledana de El Carpio (Pereira y de Alvaro, 1990), en el que una mujer y un recién nacido fueron inhumados en una fosa junto a un ajuar excepcional en lo que a piezas cerámicas y metálicas se refiere, pero sin la inclusión de oro en el conjunto.
En ésto coinciden con el patrón que se va a desarrollaren las necrópolis coloniales de la costa del sur, apreciable en Trayamar, Puente de Noy o Villaricos, en las que las tumbas más espectaculares tienen escasas muestras de objetos de orfebrería.
La cortedad de oro depositado en las sepulturas se acrecienta si consideramos que las piezas adoptan ahora características orientales, en las que la cantidad de metal es reducida al mínimo, trabajando sobre láminas y no sobre piezas macizas, y utilizando aleaciones ricas en plata o incluso en cobre (Almagro Gorbea, 1989: 72).
Esta reducción de la materia prima se intenta suplir con un sofisticado trabajo técnico que incluye una compleja decoración mediante filigrana y granulado de gran efectismo, di señando temas antropomorfos, animales reales y fantásticos, frutos, palmetas, etc., de alto contenido simbólico.
Así pues, las características de esta etapa serán: l) una carestía creciente del metal, empleado ya seguramente como valor de cambio en el terreno mercantil, de peso creciente en la economía; 2) una acumulación de objetos -y probablemente también un control de los sistemas extractivos-por parte de la élite; 3) un mayor efectismo en la producción, de forma que la técnica y el simbolismo sustituyan la escasez de materia prima empleada; 4) una tendencia a depositar en las tumbas un pequeño porcentaje de las joyas que seguramente habrían pertenecido al personaje enterrado.
Este modelo, confirmado en las necrópolis coloniales de la costa sur y sureste, parece incorporarse al sistema local, salvo en casos como la sepultura de Aliseda, en la que se deposita un excepcional juego completo de atavíos de oro.
EL ORO EN ÉPOCA IBÉRICA.
Analicemos finalmente cuál fué el papel que el oro desempeñó en la sociedad ibérica.
En esta época, y a pesar del uso que llevaba haciéndose de los metales preciosos desde fechas antiguas, sabemos que tanto el oro como la plata eran todavía proporcionalmente abundantes en -----~~la Península con respecto a otras áreas europeas. y por ello fueron alabados hasta la exageración por los autores clásicos2 • Esta riqueza era sin duda explotada intensivamente, sobre todo tras la llegada de los cartagi neses, y desde luego, en tiempos romanos (Blázquez, 1967).
Oro y plata se invertían fundamentalmente durante esta época en la fabricación de dos tipos de objetos: vajilla y joyería.
De la primera apenas nos quedan testimonios que no sean de plata, como el conjunto de platos de Abengibre (Albacete), o las páteras argénteas de Santisteban del Puerto (Jaén) o Tivissa (Tarragona). estas últimas doradas en algunas zonas.
Los textos, sin embargo, son muy claros respecto a la existencia de recipientes de oro, y tanto en el relato de las bodas de Viriato por Diodoro como en las trágicas conquistas de Sagunto o Astapa contadas por Livio o el propio Diodoro se nos hace alusión a estos objetos.
Las 276 páteras de oro, cas i todas de una libra de peso (327 gr.), que Escipión recoge en Cartago Nova, habían sido seguramente obtenidas de los indígenas por los cartagineses3.
Los textos son, sin embargo, mucho más parcos en lo que respecta a la joyería, hasta el punto de resultar sorprendente este silencio, toda vez que autores como Posidonio, Diodoro o Estrabón gustan de reflejar estos detalles en otros pueblos (Nicolini, 1990: 617-8).
Sin emdores llegaron cuando ya la matanza estaba consumada.
Y atónitos a la vista de tan atroz espectáculo quedaron algún tiempo inmóviles.
Pero el oro y la plata que entre el cúmulo de otros objetos brillaban, excitaron la codicia natural al común de los hombres; y queriendo arrebatarlo al fuego, fueron unos cogidos por las llamas, otros fueron quemados por el vapor ardiente» (Livio, 28, 23, 3) (FHA Ill: 32 1 ).
El caso de Sagunto es recogido por varios autores, pero seleccionamos el texto de Diodoro (25, 15) por ser más detallado en el tipo de objetos: «Sitiada Sagunto por Aníbal, sus habitantes amonto- nan los objetos sagrados, el oro y la plata que en sus casas tenían, los adornos de las mujeres, como pendientes y otras joyas, y mezclándolo todo con plomo y cobre para inutilizarlo, le prenden fuego}> (FHA III: 252). bargo, tanto las excavaciones sistemáticas en poblados y necrópolis como algunos hallazgos casuales nos confirman que los hombres y mujeres ibéricos de las capas sociales más altas portaban joyas para adornar sus vestidos y su cuerpo.
En este sentido, es la numerosa serie de esculturas masculinas y femeninas la que nos ofrece una reproducción más fiel de estos adornos, si bien convertidos, claro está, en piedra, bronce o arcilla.
Las tres Damas más famosas de la estatuaria ibérica en piedra, procedentes de Elche, Cerro de los Santos y Baza, son un prodigio de recargamiento y ostentación decorativa, pero su ejemplo se sigue, generalmente más simplificado, en cientos de exvotos de menor tamaño fabricados en los materiales antes citados.
En estas figuras destacan las diademas, los pendientes y arracadas, los variadísimos collares y colgantes, los anillos, las pulseras y los brazaletes.
Fíbulas y alfileres también podían ser de oro.
Los trabajos de M.L. de la Bandera (1977;1978;1986), y sobre todo de Nicolini ( 1990) y Perea ( 1989) permiten hoy en día valorar correctamente estos y otros tipos de la orfebrería prerromana peninsular, ofreciendo los dos últimos un catálogo de objetos completo y actualizado.
LOS HALLAZGOS Y SUS CONTEXTOS
Siguiendo la lista ofrecida por Perea ( 1989), lo primero que nos llama la atención es que los objetos de oro de época ibérica que hoy poseemos son muy escasos respecto al número que en su momento debió existir, y que esa profusión de adornos que presentan las esculturas antes citadas no se refleja en el registro arqueológico salvo en casos muy excepcionales, como luego veremos.
Si observamos el territorio propiamente ibérico comprobaremos fácilmente esta disparidad.
Comenzando por los anillos, el inventario revela un exiguo total de cuatro ejemplares, menos de los que lleva la Dama de Baza en una sola mano.
Es cierto que el recuento que hacemos alude sólo al oro, y las esculturas impiden discernir si el adorno es de ese metal, de plata o de bronce, pero de todas formas la desproporción es chocante.
En lo que respecta a los collares, tomando tanto los ejemplares completos como aquellos colgantes sueltos que pudieron pertenecer a collar, el nllmero total de hallazgos es de 24.
Revisando el catálogo de E. Ruano ( 1987) sobre la escultura ibérica antropomorfa, el recuento es de 131 collares completos en sólo 50 esculturas femeninas.
Lo contrario ocurre con los pendientes y las arracadas, ya que el número de ejemplares conservados ronda los 90, mientras que los representados en las esculturas de piedra no llegan a los 60.
Otro aspecto básico de este desarrollo es el contexto en el que las piezas de oro han sido encontradas (Cuadro n 2 2).
Tomando los elementos particulares de cada tipo apreciamos que en yacimientos funerarios se han recuperado un total de 115 piezas, mientras que el resto de las procedencias (asentamientos, tesorillos u ocultaciones, etc.) suman 119 objetos.
Es de señalar que el número de necrópolis excavadas en las que aparecen objetos de oro es sensiblemente mayor al de poblados con este tipo de hallazgos, si bien hay que considerar que la investigación se ha centrado más en ese tipo de yacimientos.
Aún así, los conjuntos más completos, como los de Jávea, Mairena del Alcor o Puebla de los Infantes (Fernández, 1989) Se ha ofrecido un listado en el que se recogen unas catorce necrópolis ibéricas con hallazgos de oro.
El número de objetos en cada una de ellas es, sin embargo, muy restringido.
Si tomamos algunas de las más importantes como ejemplo valoraremos este punto correctamente (Cuadro 3).
Generalmente las sepulturas en las que aparece el oro presentan un ajuar rico.
Siete de las nueve tumbas de Cabecico del Tesoro están muy por encima de la riqueza media (Quesada, 1989) y lo estarían aún más probablemente si introdujéramos una valoración de su envergadura arquitectónica.
Por lo tanto, aun careciendo de estos productos de orfebrería, estas tumbas destacarían en relación a otras por el mayor número y calidad de los objetos enterrados.
La mayor parte de las piezas que aquí se recogen son pendientes, solos o por parejas, queparecen estar ligados indistintamente a mujeres y hombres, aunque a veces puede asegurarse que son claramente masculinos (Chapa el alii, 1991 ).
Los hallazgos realizados por C. Fernández Chicarro durante sus excavaciones en Los Castellones de Cea) reflejaron que el difunto llevaba los pendientes puestos cuando era quemado, puesto que en ocasiones han quedado abandonados en uno de los extremos de la pira (Cuadernos de campo inéditos, campaña de 1956), y en otros casos presentan huellas de haber sido afectados por el fuego (Chapa et alii.
También hay láminas y apliques de revestimiento, así como una fíbula, aros, anillos y cuentas sueltas de collar, siempre en número escaso.
La presencia de material de desecho y semielaborado en varias necrópolis puede indicar que «la práctica funeraria permitía la sustitución del objeto por su materia prima» (Perea, 1991: 258).
Este hecho se practicó especialmente en Galera (Granada).
Todos estos datos nos permiten extraer una serie de conclusiones: a) La deposición de objetos de oro es muy infrecuente en los enterramientos ibéricos. b) Su presencia coincide con tumbas ricas, y aunque el oro es un valor añadido, esas sepulturas seguirían siendo ricas si carecieran de él. c) Las tumbas no son lugares donde se vaya a amortizar un juego de joyas personales (diademas, collares, anillos, etc).
La riqueza se manifiesta por otras vias diferentes, como la arquitectura, la cerámica, objetos de bronce, arm.as, etc. d) El tipo de objeto de oro que se deposita en las tumbas tiende a ser de poco peso y de uso muy personal.
Es el caso de los pendientes, qlle forman parte del atavío del difunto, y que no se retiran, aún cuando el cadaver va a ser quemado.
Incluso pueden quedar abandonados en la pira, sin ser incluidos en el ajuar definitivo.
En época ibérica Jos objetos de oro pueden aparecer también en contextos domésticos y en santuarios, así como en ocultaciones o depósitos, siendo estas dos últimas categorías difíciles de distinguir, y faltando, que sepamos, otras posibles formas de deposición (Bradley, 1982: 95).
La falta de una correcta referencia arqueológica impide a menudo evaluar las características de estos descubrimientos.
Algunos poblados, como La Bastida de Mogente, nos muestran seguramente piezas perdidas en un momento de abandono súbito del lugar, tratándose de piezas sueltas, de peso limitado y senci lla manufactura.
Por su parte, en dos santuarios altoandaluces, Collado de los Jardines y Castellar de Santisteban, se han recuperado elementos de collar.
En el primer caso se trata de un colgante de lengüeta con decoración en filigrana y granulado, y en el segundo de un elemento de suspensión con forma de bellota.
Sin noticias concretas sobre su contexto, el carácter del lugar permite pensar en ofrendas realizadas en estos santuarios, acompañando o sustituyendo al habitual exvoto de bronce.
Aunque se trata de piezas de poco peso, su elaboración es cuidada, y normalmente no fueron objeto de deposición en las tumbas, si exceptuamos el caso de Galera (Cabré y Motos, 1920).
Estos elementos son en realidad piezas individuales separadas de conjuntos más amplios de collares complejos.
Estos últimos, así como las diademas, los cinturones, etc., nunca son objeto de ofrenda o amortización funeraria, y si tenemos constancia de ellos es porque fueron escondidos o almacenados en un determinado momento y nunca pudieron ser de nuevo recuperados.
Los tesorillos de Jávea, Mairena del Alcor, Puebla de los Infantes, Los Vi llares, Santiago de la Espada o Safa (Perea, 1991) han sido condiderados tradicionalmente como producto de escondrijos en momentos de inseguridad política y acción militar (Fernández, 1989:87).
Perea ( 1991:260) se inclina por valorarlos como frutos de saqueo en los que se incluyen piezas de muy distinta materia prima, calidad y configuración, pues es frecuente que junto a la joyería aparezcan también monedas, lingotes, material fragmentado y semielaborado.
La autora los identifica por tanto con reservas de orfebres que se beneficiarían de las repetidas acciones de pillaje, y que valoran más la materia prima que el objeto elaborado.
CARÁCTER INCOMPLETO DEL REGISTRO ARQUEOLÓGICO
Por lo que llevamos visto, existe una sensible desproporción entre las grandes riquezas de oro exaltadas por los autores clásicos y el número de hallazgos reales.
Ciertamente, la exageración es un elemento a tener en cuenta en la lectura de estos-textos, y ello se puede apreciar con claridad en la leyenda recogida por Posidonio y transmitida por Estrabón, según la cual un incendio forestal podía fundir la plata y el oro que supuestamente conformaba el subsuelo del país.
Sin embargo, también es cierto que la explotación sistemática del oro y la plata fué una actividad primordial tanto de iberos como de cartagineses y romanos, cuya importancia puede leerse incluso en los textos bíblicos 4 • (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa ¿Dónde está todo ese oro que nos relatan las fuentes?.
Las respuestas son variadas, y todas ellas explican complementariamente la desaparición del oro del registro arqueológico.
En primer lugar, debemos recordar de nuevo que la actividad militar en la Peninsula se produce a gran escala durante toda la época ibérica, y especialmente a partir del s. 111 a.
J.C..Oro y plata son valores seguros a lo largo del tiempo. y resultan tanto un inmejorable sistema de pago como una justificación de toda campaña de guerra y anexión territorial.
Casos como los ya citados de Cartagena, Sagunto o Estepa son un ejemplo de que estas riquezas fueron un elemento decisivo para la torna de las ciudades.
En otros momentos, y sin que existiera un factor de destrucción, sí se emplea la coacción para obtener de los particulares sus objetos de orfebrería.
Esto hizo Magón con los habitantes de Cádiz en el 206 a.
Así pues, gran parte del oro desapareció de territorio ibérico para ser trasladado a Roma o, en todo caso, fuera de la Península, perdiéndose definitivamente su referencia.
Sólo aquello que fué ocultado y no recuperado -algo en las tumbas, más en los depósitos-ha llegado hasta nosotros, en la mayor parte de los casos de manera fortuita.
Hay que ser conscientes, sin embargo, de que el número de piezas que han perdurado es seguramente mayor del que conocemos, ya que este tipo de hallazgos, por su materia prima y su antiguedad, es el objetivo preferente del coleccionismo particular, y los hallazgos clandestinos raramente son controlados.
Sin embargo, si gran parte del oro ha «desaparecido», es porque no constituía un sencillo símbolo de estatus que el difunto pudiera llevarse a la tumba retirándolo de la circulación.
Esto quizá hubiera supuesto la destrucción sistemática de ciertas sepulturas, pero en algunos casos hubiera permitido la conservación de un mayor número de juegos completos de orfebrería hasta el momento presente.
Por el contrario, el oro debió ser un bien de uso constante y con un marcado papel en la transmisión hereditaria de unos bienes de carácter familiar.
Nicolini ( 1990: 621) señala ya esta aparente contradicción entre sepulturas ricas y escaso ajuar de oro y plata, y ofrece tres posibles explicaciones; a) el gusto personal del titular de la tumba, que rechazaría enterrarse con su oro; b) la escasez de este metal a la hora de producirse el enterramiento; c) la reseva de las joyas para los herederos del difunto.
El autor considera que ninguno de los tres argumentos son convincentes.
Por el contrario, pensamos que el último de ellos es la clave de esta situación.
De hecho, la tumba de la Dama de Baza, en la que la escultura está representada con un complejo aderezo, puede ser un apoyo para resaltar, por una parte, la consideración especial de este tipo de piezas de orfebrería, y por otra, su presencia y uso en contextos del s. IV a.
J.C., pero también indica que las joyas en sí no se depositan en los enterramientos.
En la etapa ibérica, el oro es un bien del máximo valor, y esta carestía.da lugar a la fabricación de objetos «baratos», que con una misma cantidad ofrecen sin embargo una apariencia vistosa y un fuerte contenido simbólico.
Aún así, su posesión, y sobre todo su acumulación, sólo está al alcance de los estratos más solventes de la sociedad, siendo su materia prima de suficiente calidad como para poder desear su reutilización aún en caso de desgaste, fractura o fallecimiento de su poseedor.
Se ha defendido hasta la saciedad (Binford, 1972), que el mundo funerario se organiza siguiendo más o menos directamente al modelo del mundo de 5 Según esta referencia, Magón: «... arrancó todo lo que pudo de los gaditanos, expoliando no sólo su erario, sino también sus templos, obligando a todos los particulares a entregarle su oro y su plata.»
(Livio, 28~ 36) (FHA III: 331). los vivos, y que a través de aquél la sociedad refl eja su estructura.
Así. los vivos prepararan para el difunto una sepultura acorde con el papel que ha desempeñado en vida.
Sin embargo, esta simbol izac ión puede plantearse de muchas maneras. y la importancia del difunto se resaltará de la forma más adecuada a los intereses de su grupo social.
En el mundo ibérico encontramos una fu erte inversión tanto en el ritual funera rio (pira, banquetes) como en la estructura constructiva de la tumba, contando en ocasiones con complejas arquitecturas y producciones escultóricas.
Asímismo. los ajuares ricos constan de gran número de cerámicas locales e importadas, y objetos metálicos de bronce y hierro. entre los que destacan las armas como elemento significativo.
Fusayolas. piezas de juego, etc, completan la variedad conocida de los conjuntos funerarios.
En ellos pueden entrar también elementos de oro. siempre de uso personal y en número reducido, constituyendo un símbolo añadido de riqueza más que su comprobación práctica.
Podría defenderse que el oro no era depositado en las tumbas para impedir una profanación sistemática de las mismas dirigida a la obtención de este metal precioso.
Sin embargo, consideramos que este argumento, que pudo esgrimirse también en época ibérica, no explica, sino que enmascara a modo de excusa, la verdadera causa de la falta de objetos de oro.
Ciertamente, los ladrones de tumbas existieron en la sociedad ibérica, pero desde nuestro punto de vista los ajuares depositados en las sepulturas son de tres clases: a) ostentosos pero sin valor comercial a posteriori (ritual, escultura, arquitectura); b) objetos de cierto valor pero perdurabilidad limitada -armas oxidables. cerámica, etc,-, que suponen un equipo personal y que, lejos de transmitirse. pueden ser adquiridos por cada personaje según su estatus (cada guerrero tiene su propio armamento), ya que son piezas producidas en serie a partir de materias primas abundantes. en las que lo que se paga es el trabajo artesanal más que el valor intrínseco de aquellas; c) objetos sin más valor que el de su símbolo o su pertenecía constante al difunto (vestido, atavíos, elementos de juego o de tejido).
Los escasos objetos de oro de procedencia funeraria pueden, por su escaso peso y su sencillez general, entrar en el segundo de estos apartados.
Aún así, se ha tenido a menudo un cuidado especial con ellos, camuflándolos en algún escondrijo, como en la tumba de La Bobadilla (Jaén) (Maluquer.
En cualquier caso, si el ritual exigiera firmemente su deposición, se hubieran arbitrado sistemas de mayor seguridad o depósitos alternativos que permitieran la amortización de estos elementos.
Por el contrario, pensamos que si estas piezas de máx imo valor no quedan habitualmente depositadas, pues son aquellas que, aún con un costo fluctuante, configuran un capital de cambio seguro a través del tiempo, y añaden una base a su carácter de símbolos de riqueza.
En este sentido, no sólo la joyería sino toda la vajilla son una muestra de cómo en la sociedad ibérica se evíta amortizar las piezas de verdadero valor en las tumbas.
Todo ello es coherente con la organización social, en la que la estructura jerárquica es un elemento sólidamente insertado, que se fundamenta más en la pertenecía a un linaje que en Ja competición personal.
Los reyes o jefes asientan su poder en el control ganadero, agrícola, comercial y extractivo, y los lazos de parentesco aseguran la transmisión hereditaria del poder y por tanto la reproducción de la élite como grupo diferenciado.
Así se comprendería, a nuestro juicio, la profusión de ciertos objetos -<:aros, pero no perdurables ni insustituibles-en las tumbas, y la ausencia de otros como el oro, cuyo valor real predomina sobre el simbólico, y lo hace indispensable para mantener el nivel de riqueza de los descendientes. |
En las líneas que siguen se aportan nuevos documentos, básicamente numismáticos, para el conocimiento de las religiones orientales en la Península.
Estos nuevos datos se refieren en su mayoría a los cultos fenicio-púnicos de Melkart y Tanit, sobre todo en acuñaciones del valle del Guadalquivir, pero también en las de la Beturia.
Otros, como unas monedas de Canno podrían representar a Ma-Bellona.
También se discute un testimonio epigráfico dedicado a Ma.
En relación con esta divinidad, con Cibeles, y con las novedades arqueológicas de El Trampal, se hace un estudio del culto a Ataecina.
Además, unas monedas de Carthagonova testimonian la introducción oficial en la ciudad de un culto a Isis.
La moneda, como los otros documentos arqueológicos, e incluso literarios. nos describe una divinidad en su forma y a veces con su nombre, pero no siempre el contenido le corresponde por completo.
Este es un tema bien conocido en el que no voy a entrar aquí. pero sí quiero recalcar que cuando en las líneas que siguen describa el culto e iconografía de una u otra divinidad, soy muy consciente de que en muchos casos ellos pueden no corresponderle por completo, pero sí demuestran un contacto y un fenómeno de aculturación que ha iniciado su desarrollo, y gracias a los topónimos monetales podemos precisar hasta dónde se extiende, y por el numero de emisiones. cuánto tiempo perdura.
Presento, pues. a la opinión del lector una interpretación nueva de imágenes conocidas de antiguo, pero leídas de siempre bajo el lenguaje romano, aun cuando algunas de ellas le sean muy anteriores en nuestro suelo 4 • CRONOLOGÍA Los testimonios monetales en Hispania son en su mayoría de época republicana, de los ss.
Ill-1 a.d.C., de manera que pueden ser utilizados como el preludio de los documentos epígraficos y escultóricos que no aparecen sino más tarde.
La moneda es, además. testimonio de un culto oficial ciudadano y normalmente efigia en sus monedas la misma divinidad, el patrón, o los patronos de la ciudad, como sabemos para aquellas ciudades cuya historia conocemos bien: Atenas tuvo siempre a Atenea con su símbolo la lechuza, a pesar de que Atenea cambia de iconografía varias veces en la historia monetaria de la ciudad.
Gades efigió siempre al Hércules gaditano con sus atunes; y sin necesidad de esa monotonía, así ocurre en la mayoría de las ciudades, presupuesto este que nos permite, en muchos casos, reconocer una misma divinidad bajo iconografías distintas que son, sin embargo, el testimonio de aculturaciones sucesivas, y ésta es una de las aportaciones más seguras que la numismática puede hacer al estudio de las interpretariones religiosas.
Pero el documento numismático hispánico acaba en el siglo primero de la era, precisamente cuando el uso de la epigrafía y también el de la escultura monumental inician su andadura, solapándose desgraciadamente muy poco.
Ello es un inconveniente al faltarnos a veces eslabones entre el final de un testimonio y el comienzo de los otros, no permitiendo asegurar su secuencia, pero también una ventaja, puesto que contamos con documentos anteriores que pueden facilitar la comprensión del desarrollo posterior de ciertos cultos.
También es una limitación el que la moneda recoja solamente cultos oficiales privándonos de los testimonios para una religiosidad más popular que, sin embargo, las terracotas, broncecitos, e incluso los epígrafes, sí suministran.
El documento numismático hispánico presenta además otras limitaciones.
Por su temprana cronología sólo un tipo de cultos orientales puede ser atestiguado a través de la moneda, y éstos son los fenicios y su versión cartaginesa, amén de algunos egipcios que entraron en Hispania sobre todo de mano de esas gentes, y en muchos casos ya interpretados, como posiblemente ocurra en el caso de lsis.
Las otras religiones orientales, sirias, frigias, etc., no entran.m M' PAZ GARCÍA-BELLIDO AE.vpA.
1991 ---~-.. ------en Hispania hasta época imperial, y como comentó A. García y Bellido, venidas algunas de ellas posiblemente con la tropa, por lo que no es fácil que las encontremos ya como culto oficial en la moneda republicana y, sin embargo. como veremos. hay excepciones muy interesantes.
Es cierto que tenemos algunos testimonios alto-imperiales, pero en general esta etapa, especialmente en España, se ve invadida de temprano por la iconografía propagandística del culto al emperador que fomenta con entusiasmo Tiberio, en la que alegorías imperiales que inician ahora su andadura vienen a substituir a divinidades indígenas concretas.
Augusto y Livia suplantan las atribuciones de muchas deidades locales, dando a luz en Hispania a divinidades abstractas como Salus, Genetrix, etc., que, a mi juicio en muchos casos no son sino inrerprerariones de dioses prerromanos bien concretos.
Creo, por tanto, que también entre esta iconografía alto-imperial existe una muy útil documentación religiosa que no hemos sabido todavía extraer.
Me atrevería a decir que la casi totalidad de la iconografía monetal en la Ulterior es de origen fenicio-púnico, aunque, indudablemente, no toda ella pertenezca a una misma facies cultural.
Por un lado están las ciudades fenicias y púnicas asentadas de antaño en la Península, que por sus contactos con la cultura helenística habían adoptado una iconografía más clásica, aunque el contenido cultual siga siendo fenicio hasta fechas bien tardías, hecho que aconseja leer bajo las formas grecorromanas alusiones a cultos fenicios, como es el caso de los Melkart vestidos de Heracles en Gades, Sexi y Abdera, o la Astarté guerrera vestida de Atenea en Sexi, u otras divinidades, en las propias monedas hispano-cartaginesas, que traen una iconografía sensiblemente helenizada.
Pero, por otro lado, y ello es a mi juicio lo más interesante por menos conocido, existen numerosas cecas andaluzas cuyos tipos monetales las unen más al mundo púnico-africano de los s iglos IIH a.d.C que al resto de las ciudades andaluzas, bien sean éstas antiguas colonias fenicias, bien sean ciudades latinas 5 • Es posible que esta disparidad en la utilizac ión de imágenes para los mismos contenidos se deba a la entrada y asentamiento de gentes africanas en estas últimas fechas, gentes que indudablemente debieron suponer en estas zonas un reforzamiento, y en parte una innovación respecto a la influencia fenicio-púnica que allí existía de antaño, pues traían una iconografía mucho menos doblegada por la clásica que la hallada aquí en los grandes emporios fenicios.
Una de esas características africanas más claras y que se expande con profusión por el valle del Betis 5 La importancia de la perduración cultural púnica en el sur peninsular ha sido en los últimos años frecuentemente tratada: M. Koch, "Observaciones sobre la permanencia del sustrato púnico en la Península Ibérica", Actas del I coloquio de lenguas y Culturas prerromanas....
"Los cartagineses. en España", Historia General de España y América, vols. 1-2, Madrid, 1987, pp. 115 y ss; M. P. García-Bellido, "Oráculos y altares semitas en Occidente", RSF, 1987, pp. 135-159; ead. "lconographie phénico-punique sur des monnaies romaines republicaines de la Bétique", Louvaine-La Neuve, 1986, Numismatica l ávainiensia, 9, (en prensa).
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa y del Guadiana es el gusto por la simbología, que evita las representaciones antropomorfas manteniendo el aniconismo ancestral de los fenicios.
Este es el caso de las piez~s en cuyos anversos y reversos figuran animales o frutos, acompañados de signos astrales, igual es en su forma y quizás en su contenido a Jos de las estelas y monedas africanas de esas mismas fechas, pudiendo constatar en ambos mundos, africano y bético, una evolución más tardía, en el trascurso de la dominación romana, hacia las representac iones antropomorfas, hacia formas más clásicas 6.
Su mejor ejemplo sea quizás el de Ilipa, que luego comentaremos con más detenimiento.
Los datos que podrían extraerse de un estudio exhaustivo de todas las cecas hispánicas serían sustanciosos porque nos permitirían valorar, si no la cuantía, sí la importancia y extensión de poblamiento y dominación púnica en la futura Bética, constatando posiblemente la veracidad de las palabras de Estrabón: "su sujeción a los phoínikes fue tan completa, que hoy día la mayoría de las ciudades de Tourdetanía y de las regiones vecinas están habitadas por aquéllos" 1 • Y soy escéptica respecto a la cuantía porque e l que una ciudad acuñe con tipos y leyenda púnicos no implica que toda su población lo sea, pero sí que lo es una parte de la capa dominante.
A este respecto, el dato de que Baria (Vi llaricos), cuyos restos arqueológicos describen una rica y extensa población ibérica junto a una si milar púnica, acuñe sólo con tipos cartagineses, tan emblemáticos como el de la palmera y Tanit, resulta muy expresivo.
La primera iconografía oficial cartaginesa que entra en España la vemos sobre las acuñaciones bárcidas emitidas entre el 237 y el 206 durante la ocupación de la Península, con quienes, no hay que olvidar, penetran grandes contingentes de africanos según sabemos por las fuentes; gentes que debieron quedarse, tras Ja derrota, en s uelo peninsular.
Por ser acuñaciones de ocupación, hubieron de jugar un importantísimo papel de aculturación iconográfica, proceso que de siempre desencadenó la moneda, pero mucho más ahora al constituir el único numerario junto con el de Gades y de Cartago que circula por la Bética hasta que se inicia la contienda, y sólo entrados en ella, llegaran las monedas de Sagunto, Emporion y Roma M. 6 Tras una versión clasicista de la iconografía monetal comenzó hacia los años cincuenta la interpretación fenicio-púnica de algunos de sus tipos: J. M. Solá Solé, "Misceláneas Púnico-hispánicas I", Se/arad 16, 1956, pp. 341-345; A. García y Bellido, cit. (n. l); J. M M Tenemos además testimonios sueltos de moneda griega que por su escasez no pudieron jugar ningún papel aculturizador; sí parecen llegar en cantidad monedas cartaginesas africanas como demuestra el numerario de Torre de Dña Blanca, cf. C. Alfaro, "Tesorillo de moneda cartaginesa de la Torre de La iconogra fía de las monedas húrcidas se puede sc p; irar en dos g ru pos: uno q ue sigue los tipos u-..L wk-.. de las otras emis iones pú ni ca:--. hien -..ean ésias -..il'i lia nas. -..arda<; o ca r1 agincsas -en general iconografía co1 )ia<.. la tk las cecas!.! ricl!.as-. y otro excepcio nal dent ro de toda la
iconografía púnica rnnte mponí nea y que conti ene. sin d uda. una ideología po lítica mu y prcc is:t.
Que e l ase nra mie nr.o en la penín-; ul J de la famili a Barc ichi -A mílcar. /\sdrúba l y Aníha l-conl lcvó la voluni uJ ck crear en e lla un "reino tén o no tras sus e fi gies Amílcar y Aníbal-: nunca esa cabeza diademada con proa e n reve rso. nunca la cahei'a de ¡,Eshmun?. nunc a a Tanit gue rrera de los bronces hispanos, aun c uando las in-.cripl'ioncs afri cLJlléb no..., Ja mues tren:--in dud a bajo esa faceta: nunca a Tanit con ala" cuando en otros objetos arqueológicos e:-.a ico nografía es frec uente.
Todos c: stos nuevos temas elegidos por los Bárcidas son intencionalm ente africanos y nacio nalistas, aunque de fac 1ura c laramt! nte he lenística, mie ntra s que la moned a cartagi nesa de Sic ilia y Cart ago había copiado con servili -.mo grn n numero de sus tipos de la mo neda grcco-s iciliota.
Veamos los testimonios indi viduali zados.
Los B: trc.: ida-. acurian en Ibe ria con la image n de Tanir shd:l'l.1 de o ro. de plata y de bronce. iodo e llo co n el emblema plini co de l caballo o la palmera e n el reve rso.
Para los anversos ele los o ros -.e el ige una Tanit alada y coronad a de laurel (fi g.
1 ) con e l único parale lo.
4ue ade müs Je es coet'l "OKll' l \ l l "I' l \l 'l' l'' l I \' l \ll"l\11 piga-.. n>n un,1 1conngral lit.1prcnd1da en S ic!I ia ) qul' t'll -,u origen n: pn:~.,enta a Dcmé1er o Per-..élone. pero que en e l ca'>O de la moneda púnica... e refiere \tn duda a Tan11 ( fi g.
Jalllo en lo que se refiere a Cartago. como úesconocido en lo pt•rtinsular, donde la imagen de Tanit con armas 1uvo un arraigo tan cx1en'o y profundo 4uc.: no podcmo... por rlh.'no' tk -..uponer la -,uplantaci<ín de una di' inidad armada ind ígena de carácter mayor y con una ex tl'n~i<Í11 muy amplia como luego las emisiones monetalcs y la epigrafía nos pa-mi1iní11 precisa r.
Para Car1ago. los testimonios epignificos de una divinidad guerrera no aparecen.,ino ya en época romana) dedicados a Cadc~t is y a Bel lona; por ello -,on muy importan lcs llh documentos que puedan colacionarse para etapa:-anteriore.... como es el ea~o de algunas monedas africana:-; e hispanas.
Las acufiaciones hispano-cartaginesas ci ladas (fig. 5).
con palmera o caballo e n reverso. han sido tenidas como cf'igie de Atenea. descripción que evidenc ia claramente nue.,tra ignorancia al re~pecto.
Debe tratar~e tk Tanit para cuya iden-tifica<.:ión ofrezco ahora de manera resumida algunos testimonios, presumiendo que aquéllos dedicados más tarde a Caelestis y a Bellona, homo logadas amhas en una inscripción de Te-
he"'a• lo'on de un culto C\La tal ¡xcvio a Tan11 1'.
IKírcidas'fo11i1 co11 leul//é ~1 • A pesar de ser ancpígrafas. como la prác ti ca lotalidad de Ja moned a púnica.
Gómez Moreno adjudi có a Raria (Vi lluri(.'os ). por:-. u!' > procedencias. uno:-. bronces qu e tienen palmera en reverso y unu ca he: 1;1 ft: menina en anver.... o.
Pt: ro la efi gie. como bien v io Górne7.
Moreno. e-. femenina. por lo 4ue pod ría 1ratar:-.e de Tanil c ubierta con p iel ck león ( l'i g.
Te11c11Hb paralelo:-. abu11Jan1cs en lo' yue la diosa cst ü crig.iada con atribut os leon in os.
4ui1á:-. los m(ts expres ivos -..can los ci tad os th.: Thinissul con calx: za Jcl animal y cubinta d e alas donde el epígrafe C(oelesri) r\ ( 11gu.,•1oe) S(ocr11111 ) l a idt: ntifi ca. y la hom ologa co n la mi:-.ma imagen que vcmo:-. en las monedas roma nas de M etel o acuñad as en A frica. en u na d e lus c ual es ( fig. 3) e-.. llamada Ci( e11io) T( c>rrw•) Mji-irnc J ~!.
Aun así. la leonté llevada a la manera heracleu le era ha:-.ta ahoru aje::na. y me inclino a pensar 4uc se trate d e una adaptac ión hispana de:-.u iconografía hajo el influjo de las bel las.. dracmas" coet:íneas de Gades. adapta ción imprescindible para los usuari os ibero-púnicos d e Vi ll aricos. a quienes una fi gura femenina con cabeza de león no era fác ilmente asimilable. kjos como estaban de l inll ujo egipti 1.antc 4uc la comprcnsi6n de 1alcs iconogra fías requería.
10). ti t: nen d e nue vo la palmera en reverso y un 11rt1 o:-. di visore:-. que aparece n en los contex tos ele la Segunda Guerra Púnica en el lev ante penin su lar ilustran símbolo s e imágenes que son si n duua.,.
L 'I oh11lo dcl'''lema del -'""~d. moneda de rnl'.nla -..:g.ún \ l'llll\\ por referencia' litl' • raria:-. pao tk 111' qul' no hahianHh itk11t11'icado ha:-la ahora ninguna pi.:/a. •i Por la procedencia) 1ipología me inclino a pcn~ar que e~t a~ ~1cuñacio ne~ -.can de una ciudad levan1ina donde él pc-.o dc la inrnogral'ía púnic.:a. y qui/;í-. no -.úlo de la iconografía -. ino también ele -.u contenido. l~ayan, jeto irnporta111e~.
El te-.timonio de la crni-.i6n augu-.tal de llici (Elche) con un templo dcdil'ado a Juno. que debe -.er una 11lfl 'l'/>rl'te11io de Tani1. un epígrafe -CIL 11..1:"."i7-4uc confirim.i la rc-.tauración del cdil1l•10. la e-.cultura del campo inl'ant il de la mi-.ma ciudad en la 4ue f an i1'e-.t ida. una'e / m:í-. con ala-.. c~ guía de la e.,f'i nge que porta un ji ne te. nHb ~u importancia como ci udad en C'iO:-. morm: nto-.. la com icrtcn en ceca probable:-i.
MUN Su cu lto lo tenc11H1:-> atestiguado en Carthagonova gracias a las referencias poli bianas -X, 1 O.Xpero ningún olro testimonio nos h,1 quedado.
Es po:-.ible,:-.in embargo. que esté d"igiado en lo:-. e!-ip léndidm y c~ca~os rrislieÁels hispano-c artaginese~ que i lu ~tran una cabeza ma~rn lina:-.in atributo:-. (fig. 14).
Su melena apolínea y SU!-. facciones ca!-ii femenina:-. se adaptarían bien a la iconografía que suponemos para el fahmun helenístico. la misma que creo haber ident ificado entre la:-.erie romana de Plaetoriu., (fi g.15).
Si así fuese deberíamos asocillr también al culto de e~ta divinidad las primera~ emisiones de Cástulo de época B<ircida. cuya imagen es ~imilar a la hispano-cartaginesa.
Desgraciadamente no podemos ad~cribi r lo~ a una ceca precisa dada la fal ta de datos de procedencia.
La mayoría de las pieLas han sido halladas en ~1 M. P. García-Bellido.
El Tesoro de Moge11fl'. dt (n.
Lth ejemplare:-. de creciente con astro en revcr-.o prc, cntan en anverso una cabc1a que en algunos CibO:-lleva corona de espiga:-. y parece femenina. y en otrm laurea y parece ma:-.culina.
Como lo:-. ejemplares son C'-Cil:-o:-y en mala con... crvación debe tenerse la lectura del tipo de anverso como hipolética_ Para la <lefcn-.a de que:-.e trate de ago• rah. cf. aed.
"Hb1oria de la metrología de Emporion: Ma,. de los dos grandes protago nistas del "rei no" penin:-.ular.
1982 Para finalizar este rápido recorrido sobre las monedas Bárcidas, conviene recordar que su iconografía se elige entre patrones greco-helenísticos con imágenes antropomorfas y huyendo de la simbología que en esas fechas debían presentar al espectador la mayoría de los objetos votivos en los santuarios de Cartago, Hadrumentum, Utica etc., etc., aunque es cierto que entre la élite cartaginesa la imagen helenística había penetrado ya profundamente.
En las acuñaciones de los Bárcidas se huye de la simbología y se aprovechan, incluso mejoran, los resortes de imagen que en esas fechas están ofreciendo, no sólo Sicilia, como habitualmente se dice, sino los reinos ptolemaicos y seleucidas para sus interpretaciones monetales.
Los símbolos mayores como la palmera, el elefante y el caballo están tratados como auténticos tipos, al igual que lo habían hecho las cecas griegas.
Sólo encontramos un lenguaje "púnico" en moneda municipal, como la de Baria, de ¿Ilici?, o de Ebusus.
Transcurrida la Segunda Guerra Púnica y con fechas variables, pero en parte ya en la primera mitad del s. 11 a.d.C, se inician las acuñaciones de las ciudades hispanas bajo dominio romano.
Mi sospecha, cada vez más firme, es que la dominación romana -en la Ulterioractuó muy poco en los factores culturales de las poblaciones ocupadas.
Ni la lengua, ni el culto, ni la administración ciudadana debieron sufrir viraje fuerte alguno, excepto cuando la explotación de los recursos económicos así lo exigía.
Las monedas, a través de su epigrafía, de la lengua que ella trasluce, de sus imágenes, de las magistraturas consignadas, y de la metrología, proporcionan la información clara de que durante los dos siglos del régimen republicano, el aporte romano fue introduciéndose en la provincia sin imposiciones y sin forzar los resortes culturales allí existentes.
Actuación mucho más liberal que la llevada a cabo por sus antecesores los "púnicos" a juzgar por el nivel de "semitización" del que habla Estrabón, y por los testimonios monetales, cuya epigrafía e iconografía son en estos momentos los únicos datos suficientemente abundantes, homogéneos y completos, puesto que conocemos todas las acuñaciones para poder comparar, para este tipo de estudio.
La moneda parece corroborar las palabras de Estrabón 2 s.
Respecto a la iconografía, que es lo que aquí nos ocupa, se impone para toda la Citerior -la costa levantina, Cataluña, el Valle del Ebro y la Celtiberia-un solo tipo, el del jinete, cuya uniformidad, creemos que impuesta por Roma, nos priva en gran parte de datos iconográficos que l'\ubieran podido ser trascendentes.
28 Doc~mentos arqueológicos que apoyan esta interpretación son los sacados a la luz por Manuel Bendala en•carrnona y en otros lugares de Andalucía, cf. n.
5. dencia de imagen y es una gran cantera para estudios religiosos, fu ente que está todavía por explotar 29 • Entre sus cecas, una mayoría e lige como tipo principal de anverso cabezas femeninas -desnudas o gateadas-rodeadas de gráfilas vegetales y con atributos en los reversos como espigas, arados, peces, con crecientes y caduceos; así son los ejemplos de Mirtilis, Obulco, Julia, Canno, Turirecina, etc 30.
Otras efigian sólo animales y frutos en las primeras emisiones, símbolos de divinidades sin duda, puesto que en acuñaciones posteriores de la misma ciudad se efigian esas divinidades ya antropomorfizadas; este es el caso claro de llipense y Asido por ejemplo.
Por el constante sincretismo que se puede detectar en el culto de estas divinidades femeninas, voy a tratar primero el tema de Melkart que parece más fácilmente aislable.
Es quizás la divinidad más efigiada en la España Antigua, sobre todo si le adjudicáramos la imagen del jinete de las monedas de la Citerior tenido por " Hércules ibérico".
En una gran mayoría de las ciudades de la Ulterior, quizás en las más antiguas, Melkart está vestido a la griega y no es difícil identificarlo, siempre que podamos separarlo de Heracles.
Sabemos que es Melkart en aquellas ciudades fenicias o púnicas, piénsese por ejemplo en Gades, desde donde el principio está efigiado a la manera helénica.
Ello se debe a que la influencia clasicista, sobre todo la iconográfica, entró en Hispania muy pronto y las ciudades fenicias y púnicas se aculturizaron bien, recibiendo un nuevo aliento con el helenismo de que hizo gala la familia Bárcida.
Sin embargo, ciudades cuyos testimonios numismáticos son más tardíos utilizaran, como he comentado antes, un lenguaje iconográfico africano que había sido hasta entonces ajeno.
Es muy posible que muchas de las cabezas masculinas sin atributos de las monedas béticas sean representaciones de Melkart, pero ello hay que estudiarlo teniendo en cuenta el historial de la ciudad, la amonedación completa, más el tipo de lenguaje utilizado.
No vamos a tratar aquí sino de tres ejemplos que ilustran dos facetas del mito fenicio melkártico que no penetraron en el del Hércules clásico, y ellas son sus atribuciones marinas y su primigenia esencia agraria.
Con la primera se le convierte en dios de la navegación, patrón de comerciantes, colonos y marineros que partían de Tiro en cuyas monedas aparece cabalgando_ sobre corcel marino.
Divinidad del mar sabemos que lo era en Gades, donde se le efigia junto a delfines y atunes, y probablemente en otras colonias occidentales, como Abdera, más otros puntos donde se estableció el c ulto tirio como por ejemplo en Ostia La "cgunda race1a:-.c111i1a a la que me refería, la de dio-. de la vegetación. con un ciclo ritual tk muenc) re-.urTecci6n qui.' c>.igía una.., 1ie...
1a:-. en pri mavera para celebrar -..u vuclla a la vida. faccla que 4ui1.ü-..'>l'a la que une al dio-. tan í111imamentc a A....
1ané. e! lt.pre"ada en Occiden lc en ohjclo:-. que no!->ean l o~ monctalc-. ".
En..,usases. una cahc1a del lérculc:-. con leonté no difiere cn nada de la tipología nom1al. a no:-er por una dura c:-piga yuc a1nnca del hombro y que como tal ha sido interpretada dc.-,dc lo-., primero:-.
4uiencs viaon en ella el fruto te rrestre propio de la ciudad (lig.
No hay ni la mú~ k vc duda de que Bailo. o Bdo como se llamó en época romana. no.-,e dedicó a la agric ultura. sino a la sala1ón de pescado _ a su comercialización, y allí quedan en plena playa las grandes cubctas para el pre parado.
La espiga del Hércules de Be lo debe inte rpretarse como alusi ón a un di os de la vegetación. a un dios tic la primavera.
Paralelos no conozco sino una:-pic1.as que creo tjUl' se han leídn mal.
Me refiero a las moncc.las 4ue Jcnkins adjudica a Sicilia al ténnino del s.-111, proct: dcnc.:ia rnnfinnada por los abundantes hallazgo:-. cn el horizonte de la Segunda Guerra Púnica, donde se efigia una cabeza viri l coronada de espiga:-. e interpretada como la de Triptole mo ('!). (fig. 19). pe ro que debe 1n11arse de un l lérculcs.
1cniendo e n c uenta que son canaginesas y que en reverso llevan un caballo saltando con epígrafe púnico ix.
La misma iconografía aparece en unas esplénd idas piezas de Sabrata del s-1. coetáneas a las de Bailo. donde de siempre se ha visto la cabeza de Hé rcules laureada y. sin e mbargo. creo que la corona no es de laurel s ino de espigas (fig.
E:-. muy pmihlc que el culto po'-tl 'nor a Cihl' k'-ha~:1 L 'lllrado L' ll Canno ocupan do L' I \' <ICÍD dejado rur Tanit.
1011e... lllllllCtak' de ( •anno indican. una \'l'/ ma.... t¡lll' l''lalllll' ante una ci udad donde. al meno" la éli te. era de origen púni co ~".''' rr
Las i111ágc 11c.., 4ue \amo:-ahora a comentar:-e dcscrihen con un leng uaje simi lar al que Tani l muc, tra en l'\ te la' arri tudio icnnogr~íficn fac ilita la capacidad de detectar quiénes... on los agen te-, de esa acul turación. p1ga. creo que la lcndcncia a ver en 'a" rcprc~cn 1 acioncs de objc10:.,c)ln alusiones a producto-. cco1Hí-111ico~ e:. crróm:a por parcial.
E, evidente: que llipa dchía produl'ir 1rigo).... arar' cntaja... de \U po-,icilín llm ial. pcro lo e' mfü., d que p1cci~;11rn:111c por ello su~ divinidadc-. lucran 1u1clan,,•, de la fcnilidad.
Qul.' lo~ fruto~ reprcsc111ado" aludan a la d ivin idad o a la producri6n e~ una di-.L'u, ión fola1. p11rquc Jodo dio e' una rni, ma co... a.
1991 distinta propia con los tipos de Hefaistos y minero con pala al hombro. acuñada posiblemente a pie de mina para una circ ulación interna ~11 • Esta riqueza económica atrajo sin duda desde muy pronto una explotación romana y con ello el desempeño de ciertos cargos públicos o magistraturas que justifican el epígrafe latino en las monedas.
Pero, a juzgar por la divinidad patrona y por su iconografía monetal. ni la población. ni una parte de la adm inistración ciudadana debían ser romanas.
Es seguro que los explotadores previos de la riqueza ilipense fueron púnicos. permanec iendo en el lugar el tiempo suficiente como para desarrollar un culto con una iconografía africana tan específica como la de la fi gura 25, culto arraigado que vemos aflorar desde med iados del s. 11 a los comedios del s. 1, cuando ya Roma llevaba exp lotando la zona ciento c incuenta años, lo que justifica una vez m ás lo dicho arriba: Roma no se propuso aculturizar los territorios dominados y por ello todavía en tiempos de Estrabón la zona estaba profundamente semitizada.
Poco tengo que añadir al comentar los tipos de llse y Mirtilis.
La ciudad de llse, de ubicación desconocida a unque posiblemente cercana a Hipa, repite los mi smos temas -Vives, L. 108-.
Mirtilis, a la vera del Guadiana, ilustra una espiga en anverso y un pez de río en el reverso, con topónimo escrito en cartela-Vives, L. 109-.
Es interesante constatar que de Mertola procede una inscripción dedicada a Ataecina, que como luego veremos fue divinidad principal en la Beturia y Lusitani a y quizás el soporte para el culto de Tanit en esas zonas.
Turirecina (¿ Reina de L/erena, Badajoz?); Carmo (Carmona, Sevilla) y Caura (Coria del Río, Córdoba).
La imagen monetal de Tanit como diosa de la guerra y como divinidad fructífera -recordemos los tipos de las piezas hispanocartaginesas comentadas más arriba-tuvo gran éxito en el norte de la Turdetania y regiones colindantes como la Beturia, porque probablemente solapó sobre otro culto semejante indígena de gran arraigo, como luego veremos.
Son muchas las cecas que efigian cabeza femenina galeada dentro de grafila vegetal, más espigas, peces, crecientes o astros; todas ellas deben referirse a una misma divinidad 47 • Las más explícitas, por variar de iconografía a lo largo de su historial monetario, son las ciudades de Turirecina con leyenda neopúnica y latina. y Carrno con epígrafe sólo en latín.
Las acuñaciones de Turirecina o Turiregina, como se escribe en algunas piezas 411, tienen su 46 M. P. García-Bellido, " Nuevos documentos sobre minería y agricultura romanas: testimonios numismáticos", AEspA • 1986.
Ead., "Sobre el culto de Vulcanus y Sucellus en Hispania: testimonios numismáticos", XI congreso internacional sobre bronces romanos, Madrid, 199 1. en prensa.
47 Es importante precisar que las monedas hispano-cartaginesas efigian a Tanit con casco corintio. al igual que el resto de las monedas helenísticas representan a Atenea; sin embargo, las piezas hispánicas eligen el casco de tipo ático con pequeña visera frontal y, en casos, una larga cimera, parte ésta muy característica en algunas de las ilustraciones monetales.
48 M. P: García-Bellido, «Apostillas a " El alfabeto monetario libiofenice. ) 110 a la de (\ídi1 recogida tambicn por Plinio cn J. 15 por much:h ra1011e'.'>1t.:ndo la rn:í-..
1111pon an1 c lu mayorit aria aparic ión en Ex trcrnauura de:-.u:-mo11l'lla-.. rcac uflada una de e ll a:-por la vl.'c i11 a Emcrita mo:-.tra 11do q ue dc'>pub. de cien to cinc uc111 a Jtio'>'\.'guían circulanJo por la región la'> moneda: ele Turirec ina 1' 1
• Mcí' aü n. la gran "crn1.:ja111a tipológica lk lo" n.:vc.:r "o" de: Tu rin.:cina ( fig.. ~l)) con l o~ po:-.teriorc:-. denario:-. cme rit en "e" tk Cari:-.iu" (fi g.
JO¡,¡;, un dato Figura 29 imponante a fa vor de la cercanía de la:-ceca"'o y. como luego come ntaré. debe interp retar"c no como una simpl e copi a tipológica e nt re acuñac iones. sino má:-. bi en ClllllO la alu::. ión a un a mi sma d iv in idad guerrera. con sacro fijos 4ue dehían:-.e r la fa le: ata y la rode la; d io:-.a que rec ibía cult o en lu reg ión a ju1.gar por la:-. otras ceca:-. colindantes que también acuñan con c.:abc1.as gal ea d a~ femeninas. y ex tens ión 4ue tra n:-. luce un cu lto important e manifiesto müs tarde bajo el nombre y efi g ie de Ma-Be ll ona y de C ihdcs.
Esta acb cripción de Turi rec ina a la zona donde luego se acumulan los e pígra fe~ a Bell ona. amén de ~u sim ilillld tipo l g ica con Emcrita. ma:-. como dije, los hallazgos 1110 11c1ales m ~\s abunda ntes en esa 1011a hace n suponer que la c1.:ca 110 pudo se r la de la provinc ia de Cücl i:1 sino que ha d e ~c r la de Badajoz.
Las ac uñac io nes de Turireci na pert enecen a la:-. cec.: a ~ que Zobel de no minó " li biofe nices". que hoy ca lificamos de neopúnicas y fec hamos por su metrología a partir di.: mi.:cliados de l ~-11 hasta e l s. l.
Su:-mon e d a~. con tipo logía úni ca. nos muestra n en anverso una di osa con l•:N'P roclc ad;1 por gu irnal<la de hiedra (fi g.
En los reversos una espacia -•que a veces e:- una falcala-, y una cae1ra o rodela limilan la cartela cemral donde se lee el topónimo en púnico y en latín.
En las emisiones más lardías, con sólo escritura latina, las armas se substituyen por espigas (Vives L.93,4).
Esla variedad de annas, hiedra y espigas, nos describe una divinidad femenina lutelar guerrera, fructífera, y de ultratumba como las hiedras muestran, pluralidad de atribuciones que fue habitual en muchas de las magnae matres orientales de la anligüedad: la tuvieron, entre las que propagan su culto has ta Hispania, Astarté, Tanit, Isis, Ma y Cibeles.
Pues bien, creo que la primera iconografía de estos ases de Regina debe ser la de Tanit puesto que la ciudad esluvo administrada y posiblemente poblada por púnicos como el epígrafe de las monedas teslimonia ~1 • Y sin embargo las armas merecen un comentario aparte.
Es evidente que se trata de una falcata y de una rodela, las mismas que vemos en un denario de Carisius (fig. 30), en el que se han interpretado como trofeo de annas cántabras.
No creo que estén ahí en ese concepto, pues los trofeos tienen una iconografía monetal muy clara en general, y en particular en otros denarios de Emerita (fig. 31 ), y en los quinarios (Vives L. l40, 11 ).
Sin embargo, tanto este reverso como el de la figura 32 ilustra las armas como homenaje, éste a la Legio V alaudaea juzgar por el casco-, y aquél ¿a la divinidad local de los lusitanos donde Emérita se asienta?
Desgraciadamente el uso de la falcata no determina procedencia concreta, dado su uso demasiado extendido en Hispania, habiéndose encontrado uno de sus mejores en ejemplares en Almedinilla (Córdoba) y teniéndola efigiada como sacra en las piezas de Turirecina, pero también es verdad que entre los trofeos cántabros se ilustra repetidas veces.
Es pues difícil saber cuál es la lectura correcta en las monedas de Augusto, aunque al ser copia tipológica de las de Turirecina, dedicadas a una divinidad local, más el diferenciarse claramente del tipo de trofeo, me hace pensar que sea una alusión a sacra.
Que la divinidad efigiada en Turirecina era de carácter mayor lo indica el propio nombre latino de la ciudad, Regina, epíteto que debió aplicarse quizás ya Tanit, y desde luego a su interpretatio Caelestis como bien sabemos, a la que ha de referirse la lápida procedente de Rei- na, CIL 11 1036 dedicada a Juno, lo que es un argumento a favor de un culto a Tanit anterior.
No haré hincapié sobre el carácter guerrero de Tanit, que ya hemos comentado en las monedas hispano-cartaginesas 52 • Sólo recalcar además otros testimonios que apoyan esta interpretación, como son la presencia de un culto posterior en la ciudad a Isis a juzgar por una escultura monumental aparecida en Regina, y que me merece el mismo comentario que hemos hecho para la escultura de Hipa citado supra, y otro más en la región, aunque mucho menos determinante por tratarse de un objeto fácilmente transportable: el escarabeo de lsis aparecido en Cancho Roano 53 • Pero esta divinidad, ¿representaba sólo a Tanit?
Sabemos por las fuentes escritas y por claros rastros lingüísticos y arqueológicos que la Baeturia, zona lindante con el alto Guadiana y albergando nuestra Regina de Llerena y la orilla derecha del medio Guadalquivir, estuvo ocución sobre Ja similitud, y los aulores citados en nota 48 han defendido su ubicación en Extremadura por la procedencia de la piezas.
51 J. Sola Sole, El alfabeto monetario de las cecas "libio-fenices", Barcelona, 1980, p.
61 ss. con estado de la cuestión; García-Bellido, "Apostillas al Alfabeto. pada en parte por celtici. oriundos de los celtiheri 54, quienes debieron contar entre sus peculiaridades religiosas de las que hablan los textos con el culto a una divinidad sin nombre, femenina, guerrera y astral, cuyo ritual básico eran las danzas en noches de plena luna según describe Estrabón (3,4, 16).
El contacto con fenicios de quienes estas gentes aprendieron a utilizar el torno cerámico, la escritura y a decorar la cerámica, abrió una ruta comercial y cultural importante, atestiguada hoy por la aparición, entre otros, de jarros orientalizantes, el célebre bronce del Berrueco (Salamanca) y la estatuilla de Sevilla, penetrando con todo ello ciertos cultos y sus rituales, entre los que está el de Astarté como mejor atestiguado ss.
Sin duda los atributos de estelar, fructífera y bélica de esta divinidad, vinieron a reforzar y extender el culto previo ya citado a esa otra diosa indígena, o al revés, puesto que no sabemos cuán antigua es la entrada de los celtiheri en la zona.
Más tarde, en el tránsito del s. mal 11 a.d.C., la llegada de contingentes militares africanos, que según las fuentes pasaron en abundancia a Hispania durante la Segunda Guerra Púnica, inyectaron nueva fuerza a esta divinidad, prestándole la imagen de Tanit 56 • El número de gentes púnicas que penetró en estas fechas pudo ser importante desde el punto de vista cultural, puesto que supondría un refuerzo en el proceso de semitización, pero además un injerto de nuevas formas que marcan una facies cultural distinta, detectable, como vengo defendiendo, en gran parte en la iconografía monetal bética de los siglos 11 y 1, cuya tipología tantas concomitancias tiene con la africana precisamente de estas fechas, y tan pocas con la amonedación romano-republicana.
Debe de ser ahora, en época de guerra, cuando la faceta bélica de la divinidad se desarrolla con fuerza en la Turdetania, campo de batalla durante toda la guerra, y se asimila a la nueva Tanit que llega con los invasores, quienes la efigian con espigas, con alas, o galeada, en los shekels para pagar mercenarios 57 • Roma, el otro bando contingente, también llena sus monedas de diosas y alegorías guerreras.
Se elige una Victoria de cuerpo entero para las dracmas -victoriatos-y la cabeza de Bellona o Roma para los denarios, las cerdotes de Ma para que allí estableciesen su culto. desgajado pronto en dos facetas. una la bélica identificable con Bellona, y otra la ops y ryche que se asoció a la otra divinidad oriental ya arraigada en Roma, Cibeles, con la que Ma tantas concomitancias presenta.
Todos los testimonios recogidos hasta ahora para el culto de Ma-Bellona en la península son epígrafes de época romana y se circunscriben a una zona estrecha del alto Guadiana, más exactamente a los alrededores de Mérida y Trujillo 6 1 • Zona que corresponde también con hallazgos frecuentes de figurillas de " Minerva'' como son los seis de Medina de las Torres (Badajoz), otro de la zona de Mérida, y más de Alcuéscar ( Cáceres), Itálica y Córdoba 111 • Ex iste además un epígrafe muy interesante, publicado por Fita en 1908 y recogido por García y Bellido como dato de un culto a Caelestis, para el que yo propongo aquí una nueva lectura 11 -'.
Se Figura 35.-Según A. García Bellido trata de una conocida lastra de mármol inserta en el anfiteatro de Itálica, cuyo dibujo recojo en figura 35.
La lectura propuesta por García y Bellido es lucanus Fedeles M... ae Domin(a)e IC(ae/esri) Urani(ae), pero su dibujo y otras interpretaciones anteriores dejan claro que la lectura es equívoca sobre todo en su última línea, en la ligadura de la C y U para las que él mismo insinuó ourani(ae), descartándolo por ser una forma griega.
Menos duda me ofrece sin embargo la primera línea horizontal, dedicatoria principal de la lastra, MAE, sin tener justifica-M' PAZ GA RCiA-BELLIDO AE.lpA.
1991 --------ción una lectura e ntrecortada, ni su interpretación como siglas. ausentes éstas en todo el epígrafe, siemJo incongruentes precisamente en el contenido principal.
Es e n un epígrafe helénico donde he encontrado e l mejor paralelo para nuestra inscripción.
Se trata de una lastra procedente de Constantinopla (fi g.
36) con un par de pies en disposición similar a la de Itálica y con la dedicatoria " A la diosa Ma, (lo) dedicó Hesperis habiendo hecho un voto" 64 • Si la interpretación de la lápida italicense es correcta, la lectura quedaría así: Lucanus Fedeles Mae Domin(a )e Ourani(a e).
Es cierto que sería el primer tes timonio en Hispania de una dedicatoria a Ma, puesto que el resto de los epígrafes recogidos hasta ahora proceden de un culto llegado a través de Roma, con dedicatorias a Bellona que no incluyen en ningún caso el nombre de Ma, divinidad mucho más compleja que su compañera, explicando que la lapida se encuentre en Itálica, y no en el reducido espacio del que proceden las de Bellona.
Es evidente que las monedas vienen a j ustificar los datos que la epigrafía nos ha legado respecto al culto a una divinidad bélica en la zona de Mérida y Trujillo, monedas cuyos pri-"' Th_ Wiegand " lnschriften aus der Levante", Ath.
1c:-.1irnonio!'> son do:-.cienlos años rnü:-. an1i g uo-..
La nu111i..,m a1 ica tk -1ec1a para el culto de csla divinidad una 1011<1 gcogrMica m:í" L'\te ri:-.a qu e la:-. in:-.crircionl':-. posteriore" dedi cadas a Ma -Bellona. siendo rnuy posible ¡rnc" 4u c fueran c!'ccti\'allle rlle la" tropas romana:-. asentadas en los ca. \tra quienes denominaron.:-.úlu en did1:1 rc g. i<' 1n. e:-.a di' inidad como Bellona.
Exi-.,tc. -.,in emhargo un dalo cn la iconog rafía de Carmo que men.~cc un comcnlario a panc., muy posib le que en su!'> cmi:-.ione:-. lengamo-.. una reprcsenwci6n dc Ma -Bellona. un eslabón dcn1ro e.le la línea de i11tnpu•101i111w., de una di' inidad h~l ica rcmcnina.
En la:-. dis1i111a:-. <.;crics:-.e pueden dctcc1ar estas dircrcnte\ h\'fl"•'•t1Heis de la imagen divina. cuando In diosa'-t' ciñe un cm.co indígena:-.cmcjantc al tk Turire1. •ina. con una iconogn1fía que. como ya hemos comen1atlo. parece <.;er la de Tanil. en otra" uno puntiaguuo quc parece un gorro frigio. y pnr último el casco con alas carac1crís1ico ck Roma ( figs..1.\ 37 ) 38 ) "'. ()ue la emi~ion 1rní" anligua sea la dd ca:-.co átic u con gran penacho o cimera ( f'ig..'
L1l. "imilar a la de la" olras cecas con cabeza ga lcada cilé.ldas arriha. parece conl"irmarlo. adcm:h lk la ('1m111111111,• o ¡)//110. el 1csori llo e.le Ecija con hronce romano y castuloncn:-.e que pcnni ic dar a la em i... ion una fecha inicia l cercana al 15).
Y digo inicial por e l hecho de 4uc en Ecija. no aparo.ca sino una nioncda de Carmo. la ciudad n1~b rr6xi111a al c:-.condrijo. c.: 11 un conjun to tic 15 pic/,a:-..
N• Stilo cs1a erni --;ion es la que se en<.: uen lrn tam bién en l o~ Caslra Caccilia. cuyo:-. matt: ria lcs numism<ílico~ no -;obrepasan la década de los 90'' 7.
Las otras dos series de Carmo (figs. J7 y J~) deben ser pos -1criorcs a l 90. o:-.i realmente el campa111en10 e:-. el de Metclo.
Es po~ibk. pues. que haya sido la 1ropa quien 1rajera e l culto a Ma-Bcllona efigiada con gorro frigio en las monedas de Ca rmo M En cualqu ier caso. parece claro que en Carmo tenía c ult o una di vi -Figura'J7 Figura 38
M No tenemos datos <k 4uc Ma-Bcl lona fuese tocada con gorro frigio. pero sí sabemos por Tcnu ll. dl' poi/.
4. y por Marcia l, X II.
11. que en las fiestas, sus sacerdotes llevaban gorro)) de pie l ve lluda.
1991 nidad fructífera y guerrera, quizás en origen Tanit a juzgar por la iconografía, por los paralelos de Turirecina y por los importantes testimonios sacados a la luz y discutidos por M. Bendala que parecen definir. no sólo la cultura material menor, sino también la urbanística de la ciudad como púnica, amén de la iconografía, también púnica, utilizada por la ciudad para describir a Melkart como hemos visto más arriba 6'l.
Es muy verosímil sin embargo, a juzgar por las otras cecas cercanas que acuñan con cabeza femenina gateada, que en origen se trate de una divinidad indígena, quien en el curso histórico fue asimilada por sus atributos a otras divinidades ajenas al suelo peninsular.
Sólo de la última fase de estas interpretatinnes podemos esperar los datos epigráficos y ellos son los que tenemos en Trujillo, donde el ejército dejó el testimonio escrito, fórmula cultual que tardaría todavía muchos años en penetrar en el hábito de los usos sacros indígenas.
Sin embargo, muy pronto, tras su llegada, como hemos visto, se atestigua la captación de su cuho por la élite oficial de Carmo, quien la impone en sus acuñaciones monetales.
El que las innovaciones iconográficas entren por vía oficial es corriente a juzgar por el documento numismático, cuyo ejemplo mejor documentado veremos en Carthagonova.
Magna Mater y Ataecina
De una región algo más amplia, aunque restringida también al oeste peninsular, proceden las dedicaciones a Cibeles, lápidas de carácter oficial, cuyos oferentes son ciudadanos y sacerdotes con los tria nomina.
Ello, y el hecho de que muchas de las inscripciones estén dedicadas a la salud imperial, hace del culto de la Magna Mater una religión estatal que penetra por las altas esferas sociales, fenómenos ambos que se repiten en las provincias africanas 70 • Existe empero una peculiaridad importante en el culto hispánico que no se observa en el africano, y ésta es Ja restricción geográfica de su expansión.
De toda Hispania es precisamente Ja zona menos romanizada, el oeste peninsular, donde han aparecido más testimonios, extendiéndose su línea por el sureste sólo hasta Córdoba, donde la advocación debió estar bien arraigada, y por el noreste hasta Monte Cilda (Palencia) 71, y sin embargo la Tarraconense no ha dado testimonio alguno de este culto, habiendo sido, como sabemos, difundido desde los niveles oficiales romanos.
o coetánea de la de gorro frigio, a no ser Ja metrología y el módulo, que parecen indicar una coetaneidad, o fechas muy cercanas para ambas emisiones.
70 No creo que deban incluirse en un mismo mapa los testimonios del culto a Attis, como hace M.
Bendala, por creer que éstos enmascaran el culto a la propia Cibeles, sobre todo si ella es la hypostasis <le otra divinidad.
Para Hispania, A. García y Bellido, EPRO, op.cit. (n.
Veneración complementaria. a mi juicio. a las anteriores fue la dedicada a la Victoria.
4ue se localiza en el mismo marco geográfico que la de Cibeles.
Victoria, como ya hemos comentado al tratar de Tanit, era una de las facetas de las magnae marres.
Lo fue también Ma, cuyos epítetos más frecuentes en las inscripciones del Este mediterráneo, me refiero sobre todo a Anatolia, El Ponto y Macedonia, fueron los de nikephora y aniketos 1.
Presumo, pues, que el éxito de Cibeles, Ma-Bellona y Victoria se debe a la desmembración en cultos diferentes de las varias caras de una divinidad indígena que poseía estos atributos. cuyo culto coincidió en esencia con el de Astarté y Tanit, y de aquí su iconografía monetal.
La restricción geográfica de ellos coincide plenamente con la Lusitania y su extensión hacia el Sureste por la Beturia y otros pueblos célticos más norteños 7 ~.
García y Bellido insinuó que el éxito de Cibeles en el oeste peninsular se debiera a una hypostasis entre Jos cultos de Ataecina y Magna Mater.
Veamos si los nuevos testimonios epigráficos y los viejos numismáticos pueden apoyar la hipótesis.
Aunque no es el tema concreto de estas líneas. sí incide claramente en la interpretación que podamos hacer de los cultos orientales en la zona de la Turdetania, Beturia y Lusitania, por ello, y por lo salido a la luz en excavaciones recientes, merece el detenerse un poco en el estudio de esta divinidad.
En Jos trabajos llevados a cabo en El Trampal, Alcuéscar (Cáceres), por Luis Caballero, se han encontrado, en su mayoría empotradas en los muros de la iglesia visigoda, una serie importante de inscripciones dedicadas a Ataecina 75 • De los 34 epígrafes que con toda seguridad están dedicados a Ataecina según Caballero, 17 han sido recuperados en El Trampal, 13 en el resto de las provincias de Cáceres y Badajoz, y sólo dos (Cagliari y Segobriga ) fuera de la región, datos que el autor interpreta como testimonios posibles de un importante santuario de n Menos indicativas, puesto que se trata de alegorías augustales, aunque en parte puedan surgir donde había un culto previo, son las dedicadas a la Victoria Augusta de Ceret (Jerez de los Caballeros) CIL 982, Acinipo (Ronda la Vieja) CIL 1345.
74 La cuestión de si los lusitanos son celtas o preceltas es hoy muy debatida, cf. K. H. Schmidt, "A contribution to the identification of Lusitanian", Actas /JI Coloquio de Lenguas y culturas pa/eohispánicas, Salamanca 1985, pp. 319 ss., más discusión en las Actas del IV Coloquio, op. cit. (n.
7 ~ Debo a la generosidad de L. Caballero todos los datos sobre el Trampal, más Ja recopilación total de las inscripciones dedicadas a Ataecina con la bibliografía pertinente, recogido todo ello en el artículo, L.Caballero y J. Rosco, Iglesia visigoda de Santa María del Trampal.
Segunda campaña de e.\'Ca1•aciones arqueológicas.
1986, en prensa. y en un corpus que todavía no ha sido entregado a imprenta.
Todo ello ha sido utilizado en las líneas que siguen.
Que conste aquí mi profundo agradecimiento.
Ataecina en el propio Trampal a quien estarían asociados cultos como el de Júpiter--dos inscripciones-y el de los lares viales -un epígrafe-, recalcando sin embargo que no debió ser lugar único. puesto que in situ. en otros lugares de Lusitania, han aparecido lápidas semejantes.
Sin e mbargo, las condiciones económicas -riqueza ganadera, agrícola y sobre todo de mineral de hierro--y topográficas -monte con arboleda y vegetació n muy abundante, más los numerosos manantiales-hacen sospechar al exc.:avador que el lugar del Trampal fue un enclave apropi ado para un santuario primitivo que no tuvo por qué conllevar edificios templarios pero sí un temenos donde se depositarían los exvotos a Ataecina, entre ellos numerosas aras votivas.
Es posible, comenta L. Caballero. que los cultos cristianos en la localidad a Sta.
Lucía, S. Jorge y Santiago, vivos hasta la desamortización de Mendizábal. sean trasposicione~ de estos otros citados a Ataecina, a Júpiter y a los lares viales, insistiendo sin embargo en la carencia de testimonios visigodos o altomedievales para la hagiografía de Sta.
Lucía, cuyo culto no está atestiguado sino ya en el avanzado medioevo.
Se trae a colación al respecto la favissa excavada en el Bajo Alentejo (Castelo do Garvao, Ourique) donde junto a la ermita, también de Sta.
Lucía, han aparecido abundantes exvotos de pares de ojos y otros objetos que fechan el cierre a fines del s. 111 a.d.C. Pero la continuidad del cu lto hasta época cristiana no puede atestiguarse, tampoco aquí, por la carencia de eslabones intermedios.
Con los datos estudiados por L. Caballero se pueden relacionar los comentados más arriba.
Es sorprendente superponer el espacio geográfico cubierto por las inscripciones de Bellona y las de Ataecina, pues en sus zonas de mayor densidad se solapan (fig. 39), extendiéndose el culto de Ataecina, además, hacia los territorios de Mérida.
Es sin embargo interesante constatar que en el propio Trampal no ha aparecido ninguna dedicación a Ma-Bellona, a Cibeles o a Victoria, ni a Proserpina, quien sin embargo sí es identificada con Ataecina en dos epígrafes de Mérida.
Este último dato es muy interesante pues ocurre indudablemente donde el factor de romanización hubo de jugar su papel más aculturizador, aun cuando en ambas inscripciones se citen los nombres de Ataecina y Proserpina conjuntamente, indicando que no se ha hecho una auténtica hypostasis.
Todo ello parece indicar que el culto a Ataecina en El Trampal mantuvo con empecinamiento las características del culto indígena, y que aunque sí se hicieron interpretationes romanas de divinidades acompañantes. como sugieren los epígrafes dedicados a Júpiter o a los lares viales, sin embargo ninguna deidad femenina romana se homologa con Ataecina en el santuario.
Este es un dato ex ahsentia que en el curso de próximas excavaciones puede verse corregido, pero que de momento conviene tener in mente porque es un caso extraño que indica cuán homogéneo y potente hubo de ser el culto de Ataecina en El Trampal, implicando, quizás, que éste era un enclave importante del culto en Lusitania.
Hay más datos interesantes para esta apreciación.
Ninguna de las lápidas aparecidas hasta ahora, y son ya numerosas, tiene imagen alguna, ni elementos descriptivos, a no ser el creciente lunar en muchas de ellas, y una espiga en la recogida por Leite del museo de Elvas76 • Parece pues que dentro de los rasgos de la religión de Ataecina debemos enumerar el aniconismo.
Este mismo aniconismo fue comentado por García y Bellido para las lápidas de Cibeles en nuestro suelo, en contraposición con las frecuentes representaciones que poseemos de Attis en otros monumentos funerarios similares 77.
Las lápidas de Ataecina, comenta Caballero, contienen además en el lugar del foco las huellas de haber sostenido las patas de cabras, cuatro, o dos orificios en posiciones irregulares que de ninguna manera pueden interpretarse como el orificio del auténtico foco.
Es posible que estos broncecitos sustituyeran en casos el sacrificio cruento, similar al que se hacía con toros o carneros a Cibeles en Hispania, representado uno de éstos entre los cornua en la lápida de Emerita.
Cabritas que sabemos que estaban dedicadas a ella porque en casos han aparecido junto con la inscripción, además de como exvotos sueltos en otros lugares, dos de ellos en ríos, uno en un arroyo de Torrejoncillo y otro en el Guadiana En e l corpus fomrndo por L. Caballero con todas las inscripciones dedicadas a la diosa se recogen epítetos referentes a su poder c urador; dominlle CIO'lltricis wúm en relac ión con el bosque de Sora cte. No se sahe mucho m;ís. pero en una in, cripcic'in de Aquileia -V.
8307-se cita un collegi11m ión de un bosque -.agrado co mo temeno:-,. s u ubicación en /.Olla imporlanl L' de mercado donde. amén de prodUl.:tos agrícolas. e l mineral de hierro era trascendente, m<ÍS e l consccucn1e amparo de los caminos y. sobre todo. su clara relación con las aguas y la sal ud. debieron ll evar a los historiadores latin os a interpretar la divinidad de l ager E111uite11.H' como Feronia.
Es inc luso muy probable 4ue en la propia Emeri ta. a la que pertenecían lo:-, bosque:-.
4ue cobijan hoy El Trampal. la di vinidad hubiera sido aceptada como patrona, a juzgar por los testimonios monctales'.
Ya en las primeras em isiones augústeas ele bronce emeritense. además de en los denarios arriba comentados, se efigia una cabeLa fe menina joven ec hando agua por la boca, y como leyenda a s u derredor EMER ITA AVGVSTA (fi g.
40) lo que ev idencia que la efigie era representati va de la ciudad.
Paralelamente tenemos otra emi sión con una cabeza barbada de frente. sobre cuya barbilla un ánfora ec ha agua -Vi ves L. 14 1.6-que. ésta sí. podría ser la alegoría del Guadiana en una interpretación helenísti ca apropiada a la restricción del campo monetal donde hubi era sido más difícil grabar la alegoría habitual de l río: el cuerpo masc ulino recostado con los simho/ae de la riqueza.
En su reverso la yunta fundacional. embl ema de la fundac ión. lleva también la leyenda EMERITA AVGVSTA.
Que la cabeza femenina efi gie una divinidad lo apoya e l hecho de que sea la cabeza de Livia. en la propia Emerita sobre las monedas de época de Tiberio. la que es llamada también SALVS AVGVSTA (fig. 41 ). titulatura 4ue implica la captación por la familia imperial de los atributos Figura 40 Figura 41 de una divinidad local importanle, política tiberiana para el pronto desarrollo de l culto imperial en las provincias hispanas, bien constatada en los documentos monetales, como por ejemplo en los ases de Romula donde Livi a es llamada IVLIA AVGVSTA GENETR IX ORBIS 11 ~.
Entre los numerosos doc umentos colacionados por Ga rcía y Bellido y por J. A lvar para el culto de! si s, uno de los rrnís ex te ndid o~ por la península. no se c it a ninguno num ism ürico, y ~in embargo dos emisiones de ~e mi ses c art age ne ro~ hacen clara alusió n a él: I.")en anverso los sacra pontifica les con leyenda alrededor C 11.A1eli1•. \.Po111i.ll.1•.
Q1•., y en reverso el tocado tk l sis ( los cuernos de vaca. pl umas y espiga!-. cobij ando un di sco solar), alrededor la leye nda frha Rex. h •ha<'.
2.a ) Cabeza de A ugusto a dcha.. alrededor l\ 11g11st11s.Dii'i.F y en reverso diadem a rea l con el tocado de l si s en el centro. denrro leyenda Rexl Pw l. fuera y en derredor C.Laeri! il's. Apafrs. f/.1•.Q1• ( f ig.
Estas dos em is iones. aun4uc no sabern os si son totalm ente contempórancas. forman una un idad para las que tenem os elatos epi gráficos y literarios que nos perm iten dar les una crono logía y un contex to histó r ico muy prec iso y pueden serv ir de modelo para com prender las v ías por las que penetraron cien os cultos foráneos en H ispania.
• Figura -n Quizás convenga recordar algo de lo mucho que sabemos por las fuentes literarias de la historia de Juba 11 para comprender mejor nuestro tema.
Era hijo de Juba 1, cayó cautivo aún de niño en la batalla de Tapsus ganada por Cesar, quien le llevo a Roma y allí fue educado y asociado a Augusto concediéndosele la mano de Cleopatra Setene, la hija de Cleopatra y Marco Antonio.
Hecho rey de Mauritania en el año 25 a.d.C. se erigió e n auxiliar de la romanización augústea hasta su muerte en el 23 d.C., a juzgar por los datos literarios.
Su matrimonio y el deseo de asegurar su herencia en la persona de su hijo que podía unir Egipto y Mauritania, sean quizás las causas de sus temas monetales, en mayoría dedicados a divinidades egipcias, como es el caso de los grandes bronces donde en anverso efigia a Zeus-Ammón con la leyenda Rex lvba en latín. y en reverso lsis entronizada con la leyenda ~acrmA.tcra K"Af:07tatpa.
El culto a lsis, que lo sabemos bien introducido en Mauritania con anterioridad asimilándose al de Tanit, es ahora fomentado y oficializado, sustituyendo al de Tanit/Caelestis a juzgar una vez más por la monedas, política que se mantiene en época de su hijo Ptolomeo 90 • También sabemos por una vieja inscripción de Cartagena -CIL 34 17-y por las monedas arriba citadas, que Jvba 11 fue nombrado llvir quinquennalis y patrono de la ciudad de Carthagonova al igual que de la ciudad de Gades, cargos honoríficos que merecerían un comentario aparte que sin embargo no haré aquí.
Las dos emisiones de Carthagonova se acuñan quizás con ocasión del evento, aunque una vaya a nombre de Juba y otra al de su hijo Ptolomeo, datos que no suelen ser interpretados así, considerándose, a pesar de la carencia de pruebas, que también Ptolomeo fue llvir honorario de Carthagonova.
No es fácil que así sucediera, porque es Augusto en vida, no deificado, quien aparece en los anversos de las piezas de Ptolomeo, y por lo tanto éstas tienen que ser anteriores al 14, siendo el comentario común hoy que Ptolomeo aparece aquí como rey coadjutor y heredero de su padre.
Pero la ausencia del título de llvir para Ptolomeo en las monedas, cargo que sí consta en el reverso junto al magistrado C. Laetilius, me parece un dato contundente, puesto que no es lógico que se em itiesen monedas honoris causa y que éste no constase en ellas.
Es cierto que si las dos em isiones son del mismo año, el colegio constaría de tres duumviri quinquennales: Ivba, Cn.
Atelivs, y C. Laetilivs, pero indudablemente al ser el cargo de lvba honorífico, no contaba para el número real de los magistrados.
Ello, más la inscripción -CIL 5929-donde el último magistrado citado aparece él sólo, sin Ptolomeo, como llvir fechando un epígrafe cartagenero, me hace suponer que Ptolomeo no recibió e l honor, sino que aparece junto a su padre en el acto, ocasión necesaria para que el otro duumvir -C.Laetilivs-, que no se cita en las piezas de Ivba, sí constase en la emisión monetal conmemorativa.
Para la acuñación de Carthagonova se copia exactamente, a mi juicio, el tema de unos denarios de Juba fec hados c. el 11 d.
La k) L'lllla Cn.,\1clt\-, Ponti. lh.Q\. unida a lo''acra pon11ficak' dio pll';1 l.1 kcturá dl' ¡io1111</nJ.
Lo que he presentado no son sino unas cuantas notas sobre un problema histórico de gran importancia que permanece sin resolver, e incluso sin plantear en profundidad.
¿Sobre qué grado de semitización tuvo que actuar Roma para implantar su cultura en la Bética?
¿Pueden ser las palabras de Estrabón. "la sujeción de estos parajes a los fenicios fue tan completa, que hoy día la mayoría de las ciudades de Turdetania y de las regiones colindantes están habitadas por ellos", contrastadas arqueológicamente? 114 ¿La "rápida romanización" del sur peninsular es en realidad un tópico creado sobre caracteres externos, al juzgar más las formas que los contenidos?
Desgraciadamente disponemos de muy pocos datos para responder a estos interrogantes, y los arqueológicos no son todavía suficientemente claros para juzgar la situación étnica del sur peninsular durante los primer-Os siglos de la ocupación romana, y sí demasiado esporádicos para permitir la reconstrucción de un panorama general.
Por ello, la iconografía monetal cobra capital importancia al ser la amonedación un fenómeno generalizado en la Bética, en parte desde el s. 11, y desde Juego en el 1 a.d.C. Se la puede por lo tanto interpretar sincrónica y diacrónicamente. dándonos aspectos generales de un horizonte cultural, y en algunos casos su evolución durante cien años.
El problema es que la interpretación de la iconografía es difícil sobre todo en zonas como Andalucía, donde indudablemente hubo muchos estratos étnicos. y en muchos casos puede estar utilizándose un lenguaje para expresar un contenido que no le es propio.
Es seguro que ello se dio y por lo tanto estamos errando en los matices, pero a pesar de ello creo que el intento no será valdío, y hoy por hoy la numismática es fuente primordial que puede utilizarse de forma uniforme y contrastada, para esa zona en estas fechas.
Como dije al principio, es indudable que las ciudades feniciopúnicas asentadas de antiguo en la península, como Gades, Malaca, Sexi o Abdera debieron conservar una cultura púnica hasta muy tarde; la iconografía rnonetal, aunque helenizada, lo corrobora.
Un segundo grupo, algunas de las ciudades mal IEamadas "libiofenicias", como Baílo, Oba, Vesci, etc., que hoy sabemos que son púnicas, a las que deban añadirse muchas de las que escriben sus leyendas monetales en escritura que puede ser neopúnica y que Vives recogió en sus " inciertas'', fueron posiblemente ciudades con gentes púnicas venidas tarde, quizás con los Bárcidas, que permanecieron aisladas y que mantuvieron un arcaísmo atípico en su iconografía y una evolución anómala en su escritura, debido sin duda a la falta de contactos con una escritura normalizada 95.
Todo ello es un buen paralelo para las observaciones que P. Xella hace a propósito del aislamiento político, que arrastra el socio-cultural, de las ciudades de la propia Fenicia 9 6, y que en España parece también haberse dado.
Un grupo intermedio debe constituirlo aquellas ciudades con tipologías, que yo considero púnicas, pero homogéneas dentro de ciertas zonas geográficas, lo que quizás implicaría un contacto mutuo estrecho entre los núcleos urbanos, y por lo tanto, una contraposición al grupo anterior, pero que, a mi juicio, debe interpretarse más bien como un asentamiento de gentes pú- 94 No sabemos si Estrabón aquí está utilizando, sin actualizar, datos tomados de Poseidonio, quien visitó la Península a mediados del S. 1 a. d.
C. No lo parece por la clara referencia temporal, "hoy".
95 Ello es el tema de mi artículo "Leyendas e imágenes púnicas en las monedas 'libiofenices'", op.
32. ---nicas en zonas ya densamente pobladas donde no pudieron mantenerse aisladas y se produjo una ósmosis cultural intensa. siendo éste quizás el caso en las ricas lindes del Guadalquivir donde las cabezas femeninas desnudas con espigas, o las galeadas, o los tipos totalmente anicónicos se aíslan en pequeños subgrupos.
La iconografía en estas zonas parece púnica, similar a la utilizada en el N. de Africa para finales del s. 111al1a.d.
C. 117, en su mayoría está referida a una divinidad femenina de la fertilidad y también de la guerra, como hemos visto; sin embargo la ausencia del signo de Tanit debe suponer que bajo esas espigas, peces y astros se esconde, no sólo Tanit, sino una divinidad más genérica que protege a etnias distintas que conviven, y que del lenguaje púnico se ha elegido aquello que no es sólo específico de la divinidad de Cartago; incluso se podría suponer que la divinidad común es la antigua Astarté cuya iconografía orientalizante está ya pasada de moda y se viste ahora con el ropaje simbólico púnico.
Hay otra peculiaridad en estas ciudades que comentamos y es su "monoteísmo" interno, dentro de un panteón oficial ciudadano muy poco variado.
Las emisiones se s uceden en el tiempo y las divinidades efigiadas son siempre las mismas, como mucho hay paredros en los que un dios se supedita a otro, escala de valores que podemos establecer porque en los ases se elige siempre la divinidad máxima, y los divisores se dejan, a veces sólo en su reverso, para el paredro 98 • La divinidad femenina, tema que hemos elegido básicamente para este trabajo, parece representar un poder universal, haber aunado en su persona todos los poderes básicos de estas culturas ciudadanas.
Este proceso de asunción de poderes, esta teocracia, es un fenómeno ciudadano de la religión fenicia y ha sido bien constatado en Oriente, fenómeno que en casos afectó incluso a la religión clásica, y que creo que en Iberia presenta las mismas características 99 • Los testimonios traídos aquí a colación, •os estudiados en otras ocasiones, más aquéllos que faltan por tratar 100, parecen indicar que la Bética republicana, y no digo la Ulterior porque comprende un espacio excesivamente heterogéneo, hubo de tener, como Estrabón comenta, un alto porcentaje de ciudades y gentes culturalmente púnicas.
Los diferentes matices que hemos apuntado entre sus grupos indican, sin embargo que la mezcla de pueblos en ellas no fue homogénea, que junto a núcleos urbanos más puros, los hubo de haber altamente mixtificados, y que una iconografía no siempre revela una cultura, pero sí un hondo contacto y un proceso de aculturación.
97 Por ejemplo, la espiga sacralizada entre dos caduceos, o la utilización de signos astrales junto a peces y también a espigas.
Sobre el problemático significado del caduceo en el mundo fenicopúnico, cf. Bluma Trell, "Phoenician Greek Imperial Coins", The Israel Numismatic Journal, 1982-3, pp. 129 ss.; ead. cit (n.
98 A pesar de que los trabajos más reciente desechan la organización por triadas del panteón fénicopúnico, ( P.Xella, op. cit. (n.
33 ], desde luego en Occidente sf existieron, incluso Roma las representa cuando alude a las divinidades máximas púnicas, Ba'al, Tanit y Melkart o Eshmun, cf. mi artículo "Punic iconography on the Roman denarii of M.Plaetorius", op. cit. (n.
168 ss.; comentario más actualizado en P. Xella, "Polytheisme Phenicien", op. cit. (n.
100 Dentro de la misma Bética hay otras iconografías "monoteístas" que he dejado de momento fuera de estudio, como por ejemplo el grupo del jinete con rodela. |
Según la autora, la llamada Dama del Verdolay, una importante escuhura en piedra del periodo clásico de la cultura ibérica, podría ser la imagen entronizada de un varón.
Esta consideración se apoya en el estudio de su atuendo, iden1ificado a 1ravés de otras imágene~ masculinas ibéricas.
La pieza objeto de este estudio es de sobra conocida dentro de la plástica ibérica.
Se trata de una estatua sedente, en piedra, procedente de la necrópolis del Cabecico del Tesoro (Verdolay, Murcia), que se conserva desde 1936 en el Museo Arqueológico Provincial de Murcia1 (figs. 1 y 3).
Dada la importancia de semejante testimonio para el conocimiento de la cultura ibéric¡a y sus relaciones con el mundo colonial griego, me ha parecido del mayor interés acometer de nuevo su estudio, fruto del cual resulta una nueva interpretación de su significado.
Sobre la fecha y circunstancias concretas de su hallazgo me remito a las noticias que, en su día, proporcionaron sus descubridores 2: apareció sobre la tumba número 114 de la cita-AEspA, 64,1991 da necrópolis durante la primera campaña de la excavación en el yacimiento.
Los varios fragmentos que la formaban se hallaban dispersos por las proximidades de esta tumba y de la número 119 • 1 al igual que parte de una cabeza (fig. 5).
Esta fue considerada perteneciente a la estatua, por lo que, una vez realizada la oportuna restauración 4, cabeza y cuerpo fueron expuestos conjuntamente en el Museo de Murcia (fig. 4).
Las razones para tal unión fueron expuestas por G. Nieto al publicar la primera noticia sobre la excavación en el Verdolay; si así se procedió fue: «sin ninguna base en que apoyarnos, más que en una afinidad evidente en cuanto a proporciones y arte se refiere» 5 • Tiempo después la cabeza fue separada del cuerpo, como más adelante veremos~.
De momento, conviene un rápido recorrido sobre su historiografía, analizando las opiniones de quienes se ocuparon de ella, ya como figura completa, ya acéfala.
Estas opiniones no sólo forman parte de la historia de la estatua, sino que, en cierto modo, también contienen las claves de su equivocada interpretación y de los problemas que, a mi parecer, aún hoy plantea.
Ya G. Nieto, al presentarla, hace un breve comentario sobre ella relacionándola con ejemplares del mundo arcaico y, por el tipo de peinado del fragmento de cabeza, con la esfinge del Cortijo del Álamo 7 • Pero es A. García y Bellido, en rigor, el primer estudioso de la pieza que nos ocupa 8 • Siguiendo idéntico criterio que sus descubridores, analiza cabeza y cuerpo como parte de un todo y propone los primeros paralelos formales para este «personaje, probablemente masculino».
A juzgar por el tipo sedente y por el tocado -una cinta en torno a la cual se enrolla el cabello-, A. García y Bellido relaciona la estatua con el arte griego de la primera mitad del siglo v 9, en lo que insiste en 1948 10 • Sin embargo, en 1954 y sin que conozcamos Ja causa directa, el autor pasa a considerar que la estatua en cuestión es una imagen femenina.
Por esta razón la estudia como un testimonio más de dama ibérica sedente, junto a las figuras del Llano de la Consolación y del Cerro de los Santos 11 • A partir de este momento la estatua del Cabecico del Tesoro, «una dama, sin ninguna duda» 12, pasa a ser considerada, en virtud de su labra y por sus dimensiones, uno de los más destacados ejemplares de la estatuaria femenina sedente del arte ibérico 13 • bre esta necrópolis y sus materiales en F. Quesada, Armamento, Guerrra y Sociedad en la necrópolis ibérica de «El Cabecico del Tesoro» (Murcia, España), B.A. R. lnternational Series 502, 1989, 1, 40-48.
3 F. Quesada, op. cit., en nota 2,1, p.
4 La restauración tal y como indica G. Nieto («La necrópolis hispánica del Cabecico del Tesoro, Verdolay (Murcia)».
Crónica del/// Congreso Arqueológico del Sudeste Español, Murcia, 1947, p.
178), fue llevada a cabo por Cayetano de Mergelina y Luna, autor, junto a A. Fernández de Avilés, director del Museo de Murcia entonces, de la primera campaña de excavación en el yacimiento.
6 Hacia finales de los años 50, según se deduce de la bibliografía, ya que este dato no me ha podido ser facilitado po el Museo (Vid. lnfra., notas 13 y 18).
8 A. García y Bellido: «Arte griego provincial.
9 En concreto el autor propone las figuras sedentes femeninas de Mileto (G. M. A. Richter, Archaic Greek Art., Oxford, 1949, fig. 262) y de Samos en el Louvre y en el British, el Apolo del Museo de Nápoles, una cabeza del Museo Nacional de Atenas y el Apolo de Agrigento.
(Op. cit. en nota l, fig. le, 2b, 2c y 2d), los tres últimos masculinos y con «Rollenfrisurn.
11 «Arte ibérico», Historia de Espalla (dirigida por R. Menéndez Pidal), 1, 3.
13 En este tiempo se suceden los estudios sobre escultura y arte ibéricos en general en los que aparece
No comparte esta opinión F. Benoit, quien, en un estudio dedicado a la dama sedente de la Alcudia de Elche 1 4, compara su actitud con Ja del «personaje sentado, sin duda un hombre, de Verdolay, procedente de la necrópolis de Cabecico del Tesoro (Santa Catalina del Monte) en el Museo de Murcia, cuyo peinado sujeto por una cinta, se ha inspirado en un original griego del siglo V».
Sin embargo, para Benoit Ja actitud de esta• figura es la misma que la de las diosas madres del arte arcaico griego.
Hasta aquí, todos los trabajos citados basan la interpretación de la estatua en el análisis de la postura sedente y, a efectos de cronología, en el estudio de la cabeza.
Esta, ciertamente, presenta unos rasgos formales susceptibles de relacionar con el arte griego y, por ende, de ser fechada siquiera aproximadamente.
El problema cambia de orientación cuando cabeza y cuerpo son separados en el Museo de Murcia 1 s. El motivo: la convicción de que uno y otro son independientes, acercándose el primer fragmento a prototipos masculinos del arte griego y siendo en cambio el cuerpo un ejemplo más de dama entronizada entre los varios ya conocidos en la plástica mayor ibérica 16 • En esta línea se inscribe el estudio monográfico que W. Trillmich dedica a la cabeza, pero que interesa especialmente por sus conclusiones de tipo cronológico al tema que tratamos 17 • Mediante el exhaustivo análisis de los paralelos formales de!
«Rollenfrisurn y del tratamiento de los ojos, prácticamente lo único conservado de ella, Trillmich demuestra su vinculación formal con un prototipo masculino del arte severo griego.
No incluye el estudio de la estatua sedente, limitándose a señalar, entre sus paralelos griegos más próximos, los procedentes del Mediterráneo occidental.
Así, una figura de Demeter del Santuario de la Malophoros en Selinunte, la diosa de Tarento en Berlín y otras figuras de terracota procedentes de Gela, Paestum, Tarento, etc., son algunos de los ejemplos aducidos 18 • Pero por lo que respecta a la datación del fragmento de cabeza, Trillmich duda si situarlo cercano en el tiempo a sus modelos griegos del siglo v o, por el contrario, considerarlo obra del siglo IV, tal y como le induce a pensar el contexto arqueológico de la uecrópolis 19 • Una vez admitido por la mayoría de los investigadores que cabeza y cuerpo son piezas independientes, que no pertenecieron nunca a la misma estatua, la preocupación primordial en los estudios dedicados a la figura de Verdolay se va a centrar, a partir de entonces, en citada este pieza.
Son algunos de ellos: A. Ramos Folques, «Museo de Murcia», MMAP, 1950-1; M. Jorge Aragoneses, «Museo Arqueológico de Murcia», Gulas de los Museos de España, VI, 1956, p.
Los dos primeros son sendas relaciones de catálogos y adquisiciones del Museo de Murcia.
En cuanto al tercero, presenta la novedad de indicar paralelos púnicos posteriores al siglo v.
M. Jorge Aragoneses transmite por primera vez la idea de que la cabeza y cuerpo no se corresponden, aunque aún se encuentren unidos en el Museo.
158-9) la considera la «mejor» de las figuras sedentes funerarias ibéricas, con paralelos en Didima y Mileto; A. García y Bellido (lberische Kunst in Spanien, Mainz, 1971, p.
60 y 61) publica por separado las fotografías de la figura completa (fig. 61) y sólo de la cabeza (fig. 60).
Zur Problematik der Datierung iberischer Gross"" plastik aufgrund griechischer Vorbildern, M.M., 16, 1975, 208- la búsqueda de paralelos formales y en el análisis del significado de la postura sc<len1c.
Scrü destacado principalmente su carácter funerario. por el contexto en el que aparece y también por la confirmación que en este sentido proporcionan nuevos hallazgos, alguno~ 1an espectaculares como el de Ja Dama de Baza 20 • En el ámbito de la investigación sobre la religiosidad ibérica tiene especial importancia la identificación de ésta y otras estatuas de parecidas características con representaciones de divinidades ibéricas.
Tal es el caso de A. Blanco ~1, J. M.
Blázquez 22, y otros, que creen posible reconocer, entre las damas sedentes del Sudeste peninsular, la imagen de una «Diosa Tierra», señora del mundo-de la Fecundidad y también del de la Muerte.
Termina este recorrido por la bibliografía que ha merecido la estatua de Verdolay con los trabajos de E. Ruano.
En el primero de ellos y tomando como fundamento «la singularidad del trono o sillón, el atuendo y el tocado, humanizado en la iconografía», así como por el hallazgo de todas las estatuas de damas sedentes ibéricas en lugares destruidos, ya sean necrópolis, ya santuarios, la autora apunta la posibilidad de que todas ellas sean representaciones de diosas 23 • Con más extensión es estudiada la figura de Verdolay, años más tarde, por la propia E. Ruano ~4 • Si bien ahora la estatua sigue siendo catalogada y contabilizada a todos los efectos como imagen femenina 2 \ en algún momento se duda de este carácter~~. aparentemenre por plantearse la autora el dilema entre seguir el criterio de G. Nieto sobre la unidad de los dos fragmentos 27 y, al mismo tiempo, admitir las conclusiones de W. Trillmich acerca del tipo masculino del peinado representado en la cabeza.
Para E. Ruano las explicaciones a este problema se cifran en las $iguientes: o bien «se trata de una excepción iconográfica, es decir. es un personaje masculino», o bien la cabeza no pertenece al cuerpo o, por último, «se representó(... ) una imagen femenina tomando como prototipo una figura masculina» 28 • En Jos estudios hasta ahora citados se echa de menos una análisis más pormenorizado de la figura y, especialmente, de su atuendo, circunstancia ésta que sorprende, cuando nos encontramos con que éste no sólo es susceptible de ser analizado sino también de documentar detalladamente dentro de la plástica ibérica.
Llegados a este punto es de justicia recordar las palabras con las que A. García y Bellido describía, en 1943, la estatua de Verdolay: «Un personaje, de tamaño a lgo menor que el natural, probablemente masculino, se halla sentado en un a modo de sillón de alto respaldo y base maciza, con una rigidez y envaramiento grande, que se acentúa por la simétrica disposición de los brazos, que van rectos a descansar (mejor a presionar) sobre las rodillas.
Toda la figura se ve envuelta por una amplia vestidura, difícilmente comprensible, pero cuyos pliegues rectos y paralelos acusan un estadio primitivo sin duda influido por el arcaísmo griego».
2 -' «Esculturas sedentes en el mundo ibérico», Boletin de la Asociación Española de Ami!(os de la Arqueologia, 19, junio, 1984, 23-31.
24 la escultura humana de piedra en el mundo ibérico, A lo largo de las próximas páginas me propongo estudiar de nuevo este importante testimonio de la escultura mayor ibérica, tomando el citado texto de A. García y Bellido como hilo conductor.
La «amplia vestidura» en la que «se ve envuelta» la figura y que en aquellos momentos resultaba al gran investigador de la arqueología ibérica «difícilmente comprensible», será el principal elemento a tener en cuenta.
La estatua no se halla, efectivamente, tan deteriorada como para impedir su estudio, ni hasta el punto que no permita reconocer las claves de su atuendo tras una observación detenida y directa.
Pero antes de centrarnos en este aspecto, conviene recordar que la figura entra, sin dificultad, en lo que podría considerarse la categoría «monumental» de la plástica ibérica, no sólo por su empaque si no también por sus dimensiones reales.
Sus medidas actuales son 67 cm. de altura, 61 cm. de profundidad y 47 cm. de anchura.
El trono se conserva hasta una altura, en el respaldo, de 57 cm., lo que da una idea del nivel que alcanzaba con respecto al personaje sentado.
Un aspecto que llama la atención en este primer acercamiento a sus proporciones es la gran profundidad del asiento en relación al tamaño de la figura, algo poco habitual en otras manifestaciones ibéricas del tipo sedente.
Si unimos a esto la buena interpretación del ángulo recto que forman el tronco y las extremidades inferiores en virtud de la postura y que resulta el principal escollo en la elaboración de este tipo escultórico 29, tendremos que admitir que nos encontramos ante una obra de cierta categoría y ante un escultor diestro en su oficio, lo que no puede ocultarse a pesar del grado de deterioro de la estatua.
Este último aspecto es ciertamente de lamentar 30: de los pies y parte baja del trono se ha perdido todo, arrancando lo conservado desde algo más arriba de los tobillos.
También se ha perdido la mayor parte del lateral derecho de la figura (si exceptuamos la rodilla, sobre la que se apoya la mano correspondiente} y el brazo derecho del sillón.
Un trozo muy deteriorado del brazo nos permite anotar, al menos, que éste se encontraba algo más adelantado que el izquierdo; en éste y otros detalles la figura no se mostrará estrictamente simétrica.
Continuando con las partes perdidas lo más penoso es, sin duda, la ausencia de la parte superior del pecho, con los hombros y cuello, amén de la cabeza.
El frente y el lateral izquierdo se hallan mejor conservados, lo suficiente para reconstruir hipotéticamente lo perdido (fig. 2).
La imagen representada en el Cabecico del Tesoro viste una túnica 31 cuyos únicos vestigios se limitan hoy a la manga corta que deja al descubierto el brazo izquierdo y tres pequeños pliegues casi paralelos que confluyen bajo la axila izquierda.
30 Vid.: F. Quesada, «Sobre la cronología de la destrucción escultórica en la necrópolis de "El Cabecico del Tesoro" (Verdolay, Murcia)», Boletín de la Asociación Espaflola de Amigos de la Arqueología, 26, 1989, 19-24; Op. cit. en nota 2, l p.
116-126 para el estado de la fragmentación y destrozo de ésta y las restantes necrópolis del yacimiento.
31 En pintura cerámica la inmensa mayoría de estas túnicas tiene, además, escote en ángulo: Corpus Vasorum Hispanorum: Cerámica del Cerro de San Miguel de liria, 1954, figuras 396, 462, 485.
En el Cerro de los Santos hay variedad entre los escotes redondeados de la figura número 40, el excepcional escote tipo «harem> (núm. 229) y los escotes en ángulo (núm. 135), algunos con una tira bordeándolo (núm. 159) (M. Ruiz Bremón, Los exvotos de Santuario ibérico del Cerro de los Santos, Albacete, 1989 MRB, p.
Entre los bronces, en cambio, sólo se da el escote en pico, siendo el recto excepcional (G. Nicolini, Les bronzesfigurés des Sanctuaires ibériques, París, 1969, p.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa a la citada túnica es amplia y larga, si hemos de juzgar por la abundancia de pliegues representados y por la longitud que alcanza en la parte baja de la estatua.
Estos pliegues son rectos y paralelos en el costado izquierdo y parte del frente, atravesando oblicuamente el pecho desde su lugar de origen, en la cadera, hasta su punto final en el hombro derecho.
A mitad de su camino, sin embargo, quedan ocultos bajo otro grupo de pliegues, éstos con una configuración distinta: son pequeños pliegues de caída convencional, zigzagueante, esto es, de los llamados «arcaicos» o «arcaizantes» por su vinculación a la estética griega de este nombre, aunque no necesariamente de este período 32 • Tanto estos pliegues como los anteriores se explican por el modo de disponerse el manto sobre el personaje: la prenda, rectangular, ha sido doblada, previa su colocación, en dos o tres tercios de su altura 33, motivo por el cual va a presentar un típico doblez 34 horizontal aproximadamente a la altura de las espinillas.
Una vez terciado, el manto se hace pasar bajo uno de los brazos, aquí el izquierdo 35, desde donde una mitad del paño atravesará el torso «subiendo» hasta el hombro contrario y la otra mitad hará lo mismo a través de la espalda para unirse allí con el anterior mediante una fíbula u otro sistema de fijación 36 • El sobrante del paño delantero en su unión con el posterior sobre el hombro izquierdo conforma, en la figura de Verdolay, el grupo de pliegues zigzagueantes sobre el pecho 37, aunque también po-32 Ya en 1954 A. García y Bellido se muestra contradictorio y dubitativo sobre esta cuestión en lo relativo a la figura del Verdolay (Op. cit., en nota 11, p.
Entre los muchos ejemplos aducibles valga el exvoto masculino del Cerro de los Santos del Museo Provincial de Albacete (MRB, núm. 159).
33 Entre los numerosos ejemplos que pueden ser recordados, algunos de los mejor conocidos son el bronce «Vives» (F. Álvarez Ossorio, Catálogo de los exvotos de bronce ibéricos, Madrid, 1941, núm. 1653) y la figura hallada por G. Nieto casualmente en el Cerro de los Santos en 1960 (A. Fernández Avilés, «Zwei Skulpturen von Cerro de los Santos in Orihuela», MM, 7; Id.
«Cerro de los Santos, Montealegre del Castillo (Albacete), Primera Campaña», 55, 1966, p.
34 En los bronces, este doblez es de dos tercios o de tres cuartos de la altura total del manto (G. Nicolini, op. cit. en nota 31, fig. 157).
V.gr.: MRB, núm. 139, en el Museo Provincial de Albacete.
35 En el Cerro de los Santos se puede hallar indistintamente prendido sobre el hombro derecho o izquierdo.
Esto no varía, sin embargo, por el modo de caer el manto a partir de aquí, dejando que baje vertical por el costado o recogiéndolo la mano izquierda, puesto que tenemos ejemplos en los que se hallan mezclados uno y otro sistema.
Debo corregir aquí mi afirmación de que en el Cerro de los Santos los mantos no caen rect.os por el costado (p.
La figura número 174 parece responder a lo contrario, dejando la pierna derecha al descubierto.
Tenemos otros ejemplos en el Cipo de Jumilla (A.M. Muñoz «Cipo funerario ibérico decorado con esculturas», XVI C.N.A. Murcia-Cartagena, 1982-3, Murcia, 1983, 741-748); en el Relieve de la Albufereta (J. Lafuente Ferrari «Un alto relieve en la necrópolis cartaginense de la Albufereta», las Ciencias, 1935, 878-8) y en el'Otorso de Elche (A. Ramos Falques «Hallazgos escultóricos de la Alcudia», A.E. A., 23, 1950, 353-359, fig. 8).
36 En el Cerro, de donde proceden la mayoría de las estatuas de varón de la plástica ibérica, son más abundantes las anulares (núms.
(M. Ruiz Bremón, op. cit. en nota 31, 37 Los ejemplos en el arte ibérico de la utilización de la convención a.rcaica para simular la caída de los paños, son muy abundantes.
Baste recordar a las Damas de Elche o Baza, la figura sedente de la Alcudia de Elche (A. Ramos Folques, op. cit. en nota 35,p.
353, fig. 6), el Gran Sacerdote de Cerrillo Blanco (J. A. González Navarrete, Escultura ibérica de Cerrillo Blanco, Porcuna, Jaén.
Jaén, 1987, núm. 15, pp. 103•6), y numerosas figuras masculinas y femeninas del Cerro de los Santos, entre las que se incluyen representaciones de pliegues arcaicos (M. Ruiz Bremón, op. cit. en nota 31, figs. 5 y Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 83-97 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Poco se puede añadir, por último, a la descripción del trono apuntada, en su día, por A. García y Bellido, que destacó en él su «alto respaldo y base maciza».
Su mal estado de conservación no nos permite siquiera imaginar el modo de rematar el respaldo 41 ni los brazos, aunque el primero sería curvo; ni la forma de las patas del asiento, si es que estaban representadas.
Sí destaca en cambio en el trono una cierta asimetría, no achacable al estado fragmentario en el que éste se encuentra.
El brazo derecho resulta más bajo que el izquierdo, distinta su unión con la pata correspondiente y, sobre todo, más distanciado de la figura que en el lateral opuesto.
El resultado: la apariencia de que el personaje se ha sentado ligeramente desplazado hacia la izquierda y no exactamente en el centro del trono 41 • El atuendo generalizado entre los varones ibéricos es hoy tan bien conocido como el de las damas 43, de ahí que me atreva a afirmar que el representado en la figura sedente de Verdolay es de tipo masculino.
Los ejemplos aducidos hasta el momento en escultura en piedra pueden ser ampliados con los de los bronces y pintura vascular 4 4, con lo que tendríamos un repertorio de paralelos formales internos bastante extenso, tanto geográfica como temporalmente hablando 45 • La iconografía de los varones en la plástica ibérica se completa con uno o dos pendientes 46 como adorno.
Varía en gran manera, sin embargo, el tipo de peinado y tocado según las épocas y regiones, pero esto, obviamente, no viene al caso en un estudio dedicado, como éste, a una figura hoy considerada acéfala.
El calzado, cuando se refleja, puede ser abierto o cerrado, incluyendo dentro de esta categoría las botas 47 • En algunas ocasiones asoma bajo unas «polainas» 48, como podría ser el 41 En efecto, podría haber sido más ancho a partir de la mitad de su altura, como el trono de la Dama de Baza (F. Presedo, op. cit. en nota 20), o el de una figurilla de terracota de Boston de finales del período arcaico (G.M.A. Richter, The Furniture of the Greeks.
AEspA, 64,1991 caso que nos ocupa, si no es porque a menudo la parte inferior de las estatuas de piedra presenta un acabado muy somero, sin delimitar correctamente.
Y si bien es verdad que en la iconografía de la mujer ibérica hallamos también mantos prendidos al hombro -comenzando por la Dama de Elche y siguiendo por los bronces-también lo es que en ningún caso dejan de estar asociados a velos que cubren los hombros, si no toda la fig ura, como en el caso del exvoto del Museo Arqueológico Nacional catalogado por F. Álvarez Ossorio con el núm. 2323, entre otros muchos ejemplos.
Ninguna imagen femenina se presenta, por lo conocido, exenta de un velo o de un manto que cubra sus hombros.
Las mujeres con túnica ceñida como única pieza de su atuendo deben ser equiparables a los varones con túnica corta y no al tipo aquí estudiado.
La mayoría de los ejemplos propuestos pueden considerarse petenecientes a un tipo de atuendo «pacífico», que no es otro que el que tiene como base la túnica corta y ceñida de algunos bronces y de la pintura vascular 49, y al que se añade el manto en señal de respeto cuando las imágenes tienen carácter votivo o funerario.
En otras palabras, en aquellos contextos en los que se quiera o deba marcar el sentido de respeto ante la divinidad, aunque no necesariamente en los que reine la estabilidad y la paz: los bronces armados, que se mezclan con los exvotos «pacíficos» en los Santuarios ibéricos, indican lo contrario 50 • La postura sedente es conocida en la plástica mayor ibérica si así como en la pintura 52, pero salvo excepciones muy singulares, como el fragmento de Kalathos del Castellito de Alloza en Teruel 53 (fig. 7), en el que un hombre sentado sobre silla de alto respaldo es considerado por L. Pericot un pastor de ganado, o poco representativas de lo más genuinamente ibérico, como Tivissa y Pozo Moro 54, se trata de imágenes femeninas.
Hoy podrían añadirse al catálogo de damas sedentes que elaboró E. Ruano en 1989, los ejemplares de Cerrillo Blanco (Porcuna, Jaén) 55, Torreparedones (Castro del Río, Baena, Córdoba) s 6, y Alcoy 57 y la aún inédita del Cigarralejo (Mula, Murcia).
Por el contrario, quizá fuera aconsejable excluir del mismo a la Dama de Galera sg. por corresponder a un contexto cultural y cronológico bien distinto al de las restantes.
Pero si el tipo sedente femenino, aún sin ser mayoritario, se encuentra extendido por todo el ámbito ibérico y todas sus épocas, no ocurre lo mismo, hasta el momento, con el tipo masculino.
Los paralelos iconográficos a la figura del varón sentado de V crdolay deberán buscarse, por tanto, en ambientes culturales extrapeninsulares y en concreto en el mundo griego, de donde no sólo parece que es tomada la idea, sino también algunos de sus rasgos formales.
W. Trillmich apuntó en 1975 como un error el considerar paralelos directos de esta pieza a las estatuas sedentes del primer arcaísmo jónico 59, siendo más próximos en el tiempo y en el espacio los que proporcionan Magna Grecia y Sicilia durante el bajo arcaísmo y el período severo.
Si nos atenemos a lo dicho sobre el sexo de la figura, tendríamos que actualizar esta cuestión recurriendo de nuevo a las estatuas de los Bránquidas y a otros ejemplos de figuras sedentes masculinas que se crean durante época arcaica alta 60 y que persisten como tipo escultórico con finalidad funeraria y votiva, aunque siempre de un modo minoritario, a finales del arcaísmo 61 • No por ello han de excluirse los modelos femeninos, particularmente en lo relativo a la postura de las manos, que «van rectas a presionar (... ) sobre las rodillas» ~2, y al tipo de trono.
Este, como ya se indicó, tiene asiento macizo y respaldo recto, sin que pueda aventurarse rQás sobre él y sus paralelos 63, so riesgo de caer en el terreno de la pura hipótesis.
Pero estos modelos son estrictamente formales, y a ellos podrían añadirse otros muchos haciendo esta relación, si no interminable, sí mucho más extensa.
Quizá más importante, a mi entender, resultaría el analizar el «porqué» y el «para qué» se toma prestada una idea, la del varón sentado, más que la manera de representarla.
Esta, como hemos podido comprobar, es susceptible de adaptación a un lenguaje iconográfico propio,' reflejando por ejemplo, un atuendo «nacional».
En el mundo griego, la idea del varón sedente parece surgir como respuesta a una necesidad funerario-votiva 64, y desarrollarse en un primer momento paraletoro y dama de Benimassot», XIX Congreso Nacional de Arqueolog1'a, Castellón de la Plana, 1987 (en prensa). lamente al tipo sedente femenino 6 ~.
También se empleará para las estatuas de culto, aunque dados los pocos testimonios de este rango y los abundantes ejemplos de diosas sentadas aparecidas en conicxtos votivos y funerarios del Occidente griego, se tiende a alinear entre las femeninas a aquellos testimonios mal definidos o mal conservados en los que no esté clara la cuestión del sexo.
Pero a panir del período arcaico va prácticamente a desaparecer de las representaciones en bulto redondo, lo que no ocurre con el tipo femenino, asociado unas veces e interpretado otras, con Demeter-Perséfone, Hera, Afrodita, Atenea u otras divinidades de carácter funerario.
Este tipo, por lo demás, va a tener un especial arraigo entre los griegos occidentales, esto es, en Sicilia y Magna Grecia 66 • El primitivo carácter de retrato o imagen del difunto inherente a aquellas manifestaciones escultóricas fúnebres, se verá así sustituido por el de la imagen de la divinidad, votiva y propiciatoria.
Sin embargo, en el Cabecico del Tesoro estamos ante una necrópolis en una de cuyas tumbas se situó un día, seguramente al aire libre, la estatua de un hombre sentado (siempre juzgando por su atuendo).
Es más probable que tal imagen perteneciera a un varón de alto rango que a una estatua divina.
Tendríamos así un testimonio más de la asimilación de la idea griega de la heroización por parte del mundo ibérico.
Es innecesario insistir en la importancia de este supuesto que, de confirmarse, indicaría la conservación de una misma idea en la Grecia continental y en un área sometida a su influencia, si bien allí el modo de expresión habría cambiado radicalmente desde los tiempos del arcaísmo y aquí, por el contrario, se conservarían sus rasgos iniciales: la imagen en bulto redondo y no en relieve; la postura rígida y no naturalista; la posición simétrica de las manos sobre las rodillas, etc. 67 • En apoyo de esta idea están su atuendo, propio de los varones ibéricos, y el hecho de que nada lo diferencie de otras manifestaciones de éstos en piedra, bronce o pintura.
Por mi parte he defendido el carácter humano de las representaciones femeninas sedentes del Santuario del Cerro de los Santos, por carecer, como ésta, de todo rasgo diferenciador, litúrgico o iconográfico, con respecto a los demás exvotos 68 • La ausencia por el momento de imágenes divinas en la plástica ibérica, aunque pueda ser un argumento sólo coyuntural, como indicaría el hallazgo de un fragmento de cabeza, masculina, en el templo «A» de Campelló 69, también avala, hoy por hoy, tal hipótesis.
Si hay razones para considerar a la figura de Verdolay como una imagen funeraria, no las hay, en cambio, para creerla una imagen divina.
Queda por último, la cuestión de la cronología.
Para resolverlo contamos, de una parte, con el estudio de los datos proporcionados por la propia necrópolis, recientemente ampliados por F. Quesada 70, y con al análisis de la propia estatua.
Sabido es que la escultura ibérica no nos permite todavía hoy más que someros acercamientos al problema de la cronología cuando faltan los datos arqueológicos objetivos.
De ahí que haya que seguir recurriendo el análisis comparativo externo.
Este permite situar los modelos originarios de la figura en el arte griego de finales del arcaísmo y primera mitad del siglo v a.c.. y se refieren tanto a la propia postura sedente como al tipo de trono y la posición de las manos.
Incluso cabría considerar como tales el modo de disponer e interpretar el plegado de los paños que se da en estatuas en piedra de la misma época 71 • Ahora bien, como ya se planteó en relación a la cabeza antes ligada a esta figura 72, los modelos no tienen por qué ser contemporáneos de las obras que dependen de ellos, de los que incluso pueden estar muy distanciados en el tiempo.
De ahí que resulten de un gran valor las últimas conclusiones de tipo cronológico sobre la escultura del Cabecico del Tesoro a las que llega indirectamente F. Quesada en su estudio de las armas de esta necrópolis.
Hasta entonces, el único intento de datación de las destrucciones que acabaron con las esculturas de este yacimiento, aparecidas en un estado general de fragmentación y destrozo, se debía a G. Nieto, quien apuntó como hipótesis la fecha de la conquista Bárquida de la Península Ibérica en 237 a.C. 73 • Pero la datación por parte de Quesada de una parte de las tumbas con escultura en el siglo IV a.c., indica que al menos algunas fueron esculpidas a finales del siglo v o primer cuarto del siglo IV 74, y que la necrópolis del Cabecico del Tesoro sufrió, como tantas otras ibéricas, una sañuda destrucción de sus monumentos funerarios en los albores del siglo 1v a.c. 75 • O incluso antes, si quisiéramos acercarla más a sus paralelos formales del período severo.
En la segunda mitad del siglo v la necrópolis tuvo que tener ya una cierta potencia, si consideramos que los fragmentos escultóricos aparecen no sólo reutilizados, sino también muy deteriorados y «rodados» en los primeros años del siglo 1v 76 • La adscripción al género masculino de la figura sedente del Cabecico del Tesoro de Verdolay, basada en el atuendo varonil con el que ha sido representada, deja abierta la posibi lidad de considerar también como masculinos nuevos testimonios de fi guras sedentes para lo~ que no pueda argüirse un seguro carácter femenino.
Igualmente supone La necesidad de reconsiderar viejos testimonios no del todo claros.
En el capítulo de «dudosas» sería de rigor incluir, de momento, las piezas muy fragmentadas o deterioradas, como la procedente de Porcuna o la mal conocida «Dama de Vizcarra» 79, cuyo dibujo, lo único conservado de ella (fig. 10), muestra una sugestiva semejanza con el plegado de los paños de la aquí estudiada.
Sería aconsejable, pues, no sólo rescatar del catálogo de damas sedentes a la estatua de Verdolay, sino también abrir un nuevo apartado en el estudio de la plástica ibérica bajo el epígrafe de «varones sedentes». |
El gran número de excavaciones arqueológicas realizadas en el núcleo histórico de Mataró (provincia de Barcelona) en las dos últimas décadas ha alterado radicalmente el conocimiento de la ciudad romana de Iluro y permite reconstruir los rasgos generales de su evolución material e institucional, desde el municipium imperial hasta una nueva forma de hábitat que caracteriza los siglos VI y VII.
Este proceso aporta algunos elementos de debate para entender la evolución de la vida urbana en el contexto de las transformaciones generales del mundo tardoantiguo, así como la variedad de situaciones resultantes.
PALABRAS CLAVE: Urbanismo romano, cerámica romana, Antigüedad tardía.
Iluro es una de las ciudades fundadas en el contexto de la reorganización territorial y administrativa de las sociedades indígenas del litoral catalán impulsada por Roma entre finales del siglo II e inicios del I a.C. (fig. 1).
Como en otros casos cercanos (Baetulo, Blandae), la elección del lugar muestra una voluntad de segregación y control con respecto al poblamiento ibérico anterior; en este caso, el poblado de Burriac, que había articulado política y socialmente el territorio de la comarca del Maresme entre mediados del siglo IV y finales del II a.C. 1 Existe constancia de la plena naturaleza urbana de Iluro en época imperial.
Una cita de Plinio el Viejo la define como oppidum civium Romanorum (NH 3.4.22) y autores como Pomponio Mela (2.5.90) o Claudio Ptolomeo (2.6.18) también la mencionan como ciudad, situándola con cierta precisión en relación con otras poblaciones del litoral de Cataluña.
Esta información es corroborada por un corpus epigráfico 2 que muestra algunos aspectos de la vida local e, indirectamente, sus instituciones.
Su existencia indica la existencia de una comunidad cívica, pero es difícil precisar su condición jurídica exacta, su funcionamiento y su evolución.
Los problemas son aún más importantes en el caso de otras ciudades del litoral de Cataluña, entre Emporiae y Tarraco, mencionadas por los escritores de los siglos I-II d.C. 3 La arqueología permite definir con cierta aproximación algunos de los rasgos de la comunidad que aparece representada en las inscripciones.
Al mismo tiempo, las evidencias relacionadas con la organización del espacio, la economía, la vida social y la religión, así como la evolución general del hábitat muestran, más allá de los ideales y las imágenes elaboradas por la ideología, el alcance real del fenómeno urbano.
Las intervenciones realizadas en el centro histórico de Mataró en las dos últimas décadas, que han permitido revisar los datos recogidos entre los siglos XIX y XX, han proporcionado un conocimiento profundo de la ciudad romana 4.
En la actualidad, se dispone de datos sólidos sobre las características del primer núcleo, el urbanismo de época imperial y su evolución hasta los siglos IV-V, las relaciones entre organización del espacio, vida cívica y economía, y, finalmente, sobre la arquitectura privada, algunas de las infraestructuras y los edificios y espacios públicos ligados a la vida administrativa, la religión o el ocio.
La evolución de Iluro durante el periodo imperial muestra coincidencias significativas con otros oppida c.
R. del litoral de Cataluña conocidos arqueológicamente (caso de Baetulo).
Estas coincidencias también se aprecian en la transformación de las formas de hábitat hacia nuevas pautas entre los siglos V y VI; una transformación que se produce en un contexto de cambio cultural global.
El análisis del proceso seguido por la ciudad de Iluro, por lo tanto, puede aportar elementos de comparación para un mejor conocimiento de la evolución de otras pequeñas ciudades romanas de la Península Ibérica, que presentan una dinámica diferente a la de, por ejemplo, las capitales de provincia o conventus; o de modo más general, respecto a aquellas ciudades hispa-nas que durante la antigüedad tardía y en el contexto de la reorganización política y cultural de la Península mantienen alguna importancia como centro de poder 5.
Es innecesario recordar que la urbanización de la Península Ibérica es un proceso complejo por su desarrollo y formas, y que un gran número de comunidades mencionadas por los autores clásicos se caracterizaba por unas dimensiones y unas capacidades materiales muy modestas.
La diversidad de condiciones originarias de un territorio o región incidió en la historia posterior de los núcleos urbanos fundados o reorganizados durante la república y el principado.
En este sentido, parece más adecuado conceptualizar y analizar la evolución de la urbanización en Hispania y la situación al final de la Antigüedad, en una perspectiva plural, como resultado de vías y de ritmos diferentes de desarrollo y no como una decadencia lineal e inexorable que habría conducido a la extinción de la vida urbana en el contexto de un proceso de general agotamiento cultural.
El caso de Iluro permite plantear la cuestión del dinamismo que caracteriza los procesos internos de estas pequeñas ciudades, que no pueden considerarse simplemente como creaciones artificiales abocadas finalmente a la decadencia.
OPPIDUM CIVIUM ROMANORUM: EVOLU-CIÓN URBANÍSTICA Y SOCIAL DE UNA COMUNIDAD CÍVICA
Iluro experimentó continuas transformaciones urbanísticas y arquitectónicas entre su fundación y la antigüedad tardía.
Estas transformaciones, claramente perceptibles en el registro arqueológico hasta finales del siglo IV o inicios del V d.C., se deben valorar como expresión directa del dinamismo y capacidad de renovación de una comunidad cívica.
La situación es menos definida a partir de mediado el siglo V. La desaparición del urbanismo original, el cambio de uso de algunos sectores de la ciudad y la presencia de un conjunto de vertederos relacionados con la vida doméstica indican la existencia de un nuevo tipo de hábitat en los siglos VI y VII, pero las evidencias documentales son limitadas y es difícil reconstruir los factores que caracterizan las nuevas condiciones de vida y, sobre todo, definir el significado de los cambios.
Iluro se funda ex novo en el primer tercio del siglo I a.C. (fig. 2).
El núcleo inicial, con una extensión de 7 a 8 ha se organizaba a partir de una retícula ortogonal definida por el cruce de dos vías principales, cardo y decumanus maximi, y de un conjunto de cardines y decumani minores.
El primer urbanismo parece distinguir claramente diversos sectores, una distinción que se mantuvo con pocos cambios hasta los siglos IV-V d.C.: el sector sur del cardo maximus, ocupado por tabernae y un posible macellum, se destinó a actividades comerciales y artesanales; la zona central y oriental, a residencia privada (aquí se concentran algunas domus y evidencias de un hábitat más modesto); la zona norte, más elevada, parece constituir el centro de la vida pública, administrativa y religiosa.
Hay que señalar, con todo, que las evidencias relacionadas con esta primera época son muy escasas 6.
El urbanismo y la distribución espacial de las diversas actividades se adaptan y utilizan las condiciones impuestas por la topografía.
Excavaciones recientes han permitido localizar parte del trazado de la muralla, que podría datarse igualmente en época fundacional 7.
El hallazgo confirmaría la referencia a la construcción o reforma de un murum que contiene una inscripción recogida en el siglo XVII y actualmente perdida 8.
Por el contrario, la ciudad parece carecer de ciertas infraestructuras en su fase inicial.
Las alcantarillas de algunos cardines minores, por ejemplo, se incorporan en un momento inmediatamente posterior -mediados del siglo I a.C.-en relación con una modificación de la anchura de algunas vías.
A pesar de los progresos en el conocimiento arqueológico de la ciudad, subsisten algunos problemas en relación con las características de la trama ortogonal y con la evolución de la ocupación.
En lo que respecta a la primera cuestión, la distribución de algunos cardines y decumani llevó, en un primer momento, a proponer la hipótesis de un único módulo de planta cuadrada y 35 m. de anchura, que parece bastante bien definido en la zona próxima al cruce entre cardo y decumanus maximus 9.
Sin embargo, excavaciones recientes en el sector oriental de Iluro han permitido localizar cardines que no respetan esta modulación 10.
Estos problemas se advierten en otros espacios periféricos, si bien en relación a la presencia de construcciones posteriores.
Esta situación sugiere la existencia de insulae de diverso tamaño, que podrían res-VÍCTOR REVILLA -XABIER CELA Figura 2.
Parcelario del centro histórico de Mataró (arriba).
Situación de los sectores conocidos de Iluro y restitución hipotética de la trama urbana (sobre la base de Cerdá et alii, 1997 actualizado en Cela; García; Pera, 2003).
ponder a otros módulos, o un uso diverso del espacio para solucionar los problemas derivados de encajar la estructura urbana en el emplazamiento escogido11.
De hecho, se ignora casi por completo cómo se organizó la periferia.
Algunas evidencias hacen pensar que los sectores norte y oeste presentarían una menor ocupación respecto a la zona próxima al cruce entre cardo y decumanus maximi; es posible, incluso, que algunos lugares permanecieran desocupados hasta un momento avanzado (s. I-II d.C.).
Dado que la trama viaria responde a época fundacional -y parece lógico pensar que se organizó toda la superficie de la ciudad en un mismo momento-, esta situación sugiere que la creación del asentamiento preveía futuras necesidades de crecimiento.
El área periurbana, separada de la ciudad por torrentes, fue ocupada parcialmente por enterramientos; en especial, el sector que correspondería al final del decumanus maximus y la salida suroeste de la ciudad, donde la calle se prolongaría como via exterior12.
No se puede precisar el momento en que se inicia esta ocupación funeraria, ni la organización y evolución del espacio o espacios cementeriales.
De esta zona procede la conocida inscripción IRC I, núm. 101 datada en el siglo I d.C. Las últimas excavaciones han aportado nuevas evidencias de uso desde el siglo II d.C. hasta un momento indeterminado que se situaría entre los siglos IV y V.
Hacia finales del siglo I a.C.-inicios del I d.C. se producen algunas actuaciones arquitectónicas importantes, públicas y privadas, que afectan a toda la ciudad.
En este conjunto de actuaciones, destacan, en primer lugar, algunas construcciones monumentales de las que existe constancia arqueológica o epigráfica y que responden claramente a las necesidades materiales e ideológicas de una comunidad cívica.
Especialmente importantes son las inscripciones relacionadas con la sistematización de un espacio público y sus edificios: IRC I, núm. 214, que menciona un [--FO]RVM o [--HYPAET]RVM, quizá dedicado por [SEVIRI] AVGVST(ales), e IRC I, núm. 216, que conserva parte de una fórmula relacionada con la construcción o reconstrucción de un monumento.
La cronología de ambas se situa en el primer tercio o la primera mitad del siglo I d.C. Otro texto menciona un posible [BALI-NEUM PVB]LICVM (IRC I, núm. 215).
La inscripción incluye además la mención ILVRONENS(ium), que confirma la existencia y actuación consciente de un ordo local en época augustea o durante la primera mitad del siglo I d.C. Tanto estas inscripciones como algunas dedicatorias a divinidades realizadas por seviri augustales, proceden de la zona de la actual Basílica de Santa María, que ocupa el punto más elevado de la ciudad romana y que fue ocupado posteriormente por un campo de silos y un cementerio cristiano.
La concentración de epigrafía pública y la posterior reutilización funeraria sugieren que aquí se localizaba la vida administrativa y religiosa de la ciudad 13.
En lo que respecta a la arquitectura privada, se fecha en época de Augusto la construcción de las domus de Plaça Gran y Carrer de La Palma 14.
Los dos edificios presentan la misma organización cuidadosa del espacio y de las funciones, basada en la construcción de una planta articulada por un peristilo y en un programa ornamental que combina pavimentaciones en opus signinum y spicatum.
Las dimensiones debían ser notables, ya que ambos parecen ocupar gran parte de una insula.
Estos y otros posibles edificios señoriales se situan en la zona oriental del decumanus maximus, junto al centro político 15.
La parte alta de Iluro se configuraría, así, como espacio múltiple de actividad y representación de la élite local, en tanto que aquí parecen confluir vida política, poder social y residencia.
Las transformaciones del paisaje urbano podrían relacionarse con la promoción jurídica de la comunidad.
Iluro se incluiría en la categoria de Municipium c.
R.; en ese sentido han de interpretarse la inclusión entre los oppida c.
R. del litoral de la Hispania Citerior (Plin.
NH 3.4.22) y las evidencias epigráficas que mencionan instituciones municipales.
En concreto, la inscripción CIL II 4616=IRC I, núm. 101, que alude a un duo vir quinquennalis.
El momento de concesión de este estatuto es una cuestión debatida pues las fechas propuestas oscilan entre Augusto y los flavios.
La datación flavia, generalmente admitida, ha sido cuestionada por Alföldy (1985: 416-417), quien propone una fecha augustea frente a la opinión de, entre otros, Le Roux 16.
La importancia de los cambios obliga a preguntarse, en primer lugar, si pueden ser considerados como parte de una sistematización general determinada por un programa urbanístico.
Cuestiones derivadas de la anterior son si el posible programa se ejecutó realmente en toda su extensión y quienes fueron sus promotores.
La proximidad cronológica de las inscripciones y el significado simbólico y material de estas construcciones para la vida de la comunidad sugieren que se trata de una actuación urbanística global.
Pero el valor de tales argumentos es relativo, ya que no conocemos las jerarquías y el funcio-namiento de la sociedad local y, por tanto, cuáles eran la capacidad económica y las necesidades de los promotores.
De hecho, la construcción de estos edificios también pudo responder a un proceso más lento y ser el resultado de iniciativas individuales y menos coordinadas por el ordo local.
La ejecución de estas obras podría dar igualmente la apariencia de una actuación programada.
Es difícil precisar cómo se integraron estos cambios en la estructura urbana republicana y hasta qué punto la modificaron.
Las dimensiones y la función de las nuevas construcciones tuvieron que imponer forzosamente una reorganización del espacio y una articulación más rigurosa de las actividades; pero las evidencias de cambios en la arquitectura son escasas y ambiguas.
También se constata el abandono de algunos edificios, pero no queda clara su relación con este proceso, como es el caso del posible macellum, aunque su abandono sea algo anterior.
En este contexto, el sector sur del cardo maximus parece reforzar la función económica atribuida desde la fundación con la reforma de algunos espacios dedicados al comercio y los servicios (Cela, Revilla, 1999).
En todo caso, el principado de Augusto y, de modo más general, la primera mitad del siglo I d.C. parece ser el momento en que se define una estructura urbanística relacionada con el funcionamiento de una comunidad cívica.
Durante el siglo I d.C. se producen reformas en edificios privados y comerciales que han de interpretarse como efecto de las reparaciones o de la adaptación de estructuras ya existentes a cambios de función puntuales.
Tales reformas no alteran el paisaje urbano.
No es hasta finales del siglo I d.C. y durante el II cuando se detecta un conjunto de cambios importantes en el registro arqueológico.
Con todo, su significado es difícil de interpretar, ya que son de carácter muy diverso, no responden a intervenciones globales y afectan de forma muy diferente a la arquitectura, especialmente la de ámbito doméstico.
En apariencia, la modestia material de los cambios haría pensar en procesos normales de reforma y conservación vinculados al mantenimento de los espacios residenciales y las infraestructuras relacionadas con los servicios colectivos; y, en efecto, algunos de ellos pueden revestir este caracter.
Sin embargo, la consideración global de los restantes indica un carácter y un ritmo de desarrollo diferente respecto a las actuaciones puntuales ya indicadas.
Las transformaciones más numerosas afectan a la arquitectura privada.
Un primer grupo está constituido por las reformas de pequeños espacios domésticos y por la desaparición de gran número de alcantarillas domésticas.17 En segundo lugar, las domus conocidas experimentan transformaciones muy importantes que se con-cretan en expolios de elementos arquitectónicos o decorativos y en la construcción de nuevas estructuras, en las habitaciones o los peristilos, que deforman la clara articulación inicial entre residencia, representación y otras actividades 18.
La simplificación de los programas técnicos y ornamentales y la modificación del espacio parecen indicar la desaparición de tales domus como forma de residencia para la élite local; pero estos lugares siguen ocupados con posterioridad.
Esta situación sugiere un cambio de función.
El sentido y las características de este cambio se pueden apreciar en las vicisitudes que experimentan algunas domus de la cercana Baetulo, en las cuales se construyen instalaciones productivas a finales del siglo I-inicios del II 19.
Por el momento, no se puede establecer si estos cambios indican la desaparición general de la arquitectura privada señorial en Iluro.
También fueron reformados algunos edificios del sector sur del cardo maximus, aunque el sector mantuvo su función económica.
Durante el primer cuarto del siglo II la zona oriental de una insula, ocupada anteriormente por una taberna, se divide en dos pequeñas unidades artesanales dedicadas, respectivamente, a la producción de objetos de hierro y de materiales constructivos (Cela, Revilla, 1999); hacia finales del siglo I o inicios del II se reforma un edificio muy cercano y se construyen dos grandes depósitos en opus signinum que parecen funcionar hasta los siglos IV-V 20.
Un hecho más importante es la construcción, en época flavia, de un edificio de grandes dimensiones y con una probable función termal al este del cardo maximus.
Sus dimensiones y organización, mal conocidas por falta de una excavación adecuada, parecen alterar la estructura viaria y el alcantarillado de uno de los cardines orientales; como mínimo en su tramo final 21.
Este conjunto de cambios podría relacionarse con una progresiva restructuración de la parte alta de la ciudad, donde se levanta una construcción de grandes dimensiones, quizá un pórtico, en un momento indeterminado de los siglos II-III (IRC V, suppléments, 47ss.).
Un dato revelador es que la base de una columna de esta estructura reutiliza fragmentos de las inscripciones pertenecientes a los primeros edificios del forum (IRC I, núms.
Este hecho indica la desaparición total y temprana de una parte significativa del programa monumental de Iluro.
Es posible, incluso, que algunos de los edificios dedicados en estas inscripciones no se hubiesen finalizado nunca y que esto facilitase la recuperación de materiales arquitectonicos.
En todo caso, no se puede precisar el tipo de actuación y las necesidades con las que se relaciona esta nueva construcción: ¿una reforma o reorganitzación del espacio público ya existente?
Y, de ser así, ¿cómo se relacionaría con los edificios anteriores?
Tampoco la cronología es muy precisa.
La situación de los siglos II-III d.C. no responde a una actuación global, si no que parece el resultado de un desarrollo lento en el que confluyen iniciativas muy diversas, en gran parte privadas, que se ejecutarían a ritmo distinto; dicho de otra forma, estas iniciativas muestran el proceso de adaptación de una comunidad urbana de pequeñas dimensiones, limitada a los recursos del territorio cercano, sin las aportaciones de evergetas importantes -por lo que podemos saber-y a condiciones socioeconómicas en mutación continua.
Son, por lo tanto y en primer lugar, la expresión de una situación local.
Es interesante señalar que ciudades próximas y de características semejantes, como Baetulo, experimentan transformaciones importantes desde época flavia 22.
Esta situación parece apreciarse también en otras ciudades romanas de Cataluña y esto lleva a interrogarse sobre la evolución general de las pequeñas sociedades urbanas provinciales en esta época 23.
No se puede interpretar este fenómeno en términos de decadencia.
Por el contrario, existe la impresión de que Iluro, como otras ciudades, fue capaz de adaptar su funcionamiento interno a nuevas condiciones socioeconómicas y culturales y, paralelamente, de reajustar su posición respecto al territorio, reorganizando el conjunto de funciones administrativas, económicas e ideológicas que había asumido como municipium.
Uno de los rasgos que define la situación de los siglos II y III es lo que parece una mayor importancia de unas actividades económicas que se pueden definir como de servicios (artesanado) y pequeño comercio, organizadas de modo prioritario para satisfacer las necesidades de la población local y del territorio inmediato.
Se trata de necesidades ligadas a la vida cotidiana y la producción, modestas y poco diversificadas.
El inventario de estas actividades incluye el trabajo de los metales, el material constructivo y el procesado y venta de productos alimentarios.
La mayoría de instalaciones son de dimensiones y tecnología sencillas.
Estas características y las condiciones de la demanda sugieren que estas unidades de trabajo concentrarían los procesos de fabricación y venta.
La evolución de las actividades parece haber conducido a una intensificación del uso de los espacios disponibles que desdibujaría progresivamente la estructura del antiguo sector comercial, como resultado de la invasión del cardo maximus por algunas instalaciones y la compartimentación del interior de algunas insulae, para acabar sobrepasando quizá sus límites.
Este proceso pudo haberse desarrollado de modo paralelo a la transformación de las funciones administrativa y de representación que la ciudad ejercía respecto al territorio.
La mayoría de los cambios indicados se detectan en la cercana Baetulo: ocupaciones de domus por instalaciones productivas, en época flavia (Padros, 1985b: 155); transformaciones de tabernae vinculadas al forum, abandonadas a finales del siglo I y cubiertas por nuevos estratos en la primera mitad del II (Padros, 1985a; Aquilué, 1987: 19, 205); colmatación de alcantarillas públicas en la primera mitad del II (ibid., 80 y 85); abandono de domus hacia el tercer cuarto del II (ibid.,111).
En términos generales, la situación de Iluro parece reflejar el abandono de unas formas de vida que precisaban programas arquitectónicos y decorativos de gran entidad: por un lado, las construcciones monumentales que servían a la vida pública; por otro, la domus de peristilo.
El abandono o transformación de estas construcciones parece coincidir con cambios en la sociedad local.
Pero las evidencias al respecto son muy escasas e indirectas.
Se ha señalado, en este contexto, la importancia que asumen los libertos en la vida local a partir de finales del siglo I y durante, como mínimo, la primera mitad del II d.C.; un hecho que evidencia claramente la epigrafía, ya que prácticamente todas las inscripciones del momento son de carácter religioso y están dedicadas a divinidades augusteas por libertos que desempeñan la función de sevir augustalis (inscripciones IRC I, núms.
Se trata seguramente de individuos enriquecidos que financiaron un ámbito importante de la vida cívica, la religión, pero de forma más modesta que en época augustea, ya que las actuaciones se refieren únicamente a aras y estatuas.
No hay, por el contrario, evidencias de grandes construcciones (exceptuado el edificio con columnas ya mencionado, pero de cronología y función imprecisa) y, aun menos, de un programa global.
Un problema especial lo supone la datación del programa musivario de las termas de Can Xammar, datado entre los siglos II y III, pero que podría corresponder a una actuación aislada (Pera, 1992: 30).
Hay que decir que también algunas iniciativas urbanísticas importantes de la primera mitad del siglo I d.C. parecen promovidas por libertos, como muestran las inscripciones IRC I, núms.
214 y 216, mientras que los miembros de la clase superior no aparecen claramente (cf. la referencia al ordo iluronensium de IRC I, núm. 215).
La situación del siglo II se caracteriza por la modestia de las actuaciones y por lo que parece una mayor presencia de libertos en un ámbito muy concreto: la religión.
También es significativo que las inscripciones religiosas del siglo II mencionen siempre divinidades augusteas, lo que parece indicar un deseo de trascender el marco local y vincularse a la administración imperial.
También se ha sugerido la actuación, o intereses, en el territorio de libertos importantes, como Lucius Licinius Secundus, accensus del senador Lucius Licinius Sura24.
En este contexto, la presencia de miembros de los niveles sociales superiores es escasa y difícil de valorar: IRC I, núm. 103, hallada en la villa de Torre Llauder y que menciona un eques de Barcino conocido a inicios del s. II (C. Marius Aemilianus); la ya mencionada IRC I, núm. 101 y la núm. 102, de un personaje desconocido, con una cronología dudosa que algunos investigadores llevan al siglo II.
A pesar de la falta de datos sobre la evolución socioeconómica del territorio, es factible pensar que los libertos dedicantes de las inscripciones ocuparon una posición dominante en la sociedad de Iluro como resultado de una combinación de actividad económica autónoma y la representación de los intereses locales de la aristocracia de Barcino, Tarraco y otras ciudades.
Esta combinación llevaría a asumir una función de intermediación entre una ciudad y la aristocracia provincial o los representantes del poder imperial en la zona.
Su posición debió favorecer una aparición relativamente frecuente en la vida pública mediante ciertas iniciativas.
Sería excesivamente simplificador, por tanto, hablar de empobrecimiento de la comunidad de Iluro por el simple hecho de hallar a otros individuos en la posición de evergetas; tampoco puede pensarse en un cambio del orden social.
Se trata, por el contrario, de una reorganización de las jerarquías locales motivada por factores diversos.
No deja de ser significativo que sean siempre libertos quienes aparecen en la vida pública desde finales del siglo I d.C.-inicios del II y que sea en este momento cuando se datan las únicas menciones a patroni conocidas en el municipio (IRC I, núms.
Como hombres de confianza de familias importantes, y por su éxito, estarían en mejores condiciones para asumir un mayor protagonismo público; un protagonismo indispensable para consolidar su promoción y la carrera de sus descendientes. militares, si no que resultan de la convergencia entre factores generales (la evolución socioeconómica y cultural del mundo mediterraneo) y la situación local26.
La cuestión principal no es, en consecuencia, comprobar la continuidad del hábitat en el espacio que correspondía al antiguo municipio, sino definir la naturaleza exacta de unos procesos de ocupación que presentan rasgos particulares y los factores que los determinan.
La primera dificultad que plantea este objetivo proviene de la propia documentación arqueológica.
Las excavaciones han aportado un volumen de evidencia muy importante, pero difícil de interpretar.
En primer lugar, como resultado de las condiciones en que se desarrolla la práctica arqueológica en Mataró (como en otras ciudades), los sectores excavados, con pocas excepciones, son de dimensiones reducidas y aportan secuencias estratigráficas limitadas, con problemas de conservación a partir de los siglos IV y V. Además, las estratigrafías identificadas están aisladas y no se puede establecer si son el reflejo de situaciones específicas o si, por el contrario, indican procesos de carácter más general.
En segundo lugar, la evidencia recogida en las últimas décadas corresponde de forma casi exclusiva a dos fenómenos distintos.
Por un lado, un conjunto de estratos de nivelación que se concentran en la zona del cardo maximus, cubriendo esta vía y los edificios adyacentes.
Su importancia es evidente, pero no es fácil determinar el ritmo y sentido de estas actuaciones, ya que ocupan un periodo de tiempo bastante amplio (la segunda mitad del siglo V y el primer cuarto del VI) y apenas se acompañan de evidencias constructivas que permitan imaginar cómo se organizó el espacio y a qué necesidades se respondía.
Algunas actuaciones podrían responder a iniciativas particulares; otras podrían resultar de una acción más sistemática, quizá planificada, sobre espacios definidos (Cerdà et al., 1997, vol. II: 123ss.; nuevas evidencias y revisión en Cela, Revilla, 2004: 45ss.).
Las implicaciones de la segunda posibilidad para definir la naturaleza del asentamiento, en términos de ritmo y organización de esfuerzos, son importantes.
Tampoco se puede excluir la existencia de iniciativas distintas dentro de un proceso general de cambio.
Finalmente, no es fácil precisar la relación entre los depósitos del cardo y otras acciones en lugares cercanos; por ejemplo, la posible vinculación con la evolución del espacio del forum; y más concretamente, con la constitución y abandono posterior de un conjunto de silos (Plaza de Santa María), así como con un pequeño conjunto de inhumaciones (Plaza del Fossar Xic), que parecen corresponder a la No se dispone de otras evidencias entre este momento y los estratos que amortizan definitivamente el cardo maximus y que se datan en la segunda mitad/finales del siglo V-primer tercio del VI (ibid., 163ss.).
La constitución de estos estratos confirma la eliminación simultania de la vía y de las construcciones que la delimitaban, lo que supuso la desaparición absoluta de una parte importante de la organización urbanística original.
Por ahora, no se puede establecer qué sucedía contemporáneamente en las vías restantes.
Es posible que una parte se mantuviera en uso, mientras que otros tramos serían invadidos y la circulación interrumpida.
Es probable que vías principales y secundarias siguiesen una evolución diferente y que algunos cardines y decumani minores, de menor importancia, o situados en zonas periféricas, fuesen ocupados muy pronto.
En todo caso, el proceso de desaparición de la mayoría de vías ha finalizado hacia finales del siglo V-inicios del VI, como demuestra la distribución de las escasas construcciones que se levantan sobre estratos de esta cronología, de hasta un metro de espesor y que cubren totalmente los edificios antiguos.
Igualmente, algunas construcciones identificadas en la Plaza de l'Ajuntament parecen invadir un cardo minor interrumpiendo totalmente la circulación27.
A lo largo del siglo VI, se excavaron las fosas ya mencionadas, ocupando indiferentemente vías y espacios domésticos (Cela, Revilla, 2004: 251ss.).
Simultaneamente, otras vias de la trama original parecen haber sido conservadas y desviadas.
Este hecho se aprecia en el decumanus maximus, que se desplazó hacia el norte aproximadamente a medio camino de su recorrido, en el punto más cercano al forum de la ciudad.
La alineación de las actuales calles de Baixada de Sant Simó (que mantiene hoy día la orientación original), Beata María y Carrer Nou parece fosilizar el nuevo itinerario.
No se puede establecer la cronología de este cambio que, en cualquier caso, debía ser el resultado final de un proceso prolongado, y tampoco los motivos 28.
El fenómeno se podría relacionar con la transformación que experimentó el espacio actualmen-te ocupado por la basílica y Plaza de Santa María y con un nuevo uso comunitario (vid. infra).
Un hecho relacionado con los cambios en la organización del espacio es la elevación general de la topografía del hábitat.
Este fenómeno se detecta en numerosas ciudades tardías y no se puede atribuir simplemente a destrucciones29.
En el caso de Iluro, las aportaciones se concentran en el sector sur del cardo maximus y afectan a un espacio importante, ya que se detectan en puntos separados hasta 100 m. entre sí, cubriendo todas las estructuras anteriores y cancelando la antigua distinción entre calles o espacios abiertos y edificios.
La transformación del antiguo espacio urbano afectó especialmente a las infraestructuras públicas que utilizaban la red viaria; en particular, el alcantarillado.
Una parte de este, en la confluencia entre cardo y decumanus maximus, se había abandonado ya a finales del siglo IIIinicios del IV (Cerdà et al., 1997, vol. I: 256ss.).
Por el contrario, el tramo sur de la misma alcantarilla seguía funcionando después de una reforma que se data en el segundo cuarto-mediados del siglo IV.
Esta infraestructura ha seguido conduciendo agua hasta época contemporánea; pero se trata seguramente de un funcionamiento casual, ya que no se han identificado aquí las actuaciones de reforma o las reconstrucciones tardías de infraestructuras que se conocen en otras ciudades (Gelichi, 2000: 16-17).
Es importante señalar que la desaparición de las infraestructuras de desagüe es un proceso que se inicia muy pronto, durante el siglo II, y que se desarrolla en el contexto de la continuidad, transformada, del antiguo urbanismo hasta el siglo V (para otras ciudades de Hispania: Gurt, 2000Gurt, -2001: 445): 445).
La transformación del alcantarillado, en realidad, se relaciona con la dinámica que sigue el municipio imperial.
La constitución del hábitat de los siglos VI-VII parece ser independiente de las posibilidades que tales infraestructuras podían ofrecer todavía; como es el caso de algunas ciudades de Italia (La Rocca Hudson, 1986: 64-65 y 70; Brogiolo, 1989: 313ss.;Gelichi, 2000: 16ss.).
La ruptura entre la situación del siglo IV y el nuevo hábitat parece, en este sentido, más radical en Iluro que en otros lugares.
Este hecho puede responder a la desaparición de algunas de las funciones materiales e ideológicas de la ciudad y a otros factores (problemas económicos o una reducción de la población, por ejemplo) durante los siglos III y IV, lo que haría inútil y costoso el mantenimiento de algunos de los servicios propios de una ciudad clásica.
Otro fenómeno importante en la Iluro tardía es la reorganización de las actividades productivas y las funciones ideológicas que concentraba el lugar y, en relación con ello, la redefinición de sus relaciones mutuas.
Este cambio supone una restructuración del espacio y la creación de nuevos emplazamientos.
El desarrollo del proceso y los rasgos que lo caracterizan muestran algunos de los principios materiales e ideológicos que inspiran las nuevas formas de organización de la vida de la comunidad.
En un momento mal definido, pero que se situaría en el siglo IV, una parte de la superficie del antiguo forum fue ocupada por silos.
La pésima conservación de estas estructuras impide precisar sus dimensiones y la organización del sector y no se puede establecer ni la capacidad de almacenamiento ni la posible presencia de instalaciones de transformación30.
Tampoco se ha podido conocer la duración total de la ocupación y los escasos rellenos de silos datados aportan cronologías de segunda mitad de siglo IV y finales del V-inicios del VI.
También ha aparecido silos que aportan dataciones de los siglos III/IV, pero son poco fiables (Cela, Revilla, 2004: 326-327).
Con todo, es evidente que la invasión de un antiguo espacio de representación por ciertas actividades económicas constituye un fenómeno de gran importancia.
Las actividades económicas (artesanales y comerciales) que ofrecía el municipio del alto imperio se localizaban en espacios periféricos, segregadas respecto a la vida política y social.
Pero a la vez, la economía se integraba perfectamente en la trama urbana y su arquitectura.
La situación se modifica en parte durante la primera mitad del siglo II, como muestran las reformas del sector sur del cardo maximus ya mencionadas.
La constitución de una zona de almacenamiento en la zona del forum supone una situación nueva, de hecho, una auténtica sustitución de las funciones, que conduce a la modificación de la organización espacial anterior.
Esta transformación del centro cívico corresponde a una fase avanzada del proceso de desaparición de la forma de vida municipal; si es que no indica el final de este proceso.
Un problema importante es el ritmo del fenómeno, ya que, paralelamente, existen evidencias de mantenimiento de infraestructuras y de la red viaria.
La coincidencia de estos factores permite calificar el periodo que cubre el siglo IV (quizá desde finales del III) y las primeras décadas del V como un momento clave de transformación de la ciudad y demuestra que el proceso no siguió un desarrollo lineal, ya que coexisten iniciativas diversas (reparaciones, expolios y reocupaciones) y estas actuaciones parecen afectar de forma diversa los espacios y edificios de la ciudad en función de su utilidad para la vida colectiva (fig. 3).
Tampoco es casual que no se trate de una actividad cualquiera: el centro de la antigua ciudad sirvió, ante todo, para almacenar excedentes; no se han localizado otras fases del proceso productivo agrícola, aunque no se pueden excluir la existencia de actividades de procesado; y todavía menos actividades no-agrícolas.
No se puede evaluar la capacidad de almacenaje del lugar, ya que quizá no todos los silos funcionaron de forma simultánea y otros pueden haber desaparecido; pero no parece tratarse de un fenómeno de poca entidad, ni de una concentración casual de depósitos privados.
La constitución de esta zona de almacenamiento parece responder a unas necesidades comunitarias de control y redistribución de una parte del excedente agrícola con fines diversos: consumo local; fiscalidad; inserción en circuitos de intercambio por venta directa o salida como rentas.
En esta situación habrían intervenido los poderes locales mediante mecanismos diversos que no se pueden determinar (rentas, contribuciones).
La concentración de excedentes agrícolas en Iluro indicaría que ésta todavía mantenía una posición central respecto al territorio, sustituyendo la anterior función administrativa por el control de una fase fundamental de los procesos de producción.
La potenciación de la función agrícola, paralela a la desaparición de la rígida organización ortogonal, muestra tambien que la antigua distinción entre campo y ciudad (ésta, entendida como lugar de cultura y residencia de élites) está perdiendo su sentido.
Igualmente importante, por lo que respecta a la organización de la vida colectiva, es la creación de áreas funerarias en el interior de Iluro31.
La más importante se situó en el espacio que había correspondido al antiguo centro político (fig. 4).
El cementerio ocupa una superficie mínima de 8000 m 2, entre las actuales plazas de Santa María y del Fossar Xic, que en época medieval y moderna mantuvieron esta función funeraria, y se extiende al norte.
Hasta el momento se han localizado unas 40 inhumaciones que presentan un ritual bastante uniforme, a pesar de las marcadas diferencias de tipología y técnica constructiva que caracterizan los enterramientos.
Con excepción de cuatro casos, todos los enterramientos se orientan en sentido O-E, con la cabecera hacia el Oeste.
En ninguno de ellos se han recogido ofrendas y tampoco hay evidencias de elementos ornamentales.
La mayoría de estructuras, con la excepción de algunos panteones verticales y uno horizontal, corresponde a inhumaciones individuales.
Las pocas cronologías disponibles, relacionadas con estructuras y depósitos afectados por las tumbas, se sitúan en los siglos V e inicios del VI; pero es muy probable que algunos sectores de esta zona fueran utilizados ya en un momento anterior.
Es el caso de un conjunto de tumbas de tegula en el Fossar Xic, que se situarían en los siglos IV-V.
Las diferencias de datación y tipología sugieren una evolución en la ocupación del espacio disponible, aunque el proceso no se puede reconstruir totalmente (Cela, Revilla, 2004: 315-316).
Esta ocupación ignora totalmente la estructura urbanística original.
Los casos de conversión de espacios públicos y privados en zonas de uso funerario son numerosos y muestran diferencias relacionadas con la evolución de la vida colec-tiva de cada lugar 32.
Así, en Iesso (Guissona), este nuevo uso afecta a una zona originalmente ocupada por viviendas (Pera, 1996-97).
Distribución de los silos y de las fosas tardías sobre la antigua ciudad romana.
Se indica en línea gruesa la orientación de los posibles ejes viarios tardíos.
En el caso de Pollentia, la zona que corresponde a la necrópolis es el forum y la transformación se data a inicios del siglo IV d.C. (Arribas, Tarradell 1987: 135-136).
En Tarragona, por el contrario, los cementerios se sitúan y organizan en la periferia de la ciudad, en torno a los centros de culto, mientras que en el interior los enterramientos están dispersos, ocupando edificios públicos anteriores (Gurt, 2000(Gurt, -2001: 462-463): 462-463).
Es imposible precisar los factores que determinaron la elección del lugar, pero el caso de Iluro parece responder, como en tantas ciudades, a las facilidades asociadas a la existencia de un espacio libre de construcciones y con poca densidad residencial y que, por su caracter público original, sería susceptible de un nuevo uso comunitario.
El temprano abandono o restructuración de la zona, incluidas las domus cercanas, habría facilitado el nuevo uso.
Un problema pendiente es el de la relación entre silos y necrópolis.
El único caso en que ha sido posible establecer una relación estratigráfica directa entre silos y enterramientos ha mostrado que estos eran posteriores (Cela, Revilla, 2004: 327-328); pero esto sólo se aprecia en un sector del cementerio.
Distribución de las tumbas conocidas de la necrópolis de Iluro (arriba) y de la necrópolis tardía (abajo), con los principales tipos de inhumaciones.
Por el contrario, es posible que las primeras inhumaciones en el Fossar Xic, relativamente distantes, fuesen contemporaneas con el uso de los silos.
También se han localizado algunos enterramientos tardíos que reutilizan espacios y construcciones de la necrópolis altoimperial situada en el exterior de la ciudad, al Oeste (Cela, Revilla, 2004: 315-316).
Su cronología exacta no se puede precisar, pero parecen situarse en los siglos IV y V. Tampoco se puede establecer si se trata de un espacio cementerial definido o de enterramientos esporádicos; pero en todo caso su uso parece haber sido contemporáneo, por lo menos durante un periodo, respecto al funcionamiento de la necrópolis de Santa María.
Esta multiplicación de áreas de enterramiento, incluidas lo que parecen inhumaciones dispersas, y la reutilización funeraria de ciertos espacios y construcciones contribuyó a la desaparición definitiva de la distinción entre ciudad y periferia 33.
A pesar de la modestia general, el cementerio de Iluro muestra la existencia de diferencias sociales en la comunidad; ejemplos de ello son una tumba cubierta por un revestimiento de opus signinum decorado con un crismón y algunas inhumaciones colectivas protegidas por una construcción muy sólida34.
Además, la disposición de las tumbas muestra un orden y una orientación cuidadosas y una tendencia a la concentración en un sector muy concreto.
Estos hechos indican una diferente valoración del espacio disponible y una situación de competencia por su apropiación.
El evidente carácter cristiano de algunas tumbas y la organización del espacio ocupado, así como la importancia de algunos enterramientos, sugieren un proceso de control organizado por una jerarquía y la asociación de esta práctica con la presencia de un edificio de culto en las cercanías.
Los posibles mecanismos para ejercer este control son evidenciados por las referencias a la deposición ad sanctos que aparecen en las inscripciones cercanas de Sant Martí de Mata, que corresponderían a un centro de culto y un cementerio que podría relacionarse con la organización del poblamiento del territorio al norte de Iluro, junto a las primeras estribaciones de la cordillera litoral 35.
Muy cerca de este lugar se situaba la necrópolis de Ca la Madrona, formada aparentemente por docenas de tumbas, para la cual se propone una cronología de siglos VII-VIII (García Roselló, Cerdà, 1990).
Es muy posible que en Iluro el espacio funerario también fuera articulado por un centro de culto y que los poderes religiosos utilizaran mecanismos similares.
Por desgracia, no existen evidencias materiales relacionadas con un edificio religioso, con excepción de un fragmento de cancel recuperado en las excavaciones realizadas en la cercana Plaza de l'Ajuntament.
Un argumento complementario, de relativo valor, es la continuidad del culto en el lugar, testimoniada por los sucesivos templos románico, gótico y barroco de Santa María36.
Más importante parece la propia organización de los enterramientos y, en primer lugar, la posición central de la tumba cubierta por un crismón, que debía pertenecer a un personaje destacado.
Su posición social y funciones en vida, imposibles de precisar, fueron suficientes para asegurarle el respeto póstumo y la memoria a través de una sepultura privilegiada que parece determinar otros enterramientos.
Este respeto muestra la existencia de unas jerarquías sancionadas por la religión, a la vez que indican la importancia de ésta, y de las manifestaciones asociadas (inhumación en cementerios organizados), en la vida comunitaria.
La combinación de culto y espacio funerario pudo servir, igualmente, para potenciar el papel de Iluro respecto al territorio cercano.
Con la disgregación del urbanismo original también desaparecieron las formas arquitectónicas propias de la ciudad republicana y altoimperial; formas que se habían caracterizado por sus soluciones técnicas y ornamentales (mosaico, opus signinum y spicatum), los materiales (mortero, ladrillo, tejas) y los modelos constructivos que organizaban el espacio y las funciones de forma rigurosa y regular.
Desaparecen por completo, en primer lugar, las agrupaciones de pequeños espacios comerciales y las domus.
El proceso, que se había iniciado en el siglo II, se ha completado a finales del siglo V-inicios del VI, cuando gran parte del cardo maximus es cubierto por estratos de nivelación.
Sin embargo, se desconoce cómo evoluciona la arquitectura de la ciudad entre estas dos fechas y no se puede pensar simplemente en una decadencia y empobrecimiento gradual.
Algunos lugares mantuvieron algún tipo de ocupación estable que muestra una diversidad de situaciones relacionada con factores por ahora desconocidos.
Así, en la antigua zona comercial del cardo maximus, un depósito es abandonado entre mediados-segunda mitad del siglo IV, mientras que otro muy cercano es amortizado en la segunda mitad del V, cuando el cardo es definitivamente cubierto (Cela, Revilla, 2004: 74).
Las construcciones conocidas son muy escasas y no es posible precisar su función y su cronología; más allá de su atribución genérica al siglo VI.
Hasta el momento, tan sólo en dos lugares del antiguo espacio urbano se han localizado muros que parecen delimitar ámbitos de planta rectangular, alargada y estrecha.
En uno de estos lugares, los muros se disponen paralelamente, sugiriendo una alineación de pequeñas unidades habitacionales; su cronología es posterior a la formación del estrato de amortización del cardo maximus: inicios del VI37.
Ninguna de estas construcciones se conservaba en buenas condiciones, por lo que su restitución es totalmente hipotética.
A este reducido conjunto se pueden añadir algunos muros y pavimentos, datados sin demasiada precisión en los siglos IV-V, a occidente de la ciudad.
Un hecho interesante es la presencia de vertederos cerca de estas estructuras, también con una cronología de siglo V (Arxé et al., 1986: 80-81).
La obra es siempre muy pobre: los muros, en tapial, se levantaron sobre una base de material en su mayor parte reutilizado: pequeños bloques de piedra que incluyen fragmentos de mármol, tegula, fragmentos de cerámica.
Probablemente, las cubiertas eran de materiales vegetales.
La información actualmente disponible no permite establecer la función de estas estructuras.
Tampoco ha sido posible establecer una relación directa con el conjunto de fosas excavadas en el siglo VI.
Con todo, parece posible considerar estas construcciones como elementos del hábitat tardío y, más concretamente, como unidades de habitación.
Tanto los materiales como la tipología corresponden a una práctica identificada en asentamientos rurales de Cataluña, como Vilaclara de Castellfollit, Can Paleta y La Solana38.
Todos ellos se definen por integrar edificaciones de dimensiones reducidas, aisladas o agrupadas en conjuntos de 2 o 3 unidades, con una planta que tiende al rectángulo.
Los materiales son modestos y raramente se utilizan el mortero, los sillares y el ladrillo.
En el caso más complejo, La Solana, las construcciones estaban rodeadas por silos, prensas (con depósitos en opus signinum), hornos y otras estructuras de combustión, así como fosas y espacios excavados en el terreno, que se distribuían de forma irregular por una amplia superficie, y algunas inhumaciones.
Esta distribución aparentemente anárquica responde a una organización del hábitat en la que las antiguas formas residenciales, asociadas a la forma de vida de un grupo social, han perdido su importancia y que concentra un amplio espectro de actividades productivas cuya finalidad es asegurar el funcionamiento autónomo de un asentamiento (ejemplos en el interior de la península en Vigil, 2000).
Tampoco se dispone de información sobre la situación que presentarían, en este momento, algunas de las construcciones públicas más representativas, como las termas y las murallas.
En el caso de las primeras, el hallazgo de una fosa que contenía fragmentos de una estatua que pudo formar parte del programa decorativo original, indica una frecuentación esporádica del lugar relacionada, por lo menos en parte, con procesos de expolio; pero tampoco puede excluirse la existencia de un hábitat estable o una fase limitada de ocupación39.
Por desgracia, no se puede precisar el estado general del edificio en ese momento.
Por lo que hace a la muralla, una excavación reciente ha aportado evidencias de algun tipo de continuidad hasta el siglo V, sin que se pueda precisar la situación del recinto en un momento tan avanzado (Cela, García Roselló, Pera, 2003: 24).
Hasta el momento, las únicas construcciones sólidas localizadas son las destinadas al enterramiento, en las que se utiliza piedra mezclada con mortero y revestimientos en opus signinum (Cela, Revilla, 2004: 314ss.); a ello habría que añadir el fragmento de cancel, que se asociaría a un edificio.
En este contexto, a pesar de la falta de evidencias más sólidas, se podría hipotetizar que en Iluro también se produciría la diferenciación material entre construcciones privadas y públicas que caracteriza el desarrollo arquitectónico de las ciudades tardías y que determina, en gran parte, el ritmo y el carácter selectivo de las acciones de expolio (La Rocca Hudson, 1986: 64ss).
La modestia de las construcciones y de las instalaciones relacionadas con la vida cotidiana es un rasgo señalado por todos los investigadores 40.
También en los asentamientos rurales se aprecia un claro contraste entre la modestia de las construcciones residenciales y la solidez de otras estructuras, generalmente instalaciones productivas (Morer, Rigo, Barrasetas, 1997: 90ss.).
Este hecho indica claramente cuales son los intereses de la comunidad y las estrategias que desarrolla para utilizar mejor sus recur-sos: la recuperación y el reciclaje, la diversificación de estrategias y prácticas y, finalmente, la concentración de los esfuerzos en ciertos ámbitos.
En el caso de Iluro, los ejemplos son relativamente numerosos y parecen indicar una práctica generalizada y consciente que va encaminada al mantenimiento de algunos servicios.
Se pueden mencionar la reutilización de sillares con inscripciones como base de una gran columna que se levantó en la zona del forum, la utilización de otras inscripciones en la construcción de muros (vid. supra) o la reparación ya indicada de un tramo de la alcantarilla central del cardo maximus, para la que se usaron cornisas de mármol, una acrótera de arenisca e inscripciones funerarias (cerdà et al., 1997, vol. I: 111 y figuras de las págs. 176, 244 y 247-248; Cerdà et al., 1997, vol. II: 221ss.).
Las actuaciones afectaron a los edificios públicos, a juzgar por las dimensiones de algunas piezas recuperadas y por la presencia de inscripciones de carácter cívico evidente, así como a la arquitectura funeraria.
Se trata de dos ámbitos especialmente ligados a la expresión formal de la vida cívica y social durante el alto imperio y que, en consecuencia, fueron afectados directamente por los cambios socioeconómicos y culturales.
Aunque son de pequeña entidad, los expolios detectados indican el dinamismo del hábitat, ya que responden a una estrategia continua y selectiva para aprovechar los recursos que aportaba la antigua ciudad bajo la forma de reutilización o reciclaje (cf. Remolà, 2000b).
Por otro lado, estos procesos de expolio presentan rasgos particulares y responden a una dinámica que no se limita a la antigüedad tardía.
Su interpretación, por tanto, es compleja.
La transformación de los espacios y edificios de la ciudad se inicia ya a finales del siglo I d.C. y será muy intensa durante el siglo II, al igual que en ciudades cercanas (Baetulo).
También es en el siglo II cuando se detectan evidencias de abandono de instalaciones domésticas y productivas, al tiempo que se construyen otras, y se inicia el expolio selectivo de grandes residencias y monumentos funerarios.
El registro estratigráfico no permite establecer claramente si los lugares expoliados fueron abandonados totalmente o reconstruidos y ocupados por un hábitat más modesto, combinado o no con actividades productivas.
Estas reocupaciones se documentan en muchas ciudades hispanas a partir de los siglos IV-V, cuando se restructuran domus e insulae (Gurt, 2000(Gurt, -2001: 458): 458).
Pero en Iluro los restos de las domus conocidas ya no eran visibles en los siglos V-VI y la nueva ocupación no puede considerarse, en sentido estricto, una continuidad o reconstruc-ción del hábitat; entendiendo como tal un proceso relacionado con el uso y adaptación conscientes de unos edificios y una organización espacial prexistentes.
Por el contrario, los rasgos que definen esta ocupación muestran una ruptura evidente.
La relación entre procesos de abandono, expolio y restructuración del espacio urbano presenta rasgos mal definidos en el caso de Iluro.
La ciudad inició su transformación muy pronto; si puede hablarse de inicio en el caso de un fenómeno que responde a una dinámica normal en cualquier hábitat.
El expolio, en este contexto, adoptó formas y significados muy diversos, ya que era tanto una solución privada (lo que explicaría buena parte de las actuaciones del siglo II) como una respuesta a la necesidad de mantener las infraestructuras públicas; caso del alcantarillado o del gran edificio del forum, entre los siglos III y IV.
En Iluro, en realidad, los abandonos y expolios documentados se relacionan básicamente con el hábitat de los siglos II a IV y con la continuidad de unos servicios y una vida colectiva de tipo urbano, a pesar de su modestia, hasta finales del siglo IV-inicios del V. Por su parte, el hábitat de los siglos VI y VII ocupa con total libertad buena parte del antiguo espacio urbano y no se aprecian actuaciones para mantener infraestructuras o utilizar construcciones todavía visibles; de la misma forma que no se mantuvo la estructura viaria.
Tampoco es casual que las evidencias relacionadas con la recuperación intencional y regular de ciertos tipos de material antiguo, tales como sillares, tegulae o ladrillos, sean escasas.
El desarrollo de actividades específicas de obtención y uso de materiales, en esta fase, se relaciona directamente con unas necesidades constructivas modestas, que indican, a su vez, la existencia de nuevas condiciones de vida y nuevas exigencias respecto a la comunidad del alto imperio.
Otro rasgo característico de la organización del espacio y el hábitat en la Iluro de época tardía es la proliferación de fosas y su uso posterior como vertederos (Cela, Revilla, 2004: 169ss.).
Las fosas son de dimensiones considerables y perforan los estratos republicanos y del alto imperio hasta alcanzar el terreno natural (fig. 5).
Estas excavaciones afectaron indiferentemente lo que habían sido edificios y espacios públicos y privados.
Con frecuencia, su perímetro sigue la alineación de las cimentaciones de los antiguos edificios, que ya no eran visibles, y las desmontan parcialmente, manteniendo una parte de la estructura como límite de la fosa (cf. Demians D'archimbaud, 1994: 33).
Por en contrario, algunas fosas profundizan en el terreno natural sin afectar estructuras arquitectónicas.
En ocasiones, se aprecia una conexión física entre dos fosas aparentemente diferentes, pero que presentan una sedimentación similar.
Esta situación parece depender de la función primaria de las fosas y de las condiciones de frecuentación posterior de cada lugar; se trata probablemente de ampliaciones Figura 5.
Imagenes de las fosas tardías excavadas en el peristilo de la antigua Domus de la Palma.
de una primera fosa que se realizaron antes de que ésta empezara a acumular vertidos 41.
Las fosas no pueden considerarse estructuras de almacenamiento, ya que se distinguen claramente de los silos, y tampoco de hábitat, pues sus dimensiones, límites y profundidad son muy irregulares.
En contra de esta posibilidad, también hay que mencionar la ausencia de elementos arquitectónicos relacionados con la delimitación, cubrición o creación de accesos, así como de instalaciones propias de la vida doméstica42.
Tampoco pueden considerarse excavaciones realizadas con el objetivo de recuperar material constructivo (con una posible excepción), ya que su trazado es errático y cuando quedan a la vista las cimentaciones antiguas no se procede a su expolio, como parecería lógico.
Finalmente, debe excluirse la intención de crear vertederos en la mayoría de los casos.
Todas las fosas seccionan la estratigrafía de la ciudad imperial por completo y la excavación siempre es de gran profundidad, lo que parece un esfuerzo excesivo para acumular basuras.
Las ampliaciones posteriores de algunas fosas aportan otro argumento en contra: en todos los casos, la ampliación se realizo cuando todavía no se habían realizado vertidos en las depresiones creadas; la nueva excavación respondería, por tanto, a una intención diferente a la de crear un depósito.
El hecho de que tanto las fosas como los silos acabaran cubiertos por residuos domésticos resulta de un uso secundario que se relaciona con las necesidades de un hábitat cercano.
Seguramente, la excavación de estas fosas responde a la búsqueda del terreno natural para la extracción de materia prima para la construcción.
El suelo geológico sobre el que se asienta la ciudad está formado por un sedimento arenoso y arcilloso, muy compacto, que era más apropiado para la elaboración de estructuras en tapial o adobes que las arenas procedentes de los torrentes o la playa cercanas.
Una hipótesis similar ha sido propuesta para explicar la formación de fosas de forma irregular y grandes dimensiones en el oppidum de Saint-Blaise (Demians D'archimbaud, 1994: 47) 43.
Los depósitos que rellenan las fosas y los silos están formados por tierras, materia orgánica y gran cantidad de materiales.
Sus características sugieren un ritmo de formación rapido.
Los materiales corresponden a residuos de actividades domésticas.
En este conjunto se pueden distinguir elementos y productos asociados a la manipulación directa y consumo de alimentos (materia orgánica, cerámicas de mesa y de cocina), recipientes de almacenamiento y transporte, objetos de ajuar doméstico (vidrios, lucernas) y elementos constructivos (madera, piedra, fragmentos de opus signinum, estatuaria, tegulae e imbrex).
El material residual es abundante; pero también se han recogido recipientes de vajilla y ánforas bien conservados y sin señal de reparación, depositados inmediatamente después de su uso.
Con las precauciones que impone la elevada residualidad, los depósitos aportan una imagen fiable del consumo local de productos alimentarios y de vajillas, así como de las regiones proveedoras, en el momento de su formación 44.
En los depósitos se han recogido numerosos restos de fauna terrestre y marina, y también son frecuentes las concentraciones de carbones y ceniza.
Aunque no se han identificados niveles de combustión en los vertidos, y mucho menos hogares, la presencia de tales concentraciones sugiere la existencia de procesos de incineración de residuos; por lo menos parcial (cf. Gurt, 2000Gurt, -2001: 455): 455).
Con todo, es posible que en ocasiones estas concentraciones de material no correspondan a una combustión in situ, sino a la deposición secundaria de restos quemados en otro lugar.
Los depósitos también han aportado escorias de hierro que podrían considerarse residuos de producción y que indicarían una actividad artesanal.
No se puede precisar, sin embargo, la entidad de esta producción, el grado de especialización del trabajo y la orientación.
Este tipo de evidencias de actividad metalúrgica se detecta en los vertederos domésticos de otros lugares, como Saint-Blaise (Demians D'archimbaud, 1994: 28-29).
Por el contrario, la limitada presencia de elementos metálicos trabajados indica seguramente un reciclaje selectivo e intenso del utillaje doméstico.
En este mismo sentido debe interpretarse el hallazgo de fragmentos de una estatua de Venus, posiblemente de un taller oriental, en una fosa excavada en un sector de las termas de Iluro: estos fragmentos debieron destinarse a la elaboración de cal.
Se trata, en definitiva, de vertederos mixtos y no especializados, que aprovechan la presencia de excavaciones (fosas) y estructuras abandonadas (silos) para un nuevo uso.
La datación del momento de excavación y de reutilización de los silos y de las fosas es difícil (Cela, Revilla, 2004: 171ss.).
En primer lugar, porque se trata de accio-nes con un fin diferente y porque el propio hecho de la excavación raramente deja evidencias, aunque debía tratarse de procesos rápidos.
En el segundo caso (la reutilización), porque la naturaleza doméstica de los depósitos hace muy complicado determinar el ritmo de formación.
Las relaciones estratigráficas que ha sido posible establecer indican que la mayoría de silos serían anteriores a las fosas.
Por otro lado, algunos estratos afectados por los silos permiten datar la excavación de los mismos con posterioridad al segundo-tercer cuarto del siglo IV; en un caso, a mediados-segunda mitad del V. El periodo de uso de los silos parece situarse, por consiguiente, entre los siglos IV y V. Su abandono y relleno ocupa el siglo VI; en algunos casos, de forma simultánea a la colmatación de fosas cercanas e indicando una situación común en la que unos y otras sirvieron de vertedero.
