text
stringlengths
21
422k
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Los trabajos arqueológicos desarrollados en la Cerdanya (Pirineo Oriental) en los últimos 15 años han permitido por primera vez definir la entidad del pueblo de los Cerretani, comunidad brevemente mencionada por los autores greco-romanos. Características como su origen, su filiación cultural, y sus peculiares pautas territoriales y económicas, han sido identificadas a partir del estudio de algunos de sus principales yacimientos. Se trata de una etnia con un claro componente montañés y ganadero, pero que llegó a desarrollar un interesante sistema de oppida y un sorprendente corpus epigráfico rupestre. En el complejo mapa étnico y político de las comunidades indígenas del nordeste peninsular el área pirenaica era, hasta hace poco tiempo, una de las peor documentadas, tanto por la escasez de fuentes literarias antiguas como por la falta de trabajos arqueológicos en extensión y con suficiente continuidad. Sin embargo, los trabajos realizados por nuestro equipo en los últimos 15 años en la comarca de la Cerdanya, solar central del pueblo de los Cerretani, han empezado a revertir esta situación, permitiendo analizar el proceso de etnogénesis e iberización de esta comunidad a la luz de nueva documentación, tanto arqueológica como epigráfica. Mapa de situación de los principales yacimientos mencionados en el texto. Estos nuevos trabajos, que se exponen por primera vez de manera conjunta en este artículo, han permitido reinterpretar algunos datos procedentes de trabajos anteriores y reelaborar el discurso histórico que analizaba la formación y evolución cultural de los Ceretanos, así como sus relaciones con otras comunidades ibéricas vecinas. En el contexto actual, no puede dudarse de que se trata de una comunidad política proto-urbana, de filiación ibérica y que participó activamente en algunos de los episodios históricos de finales del s. iii a. n. e. La ubicación de los Ceretanos en la actual Cerdanya se basa en la continuidad del topónimo, bien documentada desde la Antigüedad hasta la Edad Media, incluso durante la breve ocupación islámica (Artica 2015). La Cerdanya es una región ubicada en la parte central de los Pirineos Orientales, vertebrada por el río Segre, cuyo curso determina un amplio y fértil valle con potentes montañas que lo delimitan. A diferencia de los otros valles pirenaicos, éste mantiene una orientación nordeste-sudoeste, lo que le permite comunicar las comarcas leridanas del interior catalán con los territorios costeros del sureste francés. Además, la comarca es limítrofe con la cabecera de los ríos Aude y Ariège, con lo que puede considerarse una verdadera plaque tournante pirenaica. Se trata pues de un pueblo que habitaba territorios elevados, desde la zona más llana (aproximadamente a unos 1110 m de altura) hasta las cotas más altas, que pueden alcanzar los 3000 m de altura, donde el hábitat debió ser temporal y vinculado al estiaje del ganado (Fig. 1). Las fuentes literarias nos ofrecen algunas referencias difusas, y a veces contradictorias, sobre su ubicación y filiación cultural. Así, autores que parecen recoger fuentes de los s. vi o iv a. n. e., como Avieno (OM 549-552) o Esteban de Bizancio (Ethnika, 6), los consideran una etnia diferenciada de los íberos. En cambio, para Estrabón (Geogr. 3.4.11) o Plinio (N.H. 3.3.11-22) los ceretanos eran un pueblo de estirpe ibérica, que ocupaba diferentes valles pirenaicos, limitando hacia el oeste tan sólo con los vascones. El propio Estrabón (Geogr. 13.54) hacen referencia a los excelentes jamones que elaboraban, todavía prestigiosos a principios del s. iv d. n. e. (Edictum de pretiis, 4, 1, 8); mientras que Ptolomeo (Geogr. Quizás una fuente poco valorada, pero muy interesante, es Silio Itálico (Pun. 3,357), quién resalta cómo los ceretanos se unieron al ejército de Aníbal en su expedición contra Roma y menciona sus Tyrinthia castra, que si bien ha sido considerada una referencia puramente literaria, no podemos descartar que tuviera algún trasfondo más real, como luego veremos (Olesti et alii 2017: 18). A tenor de estos datos, y dada la ausencia de elementos arqueológicos propiamente ibéricos, la historiografía había considerado a los Ceretanos como un pueblo aislado, poco permeable a influencias y cambios, que tras una dinámica fase Bronce Final -Hierro I (s. ix-viii a. n. e.) no participaría en los cambios sociales y económicos que desembocaron en la eclosión del mundo ibérico, perdurando hasta la romanización unas pautas territoriales, económicas y sociales propias del Bronce Final. Siguiendo esta visión, la iberización de la Cerdanya sería un fenómeno tardío, incorporado sólo a partir del contacto con las grandes potencias mediterráneas a finales del siglo iii a. n. e. y que podía considerarse hasta cierto punto exógeno (Campmajó y Padró 1978; Rico 1997). Frente a esta visión, las excavaciones arqueológicas en extensión que hemos desarrollado en la comarca, en el Castellot de Bolvir desde el año 2006 y en el Tossal de Baltarga desde el 2011, han supuesto un importante punto de inflexión, mostrando un proceso de transformación territorial y de iberización cultural que se habría iniciado mucho antes, ya a inicios del siglo iv a. n. e., y que concluyó con la génesis de una sociedad proto-urbana equiparable a la de otros territorios del nordeste peninsular. Veamos los principales datos de este proceso. HIERRO EN LA CERDANYA Frente a una etapa del Bronce Final con escasos datos, es muy a finales de este periodo -y ya durante el Primer Hierro-que se documenta en el área cerdana un notable incremento de yacimientos, todos ellos de modesta entidad: cabañas aisladas o en pequeños grupos, ocupación de cuevas y abrigos y algunos espacios funerarios. Debemos situar esta eclosión a principios del primer milenio a. n. e., cuando se ocupa progresivamente y de una manera generalizada la media montaña y las pequeñas colinas del piedemonte y la llanura, además de continuar su eventual y/o temporal estancia en las cuevas, abrigos y cabañas de alta montaña. De este período contabilizamos 100 yacimientos arqueológicos, 35 en los que se han realizado sondeos o excavaciones arqueológicas y 65 conocidos tan sólo por la presencia de materiales superficiales. Del total, 67 corresponden a asentamientos de hábitat, de los cuales 38 se localizan al aire libre, mientras que 29 se sitúan en cuevas o abrigos, siendo lugares de habitación o funerarios de manera indistinta. Es destacable el conjunto de asentamientos que ocupan el llano, de manera ya permanente y no temporal, ubicados en zonas muy concretas: en lo alto de las pequeñas colinas periféricas del valle, en los contrafuertes del piedemonte, en las terrazas avanzadas que dominan el valle cerdano o en las elevaciones que controlan vías importantes de comunicación. Estos yacimientos, cuando se han podido identificar estructuras y no sólo materiales en contextos secundarios, corresponden a pequeñas agrupaciones de cabañas que forman un hábitat permanente de tipo suprafamiliar. Tienen unas dimensiones que no sobrepasan los 3.000 m 2 en el mejor de los casos (Sant Feliu de Llo, Campmajó 1983) y no presentan murallas. Las estancias estarían construidas con materiales perecederos, a base de elementos vegetales y arquitectura de tierra, con eventuales refuerzos en piedra y sin una disposición organizada de tipo urbanístico. Sabemos, a partir de los estudios de restos vegetales y paleoambientales, que estos modestos establecimientos explotaban las tierras agrícolas del valle, donde es posible ubicar algunas pequeñas granjas o almacenes vinculados a la producción de los campos, lo que evidenciaría una compleja organización de las tierras bajas de la Cerdanya ya en este periodo (Rendu 2003; Martzluff et alii 2014: 170). También en este momento se percibe una importante ocupación de la franja de solana (es decir, de la mitad norte del valle) entre los 1300 y los 1650 m de altura. Esta presencia, además de las cuevas, buscará los abrigos para protegerse, conformando pequeños núcleos de casas adosadas de tipo familiar, muy probablemente relacionados con la economía pastoril. Finalmente, la red de asentamientos queda completada con las cabañas ubicadas en las cotas altas, alrededor de los 2000 m. Son construcciones de una sola habitación, aisladas, con zócalos de piedra y realzado a base de tierra, normalmente adosadas también a abrigos. Están estrechamente vinculadas a la ganadería y más concretamente a la trashumancia vertical, como espacios de ocupación estacional, aunque recientes trabajos en el área del Carlit han identificado algunos suelos agrícolas a esta altura, en una sorprendente agricultura de alta montaña (Harfouche y Poupet 2013). De todos modos, son las formas cerámicas y los tipos decorativos los que, sin ninguna duda, caracterizan y singularizan el Bronce Final -Primer Hierro cerdano (Campmajó 1983; Campmajó et alii 2014: 137 y ss.). A partir del siglo ix a. n. e. se consolidan unas formas decorativas genuinas y propias del territorio que coparán las estratigrafías hasta el siglo v a. n. e. Por lo que respecta a las decoraciones, es característica de este momento la conocida como décor cerdan, consistente en grandes incisiones en forma de espina de pez o de espiga en buena parte de la superficie externa de las piezas. Este tipo decorativo, con claros paralelos en el cercano grupo cultural de Merlès, en el vertiente sur de los Prepirineos, tuvo su máxima expansión en los siglos viii-vii a. n. e. y parece que su presencia empezó a descender a partir de los siglos siguientes. También son de este periodo los acanalados en la parte interna, las ungulaciones, impresiones y digitaciones por todo el cuerpo, la multiplicidad de cordones aplicados en la misma pieza, la decoración geométrica de tipo mailhaciense, y la decoración del borde de la pieza, normalmente con impresiones. Por lo que respecta a la economía, se basaría en unos modelos de producción notablemente autárquicos (la escasez de productos importados, que no inexistencia -por ejemplo son notables los objetos de bronce-, parece ir en esta línea). Este modelo estaría caracterizado por el desarrollo de actividades agroganaderas mixtas en las que la explotación de la gran llanura cerdana y de las terrazas elevadas se combinaría con el cultivo de forrajes y la trashumancia vertical. Esta es una actividad centrada especialmente en los bóvidos y ofrecería unas dinámicas estacionales según las cuales a partir de la primavera se subiría a las estaciones altimontanas, aprovechando los pastos de altura, para bajar a la planicie a partir del otoño y pasar el invierno con el forraje del llano. En el asentamiento de Llo, por ejemplo, los bóvidos representan más del 50% de los restos faunísticos documentados, pudiéndose identificar las prácticas pastorales verticales con esta especie (Colominas y Saña 2014: 565 y ss.), tal como sucede de forma general en los Pirineos catalanes a partir de las últimas etapas del Bronce Final (Albizuri et alii 2011: 24). Ciertamente, durante la primera mitad de milenio se documenta en la Cerdanya un gran aumento de la explotación pecuaria, que coincide con la máxima superficie deforestada, bien identificada en los estudios paleo-ambientales (Rendu 2003; Gallop 2005). LOS CERETANOS Y EL PROCESO DE IBE-RIZACIÓN Esta potente fase de la Primera Edad del Hierro finaliza de manera algo abrupta hacia finales del s. v a. n. e., con el abandono de buena parte de estos yacimientos dispersos y una concentración del poblamiento en un grupo más reducido, precisamente los que caracterizarán el poblamiento ya propiamente ceretano. De los 67 yacimientos conocidos se pasa a 25, abandonándose especialmente los pequeños enclaves, como los abrigos de media montaña. En ninguno de estos asentamientos el horizonte de abandono es posterior al siglo V a. n. e. No se trata de un fenómeno de contracción económica y demográfica, como se había propuesto, sino de un proceso muy profundo de reasentamiento poblacional y de transformaciones sociales, que se refleja en un intenso cambio de las pautas de poblamiento y, en definitiva, en una nueva territorialidad. La aparición del oppidum, a finales del siglo v o principios del iv a. n. e., confirma la consolidación de este nuevo modelo. No creemos casual que sea precisamente en torno a estas cronologías cuando los ceretanos son mencionados por primera vez en las fuentes antiguas. Nuestras recientes excavaciones en el oppidum del Castellot de Bolvir y en el Tossal de Baltarga han permitido documentar la génesis, y la entidad, de esta nueva sociedad ceretana, sin paralelos en ninguna otra área pirenaica. Se trata de una comunidad política con un fuerte carácter montañés, pues no olvidemos que el Castellot, ubicado a 1140 m de altura, es por el momento el oppidum conocido ubicado a más altitud en todo el nordeste peninsular. El Castellot de Bolvir (Bolvir de Cerdanya) El Castellot de Bolvir se ubica en una suave terraza avanzada sobre el gran llano aluvial, de apenas 30 m de altura, en una posición central en el valle de la Cerdanya (Morera et alii 2014;2016; Olesti et alii 2011; Olesti 2014). La elevación presenta unos márgenes abruptos en tres de sus vertientes y controla el paso de las tradicionales vías de comunicación de la región: el río Segre, a unos centenares de metros al sur, y el camino real medieval, siguiendo probablemente la antigua calzada romana, justo al norte (Fig. 2). El yacimiento fue localizado a finales de los años 80 a través de la recuperación de cerámicas en superficie, pero no fue hasta el año 1991 cuando Oriol Olesti y LOS CERETANOS Y LA IBERIZACIÓN DEL PIRINEO ORIENTAL (S. IV-III A. N. E.)... Imagen aérea del Castellot de Bolvir. Oriol Mercadal dirigieron una campaña de sondeos en el yacimiento, confirmando la presencia de estructuras y materiales de época iberorromana. No obstante, la investigación en el Castellot no se reanudó hasta el año 2006, cuando se iniciaron nuestros trabajos. En la actualidad se ha excavado aproximadamente un 25% del yacimiento, y se han podido establecer cuatro horizontes de ocupación. El primero corresponde al Bronce Final -Primer Hierro, escasamente documentado. El segundo corresponde al oppidum ceretano. El tercero debe datarse en los s. ii-i a. n. e., cuando se reformó el poblado, adaptándose a la presencia romana. Finalmente, el cuarto y último corresponde a una fase altomedieval, de los siglos x-xii, en el que se ubica un nuevo poblado fortificado. De estas cuatro, en el presente artículo sólo nos referiremos a las dos primeras, pero especialmente a la fase ceretana, correspondiente al momento de construcción y evolución del oppidum. De la fase de finales del Bronce Final o inicios del Primer Hierro contamos con algunas pequeñas fosas que nos han proporcionado cerámica con decoración mailhaciense y un reducido número de cerámicas residuales -localizadas en estratos más tardíosque presentan trazos característicos del típico décor cerdan. La escasez de restos sólo nos permite constatar una ocupación doméstica en el lugar y proponer una continuidad de ocupación hasta el período ibérico posterior. El oppidum propiamente dicho se construyó durante la primera mitad de siglo iv a. n. e., con una extensión de 0,6 ha, y ya desde el primer momento fue concebido de manera planificada: muralla en barrera, foso defensivo delantero y urbanismo interno radial y de cierta complejidad. Sin grandes modificaciones, esta estructura poblacional se mantuvo inalterable hasta el tercer cuarto del siglo ii a. n. e., momento en el que se observa la reestructuración general de la mayor parte de construcciones, un fenómeno ya vinculado a la presencia romana (Morera et alii 2016). Hasta el momento se han identificado 15 unidades domésticas, todas ubicadas en el perímetro del asentamiento y dispuestas en batería, mientas que en el centro por el momento sólo se han localizado silos. Siguiendo su progresión, en función de la topografía, podríamos pensar en la existencia de un total de 40 unidades domésticas, lo que nos daría una población de entre 160 y 200 habitantes, similar a los cálculos demográficos propuestos para oppida de dimensiones similares (Sanmartí y Santacana 2005: 70). En relación a otros modelos de poblamiento ibérico del nordeste peninsular, donde existe una clara jerarquización entre los diversos oppida, estaríamos ante un yacimiento de segundo o tercer nivel, pero en el caso ceretano, a día de hoy, es el centro de más entidad documentado. Más adelante retomaremos esta cuestión (Fig. 3). El Castellot presenta una fortificación de tipo "barrera". La muralla protege el sector meridional, el único punto accesible dadas las pendientes abruptas en los otros costados. Se erigió recortando transversalmente el altiplano, creando un talud artificial de aproximadamente 2 m que realzaba su capacidad defensiva. Consiste en una estructura de entre 1,6 y 1,7 m de anchura, de la que se conserva un alzado máximo de 1 m. 5 Está realizada con una doble hilera de grandes piedras calcáreas, por encima de las cuales se disponían otras más pequeñas, unidas con una argamasa de arcilla. El núcleo está rellenado con LOS CERETANOS Y LA IBERIZACIÓN DEL PIRINEO ORIENTAL (S. IV-III A. N. E.)... interna que tenía una función de contención de tierras. Desconocemos por donde superarían el paso los transeúntes, pero pensamos que pudo ser por un punto cercano a la torre. Efectivamente, pocos metros antes de esta estructura, y fuera muralla, hay una base de columna que pensamos pudo marcar el puente o pasarela de acceso al sitio. Se trata de una base de unos 50 cm de diámetro encastada en el terreno y que puede ser el basamento de algún elemento ornamental o monumental, tipo estela, como sucede en otros casos (Arcelin y Plana-Mallart 2011: 52-53). Nos hallamos, pues, ante una implementación elemental pero efectiva de los conceptos poliorcéticos básicos de los oppida en barrera del mundo ibérico, con paralelos en numerosos asentamientos de la zona catalana y rosellonesa. La finalidad de la fortificación sería eminentemente defensiva, aunque no debe olvidarse el carácter simbólico y de prestigio que pudiera representar (Berrocal 2004), especialmente en un territorio donde no parece que hubieran existido sistemas similares en cronologías más antiguas. El Castellot se habría dotado de unas defensas que lo harían ciertamente inexpugnable en relación con la mayoría de enclaves ceretanos conocidos, lo que podría dar sentido a la referencia a los Tyrinthia castra ceretanos de Silio Itálico. A diferencia de lo considerado por otros autores (Mayer 1984: 198), que lógicamente desconocían la existencia de oppida en aquel momento, el notable sistema defensivo del Castellot de Bolvir permite reinterpretar este texto y pensar que la referencia a las "fortificaciones Tirintias" o de "tipo Tirinto" está aludiendo a una serie de asentamientos con buenas defensas y sistemas poliorcéticos de cierta complejidad, que ya estaban implantados en el territorio de los Cerretanii durante la epopeya de Aníbal.6 De las 15 unidades domésticas documentadas, diez se sitúan en el barrio meridional (Ámbitos I a X) y cinco en el de levante (Ámbitos XI a XV), pero por problemas de conservación solo conocemos las medidas completas de cuatro de ellas. Todas se encuentran adosadas y dispuestas perimetralmente siguiendo la muralla, compartiendo las paredes medianeras y están compuestas por dos estancias concatenadas. Más allá de una aparente uniformidad, se observa en ellas algunas diferencias morfológicas. La primera se corresponde con las dimensiones totales. Otra distinción podría ser la distribución interna. Cuatro de las casas presentan una tercera habitación, resultante de la compartimentación con un tabique de la sala principal. Podría ser que estas diferencias respondiesen a motivos sociales, a partir de una cierta distinción entre los habitantes del oppidum, pero nosotros no lo advertimos en la cultura material. También la especialización productiva de algunos espacios podría explicar este fenómeno. Es también interesante analizar las medidas y correlaciones que existen entre las unidades domésticas, a pesar de que no de todas conocemos sus dimensiones reales. Así, en siete de las ocho salas principales donde conocemos las medidas exactas, la relación anchuralongitud es muy cercana a la relación 1:1'4, o sea, a una proporción de 1:√2 (esta relación equivale a la longitud de la hipotenusa de un triángulo rectángulo e isósceles, los catetos del cual tienen una longitud igual a la unidad). Recientemente se han realizado estudios sobre la métrica y los patrones constructivos en el mundo ibérico y se han identificado unos patrones que se repiten en diferentes zonas, con la aplicación de sistemas geométricos basados en la correlación 1:√2 en la arquitectura de los oppida, plenamente documentada en los siglos iv-iii a. n. e. Un primer elemento a destacar de los ámbitos domésticos sería el patio delantero. Consiste en un espacio de tendencia cuadrangular, de entre 30 y 42 m 2 de superficie en las casas grandes y unos 15 m 2 en las más pequeñas. Se trataría de un patio al aire libre o semiporticado, que antecede a la vivienda, y de carácter polifuncional. En él se desarrollarían labores de almacenaje (en cinco casos se han hallado uno o más silos en el interior de este patio delantero), pero también de cocina, productivos e incluso de estabulación de animales. Efectivamente, aunque la estabulación animal en época antigua continúa siendo un fenómeno difícil de demostrar, ya que no se conocen construcciones que puedan interpretarse para este fin, creemos firmemente que algunos de los patios delanteros del Castellot pueden relacionarse con esta función. Un indicio interesante en este sentido sería la recuperación de restos de suidos neonatos y en edad fetal en alguno de estos espacios, lo que indicaría que la reproducción y cría del cerdo se realizaría en el propio yacimiento.7 Además, como hemos visto, las fuentes antiguas nos indican que la ganadería porcina era una de las actividades más importantes de las comunidades ceretanas y las difíciles condiciones meteorológicas invernales de la zona obligarían a alternar rediles con pequeños corrales de este tipo. Un segundo espacio, la sala principal, se ubica en la parte posterior de la unidad doméstica y presenta casi siempre una planta rectangular (de unos 27-32 m 2 de superficie para las más grandes y unos 20 m 2 para las más pequeñas). Las paredes, del mismo modo que las del patio, estaban hechas a partir de un zócalo de bloques de piedra ligados con arcilla y un posterior realzado en adobe. Presentan un grosor de entre 70 y 80 cm, excepto los tabiques de compartimentación, de tan sólo 45 cm. Sobre el suelo de tierra pisada se documenta el hogar, de forma lenticular y construido sobre un lecho de pequeños guijarros, sin una ubicación específica. También en el interior de la sala se localizan una serie de grandes bloques de piedra o agujeros con una losa en el interior, ubicados en los ángulos o en puntos equidistantes, siempre al lado de las paredes, mostrando una distribución regular y LOS CERETANOS Y LA IBERIZACIÓN DEL PIRINEO ORIENTAL (S. IV-III A. N. E.)... Planta del Tossal de Baltarga. del Edificio IV, de época romana republicana. Un análisis radiocarbónico de las cenizas de una cubeta nos dio una datación con una horquilla de 400-209 cal a. n. e., confirmando la cronología de la fase ceretana para su colmatación. De todos modos, nos es del todo imposible describir la ocupación de los espacios y los procesos que se desarrollaban, más allá de las evidencias férricas, dado el grado de arrasamiento que han sufrido dichas estructuras. Finalmente, queremos referirnos al Ámbito XIII. Se trata de la casa ubicada justo al lado de la entrada del poblado y presenta tres habitaciones. En la estancia más cercana a la puerta del oppidum, localizamos un pequeño depósito de objetos situado debajo del pavimento (3 pequeños vasos bicónicos con un asa lateral y un crisol cerámico), in situ y sin fragmentación alguna, que pensamos que se corresponderían con algún tipo de ofrenda o rito fundacional (Belarte y De Chazelles 2011: 176 y 268). En este caso, por el hecho de haberse encontrado justo al lado de la puerta, es posible pensar en una liturgia de tipo comunitario -a través de la deposición ritual de los utensiliosque podría relacionarse con la sacralización de la entrada del poblado. En general, las estructuras presentan un notable estado de arrasamiento y una escasa potencia estratigráfica, debido a la erosión del lugar, lo que dificulta a veces la interpretación de los edificios. El yacimiento se localiza en la parte alta de una colina que cierra estratégicamente el valle, lo que le permite controlar, por la vertiente sur, la ruta de acceso a la Cerdanya y, por la vertiente norte, el río Segre, una de las principales vías de comunicación de esta área en época antigua. Tras las primeras campañas de excavación podemos determinar la existencia de un asentamiento de reducidas dimensiones, con una clara función de control territorial y vigía, con tres fases cronológicas. La primera, del Bronce Final -Primer Hierro, es mal conocida y sólo identificada a partir de escasos materiales recuperados en los niveles tardíos, con características propias del décor cerdan. Una segunda, situada en el período propiamente iberoceretano (siglos iv-iii a. n. e.), donde ya contamos con evidencias de control territorial. Finalmente, una tercera, romano-republicana, que abarcaría los siglos ii y i a. n. e. En esta última fase se construyeron algunos elementos de fortificación que permiten, por un lado, ahondar en su carácter estratégico territorial y, por otro, proponer una funcionalidad de tipo turris9 (Fig. 5). Poco podemos decir de la primera fase, asociada al Bronce Final y Primer Hierro. Del mismo modo que sucede en el Castellot, los datos son exiguos y difíciles de contrastar, con la presencia de materiales de clara tradición arcaizante que sólo permiten documentar una primera ocupación que tendría continuidad documentadas por la cerámica a mano, seis fusayolas, un pondus y diversos utensilios de hierro, entre los que destaca un rallador (Fig. 6). Un tercer recinto se conserva bajo las estructuras de la fase republicana (Edificio C), con la localización de restos de muros arrasados y una cubeta con cenizas y material a mano, de difícil interpretación, pero que demuestran la extensión del asentamiento. Finalmente, junto al edificio A se ha recuperado una moneda gala de plata, imitación de dracma ampuritana (ACIP, 243), de mediados de siglo iii a. n. e. Además, en el mismo Tossal se han recuperado por parte de aficionados un mínimo de cuatro piezas galas más y en las proximidades, en un radio no superior a tres km, ocho imitaciones de dracmas ampuritanas. Significativamente, pues, todo el numerario de la comarca para estas cronologías se concentra alrededor del yacimiento (Campo y Mercadal 2009). A modo de síntesis, pues, consideramos el Tossal de Baltarga como un asentamiento de reducidas dimensiones, con una clara función de control territorial, en el que probablemente se alternarían espacios de hábitat con otros más acorde con una función de vigía (tipo torre), destinado al dominio visual de los accesos al llano de la Cerdanya. Su cercanía al Castellot, así como su intervisibilidad, nos permiten considerarlo un punto de control territorial dependiente de este oppidum. Para establecer el marco cronológico del periodo ceretano en ambos yacimientos hemos contado con diferentes elementos de análisis: las relaciones físicas en el periodo posterior. La situación es distinta para la segunda fase, la ibero-ceretana. De este momento contamos con un conjunto de estructuras -dispersas y en parte inconexas dada la mala conservación de los restos-que definen diversos edificios agrupados en una zona poco extensa, sin evidenciarse un verdadero urbanismo ni muralla perimetral. Las paredes están hechas con zócalos de piedra local y un recrecimiento de arquitectura en tapial. De todo el conjunto podemos identificar dos casas con bastante precisión. La primera, el recinto A, consiste en un edificio de dos estancias adosadas, de las cuales sólo se conserva la mitad septentrional. Cada habitación ocupa unos 20 m 2 de superficie y la entrada estaría situada en la parte sur. En su interior se localizó un modesto horno doméstico y algunas pequeñas fosas con cenizas y tierras quemadas. En una de ellas se recuperó un fragmento de asa de kantharos de cerámica ática que nos ofrecería una cronología de siglo iv a. n. e. para estas estructuras. El segundo recinto es el llamado Edificio D, incendiado y destruido violentamente alrededor del año 200 a. n. e., cronología que viene marcada por la recuperación de una copa de la forma 26 de los talleres de Rosas y por una datación radiocarbónica que marca un abanico temporal de 230-200 BC (Beta-458585: UE 3157). Consiste en un edificio de planta rectangular (8x2 m) con dos pisos de altura, encastado en un corte vertical del terreno. La constatación de la presencia de dos plantas en este edificio se realizó gracias a la documentación estratigráfica de restos del pavimento de la primera planta caídos encima del nivel de uso de la planta baja. Igualmente, en la parte superior de la estratigrafía se identificaron diversos restos carbonizados de pequeñas vigas y enramados que corresponderían, sin duda, a la cobertura superior del edificio, hecha -como mínimo parcialmentecon materiales perecederos. La planta baja, realizada exclusivamente en piedra y arcilla, muestra un acceso por una entrada lateral, con una puerta carbonizada localizada in situ. Se localizaron también grandes contenedores cerámicos, concentración de trigo carbonizado (probablemente almacenado en sacos), así como los restos de un cánido que murió en el incendio, por lo que interpretamos el lugar como un espacio de almacenaje. El incendio del edificio permitió la identificación de algunos elementos del piso superior, localizado en el derrumbe que cubría el pavimento de la planta baja. Se identificaron parte de las vigas quemadas, así como elementos de arquitectura en tierra, como una compartimentación central realizada en adobe. Esta planta superior contaría con una entrada independiente. Creemos que en este piso superior se desarrollarían las funciones domésticas y de hábitat, LOS CERETANOS Y LA IBERIZACIÓN DEL PIRINEO ORIENTAL (S. IV-III A. N. E.)... (un 76% entre 515-351 cal a. n. e.; UBAR 1236 UE 693). Finalmente, una última datación -ya mencionada-se consiguió de un carbón relacionado con los soportes pétreos de una habitación (UBAR 1235 UE 705). Sorprendentemente, la cronología que se obtuvo fue de 796-416 cal a. n. e. Si dejamos de lado esta última datación, que podemos vincular a la fase del Bronce Final -Hierro, constatamos como las otras tres tienen su marco temporal centrado en los siglos iv-iii a. n. e. Para nosotros la más significativa es la primera, relacionada con la construcción de la muralla, puesto que ofrece una datación más precisa para la construcción del oppidum, en este caso de la primera mitad de siglo iv a. n. e. Para el caso de Baltarga, ya hemos mencionado una reciente datación de 14 C del nivel de destrucción de la fase ceretana, cercana al 200 a. n. e. Por lo que respecta a los materiales arqueológicos, hemos recuperado de los yacimientos algunas cerámicas importadas propias de los siglos iv y iii a. n. e., que permiten datar las ocupaciones ceretanas en estas centurias, confirmando los datos radiocarbónicos. 10 En cuanto a los materiales a mano, registrados en una proporción de más del 96% en los estratos ceretanos, cabe destacar que desaparecen todas aquellas características que permitían definir lo que se denominaba como décor cerdan, produciéndose una muy marcada simplificación de la decoración (De León et alii 2017). El bajo porcentaje de cerámicas ibéricas a torno documentado en esta fase nos induce a pensar que éstas llegarían a través del comercio, siendo importadas de otros territorios cercanos (Fig. 7). En este momento las decoraciones se reducen a dos motivos muy básicos. El primero es el de un solo cordón horizontal aplicado en la parte superior del cuerpo, con incisiones lineales o impresiones. El segundo consiste en una cenefa incisa, a base de pequeños trazos verticales o en zig-zag, que voltean también la parte inferior del cuello. Esta sencillez en 10 De todos modos, tenemos que reconocer que los materiales de importación son más bien escasos. Su rarificación es tal que sólo contamos con un fragmento de cerámica ática de principios del siglo iv a. n. e., un fragmento del Taller de las pequeñas estampillas, 5 fragmentos del Taller de Rosas, y un fragmento de cerámica ibérica estampillada propia de los siglos v-iii a. n. e. De hecho, los porcentajes de cerámica a mano en los estratos anteriores al año 200 a. n. e. no son inferiores al 96% (De León et alii 2017) y no será hasta este momento, alrededor del año 200 a. n. e., cuando tengamos ya un mayor número de importaciones, como atestiguan el casi un centenar de fragmentos de Campaniense A. Además del Castellot de Bolvir y el Tossal de Baltarga, conocemos otros asentamientos similares, ubicados en elevaciones estratégicas, con cronologías de ocupación ibero-ceretana. El caso mejor documentado es "Lo Lladre" de Llo, un asentamiento excavado desde principios de los años 70 y hasta la actualidad por el equipo de Pierre Campmajó y Christine Rendu (Université Toulouse Jean Jaurès). Ubicado en un escarpado cerro, controlando el nacimiento del Segre, presenta niveles de ocupación desde el Neolítico Medio, con una ocupación ininterrumpida desde el Bronce Medio hasta el s. i n. e. Durante la fase mejor documentada (Bronce Final -Primera Edad del Hierro), se encuentran algunas cabañas de zócalo de piedra y alzado de tapial, con hogares construidos con placas de arcilla, muy característicos. Estas cabañas, un máximo de seis, tuvieron continuidad durante los s. iv-iii a. n. e., como demuestra tanto la cultura material como la datación 14 C de algunos restos orgánicos (Campmajó 1983). Destacan en ellas algunos materiales típicos de los s. iv-iii a. n. e., como dos broches de cinturón de bronce decorados o piezas cerámicas estampilladas muy características. El porcentaje de material a mano, como es propio de los ceretanos, supera siempre el 80-90% de los conjuntos. En ninguna de estas fases se ha documentado muralla, ni tan sólo un muro perimetral de cierre, de manera que el lugar parece responder al modelo del Tossal de Baltarga y no a un verdadero oppidum. Los estudios de restos vegetales y faunísticos, que reproducen el modelo agropecuario ya documentado en los otros yacimientos, parecen vincular el lugar a una agricultura intensiva de las terrazas cercanas y a los tránsitos locales ganaderos, donde predominan los bóvidos. Otro ejemplo interesante sería el del Puig del Castell de Llívia. Se trata de un asentamiento muy afectado por las construcciones de la ciudad romana de Iulia Libica y por el castillo medieval. Tanto en lo alto del Puig del Castell como en el posterior núcleo poblacional romano, se han recuperado abundantes lotes de materiales, incluyendo importaciones cerámicas de los siglos v a iii a. n. e., que mostrarían una ocupación de estas dos zonas desde el Bronce Final hasta época romana. Conocemos en la parte baja algún tramo de muro asociado a materiales ceretanos, así como paquetes de materiales de esta cronología por debajo de niveles romanos en diversas zonas del actual centro urbano. De época republicana se conoce un grupo de silos de los s. ii-i a. n. e., y abundantes materiales, donde destaca un fragmento de cerámica campaniense con un grafito ibérico. Las grandes reformas de época augustea, con la erección de un impresionante foro (Guardia et alii 2015), sin duda arrasaron los niveles anteriores. Sin embargo, tanto la notable dispersión de los materiales ceretanos, como el mismo hecho de que el lugar fuera escogido como la capital ceretana por Augusto, nos llevan a proponer a Llívia como el centro territorial más importante de los ceretanos. 11 Un tercer yacimiento a destacar, donde hemos realizado unos primeros trabajos arqueológicos muy limitados, sería el Pi del Castellar (Fontanals de Cerdanya), ubicado en la última estribación que controla el Valle de La Molina y el acceso a la Cerdanya desde el Ripollès, es decir, el acceso hacia el río Ter y la costa ampuritana. Hemos inventariado un conjunto notable de materiales ceretanos, ibéricos y algún fragmento de ánfora itálica, pero quizás el elemento más destacable es la identificación de un muro perimetral en la parte alta del cerro, al cual parecen adosarse algunas habitaciones, así como la existencia de un pequeño foso que protege el sector más accesible del yacimiento. Finalmente, destacaríamos también el yacimiento del Orri d'en Corbill (Enveig), un conjunto de cabañas ubicadas a 1900 m de altitud, ya cerca de la zona de pastos de verano, donde entre las estructuras neolíticas y de la Edad del Bronce, se documentó una pequeña cabaña con niveles de ocupación del s. iv-ii a. n. e. Así, la cabaña 82, de apenas 7 m2, permitió documentar un hogar construido sobre una losa, datado por 14 C, y un pequeño lote de cerámicas a mano de tipo ceretano. La cabaña estaba asociada a un abrigo cercano, el no 83, de apenas 2 m2, que correspondería a un minúsculo espacio de refugio. Ambas estructuras deben entenderse como ocupaciones temporales, vinculadas a la ganadería trashumante, que podemos relacionar con algunas estructuras circulares de tierra pisada de los s. vii y ii a. n. e. documentadas en áreas cercanas, como en 11 Creemos incluso que podría corresponder al núcleo de los Libenses citados en el Bronce de Ascoli (CIL I, 709), lo que reforzaría su papel central entre los ceretanos ya a principios del s. i a. n. e. La reciente localización en Oceja, a 4 km de Llívia, de una inscripción rupestre donde aparecen los quattorviri del municipio latino de Iulia Libica, todos ellos con antropónimo ibérico (excepto uno ya latinizado) y filiación indígena, pone de manifiesto el proceso de integración de esta comunidad ceretana, y su papel capitalino (Ferrer et alii e. p.). En su mayor parte las inscripciones se han conservado tan sólo sobre afloramientos de esquistos, ubicados principalmente a media pendiente, en cotas cercanas al llano, en lugares no especialmente estratégicos o significativos. Son difíciles de localizar, apenas visibles, lo que junto al tamaño reducido de los signos (en general, unos 2 cm de altura) no permite atribuirles una función de señalización, aunque sin duda su acumulación en rocas específicas les pudo otorgar un carácter de marcaje del espacio, posiblemente de carácter votivo y simbólico. El estudio de este corpus, aún en curso, ha permitido a Joan Ferrer (UB) identificar un número significativo de antropónimos ibéricos, lo que permite relacionar la escritura con individuos de efectiva filiación ibérica ubicados en la comarca (Ferrer 2015b): belśtaŕ, toloko, belśko, kebelkuŕ y eŕkunbas (Err), suisebeleś (Guils), egeŕśor (Oceja) y aŕamtaŕ (Bolvir). Se conoce también un antropónimo Begeber (con dos menciones en la Roca 2, zona 2, Osseja), que podría relacionarse con el etnónimo Begensis del epígrafe de Ausculum (CIL I, 709). También se han identificado recientemente cuatro abecedarios, tres duales (Ger, La Tor de Querol y Bolvir, éste último retrógrado) y uno no dual (La Tor de Querol), lo que de nuevo parece demostrar el carácter votivo de buena parte de estas inscripciones (Ferrer 2015a). Otros indicios parecen corroborar esta función: en Ger se ha identificado la fórmula neitiniunstir, una expresión característica de la lengua ibérica conocida en otras seis inscripciones y que la mayoría de los investigadores interpretan como una forma de salutación o propiciatoria, posiblemente dedicada a un teónimo Neintin, o quizás un apelativo o cargo (Ferrer 2015b). Además, en otros casos de conjuntos rupestres ibéricos (como Cogul o Badalona) la presencia de grafitos latinos confirma su carácter votivo, al explicitarse el voto. Es destacable también de este conjunto la existencia de textos en signario dual (más de la mitad de los ejemplos) y otros en signario no dual (algo inferior), lo que nos indica una cronología de s. iviii a. n. e. para el primer grupo y de ii-i a. n. e. para el segundo. Ello indica que la llegada de la escritura ibérica al lugar se remonta al periodo ibérico pleno, coincidiendo plenamente con nuestros nuevos datos arqueológicos, a diferencia de hipótesis anteriores, que asociaban esta llegada a la presencia romana. Por la similitud en algunos signos, parece que este contacto se realizaría con el área del Empordà/Rosselló, lo que coincide también con la cultura material ceretana, mucho más vinculada a estas producciones costeras, que no a las ilergetas o del interior catalán. La escritura ibérica ceretana presenta también algunas características propias, como su plasmación el Goleró (Alt Urgell), también por encima de los 2.000 m de altitud (Ejarque 2013; Palet et alii 2010). Completa nuestro conocimiento de las pautas territoriales ceretanas un conjunto de 20 yacimientos, aunque sólo documentados a partir de los materiales recuperados en superficie, con todo lo que ello supone de déficit en su interpretación funcional y cronológica. Así, en el llano cerdano, pero en pequeñas elevaciones, encontramos 15 posibles yacimientos más; en la media montaña 3 lugares de ocupación y, finalmente, 2 de las cuevas de la comarca continúan ocupadas en este momento. Estos datos parecen confirmar que a lo largo de los siglos iv-iii a. n. e., el poblamiento ceretano se focalizaba en el llano, abandonando la media montaña y concentrándose en estructuras de hábitat tipo oppidum a los que se asociaban pequeños núcleos de función más especializada. Teniendo en cuenta que para este periodo parece que el hábitat se ha desplazado ya claramente a zonas al aire libre, es posible que los asentamientos en cueva pudieran tener una función sacra o ritual, de tal modo que podríamos estar ante ocupaciones de tipo santuario como ocurre en otras áreas ibéricas. El corpus de grabados ibéricos rupestres Otro elemento fundamental para valorar la filiación ibérica de las poblaciones de la Cerdanya es su amplio uso de la escritura ibérica. Paradójicamente, se trata del territorio peninsular con más inscripciones rupestres ibéricas documentadas, con 37 rocas/conjuntos, 145 textos y un total de 1475 signos, muy lejos de los 10 conjuntos de grabados rupestres conocidos en el resto de territorios ibéricos (Ferrer 2015b). Esta gran abundancia de grabados rupestres contrasta con los escasos cuatro grafitos ibéricos conservados sobre cerámica, lo que en parte puede explicarse por el trabajo de documentación pionero y ambicioso de Pierre Campmajó (2012) sobre los afloramientos rocosos de la comarca, sin paralelo en otras regiones (Fig. 8). Grabado rupestre ibérico con el antropónimo "aŕamtaŕśu". Además, la presencia de grabados ibéricos en rocas que presentaban grabados lineales o naviformes más antiguos o de grafitos latinos de época romana, muestran una tradición votiva de larga duración, propia de las comunidades de este territorio. En otras palabras, difícilmente estos grafitos ibéricos pueden explicarse por la llegada a la Cerdanya de poblaciones ibéricas de otro origen (o itinerantes, como se había propuesto) y deben entenderse como población local, que adoptó ya en los s. iv-iii a. n. e. este hábito epigráfico. Finalmente, dos grabados presentan una interesante problemática. En el primer caso se trata de los términos aparecidos en la Roca 10 (zona 4, Osseja), teleuśga y teleuś, originados en un elemento teleuś desconocido en ibérico (Campmajó y Ferrer 2010b: 53). Algunos autores han propuesto un lejano origen griego, pero para nosotros podría no ser tan lejano si tenemos en cuenta que telos es el término griego para referirse a derechos de paso y es justamente el término que utiliza Plutarco (Sert. 5) al referirse al pago de derechos de paso que efectuó Sertorio a los indígenas al cruzar los Pirineos en el 83 a. n. e. Es interesante, en este sentido, que la forma teleus+ga es similar a la que en otros documentos precede a un numeral (+ga). Esta fórmula podría reforzar nuestra hipótesis e indicar el pago de alguna cantidad específica como derecho de paso. El segundo término es Tanito (Roca 6, zona 8, Osseja), vinculado al antropónimo artiunan(er) y que parece corresponder a un nuevo texto votivo y formular. Un segundo texto similar, Tan++, con idéntico formulario, aparece en la misma roca (Ferrer 2010: 54-55). Tanito podría identificarse con un antropónimo Tane(k)-to, pero por el contexto podría corresponder mejor a una divinidad e incluso a título hipotético podría relacionarse con la forma iberizada de la divinidad púnica Tanit (Ferrer 2015b: 17), lo que sin duda sería de gran trascendencia histórica, dada la escasez de datos sobre la influencia púnica en la zona y la contrastada participación de los ceretanos en el ejército de Aníbal, según indicaba Silio Itálico. LOS CERETANOS, UN NUEVO MODELO TE-RRITORIAL El proceso de concentración de población en lugares de altura, claramente un oppidum fortificado al menos en el caso del Castellot, parece responder al fenómeno de génesis de un modelo territorial y político propio de la Segunda Edad del Hierro, con el surgimiento de élites diferenciadas y una mayor diversificación social. Este fenómeno de "sinecismo" no implicó un descenso demográfico, sino más bien, tal como ocurre en los procesos de territorialidad de muchos de los pueblos peninsulares en tránsito entre el Primer y el Segundo Hierro (Belarte et alii 2015), un significativo incremento de población, que se concentraría en sitios elevados, en el caso ceretano no siempre fortificados. 12De este modo, en el ámbito territorial podemos detectar, a partir de principios del s. iv a. n. e., la existencia de un modelo político bien definido (al que las fuentes definen como ceretano) vertebrado en torno a una jerarquización del poblamiento, con al menos cuatro tipologías de yacimientos. En primer lugar, los oppida, de los cuáles conocemos el ejemplo del Castellot de Bolvir, y el más que probable de Puig del Castell de Llívia. Uno de ellos podría ejercer un verdadero papel capitalino, como oppidum nuclear, y nos inclinamos a pensar que se trataría del hipotético oppidum de Llívia. Sin embargo, no podemos tampoco descartar que este rol lo ejerciera el Castellot, el único centro bien contrastado arqueológicamente. Evidentemente la dimensión del Castellot (0,6 ha) está muy alejada de la dimensión de otras capitales conocidas del nordeste, como las 10 ha de Ullastret y Burriac, pero su notable sistema defensivo (su aspecto "tirintio", si seguimos a Silio Itálico), su posición central respecto la propia Cerdanya, su urbanismo planificado y la constatación de la diversidad de funciones que realiza (entre las cuáles la metalurgia del hierro, el almacenaje de cereal o sus espacios rituales) le confieren un carácter excepcional en el paisaje pirenaico del momento. Un segundo nivel lo constituirían los establecimientos de altura ubicados en puntos estratégicos, como Llo, Baltarga o el Pi del Castellar. A pesar que no es segura la existencia de defensas perimetrales, su ubicación en elevaciones abruptas, de fácil defensa, y la constatación de edificios de carácter ortogonal (algo más que simples cabañas) parece responder a un modelo intermedio, sin un urbanismo planificado y construido solidariamente (como los oppida), pero más complejo que un simple establecimiento supra-familiar. Un tercer nivel de poblamiento corresponde a los yacimientos de tipo rural, dispersos por el territorio, en cotas bajas o de media montaña. Se conocen algunos ejemplos a partir especialmente de materiales de este periodo presentes en estratos de cronología posterior, como en la Coma Peronella (con importaciones de cerámica de talleres griegos occidentales del s. iv a. n. e.) o Castellàs d'Odelló, ambas en cotas intermedias. A este grupo pertenecerían algunas ocupaciones cerca del llano o en sus primera terrazas, como la Colomina d 'Alp o el Pla d' Escadarcs (Morera 2017(Morera: 1109)). Finalmente, un último grupo lo constituyen las ocupaciones en las cotas más elevadas, documentadas directamente en la cabaña y abrigo del Orri d'en Corbill (Enveig), aunque es posible intuir su existencia en otras zonas de pastos de verano, probablemente siempre de tipo temporal y de muy escasa entidad arquitectónica. Más allá de los asentamientos, es significativo destacar también la documentación en los últimos años de algunos campos de cultivo, identificando suelos agrícolas y terrazas de cultivo en cotas elevadas (como en Vilalta, a 1700 m de altitud, Orri d'en Corbill y Devesa del Cavaller, entre 1700 y 1950 m), que van desde el período Neolítico y la Edad del Bronce hasta época alto-imperial romana (Martzluff et alii 2014; Morera 2017: 190 y ss.). Es significativo que en las tres zonas estudiadas se documenten suelos agrícolas hasta el final del periodo Bronce Final -Hierro y posteriormente ya en época romana alto-imperial, sin que en cambio se hayan podido datar suelos correspondientes al periodo ibérico-ceretano, lo que parece responder al fenómeno de reducción de la ocupación de cotas altas propia de esta fase. Este modelo territorial ceretano superó sin duda el marco estricto de la actual comarca de la Cerdanya, ocupando valles vecinos hacia el oeste (zonas del Ripollès, Capcir, Vallespir) y también hacia el este (Alt Urgell, Andorra y zonas del Pallars). Aunque no podemos hoy por hoy precisar sus límites, es interesante destacar como en estas áreas no se han documentado, hasta el momento, establecimientos de tipo oppidum y los datos arqueológicos y paleo-ambientales parecen mostrar una evolución diferenciada, con una notable continuidad durante los s. iv-iii a. n. e. de las estrategias ganaderas. Parece posible intuir un fenómeno de complementariedad de estas áreas respecto a un territorio central ceretano, donde el predominio de la producción agrícola y el proceso de concentración de la población en oppida generaron un tipo de sociedad complejo, ya de carácter urbano o proto-urbano (Morera 2017: 1164 y ss.) Las transformaciones territoriales documentadas a partir de finales del siglo v o principios del siglo iv a. n. e. se plasman también en algunos cambios significativos en el plano económico. En primer lugar, pese a la reducción del número de hábitats, el proceso de concentración de población va asociado a un aumento de la actividad agrícola. Así, la localización de un conjunto de silos de almacenaje en el Castellot indica una nueva gestión del excedente agrario, que no se documentaba en fases anteriores, donde eran los recipientes cerámicos los contenedores del excedente. Creemos que estos nuevos silos, agrupados en un espacio comunitario, de una notable capacidad, son reflejo de un crecimiento productivo, posiblemente vinculado a la ampliación de los campos cultivables en el llano, así como de las mejoras técnicas que permitieron una mayor productividad. Muestra de ello serían las nuevas herramientas agrícolas de hierro o la difusión de los nuevos molinos rotatorios, más productivos que los de vaivén, documentados en gran número en el Castellot (16 unidades) de manera generalizada por todo el yacimiento. No se trata de un fenómeno puntual, puesto que en el Castellot se observa como esta producción se incrementó a lo largo del tiempo, ya que el número y la capacidad de los silos también aumentaron de forma pareja: los silos más antiguos, del siglo iii a. n. e., tienen una capacidad de sólo unos 2 m 3, llegando hasta los 5 m 3 a mediados del siglo ii a. n. e. Los estudios carpológicos que se han realizado en el Castellot de Bolvir y Baltarga muestran que los cultivos serían herederos del Primer Hierro, con una preponderancia de cereales como el trigo, farro y cebada, aunque la presencia de avena y centeno es también significativa, productos que podrían ser utilizados para el forrajeo. Lo mismo puede suponerse de la identificación de guisantes, habas y alverja. 