En lo que respecta a las fosas, las características de los depósitos indican un proceso de vertido relativamente rápido y continuado hasta ocupar el espacio disponible.
No se han identificado niveles de sedimentación natural o diferencias en la estratigrafía que indiquen momentos de abandono seguidos de una nueva frecuentación.
La formación de los vertederos excavados en su totalidad se sitúa hacia finales del siglo VI y quizá podría llegar hasta inicios del VII.
Otros vertidos identificados, ya sea por problemas derivados de una excavación parcial, o por el escaso material que aportan, se sitúan grosso modo en el siglo VI.
Algunos de ellos quizá podrían datarse a mediados-segunda mitad del VI, ya que parecen mostrar una facies cerámica diferente respecto tanto a los grandes estratos de nivelación de finales del siglo V-inicios del VI como a los depósitos claramente más tardíos.
El contenido, el proceso de formación y la distribución de estas fosas en el espacio que había correspondido a la antigua Iluro constituyen una fuente de información de primer orden para conocer la cultura material y las características del poblamiento entre los siglos VI y VII y, a partir de ello, intentar definir la naturaleza del nuevo hábitat.
Se desconocen los procedimientos relacionados con la gestión de los residuos urbanos en Iluro en época tardorrepublicana y durante el alto imperio; con excepción del sistema típico de alcantarillado público y doméstico.
Este desconocimiento es el resultado de la falta de excavaciones en la periferia urbana, donde debían estar situados los vertederos de la ciudad.
Se han identificado algunos depósitos de época tardorrepublicana dentro de los límites urbanos, pero siempre corresponden a vertidos específicos, dominados por los materiales constructivos o a restos de producción cerámica, cuyo fin es preparar el terreno para alzar nuevas construcciones y que inutilizan estructuras de época fundacional.
Este tipo de actuaciones parecen más intensas en época de Augusto, en relación con lo que parece un aumento de la actividad constructiva (vid. supra).
Recientemente, se han identificado en el interior de la ciudad estratos de nivelación del siglo II d.C. que parecen relacionados con la ocupación de los sectores norte y este (descripción en Cela, Revilla, 2004: 415).
A pesar de la falta de datos, parece que la ciudad republicana y del alto imperio supo organizar la gestión de sus residuos y situarlos al margen de los espacios ocupados; otra cuestión es si los vertidos se situaban en la periferia o en el exterior del recinto urbano.
Otras situaciones, como los depósitos de material constructivo dentro de la ciudad, indican la misma capacidad de gestión, ya que se relacionan con actuaciones urbanísticas 45.
La situación cambia radicalmente durante el siglo VI, momento en que se generaliza dentro del antiguo espacio urbano la práctica de utilizar fosas como vertederos.
Las evidencias se concentran en los sectores oriental y central de la ciudad, superponíendose a las anteriores domus y edificios y espacios públicos (por ejemplo, las termas); si bien, como se ha indicado, ninguna de estas estructuras parece ya visible en este momento.
Todos los depósitos se realizan en fosas excavadas con otra intención, pero su dispersión no es casual.
La composición, dimensiones y ritmo de los vertidos sugiere un funcionamiento en la esfera doméstica y un carácter privado.
Y aunque casi no se dispone de evidencias constructivas y las que se conocen no se pueden poner en relación con los vertidos, parece claro que existe en Iluro la misma asociación entre actividades domésticas, producción y vertederos que caracteriza a otros nucleos urbanos y rurales de época tardía La distribución de los depósitos y la más que probable relación con el hábitat parecen responder a un modelo de ocupación dispersa, de poca densidad y que no se integra en una trama ortogonal.
Cada uno de los lugares indicados por su presencia correspondería a una unidad o un pequeño grupo de unidades domésticas que funcionarían de forma autónoma en lo que respecta a sus procesos de trabajo y la gestión de sus residuos; a diferencia de la situación que presentaba la ciudad original, que controlaba tanto las actividades económicas como los vertidos, trasladados al exterior.
Esto no excluye alguna forma de control comunitario, que podría incentivar, por ejemplo, el uso de lugares abiertos y desocupados; dicho de otro modo, lugares periféricos al hábitat, aunque no muy alejados, donde sería posible depositar los residuos y realizar algunas operaciones relacionadas con su tratamiento; por ejemplo, la incineración de materia orgánica.
La colmatación de fosas permitiría, además, eliminar desniveles del terreno para facilitar la circulación o la reocupación (evidencias en Gurt, 2000Gurt, -2001: 456): 456).
En términos econó-micos, los vertederos indican la existencia de estrategias de diversificación que combinan agricultura, ganadería y actividades artesanales.
Estas actividades se centran en la fabricación y reparación de utillaje relacionado con la producción y las necesidades cotidianas de transformación de alimento, la construcción etc., pero también incluyen el reciclaje y parecen desarrollarse en un marco de pequeñas unidades productivas autónomas y circuitos de intercambio restringidos (por el tipo de productos) y de limitada entidad (por la cantidad y valor de los mismos).
Los vertederos también indican un cambio importante en las formas de vida en otro sentido: la ruralización del antiguo espacio urbano.
La escasa densidad y la distribución irregular de un hábitat formado por la combinación de viviendas, huertos y zonas vacías caracterizan un paisaje en que el aglomerado de población debía extenderse sin solución de continuidad más allá del antiguo recinto urbano, hasta confundirse con el campo inmediato.
Esta confusión sería facilitada por la presencia de pequeñas áreas cementeriales.
Hay que considerar, en este mismo contexto, la ausencia de ciertas estructuras e instalaciones identificadas en otros asentamientos tardíos: recintos para ganado, espacios de trabajo excavados en el terreno y delimitados por muretes, prensas, etc. Todos ellos se documentan, por ejemplo, en La Solana.
La falta de excavaciones en extensión en el núcleo histórico de Mataró ha impedido recuperar este tipo de evidencia que, además, es difícil de identificar en el registro estratigráfico.
La vinculación hábitat-vertederos responde, en resumen, a una situación nueva en términos de gestión de residuos: una gestión dinámica y una relación diferente con este tipo de materiales.
Su composición aporta, a la vez, una imagen fiable, aunque limitada, de las condiciones de producción, circulación y consumo de algunos productos básicos en el periodo considerado y de sus relaciones con el hábitat.
La interpretación de esta evidencia es difícil, ya que la formación de los depósitos puede responder a factores muy diversos.
En este mismo contexto, es igualmente peligroso utilizar directamente esta evidencia para evaluar la riqueza o pobreza global de la comunidad o para calificar el periodo.
La composición de los vertidos indica, ante todo, situaciones cotidianas; en segundo lugar, unas estrategias adaptadas a un contexto definido por la autonomía y la diversificación productiva, la regionalización de los intercambios y la transformación de los modelos de comportamiento y los valores.
Sólo en esta perspectiva es correcto intentar precisar su valor como indicador cultural.
¿Cómo se puede valorar el conjunto de transformaciones que afectan al antiguo espacio urbano y a las actividades y funciones que se concentran en el lugar?
Aunque no es posible definir su ritmo y las relaciones precisas entre los diversos fenómenos identificados, es evidente que todos ellos se integran en un proceso global y que este proceso tiene un significado claro: el cambio en las formas de vida.
La evidencia arqueológica indica la existencia de un hábitat estable y bien organizado, vinculado a la tradición cultural romana en términos materiales, como muestran la tecnología y las herramientas relacionadas con la vida cotidiana aportados por los circuitos de intercambio; y también vinculado en lo que respecta a los aspectos ideológicos, ya que algunos espacios de la antigua ciudad siguieron reservándose para funciones comunitarias.
En este sentido, se puede hablar de continuidad cultural.
A la vez, esta continuidad se acompaña de transformaciones profundas de la arquitectura, el espacio urbano y las actividades; todas a pequeña escala, sin una planificación global, pero desarrolladas de forma continuada hasta crear un nuevo paisaje.
Este proceso global es un buen indicador de la vitalidad de la comunidad, con independencia de sus dimensiones, así como de la existencia de unas jerarquías sociales bien definidas.
Por ahora, no es posible precisar hasta qué punto los ritmos de evolución de los espacios públicos y privados coincidieron o se diferenciaron.
Tampoco puede determinarse el grado de continuidad en el uso de algunos sectores y el significado de ciertos fenómenos.
En apariencia, la distinción entre la zona alta de la antigua ciudad, donde se concentran funciones relacionadas con la vida colectiva, y la periferia, ocupada por el hábitat privado, reproduce un principio originado en la fundación republicana y que se reafirma en el municipium.
Pero la continuidad de funciones sólo parece evidente en la zona alta.
La concentración aquí de las actividades relacionadas, primero con la economía, y después con la religión, obligaría a situar el hábitat en la periferia; con más razón cuando se trata de edificaciones dispersas, acompañadas de vertederos y actividades productivas, que precisaban superficies amplias.
La dispersión del hábitat y la creación de nuevos ejes de circulación indican, más allá de las coincidencias, la ruptura con la anterior estructura urbanística y la nueva organización espacial.
La secuencia estratigráfica de Mataró se interrumpe a partir de finales del siglo VI-inicios del VII.
Las evidencias arqueológicas de un hábitat posterior se datan en el siglo XII, pero no se hacen más consistentes hasta el XIV (Cerdà et al., 1997, vol. I: 270ss.;Cerdà, Gurri, 2000).
Los datos de este siglo indican claramente una ocupación organizada según patrones diferentes al urbanismo de la ciudad romana y que corresponde a otra situación socioeconómica y jurídica (Cuadrada, 1988a; Cerdà, Gurri 2000; Llovet 2000: 35ss.).
Sin embargo, la documentación escrita indica algún tipo de ocupación articulada en una parrochia a inicios del siglo XI; concretamente, en el año 1008, aunque también hay una referencia del año 946 (Cuadrada, 1988b; Llovet, 2000: 35).
Esta desconexión entre arqueología y textos, que crea un aparente vacio histórico, se constata en otras ciudades (Macias, 2000; Remolà, 2000a: 26ss. y 304).
Por lo que respec-ta al espacio del actual casco histórico de la ciudad, este vacío documental se puede explicar por la destrucción de la estratigrafía resultado de la ocupación bajomedieval y moderna.
Pero esta explicación es insuficiente, ya que no se puede pensar en un proceso de eliminación sistemática del hábitat altomedieval que habría dejado, por el contrario, las evidencias de la antigüedad tardía.
Por no hablar de la documentación escrita de los siglos X-XI que atestigua una ocupación.
La explicación de una supuesta ausencia de ocupación en los siglos de la alta edad media debe buscarse, en parte, en la generalización de nuevas condiciones de vida y de trabajo, caracterizadas por la modestia material, poco definidas en términos de registro arqueológico y que se proyectan sobre el territorio de forma diferente a como había hecho la cultura romana.
Este proceso se debía producir durante el siglo VI y se afirmaría desde finales del VI-inicios del VII.
La importancia de la fase de ocupación representada por los depósitos de las fosas reside en que indica una situación definida, en primer lugar, por la existencia de pequeñas aglomeraciones rurales que agrupan un reducido conjunto de unidades domésticas, cada una de las cuales concentra las actividades y espacios necesarios para asegurar el funcionamiento autónomo de un grupo familiar (residencia, huerto, vertederos).
Esta situación prescinde de las tramas espaciales regulares.
En segundo lugar, por una economía de base agrícola, pero capaz de cierta diversificación; autosuficiente, pero que mantiene su capacidad de acceso a los productos de importación (básicamente, alimentarios).
Esta forma de hábitat, entendida en términos estrictamente materiales, ya que es imposible abordar en el estado actual de conocimiento los aspectos ideológicos y de estructura social, caracterizaría la ocupación del espacio de la antigua Iluro hasta un momento indeterminado de la alta Edad Media.
Las actividades domésticas y productivas de este tipo de hábitat también son difíciles de registrar porque utilizan materiales frágiles y una tecnología de poca complejidad (fig. 6); baste pensar en la inexistencia de construcciones domésticas que utilicen la piedra, que es sustituida por el uso del tapial y la madera, en la reaparición de la práctica del almacenamiento en silos o en la multiplicación de estructuras excavadas en el terreno (Morer, Rigo, Barrasetas, 1997).
Estas expresiones materiales no pueden ser valoradas sencillamente como expresión de una decadencia.
Siguiendo esta perspectiva, sería imposible apreciar la especificidad de este periodo.
El hábitat de los siglos VI y VII indica, por el contrario, la adaptación de una población a las nuevas condiciones sociales, económicas y culturales surgidas en el occidente europeo, utilizando estrategias complementarias: la diversificación y la autosuficiencia.
El registro estratigráfico muestra cambios muy importantes en la arquitectura y la organización del hábitat en el espacio ocupado por la antigua Iluro desde finales del siglo V hasta un momento impreciso de los siglos VI o VII.
Estos cambios deben ser considerados en un marco más amplio para no interpretarlos como el reflejo de un proceso de decadencia y, en relación con ello, reducir la historia de la ciudad imperial a la descripción de una crisis anunciada e ireversible.
Como se ha indicado, Iluro experimentó continuas transformaciones en su urbanismo y sus edificios desde el momento de su fundación.
Los cambios fueron especialmente intensos a partir de finales del siglo I y durante el II.
A pesar de su entidad, tales cambios no parecen alterar la fisonomía general de la ciudad.
Y de hecho, todavía se detectan obras de mantenimiento hasta finales del siglo IV.
Este conjunto de modificaciones de la arquitectura y el urbanismo muestran claramente el proceso de adaptación de una comunidad a condiciones históricas en continua transformación y se deben valorar como expresión directa de su dinamismo.
Otro problema importante es hasta qué punto los esfuerzos para mantener en funcionamiento una parte de la estructura urbana original permiten definir a la Iluro del siglo IV como una ciudad.
¿Suponen estos esfuerzos la perduración de los antiguos modelos de comportamiento cívico, y de la ideología correspondiente, aunque sea de forma modesta?.
Los paralelos que aportan las pequeñas ciudades del nordeste de Hispania Tarraconensis (Emporiae, Baetulo, Iesso, Aeso, Dertosa) son poco esclarecedores, ya que las situaciones son muy diversas.
Un hecho significativo es el final de las evidencias relacionadas de forma indiscutible con programas arquitectónicos y epigráficos, en estas pequeñas ciudades, entre los siglos II y III.
Esta ausencia, más allá de la existencia de reformas puntuales y la continuidad de ciertas construcciones, indica claramente los límites de la actuación y de la conciencia cívica de una comunidad.
En el caso de Iluro, con todo, la preocupación por mantener la red viaria principal y algunas infraestructuras parece mostrar todavía el funcionamiento de mecanismos de control de la vida colectiva entre los siglos II y IV.
En un momento que hay que situar en la segunda mitad del siglo V e inicios del VI se produce un cambio importante en el paisaje de la antigua ciudad.
La primera conclusión que se desprende del estudio de la documentación es la desaparición prácticamente total de la estructura urbanística anterior.
Los rasgos que definen la nueva organización del espacio no se pueden precisar con claridad.
El fenómeno más evidente es la proximidad de las actividades y las funciones a diversos niveles: hábitat y uso funerario, dentro del espacio urbano considerado globalmente; hábitat y producción, así como coexistencia de diversas actividades económicas, a escala domestica, a juzgar por el contenido de las fosas.
Esta proximidad, que responde a nuevos comportamientos y modos de organizar la vida cotidiana, no implica, en absoluto, una confusión de las actividades.
Hábitat y cementerio (o cementerios) ocupan espacios separados, de la misma forma que el cementerio y los silos de la Plaça de Santa Maria corresponden a momentos diferentes.
En relación con estos cambios se reorganizan los ejes viarios, que ya no se distribuyen según una retícula regular preconstituida, si no en función de la multiplicación de zonas ocupadas y de lugares clave que resulta de la nueva distribución del hábitat, las actividades y los centros de poder.
La arqueología indica que la nueva ocupación se concentra en unas áreas concretas.
Este hecho se relaciona con la existencia de un espacio de vida colectiva que concentra, sucesivamente, actividades materiales (almacenamiento en silos) y función ideológica.
También desaparece ahora la distinción entre espacio urbano, entendido como superficie edificada y cerrada por murallas. y territorio.
En este nuevo escenario no hay rastro de la antigua ideología cívica o de sus expresiones religiosas.
Por el contrario, las escasas evidencias disponibles muestran un proceso de cristianización avanzado y que parece actuar como referente ideológico principal, expresándose a través del culto, un aspecto, este, pendiente de confirmación arqueológica, y una práctica funeraria institucionalizada.
Con todo, no se puede obviar la función económica del asentamiento, materializada en un campo de silos que almacena parte del excedente agrícola del territorio.
El impacto sobre el territorio de la aglomeración de los siglos VI-VII reside en la combinación de algunas funciones: residencia, actividades productivas diversificadas y presencia de lo que podría denominarse servicios ideológicos (un lugar de culto y una o más zonas funerarias).
Estas funciones afectan a un ámbito rural limitado, en el cual parecen constituirse otros centros de población que utilizan mecanismos ideológicos y sociales similares, como muestran la presencia de necrópolis importantes (Ca la Madrona) y la distribución de la epigrafía funeraria cristiana.
El nuevo paisaje rural se define, por tanto, por una estructura policéntrica, con asentamientos de pequeño tamaño, y por una mayor permeabilidad entre campo y núcleos de población; una situación totalmente diferente del control exclusivo, administrativo, social y económico, que había ejercido el municipio imperial sobre el territorio.
Solo en este sentido y en este contexto es aceptable utilizar el término ruralización para definir el alcance y el significado de los cambios que afectan a tantas pequeñas ciudades en la antigüedad tardía.
En este momento, sin embargo, es imposible definir con precisión los mecanismos y las relaciones sociales que permitieron la concentración de las funciones indicadas en este y otros lugares, y mediante las cuales se organizó la explotación del territorio.
Es innecesario decir que las evidencias disponibles, de naturaleza básicamente arqueológica, son insuficientes para abordar con garantías un fenómeno de cambio cultural que supera los límites de una pequeña comunidad.
Así, quedan al margen de este estudio, por fuerza, aspectos muy importantes como la estructura social o las mentalidades, que se insinúan detrás de las prácticas funerarias o de la variedad de los repertorios cerámicos consumidos in situ, pero que no pueden apreciarse en toda su complejidad.
Con todo, las evidencias materiales aportan una prueba indiscutible de la magnitud de los cambios que afectan a la vida cotidiana y la economía.
Es por ello que este estudio ilustra perfectamente los problemas a que se enfrenta la traducción, en términos socioeconómicos y culturales, de los datos que incluye el registro arqueológico.
LA TRANSFORMACIÓN MATERIAL E IDEOLÓGICA DE UNA CIUDAD DE HISPANIA: ILURO (MATARÓ) ENTRE LOS SIGLOS I Y VII D.C. |
Las excavaciones arqueológicas desarrolladas durante 1998 en un solar de la calle Santa Marina, inmediato a la cara interna de la muralla bajoimperial de León, revelaron un gran edificio perteneciente al campamento de la legio VII gemina, que ha sido identificado como un almacén con patio central, levantado a finales del siglo I d.
C. En el interior de una de las estancias se encontró un fragmento de manica o protector laminado de brazo.
Este elemento está constituido por 11 láminas imbricadas de distinto tamaño, cuatro trapezoidales y siete rectangulares de mayor tamaño.
Se conservan algunos restos de lo que pudiera ser cuero.
Este conjunto se encuentra deformado por aplastamiento.
El protector fue abandonado hacia el último cuarto del siglo III d.
C. en una estancia destinada posiblemente a almacenamiento y quedó aplastado por el derrumbe del techo del edificio.
Almacén en torno a patio.
Protector laminado de brazo.
Las excavaciones desarrolladas por A. García y Bellido en diversos puntos de la ciudad de León constituyeron un esfuerzo notable para el conocimiento del asentamiento romano a orillas del Bernesga que, desgraciadamente, no tuvo continuidad hasta muchos años más tarde (García y Bellido 1970).
La transferencia de las competencias en materia de Patrimonio Cultural a la Comunidad Autónoma de Castilla y León en 1985 supone el arranque de las intervenciones arqueológicas dentro del conjunto histórico y en sus cercanías.
En esta labor, y a pesar de los problemas de coordinación que todavía persisten, colabora el Ayuntamiento de León a través de un Servicio Municipal de Arqueología (Morillo y García Marcos 2004: 268).
Aunque se está avanzando poco a poco en León, aún estamos lejos de contar con un proyecto integral de Arqueología Urbana, que comprenda la investigación, restauración, integración y difusión del patrimonio arqueológico.
Salvo excepciones, los numerosos sondeos que se han acometido son aleatorios, motivados por las necesidades constructivas en la ciudad.
La ausencia de dicho proyecto integral intenta ser compensada a través de los esfuerzos conjuntos de los investigadores y el único técnico municipal en la materia.
El resultado más evidente de esta incesante actividad de control arqueológico, que permanece en buena medida inédita, ha sido un enorme volumen de información, que permite renovar radicalmente la visión histórica sobre el pasado romano de la ciudad.
CONTEXTO ARQUEOLÓGICO DEL HALLAZGO
Los trabajos arqueológicos desarrollados en el área de Santa Marina durante el año 1998 bajo la dirección de V. García Marcos, permitieron documentar la secuencia de ocupación de este sector del campamento romano, confirmando la superposición de varios recintos (Fig. 1).
Bajo el acantonamiento legionario de la legio VII gemina se hallaron los restos de dos campamentos anteriores, pertenecientes a la legio VI victrix.
Del más antiguo, datado en tor-no al cambio de Era (León I), subsisten restos de su sistema defensivo, de tipo «box rampart».
A comienzos del reinado de Tiberio (Morillo & Gómez Barreiro 2005: 389) el recinto anterior es desmantelado y se sustituye por uno nuevo algo más grande (León II).
En este caso el agger defensivo se realiza mediante bloques de tapín (caespites).
El antiguo foso augusteo, que queda ahora en el interior del campamento, es cegado, y sobre el mismo se construye un barracón de tropa, del que se han podido conocer cuatro Fig. 2.
Restos de la construcción donde se hallaron los restos de la manica, en el transcurso de la excavación (fotografía: V. García Marcos).
La pieza en el momento del hallazgo y extracción (fotografía V. García Marcos).
Con la llegada de la legio VII en torno al 74 d.
C. se produce una nueva remodelación de la zona (León III).
Se desmantela la mitad exterior del antiguo murus caespiticius, sustituyéndolo por un muro pétreo de opus vittatum, mientras la cara interna del antiguo agger se aprovecha como terraplén de la nueva muralla.
Los barracones de la legio VI son sustituidos por una nueva construcción.
Este edificio, situado en la retentura de los nuevos castra de la legio VII gemina, era de planta regular, presentando una distribución basada en la sucesión de ambientes rectangulares uniformes (6/6, 25 x 4, 75 m), pavimentados con un suelo de arcilla apisonada, a los que se accedía desde un amplio espacio abierto, quizá porticado, mediante un vano situado en el centro de uno de sus lados menores (García Marcos 2002: 200) (Fig. 2).
Este esquema cuenta con buenos paralelos en otras fortalezas legionarias, pudiéndose incluir, en concreto, dentro de los «almacenes en torno con patio» de la clasificación de Petrikovits (1975: 85-86, fig. 20).
Estos almacenes suelen ocupar siempre una posición excéntrica, próxima a la vía perimetral interior (via sagularis) pudiendo disponerse, al igual que en nuestro caso o en el de los campamentos de Novaesium y Lambaesis, en la retentura, aunque también en otros sectores como la praetentura (Noviomagus, Vindonissa) o los latera praetorii (Bonna, Carnumtum).
La excavación del interior del almacén deparó el hallazgo de un importante lote de piezas pertenecientes a armaduras militares altoimperiales aparecidas en la parte central de una de las estancias de esta construcción (espacio VII), sobre el suelo de arcilla batida que conformaba el nivel de circulación de la misma (U.E. 4124).
El agrupamiento y disposición de los diversos objetos indica que fueron descubiertos in situ, tal y como habían sido abandonados, aplastados y cubiertos por el estrato (U. E. 4094) formado a partir del colapso de las paredes y techumbre de la construcción, con abundantes restos de tégulas e ímbrices (Fig. 3).
A partir de los materiales cerámicos encontrados, el abandono y derrumbe de esta estructura se ha datado durante el tercer cuarto del siglo III.
La eliminación de dicho almacén fue un hecho rápido, efectuado con prisa, sólo así se explica que no se aprovecharan para el reciclaje los restos de corazas desmanteladas y la manica objeto de nuestro estudio.
DESCRIPCIÓN DE LA PIEZA La pieza que aquí presentamos se trata de un fragmento de protector laminado para brazo, del que se conservan 11 láminas o flejes de hierro correspondientes a la zona del antebrazo y muñeca3.
El conjunto se encuentra deformado por aplastamiento, subsistiendo en la actualidad los distintos flejes parcialmente soldados.
El extremo inferior, es decir, aquel más cercano a la mano, encargado de proteger la muñeca, se ha preservado intacto, mientras que el distal está más deteriorado e incompleto (Figs.
Si numeramos las placas desde la más próxima a la mano (número 1), podemos asegurar que las diez primeras están casi íntegras.
Su forma general es trapezoidal de bordes redondeados, si bien las cuatro primeras (números 1 a 4) presentan un perfil más acusadamente trapezoidal que el resto, pues los siguientes flejes tienden más a la forma rectangular.
Las dos primeras láminas (números 1 y 2) cuentan con dimensiones idénticas (90 x 45 mm), mientras que la tercera es algo mayor (120 x 60 mm).
Todas ellas cuentan con remaches de cabeza circular fabricados en cobre/bronce4 que perforan el metal, cuya función era asirlas a una base de materia orgánica, esquema que se repite en todos los demás flejes.
Los remaches, con diámetros que oscilan entre 8-9, 5 mm y grosores de 3 mm, se ubican en cada una de las esquinas de las placas.
La placa número 3 cuenta con un quinto remache alojado en el centro.
A partir de la cuarta lámina las dimensiones de las placas crecen gradualmente en cuanto a la longitud, pero no así en anchura, pues la chapa número 4 presenta 80 mm de ancho, mientras que el quinto fleje es de sólo 48 mm y el sexto, de 70 mm. Las láminas 7 a 10 presentan la misma anchura, 65 mm. Se observa, sin embargo, cómo las longitudes van aumentando desde el extremo hasta la mitad (números 6 a 11), para desde aquí ir descendiendo hasta el extremo opuesto, de tal manera que nos muestra un perfil biconvexo.
Podemos señalar cómo las láminas comparten la particularidad de estar dobladas en el extremo izquierdo (si contemplamos el objeto desde la cara ventral), a excepción de la primera, que lo AEspA 2008, 81, págs. 255-264 ISSN: 0066 6742 está a la mitad (número 4), y del fleje número 11, que presenta el doblez en los dos lados menores.
Por esta cara ventral se conserva claramente un conjunto de remaches de cabeza circular, prácticamente en la totalidad de las cuatro esquinas de cada placa, más otros situados hacia el centro de cada una de las láminas, junto al borde más alargado.
La separación entre remaches sigue una pauta homogénea, pues distan entre sí aproximadamente 60 mm, formando el conjunto de estas sujeciones dos líneas paralelas.
La lámina número 4 presenta unas características peculiares, sobre las que debemos detenernos.
Por una parte, sus medidas destacan por ser más grandes de lo que cabría esperar en un objeto en el que los distintos elementos guardan una proporción entre sí.
Además cuenta con unos rasgos distintivos, probablemente relacionados con el modo de abrochar la pieza.
En su cara dorsal conserva restos de un pequeño apéndice, que en la actualidad presenta forma de «L», cuyas dimensiones son: 16, 5 x 4, 5 x 2, 5 mm; mientras que en el lado ventral cuenta, en una de sus esquinas, con una pequeña placa sujeta mediante dos diminutos remaches.
Creemos que los dos elementos descritos formaron parte del sistema para sujetar la manica al brazo, mediante una correa fijada a la placa remachada (bien directamente o a través de una hebilla que no se ha conservado) y un pasador (el apéndice que hemos mencionado, cuya forma actual puede estar alterada por la conservación de la pieza), que serviría para asegurar la posición adecuada de la correa, evitando que ésta se desplazase con el movimiento.
Pensamos que es significativa la aparición de estos restos de abrochado en la lámina número 4, precisamente aquella que quedaría justo por encima de la articulación de la muñeca, ya que es una ubicación idónea para colocar una correa de sujeción, pues contribuiría a evitar que la manica girara sobre el eje del brazo, siendo muy probable que el resto de
Hemos de tener en cuenta que, hasta el momento, se desconocía el método de abrochado de este tipo de protectores, pues apenas han quedado vestigios en el registro arqueológico, siendo los recientes descubrimientos de León y Carlisle los únicos en los que se han conservado indicios del mismo.
La arqueología experimental actual, a través de los grupos que realizan reconstrucciones militares, ha solventado la sujeción de la manica mediante tiras de cuero en la parte dorsal del brazo, así como con correas que partiendo de la primera placa del hombro quedaban abrochadas bajo la axila del hombro opuesto.
También gracias a la arqueología experimental se ha comprobado la marcada tendencia de estas piezas a rotar sobre el brazo durante el combate.
Para evitarlo se ha propuesto el uso conjunto de la manica y un pectoral de forma circular dispuesto en la unión del hombro con el pecho, elemento atestiguado en ambientes gladiatorios, como podemos comprobar, a título de ejemplo, en un mosaico del siglo IV de Villa Borghese (Shadrake 2005).
Estos protectores se complementaban mediante otras correas internas de materia orgánica que conexionaban y daban cuerpo a la pieza, garantizando simultáneamente la flexibilidad de la misma.
De dicho sistema de sujeción el único vestigio que ha quedado son los remaches anteriormente señalados con algunas trazas de materia orgánica que, a falta del análisis definitivo, podría tratarse de cuero5.
A lo largo de la historia militar romana, la protección de las extremidades que quedaban expuestas al enemigo durante el combate fue una constante preocupación, sobre todo porque cualquier daño infligido en ellas mermaba la capacidad ofensiva del soldado.
Entre ellas, el brazo fue objeto de una especial atención mediante el diseño de un tipo de protector formado por láminas metálicas imbricadas entre sí, denominado manica, que envolvía aproximadamente la mitad del diámetro de la mencionada extremidad.
Dichas láminas, que generalmente eran de hierro (aunque se conocen también ejemplares fabricados con aleaciones de cobre), se sujetaban mediante remaches de cobre/bronce a un soporte de materia orgánica (cuero, lino, etc.), que estaría en contacto con la piel para evitar las rozaduras causadas por el metal.
Existe un consenso casi generalizado sobre el empleo individual de estas piezas, que cubrirían uno sólo de los brazos del combatiente, aquel que empuñaba la espada, ya que el otro quedaba resguardado por el escudo, Entre las pruebas a favor del uso individual de estas manicae encontramos la evidencia arqueológica, ya que en los hallazgos aparece siempre un único ejemplar, al igual que en las representaciones iconográficas, donde se plasma siempre un solo protector de brazo.
Queda aún por dilucidar como garantizaba la libertad de movimiento necesaria, pues lo cierto es que reduce la amplitud de maniobras que una espada precisa, algo vital si tenemos en cuenta que esta arma era fundamental para la lucha de los soldados de infantería.
No obstante, podemos asegurar que su manejo implicaba un adiestramiento específico y quizá unas técnicas de combate determinadas.
Los primeros testimonios sobre el uso de la manica los encontramos en el mundo griego, siendo mencionada en la literatura militar como parte de la protección del jinete de los siglos V-IV a.C., denominada con el nombre de ceira V (mano) (Jenofonte, Piv ppich V ~ XII, 5), siendo utilizado en el brazo izquierdo en lugar del escudo.
Desde el punto de vista material, la pieza más antigua se ha documentado en la excavación del arsenal helenístico de Ai Khanum, datado hacia el 150 a.C. (Bishop 2002: 18).
De Pérgamo proceden otros vestigios arqueológicos, siendo también conocidas representaciones iconográficas de estos objetos en el Templo de Atenea de la misma ciudad.
Ya en el mundo romano, tal y como ha recopilado Bishop hace algunos años (2002: 68), encontramos testimonios de su uso a través de un amplio número de representaciones iconográficas y hallazgos arqueológicos propiamente dichos.
Se han apuntado varias hipótesis sobre las causas directas que impulsaron el uso de estos protectores entre la infantería legionaria.
En primer lugar, la influencia ejercida por el mundo de los gladiadores, donde se utilizaba de modo habitual estas defensas, al menos desde el siglo I d.C. (Coulston 1998: 5).
Tácito (Annales III, 43, 2) menciona la figura del crupellarius, de origen galo y pesadamente armado, mientras que una serie de esculturas, como el bronce de Versigny (Francia), o mosaicos, atestiguan el empleo de la manica entre los gladiadores.
Constituiría, por tanto, un elemento más de relación entre el ludus y los castra, al igual que otro tipo de piezas, como determinados tipos de cascos o escudos (Coulston 1998: 1-17).
En segundo lugar, los enfrentamientos de las tropas romanas con los guerreros dácicos durante el siglo II.
Estos últimos blandían un tipo de espada curva (falx dácica) capaz de atravesar los escudos legionarios, lo que motivó la necesidad de una mayor protección entre las tropas romanas.
La sobrevaloración de este fenómeno propició la teoría de que el ejército romano había comenzado a usar la manica durante las guerras dácicas, algo que parecía avalar la rica serie de imágenes procedentes de Trofeo de Adamklissi.
No obstante, otros testimonios iconográficos más antiguos, como a continuación veremos, demuestran que la manica era ya conocida y usada por los soldados romanos con anterioridad.
Entre las representaciones figurativas de época romana destacan los monumentos funerarios levantados a mediados del siglo I d.
C. en Mogontiacum (Maguncia) en memoria de los soldados S. Valerius Severus y G. Annius Salutus (Bishop 2002: 68), ambos pertenecientes a la legio XXII primigenia, unidad militar asentada en la ciudad entre el 43-70 d.C. De la segunda centuria es el mencionado Trofeo de Trajano en Adamklissi (107-108 d.C.), en varias de cuyas metopas (n.
Es curioso observar que en el monumento trajaneo de Adamklissi ninguno de los militares romanos que portan manica visten simultáneamente una lorica segmentata, pues todos ellos defienden su cuerpo con cota de malla o armadura de escamas.
Una terracota romano-egipcia del Museo Británico datada en los siglos I-II, representa a un soldado que empuña un gladius con su mano derecha mien-AEspA 2008, 81, págs. 255-264 ISSN: 0066 6742 tras que con la opuesta sujeta por los cabellos a un enemigo, protegiendo su brazo mediante un protector de cinco láminas imbricadas (Cook 1995: 228, fig.4).
Pertenecientes al siglo III son el relieve de Alba Iulia (Bishop 2002: 62-65) y un grabado de un catafracto descubierto en Dura-Europos, donde los brazos y piernas del caballero estarían recubiertos por láminas articuladas (James 2004: 42-46).
Finalmente, las imágenes que ilustran las fabricae armorum de la Notitia Dignitatum (v.
Neira Faleiro 2005: 193 y 357) han sido interpretadas como la última representación conocida en el mundo romano de estos protectores.
Desde el punto de vista arqueológico, se han documentado escasos testimonios de estos objetos, lo que resalta la importancia de hallazgos nuevos, como el documentado en León, máxime si tenemos en cuenta que el ejemplar que presentamos se encuentra casi completo.
Entre los testimonios materiales documentados se encuentra el protector para brazo del Arsenal (Waffenmagazin) de Carnuntum, presumiblemente de época antonina (Groller 1901(Groller: 1115(Groller -1184)).
De Newstead proceden los restos de un par de ejemplares, fabricados respectivamente en latón y hierro, descubiertos en el mismo cuartel general donde apareció un nutrido grupo de fragmentos de lorica segmentata, lo que favoreció que Robinson interpretara el hallazgo de forma conjunta y no reconociera inicialmente las piezas, comprensible si tenemos en cuenta el embrionario estado de la investigación en aquel momento y el hecho de que ninguna de ellas se encontraba completa (Robinson 1975: 184-186).
Láminas de hierro pertenecientes a estos protectores se han localizado en Corbridge, Richborough y Eining (Bishop 2002: 68-71).
Manicae completas se han hallado recientemente en la Dacia, concretamente en Ulpia Traiana Sarmizegetusa, así como en Britania.
Dejando a un lado el ejemplar rumano, del que apenas se conocen datos 6, nos centraremos en el prometedor hallazgo de Carlisle, datado en el periodo trajaneo-adrianeo y que aún se encuentra a la espera de su publicación definitiva (McCarthy et alii 2001; Richardson 2001).
En Carlisle se encontraron dos grupos de placas de hierro, pertenecientes a sendos protectores para brazo, conservando uno de ellos un gancho similar a los cierres de las lorigas segmentadas.
Esta característica se asemeja al sistema de cierre documentado en la manica de León, con quien comparten además la distribución de un par de remaches en los extremos de las placas y la aparición ocasional de un tercer remache hacia el centro de la misma.
La manica o protector segmentado de brazo gozó de una dilatada vida durante la época romana, testimoniándose desde los inicios del Imperio hasta el final del mismo, si bien los descubrimientos materiales parecen concentrarse entre los siglo II-III d.
C. Desde el punto de vista territorial, si tenemos en cuenta la suma de los evidencias arqueológicas e iconográficas su difusión abarcó la práctica totalidad de las zonas militarizadas (frontera renanodanubiana, Siria, Britania, Hispania, etc.), lo que desmiente su uso exclusivo contra determinados enemigos a los que se enfrentó el ejército romano, tales como los guerreros dácicos que empleaban espadas en forma de hoz curva.
A pesar de lo extendido de su uso, los datos conocidos en la actualidad parecen confirmar que este protector fue empleado exclusivamente por legionarios, pues los relieves en los que se documentan o los yacimientos donde aparecen están siempre vinculados con este tipo de tropas.
La escasez de datos arqueológicos derivada del reducido número de ejemplares conocidos, dificulta la comprensión de este objeto, si bien en un futuro próximo auguramos un vuelco a la situación, cuando se publiquen definitivamente los nuevos hallazgos que se han producido durante los últimos años. |
Reconsideramos aquí el tema de las pue/lae goditanae.
Lo revisamos primero desde un punto de vista historiográfico.
La mayoría de los estudios de nuestros predecesores están marcados por una visión continuista y casticista de la historia y consideran este tema bajo una óptica moralizante.
Nos preguntamos hoy si en las pue/lae gaditanae no hay que considerar el residuo, romanizado, de una vieja institución fenicia de hetería, vinculada en sus orígenes al santuario de Astarté.
Se concluye con una aproximación iconográfica local de un momento arcaico, el timiaterio de bronce de la Quéjola (Albacete).
Los escasos estudios dedicados hasta la fecha al tema de las bailarinas gaditanas han tratado el problema, como es lógico, desde el punto de vista de la época y cultura romanas pues la práctica totalidad de la documentación conservada -salvo las referencias, que veremos más adelante, de Estrabón, basado en fuentes más antiguas-son de plena época imperial y están escritas en latín.
Sin embargo la valoración histórica de estos testimonios parte de • Esta nota se presentó como comunicación en el Primer Simposio Internacional de Religiones Prerromanas, de Cáceres-Salamanca en mayo de 1987.
Se realizó en su momento dentro del proyecto aprobado por la CAICYT «Iconografía de los mitos clásicos en la Península Ibérica» (2078/84).
una perspectiva modernizante y, en líneas generales, entronca con lo que podríamos llamar una concepción nacionalista y hasta casticista de la historia de España.
Este enfoque del análisis histórico se extiende prácticamente a lo largo de todo un siglo -lo que es ya significativo desde el punto de vista de la ausencia de una historiografía renovadora y crítica en nuestro campo-y veremos cómo sirve -sobre todo en la época más reciente-para iluminar aspectos del presente enraizándolos en el pasado romano y hasta indígena prerromano.
En el caso de nuestras bailarinas se añadirán además otras valoraciones de tipo ético y moralizante, muy propias del momento en que se escriben los más significativos de estos estudios, durante los largos años de la postguerra española.
Me refiero fundamentalmente a los trabajos de A. García y Bellido y de M. Dol~. obras que datan de los inicios de los años 50, pero que serán aún hoy trabajos de referencia básica 1 • García y Bellido había escrito sobre el tema una noticia en el año 42, que publicó dentro de su monografía Fenicios y Cartagineses en Occidente 2 • En ella citaba este autor el único estudio que le había precedido, de Joaquín Costa, Las juglaresas gaditanas en el Imperio Romano.
Este ensayo formaba parte, como capítulo final, de su preciosa obrita, La religión de los celtlberos y su organización política y civil.
Costa escribe el prólogo, dirigido a Fidel Fita, en 1877 y se publica de nuevo en la edición de las obras completas del autor de 191 7 3 • J oaquín Costa se muestra aquí muy influido por la corriente del comparatismo histórico en la ciencia de las religiones, que hacía furor en aquellos años, pero muy en especial se distinguen, aquí y allá, influjos del naturalismo mitológico de corte max-mülleriano 4 • Se apunta además el afán por introducir en el discurso científico los datos del recientemente descubierto mundo oriental, con toda esa carga de fascinación que conlleva y que, a veces, podría lindar con lo esotérico.
En este contexto el tema de las bailarinas de Cádiz no deja de ser algo marginal, a modo de un excurso que el autor añadió seguramente por tratarse de un fenómeno hispano, de gran sabor local, que servía como colofón cronológico y como contraste de un sofisticado mundo imperial romano, decadente, frente al anterior, más natural y primitivo, de la religiosidad ibérica, tratado en los capítulos precedentes.
Es éste, creo, el primer tratamiento erudito del tema de las bailarinas o puellae gaditanae en nuestra literatura.
Otros investigadores deberán analizar el papel que desempeñó la vertiente arqueológica en la obra y en el pensamiento de este complejo autor decimonónico para situarlo con mayor precisión dentro de las coordenadas culturales de su época.
En lo que se refiere a las bailarinas presenta Costa una visión diacrónica, evolutiva S, que arranca de un germen indígena muy anterior, como los mismos precedentes bastetanos «ruidosos coros y danzas con que los naturales de esta región celebraban sus fiestas de tribu o de familia» 6 • De in1erés resulla su aún hoy válida observación de la posible generalización del término puella gaditana, entre los autores latinos, es decir su proverbialización «para denotar toda juglaresa de la escuela (si vale la palabra) fundada por las andaluzas, aun cuando no fuera oriunda de la Tanéside» 7.
Además de las constantes traspolaciones al mundo antiguo del vocabulario medieval de los juglares preside su discurso la valoración moralizante.
Bajo el prisma conservador de esta historiografía burguesa del XIX, la dignidad moral del historiador debe tomar partido y juzgar el pasado: estas muchachas de vida licenciosa y alegre se salen por desgracia de la norma.
Veremos cómo reaparecerá esta actitud conmiserativa en Dol<; y en García y Bellido.
Demos un salto en el tiempo de casi un siglo.
Con posterioridad a estos dos autores debemos citar el trabajo de José María Blázquez, publicado en la Revista Bellas Artes, en 1976, que recogerá un año después en su libro Imagen y Mito 8 • En el fondo, el pensamiento de Blázquez no difiere sustancialmente del de García y Bellido, aunque al análisis de las fuentes literarias de su predecesor añade algún dato arqueológico de interés como una terracota de Cástulo -una mujer con los brazos en alto y vestido acampanado de volantes 9 -que utiliza para corroborar el carácter casticista y permanente de lo hispano.
Hallamos de nuevo en Blázquez la misma constante de los demás autores sobre el tema de las puel/ae de Gades 1 o.
Pero finalmente propone Blázquez un carácter ritual para estos bailes y un origen fenicio, paralelizándolo con diversas referencias orientales 11 • Es una lástima que Blázquez no haya escarbado más en esta línea lo que le hubiera abierto posiblemente nuevas claves.
Hoy, sí, vamos a aproximarnos al problema desde una perspectiva distinta, es decir, proponiendo como modelo explicativo una originaria institución de hetería en cuyo marco económico y cultural se integrarían las primitivas bailarinas de Cádiz.
Es decir, proponemos situar los antecedentes de este fenómeno -que conocemos, sin duda ya transformado, por las fuentes más tardías romanas-, en el contexto religioso y comercial de la gran pólis portuaria semita.
Sólo bajo este prisma del santuario resulta más plenamente comprensible el origen y posterior arraigo de la institución de las puellae de Cádiz.
Los textos, decíamos, fueron básicamente recogidos e interpretados en un primer momento por A. García y Bellido como apartado de un amplio trabajo, locosae Gades, publicado en l 951 en el Boletín de la Real Academia de la Historia.
Este pequeño capítulo se recoge también íntegramente en el delicioso librito de este autor, Veinticinco estampas de la España Antigua, cuyo título, por sí solo, resulta ya esclarecedor12 • Como en otros trabajos de Gar- cía y Bellido se diluye en esta obrita una cierta concepción etnologista y nacionalista de la helenístico-romana.
Llegan sus amores a los confines del mundo, «más allá de CádiZ».
Sobre la vaguedad cronológica de esta canción y sus anacronismos geográficos, cf. M. Brioso 9 O.e., 342: ello «supone una gran antigüedad para esta típica prenda andaluza».
«También se usaba ya en época romana la clásica peineta andaluza como lo prueba una terracota del Museo de Córdoba..., que quizá usaran ya las "bailaoras" gaditanas.»
Esta visión localista y pintoresca reproduce prácticamente el pensamiento de Schulten.
11 O.e., 242-3. historia, según la cual muchos de los rasgos de la actual identidad local supuestamente pueden rastrearse y retrotraerse a gérmenes y cuños ya vigentes en el pasado 13 • No olvidemos que es ésta, por otra parte, la época de las grandes concepciones históricas de Claudio Sánchez Albornoz en su búsqueda de las raíces de España 14 • Es el estilo de toda una época.
De este modo en Ja «belleza y aptitudes excepcionales para el canto y el baile» propio de las bailarinas gaditanas, percibe García y Bellido «esa admirable predisposición, sin duda innata, que ha hecho de la mujer andaluza un venero inagotable de gracia y de ritmo» 1 s. Dentro de la citada tendencia hacia la geografía e historia etnográficas nuestro autor generaliza enseguida estos datos de las fuentes latinas: «No es pues una causalidad que, tanto en la Edad Antigua, como en la Media y Moderna -que es como decir siempre-destacasen, entre todas, las mujeres meridionales».
Sin la generalización y la visión global no se concebía la creación del verdadero historiador.
En García y Bellido esta línea de pensamiento arranca probablemente del mismo Schulten, de su visión idealista y en cierto modo postrornántica de la historia, con su especial valoración del espíritu de lo popular que trasciende la temporalidad para determinar las esencias de la tradición histórica.
Ya Schulten advierte, con relación a nuestro terna, cómo todavía en sus tiempos podía verse en esta danza erótica «una especie de danse du ventre, mientras que el baile actual de Sevilla y Granada se mantiene dentro de ciertos límites» 16 • Hay también en estos autores un cierto empeño moralizante y valorativo en sus interpretaciones históricas del fenómeno gaditano, lo que en gran medida responde a su ideología burguesa.
Se eluden, por ejemplo, aquellos pasajes obscenos o particularmente escabrosos 1.1 Por ejemplo, en su trabajo, Las Colonizaciones púnica y griega en la Península Ibérica, VI Congreso Internacional de Ciencias prehistóricas y Protohistóricas, Madrid, 1954, 6, habla de los ciudadanos de Tartessos cuyas extraordinarias condiciones marineras «luego habrían de heredar los de Cádiz y, andando los siglos, los nautas que descubrieron y heredaron América y las islas del Pacífico».
Sobre los condicionantes ideológicos en la figura de A. García y Bellido cf. J. Arce, A. García y Bellido, en Actas del Congreso Internacional de Historiograffa de la Arqueologfa y de la Historia Antigua en Espafla (13-16 de Diciembre de 1988), Madrid, 1990 (en prensa).
Asimismo, en este mismo Congreso, R. Olmos, art. cit. infra, en n.
17: he tratado aquí el tema de la continuidad ideológica en García y Bellido de precedentes de la primera mitad del siglo xx, concretamente de Manuel Gómez Moreno en el sentido ameno y didáctico de la Historia de España (cf. su Novela de España, de 1923, como antecedente del género que se prosigue en las Veinticinco Estampas de la España Antigua); y he llamado allí la atención sobre ciertos rasgos de la época que vincularían el pensamiento historiográfico de Antonio García y Bellido con Adolfo Schulten.
Estas páginas están llenas de continuas traspolaciones del mundó tartésico al actual carácter andaluz, que Schulten ve con el pintoresquismo y costumbrismo de raíz «postromántica» que le caracteriza: «Es curioso que un rasgo sobresaliente del carácter de los turdetanos se encuentra aún en los actuales andaluces: la tendencia a la exageración y a lo fantástico» (p.
237); «también el carácter ligero del andaluz actual parece ser herencia tartésica» (p.
238); «como aún hoy los andaluces, gustaban extraordinariamente también los turdetanos del baile» (p.
238); «también el traje de los bailarinas andaluces, un vestido largo con volantes, puede ser de origen antiguo... » (p.
Cf. la pervivencia de estos esquemas ideológicos tres décadas más tarde en las interpretaciones más recientes del tema.
Finalmente, R. Olmos, A. Schulten y las interpretaciones de Tartessos en la primer.a mitad del siglo xx, Actas del Congreso Internacional de Historiograj(a de la Arqueologla Y de la Historia Antigua en España (13-16 de diciembre de 1988), Madrid, 1991.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa que puedan herir al lector modificando, como hace García Bellido en un caso, la traducción de la poesía original, que dulcifica adrede 17 • Y aquí y allá se intercalan adjetivos que van diluyendo en el texto un sentimiento de conmiseración hacia «esas infelices musas de salón y encrucijada» (Dolc;), «sin duda tan desventuradas a la postre como todas las de su profesión, en cualquier país y tiempo... », explotadas por «directores sin escrúpulos ni piedad, atentos sólo a sacar de aquellas pobres chiquillas el mayor provecho posible para SÍ» (García y Bellido).
No voy a dedicarme sin embargo en esta comunicación a analizar de nuevo las fuentes latinas, bien estudiadas por estos y otros autores 18 • A esta documentación comúnmente conocida podría aftadirse, de ser auténtico, un epigrama funerario de Milán, escrito en dísticos elegíacos y relacionado con una bailarina gaditana, tal corno propuso en un primer momento M. Koch.
Pero no parece retrotraerse este epigrama a la época romana sino a la moderna, lo que parece reconocer finalmente el mismo Koch 19 • 11.
UNA PROPUESTA DE LECTURA RELIGIOSA E INSTITUCIONAL: LA HETERÍA Voy ya a intentar invertir el ángulo de observación de estas puellae gadilanae, abandonando el sugestivo prisma modernizante para sustituirlo por una perspectiva mucho más arcaizante.
Analizaré los posibles orígenes que justificarían en Cádiz el florecimiento y pervivencia de lo que considero el residuo, helenizado primero y seguidamente transformado por la romanización, de una situación muy anterior, a la vez panmediterránea y semita: la institución de la hetería.
Suponemos que en torno a dicha institución sagrada hubo de aglutinarse originariamente el núcleo de las puellae de Cádiz.
Lo que en el ambiente griego se vinculó estrechamente a Afrodita hubo de asociarse en el ambiente más semita de Cádiz al culto de Astarté.
Es bien sabido que el culto portuario de Astarté-Afrodita se extiende, con el comercio y las colonizaciones, por todo el Mediterráneo desde el temprano arcaísmo.
Tras el estudio de C. Grotanelli conocemos ciertos rasgos característicos comunes que se relacionan con la difusión de este culto fenicio 20 • Probablemente el panorama es más complejo y en este fenómeno colonial se sintetizan o sincretizan cultos diversos, algunos de anterior raigambre local y, en ocasiones, ctonios, infernales.
17 O.e., 194: «haría "desvanecerse" al propio Hipólito si la viese.»
García y Bellido ha preferido el modernizante «desvanecerse» por el más preciso «masturbarse», imagen que no resultaba aceptable para una edición de carácter divulgador y relativamente popular como ésta y en pleno apogeo de la moral franquista.
El texto dice literalmente: «masturbatorem Hyppolitum» (Marcial, XIV, 203).
1) 220, con una curiosa enumeración de manjares que, al mismo tiempo, son símbolos sexuales, asociados aquí a las gaditanas: «aut tu, apud nescio quem, ostrea, vulvas, echinos, gaditanas maluisti».
19 M. Koch, Observaciones sobre la permanencia del sustrato púnico en la Península Ibérica, Actas del l Coloquio sobre lenguas y culturas prerromanas de la Península Ibérico (Salamanca, 1974) Pafos en Chipre fue, sin duda, uno de los núcleos de gestación y expansión por el Mediterráneo de la religión sincretizada de la Afrodita/ Astarté que se superpone. sin interrupción, a otros cultos de la fecundidad anteriores, betílicos 21 • En Pafos existía, según la Odisea de Homero, «un recinto sagrado y un altar oloroso» (VIII, 362).
Si bien el fenómeno, lejos de toda uniformidad, se revistió en cada lugar de rasgos específicos, diversos, quedó sin embargo también el carácter común, propio de una religiosidad internacional, supraétnica, que vinculaba estrechamente Ja actividad comercial con el ámbito de esta divinidad femenina que atiende Ja compleja y delicada relación religiosa y sexual de quienes deben salir fuera de su hogar con el comercio.
A ella se asocian la prostitución sagrada y la institución de la hetería.
Como divinidad de «exteriores» reviste muchas veces caracteres y atributos marinos y guerreros.
Es la Afrodita armada, «enoplios», como la Afrodita Urania que vio Pausanias en Citera (3.23. l) o en Acrocorinto (2.5. l).
Un papel nada desdeñable desempeñó en su culto la vertiente económica.
Significativo es el caso de Naúcratis.
A. Aloni puso sugestivamente en relación con el afroditismo y cosmopolitismo naucrático, la hetairela o camaradería aristocrática de Alceo, el lesbio 22 • Analiza este autor dos fragmentos de Safo en los que la poetisa invoca a Afrodita, seguramente en relación con los viajes comerciales de su hermano Caraxo, quien en Naúcratis pagó el rescate de Dorica, sierva de la diosa 23 • Heródoto la llama Rhodópis -«la del aspecto de rosa» o «la que está como una rosa»-, un hombre que reviste asociaciones sensibles en torno al ámbito vegetal de la flor.
Son frecuentes estas relaciones del ámbito vegetal y animal en los nombres de quienes pertenecen al ámbito de la diosa de la fascinación erótica 24 • Se podrían citar muchos otros casos.
Esta tradición de nombres florales para las heteras -o mejor de apodos, de sobrenombrespervivirá durante la época helenística y alcanzará, bien avanzada, a la misma romanidad.
Te-O dicho, de otro modo, hierodoulai, siervas sagradas.
Sin embargo, no poseemos en nuestro caso elementos literarios para traspolar esta situación jurídica anterior a las bailarinas de la época de Marcial.
Más bien podría ser al contrario.
El amo de Telerhusa, fascinado por su!> habilidades y gestos lascivos, la habría vendido como esclava y ahora debe recuperarla, volviendo a pagar por ella, como dueña27, si bien el pasaje debe entenderse sobre todo como una metáfora ambigua, en el juego de la posesión amorosa, propia del lenguaje de la poesía romana y, en concreto, de Marcial.
Dos pasajes de Estrabón nos permiten conocer la gran riqueza del templo de Afrodita en Corinto que poseía más de cien hierodulas, «heteras que habían dedicado a la diosa varones y mujeres» 28 • En diversas partes de la ciudad se han encontrado elementos asociados al culto de Astarté, especialmente un fondo de vaso con la dedicación, inscrita, a la diosa 2.
En este puerto, los comerciantes y marinos ricos -los naucleros-gastaban con suma facilidad grandes sumas de dinero con las heteras de la diosa.
Son las heteras uno de los ejes económicos fundamentales en torno a la actividad del santuario.
Mario Torelli ha estudiado a su vez este culto de Afrodita en el santuario «internacional» de Gravisca 30, así como en Locri Epizephyrii, en relación con los recintos sagrados de Centocamere 31 • Pero también se documenta este culto pan mediterráneo en el ámbito semita occidental, como en Eryx.
Romanos y cartagineses saben respetar a la vez el templo de Afrodita Ericina y aquéllos vieron en él una dedicación de Eneas como marino, como colono, a su madre Venus 32 • Sus habitantes permanecían aún como Venerii servi, especialmente sus hierodulas 33 • El poder fascinador de esta diosa transforma la austeridad de los magistrados romanos en alegría y liberación en sus contactos con las mujeres del templo.
De este modo sirven a Venus 34 • También se conserva algún testimonio de un culto a Venus, con prostitución de las matronas púnicas, en la africana Sicca Veneria 35 • También en Cádiz conocemos la existencia de un culto a la Venus Marina o Astarté en un promontorio que penetraba hacia el mar en la pequeña isla de Erytheia.
En su estudio sobre la topografía de la ciudad, J. L. Escacena sitúa el santuario de Astart é en la Punta del Nao, a los pies del Castillo de Santa Catalina 36 • Con verosimilitud este autor asocia al Santuario algunos restos submarinos de la zona próxima, como el conocido timiaterio orientalizante en terracota del Museo de Cádiz así como varias figuritas oferentes también en terracota, que serían ofrendas a la diosa marina.
La topografía originaria del lugar -un promontorio-encaja bien con los lugares de culto a Astarté que en su paisaje cultual propone para Occidente Grotanelli: cabos-promontorio, que son referencia y a la vez reclamo para los navegantes, de la diosa marina 37 • Bajo esta perspectiva, como residuo de estos originarios cultos semitas a Astarté, se deberían estudiar en otro lugar las referencias de los autores antiguos -Estrabón y Avieno, principalmente-a los promontorios que jalonan la costa sur peninsular 38 •
EUDOXO DE CÍCICO EN CÁDIZ
Debemos ya analizar el testimonio literario más antiguo que hoy conservamos sobre las muchachas gaditanas, el apasionante viaje que, a finales el siglo 11 a.C., realiLó el aventurero griego Eudoxo de Cícico en sus intentos de circunnavegar África.
Hallamos. la referencia en el libro 11 de Estrabón (3,4).
Pero, como es frecuente en esta obra -y lo será más aún en su tratamiento de la Bética en su libro 111-, se basa en el testimonio del geógrafo y etnógrafo tardohelenístico Posidonio de Apamea.
La producción de éste último la situaríamos en torno a unos 70 años con anterioridad a Estrabón 39 • Esto es, la referencia de Posidonio nos aproxima ya a un momento inmediatamente posterior al viaje de Eudoxo, en la primera mitad del siglo t.
Aunque hoy diversos autores -E.
Gabba, J. Arce-nos previenen ante el tratamiento literario, históricamente poco preciso y hasta propagandístico de la Geografía de Estrabón 40, debemos aquí aceptar en lo esencial las referencias transmitidas.
Pero han de leerse siempre los datos dentro de los condicionantes ideológicos y del modo nanativo literario del geógrafo imperial.
Transmite aquí Estrabón -como lo hará también en su descripción de la Bética, en el libro lllel testimonio de Posidonio quien ha debido tener noticias de los avatares de las aventuras de Eudoxo en el mismo lugar de Gades.
Puede sernos interesante perfilar brevemente la figura de Eudoxo, un comerciante de Cícico, incansable e intrigante, que viaja a Egipto huyendo del segundo Evergeta pergameno.
En Egipto escucha un día la narración de un náufrago bárbaro que venía de regreso de una expedición marítima a la India.
Del relato del marino rescatado aprendió los objetivos comerciales de este viaje y lo emuló, haciéndose a la mar con regalos, según el viejo esquema comercial arcaico introdu<.:torio de mercados.
Intercambió allí los presentes con piedras preciosas.
Tras el éxito de esta primera expedi<.:ión de Eudoxo, Cleopatra le envía una segu nda vez con un mayor equipamiento, pero ahora es desviado por los vientos a Etiopía.
El viento como azar divino es un viejo tópos, mediterráneo y griego, que en ocasiones servía para explicar el descubrimiento de una nueva ruta.
Descubre entonces en la costa africana un acrostolio de madera, en forma de caballo, que había pertenecido a una barco naufragado.
En la literatura antigua los restos materiales son gnorismata, es decir señales o indicios que conducen a una historia.
Eudoxo pregunta a diversos naucleros el origen de este acrostolio que lleva consigo y consigue así saber su pertenencia a un barco gaditano, del tipo llamado hippos 41 • Ya con independencia de los patronos egipcios, emprende así una expedición hacia la India en su búsqueda personal de una ruta occidental hacia ese país, bordeando África.
Desde Dicearquia y Marsella navega a Cádiz y allí, en la pólis más occidental de la oikouméne, embarca «muchachitas músicas (mousika paidiskária), médicos y otros artesanos».
El término paidiskária es un diminutivo doble o hipercaracterizado («las pequeñas muchachitas»), un térmipo que, con sus connotaciones afectivas, probablemente designa CD general a las heteras y aquí a las gaditanas.
Como las heteras helenísticas son éstas también profesionales de la música.
Eudoxo parece un marino pragmát ico y sabe bien qué tipo de regalos debe llevar en su segundo viaje a la India.
También los médicos, que el relato de Posidonio sitúa en el mismo plano que el de las chicas cantoras o músicas, podrán ser en Oriente un buen presente introductorio de mercados.
Son mano de obra especializada.
Una gran pólis como Cádiz hubo de poseer su cantera de médicos, si bien no sabemos en qué grado se vinculaban éstos a la estructura de algún santuario medicinal ni tampoco su status social, es decir, su dependencia o independencia de aquél.
La parquedad del pasaje de Posidonio nos impide asegurar si el médico o los artesanos funcionan en este viaje comercial como un bien de intercambio especialmente valioso -como las bailarinas, por su especialización-o sencillamente, como podría ser también el caso de los artesanos, para cubrir una necesidad pragmática en los avatares del viaje lejano.
Yo me inclinaría más bien -y enseguida veremos por quépor la primera opción.
La mercancía humana funciona al mismo nivel que los objetos de lujo.
Hallamos un similar pasaje, incluso conceptualmente más preciso, en el periplo del Mar Eritreo.
Aquí se ofrecen al monarca de las regiones vecinas a Méroe «vasos de plata valiosísimos, instrumentos musicales y muchachas hermosas» 42 • Estos indicios podrían servir un día como base para una indagación más amplia sobre el status jurídico de las pue/lae o paidiskária de Cádiz en este momento.
La expedición comercial de Eudoxo -vía África occidental-estaba abocada al fracaso, pero este marino empedernido intentará un segundo viaje cambiando radicalmente los objetivos y, por consiguiente, la composición de su carga y tripulación.
Embarca esta vez útiles agrícolas, grano y albañiles.
Ha comprendido que la llegada a la India por la ruta occidental 41 Sobre los hippoi J. M. Luzón, los hippoi gaditanos, Congreso internacional El Estrecho de Gibraltar, Ceuta, nov.
Morís Erytrei, 49 (ed. de Frisk).
El mismo neutro paidiskária con el que se designa en el pasaje de Eudoxo a las bailarinas gaditanas puede aludir a su status de esclavas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa exige un avituallamiento propio, con el establecimiento de unas escalas coloniales intermedias y una autarquía de subsistencia.
Es significativa la sustitución de una mercancía humana especializada destinada al intercambio (muchachas, médicos, artesanos) en un viaje de ida y vuelta por otros medios, más pragmáticos, en una expedición cuyos objetivos han cambiado: la primera orientación exclusivamente comercial se transforma en otra que combina modalidades aparentemente coloniales.
¿Qué nos queda de este viaje -que hubo de fascinar a un estoico como Posidonio-en relación con nuestro tema?
Resumiendo, se apunta como un indicio el esquema comercial humano de las muchachas gaditanas en Cádiz, su especialización en las artes de la música que las convierte en un producto de lujo vendible en las escalas marítimas o en la India.
Son claramente un producto más del comercio de lujo: sus cualidades específicas servirían al nauclero para la presentación e introducción de un nuevo mercado o como valor de cambio en el mismo proceso comercial.
Responden seguramente a un código más general y propio del esquema empórico de la antigüedad.
No se menciona en el pasaje de Estrabón el santuario de Astarté, pero tampoco es narrativamente necesario.
En este momento no sabemos el grado de dependencia o independencia con respecto al ámbito de la diosa de las escuelas profesionalizadas de música en Cádiz.
La dependencia podría ser jurídica o, en un sentido más laxo, responder a una vieja tradición religiosa que, en una mayor o menor medida, en este momento se ha profesionalizado.
En todo caso, la hipótesis general que hemos planteado -las puellae de Cádiz serían el residuo o evolución profesionalizada de las originarias heteras de Astarté-encontraría su apoyo en la paralela estructura de la religión y del comercio portuario que se ha señalado aquí -selectivamente-para todo el Mediterráneo desde el arcaísmo.
De su originaria vinculación a la hierodulía y a Cádiz se pasaría, gradualmente y en diversos estadios, a las puel/ae de la época de Marcial, profesionalizadas como prostitutas y dispersas en el imperio romano 43 • IV.
LA ALUSIÓN ICONOGRÁFICA ¿Podríamos acceder a alguna iconografía peninsular relacionable con las heteras de Astarté que nos acerque al momento antiguo del ritual y no ya a su derivación profesionalizada que conocemos de las épocas helenística y romana?
Sensu stricto, no. Pero sí podemos postular un antecedente de las puel/ae en la representación de la muchacha del timiaterio de bronce de la Quéjola (Albacete) que publiqué en 1987 conjuntamente con M. Fernández-Miranda en las páginas de esta revista 44 • Es una obra de un taller peninsular datable, sólo por criterios estilísticos, en las últimas décadas del siglo VI o primeras del siglo v.
Funcional y temáticamente los influjos han debido venir de un taller colonial que pudo ser Gades: debe quedar aún abierto si es una obra local -tartésica-o colonial -fenicio-occidental-.
Los límites entre una y otra posibilidad se nos escapan hoy al no conocer bien los talleres que desarrollan la toreútica durante la llamada época orientalizante en el sur Peninsular.
En todo caso se pue-43 L. A. Curchin, Romon Spain, Conquesr ond Assimi/arion, Londres y Nueva York, 1991, 102, cf. n.
La cazoleta superior está unida a la figura mediante un vástago que brota de la cabeza de la mujer y un simple remache con aquélla.
Las perforaciones del borde horizontal de la cazoleta debieron servir para sostener la tapadera, hoy perdida. de aquí pensar en una dependencia muy directa de modelos mediterráneos y oricntale-.. rnmo pensaba M. Almagro Basch, pero con estímulos de origen diverso y sincretizado 45 • Reconsideremos, en síntesis y bajo la luz de nuestro actual discurso, lo dicho en nuestra nota.
Una muchacha desnuda sostiene sobre su cabeza una cazoleta para las plantas aromáticas.
Su cuerpo, marcadamente delgado, y sus caracteres anatómicos f emcninos -los pechos apenas están indicados-corresponden mejor a una adolescente que a una mujer adulta.
El desnudo en este temprano período tiene una significación especial.
Se justifica en el ámbito sagrado.
Puede ser éste el de Astarté/ Afrodita.
Astarté se documcn1a desnuda, pero sen1ada, como señora, en el famoso bronce del Museo de Sevilla donde una inscripción la identifica 46 • En cambio, la primera juventud y la actitud de pie y de sostener, de ofrecer perfumes en la cazoleta, son rasgos más propios de una sierva que de una divinidad.
Todos estos elementos combinados apuntan al ámbito de la hetería de la diosa: la adolescencia y la desnudez a un ritual de iniciación y la actitud de ofrecer a una sierva; los brazaletes en sus brazos desnudos y la paloma que sostiene en la mano, al reino de Afrodita/ Astarté de la que el animal es hierofanía; y es, sobre todo, el perfume de plantas aromáticas, una pertenencia muy especial de esta diosa.
Estas connotaciones forman un sistema y parecen implicar al ámbito religioso de Astarté/ Afrodita.
Será verosímil suponer que estas relaciones de ideas han podido introducirse a través de la pó/is semita de Cádiz, una ciudad que fue especialmente activa -ideológica, artística y comercialmente-en el siglo v.
En la aparición del desnudo en la toreútica ibérica -que conocemos bien por numerosos exvotos del santuario de Despeñaperros-han podido coníluir estímulos coloniales del tipo que aquí señalamos.
La presencia del timiaterio en el indicado yacimiento ibérico de Albacete -falta por determinar la naturaleza y cronología de este yacimiento-apunta también a la pervivencia y al valor de culto -a su impacto social-de estos objetos en la sociedad ibérica.
Sirva conjeturalmente esta última aproximación histórica y contextual para asomarnos, de una forma indirecta, a este tema de las puellae gaditanae.
Los parámetros folclóricos y casticistas se deberán sustituir en el futuro por indagaciones de índole histórica que puedan incluir análisis estructurales y religiosos.
Tal vez no hayamos hecho más que abrir levemente el resquicio de una ventana a todo un universo más amplio de problemas.
Por ejemplo, está aún por estudiar en profundidad el culto de Afrodita/ Astarté/Yenus en la Bética.
Si estas notas de algún modo sirven para iniciar la discusión y hacer brotar el estímulo futuro hacia alguno de estos aspectos de la religión antigua en la península ibérica, en este caso el discurso erudito aquí hilvanado habrá podido bien valer la pena. |
Este artículo presenta el catálogo de un conjunto significativo de instrumentos romanos médico-quirúrgicos procedentes de la necrópolis de La Cañada Honda (Gandul, Sevilla) excavada por Jorge E. Bonsor entre 1908 y 191 O y que se conservan ahora en la Hispanic Society of America.
La variedad de tipos de instrumentos es un indicio de que se practicó una medicina adecuada en la zona durante la segunda mitad del siglo 1 y primera mitad del siglo 11 de nuestra era.
Ein Beitrag zur antiken Akiurgie, 1912 ( instruments from Kos and Ephesos); M. lñiguez Ortiz, Numancia y la medicina en la antigua Iberia, Zaragoza.
1916; Antonio C. Floriano, «Aportaciones arqueológicas a la historia de la medicina romana», Archivo Español de Arqueología, 14, 1940-1, 415-433; J. A. Sáenz de Buruaga y J. García de Soto, «Nuevas aportaciones al estudio de la necrópolis oriental de Mérida», Archivo Español de Arqueología, 19, 1946.
70-85; M. Tabanelli, Lo strumento chirtffgico e la sua storia, 1958 (instruments from Pompeii); J. R. Zaragoza Rubira, Medicina y sociedad en la España romana, Barcelona, 1971, l 05-111. -' Ernst Künzl.
6 Enrique Luis Borobia Melendo, Instrumental médico-quirúrgico en la Hispania romana, Madrid, 1988.
23 A-B: «Narn si pl aga in rnolli parte esl. sui debet. maxirncquc si Jiscissa auris ima cst vc l irnus nasus vel frons vel bucea vel palpehra vel labrum vel circa guttur cutis vel ven ter>> Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 111-134 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
15, 1; Fuentes Domínguez, op. cir., n.
«La M edici na en la Espa1 ia ant igua».
Sáenz de Buruaga y García de Soto, op. cit., n.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa \I'/'l.
65 Blanco Freijeiro, Antonio, Mosaicos romanos de Itálica(/), Madrid, 1978, pi.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa |
Las publicaciones sobre campamentos militares de época romana en España resultan escasas y. en su mayoría, antiguas.
Carecemos de obras de conjunto referentes a los elementos defensivos construidos en dichos recintos.
En esre trabajo he tratado de analizar de forma crítica. y desde una perspectiva histórica y arqueológica. la bibliografía existente.
Es posible extraer unas mínimas conclusiones acerca de las fortificaciones castrenses romanas en España, que no siempre coinciden con las observaciones realizadas en yacimientos nordeuropeos.
cribe un campamento contemporáneo en el libro VI de sus Historias (capítulos 26, 10 a 42, 6 inclusive).
Constituye junto con la obra anteriormente citada los dos textos principales para el conocimiento de la técnica de castramentación romana.
Junco con Polibio e Higinio existen otras fuentes secundarias, que aportan datos puntuales y escogidos. aunque no por ello menos interesantes.
Entre éstas podemos citar a Tito Livio (Al> Urbe Condita).
César (De Bello Cfrile y De Bello Galico), Vegecio (Epitome rei militari), Vitrubio (De Architectura).
León el Filósofo (Instituciones militares). así como el perdido De rei militari de Frontino.
Las obras de Polibio e Higinio se encuentran separadas por un período de casi tres siglos, pero describen campamentos muy similares, cuadrangulares, con una organización ortogonal por medio de dos vías principales (Praetoria y Principalis), que se cruzan delante del cuartel general Praetorium o Principia, flanqueado por el Forum y el Quaestorium (Polibio VI, 31.
Suele existir además una tercera vía de importancia, la denominada l'ia Quintana, paralela a la via Principalis.
Las diferencias entre Polibio e Higinio se centran en la forma del recinto.
El primero asegura que debe ser cuadrado (Polibio, VI,31,10).
El segundo, rectangular (Higinio,21 ).
La evolución del campamento republicano cuadrado hacia otro rectangular parece obedecer a las transformaciones en el ejército romano tradicional, llevadas a cabo por Mario y consolidadas por César ( Masquelez,l 887,949).
En algunas ocasiones las fuentes clásicas recogen campamentos de forma irregular, casi siempre determinados por la naturaleza del terreno o alguna necesidad concreta.
Conocemos así los castra necessaria, donde la topografía obligaba a construir una empalizada irregular (Higinio, De Metatione..., 56; César, De Bello Galico VII, 83, y De Bello Civile, l, 81 ); castra luturta, en forma de creciente lunar: castra semirotunda. sobre la curva de un rio, en un istmo o en la confluencia de dos cursos de agua (Vegecio, Epitome reí militan•, 1, 23); castra tumultuaria, sobre una eminencia del terreno.
Vegecio, escritor bajoimperial, ya considera la adap- tación al terreno circundante más importante que la forma concreta (Vegecio,1,23).
No podemos detenemos aquí en cuestiones como la distribución del espacio interior demro de los campamentos o el origen de los mismos.
En cualquier caso la forma de estos asentamientos tiene un origen autóctono, muy vinculada a la práctica augural y a la limitatio o esquema de organización del territorio.
Su similitud con Ja planta de la ciudad resulta un hecho a tener en cuenta al respecto.
Respecto al tema concreto de las fortificaciones campamentales tenemos un buen número de referencias.
La defensa principal del campamento debe consistir en un agger o conjunto de foso, terraplen y empalizada, con un intervallum intramuros (Polibio VI,34,1,34,11 y 34,14; Higinio,14 y 49).
Contamos, asimismo, con citas puntuales proporcionadas por diferentes autores sobre cuestiones como la forma de la fosa (Higinio,49; César, De Bello Galico V,40, VII,72, VIII,9), la construcción de la empalizada, o Ja anchura del camino de ronda (Vitrubio, De Architectura l, V, 3).
La mayor parte de los datos corresponden a construcciones en madera.
Carecemos de textos sobre campamentos estables realizados en piedra.
Podemos pensar que el modelo teórico ideal de edificación de murallas para ciudades, contenido en los capítulos V y VI del libro l de Vitrubio, pudo aplicarse en algunos casos a la castramentación militar.
La arqueología confirma que cuando los campamentos temporales se petrifican a finales del siglo 1 o principios Figura 1.
1991 planteadas. nunca aclarada en los textos clásicos, es la diferencia arqueológica entre campamento temporal y campamento estable.
Ambos términos pueden ser sinónimos. pero conv iene establecer una diferencia, aunque sea conceptual.
Wilson distingue entre «campamento» y «fuerte».
El primero es un establecimiento con defensas poco potentes, consistentes normalmente en un ugger. que sacrifica la regularidad en aras del aprovechamiento de las defensas naturales del terreno (Wilson.
10-11 ): el fuerte es una base permanente para 500 soldados, que viven en barracas, dispuesto sobre una posición estratégica muy meditada, y con defen sas más desarrolladas.
Los ejemplos ingleses suelen constar de dos fosos y un muro de piedra almenado y reforzado en su cara interna con un terraplén.
Wilson señala que en las fases más antiguas, el muro pétreo puede haber sido de madera (Wilson, 1980, 13).
Se dota asimismo de torres y torretas, cuatro puertas, esquinas redondeadas, edificios bien definidos intra y extramuros para el servicio del ejército, etc. (Wilson, 1980, 13-21 ).
Aunque los términos empleados constituyan una elección personal de Wilson, no cabe duda que corresponden a diferencias apreciables materialmente.
Tenemos por un lado los campamentos temporales, de reducido tamaño y construidos en madera; por otro los campamentos fijos, de grandes dimensiones y defensas potentes.
No parece que los segundos correspondan a una petrificación de los primeros, sino que sus diferencias residen más en su tamaño y su funcionalidad que en el material de construcción de sus defensas.
Es decir, existían los recintos de madera para un corto período de tiempo, que no prestaban excesiva atención a las condiciones del entorno y a la disposición interna, y también existirían campamentos de grandes dimensiones, cuidadosamente planificados, que en un principio eran de madera y luego se petrifican.
Jones asegura que la sust itución de empalizadas de madera por muros de piedra tiene lugar en época de Claudio-Neron en el limes renano, mientras en Gran Bretaña no se constata hasta época de Trajano (Jones, 1975, 97).
Esta distinción general, que parece verosímil en el norte de Europa, no lo es tanto en el caso español.
Se han documentado varios campamentos republicanos con murallas de piedra, y en bastantes casos desconocemos sí los recintos imperiales pasaron por una fase anterior a su erección en piedra y hormigón.
Janes asegura que las fortificaciones eran lo primero en edificarse, una vez elegido el emplazamiento del campamento y determinado el trazado interno del mismo (Janes, 1975, 29).
Este autor ofrece uno de los estudios más serios y rigurosos a partir de los datos obtenidos en excavaciones realizadas en numerosos yacimientos.
La construcción comenzaba con la excavación del foso y el levantamiento del terraplén coronado por una empalizada.
Estos tres elementos constituyen el denominado a8Rer.
Las puertas eran provismonales en principio, y las torres se dejaban para el final.
El material del terraplén son bloques de arcilla cubiertos con tierra o turba, que no siempre procede del foso.
La inclinación del terraplén es de 65-75 grados respecto a la horizontal, y Ja zona intramuros suele ser más alta que la exterior, y en un ángulo menor a partir del camino de ronda, entre 40-45 grados (Jones, 1975, 32).
Sobre el terraplén se erige la empalizada o vallum, a base de postes de madera clavados en el suelo y atados entre sí, con una altura que oscila entre 3,3 y 4 metros.
El camino interior de ronda se forra con madera y presenta accesos por escaleras, que suben por la cara interna del terraplén (Jones, 1975, 83-88).
Wilson asegura que el cambio tiene lugar a lo largo del siglo 11 y se ejemplifican en recintos como Inchtuthil y Caerleon (Wilson, 1980, 41-42).
En algunas ocasiones se superpone el muro de piedra a la empalizada de madera (Jones.
Los muros pueden adoptar aparejos y técnicas constructivas muy distintas.
Nonnalmente consisten en dos filas paralelas de piedras rellenas con tierra y sujetas por tirantes de madera.
Es lo que se conoce con el nombre de murus gallicus.
El relleno puede ser hom1igón.
La piedra está trabajada en fom1a de sillares o mampostería, en bloques bien escuadrados y regulares (A. Johnson, 1983, 66-71 ).
La parte exte rna del terraplén o muralla se protege con uno o varios fosos (fossae ).
Aunque el reconocimiento actual de los fosos resulta bastante complicado, parece que adoptaron distintas morfologías, lo que respondería a la información proporcionada por las fuentes escritas (Higinio, 49).
La elección del tipo estaría en función de las necesidades concretas y las características del terreno.
La más frecuente sería la Fastigara.
Las fortificaciones están reforzadas con otros elementos.
El más importante son las torres, que se disponen a intervalos regulares alrededor del perímetro, en los ángulos del mismo y flanqueando la puerta (Jones, 1975, 89;A. Johnson, 1983, 72).
En los recintos de madera las torres son del mismo material, de planta muy variada: rectangulares, cuadradas o poligonales, y de tamaño no estandarizado (Jones, 1975, 92-3.
Este tipo de torres se sujetan en el terraplén mediante postes en el subsuelo, y se elevan con un piso por encima del camino de ronda para gozar de una buena visión y poder hacer uso de la artillería de hallistae (A. Johnson, 1983, 72).
Este mismo autor plantea algunas dificultades para la sujección de éstas en los ángulos redondeados (A. Johnson, id.).
En las murallas pétreas la disposición de las torres debía ser similar.
Desde mediados del 11 o principios del 111, junto a las cuadrangulares aparecen las torres redondas y semicirculares, muy apropiadas para las esquinas oblongas (A. Johnson, 1983, 73 y 92-93).
Algunos recintos constan de otros sistemas de refuerzo defensivo, el llamado titulum. sección de agger o muro desplazado delante de la puerta para protegerla, habitualmente acompañado de foso, y la clavícula o curvatura de un lado del agf? er cerca de la puerta para crear un pasaje defendido (A. Johnson, 1983, 50 y Wilson, 1980, 11 ).
En nuestro país tenernos varios ejemplos del primer tipo en Almazán, Renieblas y Peña Redonda.
El último elemento con carácter defensivo son las puertas.
Pueden ser cuatro o seis, dispuestas según los modelos teóricos establecidos por las fuentes clásicas.
Están flanqueadas por torres cuadrangulares o rectangulares con el paseo de ronda entre ellas protegido mediante un parapeto y habitaciones para defensa en su interior.
Suelen edificarse levemente retranqueadas respecto a la muralla, y sobresalen de 2,5 a 3 metros por encima de los lienzos (A. Johnson, 1983, 77-78).
No difieren mucho sean de madera o piedra.
Estas últimas pueden tener dos pisos de alto, tejados planos o inclinados, almenas en los parapetos, ventanas o aspilleras.
Desde mediados del JI o principios del 111 las torres de flanqueo comienzan a hacerse semicirculares (S. Johnson, 1983, 24 ).
Como ya hemos explicado, estos elementos no aparecen simultáneamente en el tiempo, ni existe una evolución perfectamente lineal entre los campamentos de madera y piedra.
Las circunstancias concretas deben ser determinantes a la hora de escoger una u otra morfología y sis- AE.l'pA. ó4.
En época republicana conocemos ejemplos de campamentos de piedra.
Por supuesto que se produce una evolución que se puede documentar en los yacimientos ingleses y alemanes.
Todavía en época augústea se dan recintos poligonales y de madera (Velera.
Al final del reinado de este emperador y durante el de su sucesor la regularización se hace más evidente, para culminar con la petrificación según un esquema bastante fijo durante el reinado de Claudio-Neron en Alemania (Jones.
Johnson retrasa este proceso en Renania hasta el gobierno de los Flavios, cuando tiene lugar Ja reedificación de muchos asentamientos militares, y restringe su campo de actuación a los campamentos legionarios, mientras los auxiliares y fuertes siguen siendo de madera (A. Johnson, 1983, 250).
En Gran Bretaña el proceso comienza más tarde.
De la época de la conquista se conservan algunos recintos cuadrangulares, realizados en madera, tales como Hod Hill en Dorset.
El principal cambio tiene lugar en el siglo 11, con la introducción de la piedra como elemento constructivo (Wilson, 1980, 41 ).
Esta transformación obedece a los mismos motivos que la sucedida en el limes renano algunas décadas antes: el establecimiento de una política de posiciones defensivas, consolidadas y estables, de centros de control del territorio más que de sometimiento del mismo.
Durante el siglo siguiente e l tipo parece no cambiar, a juzgar por lo que sabemos del Muro de Adriano (Breeze-Dobson, 1969).
Las transformaciones de los recintos militares a partir del siglo 111 y sobre todo durante el IV están bien ilustradas en la obra de S. Johnson (S. Johnson, 1983).
El cambio principal será el abandono de la planta regular allí donde interese (S. Johnson, 1983, 27-29), la aparición de las torres redondeadas (S. Johnson, 1983, 24), y posiblemente, la desaparición de los fosos en algunos de ellos (Grenier, 1931, 403 y ss.).
En conjunto puede hablarse de un proceso de refortificación y un desarrollo de las defensas.
La bibliografía alemana es algo más antigua.
Entre los estudios más recientes destacamos los de Petrikov its (Petrikovits, 1971) y A. Johnson (Johnson, 1987), que recopila la casi totalidad de trabajos alemanes y británicos.
En los últimos años la investigación e n la región danubiana ha avanzado significativamente.
Merece la pena mencionar la serie de publicaciones agrupada bajo el título común Der Romische limes in Ósterreich.
Entre ellas el catálogo de campamentos de Noricum y Panonia realizado por Genser (Genser,l 986), resulta sumamente útil.
Asimismo Kandler y Yetters (Kandler y Yetters, 1986) y Yisy (Yisy, 1988), así como Cataniciu (Cataniciu, 1981) y Scorpan (Scorpan, l 980) para Dacia, resultan de consulta obligada para conocer el estado de la cuestión en Europa Central.
Recintos castrenses en la historiografÍa españ.ola
La investigación sobre asentamientos militares romanos en España ha pasado por varias fases a lo largo de aproximadamente cien años, que coinciden con la orientación científica particular de cada momento y con la presencia de figuras aisladas. que resultan trascendentales.
Nos referimos, por supuesto, al caso de Schulten.
El interés por determinadas cuestiones suele ext~nderse a lo largo de varias décadas, mientras aparecen puntualmente otros temas nuevos, pero no ha existido una continuidad en el estudio de los campamentos.
He recogido y estudiado casi doscientos trabajos.
De ellos algo menos de la mitad se dedican específicamente a recintos castrenses, mientras que el resto contiene referencias aisladas a este tipo de yacimientos.
Un nutrido grupo, cuya finalidad es determinar Ja situación de los campamentos citados por las fuentes antiguas, se enmarca más en el ámbito histórico que en el arqueológico.
Otro conjunto bien definido de trabajos plantea la cuestión de las fortificaciones urbanas bajoimperiales, bastante relacionado con cuestiones castrenses.
Hacia finales del siglo pasado tenemos algunos trabajos dispersos, que no siguen un criterio arqueológico, sino histórico.
Se utilizan las fuentes como criterio de localización geográfica de yacimientos, sin comprobarlo seriamente sobre el terreno.
Corresponde a la época de los primeros trabajos exploratorios de crítica textual.
Los campamentos romanos identificados por De los Ríos y Ríos en Juliobriga (De los Ríos y Ríos, 1889), y por Fernández Guerra en Cáceres (Femández Guerra, 1889) constituyen Jos primeros recogidos en la investigación moderna.
Son obras sin bibliografía, que fuerzan la aplicación de las fuentes sobre el terreno, y carecen de toda fiabilidad.
En Ja segunda mitad de Ja primera década del siglo XX tiene lugar un gran despegue en los estudios sobre recintos militares castrenses, proceso determinado por Ja figura de Schulten.
Es un interés centrado en los campamentos de N u manci a, aunque más tarde se extienda hacia otros yacimientos.
Schulten nunca llegó a crear un grupo de investigadores en tomo suyo, sin duda por las especiales circunstancias que rodearon su trabajo desde el principio.
Era un erudito ex-/ f. ~• Figura 2.-Planta del campamento de Almenara, Valencia (Schulten, 1933).
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa --tranjero. muy hien visto por las autoridades políticas y culturales, que se sirvió de sus buenas relac iones para excavar allí donde deseaba, pero que nunca colaboró con otros estudiosos españoles.
Esta postura encerraba sin duda algún desprecio hacia el panorama científico español.
Por otro lado, no era arqueólogo, sino un buen estudioso de las fuentes antiguas y sólo esporádicamente trabajó con investigadores de este tipo (siempre alemanes) en su equipo.
Tampoco hay que atribuir a Schulten toda la responsabilidad en e l escaso eco que tuvieron sus trabajos dentro de nuestro país.
Los historiadores y arqueólogos españoles centraban su interés en otras cuestiones, relacionadas más con el patriotismo y con un criterio coleccionista.
No interesaba la investigación material sobre asentamientos concretos.
La actitud de Schulten provocó además un rechazo tajante hacia su persona y sus teorías.
Su obra, escrita en alemán y rápidamente traducida al fran cés e italiano, tuvo mucha repercusión fuera de nuestras fronteras, pero pasó bastante desapercibida en nuestro país, donde ni siquiera fue traducida, o lo fue bastante tarde.
Un problema que complica el acercamiento a la obra del investigador alemán es la publicación de los mismos trabajos en distintos años y en idiomas y revistas diferentes.
Schulten nunca pretendió, en un principio, dedicar varios años de su carrera al estudio castrense.
Tras sus primeras excavaciones en la ciudad de Numancia, su objetivo inic ial, y a la vista del rechazo que mostraban los investigadores españoles a que un extranjero excavara en la ciudad arevaca, decidió dedicarse a los campamentos que establecieron los romanos para el asedio y conquista de la misma.
Su éxito le llevó a ocuparse posteriormente de todos los testimonios de este tipo de los que tuviera noticia.
Se publican en Alemania sus grandes compendios sobre los campamentos de Escipión en Numancia (Schulten, 1927 b), de Renieblas (Schulten, 1929) y Ja propia ciudad indígena (Schulten, 1931 ).
También sus obras de conjunto sobre la historia de N umancia en alemán (Schulten, 1933 b) y sobre campamentos en España, simultáneamente en español y alemán (Schulten, 1928).
De este período son también sus teorías sobre la muralla de Tarraco (Schulten, 1933 c).
A partir de 1935 prácticamente abandona sus estudios sobre campamentos, aunque en distintas publicaciones repite sus teorías.
Es el momento de las grandes recopilaciones de fuentes referidas a España, las Fontes Hispaniae Antiquae (Schulten, 1935(Schulten,, 1937(Schulten,, 1940)), y su trabajo sobre las Guerras Cántabras, donde plantea algunas cuestiones sobre campamentos augústeos que tendrán bastante eco (Schulten, 1943).
A partir de esta fecha no vuelve a publicar sobre esta cuestión.
Las obras de Schulten se caracterizan por su conoci miento de las fuentes escritas, acompañado de una carencia de referencias a investigadores contemporáneos.
Buena calidad de los mapas y reconstrucciones de plantas y alzados de defensas.
En este sentido resulta bastante completo y avanzado.
Realiza identificaciones históricas muy aventuradas. sin pruebas estratigráficas •suficientes.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa ----------• ---------Durante este período de más de treinta años, iluminado por el erudito alemán, existen además algunas figuras individuales con interés puntual.
Mención especial merecen dos figuras: Richmond, que publica en 1931 el primer estudio sobre las fortificaciones bajoimperiales, y que fue poco conocido en España hasta hace pocos años.
Se le considera e l punto de partida de una cuestión muy actual; Taracena, el único investigador que sigue en cierta manera los pasos de Schulten en su interés por los recintos militares sorianos (Taracena, 1939(Taracena,.
Entre 1936 y mediados de los años cuarenta se produce un hiato en la producción bibliográfica, debido a la guerra civil y a los años de posguerra, que supusieron el extrañamiento de muchos estudiosos y la retirada de los investigadores extranjeros.
Además, como ya comentamos, Schulten abandona el tema castrense.
Hasta finales de los años 60 no reaparece el interés campamental propiamente dicho en e l panorama científico español.
Aunque los estudios se enfocan preferentemente hacia su carácter urbano, las publicaciones proporcionan algunos datos de interés acerca de su origen.
Desde mediados de los años cincuenta com ienza la investigación arqueológica moderna y científica.
Conviven varias tendencias: por un lado continuidad de los trabajos referidos a las ciudades de Ampurias y Tarraco (Lamboglia, 1958; Almagro y Lamboglia, 1959; Beltrán, 1965; Beltrán, 1967); por otro lado, aparece una potente corriente de estudios históricos basados en las fuentes, que se desarrollará mucho durante los años posteriores (García y Bellido, 1961, 1966; González Echegaray, 1966) y tendrá interés para la localización de recintos campamentales; junto a las dos corrientes anteriores, y sin duda muy unido en su nacimiento a la cuestión de las supuestas invasiones del siglo m en Hispania, aparece el tema de las fortificaciones urbanas tardorromanas, investigado de cerca por Balil (Balil, 1956(Balil,, 1960(Balil,, 1963(Balil,, 1964 ) ).
Se publican también algunas noticias dispersas procedentes de las excavaciones y prospecciones arqueológicas, que comienzan a ser frecuentes: Iruña (Nieto Gallo, 1958), Pamplona (Mezquiriz, 1958), Lugo (Vázquez Seijas, 1955), Astorga (Luengo, 1955, 1961) y Castrocalbón (Loewinsohn, 1963).
Son trabajos con una bibliografía bastante completa, aunque esta cuestión depende de cada autor.
Suelen llevar dibujos de las piezas más importantes, así como planos más o menos ajustados a la realidad.
En algunos de ellos la excavación o descripción arqueológica está acompañada por una identificación histórica, más o menos hipotética o justificada.
Desde finales de los años 60 y durante toda la década siguiente se produce una reactivación de la investigación arqueológica sobre ciudades amuralladas bajoimperiales, siguiendo una tendencia iniciada fuera de nuestras fronteras (Petrikovits, 1971 ).
Dentro de esta corriente se inscribe el trabajo de Elorza sobre Iruña (Elorza, 1972).
Muy importante resulta la celebración Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA.
64, 1991 de varios congresos que estudian el tema de las fortificaciones.
Pocos años después, en 1976 se celebra un Symposium sobre ciudades de fundación augústea, donde se traen a colocación los trazados amurallados y el origen de Astorga (Mañanes, 1976; Pastor Muñoz, 1976), Lugo (Arias Vitas, 1976) y Pamplona (Mezquiriz, 1976).
La importancia de estas reuniones, muy frecuentes a partir de este momento, reside en que plantear el origen y la misma existencia de varios recintos fortificados que bien pudieran ser antiguos campamentos, y orientan a los investigadores en una detenninada dirección.
Mucho menos trascendente resulta el Coloquio Conmemorativo del XXI Centenario de la Conquista de Numancia, porque adquiere un carácter m ás histórico que arqueológico (Calama y Rosellón, 1972; Beltrán Martínez, 1972; Pericot, 1972).
Durante este período continúa la investigación acerca de los temas surgidos en momentos anteriores.
Se desarrolla un interés creciente por los temas militares derivados de la presencia y conquista romana, en principio ligado a las investigaciones de los historiadores, pero que cada vez más se relaciona con los restos materiales y la arqueología {Roldán, 1972{Roldán, -3, 1974{Roldán,, 1976;;González Echegaray, 1975, 1977; García y Bellido, 1976; Jones, 1976).
Coincide con una tendencia general en los estudios de esta época, orientados hacia el conocimiento del territorio y las formas de asentamiento e implantación en el mismo.
Progresivamente aparece más clara la importancia del ejército en la articulación del espacio humano en las regiones más septentrionales de la Península.
Muy relacionado con la corriente anterior, se asiste a un.florecimiento creciente de estudios dedicados específicamente a campamentos propiame nte dichos.
Llegamos así a la última fase de la investigación, que arranca de finales de los 70 y continúa hasta nuestros días.
Se caracteriza por una continuidad de los intereses de la etapa anterior, si bien mediante trabajos normalmente más serios y rigurosos científicamente hablando.
Se han reconocido nuevos recintos como Aquis Querquennis (Rodríguez Colmenero, 1980) y A. Cidadela de Sobrado dos Monxes (Caamaño Gesto, 1984 ), a veces con una finalidad definida completamente inédita en España.
Ulbert ha excavado concienzudamente el de Cáceres el Viejo (Ulbert, 1984) y Sánchez-La Fuente reexplora Aguilar de Anguita (Sánchez-La Fuente, 1979).
La recopilación de Le Roux sobre los estudios dedicados a temas militares resulta de gran utilidad (Le Roux, 1979), así como su trabajo monográfico sobre el ejército romano en Hispania (Le Roux, 1982).
En la actualidad todav ía no hay trabajos específi cos de fortificaciones campamentales. aunque sí de ciudades bajoimperiales.
El tema no interesa excesivamente y. por otro lado. no se conservan demasiados datos.
Se busca más la relación de la presencia militar con el territorio y sus interrelaciones.
El objetivo princi pal sigue siendo dónde se localizan y el porqué. antes que s u descripción. pero quizá esta fase sea necesaria debido al retraso en el estudio respecto a otros países.
La metodología arqueológica y la publicación suele ser bastante adecuada.
En resumen. podemos decir que no ha existido una investigación continuada de campamentos romanos en España. sa lvo algunos casos concretos como Ampurias y Tarraco.
Pero incluso en estos se ha debido a su carácter urban o, no a su origen castrense.
El resto de los recintos militares ha pasado por momentos de atención. como Numancia. o son conocidos por referencias esporádicas.
Gran parte de los datos referidos a campamentos provienen de estudios sobre ciudades fo rtificadas y temas como la presencia mil itar, las G uerras Cántabras y las fu entes.
En los últimos años muchos puntos oscuros comienzan a aclararse mediante la excavación sistemática y planificada de determinados yacimientos.
Para estudiar las fort ificaciones castrenses españolas voy a agruparlas cronológicamente por períodos más o menos definidos por las fu entes y la opinión de los investigadores.
Comenzaré por los campamentos de época republicana, distinguiendo los períodos de actividad constructiva, para después analizar los datos referentes a sus recintos defensivos.
Un segundo bloque temático lo constituyen los campamentos imperiales. tanto los que no han tenido otra función, como los que después se han convertido en ciudades y han sido fortificados.
El tercer grupo comprende las ciudades fortificadas bajoimperiales, de disc utible fili ación militar.
Quiero dejar claro que la cronología y la identificación utilizada en este trabajo son las apuntada por los autores que han clasifi cado los distintos recintos, recogiendo las distintas teorías en el caso que las hubiera, pero sin entrar a juzgar la veracidad de las mismas.
Los autores clásicos que más noticias aportan sobre el tema son: Polibio (Hisrnrias, Libros 111 y X), Tito Livio (Ab Urbe Condita, libros XXI, XXII y XXX IV; Periochae.
Tiberius Graccus), Salustio (Historiae, ll).
Las referencias a las campañas de las Guerras Cántabras se encuentran en Floro (Epitome Gestae Romanae, libros 1 y II ), Orosio (Adversus paganos, 5) y Estrabon (Iberia, III).
La Noticia Dignitatum constituye la única fuente bajoimperial.
Las citas literarias suelen ser muy breves y concisas ya que no es un tema especialmente atrayente para los historiadores antiguos.
Las más frecuentes son las referencias a campamentos establecidos durante un largo período de tiempo, como el caso de los hiberna.
Pero incluso en estos casos las fuentes no pasan de indicar la distancia que les separa de determinadas poblaciones.
Se concentran lógicamente en los momentos más álgidos de 1. as guerras de conquista.
Asimismo su distribución geográfica está íntimamente relacionada con l a~ incidencias de la lucha contra los indígenas y la penetración romana hacia el interior de la Península.
Sabemos muy poco del primitivo asentamiento romano en la colina de Tarragona.
Si no fuera por las citas textuales podríamos dudar de que la ciudad fue alguna vez un establecimiento militar.
Los datos más útiles para nosotros son los que ofrece el estudio de la muralla.
Serra Vilaro estudia por primera vez el aparejo interno de la muralla y descubre que consiste en dos paredes paralelas separadas por tres metros y medio, y rellenas con piedras y adobe.
Este relleno se da tanto en el sector de la muralla con aparejo regular, como en el zócalo ciclópeo.
Encuentra materiales del siglo llI a.
C., lo que unido a los datos anteriores le lleva a pensar a una datación única de la muralla en época de los Escipiones (Serra Vilaro, 1949, 221-236).
No aclara el carácter civil o militar de este primer enclave romano en Ja Península.
El primer investigador que da una opinión sobre esta cuestión es Lamboglia.
Confirma la datación de las cerámicas halladas por Serra, pero asegura que la muralla no corresponde al campamento, sino al núcleo civil de la capital provincial (Lamboglia, 1958, 164).
El problema principal es que no menciona las razones que le llevan a esta conclusión.
AL igual que las que le llevan a modificar totalmente su opinión unos años más tarde, donde la define como «COionia e stazione militare del tempo della conquista romana» (Lamboglia, 1974, 397).
En la misma obra, algo más adelante, señala el carácter romano antiguo de la muralla, s u inexcusable importancia militar y su utilización para cuarteles de invierno del 218-217.
Se pregunta si el motivo de s u trazado irregular, y de que Escipión no Je diera las dimensiones y la fisonomía de un campamento no estaría en la necesidad de incluir un núcleo indígena preexistente (Lamboglia, 1974, 400), como también parece deducirse de la presencia de cerámica griega e ibérica junto con la campana (Lamboglia, 1974, 398-9).
Esta idea parece confirmarse en trabajos posteriores.
Los trabajos de Balil (Balil, 1969) y, sobre todo, de Hauschild suponen la continuación de las investigaciones de Serra Vilaro y Lamboglia.
Hauschild recoge en sus primeros trabajos la teoría de que la erección de la muralla se produce con la llegada de los romanos (Hauschild, 1973-4, 32).
El zócalo megalítico sería una técnica prerromana pero utilizada durante la época romana (Hauschild, 1976-7, 69).
Sobre éste se dispone un opus reticulatum con sillares almohadi llados y bien escuadrados, colocados a soga y tizón (Hauschild, 1976-6, 53).
Las torres son rectangulares, también con las hiladas inferiores de grandes bloques de piedra, separadas por tramos de muralla con medidas irregulares que conservan poternas, en número de seis, junto a las torres y bien protegidas por éstas (Hauschild, 1976-7, 50 y 72-3).
En Ja torre de la Minerva existía una cámara superior con aspilleras (Hauschild, 1983, 176).
Durante una segunda fase, fechada por el autor a principios del siglo 11 a.
C., la muralla se amplía hasta 6 metros de achura y 12 de alzado, adosando un nuevo paramento en el interior con un zócalo megalítico más bajo (Hauschild, 1983, 176).
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa La muralla se edifica posiblemente entre el 218 y el 204, ya que en el 197 la capital se traslada a Cartago-Nova ( Hauschild, 1976-7, 67-68).
Sería un recinto militar que acogería durante la guerra contra Cartago a la mayor parte de los 70.000 legionarios y 80.000 aliados (Hausch ild.
Los últimos trabajos publicados confirman la existencia de un Praesidium desde el punto de vista tanto de las fuentes (Pena Gimeno.
Neuebauer ha creído ver una explicación al uso de aparejo ciclópeo en la talla in situ de grandes bloques de piedra que estuvieran en la colina.
Cuando se terminaron, los canteros recurrirían a piedras talladas regularmente de las canteras cercanas (Neuebauer, 1980, 111 ).
No deja de ser una hipótesis interesante pero indemostrable.
Constituye un asentamiento irregular, construido en forma trapezoidal mediante varios tramos rectos de muro de 1,5 metros de ancho.
El eje máximo es de 470 metros y la extensión de 9,4 hectáreas.
Presenta 16 torres cuadrangulares a lo largo del perímetro.
La Porta Praetoria se halla al sudoeste y está flanqueada por dos torres (Schulten, 1933, 525).
Siguiendo a las fuentes debió ser edificado por los Escipiones en la campaña del 217, cuando avanzaban sobre Sagunto, después de pasar el Ebro (Schulten, 1928, 36).
No ha vuelto a ser explorado desde principios de los años treinta, con lo que su autenticidad es discutible.
-Ampurias A pesar de que el desembarco romano en la Península se produce en Ampurias (Polibio, 111, 76, 1 ), no se mencionan campamentos cercanos a esta ciudad hasta la época de Caton.
Tres citas corroboran la existencia de uno o varios campamentos establecidos por el cónsul junto a la colonia griega.
Livio, en su libro XXIV, 11, ofrece la escueta noticia de la construcción de un recinto militar en Ampurias.
Algo más abajo (XXXIV, 13) asegura que es un campamento de invierno y se encuentra a tres millas de dicha población.
Frontino corrobora la noticia (l, 2, 5).
Desde un principio la arqueología ha intentado situarle con éxito.
Puig i Cadafalch ya hacía notar en 1934 que la planta cuadrangular de la ciudad romana recordaba un agger militar (Puig i Cadafalch, 1934, 65), pero los investigadores posteriores pensaron que el campamento habría estado extramuros de la ciudad.
Se localiza alternativamente en La Serrilla al oeste del núcleo urbano (Schulten, 1935, 183), en la llanura de l'Armentera, oculto por alguna avenida del río Fluviá, en las playas de Montgó, o en la zona de D' Albons (Almagro Basch, r95 l, 72-73).
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa muro de aspecto arcaico aparecido en la Bahía de Riells pudieron ser restos de l campamento (Ripoll y Llongueras Campaña, 1974).
Almagro, en sus excavaciones de la muralla romana no halla material anterior al siglo 11 a.
C., que pueda ser atribuido a un presidio (A lmagro, 1945.
Sanmartí es el primero en afirmar que el campamento debió instalarse en la parte alta de la colina, dominando la ciudad griega y la bahía (Sanmartí, 1973, 117-118), al no encontrar restos de la c iudad indígena en tal lugar.
Martínez Gazquez llega a la misma conclusión a través de la crítica textual (Martínez Gazquez.
En sus excavaciones publicadas en 1984, Aquilue et a/ii encuentran la clave para la localización del campamento.
Interpretan un muro que forma un ángu lo, construido en aparejo ciclópeo y ya publicado por memorias anteriores (Lamboglia.
Almagro y Lamboglia habían fechado esta construcción a principios del siglo 11 a.
C.. basándose en la datación de la cerám ica campaniense. pero nunca lo asociaron a una función militar, sino a un edificio público (Almagro y Lamboglia, 1959, 21-22).
El muro tiene una orientación norte-sur, y sólo se conserva la última hilada de piedras.
Existen varias cisternas monumentales asociadas en e l ángulo sureste (Aqui lue y V. V. A.A., 1984, 42).
Los investigadores conc luyen afirmando que sería un establecimiento rectangular con carácter militar construido en el primer cuarto del siglo 11 a.
C., posiblemente en época de Catón.
Su desaparición coincidiría con el establecimiento de la ciudad romana de nueva planta en el tránsito entre los siglos 11 -1 a.
La dificultad para acpetar totalmente esta tés is reside en la práctica imposibilidad de comprobarla, dada la escasez de restos del pretorio conservados.
-Aguilar de Anguila Al parecer fue descubierto en 1912 por Aguilera y Gamboa, que informa de su intención de realizar excavaciones (Aguilera y Gamboa, S/F).
Taracena lo cita entre los campamentos republicanos (Taracena, 1947, 28).
Recientemente ha sido descrito por Sánchez-La Fuente, que no ha realizado excavaciones (Sánchez-La Fuente, 1979).
El campamento se sitúa sobre un cerro amesetado, 20 kilómetros al este de Sigüenza y junto al camino natural que asciende por valle del Jalón hacia Ja Meseta.
Las excavaciones descubrieron toda la muralla en sus dos caras (Schulten, 1927, 191 ), separadas por casi dos metros de anchura.
Estabajalonada con torres cuadradas dispuestas en su interior, con acceso por escaleras de piedra.
Se excavaron cuatro puertas, dos de ellas dispuestas de fonna desencajada, dejando un pasillo entre ellas (Aguilera y Gamboa, 1916, 83-85).
Sánchez-La Fuente identifica la técnica de construcción de las puertas como indígena, a base de realizar desmontes al lienzo perpendicular (Sánchez-La Fuente, 1979, 78).
En la actualidad el recinto murado resulta todavía visible.
Las dos caras del muro y el relleno interior a base de guijarros pueden seguirse a lo largo de todo el perímetro.
Las torres con sus escalones se aprecian bien, al igual que las puertas.
Es uno de los escasos ejemplos que se conserva en buen estado.
Respecto a su datación cronológica Schulten planteó varias hipótesis de acuerdo con los textos.
La más probable entre ellas era que fuera del ti<!mpo de Catón, al regreso del cónsul de su expedición al Mediodía, cuando intenta la toma de Segontia y establece pretores en los campamentos (Schulten, 1929, 192).
Para Sánchez-La Fuente el carácter temporal que se desprende de las fuentes no se corresponde con las dimensiones del campamento, su construcción en piedra y el grosor de los muros.
Por otro lado, la distancia a Sigüenza no lo hace operativo en un ataque.
Este investigador afirm.a que sería un campamento base desde donde se iniciarían hostilidades contra Segontia y los pueblos de los alrededores, muy numerosos, tal como confirman los restos (Sánchez-La Fuente, 1979, 80).
La imposibilidad de identificar los materiales depositados en la colección del Marqués de Cerralbo no permite una datación más aproximada.
-Renieblas 1 y Il También este campamento ha sido atribuido por Schulten a las campañas de Catón (Schulten, 1909, entre otros).
Más adelante veremos la reconstrucción histórica y arqueológica de este asentamiento que fue reocupado cuatro veces.
-Campamentos de circumvalación de Numancia La fuente clásica principal es la iberia de Apiano, especialmente sus capítulos 90-92: «No mucho después, habiendo (Escipión) instalado sus campamentos cerca de Numancia, puso uno a las órdenes de su hermano Máximo, el otro bajo su propio mando»...
«Levantó siete castillos alrededor de la ciudad y empezó el asedio»... «dio orden de rodear la ciudad con un foso y una valla».
Floro, en 1, 34, 11 presenta una versión algo diferente, al reducir el número de campamentos a cuatro.
C., durante el asedio y asalto final a la ciudad arevaca.
Schulten considera que los campamentos del procónsul Claudio Marcelo del año 152 (Apiano, 50), de Q. Pompeyo Aulo en el 141 (Apiano,76) y Pompeyo en el 140 a.
Las investigaciones de Schulten sobre el particular constituyen el punto de arranque de su interés por los recintos militares.
El autor presentó sus resultados en varias publicacions que ya he citado, siendo la primera en 1907-8 (Schulten, 1907(Schulten, y 1908)), aunque yo seguiré la edición francesa de 1908-1 O. Se encuentran entre los mejor conocidos en cuanto a defensas.
Lo primero que llamó su atención fue el hecho de que tu-Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
vieran la pit! dra como material de construcc ión, al igual que las construcciones imperi ales (Schulten, 1908, 129).
El campamento principal, asie nto para Schulten del propio Escipión, es el llamado Castillejo, al norte de la ciudad arevaca.
Comenzó a excavarlo e n 1907, continuando al año siguiente.
Es un gran campame nto, de 6 hectáreas, muy fácil de defender ya que existe un único acceso practicable al Norte (Schulten, 1908, 144).
Aún así se dota de fortificac iones muy fuertes.
El lado norte presenta una muralla de 5,50 metros de anchura, construida con dos muros paralelos de un metro rellenos de guijarros. y una doble fosa de 10,5 metros de ancho.
En los lados este y sur la muralla presenta entre 1,5 y 2 metros de anchura realizada en piedra calcárea bien tallada.
La puerta decumana tenía 8 metros de ancho y estaba flanqueada por dos torres de si llares bien escuadrados.
El espacio anterior de la puerta está dividido en dos partes por un muro (Schulten, 1908, 145-6).
Tras las excavaciones del año 1908, Schulten llega a la conclusión de que existen tres campamentos superpuestos, basándose en la di ferente orientación de las casamatas.
El campamento más antiguo es atribuido al cónsul Marcelo, que inverna en Numancia el 152-1.
El siguiente en importancia era el de Peña Redonda, en una colina situada al Sur de Numancia, muy fuerte y con accesos escarpados.
Las fortificaciones consisten en una muralla de dos muros paralelos de piedra calcárea rellenos con tierra, de 4 metros de a nc hura, y un foso poco profundo de 10 metros de anchura.
La muralla no aparece en el talud.
En el lado oeste se disponen aterrazamientos sujetos por grandes muros de piedra.
Jntervallum intramuros, de tres metros e n su punto más estrecho, con casamatas para centinelas.
El recinto de Dehesilla se sitúa al oeste.
En los campamentos de Rasa, al sur, Valdevorrón, al este y Alto Real, al noroeste, también aparecieron restos de fortific aciones, pero en todo caso son de menor envergadura, están más deshechas y plantean mayores problemas de autenticidad.
El muro de circunvalación, que según Schulten unía estos campamentos, te nía una anchura de 4 metros en las elevaciones y 2,60 en los valles.
Estaba construido con aparejo ciclópeo y poseía torres con habitaciones para los centinelas y las baterías (Schulten, 1909, 17-1 8).
El problema principal de las teorías de Schulten reside en la excesivamente imaginativa interpretación de muchas construcciones, a las que dio un sentido del que carecían y ahora resulta muy difícil de corregir, además de las dataciones arbitrarias, utilizando las fuentes como único argumento.
La misma existencia de s iete campamentos, que él creyó ver confirmada en las fuentes, está en discusión.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa una reexcavación sistemática para comprobar los datos del investigador alemán, a pesar de que en la situación actual de los yacimientos muchos datos se han debido perder definitivamente.
Una parte de los mismos está abandonada, pero otros (por ejemplo, el Castillejo) son tierras de labor s ujetas a numerosas agresiones humanas.
-Los campamentos de Renieblas (Seria) Hallados en 1908 por Schulten en la Gran Atalaya de Renieblas, tras varias excavaciones preliminares.
Se localizan a 6 kilómetros al este de Numancia.
Su excavador cuenta que los muros se reconocían en gran parte a flor de tierra, lo que permitió levantar planos directamente.
Se descubrieron restos de cinco campamentos extendidos por toda la ladera de la colina.
El campamento 1 tiene planta irregular y ocupa una superficie de 12 hectáreas.
Sus defensas consisten en un muro de piedra de 2 a 2,5 metros de espesor jalonado por torres cuadrangulares (Schulten, 1929, 34).
Se sabe poco más de sus características constructivas.
Schulten atribuye su erección al cónsul Catón, en el año 195, sin más argumento que sus dimensiones, muy similares al de Aguilar de Anguita (fechado por él mismo en este momento), y el vacío de información en las fuentes entre Catón y las primeras campañas de Nobilior, al que atribuye el fII (Schulten, 1929, 37-38).
El campamento II es datado en este mismo momento, aunque no explica el motivo de la construcción de dos campamentos sólidos en un mi smo año y en el mismo lugar.
De este recinto se conserva menos de la mitad del perímetro irregular de la muralla, que tiene una anchura de dos metros y torres adosadas (Schulten, 1929, 39-40).
El recinto número III es el más importante y sorprendente, a la par que el mejor conservado.
Consta de imponentes murallas de 4 metros de anchura, que se ensanchan hasta alcanzar los 5 en algunos tramos, construidas mediante un aparejo irregular con grandes bloques de piedra calcárea de hasta 2 metros de largo por 1 de alto.
Consisten en dos muros paralelos frontales rellenos de guijarros, siguiendo la técnica de emp/ecton.
Se conservan 27 torres cuadradas a lo largo del perímetro con espesor y anchura variables, y dos semicirculares bastante grandes.
Seis puertas, el número canónico, con un vano de 3 metros.
La importancia de este campamento reside en que se ajusta casi perfectamente a las normas polibianas, hecho excepcional dentro de los campamentos republicanos.
Aunque su perímetro es algo irregular por su adaptación al terreno y la inclinación del mismo, la disposición interna y la organización del espacio para dos legiones responde con exactitud al esquema del historiador griego.
Lo único que varía es la orientación del pretorio, afrontado hacia Numancia.
Schulten atribuye el campamento al procónsul Nobilior, y lo considera un castra hiberna del Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa año 153 a.
C. Apiano recoge la construcción de un asentamiento militar «a veinticuatro estadios de Numancia», en el que invernó el cónsul Nobilior durante el año 153-2 a.
Nobilior tiene tiempo para construir un campamento estable, porque los arevacos no interfieren.
El lugar fue escogido cuidadosamente, en la bifurcación de dos caminos hacia el Valle del Ebro, el que conduce a Bursao y Calagurris. y el de la Rioja (Schulten, 1914, 27-8; Schulten.
Al año siguiente, el sucesor de Nobilior, Claudio Marcelo. vuelve a acampar a 5 estadios de Numancia (Apiano, /heria.
La diferencia de distancias respecto a la ciudad arevaca existente entre el recinto de Nobilior y el de Marcelo ha llevado a Schulten a situar este último en el Cerro Castillejo, cuya proximidad a Numancia, un kilómetro, coincide con los datos de las fuentes (Schulten, 1927, 175).
Los campamentos IV y V son atribuidos a Pompeyo, a pesar del silencio de las fuentes.
De nuevo el argumento de Schulten no es arqueológico, sino literario: los textos clásicos sólo mencionan operaciones militares durante las guerras sertorianas (Schulten, 1914, 28).
Salustio (Historiae, 1, 94) menciona que Pompeyo «Ordenó al legado Titurio que pasase el invierno en la Celtiberia con quince cohortes, a la cabeza de los aliados».
El recinto número IV carece de construcciones interiores, pero está protegido por muros de piedra sin torres (Schulten, 1945, 251 ).
Debió ser un campamento temporal del verano del 75 a.
C. El V presenta murallas de 4 metros de anchura, con piedras trabadas con argamasa, y torres defensivas.
Resulta muy similar a los campamentos imperiales, aunque éstos tienen las murallas compactadas mediante hormigón (Schulten, 1914, 30).
La excavación de estos recintos militares ha seguido los mismo criterios que los campamentos en torno a Numancia, por lo que hacemos extensivas las observaciones.
Si bien se han levantado algunas voces críticas no se han realizado excavaciones que las modifiquen o corroboren, y los materiales hallados por Schulten, que apenas jugaron algún papel en su intepretación, permanecen en su mayor parte inéditos.
En la actualidad la Gran Atalaya de Renieblas ha sufrido una repoblación espontánea de encinas, lo que hace bastante irreconocible el lugar.
No se puede seguir el trazado de las murallas, y lo único visible son los restos de la casamatas del campamento 111.
El campamento V está en la falda de la colina, bajo tierras de labor.
No se ha realizado ningún trabajo desde la excavación de Schulten.
-Almazán (Soria) Ocupa una terraza colgada en el borde meridional del valle del Duero, sobre un antiguo meandro del río, que ahora corre a 350 metros, y tres kilómetros río arriba de la localidad de Almazán.
En la actualidad, una cantera de graba y una repoblación de pinos han hecho desaparecer todo resto, y resulta incluso difícil de identificar el lugar que ocupó en la topografía del terreno.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa 200), lo que menciona en obras posteriores (Schu ltcn, 1928(Schu ltcn,, 36: 1929.
En 1969 fue objeto de una excavación de urgencia para determinar su estado de conservación y determinar su cronología real (Gamer y Ortega, 1969).
Las excavaciones sucesivas han revelado una muralla de dos paramentos exteriores rellena con guijarros bastante grandes (Gamer, Ortego, 1970, 71 ).
Se conserva hasta poca altura aunque en 1912, se elevaba casi 1 mtr.
Planta rectangular, de casi 38 has., aunque se han perdido los lados sur y este del perímetro.
En el lado oeste se observan restos de un foso y una puerta.
Son todavía visibles las trazas de otra en el li enzo norte.
Schulten lo data en tiempos de la guerra numantina, y posiblemente en el 153.
Al año siguiente las fuentes (Apiano,(48)(49) sitúan un nuevo ejército romano al mando de Claudia Marce lo, acampado en las cerc~nías de Ocilis (Medinaceli).
Otros investigadores han seguido a través de las fuentes las campañas de Nobilior y encuentran justificado un campamento aquí, entre Ocilis y Numancia, en la vía que asciende desde el valle del Jalón hacia la Meseta Superior (Calama y Rosellon, 1972, 147-8).
La guerra de Sertorio (83-72 a.C.) -Castra Caecilia (Cáceres) La preocupación por identificar los campamentos fundados por los romanos durante el curso de las guerras sertorianas arranca del siglo pasado (Fernández Guerra.
141 ). impulsada sin duda por la presencia de nombres alusivos en las fuentes.
La metodología científica de este investigador ha experimentado un avance respecto a las excavaciones de Numancia: se considera por primera vez la importancia cronológica de los materiales, simbolizada en su publicación conjunta con los datos planimétricos y arquitectónicos (Paulsen, 1928(Paulsen,, 1930(Paulsen,, y 1932)).
Después de más de cuarenta años de abandono, la investigación se ha reanudado gracias a
Beltrán Lloris, que reestudia los materiales cerámicos y numismáticos (Beltrán Lloris, 1973-4 y Beltrán Lloris, 1976) y sobre todo Ulbert, que ha realizado una concienzuda reexcavación del campamento (Ulbert, 1984), hasta ahora el mejor estudio arqueológico sobre un recinto de este tipo en el panorama científico español.
Recientemente otros investigadores vuelven a referirse a Cáceres el Viejo sin citar datos nuevos (Alonso Sánchez, 1985 y 1988).
Es un campamento rectangular, pero con esquinas en ángulo agudo, a diferencia de los imperiales.
Su trazado interno es rigurosamente polibiano para Schulten (Schu lten, 1932, 335).
La muralla mide aproximadamente 4 metros de anchura y está construída mediante dos muros paralelos con un relleno intermedio de tierra y piedras.
Foso doble, el más exterior de 2 metros y el interno de 3 a 4 mtrs. de ancho, con un intervalo entre ambos de 2 mtrs.
El foso se documenta muy bien en la esquina sudeste (Schulten, 1932.
Se conservan restos de cuatro puertas, praetoria, principalis dextra. principalis sinistra y quintana sinistra.
No han aparecido restos de las otras dos que debieron existir.
Tampoco hay testimonios de torres alrededor del perímetro o flanqueando las puertas.
Su cronología e identificación histórica ha levantado mucha polémica.
Para Schulten este recinto sería construido por Q. Caecilio Metelo, gobernador de la Ulterior durante la sublevación de Sertorio.
El año de fundación fue el 79 a.C., coi ncidiendo con la expedición de Metelo hacia el Norte, que debió seguir una ruta similar a la vía de la plata, testimoniada por fundaciones como Metellinum. luego colonia romana, y Vicus Caecilius, conocido por los Itinerarios posteriores.
En las fuentes figura también un asentamiento denominado Castra Caecilia (Tolomeo, 11, 5, 8; Plinio, IV, XXII, 117; Itinerario de Antonino, 434, 4), que parece corresponderse con este campamento.
Las distancias señaladas en el Itinerario de Antonino coinciden con las medidas sobre el terreno.
Cuando en el 77 Metefo, ante la inseguridad de sus posiciones, retira su ejército hacia el s ur, es incendiado por las tropas sertorianas (Schulten, 1949, 92-98, ed. española de Schulten, 1926).
Las cuestiones que plantean mayores problemas son por un lado la fecha concreta de erección del campamento, y por otro, muy relacionado con el anterior, su identificación dentro de las diversas citas de textos clásicos.
Las expediciones contra los Lusitanos llevadas a cabo en esta misma zona por Servilio Caepio en el 139 a.C., y por P. Licinio Craso entre el 96-94, han llevado a hablar de una Castra Servilia (citada en Apiano, 67-69) y una Castra Licinia, fundadas respectivamente por cada uno de ellos, y opciones alternativas para la identificación del campamento de cáceres el Viejo.
Las fuentes (Tolomeo, 11, 5, 8; Plinio, IV, XXII, 117) atestiguan la existencia en época imperial de dos vici con esos nombres, de los que podemos deducir un origen militar.
Schulten consideraba que Castra Servilia existió cerca de aquí, pero que no se uede considerar que sea este campamento (Schulten, 1932, 346).
El estudio de los materiales llevado a cabo recientemente por Beltrán Lloris le lleva a conclusiones completamente distintas.
El autor concluye diciendo que: «el campamento tuvo que ser abandonado poco después de los años 96-95 a.c., y antes del 93 a.C.»
Identifica Cáceres el Viejo con Castra Servilia o Castra Uciniana (Beltrán, 1973-4, 296-8; Beltrán, 1976, 16), pero no acepta que sea Castra Caecilia porque la datación de esta última es demasiado tardía.
La reinterpretación de los materiales llevada a cabo por Ulbert en 1.984 nos ofrece una cronología más reciente.
Las monedas, las fíbulas, la vajilla de bronce y las lucernas avalan una fecha dentro de la primera mitad del I a.C., hecho confirmado por la calidad, la solidez y el lujo de las construcciónes (Ulbert, 1984, 203).
El horizonte de incendio y la aparición de elementos importantes como los ti materia del templo indican que el campamento fue incendiado por sorpresa, no al abandonarlo sus ocupantes (U lbert, 1984, 204 ).
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AE.\pA.
1991 campamento de invierno, la Castra Caecilia de las fuentes, fundada por Caeci lio Metelo, y destruida entre el 80 y e l 72 a.C. No tuvo que desaparecer necesariamente tan pronto como propone Schu lten {en el 78), y pudo resistir algunos años a pesar del repliegue del gobiernador bético hacia el sur (Ulbert, 1984, 207-8).
El autor se pregunta por la causa de la inexistencia de restos de cannahae y por el emplazamiento que ocuparon Casra Se1Ti/ia y de Castra liciniana, cuya fundación en esta misma región y en una época anterior entra dentro de lo posible (Ulbert, 1984, 208-9).
-Pompaelo (Navarra) Muy poco podemos decir del presunto origen castrense del núcleo urbano de Pompaelo.
El nombre y la tradición han llevado a atribui r a Pompeyo la fundación de la ci udad en el 75-74 a.C., como campamento de invierno para sus tropas (Mezquiriz, 1978, 9), basándose en una cita de Salustio (11,93 ).
La arqueología no ha revelado restos constructivos en el solar de la actual Pamplona que puedan confinnar este origen.
Sin embargo, esta investigadora cree reconocer el presidio en el núcleo antiguo de la Navarrería (Mezquiriz, 1976, 191 ).
-Alpanseque (Soria) Situado en el límite entre las provincias de Soria y Guadalajara.
Se localiza en el paraje conocido como «Dehesa de los Santos», entre las localidades de Barahona y Alpanseque.
Parece ser poligonal y de unas 4,7 has.
Schulten lo considera un campamento de verano y lo atribuye a la campaña de Caton del 195 (Schulten, 1928, 36).
En el momento actual no se reconoce su perímetro.
Este arqueólogo observa restos de un recinto rectangular de 705 x 440 mtrs. en la llanura junto al río Mazos, y cerca de la vía que unía el Jalón con la calzada Asturica-Caesaraugusta.
Cree reconocer un agger con terraplén, foso y empalizada, en dos largos s urcos paralelos respaldados en su interior por una loma ancha y aplastada.
La diferencia entre el fondo del surco y la zona más Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa alta de la loma es de sólo 60-80 cms.
Taracena lo clasifica como un campamento de verano de madera. que fecha ex silentio en época de Sertorio.
Plantea la posibilidad de que pertenezca a las tropas pompeyanas. que contaban con la fidelidad de la zona, pero por la cerámica del entorno y por su planta rectangular habría que considerarlo imperial (Taracena, 1939, 5).
Desconocemos la situación actual de este supuesto campamento, que nunca ha sido excavado y. por lo tanto, si tal atribución responde a la realidad.
CAMPAMENTOS ROMANOS DE ÉPOCA ALTOIMPERIAL
Al igual que los campamentos republicanos los hemos dividido para su estudio en varios períodos cronológicos, correspondientes a fases de intensa actividad constructiva desde el punto de vista militar.
Algunos de ellos los estudiaremos en distintos momentos, siguiendo sus transformaciones sucesivas.
Los recintos militares de época imperial presentan diferencias notables respecto a losanteriores.
En nuestro país su estudio comienza mucho más tarde que el de los republicanos, hecho debido más a una simple casualidad que a una voluntad específica en este sentido.
Además, su morfología y aparejo constructivo varían considerablemente respecto al período republicano.
Pero el hecho más significativo es su distribución geográfica.
Se concentran en el cuadrante noroccidental de la Península Ibérica, generalmente al píe de la Cordillera Cantábrica y los Montes de León.
Tal emplazamiento responde a una concepción estratégica de larga duración, puesta en práctica por Augusto y sus sucesores.
La conquista del Norte de la Península, y su consolidación posterior, que coincide con el establecimiento de la política de limes en las fronteras del Imperio, determinan la creación de establecimientos militares fijos.
Para Roldán, en la mente de Augusto esta concentración militar tuvo una finalidad de glacis protector de la zona romanizada, a la vez que un instrumento de explotación económica (Roldán, 1976, 140).
Pero este papel vigilante que tuvieron las fuerzas militares en un primer momento dió paso a otra función mucho más importante por sus consecuencias ulteriores, plasmada en las formas territoriales de implantación militar, muy bien estudiada por Le Roux (Le Roux, 1982, 9 y ss.), y con conocidos paralelos en otras regiones marginales del Imperio (Forní, 1970, 211-2 y 215).
El control de las explotaciones mineras y la conservación de las comunicaciones expeditas sería su misión principal.
Pero, como apunta Roldán, la conquista introduce un numeroso contingente humano foráneo que se superpone al local, y que trae como consecuencia la transformación de las estructuras preexistentes (Roldán, 1984, 71).
Tales procesos se verifican en los primeros núcleos semi urbanos, que tienen un indiscutido carácter militar.
El papel desempeñado en la reordenación del territoiro y la creación de nuevas estructuras sociales, que caracteriza a los recintos castrenses de época imperial, los distingue radicalmente de los republicanos.
En época de Tiberio parece tener lugar una redi stribución de las fuerzas militares dentro de la Península, según se desprende de los capítulos 3, 8 y 4, 20 del libro III de la Iberia de Estrabón.
Este autor señala que Tiberio estableció entre los Cántabros y Astures tres legiones, dos al mando de una legado en la región al Norte del Duero, y la restante al mando de otro le-Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
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Los campamentos augusteos y tiherianos
No vamos a entrar aquí en el análisis de los cuerpos militares que participaron en las campañas augusteas desarrolladas en el Norte de la Península.
Se documentan contados datos proporcionados por las fuentes escritas y los restos arqueológicos. epigráficos y numi smáticos.
Varios autores se han ocupado suficientemente del tema (García y Bellido, 1961.
Lo mismo podemos decir acerca del desarrollo de las operaciones durante las guerras del 26-19 a.c.. y las múltiples discusiones al respecto.
Todos estos trabajos de análisis de fuentes tienen una utilidad relativa para nosotros. ya que sólo proporcionan hipótesi s no comprobadas sobre localización camapmental.
Las publicaciones arqueológicas son, por el contrario, muy escasas. pero a ellas debo ceñir nuestro estudio.
-Sasamón (Burgos) Constituye según todos los autores el asiento del principal campamento augusteo durante las operaciones contra los pueblos de la Cornisa Cantábrica.
La discusión se centra en el hecho de que existen dos asentamientos con nombre parecido, Segisama Julia y Segisamo, y no está muy claro a cual de los dos se refiere la cita recogida por Floro y Orosio.
Schulten decía que el ejército se emplazó junto a Segisamo, que estaría a orillas del río Brulles, núcleo que tras la marcha del ejército recibe el nombre de Segisama Julia.
Segisamo y Segisama estaban en diferentes lugares (Shculten, 1943, 175-7); Rodríguez Colmenero asegura que la población actual fue el asiento del campamento, dándole el nombre de Segisama, distinta a Segisama Julia (Rodríguez Colmenero.
77-81 ): Roldán se inclina por un recinto militar situado al norte del pueblo actual, donde aparecen numerosos restos (Roldán, 1974, 181).
En 1975 Abasolo da cuenta en una publicación de lo que considera que es el trazado del antiguo campamento bajo el pueblo actual.
Realiza la identificación mediante la fotografía aérea y su principal argumento es la existencia de una vía romana prolongado lo que sería el cardo (Abasolo, 1975, 129-30).
El campamento se situó en la misma colina que el poblado turinodigo, y junto a él.
Con la marcha de la legión surge el asentamiento civil de Segisama lulia, que se extiende también por el núcleo indígena (Abasolo, 1975, 131-2).
El campamento no se ha constatado arqueológicamente y su existencia sigue siendo cuestionable, a pesar de los datos de las fuentes y los estudios planimétricos.
Por otro lado, no existe ningún material publicado que nos permita llevar la cronología hasta el 26 a.C. La localización dada por las fuentes de un campamento «junto a Sasamón» tampoco es muy exacta, y podría referirse a algún núcleo cercano, quiza Herrera de Pisuerga.
1991 -Herrera de Pisuerga (Palencia) La situación es este núcleo urbano, antigua Pisoraca de las fuentes, es totalmente diferente a la de Sasamón.
Los textos carecen de noticias que pennitan localizar un asentamiento mililar en Herrera.
Sin embargo, los materiales proporcionados hasta ahora por las excavaciones ar-4ueológicas que vienen llevándose a cabo desde hace varios años, revelan unas cronologías perfectamente asignables a las primeras campañas de las Guerras Cántabras (Pérez González, 1989).
Se considera asiento de la Legio IV Macedonica.
La presencia en España de dicha legión resulta suficientemente atestiguada a través de los restos arqueológicos y epigráficos (González Echegaray y Solana Sainz, 1975).
Las llamadas Tablas de barro de Astorga, o Itinerario del Barro constituyen un testimonio muy discutido de la presencia de la legión.
La Tabla l recoge una vía que se dirige desde Legio VII hasta Portus Blendium (Suances, Santander), pasando por varias mansiones intermedias una de las cuales es llamada Legio IV.
El documento ha sido estudiado por varios autores (el tratamiento más detallado del tema se encuentra sin duda en García y Bellido, 1975), pero recientemente Roldán ha cuestionado su autenticidad (Roldán, 1972-3, 228-9).
Aparte de consideraciones generales sobre el tipo de letra, el autor considera inviable la existencia y mención simultánea de la Legio IV y la Legio VII.
La primera aparece documentada en el año 45 d.C., en Germanía y debió partir de la Península en época de Claudio (Roldán, 1974, 183), mientras la segunda no pudo obviamente establecerse en una época anterior a su fundación por Galba. para Roldán: «Sería absurdo concebir que las hipotéticas cannabae formadas a su vera (de la Legio IV) en tan corto período de tiempo hubieran desarrollado un núcleo urbano que continuase existiendo tras su desaparición con el mismo nombre» (Roldán, 1972-3, 229).
No vemos tan lógico el razonamiento de Roldán, ya que en un período de cuarenta años pudieron fonnarse perfectamente cannabae, y respecto a la pervivencia del nombre, si bien no es corriente, tampoco es impos ible.
Una opinión similar expresa Le Roux (Le Roux, 1982, 106-7), apuntando que el origen de la vía en León puede hacer referencia a una vía augustea que salía del mismo punto, siempre que se acepte que esta ciudad era el asentamiento de la Legio Vl tras las Guerras Cántabras.
No está muy claro el valor real que hemos de conceder a este documento epigráfico.
García y Bellido situó el emplazamiento de la legión en Aguilar de Campoó, con argumentos simplemente geográficos basados en la distribución de hitos augustales (García y Belido, 1961, 119 entre otros); Shculten (1943, y González Echegaray-Solana (1975, 181-2) comparten la opinión de García y Bellido.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Pérez González c ree reconocer huellas de un trazado campamental e n el actual núcleo ele He rrera (Pérez González,198 1.
147). pe ro aún no se ha e ncontrado resto alguno que pueda ser atribuido con seguridad al recinto fonificado.
La distribución de los hitos augustales y el hecho de que Pisoraca fuera el punto de panida de dos antiguas vías 4ue llevaban respectivame nte a Suances y Castro Urdiales son también datos a tener e n c uenta para este autor.
Las últimas campañas arqueológicas han puesto de manifiesto la existencia de estructuras de habitación bien fec hadas e n una fase augustea muy temprana. asi mil ables a viviendas militares, pero aún pendientes de interpretación.
El campamento sería abandonado hacia el 39-40 d.C.. desarrollándose un núcleo urbano sobre sus cannahae.
La mayoría de los investigadores sobre las Guerras Cántabras considera Astorga como uno de los campamentos augusteos (Schulte n, 1943, 129: Schmittenner, 1962, entre otros).
Luengo y Mañanes, los autores que han dedicado su a tenc ión a este asentamiento mantienen esta opinión sin discusiones, a pesar de que no hay resto alguno que la avale.
Luengo. en di stintas publicaciones recoge el origen campame ntal de la ci udad (Luengo,196 1,152), que el atribuye a la Leg io X Ge mina a partir de los epígrafes embutidos en la muralla bajorromana (C.l.L. 11, 263 1 ).
Ma ñanes cree observar huellas de una típica estructura campamental. rectangular, con Figura 7.-Planta del campamento de Almazán, Soria (Gamer y Or1ego.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa 1 ( 14ÁNGEL MORILLO CERDÁ Af.'.1pA.
No se muestra muy ~eguro de la presencia de la susodicha legión, debido a los hallazgos de Rosinos de Yidriales (Mañanes, 1983, 13). y reconoce que no está comprobado.
La discusión entre estos autores se centra no tanto en el carácter militar primitivo de lapoblación, que consideran asegurado, sino en el año de establecimiento del mismo y la preexistencia de un núlceo indígena.
Pastor Muñóz. que trata sobre el problema en el «Symposium de Ciudades Augusteas», sigue a Luengo en el origen prerromano y presenta el paso de campamento a ciudad en el año 19 o entre el 15-13 a.C., fecha de la supuesta segunda venida de Augusto a la Península (Pastor Muñóz, 1976, 72-3 ).
En la actualidad lo único que parece aclarado es que no existe un núcleo indígena sobre el lugar donde más tarde se erige la ci udad romana.
No hay datos concluyentes sobre la presencia del campamento, y tampoco sabemos con certeza la fecha de establecimiento de éste (si alguna vez existió).
Sobre su tranformación en ciudad, que la investigación ha leído de forma generalizada en el pasaje de Floro 11, 33, 54, donde habla de la bajada al llano de los indígenas, obligados por Augusto a habitar su propio campamento, persisten numerosas incógnitas.
Respecto a la existencia de un recinto murado bajoimperial, no tenemos ninguna prueba de que se levantara encima de otro recinto más antiguo, y menos aún podemos saber si éste pertenecería a la ciudad o al campamento.
Recientemente Y. García Marcos ha continuado las excavaciones arqueológicas en esta ciudad leonesa (García Marcos y Vida!
Ha sido excavado parcialmente por Martín Yalls y Delibes de Castro (Mar'tin Valls y Delibes de Castro, 1975).
Recientemente se ha reanudado su excavación.
En realidad son dos campamentos, incluído uno dentro del otro.
El más grande apenas resulta visible si no es mediante fotografía aérea, sus dimensiones son 12, 59 has.
La aparición de sillares en el curso de las labores agrícolas permite suponer que tuvo una muralla de piedra (Martín Valls y Delibes de Castro, 1975, 6).
Este ha permanecido oculto hasta los trabajos de excavación realizados en la década pasada.
El más pequeño coincide con el anterior en sus lados Noreste y Sureste.
Al igual que aquel es rectangular con ángulos redondeados, ejes de 244 x 193 mtrs., y una extensión de 4,70 has.
Presenta un muro de hormigón revestido con sillares, que se cc; mservan sobre todo en la cara externa de los lados Sureste y Suroeste, gracias a la erosión de un arroyo cercano.
Puede seguirse perfectamente en todo su perímetro a excepción Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Figura 8.-Planta de l campamento de Cáceres el Viejo, Cáceres (Ulbert,l lJK4 ).
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AF..l'pA.
La altura de los lienzos conservados varía entre 1 y 3 metros.
Una carretera actual lo corta de forma paralela a sus lados menores, utilizando quizás las antiguas entradas (Martín Ya lis y Delibes de Castro, 1975.
Este fu e el campamento dibujado y descrito por Schulten.
La existencia en un mismo lugar de dos campamentos ha dado lugar a numerosas confusiones en cuanto a su edificación.
El menor se ha atribuido a distintas unidades: Schulten a la Colwrs IV Gallorum (Schulten, 1927, 203 ); Gómez Moreno a la Le}?io X Gemina (Gómez Moreno.
Pero también han aparecido en las cercanías varias lápidas funerarias pertenecientes a soldados de la Legio X, así como una tégula con marca de la misma legión (García y Bellido, 1961, 127; Martín Valls...
La solución parece estar en la existencia de dos ocupaciones sucesivas.
La legio X ocuppo el campamento grande en la época de las Guerras Cántabras, ya que el pequeño no es lobastante grande para acoger a una legión.
En un momento aún indetenninado se construye sobre el anterior un campamento para una unidad más reducía, el Ala 11 Flavia Civium Romanorum.
Los excavadores proponen finales del siglo Jo principios del ll, ya que por la epigrafía sabemos con seguridad que está aquí asentada a mediados de ese mismo siglo (Martín Yalls y Delibes de Castro, 1975, 6).
La Notitia Dignitatum sitúa en Paetaonio (corrupción de Petavonium, mansión cercana a Vidriales) a los Cohors 11 F/avia Pacatiana, pero carecemos de testimonios de ningún tipo sobre su presencia (Martín Yalls y Delibes..., 1975, 7), aunque Barbero y Vigil la consideran la misma unidad que el Ala 11 Flavia (Barbero y Vigil.
Apenas hay restos de los siglos 111 y IV, pero no podemos precisar el momento en el que tuvo lugar su abandono.
Se conserva una lápida de mediados del siglo Ill que puede ser atribuida al Ala 11 Flavia, lo que confirmaría su presencia hasta esta fecha (Martín Yalls y Belibes.
-Otros recintos campamentales: Yaldemeda, Lugo, luliobriga y Castrencias La arqueología o las fuentes nos hablan de la existencia de otros recintos posiblemente militares datados a finales del siglo 1 a.c.. y primeras décadas del siguiente.
Si exceptuamos el de Valdemeda, no están lo suficientemente testimoniados como para aceptar su carácter castrense.
El campamento de Yaldemeda, en Manzaneda (León) fue descubierto por Sánchez-Palencia a través de la fotografía aérea y publicado poco después (Sánchez-Palencia, 1986; Fernández-Posse y Sánchez-Palencia, 1988, 149-50), pero aún no ha sido excavado.
Está situado sobre un pequeño llano a 500 metros del río Eria, y rodeado por dos arroyos al este y al oeste.
Se trata de un recinto «casi perfectamente rectangular», con ángulos redondeados y orientado hacia el Norte.
Consta de un terraplén a lo largo de todo el perímetro y foso en alguno de sus lados (NW, SW y S).
En el centro del lado sur del recinto parece existir una puerta protegida con Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) La fun c ión de este asentamiento militar parece relacionada de algún modo con la explotac ión mine ra.
Ocupa una posición estratégica junto a importantes yacimie n1os auríferos, y e n el punto intermedio e ntre las Cuencas del Duero y e l Sil.
Su presencia también puede estar ligada a la destrucción de asentamientos castreños cercanos como la Corona de Corporales (Sánchez-Pa le ncia, 1986, 229).
Este posible papel de vigi lancia e n la explotación aurífera supondría una novedad respecto a lo que conocemos hasta ahora de la funci ón de los campamentos romanos e n España, si bien algunos autores ya lo habían s upuesto anteriormente.
La hipótes is de la ex iste nc ia de un campame nto en Lugo perte neciente a la é poca de las Guerras Cántabras fue formulada por Schulten en 1943.
Este autor creyó reconocer un rectángulo intramuros del recinto amurallado. y formuló la propuesta de que fuese un ca mpamento (Schulten, 1943, 177).
Su interpretación ha sido aceptada por la investigaci6n posterior.
Arias Vi las mantiene en un primer momento la fund ac ión castre nse atr ibuyéndola a algún lugarteniente de Augusto, aunque reconoce que e l trazado propuesto por Schulten plantea a lgunos problemas (Arias Vitas, 1976.
No conocemos resto alguno de fortificación castrense e n Lugo, y su ex istenc ia no pasa de ser una hipótesis de trabajo.
La Notitia Dignitatum vuelve a c itarla como asiento de una unidad militar e n época tardorromana.
Re- cientemente este mismo autor descarta totalmente la posibÉlidad de un origen campamental, ante la carencia de testimonios arqueológicos (Arias Vi las, 1984, 2 11 ).
En 1889 De Los Ríos sitúa en Castrillo del Haya, junto a luliobriga, dos campamentos de la época de las Guerras Cántabras, uno de invie rno y otro de verano (De Los Ríos y Ríos, 1889, 511 ).
La idea es retomada en 198 1 por Solana. que asegura que la c iudad de luliobriga sería e l núcleo originado por las cannahae legionarias (Sola na, 1981, 151 ).
Este autor no define dónde se s ituó e l campamento, y utiliza argumentos logísticos, más que arqueológicos.
En la actualidad no se conserva resto alguno de construcciones que pudieran ser interpretadas como ta les, y resulta bastante difícil pensar en un establecimiento militar en una zona tan al inte rior de la Cordillera.
Este mismo autor sitúa en Castrecías, cerca de Aguilar de Campoó (Pa lencia), otro campamento de la campaña del 26 a.C., junto con Jos de Herrera de Pis uerga y Juliobriga.
Pérez González también menciona esta posibilidad (Pérez González, 1984, 28).
No hay ning una prueba concluyente.
Frecuentemente se ha vinculado el asentamiento de Bracara Augusta (Braga), al Norte de Portugal, con los campamentos augusteos.
Esta cuestión sigue s iendo problemáti ca y pe rma-Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
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-Castra Legioni s VII Geminae Algunos investigadores consideran que en el emplazamiento de León existió un recinto campamental anterior al establecimiento de la Legio VII.
García y Bellido en 1961 apunta la posibilidad de que la Legio VI Victrix se asentara en el solar de la actual ciudad de León (García y Bellido, 1961, 125), desde donde podía operar perfectamente contra los Astures sublevados el 55 d.C., como parecen indicar una lápida hallada en Rímini (C.l.L. XI, 395).
Asimismo Alfoldy restituye a una lápida hallada en León la terminación «-trix», y la identifica como perteneciente a dicha legión (Alfoldy, 1969, 115).
En 1968 García y Bellido constata la existencia de material tiberiano-claudio en la capital leonesa (García y Bellido, 1968, 31 ).
Le Roux se inclina por esta posibilidada, que facilitaría el entendimiento de la Tabla l de Astorga, ya que haría referencia a una vía de tiempos de la conquista (Le Roux, 1982, 106-7).
Jones apunta incluso que la existencia de un único legado para las legiones VI y X podría suponer un establecimiento conjunto en la región astorgana (Jones, 1976, 50-1 ).
A pesar de estas opiniones y testimonios, que coincidirían bien con la posición estratégica de León, no hay restos constructivos visibles que avalen tal hipótesis.
Hasta el momento tenemos que considerar que la fundación de un recinto castrense en León tiene lugar hacia el 74, año de regreso de la legión VII a Hispania y de su instalación definitiva (García y Bellido, 1968 b. s/p).
La elección del lugar tuvo en cuenta su cercanía a las explotaciones auríferas y a los pueblos norteños, así como la tupida red de comunicaciones de la zona, que permitía una perfecta operatividad.
A pesar de que las fuentes y los materiales arqueológicos no desestiman la existencia de un campamento en e l último tercio del siglo I d.C., no hemos encontrado restos de las fortificaciones de las que sin duda debió de dotarse.
Al igual que comentaba en el caso de Astorga no hay datos bajo el recinto murado bajoimperial para suponer una fase más antigua.
-Castrocalbón (Zamora) Al estudiar en 1965 la fotografía aérea del trazado de la vía XV 11 del Itinerario de Antonino, Loewinsohn descubrió la existencia de dos recintos campamentales, a uno y otro lado de la calzada (Loewinsohn, 1965, 42-3).
Han perdido prácticamente s u forma, y sólo se conservan en pie algunos parapetos.
Por los amontonamientos de piedra dispuestos a lo largo del antiguo perímetro se observa que la anchura del muro debía ser de aproximadamente 2 metros.
Entre los dos campamentos se halla un túmulo circular de 30 mtrs. de radio, no muy alto, con la parte superior nivelada, que quizá corresponda a la plataforma de una torre de observación sobre postes de madera, similar a las del limes.
Frente al campamento más pequeño hay restos de un tercero, cuya cara sur es aún visible.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa Su descubridor lo atribuye a la Cohors IV Ga/lorum. que García y Bellido ya había localizado en los alrededores tras la aparición del depósito de hitos augustales de Castrocalbón y Soto de la Vega (García y Bellido, 1961.
Jones, por el contrario, los considera unos campamentos de práctica o aprend izaje, donde se instruía a los soldados de la legio X, asentada en Rosinos de Vidriales, sobre las técnicas de castramentación (Jones, 1976.
La presencia de una torre de vigi lancia constituye para Le Roux la evidencia del carácter temporal del campamento, establecido por razones desconocidas en un momento indeterminado, situado entre las campañas augusteas y el final del siglo 1 d.C. (Le Roux, 1982, 108).
Respecto a la cronología del recinto carecemos de información directa.
Para García y Bellido la Cohors IV Gallorum salió de la Península hacia eU 54 d.C., y por lo tanto el asentamiento debería ser anterior, pero no hay constatación arqueológica (García y Bellido, 1961, 155).
Desconozco la situación en que se halla este yacimiento en la actualidad.
La existencia de un yacimiento romano es conocida desde antiguo en la localidad de A Cidadela, Sobrado dos Monxes (García Romero, 1909, 11-1 3).
Del Castillo lo identifica como campamento romano (Del Castillo, 1931, 55), y realiza la primera excavación, de la que no se conserva más que un artículo publicado en «La Voz de Galicia» del 5 de Enero de 1935.
Es uno de los pocos recintos donde se han realizado excavaciones recientes con metodología científica, desgraciadamente incompletas (Caamaño Gesto, 1984 ).
Se sitúa en una meseta limitada al oeste y sureste por dos riachuelos.
Caamaño descubre un recinto rectangular con esquinas redondeadas, orientado siguiendo un eje NW-SE, rodeado por un muro conocido como «a Cerca».
El lado sur prácticamente ha desaparecido por causa de las labores agrícolas y la construcción de la iglesia.
La muralla tiene aproximadamente 1 mtr. de grosor, con paramento de sillarejo.
El ángulo Noreste está reforzado con sillares de granito.
Se conservan restos de una torre a unos 25 metros de esta esquina hacia el sur. construída con sillares y adosada interiormente a Ja muralla.
Los bloques de piedra de la muralla y la torre no se conservan porque fueron arrancados tras las excavaciones de 1934.
Persisten huellas de un foso en el lienzo este.
En el lado norte desapareció al construir un campo de fútbol, y el oeste fue utilizado para el paso de un camino.
El foso de la cara sur fue utilizado para el paso de un camino.
Caamaño identificó dos montículos en la «Serrada Corda», 300 mtrs. al norte, como túmulos megalíticos reutilizados posiblemente como torres de vigi lancia en época rómana, como lo demuestran en su opinión diversos restos romanos.
La aparición de marcas de la Cohors I Celtiberorum sobre tégulas permite identificar la unidad ocupante del campamento.
La Notitia Dignitatum (XLII, 30) señala el traslado de dicha cohorte desde Brigantium a Juliobriga, lo que confirma su presencia en la zona y proporciona una fecha «ante quem» a finales del m o principios del IV (Caamaño, 1984, 250-1 ).
Desconocemos en que momento tuvo lugar el asentamiento.
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1991 Su instalación ac.¡uí parece causada por intereses exclusivamente estratégicos. de control del paso desde la zona costera hacia e l interior (Caamaño.
-Ac.¡uis Quen.¡uennis (Orense) Estudiado recientemente por Rodríguez Colmenero (Rodríguez Colmenero, 1977, 100-3: Rodríguez Colmenero, 1979.
Aquis Querquenis. mansión de la vía XVIII ha sido locali zada por éste autor e n «La Cidá» de Baños de Bande, que se encuentra anegada actualmente por el pantano de «As Conchas».
Realizando excavac iones durante la época de estío, c uando bajan las aguas del pantano, encontró un amplio recinto rectangular. delimitado por un consistente muro con esquinas oblongas.
La muralla presenta dos sectores superpuestos, los cimientos, de 1 mtr. de profundidad, trabajados de forma tosca, y e l alzado propiamente dicho. que se conserva hasta una a ltura de 80 cms., con un aparejo de pequeños sillares cuadrados muy bien escuadrados.
Relleno de capas de mampuestos irregulares asentados en a rcilla.
La anchura de la misma es variable. pero como mucho alcanza 4,30 mtrs.
Se encontró un sillar sem icircular que debía coronar la construcción, fuera contínua o almenada.
Foso alrededor, con perfil en «U» o «V», de 4 mtrs. de anchura máxima y 3 de produndidad. y berma de 50 cms.
En la esquina del ángulo noroeste excavado se encontró la base de una torre que sobresalía del paramento exterior de la muralla más de 1 O cms, y más de 30 en el interior.
El acceso debía realizarse por una rampa interior.
Rodríguez Colmenero considera que debieron existi r torres e n todas las esquinas, en los lados de las puenas y a lo largo del perímetro (Rodríguez Colmenero.
250-252), pero no excava e n e l lugar de las mismas. lnterl'{ll/um intramuros de 4 mtrs. de anchura y restos de cubículos e n el interior del rec into.
La cronología es imprecisa.
Su excavador la considera posterior al año 50 d.C., basándose en los restos mate ri ales.
Además, la 1•ía Nova o XVIII del Itinerario de Antonino se terminó de construir el 79, y hue lga decir que la presencia de un cuerpo del ejército requiere de forma imprescindible la ex istencia de buenas comunicaciones.
Rodríguez Colmenero se inclina por la Cohors I Celtiberoru, porque se ajusta mejor al espacio que las unidades de Civium Romanorum (Rodríguez Colmenero, 1983, 256-8).
La identificac ión como recinto castrense y la cronología sigue n planteando muchos interrogantes.
CAMPAMENTOS Y FORTIFICACIONES URBANAS TARDORROMANAS
La existencia de recintos militares fortificados en España durante e l Bajo Imperio se apoya en dos argumentos principales: por un lado las noticias proporcionadas por las fuente s escritas, en concreto el pasaje XLII, 1, 25 de la Notitia Dignitatum; por otro la constatación de c iudades amuralladas durante los siglos 111-1v.
Sin embargo ninguna de ellas está exenta de problemas de la interpretación.
La primera no ofrece garantías totales de autenticidad, y nombra emplazamientos totalmente desconocidos desde e l punto de vista de la arqueología.
Respecto a la segunda, no podemos considerar estríctamente como campamento ninguno de los recintos Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa de este período, aunque resulte obvio su carácter militar. y como consecuencia desconocemos la diferencia entre fortificaciones de campamentos y de ciudades.
La causa probablemente res ide en que en este momento no hay entre éstas y aquellos un a distinción tan estricta como en fases anteriores de la presencia romana.
Le Roux lo define como una integración del elemento militar dentro de la vida ci udadana, que lleva a redefinir el espacio urbano (Le Roux, 1982, 392).
En lo que respecta a su disposición geográfica no se van a producir grandes transformaciones.
El noroeste continúa siendo el área militar de interés prioritario, pero por motivos di stintos de los que conocemos para el Alto Imperio.
No parece existir una inquietud entre los pueblos del norte. las explotaciones mineras parecen en retroceso.
La amenaza directa de una invasión durante e l siglo 111 resulta también descartada.
La causa de estas transformaciones parece residir en los cambios en la estrategia defensiva del Imperio romano, que se plasma en la división del ejército entre tropas fronterizas o limitanei y tropas de retaguardia o comitatenses, lo que supone una defensa en profundidad y una fortificación selectiva de ciudades y puntos concretos (Balil, 1956(Balil,, 281-2: 1960, 182, 182).
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa A f: spr\.
1991 Tradicionalmente se han considerado las tropas mencionadas en la Notitia Di~niratum como limitunei.
Arce rechaza esta atribución, y asegura que son un tipo específico de tropas, prueposirurae a cargo de un magíster militum (Arce.
El status de limitanei lo único que indica es que tienen establecimientos fijos, pero no son tropas de frontera.
Para Arce la función de las tropas de la Norita sería la defensa marítima y fluvial en la retaguardia, de control de pasos montañosos y supervisión de caminos (Arce, 1982, 69).
Encuentra elementos característicos como son la multiplicación de torres debido al mayor uso de las ballistae, la abundancia de aspilleras en torres y muros para evitar los ángulos muertos, (Balil, 1956, 283; Balil, 1960, 183-4), así como Ja pervivencia en nuestro país del opus cuadratum, desaparecido en Italia desde el 1 d.C. (Balil, 1963, 295).
Este autor considera que desde el punto de vista de la técnica constructiva pueden distinguirse dos grupos: por un lado las ciudades fortificadas como lruña; por otro los campamentos militares como León, Astorga, y Lugo, con muchos paralelos en la Galia (Balil, 1963, 294).
Estas últimas siguen el modelo de sistemas defens ivos de época de los Antoninos y Severos (Balil, 1960, 184).
Probablemente sería León el primer núcleo en fortificarse, exportando su morfología militar a los demás (Richmond, 1930, 99-100).
En los últimos años, gracias a la sistemática labor de C. Fernández Ochoa, hemos tenido conocimiento de la existencia de un nuevo recinto fortificado tardorromano (Fernández Ochoa, 1984, 1986y 1986-7, entre otros).
Nos referimos a Gijón, cuya identificación en las fuentes aún no ha podido ser establecida con exactitud.
La muralla descubierta, de considerable envergadura constructiva, resulta muy parecida a otros encintados del norte peninsular mejor conservados.
Sin embargo no hay un solo dato que nos pueda hacer pensar en un carácter militar similar a Lugo, Astorga o León.
De ahí que hayamos presc indido de su est udio, aunque s u morfología y coincidencia cronológica no dejen de plantear interesantes cuesti ones.
-Castra Legionis Vil Geminae La primera descripción moderna del recinto murado corresponde a Gómez Moreno ( 1925, 20), pero hasta Richmond no se realiza un estudio científico (Richmond, 1930, 91-94).
García y Bellido es sin duda quien ha prestado mayor atención a este recinto, realizando las primeras excavaciones arqueológicas, que han respondido a algunas cuestiones pero han planteado otras nuevas (García y Bellido, 1968, 9-16; García y Bellido, 1968 b, s/p; García y Bellido, 1970, 571-575).
La presencia de la Legio Vll Gemina en Hi spania durante el Bajo Imperio está testimoniada por la Notitia (XLII,l,25).
No hay ningún motivo para dudar la continuidad de su estancia en León, bien testimoniada por las fuentes y la epigrafía.
Las cannabae de la legión se convierten en ciudad desde mediados del siglo lll, momento en el que está documentada la pre-Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa sencia de magistrados (García y Bellido, 1968 b, s/p).
Mateo Marcos sitúa sin argumento visible dichas cannahae al sur del recinto (Mateo Marcos.
El recinto de la antigua Legio se asienta en una colina a orillas del Bernesga, poco antes de su confluencia con el Torio, cuyo punto más alto se halla en la plaza de la catedral, al este de la ciudad.
Las murallas presentan un espesor de 5, 25 metros y una altura de 5, 5 metros.
No se conserva ninguna puerta.
Las excavaciones de García y Bellido revelaron que estaban constituídas por dos muros adosados con núcleo de hormigón: un pequeño muro de 1,80 metros con aparejo de sillares bien escuadrados y con juntas encintadas, y un segundo muro que envuelve el anterior por la cara externa con un aparejo de piedras mal labradas, de mucha peor calidad, hasta completar los 5,25 metros (García y Bellido, 1968, 13-15).
Ambas presentan núcleo de hormigón.
García y Bellido encuentra chocante que un muro tan cuidado se tape con otro de peor aspecto.
Parece claro que el más estrecho es anterior.
Por otra parte un muro de 1.80 metros no tendría ninguna utilidad defensiva.
Cabría imaginarse un primer recinto de finales del 111 o comienzos del IV, que ante las amenazas de las invasiones de finales del IV se reforzara rápodamente con otro, construído en buena parte con materiales reutilizados.
Como hipótesis plantea que un campamento elevado en una región hacia tiempo pacificada podría conformarse perfectamente con una pequeña muralla perimetral.
Esta es la única indicación cronológica que ofrece García y Bellido para datar el recinto (García y Bellido, 1968, 15-6).
Por otro lado la aparición de una atarjea con tégulas con el sello legionario al que le falta el apelativo de «Felix», ganado por la legión durante su estancia en el Rin, le da pie para pensar que el campamento pudo ser erigido por una vexilatio de la legión antes del 74, fecha de asentamiento definitivo de la misma en este lugar (García y Bellido, 1968, 30).
Persiste la duda sobre si la muralla se construye porque es un asentamiento de carácter militar, o por su condición posterior de ciudad civil.
-Lucus Augusti Su recinto murado ha sido estudiado sucesivamente por Mélida (Mélida, 1921), Richmond (Richmond, 1930), Vázquez Seijas (Vázquez Seijas, 1955), Arias Vilas (Arias Vilas, 1972) y De Abel Vi lela (De Abel Vi lela, 1975), entre otros.
No se han realizado excavaciones y en realidad la obra de Arias es el primer trabajo que aborda el tema desde el punto de vista arqueológico y militar, si exceptuamos el intento de Richmond, muy avanzado para su época.
También aparece citado en la Notitia Dignitatum como asiento de la Cohors lucensis (XLII, 1, 29).
Presenta un perímetro cuadrangular de 2120-40 metros, que comprende 28 has, con ángulos redondeados, adaptado al terreno y por ello no totalmente regular.
El aparejo consta de dos paramentos, el interior realizado con pizarra y el exterior con lajas del mismo material, mezcladas con otros elementos, unidos con tierra o una especie de argamasa.
Relleno a base de piedras de distintos tamaños, guijarros y tierra.
En algunas zonas, sobre todo en las puertas aparecen sillares de granito bien escuadrados y dispuestos a soga y tizón, que de-Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa bieron ser más numerosos pero han sido arrancados en muchos puntos (Arias.
El muro está flanqueado por torres semicircu lares, que debieron llegar a un total de 85 u 86, más numerosas que en León. dada la diferencia de longitud del perímetro.
El tamaño de los intervalos no es constante.
Se conservan restos del cuerpo alto en una de las torres, con dos ventanas en un piso, pero los testimonios hablan de dos pisos con cuatro ventanas en cada uno.
Desconocemos cómo se realizarían las cubriciones y los accesos a las mismas (A rias Vi las.
De las puertas actuales sólo 4 parecen romanas y éntre ellas la puerta Miñá es la única que conserva su carácter primitivo.
Está flanqueada por dos amplias torres semicirculares de sillares graníticos a soga y tizón.
La cortina donde se encuentra la puerta, muy estrecha, está bastante retranqueada respecto a las torres que la flanquean.
Encima se colocaría la maquinaria del rastrillo y estaría el pasillo que continuaba camino de ronda (Arias Vi las, 1972, 58-60).
Una excavación de urgencia ha revelado que la brevedad de sus cimientos a base de una hilada de cantos rodados y lajas de pizarra en sentido vertical sobre una capa de grijo (Arias Vitas, 1972, 9), impide la presencia de foso.
Tal hecho coincide con la opinión de Grenier respecto a las ciudades bajoimperiales (Grenier, 1931, 403 y ss).
Arias data su elevación entre el 260 y el 310, tanto por los materiales reutilizados, como por sus paralelos con otros recintos del momento (Arias Vilas, 1972, 113).
Richmond, atendiendo sólo a los materiales epigráficos le daba una fecha parecida (Richmond, 1930, 90).
-Asturica Augusta Las murallas de Astorga plantean muchos más problemas que las de León o Lugo.
Se conserva una parte mucho menor, están más alteradas durante la época medieval, y no aparecen citadas en la Notitia como recinto militar.
Muy pocos estudiosos se han ocupado de ellas.
Richmond, sin estudiarlas detenidamente les de una cronología bajoimperial, del segundo cuarto del siglo 111 (Richmond, 1930, 90-1 ).
Luengo las describe con núcleo de hormigón y careadas con sillares.
Da además la noticia de la existencia de una torre cuadrada con grandes sillares en la base detrás del convento de San Francisco, que quedó oculta (Luengo, 1961, 153 y 155).
La excavación practicada por Mañanes en la brecha abierta en 1809 por Jos franceses para penetrar en la ciudad, conocida como Puerta de Hierro, revelaron por primera vez la fase de la muralla auténticamente romana (Mañanes, 1976, 81-2).
Quedaron al descubierto los cimientos de granito de una puerta flanqueada por dios cubos semicirculares, algo peraltados, de 8 metros de diámetro.
Dentro del muro medieval de 5, 30 mtrs. se aprecia otro anterior, de 3,7 mtrs., seguramente el bajorromano, construído en hormigón muy compacto de color ocre claro, con un paramento exterior de opus incertum situado sobre los bloques graníticos que forman e l cubo este de la puerta (Mañanes, 1976, 82; Mañanes, 1985, 209-11 ).
Los cubos de la muralla medieval, semicirculares, deben responder a la forma original de las torres romanas.
Mañanes no añade nada nuevo a la cronología propuesta por Richmond y su excavación plantea importantes dudas (Mañimes, 1985, 209-11 ). --:;¡y-----i r~";; ~1 -lruña (Alava)
Recogemos aquí este recin10 porque es nonnalmenle identificado como Veleia, asiento de la Cohor.,• / Gallirn en la Notitia Dignitatum (XLII, 1, 32).
Las excavaciones han revelado un recinto fortificado excepcional, pero no tenemos ningún dato que hable de un carácter militar.
La muralla presenta dos sectores constructivos diferenciados desde el punto de vista de su aparejo: uno a base de sil lares de los que se conservan cuatro hiladas, y otro a base de lajas unidas con una gruesa capa de argamasa.
El relleno a base de lajas y mortero es común a ambos sectores.
La anchura de la misma varía entre 4 y 5.
Presenta a la vez torres semicirculares y cuadradas, hecho no muy común dentro del panorama de las fortificaciones peninsulares.
La cronología se fija a finales del 111 por las características constructivas y los hallazgos materiales bajo los cimientos.
No puede asegurarse que sea Veleia (Nieto, 1958, 225), y como ya hemos dicho, tampoco su carácter militar.
Varios años más tarde Elorza, basándose únicamente en las excavaciones de Nieto, se muestra más atrevido al afirmar su condición militar y la identificación con Veleia (Elorza, 1972, 182 y 185-191 ).
Retrasa la construcción de la muralla hasta los primeros años del siglo IV (Elorza, 1972, 193).' llJ.
CONCLUSIONES La cuestión de los campamentos romanos en España ha levantando mucho interés en los últimos años, pero continúa planteando numerosas cuest iones.
Uno de los te mas menos conocidos y es1udiados es el de las fortificaciones, tal vez por la patente carencia de datos, a diferencia de lo que ocurre e n otros paises como Alemania y Gran Bretaña.
Tenemos un buen número de referencias específicas sobre elementos defensivos de los campamenlos.
La existencia y el proceso de construcción de fosos, terraplenes, empalizadas, muros, torres, y puertas está bien testimoniada en Polibio, Higinio, Vegecio y César.
Sin embargo la mayoría de los datos corresponden a campamentos temporales, de madera.
Los recintos de piedra apenas citados en las fuentes, lo que supone un perjuicio considerable.
Las excavaciones llevadas a cabo en campamentos británicos y continentales han confirmado la existencia de estas fortificaciones tanto en recintos de madera como de piedra.
De hecho podríamos suponer que no existieron diferencias apreciables entre unos y otros, por lo menos a partir del siglo 1 d.C., que corresponde a la estabilización de las fronteras y a los asentamientos militares permanentes.
La investigación española sobre esta cuestión se encuentra muy retrasada.
Carecemos de trabajos específicos sobre defensas castrenses.
Pocos recintos de este tipo han sido excavados, y aún menos satisfactoriamente.
La mayor parte de las publicaciones tratan el tema diametralmente, desde el punto de vista de su localización, o dentro de obras más generales.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa 4ue destacar la importante figura de Schulten. investigador alemán cuyos trabajo~ abrieron el camino a los estudios posteriores aunque, como ya hemos señalado. no tuvo continuadores directos. rectas.
Respecto a sus publicaciones, aparecieron primero en alemán, y fueron traducidas al español bastantes años después.
Publicó bastante pero repitiéndose con mucha frecuencia.
Casi nunca cita bibliografía.
Ultimamente se tiende a una revalorización de Schulten.
Los escasos datos estratigráficos modernos de lugares como Almazán o Cáceres el Viejo confirman las cronologías «históricas» propuestas por el investigador alemán.
Aún así sigue siendo necesaria la reexcavación de los yacimientos donde trabajó.
Existen notables diferencias entre los campamentos republicanos e imperiales, en lo que respecta a su conocim iento.
Los únicos campamentos est udiados con cierta extensión y publicados, Numancia, Renieblas y Cáceres se fechan en tiempos de la República.
Los primeros fueron excavados por Schulten a comienzos del siglo.
Cáceres lo fue a principios de la década de los treinta y ha s ido reinterpretado recientemente por Ulbert.
En general los republicanos se conocen antes, gracias sobre todo a Schulten.
Ningún campamento imperial ha sido excavado con cierta extensión.
No podemos hablar de un único motivo que explique esta diferencia.
La casualidad ha jugado un papel no desdeñable, pero la búsqueda, con las fuentes en la mano. realizada por Schulten tenía que llevar inevitablemente a la localización de los que aparecen citados en dichos textos, esto es, los campamentos del tiempo de la conquista.
El interés por las ciudades «mártires», símbolo de los «grandes valores hispánicos» tuvo importancia en el comienzo de los trabajos en Numanica.
Otro aspecto a tener en cuenta es la mayor abundancia de campamentos durante los siglos 11-1 a.C., que a lo largo de los cuatro siglos siguientes, época pacífica, con fronteras consolidadas.
Muchos de los supuestos campamentos imperiales son en la actualidad ciudades, muy modificadas desde la época romana, y de difícil constatación arqueológica.
La diferencia entre campamentos republicanos e imperiales se observa también en los distintos métodos de identificación.
Los primeros se buscan primero en los textos y se localizan prospectando la zona indicada; en el caso de los imperiales, más o menos casualmente se localiza el recinto, que no se cita en las fuentes, y se intenta identificarlo mediante la arqueología y la epigrafía.
De ahí la gran atención que han prestado algunos historiadores y arqueólogos a las unidades militares que estuvieron en Hi spania en una u otra época.
Los datos referentes a la fili ación militar son los únicos que se conservan en las lápidas funerarias, y de ellos pueden extraerse conclusiones importantes.
Durante las últimas décadas no podemos desesti mar la trascendencia de la fotografía aérea para localizar recintos como Castrocalbón, el segundo campame nto de Rosinos de Vidriales, o Valdemeda.
Dentro de los imperiales tenemos que hacer una excepc ión con los campamentos augusteos y tiberianos, que han sido objeto de una gran polémica historiográfica sobre su localización dentro de los textos antiguos, cuestión muy ligada a las investigaciones sobre las Guerras Cántabras y los métodos de implantación del ejército en el territorio del Noroeste.
Igual podemos decir de Ampurias y Tarraco, objeto de excavaciones continuadas desde la década de los cuarenta, aunque no específi camente por su condición militar.
Sin embargo el análisis de la técn ica constructiva demuestra que no existen grandes diferencias.
La mayor parte de los campamentos, tanto republicanos como imperiales utilizan el m ismo aparejo, aunque varían respecto a su regularidad.
El sillarejo es el más común dentro de los campamentos republicanos.
Aguilar de Anguita, el Castillejo, Peña Redonda, La Dehesilla, Almazán, Renieblas III y IV utilizan esta técnica, que reaparece en algunas ciudades tardorromanas.
La mayor parte de los reci ntos altoimperiales (Rosinos 1y11, Cidadela, Aquis Querquenis) utilizan sillares bien escuadrados, a soga y tizón.
Algunos campamentos repu- blicanos como Tarraco, Ampurias, El Castillejo, Renieblas V y Castra Caecilia emplean este mismo aparejo.
En general no podemos hablar de una correspondencia perfecta entre una época y una técnica constructiva determinada.
Ningu_no de los establecimientos militares conocidos presenta muros macizos.
Se utiliza la técnica constructiva denominada emplecton, consistente en dos muros paralelos con un relle-Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) no en su interior.
Sólo en algunos campamentos imperiales este último es de hormigón (Rosinos 1y11).
En el resto (Tarraco, Aguilar de Anguita, El Castillejo, Peña Redonda, Dehesilla, Renieblas 111, Almazán, Cáceres el Viejo, Aquis Querquenis) se realiza a base de guijarros. piedras más o menos grandes. arcilla, y materiales que dependen de la litología de la zona.
No se aprecia mucha variedad en cuanto al grosor de los muros.
Renieblas 11, Rosi nos 11, y Castrocalbón), y otro entre 4 y 6 mtrs (El Castillejo, Dehesilla.
Renieblas 111, Renieblas V, Cáceres, Aquis Querquenis).
Este último es el más frecuente.
Mención especial merece A Cidadela con una muralla de tan solo 1 metro de grosor.
No existe una correspondencia entre la cronología y la anchura, que parece una variable dependiente de las necesidades de cada uno de ellos.
Pueden establecerse también varios grupos de recintos en cuanto a su extensión.
Entre 4 y 6 has. miden los de El Casti llejo, Peña Redonda, Almazán, Rosinos 11, Valdemeda.
Aguilar de Anguita, La Dehesi lla y Rosinos 1 se enmarcan entre 12 y 16 has.
En cuanto a la forma, sí podemos observar una distinción clara entre campamentos republicanos e imperiales.
Los primeros adoptan perímetros irregulares (Tarraco, Almenara, Aguilar, El Castillejo, Peña Redonda, Dehesilla, Alpansec.¡ue, Renieblas 1 y Renieblas 11) o cuadrangulares (Renieblas 111, Renieblas V).
Como característica a tener en cuenta ninguno de ellos tiene el perímetro completamente cuadrado, ya que se adaptan al terreno.
Los imperiales son rectangulares (Rosinos 1 y ll.
Precedentes de estos últimos parecen los de Almazán y Cáceres el Viejo, éste con esquinas en ángu lo agudo.
Mayor variedad observamos entre los elementos puramente defensivos.
La presencia de torres parece exclusiva de época republicana aunque reaparece en los encintados bajoimperiales.
Su planta es exclusivamente cuadrada o rectangular (ejemplos de Tarraco, Almenara, Aguilar de Anguita, Castillejo y Renieblas IIl entre otros).
A excepción de Aquis Querquenis carecemos de torres en campamentos altoimperiales, donde siempre se cumplen unas reglas canónicas.
Las torres de vigilancia extramuros no han sido bien constatadas en ningún recinto, pero se ha supuesto su existencia en Valdemeda, Castrocalbón, Cáceres el Viejo y Cidadela.
Conocemos fosos en Peña Redonda, Almazán.
Valdemeda, Cidadela, Aquis Querquenis, y quizás en Navalcaballo.
En Castra Caecilia se documentan dos, separados por varios metros.
Las puertas están bien constatadas en casi todos los recintos.
Suelen estar fl anq ueadas por dos torres, normalmente cuadrangulares, como en Almenara, Castillejo, Peña Redonda y Renieblas Ill.
Poternas se conservan en Tarraco.
Están documentados otros tipos de entrada, muy comunes fuera de nuestro país.
En Almazán y posiblemente en Cáceres el Viejo aparecen ejemplos de tituli o defensa adelantada.
En Aguilar, Peña Redonda y posiblemente en Valdemeda se encuentran puertas desencajadas.
Estas defensas especiales sólo aparecen en recintos de momentos muy activos militarmente.
Se conservan contados restos de los elementos superiores de las murallas.
En Tarraco se conserva el piso de una cámara de la Torre de la Minerva.
En Aquis Querquenis se encontró un sillar redondeado que para el autor pertenecía al coronamiento.
No sabemos nada concreto sobre los campamentos augusteos.
Los supuestos recintos de Sasamón, Herrera, Astorga y Lugo no están constatados.
Igual podemos decir de Pompaelo.
Un grupo completamente distinto lo constituyen las ciudades amuralladas tardorromanas, en las 4ue se ha creído ver una función militar a partir de la técnica constructiva y las noticias de la Noriria Dignirarum.
Nos referimos a León, Lugo, Astorga e Iruña.
Las funciones civiles y militares están tan ligadas que resulta muy difícil pronunciarse sobre el tema.
En todo caso no son típicos recintos campamentales.
Su extensión es bastante mayor que la de los campamentos republicanos e imperiales.
Este hecho resulta lógico si pensamos que son núcleos urbanos.
El perímetro adopta forma s diversas, que varían desde la cuadrangular de Lugo, hasta la irregular de Iruña y la trapezoidal de Astorga.
León es el único ejemplo que guarda la morfología típica de un recinto imperial, rectangular con esquinas oblongas, sin duda por la pervivencia del asentamiento militar anterior.
Los encintados son por regla general más anchos que en épocas anteriores, de cerca de 5 mtrs (León, Lugo, Iruña), y en todo caso mayor de 4 mtrs.
Utilizan el s istema de muros paralelos rellenos con guijarros (Lugo, lruña) o con núcleo de hormigón (León y Astorga).
El aparejo exterior puede ser a base de sillares (León y Astorga) o sillarejo (lruña, Lugo).
Los sistemas constructivos de las dos ciudades astures parecen de mejor calidad que los de Lugo e lruña.
Torres y puertas presentan notables diferencias respecto al grupo de fortificaciones militares anteriores.
En los cuatro aparecen numerosas torres de tipo semicircular, desconocidas dentro del programa constructivo castrense, aunque tampoco faltan las cuadrangulares (Asturica, Iruña).
Quizá en León también eran de este tipo, aunque no se han conservado.
Lugo es el único recinto donde se conserva parte de la habitación ~uperior de una torre.
Respecto a la localización geográfica existen grandes diferencias entre campamentos republicanos, altoimperiales y ciudades bajoimperiales.
Los motivos estratégicos del asentamiento varían radicalmente.
Los republicanos no se enmarcan dentro de una «gran» estrategia como sucede con Augusto y sus sucesores, sino que responde más bien a necesidades concretas en momentos puntuales, normalmente al compás de los sucesivos enfrentamientos bélicos.
Se concentran en la Celtiberia y en la Lus itania, zonas de gran actividad militar.
Desde el final de las Guerras Cántabras se inaugura una política imperial completamente distinta.
La estabilización de fronteras lleva a la instalación de asentamientos militares en zonas estratégicas del Imperio, de forma más o menos definitiva.
La consecuencia más importante será la petrificación de los campamentos.
La sedentarización de los recintos militares está bien documentada en nuestro país, si bien la reorganización definitiva no tiene lugar hasta la época de los Flavios.
Los campamentos de las legiones dejadas en la Península como guarnición tras la conquista del Norte cambian alguna vez de emplazamiento.
Conocemos poco de los movimientos de tropas peninsulares entre Augusto y Tiberio.
En época de éste es posible que la Legio IV se traslade de lugar, y encontramos otras dos legiones (VI Victrix y X Gemina) asentadas en la región astur.
Durante el reinado de Caligula o Claudio la legión IV abandona la región cántabra y se traslada a Germanía.
El motivo de que sea ésta y no alguna de las otras dos la que salga de la Península hay que buscarlo en el menor interés estratégico y económico de la zona de asentamiento.
Las dos legiones astures debían cumplir un papel más importante desde el punto de vista económico, que tendría que ver con las actividades mineras (Roldán, 1974, 183-4).
La marcha de estas legiones y su inmediata sutitución por la Vil Gémina, junto con varias unidades auxiliares, indica de algún modo la continuidad de una política ya emprendida y continuada durante más Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 135-190 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
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Junto a las funciones de supervisión de la actividad minera. de algún modo testimoniado en el campamento de Valdemeda. tendrían otras específi camente militares, como e l control y conservación de la red de comu nicaciones.
El Bajo Imperio coincide con un cambio de la estrategia general en cuanto a fortificacines militares.
La función civil y militar se combina en algunos núcleos urbanos como Lugo, León y Astorga.
Las murallas de éstas y otras ciudades no se elevan a nuestro entender por temor directo a una invasión, sino debido a un cambio en la política estratégica del gobierno central, profundamente militarista, que tiene mucho que ver con la división del ejército en limitanei y comitatenses. y la defensa en profundidad.
La función no sería tanto la defensa costera en retaguardia como e l mantenimiento de las vías de comun icación en buen uso y vigiladas para el buen funcionamiento de la annona militaris.
La conservación de vías. la organización del transporte, la protección contra el bandidaje entrarían dentro de sus atribuciones.
Las ciudades amuralladas pueden reflejar técnicas constructi vas m ilitares. ya que posiblemente serían estos los encargados de planificarlas y ejecutarlas.
No podemos incluirlas dentro del mismo grupo que los campamentos porque su carácter militar resulta, cuando meno, discutible.
Encontramos bastantes problemas y cuestiones aún no contestadas.
La cronología sigue siendo en la mayoría de los casos aproximada, obtenida por comparación con otros recintos.
Los criterios de localización, aun comprendidos en términos generales, no son evaluados en Figura 13.-Planta de Lugo con distribución de hallazgos romanos (Arias Vilas.
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La delimitación del carácter militar de las ciudades fortificadas bajoimperiales aún está pendiente.
Igual podemos decir de la relación entre un campamento y la ciudad surgida de sus ca1111ahae. sobre lo que se insiste mucho actualmente.
Ampurias y Tarraco está bien testimoniada la continuidad urbana posterior, pero por el momento no podemos pronunciarnos sobre los recintos precedentes.
En el primero de estos núcleos no está nada clara la posición de las ca1111ahae ni el momento en que se integran en el recinto militar.
En cualquier raso no siempre tiene porqué obedecer a una política planificada y seguida generalmente.
Seguimos desconociendo la mayor parte de las fortificaciones campamentales, a pesar de los tímidos avances en el tema.
Las mejores conocidas siguen siendo las ciudades bajoimperiales.
Por otro lado hemos de señalar que los datos recogidos en nuestro país, uno de los mejores campos para conocer los campamentos de época republicana. contradicen los datos defensivos de Polibio.
Aún no tenemos restos de campamentos en madera, pero son muy abundantes los de piedra.
No sabemos si esta disparidad obedece a una característica peculiar de nuestro país, o sería una costumbre mucho más extendida de Jo que los datos del historiador griego permiten suponer.
Otra cuestión hasta el momento no aclarada es la de los campamentos augusteos establecidos para la conquista de Cantabria y Asturias.
Sin entrar en el problema de su localización, lo que podemos constatar es que no ha aparecido resto alguno de campamento en piedra, a excepción del primer recinto de Rosinos.
Quizá este hecho indique que tales campamentos nunca fueron de este material, sino de madera, y de ahí las dificultades de identificación.
Tal característica no sería extraña en este momento cronológico.
Sabemos que todos los campamentos del limes se construyen en madera y no comienzan a petrificarse al menos hasta la segunda mitad de 1 d.C. Pero por otra parte no deja de llamarnos la atención el hecho de encontrar campamentos republicanos en piedra construídos para campañas más cortas que las del 26-19 a.C., mientras éstos sólo son de madera.
Es posible que a finales del siglo 1 a.c., la pacificación peninsular lo hiciera ya superficial.
Otra posibilidad es que nunca llegaran a adoptar una estructura castrense canónica.
Un problema similar nos plantea el recinto de León, sin huellas de fortificaciones anteriores al siglo 111.
Debemos suponer que las primeras defensas fueron de madera y se petrificaron tardíamente.
El primer amurallamiento de 1,80 mtrs. constatado por García y Bellido, sigue planteando cuestiones relacionadas con su operatividad táctica, pero hemos encontrado un paralelo en A Cidadela aún más pequeño, de 1 mtrs., lo que me hace especular con el hecho de que no debía ser una práctica tan extraña en núcleos militarizados, al menos en la Península.
La respuesta a estas dudas sólo puede estar en Ja excavación sistemática de varios de estos asentamientos, aunque es muy posible que por nuestras circunstancias particulares, nunca podamos llegar al grado de conocimiento de otras regiones del lmperio, donde fueron mucho más numerosos. |
La Arqueología del paisaje tiene poco más de treinta años, y el nacimiento de un auténtico interés por el paisaje como objeto de estudio en esta ciencia poco más de quince.
Sin embargo, en su gestación han intervenido prácticamente todas las tendencias que han confonnado la evolución de la Arqueología en la última centuria.
Su aceptación encuentra numerosos obstáculos. nacidos tanto de reticencias y escepticismos, como de problemas surgidos de su indefinición y de unos objetivos y métodos aún poco sólidos.
No obstante, la reciente puesta en marcha de una reílexión teórica y metodológica y de proyectos de investigación concebidos en esa dirección permiten perfilar algunos de sus rasgos mas carácterísticos. sus perspectivas y formas de trabajo.
Por último, el desarrollo de la Arqueología del paisaje y el interés que suscita en diferentes medios está estrechamente vinculado a unas nuevas condiciones y exigencias sociales ligadas a los complejos problemas de planificación y gestión del espacio, que demandan una reunión del ámbito científico y el social. progresivamente disociados.
ARQUEOLOGÍA DEL PAISAJE 19~ por otra, siempre ha acusado una falta de precisión y, por ello mismo. una fuerte polisemia.
Es tan impreciso como fácil de comprender y esto ha sido el origen del debate generado en torno a su uso científico y de las dificultades para e ncontrar un sustituto sin perder riqueza semántica y claridad.
Derivadas de él se han generado expresiones como arqueo/o Ría del paisaje. paisaje arqueológico. lectura histórica del paisaje que han conservado esta indefinición.
La imprecisión del vocablo nace de un significado en origen muy restringido y que se ha ido ampliando por extensión a realidades próximas a la primera.
No obstante. esta evolución del vocablo presenta un doble problema: por una parte no ha ido teniendo un reflejo inmediato en las definiciones «Oficiales» del mismo -retraso aún hoy constatable-y. en segundo lugar, no ha seguido el mismo ritmo en todas las lenguas. de forma que los términos que se consideran equivalentes no se refieren exactamente a las mismas realidades.
Un rápido rastreo por algunos diccionarios d~ diversos momentos y lenguas puede ayudamos a precisar algo más esta cuestión.
El primer problema que presenta el uso del término español paisaje en Arqueología, como en cualquier otra ciencia, procede de Ja ambigüedad que rodea al vocablo debido a su tradicional uso: efectivamente, aún hoy, la primera, y con frecuencia única acepción otorgada al término en los diccionarios españoles es la de «representación artística (casi siempre pictórica) de una espacio».
Esto ha hecho que el término sea indisociable de una visión subjetiva, plasmada de una forma también subjetiva.
Partiendo de algunas definiciones podemos perfilar la trayectoria desde esta acepción primitva: TERREROS ( 1788): paisaje, ern la pintura, V. país, y Palomino que Jo toma por un pedazo de país, paisaje, la vista o aspecto de algún país y en la pintura las arboledas y casas de campo; país, se dice de las diversas partes, regiones. provincias y parajes del Universo; que se ve de una mirada, de una ojeada.
RODRIGUEZ NAVA (1907): paisaje, cuadro que representa un país o campo en la pintura. //Terreno en que se fija la atención desde el punto de vista artístico.
MARIA MOLINER ( 1971 ): paisaje, 1) Extensión de campo que se ve desde un sitio.
El campo considerado como espectáculo.
2) Pintura que representa una extensión de campo.
3) Papel o tela, generalmente decorada, que se extiende sobre las varillas del abanico por la parte por donde se separan.
4) Se emplea en geografía con el significado de «confi1? uracián del terreno" ».
LAROUSSE ( 1981 ): paisaje, extensión de terreno vista desde un lu¡?ar determinado.// Tela, papel u otro material que recubre las varillas del abanico.
-Geogr: área de dimensiones muy variables caracterizada por rasgos geomorfológicos, climáticos, de hábitat, etc., suficientes para diferenciarla: paisaje desértico, paisaje industrial.
-Art: pintura, grabado o dibujo en el que el tema principal es la representación de un Jugar natural o urbano.// Parte del cuadro que forma una decoración detrás de los personajes que ocupan el primer plano.
Porción de terreno considerada en su aspecto artístico.
Comprobamos como esta primera acepción, reducida al mundo de la expresión artística, se ve ampliada en algunas definiciones, pasando a referirse a un espacio contemplado por un observador desde un punto: así, la primera acepción recogida por María Moliner plantea este aspecto e identifica este espacio con el campo (entendido como lugar desprovisto de ciudades) y, por lo tanto, manteniendo una visión típica de la apreciación estética.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa /\LMUDENA OREJAS Al:"xpA.
1991 de la t.:11ciclipedia Larousse se refiere igual.mente a esta acepción del término. relegando la 1radicional a un uso específico en el 1erreno del arte.
La segunda extensión de vocablo se refiere a su relación con la Geografía.
La asunción del paisaje c: omo una realidad geográfica se debe remontar al final del sig lo pasado, y, en especial al desarrollo del enfoque regional en el ámbito francés; en ella la consideración del paisaje como un área que ve un espectador. si rve para pasar a la idea de aspecto externo del terreno (acepción cuarta de María Moliner y apartado dedicado a la Geografía en Larousse).
En la misma dirección se entiende el término italiano equivalente paessagio 1, tradicionalmente ligado también a la visión estética.
No ocurre esto en otros idiomas: el término anglosajón landscape es enormemente rico, en él se tienen en cuenta tanto el medio natural, como las actividades agrarias e industriales y la implantación del hábitat 2 • Esta amplitud semántica del término ha sido acentuada desde la geografía americana al incluir en ella todos los aspectos relacionados con la percepción 3.
El resultado es que landscape responde a la acepción más laxa, simple y abierta del paisaje: esto permitirá, como veremos, que expresiones como landscape archaeology o cultural lanscape nazcan con un sentido dilatado, abarcando campo (country-side), ciudades (towns) y hábitat rural (villages).
Igualmente rico resulta el vocablo francés paysage, ya en el Diccionario de Furetiere, de finales del siglo XVII, aparece definido, sin limitarse a su consideración como género pictórico como «aspect d' un pays, le territoire qui s 'étendjusqu' ou la veue peut porter.
Sin embargo, revisando las diversas interpretaciones del término, destaca la existencia, en todos los casos, de una vinculación unánime entre el paisaje y la apreciación sensorial (casi exclusivamente visual): de esto se han derivado los tres rasgos distintivos del vocablo, causantes del debate en torno a su uso científico, la subjetividad y la globalidad.
Ante ellas las posturas han ido desde el rechazo explícito o tácito a su aceptación sin reservas, pasando por diversas propuestas de sustitución con escaso éxito.
Como veremos más adelante historiadores y arqueólogos no han quedado al margen de este debate.
Podemos afirmar que esta laxitud en las definiciones y usos del término ha permitido las distintas versiones sobre el paisaje que, esquematizado, se articulan sobre dos posturas: el 1 En la Enciclopedia Italiana ( 1949) paessagio se define como sigue: «Si chiama pessagio in arte un dipinto che a per oggetto gli aspetti campestri, la natura... » 2 En el Collins English Dictionary ( 1984) la primera acepción del ténnino landscape es «an extensive area of scenary as viewed from a single aspect: slageaps dominate the landscape».
El ténnino se completa con el más específico de townscape y el de country-side: «a territory distingued by the people, culture, language, geography, etc.».
El ténnino, acuñado también dentro del ámbito pictórico, aparece ya atestiguado en el siglo XVII referido a una porción de tierra vista desde un punto y en la centuria siguiente referida a descripciones y visiones de conjunto (desde arriba) de la misma (The Oxford Universal Dictionary 11/ustrated, l, ed. 1973(l.• ed. 1933).
3 Nos referimos a los geógrafos que desde los primeros cincuenta fonnaron la llamada Escuela de Berkeley, en torno a J. B. Jackson y la revista landscape.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa tlE.l'¡>A. M. 1991 paisaje considerado exclusivamente como la superficie visible. susceptible de contemplación estética, o como una realidad compleja. en la 4ue se manifiestan interrelaciones entre elementos de diversa índole.
Esta bipolarización se complica al hacer entrar en el juego un segundo punto de vista: la consideración de la presencia o ausencia de hombre en el paisaje, que ha llevado a una, ya tradicional. oposición entre «paisaje natural» y «paisaje humanizado» --que a su vez esconde la oposición paisaje condicionado/condicionante-.
Tras la acepción artística del vocablo, es su carácter natural el que aparece. por lo general. subrayado en las diversas definiciones, fruto. como veremos, de su empleo entre geólogos, geomorfólogos y geógrafos físicos 5.
Al margen del uso coloquial -cuya facilidad de comprensión y globalidad lo hacen insustituible. tendremos que tener en cuenta dos fenómenos paralelos que progresivamente van perfilando las diferentes interpretaciones y aplicaciones: por una parte. las diversas realidades que expresa el término de acuerdo con el ángulo de visión adoptado desde cada una de las disciplinas, y, en segundo lugar, la aparición de diversos adjetivos yuxtapuestos al vocablo y que tienden a delimitar su significado, algunos de ellos ya admitidos de forma general.
El paisaje de las dil•ersas ciencias
De acuerdo con las definiciones que hemos presentado más arriba el «primer paisaje», cronológicamente, fue el paisaje de los artistas: de él se deriva la asociación del término a la contemplación visual y, por lo tanto, su carácter intrínsecamente subjetivo.
Esta concepción es la que ha generado la identificación del paisaje con un espacio idílico natural o rural, que impregna el uso coloquial del vocablo.
El paisaje se convirtió por vez primera en objeto de estudio de mano de los geólogos. geo-m01f6logos y de la Geografía física que han mantenido sobre él un «monopolio» hasta fechas muy recientes: a ellos se les ha acusado de empobrecer el término limitándolo a la descripción de los fenómenos estudiados por estas ciencias, de ser causantes del peso de «lo natural» en el paisaje, desprovisto de la presencia humana: las prácticas agrícolas o industriales, los hábicacs e incluso la vegetación, no hacían sino enturbiar la visión de estos procesos geológicos y sus resultados.
Surge una tradicional vinculación del páisaje a las llamadas «Ciencias de la Tierra».
La primera reivindicación de un uso menos restringido del vocablo llegó de manos de los geógrafos del «regionalismo» surgido a finales del siglo pasado en Francia, aunque no llegaron a precisar su sentido, y, más recientemente, de la Geografía agraria: de una forma poco concreta se hacía entrar en el paisaje, convertido en objeto de estudio, la actividad humana en sus diversas facetas, pero básicamente de la agricultura (el paisaje humanizado se identifica con el paisaje agrario).
A ellos, y a los historiadores (casi exclusivamente medievalistas) que se ocuparon del mundo rural en la década de los treinta, debemos la primera reivindicación del término desde otro ángulo, impregnado de un afán por conseguir una visión de conjunto ~ Como ejemplo sirven estas dos acepciones de dos diccionarios franceses, el de J. Tricart ( 1979): «estudio integrado del medio natural, traducción espacial concreta de un ecosistema», y de G. Rougerie ( 1977), que margina la parte «demasiado humanizada de la biosfera».
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa ALMUOENA OREJAS AF.spA.
64, 1991 que permitiese ligar la actividad humana -trabajo, elementos jurídicos, sociales...y las posibilidades u obstáculos que presenta el medio.
En ocasiones. esta confusa reivindicación aparece muy ligada a una contemplación estética, lírica del paisaje que lleva a la creación de tópicos, como la perennidad del paisaje fruto de la «sabiduría popular».
Sin embargo, ese paisaje agrario no ha sido discutido, ni precisado: el riesgo inminente era caer ~n formalismos, localismos y descriptivismos que, efectivamente, generaron una enorme producción de trabajos de Geografía e Historia herederos de esta línea.
Habrá que esperar a los años cincuenta para que arqueólogos e historiadores de la Prehistoria y del mundo antiguo se interesen por él, aún sin un planteamiento claro, casi intuitivo, fruto de las nuevas posibilidades técnicas (fotografía aérea, cartografía, palinología, etc.), de la evolución interna de las ciencias y de las necesidades a las que ésta empezaba a responder (protección de patrimonio, realización de cartas arqueológicas, etc.).
El término se ha cargado de nuevos significados en nuestros días: el paisaje ha pasado de ser algo idílico, artístico a ser considerado como un bien de consumo limitado y que, por lo tanto exige un control y salvaguarda: es lo que podríamos denominar el paisaje de las planificaciones y de la política.
Esto no es nuevo: desde el mundo griego la representación y descripción del espacio se ha desarrollado en función de las necesidades de control del mismo: rutas de navegación, catastros, inventarios de bienes...
Sin embargo, en el presente, la situación se ha visto agravada por la demanda de espacio y la escasez de recursos que han generado una reacción en diversos sentidos y, en general, un interés por el entorno que va desde los movimientos ecologistas a la especulación del suelo urbano o las concentraciones agrarias.
El paisaje y los paisajes
Como consecuencia de este carácter multiforme y de la ambigüedad creciente del término (lo que Bertrand denominó «la transparencia del paisaje»), se ha ido haciendo necesaria, progresivamente, la caracterización del paisaje, precisando o limitando su significado mediante adjetivaciones que permiten definir su morfología, función o connotaciones conceptuales, y, así, considerar la organización del espacio como reflejo de una sociedad a partir de sus vínculos con su medio: coerciones, desafíos, riesgos, impactos, etc. Así se han ido acuñando expresiones como paisaje urbano ante una nueva realidad omnipresente, la ciudad, paisaje rural/ agrario, opuesto al anterior y precisamente cuando se convierte en una reliquia, paisaje recreativo, generado por «la cultura del ocio» y recogiendo el sentido estético tradicional, arquitectura del paisaje, referida a la recreación del medio para el «Consumo» (parques, etc.), paisaje simbólico, paisajes sagrados y un largo etcétera constantemente acrecentado.
Sin embargo, entre ellas, nos interesa especialmente Ja consagración de una, el paisaje cultural, basado en una, como veremos discutible, oposición entre lo natural y lo cultural, y dentro del que se incluirían tanto el paisaje histórico como el paisaje arqueológico6. -Tendríamos que remontamos al siglo XVIII para encontrar, por vez primera, un considerable volumen de documentación consagrado al estudio del espacio, en forma de descripciones destinadas a la planificación y control por pane de Jos estados -censos, catastros, inventarios-dentro de lo que se llamó Estadística.
Pero el paisaje sigue siendo terreno de los anistas, y como tal, recoge todos los elementos 4ue imprimen ese carácter idíl ico, entre ellos las ruinas.
Esta preocupación política y económica genera la necesidad de sistematizar las distintas unidades constitutivas del espacio y los factores que se integran en él, proceso ligado a unas notable mejoras técnicas, en especial en el ámbito de la cartografía.
-A lo largo del siglo XIX el paisaje va rompiendo su tradicional vím:u lo con el mundo de la expresión artística al entrar a formar parte del vocabu lario de los gedlO!!,OS primero, y de la Geo?,rafíafísica después: el paisaje se identifica con el aspecto topográfico que traduce una serie de procesos.
De aquí surge la asociación del término al medio físico -lejos aún de implicar postura deterministas.
Sin embargo, no se emprende una definición del vocablo que, en rigor, sigue perteneciendo casi exclusivamente al arte.
Desde los años centrales del siglo se empieza a detectar el impacto del evolucionismo planteado en la obra de Darwin: se suscitan una serie de cuestiones que tendrán una dilatada repercusión: las nociones de adaptación al medio, lucha por la supervivencia o selección natural generan una nueva visión del medio en e l que se mueve el hombre y a cuyos condicionantes responde su trayectoria física y cultural 7.
Así, a lo largo de esta centuria surgen iniciativas e intuiciones que van gestando el debate que, a caballo entre los dos siglos, se generará en torno al paisaje: Michelet, al afirmar por vez primera la necesidad de hacer una lectura histórica del paisaje es un auténtico pionero; el avance de la «Geografía clásica» de manos de Humbo ldt y Ritter, la entrada de la Historia y la Geografía en ámbitos académicos, el citado darwinismo...
Se inician diversas aproximaciones al paisaje desde diferentes ciencias y posturas, sin llegar nunca a fijar una definición para el uso c ientífico del término: este será el origen de la ambigüedad y poli valencia del vocablo.
Incluso en las obras de los dos grandes geógrafos franceses que en los últimos años del siglo personalizaron el positivismo -agudizado en el determinismo geográfico-y el posibilismo, Raetzel y Vida! de la Blache, el término es usado de una forma confusa.
Sin embargo, la aponación de Vida/ de la Blache8 merece una mención algo más detallada.
Origen del enfoque regional, de enorme éxito en las humanidades en Francia y en los ámbitos académicos de gran parte de Europa, incluida España, Vidal de la Blache considera que todos los rasgos que caracterizan y singularizan una región --Objeto de estudio específico de la Geografía-, es decir, el clima, la vegetación, el relieve y la actividad humana en todas sus vertientes, se plasman en un paisaje específico, resultado de la integración de todos estos elementos a lo largo del tiempo.
Sin embargo el paisaje es considerado como algo atemporal: en su estudio es un dato dado.
En realidad en la obra de Vida! no se acomete el análisis del c• oncepto -aunque si se hace c.:on otros como el de región, modos de vida, etc.-, sin embargo entre los geógrafos que dieron forma a lo largo de los sesenta años siguientes al enfoque regional surgieron importantes apreciaciones y precisiones, en especial en la obra de Fochler-Hauke (Fochler-Hauke, 1959) que propone una clara diferenciación entre re¡:ión, definida por límites administrativos y paisaje, como un territorio científicamente definido.
Desde esta perspectiva plantea Fochler-Hauke cinco vías posibles de acercamiento científico al paisaje: morfológica, ecológica, cronológica, regional y clasificación de paisajes.
-Así pues, hasta este momento, tanto el empleo del término como las matizaciones procedían de los geógrafos y, en especial, del regionalismo.
En los primeros años del siglo XX una serie de geógrafos franceses advierten los vacíos e inexactitudes del enfoque predominante (Gallois y sus trabajos sobre toponimia, Sion, Febvre, etc.), pero es sobre todo en la década de los treinta cuando surgen, casi simultáneamente, una serie de aportaciones clave, de manos, por vez primera, de historiadores: se trata de M. Bloch y R. Dion desde los estudios del mundo medieval, y de A. Déléage desde la Antigüedad9.
Sus aportaciones son indisociables de las propuestas que se estaban gestando en tomo a los Annales y su interés por la Historia social y económica.
Recogieron las sugerencias contenidas en la obra de Vidal sobre la necesidad de tener en cuenta las relaciones entre el hombre y el medio, que se completaron con ideas procedentes de la Sociología.
Se propone entonces, explícitamente, una visión histórica del paisaje, identificado, casi exclusivamente, con el paisaje rural agrario.
Se propone un trabajo en sentido diacrónico desde una colaboración interdisciplinar, aunque, en la práctica, la sugerencia quedó bloqueada en dos direcciones: por una parte por la consagración de tópicos que tenían mucho que ver con la visión tradicional idílica del paisaje (el bosque primitivo, las roturaciones medievales, etc.), y. por otra, porque se consideraba el final del primer milenio como el año cero en la historia de los paisajes.
Se generó un análisis lineal y con mucho de literario.
-Estos trabajos marcarían la tónica general del estudio de los paisajes desde un punto de vista histórico hasta la Segunda Guerra Mundial, en especial en Francia, cuna de estos autores, se cayó en una monotonía y falta de creatividad, con enorme arraigo del regionalismo que alcanzó hasta la década de los setenta.
Sin embargo, en torno a los años de la Segunda Guerra Mundial, se estaban poniendo en marcha en otros paises europeos iniciativas y proyectos más abiertos y renovadores, de nuevo casi exclusivamente entre medievalistas.
Así, la trayectoria de la rica, y muy desconocida entre nosotros, investigación de los países nórdicos culminó con la puesta en marcha del Nordic Deserted Farm Proyect, que desde una perspectiva histórica y ecológica emprendió en análi- sis del poblamiento rural escandinavo e islandés entre los siglos XIV y XVII, analizando su huella en la organización territorial y deteniéndose en la plasmación en el paisaje de los cambios que se produjeron en la Baja Edad Media.
Jankuhn en Alemania se sitúa a la cabeza de la Siedlungsarchaologie, y en los Países Bajos se presentan los resultados de los primeros estudios sobre divisiones agrarias antiguas, los denominados «celtic-fields» (Van Giffen y más tarde Brongers).
La aplicación de técnicas de cartografía, fotografía aérea, análisis palinológicos, carpológicos, antracológicos y de fauna y reconocimientos de terreno coordinados hicieron posible avances notables en estos años.
Más influencia, por su mayor difusión, lograron los trabajos emprendidos en Gran Bretaña.
Por una parte, contaba con una arraigada rradición de hi storia medieval nacional. y. por orra, con una experiencia en el trabajo con fotografía áerea desde los pioneros vuelos de Crawford en los años veinte -los primeros realizados en zonas no desérticas sobre un suelo consrante y densamente ocupado-.
Por otro lado, las investigaciones sobre divisiones agrarias antiguas se remontaban a los años veinte.
A este bagaje se une el desarrollo de los primeros trabajos de campo extensivos (excavaciones de la Isla de Man).
Los estudios de estos medievalistas no consiguieron, 4uizás ni pretendieron, romper con la negligencia tradicional hacia un paisaje anterior al medieval: en sus trabajos. se pretendía limitar espacial y temporalmente un establecimiento rural, estudiar s u morfología y. básicamente, su parcelario.
Sin embargo, su aportación fundamental fue la puesta a punto, en la práctica, de técnicas y documentos de trabajo y de una colaboración interdisciplinar.
-Dentro del ámbito británico, desde finales de los cincuenta y durante la década de los sesenta, estaban tomando forma y aplicándose las técnicas de lo 4ue se denominaría Field Archaeo/ogy, que pretendía analizar las huellas dejadas por el hombre en el terr-i_t_s>rio mediante todos los medios de documentación posibles y técnicas al alcance (Bowen, Cunliffe, Hoskins.
Esta tradición se plasmó desde entonces en un marcado interés por la historia de los paisajes antiguos, su morfología, y la posibilidad de detectarlos en los paisajes actuales.
Pronto se generó un interés por relacionar la información que proporcionaba la fotografía aérea con una difusa landscapes archaeo/ogy.
Todo ello fue recogido y asimilado en la excepcional obra de Bradford de 1957 Ancierll Landscapes, dentro de lo que ya quedó consagrado como Landscape Archaeology.
El paisaje empieza a ser considerado como un «palipmsesto», expresión usada por Aston y Rowley en 1974 y difundida por Chevallier a partir de 1976.
A este panorama, brevemente esbozado, hay que añadir, por un lado, el acicate que supuso en aquellos años la generalización de la elaboración de inventarios y cartas arqueológicas, que, en principio, obligaban a considerar el hallazgo arqueológico en su marco espacial y en su relación con los demás hallazgos.
En segundo lugar, las reformas institucionales en Ministerios de Cultura y Educación y la aparición de organismos consagrados a investigación y gestión de medio ambiente se hacen eco de una nueva consideración del patrimonio y permiten replanteamientos.
Simultáneamente, surgía la primera respuesta organizada y con fuerza al posibilismo vidaliano aún vigente: nace la denominada Nueva Geop, rafía (Schaefer, 1953), apoyándose en el positivismo renovado nacido de la Escuela de Viena.
La Nueva Geografía supondrá la consagración del espacio y su organización como tema específico de estudio de la Geografía.
Los nuevos geógrafos cambiaron la forma tradicional de entender y representar el espacio y las relaciones que en él se producen (noción de espacio relativo, aplicación de modelos, análisis locacional, técnicas de cuantificación, etc.), y con todo ello, surgen reflexiones teóricas y metodológicas y alternativas para la planificación y gestión del espacio.
-Hacia la mitad del s iglo se difunde en el ámbito anglosajón lo que se ha denominado el enfoque ecológico, gracias a la labor del antropólogo norteamericano J. Steward y su equipo, en especial G. Willey.
El centro de sus trabajos lo constituye el interés por el cambio cultural, que les llevó a plantear el hecho de que las culturas no sólo interactúan con otras culturas, sino también con el medio: así, el estudio de las formas de adaptación que pueden provocar un cambio cultural genera el nacimiento de la ecología cultural.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa ALMUDENA OREJAS Af.spA.
1991 --------Si en el ámbito americano esta aproximación nace desde el campo de la Antropología, en el británico surge de la arraigada field archaeology, en especial de la iniciativa de G. Clark.
A lo largo de su trabajo constató un «bloqueo» de la tradicional arqueología basada en el estudio de objetos que suministran una infonnación limitada y propuso el estudio de las relaciones (adaptaciones) del hombre y su medio como fuente de conocimiento de las sociedades antiguas. a partir de una labor necesariamente interdisciplinar (Clark, 1952).
El enfoque ecológico se ha incorporado en las últimas décadas tanto al trabajo de campo en Arqueología como a diversas posturas y tendencias, haciendo de la reconstrucción medioambiental y de las dietas de las sociedades antiguas temas axiales en la investigación.
Sus pretensiones se han visto favorecidas por el importante desarrollo de técnicas desde la Segunda Guerra Mundial, en especial de los sistemas de datación y los análisis de restos vegetales y de fauna.
-A finales de la década de los sesenta, las técnicas de la Field Archaeo/ogy y las propuestas de la Nueva Geografía sentaron las bases del nacimiento en Gran Bretaña de lo que pronto se denominaría Nueva Arqueología (Clarke, 1968), mientras que, al otro lado del Atlántico, la Arqueología norteamericana, estrechamente ligada a los avances de la Antropología lanzaba propuestas originales en el mismo sentido (Binford, 1968).
Ya las primeras iniciativas nacidas dentro del enfoque ecológico, o trabajos como los de Taylor, a finales de los cuarenta, se hicieron eco de un descontento entre una parte de los arqueólogos que partía de la necesidad de explicar los hechos arqueológicos (explanation) sin recurrir necesariamente fenómenos externos a las sociedades estudiadas (del tipo de invasiones o migraciones), y de hacer explícito el razonamiento seguido.
Esta Nueva Arqueología anglosajona, que ha marcado tan profundamente la Arqueología de nuestros días, aunque no emplea en su discurso el término paisaje más que en un sentido coloquial, propone una nueva forma de acercarse al entorno, basada en un funcionalismo ecológico.
Se parte de una definición del término territorio, entendido como un conjunto de recursos que ha de estar en equilibrio con la comunidad; la cultura se entiende como una adaptación extrasomática al medio: la ruptura del equilibrio entre los recursos y la comunidad exige una nueva adaptación.
Así, en el funcionalismo ecológico quedan subrayados tres aspectos fundamentales:
-las relaciones hombre-medio en términos ecológicos, -el medio como recurso -el territorio en su relación estricta con la comunidad A partir de los planteamientos propuestos por los nuevos arqueólogos, se habían abierto nuevas vías de análisis y nuevos intereses: entre ellos el despertado por el estudio del espacio y del territorio que dio lugar a la Arqueología Espacial y al Site Catchment Analysis (SCA), estudios tanto sobre la distribución de asentamientos como sobre la relación entre ellos y los recursos.
Se empiezan a desarrollar estudios paleoambientales dentro del marco del enfoque ecológico en Gran Bretaña, con escasas repercusiones en el resto de Europa, donde la tradición geográfica francesa, apoyada aún en el regionalismo, se resistía a las técnicas de cuantificación y de aplicación de modelos.
Hasta finales de los setenta no entra ni en Francia ni en España la Geografía cuantitativa y prácticamente habrá que esperar una década más para que los arqueólogos se interesen por estas técnicas.
En los años setenta el nivel y desarrollo alcanzado por los estudios espaciales y territoriales conseguía que el yacimiento arqueológico no fuese considerado fuera de contexto, aunque nunca se habla en sentido estricto de pai saje.
Al margen de los aspectos concretos, la Nueva Arqueología provocó un cambio en la visión global de los arqueólogos: por una parte el «principio de autoridad» dejaba de tener valor frente a la necesidad de razonar y explicitar ese razonamiento; por otra parte se descubre la riqueza de una información arqueológica -hasta entonces ignorada-correcta y exhaustivamente manipulada.
A partir de ese momento se hizo necesario un replanteamiento de los trabajos de campo y de la escala a la que se realizaba la investigación.
-Simultáneamente, a finales de la década de los sesenta, las tesis ecologistas tienen una fuerte incidencia en la geografía francesa, enlazando con la ya tradicional historia rural desarrollada a partir de los años treinta.
En especial tenemos que referirnos a la obra de Bertrand y al nacimiento de lo que él bautizó como ecología histórica (Bertrand, 1975(Bertrand, y 1978)).
Bertand parte de una evaluación crítica a las propuestas regionalistas que habían marcado Ja Geografía a lo largo de sesenta años y que en los estudios hi stóricos habían supuesto la necesidad de dar un marco geográfico a la actividad del hombre, pero que nunca habían profundizado en la relación del hombre con su entorno.
Bertrand abre, conforme van surgiendo los problemas en su investigación, una reflexión sobre el uso y sentido de los diversos términos y su adecuación al objeto de estudio, en especial le preocupa el uso del término paisaje: su ambigüedad, a la que ya nos hemos referido, le lleva a proponer «renunciar a este vocablo en el plano científico, manteniendo su uso en un sentido trivial, y buscar auténticos conceptos, quizás menos ricos por su contenido pero más claros, y, por lo tanto, más operativos» (Bertand, J 978, J 33).
Al plantear esta necesidad de sustituir el término revisa las alternativas posibles: nicho ecológico, medio geográfico, etc. Finalmente, opta por el de geosistema, entendido como una estructura espacial con un funcionamiento biogeográfico autónomo en que se interrelacionan lo abiótico, lo biológico y lo antrópico.
La arqueología del paisaje tiene que plantearse en el marco de la ecología histórica si se quiere evitar que no pase de ser «una especie de neogeografía agraria formalista y geométrica» (Bertrand, 1978, 132); esta ecología histórica se basa en la dialéctica entre la sociedad y la naturaleza: modo y sistemas de producción no son sino la forma de manifestarse las relaciones ecológicas entre una sociedad y su entorno.
Desde este punto de partida, define Bertrand un determinismo ecológico relativo: las sociedades y Jos paisajes que generan tienen largas etapas de bloqueo en las que el medio es determinante, pero estas fases son rotas por Ja aparición de hitos agro-técnicos que causan una evolución, una superación de la situación previa, hasta caer en un nuevo bloqueo.
En este marco se entiende la aparición de la agricultura como una irrupción en el ecosistema incial que causa la aparición de un nuevo ecosistema con su propio equilibrio: el agrosistema inicial (término que reemplaza el tradicional de espacio rural), seguido por sucesivos agrosistemas.
Poner a punto el método ecológico regresivo en historia y arqueología exige una formación ecológica de la que carecen la mayor parte de los investigadores.
En 1977 tuvo lugar en París un congreso bajo el título de Archéologie du Paysage, por iniciativa de R. Chevallier que propuso el título de la reunión.
Cuando se bautizó así el encuentro no se hizo sino recoger una ya seria trayectoria desarrollada en la Europa occidental (básicamente Francia e Italia).
El propio R. Chevallier, un año antes expuso en un breve trabajo algunos de Jos rasgos y
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1991 ---------~-------problemas fundamentales del nuevo tema bajo el sugestivo título de «Le paysage palimpseste de l' Historie.
Pour une archéologie du paysage» (Cheval/ier, 1976): su gestación, problemas de definición. la consideración del «paisaje humanizado.. expresión objetiva de las civilizaciones», las formas y técnicas de trabajo que permiten superar una visión estrictamente descriptiva y descubrir la dimensión temporal en la espacial, así como la posibilidad de fijar una «tipología de los paisajes fósiles».
En el congreso de 1977 se abordaron tanto el estudio de las fuentes para la Arqueología del paisaje como las técnicas de trabajo, en especial la fotografía aérea y la cartografía, y se presentaron trabajos ya concl uidos o en proceso de realización desde la Prehistoria a nuestros días y tanto sobre el mundo rural como sobre el urbano.
Se cerró con sesiones dedicadas a cuestiones legales, de conservación y protección de patrimonio y de su planificación más allá del tradicional marco objetual.
De esta forma el congreso se convirtió rápidamente en un punto de referencia necesario, al proporcionar una presentación conjunta de trabajos hasta entonces dispersos, abrió debates y planteó perspectivas.
-Sin embargo, sería erróneo presentar un panorama articulado en dos polos: el anglosajón de la Nueva Arqueología y el francés de la ecología histórica y de la arqueología del paisaje -dos trayectorias que, hay que anotar, en la mayoría de los casos se ignoran mutuamente.
Simultáneamente están surgiendo propuestas nuevas y críticas a las tendencias imperantes dentro de las ciencias sociales, que van a aportar nuevas perspectivas en la consideración del paisaje como objeto de estudio.
Influirá de forma notable, y ya insoslayable en la actual visión, el behaviorismo o conductismo y la geografía de la percepción y del comportamiento de él derivadas, introduciendo aspectos como la importancia del aprendizaje en la fijación de las relaciones entre el hombre y el medio, la capacidad de simbolización y la creación de imágenes y mapas mentales del espacio (Gould-White, 1974; Lynch, 1960).
También a lo largo de los setenta tomaron forma las propuestas fenomenológicas y existenciales dentro de las ciencias sociales, dando lugar a lo que se ha denominado fenomenología existencial, caracterizada, a grandes rasgos, por una reivindicación de lo individual, lo subjetivo y lo singular.
Esta postura generó una nueva concepción del espacio, de forma que la relación que el hombre establece con él sólo puede entenderse en términos subjetivos: surgen conceptos como mundo vivido, experiencias preconceptuales del espacio, topofilia/ topofobia/ toponegligencia (Yi Fu Tuan, 1974), etc.
-Resulta innecesario aquí incidir en las evidentes repercusiones que la Nueva Arqueología ha tenido y tiene sobre la investigación arqueológica actual; pese a la resistencia y reticencias suscitadas, los planteamientos gestados entre los nuevos arqueólogos revitalizaron el panorama científico y abrieron nuevas perspectivas cuando algunas vías parecían irremediablemente bloqueadas (Clarke, 1973 ).
Una de sus aponaciones cruciales Ja constitye la necesidad de tener presente la importancia del medio y su equilibrio o desequilibrio con las comunidades.
El desarrollo de esta idea, que enlaza con la aproximación ecológica, generó una serie de vertientes de trabajo que se han englobado bajo el título de estudios territoriales o espaciales: nos referimos a lo que dentro de la Pa/eoeconomy se denominó Arqueología Espacial, Site Catchment Analysis (SCA) y Site Explotation Territory (SET).
Las relaciones entre el ecosistema y el sistema sociocultural funcionan en Jos dos sentidos y gerieran tanto una reacción interna en las sociedades como alteraciones en el medio: ambas Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 191-230 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa tensiones confluyen para dar lugar a un cambio cultural.
Conforme a estas propuestas de los nuevos arqueólogos se generaron estudios sobre la distribución del hábitat antiguo en el espacio, las relaciones que se establecen entre ellos y con los recursos.
El desarrollo de estos proyectos es incomprensible sin la difusión de nuevas técnicas y herramientas de trabajo procedentes de otras ciencias, entre las que tenemos que destacar los avances en estudio de flora y fauna (análisis de restos óseos, carpología y palinología) y el análisis locacional de la Nueva Geografía británica (Haggett, 1965).
Tanto la Arqueología espacial con el SCA se gestaron en la U niversida de Cambridge hacia los años centrales de la década de los setenta.
El SCA fue enunciado por Higgs-Vita Finzi (Vita Finza-Higgs, 1970) mientras K. Flannery (Flannery-Coe, 1969) realizaba en Estados Unidos un proyecto en la misma dirección.
En el SCA se considera el yacimiento como el punto central en las relaciones hombre-medio: la mejor posición es la que permite un más fácil acceso a los recursos en sus diferentes niveles (territorios de explotación, territorios anuales, territorios de captación).
El análi sis se basa en una relación directa poblamiento-medio, entendido éste como conjunto de recursos.
En los mismo años D. Clarke, l.
Hodder y C. Onon, entre otros plantean las bases de la Arqueología Espacial, partiendo del estudio de la consideración exacta de los «anefactos» en el yacimiento y de los yacimientos en el espacio.
Desde esta nueva perspectiva surge de los datos arqueológicos una información nueva cuantitativa y cualitativamente tras someter los datos a tests estadísticos que generan modelos de ocupación del espacio, tal y como lo había hecho Haggett en su anál isis locacional (Clarke, 1977; Hodder-Orton, 1976).
Pese a las resistencia y desconfianzas, en especial en Francia y en la Europa de tradición académica gala, tanto la difusión del SCA como de la Arqueología espacial consiguieron, a nivel general, romper el estrecho marco que imponía la consideración del yacimiento como objeto de estudio exclusivo del arqueólogo.
El desarrollo de nuevos planteamientos teóricos, metodológicos y la aplicación de nuevas técnicas de trabajo era ya un hecho irreversible.
Hoy, cualquier consideración del entorno, del paisaje, pasa por un reconocimiento de las perspectivas y formas de trabajo propuestas desde Cambridge.
Sin embargo, quedaron al mismo tiempo abiertas las cuatro grandes zonas de riesgo de la arqueología contemporánea:
-la consideración de Ja dimensión espacial y de los estudios que permiten valorar el medio en su relación con el hombre como meramente ornamenta/es, reducidos en muchas ocasiones a apéndices de memorias de excavación que nada tienen que ver con el texto al que se adosan, -la identificación de estudios espaciales con trabajos locales de estrechas miras, -la aplicación de modelos y/o tests estadísticos de forma indiscriminada, automática, sin una hipótesis de trabajo previa y sin una interpretación de los resultados.
-la existencia de ámbitos de la vida de las comunidades que no quedaban explicados: religión, simbolizaciones, etc.
El paisaje como objeto de estudio en la Arqueología actual.• herencias, críticas e indefiniciones
-En Jos últimos años las diversas alternativas que imprimieron un giro radical en la ar-Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 191 -------------------4ueología de los sesenta han sido sometidas a crítica desde múltiples ángulos y muchos han sido los trabajos que se han ido alejando, matizando u oponiendo a las primitivas propuestas.
A ello ha contribuido el impacto general causado por diversas iniciativas y movimientos sociales, políticos o dentro el mundo científico: entre ellos, las resis ecol Ristas han logrado en los últimos treinta años una enorme incidencia en Jos más diversos ámbitos, que en muchos casos ha corrido paralela a una dispersión y trivialización.
Sin embargo, es imposible prescindir de su peso: como hemos mencionado, en Arqueología, tanto en la ecología hi stórica como en la Nueva Arqueología Ja perspectiva ecológica ha sido crucial.
Junto al ecologismo, dos actitudes han marcado de forma notable la evolución del pensamiento en los últimos años: lo que se ha denominado humanismo, agrupando posturas idealistas y existencialistas. que subraya el nexo afectivo fundamental que marca la relación del hombre con su entorno y ha llevado a una reivindicación del espacio subjetivo, como plasmación de mentalidades, sentimientos y simbolizaciones, y los movimientos denominados radicales dentro de las ciencias sociales que exigen la integración de la ciencia en la sociedad y un compromiso con ella.
No vamos aquí a revisar sistemáticamente las críticas y alternativas propuestas ni a hacer un esquema de las direcciones de las nuevas tendencias y sus motivos, sólo a precisar qué han aportado o están aportando al estudio del paisaje en nuestra ciencia la nueva fenomenología, los arqueólogos postmodernos o postprocesualistas y algunos paises con trayectorias originales.
No podemos dejar de hacer una breve mención a la importancia que el avance de las técnicas tiene en el desarrollo de la Arqueología del paisaje a partir de la Segunda Guerra Mundial: desde los más diversos ámbitos se incorporan formas de análisis y se les da un desarrollo específico, adaptado a las cuestiones que se han de resolver: sin el impulso de la fotointerpretación y teledetección, cartografía, prospección geofísica, palinología, carpología, antracología, análisis de restos óseos, de sedimentos y un largo etcétera, la Arqueología del paisaje, tal y como se concibe hoy, no sería posible.
-Entre una parte de los arqueólogos británicos, ha surgido una conciencia de la necesidad de reflexionar tanto sobre las propuestas teóricas de la Nueva Arqueología como sobre el sentido de la aplicación de modelos y técnicas de cuantificación: no se trata de una panacea capaz de resolver cualquier problema arqueológico, mediante el tratamiento mecánico de una serie de datos, a veces segmentados y heterogéneos, por el contrario, su uso ha de estar necesariamente justificado y responder al marco y evolución de la investigación que se está desarrollando y a cuestiones ignoradas por los arqueólogos de los sesenta y setenta (Hodder, 1984(Hodder,, 1985(Hodder,, 1986(Hodder, y 1987)).
Sin embargo, hay que insistir en el hecho de que, mientras en el ámbito anglosajón se gestaban estas críticas y se proponían nuevas alternativas agrupadas bajo el título de Arqueolo1?ía postprocesual, basada en una lectura simbólica y estructural de los elementos arqueológicos --entre ellos la organización espacial-, en el resto de Europa occidental empezaban a circular las primeras traducciones y se ensayaban las primeras experiencias dentro de la Arqueología espacial y del SCA.
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Hodder, principal exponente de esta revisión, incorporando las ideas del neoestructuralismo y neo-marxismo. propone una ruptura con el materialismo y positivismo de la arqueología procesual, que permita superar las tradicionales oposiciones materialismo/idealismo y objetividad/subjetividad (con todas las oposiciones que a su vez ha generado) y reali zar un análisis contextualizado de los datos arqueológicos que permita poner al descubierto la relación simbólica, mental. entre las gentes y los modelos espaciales que generaron.
-Recientemente, todas las formas de análisis arqueológico que permiten la reconstrucción de los medios en el que se desarrollan las soc iedades se han agrupado, en el mundo anglosajón, bajo la expresión de E111•iro11me11tal Archaeo/ogy.
En ella se integran tanto los estudios destinados a conocer el medio en sí a diferentes escalas (climas, red hidrográfica, procesos sedimentarios y geomorfológicos en general, flora y fauna, etc.) como a analizar el med io como recurso y las alteraciones provocadas por la presencia del hombre en él: acondicionamiento para hábitat y explotación del entorno -SCA y SET-.
Las iniciativas en este marco son muy abundantes, dentro de una aproximación ecológica y herederas tanto de Ja Nueva Arqueología como de la Paleoeconomy, -y conscientes de las críticas despertadas-como de la experiencia ya desarrollada en diversas técnicas.
Resulta representativa la obra de K. W. Butzer. de la Universidad de Chicago donde ocupa la cátedra de Arqueología medioambiental, en especial su Arqueología.
Una ecología del hombre, escrita en 1981 y recientemente traducida.
Se centra en las formas y objetivos de un análisis del ecosistema del que forma parte una comunidad o un grupo de ellas, abordando tanto los principios del enfoque ecosistémico como las distintas técnicas que permiten su estudio: geoarqueología, arqueometría, y bioarqueología (arqueozología y arqueobotánica).
Propone, como conclusión (síntesis) Ja forma de realizar Ja integración espacial y temporal de los datos.
La Environmental Archaeology resume el interés reciente por la arqueología ecofactual frente a la tradición artifactua/ (Renfrew-Bahn, 1991, 195).
Parte del presupuesto de que el medio determina el desarrollo de la vida del hombre hasta tiempos muy recientes; sin embargo, a Jo largo del tiempo el grado de dependencia ha ido variando al aumentar su capacidad de intervención, y por lo tanto de alteración, en el medio.
La historia rural, como hemos visto, tiene un fuerte arraigo en la investigación francesa, nacida de los trabajos de geógrafos regionales e hi storiadores del mundo medieval ha generado una literatura tan abundante como dispersa.
Dentro de esta trayectoria se inscriben algunas de las tendencias y proyectos más notables de nuestros días, con nuevos planteamientos de partida, avances metodológicos y aplicación de técnicas más complejas y precisas.
-Las aportaciones de Ja fenomenología existencial, que más arriba mencionamos, sobre las bases sentadas por la ecología histórica propuesta por Bertrand, ha generado, en el ámbito francés, una nueva fenomenolop,ía de la que es exponente cercano Ja obra Prospections aé- riennes. les paysages et leur histoire coordinada por A. Bazzana y A. Humbert, desde Ja Casa de Velázquez, y que parte de una reivindicación de lo visible (en su caso captado a través de fotografías aéreas oblicuas) como punto de partida para un estudio científico (Bazzana-Humbert, 1983, 9-54).
1991 Parten de la afirmación de que el paisaje no es si no la imagen que de él tenemos, una imagen conformada por apreciacines individuales y sociales: sólo su contemplación directa permite la captación de toda su complejidad.
En su consideración del paisaje como objeto de estudio en Historia es clave la noción de movilidad producida por la tensión entre las tendencias conservadoras y la necesidad de cambio.
Proponen hablar, para el paisaje, de un orden por fluctuación, que hace que sea irreductible a modelos y resultados de tests estadísticos, que sólo se admiten como referencias marginales.
Bazzana y Humbert consideran que su acercamiento al paisaje es una «aproximación sistémica» en la que las relaciones lineales son sustituidas por «bucles y espirales» entre los diversos sistemas abiertos y vi nculados.
En resumen, en su planteamiento es clave la subjeti vación del paisaje, el espacio micro-regional como objeto de estudio y la fluctuación como ritmo que rige la evolución de ese paisaje.
Sin embargo, pronto se han advertido los puntos débiles de esta postura, y sobre ella se ha articulado una crítica a cuatro aspectos cruciales (Chouquer, 1990):
-el riesgo de caer de nuevo en descriptivismos -la tentación de pretender una estratificación del paisaje -la radicalización del concepto de movilidad -y el peligro del localismo que bloquee Ja posibilidad de generar o integrarse en perspectivas más amplias.
-En Ja década de los ochenta se han dado igualmente a conocer los primeros resultados de un proyecto de investigación puesto en marcha hacia la mitad de la década de Jos setenta desde la Universidad del Franco Condado (Besan~on) bajo el título de Atlas des cadastres anriques y coordinado por M. Clavel-Léveque.
El interés por la morfología de las divisiones agrarias antiguas no era nuevo, pero en los últimos quince años se ha pasado de un interés difuso y aislado a la generación de un tema de investigación con unos objetivos, metodología y técnicas de trabajo sólidos.
Pero, si algo hay que destacar en los trabajos que se realizan dentro del proyecto es su planteamiento de origen no como estudios localizados en tiempo y espacio, sino ligados a una problemática general que provocó la iniciativa del proyecto en sí: el análisis de las relaciones entre los centros de poder y la periferia.
La puesta a punto del tratamiento de los clichés aéreos mediante filtraje óptico abría la posibilidad de contar con unos datos seguros como punto de partida del estudio morfológico.
Los resultados parciales de los trabajos desarrollados en Francia e Italia se han dado a conocer básicamente en dos Mesas Redondas en 1980 y 1985 10 y en las abundantes publicaciones de M. Clavel-Leveque, F. Favory, J. -P.
Vallat y sobre todo, de G.
Chouquer y su labor desde la APARCH (Association pour le promotion de l'Archéologie des Paysages) 11. -Recientemente se ha publicado bajo la dirección de J. Guilaine (Guilaine, 1991 ) un volumen con el título de Archéologie agraire que cuenta con Ja colaboración de diversos espeio Cadastres et espace rural, Besan9on, mayo 1980; les cadastres anciens des vi/les et leur traitement par l'informatique, Roma, 1985.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa A1-:.1pA.
PA I SAJI~ cialistas procedentes tanto de la Arqueología (primera pane de la obra) como de las C iencias Naturales. ya que, como indica el subtítulo. la Arqueología agraria se entiende A la croissée des sciences de /'lum1me er de la narure.
Se plantea en e lla e l estado de una di sc iplina que arranca en Francia. como ya mencionamos. de la histori a rural cuyas bases sentó Yidal de la Blache y que se ha ido enriqueciendo en especial a partir de la década de los sesenta, tanto impul sada por los avances metodológicos y técni cos como por la evolución interna de la Arqueolog ía, el descubrimiento de la ecología. un.i reivindicació n del medio rural y una nueva considerac ión cuantitativa y cual itati va del patrimonio.
Los trabajos reunidos constituyen una prese ntación de lo c.1uc se ha hecho y se está realizando, tanto como un reconocimiento de sus indefini cionc:-. y su inmadurez y de la necesidad de superar estrechos marcos cronológicos y temáticos.
La Arqueología agraria, así planteada, quedaría incluida dentro del más dilatado campo de la Arqueología de l paisaje.
Se plantea. en resumen. la reivindicación de finitiva de la Arqueología como una «C ienciapuente» cuya evolución pasa por una labor interdisciplinar, posición que permite, no sólo un enriqueci miento del arqueólogo, s ino también de la vis ión de las ciencias con las que colabora y que hasta ahora habían prescindido de él.
-La selecc ión de estas tres tendencias de trabajo no implica que el panorama francés esté limitado a ellas: habría que añadir el pionero trabajo desarrollado por los paleol iti stas (Lumley). las distintas mesas redondas y congresos en torno al tema de las primeras comunidades campesinas, el desarrollo de las técnicas de te ledetección e interpretación de los datos (Chevallier.
Guy, Agache), o el desarrollo de una «acción temáti ca programada» del CNRS en el marco del Programme lnrerdisciplinaire de Recherche sur /'Em•iro1111eme11t a partir de 1986 bajo e l título L'H iswire de /'E11vim1111emenr et des phénomenes narurels.
No obstante son referencias válidas para entender las perspectivas de mayor entidad.
La aportación de los paises nórdicos: Noruega
La investigación arqueológica desarrollada en los países del Norte de Europa es escasamente conocida.
Sin embargo, ya mencionamos, muy brevemente, las importantes aportaciones que se comenzaron a realizar en Jos años inmediatamente pos teriores a la Segunda Guerra Mundial.
La publicación, en inglés, de un congreso organizado en 1986 por el Instituto de Botánica de la Universidad de Bergen en Noruega bajo e l título de The Cultural Landscape.
Pasr, Present and Future constituye una buena muestra de la dirección de la investigación apoyada sobre una ya larga serie de proyectos y análisis.
Pese al título del symposium, se plantea desde las primeras páginas la falacia de la expresión paisaje cu/rural, al menos para el mundo europeo occidental, donde se centran los estudios: sólo tendría sentido por oposición a un paisaje natural virgen y éste, hoy en día, es una fi cción.
Los diversos estudios se plantean tanto en términos ecológicos, agrupándose bajo la paleoernlogía, asumida como una ciencia histórica, como sociológicos: las dos vertientes generadoras del paisaje e indisociables en su estudio.
Los trabajos presentados se centran, casi excl usivamente, en los datos elaborados a partir de los abundantes y minuciosos análisis polínicos realizados para el estudio de paisaje de la sociedad preindustrial en el Oeste de Suecia, eje del congreso: a partir de ellos se realizan re-AEspA.
1991 ---• --• • -• ------------cons1rucciones de paisajes y de las formas de vida que los generaron y a que dieron lugar, llegando a la conclusión general de la necesidad de rechazar la idea de una oposición radical en-1re el paisaje na1ural (==paisaje no cullivado)/paisaje cultivado y reconocer el impacto creciente. aunque no con un ri1mo regular. del hombre sobre el medio.
Esta aproximación exige desprenderse de 1ópicos cronológicos y esquemas preconcebidos sobre cómo se sucedieron las formas de intervenir en el medio: esa ruptura es la que hace que el paisaje del pasado no pueda ser separado del presente ni del futuro.
Desde los primeros años del siglo en Italia se desarrollaron estudios sobre topografía urbana antigua, apoyada desde sus inicios en la fotogrametría y en la fotografía aérea (trabajos de Boni sobre el foro romano, Lugli, etc.).
Desde la década de los cincuenta Italia fue centro de trabajo de investigadores de muy diversos origen como Minto, Bradford, Chevallier, Castagnoli, y al interés por las ciudades antiguas se unieron los primeros estudios sobre divisiones agrarias griegas y, sobre todo, el sistema de centuriaciones romanas en el que destaca la labor de Schmiedt y Chevallier.
Schmiedt puso en marcha el proyecto del Atlante Aerofotográfico del/e sedi umane en Italia, concebido como un atlas de topografía antigua en ltatlia, cuyo tercer volumen acaba de aparecer.
Así, hacia la mitad de la centuria quedaron consagradas las dos líneas fundamentales que aporta la tradición italiana al estudio de los paisajes antiguos: el paisaje urbano y el agrario.
Ambas líneas tienen continuación en nuestros días, la primera, en especial gracias a la labor del Instituto de Topografía Antigua de la Universidad de Roma, y a la convocatoria de frecuentes congresos y reuniones sobre el tema; la segunda, en la que tuvo un papel motor esencial la obra de Sereni en los años sesenta, gracias a los fructíferos trabajos tanto de investigadores italianos, en especial las actividades de las universidades de Padua, Siena, Pisa y Pavía, como franceses, como G. Chouquer o F. Favory 12.
En 1988 tuvo lugar en Pisa un congreso de La Cartografía Archeologica.
Problemi e prospettive, en él se abordaron proyectos como la Forma ltaliae y diversas cuestiones en el marco de la archeologia territoriale, ligada a la planificación y a la realización de cartas arqueológicas; algunos de los trabajos presentados recogen propuestas del ámbito británico (a través de los trabajos difundidos en la revista de la Escuela Británica en Roma, Papers of the British School at Rome) y orientadas hacia la archeologia del paesaggio, muy reciente en Italia hasta ahora ligada a los estudios clásicos y a un enfoque de la arqueología próximo a la Historia del Arte (Cucini, Guideri, Paolucci, Valenti, 1988, 53-101; Cambi, 1988, 217-227).
12 ~uena muestra de la evolución de las investigaciones italianas en el estudio de las divisiones agrarias antiguas es la publicación en Módena, entre 1983 y 1985 de la serie M isurare Ja terra.
Hasta hace pocos años la Geografía española ha permanecido muy arraigada al enfoque regionalista nacido y desarrollado en Francia: de esta visión ha surgido la tradición de abrir los trabajos de Historia o Arqueología con una «introducción geográfica».
Así, a las publicaciones sobre Arqueología, se les anteponía un marco geográfico y, en el mejor de los casos. se cerraban con una seire de apéndices en los que se incluían los resultados de análisis o estudios específicos sobre flora, fauna, metales, etc.: ni uno ni otros tenían. de hecho, nada que ver con la exposición del tema.
Algunos autores han asimilado rápidamente este tratamiento y la presentación neutra de la información a una «arq ueología del paisaje », que no hacía sino recoger los datos ajenos al yacimiento o yacimientos en sí. y han asumido sin ningún problema el título.
Por otra lado, a lo largo de la década de los ochenta, con un considerable retraso, y mezcladas con las críticas que ya se estaban gestando, se fueron difundiendo en el panorama arqueológico español las ideas de Ja Nueva Arqueología, las propuestas de la Arqueología Espacial, del SCA y del SET.
Las reacciones fueron desiguales, y de ellas es buena muestra la serie Arqueo/of?ía Espacial que desde 1984 recoge los trabajos presentados en sucesivos coloquios organizados por el Colegio Universitario de Teruel: del entusiasmo al escepticismo y con resultados muy heterogéneos.
Junto a propuestas originales que adoptaban y adaptaban correctamente técnicas y propuestas anglosajonas surgieron trabajos que cayeron en localismos de estrechas miras o en la aplicación mecánica de técnicas de análisis.
Por lo demás, la arqueología del paisaje en España, entendida en un sentido dilatado. apenas si tiene una presencia testimonial e incipiente, carente de una definic ión clara, de objetivos y sistematización de la forma de trabajo.
Como muestra, en 1988 W. Kurt publicó unas páginas bajo el título de Arqueolr>f?Ía y paisaje en las que plantea un estudio del paisaje, por una parte subordinado al proceso de excavación y, por otra, considera «paisaje» y «territorio» como «términos idóneos para denominar el medio extracultural» (Kurt, 1988, 6).
La dispersión de los datos, su mera yuxtaposición, la ausencia de un tratamiento interdisciplinar que permita una integración de la información, han hecho, hasta ahora, imposible un planteamiento serio.
Quizás mención aparte merezca el trabajo, coordinado desde la Universidad de Santiago, por Felipe Criado sobre el paisaje megalítico, algunos de cuyos resultados abren interesantes perspectivas (Criado et alii, 1986).
No podemos tampoco dejar de mencionar los recientes trabajos sobre divisiones agrarias antiguas que, recogiendo la experiencia y técnicas de trabajo desarrolladas en Francia (en especial el grupo de Besan~on) e Italia presentan los primeros resultados para la Península Ibérica: la reciente tesis doctoral presentada por Rosa Plana en la U. A. de Barcelona (Plana, 1990) sobre el Nordeste de la Península ofrece un claro ejemplo del impulso que están tomando estos estudios.
Sin embargo, estos trabajos, aunque empiezan a abrir líneas y fonnas de investigación, no son sino piezas dispersas que no han llegado a dar forma a una Arqueología del paisaje fundamentada: falta tradición, medios en muchos casos, voluntad de trabajo en equipo -hacia el que tanto recelo existe-y, sobre todo, una seria reflexión sobre lo que estamos haciendo y pretendemos hacer con el volumen de información que, potencialmente, podemos obtener, dentro de una perspectiva amplia y flexible.
Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 191 Las diferentes trayectorias, enfoques y perspectivas más recientes que brevemente hemos esbozado han contribuido y están contribuyendo a dar fonna a la Arqueología del paisaje que, sin embargo, no siempre se entiende de la misma fonna.
Efectivamente, por una parte, la expresión arrastra la ambigüedad a la que nos referíamos al hablar del término paisaje y, por otro lado, la diversidad de enfoques y tradiciones que confluyen en ella hacen que, en una gran parte de los casos, su aplicación este vaciada de un contenido específico y sea usada bien con un carácter pretencioso o romántico, para referirse a la descripción del entorno inmediato de un(os) yacimiento(s) en términos de marco en que se desarrolla la actividad del hombre, bien con la aspiración de conseguir una reconstrucción ideal, fotográfica de una zona en un detenninado momento histórico, casi siempre ligada al proceso de excavación.
Sin embargo, la herencia de la Nueva Arqueología, de los estudios espaciales y territoriales por ella potenciados, de los enfoques ecológicos en general y la ecología c ultural y ecología histórica en concreto, tanto como la nueva concepción del patrimonio histórico y el nacimiento de una demanda social nueva, permiten referirse a una cuestión más compleja que exige precisiones en su definición, fijación de objetivos y fonnas de trabajo específicas.
La opción de conservar el ténnino paisaje, pese a toda la problemática suscitada, responde, precisamente, a la posibilidad de aprovechar esa globalidad que sugiere: es cierto que en algunas ocasiones puede suponer una pérdida de precisión, sin embargo, esto puede ser fácilmente soslayable mediante el empleo de expresiones más adecuadas para referirse a determinados aspectos: territorio, cuando implique una vinculación directa y reconocida del espacio con una(s) comunidad( es), recurso o conjunco de recursos, medioambiente o medio cuando la referencia sea estrictamente contextual, etc.
Así, en el estudio del paisaje se considera la relación (o la evolución de las relaciones) del hombre con su entorno--en términos ecológicos-que es tanto marco (escenario) de su vida, como recurso, obstáculo, forma de comunicación y plasmación de intereses, relaciones, mentalidades. etc., y, por lo tanto, indisociable de las necesidades y capacidades de la comunidad, de forma que se diluye si desaparece alguno de los elementos, tanto como si se presenta en forma de estudio meramente yuxtapuesto de los mismos.
Evidentemente, como plantearemos a continuación, esta forma de afrontar el paisaje va mucho más allá de una mera reconstrucción de una imagen, de una maqueta, e implica proceder por niveles que van desde lo directamente detectable (elementos morfológicos) a la interpretación más compleja de los mismos (simbolización, etc.).
Por otra parte, esta visión parte de la necesidad de superar el estudio objetual que ha marcado y marca en muchos casos aún, la investigación arqueológica, sea ese objeto una pieza, un asentamiento, una construcción singular o una forma de división agraria: esto implica, directamente, romper con la tradicional concepción de una gradación entre la prospección como mera forma de detección de excavaciones potenciales, el sondeo como forma de precisar el interés de un yacimiento y la excavación como culminación del proceso y única fonna de obtener infonnación válida.
Una de las cuestiones más complicadas y resbaladizas a la hora de emprender un estudio
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1991 ARQUEOLOGiA DEL PAISAJE 21~ dentro de este marco está en la fijación de los límites de un paisaje: se corre el riesgo de exigirle unas fronteras preestablecidas.
Es evidente que hay que trabajar den1ro de unos límites espaciales que, en principio pueden fijarse por distintos criterios, pero que siempre han de ser flexibles, discontinuos, como lo son en realidad.
Este problema ha de resolverse partiendo de la definición mi sma que hemos propuesto: los límites no son físicas ni humanos, sino ambos a la vez y oscilan según cambian las relaciones entre ambos polos -puesto que el paisaje es una plasmación de estos vínculos y su evolución-y. por lo tan10. la delimitación de un paisaje sería el último punto de la investigación.
La ins1alación de falsas fronteras, en un sentido u otro, es uno de los errores más frecuentes y que pueden conducir a bloqueos en la investigación y a la fijación de relaciones artificiales, por e llo. resulta más adecuado trabajar sobre límites parciales, siendo conscientes de su provisionalidad, susceptibles de dilatarse o contraerse según las exigencias de la investigación.
Pero, ¿qué estudia en concreto la Arqueología del paisaje?
La cuestión se podría resolver fácilmente diciendo «el paisaje» o «todo».
Retomando los aspectos que han quedado expuestos de forma dispersa en apartados anteriores, podríamos afirmar que en la arqueología del paisaje quedan integradas diversas trayectorias y enfoques de la investigación arqueológica y de otras ciencias (fig. 3): por una parte la tradición de estudios sobre topografía urbana antigua, por otro lado la arqueología del mundo rural, formada por diversas contribuciones, desde los estudios de medievalistas sobre el mundo agrario, basados en documentación literaria, a las más recientes investigaciones sobre divisiones agrarias antiguas, pasando por el estudio de tecnología minera antigua y morfología de las explotaciones; e n tercer lugar los estudios destinados a conocer el mundo del comercio y de las comunicaciones en diversas épocas.
A estas líneas habría que añadir el más reciente desarrollo de todos los trabajos destinados al estudio de las relaciones espaciales y paleoambientales.
Lo esencial en la gestación de una arqueología del paisaje sobre una base sólida que le otorgue especificidad, es evitar considerar que se trata de una mera yuxtaposición de diversos estudios desde diferentes ángulos de visión: la integración de todos ellos, desde una forma de trabajo nueva y propia es la única vía posible.
Se trata, dicho de otra forma, de rechazar el paisaje visto como una serie de trazos o puntos sobre un mapa mudo sin ninguna coherencia (hábitat, divisiones agrarias, explotaciones mineras, etc.) o, a la inversa, como un espacio neutro en el que se van salpicando elementos como si se tratase de una carta arqueológica más o menos compleja.
Las formas y documentos de trabajo:
Las fuentes «externas»: documentación literaria e iconográfica antigua y moderna
Desde siempre el hombre ha manifestado su interés por representar y describir su entorno desde diversos puntos de vista: planificaciones, administración, fiscalizaciones, comunicaciones, interés estético, docente, explicaciones religiosas, etc.; este es el motivo de que haya llegado hasta nosotros documentación sobre los paisajes antiguos aunque, no hay que olvidarlo, esta información está filtrada según la intención que impulsó la ejecución del documento: es ya una interpretación del espacio.
Resumiendo, podemos indicar que los datos nos han llegado bajo dos formas diferentes:
Los textos van desde lo estrictamente literario, que incluye alusiones más o menos dispersas al aspecto u organización del paisaje, a descripciones 4ue mezclan lo geográfico Jo etnográfico. lo histórico y lo anecdótico -Herodoto.
Estrabón o los libros de viajes-, o tratados sobre el tema --como los de los agrónomos latinos, Varrón, Columela o Plinio--o documentos administrativos -como los referidos a repartimentos, repoblaciones, etc., en la Edad Media.
--------- ~ ~---------~-----------------------__J Figura 3.-Campos de estudio que integra la Arqueología del paisaje.
Las.fi1t 1 11tes iconográficas, grabados, dibujos, fotografías, etc., pueden suministrar también un importante volumen de información, plasmación de Ja necesidad del hombre de representar e interpretar el espacio en que se desarrolla su existencia: planos de ciudades, mapas de rutas marítimas o terrestres, representaciones artísticas de espacios de recreo, de trabajo, simbólicos, etc. La lista también aquí sería interminable (fig. 4).
La documentación epi~ráfica, es, ocasionalmente y en especial para el mundo romano una fuente rica de información para el estudio del paisaje: hitos terminales, miliarios, algunos aspectos de la legislación municipal o documentos excepcionales como el catastro de Ja colon ia romana de Orange son testimonios directos de las formas de la gestión del territorio.
A nivel general y en algunos casos concretos, como el de Orange, estos documentos aportan datos esenciales, sin embargo, cubren una pe4ueña parte del estudio del paisaje, pci'r un lado debido a su escasez y segmentariedad, por otro dada su marcada intencionalidad..2.
El paisaje como documento
Junto a toda la documentación que hemos considerado como «fuentes externas», diferentes avances técnicos han hecho posible la lectura de diversos elementos que, conservados en el paisaje áctual, contienen información sobre el paisaje del pasado.
11dad: nn -,e tl'ata de qut: d.1rqueólogo del pai, aje.... e.1 t•,pcc iali,t.i t' ll toJo, ello,. pL 'ro'' h.1 de conocer' t" po, ihilidadcs. l11nitacione') lo que pucde t', pcrar dc ca da uno.
1.retftn maci6n en dos bloques: por una parte la procedente del an;í lisis de re'' o' materiales del pa, ado. te, timon ios d irecto:-. tanto de las características del entorno como del vínculo que lo unía al hombre. prc:-.ervados, por di stintos motivos. ha:-.ta hoy. es deci r. pólenes. restos de fauna. sc111illm •. maderas y carbones. cte. No va mos a e ntrar e n las pos ibi lidacles de cada una de esta-, ve rti e nte~. ya de:-.cri ta:-. e n mucha-; ocu-,ioncs 1 \pero t.:'> ncce. ario anotar c.¡ue'>U inforamción 11 Ver. por cjcn iplo. el reciente re~umcn de Rcnfre\\ y Bahn.
Para la aportacitín de la pa linología los n.:sultado~ reunidos en el congreso sobre Thl' C u/r11m/ J,111ul.H•u¡)('. l 9XX.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa es insustituible y, en general los datos disponibles son aún muy escasos --en especial en nuestro país-y reducidos a los materiales procedentes de excavaciones ya realizadas.
En segundo lugar. nos vamos a referir con más detalle al estudio de lo que podríamos denominar «el paisaje a partir del paisaje», precisando más, al estudio de la morfología de los paisajes antiguos a partir del estudio morfológico de los paisajes actuales, reflejo tanto de las relaciones presentes entre hombre y medio. como de los vínculos que ligaron a ambos en el pasado.
Se trata de considerar el paisaje en sí como documento que permite leer en lo espac ial la dimensión temporal -asociación reconocida por los geógrafos ya desde finales del XIX-, pero que no implica la realización de una estratigrafía del paisaje, s ino la historia de una reutilización continua, cambiando o no de uso.
El trabajo que proponemos consta de tres niveles interdependientes: un primer análisis estrictamente morfológico, destinado a la detección de elementos, -un segundo paso Jo constituiría Ja identificación de los elementos reconocidos, -y una tercera fase interpretativa.
Aunque esta secuencia parece obvia, es necesario tener presente la distinta naturaleza del trabajo que se desarrolla en cada una de ellas y los riesgos que supone el paso a la siguiente: mientras la primera fase de trabajo, en la que vamos a centrarnos, se basa en la aplicación de una serie de «claves de lectura», la segunda y la tercera dependen de los conocimientos, intenciones y capacidad del investigador y en ellas se corre el peligro de caer en asociaciones directas y correspondencias fáciles que no necesariamente responden a la realidad, del tipo de asimilar detenninados elementos morfológicos a funciones, por ejemplo, asociar una morfología agraria con una determinada forma la propiedad es, casi siempre, inseguro.
Partimos de que el.paisaje es el resultado tanto de Ja adaptación del hombre al medio como de Ja superación de los obstáculos que ofrece y de la alteración de sus condiciones: desde el momento en que el hombre interviene en el entorno, surge una diversificación de espacios en función del uso otorgado a cada uno de ellos, espacios que se van progresivamente racionalizando, delimitando y «diseñando».
El análisfa morfológico de los paisajes: instrumentos de trabajo y claves de lectura
Aunque en el momento de reconstruir o interpretar el paisaje todos los datos a los que nos hemos ido refiriendo son imprescindibles, para este aspecto, en el que ahora vamos a centrarnos, los instrumentos de trabajo específicos son las plasmaciones más directas del paisaje reciente y actual de que disponemos: fotografías aéreas y de satélite y cartografía, junto al trabajo directamente sobre el terreno.
Ambos instrumentos nos proporcionan información de diversa índole que penniten análisis cualitativos y cuantitativos, estudios secuenciales (cuando se cuenta con vuefos o mapas de distintas fechas) y temáticos (cartografía específica).
En realidad, tanto la fotografía aérea como el mapa son tanto puntos de partida, puesto que proporcionan una información de base, como de llegada, pues en una reelaboración de los mismos puede expresarse una parte importante de los resultados de la investigación..
La fotografía aérea fue considerada desde Jos últimos años del siglo pásado como un documento útil para la investigación arqueológica (Boni y las tomas sobre el Foro Romano).
El éxito de.las prospecciones aéreas efectuadas en el.período de entreguerras en áreas desérticas
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa del Oriente Próximo y Norte de Africa (Poidebard, Baradez) y los pioneros trabajos desarroll ados en Europa (Crawford) desde los años veinte, demostraron la riqueza potencial de este material, pero es a partir de los últimos años de la década de los ci ncuenta cuando gracias a iniciativas como las de Bradford, Schmiedt o Chevallier, s u uso se difunde: se empieza a emplear en proyectos de prospección, a sistematizar la fonna de trabajo y a sucederse las mejoras técni cas que ampliaban el abanico de pos ibilidades, desde el uso de pe lículas infrarrojas a la aparición de sofi sticadas técnicas de tratamiento de imágenes14 • Simultáneamente, ha mejorado y aumentado tanto la cartografía disponible como las posibilidades técnicas de s u e laboración 15: en especial, gracias a la fotorrestitución los mapas topográficos son más precisos y se han desarrollado importantes series de cartografía temática (mapas geológicos, edafológicos, de usos y cultivos, de series de vegetación, y un largo etcétera).
Por otra parte, si la documentación aérea es muy reciente 16, ex iste una documentación cartográfi ca que, en muchos casos, cubre al menos la totalidad de nuestro siglo.
En combinación con series de fotogramas de diversas fechas esto posibilita Ja realización de estudios secuenc iales, que pueden resultar muy reveladores 17 • El estudio morfológico (mediante diferentes métodos) es posible porque en el paisaje actual han quedado e lementos del pasado; parte, por Jo tanto, de que la actividad humana deja en el paisaje una impronta detectable.
Tales elementos aparecen en el paisaje actual de dos fonnas: a) como discordancias, anomalías en e l paisaje actual b) integrados en el paisaje actual por uno u otro motivo y cuya antigüedad es detectable de diversas formas (módulos, orientaciones, técnicas, etc.).
La continuidad o desaparición de estos elementos antiguos en el paisaje actual puede responder a muy diversos motivos: pueden ser elementos bien adaptados, «rentables» que han pennanecido, pueden ser adaptaciones precarias o coyunturales (en función de una presión demográfica, neces idades defensivas, imposiciones, etc.) o haberse convertido en obstáculos que nunca se han salvado.
En cualquier caso, su estudio ex ige siempre ser considerado en el marco de la historia de ese paisaje.
La posibilidad de detectar estas formas antiguas en el paisaje pasa por la presencia en ellas de una serie de rasgos peculiares que traducen su antigüedad, básicamente se trata de módulos, de métricas en desuso que permiten, por ejemplo, detectar una centuriación romana o cualquier otra división agraria conocida, de orientaciones en discordancia con la o las predominantes, o formas en sí y disposiciones de las mismas, resultado, por ejemplo, de aplicación de determinadas técnicas. -elcmelltll'> f "l' li/l/1: t1dt1\, 4ue permanecen fí,Íl'allh.'llle con una funciün diferente (fig. Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 191:--e detectan de forma ai:--lada n ~cgmcntada (por ejemplo exc lu:-.ivamcntc In~ ligados a la activ idad agraria).
En c:--la:-. situaciones. la mayoría.
en las 4L11.: no con ta m o~ con pun1 s ck pan ida seguro~ y 1ipi ficado~. la opción má~ adccuacfa e:-. arrancar del f"'tent" ial de la 1ona. de forma que la re laci6n entre lo~ a:--cntamicntc> recono-cido~ y las po~ibi l idaclc:-. del c111orno. permita establecer nexo~ en1 rc atnb()s. Desde c:-.Le punt o de partida. en ocasione:-.. -.e puede preci-;ar 1rnh. y ll egar a poder afirmar la cx i:--tencia de c~to:-. vínc ulo\: por ejemplo. e n un primer momento:-e puede con:-.iderar la hipó1e-.i:-. de 4uc un a:-.entamicnto o un grupo de ello:-exploten un alloramiento rocoso próxi mo corno ca111cra.:-.i en Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 191 El anális is de l pote ncial es s iempre referenc ial: sin la presenc ia de e le mentos c larame nte detecta bles no pode mos pasar de considerar un área próx ima a un há bitat apta para c ulti vos de secano a afirmar cuantas de esas 1 ie rras y cómo se ex plot aban, sin embargo la presenc ia/ausenc ia de recursos e n re lación con las tecno logías de las di versas comunidades y con cá lc ul os demográ fi cos, es un referente válido para ex presar la(s) func ión(es) de los asentamientos y las re laciones entre ellos.
El análisis de un pote nc ial ex ige la fijación de una. serie de paráme tros para cada uno de los recursos o grupos de recursos cons iderados, de forrna que puedan ser valorados c ualitati va Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 191-230 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa b) transcender constantemente la forma o el conjunto de formas para considerar sus posibles articulaciones a diferentes niveles, c) reconstruir las líneas de evolución del paisaje, tanto considerando las deformaciones físicas y sus motivos (por ejemplo el paso de una estructura onogonal en un medio agrario a una radial por la creación de un hábitat central )18, como los cambios en la funcionalidad de determinados elementos; es decir, analizar la relación entre innovación y tendencias al estatismo.
El análisis morfológico cubre. así. dos aspectos interdependientes. no sucesivos: el ni vel individual, objetual y la anic ulación de dichos elementos en varios niveles (estructuras intermedias, organización global, etc.); constituye así. una primera aproximación, cualitativa y cuantitativa, al impacto sobre el medio de la actividad humana. la forma no es neutra, y, adecuadamente tratada traduce la organización social, tal y como se expresa en s u relación con el medio: descubrirla es tarea de las fases siguientes.
De la detección a Ja interpretación
Ya hemos mencionado el riesgo que supone la asunción de correspondencias directas entre elementos formales y funciones.
Por ejemplo, la gestión provincial romana, exceptuando casos bien tipificados como la organización del espacio colonial, tiene múltiples plasmaciones que no siguen un modelo único y uniforme: es más, un mismo elemento morfológico puede tener diversas funciones y, a la inversa, el mismo problema se resuelve de maneras diversas: baste recordar el problema de las vi/loe, con morfologías muy variadas y actividades diversas; del mismo modo, no es necesariamente cierto que un parcelario que presente un aspecto fragmentado y heterogéneo se corresponda con una forma de propiedad minifundmsta.
Con esto queremos advertir sobre el peligro de redactar, exclusivamente a la vista de los resultados del primer nivel de análi sis, las conclusiones del trabajo y sobre la necesidad de «manipular» adecuadamente los datos obtenidos.
En este «adecuadamente» entran en juego tanto los objetivos planteados en la investigación, como los conocimientos del investigador o equipo y los intereses. de muy diversa índole subyacentes o explícitos (científicos, políticos, económicos... ).
El tratamiento de los datos puede ir desde una manipulación gráfica de los mismos (fotorrestituciones, cartogramas combinados, etc.) a Ja aplicación de tests estadísticos según la problemática planteada, o modelos derivados del análisis locacional, siempre teniendo en cuenta las informaciones obtenidas de otro tipo de datos que mencionamos en los apartados anteriores y cuya integración es ahora imprescindible: aquí es esencial una referencia a las aportaciones de la Arqueología espacial, del SCA y técnicas de cuantificación desarrolladas a partir de la Nueva Arqueología.
La elección de la forma e intensidad con que someten los datos a estas diferentes pruebas es, por supuesto, subjetiva, en función de los objetivos del estudio, aunque se puede llegar a una tipificación de las más adecuadas para cada problema; en cualquier caso está en función de la voluntad de obtener una mayor precisión y contrastación de los datos.
No se trata de que la realización de un test aporte una mayor certeza a la interpretación global, pero sí permitirá sacar un mayor partido a los datos de que disponemos.
Es aquí insoslayable el tradicional problema y falso debate creado en torno a la oposición de los análisis cuantitativos y los cualitativos: no hay que disociar ambas opciones: es inútil negar que hay una apreciación subjetiva. que, además, es el primer acercamiento, la primera impresión -visual-pero, es necesario objetivar, en la medida de lo posible. la información para hacerla comprensible, comparable y evitar los errores de apreciación.
Tres son los problemas fundamentales que plantea esta interpretación de los datos una vez identificados: el establecimiento de una cronología de los paisajes. la validez del «método regresivo » y la existencia de una serie de tópicos de larga tradición.
Aún es pronto para poder fijar una cronología del paisaje a partir de su morfología, exceptuando casos muy concretos (por ejemplo módulos de centuriaciones realizadas en épocas determinadas). de leer directamente lo temporal en lo espacial.
La forma de abordar el problema es mediante la cronología relativa, basada en las relaciones espaciales que traducen una secuencia temporal entre los diversos elementos detectados en el paisaje: yuxtaposiciones, superposiciones, intersecciones, adaptaciones de unos elementos a otros, nos permiten fijar su relación de anterioridad, simultaneidad o posterioridad y el sentido en que se han producido los cambios (imposiciones, desusos... ).
Hábitat, caminos, parcelario, explotaciones mineras, meandros abandonados y colonizados por agricultura, puntos de referencia en redes de comunicaciones, etc., constituyen buenas referencias que proporcionan cronologías relativas entre diversos elementos detectables en el paisaje.
Así, la posibilidad de obtener una cronología absoluta para alguno de estos elementos de referencia permite, indirectamente, la datación absoluta de determinado paisaje o de, al menos, una serie de elementos del mismo 19 • El estudio de los paisajes antiguos, comentaba R. Chevallier en un seminario desarrollado en la Casa de Velázquez en Mayo de 1991 20, plantea un problema filosófico: la posibilidad de ir hacia atrás, lo que Bertrand denominó el «método regresivo».
Se trata de saber si parte de unas bases sólidas un estudio que arranca de una situación actual para remontarse hacia el pasado, en ocasiones varios milenios.
Efectivamente, en muchos casos hay titubeos, dudas y escepticismos, sin embargo, un avance en esta dirección, aunque parezca lento y costoso, irá sentando las bases de una evolución más rápida, cuando sea posible reconocer e identificar automáticamente determinados elementos morfológicos y su articulación en el espacio y en el tiempo con los restantes.
A la hora de abordar tanto la cuestión de la cronología como la posibilidad de reconocer el pasado en los paisajes del presente, hay que evitar, ante todo, la tentación de pretender hacer un estudio «estratigráfico» del paisaje, buscando, como en una excavación las distintas fases que lo han conformado en un plano «vertical»: si algo caracteriza un estudio de este tipo es la interdependencia del pasado, el presente y el futuro, y su convivencia en el plano «horizontal», por ello no pueden considerarse niveles independientes con la misma relación que tienen entre sí las distintas etapas de ocupación/abandono de un asentamiento con un vacío antes y otro después.
El paisaje, solamente puede considerarse -salvo en ocasiones de fosilización absoluta-desde la perspectiva de una continuidad desde el «estado natural» hasta su situación actual y su futuro, al menos inmediato.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa El tercer problema que plantea la interpretación de los datos obtenidos tras el análisis morfológico, y una vez identificados. surge de la existencia de una serie de tópicos acerca de los paisajes antiguos, muy difundidos y de los que es necesario deshacerse antes de adentrarse en esta fase.
Ideas como la exhuberancia primitiva -ligada a una visión romántica-. la masiva roturación del suelo en época medieval. la asociación exclusiva del paisaje agrario romano a lacenturiación, la mitificación de procesos de deforestación y desertización en determinados momentos históricos. la consideración de espacios como improductivos -por ejemplo las tierras altas-, los fal sos límites entre suelo habitado/suelo explotado, el fiji smo del paisaje antiguo, o, por el contrario su inestabilidad pennanente... asumidas como punto de partida pueden falsear radicalmente la lectura de los datos, si no se consideran como hipótesis que se han de contrastar.
¿ARQUEOLOGÍA DEL PAISAJE, PAISAJE ARQUEOLÓGICO O ARQUEOLOGÍA EN EL PAISAJE'?
A lo largo de los dos últimos siglos se ha roto con la tradicional idea de la naturaleza como algo hostil, como un obstáculo que hay que vencer y del que hay que defenderse.
Desde Rousseau o Linneo, pasando por el pensamiento anarquista del siglo XIX ( Kropotkin y El apoyo mutuo) y el socialismo utópico hasta llegar a las diversas generaciones de movimientos ecologistas gestados en Europa (Haeckel en Alemania o Lorenz en Austria) y en Estados Unidos (Reich) tanto desde la perspectiva biológica (Haeckel) como desde la economía (Popper-Lynkeus), desde la política (partidos Verdes) o la literatura 21, la perspectiva en la consideración de las relaciones del hombre con la naturaleza ha cambiado radicalmente: la naturaleza ha dejado de ser un enemigo, e l control sobre ella crece en progresión geométrica y paralelamente surge la conciencia de su destrucción irreversible.
Este cambio, agudizado en nuestros días, responde a múltiples tensiones y de muy diversa índole: políticas, sociales, económicas, científicas, incluso éticas (figura 2).
Toda esta serie de cuestiones ha provocado, una alteración del concepto de patrimonio, en el que lo natural y lo social o lo histórico-social, tienden a considerarse de una forma conjunta ante la impos ibilidad de disociarlos, al confirmar que lo natural en estado puro no existe.
La reivindicación de la Amazonia es hoy por hoy, una muestra del interés que despiertan e stos «paisajes residuales» que se protegen por estética y por su interés científico tanto como por economía, política o propaganda 22.
La situación generada por la escasez de espacio y recursos-en realidad habría que hablar de mala distribución mejor que de escasez-ha dado lugar a respuestas variadas que van desde Ja especulación a la planificación, pero, sobre todo, ha creado una receptividad especial hacia este tipo de problemas.
La ciencia no se ha quedado al margen de todo ello y han sur-21 Bramwell, 1989.
22 Esta nueva visión del patrimonio está ya, de hecho, recogida en la legislación, tal y como propone el apartado 1 del artículo 40 de la ley del Patrimonio Histórico Español de 1989: «... forman parte del Patrimonio Histórico Español los bienes muebles e inmuebles de carácter histórico susceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica, hayan sido o no extraídos y tanto si se encuentran en la superficie o en el subsuelo, en el mar territorial o en la plataforma continental.
Forman parte, asimismo, de este patrimonio, los elementos geológicos y paleontológicos relacionados con la historia del hombre y sus orígenes y antecedentes».
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa gido. mencionando dos casos claros, desde el campo de Ja Biología especialistas en estudios de impacto ambiental o de la Geografía proyectos de planificación territorial.
Ya hemos revisado cómo desde los años sesenta la Historia y Ja Arqueología empezaron. aunque en ámbitos muy reducidos. a hacerse eco de estas inquietudes, en especial a través de las diversas aproximaciones ecológicas; sin embargo. es necesaria una toma de conciencia tanto del papel que estas ciencias pueden jugar en este terreno como de la nueva consideración del patrimonio histórico no como algo aislado en el tiempo y el espacio, lo que con lleva la formación de arqueólogos e historiadores en este terreno.
Las posibilidades y los risgos científicos
Ya hemos repetido que esta situación nace de una evolución interna de las ciencias -bloqueo de vías de investigación, nuevas posibilidades técnicas, etc.-en ningún caso desligada de unas demandas sociales.
La aceptación de la necesidad de un cambio desde esta doble presión pasa por una serie de exigencias, abre nuevas perspectivas, pero también plantea unos riesgos.
Efectivamente, la escala de la investigación arqueológica cambia de una forma clara: se hace necesaria la superación de los tradicionales esquemas tipológicos, cronológios y espaciales cerrados y la elaboración de estrategias generales de investigación. de bases teóricas y metodológicas que se integren en marcos más amplios de intereses interdisciplinares y sociales.
Esto implica acabar con la sima que progresivamente se ha ido abriendo entre la Historia y la Arqueología y la soc iedad, y que ha provocado una radical «deshumanización» de las llamadas Humanidades. su ruptura con las Ciencias Sociales y una creciente disociación de intereses, apoyándose en un absurdo elitismo que ha dado lugar, exdusivamente. a un aislamiento y mutuo recelo.
Esta reconciliación no implica, como algunos pretenden, una pérdida de calidad en la investigación limitada a una labor de divulgación, por otra parte necesaria, sino una radical renovación.
Sin embargo, se abren nuevos riesgos y se replantean, desde otro ángulo, peligros antiguos entre los que es especialmente evidente el de l localismo: es evidente que el estudio a escala regional o local es necesario, pero siempre y cuando nazca y tienda a una perspectiva global: el mundo no está compuesto en un momento dado, por minúsculas unidades que funcionan espacialmente aisladas a ritmos y escalas diferentes.
En segundo lugar hay que evitar el rechazo visceral a la «arqueología tradicional»: superarla no sign ifica no reconocer que gracias a sus avances es posi ble un replanteamiento.
Por último, queda señalar lo que podríamos denominar como la «tentación de la tecnificación», es decir, la formación de arqueólogos especialistas en la aplicación de determinadas técnicas pero que pierdan la perspectiva en que se han de inscribir sus resu ltados, de la integración y la interpretación.
¿Arqueología del paisaje, paisaje arqueológico o arqueología en el paisaje?
La oposición no es un mero juego de palabras. intenta resumir las opciones que se le presentan al arqueólogo en el momento de integrar el paisaje no ya en su investigación. sino den-Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 191-230 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa tro <lcl patrimonio social: la vertiente investigadora y los planteamientos ligados a la «socia-li1aL•ión» están -deben estar-estrechamente ligados: de las líneas que rigen el estudio se daiva una forma de presentarlo. difundirlo e integrarlo e n la sociedad.
La Arqueología del paisaje. tal y como la hemos planteado se opone al paisaje arqueológico que transmite una visión estática. una especie de museo al aire libre que no hace sino reproducir la misma idea que tradicionalmente ha regido la visita a ruinas y museos: del mismo modo con la expresión «an.¡ueología en el paisaje» nos referimos a la presencia en el paisaje actual de elementos singulares del pasado. hitos descontextualizados, asociados. por regla general. a lo monumental.
Por el contrario. se propone un trabajo basado en la integración de elementos en el espacio y en el tiempo, opuesta a visiones estáticas y contemplativas, capaz de leer en la forma en la que se han plasmado las relaciones del hombre con su entorno no sólo dietas o densidad demográfica, s ino tradiciones, la valoración del riesgo. relaciones entre comunidades, etc.
Desde el momento en que se reconoce la presencia de elementos de un paisaje antiguo se plantea. como cuando se detecta un yacimiento arqueológico. el problema de qué hacer con ello: se trata, en muchas ocasiones, de elementos sin función o destinados a carecer de ella en breve plazo.
En muchos casos la cuestión no es fácil: no es, con frecuencia, posible respetar esas huellas del pasado e integrarlas en la configuración real y mental del paisaje actual, en otros casos, una planificación adecuada puede conseguir no sólo que esos rasgos sean respetados. sino que además contribuyan a dinamizar el paisaje del presente y a una revalorización de las relaciones del hombre con su entorno, como recurso y reflejo de su historia, como patrimonio común.
Conocer y documentar el pasado y el presente significa tener la posibilidad de superarlo, no fosilizarlo, bloquearlo o convertirlo en una reliquia descontextualizada.
En e l marco de las exigencias sociales. el paisaje del pasado puede e ncontrar una vía de expresión en los proyectos de parques arqueológicos, concebidos a la raíz de la creación de parques naturales, recogiendo esta reivindicación del patrimonio común, de las necesidades generadas por el ocio, de la recuperación de espacios y forma s de vida extinguidas o en proceso de desaparición, y entendidos como proyectos que exigen una adecuada investigación y gestión.
No se trata de emprender la creación de una especie de zonas recreativas, sino de saber «actualizar» el pasado, hacerlo accesible, desmitificarlo, contextualizarlo y reconocerlo.
Preservación y difusión no son sinónimos de fosilización y comercialización.
La Arqueología tiene algo que decir en los procesos de racionalización y planificación del espacio, no sólo para llamar la atención sobre los restos de asentamientos antiguos que salpican ese espacio y que hay que respetar en la medida de lo posible y documentar, sino para convertirse en elemento integrador y dinamizador de ese espacio. |
La escena principal del vaso llamado del pintor de Príamo. una hidria del Museo Arqueológico Nacional de Madrid (inv. n." 12.920). pertenece al ciclo épico lroyano como sugiere la inscripdón «París kalos» colocada bajo una de las principales figuras, un arquero con vesl ido escila.
Es una típica escena de enganche o enjaezamien10 de una cuádriga.
El insóli10 pasajero más anciano del carro. que sujeta las riendas y el «ke ntron » en sus manos. sólo puede ser identificado con Príamo.
A pesar de ciertas inierprcla• ciones generales realizadas recientemente de esla escena. como su relación con la partida del rey para rescatar a. sugerida por K. Friis-Johansen, nosotros apoyamos aquí la asociación de la escem1 con otra partida del carro real (11.
259-60): Príamo. acompaiiado por Antenor, parte hacia el campo troyano para presenciar el duelo en1re París y Menelaos.
De este modo la presencia de París en nuestra escena queda totalmente explicada.
La hidria que da nombre al pintor de Príamo conservada en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid (fig. 1 ). es conocida también por el raro epígrafe que identifica a uno de los protagonistas de la panza del vaso como Paris (ka/os), lo que convierte automáticamente en escena épica la representación en sí indeterminada 1 • Se trata del acto de enganchar una cuádriga al carro, uno de los temas preferidos por ciertos pin-Debo especial agradecimien10 a mi maestro el Prof. M. Tiverios que ha tratado conmigo sobre algunos aspectos iconográficos de esta escena.
Por las correcciones lingüís-1icas de l tex10 quisiera agradecer su ayuda a mi amiga la doctora Dimitra Aktseli.
En las líneas siguicn1cs usaré las abrevia1uras del 1 lay 4ue añadir que el propio Hcrmes toma parte en la continuación de este episodio en el texto homérico (24, 437), donde se destaca su papel como guía que precede al carro y colaborador en la buena marcha del viaje; como tal no debería de estar ausente en la ilustración iconográfica del episodio.
Homero sólo menciona la participación de París en la preparación de los lytra {pago del rescate) en relación con la ayuda que él y sus hermanos prestan en esta ocasión (24.
265) y que está fuera de todo contexto bélico: es decir, no le concede ninguna mención especial.
Pero la llíada nos ofrece una lectura más exacta de la escena.
En el tercer canto los hetoiroi troyanos enganchan el carro de Príamo y el rey en persona conduce sus caballos a la llanura de llión, donde tendrá lugar el duelo entre Menelao y París.
Le acompaña en el carro su amigo y consejero Antenor 11 • La aparición digna y tranquila del anciano en nuestra escena se adapta bien a una partida de tal importancia.
cación mediante el epígrafe Puris /.:u/o.\• elche hacer referencia a su panicipación en el duelo que 4ueda indeciso.
El aspecto indirectamente agonístico de esta escena de enganche de carro no sólo es reflejado por el prototípico auriga vestido con largo 4uitón blanco. sino quizás también por la otra escena que aparece en los hombros del mismo vaso (fig. 2): en ésta galopan en una competición de carros dos cuádrigas con aurigas vestidos de forma similar. tema adecuado como complemento de la escena principal in ferior•~.
Venimos de hacer una nueva propuesta para una vieja hipótesis.
Aunque no hemos conseguido ninguna lectura definitiva de la escena. al menos esperamos haber mostrado cuánta inseguridad se ofrece todavía al observador crítico que 4uicrc comprender la iconografía de los vasos arcaicos griegos, y con cuántas posibilidades de interpretación se puede tropezar incluso en la lectura de una misma fuente de documentación como la que a4uí representa la llíada.
A las dos inscripciones agonísticas de esta escl'na: EÁA TOÁE.
N IKI AL KAÁÜL se ruede añadir el nomhre K IONIL de uno de los caballos de 1 a escena de ahajo.
REPRESENTACIONES DE CARONTE EN EL PINTOR DELAS CAÑAS
POR FRANCISCO DÍEZ DE VELASCO Universidad de La L; iguna (Islas Canarias).
Miembro libre de la Casa de Ve lázquez.
Análisis de las representaciones de Carontc en el pintor de cañas con la finalidad de resaltar las características estilísticas y compositivas de este tipo de escenas.
La existencia de motivos absurdos (el tipo mixto culto a la tumba/Caronte; la presencia de una mujer con una estrígile) permiten esbozar las características de la clientela del pintor y concluir sobre el carácter sociológicamente específico del mito de Caronte. |
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa,,,,, \, (l.) 1 '1' 11 \.() 1 ICI \RICJ FI pintm tk la-. ciña\. así bauL11ado por S. l'apa-.pyridi 1192.l.
117 -14}) pnr la., 111t11a:-. de ca ria' qm: apan:n:n en alguna-. dt: la' e... n: na-. que pinta l'n kcito-..í11co-. de lnrH.lo hlanco ( e-.pedlicamcnh.' l'll lama) ona de la-. c... ccna' en la' que se figura a ( •aro111e) prc, enla e l in1en5.; de hahcrsclc a1rihuído ll'n.:a de una'eintcna de rcprc, cn tacionc' del barquero infernal.
Bc;.ule) lahoradorc:-. (..:1 grupo R J'.
1 lay 4ue añadir que el propio Hcrmes toma parte en la continuación de este episodio en el texto homérico (24, 437), donde se destaca su papel como guía que precede al carro y colaborador en la buena marcha del viaje; como tal no debería de estar ausente en la ilustración iconográfica del episodio.
Homero sólo menciona la participación de París en la preparación de los lytra {pago del rescate) en relación con la ayuda que él y sus hermanos prestan en esta ocasión (24.
265) y que está fuera de todo contexto bélico: es decir, no le concede ninguna mención especial.
Pero la llíada nos ofrece una lectura más exacta de la escena.
En el tercer canto los hetoiroi troyanos enganchan el carro de Príamo y el rey en persona conduce sus caballos a la llanura de llión, donde tendrá lugar el duelo entre Menelao y París.
Le acompaña en el carro su amigo y consejero Antenor 11 • La aparición digna y tranquila del anciano en nuestra escena se adapta bien a una partida de tal importancia.
cación mediante el epígrafe Puris /.:u/o.\• elche hacer referencia a su panicipación en el duelo que 4ueda indeciso.
El aspecto indirectamente agonístico de esta escena de enganche de carro no sólo es reflejado por el prototípico auriga vestido con largo 4uitón blanco. sino quizás también por la otra escena que aparece en los hombros del mismo vaso (fig. 2): en ésta galopan en una competición de carros dos cuádrigas con aurigas vestidos de forma similar. tema adecuado como complemento de la escena principal in ferior•~.
Venimos de hacer una nueva propuesta para una vieja hipótesis.
Aunque no hemos conseguido ninguna lectura definitiva de la escena. al menos esperamos haber mostrado cuánta inseguridad se ofrece todavía al observador crítico que 4uicrc comprender la iconografía de los vasos arcaicos griegos, y con cuántas posibilidades de interpretación se puede tropezar incluso en la lectura de una misma fuente de documentación como la que a4uí representa la llíada.
A las dos inscripciones agonísticas de esta escl'na: EÁA TOÁE.
N IKI AL KAÁÜL se ruede añadir el nomhre K IONIL de uno de los caballos de 1 a escena de ahajo.
REPRESENTACIONES DE CARONTE EN EL PINTOR DELAS CAÑAS
POR FRANCISCO DÍEZ DE VELASCO Universidad de La L; iguna (Islas Canarias).
Miembro libre de la Casa de Ve lázquez.
Análisis de las representaciones de Carontc en el pintor de cañas con la finalidad de resaltar las características estilísticas y compositivas de este tipo de escenas.
La existencia de motivos absurdos (el tipo mixto culto a la tumba/Caronte; la presencia de una mujer con una estrígile) permiten esbozar las características de la clientela del pintor y concluir sobre el carácter sociológicamente específico del mito de Caronte.
L na de la' carac t erí~ti ca... lkl pintor de la... caiia...!la 4ue llevó a Papa~py ritli a nomhrarlo a-;1 ) e" la prc~encia de cañas en la-; escena-; en la' que:-.e figura a Caronte.
La n.:1.,oltu.: i1)11 hah itual prc, enta una handa adornando l a~ ca r'la... qu1: ~e tlihu.1an entre Caronrc y el per:-.onajc:-.i tuado a ~11 frenle.
El prohlema que'e no:-. plantea 1:'.
pleta en lo que se refiere a las dos figuras del centro y la derecha.
El niño presenta una postura semejante y el dibujo de la cara es casi idéntico en ambos vasos; la figura de la derecha es aún más interesante puesto que a pesar de tratarse de una mujer con una banda en un caso y de un efebo l'll el otro la estructura del dibujo y su resolución son semejantes salvo en los detalles que caracterizan a cada personaje.
Estamos pues ante dos escenas diferentes pero para las que se utiliza un modelo idéntico, lo que no está exento de incongruencias: el gesto de la mujer del vaso de Nueva York. un torpe intento de levantar unas bandas con las que adornar la estela se comprende por comparación con el gesto esta vez congruente de saludo funerario del efebo del vaso de París.
Todos estos pintores pertenecen a la última etapa de producción de lécitos de fondo blanco. resultan casi contemporáneos entre ellos y no parece fáci l saber c ual fue el primero en utilizar esta configuración escénica.
De todos modos una escena de este ripo tenía la ventaja de la facilidad de su factura.
En un rnntexto de producción masificada (muy especialmente en lo que se refiere a los lécitos de jándo h/anco) como es el final del sif(lo v a.C.. no es de extrañar el recurso a la creación de una escena mixta, que aunase la presencia de Caronte (un motivo minoritario) con la escena de culto funerario (el tipo con mucho el más numeroso lf> y con el que los pintores estaban familiarizados a la hora de realizar su repetitiva tarea pictórica).
El pintor de las cañas por su parte inventa un zs Que Beazley tuvo en cuenta en su primera edición de ARV 817,2, pero no en su segunda y definitiva por razones que me escapan.
26 Siguiendo las listas de Beazley el pintor del cuadrado presenta 44 lécitos con esta escena de un total de 63; el pintor de las cañas 128 de 157; el grupo R 17 de 25 y el pintor del triglifo 42 de 52. paso más en la facilidad del dibujo tamhiondo la estela (que requiere una factura cuando menos algo cuidada) por unas matas de caiias (fácilmen-''' ejecutables) sobre las que coloca una handa ••.ira simholi: ar la estela (figs. 2 y 6).
Este mixto 1.:111re una escena de paso al más allá y una escena de culto funerario presenta unas incongruencias en el pintor de las cañas aún mayores que las que se constataban en el pintor del cuadrado.
El mejor ejemplo lo ofrece el vaso de Londres D 61 ( 14).
Caronte lanza Ja mano hacia lo que debiera ser la difunta27 • pero el personaje que tiene enfrente es una atareada mujer, cargada con cestas llenas de bandas, que viene a decorar una estela funeraria solamente implícita en la banda en segundo plano al lado de Caronte.
Otro tanto encontramos en el vaso de Copenhague NY Carlsberg Glyptothek 2789 (10), la mujer a la que supuestamente viene a buscar Caronte esta atareada preparándose para engalanar una estela simbolizada en las cañas decoradas por una banda.
Aparecen por lo tanto imposibles difuntos en la obra del pintor de las cañas, escenas inconf(ruentes que demuesrran que la creación de lo quepodríamos denominar una rradición iconográfirn propia en el relato del paso al más allá pr l'iene de la acomodación a la facilidad de rea/i: ar un rrahajo en serie.
65-74) reseñaba para la narración iconográfica de la muerte coetánea de Astianacte y Príamo pero en nuestro caso la causa no es una confusión entre personajes y situaciones sino una práctica semi-industrial.
CALIDAD DEL TRABAJO DEL PINTOR DE LAS CAÑAS
En la obra del pintor de las cañas podernos destacar una serie de características que aclaran la calidad de sus obras y atañen principalmente a la composición de las escenas y a la factura del dibujo:
El pintor de las cañas opta por dos tipos de composición que resultan totalmente mayoritarios y que presentan (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa ciertas similitudes: en ambos casos la escena se estructura en dos personajes generalmente separados por matas de cañas coronadas por una banda.
En trece casos uno de los personajes es una mujer (ejemplo en il.
5) [situada a la derecha de la escena en cinco casos (2.
17) y a la izquierda en ochocasos(l.
18) un efebo armado de doble lanza (fig. 2 ).
La única composición en la obra de este pintor que se aparta de la sencillez de esta escena la encontrnmos en el vaso de Hamburgo ( 12), en que se figuran tres personajes (Caronte. casi desaparecido a la derecha. cañas, un niño en el centro sentado en las gradas de una estela y un hombre a la izquierda).
Nos hallamos pues ante composiciones repetiti1•as en las que 110 existe la menor ambición de creación ni de m•igina/idad por parte del autor.
Buenos ejemplos de escenas confusas los repasamos en el apartado 2.
El motivo de la visita a la tumba ha. invadido el motivo del viaje al más allá dando lugar en algunos casos a escenas absurdas y en otros a una 11ue1•a escatolop,Ía de confel'Ción iconográfica según la cual la estela se com•ierte en el go::ne entre el mundo de la n'a/idud (de!
CJ cotidianidad del culto funerario) y el mundo inwgi11ario clt' la wpop, rafía mítica del paso al más allá.
El vaso de la Habana ( 11) (fig. 4) ofrece otro ejemplo perfecto de una escena inadecuada en esta misma línea.
Desgraciadamente el estado actual del vaso no permite comprobar como sería de desear el dato que ofrece el catálogo de la subasta Monnaies et Médailles respecto de que la mujer que aparece frente a Caronte porta una estrígile en una mano y un recipiente de perfumes en la otra.
La estrígi le resulta del todo inadecuada en manos de una mujer (y muy especialmente una mujer ateniense) por ser un objeto que pertenece al mundo de los hombres y simboliza su educación atlética 2 x.
Para comprender esta representación hemos de plan-28 En el coloquio sobre este tema llevado a cabo en Paris (Ecole Norrnale Supérieure) el 19 de Mayo de 1989 el Prof. Thuillier planteó la existencia de estrígiles en con1ex1os femeninos en Etruria aunque estimaba que se trataba de asunlos marginales (pero no únicos. hay otras testificaciones que allí se barajaron y que se verán reflejadas en las actas que se publicarán); de la pequeña discusión al respecto que tuvimos. en la que plantee la problemática del vaso de La Habana sólo pudimos concluir que el tema estaba abierto y era susceptible de análisis más profundos.
tear que no nos encontramos ante una difunta a la que Caronte va a embarcar sino ante una escena absurda y mixta entre culto a la tumba y viaje al más allá: la estrígile marcaría el especial status del difunto al que la mujer rinde culto.
La escena en otro contexto presentaría el interés de sugerir por medio de un objeto todo un mundo de significados respecto de la actividad (si no real por lo menos imaginari;,irncntc deseada) del muerto. pero tal y como nos la presenta el pintor de las cañas resulta absurda.
En la gran mayoría de los vasos que repasarnos se constata que no hay por parte del pintor un interés por mostrar rasgos personales ni en Caronte ni en los personajes que se le enfrentan.
En a lgunos casos las comparaciones en los modos de dibujar la fig ura de Caronte demuestran que se buscaba un mínimo esfuerzo creativo y se resuelven bastantes vasos de un modo muy parecido.
5) presentan un Caronte bastante parecido con un dibujo de una calidad media (fig. 1 ).
Heidelberg ( 13) y Providcncc ( 17) presentan grandes semejanzas de111tro de una calidad de dibujo inferior (figs. 2 y 6).
En los vasos de Copenhague (9) ( fig. 3) y París ( 15) (fig. 5) se trata de meras caricaturas y solamente se puede destacar como algo más correcto el dibujo de Caronte y el personaje que se le enfrenta en el vaso de Londres ( 14) aunque la composición, corno vimos. resultaba absurda.
En este último caso hay un claro interés por parte del ¡pintor en realizar un dibujo mucho más correcto y quizás nos encontremos con un encargo o un vaso orientado hacia otro tipo de clientela (hay que compararlo con oLro lécito de factura bastante esmerada, Paris, Louvre CA 537 (ARV 1384, 18) del grupo R (formado por discípulos y miembros del taller del pintor de las cañas) coetáneo del que comentamos y bastante semejante incluso en la incongruencia escénica).
Dos vasos. el de Paris ( 15) (fig. 5) y el de Copenhague (9) (fig. 3) han s ido resueltos de un modo tan descuidado que se pueden comparar con caricaturas.
Hay que remontarse al pintor del Tymbos para encontrar representaciones de Caronte de este tipo; solo podían abastecer a una c lientela sin escrúpulos artísticos y c uyas prioridades a la hora de adquirir un vaso Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 234-244 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa tic.:.:~te tipo tuviesen solamente que ver con el predo 4uc C!>IC alcanzase.
CLI ENT ELA DEL PINTOR DE LAS CAÑAS
La baja cal idad formal de las obras del pintor de las cañas nos da la pauta del tipo de clientela a la 4ue abasteció.
Si exceptuamos el vaso de Londres ( 14) el resto tiene una calidad media, baja o muy baja y las técnicas pictóricas empleadas son adocenadas, repetitivas y denotan un trabajo en serie.
La comparación de dos de sus obras con las del pintor del Tymbos pennite ahondar en la identidad de la clientela de ambos.
Los dos pintores exportaron parte de su producción de lécitos de fondo blanco (ninguno con escenas de Caronte) fuera del Atica. lo q ue resulta un dato de interés puesto que e l lécito era un vaso de enterramiento ático por antonomasia.
Estos vasos no se relacionan fácilmente con zonas de instalación de clerucos atenienses por lo que habría que buscar otras razones para su aparición de fuera del ámbito ateniense.
Quizás lo bajo de su precio hiciera rentable el exportarlos aún a pesar de su fragilidad y sin que podamos plantear que su presencia indique la asunción por los que los usan de las costumbres funerarias de la Atenas clásica.
El pintor de las cañas pinta vasos muy pequeños (la mayoría de los que hay datos oscilan entre los 24 y 29 cm. (como los del pintor del Tymbos) sólo superan los 30 cm. dos de Atenas (3,5) que vimos que poseían un dibujo algo mejor que el resto), con composiciones escénicas muy simples y repetitivas y con una calidad de dihujo muy haja: la diente/a no era exigente y el precio del producto 110 podía ser l'lerudo.
CONCLUS ION: EL CARONTE DEL PINTOR DE LAS CAÑAS Y LAS CARACTER ISTICAS GENERALES DE CARONTE
La importancia del número de representaciones de Caronte legadas por el pintor de las cañas está en directa relación con la c liente la a la que abastecía.
Un pin1or como e l de Aquiles 29, que ha legado una obra de gran calidad formal nunca representó a Caronte y sin duda su clientela no se lo exigía.
Este repaso a las representaciones de Caronte en el pintor de las cañas sirve de apoyo a nuestra tesis 10 que analiza la figura de Camnte como una fi?,ura popular que manifiesta su importancia en el imaginario ateniense del paso al más allá en el momento en que el grupo soda/ de los thetes -que adquieren sus derechos y su fuer- za política al aciuar como remeros 31 (al actuar como «CarontCS>> en cierto sentido, recordemos que la iconografía de Caronte es la de un thes)tiene la.mficiente fuer:a como para poder dar canali: ación a sus características cultura/es propias -y en este caso a una parte de su imaginario del paso al más allá (d iferente del homérico.1 2 y del aristocrático que prefiere otras figuras para imaginar el ingreso en el reino de Hades).
La multiplicación de las investigaciones en las dos últimas décadas nos ha llevado a disponer hoy en día de más de un centenar de fechas de Carbono 14, procedente~ de una treintena de castros.
En este trabajo, hemos efectuado una catalogación y revisión crítica de dichas dataciones. que han sido corregidas siguiendo las curvas de calibración recomendadas in1crnacionalmen1e (gráfico 1 ), examinando las consecuencias que esta práctica puede tener en el plano temporal para yacimientos de cronología tan próxima.
A continuación se ha descartado todos aquellos resultados anómalos en relación con el con1ex10 arqueológico o que presentaban un intervalo de calibración excesivamente amplio (gráfico 2).
La observación del cuadro cronológico resul1an1c permite delectar algunos grupos de fechas que concuerdan.
8msso modo. con propuestas de periodización del fenómeno castreño formuladas por diversos investigadores.
De esta fonna, algunos poblados fortificados (Barbudo, San Juliao) comienzan su andadura hacia los siglos X-IX a.
C.. añadiéndoseles en momentos algo posteriores yacimientos como el de Torroso (VIII-VII a.
De1enninados niveles de yacimientos como, entre otros, Troña, Borneiro o Recarea se encuadrarían en una segunda fase, cuya cronología iría desde el siglo v al 11 antes de nuestra Era.
Por último, algunos castros o niveles de los mismos pertenecerían a una tercera etapa, que abarcaría desde fi-• Servicio de Arqueología.
** Departamento de Historia 1 (Area de Prehistoria).
C. hasta la última parte del siglo t de nuestra Era. |
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa 2.~ll NOTICIARIO Af.spA.
En cambio. las fechas de Gron ingen son aceptadas por coherencia entre sí y con los materiales arqueológicos.
La multiplicación de las investigaciones en las dos últimas décadas nos ha llevado a disponer hoy en día de más de un centenar de fechas de Carbono 14, procedente~ de una treintena de castros.
En este trabajo, hemos efectuado una catalogación y revisión crítica de dichas dataciones. que han sido corregidas siguiendo las curvas de calibración recomendadas in1crnacionalmen1e (gráfico 1 ), examinando las consecuencias que esta práctica puede tener en el plano temporal para yacimientos de cronología tan próxima.
A continuación se ha descartado todos aquellos resultados anómalos en relación con el con1ex10 arqueológico o que presentaban un intervalo de calibración excesivamente amplio (gráfico 2).
La observación del cuadro cronológico resul1an1c permite delectar algunos grupos de fechas que concuerdan.
8msso modo. con propuestas de periodización del fenómeno castreño formuladas por diversos investigadores.
De esta fonna, algunos poblados fortificados (Barbudo, San Juliao) comienzan su andadura hacia los siglos X-IX a.
C.. añadiéndoseles en momentos algo posteriores yacimientos como el de Torroso (VIII-VII a.
De1enninados niveles de yacimientos como, entre otros, Troña, Borneiro o Recarea se encuadrarían en una segunda fase, cuya cronología iría desde el siglo v al 11 antes de nuestra Era.
Por último, algunos castros o niveles de los mismos pertenecerían a una tercera etapa, que abarcaría desde fi-• Servicio de Arqueología.
** Departamento de Historia 1 (Area de Prehistoria).
Santiago de Compostela. nales del siglo 11 a.
C. hasta la última parte del siglo t de nuestra Era.
El panorama de la investigación del mundo castreño del Noroeste y. en consecuencia. la disponibilidad de dataciones absolutas para éste ha experimentado un considerable vuelco en la última década. de forma que con el aumento generalizado de excavaciones científicas, se ha incrementado paralelamente el número de fechas radiocarbónicas que de una escasa media docena en la década de los setenta, han rebasado el centenar a lo largo de los ochenta.
Esta considerable cifra permite y aún exige la elaboración del presente compendio, acompañado de unas mínimas consideraciones de conjunto. tanto más cuanto que buena parte de las fechas disponibles se encuentran inéditas 1 • o bien han sido publicadas en revistas o memorias de excavación no siempre accesibles al investigador foráneo.
Las dataciones proceden de yacimientos situados dentro del territorio tradicionalmente considerado como castreño: Galicia, el Norte de Portugal hasta el río Youga, la parte occidental de las provincias de León y Zamora, y el sector de Asturias comprendido entre los ríos Eo y Canero 2.
Estos poblados se encuadran, con pocas excepciones, fundamentalmente dentro del primer milenio antes de nuestra Era 3.
Dentro de este marco tempo- ), por sus valiosos comentarios en el curso de la elaboración de este trabajo.
2 Aunque con algunas discrepancias lógicas, los <<límites» de la cultura castreña del Noroeste peninsular fueron definidos por Almeida ( 1973-74).
3 A pesar de que en este período no se han manejado las fechas de los yacimientos de Tapado da Caldeira (CSIC- O. Jorge ( 1985, 160), así como la de San Esteban del Rio Sil (CSIC-215: 2880 ± 70 b.p. ), dada a conocer porM.
Almagro Gorbea (1977, 522). ya que no co-ral existen entidades arqueológicas diversas. distinguiendo algunos autores entre poblados fortificados del Bronce Final. correspondiendo a la primera mitad de dicho milenio, y los castros de la Edad del Hierro. fechados dentro de la segunda mitad o-más concretamente-a partir de los siglos v11-v a.
Además de elaborar un catálogo lo más completo posible de las fechas conocidas. pretendemos llevar a cabo una evaluación crítica de éstas, en función de su procedencia contextual y de las características y limi taciones de la propia datación radiocarbónica.
En este sentido. hemos procedido a su calibración con el fin de examinar las consecuencias y posibilidades de manejar «fechas reales» para este período tan reciente de la Protohistoria.
Ciertamente puede argumentarse que el margen de incertidumbre de las fechas calibradas es demasiado amplio 5 como para resultar de alguna utilidad en esta etapa de nuestro pasado. pero no es menos cierto que el empleo de éstas otorgará una mayor fiabilidad a las correlaciones entre los diversos yacimientos castreños y a las secuencias establecidas a partir de aquéllas, haciendo más factible la comparación con aquellas regiones (v. g. el Sur de la Península) que ya disponen para el último milenio de cronologías basadas en acontecimientos históricos.
Problemas metodoMf!,icos y de interpretación
A la hora de realizar una valoración arqueológica de la cronología radiocarbónica y dejando al margen los posibles problemas de contaminación de la muestra, el investigador debe tener presentes diversos factores que condicionan en mayor o menor grado la fiabilidad del resultado obtenido por rresponden a poblados fortificados.
~ Y este problema tenderá a reducirse en la medida en que dispongamos de un mayor número de dataciones. la desviación típica de éstas sea menor y las curvas de calibración se hagan más precisas, aspectos todos en los que se detecta un sensible progreso en los últimos años. el correspondiente laboratorio. con independencia <.k la capacidad técnica de este último.
En primer lugar. no siempre está clara la asociación entre la muestra analizada y el nivel o estructura en que se ha localizado: en efecto, determinados elementos constructivos (vigas. postes) están con cierta frecuencia sujetos a reutilizaciones sucesivas. mientras que la madera empleada puede provenir eventualmente de árboles longevos, todo lo cual puede introducir errores considerables.
Por su parte. aquellos carboncillos sueltos y dispersos en determinadas zonas pueden ser especialmente problemáticos, teniendo en cuenta el carácter doméstico del yacimiento con el que nos enfrentamos. susceptible en ocasiones de poseer una dilatada historia de modificaciones -aterrazamientos. limpiezas. reconstrucciones-que provocan cambios de tipo estratigráfico, en el curso de los cuales pueden trasvasarse materiales orgánicos livianos de uno a otro nivel arqueológico.
Enlazando con lo dicho anteriormente, las dimensiones y el tipo de muestra utilizada tienen una elevada incidencia en la mayor o menor utilidad del resultado obtenido.
De esta forma, semillas u otros frutos ofrecen mayores garantías, cuando se encuentran en suficiente cantidad, que cierto tipo de maderas o. por ejemplo. conchas, las cuales pueden acusar en distintos grados el efecto resen•oir 6.
En e l caso de las muestras de reducido tamaño hay que tener en cuenta que, aparte de su ya comentada mayor susceptibilidad al desplazamiento dentro de la estratigrafía, Ja desviación típica de la datación obtenida tenderá a ser más alta 7 • Con demasiada frecuencia el arqueólogo cae en una apreciación excesivamente mecanicista del resultado suministrado por el laboratorio de tumo, olvidando que la fecha obtenida no es en modo alguno un hito absoluto en la escala temporal sino más bien una aproximación estadística que posee una desviación típica mayor o menor.
Por ello es erróneo el manejar simplemente el valor central («la fecha»), dejando a un lado su correspondiente • Sobre este fenómeno en Ja costa meridional ponuguesa, el LNETI de lisboa ha dado a conocer unos resultados provisionales ( Cabral.
7 la cuantía de esta desviación dependerá normalmente de la edad de la muestra. del tamaño y contenido en carbono de ésta. así como del tiempo de medición. desviación. ya que esta última nos indica el rango dentro del cual se encuentra la datación real de la muestra analizada.
Teniendo en cuenta este hecho, así como los factores mencionados más arriba, hay que subrayar la necesidad de disponer siempre que sea posible de varias fechas radiocarbónicas para un yacimiento y/o nivel incluso de diterentes laboratorios-. con objeto de poder contrastar fehacientemente los distintos resultados 8 • Un efecto indeseado pero inevitable de la calibración es que amplía el marco temporal en que se encuentra la fecha real.
Este aumento del intervalo de variación es especialmente marcado si la desviación típica de la datación radiocarbónica es grande 9, más aún cuando ésta intersecta un tramo de trazado particularmente irregular dentro de la curva de calibrado.
Este problema es tanto más sensible para la época en que nos movemos, dada su reducida extensión temporal y la necesidad de una mayor precisión en las estimaciones cronológicas, de forma que en las fases más recientes de la cultura castreña los datos proporcionados por los materiales arqueológicos, especialmente los importados, pueden complementar y precisar notablemente la información procedente del Carbono 14.
El intervalo de edad quemanejaremos será el correspondiente a 2 cr (dos desviaciones típicas), lo cual si bien aumenta el lapso temporal, nos da en cambio una aproximación más realista del grado de variación posible de la fecha real (para un nivel de confianza del 95,4%) y por ello es habitualmente recomendado (Pearson, 1987, 103; Cabral y Soares.
H En este trabajo se puede apreciar la importancia de poseer varias dataciones para un mismo yacimiento.
• Creemos que el arqueólogo debería solicitar al correspondiente laboratorio, siempre que las condiciones objetivas lo pennitan, la reducción al mínimo de la desviación típica.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa A efectos de inventario y siguiendo las normas internacionales (Mook y Waterbolk.
58). citaremos las fechas radiocarbónicas convencionales en años BP (he/ore prese111 -1950 AD--). para una vida media del Carbono 14 de 5.568 años y con una desviación típica (nivel de confianza del 68.2% ), a lo que añadiremos por nuestra pane su equivalencia en términos a.
C. En el gráfico 1 representaremos todas las fechas <.:<\libradas con el intervalo de confianza corre~pon diente a 2 cr, mientras que para el gráfico 2 haremos una selección. excluyendo aquellos resultados claramente anómalos en relación con el contexto arqueológico o. dentro de una serie para un mismo yacimiento. los que presenten una desviación típica excesivamente elevada.
Relación de fechas dC' Carhono 14 y su contexto
Reunimos aquí la totalidad de las fechas de C-14 obtenidas para los castros del Noroeste Peninsular hasta el presente.
Muchas de ellas han sido publicadas en los últimos años, pero una buena pane se encuentra aún inédita o en curso de publicación.
La relación de fechas recogidas será expuesta por yacimientos arqueológicos, ordenados según la numeración expresada en el mapa adjunto (fig. t ).
A la denominación del castro se acompaña entre paréntesis, la parroquia o feligresía a que penenece., y el ayuntamiento y provincia o distrito en que se sitúa.
Con cada fecha y su referencia de laboratorio, se recogen los siguientes datos: fecha calibrada según el método y tos criterios descritos anteriormente, material de que se compone la muestra analizada, contexto estratigráfico, campaña de excavación y bibliografía. l.
Contexto: capa de carbón en el interior de un pequeño hogar, inmediatamente debajo de una capa compacta de escorias de fundición.
UBAR-118: 1.840 ± 160 comentario: Según nos han comentado los excavadores del castro. las fechas de C-14 son coherentes a grandes rasgos con la cronología resultante de los materiales arqueológicos.
Hay que hacer notar. sin embargo. la elevada desviación típica de la segunda muestra que. para una etapa tan reciente, ofrece unos resultados menos precisos que los que se pueden esperar del estudio de los materiales arqueológicos.
Contexto: muestra recogida cerca de «un dispositivo de conservación de fuego», adosado al muro de la vivienda n." 1 del sector l.
Ambos autores aceptan esta datación, llegando el primero a concluir que los castros perduran por lo menos hasta el siglo VI, y quizá hasta el siglo IX.
Sin embargo, otros investigadores (Maya, 1988: 49) ponen en duda la existencia de un nivel de ocupación del castro en los comienzos de la Edad Media.
Fechas de C-14 calibradas de los castros del Noroc~tc de la Península Ibérica.,fCNa 1...,
•, vel C (de ocupación) de la casa n." 4.
Comentario: La datación CSIC-83 fue aceptada como coherente por los excavadores (Eiroa, 1973: 6 1 ). y puesta como ejemplo durante años de los inicios del mundo castreño en un momento de transición del Bronce Final a la Edad del Hierro (Eiroa, 1980: 77.
Las prime ras excavaciones de Romero Masia ( 1987: 15) tampoco permitieron re plantear la cronología del castro. hasta que fueron enviadas tres nuevas muestras para datar al laboratorio de C-14 de Groningen (Romero, en prensa).
Actualmente, aunque no ha s ido publicado todavía, se c ree que este yacimiento posee una ocupación más reciente de lo que se pensaba tradicionalmente.
Lu~o) Comentario: No ha s ido publicada la valoración arqueológica de estas fechas, seguramente debido a que las muestras fueron obtenidas con fines básicamente palinológicos.
Las fechas. tal como las rn El Dr. Femán Alonso nos ha comunicado que la desviación típica del resultado es ±1 10. y no como ha sido publicado y repetido hasta ahora (±110).
presentamos, nos han s ido facilitadas amablemente por el doctor Fernán Alonso. ya que están publicadas con a lgunos errores (Aira y Guitián, 1985-86: 193 ).
A Corwia J Comentario: Según la invest igadora que ha dirigido las excavaciones de este castro (prof. Pepa Rey), la datación es cohe rente a grandes rasgos con la cronología arqueológica obtenida tanto de los materiales autóctonos, como de los alóctonos.
Con1exto: mues1ra procedenie del hogar de una cons1rucción circular.
Bibl iografía: Meijide. en prensa.
Contexto: capa 3 de la cuadrícula E-24 (datos de excavación). correspondiente a un incendio posterior al de la muestra anterior.
C. Material: cereal carbonizado.
Contexto: capa 5 de la cuadrícula F-24 (datos de excavación), en un nivel de incendio probablemente contemporáneo del correspondiente a la muestra CSIC-815.
Contexto: en la base exterior de la muralla.
C. Material: bellotas carbonizadas.
Contexto: forma parte de la misma muestra datada en el laboratorio de Groningen (GrN-14133).
Contexto: entre las cenizas de un hogar sobre un pavimento, en la cuadrícula B- 4.
Comentario: En un primer momento las dataciones GaK-11331 y 11333 fueron aceptadas (Alvarez Núñez, 1986: 61 }, si bien actualmente son cuestionadas (información oral de Antonio Alvarez Núñez), al igual que las otras seis fechas del laboratorio de C-14 de la Gakushuin University, obtenidas para el Castro de Penalba.
Las dataciones del laboratorio de Groningen (GrN-14132 a 14134) y de Praga (PA-88) son, en cambio, aceptadas, aunque con respecto a los materiales arqueológicos asociados, parecen algo recientes, en opinión de los excavadores.
Hay que descartar, por otra parte, que las fechas GrN-14132 y GaK-12970, al igual que las GrN-14133 y GaK-12971, pueden ser contrastadas entre sí, al haberse enviado la mitad de cada una de las dos muestras a los laboratorios de Groningen y Gakushuin.
La comparación de los resultados permite descatar las fe. chas del laboratorio japonés.
Comentario: A pesar de que las muestras fueron recogidas hace más de cuarenta años, y desde entonces guardadas y expuestas en una vitrina del Museo Arqueológico de Ourense, los resultados obtenidos son coherentes entre sí, y probablemente concordantes con lo esperado (López Cuevillas y Lorenzo Fernández, 1986;18-21 ).
San Amaro, Ourense) Comentario: Esta fecha es considerada muy antigua para el castro, teniendo en cuenta que la cronología de los sectores excavados en ningún caso es anterior al siglo t a.
64, 1991 -------Comentario: La fecha de la Gakushuin University (GaK-9521) es considerada anómala. puesto que no encaja en el contexto arqueológico del poblado, admitiendo la posibilidad de que pueda pertenecer a un incendio natural o a una ocupación calcolítica (Esparza, 1986;349).
Zamora) Comentario: La fecha no se corresponde con ningún nivel de ocupación del poblado.
Como explicación, Esparza (1986;349) admite la posibilidad de que se corresponda con un incendio muy anterior a la llegada de los primeros habitantes al castro, o bien que pertenezca a una ocupación calcolítica del lugar, no documentada a través de la excavación.
Castro de labradas (Arrahalde, Zamora)
Contexto: capa 2f del cuadro Y, probablemente se trate de un nivel de incendio, donde supuestamente se encontró el conocido tesoro celtibérico.
Comentario: La fecha es aceptada por Esparza ( 1986;376), quien la pone en relación con las obtenidas en la Corona de Corporales.
(Almeida er a/ii, 1982; 79), si bien anterionnente propusieron una cronología del s. IV a.C., para el nivel donde fue tomada la muestra CSIC-499, y del s. VI-V a.C., para el correspondiente a la muestra CSIC-500 (Almeida er alii, 1981;64 ).
Monge y Peixoto ( 1984;191-192) critican esta interpretación, argumentando que las dos fechas, una vez calibradas, no divergen de la cronología de las cerámicas áticas.
Moure, Vi/a Verde, Braga) Comentario: Las dataciones radiocarbónicas son aceptadas por su coherencia con los restos arqueológicos (Martins, 1989;66-67).
Bra¡:a) Comclllario: Las dos fechas, penenec ientes a un mismo nivd arqueológico. presentan prohlc-ma~ para ser aceptadas. al poseer una antigüedad mayor que el contexto arqueológico en que se sitúan (Queiroga, 1985;37).
Comentario: Esta fecha es aceptada con algunas reservas (Silva.
Comentario: La datación coincide con la cronología que se supone para los materiales arqueológicos.
A pesar de que el objetivo de este trabajo es dar una visión general de la cronología de los pobladoi; fortificados del Noroeste peninsular a través de las fechas de C-14, nos encontramos de partida con el problema que representa el vacío de investigación especialmente patente en las comarcas centro orientales de Galicia y Norte de Portugal (fi g.
Sin embargo, el número de yacimientos disponibles y la variedad de sus dataciones pueden suministrar valiosas infonnaciones sobre este fenómeno.
Dentro del conjunto considerado, se encuentran castros que disponen de series amplias de dataciones (Troña, San Juliao, Torroso, Penalba). las cuales penniten no sólo aquilatar la sucesión estrati-gráfica sino, en su caso, detectar anomalías en ciertos resultados.
La importancia de esta cuestión queda de manifiesto. por ejemplo, en el caso del castro de Bomciro. para el que sólo se disponía hasta muy recientemente de una datación (CSIC-83), aceptada habitualmente por todos los investigadores que se ocuparon del tema 12.
Debido a ello. este poblado fue considerado representativo de la transición Bronce final/Edad del Hierro en el Noroeste.
Las nuevas fechas obtenidas. juntamente con el avance en los estudios de la cerámica. penniten en la actualidad poner en entredicho esa interpretación, a lo que habría que añadir la elevada desviación típica de la fecha comentada, que una vez calibrada daría un intervalo de 440 años (con 2cr).
Un problema de la misma índole es el planteado por la fecha de Baioes, utilizada frecuentemente para datar determinados tipos de artefactos metálicos, cuando en realidad el valor real, calibrado, arroja un intervalo que ronda los 700 años (1100-410 a.C.).
Una vez recogidas y calibradas todas las fechas disponibles. presentes en el gráfico I, hemos considerado necesario proceder a una selección con el fin de obtener un conjunto más homogéneo (gráfico 2).
Para ello. hemos seguido los siguientes criterios:
Determinados resultados están en flagrante contradicción con el contexto arqueológico del que se extrajeron las muestras correspondientes, ya sea por suministrar fechas mucho más antiguas de lo esperado (v.g. nY 11 de Torroso, nY 1 y 2 de Castromao, n.!.' 1 de Castro de Fresno), o bien más recientes (nY 7 de San Juliao, nY 4 de Castrovite).
Un caso especial lo constituyen un grupo de dataciones efectuadas por el laboratorio de la Universidad de Gakushuin que aparte de su elevada desviación típica, registran una excesiva antigüedad 1 3, por demás repetida sistemáticamente, lo 2.
Un número imponante de dataciones c uyo valor central no es en principio incoherente con el contexto arqueológico. muestra sin embargo desviaciones típicas altas que. en el momento de proceder a la calibración. arrojan intervalos excesivamente dilatados.
Para sortear este obstáculo hemos optado por excluir del gráfico 2 todas aquellas fechas con una desviación 1ípica superior a 50 años. valor que en nuestra opinión debería ser el máximo admisible para la época que nos ocupa.
No obstante, conviene hacer notar que si bien a inicios del primer milenio podrían ser aceptables fechas con esa desviación. ya en contextos de la segunda mita de este milenio sería más operativo y deseable que las fechas tuvieses un error no superior a 30 años.
U n ejemplo de esto lo tenemos en la fecha nY 1 de O Marco (cr = 50), cuya calibración ofrece un intervalo de 250 años en un período muy reciente (cambio de Era). para el que los materiales arqueológicos pueden suministrar cronologías más precisas.
A la inversa, en ciertos casos fechas con una alta desviación típica pueden ser sin embargo ilustrativas de un período genérico.
Esta situación se da, por ejemplo, en la datación nY 2 de A Graña, cuyo intervalo (910-540 a.C.) permite situa r el correspondiente nivel en un momento antiguo, confirmando los datos proporcionados por los materiales arqueológicos.
El aumento del marco temporal en que se localiza la «fecha real» (calibrada). que por una parte amplía la incertidumbre cronológica, puede por la otra atenuar algunas aparentes incoherencias entre los datos estratigráficos y los radiocarbónicos.
Este podría ser el caso de las fechas n.
Dado que el primero está situado estratigráficamente por encima del segundo. se aprecia u: na evidente contradicción; si n embargo. manejando los intervalos proporcionados por la calibración (gráfico 2 l. se ohserva 4ue el solapamiento entre ambos es lo suficientemente amplio como para permitirnos plantear la posibilidad de 4ue la fecha nY 8 sea en realidad más antigua que la n." 7.
Hay que resaltar el hecho de que determinadas dataciones. rnn una si mi lar desviación típica, pueden. sin embargo. presentar. una vez calibradas, intervalos de amplitud muy dispar.
Este• fenómeno. motivado por las irregularidade!-> en algunos tramos de la curva de c: alibración 14 • se constata, entre otras, en las fechas nY 8 (485 ± 30 a.C.) y n.' 1 9 (630 ± 30 a.C.) de Terroso que, a despecho de poseer la misma desviación, arrojan unos intervalos de calibración de 360 y 41 años, respectivamente.
El avance en los estudios sobre los castros del Noroeste y la multiplicación de excavaciones en este tipo de yacimientos. patente especialmente en la última década, han llevado a la formulación de diversas propuestas de síntesis con un encuadre temporal más o menos bien delimitado.
Las principales periodizaciones establecidas coinciden a grandes rasgos en la definición de tres etapas dentro del desarrollo del fenómeno castreño. así como en las líneas maestras de su cronología.
Si bien hace unos años algunos autores (Fariña, 1983) habían propuesto para el inicio del proceso de «cas-trificación>> en el Noroeste una cronología en 1orno a l siglo VII a.C.. los resultados de las escavaciones recientes han llevado a otros investigadores a retrotraer este fenómeno hasta los siglos X-IX a.
Esa etapa arcaica finalizaría para unos a comienzos del siglo v a.
A continuación, se desarrollaría una segunda etapa hasta el último tercio del siglo 11 a.C., o comienzos del siguiente.
Por último, se define una tercera fase que en opinión de Fariña (1983) o Silva ( 1986) llegaría hasta la segunda mitad del siglo 1 d.C.. mientras que Martins ( 1990) sostiene que se extendería algo más.
La compartimentación cronológica sintetizada en el párrafo precedente nos permite encuadrar las fechas absolutas analizadas, a la vez que éstas confimian en s u~ grandes líneas dicha ordenación.
Prescindiendo de unas pocas fechas que se remontan en algún caso ha~ta el VI milenio y que pueden responder a actividades humanas (incendios) en é pocas remotas de la Prehistoria reciente, las dataciones más antiguas se dan en los castros de O Barbudo y San Juliao. con un momento incial situable en el siglo IX a.C., si bien el segundo puede ser algo más antiguo (gráfico 2).
A estos datos habría que agregar los proporcionados por Coto da Pena, a pesar de su elevada desviación típica.
Al grupo de c astros muy antiguos, definido anteriormente, puede juntársele a fines del siglo IX a.C., la ocupación inicial de Torroso.
Este asentamiento continúa habitado durante los siglos VIII y VII a.C., para desaparecer en un momento no determinado con precisión de los siglos VII-VI a.c. Contemporáneos al menos de una etapa de Torroso son los yacimientos de Penalba y Penarrubia, así como posible me nte las fases arcaicas de Troña.
Castromao y A Graña, aunque las fechas de este último poblado adolecen de una elevada desviación.
Dentro de la segunda fase en la evolución del mundo castreño, se encuentran de lleno algunas dataciones de Borneiro, Recarea.
Fozara, Troña, Castromao y A Facha que a pesar de cierta latitud temporal viene a coincidir globalmente entre los siglos v-11 a.c. Otros yacimientos tienen igualmente niveles de ocupación pertenecientes a esta fase, si bien carecen de dataciones absolutas (v.g.
Por último. en la fase Ill habría que situar por sus fecha de Carbono 14 niveles de los castros de Vixil, Real, A Graña, Castrovite, Cameixa y Troña, y posiblemente también de O Marco, Cartimil y Borneiro.
Es conveniente señalar que en algunos de estos yacimientos, los materiales arqueológicos recuperados pueden acotar sensiblemente la cronología absoluta obtenida mediante el Carbono 14 15. is Una vez redactado este trabajo han sido dadas a conocer cinco dataciones del castro portugués de Cas telo de Matos {Queiroga, F. y Figueiral, l.: « Data~óes de C-14 para Castelo de Matos».
Boletim Cultural da Cámara de Vilo
DATACIONES DE CARBONO 14 PARA CASTROS DEL NOROESTE PENINSULAR |
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Parece que la encáustica era el procedimiento piclórico empicado habitualmente por los artistas griegos pura la ejecución de sus obras.
Los griegos no sólo cubrían de pinturas sus muros.
También policromaban esta1uas, templos y objetos cenímicos.
Dado que la encáustica puede emplearse sobre cualquier soporte rígido -piedra, estuco. tabla. cerámica-. no resultaría extraña la aplicación de la encáustica en los vasos griegos.
Hemos tenido la oportunidad de analizar una muestra de blanco superpuesto al barniz negro en un fragmento cerámico procedente del área arqueológica de Segesta.
El fragmento estudiado no había sufrido ningún tratamiento de limpieza o conservación.
Los análisis se llevaron a cabo por cromatografía de gases en Conservation Analytical Laboralory, Smithsonian lnstitution, Washington D.C. El método cromatográfico empleado fue el desarro-liado por los autores para la identificación de encáusticas.
El análisis detectó la serie de hidrocarburos correspondiente a la cera de abejas, y ácidos grasos saponificados, lo que indica que la pintura blanca de la muestra de cerámica estaba aglutinada por una emulsión de cera de abejas y jabón, es decir, habría sido pintada a la encáustica.
La posibilidad de una aplicación generalizada de la encáustica en Ja cerámica griega exige que los tratamientos de limpieza y conservación tengan que tener muy en cuenta las condiciones de reversibilidad en el secado de la encáustica, debido a que tanto el agua como cualquier otro tipo de disolvente pueden provocar la desaparición de los colores pintados por este procedimiento.
Sobre la imagen de Ja divinidad frontal en Ja cerámica ibérica de Elche *.
Centro de Estudios Históricos.
Analizamos el significado de la imagen frontal en la cerámica ibérica de Elche que cabe interpretar como expresión de la «alteridad» de lo divino, en contra de la opinión heredada.
Esta lectura, basada en ejemplos de Elche, nos permite proponer una nueva aproximación a ese proceso dialéctico de la humanización de la idea de lo divino.
«Y Dante inventó además ese hermoso sinónimo: el Otro.
Que es terrible además¿ no?. porque significa, bueno, que uno está muy lejos del otro, que uno no es el Otro» (Jorge Luis Borges y Osvaldo F errari, Diálogos, Seix Barral, 1992, págs. 13-14).
En un reciente trabajo que con justicia se podría juzgar excesivamente largo, me he referido al complejo proceso de antropomorfización de la imagen en el mundo ibérico • Trabajo realizado dentro del proyecto de investigación «Imagen, mito y sociedad en la cultura ibérica» (n,o PB-89-0006-C02-0l), aprobado por la DGICYT.
1 Religiosidad e ideología ibérica en el marco del mediterráneo, «Religiosidad y vida cotidiana en la España 1 i!!ura 1.
P C insi, tir en la gcné 'i' ariswcdtica del proceso que. ya en épnca oricntalil.ante. llt: vó a dd'inir. de manera inscparabk. un lenguaje humano para de linear simultáncamentc el perli 1 de los hombn.~., y de lo~ dio... es.
No pretendí considerar en aqué l un proceso lineal, evolutivo. al modo de una e111e/échcio aristotélica como si la imagen humanizada del dio: constituycra el fin implícito de un desarrollo histórico al que naturalmente tendieran los iberos. /\1 contrario. creo haberlo visto como una faeeta parcial de una realidad mucho más eompleja e intrincada, realidad que hoy en gran pa11c'e csc.:onihérwn " (nlfl/'11. /) \'tll/lli 'l' t: o) hms M1•/111ru1. /()():!, (1: 11 /lrl' llSO ). dt• aun.t nuc, tra 1111ratl.1.'\u 1.1 qu1.• l'\t,1 1 1.•ra 1.•,...
1111i entn que hoy v<.:o lluir en espira l quiero aquí prc:-.entar de manera hrl'vc lo que se pmlrfo mu y hicn nm-~idcrar la antítc:-.is de la 1csis principal propucst:I c11 mi an te rior 1 raha,10: la ratl ica 1 di re rencia tic la imagen de la divinidad, fr1.' llte a lo humano. y el pl 'cu I iar modo tic l'\pn::,ar C).tc: ihi,1110 cn la ccr:í111il'a ih..!rit•a.
Ctigcn: ho) tan:-.1ílo el cj<.:mplo ele 1: 1che.
La invitaeiün a l a~ reflexione:-. que:-.iguen vil'ncn de la rnano de Dan1c o." 1.,c quiere. de Jorge Luí-; Borg.e....
Lo di vino -nos rccordaní Borge:-.-c~ la rea lidad i1npre:-. iona111e del Otro. como ~e le denomina a Dio:-. en el infierno de üantc. donde su nombre no puede pronunciar:-.c.
Pasemos a la lectura ibérica.
Cuando utiliza un referente humano el ar1csano. el ceramista. expresa la imagen de lo divino de una manera diferente.
En la cerámica e.le Elche pucdt; ocu ltar ese radical extrañamiento mediante símbolos. como ocurre con frecuencia: la roseta. la tlor. simboli• La y expresa lo oculto. lo indescript ible. e l dios o,.... impkm1.:nte. lo,;1grad11' PlTll l llilndo.
1mí' l.'\ccpc ionalmente. p111 l;i pn:,1011 del kn!!ua1c mcdnt.•rranco l 'I 1' 11.. •n, l''-1..0gl' para la d1v1111dad una ronna humana!\"'a''acon frecuencia la abi, mal dikn: ncia t¡llt' k•, n de lo gro1c..,cn. de lo lmrrihlc o tk IP mo11'1n11h11: h1cn manteniendo fó rmula'> arcaica-.. como la i.:ahe1a horripi lante de la gorgona en la lamma 11nagcn de l «;;ombrero de copa» ilici1ano llamado populam1cntc la «Pepona»'. -prc, ar la a lejada e inhabi tua l efig ie de la dio.;a.
Rcmilo c~ta con.'>idcración a un futuro 1rahajo mín <,obrl' el rnm.:ept o de lo arcaico L:n el mundo ibérico.
Por d cont rario. e l lenguaje de moda en el Me• di1ern\nco a ran ir del "ig.lo I V a C. exte ndió en la Pcnín, ula la imagen del rostro bell o. benc fa tíil sohrc su!'rente las espiga:-~1 los frutos en lo:-. que pican ave:-.''.
Son los dones que e ll a ofrcl "l' como divi nidad de la naturaleza aganda cultuill y relig iosa cx1cma.
Estas imágenes importadas. bien estudi ada~ por diversos autores. se extienden por todo el levante ibéri co en d ecenas de timiaterios.
Ex presan un ideal sere no y apacibk. en un lenguaje imitado segurame nte de la Magnu Grec ia.
Pero cuando e l ibero <.:rea en realidad su propia imagen de lo divino prefiere escoger la otra vt:n icnte, el rostro horri ble.
En el peculiar va~o crat eriforme que Rafael Ramos publi C.:ii: uad ihérii:a: el ejemplo de Elche.
R L'ala c:... pal.'10) 01ro ti ¡,ponen. "n embargo. de un modo dt k n: ntl' pue' tra1h111111.:n'1gnlf1cad1i... d1\er-,o,: una lk ella' piL'a c:n el ala. co1 npa111c11d11 con 'u Scr' lor:i el común c'pac ro.tiende. para intli<.::.ir'll surgim iento tclúri co. la bifun: al'IÓn de,u-, raÍl 'c' 1 ".
La 1 ron ta ltdatl. una con... tantc en 111 ucho de l'' to:-ro'tnh. acentúa no 'olo' u t•aracter hnrnp1 lantc.:-rno... obre todo'u altc11dad.,\1 mi1ar al l'' peclador!\l.' e'tahlcce a-..í la gran paradoja del:111 1ropo111orl'i!-.1tlll: pue~ el diü logu que mantiene con quien L'!-.tlÍ fuera de l va:-o podría!-.1.'rvir tanto para acercar el dio\ al homhn: corno lo' dio:-e-. t'/ll' /..m11 o «dl\f>Ue:-10 tc dú....
La reprc!-.entación divina resulta a\Í e'pe 65.
En este pensamiento lo grotesco encierra y esconde celo-samcn1e en su interior una incomparable belleza.
Pues, de ese modo, Ja imagen. mediame la mueca. protege Jo allí oculto.
¿.No puede también ser éste el sentido de lo grotesco en el rostro intencionalmente frontal de esta diosa ibérica'?
Con otras palabras: ¿,nos está pennitido agotar el sentido divino de lo ibérico en la fonna externa de sus representaciones?
¿O no funciona también el rostro coino otro símbolo más que esconde sintéticamente una multiplicidad de significados bajo la pura fonna exterior? 12 Al rostro que se muestra frontal se oponen, en el reverso de nuestro vaso los rostros de varones barbados de perfil que, con suma seriedad y atención, lo contemplan.
Como testigos del acto sagrado éstos justifican. dan sentido a la epifanía.
Aparición y contemplación, unidad y multiplicidad, se oponen, pues, binariamente con esta sencilla variación.
Las dos serpientes que en el centro se entrelazan confieren a estos rostros un ca-rácter sobrehumano.
No sabemos ya si son dioses o bustos heroizados de los antepasados -de ahí las serpientes-a los que es pennitido la excepcionalidad de contemplar el nacimiento.
En todo caso, sirven aquí ambos como puente entre la alejada divinidad y los hombres.
Justifican la representación de Ja imagen divina en el vaso ibérico, al contemplarla.
El mero testimonio de la imagen nos ha servido aquí para profundizar en lo que considero un importante aspecto de la psicología religiosa ibérica: la necesidad de expresar la alteridad de lo divino.
También el mundo griego se sirvió de la plástica para expresar en el pilar hennaico y la máscara-columna de Dioniso una idea similar, como sugestivamente vió en 1986 F. Frontisi-Ducroux al estudiar los límites del antropomorfismo: «C' est sans doute que ces deux dieux avaient, a l'égard des hommes, une proximité particuliere, qu 'on ne pouvait souligner qu' en designant J 'étrangété et irrémédiable différence du divin» u.
Es nuestro propósito en esta breve nota dar a conocer algunos ejemplares de ánforas romanas de origen egeo, de los tipos Kapitan 1 y 11, procedentes de la dársena del Puerto de Mazarrón (Mazarrón, Murcia).
Su datación. a partir de la documentación arqueológica que poseemos de contextos de la misma localidad. puede situarse entre fines del siglo 11 e inicios del IV d.
Por otra parte, estos ejem-plare~ son, por el momento, los únicos que documentan la difusión de estos envases en la Región de Murcia. |
fascinado anic la sopresa de su interior.
En este pensamiento lo grotesco encierra y esconde celo-samcn1e en su interior una incomparable belleza.
Pues, de ese modo, Ja imagen. mediame la mueca. protege Jo allí oculto.
¿.No puede también ser éste el sentido de lo grotesco en el rostro intencionalmente frontal de esta diosa ibérica'?
Con otras palabras: ¿,nos está pennitido agotar el sentido divino de lo ibérico en la fonna externa de sus representaciones?
¿O no funciona también el rostro coino otro símbolo más que esconde sintéticamente una multiplicidad de significados bajo la pura fonna exterior? 12 Al rostro que se muestra frontal se oponen, en el reverso de nuestro vaso los rostros de varones barbados de perfil que, con suma seriedad y atención, lo contemplan.
Como testigos del acto sagrado éstos justifican. dan sentido a la epifanía.
Aparición y contemplación, unidad y multiplicidad, se oponen, pues, binariamente con esta sencilla variación.
Las dos serpientes que en el centro se entrelazan confieren a estos rostros un ca-rácter sobrehumano.
No sabemos ya si son dioses o bustos heroizados de los antepasados -de ahí las serpientes-a los que es pennitido la excepcionalidad de contemplar el nacimiento.
En todo caso, sirven aquí ambos como puente entre la alejada divinidad y los hombres.
Justifican la representación de Ja imagen divina en el vaso ibérico, al contemplarla.
El mero testimonio de la imagen nos ha servido aquí para profundizar en lo que considero un importante aspecto de la psicología religiosa ibérica: la necesidad de expresar la alteridad de lo divino.
También el mundo griego se sirvió de la plástica para expresar en el pilar hennaico y la máscara-columna de Dioniso una idea similar, como sugestivamente vió en 1986 F. Frontisi-Ducroux al estudiar los límites del antropomorfismo: «C' est sans doute que ces deux dieux avaient, a l'égard des hommes, une proximité particuliere, qu 'on ne pouvait souligner qu' en designant J 'étrangété et irrémédiable différence du divin» u.
Es nuestro propósito en esta breve nota dar a conocer algunos ejemplares de ánforas romanas de origen egeo, de los tipos Kapitan 1 y 11, procedentes de la dársena del Puerto de Mazarrón (Mazarrón, Murcia).
Su datación. a partir de la documentación arqueológica que poseemos de contextos de la misma localidad. puede situarse entre fines del siglo 11 e inicios del IV d.
Por otra parte, estos ejem-plare~ son, por el momento, los únicos que documentan la difusión de estos envases en la Región de Murcia.
1992 NOTICIARIO:\()lJ El Puerto de Mazarrón se sitúa en e l Sureste de la Penínsu la Ibérica. a unos 30 km. de la antigua Carthago Nova. en una amplia bahía que se configuró desde la Antigüedad como uno de los enclaves con un potencial económico más importante de todo el litoral murciano. especialmente en época romana.
En ella confluyen grandes zonas cubiertas del material de aluvión aportado por diversas ramblas, creando áreas muy apropiadas para la explotación agrícola.
Por otra parte. las sierras litorales que la circundan poseen una gran riqueza minera, que fue beneficiada al menos desde época republicana. en concreto en la Sierra. de Las Moreras.
El Cantal, El Algarrobo y Peñas Blancas.
Efectivamente. se han documentado núcleos ocupacionales desde el siglo 11 a.
C en la Loma de El Alamillo1 y en La Gacha 1 • En fases altoimpcriales se documentan establecimientos como la villa costera de La Playa de El Alamillo'. cuya fundación se data en la segunda mitad del s iglo 1 d.
C.,y es abandonada a fines del siglo 11, o la de Rihuete, ocupada desde época augustea que, ya amortizada, es utilizada en parte como necrópolis en la segunda mitad de 1 siglo 11 d.
C. 4 • De este momento son también otros establecimientos. ya más alejados del propio puerto. como Cala Leño y Percheles.
La fase 111 de la C/ Corredera. datable claramente entre 250-275 y principios del siglo I V, es la única constatación arqueológica, por ahora, de ocupación e n estas fechas ~.
Es especialmente desde el siglo IV hasta los primero años del siglo VI, cuando se documenta la producción masiva de salsas de pescado y salazones en varias factorías.
Ello posibilita el desarrollo económ ico del área y la intensificación de su tráfico marítimo, coincidiendo con la intensificación del poblamiento en e l área: la mayoría de las excavaciones realizadas en el casco urba no -almace-nes, factorías de salazón, necrópolis. viviendaspertenecen a este momento.
Asimismo. la explotación minera en la zona se constata desde al menos el siglo 11 a.
C.. con un periodo intenso de explotación durante el siglo 1 a.
C. y se mantiene con altibajos hasta el siglo 11. momento en que. excep10 en el Coto Fortuna, cuya cronología se alarga ha~ta finales del siglo v o principios del VI, deja de documentarse ocupación humana, aunque en este último yacimiento no hay elementos suficientes para documentar o no la explotación minera n.
Esta fuerte actividad económica hizo que el Puerto de Mazarrón se constituyera en un enclave comercial de primer orden en el sureste de la Península, soportando un tráfico marítimo muy intenso ya desde época republicana.
La explotación de los recursos marítimos le permitió adquirir una impo rtancia si mi lar a la del puerto de Car-thaKo Nol'a, e incluso superior a éste e n épocas tardías.
Los dragados periódicos a que se ha visto sometido el Puerto de Mazarrón, a fin de mantener el calado necesario para el fondeo y atraque, han permitido la recuperación de un conjunto de materiales cerámicos de cronología amplia. entre los que destacan con mucho los de filiación romana.
El dragado real izado en 1978 es uno de los que más materiales ha proporcionado, y entre ellos las ánforas son uno de los grupos más numerosos, con cerca de 3.000 fragmentos, que muestran una gran diversidad formal y, sobre todo, un amplio espectro cronológico, que abarca desde época prerromana hasta época moderna.
Sin ambargo, son los materiales de época romana los mejor representados, tanto por su cantidad como por su amplia diversificación formal.
Considerados en conjunto, se observan mayores frecuencias en época republicana y bajoimperial, a la que pertenecen más de la mitad de las ánforas recuperadas, coincidiendo con la explotación minera de la zona en el primer momento y la fabricación mas iva de salazones en el segundo.
Ya habíamos destacado la importacia de este )
3-)) se han individual indo. a partir de la estratigrafía ostiense 111 • tlos varian1es con valor ¡>¡>/.
9. do menos extenso que la anterior.'>icndo rundamenral documentaci6n ostiense para su estudio 11 • l lay que destacar. además de lo:-contextos terrestres. la recuperación de ejemplares de amhos tipos en yacimiento)> suhacuáticos del área de Sicilia: así. en Ognina, asociadas a formas Keay 111.
XXI II y Dressel 20, que Kapitan 12 data en la primera mitad del siglo tll d.
C.: en Marzameni. en un barco 4ue transpo11a 1rnírmol árico. con una cronología similar 11, y en Terrauzza (Siracusa}. datado a finales del siglo 11. donde aparecen mayoritariamente las ánforas de la fomrn Kapitan l. con un solo ejemplar C rcrnperan todo tipo de malcriak:-. sin asociaciones precisa:-..
Pero C)>IO!-. depósitos prrn: cdcn de pérdidas y roturas fortuita:-.. producida), en e l proceso de carga o ckscarga ele los barcos. que no han podidc1'cr recuperada)>.
Ello:;uponc un valor ar1adido a los depó),itus port uarim. muchas \' l 'l' l'\ pa)>ado por alto: la fa lta ck intcncionalidad dc é:-.tos.
Por último.... e puede )>u poner que la pérdida tic mercancías st: prnclucé de fo rma ulcatoria y proporc ional al trMi co marítimo'opo rtado por cualquier puerto a lo largo de su historia.
Todos estos fac tores permiten considerar conjunto:-. como el que estamos tratando como uno de los mejores indicadores de la historia comercial de cualquier enclave portuario. ya que permiten una vi:-.ión de conjunto con una cronología ran amplia como lo haya sido la vida del mismo.
En el caso del Puerto de Mazarrón las intervc nciones de urgencia permiten conocer los con-Iex tos terrestres que generaron gran par1e de este tráfico marítimo.
Efectivamente. a pesar de que la mayoría <lc esta~ a<:tuaciom::-.. por diferentes mo-1ivos. se cncucntrnn aún sin estudiar, es importante la cantidad de datos recogidos. que pennitcn tener un excelenre conocimiento de la evolución histórica del yacimiento. que resumíamos 1rnís arriba.
De ellos debemos destacar la auscnc: ia casi absoluta de materiales anfóricos importados. en claro contraste con la clocumcntaci6n que proporciona su d:írsena.
Así, sólo el vertedero del Cinc Serrano 1 \ y el <le la Necrópolis de la Molineta. han proporcionado conjuntos destacables de <Ínforas.
La cronología del primero se puede situar entre fin ales del siglo IV y fina les de l siglo v.
En el segundo caso, la datación propuesta abarca desde el segundo cuarto del siglo v hasta los inicios del siglo VI.
En ambos se documentan. con contextos cstrat igráficos, los mismos materiales que los proporcionados por el dragado en las mismas fechas.
La réplica contextualirnda a los materiales datados entre el siglo 11 a.
1992 la proporcionan las dos 1•illae del Alamillo, la de Rihuctc y el área minera.
Sólo la C/ Corredera ha proporcionado materiales y estructuras claramen-1c datados en el siglo 111. creando así un marco cro-nológi<.:0 adecuado para relacionar los tipos ant'óricos que 1ratamos. si bien ninguno de ellos está representado entre sus contextos cerámicos.
De cualquier modo, creemos importante resallar la exis1encia de estos contenedores como un caso único en Murcia, demostrando la con1inuidad de las relaciones comerciales por vía marítima durante una época tradicionalmente considerada de crisis, y su presencia precisamente en uno de los enclaves portuarios más importantes del sures1e a partir del siglo 111, que actuaría, posiblemc: llle, como centro redistribuidor de las mercancías llegadas por mar, como se puede inferir de la escasez de ánforas importadas en este enclave.
VARIA EPIGRAPHICA I * POR JULIÁN GONZÁLEZ Universidad de Sevilla RESUMEN Se publica una insripción encontrada cerca de Nertóbriga, de interés por su decornción con dos Attis y el 110-111e11 Cu11111/lia. no atestiguado en la Península y otra de cerca de Emerita. con telllO de in1erpretación dudosa.
Los hallazgos de nuevas inscripciones en Andalucía y en las comarcas limítrofes de la provincia de Badajoz se han incrementado en los últimos tiempos de tal modo que parece oportuno iniciar una serie de artículos al objeto de que los estudiosos de la antigüedad clásica tengan puntual conocimiento de su existencia.
Iniciamos esta serie con la publicación de dos inscripciones encontradas recientemente en la provincia de Badajoz, procedente la una de la zona de la Bética que Plinio denomina Beturia céltica 1, y más concre-• Agradezco a D.• M. Paz García Bellido, D. Ramón Grande del Brío y a D. Esteban Moreno su colaboración en algunos aspectos del presente trabajo.
3, 14: quae autem regio a Baete adjluuium Anam tendit txtra praedicta, Baeturia appel/atur, in duas divisa tamente, de las proximidades de Nl 'l' tohri¡:a Concordia Julia. y la otra, más al norte, de la propia capital de la Lusitania, Emerira Au~usta.
I. Cipo de mármol blanco de grano grueso, cuya forma y decoración original resultan imposibles de determinar al estar empotrado en una pared cubierta por una gruesa capa de cal; la parte visible adopta una forma irregular. de anchura decreciente, con una base recta, más ancha, rematada en fonna de medio punto.
La cara epigráfica ha sufrido tan fuerte desgaste por efectos de la erosión, que la lectura de algunas letras resulta muy difícil.
El texto se encuentra dentro de una espléndida laurea, rematada por elegantes infu/ae.
Además, tiene grabados dos elegantes Attis en la parte exterior de la laurea, en las dos esquinas de la cara frontal, que tiene una forma ligeramente concava, alcanzando su máxima curvatura en el centro de la corona.
Esta pieza fue encontrada hace ya muchos años, sin que hayamos podido establecer la fecha exacta, en el cortijo de la Pepina, término municipal de Fregenal de la Sierra (Badajoz), a unos 12 kilómetros en línea recta al norte del yacimiento de Valera la Vieja, asentamiento de la antigua Nertohriga Concordia lulia, y a unos 6 kilómetros al oeste de Valencia del partes totidemque gentes: Celtims, qui Lusitaniam attingunr, Hispalensis conuemus...' |
Son muchos los objetos hallados en las excavaciones que suel en escapa r a c ualquier interpretación por falta de paralelos formales: otras veces. aprovechando esa falta de pru ebas. se intentan explicar en base a una repentina intuición o en func ión de otros objetos semeja nte s. Este último ha sido e l caso de una singu lar piedra apare<:ida en los trabajos de excavación del santuario de Cancho Roano, en la villa badajocense de Zalamea de la Serena, yacimiento por lo demás bien <:onocido den! ro de la Prot ohistor ia peninsular 1 • He decidido adentrarme en el estudio de los ele-mento s de las puertas a partir de la publi cación de un artículo sobre la piedra antes mencionada en una revista especializada e n temas de tecnología arqueológica, má s específicamente dedicada a los problemas técnico s relacionados con la elaboració n cerámica.
El artículo, firmado por mi buen amigo Ju an Gran Aymcrich, investigador del C.N.R.S. y del Museo del louvre. e invitado a nuestras excavaciones en la campaña de 1990 L'on un equipo franco -belga. plantea la hipótesis de 4ue s,e trate de la hase de un torno de alfarero, presentando algunos paralel os fuera de nuestra Península:.
Pienso que su precipitada publicación.
1 L:1 hibliograría sohre e l yacimiento de Cancho Ro,11111 es muy extensa. remitiré por tanto a las ohras más generales: Maluqucr de Motes.
El S, mtuario Protohistór ico de Zatamea lor gri, apari.:cida boca ahajo a p l:í re,.,crvada para d an•c,¡> al palío de I cdí fício. nrn figurando un:111 dw pa, illo l'lanque,1do por do., g rue,.,o!> 111urn:-. de piedra que parten de la:-. turrl', que l'lanqucan la c11 1rada. rea li1ada a bas1.' de pddaiio, ele piedra de gran wmaño.
Se 1rata de la 4uicialcra de una puerta rnmo ya:-.e había aventurad o desde un prin cipio.:-.i hien en e:,c primer momento no hahíamo, de:-.rnrtac lo la' rcng 1, qm:,1¡:radn:a,1 1111 cnkg,1 y; umgn J. M. Juli:\11 la.1) uda prc, tad.1,•n la hu, qucd.1 dr c,o, p.irakh" furmak,.
• po:-. ihilidad de que,e 1ra1ara de la ba,c tk un 1nrno dl' alfarero. iodo a!'alta e.Je un c:..1ud10 rigunho de la piCLa.
Tiene una longitud m:i, ima de.,X cm:.... no l h.:gando,u mayor anchura a los.10 cm,.:,u l':-. - pc!->or e, mu) variable.:,iendo us media de!
La parte inferior c,1á bru, camcn tc trahajac.Ja. dejando ver alguno:-. rc1oquc., t'uya misión..-:xclu,i -"' con~b-te en regulari1a r la ha:-.e dl' la piedra para propiciar -;u apoyo.
Por el contra rio. la parte:-.upcrior:-.e c11rue111 ra totalmente ali:-.acla por mcdio de fino, rcto4ue, rcali1ado, mediante: -. pcrt•u, it)tl mc-1.íli ca.
Todos los lacio,,e cm: uentrn n gro-;eram cnte tallado:-. para regulari1a r el tam:1110 de la picta. de lo 4uc:-e deduce que é, ta iría enterrada en el, uclo. dejando ver excl u, ivament e:,u cara, uperior.
Un círculo roncéntric o ligeramen te dc:..pla1ad o hacia uno uc lm lado:-de la piedra ocupa la, trc, cuarta:-. parte:, de la misma:,u di:ímctro e:-. de IX.
7 cm:.... mientra, que..,u gro:-.or. ligeramen te irregular debido al roce de,u:,uperficie. -;ohrcpa,a C'>- casametllc lo:, 2 cms.
En el intcrior de c:-. tc círculo,e in:-.cribe otro de 14.2 cm:-.. de di:ímetro. teniendo el mismo grosor 4u e el anterior.
mala atención e l pulido que pre senta este segundo anillo, consiguiendo un lustre realmente intenso.
Este pulido debió realizarse previamente para faci litar al máxim o el deslizamiento del gozne y evitar el chirrido qu e ocasionaría el más mínimo relieve en el anillo.
Tras este segundo anillo se abre una cavidad troncocónica donde iría insertado el macho del gozne.
Dicha cavidad tiene un diámetro de 9 cms.. y una profndidad de 6,3 cms., no llegando su diámetro en la parle inferior al centímetro y medio.
Todo el interior del hue co se encuentra piquet eado y alisado al modo de la superficie exterior, tan sólo una pequeña franja en el extremo superior, de 1,3 cms. de espesor, continuación del anillo inter ior. presenta el mismo pulido y brillo que éste.
En la campaña posterior a la del hallazgo, Octubre de 1990, nos planteamos la excavación de parte de la ex plan ada que une la escalinata de acceso con el patio, donde fue hallada la quicialera.
El resullado fue muy significativo pues además de encontrar un nuevo peldaño que resultó ser una gran estela decorada de guerrero\ hal! amos delante del umbral un gran madero carbo nizado que perfectamente puede corresponder a la puerta de madera que daría entrada al Palacio-Santuario.
Las precauciones técnicas a la hora de excavar esta compleja zona nos impidió avanzar más en la excavación, detectándose nuevas estructuras arquitectónicas y un gran canal de desagüe que partía del patio y se dirigía hacia la entrada.
La total excavación de este espacio puede depararnos la extracción total de la puerta así como otros elementos del gozne de la misma, pues se pudieron recoger, asímismo, distintos clavos y otros remaches de hierro seguramente relacionados con el herraje de la puerta.
La presencia de quicialeras y goznes en la Protohis toria peninsular es muy escasa, aunque es muy posible que otros elementos iguales a tos que aquí se pre sentan no hallan sido conside rados por los divulgadores de los yacim iento s donde presuntamen te han debido aparecer.
En un principio los pivotes de los goznes queda-
El yacimiento de Cancho Roano.
ban insertados en agujeros practicados en los umbrales y dinteles. guarneciéndose por medio de monturas de bronces empotradas en todo el ángulo de la puerta.
Estos tipos son los habituales en los templos eg ipcios.
Posteriormente los goznes serán comp letamente de metal. insertándose en piedras provistas de huecos cón icos donde se introducirá la pieza macho.
La pieza inferior, siempre en piedra, era llamada por los griegos «pequeño mortero>•, térm ino que describe perfectamente su forma o.
Una perfecta explicación del funcionamiento de estos elementos, ya utili1.ando ambos en bronce, podemos seguirla a travé s de la descripción de las tumbas macedonias con puerta de mármol 7.
Los paralelos más evide ntes los tenemos en los elementos de gozne aparecidos en el Palomar de Oliete, en la provincia de Teruel, donde se han real izado en los últimos años excavacio nes sistemáticas x_ Se hallaron junto a la puerta de la casa 9-2.
El primer elemento es una pieza de bronce circular de cuyo centro sobresale un cono hueco en su interio r; de la parte inferior sobresalen tres pivotes cuadrangulares, también en bronce, do nde se engarzaría la puerta.
Su diámetro es de 13 cms., mientras que su altura total es de 15,5 cms.
Esta pieza quedaría ensamblada en otra aparecida junto a ella de idénticas características a la hallada en Cancho Roano.
El anillo central está perfectamente pulido, consiguiéndose un lustre inmejorable.
El anillo se interrumpe por un hueco cónico piqueteado hasta la base, pero dejando pulido su borde como continuac ión del anillo.
Este es sin duda el paralelo más claro encontrado, pero además, el hallazgo del macho del gozne scnta un anillo pulido ocasionado por una piedra cónica de obsidiana. material en que también se realizó la piedra base, si la interpretación funcional de esta piedra es correcta. la pieza fue sometida a una rotación lenta, dejando, sin embargo, el mismo pulido.
Esto puede deberse, pue s, a la propia composición de las piedras. siempre de naturaleza muy dura y. por lo tanto, fáciles para conseguir su perfecto alisado.
El breve comentario que sigue se debe al abierto espíritu científico de S. Celestino Pérez que nos ha brindado, a partir de 1989, la po sib ilidad de participar en las excavaciones de Cancho Ro- |
Se presenta un ara votiva consagrada al dios infernal Plutón como Dis Pater, hallada al oeste de la provincia de Soria entre las ciudades de Clunia y Uxama, elocuente documento de un culto apenas atestiguado epigráficamente en Hispania.
También se da a conocer una pequeña estela que conserva evidencias claras de rubricatio y es, por ahora, la
ORANDO A PLUTÓN: EL ALTAR DE GUI-JOSA (SORIA) DEDICADO A DIS PATER
Se trata de un altar de caliza hecho de una pieza.
El coronamiento, roto en la base y los laterales, tiene 7 cm de altura, carece de pulvini y está moldurado con un toro y media escocia.
Cuatro depresiones de forma triangular con lados redondeados de 3 x 5 cm bordean un foculus de 6 cm de diámetro semejando una cuatripétala (Fig. 1).
La pieza se encuentra parcialmente rota en la parte baja por tres de sus lados y en la superior por ambos costados.
La cara mejor conservada es el dorso.
El altar fue recogido por un particular en el despoblado de Cañicera, en término de Guijosa, Ayuntamiento de Espeja de San Marcelino (Soria), entre las ruinas de la ermita de San Juan Bautista de uno de cuyos lienzos había formado parte.
En 2006 se entregó para su traslado al Museo Provincial (Museo Numantino) donde se encuentra en la actualidad1.
En cuanto al contexto local, hay en las inmediaciones de la ermita un yacimiento romano, el Ortigal, ya señalado por Taracena (Idem 1941, 85) y prospectado nuevamente en 1998 y 19992.
Se encuentra en una zona llana de la margen derecha del río Pilde donde en superficie se observan materiales de construcción (destacan fustes de columna) y cerámicos, en función de los cuales los prospectores lo clasifican como asentamiento rural/villa de época altoimperial de 2,52 has de extensión3.
Aunque en el entorno de Cañicera hay a pocos km de distancia varios yacimientos rurales de cronología imperial 4, parece lógico señalar como candidato probable al yacimiento del Ortigal por ser la cantera de ruinas reaprovechables mas cercana.
El campo epigráfico ocupa dos tercios de la cara anterior del neto sin delimitación y su estado de con- servación es deficiente pues falta algo más de la mitad de la última línea de texto.
La lectura es difícil por la poca profundidad del surco, por la concreción calcárea que cubre la superficie y por los rasguños y arañazos que distorsionan el aspecto de las letras (Fig. 2).
Cronología: siglos I-II d.C. Para datar el altar no contamos, como ocurre con tanta frecuencia en este tipo de documentos, con elementos que permitan precisar dentro del amplío marco de los dos primeros siglos al que el empleo de tria nomina apunta.
En efecto, si nuestra interpretación de la tercera línea es correcta y las tres letras se refieren al oferente como abreviatura de sus componentes onomásticos, el empleo de tria nomina sugeriría una fecha altoimperial.
Por otra parte, aunque la abreviatura del nombre podría, en principio, significar un momento avanzado dentro de esas centurias, no se deben descartar otras posibles razones de tanta economía, como la falta de espacio disponible que lleva a abreviar la fórmula de la dedicación, o, incluso, razones en re-lación con el propio culto, o un posible carácter doméstico que obviaría la pretensión de dejar claro quién hizo la ofrenda.
El aparente arcaísmo de la advocación de Hades-Plutón como Dis Pater no es base suficiente para fechar el ara ya que se trata de un culto cuya trayectoria en Hispania se desconoce, lo que invalidaría su empleo como referente temporal.
Por otra parte, podría tratarse de una vertiente popular del culto, más difícil aún de datar.
La escritura es en letra capital a surco alargada y de factura irregular, mas cuidada en las dos primeras líneas donde figura el nombre del dios; presenta signos de interpunción circulares.
El ductus es poco profundo, el ojo de la P abierto y la R mal trazada (su ojo apenas está cerrado y el trazo oblicuo es muy corto).
Las medidas correspondientes a los elementos de la ordinatio son:
Aparato crítico: El trazo horizontal de las T de la primera y de la segunda líneas está deformado por un ligero surco curvo, arañado seguramente en tiempos recientes (Fig. 2).
La R de la segunda línea está muy mal grabada, marcando poco el ojo, a pesar de ello la lectura no ofrece dudas.
En la línea 3 que consta de tres siglas extendidas, separadas entre sí 2 cm y con interpunción, la primera letra es seguramente una L. En la cuarta línea, muy estropeada, que constaba de cuatro caracteres ocupando toda la anchura del campo, sólo el primero, V, es perceptible en su totalidad.
Luego hay un signo de interpunción y, a continuación, la parte superior de una S, otro signo circular, la parte superior de L y un trazo angular que podría corresponder tanto a una A como a una M, es decir, tanto a a(nimo) como a m(erito).
En cualquier caso es claro que esta línea alude a la razón de la dedicatoria.
Se omite la fórmula habitual de consagración y resulta verosímil que las tres siglas de la tercera línea indiquen el nombre del dedicante.
Tal economía gráfica podría deberse en principio a la escasez de espacio disponible.
Nos inclinamos por la restitución S(empronius) del nomen del dedicante debido a la cercanía del lugar del hallazgo del altar a Clunia en varios de cuyos epígrafes aparece esta gens.
De hecho, es el segundo gentilicio mas frecuente de los que se citan en ellos, más aún que Pompeius, siendo sólo superado por Valerius (Palol y Vilella,1987, 170).
Por su parte, la tercera sigla proponemos desarrollarla como M(aternus) por ser este cognomen muy frecuente en general, y porque en Clunia otros de carácter similar, como Fraternus o Paternus/a, se asocian también con Sempronius/ Sempronia (Palol y Vilella, ibidem).
Si bien no se pueden descartar otros asimismo relativamente abundantes, como M(artialis), por ejemplo.
M(aterno?) cumplió el voto gustosamente. s(olvit).
La segunda inscripción, conservada en el Museo Arqueológico Provincial de Sevilla, procede de Munigua (Villanueva del Río y Minas, Sevilla).
Nada sorprendente en cuanto a lo dedicado a esta divinidad a la que con frecuencia se representa en un carro tirado por cuatro caballos (negros) (Linder 1988, 213) y a la que se sacrificaban équidos de ese color, si bien lo raro es que el caballo vaya acompañado de establo (Grünhagen 1975, 201-208).
Lástima que la lectura que A. Canto propone de las líneas 5 y 6: equum ex pl(umbeo?/ equile m(armoreum), (HEp 7, 915) no esté justificada por el propio texto, por mucho que pueda parecer idónea la mención de ese metal, ya que el plomo es la materia relacionada con el reino de los muertos y la práctica de la magia (pequeña plástica representando cabras, por ejemplo) y también el soporte de los textos de defixio dirigidos a las divinidades del inframundo gobernado por Plutón.
En cuanto al dedicante, L. Aelius Fronto, también expresa su nombre con el sistema triple, posiblemente se trate de un epígrafe de cronología similar.
El lugar de procedencia de la pieza que nos ocupa se enmarca en una zona situada entre Uxama y Clunia, más cerca de esta última, a cuyo territorio probablemente pertenecería.
Que el altar se erigiese en la zona arévaca romanizada no sería argumento suficiente para considerar esta dedicación fruto de la interpretatio romana de una divinidad indígena, Tarannis o Endovellico, con Plutón como se ha propuesto (Blázquez 1981, 192 y fig. 33; Id, 1983, 184).