13 Es posible que la cebada fuera un cultivo de primavera, mientras que el farro, la avena y el centeno, más resistentes al frío, lo fueran de invierno. Por lo que respecta a la ganadería también hay cambios sustantivos, modificando en gran medida las dinámicas de producción de los periodos anteriores (Colominas 2017). Los taxones más representados son los bóvidos, seguidos de los ovicaprinos y suidos y, en última instancia, los équidos. Estos datos contrastan con los de la mayoría de asentamientos de la zona ibérica, donde prevalecen los ovicápridos (Sanmartí y Santacana 2005: 87). La caza parece muy esporádica, con un solo resto de cérvido en el Castellot. Unos datos muy similares, con porcentajes casi idénticos, provienen del yacimiento de Llo (Campmajó 1983: 144 y ss.). El mantenimiento de cabañas de pastor vinculadas a la ganadería en cotas altas (cerca de los 2000 m) parece mostrar la continuidad de la trashumancia vertical, especialmente de vacuno y ovicáprido. Sin embargo, los estudios paleo-ambientales detectan en esta fase una reforestación altimontana, indicando una reducción de las áreas de pasto y de la capacidad para desarrollar las actividades ganaderas (Vial 2009: 68). También ahora se abandonan las terrazas de cultivo ubicadas cerca de las zonas de pasto, que antes mencionábamos. Tanto la reforestación como el abandono de estas terrazas de cultivo durante la fase ibérica parece mostrar una reducción de la presencia antrópica en estas zonas, que consideramos indicativa de una reducción del peso de la ganadería trashumante de ciclo corto, que no su desaparición.14 Además, en nuestro registro carpológico aparecen también en época ceretana -especialmente en el Castellot-especies arvenses o ruderales, como los tréboles o el raigrás (Lolium multiflorum), que muestran la existencia de zonas de pasto cercanas al yacimiento, lo que indica de nuevo la necesidad de contar con áreas de pasto en las que mantener una parte del ganado durante el año, y ya no sólo en la alta montaña como en fases anteriores. Otros datos permiten reforzar esta interpretación: durante la fase ceretana los restos faunísticos de los bóvidos corresponden mayoritariamente a una edad adulta, lo que indica que de ellos se ha aprovechado su fuerza motora (básicamente para las labores agríco-las), además de algunos productos secundarios, pero no preferentemente para la obtención de carne, como sería más lógico en un modelo trashumante. También es significativo el aumento de los suidos, fenómeno que no es exclusivo de la Cerdanya, ya que se puede percibir en muchos de los territorios ibéricos a partir del Ibérico Pleno (Colominas 2008). No parece que se trate de una especie vinculada a una explotación trashumante vertical. Es más, para esta especie en concreto, y tal como se ha documentado en el Castellot, la gestión y explotación se realizaría en el interior de los oppida, ya fuera en el interior de las viviendas (en los patios delanteros) o en libertad en los espacios comunales. 15 Además, como ya vimos, en el caso ceretano este aumento de la explotación cárnica del cerdo tiene su correspondencia en las fuentes antiguas de época romana, por lo que suponer un origen anterior no parece descabellado. Es muy posible que en época ceretana la trashumancia de radio corto o vertical estuviera dedicada especialmente a los ovicápridos, que tuvieron un tratamiento diferenciado en el caso ceretano: las ovejas se sacrificaron mayoritariamente entre los 6-12 meses, su óptimo cárnico, y en algunos casos a partir de los 36 (más adecuada para la producción de lana), mientras que las cabras lo fueron por encima de los 24, bien superado este óptimo, lo que parece indicar un aprovechamiento de su leche. No debemos olvidar tampoco el cánido localizado en Baltarga. Estos datos coinciden bien con la trashumancia documentada en esta zona a partir de época alto medieval. El peso de la producción agropecuaria no debe hacernos olvidar otros sectores importantes para la economía de la región. Un primer ejemplo, muy ligado a la ganadería, sería el del aprovisionamiento de la sal. El ganado consume importantes cantidades de sal (habitualmente sal mineral) y también la sal es necesaria para la producción de queso y la conservación de la carne, especialmente si, como parece, una parte se salaba en forma de pernae (el mismo Estrabón IV, 4, 3, hablando de los galos, menciona cómo era necesario salar los jamones para poder comercializarlos). La Cerdanya no es una zona con afloramientos salinos significativos y en época medieval su aprovisionamiento se realizaba a través de la strada kardonensis y la prestigiosa sal gema de Cardona. La explotación de LOS CERETANOS Y LA IBERIZACIÓN DEL PIRINEO ORIENTAL (S. IV-III A. N. E.)... esta sal en época republicana ha sido bien demostrada recientemente (Pancorbo e. p.) y parece lógico suponer un origen muy anterior, ibérico o incluso en la Edad del Bronce. Otra posible zona de aprovisionamiento, ya en el Pallars Jussà (Gerri de la Sal), ha documentado recientemente una explotación de sus depósitos salinos en la Edad del Bronce inicial (Piera 2015) y su vinculación a la explotación ganadera parece también altamente probable. Esta área, y la más cercana del Salí de Cambrils (Alt Urgell), podrían corresponder a territorios ocupados directamente por el pueblo histórico de los ceretanos, y facilitarían sin duda la producción de productos ganaderos como las pernae. Un segundo elemento sería la explotación forestal. Ya hemos destacado la deforestación que se documenta en la Cerdanya en cotas de media y baja montaña en estas fases (que coincide en cambio con una reforestación en altas cotas). En cambio, en áreas vecinas los estudios paleo-ambientales muestran una evolución diferenciada: así, en zonas como la Vall del Madriu (Andorra) hay datos de deforestación vinculada a ganadería (Palet et alii 2010), mientras que en Coma de Burg (Pallars) y Estany Llebreta (Vall de Boí) no hay indicios de grandes actividades de tala y deforestación. Es cierto que a partir del Ibérico Pleno, en diferentes áreas del nordeste peninsular como el Empordà (Piqué 2014: 513) o la depresión leridana (Vila 2014: 526), se documenta la presencia de la haya, el pino rojo y el abeto, árboles de ecosistema montañoso y que muy probablemente procedían de la cordillera pirenaica. En este sentido, algunos autores ya han apuntado que podría existir una industria vinculada al tratamiento de la madera para una posible exportación (Sanmartí y Santacana, 2005: 142). Puede ser significativa de nuevo la información procedente de Estrabón (Geogr, IV, 6, 2), quién refiriéndose a los ligures indica cómo hacían descender la madera hasta el emporio de Génova, intercambiándola por aceite y vinos de Italia. Aunque es evidente que el autor griego habla de una zona muy alejada de los Pirineos, también lo es que sería perfectamente asumible para el territorio cerdano un sistema similar. Aunque no tenemos ningún dato directo que relacione la tala de los bosques ceretanos con la importación de ciertos árboles en las llanuras durante la etapa prerromana, ciertamente los datos son muy sugerentes. Debemos también señalar otros aspectos de la actividad económica, seguramente en una esfera más propia del autoconsumo. Por ejemplo, la producción textil y manufacturera. A partir de los datos del Castellot y el Tossal de Baltarga, tenemos indicios del hilado y la elaboración de tejidos. Aunque es de suponer que la mayor parte de tejidos serían realizados a partir de la lana, no se debe menospreciar la producción de cuero, detectada indirectamente a partir del estudio de las trazas de extracción de la piel conservadas en el registro faunístico (Colominas 2017). Del mismo modo, la metalurgia del hierro se podría considerar como una actividad de ámbito local, documentada tanto en el taller del Castellot, como en indicios de explotación en Llo y en la cercana mina de la Cirera (Morera 2017: 290). Por lo que respecta a las producciones cerámicas, la ausencia de producciones a torno parece indicar que se trata de una actividad de carácter doméstico. Finalmente, debemos mencionar las actividades comerciales. El bajo volumen de importaciones cerámicas nos indica que si bien se mantienen contactos con las poblaciones vecinas, estos son de baja intensidad. Por ejemplo, el porcentaje de cerámica ibérica a torno no llega en los s. iv-iii a. n. e. al 2-3% del total, mientras que a partir de finales del siglo iii a. n. e. los porcentajes en el Castellot aumentarían hasta un 15-20%, mostrando en cualquier caso que éstas no eran propias de la comarca y que su obtención se debía a intercambios comerciales con otros lugares. Además, contamos tan sólo con algunos fragmentos de cerámica ática, taller de Rosas y taller de las pequeñas estampillas, un conjunto muy inferior y sin parangón al que puede encontrarse entre otros pueblos ibéricos del interior del nordeste peninsular. Es cierto que contamos con un fragmento de brazalete de pasta vítrea de factura gala, así como una cuenta de collar también en pasta vítrea de origen mediterráneo, pero sigue tratándose de un volumen de materiales importados muy reducido. Mención aparte merecen los datos numismáticos. Contamos con una tetradracma de Rhode y una dracma ampuritana de principios de s. iii a. n. e. procedente de Talló (Bellver de Cerdanya), así como cinco dracmas galas de imitación recuperadas en el Tossal de Baltarga, del siglo iii a. n. e. 16 Estos datos parecen reflejar los contactos con el área costera del Empordà-Rosselló, por un lado, y con el área de la Galia interior, por el otro. Si a ello le añadimos los datos arqueológicos,17 que muestran muy poca rela- ción con el área ilergeta, estaríamos definiendo las principales zonas de contacto regional, acordes con los pasos naturales. Es sorprendente la relativa abundancia de moneda de plata en el s. iii a. n. e. entre los ceretanos, atípica si tenemos en cuenta tanto la baja circulación de este tipo de monedas en el mundo ibérico del nordeste peninsular, como la baja presencia de otro tipo de productos de importación en la región. Creemos que dos elementos pueden explicar esta anomalía: por un lado, el contexto inestable de finales del s. iii a. n. e., tanto en el nordeste peninsular como en la Galia meridional (donde la Cerdanya es una zona clave de contacto hacia la cuenca de los ríos Aude y Ariège), al que tan frecuentemente se asocia este tipo de monedas. 18 Por otro lado, la posible utilización de los ceretanos de esta privilegiada posición para cobrar derechos de paso a posibles tropas mercenarias o productos que pretendieran cruzar la región, telos documentados por las fuentes literarias para periodos posteriores y que podrían confirmarse en estos hallazgos (Plutarco, Sert, VI, 4-5). Las transformaciones territoriales y económicas documentadas en el área ceretana responden también a la génesis de un nuevo modelo social, que podemos calificar de proto-urbano -vinculado al modelo de la polis-, por modesto que este fuera. Su aparición debe vincularse al surgimiento de unas élites locales, de carácter aristocrático, que si bien no tenemos directamente identificadas, podemos intuir su existencia. En primer lugar, la propia jerarquización territorial, con un centro capitalino de tipo oppidum, implica unos primeros signos de diferenciación social, ya que muy probablemente en el asentamiento solo habitaba una parte de la población, posiblemente designada en función de factores sociales, políticos o de representatividad (seguimos aquí a Sanmartí 2005: 716-717 y arcilla con decoración perimetral, encontrados en Llo y en el Castellot, en contextos del siglo ii a. n. e., pero que son típicos en la zona sordona entre los siglos v y iii a. n. e. Es el caso también del ya mencionado brazalete de pasta vítrea, traslúcida y acromática, que presenta en su parte externa una profusa decoración de acanaladuras y de gotas de agua, muy frecuentes en el midi francés. 18 En este sentido resulta significativa la destrucción del Tossal de Baltarga a finales de s. iii a. n. e., que podría estar reflejando un periodo de inestabilidad y presencia militar asociada a los acontecimientos de la Segunda Guerra Púnica, inestabilidad también reflejada en las fuentes literarias. No olvidemos tampoco la referencia de Silio Itálico al papel de los ceretanos en el ejército de Aníbal. Su presencia implicaría el pago de soldadas, quizás reflejadas en este conjunto monetario. Para la construcción y el mantenimiento del oppidum se requería, no cabe duda, de un alto grado organizativo y de liderazgo. Tareas como la construcción del foso, la muralla o los espacios comunes requerían del trabajo coordinado de un gran número de personas y recursos materiales (localización y transporte de las materias primas, construcción siguiendo un modelo planificado y regular, logística y gestión de los recursos hídricos, etc.), individuos que debían encuadrarse en una organización social guiada y coordinada jerárquicamente (Belarte et alii 2015). En el ámbito doméstico, la unificación de dos casas adosadas a la muralla en el Castellot, dando lugar a un único edificio, en una cronología de finales del s. iii a. n. e., sería el único elemento que podría indicar esta diferenciación. Un segundo indicio indirecto sería la acumulación de un importante excedente agropecuario (constatado en el conjunto central de silos) y la incipiente especialización del trabajo, como podría ejemplificarse en el caso de la metalurgia del hierro, ubicada en un espacio diferenciado. Otro elemento podría ser el hogar de grandes dimensiones identificado en el Castellot, de casi 2 m de diámetro. Descartada su función doméstica, podría tratarse de un espacio con finalidades rituales de tipo colectivo o gentilicio. Estas prácticas colectivas están documentadas en época ibérica y parecen vincularse a una ritualidad donde se mostrarían signos de diferenciación social o incluso a cultos de tipo gentilicio (Buxó et alii 2010: 83). También algunos enterramientos de objetos y deposiciones rituales, que denotarían unos cultos domésticos vinculados a fenómenos propiciatorios, supersticiosos y talismanes -con una vocación clara de proteger el hábitat doméstico y sus habitantes-, parecen en el caso del Castellot superar la esfera doméstica, ya que los depósitos se ubican muy cerca de las entradas del poblado (Roure y Pernet 2011). En este caso se podría hablar de una sacralización del acceso y de una concepción religiosa de la entrada y salida del oppidum. Finalmente, es interesante el reciente hallazgo, a 2030 m de altitud, en la vía que une el Ripollés y la Cerdanya, de un depósito que incluía una espada de hierro La Tène I, su vaina y dos anillos de bronce, en lo que parece una ocultación intencionada, y que podríamos vincular a manifestaciones o rituales de tipo guerrero (Morera 2017: 297). Mención aparte merece la presencia de un importante corpus de inscripciones rupestres, en su mayor parte de carácter votivo, que puede ser puesta en relación con estos personajes o linajes diferenciados. Tal como proponen los recientes estudios sobre los grabados ceretanos (Ferrer 2010;2015a;2015b) es posible suponer que su eclosión esté vinculada a las LOS CERETANOS Y LA IBERIZACIÓN DEL PIRINEO ORIENTAL (S. IV-III A. N. E.)... élites dirigentes, que autoafirmarían de esta manera, votiva y ritual, la preeminencia de sus linajes. La dimensión de este fenómeno no tiene paralelos entre otros pueblos ibéricos del nordeste peninsular, y muestra un uso de la escritura -vinculada a personajes singulares-acorde con modelos gentilicios. Finalmente, la inusual presencia de équidos en el registro material, con porcentajes superiores al del mundo ibérico litoral, nos habla de un tipo de ganado aprovechado para la carne, pero cuyo carácter militar y de prestigio en las sociedades del hierro no puede desdeñarse. Desgraciadamente, hasta el momento no tenemos indicio alguno del mundo funerario ceretano, que podría ayudar a completar estos datos. Estos datos serían compatibles con la presencia de tropas ceretanas en el ejército de Aníbal, mencionada por Silio Itálico, y posteriormente de equites ceretanos como auxilia en el ejército romanos (como puede desprenderse de los Libenses presentes en el Bronce de Ascoli (CIL I, 709), Olesti 2014). Como bien sabemos, el reclutamiento de tropas entre las comunidades ibéricas peninsulares, como auxilia o mercenarios, implicaba la existencia de personajes diferenciados socialmente, con un hábito y un entrenamiento militar propia de los grupos preeminentes. Este podría ser también el caso de los ceretanos. A partir de todo lo expuesto, consideramos que entre los siglos v y iv a. n. e. se inició en la Cerdanya un proceso de etnogénesis que daría lugar al pueblo histórico de los ceretanos, un proceso de características similares al que se desarrolló en otros pueblos ibéricos del nordeste peninsular y que se ha venido a denominar "iberización", con todo lo matizable que pueda ser este concepto. En el caso ceretano, este proceso estuvo influenciado por la propia dinámica de algunos pueblos históricos vecinos, como berguistanos, ilergetas, sordones o incluso indiquetas, a los cuáles debemos atribuir algunas influencias en su cultura material (podríamos mencionar por ejemplo el molino rotatorio, la escritura, algunos patrones arquitectónicos, etc.). No podemos olvidar, en este sentido, que el surgimiento de modelos urbanos en estas comunidades se produjo casi dos siglos antes que en el caso de los ceretanos. No queremos decir con ello que la iberización en la Cerdanya se debiera principalmente a las aportaciones exteriores, pues se trató de un proceso interno que arrancó con el incremento demográfico y productivo de finales del Bronce Final -Hierro, lo que sin duda favoreció el aumento de la complejidad social y una mayor permeabilidad tecnológica y cultural. Es más, la marcada ausencia de cerámica a torno local, el hábito de los grabados rupestres o las particularidades de su modelo ganadero trashumante, muestran una marcada identidad que las influencias exteriores apenas modificaron. Ello no es contradictorio con reconocer que el surgimiento de la territorialidad ceretana, a principios del s. iv a. n. e., se produjo en un contexto histórico muy particular, donde la mayor parte de comunidades ibéricas del nordeste peninsular y del sur de la Galia sufrieron notables procesos de transformación, con la erección de murallas en centros hasta aquel momento no fortificados, refortificación de oppida preexistentes, construcción de turris y castella, etc. (Sanmartí y Santacana 2005: 43). En la Galia meridional, además, este fenómeno pudo coincidir con los movimientos de comunidades de origen celta, aún de problemática ubicación. Es posible identificar un periodo especialmente dinámico (y posiblemente conflictivo) en el que comunidades como los ceretanos pudieron verse incentivadas a un proceso de territorialización y fortificación hasta ese momento aletargado, motivado por el incremento de la territorialidad entre las comunidades vecinas. De este modo, la génesis del mundo ceretano se hallaría, por un lado, en la propia evolución de la sociedad ceretana, con el surgimiento de una clase dominante (política y económica), pero también de ciertas tensiones sociales que posibilitaron la concentración de población y la creación de estructuras de defensa en lugares estratégicos. Por otro lado, la progresiva expansión y territorialización de sus vecinos pudo provocar la reacción de los ceretanos, en un ejercicio de autoafirmación, defensa y delimitación del propio territorio, estableciendo una red de asentamientos que articulara y cohesionara un valle, la Cerdanya, ya de por sí genuino y diferenciado culturalmente. Posiblemente sea esta identidad local, y su carácter político, la que identificaron las escasas fuentes geográficas antiguas que mencionaron su existencia. Con el paso de Aníbal por la región, y la participación de los ceretanos en el conflicto, esta identidad se vio reforzada. Finalmente, el posterior control romano no haría sino profundizar en esta especificidad, dotando a los ceretanos de una entidad jurídica y política bien definida a partir de Augusto con la génesis del modelo urbano.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). * El trabajo epigráfico se enmarca en el proyecto "Estudio y edición de inscripciones fenicias y púnicas de la Península Ibérica y sus aledaños inéditas o mal conocidas -Parte II" (FFI2013-46126- RESUMEN 12 Se presenta el hallazgo, en el poblado talayótico mallorquín de ses Païsses d'Artá, de un fragmento de ánfora púnica de fabricación ebusitana con estampilla. El estudio conjunto de la estampilla y del contexto y tipología de su soporte permite poner el nuevo testimonio en relación con otros sellos anfóricos occidentales y analizarlos en su marco histórico (a situar en torno a la destrucción de Cartago en el 146 a. C.), avanzando en la comprensión del origen y función de estos particulares procedimientos. PALABRAS CLAVE: Mallorca; Ibiza; púnicos; ánforas; estampillas; epigrafía; producción; comercio. Como es sabido, las ánforas púnicas presentan ocasionalmente características improntas de sellos. Se sitúan con preferencia en las asas y zonas cercanas a bordes y cuellos. Se trata de estampillas normalmente pequeñas, con matrices de formas diversas (pero simples y limitadas, abundando las más compactas: circulares/ovoideas o cuadradas/levemente rectangulares) y contenidos muy variados, tanto figurativos como textuales (incluso combinados) aunque a menudo la presencia de epigrafía se reduce a la aparición de una o dos letras, raramente más. En algunos casos aparecen antropónimos completos, lo que sugiere interpretar como abreviaturas de nombres personales al menos parte de las estampillas con pocas letras. El significado y la funcionalidad de estos sellos, que se incorporaban al ánfora en el alfar, es aún oscuro y discutido (véase p. ej., Ramon 1995: 245-255; Zamora 2005). Situación del poblado talayótico de ses Païsses d'Artà (1) y de los yacimientos de Na Guardis (2) y Can Fita (3) sobre todo en los talleres del área cartaginesa entre los siglos v-ii a. C., aunque se atestigua de forma más limitada y con características propias en alfares de otros lugares del Occidente fenicio-púnico. Uno de estos puntos productivos fue la isla de Ibiza, en la que algunos talleres desarrollaron de hecho un estampillado particular y distintivo. Característica (aunque mal atestiguada, con solo tres testimonios conocidos hasta ahora) resulta la aparición de sellos de cartela rectangular alargada, con texto y figuración, sobre ánforas ebusitanas de mediados del s. ii a. Presentamos en el presente artículo un nuevo documento de este tipo, hallado en el poblado talayótico mallorquín de ses Païsses d'Artà (Fig. 1) que nos permite avanzar en el estudio y comprensión de este particular tipo de sellado (y, por ende, del conjunto de la práctica). No es la primera vez que el yacimiento de ses Païsses d'Artá, como parte del mundo talayótico mallorquín que manifiesta más claramente la influencia púnica, proporciona ánforas de fabricación ebusitana con estampillas, puesto que hace pocos años dos fragmentos de ellas fueron hallados en este yacimiento, concretamente en el llamado edificio 25, y publicados poco después (Ramon y Amadasi 2009). Sin embargo, las improntas antes citadas corresponden a ánforas mucho más antiguas (concretamente al tipo T-8111, del siglo iv a. C.) que la que se va a estudiar a continuación. Conste un agradecimiento para el excavador de ses Païsses, Sr. J. Aramburu-Zabala, por habernos brindado la oportunidad de estudiar el nuevo testimonio y por todas las informaciones contextuales aportadas, aún inéditas. EL CONTEXTO DE HALLAZGO El fragmento de asa de ánfora, que lleva el número de inventario DA-15/33-19-33, fue hallado en el transcurso de la campaña de 2015 en el poblado talayótico de ses Païsses d'Artà, situado, como es bien sabido, en la zona NE de la isla de Mallorca (fig. 1). En concreto, procede de la UE.19 del denominado edificio 14. Dicha estructura se interpreta como el patio de una casa, ya parcialmente excavada en intervenciones anteriores (Aramburu-Zabala 2011). Otros materiales de este mismo estrato son una serie de ánforas republicanas, algunas de las cuales, de hecho la mayoría, cabe considerar de tipo greco-itálico. Al menos, dos bordes de ánforas son ebusitanas, del tipo T-8132; una serie de asas limadas, sin duda con utilización secundaria, probablemente pertenecen al mismo tipo, al menos en su mayoría. Hay también un borde de ánfora ibérica. A este contexto cabe añadir algunos fragmentos de campaniense A y de vajilla ebusitana, como un borde de posible cuenco tipo AE-36/II-32 (Ramon 2011: 185, fig. 15), del siglo iv a. Sin descartar la presencia de algún elemento posterior, la mayoría de materiales fechables parece concentrarse en los dos cuartos, o en el tercio central, del siglo ii a. El fragmento corresponde, aproximadamente, a la mitad superior de una de las asas de un ánfora, como se ha dicho, T-8132, con su típica proyección arqueada y sección suboval. El fragmento mide 6 cm de longitud. Presenta pasta color marrón en la epidermis externa, con una especie de pátina blanquecina y color gris-verdoso en el núcleo interior, típicamente ebusitana. En la cara superior externa lleva una estampilla impresa ante coctionem con matriz rígida rectangular, bastante nítida en su mayor parte, a excepción de su extremo izquierdo, debido al plano curvo del asa. Datación tipológica y estratigráfica La datación tipológica del fragmento estudiado tiene algunas limitaciones de carácter técnico, como son el hecho de que el ánfora esté reducida al fragmento de asa. En cuanto al contexto arqueológico de hallazgo, antes descrito en sus líneas básicas, ya se ha dicho también que nada parece otorgarle una cronología posterior a c. C., se propone esta misma cronología para la fabricación del ánfora de ses Païsses: poco antes o poco después del 150 a. C. La estampilla tiene una altura máxima de 1,76 cm, mientras que la longitud original debió superar ligeramente los 4 cm. El extremo derecho de la impronta se halla ocupado por la cabeza de un animal, de perfil, mirando a la derecha, cuyas facciones, bastante realistas y cuidadas, además de un colmillo bien visible, permiten identificarlo como un jabalí. A la izquierda de dicha representación se presentan dos líneas de escritura púnica, interrumpidas ambas por el extremo contrario al motivo figurado. En la impronta se conservan seis signos de la primera línea y tres de la segunda (separados del motivo figurativo por un espacio aparentemente libre de grafemas ya en origen). La parte baja de la matriz no dejó marca en la arcilla, por lo que no se conserva el trazado inferior de los signos de la segunda línea. El motivo iconográfico (Figs. Cabe recordar que el jabalí, poco representado en el mundo púnico, pudo tener un papel destacado en el imaginario de los semitas de origen levantino. Baste citar el relato de Adonis, conservado en su forma greco-latina pero de obvia raigambre siro-palestina (Ribichini 1981), en el que un jabalí ejerce el papel de bestia salvaje y animal de caza por excelencia (protagonista fundamental del relato, al acabar con la vida del propio Adonis). Debió ser en cualquier caso un rol común del animal en el antiguo imaginario mediterráneo, visto su similar papel en otros relatos míticos griegos (recuérdese por ejemplo el enorme y devastador jabalí de Erimanto, conocido objeto del cuarto trabajo de Heracles -e identificado también en algunas fuentes con el asesino de Adonis; o el catastrófico jabalí de Calidón, enviado como castigo por Artemisa y vencido finalmente por Meleagro; o las bestias similares de Cromión o Clazomene; DGR-BM: s. v.). No extraña pues que en la cultura griega representaciones del jabalí (de cuerpo entero, pero también a través de su cabeza o prótomo y parecidas por tanto a la del caso que nos ocupa) aparezcan por ejemplo en las monedas, sobre todo de época clásica (en acuñaciones de ciudades de la Liga Etolia como Cízico o Agrigento, entre otras, pero también de Etruria, así como en series de Arpi en Apulia o de Capua en Campania). Representaciones de jabalíes aparecen también en algunas series de denarios republicanos romanos (véanse p. ej. las series de los Hosidios que probablemente representan al jabalí de Calidón, Crawford 1974: 407/1-2) y en algunas amonedaciones ibéricas (principalmente las de Cástulo que, en la primera mitad del siglo ii a. Resulta interesante señalar la presencia de representaciones animales también en otras estampillas púnicas de características idénticas a la que ahora estudiamos (véase infra) aunque de carácter bien diverso: frente a la presencia agresiva del jabalí en el nuevo sello, las otras dos estampillas conocidas hasta ahora en las que el motivo figurativo resulta visible, presentan aves de aspecto pacífico y de simbolismo aparentemente muy diferente. Tal hecho nos recuerda la complejidad de motivos que subyacían a este tipo de elecciones iconográficas y lo poco que aún sabemos sobre su función (más allá de la clara diferenciación de los sellos incluso en ambientes analfabetos). Características y consideraciones paleográficas Los signos son claramente grafemas púnicos cursivos. Los de pequeño tamaño, b, d, r, casi intercambiables, son típicos del cursivo fenicio tanto en Oriente como en Occidente. La š presenta aún una forma no simplificada, propia de la tradición púnica y bien conocida en las inscripciones cartaginesas del iii-ii a. C.; la l presenta también un ápice típico de las inscripciones de la Cartago de la época (cf. p. ej. PPG 3: Taf. Sólo la t es de un tipo más común en las inscripciones neopúnicas de tal periodo avanzado o posterior (PPG 3: Taf. Ello hace pensar en una datación probable en el s. ii a. C. El rasgo neopúnico podría sugerir un momento en bien entrado tal siglo (incluso en su segunda mitad) aunque ese tipo de trazado cursivo, como sabemos, preexistía a la extensión epigráfica de la escritura neopúnica tras la caída de Cartago y pudo ocasionalmente saltar ya a la epigrafía sigilar en un momento anterior. En cualquier caso, el intervalo cronológico general indicado por la paleografía resulta, como hemos visto, perfectamente compatible con la datación tipológica de su soporte. Lectura e interpretación (Fig. 3b) Clara es en la primera línea la secuencia bd'štr, interrumpida por la rotura. Se trata sin duda del nombre personal Bodashtart, previsiblemente completo en origen; puede pues integrarse bd'štr[t... ]. No es posible decir si seguía más texto; si lo hacía, dado el tamaño habitual de estos sellos, es improbable que se tratara de una secuencia larga. En el inicio de la segunda línea no hay restos identificables de signos, como se esperaría en una ordenación normal del texto. O la matriz estaba extrañamente desgastada en tal zona o la línea se iniciaba por el contrario desplazada hacia la izquierda, donde es visible una secuencia de tres signos. El primero es sólo bien compatible con una r, aunque no es imposible que se tratara de una d o incluso de una b (sin que extrañe su diferencia con las presentes en la línea anterior, pues son normales los cambios contextuales de trazado en cursivo). El segundo signo no es claramente visible; aunque su parte superior forma un ángulo entre dos trazos, como el que vemos en la t de la línea superior, no parece tratarse de tal letra: su disposición baja, la aparente diferencia de grosor entre trazos y, sobre todo, el ángulo algo más cerrado, encajarían mejor en una letra como la g, aunque la parte inferior perdida impide excluir otros signos. Parecería, de hecho, apreciarse el posible cierre de un ojo; en tal caso, podría formar parte de una b (poco cursiva), una d (de gran tamaño) o una suerte de' (bastante diferente del superior) todas ellas lecturas posibles con alguna de las iluminaciones de la pieza; más difícil parece que nos encontremos ante una n de tipo neopúnico. Antes de la rotura, aunque también interrumpida, se aprecia con claridad una l. Esta sería pues la lectura teórica: que deja la presencia clara de bd'štr [t] al inicio del texto y la de una secuencia sucesiva con abundantes combinaciones (rgl[... ], rbl [... ], rdl[... ], etc.), secuencia que debe ser analizada con atención. La presencia segura de un antropónimo en posición principal obliga a considerar la posible existencia de una filiación en el texto que sigue. Aunque es posible leer el necesario bn ("hijo de") al inicio de la segunda línea, la lectura de la n, como antes decíamos, resulta poco convincente. Más favorable resultaría reconstruir bn al final de la primera línea (pues, siendo una secuencia corta, podría tener cabida) y suponer por tanto la presencia de un segundo antropónimo en la segunda línea. Éste podría corresponder a un teóforo de Baal (b'l-) si leyéramos el segundo grafema como' (algo, como veíamos, posible, pero de nuevo inseguro). Otros antropónimos, basados en la combinación de las lecturas más probables, no resultan tampoco claros (Benz 1972: 54 y ss.). Interpretar un nombre personal con genealogía resulta pues posible, pero la falta de elementos sólidos de confirmación obliga a considerar esta interpretación como hipotética. A la luz de las incertidumbres anteriores, cabe preguntarse si la estampilla no incluyó un sustantivo o verbo que, siguiendo al antropónimo, indicara, quizá, la acción o función del individuo citado. Este eventual término, de nuevo, resulta oscuro a la luz de lo legible: no parece, por ejemplo, poder leerse con convicción una p inicial para una eventual forma p'l (que indicara directamente la factura de la pieza por el mencionado Bodashtart) mientras que pretender leer una alternativa b'l tropezaría, antes de afrontar otros, con los problemas de lectura que antes veíamos. Leer rb para, seguido de un término interrumpido, entender algún tipo de responsabilidad (el cargo o función de Bodashtart) carece de nuevo de apoyos añadidos (y lo mismo debe decirse de un hipotético rd; DNWSI: 1045-1051, 1061). Sería posible leer rgl, sustantivo de una raíz atestiguada tan sólo en otra inscripción púnica (CIS I 5933, en donde una forma participial parece indicar algún tipo de labor o función subordinada) indicando quizá un cargo o responsabilidad intermedia (DNWSI: 1060); pero, de nuevo, los apoyos son débiles (nótese además la ausencia de artículo) y no resulta claro cómo se habrían expresado estas funciones o cargos en las otras estampillas del grupo. Basándose en el vocabulario fenicio atestiguado se pueden pues proponer soluciones, pero sin excesiva base (un problema que resulta aún mayor si buscamos apoyos léxicos en el entorno no fenicio, donde las posibilidades se multiplican sin soluciones obvias). Por último, podría intentar leerse en los dos primeros signos visibles de la segunda línea una misma letra b, admitiendo una fuerte variación en la segunda, dando como resultado la secuencia bbl, interpretable como "en Bul", un conocido nombre de mes fenicio y por lo tanto una posible datación de base mensual. Sin embargo, incluso al margen de las dificultades de la lectura, la opción es problemática y por tanto improbable, pues las fórmulas de datación conocidas en fenicio nos harían esperar la expresión byrḥ bl, "en el mes de Bul" (DNWSI: 469-471). En definitiva, la estampilla que ahora nos ocupa recoge el nombre de un individuo, que pudo ser seguido, bien de su filiación (quizá la opción más sencilla, aunque no acabe de resultar clara) bien de un término aludiendo a su papel o función (quizá en el proceso productivo, si bien tal término tampoco resulta sencillo de identificar). No obstante, la fragmentariedad de la pieza no permite tampoco descartar otras opciones. Para comprender mejor el sentido de este tipo de contenido y del entero papel de esta forma de estampillado, conviene recurrir a los paralelos epigráficos disponibles dentro del sellado púnico primero y más allá de éste después. ánforas T-7433, a la altura de las asas4. Se trata de envases producidos especialmente, sino privativamente, en la bahía de Cádiz. Dejando de lado la cuestión cronológica del tipo anfórico, son escasos los individuos estampillados con una contextualización clara, aunque es razonable su datación en la primera mitad del siglo i a. C. (con arranque, tal vez, a finales del anterior)5. Se separan, por tanto, de las ánforas estampilladas T-8132, como la que ahora nos ocupa, tanto en cronología (son, pues, posteriores en algunos decenios) como en lugar de origen (siendo de fabricación gaditana, no ibicenca) lo que impide relacionar ambas producciones o sus respectivas series de sellos -tanto menos identificar como una misma persona a los personajes citados en unas y otras-. En cambio, más allá de su lectura, el modelo de estampilla que ahora nos ocupa era ya conocido a través de, al menos, tres testimonios previos (véanse los dos legibles en Fig. 4). Todos ellos presentan, en cartela rectangular, un motivo figurativo en un extremo y un texto púnico (de paleografía bastante similar) distribuido en dos líneas en el espacio restante. Todos se hallan sobre el mismo tipo de ánfora de fabricación ibicenca, el T-8132. Se trata pues de un grupo bastante Según veíamos, la inscripción de la nueva estampilla consistía, como en el caso de otros textos presentes en estampillas occidentales de parecida época, en al menos un nombre personal sin abreviar. La aparición de un antropónimo completo no es lo más habitual en las estampillas púnicas, pero se conocen bien otros casos (véanse p. ej. las estampillas de Bodashtart y Bodmilqart ya recogidas en Ramon 1995: 585 junto a otros nombres púnicos en transcripción griega o latina). Lo excepcional es la presencia de texto añadido, pues en este tipo de documentos (estampillas con antropónimos no abreviados) lo más común es la presencia del antropónimo en solitario, sin ni siquiera elementos figurativos (como en los ejemplos antes citados) o, como mucho, con sólo pequeños símbolos de acompañamiento (como ocurre en la estampilla circular de Magón con creciente sobre disco, publicada en Belmonte y Filigheddu 2004: 501-503). De hecho, se conoce un grupo de estampillas (algunas producto de una misma matriz o de matrices muy similares, otras realizadas con matrices bastante parecidas, pero claramente diversas) en las que aparece, como en la que ahora nos ocupa, el nombre personal Bodashtart completo, aunque en solitario. Esta dispersión está en consonancia con la circulación del soporte anfórico, pues se trata siempre de contenedores de un mismo tipo y origen. En efecto, en todos los casos documentados hasta la fecha, estas improntas rectangulares con el nombre completo Bodashtart, sin compañía de otros símbolos o emblemas, aparecen sobre el cuerpo de 3 Nótese que en Cádiz (en la calle Gregorio Marañón) habían aparecido ya, sobre la misma tipología de ánforas, estampillas del mismo tipo (rectangulares con nombre personal completo) pero con el antropónimo Bodmilqart, Muñoz 1990Muñoz -1991: 328, fig. 17.8: 328, fig. 17.8. No faltan en estas series tampoco sellos similares con antropónimos en transcripción griega o latina. La serie de estampillas ebusitanas rectangulares El texto de estas estampillas ebusitanas, aunque varía en cada caso, parece responder a un mismo tipo de contenido, a juzgar por lo legible en el nuevo testimonio y en los tres ejemplares ya conocidos, procedentes del yacimiento mallorquín de Na Guardis (dos) y del ibicenco de Can Fita (uno) (Fig. 1). Repasemos pues conjuntamente esta documentación disponible. -El ejemplar mejor legible de Na Guardis (Guerrero y Fuentes 1984: 282-285), siempre de matriz rectangular, presenta un ave en un extremo y dos líneas de texto (neo)púnico (Fig. 4a). Debe ser orientado de forma inversa a como fue leído por sus editores. Si situamos, como en la estampilla de ses Païsses, la figuración en el extremo derecho, es posible leer al inicio del texto el bien atestiguado antropónimo púnico ʾršm, "Arishim" (Benz 1972: 68-69, 276) 6. La ambigüedad de la 6 Es nombre común y de larga pervivencia en comunidades fenicio-púnicas occidentales incluso entre individuos de roma- escritura hace que sea igualmente posible leer ʾbšm, una lectura cercana a la forma atestiguada del nombre púnico de Ibiza, ʾybšm 7. Si bien la aparición del nombre del lugar de producción iría en consonancia con los contenidos de algunas de las estampillas griegas que parecen servir de inspiración a la serie ebusitana (véase más adelante) lo cierto es que dicha variante toponímica no es demasiado plausible 8 y, a falta de más nización avanzada (nótese la presencia de un personaje de cognomen Arisim en un titulus pictus sobre ánfora gaditana del tercer cuarto del s. i a. El nombre no se atestigua en sellos anfóricos púnicos, aunque ΑΡΙΣ, en letras griegas, aparece en estampillas rectangulares sobre ánforas de talleres tunecinos T-7431, véase de nuevo Ramon 1995: 585 (n. os 786-787). 7 Forzadamente, podría también leerse ʾybšm en esta primera línea de la estampilla. El ʾ inicial parece rematarse en un ápice izquierdo sinuoso muy parecido a formas de y propias del periodo. Si la letra inmediatamente inferior, la inicial de la segunda línea, fuera otro ʾ (claramente desprovisto de este ápice y bastante pegado a la letra siguiente) cabría proponer que al inicio de la primera línea debieran entenderse no uno, sino dos grafemas: ʾy. No obstante, ambas letras, más que juntas, se hallarían ligadas hasta fundirse, lo que no es común en estos textos. Por otro lado, el primer grafema de la segunda línea no parece tampoco un seguro ʾ (véase infra n. 8 La forma ʾybšm es la habitual en las leyendas monetales de la isla (que suelen presentar además grafías algo diferentes de las visibles en la estampilla, en particular en la escritura de la letra b), coherente con la distinción etimológica comúnmente aceptada de un elemento inicial ʾy-propio de islas, penínsulas y costas. En las fechas de la pieza aquí estudiada (mediados del s. ii a. C.) anteriores en menos de tres cuartos de siglo a las primeras monedas ebusitanas con inscripción (García Riaza 2004) -La tercera estampilla (Fig. 4b) procedente de Can Fita (González y Fuentes 1990: 123-127) se sitúa de nuevo sobre el asa de un ánfora del mismo tipo y de nuevo presenta en su extremo derecho un ave (aunque de identificación más difícil; es en cualquier caso una representación diversa de la presente en la primera estampilla de Na Guardis). Permite confirmar el sentido de lectura del conjunto (pues repite una misma disposición de figuración y texto) y distinguir algunas posibles secuencias textuales tanto en la primera línea (por desgracia incompleta en altura e interrumpida en longitud) 11 como en la segunda (donde destaca una probable secuencia 9 Aunque en el aparente inicio de la segunda línea se lee a primera vista un signo ʾ muy similar al de la línea superior, examinado con mayor profundidad, parte de los relieves visibles no corresponden a verdaderos trazos. El signo más bien parece una l (aunque podría también ser una g o incluso una t). Sigue una más clara secuencia št, sin que se aprecien con certeza más signos. 10 La bien legible secuencia št podría corresponder al final de un sustantivo femenino, incluso al final de un nombre propio (del tipo grgšt o ʿlšt, véase Benz 1972: 103, 172; no parece en cambio posible reconstruir bd'štrt como en la estampilla de ses Païsses). Cabe recordar también que št es el singular absoluto de la palabra fenicia para "año", presente en toda época en fórmulas de datación (PPG 3: 220-221) incluso en estampillas -si bien orientales, como las producidas en Tiro (Kaoukabani 2005)-. 11 Se inicia con una š (en todo caso una m) bien leída por los editores (que pensaron en una partícula indicadora de propiedad, algo sin embargo poco probable en este contexto); sigue lo que parece una larga l (que desciende de hecho hasta la segunda línea, curvándose hacia atrás de manera característica); y sólo es visible una tercera letra que, más que una simple d o pequeño signo similar (como veían los editores, que leían bd con la letra precedente) parece una s, w o signo de inclinación y prolongación parecida (aunque no es descartable una letra del tipo m, por ejemplo) mal conservada en altura; después, la línea se interrumpe: š/m l s/w/m[... ].'bd12 ). Interrupciones y daños no permiten proponer interpretaciones claras, aunque parecen apreciarse posibles nombres propios o, al menos, elementos antroponímicos (los más probables) 13, eventuales calificativos o funciones de éstos14 e, incluso (aunque con menos base), la hipotética presencia de dataciones15. -A estos tres testimonios se une pues la estampilla que ahora nos ocupa. Como veíamos, recoge con seguridad el nombre de un individuo, en consonancia con las posibles lecturas de alguna de las estampillas anteriores y en compatibilidad con otras. Con la misma coherencia, recoge un texto añadido. Como también veíamos, no puede decirse si éste correspondía a una filiación (la opción más sencilla, aunque no del todo clara), un cargo o función ejercido por tal individuo u otras posibilidades con menos apoyo en el texto conservado (que no parece por ejemplo incluir fragmentos de topónimos conocidos o de fórmulas de datación con menciones a años o meses del calendario fenicio). En definitiva, el conjunto prueba la existencia de un tipo de estampillado bien diferenciado, en uso en algunos talleres ebusitanos durante el s. ii a. C., que empleaba matrices acusadamente rectangulares con elementos figurativos en uno de sus extremos, a los que se adjuntaba un texto púnico dispuesto en dos líneas en el que a la inclusión no abreviada de un antropónimo (mención por tanto de un individuo, que es un cierto Bodashtart en uno de los casos conservados) acompañaba un texto añadido. Este pudo corresponder bien a otro antropónimo (parte entonces probable del nombre completo del individuo citado, quizá la opción más sencilla de aceptar 16 ) bien a un término técnico o una función (o, en probabilidad decreciente, una datación o incluso un topónimo), posibilidades todas que deben ser consideradas, en cualquier caso, hipotéticas. Como anticipábamos, este tipo particular de estampillado ebusitano encuentra paralelos formales claros en el mundo griego, más en concreto en formas de estampillado anfórico típicas de la costa e islas minorasiáticas. Examinemos brevemente los que parecen ser modelos de referencia para la práctica ibicenca. Los modelos griegos del estampillado ebusitano Es evidente la "helenización" que se advierte en las estampillas sobre ánforas T-8132 como la que nos ocupa. Como otras veces ya se ha indicado, la imitación o influencia de modelos se advierte también en otras estampillas púnicas (como las que presentan nombres púnicos como Aris y Magón escritos en grafía griega, véase Thuillier 1983, Ramon 1995, entre otra bibliografía) pero adquiere en este caso características propias, pues la concepción compositiva de la estampilla objeto de estudio es de hecho totalmente asimilable a amplias series griegas como las de Cnidos y Rodas (p. ej., Grace 1934Grace y 1963 entre una bibliografía inmensa) (Fig. 5), por citar dos casos en un marco seguramente aún más amplio. Por ejemplo, las estampillas de Cnidos (Fig. 5 b, d) llevan muy frecuentemente un motivo figurativo 16 En otros casos de timbrado de objetos en un ambiente productivo diverso, la situación es análoga: en los sellos púnicos sobre ancla que parecen presentar nombres personales con texto añadido, la interpretación más sencilla pasa por leer nuevos nombres personales, probables filiaciones (véase, sobre las anclas del pecio de "La Chrétienne", Briquel-Chatonnet et alii 2004; cf. sin embargo Briquel-Chatonnet 2007). Tampoco en estos casos queda clara la identificación del personaje o personajes mencionados, si bien las paralelas costumbres romanas hacen pensar en un armador (y no en el fabricante de las ánforas, por ejemplo). (bucráneo, caduceo, cántaro, ánfora, hoja de hiedra, proa de barco de guerra, remo, ancla, tridente, bellota, Hermes, estrella, prótomo de león). Por su parte, las rodias (Fig. 5 a, c-f) suelen llevar impreso un doble sello. En el primero, figura el magistrado o epónimo del año, precedido de ἐπί, a veces acompañado de un título, y el nombre de uno de los trece meses rodios, con la cabeza de Helios en extremo o un caduceo en toda la longitud de la cartela, entre otros. En el segundo sello, sobre el asa contraria, lleva el nombre del fabricante, en una sola línea, dentro de una cartela rectangular, a veces acompañado de algún motivo alegórico (un caduceo, una flecha, una cornucopia, una antorcha, etc.). Si bien la cartela rectangular es más habitual, también puede ser circular, con rosa central y nombre en el círculo exterior. Aunque otros muchos paralelos de estampillados de ciudades de Grecia oriental podrían venir a colación del estilo de las ebusitanas, es interesante señalar que la influencia no parece en absoluto mediatizada por las producciones anfóricas ni de Sicilia, ni de Magna Grecia, donde las estampillas son más escasas y no se observan tipos que realmente superpongan líneas de texto e incorporen, a la vez, emblemas o símbolos. Cabe no olvidar, finalmente, que en especial las ánforas rodias tuvieron una presencia comercial muy amplia en todo el Mediterráneo centro-occidental, por lo cual, entre diversas ciudades greco-orientales posibles, son las mejor situadas a la hora de hipotetizar sobre influencias ejercidas en ámbito púnicoebusitano. Por otro lado, teniendo en cuenta que su cartela es rectangular, el contenido epigráfico de muchas de estas estampillas griegas se desarrolla en dos, tres y hasta más líneas, pero raramente en una. La expresa voluntad de imitar, mutatis mutandis, este modelo de impronta pudo hacer que los alfareros ebusitanos incorporaran más texto de lo que es habitual en los sellos púnicos -que presentan como antes decíamos en su mayoría lo que parecen abreviaturas antroponímicas y sólo excepcionalmente nombres completos (véase p. ej., Ramon 1995: 245-255; Zamora 2005)pero también que adoptaran no sólo el modelo formal sino también la práctica asociada que daba origen al texto. En este sentido, cabe preguntarse, como mínimo, si los contenidos de los textos del grupo de estampillas ebusitanas sobre ánforas T-8132 imitaban también y por tanto coincidían de algún modo con los contenidos de los textos de las estampillas griegas. De ser así, la segura presencia de antropónimos púnicos podría aludir a fabricantes ebusitanos (una interpretación desde siempre planteada para los nombres personales presentes en el conjunto del estampillado púnico) pero también a magistrados, mientras que otros términos podrían corresponder a topónimos o a dataciones. Como veíamos, se trata de interpretaciones que encuentran de algún modo base en lo legible en el pequeño corpus ebusitano conservado (sobre todo en relación a la presencia de nombres personales) pero lejos de toda seguridad. Es de esperar sin embargo que, a la luz de los mejor conocidos testimonios griegos, el estudio de los documentos púnicos aquí individuados (especialmente si se añaden a ellos nuevos hallazgos como el que hemos presentado) permita en el futuro aclarar e incluso resolver la cuestión. En definitiva, es del todo seguro que a mediados del s. ii a. C. se desarrolló en Ibiza un tipo de estampillado bien diferenciado, una práctica de sellado anfórico claramente diferente de las que atestiguamos a través del resto de estampillas púnicas (lo que debe prevenirnos ante cualquier intento de explicar, simplificada y genéricamente, el entero fenómeno de sellado de ánforas en el Occidente mediterráneo bajo una misma óptica o función, pues esconde sin duda diferentes prácticas desarrolladas con propósitos diversos en distintos periodos y zonas). Algunos talleres ebusitanos emplearon en tal época matrices acusadamente rectangulares, con elementos figurativos en uno de sus extremos, a los que se adjuntaba un texto púnico dispuesto en dos líneas. Esta combinación de forma y disposición de figuración y texto, una completa novedad en las producciones centro-occidentales, era por entonces típica de las estampillas greco-orientales de lugares como Rodas y Cnidos, modelos cuya influencia en la creación de estos nuevos sellos ebusitanos es indudable. El texto de las estampillas púnicas incluía, sin abreviar, un antropónimo (mención por tanto de un individuo) al que seguía o precedía un texto añadido. Quizá se trataba del nombre completo del individuo citado (la opción más sencilla y probable), quizá de su cargo o de un término técnico -sin excluir la posible presencia de una datación, por ejemplo (e incluso de un topónimo)-. No resulta claro, aunque parece posible poder interpretar en un próximo futuro incluso estas partes oscuras de los textos, a poco que nuevos hallazgos proporcionen material que añadir al conjunto. Es en cualquier caso muy posible que, como en el caso de las estampillas griegas que les sirven de modelo, los individuos con seguridad citados en las estampillas ebusitanas se correspondieran, bien con el fabricante de las ánforas, bien con un magistrado, autoridad o funcionario. El primer caso parece encajar con alguno de los usos que solemos suponer a buena parte del estampillado púnico (según el cual un fabricante -un propietario o responsable de un alfar-reconocía y marcaba como producción propia un ánfora o lote de ánforas mediante su sellado); el segundo caso implicaría la sanción oficial -por parte de un magistrado, un inspector o funcionario delegado-de las características del ánfora fabricada. En ambos casos es muy probable que lo que se reconociera o sancionara fuera la correcta fabricación de las ánforas -y, en nuestra opinión, por tanto su correcta capacidad (aspecto éste de gran importancia sobre el que no se suele pero se debería insistir)-. La aparición de esta nueva forma de estampillado y sus modelos greco-orientales debe relacionarse con la situación histórica de la Ibiza de su tiempo. La cronología de la fabricación del ánfora que se ha estudiado a lo largo de las líneas anteriores la sitúa como veíamos en un marco no lejano al 150 a. C., en torno por tanto a la fecha fundamental de destrucción de Cartago en el 146 (tras un asedio que se remontó al 149 a. Se ha puesto repetidamente de manifiesto que tanto las evidencias arqueológicas como las propias fuentes históricas indican con claridad que la declaración de guerra y, a la postre, la destrucción de la metrópolis africana por parte de la república romana, no tuvo como trasfondo (o no sólo) las esgrimidas disputas territoriales de Cartago con los reyes númidas, sino su nuevo auge comercial mediterráneo, de nuevo en competencia directa con Roma (Ramon 2008: 69). En este contexto Ibiza pudo haber participado plenamente del mecanismo político y económico cartaginés y, a la postre, sufrir de algún modo las consecuencias del desenlace (aunque este es otro tema de debate). Sea como fuera, se vio sin duda envuelta en las transformaciones político-económicas sufridas por el Occidente mediterráneo entre el final de la segunda guerra púnica y el desenlace de la tercera. Parece claro que, en un determinado momento, las redes de comercio y circulación anfórica centro-occidentales cambiaron. La influencia del sellado griego que percibimos en los sellos ebusitanos sólo se entiende por una mayor presencia de ánforas procedentes del Mediterráneo centro-oriental griego, presencia sin duda beneficiada por las nuevas relaciones comerciales puestas en marcha por el dominio romano. No en vano éste se extendió, en el periodo clave que va desde finales del s. iii a después de mediados del s. ii a. C., tanto hacia el Occidente púnico como hacia el Oriente heleno. Es en este contexto en el que nació la nueva forma de sellado ebusitana, que muestra formalmente estas nuevas influencias, pero que pudo