A las ciudades mencionadas, particularmente a la segunda por su carácter de capital de conventus, cabe su- ponerles una población cosmopolita y la práctica de cultos importados, como el de Neptuno (Palol y Vilella 1987, 31, no 19).
Recordemos en este sentido también la imagen de Saturno, divinidad poco habitual, hallada en la cercana villa de los Quintanares de Rioseco (Balil 1984, 325-340) en el territorio probable de Uxama.
Se trata de la copia romana altoimperial de un original helenístico, venerada seguramente en una prolongada práctica doméstica del culto todavía en el Bajo Imperio en lo que debió ser una espléndida residencia rural.
INSCRIPCIÓN FUNERARIA RUBRICATA DE ALMENARA DE ADAJA (VALLADOLID)
Éste es el primer documento epigráfico que se conoce del conjunto arqueológico de La Calzadilla en Almenara de Adaja.
El soporte de caliza yesosa, de torpe factura, podría describirse tanto como una estela funeraria con remate triangular entre acróteras (con indicios de un relieve circular, tal vez esbozo de símbolos astrales), extraña por sus reducidas dimensiones, como un arula funeraria.
El dorso y los costados están toscamente desbastados (Fig. 4).
Le falta la parte inferior.
Fue encontrada al labrar las tierras que rodean la zona residencial excavada de la villa romana de La Calzadilla, situada entre Almenara de Adaja y Puras (Valladolid)5.
Quienes la recogieron no han precisado la fecha del hallazgo.
Se encuentra temporalmente en el Museo de las villas romanas de Almenara de Adaja (Valladolid), desde donde pasará al Museo Arqueológico Provincial.
Las dimensiones de la estela son: 28 cm altura máxima conservada, 14, 5 cm de anchura y 8,7 cm de grosor.
Su estado de conservación es deficiente pues está rota en la parte inferior y erosionada en la cartela del texto.
El campo epigráfico de 9 x 9 cm de superficie está centrado en la mitad superior de la pieza.
Es un recuadro rehundido con 3 mm de profundidad que contiene cuatro líneas de texto.
Fuera de él y debajo hay una quinta línea.
El cuadrante superior derecho está casi perdido y sólo se percibe parte de algunos trazos.
En cuanto a la paleografía, la letra es capital rústica trazada a surco de 3 mm de profundidad en las tres primeras líneas y menos en la cuarta y quinta.
Es irregular y mal ejecutada pero el surco está pintado en rojo con minio.
A pesar de la rubricatio la lectura es difícil por la erosión de la superficie debido, sobre todo, a la mala calidad de la piedra.
La ordinatio presenta el texto distribuido en cinco líneas con caracteres mayores en la primera que en las restantes.
A este respecto las dimensiones son: Alt. mín. de l.: 1,3.
Aparato crítico: La primera línea constaba de tres letras pero sólo se ha conservado la inicial que lleva a la restitución de la siguiente como M y, aunque la tercera podría ser la recurrente S de la consagración, consideramos más apropiada por la estructura del texto M(onumentum) o M(emoriae) como en una estela de procedencia muy cercana de la provincia de Valladolid (Mañanes y Solana, 1999, 25, n.o 11 y Lám.
Teniendo en cuenta que más adelante hay otra mención a monumentum, podría ser preferible memoriae, que, bien es verdad, no tiene en la zona paralelos.
En la segunda línea, muy destruida como la anterior por una depresión circular tal vez debida a un golpe, son perceptibles la primera letra, una P, y algún pequeño trazo de otros tres signos.
De todos modos, parece claro que contenía el nombre del difunto/a.
En la tercera línea los caracteres tercero y quinto incompletos, corresponden a N y R respectivamente de la expresión de los años.
En la cuarta línea tras el numeral de la edad del difunto hay un nexo MA seguido de lo que entendemos como una T de cuyo brazo horizontal, muy someramente grabado y casi borrado por la erosión de la superficie, solo es perceptible el extremo derecho.
Aunque en la quinta línea, fuera de la cartela sólo cuatro de los seis caracteres que la componen se ven medianamente bien: mocur (fig. 3), nos inclinamos por restituir la fórmula mo(numentum) cur(avit), con el empleo ciertamente raro de curare -con lo que hay que suponer elidido ponendum-en lugar del más directo ponere.
Así pues la inscripción ofrece en su primera línea, aparte de la más usual D(iis) [M(anibus sacrum)], otras dos posibles lecturas:
En función de lo dicho: a) (Consagrado) a los Manes.
Monumento de P---, de XV años.
Su madre se encargó (de que se pusiera) el monumento b) ( Consagrado) a los Manes.
A la memoria de P-, de XV años.
Su madre se encargó (de que se pusiera) el monumento Cronología: siglos III-IV Justificación: La fórmula de la edad con la expresión annor(um), poco habitual, se puede poner en relación más con la forma tardía annorum, que con ann(orum).
Asimismo, la expresión monumentum posuit como en este caso monumentum curavit corresponde a una fecha avanzada, siglo IV, incluso V, a pesar de sus fórmulas paganas.
La tosquedad de la realización de la estela de Almenara, evoca más bien una fase en que los talleres epigráficos urbanos estarían en decadencia y para inscripciones privadas humildes se recurriría a artesanos de la piedra cuya impericia epigráfica queda patente.
Por otro lado, su hallazgo en las inmediaciones de una villa tardo-romana precedida por otra instalación del siglo III, y considerando que las necrópolis asociadas a villas no son generalmente altoimperiales, parece reforzar la baja cronología apuntada.
Reconocemos que no son argumentos concluyentes sino indicios, pero todos apuntan en la misma dirección.
La estela de Almenara podría ser, como la cercana de Roda de Eresma (Molinero 1971, 67, lám. CLXI, fig. 2; Knapp 1982, n.o 288), un exponente de la práctica epigráfica pagana aún a finales del siglo III o en el siglo IV en el medio rural del valle del Duero, como ocurría en territorio cántabro según ha demostrado Abascal en un interesante trabajo (Abascal 2002, passim y 290).
Comentario: Es de destacar en la inscripción de Almenara la conservación de la rubricatio.
La permanencia del color apunta a que el epitafio no estuvo expuesto a la intemperie, sino a cubierto, tal vez en una construcción funeraria.
Se observa en el campo epigráfico que la pigmentación roja no se limita al surco de las letras sino que aparece también en su interior (Fig. 3).
Se aprecia sobre todo en las líneas 3 y 4 que han conservado mejor la coloración que las Aunque el repaso con pintura roja fue práctica frecuente para resaltar las letras, o en casos de inscripciones de mala calidad para facilitar la lectura de un texto someramente inciso, o incluso, para escribir sin grabar previamente como ya se ha señalado (Abascal 2002, 285), lo que resulta infrecuente es la conservación del color que se da muy pocas veces.
La exposición a la intemperie en unos casos y la acidez del suelo en otros han determinado que dispongamos de muy pocas evidencias, especialmente en soportes de piedra blanda o muy sensible a la erosión.
Se pueden citar algunos otros casos de textos con indicios de esa práctica, por ejemplo en la meseta, dos inscripciones funerarias de Segovia, reutilizadas en la muralla y guardadas en el Museo de esa ciudad, con «restos de pintura roja» cuya situación no precisan sus editores (Santos, Hoces y del Hoyo 2005, 161, n.o 80 y 184, n.o 106).
A juzgar por la foto de una de ellas parecen distinguirse trazas de pintura por todo el campo epigráfico.
También se ha preservado la coloración en un altarcito dedicado a las Duillae del Museo Arqueológico de Palencia (Del Amo y Pérez 2006, 96).
Más exponentes de rubricatura se conocen en Portugal en granito o mármol, como la estela de C. Iulius Letondo de Courela (Ourique), un ara a I.O.M. de Vilariça (Vila Real), una cupa de Mértola y un pedestal con dedicación a Esculapio de Lisboa (Cardim Ribeiro (coord.) 2002).
Finalmente, en lo que respecta al contexto del pequeño monumento epigráfico que nos ocupa, hay que decir que el conjunto de enclaves arqueológicos que compone el yacimiento de Almenara de Adaja está situado a escasos km de Cauca a cuyo territo-rio posiblemente perteneciese.
Mas cerca aún hubo un extenso núcleo de población de época imperial descubierto en prospecciones en el término de Olmedo, a escasos 8 km al norte de la villa (Centeno 1994, 150-157), tal vez un núcleo secundario del territorio caucense, tal vez distinto.
La residencia señorial excavada de la villa de Almenara corresponde a la fase final-segunda mitad del siglo IV y siglo V de esta instalación.
Hay evidencias de una explotación y residencia del siglo III y la primera mitad del IV y materiales que ponen de manifiesto la ocupación del sector desde finales del siglo I (García Merino y Sánchez Simón 2004, 180-181; García Merino, e.p) |
la proporcionan las dos 1•illae del Alamillo, la de Rihuctc y el área minera.
Sólo la C/ Corredera ha proporcionado materiales y estructuras claramen-1c datados en el siglo 111. creando así un marco cro-nológi<.:0 adecuado para relacionar los tipos ant'óricos que 1ratamos. si bien ninguno de ellos está representado entre sus contextos cerámicos.
De cualquier modo, creemos importante resallar la exis1encia de estos contenedores como un caso único en Murcia, demostrando la con1inuidad de las relaciones comerciales por vía marítima durante una época tradicionalmente considerada de crisis, y su presencia precisamente en uno de los enclaves portuarios más importantes del sures1e a partir del siglo 111, que actuaría, posiblemc: llle, como centro redistribuidor de las mercancías llegadas por mar, como se puede inferir de la escasez de ánforas importadas en este enclave.
VARIA EPIGRAPHICA I * POR JULIÁN GONZÁLEZ Universidad de Sevilla RESUMEN Se publica una insripción encontrada cerca de Nertóbriga, de interés por su decornción con dos Attis y el 110-111e11 Cu11111/lia. no atestiguado en la Península y otra de cerca de Emerita. con telllO de in1erpretación dudosa.
Los hallazgos de nuevas inscripciones en Andalucía y en las comarcas limítrofes de la provincia de Badajoz se han incrementado en los últimos tiempos de tal modo que parece oportuno iniciar una serie de artículos al objeto de que los estudiosos de la antigüedad clásica tengan puntual conocimiento de su existencia.
Iniciamos esta serie con la publicación de dos inscripciones encontradas recientemente en la provincia de Badajoz, procedente la una de la zona de la Bética que Plinio denomina Beturia céltica 1, y más concre-• Agradezco a D.• M. Paz García Bellido, D. Ramón Grande del Brío y a D. Esteban Moreno su colaboración en algunos aspectos del presente trabajo.
3, 14: quae autem regio a Baete adjluuium Anam tendit txtra praedicta, Baeturia appel/atur, in duas divisa tamente, de las proximidades de Nl 'l' tohri¡:a Concordia Julia. y la otra, más al norte, de la propia capital de la Lusitania, Emerira Au~usta.
I. Cipo de mármol blanco de grano grueso, cuya forma y decoración original resultan imposibles de determinar al estar empotrado en una pared cubierta por una gruesa capa de cal; la parte visible adopta una forma irregular. de anchura decreciente, con una base recta, más ancha, rematada en fonna de medio punto.
La cara epigráfica ha sufrido tan fuerte desgaste por efectos de la erosión, que la lectura de algunas letras resulta muy difícil.
El texto se encuentra dentro de una espléndida laurea, rematada por elegantes infu/ae.
Además, tiene grabados dos elegantes Attis en la parte exterior de la laurea, en las dos esquinas de la cara frontal, que tiene una forma ligeramente concava, alcanzando su máxima curvatura en el centro de la corona.
Esta pieza fue encontrada hace ya muchos años, sin que hayamos podido establecer la fecha exacta, en el cortijo de la Pepina, término municipal de Fregenal de la Sierra (Badajoz), a unos 12 kilómetros en línea recta al norte del yacimiento de Valera la Vieja, asentamiento de la antigua Nertohriga Concordia lulia, y a unos 6 kilómetros al oeste de Valencia del partes totidemque gentes: Celtims, qui Lusitaniam attingunr, Hispalensis conuemus...
Vcnt rtqo. propiedad de don h~rna n dn ( iu11érreL <lig.
«Cothagrado a lo~ dio:.c' Mane:..
Camullia Vcncria. liberta de Cc:.o y Marco. de 2J añch.
Su madre Cam ull ia Prímula.
ofreció (c:.1c monumcn to) a sus expensa:..»
La distribuc ión de l tex to es muy regular. ya 4ue ~e ha adaptado pcrfcc tamcme a la fonn a circular de la cartela. y así vcmos cómo la fórmula O.M.S.:.e ha dividido en D / M.S.. al objeto de aprovechar el arco superior.
La' letra\'>011 capitales cuadrada~. a lgo a la rgada~: la A y la V c~l re chas: los 1ra10s de la M no son paralelos: l o~ trazos de la K son los típk: os de la K arcaica: la R abierta y con el apéml icc curvado: los 1 ra10~ de l;. t E y la F "on igua l e~ y el inferior de la L e...
Aun4ue. como ya hcmo':.cñalado. el monumento está wpado por una gruesa capa ele ca l.:.in embargo. es posible que su forma triangular rcíleje. de algt' 111111odo. su estructura original y que. al encastrar el monumento en la pared. se haya respetado aquél la, pues. como a unos 5 ccnl fme-1ros del comienzo de la c.:apa de cal, es po~ible ver una línea incisa que parece indicar el fi nal de pieza epignífi ca.
Si esta apreciación fuese acertada tendríamos entonces un frontón tri angular. que por sus elementos decorativos y sus dimensiones debería pen enecer a algún monumento funerario.
Precbamcntc de la cercana EmeriJO A 11~11.wa proceden lrcs fragmen t o~ de un monumento funerario en fomia de ed ícula. con dos pilastras soportando e l frontón, que está decorado, al igual Figura 1.
J. Mcnéndc1 Pidal: «ti Muu~olco de l o~ Atilio''" A/; Arq..
La rnnsitlcnu.:ión del Hades como mansión de los muen.os está en el origen de este tipo de monumento funerario.
4ue alcunza un gran dsarrollo en el período imperial y recuerda la tumba-templo consagrada a los dioses Manes.
A ella se debe también el deseo de buscar el aspecto de una casa c:n los diversos monumemos funerarios. ya sean urnas. estelas. tumbas de fosa cubiertas de tcgulas o los lujosos mausoleos, dependiendo su forma de la ri4ueza familiar del difunto.
Encontramos ejemplos de monumentos funerarios en forma de casa. entre otros lugares, en las necrópolis de! sola Sacra en Ostia 7 y en la igesia de San Sebastián en Roma 8, aunque en estos lugares se emplea el ladrillo como elemento constructivo y el mármol sólo aparece como elemento decorativo en las puertas y como soporte del epígrafe.
A veces aparece también una laurea en el fromón.
Un interesante retlejo de estas edículas funerarias lo tenemos en los llamados sarcófagos de puertas 9, que con sus elementos ornamentales y decorativos: pilastras, columnas. frontones decorados con motivos funerarios, por ejemplo, coronas con ínfulas. reflejan realidades arquitectónicas contemporáneas.
La rnrmw. lisa, es de notable anchura, anudada en su parte inferior por una gruesa cima que cuelga a ambos lados en largas y suaves ondas 111 • Está decorada en su parte superior y ambos lados por sendas rosetas de cuatro pétalos y botón central.
La corona tiene una clara significación de triunfo del hombre justo ante la muerte y con este mismo significado pasa a los sarcófagos cristianos 11 • Tal vez la flor sea el símbolo de una vida cortada en plena juventud. en un momento en que estaba en todo su esplendor 1 ~.
Los Allis. simétricamente contrapuestos, llevan indumentaria oriental con túnica, wwxyrides. y el llamado «gorro frigio»: las piernas separadas: la figura de la derecha se apoya firmemente en el suelo con la pierna izquierda y flexiona ligeramente la derecha siguiendo, al parecer, la inclinación del frontón: además. apoya el mentón sobre la mano izquierda y flexiona el brazo derecho sobre la cintura.
La figura de la izquierda se apoya. por el contrario. sobre la pierna derecha y llexiona la izquierda, y, al mismo tiempo. apoya el mentón sobre el brazo derecho y dobla el izquierdo sobre la cintura, con lo que se consigue una simetría total en la posici6n de ambos Auis.
Estas figuras de Attis. deidad protectora de los muertos y símbolo de eternidad, no son propiamente imágenes de cullo. ni implican una participación en su culto mistérico en un sentido estricto; se trata simplemente de símbolos funerarios, reflejos de la creencia en una vida futura 1.1.
Según Schuize Camullia es nomen de origen etrusco, emparentado con el más normal Cami-1/ius. -.en general. toda:-. la~ línea' muc, tran una ligera cun atura hacia ckntro.
La cata dl'I jabah cs un tl•ina funcrano 11111y conocido en todo c l mundo antiguo. especial -.\16 NOTICIARIO Af:.
Además. como e~ hicn ~ahi<lo. el jabalí es un animal fuenemente ligado a las creencias de ultratumba IY.
El jinete acompañado de un perro y frecuentemente de un servidor es un tema que se repite desde la estela de Tshaoush-Kewi, en el mundo persa. en la que un cahallero hiere a un jabalí al que atacan dos perros: en la tumba de un caballero de la Retia.
T.A11reli11s Tati11s. en el Vaticano, en la que un jinete al galope se disponie a arrojar su lanza sobre un jabalí; en Asia Menior o en los sarcófagos cristianos del siglo VI, en los que los artistas han esculpido junto al rostro de Cristo la cacería del jabalí; en la estela de Yindoranda, en Pannonia, donde un caballero persigue a un jabalí.
En las Galias son frecuentes también estas composiciones cinegéticas w cuyo estudio ha llevado a Benoit a considerar el jabalí como símbolo de la mucne. etc. ~1 • En España existen varios monumentos con este tipo de representaciones: una acrótera del Museo de Barcelona. con una cacería de jabalí de pie con perro; en varias estelas de Lara de los Infantes, a caballo 22, y en un vaso funerario encontrado en la necrópolis de Archena, con dos hombres a caballo'" Un jabalí de bronce fue encontrado en Río Tinto en 1902 en un montón de escombros, junio con un tesorillo de monedas del siglo 1 a.
También, conocemos un ara de Villaviciosa (Portugal), con un jabalí sobre una peana grabado en su costado derecho (cf. J. Encama~ao: lnscriroes romanas do Conventus Pacensis, Coimbra, 1984, núm. 448).
11 F. Benoit: «Dcx chevaux de Monriés aux chevaux de Roquepertuse», Prehistoire 10 (1948)), 193; idem.,m «La estatuaria provenzal en sus relaciones con la estatuaria ibérica en la época prerromanu, l'Heroisation équestre, Aixen-Provence 1954, S1 sig., 76.
Cf. también A. García y Bellido: Esculturas romanas de España y Portugal.
J~ A. A~lo: Epigrafla romana de la reRión de Larade los Infantes.
115-116, 129, 132. ayudado~ por otros tres a pie 2 J. Así. pues. la relación más próxima de nuestra inscripción hay que buscarla en la-; estelas de Lara de los Infantes y el mundo cultural celta.
Constituye. pues. el documento de este tipo más meridional que conocemos.
Probablemente su presencia en la Sierra de Huelva esté en relación con las explotaciones mineras de la zona, pues, como es bien sabido, el plomo necesario en el proceso de fundición de los minerales como colector de los meiales nobles y reductos de la temperatura de fusión. por su escasez en la zona. era importado de otras zonas. especialmente de Cartlw¡.:o No\'a 2 ~.
La madre del difunto pertenece a la gens Vall'ria. una de las más influyentes de la Península.
A ella penenccen. en la Bética, entre otros ilustres pcrosnajes. los Valerii Vegeti de lliherris. uno de cuyos miembros, Q. La estructura del monumento, su elegante molduración y su rica decoración escultórica hacen de esta pieza un rarísimo ejemplar para la zona en la que ha sido encontrada, especialmente si tenemos en cuenta que las noticias sobre hallazgos arqueológicos del período romano se reducen a algunos sillares, ladrillos y otros elementos constructivos empleados en la construcción de la ennita de La Nava.
También, tenemos noticias 11 Cf.
L'Oll el cua l habría que relacionar la pri.:sencia de C\to., /'i1i11ii Fina lmL•ntc. pcn.,anw-..
4uc n1uy probablemente \e trataría de una pie;a tli: importación. ¡mr lo lJUC -.u s imbología funeraria ial ve; e...
1é en relacitín m:h con la técnica de l taller que con las creencias rdigiosas di.: la 1.ona. puc.... como ya ha'ido señalado. el tema de la cacería tkl jabalí corno -.,1mbn-Jo funerario obedece a unas pautas a111pliamen1c difundidas por iodo el mundo 111editcrníneo.
Este e pígral'c. a l igual que e l anterior tk Cu-111111/ia. puede fecharse. según t!
I tipo ele lclra y la estructura tle la pic1.a en e l siglo 11 d.
Pla<.:a ele 1rnírmnl amaril lento. panida en tn:s fragmenios. nunquc ha conservado todos sus llliÍrgcncs y -.olami.:nte ha rcrdido r cquclias lascas en su perímetro: tiene la pane posterior si n pulimentar.
Fue encontrada en Mérida. aunqlH.: desconocernos la fecha y el lugar exacto: en la actualidad se encuentra en una colccci6n particular de Sevilla. donde la hemos visto y fotogrnfiaclo en 1986.
Mide: 30 l•cntímetro:-. de alt ura.
2 1 centímetros de anchura y 3.3 de grosor: la altura de las letras oscil a entre 3.5 cen tímetros ( l.
La paginación resulta muy irregular, pues tan sólo la 1.4 aparece centrada: en tanto que Ja 1.2 aparece desplazada a la izquierda y,;igubiado por la fa lta de espacio, el lapic ida ha tenido que escribir en caracteres más pequeños los finales -LIO y -10 de las 1 J. 1 y 3 y toda 1.5.
Las let ras son capitales cuadradas, grabado profundo y acusados remates.
Los puntos son triangu lares.
Masxcllio es grafía que revela las vaci laciones que para el lapicida representaba e l valor doble del fonema X. y e n Ermeri se ha perdido la H-ini-i'lg ura 1. -Placa d~ Merida cial. fenóme nos amhos frecuentes en la lengua lati na!'.
L a interpretación de esic epígrafe planica algu nos prob lemas. l'll primer lugar. la oposic ión entre la fórmu l:i 11.S.S.. que apunta hacia un plural y S{ir) T(ihi) T(errn) L(e uis ) que lo hace hacia u11 s ingu lar, y en segu ndo lugar.
Dos son. pues, las pos ibles interpretaciones: una. considcrnr que ~on dos Jos difuntos y en toncl:s completar 11.
S(1111111s) y traducir el epígrafe romo «Mascelio puse (este monumento) a Hcrmcs, un padre cariñoso. aquí estamos enterrados.
Sea para ti la tierra kvc», con exclus ión de s i mismo de la invocación final, y dos. pensar en un solo difunto y completar H.S.S. como /-l (icJ S(i11ts } S( epu/111s). menos usual, pero también posible, y entonces e l epígrafe significaría «Mascclio puse (esic monumento) a l lcrmcs. padre cariñoso, aquí está enicrrado y sepultado.
Sea para ti la tierra i 1 Cf'. /\, Camoy: /.1• /111i11 1/'l:'.,¡wg11r tl'11pré,, la,, i11.1-"ri¡nio11.1" 13ru~~l Mascellio es cognomen que procede de vocablos relacionados con el sexo. con apenas unos 25 testimonios en el CIL 28; sin embargo, María L. Predominan en ella e l Murex trunculus, Murex brandaris y Thais haemastoma. lo que, unido a las roturas que presentan algunos para la extracción del animal, nos hace pensar que pudieron ser utilizados en esa villa para fabricar tinte púrpura.
En todo caso, la existencia de gasteropoda y bivalvia sirvieron para cubrir 1Una pane de la dieta de los hombres que la habitaron.
No es frecuente conocer los hallazgos de moluscos (gasteropoda et bivalvia) que aparecen en los yacimientos arqueológicos principalmente en las zonas costeras.
Ocurre a menudo que, en muchos de los resultados que se publican sobre excavaciones oficiales, apenas se citan estos hallaz-gos, bien sea porque no se tienen en cuenta o porque en la zona excavada al no ser escombrera son muy pocos los que aparecen.
Es acertado pensar que el estudio de estos hallazgos nos puede servir para dar información sobre la dieta y su evolución, además de aproximarnos, en cierta manera, al modo de vida de las gentes que habitaron en estos yacimientos.
Pretendemos ahora, además de llamar la atención sobre estos hallazgos, dar a conocer los moluscos que han aparecido de forma fortuita sobre e l terreno de la villa romana de La Pila, Altea (Alicante).
Los moluscos que hemos recogido estaban esparcidos por toda la superficie en donde estuvo asentada la villa, pues hasta la fecha no se ha efectuado ninguna excavación.
Esta circunstancia no desmerece el hallazgo ni su valoración pues únicamente se han encontrado en el perímetro circunscrito a la villa romana y junto a materiales romanos cuya datación va del siglo 1 d.
C. al siglo IV 1, fuera del mismo no ha aparecido ninguno.
1 Abad Varela, M.: «Una villa romana en La Pila, Altea (Alicante}», Altea año IX, n." 99, agosto, 1987, págs. 15-17; «Una villa romana en La Pila, Allea (Alicante)», XIX CAN (Castellón de la Plana, 1987).
Zaragoza, 1989, pág. 743-755; «Hallazgos munismálicos en la villa romana de «La Pila», Allea (Alicante)», Espado, Tiempo y |
tanto no aparezcan datos interpretativos irrefutables.
En este ambiente de investigación, la colaboración de los an~ueólogos que trabajan en Extre-madura. con aquellos que ejercen en el es tado Español y fuera de éste son tan fructíf eras como encom iable s.
_ Uno de los problemas, entre los muchos que todavía plantea la aqueologfa de Cartagena, es el ab-soluto mutismo que aún persiste en el registro arqueológico en lo referente a las construcciones o instalaciones de carácter portuario.
Sin duda, esta es una cuestión de singular relevancia, sobre todo, a tenor de la innegable condición marítima de la ciudad; abocada a una actividad industrial casi desde los primeros ai\os de su existencia y, sobre todo, condicionada favorablemente por las posibilidades singularmente propicias que, para este tipo de emplazamiento y durante el transcurso de los siglos, ha venido proporcionando la fisonomía de su amplia bahía, como documentan Polibio y Estrabón 1 • y los trabajos de algunos autores modernos 2, que, como Rougé, resaltan la importancia de este puerto natural, cabeza de ruta en las nave-1 Polibio, X, 1-6.
2 Mas, J.: El Puerto de Cartagena.
Agrupa una serie de trabajos de distintos autores que, desde una variada perspectiva, permiten un amplio acercamiento a la evolución histórica del puerto y el papel desempei'lado por la ciudad en el comercio marítimo a trav6i de los siglos.
gaciones con Numidia, y concretamente con Cesarea de Mauritania, sobre otros puertos hispanos 3.
Es por ello que la mayoría de los estudiosos que, de alguna manera, se han referido a estas cuestiones y, sobre todo, han tratado de determinar laposib le ubicación del antiguo puerto se han encontrado con una doble dificultad de índole arqueológica.
En primer lugar, nos encontramos con el importante obstáculo que siempre ha representado la carencia de una documentación arqueológica precisa que respalde cualquier hipótesis 4 y, en segundo término, con las profundas transformaciones que durante siglos han ido modificiando el aspecto general del puerto de Cartagena y que, incluso, han influido notablemente en los límites de la misma ciudad que, de modo progresivo, ha ido ganando terreno al mar s.
Buena prueba de la excelente relación existente entre ambas ciudades es el nombramiento del rey luba II como patrono de la ciudad en época de Augusto y el nombramiento de su sucesor, Ptolomeo, como llvir Quinquenal, que emite en Carthago Nova el 14 d.C. 4 Fernández Villamarzo, M.: Estudios Gráfico-Históricos de Cartagena, desde los tiempos prehistóricos hasta la expulsión de los árabes.
Basándose en meras observaciones del terreno sitúa el «Arsenal Marftimo de Asdrúbal» al pie del monte Galeras, al oeste de la bahía.
También, según Manera, E.: «Los arsenales de Cartagena púnico-romanos», ll CASE.
303-305, «Hay vestigios romanos, quizá depósitos o atarazanas» a los pies del monte Atalaya; este mismo autor, y Beltrán, A.: «Topografía de Carthago-Nova>>, AEA, XXI, núm. 72, 1948, pp. 208-209, plantean la probable existencia de un puerto o embarcadero en la zona del actual barrio de Santa Lucía.
Sin embargo, resulta interesante resaltar que Manera, E.: op. cit., p.
305 sitúa el muelle comercial «en la playa de la calle Mayor... con los depósitos y lonjas en el actual Gobierno Militar», lugar este último muy próximo a nuestra excavación apenas 100 m.
s Conviene destacar que, casi de forma unánime, se acepta como límite de la ciudad en su parte occidental -que es la que nos interesa-, la línea comprendida entre la última estribación del Cerro de la Concepción, ocupada por el actual Gobierno Militar, y la ladera occidental del Cerro del Molinete o calle de la Morerfa Baja, espacio que queda ocupado por las calles Mayor y Puertas de Murcia.
Vid. a este respecto Beltrán, A.: «El plano Arqueológico de Cartagena», AEA, XXV, 1952, pp. 47-82; también RamalJo Asensio, S.: La dudad romana de Carthago-Nova: la documentación arqueológica.
Este hecho, en gran medida, se ha confirmado por algunos trabajos arqueológicos, por ejemplo, San Martín, P. A.: «Nuevas aportaciones al plano arqueológico de Cartagena», Bol. del Museo de Zarago1.0, 4.
Zaragoza, 1985, pp. 131-149; senala que en un solar en el El objetivo de nuestro trabajo pretende ser una contribución de cara a valorar algunos de los últimos trabajos realizados por el Museo Arqueológico Municipal en las excavaciones de urgencia en el casco urbano, que permitan matizar algunas cuestiones relativas al posible emplazamiento del área portuaria de la ciudad y de su tráfico comercial, consistente básicamente en la exportación hacia Roma de metales -plata y plomo, sobre todo-, trabajos de espa rt o y salsas de pescado, principales fuentes de riqueza de la Carthago-Nova romana 6 • En este sentido, la localización en la excavación de la C/Portería de las Monjas/Condesa de Peralta de un almacén con gran número de ánforas Oressel 7-11, asociadas a un vaso de paredes finas lleno de ocre puede supone r la primera documentación arqueológica que confirme las noticias de las fuentes clásicas, si se acepta la tesis de la fabricación local de los contenedores, plausible si se considera que las ánforas no presentaban huellas de uso.
Por otra parte, el ocre fue usado, con toda probabilidad, para realizar sobre las ánforas algún tipo de control escrito, a modo de tituli picti.
DESARROLLO DE LA EXCAVACIÓN Y DESCRIPCIÓN DE LAS ESTRUCTURAS ARQUITECTÓNICAS
El solar que estudiamos, que posee una superficie aproximada de 260 m 2, se encuentra en las inmediaciones de la Catedral Antigua, concretamente en el ángulo noroeste de la plaza de la Condesa de Peralta, donde confluyen las calles peatonales de la Cuesta de la Baronesa y la Portería de las Monjas, y muy próximo al lugar donde en fecha s recientes se han empezado a poner al descubierto los primeros restos del teatro de la ciudad romana.
En límite occidental de la calle Mayor se encontró, en el ailo 1974, un muro de sillares de arenisca de gran grosor. que interpreta como posible muelle; también, en 1988, en otro solar de la misma calle y en el mismo lado de realizó una excavación por técnicos del Museo Arqueológico Municipal, constatándose parcialmente lo que podría ser la prolongación del posible muelle, así como sedimentos y elementos malacológicos de indudable origen marino.
6 Sobre las minas y las pesquerías, véase Plinio, N. H., XXXI, 94, y Estrabón, 111, 160; sobre la producción de esparto y su manufatura, véase la Expositio Totius Mundi et Gentium, 59; sobre Carthago-Nova como centro de intercambios comerciales por vía marítima, véase Estrabón, Ill, 158. cualquier caso, todo ello en un área bastante resguardada por la topografía natural del propio terreno, localizada en la falda occidental del Cerro de la Concepción y en una zona próxima a lo que, como tradicionalmente se ha supuesto, debió ser el límite costero de la misma antigua.
La excavación, que se desarrolló entre los meses de abril y mayo de 1987, se inició con el carácte r habitual de urgencia, propio de las excavaciones reali°zadas en medios urbanos, ante la inminente construcción de un edificio de nueva planta.
La delimitación del área excavada se efectuó mediante la proyección sobre el terreno de dos cuadrículas de 4,50 m de lado que, en el transcurso del trabajo, se identificaron como 1 y 2.
Casi la práctica totalidad de la superficie excavada, aproximadamente dos tercios (fig. 1, planta general), quedaba ocupada por una serie de estruct ura s que son el objeto de atención preferente de este trabajo y en cuyo interior se encontró un importante lote de material anfórico.
Por lo que respecta a la secuencia estratigráfica, la excavación ha permitido, a grandes rasgos, la constatación de tres momentos bien diferenciados, según los niveles que quedan reflejados gráficamen-Cor l e 1 te en el perfil B del corte 2 (fig. 2, perfil B del corte 2).
Hasta alcanzar la profundidad correspondiente al nivel Ila, nos encontramos con que la propia naturaleza del terreno, situado en una ligera pendiente hacia el oeste, ha condicionado la formación o acumulación inequívoca de una serie de estratos, superficial, la, lb, le, Id, le y Ii, procedentes de zonas más altas y en los que, en cualquier caso, parece claro que no se encuentran indicios de una ocupación estable, sobre todo por la falta de homogeneidad cronológica de los restos cerámicos.
El nivel Ila, al que corresponde el principal núcleo de hallazgos, está constituido por una capa de tierra arcillosa de color anaranjado y ofrece una notable cantidad de elementos procedentes del derrumbe de las construcciones correspondientes a esta fase, aunque, sin embargo, estos elementos fueron encontrándose a distintas alturas sin ofrecer en ningún momento una notable acumulación.
Esta circunstancia descarta, sin duda, una destrucción repentina y violenta, produciéndose, por tanto, una destrucción progresiva con el transcurso de algunos años.
Este estrato se asentaba sobre un suelo de tierra muy compacta, el nivel lib. Inmediatamente por debajo del suelo se encontraba otro nivel de las mismas características que el anterior -Ha-, arcilloso, aunque menos potente, con escasos materiales, y asentado también sobre un segundo pavimento formado por una capa muy fina de cal muy homogénea -nivel lid-que, de cualquier forma, reflejaría o constituiría el primer momento de uso del recinto excavado, al que corresponde también la construcción del muro 1.
Sea como fuere, entre los escasos restos materiales correspondientes a esta primera fase destaca como elemento más significativo un fragmento informe de T. S. Itálica sin decoración, que a falta de más datos, y desde un punto de vista cronológico, nos hace suponer que la construcción de las estructuras tendría lugar en torno al cambio de era.
En este aspecto, no disponemos de elementos de juicio que nos permitan atribuir desde los inicios, es decir, desde el primer momento de la construcción del recinto, una funcionalidad específica como almacén o depósito de mercancías, que, como veremos, es la que tendría en épocas posteriores.
Bajo estos estratos, que corresponden a una fase cronológica claramente encuadrable en época romana, los estratos lle y Ilf documentan una fase de ocupación del lugar en época prerromana, asociados a un muro, que denominamos 3, del que apenas se conservan dos hiladas, y se apoya en un recorte practicado en la roca de base, conformando una zona de habitat que se diferencia claramente de las construcciones posteriores por la orientaciónde las estructuras.
Ésta se encuentra recortada tam-
bién para encajar el muro l, hacieno las funciones de una fosa de fundación que rompe el estrato lle, en el que está excavada, y con el que se rellena.
Por lo que respecta al conjunto de las estructuras arquitectónicas, nos encontramos con un recinto cuyas dimensiones, debido al carácter de la excavación, desconocemos aunque lo más probable es que fuera cuadrangular.
Está orientado casi de modo perfecto en sus cuatro lados a cada uno de los punto cardinales.
No obstante, el muro Este, en el que se integra o apoya un muro posterior, constituye posiblemente uno de los límites del perímetro del recinto.
De todas maneras, se pueden diferenciar dos dependencias o habitaciones de planta rectangular, muy alargadas en relación a su anchura -7 m de largo, como mínimo por 4 de ancho-, y perfectamente escuadradas, una de ellas, al Norte, que apenas se puede adivinar, y separadas ambas por un muro divisorio que atraviesa los dos cortes excavados.
A pesar del reducido espacio sobre el que se realizó la excavación, parece razonable pensar que, por sus características, es un muro medianero.
En favor de ello se observa que posee una altura inferior a la del muro Este, que consideramos perimetral; además, las piedras de su paramento aparecen trabadas con las del muro exterior.
Su excavación no ha permitido determinar si ambas habitaciones se encontraban unidas entre sí por medio de algún tipo de vano que las comunicara.
La técnica constructiva empleada en todos los muros es la de un doble paramento de piedras, me-
dianas y pequeiias, asentadas en seco con un núcleo de mortero, y en general con una marcada tendencia a la disposición regular en hiladas paralelas, lo que contrasta con la técnica empleada en las construcciones prerromanas -muro 3-, de piedras de mediano tamaño trabadas con tierra.
Aparte de los muros, no se han detectado otro s elementos sustentantes, quizá por otra parte innecesarios si tenemos en cuenta que la anchura de la construcción o de las dependencias permitiría un envigado o armazón de madera apoyado directamente sobre los muros.
Además, la existencia de tégulas como elementos de cobertura permite en todo caso suponer un techo, quizá a doble vertiente apoyando su nervadura central sobre el muro medianero, aunque no es posible descartar por completo la posibilidad de otras so lu cione s arquitectónicas para la cubierta.
Por lo que respecta a la funcionalidad del complejo, resulta evidente que no constituyó un lugar de hábitat, en parte por la propia pobreza o escaso significado de los elementos de construcciónsuelo de tierra o ausencia de revestimiento de las paredes-.
También parece confir marlo el importante número de ánforas, muy superior al que correspondería a un estricto abastecimiento de las necesidades puramente cotidianas; en cualquier caso, todo parece apuntar hacia el almacenamiento de un considerable stock de productos, propio de un lugar dedicado a activ idade s de intercambio y comercio, por lo que la construcción bien pudo tener un uso como almacén o nave de mercancías.
Por otra parte, el estado de conservación de los materiales era muy fragmentario, lo cual nos permite volver a considerar el hallazgo desde la óptica con que lo habíamos observado antes al referirnos a la estratigrafía: no se aprecia una destrucción imprevista y posiblemente estos materiales, quizá ya en parte fragmentados y, por tanto, en desuso, fueron dejados en el momento en que estas naves pasaron a un estado de abandono..
ESTUDIO DEL MATERIAL ANFÓRICO
Como ya hemos comentado al hablar de la estratigrafía, entre los restos arqueológicos recuperados merece destacarse el material anfórico del nivel Ila del corte 2, compuesto por cuarenta ánforas fragmentadas, pero presumiblemente completas 7, 1 El estudio del material anfórico se ha realizado a que no han sido posible reconstruir por el momento.
Pertenecen todas al tipo 7-I I de Dressel.
No parecen presentar huellas de uso.
Junto a ello, cabe destacar la presencia de un cilindro de piedra mu y gastado que podría ser un sello, un vaso de paredes finas de la forma XXIV de Mayet, conteniendo ocre, y el borde de un ánfora vinaria de la forma 4 de Laubenheimer.
Morfológicamente, el labio de las ánforas Dressel 7-11 es siempre exvasado y moldurado al exterior, difiriendo en los diámetros, la altura del borde y la forma del perfil considerablemente.
El cuello es tronconónico; el arranque de las asas se sitúa justo bajo el borde, en la unión de éste con el cuello; éstas presentan sección elíptica con tres moldura s en el lomo y perfil recto hasta la unión del cuello con la panza.
Aunque carecemos de ejemplares reconstruidos, ésta debe ser ovoide.
El pivote es largo y hueco.
La pasta es de color amarillento, ocre o rojizo, presentando algunas zonas rosadas, dependiendo de la cocción.
Las supe rficies externas son amarillentas.
El cuerpo cerámico es duro y granuloso, con vacuola s, y generalmente bien depurado, aunque algunos ejemplares presentan desgrasantes de tamaito muy grueso.
Ánforas de este tipo se fabrican en la zona de Cádiz (Cerro de los Mártires, Puerto Real, y en El Rinconcillo de Algeciras), en época altoimperial.
Los inicios de la producción se datan en época de Augusto; la cronología final se sitúa a principios del siglo II o poco antes 8 • En Hispania se encuentran otros hornos de fabricación de este tipo de ánforas en Tivissa 9.
Su difusión es enorme, ya que llegan en grandes proporciones al limes germano, con cronologías que oscilan entre el último cuarto del siglo I a.c. hasta aproximadamente el 90 d.C., siendo ésta la partir de una selección del material, a falta de la realización de los inventarios del total del material recuperado, por lo que no se han recogido todas las ánforas procedentes del estrato lla del corte 2.
Tampoco conocemos con completa exactitud el estado más o menos completo del mismo, aunque todo parece indicar que será posible la reconstrucción prácticamente completa de la mayoría de los ejemplares.
Para nuestras ánforas se puede proponer una cronología de época flavia o poco anterior, ya que, si bien la forma del vaso de paredes finas tiene una datación amplia, que abarca desde época de Augusto hasta el siglo 11, los mayores índices de utilización se dan hacia la mitad del siglo 1 15 • El ánfora gala de la forma 4 de Laubenheimer parece también corroborar una cronología de la segunda mitad del siglo I d.C.; efectivamente, si bien los comienzos de la producción de esta forma, que envasa vinos galos, se puede situar durante la primera mitad del siglo I d.C., la máxima difusión de la producción se sitúa entre época flavia y el siglo 111 16 • Además, los estudios llevados a cabo por A. Tchernia sobre la producción y el consumo de vinos en época romana documentan la máxima expansión de la viticultura en la Galia y el desarrollo de sus exportaciones de vino tras la mitad del siglo 1.
Asimismo, el desarrollo de sus manufacturas anfóricas hay que situarlas en época flavia 17 • Este es 10 Etrlmger, E.: «Aspecto on amphora typology -seen from the north».
Méthodes..., pp. 207-230. también el momento de llegada de estos ejemplares a Ostia18 • Dada la homogeneidad cronológica que presentan los materiales de este estrato, debemos suponer que las múltiples variantes de labio no se derivan de diferentes estadios de la producción, debiendo buscar la razón, en todo caso, en la posibilidad de que estén manufacturadas en difer entes talleres.
El lote de ánforas recuperado en nuestra excavación no conserva, en ningún caso, restos de contenido.
Aún más, su aspecto es el de no haber estado usadas.
Sin embargo, debemo s suponer para nuestro s ejemplares el contenido habitual para la forma.
El contexto arqueológico del hallazgo hace pensar en un almacén donde se llevara a cabo algún tipo de control sobre la mercancía transportada, bien al llegar a puerto, bien al salir de él.
La zona del casco urbano donde se han recuperado los restos, como apuntábamos más arriba, coincide con la que tradicionalmente se ha supuesto como límite de la ciudad hacia el mar.
Por otra parte, su aspecto, nuevo y como sin usar, y la carencia, además, de todo revestimiento resinoso, tan normal cuando la carga que se transporta en ellas es salazón, y casi obligado cuando se transporta vino, permite aventurar que se trata de un almacén donde se guardan las ánforas en espe ra de ser llenadas, antes de enviarlas, por mar, a su destino definitivo, debidamente marcadas con ocre, que señalará su contenido o su procedencia.
Por nuestra parte, consideramos el hallazgo en el contexto histórico documentado por las fuentes clá- sicas, que apuntan el intenso volumen de tráfico marítimo del puerto de Carthago Nova -que canaliza tanto las exportacines de los productos procedentes del interior como las importaciones de productos de otras zonas del Imperio, distribuyéndolas hacia el interior-, y la fabricación y exportación de salsas de pescado de gran renombre en todo el mundo mediterráneo, planteando la posibilidad de encontrarnos ante la primera documentación de una zona de almacenes en las proximidades del puerto comercial de la ciudad, donde unas ánforas aparentemente nuevas esperan el momento de ser llenadas y comercializadas por mar.
Se plantea así el problema, hasta ahora obviado por todos los investigadores que se han ocupado de una forma u otra de la historia de la ciudad en NOTIClARlO AEspA, 64, 1991 época romana, de la necesaria producción de algún tipo de envase donde se comercializarán las salazones fabricadas en Carthago Nova y su entorno.
En este sentido, si damos crédito a las citas que sobre el garum sociorum dan estas fuentes, parece lógico suponer su envase en pequeños recipientes, como los urcei documentados en Pompeya.
Pensamos, sin embargo, que la ciudad no sólo fabricaría garum de la mejor calidad, cuya producción y posibles mercados necesariamen te debieron ser limitados, sino también salsas de pescado de calidades inferiores comercializadas de forma masiva y envasadas en ánforas como las que se localizan en el solar de la Subida de las Monjas.
Desgraciadamente, no se han localizado en los alrededores de Cartagena hornos cerámicos de ningún tipo.
A pesar de ello, las ya conocidas menciones de las fuentes clásicas 19 nos permiten situar este hallazgo en un cotexto histórico en el que las salsas de pescado producidas en Cartago-Nova y sus proximidades era famosas en todo el Mediterráneo.
En este sentido, cabe destacar la falta de documentación arqueológica en la ciudad y su entorno próximo 20, no sólo en relación con los hornos cerámicos que producían las ánforas donde se envasaban las salsas de pescado documentadas por los escritores latinos, sino también impidiendo documentar la existencia de factorías de salazón en el entorno próximo de la ciudad, contrastando con los ejemplos norteafricanos de Lixus, Arzila, Tahadart o Cotta 21, o con los béticos y lusitanos de Belo 22 o Troia 23 • Sin embargo, la documentación de estructuras de habitación de carácter no definido en la bahía de Escombreras 24, unido a la propia etimología de su nombre, podría suponer la 19 Plinio, N. H.,XXX[,p.
20 La única documentación arqueológica, no necesariamente relacionada con la'industria de las salazones, la proporciona una inscripción recogida en las Puertas de Murcia, con una dedicatoria a Mercurio y los Lares Augustales, por parte de los pescadores y revendedores de pescado, y datada por Beltrán en su artículo <<Las lá• pidas latinas y religiosas de Cartagena», Archivo Espoifol de Arqueología, 23,l 9SO, en existencia de algún establecimiento de este tipo.
Desgraciadamente, la construcción de un muelle petrolero en esta bahía en el año 1952 no ha permitido la excavación arqueológica de la zona.
Son muchos, sin embargo, los sitios no prospectados de los alrededores de la ciudad que podrían ser apropiados para la instalación de complejos industriales dedicados a la transformación de los productos de la pesca, aunque la instalación de grandes complejos industriales en los años 60 y 70 y el carácter de Zona Militar de gran parte de los terrenos costeros del entoro de Cartagena han impedido, hasta el momento, realizar cualquier tipo de estudio sobre el terreno.
Sí se han confirmado en algunos casos las noticias de los clásicos acerca de establecimientos industriales en los alrededores menos próximos a la ciudad -no debemos olvidar que los testimonios escritos aluden no sólo a la producción de garum en Carthago Nova, sino también en un entorno geográfico más o menos próximo-.
Así parece clara la existencia de una factoría 25 de salazones en Las Mateas (Los Nietos), mientras que las noticias acer• ca del hallazgo de piletas en Isla Plana (Cartagena) y Playa Honda (Mazarrón) 26 deben ponerse en relación más con pequeños establecimientos industriales incluidos en villae de economía mixta, como la del Alamillo 27, en el Puerto de Mazarrón, que con grandes factorías.
La cronología del yacimiento de las Mateas no está clara, pero El Alamiritania, pueden verse en P. Levau: Cesarea de Mauretdnw.
Roma, 1984, pp. llo proporciona una datación que podría encajar perfectamente con la propuesta para nuestro material.
Otra serie de piletas a pocos kilómetros de este último, en la Gacha, aún sin excavar, podrían proporcionar dataciones similares.
La progresiva excavación de villae costeras con instalaciones para salazones proporcionará el marco cronólico adecuado para establecer el floruit de la producción de salsas de pescado en la costa próxima a Cartagena, que creemos, por el entorno cronológico altoimperial que parece predominar tanto en la ciudad como en sus alrededores, constituirá un apoyo documental sobre el que seguir desarrollando nuestra hipótesis de trabajo.
Los resultados obtenidos de los análisis ceramológicos por difracción de Rayos X 28 han permitido individualizar tres tripos de pastas diferentes, cuya composición es la siguiente:
1. cuarzo abundante, feldespatos, carbonatos (calcita y dolomita) en proporción media, y mica escasa;
2. los mismoss minerales que el grupo anterior en proporciones distintas, aumentando la de calcita y disminuyendo la de cuarzo;
3. ausencia de micas, cuarzo abundante y dolomita escasa.
Feldespatos y calcita en orooorción En la comparación realizada por la autora del informe con otros análisis de pastas facilitados por nosotros se dan los siguientes datos: la composición mineralógica es similar a las muestras analizadas por Peacock y Williams 29, igual que las analizadas de Tivissa en el trabajo de Keay-Jones 30, aunque éstas últimas no presentan como las nuestras óxido de hierro.
La composición difiere de las muestras de Oliva 31, ya que las estu- diadas por nosotros no contienen hornblenda ni clinopiroxenos.
Estas comparaciones no deben considerarse más que a título indicativo, y en ningún momento concluyente, debido al diferente sistema analítico utilizado -nuestros análisis se realizaron por el método de difracción de Rayos X, mientras que para los otros se han utilizado láminas delgadas-.
Esperamos, sin embargo, que la sucesiva publicación de análisis ceramológicos pueda en un futuro próximo permitir que la comparaciones que aquí se han realizado tengan una mayor validez, de forma que posibiliten el establecimiento de diferencias netas entre las producciones de los distintos talleres, caracterizando más exactamente las mismas.
Esto permitirá dar luz a la posibilidad planteada sobre la naturaleza de nuestro depósito de ánforas, que consideramos, a priori y a modo sólo de hipótesis, que deberá ser confirmada con futuros hallazgos de la zona portuaria de Carthago Nova, pudiendo utilizarse para envasar los productos salidos de las factorías y establecimientos de salazón de la zona sudestina.
V. CATÁLOGO Figura 3: l.
Fragmento de borde ánfora tipo Dr. 7-1 l.
Color sup. int.: amarillenta en el borde y anaranjada en el resto.
Color cuerpo cerámico: anaranjado.
Características cuerpo cerámico: escamoso, compacto, duro, desgrasante fino con vacuolas, fractura irregular.
Framento de borde de ánfora tipo Dr. Color sup. ext.: beige con manchas marrones.
Color sup. int.: marrón.
Color c. c.: anaranjado.
Las zonas más gruesass del vaso presentan la mitad interior marrón y la exterior anaranjada.
Características c. c.: duro, compacto, muy depurado, con desgrasante muy fino y abundantes y pequei'los puntos de cal.
Se encontró lleno de ocre.
--• 17 o s Figura S.-Ccrámicas aparecidas en el área portuaria de Cartagcna.
Serie de trabajos Varios, 54. |
Na1uralrncntc ambas opiniones ofrecen dudas y puntos oscuros. por lo que preferimos no apos1ar por ninguna de ellas.
Mascellio es cognomen que procede de vocablos relacionados con el sexo. con apenas unos 25 testimonios en el CIL 28; sin embargo, María L.
ESTUDIO DE MOLUSCOS RECOGIDOS
Predominan en ella e l Murex trunculus, Murex brandaris y Thais haemastoma. lo que, unido a las roturas que presentan algunos para la extracción del animal, nos hace pensar que pudieron ser utilizados en esa villa para fabricar tinte púrpura.
En todo caso, la existencia de gasteropoda y bivalvia sirvieron para cubrir 1Una pane de la dieta de los hombres que la habitaron.
No es frecuente conocer los hallazgos de moluscos (gasteropoda et bivalvia) que aparecen en los yacimientos arqueológicos principalmente en las zonas costeras.
Ocurre a menudo que, en muchos de los resultados que se publican sobre excavaciones oficiales, apenas se citan estos hallaz-gos, bien sea porque no se tienen en cuenta o porque en la zona excavada al no ser escombrera son muy pocos los que aparecen.
Es acertado pensar que el estudio de estos hallazgos nos puede servir para dar información sobre la dieta y su evolución, además de aproximarnos, en cierta manera, al modo de vida de las gentes que habitaron en estos yacimientos.
Pretendemos ahora, además de llamar la atención sobre estos hallazgos, dar a conocer los moluscos que han aparecido de forma fortuita sobre e l terreno de la villa romana de La Pila, Altea (Alicante).
Los moluscos que hemos recogido estaban esparcidos por toda la superficie en donde estuvo asentada la villa, pues hasta la fecha no se ha efectuado ninguna excavación.
Esta circunstancia no desmerece el hallazgo ni su valoración pues únicamente se han encontrado en el perímetro circunscrito a la villa romana y junto a materiales romanos cuya datación va del siglo 1 d.
C. al siglo IV 1, fuera del mismo no ha aparecido ninguno.
Por tanto, hemos de pensar que estos suponen una buena muestra de los que se podrían encontrar si se llevase a cabo una excavación sistemática. teniendo en cuenta que el terreno ha sido transformado en terrazas o bancales de labor.
El orden que seguiremos en su descripción será la denominación tradicional, acompañada. entre paréntesis, de la clasificación más exacta pero menos conocida que es la que modernamente se suele utilizar, igualmente pondremos entre paréntesis el nombre del científico a quien se atribuye la denominación 2.
Clase: GASTERÓPODOS Muestra n.
Número de ejemplares: siete enteros y siete incompletos.
Hábitat: Se encuentra en fondos fangosos y rocosos de variable profundidad.
Utilización: Son comestibles, pero también pueden servir sus glándulas para la obtención del pigmento color púrpura.
Observaciones: Estos moluscos, por su tamaño, nos hacen pensar que son todavía jóvenes, al mismo tiempo que el estado de la muestra nos inclina a creer que son especies autóctonas.
Hábitat: Las especies actuales se localizan en otra distribución geográfica mucho más alejada, en el Oeste de Méjico.
Muestran.o 3 Murex (Bolinus) brandaris (Linneo).
2 Campbell, A. C.: Gufa de campo de Ja flora y fauna de España y Europa, Barcelona, ed. Omega, 1979, págs. 138-193; y LJNDNER, G.: Moluscos y caracoles de los mares del mundo, Barcelona, ed. Omega, 1983.
Observaciones: El estado de la muestra está perfecto.
Muestran.o 4 Patella (Patella) aspera (Linneo).
Número de ejemplares: dos incompletos.
Hábitat: Se da entre zonas rocosas en donde rompen las olas.
Número de ejemplares: tres enteros y dos imcompletos.
Hábitat: Se da entre fondos rocosos en zonas donde rompen las olas.
Utilización: Sirven de alimento.
Observaciones: Es equivalente su hábitat al de la Pote/la.
Número de ejemplares: seis enteros.
Hábitat: En sustratos variables hasta los diez metros de profundidad.
Muestran." 7 Thais (Strambonita) haemastoma (Linneo).
Número de ejemplares: veintisiete enteros y dos incompletos.
Hábitat: Se encuentra en fondos rocosos de relativa profundidad.
Utilización: Sirve de alimento, al mismo tiempo que pudo servir para Ja obtención del pigmento color púrpura.
Número de ejemplares: uno incompleto.
Hábitat: Se encuentra en sustratos terrosos con una profundidad variable desde aguas someras a fondos profundos hasta los cien metros.
1992 Nú1m: ro de ejemplares: uno completo y cuatro i ncom ple tos.
1 híhitat: En la zona infralitoral hasta 100 m. de produndidad.
Utilización Sirven de alimento y también pueden utilizarse como instrumenio de sonido en el pastoreo 1 • Observaciones: Fue extraído de una zanja que se abrió. atravesando una parte de la villa. para introducir una conducción de agua.
Los obreros que intervinieron en las obras la rompieron, dejando sus pedazos abandonados.
Una vez recogidos y casi recompuesta en su mayor parte. calculamos que debió llegar a medir unos 24 cm.
Número de ejemplares: uno entero.
Hábitat: Las especies vivas accuales tienen una distribución diferente.
Observación: Este molusco se encuentra en un estado de fosilización avanzado.
Corresponde en la zona mediterránea a un fósil del Pleistoceno 4 • Se demuestra con ello que los estratos sobre los que se encuentra asentada la villa cuentan con esta antigüedad.
Número de ejemplares: uno casi entero.
Hábitat: Especie terrestre que aparece sobre terrenos calcáreos, montes bajos y praderas mediterráneas.
Observaciones: Por el estado de fosilización en que se encuentra vemos que es otro elemento más que confirma la antigüedad de los estratos sobre los que está emplazado el yacimiento.
3 Sabemos que en esta villa se hi faba y se producía queso según podemos deducir por los hallazgos de huesos y cerámica con perforaciones (Abad Varela, M.: Op. cit., pág. 748), por tanto, practicaban el pastoreo, al menos de ovejas.
Este ejemplar presenta fractura vieja en el ápice por lo que ha podido tener esta utilidad.
• Mel6ndez, B. y Fuster, J. M. Número de ejemplares: <los trocitos de dos ejemplares.
Hábitat: Aparece en fondos arenosos y de piedras en aguas profundas.
Utilización: Sirve n de alimento.
Número de ejemplares: dos casi enteros.
Hábitat: Sustratos rocosos de variable profundidad.
Util ización: Muy apreciado como alimento.
Número de ejemplares: seis incompletos.
Hábitat: Desde la zona donde rompen las olas hasta los ochenta metros de profundidad.
Si realizamos una estadística de todo este conjunto observamos que de los 75 moluscos recogidos, entre enteros e incompletos, los que están más representados son los gasterópodos (caracoles) con el 85, 33 %.
La abundancia del Murex trunculu.\• se podría justificar, al igual que la Thais, porque ambas pudieron servir, más que de alimento, como animales a los que se les extraía el líquido de la 1 1 e1w candida para la obtención de tinte, pues, según nos dice Plinio, lo restante de su cuerpo no tenía provecho H. Sin embargo, habría que señalar que ~ Maninell, J.: «Característiqucs de la fauna trobada a les cxcavacions arqueologiques realitzades al Puig Mascaró (Baix Emporda -Girona)», Cypse/a 111.
0 Maninell, J. y Pons, E.: «Restes malacologiques del jaciment arqueologic de la Fo~ollera (Torroella de Montgrí)», Cypse/a Vil, 1989, págs. 41-48.
" Plinio en su N. H., cap. LX, 125-126. nos dice: «sed purpurae florem il/um tinguendi.f expediwm vestibus in mediis hahent faudbus: liquoris hic minimi esr candida entre ambas existe una diferencia. pues el Murex 1m11rn/11s se empicaba al mismo tiempo para conseguir la púrpura azul que se matizaba también con el Murex hrandaris y otras materias coloranlcs, mientras que la Thai.
1• era para consegui.r únicamente el rojo escarlata.
Hoy conocemos mejor esta g lándula secretora de los 11111rex que se encuentra debajo de la concha y cerca de la cabeza y mide de 25 a 30 mm. de largo. de 5 a 6 mm. de ancho y de 1 a 2 mm. de grueso.
Según Dubois. las células purpúreas estarían en la zona media y pueden llegar a tener una longitud de 2 décimas de milímetro con una aber-1ura de 2 a 3 ccn1és imas de milímetro por ténnino medio' 1 • Al mirarlas en el microscopio se ven vivas, distinguiéndose unas masas redondas de variado volumen que están formadas por aglomeraciones de pequeñas esferi llas que al fusionarse unas con otras forman una materia mucilaginosa que adquiere color amarillo.
Al reaccionar ante la luz o por la oxidación del a ire, se vuelve verde. después azul y, finalmente, adquiere el color púrpura o rojo escarlata.
Su captura se realizaba con redes, Plini o nos habla también de nasas (IX.
LXI, 132) y aconseja cogerlos en primavera o después del verano ya que en este último período tienen la savia débil por haber despedido sus panarcs, algo que desconocen los 1intoreros 10.
Luego, para realizar la extracción de esta g lándula los moluscos debían estar vivos 11 • A los grandes se les extraía fácilmente, pero a los pequeños era necesario romperles la concha,:según Plinio.
Así era como se realizaba en los lugares donde se conseguía el mejor tinte, como Tiro en Asia, Meninx (Djerbi de Túnez) en Africa. en el A horn bien, a la vista del 1ipo de mo luscos recogidos en esta villa de Altea. el problema que se nos plantea es e l de sabe r si és1os se utili zaron para la obtención del tinte plirpura o no. Creemo:-. que es muy difícil responder. sobre todo por e l con o número de ejemplares recogidos en el yacimiento, puc~. aunque se<1 una muestra de lo que se puede encontrar. se necesitaría analizar otra serie de factores lJU C tínicamentc una excavac ión de l;,i villa nos podría desvelar.
Murex hrmularis y el T/wis haemastoma. emn válidos para la oble nc ión de l tinte púrpura.
De los Tlwi.r lwemasroma existentes. el 37.93 por 100 representan algunas roturas que podrían habe r sido het: has con la intención ele extrae r al animal. en o rros de ell os serían innecesarias por tener un tamaño cómodo para la cxrra cci ón.
Estos datos pod rían ser un indicio de que estos animales fu eron ex traídos de sus conchas buscando el aprovechamiento tic su gl:1ndula para la fabricación del 1 inte plirpura o rojo cst: arlata.
De l resto de las espec ies recogida:-.. llama la atenc ión la presenc ia de un ejemplar de Cancel/aria (Cana l/aria) urceolara. ya que su ex istencia sólo se conoce en el Oeste de Méj ico 12.
Finalme nle. sólo nos falta dec ir que. aunque no esté muy claro si estos moluscos se u1ilizaron como alimento o como tinte, por lo menos su aparició n nos de muestra que los habitantes de esta villa romana no vi v ieron de espaldas al mar. sino que l o urilizaron como un recurso más, dentro de su alimentación. |
LA ICONOGRAFÍA DE ÁFRICA EN ÉPOCA ROMANA:
ALGUNOS ASPECTOS POR FABIOLA SA LCEDO GARCÉS b, ucla E,p.11inl,1 dc llis1oria y Arqueología de bp: nia en Roma.
CSIC RESUMEN En este trahajo nos proponemos <:ornentar alguno s aspc, tns, obre la irnnografía <le la pm v ineia roni: uw d,: A frica.
En primer lugar. in1entamos eshcw.ar el posible origen de uno de sus atributos más impor1antc s -la, <'.l 'lll' iw•y có1110 este elemento pasó a ser su característica princip, tl.
También exponemos la problemática existente accrc.1 de tre s nhjctu s que ofrcecn aspectos muy intere san les desde el pumo de v ista ic: onológi<:o: <los pieza s del tesoro <le Bnscorcak y un relieve de Villa Bcllcti, en Roma.
De todas las personificaciones de provincia s romanas, la de Africa no es sólo una de las más antiguas, sino también una de las más interesantes tanto por la génesis de su tipo iconográfico, co mo por la complejidad que, en oc asio nes, és te adquiere.
En las p,,ginas que siguen pretendemos introducirnos en el es tudi o del or igen de l tipo iconog ráfico y analizar algu nos ejemp los correspondientes al siglo I d.
C. que presentan un a lectura icono lógica sugere nte.
Es importante, antes de entrar en el tema, esbozar brevemente la situación política que sirvió de marco a la ges ta ción y desarrol lo del tipo iconográfico.
A fine s del siglo III a.
C. existían dos grupos de estados en el norte de A frica -además de Cartago-que serán objeto de expa nsión de la provincia romana Africa: Numidia y Mauritania.
Numidia se dividía, a su vez. en dos reinos, el de los Massyles, al este, y el de los Ma ssaesyles. al oeste.
Mauri tania, también dividida en un reino o riental y o tro occident,1 1, se unificará por obra de Bocchus el Joven en el año 138 a.
C. La prov incia romana Afr ica prrn.:onsularis nace el año 146 a.
C., fecha de la destrucción y toma de Cartago por los romanos 2 • Su ex tensión. bastante reducida, se limitó entonces al territorio alrededo r de Utica, de nominándose A.fi'ica Vetus.
Las campañas de colonización de Cayo Graco y la victoria sob re Yugurta, rey de Numidia, ex ten denín la frontera hasta Leptis.
Tras la hatalla de Tapso, en el año 46 a.
Julio César se anexionó e l reino mauritano de Jub a l. creando así Aji-ica Norn, diferenciándola de A/i•icu pmrnn. rnfaris (correspo ndiente a Vetus).
Los límit es de la prov incia quedaron entonces así: por e l oes te. el curso inferior del río Ampsaga, que desemboca en el Mediter ráneo, en las proximidades del cabo Bougaroun: por e l sureste, los altares de los Philenos, al fondo del Gran Syrte.
C., Augusto suprime la distinción Vetus-Nova (res tabl ecida nuevamente con Calígu la) y extiende el dominio hasta el Gran Syrte.
La época de Adriano -c on sus conocidos viajes a las provincias -y los tiem pos de la dinas tía seve riana representan el momento de mayo r esplendor de Africa.
Con Diocleciano, Africa pasd a formar pan e, ju nto a Numidia y Mauritania Caesarensis, de la V III Diócesis, gobernada desde Rom a por el Prefecto de l Preto rio.
Con la Tetrarquía, quedó divi-die.la en Proconsularis Zeugitania, con centro en Cartago, Bizacena, con centro en Hadrumen1um y Tripolitana. con capital en Leptis Magna.
Al margen de consideraciones administrativas. sin embargo. los escritores latinos utilizaban indistintamente los nombres de Lihya (asignado por los griegos originalmente a la zona de Cirenc). y Aji•in.1, a pesar de que ambas denominaciones proceden de raíces diferentes.
El problema del 1énnino Aji-ica aún está por resolver, si bien pa rece que su etimología más directa procede de AFER. nombre de origen bereber o semítico, según los autores, que, al latinizarse, dará en plural.
Tito Livio llamaba AFRI a los indígenas instalados en territorio púnico, aque llos llamados LIBYES (11.t-l3tE;) por los griegos~.
por su parle, parece proceder de Lehou. de origen egipcio 5.
Con Africa se designaba todo e] territorio septentrional, es decir, la vertienete mediterránea habitada por pob lación blanca -a excepción de Egipto--en oposición a Etiopía, país habitado por hombres de raza negra.
Sin embargo, para otros autores, como Plinio.
Mela y Salust io, LIB-YA/AFR ICA poseía también un sentido más amplio, referido a todo el continente ".
Frente a lo que podría esperarse de esta identidad espac ial Libya-Africa, la iconografía de la personificación A frica no es heredera de la de Libya.
La imagen de la Libya griega es, desde el principio. la de una divinidad femenina en el más puro estilo clásico, carente de atributos específicos, y cuyo único rasgo diferenciador es el peinado consistente en los llamados «rizos líbicos», ta! y como describe Pausanias, junto a Batto y Cirene, en la Mela l.
3: v. l. cuadriga de Dclfos. obra de Anfione de Cnosos 7 • La personificación de Africa. con el elemento caracter ístico de las e.ruriae o piel de elefante sobre la cabeza. es adoptada por los romanos a parti r de los tipos monetales existentes en los reinos del norte de Africa (Numidia).
Esto resultaba quizá algo mús interesante para ellos. desde el punto de vista políti co y propagandístico, ya que manteniendo los mismos tipos iconográficos demostraban, en cierto modo, su relevo en el poder de la zona, respetando. a la vez. la tradición secular.
Pero conviene analizar ahora dónde surg e esta imagen original que presenta a A frica con su atributo básico: las exu1•iae o pie l de elefante. con los co lmi llos, orejas y la prohosci!i o trompa.
Esta imagen se perpetuará durante todo el imperio, pero es especialmente visible en las series monetales de los primeros años.
Se podría pensar que la piel de elefante constituye un reflejo de la fauna de la zona, como ocurre con la iconografía de otras provincias (por ejemplo, Hispania, con el conejo) x, sin embargo, ésto no se ajustaba del todo a la realidad.
Cuando la piel de elefante se convierte en atributo perteneciente exclusivamente a Africa, como provincia, lo que no ocurre hasta el siglo 11 d.
C.' 1, según el estudio de Scullard'°. ya no había elefantes ni en Egipto ni en todo el norte de Africa.
Evidentemente. seguían existiendo elefantes en toda el Africa negra y. obviamente, la imagen del elefante no podía disocia rse de los lugares tradicionales donde se le podía encon trar: Africa y La India.
Sin embrgo, a mi modo de ver, creo que este elemento iconográfico tiene tras de sí un móvil que es, en origen, fundamental mente político y conmemorativo, como se trata de exponer a continuación.
La primera vez que aparecen las e.r11l'iae asociadas a una efigie humana es en las monedas helenísticas con la imagen de Alejandro Magno acu-7 Pausanias, 1 O, 15, 6; Ferri.
• Arce, J., «La iconografía de Hispania en el imperio romano», AEA 81, p.
Y todo ello a pesar de los elefantes.
Un hecho de tal magnitud debía quedar inmortalizado, y al igual que Hércule s se vistió con la piel del león de Nemea tras haberlo abatido, Seleuco y Ptolomeo adoptaron como símbolo al fundador de su linaje -Alejandro--vestido con la piel del elefante derrotado; una imagen que ya existía, pero que cobraba ahora un nuevo significado de cariz político.
La piel de elefante se convertía, en este sentido, en un «trofeo» de guerra.
Recuérdese a este respecto, el valor sacro que originalmente tuvieron las armas de los pueblos vencidos para los vencedores.
Si bien en un principio se abandonaban para así rechazar la mala suerte, más tarde, griegos y romanos adquirieron la costumbre de recuperarlas para utilizarlas en homenaje a alguna divinidad exhibiéndolas como trofeos.
El elefante, utilizado en Gaza como fuerza bélica por los vencidos, se convertía en «trofeo» iY Según narra Plinio: «Algunos dicen que en los bosques de Mauritania. cuando brilla la luna, manadas de elefantes bajan a un río... y allí celebran un ritual de purificación, haciendo ellos mismos abluciones de agua, y tras rendir respeto a la luna regresan a los bosques dejando que marchen delante los que están más cansado s...
Teniendo así, en cuen ta, el carácte r simból ico de la imagen del elefante en las acuñaciones de época helenística, pasemos a l siguiente problema: analizar la asimilación de la piel de elefante con Africa.
Ya se ha mencionado anteriormente que la pr imera vez que la piel del elefante se asocia a una cabeza femenina es en una moneda de Hiarbas de Numidia ( 108-81 a.
Naturalmente esta imagen no puede identificarse todavía con la provincia de Africa, pero sí se trata de una figura que hereda la iconografía de Alejandro dándole un nuevo significado religioso: el de una divinidad femenina territorial genéricament e co mún a los distintos pueblos del norte de Africa, una espec ie de Dea patriae cuyo origen hay que buscarlo en la Tanit púnica 20 • Pensemos, por ejemplo, en las monedas cartaginesas de l siglo v a.
C. en las que apa rece una divinidad femenina que sigue el tipo de la Aretusa siciliana, pero con una interpr etación iconográfica distinta en la que las espigas que adornan el cabe llo de la ninfa es tán sust ituida s por una defensa de elefa nte 21 • También en Cirene, en época tardohe lenística, poseemos testimonios de culto a una div inidad resultado del influjo griego sobre una diosa indígena que puede considerarse como 20 Le Glay, M. 1, «Sa turne africaine», Histoire, 1966, p.
8.. donde analiza algunos monumentos de Siagu, Bir Desbal y Tiddis y plantea el posible origen de Africa en una divinidad indígena leontocéfala, el Genius terrae Africae.
Sobre el problema de una divinidad territorial común cuyo origen es Tanit, ver el interesante artículo de García-Bellido, M. Paz, «Punic lconography on the Roman Denarii of M. Plaetorius Cestianus», AJN Secnnd Series 1.
El culto en Cirene está apoyado por el relato mitológic o griego según el cual Libya era nieta de Zeus e lo. y madre, a su vez, de Agenor y Belos. ambos héroes mítico s de Fenicia y Egip to ~3• Pero. como apun tábamos arr iba, y esto es verdaderame nte lo más intere sante en lo que concierne al origen del tipo de Africa, es que la iconografía de la Libya griega no se correspo nde con la de la A frica romana, si bien. en algunos casos, se observan influencias mutuas.
Incluso en una época tan avanzada como el siglo II d.
C., se sigue representando la imagen de Libya step hanmísa («la que corona») en un relieve perte neciente al templo cirenaico de Afrodita 24 • De tiempos de Adriano es también la serie monetal de Libya del tipo restitut o r 25.
Parece entonce s, que la personifi cació n territorial adoptada por Roma responde, por una parte, a una imagen ya ex istente en diverso s reinos indíge nas del norte de Africa, y por otra, al prototipo heleníst ico de la efigie de Alejandro.
Aunque la provincia Africa proconsularis se crea el 146 a.
C., Roma no acuña moneda alusiva a la misma hasta el año 71 a.
C., cele brando así la victoria de Pompeyo.
No crea ningún tipo, sino que se adhie re al ya exi stente de Hiarbas de Numidia, añadiendo el /ituus y el j arro ritua l, que hacen referencia al carácter de augur de Pompeyo 26 • A partir de este momento se suceden las emisiones con este tipo básico de la cabeza de Africa con la piel de elefante, al q ue se añade n, en ocasiones, otros atri bu tos, como lanzas, espigas, co rona, adormidera o arado: las de Juba I y Juba II de Nu--midia 27; las de Mauritania correspondie ntes al Interregno y a Ptolomeo 2 \ el denario de Scipion, que'!1111;111 un 101al ck.\() I,_!!, dl• metal prcnmo. kc h;1dn t•n l,1 primera mitad dd,, glu Id.
C. La pro llt-,1011 lk atnhu10, que an1111paiía11 a la pl.'r, onifi l•1[!ur:t 2. lkna, ro,k:,,, 1pion,. ~ugcrente, no se puede mantener tal inte rpretación. al menos. para el caso de la pátera.
Hay muchos elementos 4ue Della Co rte no justifica. por ejemplo. los referentes a Esculapio.
Por otra parle, otros que desempeñan un papel fundamenta l en la alegoría tienen una posición poco relevante en el conjunto. como por ejemplo. el delfín, 4ue apenas se ve.
Y, en fin. no me parece ver en el lenguaje alegórico utilizado en la pátera ningún tinte humorístico comparable al que quizá pueda percibirse en la serie de los skiphos.
Linfert41, por su parte, en un estudio relativamente reciente, propo ne, de nuevo, la identificación de la figura con un retrato, esta vez. el de Cleopatra-Selene, hija de Cleopa tra VII.
En este sentido, ofrece una nueva interpretac ión a muchos de los atributos.
Considera, por ejemplo, que el carcaj y el arco no hacen referencia a Diana, sino a Hércules, ya que éste también poseía dichas armas; el león alude a Cibeles o a Juba/Hércules; el creciente lunar se refiere a Tanit y recuerda para ello que Ptolomeo de Mauritania (hijo de Cleopatra Selene) acuñó moneda con la imagen de esta divinidad; el delfín aparece ya en las monedas de Cesarea-Cherchel mientras que el sistro está presente en las de Juba 11.
Recuerda también que dos cuernos de la abundanc ia aparecen asociados a Cleopatra Selene y a Juba II en el camafeo Gonzaga 4 i _ Por último utiliza el argumento del retrato, comparando la imagen de la pátera fundamentalmente con un camafeo de Berlín (Staatliche Museum Charlotenburg), en el que aparecen Cleopatra Selene y Juba II (este último, con la tez oscura).
Si consideramos, en primer lugar. los retratos de Cleopatra VII del Museo de Cherche! (considerada, en un principio, corno Agripina la Menor) 4 \ y de su hija 44 con la imagen de la pátera de Boscoreale, aprecia remos enseguida que hay dos rasgos característicos presentes tanto en los retratos como en la pieza de plata: el peinado ejecutado a base de bucles acaracolados y la nariL un tanto aguileña. típica, por otro lado. de los monarcas helenísticos.
En este sentido, la identificación de Charbonneaux con Cleopatra VII podría ser válida.
Sin embargo. creo que hay que considerar algunos hechos de bastante importancia a la hora de hacer una valoración final: la datación Julio-Claudia del tesoro. el carácter excepcional de la pieza y, por otra parte, el argumento histórico de que Cleopatra fue derrotada. junto a Marco Antonio por Octav io, en Act ium.
Es decir, la retratada sería una enemiga de la familia de Augusto, para quien había sido realizada la pátera.
Por ello, me parece más acertado pensar que se trata de la hija de la reina egipcia, recogida por Augusto tras la batalla y, por ello, incorporada, en cierta forma, a la familia.
Además, Cleopatra Selene se casó con Juba 11.
educado en Roma por Augusto y cuyo reino mauritano fue un aliado incondicional de éste.
De esta forma la diversidad de atributos encontrarían más fácil explicación: en primer lugar, los propios de Africa, en tanto Dea parriae. heredera de la Tanit púnica 4.1; en segundo lugar, los isíacos, en tanto Cleopatra Selene era egipcia e introdujo el culto a lsis en Mauritania 4 ~; en tercer lugar, los atributos de las principale~ divinidades del panteón romano. en tanto los reyes de Mauritania eran romanos por la educación recibida.
Obviamente se trata de un retrato divinizado y ésto no pudo ocurrir más que a la muerte de Cleopatra Selene.
C. Se trataría, por tanto, del retrato de Cleopatra Selene, clivinidada como Africa, a la que se han incorporado atributos propios de su país de origen -Egipto-así como de otras divinidades, subrayando así el carácter de Panrhea.
Otra de las piezas de este tesoro de Boscoreale es el famoso skyphos de Tiberio 4 K (según Byvanck, de Claudio) 4 ~ (Fig. 6).
La copa posee un •~ Sobre la in1erprc1aci6n de algunos.urihutos a la luz de los propios de las divinidades de l panteón púnico. cfr. supra. n.
20. anteriormente del ~kypho, de Bo, corcak:. pero ni ~iquicra en este caso aparcec como provincia Gtutiva.
E~ interesante co mprohar que la imagen de /\fricase plasma ge nera lmente rodeada de dignidad. bien bajo la aparien cia de una divinidad. bien t: omu una provincia romanizada disfr utando de gran re:-peto.
Por tanto. la actitud que presenta la pcrso ni ficación del rcl icve só lo puede pertenecer a un momento muy temprano ch: la co nquista.
Stcmmcr' 1 propuso que el triunfador podría ser Pompcyo. ya que ó te acuiió mom.: da el año 7 1 a.
C. con la e f'i g.ie de Africa.
En mi opinión, sin emhargo. este hec ho 110 j ustificaría didia identificación. ya que Pompeyo lo único que hace es adoptar un tipo preexisten te (el de Hiarbas de Nurnidia); la representac ión c.¡ue é l difunde es el de una •~ S1,•111mcr. l't111:,•r.,1a1111 •11. p.
E, ta 11n agcn podría muy bien enmarL •ar:--e dentro dl'I c i clo de propaganda política que difun clc la imagc11 dt.:' /\ugu, to como conq uistador y paci f' icatlor. uno de cuyn~ ejemp lo:---Ho.,co rca lc-acabamo, tic anali1ar.
Todo~ lo:--objt.:' to~ aquí anali1.adm. a pc,a r de co nstituir ~opon e~ ico nográfico~ muy di,.1intm, pueden "c r interpretado., bajo la lu1. común de la propaga nda política.
La!> primera-; moneda~ t•on la 11nag.en de A frica. porque con la piel de e lefante l' I nuevo poder romano en la t ona,;e co nstituía co m1l heredero legítimo. tanto de lo,. n1<rnar ca" alejandrino.,. co mn de lm indígena:--: la imagen de la p,ítern de Bo:--1: orealc. porque cnl'at i1.aba la importancia rc ligio-; a de la divinidad Africa. a travé, de su asociaci ón con otra, divinidade s. a la vez que la identificaba con un personaje de la rca le¡¡1 plenamente romanizado: el skyphos de Bosco rcalc) el re lieve de de Villa Bcl lcti. porque en su lenguaje alegórico se alude directamente al poder imperial. |
Una revisión del artículo recientemente publicado so• bre el mosaico de la villa tarcloromana de «La Malena» (Azuara, Zaragoza, España) (cfr..
Se propone una interpretación complctamcnte diferente: la villa es una villa rumana y no un «monasterio pagano» (como se mantiene en.IRA ): y el musaico probablemente no representa a Cadmo y Armonía, sino la personificación probable.: de «El Matrimonio».
El artículo de Dimas Femández Galiano sobre el mosaico de la villa de «La Malena» (en la provincia de Zaragoza) en el que identifica la escena con las bodas de Cadmo y Hannonía está elegantemente escrito, es sugerente, erudito, resultado de una larga y prolija investigación, llevada a cabo con maestría 1 • Lástima que haya partido de presupuestos incompletos y de una identificación iconográfica forzada.
Las notas que siguen están destinadas a intentar demostrarlo y a proponer otras alternativas de interpretación y de identificación.
Hay que felicitarse, además, por el hecho de que, por fin, se publican el mosaico y un avance de las excavaciones de la villa2 • Durante años, villa y mosaico han sido un misterio; durante años los investigadores hemos solicitado en vano noticias, fotos, conocimiento, sin respuesta alguna.
Pero la aparición de los dos estudios simultánea-mente hace olvidar el pasado y ha llegado el momento de ponerse a trabajar también. a evaluar los informes de los colegas y, eventualmente. a expresar los acuerdos o las divergencias con los mismos.
En un panorama general. el historiador de la época romana tardía en Hispania. no puede por menos que reconocer la enonne importancia del yacimiento de «La Malena» y la de sus hallazgos.
Sin duda va a contribuir notablemente al conocimiento del período; y su contextualización y contrastación con lo que conocemos permitirá corroborar tesis o confinnar hipótesis ya expresadas sobre la Hispania romana tardía.
Aunque no se conoce en su total idad, la planta de la «villa» de «La Malena» es ya de 1800 metros cuadrados, de una estructura cuadrangular de más de 50 metros de lado, en Ja que hay 5 1 estancias (o espacios) de los que 22 tienen pavimento de mosaico -'.
José Ignacio Royo en su informe señala que, aunque hay serias dudas sobre la fu ncionalidad de las habitaciones (sobre esto ver más adelante). se trata de una vi lla de planta común a otras villas del valle del Ebro, con peristilo central rodeado por corredores a los que se abren las distintas dependencias4 • La habitación del mosaico, cuya escena se identifica como las bodas de Cadmo y Hannonía, la 26, según Royo «se halla en posición totalmente excéntrica, fuera de cualquier eje de simetrfa» 5 • Parece'.'.. e Royo duda sobre el destino de esta habitación y señala 1 Femández Galiano, D.: Cadmo y Harmonía. lma!(en. mito y arqueolo!(ía, JRA.
65,1992 otras dos estancias -la 2 y la 47-como estancias prirn.:ipaks (de 80 y 1 ()() metros cuadrados) también decoradas con mosaicos que él considera las más importantes del conjunto.
En la habitación 2 aparecen restos de pórfido verde y violeta material que. se nos dice. es escaso en Jos edifi-<:ios romanos de la Península Ibérica.
El yacimiento. por Jo demás, ha producido materiales diversos -esculturas. cerámicas, anillos (no se menciona ninguna moneda)-cuya cronología oscila, según el informe, entre el siglo IV y la mitad del V d.
C. El abandono fue progresivo: y los excavadores lo sitúan definitivamente en la segunda mitad del siglo V6 • Hasta aquí, el panorama que presenta el yacimiento de «La Malena», resulta ser el característico de un conjunto correspondiente a una gran propiedad fundiaria de época tardorromana; sin sorpresas o rasgos especialmente dist intos con respecto a otros semejantes.
Lo que a los autores del infonne.
Royo y Fernándcz Galiano, les parece excepcional. en realidad no lo es.
Vil/ae de grandes dimensiones existen en Hispania y fuera de Hispania.
El peristilo de la villa de «La Cocosa» mide 220 metros cuadrados.
El patio central de la de Liédena es de 75 x 37, y Cuevas de Soria tiene una superficie de 1.400 metros cuadrados de mosaicos.
La villa de Artieda es de 50 x 30 7 • Si comparamos el oecus de la villa de Pedrosa de Ja Vega, que contiene <el mosaico con la escena de Aquiles en Skyros, con la habitación considerada como la más grande de «La Malena» (la número 47) la diferencia entre ambas es notable: 172 metros la de Pedrosa frente a 100 metros la de «La Malena».
El material que producen estas vi/loe suele ser uniforme y el de «La Malena» no se distingue especialmente de las otras: restos de construcciones en pórfido han aparecido también en la villa de Carranque y seguramene en otras K. Royo y Dimas Femández Galiana parecen muy afectados porque el recinto donde aparece el mosaico con el tema identificado con las bodas de Cadmo y Harmonía. no está si tuado en el eje de simetría de la villa y destacan «la posición totalmente excéntrica de esta habitación»' 1 • El hecho no reviste tampoco importancia especial o relevante.
Baste recordar que la gran estancia de Pedrosa, con el mosaico de Aquiles, que es en e l conjunto de la villa palentina la habitación más destacada, tampoco fom1a eje simétrico: «El oerns de Pedrosa, al parecer no se halla situado simétricamente a la mitad de la longitud del peristilo NS... » 10 • No obstante los excavadores de la villa romana de «La Malena» consideran estar ante algo absolutamente excepcional y único. hasta el punto de plantear. tanto Royo como Femández Galiano. un interrogante y una propuesta que yo calificaría. de momento, como de desconcertante.
¿Un monasterio o una 1•il/a'!
La problemática de Royo y Dimas Femández se resume en estos enunciados: a) no saber ante qué tipo de edificio se hallan; b) en el mejor de los casos proponen que se trata de un monasterio o convento, para concluir, c) que muchos otros yacimientos semejantes en la Hispania tardía, hasta ahora interpretados erróneamente como villae.
son en realidad monasterios o conventos.
Puede resultar útil reproducir sus comentarios y opiniones verhatim para proceder luego a su análisis y critica.
«El yacimiento-concluye Royo 11 -permite plantear una serie de problemas a la hora de establecer una clasificación funcional de este conjunto arquitectónico.
La denominación de villa que en principio hemos asignado a este yacimiento encierra en sí misma tal cantidad de conceptos... que no sirven como tal.
Es difícil clasificar «La Malena» como una villa señorial o de recreo.
1992 disposición espacial y la jcrarquización.!amaño. distrihución y decoración de las estancias plantea no pocos problemas de identificación con determinadas habilaciones dedicadas a vivienda...
Especialmente significativa es la ausencia de un tri-C'fi11i11m conforme a los cánones arquitectónicos... si a ello se añade la aparición de elcmcn1os decorativos de extrema suntuosidad, como el opus.1 •ectile parietal o los mosaicos figurados..., es po<;ible que haya que pensar que la Malena pudo tener una función diferente de la vivienda privada de tipo señorial, que plantearía la existencia, en esta zona del valle del Ebro, de un personaje de poder económico excepcional... » 1 ~.
Esta opinión de Royo deriva, s in duda, de la sugestión que ha ejercido sobre él e l trabajo monográfico de Dimas Femández Galiano sobre el mosaico figurado (que en su opinión representa las bodas de Cadmo y Harmonía).
De hecho Dimas Femández Galiano concluye su estudio de forma mucho más rotunda: «El lugar donde se ha hallado el mosaico es un espacio sagrado, un cahirion, un monasterio o lugar de culto. probablemente residencia de una comunidad de creyentes en los misterios de Samotracia...
De poco sirve estudiar los antiguos cahiria para entender éste: por época y ambiente cultural conviene compararlo con otros monasterios o conventos que con el impreciso nombre de 1•illae se vienen desconociendo en la bilbiografía dedicada a la última romanidad hispana... la imaginería hallada en muchos yacimientos de esta época hace sospechar que la vida monacal es un fenómeno mucho más frecuente de lo que se cree...
Estas comunidades religiosas optaron en muchos casos por una vida de retiro y ora-• ción, edificando costosas construcciones campestres que se han considerado eminentemente viviendas de ricos propietarios romanos.
Este hallazgo se enmarca en una serie de yacimientos que hay que revisar desde una consideración: Fraga, Santervás del Burgo, Quintanares de Rioseco.
Centcelles, Torre de Palma y muchas otras villas hispanas, son conventos, monasterios» D.
Estas afinnaciones son demasiado rígidas o ingenuas o importantes para que se puedan decir sin un apoyo documental suficiente o un ejemplo que evidencie, al menos, su fundamentación.
Royo ni Dimas Fernándei. hacen otra cosa que sugerimos que hemos estado ciegos todos ante lo que siempre hemos pensado que eran ri//ae mmanas de distintas tipologías y funciones.
Tipología y funciones que se hallan perfectamente definidas y especificadas en la literatura antigua, en primer lugar-.en Catón.
S idonio Apolinar, o Simaco-y en la realidad arqueológica. como se puede deducir. por ejemplo. del libro de María Cruz Femández Castro 1 ~.
Royo y Dimas Femández prescinden de todo ésto y ni mencionan la literatura antigua ni la moderna, pasando olímpicamente a proponemos que la España tardía estaba plagada de monasterios o conventos de sectas (no nos dicen de qué filiación, o quizás ello dependerá de la interpretación que ellos den al mosaico que aparezca): unos serán mitraicos, otros cabi rios, o tros neoplatónicos. otros encratitas.
Nada de todo esto tiene fundamento serio.
Y e l afán de exceso de novedad u originalidad y protagonismo no debe confundir a los jóvenes profesionales de la arqueología o de la historia ant igua.
Podemos comenzar por el mismo vocabulario empleado para designar lo que para nosotros son villae.
Ellos, las llaman. en cambio, monasterios o conventos.
Estos son términos, cuando menos. inadecuados.
La idea monástica o conventual, con su regla y sus normas. es ajena al paganismo; es propia del cristianismo 1 ~.
Y en Hispania. a mediados del siglo IV d.
C., no existían aún monasterios cristianos 1 ".
Dimas Femández Galiano me cita al comienzo de su artículo recordando, efectivamente, una conversación que tuvimos paseando por las calles de Pompeya, en la que él me explicaba sus teorías sobre e l mosaico de «La Malena» (que yo no he visto más que en fotografía).
Ciertamente, por sus descripciones me atreví a expresar mi opinión de que la hipótesis de H i-14 Cruz Fernández Castro.
María: op. cit.: La Villa: Oimensión Conceptual y Arquitectónica del térn1ino, págs. 23-29 con abundantes referencias (ver págs. 31-38).
• ~ La bibliografía sobre los orígenes del monaquismo en España es muy extensa.
Ver. por ejemplo, J. Femándc1.
Alonso: La rnra pastoral en la F.spwía mmu1111-visi~oda.
Roma, 1955. págs. 458 El canon 4 insiste: entre el 17 de diciembre y el 6 de enero, que nadie se ausente de la Iglesia durante todo el día, ni se oculte en su casa, ni se vaya a su villa (nec sedere in villam) ni se dirija a los montes etc. 1 M. Prisciliano mismo, dos años más tarde, expulsado de Burdigalia (Burdeos) por el obispo, se estableció en la villa de Euchrotia y Prócub, viuda e hija respectivamente de Atio Tiro Delfidio, fallecido profesor de la escuela bordelesa 19 • Los seguidores de la secta priscialinista se reunían en villas de amigos y simpatizan-11 Vives, J.: Concilios Visigodos e Hispano -romano.f, Barcelona, 1962, pág. 16: (trad.: «Ni se escondan en lo más apanado de su casa o de los montes aquellos que perseveran en estas creencias, sino que sigan el ejemplo de los obispos y no accedan a las haciendas ajenas para celebrar reuniones»). ford, 1975, pág. 163; Brown, P.: The Body a11d rhe Sodety, London.
1990 (paperback), pág. 372; Femández Alonso: Cura Pastoral, págs. 440-441. tes; pero las villas seguian siendo 1•illat'. propiedades rurales de los grandes terratenientes; y se ocultaban o retiraban, en su frenesí ascético. en las cuevas de los montes.
No disponemos de ningún indicio de que la villa de «La Malena» haya servido para tales reuniones; y aunque así fuera (en la hipótesis, podemos pensar que la región del valle del Ebro es una de las zonas de florecimiento de los seguidores de Prisci liano) ello no la convertiría en un convento20 • Pasemos a otros argumentos: Royo declara que es difícil clasificar «La Malena» como villa señorial; le inquietan los tamaños y jerarquización de las estancias; piensa que no posee un triclinium; considera que es de extrema suntuosidad y piensa que, si fuese una villa señorial, ello plantearía la existencia en el valle del Ebro de un personaje de poder económico excepcional.
Pienso, por el contrario, que la posición topográfica de «La Malena» es la típica y característica de una villa romana, según los cánones de las recomendaciones de los tratadistas Columela, Paladio y, anteriormente, Yitruvio 21:!Está a 100 metros de una corriente de agua, en una zona fértil, cerca de la ciudad principal de la zona Caesaraugusta; sus habitaciones corresponden a la planta de tantas villae de las cercanías y de la Meseta (reconocido por el propio Royo) 22; su habitación absidada (24) con la adjunta ( 15), pudo haber sido el tricfinium o lo pudieron haber sido la 2, la 26 ó la 47; posee sistemas de calefacción y desagues; y si falta algún elemento aún, es bien posible quecomo reconoce el propio Royo 23 -las alas Este y Norte parecen extenderse y continuar: falta aún terminar de desvelar y excavar la villa de «La Malena».
Por lo que se refiere a la suntuosidad y riqueza, ni una ni otra difieren mucho de conjuntos semejantes ya conocidos.
Ped.rosa o Carranque podrían, incluso, considerarse más refinadas y espectaculares, por no citar ejemplos de fuera de Hispania.
Y, en fin, que en el valle del Ebro hubiese un personaje de poder económico excepcional, no tiene nada de extraño en la sociedad tardorrornana.
Aún más: éste personaje no por fuerza tenía que residir en «La Malena»; probablemente era un senador romano que poseía varias villas. que vivía en Roma y que de vez en cuando visitaba sus posesiones, corno era lo fre-cuente~~.
El componente de desconcierto en cuanto a la funcionalidad de «La Malena» viene dado. obviamente, por el intrincado razonamiento de Dimas Femández al estudiar el mosaico de la estancia 26: se trata, según su estudio, de Ja representación de las bodas de Cadmo y Harmonía y por lo tanto el lugar es un cahirion; un lugar de culto, residencia de una comunidad de creyentes en los misterios de Samotracia.
Esta interpretación, advierte Dimas Femández, no debe asustar: no se deben buscar modelos en otros cahiria: no existen paralelos, reconoce.
Pero para comprenderlo hay que «compararlo con otros monasterios o conventos que con e l impreciso nombre de villae se viene desconociendo en la bibliografía de la última romanidad hispana».
Aun en el caso de que ello fuera así, aun aceptando que la identificación de la iconografía del mosaico es la de las bodas de Cadmo y Harmonía (el autor no ofrece ni un sólo ejemplo en mosaicos ni en cualquier otro soporte o vehículo visual) esta conclusión sería incorrecta.
La presencia de una determinada iconografía en una habitación no implica la consecuencia de que estamos en un santuario o lugar de culto.
Implica, eso sí, el gusto, la cultura del propietario, la elección refinada del cartón, el encargo de una obra que define una manera de expresar un mundo cultural, al que uno -el propietario--es aficionado y con el que está afeccionado.
Sus claves de interpretación más complejas pertenecen o son patrimonio de una esfera reducida o íntima de entendidos.
Esto en el caso de que aceptemos que todos los propietarios ricos tardorromanos eran de una gran cultura y refinamiento, lo que es altamente dudoso e incluso erróneo.
Atan Cameron nos ha recordado, acertada y expresivamente, este problema en un artfcu-24 Aus.
1, 29 (de herediolo) y la extensa correspondencia de Símaco. lo reciente y nos ha puesto sobre aviso del peligro de hiperinterpretar el contenido y valor de los objetos o iconografías en éprn:a tardía (tendencia a la que son muy aficionados algunos arqueólogos y algunos especialistas en mosaicos primordialmente).
Muchos de los ricos poseedores de objetos de lujo o de \'illat' como la de «La Malena», podían ser (y seguramente fueron) gente poco educada y quizás de poco gusto.
Incluso -recuerda Cameron-ni siquiera estamos seguros de que la iconografía que adornaba sus objetos de lujo (o los mosaicos de sus 1•il! ae, se puede añadir) era elegida por los propietarios ~5.
Una observación más. para concluir.
Los mosaicos y su identificación iconográfica.
Hay que advenir que no es nada segura ni para el propio Dimas Femándcz (no hay ni un sólo ejemplo de representación de Cadmo y Hannonía en el modo que lo pretende Dimas Fcrnández).
Lo que ha ocurrido es que él, partiendo del preconcepto apriorístico de que se trata de Cadmo y Harmonía, lo ha llenado de contenido sin poder ofrecer, por otro lado, modelos válidos.
Una primera impresión -estas rápidas notas no me permiten entrar en el detalle del estudio de los mosaicos, que dejo para un segundo artículo--me lleva a proponer una interpretación radicalmente diferente de la de Dimas Fernández.
Creo que estamos en presencia de la representación de «El Matrimonio», como concepto, como idea.
Y no es, incluso, descartable de que no se trate del propio matrimonio del dueño de la villa.
Es el tema de la de.xtrarum iunctio, tan frecuente en representaciones de sarcófagos romanosconcretamente tardíos.
«El Matrimonio» como acto jurídico, presidido y sancionado por los dioses que lo tutelan y lo salvaguardan: Dioscuros en los extremos, Herrnes, Venus, Juno, Poseidón, Jupiter mismo y Minerva.
El tema está muy presente en la notable literatura de la época tardía que se dedica al «Matrimonio», en poemas, versos y discusiones en Ausonio, en Agustín (que nos habla de todos los dioses presentes y agentes en el acto matrimonial); en Claudiano, etc.)
El texto, mencionado por Cameron, es Amm.
Marc 28.4.14 (sobre las «lecturas» y «cultura» de la «aristocracia» tardo romana).
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa ci6n rnitológirn. de famosas historias de amores y pasiones 4uc formaban e 1 repenorio ad hoc de los artistas y artesanos para los casos como el 4ue nos ocupa.
En este sentido el mosaico de «La Malcna» se sugiere que tendría su equivale111e en el mosaico de Carran<.¡ue del rnhirn/11111 del propietario 2 ": Venus. o la Esposa. y a los lados. enmarcando el retrato. escenas de amor tomadas de la mitología.
Porque disiento también de Dimas Fernándcz en su ligera identificación de los recuadros que bordean el marco central del mosaico.
Para mi, el recuadro superior izquierdo es el tema de Aquiles y Briseida (Briseida velada y conducida a Agamennon); el recuadro del ángulo superior derecho, probablemente, Hero y Leandro; el recuadro inferior izquierdo, Atalanta y Meleagro, y. en fin. el recuadro derecho. el triunfo de Venus n. n Las difcrenci; is entre nuestras inierpretat: iones son radicales: Fcrnándcz Galiano.
Dimas: primer cuadro superior iz4uicrcla: «una joven. un rey y un muchm: ho. si se desea podemos llamarlos Nicteo.
Segunda escena (recuadro superior derecha): «una mujer milagrosamente liberada de s us cadenas...
Dircc. lsrneno. pero también pueden considerarse abstrac.:ciones» (págs. 175-6); tercera escena: «La 1rn1dre lnsis10: ésta es una rápida propuesta que he de fundamen1ar. como he dicho. en un próximo trabajo.
Pero mi objetivo en estas notas era el de salir al paso de la identificación de los es1udiosos de «La Malena» con un monasterio o convenio y no como lo que es, una villa romana de mediados del siglo IV. d.
C. El resto. la segunda panc, la dis-cusi<ín sobre la iden1ifil.:ación de la iconografía de los mosaic: os. debo por fuerza dejarla para una elaboración más ampl ia. principalmcn1e porque no he tenido autopsia del mosaico ni nunca me ha sido facilitada una fotografía para es1udiarlo.
No obstante, con la que se publica me basta para poner en duda las idenlificaciones de Dimas Fernández Galiano que me parece que sólo se apoyan en un esquema preconcebido y forzado.
Aún así me he atrevido a adelantar mi rápida impre-si6n y mi identificación.
Me gustaría poderla seguir discu1iendo. despide a los hijos...
A111iope»; y cuarrn escena: «la ine-quív1x:a victoria de la madre. i: oronada y honrada por los hijos» (pág. 176).
Este no es un método fidedigno de an•Í • lisis iconográfico, considerando. <1dcmás.
4ue en todo su discurso Dimas Fernández no prcsellla ni una sola referencia a otros modelos iconogr:íficos.
Parece que su propuesta es esta: «Pónga le nombres, si quiere; y si no. llámeles abstracciones».
Creo 4ue es a4uí donde cae! oda la interpretación 4ue hace D imas Fcrnández del mosaico de «La Malcna».
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En una anotación casi marginal, entre las conclusiones de un reciente trabajo, dediqué unas líneas a expresar mi convicción de la existencia de un monasticismo pagano en la antigüedad.
Debo agradecer al doctor Arce la cortesía por haberlas leído, la sagacidad de haber presentido su importancia y la gentileza de haber dedicado parte de su tiempo a contradecirlas en estas mismas páginas.
De todos los reproches que me dirige, el de formular una tesis relevante sin mayores explicaciones y sin la acostumbrada cobertura bibliográfica es el más justo; el de acusar de ceguera colectiva a la comunidad científica, el más desmesurado.
En el momento en que escribía mi estudio, estimé acertado simultanear la presentación de una magnífica obra artística del arte romano tardío, el mosaico de Cadmo y Harmonía, de Azuara, con la de una teoría nueva que ayudase a entenderlo mejor.
De modo impulsivo, el doctor Arce me amonesta sobre la forma del trabajo al tiempo que rechaza el fondo, y me recuerda de paso que existen unos límites para la heterodoxia.
Razones de espacio, y tal vez de fatiga -saturado como estaba por la lectura de estudios tan rebosantes de erudición farragosa como vacíos de ideas-me inclinaron, no sé si acertadamente, a no prodigar citas ni a multiplicar las explicaciones; tal vez sea éste el lugar y momento propicios para ofrecerlas.
Atado como estoy a unas palabras escritas, que amenazan con provocar una polémi-ca. no extrañará que comience puntualizando términos: en realidad, los básicos para entender el fondo de la cuestión: villa.
La literatura arqueológica los maneja corrientemente y son útiles, como todo vocablo. en la medida que sirven para entendernos.
Sin embargo, por lo que voy leyendo. sospecho que no existe una correspondencia unívoca entre ellos y los conceptos que sugieren; en consecuencia, trataré de precisar lo que para mí significan.
En los textos latinos, una villa es una casa de campo; torre, casal, granja, alquería, estancia, cortijo, masía, masada, masería, quinta, son algunos de los sinónimos que ofrece nuestra lengua.
Villa es una casa de labor cuya primera finalidad es la explotación del agro; mientras consideremos ese uso como el prioritario de la villa, la confusión no se produce.
Los tratadistas que nos hablan en extenso de las villas, con la relativa excepción de Paladio, escriben durante época republicana y altoimperial: Catón.
En época tardía, las referencias a villas son escasas y escuetas, así que no sorprende que cualquier edificio romano aislado en el campo haya querido ser interpretado a la luz de dichos textos como una villa.
Los restos arqueológicos que han sido identificados como villas pertenecen, a mi entender, a dos tipos de edificios bastante diferenciados: por una parte, las estructuras de habitación o casas aisladas en el campo, de apariencia más bien austera y fecha altoimperial, que no son demasiado bien conocidas, entre otras cosas por el hecho de hallarse casi s iempre bajo los restos de un edificio más tardío; y por otra parte, unas ricas construcciones o amplias remodelaciones con partes de carácter visiblemente suntuario, que pueden datarse en época tardía, en su mayor parte durante los siglos IV y V. Esta clasificación, no más artificial que otras, permite separar unos edificios de uso claramente agrícola, a los que es correcto llamar vi llas. de otros dedicados a distintas funciones adenub de la explotación agropecuaria.
Durante los últimos diez años he analizado un suficiente número de edificios de los llamados genéricamemc villas romanas.
Los resultados de esta investigación, que pronto daré a conocer en una monografía. son bastante más sorprendentes que la existencia de ese monasticismo pagano que ha alarmado al doctor Arce; pero la primera conclusión de mi estudio. que no tengo inconveniente en avanzar aquí, es la necesidad. absolutamente inaplazable. de revisar la arqueología rural romana en todo el Imperio, enclave por enclave. edificio por edificio. estancia por estancia; no obstante. otra de mis conclusiones firmes es que algunos de los sitios arqueológicos conocidos como villas fueron esencialmente lugares de culto. templos.
Si en un edificio, aislado en eL campo, tenga o no una parte dedicada a casa de labor. se aloja un templo, o si éste es parte sustancial. bien diferenciada o muy relevante de la construcción. e ntiendo que conviene más llamar templo o santuario al conjunto de edificaciones que lo engloban, dado que el uso religioso se define como más característico.
La dificultad de identificar un templo •o santuario en el seno de las arquitecturas variopintas del momento es, desde luego problema no nimio, pero no nos interesa ahora.
Templo, de obscura etimología, posiblemente deriva del griego téμvro (cortar, dividir); es, desde su origen, un lugar santo, un terreno o recinto ritualmente consagrado a un culto público.
En la Roma republicana y durante las primeras centurias de la Era, e l derecho pontifical exigía para establecerlo la intervención de un augur, quien al efectuar los ritos de la inau¡:urario. trasladaba el orden celeste a un recinto delimitado sobre la tierra, propiciando que la divinidad descendiese a su morada terrena; los ritos de los augures precedían a la consecratio propia del templo por parte de los sacerdotes.
Sin embargo, tanto en Grecia como en Roma existieron espacios sagrados que eran considerados como semipúblicos o semiprivados: por ejemplo, heroon, ninf eos, fa na o los denominados por ese curioso vocablo que cambia su significado según el número: en singular aedes-is, templo; en plural, aedesium, casa.
Los profundos cambios en las ideologías religiosas que se producen durante el helenismo fructificarán finalmente en un resultado unificador al que hemos dado en llamar cristianismo; pero mientras dura este proceso de efervescencia. las categorías de espacios sagrados se mulliplican y diversifican.
Puntualizar con exactitud el concepto de monasterio interesa especialmente a la discusión, pues cs. a fin de cuentas. el que la ha provocado.
No ignoroni ignoraba cuando fonnulé mi propuesta-que el término monasterio es c lave en e l pensamiento cristiano, aunque le niego la exclusividad que muchos estudiosos. como el doctor Arce, le atribuyen.
Durante el siglo IV de J. C., filosofías, doctrinas, sentimientos religiosos, fervores, ideas y valores de la sociedad antigua se hallan en plena ebullición: los conceptos y creencias se trasladan con extraordinaria movilidad de una fe a otra, y es difícil distinguir entre credos e ideologías, identificar cultos y espacios rituales o separar netamente lo sacro de lo profano.
En medio de ese marasmo se encuentra la Iglesia cuando comienza a tomar conciencia de sí misma y siente la necesidad de escribir su propia historia, de la que el monasticismo es capítulo importante.
No pongo en duda la buena fe de los escritores eclesiásticos al narrar los acontecimientos o valorar los hechos que atañen a sus prosélitos, pero tampoco puede ignorarse que lo que escriben es, por esencia, una crónica sectaria; difíci lmente se esperará de ellos una objetividad de la que carecen al referirse a sus propios orígenes.
La historiografía católica, con todo el derecho, procede a crear su propio monasticismo. que hace nacer de Egipto y Siria, por un lado, y del occidente romano, por otro; son sus hombres -Antonio, Atanasio, Basilio, Pacomio, Jerónimo, Martín de Tours, Agustín-quienes organizan y articulan la vida de los monjes; dentro de esta historiografía. pronto cobra fuerza la teoría que defiende el autoctonismo del mundo monástico occidental, que desde reducidos núcleos como Primuliacum, Ligugé o las islas de Gallinaria y Lérins, habría dado lugar al gran desarrollo del monasticismo medieval.
No obstante, no importa tanto a nuestra discusión el monasticismo cristiano en sí, como su relación con otras formas de vida monásticas; comencemos con algunas precisiones sobre el término.
La palabra μovao'ti¡piov es usada por vez primera -y única, hasta dos siglos más tardepor Filón de Alejandría, en De Vita contemplati-Archivo Español de Arqueología, 65, 1992, 331-334 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa 1•a. una obrita en la que describe detalladamente una comunidad mixta. de varones y mujeres que viven separadamente y celebran en común ciertos ritos religiosos.
El tratado, de importancia histórica capital por varios aspectos, no deja dudas de que lo que el autor describe es precisamente lo que hoy conocemos como un monasterio: un conjunto de personas que ha abandonado el mundo, para dedicarse a una vida de meditación y oración; habitan en celdas aisladas. duermen y comen frugalmente, celebran en común festividades religiosas concretas.
Interesa aquí sobre todo destacar que el neologismo filoniano hace fortuna en la literatura religiosa cristiana de los siglos 111 y IV.
Cuando Eusebio de Cesarea cita a Filón de Alejandría y su peculiar descripción de los terapeutas en la Hiswria Ecdesiastica. ni por un momento se le ocurre pensar que no esté describiendo un monasterio cristiano; a fines del siglo 111. en plena debacle de la gran persecución de Diocleciano, es dudoso que el autor cristiano haya podido tener la ecuanimidad necesaria para sospechar que la comunidad de hombres virtuosos descrita por Filón dos siglos antes no pertenezca a su credo.
Para Eusebio, Filón es «uno de los nuestros», un'cxvtjp trov iiμetépcov, que. además conoce bien la filosofía de Platón y de Pitágoras (H. E. 11, IV, 2); llegado el caso de explicar la comunidad de hombres justos que habitan en torno al lago Mareotis, en los alrededores de A lejandría, el historiador eclesiástico no duda en cristianizarlos. atribuyendo su fervor a la obra evangelizadora de Marcos (H. E. 11, XVI ss).
Puede entenderse que la idea de hallar una comunidad cristiana en la gran metrópoli cuya evangelización el Nuevo Testamento ignora, haya atraído poderosamente a los historiadores de la Iglesia hasta el siglo XVIII.
Pero también que su singularidad haya provocado suspicacias.
El hecho de que el judío Filón haya conocido y durante un tiempo, al parecer, también convivido, en una comunidad monasterial cristiana a los pocos años de la crucifixión del fundador es, cuando menos, sospechosa.
Si además Filón afirma específicamente al comienzo del apartado 21, que este tipo de vida existe en muchos lugares del mundo habitado. «noUa.xou μtv ouv ti1~ oiicouμEVT\~'eon to yévo~».
su importancia histórica se agranda más allá de lo razonablemente admisible.
Lucius, en 1879, re-chaza la obra como un apócrifo del siglo 111 1 • El argumento más fuerte de su atribución es el silencio absoluto sobre los terapeutas en cualquier otro lugar. falla de noticias tanto más sorprendente si creemo~ las mencionadas palabras del apartado 21.
Su hipótesis obtiene las adhesiones de distinguidos historiadores, pero tras las refutaciones de Conybeare y Wendland sobre sólidas bases filológicas, nadie duda hoy de que la obra sea genuinamente filoniana ~.
Devuelta la obra a su autenticidad, sólo queda aceptarla tal como es; lo cual no deja de ser un obstáculo incómodo para cíertas teorías bien asentadas y reconocidas oficialmente.
El padre Festugiére cree que la descripción de la vida de los Terapeutas pertenece a un género de literatura imaginaria, donde se dibuja la vida de unos hombres santos de modo idealizado 1 • Si ello fuera cierto, habríamos de reconocer en Filón un sorprendente precursor de la literatura del realismo mágico o en Ja línea de visionarios tipo Julio Veme, faceta que se le desconocía hasta el momento.
Aceptar la hipótesis de Festugiére, equivale a admitir que De Vita Contemplativa inventa, con una minuciosidad en los detalles que parece surgida de un sueño, la vida de las comunidades religiosas que tan extraordinario grado de desarrollo alcanzarán cuatro o cinco siglos más tarde.
Es importante subrayar aquí el hecho de que la palabra monasterio inventada por Filón según todos los indicios, haya influido de manera decisiva en la tradición cristiana pos-1 Lucius, P. E.: Vil• Thernpe11te11 1111d ihre Stel/1111g in der Gesd1irhtt• der Askese.
476. para quien estos tipos de vida monástica (encierra en un mismo saco a los pitagóricos de Jámblico, las descripciones de brahmanes y gimnosofistas, los escritos de Plinio y F. Josefo sobre los esenios y la descripción de Filón de los Terapeutas, entre otros; no es extral'io que tanto peso termine por romperlo) serían «Un género literario bien conocido en el período helenístico: la descripción idealizada de castas sacerdotales o fraternidades religiosas de pueblos bárbaros».
Leipzig, 1914, Recientemente se ha destacado la ambigüedad de la terminología de la primera literatura monástica, cuestionando como teórica y puramente académica la tradicional clasificación del primer monasticismo crist iano en tres fases.: anacorética, cenobítica, benedictina~.
Frente a esta indefinición léxica. mi propuesta tiene la ventaja de ser clara.
Si el doctor Arce. haciendo gala a su reconocida ecuanimidad, tiene a bien aceptarla. estoy seguro de que llegaremos a entendernos: en caso contrario. cejaré en la controversia y abandonándolo a su suerte como a un terco Ulises amarrado al mástil de la ortodoxia. me dirigiré a marineros menos curtidos que él, esos «jóvenes profesionales de la arqueología y de la historia antigua» a los que exhorta en su escrito a desoir mis cantos de sirena.
Pero si la acepta, como espero, acaso se avenga a admitir también que la idea monástica o conventual con sus reglas y sus normas no es exclusiva del cristianismo, sino fenómeno profundo y universal, indisociable de la cultura urbana, íntimo rechazo de ella, que tiene forma budista en India, lamaísta en Tibet, taoísta en China. sufí en los países árabes.
Más difícil será convencerle, aunque no desespero de ello, de que también en e l mundo clásico existieron formas • Espero que la comunidad académica me pennita usar el ténnino relixio para denominar también el conjunro de creencias no cristianas sobre Dios (aquello que la autoridad eclesiástica conoce como superstitio ); en caso contrario, lo único que lograrfamos sería cambiar el objeto de la discusión y no, como se pretende, darla por zanjada.
Roma, ed. Laterza, 1986, 189-204. de vida y convivern.:ia semej<mtes. para las que no he encontrado mejor definición que la de monasterios paganos.
Rechazo. en consecuencia. la formulación antinómica entre 1•il/a y 11unws1crio que propone su título. y me reafirmo en lo escrito.
A una serie de l"illas de finalidad esencialmente religiosa puedo añadir ahora algunas otras. de mayor tamaño y entidad bibliográfica: me excuso por no poder dar aquí mis razones. pero mis conclusiones son firmes: y para que no quepa duda de mi compromiso con esta propuesta. la afianzaré con una nueva afirmación que tal vez a muchos resulte chocante: la villa de Piazza Armerina no era la residencia de nadie.
Comprendo que los autores del centenar de títulos dedicados a su estudio y en gran medida a la identificación de su propietario. puedan sentirse des-concer1ados e insatisfechos con esta nueva afirmación s in adicionales explicaciones: pues bien.
Piazza Armerina, la villa del Casale, Filosofiana. es un monasterio pagano.
Aunque tampoco tengo inconveniente en llamarlo escuela de filosofía. si ello me sirve para ahorrar controversias como la presente; porque en esta actividad que desarrollamos -hay quien la llama ciencia-es importante entenderse.
Existió un monasticismo pagano.
Queda ahí De Vira Con1emplarfra como insalvable obstáculo con el que tropiezan una y otra vez sin derribarlo hipótesis como la de Festugiére o Lucius, basadas únicamente en el silencio de los textos en los siglos posteriores a la obra.
No es casual, aunque sí irónico, que sea precisamente e l silencio, ese fuste que sustenta la vida monástica, el que se haya usado para negar su existencia.
Pero los argumentos «ex silen1io» son peligrosos; un día las piedras pueden hablar, con razones tan firmes y testarudas como ellas mismas.
Nosotros ya hemos hablado lo bastante.
Ignoro si las razones aducidas bastarán al doctor Arce; en caso contrario, espero poder ofrecerle pronto las de mi próxima monografía.
Hasta entonces, medien entre nosotros las palabras de un emperador: «Pero, ¿cuál será el final de nuestro discurso si tampoco esto te convence?» |
Los 1rabajos llcvadm a caho durante (¡¡s Campa1'i¡¡s de 1989-1990 han pre1cndido: la documentación exhaustiva del edilicio a lravés de lo~ diario~ de excavación: el cs1udio de la arquitec1urn. pintura. pavimento' y cultura ma1eri:1l y el diagnóstico del e'1ado de conscrvaci6n de lo~ re~to' mencionados.
8.8-9 ) de L. Vet11tius Plal'it/11,,, en su etapa inicial. se remon1a al s/11 a.C.. detectándose tres fases que se escalonan desde esa fecha has1a el año 79 d.C. Estas reformas se aprecian igulamente en las decor:1cion~•s pictóricas del 11, 111 y IV estilos y en los pavimen1os de opus si¡:11i1111m y «cocciopesl conservados.
La cu hura malerial represenlada por cerámica~ (l.s.i.. ánforas, dolia y lucernas), metales y objetos de hueso resume el ajuar de una casa de tipo medio en Pumpcyu.
Por último. se realiza un tli;1gnóstico del estado de conservación de los materiale~ estudiados. sugiriendo posibles intervencione~.
R. Mar Medina (R. M. M.). responsable del estudio arquitectónico.
C. Guiral Pelegrín (C. G.P.) y A. Mostalac Carrillo (A.M. C.) responsables del estudio de pinturas y pavimentos.
M. Angeles Sánchez Sánchez (M. A. S. S.) responsable del estudio de los restos muebles y M. A. Moreno Cifuentes (M. A.M. C.) responsable del estudio de conservación.
En 1989, el Ministerio de Cultura Español en colaboración con la Academia Española de Historia, Arqueología y Be llas Artes de Roma y la «Soprintendenza Archeologica» de Pompeya, acordaron un proyecto científico para e l estudio y documentación de la Casa Caupona ( 1.8.8.-9) de la Yia dell'Abbondanza de Pompeya 2 (Fig. 1 ).
El proyecto pretendía, por una parte, la documentación exhaustiva del edificio. tanto gráfica y i Las campañas de 1989-1990 han sido sufragadas económicamente por el Ministerio de Cultura y el de Asuntos Exteriores.
LocaliLación de la Casa/Caupona ( l.8.M-9 ) en la planta general de Pompeya (Cfr.
14 fotográfica como documental y, por otra, el estudio multidisciplinar, no sólo desde su vertiente arquitectónica y pictórica, sino también de Ja cultura material y estado de conservación.
Sin duda son estas dos últimas áreas a las que menor atención se presta por pane de los investigadores, siendo la información que ofrecen de gran interés no sólo para conocer la historia del edificio, sino para intentar conservar su integridad física a través de los cambios experimentados en el curso de los años.
Todos estos aspectos, y otros que por su amplitud exponemos seguidamente, han sido los objetivos que hemos intentado cumplir durante las campañas de [1989][1990].
Al interés de obtener la documentación más amplia posible, hemos unido el afán de desarrollar una investigación multidisciplinar con un objetivo claro: la aproximación a la y su correcta valoración histórica.
El infonne que ahora presentamos es C?l resultado de esa investigación que ha podido llevarse a cabo gracias al apoyo incondicional de las citadas instituciones, a las cuales queremos manifestar nuestro más sincero agradecimiento.
HISTORIA DE LAS EXCAVACIONES (J. L. J. S.)
No existe noticia alguna sobre la Casa en la documentación de las primeras excavaciones llevadas a cabo en época de los Borbones a partir de 1748 3.
Las primeras informaciones se remontan a comienzos del siglo XX, cuando V. Spinazzola acomete la excavación de la Vía dell'Abbondanza 4.
Fruto de estas labores, se produce el descubrimiento de las fachadas de los edificios situados a ambos lados de esta vía; si bien es cierto que por lo general. las excavacio-nes no afectaron al interior de ellos.
De acuerdo a la información consultada 5, es en el mes de noviembre de 1912 cuando se produce el descubrimiento de la fachada correspondiente a los vanos de ingreso 7 y 8 de la Insula 8, Regio I. así como la desembocadura del «vicolo» que separa la lnsula 8 de la 9.
Asimismo se constata la presencia de una serie de programas electorales escritos sobre las paredes de la fachada 6.
De esta fase de excavación, entre los años 1912-1916. se conservan algunas fotografías en las que ya se aprecia el aspecto que ofrecía el vano n.
0 8 con el mostrador ya al descubierto y detrás del mismo, los niveles de «lapilli» que cubrían todo el interior de esta construcción 7 • Es interesante la descripción del mostrador efectuada por V. Spinazzola 8, en la que ya se percata del desorden que ofrece la decoración del brazo frontal, a base de placas de mármol de diferentes colores y formas, fruto, a su juicio, de una restauración antigua.
Es a partir de diciembre de 1938 cuando tiene lugar el inicio de la excavación sistemática de la Casa ( 1.8.8), bajo la dirección de A. Maíurí, prolongándose las tareas de campo hasta octubre de 1939.
Con esta intervención se completaba la investigación arqueológica de la Insula 8 en la Regio 1, ya que con anterioridad se había acometido la excavación de las restantes viviendas que con-' M. Della Corte, «Pompei», Notizie deg/i Scavi di Amichitá (19 12). fase.
6 Los elementos epigráficos relativos a la Casa 1.8.8 se recogen en el CIL IV ( 1952), asf como en M. Della Corte, op. cit. e ID..
Notizie degli Scavi di Antichitá ( 1946), pp. 95-100, donde recoge esencialmente los epígrafes aparecidos en las ánforas recuperadas en varios puntos de la Casa.
También del mismo autor, M. Della Corte, Case ed abitanti di Pompei.
Aspectos relacionados con la epigrafía de esta casa y en particular con los programas electorales aparecen en obras recientes, entre las que destacamos, J. L. Jr. Franklin.
Pompei: The Electoral Programmata; figuraban la ínsula. quedando por concluir la n.
En los diarios de excavación se específica que los trabajos dieron comienzo en la parte alta de la zona situada al NE de la Tintoreria. en un sector comprendido al Oeste del «vicolo» oriental que separa la lnsula 8 de la 9. en la actualidad conocido como «vicolo dcll 'Efebo», zona en la que emergían las columnas de /arerici11m del peristilo correspondiente a la casa contigua, la n.
Precisamente, fue el muro orientado N-S que separa ambas construcciones. el primer elemento destacado en aflorar, advirtiéndose ya la presencia de dos columnas de toba con su respectivo capitel dórico, embutidas en dicho muro y pertenecientes a una fase anterior (Fig. 2).
A partir de este descubrimiento las labores de excavación se desarroillaron de N a s. es decir, desde la parte posterior coincidiendo con el extremo meridional de la casa, donde muy pronto se recuperó la primera de las dos columnas estucadas.
pertenecientes al triclinium aestivum, hasta la fachada de la vivienda. situada en el extremo septentrional, constituido por la Via dell'Abbondanza.
Una vez excavada la Caupona con el mostrador de venta (Fig. 3), los trabajos se crentraron esencialmente, en la recuperación de la parte occidental de la casa para finalizar en el mismo sector en el que habían comenzado, es decir, el jardín con el tric: linium aestivum.
Como es lógico, los diarios de excavación constituyen la principal fuente de información sobre el desarrollo de las labores llevadas a cabo, siendo especialmente útiles a la hora de indicar el lugar exacto de aparición de los hallazgos.
En relación con los objetos recuperados, los diarios recogen una descripción muy general y escueta con mención de las principales dimensiones de los materiales más destacados; infonnación que suele repetirse en los libros de Inventario.
Otro dato a tener en cuenta es que en diferentes momentos de la investigación se hace constar en los diarios, como en diversas zonas del inmueble, sobre todo en los triclinia 2 y 9, los estratos de «lapilli» aparecen sensiblemente alterados a consecuencia, a juicio de los arqueólogos, de búsquedas efectuadas en, épocas anteriores.
Una vez completada la excavación, se acome- tió la restauración de las estructuras dañadas de la casa (Vid infra).
ARQUITECTURA Y URBANISMO (R. M.
La Insula 8 de la Regio l forma parte de un importante sector de Pompeya urbanizado mediante una trama ortogonal de calles que ocupa el tercio oriental de la ciudad.
Se trata, fundamentalmente, de las regiones 1, II, 111, IV y IX 9.
Dos vías paralelas entre sí, la Via de Nola y la Via dell'Abbondanza, constituyen dos de los ejes principales que organizan este sistema de ínsulas que incluyen además el establecimiento del Anfiteatro y de la Gran Palestra.
Se trata del episodio final que concluye la expansión urbana de Pompeya, la creación deliberada de una serie de nuevos barrios articulados en tomo a los dos caminos que accedían a la ciudad desde el N-E.
9 La importancia histórica de toda esta parte oriental de la ciudad ya fue advertida por V. Spinazzola (op. cit.) al realizar la excavación de la Vía dell'Abbondanza.
Muchos de los aspectos de la evolución de la ciudad que precede a esta gran expansión urbana, fundamentalmente la relación entre las denominadas «alstatd» y «neustadt»'o y su articulación con el sistema de murallas, nos resultan desconocidos en sus detalles y controvertidos en su desarrollo histórico, especialmente en función de las últimas discusiones científicas 11.
El paso del siglo 1v al m 10 Para el desarrollo de la teoría del crecimiento de la ciudad a partir de un núcleo más antiguo situado en tomo al foro véase F. M1i-1rad11r a l:t vieja hipót.;,¡, de los orígenc' t.k 1:1 ciu d:1d.
Salu ~t i o (V I. 2.-l.) tl la lnsula 5 de la Regio VI 11. rc tra~n n en un:,,iglo a l gun a~ casas hasta ahora consideradas co1110 de l siglo I V a.
C. Sin nin guna duda se trata de un cuad ro renovador, aunq ue en la prácti ca ca nce le un ins trumento retenido has ta ahora como infa lible para la determinación de la crono logía de los ed ificio!-. de Po mpcyu. /\ntc este complejo panorama cientílico resulta importante centrar e l anális is de la peque ña Casa de Luciu s Yetutiu~ en un c: on1cx10 más amplio, aferníndonos a ll>:-. clcmcn1os seguros de que disponemos en mate ria de cronología arquitectónica.
En nuestro caso la identificación de toda esta zona de la ciudad que incluye la Insula 1.8 como una expansión homogénea a modo de proyecto urbano.
A partir de ello trataremos de explicar la forma en que el conocimiento puntual, pero exhaustivo de una casa y de la ínsula contribuye a mostrar ciertos aspectos de la evolución urbana de toda la ciudad.
En el estado actual de los estudios emerge la conclusión de que esta gran expansión en la que se inserta la Insula 1.8, no es posterior al final del siglo 111 a.
C. 14 y que la Casa de L. Vetutius Placidus refleja en su historia arquitectónica todas las vicisitudes históricas que sufrió esta parte de la ciudad.
Fase I (La fase Inicial de la Casa)
El trabajo de documentación arquitectónica del conjunto 1.8.8-9 ha permitido identificar la fase inicial constituida por muros de opus incertum construidos con lava oscura (traquita) 15 enlazados constructivamente con cadenas de bloques de caliza del Samo, reforzando los puntos más débiles de la estructura.
Esta fase inicial de la Casa se puede reconocer en puntos tan significativos como el pasillo de acceso desde el «vicolo» lateral, donde destaca la configurac ión de la puerta de la calle con su arco de descarga o el muro posterior de la taberna que abre hacia la Via dell'Abbondanza.
Todo el muro de la fachada de la Casa Rivista di Srudi Pompeiani ll ( 1988), pp. 195-202) apoyan esta misma visión de la cronología de toda la zona.
" Sobre la terminología utilizada al describir la t~cnica constructiva de los muros vtase R. Carrington, «Notes on the building materials of Pompei», J.R. S. 23 (1933), p.
130 SS. hacia el «Vicolo» fonna parte de esta primera fase.
Parte de los muros que delimitan la taberna principal de la Caupona, aunque la puerta y fachada hacia la Via del l'Abbondanza sean posteriores, corresponden a esta primera fase y lo que resulta especialmente significativo, estos muros se prolongan hacia el W integrándose en las estructuras de la Casa 1.8.5 (Fig. 2).
En la práctica, la primera fase constructiva que se reconoce en la Casa de Lucius Vetutius resulta homogénea con la Casa denominada de la Statuetta Indiana ( 1.8.5).
El largo muro que separa ambas casas aporta la explicación a este fenómeno: se trata del muro de cierre que cancela un ala del porticado del jardín, cierra la puerta lateral al triclinium de la casa, incluye en su mampostería una columna dórica que es mantenida in si tu y corta en dos la habitación que luego será el atrium de la Casa, reaprovechando elementos arquitectónicos anteriores, entre los que se incluye un capitel de pilastra corintio itálico.
En la práctica, se trata de una pared que divide en dos una gran estructura precedente constituida por una gran casa de atrio.
Desde esta perspectiva, podemos definir la construcción, que posterionnente dividida en dos dará lugar a la Casa de L. Vetutius, como una casa organizada en tomo a un atrium principal, con una serie de construcciones secundarias abiertas hacia el «vicolo» E. de la ínsula.
La parte posterior de la parcela será ocupada por un porticado dórico que, al igual del resto de la Casa, se dividirá en dos.
Esta primera fase, constructivamente homogénea, se reconoce en diferentes puntos del resto de la ínsula.
En concreto, en la fachada lateral de la casa 1.8.2, un muro de opus incertum construido con mampuestos de traquita en el que se abre una gran puerta construida con grandes bloques de caliza de Samo, es cancelado para la construcción del peristilo de la Casa.
El cuidadoso trabajo de los capiteles dóricos del peristilo permite situarlo en los años centrales del siglo 11 a.
C., lo •que nos obliga a remontar la fachada de la puerta tapiada a un momento anterior.
En la misma fachada de la ínsula enfrente del atrio con el friso dórico constituye una evidencia del originario muro de delimitación de la ínsula y que se remonta probablemente a los aí'los iniciales del siglo 11 a.
La homogeneidad de los muros que delimitan
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa el sistema de calles y su relación con la construcción de la Insula 1.8 permite intuir la vitalidad del gran proyecto urbanístico que detenninó la edificación de gran parte de la ínsula ya a com ienzos del siglo 11 a.
La operación de subdivisión de la casa original en dos entidades separadas implicó una serie de operaciones subsiguientes, a fin de acondicionar ambas estructuras a su nueva situación.
En la Casa 1.8.8 se construye un tablinum adaptando la planta de la misma a una estructura de atrio.
Esta operación se realiza utilizando una técnica de pequeños bloques de arenisca, similares en cuanto a forma y técnica de colocac ión a los que se utilizan en combinación con los parámetros de rericulatum.
El muro de división de la casa original reutiliza como estructura bloques anteriores, fundamentalmente de caliza de Samo.
Estos son dispuestos formando una cadena vertical similar en cuanto a forma a la conocida «opera a telaio».
En este caso la relación entre las cadenas de bloques y los parámetros de opus incertum carecen de la regularidad que caracteriza los ejemplos más antiguos y característicos de esta técnica constructiva.
En realidad, nuestro muro constituye una operación de compartimentación que aprovecha estructuras precedentes, como la columna que es mantenida in situ, y elementos constructivos del edificio anterior como son los bloques de caliza del Samo reutilizados en el muro (Fig. 2).
Fase JI/ (Instalación de la Casa-Caupona)
La tercera fase de transformación arquitectónica que se reconoce en la Casa corresponde a una serie de intervenciones en ladrillo que afectan simultáneamente a la Casa 1.8.5.
Se trata de la construcción de todo el frente de la taberna principal que abre hacia la Via dell'Abbondanza, la construcción del triclinium aestivum y el xystus de la casa 1.8.8 (Fig. 4) y la construcción ex novo del peristilo cuadrado de la Casa de la Statuetta India- ----------------• na ( 1.8.5).
La técnica constructiva permite situar estas intervenciones en la mitad del siglo 1 d.
C. Corresponden a la definitiva sistematización de la Casa de L. Vetutius con la construcción de la caupona y la instalación de sus salas triclinares.
En la Casa 1.8.5 se remontó el nivel de pavimentación general, colocándose un nuevo impluvium y un nuevo cartihulum.
La rica decoración de ambos elementos y el material empleado aporta una cronología postaugústea perfectamente en línea con el examen de la técnica constructiva.
Fase I V (Intervenciones finales)
Uno de los elementos más significativos de la arquitectura de la Casa de L. Vetutius son las intervenciones de carácter puntual realizadas en opus vittatum.
Se trata de la característica técnica reconocida normalmente en Pompeya como obra de restauración tras el desastre del terremoto del año 62.
En nuestra casa esta fase final está presente en la fachada de la casa hacia el xystus, en las antas laterales del tablinum, reforzando dos puertas interiores y consolidando la esquina exterior de la ínsula.
La homogeneidad técnica de estas intervenciones en cuanto a uso de morteros, módulos, aparejo, etc., obliga a interpretarlas como parte de una única fase constructiva 16 • La propia naturaleza arquitectónica de cada intervención explica el sentido final de todas ellas.
Se trata del saneamiento y refuerzo de una estructura arquitectónica en sus puntos más débiles, en definitiva, los ángulos exteriores y los grandes huecos.
Con la cuarta fase constructiva se concluye la definición arquitectónica del edificio (Fig. 5).
A continuación trataremos de insertar este proceso en la evolución histórica de esta parte de la ciudad.
A la primera fase de la casa se asocia una gran casa samnita con todas las matizaciones que se han de dar a este término l 7, que ocupaba en origen 1 6 En algunos casos la alternancia ladrillo-piedra es de módulo doble y en otros es de módulo simple, varia el aspecto, pero el sistema metrológico es el mismo.
11 Sobre la fase samnita de la ciudad y la utilización de este ténnino puede verse H. Lauter «Zur Siedlungsstruktur Pompejis in SamntischerZeit». inNeue Fors<:hungen in Pompeji.
La prc, encia de elemento-. de pin1ura-. del 1 C!>tilo en uno de lo, rnlncula anc\o~ al whli11111n de la ca-.a l.H.5 confirma la valoración cronológica del edific io original.
Esta:-illlación e~ similar a la que em: on1ramo!> en otra!> ín:.ula:-de la mi:.ma 1ona: la fn:-e inicial de la C'a-;a dei Cuhiculi Florcali ( 1.9.5 ) corresronde a una gran prerromana pm.1crionnente dividida en do-. unidade:, 1 ~; el frente de la lnsula 1.1} con la!> ca, ai.
1 y 2 rellcja una! lituación ~i mi lar.:unba:. ca:,a!> eran en origen una gran cai.a de rinak!I del siglo 111 a. c.. pos1criorrncnu.: dividitla en do'> 1' 1.
Todm. cs1os dato!>!>ugieren in~islente -
E,111 fachada'e pmlnnga ha,1a l;i vecina Ca:-a 1.9.3. ch.: ~ mo, trJndo el ongcn comiín de amba,. mcme 4uc C' >la 1.ona de la ciudad -.e hallaba urba-ni1.ada de un modo c: ompacw ya a comicn1n:-de l:-iglo 11 a.
C. Podríamo-. añadir a todo' c:-IO' ejemplo' una serie de grantk' casa' con,1ruida' con e:-Ja misma!étnica y que ucupahan este,i,1e111a urbano.
Se lralél. entre otras. de la Casa di Cercre ( 1.9.
A e~le conjunto de grande-, ca"'''amniias de a1rio 21 • hcmo), de añadir un imponan1c grupo de residencias carac1cri1ado en sus fachadas ex1eriorc-; por un homo_génco op11.\ i11art11111 -~• M. De Vm.
Van en lava combinado con cadenas de sillares de caliza en los puntos débiles.
Se trata del conjunto de la viña (l. l l. l ). en especial el pequeño cubículo decorado y los muros de delimitación.
En la lnsula 1.16, el conjunto 2 con su gran peristilo de columnas cilíndricas y capiteles cúbicos. el conjunto 7 con los muros de grandes sillares y el conjunto 5 con su estructura de atrio con los muros «a telaio» (en calcárea del Samo).
Es importante notar que se identifican dos tipos de técnicas, a veces combinadas en la misma obra: la estructura «a telaio)) usada con mucha frecuencia en los muros internos de compartimentación y en la fachada gruesos muros de opus incertum, trabados con una argamasa muy pobre y reforzados con cadenas de caliza del Samo en los puntos débiles.
El edificio junto a la Casa de Cerere (l.9.13) en la Insula 9 de la Regio 1 presenta una fachada de grandes bloques de calcárea.
En muchas ínsulas de las regiones 1 y Il este sistema constructivo se presenta como la facies correspondiente a la inicial ocupación arquitectónica de las ínsulas (final del siglo 111, inicios del siglo 11 a.
La coincidencia de las puertas de la muralla (puerta del Samo, de Nocera y de Stabia) con el sistema de calles de esta parte de la ciudad y la correspondencia de estas calles con el sistema de ínsulas son dos circunstancias significativas que plantean una seria reflexión respecto a la articulación de los sistemas de muralla con un proyecto urbano posiblemente ya esbozado cuando se delimitó el sistema de murallas.
En tanto no se dis-pongan de nuevos datos estratigráficos para este área, las hipótesis permanecerán como tales 22 • Toda esta zona resulta incluida ya en el momento fundacional en el interior del circuito de las murallas.
Muchas zonas son ocupadas como suelo agrícola.
La forma y proporción de las ínsulas son, en definitiva, el resultado de un compromiso entre algunos rasgos preexistentes a todo el proceso de planificación urbana y la voluntad de ampliar el suelo urbano con una forma de crecimiento específica.
La segunda fase arquitectónica que hemos identificado en la Caupona y Casa de L. Vetutius, corresponde a la división en dos unidades de la vieja casa de comienzos del siglo 11 a.
C. Unicamente podemos afirmar que resulta anterior a las construcciones de ladrillo de las dos fases finales.
A modo de hipótesis, la situaríamos entre finales del siglo 11 a.
J. Ward-Perkins, «Note di topografia urbanística», en Pompei 79, Nápoles, 1979. pp. 25-39, plantea que esta parte de la ciudad se haya construido después de la II Guerra Púnica.
H. Eschebach supone la urbanización completqa de esta zona tras la deducción de la colonia cesariana (80 a.
23 La colocación de un nuevo impluvium en época augústea en la casa 1.8.5 al tiempo que se realizan las refonnas de ladrillo de'la fachada, aporta un dato cronológico ante quem La tercera fase de la Casa corresponde a la construcción de la gran taberna que se abre hacia la Vía dell'Abbondanza.
Su conexión con otras intervenciones citadas en la Casa 1.8.5 permite asignarle una cronología situada en tomo al cambio de era.
La cuarta y última fase de la casa, realizada en opus l'ittarum mixtum. se puede datar a través del conjunto homogéneo de pinturas del III estilo que cubre en algunos puntos los paramentos de esta fase y que pennite, por tanto, afinnar que el conjunto de reparaciones en opus vitattum de la Casa de L. Vetutius Placidus no se realizó tras el terremoto del año 62 d.
C., pues fue recubierto de pinturas datables a partir de Claudio.
El problema de la cronología de esta fase final de la casa permanece abierto y solamente se podrá resolver en la perspectiva de un replanteamiento de este tipo de operaciones en toda Pompeya.
Las decoraciones pictóricas, revest1m1entos parietales. comisas en estuco y pavimentos del conjunto arquitectónico objeto de estudio, se pueden clasificar en tres fases cronológicas diferentes:
Sin duda, los restos ornamentales más antiguos visibles en la actualidad se conservan en el cubiculum (6) que presenta entrada por el atrium (4); esta estancia, de pequeñas dimensiones, tuvo inicialmente cubierta abovedada de la cual todavía se conserva la impronta del luneto de la pared (b) 24.
El pavimento, un opus signinum, en el que aún quedan restos de la capa de pintura roja que lo cubría, se articula en tres zonas; el procoeton o antecámara decorado con una alfombra de rosetas formadas por cinco teselas en cruz, la zona correspondiente a la banda de separación con una retícula en losanges y la zona ocupada por el lecho, en la cual las teselas aparecen dispuestas de forma desordenada sobre la superficie (Fig. 6).
Los tres motivos decorativos están presentes en el siglo 11 a.
C. 25, continuando en los pavimentos de cronología posterior, no sólo en los de «coccíopesto», sino también en los teselados bfcromos.
Por tanto, para precisar su cronología es necesario recurrir a otros 24 elementos como las pinturas y los estucos.
Por lo que se refiere a los primeros no podemos obtener ningún dato ya que la parte visible es ciertamente exigua (ángulo superior de la pared (a); no oibstante, el fragmento de comisa que decora la zona media de la primitiva decoración pennite incluirla en el II estilo, ya que comisas de perfiles similares se encuentran en el tepidarium de la Casa (VII.
1.40) y en la estancia 41 de la (VI.11.10) 26 • Por tanto, esta primitiva decoración del cubicu/um sería contemporánea del pavimento y se podría datar hacia la mitad del siglo 1 a.
n Existe otto elemento que puede corroborar la datación y es la compartimentación del pavimento siguiendo la funcionalidad de la estancia (antec. ámara y alcoba) que parece típica de los cubicu/a decorados según los cánones del a estilo.
A esta segunda fase corresponden la mayoría de las pinturas, pavimentos y comisas visibles en la actualidad en la Casa.
Tanto las pinturas de los triclinio (2) (Fig. 7a) y (10) como las del xystus (9) y tablinum (8) pueden ser clasificadas estilísticamente en la fase tardía del lII estilo 28.
Quedan las decoraciones del cubicu/um (6) (Fig. 8) que cubren las anterionnente descritas pertenecientes a la fase 1 que, debido a su sencillez y esquematismo dello stile a candelabri», MededRom.
XXXVII (197S), pp. 76-77 y A. Barbet Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa han sido valoradas de forma distinta por los diferentes autores que han tratado de ellas 29 pero que, sin duda, hay que relacionarlas cronológicamente con el resto de las pinturas de la Casa, siendo, por tanto, el programa ornamental coetáneo en todas las habitaciones.
Indudablemente el atrio presenta la decoración más simple, formada por un zócalo saliente de «cocciopesto» compartimentado en paneles mediante bandas rojas y zona media de la pared blanca.
Este tipo de revestimientos parietales cuya característica fundamental es presentar el «Zocollo sporgente», están ampliamente atestiguados en Pompeya 3 0 y suelen aparecer generalmente revistiendo las paredes de atrios, pasillos, fachadas, etc., siempre con una función aislante o de protección de la zona baja de la pared.
M. Bulard ya constata este tipo de revestimientos en Delos 3 1, estando presentes en Pompeya, Herculano 32, Oplontis 33, Roma 34, Ostia 35, etc. La pared (c) de este cubículo presenta un pequeño cuadro sustentado por un fino vástago con doble voluta similar muy similar a los que aparecen formando parte de la decoración del denominado II estilo esquemático (Cfr.
34 Casa de Augusto en el Palatino (in~dito).
Parece evidente que las características que presentan las pinturas del tric/inium (10) de la Casa permiten relacionarlas con el taller o talleres 36 que trabajaron en la Casa de M. Lucretius Fronto (V. 4. a) 37, taller por otra parte activo, no solamente en Pompeya, sino en Herculano 38 y en otras zonas de la Campania 39 • No dudamos que el repertorio ornamental individualizado de la Casa ( 1.8.8-9) pennitirá un mayor conocimiento de este taller o talleres que debieron poseer una variada gama de elementos decorativos. pues solamente en la pared (b) del triclinium (10) se han detectado 27 diferentes que entran en complejas combinaciones (Fig. 9).
Esta misma relación de taller queda patente, por ejemplo, entre las decoraciones del triclinium (2) y las del cubiculum ( 11 ) de La vecina Casa del Bell'Impluvio (1.9.1 ), cuyos esquemas, paleta de colores y repertorios ornamentales son idénticos (Fig. 7).
Sin embargo, la datación de las pinturas del triclinium (2) consideradas del IIl estilo tardío deben ser revisadas porque ellas se encuentran cubriendo aparejos de opus vittatum mixtum considerados en Pompeya como fruto de las restauraciones debidas a los efectos del terremoto del año 62.
Esta es una cuestión que ya observó F. L. Bas- Los pavimentos de esta segunda fase son de «cocciopesto» con decoraciones de tipo filifonne realizadas mediante teselas blancas y con emblemas centrales cuadrangulares fonnados por scurula de pequeño tamaño insertos en el «cocciopesto» (Fig. 5).
Este tipo de pavimentos, no excesivamente representados en Pompeya, son característicos del 111 estilo, datación que concuerda cronológicamente con la que ofrecen las pinturas de las estancias citadas 42 • Por lo que refiere a su esquema decorativo hay que indicar que en el caso de los triclinio se adapta perfectamente a la funcionalidad de las estancias.
Del pavimento del oecus (3) solamente se observa en la actualidad del emblema central de 40 F. L. Bastet, M. De Vos, op. cit., p.
En et cuadro sinóptico de las pp. 114-115 de la citada obra se recogen algunos ejemplos de este tipo de pavimento, a los que se pueden alladir el occus EE de la Casa IX.13.3 cuyas pinturas se fechan en la fase tardía del 111 estilo.
Hay que destacar la similitud de los pavimentos de los triclinio de la Casa del Bell'Impluvio (1.9.l), algunas de cuyas pinturas se relacionan estitrsticamente con las de tos citados triclinio. opus sectile fonnado por placas de mármol de diversos tipos: «pavonazzetto, africano, cipollino, rosso antico», etc. 43 (Fig. 5).
El pavimento del implivium también está compuesto por recortes marmóreos (Fig. 5) cuya datación podría coincidir con Ja del resto de la casa ya que per se no ofrece una cronología concreta, si bien la mayor parte de los recogidos por M. de Vos se fechan en el siglo 1 d.
C. 44 • Aunque no existe ningún dato ornamental que lo corrobore, es posible que la primitiva decoración de la caupona perteneciese a esta fase decorativa, ya que de ella sólo se conserva la zona superior del larario fonnada por un frontón de estuco con decoración de antas sobre el fondo blanco de la pared (Fig. 10).
A la tercera fase corresponde el larario destinado al culto doméstico 45 • Se sitúa sobre un fondo negro y está enmarcado por orlas caladas de color blanco consistentes en una sucesión de triángulos contrapuestos decorados con rosetas en su interior 46 (Fig. 11 ).
La parte inferior del larario es de extraordinaria importancia, pues presenta una comisa moldurada cuya plantilla es similar a otras halladas en la Casa de Championnet (VIIl.2.1) y de Ganimede
Los objetos que en su día aparecieron en la excavación de la Casa constituyen un documento de gran interés y una fuente excepcional para conocer mejor la vida cotidiana y la actividad mercantil desarrollada por sus moradores.
Los trabajos sobre las casas y otros locales de Pompeya. que incluyan el estudio de los materiales exhumados en la excavación, son prácticamente inexistentes, por lo que junto al estudio de los restos inmuebles hemos creído conveniente completar el análisis global de la Casa con el del instrumentum domesticum aparecido en el momento de la excavación.
Para el estudio de estos materiales se ha establecido la siguiente subdivisión:
-:-Cerámicas (sigillatas, ánforas, dalia y lucernas).
En el grupo cerámico analizado incluimos dos piezas de 1.s.i. que formaba parte de la vajilla de mesa.
Se trata de una copa o taza Drag.
22 (Atlante XXXIX.4) con sello in planta pedis, probablemente de producción Campana y de la forma Goudineau 43, con sello in planta pedis de L. R(asinius) PIS(anus) ( El conjunto más numeroso de recipientes es el de ánforas, como corresponde a un local de venta y consumo de vino. pero desafortunadamente sólo hemos podido estudiar los pocos ejemplares conservados in sir u. al no poder localizar en los almacenes de Pompeya el resto de ánforas.
Gran parte de ellas llevaban riru/i picri. hoy desaparecidos como en la mayoría de las ánforas pompeyanas. pero que han quedado recogidos en el CIL IV y en la serie Nori: ie de1? li Sca1•i 4 9.
Los tipos recogidos y documentados son Mau X, Mau XIII. la vinaria Dressel 2-4 de producción campana (Fig. l 3a), la Dressel 36 (Mau VIII) muy difundida en el período de la erupción y procedente problablemente del ámbito Egeo y cuyo contenido pudo ser vino y preparaciones de vinos de tipo aromático tratados con hierbas, la Schoene-Mau XXVII (Ostia lll, 372). que como la anterior puede adscribirse a la misma zona y otras dos formas: la Dressel 26 y la forma LIX (Ostia 111,386). quizá para aceite y de posible origen norteafricano -~0.
Por lo que se refiere a su cronología pueden 1985. p.
4 " La atribución de los tit11/i pini a la tipología de las ánforas pompeyanas realizada por Schoene-Mau en el CIL IV.2, debe tomarse con ciertas reservas, pues no siempre se puede detenninar a qué tipo de ánfora en concreto pertenece. ya que las fonnas existentes actualmente en Pompeya son más numerosas que las recogidas en dicha tipología y suele darse el caso de que gran cantidad de inscripciones son atribuidas a una misma forma, cuando en realidad corresponde a tipos morfol6gicamente diferentes; de esta problemática ya se ocupó C. Encajados en el mostrador de la Caupona se conservan un grupo de once dolia de diferente forma y tamaño, además de otros dos más pequeños, fragmentados, colocados en el brazo frontal izquierdo más estrecho del mos1rador que da a la calle.
La forma de estos dolía es la habitual en Pompeya: cuerpo cilíndrico con hombros carenados y borde de sección triangular; o de tipo globular con borde vuelto al exterior y superficie interna convexa. los primeros son los más numerosos.
Del grupo de lucernas aparecidas, una es de volutas con piquera doble en forma ojival, fragmentada (Loeschcke 111) y disco decorado con una cabeza de Medusa, no conserva el asa que sería de tipo plástico, probablemente triangular. en la base tiene un sello in p/anw pedis 51 • El resto se incluyen en las lucernas de pico redondo y disco liso, bastante cóncavo y con orla amplia, asa disco perfor.ada y base plana con círculo inciso; el rosrrum aparece separada del margo por una línea recta incisa, una de ellas tiene dos círculos impresos a ambos lados de la orla (Fig. l 2b) (Loeschcke VIII y VIII L2), ésta, por sus características técnicas pertenece a un taller localizado en Pompeya 52 • Todas ellas responden a era imperialt'.
571 tipos bien documentados en Pompeya y Herculano.
En el apartado de los metales, excepto una cista de plomo con sistema decorativo formado por una trama geométrica que encierra en los espacios resultantes conchas, delfines y figuraciones humanas 53; el resto de los objetos son bronces pertenecientes a la vajilla doméstica de cocina y mesa, al mobiliario o bien son de adorno, aseo o tocador.
A las primeras pertenece una sítula para contener agua, un cazo para cocer, verter o mezclar líquidos, un cucharón y dos vasos, uno de ellos de gran tamai'ío, panzudo, con borde exvasado y asa torneada que se une al cuerpo en forma de hoja cum di Ercolano e Pompei nel/a prima eta imperiale.
39.' 3 El ejemplar que citamos está inédito.
Sobre las cistas de plomo decoradas v~ase S. Adamo Muscettola, «Le ciste di piombo decoratc», la rtgioM sotterrata del Vesuvio.
Studi e Prospettive, Nápoles, 1982, pp. 701-752. lanceolada y otro igual al anterior, pero de menor tamaño con apéndices en la parte superior del asa, junto al borde para sujetar la tapadera que no se ha conservado.
La sítula es ovoide, con hombros redondeados, cuello cilíndrico y borde con pequeño labio horizontal decorado con ovas; destaca el sistema de unión del asa que consiste en dos agarres con argollas figurativas, una con figura femenina alada y otra con Medusa flanqueada por cabezas caninas.
El cazo es de tipo sencillo, con mango horizontal liso y traforo semicircular en el extremo.
De los recipientes destinados al servicio de mesa destacamos:
-Un olpe bitroncocónico para contener líquido, de ancha boca, borde vertical y asa con lengüeta realzada; Jos agarres de unión a ambos lados del borde terminan en cabezas de cisne.
-Dos fuentes semiesféricas para alimentos con pie cilíndrico y asas horizontales bellamente decoradas, la primera (Fig. IOaj con un collarino en el centro, del que se eleva un bulbo con corola floral de ambos lados del collarino parte un haz de hojas lanceoladas que tenninan en una flor de loto pegada al borde del recipiente y de ésta sale un tallo rematado por una roseta unida igualmente al borde.
En la segunda las asas llevan en el centro un grupo de tres collarinos y en la zona de unión con la pared de la vasija terminan en cabezas de serpientes.
-A este grupo podemos aí'ladir una protome de perro perteneciente al mango de una pátera.
Del mobiliario formarían parte un fragmento de pie de candelabro caliciforme con decoración de ovas, varias piezas de muebles (apliques, anillas), cerraduras y bisagras de puertas, alguna de ellas con restos de madera (Fig. 14b).
Por último, hacemos referencia a una serie de piezas de adorno personal: dos fíbulas de tipo Aucissa, varias hebillas en forma de herradura con barra transversal y aguja lanceolada y a otros de aseo o tocador, como un estrigilo, una cajita cilíndrica decorada con líneas incisas, un balsamario en forma de botella ovoide con cuello estrecho y boca en embudo (Fig. 14c), un espejo recta! lgular
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64, 1991 con una ele las caras plateada y decoración de muesca~ en el canto de los ángulos y una pinza:i 4, etcétera.
Al grupo de los objetos de hueso pertenecen algunos fragmentos de un pie de lecho y parte del perno de hierro en que iban encastrados.
Se trata de una pieza de gran interés puesto que la mayoría de los lechos hallados en Pompeya son de bronce.
En resumen, se puede afirmar que, a pesar de su escasez, la gran variedad de objetos funcionalmente di fcrentes, es representativa de lo que debía ser el ajuar de una modesta casa pompeyana.
Uno de los objetivos que nos propusimos al estudiar la casa que nos ocupa fue el análisis de su estado de conservación, debido no sólo a la vigencia actual del tema, sino también a la entidad y características de una ciudad como Pompeya.
La conservación de grandes áreas arqueológicas es problemática, pues son muchos los elementos a tener en cuenta a la hora de buscar soluciones y, en ocasiones, éstas escapan a nuestras posibilidades.
Por ello, en este trabajo hemos intentado describir las diversas incidencias que, desde el punto de vista conservativo, influyen en la Casa desde el momento de su ocupación hasta la actualidad.
229 ss. (fuente y cazo). dan algunos aspectos por confirmar que esperamos poder incluir en un estudio más amplio. del cual éste es sólo un avance.
El análisis del edificio y su decoración, así como de los restos muebles se ha basado, no sólo en el estudio visual directo, s ino también en la consulta bibliográfica 5 \ los diarios de excavación 56 y la documentación fotográfica 57.
a) Factores de alteración
El primer aspecto a considerar son los agentes externos, es decir, todo aquello que ha hecho variar el aspecto original de la casa hasta el momento actual.
Así pues, hemos de considerar dos momentos cronológicos: los cambios acaecidos antes y después de la erupción del Vesubio en el 79 d.
Por lo que se refiere a los primeros hay que incluir los cambios que sufren los restos muebles e inmuebles como consecuencia de su uso y desgaste cotidiano. así como los cambios debidos a las reestructuraciones del edificio y su decoración pictórica que ya han sido analizados en sus apartados correspondientes.
Las alteraciones que sufrió la Casa después del año 79 se deben fundamentalmente a inciden-cías humanas como son las entradas incontroladas de excavadores furtivos, los problemas derivados de Jos trabajos de excavación, algunas intervenciones de restauración en los año 40 y los bombardeos de 1943, de los que tenemos constancia de la desaparición de algunos objetos.
Debido a los orificios practicados por furtivos en diversas épocas se dañaron algunos muros, se agrietaron pinturas y desaparecieron del rric/i- nium (JO) dos pequeños cuadros de la pared (b) a la izquierda y derecha del edículo central.
El momento preciso de su desaparición no se conoce, si bien en la época de la excavación ya no existían.
Por lo que se refiere al cuadro central de la pared (d) actualmente se encuentra en el almacén de la «Sorpintendenza Archeologica» de Pompeya.
Además de las incidencias humanas, también las debidas a la acción del medio ambiente han influido en el deterioro de la Casa, sobre todo por lo que se refiere a las pinturas.
La acción de la luz ha debilitado considerablemente los pigmentos, el calor húmedo unido a la suciedad y a la falta de ventilación adecuada han facilitado la formación de hongos y el agua de lluvia ha propiciado la separación de las diversas capas del mortero.
En resumen, las alteraciones de tipo mecánico, tales como la caída y derrumbe de techumbres, etc., se han visto potenciadas por los factores y reacciones de carácter químico y biológico, resultado de las incidencias del medio ambiente sobre los propios materiales, dando como resultado una degradación paulatina en la que las sales solubles han sido una causa grave del deterioro ya que su acción decohesiona los materiales y fac ilita la corrosión de los metales.
El último factor de alteración importante ha sido el terremoto de 1980 que, como en otros edificios de Pompeya, causó algunos daños en las zonas más desprotegidas de la Casa 58.
b) Intervenciones de restauración
Varias fueron las intervenciones que se realizaron en el edificio ya desde época antigua.
Como hemos visto en el estudio arquitectónico y pictórico se constatan varias reformas, ampliaciones y cambios decorativos que se reconocen por el uso de materiales diferentes a los de origen (vid. supra).
También hay indicios de reparaciones en los restos muebles, como es el caso de la sítula con asas de hierro (n. de inv.
6997) cuyo fondo debió separarse del resto y en la panza conserva dos lañas de plomo.
Aunque los trabajos de restauración comienzan prácticamente en el momento que se excava la Vía dell'Abbondanza, tratándose de limpiezas superficiales de las fachadas y algún refuerzo en los muros.
Es en el momento en el que se excava el edificio y la insula cuando ya se puede hablar de trabajos de restauración.
Según los diarios de excavación, vemos que hay una preocupación por conservar y proteger el conjunto, a tenor de las notas de A. Maiuri que advierte sobre los peligros que supone el descuido y la negligencia de los visitantes hacia los restos arqueológicos.
En las consultas que hemos realizado en los diarios de excavación hay claras referencias a la Casa ( 1.8.8-9) en donde se relatan, si bien de forma poco exhaustiva, las labores realizadas.
Estos trabajos se constatan bajo el epígrafe (<officina di... »: «Cementisti».
Se refiere a los trabajos realizados con cemento.
Son fundamentalmente labores de albañilería: encofrados de muros, instalación de techumbres, alzado de paredes, refuerzo de morteros, colocación y reconstrucción de antefijas y tejas, etc. (Fig. 4), es decir, todos aquellos trabajos que tienen como base material el cemento, al cual arman con hierro para dar mayor consistencia a los techos de las estancias.
Construyen rejas de protección, armazones y vigas de hierro y barras para la protección por medio de telas y cristales de las decoraciones pictóricas (se protegió el larario y las proclamas electorales de la parte izquierda de la fachada).
Actuaron en los trabajos de reconstrucción del revestimiento marmóreo del mostrador.
Fundamentalmente pintan o 1intan las vigas de refuerzo de los vanos con pintura negra u oscura.
Trabajan en la manutención de puertas o barandillas de cierre y en construcción de vigas de madera para nuevas techumbres; en los diarios se indica qué tipo de madera es la utilizada, fundamentalmente la de pino.
Una mención aparte se hace siempre a lo referente a la protección y conservación de las decoraciones murales.
Se realizan limpiezas. estucan lagunas, se colocan «solí ne» de cemento en las roturas para proteger los morteros del agua, se inyecta cemento líquido y se enluce con el mismo material las zonas en las que los revestimientos han desaparecido, sean o no sean decorativos.
En este mismo apartado debemos incluir los trabajos de colocación en su lugar de origen de las pinturas caídas y fragmentadas, aunque a veces quedan ligeramente desplazadas como sucede en la pared (d) del triclinio, en la que nunca se volvió a situar la escena central, aunque sí fue restaurada por medio de una protección y refuerzo en el reverso.
En los diarios de excavación se hace referencia también a la protección de las películas pictóricas por medio de cera, explicando su lavado previo solamente con «benzina».
e) Estado actual de conservación
Una vez analizadas las causas y circunstancias que han influido en la conservación de la Casa, podemos hacer un resumen de lo que es su estado de conservación actual.
Por lo que se refiere a las techumbres (todas ellas restauradas en los años siguientes a la excavación) es bastante precario, ya que si por una parte el cubrimiento ha impedido la pérdida total de los materiales constructivos y decorativos, actualmente existen problemas de caídas y desprendimientos a causa de la degradación que sufre el cemento, las tejas y las vigas de hierro o madera por la acción directa del agua de lluvia que ha activado la acción de las sales.
En la actualidad se está revisando el tejado del xystus, sustituyendo parte de la viguería.
•Los muros se conservan bien en general, aunque se aprecia una tendencia al agrietamiento en las zonas que están al aire libre. como en el triclinium aestivum.
Las paredes pintadas, que han sido realzadas en aquellas zonas en las que los revestimientos estaban perdidos, se encuentran recubiertas con efluorescencias de tipo salino a causa del cemento utilizado en los morteros de alto contenido de sal.
Los pavimentos están muy deteriorados, fundamentalmente en las zonas no cubiertas. tab/inum y atrium.
El primero de ellos tiene el «Cocciopesto» muy disgregado y separado del rudus, las teselas y los recortes marmóreos están sueltos y con grave riesgo de desaparición; el pavimento del impluvium presenta las placas de mármol despegadas de su soporte original que ha desaparecido.
Los pavimentos del resto de las estancias, cubiertas en la actualidad, si exceptuamos los problemas de suciedad, presentan un grado de conservación aceptable, aunque en la mayoría de los casos hay grandes lagunas que coinciden con los umbrales y zonas de tránsito como es el caso del cubicu/um (6) (Fig. 6).
De los rótulos pintados situados en la fachada han desaparecido los de la zona derecha, conservándose en la izquierda algunos restos que han podido ser interpretados; estos rótulos, de color rojo, aparecen muy lavados y desgastados por su situación al aire libre, si bien están protegidos del público por un cristal.
En los revestimientos de los ambientes 3, 4, 5, 7, 8, 9, jardín y triclinio estivo hay grandes lagunas, proliferación de hongos, suciedad superficial y pérdida de pigmentación.
Claro ejemplo es la desaparición de la figura humana, que describen los diarios de excavación y que se situaba en el jardín.
Las habitaciones que tenían decoraciones pintadas están, en general, bien conservadas, y todas las pinturas han sido tratadas con cera «benzina»; presentan problemas de emblanquecimiento u opacidad debido a la acción de la humedad que ha activado las sales, el papel impermeabilizante de la cera, más la suciedad adherida a la superficie.
Las lagunas pequeñas se reintegraron con mezclas de yeso, cal, arena o polvo de mármol intentando imitar el original y las más grandes con cemento.
Un ejemplo sería el larario en el que, comparando el aspecto que presentaba en el momento de la ex-Archivo Español de Arqueología, 64, 1991, págs. 293-317 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa cavación con su estado actual, podemos observar los cambios experimentados y las intervenciones realizadas (pueden compararse las Figs.
Gracias a las «soline» de cemento que se pusieron en Jos años 40, muchas pinturas siguen adheridas a los muros y mantienen Jos morteros.
Con ello se ha evitado Ja entrada directa del agua, aunque no se ha frenado la acción de la humedad que asciende a través del muro por capilaridad.
Por lo que se refiere a los restos muebles, los objetos metálicos presentan buenos núcleos y las pátinas son de las denominadas nobles.
Las alteraciones debidas a carbonatos y cloruros han producido coloraciones verdes mates (debidas al carbonato básico de cobre), azules y azules celeste (debidos al carbonato básico de cobre y de cinccobre), verde brillante (debido al cloruro básico de cobre) y los que presentan un aspecto más oscuro virando hacia el negro denotan la presencia de óxido cúprico.
Ninguna de las alteraciones ha dañado el núcleo metálico de manera irreparable.
El material cerámico y en concreto, las ánforas, aparecen fragmentadas y con concreciones de carbonato cálcico y sales en forma de manchas blanquecinas; algunos recipientes de terra sigillata tienen adheridas concreciones.de carbonatos y res-tos de polvo que de ningún modo dañan el barniz.
Resumiendo, podemos indicar que, aun faltando varios aspectos por determinar y ampliar en este estudio, es aconsejable Ja utilización de materiales de la zona, que han demostrado sus buenos resultados en el tiempo.
Esto mismo. nos ayuda a obviar otros productos. siendo conveniente la eliminación de los cementos no hidrófugos y de alto contenido de sales.
No vamos a realizar un resumen de lo expuesto, pues en cada uno de los aparatados creemos haber tratado de forma sintética las principales cuestiones que se han derivado del estudio directo de los restos.
Con este informe, que no es definitivo, simplemente hemos querido dar a conocer y plantear una serie de aspectos y, en algunas ocasiones dudas. formuladas o surgidas en el transcurso de la recopilación de toda aquella información referente al conjunto arquitectónico.
El análisis más detallado de todos los datos obtenidos, tanto gráficos, fotográficos como documentales quedarán reflejados en la Memoria de investigación definitiva que de forma resumida hemos expuesto.
•• En este sentido resultan claves las excavaciones estra- tigráficas realizadas en la Casa de la Nave Europa (M. Ao- yagi. la Casa della Nave Europa a Pompei, Tokyo 1977) y, |
LOS CAPITELES BIZANTINOS LEONESES
POR RAMÓN CORZO SÁNCHEZ
Sev ill a RESUMEN Se hace la réplica a una n:~eña publirnda en el numero anterior de esta revista.
Se desarrolla ht idi.:a de 4ue los ca• pitcles bizantinos de las iglesias mozárabes pueden ser obras realizadas en época visigoda: el origen del taller es• taría en la construcci<Ín del mausoleo del Chindasvinto en San Roman ele la Hornija. dónde se encuentran las ohrns más importantes de la serie y las de.:stiln más antiguo.
Se hacen algunas puntualizacion.:s sohrc los paral.:los estilísticos de los capitel.:s. la falta de relación con otros rasgos de las iglesias mozárabces y la posible adscripción a una fase histórica m:ís acorde con su calidad artística.
This es an answer to a rewicw puhli~ht;d in thc last numO<!r of Archivo Español de Ar4ucología.
He leído la reseña publicada por E. Domínguez Perela, en el núme ro anterior de esta revista, sobre mi libro Visi¡.:ótico y prei-románico (Historia del Arte editada por Historia 16, Madrid, 199 1 ).
Me satisface que un texto destinado a l g ran público haya tenido tan rápido eco en la bibliografía científica, aunque los comentarios se refieren a un sólo tema, los capiteles bizantinos leoneses, y tienen un cierto tono de reproche. como si el autor de la reseña lamentara no haber encontrado en mis palabras ningún reflejo de sus pro-pias ideas.
En cualquier caso. las faci lidades que el Consejo de Redacción de Archivo Español de Arqueología ofrecen para la réplica. me permiten abordar aq uí brevemente el tema de estos magníficos capite les. a l hilo de las puntualizacioncs necesarias.
Mi opinión sobre los capiteles de estilo bizantino q ue hoy se conservan en muchas iglesias mozárabes y e l resto de los que están dispersos por el territorio leonés y sus aledaños. es que se trata de piezas fabricadas en época visigoda y que son conseuencia directa de la presencia de un maestro formad~cn ambientes bizantinos.
Aunque el autor de la reseña parece aceptar en el texto estas dos premisas. deberé extenderme algo en su demostración, para precisar e l sentido de mis argumentos y rechazar lo que no encuentro aceptable en la mencionada reseña.
La diferencia principal entre las conclusiones de Domíngucz y mi texto. es que él cree necesario relacionar estas piezas con la época de Justiniano, entre otras razones por «sentido común». mientras que yo las vinculo con un taller, que se habría creado en el siglo VII, a partir de la construcción del mausoleo del rey Chindasvinto en San Román de Hornija.
Los argumentos de la reseña que comento concluyen con esa apelación al sentido común, tras haber vinculado a los capiteles bizantinos leoneses con la obra fundadora de San Martín de Braga, la política expansionista de Justiniano y su intento de controlar e l que califica de etéreo reino visigodo; como apoyo arqueológico se refiere a los estudios de Schlunk sobre piezas gallegas de los siglos v y vt, en las que hay ciertas influencias orientales.
Esta aproximación de influjos es muy forwda e n fechas y lugares. y no puede ser admi-1ida más 4uc como una posibilidad de contactos pumuales. de los que. en ningún caso, podría haberse sobrevenido una transferencia de artistas y de estilos decorativos.
La situación de Galicia durante el obispado de San Martín era de guerra permanente contra los visigodos 1: Miro. el monarca suevo de la región. era un huen católico. pero no excesivamente ilustrado, puesto que sus ministros le debían leer las canas de San Manín. que él no entendía: la política de alianzas entre suevos y bizantinos, que se amplió después por el apoyo de ambos a Hennenegildo contra Leovigildo, era una consecuencia del tratado militar establecido por Atanagildo con Justiniamo. pero esta relación <lió lugar a múltiples batallas en las que habría poco espacio para la promoción de las anes y los intercambios cul-turales~.
Cuando la presencia bizantina en la Península se estabilizó y permitió ciertas obras constructivas habían pasado varios años de la muerte de San Martín. de la del rey Miro y del sometimiento definitivo del estado suevo al visigodo. pero ni aún en este período. ni en las zonas de mayor permanencia bizantina se registra nada de arte comparable al de los capiteles leoneses.
Pueden repasarse las crónicas de aquella época en busca de una prueba de contactos culturales: desde luego. la cita que hace Domínguez de nonnas orientales contenidas en los cánones de los concilios de Braga debe ser matizada.
El texto más reciente al que se acoge como prueba de este oriental ismo es la obra de M. Sotomayor, La iglesia en la España romana. primera parte del libro dirigido por R. García Villoslada, Historia de la i glesia en España. volumen l.
Madrid, 1979; se refiere Sotomayor. efectivamente, a la inclusión por San Martín de cánones de concilios griegos. y también del 1 de Toledo, en los Capitula Martini. pero tras explicar que lo que se refleja en sus obras es el nacimiento del santo en Panonia y su «fonnación filosófica estoica, sus grandes conocimientos de la disciplina eclesiástica y de la as-1 J. Orlandis: la España visigóticu.
2 Una visión reciente sobre el carácter fronterizo de la zona puede verse en L. A. Garcla Moreno, «Zamora del do• minio imperial romano al visigodo.
Cuestiones de Historia militar.Y geopoHtica>>.
Actas del Primer Congreso de His• toria de Zamora, t.
455 ss. cética monacal del Oriente>» 1; en ningún momento se afirma que San Martín mantuviera un contacto directo con la Iglesia oriental durante su obispado en Braga.
En otros lugares, añade Sotomayor que los cánones de Braga y los Capitula Martini expresan en las disposiciones de reorganización litúrgica «un decidido propósito de acomodar sus ritos a los de la Iglesia de Roma», todo ello como cont inuidad de los contactos que se reflejan ya en la carta dirigida en el 538 por el P.apa Vigilio al obispo Profuturo de Braga. y que proceden de las intensas relaciones de Galicia y Roma durante la crisis priscilianista 4 • La organización litúrgica. que sería. a nivel práctico, la que mayor influjo podría tener en las fonnas constructivas. seguía las normas de Roma, y se habría manifestado. en todo caso, por la introducción en Galicia de elementos artísticos romanos más que bizantinos.
Creo que la interpretación del bizantinismo en la sede bracarense que hace Domínguez es poco rigurosa y transtorna la realidad de las fuentes y de la bibliografía de forma caprichosa.
Bien podría suponerse que San Martín hubiera querido trasladar a su diócesis gallega algo del esplendor que en Oriente se destinaba a los edificios sagrados, pero no se dieron en su época condiciones políticas y económicas favorables.
La estructura de la población en la Galicia sueva mantuvo el sistema disperso de los castros indígenas. como se manifiesta en la conservación de apelativos gentilicios para las iglesias enumeradas en el Parroquial suevo 5; por esta razón, y por que es una referencia común y generalmente admitida, digo en el libro que se me ha reseñado. que en e l Noroeste se pasó de la cultura de los castros al románico, lo que no sé porqué suscita la sorpresa y la confusión de Domínguez.
En cuanto a los elementos arqueológicos mencionados por Domínguez para confinnar una influencia bizantina antigua en e l arte cristiano gallego, su recurso a extractar y entrecomillar a cal M. Sotomayor y Muro: «La Iglesia en la España romana», en Historia de la 18/esia en Espwía dirigida por R. García Villoslada, t.
399. ~ P. C. Díaz Manínez, «El territorio de la actual provincia de Zamora en el contexto de Ja antigüedad tardía {siglos tV-VI».
Actas del Primer ConRreso de Historia de Zamora, l.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa: rn pricho el texto de Schl.unk en las Actas de Coloquio del bimilenario de Lugo es inaceptable.
La interpretación que hizo Schlunk. en una de las frases que Domínguez evita copiar es: «Las noticias que tenemos sobre los viajes de obispos y eclesiásticos al None de África y a la Tierra Santa. tienen su contrapanida en el campo artístico», lo que le sirve para apos1illar que muchas piezas paleo-cris1ianas encontradas en Galicia pueden ser imponaciones6 • Esto se refiere a obras del siglo v. no específicamente bizantinas, ni de la época de Justiniano. y, en ningún caso. a una presencia de anistas orientales que formaran allí un taller.
El sarcófago de lthacio, que Domíngucz califica de «tan bizantino que se supone importado», invocando la autoridad de Schlunk. en realidad, es relacionado por este autor en el anículo ci1ado por Domínguez con el arte del sur de Francia y de Rávena.
Con mayor exactitud, en otra obra posterior de Schlunk, que Domínguez no menciona, se da esta definición de la pieza: «difiere, en Ja forma, de los de Rávena. de los que se apana levemente en el estilo, pero. no obstanle, se halla emparentado con los sarcófagos simbólicos de esta ciudad, por lo que habría que suponer quizá Ja presencia de intermediarios en el sur de Francia»7 • Una vez aclarado que la conexión propuesta por Domínguez entre los capiteles bizantinos leoneses y la Galicia de San Martín de Braga, está forzada a base de ignorar los textos y torturar la bilbiografía, dedicaré las siguientes consideraciones a los datos que me parecen más firmes sobre el estilo y la datación de estas obras.
Los problemas que plantea la serie leonesa de capiteles bizantinos deben estudiarse de forma extensa, junto a otros restos de ornamentación ar-:nx NOTICIARIO Aüpt\.
199:2 importantes las dificultades para una presentación renovada de toda la cuestión~.
Con autonomía de investigación personal. y con una bien medida prudencia. acometió el profesor Helmut Schlunk una serie de nuevos estudios que tocaban. cuando era necesario, lo dicho por Gómez Moreno.
Schlunk demostró, con el análisis minucioso de algunas piezas. que la relación de la Península Ibérica y el Oriente cristiano había sido muy importante desde el siglo IV y que había originado la presencia aquí de estilos y formas iconográficas que no se daban en el resto del cristianismo occidental 9 • En lo tocante a capiteles, demostró que una pieza de Toledo y otra de Bamba (Valladolid), eran o bras bizantinas del siglo v. en las que se encontraban los precedentes directos de la serie leonesa 1<•.
Dejó abierta la explicación de cómo habría resurgido este estilo en el siglo x. sin abordar los problemas históricos, pero señalando con claridad que no encontraba nada parecido en el arte islámico español o de otras regiones.
En su opinión, era necesaria la revisión de todo el problema: «Eine genaue Vorlage und Analyse der mozarabischen Kapitelle der Halbinsel beibt ein Desiderat der Forschung» 11 • En los recientes trabajos de Sabine Noack, dedicados exclusivamente a los capiteles, hay nuevos elementos de comparación con modelos bizantinos y visigodos, aunque siempre, con la reserva obligada por la reconstrucción histórica de Gómez Moreno 12; tanto Schlunk como Noack, " El empeño más importante en este sentido ha sido el de J. Fontaine en L'urt mo: urubt•.
1977. <.:on la aportación de apreciaciones personales en las que se <.:oordinan los datos arqueológi<.:os y los documentales.
• H. Schlunk inició esta línea de investigaciones con «Observaciones en tomo al problema de la miniatura visigoda», AfapArte.
241 ss. y amplió sus <.:onsideracioncs y descubrimientos en múltiples trabajos. de los que el citado en la nota 7 es su última aportación.'° H. Schlunk: «Byzantinische Bauplastik aus Spanien».
37 ss. han buscado algunos detalles específicos quepodrían corroborar la datación de la serie leonesa en el siglo x. y son. en cualquier caso. mucho menos claros y numerosos que los que la vinculan con el arte visigodo del siglo VII.
Es conveniente hacer algunas reflexiones sobre estos trabajos. no con la pretensión de dar soluciones definitivas, sino para enumerar los problemas que requieren soluciones más satisfactorias. antes de que pueda considerarse cerrada la investigación.
De entrada, hay que considerar con ciertas reservas cualquier estudio que se refiera exclusivamente a los capiteles; por ese camino sólo puede alcanzarse una clasificación estilística de las propias piezas, y de ello es buen ejemplo el trabajo de S. Noack. pero hay claras dificultades para compaginar esta evolución estilística con otros elementos del problema.
Cuando nos encontramos ante piezas arquitectónicas de excelente calidad, debemos suponer unas circunstancias históricas, unas técnicas de construcción y una composición de plantas y alzados de calidades equivalentes, al menos, en su complejidad estilística.
Los capiteles bizantinos leoneses aparecen asociados, en su mayor parte, a edificios de orígenes humildes, construidos con materiales pobres y mal aparejados, en los que abundan los reaprovechamientos de piezas expoliadas de edificios anteriores, y cuyo desarrollo arquitectónico sigue las pautas estilísticas de modelos islámicos andaluces, en los que la ornamentación siguió vías muy distintas.
Del mismo modo el análisis de la serie de los capiteles, buscando exclusivamente sus paralelos formales más exactos. puede inducir a conclusiones erróneas.