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). La excavación de un asentamiento rural cercano a Lleida permitió recuperar un importante contexto cerámico datado en los siglos i-ii d. C. El repertorio cerámico recuperado incluye una amplia representación de vajillas de mesa romana; en especial, sigillata hispánica. Un gran número de vasos presenta grafitos con significados muy diferentes. La riqueza y diversidad del conjunto permite hacer algunas consideraciones sobre las condiciones de su formación y la función del lugar, así como sobre la difusión de la cultura escrita entre la población rural del periodo. The richness and diversity of the deposit allows us to make some considerations about * Este trabajo se integra en los proyectos "Relaciones interprovinciales en el Imperio Romano. Los dibujos y fotografías han sido realizados por Ramón Álvarez Arza (UB). Las figuras 12 y 13 han sido realizadas por Lluís Marí. Una intervención arqueológica preventiva, realizada en 2012, cerca de Albesa (Lleida), permitió excavar parcialmente un establecimiento rural con diversas fases de ocupación en época romana y la Edad Media. En una de estas fases, durante el Alto Imperio, se construyó y amortizó una posible cisterna. El repertorio cerámico recuperado en los niveles de amortización incluye diversas producciones de vajilla de mesa; en particular, sigillata hispánica. Un gran número de vasos presenta grafitos de significado diferente: onomástica, indicaciones de propiedad, frases, motivos vegetales y simples trazos. La composición del conjunto cerámico, depositado en un solo momento, permite hacer algunas consideraciones sobre las condiciones de su formación y contribuye al conocimiento de la cultura material del periodo. Paralelamente, el repertorio de grafitos ofrece elementos de reflexión sobre el uso y la función de la escritura en el medio rural en este periodo. El establecimiento romano y el posterior hábitat medieval ocupan una pequeña elevación -en realidad un afloramiento de roca arenisca-, que se alza unos 4 m por encima de los terrenos de cultivo circundantes. Esta elevación se localiza a la izquierda del camino que une la población de Albesa con Castelló de Farfanya, a poco más de 4 km de la primera. El lugar se encuentra a una altitud de 250,5 m s. n. m. El afloramiento de roca aparece como un polígono irregular de 211 m de largo por 66 m de anchura máxima, con el eje mayor orientado en la dirección SE-NW. El establecimiento romano ocupa una plataforma cuadrada de unos 400 m 2, conseguida mediante el recorte del extremo SE del tozal, delante de la encrucijada de dos antiguos caminos: el ya mencionado de Albesa a Castelló de Farfanya (SW-NE), todavía en uso en la actualidad, y el que unía las poblaciones de Menàrguens y Algerri (SE-NW), inutilizado parcialmente en la concentración parcelaria de 1998 (Fig. 2). Estos trabajos motivaron una intervención de urgencia, destinada a valorar la afectación del yacimiento. Esta actuación permitió identificar una posible cisterna romana que sería excavada en 2012 (Fig. 3). La cisterna consistía en un recorte circular, de unos 3 m de diámetro en la superficie, que afectó el nivel de roca arenisca y las margas subyacentes, hasta una profundidad de 2,20 m. El recorte fue amortizado, en un único momento, con aportaciones de materiales de los siglos i-ii d. C., quizá procedentes de la reforma o abandono de una construcción cercana. Esta cronología contrasta con la de la cerámica recogida a los pies del tozal, que se data en un momento del siglo iii avanzado-siglo iv. servicio de mesa y cocina, transporte, almacenamiento e iluminación. También se recuperó una limitada cantidad de fragmentos de tegulae e imbrices, vidrio, metal (en particular, clavos de hierro) y fauna. El repertorio cerámico incluye todas las clases cerámicas, con porcentajes muy diferentes: las vajillas (básicamente, sigillata hispánica, pero también paredes finas y vidriada), la cerámica común oxidada y las cerámicas de cocina local e importada están bien representadas, mientras que ánforas, lucernas o ciertas producciones locales (cerámicas engobadas) aparecen en cantidad muy reducida. La homogeneidad del material y el hecho de hallar fragmentos de un mismo vaso repartidos en diferentes estratos sugieren Figura 2. Vista general del asentamiento. En primer plano, estructuras de época medieval. Detalle de la posible cisterna. Contexto cerámico recuperado: representación de porcentajes de individuos en el registro cerámico, de formas en sigillata hispánica y de grafitos por el tipo de soporte. LA CULTURA MATERIAL: PRODUCCIONES Y TIPOLOGÍAS Las UE que rellenaban el recorte contenían una amplia representación de la cultura material del Alto Imperio, en su mayor parte cerámicas destinadas a un único momento de relleno y justifican un estudio global de la secuencia estratigráfica. Las producciones identificadas proceden, en especial, de la Península ibérica y el Norte de África y aportan una imagen parcial de los repertorios en circulación en el territorio entre mediados del siglo I y el primer cuarto del II. Algunos fragmentos de Campaniense A, sigillata Itálica y gálica, cerámica ibérica y de ánfora Dressel 2-4 itálica parecen residuales. Más dudas presentan algunos fragmentos de ánfora (citerior y bética), la cerámica de cocina itálica y una parte de la cerámica de paredes finas y de las lucernas (Figs. Esta clase cerámica (401 individuos) incluye diferentes producciones: sigillata itálica, gálica, hispánica, africana A, cerámica de paredes finas y vidriadas. El conjunto está dominado por la sigillata hispánica, que con 366 individuos representa el 91,27% de la vajilla de mesa y el 47,04% de toda la cerámica del depósito. El repertorio de sigillata hispánica es bastante amplio, aunque se concentra en unas pocas formas: Hisp. 37, en el caso de las decoradas (sistematización de las producciones altoimperiales: Roca y Fernández 1999). El resto de formas (Hisp. Por si solas, las formas Hisp. Las particularidades tipológicas solo pueden apreciarse en el caso de las formas mejor representadas. 27, por ejemplo, muestran generalmente un perfil estilizado y simplificado, con una parte superior con tendencia al exvasamiento. Algunos bordes se definen por un engrosamiento o un ligero bisel; otros no se diferencian de la pared. El pie es alto y bien articulado (Fig. 5,. 8 presentan formatos diversos, entre 14 y 19 cm de diámetro, con un labio indiferenciado o señalado por una estría y de perfil redondeado o ligeramente biselado (Fig. 5, núm. 7). 15/17 presentan paredes muy exvasadas, generalmente lisas (algunos fragmentos presentan una o más estrías), con un estrechamiento en la parte central. El labio es indiferenciado o indicado por una estría. 44 son bastante pequeños y estilizados. Algunos muestran un perfil en cuarto de círculo, articulado por estrías, mientras que otros presentan una pared más vertical (Fig. 5, núms. Por lo que respecta a las formas decoradas, exceptuada una cantimplora Hisp. 13, todos los individuos corresponden al cuenco Hisp. Esta forma presenta cierta diversidad. Algunos recipientes son muy pequeños, estilizados, con un perfil hemisférico que se remata con un borde alto y vertical, delgado en algunos casos, más o menos grueso en otros. La separación del cuerpo está indicada por estrías, que también pueden aparecer en el mismo borde. Otros vasos son de mayor diámetro, paredes gruesas y un borde mayor. La mayoría de vasos corresponde a la variante Hisp. 37A, con excepción de alguno, de gran diámetro y borde grueso ligeramente rentrante, asimilable a la Hisp. El análisis macroscópico de pastas y engobes, así como la diversidad de composiciones decorativas sugiere una multiplicidad de procedencias. Una parte importante del conjunto (identificado por sus decoraciones y sellos) parece originaria de los talleres de La Rioja; otros vasos podrían proceder de talleres del área de Ilerda, incluida la misma ciudad (producciones locales: Buxeda et alii 2014); la ausencia de analíticas físico-químicas impide mayores precisiones. El repertorio decorativo de la forma Hisp. 37 incluye composiciones muy variadas, que corresponden tanto al estilo de metopas como al del friso continuo (predominante). Algunos fragmentos merecen una mención particular. Es el caso de un cuenco (Fig. 5, núm. 11) con una composición en friso, distribuida en dos registros ocupados por una sucesión de círculos concéntricos lisos. En otro caso (Fig. 5, núm. 12) la decoración muestra una composición en tres registros. El superior conserva una sucesión de círculos segmentados. El central, más amplio, parece organizado en metopas; la única conservada, delimitada por una sucesión de líneas onduladas, incluye rosetas y motivos circulares, aparentemente dispuestos de forma alternativa. El registro inferior está decorado con círculos sogueados. Otro vaso (Fig. 6, núm. 13) se organiza en dos frisos. El superior incluye una sucesión de grandes motivos circulares (con círculos segmentados, lisos y sogueados) separados por motivos de palmas; el inferior se organiza de modo similar, pero las palmas separan grupos de dos motivos circulares. Un fragmento (Fig. 6, núm. 14) conserva una decoración más sencilla organizada en dos frisos que incluyen un único motivo repetido. El del friso superior no se identifica por la mala impresión del molde (¿un animal?); en el inferior, aparecen grandes círculos dentro de los cuales se dispone una roseta o un motivo similar. Un conjunto de recipientes recurre a la combinación de círculos y motivos verticales, mostrando una cierta variedad en los elementos escogidos: motivos formados por líneas paralelas onduladas o de palmas y círculos formados por dentados que contienen una hoja de hiedra, separados por columnas (Fig. 6, núm. 15); motivos de círculos concéntricos dentados y lisos separados por dos líneas entrelazadas (friso superior) y rosetas o motivos cruciformes en friso continuo (inferior) (Fig. 6, núm. 16). 17-18) muestran una composición en dos registros organizados de forma similar. En el primero, los dos frisos presentan una sucesión de rosetas, grandes y esquemáticas que contienen un elemento de forma semicircular en su interior. El segundo vaso muestra el mismo motivo de círculos concéntricos (dentado el exterior y liso el interior en ambos frisos). Los motivos están separados por columnas o por una línea ondulada. Se pueden atribuir a la forma Hisp. El primero (Fig. 6, núm. 19) conserva una decoración organizada en dos registros: el superior, ocupado por alineaciones de mitades de círculo sogueadas; el inferior parece contener grandes círculos lisos. En el segundo (Fig. 7, núm. 20) la decoración se distribuye en dos registros delimitados por líneas de ovas, pero solo se conserva el superior. Este se distribuye en metopas con un mismo motivo de grandes dimensiones: dos líneas verticales de puntas imbricadas que encierran grupos de cuatro líneas onduladas. En la única metopa conservada aparece un felino. Finalmente, un vaso (Fig. 7, núm. 21) organiza la decoración en dos registros con motivos dispuestos de forma continua. En la parte conservada del superior aparecen dos motivos de círculos concéntricos (línea ondulada conteniendo una línea lisa) y dos rosetas de cuatro pétalos. El registro inferior conserva una sucesión de círculos concéntricos (segmentado, el exterior; interior, liso). El depósito también aportó una cantimplora Hisp. Otro sello, del que solo se conserva la parte final, podría corresponder a un nombre, pero no se puede precisar si se trata de tria nomina o duo nomina y si se acompañaba de la mención del taller (con la fórmula "officina" o "Ex officina"). Lo que resta se puede restituir como [...]M • TR(...). La lectura M de la primera letra conservada (bastante segura) permitiría establecer una relación con Firmus Tritiensis, si se acepta un nexo entre M y I y se declina el nombre en genitivo (Mayet 1984: 133, núms. Tampoco puede excluirse una relación con otros artesanos que indicaron su actividad en Tritium Magallum en sus sellos (Mayet 1984: 134-135, núms. Entre las producciones de vajilla contemporáneas a la sigillata hispánica hay que considerar, en primer lugar, la sigillata africana A, representada por un único fragmento informe. Esta producción es rara en estratos de finales de siglo i -inicios del ii d. C. en yacimientos del litoral mediterráneo de Hispania Citerior. Otra producción, a mucha distancia de la sigillata hispánica, es la cerámica de paredes finas. La mayoría de formas corresponden a la segunda mitad del siglo i y al ii. Una de las más numerosas es el vaso Marabini LXVIII, de cuerpo globular y un asa de sección ovalada (Fig. 8,. El borde es exvasado y muestra un pequeño resalte en la unión con el cuello. La forma aparece en contextos del litoral catalán a inicios del siglo ii (Revilla 2014). Igualmente, se recuperó un cuenco hemisférico de la forma López Mullor 37 1d, con decoración arenosa (Fig. 8, núm. 25). La cronología de esta forma, seguramente fabricada en el valle del Ebro, se sitúa en época de Claudio y Nerón, alcanzando quizá los flavios (López Mullor 2008: 369). Otros vasos presentan cronologías más amplias, desde finales del siglo i a. C. o los primeros decenios del i d. C. hasta los flavios, con un momento de gran difusión a mediados de siglo. Es el caso de la forma López Mullor 34 B, en producción de "cáscara de huevo", de posible producción sudhispánica (López Mullor 2008: 368); o del vaso López Mullor 54 Ab4, con decoración de meandros (fabricado en el territorio de Tarraco y que se difunde en el valle del Ebro y Baleares: López Mullor 2008: 364) (Fig. 8, núms. Finalmente, destaca un fragmento de cuenco Mayet XVIII o XIX, con decoración de hojas de piña (fabricado en el área de Tarraco y quizá en otro centro productor: López Mullor 2008: 362). Otra producción de mesa es la cerámica vidriada, que incluye 9 individuos. Las formas identificadas son copas con asas, cuencos y platos (Fig. 8,. La mayoría presenta un revestimiento vítreo, espeso, de coloración verde oscuro con vetas amarillentas; otras muestran un revestimiento verde pálido, con el interior de un color verde oscuro uniforme. La decoración se reduce a hojas en relieve sobre la pared y elementos aplicados en las asas. En Hispania, esta producción aparece en porcentajes reducidos en contextos altoimperiales, sobre todo de siglo i avanzado -siglo ii y hasta el iii (estudios generales: López Mullor 1981; Paz Peralta 2008; Cataluña: Casas y Merino 1990; Revilla 2014; otros hallazgos: Quevedo 2015: 56, fig. 29, 1). Una copa puede atribuirse a la forma IIIb de la clasificación de A. López, datada entre Augusto y época flavia (López Mullor 1981: 210). A falta de analíticas, no se ha podido precisar, por el momento, el origen de estos vasos. Igualmente, hay que mencionar algunos fragmentos de sigillata itálica; en concreto, un borde Consp. 20, algunos pequeños fragmentos de El otro sello, de lectura difícil por la mala impresión, también es in planta pedis (Fig. 8, núm. 33). El nombre puede desarrollarse como CE o L•R^V^F. Esto permite diversas posibilidades. En primer lugar, la comparación con un RVF( ) (CVA 1723) o con diversos sellos con el nombre RVFVS, con diferentes cartelas (rectangular o in planta pedis) y formas de representación del nombre: nominativo o genitivo; presencia o no de nexos; lectura directa o retro (CVA 1737-1739; cronologías de Augusto y Tiberio); pero el cognomen siempre aparece aislado en los casos conocidos. También se podría relacionar con L•RVF( ) (CVA 1724) o incluso con CL( )•RVF( ), in planta pedis, de procedencia desconocida y que se data a partir del 15 d. Este sello es relacionado por Oxé con el ceramista Titus Rufrenus, que aparece solo o acompañado de cognomina como Cladus (CVA 1733; in planta pedis). Puede señalarse, finalmente, la existencia de un Titus Rufrenus Rufio (CVA 1735; pero en cartela rectangular y en doble registro). En todo caso, en el sello del Tossal de Cal Montblanc, el cognomen muestra nexos que no aparecen en las variantes CL( )•RVF( ) recogidas en el Corpus Vasorum Arretinorum. Finalmente, se han recogido algunos vasos de sigillata gálica: formas Drag. 27 y 2 fragmentos decorados; en total, 5 individuos. Todos ellos podrían atribuirse a La Graufesenque por las características de fabricación (este centro está bien presente en los contextos del litoral mediterráneo hispánico: Quevedo 2015: 54). A este pertenecería también un sello OF M^ASCI, en la base de un cuenco (quizá Drag. El sello es bien conocido en La Graufesenque, marcando vasos Drag. Puede relacionarse con una serie (OF MASCLI, OF MASCL, OF MASC, OF MAS, generalmente con ligatura entre M y A) que se ha vinculado con un Masculus. Esta serie de sellos, cuya difusión incluye la Península Ibérica, se data entre 30 y 80 d. Cerámicas comunes y de cocina Estas dos clases (que suman 343 individuos en total) incluyen diversas producciones: cerámicas para el servicio de mesa y el almacenamiento temporal (160 individuos) y cerámicas, locales e importadas, destinadas al fuego (183 individuos). El primer grupo incluye producciones de cocción oxidante (142 individuos), de cocción reductora (4 individuos), cerámicas engobadas de cocción oxidante (11 individuos) y cerámica de tradición ibérica (3 kalathoi). El repertorio es relativamente limitado. Las formas abiertas incluyen cuencos y platos, algunas tapaderas y cazuelas. En lo que respecta a las formas cerradas, la mayoría son jarras de una sola asa (de medidas diversas y con diferente morfología del cuerpo y del labio: Fig. 8, núms. También aparecen botellas de cuello corto y cuerpo globular (Fig. 9, núms. Las cerámicas engobadas incluyen pequeños cuencos de perfil hemisférico y borde ligeramente engrosado y jarras monoansadas de borde moldurado (Fig. 9, núms. Una pequeña pátera con borde de sección triangular biselado conservaba engobe interno (Fig. 9, núm. 43). Las cerámicas de cocina incluyen producciones locales/regionales e importaciones. Las producciones locales/regionales (106 individuos) son, en su mayoría, de cocción reductora. El repertorio, poco diversificado, está dominado por ollas globulares de perfil en "S" y borde exvasado, y ollas con un borde pequeño y ligeramente biselado. También aparecen platos y cazuelas bajas, de fondo plano y borde indiferenciado, y tapaderas con pomo. La mayoría de estos recipientes procede, seguramente, de alfares del territorio de Ilerda, ya que las formas principales (ollas de borde biselado) son habituales en villas cercanas (Marí y Revilla, 2003). Esta clase cerámica también incluye imitaciones de las tipologías de la cerámica culinaria norteafricana; en concreto, vasos asimilables a la cazuela Hayes 197=Ostia III, 267. Las ánforas son muy escasas. Tan solo se han identificado tres fragmentos de Dressel 2-4 citerior (producciones caracterizadas por labios macizos de la segunda mitad de siglo i d. C.: Járrega y Prevosti 2010; además: Járrega y Otiña 2008), uno de Dressel 20, un fragmento de ánfora de salazones del litoral gaditano, otro posible fragmento de ánfora sudhispánica y dos fragmentos de ánfora de los que no ha ido posible determinar la procedencia. Un asa de ánfora Dressel 2-4 itálica parece ser residual en este contexto. El grupo de las lucernas incluye tan solo 20 recipientes, pero es de gran interés por su diversidad formal. Destaca, en particular, la presencia de las formas Deneauve VIIA y Loeschke VIII/Bussière D II 1 (con las marcas impresas OPPI•RES[---] y C•OPREST: datadas entre 80-160 d. El contexto cerámico aportó un conjunto de 144 grafitos; en su mayor parte grabados después de la cocción. En general, un vaso incluye un único grafito, aunque hay algunos casos de combinación entre texto y figuraciones o signos. La mayoría de los grafitos aparece sobre vasos de sigillata hispánica (66 ejemplares; formas Hisp. cuenco de sigillata hispánica (Hisp. Se acompaña de un motivo formado por la intersección de cuatro trazos que podrían intentar reproducir una roseta. El texto es de lectura difícil por mutilación de la parte superior. Se dispone en forma radial en la base de un cuenco Hisp. 37, rodeando el pie del recipiente. En el espacio que delimita el pie se dispone un motivo formado por un círculo del que salen varios trazos ordenados radialmente; quizá la representación esquemática de una corona 7. Otros textos presentan problemas de lectura y de interpretación, bien por su fragmentación bien porque podrían remitir a un contexto lingüístico ajeno a la onomástica latina o griega8. Este grupo incluye los siguientes fragmentos: Texto dispuesto en dos registros y mutilado por ambos extremos: [---]+ALANDICO[---] / [---]CACVORTI. Sobre una jarra de cerámica con engobe. Posible nombre, parcialmente perdido en la zona superior. Aunque la parte inicial no se conserva bien, se intuye un trazo que podría corresponder al final de una A, que sería seguida de una G, visto el trazo corto situado a la derecha del signo. Se podría proponer, por tanto, la lectura Agat(h)emeri. Dispuesto radialmente en la base de un plato Hisp. El nombre aparece en Martos (Agathemer), Itálica y Sagunto (Agathemerus) (Abascal 1994: 261). Dos letras ejecutadas, con trazos grandes y muy finos, en el cuello de una jarra de cerámica común oxidada. Algunos fragmentos podrían interpretarse como fórmulas, indicaciones o frases dirigidas al lector, combinadas en varios casos con posibles antropónimos: Indicaría la propiedad, grabada en un lugar bien visible, bajo el labio del vaso. En la pared de una forma Hisp. La palabra puede entenderse como un insulto, pero también como una alusión jocosa. A la derecha, representación de un falo en posición horizontal. En el cuerpo de una jarra de cerámica común oxidada. El término cin(a)edus aparece en un texto de interpelación recuperado en una villa de Palencia. También podría completar una fórmula contenida en un vaso Ritt. 8 de Los Bañales (ambos textos se datarían entre finales del s. ii y el iii: Robles y Cortés 1983; Andreu y Delange 2017). La presencia del falo puede responder a una función profiláctica (Mínguez, 1996, recoge numerosos ejemplos -en relieve-sobre sigillata hispánica, cerámica engobada y cerámica común). La zona inferior del nombre se ha perdido. Fragmento informe de cerámica común, quizá una jarra. En la superficie externa de una tapadera Hisp. Un caso particular, dentro de este conjunto, es una frase que contiene el mismo nombre y se repite hasta tres veces con algunas variantes. Dos de los textos aparecen sobre sigillata hispánica; el tercero, incompleto, en cerámica común. Disposición radial; en la base de un cuenco Hisp. 8 de grandes dimensiones; letras "S" y "U" de sum en contacto. Fortunata y Fortunatus son nombres relativamente abundantes en Hispania. También se conoce el nombre Fortunatianus en Tarragona, Málaga y Sos (Abascal 1994: 371-372 Muchos textos utilizan una cursiva que muestra cierta diversidad en la grafía y la disposición de las letras, adaptándose bien al espacio disponible. Los trazos de algunas letras ("A", "D", "N", "R") encuentran coincidencias en grafitos de segunda mitad del siglo i d. En consecuencia, las palabras se ordenan radialmente, pero también se pueden dividir en dos líneas. Las letras se trazaron con una cierta elegancia en algunos casos; incluyendo ápices ("M", "N", algunas "S" y "T", son grabadas con trazos largos que sobresalen de la alineación del texto); en otros, son más sencillas. También se utilizan formas diversas para representar algunas de ellas. La "O", por ejemplo, aparece como una "V" invertida, como dos semicírculos casi en contacto o como un círculo completo trazado de forma descuidada. La "R" se diseña con dos trazos apenas unidos (el exterior, ondulado) o con una forma que define bien la panza superior, más o menos ancha y de perfil redondeado o anguloso. La "A" aparece con o sin el trazo interno (en este último caso sin contacto con los restantes). La "S", se representa en forma simplificada (dos trazos que se unen en ángulo) o con un trazo muy largo y sinuoso. La "F", en fin, aparece en su versión más conocida o bajo la forma de un trazo vertical largo y otro más pequeño, dispuesto en paralelo en la parte superior. Otros textos parecen intentar reproducir una escritura capital, con letras más regulares, de mayor tamaño y que se disponen bien separadas entre sí. Este es el caso, por ejemplo, del fragmento núm. 1, donde el nombre MOD(...) se completa, significativamente, con una hedera; pero este intento también se aprecia en el trazado de muchas letras de los textos ordenados en dos líneas (núms. 4 y 7) o más sencillos (núms. En general, los trazos de los grafitos son poco profundos y delgados y se aprecian vacilaciones (marcando repetidamente un trazo) en la ejecución de algunos de ellos; por ejemplo, en la "D" final del grafito 1, la "A" del grafito 7, las letras "E" (cursiva) y "T" del grafito 10 o, finalmente, en varias de las letras del grafito 16, que también parecen sufrir un intento de cancelación. El conjunto aporta la evidencia de una gran familiaridad con la práctica de la escritura y sus diversas posibilidades: afirmación de la individualidad, transmisión de mensajes de tipo diverso (que implican una cultura o códigos comunes entre la población local, vinculados a un sistema de valores), identificación de recipientes (¿en relación con actos determinados cuando se trata de signos repetidos?). Esta situación encaja en un contexto social que parece bien alfabetizado. En el territorio próximo se pueden mencionar algunos grafitos con onomástica latina, y quizá griega, en sigillata hispánica, de la ciudad de Ilerda (con dataciones de siglo ii d. Asimismo, en la cercana villa de Tossal del Moro (Corbins) y otros lugares (El Romeral, Cantaperdius) se han identificado grafitos onomásticos en sigillata hispánica (conjuntos inéditos datados también en el siglo ii: para Tossal del Moro: Marí y Revilla 2003; otros hallazgos: Fabre et alii 2002: 139-142 y 156-158=IRC V). Un caso particularmente interesante es un texto grabado sobre un vaso de sigillata hispánica de la cercana población de Tèrmens, que ofrece la lectura [Pa]ulini / Paulini sum fur • c[av]e malum, que funcionaría como imprecación (IRC V, 29). Finalmente, aunque su función y significado sea diferente, cabe destacar un grafito sobre cerámica engobada de Esplujals (en el municipio de La Foradada, en la misma comarca). El texto, grabado antes de la cocción, contenía una indicación de capacidad para un producto específico, el mulsum (Aguilera y Garcés 1997; IRC V, 62bis). Fórmulas y alusiones diversas aparecen en el territorio de otras ciudades del noreste de Hispania Citerior. Dentro de este conjunto, son particularmente interesantes los grafitos con la mención cinaedus, que encuentra paralelos sobre cerámica en Hispania y que es relativamente frecuente en inscripciones parietales de Pompeya (Andreu y Delange 2017). Este tipo de textos encierran varias posibilidades de interpretación, desde la alusión jocosa a una función profiláctica y preventiva. Su difusión en contexto provincial muestra la expansión de valores y comportamientos a escala imperial y pueden ayudar a identificar formas específicas de cultura popular. La mayoría de los ejemplos citados tienen en común la descontextualización o la singularidad del hallazgo. Esto dificulta su datación y, sobre todo, precisar la función. Un caso comparable a Cal Montblanc, por sus características estratigráficas y cronología, lo ofrecen los depósitos de los pozos de Edeta, ya citados. Estos pozos aportaron una gran cantidad de grafitos, con antropónimos, teónimos y fórmulas, en latín y griego, que encajan muy bien con un contexto sociocultural particular: un complejo religioso y termal suburbano. La abundancia y diversidad de formas de representación, en este caso, podrían interpretarse como resultado de las circunstancias (materiales y religiosas) asociadas a la intensa frecuentación del lugar, la diversidad de los protagonistas y la existencia de una ciudad. El conjunto se ha interpretado, en este contexto, como los restos de banquetes rituales (Corell et alii 2012). Se pueden citar, finalmente, otros importantes conjuntos de grafitos en Complutum (un contexto doméstico de época Flavia: Rascón et alii 1994: 264-266, con una reflexión sobre su función), Segobriga (Abascal y Cebrián 2007) y Emerita Augusta (Hidalgo et alii. Sin embargo, la comparación con estos casos es problemática, tanto por su carácter urbano y situación peculiar (algunos se asocian a contextos religiosos) como por la falta de datos sobre la naturaleza del asentamiento de Cal Montblanc. La datación del depósito se basa, en primer lugar, en el repertorio de sigillata hispánica, dominado por algunas formas características de la segunda mitad del siglo i y la primera mitad del ii: Hisp. A estas, hay que añadir la cantimplora Hisp. 13, producción fabricada en Andújar y La Rioja durante la segunda mitad del siglo i y que alcanza hasta mediados-segunda mitad del ii. Para precisar esta cronología pueden utilizarse algunos contextos geográficamente cercanos, que presentan, sin embargo, algunos problemas para su comparación. Las excavaciones realizadas desde la década de 1980 en Lleida han aportado evidencias importantes, pero parcialmente estudiadas (Pérez Almoguera 1990; Gil et alii 2001). Los datos más recientes, además, muestran un panorama de producciones locales e importaciones particularmente complejo (Buxeda et alii 2014). La situación de Guissona (antigua Iesso) en el siglo ii muestra algunas coincidencias con el depósito de Cal Montblanc, como la escasez de sigillata africana A, en un repertorio dominado por la sigillata hispánica, que contrasta con porcentajes elevados de cerámica culinaria africana (Pera y De Solà 2014: 250-251). Sin embargo, no existe un estudio en profundidad de la cultura material de la ciudad en el Alto Imperio (ánforas: Carreras 2004; Antigüedad tardía: Uscatescu 2004). La comparación con contextos cerámicos del litoral mediterráneo de Hispania Citerior muestra coincidencias que confirmarían la datación global y permiten algunas precisiones (Fernández y Remolà 2008; Trullén y Remolà 2014; Revilla 2014). El paralelo más cercano lo ofrece la villa del Vilarenc (Calafell, Tarragona), con un contexto doméstico de inicios de siglo ii (Revilla 2014). Entre la vajilla de mesa del lugar, la sigillata hispánica es la producción mejor representada: el 76,71% de la vajilla y el 15,64% el total de cerámica recuperada. El repertorio incluye las formas Hisp. Las formas decoradas están dominadas por el cuenco Hisp. Otras producciones, muy escasas, son la africana A (tan solo el 2,73%), las paredes finas (la forma Marabini LXVIII es la mejor representada) y la cerámica vidriada. Paredes finas y cerámica vidriada suponen el 9,58% de las vajillas de mesa. La cerámica culinaria incluye un porcentaje importante de importaciones norteafricanas (el 33% del grupo comunes/cocina), con formas de gran difusión: Hayes 185 y Hayes 196=Ostia III, 332, Hayes 23 A=Lamb. También se aprecian coincidencias con algunos contextos de la cercana Tarraco, aunque con diferencias obvias, por lo que hace a la cantidad y diversidad de los repertorios. En el depósito de "Gasòmetre-32", Otros depósitos litorales, más alejados geográficamente, ofrecen situaciones comparables, pero con un matiz: la presencia significativa de sigillata de los centros sudgálicos. En Baetulo, la aparición de la sigillata africana A se sitúa en época flavia, con porcentajes reducidos (el 4% de la vajilla de mesa) frente la sigillata gálica (70%) o la hispánica (24%). Esta vajilla se acompaña de formas culinarias africanas de gran difusión (Hayes 23B=Lamb. Estos porcentajes muestran coincidencias con Emporiae, donde la sigillata gálica también domina los niveles flavios y es todavía importante, por delante de la sigillata africana A, en depósitos de primera mitad del siglo ii (Aquilué et alii 2008: 54-56; Tremoleda et alii 2014). La situación cambia en los niveles del segundo cuarto del siglo ii, cuando se aprecia un predominio de la sigillata africana A (55%) y la hispánica se reduce (15%) (Aquilué 1987: 66-69). La cerámica culinaria africana, muy abundante, incluye las formas Hayes 23 A=Lamb. También cabe citar los depósitos que colmataban dos pozos de Edeta, con una cantidad importante de sigillata hispánica, cerámica de paredes finas y cerámica común (aparentemente, las producciones más abundantes), lucernas y ánforas. El repertorio de sigillata incluye Hisp. Se recuperaron 73 grafitos, sobre sigillata y también en cerámica común, que incluyen antropónimos, teónimos, expresiones, signos y símbolos. Los paralelos analizados (teniendo en cuenta que se trata, en la mayoría de casos, de depósitos urbanos) aportan, por tanto, un marco cronológico fiable; pero la cronología del depósito de Cal Montlbanc puede ser precisada combinando diversos criterios: la práctica ausencia de sigillata africana A, que comienza a ser más abundante a partir del segundo cuarto del siglo II en los contextos litorales catalanes y valencianos; el repertorio de sigillata hispánica; la abundancia (relativa) de vasos de paredes finas que llegan a época flavia (junto a los que se sitúan en el siglo ii); finalmente, la presencia de formas de cerámica culinaria africana que inicia su producción y difusión en torno al 100 d. C. Estos factores sugieren una datación dentro del primer tercio del siglo ii como momento del relleno de la fosa. El depósito debe entenderse en el contexto de un periodo de ocupación del lugar más amplio, que va del siglo i al iv d. C., como muestran los hallazgos en superficie de sigillata sudgálica, hispánica y africana D (Rovira y Gasca 1990: 387). Sin embargo, por el momento no es posible relacionar estas producciones con una secuencia estratigráfica o con alguna construcción. Esto impide definir la naturaleza del asentamiento y como habría evolucionado su ocupación (con sus posibles fases). Este hecho dificulta, a su vez, interpretar el significado del contexto cerámico recuperado. CONSIDERACIONES SOBRE LA CULTURA MATERIAL Como se ha indicado, el conjunto cerámico recuperado se inserta claramente en la cultura material del siglo i avanzado -inicios del ii. En él se incluyen recipientes (vajillas, vidrio) y restos (fauna, material metálico) relacionados, en una primera función, con necesidades cotidianas. Esta circunstancia permite intuir algunos de los mecanismos relacionados con el abastecimiento del territorio en este periodo. Sin embargo, la falta de datos sobre el asentamiento y sobre el hábitat de la periferia de llerda (o la misma ciudad) impide precisar el grado de representatividad de la muestra recuperada y dificulta la interpretación. En concreto, es difícil explicar algunas peculiaridades del conjunto. Un hecho destacable son las coincidencias del repertorio recuperado con el material de contextos, urbanos y rurales, del nordeste hispano. Entre las coincidencias con otros depósitos, hay que recordar el predominio absoluto de la sigillata hispánica y la escasez de cerámica de paredes finas y cerámica vidriada, junto a la rareza de la sigillata africana A. Simultáneamente, los repertorios de Cal Montblanc muestran divergencias significativas respecto a todos los casos mencionados. En primer lugar, la elevada proporción de vajilla de mesa frente a otras clases: más del 50% de los recipientes cerámicos, cuando en Tarraco y su territorio, por ejemplo, los porcentajes se sitúan en torno al 20% (García Noguera et alii 1997: 200; Járrega y Abela 2010: 168); o la menor importancia cuantitativa de la cerámica culinaria africana (pero con un repertorio relativamente amplio) frente a la local. También parece significativa la ausencia de ánforas o cerámicas comunes africanas, que aparecen regularmente en contextos del litoral catalán, aunque no en grandes cantidades (Aquilué 1995; Aquilué et alii 2008). En conjunto, las importaciones africanas suponen tan solo el 9,22% de las cerámicas del depósito, lo que contrasta con asentamientos litorales, donde pueden alcanzar el 25% (Revilla 2014: 128). Otro problema importante que plantea el depósito es la imposibilidad de determinar la procedencia de la sigillata hispánica, exceptuando algunos vasos sellados. En este contexto, la presencia de una cantimplora Hisp. 13 es particularmente interesante. Pérez Almoguera ya había señalado el hallazgo de moldes de Hisp. Recientemente, el estudio arqueométrico de algunos contextos de Ilerda e Iesso ha confirmado esta hipótesis, mostrando la coexistencia de sigillatas de procedencia diversa (La Rioja, Abella y otros lugares) con sigillata local (Buxeda et alii 2014; Pera y De Solà 2014; fragmentos de cantimplora con marca intradecorativa y de molde: Buxeda et alii 2014: 215-219, 223, 230). Este taller también fabricó Hisp. Estos datos se añaden a otras evidencias que indican la existencia de una actividad artesanal extendida, formada por una multiplicidad de pequeñas unidades, distribuidas en la periferia de Ilerda. Este fenómeno artesanal se explicaría por la existencia de una demanda urbana y rural de cierta importancia que no podía satisfacerse exclusivamente con las producciones de La Rioja. Es posible, incluso, que una parte del repertorio de sigillata de Cal Montblanc proceda de alguno de los talleres de la ciudad. Este porcentaje (imposible de determinar en este momento) se añadiría a otras producciones locales, como la cerámica común, la cerámica con engobe y la mayoría de la cerámica culinaria. Ilerda actuaría, así, como centro proveedor del territorio en un doble sentido: como punto de redistribución, por su vinculación a las redes intra e interprovinciales (a través del eje Ebro-Segre-Noguera Ribagorçana) y como centro de producción artesanal (para la ciudad altoimperial: Gil et alii 2001: 176-178). La concentración de esta actividad artesanal y su impacto se explicarían por varios factores: la función económica y administrativa respecto a un amplio territorio, la materialización de ciertos intereses y estrategias en manos de las élites locales o foráneas, la posición geográfica, la demografía (la combinación específica de estos factores es esencial para definir la capacidad económica de una ciudad: Wilson 2002: 233-234, 265-267). En este contexto, el impacto de Ilerda no parece sobrepasar el ámbito estrictamente local, abasteciendo prioritariamente las necesidades de la población cercana. En cualquier caso, la posición de la ciudad respecto al territorio no puede definirse con precisión en este momento. En primer lugar, porque no se conoce la estructura de la propiedad de la tierra, los recursos explotados y las formas concretas de gestión de las actividades económicas, que podían suponer, en ciertos casos, la integración con la agricultura (Revilla 2015). Un problema añadido es el desconocimiento de la estructura general del hábitat rural y las relaciones de Ilerda con otras ciudades, como Iesso (Rodrigo 2004; Pérez Almoguera 2008); este desconocimiento afecta, como ya se ha indicado, al asentamiento de Cal Montblanc. Con todo, la composición del contexto cerámico sugiere dos hechos. En primer lugar, la capacidad de la población rural de ciertos territorios para abastecerse regularmente de una cultura material muy diversa, por procedencias y repertorios; las coincidencias entre el caso de la villa del Vilarenc y Tarraco parecen significativas, por ejemplo. Esta capacidad parece superior en el caso de asentamientos situados en proximidad de una ciudad, que accederían fácilmente a las redes comerciales que abastecían a estas. Al mismo tiempo, hay que señalar una cierta homogeneidad en los repertorios (visible, entre otros casos, en el predomino del grupo Hisp. Ello podría interpretarse como índice de una capacidad limitada de elección del consumidor, determinada por el funcionamiento y posibilidades que ofrecen los mecanismos comerciales. En segundo lugar, las diferencias en la composición de los repertorios de asentamientos situados en territorios diferentes (en lo que atañe a las producciones) parecen indicar la existencia de situaciones micro y meso-regionales bien definidas. Estas situaciones podrían reflejar el funcionamiento de redes de intercambio de radio limitado, responsables de la presencia de importaciones específicas en mayor o menor medida. CULTURA MATERIAL Y CULTURA ESCRITA El análisis del depósito y, en particular, del conjunto de grafitos, permite hacer otras consideraciones sobre el lugar y, en sentido general, sobre la población del territorio. Un primer aspecto a destacar es la diversidad del repertorio de producciones y tipologías cerámicas. La presencia de todos los tipos de clases cerámicas, las señales de reparación de algunos recipientes y, finalmente, su aparición junto a elementos metálicos, vidrio (muy escaso, por otro lado), objetos de uso personal (agujas en hueso) y fauna, podrían avalar la hipótesis de una relación con procesos de consumo doméstico. Sin embargo, el depósito no parece un vertedero, ya que no se identifican signos de combustión relacionados con el tratamiento de residuos, y la formación del conjunto parece muy rápida. Además, los desequilibrios en la representación de ciertas clases y producciones no se corresponden con una acumulación casual de material de desecho. La vajilla de mesa, como se ha indicado, supera el 50% y se concentra en muy pocas formas. En esta clase cerámica se incluyen numerosas piezas completas, algunas con pocas señales de uso. Estos hechos encajan, pero solo parcialmente, en la situación que muestran los contextos cerámicos del período comentados anteriormente. En lo que respecta al conjunto de grafitos, destacan su gran cantidad y la variedad de fórmulas empleadas. A ello hay que añadir la relativa abundancia y variedad de nombres y la diversidad de situaciones identificadas; en particular, la confluencia de elementos latinos, griegos (incluido un caso en que se emplea grafía griega) y autóctonos. La distribución de las inscripciones es interesante. La gran mayoría aparece en sigillata (con escasas excepciones sobre cerámica con engobe, común y de cocina local). Además, se concentran en vasos Hisp. Este hecho no parece casual, dada la abundancia de Hisp. 27 y 15/17 y parecería relacionado con una selección particular de vasos para beber y del cuenco Hisp. 37, además de las jarras en cerámica común o con engobe, que contendrían líquidos. El significado en sí mismo, tanto de la onomástica como de las figuraciones, plantea un problema importante. Algunos antropónimos (que parecen en genitivo) y fórmulas podrían relacionarse con las indicaciones de propiedad que aparecen con cierta frecuencia sobre cerámica (Polo et alii 1999: 571-572). Otros fragmentos pueden interpretarse como frases que, al dirigirse al eventual lector, convierten al vaso en un objeto parlante ("personalización" de la cerámica: Vavassori 2012: 81-82; nombres en genitivo: p. Finalmente, es interesante la presencia de elementos a los que podría atribuirse una función simbólica, como las palmas, el falo, la posible corona o la hédera. Se trata de indicios que podrían sobrepasar los usos y significados generados en una situación estrictamente doméstica, dada la abundancia de documentos y la coexistencia de elementos de diferente procedencia cultural. Con todo, tampoco podría excluirse una condición doméstica y privada, al menos para una parte del material. El emplazamiento del hallazgo aporta otro elemento de reflexión. El depósito se localiza en un lugar situado en una encrucijada de vías cuya existencia se documenta, como mínimo, desde época medieval y que ha seguido en uso hasta avanzado el siglo xx. La condición de encrucijada, ligada a la movilidad de personas, pudo haber otorgado un valor simbólico a este lugar y generar algún tipo de actividad cultual, cosa que también podría explicar la frecuencia de vasos y jarras. Una parte del material asociado a esta actividad acabaría, así, en una fosa. Sin embargo, dada la ausencia de estructuras arquitectónicas (por otro lado, tampoco imprescindibles para según qué actividades), de momento no se puede ir más allá de proponer esta hipótesis. A falta de otras evidencias, por tanto, no es posible precisar la función exacta del depósito ni del material que lo integraba. Es innegable, en todo caso, que la abundancia de documentos y la diversidad onomástica y lingüística del conjunto ofrecen una imagen más compleja de la población rural del territorio situado entre los conventus Tarraconensis y Caesaragustanus. El interés del conjunto es, en este sentido, doble. Por un lado, su contenido evidencia que el uso de la escritura era bastante habitual en el medio rural. Esta constatación, que debe profundizarse, permite cuestionar el paradigma que contrapone el campo, como un espacio iletrado, cuyas relaciones y dinámicas son articuladas y definidas por la oralidad y la memoria, frente a la ciudad como ámbito que privilegia el mensaje escrito. Por otro lado, el depósito aporta una serie de testimonios bien datados que amplían nuestro conocimiento sobre la historia cultural del Alto Imperio en Hispania. En lo que respecta a la condición social y jurídica de los personajes mencionados, poco se puede decir. En principio, dado el contexto, la forma de representación onomástica y el tipo de soporte, cabe imaginar que se trata de individuos pertenecientes a los estratos más modestos de la población rural, pero su estatuto jurídico no se indica en ningún caso y no se puede deducir directamente del contexto. La intención y la necesidad de identificar a una persona no van más allá del ámbito local. En el mismo sentido deben entenderse las exhortaciones y frases (al igual que en el texto perdido de Tèrmens, ya citado). Tampoco se puede relacionar esta documentación con dinámicas sociales (comunicación, movilidad) o económicas. Finalmente, no se pueden establecer conexiones con la población urbana y, menos aún, con el limitado dossier epigráfico de las élites de las ciudades cercanas (Ilerda, Iesso). El sentido y la importancia de este conjunto residen en otro aspecto: la frecuencia y la diversidad de formas en que se plasman los mensajes escritos son indicadores de la complejidad de la sociedad rural de un territorio específico. El uso de la escritura en formas diversas, desde el signo a la palabra, pasando por el uso de imágenes, debió contribuir a dar nuevos significados a los objetos cotidianos sobre los que se escribieron, ya que les atribuía un valor comunicativo que relacionaba individuos y ciertas iniciativas, que se concentraban en un lugar. Esta localización, en un momento preciso (en relación con una función que no puede precisarse por ahora), y la coexistencia de elementos culturales diversos deben entenderse, seguramente, como parte de mecanismos de comunicación social y de definición de identidades desarrollados por individuos, pequeños colectivos y comunidades en diversos escenarios y situaciones; entre estas se puede considerar la religión y ciertas prácticas rituales, pero también los complejos juegos de alusiones y de identificación personal generados por la convivencia y el trabajo cotidiano. Ninguna de estas posibilidades se puede excluir. Como han puesto de relieve diversos investigadores, la definición de identidades en la sociedad romana implicaba procesos activos de selección entre un repertorio de imágenes y una cultura material, en continua redefinición, generada en un marco imperial; esta selección se acompañaba del uso preciso de diversas formas de mensaje escrito (Woolf 1995: 12-14, 17; Hingley 2005). Los grafitos del depósito de Cal Montblanc permiten una aproximación, parcial, pero muy importante por su perspectiva (microescala) y por su contexto (el medio rural), a procesos de este tipo desarrollados en un contexto provincial. El análisis, a escala local, de conjuntos rurales y urbanos y su comparación con la situación de otros territorios permitirá definir mejor estos procesos.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). En este artículo se analizan en detalle las estatuas vestidas y los togados de Barcino conservados hasta la actualidad. El objetivo es obtener una visión de conjunto de estas producciones, que las sitúe al nivel de conocimiento que se posee desde hace tiempo sobre otras producciones barcinonenses, como los retratos o la epigrafía. Además, se pretenden aclarar las controversias cronológicas publicadas hasta el momento sobre una parte de este material. En total se tratan 16 piezas, de las que 10 son togados, una viste túnica, 2 representan a estatuas femeninas según el Schulterbausch-typus y 3 más corresponden a restos de estatuas diversas: una mano derecha, un plinto con un par de calcei y un fragmento de túnica o chitón. El estudio iconográfico y estilístico de estas piezas en relación con el contexto histórico en el que se realizaron y la consideración de su material pétreo, en su mayor parte de gres de Montjuïc, permite obtener conclusiones acerca de la producción y el uso de la escultura en Barcino. Se constata la utilización de estas estatuas durante el siglo i d. C. y la perduración en ellas de modelos triunvirales durante el transcurso del período julioclaudio, sobre todo en las representaciones destinadas al contexto funerario. Se determinan creaciones locales para adaptar los modelos foráneos al entorno de exposición de esculturas concretas, pero en general se aprecia un elevado respeto al lenguaje iconográfico metropolitano, que fue recibido a través de corrientes itálicas y del sureste de la Galia. El elevado alcance de estas influencias sobre las producciones barcinonenses determina el arraigo a la tradición de sus artesanos y el de los comitentes a los códigos establecidos para expresar mensajes de prestigio y autorrepresentación. Barcino se fundó a finales del siglo i a. Se originó durante la restructura- ción territorial impulsada por Augusto en el norte peninsular tras la campaña de las guerras cántabras y ostentó desde el inicio el rango de colonia. Se pobló de numerosos colonos de origen itálico, en muchas ocasiones de ascendencia servil, dispuestos a mejorar su bienestar económico y fomentar la propia promoción social. Como en otras ciudades afines, este ambiente favoreció desde el inicio el encargo y acomodo de estatuas de representación en los espacios funerarios y públicos de la ciudad, lo que impulsó la recepción de obras y modelos escultóricos emitidos en el ámbito oficial de la metrópolis. Partes de estas esculturas se recuperaron (Fig. 1) en el último tercio del siglo xix durante las tareas de derribo acontecidas en el área barcelonesa de Ciutat Vella. Otras muchas fueron exhumadas en el interior de las torres del sector nordeste de la muralla tardorromana en el curso de las excavaciones practicadas en este lugar entre 1943 y 1968. El hallazgo más reciente aconteció en 2001, en el número 3 de la calle Sant Honorat, donde se encontró un fragmento de un togado infantil de mármol entre los restos de un edificio del siglo xviii (Rodà 2007: 749 nota 3). La reutilización de la práctica totalidad de estas piezas como piedras de relleno o materiales de construcción ha determinado su estado fragmentario, conservándose retratos separados de sus cuerpos pétreos y esculturas acéfalas rotas en varios trozos disociadas de las inscripciones que las nombraron en sus pedestales. Estas cabezas retrato y las inscripciones han sido estudiadas en profundidad 2 pero no ha sido así respecto a las estatuas vestidas, que por el contrario han recibido un trato muy desigual. Entre éstas, la mejor atendida es la figura femenina de mármol exhumada en 1872 en la Calle del Paradís (Figs. Su excelente calidad y la proximidad de su lugar de ha-LOS TOGADOS Y ESTATUAS VESTIDAS DE BARCINO llazgo a la plaza forense de la colonia han motivado su inclusión en numerosos estudios monográficos 3. Otras dos esculturas acéfalas, una femenina (Figs. Estos autores también se refirieron a un togado (Figs. En 1962, J. M. Blázquez (1963: 225-245) incluyó la totalidad de ejemplares mencionados en la visión de conjunto de la escultura romana en Cataluña que presentó en el II Symposium de Prehistoria Peninsular. Destacó el interés de las piezas más tempranas labradas en gres de Montjuïc (Figs. 2, 16 y 7) por ser indicativas de la existencia de talleres locales ya a finales del siglo i a. A diferencia de éstas, otras esculturas apenas han sido objeto de atención. Tal es el caso de tres fragmentos de dos estatuas (Figs. En ésta se catalogaron 3 piezas más (Figs. 3, 13 y 14) de las hasta entonces conocidas, dos de las cuales permanecen inéditas (Figs. Otros 3 fragmentos (cat. n.o 4, 5 y 7) todavía no han sido estudiados ni publicados. Finalmente, la pieza más recientemente exhumada (Figs. 1g y 9) ha sido tratada en dos ocasiones por I. Rodà, la primera en relación a las imágenes de culto imperial en el nordeste hispano (Rodà 2007: 749) En estos estudios, el análisis de los togados y las estatuas vestidas de Barcino no es el objetivo principal. En todos ellos, estas piezas se consideran de modo parcial, no solo porque se incluyen individualmente o en pequeños grupos dentro de un conjunto tipológica y temáticamente más amplio y diverso, sino también porque se tratan de manera concisa o desde puntos de vista concretos. Frecuentemente, la interpretación por criterios estrictamente de tipología iconográfica y estilo no se complementa con los datos que aporta el conocimiento histórico y arqueológico de Barcino, ni se tiene suficientemente en cuenta la localización de esta colonia y la producción de estas esculturas en un ámbito romano provincial de occidente5. Por lo general prevalece una visión o las otras, lo que favorece que en ocasiones se propongan cronologías escasamente justificadas desde el punto de vista estilístico y formal o que de una misma pieza se hayan publicado resultados poco coincidentes. Los análisis de Alberto Balil son los que concilian mejor dichos aspectos interpretativos, conocedor como fue de la arqueología y el arte provincial hispanos; no obstante, es preciso profundizar su labor y ponerla al día con los nuevos avances. En este artículo nos proponemos realizar una revisión de conjunto exhaustiva y actualizada de este material estatuario, con el fin de estudiarlo pormenorizadamente y también en relación al medio en el que se manufacturó y utilizó. Además, el carácter local de la mayoría de estas obras permitirá aportar más datos para el avance en el conocimiento del arte romano provincial. al estilo de la época julio-claudia. Además, muestran como elemento común el material en el que fueron tallados, que corresponde a la arenisca de las canteras de Montjuïc situadas al sur de la ciudad de Barcelona6. El más antiguo de la serie (Fig. 2) se observa roto en dos partes a la altura de la cintura. Le faltan los pies y la cabeza que fue realizada aparte. En su estado actual mide 145 cm de alto, lo que indica que originalmente fue de tamaño natural. Está dispuesto de pie, apoyando en la pierna izquierda, en tanto que la opuesta se adelanta flexionada. El brazo derecho está doblado sobre el pecho y asoma la mano por el borde diestro del escote de la toga con la palma abierta sobre los pliegues diagonales del balteus (Cleland et alii 2007: 15); el brazo izquierdo se flexiona en ángulo obtuso junto al cuerpo, cogiendo el volumen roto en el puño siniestro, de modo similar a un togado hallado en el Corso d'Italia de Roma (Goette 1990: n.o Ab3 lám. 145 cm Al. 48 cm Gr. (fotografías de la autora). ANALISIS DE LAS ESTATUAS Hasta el momento conocemos un conjunto de 16 esculturas distintas, de las que 7 resultan del ensamblaje o restauración de dos o tres fragmentos pertinentes extraídos del mismo contexto arqueológico. Así sucede con la escultura femenina y el togado (Figs. 16 y 2) procedentes de la torre 11 de la muralla romana (Fig. 1a), con las figuras masculinas (Figs. 3, 6 y 13) halladas en la torre 25 (Fig. 1c), con una estatua togada del sector del recinto defensivo próximo a la Baixada Viladecols (Figs. 1f y 8) exhumada en el subsuelo del Palau Reial. En total contamos con 10 togados, un personaje que viste la túnica (Fig. 13), partes de 3 figuras femeninas, un plinto con dos pies calzados (Fig. 14) y una mano derecha (Fig. 12). Este error se puede comprobar en el n.o 157 y la fig. 177 del repertorio de É. En el presente análisis nos referiremos, primero, a los togados y fragmentos que se pueden relacionar con este tipo estatuario, que es del que se conserva un número mayor de piezas. Los vestigios de indumentarias diferentes los reuniremos en un segundo apartado debido a su diversidad y a que su número es mucho más limitado. De los 10 togados conservados, por lo menos 6 (Figs. 2-7) corresponden a formulaciones bastante tempranas de este atavío civil romano, la mayoría reproducen el Ab. A pesar de que la primera modalidad fuese característica del siglo i a. C. e inicios del siglo i d. C. y de que la forma inicial de la segunda no sobrepasase la fase medio augustea en las producciones metropolitanas (Goette 1990: 26-27), los seis ejemplares barcinonenses se vinculan LOS TOGADOS Y ESTATUAS VESTIDAS DE BARCINO Figura 3. (a. fotografía del museo; b. fotografía de la autora). Sobre una tunica apenas esbozada, la figura lleva una toga tipo pallium (Cleland et alii 2007: 191-192 A nuestro parecer su estilo no se corresponde con el de ropajes anteriores a mediados de este siglo, como opina Hertel (Blech et alii 1993: 41-42), la profundidad de los pliegues y la amplitud de los fondos de tela lisos más bien los atribuimos a su labra local. del período augusteo, al considerar que Barcino no se fundó hasta finales del siglo i a. En nuestra opinión, la fecha de creación de la colonia es determinante respecto al establecimiento de la cronología de este togado, que lógicamente tuvo que ser producido con posterioridad a la puesta en marcha de la actividad normal de la ciudad, pero su labra no debió acontecer mucho después, a juzgar por la naturaleza temprana de su estilo. Por ello destacamos el interés de esta escultura, puesto que su estilo e iconografía atestiguan con claridad el uso de tendencias superadas en la metrópolis en los talleres de este medio provincial. Con esta figura muestra varios puntos en común la segunda pieza de este conjunto (Fig. 3). Se trata de dos fragmentos bien encajados entre sí que reproducen casi la mitad inferior de un togado masculino. En su cara frontal se observan los últimos pliegues de una toga tipo exigua dispuestos en diagonal. El borde inferior asciende romo por encima de los tobillos y sobre la lacinia que, rota en su superficie, se adivina breve y cayendo sobre la pierna izquierda en forma triangular de un modo muy similar al togado anterior (Fig. 2). El plegado del frontal continúa en el lateral derecho, formando finos arcos horizontales, ceñidos a la pierna pero no lo suficiente como para marcar sus formas, siendo evidente la falta de cualquier tipo de sinus cayendo sobre el muslo diestro, lo que delata que se trata de una toga del pallium-typus o, a lo sumo, de modo braccio cohibito, con un sinus muy escaso, como ocurre en el ejemplar de Tarragona (Koppel 1985: cat. n cias que las sitúan en una fase posterior. Dos de ellas también corresponden a la parte inferior de estatuas masculinas con toga (Figs. En una y otra la figura apoya el peso en la extremidad izquierda, dejando la opuesta flexionada y en reposo. En el extremo inferior siniestro de una de ellas (Fig. 4) se conserva un scrinium cilíndrico con tapa y asas en aspa, labrado en el margen derecho y con la superficie simplemente desbastada en el borde izquierdo de este lateral y en el dorsal; en el mismo lugar del otro fragmento (Fig. 5) hay un saliente redondeado acorde con la parte inferior de este atributo, que por su forma y la similitud de resolución del resto del lateral con la del mismo lado de la pieza anterior lleva a pensar que también aquí se reprodujo la capsa, si bien no se conserve, quizás por su rotura o rebaje a causa de su reutilización. Aunque ambos son muy similares, este último (Fig. 5) es más fácil de interpretar tipológicamente que el anterior, puesto que por un lado no muestra restos de sinus y por otro los pliegues abanicados que se abren diagonalmente hacia abajo en el extremo superior derecho del frontal y en la barriga, justo limitando la rotura romboidal de encima de la rodilla flexionada, determinan que la parte superior de la toga formaba un cabestrillo apretado envolviendo diagonalmente hacia arriba el brazo derecho, según se puede comparar con la mayoría de togas exiguas colocadas tipo pallium. 2,4 y 3,6, respectivamente) o el de la Fig. 6 del presente estudio. El otro fragmento (Fig. 4) podría obedecer a la misma tipología. No obstante, por la falta de la cadera derecha no se puede descartar que hubiera correspondido a un togado provisto de pequeño umbo y sinus muy corto, un tipo del que Goette recopiló muy pocos ejemplares que togado anterior (Fig. 2). No obstante, el estilo del ropaje es indicativo de una cronología algo posterior. Los intervalos entre los pliegues siguen siendo lisos, aunque en este caso han perdido en amplitud y profundidad, éstos son más planos y estrechos, en forma de media caña y con recorridos largos y sin apenas imbricación e interrupciones desde el frente hasta el lateral derecho. Estas tendencias las podemos observar en ropajes que anticipan los plegados tiberianos como muestra un togado en Tyndaris, los del altar votivo de Florencia (Goette 1990: cat n.o Ad2 lám. 4,4 y Ba8 lám. 6,1 respectivamente) o los pliegues de la pierna derecha del Togado Barberini (Goette 1990: B a35 lám. 6,5; Papini 2011: 46-47). Refuerza esta cronología la estructura de la ropa del lateral izquierdo que muestra curvados pliegues horizontales que no alcanzan todavía la marcada forma de V característica del drapeado del flanco izquierdo de los togados a partir del período tiberiano. En este sentido, esta pieza se puede comparar a la forma básica del plegado del mismo lado de un togado del foro de Segóbriga datado en la fase augustea tardía-tiberiana temprana (Noguera Celdrán 2012: cat. n.o 171 lám. LI,4), fecha en la que encaja bien este ejemplar por la suma de estos detalles. En cambio, nos parece incongruente su situación hacia mediados del siglo I a. En primer lugar, porque esta fecha no se ajusta a la historia de Barcino que no fue fundada hasta finales de este siglo, es decir, posteriormente a la fecha indicada por dicha autora y, también, porque estilísticamente se observan tendencias posteriores. A estas dos piezas les siguen tres más (Figs. 4-6), cuya vestimenta se relaciona de nuevo con tipologías tempranas, mientras que su estilo obedece a tenden- mayoritariamente fechó en época augustea e interpretó como un estadio inmediatamente preliminar de la toga imperial con umbo en forma de U (Goette 1990: 29 nota 122). Precisamente en Hispania se hallan tres de los ejemplos más citados del tipo (Koppel 1985: 16; Garriguet 2001: 33-34, 52, 99 Descartamos en ambos casos el tipo de toga con balteus diagonal (Goette 1990: lám. 1,1-6), debido a la excesiva verticalidad de los pliegues ascendentes sobre sendas piernas izquierdas. Estilísticamente, la estructura de profundidades y direcciones del plegado aleja ambas piezas de las togas del siglo i a. C. que por ser más estrechas suelen presentar menos pliegues, de menor profundidad y diagonales más pronunciadas. La amplia curvatura del borde inferior de la toga y de los pliegues de debajo de la rodilla derecha en ambos fragmentos, así como la riqueza y abundancia del plegado de la lacinia presuponen la existencia de togas más amplias con ropajes más desarrollados que los republicanos. Por ello ambos ejemplos no se deben situar antes de muy a finales del período augusteo -principios del tiberiano, como se comprueba comparándolos con el togado Barberini (Papini 2011: 46-47) o el de Augusto de Vía Labicana (Goette 1990: Ba32 lám. 6,3). A este respecto, los paralelos estilísticos más cercanos se observan en los togados de Empúries y Tarragona mencionados más arriba, con los que además comparten la distribución en direcciones y profundidades de las arrugas. En nuestra opinión, tanto estos paralelos como las dos piezas barcinonenses muestran puntos en común con el trato de las telas augusteas, pero el juego de profundidades y transparencias visibles en ellas, así como el transcurso ininterrumpido de los pliegues y sus cantos más acordonados, son claros signos de una cronología posterior (Maderna 2010: 63; Koppel 1985: 15-16 n.o 4 lám. 4; Garriguet 2001: n.o 71 lám. 21,2) que en el caso del de Empúries y de los de Barcelona no sobrepasa la plástica tiberiana. Teniendo en cuenta que se trata de esculturas producidas en la localidad es probable que sean algo más tardías, dependiendo ello del retraso con el que podían llegar las directrices, modelos o artesanos portadores de las nuevas modas metropolitanas. La tercera pieza del grupo (Fig. 6) consta de dos partes rotas a causa de su reutilización en la muralla romana. La línea de unión es evidente en la mitad de los muslos, le faltan los pies y la cabeza que fue esculpida aparte. Sus medidas de 1,55 cm de alto indican que originalmente fue de tamaño natural. Sobre la túnica, perfectamente visible en el escote, viste una amplia y arrugada toga que cubre ambos hombros y forma un cabestrillo que envuelve el brazo derecho, cuya mano recoge gran parte de los pliegues del balteus. El brazo izquierdo está flexionado hacia delante sujetando un volumen roto en la mano. Además de estas propiedades, que corresponden a los togados del Ab Pallium-typus de Goette (1990: 24-26), la estatua muestra la particularidad de llevar el borde inferior de la toga enriquecido por una serie de cordoncitos colgantes semejantes a hilos de lana, que A. Balil (1982: 22) Aunque no nos son conocidas otras representaciones similares y la forma concreta y circunstancias de uso de la laena no están aclarados, la relación establecida en las fuentes clásicas entre este atuendo ancestral y la toga duplex, en la modalidad cotidiana de textura gruesa y de lana (Cleland et alii 2007: 108-109), guarda cierta coherencia con el atuendo reproducido en esta figura. Los hilos acordonados del extremo inferior de la toga de esta estatua barcinonense muestran claras concomitancias con los bordes de (Cadario 2016: 298-308) y su cronología la consideramos posterior al período de uso de este atavío para la reproducción de retratos de personajes romanos de la alta sociedad. Por todo ello, creemos menos probable que se trate de un manto militar que de un atuendo ceremonial, a juzgar por la similitud de la disposición de los pliegues de la escultura barcinonense con los de la ima toga del personaje representado en el primer plano a la izquierda del flamen en uno de los fragmentos relivarios de la llamada Ara Claudia (Maderna 2010: 76, lám. 141d), aunque sobre este aspecto debemos profundizar en próximos estudios. Su cronología no es difícil de establecer. En este caso, como en los tres anteriores, su tipología temprana no concuerda con sus rasgos estilísticos, los cuales se concretan en el plegado de pequeñas e intrincadas arrugas triangulares en escote, vientre y zona inguinal combinados con los contrastes lumínicos entre los paños de superficies planas en brazos y muslos y los gruesos pliegues profundos del balteus y los diagonalmente ascendentes entre las piernas, efectos todos ellos característicos de los plegados del segundo cuarto del siglo i d. C., sobre todo en los ropajes del período de Calígula como se puede comprobar comparando este togado con otro de elaboración local emeritense procedente del teatro de esta capital provincial (Garriguet 2001: 5, n.o 8, lám. III,3) o con una estatua cordobesa de Ucubi (Baena 2009: 245, fig. 333), piezas estilísticamente comparables a la estatua de Calígula con la cabeza reelaborada de Claudio procedente de Veleia (Maderna 2010: 63 lám. 94; Goette 1990: Ba 104) o a la de C. Fundilius Doctus de la Ny Carlsberg Glyptotek (Maderna 2010: 65 lám. 96; Goette 1990: Ba 158). Aunque en un nivel de labra más sencillo, el togado barcinonense muestra una concepción de su volumen general muy similar al de estas estatuas de masa esencialmente rectangular que se ensancha en la mitad del bulto frontal. El resultado de nuestro análisis coincide plenamente con el que publicó D. Hertel en 1993 (Blech et alii 1993: 40 n.o 6,42 ), por lo que ratificamos su propuesta de cronología. En cambio, su factura en el período medioaugusteo, como estimó C. Marcks (2005: 61 y nota 174), consideramos que no se puede sostener, en primer lugar porque la elaboración de esta escultura precedería o coincidiría con la fundación de la colonia Barcino, además de que sus propiedades estilísticas son claramente posteriores. Completa esta serie una estatua femenina (Fig. 7) rota en tres partes a causa de su reutilización en la muralla tardía. Solo le falta la cabeza que fue originalmente tallada en el mismo bloque que el resto de la figura. En posición estante, calza calcei muliebres o calceoli (Sebesta y Bonfante 1994: 242; Cleland et alii 2007: 28) tapados en parte por la larga túnica o quizás calasis (Filgues 1997: 165-166) y cubre ambos hombros y brazos con un estrecho manto que forma un cabestrillo alrededor de la extremidad derecha según el tipo Palliata, por corresponder al usado por las estatuas masculinas portadoras de la toga en el pallium-Typus. Este modelo aplicado a las figuras femeninas experimentó una notable difusión durante LOS TOGADOS Y ESTATUAS VESTIDAS DE BARCINO el período republicano tardío y principios del imperial, sobre todo en áreas provinciales (Alexandridis 2004: 259-261) y especialmente en Hispania (Marcks 2008: 155), representativo como fue de la niñas o adolescentes nacidas libres que por esta condición garantizaban el status de ciudadanía a las futuras generaciones de la familia (Gabelmann 1985: 518-521; Marcks 2008: 155-159). A buen seguro, esta escultura representó dicho mensaje, a juzgar por sus 125 cm de altura; nótese a este respecto que la mayoría de las estatuas que estudiamos son de tamaño natural. El sentido de esta escultura viene acreditado por su carácter funerario, indicado por su hallazgo en el interior de las torres de la muralla tardía, donde sirvieron como material de construcción los monumentos funerarios más tempranos por aquel entonces en desuso (Beltrán de Heredia 2010: 39; Claveria y Rodà 2015: 176, 179). Su tipología temprana no debe distraer del trato compacto de los volúmenes, que se combinan con marcadas aristas entrantes visibles en los pliegues de la túnica o de la punta del manto del lateral derecho; los ropajes se indican con tupidas masas salientes y densas que contrastan con profundas superficies planas. Estas características nos llevan a los ropajes de los períodos de Claudio y de Nerón como se ve en el plegado de dos togados del teatro de Tarraco (Koppel 1985: 17-18 n.o 6-7 lám. 6) o de otros dos con bulla de Nerón niño en Parma y París (Maderna 2010: 101-102 láms. Es muy probable que dicho trato denso y pesado sea lo que llevó a remarcar la rudeza del taller que la realizó por parte de algunos autores (Balil 1960: 121-122). Una escultura de un adulto (Fig. 8) y otra infantil (Fig. 9) pertenecen a una modalidad de toga más desarrollada que las del grupo de estatuas tratadas con anterioridad. Ambos reproducen el tipo Ba de Goette con umbo en forma de U, documentado inicialmente en los relieves del Ara Pacis y predominante en el transcurso de la época imperial con una fase de especial difusión durante el reinado de la dinastía julioclaudia (Goette 1990: 29-34). Siguiendo el patrón básico, la Figura 8 representa un personaje masculino vestido con toga amplia sobre túnica manicata y ancho balteus ricamente plegado, sobre el que cae un voluminoso umbo en forma de U. El sinus, largo y arqueado sobrepasa la rodilla derecha, longitud que junto a la forma y volumen del umbo son indicativos de su datación en el primer cuarto del siglo i d. No obstante, los pliegues del sinus y de la túnica en la zona del pecho son más angulares e imbricados que los de los plegados tiberianos y en el de Barcelona hay más espacios planos entre las arrugas, lo que lo aproxima en mayor medida a togados fechados entre el reinado de Tiberio y el de Claudio, como el Calígula reelaborado de Veleia (Maderna 2010 específicos respecto al resto de figuras barcinonenses conservadas de este tipo; en este caso no se trata del material, que es de gres local como las demás, sino de la postura. Ésta no tiene parangón con ningún otro togado que nos sea conocido, puesto que con su mano izquierda coge el borde de los pliegues de la toga que por lo general caen por el flanco diestro del frente desde el extremo del antebrazo izquierdo que está flexionado hacia delante. En cambio, en este ejemplar, el brazo de este lado descansa recto junto al cuerpo y la cadera derecha se inclina hacia arriba adoptando un porte un tanto forzado, que en comparación con el estatismo de las demás figuras de Barcino lleva a pensar que el escultor quiso reproducir una actitud distinta, quizás oratoria o indicativa del ejercicio de un cargo público (Balil 1981: 15-16), pero en todo caso más activa que la de las estatuas recuperadas en la muralla. Como ya se ha dicho, por la cercanía de estas esculturas a las necrópolis altoimperiales se considera de manera unánime que proceden del ámbito funerario de la colonia. Entonces, la divergencia postural del togado que nos ocupa podría haber sido determinada por su concepción para ser colocada en un medio distinto al sepulcral. Este detalle, junto a las características de su lugar de hallazgo, que como hemos visto son altamente indicativas de su uso original en el foro, vienen a reforzar la probable relación de esta escultura con el centro público de la ciudad. Corresponde a la parte inferior de una estatua de pie, conservada desde la zona superior de las rodillas a la del inicio de los tobillos. (fotografía de la autora). A diferencia del resto de togados barcinonenses, estas dos esculturas no proceden del relleno de las torres de la muralla tardía, ni de excavaciones realizadas en sus proximidades, sino de otros lugares que han llevado a considerar su probable relación con el centro neurálgico de la ciudad imperial. Uno de ellos (Fig. 8) fue exhumado en 1955 sirviendo como material de construcción en un edificio tardío bajo el Palau Comtal, que fue erigido en la segunda mitad del siglo vi e identificado como la residencia del poder civil visigodo (Bonnet y Beltrán de Heredia Bercero 2001: 74-93). Se trata pues del reaprovechamiento de una escultura imperial en estructuras tardías, un fenómeno bien documentado en la arquitectura del grupo episcopal de esta zona septentrional de la ciudad, que se observa vinculado al desmontaje de los monumentos oficiales imperiales y a la pérdida de la función del forum 10. Por esta razón, el lugar de hallazgo de esta pieza es más indicativo de su uso original en el foro que en el ámbito funerario altoimperial, como es el caso de la mayoría de las estatuas aquí estudiadas, cuya reutilización se produjo en relación a la empresa constructiva del recinto defensivo bajoimperial en el último tercio del siglo iii (Ravotto 2014: 140-162), mientras que dicho edificio palatino se erigió 300 años después de la demolición de los monumentos funerarios extramuros que habían contenido aquellas esculturas (Beltrán de Heredia 2010: 41-43). Respecto al togado infantil (Fig. 9), por su hallazgo en un contexto de reutilización de un recinto inmediato al extremo oeste del foro, se pensó desde un principio en su relación con la decoración escultórica de esta plaza cívica (Rodà 2016: 267;2007: 749 y nota 3). La factura de su talla concuerda con el estilo sencillo y sintético que caracteriza la escultura producida en los talleres de Barcino. Pero su material marmóreo, determinado macroscópicamente como de Luni-Carrara (Claveria et alii 2014: 100), lo diferencia del resto de cuerpos escultóricos tallados en la localidad. Asimismo, el togado masculino anterior (Fig. 8) muestra rasgos 9 Es muy improbable que este togado fuera realizado en dos piezas, como se ha publicado con anterioridad (Claveria et alii 2014: 100), puesto que de ser así sobre el orificio del lateral derecho, no se hubieran tallado los pliegues del balteus. 10 Debemos esta información a J. Beltrán de Heredia, a la que gradecemos la ayuda y facilidades que nos ha ofrecido durante el estudio de esta pieza y de todas las demás esculturas icónicas pertenecientes al Museu d'Història de Barcelona. derecha está flexionada y sobre la rótula se distingue el arco inferior del sinus. Los pliegues restantes son amplios y profundos y se caracterizan por la buena calidad de su labra que destaca respecto al resto de esculturas talladas en piedra local. Pese a la exigüidad de la pieza, se distingue claramente que en su estado original representó una toga imperial, cuya moderada amplitud (Stone 2001: 21) y marcada plasticidad del ropaje (Goette 1990: 35-37) son indicativos de una datación de mediados del siglo i d. El segundo fragmento (Fig. 11) es una pieza inédita perteneciente al tercio inferior de un togado masculino que conserva los últimos pliegues en forma de V del lateral izquierdo. Además, se observa parte del plegado que cae en cascada por el extremo izquierdo del frontal desde el antebrazo del mismo lado, que debía estar flexionado hacia delante. Una distribución de pliegues semejantes la vemos en la parte inferior de sendos laterales izquierdos de dos togados procedentes del foro segobriguense (Noguera Celdrán 2012: n. os 171 y 3016, lám. 51,4 y 84,4), tardo-augusteo o tiberiano temprano el primero y del período de Claudio el segundo. En este caso su contexto arqueológico de reutilización y el estado fragmentario de la pieza impiden probar su cronología, aunque por la homogeneidad de los pliegues más bien estrechos y no muy profundos es más comparable a los ejemplos locales de entre las épocas de Tiberio y Calígula (Figs. La última pieza conservada que muy probablemente formó parte de un togado es un fragmento inédito de 20 cm de alto por 21 cm de ancho (Fig. 12), que reproduce una mano izquierda cogiendo el volumen perceptible entre el índice y el pulgar. La mano debe estar colocada en el centro del tronco, a juzgar por los 4 pliegues del escote de la túnica que se distinguen junto al lado derecho del volumen. Aunque esta postura no es habitual en las estatuas togadas, sí se documenta en períodos tempranos (tardorrepublicano -siglo i d. A tenor de la cronología del grupo de esculturas que tratamos en este artículo, es presumible que la realización del fragmento se sitúe en el siglo i, aunque lo poco que se conserva del relieve no permite concretar su datación. Entre el material de relleno de la torre 25 de la muralla se halló una estatua con túnica de manga corta y ceñida por un doble cingulum, que se conserva desde el cuello hasta el borde inferior del vestido (Figs. Los pliegues arqueados de la falda y las 5 tiras centrales que se superponen a éstos en sentido vertical se alejan de la túnica ordinaria de forma rectangular (Goette 2013: 39-41). En cambio, estas particularidades la relacionan estrechamente con la túnica con delantal en forma de arco, subtipo de la de maga corta de marcado carácter militar (Ubl 2013: 274-277; Sumner 2009: 29). Buen paralelo de este ejemplar es la imagen en una estela (Boppert 2005: 66-67, n.o 24, lám. 12) procedente de la necrópolis de Bingen (Maguncia) que lleva el mismo tipo de túnica, doble cingulum bajo los dos cinturones militares (Ubl 2013: fig. 162) y un delantal de 7 u 8 correas sin placas de metal, como en nuestra escultura. Por lo general, las representaciones que incluyen esta modalidad de túnica pertenecen a militares difuntos de las provincias noroccidentales, en las que este esquema básico viene enriquecido por la panoplia militar requerida por su ejército y por el rango que alcanzó el difunto, puesto que este traje lo llevaron desde soldados de las legiones hasta generales (Ubl 2013: 275). Nuestra figura coge la muñeca izquierda con la mano derecha para aguantar bajo el pecho un objeto rectangular y quizás uno alargado, a juzgar por la muesca junto al bíceps izquierdo, que por su forma y comparación con los ejemplos anteriores podrían ser dichos útiles de escritura. 24-25), por lo que no sería una particularidad de la estatua barcinonense. Estilísticamente, esta pieza tiene paralelos en ropajes de mediados del siglo i d. Con este ejemplar, pues, documentamos también en la Tarraconense un tipo de túnica de uso militar que hasta ahora ya se había encontrado en Roma, Italia, Dalmacia, Dacia y en las provincias superior e inferior de Pannonia y Germania. Fragmento de estatua masculina con calcei ecuestres. a la de los trabajos locales en gres de Montjuïc, permite comprobar que es pieza importada. C. El Koré/Persephone -Typus Knossos se considera uno de los diversos prototipos creados a partir de un renombrado original del siglo iv a. Estos prototipos fueron habitualmente usados para representar a Koré/Perséfone, además de a otras divinidades jóvenes como Higeia, las Musas o Ártemis. En las tanagras tardías, modelos afines reproducían a seres míticos nupciales como Ninfas o Afrodita Urania, además de a jóvenes cazadoras (Mandel 2004: 452-453). Los escultores romanos los siguieron copiando y reelaborando para labrar réplicas de estas estatuas griegas o para representar a damas de la casa imperial (Alexandridis 2004: 265-266) en grupos escultóricos dinásticos erigidos en los templos forenses donde a menudo esta vestimenta propia de la diosa/hija o de la joven/núbil se podía usar para transmitir mensajes intencionados sobre la efigie retratada, como por ejemplo Livia, en tanto que hija adoptiva de Augusto (Maggi 2008: 26-28) o Drusila como descendiente de Germánico y Agripina la Mayor y hermana y sensual amante de Calígula (Maderna 2010: 64). Su estilo, de gran plasticidad, con controlados contrastes entre sutiles drapeados y marcadas profundidades, lleva a fechar la escultura en la época julio-claudia, período de comprobado esplendor de esta ciudad. Otra variante de este atavío femenino de origen griego y tradición ideal la muestra una escultura del Museu d'Història de Barcelona (n.o inv. 4042), conservada casi entera a excepción de parte del brazo Otro fragmento exhumado en la muralla bajoimperial reproduce el plinto y los pies de una figura masculina rota al nivel de los tobillos (Figs. Los zapatos reproducidos en él ya se identificaron con los calcei ecuestres (Marcks 2005: 326, n.o 191), de los que se reconocen las dos tiras planas que se cruzan sobre el empeine, así como la parte flexible del botín que se dobla sobre el tobillo y la zona anterior del pie. En este caso muy probablemente formaron parte de la representación de un difunto, a juzgar por su lugar de hallazgo entre el material reutilizado de las necrópolis altoimperiales. Las tres piezas restantes pertenecen a figuras femeninas, siendo una de ellas (Fig. 1h y 15) muy conocida por haberse exhumado en el área del foro y ser de notable calidad. Le faltan los hombros y el costado superior derecho desde el muslo. Cabeza y antebrazo izquierdo, también perdidos, fueron piezas labradas aparte y unidas con pernos de metal, como demuestran los agujeros trepanados en el centro de las caras superior e izquierda. La escultura fue tallada en mármol del pentélico (Rodà 2004: 316), lo que junto a la alta calidad de la obra manifiestamente distinta derecho y la cabeza, que fue esculpida aparte (Fig. 16). Viste túnica o calasis cubierta por la palla y no lleva la stola como se puede comprobar por la ausencia de institae (Filges 1997: 160). La contextura del manto revela su derivación de modelos tardoclásicos creados a partir del mencionado prototipo de Koré de estilo praxitélico, al objeto de reproducir a otras deidades juveniles. Todos ellos muestran en común la disposición en diagonal del plegado abultado que va desde el talle al hombro izquierdo y cae por la espalda, como presenta la estatua barcinonense, que resulta de una reelaboración romana y local de estos modelos y que en este caso muy probablemente se adapta al lenguaje sepulcral. Así, el manto es excepcionalmente corto y dispuesto en sentido casi horizontal, obedeciendo a la postura del brazo izquierdo que reposa junto al cuerpo y la mano derecha se apoya en el borde abultado del manto. 38-39), sino también por su reutilización en la muralla (ver p. Este es el aspecto principal que la diferencia de la mayoría de estatuas documentadas en Hispania dependientes del modelo básico de la Koré tardoclásica o también llamado Schulterbausch-typus (Koppel 1985: cat. 187, lám. 35), adoptan una postura más activa que en la pieza que nos ocupa, como se puede observar comparándola con la estatua anterior (Fig. 15). Estilísticamente, su datación es difícil de establecer, a causa de la falta de detalles en su labra estrictamente local que evidencien concomitancias claras con tendencias técnicas metropolitanas específicas de un período concreto. Su comparación con las demás estatuas barcelonesas nos conduce a equipararla con los trabajos más tempranos, tanto por sus superficies amplias, como por el transcurso seguido de los pliegues, que no están interrumpidos por canales profundos que provoquen claroscuros. Entonces, el manto es muy parecido al plegado de los fragmentos reproducidos en las figuras 4 y 5 del presente artículo y al del lateral derecho del primer togado analizado (Figs. 2), mientras que los pliegues de la falda y del ropaje abultado dispuesto en diagonal sobre el pecho tienen gran similitud con los del escote de la toga y del lateral izquierdo de esta última escultura (Fig. 2). Por esta razón proponemos para esta figura una datación orientativa en la época augustea tardía, la cual se ve reforzada por las semejanzas estilísticas que la acomunan con las esculturas del mausoleo baetulense de Can Peixau, fechado hacia el cambio de Era (Claveria y Rodà 2015: 176-177; Rodà 2009: 514-516, fig. 2) 11. El último ejemplar (Fig. 17) es un fragmento de figura icónica femenina que corresponde a la parte inferior de una túnica o chitón con los pliegues estrechos y verticales curvados en el borde, comparable a la morfología habitual de los segmentos terminales de los vestidos femeninos grecorromanos de carácter ideal (p. ej. López 1998: n.o 36). No se conservan rastros ni del calzado ni del extremo de un posible manto que pudiera cubrir la figura. La linealidad y delgadez del plegado, sus perfiles redondeados, así como los efectos lumínicos que provocan algunos canales más profundos (Maderna 2010: 62-68, figs. 93-94; Noguera Celdrán 2012: cat. 57, lám. 25), son indicios para su datación alrededor de los reinados de Tiberio y Calígula, especialmente si se coteja con el resto de esculturas icónicas labradas en talleres de la localidad. No obstante, la falta de otras partes de la escultura que pudieran aportar más datos estilísticos impide fijar su cronología. Como se ha podido comprobar, la totalidad de las esculturas tratadas se ha exhumado fuera de su 11 Agradecemos las sugerencias que se nos indicaron al respecto. contexto de uso original. De las 16 piezas estudiadas 13 se encontraron entre el material de relleno de la muralla de finales del siglo iii, lo que llevó a relacionarlas con los monumentos coetáneamente en desuso de las necrópolis altoimperiales extramuros, como se ha dicho con anterioridad. De las 3 restantes se ha deducido su vinculación con el foro, por su lugar de hallazgo en las inmediaciones del centro cívico o por su reutilización en estructuras arquitectónicas tardías realizadas con otros materiales expoliados de la plaza forense, así como por su iconografía. Los procedimientos de acumulación y preparación de los materiales empleados en estas obras constructivas de gran envergadura y el probable deterioro y dispersión que ya afectaba a los mausoleos explica la práctica imposibilidad de realizar nuevos ensamblajes entre los fragmentos barcinonenses de escultura icónica conservados hasta hoy. Los encajes posibles 6,8,13,16) ya se detectaron durante los trabajos de excavación del relleno de las torres defensivas (Serra Ràfols 1959, 1964y 1967) o en distintos períodos de revisión del material recuperado en el proceso de demolición del sector suroeste de la muralla (Fig. 7). Durante la consecución del presente análisis se ha probado la conexión de las piezas del Museu d'Història de Barcelona (MHCB), que presentaban posibilidades de estar relacionadas, mediante la realización de plantillas in situ de las superficies de los fragmentos de los que se quería verificar su supuesta correspondencia y el cotejo entre ellas y de sus medidas. Así se procedió con el togado de la Fig. 2 y los calcei ecuestres (Fig. 14), relación ya propuesta por C. Marcks (2005: 325) por proceder ambos fragmentos de la torre número 11 de la muralla (Fig. 1a) y también entre dichos calcei y el togado hallado en la torre 25 (Fig. 1c), provisto éste de una disposición de las piernas a simple vista parecida a la inclinación del calzado de esta pieza. En ambos casos se ha comprobado que las dos partes no coinciden, al igual que sucede con la cabeza no inv. MHCB-8517, cuya rotura del cuello no concuerda ni con la del togado adulto del foro (Fig. 8) ni con la de la estatua con túnica (Fig. 13). La figura femenina local en Schulterbausch-typus (Fig. 16) tampoco corresponde a la cabeza MHCB-8279, ni por iconografía ni por las medidas y forma del agujero de fijación de la testa, ni las cavidades del escote de los togados de las figuras 6 y 2 se ajustan a las dimensiones de los cuellos de las cabezas MHCB-4090, 4092, 4122, 8280 y 8701.12 Las oquedades del cuello de las 3 últimas estatuas demuestran la práctica de elaborar Fejfer 2008: 105; Noguera Celdrán 2012: 315-316; Garriguet 2006: 198-210), lo que a falta de los retratos y en muchos casos debido a su fragmentariedad dificulta el establecimiento de su cronología a partir de criterios estilísticos e iconográficos, particularmente si se trata de obras que manifiestan conocimientos técnicos rudimentarios. Barcino dispone al respecto de la cronología de su fundación en el último decenio del siglo i a. C. (Mar et alii 2012: 74), que actúa como fecha determinante para el establecimiento del terminus post quem de la elaboración de estas esculturas. Este dato acredita la aplicación de modelos y recursos representativos característicos de los dos últimos tercios del siglo i a. C. en las obras iniciales de esta producción local, como ya se ha justificado respecto al estilo del primer togado analizado (Fig. 2) y se observa en el tipo de toga republicana reproducido en esta estatua y en las de las figuras 3, 4 y 5, fechadas a finales del período augusteo y tiberiano. Indicios estilísticos bien detectables en otras esculturas barcinonenses atestiguan la perduración del uso de estos modelos pretéritos en época de Calígula (Fig. 6) e incluso hasta mediados del siglo i d. Este retroceso a fórmulas del pasado combinado con el uso de tendencias artísticas de la época está bien documentado en la escultura de otras localidades de Hispania, sobre todo de la Bética y la Tarraconense, cuya producción se ha relacionado con el proceso de romanización de la zona y por lo general se ha situado entre la segunda mitad del siglo i a. C. y principios del siglo i d. Probablemente, un factor importante que lo impulsó fue el destacado peso ejercido por el componente artístico itálico en la producción barcinonense, que en 13 Vid. supra nota 2. esta área provincial apenas fue compensado por el arte verdaderamente metropolitano. Ello contribuyó al uso continuado de la piedra local como material básico en sus talleres y al arraigo a la tradición por parte de sus escultores. En el caso de las estatuas icónicas aquí estudiadas, otro factor esencial que debió propiciar la perduración de tendencias pasadas es el largo tiempo durante el que permaneció la validez del lenguaje codificado inherente en estos esquemas tradicionales para expresar mensajes de estatus y conducta moral entre los miembros de la sociedad de la zona. En paralelo al uso de estos tipos iconográficos del pasado se utilizaron otros más acordes con la época, como lo demuestran los ejemplares vestidos con la toga de tipo imperial fechados desde los reinados de Tiberio y Calígula (Figs. 8,11) hasta mediados del siglo I (Figs. Por lo general se advierte un elevado grado de observancia respecto al lenguaje iconográfico y estilístico fijados desde la metrópolis que, como se ha comprobado en territorios béticos y levantinos fue transmitido a través de cartones y por la itinerancia de artesanos itálicos (León 1990: 368-370; Garriguet 2006: 219; Noguera Celdrán 2012: passim.). Este extremo se advierte en los tipos de atavío elegidos y en los atributos con los que se combinan, entre los que se hallan el volumen, el scrinium, el anulus, la bulla y los calcei ecuestres, que son las insignias más adecuadas para transmitir el mensaje de prestigio y autorrepresentación para el que estaban destinadas estas estatuas (Kockel 1993: 54; Fejfer 2008: 106, 185-186; Cadario 2011: 213; Stout 2001: 77-78), al margen de la coincidencia del mensaje con la realidad, puesto que son bien conocidas las licencias concedidas en el ámbito provincial y sobre todo en el sepulcral al incumplimiento del estricto lenguaje de representación del nivel social del homenajeado (Goette 2013: 50). La observancia y aplicación de las directrices difundidas desde Roma también se perciben en el estilo. A pesar de las limitaciones técnicas que manifiestan estas obras locales se pueden reconocer sin mucha dificultad recursos de trabajo de épocas concretas, lo que ayuda a situar la cronología de las piezas, que debe ser considerada en términos aproximados, al tratarse de producciones toscas y realizadas en un medio alejado de la metrópolis. El comprobado respeto a los modelos LOS TOGADOS Y ESTATUAS VESTIDAS DE BARCINO de representación es especialmente interesante en el caso del difunto que endosa la laena (Fig. 6), puesto que probablemente transmite la desconocida versión cotidiana de llevar este atavío (Cleland et alii 2007: 108-109). A pesar de estas evidencias también se observan licencias creativas originadas en talleres de Barcino, que en los dos casos detectados son de carácter postural, debidos probablemente a la voluntad de adaptar los tipos básicos al contexto de representación que debían ocupar ambas esculturas. Uno de ellos se ha descrito en relación a la figura femenina local sujeta al Schulterbausch-typus (Fig. 16) en la que se cambia el sinuoso movimiento corporal característico del prototipo paxitélico por la rígida actitud que distingue a las esculturas de carácter sepulcral (Kockel 1993: 49). El segundo caso se observa en el togado de piedra local relacionado con el foro (Fig. 8), que adopta una postura inusual quizás para manifestar la profesión o el cargo que ejercía el retratado. En relación con ello, se aprecian ciertos elementos diferenciales entre las estatuas relativas al centro cívico y las destinadas a las necrópolis. De este modo, se comprenden entre ellas las que exhiben las modalidades iconográficas más antiguas, como la toga típicamente republicana del pallium-typus (Figs. 4, 6, 7 y probablemente 5) y posiblemente la del tipo Baraccio cohibito con sinus (Figs. La totalidad de los ejemplares de carácter funerario están tallados en gres local de Montjuïc, mientras que el togado infantil relacionado con el foro lo fue en mármol de Luni-Carrara, que es el material pétreo de importación más usado en los talleres de la localidad. Esta escultura, junto a la importada de la calle del Paradís (Fig. 15) y las referencias a escultura de bronce en pedestales del foro, atestiguan una decoración escultórica para el contexto forense más moderna, rica y variada que la detectada en las necrópolis del siglo i d. Respecto a su colocación, se observa que salvo 4 casos (Figs. 2, 10, 16 y 17), el resto de las esculturas realizadas en la localidad están labradas en sus caras frontal y laterales pero no en la dorsal, que permanece desbastada y plana lo que indica que esta parte no debía ser vista y que las piezas estarían adosadas a una pared o situadas en un marco arquitectónico, como asimismo se deduce del escaso grosor de las figuras y de su marcada frontalidad. Esta tendencia afecta tanto a las esculturas funerarias como a las del foro. Los 4 casos restantes poseen un volumen mayor y se distingue el plegado de sus vestidos en la cara posterior, aunque únicamente esbozado lo que sugiere que estaban erigidas en un lugar visible desde diferentes ángulos con preferencia del frontal y los laterales, como por ejemplo en el cuerpo abierto de un mausoleo turriforme, tipo tumbal bien documentado en la Barcino del Alto Imperio (Garrido 2011: 349-384; Mar et alii 2012: 108-110). Es muy probable que 2 de estas estatuas (Figs. 2 y 16) pertenecieran a un mismo monumento sepulcral, como ya se indicó en el pasado (Balil 1959: 146-147), no solo por haber sido halladas en la misma torre de la muralla (Fig. 1a), como se argumentó, sino también por las medidas similares de ambas, el trato análogo en estilo y volúmenes y la coincidencia de su cronología. En estas dos esculturas permanecen restos del estuco del color rojo que conformaba su acabado. Éstos se distinguen en distintos lugares de la toga de la figura masculina y en la mano y el manto de la femenina pero no se detectan en su túnica o calasis. Estas evidencias se observan dispersas por la superficie lo que transmite la impresión de que no se limitaban a la decoración de unas partes concretas, como el clavus en las túnicas o la línea púrpura en el borde de la toga praetexta (Stone 2001: 13; Goette 2013: 47-48), sino como si cubrieran toda la superficie. La misma sensación se obtiene de la observación del togado de la figura 3 que conserva estuco blanco en muchas partes del vestido, en los tobillos y en la masa pétrea no vaciada entre lo que queda de las piernas. El togado de la figura 6 también muestra partículas de estuco rojo oscuro a la altura de la cadera derecha, en el lateral del mismo lado y en el codo izquierdo, lo que apunta de nuevo a una coloración general de amplias partes de la superficie de estas esculturas comparables a los restos que todavía se pueden observar en algunos relieves de la provincia del Noricum (Rothe 2013: 189-190, fig. 1). No obstante, el desconocimiento que todavía se tiene sobre la aplicación del color sobre la escultura romana, y el precario estado de conservación de las superficies de estas estatuas no permite comprobar particularidades al respecto. La totalidad de las esculturas icónicas de Barcino que ofrecen indicios de datación se integran en el transcurso del siglo i d. C., con una especial concentración en la época julio-claudia, período de comprobado esplendor de esta ciudad. Su realización está íntimamente ligada al anhelo de autorrepresentación de las élites de la colonia, que con sus encargos impulsaron la actividad productiva en los talleres de la localidad. Ésta se caracteriza por una intensa influencia itálica y por la adhesión a patrones artísticos del pasado, cuyo alcance y duración ha sido posible comprender mediante el análisis en profundidad de