Sirva de ejemplo la afirmac ión de Gómez Moreno 1.l, recogida también por Noack 14, y muy destacada por Domínguez, de que los capiteles con una cara sin labrar, para ser adosados tangencialmente a los muros, responden a conceptos ajenos y desconocidos en la arquitectura visigoda; bien es cierto que esto no se ha documentado aún con claridad para capiteles visigodos de orden corintio, pero hay construcciones visigodas, en la que todas las columnas son tangenciales a los muros y los capiteles es-IJ M. Gómez Moreno: l~/esias m11:árah1•s, Madrid.
En San Pedro de la Nave (Zamora). los seis capi1eles figurados tienen la cara pos1erior lisa. aparte de otro capitel menor y una pareja labrada en un sólo bloque. que se encontraron reaprovechados en Jos muros y que ofrecen las mismas características 1 ~: ello demuestra que e l sistema fue conocido y empicado en época visigoda. precisamente en la misma zona en la que se encuentran los capi1e les leoneses. aunque en obras de distinto esti lo decorativo.
PARALELOS VISIGODOS, ISLÁMICOS Y BIZANTINOS El estudio de S. Noack sobre algunos de los capiteles conservados en San Cebrián de Mazote. proporciona un repertorio muy amplio de paralelos de época visigoda para la mayoría de los elementos; ésto hace innecesario abordar aquí la c uestión, puesto que parece bien demostrado, que muchos rasgos de estos capiteles se conocían en España desde los siglos v al VII.
Sí parece conveniente comentar los que se han propuesto hasta el momento como rasgos que conectan a la serie leonesa con las obras islámicas o con las bizantinas de época media.
• Así, Schlunk, resaltó, de forma muy atinada. la presencia en algunos capiteles de la serie leonesa de unas profundas perforaciones a trépano, tanto en los extremos de líneas y fi letes, como en los arranques de los nervios de las hojas, que ya había observado Félix Hemández en capite les islámicos cordobeses 11'; Ja observación resulta válida como semejanza técnica entre obras de fechas distintas y de estilos también diferentes, lo que puede indicar unos prototipos comunes, pero no asegura que los capiteles leoneses y los cordobeses sean contemporáneos, ni siquiera que esta forma de trabajar haya sido tomada de unos por otros, sino, como expresa el propio Schlunk, de unos modelos comunes, que no se conocen en e l mundo is lámico.
En capiteles visigodos de Sevilla se observa también este empleo de perf oraciones, a veces como fonna ornamental, que puede imitar a lo bizan1ino. pero también como sistema para acusar los ex1remos de las líneas; por el mo-men10. no puede desecharse un origen visigodo para este recurso técnico.
La comparación de S. Noack. del mo1ivo en «8» de algunos capiteles de San Miguel de Escalada y de Santa María de Liébana. que fecha entre los años 920 y 940. con una capitel cordobés del úhimo cuarto del siglo x. no implica. en principio. sino que el aulor del capite l islámico se ha podido inspirar en los leoneses. o en unos antecedentes comunes.
Podría estudiarse con especial atención un capi1el «tardío» de Mérida, que emplea e l mismo motivo en las caras de sus grandes hojas angulares; es1a pieza mezcla un tratamiento vegeta l semejante al estilo de los leoneses más recientes, con rasgos visigodos, como el tallo de arranque de las hélices. y es. sin duda alguna. anterior a l siglo vm 11.
Dudas semejantes se plamean ante las fechas de los paralelos bizantinos de la serie leonesa.
S. Noack señala la semejanza de la palmeta de ápices rizados que sustituye a la flor del ábaco en capiteles de Mazote con otras de un capitel corintizante del siglo x en el museo de Brussa 1 ~; e l parecido e ntre ambos temas es aceptable, pero no se entiende cuál puede ser su re lación estilística, puesto que en la pieza de Mazote e l tema está bien enmarcado, cómo si se hubiera d iseñado para este s itio, mientras que en la bizantina, no es más que una forma de rellenar un espacio vacío; el capitel bizantino corresponde a una tipología y un estilo que parte del siglo VI, sin que Kautzsch le atribuya a una fecha exacta en su catalogación 19, mientras que el de Mazote es de mejor arte y por su fidelidad a la estructura del capitel c orintio debe ser considerado más cercano al posible prototipo común.
Las piezas decorativas bizantinas que ofrecen una mayor proximidad estilística con la serie de capiteles leoneses se encuentran en el monasterio de Constantino Lips de Constantinopla, tal y como ha señalado S. Noack 20; tanto el tipo de labra como los motivos ornamentales están d! irectamente em- parenta<los. pero las deducciones de esta relación estilís1ica han de hacerse con ciena prudencia.
An1e lodo, la decoración arquitectónica de los 1iempos de la dinastía macedónica es la peor conocida de iodo el ane bizantino. con muy escasas mues1ras mal documentadas!•; se dice que este período corresponde a un «renacimiento clasicista», precisamente por el regreso a formas de la época de Justiniano, que podría verse en el estilo decorativo del monas1erio de Constantino Lips en la Fenari Isa Camii.
Si nos atenemos a los datos históricos este monasterio se consagró en el año 908, aunque su estilo ornamental podría proceder de la Iglesia Nueva del Palacio Imperial, que se concluyó en el año 880 o de la de Santa María en el Faro, quizás del año 864. aunque de la decoración de estas últimas no se ha conservado nada.
En cualquier caso, si éste fuera el origen del estilo de los capiteles leoneses. se habría transmitido con gran rapidez hasta España y habría llegado directamente al Valle del Duero, puesto que no existe margen cronológico para su introducción en la Córdoba musulmana y un posterior traslado por los monjes mozárabes en la primera década del siglo x, con unas características propias perfectamente desarrolladas.
C. Mango ha mostrado una cierta reserva sobre la valoración de esta decoración 22, después de que los trabajos de restauración de la Fenari Isa Camii han permitido precisar que gran parte del mármol empleado procedía del saqueo de un cementerio y que las ocho impostas de las pilastras que rodean el espacio central son capiteles del siglo V partidos por la mitad.
Parece que mientras 21 R. Krnutheimer: Arquitectura ¡>a/eocristiana y bizantina, Madrid, 1984 (trad. de la tercera edición revisada de Roma, 1981 ). p.
411: «Hablar de renacimiento en la arquitectura bizantina del Período Medio es más tentador cuando se mira su decoración.
Preciso es reconocer que nuestro conocimiento en este terreno es lamentablemente limitado: cronológicamente, puesto que desde los siglos IX y x la ornamentación es. con pocas excepciones, desconocida: topográficamente, dado que es poca la ornamentación que se ha conservado en Constantinopla o en las provincias más pobres tales como Asia Menor o sus islas dependientes.
En Grecia, en cambio, donde el material es abundante y en parte se conseva in situ. la decoración no ha sido lo bastante estudiada para que se pueda elaborar una cronología.»
177 SS. la ornamentación en mármol puede ser reutilizada. lo auténiicamente original de la época es el empleo de la taracea de mármol combinada con los alicatados de cerámica esmaltada, que indican la aceptación de influjos musulmanes!.
1 • Mientras que la decoración labrada en mármol. represeniaría un renacimiento de estilos bizantinos anteriores. parece que el ane del llamado período bizantino medio muestra una clara vinculación directa en otros aspectos con lo musulmán, que nada tiene que ver con los capiteles leoneses.
Krautheimer 24 ha señalado el contacto de la arquitectura palatina de ambas culturas y la coincidencia de la concepción espacial y las formas ornamentales de Medina Azahara con el Gran Palacio de Constantinopla, pero nada se encuentra en el arte califal que haya podido relacionarse con los capiteles leoneses. como subrayaron repetidas veces Gómez Moreno y Schlunk.
Frente a ésto, son muy numerosos los contactos entre los capiteles visigodos conqcidos y los leoneses atribuidos a época mozárabe.
Creo que el problema mayor de la relación entre ambos se encuentra en la falta de un estudio pormenorizado de la evolución estilística de los capiteles visigodos, cuyos conjuntos más notables, como el de la Mezquita de Córdoba, carecen de una sistematización satisfactoria 25 • Si aceptamos como punto de partida la clasificación estilística de los capiteles leoneses realizada por Noack, debemos considerar que en el grupo de las iglesias de Hornija, Mazote y Sahagún, está la primera fase del estilo, y, por tanto, 2 i C. Mango: Arquitectura bizantina.
25 Es evidente la indefinición que se aplica genéricamente a los capiteles cordobeses. a pesar de la recopilación de E. Camps Cazorla en el vol. 111 de la Historia de Espaila dirigida por Menéndez Pidal, sin que se pueda determinar una clara evolución estilística como indican ya H. Schlunk y Th.
216 ss.. sirve para diferenciar lo visigodo de lo emiral. pero no entra en los problemas internos de la serie visigoda ni marca distinción entre los grupos tipológicos formales y la evolución estilística.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa los caracteres más cercanos a los prototipos originales; entre ellos. una buena parte son formas empleadas en el arte visigodo. que no se conocen por el momento en el arte bizantino.
Tanto en Hornija como en Maz.ote se reconoce la existencia de capiteles visigodos reutilizados que podrían haber servido de modelo. pero hay rasgos muy bien definidos. como el contario que recorre el labio del cálato o el relleno del espacio entre las volutas y las hélices con líneas quebradas paralelas. que se muestran en los capiteles de Sahagún ~I\ y en piezas visigodas de Córdoba y Sevilla. sin que pueda explicarse cuál ha sido la forma de transmisión 27.
Queda hasta el momento sin aclaración la existencia de una influencia bizantina nueva y directa sobre Córdoba en el siglo IX que haya sido transportada por los monjes mozárabes hasta el Valle del Duero; el único capitel andalu:L de la serie, existente en el Museo de Málaga 2 x. ofrece también un rasgo típicamente visigodo. como es la sarta de perforaciones a lo largo del nervio central de las hojas. que se conoce tanto en Sevilla como en Córdoba en el siglo VII, pero no se da en capiteles e mirales ni califales.
Esta misma pieza, que Noack sitúa en la tercera fase de la evolución estilística de los capiteles leoneses, indica un contacto entre el Valle del Duero y la costa malagueña. que resulta más viable en época visigoda que en el siglo x.
Finalmente, la interpretación de la evolución estilística de estos capiteles, no se concilia bien con lo que parece deducirse de la documentación escrita o de otros caracteres artísticos de las iglesias mozárabes.
Ya señala S. Noack las correcciones que deberían hacerse en la cronología de fundaciones mozárabes propuesta por Gómez Moreno, si se admite su propuesta de tres fases estilísticas en los capiteles; esto debería acompañarse de alguna base documental nueva o de una interpretación distinta de lo conocido.
Otros rasgos arquitectónicos, como la evolución de los modillones, hacen situar a Escalada, que para Noack corresponde con la segunda fase. en el primer momento de formación del estilo mozárabe; parece, además, que los modillones de San Millán de la Cogolla son los más cercanos a los protolipos cordobeses. mientras que sus capiteles serían los más tardíos 29.
El descubrimiento en la restauración de Mazote de bóvedas de cascos como las de Peñalba, relaciona a estas dos iglesias, que por sus capiteles estarían muy alejadas.
El problema de la datación de los capiteles de estilo bizan1ino leonés debe interpretarse a partir de las obras que pueden considerarse más antiguas.
Según Noack. el estilo se fonnaría en Hornija y Mazotc, para continuar. a través de Sahagún con San Miguel de Escalada •~>.
Ello implicaría que los primeros trabajos del taller, en los que se produciría la aportación de elemen1os bizantinos sobre precedentes visigodos, y que darían lugar a las obras más variadas y numerosas. y de mayor calidad artística, se habrían realizado en dos monasterios sin apenas trascendencia histórica.
Hornija sólo aparece en un documento antiguo como dependencia de San Salvador de Tuñón, y Gómez Moreno duda de la autenticidad de la cita• 11; Mazote. debe ser el primer lugar de residencia de la comunidad mozárabe cordobesa que fundó en el año 916, con el abad Martín a la cabeza, el monasterio de Castañeda •' 2 • En San Pedro de Montes y en San Martín de Castañeda. los dos grandes monasterios de los que Hornija y Mazote son dependencias menores, no se conocen capiteles de este tipo, lo que resulta más inexplicable si se observa que están mucho más cerca de i• Además, el estilo ornamental de los modillones mozárabes sí ofrece rasgos de contacto con el arte musulmán, unidos a supervivencias visigodas. pero sin relación alguna con el estilo y la evolución de los capiteles; L. Torres-Balbás, «Los modillones de lóbulos.
Ensayo de anáisis de la evolución de una forma arquitectónica a través de dieciseis siglos», AfüpAA.
Para creer que tanto los capiteles como los modillones pertenecen a la misma época, habría que pensar que se deben a cuadrillas distintas de artesanos que siguieron una evolución estilística diferente, pese a su coincidencia casi sistemática en muchas edificaciones y sin que, en ningún caso, se hubieran dejado influir entre sf.
Yo prefiero pensar que fueron realizados en épocas distintas..10 S. Noack: «Capiteles...
Hornija y Mazare están en Tierra de Campos. una comarca fronteriza entre cristianos y musulmanes desde la segunda mitad del siglo IX y de tardía repoblación, hasta el punto de que Gómez Moreno sólo se explica que estas iglesias no fueran destruidas por Abderramán 111 o por Almanzor, por que sus enclaves pasaran desapercibidos a los musulmanes.
Aunque esto fuera así, queda sin justificar que en una zona tan desprotegida se emprendieran tales empresas artísticas, con un coste económico mucho más elevado que el que podría deducirse de las obras mozárabes bien documentadas, como San Miguel de Escalada, que contaron con el apoyo de reyes y de obispos 3 -'.
En San Román de Hornija, si se admite que los capiteles leoneses corresponden a una obra de mozárabes cordobeses, tendríamos que pensar que éstos. no sólo superaron todo lo que se hacía en su tiempo en la sede regia y en los mayores monasterios del naciente reino de León, sino que proporcionaron un extraordinario realce a los restos de época visigoda que se conservaban desde que el rey Chindasvinto eligió este lugar para su enterramiento.
Tanto Gómez Moreno como Noack, han considerado la existencia en Hornija de varios capiteles visigodos, del mismo material y con rasgos comunes a los que consideran mozárabes, pero siempre de inferior calidad que éstos.
Es también especialmente significativo, que la descripción de Hornija en el siglo XVI, recogida de Ambrosio de Morales por Gómez Moreno, en las páginas antes citadas, pennitía deducir al cronista de Felipe 11, que lo que se había conservado allí era el sepulcro de Chindasvinto, tal y cómo se describe en la crónica del siglo VllJ, atribuida entonces a San lldefonso, con todos sus elementos arquitectónicos en pie, y el sepulcro del rey visigodo en sitio preferente.
Cuando Morales hablaba de «obra gótica», no podía referirse al estilo que hoy conocemos por este nombre, ya que el ténnino se ha acuñado mucho después, sino a «obra de época de los godos»; aquella iglesia de planta central, «con su cruzero de cuatro brazos», consagrada al culto de Chindasvinto, parece un argumento muy decisivo para creer que todo lo 33 lbidem.. p.
141. que hoy conocemos en Hornija es obra digna de un rey visigodo más que de unos anónimos y humildes fraile s mozárabes de época indeterminada.
A la vista de que los paralelos señalados hasta la fecha para los capiteles leoneses en la arquitectura islámica y en la bizantina de los siglos IX y x, son poco satisfactorios y de la estrecha relación de material, temas y estilo entre los capiteles visigodos de Hornija y los que se consideran sus derivaciones de época mozárabe, en unas circunstancias históricas muy oscuras, prefiero proponer que toda la serie leonesa se inició precisamente aquí, y que su estímulo fue la presencia de artistas convocados a la construcción del mausoleo real de Chindasvinto, una obra que ya en el siglo v111 se reconocía como «monumento magno».
La consecuencia de esta propuesta sería una revisión general de la arquitectura mozárabe en la que se considere la posibilidad de que muchos elementos ornamentales correspondan a la reutilización de obras visigodas; el uso de material de acarreo en Mazote o en Escalada es evidente y ha sido reconocido por todos los investigadores.
Los ocho mejores capiteles de Mazote, dispuestos sobre fustes de distintas procedencias y tamaños, que soportan arcos de dimensiones desproporcionadas, no pueden admitirse como obras hechas de una vez y para el lugar en el que que hoy se encuentran colocados • 14 • Una parte de los capiteles del pórtico de Escalada, concebidos para seradosados a un muro y no exentos, hacen pensar que los capiteles producidos por los mozárabes eran ya reutilizados a los pocos años de su primera co-.l4 La combinación de capiteles y cimacios en los capiteles de San ce•brián de Mazote designados N2 y S2 de la clasificación de Noack («Typologische... », /oc. cir.. p.
321 ss}, es un caso sorprendente y único, ya que este cimacio independiente tiene la estructura de un ábaco postizo, como le llamó Gómez Moreno.
Estas piezas se comprenden mejor si se piensa que han podido ser fruto de la adaptación sobre capiteles con ábaco plano de los ábacos de otros capiteles menores, para obtener la altura necesaria en la composición de las columnas.
Existen en la misma iglesia capiteles con ábacos idénticos a estos pretendidos cimacios (los designados N6 y S9 por Noack} y otros del mismo estilo a los que se les ha cortado el ábaco (S 10 y pila de No-ack}.
Estas adaptaciones parecen ser la verdadera obra de mozárabes sobre una serie que Schlunk consideraba imitación precisa de capiteles bizantinos del siglo v.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa locación • 1 5, lo que tampoco parece muy admisible.
En el libro reseñado por Domínguez. he propuesto algunas hipóresis que permitirían conciliar lo que parecen reutilizaciones de piezas visigodas con lo que podría ser la auténtica obra de los monjes mozárabes.
En esta interpretación hay que atenerse a lo que se vaya dando a conocer por nuevas restauraciones; estimo que las resoluciones más firmes sólo podrán obtenerse con excavaciones meticulosas y con nuevos levantamientos de planos de todas las iglesias conservadas. aparte de que algún descubrimiento fortuito proporcione un dato aclaratorio, y, en tanto ésto se produzca, cada uno debe avanzar sus hipótesis en lo que sea posible.
Se ha hecho una propuesta similar, para aclarar, desde el punto de vista histórico, la aparente continuidad entre los monasterios visigodos y los mozárabes, lo que explicaría también las relaciones estilísticas que se señalan entre ambas épocas 36 • ACLARACIONES A UNA RESEÑA En el terreno de las consideraciones arqueológicas y estilísticas,.creo que he expresado suficientemente las razones de mi hipótesis sobre los capiteles leoneses, que ha sido objetivo de la reseña de Domínguez.
Aclarada mi posición, bien es justo y obligado que responda al tono y al contenido de algunas críticas de la mencionada reseña, que se apartan de nuestro tema principal y han de tratarse con brevedad e independencia.
En varias ocasiones insiste Domínguez en considerar hipotética la existencia del mausoleo de Chindasvinto en S, an Román de Hornija.
Aparte de mi opinión concreta sobre la posible conservación allí de los restos del monarca, la exis-3 ~ S. Noack: «Capiteles... », /ne. cit., p.
40, parece pensar que los capiteles del pórtico de Escalada se habrían tras• Iadado desde San Pedro de Eslonza; puesto que propone también aproximar la cronología. sería necesario que este último se hubiera construido hacia el año 920, se hubiera abandonado y arruinado y se hubieran reaprovechado sus materiales antes del 930; una sucesión tan rápida de obras y abandonos parece poco probable y no tiene ningún apo• yo documental.
36 A. González Blanco: «La cristianización de Zamora», Actas del Primer Congreso de Historia de Zamora. t.
288. tencia del mausoleo no es una presunción infundada y aparece expresada así en toda la bibliografría.
En el libro de Gómez Moreno sobre las Iglesias mozárabes, que Domínguez afirma haber leído con mayor atención que otros, se encuentra, al fin de la página 185. el siguiente párrafo: «... dícese que Chindasvinto murió fuera de Toledo. año 653, y que fue sepultado en el monasterio de San Román de Hornisga, junto al río Duero, que él había edificado desde sus cimientos; y que yacía dentro de la misma iglesia, en un gran sarcófago con frontispicios puntiagudos por sus cuatro frentes... ».
El «dícese» de Gómez Moreno, no es tampoco una cita sin fundamento, ya que traduce el texto de la Conrinuario Hispana que se recoge así en la nota 1 de la misma página y el mismo libro: «Cindasvinrhus... extra Toletum pace obiit. in monasterioque sci.
Aunque no se conoce el autor ni la fehca exacta de redacción de esta continuación de la Historia Gothorum de San Isidoro, se acepta su proximidad a los hechos narrados en poco menos de un siglo y su fiabilidad, hasta el punto de que J. Orlandis la define como principal fuente histórica para los últimos ochenta años del Reino visigótico n.
La cita es muy precisa al afirmar que Chindasvinto había hecho desde sus cimientos el monasterio de San Román de Hornija, donde fue sepultado en un gran monumento, lo que impide suponer que la tumba se colocara en una iglesia existente de antiguo.
Domínguez sugiere la preexistencia de la iglesia para dar justificación a la teoría de que los capiteles bizantinos leoneses se deben al patronazgo constructivo de San Martín de Braga en el siglo VI, pero muy grandes tendrían que haber sido los esfuerzos del santo para promover este arte, hasta traspasar en época de guerra abierta con los visigodos la línea de sus defensas frente a los suevos, que formaban un auténtico limes a lo largo de toda la provincia de Zamora 38 • Hay otras críticas de Domfnguez que poco me corresponde rebatir, ya que no se refieren a mis hipótesis personales sino a conocimientos gene-ralmeme admitidos, de los que él no aporta ningún argumento en contra.
Así, cuando me reprocha que no catalogue como piezas romanas un capitel de San Juan de Baños y otro de la calle Corral del Rey de Sevilla, es necesario recordarle que hay una larga unanimidad de autores que los estudian como obras visigodas del siglo VII, el más reciente de ellos el profesor Hauschild -' 9 en su comunicación a un coloquio en el que participó Domínguez, en la que reproduce, precisamente, las mismas fotografías que yo he empleado a partir de otra publicación suya anterior.
Yo me he limitado a transcribir lo que considero estudios bien fundamentados y de seriedad probada.
Uno de los comentarios más desafortunados de Domínguez es el que ironiza sobre mi remisión del origen del cristianismo español a Ja llegada de las reliquias del apóstol Santiago; es un tema especialmente trascendental para permitir que se siga tratando sobre él con la misma pertinaz hispanofobia del abate Duchesne, a quien Domínguez parace admirar.
Hay hoy pruebas arqueológicas muy firmes de que la tumba que se venera en Santiago de Compostela como relicario de los restos del apóstol se construyó en el siglo 1 y que desde entonces se conservaban en uno de sus lóculos laterales las reliquias de San Atanasio, cuyo nombre figura escrito en griego en una fenestella 40 • Esta reciente confirmación de la presencia en el mausoleo compostelano del nombre griego de uno de los discípulos de Santiago, que se sabía enterrado junto a él por la tradición, reafirma que el culto a los mártires se había instaurado ya en el siglo 1 y que desde entonces se ha conservado el conocimiento cierto de unos hechos, tenidos por supercherías medievales, que ahora adquieren plena virtualidad histórica.
Expresa Domínguez su escepticismo sobre que los hispanorromanos del siglo v pudieran relacionar la invasión visigoda con la invasión romana.
La comparación es tan célebre que no se si alguien, aparte de Domínguez, precisa que se le recuerde.
Se debe a Orosio, un hispanorromano del siglo v, y dice así en la traducción de Sotomayor 41, que empleo por ser la de uno de los libros que Domínguez pretende haber leído: «Fueron invadidas las Hispanias y padecieron matanzas y devastaciones; nada nuevo, porque durante los dos años en que se ensañó la espada enemiga tuvieron que sufrir de los bárbaros lo que habían sufrido en otro tiempo, durante doscientos años, de los romanos».
Conviene que sepa Domínguez, que el gallego Paulo Orosio, pasa por ser un informante muy fidedigno sobre la historia española de aquel momento, ya que él la vivió intensamente, como indígena invadido y perseguido por los bárbaros; la autoridad de Orosio era tan reconocida en su tiempo como para que sus jefes eclesiásticos le enviaran con legaciones a Jerusalén y San Agustín le reclamara a su lado, para que redactara, como apoyo de sus propias obras, la historia de los desastres acaecidos bajo el gobierno de los pueblos paganos, entre los que se incluye el párrafo anterior.
También es de Orosio otra conocidísima frase que ha pasado a todos los textos de Historia de España, y que cito, para disipar las dudas de Domínguez sobre la aceptación de los bárbaros entre los indígenas, empleando una traducción de excelente calidad literaria debida al profesor Blanco Freijeiro 42: («los bárbaros) dejan las espadas para empuñar los arados y traban amistad con los hispanos, quienes prefieren una pobre libertad entre bárbaros a soportar.el angustioso gravamen de los tributos de Roma.»
Por supuesto, en mis párrafos que Domínguez lee con tanto escepticismo, yo no he hecho sino parafrasear a Orosio y sus traductores, recurriendo, claro está, a tópicos, pero no con el sentido de frases vanas y manidas que le atribuye Domínguez, sino en el de lugares comunes y puntos de coincidencia elementales que se encuentran en toda la historiografía española desde San Isidoro hasta nuestros días.
No me corresponde a mí corregir los dislates de las diversas opiniones que sobre la historia de España expresa Domínguez en su reseña, salvo aquellos que plantea en tono de interrogación y 41 M. Sotomayor y Muro: Op. cit.. p.
42 A. Blanco Freijeiro: La ciudad antigua.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa dirigidos a mí personalmente.
Tendré que responderle, aunque el resto de los lectores no precisen aclaraciones tan elementales, que cuando me refiero a la destrucción musulmana de la comarca del Duero, lo hago sobre la base de la conclusión primaria del famoso libro de Sánchez Albornoz.
Despohlación y repoblación del valle del Duero.
Buenos Aires, 1964, no a la provocada por las campañas de Almanzor; es un hecho bien conocido y que hoy se acepta incluso por los que revisan o hacen matizaciones a la despoblación, para entenderla como un fenómeno más complejo de cambio en los sistemas de producción y en la distribución del poblamiento 4 • 1.
La despoblación puede ser interpretada como un cambio de lugares de asentamiento, y, por ello, el hecho más claro sigue siendo el de la destrucción y abandono de las grandes poblaciones, que obliga al llamamiento de gentes de afuera, y es el fenómeno que interesa en sus repercusiones artísticas.
Es ésta la expresión que utilizan los documentos de la época, como el de la donación de Odoario: «... villas destructas de sueco mortuorum et de ruda silva... », y que Sánchez Albornoz definía como: «La despoblación del valle del Duero y que se extendió a la zona situada entre el gran río y la cordillera central por los desastres de la permanente guerra contra el moro... » 44 • 0 A. González Blanco: Op. cit., p.
282 ss., con cita am• plia de todos los trabajos modernos que revisan las tesis de Sánchez Albornoz.
44 C. Sánchez•Albomoz la España cristiana de los si• Igualmente, debo responder, que cuando me refiero a la presencia de moros en Andalucía, no incurro en lapsus de ningún tipo, si no que conscientemente me refiero a los indígenas norteafricanos de piel oscura, que en diversas ocasiones han cruzado el Estrecho para invadir Andalucía; para aclaración de Domínguez traigo aquí la cita de una de las hermosas Veinticinco estampas de la España antigua, de don Antonio García y Be-11ido 45: «Advirtamos que "árabes" son las gentes venidas de Arabia y que "musulmán", o mejor "muslim'' alude a una religión, no a un pueblo, al tiempo que "moros" son las gentes del norte de Africa.
La voz moro es. pues. más exacta y más antigua para nosotros.
Los griegos llamaban ya a los habitantes de Marruecos "moros" (mauroi).
La región que habitaban era llamada por ellos Maurousía, de donde entre los latinos Mauretania y Mauritania.
Mauros, en griego, significa negro, oscuro.»
Evito cualquier otra respuesta a cuestiones sobre ideas personales; creo que una discusión de ese tipo nos apartaría de los temas arqueológicos, que son los que pueden reclamar el interés de todos los lectores. |
Aproveclta ndo la \lluación del crnpla1a micnto >e rcpa~a e l c~•ado de l c~1u dio.dl' la~ vía~ romana' en la coman:a proponiendo un po, ible 1raycc10.
LA VILLA DE «EL MOSAICO» (TORTUERA, GUADALAJARA) Y EL ESTADO DEL ESTUDIO DE LAS VÍAS ROMANAS EN MOLINA DE ARAGÓN
La villa romana de« El Mosaico» fue localizada en el curso ele una prmpección con mo1 ivo de la confección de la Cart a Arqueológica e.le la comarca de Molina de Aragón.
Las informaciones ele don Luis Algar a quien agradecemos sus referencias nos condujo a la finca de Guisema -término de Tonuera-donde pudimos comprobar la existencia de restos arqueológicos deseminados en un sector de la extensa vega.
Efectivamente. en el extremo oes1e de esta llanura, muy cerca de los edificios que actualmente constituyen el caserío de Guisema, destaca un suave promon1orio denominado «El Mosaico» (fig. 2, 1-1) en cuya superficie fue posible rel•oger O~ 111a1erialeo; c.la1ables en época romana: dado el int erés que mos1 raban!>C <lcc:i<lió prospectar 1oda la vega con obje10 de dt: terminar el 1ipo de yaci-mien10 a ni e el que no~ cncontrábamo~ a~í como la~ carac1erísticas de la ocupación de la 1ona.
Desde un punto <le vista geográfico el yacimien -!.,... dante re-.pecto a 'u l' Ot<.lrno. de~t acándosc de iodo el area por -.u, 1."nnd1l '1rn1e' de habi1abd1c.lad l•omo lo te, tirnon1.1 J;i gran\ a11euau tk c\pel.'1c-. arbórea' ~ hcrbaccct,, la, e\plo1ac1nne-..tgnl•oJa, ~ la 111i,. ma continuidad de ocupación por el hombre desde el poblado de la Edad de Hierro contiguo (fig.
0 3) hasta nuestros días.
La fHO, pe1: dón efcl.'.tuada en la \ illa "o' permi • Figura 2.-a) Vis1a del fundus de la Villa «el Mosai co» con la loc: alizacion tk la~ e~tru1.:1ura> ( 1-1 ). llrna dc.:I hallazgo de la inscripción (2). y poblado cchibérico (3). b) Plano con la localización de la villa y su probable en1orno d e cxplo1ación agraria.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa tió detectar indicios de líneas de muros, extensas manchas de cal y opus caementicium alterado, restos de tubos de hipocaustum y diversas teselas de mosaico de color negro.
Precisamente el yacimiento recibe este nombre porque en el pasado se exhumó en el curso de trabajos agrícolas al menos un mosaico que según las informaciones recibidas era polícromo y posiblemente figurado ya que hemos constatado alusiones a «hojas y pájaros».
El mosaico fue tapado de nuevo.
La acumulación de sillares en el monte bajo fuera de la zona de cultivo (fig. 2, fig. n. o 2) al parecer proceden del núcleo mismo de la villa.
El hecho de aparecer la estela funeraria junto a estos sillares hace pensar que ésta fue reutilizada como tal, hecho más verosimil de momento que pensar en la ubicación de la necrópolis.
La cerámica recogida se data en Ja última fase de ocupación romana salvo dos fragmentos decorados de sigillata hispánica y un fragmento de asa también hispánica de época ílavia o principios del siglo 11.
El conjunto de sigillatas del Bajo Imperio (fig. 3) ofrecen las siguientes formas: cinco cuencos de forma Hispánica 37 tardía, junto a otros cuatro fondos de forma similar, cuatro cuencos tardíos de forma Hispanica 8, dos fragmentos de plato forma Palol 3 y 1 (Hca.
Del material africano destacan varios fragmentos de Clara D, algunos de los cuales parecen corresponder a una forma Hayes 61 A y otro a un fondo de plato decorado con motivos estampados fechables a partir del segundo cuarto del siglo 1v.
De las cerámicas comunes destacan varios fragmentos de forma Vegas 1-6, 1-7, 14 y 16 (fig. 4) que no ofrecen precisión cronológica.
Entre el conjunto de materiales arqueológicos destaca una estela sepulcral aparecida en las inmediaciones del yacimiento.
Formaba parte de los mencionados amontonamientos de sillares apartados por los agricultores al monte bajo contiguo (fig.
Se trata de un bloque tallado en roca arenisca de 72 cm. de longitud por 36,5 de anchura máximas y una profundidad máxima de 40 cm.
Muestra una forma troncopiramidal con extremo superior redondeado.
En su parte frontal sobre el campo epigráfico, se observa un rostro de 20 x 16 cm. con incipinete diseno de facciones.
Está realizado con la técnica del repiqueteado mostrando unos surcos de 1,6 cm. y profundidad de 0,6 cm.
-En t~rminos generales la conservación de la estela es deficiente debido a la erosión y recientes abrasiones ocasionadas por los arados; a ello se unen abundantes concreciones y la mutilación reciente del bloque bajo el campo epigráfico.
El campo epigráfico queda delimitado por una cartela ligeramente rehundida de 27 x 30 cm. que contiene cuatro líneas.
Las letras ofrecen medidas poco regulares entre 4,6 y 3,7 cm.
El texto se inicia con un trazo dudoso identificable con diversas consonantes, por el contexto pudiera tratarse de una T, dentro de Ja primera línea:......,..,...,.
f: No podemos ofrecer en consecuencia una lectura definitiva del texto.
De la identificación de la primera letra se desprende que podemos encontrarnos alternativamente ante la abreviatura de un praenomen o tal vez del nomen que ocupa la linea: ¿Taurinus?
La segunda línea contiene claramente un segundo antropónimo: Primuli, indicando parentesco, tras el cual se registra una última letra que participaría de la palabra siguiente.
En la tercera línea puede buscarse un indicativo de parentesco o fórmula funeraria que no hemos podido exclarecer, tras ello viene especificada la edad.
La existencia de Aurinus corrobora la posibilidad de esta lectura (C.l.L. 11 5813 en San Esteban) así como la variante Aurianus en Roma (C. l.
L. VI 3224) pero la dificultad de la lectura puede remitir a Taurinus de la cual encontramos una muestra en Lugo (MAULEON, M.a D, 1983 n.
0 1009) así como el gentilicio TAURICON aparecido también en Guadalajara en una zona relativamente próxima a la villa de El Mosaico (ABASCAL PALA- ZÓN, 1983, n.o 11, p.
Primulus se encuentra bien documentado en la Península, citamos por ejemplo los epígrafes de Soto de Bureba (Burgos) y otro posible en Cádiz (MAULEON, M.a D., 1983, n.o 1308 y 822).
La inscripción debe datarse en el siglo 1 d.C.
El enclave más próximo a la villa de «El Mosaico» es ARCÓBRIGA.
No se ha demostrado la condición municipal para este poblado celtiberorromano, a pesar de que la documentación arqueológica sei\ala un pequei\o foro con basílica, un posible templo y gran número de horrea con la existencia de más de medio centenar de estos depósitos que al parecer pudieron contar con doble altura (Cerralbo, 1987, edic.
Todos estos indicios pueden terminar acreditando un municipio cuando contemos con pruebas ~pigráficas; a falta de éstas, Ja villa de El Mosaico debe adscribirse al ager del municipio bilbilitano.
EL POBLAMIENTO ROMANO DE MOLINA DE ARAGÓN Y LA CUESTIÓN VIARIA
En estos últimos ai\os se han documentado numerosos yacimientos romanos en el antiguo Sei\orío de Molina de Aragón.
Se trata de enclaves rurales que jalonan los pequei\os valles molineses; esta red de asentamientos parece tan tupida que hace necesario revisar la idea mantenida hasta hace poco de una zona escasamente poblada y al mismo tiempo actualizar el tema no•resuelto de la vía Laminio-Caesaraugusta que es confuso especialmente en las proximidades de esta última ciudad ya que las mansiones existentes (Sermonae, Corae Agirio, Albónica y Urbiaca) no han sido localizadas ni por los autores antiguos ni por los recientes.
Como es sabido la descripción de esta vía con sus mansiones viene descrita en el Itinerario de Antonino sin que ninguna otra fuente clásica haga mención de ella.
La alternativa según la cual esta vía atravesó Molina de Aragón fue recogida hace.1111" por \ ha,1.'al Pala1on.
66 "• Jnmk ruede \t;¡.!lllí'>l' J1...
11nta-. aronac1011c' y'>lllla \'alcbnnga en la mi... ma!\lolina de J\rag.ún pero la propuc... ia dl• 1rayl't: lo i;, e\trai'la porque... upone un t nvado paralelo a la\ ia l• méri1a -Caesaraugu,1a de~de la provincia de Madrid (Almagro r-.1.
LO\ reciente\ e-.iudio\ de la red viaria en Aragón y en la provinl"ia de Cuenca excluyen el Se11orío de Molina ecundario cuyo final ~ería Mo li na de Aragón o Bil-bili~. de e~ta forma Valcria y Ercavica permanecerían integrada~ en un rama l de la vía 31 que se bifurca de~de l11iesia.
Siguiendo en parte a Cocllo ~i -1úa las mansiones de Valebonga.
Urbiaca, Albonica y Agiria en Cuenca en e l rama l principa l para en-1 rar en la pro\ incia de r cruel donde ~ir úa Carat" en lai, rroximidadc\ de Albarracín.
Tambicn l 'i rec ient e v' ó lido trabajo de Magalló n 13otaya sobre la~ v ía~ de Aragón deja las mansio nes por loca lizar,. ~i bien el 1rayec10 principal que ~e ha definido resu lla convincente dado el pe~o de to., argumentoS' y además es coi ncidente con el t raye.:10 de Palomero PlaLa, las mansiones cont inuan sin locali1arse. aunque la autora las si1úa en Aragón (Magal lón Bo1aya, 1987, pp. 193-210) y recalca la necesidad de un 1 rabajo de campo que esta por hacer para localizarla~.
También coincidiendo con Palomero Plaza, Magallón Bo1aya establece un ramal secundario que enlaza Ercavica con Bilbili ~ q ue se une a la vía Emeri1a-Caesaraugus1a poco an -1es de llegar a Bilbilis pasada la mansión de Aquac Bilbifilaflorum coincidiendo, al parecer. con el valle del río Piedra en su último 1ramo (MAGALLÓN rrl'\[Hrndcr J fa /Olla c.ll' \ll L''IUdlO, rt: ro l 'll hnL' a' gencralc-. crnn..:1d1na 1.011 una llllea 111tt: rmL•tl1a ent rl• lo\ 1 ra~ccto~ prnpue-.tn\ pn1 lll <i14ue1 ~:\ ha,-1. •at dc-,de d P ucn1e dt: \an PL•d10 (111:\/()l 1 /.
Ningún testimonio seguro hemos podido aportar hasta la fecha ya que a ello hay que sumar los «nuevos trayectos» que ofrece la bibliografía reciente a través de Cuenca, Teruel y Zaragoza.
Sin embargo la cuestión no puede darse por cerrada al no haber aparecido las mansiones, además los distintos autores parecen coincidir en la existencia de una vía secundaria que auravesaría emplazamientos romanos como Herreria o Corduente camino de Bilbilis.
Los estudios sobre la Carta Arqueológica de Malina de Aragón señalan antiguos caminos prerromanos coincidiendo con el trayecto que describen los valles de la comarca.
Una línea de vía romana puede señalarse desde el Puente de San Pedro y difiere de los trayectos señalados por Blázquez y Abascal ya que sigue la línea del río Gallo pasando por las inmediaciones del emplazamiento romano de Las Casutillas hasta Malina de Aragón (donde M. Almagro situaba Valebonga) desde aquí asciende paralela a la carretera hasta Cubillejo del Sitio para desde allí tal v, ez remontar los arroyos intermitentes que dan lugar al río Piedra o bien seguir dirección a Daroca (extremos no comprobados sobre el terreno).
Según esta disyuntiva la vía enlazaría con el ramal que según Magallón Botaya une Agiria con Bi/bi/is o bien remonta el río Mesa enlazando con la vía Emérita-Caesaraugusta en el punto de Ateca pasada la mansión de Aquae bilbilitanorum en Alhama de Aragón.
No ignoramos que todos los extremos expuestos deben ser mejor comprobados sobre el terreno ya que existen diversos trayectos posibles.
Señalamos el trayecto como una hipótesis sobre la que ya hemos realizado comprobaciones sobre el terreno.
Además de esta vía -que nosotros también consideramos secundaria-existen una serie de puentes actualmente en estudio como los de Villel de Mesa y Algar de Mesa que insinúan otros trazados dentro del antiguo Señorío de Malina de Aragón. |
Provincial de Badajoz cuenta entre su colección con una singular escultura romana que, por su iconografía, puede ser identificada como la representación de un dios Lar pero cuyo material y dimensiones hacen de ella una pieza sin paralelos conocidos hasta la fecha.
La singularidad de ambas características la convierte en objeto de un particular interés en el estudio y la comprensión del culto doméstico romano en general y, concretamente, en Hispania.
PALABRAS CLAVE: Escultura romana.
I. PRESENTACIÓN DE LA PIEZA Y ESTUDIOS PREVIOS
El Lar del Museo Arqueológico Provincia de Badajoz (MAPB.
Fig. 1)2 fue hallado «por un obrero del campo, en las inmediaciones de Mérida, al practicar trabajos agrícolas» según Romero de Cas-tilla (Romero de Castilla, T., 1896, 51), quien describe que debió aparecer poco antes de su compra para el museo el 4 de julio de 1871, hallándose junto a ella únicamente una hoz (falx stramentaria.
Aparte de la descripción de la pieza, sus medidas y estado de conservación, nada más aportó sobre su hallazgo y su contexto.
El siguiente estudio, realizado por Mélida (Mélida, J. R., 1925, n.o 1469, lám. CVIII, fig. 148), siguió de cerca esta descripción, pero aportando la identificación de la pieza con un Lar, frente a las posibles adscripciones iconográficas dadas por Romero de Castilla.
Identificación seguida en todas sus demás publicaciones3, incluido el único estudio monográfico (Álvarez Martínez, J. M., 1975) y en el que destacan las hipótesis de la procedencia de la pieza de una villa cercana a Mérida y de la identificación del material con mármol de Borba-Estremoz (Portugal), así como la propuesta de una cronología (mediados del s. I d.C.) a partir del estudio del peinado.
Los estudios posteriores han seguido a grandes rasgos este trabajo, si bien cabe destacar la mención al taller local que, dadas las características de la técnica y el material, podría haberla ejecutado (Nogales, T., 1997, 407).
ANÁLISIS TÉCNICO, ESTILÍSTICO E ICONOGRÁFICO
La superficie de la pieza se encuentra bastante deteriorada, como evidencia el alto grado de erosión sufrido en el rostro y el calzado.
Una pátina de tierra rojiza cubre toda la escultura salvo en aquellas zonas donde se han producido leves pérdidas recientes (cornucopia, túnica y pies).
Se han perdido así mismo el antebrazo derecho, parte del antebrazo izquierdo (realizados ambos en pieza aparte) y la parte inferior y el remate superior de la cornucopia.
El orificio para el encaje del brazo izquierdo muestra una rotura que parece antigua, aparentemente fruto de una restauración mal ejecutada.
La escultura representa a un joven estante en posición prácticamente frontal, rota por el leve giro hacia la derecha de cabeza, cadera y pierna derecha; la pierna izquierda está ligeramente flexionada con el pie orientado hacia la izquierda.
Las proporciones dadas a la pieza hacen que ésta tenga un aspecto estilizado.
Se apoya en un bloque apenas desbastado junto a la pierna derecha y que sugiere un tronco escasamente esbozado.
La parte posterior y otras poco visibles, han sido trabajadas de forma muy somera (Fig. 4).
El rostro (Fig. 5) tiene forma ovalada de tendencia triangular y gesto serio imprimido por la unión de ambos labios.
La escasa calidad del material no habría permitido su trabajo en detalle, si bien destaca un leve resto del surco que dibujaría el iris del ojo derecho, así como del vaciado de la pupila6 (Fig. 6).
El pelo rizado aparece más marcado en los bucles de la frente y que caen sobre las orejas (Fig. 7), mientras que en la zona superior de la cabeza se convierte en simples surcos ondulados recogidos en una coleta en la parte trasera (Fig. 4).
Se toca con una corona vegetal, probablemente de espigas, dispuesta en tres hileras de la que penden dos infulae que caen sobre los hombros; en su contorno inferior se debió aplicar algún tipo de fruto en otro material, como demuestra la presencia de pequeños orificios (Figs.
La figura viste una túnica corta sobre la que porta un pallium sostenido en el hombro izquierdo que se cruza en la espalda y se recoge a modo de cinturón, con sus dos extremos pendiendo de él.
Los pliegues están marcados mediante agudos ángulos alrededor del cuello y un trépano profundo, especialmente visible en las ondas de la túnica, con las que se trata a su vez de transmitir una sensación de movimiento.
Se calza con bota alta tipo embas, ceñida a la pierna por una cinta con dibujo de ochos, en la variante que deja los dedos al descubierto y rematada en su parte superior por una piel de cánido, de la que penden la cabeza y las patas sobre la parte delantera.
De los atributos se conserva aún buena parte de la cornucopia, sujeta por el brazo izquierdo y de la cual rebosan, entre otros frutos, espigas, uvas o la piña que la corona.
Con la mano derecha debió sujetar una patera, en función de la posición en ángulo recto que parece inferirse de la trayectoria del orificio de encastre del antebrazo perdido.
En función de lo descrito, la escultura se ajusta al modelo iconográfico de los dioses Lares.
Queda, por tanto, descartada su identificación con Vertum- nus o Pomona 7 (Romero de Castilla, T., 1896, 50).
De los dos tipos en los que se agrupan las representaciones de Lares -compitales (tipo I) y familiares (tipo II) 8 -y atendiendo a las características que los diferencian (atributos, detalles del vestido y postura), la escultura del MAPB encaja en el tipo II.
Sin embargo, esta pieza presenta dos peculiaridades que no son comunes en las representaciones de Lares.
La primera es su factura en piedra.
Existen diversos ejemplos pétreos de Lares en los relieves de los altares dedicados al culto imperial; sin embargo, no ocurre lo mismo con la escultura de bulto redondo, realizada toda ella en bronce (Tran Tam Tinh, V., 1992, 211), lo cual pone de manifiesto lo excepcional de esta pieza.
Fig. 8) del Museo Torlonia (Roma, Italia), los cuales son en sí mismos únicos 9 y comparten escaso parecido con nuestro Lar.
Con importantes similitudes estilísticas e iconográficas destacamos una cabeza de sátiro (Fig. 9) del Museo Archeologico di Aquileia (Udine, Italia).
Ésta presenta un peinado de rizos que le enmarca la 7 El carácter metamórfico del dios Vertumnus, presentado así en las fuentes (ver Segarra, D., 2003, 129-130 con bibliografía), implica el desconocimiento del aspecto exacto de sus representaciones (Penny Small, J., 1997, 235), de manera que sólo se tienen algunas identificaciones dudosas, que no guardan, por otro lado, relación con nuestra pieza (ibid.; Esperandieu, E., 1908Esperandieu, E.,, 135-136, no 1076)).
La identificación con Pomona queda descartada por el hecho de que nuestra estatua es masculina.
8 Seguimos la división presentada en el LIMC por Tran Tam Tinh en la voz dedicada al Lar (Tran Tam Tinh, V., 1992).
9 Su identificación con dioses Lares se debe a la presencia de la bulla pendiendo de su cuello (Jordan, H., 1882, 71).
Aunque no es frecuente esta representación, sí aparecen mencionados en las fuentes como Lares bullati (Petronio 60).
La segunda peculiaridad es el tamaño de la pieza, de casi un metro de altura, frente a los 12 cm de media que, salvo excepciones, suelen alcanzar las estatuillas de bronce (Boucher, S. y Oggiano-Bitar, H., 1995, 233).
A pesar de ambas peculiaridades, la comparación de esta figura con las estatuillas de bronce encontradas por todo el Imperio en contextos domésticos, así como con las pinturas conservadas de lararios, resuel-ve las dudas respecto a su adscripción iconográfica.
El paralelo peninsular más cercano es el Lar 14 de Pollentia (La Alcudia, Mallorca.
Un rasgo atípico en el Lar del MAPB es el recogido trasero del pelo en una coleta, cuyo mejor paralelo es la estatuilla procedente de Torre Annunziata (Italia 16.
PROPUESTA DE DATACIÓN DE LA PIEZA
La falta de un contexto al que asociar esta pieza nos obliga a proponer su cronología a partir de la información extraída de su modelo iconográfico, así como de sus características técnicas y estilísticas, mediante la búsqueda de paralelos datados.
Los modelos en bronce no despejan muchas dudas por la continuidad de uso que caracteriza a las imágenes de culto: aunque el Lar tipo II es la representación más antigua 17 y cayó en desuso a favor del tipo I a partir de la reforma del culto llevada a cabo por Augusto, se conocen ejemplos de estas estatuillas en contextos que llegan hasta el s. III d.C. (Boucher, S., y Oggiano-Bitar, H., 1995, 233).
De manera que hay que recurrir a la peculiaridad de su factura en piedra para buscar en la escultura de este tipo los paralelos que permitan avanzar una datación.
La primera propuesta (Álvarez Martínez, J. M.a, 1975, 872) establecía una cronología en torno a mediados del siglo I d.C. (seguida en sucesivas publicaciones) en función Las características técnicas y estilísticas del Lar deben remitirse a una cronología similar.
Por un lado, ésta está marcada por una estilización de sus proporciones (cuello largo que contrasta con la caída de sus hombros, cintura y caderas bajas, una cierta desproporción en la longitud del tronco frente a las piernas), que puede observarse en la escultura severiana y postseveriana, como los relieves del arco de Septimio Severo y del arco degli Argentarii, en Roma.
Comparable también por la estilización de sus proporciones es la escultura de togado (Trillmich, W., 1997, 396, no 190) hallada en Sevilla y fechada en el siglo III d.C. Ambas piezas presentan lo que Trillmich ha denominado estilo «pastoso» del ropaje, refiriéndose a la flaccidez de sus formas que provoca una cierta sensación de pesadez, lo cual es especialmente evidente en la curva que crea la caída de la toga, igual a la del pallium del Lar.
La figura del Lar acusa además una falta de organicidad, característica de la escultura romana a partir del siglo III (Strong, E., 1926, 407).
Esto provoca la sensación de que cada una de sus partes hubiera sido trabajada de forma independiente, rompiendo la armonía del conjunto e imposibilitando la transmisión de movimiento, del cual carece la pieza a pesar de la voluntad de expresarlo en detalles como la falda de la túnica o la posición la pierna izquierda.
Otro elemento que contribuye al estatismo es el tratamiento de los paños, con grandes pliegues esquemáticos y un profundo trépano muy plástico y poco naturalista que no llega nunca al borde de la túnica.
Junto al estatismo, destaca la frontalidad, sólo rota por el leve giro de la cabeza y la posición divergente de los pies.
Todo esto nos lleva a proponer una datación del Lar del MAPB en torno al s. III d.C., puesto que se aprecian en ella muchos de los elementos que definen la escultura tardorromana (frontalidad, falta de organicidad, estilización de las formas, esquematismo, trabajo del ojo o el particular uso del trépano).
Se encuentra alejada aún, sin embargo, de los modelos constantinianos, en los que todas estas características son mucho más marcadas 18.
PROPUESTA DE CONTEXTO E INTERPRETACIÓN DE LA PIEZA
La falta de contexto del Lar del MAPB es uno de los principales problemas para su interpretación.
Las únicas referencias, dadas por Romero de Castilla, son su aparición «en las inmediaciones de Mérida» 19 y la presencia de una hoz y una podadera a sus pies.
Pero existe alguna certeza que la propia pieza nos da como punto de partida.
La primera es su uso cultual, ya que las representaciones de Lares están siempre asocia- das a contextos de culto, público o privado.
La faceta pública está documentada en Mérida en la inscripción dedicada a los Lares augusti procedente del sacrarium dedicado al culto imperial en la ima cavea del teatro (Trillmich, W., 1989(Trillmich, W., -1990)).
Sin embargo, la pieza de la que nos ocupamos carece de la calidad (técnica y material) que caracteriza a la es-cultura oficial de la capital lusitana, lo que nos lleva a proponer un ámbito privado de procedencia.
Precisamente Álvarez Martínez (1975, 869) sugiere como contexto una de las villas del entorno.
En el ámbito privado, urbano o rural, los Lares son representados en las capillas domésticas mediante pintura o esculturas, pero de los lararios con contextos cerrados conocidos a lo largo del Imperio, aquellos con escultura han documentado en su mayoría bronces de pequeño formato.
En comparación las imágenes en piedra son muy escasas.
El ejemplo más destacado es el sacrarium (Fig. 11) de la Via Giovanni Lanza (Roma), bajo la iglesia de San Martino ai Monti.
Construido como Iseo (s. II d.C.), en el s. IV fue englobado en el patio de una suntuosa casa como capilla familiar (Ensoli, S., 2000, 280).
La presidía una estatua de Isis-Fortuna de 146 cm de altura, colocada en la exedra de fondo y rodeada por otras esculturas en piedra de pequeño formato en nichos laterales.
El Lar del MAPB es, por tanto, otro ejemplo de estatua de culto doméstico en piedra, si bien ninguno de los conocidos representa a esta divinidad.
Por su tamaño y el somero trabajo de su parte posterior, es verosímil pensar que se situase también en el interior de un sacrarium, adosado a su pared de fondo o en una hornacina.
El caso de San Martino es, sin embargo, algo excepcional por el tamaño de la capilla y por la cantidad de imágenes que lo componen.
La reconstrucción (Visconti, C. L., 1885, láms.
III y XIII) evoca los complejos lararios que describe la Historia Augusta en el palacio de Severo Ale- jandro, poblados de imágenes de numerosos personajes divinizados (Hist.
29, 2 y 31, 4), cuya presencia en una capilla doméstica es algo anómala, pero que deben ser considerados no tanto como divinidades protectoras sino más bien como eminencias dignas de la admiración del propietario, en este caso el propio emperador.
Este ejemplo nos ofrece una visión de los lararios como espacios del culto doméstico sujetos a las preferencias de sus propietarios y que se habían ido enriqueciendo con nuevos «inquilinos», fruto de las mutaciones en la espiritualidad de la sociedad romana y que se sumaban a las tradicionales divinidades protectoras, las cuales siguieron siendo, a pesar de ello, el objeto principal de veneración privada hasta los últimos coletazos del paganismo, como demuestra el Codex Theodosianus (16, 10, 12).
Además de este sacrarium conocemos otros ejemplos que podrían haber albergado estatuas de culto de grandes dimensiones, posiblemente en piedra, y pueden aproximarnos al contexto buscado.
Es el caso del larario (Fig. 12, núm. 16) de la Casa de los Delfines en Thysdrus (El Djem, Túnez.
Bullo, S. y Ghedini, F., 2003, II, 310, Thysdrus 13; Bassani, M., 2005, 85), situado al fondo del patio inmediatamente posterior al ingreso, de manera que entraría en el campo visual de cualquiera que accediese a la casa.
El sacrarium está formado por un espacio rectangular y un ábside de fondo precedidos por un mínimo umbral; cada una de las tres partes está diferenciada mediante una decoración musiva propia que, en el caso del ábside, se limita a un tapiz blanco destinado a no ser visto y sobre el cual debió colocarse en consecuencia un altar o una estatua de culto (Bassani, M., 2005, 85).
Otro ejemplo significativo es el sacrarium (Fig. 13, núm. 19a) de la Villa Filosofiana de Piazza Armerina (Italia.
Éste se encuentra en el lado E. del primer peristilo, a pesar de lo cual forma un conjunto con el vestíbulo anterior, con el que comparte una orientación propia (Carandini, A. et alii 1982, 123), vinculación más evidente por el emblema del vestíbulo, una posible representación del ritual del Año Nuevo conectado con el culto a los Lares (ibid., 66).
Tiene una planta cuadrangular rematada en ábside y precedida por un estrecho umbral, todo ello pavimentado con mosaico de tema geométrico y vegetal, a excepción del ábside, de teselas únicamente blancas, donde hay colocado un pedestal de obra para una estatua.
Tiene un marcado carácter oficial que le viene dado por su monumentalidad (paredes cubiertas de mármol y cuatro columnas en sus esquinas interiores), por su ubicación en la mitad oficial del peristilo y por su vinculación con el vestíbulo (ibid., passim).
Su posición en el conjunto de la villa obligaba a todo aquel que se dirigiese a la basílica a pasar por delante de él (ibid., 125).
La cronología de ambos sacraria es tardía, del s. III d.C. para la Casa de los Delfines (si bien el mosaico del sacrarium se ha datado en el s. IV) y de principios del s. IV para Villa Filosofiana (320-330 d.C. aprox.).
Ambos, al igual que el de San Martino ai Monti, están datados en un período algo posterior al del Lar del MAPB pero responden a un fenómeno que puede aportar algunos datos para la explicación de esta pieza.
Hay una peculiaridad especialmente reseñable y es la posición de estas capillas en espacios abiertos, en la parte pública y oficial de la casa y, sobre todo, visibles desde el ingreso principal, desde el cual se accede a éstas directamente20.
Esto marca una importante diferencia respecto a los lararios altoimperiales, cuyo mejor muestrario encontramos en Pompeya.
En esta ciudad es frecuente la presencia de éstos en espacios de acceso público, pero muy frecuentemente algo apartados de los principales recorridos y ejes visuales de la casa, ligeramente descentrados respecto a éstos o parcialmente escondidos tras elementos arquitectónicos21.
La posición preferente de los lararios tardoantiguos parece responder, por tanto, a un interés del dominus por manifestar su pietas de una forma ineludible ante la mirada del visitante, mediante un lenguaje de escenografía arquitectónica en el que la posición, la orientación y la rica decoración de la capilla doméstica22 transmiten el mensaje del cumplimiento de los ritos preceptivos a las divinidades de la casa y del mantenimiento de las antiguas tradiciones.
Su explicación reside en la dimensión pública y oficial de la residencia romana tardoantigua, que ahora se pone al servicio de una poderosa aristocracia atomizada en territorios muy concretos y que busca, mediante la ostentación y el lujo exagerados en complejas y múltiples salas de representación, evidenciar su estatus y su poder, a la vez que poner de manifiesto sus vínculos con Roma (Ensoli, S. y La Rocca, E., 2001, 19), tomando como modelo los grandes palacios imperiales23.
La arquitectura es usada así como vehículo propagan-dístico y de autorrepresentación en manos de los miembros destacados de la sociedad provincial, que buscan hacer evidente y reafirmar su posición mediante la referencia a la figura central del emperador y su casa.
Para ello hipertrofian espacios socialmente relevantes de la residencia, como el larario, que tradicionalmente había formado parte de los elementos legitimantes que arropaban al dominus en el atrio de su casa y que, como integrante de las antiguas tradiciones romanas, representa el respeto y fomento de éstas.
Éstas son las coordenadas en las que nos parece verosímil insertar la estatua del Lar del MAPB.
Un sacrarium de similares características a los descritos, ubicado en un espacio abierto y destinado a contener una estatua de culto de dimensiones relativamente grandes.
Cabe la posibilidad de que ésta no fuera la única imagen del larario ni la principal, ya que los Lares no aparecen nunca como única divinidad venerada en la capilla doméstica y, frecuentemente, son representados como acompañantes del Genio.
En el caso de haberse tratado de la única imagen del larario, esta anomalía debería explicarse en el contexto de la evolución durante siglos de la concepción del culto doméstico, que hizo aún más flexibles las manifestaciones de piedad, añadido a la inevitable reinterpretación que éste sufre en su difusión por las provincias.
En Hispania no se ha documentado ningún ejemplo de larario que responda a estas características y que coincida con la cronología propuesta para el Lar.
Existe, sin embargo, un caso de sacrarium rematado en ábside en la Casa de los Pájaros de Italica (Santiponce, Sevilla.
En el ámbito rural, las evidencias halladas en las villas de este período no son suficientes como para poder reconocer en ellas la presencia inequívoca de lararios, que sin duda debieron existir (Bowes, K., 2006, 75).
Hace algunos años se propuso la lectura como capilla familiar de dos espacios, uno octogonal y el otro circular, hallados en sendas villas sorianas, Los Quintanares (Rioseco) (Ortego, T., 1969;1976;1977) y Los Villares (Santervás del Burgo.
En el caso de la villa de Los Quintanares, durante la excavación del impluvium se halló además una estatua de Saturno25 con la parte trasera apenas trabajada, que se asoció a los restos de «otros lares o penates de los que contamos posibles vestigios» (Ortego, T., 1976, 362, fig. 5); el conjunto de estas esculturas podría asociarse indirectamente al espacio poliabsidial interpretado como larario y apoyar así esta hipótesis.
Sin embargo, los términos «lares o penates» están usados de forma demasiado ambigua y carecemos de más datos o de imágenes que nos permitan discernir de qué divinidades se trataba exactamente 26.
Para el caso de Los Villares, el emblema de Ceres en el pavimento de mosaico, el hallazgo de fragmentos de esculturas en mármol y la interpretación de ábsides como armaria lararia llevaron a su excavador a considerar la estancia como una capilla doméstica (Ortego, T., 1961, 226).
Pero esta interpretación es arriesgada para ambos espacios y la presencia del mosaico o las esculturas no es, en este caso, signo inequívoco de un uso cultual27.
La hipótesis resulta sugerente, especialmente para el caso de nuestro Lar, puesto que ofrecería un contexto teórico con múltiples hornacinas que avalaría la presencia de más de una estatua de similares características a las suyas.
Sin embargo, carecemos de evidencias suficientes que avalen su veracidad por el momento.
Por otro lado, este tipo de salas se identifican en las villas tardoantiguas con espacios de recepción y representación (Balmelle, C., 2001, 173 y figs. 64-65), sin otorgárseles un uso específicamente cultual28.
Cabe aún explicar la presencia de la hoz y la podadera halladas a sus pies.
Dada la falta de algún otro dato, no es posible ofrecer una única hipótesis sobre su presencia.
Se han documentado espacios de culto doméstico con contextos cerrados en los que han aparecido objetos relacionados con la actividad agrícola junto a esculturas y objetos de culto, pero no parece verosímil que una escultura de las características de la que aquí estudiamos se hallase en un ambiente de servicio, tal como un almacén o un espacio dedicado a la producción agrícola29.
La asociación del Lar con estos aperos puede ser fruto del desorden ocurrido en el momento de su abandono o bien de su ubicación junto a algún espacio de almacenaje o dedicado a usos agrícolas.
Sin embargo, existe una hipótesis más sugerente que los vincularía de forma más directa y que creemos interesante esbozar aquí.
La presencia de la hoz y la podadera junto al Lar se puede relacionar con una serie de evidencias que, a lo largo de los siglos, mantuvieron la vinculación de los Lares con la agricultura y con la naturaleza, la cual habría estado en el origen de los Lares y en su naturaleza primitiva según una de las dos teorías aceptadas sobre este tema30.
En primer lugar, el Lar del MAPB (del tipo II) porta la cornucopia, símbolo de abundancia, prosperidad y fertilidad, ligado a divinidades de la naturaleza como Ceres.
Por otro lado, la vestimenta, una túnica corta, y el calzado, un tipo singular de bota de caza infrecuente en las representaciones de Lares, se puede equiparar a divinidades de la naturaleza como Diana o Marte (asociado a la naturaleza en su origen).
La propia corona de espigas con infulae coincide con el tocado de los Hermanos Arvales, que rendían culto a la diosa Día -conectada con la agricultura-y en cuyo canto (ss.
V-IV a.C.) aparece la primera referencia a los dioses Lares, relacionados con Marte como divinidad agrícola (Petruševski, M. D., 1967, 417).
La vinculación de los Lares con la naturaleza no se limita a la tradición arválica, sino que se pueden trazar conexiones con múltiples divinidades asociadas a este mismo ámbito, como Silvano, Pan o Fauno (Rodríguez Oliva, P. 1994, 31).
El propio Silvano tiene una dimensión doméstica recogida por la epigrafía (Bulard, M., 1923, 463, n.
Pero quizá lo más interesante de esta dimensión agrícola y natural de los Lares sea su constatación epigráfica en el epíteto agrestis, documentado en una inscripción conservada en el lapidario vaticano y que subraya además su relación con Silvano:
La inscripción encuentra su representación iconográfica en un ara (Fig. 14) hallada en Ostia (Calza, G., 1916).
En el centro de su relieve aparece Hércules junto a un altar cuadrangular colocado delante de un árbol.
A ambos lados dos Faunos que portan cada uno una sítula acompañan a dos figuras que, por la vestimenta y por la inscripción, pueden ser identificadas como Lares:
La propia cabeza de Aquileia muestra a una divinidad tocada con una corona casi idéntica a la del Lar y peinada de igual manera y que se asocia por su tocado a las ceremonias arválicas (Vergniani, M., 1964, 203).
El mismo autor, ante la ausencia de evidencias de este colegio sacerdotal en Aquileia, prefiere identificarla con Fauno.
Aunque el origen y la naturaleza de los Lares es un tema complejo, sí parece clara su vinculación al entorno natural domesticado o semidomesticado.
Esta vinculación, evidente ya desde el carmen de los Arvales y en sus competencias más antiguas (Lares compitales), no parece abandonarlo a pesar de los siglos y del olvido en el que caen las atribuciones originales de estas divinidades domésticas, que van conformando una especie de masa de dioses protectores cuyos límites entre sí se difuminan.
El Lar del MAPB, una pieza singular de arte provincial parece recordar de nuevo, en el s. III d.C. y en uno de los extremos del Imperio, la dimensión original de estas divinidades, agrícola y vinculada con la naturaleza, que queda respaldada por su iconografía y por el único contexto que lo acompaña, a la vez que lo explica.
La escultura de Lar del MAPB fue hallada al margen de cualquier actividad arqueológica científica.
La consecuente falta de contexto y los limitados materiales asociados hacen difícil su análisis e interpretación.
Sin embargo, sus propias peculiaridades la convierten en una pieza de gran interés para el estudio del culto doméstico, tanto en la Península Ibérica como en el conjunto del Imperio.
Su realización en piedra y sus dimensiones no son equiparables por el momento a ningún otro hallazgo de dios Lar en ninguna parte del Imperio, lo cual indica una singularidad cuyo intento de interpretación puede ofrecer nuevos datos para el conocimiento de un aspecto de la religión romana en el que se adolece de información suficiente y fiable para la época en que se fecha la escultura.
El análisis cruzado de estructuras sin apenas materiales junto con materiales sin estructuras en las que contextualizarlos puede aportar luz, siquiera de manera teórica, a un panorama tan poco claro como es el culto doméstico romano en época tardoantigua que, según las fuentes, siguió existiendo amparándose en la privacidad de la casa.
Las peculiaridades de esta pieza parecen poner a la vez de manifiesto las transformaciones y las pervivencias del culto doméstico en época tardorromana.
El larario propuesto como contexto teórico de la escultura deja de ser un espacio eminentemente privado para pasar a ser una de las estancias de representación y prestigio que, mediante su hipertrofia, sirven a la aristocracia para sancionar y ratificar su posición social en su propia morada, manteniendo a la vez un recuerdo de la naturaleza y atribuciones conferidas al Lar, asociadas a la agricultura y la subsistencia de la familia romana.
Pero la escasez de datos hace difícil defender con decisión cualquiera de las hipótesis expuestas sobre el contexto e interpretación del Lar del MAPB.
Los ejemplos que jalonan el Imperio nos han permitido lanzar alguna pero mientras que no hallemos una pieza de similares características y contextualizada será difícil aportar certezas en la interpretación de esta escultura tan singular. |
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El estudio monográfico sobre la colonia griega de Siris en la Magna Grecia se fundamenta en principio en un análisis de las fuentes, que se exponen al inicio acompañadas de traducción, pero se justifica como un esfueno de sínte• sis para buscar una interpretación capaz de coordinarlas con los datos de la Arqueología.
La coordinación, sin em• bargo. evita el esquematismo consistente en la búsqueda mecánica de la constatación.
Más bien. el interés de las fuentes se halla en su propia contradictoricdad, 4ue reve la en sí misma la riqueza de la Historia de Siris como escenario de transformaciones y conílictos.
La actitud adecua• da ante el hecho de que los autores antiguos no se pongan de acuerdo no hay que busca. ria en la simple elección del dato bueno frente al malo, sino en la comprensión de la esencia misma del género hi~toriográfico, que recibe las tradiciones y las transmi te de acuerdo con modos de interpretar los hechos que resultan a su vez históricamente condicionados.
Las varian tes son en sí un fenómeno histórico, que pueden indi vidualizarse para revelar intenciones o reacciones ante realidades, propaganda, en este caso concreto, contraria o favordble a los jonios, o reflejo de los planes colonizadores de los atenienses en occidente, tendente a amoldar el pasado a los intereses propios.
Por eso importan las diferencias entre tradiciones como la que recoge Timeo y la representada por Antíoco de Siracusa, que inte rpretan de modo distinto el sacrilegio cometido ante la es• tatua de Atenea Jlias.
El mismo epíteto de la diosa se defi• ne como campo de encuentro de la transferencia de los enfrentamientos entre griegos y troyanos a la Península h áli• ca, de clara proyecc ión en el mundo latino.
La historia colonial era, en defin itiva, una historia conflictiva, donde se interfieren luchas entre ciudades griegas y luchas entre griegos e indígenas, con resultados dramáticos, que dejan malos recuerdos en la memoria de los sucesores.
Entre datos contradictorios no puede intentarse la simplificación, sino la búsqueda del motivo que lleva a plasmar la exposición contradictoria de los hechos.
El asunto afecta incluso a los aspectos más fácticos, como si existieron una o dos colonias, Siris y Polieion, problema que, prácticamente al mismo tiempo, ha preocupado a otros investigadores 1 • La explicación de la autora, que atri-buye a los de Esmima una segunda oleada colonizadora. relacionada con lu presencia persa en las costa~ de Asia Menor. re sulta al menos plausible y coherente.
En las argumentaciones expuestas por los diferentes autores. en cualquier ca~o. puede caliticur-.e de positiva la actitud común consistente en aprovechar las fuentes con ánimo de llegar a las conclusiones posibles en cada una de las cir• cunstancias, y en no negarlas. con ánimo hipercrítico. nada más detectar la primera incoherencia.
El camino elegido e~ mucho más productivo para el desarrollo del conocimiento histórico.
Sólo el intento de penetrar en las relaciones entre griegos e indígenas puede aclarar determinadas cuestiones concretas de gran trascendencia para la historia imaginaria de Roma.
Tales relaciones son las que están en la base de la leyenda troyana. anteriormente aludida. donde se leería la continuidad de la hostilidad legendaria frente a los griegos. fundamento de una parte de la imagen que los romanos se hacían de sí mismos. a partir de tradiciones de orí• gen latino 2 • El mundo colonial se integra de este modo en la historia compleja de Roma y del Mediterráneo occidental. como lugar de paso en los viajes hacia el extremo del mundo y en el comercio con la Península Ibérica.
Seguramente no es fenómeno ajeno a esta proyección. que va de las relaciones entre griegos e indígenas a la elabornción de la leyenda troyana de Roma, el que Antíoco de Siracusa re• íleje una opimón más simpatizante con los indígenas que Ti meo.
El libro resulta un buen ejemplo de la posible coordinación de los estudios textuales y los arqueológicos cuando los objetivos históricos se plantean adecuadamente, en la conciencia de las contradicciones de la realidad, más en la diacronía que en la sincronía.
Finalmente. la autora vuelve a las fuentes, para analizar de modo crítico, en dos apénd ices, por una parte, el texto de la Alejandra de Licofrón, 978-992, que trata de la lle• gada de los aqueos a Siris, y por otra, las referencias a la colonización rodia, donde tan necesarias resultan las matizaciones, habida cuenta de la. s especiales condiciones en que se hallan las fuentes, tal vez como reflejo de una realidad igualmente compleja.
Es posible que sólo puedan entenderse dentro del complejo mundo colonial en que tam-bi~n están presentes los fenicios 3 • Domingo Plácido Universidad Complutense.
Madrid dad. pero,610 puede salvarse el oh, táculo si se intenta. a partir de posturJs que no consideran m:h importantes las guerras que las realidades básicas de las relaciones entre los hombres.
El objetivo de Curchin para salvar el obsuículo se encuentra en el entendimiento entre Arqueología de la Prehistoria y Arqueología del mundo romano. cuando posiblemente se trata de algo de tipo conceptual. donde se aprovechen los datos para. a travé' de un esfuerzo interpretativo. intentar comprender el fenómeno imperialista.
En otro orden de cosas, en el libro se echa de menos una crítica positiva de las fuentes. que no pueden aceptarse en bloque. pero tampoco rechazarse sobre un argumento de autoridad. como se hace con Justino. en las páginas 20-22. sobre argumentos de Barceló que ni siquiera se exponen.
Tema~ como el decreto de Paulo Emilio o las diferencia.' entre la política de Catón y la de Tiberio Graco merecerían seguramente un comentario crítko mayor para hacer comprensible el procel>o de intervención de la Roma republicana en Hispana.
Poca claridad CKplieativa puede proporci• nar el adverbio «estúpidamente» para definir el ataque de Emilio Lépido a los vacceos (pág.'.'8).
Si su acción fue estúpida. convendría explicar que actuaran en Hispania ge-ncrale~ capaces de llevarlas a cabo. puc~ la incompetenc.:ia de los generalc~ era la explicación que d<tba Livio y para verlo repetido no hace falta que se lleven a caoo investigaciones modernas.
Después de todo. resulta que sólo se utiliza la arqueología para, como Schulten. intentar situar campamentos y campos de batalla.
En la actualidad. la Arqueología es una ciencia capaz de pmporcionar explicaciones sobre modos de actuación c intervención que mejo• rnrían considerablemente la vi~ión de la intervención romana en Hispania.
En otras ocasiones. como en el caso de Sertorio. el autor ve con claridad que el episodio humano es sólo una parte de las luchas dentro de la clase dominante romana. de demócratas que se apoyan en la victoria en Hispania para luchar contra el gobierno oligárquico de Sila.
Podrfa profundizarse. de todos modos. en las repercusiones que tuvo esa lucha en la formación de un sector hispano capa1. de integrarse productivamente en la formación de la nueva clase dominante romana y de influir en el sesgo que tomarían los acontecimientos que llevan al Principado y en la configuración de la base social de éste.
Así se explicarían mejor muchos acontecimientos y modos de actuación que acudiendo a la falta de interés del Senado en Hispania (pág. 54) para explicar la ineptitud de algunos generales.
El problema estriba en el tipo de interés que pueda manifestar cada uno de los sectores de la clase dominante en un momento de cambio. de reestructuración en el interior de la misma.
El interés podía tener muchas caras.
Que no sacaran beneficios globales a causa de los gastos militares no quiere decir que no obtuvieran beneficios parciales. con repercusiones en otros sectores dentro de la sociedad romana.
Es demasiado simple dividir el mundo entre romanos y no romanos cuando entre los primeros se fraguan las luchas civiles. síntoma de la existencia de profundas contradicciones internas que requieren una interpretación capaz de hablar de Roma como de una realidad plural.
RECENSIONES.'\49 le interesa el fisco y. además. la funcionalidad ideológica de la consideración del Océano como límite del mundo romano tiene, junto a una elicacia práctica en el mundo ima• ginario. una fuerza 4uc se deriva de los intereses materia• les que se plasman en las ventajas del control del universo desde el punto de vista real.
No se puede separar la ideolo• gía de lo~ intereses. como ~i la primera funcionara ~ola. pue~ eso es, de nuevo. una fonna de manifestación ideológica.
Una ~íntesis sobre la Hispania romana suscita. desde luego. mucha controversia.
Tal vez no sea ése el menor de sus méritos, el de reavivar múltiples debates.
Cada tema puede ser objeto de uno.
Es difícil 4ue no haya 4uicn discuta el carácter de los vadinien~es o el de los pu}li. a~í como el del foro colonial de Tarraco o el alcance del ius Lillii concedido por Vespasiano.
También es difícil no echar de menos algún estudio de imponancia, para el carácter de la explotación minera o para el aspecto romaniiador del cul• to de lsis, que mejoraría la perspectiva global.
Todo estudio valiente tiene el riesgo de convertirse en objeto de controversia.
El presente recoge más datos 4ue problemas.
Es significativo que considere, en la página 158. que el carácter del culto de Endovélico permanece misterioso. pues puede interpretarse de varias maneras, cuando la tendencia predominante en la historia crítica de las religiones tiende a evitar simplificaciones mecanicistas y a profundizar en el carácter polisémico de estas divini• dades, donde encuentra su eficacia y su funcionalidad, no limitada a un campo de la realidad, sino capaz de asumi r las contradicciones mismas de la realidad, sincrónica y diacrónicamente.
Domingo Plácido Universidad Complutense.
Madrid' Es un poco exager.ido compar11r las fiestas prerromanas con las actuales fiestas españolas, sobre todo si no se tiene en cuentu que han experimentado el paso de la historia a través del feudalismo y el barroco.
La Semana Santa sevillana. recoge, como 111 pompa romana, la práctica de las primitivas fiestas de la fenilidad, pero también la reglamentación gremial y el urbanismo del banoco y del neoclásico, por no hablar de los &.\pecios ideológicos peculiares de la transición espailola hacia la democracia operada.
La d~ada de los años ochenta ha sido un período problamente irrepetible en el estudio de la vida local de la Hispania romana.
En sus primeros años vimos aparecer diversos corpora epigráficos provinciales que daban a conocer un considerable grupo de inscripciones con evidencias de la vida institucional; en 1983 abría el fuego Nicola Mackie con el primer trabajo moderno de síntesis sobre las instituciones locales hispanas (Local Administration in Roman Spain A. D. 14-212.
147 La conclusión más fácil de extraer es 4ue las instituciones locales hispano-romanas y sus protagonistas «están de moda..; pero al margen de la anécdota, que puede tener algo de cierta, hay 4uc considerar que esta década ha sido extraordinariamente fructífera en nuevas fuentes documentales de todo tipo, y e l campo estaba abonado para 4ue se produjera este impulso.
Entre los pioneros estuvo L. A. Curchin con su tesis The Creati<ln of u Romanized Elite itl Spain (Univ.
Otawa 1981 ), que daría pie a una innumerable serie de artículos y trabajos específicos sobre la Hispania romana.
En todos ellos se fueron combinando los datos epigráficos con el análisis estadístico y una minuciosa revisión de algunos temas o fuentes que precisaban cambios en su interpretación tradicional.
Fruto de ese análisis riguroso del material epigráfico y numismático, es este primer catálogo global yactualizado de los magistrados de la Hispania antigua.
Con una primera parte dedicada al análisis del cursus hmwrum y el entorno socio-económico de los magistrados, incluye una segunda con una lista de estos agrupados por provincias y entidades urbanas.
En términos generales algunas de las conclusiones del estudio constituían previsiones lógicas hasta ahora no demostradas.
De ellas cabe resaltar la ausencia de un cursus riguroso en las comunidades hispanas, hipótesis de trabajo hasta ahora, que queda corroborada tras el análisis de todos los testimonios.
Por lo mismo, el análisis minucioso de la información hacía concebir esperanzas sobre el hallazgo de los cuesto• res en las ciudades béticas, pero seguimos sin poder explicar, fuera del marco del legislador previsor, su presencia en las leyes locales y su ausencia en el registro lapidario.
La tabla resumen de la página 41 da a entender que en la Bét. ica hay 1 menciones de cuestiones locales, pero debe seflalarse que en todos los casos (núms.
48-5 1, 58, 77 y 288 del catálogo) se trata de desarrollos de la q(---?) que aparece en leyendas monetales de Urso, Caneia y Corduba, RECE SIONES M•..
Otro tenw t¡uc 'e rc' uclvc en es1c lihro es la no relación l'ntre lfrml/llll'lri y e:-.tatulo local: en efecto. delipués de J1Hr"'' cnnjl•tura' en'entido contr.irio. parece descanar-'l' una vi111: ulaci6n exprelia cn1rc rl rango jurídico de la co-mu11idad y el lipo de magi~lralurali. pudiendoconsidcrar:-.c. como atim1a el aulor. me1rtff of lornl prrfr<'llC 'C'. pl; intcamknto tiuc cuadra con la IOlcr.mci.i de las cm.lumhreli locales no orucstas al <krccho romano 4uc late en las insli• 1uci11ncs hispano-romanali.
De nuevo en el amílisis de las magis1ra1uras se ponen en evidencia las fucnes desigualdades regionales y el poso que en las comunidades b<!ticas y del none de la costa larrawncnse dejó la e1apa republicana.
Vistas en conjunto. todas CJilas difcrcm: ias 1ienen su explicación y el panorama in~titucional de las comun idades hispano-romanas se aclarn un poco más en un lituo que. página a página. comcsia muchali de la' pregunta:-. que a diario nos venimos fom1ulando -;obre la marcha in.. titucional de la.'\ ciudades de la fli, pania romana.
Edición patrociom1da por Sociedad Anónima Hullern Va.,co-Lcone:-.a.
La obra que reseñamos resulta de interés. por cuanto en ell.i se aborda. a la mane ra de síntesis. el proceso de romanización del ámbi to terri1orial de la actual provincia de León. desde los primeros contactos hostiles con cántabros y astures hasla el período bajo-imperial.
El volumen está estructurado en once apanados precedidos de una breve introducción. tras la que se pasa a abordar la conquista romana de astures y cántabros. así como la panicipación de los dist intos destacamentos militares romanos, poniéndose de manifiesto la intervención, entre otras de la Le}lin I AuJlu.wa, la Legio U Augusta, la Legio 1111 Maredónica. lexio V Alaudu.
Le>1i11 X Gemina. la legio VUI Hispa11a, etc. Tras el proceso anexionista. lastropas asentadas en el territorio jugarían. como bien se indica, una triple función: proteger la estabilidad y el orden. colaborar con las directrices político-adm inistrativas establecidas por Roma • y vigilar, dirigir y ampliar los sectores productivos. sobre todo la minería aurífera.
Una vez abordado el proceso de conquista, y la~ consecuencias generales que de éste se derivarían, se pasa a analizar el territorio leonés en época alto-imperial, en primer ténnino desde un punlo de vista de la historia política. tratándose las diversas administraciones imperiales desde Augusto, en que el ámbito provincial correspondiente a León quedó integrado en la Tarraconense, hasta el período de Caracalla.
En segundo ténnino se presta atención a la administriu; ión y cambios sociales operados tras la conquista romana, resaltándose cómo desde finales del siglo 1 y a lo largo del'1glo 11.'e experimenta una progrc.,iva acul-1urncicín. paralelamente al de:-.arrollo económico. siendo el año 74 un momento clave para dicho;ímbi10 territorial. al ~cr la fecha preci'a del nacimienl de León. con el a:-.cmamienlo c: unpamcn1al de la l.l',t: ill 1'// Gl'minu.
A~imi, mo e' objelo de a1ención el sis1ema económico prevalecienle en época romana alto-imperial. poniéndose de relieve la imponancia de la agricul1ura. la ganadería y la ca1.u. aun cuando:-.in duda el pi lar de la cconomfo má:-. notorio lo vendría a rcprcsenlar la minería. como ya las propias fuentes a1es1iguan (Estrabón.
23 1-233. etc.). y que. como bien se apunta. siguiendo las viejas explotaciones prerromanas. los romanos ampliarían el número de ellas, y desarrollarían las 1écnicas necesarias. para l(lgrar mejores rendimientos.
Especial atención se presta a la viaria y núcleos de pohlación romanos. a los que se dedica un amplio apanado.
En el área objeto de estudio. las vías en época romana son en buena panc. al igual que en mms ámbilos peninsulares. una conllnuación del liislcma de comunicaciones prerromano.
Según el Itinerario de Antonino ~e constatan las víali siguiente~: cuatro de Braga a A:-.torga. números 17.
19 y 20; do~ de A~torga a Zaragoza. números 26 y 27; una de A~1orga a Tarragona. número 32: una de Astorga a Burdeos. número 34; y una de Italia a Hbpania con punto final en León. número 1.
En cuanto a los núcleos de población. se tienen en cuenta no solamente las principales ciudades romanas de la provincia. como Asturirn A11xus111u o el asentamiento de la Li! gio VII Ge111i11u. sino también otros núcleos como 1Jrr}lid11111 Flill'ium. /111eram11i1111 Flm•i11111, Ar-Kt'11tio/11111.1Jed1111ia, etc. A la época bajo-imperial desde el punto de vista de la historia polílica, así como a los cambios administrativos, sociales y económicos qu e se suceden en dicho período. se dedican dos apanados independientes. a los que se añade un último referido a aspectos de re ligión en época romana. y en el que se exponen los dislintos cultos atestiguados en el ámbito provincial leonés. desde las deidades integrantes de la Triada Capitolina. el culto a Marte.
Mercurio. incluso hasta deidades de origen oriental como Serapis-lsis, o griego como Némesis y Core; por su pane, el cristianismo penetra en el solar astur como una más de las religiones orientales, siendo el papel. como bien se apunta, jugado por el ejército. y especialmente por la Legio VII Gemina en la tran~misión de esta religión fundamental.
Por último. con cuatro apéndices sobre «Textos sobre las guerr.lS cántabro-astures (29-19 a.C.)», «Textos generales sobre los astures».
«Pacto de hospitalidad, 1érrninos augustales y Tohulo Potmnatus•. y «Funcionarios de la administración y lápidas fundacionales de la le¡:io vu,., más el correspondiente repenorio bibliográfico. se cierra esta obra, que viene a representar. sin duda. una excelente y valiosa síntei; is sobre el proceso de romanización del área territorial correspondiente a la actual provincia de León.
Las divinidade' relacionada~ con el agua de Ja, fuente~ y manantiale~ ocupan. desde los tiempos más remotos. un lugar privilegiado en el mundo céltico y paniculam1entc en las Galias; en este último territorio son muy abundantes los monumentos. santuarios y baños termales.
Como ali m1a en su introducción el autor de estos dos volúmenes: «religión. religiosité ou simple respcct. l 'cau a plus d' importarn.:c.
El excepcional descubrimiento y excavación. a principios de la década de los setenta, del estanc.¡ue monumental de An~entomaRUS (Argenton. en la región Centro) condujeron a Claude Bourgeoi~. profesor en el conocido lnMitut d 'An et d' Archéologic de la Universidad de Parí~ IV. a realizar este espléndido estudio.
Desde un punto de vista propiamente arc.¡ueológico (análisis de monumentos y de exvotos) este tema. tan fundamental para la comprensión de la cont inuidad entre el inundo céltico y la civili zación galorromana, no habla sido objeto de nuevos estudios desde la obra fundamental de A. G rcnier
El presente estudio arc.¡ucológico sobre el culto ga lorromomano de la Divona se fundamenta en largos períodos de investigación en los santuarios, a~í como en un amplísimo análisis bibliográfico y en más de quince año~ de excavaciones de l autor.
Bourgeois ha excavado monumentos tan imponantes como el estanc.¡uc de Ar-~e111omug11s. la fuente de Bourges, o los santuarios de Arlay y Lons-le-Saunier.
En el p rimer volumen se presentan las divinidades re lacionadas con las fuentes y los e x-votos; en el segundo se analizan los monumentos y santuarios.
En celta, Divona (la D ivi na) encama la divinidad de las fuentes.
Se trata pues de un culto de la naturaleza. pero no naturalista ya que Oivona se materializa en las fuentes pero no en su agua.
El panteón reúne cerca de ochenta divi nidades, en su mayoría benéficas y curativas, aunque muy dispersas y sin c.¡ue actualmente se haya logrado definir una organización precisa que problablemente hubo de existir.
La mitad del e lenco onomástico que se nos ofrece se relaciona con la Diosa-madre o con divin idades asimilables; las divinidades masculinas indígenas (como es Sorbo) representan una cuarta parte, y la cuarta parte restante reúne a las divinidades con nombres grecorromanos tales como A polo, Marte o Neptuno.
La r, epresentación de todas las divinidades ofrece normalmente una iconografía clásica y revela en las rafees célticas la ausencia de figuraciones tradicionales para estos cultos de la naturaleza.
Una vez más hay que constatar unas relaciones marcadamente individuales entre los devotos y los genios fundamentales, e n este caso con el agu a.
Parece definirse una completa libertad de culto como parecen demostrarlo la gran cantidad y diversidad de los testimonios arqueológicos.
Lo' dep itos de cxvutoi. c'Hin ampliamcnie representadoi.. ya c.¡ue ~c! rala del ri1ual 4uc ha tkjatlo los n: slos m;b abundantes y vi, ible-.
L>c chapa. de hrorn.:c. de piedra o de madera. los exvoto' rcali1ado~ con C\le lin. generalmente anatómicos o patológico,,;1llcman con ofrenda' má' nm-dcl>tas, como la~ moneda~.
Jo, rec1pi1entc' ccrámic.:o~ (la donación puede rc~idir en w c.:ontenido 101almcntc de, aparccido) o simple~ fragmento~ de cerámica -recortado' u no--en forma de tichai..
Los santuarios pueden ser tanto los manantialc>. apenas acondicionados. como las fuentes y cs1an4ue~ construidos. varios de ellos de carácter monumenlal; el ca rácter fundamental de estos cultos reside en el agua en movimiento.
Entre Jo, monumento' se distinguen ac.¡ué llo' c.¡ue se cncucntran en ambiente urhano y t¡ue, en general. presentan una planta central y no ado~ada.
Modesto~ en ~u mayoría. eMos monumentos con~ervan una antigua tradición de ar4ui1ec1urJ de madera, y aún en la época galorromana muchos mantienen. al meno~ en parte, estructuras de madera.
Hay c.¡uc recalcar. para 1cm1inar. el imponantc impulso c.¡uc en estos últi mos años han adc.¡uirido en Francia los est ud ios sobre los cult os o los monumentos relacionados con las fuentes y manantiales.
Buen testimonio de ello son los últimos cong resos dedicados al tcn11alismo: lktes c/11 Colloq11<' sur lt•s eaux thermales et ll 's mi tes eles t' llllX e11 Gault' et da11s les 1mll 'i11ces l' Oisi11es.
También ha contribuido al enri4uccimicn10 del dossier sobre este tema el descubrimiento, excavueión y estudio en el oppidum de Bibracte (próximo a Autun-Augustodunum, en Borgoña) de un extraordinario cstanc.¡ue monumental. único hasta la fecha. situado en el centro de la aglomeración sobre la vía principal que la cruza: cf. M. Almagro-G orbea-J.
A estas referencias podríamos añadir la reciente Mesa Redonda sobre Terminalismn y Culto a las ORt1as de la Penf11s11la /hérica, que tuvo lugar en Madrid, en la Casa de Veláz.quez y en la UNED. del 28 al 30 de noviembre de 1991 y cuyas actas están actualmente en prensa.
Como complemento 11 los numerosos estudios plll'Ciales. sobre todo epigráficos que diversos autores han realizado hasta la fecha, con estos dos volúmenes, Claude Bourgeois aporta una valiosísima contribución y nos ofrece un amplio panorama de las realia relacionadas con el culto a las aguas.
Este conjunto de evidencias arqueológicas son tanto más preciosas cuanto que se trata de una documentación extremadamente variada y dispersa. que el lector puede ahora c-0nsultar cómodamente gracias a los completos índices que acompaftan a ambos trabajos.
Ya en el prólogo nos expone los objetivos y la estructura de la obra. desglosando cuatro áreas de problemas a resolver:
La realización de una lista con todos los cuerpo~ auxiliares que estuvieron acantonados en el área geográfica 4ue nos ocupa.
Empero. en tal lista no podrán diferenciarse las unid<1des que tuvieron en dicha región su g.uarnic\ón permanente de l<1s que sólo pasaron a A frica temporalmente debido a una determinada coyuntura histórica.
El tipo de unidades de la lista (tipo de efectivos. acantonamiento... ) y ~us vínculos con el ejército romano regular de la provincia: la Lexio 111 A11J¿11s1t1.
El estudio de los ~oldados de dichos cuerpos: orígenes. condición social...
La influencia de dichos cuerpos dentro del entramado socio-económico de la provincia.
Tales objetivos los desarrollará en cinco desiguales capítulos a lo largo de los cuales utilizará como «fósil guía», los documentos epigráficos procedentes del marco geográfico al que hace referencia la obra.
En los cuatro primeros capítulos se encarga de elaborar la lista anteriormente mencionada.
Ahora bien. tal lista se completa con la historia de cada unidad. su relación con el poder político-militar de la provincia y el estudio de los efectivos de los que tenemos conocimiento.
De esta manera, la lista de las unidades auxiliares se articula en cuatro apartados:
A. Los efectivos a las órdenes del procónsul de Africa: Hasta el reinado de Calfgula. el procónsul tuvo bajo su mando a la III Legión Augusta.
Sin embargo. tras dicho reinado, las fuerzas bajo su mando se vieron reducidas a una cohors de dicha legión y a dos unidades auxiliares: el A/11 Siliana y la Cohors I Flaviana Afrorum.
B. Las alae situadas bajo la~ órdenes del comandante de la legio 111 Augusta: Ala I Flavia Numidica, el Ala I Pannoniorum y el Ala/.} paf... ). ala cuyo nombre completo no conservamos, si bien es posible que corresponda con otro ala de panonios, el Ala Flavia Pannoniorum.
C. La~ cohortes bajo el mando del comandante de la legio 111 Augusta: Podemos elevar su nómero a doce. si hicn. en la mayoría de los casos. la estancia de dichas unidades fue temporal debido a que correspondía a una deter Finaliza la obra con un quinto c:1pítulo en el que pasa revista a los papeles táctico. político. socieconómico y cul-IUral de dichas unidades. fa e~te. qui:i:ás. el capítulo más interesante del libro ya que en él ~e estudian las relaciones de estas unidades militare~ con el entramado socio-económico del marco geográfico que le~ tocó vivir.
En cuanto al papel táctico. estas unidade~ no se diferenciaban en nada del resto de los auxilia del Imperio.
Eran tropas con menor sueldo, mayor plazo ele alistamienm y et¡uipamiento ligero, lo cual las convertía en una «infantería ligera» que suplía la! entidad de las legiones y les servía de complemen-l en caso de coyuntura bélica.
Por lo 4ue respecta al papel político y socio-económico. hemos de destacar que estas unidades auxiliares no sólo sirvieron para mantener el orden dentro de la~ provincias occidentales noneafricanal>. sino que, además. a pan ir del siglo 111 se convinieron en sus únicas fuerzas de defensa.
En otro orden de cosas. sus asentamientos dieron origen a aglomeraciones de población con una economía altamente monetizada.
Por último. en cuanto al papel socio-cultural hay que destacar que estas unidades constituyeron un eficaz vehículo de romanizución, no un primer paso hacia la harharizació11. tal y como algunos autores han sugerido.
En efecto, el alistamiento originaba que los efectivos de los a11.rili11 aprendiesen latín y ad4uiriesen determinados hábitos típicamente romanos. como el gusto por las termas o los anfiteatros, a la vez que les convenía en ciudadanos y les facultaba parn la~ magistraturas.
Finaliza la obra con unos completos y exhaustivos índices que debemos destacar debido a que facilitan al historiador del Africa antigua romana una nueva obra de refe• rencia epigráfica y prosopográfica a causa del carácter exhaustivo del manejo de la epigrafía, carácter que origina que. en este capítulo. se publiquen epígrafes hasta ahora inéditos.
Los esludiosos del mundo an1igu.o pueden acoger con satisfacción los dos amplios volúmenes editados recientemente dedicados a las excavaciones en la villa romana y monasterio de Sao Cucufate, próximo a Béja (J. L. Alarr;:ao, R. Étienne, F. Mayet.
De entrada, hay que felicitar a sus autores por el riguroso trabajo arqueológico, las restituciones lopográficas y planimétricas y el proyeclo de rehabiliiación del enclave llevados a cabo en es1e imeresante paraje del Bajo Alentejo.
Asimismo hay que agradecer la diligencia en la presentación de los resultados de casi un decenio de investigaciones. tanto más meritoria si se considera el volumen global de la tarea realizada, su rigor y excelencia: no iodos los afios aparece una monografía de esta envergadura e importancia dedicada al solo estudio de una villa romana, pese a ser tantos los yacimientos de este tipo que se investigan sin cesar en diferentes países europeos.
Ma nuel Asorey Garcia
El yacimiento objeto de las investigaciones reviste una característica singular: la extraordinaria conservación de su arquiteciura, que ha posibilitado el estudio de cuerpos enteros del edificio sin más labor que la toma de datos arquitectónicos y el consiguiente levantamiento de planos y alzados, y facilitando la necesaria restitución volumétrica.
Desde este punto de vista, una parte importante de la labor ha consistido en un exhaustivo análisis arquitectónico de las construcciones, que sus autores presentan con un amplio despliegue de información gráfica.
Un sólido edificio, parcialmente descamado, y algunos documentos medievales del sitio han constituido los puntos de partida de la investigación: como han mostrado las prospecciones arqueológicas, el monumento ha sido habitado en distintos momentos a lo largo de sus casi dos milenios de existencia, con un amplio intervalo de historia oscura.
El trabajo arqueológico ha debido subordinarse al conocimiento de la arquitectura existente, averiguar sus fases y retrazar su pasado a partir de la historia de la edificación misma.
El hecho de haber sido habituada durante un largo período del medievo ha condicionado una inusual pobreza de hallazgos mobiliares romanos.
Las excavaciones arqueológicas en este tipo de enclaves proporcionan precisamente lo inverso: construcciones de las que es posible conocer poco más que una estructura en planta con algunos centímetros de alzado de muros, junto a algunos hallazgos mobiliares generalmente algo más elocuentes que los restos descubiertos en Siio Cucufate.
El contenido de la obra se estructura en cinco libros: es el primero valoración de la geografía del entorno y sucinta historia de la ocupación romana del edificio; el segundo expone con detenimiento las primeras fases de la villa; el tercero está decidado a la gran rcfactura que sufre durante el siglo IV, el siguiente valora la vida económica del dominio y el 111timo pormenoriza su 11ltima historia, iniciada por los autores con la implantación del cristianismo y concluida con el período tardo medieval y moderno.
Al margen del hecho bastante insólilo de su excelente conservación, el yacimiento romano de Sao Cucufate presenta rasgos que evidencian un cieno parentesco con otros establecimientos rurales romanos en la Península Ibérica.
En primer lugar, su evolución cronológica: un primer establecimienlo agrícola (villa 1) edificado a mediados del siglo 1, modesto y reducido en comparación con el desarrollo postcrior del enclave: una segunda ocupación (villa 11 l del siglo 11. mejor equipada que la primera, con un 1ablinooecus de 80 me1ros cuadrados abieno a un peristilo con un pequcñoeslanque; esta segunda villa habría sido probablemente destruida y abandonada hacia el año 300.
Poco después, a mediados del siglo IV, se realiza una amplia remodelación (villa lll) que recupera partes de la es1ructura anlerior y que disfrula de una vigencia de aproximadamente un siglo, calculándose que a mediados del siglo v se abandona de modo definitivo.
Esta secuencia cronológica -pequeño enclave rural durante el siglo l de J. C.. vida no muy innovadora desde el punto de visla arqueológico en los siglos 11-111 y nueva construcción o amplia remodelación del conjunto en el siglo 1v, para colapsar en un período vagamente comprendido entre los finales del siglo 1v y los comedios del siguiente-es común y hasta característica de las villas romanas de la Península.
La~ conclusiones obtenidas a partir del análisis arquilectónico del edificio se resienten, a mi entender, del pie forzado que supone una reconcepción de las villas romanas esencialmente basada en las prescripciones de arquitectos y agrónomos del siglo 1; no es, desde luego, reproche que se le pueda atribuir sólo a los autores, sino más bien producto de una communis opinio que cada vez encuentra mayores dificultades para conciliar sus postulados con la realidad arqueológica.
Fruto de ella es, por ejemplo, el empeño especial que ponen los autores en la localización de las habitaciones del propietario, que creen haber identificado en dos piezas de la primitiva construcción (pág. 56); o en la ubicación de la casa del vilicus que habría administrado la villa durante los siglos 11 y m: cuando la amplia remodelación del siglo IV hace desaparecer la zona de la pars rustica que ocupaba la supuesta vivienda, los autores se ven moralmente obligados a trasladar al capataz y alojarlo en cinco habitaciones en el ala septentrional del nuevo edificio.
Por lo que dejan entrever en su obra, parecen haber comprendido lo inadecuado de los esquemas vitrubianos para enmarcar en toda su complejidad un edificio como el que estudian; el conocido modelo de casa de peristilo, con estancias más o menos bien tipificadas -oecus, triclinio, tablino, cubfculospuede servir a duras penas para entender las características estructurales de la villa 11, pero se muestra á todas luces insuficiente para explicar la compleja maquinaria arquitectónica de la villa UI.
En este punto, los autores echan mano a un modelo interpretativo de acui'lación más reciente (aunque no por ello más convincente): la «Villa alllica», un nuevo tipo de edificio que habría nacido del deseo de los ricos propietarios de trasplantar al seno de la naturaleza las formas de la vida ciudadana.
En recientes trabajos («Las villas hispanorromanas•.
Cuadernos de Arte Español.
Madrid, Historia 16, 1992; «Cadmo y Hannonia: imagen, mito y ar-AEspA, 65,1992 he expuesto algu-na~ razones por las 4ue no compano este modelo de comprensión de las villas romanas, y 1tprovecho e~t¡i reseña para insistir en las incongruencias a las que conduce la aplicación de un modelo-llámese villa vitrubiana, aúlica o como guste de nombrarse-a la realidad arqueológica de las mansiones rurales romanas.
Examinemos brevemente las conclusiones que nos ofrecen los autores sobre la amplia remodelación llevada a cabo en el sitio a mediados del siglo tv.
En primer lugar, destaca como elemento novedoso la construcción de un templo aislado. consistente en una nave cuadrada de algo más de siete metros de lado, rematada en amplia exedra en su lado noroccidental y rodeada en todo su perímetro por un murete separado a unos dos metros de sus paredes.
El estudio del templo (pp. 127-130) es bastante pobre, limitado en lo documental a un par de citas de escritores alto imperiales y en lo arqueológico a un escueto recuerdo de los ejemplares ponugueses de Estói y Olháo.
Hubiera sido muy deseable una profundización en la problemática de este edificio y una más amplia valoración de su significado arqueológico y social.
Este tipó de estructura arquitectónica. mucho más próxima a las primeras iglesias paleocristianas que al templo clásico, se enmarca dentro de una serie de edificios de uso religioso caracterizados por un cuerpo cuadrado y una exedra, no desconocidos en otras villas hispanas: Comunión (Alava), Prado (Valladolid), San Julián de la Valmuza (Salamanca) y el aún inédito de Carranque, a los que quizá convenga llamar ninfeas, pues varios de ellos presentan mosaicos con representaciones de ninfas, Diana o elementos acuáticos. y se asocian a manantiales o corrientes de agua.
Aunque no rechazo de plano la restitución que proponen los autores, me parece excesivamente forzada por dos circunstancias: primera, la proximidad cronológica y geográfica del templo de Estoi, y segunda, el deseo de dotar de un aspecto «clásico» lo que parece ser, según opinión de los autores, un templo pagano.
En concreto, me parece discutible la reconstrucción del ambulacro columnado, que bien pudiera tratarse de un murete en tomo limitando un espacio concebido originalmente para el enterramiento.
Comoquiera que sea, los autores chocan con otro tópico bien establecido, el enterramiento «ad sanctos» como forma característica -y exclusiva-de la espiritualidad cristiana; ello les lleva a proponer una apresurada cristianización del sitio y a considerar visigodas o posteriores las tumbas halladas en el interior del recinto.
Sin embargo. no se han hallado otros restos visigodos aparte de unas placas grabadas con motivos georn6tricos, que los autores vinculan a talleres emeritenses, y posiblemente a un momento temprano en su producción.
No me parece que pueda excluirse laposibilidad de que las tumbas halladas en tomo al templo sean aproximadamente contemporáneas de la llltima fase de la villa, es decir, del período comprendido entre la segunda mitad del siglo tv y los comedios del siguiente.
Los escasos restos hallados en otras tumbas saqueadas -un anillo con entalle 4e Minerva, una azuela, marcas de sandalias y un jarro tipológicamente no muy distinto de ciertas formas de cerámica tardorromana-son los únicos elementos con que se cuenta para datar esta reducida necrópolis, y todos ellos confonnan un horizonte cronológico unifonne en la fecha apuntada. a la que pertenecerían. igualmente a mi juicio, las placas marmóreas cinceladas halladas en una de las sepulturas.
El intento de entender este complejo edificio como «Villa aúlica» lleva a los autores a proponer funciones para el uso de ciertas estancias que pueden parecer sorprendentes.
Unas prospecciones en el subsuelo del extremo suroriental de la construcción muestran los cimientos de una gran sala rectangular de más de 200 m 2 de superficie, con cabecera rematada en exedra y dos estancias adosadas, conjunto que al parecer no llegó a ser realizado más allá de la cimentación y que los autores no dudan en calificar de «aula palatina».
En el extremo opuesto de la construcción, existe una nueva sala de planta basilical de doble nave con ábside, de 124 m 1 de superficie, que habría de ser reutilizada por los monjes benedictinos como iglesia monástica en el siglo xm: los autores sugieren su funcionalidad en la villa del siglo tv: otra aula palatina.
Más problemas presenta el piso superior, la planta noble: en el extremo noroccidental. sobre el aula palatina del piso inferior, otra estancia de planta rectangular y cabecera en ábside; la interpretación de los autores: una nueva aula palatina.
Las singularidades no cesan: en la planta superior. una estancia de planta central octogonal con nichos semicirculares en los ángulos, semejante a las que frecuentemente presentan las estructuras termales, es calificada del «belvedere» (p.
123); por otra parte, los autores confiesan. algo desconcertados, que la planta noble del edificio carecía de agua corriente y constatan asimismo la inexistencia de un sistema de recogida de agua~ residuales (p.
En resumen, es difícil aceptar una interpretación funcional del edificio que lo explique en su conjunto. habiendo de resignarnos por el momento a una atribución aproximada y tanteante de unos espacios a unos usos: por ejemplo, que ciertas habitaciones puedan haber sido dedicadas a termas, o que el propietario o propietarios precisaban de ciertas estancias en donde reunir a un número grande de personas.
Los libros IV y V, dedicados a la vida económica del dominio, establecen que éste era probablemente no muy extenso: en él. la villa se define como una unidad de produción y consumo, con una vida económica activa basada en la explotación del agro, en la que se supone una exportación de excedentes agrícolas y un contacto activo con otros centros en el marco de una economía monetaria.
La estratigrafía documenta, en cualquier caso, que esta actividad económica del dominio cesa hacia mediados del siglo v; suponen los autores que a lo largo del siglo v la instalación de tumbas en el deambulatorio del templo haría pensar verosímilmente en la cristianización del edificio.
Existe una tradición literaria que afirma la existencia, en época suevo-visigótica, de un monasterio de la orden de San Benito en el sitio (pp. 265-266); tradición que ha pro-Archivo Español de Arqueología, 65, 1992, 347-358 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA.
65.1992 RECENSIONES vocado el esccpticbmo de los autores. al no haber hallado en sus prospecciones ningún elemento arqueológico ni arquitectónico atribuible a e~a época. a excepción de la:-. placas decorada~ mencionadas arriba.
Sin embargo. esta tradición literaria ei. coincidente en lo fundamental con la documentación hiMúrica disponihh:. que los aUlorc~ pre, entan con todo lujo de detalle~ en su obra ¡pp. 267-269): con-~iste éste en una cana firmada por el obispo de Evora en 1255. en la que se da noticia de la donación del monai.te• río a la diócesis por parte del rey. y en la que el ohi, po r.:conocc «que hemos edificado una iglesia en el menciona• do monasterio en honor de San Cucufatc m<írtir: o por mejor decir. lo hemos encontrado edificado y hemos erigido un altar en honor y gloria del bienaventurado máriir Cucufate; y lo hemos hecho a~í no solamente por nucstrn prnpiu autoridad, sino porque hcmo, i.abido qm: había i.ido hecho por nuestros ancestros (muiorih11J 1wsrris) lo que ei.tá confirmado por lu tradición pública y antigua (u11tit¡11or11111 fama puhlirn nmfirmmtte ).
Pue~ presentándono:-. personalmente en el lugar tlel dicho mártir pudimos colegir graciai. a numerosas conjeturJs y circunstllncias que el suscxlicho lugar religioso existía desde los tiempos antiguos. y que había sido eomplctamentc devastado por largas y continuas hostilidades.
La tradición literaria y la documentación histórica en lo fundamental no se contrJdicen. pero los autores ven dificultades para concenarlas con la información arqucológi• ca.
Esta es bastante clara: un definido nivel de ocupación romana del edificio, que pervive hasta mediados del siglo v: restos muy escasos y esporádicos del período comprendido entre los siglos v y el x111: y un abundan te nivel de asentamiento a partir de la fundación del monasterio por Alfonso 111 de Ponugul.
Los autores se ven así en la tesitura de tener que conciliar una noticia histórica que afirma taxativamente la existencia de un monasterio anterior en el sitio. y el silencio arqueológico del yacimiento entre los siglos v y x111: atr.1pados entre la aguda espada del documento y la pared de su propia información arqueológica.
En tales circusntancias. la explicación que aventuran es débil y muy poco verosímil: el monasterio a que hace referencia la cana se habría fundado en el siglo IX o x, es decir, en plena ocupación musulmana (?); además «les dates de fondation et d 'abandon sont incertaines», tampoco se dispone de evidencia arqueológica alguna de esta ocupación, más bien al contrario: se afirma expresamente que este hipotético monasterio no pudo tener su iglesia ni en el templo pagano ni en el «aula palatina de la villa aulica»; en suma: todo parece indicar que ese monasterio no existió nunca.
¿Cómo annonizar la noticia histórica del antiguo monasterio con la evidencia arqueológica?
Desde mi punto de vista. sólo hay una explicación: la villa romana del siglo IV (villa lll) es verosímilmente un monasterio, aquél que coinciden en recordar la tradición y la documentación histórica del sitio.
Ello no~ plantea un problema aún mayor: la equivalencia entre una con~trucción rural romana y un mona~terio. enrre una villa y un /11n1111 n•ligi11s11111.
En un reciente c'tudio. citado má~ arriba. he fonnula• do la resi~ de la cxi, rencia de mona~terio~ pagano~ y pro• puei.to aproximar alguno' de ello~ a culto~ e idea' rel igio-'a~ coni: reta,.
El trabajo antedkho pretendía ~implemente pre~entar un complejo y exl•cpdonal documento. el mo•'uico l 'On la' Boda' de Cadmo y Hannonía de A1.Uara: dado 4ue hahía 'ido hallado en un c' pacio rcligio~o. no me parccicí inoportuno apumur una sinopsi' de cslll nueva valoral•i()n de la, villa' romana,.
Un desarrollo rawnado tic e'w teoría no tiene cabida aquí. aunque en una nota en e~ tas misma' p villas. más rica~ en elementos arqueológicos e iconográficos, es posible aventu• rar dicha atribución dcntro de los limites de los dmos en nuestra mano.
Al margen de esta idea global del uso de la edificación. hay que insistir tanto en las peculiaridades de la villa de Sao Cucufate como en los ra~gos comunes con yacimien• tos semejantes.
Cada villa romana es. sin duda, diferente a las otra~. pero no me parece ocioso insistir en cienas características que emparentan este monumento con la villa de Carr.inque (Toledo): t~cnicas mixtas de piedra mamposteada con verdugadas de ladrillo, predominio de la bó• veda y el arco. solidez y aparatosidad en lo constructivo y un semejante discurrir histórico, primero en época romana y luego en el wrdío medievo, cuando ambas fueron sedes de monasterios desde los que se colonizaron efectivamente los territorios reconquistados.
Concluyamos reiterando nuestra felicitación a los autores por este excelente trabajo. del que se salva lo esencial: una amplia documentación arqueológica y arquitectónica. y un rico acervo de datos derivado del análisis económico de la vida del fandus.
Es, en suma, obra de singular importancia para los interesados en la arqueología e historia antigua, y motivo de reflexión profunda para los estudios de la Hispania romana y medieval.
Musco Provincial de Guadalajara Ademá~ de la sesión, ya tradi cional en estos Cursos. en la que se presentaban las novedades más significtivas en Historia del Ane y Arqueología vinculadas con la zona ravenática, las ponencias presentadas se centraron en la pro• blemática sobre la continuidad entre el ane visigodo y el eMilo que surge a pan ir del año 711.
La aparición de nuevos edificios vinculados cronológicamente a la época visigoda en España ha ocasionado una transformación en los planteamientos que ha\ta ahora manejábamos. demasiado rígidos para el estado actual de nuestro conocimiento.
El est udio sobre la Iglesia visigoda de Sta.
María de Melque realizado por Caballero Zoreda en 1980. supuso un cambio en la adscripc ión cronológica de la iglesia, hasta ese momento con~iderada mozárabe: también en ese estudio se planteaba el «visigotismo» de la planta de Sta.
Comba de Bande. pero no de su alzado que pertenece a una época posterior. fatas concl usiones, así como los resultados de la excavación de la iglesia de Sta.
Lucía del Trampal y de la basílica de Sta.
Eulalia de Mérida y una revisión de la escultur.i decorativa de los edificios considera• dos hasta ahorn como «visigodos», fueron el punto de partida de Caballero Zoreda para un nuevo planteamiento cronológico de algunos de estos edificios.
Los argumentos presentados por el autor planteaban, al menos., numerosas dudas sobre el visigotismo de las iglesias de S. Pedro de la Nave, S. Giao de Nazaré.
Comba de Bande. entre otras: pero sobre todo sugerían una continuidad culturnl entre la arquitectura visigoda, asturiana y prerrománica. cuyas fronteras superarían el ámbito establecido.
La similitud en el estilo de la escultura que decora las iglesias de Saamasas o Gimaraes, por ejemplo. como la de algunas iglesias a~turianas, como la de S. Miguel de Lillo, es tan patente que obliga a pensar en una relación tem• poral estrecha entre ellas.
El mismo argumento se indica para la escultura de La Nave en relación con la de las iglesias como Sta.
Cristina de Lena o Santianes de Pravia.
Los argumentos expuestos obligarían a reubicar cronológicamente iglesias como Quintanilla de las Viñas o Fraga que han sido consideradas visigodas a panir de sus paralelos arquitectónicos con La Nave o S. Oiao. por ejemplo.
Las hipótesis desarrolladas en esta ponencia obligan a plantear una nueva concepción de la arquitectura visigoda en Espaila, de los Umites especiales del estilo llamado «asturiano» y de la relación existente entre las distintaS culturas regionales de la Pen! nsula durante los primeros siglos de la invasión árabe.
La cont inuidad fue tamhi én el temu central de la ponencia de Bango Torviso, no incluida en las actas y de Gonzálcz Blanco que concluye rotundamente en favor de la continuidad cultunil durante la invasión musulmana a tr.ivés del estudio de a~entamientos rupestres en La Rioja y el Sureste peninsular: la exi~tenciu de ciudades no arahi-nda~ y la lucha por mantener ~u cultura ante la invasión crea en la mayoría de los puehlos un «proceso de contraste» que avala esta continuidad.
Por último. la lección de Dorigo también abordaba el mismo tema a panir del estudio de los caracteres tipológi• cos. estructurales y decorativos de los edilicios asturianos; sin embargo. el desconocimiento de la bibliografía actual sobre la arquitectura paleocristiana, visigoda y prerrománica en España, le lleva a cometer errores que invalidan su ar• gumentación.
Por ejemplo. al hablar de la basílica de doble ábside de Casa Herrera señala que «al no estar publicada y siendo insuficientes los datos de excavación» debe acudir a Fontaine ( 1973) para fecharla en la segunda mitad del siglo v1.
Obviamente. la lectura de la memoria de excavaciones ( EAE. núm. 89.
1976) realizada por Caballero y Ulben o de las tesis doctoral de Ulbcn sobre las basílicas de ábsides contrapuestos publicada en 1978 en Arc haologischc Fors• chungen. por ejemplo, subsanaría cstu deficiencia.
Dorigo no menciona bibliografía posterior a 1979, lo que supone ignorar una pane de la investigación actual difícil de com• prender cuando se quiere abordar una síntesis como la que él pretende realizar.
Por otro lado su estudio de modulación de edificios parte de una premisa que no parece muy convincente: «La unidad de medida utilizada e n todos los edificios de la Galicia Sueva. la España visigoda y el Reino asturiano es el pie de Madrid de 0.2786 metros, es decir, el viejo pie de Catilla que es idéntico al pie de Oviedo, y prácticamente igual al del Ferrol (0.2777) y que deriva del pie romano (0.2962-0,2972)». fata arbitrariedad en las unidades de medida le lleva a consegui r dimensiones como 42 x 72 pies, 48 x 36 pies ó 84 x 67 pies.
Estas dimensiones, además de no ser corrientes en la arquitectura tardorromana (mucho más exacta en sus medida~). han sido obtenidas a pan ir de diferentes valores en cada edificio y con márge• nes de error amplios.
Por otra parte, el estudio de la modu•!ación de un edificio, para que sea válido en relación con otros. debe realizarse en cada una de sus partes relaciona• das entre sí. detenninando la relación geométrica entre el elemento y el edificio en cada uno de los casos.
Arias Páramo, al contrario. realiza un estudio metódico de geometr!a y proporción en la iglesia de S. Julián de los Prados.
Su trabajo se basa en el estudio de la simetría de las distintas partes que forman un edificio y la relación de cada una de ellas entre sí. a partir del concepto vitrubiano de Taxis, es decir, el «sopone que hace posible la racional distribución de los espacios y miembros arquitectónicos» (pág. 13), en contraposición con el estudio de Dorigo que tan sólo estudia las dimensiones globales del edificio.
Mediante este estudio de modulación relaciona entre sí edifi• cios como S. Miguel de Liño. el Palacio de Sta.
María del Naranco, S. Salvador de Valdediós, Sta.
Cristina de Lena. etc.. obteniendo una correlación exacta entre ellos.
Otro de los argumentos principales del Curso fue la rcalízación de un estado de la cuestión de la arqueología palcocristiana y vi~igoda ponuguesa a panir de lo~ trabajo' presentados por Hauschild.
La' novedades sobre la villa romana de Milrcu y la basílica de Ménola fueron la~ aponacioncs más valiosa:. acompañada~ de un nuevo estudio del conjunto de Torre de Palma y la~ iglesias de S. Giao.
Marmelar o Chcta~. ~obre las 4ue nada nuevo se dijo.
Dado el carácter del ~eminario y su temática central se esperaba un plantcamienlO má~ abicno sobre el problemáticu «visigotismo» de estas iglesias. ya planteado en otras ponencias. y sobre el 4uc nad•1 se argumentó.
La basílica palcocristiana de Ménola es uno de los primeros lugares donde se ha podido estudiaren Portugal un conjumo arquitectónico ligado a un cemcnlerio. que se mantiene en uso ininterrumpidamente. desde el siglo v hasta el siglo XIII, Ira~ la transformación de la basílica en mezquita.
Sus características arquitec1ónica.,, en1 re las que destaca su doble ábside contrapuesto. la asemejan a edificios vecinos ya conocidos como Ca~a Herrera, también de carácter cementerial y que posiblemen1e sufre su 1ransformación en mezqui1a, o Torre de Palma.
Por tanto, la valoración de cslos cursos debe ser sobretodo posi1iva destacando dos aspec1os fundamen1ales: El replan1eamien10 me1odológico realizado por Caballero para el estudio de los edificios visigodos y prerrománicos en España y la aportación de un estudio modulatorio de los edificios asturianos que supone una nueva vía de investí• gación que permitirá. sin duda. interrelacionar edilicios con las mismas carac1erís1ícas arquitectónicas; sin embargo, ha faltado, a mí modo de ver, una discusión metodoló• gica del problema. una argumentación «positiva» real sobre la continuidad cullural, que lan sólo ha aparecido en al• guna de las ponencias.
Una labor de síntesis no sólo se basa en un resumen de los conocimientos que poseemos; cada nuevo hallazgo debe suponer una revisión de las conclusiones anteriores, a pesar de que ello pueda plantear una transformación en el esquema man1enido hasta ahora.
Escuela Española de Historia y Arqueología.
Agustín Azkarate, José Antonio Hemández y Julio Núñez: Balleneros Vascos del si¡.:lo XVI.
Es1udio Arqueológico y contexto his1órico (Chateau Bay, Labrador, Canadá).
«América y los vascos».
Servicio central de publicaciones dél gobierno vasco.
Mientras en la comunidad científica de ambos lados del Atlántico continúa el debate sobre si la Arqueología está orientada hacia la reconstrucción histórica o hacia la antropológica, asistida por una tercera vía ecléctica, o sencillamente es defendida como disciplina autónoma, en el trabajo Balleneros Vascos del siRlo XVI los autores: Agustín Azkarate, José Antonio Hernández y Julio Núñez toman partido. dentro de una corriente propiamente europea, por una Arqueología como medio para posibililar la sín1esis histórica.
Ha 1ranscurrido casi un cuano de siglo desde que se produjel>e la escisión en1rc la aséplica Arqueología 1radicional y la avalancha de nueva~ tendencias dando origen a lo que se ha denominado Nueva Arqueología. ahora reivindicada como ciencia.
Aún e~tán por calibrar las reper-cu~íones que ha tenido en1re los arquéologos españoles. ~i bien parece que Jo, avance~ han ido más dirigidos a la obtención de dalo~ 4uc a la cxplic: aci6n o intcrpre1ación de los mi~mo'• Los plan1eamicnto~ arqueográlicos o 1axon6mi• c: os siguen primando en cs1udios. por 01ra parte. de difkil comprensión par;1 el gran público.
Muy distinto es el punto de partida de la pre, cnlc obra. alentada por una doble intención: por un lado. dc~armllar un 1rabajo an¡ueológico capaz de trascender los dato~ 4uc proporciona la descrip• ción porn1enorilada de lo~ matcrialei. hallados en un yací• mien10. para inscribirlo~ en un contexto socieconómico mucho más amplio; y por 01ro. demostrar 4ue un eMudio debidamenle planteado puede y debe interesar a la sociedad-a quien realmen1e está dirigida-y no de manera exclusiva a una minoría de cn1endidos.
El trabajo es parte de un proyecto de invesligación más ambicioso escrito en el progrnma «América y los Vascos» que pretende dar a conocer la presencia de los vascos en el Nuevo Continenle desde su descubrimiento hasta nuestros días.
En esle sentido. si bien la publicación del estudio se realiza en el año de la conmemor.ición del V Centenario. el marco especial es América y el cronológico el siglo xv1. el contenido no aborda a la usanza tradicional gestas de descubrimientos geográficos, ni versa sobre conquistadores y conquistados.
Como reza el tílulo, en la obra se narran, a 1ravés de 260 páginas, los inicios, el apogeo, el declive y la 1rc1yectoria de las an1íguas factorías vascas hasta ser des• plazadas por los nuevos colonizadores europeos.
Durc111te siglos, la actividad pesquera de ballenas y bacalao en Terranova y en la Península del Labrador fue intensa desde las localidades pesqueras del Golfo de Vizcaya hasta las aguas del Atlántico None americano.
El hilo conductor de la obra es el proceso de la caza de la ballena y la compleja realidad socioeconómica en tomo a esta actividad.
El presente trabajo de investigación cabe calificarlo de audaz por diversas razones:
En primer lugar porque incorpora el área de conocimiento arqueológico al estudio de la Etapa Moderna.
Los siglos xv al xvm han sido exhaustivamente analizados por los historiadores en cuanto a acontecimienlos singulares se refiere. estudios a lo que en las últimas décadas se han sumado los realizados sobre mentalidad y vida cotidiana; pero adn está pendiente el campo de la cultura material, que se ha compensado ficliciarnente con los datos entresacados de los legajos de archivos y con los paralelos etnográficos, como si éstos últimos fuesen pcrvivencias ajenas a cualquier evolución.
La Arqueología Bajo Medieval sigue trabajando por ocupar un lugar en la disciplina y obtener un justo reconocimiento.
Más difícil aún resulta adentrarse en la modernidad y en lo que se ha denominado Arqueología Industrial, campos prácticamente vírgenes en nuestro país, de lo que esa obra pionera es un buen exponente.
65.199:! ~ El <''ludm pcrsigu.: una rcccmMrucdón integral 4u.:'up.:ra l'I rrn: ro amílisis material para introducirse en a'P~•cl<h'cKiah:' y c: conómicos. imbricando para ello. de fonna <.'4uilihracla y rnmplemcntaria. los dalos ar4ueológil 'o' c.:on 'o' hbtóricos mediante el rastreo documental de ard1ivn' y u1ili1ando <.'()1110 pun10 de panida una copiosa hihliogralfa sometida a revbión.
También se: rcc.:urre a l;i invcs1ig;i.:ión lilológica a través de los topónimos canacli.:n 'e' de origen vasc:o.
Ello ha exigido un planteamiento in1crdisc: iplinar y un fruc1íti: ro trabajo en c4uipo.
Hay misiones ar4u.:ológicas c: spanolas.:n el extranjero estudiando otras culturas más o menos remotas. pero en este c.:aso el objetivo se dirige a estudiar la propia.
El marco geográfico es Canadá. lo c.:ual supone difíciles c.:ondiciones medioambil! ntales a las que hay que anadir los problemas de los preparativos de una expedición de tal envergadura: reunir un etjuipo capaz, la financiación del proyecto. conservación de los restos.... documentación histórica. c1c.
Las investigaciones arqueológicas canadienses si! iniciaron en Tcrranova en los años se1en1a y desde entom: es se han mantenido ininterrumpidas hasta nuestros días.
A.:ste esfuerl.O se ha sumado un equipo de investigadores vascos c.:uyo estudio ofrece los resultados de las investigaciones arqueológicas efectuadas en la Península del Labrador en las campañas de 1985 y 1989.
La primera campana se realizó con el objetivo de prospectar y sondear asentamientos y, con 1ales datos, seleccionar y cen1rarse en la excavación ele una factoría represemaliva: Stage! stand (nombre que recibe también una de las islas que forman el conjunto de Chalcau Bay).
Se recurre para ello a un análisis macroespacial y microcspacial, planteando cuestiones como el criterio de selección y preferencia para ubicar, precisamente en esos puntos, los asen1amien1os y la función que cumplieron, con el lin de extraer modelos o patrones de ocupación condicionados por el entorno.
Por otro lado, mediante un análisis local de un yacimiento concreto, adentrarse en el funcionamiento interno: organización del espacio y destino utilitario de sus estructuras. interpretadas a partir de su morfología (talleres, hornos. cabañas de habitación, almacenes... ), y documentación de todo el utillaje, metálico, ce-rámico y vítreo que contienen. con la peculiaridad de poder inc.:luir restos de madera y 1ex1ilcs en un estado cxc.:cpcional de c.:onservación. dadas las.:ondiciones climáticas y.:dafológicas.
Todo ello nos aproxima a la reconstrucciém del modo de vida ele aquellos hombres durante la ocup;1dém estacional de las l'ac1orías balleneras.
En cuamo a la infonnación facilitada por las fuentes históricas y de archivo. pcnniten reconstruir lo que de otro modo difícilmente se pl)dría hacer a pan ir de la cu hum material: organización previa de las empresas balleneras (financiación. avi1uallamien10. lle1e de embarcaciones, seguros, 1ripulac: ión, e4uipamien10. e1c.), el viaje (duración. incidencias en las travesías, sucesos en los lugares de destino). el regreso. la comercialiwción, los precios y la red de dis1ribución de las materias proporcionadas por los cetáceos (grasa. carne y barbas de ballena) t¡ue generaron una cadena de actividades económicas subsidiarias (transpones, lonjas, posadas) en tomo a las rutas fluviales y terrestres de la Corona española y de ex ponaeión a Flandes, Inglaterra y Francia.
Por último. como colofón, se hac.:e un s.:guimienlo de aquellos asentamientos una vez abandonados por los vascos y. en algunos casos. reocupados por colonizadores europeos a pan ir del siglo xvu. recurriendo de nuevo a la in-1erpre1ación del material arqueológico.
Sin interferir en absolul en Ja lectura se intercalan en el texto diversos apéndices (referidos a los preparativos de los viajes. al desarrollo de la propia expedición arqueológica, a los primeros precursores europeos en la zona, ele.) que amenizan y enriquecen el con1eniclo, así como documentos históricos de apoyo para ratificar argumentaciones venidas en el texto, y numerosas notas bibliográficas a pie y margen de página.
Además se acompaila ele un abundante material gráfico (fo1ografías, dibujos y planos) t¡ue refuerza la intención didáctica.
En resumidas cuemas, es un trabajo riguroso y aleccionador que esperamos sirva de acicale para impulsar investigaciones arqueológicas que tengan por horizome cronológico Jos cinco últimos siglos de nuestra historia. |
Presentamos aquí un fragmento inédito de sigillata africana C con decoración aplicada hallado en Londres y conservado en el Museo Británico.
Este fragmento nos permite documentar la llegada de este tipo de cerámicas a Gran Bretaña durante la Antiguedad Tardía.
La sigillata africana tuvo, durante el Medio y el Bajo Imperio, una gran difusión en los países mediterráneos.
Sin embargo, en Gran Bretaña existe un reducido número de hallazgos de este tipo. lo que demuestra que las sigillatas norteafricanas fueron una producción rara y de hecho exótica, que sólo excepcionalmente se importó en las Islas Británicas.
El fragmento cerámico que presentamos aquí consiste en el borde de un plato de sigillata africana C con decoración aplicada.
Actualmente se encuentra expuesto en la sección dedicada a la Britannia romana del Museo Británico de Londres, en la sala 40 de dicho museo; el número de inventario del fragmento es el M. 2364.
Sobre el lugar en el que fue hallado este fragmento solamente sabemos que el mismo fue, según consta en los inventarios del Museo Británico, donado Uunto con otras c~rámicas de 6poca romana) al museo por el cms., siendo su anchura maxima de 0,4 cms.
La pasta es de color rosado, dura y de fractura bastante rectilínea.
El englobe se extiende (al menos en el fragmento conservado; ignoramos si era así o no en el plato completo) tanto por el interior como por el exterior de la pieza.
Este fragmento corresponde, como hemos dicho, a la sigi llata africana C con decoración aplicada, que se fecha básicamente en el siglo IV d. de J.C.; probablemente puede identificarse como el motivo decorativo Atlante 45, si bien no se conoce ningún ejemplar idéntico al que aquí nos ocupa, existiendo diversas variantes de este tipo (AAVV 1981, p.
Solamente conocemos otro fragmento de sigillata africana e con decoración aplicada hallado en Inglaterra.
Este fragmento se identifica, al igual que el que aquí nos ocupa, con la fonna Hayes 52 B; está, asimismo, decorado con la repremos hacer constar que el estudio de este fragmento nos ha sido posible realizarlo gracias a una ayuda de viaje del Ministerio de Educación y Ciencia para efectuar una estancia corta en el Musco de Londres.
Asimismo, q ueremos hacer patente nuestro agradecimiento al seftor Joan-Fraricesc Clariana i Roig, quien amablemente se ha hecho cargo de la puesta en limpio de los dibujos que acompai'lan al trabajo. sentación de un pez, y fue hallado en las excavaciones de Pamell Road en 1971 (Morris l 972, p.
Este hallazgo debe corresponder, por su situación, a un asentamiento rural en el «hinterland» de la ciudad romana de Londinium.
Estos hallazgos nos penniten añadir un nuevo punto en el mapa de distribución de la sigillata africana. concretamente de la producción C con decoración aplicada, que hasta el momento se conocía solamente en los países mediterráneos, con algún hallazgo aislado en el interior del Continente2 • El fragmento de Pamell Road ha sido citdo por Fulford (1977, p.
Los hallazgos efectuados en Gran Bretaña atestiguan que la sigillata africana C con decoración aplicada fue exportada hasta la antigua Britannia, al menos a la zona oriental de Inglaterra.
Estas cerámicas pudieron llegar tanto por vía terrestre (a través de Francia) como marítima; ambas posibilidades son dignas de ser tenidas en cuenta, y no podemos saber cual es la acertada.
Esperemos que nuevos hallazgos nos ayuden a tener un mejor conocimiento de la distribución de las sigillatas afri- |
Las murallas tardorromanas de Barcelona, aún bien conservadas en buena parte, son una obra de gran solidez, y constaban de dos paños de muros: uno exterior, realizado con grandes bloques de caliza bien escuadrados, y otro interior, constituido por la antigua muralla altoimperial1; entre ambos se disponía un potente relleno de opus caementicium.
En el interior de este relleno se aprovechó una gran cantidad de elementos reutilizados. principalmente de origen funerario (lo que ha posibilitado la aportación de un importante elenco epigráfico). aunque también se utilizaron restos procedentes de edificios públicos (como algunas inscripciones oficiales) 2 • Ya Richmond ( 1931) incluyó las murallas barcinonenses en su estudio de cinco recintos urbanos bajoimperiales de Hispania; hasta el momento, el estudio más completo sobre la muralla tardorromana de Barcelona continúa siendo el de Balil ( 1961 ).
En estos trabajos los argumentos que se han utilizado para datar éste y otros recintos amurallados urbanos de época tardorromana existentes en España (por ejemplo, los de Zaragoza.
Lugo, León y Gerona) son meramente de orden tipológico, faltando casi siempre datos estratigráficos que permitan comprobar las fechas propuestas.
De los citados recintos, tan sólo el de Gerona ha podido ser fechado con seguridad en el último cuarto entrado del siglo 111, gracias al estudio de las cerámicas y monedas halladas en el interior del relleno de la muralla (Nolla-Nieto, 1979).
Por otra parte, el prejuicio que supone relacionar todas estas construcciones con el "raid" bárbaro del 260 d. de J. C., de tan controvertido tratamiento por parte de los historiadores que se han ocupado del tema 3, y su comparación con otras construcciones similares (fundamentalmente de las Galliae y del limes germano) han llevado a fechar todas estas edificaciones a finales del siglo III o, como mucho, inicios del IV d. de J. C. Para el caso concreto de Barcino, Balil ha propuesto una datación de las murallas en época te-trárquica (Balil, 1961, p.
131) precisamente en base a sus características tipológicas. que relaciona muy estrechamente con las de las murallas de Aureliano en Roma.
Sin embargo, las características formales de las fortificaciones varían muy poco en el Bajo Imperio. y de hecho el tipo de torre de planta rectangular, el más representado en la muralla barcelonesa, no puede ser por sí sólo un elemento de datación.
Las ventanas del cuerpo alto de las torres de estas murallas, así como las comisas molduradas que separan dichas ventanas de la parte baja de la fortificación. encuentran un paralelo convincente con las reformas de época de Honorio de las murallas de Roma.
Por otro lado, muchas de las fortificaciones tardorromanas localizadas en las provincias gálicas y en el limes danubiano se datan en tiempos de Constantino 1 y Constancio II, y un buen número de ellas son de época de Valentiniano 1 (Von Petrikovits, 1971, passim, con elenco en p.
213-218), sin que sus características técnicas difieran considerablemente de las de Barcelona.
105) el recinto barcelonés presenta una planta similar a las de las murallas de las poblaciones francesas de Sens, Bourges, Dax y Senlins.
Estos paralelos pueden tanto aducirse con los recintos citados como con muchos otros. teniendo éstos en común con el barcelonés su planta ovalada; sin embargo, las torres de las murallas de estas ciudades son de planta semicircular, a diferencia de la de Barcelona, donde la mayoría son rectangulares.
Además, si bien los recintos que acabamos de citar se han datado en su mayoría a finales del siglo 111 (también sin argumentos demasiado convincentes) cabe señalar que en la muralla de Dax (quizá el recinto de los citados más similar al barcelonés por su planta rectangular, hechas las salvedades correspondientes a las distintas plantas de las torres) se ha hallado, en el mortero del relleno de la misma, una moneda de Magnencio; no vemos por qué Johnson (1983, p.
109) considera este dato dudoso, a no ser por un prejuicio cronológico.
La datación proporcionada por esta moneda nos parece tanto más probable cuanto que se ha localizado en la fábrica de la muralla un miliario reutilizado correspondiente, al parecer, a un emperador de finales del siglo lll.
Por ello, creemos que la muralla de Dax puede datarse sin problemas a mediados del siglo IV como mínimo.
Las murallas de la ciudad de Londinium (Londres J fueron modificadas en el Bajo Imperio ( Marsden.
216-235 ). añadiéndose les varios bastiones semicirculares en cuya fábrica se reutilizaron elemen-1os escultóricos de origen funerario; en el es1rato de relleno de la fosa de cimentación de uno de estos bastiones. se documentó un conjunlo de materiales cerámicos y monedas detadas hacia 364/375. lo que propociona una fecha aproximada para la construcción del citado bastión (Marsden.
Se cree que estas reformas en las murallas londinenses se produjeron durante las campañas del general Teodosio, en el año 369; incluso se ha supuesto que el sec1or de muralla hallado en Ja Torre de Londres fue construido hacia el año 396 durante las campañas de Estilicón en Britannia (Marsden, 1980, p.
Otras ciudades británicas, como Caerwent, Chichester y Great Casterton, presentan en sus murallas bastiones añadidos a las mismas aparentemenle también en tiempos de la campaña del general Teodosio. hacia el año 369 (Marsden, 1980(Marsden,, p.
En relación a esta temática cabe tener en cuenta una ley del año 397 recogida en el Codex Theodosianus, que instaba a los gobernadores provincia- les a construir murallas en las ciudades, o bien a reforzar las antiguas: muros ve/ novos dehere /acere velfirmius veteres renovare (C. Th.
Para ello se autorizaba a emplear materiales procedentes de la demolición de templos (ex demolitione templorum; C. Th.
Esta ley del Código Teodosiano debe de tener una corroboración arqueológica que hasta ahora no ha sido convenientemente estudiada, aunque el ejemplo más inmediato y mejor conocido lo consituyen las reformas efectuadas en las murallas de Aureliano en Roma en tiempos de Honorio.
Hemos hablado antes de algunas murallas urbanas y de un buen número de fortificaciones militares fechadas en el sgilo IV, pero no hemos de olvidar la existencia de murallas edificadas en la centuria siguiente, lo que quizá puede ponerse en relación con la ley de época teodosiana a la que hemos hecho referencia.
La más conocida de las mismas es, sin duda, la ingente muralla de Constantinopla, construida en tiempos de Teodosio 11, entre los ai\os 413 y 440 aproximadamente; hacia el 425 se edificó el denominado "muro teodosiano" de Cartago. citado por la Chronica Gallica (Chr.
658, ed. Mommsen); asimismo, las murallas de Salona, en Dalmacia, presentan modificaciones que pueden fecharse entre los años 424 y 450 d. de J. C (Von Petrikovits, 1971, p.
Por otro lado. la muralla de Teurnia, capital del Nórico mediterráneo. puede datarse en fecha indeterminada anterior al año 473 (Egger, 1963. p.
Las murallas de Constantinopla, de trazado irregular que se adapta a las condiciones del terreno, cuentan con bastiones rectangulares y poligonales dispuestos a intervalos regulares, similares a los de Barcelona4 • Del recinto de Cartago, si bien se han efectuado excavaciones estratigráficas en puntos concretos del mismo, es muy poco lo que se sabe en relación a su planta, aunque es seguro que contaba con al menos algunos bastiones rectangulares en su trazado; esta muralla estaba compuesta por dos muros paralelos con un relleno interno, presentando diversos muretes interiores para dar mayor solidez a la misma (Fulford-Peacock, 1984, p.
Las murallas de Salona, construidas en el Alto Imperio, presentan algunas modificaciones efectuadas durante la Antigüedad Tardía.
Así, en tiempos de Constancia U se restauró una de sus puertas, y en el año 536 el general bizantino Constanciano reconstruyó las murallas de la ciudad, después de tomarla a los godos (Wilkes, 1969, p.
1984), en la que se lee Salvis DD NN Theod(osio...), sin que se conserve el nombre del otro emperador.
Por ello, podría tratarse tanto del tándem Teodosio!-Arcadio (38.3-393 d. de J. C.) como Teodosio U-Valentiniano III ( 423-450); en el C/ L se opta por esta segunda solución, relacionando las obras efectuadas en la muralla con la toma de la ciudad de Salona en el 425 por las tropas de Teodosio II al mando de Ardaburo y Aspar, opinión que recoge Wilkes (1969, p.
En la zona norte de las murallas de Salona se añadieron, durante el Bajo Imperio, un total de noventa y dos torres de planta rectangular y triangu-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa lar respectivamente; las primeras se atribuyen a la época de Teodosio II, correspondiendo las triangulares a la restauración bizantina del año 536 (Wilkes 1969, p.
El desmonte parcial de la muralla en el siglo pasado permitió constatar la existencia de materiales escultoricos (probablemente de origen funerario) reutilizados en la fábrica de las murallas.
No creemos necesario ocupamos aquí de las fortificaciones de época bizantina que se detectan tanto en el Este del Mediterráneo como en el Norte de Africa, aunque no•queremos dejar de hacer hincapié en la existencia de una muralla de esta época en Cartagena, datable en la primera mitad del siglo VI, que se conoce gracias a recientes excavaciones (Martínez Andreu 1985; Ramallo-Méndez 1987).
Estaba formada por tres paramentos paralelos y un relleno interno de opus caementicium, estando la cara externa de la misma reves- tida con bloques de opus quadratum, y provista de torreones semicirculares.
Es decir, que de no haberse podido datar estratigráficamente, este tipo de muralla hubiese podido atribuirse sin problemas al siglo 111 o al IV.
Este es el ejemplo más moderno y más cercano en el espacio al recinto amurallado que aquí nos ocupa que creemos de interés traer a colación, con lo que a nuestro entender queda demostrado que los argumentos tipológicos basados en prejuicios históricos no son suficientes para fechar correctamente una muralla como la de Barcelona, de la que en todo caso puede decirse, en base tan sólo a estos argumentos, que es de época tardorromana.
Las murallas romanas de Barcelona fueron desmontadas parcialmente en el siglo pasado, lo que ha proporcionado materiales epigráficos y arquitectónicos de la ciudad altoimperial que se encontraban reutilizados en la fábrica de la misma, como hemos dicho anteriormente.
En las excavaciones que se han efectuado en el presente siglo, patrocinadas por el Museo de Historia de la Ciudad y de entre las que destacan las de Serra Ráfols, si ha recuperado en abundancia material epigráfico, arquitectónico y escultórico, lo que ha sido de gran importancia para conocer mejor la ciudad del Alto Imperio, pero no se han documentado datos de interés para fechar el momento de construcción de la muralla.
Las torres de flanqueo de la muralla, abundantes y dispuestas a intervalos regulares, han sido numeradas por Serra Ráfols consecutivamente y hacia la derecha, partiendo de la puerta ubicada en la actual Plaza Nueva.
En el interior de la torre 16. junto a la calle de la Tapineria, y en su base. se hallaron. «en medio de material muy duro», doce ánforas rodeadas y rellenas de tierra. que se supone fueron colocadas en ese lugar al construirse los cimientos de la torre; se ha publicado una fotografía de las mismas (Garrut 1964, p.
En dicha fotografía se aprecia un ánfora africana, en la cual la ausencia del borde no permite precisar si corresponde a una forma VI o v11 de la tipología de Keay (datable entre los siglos 111 y V) o bien a una Keay LXII, que se fecha a partir del segundo cuarto del siglo v.
El resto del conjunto, al parecer, estaba formado por ánforas de la forma Dressel 7 /11, cuya cronología conviene poco para una muralla que pueda datarse a finales del siglo 111, puesto que estas ánforas son más antiguas.
Por otro lado, no se ha estudiado nunca este hallazgo en profundidad ni puede precisarse cuál es su posible relación con la muralla; por ello, creemos que estos hallazgos anfóricos, por otro lado mal documentados, no pueden usarse, al menos por ahora, para fechar la muralla.
Sin embargo, existen unos datos que creemos muy interesantes que hasta ahora no han sido objeto de la atención que merecen.
Consisten en unos hallazgos monetarios efectuados en el relleno interior de la denominada torre 11, en la calle de la Tapineria, que han sido publicados someramente por Campo y Granados ( 1978. p.
Se trata de un Fo/lis de Constantino I, un AE el paño de muralla existente en la parte posterior de la misma se hallaron reutilizados abundantes materiales epigráficos y escultóricos, destacando los bustos erróneamente identificados como Antonino Pio y Faustina (Serra Ráfols 1967, p.
El hallazgo de la moneda de Máximo Tirano en el interior del mortero de la muralla creemos que constituye un argumento suficiente para fechar esta construcción con posterioridad al año 409, y no en época tetrárquica, como supuso Balil.
556) sugiere que la presencia de esta moneda en el interior de la fábrica de la muralla podría deberse a una posible reparación o reconstrucción del muro.
Esta observación nos parece solamente fruto de la prudencia por parte de este autor, o bien de dar como válida una cronología ampliamente aceptada sin críticas, puesto que no existe, al menos hasta ahora, ninguna evidencia de una reconstrucción o reparación de la muralla tardorromana con posterioridad a su construcción.
La uniformidad de todo el conjunto es bien patente, como lo demuestra el análisis visual de los restos aún existentes. y ha sido señalada por algunos autores que han hecho referencia al mismo (Johnson 1983, p.
Esta uniformidad queda demostrada por el testimonio de Serra Ráfols ( 1964, p.
28 a 31), quien indica claramente que en sus intervenciones en la muralla se excavó el relleno interior de la misma, completamente uniforme.
A juzgar por todo lo que hemos expuesto, nos parece mucho más razonable pensar que las monedas del siglo IV y la de Máximo Tirano formaban parte del relleno interior de la muralla tardorromana y que se depositaron en él al construirse la misma, descartando que se deban a una reparación o reconstrucción del recinto.
Desde un punto de vista meramente tipológico, una fecha para la muralla en el siglo v no presenta problemas de ningún tipo, puesto que a dicha centuria corresponden cuando menos las de Constantinopla, Cartago, Teumia y parte de las de Salona, algunas de las cuales presentan semejanzas formales con las de Barcelona.
En el Museo Arqueológico de B! ircelona se conservan algunos materiales que, según la etiqueta que los acompaña, se hallaron «en el area de la casa extramuros entre las torres 25 y 26 y delante de esta última.
Toda sobre los pavimentos».
Por lo tanto; parece ser que existía una edificación en época romana, de características indeterminadas, que se situaba extramuros y junto a las murallas de la ciudad.
De entre estos materiales 1 destaca un fragmento de la forma Hayes 50 de la sigillata africana C. otro de africana D identificable con la forma Hayes 61 B (quizas correspodiente a un tipo intermedio entre ésta y la Hayes 104 A) y un borde y parte de la pared de un ánfora africana de la forma Keay VI.
Del hecho de que estos materiales que acabamos de citar se situasen sobre los pavimentos puede deducirse que formaban parte del nivel de abandono de los mismos, que puede datarse, gracias a estos fragmentos, a partir de finales del siglo IV o, más probablemente, la primera mitad del v.
Es sugestivo suponer que la amortización de esta casa se deba a la construcción de la muralla bajoimperial, lo que permitiría datar ésta última con seguridad a partir de finales del siglo IV o ya en el v, pero no podemos asegurarlo.
El estudio de los materiales cerámicos hallados en el interior del relleno de opus caementicium de ta muralla y en ralación a los basamentos de la misma que se conservan en el Museo de Historia de la Ciudad sería, sin duda, de gran interés para confirmar y precisar la cronología que proponemos para la muralla en el siglo v 8 • Si bien la moneda de Máximo Tirano nos proporciona una fecha post quem para la edificación de la muralla a partir del año 409, cabe no destacar una fecha del segundo cuarto y hasta mediados del siglo v 11; tengamos en cuenta que la restauración 7 Agradecemos a los señores Ricard Batista y Teresa Llecha, director y conservadora respectivamente del Museo Arqueológico de Barcelona. el habemos facilitado amablemente el estudio de estos materiales.
~ Conocemos la existencia de un reducido número de fragmentos cerámicos de sigillata africana O (con presencia de formas como la Hayes 99, que empieza a fabricarse hacia el segundo cuarto del siglo v) hallados, según las etiquetas que acompañan a los mismos, en relación a los cimientos de la muralla y a su relleno interno; estos materiales se encuentran. al parecer, en proceso de estudio por parte del señor Oriol Granados. del Musco de Historia de la Ciudad de Barcelona, quien hace unos ocho años nos llamó la atención sobre la cronología tardía de la muralla y nos comunicó su intención de estudiarlos.
Esperamos que pronto sean dados a conocer estos materiales. puesto que son de gran interés y permitirán definir con seguridad la fecha de construcción de la muralla tardorromana.
l -•:...:.:! o\ G)-; \ poder del obispo de la ciudad, que queda bien pa-\ 1:.::.::: -;~:'. f:.. ~; -------. __. _..:'tente en la Lex de fisco barciononensi (documen-:::,,, tada en el año 592 pero cuya fecha inicial deseo-..,, • •, nocemos, aunque probablemente se sitúa en el si- teodosiana de la muralla de Salona se fecha aproximadamente entre los años 424 y 450, a juzgar por la inscripción antes citada.
Desconocemos los motivos que pudieron causar la erección de esta fortificación, que hipotéticamente podñarnos relacionar con la presencia en esta zona del mismo Máximo, que acuñó moneda en la ciudad, o bien con el establecimiento en la misma del godo Ataulfo en el año 415 o del romano Sebastián en el 444.
La basílica paleocritiana de Barcelona, excavada bajo la calle de los condes de Barcelona y precedente indudable de la catedral medieval, fue'o No sabemos de qué materiales se trata, dao que no hemos podido estudiarlos: sin embargo, la aparición por debajo del pavimento de un fragmento de carena de un plato de sigillata africana O, probablemente atribuible a la fonna Hayes 76, (Adroer 1967, pp. 171 -172, fig. núm. 37) parece confinnar esta fecha.
De todos modos, es posible que se trate de una Hayes 73 en sigíllata africana C. forma que aparece ya a finales del siglo v1, con lo cual este fragmento no podría utilizarse para fechar la construcción de la basílica en el siglo v.
Asimismo, se halló, formando parte también del pavimento, un fragmento de sigillata gris estampada (Venié et alii ¡(&#,p.
6). decorado con pequel'los crismones; esta producción se importa en la Tarraconense a partir de la segunda mitad del siglo IV, pero su mayor difusión se sitúa en el siglo v.
Debajo del pavimento de la basílica se localizó un pozo (que al parecer fue parcialmente rebajado am construir el edificio) en el relleno del cual se halló una copa de sigillata «lucente», además de monedas que se han definido como «post-constantiniana. s•: ello proporciona una datación de siglo IV avan. zado como mínimo, y este relleno debe corresponder probablemente a la construcción de la basílica, por lo que debemos llevarlo sin problemas al siglo v.
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1991 recin1os que fueron construidos o remodelados en los siglos IV y v.
En el paso fronterizo de Perthús se alzaban, junto a la Vía Augusta, las fortalezas denominadas Clausurae, construídas en tiempos de Constancio 11. según se desprende de recientes investigaciones aún en curso; es muy probable que la edificación de estas fortalezas sea consecuencia de una decisión de Constancio II de asegurar los accesos a H ispania desde la Gallia como consecuencia de la rebelión de Magnencio (Mayer-Rodá 1990, p.
La muralla que rodeaba el recinto de la denominada Palaiapo/is de Empúries, correspondiente a la actual población de Sant Martí d'Empúries (L'Escala, Alt Emporda, Gerona), considerada como griega por Martín Almagro, podría ser en realidad tardorromana, como ha señalado Nieto ( 1981, p.
Este autor se basa para ello en la noticia, recogida por Almagro, de la aparición en 1918 de posibles fragmentos de columnas reaprovechados en la fábrica de la muralla, que se hallaron al ser destruida una parte de la misma en 1918 (Almagro 1964, p.
Asímismo, cabe recordar que la muralla estaba formada por un relleno interior y una cara externa de sillares unidos entre sf por mortero, técnica ésta que no se ha detectado en construcciones de cronologías tan antiguas como Ja propuesta en su día por Almagro.
61) pone en relación el estrato VIII detectado en sus excavaciones en este yacimiento con la construcción de la muralla; la exacta relación entre este estrato Vlll y dicha muralla no resulta, a la vista de la sección estratigráfica publicada (Almagro 1964, plano 5, sección C-D) demasiado clara, como ha puesto de relieve Keay (1984 B, vol. 1, p.
8) ce en el mismo período, como lo demuestra la excavación de varios contextos arqueológicos (TED'A 1989, p.
Por otro lado, desconocemos la cronología de las fortificaciones de la Torrassa del Moro (Llinars) en el Valles Oriental (Puig i Cadafalch-Falguera 1909, p.
17), aunque el hallazgo en el primero de una moneda de Gordiano podría indicamos que estaba en uso ya durante el siglo 111 (si bien la moneda pudo haber circulado posteriormente), mientras que la moneda de Valente recuperada en el yacimiento mataronés quizás corresponda a una construcción o utilización de dicha fortaleza en el siglo IV, aunque desgraciadamente ya no existe, por lo que no podemos estudiarla.
Los hallazgos monetarios que hemos citado, particularmente el ejemplar de Máximo Tirano, permiten suponer como algo muy probable que la construcción de las murallas tardorromanas de Barcelona debe situarse en el siglo V, teniendo en cuenta que la homogeneidadd constructiva de las mismas dificulta, a nuestro entender, que estos hallazgos pueden asociarse a una reconstrucción o reparación del recinto.
Además, no existen otros argumentos que los meramente tipológicos para fechar la construcción de estas murallas a finales del siglo m o inicios del IV, como se ha hecho hasta ahora, y no existe tampoco ningún tipo de impedimento, desde este punto de vista meramente tipológico, para datarla en la quinta centuria, como demuestra la constatación de la existencia de recintos amurallados similares construidos o modificados sustancialmente en dicho siglo, como sucede en Constantinopla, Cartago y Salona.
Como se ha visto existen, en la zona oriental de la Tarraconense, otros recintos amurallados (concretamente, los de Sant Martf d'Empúries y Tarragona) que se construyen o reparan en el siglo v, probablemente en el segundo cuarto del mismo.
Es posible que ello guarde relación con la edificación de las murallas de Barcelona, aunque no po-demos asegurarlo, pero cuando menos sirven para demostrar que no es una imposibilidad histórica la construcción de recintos amurallados urbanos en esta zona durante el siglo v, pese a los tópicos que rodean todavía dicha centuria.
La fecha que proponemos para la muralla tardorromana de Barcelona no tiene por qué extrapolarse a otros recintos hispánicos (como los de León, Lugo o Zaragoza), puesto que este tipo de fortificaciones pueden ser perfectamente anteriores, y no contamos tampoco con buenos elementos arqueológicos que permitan datarlas; por otro lado, tipológicamente se diferencian de las murallas barcinonenses, las cuales se asemejan más a los modelos itálicos, como ya advirtió Balil.
En el caso concreto de Gerona, que presenta también diferencias tipológicas evidentes con el recinto barcelonés, la datación de las murallas tardorromanas a finales der siglo 111 está fuera de toda duda, y queda probada con datos estratigráficos (Nolla-Nieto 1979).
El estudio de los materiales arqueológicos (fundamentalmente cerámicos) inéditos hallados en el interior del relleno de la muralla tardorromana de Barcelona, que se conservan eln el Museo de Historia de la Ciudad, sería sin duda de gran interés para precisar la cronología fundacional de la misma.
Asimismo, y pese a que las prospecciones antiguas (fundamentalmente de Serra Rafols) han afectado hasta los cimientos de la fortificación (lo que ha proporcionado los meteriales inéditos a que antes aludíamos) no queremos dejar de señalar el interés que tendría la realización de nuevos sondeos tendentes a proporcionar una base estratigráfica que permitiera fe.char la muralla por este conducto.
LIBRO DE RAMON CORZO, SOBRE «VISIGOTICO Y PRERROMÁNICO» Y DEL ARTÍCULO DE CARLOS MÁRQUEZSOBRECAnTELESROMANOS
POR ENRIQUE DOMÍNGUEZ PERELA RESUMEN Este artículo, en forma de recensión crítica, plantea el problema de la cultura mozárabe en su relación con el flujo cullural bizantino.
Su autor sostiene que los restos materiales de Santiago de Penalba, Sama Marra de Lebena, San Miguel de Escalada y San Cebrián de Mazote son testimonios de la restauración del culto cristiano y de la consiguiente rehabilitación de restos y edificaciones de época preislámica.
Unos restos y edificaciones que, a su vez, parecen documentar la existencia de un foco cultural bizantino en tomo a la antigua diócesis de Astorga.
A. DE NUEVO EL PROBLEMA MOZÁRABE
ENTRE LAS POSTURAS METODOLÓGICAS Y LOS COMPONENTES IDEOLÓGICOS
Realmente resulta difícil hacer trabajos de síntesis.
De ahí que cualquier intento en ese sentido sea, cuando menos, merecedor del más profundo de los reconocimientos.
Y ese es el caso del libro de R. Corzo, Visigótico y Prerrománico que, sin embargo, desde ese reconocimiento, es el estímulo que puso en marcha la redacción de unas líneas que, circunscritas a unos objetivos muy limitados, concretamente el problema de los capiteles llamados «mozárabes», para mí suponen el reencuentro con unas cuestiones que me son muy «familiares».
Con la salvedad de algunos manuales «de compromiso», hacía tiempo que nadie se atrevía a reformular el problema del arte altomedieval español desde un foro de «alta audiencia» --desde los «manuales de síntesis»-, y mucho menos a plan- |
ENRIQUE DOMÍNGUEZ PERELA RESUMEN Este artículo, en fonna de recensión crí tica, plan tea el problema de la cultura mozárabe en su relación con el flujo cultural bizantino.
Su autor sostiene que los resto s materia-
Realmente resulta difícil hacer trabajos de síntesis.
De ahí que cualquier intento en ese sentido sea, cuando menos, merecedor del más profundo de los reconocim ientos.
Y ese es el caso del libro de R. Corzo, Visigótico y Prerrománico que, sin embargo, desde ese reconocimiento, es el estímulo que puso en marcha la redacción de unas líneas que, circunscritas a unos objetivos muy limitados, concretamente el problema de los capiteles llamados «mozárabes», para mí suponen el reencuentro con unas cuestiones que me son muy «familiares».
Con la salvedad de algunos manuales «de compromiso», hacía tiempo que nadie se atrevía a reformular el problema del arte altomedie val español desde un foro de «alta audiencia» -desde los «manuales de síntesis»-, y mucho menos a plan-tcarlo de modo tan radical.
Y también por ello el libro de R. Corzo es digno del más caluuroso de los aplausos, aunque como se verá enseguida, esos aplausos deban venir acompañados de ciertas matizaciones.
En todo caso, la pasividad científica que imprime carácter a nuestro ambiente humanista, realza más, si cabe, un asunto que había quedado más o menos asentado una vez fueron publicados los conocidísimos artículos de Camón Aznar y Bango en el seno de la revista Goya, en los que se di scutían algunas de las aseveraciones que había realizado Gómez Moreno en su obra Iglesias mozárabes, aquella obra que dejó sentados los cimientos de nuestro conocimiento acerca de buena parte de la cultura española altomedieval.
Como es de sobra conocido,..aquellos artículos aportaron algo más que una «duda razonable» acerca del carácter --del carácter cultural-del arte mozárabe y abrieron una puerta que prácticamente nadie se atrevió a franquear más que para sustanciar un cambio terminológico: la sustitución del término «mozárabe» por el de «repoblación», seguramente más acorde con la visión que, por entonces, se tenía de la Historia de España.
No obstante, al margen de los grandes manuales, el debate, más o menos atemperado por la pasividad institucional, ha continuado.
Así, dejando a un lado las aportaciones clásicas de Gómez Moreno y Schlunk, a vuelapluma y sólo con datos de gran relevancia, me vienen a la memoria la tesis doctoral de L. Caballero Zoreda, sobre Melque; las reflexiones de Valdeón y su equipo; las de Palol y Yarza... y sobre el capítulo de la ornamentación altomedieval, las publicaciones de S. Noack y Cressier en la revista del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid...
Sí, también las de Noack y las de Cressier, porque el debate sobre el «arte» mozárabe no acaba en la cultura cristiana, sino que depende de un modo muy singular de todo el ambiente cultural mediterráneo y, en especial, de lo que fue realizado en AI-Andalus durante los siglos Vlll, IX y X, igualmente sujeto a problemas de atribución.
Al fin y al cabo, el mismo término «mozárabe» nacía impregnado de una subsidiarledad cultural que está muy por encima de los elementales «problemas de estilo».
Dicho en otros términos: el problema «mozárabe» no es un simple problema «artístico», sino un verdadero pro-blem~ cultural, acaso el más interesante problema cultural de toda la Alta Edad Media espai\ola, a su vez compañero de otro de corte semejante: la producción material andalusí del siglo IX.
En AI-Andalus los primeros problema s de atribución surgen cuando hay que catalogar las series empleadas en el primer impulso creativo de mediados del siglo IX, bajo Abd AI-Rahmann II.
Tradicionalmente, y sin otro argumento que el criterio de autoridad, se viene atribuyendo a los talleres cordobeses la realización de la serie que definiera Gómez Moreno y que está compuesta por el capitel epigrafiado del Museo Arqueológico Nacional, los cuatro del mihrab de la mezquita mayor, que según las fuentes escritas fueron trasladados allí desde el anterior, el de la torre de San Juan y sus comparables, los del Carpio, una parte de la ampliación de Abd AI-Rahman II y algunos más distribuidos entre diferentes museos y colecciones privadas.
No obstante, en líneas generales y al margen de que existan algunas piezas muy singulares entre sí, la factura, las soluciones decorativas, el tratamiento técnico, la organización estructural y su concepción modular son tan heterogéneos que resulta opuesto a toda lógica evolutiva histórica suponerlos, fruto de un único momento cultural.
En ocasiones, su proximidad a los correspondientes modelos supuestamente primigenios es tan grande que resulta difícil separarlos de la cultura helenística (naturalmente, del helenismo tardío).
Así, los cuatro capiteles del mihrab componen dos «familias» de dos piezas cada una que, tanto por su concepción ornamental, como por su talla y su modulación, resultan considerablemente más próximos a los capiteles del siglo II d.
J. que a los califales, de quienes supuestamente serían sus precedentes (ver DOMINOUEZ PERELA, 1987, p.
Pero dejemos a un lado esta última cuestión para centramos en el «debate mozárabe».
¿Cuáles son -o eran-las razones y sinrazones de ese debate?
La primera es de fundamento metodológico.
Algo de ello recogí en mi tesis doctoral y también en un artículo ya viejo, cuando con la ingenuidad que impone toda actitud catártica y sin decirlo de modo expreso, manifestaba las razones que, contra la opinión de algunos de los estudiosos de la materia, me hicieron elegir una tesis tan anormalmente «amplia», como la que cabe bajo la formulación de «Capiteles hispánicos altomedievales».
Una tesis que, tal vez, debería haber tenido otro título, porque la elección de los capiteles fue, ante Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA, 64, 1991 NOTICIARIO 337 todo, una decisión estratégica, toda vez que para esa época, los capiteles componían el repertorio más rico y completo de restos materiales caracterizados culturalmente y, por lo tanto, era lógico suponer que de su estudio saldrían conclusiones que afectarían a toda la arquitectura altomedieval.
Porque, entonces como ahora, estaba convencido ~stoy convencido--de que, por encima de la minuciosidad a que obliga cualquier trabajo de investigación, la comprensión de cualquier fenómeno de cultura material de las culturas que se desarrollaron en la península Ibérica durante la Alta Edad Media exige una aproximación previa a todo lo que sucedió en su contexto más inmediato; un contexto que, en el aspecto geográfico y de acuerdo con Pirenne, implica al mundo mediterráneo en su globalidad y, sobre todo, -¡muy especialmente!-a lo que sucedió -a lo que sucedía-en Al-Aldalus.
De ahí lo ambicioso del título de aquella tesis y de ahí que antepusiera la globalidad a una minuciosidad que, por otra parte, debía ser sacrificada en aras de la viabilidad del proyecto.
En relación a ello, deseo destacar aquí una de las grandes peculiaridades históricas de la península Ibérica que, desde mi punto de vista, y con algunas salvedades, como algunas indicaciones de Vallvé, apenas ha sido destacada por nuestra historiografía reciente: la paradójica falta de ruptura cultural, que para la cultura «hispánica» -si se me pennite el término--, supuso que la península Ibérica quedara bajo la órbita islámica, y en ella no fueran tan radicales los procesos de ruralización que dejaron caracterizado a todo el occidente cristiano y, de hecho, concretaron la ruptura con la Antigüedad.
Pues bien, a pesar de lo obvio de tan obvias observaciones, acaso por la dificultad de la empresa y, desde luego, por la tradicional y recíproca marginalidad con que han discurrido los estudios islámicos y cristianos de esos aftos, planteamientos como el de la mencionada tesis acostumbran a despertar unos recelos que, paradójicamente, no se advierten cuando la postura metodológica se inclina del lado contrario.
De manera que, bajo la más tácita anuencia, son y han sido muchos quienes, desde posturas rígidamente institucionalistas han fragmentado el continuo histórico según modelos que artificialmente acentúan los rasgos de lo más superficial y que, a la postre, no hacen sino camuflar los acontecimientos tras una cortina de humo que tan sólo permite ver una «historia arti-ficial» que, aunque pueda resultar satisfactoria, siempre estará cuajada de imprecisiones, hipótesis sesgadas, que, paradójicamente, informan mucho mejor sobre los valores culturales del presente que sobre el pasado...
Y, sobre todo, porque estaba convencido que la única manera de estudiar dichas culturas era atendiendo a los restos que, puesto que las posibilidades de excavación son muy limitadas, sólo quedaba atender a los capiteles. prácticamente el único conjunto de elementos capaz de proporcionar una visión «global» de dichas culturas.
Supongo que de lo que estoy exponiendo algún «malintencionado» deducirá que estoy pensando en aquel penoso debate entre Américo Castro y C. Sánchez Albornoz...
Porque, en realidad, así es.
Y es que aquel penoso debate encerraba mucho más que una simple cuestión personal y, a la vista del trabajo de R. Corzo, desgraciadamente no parece haber sido resuelto todavía, porque precisamente es aquí donde encuentro el primer gran reparo al libro de R. Corzo y, en especial, a sus alusiones a «viejas cuestiones», más propias del debate ideológico que del histórico.
Así, en la «presentación», a propósito del arte visigótico y del prerrománico, podemos leer: «Se inició este arte con un cristianismo venido de Oriente, quizá desde la misma llegada de las reliquias del apóstol Santiago; mantuvo su independencia entre la romanidad y el germanismo hasta formar la imprevisible síntesis visigoda; tras la destrucción musulmana, vivió una restauración, más simbólica que formal... »
Uno, que desde la «ciencia histórica» es de natural escéptico, se pregunta cuándo llegarían las reliquias del apóstol Santiago a la península Ibérica.
¿Acaso en tiempos de la reina Lupa?
Porque si se refiere al momento en que aparece documentada la existencia de dicha tradición, sus palabras cobrarían un sentido que desnaturalizaría sus propios argumentos...
En cuanto a lo de la «destrucción musulmana», ¿a qu6 destrucción se referirá?
¿Acaso, a la de Al-Mansur, de finales del siglo x?
Y es que si así fuera, tambi6n muchas de las observaciones posteriores carecerían de sentido, porque si así fuera, si durante la época de Al-Mansur hubieran acontecido grandes fenómenos «destructivos», habría de suponer que las reconstrucciones de los edificios denominados «mozárabes» fueron posteriores a esos afios, es decir, en el siglo XJ.
Y por si todo ello fuera de escasa relevancia, aún cabría recordar los datos proporcionados por Rabí a propósito de las fundaciones monásticas activas durante el siglo x en los alrededores de Córdoba...
Pero sigamos con las palabras de Corzo: «Los visigodos crean, por vez primera, un gobierne hispánico que pretende tener bajo su mando a toda la Península; su duración efectiva, si se atiende estrictamente a los hechos, será inferior a una centuria, pero servirá hasta nuestros días como símbolo del comienzo de una Historia de Espaila independiente (p.
El hispanismo (subrayado de R. Corzo) de los godos, y la facilidad con la que se les acepta para sustituir a la autoridad romana, procede, sin embargo, de otra tendencia en el pensamiento nacional: la de los que no pueden olvidar la dureza de la conquista romana, y prefieren un gobierno propio e independiente, aunque también sea de invasores».
No creo que sea posible acumular mayor cantidad de tópicos en menos palabras.
Huelga advertir que ese carácter simbólico del «Estado» visigodo sólo cobró carta de naturaleza de la mano de cienos planteamientos ideológicos de fundamento moná rquico, acaso vigentes todavía, pero que en el pasado más próximo cobraron su máximo esplendor en relación a los más apasionados trabajos de Sánchez Albornoz...
Persona lmente no entiendo ni lo del <<primer gobierno hispánico» ni lo del comienzo de la «Historia de España», pero, tal vez, todas estas cuestiones fueran «discutibles».
Lo que ya se sale del campo de lo discutible son el resto de sus apreciaciones; porque esa supues ta facilidad con que los hispanos aceptaron la sustitución de «invasores» romanos por «invasores» visigodos supone una visión demasiado «concent rada» de la Historia, tan «concentrada» como para pasar por alto a las generaciones de «hispanos» que hicieron posible lo que en los manuales se denomina« romanización».
Y, la verdad, no creo que los «hispanorromanos» del siglo Y pudieran relacionar la «invasión visigoda» con la « invasión romana».
Tampoco es muy precisa su visión de la llegada de los visigodos a la península Ibérica; una llegada que, ante todo, supuso la aparición de un contingente militar capaz de restablecer un «orden» del que ya no se podían ocupar otras tropas romanas, en unas condiciones sobradamente conocidas desde hace mucho tiempo, que en ningún caso parecen coincidlir con el «espír itu» de los argumentos de R. Corzo.
En cuanto a lo del «pensamiento nac ional», me remitiré a unas conocidísimas palabras de alguien tan poco «sospechoso» como Gómez Moreno que, ante tan peregrinos juicios, recobran una vigencia y una actualidad que asombra: «Respecto a la España cristiana, un tópico lo rige todo: es la lucha contra el moro, la epopeya de los siete siglos, eje y razón fianl para una simplificación histórica, muy a gusto de nuestros estímulos pasionales, pero que la realidad no siempre just ifica.
Se quiere presentar un pueblo español reconquistando el perdido suelo, cuando de hecho su pérdida fue so-Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA.
64,1991 NOTICIARIO. rw lamente para los godos fugitivos y para su gobierno; además el concepto de unidad nacional, entre nosotros a lo meno s, aparece de antiguo como una fónnula de servidumbre y explotación.
Nuestra unidad fue impuesta una y otra vez, bajo romano s, bajo godos y bajo árabes, para regular las operacio nes del físco.
El pueblo español quizá no tuvo concepto nacional hasta los tiempos modernos, y cierta mente que no le tiene aún cumplido.
Una España como idea l colectivo, siquiera en deseo. tal vez no exist ió nunca; pues a través de opresores y gobernantes que forjaron su historia política y sus lindero s, percibimos siempre de región en región al demos rebelde y esquivo, desorganizado, pero sig uiendo firme su camino, quizá sin variación desde los tiempo s más remotos. y según los rumbos que su genio de raza le impone» (Iglesias Mozárabes, «Preámbulo», p.
No creo haber leído un alegato má s apropiado y más preciso acerca de la continuidad cultural del llamado «pueblo español».
Y al filo de las palabras de Gómez Moreno, aún cabe recoger otras aseveraciones de R. Corzo que infonnan acerca del poder de los «matice s» y de los «pre-juicios» co n que arranca su libro: «El recuerdo del reino hispanovi sigodo, mantenido por los cristianos de Asturias. será la justificación legal de una guerra de reconquista... »...
«Los visigodos pudieron no ser más de cien mil, frente a una población hispanorromana de más de ocho millones, y sólo llegaron a tener un asentamiento territorial en parte del valle del Duero; lo mismo puede aducirse de la presencia de los suevo s en Galicia, o de la de los moros en Andalucía, en los primeros decenios de su ocupación» (p.
La alusión a, dos moros». ¿se trata de otro lapsus como el de las reliquias del apóstol Santiago o de otra cosa?
Otro lapsus, en este caso, con matices contradictorios con lo que ha escrito antes: «La gran masa de la población española soportó los cambios con diversa fortuna; mientras que en el noroeste se pasó de la cultura de los castros al románico... »
¿No nos había hablado antes de una referencia establecida cuando llegaron las reliquias de Santiago?
Supongo que también aquí habría mucho que matizar...
Francamente, no lo entiendo.
Sin embargo, lo más sorprendente aparece unos renglones después:«... fue en el núcleo central de la Península, en la costa cantábrica y en las dos Mesetas, donde se siguió la trama com pleta de los sucesos y donde se produjo una auténtica cultura hispánica. que se manifestó siempre como una aspiración a revivir el pasado romano...
En cie rto modo, este arte (se refiere al denominado prerrománico) es el que recibe unánimemente el calificativo de hispánico y en el que se puede buscar una personalidad definida, que es la de la con1inuidad del clasicismo romano, hasta bien entra da la Edad Media».
Creo que R. Corzo ha dado en la diana... a su pesar, porque. en fecto. en la península Ibérica se advierte un clarísimo y consciente intento de recuperar la cult ura material clásica. particularmente sens ible en los repertorios ornamentales, sólo que no es en la «Hispania Cristiana» donde este fenómeno adquiere mayor relevancia, sino en AI-Andalus del siglo x, desde donde está documentada la difusión de algunas de esas fórmulas.
Concretamente, en el ámbito de los capiteles el fenómeno eslá tan claro que, quienes nos dedicamos o nos hemos dedicado a su estudio, no acabamos de ponemos de acuerdo entre lo que se puede atribuir a los siglos II y 111 y lo que, tal vez, corresponda a los sig los IX y x.
Concretamente, en la construcción de al-Zahara, la recuperación de los cap iteles co rintio s llega a tal extremo que sólo es posible dis1inguirlos de los clásicos (de los siglos t y 11) por pequeños matices de talla.
ENTRE EL CRITERIO DE AUTORIDAD Y EL INSTITUCIONALISMO A ULTRANZA
Los siguientes factores sobre los que me detendré y que ya han ido apareciendo, aún son más exóticos que los componentes ideológico s y los me1odológicos.
En alguna otra publicación, de objetivos bien distintos a los que ahora nos ocupan, hablando en términos generales y atendiendo a los fenómenos que rodean a los objetos artísticos y, en concreto, a su estudio, he seftalado ciertas conductas, perfectamente tipificables, que, para desgracia de quienes nunca sabremos en qué campo estamos, abonan las prevenciones con que desde la Arqueología se contemplan las aportaciones procedentes de la Historia del Arte.
En este caso concreto, me interesa destacar una tendencia y un «método» que aquí son más habituales de lo deseable.
Me refiero a la forzada y especialmente activa tendencia a sos tener contra viento y marea Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa J40 NOTICIARIO
--------------------------------------eso que. con matices eufemistas, se denomina el criterio de autoridad, y aquello otro que, con no menos matices eufemistas, podríamos nombrar como metodología institucional y con ciena crudeza, conservadurismo científico a ultranza, si es que es posible conciliar ambos términos.
Y es que desde que Gómez Moreno publicó su Iglesias Mozárabes, nadie parecía autorizado a poner en «tela de juicio» lo que allí quedó atado y bien atado: como si las catalogaciones que en esa obra se pueden leer fueran el no va más de la ciencia arqueológica o de la histórica -según se parta de un enfoque o de otro-.
Y lo más curioso de la situación es que, como es asaz corriente en nuestro ambiente científico, el menos «papista» de todos los «papas» fue -era-, precisamente, Gómez Moreno: «Ahora bien, lo que sí revela este libro bajo su título es la índole monográfica, analítica de su concepción y desarrollo.
Son materiales y nada más; pero dispuestos para ajustarse definitivamente en obra de síntesis, lo que hubiera resultado fácil, si lograrlo entrara en nuestro plan.
Las hipótesis formuladas parecen convidar a ello; sin embargo, una posibilidad de engaño queda válida, y en tal caso, yendo a tierra el edificio. sus materiales perderían mucho de su valor.
Resulta preferible asegurarse antes, presentándolos uno a uno con su verdad propia; que la crítica los analice, y que luego su ajuste sea obra de conciencia colectiva, con menos riesgo de inestabilidad, y constituyendo el monumento de nuestro pasado artístico.
Así, hoy por hoy, el edificio queda sin hacer deliberadamente; mas corno su proyecto existe, será bueno quitar al lector el cuidado de irlo rastreando a través de estas páginas, y enseñárselo aquí, en confidencia, sin responder de su bondad, e invitándolo a retocarlo o a construir otro... »
Y recojo esa cita, forzando su sentido literal sin ningún recato, en primer lugar, porque Gómez Moreno acostumbraba a expresarse con precisión exquisita y también porque el insigne estudioso, por encima de matices de cortesía literaria, era -tenía que ser-perfectamente consciente de los «problemas» que quedaban sin resolver, de lo necesariamente fragmentaria que tenía que ser -que tiene que ser-toda visión de esos siglos que con mucha razón han sido denominados «siglos oscuros».
Sin embargo, su edificio quedó emplazitdo con una consistencia tan ejemplar que nadie parecía autorizado a revisarlo en sus más mí-nimos detalles.
Y aunque pueda resultar sorprendente, ahí es donde se encuentra otra de las razones --o sinrazones-de este debate: la mitificación de que fue objeto la figura de Gómez Moreno; una mitificación que pasó por alto las más que manifiestas fisuras de una teoría que, aunque en su tiempo y desde el punto de vista de la «ciencia histórica», fuera absolutamente impecable, con la aparición de nuevos datos -y tal y como previera el propio Gómez Moreno-obliga a una serie de reajustes tan obvios que avergüenza tener que subrayarlos.
Pero por aquello del orden expositivo, dejemos para más adelante esos «reajustes»...
También me he referido a los «métodos institucionalistas».
Y es que, en efecto, desde una perspectiva histórica muy dependiente de esos modelos, resultaba -y resulta-muy difícil comprender que, antes del siglo x, antes del florecimiento cultural emanado desde el califato y desde el fe- nómeno románico, se pudieran haber realizado unos capiteles «tan espléndidos».
Si no eran «visigodos» -porque, a pesar del juicio de Corzo, al que me refiriré enseguida, estaba claro que «no podían ser visigodos»; es decir, puesto que nada tenían que ver con los modelos culturales de época visigoda-, ni románicos y puesto que estaban en edificios que había sido posible documentar en la órbita mozárabe, «tenían que ser» prerrománicos y. concretamente, mozárabes.
Y es que con una visión tan rígida como la que impone el «método institucionalista», realmente, no caben otras salidas...
Por fortuna, en nuestros días, cuando los lastres institucionales van perdiendo relevancia, el problema no debería ser tan difícil de resolver.