La segunda de ellas, que pretende ser, casi, una publicación paralela, ha aparecido antes (pocos meses) que la primera, que es la publicación oficial. Esta última, por su parte, da cuenta de la aparición de la primera y cuestiona, a veces de forma genérica, a veces de manera más concreta, las críticas que en la misma se plantean. Bien es verdad que este reconocimiento no se extiende a todas las partes de la publicación pero es también cierto que la abundante producción de Canfora y sus colaboradores, propagada sobre todo a través de la revista Quaderni di Storia ha hecho bien conocida la mayor parte de sus argumentos, que el libro que aquí comentaremos no hace sino recopilar. Para mayor claridad, comentaremos de forma separada cada uno de los libros aun cuando, ocasionalmente, añadamos comentarios pertinentes al otro. Empezaremos, como corresponde, con la publicación oficial, a cargo de Gallazzi, Kramer y Settis (en lo sucesivo G-K-S). La misma se articula en seis grandes bloques o capítulos dedicados ya a los aspectos materiales (soporte) ya al contenido del papiro. El primer capítulo «Il rotolo» (pp. 51-81) se centra en el aspecto físico del documento así como en el proceso de su aparición, puesta a disposición de los estudiosos, compra por la «Fondazione per l 'Arte della Compagnia di San Paolo», exhibición pública y, por fin, publicación; una publicación que según se dice, invalida muchas de las apreciaciones parciales que los propios autores habían ido avanzando antes de la misma debiéndose considerar sólo como «oficial» la que aportan en la actual publicación, habida cuenta de las (evidentes) inconsistencias que algunas de ellas presentaban, sagazmente aprovechadas por Canfora como base de muchas de sus críticas. Insisten también en descartar la propuesta básica de Canfora, a saber, la falsedad del documento, avanzando algunos datos que luego serán objeto de análisis más detallado. En esta sana polémica aportan los tres autores (G-K-S) algunos argumentos de índole físico-química a favor de la autenticidad, como el hecho de que las observaciones microscópicas sobre el papiro demuestran que la escritura se realizó sobre el mismo antes de que se produjeran las roturas que hoy día presenta. Confirman los autores que todo el proceso de recuperación del papiro a partir de un amasijo de papier mâché se realizó sin supervisión científica conocida pero, sin embargo, publican una imagen del amasijo en proceso de desmontado en un intento claro de contrarrestar las dudas de Canfora acerca de que nadie había visto el papiro antes de ser desmontado; en este proceso, no obstante, desaparece la teoría de la máscara de momia que los tres autores (o, al menos, alguno de ellos) habían defendido en el pasado y que, y en esto nadie parece contradecir a Canfora, AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 mismo modo cuyo origen suponen en Jonia a partir del peculiar modo de representar los números múltiplos de mil (con una sampi sobre la que figura una unidad con función de multiplicador), sistema no usado ya en otras partes, por ejemplo, en Egipto; a favor de la autenticidad del papiro señalan los autores que esta forma de numerar no fue dada a conocer hasta 1907-1908 con la publicación del P.Eleph. El texto contiene variadas faltas de ortografía y otros errores, atribuibles en buena parte al copista, lo que hace que C-K-S no mencionen tampoco el carácter de «copia de lujo» que en anteriores trabajos habían avanzado, y en lo que también han sido criticados por Canfora. Por el contenido del texto y sus comparaciones con los fragmentos conservados del mismo, se afirma su pertenencia a Artemidoro, en concreto al inicio del libro II, dedicado a Iberia. Se da una semblanza de este autor para justificar su conocimiento de primera mano de estos territorios aunque en algún momento la acumulación de hipótesis sobre hipótesis (e.g., p. 102) no contribuye a dar demasiada solidez a los argumentos de los autores. Tras el análisis de las obras de Artemidoro, se concluye que el papiro contiene un proemio (columnas I-III) y el inicio de la descripción de la Península Ibérica (columnas IV-V). El proemio contendría unas reflexiones sobre la autonomía de la geografía como disciplina frente a la filosofía, aunque no se sabía que Artemidoro hubiese intervenido en esta disputa, desarrollada con mucha mayor amplitud en el primer libro de Estrabón; insisten C-K-S en que, a pesar de este carácter teórico habría que considerar el texto como introductorio al libro II más que como parte del libro I, que es donde encajaría mejor un debate de este tipo, a imagen de lo que vemos en Estrabón. Acto seguido presentan los autores el esquema general del resto del texto conservado, el cual contiene el recorrido costero o paraplous de Iberia desde los Pirineos hasta el Megas Limen (identificado con la bahía de La Coruña) y dividido en diversos tramos. Destacan, en este panorama, tanto nombres ya bien conocidos pero cuya presencia en el papiro habría que considerar como su primera aparición, como otros que aparecen sólo en este texto, como las ciudades de Kilibe, la torre de los Salacinos o la ciudad de Ipsa. Acto seguido, se analizan las diferentes distancias que presenta el papiro, se comparan con las ya conocidas por otros autores y se intenta averiguar si las que da el texto pueden corresponder a un recorrido por tierra o por mar y, en este caso, si directo o costeando. Mientras que hay distancias, como la existente entre Gadir y el Promontorio Sagrado, en donde el papiro coincide con la referencia estraboniana (Str., III, 2, 11: 1700 estadios) no encuentran explicación adecuada discrepancias como la mostrada entre el papiro y, por ejemplo, Plinio (N.H. II, 242), que toma sus datos de Artemidoro como él mismo dice, en las distancias entre Gadir y el Promontorio de los Ártabros: 5755 estadios en el papiro y 991,5 millas (=7930 estadios) en Plinio. Tras este recorrido, abordan los autores la lengua y el estilo del texto y, aunque les sorprende la gran diferencia estilística existente entre el proemio (columnas I-III) y la descripción de Iberia (columnas IV-V), lo atribuyen a los diferentes objetivos de cada parte. 134), convirtiendo algunas metáforas en grotesco al texto. Señalan, además, la ausencia en esta parte (no, sin embargo, en el texto de las columnas IV-V) de la habitual presencia de las partículas mén... dé para introducir las frases, que no se encuentra en ninguno de los autores conocidos de los s. II-I a.C., aunque lo atribuyen, sin demasiados argumentos, al «estilo asiánico» de Artemidoro. En este sentido, bien hubieran hecho G-K-S en tener en cuenta las observaciones que hace Canfora en su libro o en trabajos preparatorios del mismo acerca de este problema, rechazando, con una argumentación excelente, que se deba considerar a Artemidoro representante del «estilo asiánico». Por supuesto, la conclusión de Canfora es que el retorcido estilo del papiro no se debe más que a que se trata de una falsificación realizada por alguien con no demasiado conocimiento del griego antiguo pero sí del griego moderno en el que los signos de puntuación hacen innecesaria la introducción de las frases con los mencionados mén... dé. Sea como fuere, las anomalías del texto del papiro señaladas por Canfora encuentran respuesta por parte de A.C. Cassio, encargado de esta parte en la publicación oficial, en una nota a pie de página (p. 139) no demasiado convincente y que tampoco rebate con datos los argumentos aportados por Canfora. A continuación se procede a la edición crítica del texto, señalando aquellas partes del mismo que se pueden leer a través de la impresión que la tinta húmeda ha dejado sobre el verso del papiro, así como, en página opuesta, la interpretación del texto. Es de lamentar que, al menos en el ejemplar que he manejado para la presente recensión, falte todo un cuadernillo (un total de 16 páginas) lo que si siempre causa desazón, provoca aún más en una publicación de la calidad (y el precio) de la presente. Le sigue la traducción italiana del texto y el comentario estilístico, en el que son frecuentes los problemas de interpretación dado el estilo empleado. Se acepten o no los postulados de Canfora, sí que hubiera sido de interés encontrar en la publicación oficial un análisis más en profundidad de algunas de las sugerencias avanzadas por este autor; así, por ejemplo, algunas imágenes y símiles presentes en el papiro (por ejemplo, Atlas que carga el peso de la bóveda celeste I, 25-27), para las que G-K-S encuentran paralelos en Eustacio, son interpretadas por Canfora como resultado de que el (presunto) falsario ha tomado de este autor tales imágenes a la hora de falsificar (presuntamente) el texto. Del mismo modo, la definición que en el papiro (I, 42-43) se da de las Musas (theoprepestatai, «dignísimas de la divinidad»), única en toda la literatura griega, no se explica de forma adecuada por G-K-S («avevano ormai perduto quella condizione di divinità...») y, sin embargo, sí reciben una sugerente explicación en el libro de Canfora (a condición de que se acepte, eso sí, el carácter de falso del texto). Ya entrando en la descripción de Iberia, se reafirma que el papiro contiene el texto original de Artemidoro, del que el frag. 21 Stiehl no es más que el resumen realizado por Marciano, y se rechaza de forma explícita la visión de Canfora de que se trata de la obra de un autor tardío. El análisis de esta parte del papiro además de estilístico, presenta también los testimonios literarios para los lugares mencionados en el texto y, cuando es pertinente, un comentario geográfico. Es una de las partes de la obra más y mejor trabajada y que presenta un análisis por lo general satisfactorio y convincente; sin embargo, se puede hacer alguna precisión. Por ejemplo, presenta como hipótesis (mapa incluido) la posible unión del Lacus Ligustinus, en el que desembocaba el Guadalquivir, con el río Guadalete a través de una posible vía de agua que, partiendo del estero de Asta llegaría hasta el Guadalete y sería conside-AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 rada como la boca oriental del Guadalquivir. No obstante, en nota a pie de página y a partir del mapa de Talbert (que suele citarse como Barrington Atlas) se rechaza tal posibilidad. El bastante selectivo uso que en la obra se hace de la bibliografía española les ha impedido a los autores conocer bien los detalles de dicha teoría (ya presentada en Bendala, M. y Corzo, R. «Etnografía de la Andalucía Occidental. Paleoetnología de la Península Ibérica», Complutum 2-3, 1992, pp. 89-99) que, aunque en apariencia imposible desde el punto de vista geológico (Gavala, J. El poema 'Ora Maritima' de Rufo Festo Avieno. Madrid, 1959, tampoco citado) tuvo un gran peso en la Antigüedad y quizá el propio Artemidoro aún sigue influido por ella. Interesante también la discusión sobre Mainoba, presente en el papiro (V, 31) y mencionada también por Estrabón (III, 2, 5); sugieren los autores corregir en esta parte el texto estraboniano, ciertamente corrupto, para dar cuenta de la ubicación de este punto antes de la desembocadura del Anas y no después de la misma. La mención de la polis Ipsa (V, 32) desconocida en textos literarios y sólo conocida, desde hace no demasiados años, por hallazgos numismáticos, es una de las claves para quienes sostienen la autenticidad del papiro y, en este sentido, las observaciones de Canfora no resultan convincentes al abordar el problema sólo de forma tangencial. El problema es la ubicación en el papiro de esta ciudad antes del Anas cuando los numísmatas, a partir de los únicos hallazgos en contexto arqueológico de algunos ejemplares de plomo, sitúan su ubicación en Vila Velha de Alvor, cerca de Portimão y, por lo tanto ya en plena costa del Algarve, lo que les ha llevado a identificar la ceca emisora con esta localidad. Aunque éste es un argumento importante, tampoco es definitivo y la explicación de G-K-S es satisfactoria a juzgar por los datos disponibles. También la polis Kilibe, mencionada junto a la desembocadura del Anas (V, 34) es objeto de amplio debate. Discuten G-K-S su identificación con la Cilpe de las monedas, que habría que ubicar en Silves, o con Lepe, ambas problemáticas (más la primera que la segunda) y traen a colación a unos cilbianos que atestiguan las fuentes en el territorio efesio y que, en opinión de los autores, podrían haber llegado hasta la Península Ibérica para extraer el cinabrio, y de ahí el interés de Artemidoro. Creo que, habida cuenta el interés de este autor por buscar huellas de antiguas presencias griegas en Iberia y, sobre todo, efesias (e.g. Str., III, 4, 3) se pueden buscar otras explicaciones sin necesidad de traer emigrantes que no han dejado huellas perceptibles. Del mismo modo, merece una discusión interesante el caso del río Obleuion, también llamado Lethes y Limaia (V, 41), interpretado por G-K-S como nombre correcto del término alternativo que da Estrabón para el Lethes o Limaia, Belion (III, 3, 4) mientras que para Canfora no sería más que la prueba de la falsificación al haber aceptado el falsario esta sugerencia del editor Xylander. Es difícil decidir quién tiene razón, pero no podemos perder de vista que ya Estrabón utiliza a veces el término griego junto al latino, por ejemplo, al referirse a Iberia-Hispania (Str.,III,4,19) o a algún nombre de pueblo (ártabros-arotrebas: Str., III, 3, 5) y el argumento de que el auténtico Artemidoro pudo haber conocido el nombre latino de ese río tras la campaña de Bruto Calaico no es desdeñable. Con este comentario extenso del texto del papiro finaliza el capítulo, sin duda el principal de la obra. Le sigue, acto seguido el tercero, dedicado al análisis del mapa (págs. 273-308). En realidad, tratándose de un «mapa mudo» pocos datos pueden extraerse más allá de su descripción y de ratificar la impresión ya presente desde las primeras publicaciones de que se trata de un trabajo inconcluso. Es de interés el análisis que G-K-S hacen de los distintos diseños presentes, entre los que identifican con bastante verosimilitud accidentes variados: localidades entre montañas, ciudades amuralladas, cordilleras, ciudades, pequeños asentamientos, etc. Asimismo, las líneas dobles, sin ningún dibujo entre ellas, son identificadas, también con buenos argumentos, como vías de agua (5 en total) mientras que las líneas simples se interpretan como vías (un total de 29). 292), argumento de valor relativo porque nada les impedía haber incluido a alguno dentro de su equipo, avanzan algunas propuestas de identificación: que se trata de un mapa parcial de Iberia, que no presenta una descripción realística de la realidad física y que no puede excluirse que esté mostrando la cuenca del Ebro, mientras que más difícil resulta que pueda estar mostrando el valle del Guadalquivir. Apenas consideran otras posibilidades esbozadas por otros autores sobre la base de las imágenes parciales difundidas con anterioridad a la presente publicación. El siguiente capítulo aborda los 41 dibujos del verso (capítulo IV, pp. 309-460), con su análisis iconográfico y paralelos; se rechaza la posibilidad de que formen parte de un tratado específico sobre animales así como la explicación cosmológica (desarrollada por S. Micunco, uno de los colaboradores de Canfora) y aceptan que puede ser un simple repertorio para uso de artesanos musivarios, con cuyas figuras muestran los dibujos notables semejanzas. Cada uno de los dibujos es editado en detalle, así como sus didascalias, con un amplio repertorio de sus principales paralelos. Por su parte, el capítulo quinto (pp. 461-578) aborda las figuras del recto, que consisten en 25 dibujos de cabezas, manos y pies dibujados, según G-K-S, por un aprendiz guiado por su maestro a partir de fragmentos tridimensionales (posiblemente en yeso) de estatuas que irían desde la época clásica hasta la primera época imperial romana. Cada uno de los diseños es editado de forma individualizada, aportando para cada uno los posibles modelos escultóricos de los que derivan. Sea cual sea la época en la que dichos dibujos se han realizado (el s. I d.C. según G-K-S o el s. XIX d.C. según Canfora) el estudio de los paralelos que hacen G-K-S es muy convincente, aunque no deja de ser inquietante la semejanza de la figura R 10 (una mano) con manos pintadas por Rafael Sanzio, como pone en evidencia Canfora. El sexto y último capítulo (pp. 579-616) a cargo de S. Settis discute las contribuciones del papiro a la historia del arte antiguo y reitera buena parte de los temas ya abordados en los capítulos previos, con algunas aportaciones sobre las técnicas de dibujo en los papiros antiguos. Un índice de los términos griegos finaliza el volumen. La obra se completa con un segundo volumen que contiene 40 láminas que reproducen las dos caras del papiro segmentadas y fotografiadas con luz blanca y a todo color y con luz infrarroja. Además, cuatro desplegables muestran esas mismas fotografías pero en composición seguida y, al estar realizada la reproducción, como en las fotografías anteriores, a tamaño real, dan una excelente idea de las dimensiones del papiro. Por fin, y quizá mucho más valioso en estos días, un DVD AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 en el que figuran esas mismas fotografías, pero con la posibilidad de visualizarlas a un tamaño hasta 15 veces superior al real, lo que permite observar con gran detalles todas y cada una de las partes del papiro. El libro de Canfora, por su parte, no puede compararse en lo material al libro de G-K-S aunque sí, sin duda ninguna, en lo intelectual. Su tesis básica es que el papiro de Artemidoro es una falsificación completa debida a un famoso falsificador de fines del s. XIX, Constantino Simonidis y para demostrarlo, va analizando (directamente o a través de su grupo de colaboradores) los diferentes aspectos del papiro. Un primer problema viene del origen del libro, que retoma toda una serie de trabajos previos publicados por su equipo durante los últimos dos o tres años, los cuales, al ser yuxtapuestos para realizar el presente libro, lo hacen en ocasiones de lectura farragosa y con ocasionales repeticiones de argumentos en diversas partes del libro; por ende, la estructura general del libro es poco sistemática, como si se tratase de una obra apresurada en la que no ha habido oportunidad de que sus componentes se sedimenten de manera adecuada. Haciendo uso con frecuencia de la ironía (a veces harto amarga) hace una introducción general (Dramatis personae, pp. 3-66) en la que presenta buena parte de su línea argumental, no ahorrando críticas a los editores oficiales del papiro, usando para ello, cuando le es útil, referencias al desarrollo de los trabajos y avances publicados en la prensa. A partir de ahí se inician los 26 capítulos del libro agrupados en seis partes. La primera, «Artemidoro di Efeso» (pp. 67-155) trata de Artemidoro, su obra, sus influencias y su destino ulterior, en especial a partir del epítome que de su obra hizo Marciano de Heraclea (s. IV d.C.) el cual acabó convirtiéndose en la referencia principal de la obra del efesio, que ya no sería citada de forma directa sino a través de dicho epítome. C. Schiano analiza la estructura y el estilo de los Geographoumena de Artemidoro y critica la ausencia en el papiro de aquellas informaciones sobre Iberia que diversos autores asignan a Artemidoro crítica que, en sentido estricto, no tiene demasiado peso porque el texto de las columnas 4 y 5 del papiro presenta tan sólo una descripción de las costas de la Península. Tampoco tiene demasiado peso la ausencia, en esta parte del papiro, de una referencia a Hemeroscopio «che certo Artemidoro non avrebbe ignorato» (p. 111) porque es bastante razonable que se haya preferido, como punto de referencia en esta región, el río Sucro. S. Micunco analiza, a continuación, los usos del término y concepto de Geographia y esta primera parte finaliza con una proekdosis o edición preliminar del papiro a partir de los avances publicados por los editores oficiales y del análisis del papiro en sí durante los tres meses en que estuvo expuesto al público en Turín durante el 2006. Dicha «edición» se limita a la traducción de las columna 1 y las 12 primeras líneas de la columna 2 y la presentación del texto griego de las primeras 24 líneas de la columna 4 y de las 16 primeras líneas de la columna 5, acompañadas de algunas observaciones textuales. La segunda parte, «Il nuovo papiro» (pp. 157-217) se inicia con una crítica de R. Otranto a la teoría de las «tres vidas» del papiro, ya abandonada por G-K-S en la publicación oficial con referencias a los puntos obscuros de la historia del desmontaje de las piezas de papiro. Ciertamente, ninguno de esos puntos obscuros encuentra explicación satisfactoria en la publicación oficial y el propio Canfora, en el siguiente capítulo de esta parte, muestra alguna de las debilidades de las teorías avanzadas por los responsables de tal publicación. En el siguiente capítulo S. Micunco analiza las representaciones de animales del verso y propende a una interpretación cosmográfica (rechazada en la publicación oficial) vinculada a un presunto mapa celeste que encajaría con otro de los Artemidoros literatos conocidos. Aunque la idea que subyace a todo ello es que el falsificador ha querido hacer un trabajo completo (texto, mapa, imágenes del verso y del recto) la argumentación no resulta convincente. No obstante, el análisis de las figuras y de sus prototipos y paralelos es de gran profundidad e interés en sí mismo, así como las informaciones del autor acerca de las representaciones de animales empleadas como símbolos astrales. Otra pequeña pieza a cargo de Canfora, intenta identificar las dos cabezas dibujadas en el agraphon del recto como Heráclito y Demócrito y el capítulo finaliza con algunas observaciones estilísticas acerca del texto. Se inicia con un estudio de la formación y transmisión del frag. 21 Stiehle, considerado la base sobre la que el falsificador construye la parte descriptiva del texto del papiro; las evidentes semejanzas entre el texto del papiro y dicho fragmento son explicadas por Canfora sugiriendo que el falsificador ha tomado el fragmento 21 y ha añadido algún otro dato pero que el resultado es igual de escueto que el presente en dicho fragmento que no correspondería, según él, al texto de Artemidoro sino al epitomizado por Marciano. Este argumento lo sigue desarrollando en el siguiente capítulo, haciendo especial hincapié en la cuestión de Iberia/Hispania y en la de Lusitania. En ambos casos considera Canfora que lo que dice el papiro contradice lo que se esperaría en época de Artemidoro; no obstante, G-K-S discuten en su publicación tales problemas y, aunque no pueda llegarse a una solución definitiva, los argumentos aducidos son, al menos, tan válidos como los de Canfora, lo que hace difícil inclinar la balanza de uno u otro lado. La cuarta parte, «la chiave della falsificazione» (pp. 281-316) critica algunos de los contenidos de las columnas IV y V, como las referencias al río Oblivion, al Lethes y a la torre de los Salacinos; todas ellas derivarían, según Canfora, de conjeturas de Xylander a partir del texto de Estrabón y, por lo tanto, el falsificador las habría dado por buenas. G-K-S, aun sin responder directamente a los argumentos de Canfora en tal sentido, presentan un buen análisis del texto estraboniano y de lo acertado de las observaciones de Xylander; tampoco es infrecuente que un editor acierte en sus reconstrucciones textuales, como puede comprobarse cuando algún hallazgo nuevo introduce luz al respecto. G. Carlucci analiza en otro capítulo el problema de los Pirineos sólo para mostrar que la gran proyección hacia el Océano (kata polu) del promontorio de Oiasso, considerado el límite septentrional (en la orientación de Artemidoro) de los Pirineos (que no se corresponde con la realidad) sería un error de Tolomeo por lo que el papiro, que aludiría a esa gran proyección, estaría exhibiendo un evidente anacronismo. No es tampoco un argumento de peso que Marciano no incluya esta precisión porque, como ya se sabe, se trata de un epítome y lo que es sorprendente es que todavía Tolomeo dé cabida a un error cuando en su época se conocía ya bien la costa septentrional de la Península. Canfora saca esta cifra de un trabajo previo de Kramer, que observa la discrepancia; sin embargo, G-K-S, en la publicación oficial, «corrigen» la lectura de 684 estadios en 84 entre la segunda boca del Ast... y la del Betis (V, 30) porque ven en el papiro uno de los numerales cancelado. Con esta cifra, como hemos apuntado páginas atrás, la suma de las distancias parciales que presenta el papiro entre Gadir y el Promontorio Sacro es de 1.700 estadios. Sobre Ipsa y Kilibe, con las que concluye el capítulo ya hemos mencionado anteriormente cómo los argumentos de Canfora no son irrebatibles en este punto. La parte quinta, «Artemidoro 'bizantino'» (pp. 316-420) corre a cargo de L. Bossina y muestra, de modo muy convincente, los múltiples problemas que presenta el proemio del papiro; el uso de imágenes desafortunadas (Atlas y su carga) el uso de adjetivos inusuales como akopiatos-incansable, etc., se encuentran, tal cual, en el comentario que hace Eustacio a la Odisea; como asegura Bossina, «alcune delle più singolari caratterizzazioni del filosofo-geografo passano nel papiro attraverso il filtro lessicale con cui Eustazio spiegava Omero ai lettori bizantini» (p. El resto del capítulo muestra semejanzas (incluso en errores ortográficos) entre las ediciones de Eustacio y el texto del papiro así como expresiones (por ejemplo, el uso de psique o el calificativo que reciben las Musas al que ya nos hemos referido) con tonos cristianos impropios de la época de Artemidoro pero sí de la de Eustacio. Es de lamentar que G-K-S, que conocen los argumentos de Bossina, ya aparecidos en un artículo de este autor en Quaderni di Storia, 65, 2006, y mencionado en la bibliografía de la publicación oficial y citado para observaciones puntuales, no discutan o rebatan estas sorprendentes coincidencias y sólo lo hagan cuando Bossina, que no ha tenido acceso al papiro en las mismas condiciones que G-K-S, presenta una lectura errónea (por ejemplo, de I, 3-4). Concluye Bossina su parte trayendo a colación el proemio de una obra, «Elementos de Geografía» de inicios del s. XIX, momento en el que se está creando una nueva conciencia helénica, y en los que se define a los griegos como amantes de las Musas o prevén el desarrollo de la señora Filosofía. Su hipótesis es que en estos momentos de resurgimiento de esa conciencia helénica la importancia de la geografía es grande y para ello se recurre a Estrabón o a Eustacio como precedentes pero sin que se pueda evitar una mezcla entre sus formulaciones ricas de imágenes paganas y los ambientes clericales de buena parte de aquellos eruditos. Con ello, deja Bossina todo preparado para la última parte del libro. En efecto, en la sexta y última parte, «Profilo dell 'autore» (pp. 421-461) nos presenta Canfora la forma de trabajar de Simonidis, bien conocida gracias a que ya en su época se pudieron detectar falsificaciones hechas por él, que además se conservan, al menos en parte, en aquellas instituciones a las que burló. Asimismo, se analizan los contactos que tuvo en su época, que eran por lo general bastante buenos. En otro capítulo Bossina compara algunos pasajes de Eustacio, del papiro y de una falsificación perfectamente identificada de Simonidis, un periplo de Hanón, mostrando sus evidentes relaciones, tras lo cual de nuevo Canfora trata de vincular a un solo individuo tanto el texto como las imágenes del papiro, partiendo de la idea ya expresada en el libro por el trabajo ya mencionado de Micunco de que texto e imágenes están relacionados. Demasiados puntos quedan en el aire y sólo son hipótesis sobre hipótesis. Por fin, intenta Canfora vincular el papiro con otros productos de Simonidis que, a diferencia de ellos, no habrían salido a la luz en su época. El último capítulo, a cargo de L. Capponi, presenta una visita de la autora a la «Colección Mayer» de Liverpool donde se custodian varios papiros de Simonidis, lo que le permite hacer varias observaciones sobre la «paleografía» de los mismos; es de lamentar que no se compare ninguna de esas letras con las del papiro más allá de mencionar una genérica semejanza entre ellas y el que la autora llama «tipo 2». Acaba Capponi mencionando que en dicha Colección, que se dispersó tras la muerte de su propietario, aún quedaban tres grandes papiros sin desenrrollar, dando a entender que uno o alguno de ellos pueden ser el «papiro de Artemidoro». Claramente, eso contradiría la versión «oficial» que hace de dicho papiro papier mâché antes de su despegado y dejaría sin explicación la fotografía del amasijo que publican G-K-S como su figura 1.1. Un cuadro con los papiros de Simonidis en la Colección Mayer, a cargo de V. Maraglino, sigue a esta sexta y última parte. El libro finaliza con una Divinatio de Canfora ante la publicación de la editio princeps del papiro así como con completos índices (onomástico, lugares, manuscritos, papiros). * * * La obra de Canfora no resuelve todos los problemas del papiro pero sí presenta interesantes y juiciosas observaciones que los autores de la publicación oficial deberían haber discutido y, eventualmente, resuelto. La propia y truculenta historia del hallazgo del papiro, el despegado de sus partes no presenciado en apariencia por nadie y, por ende, no documentado, los problemas textuales que presenta el proemio, la novedad que supone tener un mapa antiguo y, además, intercalado entre el texto, etc. no son elementos que favorezcan una confianza ciega en la autenticidad del papiro. Por otro lado, algunos datos geográficos, que un falsificador del s. XIX no podía conocer, a pesar de los problemas que suscitan, sugerirían que estamos ante un texto auténtico. Pero los defensores de la autenticidad no deberían limitarse a avalar los resultados químicos (como justamente critica Canfora) sino que deberían resolver todas las cuestiones que la crítica textual plantea y que, antes del desarrollo de esos métodos físicoquímicos, han sido una guía bastante segura para descartar «novedades» dudosas, como la propia peripecia de Simonidis, magistralmente narrada en el libro de Canfora, demuestra. ADOLFO J. DOMÍNGUEZ MONEDERO Universidad Autónoma de Madrid M. T. MIRÓ I ALAIX. Cualquier estudio sobre la arqueología de los pueblos ibéricos ha tenido siempre que tener en cuenta la presencia habitual en los contextos de los siglos V y IV a.C. de las cerámicas áticas. Su papel indispensable como fósil director para las AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 dataciones, la abundancia de su dispersión como evidencia de tráfico comercial, la lectura simbólica de sus decoraciones figuradas en los imaginarios locales y la funcionalidad perfectamente conocida de cada una de las piezas que componen su vajilla hacen de esta cerámica un motivo específico de estudios que nace con la propia tradición anticuarial de siglos pasados y que todavía hoy perdura con igual fuerza. Conocer en líneas generales la cerámica ática y la datación de sus estilos y formas principales resulta relativamente fácil por la numerosa bibliografía disponible y en cierta forma es también una obligación para los arqueólogos de toda la protohistoria mediterránea, que solo gracias a ella, como decimos, podrán fechar de forma precisa muchos de sus contextos. Pero una cosa es poder recurrir a las tablas cronológicas de B.A. Sparkes y L. Talcott (1970) a la hora de fechar una determinada pieza ática de barniz negro y otra muy distinta saber clasificar un pequeño fragmento de tapadera de lecánide, pongo por caso, como perteneciente al pintor de Meidias y proponer para la misma una cronología con precisión absoluta en la década del 420-410 a.C. Esta segunda tarea exige haber podido entrar en el mundo de los estudiosos de la cerámica ática; un mundo tremendamente especializado y que tiene en el Beazley Archive y en el Ashmolean Museum de Oxford lo que podríamos denominar su cuartel general. Maite Miró escogió como tema de investigación doctoral el estudio de la cerámica ática de figuras rojas aparecida en las excavaciones de Emporion. Lo hizo desde el conocimiento que le daba poseer una doble licenciatura en Arqueología y en Filología Griega por la Universidad de Barcelona y una amplia experiencia en excavaciones arqueológicas en yacimientos ibéricos de Cataluña. Poder contar con Enric Sanmartí-Grego como director del trabajo, ha permitido a la autora contar con un guía de prestigio tanto en el tema estudiado como en la realidad de las excavaciones emporitanas. Una estancia becada en Oxford le aseguró al mismo tiempo un control exhaustivo sobre la bibliografía y la metodología de trabajo. Podemos quizás extrañarnos ante la concreción del tema ¿por qué no haber incluido también las figuras negras o las producciones áticas de barniz negro? Pero la propia autora nos explica sus motivos por tratarse de una investigación compartida con otras que se realizaban al mismo tiempo. Si bien es cierto que el estudio se ve por ello privado de conocer con mayor claridad los orígenes del comercio ático en Emporion a lo largo del siglo VI a.C. o los matices funcionales de los cargamentos en el siglo IV a.C., hemos de reconocer que un corpus de 3.680 ejemplares con piezas conservadas en siete museos diferentes justifican sobradamente la elección, especialmente si se trata en su totalidad de fragmentos pintados que han debido ser identificados con toda precisión, tanto en lo relativo a la reconstrucción de las escenas como a sus pintores. Desde el punto de vista de la importancia «estratégica» de esta elección no está de más recordar que Emporion ha sido considerada por especialistas como P. Cabrera y J. Blánquez el puerto intermediario para la recepción de la cerámica ática no únicamente para el noreste hispánico sino también para todas las regiones meridionales incluidos los mundos tartésico, fenicio sudpeninsular y paleoibérico. Conocer pues las características del material documentado en la propia Emporion resultaba fundamental. Maite Miró ha podido catalogar e identificar todos los fragmentos de cerámica ática de figuras rojas procedentes de excavaciones estratigráficas en los diferentes sectores emporitanos -Palaiapolis, Neápolis y las distintas necrópolis-, con materiales por primera vez ordenados por contextos y asociados con otras producciones. La autora ha organizado su trabajo de una forma tradicional y por ello de fácil manejo, presentando en primer lugar las excavaciones, a continuación el catalogo de ejemplares ordenado por formas, seguido por la lista de pintores que ha podido identificar. Sigue el estudio de los vasos con decoración ornamental (San Valentín, escifos sobrepintados, vasos de perfumes y lecánides), vasos de fondo blanco y vasos plásticos. En último lugar se hace un repaso de las escenas representadas en los vasos (mitos y vida cotidiana) y un catálogo de las inscripciones en los vasos, tanto las relativas a la rotulación de escenas como unos pocos grafitos. Las piezas son presentadas mediante fotografías y con un amplio espectro de cuadros estadísticos e inventarios incluidos en un CD. Un último capítulo hace referencia a la dispersión de la cerámica ática de figuras rojas en Cataluña y el sur de la Galia como una forma de aproximación al papel de Emporion como mercado de redistribución. En el volumen del material estudiado radica la primera importancia de este trabajo. Un estudio sobre 3.680 piezas ha permitido a la autora corregir lo observado hasta ahora sobre los porcentajes de aparición de los materiales áticos en los siglos V y IV a.C. Si tanto Trías como Jully consideraban que la presencia de estas cerámicas era mayor en los siglos VI y V a.C. respecto al siglo IV a.C., Miró ha podido observar justamente lo contrario, es decir que existe una presencia equilibrada entre ambos periodos pero en todo caso con mayor numero de ejemplares datables en el siglo IV a.C. El estudio estadístico de numero de piezas organizado por periodos le permite comparar sus resultados con los observados por ejemplo por F. Villard (1960) y P. Rouillard (1992) para Massalia concluyendo, como ya había venido señalando de forma repetida E. Sanmartí (p.e. 1992), que en los siglos V y IV a.C. los nichos económicos de Massalia y Emporion resultan divergentes y que esta última en cualquier caso parece mucho más cercana a los mercados púnicos de Ibiza y del Mediterráneo meridional. Los pintores más representados en el siglo V a.C. son las producciones del taller del pintor de Pentiselea, la clase de San Valentín, pintor de Marlay y los escifos reservados y sobrepintados, piezas de buena calidad pero entre las que están ausentes todos los grandes maestros. En el siglo IV a.C. las piezas más representadas serán las del grupo de Telos, Viena 116 y Fat Boy es decir los talleres habituales que suministran piezas al conjunto del Mediterráneo Occidental. Ha llegado quizás el momento de poder comparar la distribución de las cerámicas áticas en los diferentes sectores de la Península con un mejor conocimiento de los contextos cerámicos globales en que dichas artesanías se insertan. Esperamos que estudios como el que ahora comentamos sirvan de estímulo para que tales contextos, ya bien datados, puedan ser conocidos en su totalidad y así sepamos de una vez que hay de massaliota, de ebusitano, de púnico, de ibérico o de griego oriental por ejemplo en la vida emporitana de estos dos siglos fundamentales. Nos hubiera gustado poder saberlo ya, en línea de otros trabajos que se han venido publicando (p.e. Sanmartí, Castanyer, Tremoleda 1995 La relación entre las importaciones áticas presentes en Emporion, el desarrollo de los oppida indicetes y de los yacimientos denominados «campos de silos», así como la aparición de la primera moneda emporitana en los inicios del s. IV a.C. imitando trióbolos atenienses de la emisión Atenea/ Lechuza obligan a dirigir la mirada hacia una ciudad de Atenas que sabemos siempre fue deficitaria en grano y que basó en su aprovisionamiento la práctica totalidad de su política exterior. En este sentido serán necesarios nuevos estudios para precisar a través de que rutas y con que tipo de intermediarios pudieron comercializarse tanto las cerámicas áticas como el cereal empordanés. Gracias al trabajo de Maite Miró una buena parte de los datos a valorar están ya a disposición de los investigadores. GOMEZ BELLARD, C. et alii, 1990 Las síntesis sobre temas de arqueología ibérica realizadas en inglés generan unas expectativas entre los lectores españoles que raramente se ven colmadas, porque el público español, con su especial conocimiento de la materia, no suele ser el destinatario hacia el que van dirigidas. Esto sucede, incluso, con estudiosos que -si para nuestro ámbito es válido el término-podemos denominar hispanistas, de modo que resulta más justificable cuando la relación del autor con nuestro pasado ha sido de carácter episódico. Éste es el caso de la Dra. Ann Neville, cuya tesis sobre los fenicios en Iberia ha publicado la UBC con un hermoso título: Montañas de plata y ríos de oro. Varios son los condicionantes que conviene tener en cuenta a la hora de abordar su lectura. Primero, la fecha del trabajo original, 1998, sin que apenas se hayan actualizado los datos; después, la ya aludida escasa relación de la autora con el colectivo investigador del mundo fenicio peninsular (con lo que pueda tener de positivo y de negativo) y, por último, la metodología netamente bibliográfica desarrollada en el proyecto. El libro se inicia con un foreword del editor que me exime de una buena parte del trabajo crítico, pues en él se justifica la oportunidad de la obra por la escasez de literatura en inglés sobre la civilización fenicia (y sobre Occidente en particular), dispensando a la autora del desfase del texto, que se atribuye al hecho de hallarse aquélla retirada ya de la investigación y a causas burocráticas. El propio editor se encarga de esbozar un fugaz recorrido por los avances más destacables de la investigación fenicia peninsular, añadiendo un anexo bibliográfico en el que aparecen reflejadas algunas obras fundamentales de los últimos años. A partir de aquí se inicia el estudio propiamente dicho que, a pesar de sus orígenes académicos, adopta más la forma de una síntesis que de una tesis. En este sentido, tal vez habría sido oportuno introducir algunas cuestiones de tipo metodológico o conceptual (que se echan más de menos en un trabajo anglosajón). Este requerimiento no resulta inútil en este ámbito ni en el momento en que se desarrolló el estudio, cuando el debate fenicios/indígenas (que implicaba una fuerte carga teórica) alcanzó sus más elevadas cotas de beligerancia. Del mismo modo, los lectores anglófonos, menos familiarizados con el tema, quizá hubieran agradecido una breve exposición con los fundamentos del «modelo tradicional» que se pretende matizar o discutir aquí, a través de unos breves antecedentes científicos. El texto se estructura en 5 capítulos que abordan algunos de los elementos más clásicos de la presencia fenicia arcaica en Iberia: 1) Topografía de los asentamientos; 2) Necrópolis; 3) Cádiz; 4) Los yacimientos fenicios y el hinterland y 5) Metales. Un sexto apartado sobre el siglo VI funciona, más bien, a modo de epílogo. En el primer capítulo se tratan los emplazamientos de hábitat. Se ha preferido la fórmula del repertorio descriptivo, más o menos ordenado geográfica y secuencialmente, al modo analítico. La novedad que en los años 90 supuso la presencia fenicia en Portugal hace que ésta sea objeto de especial atención, añadiéndose unas conclusiones que no tiene el capítulo en su conjunto ni las otras partes tratadas: España peninsular, Ibiza o los yacimientos de Marruecos y Argelia. La inclusión de estos últimos responde a uno de los objetivos más logrados de la obra: presentar el mundo fenicio occidental (el tradicional Círculo del Estrecho) como una unidad cultural personalizada y reconocible dentro del Mediterráneo arcaico. Más analítico resulta el capítulo del mundo funerario, que incorpora la aportación gráfica más cuidada. Los datos permiten a la autora hacer algunas incursiones en el tema de la estructura social de la población fenicia peninsular. En su valoración de los grupos más destacados se aparta del modelo aristocrático-palacial, decantándose por la corriente de la iniciativa privada y los mercaderes enriquecidos. Así, los ajuares funerarios se explican en términos de riqueza y no de estatus, a pesar de su limitada composición (y a pesar de sus deseos de apartarse del «modelo comercial»). Los apartados dedicados al ritual o al problema de las necrópolis indígenas constituyen una exposición clara y concisa de algunos de los debates que han protagonizado la investigación sobre estos asuntos. Menos compartible me parece, sin embargo, la atribución de determinados rasgos arqueológicos a una procedencia concreta (el caso de las tumbas de Almuñécar). Primero, porque la excepcionalidad de la necrópolis de San Cristóbal resulta, a mi juicio, más aparente que real. Segundo, porque este planteamiento refleja un cierto mecanicismo (Etnicidad H» Cultura Material) que con mayor o menor claridad se vislumbra en otras partes del libro y que, haciendo autocrítica, quizá deba achacarse a la principal fuente empleada en la confección del mismo: la reciente bibliografía hispánica sobre el mundo fenicio, donde se ha abusado hasta el paroxismo de este reduccionismo simplista. La importancia de Gadir en el marco de la colonización fenicia en Occidente anima a la autora a dedicar un capítulo específico a la ciudad. Pero la escasez de datos arqueológicos para la fase arcaica le obliga a enfocar el tema por la vía de las fuentes, la paleotopografía y la religión, supliendo las carencias ergológicas con la inclusión de los datos procedentes del Castillo de Doña Blanca, que interpreta como un asentamiento mixto. Sobre las excavaciones de Doña Blanca se hace recaer una buena parte de la responsabilidad del «nuevo modelo» de colonización fenicia en Iberia que se propone, con los riesgos que ello comporta, ya que muchos de los elementos de este yacimiento tan parcialmente publicado, son objeto de debate. En el capítulo de los establecimientos fenicios y su hinter-land se cruza el análisis de los asentamientos y su entorno inmediato -desde una perspectiva básicamente paleoeconómica-con el problema de las relaciones con la población indígena, de corte antropológico o cultural. El «descubrimiento» de una importante actividad agro-ganadera entre la población fenicia peninsular lleva a la autora a sumarse a una corriente de revisión general de la colonización semita muy acorde con la época en que se realizó el trabajo. Hoy (quizá ya entonces), cabría preguntarse si era esperable en una sociedad preindustrial documentar una situación donde estas actividades primarias no fueran fundamentales; y, en virtud de ello, qué es lo que realmente modifican estas constataciones. De hecho, la obra nunca se aparta de la hipótesis de la búsqueda de metales como la causa última de la colonización fenicia. Por otro lado, a la hora de considerar el valor de algunas producciones fenicias (el vino o los derivados del pescado) hay que cuestionarse si se trata de simples excedentes Aunque este apartado 4 es el más original y concluyente, no ocupa la parte final del libro. De este modo, el capítulo siguiente se dedica al trabajo del metal, cuya explotación y comercio sigue proponiéndose como móvil básico de la colonización fenicia en Occidente, a pesar de la escasa simpatía que se muestra por el «modelo comercial». La inclusión de estos aspectos en un apartado más amplio de actividades económicas, junto con la agricultura, la artesanía y el comercio (los pecios), habrían contribuido quizá a distorsionar menos el mensaje de un nuevo panorama donde estas actividades metalúrgicas se imbriquen en un escenario socioeconómico más diversificado. Pero la importancia de la actividad metalúrgica y del comercio de metales es tal, que no sólo sirve para explicar la colonización fenicia, sino también la aparición del fenómeno «principesco» en la sociedad indígena, con lo que, de nuevo, el alejamiento del «modelo comercial» resulta menos contundente. Aparte de esto, este capítulo ofrece un magnífico recorrido por el tema de la explotación de metales en el Suroeste, que también fue objeto de intensa dedicación investigadora en las últimas décadas del siglo pasado. El último capítulo del libro se dedica a revisar las transformaciones experimentadas por la sociedad hispano-fenicia en el siglo VI, bajo un epígrafe que recuerda a algunas de las aproximaciones al respecto de la bibliografía española de los 90. En este apartado se exponen las causas que se esgrimen habitualmente para el final del modelo arcaico y la reordenación de los agentes coloniales en el Mediterráneo Occidental a partir del 600. La especial atención de que son objeto los griegos podría sugerir que se les esté confiriendo un protagonismo que, realmente, no tuvieron, a pesar de que esto nunca se señale de modo explícito. El papel de Cartago es recogido de forma mucho más discreta, coincidiendo con lo que indican los datos arqueológicos. Con posterioridad se describen algunos de estos cambios: abandonos de sitios clásicos, fundación de nuevas ciudades y sustitución del modelo económico, que se reorienta a la producción de derivados piscícolas, que definirán la presencia fenicia en Iberia hasta el contacto con los romanos. Antes de pasar a la amplia parte crítica, se incluye un breve apéndice sobre las cerámicas fenicias de Occidente, donde se incide en las peculiaridades de la cultura material y, consecuentemente, de la sociedad fenicia occidental. En este sentido, habría constituido un buen acompañamiento un recorrido similar por producciones como la eboraria, la orfebrería o la broncística que enriquecerían la visión del artesanado fenicio local, amén de ofrecer elementos de enorme interés (iconografía, contextos...) para entender temas básicos en el proceso colonial y en las relaciones con la población local. Finalmente, del mismo modo que una sucinta historia de la investigación al inicio del libro habría contribuido a percibir mejor los esquemas tradicionales que se someten a discusión, unas conclusiones finales habrían facilitado la aprehensión de los nuevos planteamientos que aquí se suscitan. En definitiva, el libro cumple en parte las expectativas del editor: presentar una síntesis en inglés de la presencia fenicia arcaica en Iberia, como primer volumen de una serie de trabajos sobre el mundo antiguo, donde los estudios fenicios (una especie de Cenicienta en la literatura arqueológica inglesa) alcancen especial protagonismo; una iniciativa, sin duda, encomiable. Los objetivos de la autora, quedan quizá más difu-minados, no tanto por problemas de contenido (siempre debatibles) cuanto de orden y estructura, ya que ésta se ciñe más al esquema de una síntesis convencional que al de una tesis novedosa. JAVIER JIMÉNEZ ÁVILA Instituto de Arqueología de Mérida (Junta de Extremadura -Consorcio de Mérida -CSIC) Más interesante, si cabe, se presenta el segundo capítulo, ya que en él se traza una historia urbana de la ciudad, desde la protohistoria hasta la antigüedad tardía. La A. hace referencia a los escasos restos procedentes de la Edad del Bronce y de la formativa época villanoviana. Aquéllos propios del período orientalizante resultan realmente pobres en comparación con los que han sido recuperados en las ciudades etruscas de la costa. Por lo que respecta a la época orientalizante, la A. ha seguido la hipótesis elaborada por su maestro Torelli de considerar una estructura social nobiliaria, basada en una ocupación del territorio dispersa, en la que habrían emergido unas aristocracias guerreras dependientes culturalmente de los centros etruscos septentrionales, especialmente de Chiusi. Por lo que respecta a la época arcaica, destaca el hecho de asociarla con la definitiva creación, a través de un proceso de sinecismo, del centro urbano de Perugia; en este punto, la A. recurre a las fuentes literarias -Justino y Servio-y, por lo que respecta a los cada vez más abundantes datos arqueológicos, parece clara la supremacía social de un grupo de principes terratenientes que ejercerían su control sobre pequeños asentamientos rurales dispuestos en torno a la nueva ciudad. Diversos enterramientos datados a finales del siglo VI a.C. y comienzos del V a.C. contenían objetos de procedencia umbra, sudetrusca, oriental y griega; esto último demuestra la imbricación de Perugia en relevantes redes comerciales, entre las que destaca el emporio griego de Spina. Asimismo, merece una especial atención el descubrimiento de un alfabeto etrusco inscrito en el pie de una copa de bucchero y redactado según las normas grafemáticas de la Etruria septentrional. La época clásica en Perugia ofrece la impresión de haber sido un momento de esplendor cultural y económico, a diferencia de los tiempos difíciles que tuvieron que vivir los centros de la Etruria meridional y de la Campania. De esta época son características las inhumaciones en sarcófagos de arenisca, que a lo largo del siglo III a.C. irán dejando paso a la práctica de la incineración; por lo demás, la A. interpreta que este cambio en las prácticas funerarias consiste en un reflejo de un cambio social que culminará durante el período helenístico. Precisamente la época postclásica estuvo marcada por el enfrentamiento entre Roma y las ciudades etruscas del norte; los alrededores de Perugia fueron escenario de una de las derrotas etruscas hasta que con posterioridad al primer cuarto del siglo III a.C., Perugia y las restantes ciudades de la Etruria septentrional quedaron en la órbita política de Roma mediante el pago de un tributo. A finales de esa centuria, el territorio perusino será testigo de otro acontecimiento bélico: la Segunda Guerra Púnica y, en especial, el desastre romano junto al lago Trasimeno. Ya en el II a.C., habrá nuevos cambios sociales después de la experiencia vivida en el año 196 a.C. con motivo de la revuelta servil de la Etruria septentrional, sofocada por el pretor Acilio Glabrión. El temor ante nuevos levantamientos de esclavos tuvo como consecuencia que la aristocracia terrateniente manumitiese numerosos servi, originando el surgimiento de un nuevo sector social, como demuestran su onomástica y costumbres funerarias, cada vez más proclives a la incineración. Destaca el hallazgo dentro la ciudad de Perugia de la tumba de los cutu, que tuvo lugar en Monteluce en 1983. Esta familia había tenido un status servil hasta que fue manumitida a finales del siglo III o principios del II a.C., con lo que comenzó un rápido ascenso socioeconómico. Fue precisamente en aquella época cuando se construyeron las murallas de la ciudad, que sirvieron para redefinir los espacios urbanos en un momento de súbita expansión. No obstante, desde finales del siglo II a.C., Perugia se verá envuelta en los acontecimientos itálicos que tiempo más tarde harían posible la caída de la República de Roma. La ciudad vería recompensados sus esfuerzos en 90 a.C. con la obtención de la ciudadanía romana, al tiempo que la institución del quattuorviratus se encargaba de su gobierno local. Tras el asesinato de César, Perugia se verá asimismo envuelta en el enfrentamiento abierto entre Octaviano y Marco Antonio; así, el cónsul L. Antonio, hermano del triúnviro, eligirá esta ciudad como centro estratégico e intentará defenderla ante el asedio de las tropas de Octaviano. Sin embargo, todo será en vano, ya que trescientos miembros de las capas más elevadas de su población sufrirán el más grave de los castigos y la propia Perugia arderá en un grave incendio «casual»: el centro urbano resultó destruido por completo, al tiempo que su chora se vio reducida en beneficio de los veteranos del futuro Augusto. La época imperial comenzó con la «refundación» de la ciudad, que se convirtió en Perusia Augusta, como todavía puede leerse en las inscripciones del Arco Etrusco y de la Porta Marzia; asimismo, otros epígrafes han atestiguado la existencia del culto al emperador. De manera consecuente, el centro urbano adquirirá el aspecto propio de una ciudad romana imperial, con sus calles pavimentadas, sus típicas domus y numerosos mosaicos, entre los que destaca el de Santa Elisabetta, que decoraba un espacio termal con la representación de Orfeo en el momento de amansar un grupo de cuarenta animales. No obstante, la interpretación iconológica realizada por la A. nos parece un tanto arriesgada, ya que considera que la idea que subyace en el mosaico es de carácter ideológico, dedicado al amplio número de ciudadanos que acudían a las termas. Dicho complejo se convertiría más tarde en un iglesia paleocristiana, hasta su abandono tras un incendio fechado a comienzos del siglo VI. Todavía viviría Perugia un último momento de esplendor cuando a mediados del siglo III un vecino suyo, Vibo Treboniano Gallo, se convirtió emperador y recompensó a la ciudad concediéndole el status de colonia, tal y como aparece inscrito en todos los arcos que han llegado hasta nuestros días: Colonia Vibia. Un último monumento tardoantiguo a destacar en Perugia es la iglesia de Sant'Angelo, construida en el siglo VII como lugar de culto para la comunidad bizantina asentada en la ciudad, que durante algún tiempo formó parte del Imperio de Oriente como ducado autónomo. El capítulo tercero, el más extenso del libro, consiste en un completo catálogo de todos los restos monumentales y arqueo- Con motivo de la celebración del cuarenta aniversario de la publicación de A. M.a Muñoz Amilibia sobre los pebeteros femeninos, término que ella mismo acuñó y que las editoras del encuentro han mantenido a pesar de la funcionalidad tan diversa que tuvieron estos objetos1, en marzo de 2004 se celebró un Seminario en la Casa de Velázquez en el que se profundizó en el estudio de este tipo de recipientes de origen y uso tan controvertido. Tras dos introducciones en castellano y francés respectivamente, el libro se articula en diecisiete capítulos correspondientes a sendas comunicaciones presentadas en dicho Seminario. La primera corre a cargo de M.a J. Pena, especialista en este tipo de objetos, quien aborda el tema de los pebeteros como un conjunto de reflexiones en voz alta sobre diversos asuntos, matizando, en primer lugar, cuestiones relacionadas con la cronología de los mismos, en función de los ejemplares documentados en Cádiz y del estilo de los broches, que no tendría un prototipo griego. Asimismo, nos manifiesta sus dudas sobre el origen apuntado por A. M.a Bisi en 1966 sobre este tipo de terracotas, afirmando que, a tenor de los datos, sería más plausible buscarlo en enclaves como Siracusa. Esta opción no parece ser apoyada por la mayoría de los ponentes, destacando, principalmente la opinión de Marín Ceballos. Esta autora, en una de sus ponencias, considera que la localización de los mismos únicamente se constata en la parte púnica de la isla, lo cual no implica que sea éste el origen, aunque aboga por resaltar la influencia grecosiciliota en ellos. Otro punto importante es Cerdeña, cuyos ejemplares indican, según Uberti, su relación con el culto a Demeter, en un ámbito más artesanal que religioso. El ámbito cartaginés es estudiado por quien mejor lo conoce, Zhora Chérif. Es destacada la crítica que hace la autora a la labor de extracción de las terracotas descubiertas por De-AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 temática, en dos tipos: las representaciones de tanagras y los pebeteros propiamente dichos, que aquí sí funcionaron como verdaderos quemaperfumes. La descripción que hace de los mismos, en la que identifica a las tres figuras representadas en los kalathos como las bayas del muérdago, le lleva a detenerse en la posible fíbula anular hispánica de estos ejemplares, afirmación que le permite identificar estas damas como oferentes o primicias cubiertas con su manto de boda. Abandonando la zona del suroeste, nos adentramos en la franja oriental andaluza, con el texto de Arteaga, Blech y Roos sobre las piezas del Peñón de Salobreña, apuntando en primer lugar la secuencia estratigráfica de los cuatro cortes realizados durante la campaña de urgencia de 1992, algo que nos resulta importantísimo y que, por desgracia, no es un aspecto que suele aparecer en muchas publicaciones. Los pebeteros y demás terracotas que estudian los asocian a un área sagrada que pertenecería a Salambina, yacimiento que estaría vinculado al islote del Peñón. De los ejemplares de Villaricos se encarga la otra editora de la presente publicación, quien igualmente establece un estudio tipológico de los mismos aceptando la existencia de un posible taller en la antigua Baria, aunque tampoco descarta que se trate del trabajo de pequeños artesanos independientes, relacionando dicha producción con un uso exclusivamente local. Del ámbito púnico entramos de lleno en el mundo ibérico y en el análisis de los quemaperfumes documentados en sus yacimientos, con toda la problemática que ello conlleva en cuanto a la interpretación de los mismos se refiere. La localización de los pebeteros en los niveles superficiales de la necrópolis del Cabecico del Tesoro le permite a García Cano plantear la posibilidad de que se tratasen de elementos depositados en la parte superior de los enterramientos, justo antes de cerrar la tumba, con la cabeza mirando hacia la tierra, aspecto éste que resulta muy interesante. Brotóns, por su parte, analiza el conjunto localizado en las excavaciones en el santuario de La Encarnación, incluyendo un apéndice con los resultados mineralógicos realizados a las mismas. En este sentido, nos parece sumamente importante una cuestión que ya fue señalada en el texto del autor anterior y que se refiere a la localización de fragmentos de pebeteros correspondientes a los rostros que parecen haber sido recortados a conciencia, en un intento de preservar la cara de la diosa una vez concluido el uso de este objeto sagrado, lo que indicaría, como muy acertadamente expone este autor, que estas poblaciones conocían esta iconografía, adaptándola como representación de la divinidad, como diosa protectora de los difuntos, a modo de amuleto. Este aspecto también es destacado por Olmos cuando abarca los hallados en dos tumbas de La Albufereta, aunque su estudio lo enfoca desde otro punto de vista, como elemento narrativo y transmisor de unos determinados valores que son entendidos por esa población que los deposita en sus enterramientos. En cuanto al área contestana, los autores nos ponen sobre la mesa toda la problemática cronológica de muchos de los ejemplares adscritos a esta zona, así como algunas dudas sobre el lugar de localización de otros. Igualmente, afirman que no se produjo ruptura sino la adaptación de los nuevos modelos, originarios, según estos autores, de Solunto o Lilibeo, desde donde se exportarían a Cartago o Ibiza (que actuaría como intermediaria y distribuidora para la zona de Levante), a las tradiciones ya existentes relacionadas con algún culto a la diosa madre. Por último, el estudio de los pebeteros del sector nororiental peninsular, cuyos autores se suman a la teoría apuntada por Pena sobre la procedencia de estas producciones. Al igual que sus predecesores, otorgan a Ibiza una importancia destacada, incluyendo igualmente el papel de Tharros, mostrando serias dudas sobre la llegada de los mismos como consecuencia de la presencia bárquida en la Península Ibérica, a los que atribuyen únicamente aquellos que presentan aletas laterales. Asimismo, abogan por su interpretación como fruto de una adaptación posterior dentro una tradición anterior. En líneas generales, la presenta obra se nos antoja como un libro de lectura obligada para todo aquel que se dedique al estudio del mundo púnico y sus relaciones con otras esferas, como la ibérica. En este sentido, echamos en falta la participación de determinados autores cuyos modelos interpretativos han visto la luz en los últimos años. El modo en que se nos presentan las distintas contribuciones al Seminario que ha condicionado la publicación de este libro, a modo de actas, es ordenada, siguiendo un orden geográfico que estaría relacionado con la posible ruta de creación y difusión de estas producciones tan peculiares. Por lo que respecta a la documentación gráfica, ésta es abundante, lo que nos parece positivo para este tipo de publicaciones. Lo único que lamentamos es que las fotografías sean en blanco y negro, cuestión esta que se repite en la mayoría de las publicaciones que se llevan a cabo y que impiden poder observar en algunos casos los restos de policromía de ciertos ejemplares. En cuanto a la bibliografía, ésta nos resulta extraordinaria, por cuanto se ha decidido exponer conjuntamente al final de la obra, facilitando, con ello, su consulta y rehuyendo de las continuas repeticiones inherentes a este tipo de trabajos tan homogéneos. En suma, se trata de un volumen imprescindible para conocer y profundizar en el estudio de este tipo de producciones que permiten relacionar varias zonas del Mediterráneo, así como diversos ambientes culturales en los que estos pebeteros se manifiestan. Los estilos y grupos pictóricos de la cerámica ibérica figurada de la Contestania, Anejos de AEspA XXXVIII, Mérida 2006, 247 pp., 85 ilust. En un horizonte académico que afortunadamente reconoce cada vez más el papel crucial de la imagen en las sociedades antiguas y modernas 1, es una gozosa noticia la aparición de este importante libro de Trinidad Tortosa, que viene a completar la edición previa, también en los Anejos de AEspA (XXX, 2004), de su estudio sobre El yacimiento de la Alcudia: pasado y presente de un enclave ibérico. La obra, fruto de varios años de trabajo, se estructura en torno a seis capítulos elaborados entre la introducción -que plantea las hipótesis de trabajo y los objetivos-y las conclusiones, en los que se abordan cuestiones sobre el territorio de la Contestania, metodología iconográfica, grupos y estilos pictóricos, tipología o relación entre el soporte y la decoración, preferencias tipológicas y aspectos técnicos de la producción o nuevas propues-AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 tas sobre el código iconográfico. Una muy completa bibliografía y un útil léxico iconográfico cierran el estudio, completado por un útil CD con amplia información gráfica. La A. admite -en consonancia con Abad Casal-que el territorio contestano se extiende hasta Cartagena por el sur, englobando la parte oriental de las provincias de Murcia y Albacete, hasta la zona del Júcar. En ese territorio se reconocen además de las griegas y suritálicas, la importancia de las influencias fenicio-púnicas, tradicionalmente preteridas por la historiografía, en la conformación de un horizonte cultural «ibérico» que se reconoce retardatario respecto de otros ámbitos mediterráneos, con elementos la koiné helenística seleccionados y adaptados por las elites indígenas. La consideración no sólo de la imagen sino también del soporte en cuanto codificadores de los valores sociales es el punto de partida metodológico de la A., que destaca los aportes de Panofsky o la lingüística, pero que también subraya los problemas interpretativos derivados de la polisemia de muchos signos y su variación semántica en función del contexto y, en segundo lugar, la casi total ausencia de textos literarios que puedan arrojar luces sobre la interpretación icónica, problema que se magnifica con el desconocimiento de la lengua ibérica o con la escasa producción seriada de imágenes, factor que dificulta más si cabe su lectura en un proceso de asimilación de influencias externas y de su conversión a modelos indígenas nuevos. Estas reflexiones constituyen una buena muestra la primera parte, con un carácter marcadamente teórico, del capítulo dedicado a «Apuntes de iconografía». Pudiera haberse englobado la segunda parte del mismo, dedicada a la revisión de la historiografía tradicional sobre el tema, en el capítulo siguiente que aborda la redefinición de los grupos y estilos pictóricos ya establecidos, lo que habría permitido establecer en la misma unidad estructural la exposición de las visiones tradicionales y las nuevas propuestas de la A. con su fundamento metodológico. Se subraya en todo caso con acierto la escasa pertinencia de las nociones de «popular» o «anticlásico» aplicadas al arte ibérico. La desatención a los procesos de evolución interna -con la aplicación mecanicista del método comparativo, que proponía categorías similares para realidades icónicas que surgen en contextos distintos-, o la política «nacionalista» manipuladora de la imagen durante el franquismo para afirmar esenciales raíces históricas, junto al afán taxonómico o interpretativo, son líneas orientadoras del análisis tradicional muy bien señaladas por la A., que critica la existencia de un «estilo Elche-Archena» sobre la base de la contradición entre la supuesta importancia de este último núcleo de producción y la muy distinta realidad arqueológica revelada por sus escasos materiales arqueológicos. En cualquier caso, parece claro el contraste, ya percibido desde Bosch Gimpera en su tesis doctoral de 1915, entre el hasta ahora llamado estilo de «Elche-Archena» y el de los edetanos de Sant Miquel de Llíria, sobre el que se volverá más tarde (en VII. La A. se reconoce deudora metodológicamente de la corriente estructuralista, cuya terminología (signo, sintagma, lectura sintáctica o semántica...) utiliza, pero subrayando la importancia del contexto material como elemento imprescindible -al lado del objeto mismo-para la transmisión del significado simbólico. Con Ricardo Olmos, se afirma la no banalidad de la imagen, cuyo lenguaje simbólico asegura un máximo de significado a partir de una mínima representación. Pero precisamente por la importancia del contexto, los códigos iconográficos no pueden ser interculturales, y la situación se complica más si cabe con la evolución posible del significado de los signos a través del tiempo (en procesos de «infantilización» o, por el contrario, de «pregnancia» simbólica; en los vasos del Sureste dominan los primeros, como mostrará el estilo III ilicitano). El estudio de la imagen debe atender, sugiere así mismo la A., los diversos planos de la morfología de los signos -fitomorfos, zoomorfos o antropomorfos-, su organización sintáctica o compositiva -analítica, abigarrada o compositivay su significado o nivel semántico (habría que añadir -aunque está implícito en el análisis de la A.: p. 159-, un cuarto nivel: el del contexto cultural, que puede matizarse, dentro de unos mismos parámetros, incluso de forma más o menos radical en función de la identidad del receptor). La aplicación de dicha metodología de triple análisis a los materiales de la Contestania a través de la creación de un corpus inexistente y de la verificación de la pertinencia o no de los criterios valorados tradicionalmente como definidores de un «estilo» propio son los objetivos manifiestos de esta obra (p. Como definidores del orden compositivo se destacan la estrecha relación entre el espacio del recipiente y la decoración, y la reiteración de las fórmulas iconográficas en los diferentes vasos. Pero además del «estilo» pictórico vinculado a ese espacio del Sudeste a través de rasgos temáticos como las aves y la exuberancia vegetal, un segundo elemento señala la A. para conformar la más amplia estructura del código iconográfico: el «grupo» pictórico integrado por recipientes de producción individual -«vasos de encargo». A partir de esta doble consideración, distingue tres estilos ilicitanos (cada uno con una diferente difusión a partir de La Alcudia) y los de Monastil (Elda), La Serreta de Alcoy, Tolmo de Minateda (con difusión por las zonas murciana y albaceteña) y El Almarejo (Bonete), así como los grupos Sureste I (fechable en s. III a.C.) y II (con cronología entre los ss. El siguiente capítulo se dedica a la tipología de los vasos figurados (con grupos, tipos y subtipos) así como a la relación entre los diferentes soportes y la composición pictórica, para llegar a establecer los tipos de soporte preferidos en cada uno de los estilos y de los grupos pictóricos (pp. 121-124; mapas de distribución en pp. 154-158), en lo que sin duda parece estar expresando las diversas «identidades locales» (p. Este análisis se completa con una tecnología vascular deudora de influencias fenicias (cerámicas finas sometidas a una acción oxidante realizadas con torno rápido, con la técnica de urdido enrollando en espiral tiras de arcilla para los grandes recipientes) y con los correspondientes estudios arqueométricos (pp. 129-147). Los análisis llevados a cabo sobre los materiales y documentados en los capítulos anteriores, llevan a conclusiones de gran interés sobre la imagen vascular y el territorio. Quizás la más llamativa es la ruptura del binomio territorio-estilo (en términos tradicionales, «Contestania»/»Elche-Archena»): así, La Serreta de Alcoy se aproxima temática y compositivamente a las directrices edetanas, y frente a la procedencia urbana de los materiales alicantinos (La Alcudia, la Serreta), la mayor parte de los albaceteños ha salido a la luz en necrópolis. Sugerente parece igualmente la comparación con el horizonte de la escultura: al simbolismo paradigmatico del león parece corresponder el del lobo en la pintura vascular. La muy insuficiente información acerca del marco cultural que produce las imágenes hace que, como bien señala la A., sólo se pueda llegar a obtener «retazos» del código iconográfico utilizado. El código iconográfico «contestano» (tal como expresan los estilos ilicitano I y II, de Monastil y Amarejo) viene definido en Ilici -y exportado a partir de esta ciudadpor la emergencia (término más comprensible que el más técnico ánodoi) y la epifanía de los signos, la exuberancia vegetal y animales como el ave y el lobo, con presencia de la divinidad femenina a través del atributo alado y de la roseta, de la metamorfosis y de los cambios visuales, aunque el estilo III ilicitano se orientará hacia una decoración muy esquemática con pérdida de la carga simbólica. Lo que domina es la idea de fecundidad, en clave religiosa y metafórica en cuanto al «progreso» de una comunidad ya urbana. Más cuestionable parece la reconstrucción piramidal del código iconográfico contestano a partir de la documentación de La Alcudia (fig. 55, p. 163), y en concreto la distinción, no suficientemente justificada, entre los niveles correspondientes a divinidades y seres intermedios. ¿La diferencia entre la divinidad femenina alada y el ser intermedio también femenino y alado se explica simplemente porque la primera se representa de cuerpo entero y la segunda en cabeza, brazos y torso? Ciertamente el mitema del héroe que vence a la bestia carnicera podría expresar el reconocimiento de las elites que dirigen la comunidad a una personalidad extra-ordinaria cuya acción ha sido benefactora para el grupo. Pero, ¿no podría encuadrarse dicha personalidad en cualquier de los dos niveles superiores y, en concreto, si se sigue dicha interpretación, en el segundo, al modo de los héroes griegos? Claro es que estas cuestiones que se suscitan en el lector son inherentes a las incertidumbres de los lenguajes iconográficos. Me parece acertada, por otra parte, la función cultual de estos vasos defendida por la A. por encima de su función utilitaria como vajilla de mesa: estaríamos ante contenedores de ofrendas encargados por las nuevas elites urbanas, que ampliarían desde finales del s, III a. C. la participación ritual más allá de los más estrechos marcos principescos de antaño. Y creo que es afortunado el recurso metodológico de contrastar el contestano con el otro gran código vascular ibérico, el de las producciones de la Edetania, con una zona transicional entre ambos marcada por el «grupo del SE II» y los estilos de La Serreta y de Albacete (p. Los vasos de Sant Miquel de Llíria expresan una mayor preocupación por mostrar al «hombre social» y exhiben en consonancia una mayor narratividad, con escenas de luchas de infantes y jinetes bien representados con sus panoplias, de danzas colectivas y rituales de mostración, o elementos de una naturaleza más conectada con las actividades económicas y con la cotidianeidad de las elites (así, las escenas de caza), también en un contexto de espacios diferenciados de carácter probablemente sacral y en vasos de tipo cultual. El código edetano muestra una mayor presencia de la escritura, una dimensión «horizontal» y una narración secuencial que parece contrastar con la más «vertical» y sintética de unas imágenes simbólicas e «ideales» del Sureste -centradas en la epifanía de la divinidad femeninacon conexiones mediterráneas. Más cuestionable es la contraposición entre el carácter más «burgués» de los usuarios ilicitanos frente al más marcadamente aristocrático que la A. atribuye a los edetanos a partir de la mayor utilización de la escritura en los vasos de éstos (pp. 179-181). A pesar de las inevitables limitaciones de una investigación de este tipo ejemplarmente subrayadas por la A. al final de su itinerario, su trabajo ha llegado a buen puerto porque se han cumplido satisfactoriamente los objetivos sustanciales planteados: el establecimiento de una metodología superadora de las carencias tradicionales en el análisis de estos documentos históricos que son los vasos ibéricos contestanos y su valoración social en el contexto de las comunidades ibéricas. Esta imágenes, que no reproducen meramente lo real, sino que lo trabajan y lo reelaboran, como subraya la A. en consonancia con Lissarrague u Olmos, son fuentes primordiales en la comprensión del universo simbólico ibérico y de su inserción en el complejo cultural del que forma parte. Empresa difícil, ciertamente, porque nos faltan muchas claves contextuales y no basta una lectura comparativa de la iconografía ibérica a partir de los parámetros mediterráneos. Este libro de Trinidad Tortosa, contruido sobre el análisis interno de la propia estructura iconográfica, está llamado a convertirse en un hito fundamental para mejorar el conocimiento de la cultura ibérica, y los estudiosos y amantes de las imágenes como fuente de cultura y de las sociedades antiguas en general debemos congratularnos y felicitarle por ello. El profesor Blázquez, reúne en el presente volumen una serie de trabajos publicados en los últimos años y que han aparecido en diferentes revistas nacionales y extranjeras, actas de congresos y reuniones científicas. Los diferentes trabajos han sido agrupados en cuatro apartados temáticos, en primero de ellos dedicados a temas del Próximo Oriente; el segundo a temas religiosos de la España Antigua; el hilo conductor del tercero es Roma y la romanización y el cuarto a la problemática de la Iglesia Primitiva. La primera parte del libro se abre con un trabajo dedicado a Babilonia en el que se analiza la información que dan de la ciudad algunos escritores clásicos como Heródoto, Ctesias, Diodoro y Quinto Curcio Rufo; un estudio del Esagila y del panteón babilonio completan el trabajo. El segundo trabajo, escrito en colaboración, al igual que otros de este libro, con el profesor de la UNED don Javier Cabrero, está dedicado a la arqueología israelita y la historicidad de los libros del Antiguo Testamento; en él se hace una puesta al día de las últimas aportaciones al debate histórico sobre aspectos puntuales de la narración bíblica como el Éxodo, la conquista de Canaán, la aparición del monoteísmo los mitos de fundación, los jueces, etc. En el tercer trabajo, «Más allá de la Biblia», también escrito en colaboración con el Dr. Cabrero, se continúa profundizando en el tema anterior y como una serie de historias bíblicas (los patriarcas, la conquista, los jueces, el reino unido, el templo salomónico o la Ley, pueden haber sido fruto de la invención. El cuarto trabajo es un estado de la cuestión sobre la precolonización y la colonización fenicia en la Península Ibérica en el que tras dar un repaso a los diferentes tipos de colonización y la dispersión geográfica de los asentamientos se pasa al debate historiográfico y la crítica de AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 las ideas de precolonización y colonización. El capítulo quinto, también dedicado a la colonización fenicia, lleva por título «Algunas particularidades de la colonización fenicia y púnica en Occidente», recoge el estudio de un numeroso grupo de objetos de manufactura fenicio-púnica como navajas, máscaras, estelas y copas. El capítulo sexto es un estudio del Heracleion gadinato y de sus fuentes de financiación. La primera parte se cierra con un trabajo sobre el encuentro de las culturas irania y griega en tiempos de la dinastía aqueménida y de Alejandro Magno. La segunda parte del libro se abre con un trabajo dedicado a algunos aspectos de la religión ibera, centrándose en los santuarios y en la existencia de la heroización. Le sigue un estudio en el que se recogen una serie de mitos hispánicos, haciendo hincapié en que la Península Ibérica no fue prolija a la hora de proporcionar mitos a la historiografía clásica. El tercer capítulo está dedicado al vaso de los guerreros de El Cigarralejo. Las religiones prerromanas de la Península Ibérica son uno de los temas preferidos por el profesor Blázquez, en el cuarto trabajo hace una nueva puesta al día de los teónimos aparecidos en los últimos años, algo más de 60, alguno de los cuales aparecen por primera vez. El último capítulo de esta segunda parte está dedicado a la religión celta en Hispania en el que tiene cabida el panteón, los santuarios, los sacrificios, los banquetes, las luchas rituales, las danzas, el sacerdocio y numerosos ritos y rituales practicados por los celtas. La tercera parte está compuesta por trece capítulos. El primero de ellos, de nuevo en colaboración con el Dr. Cabrero, tiene por personaje central a Espartaco, uno de los mitos de la historiografía antigua y moderna; los autores intentan esclarecer quien era Espartaco, las causas de su sublevación y el desarrollo de los acontecimientos. Astapa en época romana es el tema del segundo capítulo, munificencia, esclavos y libertos, aristocracias y legislación son todos ellos objeto de estudio. El tercer capitulo está dedicado a Córdoba como capital de la Bética y al papel de los cordobeses en Roma en época de Nerón con especial referencia a Séneca y Lucano. Le sigue un trabajo sobre mujeres extranjeras en Roma en la poesía de Marcial: meretrices y bailarinas gaditanas. El capítulo quinto versa sobre Hispania en época de Trajano: el origen del clan, los hispanos en las guerras emprendidas por Trajano, las obras públicas, etc. La romanización de astures, cantabros y vascones, un estado de la cuestión, son el tema del sexto capítulo, en el que recoge todas las últimas aportaciones al terma, remontándose en el tiempo a las tesis de Barbero y de Vigil del año 1974 sobre los orígenes sociales de la Reconquista. En el siguiente capítulo, el profesor Blázquez se mete de lleno en el estudio de la Hispania del Bajo Imperio sobre la que se pregunta si realmente se trata de un periodo de decadencia como tradicionalmente han mantenido los historiadores de la Tardo Antigüedad, o si en realidad lo que se produce en ese periodo es una metamorfosis que tiene su inicio en la crisis del siglo III. El capítulo octavo es algo de gran novedad, pues en él se estudia el impacto de las vías romanas en los orígenes de la literatura española y como muchos de estos primeros literatos vivían en ciudades construidas al borde es las vías romanas que indudablemente, además de rutas de comunicación y comercio, favorecieron el levantamiento de enclaves urbanísticos importantes. Las referencias a Hispania en la Historia Augusta y las aportaciones de la arqueología se entremezclan en el siguiente trabajo. El déci-mo capítulo lo dedica el profesor Blázquez a aspectos defensivos de las ciudades tomando como referencia la puerta de Cádiz y la muralla de Baelo Claudia que compara con otras murallas de la Península Ibérica de los siglos II y III. En el antepenúltimo capítulo de esta tercera parte se repasa la actuación de la misión arqueológica española en el Monte Testaccio de Roma, que el profesor Blázquez codirige con el profesor de la Universidad de Barcelona José Remesal y que desde al año 1989 está realizando una importantísima labor en este monte artificial romano, formado a partir de los restos de ánforas de aceite hispanas que eran arrojadas allí, una vez vaciadas de su contenido. Se trata de uno de los archivos económicos y fiscales más importantes de todo el mundo antiguo. En el penúltimo capítulo se recogen las últimas aportaciones a la Mauritania Tingitana en el Bajo Imperio y la introducción del cristianismo en la región. La tercera parte se cierra con un estudio sobre la creencia en la ultratumba en la Hispania Romana a través de sus monumentos. El libro se cierra con una cuarta parte, en la que se incluyen cinco capítulos, dedicados a temas relacionados con el cristianismo primitivo, el primero sobre los orígenes de la Iglesia de Roma y el martirio de Pedro y Pablo. El segundo recoge los problemas de la Iglesia Hispana a finales del siglo IV, según la decretal del obispo de Roma, Silicio. El tercero es un viaje a los libros apócrifos del Nuevo Testamento, concretamente al Apocalipsis falsamente atribuido a Pedro, el más antiguo de los Apocalipsis cristianos, en él, el profesor Blázquez se adentra en los castigos del infierno cristiano. Sinesio de Cirene y la escuela de Hypatia en Alejandría son el argumento del cuarto capítulo. El último trabajo versa sobre las recientes aportaciones a la situación de los judíos en la Hispania Tardo Antigua. El libro se concluye con un listado en el que se recoge el origen de los trabajos. Habría sido de desear unos índices analíticos que hicieran más manejable un libro que indudablemente posee un gran atractivo. Los hábitos auto-representativos de las elites hispanorromanas han constituido uno de los temas clave en la historiografía sobre Hispania en el último decenio. A esa línea se adscribe Städte im Wandel: un estudio sobre «ciudades en transformación» y sobre los aspectos monumentales y literarios -escenográficos, de «puesta en escena»-del comportamiento de las elites cívicas hispanas. Si trabajos anteriores -como Stadtbild und Ideologie (Munich, 1990) S. Panzram, la editora, explica en la introducción (pp. 4-5) los criterios seguidos para la elección de las ciudades hispanas referentes de los temas a tratar. Desde entonces se intuye la lucidez de las conclusiones que del libro pueden obtenerse. Más allá de las capitales provinciales -Corduba a partir de la contribución de Á. Ventura (pp. 87-126) sobre la toma de posesión de Publius Petronius T. f. Turpilianus como gobernador en el año 5 a.C.; Augusta Emerita, con atención a su horizonte tardoantiguo en el trabajo de P. Mateos (pp. 237-263); y Tarraco, en el de J. Ruiz de Arbulo (pp. 149-212)-, se han querido analizar comunidades que sufrieron en su Historia procesos de transformación que estimularon la implicación en ellos de sus elites. La elección de Segobriga y de Italica resulta muy acertada por el carácter paradigmático de ambos municipios y más cuando se aportan novedades (pp. 59-77, por J. M. Abascal, R. Cebrián y M. Almagro, y pp. 127-147, por S. Ahrens). A los casos citados se une el estudio de otros problemas de carácter más general como el de la «continuidad y la innovación en la red urbana del Nordeste Peninsular» -en contribución de F. Pina (pp. 25-57) sobre un área que ha generado novedades en la investigación arqueológica sobre niveles republicanos-, el de «ciudad y ciudadanos en Hispania en la Antigüedad Tardía» (pp. 265-282) -de J. Arce-, y una propuesta de E. W. Haley (pp. 79-85) sobre la contribución de las ciudades béticas a las finanzas estatales romanas. El índice escogido constituye, pues, el primer acierto del volumen: el fenómeno urbano en Hispania no puede entenderse sin su sustrato prerromano (abordado en pp. 11-22, por H. G. Niemeyer) que dio razón de ser al tejido urbano romano, a su jerarquía y a su vertebración (p. Más aun, la condición singular de Hispania en relación a los procesos de latinización y municipalización y de transformación de la elite municipal en elite religiosa en la tardoantigüedad la convierten en un escenario de referencia para profundizar en esta manifestación de la «Historia cultural» que es el mundo urbano (p. V) a partir de las ciuitates y de sus habitantes, en expresión isidoriana (Isid. 265) y que define muy bien los objetos de atención de Städte im Wandel. Entrando en los contenidos, el trabajo sobre Segobriga (pp. 59-77) es ya referencia para profundizar en la cuestión de los oppida Latina plinianos. A partir de varias inscripciones segobricenses (AE, 2004, 809, el más antiguo decreto decurional hispano, del 15 a. C. como fecha de la promoción de Segobriga (p. 62), fecha que sugieren como válida (p. 70) para la de otros oppida Latio antiquitus donata (Plin. Como ya se sabía, es seguro que la posterior municipalización flavia alteró también la fisonomía de Segobriga (p. 70) y estimuló la participación en ella de elites todavía no dotadas de la ciuitas Romanacomo el [Proc?]ulus Spantamicus (AE, 2002, 807) que pavimentó entonces el foro-pero que podrían promocionar a ella con un ejercicio de magistraturas al debió preceder cierta liberalitas. Ya era conocida la promoción municipal augustea de Segobriga pero dicho capítulo arroja luces sobre muchos de los problemas abiertos sobre los procesos constitucionales romanos en Occidente. Poco más podría pedirse a un volumen misceláneo como el que aquí se juzga. Sin embargo, si prospectivo es el trabajo sobre Segobriga también lo es el consagrado a Tarraco (pp. 149-212, de J. Ruiz de Arbulo). Además de abundar en la estructura del foro provincial flavio que circundó el templo de Augusto, recientes trabajos en la parte alta de la colina tarraconense han documentado la situación del tabularium provincial (pp. 181-185) sobre el que, además, se ofrece abundante aparato gráfico (Abb. La conexión de la transformación de Tarraco con la concesión del Latium a Hispania por Vespasiano (pp. 162-163 y esp. p. 178) y con las consecuencias administrativas e ideológicas que aquél acarrearía para la capital convierten nuevamente el caso de Tarraco en buen ejemplo de los procesos de monumentalización vividos por las ciudades hispanas -incluso por las de estatuto privilegiado antiguo-a finales del siglo I d.C. y reconfirman a Tarraco -y a su Repräsentationsplatz-como caso desde el que volver sobre la auto-representación de la elite antigua. Este caso, y el de la Italica adrianea, ofrecen dos ejemplos estándares sobre el primor con que debieron escogerse los programas edilicios a implementar en ciudades cuya dignitas debía estar a la altura de la función pública que desempeñaban y del simbolismo que ostentaban (pp. 177 y 128) y alumbran datos sobre los que debieron ser los patrones arquitectónicos de referencia (pp. 139-143 y pp. 175-176 respectivamente) imitados en dichas ciudades, una práctica que, inaugurada por Augusto, fue seguida al pie de la letra durante el Principado. Por último, la atención que Städte im Wandel dedica al tema de la ciudad tardoantigua ofrece un retrato bien documentado de uno de los problemas tradicionales de la investigación. Por un lado, se constata la pervivencia del amor patriae como móvil de la implicación de la elite en la monumentalización urbana (p. Así, aquélla fue responsable de que se mantuvieran vivas las ciudades que conservaron funciones públicas en sus foros (P. Mateos aporta el caso de Corduba, con una notable colección de dedicaciones imperiales tardoantiguas: CIL, II 2 /7, 257-264: p. 246) o de que las urbes siguieran funcionando como espacios para la representación del poder (p. 268, según J. Arce) y simplemente martyria o conjuntos episcopales centraran ahora la atención de los notables (pp. 248-253, según P. Mateos) en sustitución de edificios clásicos ya -mas no siempre-inservibles. Por supuesto, también esa misma elite se esforzó por convertir las uillae -las urbes in rure (Auson. 3, 1, 29)-en el escenario de acción del evergetismo hasta entonces cívico. Städte im Wandel permite constatar que ese orgullo cívico motivó programas edilicios oficiales que pusieron la ciudad a tono con su condición de capitales de las dioceses (pp. 245-247, por P. Mateos, a partir de Augusta Emerita, Toletum, Caesaraugusta, Barcino,. Todo ello -y los procesos de «control social» que, con los concilios, la Iglesia ejerció en relación a las conductas de sus elites (pp. 213-235, según S. Panzram que analiza la información que los canones AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 del concilio de Iliberris nos ofrecen sobre la vida municipal clásica, pp. 225-226)-no hace sino atestiguar que en la ciudad antigua hispana fueron más los elementos de continuidad que los de ruptura, también en los siglos v-vii d.C. Nada desmerece de la muy elegante presentación del volumen; los autores -volviendo sobre cuestiones antiguasaportan un fiel retrato de los elementos dinamizadores de la vida urbana en la Península Ibérica y esbozan algunas de las que seguirán siendo -seguro-cuestiones de debate futuro; en el resultado final se adivina la labor de S. Panzram, responsable de la acertada elección de los casos estudiados, del no menos oportuno encargo de cada uno de ellos a los autores escogidos y de la unidad final del volumen que, por tristemente inusual en muchas obras colectivas, debe ser especialmente resaltada en estas líneas. Tal vez habría sido deseable una bibliografía final que habría enriquecido el meritorio trabajo de coordinación y que habría añadido utilidad al conjunto. Ojalá que a este trabajo puedan seguir otros semejantes tal vez centrados en casos menos paradigmáticos pero también reflejo de la vida urbana durante la Antigüedad y que gracias a este volumen conocemos con más detalle. Si durante muchos años hemos dependido del Stadtbild und Ideologie, estamos convencidos sucederá lo mismo con Städte im Wandel. Resta sólo desear que no tengamos que esperar tanto tiempo para contar con un nuevo hito en esta ya tradicional colaboración científica hispano-alemana sobre el asunto. El volumen reúne básicamente las contribuciones presentadas en la mesa redonda Guerra i territori en el món romà: una discussió historicoarqueològica (8-9 de marzo de 2005, Universidad Autónoma de Barcelona). Los diversos autores abordan desde distintos ángulos el papel del ejército en la construcción y mantenimiento del dominio de Roma sobre las provincias (en particular las hispanas); en él se trata un amplio espectro de temas relacionados con la guerra en el mundo antiguo y de aspectos de la historia militar, pero no concebida como un soporte necesario para la historia política ni como una secuencia autónoma de eventos bélicos, sino como parte de la historia social. El libro ahonda en un aspecto particular: la configuración de territorios como consecuencia inmediata de las condiciones de la conquista. La mayor parte de las aportaciones se centran en la expansión romana y giran en torno a temas como la dinámica relación del ejército con el poder imperial y con la consolidación de poderes locales, la gestión y aprovisionamiento del ejército, la representación del poder militar o el papel del ejército no sólo en la represión de comunidades indígenas durante y después de la conquista sino también como pieza esencial en la explotación de los recursos provinciales y en la articulación de nuevas relaciones sociales y territoriales. Los capítulos introductorios, a cargo de Alberto Prieto Arciniega, Borja Antela Bernárdez y Paul Erdkamp, sirven para presentar algunas reflexiones generales y diacrónicas sobre el concepto de guerra, la relación del ejército con la institucionalización y consolidación de poderes imperialistas y la imagen de la guerra antigua y su uso en diversos ámbitos. Un aspecto clave para la historia de Roma es la consideración de la trayectoria del ejército en el contexto de los cambios sociales desde la fase tardorrepublicana, como hace P. Erdkamp al explicar los cambios en el papel del ejército en el siglo II a. C. en relación con la desmilitarización de la sociedad itálica y la proletarización del ejército. El núcleo del libro lo constituye el apartado «Hispania-Iberia» donde se aborda una amplia serie de aspectos y con un amplio recorrido cronológico. Las contribuciones de Toni Ñaco y César Carreras giran en torno a la influencia del ejército en la creación de flujos económicos y sus dinámicas: el aprovisionamiento a las tropas y el control de la explotación de los recursos materiales y humanos tanto en los periodos bélicos como en la etapas siguientes, en las que se llevó a cabo el sometimiento efectivo y organización de las comunidades indígenas. Tanto el registro arqueológico como la numismática y las fuentes escritas permiten presentar esta vertiente esencial de la actividad militar en Hispania en el contexto del complejo proceso de conquista y dominación. Un segundo tema recogido en varias de las contribuciones es la estrecha relación de la presencia militar en Hispania y la reestructuración de los territorios y relaciones de poder a escala local. Isaías Arrayás propone en una de sus contribuciones una revisión general de la construcción del modelo de control imperial en Hispania entre César y Augusto. Oriol Olesti e Isaías Arrayás se enfrentan en sendas contribuciones a los cambios experimentados en el Nordeste hispano: el primero argumenta la relación de la fuerte presencia militar entre el final del siglo II y el inicio del I a. C. y la configuración de civitates indígenas y grupos de poder locales e I. Arrayás aborda los profundos cambios detectables en el ager Tarraconensis, que actuó como territorio de retaguardia en la fase republicana. La representación del guerrero y la imagen del poder militar constituyen el tercer eje de la publicación. Se trata de un aspecto presente en varios de los trabajos que hacen referencia a numismática o a aspectos iconográficos (como los de F. López Sánchez y Concepción Neira Faleiro integrados en la tercera parte del volumen). Eduardo Sánchez Moreno reflexiona de forma específica sobre la imagen de los jefes lusitanos como representación del poder guerrero en las fuentes literarias e introduce interpretaciones más recientes que abordan, más globalmente, las característica de estas aristocracias indígenas y el papel de Roma en el proceso de gestación de sus líderes. La última parte del volumen, «The Roman Empire», reúne tres trabajos que ilustran a una escala más general la estrecha relación del ejército con la consolidación y mantenimiento del poder, sea este el imperial o el local. En este sentido Jordi Cortadella expone a partir del caso de Lucius Minucius Natalis como los intereses del Estado romano en la consolidación estratégica del limes africano y su explotación económica se confunden con los intereses particulares del legado. Fernando López Sánchez se centra en el estudio de la evolución de una serie de acuñaciones específicas de los siglos III y IV, que reflejan los donativos efectuados a tropas de élite estrechamente ligadas a los emperadores. La publicación se cierra con una contribución de Concepción Neira Faleiro que resume parte de AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 sus trabajos sobre la Notitia Dignitatum, revisando el documento desde la óptica de la diplomática y considerando algunos de los aspectos más conflictivos del texto como su función, su cronología, la estructura interna o el estudio iconográfíco. En suma, esta obra colectiva propone una visión rica sobre el papel histórico de la conquista y del ejército en la configuración social y territorial de las provincias hispanas y se complementa con otras publicaciones recientes que prestan más atención al registro arqueológico (menos presente en este volumen), en especial la obra coordinada por Ángel Morillo y Joaquín Aurrecoechea, The Roman Army in Hispania: an archaeological guide (León, 2006). Es, por último, interesante señalar que la publicación da a conocer trabajos impulsados conjuntamente por un grupo de investigación consolidado (AREA) y desarrollados en el marco de varios proyectos de investigación, garantizando así la comunicación con el resto de la comunidad científica. Tras las publicaciones de Centeno y Zabaleta Estévez no se había publicado, hasta el momento, ningún trabajo acerca de la moneda romana aparecida en la ciudad de Braga1, siendo el presente de un gran interés para los que nos dedicamos al estudio monetario antiguo, y más concretamente a la numismática del Noroeste, ya que durante estas dos décadas el aumento de documentación ha sido abundante. El objetivo del autor se centra en la evaluación de la circulación monetaria de Bracara Augusta a partir del conjunto de monedas aparecidas en la zona oeste de la ciudad, concretamente en la domus de Carvalheiras, ocupada desde época flavia hasta los siglos V-VI d.C. Sabido es que la moneda constituye un documento excepcional para el estudio de la Romanización en Hispania, y Braga resulta una ciudad excepcional dada la cantidad de numerario que allí se localiza, quizás debido a su posición estratégica como punto nuclear de la red viaria del Noroeste. El conocimiento de cada ejemplar encontrado es clave para palpar la actividad económica y cronología de una ciudad o zona, y nos permite hacer estudios comparativos con otras áreas y establecer circuitos económicos o simplemente conocer la historia de un territorio. La ciudad de Bracara Augusta, fundada por Augusto entre los años 16 -15 a.C. La extensa tesis doctoral presentada en 1999/2000 en la Universidad de Francfort consta de un tomo de textos y un tomo de catálogos que suman un total de 547 páginas y 136 tablas parcialmente en color. Tras una breve introducción, se exponen los fundamentos, el método y el objetivo del trabajo (pp. 11-22). A continuación, figuran varios capítulos acerca de los productos mediterráneos en Maguncia, sobres los cuales se emiten enunciados (pp. 23-90) basándose en las variopintas formas de los recipientes, en las 85 inscripciones a pincel y en dos restos de contenido consistentes en caballas del Mediterráneo (probablemente allex). El examen de los tituli picti reveló, que entre otras para la forma lusa Dressel 14 sólo está testimoniado el liquamen como salsa de pescado. Cabe destacar positivamente los dos análisis geoquímicos de radiofluorescencia llevados a cabo. Los depósitos de ánforas maguntinos en Hopfengarten y Dimesser Ort se presentan como hallazgos seleccionados (pp. 179-193, capítulo 8). Acertadamente, estos depósitos se relacionan menos con un lugar para apilar mercancías o un puerto, como lo suponía la ciencia antigua respecto a Dimesser Ort, que con metódicos drenajes y allanamientos de terrenos. 188, mapa 21, Ehmig cartografía la distribución de hallazgos comparables en el valle del Po y del Ródano. Posiblemente, las concentraciones homogéneas de elementos halladas en los análisis geoquímicos han de interpretarse como grupo de referencia de cerámica pesada en Maguncia. A modo de conclusión, se recoge una visión panorámica y un resumen, traducido al castellano, inglés, francés e italiano (pp. 201-216). La publicación de las 4821 ánforas maguntinas supuso en 2003 el primer estudio basado en una presentación completa de ánforas romanas de una localidad situada en Germania. Analizando el caso de Maguncia se eligió uno de los lugares romanos más significativos en Alemania. Desde época de Augusto, Mogontiacum fue el punto de partida de las tropas para las batallas de Germania y, posteriormente, fue la sede del gobernador de la Provincia de Germania Superior y base militar de dos legiones en el siglo I y de una legión hasta el siglo IV. Dado que en gran parte se trata de hallazgos antiguos, la ubicación de estos sólo se ha podido tener en cuenta en casos excepcionales a causa de la documentación disponible. Sobre la base de los distintos tipos de ánforas, que mediante los tituli picti y los restos de contenido se vinculan con el transporte de determinados productos, se ha podido demostrar que se importaban productos desde todas las regiones del Imperio Romano. Como bienes de importación en Maguncia figuran, en parte desde la época de Augusto, aceites del sur de Hispania, aceitunas de Hispania y del Sur de Galia, vinos de todo el territorio mediterráneo (Italia, Hispania, Sur de Galia, Asia Menor, Creta, Norte de África), salsas de pescado, principalmente de la Península Ibérica, y dátiles o higos de Egipto y Siria. Con 1573 ejemplares, las ánforas Dressel 20 procedentes de la zona del Guadalquivir ocupan claramente el primer lugar. Esto deja patente la demanda de aceite de oliva y la existencia de unas relaciones comerciales especiales entre la Baetica y las provincias germanas. Ehmig adopta una posición crítica respecto a annona y respecto a la tesis de que existieran unas condiciones de producción y unas relaciones comerciales dirigidas militarmente, a favor de lo cual se ha pronunciado Remesal en numerosas publicaciones (Remesal 2006, 41 y ss. notas 1 y 2). Así pues, en el supuesto de que así fuera, la autora esperaría hallar sellos de carácter más oficial o uniformes y, por otra parte, no encontrar ejemplos en lugares considerados núcleos civiles (cfr. para una visión crítica desde la historia de la antigüedad Eck 2006 y Eich 2006). Las cartografías de la autora (pp. 110-117 mapa 2 a mapa 16) de diversos sellos béticos sobre ánforas de aceite Dressel 20 de las distintas épocas permiten reconocer una amplia dispersión casi homogénea desde Asia Menor pasando por el Norte de África hasta Britania. Los análisis de radiofluorescencia llevados a cabo en 240 sellos con origen en la Baetica han arrojado, probablemente a causa de la uniformidad geológica de la zona del Guadalquivir, una composición en su mayoría análoga. Sólo las ánforas con sellos procedentes de la alfarería Las Delicias muy al sur en el Genil destacan, entre otras cosas, por unos valores superiores de AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 ras ibéricas gracias a las asas altas ovaladas insertadas en el cuerpo del recipiente, así como debido a la divergencia de la chamota y de las estructuras de la arcilla, reconocible macroscópicamente. La comparación de los materiales de importación con aquellos que fueron exportados a Augst/Kaiseraugst, muestra según Ehmig sólo dos diferencias esenciales, a pesar de existir un contexto de carácter mucho más militar en Maguncia: las ánforas de Germania superior Dressel 20 similis no están representadas en Augst/ Kaiseraugst. Además, el número de ánforas de salsa de pescado, elaboradas en el valle del Ródano, y que transportaban salsas de pescado ibéricas (véase Ehmig 2001) es significativamente mayor en Augst que en Maguncia, ya que en la primera se halló la séxtupla cantidad siendo la base de material aproximadamente la misma (en Augst y Kaiseraugst un total de 5814 ánforas). El autor de esta reseña opina que debe tenerse en consideración la posibilidad de que el gran número de recipientes ibéricos para salsa de pescado Dressel 7-11 hallados en Maguncia en lugar de los notablemente más escasos del tipo 9/10 similis, elaborados en el valle medio del Ródano, esté relacionado con la existencia de otra vía de transporte. Esta otra forma de dispersión admite la interpretación de que el transporte no sólo se efectuaba por el Ródano y por vía terrestre hasta Maguncia, sino que además se utilizaba la ruta del Atlántico (a favor, también Remesal 1997, 50 ss. basándose en fuentes literarias antiguas). La aparición de la forma Dressel 20 similis, para la cual, a causa de la presencia de residuos de trigo hallada en dos ánforas de Walldürn, Ehmig propone que hubiesen sido utilizadas como contenedores de cerveza y también, en una reciente publicación, de vino (Ehmig 2007, 71-73), podría asimismo tener su explicación en estas vías de comercio en parte alternativas para el aceite: dada su mayor facilidad de transporte (Ehmig 2001, 67), posiblemente el aceite de oliva era trasladado en parte en dolia o barricas por vía acuática hasta Germania superior. Mientras que a Augst también podía accederse por el Rín, si bien probablemente se podía llegar mejor por Lyon, en los puertos situados más al norte en la Germania superior, el aceite transportado en barco en grandes recipientes a través del Atlántico y del Rín podría haberse trasvasado en las ánforas Dressel 20 similis de producción local. La elección de la forma clásica de los recipientes de aceite aclararía el contenido, el titulus pictus -de lo contrario probablemente necesario-sería suprimido por la fama, según Ehmig, de los aceites béticos. Un argumento a favor de esta suposición sería la localización de la mayoría de los alfares, cerca de los puertos, como en Worms y Rheinzabern am Rhein situado junto al Rin y Heddernheim, cerca del Main y junto al Neckar (según Ehmig 2007, 69 posible localización de su grupo de producción 3). Si el contenido de las ánforas fueran productos elaborados en la región y distribuidos a cortas distancias, como propone Ehmig en el caso de la cerveza, no sería necesaria la vinculación a una red de transporte a larga distancia, como lo son las vías fluviales. La difusión principalmente regional de las ánforas desde los alfares y los puertos tendría su explicación en el trasiego de productos mediterráneos. En el caso de que, siguiendo la propuesta de Ehmig, se hubiera encontrado cerveza en las ánforas de imitación, se plantea al menos la pregunta de por qué la cerveza de Augst no se transportaba o almacenaba en estos recipientes que allí faltan. Con la presentación del catálogo íntegro de ánforas romanas de Maguncia se ha sentado, por primera vez en Alemania, una base fundamental para la historia del comercio en ambas provincias germanas que puede situarse junto a la extensa obra de Martin-Kilcher 1987/94 sobre las ánforas de Augst. Sólo queda esperar que esta publicación no sólo beneficie a los materiales de Augst y Maguncia con su región circundante (Ehmig 2007), a fin de poder obtener nuevos conocimientos sobre la historia cultural y económica. ISSN: 0066 6742 debe de interpretarse el Kunstlandschaft de las provincias hispanas -como ella lo denomina-ha sido el tema elegido por los editores de este libro homenaje, D. Vaquerizo y J. F. Murillo, para vertebrar las contribuciones de más de 40 investigadores españoles y extranjeros. La publicación El concepto de lo provincial se integra en el contexto del amplio debate sobre la transformación de Hispania y otros territorios como consecuencia de la conquista romana. En el proemio se han incluido las impresiones de amigos y colegas de la homenajeada sobre su figura y su obra. Los artículos se disponen en torno a tres grandes ejes temáticos: «el concepto de lo provincial en el mundo prerromano», «Roma» y, finalmente, «Tardoantigüedad y Edad Media». A pesar de ello, la gran mayoría de las contribuciones se engloban en el apartado dedicado al mundo romano que se subdivide, a su vez, en distintas secciones: «aspectos generales», «urbanismo y arquitectura», «escultura y mosaico. Iconografía» y «mundo funerario». El apartado dedicado a mundo prerromano comprende artículos dedicados al estudio de la presencia de cerámica ática y la escultura calcárea en Munigua (Schattner), un posible santuario empórico de principios del s. V a.C. en la desembocadura del río Llastres (Tarragona) (Dupré), un conjunto de bronces griegos de guerreros con casco y corazas hallados en las Baleares (Blázquez), la influencia de modelos, primero orientales y después itálicos, en la escultura ibérica (Corzo), fórmulas de análisis del imaginario prerromano desde una perspectiva «ibérica» y no griega o romana (Aranegui), una nueva propuesta de lectura del relieve ibérico de Almodóvar del Río y su relación con una divinidad femenina asociada a la caza (Olmos-Blánquez) y un conjunto de fragmentos de escultura ibérica procedentes de la provincia de Córdoba (Morena-Rodero). En la sección encuadrada en época romana se tratan, en primer lugar, aspectos generales, como los prejuicios de la aristocracia romana sobre la realidad literaria de las comunidades provinciales (Gros), o la aplicación de 'modelos' romanos en la provincia Lusitania (Alarcão), la influencia de la Historia de España de Menéndez Pidal en la visión sobre la romanización de Hispania (Bendala), los materiales de época romana recuperados en las Islas Baleares y la importancia del sustrato púnico y local (Orfila), el proceso de implantación romana en la actual provincia de Ciudad Real (Fernández Ochoa-Zarzalejos), la ruptura que supuso para la ciudad de Corduba su «refundación» como colonia Patricia en época cesar-augustea a través de los datos aportados por la numismática (García-Bellido) o las raíces cordobesas de la familia de los Annei (Ventura-Stylow). A continuación se abordan asuntos relacionados con el estudio del urbanismo y la arquitectura, como los dibujos que realizó Piranesi de Villa Adriana (Hidalgo), el templo tardorrepublicano de Via delle Bottegue oscure en Roma (Márquez-Gutiérrez Deza), el desarrollo urbanístico y monumental de las ciudades hispanas entre los siglos VIII y I a. C. (Murillo), novedades sobre el capitolio de Tarraco (Ruiz de Arbulo-Vivo-Mar), la interpretatio provincial del foro de Roma en Emerita (Nogales-Álvarez), talleres urbanos y talleres locales en la producción de capiteles corintios de Cartagena (Ramallo), la evolución de elementos decorativos en Valentia (Jiménez Salvador), la decoración marmórea de Bilbilis (Cisneros-Martín Bueno), el estudio de la monumentalización del foro de Caparra a través de la información epigráfica (Cerrillo), el estudio de una conducción de época romana probablemente asociada al puente de Caesarau-gusta (Liz Guiral), las gradas de mármol del teatro de Pompeyo en Roma y su «reflejo» en los teatros de la Bética (Monterroso) y el pórtico que pudo coronar la cavea del teatro romano de Córdoba (de Dios). Se da entonces paso a contribuciones que tratan aspectos relacionados con la iconografía de esculturas y mosaicos, como las que tratan el conjunto escultórico asociado a la dinastía Ulpia Aelia en Villa Adriana (Reggiani), los talleres de escultura en mármol de la Bética y otras áreas de Hispania (Pensabene), la producción local y foránea de los retratos imperiales hallados en Hispania (Garriguet), el foro, la curia de Carthago Nova y su estatua de togado (Noguera-Ruiz), la continuidad y transformación estilística de la escultura 'provincial' emeritense (Trillmich), la romanización de la plástica de la Bética a través del ejemplo de un conjunto escultórico procedente de Alcolea del Río (Beltrán Fortes), el prototipo iconográfico de la escultura femenina de Paulencia (Baena), la iconografía de un aplique de bronce del Museo de Reus (Rodà) y una revisión del análisis iconográfico de los mosaicos de Hispania valorando sus elementos peculiares como aspectos «originales» y no «provincianos» (López Monteagudo). Se atiende entonces brevemente al ámbito funerario, a través de dos artículos dedicados a un estudio monográfico