Basta con hacer notar la imposibilidad material de que exista una fonna cultural derivada de un modelo sin que la fonna derivada contenga rasgos de la cultura emisora, para comprender que ciertos elementos del «arte mozárabe», tal y como fueron entendidos por Gómez Moreno, no eran históricamente «posibles»... al menos, del modo como fueron entendidos sus juicios con posterioridad a su muerte.
Y digo esto porque, aunque pudiera parecer una paradoja -sobre todo para quienes no han leído con detenimiento sus obras-, con las obligadas matizaciones que supone la clasificación de una serie de capiteles, lo que escribió Gómez Moreno en su Iglesias Mozárabes, fue y sigue siendo una « teoría histórica» ejemplar e im-Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA.
1991 NOTICIARIO pecable; porque, en fecto, las iglesias «mozára-bes>>, en su sentido material y literal, fueron documentadas ~stán documentadas como «mozárabes» -en sentido estricto-por el propio Gómez Moreno.
En otras palabras: hay que situar a las iglesias del Bierzo -o mejor, a las iglesias relacionadas con la antigua diócesis de Astorga-en un ciclo cultural directamente vinculado a lo que supone e implica el término «mozárabe».
De manera que, con independencia de vacías cuestiones terminológicas, desarrollada s en tomo a los vocablos «mozárabes» y «repob lación » y a pesar de lo que veremos enseguida, el edificio construido por Gómez Moreno aún conserva toda su solidez.
Y nadie crea que al decir esto trato de poner una vela a Dios y otra al Diablo, sencillamente porque la figura de Gómez Moreno no requiere el auxilio de abogados pobres; la «explicación» de estos «matices» tan sólo debe buscarse en la naturaleza intrínseca de la actividad científica y, sobre todo, en su carácter dinámico y en las relacione s dialécticas que, bajo la fonna de la contrastación, se establecen --deben establecerse-entre «teoría» y «nuevos datos» -o «nuevos planteamientos»-.
Del mismo modo que a nadie en su sano jui cio se le ocurriría descalificar a Newton una vez formulada la Teoría de la Relatividad, a nadie se le debería ocurrir que la «crítica» de Gómez Moreno deba suponer la descalificación de sus importantísimas aportaciones.
Y es que lo que planteó Gómez Moreno ha de ser contrastado, del mismo modo que cualquier teoría que se fonnule a partir de esa crítica deberá ser contrastada en el futuro... porque ese es el sino de cualquier actividad que, al margen de toda circunstancia metodológica, ante todo aspire a la consideración de actividad científica.
EL PROBLEMA DE LOS CAPITELES «MOZÁRABES,.,
ACERCA DE LO QUE CASI TODOS ACEPTAMOS
Pero, ¿qué nos dicen los capiteles «mozárabes»?
Para situar el «tono» de lo que sigue, pennítaseme comenzar con un párrafo introductorio a propósito de «mi lectura ».
De lo más general a lo más particular, en primer lugar y aceptando la naturaleza subsidiaria de la cultura «mozárabe» respecto de la andalusí, hay que tener en cuenta la ya mencionada falta de correspondencia entre las fórmulas propias del «modelo» cultu ral «em isor» y las que aparecen en el «modelo» «subordinado ».
Una falta de correspondencia que, naturalmente, podría inducir a negar el mencionado carácter subsidiar io y, por lo tanto, a otorgar categoría de fenómeno esporádico y excepcional a dichos capiteles, en cuyo caso tendríamos que proponer una hipótesis que repugna a la lógica que impera sobre los procesos dinámicos de los «sistemas culturales».
O, en caso contrario, deberíamos supone r un influjo cultural directo y procedente del área bizant ina que, por suerte o por desgracia, no cuenta con soporte documental alguno.
De manera que, por este lado, no queda otra posibilidad que suponer la realización de esas obras --de esos capiteles-en un momento anterior a la época inicialmente propue sta, es decir, antes de la «islamización instituciona l» de la península Ibérica.
Pero detengámonos en el análisis de las piezas y, para ello, nada mejor que recuperar el magistral análisis de Gómez Moreno.
Concretamente, refiriéndo se a los capiteles de San Cebrián de Mazote escribía: «Su belleza, perfección técnica y refinamientos ponen estos capiteles a la cabeza de todos sus similares, españoles y franceses, correspondientes a la Edad Media remota, pudiéndose asegurar de ellos una cosa, y es su abolengo oriental, siriaco acaso, más bien que bizantino, y con tal pureza de estilo y tal variedad que han de creerse obra de artistas asiáticos.
Es de advertir que estas piezas inauguran porción de otras más -la s del pórtico de Escalada entre ellas-esparcidas por tierra leonesa en edificios de la primera mitad del siglo x exclusivamente, no volviéndoseles a hallar del Duero para abajo, ni en Galicia, Asturias y Castilla, salvo imitaci¡:,nes en Lebeña y Vilanova, de fecha algo posterior que los originales mannóreos.
Y más admirable es que ni en Cairuán, cuya gran mezquita brinda con riquísima serie de capiteles bizantinos, ni en Italia ni en Oriente mismo conozcamos ejemplares equiparables, haciendo inverosímil la hipótesis de que fuesen piezas de comercio traídas de un extremo a otro del Mediterráneo.
Es muy típico en ellas el astrágalo sogueado, tal y como se halla en los fragmentos de altar de San Clemente en Roa, del siglo v, que propiamente remeda una corona de laurel, y es tema desarrollado con profus ión en Asturias en el siglo IX, como sabemos, sobre reminiscencias bizantinas acaso.
Respecto de fecha, viene diciéndose que to- A ello aún habría que añadir algunos datos má s. Lo que supone la organización estructural de estas piezas, es decir, la manera de interpretar las variedade s clásicas (corintio, compuesto, corintizante, etc.): las series más repetidas-la s más repre sentativa s-manifiestan una dependencia de las fórmulas helení sticas orientales que sería impensable en cualquiera de los cap iteles llamado s «visigodos» conocidos; de manera que, también este dato refuerza el análisis de Gómez Moreno.
Algo parecido sucede con la ornamentación, de un «bizantinismo» tan acusado que resulta difícil hallar pare lelos fuera de Bizancio.
El tipo de herramientas utilizadas, con trépanos muy diferente s de los cordobese s, ajenos a lo «visigodo» y coincidentes con los que regi stran capiteles estrictamente bizantinos.
Y, por fin, otro dato más: los ábacos, del mismo modo, dotados de una fortísima caracterización frente a los usos de tiempos visigodos y, por supuesto, frente a los capiteles califales.
En definitiva, nos hallamos ante un conjunto de capiteles que en todos los casos señalan hacia un «universo cultural» que, de acuerdo con Gómez Moreno, sólo permite una referencia cultura l, la cultura bizantina, con dos posibles momentos: los alrededores del siglo VI -más concretamente, entre el año 400 y el 600y los alrededores del sig lo x -entre 900 y 11 ro-...
Hasta aquí creo que todos los qúe nos hemos ocupado del problema estare-mos má s o meno s de acuerdo.
Los problema s s urgen cuan do hay que tomar una decisión frente a dicha disyuntiva.
No insistiré más en la «teoría» de Gómez Moreno. por otra parte sobradamente conocida, y por la que se supone -s e suponía -que todos los capitele s de collarino sog ueado fueron realizado s en el siglo x. porque como seña laba al comienzo de este artículo, mi objetivo principal es el libro de Corzo y creo que a partir de él hay que poner sobre la me sa otra posibilidad cronológica má s: el siglo VII.
A partir de los datos mencionados, y sobre todo, a partir de constatar que la serie má s significativa -dejando a un lado lo que parecían deri vac iones más tardías-se inscribían en la antigua dióce sis de Astorga, y de que la secuencia evolutiva de todas las pieza s conocidas -siempre exceptuando las «marginales» de la Rioja y de otras áreas alejadas-parecía muy corta, deduje que había que buscar al margen de los «caminos habituale s».
Y como las fuente s literaria s nos hablan de una iniciativa de expansión monacal en torno a la figura de Martín de Braga,~•gün b idoro de Sevilla: «Ert su tiempo -está hablando del tiempo de Teudomiro--brilló Martín, obispo del Mona sterio de Duminio, por su fe y su ciencia, por cuya dedicación fue devuelta la paz a la Iglesia y, además se fundaron mucho s 11wna,1~rim,... »
319), propuse 4ue muy bien las piezas en cuestión podrían haber corr espondido a los edificios construidos a partir de una iniciativa más o meno s relacionada con ese personaje, en una operación que encontraba su «sentido histórico» en la política expansionista de Justiniano, por entonces, tratando de controlar al etéreo reino visigodo con su «ocupación» del litoral levantino y, siguiendo a Duchesne y a Hamann, tratando de captar al reino suevo y a la Iglesia Hispana del sur (Duchesne, 1925, p.
564 Y las casillas del rompecabezas parecen encajar bien porque, frente a las prevenciones que formulara Gómez Moreno, acerca de que los capiteles «mozárabes» aparecieran en una zona de escasa relevancia cultural, hay que tomar en consideración que, precisamente por ello, por la tác ita «desculturización» del noroeste de la península Ibérica, era allí donde era posib le poner en marcha una política de control territorial como la que presupone la construcción de pequeños centros monacales.
Al fin y al cabo, estamos hablando de una época marcada por la ruralización, en la que nada tendrían de particular iniciativas como la que, siempre en un plano hipotétic o, hemos concretado en torno a la acción de Martín de Braga y como la que se desarrollará a partir del sig lo X.
Frente a ello, R. Corzo recurre a unos argumentos que, cuando menos, resultan sorprendentes.
Veamos el primero: «Debe tenerse en consideración que la puesta en funcionamiento de una cantera con el número de artesanos hábiles que necesita esa producción, no sería tarea de poco tiempo, como para emprender la los monjes mozárabes llegados a Andalucía -sic; supongo que querrá decir «llegados de AI-Andalus»-. que se vanaglorian de levanta r sus iglesias con gran rapidez; precisamente, las igles ias en las que se conservan capiteles de este tipo no tienen un solo fuste de columna original, sino que aprovechan todo lo que está a su alcance, por dispar que sea, incluso empalmando piezas distintas, y si hubieran contado con una cantera activa les hubiera sido mucho más fácil fustes que capiteles» (p.
Y decía «curioso argume nto>> porque no acabo de comprender el sentido de algo que también podría aplicarse al período visigodo, en el que asimismo se emplean capiteles reutilizados, aunque este detalle haya sido pasado por alto por R. Corzo, en especial, a propósito de un capitel de San Juan de Baños (recuérdese que las fuentes árabes hablan de que la penuria constructiva llegó a tales cotas, que se olvidó la ubicación de las canteras... ).
Frente a esa hipótesis, tal vez olvidando o dejando a un lado el marcado carácter «no-visigodo» de esos capite les, ese carácter que señala ra magistralmente Gómez Moreno (recuérdese el fundamento cultu ral de las aprec iaciones de Gómez Moreno: «Fueron hechos, pues, para construcciones ajenas a los métodos visigodos... », R. Corzo se ha inclinado por relacionarlos con la construcción de un supuesto «mausoleo de Chindasvinto, quien pudo ser el promotor de esta escuela bizantina de tallistas en El Bierzo el que contrató a su excelente maestro» (p.
«Escuela» que, por lo tanto y en términos cronológicos, debería situarse a partir de mediados de siglo VII.
Época que parece cuadrar con las apreciaciones de R. Corzo que, refiriéndose a estos capiteles, escr ibe:... «un arte decorativo de claras raíces bizantinas que en laza directamente con lo visigodo, y cuyas manifestaciones se conc retan al norte del río Duero, en la zona de repoblación mozárabe, que es también, esencialmente, la de los antiguos Campos Góticos»...
«La conexión de los capiteles leoneses con los visigodos hace pensar que el taller se mantuvo en funcionamiento latente para renacer en el siglo x, o que realmente todo lo que se atribuye a una escuela mozárabe sea realmente el producto final del arte local visigodo.»
Pero, ¿cuáles son el resto de sus argumentos?
Dejando a un lado los que comparto, en todos los casos orientados hacia la crítica del supuesto «mozarabismo» de estos capiteles, e l primero que c itaré se refiere a las llamadas iglesias mozárabes en general:... «la identificación en algunos casos del empleo de la misma unidad de medida de ochenta centímetros, que es normal en época visigoda, permite diferenciar en este conjunto de iglesias lo que se ha mantenido de las ruinas de primitivos edificios visigodos y lo que debe corresponder a restauraciones mozárabes» (p.
En relación a estas observaciones metrológicas y a propósito de los capiteles califales, hace tiempo mostraba mi más ingenuo escepticismo acerca de la posibilidad de extraer conclusiones terminantes al respecto.
De todas formas, adjunto todas las dimensiones (alturas) que me fue posible tomar en su día.
En ellas se advertirá enseguida que existen ciertas agrupa ciones de valores en torno a modulaciones que oscilan entre los 80 y los 85 cm. que, por cierto, tampoco son raras en épocas pre-visigo-Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa
AEspA, 64, 1991 das. y que, por lo tanto, permitirían hacer extensivo s los reparos de Caballero a propósito de lo que el propio Corzo planteó en relación a San Pedro de la Nave.
De manera que no creo que ese argumento pueda tomarse como algo determinante.
Y, por sorprendente que pudiera parecer, el segundo argumento -si es que es posible denominarlo así-es, simple y llanamente, su particular apreciación de que estos capiteles están conectados con los «visigodos».
Circunstancia que, también lisa y llanamente, se me antoja absolutamente errónea porque, como quedó dicho, no es posible hallar capiteles que puedan ser tomados por «visigodos» y tengan alguna relación con las series «mozárabes».
Es más, como señalaba más arriba, los capiteles «mozárabes» se encuentran más cerca del «paradigma clásico» -formal y estructural-que los «visigodos» conocidos -agrupados en tomo al siglo vu-, en los que ha desaparecido el sentido del orden y, desde luego, la articulación del ábaco.
Los capiteles que, si no interpreto mal a Corzo, podrían fundamentar esa relación, no son sino muestra de uno de los problemas que penden sobre cualquier estudio de ornamentación arquitectónica en general: el problema, perfectamente acotado por Pensabene, de distinguir entre piezas que, con un mismo origen cultural --en este caso, de origen romano--, corresponden a momentos distintos pero a situaciones culturales -situaciones de la «cultura material»-semejantes.
Así, por ejemplo, resulta tremendamente difícil distinguir entre un capitel «degenerado», realizado en el siglo Id.
J. por artífices locales de una zona marginal escasamente romanizada, y otro tallado en el siglo vn por «escultores» de una zona menos marginal que pretendieran «imitar» a los modelos clásicos.
Y es que en ambos casos, la capacidad de «interpretación» de dichos modelos clásicos, aun siendo distinta, puede producir objetos comparables.
En relación a ello y aunque no he conseguido encontrar en qué fundamenta dicha proximidad, atendiendo a las referencias que aparecen en su obra, deduzco que acaso se refiera a paralelismos como los que pudiera haber entre el capitel de San Román de Hornija (p.
83) y el que recoge en el apén~ice intitulado ~obras clave del Arte Visigótico y Prerrománico•, con el m1mero 21, el capitel que estuvo en la calle del Corral del Rey, de Sevi-lla, y que atribuye al siglo VII.
Si así fuera, creo que su apreciación es inexacta, toda vez que dicho capitel de Sevilla presenta la estructura característica de los capiteles romanos, por lo que debe atribuirse a una época mucho más temprana, en todo caso, incluso anterior al siglo V. Algo parecido con la «pieza clave" número 18, recientemente estudiada por Gutiérrez Behemerid y fechada entre los siglos Ill y IV ( «Sobre la sistematización de capitel corintio en la penín sula Ibérica», BSAA, 1982, p.
Al mismo tiempo, R. Corzo parece no tomar en consideración varios hechos muy significativos.
El primero, que el espacio formal definido por todos los capiteles de collarino sogueado o laureado, aunque no sea muy amplio, define una fase cultural mayor de la que permiten deducir las hipótesis de Gómez Moreno (siglo x) y la de R. Corzo ( siglo VII), porque, como ya hemos tenido ocasión de ver a propósito de las fuentes documentales. este «foco bizantino» está perfectamente acreditado, con toda seguridad, desde al menos el siglo v.
Y los capiteles no hacen sino reforzar esa circunstancia.
Los de Wamba y Toledo, de la serie «de medallón», siguiendo a Kautzsch, reflejan usos estrictamente bizantinos propios de los siglos v y v1; el fragmento de capitel compuesto de Toro, probablemente realizado antes del siglo v, también es de indudable carácter oriental; los denominados «capiteles romanos» de San Cebrián de Mazote, todos ellos pertenecientes a la variedad «corintizante de cáliz», asimismo sujetos al influjo «oriental» (empleo la categoría «oriental» en el sentido de los influjos que se hacen notar en el mundo mediterráneo a partir de finales del siglo II y que se harán notar, sobre todo, en el norte de África y en Hispania) se pueden atribuir al siglo 1v; sobre todo, los capiteles de San Cebrián de Mazote, de la serie SCM 1 (pseudocorintios de collarino laureado), son perfectamente homologables con lo que en otros lugares del Mediterráneo, se suele fechar entre los siglos v y VI, sin otra peculiaridad digna de mención que el uso del collarino que caracteriza a toda la serie «mozárabe».
Un collarino que, si lo entendemos estilización de los astrágalos laureados bizantinos no sería tan excepcional porque, como es conocido, los astrágalos laureados son muy frecuentes entre los capiteles bizantinos.
La serie SCM 1 es, con la excepción del collarino li-Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA, 64, 1991 NOTICIARIO 345 teralmente paralela a los números 159, 162 y 163 de Kautzsch (Constantinopla, ss. v y VI).
Por cierto que la SCM4 contradice lo que Corzo formula a propósito de toda la serie de San Cebrián:... «ni existen cimacios de ningún tipo» (p.
87), porque tanto el VMZ03 como el VMZ27 han llegado a nue stros días con cimacio de indudable sentido «orienta l».
Dicho de otro modo, sobre todo esto s último s capiteles no parecen ser fruto de un proceso cultural desarrollado por artífices que se ven obligados a reinterpretar fórmulas ajenas, sino por el contrario, de un colectivo humano que acomete el desarrollo de fórmulas estructurales y decorativas perfectamente asumidas y a las que, por ello, es posible aportar algún tipo de creatividad ~n este caso y por ejemplo, el uso de lo que podría ser una estilización de la laurea-.
Añádase a ello el sarcófago de ltalicio, atribuido a los siglos v o VI, tan bizantino que se supone importado; el de Braga, tal vez, más antiguo; la mesa de Quiroga, asimismo realizada hacia el siglo v, y hallaremos razones más que sobradas para que Schlunk se expresara como lo hizo: «...
No puede ser casual que casi todas las obras aquí discutidas -«Los monumentos paleocristianos de Gallaecia»-, con excepción de los sarcófagos romanos, acusan claramente influencia s africanas u orientales...
Si bien es verdad que el arte de las demás reiiones de España acusa también relaciones con África y a veces con Oriente, apenas puede haber duda que estas relaciones en Gallaecia no se establecieron a través de contactos con el interior de la Península, sino directamente, seguramente por mar... (... )
En el arte gallego de la época romana tardía y paleocristiana persisten dos corrientes: una, derivada del arte romano de región, de carácter más bien provinciano y otra, inspirada en modelos o prototipos del Norte de África y del Oriente, a veces de singular calidad» (Schlunk, 1977).
En definitiva, sin ningún género de dudas, y contra lo que plantea R. Corzo, tanto por lo que se refiere a los capiteles, como a otras piezas decorativas e, incluso, a las fuentes literarias, el foco bizantino del noroeste está documentado desde mucho antes de que Chindasvinto pudiera tener la idea de hacer construir un mausoleo...
Porque nos hallamos ante un fenómeno cultural que transciende ampliamente el estrecho marco de las instituciones visigodas.
De todas formas, de sde mi punto de vista, los problemas más graves que supone el libro de R. Corzo se encuentran en algunas conclusiones que rompen la linealidad de su propio desarrollo y, sobre todo, en su curiosa re-definición del término «mozárabe» en sentido estricto.
No trataré de lo segundo, que requeriría otro artículo, más que para recordar un comentario que abona lo que mencionaba en los primero s epígrafes: «Se caracteriza el arte mozárabe por la introduc ción de formas constructivas y decorativas musulmanas en el arte cristiano; su vehículo de trasmisión serían los monjes evadidos de Córdoba por la represión califal... »
Si segui mos a Corzo, también habría que camb iar el nombre al «arte asturiano».
En otro orden de cosas, efectivamente, la llamada iglesia de Bobastro podría ser una iglesia mozárabe en sentido estricto: sobre Melgue, me remito a lo que tiene publicado Caballero; sobre el resto, cuyo único hilo conductor parece ser la carencia de capiteles, prefiero no decir nada.
También me ha sorp rendido muy especia lmente el mantenimiento de Santiago de Peñalba en el siglo x, cuando la serie de capiteles allí conservada señala en la misma dirección que el resto de los elementos «bizantinos» y, aún, en los primeros momentos de toda la fase evolutiva...
Supongo que el alfiz habrá contado a modo de factor disuasorio... a pesar de San Tirso.
A pesar de que el alfiz de San Tirso -que Corzo aún sitúa en la época de Alfonso II-desmonta cualquier fenómeno de difusión cultural generado en AI-Andalus...
Dejando para otro momento el resto de sus planteamientos, creo que las conclusiones de Corzo no hacen sino incrementar el repertorio de los grandes problemas de la cultura material de la Alta Edad Media Española.
De ahí que, tras su lectura, y mientras no aparezca alguna obra que se adapte mejor a lo que infonnan los restos culturales (arqueológicos) conocidos, sienta la necesidad de insistir en algunas de las circunstancias que se desprenden del estudio de los capiteles altomedievales: a) O aceptamos que el desarrollo histórico es algo de «lógica» --de la lógica que impone la inercia culturaly que se materializa según capricho sas y arbitarias piruetas o nos vemos obligados a conc luir que los capiteles de collarino so- Por motiva c ione s fáci les de comprender. he leído co n mucha a1ención el artí culo de Car los Már -4ue1. y, aprov ec hando e l cará cter de foro de debat e que se prete nde otor gar a Archivo Espaiiol de Arqueología. dejando a un lado las comprensib les cuesliones de «metodolo g ía expositi va -perreciam ente co mpr ensible s-y alg unas otra s cir-h g 111a 2 S,111C l' h11.111,k \l,11111, C.,p11.
I \, \ 1/ 03. eurhtHJH: ias fonnaks que me rc., ultan. c uando menos... so rpren dente:-., dese mía plantear a su autor, públicamente. las sig uientes cues tione, de «co ntenido »:
1) ¡,Cu;íl o cuáles han sido los cri terios so bre los que se fundame 111 a la atribuci ón de los capilck-. c\l udiados al:írnhito privado?
«Quen.:mo, dejar hicn claro que e-.te trabajo se va a ref erir úniea 111 en1c a de 111 c11tos arqui1eetónico-, que adornan {t mhit os privados.
La pmbl em:ítit:a planteada por los t: ap itc lcs de., tinad os a edificios púb licos nos obligaría a introdu cir alg unas variables yu c 110 tienen t: abida en este artícul o» (p.
Porquc s i co mo é l mismo di ce unas líneas antes. es tas pic;a s han aparecido dc sco ntex tuali1.ada.-,, parece muy aventurado adscribirlas a un ámbito social o im,1ituc ional concreto. a pe sa r de las hip ótesi s de Ronczcw ski o de las co nclusiones de B. Uandin clli que. en tod o caso. requ erirían algún tipo de co nstra stación.
Utilizar una hipó tesis de ese tipo para fra grnen lar el es tudio -o. al menos. su publicación -no conduce más que a una fra gmentació n artificial de l mat erial conocido.
Y hago este comenta rio porque. de es te modo y es tando la tesis inédita. e l lector percibe una idea muy sesg ada a prop ós i10 de todo el co njunto de capite les cor intizan tes.
Además, si mi memoria no me juega una mala pasada, creo reco rdar que Roncwews ki fue el primero en plant ea r esa hipót es is co n un carácter de «generalizac ión » qu e debe enlendcrs c en su~ justos 1énnin os y que choca frontalm ente con los dato s que. prccisame111e, proporcionan los capiteles ele este tipo co nservados en Có rdoba. cuya mczqu ita cont ienc alguno s que. a juLgar por e l tamaño. con1ras tan radica lmente con esa hip6te,i,.
Muy al contrario --contra lo que C. Márquez supone y a lo que me referiré más adelante-, da la sensación de que en Córdoba, y sobre todo, en época tardía, los capitales corintizantes fueron emplea-dos en edificios de manifiesta monumentalidad.
2) En relación a esta misma cuestión, resulta que en un estudio como el que nos ocupa y aunque sea de pretensiones formalistas, no se indiquen las dimensiones de las piezas.
Y desde aquí quisiera rogar al autor del artículo que, cuando publique la tesis doctoral tenga a bien, en la medida de lo posible -es evidente que a veces resulta muy complejo-, hacer públicos unos datos que, en primer lugar, informan sobre el propio capitel -sobre su «canon» -y que, además, serían muy útiles para obtener una idea del edificio para el que fueron realizados, así como para conocer detalles modulares y_ metrológicos del contexto cultural.
3) También me ha decepcionado que Car los Márquez, siguiendo con una lamentable tradición entre la mayoría de quienes se interesan por el capitel romano, no haya prestado atención a la configuración superficial de los ábacos, cuando este detalle informa de múltiples circunstancias y, por lo que a mí me interesa, ayudaría de modo sustancial a situar culturalmente a los capiteles derivados de éstos.
4) ¿Por qué ignora las publicaciones de Gutiérrez Behemerid?
Y le hago esta pregunta por varias razones.
En primer lugar, porque su capitel número 20 es el mismo que publicara Gutiérrez Behemerid ( 1983, p.
84, lám. V-1 ), que también se ocupó del de Munigua y de otros relacionados con la serie cordobesa.
En segundo lugar, porque, pasando por alto algunas diferencias de escasa relevancia, plantea una «idea» del capitel corintizante absolutamente idéntica de la mencionada investi-Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA, 64, 1991 NOTICIARIO 349 gadora y aunque ella parta de Ronczewski, no parece muy apropiado ignorar la primera sistematización que, en este sentido, se publicara en España.
Y en tercer lugar, porque Gutiérrez Behemerid lleva muchos años dedicada al estudio de los capiteles y porque, además, tiene publicada alguna pieza más de este tipo que no aparece en el estudio de Carlos Márquez, sin que quienes estamos interesados en estas cuestiones, sepamos por qué.
Creo que, en todo caso y con independencia de la opinión que los estudios de la investigadora vallisoletana le merezcan -supongo que las «razones» de algo tan lamentable habrán de buscarse por ahí-, Carlos Márquez debería tenerla en cuenta, al menos, como lo hace con otros trabajos de menor relevancia, sobre todo -muy especialmente-, si no opina como ella.
Cosa que, por cierto, no parece suceder, al menos a propósito de la mencionada pieza número 20, sobre la que escribió Gutiérrez Behemerid lo siguiente: «El Museo Arqueológico de Córdoba nos proporciona otro ejemplar que muestra también una palmeta como decoración del kálathos.
En la base del capitel se desarrolla la habitual corona de hojas, en este caso palmetas y acantos; de la hoja central de acantos brota una pequeña hoja, trilobulada, que sirve de base para dicha palmeta, de seis lóbulos alargados y separados, con disposición de abanico; de su interior parece nacer un tallo que quizá sostenga a su vez otra pequeña palmeta.
Hojas acantizantes se sitúan en los ángulos del capitel.
Ejemplos con una decoración similar se encuentran en Roma y en los Museos de Trieste y Nápoles.
Se podría fechar en época de Adriano» (aunque sea gesto de «mal gusto», compárese con lo que dice de ella C. Márquez).
5) ¿Qué idea tiene C. Márquez de la talla de capiteles?
¿Por qué insiste en creerlos fruto de la acción de «artistas»?
¿Qué idea tiene la capacidad creativa de quienes tallaron este tipo de piezas?
¿Por qué tanto interés en personalizar este tipo de obras? 6) Me resulta muy sorprendente que Carlos Márquez no conceda ni un renglón a damos su parecer a propósito de una interesantísima serie de capiteles «corintizantes» que, desde hace tiempo, vienen relacionándose -al menos en el ámbito de un cierto posibilismo-con el siglo II cordobés.
Concretamente me refiero a un capitel, hoy conservado en el Alcázar de Sevilla y que, muy pro-bablemente, sería conducido allí junto con los que están a su lado -todos ellos el siglo x cordobésy, muy especialmente, a los cuatro que están en el mihrab de la mezquita mayor.
Y es que todos ellos son de reducidas dimensiones y, por lo tanto, especialmente indicados para pertenecer a un contexto arquitectónico de reducidas dimensiones, y todos ellos integran una serie corintizante que, desde mi punto de vista, dan idea de la capacidad creativa de unos talleres perfectamente romanizados, comparables a algunos que están documentados en Roma y en algunas ciudades del Mediterráneo oriental.
Le recuerdo a Carlos Márquez los paralelos que señalaba en mi tesis.
05 66 a 68; Roma, templo de los Castores, Strong (Júpiter en Baalbek); templo de los Diósuros, de Nápoles; un capitel del Museo Lapidario del Foro Romano; las series publicadas por Hammond (piezas de Petra); etc. Para la otra me remitía a los capiteles de Mérida...
Y es que el problema de las series corintizantes romanas incide directísimamente en el discutido carácter de los talleres del siglo IX que, en el supuesto de que existieran, serían extremadamente deudores de piezas como la que C. Márquez publica con el número 28.
Francamente su silencio me resulta sorprendente, sobre todo al comprobar que entre sus caprichosas referencias bibliográficas aparece Thouvenot.
7) Tampoco entiendo el «aislamiento» analítico de los capiteles corintizantes en relación a la actividad de los «talleres».
¿Que los «talleres» de C. Márquez sólo se dedicaron a realizar capiteles corintizantes?
¿Nos hallamos, pues, ante una organización del trabajo tan especializada que podría recordarnos a los modos «capitalistas»?
Creo que C. Márquez no se ha percatado de las implicaciones que tienen los supuestos tácitos desde los que ha partido para escribir este artículo.
8) Y por último y en relación al punto 1, desearía hacer notar a Carlos Márquez que, probablemente fruto del desenfoque metodológico que supone lo ya sei\alado, sus conclusiones, en especial las que se refieren a la evolución de esta variedad de capiteles, carecen de fundamento.
Porque, sencillamente, no es cierto que los capiteles corintizantes desaparezcan en la Córdoba del siglo IV.
Y para ello le remito a mis series CRB l, CCB 1, CCB2, etc., que suponen conjuntos de piezas re- |
Al celebrar esta sema na científica del Departamento de Historia Antigua y Arqueología del C.E.H., es nuestra inte nción, en principio, doble.
Buscamo s, por un lado, el mostrar a los investiga- dores que hoy aquí nos acompañan un panorama sintét ico del conjunto de actividades científicas que venimos rea lizando en el curso de estos do s últimos años.
Hemos elegido el marco temporal de un bienio -que es más amplio y reba sa el de una memoria de actividades excl usivamente anualpues consideramos que es éste el margen mínimo que requiere el germen de cualquier investigaci ón, para que podamo s ve r, al menos, unos primeros resultados, el inicio de sus brotes.
En efecto, vere mo s cómo la mayoría de los programas o líneas de investigac ión que en el curso de esta sema na se irán exponiendo tienen sus raíces en algún caso incluso mucho más atrás aunque la mayoría de la actividad que aquí reflejar emos * Esta Memoria ha sido coo rdinada por Ricardo Olmos, como actual Jefe del Departamento de Historia Antigua y Arqueología.
En la redacció n de las actividades específicas han colaborado los siguientes investigado res y sus equipos: Ores.
se conce ntrará prioritariamente en nuestro trabajo de estos dos últimos años.
Dentro de esta primera intención que es el mostrar lo que estamos haciendo no querríamos que se entend ier a bajo este término tanto una jus tificació n de nuestra tarea científica «ensimismada » --co mo se le viene llamando últimamen te a esa actitud de nuestra solita ria actividad investigadoraes decir, como un querer aflorar a la luz al modo de una epifanía o un ánodos sacra lizad or de la religión antigua, como sí, en ca mbio, un buscar someter a la crítica de una discusión co mún nuestro s tanteos, nuestras búsquedas, nuestro método s y nuestros resultados.
Creo que muchos aún recordarán bien cómo en la década de los año 70 el antiguo Instituto «Rodrigo Caro» logró en una cierta medida abrir al ámbito arqueológ ico español los cauces de la dialéct ica impulsando el debate científico por medio de ciclos de conferencias y de co ngresos donde en más de una ocas ión el ponente se veía sometido a la ferocidad de la crítica.
Se pretend ía -e incluso había una cierta ga la en el loel aguijonear, a veces bajo el estímulo de la refutación y de la contradicción, una ciencia y una investigació n que desde otros ámbitos podrían parecemos a alguno s aún excesivame nte adormecida s. Creo de ju sticia el reconocer que aquellas sesiones del Instituto -a veces en su aparentemente caótica espontaneidadguardaban algo de catártico entre los que nos fonnábamos en aquellos anos y no sólo se limitaban a desempei'iar la nece sa ria función socrática de un tábano mole sto. También se promueven en tonce s temas polémicos y de actualidad -r ecordemos los Congresos sobre la a. rqueolog ía griega en Espaí'la, publicado en AEspA de 1977; Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa
Asímismo la idea originaria de los Congresos de Bizantínistica se promovió a través de este mismo Instituto de Arqueología.
Efectivamente, la reunión de 1981 en el Instituto Rodrigo Caro fue el germen inicial de las jornadas sobre Bizancio, cuya novena edición se ha celebrado en 1990, coordinadas por el Dr. Pedro Bádenas, promovidas por la Asociación Hispano-helénica y contando ya con la colaboración de otras Universidades.
Sus resultados se publican en la revista Erytheia.
Desde aquellas sesiones dialécticas -hablamos hoy ya con una perspectiva de entre quince y diez años-la situación social ha cambiado vertiginosamente y con ella nosotros y los que posteriormente se han venido incorporando al Centro.
Pero ello no debería justificar el olvido o la pérdida de unos incipientes hábitos críticos en aras de ese aludido «ensimismamiento», por mucho que pueda esta actitud de hoy parecer a algunos tal vez más pragmática, menos idealista.
Con todo va resultando cada vez más difícil mantener vivo el fuego de la discusión, que si antes pudiera ser tarea de unos pocos hoy, de hacerse, debería implicamos a todos.
Podríamos analizar detenidamente en otro lugar los motivos más generales y los mismos condicionantes científicos que hoy nos limitan: por ejemplo, la creciente atomización de nuestra actividad investigadora, que va limitando nuestra visión global del campo.
Nos da cada vez más miedo salimos de esos límites que previamente nos hemos fijado.
Junto a esta intención primordial de mostrar críticamente lo que hacemos, creo que queda latente una segunda tarea, una vieja asignatura pendiente de nuestro Departamento.
Me refiero a la búsqueda de una identidad y coherencia científica interna que a algunos desde fuera o a muchos desde dentro pudiera parecer que no tenemos.
La pregunta sigue aún viva y en estas sesiones de la semana científica no hemos de pretender una respuesta ni fácilmente unitaria ni automática.
Nos quedará, sospecho, esta pregunta aún pendiente en el futuro.
A lo largo de esta memoria -y pienso que tarnbi~n a lo largo de las sesiones que seguiránvamos a intentar fonnular algunos de los parámetros que pudieran encauzar ese debate.
Esbozo de una historia del departamento.
El antiguo Instituto de Arqueología «Rodrigo Caro>>
Creo que previamente resultaría preciso apuntar con brevedad algunas palabras sobre los orígenes del Rodrigo Caro, esbozando aquí un apunte historiográfico, es decir, una «historia de la historia» del Departamento.
Su origen como antiguo Instituto de Arqueología y Prehistoria -para pasar posteriormente a ser tan sólo de Arqueología «Rodrigo Caro»-se sitúa en los años finales de la década de los 40, cuando se desgaja por completo del anterior centro de Arte y Arqueología del que surgirá paralelamente el Diego Velázquez.
La labor inmensa de una individualidad carismática, Antonio García y Bellido, caracteirzan y marcan con su indiscutible sello personal toda esta larga época de los inicios.
Javier Arce ha perfilado la labor científica de esta figura en el reciente Congreso de Historiografía (Madrid, 1991 ).
En el número XXV de Archivo Español de Arqueología, del año 1951, revista que venía siendo y será desde entonces el principal órgano cientffico del «Rodrigo Caro», expone García y Bellido «los conceptos y los límites de sus objetivos» (pp. 161 ss.).
Entendía García y Bellido para aquel nuevo Instituto que la Arqueología debía limitarse a la clásica.
Espacialmente ésta debe afectar, según sus propias palabras, «a toda el área mediterránea y sus aledaños».
En el ámbito temporal se extendería desde la Protohistoria -que en nuestro caso seguirá siendo siempre una línea fronteriza con la Prehistoria en una tierra de nadie o de todos-hasta el final de la antigüedad.
En aquella concepción cerrada y circular que García Bellido y la ciencia de su época concedían al mundo antiguo, el ciclo clásico se entendía como una totalidad que en el caso particular de España se verá cumplida, sigue este autor, no «con las invasiones de los pueblos germánicos» (sic) sino en el año 711 con «la invasión de los árabes» (art. cit. p.
En su concepción quiso además integrar lo que él llamaba otras ciencias históricas particulares como la Epigrafía y la Numismática, no entendiéndolas diacrónica sino sincrónicamente, es decir dentro del ámbito, amplio y acogedor, del mundo antiguo.
A partir del Instituto se patrocina, por ejemplo, la publicación de series como la Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA, 64,1991 NOTICIARIO Hispania Antiqua Epigraphica de la que aparecerán dieciséis fascículos entre 1950 y 1965 y que indican el esfuerzo integrador en la investigación histórico-arqueológica de aquel momento.
Es curioso que Bellido llegara ya entonces a postular incluso una estrecha asociación «horizontal» ~orno él le llamaba-de todos estos Institutos (en la tradicional división de Arqueología, Numismática y Epigrafía Antiguas) con el Instituto Antonio de Nebrija, dedicado a la Lingüística y a la Filología Clásica: en su amplitud de miras venía en la práctica a defender este autor un gran Centro de Estudios de la Antigüedad, es decir como un todo globalizador y no fragmentable cuya finalidad última sería la historia.
Resulta curioso que, a pesar de que esta integración no haya nunca podido realizarse en el seno del CSIC -y un análisis de los porqués nos llevaría a un largo debate ajeno ya a esta memoria-, sin embargo esta coordinación necesaria ha seguido aún planteándose -siquiera a un nivel utópico o de deseos irrealizables-hasta estos últimos años por parte de algunos investigadores de unos y otros campos, sin duda en un deseo de salir hoy de las limitaciones de unos cauces estrechos impuestos o creados por la dinámica interna de las propias instituciones.
De hecho los dres. Javier Arce y Pedro Bádenas plantearon en 1985 la posibilidad de reagrupar en un Instituto de Ciencias de la Antigüedad a especialistas procedentes del campo de la filología y de la historia antigua, una idea que no prosperó.
Queda aquí una historia latente, no escrita, de vida subterránea en el pasado reciente de estos centros.
Un debate de estas posturas entre los interesados de los diversos ámbitos e institutos del CSIC -filó logos clásicos, hebraístas, arqueólogos, historiadores, etc.-es un tema que. más pronto o más tarde -y en tanto nos quedara un hálito de vitalidad científica-debería un día replantearse.
La concepción amplia del Instituto «Rodrigo Caro» se reflejaba en un concepto de la arqueología peninsular que superara los límites del localismo provinciano, de «nuestra» arqueología, y García y Bellido batalla claramente en aquellos ai\os 40 y 50 por una concepción del marco espacial amplio en la que lo local hispano se sustituyera por una «arqueología patrimonial del occidente entero, del cual y de la cual España es no sólo una parte sino, además, una de las más importantes» (p.
El Rodrigo Caro debería abrirse a estos campos amplios de la investigación.
También se conside ró entonces la necesidad de crear este Instituto como un gran centro nacional con ramificaciones locales, por ejemplo en Barcelona y Valencia que, si bien con su autonomía propia, se vincularan en alguna medida al «Rodrigo Caro» (pp. 165-6).
Uno de estos centros. el S.LP. valenc iano, al menos como un resíduo burocrático ha seguido estando vinculado al CSIC hasta fechas muy recientes. prácticamente hasta la desaparición del Rodrigo Caro como tal Instituto tras la creación del actual Centro de Estudios Históricos en el año 1985.
No creemos que haya sido beneficioso el cortar, tan radicalmente y sin un debate de las partes interesadas, la ex. istencia de estos viejos convenios con otras instituciones allí donde lo lógico hubiera sido discutir la viabilidad de ofrecer un contenido nuevo y real a aquéllos, de modo que resultara beneficios o para todos.
Pero también este final en cierta medida es lógico y refleja la realidad.
Por un lado, nos hace ver que tal vez definitivamente hoy día el Rodrigo Caro ha perdido ese cierto halo modélico que se mantuvo, real o ficticiamente, dura nte tantos años y que le convirtió en una casa acogedora de todos.
Ha sufrido un profundo cambio interno pero entretanto han variado también radicalmente las circunstancias del país potenciándose las bibliotecas de los centros de investigación autonómicos y locales.
Pero el replantear hoy conjuntamente la revitalización de convenios específicos con estas instituciones -por eje mplo, con el S.I.P. de Valenciasería un tema de interés común que habrá que abordar en estos próximos años.
En consecuencia, hoy nuestro centro no guarda de ese pasado más que ecos de un resplendor de viejos oropeles y sería inútil y anacrónico el querer revestirse hoy con ellos o el resucitarlos.
En este sentido, ante la práctica pérdida de una autonomía económica y, con ello, programadora del CSIC del que dependemos, nuestro futuro científico apunta más bien a la potenciación de otros cuaces nuevos como son, a modo de ejemplo, los proyectos de investigación de carácter nacional o autonómico, la colaboración con otras entidades como el Ministerio de Cultura o las Universidades, etc. y -¿porqué no?-abriéndonos más en el futuro al ámbito, aún apenas hollado, de las fundaciones privadas, es decir, coordinando así con-Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa
1991 juntamente nuestro potencial y nuestra actividad con la de otros centros.
De ello hablaremos más adelante.
No queda más remedio, pues, que sustituir y adaptar aquellos viejos hábitos de funcionamiento, y así me parece que se está haciendo ya al conjugar nuestra actividad cotidiana con el juego de la flexibilidad paralela que ofrece la sociedad.
Sólo esa adaptación, aún con las limitaciones que conlleva, nos pennitirá mantener una cierta vitalidad científica en el futuro «Rodrigo Caro».
El actual Departamento de Historia Antigua y Arqueología
La actividad científica de un centro la modelan fundamentalmente sus.investigadores y sus líneas de trabajo, siempre en una tensión o dialéctica con el espacio o marco institucional que los acoge.
El «Rodrigo Caro» era hasta hace pocos años uncentro que durante mucho tiempo tuvo solamente a dos investigadores de plantilla los dres. Javier Arce y Guadalupe López Monteagudo, siendo entonces Director del Departamento el Prof. José María Blázquez y su subdirector el recientemente fallecido prof. Antonio Blanco, a quien hoy es aquí nuestro deber recordar con profundo respeto.
El crecimiento del Departamento en estos cuatro últimos años ha sido notable: en l 990 ha llegado a contar hasta con siete investigadores y un similar número de becarios junto con el apoyo en las tareas de investigación de dos ayudantes -hoy tan sólo uno--y el alivio burocrático de una secretaria, María de los Angeles Martín.
Con anterioridad a 1989 nos habíamos incorporado el Dr. Javier Sánchez-Palencia ( 1987) El personal investigador de plantilla ha realizado sus funciones con una infraestructura humana dedicada al apoyo de la investigación integrada en el Centro.
El Departamento ha contado en estos pasados años con la colaboración de dos ayudantes Esteban Moreno y Antonio Alcázar, quien en 1990 se trasladó a otro centro.
Como Ayudante Diplomado Esteban Moreno prácticamente ha concluído en l 989 la clasificación del Archivo Gráfico del Departamento.
Actualmente ha asumido las funciones de coordinación de Archivo Español de Arqueología y elabora el índice temático y topográfico de la Revista desde 1976.
Colabora en los proyectos de investigación dirigidos por Javier Sánchez Palencia (en 1989 y 1990 se ha encargado del siglado y dibujo de los materiales de las Médulas), así como en los de Luis Caballero y J.
M. Blázquez y G. López Monteagudo, participando en las excavaciones.
También hay que mencionar la incorporación al Centro de Estudios Históricos de dos personas especializadas que cumplen una función fundamental, dedicando parcialmente su tiempo de dedicación al Departamento: Julia Sánchez, como delineante, y Angel Lozano, Ayudante y especializado en fotografía científica adscrito al Servicio de documentación fotográfica del C.E.H. Este Servicio del Centro ha sido dotado de un complejo y moderno sistema para el almacenamiento y tratamiento de imágenes que permitirá la futura realización de videodiscos, lo que ha sido especialmente impulsado por el Dr. Francisco Femández Izquierdo, investigador del Departamento de Historia Moderna.
Es cierto que el modo de acceso de los investigadores ha venido abriendo y creando nuevas líneas científicas cuya lectura y valoración en el marco general de lo que debe ser una política definida y más amplia del Departamento puede ser Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA.
Sin duda, la incorporación de nuevas líneas de investigación enriquece el panorama global de nuestra indagación arqueológica e histórica al pluralizar los puntos de vista, los enfoques, las técnicas de análisis, los aportes bibliográficos, especialmente dentro de un concepto globalizador, acumulativo y complementario del mundo clásico. no muy distante en el fondo del que propuso D. Antonio García y Bellido hace hoy ya casi medio siglo.
Pero también es preci so articular esta suma de aportaciones de especialistas diferentes en una línea global más acorde con la concepción de lo que debería ser hoy un departamento de arqueología y aquí podría surgir de nuevo la dialéctica y el debate bajo la perspectiva de unas exigencias y necesidades más actuales.
De hecho, la tensión de un acoplamiento puede surgir si, reutilizando la parábola evangélica, tratáramos de verter vino nuevo en unos odres viejos con la consecuencia, a veces inevitable, de que éstos revienten.
Hemos también de tener en cuenta los condicionantes institucionales de nuestro Departamento.
Hemos venido hablando, tal vez de un modo excesiva pero intencionalmente unidireccional, de un Departamento de Arqueología olvidando co n una cierta injustic ia que éste se denomina también, y en primer lugar, de Historia Antigua.
En su idea original la sorpren dente individualidad creadora de A. García y Bellido sintetizaba y aunaba perfectamente en su investigación la arqueología de época antigua y la historia pues perseguía, en buena lógica, un objetivo único, la aproximación a una realidad global -el llamado pasado o mundo clásico-a la que se llegaría parcialmente desde uno u otro enfoque o, mejor, desde uno u otro tipo de fuentes.
La época de García y Bellido, con un panorama científico mucho menos complejizado, permitía estas síntesis en el esfuerzo ímprobo de una sola persona.
Bellido encamaba además, de una manera eximia, una línea científica con lo que el binomio arqueología-historia no encontraba en su solitario quehacer cotidiano un excesivo plano de fricción, de desdoblamiento o de ruptura.
A nivel académico español la excisión o divorcio actual entre la arqueología clásica y la historia antigua se formularía años más tarde en los diferentes departamentos universitarios pero, de hecho, no llegó a afectar en estas décadas pasadas a nuestro Departamento del CSIC.
Cuando se formuló la reestructuración del Centro, en J 985 hubo, sí, un momento en que la Historia Antigua quedó prácticamente olvidada o relegada al unirse temporalmente los departamentos de Prehistoria y Arqueología en una unidad que pronto se disolvería para volver a los cauces originarios.
Se constató la ausencia contradictoria de la Historia Antigua en un Instituto donde se aceptaban con entidad propia la historia medieval, la moderna y la co ntempor ánea que gozaban de Departamentos específicos.
Por ello se recuperó para el Rodrigo Caro. mediante las gestiones de Javier Arce, las brasas de una tradición que nunca se habían del todo apagado.
Hoy día tal vez no resulte tan fácil mantener aunadas en una persona única, como lo hizo en su espontánea facilidad García y Bellido, la dualidad de intereses de la arqueología y la historia.
Hay un límite para la capacidad humana e incluso para la reducida capacidad de un departamento como el nuestro.
Pero tampoco por ello resulta lícito renunciar a ese ideal global izador del mundo antiguo.
¿Es sin embargo hoy, y en nuestro caso, con nuestro actual potencial de medios humanos, posible?
¿Habremos de renunciar, movidos por una concepción más reali sta o pragmática, a esa meta utópica?
Aquí se acentúan de nuevo las contradicciones o, al menos, pueden apuntarse las tensiones.
Y por ello, tal vez hoy, como heredero s de esa tradición expuesta, nos hallamos en una sit uación en que no hemo s sabido formular una alternativa al problema o una salida más clara que la que lograron nuestros predecesores.
Un potencial tan pequeño de investigadores y de infraestructura como del que aquí disponemos exigiría seguramente ahora una reducción de nuestros objetivos.
Pues cada una de estas líneas de investigación que se intentan abrir en nuestro campo requerirían la dotación y potenciación de respectivos equipos de trabajo.
Y, claramente, la dinámica propia del CSIC no nos impulsa en esa línea, saJvo que rompamos el molde establecido en la búsqueda, como apuntábamos arriba, de otras instituciones, de otras financiaciones, en definitiva de otras salidas externas, sin encerramos excesivamente en nuestra propia limitación.
Pero a su vez un seguimiento efectivo de estas opciones alternativas implicaría además en todos nosotros una labor de gestión y de burocracia ímproba Jo que enseguida acabaría por limitar -de optar finalmente por esta sa lí-Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa
1991 da obligada -la necesaria investigación cotidiana.
Nos hallamos pues ante una aporía.
El Departamento de Historia Antigua y Arqueología es consciente de estas limitaciones y el debate se ha abierto en esto s dos último s años sin llegarse a una solución compartida por todo s pues ésta me temo que no existe.
Un ejemplo de ello podría ofrecerlo el de la misma incorporación al Centro de la Dra.
Asunción Vita Mitja en 1987 cuando se abrió la esperanza de incorporar a la labor de un departamento de Arqueología la coordinación científica de un laboratorio que implicara no sólo la introducción de unas nuevas técnicas provenientes de otras ciencias a la problemática y objetivos de la arqueología -junto con la opción abierta de crear un servicio a otras instituciones-.
Además, conjuntamente con aquellas técnicas y de forma inseparable, se intentaba crear una dinámica de investigación que transformara interna y enriquecedoramente nuestra propia concepción de la arqueología, que a veces ha podido correr el peligro entre algunos arqueólogos de ofrecer unos enfoques demasiado unidireccionales al aceptar como un único modelo válido aquél que uno hace.
El Departamento aceptó plenamente el compromiso de renovación metodológica y conceptua l que implicaba la propuesta, que implicaba especialmente otros modos de enfocar la arqueología, en definitiva un enriquecimiento y un contraste de ideas y de puntos de vista.
Pero todos conocemos bien las dificultades práctica s y cotidianas que se fueron acumulando con la imposibilidad de lograr una dotación humana mínimas y estables con las que se pudiera llevara a término la viabilidad de ese proyecto.
La construcción del laboratorio de Arqueología, tanto tiempo postpuesta, va a iniciarse fina lmente en el transcurso de este invierno de 1991 pero sus fines, lógicamente, van a ser ya otros.
También se pondrá en marcha el proyectado laboratorio fotográfico del Centro con la intención de dotar de este elemental Servicio al Instituto.
Lineas y proyectos de investigaci6n del Departamento
Hoy dfa el Departamento desarrolla diversas líneas de investigación que se materializan en un conjunto de programas actualmente en marcha.
Voy a exponer brevemente en esta Memoria cuáles son estos programa s. tema que desarrollarán en amplitud los diverso s equipos a lo largo de esta semana.
Una línea más general que, en parte, podría englobar la actividad de diversos equipos sería la iconográfica e iconológica, es decir, la conside ración del objeto de cultura material como documento portador de imágenes o signos icónico s que adquieren su sentido no de una manera ais lada s ino contextualmente dentro del sistema iconológico de la sociedad que las produce, recibe e interpreta.
Aprobado recientemente por la DGICYT para el trienio 1991-3 se ha iniciado en el Departamento un proyecto titulado «Imagen, mito y sociedad en la cultura ibérica: Alicante y Murcia» (N.!l PB 89-0006-CO2-01 ), que es en realidad un subproyecto integrado en un programa más amplio que coordina el Rodrigo Caro conjuntamente con el Departamento de Arqueología de la Universidad de Valencia quienes, con este mismo título se ocupan de la documentación iconográfica en las provincias de Valencia y Castellón.
Este proyecto se ha planteado los siguientes objetivos: creación de un Corpus de materiales iconog ráficos; sistematización de un código de lectura y establecimiento de los parámetros conceptuales que definen la imagen en la sociedad ibérica.
Ello implica, simultáneamente, el planteamiento de unos límites y la estructuración de un método; exige seguidamente una integración de la imagen en el contexto material y social que la produce.
Y por último, aspira a una intt: rpretación iconológicas, es deci r, a la lectura global de la imagen estructurándola dentro de los parámetros de la sociedad ibér ica en la que se genera.
Un segundo proyecto aprobado por la DGICYT inicialmente a través de la Universidad de Salamanca, y actualmente en su segundo año de desarrollo, es coordinado por la Dra.
Su título es «Diccionario Iconográfico de la moneda de la España Antigua».
Implica simultáneamente a la España prerromana e incluye en sus objetivos un análisis iconográfico ahora bajo la óptica más especíica de la numismática.
El tercer proyecto iconográfico financiado por la DGICYT es el «Corpus de los Mosaicos Romanos en España» que viene realizándose en el Rodrigo Caro desde el año 1975 y que actualmente coordinan el Prof. José María Blázquez, como Investigador principal y la Dra.
Forman actualmente además parte de este equipo la Dra.
Pilar San Nicolás, de la UNED, y Luz Neira, como becaria adscrita al proyecto.
Han aparecido desde el año 1978 hasta la fecha nueve fascículos que recogen agrupados topográficamente -tanto por procedencias como por su localización-el Corpus de los mo saicos que se han hallado en España y que se conservan en Museos y Coleccione s así como aquél los documentados tan sólo en antiguas publicacione s, hoy desaparecidos.
Se está preparando un suplemento a los tres fascículos publicados de los Mosaicos de Andalucía. que se entregará a la imprenta en otoño de 1991.
Se trabaja actualmente en el fascículo 11 de Asturias-León y Valladolid, en colaboración con Tomás Mañanes de la Universidad de Valladolid, mientras que Palencia y Burgos están a cargo del citado equipo del CSIC.
(En 1988, a través del Proyecto de Cooperación Conjunta Hispano-Norteamericano, se ha colaborado con la Universidad de West Lafayette (Indiana) en un proyecto sobre Los Mosaicos figurado s Hispanorromano s del que nos hablarán mañana los responsable s).
El proyecto de excavaciones de España en el Foro de Roma, que dirige el Dr. Javier Al'ce y que ha sido financiado por la DGICYT, fue gestado en 1988 a través del departamento de Arqueología pero a inicios de este año 1990 se ha trasladado a Roma.
Han sido codirectores del mismo hasta 1990, los Ores.
Javier Arce, Javier Sánchez Palencia y Ricardo Mar. La investigación se ha concentrado en el área relacionada con la estructura imperial de un monumento mal llamado templo de «Iuppiter Stator» junto al arco de Tito y al pie del Palatino.
Se han realizado estudios preparatorios en 1988 así como campañas a lo la,¡go de 1989 y 1990, con un levantami ento planimétrico a escala 1:50 de todas las estructuras arquitectónicas visibles y un establecimiento de los sucesivos horizontes topográficos.
Hoy se da por concluído uno de los objetivos fundamentales del programa, la excavación y estudio de los niveles imperiales, con lo que se han descartado las diferentes hipótesis que barajaban para esta estructura la existencia de un templo.
La excavación ha sido el paso previo para una propuesta más general de la evolución urbanística de la zona en época imperial.
Quedaría abierta para futuras investigaciones la integración de la zona en la concepción topográfica de época republi cana.
Este proyecto. concebido además para dotar de una infraestructura bá sica al departamento (bibliografía, un Nissan Patrol, ins-1rumen1al científico de excava ciones, etc.) ha permitido además la participación de numero sos becario s españole s, especialmente del Departamento de Historia Antigua y Arqueología del C.E.H.
Financiado por el mismo proyecto de investigación se han reali zado estudio s topográfi cos y análisis arqueológicos en el Serapei on de Ostia Antica.
El proyecto es dirig ido por Dr. Javier Arce y realizado por el Dr. Ricardo Mar.
Los análisis del poblamiento y la transformación del territorio entr e la época prerromana y romana en España a travé s espe cialmente de la explotación minera son los principale s objetivos del proyecto de investigación de la Zona Arqueológica de las Médulas que codirigen los Ores.
J. Sánchez Palencia, de nuestro Dpto., M.a Dolores Fernández-Pos se, arqueóloga del ICRBC del Ministerio de Cultura y Julio Femández Manzano, profesor de la Univer sidad de Valladolid.
El área no se agota en Las Médula s sino que contempla el marco geográfi co más general del NW penin sular.
Así pues, el modelo y la misma metodología que se desprende del estudio exhaustivo del área de las Médulas se trata de aplicar y contrastar con las áreas adyacentes por medio de una serie de tesis doctorale s dirigidas por el citado equipo.
En ellas se estudia el tránsito que se produce del mundo prerromano al romano en aquella s zonas con un fuerte impacto minero en época romana que se van escalonando entre la Meseta y Galicia.
Almudena Oreja s, becaria del departamento, se ocupa de la zona NW. del Duero donde ha realizado trabajos de prospección y fotointerpretación; paralelamente Yolanda Alvarez se ocupa de la Cuenca del Noceda y del Boeza en León; y Luis F. López de El Caurel y el Val de Quiroga, en Lugo.
En los trabajos de prospección y excavación, de los que se han concluido ya tres campañas, colabora además un amplio equipo interdisciplinar con expertos en análisis complementarios, en yacimientos auríferos, en fotografía arqueológica aérea, antracología, sondeos geofísicos, etc. Pero, además, este mismo equipo ha sido encargado por el Ministerio de Cultura de estudiar la viabilidad de conversión de la zona de las Médulas en un parque arqueológico.
Paralelamente, y por encargo de la Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa NOTICIARIO AF.
Javier Súnchez Palencia realiza un estudio de la zona minera de Arzúa (La Coruña).
Luis Caballero coo rdina un proyecw de investigación aprobado por la DGICYT. para los años 1990-1992, con el título «Sitio histórico: modelo tecnológico.
Método y tecnología para conservar sitios históricos de carácter arqueológico y monumental, no urbanos».
Forman parle del equ ipo los arq uitectos Antonio Almagro.
Pablo Latorre y Leandr o Cámara, así como tecnólogos y expertos en fotogrametría aplicada a la arquitectura arqueológica (cito aquí de nuevo a Antonio Almagro), o en botánica y mineralogía así como en análisis geofísicos, etc. Los objetivos del proyecto son, en primer lugar. describir la metodología de un parque arqueológico.
En segundo lugar, la aplicación de la fotogrametría a la arquitectura arqueo lógica.
Y, finalmente, su aplicación en zonas geográficas concretas: el análisis se centra fundamentalmente en las iglesias altomedievales del valle de Arlanza y en Santa Lucía del Trampal, en Cáceres.
Son pues aquí evidentes los puntos de contacto, tanto en como hasta en generales objetivos comunes, entre los últimos proyectos citados que irían definiendo la segunda gran línea de investigación del Departamento.
Asunción Vila, investigadora del Departamento hasta junio de 1990, ha sido directora por parte española del Proyecto coordinado hispano-argentino «Contrastación arqueológica de la imagen etnográfica de los canoeros magallánicofueguinos de la costa norte del canal Beagle, Tierra del Fuego (Argentina )» realizado entre 1988 y 1990 y que implicó dos estancias de 2 y 4 meses respectivamente del equipo español en Ushuaia (Tierra del Fuego).
Este proyecto se ha planteado un método etnoarqueo lógico.
Se ha buscado una contrastación y adecuación del método arqueológico que permita estudiar las formacio nes socioeconómicas así como una aplicación de la metodología resultante al estudio de las sociedades prehistóricas europeas.
Cf. infra, apartado Congresos y seminarios.
Existen además otros proyectos vinculados estrechamente al Departamento y que voy a mencionar más brevemente.
En primer lugar el proyecto de la TlR (Tabula También a través del actual convenio ent re el CSIC y el Ministerio de Cultura ha podido inic iarse en este año 1990 la colaboración con el proyecto internacional del Corpus Vasorum Antiquorum (CVA), que tenía abandonado España-con la excepción de Cataluña-desde la guerra civil y a pesar del interés que mostró el antiguo Instituto de Arte y Arqueología en colaborar durante los años de la postguerra.
Son presidentas y Secretaria del Comité español, respectivamente la Prof. Gloria Trías, de la Universidad de Palma e Mallorca y la Dra.
Paloma Cabrera, Directora del Museo de Arqueología Submarina de Cartagena.
Se preparan en la actualidad varios fascículos sobre los fondos del Museo Arqueológico Nacional: Cerámica etrusca, a cargo de J. J. Gran Aymerich, Investigador del CNRS; Cerámica de la Campania, a cargo del Dr. F. Díaz de Velasco y María Luisa Gutiérrez, sobre la cerámica de Paestum.
Volviendo al área iconográfica desde hace quince años el CSIC, y a través de este depanamento, Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa También relacionado con la iconografía en el pasado año 1990 hemos iniciado una colaboración que se ha plasmado en un acuerdo de cooperación entre el lnstituo de Literatura Mundial de Moscú y el Departamento con vistas a colaborar en un Corpus conjunto de los vasos áticos del siglo,v aparecidos en la costa Norte del Mar Negro, hoy diseminados en la multiplicidad de Museos locales de la URSS, y los vasos de ese mismo período hallados en la Península Ibérica, con vistas a realizar una publicación co njunta, en ruso y posiblemente en un idioma europeo occidental.
Una parte del equipo de los investigadores soviéticos, que coordina la profesora lr ina Vladimirovna Stal, viajará a Madrid en el próximo mes de abril para materializar la colaboración prevista en el acuerdo.
El proyecto podrá realizarse entre 1991 y 1993 y en él se integran investigadores españoles especia listas en la materia como Carmen Sánchez, de laUAM.
En la línea de investigació n numismática debo citar el proyecto internacional del Sy//oge nummorum Graecarum, patrocinado bajo los auspicios de las Numismatic lntemational Commission.
Cuatro fascículos de este proyecto relativos a Espai'ia han sido encomendados a la Dra.
M. 11 Paz García-Bellido, quien ha conclufdo ya el vo-lumen sobre Celliberia.
El catálogo se ha realizado con una ayuda especial de la fundación Juan March.
Finalmente dos grandes proyectos actualmente en marcha implican al Departamento.
Uno es la creación de una futura Escuela de Estudios Helénicos en Arenas, sobre la que el profesor Pedro Bádenas y yo mismo elaboramos un amp lio informe científico. organizativo y económico en el pasado mes de febrero de 1990.
Para ello las autoridades del CS lC nos encomendaron desplazarnos a Atenas.
Un informe científico deta llado de lo que podría ser. en el caso de su aprobación definitiva, este proyecto, se ha publicado en las páginas del noticiario de Archim Español de Arqueología de 1990.
Las perspectivas de una Escuela en el Extranjero de estas caracterísl icas implicarían la ruptura de los rígidos moldes que compartimentan hoy, de forma sincrónica, diacrónica o metodológica, la visión tan hermética del mundo clásico de los diferentes centros de investigación españoles.
Las propuestas científicas que están en la base de esta Escuela podrían pues formar tamb ién parte de la vieja discusión interdisciplinar que apuntábamos más arriba.
Pero es posible que diversos problemas burocráticos retrasen la creación por parte del CSIC de esta institución científica.
El segundo de estos proyectos es la colaboración del CSI C, desde un punto de vista institucional a la vez que científico, en la reelaboración con criterios modernos de las Fonres Hispaniae Antiquae, un ambicioso proyecto que se ha venido planteando y coordinando a través del Departamento de Historia Antigua de la Universidad Complutense bajo la dirección de los Profesores Julio Mangas y Domingo Plácido.
Son numerosos los investigadores del CSIC y del Departamento que participan en este proyecto.
Ello nos permite retomar otra vez, ahora no ya desde la vertiente arqueológica sino de la textual de la Historia Antigua, una colaboración interdisciplinar con otros departamentos y con otros espec ialistas en Filología Griega y Latina del Instituto de Filología.
La formalización de las gestiones se llevará a cabo probablemente en el curso de este año 1991 dando un cauce administrativo más regulado a una colaboración científica estab lecida en el trabajo real durante estos últimos años.
El CSIC va a colaborar en la publicación de este proyecto a partir de 1993.
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Finalmente debo mencionar dentro de este área de los proyectos investigación del Depanamento, la actividad más puntual de Excavaciones. citando aquéllas que no se hayan mencionado con anterioridad.
En 1989 y I 990 Luis Caballero ha real izado sendas campañas excavaciones en la iglesia de época visigoda en Santa Lucía del Trampal en Cáceres (en 1990 se ha cerrado).
Luis Caballero es asímismo codirector con Pedro Mateos de las excavaciones en Santa Eulalia de Mérida, única iglesia con restos que van desde época romana hasta la época medieval que mantiene culto en la actualidad.
Se trata de la Basílica paleocristiana citada por Prudencia y hoy se confinna también arqueológicamente que es la Basílica construída por el obispo Fidel en el siglo VI.
Se ha encontrado la planta y se conserva en gran parte la cabecera triapsidal.
J. Sánchez Palencia es asesor científico del equi po de las excavaciones del Circo Romano de Mérida, integrado en el programa de INEM que se puso en marcha a través del Ayuntamiento de Mérida.
Maria Paz García Gelabert y Guadalupe López Monteagudo han codirigido, con la colaboración de Esteban Moreno Guerrero, una campaña de excavaciones en la localidad santanderina de Rasines.
Los resultados de esta excavación se publicarán próximamente en la revista de la UNED, actualmente en prensa.
Los becarios y los ayudantes del Departamento han participado también hasta 1989 en las campañas anuales de las excavaciones internacionales en el Mont Beuvray (Francia) siendo financiados parcialmente por el CSIC.
Asímismo han participado diversos becarios del Departamento en las campañas de 1989 y 1990 de las excavaciones españolas del Foro de Roma.
Los resultados de la Investigación cod irigida por la Dra.
Asunción Vila en el citado proyecto de Tierra del Fuego han sido presentados en el Seminario «Los sistemas naturales subantárticos americanos y su ocupación humana», organizado por el CSIC y la CONICET en Madrid del 11 al 14 de Diciembre de 1990.
Finalmente el Departamento de Arqueología en co laborac ión con el Museo de Ampurias (Gerona) se ocupa de la organización de un Congreso Internacional sobre «Griegos e Iberos», el tercero de una serie de reuniones periódicas y que esta vez tendrá lugar en Ampurias, los días 3-5 de abri l de 1992.
Las Actas serán incluídas dentro de la Serie Huelva Arqueológica y serán publicadas con la colaboración de diversas instituciones (Diputaciones de Huelva y Barcelona, CSIC, DGICYT, etc.).
En Diciembre de 1989, el equipo coordinado por el Dr. Rafael Mora Torcal impartió un Seminario en el CSIC sobre «Informática aplicada a la Arqueología».
En AEspA, 63, 1990 ha visto a la luz un informe de este equipo dando noticia de una publicación que recoge en gran medida el conten ido y metod ología del citado Curso.
Los miembros del Departamento, conscientes de la nece sidad de una apertura de la investigación a la sociedad, estamos desarrollando en estos últimos años una actividad científica y divulgativa por medio de diversas exposiciones.
Son ejemplos más de co laboración con otras instituciones a las que prestamos nuestro apoyo científico.
He aquí cronológicamente una mención de estas exposiciones.
En el otoño de 1988 colaboramos en el montaje de la exposición francosuiza «La Ciudad de las Imágenes» en el Museo Arqueológico Nacional.
Fuimos Comisarios Paloma Cabrera y yo mismo.
Organizamos una Mesa Redonda y un Ciclo de conferencias.
Esta exposición se ha trasladado posteriormente en 1989 a Vitoria y a Altea. y en Mayo de 1990 a la Universidad de Alicante para finalmente, en Diciembre de este año. circu lar por la comunidad de Madrid, en el Centro Cultural del barrio de Carabanchel.
Ha colaborado en esta tarea el Departamento con la Asociación «Cultura Viva» de Madrid.
Ha sido responsable didáctico de la exposición. d ifundida fundamentalmente a través de los Colegios, el Dr. Juan Antonio Santos Velasco.
En 1991 circulará probablemenie por otros centros españoles.
Asunción Vila presentó en el Museo Arqueo lógico Nacional en el año 1989 una exposición didáctica de paneles fotográficos sobre la metodología d~l• proyecto de investigación hispano-argentino en Tierra del Fuego en el Canal de Beagle (Argentina), que acompañó un ciclo de conferencias.
El Dr. Luis Caballero ha sido Comisario de la Exposición sobre Bronces romanos en España, patrocinada por el Ministerio de Cultura y presentada en el Palacio de Velázquez de Madrid durante los meses de Mayo a Julio de 1990.
Tanto la exposición como el catálogo representan una síntesi s científica del tema y la reunión más completa de bronces romanos que ha tenido lugar en España.
Colaboraron en el equipo, mediante un contrato del Ministerio de Cultura los licenciados Fabiola Salcedo y Juan Carlos Sánchez.
Asímismo Luis Caballero ha coordinado recientemente una expos ición-pasarela, destinada principalmente a los emeritenses, sobre las excavaciones en la Iglesia de Santa Eulalia de Mérida: organizada por-la Junta de Extremadura: Diciembre 1990-enero 199 l.
La finalidad es acercar didácticamente la investigación al público más cercano.
Ofrece la novedad de ser una pasarela.
Actualmente estamos preparando una exposición sobre el tema «La sociedad ibérica a través de la imagen».
Tenemos como objetivo principal el divulgar a los centro de investigación y a la sociedad los resultados y la metodología de un programa de investigación.
Se pretende una circu lación simultánea de la exposición por España y por el extranjero.
Colaboran en el equipo Francisco Martínez Quirce, Trinidad Tortosa, Pilar lgua cel, Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa NOTICIARIO AEspA.
1991 (como licenciadas contratadas por el Ministerio de Cultura) y Angela García Blanco, Conservadora del Dpto.
Pedagógico de l Museo Arqueológico Nacional.
e) Participación en cursos de doctorado
Dentro de una política general del CSIC de entroncar y rentabilizar los resultados de nuestra investigadora con el nive l de especialización de la Universidad, algunos miembros del Departamento han impartido estos años bien un curso de doctorado bien otros cursos de especialización.
Cu rsos de doctorado: 1990, Javier Sánchez Palencia, en la Universidad de Salamanca: «Poblamiento en Castilla y León en el tránsito del mundo prerromano al romano».
M.a Paz García-Bellido, en la Universidad de Salamanca, Mayo de 1990: «La monetización de la Celtiberia».
Ricardo Olmos, en la Universidad de Alicante: «Iconografía Griega en la Península Ibérica».
Almudena Orejas y Javier Sánchez Palencia han participado en un curso del Fondo Social Europeo, conjuntamente con la Junta de Castilla y León sobre formación de técnicos en patrimonio arqueológico (Vallado lid.
En esta línea deberá discutirse también en nuestro Departamento cuál debería ser la función del CSIC a nivel de la Escue la de Postgrado, ofreciendo por ejemplo una formación específica, basada en la formación de sus especialistas, en aquellos campos que la estructura de la Universidad española no podría cubrir.
Se habla como uno de los posibles mode los el francés de l'Ecole des Hautes Études que propugnan algunos compañeros nuestros de otros Departamentos.
En estos últimos aífos la política científica del CSIC ha encauzado, de manera genera l, los diversos programas de Becas a través de los proyectos de investigación en marcha.
Se trataba pues de fonnar futuros investigadores reforzando las líneas de investigación existentes en los Departa-mentos.
Por lo general las Becas predoctorales se han planteado como Tesis.
Conocida de todos es la dificultad que entraña una continuidad en el centro de los becarios que culminan con fruto su formación en el departamento.
Esto está conllevando recientemente una restricción de las plazas de los becarios lo que se hará mucho más sensible en nuestro departamento en los próximos años.
Por otra parte, la escasez de plazas nos hará replantear en un futuro próximo una prioridad en las líneas científicas del Departamento, tema especialmente complejo y delicado si tenemos en cuenta la amplia vitalidad y diversidad de intereses científicos que hoy nos mueven.
Trabajan actualmente los siguientes becarios en el departamento:
Hasta septiembre de 1989 estuvo con nosotros el Dr. Rafael Mora Torcal especializado en la aplicación de la Estadística a la Arqueología.
Trabajó en el equipo de la Dra.
Su aporta-ció111, científica y didáctica, culminó en un seminario que, en colaboración con un equipo de Barcelona. impartió en el mes de Diciembre de 1989 sobre estadística aplicada a la arqueo logía.
Un resumen de este curso se recoge en las páginas del vol. 63 ( 1990) de AEspA.
Un especialista procedente del campo de la filología clásica, el Dr. José Joaquín Caerols, trabaja como becario postdoctoral en la documentación histórica de la Vía Sacra en Roma, integrado en el proyecto del Dr. Javier Arce.
Recientemente se ha incorporado a Roma un tercer doctor, José Antonio Santos Velasco con una beca postdoctoral del CSIC que le vincula estrechamente al Dpto. a través del proyecto de investigación de iconografía ibérica que coordino.
Su tema de investigación en Roma es: «Análisis comparativo de los modelos de transición social ibéricos e itálicos: aspectos iconográficos y de cultma material».
Becarios predoctorales: Luz Neira, que fue becaria de FP I trabaja actualmente integrada como becaria adscrita a l proyecto de los mosaicos romanos en Espafla con el tema de Tesis: «El tíasos marino en los mosaicos Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa
Otras Tesis doctorales dirigidas
M.a Paz García-Bellido dirige las siguientes Tesis:
Cruces Blázquez, «La circulación monetaria altoimperial en la Vía de la Plata».
Juan Antonio Matador: «La iconografía de Hércules en la moneda hispánica».
Manuel Asorey: <<Las relacione s iconográficas entre la moneda africana y la de la Bética».
Elena Martín Arrnand, «La iconografía de las divinidades femeninas en la moneda antigua de Hispania».
Luis Caballero dirige las siguientes Tesis: María Mariné «Fíbulas romanas en la Meseta Norte».
María Angeles Sánchez, «Cerámicas comunes itálicas en la Bética».
Luis Javier Balmaseda, <<Escult ura decorativa de época visigoda en la Meseta Norte».
Ricardo Olmos dirige las siguientes Tesis: María Luisa Gutiérrez (codirigida con Alberto Bernabé).
«La Cerámica de paestum en el Museo Arqueológico Nacional.
Análisis Iconográfico y Mitográfico».
Carmen Sánchez: «El Comercio de cerámicas griegas en Andalucía Oriental en los siglos v y IV a. de C.». que será defendida en la Universidad Complutense en Junio de 1991.
Para las tesis dirigidas por los Dres.
Javier Arce y el Dr. Javier Sánchez Palencia cf. los apartados anteriores.
La revista AEspA es el principal medio de difusión de la activ idad científica del Departamento.
Se remodeló su Comité de Redacción en el año 1987, siendo Director de la Revista y Secretario de la misma. respectivamente Ricardo Olmos y Javier Sánchez Palencia.
Se propuso asímismo un Comité Asesor con especialistas de España y de Europa en los principales temas que afecta n al ámbito de la revista.
Finalmente, en 1989, se ha reestructurado el Comité de Redacción siendo Director Luis Caballero y conti nuando como Secretario Javier Sánchez-Pa lencia.
En el ed itorial del número 61 ( 1988) propusimos los nuevos objetivos y los límites de la revista: preferencia de los temas arqueológicos del ámbito peninsular sin que implique una visión localista o provincia lista; una limitación crono lógica al mundo antiguo -de la protohistoria a la arqueología visigoda-; una preferencia hacia la vertiente arqueológica de los temas pues la historia antigua cuenta con otros diversos cauces de expresión en revistas especializadas; un rechazo a trabajos de arqueología acumulativa o puramente descriptiva pero sin rechazar en el Noticiario la relación sobre hallazgos puntuales por su relevancia, siempre que el dato aislado se acompañe de una perspectiva amplia o de enfoques innovadores.
Y, sobre todo, un Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa NOTICIARIO AEspA, 64, 1991 deseo de incluir estudios con nuevos enfoques teóricos. metodológicos o técnicos.
La revista desea asímismo desde entonces incorporar la discusión y la pluralidad de puntos de vista contrastando opiniones de especialistas que pueden incorporarse conjuntamente en las mismas páginas.
Los artículos además suelen someterse a revisión enviándolos a especialistas.
Todo ello requiere un esfuerzo considerable cuyos frutos posiblemente deberán analizarse con una mayor perspectiva en los futuros años.
Por el momento sí podemos constatar que se ha creado una cierta expectativa e incluso este nivel de exigencia ha conducido tal vez en algún caso a una callada polémica y hasta un descenso en el número de originales que recibimos.
¿Existe realmente hoy una amplia producción científica de arqueología clásica en España? sería una de las preguntas que ante los re- sultados de nuestras revistas y, en concreto, de AEspA deberíamos formulamos.
No puede ser éste el momento de analizar a fondo un tema tan complejo en el que intervienen también otros factores externos que condicionan el panorama de nuestra revista como es la paralela existencia y multiplicación de otros cauces de edición y de otras revistas españolas y europeas sobre temas de arqueología.
Queda sugerido aquí también como tema de discusión en el debate.
Junto con AEspA, indicamos además las publicaciones de estos dos últimos años vinculadas al Opto.
Primero las publicaciones de Anejos.
El vol. IX, de 1988, recoge las actas de los Estudios sobre la Tabula Siarensis, de la que son editores científicos Julián González y Javier Arce.
El vol. X, de 1989, de Guadalupe López Monteagudo: Esculturas zoomorfas celtas de la Península Ibérica.
El vol. XI, próximo a aparecer, de Ramón Járrega: Cerámicas finas tardorromanas y del Mediterráneo oriental en España.
Un estado de la cuestión.
Se trata de una puesta al día del late Roman Pottery de Hayes, aplicándolo a España.
En 199 l entrará en prensa, como vol. XII, El Coloquio sobre Teseo y la Copa de Aison.
Un Ji. brito didáctico, destinado al gran público, con los resúmenes de las ideas vertidas en este Coloquio, a cargo de Alberto Bemabé, Paloma Cabrera y Ricardo Olmos, será publicado próximamente por Ediciones Clásicas.
Entre otras publicaciones promovidas por el Departamento debo citar el libro «Arqueología», dentro de la Serie «Nuevas Tendencias» del CSIC coordinado por la Dra.
Asunción Vila que se publicará en 1991 con la colaboración tanto de especialistas del propio departamento como de otros especialistas vinculados o relacionados con actividades y enfoques científicos que buscan una innovación en la metodología arqueológica.
No cito aquí aquellas muchas otras publicaciones de nuestra actividad científica que tienen lugar fuera del ámbito estricto del CSIC.
Finalmente. la Biblioteca, el instrumento científico hoy probablemente el más importante del Departamento.
No es éste un tema fácil y en una gran medida resulta aquí inevitablemente doloroso el referirse a él.
Se han acentuado durante los dos últimos años los problemas de la Biblioteca que se pueden resumir en dos puntos: una pésima distribución del espacio y carencias de personal.
En el mes Diciembre de l 990 ha estado prácticamente cerrada y sin atención al lector durante las mañanas.
Para colmo de desdichas María Luz Marco, que había llevado la biblioteca del antiguo Instituto durante muchos años deja de prestamos su trabajo al Departamento en el mes de Enero de 1990 para incorporarse a la Escuela del CSIC en Roma.
Continúa con nosotros Juana Sánchez Ortín, prestándonos su inestimable dedicación pero asumiendo ahora ella sola un trabajo ímprobo que antes compartían dos personas.
Se han adquirido de libros por un volumen aproximado de 2400000 pts. sin incluir los donativos y los intercambios que se establecen a través de nuestras publicaciones.
En 1990 se han adquirido aproximadamente unos 450 libros sin contar intercambios, libros para recensión y revistas.
Licencia Creative Commons Attribution (CC-by) España 3.0 http://aespa.revistas.csic.es/index.php/aespa AEspA.
Las actividades que brevemenle hemos reseñado muestran algunos aspectos de un Departamento que ha experimentado un crecimiento considerable en estos últimos años y que desarrolla una pluralidad de actividades y proyectos de muy diversa índole.
Es cierto también que esta vitalidad, ciertamente tan positiva, esconde paralelamente no pocos problemas de adaptación y de ajuste que implican, sobre todo, una búsqueda o coordinación de objetivos dentro del espectro común de nuestro campo en su multiplicidad de facetas.
Es cierto que, en una gran medida, han servido como trasfondo de nueva vida científica en eslos dos años los tanteos aludidos en el replanteamiento de una búsqueda de identidad.
Se ha tratado de redifinir, tal vez sin lograrlo, la actividad de un departamento como el nuestro, heredero de un peso y de una tradición histórica considerable, en el marco de múltiples factores científicos y sociales.
Ha debido ajustarse, primero, su actividad con el desarrollo paralelo de un Instituto igualmente complejo, el Centro de Estudios Históricos, al que pertenecemos desde la reestructuración del año I 984.
A ello se ha añadido, ya desde un punto de vista más estrictamente científico, la evolución y complejización de la arqueología, la pervivencia de los antiguos modelos junto la pluralidad y diversidad de los enfoques y concepciones actuales de la arqueología y de la historia.
Y, finalmente, todo ello se ha insertado dentro de la evolución general, y hasta institucional, que nuestra sociedad está experimentando en su relación con la investigación científica en España y, muy en especial, con el futuro de las humanidades.
Ello se ha manifestado en múltiples vertientes: bien en nuestra relación con la demanda de la sociedad; bien en nuestra voz dentro de ella; o en la oferta que parte de la misma sociedad y que, en definitiva, se reflejará en la futura e incierta creación de nuevos puestos de 1rabajo de investigación en nueslros ámbitos.
Todo ello no hará sino suscitar nuevos ternas de reflexión en el curso de estos próximos años.
Junto con la exposición llevada a cabo de nuestras actividades, sirvan hoy pues además estas páginas, como un planteamiento de cuestiones y problemas a los que paulatinamente habrá que ir buscando luz, mediante la reflexión y la discusión común, en nuestra tarea de investigación futura.
Jefe del Departamento de Historia Antigua y Arqueología «Rodrigo Caro» del C.E.H.
Y a finales de 1989, el Dr. Ja- vier Arce, anterior Jefe del Departamento, fue nombrado director de la Escuela de Historia y Ar-. queolgía del CSIC en Roma, por cierto, un Insti- tuto que en una gran medida, en este campo de la arqueología y de la historia antigua, ha venido sir- viendo como una apertura o |
LA BASE DE DATOS DEL ARCHIVO BEAZLEY
(Coordinada por D. C. Kurtz, Beazley Archivist La base de datos es un importante proyecto..de investigación del Archivo Beazley que pertenece a la Universidad de Oxford, y se encuentra en el Ashmolean Museum.
Desde 1970, fecha en que fue instalado en el museo, su objetivo ha sido servir a la comunidad internacional de eruditos y mecenas de las artes interesados por el arte griego clás ico y la arqueología.
Acoge a especialistas extranjeros y procura ayudarles en sus investigaciones.
Con este espíritu de servicio internacional, e l Archivo ha construído su base de datos de vasos atenieneses pintados con figuras rojas y negras, de los siglos VII al IV antes de Cristo, disponibles «en línea» en Europa y Norteamérica.
En el verano de 1990, la base de datos, que ocupa más de 45 MB del ordenador central de la Universidad, y que documenta más de 34.000 vasos, se unió a las redes de comunicaciones internacionales para redes de investigación académica de Europa (X. 25) y América (estación Nsfnet), qu~ permiten a los especialistas ejecutar búsquedas de datos de manera rápida y económica.
Aquellos que aún no tienen acceso a dichas redes de ordenadores pueden continuar solicitando información mediante fax o por correo, como tantos eruditos lo han hecho en el pasado.
Hay un pequeño gasto por el envío de documentos impresos, que depende de la cantidad de datos gene rados por la búsqueda que se ha solicitado.
La base de datos relacional contiene diez tablas de categorías (Técnica, Forma, Encontrar lugar, Recogida, Fecha, Tema, Inscripciones, Firma, Artista y Publicaciones) que pueden buscarse combinándolas de cualquier forma.
Dado que las figuras pintadas en estos vasos proporcionan más información sobre la Atenas arcaica y clásica que cualquier otra forma artística conservada, la documentación que contiene la base de datos posee un valor considerable también para especialistas de la mitología, sociedad y religión de la Grecia antigua, así como para especialistas de la historia del arte de ~rfodos posteriores interesados por la iconografía clásica.
En 1979, cuando comenzó el proyecto de la base de datos. la documentación estaba concentrada en vasos que habían sido ilustrados en publicaciones pero no catalogados en las obras de Sir John Beazley.
En la segunda etapa de la documentación se incorporaron estos cerca de 60000 «vasos Beazley».
Es ya una de las más grandes del mundo de las artes, y una de las pocas disponibles «en línea» internacionalmente.
Este acceso directo, tan poco habitual, es más apropiado que la venta come rcial de la base de datos en CD ROM. porque la cantidad de datos aumenta cada día.
La tercera etapa de la documentación es la incorporación de imágenes de fotograñas y dibujos de los vasos ya introducidos en el ordenador.
Dicha etapa comenzará en cuanto se recauden fondos para el equipo necesario.
Esta nota tiene el objeto de informar a los especialistas de los servicios del Archivo.
Para más información, deberán dirigirse al Archivo Beazley, Ashmolean Museum.
Para seguir prestando este servicio, lo cual se viene haciendo hace veinte años, y para ampliar su capacidad de actuar corno un centro internacional de recursos, el Archivo Beazley ha hecho una petición pública de 250000 libras, que se destinarán a equipos informáticos, espacio adicional de oficinas, y puestos de trabajo.
Se anima calurosamente a todos aquellos especialistas, coleccionistas y comerciantes que aprecien los servicios que ofrece el Archivo a que respondan al llamamiento del Archivo Beazley.
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Una excavación de urgencia realizada en 2014 descubrió en la identificada como colonia romana de Ituci (Torreparedones, Baena, Córdoba) los restos de la cámara de una tumba monumental, datada en los inicios del Imperio romano, así como elementos de su ajuar funerario.
La cámara era similar a la denominada tumba de los Pompeyos, de la misma Torreparedones.
Se reutilizaron en su construcción bloques pétreos procedentes de -al menos-otra tumba monumental más antigua, en forma de edícula abierta, con decoración en relieve al exterior, de época tardorrepublicana.
Some of the stone blocks were reused in its construction -an less another-of an older monumental tomb in the form of open aedicule, decorated outside with relieves of Late Republican times. * Trabajo realizado en el marco de los proyectos I+D+i del Ministerio de Economía y Competitividad de España (cofinanciado con Fondos FEDER) HAR2013-42078-P, "Proyecto Marmora.
Innovaciones en el estudio arqueológico y arqueométrico de los marmora en la Baetica: Arquitectura, escultura, epigrafía"; y HAR2012-37405-C04-03, "Roma, las capitales provinciales y las ciudades de Hispania romana: Difusión de modelos en la arquitectura y el urbanismo romanos.
Subproyecto Corduba e Ituci".
El actual parque arqueológico de Torreparedones (Baena, Córdoba) (Morena 2012) corresponde a uno de los yacimientos arqueológicos más importantes de España, por los restos que musealiza, así como uno de los más activos3, por los trabajos ininterrumpidos que se han llevado a cabo en él durante los dos últimos lustros, impulsados por el Ayuntamiento de Baena y su Servicio Municipal de Arqueología.
Fue declarado Bien de Interés Cultural, con la categoría de Zona Arqueológica, por la Junta de Andalucía, según Decreto 266/2007, de 16 de octubre (BOJA, n.
Localización del yacimiento de Ituci, Torreparedones, Baena, provincia de Córdoba.
situado en la campiña cordobesa, en el límite entre los términos municipales actuales de Baena y de Castro de Río (Fig. 1).
El inicio del asentamiento humano en el lugar arranca en la Prehistoria reciente, en torno a mediados del iv milenio a.
C., continuándose en época protohistórica, con un destacado oppidum ibérico, y época histórica, con la constitución de la ciudad romana; tras los momentos poco documentados de la tardoantigüedad, se constata su renovada presencia desde el alto Medievo hasta la Edad Moderna, con hitos como el castillo de Castro el Viejo, desde el siglo xiii, o la ermita de las Vírgenes, del siglo xvii (Márquez et alii 2014).
Nos interesa especialmente en esta ocasión el período romano y, más en concreto, los momentos intermedios entre la época republicana e imperial, cuando se constituye la colonia romana de Ituci Virtus Iulia, durante el principado de Augusto (Ventura 2014; cfr. addendum).
Las labores de acondicionamiento en el entorno del yacimiento en una parcela sembrada de olivos y situada al NE del recinto amurallado pusieron en evidencia, en el año 2014, la existencia de restos muy destruidos de una tumba monumental (monumentum) que formaría parte de la necrópolis septentrional de la ciudad romana (Beltrán 2014a) (Figs.
Se llevó a cabo una intervención de seguimiento arqueológico en el verano de ese mismo año, dirigida por uno de los firmantes, de cuyos resultados extraemos los datos para llevar a cabo este trabajo4.
Por otro lado, no hay que olvidar que precisamente en el ámbito funerario romano de Torreparedones contamos con el descubrimiento excepcional, en 1833, en esa misma necrópolis norte de Ituci, de la llamada tumba de los Pompeyos (Beltrán 2000a; Beltrán et alii 2010).
Esta estructura funeraria se soterró poco tiempo después de su descubrimiento, pero recientes trabajos de prospección geofísica han permitido plantear una probable hipótesis de localización (Fig. 4), en función también de los datos que se refirieron en el siglo xix, en concreto un croquis elaborado en 1839 por Aureliano Fernández-Guerra (Morena 2010)5 (Fig. 5).
DOS NUEVOS MONUMENTA DE LA NECRÓPOLIS NORTE DE TORREPAREDONES (BAENA, CÓRDOBA) Figura 2.
Localización de las estructuras excavadas en el yacimiento itucitano, según Arqueocad (dibujo Diego Gaspar).
Panorámica de la necrópolis septentrional de Ituci, desde el Este: 1.
¿Mausoleo de los Pompeyos?.
Además, en fecha mucho más reciente, en 2011, con motivo de los trabajos previos a la construcción del centro de recepción de visitantes de Torreparedones se ha excavado buena parte de la necrópolis oriental itucitana, a la que asimismo nos vamos a referir más adelante, para llamar la atención sobre los mausoleos familiares asimismo documentados en ese sector del yacimiento 6.
Croquis del yacimiento de Ituci en 1834, dibujado por A. Fernández-Guerra (Colección Emilio Miranda).
Resultado final de la excavación de las estructuras funerarias; vista desde el norte (fotografía J. A. Morena).
En relación a la tumba que estudiamos ahora, en el marco de la intervención arqueológica de 2014 se pudo constatar, efectivamente, el gran deterioro de la construcción funeraria, fruto no sólo de los efectos negativos de la plantación de un olivo hace unos 25 años, sino de la destrucción y saqueo antiguos, lo que se advierte en la ausencia de la mayor parte de urnas y ajuares, escasamente representados.
Finalmente, en este lugar concreto el terreno buza claramente en sentido sur-norte, por lo que la estructura funeraria se había deslizado y volcado en ese sentido como consecuencia de un corrimiento de tierras, provocando que la mayor parte de los elementos estuvieran desplazados, conservando sólo prácticamente in situ parte del pavimento original de la tumba.
Sin embargo, la constatación de mayor interés arqueológico que pudo establecerse fue que en la construcción de este monumentum (tumba n.
1) se habían reaprovechado sillares y otros materiales constructivos de -al menos-otra construcción anterior asimismo de carácter funerario (tumba n.
Correspondían los bloques pétreos a un tipo de caliza de color blanco, blanda, que originalmente -en aquellos sillares en los que lo disponían-se habían unido mediante grapas seguramente de plomo de las que se conservaban las mortajas en forma de Y en cada uno de los sillares, que iban unidos por la base, constituyendo en cada caso grapas de doble Y. Algunas de ellas se reaprovecharon en el pavimento de la tumba n.
1, sin que tuvieran ya funcionalidad las mortajas referidas y faltando en todos los casos las grapas metálicas, que debieron ser amortizadas antes del reaprovechamiento de los materiales pétreos.
En otros casos los bloques o fragmentos reutilizados o recuperados en niveles de relleno presentaban relieves en algunas de las caras, lo que nos ha permitido llevar a cabo una propuesta de reconstrucción asimismo del monumentum más antiguo, que fue reutilizado parcialmente para la DOS NUEVOS MONUMENTA DE LA NECRÓPOLIS NORTE DE TORREPAREDONES (BAENA, CÓRDOBA) Figura 7.
Planta final de las estructuras funerarias excavadas en 2014, con indicación de las U(nidades) E(stratigráficas), según Arqueocad (dibujo Diego Gaspar).
Resultado final de la excavación de las estructuras funerarias; vista desde el este, con indicación de las UUEE (fotografía J. A. Morena).
construcción del más reciente.
Pasamos, pues, a la descripción y análisis de ambos monumenta desde el punto de vista de su tipología y cronología.
El resultado final de la excavación denota el alto grado de deterioro de la tumba más reciente (Fig. 6).
En la planta -como se dijo-se advierte in situ sólo un sector del pavimento original de la cámara funeraria (Figs.
7 y 8, UE 25), formado por lajas (algunas de ellas reutilizadas), así como los primeros bloques que conformaban el arranque de las paredes internas de la cámara en las caras norte, este y sur (UE 11,12,15 y 22).
No se delimitan las caras externas de las paredes de la cámara (si es que iban careadas a este nivel, que seguramente no lo estaban), pero sí la gran fosa que se abrió en el terreno para su construcción, en las caras este, sur y oeste (UE 20).
Precisamente del muro norte, conservado in situ sólo en su primera hilada (UE 15), se reconocieron los bloques de las hiladas siguientes que están volcadas y desplazadas hacia el norte (UE 19), siguiendo el buzamiento del terreno.
Asimismo se reconocieron (en las caras norte, este y sur de los muros) grandes losas rectangulares desplazadas de su lugar original a otros puntos (UE 9, 16 y 13), pero que tenían una similar moldura, muy saliente, con sucesión de caveto, cimacio recto y listel 7 (Fig. 9a).
Por las marcas dejadas asimismo en la superficie plana superior de esos bloques se deduce que el salien-7 En concreto la marcada como UE 9, fragmentada en dos piezas, tenía unas dimensiones totales de 1,16 m de longitud, 0,50 m de anchura y 0,19 m de altura; en la parte derecha presentaba un corte en bisel que le permitía su adecuación a la losa repisa UE 16, con un bisel similar.
La UE 13, asimismo fracturada en dos fragmentos, tiene 1,45 m de longitud, 0,55 m de anchura y 0,19 m de altura; también presenta un bisel en su lado izquierdo, para acoplarse a la UE 16 por ese lado.
Figura 9. a: Perfil de la moldura de la repisa de la cámara sepulcral de la tumba n.
1; b: Perfil de moldura del basamento de la tumba n.
2; c: Perfil de moldura de la cornisa del cuerpo inferior de la tumba no 2.
Según Arqueocad (dibujo Diego Gaspar).
te se corresponde con una repisa en esa parte superior, con una superficie saliente de 0,33 m, a partir de la que apoyarían el resto de bloques que conformaban la continuación de las paredes de la cámara por encima de la cornisa.
En ese saliente o repisa se colocarían las urnas funerarias y, seguramente, parte de los ajuares correspondientes.
Este sistema de repisa moldurada es similar con el que se dispuso asimismo en la cercana tumba de los Pompeyos.
En efecto, en los dibujos de secciones (N-S y E-O) de esta tumba, elaborados por Fernández-Guerra en 1834 se aprecia la existencia de una repisa moldurada sobre la que se colocaron las urnas, que ocupaba totalmente las caras norte, este y sur y, parcialmente, la oeste, donde se situaba la puerta de entrada a la cámara sepulcral, cubierta con un arco de medio punto adovelado, según se advierte asimismo en el dibujo de la planta de la cámara del mismo autor (Maier y Beltrán 2010: 254).
De la parte superior de la cámara de la tumba que analizamos en esta ocasión apenas quedan restos materiales y no es posible determinar la solución que adoptaría.
Sólo quedan in situ varios bloques de piedra de caliza blanca en el muro sur (UE 8), bien escuadrados; el bloque más occidental tiene dos mortajas para grapas de plomo en forma de "Y" en sus lados sur y oeste, tratándose de una pieza reutilizada.
Al muro norte de la parte superior de la cámara corresponderían otros bloques de caliza (UE 19), ya citados, desplazados por el deslizamiento del terreno pero que debieron apoyar en ese sector norte de la repisa (UE 13).
Desde el punto de vista constructivo podemos constatar, pues, que tras la excavación de la gran fosa fundacional se dispuso el pavimento de grandes losas y se delimitó una cámara sepulcral de planta rectangular, con los lados mayores orientados en sentido SE-NO y con unas dimensiones aproximadas de 2,30 m de longitud y 1,40 m de anchura en el interior de la cámara, sin poderse constatar la anchura exacta de los muros.
Esas dimensiones interiores se deducen de las longitudes de la repisa, que rodeaba al menos las caras norte, este y sur de la cámara.
Es por ello que pensamos que lo más lógico es que la entrada a la cámara se situara en la cara oeste, aunque no se han conservado elementos evidentes que se le pueda adjudicar, como por ejemplo dovelas de un posible arco de medio punto, según advertimos en el paralelo de la tumba de los Pompeyos8.
Asimismo, seguimos este paralelo tan cercano para situar la altura de la repisa -que en ningún caso se conserva in situ-, a una altura hipotética de 0,66 m desde el pavimento.
A manera asimismo hipotética se plantea el desarrollo de la continuación de los muros desde la repisa y la cubierta interna, bien mediante una cubierta plana -como se documenta en algunos de los mausoleos de la misma necrópolis occidental de Ituci-o bien como bóveda de medio cañón -según de nuevo se establecía en la tumba de los Pompeyos (Fig. 10).
Otra cuestión sería la existencia o no de un segundo cuerpo, así como la cubierta, de los que no parece quedar ningún elemento, a no ser que consideremos la hipótesis que se expondrá en el siguiente apartado 4.
Como se ha advertido, no es mucha la potencia arqueológica documentada en el desarrollo de la intervención arqueológica, como fruto de la importante destrucción del monumento.
Sin fijarnos por ahora en los rellenos de la fosa de cimentación (UE 20), en el interior de la cámara se identificaron varios estratos, algunos sin alterar desde el momento del saqueo, pero otros (los más superficiales) afectados por diversas remociones, que llegan hasta la actualidad en relación con la explotación del olivar9.
A estratos sin alterar corresponden las UE 5 y 6, que presentan materiales fruto del momento de expolio de la tumba, que debieron formar parte de las urnas cinerarias y de sus ajuares, aunque -como se ha dicho-estuvieran en posición secundaria.
Así, en la UE 6 se recuperaron dos tapaderas de piedra caliza pertenecientes a la cubierta de sendas urnas del mismo material que no se conservan.
Una de ellas está completa (Fig. 11), es de forma rectangular y presenta la parte superior de forma curva, con sendos resaltes en las caras cortas; en la parte inferior tiene un rebaje para encajarla con la parte superior de la urna10.
La otra (Fig. 12) corresponde a un fragmento de tapadera de piedra caliza, partida aproximadamente por la mitad y con un rebaje similar a la anterior11.
Se trata, pues, de las características urnas en piedras locales propias de las necrópolis de la Hispania meridional en momentos tardorrepublicanos ), actualmente en poder público de la Junta de Andalucía: se trata de un conjunto muy amplio de yacimientos urbanos romanos de las actuales provincias de Jaén, Córdoba y, sobre todo, de Sevilla (Beltrán 2014b).
En relación a las urnas de piedra establecimos una tipología según la forma de la caja, siempre cuadrangular y que se asocian a diversas variantes de tapaderas: a) urnas en forma de caja plana, 1. con tapadera plana, 2. a doble vertiente y 3. a doble vertiente y con pulvinos redondeados; b) en forma de caja con patas, 1. con tapadera plana, 2. a doble vertiente, 3. a doble vertiente y con pulvinos redondeados y 4. con tapadera curva y con pulvinos redondeados; c) urnas en forma de caja con patas y biseles, 1. con tapadera plana, 2. a doble vertiente, 3. a doble vertiente y con pulvinos redondeados, 4. con tapadera curva y con pulvinos redondeados y 5. con tapadera curva (Beltrán Fortes 2014b: 195-200).
Las dos tapaderas de la tumba que analizamos correspondían, pues, a esta habitual tipología de urna funeraria que en la propia Ituci se documenta en la necrópolis oriental, en donde se ha indicado que asimismo de los grandes monumenta expoliados "se han recuperado restos de las tapaderas de las cistas o cajas de piedra" (Tristell y López Flores 2014: 111-112), de DOS NUEVOS MONUMENTA DE LA NECRÓPOLIS NORTE DE TORREPAREDONES (BAENA, CÓRDOBA) contabilizamos hasta tres ejemplares, de diversas dimensiones (Beltrán 2010: 138), pero que se asignan mejor al tipo V de la clasificación cordobesa referida, con concretos paralelos en la necrópolis del Camino Viejo de Almodóvar (García Matamala 2002: 285-288, fig. 9, láms.
Deben interpretarse, pues, estas urnas itucitanas de la nueva tumba como una producción propia, seguramente elaboradas en un taller de la misma Ituci, pero que responden a modelos regionales, que encuentran sus precedentes formales en la cerámica prerromana, de la que conservan aún esa típica decoración pintada en bandas de tradición indígena, pero producidas ya en época romana15.
A los ajuares de estos enterramientos habría que adjudicar diversos materiales de cerámica y vidrio recogidos en ese mismo estrato (UE 6), algunos más o menos completos y otros de los que sólo se han conservado algunos fragmentos 16.
Es el caso de varios ungüentarios de cerámica; dos están completos, aun-Figura 15.
1; inferior: Parte superior de urna cerámica pintada; centro: Fondo de vaso de terra sigillata marmorata; superior: Vaso cerámico de paredes finas (dibujo E. Conlin).
También de los niveles amortizados en el interior de la cámara de la tumba que estudiamos proceden diversos materiales arqueológicos que pueden interpretarse tanto como urnas funerarias cerámicas, como elementos de los ajuares asociados.
Así, procedente de la UE 6, se puede reconstruir buena parte del cuerpo de una urna cerámica de cuerpo globular u olla, a la que le falta el cuello y el borde, y que dispone de dos pequeñas asas en el centro de la panza, mientras el fondo, sin pie, dispone de un rehundimiento en forma de ónfalo 13 (Figs.
Es singular la decoración situada en la superficie exterior mediante pintura de color rojo dispuesta en dos anchas franjas horizontales entre las que se han dibujado series de semicírculos y líneas sinuosas verticales, mientras que en la parte superior se suceden en paralelo estrechas líneas rectas; las asas también están pintadas con series de líneas paralelas.
De otra urna de similares material y tipología se conserva sólo parte del hombro, del cuello corto y recto y del borde pequeño exvasado 14 (Fig. 15, inferior); la decoración pintada en rojo corresponde -de abajo a arriba-a una franja ancha (similar a la superior que veíamos en la pieza anterior) y a cuatro líneas estrechas, que se completan por encima con otra ancha franja roja hasta el inicio del cuello; éste permanece sin pintura, que sí delimita el borde por el exterior.
Ambas piezas pertenecen a la misma tipología y tienen dimensiones muy similares, pero serían efectivamente dos ejemplares diferentes.
Parecen corresponder en el perfil del cuerpo al tipo IV de la clasificación de las urnas cerámicas de perfil globular y pintadas, realizada para el caso de Corduba por García Matamala (2002: 283-285 que fragmentados, y son de la misma tipología, con pie recto, cuerpo piriforme, más o menos desarrollado, largo y estrecho cuello y borde exvasado; el borde y casi el cuello en su totalidad está cubierto por un engobe rojo.
Uno, de menores dimensiones, mide 6,8 cm de altura y tiene un diámetro en la base de 2 cm y en la boca de 1,8 cm (Figs.
17 izquierda y 18), mientras que el otro mide 10 cm de altura y tiene un diámetro de 2,5 cm. tanto en la base como en la boca (Figs.
Otro ungüentario, en este caso de vidrio, presenta un perfil similar, aunque el fondo es más curvo y le falta -por fractura-parte del cuello y el borde 17 (Figs.
Se trata de piezas muy frecuentes en contextos funerarios como parte integrante del ajuar, según se testimonia asimismo en el sur hispano (Beltrán 2014c).
Los ungüentarios cerámicos corresponden a la forma Oberaden 29, fechada entre la segunda mitad del siglo i a.
17 Mide 8 cm de altura conservada y tiene un diámetro en la base de 4,5 cm. el siglo I d.
C. ante la preferencia de las piezas de vidrio.
Precisamente están documentados también en el ajuar de la tumba de los Pompeyos, en la propia necrópolis septentrional de Ituci (Beltrán 2010: 139).
En un territorio próximo, se ha datado su uso entre los reinados de Augusto y Tiberio en el yacimiento de La Mocha, en Cerro Muriano (Penco y Moreno 2000: 262), mientras que en Corduba tienen una datación de época de Claudio en la necrópolis de La Constancia (Vaquerizo et alii 2005: 91-92) y están presentes en el ajuar asociado a un sarcófago de plomo, datado a finales del siglo ii d.
El ungüentario de vidrio, de perfil piriforme y cuello cilíndrico y alargado, corresponde a la forma Isings 28a (Isings 1957: 42), una de las formas más comunes entre el vidrio romano, que sufrirá una continua evolución durante los primeros siglos de nuestra Era; poco a poco el color verde-azulado se impondrá y la división entre el cuello y el galbo, al principio muy marcada, se suaviza.
La datación puede situarse entre las época claudio-neroniana y flavia, documentándose en Corduba tanto en la segunda mitad del siglo I d.
Recuperados en el estrato UE 5 podemos destacar varios fragmentos de un mismo vaso de cerámica de paredes finas y un fragmento de terra sigillata marmorata 18.
Los fragmentos de borde y galbo de cerámica de paredes finas, corresponden posiblemente a la forma Mayet XXXVII, con decoración arenosa salvo una franja bajo el borde y engobe de color ocre (Fig. 15, superior).
Estas piezas aparecen con Tiberio-Claudio y llegan hasta los flavios.
Se trataría de una producción local y sería la mejor representada entre los ajuares de las necrópolis béticas, siendo su producción intensa a partir de Tiberio y especialmente durante la de Claudio (López Mullor 2013: 189) de la forma XXXIII (Vargas y Moreno 2002Moreno -2003: 212, fig. 3): 212, fig. 3).
En Mérida se ha podido precisar el inicio de las cerámicas de paredes finas, especialmente de las formas XXXIII y XXXVII, en la década de los años 50-60 d.
C., alargándose su producción de forma espectacular hasta comienzos del siglo ii d.
C. y decayendo a mediados de dicha centuria (Bustamante 2011).
Aparte de un borde de terra sigillata itálica, de la forma Consp.
26, con una cronología centrada en la época de Tiberio-Claudio, debemos destacar el ya referido fragmento de terra sigillata marmorata sudgálica, perteneciente a la base de una posible forma Drag.
18, con restos del sigillum (ilegible), fechable en período claudio-neroniano (Fig. 18, centro).
Corresponde a un tipo cerámico presente en toda la Península Ibérica, pero en reducidas cantidades y en porcentajes siempre inferiores a las importaciones de las piezas de barniz de color rojo procedentes de los mismos talleres de fabricación, sobresaliendo las formas lisas sobre las decoradas y siendo las formas más comunes las Drag.
15/17 y 18, como ocurre en Augusta Emerita, donde serían adquiridas por los individuos de mayor poder adquisitivo (Pérez Maestro 2004), recuperándose en algún caso en ambientes funerarios, como en los llamados columbarios de Mérida (Bendala 1972: 252).
También de contextos funerarios se documentan en la necrópolis de Gades (Muñoz y Perdigones 1990).
Se trata de materiales arqueológicos en parte similares en ambos estratos de colmatación del interior de la cámara sepulcral, que deben responder al momento de saqueo, efectuado posiblemente en época tardoantigua o incluso en momentos posteriores, y su consiguiente abandono.
Es significativa la ausencia de cualquier elemento perteneciente a las cajas de las urnas pétreas que se situarían en la parte superior de la repisa que mencionamos.
Finalmente, entre los materiales recuperados en uno de esos estratos (UE 5) debemos hacer especial mención de un testimonio escultórico excepcional: se trata de una figura antropomorfa elaborada en piedra caliza local, tallada de manera muy esquemática y algo tosca, de sección semicircular, con la parte trasera recta y base plana.
En la parte inferior se aprecian dos incisiones paralelas que recorren la base de derecha a izquierda, mientras que en la parte superior parecen advertirse parte de los brazos.
Por rotura en la parte superior le falta lo correspondiente a la cabeza19 (Fig. 19).
Lógicamente la pieza se debe relacionar en principio con la importante serie de exvotos recuperados en el contexto del santuario extraurbano de la misma Ituci dedicado a la Dea Caelestis20 (adosado en el extremo sur de la muralla), aunque es evidente que cumpliría una función sepulcral.
A pesar de que esta figura antropomorfa hubiera sido producida con forma y estilo similares a los de los exvotos y seguramente en uno de los mismos talleres locales, su empleo y función fueron diferentes.
De hecho, conocemos la existencia también de otra de estas representaciones escultóricas antropomorfas de similares características que fue recuperada en las excavaciones de una de las tumbas de la necrópolis oriental de este mismo yacimiento de Ituci (que reproducimos infra), aunque permanece inédita; se encuentra asimismo fragmentada y conserva en este caso la cabeza y la parte superior del cuerpo.
Esa función sepulcral de ambas piezas hace inevitable la referencia al controvertido caso de los llamados "muñecos" de la necrópolis de Baelo Claudia (Bolonia, Cádiz), tal como fueron denominados por sus excavadores en los inicios del siglo xx y vinculaban con el mundo púnico del norte de África 2.4.
Valoración tipológica y datación de la tumba n.
1 Dos apartados principales a tener en cuenta en la valoración de las estructuras correspondientes a la que hemos denominado como tumba n.
1 son el de la tipología y la datación del monumentum, que van unidos.
Para lo segundo hemos de tener en cuenta que no se recuperaron materiales arqueológicos en los rellenos de la fosa de fundación (UE 20), que fue abierta sobre el terreno geológico (UE 18) para la construcción de la tumba, por lo que no contamos con esos indicadores cronológicos.
Habría que incidir, por un lado, en las características tipológicas de la tumba para llegar a proponer el momento de construcción y, por otro lado, en los materiales arqueológicos recuperados en los estratos de colmatación de la cámara sepulcral (es decir, UUEE 5 y 6), que hemos analizado ya, para establecer el período de uso de la estructura arquitectónica.
Con respecto a lo primero, ello se hace asimismo difícil por las lagunas que derivan del gran deterioro de la arquitectura de la tumba, que hace que sólo hayamos llegado a propuestas hipotéticas de restitución (supra).
A pesar de todo, es justo concluir que los mejores paralelos tipológicos se encuentran en la propia Ituci, en la ya referida tumba de los Pompeyos, de la misma necrópolis norte, y en algunos de los siete monumenta altoimperiales de la necrópolis oriental.
No obstante, de la primera sólo tenemos también una hipótesis de reconstrucción a partir de las descripciones y dibujos del momento de su descubrimiento, en la década de 1830, y de las segundas -descubiertas en el marco de una excavación científica en el año 2011-no se ha publicado la memoria de estudio, y sólo conocemos un breve avance (Tristell 2012; Tristell y López Flores 2014), aunque podemos conocer las estructuras exhumadas y conservadas actualmente.
Así, de la tumba de los Pompeyos -un mausoleo familiar-llevamos a cabo un extenso estudio monográfico (Beltrán et alii 2010), al que remitimos, sobre todo, en el análisis del apartado tipológico (Beltrán 2010).
Un aspecto que sigue siendo controvertido, pero del máximo interés, es si la cámara sepulcral era hipogea o no (semihipogea o emergente) 24, o si -siendo hipogea-tenía un cuerpo superior emergente, ya que asimismo ello se puede plantear también para esta tumba n.
En este caso, la topografía del terreno geológico (UE 18) parece aconsejar que la cámara fuera emergente, a no ser que pensemos que como fruto de una erosión muy potente el nivel del terreno geológico estuviera en época antigua varios metros más alto en este sector del yacimiento.
En efecto, ello no puede descartarse, pero no parece probable, teniendo en cuenta por ejemplo el nivel de conservación de los monumenta de la necrópolis oriental, cuyas cámaras se encuentran claramente excavadas en el terreno geológico.
Y ello a pesar de que en la necrópolis oriental itucitana los monumenta altoimperiales tienen cámaras hipogeas, de cubierta plana, como se conserva claramente en uno de ellos (Fig. 20) -con excepción de otro que tendría la cubierta abovedada (infra)-, y a las que se accedía por escaleras pronunciadas hechas asimismo de grandes bloques de piedra26.
Además, debe tenerse en cuenta que ese carácter hipogéico de las tumbas se ha vinculado por algunos investigadores a una perduración púnica o influencia norteafricana, aunque otros lo desmienten -en la línea de lo apuntado para la escultura antropomorfa-, y en la Hispania meridional se ha relacionado, sobre todo, con las cámaras hipogeas de la necrópolis occidental de Carmo27.
Otro elemento tipológico de interés es la presencia del ya referido saliente o repisa moldurada para apoyo de las urnas y ajuar, que asimismo analizamos para el caso de la tumba de los Pompeyos (Beltrán 2010: 108-110): aunque el referente más abundante Figura 21.
Detalle del interior de la cámara de la tumba de la figura anterior, con loculi coronados con bloques rectangulares (fotografía J. A. Morena).
Interior de otro de los monumenta de la necrópolis oriental de Ituci, con cámara hipogea y a la que le falta la cubierta.
Detalle del interior de la cámara de la tumba de la figura anterior, con loculi coronados con arcos de medio punto adovelados (fotografía J. A. Morena).
son los "poyetes" o bancos corridos de las cámaras de la necrópolis occidental de Carmo (Carmona) (en ocasiones asociados a loculi)28, la repisa de la tumba n.
1 se asemeja de manera especial en efecto a la de la propia tumba de los Pompeyos, que tiene paralelos más lejanos en Corduba, aunque en estos casos la inclusión de un saliente moldurado, por sus dimensiones y colocación (en el inicio del arranque de la bóveda de medio cañón de la cubierta), responde más bien a una función estructural que funcional, puesto que no permitía la colocación de las urnas en ella; como así se constata en las llamadas tumbas del Camino Viejo de Almodóvar y del Palacio de la Merced, en Córdoba, cuya construcción ha sido datada en ambos casos entre época de Augusto y el primer tercio del siglo i d.
Diferente es el caso que presentan los monumenta de la necrópolis Figura 24.
Otro de los monumenta de la necrópolis oriental de Ituci, con cámara hipogea y a la que le falta la cubierta.
Detalle del interior de la cámara de la tumba de la figura anterior, con loculi rectangulares.
Vista frontera a la entrada (fotografía J. A. Morena).
elementos de tocador, como una sonda de oído de plata (auriscalpium), un peine de hueso decorado, restos de un removedor de perfume de pasta vítrea y bronce o la cabeza de un alfiler de hueso (acus crinalis)" (Tristell y López Flores 2014: 111-112).
Asimismo, del análisis de las descripciones y dibujos de la tumba de los Pompeyos y de sus urnas y ajuares concluimos que la fecha de la construcción podía, en efecto, adecuarse a la "datación tradicional de época augustea, durante los últimos decenios del siglo i a.
C... mientras que algunos de los materiales de los ajuares podían apuntar mejor a una cronología algo más avanzada, que afecta los reinados de los emperadores siguientes durante los primeros decenios del siglo i d.
C.... como los otros elementos de ajuar elaborados en vidrio y el cuenco de t.s. gálica" (Beltrán 2010: 140).
Además, corresponde a una cronología que se adecúa con la de los ajuares conocidos de algunas de las tumbas cordubenses ya referidas.
Así, de la tumba de La Bodega se recuperaron: una urna cerámica bitroncocónica, con dos asas en la panza y pintada, con un ajuar cerámico compuesto por un cuenco campaniense B forma Morel 1231a (ss. ii-i a.
C.), un vaso de paredes finas forma Mayet XIV (datación preagustea -primer tercio del s. i d.
C.), un cubilete de paredes finas forma Mayet VIII (datación augustea), un ungüentario Oberaden 28 (s. ii a.
C.), dos tapaderas y una asita, así como otros fragmentos de piezas indeterminadas, amén de un botón, un espejo de bronce y cuatro clavos de hierro; se trata en algunos casos de materiales que tienen una datación tardorrepublicana preaugustea, pero cuya amortización en la tumba debió hacerse en el período augusteo o primer tercio del s. Oberaden 29, cuyo período de máximo uso es entre época augustea y mediados del s. i d.
C.; el fragmento de TS itálica, de época Tiberio-Claudio; el fragmento de TS marmorata gálica, desde época de Tiberio-Claudio a época flavia; y el ungüentario vítreo, entre época Claudio-Nerón a época flavia.
Como se observa, la cronología parece algo más avanzada que en los casos antes mencionados de Corduba, aunque se asemejaría a los materiales tanto de la tumba de los Pompeyos cuanto de los monumenta hipogeos de la necrópolis oriental de Ituci.
No obstante, debe tenerse en cuenta que esos materiales se refieren al período de uso de la tumba colectiva n.
1 y no sabemos si se corresponden exactamente o no con el de la construcción de la tumba, o cuáles en concreto.
Es por ello que podemos concluir un período probable de construcción desde época de Augusto y durante los primeros decenios del siglo i d.
C. y un período de uso que incluso pudo llegar a época flavia.
Como se indicaba al inicio del trabajo, diversos elementos pétreos correspondientes a otra estructura arquitectónica fueron reutilizados para la construcción de la tumba n.
1, pudiéndose identificarse por su inclusión en la estructura conservada, o por las características del material, como la identificación de una caliza de color más blanco que el resto de materiales pétreos, o la presencia de entalladuras en forma de doble Y (Y sencilla en cada bloque), que no tienen restos de plomo ni cumplen función estructural alguna en la nueva construcción (tumba n.
No obstante, cuando no han aparecido colocadas in situ en la tumba n.
1 (por ejemplo, en el pavimento), se concentran sobre todo en los estratos superficiales (UE 2), consecuencia de los movimientos de tierras en momentos recientes, como fruto de la explotación del olivar.
Es por ello que consideramos que se trata de la reutilización de materiales de -al menos-un monumentum anterior, localizado en un entorno próximo de este sector SE de la necrópolis septentrional de Ituci.
Hipótesis de reconstrucción arquitectónica
A manera de hipótesis hemos seleccionado una serie de materiales recuperados en el marco de la intervención arqueológica y hemos llevado a cabo una propuesta de reconstrucción de la estructura original (Fig. 26), con la identificación de los siguientes ele-mentos (descritos de abajo a arriba, según se sitúan en el diseño):
-Un bloque con molduras29, de esquina (con molduras en dos caras), que debía formar parte de la molduración inferior exterior de la cámara baja (supra, fig. 9 b).
-Dos bloques o sillares que formarían el muro de la cámara baja (con grapas en forma de doble Y).
-Dos bloques decorados en una de sus caras con relieves de capiteles acantiformes de pilastras, de la decoración pseudoarquitectónica exterior de la cámara baja.
Debieron ocupar puestos centrales en esa disposición.
Uno de ellos es de planta triangular y conserva mortaja para grapa en forma de Y en el lateral de la superficie superior (Fig. 27); el segundo, de tendencia rectangular, conserva mortaja para grapa en forma de Y en un lateral y otra en forma de cola milano (fragmentada) en el posterior de la superficie superior30 (Fig. 28).
-Dos fragmentos de la esquina superior de sendos capiteles acantiformes de pilastras, de la decoración pseudoarquitectónica exterior de la cámara baja, donde debieron ocupar puestos de esquina, dado que están trabajados por ambas caras31.
En ambos casos corresponde a los dos extremos de las volutas de cada lado, con una hoja alargada en forma de palmeta decorando la unión, que se superpone a varias molduras longitudinales (Figs.
-Dos fragmentos, que casan entre sí mediante un corte recto (eran, pues, dos bloques diferentes en el original), de un friso de roleos acantiformes32, correspondiente por dimensiones al que coronaría al exterior la cámara baja (Fig. 31).
-Un bloque con molduras, que formaría parte de la cornisa que corona al exterior la cámara baja33 (supra, Fig. 9 c).
Dos fragmentos de la celosía correspondiente a la tumba n.
Fragmento de fuste de columna correspondiente a la tumba n.
Fragmento de capitel con láurea correspondiente a la tumba n.
-Dos fragmentos de celosía de forma romboidal 34 (Fig. 32), calada, que casan entre sí, por lo que correspondería al segundo cuerpo del monumentum.
Conserva uno de los listeles que delimitaban el bloque, que puede orientarse en vertical (como hemos interpretado nosotros), pero asimismo en horizontal, como apoyo inferior.
-Un fragmento de fuste de columna estriado 35 (Fig. 33), por lo que correspondería seguramente al orden del cuerpo superior del monumentum.
Como se dijo, este estrato corresponde al relleno de la fosa realizada sobre el terreno geológico en el momento de la construcción de la tumba n.
-Un fragmento de esquina de un capitel de columna, que se decoraría con una láurea en el centro del kalathos 36 (Fig. 34), reconocible a pesar de la fractura, y que debe corresponder al orden del cuerpo superior, pues, además de las menores dimensiones con respecto a los anteriores capiteles de pilastras, puede asociarse por dimensiones al fuste anterior.
Establecemos como hipótesis un típico monumento de edícula abierta, que presentaría un frente de algo más de cuatro metros de anchura máxima -en la base-, por un desarrollo en altura de algo más de siete metros, aunque no sabemos cómo se dispondría la cubierta, lo que es posible que la altura fuera mayor (supra, Fig. 26).
Se trata de un esquema que está ya bien documentado en la Hispania meridional, desde momentos finales del siglo i a.
C. y, especialmente, en la época de Augusto y el período julioclaudio.
Lógicamente los elementos determinantes para no plantear que el cuerpo bajo iría coronado con pulvinos 37, o incluso con una pareja de leones 38, 36 N. 22 (UE 5), de 14,5 cm de altura x 11 cm de anchura; el ábaco mide 1,5 cm de altura.
37 Esplendido ejemplo de esta solución de coronamiento pulvinar con una cámara baja con pilastras al exterior lo tenemos ahora en Segobriga, según Cebrián Fernández 2010 (con paralelos oportunos).
En general, sobre el tipo en Hispania, Beltrán 2004. son que los fragmentos de celosía aparecen calados (para conformar una balaustrada sensu stricto) y a la presencia del fuste estriado de columna, que sólo se pueden entender dispuestos en el cuerpo superior de una edícula abierta.
Como ya hemos indicado, no sabemos cómo coronarían ni la tumba de los Pompeyos (dejando al margen el carácter hipogeo o no de la cámara o cuerpo bajo), ni los monumenta de la necrópolis oriental itucitana, ni aún la tumba n.
1 en que se reutilizan estos materiales, pero en la misma necrópolis norte de Ituci es muy probable que la tumba denominada tradicionalmente como La Mazmorra 39 (su localización, supra, Figs.
3-5) sí tuviera un desarrollo arquitectónico con un segundo cuerpo en edícula, si tenemos en cuenta que a ella debió corresponder un friso de casetones o metopas con decoración en relieve, de tema báquico, así como un capitel de columna, de tipo local, que fueron dibujados asimismo por A. Fernández-Guerra en el siglo xix (reproducidos y analizados en Beltrán 2010: 121-128, figs. 36-38 y 45).
Por otro lado, de este sector de la necrópolis septentrional del yacimiento se recuperó en el siglo xix una interesante escultura de "dama oferente" 40, elaborada en caliza local y de dimensiones prácticamente asimiladas al natural, de la que -frente a su interpretación como representación de una "dama" en un contexto religioso-hemos planteado, ya en otra ocasión (Beltrán 2014d: 258-259), que pudo corresponder a una adaptación de un taller local a formas "indígenas" de una representación sepulcral de una difunta, aunque lamentablemente le falta el retrato.
Ello podría justificarse en el complejo mundo del "mestizaje iconográfico" que parece existir en Ituci (como ocurriera con las exvotos antropomorfos en el santuario extraurbano meridional y las dos representaciones esquemáticas en las necrópolis norte y este), y así la estatua hubiera estado colocada en 39 De esta tumba sí se conservan restos arqueológicos de la cámara, pero aparece realizada en opus caementicium, al menos en lo conservado (Morena 2010: 203-205), por lo que es posible que se construyera más avanzado el siglo i d.
C., lo que explicaría su localización más alejada de la ciudad en esa via sepulcralis de la necrópolis norte itucitana, que se observa, supra, en nuestras fig. 3-5.
40 Indicaba A. Fernández-Guerra que "no lejos del panteón [tumba de los Pompeyos] camino del alcázar [castillo medieval] se encontró la estatua" (el texto está reproducido en Maier y Beltrán 2010: 270).
El lugar exacto de descubrimiento lo indica aquel autor en su croquis, reproducido en nuestra Fig. 4, como "Estatua de Julia Leta", ya que elucubraba Fernández-Guerra que: "Esta estatua descabezada, es la de Julia Leta, hija de Marco sacerdotisa de diva Augusta (Faustina).
Su pedestal, con inscripción, existe en Cañete de las Torres desde mitad del siglo xvii..." (cit. en Maier y Beltrán 2010: 270, nota 24), para poner nombre a la representada entre las documentadas hasta entonces en la epigrafía itucitana.
una edícula abierta de una de esas tumbas familiares de la via sepulcralis de esta necrópolis norte, con una forma iconográfica que no seguía los canónicos modelos romano-itálicos, sino la tradición indígena prerromana: "Sería un fenómeno de perduración... a la vez que -en principio-de pérdida del sentido original de la forma iconográfica que se reproduce"41.
También de este sector del yacimiento itucitano proceden tres fragmentos de bloques que se decoran al exterior con un esquema geométrico romboidal, que ornaban con el motivo de celosías bajas los cuerpos inferiores o superiores de monumenta en forma de edícula abierta (Morena 1989: 338, láms.
El motivo ya lo documentamos en el precioso monumentum familiar turriforme, rematado en el segundo cuerpo por una edícula abierta, de la familia de los Stlaccii de la colonia romana de Salaria (cortijo de doña Aldonza, Úbeda), situándolo en el cuerpo inferior42, con claros paralelos en la arquitectura funeraria altoimperial (s. i d.
C.) del territorio del Alto Guadalquivir, como Castulo, Iliturgi, Tugia o La Carolina (Baena y Beltrán 2002: 54-65), además de en la capital Corduba, asimismo situado en la zona baja del cuerpo inferior, entre las pilastras (Ruiz Osuna 2007: 85-91).
De una zona más alejada podemos mencionar su uso en la arquitectura funeraria romana de Ilunum, en el Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete) (Sarabia 2004), y -en una zona intermedia-asimismo en un monumentum de similar tipología localizado en el cerro del Santuario, de Baza (Granada), y datado -pero sólo por paralelos tipológicos-entre época augustea y primera mitad del siglo i d.
Desconocemos si la inscripción, que con toda probabilidad llevaría grabada en el frente, se situaría en la pared frontera de la cámara inferior u ocuparía el centro del friso en el arquitrabe, como es más usual en los monumenta del alto Guadalquivir, ya que no ha quedado ningún elemento de la inscripción del monumentum 43.
Hay que resaltar que ese friso del cuerpo inferior se decora con un motivo de roleos vegetales.
Mientras que para la Península Itálica se ha indicado que el friso de roleos sustituye al friso dórico (Ortalli 1978: 58ss.), o más bien son coetáneos para este tipo de tumbas de dos cuerpos en las que los frisos de roleos acantiformes se situaban en el cuerpo superior, mientras que los dóricos en el inferior, según sucediera asimismo en la Galia Narbonense (Janon 1986: 88ss.;cfr., en general, Joulia 1988), ello no se lleva a cabo en la Hispania meridional, ya que el típico friso dórico casi no se documenta (Beltrán y Ordóñez 2004; en general, Gutiérrez Behemerid 1990) y es sustituido por los que hemos denominado como frisos de metopas alternas o, en todo caso, como ocurre en esta ocasión, por frisos vegetales (Beltrán y Baena 1996: 95ss.; Baena y Beltrán 2002: 59-60).
Recuérdese que en Corduba son muy frecuentes los frisos de roleos acantiformes para la ornamentación de estructuras funerarias (Márquez 2002: 227-229).
También en el monumentum de Lucius Poblicius, de Colonia, el friso vegetal se sitúa en el cuerpo inferior, mientras que en el cuerpo superior se dispone friso de armas (Precht 1975).
Finalmente, cabe destacar también la singularidad de los capiteles que corresponderían a ambos órdenes, inferior y superior.
En el orden inferior corresponden a capiteles acantiformes de pilastras, de los que sólo se han conservado fragmentados cuatro de ellos que nos permite conocer sobre todo la disposición de la 43 Recordemos que en el caso de la tumba itucitana de La Mazmorra, que ya hemos referido, seguramente tuvo una inscripción hecha a base de letras de bronce (Beltrán 2010: 118-119). parte superior del capitel, aunque dos de ellos -más fragmentados-se situarían en las esquinas de la construcción y los otros dos en zonas centrales.
Podemos apreciar la atípica disposición de la decoración, sobre todo, en la disposición de los dos elementos que lo delimitan a ambos lados, ya que se trata realmente del final enrollado de dos hélices (sólo se conserva una en el capitel de la fig. 21, pero es evidente que llevaría otra al otro extremo), estando ausentes las dos volutas canónicas.
De hecho, el perfil de las hélices es el que deberían tener las volutas inexistentes, marcando los contornos del capitel en esa parte superior.
Además, los dos extremos definidos por las hélices se proyectan hacia afuera, dando al frente del capitel un perfil cóncavo, y ello permite que el borde de las hélices se decore con tres molduras longitudinales.
Precisamente en los dos ejemplares de esquina ese elemento está desarrollado en las dos caras que ocuparía y se observa que en la parte superior del borde se superpone como decoración añadida sobre las molduras longitudinales una hoja alargada o palmeta con grueso tallo central.
De una manera más canónica, pero simplificada, aparece bien definido el ábaco, moldurado, y en su centro se dispone (en los ejemplares conservados) la flor del ábaco, consistente en una media hoja de acanto dispuesta hacia abajo.
Finalmente, el cuerpo del kalathos sólo aparece ocupado en esa parte superior por otra gran hoja de acanto con diversos tallos a partir del central bien marcado.
Es por tanto un esquema muy simplificado y esquemático, que no sabemos si se completaba con un segundo orden de hojas por debajo del tallo central de ésta, ya que no se puede apreciar en la pieza de la fig. 30, pero donde sí parece apreciarse la continuación del tallo de la hélice de la parte derecha, sin apreciarse otras DOS NUEVOS MONUMENTA DE LA NECRÓPOLIS NORTE DE TORREPAREDONES (BAENA, CÓRDOBA) hojas vegetales en esa parte baja, aunque la pieza está muy deteriorada.
Podríamos llamar la atención sobre un peculiar capitel corintizante de columna procedente de la necrópolis occidental de Carmo (se desconoce a qué tumba perteneció) (Márquez 2012: 352, lám. 12), que dispone en cada frente del kalathos una gran hoja de acanto central, de cuyos lados salen los largos tallos de -en este caso sí-sendas volutas que marcan el perfil superior del capitel, por debajo del ábaco, aunque en este ejemplar otras dos hojas acantiformes ocupan los extremos en la parte inferior.
No podemos dejar de referirnos en estos dos casos al denominado capitel "a sofà", derivado de formas helenísticas y que se desarrolla en la Roma tardorrepublicana, sobre todo, como coronamiento de pilastra dentro de los capiteles corintio-itálicos44, aunque en los dos casos hispanos no presentan las dos rosetas con tallo (por el contrario, sí aparece flor de ábaco en los ejemplares itucitanos), y -aunque sólo se advierte en el caso carmonense-falta el usual elemento de unión de las volutas a la base del capitel, como asimismo ocurre -por ejemplo-en un ejemplar de procedencia desconocida conservado en el Museo Nacional Romano (Lupi 1984).
En los dos casos hispanos serían adaptaciones de formas más canónicas, propias de talleres locales que conocen el modelo pero lo adaptan a sus gustos y necesidades, además del uso de las piedras locales no marmóreas y luego estucadas, que -en el caso de Ituci-se corresponde con "un primer momento caracterizado por el influjo de la tradición arquitectónica itálica y el empleo de las piedras locales, calizas blancas que no permiten un acabado refinado y en cuya labra se evidencia la persistencia de ciertas formas fuera de moda", como se ha dicho para el campo de la decoración arquitectónica del foro de la colonia (Borrego y Felipe 2014: 99).
En esa producción asociada a los edificios forenses itucitanos sí se adaptan de manera más ajustada los modelos itálicos en cuanto a los capiteles jónicos y corintios, elaborados en caliza; no osbtante, en ese contexto arqueológico forense sí se puede apreciar claramente ese doble rasero, más o menos canónico, en dos altares recuperados en la curia (pero que podían proceder de otros lugares del foro): un pulvino elaborado en mármol y con decoración de espigas, a la manera típica romano-itálica de época temprano imperial, que seguramente fue importado ya elaborado, y un altar conservado más completo, elaborado en piedra local, y cuya decoración del coronamiento se resuelve precisamente mediante dos volutas contrapuestas en el frente, y en los laterales el mismo motivo simplificado, a la manera de acróteras (Borrego y Felipe 2014: 106-107, figs. 8 y 9).
22) correspondiente al orden superior de la tumba, colocado por tanto en la edícula abierta, debido a la fractura sólo podemos reconocer la presencia del ábaco liso, parte quizás del tallo de una voluta -muy perdida en el extremo, por lo que no podemos asegurar que estuviera originalmente-y, como elemento más significativo, la decoración del kalathos con una láurea, fragmentada, y que se superpondría al ábaco en la parte central.
Como se dijo, por las dimensiones, debió formar orden con el fuste acanalado del que se conserva un fragmento (n.
Valoración tipológica y cronológica de la tumba n.
Dentro de la hipótesis planteada nos encontramos, pues, con un esquema típico de monumentum familiar de tipo turriforme, de varios pisos, con una edícula abierta en el primer piso, para exposición de las estatuas funerarias que -en este caso-estarían situados por detrás de una celosía, sin saberse cómo se desarrollaba a partir de aquí, si contaba con más pisos (cfr. lo que se dirá más adelante) o simplemente disponía la cubierta, como hemos planteado nosotros en la hipótesis de reconstrucción.
Precisamente se ha destacado como determinante para el sur hispano la influencia de los talleres cordubenses para la expansión de estos tipos de la arquitectura funeraria según modelos romanos (Ruiz Osuna 2010), pero pensamos que esa hipótesis no está sustentada con argumentos determinantes para el caso del alto Guadalquivir, aunque quizás sí funcionó en el caso de Ituci en determinados momentos, dadas las concomi- tancias que hemos expuesto supra en ciertos aspectos de la monumentalización sepulcral a fines del siglo i a.
C. Además, la relación con talleres cordobeses está constatada en otros ámbitos arquitectónicos, como parece demostrar la del foro itucitano en época augustea y julio-claudia, aunque sin olvidar la propia singularidad de Ituci que aparece evidente en otros ámbitos, alejada del mayor cosmopolitismo capitalino cordubense.
Es imposible concretar la fecha exacta a la que pertenece el monumentum (tumba n.
2) que hipotéticamente hemos restituido sólo en función del análisis formal de estas piezas arquitectónicas, ausentes otros elementos epigráficos, escultóricos y sobre todo de ajuares funerarios.
Grosso modo se puede establecer un marco cronológico que abarca desde mediados del siglo i a.
C. e incluye el principado augusteo y los primeros decenios del siglo i d.
C. Por otro lado, en ese marco poco sirven los paralelos tipológicos para fijar una datación más exacta, ya que es mucha la variedad de la arquitectura sepulcral itálica y provincial en ese período y, como hemos visto, las piezas itucitanas en algunos casos no tienen paralelos claros, respondiendo a adaptaciones de talleres y clientela locales.
Sí es significativo que su reutilización en la tumba n.
1 marca un evidente momento ante quem.
La datación de la tumba n.
1 determina, pues, la cronología de la tumba n.
2, por lo que es probable incluso que su construcción deba incluirse antes del cambio de Era.
No olvidemos que precisamente los paralelos tipológicos más cercanos de la tumba n.
1 son las tumbas monumentales de la necrópolis oriental de Ituci y, sobre todo, la tumba de los Pompeyos, en la necrópolis norte, cuya construcción fechamos en época tardoaugustea.
Dentro de un planteamiento hipotético, la posición alejada de la tumba n.
1 de la que consideramos via sepulcralis principal de esa necrópolis norte, que conduciría a la puerta urbana de ese lado y en la que se sitúa la tumba de los Pompeyos45, podría indicar quizás una datación algo más reciente, pero no mucho tiempo después, por la similitud tipológica y de los ajuares.
Por ello, dentro de ese plano de hipótesis, debemos situar la construcción de la tumba n.
2 en momentos tardorrepublicanos de la segunda mitad del siglo i a.
C., sin poder precisar más, ni plantear si ello ocurrió en momentos augusteos o preaugusteos.
Puede recordarse que en el ámbito de la plástica, en la Hispania Ulterior corresponde al período triunviral preaugusteo el momento de la introducción en las necrópolis urbanas de la escultura funeraria según modas romanas (León 1990), lo que marca un hito de interés 46.
Además, queda la incógnita del período de uso de este monumentum más antiguo, de gran desarrollo arquitectónico, aunque debió ser sólo de algunos decenios, teniendo en cuenta lo expuesto; ni podemos saber si la destrucción se debió a causas naturales (terremoto, corrimiento de tierras) o antrópicas, si bien la causa de su ruina permitió su desmontaje (por ejemplo, con la extracción sistemática de las grapas de plomo) y el aprovechamiento de los bloques pétreos en la nueva construcción.
Un nuevo problema de interpretación de estos conjuntos deriva del hecho de que, en el marco de la intervención arqueológica, se recuperaron otros materiales arqueológicos que no hemos podido vincular a ninguno de los dos monumenta analizados, pero que formaron parte del mismo contexto arqueológico excavado.
Corresponde tanto a elementos arquitectónicos, simplemente constructivos o con decoración en relieve, así como a un fragmento de escultura de bulto redondo (al menos en lo conservado) y un altar funerario, fragmentado y con el inicio de la inscripción.
Para mantener una coherencia en el estudio e interpretación hemos de pensar -en principio-que todos estos materiales deben vincularse a alguna de las dos estructuras que hemos individualizado, sin entrar en la consideración de que para la construcción de la tumba n.
1 se reutilizaran materiales de otras estructuras aparte de la tumba n.
2, ni recurrir al fácil argumento de que pudieron venir arrastradas desde otro sector de la necrópolis (sobre todo, en relación a las piezas de pequeño formato).
Es por ello que, a pesar de que no han sido incorporadas a ninguna de las restituciones, es plausible que pudieran formar parte de ellas, aunque no sepamos en qué circunstancias.
Se han recuperado tres bloques pétreos, rectangulares, pero que presentan la salvedad de que una DOS NUEVOS MONUMENTA DE LA NECRÓPOLIS NORTE DE TORREPAREDONES (BAENA, CÓRDOBA) de sus caras largas tiene un frente curvo.
Ello indica que formaban parte de una estructura de planta circular, que -teniendo en cuenta la curvatura-pudo tener aproximadamente un diámetro externo de 1,5 m (Figs.
Además, los tres bloques presentan las características de que las caras cortas laterales presentan mortajas en forma de doble Y para grapas metálicas, lo que parece indicar que la construcción formaría parte del monumentum desmontado para su reutilización, es decir, la tumba n.
2. de los Iulii de Glanum, en Saint-Remy, donde sobre el cuerpo inferior, cerrado, se dispone un tetrapylon y sobre éste a su vez una tholos, en la que se exponían las estatuas funerarias, coronado por un tejado cónico (Rolland 1969; Hesberg 1992: 131-132) (Fig. 38).
En este caso también se dispondría en Torreparedones una tumba de tres cuerpos con el cuerpo central de planta rectangular (la edícula abierta) y coronado con una tholos o monóptero, según una moda que se documenta en Italia en algunos lugares durante la primera mitad del siglo i d.
Restitución ideal de la planta de una estructura circular, con base en tres bloques de la estructura itucitana excavada en 2014 (dibujo E. Conlin).
Bloque pétreo con una cara curva, perteneciente a la estructura reconstruida en la figura anterior (fotografía J. A. Morena).
Tumba familiar de los Iulii de Glanum, en Saint-Remy (fotografía J. Beltrán).
En ese caso podríamos pensar que se tratara de una estructura cilíndrica que coronara el cuerpo superior en forma de edícula abierta, en una solución arquitectónica de tres cuerpos, que es más inusual, pero no extraña, ya que encuentra paralelos en Italia, como una en Roma, en la milla IV de la via Appia, otra en Nettuno, cercana a Roma, y otra en Aquileia, así como en la Narbonense, donde destaca la tumba La reconstrucción de esa hipotética estructura de planta circular ofrece reducidas dimensiones (1,5 m de diámetro), lo que puede parecer insuficiente para coronar como tercer cuerpo la tumba n.
2, ya que la anchura del cuerpo de edícula sobrepasaría los tres metros en la cara frontal (es por ello que no hemos llevado a cabo ese intento en nuestro dibujo reconstructivo).
Por ello incluso parecería más apropiada como coronamiento para el caso de la tumba n.
1, que presenta unas dimensiones muy similares para el interior de la cámara de 1,57 m.
Se ajusta en este caso mejor a otros paralelos itálicos de diseño más simple, en los que sobre el cuerpo cuadrangular inferior se dispone un cuerpo cilíndrico cerrado, como se testimonia en algún ejemplo de tumba de la necrópolis de Porta Nocera en Pompeya (D'Ambrosio y De Caro 1983) (Fig. 39).
En cierto modo se relacionaría formalmente con el tipo de monumenta romanos en los que el cuerpo inferior se corona con una estructura cónica en piedra (Hesberg 1992: 113-116), que tiene en la arquitectura funeraria hispanorromana el excepcional testimonio de la Torre Ciega de Cartagena (Abad 1989).
Si fuera así, en este caso se resolvería la cuestión del desarrollo de la tumba n.
1, cuya cámara no considerábamos hipogea -según se dijo, como hipótesis más plausible-y que dispondría de ese segundo cuerpo cilíndrico como desarrollo47.
Cabe traer a colación el comentario que A. Fernández-Guerra en 1839 hace con respecto al posible segundo cuerpo de la tumba de los Pompeyos, que es el mejor paralelo para la tumba n.
Tumba familiar de los Cuspii, de Pompeya, necrópolis de Porta Nocera (fotografía J. Beltrán).
la decoración de la tumba n.
1, sino de la tumba n.
2 (o de otra en todo caso), y en segundo lugar el que, aunque el fragmento con el roleo no case directamente con ninguno de estos otros fragmentos, formaron parte del mismo conjunto.
Dos de los nuevos fragmentos casan entre sí50 (n.
19) (Fig. 41) y disponen unos motivos alargados, formados por una especie de hojas cortas y dispuestas en forma de espina de pescado, pero que no podemos reconocer a qué representan.
17) (Fig. 42) asimismo tiene un decoración similar, que en uno de los extremos conserva una superficie más plana, aunque muy deteriorada en la superficie, que debe corresponder a parte del friso (pero muy deteriorado), por la disposición de los motivos alargados.
En efecto, es significativa la disposición radial de los motivos alargados desde un punto que debemos considerar el centro.
Si unimos los diversos fragmentos y tenemos en cuenta que el arco de la circunferencia exterior del friso ofrece un diámetro de 1,25 m, debemos pensar que nos encontramos con parte de un frontón triangular en cuyo interior se desarrollara otro semicircular, lo que proponemos en nuestra fig. 43.
Tampoco debe descartarse su desarrollo como una circunferencia completa, lo que llevaría a considerarlo como un clípeo (Fig. 44), pero cuya localización exacta no podemos discernir52.
En ambos casos esos elementos alargados se Figura 40.
Bloque con decoración de friso circular y motivos de roleos vegetales, de Ituci (fotografía J. A. Morena).
Dos fragmentos de un bloque pétreo con decoración no identificada, de Ituci (fotografía J. A. Morena).
Fragmento de un bloque pétreo con decoración no identificada (fotografía J. A. Morena).
desarrollarían desde el eje central (en el caso de un frontón) o desde el centro del círculo (en el caso del clípeo).
Teniendo en cuenta la forma del fragmento del bloque decorado con el friso vegetal parece evidente que la solución del frontón es más factible, aunque -según la hipótesis-el frontón podría tener unos 2,30 m de base o menos, lo que parece insuficiente para el coronamiento de la propuesta de la tumba n.
Finalmente, podemos plantear la hipótesis -no contrastada con otros paralelos-de que el centro lo ocupara o bien un elemento vegetal (como una roseta) del que salieran los otros elementos no identificados o, incluso, la representación de la máscara de Medusa, pues esa decoración se documenta en algunos frontones de monumentos sepulcrales en los territorios de la Hispania meridional, como en diversos lugares de las actuales provincias de Jaén, Granada, Málaga o Sevilla (Beltrán 2002); en este segundo caso los elementos alargados podrían ser una esquemática y errónea disposición del cabello o incluso de las escamas de la égida, teniendo en cuenta la altura a la que se situaban, aunque debemos reconocer que en los casos indicados del sur hispano siempre se utilizaron hojas imbricadas para la representación de la égida sobre la que se dispone la cara de Medusa.
Un fragmento de escultura de león con hombre
En la UE 2, correspondiente a un estrato superficial, removido en momentos actuales, se recuperó un fragmento de escultura de bulto redondo (n.
Puede reconocerse en una de sus caras una mano izquierda humana abierta sobre un cuerpo redondeado decorado con lo que interpretamos como mechones, que rodean parcialmente la pieza, aunque se interrumpen en otra parte de la superficie de la escultura.
Aunque por lo fragmentario de lo conservado no puede reconstruirse el grupo creemos que debe corresponder a la representación de un león (con los mechones de la melena y el inicio del cuerpo sin mechones) sobre el que descansa la mano de un hombre.
Respondería, pues, a un tema bien documentado en el mundo funerario hispanorromano, el de las representaciones leoninas, pero que en este caso no corresponde a la típica disposición de una pareja de leones sobre la cámara sepulcral, siguiendo el modelo itálico, a veces con una zarpa apoyada sobre una cabeza humana (Pérez López 1999; Aranegui 2004; Beltrán y Loza 2005), sino que formaría un grupo de iconografía más compleja, de carácter venatorio, en que el venator lucha con el león, asimismo documentado en la Hispania meridional en ejemplares como los de Santaella (el hombre, tumbado bajo el león, hinca su espada en el Figura 43.
Propuesta de restitución de los tres fragmentos como un frontón (dibujo E. Conlin).
Fragmento de escultura de león con hombre, de Ituci (fotografía J. A. Morena).
Del mismo estrato superficial (UE 2) se recuperó la parte superior, fragmentada, de un altar funerario (n.
33), elaborado en piedra caliza, que mide 12 cm de altura, 19 cm de anchura y 25 cm de grosor máximos conservados (Fig. 46, a-b).
Presenta en el inicio del frente del cuerpo la primera línea de la inscripción, con dos letras capitales cuadradas, que miden 2,5 cm de altura, e interpunción entre ambas en forma de hedera muy esquemática, con el tallo hacia abajo.
Corresponden a la típica fórmula funeraria: D(is) • M(anibus) [---], no constando por la rotura si se continuaba con el término s(acrum) o no, y desconociéndose todo lo demás del epígrafe, como en todo caso el nombre del difunto o difunta y fórmulas sepulcrales, que se grabarían en las líneas siguientes, hoy desaparecidas.
Como no se pueden calcular las dimensiones totales del altar y del campo epigráfico no podemos decantarnos en uno u otro sentido, aunque posiblemente la primera línea fueran sólo esas dos letras, pues la fórmula completa y abreviada como D. M. s. se impone en la epigrafía bética generalmente a partir de fines del siglo i d.
C.53, y en este caso -por la propia tipología del altar-creemos que la pieza se elaboraría en la primera mitad del siglo i d.
C. En efecto, tanto la paleografía de las letras, en especial de la M, el empleo de la caliza y, además, la forma inusual del soporte apunta a esa datación.
El altar presenta la peculiaridad de que el campo frontal, donde se situaba la inscripción, se encuentra realzado con respecto al cuerpo de la pieza, fracturado, pero que tiene por la parte superior un perfil curvo, con un resalte frontal rectangular asimismo en el frente del coronamiento, que coincide con el del cuerpo central.
Una forma atípica para los altares funerarios de la Bética, cuya producción se sistematiza sobre todo desde época flavia y, especialmente, durante el siglo ii d.
C., para la que no se cuenta con paralelos.
Nos encontramos, de nuevo, con un tipo singular de los talleres lapidarios locales, aunque la fórmula y paleografía son plenamente romanos.
A pesar del arrasamiento que presentaban los restos arqueológicos en el momento de su descubrimiento (2014), la pormenorizada excavación llevada a cabo así como las características materiales de las areniscas y ciertos elementos formales (como las huellas de grapas en forma de Y) han permitido, como hipótesis, plantear la existencia de al menos dos tumbas monumentales (monumenta) que ofrecen un evidente interés en el estudio general de la arquitectura sepulcral del sur hispano entre fines de época republicana e inicios de época imperial.
Los materiales arqueológicos asociados a la tumba más reciente (n.
1) permitirían situar la fecha de construcción en época de Augusto, bien en los momentos finiseculares del siglo i a.
C. o incluso en los primeros años del siglo i d.
C., aunque pudo estar en uso hasta incluso la época flavia, dada la datación de algunos materiales cerámicos.
Quizás esa datación más avanzada justifique la presencia del altar funerario con dedicación a los dioses Manes, que -como acaba de decirse-presenta en lo conservado una forma atípica respecto a los modelos estandarizados desde fines del siglo i d.
C. Sí es singular la presencia de una pequeña figura antropomorfa, paralela a la amplia serie de exvotos del santuario extraurbano de Dea Caelestis de la propia Ituci, pero que aquí se emplea en contexto funerario y presenta por tanto otro significado, que encuentra referencia en los llamados "muñecos" de Baelo Claudia, sin olvidar que otra de estas representaciones de uso sepulcral se testimonia en otro de los monumenta de la necrópolis oriental de Torreparedones.
La forma y dimensiones de la cámara sepulcral de esa tumba más reciente n.
1 encuentra su mejor paralelo en la "tumba de los Pompeyos" de la misma necrópolis norte de Ituci, aunque situada en un sector más próximo a la probable via sepulcralis septentrional de la ciudad romana (Beltrán 2014a).
C. Además, dataciones similares -o quizás poco más avanzadas-se han dado a las cámaras hipogeas de la necrópolis oriental de Torreparedones, de las que desconocemos también los elementos emergentes, si no eran simples túmulos, aunque falta aún un estudio completo de esa interesante intervención arqueológica.
Por otro lado, se constata la reutilización como elementos constructivos en nuestra tumba n.
1 de materiales claramente pertenecientes a otro monumentum anterior (tumba n.
2), que podemos reconstruir hipotéticamente como una tumba de varios pisos y edícula columnada sobre la cámara baja, que presenta singularidad en algunos elementos decorativos, como ocurre con los capiteles, tanto en el orden inferior como superior.
La cronología dada a la tumba n.
1 establece un interesante terminus ante quem para la construcción de esta segunda, que podría en todo caso llevarse hasta un momento temprano de época augustea o incluso a un momento preaugusteo situado genéricamente en época cesariana 54, sin saber realmente el motivo de la amortización de aquella importante tumba n.
Tampoco hay que olvidar que algunas tumbas hispanas con decoración de friso dórico, como las de Baetulo o Saguntum, han sido datadas en época cesariana (Gutiérrez Behemerid 1990, con bibliografía anterior), y el que algunos autores consideraban la constitución de la colonia Virtus Iulia en época de César, aunque generalmente se sitúa en época de Augusto.
Queda en un plano más hipotético la interpretación y colocación en la propuesta reconstructiva de otros elementos pétreos que constatan una estructura circular o una curiosa decoración relivaria en un elemento frontal triangular o clipeal, así como un fragmento de escultura de león y mano humana, que pudo decorar alguna de las dos tumbas.
El resultado es -a nuestro juicio-del máximo interés no sólo para el conocimiento histórico y arqueológico de la necrópolis septentrional de la colonia de Ituci, en función de una probable via sepulcralis, que ha sido reconocida mediante prospecciones geofísicas y localización de otras estructuras funerarias (Morena 2010), y donde -al menos-la tumba n.
1 se localizaba en una localización periférica o en torno a una vía secundaria, sino asimismo para un mejoramiento de las síntesis que se están realizando recientemente 55, a un nivel general, del proceso de monumentalización 54 Sobre ese período en la Hispania Ulterior, Beltrán 2008.
Estando en prensa este artículo, se ha descubierto en las recientes excavaciones de las termas romanas de Torreparedones un fragmento de fistula aquaria plúmbea, que presenta una inscripción en relieve, aún en fase de estudio, pero que podría documentar un municipium Borense, en relación con la ceca de Bora, si bien tradicionalmente ésta se había situado en el territorio del actual término municipal de Martos (Jaén) (cfr., TIR, J-30, 2001: 112)
Precisamente de una de esas tumbas familiares de carácter monu- mental (infra) se recuperaron algunos fragmentos de una urna que conservaba restos fragmentarios de la inscripción, de la que solo se puede leer |
RESUMEN 123 En este trabajo presentamos un amplio conjunto de fragmentos de placas de bronce encontrado en las recientes excavaciones llevadas a cabo en el ámbito del foro de la ciudad de Baelo Claudia (Tarifa, Cádiz) durante las campañas de 2014, 2015, 2016 y 2017.
De pequeño tamaño, algunos son anepígrafos, otros conservan sólo un reducido número de letras; no obstante, por sus características formales debe suponerse que, muy probablemente, la mayoría de ellos debieron corresponder a textos jurídicos, formando parte con verosimilitud al menos uno de ellos de su estatuto municipal.
Su morfología, aspectos técnicos y el contexto arqueológico del hallazgo permiten documentar la amortización, si no el reciclado de este tipo de materiales metálicos para su posterior reutilización, bien en un momento ya avanzado de la cuarta centuria, bien ya en el siglo v d.
C. * Proyecto General de Excavaciones Arqueológicas 2012-2017, en el marco de las actividades autorizadas por la Consejería de Cultura, Junta de Andalucía, de acuerdo a resolución de 20 de abril de 2012.
La parte del estudio llevada a cabo por A. Caballos está encuadrada en el Proyecto de I+D, "Funciones y vínculos de las elites municipales de la Bética.
Marco jurídico, estudio documental y recuperación contextual del patrimonio epigráfico.
En 2012 dio comienzo un nuevo proyecto dedicado al estudio del ángulo sureste del foro de la ciudad de Baelo Claudia, en el término municipal de Tarifa, provincia de Cádiz, que se abre en la ensenada de Bolonia.
Como un hito más de la ya tradicional colaboración franco-española para el estudio y co- Figura 1.
Planimetría general de la ciudad de Baelo Claudia con indicación de los principales edificios y ámbitos identificados hasta la fecha.
Con el no 15 se señala el área objeto de estudio (Plano M. Fincker y V. Picard, IRAA, CNRS). nocimiento de este yacimiento, el objetivo de dicha investigación, a iniciativa de la Casa de Velázquez, era la caracterización de un amplio sector del centro monumental de la ciudad.
Éste, situado en el ángulo sureste del foro (Fig. 1, no 15), por dinámicas ajenas a la problemática arqueológica, se había mantenido sin excavación ni estudio.
De esta forma, bajo las muy relevantes fases constructivas de época tardoantigua (Brassous et alii 2017), más coherentes y articuladas de lo que parece identificarse en otros sectores de la urbe, se ha llegado en las últimas campañas a los restos de los edificios altoimperiales.
Éstos, levantados en un momento aún impreciso -a la espera de intervenir en sus niveles constructivos subyacentes-en época altoimperial 4, 4 En el estado actual de la investigación el terminus ante quem, de forma estricta, está establecido en el siglo iii d.
C., siguieron durante largo tiempo en uso, siendo sus espacios objeto de diferentes transformaciones y adaptaciones a nuevas necesidades y funcionalidades.
Uno de estos edificios es un interesante complejo constituido por un primer cuerpo en forma de atrio tetrástilo, que antecede a una amplia estancia con un acceso principal y único situado en su eje axial, en cuyas paredes interiores parecen haberse abierto nichos semicirculares para alojar, probablemente, estatuas (Fig. 2).
Los niveles que amortizaban el patio, directamente depositados sobre el pavimento de opus signinum y que, por tanto, marcan el fin de su uso y el comienzo de su abandono, se datan en un momento si bien los patrones urbanísticos seguidos, en el contexto del área forense ya conocida, permiten sugerir un momento del siglo i d.
C. para la edificación inicial.
Planimetría general del ángulo sureste del foro objeto de estudio.
Con trama punteada se señala el lugar de hallazgo de los bronces así como la ubicación de la sección reproducida en Fig. Como se verá en las líneas que siguen, sus características morfológicas permiten que identifiquemos a la mayoría, con bastante probabilidad, como restos de epígrafes jurídicos, lo que en un par de casos parece quedar evidenciado, de pertenecer, como entendemos verosímil, al estatuto municipal de la comunidad (OI 975 y OI 1562).
La ciudad romana de Baelo Claudia es uno de los yacimientos arqueológicos andaluces que más pródigo se ha manifestado a la hora de proporcionar documentos broncíneos de epigrafía jurídica: con antelación a la aparición de este nuevo lote un total de siete documentos de diferente significación, de los dos centenares procedentes de esta arqueológicamente ubérrima región5.
El conocido de más antiguo de los hasta hoy recuperados, encontrado según P. Paris "dans la ville basse", fue interpretado por Álvaro d'Ors por argumentos léxicos y paleográficos como una po sible epistula imperial de Vespa siano o Tito relacionada con el mantenimiento del acueducto (MAN, no inv.
A él se sumó un diploma militar fechado en 161 d.
54, no 2) y perteneciente a un veterano de la cohors I Ituraerorum, que estuvo de servicio en la Mauritania Tingitana, encontrado en un terraplén con ocasión de las intervenciones en la terraza al oeste de los templos; luego un documento público indeterminado encontrado en el borde norte del decumanus de la ciudad (no inv.
Número de fragmentos de bronce por unidad estratigráfica, con referencia de inventario.
Los fragmentos de bronce han sido recuperados en el ángulo noreste del atrio (Fig. 2), procediendo la mayor parte de ellos del primer estrato de abandono, depositado directamente sobre el pavimento de opus signinum de dicho ambiente (Fig. 4, UE 336).
Este nivel está constituido por tierra de color marrón oscuro de matriz fina y arenosa.
Es rico en núcleos de mortero de cal amarillenta y fragmentos de piedra, fruto de la amortización del edificio, vajilla cerámica y restos de material constructivo.
El repertorio cerámico se caracteriza por la presencia de numerosas formas de producciones comunes en pasta clara, cocina y, en menor cantidad, fragmentos más ocasionales de cerámica a mano, así como formas de terra sigillata africana D, fundamentalmente los tipos Hayes 58, 67 y 61, en especial en su variante 61A/B3 (Hayes 1972; Bonifay 2004).
Estas últimas, de acuerdo con paralelos en otros contextos mediterráneos bien conocidos, como los de Constantine (Duperron 2013), Narbona (Ginouvez 1996(Ginouvez -1997) ) y Marsella (Bonifay 1983), permiten situar cronológicamente el conjunto, -identificado provisionalmente como el denominado horizonte B del yacimiento-, entre fines del siglo iv y el siglo v d.
Los restantes fragmentos de bronce han aparecido, distribuidos de forma más dispersa, en los niveles de ocupación posteriores al abandono (Fig. 4, UUEE 18,191,301,302), asociados a niveles de suelo realizados con fragmentos de piedra (Fig. 4, UE 192) e, incluso, integrados en el barro empleado como conglomerante en las construcciones de algunos muros (UUEE MR 5 y MR 196) de los edificios de época tardía, levantados sobre los vestigios del antiguo edificio monumental altoimperial.
Estas características permiten situar cronológicamente el conjunto, a su vez identificado como horizonte A del yacimiento, como muy tarde en la primera mitad del siglo vi (Brassous et alii 2017).
A juzgar por el relativamente escaso número de fragmentos de bronce documentado en estos niveles del siglo vi, su presencia en ellos parece más bien residual, más aun teniendo en cuenta que pertenecen a un mismo conjunto.
Por ello, todo parece indicar que el descarte de los fragmentos de bronce para su reutilización habría tenido lugar entre fines del siglo iv y el siglo v.
IDENTIFICACIÓN DE LOS MATERIALES
Presentamos a continuación sintéticamente, también en forma de cuadro (Fig. 5), la identificación individualizada de los fragmentos de bronce, con la mención a la campaña de excavaciones y la unidad estratigráfica en que fueron recuperados, acompañados de las dimensiones de los fragmentos y la altura de las letras medidas en milímetros, así como la referencia a la figura en la que son reproducidos.
DESCRIPCIÓN FORMAL Y TÉCNICA META-LÚRGICA
Como se aprecia en el cuadro (Fig. 5), los fragmentos que constituyen este conjunto epigráfico, siempre de pequeño tamaño, oscilan desde un máximo de 53 (OI 901.1) a un mínimo de 6'5 mm (OI 920.4) de altura, mientras que en anchura van desde un máximo de 40 (OI 1555) a un mínimo de 4 mm (OI 929.4).
El fragmento más grueso y de mayores dimensiones del lote (OI 912) mide ( 71) x (38) x 7 mm. Más significativo, a efectos de identificación epigráfica, es el grosor.
Desconocemos si otros tres fragmentos, anepígrafos, que miden 3 mm de grosor (OI 900.2, OI 901.2 y OI 1555), formaron parte en su día de placas conteniendo textos grabados o tuvieron otra función, como la decorativa.
Excepcionales son dos minúsculas plaquitas rectangulares de sólo 2 y 2'5 mm de grosor (OI 905 y OI 920.4), cuyas pequeñas dimensiones, su forma rectangular y el escaso grosor se corresponden adecuadamente con los bien conocidos y habituales parches utilizados para corregir desperfectos en la superficie de las tablas jurídicas de bronce.
Parche rectangular similar es también un pequeño fragmento encontrado en 1975 junto con otras doce pequeñas plaquitas anepígrafas de bronce en el sector oeste del foro (Bon neville et alii 1988: 35, no 12; Inv.
Precisamente uno de los fragmentos de bronce del conjunto que ahora describimos conserva restos de dos huecos rectangulares para insertar sendos parches con los que se habían reparado en su momento desperfectos de la superficie, habitualmente los producidos por burbujas de aire en la masa de fundición.
Del primero se conserva parte de los laterales y del fondo (9 mm de longitud máxima conservada por 3 mm de anchura máxima y 1'5 mm de grosor).
Casi paralelo al borde inferior de éste, en diagonal con la línea de las letras, se aprecia sólo el lateral inferior de un segundo rehundimiento, de 11 mm de longitud conservada y 1'3 mm de profundidad (OI 707).
En el bisel de otro se aprecia asimismo el lateral de un rehundimiento regularizado para insertar un parche de bronce (OI 902).
La necesidad de recurrir a este sistema de parcheo es resultado del proceso de fundición y vertido de la masa fundente de bronce sobre la superficie que hacía de molde, lo que propiciaba la formación de burbujas de aire en la masa.
Estos agujeros o burbujas de fundición en la masa metálica se pueden observar en el borde roto de uno de los fragmentos (OI 721.1).
Cuando estas burbujas estaban próximas a la superficie podían romperse por el grabado por percusión en frío, dejando un hueco que debía repararse, lo que se llevaba a cabo regularizando éste en forma rectangular e introduciendo en él los correspondientes injertos.
Los bordes de la mayoría de los fragmentos de este conjunto están rotos, salvo en dos casos (OI 785 y OI 1531), en los que se ha conservado, respectivamente, parte de uno de los bordes originales de las correspondientes placas.
Estos dos fragmentos, si bien no exhiben letras grabadas, además de parte No únicamente se dispone de un escaso número de letras conservadas, sino que a esto se suma su distribución en un reducido número de líneas: en un único caso resto de cuatro líneas, pero sólo un signo en cada línea, no siempre bien identificable, y sólo en tres casos una secuencia de cuatro letras en una misma línea.
Estas dificultades son la mayoría de las veces insalvables, impidiendo la identificación del contenido, a pesar de los intentos para casar -machina computatoria usu-estos mínimos restos con el repertorio de textos de epigrafía jurídica conocidos.
Únicamente en una ocasión (OI 976) el número de letras y la secuencia de éstas permiten, como veremos, plantear la posibilidad de encontrarnos ante un fragmento del estatuto político-administrativo de Baelo Claudia.
Otro fragmento de la colección (OI 1562), del mismo grosor, si bien con letras de diferente tamaño, también podría apuntar en la misma dirección, aun cuando la secuencia que conserva es demasiado genérica, por lo que igualmente podría corresponder a un documento jurídico de diferente tenor.
En cualquier caso, el recurso al bronce, las características de las placas, así como la tipología y el tamaño de las letras, sumado al hallazgo de estos fragmentos con contenido epigráfico en ámbito inmediato al foro, permiten deducir que nos encontramos ante documentos públicos, que, de forma verosímil, bien originariamente habrían estado expuestos fijados en las paredes de edificios significativos del corazón cívico de Baelo Claudia, bien habrían sido guardados como registro y referencia documental en el tabularium comunal.
La cronología de grabado de los documentos es altoimperial, sin poder avanzar mayor precisión debido a la imposibilidad de identificación textual, salvo quizás para el fragmento OI 912, que podría tener una cronología algo más reciente.
Describimos a continuación en forma de catálogo el registro textual individualizado de los fragmentos epigráficos, incluyendo un intento de aproximación a la identificación en los excepcionales casos en que ello parece posible.
1a línea: Caso de que la escotadura conservada a la izquierda perteneciera a una letra, ésta arrancaría muy por debajo del resto.
Del segundo signo se conserva un golpe de buril en forma de curva hacia abajo.
Del tercero queda el refuerzo horizontal al pie de una letra no identificable.
De la última letra de la primera línea queda el refuerzo al pie y el arranque de un asta vertical, pudiendo corresponder a una I, P o T.
2a línea: La primera crux corresponde buenamente a una posible T, en cuyo caso con la anterior letra podrían formar una terminación verbal; mientras que la segunda podría identificarse como una D, mejor que como una B o una P. OI 899.1 (Fig. 6)
1a línea: es posible la existencia de un trazo vertical.
Las posibilidades de interpretación son tan plurales, como indeterminadas.
Si nos concentramos en los textos legales, en ellos está primero y, como no podría ser de otra manera, amplísimamente documentado el acusativo rem, pero asimismo encontramos esta secuencia en palabras declinadas en el mismo caso como, e. g., en viatorem, honorem, tutorem, maiorem, minorem, emptorem, ulteriorem (Baeticam), singularem, Caesarem, patrem, adiutorem, memorem, matrem, dolorem, priorem, pero también en verbos como removeri, remitti, o formando parte de palabras en otros casos, como remissione, o en el indeclinable siremps, entre otras.
Todo ello, por supuesto, sin excluir la posibilidad de la secuencia corresponda a dos palabras diferentes, bien...R + EM..., bien...RE + M...
De la segunda letra se ha conservado sólo el vértice en el que se unen dos líneas incisas, la de la derecha sobrepasando a la de la izquierda; mejor una N que una A.
OI 912 (Fig. 7) Ancha franja longitudinal de 25 mm anepígrafa a la izquierda, por lo que el fragmento debió pertenecer a la parte izquierda de la correspondiente columna de texto.
Contiene restos de cinco líneas, de las que de cada una sólo se ha conservado una letra.
2a línea: La crux corresponde a un asta vertical incompleta abajo, con remate horizontal arriba (I o L).
1a línea: letra no identificable.
2a línea: de la posible R se conserva únicamente la curva y el que puede ser el trazo diagonal sólo en el bisel.
S muy cerrada y alargada.
3a línea: de la primera letra se conserva un trazo horizontal arriba y el asta en el bisel.
De la verosímil M se conserva un trazo en diagonal sobre otro en sentido contrario a izquierda en el bisel, más el ángulo superior del trazo inclinado de la letra.
4a línea: se conserva el ángulo superior de una A o N. OI 901.3 (Fig. 7) El fragmento conserva sólo una incisión a buril, correspondiente a una letra de imposible identificación.
OI 902 (Fig. 7) Restos mínimos de tres letras correspondientes a otras tantas posibles líneas de texto.
De la primera se conserva un profundo golpe triangular de buril, de la segunda un trazo inclinado, que pudo haber correspondido a una V, y de la tercera la parte superior de un asta vertical, correspondiente a una I o una L.
------? cuales encontramos ejemplos concretos en la epigrafía jurídica a los que remitir.
De las líneas conservadas en la superficie pueden tal vez identificarse como letras una I de 6 mm de altura en una primera línea, a cuya derecha y junto al borde existe un surco ancho, que no corresponde a una letra; así como, en una segunda línea, una posible C, elaborada con tres golpes de buril: curva de arriba a abajo, trazo horizontal sobre ésta de izquierda a derecha, trazo horizontal abajo, también de izquierda a derecha; y, a su derecha, el arranque de una incisión oblicua, que pudo formar parte de una A o una N. OI 929.3 (Fig. 8)
A la izquierda del surco una estrecha incisión epigráfica más profunda de sección en V, que pudo corresponder a parte del ojo y el trazo en diagonal de una hipotética R. Tangente con el surco y hacia la derecha una incisión diagonal hacia arriba; mientras que no sabemos si una línea muy tenue en el surco pudo haber pertenecido a una incisión anterior, lo que nos llevaría a plantear la posibilidad de que la segunda letra hubiese sido una C. OI 929.6 (Fig. 8) Restos en el borde y bisel de dos incisiones correspondientes a letra o letras desaparecidas y de imposible identificación.
OI 975 (Fig. 8) Conserva cuatro letras, la primera y la última incompletas, aunque resultan claramente identificables.
La primera letra debe ser indudablemente una O. En diagonal desde la parte inferior derecha de esta O 1a línea: del signo se conserva sólo la parte inferior de un trazo en diagonal.
3a línea: de la posible V se conserva sólo el arranque del trazo izquierdo en el bisel.
4a línea: de la crux se conserva sólo el trazo inclinado arriba, ¿otra posible V?
La crux es un rehundimiento que puede buenamente corresponder a la parte superior del asta vertical y al arranque del trazo horizontal superior de una E.
Letra rota, de la que el trazo horizontal superior se identifica sólo en el bisel.
Tras las letras se ha conservado una interpunción en forma de golpe de buril de sección triangular.
1a línea: De la última letra sólo se conserva el vértice inferior.
2a línea: Se conserva la parte superior de algunas letras.
Comienza con tres ángulos que pueden corresponder, los dos primeros a una M; el tercero, junto con el siguiente trazo en diagonal con refuerzo a izquierda a una V; a continuación dos trazos curvos que, aún sin unirse en vértice, podrían haber correspondido a una hipotética O; seguido de lo que puede ser la parte superior de una M, de la que, en este caso, se conservan los tres primeros trazos inclinados, el tercero en el bisel.
Quedan abiertas las posibilidades de interpretación, que asimismo dependen de que se trate de las secuencias R + ACṾ o RA + CṾ, para ninguna de las AES COLLECTANEUS: FRAGMENTOS DE BRONCES JURÍDICOS PROCEDENTES DEL FORO DE BAELO CLAUDIA Figura 8.
Selección de fragmentos analizados en el estudio (y III).
Por ello, además de que en los testimonios de epigrafía jurídica conservados no hayamos documentado la secuencia Q MIN, debiera descartarse que la primera letra conservada fuese una Q. La segunda letra es una M, la tercera una I y la última una N:
En los ejemplos de epigrafía jurídica disponibles la secuencia OMIN se documenta en derivados de nomen como nomine, nomina o praenomina, en algún caso formando parte de hominum, pero sobre todo resultan abundantísimas las derivaciones de nominare, en la forma verbal nominaverit, como participio en nominatus, en el sustantivo nominatio, declinado en los correspondientes casos, o en el adverbio nominatim.
Más infrecuentemente formando parte de dominum, en el adverbio nihilominus o en la conjunción quominus.
Por la apariencia formal del fragmento, la secuencia de letras y la frecuencia de ejemplos conservados en la epigrafía jurídica, resulta factible la posibilidad de que el fragmento formase originariamente parte de un pasaje referente a la nominatio candidatorum.
En cualquier caso, teniendo asimismo en cuenta las restantes alternativas de restitución con antelación contempladas, creemos que debe considerarse plenamente asumible la propuesta de que nos encontramos ante un pequeño fragmento superviviente del estatuto municipal de Baelo, comunidad verosímilmente promovida a la categoría municipal por el emperador Claudio, incorporándose así su nombre en la titulatura oficial de la ciudad8.
1a línea: El segundo resto conservado en el bisel del borde superior tal vez puede corresponder, por la curvatura, a una O.
La secuencia "RE DE" es extraordinariamente frecuente en la epigrafía jurídica, de lo que es cumplida cuenta, e. g., las veces que se repite en la Lex Irnitana:...
1a línea: posible pero inseguro resto de arranque de letra, por indicio en el bisel 2a línea: A la izquierda se aprecia en el borde el bisel de una letra inclinada, que verosímilmente debe corresponder a una V; a la derecha arranque inferior de una letra no identificada, posiblemente en ángulo hacia la derecha.
PROCESO DE AMORTIZACIÓN DE LOS BRON-CES
Las características formales de los materiales aquí recogidos, por su carácter fragmentario, sus pequeñas dimensiones, el daño no natural a que fueron sometidas muchas de las placas, con alabeos y retorcimientos (OI 721.2, OI 901.1, OI 902, OI 903, OI 911, OI 912, OI 920.1, OI 920.2, OI 921, OI 922, OI 929.1 y OI 1531), así como los recortes artificiales llevan a suponer que estamos ante fragmentos de aes tabularis resultado del proceso de amortización o reutilización sufrido por los bronces a que éstos pertenecían.
En concreto los anchos surcos de significación no epigráfica que se aprecian indistintamente en muchos fragmentos de este conjunto de bronces (OI 721.2, OI 899.3, O1 901.1, OI 902, OI 911, OI 912, OI 920.1, OI 920.2, OI 922, OI 929.2, OI 929.3 y OI 975), incluso en ocasiones en anverso y reverso, deben ser verosímilmente expresión de este proceso de desmembramiento y fragmentación de los bronces de los que habían formado originariamente parte, mediante la posible utilización de cinceles y posterior forzamiento de la pieza por las líneas de debilitamiento provocadas por aquéllos, de lo que pueden ser buen ejemplo los fragmentos OI 911 y OI 1450.
La naturaleza y datación de los depósitos en los que han sido hallados los fragmentos de bronce, paquetes heterogéneos con abundante material de uso cotidiano, generados en un momento avanzado del siglo iv o comienzos del v d.
C., armonizan plenamente con esta actividad de reaprovechamiento tardío de los materiales, muchos de los cuales habrían debido de engalanar otrora el foro y que, luego, una vez perdida su operatividad cívica en el caso de los bronces epigráficos, llegaron a adquirir así un nuevo valor de reaprovechamiento.
La literatura clásica transmite información sobre la reutilización de las placas epigráficas de bronce una vez que éstas hubieran perdido su primitiva funcionalidad como soporte para textos de carácter público, contradiciendo en la práctica la intencionalidad primera de guardar de aquéllos recuerdo permanente, aera sacrandam ad memoriam en palabras de Tácito (Ann.
A este respecto resulta precioso un pasaje de Plinio el Mayor, el único que registra el adjetivo "collectaneus" aplicado precisamente al bronce: Sequens temperatura statuaria est eademque tabularis hoc modo: massa proflatur in primis, mox in proflatum additur tertia portio aeris collectanei, hoc est ex usu coempti.
Así sabemos por Plinio que, para la elaboración, tanto de estatuas, como de placas de bronce para uso epigráfico, una vez fundida la aleación, se debía introducir en ésta bronce ya usado y adquirido con este fin -se entiende que, por operatividad y facilidad de fundición, en forma de fragmentos-en una proporción de un tercio del total.
Por último, se vertían sobre la masa, por cada cien libras de ésta, doce libras y media de plomo argentario.
Éste es el fin a que se vieron abocadas muchas de las placas de bronce ya en la Antigüedad.
Los fragmentos conservados ahora, escapados a este fin, podrían constituir así una valiosa huella arqueológica de la dinámica generada en torno a la economía y tecnología del aes tabularis en época romana.
Es muy natural suponer que la refundición hubiera sido destino natural también para los bronces de Baelo Claudia, y para ello no habría que esperar al siglo iv, tratándose de un procedimiento habitual con antelación a esta época.
Pero para este reaprovechamiento por refundición en hornos para metales se requería personal cualificado y una infraestructura mínima, siendo rentables sólo si su uso tenía carácter regular y para un volumen de tarea suficiente, amén de que, por motivos de salubridad, los talleres de refundición no se ubicaban en ámbito urbano.
Los nuevos fragmentos broncíneos de los que nos ocupamos aparecieron en un mismo ambiente espacial y asociados a un mismo estrato cronológico: un antiguo edificio altoimperial de uso público o quizá semipúblico, que habría sido posteriormente ocupado por espacios de funcionalidad probablemente doméstica; pero no se encontraron juntos, lo que habría hecho pensar que hubieran sido almacenados conjuntamente, en este caso incluso habiendo permitido suponer por añadidura que hubieran podido ser destinados a su transporte al lugar de refundición formando un agregado unitario.