sobre la Torre del Breny (von Hesberg) y a revisar, de forma crítica, los elementos de tradición púnica de algunas manifestaciones arqueológicas de las necrópolis de la Bética (Vaquerizo). Por último se analizan algunos aspectos que se encuadran ya en época tardoantigüa o medieval como la cristianización de las necrópolis cordobesas (Sánchez Ramos), la alcazaba musulmana de Cartagena (Negueruela), la pervivencia de elementos clásicos en la Qurtuba islámica (León Muñoz) y el abandono de los arrabales cordobeses en el s. XII a través del testimonio de Cercadilla (Fuertes). Estamos ante una obra que afronta un tema «di ampio respiro», como recordaba X. Drupré (p. 55, vol. I), en la que se intenta definir qué es lo característicamente provincial y cómo interpretar la relación de las provincias con Roma. Quizá se echa de menos que tras el proemio que comprende escritos de amigos y colegas se hubiese añadido una relación pormenorizada de la bibliografía de P. León, que sirviese de punto de referencia para aquellos que quieran consultar algún texto concreto de su dilatada carrera, si bien se recoge una selección de sus escritos más importantes en la solapa del libro2. También se podría apuntar que algunos artículos no son fáciles de encuadrar en el marco de análisis de «lo provincial». Su presencia puede justificarse, sin embargo, por la vinculación de la Prof. León con la arqueología ibérica y con yacimientos como Villa Adriana o Córdoba, dentro de una obra que cuenta entre sus méritos ser algo más que una colección de artículos sin ninguna vinculación temática, como sucede a menudo en este tipo de homenajes. En este sentido quizá hubiese sido deseable haber incluido alguna contribución más de carácter general y teórico sobre la noción de lo provincial, así como una reflexión historiográfica sobre este concepto en la obra de P. León, que en este, como en otros ámbitos, ha creado una escuela, aunque es cierto que se pueden encontrar comentarios dispersos en diversos artículos sobre este tema. Con este sugerente título la Monografía XIX de la revista Ilu recoge las contribuciones presentadas al Seminario Internacional que tuvo lugar en la Universidad Complutense de Madrid los días 16 y 17 de noviembre de 2006, un espacio de tiempo, pues, no demasiado extenso entre celebración y publicación para que las teorías entonces expuestas sigan estando vigentes. Como los editores expresan en la Presentación, la idea era recoger este aspecto de las religiones antiguas, el del concepto del silencio, a través de un amplio marco temporal que abarca desde el antiguo Oriente hasta la Alta Edad Media, es decir, un espacio transitado, una «calle» por la que discurren los distintos significados que esta acepción ha tenido en el mundo antiguo. Han sido 16 contribuciones, cada una de las cuales trata libremente el tema del silencio desde su especialidad, mayoritariamente clásica como cabía esperar del perfil de los organizadores y de la mayoría de los participantes y, en menor medida, referida al Oriente. Solo dos de ellas se alejan, por nuestros orígenes y cultura, de nuestra comprensión más próxima a los conceptos religiosos del clasicismo y su perduración en el cristianismo: las comunicaciones de Juan Arnau y Monserrat Abumahlan sobre el Budismo y el Islam respectivamente, despiertan sin embargo la curiosidad y el interés de todo estudio científico. Al dilema de definir qué se entiende por silencio en la religión, se nos dan varias respuestas: práctica religiosa, meditación, temor, misticismo, pero también está la religión silenciada con unas connotaciones étnicas y políticas. Marcos Rodríguez Plaza nos introduce en la disyuntiva palabra/silencio en las distintas culturas a través de una aproximación bibliográfica sobre las religiones del Oriente, Grecia y Roma, el cambio que supuso el Cristianismo, y de forma más concreta el misticismo, el silencio divino y el papel de las mujeres en las distintas religiones, tema este último que ha gozado de una extensa bibliografía. El pensamiento dual en la religión egipcia ocupa la comunicación de Caridad Pérez-Accino y José R. Pérez-Accino, tratado desde la concepción filosófica de dos realidades excluyentes como son el tiempo y el silencio en la percepción del mundo, marcada ésta por la dinámica de movimiento en el espacio del Nilo y por el logos que se plasma de forma material en signos jeroglíficos. La contraposición a esa dualidad egipcia de tierras y de monarquía-divinidad, viene dada por la religión griega. Emilio Suárez de la Torre aborda, desde la crítica textual, el tema del silencio ritual entre los antiguos griegos como una forma de comunicación entre los mortales y los seres divinos, como una AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 manera de enfrentarse al temor religioso que suscita lo divino, convirtiéndose de esta forma el silencio en un «temor respetuoso». A través de un análisis conceptual Alberto Bernabé trata la relación del silencio con los misterios órficos, en contraposición al ruido propio de los «misterios báquicos», haciendo especial hincapié en la obligatoriedad del silencio en ciertos rituales y en el deseo de transmisión de un mensaje determinado o en la omisión del mismo; y todo ello como una táctica de comunicación, lo que en sí parece contradictorio, para atraer la atención de los no creyentes que, ya en el siglo IV a.C., empezaban a ser bastante numerosos. M.a Cruz Cardete del Olmo recuerda la postura «silenciosa» de los disidentes sículos a mediados del siglo V a.C., que se amparan en sus creencias ancestrales silenciadas, los dioses indígenas Paliki, como forma de oposición al poder agrigentino y siracusano. Este fenómeno se repite en otros ámbitos temporales y culturales (recuérdense los estudios del prof. Blázquez acerca de la revitalización de las creencias y de las instituciones de los pueblos indígenas de la Península Ibérica frente al dominio romano) incluso hasta nuestros días (el problema p.e. del Tibet), pero la autora ha sabido despertar el interés por unas divinidades pre-griegas, los Paliki, cuya memoria es utilizada con carácter reivindicativo por los sículos aculturados frente a las jerarquías dominantes. El bloque dedicado a la religión griega se cierra con un extenso trabajo colectivo de Miriam Valdés, César Fornis y Domingo Plácido acerca del culto a las Semnai Theai en la Atenas de siglo IV a.C., en el que se aborda de nuevo el tema de la revitalización de las creencias relegadas al silencio, la esencia dual de las divinidades, el temor respetuoso, el silencio impuesto en las prácticas sacrificiales y purificatorias, la relación de la religión con la oligarquía, etc. El silencio en la religión romana interpretado como «oración silenciosa», precatio y silentium, es sugerida por Charles Guittard como una forma más evolucionada de las creencias. Este tipo de oración reservado para el ámbito privado se contrapone, según el autor, a la oración colectiva, propia de la religión oficial, en la que el silencio debe rodear, no obstante, a la recitación del discurso escrito, incluso acompañado de música. La oración silenciosa implica, entre otros, un contexto mágico y éste es el contenido, como no podía ser de otro modo, de la propuesta básicamente textual de Santiago Montero, para quien el silencio es una de las condiciones indispensables en los rituales de los auspicios y, al mismo tiempo, respuesta temerosa ante los prodigios. En esta línea se sitúa, asimismo, el estudio de Diana Segarra Crespo sobre la imposición del silencio en el mundo romano, lleno de «voces» amenazadoras que deben ser controladas por el poder. Entre estas voces se encuentran las de los faunos que, no obstante ser relegados a los bosques y vivir en la marginalidad, constituyen un peligro por cuanto se levantan como voces susceptibles de ser interpretadas libremente al margen del vaticinio oficial. Este control y silenciamiento de las voces proféticas es el eje del discurso diacrónico de Alessandro Seggioro y, para ello, se basa en la dinámica voz/silencio de una divinidad de nombre tan sugerente como Aius Locutius. María Victoria Escribano Pano se adentra en otra forma de silencio que es la destrucción, impuesta por Honorio, de los escritos considerados heréticos. A unas figuras sumamente interesantes de la corte bizantina, los silentiarii, dedica su discurso Silvia Acervi. Por su parte, Ramón Teja presta atención a la vida contemplativa y silenciosa de los anacoretas en el desierto, en el silencio supremo, como forma de alcanzar la hesychía con Dios. Julio Trebolle cierra esta dinámica temporal y cultural con un interesante aserto sobre el silencio bíblico, la forma más pura de culto religioso derivada de los conceptos del platonismo y neoplatonismo. En conjunto, la «calle del silencio» ha conseguido aunar de forma ponderada diversos análisis sobre distintas religiones. No están todos los silencios, ni era eso lo que se pretendía, sino la libre elección frente a una imposición temática. El resultado ha sido enriquecedor, ya que nos ha permitido recorrer temporalmente una de las facetas más fascinantes de la religión que es el silencio, la ausencia de palabra, pero que al mismo tiempo se incardina en la esencia de lo religioso y de lo social como una forma de expresión del logos y alcanza su pleno significado dentro de la mística. El Prof Le Bohec es un especialista en el ejército romano. Ha escrito varios libros, innumerables artículos y promocionado coloquios sobre el tema. Algunos de su trabajos han sido traducidos a varias lenguas. Este nuevo libro esta dedicado principalmente, en esta ocasión, al ejército romano en el siglo IV d.C. Y en él obviamente ha seguido de forma estrecha toda la información (muy considerable e importante) que proporcionan las Res Gestae del historiador Amiano Marcelino, que fue él también soldado y participó en diversas campañas militares a mediados del siglo y que escribió su obra, como él mismo dice, «ut miles quondam et graecus» (31.16.9). El libro es claro, bien estructurado, de lectura rápida y fácil, y aborda todos los aspectos relacionados con el ejército sin olvidar prácticamente ninguno. Los capítulos I, II, III, XIV y XV son lineales, descriptivos de los ejércitos de Diocleciano (I), Constantino (II), Constancio II y Juliano (III), las guerras de Valentiniano y Valente (XIV), las guerras y el fin del Occidente romano (es decir, desde 378 hasta mediados del siglo V). El resto se ocupa de problemas estructurales y de organización: el reclutamiento (IV), las unidades (V), jerarquías (VI), arquitectura militar (VII), táctica (VIII-IX), estrategia (X-XII), para terminar con un capítulo dedicado al tema de los civiles y militares (XIII) y una conclusión. Una serie de gráficos, mapas y figuras (de desigual calidad), bibliografía e índices completan el libro. Después de cada capitulo hay un «bilan», una especie de conclusión-resumen de los temas abordados en ellos, que resulta de gran utilidad. Tal y como está entendido el libro y su presentación es un buen manual pero no exento de polémica. En efecto, el autor polemiza con unos y con otros con abierta ironía, a veces de forma dura y contundente. Una de las tesis mas discutibles de Le Bohec es su afirmación de que no hay que dar crédito (p. 36) a la tradicional división, aceptada por la casi totalidad de los historiadores (y basada en los textos antiguos) de que a partir de Constantino el ejército romano se dividió en dos tipos de «fuerzas»: los comitatenses, móviles, en retaguardia, acantonados en las ciudades y prontos a la intervención, y otras estáticas, los limita- Le Bohec se muestra muy crítico con muchos autores contemporáneos y sus opiniones sobre el ejercito romano tardío y su papel. Una de los objetivos de sus criticas es el libro Fifth Century Gaul: A Crisis of Identity (ed. J. Drinkwater-J.Elton), Cambridge, 2a ed. 1994) al que califica como «mediocre estructuralismo», cuando en realidad es un libro que renueva nuestra visión histórica del siglo V a través de un análisis del valor y contexto en el que debemos entender en las fuentes del período. Aquí entra en contradicción cuando en una ocasión (p. 94) él mismo rechaza el contenido y testimonio de un Panegirista ( «nadie está obligado a creerlo») y sin embargo se cree a pies juntillas lo que dice Hydacio, por ejemplo. Otro de los autores objeto de sus críticas es Ramsay Mac Mullen y su tesis del soldado-campesino en el siglo IV. Le Bohec cree que se ha difundido «el mito del soldado-campesino» (p.182). Pero la tesis de MacMullen no se puede despachar tan a la ligera entre otras cosas porque está incontestablemente basada en una evidencia múltiple y porque en realidad es mucho más profunda: Soldier and Civilian demuestra como el «civilian turned soldier» y el «soldier turned civilian» en la Antigüedad Tardía como resultado de una serie de causas históricas y demuestra además (y ésta es su principal conclusión) la militarización de los civiles en este período (R. Mac Mullen, Soldier and Civilian, p. 152) y basta para ello recordar los numerosos episodios de ejércitos privados que surgen en el IV y en el V. Por lo que se refiere a los soldados campesinos y su existencia hubiera sido interesante que Le Bohec hubiera sacado más provecho de las indicaciones del tratado de rebus Bellicis, 5 y hubiera, al menos, mencionado la excelente edición de A. Giardina, Delle cose della guerra, Lorenzo Valla, 1989. Del mismo modo, para la fecha de redacción y significado del de re militari de Vegecio, Le Bohec olvida el importante estudio de W. Goffart, The Date and Purpose of Vegetius' De re militari, Traditio, 33, 1977, pp. 65-100= Rome's Fall andAfter, London, 1989, pp. 45-80. Como era de esperar tampoco se libra E. N. Luttwack y su tesis de la «estrategia de defensa en profundidad del ejército romano». En este caso podemos estar de acuerdo (cf. Javier Arce, Un Limes innecesario, en Romanización y Reconquista en la Peninsula Ibérica: nuevas perspectivas (eds. 189) no mencionado en Le Bohec), pero el rechazo de esta teoría, primero por los trabajos de Benjamin Isaac y luego por Le Bohec, pone en entredicho muchas de las opiniones expresadas a propósito del «limes» hispano por J. M. Blázquez y algunos de sus seguidores como recientemente Pablo Díaz y Méndez Bueyes en diversos trabajos. Le Bohec, de hecho, rechaza como incongruente la teoría del limes hispano (p. 172): «nada prueba la presencia de un limes en Hispania lo que es bien lógico porque la Península no toca para nada el mundo de los bárbaros» (aquí he de lamentar que Le Bohec olvida mencionar los numerosos trabajos que he publicado al respecto empezando por el titulado La Notitia Dignitatum et l'armée romaine dans la diocesis Hispaniarum, Chiron X, 1980, pp. 593-608 y en otros lugares o libros). El tratamiento de Le Bohec sobre la llegada de los «bárbaros» a Hispania (pp. 210-11) es simplemente superficial e inaceptable porque le falta mencionar la bibliografía mas reciente sobre el tema y porque contiene errores incomprensibles: el autor afirma que el 419 y 422 un ejército de vándalos ataca (en la Península) a los suevos y a los romanos «prueba de que las tropas romanas estaban todavía presentes en la región y que estas unidades no tenían ningún valor», pero Le Bohec no repara en que este ejercito romano venido a Hispania no reside en Hispania sino que viene de la Galia y lucha Romani nominis causa, como señala Hydacio. En una ocasión Le Bohec sorprende al lector con esta afirmación: «Los romanos del siglo IV quizás inventaron los gases asfixiantes o al menos un antecesor de estos productos utilizados en 1914-1918» (p. Ante tal afirmación uno va a comprobar el texto que da pie a esta opinión. Y el texto es Amiano XXIV.4.30 donde se dice que unos soldados persas se esconden en una cueva. Ante la imposibilidad de hacerles salir los soldados romanos reúnen stipula et sarmenta, los amontonan a la entrada de la gruta y les prenden fuego. El humo hace salir a los que estaban dentro. La comparación es, cuando menos, exagerada e inútil. A pesar del tiempo transcurrido tras la publicación de estos dos trabajos, no se tiene constancia de ninguna recensión sobre ellos y para que así conste se propone en unas breves líneas exponer la relevancia de los mismos. La temática que une dichas publicaciones es que ambas reflexionan sobre la figura del arqueólogo clásico D. Antonio García y Bellido, así como que son deudoras de varios actos emblemáticos en la historia de los homenajes brindados a García y Bellido más recientemente. Se trata de la exposición Imágenes de Arqueología leonesa. Antonio García y Bellido y el Noroeste peninsular en la Antigüedad, celebrada en el Museo Arqueológico de León, del 14 de febrero al 31 de marzo de 2002, comisariada por A. Morillo Cerdán (Universidad de León), y la titulada Antonio García y Bellido y su legado a la Arqueología española (1903Arqueología española ( -1972)), que estuvo expuesta en el Museo de San Isidro de Madrid, del 9 de diciembre de 2004 al 27 de marzo de 2005, y cuyo comisario científico fue J. Blánquez Pérez (Departamento de Prehistoria y Arqueología de la Universidad Autónoma de Madrid). La primera explora, sobre la base de un pequeño cuadernillo en el trigésimo aniversario de su fallecimiento, la faceta del arqueológo en su trabajo en el Noroeste peninsular, haciendo hincapié en la cultura castreña y la arqueología urbana de la ciudad de León (Morillo et alii 2002). La otra pretende abordar la aportación de toda la vida profesional de D. Antonio a raíz del proyecto de inventario y catalogación titulado Estudio del Archivo Gráfico de D. Antonio García y Bellido, dirigido por el Prof. Blánquez (Blánquez et alii 2004). A estos actos se unirían los del centenario de su nacimiento en 2003: el Congreso Internacional La Arqueología Clásica peninsular ante el tercer milenio. En el centenario de García y Bellido (1903Bellido ( -1972)), celebrado en la Residencia de Estudiantes del CSIC de Madrid los días 6 y 7 de marzo de 2003 (Bendala et alii eds. 2005), así como el Curso de Verano-Homenaje Antonio García y Bellido, celebrado en su ciudad natal, Villanueva de los Infantes (Ciudad Real) (Moya ed. 2006). Respecto al cuadernillo de la exposición en el Museo de León (Morillo et alii 2002), se denota que en el Noroeste, podríamos decir que, D. Antonio, empezó a trabajar de una manera un tanto tangencial. Inició su carrera en Madrid desde la Historia del Arte de la Edad moderna, de la mano de D. Elías Tormo, catapultándose en pocos años hacia el mundo antiguo, cuya cátedra de Arqueología Clásica ocuparía con tan sólo 28 años, en 1931. Así, no fue hasta la posguerra cuando, animado por el catedrático de Oviedo, Juan Uría y Ríu, que buscaba las raíces prerromanas de la monarquía astur altomedieval, cuando dirigió las excavaciones de los castros asturianos de Coaña, Pendia y La Escrita, en la cuenca del Navia, e inició sus investigaciones en la denominada «Cultura castreña». El cuadernillo esboza una biografía de García y Bellido, a cargo del Prof. Morillo que sirve de semblanza a la figura en torno a la que giró la exposición. Completan en esta presentación escrita de la muestra, un acercamiento más concreto a la incursión de García y Bellido en el Noroeste, por la Profra. Fernández-Ochoa, y una atención especial a su labor en León así como una puesta al día de los últimos avances arqueológicos en la ciudad, redactado estos dos últimos apartados por García Marcos y, de nuevo, Morillo (que repiten ambos más extensamente sobre los mismos temas, en la obra editada por Blánquez: Fernández-Ochoa y Villa Valdés 2004: 129-42; Morillo Cerdán y García Marcos 2004: 263-91). Así es de destacar que este breve trabajo preste especial atención no tanto a la Arqueología leonesa como a la Arqueología en la ciudad de León. Es por esto que los temas más desarrollados son las actuaciones y las interpretaciones de García y Bellido en la ciudad de León que, salvo alguna excepción, ni habían tenido relevancia precedente ni la tuvieron posteriormente hasta fechas muy recientes. Las excavaciones llevadas a cabo por el catedrático de Madrid, director por aquel entonces del Instituto Español de Arqueología del CSIC y de la revista Archivo Español de Arqueología, no se llevarían a cabo hasta los años 60. En esta etapa de madurez todavía se publicarían algunas de sus obras más paradigmáticas entre las que se encuentra la dedicada a sus estudios en León (Nueve estudios sobre la Legio VII Gemina y su campamento en León, 1968). Se destaca de esa obra su aportación arqueológica a la planta campamental de la ciudad y sus tímidos apuntes a la Legio VI Victrix y la debatida fundación augustea, acantonamiento y periodo perfectamente constatado por las más recientes intervenciones, tal y como se desarrolla en el cuadernillo por García Marcos y Morillo (García Marcos y Morillo Cerdán 2002: 55-81; y también en Morillo Cerdán y García Marcos 2004: 263-91). En cuanto al tema de la «Cultura castreña», ámbito en el que empezó García y Bellido a trabajar en el Noroeste a través del paradigmático castro de Coaña, no tiene en este cuadernillo todo el alcance que se le podría haber dado, mientras que se puede documentar mucho más extensamente desde la historia de la investigación del propio yacimiento del Castelón de Coaña en el volumen de Blánquez, para el que García y Bellido es el primer referente claramente científico (Fernández-Ochoa y Villa Valdés 2004: 129-42). Sin embargo, en el caso de la pequeña publicación coordinada por Morillo, no se hace eco de los avances en la investigación teórica y metodológica desde la Arqueología del paisaje, que se están llevan-AEspA 2008, 81, págs. 305-331 ISSN: 0066 6742 do a cabo desde los últimos 25 años en la región de El Bierzo y en el área gallega, en relación con el mundo prerromano autóctono y con el impacto en todos los niveles de la actuación de la administración romana en todo el Noroeste. Se podrían haber tocado otros aspectos como el celtismo en García y Bellido en relación con su incursión en el Noroeste de la «Hispania indoeuropea» y el debate actual, tal vez ya muy manido. Como bien se ha dicho, el tema de la «Cultura castreña» prerromana no le supuso a García y Bellido, dentro de su amplio repertorio bibliográfico, más de una décima parte, no queriendo significar ello una menor relevancia e influencia de sus interpretaciones (Fernández-Posse y Sánchez-Palencia 2005: 149). Sin embargo, desde su primer acercamiento a los castros del Navia mostró una pasión que no abandonaría en toda su vida, y que demostraría con algunos de sus últimos trabajos de síntesis dedicados al controvertido mundo funerario (García y Bellido 1966;1968) o a los orígenes de la «casa redonda» (García y Bellido 1971). En referencia a su relevancia como una de las principales figuras en la docencia e investigación arqueo-histórica durante la dictadura franquista, indica A. Morillo, en la semblanza que traza de la figura de García y Bellido que «jamás aceptó cargo alguno que tuviera ninguna connotación política, de la que se mantuvo siempre alejado y a la que consideraba un mal necesario», destacando que fue de los pocos profesores que apoyaron la candidatura de Ortega y Gasset para el Nóbel, de talante hostil ante la ideología nacional-católica del Régimen (Morillo et alii 2002: 11). Ello no excluye que la exaltación de los valores imperantes en la búsqueda de los mitos de resistencia prerromanos, la unidad imperial romana o las bases germánicas de la unidad moderna de España, favorecieran, sobre todo los dos primeros, el desarrollo de su espíritu regeneracionista y de su carrera profesional, tal y como afirma C. Fernández-Ochoa (Morillo et alii 2002: 23). Otros han resaltado este controvertido posicionamiento de García y Bellido durante el franquismo aludiendo que su forma de proceder fue «deductiva» en su interés por explicar ciertas características de España («patriotamente que no nacionalistamente») y la Península Ibérica, como tradiciones que pervivían de las épocas antiguas (Schattner 2005: 80). Blánquez pasa de puntillas sobre este tema remarcando la conciencia que tenía García y Bellido, en sus propias palabras, sobre «el obstinado aislamiento en que desde 1945 condenaron a España» y que bien pudo sufrir en sus carnes recomponiendo lentamente la biblioteca elemental del seminario que estableció en la Universidad de Madrid y la del Instituto Rodrigo Caro del CSIC, que con el tiempo pasaría a ser la más importante de la Península (incluida Portugal) parangonándose a la de otros centros europeos (Blánquez y Pérez 2004: 50, 53). Es la doble aptitud de Profesor e Investigador-Arqueólogo la que se abstrae de la miscelánea de los papeles, dibujos y reflexiones de toda una vida de trabajo. El segundo volúmen que nos ocupa (Blánquez y Pérez eds. 2004) se estructura en tres grandes bloques: la persona, sus investigaciones y cuestiones metodológicas. El primer bloque se centra en aspectos biográficos que no pasan de ser unos reconocidos meros apuntes (Blánquez y Pérez 2004: 19-58), junto con un trabajo muy concreto de la influencia del ambiente universitario de la II República en el crucero universitario de 1933(González Reyero 2004: 67-92), alternado por algunos de sus verdaderos documentos recuperados (de su diario personal sobre su estancia en Berlín en 1931, en García y Bellido 2004: 59-66; o de una conferencia inédita en Berlín en 1968, en García y Bellido 2004: 93-105) firmados por la misma mano del homenajeado. En este primer García y Bellido estará el germen de lo que será después su vocación histórica y el comparativismo (inspirado en las civilizaciones mediterráneas) como método explicativo en sus numerosas incursiones desde los castros norteños hasta el ejército en Hispania pasando pro el mundo ibérico o el arte romano. El segundo bloque nos introduce en la diversificada aportación a la Protohistoria y el Mundo Antigüo hispano a través de una amplia documentación inédita tanto en forma de fotografías como papeles y bocetos. Por último, se desarrolla el bloque más puramente metodológico sobre la recopilación de la documentación (correspondencia, diarios, dibujos, fotografías, planos, postales, publicaciones científicas, textos de investigación, etc.) del, ya ampliamente reconocido, como Archivo Documental de D. Antonio García y Bellido gracias a la labor minuciosa de catalogación y digitalización del equipo de la UAM de J. Blánquez (Blánquez y Pérez 2004: 295-310; Sáez Pedrero 2004: 311-19). Es de destacar la labor de la viuda de García y Bellido, Carmen García de Diego, testigo vivo que pudo dar voz, orden y nombre a los distintos documentos celosamente conservados en su domicio particular, gracias a cuya memoria el mismo Blánquez reconoce que «bien podría haber sido ella la Comisaria de la exposición» (Blánquez y Pérez 2004:14). Finalmente, M. Pérez recoge una bibliografía (Pérez 2004: 323-42) que da muestra de la prolija y variada vida científica que es reconocida desde ámbitos que pudieran parecer tan distintos a primera vista como el mundo castreño o el romano altoimperial. Sin embargo, es ese aspecto profundamente «protohistórico» el que D. Antonio cultivó siempre, desde un conocimiento profundo del mundo clásico y sus fuentes, pero con una incansable conciencia de desentrañar los distintos sustratos sobre los que Roma vertió su mezcla. Y más allá supo no olvidarse de aquello de que lo que no se sabe transmitir está condenado a morir, a través de su vocación didáctica y «vivificadora» de sus investigaciones arqueológicas, como en aquella reconstrucción gráfica pionera de un poblado castreño en su «anaparástasis» de Coaña, imagen grabada en la memoria de arqueólogos del ámbito castreño de ayer y de hoy (Ruiz Zapatero 2006: 16-22). La tercera edición de los Premios Manuel Vázquez Seijas recoge en este volumen los dos trabajos galardonados con tal distinción. Lorena Vidal Caeiro y Anastasio Santos Iglesias tratan, respectivamente, el singular monumento de Santa Eulalia de Bóveda y los linajes de los señores de la tierra de Parga, ambos temas propios de la provincia de Lugo. Ochenta años después de su descubrimiento y tras una larga serie de estudios que se han ocupado del conjunto subterráneo de Santa Eulalia de Bóveda, L. Vidal Caeiro realiza un nuevo estudio con la intención de identificar sus posibles fases constructivas que, aunque insinuadas por distintos investigadores, no han sido planteadas claramente. El trabajo expone la descripción del exterior e interior de Santa Eulalia, de las piezas descontextualizadas procedentes del lugar y el análisis de los elementos decorativos y constructivos que forman parte del edificio, para el cual «se ha acudido de forma colateral a la Arqueología de la Arquitectura», según palabras de la autora (p. El resultado final establece una secuencia que se ajusta a la propuesta tradicional de un espacio adaptado y transformado al culto cristiano, cuya cronología ha sido el aspecto más discutido por nuestra historiografía, con un amplio campo de actuación desde finales del siglo IV hasta el siglo IX. De esta manera, un edificio romano de planta rectangular, vinculado al uso del agua, sería reutilizado por un templo visigodo a finales del siglo VI, principios del VII, el cual introduce un ábside y una nueva fachada. La analogía de los bajorrelieves expuestos en este muro principal con las acuñaciones monetales de época de Leovigildo constituye el argumento cronológico principal para esta fase. A principios del siglo VIII, según la mención de reformas en el Testamento de Odoario, el edificio se dotaría de una cubierta abovedada y un piso superior, así como de un pórtico que implicaría el desplazamiento de la fachada anterior. Ya a finales del siglo IX, el edificio se embelleció con las pinturas del interior, de marcada semejanza con las de la iglesia de San Julián de los Prados (Oviedo), y la introducción del arco de herradura de la fachada con un «alfiz mozárabe». Santa Eulalia resurgirá a comienzos del siglo XX para entrar con fuerza en la historiografía de la arquitectura tardoantigua y altomedieval hispánica. La secuencia recorre así los periodos romano, visigodo y asturiano, atribuye a cada uno de ellos una parte del conjunto y busca en los documentos escritos la confirmación. Sin embargo, se pone de manifiesto la carencia de un análisis sistemático que rompa el tradicional marco historiográfico de Santa Eulalia, en gran medida el principal culpable de una peligrosa combinación entre documentos y muros que puede llevar a identificar etapas históricas ilegibles en el edificio. Con un carácter completamente distinto al trabajo anterior, el estudio de A. Santos Iglesias es el resultado de una labor histórica de archivo que reconstruye la historia de la familia hidalga de Parga desde finales del siglo XIV hasta finales del siglo XVIII, periodo durante el cual ejerce un poder jurisdiccional sobre la tierra homónima y sus habitantes. Mediante un análisis genealógico se desgranan los miembros de la familia y aquellos aspectos más relevantes de la historia familiar conjunta. Los capítulos de su historia reflejan los distintos estadios de su evolución desde la obtención de un señorío como plataforma para desarrollar un control sobre la zona, la creación y ampliación del mayorazgo mediante alianzas matrimoniales y hereditarias, la obtención del título nobiliario y, finalmente, la pérdida del señorío inicial. Estas etapas se personalizan en aquellos miembros de la familia que actúan como cabeza en cada una de ellas. Su historia particular dirige la exposición para confluir en la historia familiar. La historia de la familia Parga supone así un estudio de microhistoria que permite conocer la evolución de un territorio delimitado a lo largo de tres siglos.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Presentamos un estudio arqueoastronómico del yacimiento arqueológico de La Malladeta (La Vila Joiosa, Alicante), santuario ibérico y posteriormente romano altoimperial que se utilizó entre los siglos iv a. C. situado en la cima de un promontorio costero. El seguimiento fotográfico de los ortos solares desde la cima del santuario en fechas singulares de la trayectoria anual del Sol indican que el islote de Benidorm pudo haberse utilizado como marcador preciso de los equinoccios o, más probablemente, del día mitad entre solsticios. Varios de los pocos muros que quedan en la cima del promontorio, correspondientes a la zona nuclear del santuario, donde se llevaron a cabo rituales con fuego, se encuentran alineados hacia el islote. Por otra parte, el orto solar en el solsticio de verano se observa justo en el extremo de la ladera sur del Morro de Toix y cerca de la mole del Peñón de Ifach, lo que podría haberse utilizado como marcador de dicho momento del año. Resulta sugerente que la línea trazada entre La Malladeta y el orto del solsticio de verano coincide con el talud norte del cerro donde estuvo la ciudad íbera de Álon, de donde partían sus vías principales de comunicación y donde estuvo, con toda probabilidad, el foro en época altoimperial romana. We present an archaeoastronomical study of the archaeological site of La Malladeta (La Vila Joiosa, Alicante), an Iberian * Parte del trabajo de campo fue financiado por el proyecto "Arqueoastronomía" (P/309307) del Instituto de Astrofísica de Canarias. Agradecemos a los miembros de la asociación fotográfica Fotocine La Vila y, especialmente, a Antonio Mingot, por su inestimable colaboración en la obtención de material gráfico. Agradecemos al Ayuntamiento de La Vila Joiosa el apoyo prestado para la realización de este estudio, que se enmarca en el convenio firmado en 2013 con el Instituto de Astrofísica de Canarias. El yacimiento que nos ocupa está situado en la parte más elevada de la Malladeta, un cerro situado en la costa justo en el extremo suroeste del casco urbano actual de La Vila Joiosa (Fig. 1), a unos 47 m s. n. m. y con una visión despejada en todas direcciones. Localización del yacimiento de La Malladeta respecto a la ciudad íbera de Álon, situada en el cerro del casco antiguo de Villajoyosa, y respecto a las calzadas que la conectaban con las comarcas de l'Alacantí, hacia el oeste, y de l'Alcoià, hacia el norte. El recuadro superior muestra la localización del yacimiento en la Península Ibérica. trata de un gran santuario en el que se han realizado cinco campañas de excavación entre los años 2005 y 2009, bajo la dirección de Pierre Rouillard, Jesús Moratalla y Antonio Espinosa (Rouillard et alii 2014b). C., con una gran proporción de materiales cerámicos púnicos, y muy especialmente ebusitanos. C. se arrasan las estructuras anteriores, de las que apenas quedan restos, y se construye un complejo dispuesto sobre terrazas semiexcavadas en la roca en las que se levantan baterías de habitaciones organizadas en paralelo a las curvas de nivel, e interrumpidas por escalinatas (éstas apenas conservadas). Todo el complejo se estructura en torno a la cima del cerro, donde debía existir un pequeño templo o edículo dedicado a una divinidad que podemos identificar con la diosa madre íbera, equivalente a la Tanit púnica, a juzgar por los numerosos fragmentos de terracotas que la representan. C. este complejo se abandona y se arruina, y la actividad -quizá dedicada ahora a la diosa Juno, la equivalente romana de Tanit-se mantiene tan solo en la cúspide, donde permanece en uso una estructura con muros orientados a los puntos cardinales, asociado a la cual se halló un gran número de lucernas romanas. C., el santuario se abandona, quizá por el traslado del culto a algún templo del foro del nuevo municipium romano, que recibió esta categoría gracias al Edicto de Vespasiano hacia 73/74 d. TRABAJO ARQUEOASTRONÓMICO EN LA MALLADETA La posibilidad de que el santuario ibérico de La Malladeta presentara alguna relación arqueoastronómica de interés comenzó a plantearse a raíz de una reunión de los autores en el verano de 2012. En dicho encuentro se comentó la curiosa alineación que a lo largo de la dirección este-oeste presentan La Malladeta y el islote de Benidorm en los mapas topográficos de la zona y que podría estar relacionado Figura 2. Direcciones de los ortos solsticiales y del equinoccio desde la cima del santuario íbero de La Malladeta. con algún tipo de marcador4 equinoccial como los que se han encontrado en otros santuarios ibéricos de la zona levantina (véase Esteban 2002;2013). Para confirmar esta posibilidad se comenzaron a realizar observaciones sistemáticas del orto solar desde el yacimiento en las fechas alrededor de los equinoccios así como algunas observaciones esporádicas de ortos y ocasos en otros momentos significativos del ciclo solar, como en el solsticio de verano. Dichas observaciones se utilizaron también como reclamo para promocionar visitas guiadas al yacimiento, por lo que se ha consolidado como una actividad cultural organizada por Vilamuseu5 y que atrae a una gran cantidad de público interesado tanto en la arqueología como en la astronomía. Durante las observaciones se contó con la colaboración de varios miembros de la asociación fotográfica Foto Cine La Vila de La Vila Joiosa, que realizaron unos magníficos seguimientos fotográficos de los fenómenos observados. Durante el equinoccio de primavera de 2014, aunque no pudieron obtenerse instantáneas del amanecer debido a la nubosidad, se realizó una visita pormenorizada al yacimiento por parte de los dos autores del presente trabajo donde, combinando consideraciones arqueológicas y astronómicas, se obtuvieron resultados adicionales acerca del potencial arqueoastronómico del santuario. Hacia el este y sureste el único horizonte que se divisa desde la Malladeta es el marino, aunque al este-noreste encontramos varias montañas y sierras litorales (Fig. 2). En la Figura 3 podemos ver parte del horizonte oriental, desde el este-sureste hasta el noreste. Durante la mayor parte del año el orto solar se produce sobre el mar excepto unos meses antes y después del solsticio de verano, donde lo veremos aparecer sobre las estribaciones de la Sierra Helada y de los montes más cercanos de Castilla y Les Talaies. Sin duda, uno de los elementos más llamativos del horizonte, si no el que más, es el islote de Benidorm que ocupa unos escasos 1,3° (alrededor de 2,5 diámetros solares) y se perfila por encima de una de las elevaciones secundarias de La Malladeta. Como ya se dijo, las observaciones desde el yacimiento se llevaron a cabo principalmente en varios días alrededor de los equinoccios de los años 2012 y 2013, obteniéndose secuencias fotográficas con las que se pudo estudiar la variación diaria de la posición exacta del orto solar sobre el perfil del islote de Benidorm en función de la declinación 6 del Sol. El resultado de esas observaciones demuestra que la variación de la posición diaria del Sol alrededor de los equinoccios en relación al pequeño islote es muy evidente y perfectamente perceptible para cualquier observador mínimamente entrenado. En la Figura 4 mostramos un montaje de varias fotografías consecutivas obtenida en el amanecer del 21 de marzo de 2013, cuando la declinación del centro del disco solar era de δ = +0°18′. Como podemos ver, el Sol hizo su aparición por el extremo sur del islote. El equinoccio 7 de primavera de 2013 tuvo lugar el día anterior, el 20 de marzo a las 11:02 horas, por lo que el amanecer de ese día se produjo unas pocas horas 6 La declinación, δ, es una coordenada que corresponde al ángulo sexagesimal entre un punto de la esfera celeste y el ecuador medido a lo largo del círculo mayor que pasa por los polos celestes y dicho punto (véase Figura 1.2 de Aparicio et alii 2000: 27). 7 El instante en que el centro del disco solar atraviesa el ecuador celeste, en ese momento δ = 0°. Las flechas oblicuas indican la posición de los ortos solares en los equinoccios y el solsticio de verano. El islote de Benidorm se encuentra ligeramente a la izquierda (norte) de dónde se produce el orto equinoccial. El círculo gris sobre el islote indica el tamaño del disco solar. La circunferencia semitransparente de puntos de la Figura 4 remarca la posición del disco solar en la primera fotografía de la secuencia tomada el día 21, mientras que la circunferencia de rayas indica la posición del disco solar en el amanecer del día anterior, 20 de marzo (δ = −0°05′), el más cercano al equinoccio. Como se puede comprobar, el cambio de la posición de un día a otro es perfectamente distinguible a ojo desnudo con respecto a la referencia del islote. En esa misma figura, la circunferencia de línea continua indica la posición del disco solar si el amanecer coincidiera con el momento exacto del equinoccio (δ = 0°). La Figura 4 indica claramente que el 20 de marzo de 2013, día del equinoccio de primavera, el Sol no llegó a salir sobre el islote, ni siquiera lo haría el día en que el amanecer coincidiera con el momento exacto del equinoccio. Pero ¿qué ocurre si consideramos el equinoccio de primavera de otro año? Debido a que la duración del año no contiene un número entero de días terrestres, la posición del Sol en el amanecer más cercano al equinoccio cambia ligeramente, como mucho unos 11′ al norte o sur de la posición correspondiente a δ = 0° (entre δ = +0°11′ y δ = −0°11′, alrededor de un tercio de diámetro solar al norte o al sur) y las posiciones se volverán a repetir casi exactamente después de un ciclo de cuatro años8. En la Figura 5 mostramos las posiciones extremas en las que podemos ver salir el Sol en el amanecer más cercano al día del equinoccio, por lo que podemos comprobar que en dicha fecha el disco solar nunca llega a tocar el borde sur del islote excepto quizás, ligeramente, en el día en que el Sol se encuentre cerca de δ = +0°11′ en el momento de amanecer. Es importante recalcar que la posición del equinoccio ha sido invariante desde época ibérica hasta ahora, por lo que lo acontecido en los amaneceres equinocciales para los antiguos fieles del santuario de La Malladeta era prácticamente idéntico a lo que vemos en la actualidad. Con las fotografías disponibles y considerando el tamaño del disco solar, hemos realizado el ejercicio de estimar la variación diaria de la posición del Sol alrededor de un equinoccio dado, por ejemplo el de primavera de 2013. En la Figura 6 presentamos la misma secuencia fotográfica que en las Figuras 3 y 4 pero ahora introducimos circunferencias indicando la posición del disco solar en los amaneceres consecutivos desde el 20 al 25 de marzo de 2013. Recordemos que el 20 de marzo correspondió al amanecer más cercano al equinoccio de ese año. Como podemos ver, es entre los días 21 al 25 de marzo (inclusive) cuando el amanecer se produce sobre el islote, unos 5 días en total. Es necesario recordar que, aunque hasta este momento hemos estado refiriéndonos al equinoccio de primavera debido a que la secuencia fotográfica que usamos de referencia se obtuvo en dicho momento del año, todas las consideraciones hechas hasta ahora son aplicables al equinoccio de otoño (que se produce entre el 21 y el 22 de septiembre), con la salvedad de que el sentido del movimiento del Sol respecto al horizonte seria inverso en este caso. Durante los amaneceres consecutivos alrededor del equinoccio de otoño, el Sol comenzaría a aparecer sobre el extremo norte del islote y aparecerá cada día en una posición más hacia al sur (en vez de hacerlo hacia el norte como es el caso del equinoccio de primavera). Si realizáramos el seguimiento del orto solar en esta parte del año veríamos que, durante los cinco días anteriores al equinoccio de otoño, el Sol saldría sobre el islote mientras que, el día exacto de dicho equinoccio, sería el primero en que el orto se produciría sobre el mar al sur (derecha) del islote. Resumiendo, el día del equinoccio de primavera es el último en que el sol aparece a la derecha del islote sin tocarlo mientras que en el equinoccio de otoño es el primero. Montaje de varias fotografías consecutivas obtenidas por Antonio Mingot (Foto Cine La Vila) en el amanecer del 21 de marzo de 2013, cuando la declinación del centro del Sol era de δ = +0o18′. La circunferencia de puntos indica el disco solar completo correspondiente a la primera instantánea. La circunferencia de rayas indica la posición del disco solar en el amanecer del día anterior, 20 de marzo (δ = -0o05′), el más cercano al equinoccio de primavera (que se produjo a las 11:02 horas). La circunferencia de línea continua indica la posición del disco solar si el amanecer coincidiera con el momento exacto del equinoccio (δ = 0′). En Esteban (2013) se discute la posibilidad de que el evento astronómico de interés en los santuarios ibéricos donde se han encontrado relaciones con los equinoccios fuese realmente el denominado "punto medio temporal entre solsticios". Debido a que la órbita de la Tierra es elíptica, la velocidad con que nuestro planeta se mueve alrededor del sol no es constante y esto hace que la duración de las cuatro estaciones del año no sea la misma. C. la duración de las estaciones fue de 94,11, 92,04, 88,55 y 90,53 días para primavera, verano, otoño e invierno, respectivamente; unos números que han variado ligeramente en la actualidad (alrededor de un día). Este hecho produce que si medimos los días desde el momento exacto de un solsticio hasta el si-mediados del s. iv a. C. Aunque no se realizaron medidas de la orientación de los muros de los espacios del sector 5 durante el trabajo de campo, la ortogonalidad de los muros perimetrales del espacio 2 que se aprecia en la Figura 9 indica que el muro 5102 se orienta precisamente en la línea este-oeste (paralelo al muro 5101) y el muro 5100 en la dirección norte-sur. Todos ellos (5100 a 5102) forman una misma estancia y estaban en uso en la última fase del yacimiento, la altoimperial (post quem -25/c. El muro oeste del espacio 3, el 5105, pertenece a la fase anterior, la segunda fase ibérica de La Malladeta (PQ -100/-25), y muestra una desviación de alrededor de 16° con respecto a la línea norte-sur. Ni esta dirección ni su perpendicular presentan ningún interés astronómico obvio. Por otra parte, las estructuras del sector 1 (en la ladera oeste del cerro) presentan una orientación similar a la del citado espacio 2 del sector superior, aunque las situadas en el sector 2 -a excepción de la más septentrional-se encuentran desviadas entre 10° y 20° respecto a los ejes cardinales. Estas estructuras conservadas de los sectores 1 y 2 también guiente (desde el de invierno al de verano o viceversa) el día intermedio entre ambos no coincide con los equinoccios sino que se produce casi dos días después del equinoccio de primavera o antes del de otoño 9. Por lo tanto, la posición del centro del sol en el punto medio temporal (a partir de ahora lo denominaremos simplemente "día mitad") se encuentra ligeramente al norte del equinoccio. Esteban y Delgado (2005) estiman que la declinación del centro del disco solar en el día mitad estaba contenida dentro del rango de δ = +0°42′± 0°12′ en tiempos ibéricos. En la Figura 7 indicamos la posición del disco solar en la posición nominal del día mitad y el de las posiciones extremas que puede alcanzar. Como podemos comprobar, en los días mitad el Sol aparece siempre por la ladera sur del islote de Benidorm. Como evidencia adicional de la importancia de los equinoccios o de una fecha cercana a estos (como el día mitad) en La Malladeta debemos considerar que los escasos muros visibles en la zona más alta del cerro, el denominado sector 5 del santuario, situado inmediatamente al sureste de la torre moderna y de época romana altoimperial (aunque con elementos anteriores de época ibérica), se encuentran dispuestos, de una forma bastante precisa, a lo largo de los ejes cardinales (Figs. En particular, en la Figura 10 podemos comprobar que el muro norte (muro 5101) del espacio 2 de dicho sector parece apuntar claramente hacia el islote de Benidorm. Este muro debió formar parte del centro del santuario -donde, como hemos apuntado más arriba, debió haber algún tipo de templo o edículo-desde su creación hacia 9 Esta diferencia se mantiene también en la actualidad. El círculo indica el islote de Benidorm, donde se produce el marcador equinoccial. Como podemos ver, el muro 5101 del denominado espacio 2 del sector 5 del santuario apunta exactamente al islote. Este sector se considera el núcleo del santuario. Justo a la izquierda (norte) de la punta de la flecha izquierda se extiende la UE 5016, una plataforma donde se llevarían a cabo rituales asociados con el fuego y donde se han encontrado gran cantidad de fragmentos de pebeteros de terracota (Rouillard et alii 2014b) pertenecen a la llamada "segunda fase ibérica" de La Malladeta, del s. i a. C. sin llegar a época augustea. Por debajo de ellas sabemos que hubo una fase ibérica anterior, llamada Primera fase ibérica de Malladeta, prácticamente arrasada al levantar las estructuras de la segunda fase en torno a 100 a. C. En la Figura 3 indicamos las posiciones de los ortos solares en los equinoccios y el solsticio de verano. Dentro de este intervalo nos encontramos la Sierra Helada, que nos proporciona una serie de elementos topográficos que, junto al islote de Benidorm, podrían haber resultado útiles como jalones para un calendario de horizonte. En la actualidad, la zona donde se produce el orto del solsticio de verano está prácticamente oculta por los edificios de Villajoyosa y, en segundo plano, los rascacielos de Benidorm, aunque afortunadamente todavía se puede observar dicho orto solsticial en una pequeñísima zona libre de edificaciones (véase Fig. 11) que permite ver el extremo de la ladera sur de la Sierra de Toix, precisamente el denominado Morro de Toix, situado a unos 27,5 km de distancia. Utilizando la aplicación web heyswhatsthat.com, que muestra el horizonte y la zona de visibilidad desde una posición cualquiera sobre la superficie terrestre10, encontramos que la cumbre del conspicuo Peñón de Ifach sería visible por detrás de los edificios actuales en época ibérica (Fig. 12), por debajo del punto indicado mediante una flecha en la Figura 3 y a unos 2,8o (unos 5,5 diámetros y solares) cumbre del Peñón de Ifach correspondiente al mes de mayo pudo haberse utilizado como anunciador de la llegada del solsticio de verano. Sabiendo que son 48 días los que transcurren entre el primer paso del Sol por el peñón (a finales de mayo) y el segundo paso (a principios de julio), un observador experimentado podría establecer el día exacto del solsticio de verano sabiendo que se produce a la mitad de dicho periodo de 48 días, es decir, 24 días después del primer paso sobre el peñón. Por otra parte, hay que mencionar la coincidencia prácticamente exacta del orto solsticial, visto desde la cumbre de la Malladeta, con el talud norte del cerro del casco antiguo de Villajoyosa, donde estuvo la ciudad íbera de Álon, precedente de la Allon romana (Espinosa et alii 2014). Por este punto discurren hoy las murallas renacentistas que se construyeron a mediados del s. xvi sobre las ruinas de otras anteriores, por cuyas inmediaciones deben encontrarse los restos de las de la ciudad íbera. De este punto salen las calzadas antiguas que conectaban la Álon íbera y romana y su territorio, la comarca de la Marina Baixa, con la comarca de l'Alacantí hacia el oeste (en el plano de la Figura 1, "calzada occidental", a cuyos lados se extendió la necrópolis del Poble Nou desde el s. vi a. C. hasta época tardorromana) y con la de l'Alcoià y la ciudad íbera de La Serreta hacia el norte (en el plano de la Figura 1, "calzada septentrional", a cuyos lados tenemos la necrópolis de Casetes desde el s. vii a. C. hasta, igualmente, época tardorromana). Las necrópolis de Poble Nou y Casetes se extienden a lo largo de cerca de un kilómetro de longitud junto Figura 11. Zona del horizonte visible desde la cima del cerro de La Malladeta donde se produce el orto solar en el solsticio de verano, sobre la ladera sur de la Sierra de Toix (fotografía de abajo). Estimamos que el conspicuo Peñón de Ifach, ahora oculto por los edificios de La Vila Joiosa y Benidorm, sería visible por detrás de los edificios actuales, a unos 2,8o (unos 5,5 diámetros solares) al sur del lugar donde se produce el orto solsticial (fotografía de arriba). Zona de visibilidad desde la zona superior (sector 5) del santuario de la Malladeta obtenida con la aplicación web heyswhatsthat.com. Las áreas más oscuras (rojas en la versión en color) son las visibles desde el emplazamiento. Nótese que solo la zona de la cumbre del Peñón de Ifach era divisable antes de la construcción de los edificios actuales. al sur del lugar donde se produce el orto solsticial (Fig. 11). Estimamos que el orto solar se produciría por la cumbre del Peñón de Ifach unos 24 días antes (alrededor del 28 de mayo en la actualidad) y otros tantos después (alrededor del 15 de julio) del solsticio de verano. La observación del orto solar sobre la En el punto al que nos hemos referido en el párrafo anterior, que limita el cerro del casco antiguo de Villajoyosa por el norte (hoy plaza de la Generalitat), y por el que pasa la línea del orto solsticial de verano, estuvo con toda probabilidad el foro en época altoimperial romana, y alrededor debieron levantarse uno o más templos, como más tarde se erigieron el convento e iglesia agustinos de San Pedro y Santa Marta, aprovechando unas pequeñas elevaciones que cerraban este espacio y que se arrasaron en la Segunda República Española para hacer la nueva carretera nacional 332 a Valencia. La muralla de la ciudad íbera