Pero, no sólo esto, sino que los bronces encontrados ahora no son los grandes trozos esperables de una fragmentación primaria de las tablas de bronce originales, a lo que habrían sumado los destrozos ocasionados, en el caso de las grandes placas expuestas públicamente, por la extracción violenta de las paredes en que estaban fijadas, sino sólo pequeños fragmentos.
Éstos, bien habrían pasado desapercibidos y, perdidos ya de antiguo -sólo ahora han sido recuperados-, o bien habrían podido estar destinados, no sólo a su refundición, sino, como otra fórmula de reaprovechamiento, a su transformación artesanal en frío; aunque luego, por el motivo que fuese, este reciclamiento no se llevó a cabo.
Nos estamos refiriendo con esta última posibilidad a la reutilización de fragmentos como los ahora recuperados para elaborar pequeños objetos de bronce de amplia necesidad Archivo Español de Arqueología 2018, 91, págs. 39-54 ISSN: 0066 6742 https://doi.org/10.3989/aespa.091.018.002 y uso cotidiano, documentados pródigamente en el yacimiento, como anzuelos, pesas de pesca, clavos para carpintería o zapatería, decoración doméstica y personal, entre otra innumerable variedad de pequeños productos artesanales.
Para este tipo de transformación, disponiéndose de un amplio número de pequeños fragmentos de bronce, la infraestructura y el espacio requeridos serían mínimos.
Estas actividades artesanales en teoría podrían haberse acomodado adecuadamente en el mismo ámbito donde se encontraron los fragmentos.
Sin embargo no podemos perder de vista que similares fragmentos no sólo se han encontrado aquí, sino que, como dijimos con antelación, otros muy similares se habían localizado previamente en otros espacios diferentes, aunque también próximos al foro, por lo que deben entenderse preferiblemente como fragmentos perdidos en el proceso de extracción y desmembramiento de las tablas de bronce originales.
Sea cual hubiese sido la fórmula de reutilización, los fragmentos de bronce que aquí hemos presentado son así pequeños y humildes fósiles salvados in extremis y por circunstancias casuales del triste destino al que habrían sido abocados las majestuosas tablas de bronce que fueron expresión de los fundamentos jurídicos de la otrora floreciente vida urbana del municipio, hurtándonos así desgraciadamente su recuerdo y el conocimiento de la preciosa información histórica que portaban.
AES COLLECTANEUS: FRAGMENTOS DE BRONCES JURÍDICOS PROCEDENTES DEL FORO DE BAELO CLAUDIA Figura 7.
Selección de fragmentos analizados en el estudio (II). |
Girona) se produjo entre 2004 y 2006 el hallazgo de la primera gran necrópolis visigoda en la Tarraconense oriental, compuesta por 58 enterramientos con ajuares y objectos de ornamentacion tipicamente germánicos (hebillas, apliques, fíbulas...).
La existencia de esta necrópolis se debe poner en relación con la proximidad de la ciudad de Gerunda, de la Vía Augusta y del castellum tardoantiguo descubierto recientemente en el muncipio vecino de Sant Julià de Ramis.
Entre octubre de 2004 y julio de 2006, cuatro campañas de excavación en el barrio del Pla de l'Horta (Sarrià de Ter, Girona), dejaron al descubierto una extensa área de necrópolis que presentaba dos fases claramente diferenciadas: una primera fase romana (siglos II-V) y una segunda fase visigoda (siglo VI) 1.
Fue el hallazgo de los 58 enterramientos que componían esta segunda etapa del cementerio lo que permitió documentar la primera necrópolis con una mayoría de enterramientos visigodos de la Tarraconense oriental, una región donde la presencia de población germánica más allá del ámbito de la administración estatal y del ejército en el siglo VI parece ser que fue poco más que anecdótica.
ENTORNO GEOGRÁFICO Y HISTÓRICO
Pla de l'Horta está situado a unos 500 m al oeste del casco antiguo de Sarrià de Ter, que se extiende a lo largo del antiguo trazado del camino real de Barcelona a Francia, hoy convertido en calle.
En el extremo sur de la población se encuentra el puente de l'Aigua o Pont Major (Puente Mayor), construido sobre un antiguo puente medieval por donde el mencionado camino real cruzaba el curso del río Ter (Fig. 1).
Este puente tenia orígenes y cimientos romanos y cerca de él fue hallado en 1876 un miliario perteneciente a la Vía Augusta 2.
Durante los años setenta del siglo XX se descubrieron en Pla de l'Horta los restos de una extensa villa romana compuesta por dos cuerpos principales de edificación articulados en torno a sendos patios y por diversas dependencias anejas, algunas de las cuales pavimentadas con excelentes mosaicos3.
Esta villa se 1 Los trabajos fueron sufragados por el Ayuntamento de Sarrià de Ter (2005 y 2006) y los promotores de dos obras particulares que afectaban al yacimiento, Gertrudis Martínez (2004) y Manuel Saavedra (2005).
Las cuatro excavaciones, encargadas a la empresa Janus S.L., fueron dirigidas por Josep Frigola y Jordi Merino (2004), Joan Llinàs y Carme Montalbán (2005) y Joan Llinàs y Anna Tarrés (2006).
2 Una buena obra completa sobre la historia de Sarrià de Ter ha sido publicada recientemente (Brugada 2006).
Aun así, el hallazgo posterior de algunas inhumaciones en cista ha hecho suponer la existencia de poblamiento en esta zona con posterioridad a esta fecha4.
La necrópolis, de una superficie conocida de unos 700 m 2, presentaba los enterramientos en una cota que se disponía siguiendo la antigua pendiente natural del terreno en dirección este, mirando al río Ter.
El yacimiento (Fig. 2) se pudo delimitar bien por los lados norte, este y oeste, mientras que por el sur continúa por debajo de la avenida Jacint Verdaguer.
No hay indicios de que la necrópolis termine aquí, sino al contrario, ya que incluso algunos de los enterramientos (núm. 60, 53 y 73) llegaban a adentrarse en el perfil meridional de la excavación.
También hay un pequeño sector sin documentar, situado al noreste de la parte conocida del yacimiento.
Las cuatro campañas de excavación efectuadas permitieron localizar un total de 79 tumbas, distribui-das, como ya hemos apuntado antes, en dos sectores claramente diferenciados: 21 enterramientos, concentrados al noroeste de la zona excavada, eran de época romana (siglos II-V), y los 58 restantes eran de época visigoda y se pudieron datar en el siglo VI.
No entraremos en detalle por lo que respecta a la necrópolis romana, ya que se aleja del objeto de este estudio.
Aun así, debemos describirla someramente ya que su existencia fue uno de los factores que condicionaron, en el siglo VI, la instalación de la necrópolis visigoda.
La necrópolis romana pertenecía sin duda a la vecina villa del Pla de l'Horta y estaba centrada por una construcción cuadrangular de unos 5 metros de lado, muy arrasada, que identificamos como los restos de un monumento funerario.
Alrededor y en su interior se distribuían 21 enterramientos, 16 de los cuales eran cajas de tegulae, dos eran tumbas de obra de piedra y mortero de cal, dos más eran fosas y, finalmente, había un osario.
Cuatro de los enterramientos contenían ajuar, consistente en un recipiente de cerámica: en total, dos cuencos y dos jarritas de cerámica común oxidada5.
Conocemos plenamente esta necrópolis, que se articuló tomando como centro la construcción cuadrangular, con unas tumbas más significativas en su interior y las demás circundándola por el exterior, siguiendo la orientación de sus paredes.
Los enterramientos se inscriben perfectamente dentro de las tipologías habituales de las necrópolis romanas entre los siglos II y V.
LA NECRÓPOLIS DE ÉPOCA VISIGODA:
LAS TUMBAS La necrópolis visigoda se extiende al este y al sur de la romana (Fig. 2), probablemente entonces todavía visible, y de ella pudimos documentar un total de 58 enterramientos, todos orientados este-oeste.
30 tumbas eran fosas excavadas directamente en el subsuelo (Fig. 3).
De ellas, 24 eran fosas simples, cinco de las cuales tenían alguna piedra o algún fragmento de tegula clavado a su alrededor y dos (núm. 14 y 62) conservaban losas de tapadera.
Los seis enterramientos restantes eran fosas con los dos extremos delimitados con tegulae clavadas (Fig. 4).
Siete tumbas eran fosas delimitadas con piedras y fragmentos de tegula (Fig. 5) y solamente una de ellas (tumba 64) presentaba una cubierta de losas.
Muy parecidas eran las tumbas núm. 48, 60 y 73, que presentaban, no obstante, mayor concentración de piedras y tegulae y se pueden considerar, de hecho, cajas mixtas.
Había 16 enterramientos en cajas de losas de piedra o cistas (Fig. 6), de los cuales 12 conservaban, total o parcialmente, la cubierta, hecha también de losas.
9 de estos sepulcros no tenían losas en el fondo.
Finalmente, debemos mencionar un sarcófago liso de piedra (tumba 40; fig. 7) y una caja de tegulae (tumba 52; fig. 8).
El tipo de tumbas, con un claro predominio de las fosas y de las cistas o cajas de losas, es el habitual en cementerios de esta época6.
Se puede observar cómo se ha abandonado prácticamente la inhumación en caja de tegulae, de la que tenemos un único ejemplar (tumba 52), sin embargo innegablemente visigodo, ya que proporcionó una hebilla de bronce con la aguja de base escutiforme.
Un dato interesante a comentar es la clara diferenciación del tipo de tumba según su ubicación dentro de la necrópolis.
Así, vemos que casi todas las cajas de losas están concentradas en el sector sures- te, mientras que mayoritariamente encontramos las fosas simples en los sectores suroeste y norte (Fig. 2).
Se puede pensar en una diferenciación de tipo jerárquico (las cistas son enterramientos más costosos que las fosas), que podría incluso responder a agrupamientos familiares dentro del propio cementerio7.
No podemos descartar, sin embargo, que esta distribución pueda ser debida a causas de tipo cronológico, según parece deducirse de los elementos de ornamentación personal recuperados, que nos indicarían que la necrópolis se fue extendiendo desde las proximidades del antiguo cementerio romano en dirección este.
Más adelante trataremos los datos aportados en este sentido por los mencionados objetos de ornamentación.
Si tenemos en cuenta los datos obtenidos a partir de las medidas de las tumbas, debemos añadir a la lista de infantiles las tumbas sin esqueleto núm. 42, 75, 77 y 79, por lo cual nos encontraríamos con un total de 45 tumbas destinadas a adultos y 13 a niños9.
El estudio antropológico realizado in situ en la excavación sobre 16 de estos individuos (núm. 37, 38, 41, 43, 44, 46, 47, 50, 54, 55, 56, 57, 58, 59, 68 y 74) permitió precisar la edad y el sexo de algunos de ellos, así como algunas patologías, como una articular degenerativa, con diversos casos de espondiloartrosis, propia de individuos maduros o seniles, una fractura consolidada en el antebrazo, problemas dentales e incluso una fractura antemortem de tibia y peroné que no llegó a consolidarse.
La mayoría de los esqueletos estaban depositados en decúbito supino, excepto el individuo del enterramiento 58 que estaba colocado en una cista muy estrecha en posición decúbito lateral derecho10.
LOS OBJETOS DE ORNAMENTACIÓN PERSONAL Y LOS AJUARES
En 31 de las inhumaciones se hallaron objetos de ornamentación personal.
En su mayoría, estos enterramientos proporcionaron una sola pieza, generalmente una hebilla, que iba acompañada de pequeños apliques en cuatro enterramientos, de una segunda hebilla en otras nueve tumbas y de botones en tres casos.
Un enterramiento, el 63, proporcionó tres botones, sin ninguna hebilla.
Algunos enterramientos, además de objetos relacionados con la indumentaria del difunto, proporcionaron ajuares variados.
Así, en el enterramiento 17 había tres cuentas de collar de pasta de vidrio (Fig. 9), en el 44 una ficha de juego de cerámica, en el 59 un cuchillo de hierro, en el 61 un objeto de hierro difícil de identificar, y en el 62 dos cuchillos, también de hierro (Fig. 10).
Pero destacan, con diferencia y por su riqueza, los ajuares de los enterramientos 18, 32, 54 y 66.
En el primer caso debemos mencionar un conjunto de pequeñísimas monedas bajoimperiales del tipo AE411
En el enterramiento 32 (Figs.
11 y 12), al lado de una hebilla con su correspondiente aplique y de una segunda hebilla, aparecieron en el extremo distal del antebrazo derecho, juntos y dispuestos paralelamente a la extremidad, varios objetos de hierro (un cuchillo, un gancho y tres tallos con punta indeterminados), situados sobre una piedra plana alargada.
En el enterramiento 54 se recuperaron un broche de cinturón con incrustaciones de pasta de vidrio (Fig. 13) y una gran fíbula muy elaborada, también con incrustaciones, ambos sobre la pelvis, en el lado izquierdo del cadáver.
En esta inhumación se recuperaron también una hebilla de hierro, un punzón de bronce con una argolla, un pendiente anular también de bronce junto al temporal y unas cuentas de collar de pasta de vidrio en la zona del cuello.
Finalmente, el individuo del enterramiento 66 portaba en el lado derecho de la caja torácica un cuchillo de grandes dimensiones dentro de una vaina, de la cual recuperamos el refuerzo de bronce de la punta.
En esta inhumación también se hallaron dos hebillas, un anillo, una placa circular y un botón, todos de bronce, y otro cuchillo de hierro, más pequeño (Figs.
La mayoría de objetos recuperados en la necrópolis son de bronce, material utilizado en hebillas, apliques, fíbulas, botones y anillos.
Entre los objetos de este metal destacan por encima de todo las hebillas: se recuperaron 27, distribuidas en 21 enterramientos (en cuatro enterramientos -núm.
Un buen número de estos objetos (12), de bronce fundido, tienen la aguja con una característica base escutiforme (fig. 16); la mayoría son ovaladas, pero hay dos rectangulares (enterramientos 47 y 66; figs. 14 y 17) 12.
Las hebillas con aguja de base escutiforme se utilizaron abundantemente a lo largo de los siglos V y VI en Hispania, especialmente en el centro 13.
Hebilla de bronce y cuchillos de hierro del E-62.
En Cataluña tenemos solamente cuatro paralelos conocidos de este tipo de hebillas: uno procede de la necrópolis del Hospital Militar de la Ciutadella de Roses (Girona), otro de la Pineda (Tarragona), otro de la villa romana de Els Antigons (Reus, Tarragona) y el cuarto de la necrópolis de la calle Sant Jaume, 121, de Granollers (Barcelona) (Nolla y Amich 1996-97: 1030- ciadas a unos pequeños apliques de bronce, también escutiformes, como ocurre en los enterramientos 18, 29, 32 y 68 (Fig. 11).
Aunque las hebillas podrían haber tenido centros de producción -por imitaciónen la península Ibérica, la única zona segura de producción de estos apliques es hoy por hoy Europa central 14.
Cuatro hebillas tienen la aguja simple (enterramientos 53, 66, 71 y una sin contexto) y 4 más (enterramientos 38, 41, 64 y 76) la tienen de hierro, con la particularidad que la hebilla del enterramiento 76 tiene forma pentagonal (Fig. 18).
De las hebillas de bronce de los enterramientos 32 (las dos), 44 y 59 no se recuperó la aguja.
Hay 3 hebillas de placa rígida (enterramientos 47, 62 y 72), la primera (Fig. 19) y la última (Fig. 20) con espina dorsal, cuerpo de lengüeta rectangular y cuatro lóbulos en los extremos, y la segunda -que es la única que ha conservado la aguja-sin decoración (Fig. 10).
Este tipo de hebillas son propias de la segunda mitad avanzada del siglo VI y principios Finalmente, debemos destacar el broche del enterramiento 54 (Fig. 13), con una placa rectangular decorada con un sistema de mosaico de celdillas con incrustaciones de pasta de vidrio que conforman un dibujo geométrico y simétrico, todo ello revestido por una fina capa de oro, parcialmente perdida.
Se trata de un ejemplar del tipo I de esta clase de broches de cinturón y se puede datar entre finales del siglo V y la segunda mitad del siglo VI 19.
Este ejemplar es el primero de Cataluña que se ha hallado en una excavación arqueológica sistemática.
De las tres fíbulas recuperadas, la del enterramiento 44 es una fíbula de arco clásica.
La del enterramiento 17, en cambio, es una fíbula fundida en bronce, de arco del tipo III (Fig. 9); se compone en un extremo de una parte semicircular o placa de resorte, decorada con incisiones radiales, a cuyo alrededor hay cinco apéndices decorativos, los dos de los extremos en forma de cabeza de águila.
El puente presenta dos profundas lineas incisas longitudinales y el enganche, de forma romboidal, está decorado también con lineas incisas y rematado externamente con seis apéndices engrosados de forma circular.
El apéndice distal de la pieza es liso y en el reverso de la fíbula se conserva in situ la aguja de hierro.
Este tipo de fíbulas, hechas a molde, pertenecen a la última fase de las fíbulas de arco visigodas y se datan en la segunda mitad del siglo VI.
Parece que procedirían de un único taller, ubicado en el centro de la península Ibérica, y que serían propias de la vestimenta visigoda, que entró en desuso a partir de finales del siglo VI 20.
Este tipo de fíbula es raro en Cataluña, ya que solamente se conocen tres paralelos claros procedentes de Tarragona, pero de origen real dudoso 21, a las cuales podríamos sumar otras cinco, halladas en Estagel 22.
De todas ellas, tan sólo una de las de Estagel pertenece, como la nuestra, al tipo III.
La tercera fíbula, hallada en el enterramiento 54, es un ejemplar muy mal conservado de fíbula de placas y arco en plata y bronce, de gran tamaño y de técnica trilaminar, compuesta por una placa de resorte semicircular, puente y placa de enganche de forma Fig. 14.
Hebillas, anillo y botón de bronce.
Las piezas que recubrían los extremos del puente estaban decoradas con mosaicos de pasta de vidrio, parecidos a los del broche hallado en el mismo enterramiento, y constituyen la parte mejor conservada y más destacable de esta pieza.
Originaria de Europa Oriental, este tipo de fíbula es propio del siglo V y desaparece a prin-cipios del siglo VI 23.
Nuestro ejemplar es el primero que se ha encontrado en Cataluña.
Referente al material de hierro, destacan también las hebillas, de las cuales se recuperaron 10, todas de forma ovalada, pero debemos mencionar además las hojas de cuchillo (dos en los enterramientos 18 y 62 y una en los enterramientos 32, 59 y 66), así como varios punzones o herramientas indeterminadas, que aparecieron agrupadas en los enterramientos 32 y 66 (Figs.
En el enterramiento 18 se recuperaron una docena de pequeñas monedas, todas del tipo AE-4, acuñadas en la segunda mitad del siglo IV.
La mayoría aparecieron pegadas entre sí y en el momento de redactar este texto todavía se encuentran en proceso de restauración, por lo cual ha sido imposible hasta el momento realizar su estudio.
Entre el material de pasta de vidrio, finalmente, destacan las cuentas de collar de los enterramientos 17 y 54.
Podemos situar perfectamente la necrópolis dentro del siglo VI.
En primer lugar, debemos destacar que se diferencia claramente de la necrópolis romana precedente tanto por los tipos de sepulcro (entre los 58 enterramientos visigodos hay una sola tumba en caja de tegulae contra las 16 de 21 de la necrópolis romana) como por los ajuares y objetos recuperados.
La necrópolis tiene un momento de inicio que hemos de establecer a partir de algunos de los objetos recuperados en varias tumbas.
Debemos fijarnos especialmente en el rico ajuar del enterramiento 54, donde destacan dos objetos únicos en nuestra necrópolis, que son el broche de cinturón de placa rectangular con incrustaciones de pasta de vidrio (Fig. 13) y la fíbula de placas y arco en plata y bronce.
La hebilla tiene una cronología más laxa y se puede datar entre finales del siglo V y la segunda mitad del siglo VI 24, pero la fíbula es de un tipo propio del siglo V o, como mucho, de principios del siglo VI 25.
Es muy probable, pues, que el material recuperado en este enterramiento nos esté dando un término post quem para el inicio de funcionamento de la necrópolis que deberíamos situar a finales del siglo V o a principios del siglo VI.
En primer lugar por los objetos de datación más moderna, que serían la fíbula de arco del tipo III del enterramiento 17 (fig. 9), de la segunda mitad del siglo VI 26 y muy especialmente las tres hebillas de placa rígida (enterramientos 47, 62 y 72; figs. 10, 19 y 20), propias de la segunda mitad avanzada del siglo VI y principios del siglo VII 27.
En segundo lugar, debemos destacar la total ausencia de materiales propios del siglo VII, como las hebillas de placa rígida calada o las de placa rígida liriforme, de las cuales (a diferencia de todo lo hallado en Pla de l'Horta) sí tenemos ejemplares procedentes de otros lugares de la misma provincia de Girona, como Empúries 28, Roses 29 o incluso un ejemplar procedente del vecino municipio de Sant Julià de Ramis 30.
Teniendo en cuenta estos dos factores, pues, podemos establecer con bastante fiabilidad un termino ante quem para el momento final de la necrópolis en torno a finales del siglo VI-principios del siglo VII, de lo que resulta, por lo tanto, un período de funcionamento máximo de unos cien años que abarcaría, a grandes rasgos, el siglo VI 31.
No debemos olvidar en este punto un yacimiento cercano de gran importancia que puede tener mucha relación con nuestra necrópolis.
Se trata de la necrópolis de Les Goges, compuesta por 207 fosas y situada a poco más de 2 km al noreste de Pla de l'Horta, en Sant Julià de Ramis.
Esta necrópolis, donde entre otros objetos se hallaron dos monedas de Chindasvinto, fue fechada entre finales del siglo VI- principios del VII y principios del IX 32.
Actualmente, después de los hallazgos del castellum de Sant Julià de Ramis (v. infra) y de la necrópolis visigoda de Pla de l'Horta, no podemos evitar relacionar con ellos la existencia de la necrópolis de Les Goges, que muy bien podría haber sucedido a Pla de l 'Horta y haber PLA DE L' HORTA (SARRIÀ DE TER, GIRONA)
Otra hipótesis, ya formulada 33, defiende que el personal visigodo del castellum se habría enterrado a partir del siglo VII y después de su conversión al catolicismo alrededor de la iglesia de Sant Julià, situada en la cima misma de la montaña y muy cercana a la fortificación.
En cualquier caso, la existencia de estos dos yacimientos ayudaría a explicar el abandono de nuestra necrópolis de Pla de l'Horta.
Finalmente, destacaremos un aspecto proporcionado por la tipología de las tumbas de Pla de l'Horta y su distribución espacial dentro del cementerio.
Si observamos la planta general (Fig. 2), vemos claramente cómo la práctica totalidad de las cistas (14 de 16) se concentran en el sector sureste del área excavada, donde, en cambio, no encontramos ninguna de las 30 fosas simples, cuya distribución se reparte por todo el resto de la superficie de la necrópolis.
Si nos fijamos en los ajuares y objetos de ornamentación, las diferencias entre los dos tipos mayoritarios de sepulcros son también remarcables.
Así, los enterramientos con ajuares más ricos (núms.
18, 32, 54, 62, 66...) pertenecen exclusivamente a simples inhumaciones en fosa, mentras que los dieciséis induviduos inhumados en cistas proporcionaron en general materiales considerablemente más escasos.
Todo ello parece revelar una evolución espacial de la necrópolis que, a grandes rasgos y generalizando, se extendería a partir de los límites exteriores este y sur de la necrópolis romana preexistente, respetándola, en dirección hacia el este, donde encontraríamos la mayor parte de los enterramientos más modernos.
Así, vemos que, a medida que avanza el siglo VI, los enterramientos con ajuares ricos dentro de unos sepulcros sencillos, son sustituídos por sepulcros en cista y con ajuares más pobres o inexistentes 34.
En consecuencia, pues, y teniendo en cuenta que no todos los enterramientos de la parte «antigua» del cementerio de época visigoda son ricos y que no necesariamente la expansión de los enterramientos hacia el este tiene que ser un fenómeno absolutamente regular, podemos suponer con notables garantías que los enterramientos más antiguos se realizaron durante las primeras décadas del siglo VI mayoritariamente en tumbas de fosa y al sur de la necrópolis romana, y que, a partir de este primer sector, la necrópolis se 33 VV.AA. 2006: 133.
34 Este fenómeno ya fue constatado hace tiempo por G. Ripoll, quien apreció que en las necrópolis fechadas en el siglo VI el porcentaje de inhumados con sus objetos personales suele oscilar entre el 30 y el 40 %, mientras que en el siglo VII las cifras bajan hasta el 10 % (Ripoll 1989: 417-418).
fue extendiendo en dirección este hasta que, en las últimas décadas del siglo, paralelamente a una generalización de las tumbas en cista, alcanzaría los sectores más orientales del yacimiento.
UNA COMUNIDAD VISIGODA EN LA TARRACONENSE ORIENTAL
En primer lugar, debemos destacar que hasta ahora Pla de l'Horta es la única necrópolis del siglo VI con mayoría de enterramientos visigodos localizada en la Tarraconense oriental y, de hecho, en todo el levante de la península Ibérica, una zona donde todos los hallazgos cementeriales de esta época responden todavía generalmente a modelos tardorromanos 35.
A modo de ejemplo, las hebillas, fíbulas y broches aparecidos en Pla de l'Horta son casi únicos hasta la fecha en toda la provincia de Girona, donde se conocen necrópolis tardoantiguas tan importantes como las de la Neápolis de Ampurias o de la Ciutadella de Roses, por citar dos ejemplos paradigmáticos 36.
En el resto de Cataluña solamente podemos destacar los casos de cinco yacimientos que han proporcionado materiales afines: la calle Sant Jaume, 121 (Granollers, Barcelona), la calle Montmany, 35 (Valldoreix, Barcelona), Collet del Cargol (Sant Mateu de Bages, Barcelona), la Pineda (Tarragona) y la villa romana de Els Antigons (Reus, Tarragona) 37.
Sumados, los hallazgos de estos cinco yacimientos que se pueden considerar de tipo germánico y datar en el siglo VI se concretan en un total de sólo 19 tumbas y 12 objetos de ornamentación.
Así pues, las características singulares de nuestra necrópolis la aproximan mucho más a los conjuntos similares de las gran- 35 En el Pais Valenciano, por ejemplo, se han hallado en los últimos años algunas necrópolis fechadas en época visigoda, como la Almoina (Valencia), Beniopa (Gandía) y la Senda de l'Horteta (Alcàsser), pero las tipologías de los objetos de ornamentación personal, por mencionar un aspecto concreto y relevante (especialmente en Beniopa), difieren claramente de los habituales en las necrópolis visigodas del siglo VI.
No se ha hallado en ella ni un solo objeto de ornamento personal ni ningún ajuar propios del siglo VI como los procedentes de Pla de l'Horta o de otras necrópolis afines de la zona castellana.
Por lo que respecta a la Ciutadella de Roses, hay un solo enterramiento, el núm. 5 de la necrópolis del área del Hospital Militar, con objectos de este tipo, concretamente dos hebillas, una con aguja de base escutiforme, y dos apliques, también escutiformes (Nolla y Amich 1996-97: des áreas del reino visigodo donde se concentran la mayoría de yacimientos de este tipo -la Meseta castellana-que no a los hallazgos dispersos y claramente minoritarios de la Tarraconense oriental.
La presencia de esta necrópolis en una zona y en una época dominadas por los enterramientos de tipo tardorromano debe responder forzosamente a la existencia en algún lugar cercano de una comunidad de origen visigodo y de confesión arriana, diferenciada de la mayoría hispanorromana y católica entonces predominante.
El contexto histórico parece claro.
A partir de la desaparición en 472 de la administración romana en la Tarraconense oriental se produjo un momentáneo vacío de poder en la zona que fue cubierto con bastante celeridad por el nuevo estado visigodo.
Establecido su dominio, la actuación goda en la actual Cataluña se limitó básicamente al control de las ciudades y de las vías de comunicación y, por lo tanto, su aportación poblacional fue mínima.
La escasez de hallazgos como los de Pla de l'Horta corroborarían este fenómeno.
En 507, la derrota visigoda ante los francos en Vouillé destrozó la parte gala del reino, aunque se pudo preservar la región de Septimania, en el sureste de la Galia, que se convirtió en una zona expuesta continuamente a los ataques francos.
Barcelona, Narbona y de nuevo Barcelona se convirtieron, alternativamente, en capitales del reino, y el recorrido de la antigua Vía Augusta entre estas dos ciudades actuó de auténtico cordón umbilical del estado.
A medio camino, la ciudad de Girona creció también en importancia: en 517 fue sede de un concilio episcopal en el que asistieron la mayor parte de los obispos tarraconenses, y en 531 albergó un concilium del reino en el que el rey Teudis depuso al praefectus Hispaniarum Esteban 38.
Fue en este contexto histórico cuando la comarca donde se halla Pla de l'Horta cobró cierta importancia.
Como ya hemos apuntado, se trata de una zona atravesada de norte a sur por un tramo de la Vía Augusta al que jalonan dos puntos estratégicos: al sur, a 2 km, la ciudad de Gerunda, con unas defensas reforzadas en el Bajo Imperio y cuyo antiguo kardo maximus era la propia vía; al norte, a 3 km, el desfiladero del Congost y el paso de Costa Roja, vigi- Esta reforma del castellum habría sido obra del estado visigodo, en estos momentos compuesto básicamente por elementos de procedencia germánica y confesión arriana, y habría ido acompañada de la dotación de un territorio, un fundus, que sería, precisamente, el de la antigua villa de Pla de l'Horta41.
Esta adscripción de un territorio al castellum tendría la función de proporcionar a sus habitantes las rentas y las materias primas suficientes (alimentarias sobre todo) para asegurar su pervivencia y su funcionamiento cotidiano.
Teniendo en cuenta, pues, la reciente y evidente existencia de un cementerio anterior en este lugar, no sería raro que la guarnición y el personal godo del castellum y sus familiares decidiesen reutilizarlo.
En cualquier caso, es evidente que la proximidad de Gerunda, la posible pervivencia o reocupación de una antigua villa suburbana, el paso de la Vía Augusta y la existencia del castellum constituyen cuatro elementos que ayudarían a comprender la existencia de una comunidad goda en esta zona durante el siglo VI.
Estos cuatro elementos ni mucho menos son excluyentes entre sí; al contrario, entendemos que su combinación fue seguramente determinante en el momento de la llegada y establecimiento de un contingente humano visigodo en esta zona.
Esta comunidad, ya residiera en Gerunda, en el castellum, en Pla de l'Horta o incluso en los tres lugares a la vez, instaló su cementerio propio, arriano, al lado de la antigua necrópolis de la villa romana, cerca de la Vía Augusta y adecuadamente a medio camino entre la ciudad y el castellum.
La estrecha cronología de la necrópolis (exclusivamente siglo VI), la cantidad de inhumados (cerca de 60, con la seguridad de que todavía quedan enterramientos por descubrir y que otros fueron destruídos hace tiempo) y el hecho que hayamos hallado en ella tanto mujeres, como hombres y niños son elementos que revelan que, como ya hemos remarcado anteriormente, muy probablemente nos encontremos ante una comunidad goda de cierta importancia, que sería la primera del siglo VI documentada arqueológicamente en la Tarraconense oriental y en todo el este de la antigua Hispania.
Concluyendo, en Pla de l'Horta nos hallamos ante una necrópolis en buena parte comparable a la mayoría de las que se extienden en el centro de la península Ibérica y que responde a los parámetros más comunes de este tipo de necrópolis.
Situada cerca de una gran vía de comunicación (la Vía Augusta) y de un río importante (el Ter), al lado de una antigua villa romana, se extiende por un terreno llano, suavemente inclinado hacia el este, en dirección a la vía y al río.
Conocida de una manera parcial, está compuesta por un mínimo de 58 enterramientos, ninguno de ellos reaprovechado, la mayoría en fosa y unos cuantos (16) en cista, siendo absolutamente minoritarios otros tipos de tumba (una caja de tegulae y un sarcófago).
En una parte importante de las inhumaciones se recuperaron objetos de ornamentación personal tipicamente germánicos (broches, hebillas, fíbulas...), y su cronología se pudo establecer con bastante precisión entre finales del siglo V y principios del VII como fechas extremas.
No dudamos de que nos hallamos ante un cementerio singular en esta zona, usado por elementos de procedencia goda y confesión arriana, estableciéndose así en este caso una relación directa entre el tipo de necrópolis y las características étnicoculturales de los inhumados en ella, un extremo que alguna vez se ha puesto en duda o se ha relativizado en otros casos similares42.
Desconocemos con certeza absoluta el hábitat de los enterrados en Pla de l'Horta, pero la presencia visigoda en esta comarca está sobradamente justificada dada la proximidad de la estratégica ciudad de Gerunda, la existencia de un castellum militar de control de una importante vía de comunicación e, incluso, la posibilidad de reocupación de una importante villa romana como fue Pla de l'Horta.
Finalmente, no se nos puede escapar que el abandono de la necrópolis coincide a grandes rasgos con las disposiciones unificadoras de Leovigildo y Recaredo y la conversión al catolicismo de la comunidad goda.
Sin duda, los visigodos de la comarca (exceptuando probablemente los que residían en la misma ciudad de Gerunda, que ya tenía sus propias áreas cementeriales) fueron enterrados a partir de entonces en otra parte, quizás en la antigua iglesia de Sant Julià, pero también, por qué no, en un cementerio común con los hispanorromanos de la zona, que podríamos ubicar con toda probabilidad en la vecina y cercana necrópolis de Les Goges, fechada claramente a partir del siglo VII. |
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El objetivo del trabajo es publicar una nueva estela celtibérica recuperada en Clunia.
Es una pieza que contiene una inscripción celtibérica y la representación de un guerrero, combinación característica de los monumentos procedentes de esta ciudad.
El texto está inscrito en signario celtibérico occidental, presenta redundancia vocálica y, en principio, es compatible con el denominado sistema dual.
Se dispone en una única línea de texto delimitada por dos líneas incisas, quizá parte de una cartela.
La lectura propuesta es mukuuroskiimine+ y, aunque no hay interpunciones, lo más plausible es identificar en primero término un nombre personal (Muguros) y un segundo elemento que carece de buenos paralelos.
Sobre el epígrafe aparece un infante calzado con botas, pertrechado con grebas y que parece vestir un sagum, con su diestra agarra un astil que porta sobre el hombro y cuyo extremo superior se ha perdido.
Above the epigraph there is an infantryman, wearing boots, equipped * Este trabajo se incluye en el proyecto de investigación: Hesperia: lenguas, epigrafía y onomástica paleohispánica (FFI2015-63981-C3-1-P) financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (MINECO) y el Fondo Europeo de Desarrollo Regional (FEDER).
PALABRAS CLAVE: celtibérico; guerrero celtibérico; grebas; sistema dual.
CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO / CITATION: Simón Cornago, I. y Gorrochategui, J. 2018: "Estela con iconografía e inscripción celtibéricas procedente de Clunia".
HALLAZGO DE LA ESTELA
Según consta a los responsables de las excavaciones en Clunia, la inscripción fue hallada en Abril de 2010.
El guarda del yacimiento la recuperó en la linde de un camino junto al pueblo de Peñalba de Castro y actualmente se conserva en los almacenes del Centro de Interpretación de Clunia.
Nos informó de su existencia Adelaida Rodríguez, conservadora del Museo Provincial de Burgos, y la autopsia fue realizada el día 28 de julio de 2015 y de nuevo el 23 de marzo de 2016, gracias a la amable colaboración del Dr. Francesc Tuset, director de las excavaciones, y de Gerardo Martínez.
Se trata de una pieza realizada en caliza e incompleta en sus extremos inferior y superior.
Conserva los lados originales, cuyas aristas están biseladas; sus dimensiones son (62) cm de altura, 63 cm de anchura y 23 cm de grosor (Fig. 1).
Presumiblemente es parte de una estela de formato rectangular, pues La cara frontal está alisada, pero presenta gran número de orificios característicos del tipo de caliza con el que está elaborada la pieza.
Ligeramente escorado a la derecha se ubica un rectángulo rebajado de 17,5 cm de ancho y que conserva (39,5) cm de altura.
En él se sitúa la figura de un hombre estante realizada en bajorrelieve, casi plano.
En su parte inferior se ubica el campo epigráfico, delimitado por dos líneas de 41,5 cm de longitud y con una altura que oscila entre los 4,5 y 5,5 cm. Formalmente la pieza difiere de las estelas discoideas halladas en Clunia, aunque presenta decoración como aquellas.
Sin embargo, la articulación entre imagen y texto es más sofisticada que en K.13.1, en la que el epígrafe tiene el aspecto de un grafito y carece de un espacio propio en lo que parece una composición iconográfica previa.
En nuestro monumento cada uno de los dos elementos, escritura e imagen, tiene un espacio propio y perfectamente delimitado.
La imagen se ubica en un campo rectangular y rebajado, que se conserva incompleto en su extremo superior, aunque no parece que sea mucho lo que se ha perdido, pues la figura humana que acoge se preserva casi en su integridad.
También está afectada por un surco, de función desconocida (pero probablemente fruto de su reutilización), que se ha practicado en el dorso del personaje.
Se ha realizado en bajorrelieve, prácticamente plano.
Esta técnica también se utiliza en otros monumentos clunienses que pueden considerarse coetáneos o inmediatamente posteriores.
Son las ya nombradas estelas discoideas, con representaciones de jinetes, y las dos estelas en las que también aparecen caballeros, pero que responden a otro formato, como la de Segio Lougesterico, con cabecera recta (Simón 2017).
También puede incluirse en este último tipo un monumento incompleto (ERClunia: no 100; Fig. 6), de cronología temprana, en cuya cara frontal hay rebajado un espacio rectangular en el que aparece un guerrero de pie que porta lanza y escudo circular; el epígrafe se ubica en el margen superior y, aunque redactado en latín, recoge vocabulario institucional celtibérico (Gorrochategui 2013).
En nuestro monumento también aparece una representación similar a la anterior.
Es la figura de perfil de un hombre estante que mira a la derecha (Fig. 2).
En ambos casos se ha representado una pierna delante de la otra, lo que parece ser un recurso para indicar movimiento.
Ambos portan un vestido largo que llega hasta las rodillas y que parece de una única pieza.
El brazo derecho de nuestro personaje, desproporcionadamente pequeño, surge del ropaje para Figura 1.
Nueva estela de Clunia (Fotografía J. Gorrochategui).
ESTELA CON ICONOGRAFÍA E INSCRIPCIÓN CELTIBÉRICAS PROCEDENTE DE CLUNIA portar un objeto asido por la mano.
No se aprecia ninguna manga ni similar, por lo que hay que pensar en una vestimenta abierta.
Pero quizá en estas piezas clunienses tenemos figurado el conocido sagum, término que parece de origen céltico y que los autores clásicos emplean para denominar los mantos que empleaban pueblos diversos, entre ellos los celtíberos como afirma Diodoro (V, 33): φοροῦσι δ' οὗτοι σάγους μέλανας τραχεῖς καὶ παραπλήσιον ἔχοντας τὸ ἔριον ταῖς αἰγείαις θριξίν (edición Loeb)3.
42) señala sobre los habitantes de Complega: Χρῶνται δὲ διπλοῖς ἱματίοις παχέσιν, ἀντὶ χλαμύδων αὐτὰ περιπορπώμενοι, καὶ τοῦτο σάγον ἡγοῦνται (edición Belles Lettres) 4.
La cabeza está parcialmente perdida.
Destacan el prominente mentón y la nariz, mientras que la boca es pequeña; con un círculo ovalado inciso se ha representado la oreja.
Con la mano sujeta un astil que se prolonga escasamente en su extremo inferior, aunque lo suficiente como para rebasar la zona rebajada y reservada como campo iconográfico.
Está apoyado en el hombro del personaje, pero en este punto la piedra está fracturada e impide reconocer de qué objeto se trata.
Lo más probable es que fuese una lanza o un venablo, ya que el espacio disponible hace pensar en un arma de astil corto.
También sobre el hombro porta una lanza el jinete de una de las estelas sin inscripción de Clunia (ERClunia: anepígrafa C), mientras que el infante de ERClunia: no 100 lleva su lanza empuñada.
Sin embargo, el astil de nuestra pieza parece muy corto, con lo que no puede excluirse que fuese otro objeto, quizá un estandarte o un báculo de distinción 5.
El hombre está calzado con botas, de las que se han marcado el tacón y el límite de la caña con dos líneas incisas horizontales y paralelas, situadas encima del tobillo.
Otra línea incisa recorre el perfil del pie, desde la parte superior del talón hasta la puntera.
No parece que represente la suela sino más bien un elemento decorativo como los que aparecen en algunas terracotas podomorfas.
El conocimiento sobre el calzado celtibérico es mínimo, pues no se han conservado restos materiales y sólo se documenta a través de la iconografía.
Es evidente que algunas figuras humanas representadas en las cerámicas de Numancia llevan calzado, aunque no siempre es un extremo fácil de determinar por el esquematismo que caracteriza a estas imágenes.
Ejemplos seguros son los que lucen dos personajes danzantes con cuernos enfundados en sus brazos, pues tienen unos tacones prominentes y punteras elevadas, en los que, además, una línea marca el límite con la pierna (Wattenberg 1963(Wattenberg: lám. X, 1-1236;;Romero 1976: fig. 4;1999: 53).
Por su parte y, a pesar de su pequeño tamaño, puede comprobarse cómo muchos de los jinetes que aparecen en las monedas celtibéricas calzan botas, de un tipo que se caracteriza por llevar dos tiradores laterales en su extremo superior6, que también aparecen en las propias acuñaciones de Clunia (DCPH II: 253, 2.a 3).
También se representa con botas el guerrero que aparece en otra estela del yacimiento de la que ya hemos hablado (ERClunia: no 100), delimitadas también en ese caso mediante líneas incisas a la altura del tobillo; además -como ya se ha dicho-porta un sayo parecido al de nuestro personaje, aunque lleva un escudo circular y una lanza en ristre (Fig. 6).
No siempre es posible determinar si están desnudos o no, pero hay al menos dos ejemplares que con seguridad están calzados, pues los recorren líneas en zig-zag que pudieran representar cordones, las costuras del cuero o bien ser elementos decorativos.
El más célebre de ellos es el recuperado en Numancia (Fig. 3 para la infantería de línea que combate en formación cerrada (Quesada 2004: 99), técnica que utilizaron los celtíberos en batallas campales como se desprende de algunos pasajes de la conquista (Quesada 2006: 162-167).
Grebas de metal se documentan en la Península Ibérica desde el Bronce Final y a lo largo de la primera Edad del Hierro y también en la iconografía de dicho periodo, como la escultura de Elche y el Cerrillo Blanco de Porcuna.
Sin embargo, desaparecen a partir del siglo iv a.
No obstante, las fuentes literarias nos informan del uso de grebas en fechas posteriores.
Diodoro especifica que se trata de piezas realizadas con material orgánico, por lo que no se han conservado resto alguno de ellas.
Sí las tenemos documentadas gracias a la iconografía numantina.
En algunas cerámicas no puede determinarse con certeza, de nuevo por su esquematismo, si los personajes representados portan o no grebas9.
Estos dos últimos destacan por el hecho de que varias líneas zigzagueantes recorren su superficie, asemejándose a la que aparece en las botas de nuestra figura.
Están también nítidamente marcados, además del calzado, los potentes gemelos; hay que subrayar que se trata de un elemento reiterativo en las esquemáticas representaciones humanas del ámbito celtibérico.
En ocasiones puede dudarse, por causa precisamente del carácter esquemático de las figuras, si este detalle se debe a que portan grebas, pero parece claro que en la mayor parte de los ejemplos se pretende representar la potencia física7.
Finalmente, hay que destacar que las espinillas están protegidas por sendas grebas (Fig. 4).
La representación de las mismas es muy esquemática, pues se reduce a una línea grabada y que nace en la parte posterior del extremo superior de las botas y que en diagonal se prolonga hacia las rodillas.
La función de las grebas es proteger las espinillas en los combates cuerpo a cuerpo en los que el enemigo empuña una espada larga o una gran lanza, con las que puede provocar heridas en las piernas y hacer caer a su rival.
No son adecuadas para las tropas ligeras sino Figura 3.
Terracota podomorfa de Numancia (Museo Numantino).
Fotografía de detalle de la estela, en la que puede apreciarse botas y grebas del guerrero (Fotografía J. Gorrochategui).
Es una de las más conocidas cerámicas numantinas, célebre por su excepcional iconografía.
En ella aparecen dos guerreros afrontados, de cuya panoplia destacan los yelmos con cimeras zoomorfas, los escudos circulares, la piel que parece recubrir a uno de los combatientes, las lanzas y la espada.
Pero también las grebas, que se representan con notable detalle: colocadas entre las rodillas y las botas, se ajustan mediante cordeles a la pantorrilla y el tobillo y cubren la parte anterior de la pierna (las espinillas), mientras que los gemelos quedan libres 10.
Las portan ambos guerreros y es posible que también las llevase un tercer personaje representado en otro fragmento de este vaso que actualmente está perdido 11.
Las piernas del peón de la ya varias veces citada estela de Licirico (ERClunia, no 100) están recorridas por sendas líneas dobles rayadas.
Su disposición no es idéntica a las grebas de nuestro ejemplar, pero probablemente están representando el mismo objeto, ya que se disponen en paralelo a las espinillas, para curvarse en su extremo (Fig. 6).
El detalle de las grebas es muy significativo, pues permite caracterizar al personaje de nuestro monumento como un guerrero, ya que, como hemos visto, no es completamente seguro que porte una lanza sobre su hombro.
Dicho extremo tiene su relevancia, pues en Se ubica bajo la representación del personaje descrito.
Se desarrolla en una única línea de escritura constreñida por dos líneas de guía, cuya longitud alcanza los 41,5 cm y delimitan una caja de escritura con una altura que oscila entre 4,5 y 5,5 cm (Fig. 7).
El campo epigráfico queda así delimitado por líneas incisas, pues las guías se han grabado como el resto del epígrafe, algo infrecuente en la epigrafía latina pero relativamente común en las inscripciones paleohispánicas sobre piedra.
En el corpus ibérico se conoce un número significativo de textos en los que se han grabado las líneas de guía, especialmente comunes en las inscripciones que proceden del área del Maestrazgo.
En lo que respecta a la Celtiberia, la única inscripción en la que se han grabado las líneas de guía es el excéntrico ejemplar recuperado en Ibiza (K.16.1 = BDH: IB.01.01), detalle por el que se ha supuesto la influencia de la práctica epigráfica ibérica en este texto (en último término, Velaza 2015).
Ahora bien, en dos textos celtibéricos editados recientemente sí aparecen líneas de guía: el primero es el procedente de El Pueyo (Belchite, Zaragoza), en el que la caja de escritura aparece delimitada por arriba y abajo (Rodríguez y Diez de Pinos 2014 = BDH: Z.17.01); y el segundo es un epígrafe de la propia Clunia, en el que hay una línea grabada sobre el texto, que parece haberse empleado por el lapicida como referencia (Gorrochategui 2014 = BDH: BU.06.04).
12 Según el dibujo que de esta última ofrece A. Valcárcel.
Un ejemplo singular lo proporciona la pieza del Bell Lloc (BDH: CS.10.01), pues en ella aparecen dos cartelas (Arasa 1989).
BDH son las iniciales del Banco de Datos Hesperia: http://hesperia.ucm.es/.
El texto no ofrece grandes dificultades de lectura, solo el desgaste de su flanco derecho en la zona biselada plantea dudas sobre la existencia de un último signo.
A primera vista parece que el texto termina en el decimotercer signo, es decir en -e, aunque las líneas incisas limitadoras del campo continúan claramente en la zona biselada.
El texto no está centrado ni en la superficie de la estela ni respecto a la figura, de modo que es factible que el lapicida no pudiera incluir todo el texto en la parte frontal de la estela y se viera forzado a continuar en la zona biselada.
Luego haría las líneas o la cartela incluyendo en su interior todo el texto.
En la parte derecha correspondiente al final del texto se aprecia un trazo vertical, que no sabemos si es el cierre de la cartela, el asta vertical del decimocuarto signo o ambas cosas a la vez.
La existencia o no de una cartela tampoco puede determinarse en el otro extremo del epígrafe, pues se ha perdido parte de la superficie pétrea y solo se aprecia el extremo inferior del asta vertical de la primera m.
Los grafemas legibles que componen el texto ocupan la totalidad del campo epigráfico.
La paleografía de los signos, según la clasificación de MLH IV, p.
La lectura de la inscripción, en escritura continua sin interpunciones, es: mukuuroskiimine+.
El primer problema de lectura corresponde al décimo signo, que hemos transcrito por m.
Otra posibilidad es leer l.
La diferencia entre ambos signos estriba en que la m posee un pequeño trazo vertical al final del asta oblicua, que la l no tiene.
El primer signo del texto, aunque parcialmente roto, muestra una correcta ejecución de m.
En el décimo signo no se aprecia esta asta vertical, lo que en principio inclinaría a identificar el signo como l, pero nos parece que existe un trazo oblicuo en la piedra, no casual sino intencionado, cuya dirección anormal se debe sin duda a que el lapicida tuvo que inclinar este último trazo para evitar una coquera situada justo encima, en la trayectoria vertical del trazo.
El segundo problema concierne a la identificación del último signo grabado sobre el bisel.
Se vislumbran sin demasiada dificultad el asta vertical derecha y a su izquierda dos trazos en forma de ángulo en la parte superior de la caja, lo cual permitiría identificar una s1.
13 Su asta izquierda estaría Figura 7.
Detalle de la inscripción (Fotografía J. Gorrochategui).
Archivo Español de Arqueología 2018, 91, págs. 55-66 ISSN: 0066 6742 https://doi.org/10.3989/aespa.091.018.003 justo sobre la arista del bisel, a muy poca distancia o casi rozando los extremos de los trazos oblicuos de la e; aunque la mayoría de los signos mantienen espacios entre sí, hay casos en que los trazos horizontales de unos tocan las astas verticales de otros, como ocurre con los signos séptimo y octavo (ski) y décimo y undécimo (mi).
Se trata de un texto que utiliza la variante occidental del signario celtibérico, pues en el epígrafe se emplean los dos signos para las nasales que lo caracterizan.
Es la variante que se usa en las leyendas monetales de la ceca local (MLH I: A.67) y en las otras inscripciones en piedra en las que este extremo puede determinarse (K.13.1, K.13.2 y BDH: BU.06.04).
Parece, por tanto, variante propia de la ciudad, algo que casa bien con su ubicación geográfica.
Es igualmente destacable que utilice la redundancia vocálica de forma sistemática: a los dos silabogramas que aparecen en el texto (ku y ki) les sigue el signo de la correspondiente vocal (u e i, respectivamente).
Esta peculiaridad se documenta en un pequeño grupo de textos celtibéricos y con los nuevos hallazgos también parece ser característica de Clunia, pues se utiliza en las ya mencionadas K.13.1, K.13.2 (= BDH: BU.06.01 y.02) y BDH: BU.06.04.
14 Finalmente, en lo que toca a sus dos silabogramas el epígrafe presenta variantes simples (ku, sin punto interno) y complejas (ki, doble apéndice en sus dos extremos), compatibles con el sistema dual de expresión de la sonoridad (Jordán 2005;2007), aunque debido a la brevedad del epígrafe no se documenta explícitamente la oposición de las dos variantes.
De todos modos es llamativo que las variantes usadas sean las que estadísticamente menos se emplean en cada caso.
Según la lista de variantes paleográficas (MLH IV: 445) ku con punto interno (ku1, 15 ku2 y ku4) es cinco veces más frecuente que la variante sin punto ku3, del mismo modo que la variante compleja ki2 solo se documenta en otras dos inscripciones: K.14.1 (= BDH:
anterior formaran parte de un único signo, podría pensarse también en una m levógira.
Ahora bien, aparte de las dificultades paleográficas mismas (en caso de ba, que entre e y ba habría demasiado espacio y que sería el único silabograma no redundante, o, en caso de m, la rareza de cambiar de dirección de escritura además de utilizar el signo con trazo oblicuo y no vertical como en el signo 1), tendríamos finales en -eba o en -em infrecuentes en celtibérico (MLH IV: 467, 471).
15 En la tabla de signos de la pág. 443 ku1 está dibujado, por error, sin punto interno, pero la relación de inscripciones que lo contienen (p.
Hay que mencionar que uno de los pocos casos de empleo de la variante ku3, según la lista de Untermann citada, es la inscripción K.13.2 (= BDH: BU.06.02), procedente de Clunia, con la expresión de una secuencia referida a nombre de persona (mukuukaaiu), cuyo inicio recuerda al comienzo de nuestra inscripción.
Clunia ha ofrecido también recientemente otro caso de ku3 (= BDH: BU.06.04), donde la grafía kuustuunuo hace referencia al nombre de persona transmitido como Gustunus en epigrafía latina de la zona.
Teniendo en cuenta, por tanto, el empleo de las variantes duales, la transcripción del texto sería: muguroskimine(s).
Segmentación del texto e interpretación
Como ya hemos señalado, el epígrafe está redactado en escritura continua, sin separador alguno de palabras, aunque lo más plausible es que haya que establecer en el texto, al menos, una cesura.
Pero hay más de un lugar donde puede hacerse un corte de palabras, dando lugar a lecturas e interpretaciones diferentes de la inscripción.
A esto se añaden, además, las variantes de lectura arriba indicadas, correspondientes al décimo signo y al final del texto.
Si partimos del paralelo onomástico de K.13.2 (BDH: BU.06.02), donde podemos aislar un nombre de persona mukuu (nom. sing. de tema en -n), nos quedaría un resto roskiimine(s?) o roskiiline(s?).
Una forma que terminara en -e no tendría mucha justificación en la sintaxis nominal esperable en un epitafio y nos sugeriría más bien una forma verbal, en concreto una 3a pers. sing. de perfecto 16.
Yendo por ese camino, no es descabellado pensar que ro-(*pro-) es el preverbio atestiguado en otros verbos celtibéricos, como robiseti (Bronce de Botorrita I, K.1.1 = BDH: Z.09.01), y de amplio uso en irlandés antiguo, precisamente alineado con formas de perfecto o valores perfectivos.
El resto sería el tema verbal, o quizá podría verse en la -s-el resultado del anafórico en posición infijada entre preverbio y tema verbal, que en este caso debería referirse al sujeto, es decir a mukuu (= Mucco / Muggo?), y no a ningún objeto como ocurre en la expresión to-so-kote de la inscripción gala de Vercelli.
Lo que nos queda, kiiline ESTELA CON ICONOGRAFÍA E INSCRIPCIÓN CELTIBÉRICAS PROCEDENTE DE CLUNIA = kline, mejor que kiimine, tendría muy buen paralelo en el verbo griego κλίνω'inclinarse, acostarse', latino clinare 'inclinar' y germánico (sajón ant. hlinon, alto alem. ant. hlinen 'inclinarse').
La -n-de la forma verbal remonta a una antigua formación de presente con -n-infijada, que no existía originariamente en las formas de perfecto (como se aprecia en griego κέκλιμαι), pero el germánico y el latín muestran que dicha -n-se extendió a todo el verbo, con lo que una similar expansión analógica puede concebirse también para el celtibérico.
Deberíamos también admitir que el verbo evolucionó semánticamente del sentido de 'inclinarse' a 'acostarse o estar acostado o tumbado' como ocurrió en griego (donde tenemos formaciones nominales derivadas del tema de presente como κλίνη 'lecho') y de ahí a'yacer, estar enterrado'; un cambio semántico paralelo ocurrió en falisco cupat, atestiguado sobre varias tégulas sepulcrales, mismo verbo que latín cubare 'estar acostado' (Giacomelli 1963: 94, 240-241).
El preverbio ro-ayudaría al sentido:'inclinarse completamente, hasta el final'.
Así la inscripción diría: "Mucco, él (está) enterrado".
Esta interpretación, para la que, como hemos visto, se pueden aducir paralelos comparativos lingüísticos en otras lenguas indoeuropeas, presentaría un texto sin paralelos textuales en celtibérico17 y, lo que es más inquietante -sollicitor cogitans-, haría del celtibérico un proto-gaélico en ciernes, con formas pronominales infijadas, aunque sin la reduplicación ni el ablaut canónicos del irlandés.
Pero existen otras segmentaciones, que se sustentan en paralelos cercanos y que evidentemente no están tan cargadas de consecuencias lingüísticas.
La interpretación más plausible, teniendo en cuenta la lectura adoptada para el décimo signo y la existencia de restos de un decimocuarto signo (s), es aislar como nombre de persona la secuencia mukuuros (nom. sing.) o mukuuro (gen. sing.).
El nombre cuenta con un paralelo exacto trasmitido en un epígrafe latino procedente de Alcubilla de Avellaneda (Soria) 18, en el que se documenta Mugurus por dos veces, una en dativo Muguro como cognomen del finado benefi-ciario de la inscripción y otra en genitivo Muguri en la denominación onomástica de su esposa comitente de la inscripción: en ambos casos es clara la grafía con G del nombre, lo cual coincide con la variante sencilla ku3 de nuestra inscripción, que estaría indicando consecuentemente el carácter sonoro de la consonante.
El resto kiimines o skiimines sería un segundo nombre de persona que en principio haría referencia al padre del difunto.
Esta interpretación, aunque esperada como texto de un epitafio, presenta sin embargo una denominación personal no canónica en celtibérico, al faltarle la indicación de la agrupación familiar.
Por otro lado, los finales en -es no son frecuentes en las terminaciones de los nombres de persona atestiguados en celtibérico, habiendo dudas en algunos casos de si se trata de nombres de persona o de población o incluso de formas verbales.
El paralelo más seguro, con diferencia, de un gen. sing. terminado en -es es steniotes de la pátera de Gruissan (K.17.1 = BDH: AUD.04.01); quizá lo sean también itelauses y buntunes de una tésera de Viana (K.18.3 = BDH: NA.01.03) o aletuures de otra de Sasamón (K.14.1 = BDH: BU.01.01), pero en estos dos casos, al no estar inmersos en una secuencia onomástica, no está asegurada su función de gen. sing. de nombre personal, pudiendo recibir otras interpretaciones; tures, repetido en varios textos largos (K.0.7 = BDH: SP.02.03 y BDH: TE.03,01), se explica relativamente bien como verbo.
A pesar de las pequeñas inseguridades en la lectura y de la poco usual fórmula onomástica empleada en la inscripción, nos parece que la interpretación más plausible sea la indicación del nombre del difunto, probablemente en genitivo, como en el cipo de retukeno de Langa de Duero (K.12.1 = BDH: SO.04.01), seguido del nombre del padre: Muguro Skimines "(tumba) de Muguros (hijo) de Skiminis".
Como hemos dicho, Muguros está documentado en epigrafía latina y forma parte de un conjunto de nombres con representación en Celtiberia, empezando por la propia Clunia donde se atestiguan mukuu con ku3 [gu] en K.13.2 y Muggio como nombre de mujer (Valeria Muggio, HEp 1, 151; HEp 13, 199; ERClunia: no 81).
Una formación temática en gen. sing. sobre la misma raíz la hallamos muy probablemente en muko de Numancia (K.9. ser un genitivo.
Del primer signo ilegible se percibe un asta vertical, que por la distancia que deja a su derecha hasta la r bien pudiera corresponder a una i (de la que se ha perdido la parte superior del signo por rotura de la piedra).
Del último signo también queda solamente un trazo vertical, incompatible con la lectura ka de Palol y Vilella, pero compatible con más de un signo, como ba, s, m, e, etc. Es interesante señalar el empleo de interpunción, un separador compuesto por tres puntos superpuestos, ya que en las otras inscripciones celtibéricas de Clunia se hace uso de la scriptio continua.
Presumiblemente son epitafios, aunque todas ellas carecen de contexto arqueológico o han aparecido reutilizadas.
No obstante, la presencia de estelas también apunta a dicha función, aunque buena parte de las piezas se conserva incompleta y su clasificación tipológica es, por tanto, incierta (Simón 2013: 88-90, Gorrochategui 2017).
La mayoría son hallazgos aislados: El Pedregal (Guadalajara, K.1.1 y K.1.2), Torrellas (Zaragoza, K.8.1), Belchite (Zaragoza, Rodríguez y Diez de Pinos 2014), Trébago (Soria, K.10.1), Langa de Duero (Soria, K.12.1), Osma (Soria, K.23.1), Retortillo (Cantabria, K.26.1) y el excéntrico ejemplar procedente de Ibiza (K.16.1).
Clunia sobresale dentro de este panorama, con cinco ejemplares, pues en MLH IV se recogen tres inscripciones pétreas procedentes de esta ciudad: K.13.1, K.13.2 y K.13.3, a las que se suman la editada por Gorrochategui (2014) y la que se da a conocer en este artículo.
Durante el estudio de la nueva inscripción hemos podido revisar la tercera de las recogidas en MLH IV (K.13.3), que no es más que un pequeño fragmento y que fue editada por P. Palol y J. Vilella en su catálogo de la epigrafía de Clunia (ERClunia: no 3) y que también se conserva en los almacenes del Museo de Clunia.
J. Untermann no llegó a realizar autopsia y lo cierto es que pueden corregirse las lecturas dadas, tras haber realizado una inspección directa de la pieza.
Efectivamente, se trata de un pequeño fragmento alargado muy estrecho, pero conserva lo suficiente para poder relacionarlo con otros monumentos de la ciudad (Fig. 8).
En primer lugar, pueden diferenciarse dos zonas: un borde superior en el que aparece el epígrafe y un espacio debajo rebajado que parece actuar como campo iconográfico, pues en él se conserva lo que pudiera ser parte de una lanza, disposición de texto e imagen que comparte con la estela de Licirico (ER-Clunia no 100; fig. 6).
También es posible reconocer un pequeño vestigio del relieve en la parte inferior, que pudiera ser el pie de un infante, que portaría su arma sobre el hombro.
La figura del guerrero tendría, por tanto, una altura aproximada de 40 cm, similar a la del peón que aparece en la estela de Licirico, de 33,5 cm, y a la del guerrero de la pieza que editamos aquí, que alcanza los 38,5 cm.
El campo epigráfico estaba flanqueado por el margen superior de la estela y el comienzo del rebaje del campo iconográfico, que proporcionaban las referencias superiores e inferiores a modo de guía de escritura.
Del texto apenas se conservan dos signos legibles de 4,5 cm de altura, de buena factura, y restos de otros dos signos en la parte inicial y final del campo conservado: [---]+ro: +[---], frente a las lecturas de ERClunia no 3: [---Agi?]ro[ca?---], y MLH IV: ++ro+.
Se documenta un final en -ro que pudiera Figura 8.
Inscripción celtibérica MLH IV: K.13.3 (Fotografías J. Gorrochategui). |
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En el presente estudio se realiza una nueva interpretación sobre el significado de las piezas que componen la zona central de la diadema del tesoro de Ébora.
En concreto se defiende que el conjunto está formado por las representaciones de un altar con forma de piel de toro, una asherah, una massebah y una figura antropomorfa que podría tratarse de una representación del dios Bes o de un héroe/divinidad naciendo de la roca.
Dichos elementos, especialmente los tres primeros, pueden encontrarse en varios santuarios de tradición fenicio-púnica dentro de la Península Ibérica, la misma identidad que podría otorgársele a la diadema de Ébora.
Con esta propuesta se pretende generar una hipótesis simbólicamente más homogénea que las que han ofrecido anteriores publicaciones sobre esta pieza.
El 23 de noviembre de 1958, Francisco Bejarano Ruiz, Paquito, el hijo del vaquero mayor del cortijo de Ébora (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz), encontraba varias piezas de oro sobre el terreno recién arado mientras paseaba a una piara de cerdos a unos 30 m al norte de la casa de la finca (Fig. 1).
Tras las vicisitudes que suelen acompañar a este tipo de hallazgos fortuitos se informó a la Guardia Civil sobre su descubrimiento.
Al poco tiempo, Carriazo decidió realizar excavaciones en el lugar del hallazgo, localizándose algunas pequeñas piezas de oro en el corte abierto, así como también durante el cribado de la tierra extraída.
Se observó que estas formaban parte del conjunto ya encontrado, lo que confirmaba el hecho de estar ante el lugar del hallazgo.
Sin embargo, a pesar de las esperanzas puestas en los descubrimientos de los primeros días, la campaña tan sólo dio con un silo de época imprecisa, algunos muros destruidos y cerámicas de filiación púnica y romana que no aportaron luz sobre el contexto exacto de las joyas (Carriazo 1973).
La falta de un contexto claro en el que insertar el tesoro de Ébora no es una exclusividad de su hallazgo.
Se trata de una constante en el descubrimiento del resto de diademas documentadas en la Península Ibérica (Perea 2006).
Casual fue el hallazgo de la de Jávea (Alicante) dentro de un jarro cerámico no conservado.
Del mercado de antigüedades procede el ejemplar de La Puebla de los Infantes (Sevilla) que se encuentra expuesto en el Museo Arqueológico Nacional.
Tampoco se conocen los datos contextuales de la diadema de Mairena del Alcor (Sevilla), depositada en el Museo Arqueológico de Sevilla.
Cues- se habían escondido en el garaje de la finca.
El último conjunto se encontró en las excavaciones realizadas por el propio Carriazo.
De entre todas sus joyas el interés del presente estudio se centra en una posible diadema articulada de extremos triangulares (Torres 2002: 239-240).
La de Ébora se encuentra formada por un triángulo en cada uno de sus laterales decorado con dos SS opuestas y una pareja de cuadrúpedos de cara a una palmeta central que podría representar al árbol de la vida adorado por bestias o a la flor de la eterna juventud protegida por animales de carácter sagrado.
Ambos triángulos están conectados a través de cuatro hileras: 1) piezas de tendencia rectangular que constan de un cuerpo central con cuatro líneas granuladas paralelas y junto a él una pequeña esfera a cada lado; 2) columnas con decoración en zigzag en sus laterales; 3) dos lengüetas verticales sobre un pequeño rectángulo con un aspa y 4) figuras antropomorfas (Fig. 2).
Mapa con la localización de Ébora en la paleotopografía del Lacus Ligustinus.
tión similar ocurría hasta hace escasos años con el tesoro de Aliseda (Cáceres), cuyo contexto ha sido largamente debatido y cuenta con recientes revisiones historiográficas de indudable interés (Celestino y Salgado 2007; Rodríguez Díaz et alii 2014; Pavón et alii 2017; Rodríguez Díaz et alii 2017).
En este último caso, junto al conjunto áureo aparecieron un brasero de plata, un jarro de vidrio y una pátera de oro, lo que ha llevado tradicionalmente a los investigadores a suponer un origen funerario para las piezas (Almagro Gorbea 1977: 204 y ss.), cuestión que ha sido rebatida con interesantes argumentos a partir de los últimos datos conocidos sobre su posible lugar de aparición (Rodríguez Díaz et alii 2017).
El tesoro de Ébora consta de 93 piezas de oro y 43 de cornalina halladas en tres lotes diferentes.
El primero fue localizado por Paquito.
El segundo se formó a partir de varias piezas encontradas días después en las inmediaciones del lugar del hallazgo y por otras que Figura 2.
Diadema del tesoro de Ébora.
En las siguientes páginas se prestará especial atención a las propuestas que se han realizado desde su descubrimiento hasta la actualidad a propósito de su simbología para acabar profundizando en el posible significado de sus representaciones con una nueva hipótesis de trabajo.
PROPUESTAS PLANTEADAS SOBRE SU SIM-BOLOGÍA
La primera de las propuestas sobre la simbología de la diadema del tesoro de Ébora fue publicada por Blanco de Torrecillas, a quien siguió Carriazo en sus hipótesis.
Para aquél, los dos primeros elementos acabados de describir no tenían una interpretación clara.
Con respecto al tercero, barajó la posibilidad de que se tratase de un díptico al estilo de las Tablas de la Ley dado que una de las piezas muestra posibles líneas de escritura.
Mayor juego le ofrecía el último elemento ya que su mitad superior fue interpretada como una cara barbuda -con el cercano paralelo de la máscara de Tharsis-, mientras que en cuanto a la inferior, en una primera publicación se sugirió que podría tratarse de un elefante o un aderezo (Blanco 1959: 14-15).
Con el paso de los años, Carriazo cambió su opinión sobre esta última propuesta al pensar que se trataría de las piernas de un Bes estilizado (Carriazo 1973: 344-345).
Posiblemente en dicho cambio influyera la idea de Maluquer, para quien la parte inferior de este último motivo se trataría de un faldellín acampanado (Maluquer 1958: 210).
Por su parte, Nicolini publicó años después que no encontraba claros paralelos para los dos primeros elementos del conjunto, mientras que el cuarto sería un Bes o Her púnico sobre un uraeus y un montículo, y el tercero la corona de plumas de Bes o el tocado que en ocasiones lleva Baal (Nicolini 1990: 486).
También Fernández Gómez ha tratado brevemente el significado de las piezas de la posible diadema de Ébora.
Para las dos primeras imágenes no se propone ningún paralelo simbólico, sino que se plantea que pudiera tratarse de meras decoraciones geométricas.
Por su parte, para las dos últimas baraja la posibilidad de que se trate de una figura masculina de grandes ojos y una tiara o corona alta.
En concreto, se trataría de una imagen que habría tratado de representar un personaje al estilo de los ídolos oculados calcolíticos.
En último lugar, los triángulos dejarían ver el árbol de la vida entre animales (Fernández Gómez 1997: 61-62).
La más reciente de las interpretaciones ha sido la propuesta por Perea.
Para esta autora, siguiendo la hipótesis de Celestino (1994), el primer elemento tendría forma de lingote chipriota/piel de bóvido.
El segundo reflejaría dos betilos reproduciendo el fuste estriado de los 'candelabros de Lebrija'.
La figura antropomorfa no sería otra cosa que la imagen de una diosa alada de pechos desnudos con un rostro enorme con respecto al resto del cuerpo.
Finalmente, a propósito de la pieza interpretada como un díptico con escritura por Blanco y Carriazo, Perea no se pronuncia.
A partir de todo el conjunto, las placas le sugieren una lectura relacionada con el espacio de la diosa en el entorno sacro del santuario que la guarda (Perea 2007: 205).
Viendo en perspectiva todas estas propuestas, no existe un patrón que se repita en todas ellas.
En unas Tratando de solucionar estos problemas se propone una nueva hipótesis de trabajo.
En el presente estudio se propone analizar la posible diadema de Ébora desde el punto de vista de la tradición religiosa fenicia.
Desde esta perspectiva, los cuatro elementos centrales estarían reflejando un altar taurodérmico, una asherah o árbol sagrado próximooriental, una massebah o betilo díptico que albergaría a las divinidades fenicias y una figura antropomorfa de dudosa identidad que podría representar a Bes o a una divinidad naciendo de una piedra betílica, pero sobre la que estamos abiertos a nuevas interpretaciones.
A estos elementos habría que sumar la escena de los triángulos laterales en los que aparecen animales Figura 3.
Propuestas interpretativas sobre la simbología de las piezas de la diadema del tesoro de Ébora.
ocasiones el primero y el segundo de los elementos no son reconocidos con ningún objeto en concreto, mientras que en otras son tenidos por simples formas geométricas.
En otros casos se piensa que puede tratarse de pieles de toro y betilos, contando con el inconveniente en estos casos de que se dejan sin explicación otras piezas o la totalidad del conjunto carece de una homogeneidad interpretativa.
Cuando esto ocurre se da la sensación de que los cuatro elementos engarzados en sucesivas hileras pudieron haber guardado quizás una relación emocional con su portadora, pero no una coherencia interna como partes interconectadas de un lenguaje simbólico visible para cualquier espectador.
Desde un punto de vista instrumentalista, la alternativa ofrecida debería dar respuesta a todas y cada una de las piezas presentes en la diadema con mayor coherencia tanto interna como externa entre sus partes.
NUEVA PROPUESTA SOBRE LA SIMBOLOGÍA DE LA DIADEMA DEL TESORO DE ÉBORA pocos años después la influyente figura de Maluquer (1984de Maluquer ( [1970]]: 117-118) propuso relacionar directamente estas piezas con los propios lingotes, y por extensión con las ricas minas tartésicas: "Los grandes pectorales, en realidad, no sabemos cómo se llevarían.
A estas interpretaciones le sucedió el hallazgo de la fuente de bronce forjado encontrada en la tumba 16 de la necrópolis de La Joya.
La forma y el material metálico en que estaba facturada dicha bandeja llevó a sus descubridores a proponer como referente directo una vez más los propios lingotes (Garrido y Orta 1978: 49).
Al igual que Maluquer, estos autores se decantaban por una opción y silenciaban otra, quizás dejándose llevar por la similitud visual que ofrecían ambos objetos, los cuales tenían la filiación chipriota con la que los autores de las excavaciones de La Joya vincularon muchas de las piezas aparecidas en el interior de sus tumbas (Garrido y Orta 1978).
Tan sólo con posterioridad, tras los hallazgos de los altares de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz) y de Caura (Coria del Río, Sevilla) se empezó a valorar la simbología taurodérmica como auténtico leitmotiv de estos objetos.
En este sentido hay que destacar la figura de Escacena, quien como director de las excavaciones del yacimiento de Caura interpretó el ara allí aparecida como el trasunto de una piel de toro tanto por sus características formales, como por las cromáticas y las simbólicas.
Para él, el altar del municipio sevillano presenta la característica forma taurodérmica tras su procesado artesanal, mostrando una línea interna paralela a su contorno exterior, haciendo alusión al modo en que el pelo de las bestias era recortado.
Así se presenta la parte interior de un color rojizo propio del pelaje de animales castaños, mientras la exterior fue decorada con tonos amarillentos dada la coloración que presenta el pellejo depilado del animal.
A su vez, la fase más antigua del altar -fase A-tenía un receptáculo para recoger líquidos que estaría imitando al cuello del animal.
Apoyando esta idea, las monturas de varias piezas votivas procedentes de El Cigarralejo (Murcia) y de la yegua de bronce igualmente votiva del santuario de Cancho Roano muestran el mismo perfil (Escacena 2000: 177-184) (Fig. 4).
Así las cosas, desde finales de los años noventa del pasado siglo, el número de objetos que ha sido relacionado con una u otra forma dentro de la protohistoria peninsular ibérica ha ido creciendo de manera custodiando una palmeta sagrada que simbolizaría el árbol de la vida o la flor del rejuvenecimiento, la misma que se protege en la fuente de bronce de El Gandul o la misma que apareció en la tumba 20 de Galera.
Se trata de otro símbolo de clara tradición oriental que cuenta con numerosos paralelos dentro del mundo fenicio, tanto en el Mediterráneo Oriental como en la Península Ibérica (Blázquez 1956; Almagro-Gorbea y Torres 2011: 245 y ss.).
Con respecto a los primeros, son numerosas las referencias bíblicas que hacen alusión a una tríada de elementos cultuales propios de las poblaciones cananeas contrarias a los intereses hebreos.
Se trata del altar, la asherah y la massebah, sobre los que en la Biblia se recogen en varias ocasiones exhortaciones realizadas hacia el pueblo israelí para que destruyera las aras fenicias, derribase sus masseboth y cortase sus asherim (Deut.
En los siguientes epígrafes se recogerán sucintamente las características de estos objetos y los datos que me hacen proponer su presencia en la posible diadema de Ébora.
Altar con forma de piel de toro
El descubrimiento en 1958 del tesoro de El Carambolo no sólo dio origen a la moderna arqueología tartésica, sino que además supuso el inicio de la tradición historiográfica sobre la forma que se analiza en este epígrafe.
Al buscar paralelos para la forma de los dos pectorales, Kukahn y Blanco propusieron una buena muestra de elementos con similar perfil procedentes del Mediterráneo oriental:
Como motivo ornamental se encuentra en vasos micénicos, en los tableros de marfil, para juego, de Megiddo, en las pinturas de los palacios asirios y sirios de Khorsabad, Arslan-Tash, Tel-Barsib, etc., e incluso en lingotes de cobre de la época premonetal que aspiran a reproducir la piel extendida de un buey (Kukahn y Blanco 1959: 42).
Con dichas palabras se introducían en la literatura específica española los dos grandes referentes hasta el presente para buscar el origen de la forma aquí analizada: la forma de la piel extendida de un bóvido y la de unos peculiares lingotes de cobre aparecidos por todo el Mediterráneo e incluso el Atlántico y Europa Central.
En esta búsqueda de paralelos para los 'pectorales', Kukahn y Blanco se decantaron por considerar que la forma de los lingotes estaba en realidad basada en el perfil que presentan las pieles bovinas tras su desuello y perfilado.
Sin embargo, Debido a este dato se propone paralelizar estos círculos con los que se observan en algunos cilindrossellos chipriotas, donde aparecen en ocasiones dos circunferencias a los lados de las aras.
En una publicación previa se ha propuesto que estos elementos podrían ser representaciones de la divinidad como astro solar, pues en un ejemplar aparece el mismo elemento sobre el altar envuelto en llamas como posible símbolo de la egersis de la deidad (Gómez Peña 2010: 138) (Fig. 5).
En cuanto a la asherah, la arqueología que se ha venido centrando en el Próximo Oriente y el Mediterráneo Oriental se ha ocupado en varias ocasiones de manera monográfica del culto a ésta y de sus diversas manifestaciones (Binger 1997; Merlo 1998; Hadley 2003; Cornelius 2004).
Un repaso por ellas muestra que las referencias a la diosa Asherah en Ugarit, Mesopotamia, Palestina y el Antiguo Testamento son exclusivamente textuales, por lo que a partir de estos casos no es posible poner imagen a esta divinidad (Merlo 1998: 225).
Para paliar este problema, los investigadores que han tratado de identificar a Asherah se han venido posicionando dentro de dos corrientes principales.
De una parte están quienes han considerado que el término asherah que aparece en la Biblia no se trataría de una deidad, sino de un mero elemento arqueológico, bien una simple imagen de madera que habría recibido culto, una arboleda o un árbol vivo.
De otra quienes además de considerarlo Figura 4.
Altares de las fases A y B de Caura.
El primero muestra un receptáculo para libaciones y otros líquidos simulando el cuello que conservaban algunas pieles como se observa en la lengüeta vuelta hacia atrás en la pieza de El Cigarralejo (Mula, Murcia).
Por su parte, el ara B es más esquemática y recuerda más en su forma a la montura de la yegua de Cancho Roano (Escacena y Coto 2010: 159).
casi exponencial, no sólo en cuantía sino también en importancia dentro de la historiografía.
Tanto es así que desde los años noventa se les ha dedicado diversos estudios, en parte o en su totalidad, en los que se sigue como tónica general dar una visión de conjunto de todos y cada uno de los ejemplares con diferentes conclusiones y siempre en clara conexión con piezas orientales (Celestino 1994;2008 Por lo que respecta a la diadema de Ébora, las primeras interpretaciones en las que se propuso que las piezas rectangulares podrían ser lingotes/pieles fueron realizadas por Celestino y Blanco (Celestino 1994; Blanco y Celestino 1998: 73).
La forma representada en ella muestra los laterales ligeramente rehundidos hacia el interior, forma que se observa en algunos lingotes de tradición sirio-chipriota.
A cada lado, un círculo acompaña a esta figura.
Una primera interpretación podría sugerir que esta circunferencia estaría haciendo las veces del cuello del animal, que en ejemplares como el de Caura sirve de receptáculo donde se habrían vertido algunos líquidos durante los rituales realizados sobre el altar.
Sin embargo, estos círculos aparecen en el ejemplar de Ébora en sus laterales, mientras que en las aras el receptáculo está siempre en uno de sus extremos cortos, lo que aconseja desechar esta hipótesis. como tal, piensan que bajo ese apelativo también se encuentra una divinidad específica que suele aparecer desnuda de frente al espectador (Hadley 2003: 4-37).
Entre medias de esta discusión, dos hitos principales han jalonado la investigación durante décadas.
El primero de ellos, el descubrimiento de los textos ugaríticos en 1929 en los que se puede leer el término Asherah como apelativo de una divinidad femenina, lo que daba otra dimensión al empleo atestiguado en la Biblia.
De otra parte, el hallazgo de la inscripción de Khirbet el-Qom y los dibujos de inscripciones de Kuntillet'Ajrud, tratado posteriormente a propósito de la figura antropomorfa que presenta la posible diadema de Ébora.
Dentro de la tradición cananea, Asherah aparece ya como diosa en Ugarit desde el II milenio a.
Sin embargo, para el caso particular que aquí me ocupa, la información más interesante procede de las referencias bíblicas antes indicadas.
En la inmensa mayoría de estas menciones se hace alusión a un objeto de madera sin apelar a una divinidad en cuestión (Hadley 2003: 54-83).
En varios de los pasajes se pide que se corten, a la vez que se destruyan los altares y las masseboth.
Estos datos cuadran con la posibilidad de que las asherim fuesen postes de madera, de los que se disponen posibles huellas con restos cenicientos donde hincarlos muy cerca de los altares taurodérmicos en santuarios como el de El Carambolo y Caura, así como en diversas representaciones propias de la eboraria tartésica (Escacena 2013: 173).
Con estos antecedentes y paralelos dentro del mundo cananeo, a los que hay que sumar las numerosas representaciones en cilindros-sellos chipriotas ya publicadas y analizadas en estudios anteriores (Gómez Peña 2010; 2011), la propuesta que aquí se realiza es tener por una asherah el segundo de los elementos de la decoración central de la diadema de Ébora.
De estar en lo correcto, el fuste central de esta pieza se correspondería con el poste de madera, mientras que las líneas en zig-zag de sus lados serían representaciones de las ramas y brotes, tal y como se observa en diferentes imágenes de árboles de la vida procedentes del Mediterráneo Oriental y el Próximo Oriente asiático (Fig. 6).
En tercer lugar se encuentra la pieza que ha sido tenida en otras interpretaciones por las Tablas de la Ley o la corona de Bes y que aquí se relaciona con las masseboth orientales.
Resulta sorprendente la escasa atención dedicada a estos objetos tanto en el Mediterráneo Oriental como en el territorio tartésico.
De entre lo poco que se sabe sobre este tal y como apuntó Carriazo en su momento.
Ambas piedras estarían colocadas sobre una peana marcada con un aspa de esquina a esquina (Fig. 7).
Si bien el conjunto de elementos acabados de analizar presenta una coherencia interna considerable, la última de las piezas plantea posibilidades interpretativas que aunque sugerentes hacen necesarias futuras revisiones.
El cuarto motivo es una figura antropomorfa.
En su mitad superior se observa una gran cara de rasgos marcados.
Separando ambas mitades, dos brazos unen las manos en el centro.
Y en el sector inferior el personaje muestra las piernas abiertas y flexionadas tapando su entrepierna con lo que parece ser un taparrabos.
Por último, abajo del todo se ha representado un objeto incierto de forma redondeada.
Cuando se ha tratado de identificar a esta figura en la historiografía, por lo general se ha propuesto darle la identidad de Bes, personaje con connotaciones principalmente protectoras y propiciadoras de la fertilidad.
Sin embargo los datos para proponer a este personaje son contradictorios.
Mientras las características iconográficas de esta deidad menor no cuadran con el aspecto que muestra en la posible diadema de Ébora, otros datos procedentes del Mediterráneo Oriental podrían sugerir lo contrario.
Las cuestiones geográficas, cronológicas y transculturales de esta deidad hacen en un primer momento complejo su análisis.
Desde fines del siglo xix la tradición historiográfica ha venido escribiendo sobre la figura de Bes en el Antiguo Egipto en innumerables ocasiones y, desde hace varias décadas, a propósito de su papel en el mundo cananeo del ii y i milenios a.
Para este último caso su presencia en el mundo fenicio está bastante bien atestiguada, tanto en el corredor sirio-palestino como en las islas de Chipre (Yon 1986: 131 y ss.) y Creta (Tzavellas- Bonnet 1985), así como en la Península Ibérica (Velázquez 2007).
Se tiene constancia de las características iconográficas de su figura a partir del Imperio Nuevo (Gómez Lucas 2002: 89-90).
A este respecto, Velázquez es quien mejor ha sabido sintetizar la cuestión de la unicidad o multiplicidad de identidades de las figuras enanas y grotescas halladas por los especialistas en el Antiguo Egipto, así como la multiplicidad de nombres para estas imágenes (Velázquez 2007: 12-19).
Así, en el Imperio Nuevo, a su conocida imagen enana con las piernas arqueadas, las manos en los muslos y la piel de león cayendo por la espalda asomando la cola por entre las piernas, se sumarán su barba, su corona de plumas, su faldellín, e incluso a veces alas, del mismo modo que romperá su peculiar frontalidad en otras ocasiones.
Posteriormente, será a partir de época saíta cuando la iconografía de Bes vuelva a mostrar cambios en la barba, la cual terminará en pequeños bucles; la cadera, que se verá rodeada de un cordón; y la piel de león, que ahora tendrá sus cuartos delanteros sobre su pecho asomando Bes la cabeza por una abertura en la piel (Velázquez 2007: 29-30; Gómez Lucas 2002: 94).
Por lo que respecta a la corona de plumas, que algunos relacionan con cultos de fertilidad, muestra dos tipologías opuestas.
Por un lado, esta corona es representada con todo detalle, mientras que en otros casos el tocado es reconocible únicamente por la base que la sustenta, existiendo ambas iconografías en época ptolemaica y en el mundo romano (Arroyo 2007: 21).
Sin embargo, aparte de las piernas flexionadas, ninguna de las características restantes se aprecian en la imagen del antropomorfo de la diadema de Ébora.
Especialmente importante es que Bes no aparece sin corona de plumas en fechas anteriores al s. iii a.
A partir de los paralelos indicados podría sugerirse no conectar la figura de la diadema de Ébora con Bes.
Sin embargo, hay indicios para dudar a partir de un hallazgo procedente de Kuntillet'Ajrud, yacimiento ubicado a 50 km al sur de Qadesh en la zona septentrional del Sinaí.
El área de Kuntillet'Ajrud cobra especial importancia por tratarse de un nodo de paso de diversas vías sin que en los alrededores existan ni poblaciones cercanas ni restos arqueológicos de ningún otro tipo.
En este asentamiento se ha excavado un edificio que ha generado, desde sus primeras publicaciones a finales de los años setenta del pasado siglo, un debate interpretativo tanto por su planta como por sus materiales entre quienes se posicionan a favor de una función religiosa del edificio (Meshel 1978) y quienes consideran que se trata de un sitio en el que se habrían hospedado los comerciantes que por aquellas rutas habrían transitado, al estilo de los mālôn bíblicos (Hadley 2003: 112 y ss.).
Si ya de por sí las características de este sitio serían más que suficientes para llamar la atención de numerosos investigadores a uno y otro lado del Mediterráneo, el yacimiento cobra especial interés por varios pithoi fragmentados que aparecieron en su interior.
De especial relevancia son los denominados como A y B por sus imágenes y las leyendas en ellos escritas.
En el pithos A, infrapuesta parcialmente a una inscripción que recoge el teónimo de Yahweh de Samaria y su Asherah, aparecen dibujadas dos figuras de pie, acompañadas en segundo plano por una mujer sedente tocando la lira.
Al igual que la función del sitio, la identificación de estos tres personajes ha sido de enorme controversia 3.
Para Meshel habría que identificar a la figura central con Bes, dejando sin referencia clara a su acompañante (Meshel 1978).
Hasta el momento no hay mejores alternativas para identificar a ambas figuras, en tanto que el aspecto grotesco, enanoide, su representación facial frontal, cola leonina cayendo entre sus piernas y corona de plumas le hacen inconfundible.
Sin embargo, la superposición de estas figuras y el texto ha llevado a pensar a Hadley que se trata de elementos inconexos realizados por diferentes manos en diferentes momentos (Hadley 2003: 155), hipótesis que se sustenta para esta autora en la heterogeneidad y posición de otros varios elementos trazados sobre la superficie de la vasija, caso de diversos animales.
El motivo de traer a colación este ejemplo se debe a que en la parte trasera de la pieza se representó una posible asherah flanqueada por dos cabras que comen del árbol de la vida, y situada sobre un león, animal protector y sobre el que se posan en ocasiones las divinidades simbolizando su poder y majestuosidad como dominadoras de las fuerzas de la naturaleza.
No es por supuesto descartable el carácter inconexo de algunos animales diseminados por su superficie, pero el tesoro de Ébora otorga conexión a la asherah, así como a la posible figura de Bes e incluso a la inscripción que aparece sobre el tocado de uno de 3 Un repaso crítico sobre la historiografía de este asunto puede consultarse en Hadley 2003: 136 y ss. estos, pues la relación entre Yahweh y su asherah no debería entenderse en clave hebrea, sino de un modo más aperturista dado el carácter de paso que tiene el sitio en el que se halló (Fig. 8).
La hipótesis de Bes permite explicar la figura antropomorfa del tesoro de Ébora a partir de las características que presenta el personaje y su posible relación, incierta por otro lado, con Asherah.
Además de esta propuesta, es posible plantear una segunda hipótesis de trabajo que necesita de tiempo y recorrido.
La premisa de partida de esta nueva vía radica en considerar la representación antropomorfa de Ébora como la figura de un dios o de un héroe naciendo de la roca, representada en este caso por un betilo o una massebah.
Apoyando esta idea como paralelo se encuentra la figura de Mitra, aquí utilizada como ejemplo de un mitema más amplio que enlaza con la tradición cananea.
A partir de los escasos testimonios escritos y de las imágenes halladas en los mitreos, se piensa que esta divinidad nació de una roca -la petra generatrix-bajo un árbol, cerca de un manantial sagrado.
Se le suele representar con un gorro frigio, una antorcha y un cuchillo, elementos que portaba desde su nacimiento.
Su relación con el toro al que da posteriormente muerte surgió cuando lo encontró pastando en las montañas.
El joven dios trató de domeñarlo agarrándolo por los cuernos y montándolo sin éxito, si bien consiguió seguir aferrado a su cornamenta hasta agotarlo de cansancio, momento en el cual lo cogió por sus patas traseras y lo cargó sobre los hombros hasta su cueva.
A su llegada, un cuervo enviado por el dios Sol le avisó de que debía matarlo en sacrificio, ante lo cual Mitra le clavó el cuchillo en el costado saliendo de su cuerpo trigo y de su sangre vino.
Para la interpretación de la figura antropomorfa de Ébora no acaban aquí los datos.
La tauroctonía NUEVA PROPUESTA SOBRE LA SIMBOLOGÍA DE LA DIADEMA DEL TESORO DE ÉBORA realizada por Mitra se acompaña la gran mayoría de las veces de una escena de banquete en la iconografía.
Se trata de una cuestión secundaria a la propia muerte del animal, pero lo realmente importante es que el acto de la comida comunal ocurre sobre la propia piel del Toro Celeste recién defenestrado.
En ella aparecen recostados tanto Mitra como el dios Sol.
De ello se tiene constancia en varios relieves (Fig. 9). el monarca en una de sus múltiples hazañas heroicas.
Tras dicha acción, la piel del bóvido es utilizada como asiento sobre el que se colocan presidiendo un banquete tanto la divinidad solar como el propio héroe.
En torno a ella se realiza una comida que reúne a diversos personajes con motivo de un ritual de paso.
Este puede consistir en la fundación de una fortaleza, un templo, un hogar familiar, dar entierro a un difunto o celebrar el Año Nuevo.
En función de qué narración se analice se verá que de los aspectos acabados de enumerar faltarán unos u otros, como toda tradición que presenta diversidad y mutaciones con el paso de los siglos.
Por el contrario, cuando algunos de estos puntos no son mencionados en los textos, existen otros datos suplementarios que permiten plantear igualmente que se está ante este mitema.
Quizás sea este mitema el que se encuentre detrás de varios ejemplos dentro de la tradición literaria fenicio-púnica.
Sería el caso de la fundación del palacio de Baal según la mitología ugarítica, la fundación de Cartago por parte de Elisa y la de la Tebas griega por parte de Cadmo (Gómez Peña 2017).
Según esta segunda hipótesis, la figura antropomorfa representaría a Baal o a un monarca heroizado tras su muerte en tanto que antepasado heroico y fundacional de la realeza.
Su vínculo con las otras tres piezas aquí analizadas vendría dado porque este personaje representaría al sacrificador del Toro Celeste, cuya piel habría sido usada como alfombra en banquetes fundacionales y rituales religiosos conmemorativos.
Por último, como tercera hipótesis cabe la posibilidad de unir ambas propuestas de trabajo y aceptar que el personaje representado sería Bes o una divinidad "besizada" entre cuyas piernas se habría representado un betilo.
Un posible paralelo para esta poco usual mezcla podría ser el hallado en el templo de Astarté del yacimiento chipriota de Kition.
En su interior se encontró un pilar adquirido por el Museo del Louvre en 1902 de 0,42 m de altura.
Sobre su superficie se documentó una inscripción fenicia que se ha datado, por su estilo, en el s. vii a.
C. y que ha sido traducida como: "Esto fue hecho por Eshmounhillç, el escultor, para su Señor, para Reshef Shed" 4.
El segundo de los objetos es una cabeza localizada junto al pilar que por sus rasgos ha sido considerada como propia de Bes (Fig. 10).
La proximidad de ambas piezas, y el hecho de que encaje una sobre la otra llevó a Hermary a plantear la posibilidad de que la cabeza de Bes hubiera descansado en origen sobre el poste de piedra que habría hecho las veces de betilo o 4 Traducción propia de la realizada al francés por Hermary (1984: 239).
Sin entrar a valorar por falta de espacio las diferentes hipótesis sobre la simbología de la piel de toro en la tradición historiográfica (Gómez Peña 2012-2013), recientemente he propuesto una nueva interpretación para el simbolismo de la piel de toro extendida que encaja tanto con el ejemplo de Mitra como con los contextos sagrados en que la piel de toro aparece como superficie sagrada en la protohistoria del Mediterráneo (Gómez Peña 2017).
Esta se basa parcialmente en la hipótesis del sacrificio fundacional elaborada por Almagro-Gorbea y sus colaboradores (Almagro-Gorbea et alii 2011-2012), si bien la idea propuesta por estos autores necesitaba de mayor recorrido y concreción en algunos aspectos.
El hilo conductor de dicho mitema -en el que se inserta la figura de Mitra que ha servido de hilo introductorio para el presente asunto-es el sacrificio del Toro Celeste.
Siguiendo la interpretación de autores como Schmidt, esta escultura podría ser el reflejo de una hibridación del culto a una divinidad claramente semítica como Reshef con los rasgos propios de Bes (Schmidt 2016: 208).
Esta última propuesta tiene varios puntos a su favor.
Por una parte, la datación del pilar en torno al siglo vii a.
C. hace coetánea a la pieza chipriota con la cronología aproximada de la posible diadema de Ébora.
Por otro lado, la posibilidad de que la cabeza de Bes hubiese ido colocada sobre el pilar permite dar una lectura más completa de la figura antropomorfa del tesoro hallado en Sanlúcar de Barrameda tal y como se ha propuesto en la tercera de las hipótesis aquí comentadas.
REFLEJOS DE ESTA SIMBOLOGÍA EN LA
ARQUEOLOGÍA PROTOHISTÓRICA DE LA PENÍNSULA IBÉRICA La tríada altar-asherah-massebah se encuentra en ocasiones en varios santuarios de tradición feniciopúnica a lo largo de la Península Ibérica.
No hay tanta suerte sin embargo con la identidad que pudiera hallarse detrás de su figura antropomorfa.
Ni Bes ni la posible representación de un héroe o una divinidad naciendo de la roca han sido localizados en los mismos contextos, toda vez que las representaciones humanas en estos lugares son escasas dado el carácter anicónico de la religiosidad cananea.
No obstante, no se trata de la única referencia a "imágenes del tipo Bes" dentro de dicha tradición.
A propósito de la tríada ya indicada, los ejemplos que se recogen sucintamente a continuación se incluyen en este apartado por tener como mínimo dos de los cuatro elementos que anteriormente se han analizado.
En todos los casos, como mínimo se han detectado altares con forma de piel de toro y restos de posibles árboles sagrados.
En los dos últimos contextos, ambos fechables durante el Hierro II, hay que sumar la presencia de masseboth que completan la tríada de elementos religiosos de tradición cananea que aparecen citados repetidamente a lo largo de la Biblia.
Sigue quedando por lo tanto pendiente una identificación más clara para la figura antropomorfa del tesoro de Ébora que minimice las dudas ofrecidas tanto por anteriores hipótesis como por las que aquí se proponen.
NUEVA PROPUESTA SOBRE LA SIMBOLOGÍA DE LA DIADEMA DEL TESORO DE ÉBORA dependencias propias de estos edificios empóricos dependientes de la fundación de Ispal (Belén 2001: 7).
Pocos años después, entre 2001 y 2005, se realizaron nuevas excavaciones en El Carambolo en las que llegó a excavarse la casi totalidad del cerro.
Los resultados depararon el hallazgo de un complejo sagrado de tradición oriental con cinco fases constructivas en el que se hallaron dos altares con forma de piel de toro (Fernández y Rodríguez 2007).
Se trata de las aras con este perfil más antiguas encontradas hasta el momento en la Península Ibérica, cada una de las cuales pertenece a las fases IV y III respectivamente (Fig. 11).
El altar que pertenece a la fase IV, documentado en el centro de la estancia A-40, fue realizado a partir de un rebaje en el suelo de 3,05 m de largo por 1,42 m de ancho.
El equipo que realizó las intervenciones en El Carambolo apreció cuatro reformas del ara y un gran círculo rubefactado producto de la combustión de las ofrendas sobre la misma (Fernández y Rodríguez 2007: 120).
Formalmente, el hogar muestra una diferencia de color entre la zona exterior y la interior, la primera más clara que la segunda.
La datación propuesta para la más antigua de las dos fases según cronología absoluta es entre 830/810 a.
C. -fecha post quem de la fase V-y el 791 a.
C. -fecha ante quem de la fase III-como uso mínimo de la fase IV (Fernández y Rodríguez 2007: 125).
Por lo que respecta al altar de la fase III, también excavado en la estancia A-40 y superpuesto al anterior, fue nuevamente elaborado en el pavimento.
Los Cuando se descubrió el tesoro de El Carambolo a fines de los años cincuenta, las excavaciones que dirigió Carriazo para conocer el contexto del que procedía el hallazgo le llevaron a pensar en la identificación de un poblado tartésico que comenzaba en el Bronce Final, momento en que se dató el lote de piezas áureas (Carriazo 1970: 58).
Poco después, Blanco Freijeiro interpretó el yacimiento de El Carambolo como un lugar de culto tartésico influenciado por los santuarios de época geométrica del área egea dado lo básico de las construcciones y lo singular de los ajuares (Blanco Freijeiro 1979: 95-96).
Esta idea se mantuvo en líneas generales hasta la reinterpretación realizada por Belén y Escacena (1997).
Ambos investigadores revisaron en una publicación algunos de los materiales encontrados en dichas excavaciones por Carriazo y acabaron concluyendo que el yacimiento de El Carambolo no había sido un asentamiento tartésico originado en el Bronce Final, sino un templo de tradición oriental dedicado a Astarté.
La repisa enlosada de sillares fue reconsiderada como banco corrido de tradición marcadamente oriental.
Las "piedras raras", en expresión de Carriazo, fueron reinterpretadas como betilos anicónicos y el supuesto fondo de cabaña como un pozo o fosa ritual.
En dicha capa se modeló en negativo la forma de la piel extendida con unas dimensiones de 4 m de longitud por 1,90 m de ancho que ha llegado hasta nuestros días con marcas de combustión en su superficie (Fernández y Rodríguez 2007: 136-137).
Para esta fase, la fecha propuesta a partir de datación absoluta por C14 ofrece un arco cronológico calibrado de 791-506 a.
C. Igualmente, muy cerca del altar de esta fase se documentó en su extremo noreste una pequeña oquedad circular formada por un pequeño adobe rehundido con una capa de mortero a base de tierra margosa (Fernández y 2007: 120), que acaso pudo haber servido para colocar en ella una asherah.
Altar y asherah se ubicaron en la estancia A-40, en la cual se encontró a lo largo de todo su perímetro interior una grada enlucida de rojo (Fernández y Rodríguez 2007: 118-119) que podría haber hecho las veces de banco corrido.
El asentamiento tartésico de Caura se localizaba donde hoy se encuentra la población de Coria del Río.
El parecido entre ambos topónimos y las numerosas acuñaciones con este nombre procedentes de sus inmediaciones anclan fuertemente este término con el actual municipio sevillano.
Para su significado se ha propuesto conectar el nombre de Caura con una antigua raíz de origen indoeuropeo cau-que significa 'grande','hinchado','prominente' (Padilla 1993) con el que quizás se hiciera referencia al actual cerro de San Juan, el punto más alto de la localidad.
Muy cerca geográficamente de El Carambolo, su ubicación sobre un promontorio justo en la antigua paleodesembocadura del Guadalquivir (Arteaga et alii 1995) supuso un punto estratégico para el comercio colonial.
Ya antes de efectuarse excavaciones en él, Belén había planteado la hipótesis de que en el lugar podría haberse ubicado un edificio con evidencias de culto identificable con el Mons Cassius de la Ora Marítima de Avieno (Belén 1993).
La presencia de este topónimo en la paleodesembocadura del Guadalquivir fue anotada en la obra de Rufo Festo Avieno, quien a pesar de ser un escritor latino del siglo iv d.
C. basó su periplografía en fuentes más antiguas, como él mismo reconoció.
Independientemente de si el relato debe de ser considerado un periplo más marinero que poético o viceversa, la concordancia entre el uso de fuentes como la de Escílax de Carianda -segunda mitad del siglo vi a.
C.-, Euctemón de Atenas -hacia 435 a.
C.-, Fileas de Atenas -siglo v a.
C.-y el empleo de la expresión Cassius inde mons tumet (AVIEN. ora, v.
259) hacen pensar en que el Monte Casio hace referencia a la identificación de un antiguo enclave bajo su forma helenizada.
Afortunadamente está bien constatada la equivalencia del Zeus Casio griego con la antigua divinidad cananea de tradición marinera Baal Saphon, denominada así por la montaña ugarítica Sapanu en la que vivía (Bonnet 1987; Tito 2012: 83-85) 5.
La hipótesis de Belén (1993) se reforzó poco tiempo después al hallarse en dicho cerro parte de un edificio singular con cinco fases constructivas sucesivas en el que aparecieron nuevamente dos altares taurodérmicos superpuestos.
Los restos exhumados hasta la fecha corresponden a parte de un edificio cuya habitación presidida por el altar linda en su zona occidental con una posible calle exterior.
Esbozar una posible planta para la totalidad del inmueble resulta tentador.
Escasos años después de la excavación en el cerro de San Juan, Escacena e Izquierdo (2001: capa amarillenta también de barro y posteriormente pintada con una fina película roja.
Una vez realizado esto, todo el bloque se volvió a rodear con una capa blancuzca-amarillenta hasta modelarse su forma de piel de toro con una protuberancia en su lado superior durante la fase A, la cual parece que no tuvo durante la posterior fase B. Realizada su forma, el altar volvió a ser pintado de ocre rojo (Escacena 2001: 87; Escacena e Izquierdo 2001: 133).
Sobre él se documentaron restos cenicientos que gracias a recientes analíticas han confirmado la existencia de restos de sebo propio de ovejas y cabras que habrían sido quemados sobre él (Escacena y Coto 2010: 163).
Por otro lado, junto al extremo superior derecho del ara apareció en la fase A un círculo negro de unos 20 cm de diámetro conteniendo carboncillos, huella al parecer de un cilindro de madera hincado en posición vertical que tampoco se ha documentado en la fase B. Cuando Escacena e Izquierdo publicaron estos datos hipotetizaron con la posibilidad de estar ante una posible asherah (Escacena e Izquierdo 2001: 134).
Igualmente, en el edificio se encontraron otros elementos de tradición y simbología oriental, caso de escarabeos, lucernas de barniz rojo y huevos de avestruz que ahondan en el carácter semita del santuario, así como suelos pintados de ocre que suelen ir asociados a espacios sagrados de tradición oriental en el ámbito tartésico (Escacena 2001: 90-92; Conde et alii 2005).
En el área del Bajo Ebro se desarrolló un sistema de asentamientos fortificados entre los siglos V-III a.
C. La zona íbera del eje del Ebro quedó articulada por tres oppida que actuaron como centro de sus respectivos territorios: Dertosa en la zona oriental, Osicerda en El Palao de Alcañiz en el área occidental y Castellet de Banyoles en Tivissa.
Con la desaparición de este último en la transición entre el Ibérico Pleno y el Ibérico Tardío, el territorio dependiente de él quedó repartido entre los dos primeros, dominando los últimos la Ilercavonia íbera (Burillo 2012: 107).
El yacimiento íbero de Castellet de Banyoles, de 4,5 ha, se encuentra en una plataforma formada por una antigua terraza fluvial junto al río Ebro, a unos 7 km de Tivissa (Tarragona).
Desde la plataforma sobre la que se eleva, tuvo que ejercer un control casi total desde la hoya de Mora y la vía que conecta dicha cubeta con la costa a través de Tivissa, así como el camino que va hasta la desembocadura del Ebro.
Este asentamiento destacó como centro que capitalizó la zona como mínimo desde el siglo iv a.
C. Su importancia se refleja tanto en el tamaño del yacimiento como en la densidad de sus edificaciones, la complejidad que muestra la arquitectura de sus edificios y la enorme cantidad de objetos de Figura 12.
Este presentaba además varias hiladas de adobes a modo de plataforma pegada a las paredes que podrían corresponder a las bases de unos bancos corridos en tres de las cuatro caras de la habitación.
En el centro de la estancia, a una cota inferior, se encuentran un hogar de tendencia rectangular -quizás con forma de piel de toro-y una base de una posible columna labrada de piedra arenisca que no es propia de la zona.
A su vez, otras dos superficies susceptibles de ser catalogadas como altares se hallaron en la sala anterior R112, esta vez con forma taurodérmica mucho más nítida y en la pequeña estancia interior R117 una piedra puesta sobre otras dos (Álvarez et alii 2008: 94; Asensio et alii 2012: 186).
Todos estos datos permiten proponer dos posibilidades para este yacimiento.
O bien el complejo sagrado de Castellet de Banyoles constituyó un único edificio con su entrada a través de la estancia R110, o bien se trata de dos edificios diferentes que presentan la característica planta oriental con una estancia principal y una sala anexa de menores dimensiones.
El primero con su entrada por R110 y el segundo sin entrada localizada.
Ambos espacios se dividirían respectivamente en una sala principal con un altar Figura 13.
Planta del santuario de Castellet de Banyoles (Álvarez et alii 2008). metal hallados en el interior del recinto para lo que es habitual en el Bajo Ebro.
Estos datos han llevado a plantear que Castellet de Banyoles podría haber ejercido el control de la explotación y distribución de metales en la desembocadura del Ebro (Rafel et alii 2010: 184-185).
El poblado cobró fama en la historiografía íbera desde la primera mitad del siglo xx por el hallazgo de varias monedas y objetos metálicos de prestigio, así como por la excavación de un acceso al poblado en su zona oriental formado por dos torres pentagonales y un área habitacional al sudoeste de dichas torres durante los años cuarenta.
Sin embargo, hubo que esperar hasta 1998 para el hallazgo en la parte noroccidental del yacimiento de parte de su muralla, varias calles y casas, así como un edificio de posible uso cultual (Sanmartí et alii 2012: 45-47).
Este último, denominado Edificio 10 (Fig. 13), presenta una extensión en torno a los 140 m 2 y una disposición interna con particularidades con respecto al resto de recintos del poblado.
Se trata de un ámbito de planta casi cuadrada -R116-con una pequeña cámara -R117-y una antesala alargada -R112-.
Tanto el suelo de R112 como el de R116 estuvieron realizados a base de tierra rubefactada por la acción taurodérmico cada una -R112 y R116-y dos capillas secundarias que habrían albergado la base de su respectiva massebah -R111 para el primer caso y R117 para el segundo-.
Igualmente, la habitación R116 presenta una base interpretada como columna que podría haber sido en realidad la parte inferior de la representación de una asherah.
De ser cierta esta interpretación podría tratarse de dos santuarios dedicados a Baal y Astarté.
El asentamiento de Els Vilars (Arbeca, Lleida) se sitúa en la comarca de Les Garrigues, en el margen izquierdo del río Segre.
El yacimiento presenta una planta ovalada fortificada trazada a cordel con una superficie aproximada de 2200 m 2, presentando escasas modificaciones desde su fundación en el siglo viii a.
C. hasta su abandono a finales de siglo iv a.
C. Los elementos defensivos de Els Vilars los constituyen una muralla que cuenta con doce torres, un mar de piedras hincadas al exterior y un foso en talud (Grup d'Investigació Prehistórica 2005: 652).
En su interior, la disposición del poblado se articula de manera radial en torno a una plaza central en la Por las características observadas en su interior hay que analizar aquí el correspondiente al sector 11/3.
Este edificio tiene aproximadamente 55 m 2 y presenta una planta trapezoidal (Fig. 14).
La compartimentación interna se encuentra dividida en tres estancias comunicadas a través de puertas rinconeras al este de los muros.
La primera de ellas ha sido interpretada como un vestíbulo parcialmente enlosado -sector 3A-que se encuentra conectado tanto con la calle como con una pequeña habitación -sector 3D-.
El siguiente espacio es una sala intermedia -sector 3C-que conecta el vestíbulo con la sala Al igual que se ha sugerido la posibilidad de estar ante dos templos diferentes dentro del Castellet de Banyoles, resulta sugerente plantear una división del espacio similar para el caso de Els Vilars.
Sin embargo, tres son los problemas con que se encuentra esta posibilidad.
En primer lugar, la estancia principal albergaría en esta ocasión no sólo el altar y la asherah, sino también otros elementos sagrados como la massebah.
En segundo lugar, la habitación terminaría en el muro M-495, sin poder precisarse la utilidad del zócalo M-506.
Por otro lado, el ámbito 6/13 antes descrito carece de estancia menor anexa.
Para proponer que los dos edificios de Els Vilars habrían sido santuarios independientes dedicados a Astarté y Baal con una sala principal y una sala menor contigua habría que salvar estos tres escollos arqueológicos.
A tenor de los datos aportados en este estudio se propone reinterpretar la simbología de las piezas de la diadema de Ébora a partir de la tríada altar-asherahmassebah, a la que habría que sumar la representación de Bes -con paralelos en Kuntillet'Ajrud-, de un héroe divinizado naciendo de la piedra -como se ha observado en los casos de Mitra inserto en el mitema del ancestro fundacional que da muerte al Toro Celeste-o de una divinidad fenicia hibridada con Bes -cuyo paralelo más claro es el procedente del santuario de Astarté de Kition-.
Este conjunto de elementos encuentra paralelos en primer lugar en la literatura bíblica.
Los pasajes en los que aparecen citados estos objetos resultan especialmente interesantes dado que se pide a la población israelí que derrumbe los altares, corte las asherim y derribe las masseboth, pues eran símbolos religiosos de las comunidades fenicias que dominaban el comercio en la región.
Junto a estos ejemplos orientales existen muestras de estos objetos formando parejas o tríadas dentro de la protohistoria de la Península Ibérica.
Es lo que se ha pretendido demostrar a partir de los contextos de El Carambolo y Caura en fechas del Hierro I, y en los de Castellet de Banyoles y Els Vilars datables en el Hierro II.
En todos los casos se puede afirmar que se está ante templos en los que se practicaron cultos de tradición oriental, las mismas creencias que parecen estar detrás de la simbología del tesoro de Ébora. principal-sector 3B-.
En dicha sala principal se han documentado tres suelos diferentes pintados con arcilla roja, recrecido tras recrecido, en cuyo centro se han hallado otros tantos hogares superpuestos con orientación norte-sur (Grup d'Investigació Prehistórica 2005: 657-658).
Este enlucido sucesivo afectó también a las paredes y estructuras donde se ven varios revestimientos milimétricos (Grup d'Investigació Prehistórica 2005: 661).
Este repintado cuenta con paralelos en El Carambolo y en Caura.
El primero de los altares no tiene forma taurodérmica, sino cuadrangular (LL-528).
Sin embargo presenta en el exterior un ribeteado amarillento tal y como muestran otros ejemplares del área tartésica.
También tiene paralelos en otros yacimientos del suroeste ibérico la rubefacción de sus superficies por el uso del fuego sobre ellos.
Justo al sur del altar se ha encontrado una pequeña oquedad semicircular de 25 cm de anchura y 6 cm de profundidad, rellena de cenizas, equiparable al receptáculo que muestra el ejemplar de Caura posiblemente para recoger la sangre de las víctimas.
En cuanto a la segunda de las aras (LL-525), construida sobre la anterior, también pintada de rojo y manteniendo el mismo eje norte-sur, ya sí se observa su característica forma de piel con las esquinas apuntadas con signos de rubefacción en su superficie.
Lo mismo puede decirse para la última de las fases (LL-520), presentando como novedad un reborde de otra tonalidad (Grup d'Investigació Prehistórica 2005: 658-660).
Además del altar, se ha documentado una base para un soporte circular de 80 cm de diámetro que conserva apenas 10 cm de su altura original (ES-522).
Este podio fue elaborado con fragmentos de adobes troceados y pequeñas piedras, con una capa de barro que la regulariza y le da un acabado (Grup d'Investigació Prehistórica 2005: 660).
Siguiendo la interpretación para otros contextos en el que he propuesto la existencia de la tríada altar-asherah-massebah, en este caso podríamos estar ante el último de los tres.
Este tendría -al igual que en otros ejemplos-la base que aísla a la massebah del suelo, de la cual sólo se habría conservado parte de su zona inferior.
Por otro lado, la asherah se habría situado a 60 cm de la massebah, donde se ha encontrado un cilindro de arcilla de 20 cm de diámetro hincado en el suelo (ES-523) (Grup d'Investigació Prehistórica 2005: 664).
De él tan sólo se han podido documentar 14 cm por encima del nivel del pavimento (Grup d'Investigació Prehistórica 2005: 660).
Además de esta tríada de elementos de tradición oriental, en la misma sala se halló la base umbilicada de un posible pithos cerámico encajado en una fosa de 35 cm de diámetro (SC-524) que estuvo en uso de |
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RESUMEN 123 Los trabajos realizados en la villa romana de Los Villaricos (Mula, Murcia) muestran un establecimiento rural en el que se han identificado muchos de los elementos propios de las instalaciones agropecuarias del mundo romano.
Ya han sido dadas a conocer la pars urbana así como una zona aneja que se interpretó como un torcularium.
En los últimos años, nuestra atención ha estado centrada en una zona algo alejada de estas instalaciones comentadas, en la que se ha documentado un gran edificio de planta rectangular con una superficie de casi 700 m 2 dedicado a la producción de aceite.
Se trata de una de las almazaras más grandes de la Península Ibérica y en ella hemos podido identificar todas las partes propias de un torcularium dedicado a la producción de aceite.
El edificio tiene una sala de recepción que a la vez pudo funcionar como cella olearia; un tabulatum, una sala de molienda con dos molinos en posición primaria; una sala de prensado con seis prensas, dividida en dos estancias, una, a cota inferior, para contener los contrapesos y otra para los lapides o fora y areae; por último, una sala de decantación en la que se han documentado lacus y una serie de dolia adosadas al muro junto a los desagües de las prensas.
Se ha establecido su abandono en torno al siglo v d.
Enmarcado dentro de un entorno que ofrece las mejores condiciones para la actividad agropecuaria, Figura 1.
Situación del yacimiento de Los Villaricos.
el yacimiento de la villa romana de Los Villaricos 5 se localiza en el paraje del "Arreaque", a unos 5 km al este de la localidad de Mula (Murcia), a través de la carretera que conduce hacia el embalse de La Cierva y el paraje de Fuente Caputa, donde se encuentra otra villa romana de presumible importancia (Fig. 1).
Siguiendo la opinión de los tratadistas clásicos que insisten en la importancia de dotar a estos establecimientos rurales de un cómodo acceso a las vías de 5 Una puesta al día de todos los trabajos realizados en el yacimiento de Los Villaricos puede verse en González Fernández y Fernández Matallana 2010b. comunicación tanto terrestre como fluvial (Cato agr.
1,3,[3][4]1,5,7), la villa aparece próxima al cauce del río Mula y perfectamente comunicada con el eje viario Carthago Nova-Complutum (González Fernández y Fernández Matallana, 2010b).
Precisamente las óptimas posibilidades de movilidad que proporciona su situación debieron jugar un papel primordial en la ubicación de un centro de estas características que precisa de la inmediatez de una red de comunicaciones para la salida y distribución de sus excedentes agrícolas hacia mercados regionales y Carthago Nova fundamentalmente.
LA VILLA ROMANA DE LOS VILLARICOS (MULA, MURCIA): UN GRAN CENTRO PRODUCTOR DE ACEITE...
Las campañas de investigación arqueológica realizadas a partir de 1985 han documentado una serie de elementos que convierten este yacimiento en uno de los ejemplos más notables de villa romana conservados en la Península Ibérica.
La identificación de áreas de carácter residencial junto con otras relacionadas con la transformación y almacenamiento de productos de primera necesidad en el mundo antiguo como son el aceite o vino, así parecen demostrarlo.
Partiendo de los elementos y zonas ya conocidas desde el inicio de los trabajos, se ha ido desvelando un complejo rural con dos áreas bien diferenciadas.
De un lado, las partes rusticae et frumentariae, o áreas destinadas a dependencias de trabajo, almacenamiento y transformación de los frutos obtenidos, en este caso aceite y vino, con la documentación de dos torcularia (González Fernández y Fernández Matallana 2011-2012) y, de otro, la pars urbana, o zona residencial, en la que se incluirían los restos de los balnea documentados (Lechuga Galindo 2001Galindo -2002) ) y aquellas habitaciones destinadas a la estancia, bien temporal, bien permanente, del propietario y su familia (González Fernández y Fernández Matallana 2010b).
El área residencial de Los Villaricos está dividida en dos partes (Fig. 2); por un lado, la zona residencial situada en el centro del edificio con un patio central en torno al cual se articulan las distintas habitaciones y espacios domésticos y, por otro, la zona termal situada en el lado oeste del edificio, con espacios destinados a los baños de agua caliente, templada y fría.
Al este de la domus y unida a ella mediante un amplio "porche", se documenta la primera de las dos zonas de producción localizadas en la villa que formaría parte del primer complejo torculario que, aunque en un primer momento, se consideró dedicado a la producción de aceite, se ha demostrado que se dedicó a elaboración de vino (González Fernández et alii, e. p.).
La segunda área de producción se encuentra en el sector sur, donde se ha documentado un gran edificio rectangular de unos 684 m 2, interpretado como torcularium, con todas las estancias vinculadas al proceso de recepción, elaboración y almacenamiento de aceite (González Fernández y Fernández Matallana 2011-2012).
La perduración en el tiempo de este importante establecimiento rural como residencia y explotación agropecuaria, queda constatada mediante la identificación de un total de 5 fases desarrolladas a lo largo de casi siete siglos de existencia.
La primera de estas fases ofrece una cronología en torno a la segunda mitad del s. i d.
C. proporcionada por las cimentaciones de los espacios A y B de la habitación 3.
La segunda fase está representada por la construcción del calda-rium y el laconicum del balneum, y la primera fase de construcción del patio central donde los fragmentos de cerámica de producción africana A (formas Hayes 26 y 27) situados sobre el primer pavimento de opus signinum, nos proporcionan una cronología que oscila entre finales del s. ii d.
C. y principios del iii d.
C. 6La tercera fase correspondería a la reorganización de todo el patio central y el peristilo, y la pavimentación con mosaicos de algunas de estas estancias, que nos sitúa en torno a la segunda mitad del s. iv d.
C. y primera mitad del v d.
C. si atendemos tanto al estilo y decoración de los pavimentos de opus tessellatum comparándolos con los aparecidos en Los Cipreses de Jumilla (Ramallo 1985: 121-128; Noguera y Antolinos 2009: 193, nota 6) como a la cerámica aparecida en los niveles que amortizan el pavimento (formas Hayes 59B y 67).
La cuarta fase está representada por las inhumaciones documentadas aprovechando el abandono de algunas estructuras y las distintas reutilizaciones y reestructuraciones de varios espacios del establecimiento (rebancos adosados y la división de algunas de las habitaciones), realizadas con materiales de muy baja calidad y aparejo muy pobre; se trata del momento de ocupación más tardía del yacimiento.
La cronología de esta fase estaría atestiguada por la presencia de los distintos fragmentos de lucernas de producción africana decorados con iconografía cristiana hallados en el edificio de planta absidal, así como una lucerna completa de características similares hallada en la habitación 47, fechados entre fines del siglo v e inicios del vii d.
C. 7 En este punto cabría incluir como una quinta fase la transformación del gran aula/triclinium en un espacio absidiado (Lechuga Galindo et alii 2004) de posible funcionalidad religiosa en torno al cual se situarían las 42 tumbas documentadas hasta el momento en todo el espacio doméstico.
Partiendo de los datos y estructuras documentadas sabemos que el mejor momento de expansión y explotación de la villa se situaría en torno al s. iv d.
C., coincidiendo a su vez con el período de mayor esplendor de la urbs localizada en el cerro de La Al-Figura 2.
Plano topográfico del yacimiento.
de vino que se localiza sin solución de continuidad junto a la pars urbana9, sino que también queda manifiestamente claro en la ampliación y rediseño del torculariaum destinado a la producción de aceite, excavado en el sector sur, con la documentación de varias fases constructivas y de reestructuración de espacios con el consiguiente aumento del volumen de producción oleícola, convirtiendo a la villa de Los Villaricos en uno de los principales centros de producción de aceite en la Hispania Tarraconense.
EL TORCULARIUM SUR DE LOS VILLARICOS
Si bien se alude a la producción de aceite desde mediados de los años 80 del pasado siglo (Guerrero Figura 3.
Fotografía aérea y planta del torcularium sur (almazara). magra, la antigua ciudad de Mula, situada a escasos 2,5 km de la villa8.
En esta época se produce un auge dentro de la arquitectura residencial en espacios rurales en la parte occidental del Imperio, siendo un fiel reflejo del poder de sus propietarios y de la extensión y riquezas de sus tierras (Chavarría Arnau 2006: 17).
Esta situación se inicia en Hispania a finales del s. iii pero sobre todo en torno a mediados del s. iv d.
C., fundamentalmente en el sur y levante peninsular, en donde se produce el período de máximo crecimiento y auge económico.
Este hecho no solo puede observarse en la monumentalización y embellecimiento de los espacios domésticos de la pars urbana, incluidas las termas y el torcularium dedicado a la producción Figura 4.
Planta topográfica del torcularium sur con indicación de las fases cronológicas documentadas y estructuras anejas.
Fuster et alii 1983), no fue hasta 2009 cuando en el sector sur se empezó a documentar un gran complejo de producción oleícola (González Fernández y Fernández Matallana 2011-2012) que ya podemos considerar como uno de los más importantes de la Península Ibérica.
Su estudio ha permitido identificar un gran torcularium con todas las estancias vinculadas al proceso de elaboración y almacenamiento de aceite tal y como las describen los agrónomos latinos (Figs.
La situación de imprecisión arqueológica que a veces ofrecen las estructuras de prensado y los depósitos a la hora de distinguir ante qué tipo de producción nos encontramos (Brun 1993; Carrillo Díaz-Pinés 1997; Peña Cervantes 2010: 48-49) motivó, en el caso del torcularium norte, que, en un primer momento, fuera identificado como almazara, aunque finalmente se ha demostrado que estaba dedicado a la elaboración de vino (González Fernández et alii, e. p.).
En el caso del nuevo torcularium (sur) el tipo de producción no ha planteado ninguna duda ya que la obtención del aceite pasa por un par de fases productivas que no requiere el vino: molturación y decantación y así, la presencia de elementos de molienda y estructuras de decantación pueden resultar concluyentes para determinar una producción de aceite (Fanjul Peraza y Buzón Alarcón 2013-2014: 128).
A esto hay que unir el hallazgo de huesos de aceituna en la zona de molienda.
Sala de "usos múltiples": sala de recepción/ cella olearia Con el término "usos múltiples" nos referimos al empleo de este espacio como cella olearia destinada al almacenamiento del aceite una vez decantado, como demuestra el vano de comunicación entre esta sala y la zona de decantación, y también a su utilización para la recepción de la aceituna cosechada antes de la molienda y que era depositada en el tabulatum, que se encuentra en la siguiente sala.
Asimismo, la amplitud de este espacio no permite descartar la posibilidad de su utilización para otros fines como la guarda de aperos y herramientas propias de estos trabajos.
Se trata de un espacio con forma de L situado en el extremo norte del edificio, con unas dimensiones de 15,80 m de longitud por 6,65 m de ancho mínimo y 12,30 m de máximo, conformando una superficie útil de 126,64 m 2.
Por lo que respecta a las características constructivas, los muros que configuran esta habitación tienen la misma factura, un ancho de 0,67 m, están fabricados con mampostería trabada con mortero de cal y presentan restos de enlucido.
En cuanto a su pavimentación es probable que estuviera formada por un pequeño nivel de tierra apisonada sobre la roca natural; no obstante, sí hemos documentado algunos pequeños fragmentos de pavimento de muy pobre calidad situado en la esquina SW de la sala y junto a algunos lienzos de muro, aunque consideramos que se trata más de una nivelación del firme orientada a corregir el desnivel del suelo natural que de una pavimentación homogénea de toda la superficie (Fig. 5).
La habitación tiene dos accesos que nos señalarían esa doble función comentada anteriormente: el primero de ellos comunica al exterior por el muro NE mediante un vano de 1,66 m, a través del cual se depositaría la aceituna recién cosechada; el segundo comunicaría la cella con la sala de decantación en el lado sur, mediante un vano de 1 m realizado de forma secundaria en el muro que cierra este espacio en su extremo sur, que permitiría el tránsito para almacenar el producto a la espera de su comercialización.
Esta sala antecede a la de molienda de la que está separada por un muro de las mismas características constructivas que los anteriores y que serviría como separación entre las zonas de recepción de aceituna y la de molienda, aunque creemos que debería tener algún tipo de comunicación entre ambas salas para facilitar el trasvase de la oliva desde la cella al tabulatum.
Las evidencias arqueológicas de las dos principales funciones que hemos otorgado a esta sala son dispares.
Por un lado, el almacenaje de la oliva cosechada en espera a ser trasladada al tabulatum no proporciona evidencias arqueológicas, puesto que no ofrece elementos distintivos más allá de su impermeabilización; por otro lado, la posibilidad de una comunicación entre esta sala y la de molienda a través del muro que las separa, mediante la construcción de una ventana, para una mayor comodidad a la hora de depositar la oliva en el tabulatum es una hipótesis derivada de la suposición de una mayor agilidad en el proceso y de economía de esfuerzo, apoyada por los escasos paralelos conocidos como el de Villa Regina (Boscoreale, Nápoles), aunque en este caso se trata de producción vinícola del s. i d.
C. Por último, los elementos directamente relacionados con el almacenaje del aceite decantado se evidencian en la presencia de fragmentos de un nutrido conjunto de dolia de distintas características y algunos fragmentos anfóricos rescatados de los niveles de destrucción de este espacio (Fig. 6).
En cuanto a la organización y composición de los niveles arqueológicos documentados, el proceso de excavación de esta sala ha mostrado una serie de unidades estratigráficas uniformes donde destaca en toda su superficie un potente y homogéneo nivel de derrumbe compuesto por gran cantidad de fragmentos de tegulae e imbrices procedentes de la cubierta de la habitación, mezclados sin solución de continuidad con un importante nivel de ceniza de similares características a los documentados, tanto en la sala de accionamiento como en la de decantación y que interpretamos como la fase de destrucción de todo el edificio.
No obstante, también hemos identificado un pequeño nivel de abandono en algunas zonas, anterior al incendio, situado directamente sobre la roca natural que ha proporcionado escasos pero significativos materiales que aportan datos fiables sobre el momento de abandono de la instalación en torno a finales del s. v o principios del s. vi d.
La mayor parte de los materiales cerámicos recuperados en los niveles de derrumbe y destrucción corresponden a grandes contenedores -dolia-, ánforas y otros tipos de recipientes de menor tamaño, con una funcionalidad claramente asimilable al almacenaje de aceite.
El conjunto de dolia, concentrado en su mayor parte en la zona central de la sala (Figs.
5 y 6) 10, presenta una clara similitud morfológica aunque 10 No se suelen documentar en posición primaria al ser fácilmente transportables y muy demandadas a lo largo de la antigüedad.
Además, los estudios sobre dolia se han centrado casi exclusivamente en su funcionalidad, omitiendo prácticamente sus características ceramológicas (lo mismo ocurre con tejas, ladrillos, etc.), lo que demuestra la escasa atención prestada a estos contenedores (Maeso Taviro y Martínez-Sevilla 2011: 311).
Vista cenital de los fragmentos de grandes dolia documentados en el centro de la cella olearia.
Fotografía aérea de la cella olearia / sala de "usos múltiples" con los restos de grandes dolia y soportes (señalados con un círculo blanco) documentados en el centro de la sala.
C.) nos daría un terminus post quem, y la presencia de fragmentos de producciones africanas en sus distintas variantes nos trasladarían a una fecha de abandono y destrucción de esta sala (y del edificio) en torno a mediados/ finales del s. v d.
C. Es, pues, en esta sala en donde se inicia y se ultima todo el proceso de producción de aceite.
En épocas de máxima producción, en las que el volumen de aceituna recogida sería superior al que podría almacenar el tabulatum, la oliva se depositaría en esta sala tratando de separar e identificar los lotes recogidos en distintos días (Varro, rust.
12, 52, 3); de ahí pasaría al tabulatum, a través del hueco que suponemos habría en el muro que separa ambas salas, para la molienda.
En cuanto a su función como cella olearia no es muy común la documentación de espacios específicamente destinados al almacenamiento del aceite una vez procesado y listo para su comercialización y no existen características específicas para diferenciarlos ya que los ejemplos conocidos presentan diferentes morfologías y características debido a las necesidades específicas de cada uno de los escasos ejemplos conocidos (Peña Cervantes 2010: 86, nota 172); así, según Peña Cervantes las cellae oleariae "constituyen un porcentaje muy reducido de los espacios de almacenamiento en técnicamente encontramos dos modelos diferenciados.
Se trata de recipientes de gran tamaño (no menos de 7-8 ejemplares), fragmentados, cuerpo elipsoide con fondo plano (algún ejemplar de fondo ligeramente cóncavo), borde entrante engrosado al exterior y labio redondeado.
Técnicamente encontramos dos variantes; por un lado, los dolia que presentan mayor tamaño tienen paredes más gruesas, el cuerpo cerámico más tosco, de color marrón grisáceo, mal depurado con desgrasantes gruesos; la segunda variante, realizada con pasta anaranjada más depurada y compacta, correspondería a ejemplares de menor capacidad.
En algunos fragmentos de pared del primer tipo se han documentado marcas incisas post cocturam que presumiblemente se refieren a su capacidad 11 (Fig. 7).
Frente al vino, en el que los dolia juegan un papel fundamental en el proceso de fermentación, en el caso del aceite, la única función que se les puede adscribir a estos recipientes es la de almacenaje ya que una vez decantado, el proceso concluye y el aceite ya es apto para el consumo.
Como en el Cortijo del Canal (Albolote, Granada), la ausencia de improntas en el suelo de la estancia destinada al almacenamiento nos permite descartar la presencia de dolia en fosa (Maeso Taviro y Martínez-Sevilla 2011: 311).
Además, sobre el suelo y dispersos por la sala también han aparecido un total de 6 ladrillos de 44 x 29 cm que interpretamos como soportes o elementos de sustentación, sobre los que se colocarían los dolia (Fig. 5, señalados en blanco).
Los fragmentos de ánforas documentados en estos niveles de abandono, aunque no muy numerosos sí resultan significativos en cuanto a funcionalidad y cronología.
Conservamos un borde de la forma Keay LVIIB/Beltrán 61 y un borde completo de la forma Keay XL, ambas de producción africana; la primera fechada en contextos de mediados del s. v d.
C. y la segunda entre los ss. iv-v d.
A este conjunto habría que añadir varios fragmentos de ánforas de cuerpo de tendencia globular y pivote apuntado de producción local que no habíamos identificado hasta ahora en el yacimiento y que tipológicamente podrían asemejarse a la forma Dressel 23 12.
Además, la recuperación de un antoni-11 Si entendemos que el epígrafe se refiere a congios: 523 y sextarios: una cantidad indeterminada (sólo conservamos el primer numeral: X), la cifra obtenida estaría en torno a 1700 l.
12 El tipo Dressel 23/Keay 13 corresponde a un contenedor destinado al transporte de aceite bético en la Antigüedad tardía en niveles del s. V y, de forma minoritaria, en contextos del s. IV y de inicios del s. VI (Remolá 2000: 176-179, fig. 57). posible vano situado en el muro que comparten ambos espacios y que permitiría el trasvase de aceituna de la sala de recepción al tabulatum.
Con unas dimensiones de 11,33 x 4,73 m, una superficie útil de 58 m 2 y de planta rectangular, a la sala de molienda únicamente se accede a través de un vano de 1,44 m existente en su muro sur y que la conecta a través de un estrecho pasillo (1,45 m de ancho y 6,85 m de longitud) al resto de las zonas de trabajo del torcularium.
Sus muros, con un ancho que oscila entre 0,64 m y 0,67 m, están fabricados con mampostería trabada con mortero de cal y presentan restos de enlucido (Fig. 8).
El registro arqueológico de esta sala ha proporcionado una secuencia estratigráfica similar a la de la cella olearia, con la documentación de niveles homogéneos en los que habría que destacar la presencia de un nivel de ceniza, perteneciente a la fase de destrucción de todo el edificio tal y como también sucede en las salas de accionamiento, decantación y la propia cella; aunque los materiales documentados son escasos, nos remiten a una cronología de abandono y destrucción similar a lo comentado para la cella.
La excavación de la sala de molienda nos ha permitido identificar un mínimo de dos fases constructivas claramente diferenciadas pero siempre vinculadas dolia documentados, que mayoritariamente se relacionan con la fermentación de vino" 13.
En la elaboración del aceite, que finaliza con el proceso de decantación, la presencia o no de cella olearia va a depender únicamente del volumen del producto final y, por ende, del esquema comercial en el que se encuentre inmerso el productor (Peña Cervantes 2010: 85); por ello, creemos que la magnitud de las instalaciones de prensado de Los Villaricos indica una producción a gran escala para su comercialización 14; así, para una producción escasa y de autoconsumo el aceite podría envasarse en contenedores cerámicos u odres en la misma sala de decantación y posteriormente transportarlo, pero en un complejo de producción a mayor escala como el nuestro podría entenderse una relación directa entre las dimensiones de la cella y el volumen de aceite producido y comercializado.
El almacenamiento en dolia está estrechamente vinculado a la producción de vino ya que es una parte fundamental relacionada con la fermentación (Fanjul Peraza y Buzón Alarcón 2013-2014: 143).
En este sentido, aunque Peña Cervantes (2010: 49) sugiere que el uso de dolia de fosa estaría vinculado exclusivamente a la producción de vino, sin embargo, Fanjul Peraza y Buzón Alarcón (2013-2014: 143) argumentan que, a pesar de que existe un mayor número de establecimientos vinícolas relacionados con dolia, sin embargo, esto no es un hecho exclusivo.
Se trata del espacio más pequeño del complejo que comunicaría con la sala de recepción a través del 13 La información recogida por Peña es ilustrativa ya que de los de los cincuenta y un espacios de almacenamiento que recoge en su monografía, únicamente ocho se vinculan a la producción de aceite, fenómeno que podría deberse a una comercialización rápida del producto (Peña Cervantes 2010: 86-87).
14 La presencia de espacios específicos de almacenamiento e incluso la existencia de espacios unifuncionales y específicos de prensado es evidencia suficiente de una producción que trasciende el autoconsumo (Peña Cervantes 2010: 21 y 85).
Sala de molienda con las dos molae y el tabulatum.
con el proceso de molturación (Fig. 3).
La primera está relacionada con la documentación de un muro con un vano central, que cerraría este espacio por el lado sur conformando una sala, más estrecha que la actual, de 11,33 x 3,50 m y 39,6 m 2 de superficie útil, con la presencia de al menos una de las molae documentadas.
En un momento aún por definir, ya en la segunda fase constructiva, y coincidiendo con una reestructuración de los espacios, en especial en la mitad norte del edificio posiblemente vinculada a un aumento significativo de la producción, se ve la necesidad de ampliar la sala de molienda; por ello se amplía la sala hacia el sur, desmontando el muro y construyendo otro paralelo que se prolongaría hasta el cierre del edificio en su lado SW.
A esta segunda fase corresponde también la construcción del tabulatum con la canalización y la mola del lado NE de la habitación en su formato definitivo, como veremos a continuación.
El proceso de excavación ha documentado en el interior de la sala de molienda el mortarium de una mola suspensa, y una estructura circular de ladrillo (Fig. 9).
Entre estos dos elementos se sitúa también un pequeño recinto cuadrangular cerrado de 2,06 x 2,08 m, con un alzado máximo conservado de 0,5 m, adosado al muro que separa esta estancia de la cella olearia, cuyos muros laterales presentan un ancho de 0,46 m mientras que el del frontal es de 0,33 m ofreciendo, además, una pequeña abertura en la parte inferior con una canalización excavada en la roca.
Esta endeble estructura la interpretamos, a partir de paralelos etnográficos, por su forma y su localización en la propia zona de molturación como un tabulatum (Fig. 9), estancia que los agrónomos latinos señalan como espacio específico de recepción de la aceituna, en la que ésta se almacena a la espera de ser prensada (Peña Cervantes 2010: 89;2011-2012: 169, nota 27).
Esta estructura favorece la salida del alpechín o amurca y reduce su presencia en la aceituna antes de su molienda 15.
Presenta forma cuadrada a modo de troje con pavimento de canto rodado inclinado con una ligera pendiente para permitir la evacuación del alpechín a través de la canalización que se inicia en la abertura inferior del muro.
No es frecuente su identi-Figura 9.
Estructuras de la sala de molienda: dos molae (en travertino y en ladrillo) y el tabulatum.
ficación arqueológica debido a que el almacenamiento previo de la aceituna no requiere necesariamente un espacio específico, ya que puede hacerse también en otras zonas del edificio.
Su localización arqueológica es compleja y buena prueba de ello es que tan sólo se habían localizado tabulata en cuatro yacimientos en Hispania hasta 2010: El Gallumbar (Málaga), Cuesta del Espino (Córdoba), Baños de la Malahá (Granada), y Los Cipreses (Murcia) (Peña Cervantes 2010: 90).
Actualmente contamos con más de una docena 16, el último, por ahora, el de Los Villaricos.
La identificación de este espacio como sala de molienda fue posible gracias al hallazgo de un gran bloque monolítico de caliza travertínica de La Almagra 17, identificado como la parte fija del molino rotatorio 18, y un fragmento estriado de la parte móvil, realizado con piedra volcánica.
El primero es una pieza circular (Ø exterior: 1,98 m; Ø interior: 1,76 m; mesa: 0,80 m; profundidad: 0,40 m; volumen: 0,77 m 3 ) con un canal exterior en el que se iría depositando la sampsa, pasta resultante de la molienda de la aceituna mezclada con agua, que posteriormente será prensada, y una mesa central (meta) en la que se colocaría el molino rotatorio cilíndrico de muelas horizontales; el segundo es un fragmento de catillus (Fig. 10).
Este sistema, vinculado inicialmente a la molienda de cereal, también aparece en la elaboración de aceite.
Su estructura "estaría formada por una parte fija (meta), de sección troncocónica y base cilíndrica, a la que se fija, gracias a un bastidor de madera, una parte móvil (catillus) con forma de corona y sección triangular" (Peña Cervantes 2010: 65).
Estas piezas se disponen sobre una superficie circular de obra o piedra con un canal exterior circundante en el que va depositándose la sampsa que posteriormente se llevaría a las prensas y se depositaría sobre los cofines para completar la extracción del aceite.
El molino, en principio, se accionaría de forma manual directamente por rotación, aunque no podemos descartar la tracción 16 Molino romano de Adaines II, en Alcalá de Guadaira (Sevilla) (Corzo Pérez 2013-2014: 35-36) 17 Sobre la cantera del Cerro de La Almagra vid. Soler Huertas (2005).
18 La instalación de una mola de estas características tan imponentes debe ir directamente relacionada con el proceso de reestructuración de espacios realizado en el edificio como consecuencia del desarrollo y aumento de la actividad productiva del mismo.
Consideramos muy probable (pero difícilmente demostrable) que en esa misma posición se encontrara otra mola anterior correspondiente a la primera fase de construcción del edificio.
En cuanto a la presencia de este tipo de elemento de molienda, Peña Cervantes destaca el alto porcentaje de molinos rotatorios cilíndricos documentados en yacimientos con instalaciones de prensado, sobre todo en la Bética (Peña Cervantes 2010: 115, fig. 19), aunque los hay también en el resto del territorio hispano, fechados desde el s. i d.
El origen hispano de los molinos rotatorios cilíndricos e incluso su relación con la mola hispaniensis citada por Catón (agr.
Asimismo, Peña Cervantes señala que sólo se han documentado seis molinos o subestructuras in situ a los que habría que añadir los dos de Los Villaricos.
Los molinos se sitúan en la zona de accionamiento de la prensa, si esta zona es amplia, o en una estancia aneja para facilitar el traslado de la sampsa.
Por lo que respecta al segundo de nuestros molinos, se trata de una estructura circular situada en el otro extremo de la sala de molienda, realizada a base de ladrillos trabados con mortero de cal, elemento este último que sirve como material para la base de dicha estructura, y se localiza en el mismo eje y posición que la mola anteriormente descrita.
En principio, lo interpretamos como una base de molino.
Durante su proceso de excavación se hallaron aproximadamente cuarenta o cincuenta huesos de aceituna20.
Así pues, en esta sala comienza el proceso de elaboración de aceite propiamente dicho; una vez depositadas las aceitunas en el tabulatum, se clasificaban, se limpiaban y se pasaban al molino21, donde se procedía a ablandar y romper la piel del fruto mediante su triturado.
El producto obtenido, la pasta denominada sampsa, a la que durante la molienda se le añadía agua para facilitar su manipulación; era trasladado a través de un estrecho pasillo, para continuar con la siguiente fase en la zona de prensado.
La siguiente fase correspondería al prensado de la sampsa, obtenida tras la molturación (Sáez Fernández 2011-2012: 59).
Hemos documentado dos espacios que se pueden identificar claramente como la sala de prensado propiamente dicha y la sala de accionamiento en donde se encuentran los contrapesos destinados a accionar las prensas.
Desde la sala de molienda se accedía a través de un pasillo a las salas de prensado, accionamiento y origen, se corresponderían con otras tantas areae, localizadas frente a la zona de anclaje.
La superficie de esta plataforma se encuentra bastante dañada por intensas labores agrícolas que perjudicaron seriamente las estructuras de gran parte de la villa (Fig. 11).
De NW a SE, los fora documentados pertenecen a las prensas 1, 2, 5 y 6 (Fig. 12).
Están realizados en caliza travertínica de La Almagra, a excepción del no 6 que está fabricado en arenisca.
Presentan forma paralelepípeda con un número variado de entalles o agujeros (foramina) en la parte superior que servían para encajar los elementos verticales (arbores) que sustentaban la parte trasera de la prensa y permitían el movimiento vertical del prelum.
De los fora conservados, los n os 2 y 5 están formados por dobles parejas de arbores, mientras que el 1 y el 6 presentan una sola pareja.
Aunque en la península Ibérica predominan los fora con foramina cuadrangulares y en la Bética destacan mayoritariamente las dobles parejas de vírgenes (arbores) con numerosos fora de cuatro encajes (Peña Cervantes 2011-2012: 49), los hallados en nuestro yacimiento presentan forma rectangular (n os 1 y 6), mixta (no 5) y cuadrangular (no 2), con unas dimensiones que van desde los 8-9 cm de ancho a 26-54 cm de longitud (Fig. 12).
Los fora de Los Villaricos presentan las siguientes características y dimensiones:
En el extremo opuesto debían existir orificios similares, pero no se han conservado. • No 2: bloque rectangular de 1,14 x 0,59 m.
Presenta dos orificios rectangulares, uno en cada extremo.
Tiene un alto grado de erosión y desgaste que hace que sólo sea visible uno de los dos foramina, con unas dimensiones de 0,26 x 0,08 m.
18, 3) para referirse a esta piedra utiliza el término forum: Inter parietes, arbores ubi statues, fundamenta bona facito alta p.
Por lo tanto, a partir de ahora, recurriremos a esta expresión.
24 Consideramos de interés resaltar el hecho de que los fora 1 y 5 son mucho más voluminosos que los otros dos. decantación.
Este corredor (1,45 m de ancho y 6,85 m de longitud) conserva en su parte central restos de una estructura realizada a base de sillares trabajados y mampostería, que podían formar parte de una pequeña escalera de obra para acceder a la sala de prensado, que es la zona más elevada de todo el edificio (Fig. 3).
La sala de accionamiento se encuentra a una cota inferior de 1 m aproximadamente, con lo que se asegura un incremento en la capacidad de prensado gracias a la disminución del recorrido vertical que debe realizar el prelum para entrar en contacto con el cargo (Peña Cervantes 2010: 48).
La construcción de la sala de prensado a dos alturas es una práctica habitual en las estancias destinadas a albergar prensas de viga, tanto en época romana como en las prensas preindustriales.
La ubicación del contrapeso por debajo de la cota del pie de prensa facilitaba la bajada del prelum y dotaba las prensas de una mayor fuerza con un menor trabajo.
Esto se consigue de dos formas: bien creando una fosa en la que se ubica el contrapeso o bien compartimentando en dos la sala de prensado para sobreelevar la zona en la que se ubica el anclaje posterior de la prensa y el area (Fig. 11).
En treinta de los cincuenta y dos ejemplos documentados por Peña (2010: 79) aparece esta subdivisión de la sala de prensado, un porcentaje muy alto teniendo en cuenta además que carecemos de datos sobre este punto en diez yacimientos.
Además, se localizan también cuatro ejemplos en los que el contrapeso aparece dentro de una fosa (Peña Cervantes 2010: 80) 22.
En Los Villaricos encontramos estos dos sistemas: por un lado, la compartimentación en dos salas distintas a dos alturas, la sala de prensado y, al noreste, en la sala anexa, se localizan los contrapesos en fosa.
Adosados al muro SW que la separa de la sala de decantación, se localizan cuatro lapides pedicinorum o fora 23 y el hueco de otros dos que, en LA VILLA ROMANA DE LOS VILLARICOS (MULA, MURCIA): UN GRAN CENTRO PRODUCTOR DE ACEITE... de forma perimetral y con una cruz en el centro para conectarlos por los que circularía el aceite (Fig. 13), y que podría pertenecer a la sexta prensa.
Similares pies de prensa se han documentado en los yacimientos Gallumbar (Antequera, Málaga), Arastispi (Antequera), Manguarra y S. José (Cártama, Málaga) y Munigua (Sevilla) (Carrillo Díaz-Pinés 1996: 623).
Entre el pie de prensa y la zona de accionamiento, generalmente en las prensas de tornillo, se solían instalar un par de vigas horizontales de madera que actuaban como guías para el prelum, de forma que se evitara su oscilación.
Estos elementos, llamados stipites, presentaban una morfología similar a los arbores, fijándose al suelo y en ocasiones encastrándose en los muros divisores que separaban la sala de prensado de la de accionamiento.
En nuestro caso, no hemos documentado huellas en el pavimento o piezas de encastre para estas vigas, aunque es posible que estuviesen sujetas al muro que divide ambas salas.
Sin embargo, como consecuencia de las labores agrícolas, dicho muro se conserva a una cota inferior al nivel del pavimento, por lo que no hemos hallado la huella de estas estructuras, que debieron existir pues los prela necesitaban estas estructuras de refuerzo.
Son muy pocos los yacimientos en los que la conservación in situ del contrapeso y del anclaje posterior de la viga nos permiten disponer de la longitud del prelum.
En los casos en los que se ha podido calcular esta media, la mayor parte de los ejemplos arrojan una longitud comprendida entre 5 y 7 m, con pocos ejemplares por encima de estas medidas 25.
Este tipo de fora tiene una presencia mayoritaria en la Bética, en yacimientos como Los Molinillos, El Gallumbar y La Quinta en Málaga, Cerro Lucerico (Córdoba), Loma de Ceres (Granada) y Casa Alegre (Sevilla), entre otros, con cronologías del siglo I d.
Frente a cada forum se situaba la denominada area o pie de prensa, lugar donde se realiza el prensado propiamente dicho, y de las que sólo se conservan las improntas sobre el pavimento.
Para Peña Cervantes no parece necesaria una individualización constructiva para estos elementos y muchas veces los cofines o los cofres se sitúan directamente en el suelo de la zona de prensado y, a través de la inclinación del pavimento realizado en todos los casos en opus signinum, y posiblemente gracias a elementos de madera, se canalizaba el líquido prensado hasta las cubetas de recepción (Peña Cervantes 2010: 70).
En Los Villaricos únicamente hemos podido documentar la impronta de dos areae con forma cuadrangular, que corresponden a las prensas n os 2 y 4.
Esta última, mejor conservada, presenta unas dimensiones de 1,50 x 1,15 m, y el contorno está elaborado con pequeños ladrillos de similares características a los utilizados para el opus spicatum; de la no 2 apenas hay elementos que puedan indicar qué tipos de materiales la conformaban.
Las areae correspondientes a la 1a y 3a prensa han desaparecido, mientras que las de la 5a y 6a podrían ser portátiles, pues en el pavimento de ladrillo cuadrado no se han documentado improntas o restos de dichas estructuras; a esta hipótesis podría sumarse la aparición en el nivel de derrumbe (UE 2551), anejo al muro que separa la sala de prensado de la sala de decantación, de un area con forma oval (0,71 x 0,56 m) realizada en arenisca con unos canalillos tallados Figura 12.
Area de piedra arenisca, localizado en un derrumbe en la sala de decantación, junto a la zona de prensado.
sur hispano fechados en el s. i d.
El uso de pavimentos de opus spicatum en las salas de prensado se circunscribe, pues, a la zona meridional de Hispania.
Fuera de la Bética, además de nuestro yacimiento, sólo se ha documentado en el torcularium de Viladecans, fechado en el siglo i a.
C. y destinado a la elaboración de vino.
En los yacimientos levantinos de La Torrassa y Benifaraig aparecen pavimentos de opus spicatum que pueden vincularse a labores de prensado debido a la aparición en superficie de elementos típicos de estas instalaciones (Peña Cervantes 2010: 79).
Los tramos de suelo de opus spicatum aparecen adosados a los fora n os 1, 2, 3 y 4 y al muro SW (UC 2481) que separa la sala de prensado de la de decantación.
En esta zona se ha comprobado la presencia de canalizaciones realizadas en el pavimento que vertían a la sala de decantación aneja a través de unos canales realizados con teja curva que atravesaban el muro que separaba ambas salas (Fig. 14). longitud de hasta 6 o 7 m el prelum puede estar formado por una única viga de madera; a partir de estas dimensiones es necesario ensamblar dos vigas, lo que se consigue por medio de abrazaderas de hierro y cuerdas, hecho confirmado por datos etnográficos.
Como vemos, hay una tendencia en Hispania a simplificar la construcción de las prensas de viga optando, en la mayor parte de los casos, por prela conformados por una única viga de madera (Peña Cervantes 2010: 80).
En nuestro caso, conservamos in situ tres de los fora con sus correspondientes contrapesos, así como la impronta en el pavimento de los otros tres fora y las tres fosas de los contrapesos, con la existencia de uno de ellos desplazado y los otros dos desaparecidos.
Según estos datos hemos calculado para las cinco primeras prensas un prelum de unos 10,50 m de longitud, y de unos 9 m para la prensa no 6, por lo que es muy probable que estuvieran formados por dos vigas.
Con respecto a su anchura están en una media de 0,50 m.
26 En cuanto a la pavimentación de la sala de prensado, sobre una solera de mortero de cal que aparece de forma homogénea en toda la estancia, el tercio SE aparece pavimentado con ladrillo cerámico cuadrado (0,21 x 0,29 m) en una superficie aproximada de 12 m 2; a partir de este punto, coincidente con el area de la prensa no 4, la mayor parte del suelo aparece prácticamente descarnado, dejando a la luz el mortero de cal de preparación y las huellas del arado que dañaron la superficie en época reciente; no obstante, se han podido documentar algunos tramos (4 m 2 ) de pavimento realizado en opus spicatum (0,10 x 0,04 m de media) que, en su origen, debía cubrir el resto de la sala; en algunas zonas este pavimento aparece cubierto de una pequeña capa de mortero.
La utilización de este tipo de pavimento latericio es un elemento muy común, casi distintivo, de la producción de aceite en la Hispania meridional, debido posiblemente a las características refractarias de este material, con un claro predominio de este tipo de suelos frente a los de opus signinum del resto del Imperio (Carrillo Díaz-Pinés 1995: 71; Peña Cervantes 2011-2012: 47-48) 27.
Encontramos este tipo de pavimentaciones en las zonas de prensado de numerosos yacimientos del
Situada al noreste de la sala de prensado, con la que comparte muro medianero, estaba destinada a contener los mecanismos de accionamiento de la prensa, completando así el conjunto de la zona de prensado del torculario.
Constructivamente presenta unos muros de similares características a los comentados en las dependencias anteriores con acceso al exterior a través de un vano de 1,75 m situado en el centro del muro noreste.
No se ha documentado pavimentación alguna en esta sala, únicamente una fina capa de tierra procedente de la propia descalcificación de la roca natural que serviría de suelo de uso.
Por otro lado, desde el punto de vista de la funcionalidad de este espacio, se han localizado, recortadas en la roca natural, un total de seis fosas correspondientes con las seis prensas que, en sentido NW-SE, ofrecen una profundidad de 0,30 m, 0,56 m, 0,47 m, 0,60 m, 0,58 m y 0.25 m.
Han desaparecido los contrapesos correspondientes a las prensas 3 y 6.
El resto permanece in situ, salvo el no 4, que se encuentra volteado y ligeramente desplazado (Fig. 15).
Se trata de fosas de forma más o menos circular donde se encajaban los contrapesos con piedras y cal, dándoles una fuerte consistencia fijándolos al fondo de la fosa; siguiendo el orden NW-SE presentan unos diámetros de 2,08 m, 1,90 m, 2,15 m, 1,94 m, 2,13 m y 1,66 m.
No se encuentran centradas a lo largo de la nave, sino que están alineadas con una separación constante, las 5 primeras, de 0,80 m desde el muro SE, dejando un espacio de unos 2 m hasta la pared SW.
En el caso de la última fosa, correspondiente a la prensa más pequeña, estaba desplazada con respecto a las otras.
Morfológicamente los contrapesos pueden ser cilíndricos o paralelepípedos, y aunque su forma no es del todo determinante, por lo general, las piezas paralelepípedas se utilizan en las prensas de torno y las cilíndricas en las de tornillo, que ofrecen una cronología tardía.
En estos casos, lo determinante es la aparición de una perforación circular o cuadrangular en la cara superior del contrapeso, en los que se insertaba el tornillo (Peña Cervantes 2010: 71).
Sin embargo, los contrapesos de las prensas de torno, carecen de esta cavidad y generalmente presentan una hendidura transversal para afianzar el cabestrante.
Por lo tanto, el mecanismo de accionamiento de la prensa puede determinarse por el contrapeso (Peña Cervantes 2010: 70) y aunque existe una clara tendencia al uso de piezas paralelepípedas en las prensas de torno y cilíndricas en las de tornillo, sin embargo, esta discriminación formal no nos permite determinar con absoluta cer-(Cáceres), ambos de cronología indeterminada (Peña Cervantes 2010: 96-97).
Con respecto a la tipología de las prensas, según la clasificación de Brun, las prensas 1 y 5 de nuestro yacimiento, se corresponden con el tipo C3 (mecanismo a torno y uso de arbores), cuyos paralelos para época republicana y altoimperial los tenemos en L ́Horta Seca (Castellón de la Plana), La Quinta (Málaga) y Seca del Colo (Lérida), con uso para vino y aceite; y la número 2 y, posiblemente, la 4 con el tipo C4 (mecanismo de tornillo y arbores), cuyos paralelos, de época altoimperial, se localizan en El Gallumbar y Los Molinillos (Málaga), Casa 2 de Munigua (Sevilla), y con cronología tardía en Can Ferrerons (Barcelona) y El Bolívar (Lérida).
La superficie total de la estancia de prensado, conformada por la sala de prensado propiamente dicha y la de accionamiento, es de 688 m 2.
En general, la superficie de las salas de prensado conocidas presenta un tamaño variable (Peña Cervantes 2010: 96-97).
Encontramos estancias de pequeño tamaño, en torno a los 20-30 m 2, con prensas de entre 5 y 6 m de longitud hasta los considerados grandes enclaves «industriales» de Marroquíes Bajos y Cerro Lucerico, ambas con dos naves; en el primero la instalación de prensado tiene una superficie total de 525 m 2 y en el segundo, aunque no se ha documentado en su totalidad la superficie de la sala, Carrillo (2011-2012: 351) apunta una superficie aproximada de 364 m 2.
En ambos había seis prensas.
En Casilla de los Valerios, cuya planta y distribución de espacios es la que más se asemeja a la de Los Villaricos, se han documentado tres naves paralelas, con una superficie total de 840 m2 y de 249 m2 para la sala donde están los fora.
En cuanto al registro arqueológico en la sala de prensado es prácticamente inexistente debido a la superficialidad de las estructuras; al ser la sala más elevada de todo el edificio, cubierta únicamente por el estrato superficial, las huellas de la intensa actividad agrícola se manifiestan en las marcas del arado sobre el mortero de preparación del pavimento de la sala, destruyendo gran parte del pavimento original y una secuencia estratigráfica fiable que permitiera acotar cronológicamente esta parte del edificio.
En la sala de accionamiento se repite la secuencia estratigráfica de las dependencias anteriores, donde destaca un importante nivel de ceniza conteniendo gran cantidad de elementos constructivos (tegulae, imbrices y ladrillos) pertenecientes a la fase de destrucción y posterior abandono del edifico.
Los materiales cerámicos recuperados en este nivel abarcan desde formas abier-teza el mecanismo de accionamiento (Peña Cervantes 2014: 223).
Así los últimos trabajos de Peña Cervantes inciden en la posibilidad de prensas de tornillo sin perforación central en el contrapeso (Peña Cervantes 2011-2012: 42-47;2014: 223-224;2016: 315) Estos últimos estudios, junto al hecho de que todas las fosas de esta almazara son circulares, nos llevan a plantear que todas las prensas de viga fueran accionadas por medio de tornillo.
En nuestro yacimiento, los contrapesos documentados, de NW-SE, presentan las siguientes características (Fig. 15):
• Contrapeso 1: pieza paralelepípeda de travertino de La Almagra, con unas dimensiones de 1 x 0,60 m.
Presenta hendidura transversal y muescas laterales en forma de cola de milano.
Peso: 2056/2080 kg. • Contrapeso 2: pieza cilíndrica realizada en travertino rojizo de la cantera de La Almagra, con perforación cuadrangular en la parte superior y hendidura transversal, con unas dimensiones de 1 m de diámetro y 0,84 m de altura.
Aparece volteada y no hemos podido determinar sus características formales, pero debe corresponder igualmente a una prensa de tornillo. • Contrapeso 5: pieza rectangular con extremos semicirculares realizada en piedra caliza, que presenta muescas laterales con una hendidura transversal y unas dimensiones de 1,72 x 0,50 m.
Para el primero de ellos tenemos paralelos en Cercadilla (Córdoba), Munigua (Sevilla), Can Curt y Can Sora (Baleares), Aumedina y Font Joana (Tarragona) y La Cocosa (Badajoz), con fechas altoimperiales principalmente.
El tipo 12, lo encontramos en Mas de Catxorro (Tarragona) fechado en el siglo iv, Val de la Viña (Guadalajara) de finales del siglo i, Valdelarrosa y El Rincón (Cáceres) con cronologías indeterminadas.
Para el tipo 54, tenemos como ejemplo los documentados en el yacimiento de Can San (Barcelona) y Mayoralguillo de Vargas
De forma rectangular y situada al sur de la sala de prensado, el espacio destinado a la decantación del aceite presenta unas dimensiones de 25 x 4,20 m y una superficie útil de 105 m 2.
Sin acceso conocido desde el exterior, comunicaba con la cella olearia a través de un vano ya descrito que permitiría el trasiego del aceite hasta el espacio destinado a su almacenamiento, y con el resto de dependencias desde el pasillo que conecta las salas de prensado y accionamiento con la zona de molienda.
Precisamente la asociación de la zona de decantación con la zona de almacenaje es una constante en muchos de los complejos dedicados a la elaboración del aceite, ya que el decantado es el último paso del proceso productivo previo al almacenaje, consumo y/o comercialización (Fanjul Peraza y Buzón Alar-cón 2013-2014: 143).
Esta vinculación de la zona de decantación con salas de almacenaje es evidente en otros complejos como sucede en Fuente de la Teja (Murcia Muñoz 2011-2012: 322-323; Peña Cervantes 2010: 670-673, fig. 218) Siguiendo la lógica de los sistemas de trabajo de los torcularia, esta sala se encontraría a una cota inferior con respecto al área de prensado para favorecer la recepción del aceite (Fig. 16).
A través del muro divisor que separa ambas salas, a cada prensa le correspondía un canal de 0,15 m de diámetro (a excepción de la prensa no 2 que tiene dos canales) realizados con imbrices invertidos que verterían el aceite tanto a una serie de depósitos, colocados en batería, realizados en opus signinum y con cuartos de bocel en las juntas, como a una serie de dolia adosadas al muro.
Se trata de canalizaciones de idéntica factura a las conservadas en el torcularium norte que unen la sala de prensado y el calcatorium con el labrum, dedicado a la fermentación del vino.
La presencia de estos dos sistemas de decantación está directamente relacionada con dos de las tres fases de uso documentadas hasta ahora en el edificio.
En un primer momento el sistema de recepción y decantación del aceite estaría conformado por una serie de lacus dobles, colocados en batería, adosados al muro que separa esta sala de la de prensado y desde donde se vertería el aceite; esta primera línea estaría comunicada con otra de similares características pero a una cota inferior, situada al SW junto al muro de cierre de la sala; se comunicarían mediante una canalización realizada con teja curva que permitiría el trasiego del aceite de un depósito a otro para su decantación.
Este esquema sólo lo podemos observar completo en el extremo sur de la sala donde dos lacus de 2 x 1,75 m aprox. aparecen conectados entre sí (structile gemella) por la parte inferior de las mismas mediante el empleo de un ímbrice.
De las cubetas inferiores, adosadas al muro SW, se han documentado un total de cuatro, alineadas, con unas dimensiones de 1,80 x 1 m, y que formarían parte de esta estructura geminada; de ellas solo se conserva el suelo realizado en opus signinum y el arranque de las paredes (Fig. 17).
Este sistema de decantación utilizando cubetas o depósitos está clasificado por Peña Cervantes con el tipo 3A, es decir, contenedores en batería conectados por la parte inferior para, tras el reposo del aceite, eliminar el denominado alpechín (amurca).
Encontramos este tipo en Las Moriscas (Sevilla), Fuente de la Teja (Caravaca de la Cruz, Murcia), Canyada Joana (Alicante) y Torre Águila (Badajoz) (Peña Cervantes 2010: 84).
En un segundo momento, aún por situar cronológicamente, la primera línea de lacus arriba descritos es sustituida por una estructura lineal de recipientes cerámicos formada por dieciocho dolia encastrados en un poyete realizado con mortero de cal y mampuesto irregular de tamaño pequeño, que recogían el aceite de las cinco primeras prensas.
Esta estructura presenta un ancho de 0,80 m, una longitud de 16,91 m y albergaba in situ los restos de paredes y bases de doce recipientes; del resto únicamente se conserva la impronta de la base en la roca natural.
Es posible que la conexión se realizara por la parte superior, que no se conserva, para trasvasar el aceite; o bien, que la decantación se realizara de forma manual utilizando un cazo de metal o cerámica para retirar el aceite que se posaba en la superficie y trasladarlo a los lacus inferiores descritos para la primera fase, lo cual podría explicar el hecho de que sean éstos los únicos que se han conservado y, por lo tanto, estuvieran operativos también en esta segunda fase (Fig. 17).
El uso de este tipo de recipientes cerámicos alineados para su decantación, que Peña Cervantes denomina tipo 1B (2010: 83), aparecen atestiguados en Cuesta del Espino (Córdoba), La Rectoría (Barcelona), Las Moriscas (Sevilla), Els Munts (Tarragona) y Las Delicias (Écija, Sevilla).
Las fechas de abandono de esta segunda fase y, por lo tanto, de la destrucción de la actividad productiva de la sala viene determinada por el nivel de ceniza (UE 2532) situado sobre la roca natural y que tiene su paralelo en los distintos niveles de destrucción documentados en la sala de molienda y en la cella olearia.
A esto hay que sumar el nivel de abandono que cubre la instalación de dolia donde se ha recuperado, entre otros, un fragmento de ánfora del tipo Keay XLI del interior del dolium no 4.
A la presencia de gran cantidad de elementos constructivos que aparecen en este nivel de destrucción, hay que añadir la recuperación de algunos fragmentos de producciones cerámicas africanas del tipo C y de cocina que, junto al hallazgo de un antoniniano de Claudio Gótico (similar al documentado en la cella olearia) nos ofrecen unas fechas de abandono y destrucción de la sala (y del edificio) en torno a mediados del s. v d.
El proceso de excavación del edificio en su totalidad nos ha permitido identificar tres fases constructivas y dos de ocupación, no siempre vinculadas al proceso de elaboración de aceite.
Por el momento, Figura 17.
Planta de la sala de decantación con los dos sistemas de recogida documentados: dolia y lacus.
desconocemos por completo los niveles de fundación de las estructuras 29, pero sí parece clara la reestructuración de los espacios una vez que el edificio tiene asignada su funcionalidad.
Por los datos de que disponemos, la planta completa del edificio se realiza en la misma fase con una cronología aún por determinar, 29 Cabe la posibilidad de relacionar el primer momento del edificio con la tumba y estructuras documentadas durante la campaña de 2008 y que motivó la primera intervención arqueológica en esta zona.
Se trata de una inhumación excavada en la roca, inscrita dentro de una estructura cuadrangular de 3,81 x 3,14 m muy arrasada, situada junto a pequeñas estructuras que podrían pertenecer a espacios destinados a las actividades de elaboración, conservación y almacenaje de productos agrícolas (González Fernández y Fernández Matallana 2011-2012: 311-314). tal y como muestran la uniformidad en los materiales empleados y la técnica constructiva.
No obstante, sí que hay evidencias constructivas de una reforma que atañe a las dimensiones de la mayoría de las salas documentadas, a excepción de la cella olearia, pero que no afectan a las funciones originales de las mismas.
En su espacio primigenio la distribución de las salas sería la misma que la conocida actualmente, con la única modificación de las dimensiones de éstas.
El edificio quedaría estructurado en dos grandes bloques: el destinado a las salas de prensado y decantación que ocuparían un espacio rectangular de 21,50 x 16 m situado en la mitad sur y, al norte, un espacio cuadrangular de 16 x 16 m que aglutinaría el resto de salas, separados por un muro, amortizado en la Figura 18: Vista aérea de la cella olearia, sala de molienda, pasillo y parte de las salas de prensado y decantación (se señalan con línea blanca las estructuras pertenecientes a la fase constructiva inicial del edificio).
segunda fase, con un vano central que comunicaría ambos espacios (Fig. 18).
En cuanto al registro estratigráfico, los niveles de colmatación y derrumbe documentados en la práctica totalidad de las estancias evidencian un abandono abrupto del edificio.
A excepción de la sala de prensado que no ha aportado niveles arqueológicos fértiles debido a la superficialidad de los restos, en todas las restantes estancias queda perfectamente acreditado un potente y homogéneo nivel de ceniza, claro indicador del motivo de la destrucción del edificio.
Por lo que respecta a las fases documentadas, los escasos niveles de abandono, previos a la destrucción del edificio, se han documentado de forma más evidente en la cella olearia y en la sala de decantación, proporcionando contados pero significativos materiales que nos aportan datos fiables sobre el momento de abandono de la instalación; en la primera sala destaca el hallazgo de dos monedas de medio centecional, una de Constante (RIC Tr.
C. y otra de Constancio II (RIC Lug.
C., mientras que en la segunda sala el nivel de abandono documentado sobre la instalación de dolia ha aportado, entre otros, un fragmento de ánfora del tipo Keay XLI localizada en el interior del dolium no 4 30.
En este mismo espacio cronológico se sitúa el momento de destrucción del edificio.
Así, en la cella olearia además del conjunto de dolia ya comentado, destacan varios fragmentos de producciones africanas en sus distintas variantes (formas Hayes 50A y B, Hayes 59A, Ostia III, 108 y Hayes 23B/Lamb.
En la sala de molienda se identifica un borde de la forma Hayes 58B con una cronología entre finales del s. iii y primera mitad del s. iv 1981: 82; Hayes 1972: 93-96) aunque se ha llegado a documentar en Ostia en niveles de finales del s. iv e inicios del s. v d.
En la sala de accionamiento, además de la gran cantidad de elementos constructivos, los pocos materiales cerámicos aportan formas abiertas de producción africana D (Hayes, 61B, 67, 76 y 99) y un cuenco de TSHTM (forma 1 de Orfila/grupo 4o de Ramallo) que, junto con el hallazgo de otro antoniniano de Claudio Gótico enmarcan cronológicamente el final del uso de esta sala entre la mitad del s. iv y finales del s. v/principios del s. vi d.
C. 32 La última fase de ocupación no guarda relación alguna con la producción de aceite y está relacionada directamente con la población residual que ocupa algunas dependencias de la villa ya en época tardía.
Esta fase aparece documentada de forma nítida en la sala de decantación con la presencia de una pequeña habitación de 4,32 x 3,95 m adosada al muro que separa esta sala y la de prensado, y delimitada por dos muros de mala factura (UUCC 2523 y 2525) trabados con tierra donde aparece una pequeña estructura (1,05 x 0,80 m) con base de ladrillo completamente quemado en su superficie, y que hemos interpretado como un pequeño hogar, utilizado por la población residual que ocuparía el yacimiento una vez que el edificio ha quedado abandonado.
Durante el proceso de excavación de este espacio se han documentado algunos fragmentos de producciones cerámicas realizadas a mano (marmitas de la forma Gut M2.1.1) y de vidrio (cuenco de la forma Conimbriga 1965, n os 205-225) que nos pueden llevar a una cronología de utilización y abandono de este espacio residual en torno a finales s. v y s. vi d.
La Forma 1 de Orfila se generaliza a partir del s. iv y más adelante (Orfila Pons 2008: 543), mientras que los fragmentos de marmitas con borde vertical o ligeramente exvasado realizadas a mano correspondientes a la forma M2.1.1 de Gutiérrez Lloret puede enmarcarse en contextos del s. V en el yacimiento de Los Villaricos (Gutiérrez Lloret 1996: 75).
presencia en el derrumbe que amortizaba esta fase de varios elementos reutilizados, que nos permiten vincular estas salas con la actividad de prensado.
Se trata de un fragmento de travertino rojizo labrado, que presenta un orificio, cuya funcionalidad desconocemos y la ya mencionada area de prensado posiblemente perteneciente a la sexta prensa.
Las instalaciones de prensado de Los Villaricos muestran el gran potencial agrícola y económico de este asentamiento dedicado a la producción excedentaria de aceite, y también de vino, en el sureste hispano en época tardía.
De la notable capacidad de transformación oleícola hablan el número de sus prensas y su gran superficie, necesaria para albergarlas, además de las restantes estancias vinculadas al proceso de elaboración y almacenamiento del aceite.
Un gran edificio rectangular cuya superficie total, 684 m 2, es equiparable a las del conjunto de almazaras más grandes de la Península Ibérica situadas en el interior de la Bética (Subbética cordobesa, Comarca de Antequera, entorno de Jaén y de Granada).
De igual forma es asimismo comparable a otras almazaras del resto del Imperio, puesto que son escasos los ejemplos de más de dos o tres prensas en una misma almazara y aún más escasos los que tienen seis o más, a excepción de algunas áreas de África, en donde se documentan almazaras con un número alto de prensas.
El análisis e interpretación llevados a cabo en este trabajo nos ha permitido mostrar un ejemplo significativo de la implantación de un modelo de villa en la zona del sureste peninsular con un sistema de explotación cuya capacidad era desconocida hasta ahora, especialmente para fechas tan tardías.
Desde la primera fase de construcción a finales del s. i d.
C., la villa de Los Villaricos tuvo su base económica en la producción de aceite y vino.
El incremento de la productividad de estos bienes provoca que, a partir del s. iv, se acometan en la villa importantes transformaciones en todos los sectores, destacando las reformas realizadas en la domus como la pavimentación en opus tesellatum con motivos geométricos polícromos en las principales estancias, la reforma del balneum y, sobre todo, la ampliación de los torcularia que permitirían la implementación de la producción a gran escala que ha quedado ampliamente documentada en este trabajo.
Así, la construcción de este magno centro de producción de aceite en el sector sur del yacimiento viene a poner de relieve la existencia de una nueva zona que aunque la suponíamos destinada a la elaboración de este producto, no con las dimensiones que nos ha desvelado este edificio.
De esta manera se va complementando la clásica visión de una gran almazara con seis prensas dispuestas en batería y todo un conjunto de instalaciones destinadas a la elabora- |
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El presente trabajo aborda la presencia de estancias subterráneas en las viviendas romanas.
Estas habitaciones estuvieron destinadas, en la mayoría de los casos, a soportar los rigores estivales en las regiones mediterráneas, aunque en ocasiones también llegaron a emplearse como lugares de almacenaje.
Al tratarse de aposentos cuyo uso estaba destinado, primordialmente, al descanso del dominus y de su familia durante el verano, hemos preferido denominarlas como aestiva loca, tal y como se mencionan en las fuentes clásicas.
En los trabajos sobre arquitectura doméstica hispanorromana estas habitaciones han pasado prácticamente desapercibidas, salvo en contadas excepciones.
Aquí presentamos un catálogo de las estancias que hasta el momento hemos podido reconocer, dado que la mayoría de ellas cambió de funcionalidad con el paso del tiempo, por lo que su identificación se hace muy compleja.
Hemos podido identificar dos grupos, uno de ellos muy semejante a los loca aestiva del Norte de África o Italia, y otro, concentrado al este de la submeseta norte.
Estos últimos podrían ser simples sótanos.
Uno de los aspectos menos conocidos en la arquitectura doméstica romana es el de las estancias o habitaciones subterráneas, dentro de las que se encontrarían tanto las de servicio (almacenes), como aquellas destinadas tanto a la representación como al uso privado.
Estas últimas se conocen como aestiva loca y serán de las que nos ocupemos en este trabajo.
En primer lugar, como punto de partida, debemos establecer los criterios que definen lo que entendemos por una estancia de verano (aestivus locus).
En principio nos referimos a ambientes cuya finalidad es hacer más soportables las calurosas temperaturas estivales.
En esta línea se distinguen dos grandes grupos: en el primero se encuentran las habitaciones orientadas hacia el norte, con menor insolación en verano, y, por tanto, con más facilidad para obtener un ambiente más fresco.
En el segundo, entrarían los aposentos subterráneos o semisubterráneos, que tienen una temperatura fresca y constante aprovechando el microclima que se genera al estar en el subsuelo.
En este sentido, como veremos más adelante, las fuentes clásicas aportan algunos datos, aunque no son tan prolijas como nos gustaría.
Estos cubículos ubicados en sótanos están directamente relacionados con la naturaleza del terreno en el que se excavan o construyen.
En este sentido seguimos a J. Bonetto (2003: 282), quien estableció hace algunos años una clasificación para estas estancias, entre las que distingue tres tipos diferentes: ambientes subterráneos, ambientes enterrados y ambientes semienterrados.
Por ambiente subterráneo, el primero de los tipos, entiende toda estancia que se localiza debajo del suelo de uso del nivel de calle y que es más o menos profunda (ca.
Estas habitaciones incluyen, necesariamente, una cubierta construida también bajo el plano del nivel superior.
Esta definición es muy interesante porque establece que estos ambientes están excavados bajo el nivel de circulación.
También este modelo incluye una variante relacionada con las casas que se construyen en ladera, abiertas en el mismo plano de horizontalidad.
Dichas habitaciones son fruto de un trabajo previo de desmonte del terreno, cuya finalidad no es otra que obtener una superficie plana de mayores dimensiones.
Al crear este aterrazamiento del terreno, en la mayor parte de las ocasiones, se ha de realizar un muro de contención, que funciona a la manera de gran contrafuerte que soporta el empuje de la ladera y permite abrir espacios excavando la misma.
A dichas estancias se accede desde el nivel natural del terreno aterrazado, que es también su suelo de uso, pero su desarrollo se realiza profundizando en horizontal y, en consecuencia, su cubierta está bajo una construcción localizada en una cota superior.
Este tipo de estancias adquieren un carácter parecido al de una cueva (Bonetto 2003: 282).
Y, en nuestra opinión, tienen un carácter casi rupestre.
El segundo tipo corresponde a los ambientes enterrados.
Como su nombre indica, también estos se hallan bajo el suelo de uso y la cuestión de la profundidad es idéntica: la cota ha de ser siempre mayor o igual a 3 m.
Sin embargo, la diferencia básica radica en que estos ambientes están construidos por completo de obra y se hacen exactamente igual que en una edificación exenta, si bien quedan cubiertos por la planta de calle.
El tercer y último modelo lo constituyen los ambientes semienterrados.
En él se engloban aquellas estancias que se desarrollan parcialmente bajo el nivel de uso del espacio circundante, pero que presentan vanos (puerta, ventana) cuya cota es ligeramente supe-rior al nivel mencionado.
En este grupo la profundidad también es un requisito básico y, en consecuencia, al menos parte de la construcción debe encontrarse a 2 m de profundidad.
Para una mejor comprensión debemos compararlos con los conocidos semisótanos de las edificaciones domésticas contemporáneas.
La funcionalidad de dichas estancias es también un aspecto de gran importancia a la hora de acometer su estudio.
Muchas de ellas, posiblemente, tienen carácter polivalente, al igual que los cubicula (Nissinen 2009) 3.
Si bien en el caso de los ambientes subterráneos, el argumento de la aparición -o no-de elementos decorativos se toma como una evidencia de cara a la adscripción o pertenencia al área servil de la domus o a la parte señorial de la misma.
Ahora bien, el que se encuentren estancias subterráneas sin pavimento de mosaico y únicamente con un suelo de hormigón hidráulico, no es forzosamente evidencia de que se trate de un almacén en vez de un cubiculum, ya que en muchísimas ocasiones es muy difícil distinguir la cama preparatoria del opus tessellatum de un simple piso de hormigón (Bonini y Rinaldi 2003: 190).
Otro de los aspectos que debemos considerar es la posición que ocupan estas habitaciones con respecto al patio columnado, en torno al cual se desarrolla la parte pública de la casa.
Si consideramos las planimetrías disponibles, con independencia de que reflejen el nivel de calle o el inferior, observamos que los cubicula, sea cual sea su funcionalidad, se encuentran en relación directa con el peristilo, especialmente en las domus, mientras que las salas subterráneas, cuya función parece ser la de almacenes, se hallan en la zona más periférica de la casa.
La razón debemos buscarla en el hecho de que los espacios del área de servicio de la vivienda dan directamente a la calle (con las incomodidades que ello supone), mientras que las habitaciones del dominus y su familia están alejadas de todos estas molestias (Bonini y Rinaldi 2003: 207).
LOS AESTIVA LOCA Y SU REFLEJO EN LAS FUENTES CLÁSICAS
Las fuentes clásicas son bastante parcas al tratar de las habitaciones de carácter subterráneo.
No pretendemos en este trabajo hacer una recopilación exhaustiva de las fuentes, aunque sí reflejaremos las ESTANCIAS SUBTERRÁNEAS Y AESTIVA LOCA EN LA ARQUITECTURA DOMÉSTICA HISPANORROMANA noticias que consideramos de mayor relevancia para la mejor comprensión del tema, intentando indagar en los orígenes de la terminología y en sus diversas acepciones.
Para describir dichas estancias se emplean términos diferentes, que sin embargo esconden realidades muy semejantes.
El primer término donde queda atestiguada la existencia de estancias subterráneas es el de cripta, denominación de origen griego que se traduciría como pasillo o ambulacro "oculto" o "escondido", dispuesto en la planta inferior al plano de calle y cargado de connotaciones peyorativas.
Este término, se empleó desde finales del siglo iii -principios del siglo ii a.
C., fecha a la que pertenece el pasaje de Calixenos de Rodas en el que hace referencia al término κρυπτή (cripta) con la acepción de pasillo o deambulatorio cubierto y cerrado por todos sus lados.
En efecto, a partir de esta fecha los ambientes subterráneos pierden su carga negativa para asumir el rol de espacios destinados a los encuentros amorosos en línea con la poesía bucólica que entronca con imágenes como la de Calipso intentando seducir a Ulises en una gruta (Bassani 2003: 34).
Se ha podido constatar arqueológicamente que existieron viviendas parcialmente excavadas en la pendiente del Aventino, como la casa de Largo Arrigo VII, datada en el siglo i a.
C. aunque por las fuentes sabemos que ya desde el siglo v a.
C. existieron en esta colina viviendas de este tipo.
Las estancias subterráneas deben ser lo que, posteriormente, Vitruvio denomina como concamerationes (Vitr., De Arch.
VI, 8, 1), término que también aplica a las dobles paredes en edificios termales.
Sobre estas estructuras se desarrollaría la parte sobreelevada de la vivienda.
En cuanto a la funcionalidad de dichos espacios subterráneos parece ser que podrían destinarse tanto a almacenes y zona de servicio, como a salas de representación, sacraria, etc. (Bassani 2003: 35); no se puede descartar que en algunos casos se tratara de estancias frescas para combatir los rigores del estío romano.
Vitrubio no hace referencia expresa a la función de dichas habitaciones subterráneas, aunque menciona que ciertos espacios privados han de orientarse a un determinado punto cardinal en razón de la temporada del año en que se usen y de la zona geográfica en que se encuentren.
Así, por ejemplo, dice que los triclinia de verano (triclinia aestivorum) han de estar orientados al norte, mientras que los de invierno han de hacerlo a poniente, al igual que el balneum; y los cubicula, en general, al este (Vitr.,De Arch.,VI,4,1).
Estrabón describe con riqueza de detalles las mansiones de la zona centro meridional de la península itálica, en especial las de Sperlonga.
Llama la aten-ción sobre algunas lujosas residencias que poseen habitaciones hipogeas con descomunales dimensiones (Strabo.
Hay quien cree que alguna de estas podría ser la famosa residencia del emperador Tiberio, descrita por Apiano, que cuenta con una tupida red de cuevas y túneles (Bassani 2003: 36).
Igualmente sugestivas son las noticias transmitidas por Séneca, quien refiere las bondades de los habitáculos realizados en el sótano, o subsuelo de la casa, especialmente de cara a conservar una temperatura uniforme, ajena a los rigores del exterior (Sen.,Nat.
Suetonio en sus obras también se refiere a las habitaciones subterráneas y de verano, como se comprueba en la vida de Augusto, donde compara la austeridad del emperador con la de Evandro, poniendo como ejemplo el hecho de que durante cuarenta años durmiese en la misma habitación en invierno y en verano "mientras que las casas de lujo tenían cubicula aestiva e hiberna" (Suet., Divus Augustus, 7; cf. Eden 1975: 104).
Los datos más curiosos y precisos los transmite Plinio, cuando se refiere a las casas de los habitantes de las provincias del norte de África y las denomina como cuniculi subterraneae domus (Plin.,Nat.,XXXVI,(88)(89).
También revisten interés los testimonios de Plinio el Joven, quien a través de su epistolario nos aporta numerosos datos, v. gr. alude a los cubicula diurna al recordar la disposición de la casa de su amigo Caninio Rufo (Plin., Epist., 1, 3).
También se documenta una nueva acepción de cripta, designando así al espacio privado de su villa (Plin.,Epist.,2,(16)(17)VII,21,2 y IX,36,3) (Coarelli 1973: 12), aludiendo posiblemente a la existencia de zonas subterráneas, como se comprueba en otra epístola de este mismo autor, donde enumera los beneficios de la climatización en los criptopórticos como los de su villa a mare (Plin.,Epist.,V,6,(27)(28)(29)(30)(31).
Existen citas más concretas referidas a las casas del África Proconsular, particularmente a las de Bulla Regia, que nos transmite el autor cristiano Arnobio de Sica, quien alaba las constantes térmicas que ofrecen las habitaciones subterráneas (Arn., Adv.
Además de los autores clásicos están las menciones que aparecen en el Antiguo Testamento, concretamente en la Biblia Vulgata, en el libro de los Jueces (III,24).
Aquí se menciona, por vez primera y de manera explícita, la existencia de habitaciones de verano4.
En compendios del siglo xviii, como el de Sallengre, dedicado a las antigüedades romanas, al tratar de las villae y de la pars urbana de las mismas, divide las habitaciones en dos grandes grupos en las que menciona expresamente cubicula aestiva et hiberna (Sallengre 1716: 276), denominación fijada por la orientación a zonas de mayor o menor insolación.
En resumen, hemos intentado poner de relieve cómo las fuentes, poco explícitas en el tema, no acometen los aspectos puramente arquitectónicos, sino que se centran fundamentalmente en resaltar las bondades del aislamiento que suponen las habitaciones situadas al norte o ubicadas en el subsuelo de las casas.
LAS ESTANCIAS SUBTERRANÉAS EN LA
PANORAMA HISTORIOGRÁFICO La documentación arqueológica referente a estancias subterráneas o semisubterráneas (aestiva loca) no es demasiado abundante.
Por otra parte, pese a ser bastante numerosas, en raras ocasiones se apunta su funcionalidad.
Al hilo de esto, queremos expresar que excluimos de este trabajo las cellae vinariae y oleariae, que presentan espacios más amplios y funcionales, además de claras evidencias de carácter productivo.
Dos son los aspectos primordiales que debemos tener en cuenta a la hora de abordar esta temática.
Por una parte, la situación que ocupan estas habitaciones dentro de la planimetría de la casa y si están en la zona pública o, por el contrario, se encuentran en el área privada de la familia; por otra, la orientación que tienen en relación con las horas de insolación y los vientos dominantes de cada región5.
Desde el punto de vista arqueológico, las habitaciones desarrolladas en un plano inferior en las casas romanas no resultan un hecho excepcional.
Sus orígenes se remontan a época helenística y su presencia se intensifica en la zona central tirrénica de la península itálica (Etruria, Lacio y Campania) y, como se ha apuntado, tiene especial incidencia en áreas urbanas y suburbanas de la Urbs, además de Pompeya, donde se documentan tanto en domus como en villae (Bassani 2003: 33-34).
Además de Italia, las habitaciones subterráneas ligadas a ámbitos domésticos son muy habituales en ciertas ciudades del África Proconsular, como Bulla Regia.
Se detectan puntualmente asimismo en el Mediterráneo Oriental.
G. Bonetto (2003) ha recopilado y ordenado las dependencias de este tipo tanto en el Norte de África como en la Península Itálica.
Basso (2003) ha elaborado recientemente una tipología de estas estancias (Fig. 1).
Sin embargo, dicho investigador no contempla la casuística de Hispania, donde encontramos dependencias de este mismo tipo, que analizaremos en el presente estudio.
En la última década, aproximadamente, el interés sobre la arquitectura doméstica y las habitaciones subterráneas se ha incrementado y ha sido objeto de atención, como lo demuestran una serie de publicaciones de carácter general.
En primer lugar, por la Figura 2.
Triclinum subterráneo de la Casa de Amphitrite (Bulla Regia) visto desde el patio de luces, en el que se observa el vano a gran altura para proporcionar luz al ambiente así como las escaleras de acceso al nivel inferior.
Planta de los niveles subterráneos de la Casa de la Caza y de la Casa Nueva de la Caza (Bulla Regia), donde se aprecia su uso residencial: a los lados de los triclinios aparecen los aestiva loca (Carucci 2007).
especificidad del planteamiento, contamos con el libro de P. Basso y F. Ghedini (2003) dedicado de manera monográfica a los ambientes subterráneos romanos en Italia.
Por otro lado, está el trabajo de S. Bullo y F. Ghedini (2003) referido a la arquitectura doméstica de Túnez, concretamente a las grandes domus y a su desarrollo espacial y decorativo, aunque también se abordan cuestiones de funcionalidad.
Asimismo contamos con un estudio monográfico general sobre la casa romana en el norte de África, que también se centra en criterios espaciales, decorativos y funcionales (Carucci 2007).
Sin embargo, carecemos de un análisis integral de las estancias de este tipo.
En la mayor parte de los casos se ha aggiornado la planimetría de casas romanas ya publicadas aunque, en no pocas ocasiones, las plantas antiguas son mucho más explícitas que las actualizadas.
Aunque se ha avanzado respecto a cuestiones puramente arqueológicas, como la tipología de estas estancias, especialmente el trabajo de P. Basso y F. Ghedini (2003), normalmente apenas se consideran otras cuestiones básicas, como cronoestratigrafía, datando estas estancias en razón del estilo y temática de los pavimentos musivos.
En principio podría deducirse, de manera fácil y simple, que la presencia de habitaciones subterráneas es la respuesta a un clima muy cálido, como es el caso norteafricano, donde son especialmente abundantes.
Sin embargo, un estudio pormenorizado de las ciudades romanas africanas evidencia claramente que su repartición no es homogénea, puesto que hay una casuística muy variada entre los distintos núcleos urbanos.
En efecto, en Africa Proconsularis conocemos la existencia de viviendas con subsuelo habitable, como la llamada Casa de las Musas en el Municipium Althiburitanum (Althibouros, Kef, Túnez), la Casa de Diónisos de Thaenae (Henchir Thina, Túnez) y la Villa della Gara delle Nereidi en Tagiura (Trípoli, Libia) (Carucci 2007); asimismo se conocen en la capital de Mauritania Caesariensis, Caesarea (Cherchel, Argelia)6.
Un caso singular lo constituye la ciudad de Bulla Regia, también en el África Proconsular, cuyo centro monumental presenta domus de considerables dimensiones dotadas de plantas subterráneas muy desarrolladas, que en algunos casos ocupan la misma superficie que la planta a pie de calle, con múltiples estancias, en ocasiones ricamente ornamentadas, así como patios para iluminar y ventilar7 (Fig. 2).
Una de las características que definen las casas norteafricanas es amplia superficie, ya que cuentan con planta excavada, la planta baja y un piso superior (Guizani 2009:103) y, además, su rica decoración musiva y pictórica (Fig. 3).
Estos datos nos ponen ante la evidencia de que se trata de casas pertenecientes a las clases acomodadas urbanas.
Sin embargo, hay documentación arqueológica que permite establecer que también las clases menos favorecidas recurrieron a esta misma solución para aliviar la canícula, como se constató en Sabratha (Az Zawiyah, Libia), concretamente en el yacimiento de Sidret el-Balik donde se hallaron las casas de unos obreros que explotaban una cantera, que poseían habitaciones subterráneas (Di Vita 2007: 295-298).
LAS HABITACIONES SUBTERRÁNEAS EN HISPANIA
Estancias subterráneas en la bibliografía hispanorromana
En la bibliografía general sobre aestiva loca no hay mención alguna de los casos documentados en Hispania, lo que es una clara prueba de que su existencia pasa prácticamente desapercibida en la investigación8.
Los estudios sobre arquitectura doméstica hispanorromana han soslayado asimismo esta cuestión.
Tanto en España como en Portugal, en las décadas centrales del siglo xx, las intervenciones arqueológicas se centraron fundamentalmente en villae rurales, y de manera más precisa en las zonas residenciales de las mismas, en busca de los grandes pavimentos musivarios (villas-tapiz) (Gorges 1979; Fernández Castro 1982).
Por el contrario, para el mismo periodo cronológico, en las ciudades apenas había seguimiento arqueológico, limitándose nuestra información a los hallazgos fortuitos, y, dentro de estos, a aquellos que revestían un interés artístico, dejando a un lado el estudio de su arquitectura y su inserción en la trama urbana.
1990) recogen la existencia de habitaciones subterráneas poniendo como ejemplo la Casa del Mitreo de Mérida y la Casa de la Exedra de Italica, pero sin reflexionar al respecto.
El desarrollo de la Arqueología Urbana a partir de mediados de los años ochenta, gracias a la Ley del Patrimonio Histórico Español de 1985 supuso un notable incremento del conocimiento sobre la arquitectura doméstica urbana.
Paralelamente las excavaciones en villas y establecimientos rurales se ha acrecentado de manera exponencial desde fines del siglo xx hasta nuestros días (Rodríguez Martín 1993;1995;1999; García Entero 2006), en buena medida como consecuencia del desarrollo que han tenido las obras públicas en los últimos años: líneas ferroviarias de alta velocidad, autovías, gaseoductos, etc.
El aumento exponencial de la información arqueológica, tanto en ámbito urbano como rural, unido a los nuevos planteamientos metodológicos y conceptuales, que comienzan a dar importancia a los aspectos funcionales y espaciales de la casa romana superando criterios estilísticos, tiene como consecuencia una nueva generación de trabajos durante los últimos 15 años.
En ellos se abordan diversos aspectos como la evolución tipológica de las viviendas, cuestiones tecnológicas de la arquitectura doméstica, los balnea y la decoración de la casa (pintura, mosaico, etc.), la inserción en el ámbito urbano, etc.
Dichos estudios apenas han abordado la cuestión de las habitaciones subterráneas, que no ha sido objeto de una atención específica hasta hace muy poco, cuando C. García Merino (2014) plantea por primera vez una reflexión sobre este tipo de estancias en ámbito meseteño.
Problemática de la investigación
Varias cuestiones dificultan además el estudio de este modelo de estancias en la Península Ibérica.
La principal está vinculada con la representación gráfica.
Por lo que se refiere a la planimetría, es muy difícil encontrar en la bibliografía plantas completamente desarrolladas y reproducidas por cotas, de manera que en un único plano se representan, por ejemplo, la planta a nivel de calle y el sótano.
En la mayoría de las ocasiones este fenómeno se ve agravado por la circunstancia de que la excavación es parcial, por ESTANCIAS SUBTERRÁNEAS Y AESTIVA LOCA EN LA ARQUITECTURA DOMÉSTICA HISPANORROMANA lo que resulta complejo situarse desde el punto de vista espacial.
En otras ocasiones se echa en falta la inclusión de secciones longitudinales que permitan comprender que, en la inmensa mayoría de los casos, la construcción de estas habitaciones se debe a la adaptación del proyecto arquitectónico a la topografía del solar, mientras que en otros casos, obedece a diferentes tipos de necesidades o circunstancias.
En esta misma línea se encuentra la representación de escaleras, donde echamos de menos que nos orienten en qué sentido se proyectan, si son de subida o bajada.
Y el problema se incrementa cuando se trata de la descripción y plasmación gráfica de las propias estancias, ya sean subterráneas o semisubterráneas.
La cuestión de la denominación de estas estancias, es otro de los aspectos a tener muy en cuenta en el ámbito hispano, puesto que en muchos casos la terminología empleada para aludirlas es demasiado genérica (sótano, cubículo, etc.).
Además, no se profundiza para nada en la cuestión de su funcionalidad y en consideraciones derivadas de su ubicación espacial dentro de la estructura doméstica.
Por último, debemos añadir que, en muchas ocasiones, se desconoce o se obvia la secuencia evolutiva de la arquitectura de la unidad doméstica, por lo que no siempre se tiene certeza de si se trata de salas que pertenecieron al proyecto arquitectónico original, independientemente de la fase constructiva, o fueron espacios creados a posteriori, sin contemplar el cambio de uso, evidente en algunos casos, que experimentaron estas dependencias a lo largo de su existencia.
Otro de los aspectos que también debemos tener presente en el ámbito hispano es su situación geográfica, es decir, si se trata de casas del ámbito meseteño, del sur peninsular, o si se encuentran próximas a la costa, o plenamente a mare.
La ubicación en cada caso puede ayudarnos a interpretar la funcionalidad de estancias de este tipo carentes de interpretación en la bibliografía correspondiente.
El número de casas con parte semienterrada que a continuación presentamos, es orientativo, puesto que no siempre las viviendas han sido excavadas por completo, ya sea en extensión o de manera intensiva.
Queremos dejar patente que la compilación que aquí presentamos es simplemente una aportación inicial, que confiamos se vaya incrementando en un futuro con un mejor conocimiento del tema y la publicación de nuevas excavaciones.
Planteamos a continuación un repaso a las estructuras subterráneas documentadas hasta el momento en viviendas de la Hispania romana, señalando aquellas que encajarían dentro de la categoría de aestivus locus y aquellas que, encontrándose bajo la cota de circu-lación, responden a otro tipo de realidad.
Para ello seguiremos un orden basado en las tres provincias hispanas altoimperiales.
Repertorio de estancias domésticas subterráneas en Hispania
Por el momento, y a pesar de contar con unas condiciones climatológicas muy similares a las del Norte de África y el sur de Italia, en la provincia Baetica apenas se han documentado habitaciones subterráneas o semisubterráneas vinculadas a unidades domésticas.
Su proximidad tanto al África Proconsular como a la Lusitania, donde, como veremos más adelante, dichas estancias son bastante frecuentes, nos plantea cuestiones de difícil solución, tal vez en relación más que con una ausencia real con cuestiones de documentación arqueológica.
Uno de los escasos ejemplos en la provincia Baetica nos lo proporciona la llamada Casa de la Exedra, de Italica, conjunto que plantea graves problemas en cuanto a su interpretación.
Lo único cierto es que en el flanco septentrional de la llamada Casa de la Exedra, al norte de un gran patio rectangular, en el subsuelo, se localiza el denominado "criptopórtico", sin que como es habitual en muchos casos, los investigadores apunten ninguna finalidad concreta.
Este patio, que se ha interpretado como palestra, sería el que daría luz y ventilación a ese espacio semisubterráneo.
Presenta una gran semejanza estructural con la denominada Casa del Criptopórtico de Cartago, interpretada en principio como un almacén (Bonetto 2003).
Al igual que sucede con la de la Casa de la Exedra de Italica, la función de la estancia de la Casa del Criptopórtico de Cartago nos es desconocida, por lo que no podemos descartar que se concibiera en origen como estancia de verano (tercer tipo de Bonetto), como pondrían de relieve los vestigios de su decoración parietal, para cambiar posteriormente a almacén.
El segundo ejemplo en la Bética se halla en la villa de Fuente Álamo (Puente Genil, Córdoba), yacimiento sobre el que apenas existen publicaciones.
Se trata de una villa articulada en tres terrazas, debido a su posición en una ladera.
En la plataforma más alta se levantó la pars rustica, donde se ha identificado un a mediados del siglo i d.
C. Pero carecemos de dato alguno respecto a la habitación subterránea, así como de reflexiones acerca de su funcionalidad.
Sin embargo, tanto su posición dentro de la planimetría general, como su tipología, no nos deja lugar a dudas respecto a su interpretación como aestivus locus, clasificable concretamente con el tipo I de Bonetto (2003: 282).
Por el momento la provincia Lusitania es donde mejor representadas se encuentran las habitaciones subterráneas de verano (aestiva loca).
En esta provincia se han documentado varios casos, tanto de índole rural como urbana.
La capital, Augusta Emerita, es la ciudad donde más casos se han podido atestiguar.
Además, conviene subrayar que en este caso no existe precedente arquitectónico de época prerromana, por lo que todos los ejemplares son romanos y, grosso modo, de cronología altoimperial.
En lo que atañe a las residencias de carácter urbano, en Emerita son varias las viviendas en las que hemos podido identificar estancias subterráneas.
Una de las singularidades que avalan los testimonios arqueológicos en la ciudad, es que ciertas estructuras domésticas, de carácter hidráulico, como son las cisternas, en una fase posterior se transformaron en posibles estancias de verano.
Del mismo modo, con el tiempo, posiblemente en las últimas fases, algunas de estas estancias soterradas estivales parecen convertirse en despensas o fresqueras.
Uno de los mejores ejemplos de aestiva loca nos la proporciona la Casa del Mitreo, en un solar muy próximo tanto a la plaza de toros de Mérida, como al área funeraria de los Columbarios y los Bodegones.
Durante las Figura 4.
Aestivus locus de la villa romana de Fuente Álamo (Puente Genil, Córdoba).
En la imagen vemos que se trata de un espacio constituido por una suerte de cámara con una amplia antecámara (Fotografía: G. Rodríguez Martín).
Villa romana de Fuente Álamo (Córdoba).
Se aprecian las escaleras de acceso a las habitaciones subterráneas construidas en una fábrica mixta de incertum regularizado con opus testaceum (Fotografía: G. Rodríguez Martín).
En la segunda terraza se localiza la pars urbana, donde se encontraban las estancias de representación así como los cubicula.
Contaba, además, con una suerte de mirador sobre un estanque que ocupaba el tercer y último escalonamiento.
En él, aparte de la piscina, se construyeron las termas de la villa y otras estancias, entre las que se encuentra una habitación subterránea.
En la actualidad los restos arqueológicos se encuentran cortados por una escorrentía, que en época romana estaba canalizada mediante un sistema de represas.
A la estancia subterránea se accede a través de una escalera que da a una antesala, tras la cual aparece un umbral realizado con material latericio.
Dicha entrada está flanqueada por jambas con planta en "L", realizadas en ladrillo, que estrechan levemente el vano de paso.
De los pavimentos de la antesala y de la estancia no se ha conservado ningún resto, por lo que desconocemos cual fue su naturaleza.
Respecto a la técnica constructiva, en ambos ambientes se emplea el opus incertum, en el que no falta la presencia de ladrillos, posiblemente para regularizar fábricas.
Así mismo, en algunos puntos se aprecia que gran parte de la antesala fue reconstruida en un momento muy tardío.
Dichos trabajos se realizaron empleando andamios, como puede apreciarse por los mechinales.
Dentro de las tareas de rehabilitación se procedió también a reformar el encintado de la fábrica (Figs.
Dado el nivel de destrucción no poseemos indicios materiales que nos orienten acerca de cómo fue su cubierta.
La única referencia estratigráfica disponible nos la proporcionan los materiales hallados en la zanja de cimentación del balneum, fundamentalmente terra sigillata sudgálica, que permite datar la construcción Figura 6.
Planimetría de la llamada Casa del Mitreo de Mérida, realizado por el arquitecto R. Mesa Martínez a partir del plano original de E. García Sandoval.
En ella se aprecia la articulación en torno a dos peristilos y un atriolo.
La flecha señala la ubicación de las llamadas "habitaciones subterráneas".
intervenciones arqueológicas se hallaron los restos de una residencia, ricamente decorada.
La casa se localiza extramuros, en el cerro de San Albín, junto a la salida de la vía Emerita-Corduba.
En sus inmediaciones, además de necrópolis, se localiza una importante zona industrial donde se ha documentado la producción de vidrio, hueso y material cerámico (lucernas, paredes finas y también material latericio) (Rodríguez Martín 2002: 232 y ss.).
También hay que reseñar su proximidad al ramal principal del acueducto más antiguo de la colonia, el Aqua Augusta11.
El principal atractivo de esta casa es el conocido como "mosaico cosmogónico", pavimento musivo de una calidad muy notable, tanto por su ejecución como por los materiales utilizados.
Lo más original y controvertido de dicho mosaico es el tema que representa: para unos es el saeculum aureum, mientras que para otros hace referencia a una alegoría de aetas.
Existe una notable controversia sobre la cronología de dicho mosaico.
C., mediante un análisis estilístico, iconográfico y paleográfico; por su parte, Arce (1996: 100-102) lo lleva a mediados del siglo iv d.
C. esgrimiendo argumentos históricos que le llevan a proponer que pudo ser la residencia del vicarius Hispaniarum.
Sin embargo ninguno de ellos se basa en criterios puramente arqueológicos (Álvarez Martínez 1996).
Por noticias orales, proporcionadas por los arqueólogos que lo descubrieron, sabemos que al excavar el exterior del muro oeste de la habitación del mosaico encontraron un volumen considerable de material de desecho perteneciente a un alfar (lucernas, paredes finas, etc.), datado en torno al siglo ii d.
C. Este amplio estrato podría interpretarse, dado el lugar que ocupa, como una acción para rellenar y sobreelevar el terreno, hasta alcanzar la cota que lleva la calle romana en ese punto 12.
Arquitectónicamente, para autores como Arce (1996: 97-98), la planimetría tan irregular que presenta esta casa (Fig. 6) le induce a plantear que en este solar, en un momento dado, debieron existir dos viviendas, más tarde englobadas en una sola, fenómeno similar al que ocurre en la Casa suburbana del Anfiteatro.
Sin embargo, en realidad, la Casa del Mitreo es un conjunto unitario aunque muy dispar.
Todo el conjunto se articula en torno a dos peristilos y un atriolum, por el que se accedía a la vivienda, por lo menos en su última fase.
Al desconocer si el acceso norte fue el original, o estuvo en otro lugar, asumimos, para mayor claridad, el recorrido actual, y, por tanto, a él nos ceñiremos.
Los tres espacios abiertos marcan la distribución social y funcional de la vivienda.
En primer lugar, el atriolum, señala la zona más "pública" de la casa.
El primer peristilo, está alineado simétricamente con el atriolo, y cumple la función de deambulatorium hacia la parte privada de la domus, que gira alrededor de una segunda galería con su correspondiente euripus.
A partir del primer espacio abierto se produce un giro de 90o en la simetría de la vivienda, movimiento que para algunos investigadores sirve de referente para plantear que en un momento determinado fue una vivienda independiente.
Desde este patio se pasa a un corredor que desemboca en el auténtico peristilo, con su viridarium y su pozo, en torno al cual se abren los distintos cubicula y habitaciones de representación.
La parte de la casa que más interés reviste para nosotros se localiza en el ángulo SE del segundo peristilo, donde se documenta un conjunto muy semejante al de las Casas de la Caza y de la Pesca de Bulla Regia (Carucci 2007).
Allí se ubica la entrada a dos estancias subterráneas estivales, a las que se llega mediante una escalera de dos tramos, con descansillo intermedio, y giro en ángulo recto.
Al final de la escalera aparece un pasillo que ocupa toda la longitud del espacio excavado subterráneo.
Inmediatamente, a mano derecha del corredor, se abre un vano que da paso a una habitación de planta cuadrangular en cuya esquina noroeste se documenta otro paso hacia una cámara interior, también cuadrada.
Ambas habitaciones, de las que en ningún momento se facilitan dimensiones 13, tenían ventanas abocinadas en la parte alta del muro este, lo que nos indica que, además de asegurar luz y ventilación, al otro lado de las mencionadas ventanas, en el nivel superior, tendría que haber un espacio abierto (Figs.
En cuanto a la técnica constructiva de las aestiva loca, predomina el opus mixtum a base de opus incertum nivelado con verdugadas de ladrillo.
Las puertas presentan las jambas de bloques graníticos 13 Medidas sobre el plano disponible, las habitaciones presentan unos 2, 5 x 2 m (antesala) y 1,5 x 2 m (cubículo).
El pasillo y la caja de la escalera miden unos 60 cm de anchura cada una. rematadas con arcos de medio punto de ladrillo.
Las escaleras de acceso desde el piso superior también están realizadas con material latericio.
Hay que reseñar, asimismo, que no se documentan los orificios correspondientes a mechinales.
Esto puede deberse a la agresiva restauración de que fue objeto la casa en general y las estancias estivales en particular.
Conviene destacar que el pavimento de ambas estancias subterráneas estaba realizado a base de grandes placas de mármol, como lo demuestra la impronta de las mismas en la cama de mortero en la que se posaron.
Sin embargo, parece que las paredes únicamente llevaron pinturas murales, a juzgar por los restos del mortero de preparación de las mismas.
Hay que subrayar que la primera de las habitaciones muestra una especie de poyete o plinto, de ca.
No sabemos cuál era el sistema de embellecimiento de este poyete ya que no quedan vestigios de ello (Fig. 9).
La desaparición de las losas de mármol de los pavimentos podría indicar tal vez el cambio de funcionalidad de los antiguos aestiva, para pasar a convertirse, en una etapa posterior, en almacenes, fresqueras, etc.
Por lo que respecta a la cronología, a juzgar por el material recuperado en la casa y, desconociendo las estratigrafías, deberíamos llevar la datación de estas estancias a los primeros tiempos de la casa, posiblemente a partir de la segunda mitad del siglo i Dicha interpretación resulta a todas luces improbable, especialmente si tenemos en cuenta la presencia en su decoración de pavimentos de mármol y la más que probable pintura al fresco de las paredes, aparte de la propia posición que ocupan estas habitaciones dentro de la esfera señorial y privada de la vivienda, algo que las hace difícilmente compatibles con estancias para la servidumbre.
No cabe duda de que estamos ante estancias frescas destinadas a hacer más llevadero el verano para los habitantes de la casa, aestiva loca, si bien hasta el momento ningún investigador, excepto García Merino (2014: 1093) que lo interpreta como sala de estar, las ha identificado como tales.
Los trabajos de Corrales (2014; 2017) nos han permitido reconocer varias estancias del mismo tipo en la arquitectura doméstica emeritense, si bien dicho investigador no las interpreta como tales.
En la vivienda I, 4 B, situada en la calle Santa Eulalia, 43, en las inmediaciones de la puerta este de la ciudad romana o Puerta de la Villa (Corrales 2014: II, 512), cuyas excavaciones se desarrollaron entre 1985 y 1991, aparecieron los restos de una vivienda, incluyendo su acceso desde el decumanus maximus.
En la zona del peristilo se localizaron dos estructuras identificadas como "aljibes".
Este dato es verdaderamente singular, especialmente cuando uno de dichos "aljibes" no presenta revestimiento hidráulico pero sí una escalera de acceso a su interior, contando además con una línea de impostas resaltadas, cuya finalidad es meramente decorativa, algo inservible en principio en una cisterna.
Carecemos de cronología tanto de la vivienda como de dichas dependencias subterráneas, tampoco conocemos la planimetría de la misma.
En la vivienda I, 5 (Corrales 2014: II, 518), localizada en la calle Félix Valverde Lillo c/v a calle Trajano, se vuelve a dar, como en el caso anterior, la presencia de un doble "aljibe" o "cisterna" en las inmediaciones del peristilo, más concretamente en uno de los ángulos del pórtico de la galería.
También, como se ha documentado más arriba, aquí se comprueba que una de las cisternas se transforma con la adición de una escalinata de al menos 7 peldaños que desemboca en un pequeño corredor aparejado en opus mixtum y cubierto con una bóveda rebajada de ladrillo.
Con la nueva entrada se rompe uno de los lados de la antigua cisterna, y se cierra el spiramen que tenía.
Asimismo en este caso carecemos de datos estratigráficos, pero parece que nos encontramos de nuevo ante habitaciones subterráneas cuyo uso no parece ser hidráulico.
Un nuevo ejemplo lo encontramos en la vivienda III, 30, en la esquina de las calles Muza y Adriano (Corrales 2014: II: 934).
Durante la excavación del solar se halló un espacio subterráneo, que Corrales interpreta como una zona de almacenaje.
Argumenta razones tales como la "economía constructiva", o las condiciones de constantes ambientales para la conservación de alimentos (Corrales 2014: 286, fig. 125a).
La entrada a esta habitación era realmente estrecha, algo difícilmente compatible con un espacio para almacenaje, razón por la que Corrales plantea que el acceso debería realizarse a través de una escalera de mano de madera (Corrales 2014: I: 293).
Sin embargo, en la ficha que realiza sobre esta casa no menciona que la habitación conserva huellas inequívocas de su cubierta, hecha con una bóveda de cañón rebajado, algo que se aprecia perfectamente en las fotografías disponibles.
Tampoco menciona la existencia de agujeros de planta rectangular que se disponen rítmicamente, y a idénticas cotas, en los paramentos que definen de la estancia.
El suelo de la habitación era un sencillo hormigón hidráulico, y no "opus signinum", como apunta en varias ocasiones el autor (Corrales 2014: II: 934-936).
Por la disposición que se aprecia mediante la documentación gráfica que proporciona (Corrales 2014: 939, fig. 709), y analizando el sistema edilicio y la relación de los materiales constructivos de antero-posterioridad, se observa que el vano para la puerta se ha practicado en un momento posterior al del resto de la estancias.
Las paredes y las evidencias del pavimento muestran que estuvo todo revestido con hormigón hidráulico, salvo en el hueco en que se dispuso la puerta.
Por otro lado, las jambas no traban y, a mayores, se colocan sobre las rebabas del hormigón del muro.
Como ya apuntó la directora de la intervención arqueológica, F. Sánchez Hidalgo (2012: 6) es más que probable que se tratase de un espacio cerrado, que a juzgar por la cubierta y las dimensiones nos recuerda al depósito de agua de la Casa del Mitreo, sobre el cual se construyó una estancia.
En el caso que nos ocupa, parece muy probable que en un segundo momento se cambiase la función de la cisterna original, convirtiéndola en una habitación subterránea, posiblemente para el descanso estival.
Para ello abren una puerta que comunica directamente con un corredor de acceso, al que se añade una escalera, probablemente de obra, que no ha llegado hasta nuestros días.
De la posible decoración de sus paredes no han quedado evidencias claras, excepto el mortero que constituye el enlucido.
En esta habitación subterránea también se observa la presencia de huecos cuadrangulares dispuestos a la misma altura, alineados y equidistantes entre sí; formando parte de la fábrica, lo que nos indica el posible uso de andamios durante su construcción.
Planta de la villa romana de Torre Águila (Montijo, Badajoz) en donde se comprueba la vecindad que caracteriza la ubicación de las estancias subterráneas con el peristilo de la casa (Planimetría: G. Rodríguez Martín).
Atendiendo a lo expuesto, creemos que la funcionalidad de dicho espacio, tras la reforma que se realiza en un segundo momento, se convierte en un locus aestivus.
No descartamos que en una fase subsiguiente pudiera ser utilizado como almacén, atendiendo a los vestigios arqueológicos que demuestran que esta habitación se usó en condiciones peligrosas, puesto que hubo que apuntalar la cubierta con postes de madera.
Dichas estancias se sellan con un vertedero de los siglos v-vii d.
En el territorio emeritense encontramos otro de los mejores ejemplos de este tipo de habitaciones subterráneas, concretamente en la villa de Torre Águila (Barbaño, Montijo, Badajoz), situada en las inmediaciones de la antigua vía XII del Iter ab Emeritam Olisipone, a orillas de un ramal del río Ana (Guadiana).
Dista XVI milia passum de la capital de Lusitania, Augusta Emerita, según la inscripción del miliario encontrado entre las ruinas de la casa (Gorges y Rodríguez Martín 1997).
Eligieron para su construcción una pequeña elevación de terreno aluvial que permitía mantener la villa y a sus ocupantes, a salvo de las crecidas del irregular Guadiana.
Este planteamiento fue erróneo, ya que no contaron, pese a estar establecido por las normas romanas del momento como tierras públicas (subcesivae), con la variabilidad del cauce del río.
Gracias a las excavaciones llevadas a cabo en la villa se ha podido constatar una ocupación ininterrumpida desde mediados del siglo i d.
C. hasta el siglo viii d.
C., aunque con variaciones en la dispersión de la ocupación, así como en la perdurabilidad y funcionalidad de algunos de sus ambientes (Rodríguez Martín 1993; Durán et alii 2005Durán et alii -2006) (Fig. 10).
De la primera fase de construcción de la villa, datada en la primera mitad del siglo i d.
C., se conocen pocos restos.
Los vestigios indican que se trataba de un establecimiento rural, de vocación agrícola.
Lo poco que conocemos se reduce a diversos muros, bastante arruinados, conservados a nivel de zapa-ESTANCIAS SUBTERRÁNEAS Y AESTIVA LOCA EN LA ARQUITECTURA DOMÉSTICA HISPANORROMANA ta, que sirvieron de cimentación a la siguiente fase constructiva.
A la primera fase constructiva pertenece asimismo un espacio soterrado interpretado como almacén (Durán et alii 2005(Durán et alii -2006: 15): 15).
Se trata de una habitación completamente excavada, aparejada en opus quadratum.
No quedan evidencias arqueológicas de la escalera que, necesariamente, hubo de usarse para acceder al interior (Durán et alii 2005(Durán et alii -2006:16:16).
De ahí que, ante la ausencia de registro arqueológico, se haya planteado, como ocurre en otros lugares con las mismas características, que fuera de madera (Rodríguez Martín 1993: 55).
Las construcciones conocidas hasta el momento que configuraban este primer asentamiento rural fueron arrasadas para levantar una nueva villa mucho más compleja.
Se trata de una gran hacienda, erigida en la segunda mitad del siglo i d.
C., que contó con una importante zona productiva y con una rica y confortable zona residencial, como revelan los restos de los materiales decorativos empleados (Rodríguez Martín 1993: 56).
De la nueva vivienda surgida tras la remodelación y ampliación del núcleo originario, se han logrado identificar diversos espacios.
En primer lugar, el área formada por un amplio peristylum, bordeado únicamente en el lado sureste por un canal o euripus, cuya función era, aparte de recoger las aguas pluviales vertidas por la cubierta del ambulacro porticado, dar prestigio a esa zona.
De este gran patio de forma rectangular, únicamente se conoce al completo el ala sureste.
Al estar muy deteriorado por las construcciones levantadas en el siglo iv d.
C. (Rodríguez Martín 1993: 92), desconocemos si estuvo porticado o no. En torno a él se dispusieron cubicula; en segundo lugar, una zona en torno a otro patio porticado, de menor tamaño, al cual se abrían otra serie de estancias, entre las que destaca, por su ubicación, una habitación interpretada como triclinium hibernum.
Está orientada al sur y cuenta con un sistema de calefacción similar al utilizado en las termas; finalmente, y en tercer lugar, la zona de transformación (pars fructuaria), compuesta por una amplia y completa almazara.
Es precisamente en torno al gran peristilo, en el ángulo noroeste, donde se localiza la estancia subterránea objeto del presente trabajo.
Su construcción implicó la demolición, posiblemente en la segunda mitad del siglo ii d.
C., de otras estructuras de la época anterior, de las que apenas ha quedado alguna huella constructiva.
Se trata en realidad de una gran remodelación de esa parte de la casa para insertar la estancia veraniega.
El habitáculo en sí conforma una planta rectangular excavada en el suelo, de 5 m de largo por 3 m. de ancho.
Uno de los datos que conviene subrayar es el referido a su estado de conservación, que podemos definir como de excepcional, ya que ha preservado hasta nuestros días el techo del ambiente.
La habitación está cubierta con una bóveda rebajada, que nos permite conocer la altura de espacio, que rondaba los 3 m en su punto más alto.
La habitación estival comunicaba con el pasillo que rodea el peristilo mediante una empinada escalera, situada en un lateral, constituida por 10 peldaños bastante estrechos, por lo que requeriría una cierta cautela en su tránsito.
Este acceso, el único, aparte de proporcionar luz también servía, junto con el tragaluz situado en lado contrario, para establecer una corriente de aire y mejorar la ventilación.
La ventana, de forma rectangular abocinada, está situada en el centro del paramento norte, entre el muro y la bóveda.
La orientación del punto de luz es al noroeste, lo que permite la iluminación y el viento fresco del norte, pero no la entrada directa de los rayos solares.
La técnica constructiva empleada en los muros de la habitación es el opus incertum, realizado con piezas de tamaño mediano y grande, con sus caras frontales bien alisadas que presentan una marcada tendencia trapezoidal.
Estas piedras revisten un núcleo de opus caementicium.
El aposento se realizó practicando una gran fosa en el terreno, con una profundidad de más de 3 m por debajo del nivel de circulación de la estancia superior.
A cierta distancia de los perfiles excavados se construyó la pared de mampuesto, trabado con mortero de tierra y cal, procurando conservar el nivel y la regularidad.
Una vez fraguados los paramentos Figura 11.
Interior de la estancia subterránea de Torre Águila (Montijo, Badajoz) que conserva la cubierta de bóveda rebajada en `perfecto estado (Fotografía: G. Rodríguez Martín).
Este hecho es muy difícil de ubicar cronológicamente.
Está en que delimitaban la estancia se vertió el hormigón fresco entre los nuevos muros (opus incertum) y los perfiles de la excavación, de manera que las piedras del paramento traban con la argamasa, percibiéndose diferentes tongadas (Durán et alii 2005-2006: 11) (Fig. 11).
La habitación estival estaba ricamente adornada, como evidencian los hallazgos.
La fábrica de opus incertum de las paredes estuvo embellecida con un placado de mármol, como revelan las mortajas de las grapas de garfio que sujetaron las placas.
El testero estaba rematado con molduras en el tránsito entre paredes y techo; asimismo sabemos que la decoración comprendía pilastras adosadas con sus correspondientes basas y capiteles, habiéndose conservado dos capiteles y dos basas de mármol, además de las molduras decorativas del mismo material.
Es muy probable que las pilastras se dispusieran enmarcando el óculo o tragaluz anteriormente descrito.
El suelo que ha llegado hasta nuestros días es de un fino y cuidado hormigón hidráulico, sin que se aprecien huellas de haber tenido un pavimento marmóreo.
El techo apareció cubierto por una fina capa de estuco blanco, muy bien ejecutado (Rodríguez Martín 1993: 97).
En un momento posterior, con el fin de hacer más cómoda la bajada al aposento subterráneo, se hace otro acceso desde el lateral oeste.
Se desmonta la antigua escalera y se tapia la puerta.
La construcción de esta nueva entrada supuso un cambio en la circulación interior, pues si antes daba a la zona pública del gran peristilo, ahora va a ser más privada, desembocando en un pasillo interior desde el que se accede a las habitaciones familiares de la casa.
La nueva entrada se caracteriza por ser una obra hecha íntegramente en ladrillo, tanto la caja de la escalera, como los peldaños y las jambas (Figs.
El dintel, necesario para sostener las presiones de la bóveda, no se ha conservado.
Durante la excavación se pudo vislumbrar que la estancia subterránea estuvo en relación con un ambiente abierto situado en el piso superior.
Dicho espacio podría estar en correlación con una especie de pequeño patio tipo impluvium que proporcionaría luz, frescor y ventilación a la habitación.
Aun estando completamente arrasado por las labores agrícolas por debajo del nivel original de circulación, se pudo comprobar la existencia de dos basas de columna (0,69 y 0,49 m. de diámetro) y restos de un pavimento latericio muy machacado (Rodríguez Martín 1993: 98).
En la última fase de uso se procede a adecuar la estancia para una función diferente a la que había tenido.
Prueba de ello es que se le despoja del re-Figura 12.
Detalle de la escalera de acceso al locus aestivus de Torre Águila (Montijo, Badajoz), correspondiente a su segunda ubicación.
Como en la mayoría de las ocasiones se trata de escaleras de dos tramos con cuarto de vuelta de noventa grados a modo de semidescansillo (Fotografía: G. Rodríguez Martín).
Vista del acceso a la habitación estival de la villa romana de Torre Águila.
Se aprecia cómo la primera escalera descendía rectilínea y con gran pendiente hasta la sala (Fotografía: G. Rodríguez Martín).
ESTANCIAS SUBTERRÁNEAS Y AESTIVA LOCA EN LA ARQUITECTURA DOMÉSTICA HISPANORROMANA en la ciudad de Conimbriga.
Uno de los primeros ejemplos es la llamada Casa dos Repuxos.
Se trata de una gran domus situada extramuros, en la zona Noroeste de la ciudad, al pie de la vía que conducía desde Sellinum (Tomar) hasta Aeminium (Coimbra) Según la planimetría publicada (Correia 2010;2013: 105, fig. 71), se trata de una domus con planta de tendencia trapezoidal, tan próxima a la ciudad que fue amortizada, parcialmente, por la construcción de la muralla bajoimperial.
Toda la casa gira en torno a un peristilo central de planta rectangular, en cuyo centro se encuentra el espacio ajardinado con los juegos de agua.
En torno a él se abren diversos cubicula, siendo el punto central el oecus.
Al fondo del peristilo, en la esquina noreste, se abre un pequeño espacio, con función de antecámara y distribuidor, que da paso a un pequeño patio de planta cuadrada.
Desde la antecámara o distribuidor parten unas escaleras que conducen a las dependencias subterráneas de la casa (Fig. 14).
Dichas estancias pertenecen a un momento anterior al de la construcción de la Casa dos Repuxos.
Las estructuras del plano inferior se distribuyen en relación con la fase de decadencia de la casa en la que esta habitación pasa a ser una cella penaria.
Si bien dicha transformación que tuvo que llevarse a cabo, necesariamente, antes del levantamiento de la villa del siglo iv d.
C., pues en la nueva construcción, esta área forma parte de la fachada de la vivienda.
En cuanto a la funcionalidad original de la estancia no cabe duda de que se trata de un ambiente subterráneo.
La riqueza de su ornamentación y la orientación al norte, inducen a considerarla como una estancia para el verano (aestivus locus), mucho más fresca, como aún hoy se puede comprobar en los cálidos meses estivales, por estar bajo el nivel del suelo, por contar con menos horas de insolación así como por poseer una decoración marmórea que facilitaría aún más la refrigeración (Rodríguez Martín 1993: 98; Durán et alii 2005Durán et alii -2006: 11-13): 11-13).
En la clasificación de Bonetto ( 2003) correspondería a su segundo tipo.
Dentro de la provincia Lusitania, un segundo conjunto de habitaciones subterráneas se localiza Figura 14.
Escalera de acceso a la planta subterránea de la conocida como Casa dos Repuxos (Conimbriga, Codeixa-a-Velha, Portugal).
La luz que iluminaba dicha escalera se conseguía mediante lucernarios practicados en el muro de cierre del pórtico del peristilo (Fotografía: G. Rodríguez Martín).
Particular de una de las estancias ubicadas en la planta subterránea de la Casa dos Repuxos, Conimbriga, Codeixa-a-Velha, Portugal (Fotografía: G. Rodríguez Martín).
Posteriormente, en la fase de ampliación y remodelación, el criptopórtico se pone en relación con las tabernae que, por el lado norte, se abren a la calle que conducía al anfiteatro (Figs.
No sabemos apenas nada de estas construcciones, pues no se aporta ningún dato sobre el sistema constructivo, la pavimentación, etc. que nos pueda aclaran su uso y evolución (Correia 2010;2013: 109 y 153).
Ahora bien, si asumimos la argumentación de Correia, está claro que las estancias subterráneas pertenecen a la fase originaria de la casa, cuando dicha estructura era un edificio de vocación comercial o artesanal.
En este contexto debemos plantearnos que fueran simplemente almacenes.
En la segunda fase, de época adrianea, estas habitaciones pasan a formar parte de la casa, si bien desconocemos si ya estaban obliteradas, algo poco probable dada su envergadura constructiva, o si, como parece lo más lógico, continuaron en funcionamiento.
Si aceptamos esta última posibilidad, se nos plantea el problema de su accesibilidad desde la planta baja de la casa.
Otro de los interrogantes que surgen es el relativo a su uso y función tras la remodelación de la domus como consecuencia de la erección de la muralla bajoimperial.
Tipológicamente se encuadran en el segundo tipo de Bonetto (2003) y presentan claro paralelismo con la casa Casa de las Musas de Althiburos o la de Amphitrite de Bulla Regia con la presencia de una habitación-distribuidor que separa el peristilo del acceso a las estancias subterráneas.
En síntesis, los datos que se conocen a día de hoy son poco clarificadores.
Tan sólo podemos suponer y proponer como hipótesis de trabajo, que lo que en un primer momento pudieron ser almacenes, pasasen a ser habitáculos de soggiorno cuando se construye la Casa dos Repuxos; y que, de alguna manera, sobrevivieron en la fase final de la misma, tras la construcción de la cerca defensiva.
Un segundo complejo en la ciudad de Conimbriga se sitúa en la Insula do Aqueduto.
Se encuentra al norte del foro, cerca de la muralla bajoimperial, junto a la puerta que da a la vía que llevaba a Aeminium.
Como su nombre indica, esta manzana se encuentra adosada por su lado norte al acueducto, situado junto al castellum aquae, en las inmediaciones de las llamadas "Termas del acueducto", ubicadas al oeste del conjunto.
Se trata de una entidad doméstica bastante compleja, en el que la presencia de diferentes tiros de escalera, además de demostrar la existencia de pisos superiores, evoca las grandes ínsulas de Ostia, similitud que constituye el argumento decisivo para que se haya interpretado como hospedería (Correia 2013: 126).
En el flanco oriental hay un gran patio porticado, al que se abren cuatro vanos que comunican con otras tantas tabernae y sus correspondientes almacenes semisubterráneos.
Según se desprende de las fotografías todas las tabernae del lado este de la insula tenían acceso al criptopórtico de la casa 16.
Otra cuestión que nos llama la atención, es la ausencia de huellas de la presencia de una escalera de fábrica.
Ante esta falta Correia (2013: 88) plantea la posibilidad de que fuesen de madera.
La parte que más nos interesa de la casa se encuentra en el subsuelo del edificio.
Se trata de un criptopórtico con planta en "U", sobre el que se desarrolla el patio central.
En la imagen observamos como las habitaciones se desarrollan bajo la zona cubierta del pórtico del peristilo (Fotografía: G. Rodríguez Martín).
ESTANCIAS SUBTERRÁNEAS Y AESTIVA LOCA EN LA ARQUITECTURA DOMÉSTICA HISPANORROMANA través de una escalera de tres tramos situada en el lado oeste del peristilo.
El criptopórtico se iluminaba y ventilaba mediante troneras abocinadas que daban al patio del piso superior, que funcionaría como pozo de luz.
En el pórtico inferior se abrían distintos espacios y habitaciones, que no siguen una pauta homogénea.
De norte a sur, comenzando por el oeste, se documentan dos espacios.
El del norte es de planta rectangular y pequeñas dimensiones, mientras el del sur es considerablemente mayor.
Este último no tiene planta rectangular sino que describe una especie de estrechísimo pasillo, serpenteante, que evidencia claramente que se trata del espacio ganado al tiro de la escalera.
En el paramento sur del criptopórtico se documenta una habitación cuadrangular, de tamaño mediano, con un par de nichos en su pared occidental, cuya puerta se abre al ángulo oeste del peristilo.
Inmediatamente al este aparece una tercera estancia, a cota con el nivel de uso del criptopórtico, que se desarrolla sobre el eje axial.
Es de planta rectangular, de gran tamaño, que coincide con el oecus del nivel de calle.
Por último, saliendo de esta habitación, y siguiendo el recorrido del criptopórtico, se llega al extremo noreste, donde se abren en línea dos pequeñas habitaciones.
La más próxima al corredor es una letrina, mientras que la que le sigue se especula corresponda con una reducida sala de baño (Correia 2013: 89-90).
No cabe duda de que la presencia de estas estancias no casaría demasiado bien con su interpretación como "almacenes".
Al igual que sucede con la Casa dos Repuxos, tampoco hay datos de la decoración arquitectónica, por lo que la interpretación del uso de estas habitaciones subterráneas se hace difícil.
El que no queden restos decorativos no inhabilita la posibilidad de que se trate de cubicula aestivae.
Uno de los datos que abogaría por la hipótesis de que estas estancias se emplearon como salas de verano sería el hecho de que en el ángulo sureste del criptopórtico se localiza una letrina y un habitáculo que pudo ser una especie de "modesta sala baño" (Correia 2013: 90).
Tipológicamente también se encuadra en el modelo dos de Bonetto (2003).
En cuanto a la cronología, lo más importante es que su construcción es posterior a la del acueducto.
Además, existen datos estratigráficos que llevaría la datación al primer tercio del siglo i d.
La carencia de estratigrafías no permite avanzar más respecto a la interpretación del conjunto, aunque los últimos trabajos siguen considerándolas como almacenes, a pesar de la presencia en alguna e ellas de estancias de servicio como baños y letrinas (Alarcão 2010; Correia 2004Correia y 2011;;Oleiro 1992) No podemos considerar de ninguna manera como aestiva loca otras habitaciones de carácter subterráneo como las documentadas en las Lojas a sul da via, interpretada como almacén17.
Son intervenciones, de hace varias décadas, que en muchos casos no se han finalizado.
Por lo que se refiere a la provincia Tarraconense, la capital, Tarraco, y su territorio han proporcionado dos posibles ejemplos de habitaciones subterráneas.
En la villa de Els Munts (Altafulla, Tarragona) se localizó un gran complejo constructivo orientado al sur, situado en una colina junto a la costa.
En la zona que mira al mar se desarrolla la pars urbana, formada por el área residencial propiamente dicha, así como por dos conjuntos termales, uno de ellos casi sobre la línea de playa.
Toda la casa se desarrolla de manera aterrazada.
En el piso inferior hay un criptopórtico semisubterráneo, iluminado con ventanas que dan a un hortus central, que permite su ventilación e iluminación, aparte de proporciona frescor.
Este criptopórtico comunica directamente con una serie de cubicula, al menos seis, algunas de ellas con antecámara, lo que sugiere que pudiera tratase de apartamentos.
En el mismo corredor también se descubrió una amplia estancia identificada como triclinium.
Su fisonomía encajaría en el Tipo I de Bonetto (2003).
Sobre las habitaciones del criptopórtico se levanta una segunda planta, construida a una cota superior (Tarrats et alii 2007: 214-218; fig. 2).
Conviene precisar que toda la terraza inferior de la casa reúne los espacios más importantes de representación (triclinium), así como los religiosos (mithraeum) (Remolá 2009).
Respecto a la cronología, hay que puntualizar que el criptopórtico y todas las estancias anejas no pertenecen al primer proyecto de la casa, sino que son fruto de una reforma acometida probablemente a inicios del siglo II d.
C., ya que el material cerámico de la cimentación de este sector lleva a finales de la centuria anterior (Tarrats et alii 2007: 215).
Durante las excavaciones de urgencia realizadas entre los años 2001 y 2003 en la casa romana situada en la actual Avda.
Prat de la Riba, 9 de Tarragona, se localizaron los vestigios de una vivienda cuyos restos aparecieron muy deteriorados.
Entre ellos destaca un aposento interpretado por los directores de la intervención, con todas las reservas, como un posible triclinium de verano, en razón de la presencia en el centro de la sala de una fuente, y su relación planimétrica directa con el peristilo.
En ningún momento se habla de que dicha estancia esté total o parcialmente bajo el nivel de circulación de la casa, por lo que debemos descartar su identificación como un locus aestivus.
Otro de los ejemplos situado en la costa nordeste peninsular es la Casa no 1 de Ampurias (Santos 1991).
Esta vivienda, de época republicana, se amplía en la segunda mitad del siglo i a.
C. levantándose un atrio tetrástilo corintio.
Hacia el cambio de Era sufre una nueva remodelación, en la que se construye un peristilo, ligeramente en alto, que se apoya sobre un criptopórtico (Beltrán Llorís 2003: 27).
A finales del siglo i d.
C. (Cortés 2014: 179) sufre la cuarta y última transformación, que afecta principalmente al lado sur del gran peristilo.
Fruto de dicha remodelación se construyeron, además, siete estancias, así como un pasadizo que conducía a un espacio del que prácticamente no quedan restos.
En opinión de Cortés, los nuevos recintos "responden a la necesidad de ampliar el espacio dedicado al descanso, al placer y lujo, que se desarrolla en torno al peristilo" (Cortés 2014:180-181).
Si bien carecemos de más información sobre dichas estancias, su posición respecto al peristilo y su carácter subterráneo nos llevan a pensar que podemos estar ante un nuevo testimonio de aestiva loca, también del tipo I de Bonetto (Bonetto 2003).
En Bilbilis (Calatayud, Zaragoza) se han exhumado dos estancias subterráneas vinculadas a viviendas, aunque debemos descartar su identificación como aestiva loca.
Concretamente, en la Casa 2, la denominada habitación 6/7, situada en un semisótano, se interpreta como un posible almacén, a juzgar por la cantidad de recipientes contenedores recuperados.
Este ambiente estaba en estrecha relación con una taberna, la no 10, la cual presentaba una suerte de trastienda en la que se ubica la escalera de acceso al almacén subterráneo.
En un momento posterior se amortizó este espacio colmatándose con escombros y restos de decoración mural pictórica.
Lo más singular es que se conservaron los encastres para la viguería del forjado del piso superior, lo que ha permitido establecer su altura, que alcanzaría los 2,46 m.
Por lo que se refiere a la Casa 3, presenta serios problemas de interpretación por la complejidad que reviste la excavación.
Para adaptarse al desnivel del terreno se desarrolla, a cotas distintas, en tres planos, lo que da como resultado que se estructure en tres pisos.
Se ha documentado una escalera tallada en la piedra, posiblemente de época celtibérica (Uribe 2008: 113).
Los investigadores responsables opinan que se trata de un vestigio perteneciente a la conexión entre dos viviendas prerromanas que, en fase augustea, se amortizan y se rellenan con escombros para macizar el espacio y constituir una plataforma en la que se levanta una domus altoimperial (Martín-Bueno y Sáenz 2003: 358; Uribe 2008: 114).
Lo más interesante es que bajo el triclinio, sito sobre la planta segunda, se encontró un almacén subterráneo, enfoscado con barro, con pavimento de tierra apisonada.
La Casa de las Escaleras, también en Bilbilis, es una vivienda construida a dos alturas, como las anteriores, debido al desnivel del terreno.
En un primer momento tenía un muro de ataludamiento con paramentos perpendiculares que actúan de tirantes.
Este espacio, al que se accedía directamente desde el exterior, posiblemente fue usado como tabernae o almacenes.
Se ha podido establecer que el ancho de estos compartimentos era de ca.
En una fase posterior las entradas externas se clausuran, construyéndose una escalera de piedra yesífera que permite su acceso.
Seguramente en esta etapa su funcionalidad fue la de bodega.
Respecto al pavimento de estas salas, la ausencia en el registro arqueológico de un suelo de hormigón hidráulico, o de otro tipo, hacen sospechar que, muy posiblemente, fueran de tierra (Martín-Bueno 1991; Uribe 2008: 118).
Dentro de la provincia Tarraconense un conjunto de gran interés de estancias domésticas semisubterráneas o subterráneas se localiza en la submeseta norte, en áreas kársticas de roca caliza o arenisca blanda y fácil de tallar, como los terrenos de la actual provincia de Soria y zonas limítrofes.
Algunos autores han querido ver en las dependencias romanas de esta zona pervivencias de la II Edad del Hierro, sin contemplar siquiera cualquier tipo de relación o vinculación con la arquitectura doméstica de tradición romana (Beltrán Llorís 2003: 46).
Uno de los casos mejor caracterizados de estancias subterráneas prerromanas lo encontramos en la antigua Rauda (Roa, Burgos).
Gracias a las intervenciones puntuales practicadas bajo el actual casco urbano, se ha podido atestiguar la presencia de estructuras de hábitat de tipo rupestre, consistente en habitaciones rectangulares excavadas de 2 m de lado, con las esquinas redondeadas.
En opinión de los arqueólogos se trata de obras prerromanas que no se reutilizan posteriormente, aunque no conocemos contextos estratigráficos cerrados (Núñez y Curchin 2004: 544-545).
En el caso de Tiermes, Martínez y Santos son de la opinión de que estas viviendas rupestres son pervivencias de la Tiermes ESTANCIAS SUBTERRÁNEAS Y AESTIVA LOCA EN LA ARQUITECTURA DOMÉSTICA HISPANORROMANA denominado por los distintos investigadores como "graderío", e interpretado como un edificio público, aprovechando un desnivel natural.
Las viviendas pudieron llegar a tener incluso tres alturas, siendo la inferior tipo sótano, ya que tres de sus cuatro paredes estaban excavadas en la roca caliza natural, y la cuarta se construyó de fábrica, pese a que prácticamente no queden vestigios.
Estas habitaciones rupestres tienen la particularidad de que sus paredes rocosas están perforadas con orificios dispuestos de manera regular.
Estos huecos se han interpretado como agujeros para albergar los soportes de madera, separados de la pared, que sustentaban un entramado de adobe o tapial sobre el que se realizaría la decoración pictórica (Argente 1991: 215).
Fueron amortizadas por la construcción de la muralla bajoimperial (Fig. 17).
Posteriormente se han distinguido tres unidades habitacionales (Fig. 18): Casa Meridional, Casa del Lado Norte y Casa de los Nichos.
En la denominada Casa Meridional se documentó la existencia de una vivienda de dos alturas, en la que una habitación de reducidas dimensiones excavada en la roca se comunicaba con el exterior a través de una escalera (Argente 1991: 216).
En la zona central de la meseta ocupada por la ciudad, durante las campañas realizadas entre 1994 y 1997, se localizaron vestigios del caserío "tardoceltibérico", amortizados durante la erección del área pública romana (foro, criptopórtico y tabernae), donde también se localizan habitaciones subterráneas vinculadas a ambientes domésticos (Casas del Lado Norte del Canal Norte), destacando la casa no 9.
Conservan las escaleras de acceso desde el piso superior, hacia las habitaciones labradas en la roca.
Muestran, como peculiaridad, una planta en "L".
También se han documentado los mechinales para sostener las vigas del forjado del piso superior Figura 17.
Imagen de las llamadas "Casas de Taracena" de Tiermes, total o parcialmente excavadas en la roca madre.
Particular de la Casa del Acueducto de Tiermes en donde vemos como se conjuga el hábitat rupestre y la construcción en opus quadratum.
Obsérvense las huellas de las vigas de madera que sustentaban el forjado, también de madera del piso inmediatamente superior.
Finalmente, entre los dos conjuntos mencionados, se ubica la Casa de los Nichos o de las Hornacinas.
Al igual que sucede con la Casa Meridional, apenas si se puede contemplar tal y como la vislumbró Taracena, pues se encuentra parcialmente clausurada.
La escalera, que permitía la comunicación de las estancias inferiores con las habitaciones del piso superior, ha sido tapiada.
Sin embargo, este ejemplo es muy significativo, porque la habitación de la parte inferior conserva una serie de anaqueles tallados en la roca, a modo de vasares, tal vez empleados como sistema de almacenamiento.
En palabras de Taracena, estas casas eran plenamente celtibéricas, que siguieron usándose en época romana, con algunas adaptaciones.
Aunque la cronología sigue siendo muy confusa, es posible que este espacio subterráneo, en la fase prerromana, funcionase como una estancia al uso, mientras que tras la remodelación, según los patrones romanos, pudo utilizarse simplemente como zona de almacén.
Pero tampoco podemos descartar que se trate de un cubículo romano.
Hace algunos años se dieron a conocer las denominadas Casas del lado Sur del Canal Norte.
En esta zona se halló una nueva estancia subterránea denominada como habitación no 12.
Se trata, como en los casos precedentes, de un espacio de planta cuadrangular, al que se accede mediante escalera trabajada en la roca, situada en el ángulo sureste, que la pondría en relación con un piso superior.
Lo más curioso es que, en un momento posterior este espacio dejó de utilizarse, y se anula mediante un muro que tapió la escalera (Argente y Díaz 1996: 24).
En la parte alta de la ciudad se han documentado estancias subterráneas en la Casa del Acueducto I y Casa del Acueducto II estancias excavadas en la roca madre, a las que se accede mediante las escaleras rupestres (Argente Oliver y Díaz Díaz 1996: 128; García Merino 2014: 1095).
Las Casas del Acueducto I y II son las únicas de Tiermes que han sido excavadas en su totalidad.
Si bien, este complejo residencial reviste una problemática particular.
Por un lado, su excavador, Argente Oliver (1991) y Argente Oliver y Díaz Díaz (1994) la define como una casa que posee dos atrios corintios, aunque también habla de casa con atrio y peristilo.
El problema fundamental reside en la excavación de esta estructura, en la que, por un lado, el deficiente estado de conservación, y, por otro, la adaptación de la domus a la topografía, no permiten clarificar de manera taxativa ninguna de las hipótesis planteadas por Argente.
La entrada a la vivienda se realiza a través de una escalera tallada en la roca natural, muy meteorizada, que permite pensar en una sucesión de tres o cuatro peldaños.
En los ángulos de esta casa, alineadas con la fachada, y coincidiendo con el desnivel, se ubicarían tabernae abiertas a la calle.
Una de ellas, concretamente la que los arqueólogos denominan con el no XII, es un almacén subterráneo de 2 m de profundidad excavado en la roca madre.
El acceso al interior se efectúa mediante una trampilla ubicada en el piso superior (casa no XXXV).
Una escalera de 5 peldaños excavada parcialmente en la roca, de los que el superior es de menor altura, pondría en contacto ambos ambientes.
El suelo, que separa el supuesto almacén del piso superior, fue un forjado de madera, como revelan los mechinales que albergaron las vigas de sujeción del entrado (Argente y Díaz 1994: 52 y 230-232).
Un dato de gran interés reside en el hecho de que esta estancia subterránea contaba con un sistema de aclimatación y drenaje, tallando canales en la roca natural para drenar la condensación natural producida por la humedad (Durán Cabello 1998: 97-98).
Uno de los problemas que plantea la interpretación de esta casa es la ausencia de estratigrafía que pueda aquilatar su datación.
De hecho, todo el material recogido durante la excavación ha permitido establecer que la casa se construyó en torno a mediados del siglo i d.
C. aunque tuvo remodelaciones entre el periodo flavio y los inicios del siglo ii d.
Lo único que parece claro es que, en principio, en un segundo momento, o en una fase posterior, el espacio subterráneo, supuesto almacén, se amortiza rellenándolo con materiales de desecho: constructivos, decorativos y abundantes restos de cerámica y metales.
El segundo de los conjuntos meseteños de habitaciones excavadas en roca lo encontramos en Uxama (Osma, Soria).
En la Casa de los Plintos o del Lampadario, una gran domus excavada por García Merino durante los años 1980 y 1982, se hallaron estructuras arquitectónicas excavadas en la roca.
El solar parece estar ocupado desde época tardoceltibérica, si bien las dependencias a las que nos referimos fueron utilizadas durante el periodo romano hasta un incendio que se produjo en el tercer cuarto del siglo i d.
C., momento en que se colmataron estas primeras casas con los escombros procedentes del derrumbe (García Merino 1991).
La gran casa romana se amplió hacia el oeste sobre una zona sin aparente uso anterior.
Incorporó, aparte de otras estructuras, un gran jardín y una habitación inferior empleada en principio como una sala con presencia de un hogar; posteriormente se tapió el vano que daba a la calle y obliteró el hogar, pasando a ser utilizada como despensa y esto sucedió en el siglo iii d.
En cualquier caso, resulta evidente que los habitáculos subterráneos ofrecen claras ventajas térmicas, tanto para la vida cotidiana, como para la conservación de los alimentos (García Merino et alii 2009: 225).
En la Casa del Sectile, también en la ciudad de Uxama, en la que se realizaron intervenciones arqueológicas entre los años 1976 y 1978, se identificaron dos fases: una encuadrable entre finales del siglo i d.
C. o comienzos de la siguiente centuria, y la otra, desde comienzos del ii d.
C., prolongándose hasta mediados del siglo iii d.
Entre los restos inmuebles de esta primera estructura se localizaron grandes cavidades en la roca, si bien no está clara la funcionalidad que tuvieron.
García Merino sugiere que pudo tratarse de habitaciones tipo semisótano, cuyo uso debió estar en relación con el de una despensa-silo para conservar mejor los alimentos.
Uno de estos espacios tallados y excavados en la roca se halló en la zona central del "Ambiente J".
Vestigios de un cubículo excavado en la roca madre se conserva en la Casa de la Atalaya, situada junta a otras viviendas rupestres en una cornisa rocosa de Uxama.
Dicha dependencia parece corresponder al primer proyecto arquitectónico de los dos que se verifican durante el periodo romano.
En el sector suburbano de la ciudad conocido como "Barrio Norte", muy próximo a la vía que desde Caesaraugusta iba en dirección a Numantia, las excavaciones de 2004 permitieron documentar diversas estructuras, entre ellas un edificio público altoimperial levantado sobre casas de época julioclaudia temprana.
En estas viviendas se pudo atestiguar el empleo de sótanos excavados en la roca, sobre los que se recrecieron muros realizados con adobe.
Algunos indicios apuntan a que estos inmuebles pudieron reaprovechar restos domésticos de época tardoceltibérica (García Merino 2004: 213).
También aparecen vestigios de casas excavadas total o parcialmente en la roca en el denominado "Barrio Sudeste", en la margen derecha del río Ucero, al pie del Alto del Castro, un pequeño barrio que jalonaba la vía de salida de la ciudad hacia el sur.
Por último, cabe señalar que en la zona oriental de la ciudad, el sector más agreste, es donde mayor número de cubículos excavados en la roca se han conservado.
Estos se comunicaban con otros o con las plantas bajas y/o superiores de las viviendas mediante pasillos y escaleras talladas en la roca madre (García Merino 2004: 214).
En este repertorio no podíamos dejar de mencionar los ejemplos de casas con habitaciones subterráneas de la ciudad de Contrebia Leucade (Aguilar del Río Alhama, La Rioja).
En primer lugar, debemos decir que su estudio se ha basado, fundamentalmente en aspectos relacionados con los pavimentos musivos.
Las casas de esta ciudad son herederas directas de las moradas del momento celtibérico: con al menos una o dos plantas semisubterráneas, excavadas en la roca y que responde a la adaptación a la topografía del lugar (Hernández Vera et alii 2007: 50-57).
Tras la conquista Roma las adapta y se constata que en época republicana se siguen usando estas viviendas aunque con transformaciones tanto espaciales (unificación de estancias) pero, sobre todo, de carácter decorativo: la constatación de suelos pavimentados con mosaicos de opus signinum (Hernández Vera et alii 2007: 89-91).
Del destino de las estancias subterráneas poco sabemos aunque es muy probable su uso como almacén durante el dominio romano.
La cuestión de las estancias subterráneas o semisubterráneas en la arquitectura doméstica rural o urbana romana es un tema escasamente tratado en la investigación, tanto por las dificultades de excavación de viviendas de varias alturas como por los problemas de representación gráfica en los conjuntos publicados, sin olvidar el propio desconocimiento de la funcionalidad de estas estancias por parte de la investigación.
En muchos casos, las circunstancias de la excavación no han permitido establecer, de manera fidedigna, si se conservaban evidencias de haber tenido decoración en algún momento, de lo que dependería su interpretación como lugares de habitación o de servicio (almacenes, bodegas o despensas).
La reutilización de dichos espacios a lo largo de la vida de la vivienda complica seriamente su interpretación.
Algunos trabajos generales (Bonetto 2003; Basso y Ghedini 2003; Carucci 2007) han permitido reinterpretar bastantes habitaciones sitas bajo la cota de circulación del piso principal, fundamentalmente en el norte de África y el centro de Italia, como dependencias destinadas a mantener un ambiente más fresco para sobrellevar los rigores del verano mediterráneo.
Esta adecuación doméstica parece surgir en época helenística para difundirse posteriormente a Roma, las ciudades vesubianas y aquellas de Africa Proconsularis, donde alcanzan un extraordinario desarrollo a partir del siglo ii d.
Este mismo tipo de estancias se documenta en la Península Ibérica, si bien en ningún momento este hecho ha sido mencionado en la bibliografía internacional y sólo muy recientemente García Merino (2014) ha llamado la atención sobre la cuestión.
En el presente trabajo hemos querido presentar una recopilación de habitaciones de este tipo en Hispania, donde son mucho más numerosas de lo que se conocía hasta ahora.
La excavación, publicación y reinterpretación de nuevos conjuntos ampliará sin duda notablemente su número en un futuro.
El repaso a los conjuntos de este tipo identificados muestra que dichos tipos se aglutinan fundamentalmente en la capital de la Lusitania y su territorio, registrándose concentraciones significativas en Conimbriga y en el valle del Guadalquivir, si bien en esta última área sorprende la ausencia del modelo en contextos urbanos.
En la Tarraconense se conocen algunos ejemplos (Tarraco, Ampurias, Bilbilis) así como en el área de la Meseta superior (Tiermes y Uxama, fundamentalmente) (Fig. 19) 18.
Resulta muy significativo que, a excepción del círculo meseteño, el resto de las dependencias de este caso en los ejemplos hispanos hemos documentado captaciones de agua o fuentes para refrescar aún más.
No cabe duda de que el origen de este tipo de estancias subterráneas, que encajarían perfectamente dentro del concepto de aestiva loca, es helenístico, arraigando especialmente en regiones con veranos muy calurosos como Roma, la Campania y el Norte de África, entre las que podríamos perfectamente incluir el Mediodía peninsular o algunas zonas mediterráneas de la antigua Hispania.
Sin embargo, en el caso de la Península Ibérica, donde no alcanzan el desarrollo ni la monumentalidad de otras regiones y presentan un aspecto más reducido y austero, es difícil pronunciarse acerca de la vía de transmisión del modelo.
Algunas evidencias indirectas podrían apuntar más hacia el África Proconsularis como el lugar de procedencia del arquetipo.
La abundancia de habitaciones de este tipo en Emerita Augusta y su entorno, colonia adscrita a la tribu Papiria (Forni 1976), al igual que Bulla Regia, epicentro del fenómeno de los aestiva loca en la provincia africana, permite proponer una relación, muy sugerente, sobre la que habría que reflexionar en el futuro.
Esta asociación a la mencionada tribu vuelve a verificarse en otro foco hispano en el que se ha documentado habitaciones subterráneas: Astigi (Ventura 2015), en cuyo territorio se encuentra la villa de Fuente Álamo19.
Mapa del Imperio romano en el que aparecen señaladas las zonas con mayor índice de presencia de la tribu Papiria en el ámbito romano (Imagen: F. J. Alonso López).
tipo se concentren en regiones meridionales o de clima mediterráneo que experimentan elevadas temperaturas durante el estío.
Esta dualidad coincide con dos variantes de estancias subterráneas, diferentes desde el punto de vista de sus modelos constructivos y su tipología.
El primero se inserta inequívocamente en el de las domus clásicas romanas.
Estos aposentos subterráneos o semiexcavados, se ubican con mucha frecuencia en alguno de los ángulos del peristilo, es decir, en la zona privada del dominus, sin relación alguna con el área de servicios o el área pública.
Se accede siempre a ellos mediante una escalera de fábrica y suelen constar de una habitación aunque a veces aparece pasillo y/o antecámara.
En este sentido se apartan de los ejemplos africanos, donde la parte subterránea de la domus alcanza un enorme desarrollo, resultando mucho más próximas a los modelos centroitálicos.
Los ejemplos hispanos mejor conocidos (Casa del Mitreo de Emerita, villas de Torre Águila y Fuente Álamo, Casa dos Repuxos) contaron con solados y/o placados marmóreos, sin duda para contribuir a mantener un ambiente lo más fresco posible.
Este parece ser el motivo que determina la construcción de estas estancias veraniegas, ofrecer un espacio o apartamento privado en penumbra y con temperatura considerablemente inferior a la ambiental para facilitar el descanso y el relax durante las horas vespertinas.
Incluso en los casos en que no se detecta empleo de mármol o mosaico, el empleo de pavimentos de hormigón hidráulico es generalizado.
Por el contrario, en ningún señalado que dicha tribu tiene un especial arraigo en el África Proconsular, particularmente en Bulla Regia (Fig. 20).
Bajo el mandato de Otón, gobernador de la provincia Lusitania entre el 59 y 68 d.
1.78), esto es un nuevo aporte poblacional que, en opinión de Canto, lejos de ser un grupo de nobles, lo más posible es que se tratase de un elenco de "familiares" y libertos (Canto 1989: 174) originarios como él de África, donde el padre del futuro emperador fue procónsul Africae (PIR III, no 107).
La inexistencia de dataciones fiables en las estancias emeritenses no permite correlacionar dicha llegada de nuevos colonos con la construcción de los loca aestiva conocidos, sin duda en funcionamiento durante el siglo ii d.
C., pero cuya cronología fundacional es desconocida.
Aún así, dicha relación no deja de resultar sugerente.
La ciudad de Conimbriga también posee claros exponentes de habitaciones subterráneas, si bien su identificación como aestiva loca plantea todavía numerosos interrogantes.
Si bien en este caso sólo podemos considerar que la existencia de estos modelos se debe a la presencia de familias que tuvieron un fuerte ascenso social como sería el caso de los Valerii Marini (Díaz de Cerio 2012: 343-344) entre los que hubo cónsules en el último tercio del siglo I d.
Un segundo grupo de estancias subterráneas, en este caso más concentrado desde el punto de vista geográfico, se localiza en la submeseta norte, en zonas correspondientes a la actual provincia de Soria y áreas colindantes, de la órbita celtibérica (Uxama, Termancia, Clunia, Rauda, Contrebia Leucade).
En estos casos nos encontramos ante un modelo que no parece corresponder al de aestiva loca.
Se trata de habitaciones excavadas en arenisca o calizas blandas, mucho más simples y funcionales, casi siempre sin escaleras de obra sino rupestres.
Al no corresponder a modelos canónicos romanos se nos plantean diversas dudas, comenzando por su funcionalidad, ya que no estamos seguros de que más que cubicula de uso privado, estemos ante sótanos, almacenes o despensas.
En muchas ocasiones encontramos restos de pintura rellenando dichas estancias tras su abandono, pero no podemos aseverar que formaran parte de la decoración parietal de dichas estancias y que no sea un simple relleno de escombros procedentes de las plantas superiores.
Otra de las dudas es su cronología.
Algunos autores apuntan su origen prerromano y su reutilización en época posterior, ya asociados a viviendas netamente romanas.
Pero, a juzgar por lo que vamos conociendo en nuevas investigaciones (García Merino 2014), su cronología altoimperial parece fuera de toda duda.
Para terminar, queremos dejar patente que un reestudio pormenorizado de la realidad arquitectónica y de la edilicia, sabiamente conjugado con el estudio de los materiales provenientes de las excavaciones, especialmente las más antiguas, pueden arrojar nueva luz sobre este interesante tema. |
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La transformación de la civitas clásica en la ciudad tardoantigua fue un proceso de larga duración al que no permaneció ajeno el callejero.
El análisis crítico de las fuentes disponibles, especialmente aquellas de carácter arqueológico, nos ha permitido analizar la evolución de la red viaria y de saneamiento hispanorromana entre los siglos ii y vii d.
C. La necesidad de examinar dicho proceso a escala peninsular, superando el ámbito puramente local, nos ha llevado a realizar un estudio en el que hemos tratado dinámicas tan variadas como la privatización parcial o total de determinadas calles; la ocultación de los primitivos enlosados; la subida de los niveles de circulación, y la inutilización de la red de saneamiento.
Frente a la visión tradicional, creemos que la desarticulación del callejero hispanorromano no fue un proceso ajeno a las autoridades, sino que éstas tuvieron un papel destacado.
The need to examine this * Este trabajo se inscribe en el marco del Proyecto de I+D+i PATTERN: (P)atrimonio (A)rqueológico, Nuevas (T)ecnologías, (T)urismo, (E)ducación y (R)entabilización social: un (n)exo necesario para la ciudad histórica, concedido para el periodo 2016-2019 por la Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación del Ministerio de Economía y Competitividad, dentro del Programa Estatal de Investigación, Desarrollo e Innovación Orientada a los Retos de la Sociedad, enmarcado a su vez en el Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica y de Innovación 2013-2016 (Ref.
INTRODUCCIÓN: EL ENTRAMADO VIARIO
EN ÉPOCA CLÁSICA "Las viae son los espacios estrechos que hay entre las casas" (Isid.
El obispo Isidoro de Sevilla sintetizó en esta frase un rasgo característico de la ciudad tardoantigua.
Nos referimos al desarrollo paulatino de un entramado viario diferente al callejero ortogonal propio de las colonias de nueva planta.
Frente al extendido uso del vocabulario gromático que denomina kardines a los ejes dispuestos en sentido norte-sur y decumani a los ejes orientados en sentido este-oeste, voces como A. Zaccaria (1995: 264-265) abogan por el empleo de una terminología de raíz vitruviana que diferencia entre arterias importantes (viae) y aquellas secundarias o estrechas (semitae).
Con independencia del término utilizado, se trataba de una red viaria de carácter público (Zaccaria 1995: 260), pero cuyo mantenimiento fue mixto, tal y como se deduce de la Tabula Heraclensis (Kaiser 2011: 16 y 21).
En este texto, relativo a la Roma tardorrepublicana, se menciona que el dueño privado era el encargado del cuidado del tramo de la vía frente a sus propiedades.
Su responsabilidad consistía en salvaguardar la viabilidad de la calle, en especial lo referido a la eliminación de aguas estancadas que impedían su tránsito ágil, y a tener la semita (acera) bien pavimentada y limpia.
Esta obligación pudo materializarse en "obras simples y concisas, casuales en cierta medida, surgidas espontáneamente para solucionar los deterioros circunstanciales que el mismo tránsito por la calle genera" (Romaní 2008: 163).
En cuanto a los ediles, éstos tenían un variado elenco de tareas como supervisar la refacción (refacere) y pavimentación (sternere) de la vía; garantizar la tuitio de aquellos tramos viarios flanqueados por edificios públicos, y actuar en caso de negligencia de los propietarios (Romaní 2008: 159).
Tales cometidos son conocidos también gracias a leyes municipales hispanas como la Lex Ursonesis (44 a.
C.), la Lex Irnitana y la Lex Malacitana (último cuarto del siglo i d.
En el reglamento de Irni se señala que la limpieza y mantenimiento de calles y cloacas eran tareas de los dos ediles, y que en los presupuestos locales había partidas destinadas a construir y reparar las obras públicas.
En cuanto a la Lex Ursonesis, gracias a ella sabemos que los duunviros eran los encargados de la construcción, mantenimiento o reforma del sistema de cloacas (Rodríguez 1999: 34).
Dicha red de saneamiento no solo recogía las aguas sobrantes, residuales y fecales públicas, sino también privadas, dado que los propietarios podían conectar sus conducciones privadas a la red pública de alcantarillado (Carreras 2011: 20; Escudero y Galve 2013: 29).
En caso de que una calle o una ciudad (por el tipo de suelo, por la propia pendiente o por cuestiones presupuestarias) no dispusiese de un sistema de alcantarillado, fue necesario recurrir a las cunetas de las vías y a pozos negros limpiados cada cierto tiempo por stercorarii (Dupré y Remolà 2002: 41; Carreras 2011: 21).
La profusa legislación republicana y altoimperial debió dificultar, frenar y obstaculizar fenómenos como la ocupación de pórticos y calzadas; la degradación de las calles; su ocultación bajo vertidos, y la inutilización parcial o total de la red de saneamiento.
The size of municipal staffs and their budgets were tiny when compared with modern Western cities" (Kaiser 2011: 21), lo que motivó la continua repetición de la legislación con el fin de atajar costumbres populares como arrojar los depósitos en cualquier sitio, o incluso, tirarlos a la calle desde las ventanas (Rodríguez 2011: 38).
Tal dato ha sido confirmado por la arqueología en Herculano, donde sabemos de la reiteración de un aviso que prohibía el vertido de desechos en la intersección entre un kardo y un decumanus (Kaiser 2011: 22).
La imagen que acabamos de describir no se mantuvo durante mucho tiempo, puesto que desde fechas tan tempranas como la segunda mitad del siglo ii y las primeras décadas del iii d.
C., dio comienzo un lento, pero paulatino, proceso de desarticulación del callejero ortogonal que afectó tanto a las superficies de tránsito, como a la infraestructura de saneamiento.
El resultado a medio y largo plazo fue la conformación de un callejero caracterizado por la existencia de vías más o menos estrechas, con pavimentos terrizos y donde el agua sucia discurría directamente por las superficies de tránsito.
A través del presente trabajo, en el que hemos recurrido eminentemente a la documentación arqueológica procedente de una selección de ciudades hispanorromanas, trataremos de rastrear una transición que, a partir del siglo viii d.
C., continuó bajo parámetros diferentes.
No olvidemos que la transformación de las urbes islámicas (de nueva planta o preexistentes) en ciudades caracterizadas por un entramado urbano complejo a base de calles estrechas y quebradas, fue un proceso de larga duración regido por una serie de principios de urbanidad básicos fundamentados en el derecho positivo musulmán (fiqh mālikī), y en el que también influyeron las herencias y las divisiones horizontales de la propiedad (García-Bellido 1997; Navarro y Jiménez 2007: 51).
LOS PRIMEROS CAMBIOS A GRAN ESCALA:
SEGUNDA MITAD DEL S. ii -PRIMERA MI-TAD DEL S. iii D. C.
Si nos atenemos a las fuentes escritas y arqueológicas disponibles, la fisonomía de la red viaria y LA DESARTICULACIÓN DEL CALLEJERO HISPANORROMANO: CAMBIOS EN LA INFRAESTRUCTURA... de saneamiento empezó a modificarse sensiblemente desde mediados de la segunda centuria.
Gracias a la documentación recogida por varios juristas que vivieron en época severiana (Ulpiano y Papiniano), tenemos conocimiento de algunas novedades legislativas como la obligación de allanar la calle y de asegurarse de que nadie practicase hoyos o arrojase montones de tierra en ella.
Estos fenómenos apuntan hacia una "una degradación del firme de la vía urbana por parte de los habitantes" y a una creciente invasión del espacio público (Romaní 2008: 160-161).
En este marco temporal ha podido fecharse la privatización parcial o total de algunos tramos pertenecientes a importantes ejes viarios urbanos hispanorromanos.
Valgan como ejemplo Astigi (Fig. 1A), donde en el siglo iii d.
C. tuvo lugar la ampliación de una vivienda (domus de Okeanos) a costa del kardo maximus (García-Dils y Ordóñez 2006: 12; García-Dils 2015: 120); Augusta Emerita (Fig. 1B), cuyo kardo maximus fue parcialmente ocupado entre el segundo y tercer cuarto del siglo iii d.
C. por un edificio vinculado al poder político-ideológico (Ayerbe 2005: 116), e Iluro, con construcciones porticadas que invadieron parte del kardo maximus en el siglo ii d.
La ocupación de los principales ejes viarios por edificaciones de diversa índole, alcanzó su punto culminante en Colonia Patricia.
Si en el decumanus maximus meridional se levantaron inmuebles presumiblemente privados que ocuparon parte o la totalidad de la calzada entre la segunda mitad del siglo ii y la primera mitad del iii d.
C. (Ruiz Bueno 2014), en el kardo maximus hay pruebas de varias dinámicas coetáneas datadas entre finales del siglo ii y la primera mitad del siglo iii d.
Destaca la reducción de la anchura hábil de la vía en dos puntos (de 22 a 8-9 m) con motivo de la construcción de diversos edificios públicos de notable entidad (Ruiz Bueno 2014-2015).
En ambas calles nos encontramos ante una disminución evidente de su anchura en algunos tramos y un presumible cambio de recorrido en otros.
Las autoridades toleraron y promovieron la ocupación del espacio público, que fue motivada por varias razones entre las que podría estar la demanda de espacio libre en determinadas zonas del espacio intramuros y, sobre todo, la enorme anchura del kardo maximus (22 m).
Estos episodios de privatización no fueron patrimonio exclusivo de las principales arterias hispanorromanas, al haberse identificado en calles secunda-rias de otras ciudades.
Se trata de un fenómeno ya detectado puntualmente con anterioridad 2, pero que ahora resulta evidente en Asturica Augusta, con una vía parcialmente invadida a mediados del siglo ii d.
C. por "construcciones bastante endebles trabadas con arcilla" (Burón 2006: 295); Bracara Augusta, donde salió a la luz un inmueble termal público que hacia mediados del siglo ii d.
C. ocupó parte de una domus y del pórtico oriental que la delimitaba (Martins et alii 2011: 89); Colonia Patricia, con una calzada cuya anchura se redujo de 5 a 3,25 m a mediados del siglo ii d.
C. a raíz de la construcción de un inmueble que ocupó parte de la primigenia vía (Carrasco et alii 2001: 194), o Clunia, puesto que una de las domus se dotó a mediados del siglo ii d.
C. de un balneum que invadió por completo un kardo minor adyacente (García Entero 2010: 64).
Al margen de estos ejemplos puntuales, la imagen más completa procede de Augusta Emerita donde tenemos pruebas de la transformación de algunos pórticos tanto en nuevas estancias de las domus adyacentes, como en tabernae (Alba 2004a: 75).
Salvo casos excepcionales, como el de un tramo de un kardo minor complemente ocupado en el siglo iii por construcciones privadas (Feijoo 2002: 209), las calzadas emeritenses continuaron diáfanas, por lo que las ocupaciones han sido interpretadas no como "un acto "espontáneo" sino razón de un plan autorizado por el poder público local, previo pago de la correspondiente licencia" por parte de los responsables de dicha privatización, ya que de "otro modo no conservaríamos ni un solo ejemplo de pórticos" (Alba 2002: 381).
Esta privatización de los pórticos arrancó desde momentos avanzados del siglo ii d.
C. y acabó beneficiando al municipio (que se lucró mediante dicha cesión), a los ciudadanos (quienes pudieron incrementar el espacio vital de las viviendas) y al desarrollo económico de la ciudad (se aumentó el número de locales comerciales).
Para M. Alba (2002: 386), tal ocupación pudo estar favorecida por la universalización, durante el gobierno 2 En Tarraconensis destacan ejemplos como el de Barcino, con un kardo minor invadido parcialmente por una domus a partir de finales del siglo i o principios del ii d.
C. (Cortés 2011: 22-23); Emporiae, donde tenemos un complejo termal público remodelado en la primera mitad del siglo ii d.
C., cuando se construyó un pórtico que redujo ligeramente la anchura del decumanus que delimitaba el inmueble por su lado norte (Aquilué et alii 2008: 196 y 200-201), o Iluro, ya que en época flavia se levantó un edificio de grandes dimensiones y probable uso termal cuya construcción parece haber alterado la estructura viaria adyacente (Revilla y Cela 2006: 94).
En cuanto al caput provinciae bético, entre finales del siglo i a.
C. y finales del siglo i d.
C., tuvo lugar la interrupción o cambio de recorrido de algunas vías con motivo de la construcción o monumentalización de varios complejos monumentales públicos (Ruiz Bueno 2016: 61).
de Marco Aurelio, de un antiguo edicto que a la larga supuso la transformación de los pórticos en espacios prescindibles.
Tal normativa, limitada en un primer momento a Roma y con posterioridad (época claudia) extendida al resto de las ciudades italianas, establecía un horario nocturno para el tráfico de mercancías, por lo que no solo las calzadas pasaron a despejarse notablemente durante el día, sino que el uso diferenciado para peatones (pórticos) y transportes (calzadas) debió de perder su sentido.
La red de saneamiento
La ocupación de pórticos y calzadas desde los siglos ii-iii d.
C. fue coetánea a la inutilización progresiva de determinadas redes de alcantarillado hispanorromanas.
Es el caso de Iluro, donde tales alteraciones se insertan dentro de un proceso de reajuste del municipium a las nuevas condiciones socioeconómicas y culturales del momento (Revilla y Cela 2006: 95).
Esta readaptación a una nueva coyuntura también es evidente en otras ciudades cuyo entramado viario e infraestructura de saneamiento fue objeto de diversas transformaciones.
En la provincia Tarraconensis, destacan los casos de Bilbilis, cuya cloaca máxima quedó inutilizada en la segunda mitad del siglo ii d.
C. (García Villalba y Sáenz 2015: 233); Carthago Nova, donde desde finales del siglo ii d.
C. hay constancia de la precaria continuidad de algunas calles, la parcial invasión y expolio de otras, su ocultación bajo niveles de desechos y/o derrumbes y, en el caso de la zona oriental de la ciudad, su abandono natural (Vidal et alii 2006: 188-189; Quevedo y Ramallo 2015: 168) y, por último, Emporiae, puesto que el progresivo abandono de la Neapolis y de la ciudad romana trajo consigo un paulatino cese en las labores de mantenimiento de las calles y de las cloacas desde la segunda mitad del siglo ii d.
En relación con la Bética, podemos aludir a los ejemplos de Baelo Claudia, cuya red de cloacas empezó a colmatarse a partir de la segunda mitad del siglo ii su uso (Bernal 2008: 371).
No olvidemos que "la inutilización, parcial o total, del sistema subterráneo de eliminación de aguas sobrantes, excedentes y residuales no impide el desarrollo de la vida urbana en superficie, como ponen de manifiesto los basureros" (Dupré y Remolà 2002: 49).
A pesar de lo expuesto, en la mayor parte de las ciudades hispanas la tónica general fue el mantenimiento generalizado de la red viaria y de saneamiento preexistente hasta momentos avanzados del siglo iii d.
C. A partir de entonces, dieron comienzo diversas dinámicas que presentan variaciones no solo de una ciudad a otra, sino incluso dentro de una misma calle.
Es lo que ocurre con el kardo maximus de Iluro, donde un tramo de la cloaca principal fue abandonado a finales del siglo iii -inicios del iv d.
C., mientras que otro tramo de la misma fue reformado en el segundo cuarto -mediados del iv d.
C. En cuanto a la calle propiamente dicha, a finales del iv -inicios del v d.
C. tuvo lugar tanto la amortización de un sector de la calzada bajo un estrato, como la reforma de un tramo cercano de la acera (Revilla y Cela 2006: 97-98 circunstancia obligó a la búsqueda de sistemas alternativos de evacuación de los desechos líquidos, como pozos negros y la propia superficie de tránsito de las calles.
Las causas que explican esta nueva situación parecen ser diversas y complementarias.
En Barcino han sido relacionadas con una considerable subida de los niveles de circulación en los siglos v-vi d.
C., lo que dificultó la limpieza y reparación de las cloacas, situadas cada vez a una mayor profundidad (Beltrán de Heredia y Carreras 2011: 240-242); en Augusta Emerita y Corduba, con la inutilización de los acueductos que abastecían a la ciudad (Ventura 1996: 148; Alba 2004b: 224); en Caesaraugusta, con la proliferación de rupturas y perforaciones en las cloacas (Escudero y Galve 2013: 78); en Hispalis, con el abandono del extremo septentrional de la ciudad (González Acuña 2011b: 34); en Tarraco, con la disgregación del tejido urbano (residencial y público) permitirían un largo período de actividad, aunque precaria, sin necesidad de mantenimiento" (Dupré y Remolà 2002: 50).
de la parte baja de la ciudad desde finales del siglo iii d.
Por el contrario, el abandono o despoblamiento de los barrios extramuros debió de ser el principal desencadenante que motivó la inutilización de la red de cloacas suburbana de Caesaraugusta (Escudero y Galve 2013: 78), Corduba (Castillo et
La subida de los niveles de circulación
Un fenómeno característico de esta etapa fue el crecimiento de los niveles de circulación de calles y plazas.
Si en época altoimperial este suceso ha sido relacionado con la reparación de las viae terrariae o stratae de Augusta Emerita (Heras et alii 2011: 353), Emporiae (Aquilué et alii 2008: 200), o Iesso (Romaní 2008: 142 y 148), a partir de momentos bajoimperiales respondió a causas más diversas.
En relación con las calles emeritenses, M. Alba (2001b: 407) considera que el paso del tiempo, su uso continuado y las filtraciones de agua, provocaron que algunas losas de las calzadas se levantasen y otras se hundiesen, por lo que con el objeto de tapar las juntas y regularizar el terreno, comenzaron a arrojarse echadizos de tierra inicialmente de carácter puntual, y más adelante, generalizados.
Como resultado, la mayor parte de las calzadas emeritenses quedaron ocultas bajo suelos de tierra limosa hacia el siglo iv d.
C. Entre las excepciones tenemos un par de tramos de calzadas que no fueron sustituidos por caminos de tierra en época tardoantigua (Sánchez Sánchez 2004: 131; Heras 2007: 182), lo que apunta hacia un panorama más heterogéneo respecto al planteado hasta la fecha.
Esta circunstancia también parece constatarse en Hispalis, puesto que entre la segunda mitad del siglo iv e inicios del v d.
La sustitución de los pavimentos enlosados por otros de carácter terrizo también ha podido rastrearse en el barrio conservero de Iulia Traducta a partir del siglo iv d.
Frente a lo que se podría pensar, dicho fenómeno no debe interpretarse necesariamente en términos peyorativos.
De hecho para M. Alba (2001b: 407) "tal vez pueda parecer un receso cualitativo pasar de un firme a otro, pero los usuarios debieron experimentar una mejoría notable: pensemos en los rudimentarios sistemas de amortiguación de los carros de la época, en los riesgos de resbalones de las caballerías, de tropiezo en los viandantes, en el ruidoso traqueteo de los carros... todo ello fue sustituido por un tráfico más fluido, cómodo y silencioso.
La tierra utilizada en este cometido fue seleccionada por su óptima resistencia al trasiego y comportamiento escasamente deformante ante el agua".
El empleo de un determinado tipo de tierra parece constatarse no solo en Mérida, sino también en Complutum.
Entre la segunda mitad del siglo iii y comienzos del iv d.
C. se procedió a una repavimentación general de las calles ubicadas en la parte central de la urbe, lo que supuso un incremento en la cota de circulación de unos 0,40-0,50 m (Rascón y Sánchez 2015: 201).
Aun cuando la pavimentación de las calles siguió siendo un conglomerado de arcilla, caliza triturada y pequeños cantos de cuarzo, la principal novedad fue una menor presencia de piedra "a favor de la tierra apisonada" (Rascón y Sánchez 2015: 201).
Otro factor a tener en cuenta en la subida de los niveles de circulación fue la construcción o remodelación, hacia finales del siglo iii -inicios del iv d.
C., de diversos recintos amurallados hispanorromanos (Fernández Ochoa y Morillo 2005).
Tales actuaciones implicaron el recrecido y regularización de los niveles de suelo, especialmente en aquellos puntos aledaños a los encintados Se trata de una dinámica evidente en Asturica Augusta, donde pudo identificarse una acumulación intencionada de vertidos de más de 3 m de potencia puesta en relación con la construcción de un tramo de la muralla bajoimperial, siendo su objetivo último la creación de una superficie homogénea de circulación (Burón 2006: 297); Legio, puesto que "la construcción de la muralla bajoimperial va asociada a potentes rellenos de tierra que determinan la elevación de la cota de circulación" (Morillo 2012: 250), o Lucus Augusti, donde "los niveles altoimperiales fueron arrasados por el recinto amurallado y fue necesario el recrecimiento de los suelos bajoimperiales", recurriéndose para ello a rellenos que, en algunos puntos, superaron los 3 m de altura (González Fernández 2011: 309-311).
Finalmente, es necesario aludir tanto a la evidente relajación o incapacidad a la hora de aplicar la legislación que prohibía el vertido de desechos en calzadas y aceras, como a la paulatina desaparición del sistema público encargado de la recogida y transporte de los residuos sólidos desde el espacio in urbe hasta el suburbio.
En relación a este punto, es necesario señalar que la sustitución de determinados pavimentos pétreos por otros de carácter terrizo, y el continuo recrecimiento de estos, parece ser el resultado de una acumulación progresiva de escombros o basuras (Acero 2015: 464-465).
Aun cuando no siempre es fácil definir la naturaleza de los aportes que protagonizan tales elevaciones 4, en ocasiones han 4 "En muchas ocasiones resulta obvio, por la potencia de los afirmados y el tipo de material empleado -cantos rodados, gravas, cal, etc.-, que existió una necesidad de repavimentación en la que se emplearon materiales seleccionados que ofrecían una mayor consistencia.
Pero en otros casos, en cambio, la presencia de estratos con abundante materia orgánica, cenizas, carbones, junto con huesos de animales y otros desechos domésticos o incluso artesanales, sugiere de nuevo una acumulación de basuras en la calle que tuvieron que ser compactadas para facilitar el tránsito.
Por último, en aquellos Figura 3A.
Baelo Claudia: recrecimiento del umbral de una puerta con el fin de adaptarse al nuevo nivel de circulación de la calle (fotografía del autor).
Carthago Nova: superposición de niveles de circulación terrizos sobre un decumanus (Vidal et alii 2006: lám. 5).
Archivo El resultado de los factores previamente descritos fue un notable incremento en la cota de circulación que resulta evidente en diversos ejes viarios urbanos.
Valgan como ejemplo el cruce entre un decumanus y un kardo minor de Augusta Emerita, caracterizado por la detección de más de cinco superficies de tierra compactas y allanadas que han sido datadas grosso modo entre los siglos iii y v d.
C. (Palma 2001: 230 ss.); un kardo de Baelo Claudia (Fig. 3A), donde la elevación de la cota de uso en unos 0,60 m supuso el recrecimiento del umbral de una puerta con posterioridad al siglo iii d.
C. (Bernal et alii 2007: 139 y 216), o un decumanus de Carthago Nova (Fig. 3B) con, al menos, cinco niveles de abandono y de circulación fechados entre mediados del siglo iii y el siglo v d.
El recrecimiento de las vías urbanas a partir de época bajoimperial fue coetáneo a su estrechamiento, o incluso, a su completa anulación con motivo de su privatización parcial o total.
Aun cuando este fenómeno está constatado ya en los siglos ii y iii d.
C., en palabras de J. M.a Gurt (2000Gurt ( -2001: 446): 446), "será a partir del siglo iv cuando el fenómeno de las ocupaciones adquirirá fuerza", tal y como se deduce de las fuentes literarias, jurídicas y arqueológicas disponibles.
Las dos primeras, relativas al Mediterráneo Oriental (Saliou 2005), reflejan la instalación de construcciones artesanales y comerciales en los pórticos de las calles de Antioquía hacia 356 y 384 d.
Esta situación presenta similitudes con otra datada hacia 497 d.
C., cuando se ordenó la destrucción de los puestos que artesanos y comerciantes habían levantado en los pórticos de las calles de Edesa.
Tal decisión estuvo motivada por la carencia de autorización, por rechazar pagar un impuesto que permitiese dicho uso, o incluso, por la existencia de una legislación municipal que prohibiera ese tipo de construcciones (Saliou 2005: 213).
Otros importantes actores que intervinieron en la ocupación de los ejes viarios fueron las autoridades civiles y eclesiásticas.
En el primer caso destaca el ejemplo de Complutum, donde la falta de espacio en el área forense permite explicar el hecho de que unas nuevas termas, levantadas entre el último cuarto del siglo iii y el primer cuarto del iv d.
En cuanto a la Iglesia, pese a su creciente poder desde el siglo iv d.
C., también mera mitad del siglo v d.
C., tuvo lugar la completa anulación de un tramo de un callejón secundario y sin salida por una domus, así como la privatización parcial de una calle por otras edificaciones domésticas (González Acuña 2011a: 96, 125-129 y 372), o Tarraco, con una domus suburbana del siglo IV d.
Desde un punto de vista interpretativo, en la capital lusitana tales ocupaciones se consideran una relajación voluntaria de la legislación ante las demandas de determinados potentados influyentes, "o lo que es lo mismo, se advierte una 'flexibilidad' de las normas municipales que dejan entrever previsibles tratos de favor a unos vecinos frente a otros" (Alba 2001b: 419).
Esta posibilidad es extrapolable no solo a otras viviendas situadas fuera de Mérida, sino a determinadas instalaciones artesanales y comerciales cuyos propietarios también pudieron presionar a las autoridades.
En Barcino destaca la privatización completa de un tramo considerable de un decumanus, así como la ocupación parcial del flanco septentrional de un kardo, por un conjunto de edificios de carácter productivo y comercial datados grosso modo hacia los siglos iii-v d.
C. (Beltrán de Heredia 2013a: 18 y 21-22), mientras que en Baelo Claudia tenemos un kardo minor cuyo extremo meridional quedó anulado a partir del siglo iii d.
C. como consecuencia de la edificación de una cetaria que pudo estar en manos de un gran consorcio industrial (Bernal et alii 2007: 216-218).
Frente a dichos ejemplos, en determinados puntos del callejero de Augusta Emerita tenemos evidencias de construcciones domésticas y artesanales no solo algo más tardías, sino también más precarias y modestas (Ayerbe 2007: 206; Delgado 2007: 219), que han sido puestas en relación con una contracción de la población dentro del espacio intramuros desde el siglo V, con el consecuente aumento de la densidad de ocupación (Alba 2004b: 222 y 233-234).
Esta dinámica, también sugerida en ciudades como Bracara Augusta (Martins y Fontes 2010: 118) y Caesarugusta (Escudero y Galve 2013: 323), no implicó necesariamente la incapacidad o la desidia a la hora de garantizar el correcto cumplimiento de la legislación.
De hecho, es posible que algunos tramos de calles y pórticos fuesen cedidos a determinados miembros de la aristocracia local (a cambio de una compensación indeterminada), y que éstos los arrendaran o cedieran a su vez a individuos más humildes (Saradi 1998: 20).
Dicha hipótesis cobra sentido si tenemos en cuenta que las construcciones instaladas en los pórticos de Antioquía hacia la segunda mitad del siglo iv (vid. supra) eran frágiles y perecederas, por lo que no eran el "résultat tuvo que recibir autorización a la hora de invadir una determinada calle o plaza.
Aun cuando en aquellos espacios de titularidad pública o imperial el permiso último debía de emanar del propio emperador (Hillner 2002: 324), en la práctica dicha labor recayó en funcionarios que acabaron cediendo a las demandas de la jerarquía eclesiástica.
El resultado fue la parcial o completa anulación de determinados ejes viarios que resulta evidente en Astigi, puesto que la construcción de un recinto funerario cristiano in urbe en el siglo v d.
C. supuso la privatización completa de un considerable tramo del kardo maximus (García-Dils 2015: 475 ss.); Barcino (Fig. 4B), donde la edificación de la primigenia ecclesia mater en el siglo iv d.
C. debió implicar el cese de la circulación por un kardo minor (Beltrán de Heredia 2013b: 650-651), y Valentia, ya que un tramo de la acera occidental del kardo maximus fue invadida en el siglo v d.
El embellecimiento puntual de determinadas vías
A pesar de lo expuesto, en fechas tan tardías como los siglos iv-v d.
C. tenemos pruebas de diversas acciones encaminadas a embellecer determinados tramos viarios.
Estas intervenciones, que frecuentemente recurrieron a material reutilizado, parecen haberse insertado dentro de remodelaciones a mayor escala.
En la Península Ibérica, un ejemplo paradigmático es el de Carthago Nova (Fig. 5A), ya que con motivo de la construcción o remodelación de un edificio comercial en el siglo v d.
C., se decidió pavimentar la calzada de un antiguo decumano mediante placas calizas reutilizadas y levantar (en el lado meridional de la calle) un nuevo pórtico a base de elementos arquitectónicos de origen diverso (Murcia y Madrid 2003: 254 ss.;Antolinos 2009: 65-66).
Otra actuación que presenta ciertas concomitancias ha podido rastrearse en Corduba (Fig. 5B), donde conocemos un establecimiento termal cuya monumentalización, datada entre finales del siglo iii y finales del siglo iv d.
A estos ejemplos podemos sumar el de Valentia donde, "fue abandonado un tramo de 25 m del decumanus maximus" que "fue sustituido por un nuevo enlosado construido a 3 m al norte, cuyo canal recogía las aguas del foro y las llevaba a otro tramo en funcionamiento del decumanus maximus situado más al este.
Este nuevo trazado se hizo a través del pórtico septentrional de la calle y supuso, aparentemente, una obra mucho más costosa que limpiar el canal, colmatado a finales del s. iii, y reparar las losas de la calle, que en este tramo permanecieron totalmente desplazadas" (Ribera 2007: 382).
Tal actuación se inserta dentro de un proceso de reorganización del área forense que implicó la construcción en época tetrárquica de un edificio público de posible carácter administrativo y la remodelación de un ninfeo en un momento indeterminado de la cuarta centuria (Ribera 2016(Ribera: 1774(Ribera -1776)).
La sexta y la séptima centuria supusieron, en gran medida, la continuación de las distintas dinámicas identificadas entre la segunda mitad del siglo iii y los siglos iv y v d.
C. Aun cuando la documentación arqueológica y textual es más limitada, la información disponible atestigua la creación de algunos ejes viarios, el uso generalizado de las superficies de tránsito terrizas y la privatización parcial o total de nuevas calles.
Creación de calles de nueva planta
Si en los siglos iv y v d.
C. aún tuvo lugar la apertura de calles de cierta entidad o el embellecimiento puntual de otras ya existentes, la documentación disponible al respecto es muy escasa para la sexta y séptima centuria.
Entre las excepciones tenemos la calle principal de Reccopolis, al tratarse de una amplia vía (5 m en su punto más estrecho y más de 10 en el más holgado) pavimentada mediante un preparado de tierra arcillosa mezclada con cal, y que no disponía de infraestructura de saneamiento (Olmo et alii 2008: 67).
Incluso en zonas de notable desarrollo urbano como la Spania bizantina, las calles no parecen haber gozado de gran monumentalidad.
Es el caso de Septem, donde tenemos un vial de los siglos vi-vii d.
C. caracterizado por su anchura superior al metro, su trazado algo serpenteante, su pavimento a base de guijarros y la ausencia de cloaca.
Otro ejemplo procede del barrio bizantino de Carthago Nova (Fig. 6A), puesto que en el marco de la urbanización del antiguo teatro, se dispusieron algunas calles con suelo de tierra batida entre las que destaca una dotada de una pequeña conducción superficial (Vizcaíno 2009: 363 y 369-370).
Estas calles de nueva planta también proliferaron con motivo de la reocupación de otros edificios públicos.
La urbanización del antiguo teatro de Corduba en los siglos vi-vii d.
C. supuso la creación de una calle terriza en rampa enmarcada por dos muros de contención (Monterroso y Cepillo 2002: 163-165), mientras que en la plaza del vetusto foro colonial de Mérida "se fueron creando sucesivos caminos diagonales compactados que la atravesaban, cruzándola diagonalmente, comunicando los antiguos accesos situados en el extremo suroccidental y en el oriental" (Ayerbe et alii 2009: 830).
La continua subida de los niveles de circulación
Otro fenómeno que caracterizó a la presente etapa fue el constante incremento de la cota de circulación 2001b: 409-410).
En el resto del callejero emeritense, el registro arqueológico atestigua el mantenimiento de "las vías terrarias, con las debidas reparaciones y nuevos recrecimientos de los niveles de uso, aunque se termina perdiendo el empleo de la tierra limosa sustituida por tierra común aglomerada con cascotes, creando unas superficies abigarradas y heterogéneas de pequeñas piedras y fragmentos cerámicos de teja y ladrillo principalmente, de gran resistencia" (Alba 2001b: 408).
Aun cuando en los siglos vi-vii d.
C. continuaron construyéndose nuevas cloacas, éstas debieron desaguar en las superficies de circulación de las vías, en pozos negros o en conducciones de saneamiento preexistentes que, por motivos de tamaño o inclinación, posibilitaron su limpieza natural.
Este heterogéneo panorama es evidente en urbes como Astigi, cuya posición topográfica dificultó la colmatación de los colectores, lo que favoreció su prolongado uso y, por tanto, la ausencia de pozos negros (García-Dils 2015: 151); Barcino, con algunos tramos de cloacas (como la del kardo maximus) que pudieron seguir en uso más allá del siglo vi d.
C. (Beltrán de Heredia y Carreras 2011: 241-242); Carthago Nova, donde en puntos como el antiguo teatro tenemos constancia de un variado elenco de pozos ciegos (Vizcaíno 2009: 361-362 y 400-401); Corduba, donde buena parte de los escasos nuevos colectores parecen haber desaguado directamente en el río Baetis (Ruiz Bueno 2016: 377-384); Tarraco, en cuyo barrio portuario han aparecido diversos pozos negros (Adserias et alii 2002: 62), y Valentia, puesto que los residuos líquidos acabaron siendo lanzados al viario público o acumulados en pozos negros (Ribera y Romaní 2011: 342).
Nuevos episodios de privatización
Una última dinámica que prosiguió en esta etapa fue la invasión parcial o total de los distintos ejes viarios.
En el Imperio Bizantino, este aspecto se mantuvo reglamentado y consentido siempre y cuando hubiese una autorización previa (Saliou 2005: 218).
Dicha regulación también parece rastrearse en Augusta Emerita, donde "de otro modo todas las calles se habrían estrechado hasta ser cortadas, pero esto no llegó a producirse primero porque la vía, como lugar de paso siguió siendo necesaria, articulando los accesos a los espacios de habitación persistentes del mundo romano, segundo, porque algún tipo de poder local seguiría velando por mantenerlas para uso público" (Alba 2002: 389).
Los episodios de privatización detectados en la Mérida de los siglos v-vii d.
C. consistieron tanto en el cegamiento de pórticos hasta entonces diáfanos (y su reconversión en viviendas de reducidas dimensiones), como en la ocupación puntual de algunas calzadas por viviendas de mayor entidad (Alba 2001b: 414;2002: 388-389).
Estas ocupaciones de carácter privado son rastreables también en el decumanus maximus de Baelo Claudia (Fig. 6B), cuya anchura se redujo de 5,70 a 2 m al ser ocupada por viviendas construidas "à une époque fort tardive, pas avant le viie s."
(Didierjean et alii 1978: 453), y en un kardo de Carthago Nova que, en los siglos v-vi d.
C., quedó "prácticamente invadido por la construcción de varias habitaciones de uso artesanal que reducen el paso a una pequeña senda" (Noguera et alii 2009: 78).
La invasión parcial o total de determinados ejes viarios quedó eclipsada por las privatizaciones derivadas de la monumentalización de algunos complejos episcopales hispanos.
En Barcino, el primigenio grupo arriano se expandió en la sexta centuria (ca.
530-595) a costa de estructuras y calles preexistentes (hasta llegar a ocupar un cuarto de la superficie intramuros), mientras que en el posible complejo episcopal católico tenemos un edificio del siglo vi d.
En el caso de Corduba, si nos atenemos a la ubicación de varias estructuras de los siglos vi-vii d.
C. exhumadas en varios puntos de la actual Mezquita-Catedral, es posible que un tramo de unos 75 m de largo del kardo maximus quedase completamente privatizado por varias edificaciones pertenecientes probablemente al complejo episcopal (Ruiz Bueno 2014-2015: 96-97 y 101).
En cuanto a Valentia (Fig. 7), si en la primera mitad del siglo vi d.
C. aconteció la construcción de una ecclesia mater que respetó el kardo maximus aledaño, hacia mediados de la sexta centuria dicha arteria quedó interrumpida con motivo de la construcción de un baptisterio y un mausoleo cruciformes anexos al ábside de la iglesia (Ribera 2013: 680).
El conjunto de transformaciones previamente descritas atestiguan al arranque y desarrollo de un prolongado proceso de desarticulación del entramado viario caracterizado, pese a todo, por la continuidad y persistencia de lo esencial de las líneas y de los espacios urbanos.
En palabras de P. Pinon (2001: 181), por "continuidad" se entiende el fenómeno según el cual un elemento conserva su naturaleza y su forma (p. e. una calle recta que continúa recta), mientras que "persistencia" alude al hecho de que un elemento conserve su forma, pero pierda su naturaleza (p. e. una calle recta que se transforma en un alineamiento de límites parcelarios).
Aunque en Hispania es evidente una desigual deformación del tejido viario preexistente, en las postrimerías de la Antigüedad Tardía (o en fechas más tardías) todavía se podía rastrear el callejero propio de época clásica.
Valgan como muestra los ejemplos de Astigi, donde los ejes viarios conocidos se caracterizan (salvo excepciones) por su mantenimiento hasta comienzos de la época andalusí y, en algunos casos, hasta la conquista cristiana de la ciudad (García-Dils 2015: 149); Augusta Emerita, cuyo entramado reti- Si nos atenemos a la documentación disponible, es evidente que la evolución de la infraestructura viaria y de saneamiento presenta importantes variaciones tanto de una ciudad a otra, como dentro de un mismo núcleo urbano.
Se trata, al fin y al cabo, de un amplio fenómeno con diversas manifestaciones que, al mismo tiempo, obedecen a numerosas causas y a una gran casuística de escenarios urbanos inmersos en un heterogéneo contexto socioeconómico, geopolítico y orográfico.
A pesar de dicho obstáculo, que dificulta el establecimiento de un modelo único y universal, la documentación disponible parece atestiguar una serie de dinámicas comunes a lo largo del extenso período comprendido entre los siglos ii y vii d.
C., y que sintetizaremos brevemente a continuación.
En relación con la invasión parcial o total de determinadas calles, la hipótesis tradicional defendía que tales episodios eran un fenómeno algo tardío y al que las autoridades fueron incapaces de poner freno.
No obstante, tras la revisión de las fuentes disponibles, parece evidente que nos encontramos ante una dinámica que no solo empezó en fechas relativamente precoces (segunda mitad del siglo ii -primera mitad del iii d.
C.), sino que ya por entonces afectó tanto a ejes viarios de importancia secundaria, como a determinadas calles (kardo y decumanus máximo) con un papel destacado.
En principio, se trató de una práctica tolerada y regulada en mayor o menor medida por las autoridades, quienes no parecen haber permanecido al margen.
De lo contrario, todas las vías urbanas se habrían estrechado hasta acabar siendo privatizadas y anuladas por completo, lo que nunca ocurrió.
Tal regulación no solo resulta factible en aquellas edificaciones públicas y semipúblicas vinculadas al poder cívico-religioso del momento, sino también en otro tipo de estructuras que participaron en dicha privatización.
Nos referimos tanto a las domus aristocráticas, cuyos propietarios obtuvieron algún tipo de permiso de "ocupación de la vía pública" a cambio de una contraprestación desconocida, como a otras construcciones de carácter más humilde.
La presencia de estas últimas podría atestiguar la cesión de determinados tramos viarios a potentados que, a su vez, los alquilaron a individuos de menor condición social.
Esta última posibilidad también se ha propuesto a la hora de explicar la instalación de estructuras privadas en todo tipo de construcciones cívico-religiosas como foros, edificios lúdicos, establecimientos termales, etc. De hecho, nos encontramos ante un fenómeno sometido también a cierta regulación, de modo que la propiedad sobre dichos espacios monumentales continuó bajo control de las autoridades, o bien, "was most commonly sold off by the council to one of its number, or at least to a rich aristocrat", quienes a su vez los subarrendarían a personas con menor poder adquisitivo (Ellis 1998: 237-239).
Un segundo fenómeno a tener en cuenta es la ocultación de los primitivos enlosados bajo suelos de carácter terrizo.
Aun cuando desde nuestra perspectiva actual se podría calificar dicho proceso como regresivo, las investigaciones llevadas a cabo por M. Alba en Mérida, han puesto de relieve algunas mejoras indirectas a corto y medio plazo.
Además del ahorro que suponía no tener que mantener y reparar miles de metros cuadrados de losas pétreas, se logró una circulación más cómoda, silenciosa y fluida.
La sustitución de los pavimentos enlosados por otros de carácter terrizo supuso a la larga un crecimiento de los niveles de circulación.
Como ya se ha mencionado previamente, la sustitución de los pavimentos pétreos por otros de carácter terrizo, y el continuo recrecimiento de estos últimos, no siempre obedeció a una intención deliberada de nivelación de las vías y a su reparación continua mediante repavimentaciones, sino que en otros casos parece ser el resultado de una acumulación progresiva de todo tipo de desechos.
Tales vertidos empezaron a proliferar y a generalizarse en la superficie intramuros a partir de los siglos iii-v d.
En cualquier caso, el empleo intencional de determinados tipos de tierra para las superficies de tránsito y la probable existencia de vertederos in urbe bajo presumible control público (Gurt 2000(Gurt -2001: 455;: 455; Acero 2011: 178; Diarte 2015: 302-303), apuntan hacia un paulatino incremento de la cota de circulación al que las clases dirigentes no parecen haber permanecido completamente ajenas.
La última dinámica a tener en cuenta es la lenta, pero progresiva, inutilización de la red de alcantarillado.
Un fenómeno señalado por otros investigadores, quienes consideran que "se asiste, por tanto, a fenómenos coetáneos de reutilización o abandono de los colectores según los casos, aunque con tendencia progresiva a la disfunción generalizada del sistema" (Romaní y Acero 2014: 1804).
Nuevamente, nos encontramos ante un proceso de larga duración en el que tuvo un papel determinante la caída en desuso de los acueductos por su elevado coste de mantenimiento.
En la Península Ibérica, tal anulación ha podido fecharse en la mayoría de los casos entre los siglos iii-v d.
C. (Sánchez López y Martínez 2016), siendo coetánea en gran medida al citado cambio en la gestión de los residuos sólidos urbanos.
Como resultado, las distintas cloacas se situaron cada vez a mayor profundidad, obstaculizándose y dificultándose el acceso a ellas.
Es cierto que algunas conducciones de saneamiento siguieron en uso gracias a su ubicación y orientación (sin la necesidad de un mantenimiento continuo), pero el grueso de los desechos líquidos debió de desalojarse mediante métodos alternativos como la propia superficie de tránsito de las calles o los pozos ciegos.
En definitiva, el registro arqueológico apunta hacia una progresiva simplificación, que no decadencia, en la fisonomía y el aspecto del callejero hispanorromano.
A la sustitución de las amplias calles y avenidas por otras más estrechas, hay que sumar otros fenómenos que atestiguan en cierta medida la vuelta al urbanismo propio de época republicana (siglos ii-i a.
C.), cuando las vías urbanas se caracterizaron por sus superficies terrizas y por la ausencia de una red de cloacas subterráneas, sin que por ello se empleen términos peyorativos a la hora de describirlas. |
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Con ocasión del centenario del descubrimiento del mosaico de los Doce Trabajos de Hércules en Liria (Valencia), este artículo pretende abordar aspectos hasta ahora poco tratados en trabajos precedentes.
Dentro del estudio de los espacios domésticos romanos entendemos que la decoración de las estancias es una parte vital para la interpretación funcional de las mismas.
A lo largo de los años, diversos estudios han centrado sus esfuerzos en realizar un análisis descriptivo del mosaico de Liria, haciendo apenas una mención a la interpretación social del mismo, mientras las tendencias actuales abogan por abordar otros aspectos como el estudio de las élites y su simbología.
Por esta razón, nuestro objetivo en este artículo es analizar la vertiente social de este pavimento, cuya particular elección del motivo central, que desde luego no es aleatoria, combinado con las doce tareas, lo convierte en un unicum.
Esta selección solía estar relacionada con la identidad del propietario/a de la vivienda, aspecto que también trataremos de dilucidar.
This selection is related to the identity of the owner of the house, aspect that also we will try to elucidate. * El presente trabajo se inscribe dentro del programa de Formación de Profesorado Universitario (FPU) del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte (convocatoria 18/11/2013).
La temática hercúlea ha tenido una gran difusión en el aparato ornamental de los espacios domésticos urbanos, como podemos observar en los mosaicos de Volubilis, Acholla, Edeta y Cártama y en los frescos de la casa de Hércules en Celsa.
Así como en los espacios rurales, como los mosaicos de St-Paul-lès-Romans, Torre Palma, Piazza Armerina o Carranque (Oria 1995: 225).
Lo curioso del caso edetano es la combinación de motivos que relaciona las doce tareas del héroe con un motivo central, inusual en los pavimentos musivos, como es la pareja de Hércules y Ónfale, que remite a un episodio de esclavitud en la vida del tirinto, donde su posición queda desprestigiada por el intercambio de atributos.
Fotografía del mosaico in situ, en el momento de su descubrimiento (Escrivà 2014: 132).
a lo largo del tiempo, ciertas transformaciones, por lo que consideramos necesario efectuar una revisión de este mosaico.
Siguiendo a Gazda (1994: 4) para quien el arte privado tuvo un propósito y un significado, podríamos encontrarnos ante un hallazgo realmente interesante para intentar aproximarnos a la identidad del propietario.
El mosaico salió a la luz a principios de septiembre del 1917, fruto de unas reformas en el inmueble de Francisco Porcar, actual finca de la Bombilla, que linda con Pla de L'Arc (Liria, Valencia).
En su remoción apenas se tuvieron en cuenta los muros que lo enmarcaban y que podemos apreciar en las fotografías de Uriel (Fig. 1).
Afortunadamente conservamos una descripción de Martí Ferrando que nos aporta la siguiente información: "Al lado del mosaico de los trabajos de Hércules van apareciendo restos de estructuras, al lado N del mosaico se observan las huellas de una puerta pequeña, pudiendo dar paso a otras habitaciones interiores, en el lado E otra puerta mayor, con las hondas señales de los quicios laterales, en donde estaba el espigón del quicial sobre el cual se resolvía la puerta de entrada" (Martí 1986: 360-361).
A pesar de la brevedad del texto, la información proporcionada sobre la ubicación de los vanos es de especial relevancia para analizar la relación establecida entre el mosaico y el espectador.
Ya que, a partir de estos datos, sabemos que el mosaico se orientaría hacia la entrada principal de mayor amplitud, por lo que está pensado para impresionar al visitante que entra en la sala y no para ser observado desde el interior, lo cual refuerza el carácter teatral de lo que debió de ser, indudablemente, una sala de recepción/representación.
La estancia en la que apareció el mosaico fue calificada, en el momento de su descubrimiento, como la pars urbana de una villa, sin embargo, posteriormente Martín y Gil-Mascarell, afirmaron, a tenor de los hallazgos realizados, que no se trataría de una villa aislada, sino de un barrio suburbial de la Liria romana (Martín y Gil-Mascarell 1969: 27).
En las fotografías conservadas en el archivo de la Diputación aparecen diversos objetos de época roma-MÁS ALLÁ DEL MITO: UNA LECTURA SOCIAL DEL MOSAICO DE LOS DOCE TRABAJOS DE HÉRCULES... na dispersos por el patio de la casa, sin embargo, la contextualización de los mismos es complicada ya que Porcar fue coleccionista de piezas arqueológicas (Escrivà et alii 2001: 70).
Entre ellos aparecen basamentos, capiteles, fustes de columnas y unos bordillos pétreos finamente enlucidos, que limitaban el mosaico y que indudablemente eran la base de los muros de la estancia.
Especial atención merece un oscillum de mármol blanco y dos inscripciones aparecidos en los alrededores.
Sin embargo, no se han hallado restos de mobiliario o escultura relacionados directamente con la estancia, que pudieran facilitar la lectura funcional de la misma.
La cerámica hallada en la zona se agrupa en sigillata aretina, sudgálica, hispánica, africana, paredes finas, cerámica común o de cocina, ánforas, varias tegulae y ladrillos romboidales procedentes de un pavimento.
Además, se hallaron una gran cantidad de monedas de bronce, entre ellas un bronce con la efigie de Nerón y otra clasificada por Pío Beltrán, como el emperador bizantino Mauricio Tiberio (Martí 1986: 73).
Tal vez, estén relacionados con esta domus los restos encontrados en el solar de las calles Furs 24 y Pla de L'Arc 9, donde se documentaron diversas estructuras de época romana imperial, que parecían formar parte de un espacio porticado abierto a un jardín o patio, en el que se constató un canal con cubierta de tegulae planas, que finaliza en una pequeña balsa rectangular de 45 cm de ancho por 1 m de largo.
En su entorno había numerosos pozos excavados en el terreno natural colmatados con conjuntos materiales de finales del s. i d.
C. Destaca la gran cantidad de grafitos inscritos sobre recipientes cerámicos que confirman la presencia de un grupo importante de orientales, esclavos o libertos, cuyos depósitos votivos nos ayudan a profundizar en el conocimiento de actos carácter mistérico poco conocidos (Escrivà 2014: 133).
Por último, cabe añadir que entre julio y agosto de 1989, bajo la dirección de Jordi Gómez, se excavó en la avenida de Pla de l'Arc, dels Furs y calle Cronista Uriel una balsa de agua (6,40 x 2,80 m), colmatada por un relleno de tegulae y fragmentos cerámicos, fechables en torno al s. ii d.
C. Dada la proximidad de esta balsa de agua a la casa de los Trabajos de Hércules no habría que descartar una posible relación con este inmueble (Escrivà et alii 2001: 73-74).
Dos grandes trabajos se centraron en el estudio de este mosaico pasando a ser parte de la historiografía tradicional básica para su conocimiento.
El primero de ellos se debe a Lippold (1922: 1-17), en el que se ofrecía una descripción detallada.
Sin embargo, ambos estudios dejaban en el aire cuestiones como la funcionalidad de la estancia que albergaba el mosaico que, en nuestra opinión, puede inferirse por el diseño del pavimento, y la interpretación social que la elección de los motivos deja entrever.
A dos metros de profundidad apareció el mosaico enmarcado por los sillares que sustentarían los muros, interrumpidos en dos de sus lados por umbrales de mármol, definido por Martí como mármol de Sagunto, con sus correspondientes quicios perforados.
En el interior de la estancia apareció un mosaico de opus tessellatum, que ocupaba un rectángulo de 5,40 x 4,60 m, enmarcado por una cenefa de roleos de 0,40 m de anchura.
El mosaico está diseñado usando diversos colores: blanco, negro, gris, rojo, rosa, amarillo, ocre, azul y verde en pasta vítrea (Blázquez et alii 1989: 42-44), lo que contribuye a crear una bella policromía (Fig. 2).
El interior queda subdividido en dos zonas.
En su interior, las piezas triangulares de mármol blanco y azul oscuro, casi negro, se combinan formando líneas de relojes de arena o diábolos, alternativamente horizontales y verticales, en oposición de colores, dejando entrever cuadrados adyacentes cuadripartidos (Balmelle et alii 1985: 48-49; Balmelle et alii 2002: 39).
La parte figurada, más finamente trabajada, (3,27 x 2,43 m), muestra los doce athloi o fatigas de Hércules (Balil 1978: 265): el león de Nemea, la hidra de Lerna, el toro de Creta, las manzanas de oro de las Hespérides, las yeguas de Diomedes, los bueyes de Gerión, los establos del rey Augias, el Can Cerbero, el jabalí de Erimanto, el cinto de la reina Hipólita, la cierva de Cerinea y las aves del lago de Estínfalo.
Estos motivos se disponen a modo de marco en torno a un motivo central donde se representa a Ónfale, reina de Lidia, cubierta con la piel de león de Hércules, mientras éste hila lino a sus pies, de 0,90 por 1,25 m (Martí 1986: 359-365; Escrivà et alii 2001: 70-73 Por tanto, observamos la compartimentación de la superficie en cuadros ocupados por distintos episodios del mito, lo que produce una fragmentación del relato.
Esta particularidad es muy común entre los mosaicos italicenses, entre los que destaca el mosaico de los Trabajos de Hércules de Cártama (Vargas y López 2014: 136), que analizaremos más adelante.
Se observan estereotipos en la representación del héroe, que repite la postura en ciertos trabajos, aparece estante con la clava en la mano derecha y realizando la acción con la izquierda en las Hespérides, las yeguas de Diomedes, los trabajos del Can Cerbero e Hipólita.
Sin embargo, en las tareas concernientes al león de Nemea, el toro de Creta y la cierva de Cerinea, aparece sujetando con ambas manos a los animales mientras la clava aparece suelta.
En actitud de golpear con la clava lo encontramos en la hidra de Lerna, la lucha con Gerión y, sujetando la azada en la misma postura, en los establos del rey Augias.
Únicamente se muestran originales las posturas en las que carga con el jabalí de Erimanto o dispara flechas contra las aves del lago Estínfalo.
Lippold organizó la secuencia de las fatigas, describiéndola de izquierda a derecha y siguiendo un sentido opuesto al de las manecillas del reloj (Balil 1978: 268).
En cuanto a su datación, la orla de ovas que enmarca la escena de Hércules y Ónfale se corresponde con mosaicos severianos y tardo-severianos, de finales del s. ii y principios del s. iii d.
C. En conjunto, y no es novedad respecto a lo que propusiera Lippold, el mosaico puede considerarse severiano y fechable en el primer tercio del s. iii d.
Por otra parte, una de las características obvias de este mosaico es su estilo, claramente relacionado con influencias africanas.
Rasgos de este africanismo son, la introducción del color sobre el tradicional mosaico blanco y negro en orlas polícromas y orientales, fenómeno que sucede sobre todo en la Bética (López y Neira 2010: 31-35), y los temas figurados, en su mayor parte de carácter mitológico centrados sobre composiciones blanquinegras.
Este mosaico representa la transición y/o síntesis entre ambas corrientes, un cuadro polícromo de tradición helenística y composición figurada por una parte, y un esquema blanquinegro de tradición itálica por otra (Ramallo 1990: 146-153).
Este proceso se dio en el último cuarto del s. ii d.
C. y sobre todo en el s. iii d.
C., con la consolidación definitiva de los talleres provinciales que apli-can cierta policromía (inicialmente reducida a tonos rojos y amarillos) y van configurando, en ocasiones, a partir de las primitivas composiciones itálicas, su propia personalidad.
Paralelamente a esta adopción del color y aún dentro de la pura tradición helenística, se procede a la división regular y simétrica del tapiz en diversos apartados donde se insertan mitos o personajes de tradición grecohelenística o simples motivos figurados.
En su estructura más sencilla aparecen registros enmarcados por cuadrados como en nuestro mosaico, por trenzas como el de los doce trabajos de Hércules en Cártama (Balil 1977: 373), el saguntino Castigo de Dirce (Vall de Pla 1961: 154) o el de las Nueve Musas de Moncada (Balil 1979: 19-30; Jiménez 2001:17-21); que, como ya hemos dicho, combinan esquemas geométricos de clara tradición itálica (esvásticas entrelazadas en forma de doble T con antecedentes en el opus signinum), helenística (orla formada por olas encrespadas) e incluso rasgos de probable origen africano (marco de dentellones) (Ramallo 1990: 154).
Estos símbolos, se han definido como lenguaje de la élite, capaces de excluir a aquellos que no poseen la suficiente riqueza y/o conocimiento para comprender los significados de los mitos, dioses y personificaciones, que tienden a asumir una forma alegórica casi religiosa, lo que sirve también para connotar distinción social (Scott 1997: 53-67).
FUNCIONALIDAD DE LA ESTANCIA
Martí señala que este mosaico pudo ubicarse en un atrium impluvium o en un vestíbulo de una domus.
La bipartición del mosaico crea confusión en este autor cuando no sabe si asociarla a las peculiaridades de la habitación o a una ampliación posterior (Martí 1986: 359-365).
En nuestra opinión, es obvio que esta composición es fruto de una acción simultánea e intencionada, cuya finalidad es acoger en el espacio geométrico el mobiliario correspondiente.
A pesar de que esta temática suele aparecer en triclinia, como veremos en los paralelos, en este caso, las dimensiones del mosaico desaconsejan relacionarlo con esta función; ya que de acuerdo con las medidas dadas por diversos autores, la parte geométrica del mosaico diseñada para albergar el mobiliario no cumpliría con los preceptos de una sala de banquetes.
Para poder disponer tres lechos en forma de U, Bek considera que se requiere, como mínimo, de un espacio de 4 x 4 m (Bek 1983: 83); Bullo señala que se necesitaría un lado no inferior a 4,4 /5 m para disponer el lecho de una forma paralela (Uribe 2009: 162).
Todas estas medidas exceden con creces las dimensiones de la parte geométrica del mosaico de Liria, de 3,37 m de largo por 1,78 de ancho.
Por consiguiente, esta funcionalidad debe quedar descartada.
Podría tratarse de un tablinum, interpretado así estilísticamente, ya que la disposición de la parte más sencilla suele indicar la zona dónde se colocaría el mobiliario, descartados los lechos propios de un triclinium podemos pensar en un posible "escritorio".
Además, el tablinum destaca por su amplia apertura, presente en esta estancia, lo que supondría un diverso grado de accesibilidad respecto a otras habitaciones (Wallace-Hadrill 2000: 16-17).
Sin embargo, la cronología del mosaico nos hace ser cautos a la hora de etiquetar este espacio, pues con la llegada del Imperio la estructura tradicional de fauces-atrium-tablinum pierde significado, mientras se produce un magnífico desarrollo de las salas de audiencias, que suplantan al tablinum y se centran en el peristilo más que en el atrio (Wallace-Hadrill 1994: 51).
Las estancias que muestran un solo tapiz subordinado son mucho más complejas por su indefinición.
Suelen presentar una ornamentación geométrica, en uno o dos lados, bien sea esta rectangular o cuadrada, mientras que la parte principal exhibe una decoración vegetal o geométrica más compleja o figurada.
Otra de las opciones, es que nos encontremos ante un cubiculum, ya que el tapiz geométrico podría albergar una cama (Mañas 2007: 99).
Además, observamos una partición 1/3-2/3, coincidente con los cubicula, en los que se reserva el tercio inferior para la alcoba, donde estaría ubicado el lecho, mientras el resto cumple la función de antecámara (Guiral y Mostalac 1993: 368-374).
No debemos perder de vista que los cubicula tuvieron diversos usos, las fuentes nos permiten distinguir entre aquellos destinados al reposo nocturno y otros con múltiples funciones, ligadas al placer personal de la lectura, el estudio o la hospitalidad.
En la carta de Plinio el Joven, destinada a Gallo, sobre su villa en Laurentino, nos habla de su triclinio y dos cubicula que lo flanquean entre los que distingue, cubiculum noctis et somnis e cubiculum, el primero aparece aislado de los rumores y apartado de la circulación de la casa, por lo que se entiende que el otro formaría parte del aparato público.
En el Satyricon, Trimalción, nos indica cómo en el plano superior está su habitación, mientras que en la planta baja se encontraban unos veinte cubicula (Zaccaria 2001: 81-82).
Por tanto, eran lugares de reposo, de reuniones privadas de carácter político o administrativo...
En edad imperial se narra la recepción de amigos, recitación de versos, juicios, pequeñas cenas privadas...
En el caso de los emperadores y de los administradores públicos su fácil acceso indicaba una política transparente y una conducta controlable por parte de todos (Zaccaria 2001: 96-97).
Por tanto, dada la rica ornamentación de esta estancia, podríamos estar ante un cubiculum diurno, clasificado por Riggsby como espacio para recepciones.
Clarke define este espacio para recibir a invitados con un estatus igual o superior al patronus, en contraposición al atrio, que recibiría a miembros de bajo estatus (Clarke 1996: 601).
Sin embargo Riggsby, cree que sería para invitados de igual estatus o ligeramente inferiores, ya que se tiende a visitar a aquel que más rango tiene (Riggsby 1997: 41).
En conclusión, y sin perder de vista la ubicación de los vanos, podríamos decir que, de tratarse de un cubiculum diurno, la puerta de menor tamaño podría estar conectando este espacio con un hipotético triclinium.
De ser así, la relación de triclinium-cubiculum responde a las exigencias de un mayor individualismo y privacidad, ligada con toda la serie de atrezzos, muebles, espectáculos, comida refinada... reflejando un estilo de vida que otorga un mayor espacio al placer personal, al lujo y a la exhibición de la riqueza (Zaccaria 2001: 98).
De modo que, al unir ambas estancias se reflejaría el deseo de usar el cubiculum como sala de recepción (Wallace-Hadrill 1994: 58).
De ser así, la temática escogida podría estar relacionada con el topos del Ars amatoria, enfatizando el contenido erótico en ocasiones atribuido al episodio de Hércules y Ónfale, como veremos más adelante.
La iconografía de los doce trabajos de Hércules en el mosaico de Liria sigue la forma tradicional de representar al héroe, sin embargo, lo que hace de este mosaico un unicum de la musivaria romana es la combinación de las doce tareas con el motivo central, pues los paralelos asociados o bien, solo representan las doce tareas, o bien solo la escena de Hércules y Ónfale, lo que convierte esta combinación en un caso excepcional que debe ser analizado; no sólo por la presencia de dos motivos aparentemente contrapuestos, sino también por el cómo, ya que se ha priorizado como cuadro central una escena que según algunos autores y fuentes clásicas, representa uno de los episodios más humillantes de la vida del héroe.
De esto nos ocuparemos en las siguientes líneas.
El estilo del mosaico valenciano se caracteriza por el ilusionismo en las figuras, se prescinde de toda representación volumétrica y naturalista y se introduce una perspectiva jerárquica en algunas representaciones.
Utiliza tonos claros y oscuros en los volúmenes, sus fondos carecen de paisaje, con el mismo esquema de fondo plano que el mosaico de Volubilis.
Aunque podemos decir que el mosaico ofrece una iconografía como la del grupo Velletri-Leptis Magna-Mantua, no sigue el orden canónico establecido por Brommer.
Balil acepta, con ciertas reservas, la observación de Bartoccini según la cual el cartón del mosaico se pudo inspirar en un cuaderno de modelos (Balil 1978: 274).
El mito nos cuenta que tras un episodio de locura pasajera, Hércules se condenó al exilio, y tras consultar a la Pitia de Delfos, quien por primera vez lo llamó Heracles (el triunfo de Hera), le ordenó que permaneciese al servicio de Euristeo durante doce años, ejecutando los trabajos que éste le encomendara, alcanzando de este modo la inmortalidad.
La importancia iconográfica que tiene el Dodekathlos, es evidente desde finales del s. vi a.
C. cuando empezaron a elaborarse conjuntos para ilustrar la vida de Heracles, como las metopas del Templo de Zeus en Olimpia, que serviría de base para los ciclos romanos, repetidos una y otra vez en mosaicos y sobre todo en sarcófagos (Elvira 2008: 366).
A continuación, como parte del estudio iconográfico analizaremos los trabajos en el orden en el que aparecen en el mosaico, comenzando con el león de Nemea situado en la esquina inferior izquierda.
El primer trabajo consistía en traer la piel del león de Nemea.
En el mosaico se representa al león acometiendo y al héroe defendiéndose (Martí 1986: 365), mientras que la escena es al aire libre en lugar de la cueva como cuenta la leyenda originariamente (Blázquez et alii 1989: 42-44).
En este cuadro observamos a Hércules con la piel del león ya a la espalda (Martí 1986: 366) e imberbe como en la escena anterior.
A diferencia de la historia original la hidra tiene seis cabezas y Hércules ataca con la clava y no con el fuego (Blázquez et alii 1989: 42-44).
En este mosaico el héroe aparece sin armas, ya que la clava yace en el suelo, y con sus robustas manos coge al minotauro de uno de los cuernos y de la boca.
En la imagen aparecen las hijas de Atlas, Hisperia, Artelusa, Eglea e Hipertusa, que, asombradas, contemplan al intruso.
En este trabajo aparece Hércules esgrimiendo la clava contra tres hombres en actitud defensiva y sendos escudos, que representan a Gerión.
En la Antigüedad se representa siempre del mismo modo, golpeando un monte y desviando así las corrientes (Elvira 2008: 368-369).
En este caso, Hércules abandonando su arma, empuña un legón o azada de tres púas para limpiar los establos de Augías.
En el mosaico se representa el momento en el que Hércules, habiendo aprisionado al Can Cerbero, se gira receloso, caminando con la clava en alto.
En el mosaico parece que el jabalí no le es pesado, pues carga con él sobre los hombros y se dirige a Euristeo que se esconde en una tinaja (Blázquez et alii 1989: 42-44).
Una de las imágenes más dañadas del mosaico representa a Hércules luchando contra Hipólita, reina de las Amazonas, para conseguir su cinturón (Elvira 2008: 370).
Debía capturar viva a la cierva de Cerinea, que tenía los cuernos de oro y estaba consagrada a Artemis.
Casi siempre aparece el héroe apuntando al cielo con sus flechas.
Hércules y Ónfale: Tras un nuevo ataque de ira, Hércules sirvió como esclavo durante tres años a la reina de Lidia, Ónfale, quién tuvo al héroe hilando lana, vestido con largas túnicas y ropajes femeninos, mientras ella se cubría con la leonté (Elvira 2008: 380).
Esta escena seleccionada para el recuadro central, de mayores dimensiones, sintetiza una escena de contraste entre el afeminamiento y el heroísmo, muestra a Hércules con la cabeza tocada, mientras su cuerpo se cubre con una gruesa palla femenina, dejando solo al descubierto su rostro barbudo.
Con la rueca que lleva en el cinto da vueltas al uso, hilando lana frente a Ónfale, que aparece sentada en una amplia silla.
Aparece cubierta con la clámide, vela su cabeza con la piel leonina, mientras en su mano izquierda lleva la clava y en la derecha esgrime lo que se ha interpretado como un instrumento de castigo.
Como ya hemos mencionado, a pesar de haber sido descrito en diversas ocasiones, ningún estudio ha cuestionado la intencionalidad que subyace en la elección de la temática del mosaico.
En el proceso constructivo de una vivienda, el aparato ornamental seleccionado, responde al nivel cultural del propietario; a mayor nivel, mayor iniciativa en la elección del motivo, a menor nivel, mayor sería la participación activa del maestro del taller.
Los estudios iconográficos desvelan hasta qué punto contemplamos escenas copiadas de un cartón o copy book, adaptando modelos preexistentes con cierta dosis de personalismo, o si nos encontramos ante una obra fruto de la creatividad (Neira 2003: 98), en nuestro caso consideramos que se trata de una combinación de motivos procedente de la selección del propietario/a.
El estudio realizado por Neira (2003) sobre la representación de mujeres en los mosaicos romanos, concluye que estas representaciones suelen responder a los estratos más privilegiados del Imperio, los deseos de una élite que, a través de la decoración de sus residencias, intentaba demostrar a sus invi-tados su riqueza y posición social.
El despliegue de un programa iconográfico vinculado, en ocasiones, a la mitología clásica, las creencias religiosas y las corrientes filosóficas, denota un cierto nivel cultural (Neira 2003: 77-78).
Las representaciones de figuras femeninas de origen mitológico estarían reflejando no sólo una selección consciente, sino también probablemente un contenido simbólico.
La tendencia es resaltar la belleza de la figura femenina, su apariencia externa, como vemos en ejemplos como Pandora, Helena, Briseida, las sirenas, Casiopea...
Se resaltan atributos físicos, previos a la unión carnal, pero con la intencionalidad de resaltar el papel primordial de la mujer en la descendencia, siempre en el ámbito matrimonial.
La representación de lo femenino en Hércules y lo masculino en Ónfale contribuye a la gran variedad de posibilidades interpretativas que subyacen al tema, son actos que se pueden situar en la línea de lo libidinoso y la lujuria, o en el triunfo de la virtud ante el vicio y la prolífica descendencia del héroe (García 2011: 74).
No sólo es un tema utilizado en ambientes clásicos, sino que se reproducirá también en el s. xvi, por Hans Cranach, en "Hércules en la corte de Onfalia"; en el s. xvii donde Rubens se mofa de Hércules, no solo por vestir ropas femeninas sino porque Ónfale estira su oreja de forma cariñosa, situándolo en un estadio inferior y mostrando así su poder sobre el héroe.
En la sociedad hedonista francesa del xviii, los artistas se inclinaron por el aspecto erótico, obras como la de Lemoyne (García 2011: 74), Jacques Dumont, Noël Hallé o Charles Antoine Coypel, muestran el predominio y el poder de Ónfale sobre Hércules, que vencido por la pasión obedece las órdenes de su reina.
La literatura clásica tanto la griega como la latina, ha incidido en el encuentro de estos dos personajes siendo los atributos y el vestuario intercambiados las principales referencias que identifican el tema representado (García 2011: 76).
La representación de los trabajos de Hércules no es en absoluto excepcional, en este artículo reducimos el estudio de paralelos a las muestras musivas aunque, evidentemente, numerosos son los soportes que representan las tareas del héroe tales como sarcófagos, cerámicas áticas, monedas, pinturas murales... que no serán reproducidos aquí por no ser el objetivo de dicho trabajo (Oria 1995: 225; Boardman 1990: 9-14).
Para explicar el parentesco que presentan los mosaicos sardos, africanos e hispanos, Dunbabin cree que en el Bajo Imperio artesanos africanos emigraron a Hispania, por el hecho de que en el s. IV, el número de mosaicos con influencias africanas crece enormemente.
Por otra parte Blázquez, a partir de un estudio de los nombres de los musivarios hallados en pavimentos hispanos, que salvo uno, no parece ser de origen africano, se muestra partidario de que los temas de muchos mosaicos hispanos sean de procedencia africana llegados a través de copy books o de la importación de los mosaicos, como ocurriría con cualquier otra mercancía (Blázquez 1990: 915-924).
Como ya hemos dicho, el orden de los trabajos en el mosaico de Liria no coincide con el orden tradicional establecido por Brommer (Brommer 1954: 53) ni con el que aparece en las metopas del templo de Zeus en Olimpia, el grupo formado por el sarcófago de Velletri, el palacio ducal de Mantua o las pilastras de la basílica oriental severiana de Leptis Magna, aunque la temática sea análoga.
Dicho esto, queremos centrar la atención en los testimonios musivos propios de espacios domésticos que presentan esta temática.
-Cártama (Málaga): Es un mosaico fechado a comienzos del s. iii d.
C., de morfología rectangular (6,45 x 3,20 m) que orienta todas las imágenes en el mismo sentido, de frente a la entrada.
El Hércules victorioso se representa en el rectángulo central, rodeado de sus enemigos vencidos (Gozlan 1979: 41-42); presenta el mismo esquema de pequeños cuadros figurados adyacentes como sucede en Liria.
Sin embargo, el mosaico de Cártama representa a los enemigos sin que aparezca la figura del héroe.
Esto sería un indicativo del intento del musivario por ajustarse al deseo de la persona que encarga la obra (Fig. 4).
Lo mismo sucede en el mosaico griego de Elis (ss. ii-iii d.
C.), donde figuran los trabajos de Hércules con ausencia del héroe que ha sido sustituido por la clava en el círculo central, mientras las hazañas aparecen de forma "abreviada" mediante los enemigos muertos o agonizantes (López 2012: 167; Zwirn 1999: 713-720).
López Monteagudo resalta el carácter sintético de algunos mosaicos de carácter mitológico, como una de las particularidades más notables de los mosaicos hispano-romanos, siguiendo el modelo de la musivaria griega.
de unos cuantos elementos iconográficos, se narra la secuencia que interesa por su contenido alegórico o bien se intenta transmitir toda o gran parte del mito en una sola escena (López 2006: 285-288; Vargas y López 2014: 134)3.
Según Balil este pavimento coincide con las metopas del templo de Zeus en Olimpia, el sarcófago de Velletri, las pilastras del lado oriental de la basílica de Leptis Magna y el Palacio Ducal de Mantua.
En el centro de la composición se encuentra Hércules ebrio, sobre un dios fluvial, Alfeo o Aquelóo.
Llama la atención las similitudes con el mosaico de Acholla, prueba del africanismo de estos mosaicos.
Sin embargo, en esta escena se subraya el triunfo sobre la muerte, al estar asociada a seres mitológicos de ultratumba como el Can Cerbero, Gerión, Aquelóo, las Hespérides...
-Piazza Armerina (Sicilia): Mosaico ubicado en una sala de banquete triabsidada.
C. (Carandini 1964: 66), plasma las labores de Hércules, no en el modo usual con escenas de lucha del héroe con sus oponentes, sino mostrando los cuerpos vencidos de sus víctimas muertas o agonizantes repartidas por el pavimento, del mismo modo que en el mosaico de Cártama (Málaga).
Llama la atención el espacio desproporcionado que ocupan las figuras de los jinetes tracios y los bisontes, lo que es tradicionalmente una de las tareas menores.
Hércules aparece en uno de los ábsides portando la piel de leopardo de Dionisos, en lugar de la leonté, y recibiendo la corona de la inmortalidad; en el ábside central aparecen los gigantes, cayendo bajo las flechas de Hércules, mientras en el otro lateral se muestra el castigo de Lycurgus (Gentili 1964: 51-53; Dunbabin 2002: 136-137).
Diversas explicaciones se han dado para la selección de esta temática, muchas de ellas señalan a la representación del dueño de la villa.
El énfasis en las víctimas debió de resultar impactante en los espectadores (Dunbabin 2002: 137).
Otra de sus estancias alberga un mosaico cuyo ábside está decorado con Hércules arrastrando a Cerbero con cadenas.
Aquí parece que la habitación está diseñada para mostrar el poder y la riqueza, donde el dueño aparece en un contexto sobrehumano asociado a la fuerza mítica y al poder de Hércules, celebrándose la victoria, la gloria y la inmortalidad (Scott 1997: 64-65).
Durante el tardoimperio se explotaron los mecanismos de exaltación del dominus mediante su identificación con una figura mítica, como podemos ver en esta villa, a través de la lucha del héroe por excelencia, convertido en inmortal por su valor contra las fuerzas del caos (Mañas 2007: 105) (Fig. 5).
-Volubilis (Marruecos): Datado en el 200 d.
C., este mosaico encontrado en la Casa de los Traba-contrariamente a aquellos de los mosaicos de Piazza Armerina o Cártama, que aparecen muertos.
La fecha de ejecución se puede atribuir con precisión al año 184 d.
Sabemos que Cómodo tomó al héroe por modelo, por lo que la elección de este motivo podría reflejar el deseo del propietario de mostrar su lealtad al emperador reinante, lo que podría favorecer su ascensión.
Por tanto, su representación en el pavimento de una de las estancias de aparato de su casa, celebra la ideología sobre la que se basa el poder del príncipe (Yacoub 2002: 184-186) (Fig. 7).
En consecuencia, es obvio que estos paralelos buscan representar la gloria de Hércules sobre sus oponentes.
Al final del paganismo, en el s. iv d.
C., Hércules aparecía como prototipo de victorias sobre el diablo, se buscaba así glorificar al patrón a través de la analogía con las hazañas del dios (Dunbabin 2002: 136-137).
Hércules es una muestra de la fuerza que le permite subyugar a poderosas bestias del mundo natural, el héroe por excelencia, convertido en inmortal por su valor y su sufrimiento, por haber rendido servicios a la humanidad (Ellis 1994: 127; Mañas 2007: 105).
Como hemos dicho anteriormente, encontramos más paralelos de las doce tareas de Hércules, ya que la pareja del héroe y Ónfale raramente inspira mosaicos y resulta ser una temática más propia de la pintura pompeyana.
El único mosaico que recoge este episodio, aparecido en Thaenae/Thina (Túnez), datado en el s. iii d.
C., nos muestra al héroe esclavo, en una actitud servil después de que la reina de Lidia, lo condenara a hilar lana a sus pies como una mujer.
Hércules se representa vestido con ropas de mujer, medio extendido sobre una alfombra, asistiendo a los caprichos jos de Hércules, es el más similar al caso edetano en cuanto a estilo, ya que las escenas de las tareas, carecen de paisaje y el héroe es representado luchando con los monstruos, al contrario de los mosaicos de Cártama y Piazza Armerina donde los oponentes aparecen solos.
Representa cada trabajo de forma individualizada dentro de circunferencias ovaladas, la misma individualización que encontramos en el caso edetano.
Paralelo Volubilis, Casa de Hércules (Marruecos) (Limane et alii 1998: 49).
Paralelo Acholla, Casa de Asinius Rufinus (Túnez) (Boardman 1990: 13).
-Acholla (Túnez): El mosaico de los doce trabajos de Hércules se encuentra en el triclinium de la casa de Asinius Rufinus, gran personaje bajo el reinado de Cómodo.
Presenta una composición entretejida que contiene figuras humanas, animales y monstruos relacionados con las labores de Hércules.
Éste se representa parcialmente desnudo en el centro del tablero, llevando la piel del león de Nemea, la clava y el arco (Ben Abed 2006: 93).
En esta composición tampoco se representa al héroe en lucha con sus enemigos, sino que estos se muestran aislados y vivos, de su amante, mientras Ónfale se presenta estante con el héroe a sus pies y portando la leonté (Yacoub 2002: 83-84), como en el caso edetano (Fig. 8).
La escena se encuentra enmarcada por un campo de hojas de acanto que dibujan medallones donde se insertan cabezas de sátiros y bacantes, que podrían tomarse como una alusión al amor y a los placeres de la vida.
4El estudio de los paralelos nos permite, entre otras cosas, la comparación estilística con otros exponentes, pero en nuestro caso y de cara a completar el objetivo del artículo, que es su interpretación social a través del estudio iconográfico, nos gustaría resaltar cómo los autores que han estudiado todos estos paralelos coinciden en otorgar a la elección del tema un valor de autorrepresentación del dominus, es decir, la explotación de los valores asociados al héroe como reflejo de los valores del propietario del inmueble.
Ello nos lleva a cuestionarnos sobre la identidad de Figura 8.
Mosaico de Thaenae/Thina (Túnez) con representación de Hércules y Ónfale (Yacoub 2002: 83).
un propietario que sitúa, dada la jerarquía de motivos, por encima de la gloria de Hércules sobre sus oponentes, su subyugación como esclavo a los pies de una mujer.
Esta elección llama poderosamente la atención, ya que sería impensable la selección de un motivo que destaque por su carácter "peyorativo" en una estancia diseñada para exhibir y autorrepresentar a su propietario.
Dada la complejidad que entraña la lectura social de un espacio y con la finalidad de contrastar las posibilidades metodológicas y limitaciones de esta clase de estudios, nos gustaría hacer una breve referencia a otros trabajos que tratan las mismas cuestiones, como el trabajo de Bermejo que analiza, a través del estudio de los mosaicos, el ritual nupcial romano y considera que las imágenes de los pavimentos suponen una fuente casi inagotable para ilustrar los más diversos aspectos sociales y culturales del período romano (Bermejo 2014: 11-22), o el coloquio Im Spiegel Des Mythos, donde se examinó cómo la sociedad formulaba las propias concepciones, ideales y deseos a través de los mitos, es decir, como los mitos son "espejos del presente" (Muth 1999: 9).
Tanto en este coloquio como en su obra anterior, Muth (1998;1999) analiza el uso de los mitos en los espacios domésticos y plantea cuestiones metodológicas de gran interés, resaltando la dificultad de llevar a cabo una interpretación social de los mismos, cuando muchas veces no se tiene en cuenta su versatilidad básica y la complejidad que entraña vislumbrar su recepción por parte del observador.
Resalta la selección temática, ya que, en función de los intereses de los receptores, se pueden acentuar momentos del mito diferentes.
Uno debe preguntarse sobre el significado básico y potencial del mito, así como los intereses y necesidades de la sociedad que lo pone en uso, para comprender qué buscaron articular o satisfacer por medio del uso de la imagen.
Por otro lado, desde el punto de vista del contexto, trata de usar la imagen mítica para reconstruir la realidad de la vida en el hogar.
Propone estudiar los mosaicos desde la perspectiva iconográfica, qué esquemas iconográficos se usan o adaptan, y desde la perspectiva narrativa, qué momentos narrativos se acentúan, qué es lo que se elimina, hasta qué punto la sustancia narrativa del mito se modifica o incluso se transforma, etc.
El análisis comparativo con los paralelos nos permite reconocer fenómenos como estereotipos en la recepción de los mitos; tendencias en la modificación y actualización de relatos míticos; cambios en el espectro cronológico, como veremos con la evolución de la visión de Ónfale a lo largo del tiempo; relaciones en la distribución espacial/funcional de temas...
Por último, para intentar inferir aquello que experimentan las personas al ver una imagen, hay que tener en cuenta que se hayan condicionadas por la complejidad del contexto, las capacidades de reflexión y abstracción, el conocimiento del mito, y el estado mental y psicológico momentáneo desde el cual uno se encuentra con la imagen.
La autora considera que lo que movió al cliente individual a elegir una u otra imagen mítica y al observador individual para esta o aquella interpretación está fuera de nuestro alcance.
Especialmente si el único testimonio para esto es la imagen con su amplio potencial.
Su investigación busca analizar la "instrumentalización" de los mitos dentro de la arquitectura residencial, probar el enfoque metódico de la interpretación de imágenes y explorar sus posibilidades y limitaciones (Muth 1998: 45-47; Muth 1999: 111-129).
Siguiendo con la metodología propuesta por Muth, se ha llevado a cabo un estudio de la selección temática de ciertas partes del mito de Hércules, se ha realizado un análisis iconográfico y narrativo del mismo, y se ha planteado un estudio comparativo con diversos paralelos.
A continuación, trataremos de llevar a cabo una lectura social del mosaico, entendida como la parte más compleja y más limitada dentro de los estudios de Muth (1998;1999), pero que consideramos interesante y necesaria para dar un paso más en pos de una humanización de la arquitectura doméstica.
Cuando estudiamos los cultos a Hércules comprobamos que son más numerosos en ambientes domésticos.
Pompeya constituye una referencia muy válida por su abundancia de ejemplos como las pinturas de la casa de Pinarius Cerialis; las numerosas estatuas de las casas de las regiones VII, VIII y IX, donde nunca faltan los atributos; la cabeza de toba de Hércules encontrada en la Villa de los Misterios; y las numerosas pinturas en lararios de casas y tabernas campanas (Barnabei 2007: 34).
Otra de las lecturas sitúa a Hércules como un héroe especialmente venerado por los mercaderes que habitualmente le daban una décima parte de las ganancias de cada negocio, lo que podría revelar otro rasgo de la identidad del propietario (Barnabei 2007: 31).
En el ámbito privado suele aparecer como Hércules Invicto, héroe admitido entre los Dei Consentes, como en la pintura de la Casa V, 4, 3 (Pompeya), donde dentro de un edicolo realizado en estuco, aparece Hércules encontrándose con la Victoria, en presencia de los dioses del panteón romano.
Su función como protector de la casa era ejercida tanto en los lararios secundarios, como en las pinturas de la fachada, caso en el que viene asociado a Mercurio con función propiciatoria.
La expresión iconográfica más utilizada es la del Hércules dexioumenos donde aparece maduro y barbado, estante, con la clava y leonté, y con la mano derecha abierta en gesto de saludo e invitación.
Otra variante muy difundida es la del Hércules libans, representado con pátera o skypos en el acto de hacerse una libación a sí mismo (Giacobello 2008: 74-75).
Entre las pocas excepciones, encontramos las imágenes en las cuales Ónfale aparece claramente reconocible por los motivos peculiares de su personaje: el servitum de Hércules y el intercambio de vestimenta y atributos (Grimal 1996: 206).
Sobre el tema del intercambio de los vestidos, el corpus vesubiano propone una relectura donde el topos del poder de las mujeres sobre los hombres y la debilidad de estos frente al eros, eclipsa el componente iniciático.
En algunas casas de Pompeya el travestismo es solo un aspecto, junto con el estado de embriaguez de la naturaleza dionisiaca de Hércules felix, como en la casa de Marcus Lucretius (IX,3,5).
Son pocos los casos en los que la figura femenina asociada a Hércules resulta reconocible como Ónfale, con los atributos intercambiados, mientras que el corpus hercúleo está lleno de imágenes en las que, junto al héroe-dios aparece una mujer poco caracterizada y, por ello, difícilmente identificable.
Siguiendo con Pompeya, en la casa de Hércules (VI, 7, 6) aparece el héroe sentado con el esquema del invictus, junto a una figura femenina que apoya su mano en su espalda.
Este esquema es similar a un relieve procedente de Roma, donde la figura femenina pone la mano sobre la espalda de Hércules en posición de reposo; aun no estando caracterizada como Ónfale por ningún elemento iconográfico, contiene una inscripción que señala la identidad de los dos protagonistas (Coralini 2001: 96-97).
Tras este breve repaso a algunos ejemplos nos centraremos en el mosaico edetano que, por su calidad, debió formar parte del aparato ornamental de una suntuosa domus, lo que nos lleva, irremediablemente, a cuestionarnos la identidad del propietario de dicha vivienda.
En este apartado vamos a enumerar las lecturas del episodio, y cómo su iconografía influye en la interpretación social del mismo.
Como ya hemos dicho, los mosaicos con representaciones figuradas son un excelente soporte, en contextos domésticos privilegiados, para transmitir la imagen deseada de los propietarios (Neira 2007: 265).
Grupo escultórico greco-romano Hércules y Ónfale, procedente de Pompeya (Kampen 1996: 237).
en la villa del Olivar del Centeno, en Millanes de la Mata (Cáceres), datada en el s. iv d.
C., en la que una escena báquica de triunfo contiene una inscripción interpretada como los nombres del dominus y la domina (Neira 2007: 270), por lo que no es inaudito que bajo la apariencia mitológica se esconda la identidad del propietario.
Como hemos visto en los paralelos, el uso de temas iconográficos heroicos en las salas de recepción proyecta en el visitante una imagen del propietario cargada de intencionalidad.
Es por esto que llama la atención que sobre todas estas premisas de exaltación heroica e identificación con la auctoritas del dominus, el tema central escogido sea el que subordina al héroe bajo el poder de una mujer.
Para seguir avanzando en la interpretación, conviene examinar en profundidad el tema de servitium de Hércules.
La relación entre Hércules y Ónfale es una latreia donde el eros tiene un papel fundamental, desde el inicio del tema en el arte griego del s. v a.
C. En la tradición literaria hay diversas versiones del episodio (Corallini 2001: 97), en Apolodoro, el tema principal es la servidumbre de Hércules preso por la reina, de manera súbita y sin elección,5 donde el componente erótico es solo un motivo accesorio y no se menciona el intercambio de vestidos.
Con Diodoro, el tema erótico se encuentra en un primer plano, el hecho de permanecer en la corte de la reina de Lidia es una elección libre y la relación entre ambos es, desde el principio, una relación amorosa6.
Hércules con las vestimentas de Ónfale hace su aparición en las fuentes literarias en época tardorrepublicana, obteniendo un éxito discreto sobre todo en los autores latinos.
El tema se convierte en un topos del poder del amor con los poetas augusteos, que insisten en la debilidad del héroe frente a la reina, o bien lo trasforman en un paradigma negativo (de luxuria) y utilizan el episodio como ejemplo político (Corallini 2001: 98).
El interesante estudio realizado por Kampen (1996: 233-246) propone una periodización del mito y su aplicación en el tiempo, donde la visión social de los personajes evoluciona desde un paradigma negativo a otro positivo.
MÁS ALLÁ DEL MITO: UNA LECTURA SOCIAL DEL MOSAICO DE LOS DOCE TRABAJOS DE HÉRCULES... se ante el poder del amor de Cleopatra, semejante a la relación de Hércules con Ónfale.
Antonio era un "Heracles sometido a Ónfale al que se le había quitado la clava y se le había despojado de su piel de león, y así muchas veces Cleopatra, acechándole en la lucha, con sus encantos lo convencía para que dejara de acometer con sus manos grandes empresas" (Plutarco, Vidas paralelas 7).
Por tanto, las fuentes clásicas del altoimperio suelen situar esta relación como inferioridad o mofa del héroe (García 2011: 79).
Bajo Augusto y durante el s. i d.
Una escultura recuperada en Pompeya muestra a una Ónfale, que pasa su brazo sobre los hombros de Hércules alejándolo de una imagen heroica (Fig. 9).
Todas las composiciones, pinturas y textos de este periodo representan a una malvada reina que domina y que reduce al héroe a una simple marioneta (Kampen 1996: 236-237).
Ovidio hace usos diversos, en las Heroides 7 como paradigma del poder femenino, con la capacidad de esclavizar a un hombre, en los Fasti narra de manera paródica la confusión del dios Pan que se introduce en el lecho con Hércules al confundirlo con la reina de 7 "¿No sentiste vergüenza de ceñir tus fuertes brazos con oro, ni de poner joyas en tus músculos poderosos?
¿Y fue entre estos brazos entre los que exhaló su vida el azote de Nemea, cuya piel cubre tu hombro izquierdo?
¿Te has atrevido a coronar tus encrespados cabellos con una mitra?
Más propio del pelo de Hércules hubiera sido el álamo blanco.
¿Y no te avergüenza la deshonra de ceñirte una faja según la costumbre de Meonia (Ónfale), como una coqueta muchacha?
¿No se te vino a las mientes la imagen del cruel Diomedes, que alimentaba salvajemente a sus yeguas con carne humana?
Si Busiris te hubiera visto con ese atuendo, sin duda habrías tenido que avergonzarte de tu victoria ante tal vencido.
Arranque Anteo esas cadenillas de tu duro cuello para que no se ruborice de haber sucumbido ante un varón tan muelle.
Dicen de ti que, en medio de las muchachas de Jonia, has sostenido el canastillo entre tus manos y que has sentido un vivo temor ante las amenazas de tu dueña.
¿No rehúyes, Alcida, poner tu mano, vencedora en mil empresas, sobre pulidos canastillos?
¿Hilas con tu recio pulgar los ásperos hilos y vuelves a entregar a tu hermosa ama la tarea correspondiente?
¡Ah, cuántas veces tus fortísimas manos han roto los husos mientras retorcías los hilos con tus dedos toscos!
Se te imagina temblando antes las correas del azote, infeliz de ti, tendido a los pies de tu dueña, temiendo sus amenazas (...)
También se adornó con tus armas la ninfa Dardánide y se puso los famosos trofeos de su esclavo varón.
Ve ahora, ensalza tu osadía y da cuenta de tus valerosas hazañas.
Con razón fue ella el varón, puesto que tú no lo eras.
Eres tan inferior a ella en igual medida en que supone mayor gloria vencerte a ti, el más valiente del mundo, que a aquellos a los que tú venciste.
A ella le corresponde la grandeza de tus hazañas (...) tu amante es heredera de tu gloria (...) tu eres el vencedor de la fiera, pero ella lo es de ti.
Esa mujer, que apenas podía sostener el huso lleno de lana, ha manejado dardos ennegrecidos por el veneno de la hidra de Lerna, ha armado su mano con la clava domadora de fieras y ha contemplado en el espejo las armas de su amante" (Ovidio, Heroidas, IX).
Lidia, ya que éste porta sus vestiduras 8.
El travestismo es la expresión más completa del derrocamiento de los roles, refleja el simbolismo iniciático que debía ser evidente en la antigüedad, al menos en la parte más culta y atenta del público, que servía para justificar la desnudez de los sacerdotes en la celebración de las lupercalia, ya que de esta confusión nace la aversión de Fauno hacia todas las vestimentas; por un lado, Ovidio utiliza el símbolo de la esclavitud amorosa del héroe-dios y por otro, la cultual, rito preliminar a la iniciación dionisiaca (Corallini 2001: 103-104).
Su vena paródica se encuentra en Séneca en el Hercules furens, y en el Hercules oetaeus.
Por esto, en las artes figurativas, entre el s. i a.
C., las imágenes del servitium de Hércules se usan, no casualmente, solo en contextos domésticos y en objetos de ornamentación personal, dotadas de un contenido erótico, relacionado con el Ars amatoria, y paródico del tema (Corallini 2001: 98).
A partir del s. ii d.
C. se produce una transición y aparecen otras interpretaciones de la historia.
Es en este momento en el que se realiza un relieve funerario, que se encuentra en el Museo Arqueológico de Nápoles, que podemos considerar, iconográficamente, como el mejor paralelo del mosaico edetano.
El motivo central muestra a Hércules y a Ónfale rodeados de las doce tareas, fechado en época adrianea o principios de la antonina.
Lo que verdaderamente consideramos relevante en este paralelo para nuestro estudio, es que esta representación pertenece a la tumba de una mujer, pues el relieve contiene la dedicatoria de una hija a su madre.
Un elemento en absoluto desdeñable a la hora de analizar el mosaico de Liria y a la persona que encargó la obra.
Claramente entramos en una nueva etapa en la que se representa el mito con otro significado, donde Ónfale es capaz de conferir virtudes o asociaciones honoríficas a las mujeres identificadas con ella (Kampen 1996: 239).
Cómodo, Septimio Severo, Caracalla, todos rindieron honores 8 "Ella equipa al Alcida con su propio atuendo.
Le da una túnica transparente teñida de múrice getulo [...] el cinturón era pequeño para su vientre [...] aflojó los lazos de la túnica para poder sacar sus grandes manos.
Había roto unos brazaletes que no estaban hechos para aquellas manos [...] ella misma tomó la pesada clava y la piel del león y las armas menores guardadas en su aljaba [...]
Fauno llegó en la oscuridad a la cueva [...] arremangó la túnica, tirando de la parte más baja: unas piernas ásperas estaban erizadas de pelos espesos.
Al ir a probar el resto, de repente, el héroe tirintio lo empujó para atrás [...]
Otra de las opciones que no debemos descartar es la lectura en clave dionisiaca.
En el corpus vesubiano, el mejor documento es el de la casa de Marcus Lucretius, que combina motivos de embriaguez e intercambio de vestimentas y atributos.
Se trata de una redacción compleja en la cual Hércules y Ónfale forman parte del thiasos dionisiaco, el comitente con una indirecta autorrepresentación in forma deorum, explotaba la aspiración a una felicitas de tipo dionisiaco.
El cuadro de Hércules y Ónfale, en el eje visual principal del atrio ofrecía al dominus y a sus invitados la posibilidad de identificarse con la figura del héroe que disfruta de los placeres del otium, pudiendo leerse como una invitación a gozar de los Figura 10.
Relieve funerario con representación de Hércules y Ónfale rodeados de los doce trabajos, procedente de Roma (Kampen 1996: 239).
Por tanto, Ónfale podría pasar de tener poder sobre el héroe a ser parte de la glorificación del mismo (Kampen 1996: 240).
Por consiguiente, la datación del mosaico edetano se encuadra en un contexto político que ha cambiado, de ahí que encontremos retratos de mujeres de la élite representadas como Ónfale, como las esculturas y relieves funerarios cuya finalidad sería la exaltación de sus virtudes.
Esto es de vital importancia para justificar la elección del motivo, en el s. iii d.
C., donde ya no nos encontramos a una Ónfale inmoral, política y socialmente inestable, sino que, con la asociación de los emperadores con Hércules, Ónfale se torna en mujer poderosa y virtuosa (Kampen 1996: 242). placeres del banquete (Corallini 2001: 98).
Por lo que también debemos considerar la circunstancia de que el mosaico trate de contraponer dos aspectos: otium reflejado en la escena de Hércules con Ónfale, frente al negotium, representado por las hazañas de Hércules.
Sin embargo, en nuestro caso la escena no contiene elementos dionisíacos, razón por la que consideramos esta opción como menos factible que la analizada anteriormente.
El mosaico de los Trabajos de Hércules encontrado en Liria (Valencia), es uno de los ejemplares más sobresalientes de la musivaria en la Hispania romana.
Las circunstancias de su descubrimiento, del que se cumplen ahora cien años, nos impiden conocer datos que serían valiosos para su interpretación.
Sin embargo, gracias a su diseño, que presenta una parte geométrica claramente secundaria, podemos intuir su funcionalidad, como sala de recepción/representación, donde contamos con un espacio destinado al mobiliario, un lectus, en el caso de tratarse de un cubiculum diurnum o una mesa, armario... en caso de tratarse de un tablinum; dadas sus dimensiones se descarta la posibilidad de que nos encontremos ante un espacio de banquete.
Respecto al estudio iconográfico, podemos ver a través de los paralelos, que los mosaicos en los que se representan las doce fatigas del héroe se suelen relacionar con la autorrepresentación del dominus, como un medio para asociarse a las virtudes del álcida.
Sin embargo, la elección del emblema central, que representa el episodio de esclavitud del héroe en la corte de la reina de Lidia, nos hace plantearnos cuestiones como la identidad y la intencionalidad del dueño al seleccionar este pasaje.
Somos conscientes de que hay diversas lecturas, y hemos querido desarrollar el estudio con la debida prudencia, pues no poseemos elementos complementarios que nos permitan confirmar la identidad del propietario de la vivienda de la que formaba parte este mosaico, dificultad agravada por las condiciones en las que se produjo su descubrimiento hace un siglo.
Esta circunstancia nos exige actuar con cautela y matizar que las conclusiones a las que se ha llegado al final de este trabajo, deben ser entendidas como una forma de alimentar un debate científico que en ningún caso puede considerarse cerrado.
Es bien sabido que un paterfamilias podía liberar a sus hijos de su poder (emancipatio), y que una mujer emancipada por su paterfamilias podía tener una propiedad de forma independiente.
En ocasiones, si se quería transmitir la propiedad directamente a una mujer se persuadía a su padre (o abuelo) para que la emancipara.
Es una de las formas en la que una madre, un abuelo materno o un tío se aseguraban de que su dinero o propiedades fueran directamente a una joven mujer sin necesidad de pasar a través de las manos de su padre.
Por tanto, había mujeres independientes (sui iuris) que podían poseer su propia tierra y otras formas de propiedad.
La transferencia de propiedad tenía que ser aprobada por el guardián, hasta que Augusto confirió exención para las madres de tres hijos (cuatro para las libertas).
Por tanto, la ley romana protegía a la mujer casada en su propio derecho a tener y administrar sus propiedades y decidir qué hacer con ellas (Treggiari 1996: 119-123).
Además, podían heredar una propiedad, por lo que era posible, aunque raro en la práctica, que esas mujeres pudieran poseer una casa grande.
Con esto queremos demostrar que, tras este detallado estudio, es factible que nos encontremos ante una poderosa matrona que por viudez, orfandad o emancipatio, hubiera adquirido el rango de propietaria y buscara representar iconográficamente su poder en una sala de recepción como podría ser este tablinum o cubiculum diurnum (Ellis 2002: 177), de ahí la originalidad del mosaico, cuya combinación de las doce tareas, subordinada jerárquicamente al episodio de Hércules y Ónfale, solo se encuentra en un relieve funerario, que sabemos con certeza perteneció a una mujer.
Por otra parte, hemos de matizar, que la descontextualización del mosaico nos impide ver si se trataría de una propiedad completa o si nos encontraríamos frente a un cubiculum diurnum utilizado por una mujer que buscaría autorrepresentarse, identificándose con las virtudes de Ónfale, en un ambiente que poseería como propio.
No se trata de una afirmación rotunda, es evidente que la diversidad de mensajes que se esconden tras una escena mitológica hace que su análisis se convierta en un reto para el investigador (Neira 2007: 218).
Sin embargo, con esta interpretación queremos llamar la atención sobre uno de los aspectos que no se habían tratado en el mosaico de Liria, y que consideramos relevante si queremos darle a los espacios domésticos romanos una lectura social que vaya más allá de los meros análisis descriptivos. |
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