era perfectamente visible desde el santuario, y no podemos descartar que existiera alguna referencia visual relacionada con el orto solsticial en las inmediaciones de aquella, vista desde la Malladeta, aunque no es posible comprobarlo en el estado actual de nuestros conocimientos. Según los estudios arqueoastronómicos recopilados en Esteban (2013;2016), el equinoccio es el evento astronómico más recurrente en los santuarios ibéricos, al menos en el área del sureste peninsular. De los 33 santuarios ibéricos cuyos resultados se analizan en Esteban (2016), 12 de ellos (un 36%) muestran marcadores equinocciales. Los lugares de culto de El Amarejo (Esteban 2002), La Carraposa (Pérez y Borredá 2004), La Serreta (Esteban y Cortell 1997), Sant Miquel de Llíria (Esteban y Moret 2006), Torreparedones (Morena y Abril 2013) y Cerro de las Cabezas (Esteban y Benítez de Lugo 2016) presentan marcadores del equinoccio sobre elementos topográficos conspicuos del horizonte similares al encontrado en La Malladeta, lo que proporciona un refrendo estadístico a nuestro hallazgo. Como vemos, el marcador equinoccial sobre el islote de Benidorm, aunque especialmente espectacular, no se trata de un unicum, es una evidencia más de un elemento recurrente en el ritual ibérico. Según vimos en la sección anterior, el orto en el día exacto del equinoccio se produce justo hacia el sur (derecha) del islote y sobre el mar, mientras que en el día mitad lo hace aproximadamente por el centro de la ladera sur del islote. Llegados a este punto nos preguntamos ¿cuál sería el evento astro-nómico de interés para los iberos de La Malladeta? Esteban (2013) discute este problema a la luz de los resultados obtenidos para distintos marcadores en santuarios ibéricos sin encontrar una conclusión definitiva. Además de en La Malladeta, disponemos de observaciones precisas del orto u ocaso solar durante los equinoccios en La Serreta, Sant Miquel de Llíria, El Amarejo (ortos sobre montañas) y en la cuevasantuario de La Lobera (proyección de luz solar en el ocaso). En La Serreta, la montaña que pudo haber sido utilizada como marcador es relativamente ancha y plana por lo que no hay ningún rasgo que indique preferencia por equinoccio o día mitad (véase Esteban y Cortell 1997; Esteban 2013). En Sant Miquel de Llíria, el marcador coincide con un cerro lejano que subtiende un tamaño angular muy pequeño y el día mitad coincide con su cumbre, por lo que parecería que el día mitad sería el evento de interés (Esteban y Moret 2006; Esteban 2013). Sin embargo, en El Amarejo, el orto solar sobre la ladera norte de la montaña Chinar parece presentar una mayor espectacularidad en el equinoccio11 (Esteban 2002;2013). Por último, en la cueva-santuario de La Lobera, los resultados de Esteban et alii (2014) indican que la coincidencia entre la mancha de luz que se proyecta sobre una especie de hornacina natural (la parte más interna de la cavidad) es más acusada en el día mitad, lo que parece sugerir que este último fenómeno sería el que se quería señalar. Establecer el momento astronómico de interés para los iberos que erigieron La Malladeta como santuario pasa por asumir una utilidad al marcador. Si lo que deseaban era la celebración de un ritual más o menos público centrado en la observación de la salida del Sol sobre el islote (un hecho objetivamente llamativo y que toda persona que lo observa califica de espectacular, véase Fig. 13), entonces deberíamos considerar una fecha cercana o coincidente con el día mitad pues, desde La Malladeta, el orto de los equinoccios carece de espectacularidad al producirse sobre el horizonte marino. Si, por el contrario, el marcador no se utilizó en rituales públicos y única- mente como herramienta para establecer el calendario entonces podríamos pensar también en la posibilidad de que el equinoccio fuera el fenómeno astronómico señalado aunque, en este caso, el de otoño parecería especialmente interesante pues coincide con el primer momento en que el orto solar se produce sobre el mar después de haber salido por encima del islote durante un periodo de cinco días. Creemos que, como marcador del equinoccio de primavera, el islote sería menos efectivo, pues esa fecha es justo la anterior al día en que el Sol comienza a salir por el islote tras el solsticio de invierno, por lo que funcionaría como un marcador a posteriori, es decir, del día después del evento, algo que parece de escasa utilidad. Como ya se discutió en Esteban y Delgado (2005) y Esteban (2013), el concepto de equinoccio que utilizamos hoy en día tuvo su origen en la astronomía geométrica que se desarrolló en Grecia entre los siglos iv y iii a. C., es decir, de forma prácticamente contemporánea a la fundación del santuario de La Malladeta. Parece poco probable que un concepto abstracto de este tipo se propagara rápidamente entre una cultura ajena a la griega y que alcanzase además un significado ritual en su religión. Por otra parte, el equinoccio no es una posición solar que pudiéramos clasificar como singular12 para un observador del cielo que no utilizase instrumentos de medida precisos ni dispusiera de un modelo geométrico de la esfera celeste y del movimiento de los astros (Ruggles 1999: 150-1). Pa-recería discutible -y este, creemos, es un argumento pertinente-que un concepto tan abstracto como el de equinoccio astronómico fuera de alguna utilidad práctica para los iberos. En nuestra opinión, resulta más verosímil que el día mitad fuese el evento astronómico señalado en los santuarios ibéricos. Suponer que fuese el equinoccio plantearía cuestiones complicadas de resolver (aunque más excitantes sin lugar a dudas) como la transmisión de este concepto por mediación de los griegos y su rápida comprensión y adopción (con connotaciones religiosas) por parte de los iberos, con todo lo que ello conlleva sobre la asimilación y manejo de elementos geométricos con un alto grado de abstracción por parte de una sociedad como la ibérica. Hemos realizado el ejercicio de buscar estrellas o asterismos brillantes cuyo orto pudiera coincidir con el islote de Benidorm en la época de construcción del santuario. Asignar un objetivo estelar a una orientación es un asunto complicado. En primer lugar, la existencia de orientaciones hacia estrellas en el mundo ibérico no es algo que esté claramente establecido 13 aunque también hay varios problemas técnicos. En primer lugar, la posición sobre la esfera celeste de las estrellas cambia de forma significativa a lo largo de los siglos debido a la precesión de los equinoccios (cosa que no afecta a la posición del Sol y la Luna) y, por lo tanto, debemos disponer de una datación confiable del yacimiento para fijar las coordenadas estelares con las que comparar nuestras orientaciones, aunque esto no es un problema en el caso de La Malladeta, cuya cronología es bien conocida. Otra dificultad es la gran cantidad de estrellas visibles a simple vista en el cielo (alrededor de unas 2000) que hacen que siempre podamos encontrar alguna que coincida con la orientación que midamos aunque dicha probabilidad disminuye si nos limitamos a las más brillantes. Un último motivo es que la extinción que produce la atmósfera a bajas alturas sobre el horizonte (variable según las condiciones meteorológicas locales y especialmente cuando el horizonte es el mar), dificulta e incluso imposibilita observar el orto u ocaso de 13 Pérez Gutiérrez et alii (2011) proponen que el eje principal del edificio cultual del Turó del Calvari (Vilalba dels Arcs, Tarragona), datado a comienzos de la Edad del Hierro (siglos vii-vi a. C.), podría estar orientado hacia el ocaso de la estrella Arturo (α Bootis), la segunda estrella más brillante del cielo visible desde las latitudes ibéricas. Según Hesíodo en Los trabajos y los días, esta estrella indicaba momentos del ciclo agrícola de la vid, por ejemplo, su orto helíaco indicaba el momento de la vendimia en nuestro mes actual de septiembre, algo también vigente en época ibérica. En este sentido, resulta interesante recordar que uno de los muros del santuario de entrada del Cerro de las Cabezas apunta hacia el orto de Arturo (Esteban y Benítez de Lugo 2016). Fotografía del orto del día 22 de marzo de 2017, correspondiente al día mitad entre solsticios, desde la cima del cerro de La Malladeta. Con esta imagen intentamos mostrar la espectacularidad y belleza del amanecer que creemos fue parte fundamental del ritual llevado a cabo en el santuario (fotografía: EL EQUINOCCIO EN EL RITUAL IBÉRICO. EL SANTUARIO DE LA MALLADETA (LA VILA JOIOSA, ALICANTE) estrellas que no sean muy brillantes. Consultando el trabajo de Hawkins y Rosenthal (1967), encontramos que las únicas estrellas brillantes de primera magnitud cuyo orto se podría observar cerca del islote de Benidorm a principios del siglo iv a. C. son dos: α Virginis (Espiga, δ = +2°04′) y α Orionis (Betelgeuse, δ = +3°28′) aunque, en ambos casos veríamos la estrella salir sobre el mar, ligeramente al norte del islote y no sobre él. Existen varios resultados de las excavaciones arqueológicas en La Malladeta que parecen apoyar el uso ritual del fenómeno equinoccial sobre el islote de Benidorm. Según mostramos en la Figura 10, el muro 5101 del denominado espacio 2 del sector 5 (Fig. 9) apunta exactamente a nuestro marcador. Esta zona se encuentra en la parte más alta del cerro y puede considerarse el núcleo del santuario, donde, como hemos indicado, habría algún templo o edículo en el que se llevarían a cabo los rituales (Rouillard et alii 2014a) desde los primeros tiempos del yacimiento hasta su abandono. De hecho, en todo este sector, a diferencia del resto de áreas del yacimiento, hay una ausencia manifiesta de restos de fauna, alimentos u objetos domésticos. El límite oriental del espacio 2 cae a plomo en la vertical quedando por encima de un posible eje de circulación y, por lo tanto, con un campo de visión libre de obstáculos que permitiría, como lo hace en la actualidad, observar el horizonte oriental y, en especial, del islote (Fig. 8). Justo al norte del muro 5101 se encuentra el espacio 3 y el muro 5105 (de la segunda fase ibérica, como hemos dicho, entre -100 y -25 aproximadamente), que cierra dicho espacio por su lado oriental (Fig. 9). Contiguos y hacia el este de 5105 hay varios estratos de colmatación de la segunda fase ibérica del yacimiento, entre aproximadamente 100 y 25 a. C. La unidad de excavación más profunda de esta zona, la UE 5016, muestra una tierra cenicienta que descansa sobre la roca natural y que proporcionó abundante material arqueológico, con presencia de gran cantidad de fragmentos de terracotas (Moratalla et alii 2014). Las terracotas corresponden mayoritariamente a pebeteros de cabezas femeninas, elementos representativos de santuarios ibéricos y púnicos de la Península Ibérica a partir del s. iii a. Al igual que la estancia 2, el borde oriental de la UE 5016 cae a plomo, por lo que también tiene la visión despejada hacia el este. El hecho de que contenga gran cantidad de cenizas y fragmentos de pebeteros lleva a interpretar la UE 5016 como un espacio de ofrendas, una plataforma donde se llevarían a cabo rituales practicados con la presencia de fuego (Rouillard et alii 2014a). Este último elemento del santuario nos recuerda al pozo votivo de El Amarejo, situado también al borde oriental del cerro amesetado sobre el que se asienta el yacimiento, justo en el lugar donde se tiene la mejor visión del monte Chinar, donde se produce otro espectacular marcador equinoccial (véase Esteban 2002;2013). Las excavaciones realizadas en el pozo encontraron capas de cenizas que indicaban rituales periódicos y que éstos se llevarían a cabo al comienzo del otoño (¿alrededor del equinoccio?) debido al grado de maduración de las bellotas, la ofrenda vegetal más común encontrada en el pozo (Broncano 1989: 33). Quizás nos encontramos con dos yacimientos que comparten elementos rituales comunes respecto al momento del año de las celebraciones y en el tipo de ritual llevado a cabo en ellos. Los hallazgos arqueológicos del sector 5 de La Malladeta y nuestros resultados arqueoastronómicos nos llevan a proponer la hipótesis de que el emplazamiento exacto del santuario de La Malladeta y, especialmente de su zona nuclear del sector 5, fue escogido atendiendo a la visión óptima del orto solar en una fecha alrededor de los equinoccios (posiblemente el día mitad) sobre el islote de Benidorm, utilizándose este fenómeno como marcador de una fecha de especial importancia en el ritual ibérico alrededor de los equinoccios. No sólo se eligió el único lugar de la costa donde se produce este amanecer especial, sino que, además, se situó en la parte oriental de la cima, donde no hay elementos que obstaculicen su visión. Más aún, los muros del espacio 2 se dispusieron paralelos o perpendiculares a la línea definida por el orto solar equinoccial con la finalidad de relacionar el edificio cultual con el elemento astronómico que daría sentido al lugar. El ritual llevado a cabo en la plataforma coincidente con la UE 5016 se produciría quizás al amanecer mientras se observaba la salida del Sol. Espinosa y Marcos (2014) indican la desproporcionada cantidad de lucernas que se encuentran en la fase altoimperial del yacimiento en este sector 5 (precisamente en la cima del cerro), proponiendo que quizá nos encontremos con rituales de carácter nocturno. Una explicación a este hecho podría basarse en la celebración de rituales públicos o "vigilias" la noche anterior con el fin de observar el fenómeno al amanecer. Hasta la fecha, el santuario más parecido a La Malladeta desde el punto de vista arqueoastronómico es el del templo urbano de Sant Miquel de Llíria (Esteban y Moret 2006). Ambos se encuentran situados en lugares elevados, con una visión amplia y libre del horizonte oriental, presentan edificios con muros orientados perfectamente en la dirección este-oeste y que apuntan a un elemento topográfico lejano de pequeño tamaño angular donde se produce el orto solar en una fecha cercana a los equinoccios. En ambos Una cuestión a dilucidar es el origen y motivo de la importancia ritual del equinoccio o día mitad entre los iberos. Espinosa y Marcos (2014) indican la abundancia de material púnico y especialmente ebusitano en la primera fase ibérica de La Malladeta, en consonancia con la fuerte influencia cartaginesa sobre el Península Ibérica que se acentúa a partir del s. iv a. C. Esta importancia relativa del material púnico se mantiene también en los siglos iii y ii a. C., cosa que, hasta la fecha, no parece habitual en otros yacimientos contestanos de ese periodo. Por otro lado, la combinación de los mismos elementos arqueoastronómicos básicos que encontramos en La Malladeta o en Sant Miquel de Llíria, edificio de culto orientado y marcador apuntando hacia una fecha cercana a los equinoccios, también los encontramos en otros marcos geográficos del Mediterráneo occidental con presencia púnica como el templo de Apolo en Máctar (Túnez), construido sobre un antiguo lugar de culto libio-púnico dedicado a Baal Hammon y reutilizado en época romana como templo del dios solar Apolo (Esteban et alii 2001; Esteban 2003) 14, así como el templo C de la ciudad greco-púnica de Selinunte, donde Belmonte y Hoskin (2002: 203-206) encontraron que el edificio apunta hacia una montaña cónica muy llamativa del horizonte, situada justo hacia el este y que podría haber sido utilizada como marcador equinoccial. En este contexto parece pertinente volver a la cuestión de los pebeteros. El origen de estos elementos cerámicos se atribuye a los bustos utilizados en los santuarios sicilianos de Deméter y Coré, cuya distribución por el Mediterráneo central coincidió con la introducción del culto a estas dos diosas en Cartago (Picard 1976), motivada por la derrota de Himilcón durante el intento de conquista de Siracusa a comienzos del s. iv a. C. El culto a ambas diosas estaba muy extendido en Sicilia y Magna Grecia (Zuntz 1971) donde, según Diodoro (XIV, 63), se celebraban dos festivales anuales, en primavera y otoño, en su honor y donde una de las ofrendas más comunes eran precisamente los pebeteros de terracota. El mundo púnico imita estos pebeteros para representar a su propia diosa, Tanit, y otro tanto sucede con la cultura íbera, que imita el modelo púnico para representar a su propia divinidad femenina (Horn y Moratalla 2014: 162-163). La variedad de pastas de los pebeteros de La Malladeta es uno de los indicadores que hace pensar a los excavadores de este yacimiento que éste fue un gran santuario con una función supra-territorial, ligada a la navegación. Recordemos que la fase más temprana de ocupación de La Malladeta, la primera fase ibérica, se inicia entre 375 y 350 a. C. Según Esteban (2013) la cronología de los santuarios ibéricos que muestran orientaciones y marcadores equinocciales comienza, precisamente, alrededor de mediados del siglo iv a. C., lo que nos indica una fecha aproximada post quem en que este tipo de rituales aparecieron en el mundo ibérico. ¿Estamos ante celebraciones como las relatadas por Diodoro en La Malladeta? Otro indicio independiente que también sugiere la posible relación con Sicilia y Magna Grecia (quizás a través del mundo púnico) viene de la mano de los resultados de Esteban (2013;2015) y González-García y Belmonte (2014). En estos trabajos se encuentra que los edificios de culto ibéricos muestran un patrón de orientaciones no aleatorio, pues la entrada de la mayoría de ellos apunta hacia la zona del horizonte donde se produce el orto solar (o lunar) a lo largo del año, un patrón de orientación muy diferente al que muestran, por ejemplo, los templos romanos, etruscos o los griegos de la península helénica y de las islas del Egeo, aunque similar al que muestran, por ejemplo, los edificios de culto griegos de la Magna Grecia y Sicilia pero también los santuarios púnicos. Finalmente, el alineamiento entre el santuario, el orto del solsticio de verano y el extremo norte de la antigua Álon (donde partían las vías de comunicación y donde estuvo posteriormente el foro altoimperial) parecen indicar que el solsticio de verano podría haber tenido también una importancia simbólica en la religión de los fieles de La Malladeta. Recientemente, González-García et alii (2015) han realizado un estudio arqueoastronómico del emplazamiento y la planificación de la antigua Qart Hadasht (Cartagena), la capital de los territorios bárquidas en la Península Ibérica a finales del siglo iii a. C. Dichos autores encuentran que, desde el Cerro del Molinete, la antigua acrópolis o arx Hasdrubalis, estaría alineada a lo largo de la línea solsticial con el Cerro Sacro, asociado al dios Kronos/Baal Hammon. De hecho, observaciones realizadas desde el santuario púnicoromano de Atargatis, en Molinete, el orto solar en el solsticio de verano se produce sobre la base norte del Cerro Sacro, escalando el disco solar sobre la ladera según se va elevando. Estas orientaciones solsticiales no sólo se mantuvieron, sino que se enfatizaron en la trama urbana de la Cartago Nova romana (González-García et alii 2015). Como vemos, existe una cierta semejanza en ambos casos en relación al solsticio de verano y su importancia en la planificación urbana y su pervivencia en época romana. De nuevo, el trasfondo o influencia de la religión púnica aparece como ingrediente para entender el santuario de La Malladeta. Presentamos un estudio arqueoastronómico del yacimiento arqueológico de La Malladeta, un santuario ibérico que se utilizó entre los siglos iv a. C. situado en un promontorio costero inmediatamente al sur de La Vila Joiosa (Alicante). Se realizó un seguimiento fotográfico de los ortos solares desde la cima del santuario en fechas singulares de la trayectoria anual del Sol como equinoccios y solsticios. Los resultados de este seguimiento indican que el islote de Benidorm pudo haberse utilizado como marcador preciso de los equinoccios o, más probablemente, del día mitad entre solsticios. La existencia de marcadores equinocciales o del día mitad sobre elementos conspicuos del horizonte es una característica común en una fracción importante de lugares de culto ibéricos (véase Esteban 2016). Otro hecho que refuerza la importancia del equinoccio en el ritual llevado a cabo en La Malladeta es la orientación hacia el islote de Benidorm de varios de los escasos muros que sobreviven de lo que fue la parte nuclear del santuario en la cima del promontorio. Creemos que la existencia de este marcador equinoccial pudo haber sido una de las razones por la que se eligió el emplazamiento de La Malladeta como santuario. Por otra parte, el orto solar en el solsticio de verano se produce la parte inferior de la ladera sur del Morro de Toix y ligeramente al norte de la mole del Peñón de Ifach, lo que también pudo utilizarse como marcador de dicho momento del año. Resulta interesante que la línea trazada entre La Malladeta y el orto del solsticio de verano pasa exactamente por el talud norte del cerro donde estuvo la ciudad íbera de Álon, punto por el que discurrían tanto las murallas renacentistas como de épocas anteriores que rodearon la ciudad y de dónde partían las calzadas antiguas que conectaban la Álon íbera y romana y su territorio. Muy posiblemente, fue en este lugar es dónde se asentó el foro altoimperial romano con sus templos asociados. La alineación entre lugares de culto y el orto del solsticio de verano también se ha constatado en la disposición de la ciudad púnico-romana de Cartago Nova (González-García et alii 2015), lo que sugiere una posible relación entre la ideología que subyace en la planificación de ciertos elementos de ambas ciudades. La influencia púnica en La Malladeta también es evidente en la gran proporción de materiales cerámicos púnicos, y muy especialmente ebusitanos, encontrados en el yacimiento así como en la presencia predominante de pebeteros de terracota.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Los primeros vestigios que surgieron sobre la cultura ibérica fueron las esculturas del Cerro de los Santos aparecidas en las excavaciones de los padres Escolapios de Yecla en 1871, evidencias iniciales de ese raro arte que semejaba mediterráneo, pero del que se desconocía todo. Cientos de fragmentos de esculturas fueron comprados en grandes lotes por el Museo Arqueológico Nacional entre 1871 y 1872, teniendo éstas, a través de moldes producto de vaciado, su presentación oficial al mundo científico en la Exposición Universal de Viena de 1873 y la de París de 1878. Pero al poco tiempo, los naturales debates y opiniones sobre el arte ibérico se vieron ensombrecidos por el turbio asunto de las falsificaciones de Vicente J. Amat, más conocido como "el relojero de Yecla", cuestión que dirimieron con diferentes estudios L. Heuzey en 1891, E. Hübner en 1893 y finalmente J. R. Mélida, quién a lo largo de 1903 y 1905, zanjó la cuestión definitivamente (Chapa y González 2013: 116-128). En aquel ambiente científico de desconfianza ante este arte nuevo, es donde surge casualmente el busto de Elche el miércoles 4 de agosto de 1897 durante las tareas de laboreo y adecuación del pedregoso solar de La Alcudia en finca agrícola. Corrían tiempos El aspecto fundamental del presente estudio trata sobre el punto exacto de la ubicación del hallazgo en el yacimiento que, a pesar de lo consabido, nos ha llevado a reconocer dos localizaciones distintas a lo largo del tiempo, con una diferencia aproximada de 50 m entre las mismas. Para el análisis han sido básicas las dos narraciones fundamentales sobre el hallazgo: la redactada por Pedro Ibarra en 1897 y la escrita por Alejandro Ramos Folqués en 1944, así como el legado gráfico de ambos. El estudio de la documentación original del que fuera propietario y excavador de La Alcudia durante los casi tres últimos cuartos del siglo xx, nos ha acercado a la realidad física del yacimiento años después de la aparición de la Dama. Hemos comprobado que en el lenguaje descriptivo utilizado por Alejandro Ramos, el punto del hallazgo fue hasta 1935 un referente visual y topográfico, materializado en un mojón, o fita según Ibarra Ruiz (Fig. 2), que se trata en realidad Figura 1. Fotografía de la Dama hecha por Ibarra Ruiz. Publicada en la Ilustración Española y Americana el 30 de agosto de 1897 (Biblioteca Nacional). difíciles en el solar patrio, "He recibido la infausta noticia del haber sido asesinado D. Antonio Cánovas del Castillo", es el testimonio intercalado por Pedro Ibarra entre sus notas sobre el hallazgo (Ibarra Ruiz Efemérides no 122 de 9 de agosto), luctuosa y preocupante noticia del día 8 que, junto a las que llegaban de las colonias, ensombreció la difusión de la noticia en prensa (García y Gómez 1997: 223; Rodríguez-Tajuelo 2016: 251). La propia historia de la escultura se entreteje con la de nuestro país en momentos críticos (Fig. 1). Su aparición e inmediata pérdida tan cercana a la crisis del 98, y el regreso de Francia en 1941 tras la guerra civil de la mano del régimen franquista, son episodios que hicieron de ella un mito, "ideal del alma de España" en palabras de Ricardo Olmos (1997a: 20). Pero lo cierto es que el descubrimiento de la Dama de Elche cambió el rumbo de la incipiente historia de la cultura ibérica. La pieza, por su ambigüedad formal y estética, planteó nuevas preguntas y variadas respuestas que vinieron a enriquecer los planteamientos sobre el arte ibérico, poniéndolo en relación con el arte griego, el etrusco y el fenicio-púnico, para incluir definitivamente a la Península Ibérica en el círculo de la amalgama de las culturas mediterráneas antes de Roma. Desde el mismo día en que apareció, los escritos periodísticos, los estudios y los libros sobre la Dama conforman un largo y extenso corpus con puntos de vista caleidoscópicos, incluso alguno llegó a sembrar la duda sobre su autenticidad (Moffit 1996(Moffit y 2005)). De este modo, cuando parece que todo está dicho sobre la Dama, que ha sido y es "objeto de mil palabras" (Olmos 1997b: 83), otra mirada puede entrever algún aspecto que, por conocido, se había pasado por alto. Este es el caso que nos ocupa, ya que los estudios sobre la figura del arqueólogo ilicitano A. Ramos Folqués en mi reciente tesis doctoral (Ronda 2016(Ronda y 2018) ) me han llevado -sin pretenderlo-a descubrir ciertos ítems harto asumidos que necesitaban revisarse de nuevo y que, quizás, puedan dar respuesta a preguntas concretas sobre el momento del hallazgo formuladas por los especialistas a lo largo del tiempo (Nicolini 1974: 64; Olmos y Tortosa 1997: 69-79; Ramos Fernández 1997: 75-90). del fuste de una columna de piedra caliza que se había recuperado en las faenas efectuadas en el bancal del hallazgo de la Dama entre octubre y diciembre de 1897. García y Bellido comenta acerca de esas "indagaciones" sobre el terreno que se realizaron con posterioridad al descubrimiento, el hallazgo de "un trozo de fuste de columna de 1 '20 m de longitud y gran cantidad de piedras de construcción", cita que recoge a su vez de Mélida, y éste de Hübner (García y Bellido 1943: 16), con referencias a los materiales hallados en el entorno y que analizaremos en detalle más adelante. La "fita" de Pedro Ibarra La fecha de colocación del mojón o cipo conmemorativo, nos la relata el propio Ibarra Ruiz diez meses después de la aparición de la Dama en su Efemérides no 147 de 13 de junio de 1898 (AHME) 2, la que transcribimos por su interés: "Esta tarde he recibido la visita de Mr. Paris y de D. Pascual Serrano de Bonete./ Hemos estado en la Alcudia, donde están cavando para sembrar alfalfa, al 2 Acrónimo del Archivo Histórico Municipal de Elche. norte, lindando con los olivares de Rojas, donde han salido, revueltos en la tierra muchos tiestos y un cráneo humano. Luego visitamos el punto en donde fue hallado el célebre busto y habiendo invitado al capataz Galiano, para que plantara una fita que perpetúe la memoria del sitio donde fué [sic.] descubierta la hermosa escultura, así lo hemos hecho, colocando sobre el margen, recientemente formado con gruesa piedras y tierra apisonada, frente al punto del hallazgo unos diez metros à [sic.] poniente, el trozo de columna que se encontró en el ángulo de más al norte, hasta que yo prepare una inscripción adecuada". Su pretensión era grabar -a modo de epígrafe antiguo y sobre la columna-la leyenda que el hispanista alemán Emil Hübner le había dedicado por petición expresa suya, aunque de ella solo han quedado testimonios escritos, como el documento suelto, copia de la carta original del Archivo Histórico Municipal de Elche: "Berlín 29 Nov. 1898 [...] junto le mando el texto para la inscripción à ponerse en el lugar del hallazgo, mire que no se engañe el picapedrero", y también el cuadro que Ibarra confeccionó para sí, pues la inscripción nunca se materializó3 (Fig. 3). El porqué de esta intrahistoria lo cuenta Nicolau Primitiu Gómez Serrano al que Pedro Ibarra confesó -en una entrevista de 1925-que en el texto original, Hübner había escrito ourante en lugar de curante, error tipográfico que hacía parecer al erudito "culpable" de la venta del busto (Gómez 1948: 66). Quizás ese sinsabor le llevó a dejar sin grabar la piedra y a subsanar el error en el cuadro que enmarcó con la fotografía que el mismo hiciera de la Dama presidiéndolo. La imagen más conocida del mojón es la que publicó Ibarra Ruiz (Fig. 2.1) acompañada de la siguiente descripción del punto concreto: "Nos hemos de dirigir hacia el sur si hemos de visitar el punto en donde se ha verificado el famoso hallazgo objeto de este estudio. En la última estribación de la loma, en el ángulo que forma el terreno levantado al sudeste, y a unos 50 metros antes de llegar al sur, en el talud mismo del margen que limita las tierras altas, se presentó a las miradas atónitas de los cavadores, la escultura que hoy todos admiramos" (Ibarra Ruiz 1926: 195). El complemento a estos datos es el gran "Plano General de la Alcúdia solar de la antigua Illici, por P. Ibarra y Ruiz", cuya ejecución está fechada en 1890 y contiene los cuatro hitos de los que fue testigo sobre el terreno: las Thermas excavadas por la "Sociedad La Alcudia" y dirigidas por él mismo en 1890, el punto de la Dama donde situó el mojón en 1898, y también las excavaciones de E. Albertini en 1905 que incluían el sondeo II y, por último, la planta de la basílica, todo a escala 1:500 (Fig. 4). El relato de la Dama, y sus aportaciones sobre el busto, fueron recopilados por Ibarra Ruiz en el capítulo VI de su obra Elche, materiales para su historia, con el título "Noticia de su descubrimiento. Descripción de su imagen. La tardía fecha de publicación del libro le sirvió para reafirmarse en sus posiciones sobre la escultura y responder a título personal a todas esas "controversias" que el estudio de la pieza había suscitado a otros investigadores a lo largo de los años desde el descubrimiento de la misma. Pero además existen otros documentos suyos originales, como son las siete cuartillas manuscritas que envió al periódico local "Nueva Illice" el 5 de agosto de 1917, y que reproducen casi íntegramente el primer testimonio de 1897 / se descubrió aquí / el busto de una mujer ibera / obra extraordinaria del arte antiguo / que se conserva en París en un museo público / Aemilius Hübner / lo dedicó / a Pedro Ibarra Ruiz / archivero ilicitano / que se ocupó de ella". que escribiera el 14 de agosto de 1897, ahora con el subtítulo "En el vigésimo aniversario de su hallazgo. Noticia tomada de mi diario" (AHME, legajo M3/no 29, r. La transcripción de este documento de 1917 fue publicada por primera vez en el libro de 1997 "La Dama de Elche. Lecturas desde la diversidad" (Olmos y Tortosa 1997: 72-74) e incluyó el detalle o "viñeta" del perfil de la silueta de la Dama que encabeza el documento (Fig. 5). De idéntica naturaleza es otro original que se conserva en la Biblioteca Ramos, ref. «El busto de Elche», que "va encabezado por un tríptico fotográfico de la Dama, de frente y de mayor tamaño en el centro, de espaldas a la izquierda y de perfil a la derecha, con el pie «Hallazgo en Elche (Illici) 4 Agosto 1897»", según transcripción literal de R. Ramos Fernández de su libro Documentos y reflexiones sobre una Dama (2003: 36-38, nota 55 y 57). Ibarra extractó sus impresiones, quizás las más personales e inmediatas, en tres Efemérides: la no 121 de 4 de agosto "Hallazgo de un hermoso busto en La Alcudia", la no 123 de fecha 18 "Venta del busto!!!", y la última no 124 de 30 de agosto "¡Adiós al busto!". Los datos sobre el hallazgo los escribe en la no 121: "Grandioso hallazgo en la Alcudia cavando al mediodía de la loma para arreglar unos bancalitos donde van á [sic.] plantarse granados, y a una distancia de 50 mts. al interior, de Este a Oeste, al pie mismo de la eminencia se ha encontrado una magnífica cabeza sacractil [sic.], de piedra franca, tamaño natural, en perfecto estado de conservación [...] la estoy estudiando" (AHME, legajo 3/no 29, r. En ambas descripciones, la del libro y la de la Efemérides 121, coincide en que apareció en la vertiente SE, en el "ángulo levantado al sudeste" y "a mediodía de la loma", e informa de igual modo que la situación era en la parte baja del margen "al pie mismo de la eminencia" y "en el talud mismo del margen que limita las tierras altas", detalles que coinciden con el punto de su plano que rotula "busto 1897", y de dónde vemos que parte el sondeo II de E. Albertini que Ibarra Ruiz trasladó al plano (Fig. 4). Pero las distancias que da por escrito no son tan nítidas, ya que en un texto describe: "una distancia de 50 mts. al interior, de Este a Oeste", y en el otro: "a unos 50 metros antes de llegar al sur", referencias de tipo latitudinal en un caso y longitudinal en el otro, con el uso exclusivo de los puntos cardinales como referencia. Sin embargo en su plano lo sitúa de manera muy precisa en un punto de intersección entre cotas de nivel de distinta altura y a 35 m más al norte de la basílica, edificio que sí emplaza a 50 m del límite Figura 6. Detalle del plano a escala con el punto original de la "fita" de P. Ibarra y el cálculo aproximado de la distancia hasta el lugar que ocupa la recreación de Ramos Folqués, según las indicaciones de Campello Esclapez. sur de terreno en aquella época (Fig. 6). Queremos poner el énfasis en el gran valor testimonial del plano de Ibarra, un documento vivo al que sabemos que desde que lo creó en 1890 fue añadiéndole los hitos más significativos del solar a medida que iban sucediéndose en el tiempo. La situación del lugar de la Dama marcado por él mismo respecto a la basílica es lo que nos va a ofrecer una medición fidedigna, pues creemos que las reseñas a las distancias respecto a los puntos cardinales quedan huecas ante la precisión planimétrica. Esta referencia será fundamental para explicar la otra parte de esta historia que analizaremos después, la que le contó el jornalero Manuel Campello Esclapez a Alejandro Ramos a inicios de la década de 1940. El elenco de protagonistas del descubrimiento Un actor fundamental fue el comprador del busto, el anticuario galo Pierre Paris, cuyo testimonio nos guía para saber qué preguntas claves se hicieron en aquellos días de agosto en repetidas ocasiones al desvelarse el hallazgo. El primer interrogante de Paris a Ibarra al ver la foto de la Dama que este le mostraba a su llegada a Elche había sido: "D' où vient ce buste?", a lo que Perico4 sencillamente contestó "de la Alcudia", y la inmediata fue "Qui l' a trouvé?", respondiendo: "El cuatro de agosto, un obrero de mi pariente Campello" (Paris 1907: 320;1910: 80), simplemente. Nos hemos de dirigir a la narración sobre "el descubrimiento" para encontrar un nombre y una herramienta, aquella que laceró la vieja piedra de la Dama al ser extraída de la tierra5. Creemos importante subrayar el hecho de la construcción del relato de Pedro Ibarra que, al no ser testigo directo del nacimiento, buscó un interlocutor al que hacerle las preguntas pertinentes -sin duda idénticas a las que hizo P. Paris: ¿dónde? y ¿quién?-, e insertó las respuestas del entrevistado en su redacción. Este testigo fue Antonio Galiano, el capataz de la finca del doctor Campello, encargado de la vigilancia de las labores que allí se practicaban y que, hay que remarcar, tampoco estaba delante en el momento mismo de la aparición, sino que fue advertido por las jornaleros y que "dio orden para que excavaran cuidadosamente alrededor de la ignota piedra" (Ibarra Ruiz 1926:195). Las palabras que anota el archivero de boca del capataz sobre el descubridor son peyorativas para éste, pues dice literalmente: "Antonio Maciá, bracero que con otros estaba nivelando aquellas tierras, ha sido el que ha tocado con su herramienta la escultura", un problema más que un honor que su hija Dolores Maciá Torres narró así: "recuerda como su padre contaba que dio con su «picola» contra lo que parecía una roca y fue la Dama de Elche. Esto ocurría por la tarde, y el dueño de la finca, el doctor Campello, le pagó el jornal que fueron 7 reales, y allí terminó la jornada" 6 (Payá 2007: 146). El capataz realzó su protagonismo en las acciones del descubrimiento aclarando a Pedro Ibarra que: En 1897 España aún no se había adaptado al horario referido al meridiano de Greenwich por lo que debemos entender que la hora de aparición sería alrededor de las siete de la tarde hora solar, pues en la actualidad anochece a las 9 p.m. en esa fecha. Es destacable la insistencia en el dato por parte de Ibarra: "era preciso el descubrimiento de la hermosa escultura, que al oscurecer del día 4 de Agosto del corriente año apareciera en las ruinas de Illici" (Ibarra Ruiz 1926: 197). Entregada la Reina Mora7 a su dueño, a nadie de sus coetáneos pareció importarle quién la había alumbrado, sencillamente unos jornaleros laboreando el terreno, tal como el propio Ibarra le expuso a P. Paris el día 11 de agosto cuando este llegó desde Madrid a Elche. Las gestiones de compra del francés fueron rápidas, pues logró tener cerrado el contrato con Manuel Campello Antón y Asunción Ibarra tan solo una semana después de su llegada, tal como confirma Ibarra Ruiz en su Efemérides no 122: "18 de agosto de 1897. Mr. Pierre Paris ha comprado para el Museo del Louvre el hermoso busto que posee Campello, hallado el día 4 en La Alcudia por la suma de 4000 francos. No sé lo que me pasa", sucinta y claramente se lamenta de una pérdida que le tocaba muy adentro. Finalmente dará rienda suelta a ese desgarro interior con el traslado de la Dama a Alicante el día 30 de agosto: "Hoy se ha llevado el busto Mr. Paris. ¿Y esto no tiene remedio? ¿Y no hay una Ley en España que impida esto? Acaso porque un hombre no tenga afición a esas cosas... ¿no se le puede impedir que venda esto al extranjero?" (Efemérides no 124 ¡Adiós al busto!). Es significativo el uso de la cursiva en la anterior frase, pues parece indicar la literalidad de la respuesta de Campello Antón a Ibarra Ruiz que, sin embargo, nunca testimonió el papel jugado por su sobrina Asunción Ibarra en la transacción. En su narración es donde se descubre claramente que fue la hija de Aureliano Ibarra la que accedió a la venta de la Dama, "C' est bien, mais si ma femme consent. Séance tenante l'accord est rédigé, signé, paraphé" (Paris 1907: 324), detalle poco divulgado que, sin embargo, no pasó inadvertido a García y Bellido: "Pues... aquí intervino la señora del doctor Campello, quien con reflexiones que no conocemos, pero que son fáciles de adivinar, llegó a convencer a su marido del interés que reportaría la venta" (García y Bellido 1943: 7). En esta línea se pronuncia la investigadora C. Papí que atribuye la venta a la necesidad de dinero por parte del matrimonio para la compra de una nueva finca (Papí 2005: 164; nota 11). Una vez fuera de Elche, el periplo de la Dama, de nuevo, lo conocemos por su comprador, que afirma "Huit jours après [...] j 'embarquais à Alicante le précieux colis qui devait arriver sans encombre" (Paris 1907: 325). Las andanzas del arqueólogo galo esa semana -del miércoles 18 que firmó, al martes 31 que partió rumbo a Cette (actual Sète)-son un punto opaco en el relato. Según T. Tortosa únicamente escribe en su diario que, entre los días 27 y 31, asistió a una corrida de toros en Alicante (Tortosa 1996: 217). Existen además unas declaraciones casi desconocidas de Clemencia Miró Maignon, hija del célebre escritor Gabriel Miró, al periodista Rico de Estasen, en las que le confiesa que la escultura estuvo hospedada en el consulado francés de Alicante -sito en la esquina de la C/ Foglietti y Alberola del barrio de Benalúa-durante "ocho o diez días". El episodio, que ella conocía por boca de su madre, la hija del cónsul francés Antonino Maignon Fauquier, su abuelo (Ramos Pérez 1996: 65, 84 y 162-163), está lleno de detalles muy curiosos, como que estuvo custodiada por dos guardia civiles solicitados por el cónsul, y que a la hora de partir la rodearon con saquitos de arena como medida de protección para el viaje (Rico de Estasen 1962). Esta confesión resulta cuanto menos extraña, ya que el alojamiento de la Dama en Benalúa solo pudo ser la noche del lunes 30 a la tarde del martes 31, a las 16:00 h., momento en que fue subida al propio camarote de P. Paris: "La Dame d' Elche, tranquillement, dans ma cabine" (Paris 1907: 325), para vivir en suelo francés su etapa calificada "de destierro" por los autores que contaron su historia en el siglo xx (García y Bellido 1943: 7; Ramos Folqués 1944: 262). El retorno de la Dama La Dama hizo el viaje de vuelta a España en un tren francés hasta Portbou el 8 de febrero de 1941. Llegó a Madrid el día 10 del mismo mes, para quedar finalmente instalada en el Museo del Prado el 27 de junio en la Sala 71 o rotonda "de la Dama de Elche", que fue el lugar donde poder ir a admirarla durante tres décadas (Fig. 8), en concreto hasta 1971, fecha en que -por la Orden Ministerial de 29 de enero de 1971-pasa a formar parte de los fondos del MAN (no 1971/X/I). Su estancia en el Museo del Louvre de París duró 44 años, y en ese tiempo habían ido muriendo la mayoría de los protagonistas de aquel momento: el Dr. Campello en 1904, Asunción Ibarra en 1936, Pierre Paris en 1931, Pedro Ibarra en 1934, incluso algún testigo presencial de la Dama en casa del doctor Campello aquellos días de agosto, como el comprador de la finca en 1916 Rafael Ramos Bascuñana (Ibarra Ruiz 1926: 196) que murió en 1918, y que era el padre de un joven de 12 años llamado Alejandro Ramos Folqués. Su esposa, Encarnación Consuelo Folqués Sastre, viuda de Ramos, pasó -desde entonces y hasta 1942-a ser la dueña de La Alcudia, y continuó adaptando el terreno para fines agrícolas. le mostró, así como del nuevo testigo presencial que el arqueólogo ilicitano había entrevistado, el jornalero Manuel Campello Esclapez, personaje que Alejandro Ramos sumó a la historia oficial de 1897. Éste, en la introducción de su opúsculo de 1945 de gráficas Uguina -de idéntico nombre y contenido al del artículo de 1944 en Archivo Español de Arqueología, La Dama de Elche. Nuevas aportaciones a su estudio-, explica que le ofreció a García y Bellido "los materiales que sobre esta escultura había ido recogiendo, especialmente los procedentes del archivo de D. Pedro Ibarra y los de campo [...] los estimó en gran manera, pero no quiso hacer uso de ellos" (Ramos Folqués 1945: 3), añadiendo que le invitó generosamente a que fuera él mismo quién los publicara en la revista. El dato concreto que interesó a García y Bellido del nuevo testimonio fue la disposición del busto que, además, quedó definitivamente fijada en un dibujo de Alejandro8 (Fig. 9), "que apareció metida en una especie de hornacina formada por dos losas a modo de suelo, y seis losas más, dos a cada lado y dos al fondo, colocadas verticalmente sobre las que formaban el suelo" (García y Bellido 1948: 152). Este nuevo dato fue decisivo para que el investigador consolidara su teoría de la baja datación de la Dama que había ido rebajando, para concluir que se trataba de una escultura funeraria aparecida en el interior de una casa urbana de la colonia cesariana de mediados del s. i a. C., "esta vez definitivamente, fijándola en un Desde su adolescencia Alejandro Ramos se aficionó a encontrar piezas arqueológicas en los periodos vacacionales hasta que, a su regreso de la contienda civil en junio del 1939, consiguió ser nombrado archivero municipal. La noticia del regreso de la Dama en febrero del 1941 le llegó en un momento en que estaba intentando poner orden en muchos frentes de su vida. Por un lado, la creación de un museo municipal con los fondos de Pedro Ibarra, y por otro las acciones para que le renovaran el permiso de excavación a su nombre que había conseguido en 1935 en época de la República, sin el cual su anhelo de ser el excavador de La Alcudia podía desvanecerse. Ese interés tan vivo se explica a raíz de la fatídica experiencia que había supuesto para su familia los sondeos de Antonio Vives Escudero en el yacimiento por imperativo legal a través de una Orden Ministerial con fecha 15 de febrero de 1923. Calificadas por Alejandro Ramos como "detestables", en sus relatos personales explica como quedaron las tierras de cultivo abiertas por las zanjas que realizó el numismático, unido al éxodo de las cajas con los materiales arqueológicos al MAN, cúmulo de hechos que supuso el acicate para llevar a cabo personalmente las excavaciones del yacimiento. Hemos de resituarnos en aquellos convulsos tiempos para entender que el régimen de Franco unió su propaganda a objetivos arqueológicos que le convenían a su discurso patriótico para la formación de una dictadura apoyada en conceptos históricos sobre el origen y la raza. Un buen ejemplo de aquellas proclamas historicistas es el alegato de Ernesto Giménez Caballero, destacado miembro falangista que llegó incluso a pedir antes de su llegada -Gaceta Alicantina 1 de septiembre de 1940-que la Dama se instalara en Elche, artículo que le sirvió de base para la redacción del más conocido de enero de 1941 La Dama de Elche ¡a su paisaje histórico!, inminente al regreso del busto a principios de febrero (Gutiérrez 2016: 79), argumentos que en aquel momento alentaron vanas esperanzas en algunos ilicitanos. Manuel Campello Esclapez: un nuevo actor entra en escena En la capital, el arqueólogo Antonio García y Bellido tomó la delantera en la investigación y, en tan solo dos años, publicó el libro La Dama de Elche y el conjunto de piezas arqueológicas reingresadas en España en 1941, que se convertiría en una referencia. Por la dedicatoria en el original de la biblioteca de Alejandro Ramos, sabemos que el 7 de marzo de 1944 estuvo en Elche y que fue entonces cuando ambos hablaron de los originales de Pedro Ibarra que Alejando momento que debe rondar el cambio de Era" (García y Bellido 1948;152). Pero, ¿quién era aquel nuevo Campello?, hasta 1944 un absoluto desconocido en la historia del hallazgo. Es evidente que Pedro Ibarra no recogió su nombre en ningún documento porque, ni su informador, el capataz Galiano, ni nadie lo mencionó nunca. Alejandro Ramos cuenta que en esas fechas tuvo noticia de que aún vivía un testigo visual del hecho y fue a preguntarle. El resultado de la conversación lo escribió en primera persona, suponemos que para darle más verosimilitud y frescura al relato y, también, porque Manuel Campello solo hablaba valenciano y sus nociones de escritura debían ser muy elementales. De esa entrevista hemos encontrado el relato manuscrito ya elaborado por Alejandro Ramos, casi idéntico al de sus publicaciones (Fig. 10). La redacción original arranca del siguiente modo: "Yo era entonces un jovenzuelo de catorce años, por lo que no tenía edad para ir a jornal, pero ayudaba a mi padre y hermanos en las labores agrícolas", dato que es equívoco ya que, según su partida de nacimiento (Payá 1987: 352-353), Manuel Campello nació el 26 de agosto de 1879, realmente el 4 de agosto de 1897 le faltaban 22 días para cumplir 18 años, edad adulta que nunca admitió. Del mismo modo, observamos cómo la narración deja entrever su urdimbre constructiva, las preguntas aproximadas que le debió hacer Alejandro Ramos a su testigo, a tenor del contenido: ¿qué pasó ese día?, ¿en qué posición estaba?, ¿qué había alrededor? y, ¿a quién se le comunicó el hallazgo? Algunas de las respuestas de Campello no coincidían con la información que Galiano dio a Ibarra en 1897: la hora del suceso a las diez de la mañana, la espera durante todo el día en La Alcudia, así como la llegada del doctor casi anocheciendo para llevarse personalmente la Dama a su casa de Elche. Otros detalles muy específicos, como el tipo de cultivos que iban a plantarse -granados y alfalfa-, la inclusión de la herramienta de Maciá para terminar de sacarla de la tierra con la frase, "Llamé a los hombres, acudieron, y Antonio Maciá, de quien era la herramienta que utilicé, acabó de desenterrar el busto de la reina mora", parece un añadido de Alejandro Ramos para nivelar el relato con el de P. Ibarra y dar verosimilitud a la presencia de ambos en el mismo momento. El dato de la dirección de la mirada al SE "en dirección al Portus Illicitanus (Sta. Pola)" 9, así como el aviso al capataz -que anota con 9 Pedro Ibarra también aportó en su día la orientación de la pieza: "el busto ha sido hallado en la parte más oriental de la loma de La Alcudia, frente a frente por donde asoma el astro del día" (Ibarra Ruiz 1926: 205). Si M. Campello coincidió su nombre y dos apellidos como lo presentó Pedro Ibarra-, semejan beber de la fuente original. Creemos que Ramos Folqués quizás encajó los datos que él conocía con aquellos nuevos que Campello Esclapez le expondría de modo sencillo, en especial su presencia en la escena del hecho y la hora de aparición, dudas que han planeado siempre por su contradicción con el relato de Ibarra Ruiz. Rafael Ramos en su libro de 2003 explica esas "anomalías evidentes" -la identidad del descubridor y la hora del descubrimiento-, con una supuesta artimaña del capataz Galiano al tergiversar los datos para "silenciar los detalles del hallazgo al dueño de la finca" (Ramos Fernández 2003: 39), aunque en ese caso, la gran pregunta que queda en el aire sin respuesta es porqué se ocultó la intervención de Manuel Campello en la historia. La recreación de Ramos Folqués Existe además otro dato del testimonio de Campello que ha pasado inadvertido hasta ahora, y es que también cambió el lugar del hallazgo 50 m más al sur en la línea de bancal. En los fondos documentales de Ramos Folqués hay dos fotografías algo diferentes del labrador con su típico blusón negro y gorra señalando con el dedo hacia el talud o bancal (Fig. 11), siendo la no 1 la única reproducida en compañía de la del hito de Ibarra (Fig. 2), con pies de foto referidos al "lugar del hallazgo de la Dama". Al mostrar Ramos Folqués las dos fotografías juntas en la misma lámina (Ramos con señalar esta orientación, sin duda debió decir que estaba "mirando a Sta. Pola", y el topónimo del Portus Illicitanus, con seguridad, es un añadido de Alejandro Ramos. Dama lo había movido unos metros al sur, arrastrando por inercia las excavaciones de Eugène Albertini, que ahora quedaban niveladas con respecto a la basílica; sin embargo, la ubicación de la zanja de Vives Escudero de 1923 la mantuvo en el mismo lugar que el señalado por Ibarra en su plano como el "sitio del busto" (Fig. 12). Además de la comparación planimétrica, hay testimonios fotográficos muy elocuentes. El primer interviú en prensa a M. Campello Esclapez, se lo hizo J. Rico de Estasen en La Alcudia el 1 de junio de 1946 y lo publicó, en repetidas ocasiones y medios, durante años. Una de las fotografías que le hizo muestra a Manuel Campello, que ese día vestía un blusón blanco, al lado de un margen alto donde se ve la fita de P. Ibarra y en el pie de foto reza: "Lugar donde fue encontrado el busto [...] en primer término el obrero ilicitano que lo descubrió" (Rico de Estasen 1948), aunque en otras ediciones cambia el texto por "las inmediaciones del lugar donde fue descubierta la valiosísima escultura". Y sin De nuevo, una mirada atenta al plano de Ibarra (Fig. 6) nos hizo advertir la diferencia de metros entre el punto donde actualmente se erige un monumento en honor al surgimiento y el monolito de Pedro Ibarra más al norte, sobre la línea de bancal. Y luego, visto con detenimiento el plano que presentó A. Ramos en sus publicaciones 10 -donde situó todas las intervenciones de las que tenía conocimiento-, se advertía en el cotejo de ambos que el punto de la 10 Entre los documentos de Ramos Folqués hemos encontrado la fotocopia en papel milimetrado de un plano de Ibarra, a escala más reducida del grande (fig. 4). La autoría de Pedro Ibarra del original es evidente, por la letra y el dibujo, y con total seguridad podríamos afirmar que es este de donde Alejandro tomó el perfil para su primera publicación, tal como él mismo indica en su artículo de 1933: "croquis del plano de La Alcudia, según D. Pedro Ibarra" (Ramos Folqués 1933: 104; fig. I). embargo, en otra fotografía se ve a Manuel Campello de pie delante de un talud más bajo y sin margen, donde únicamente hay una alineación de piedras en relación sobre las que el periodista apoya su pie derecho y aquí especifica que es "el lugar preciso del descubrimiento" (Fig. 13). Ambas imágenes demuestran la génesis de la duplicidad de los sitios, la columna o fita de Ibarra y el lugar señalado por el obrero que fue donde A. Ramos sondeó en 1945 en la "ladera de la Dama". De esa misma mañana, hay otra fotografía inédita de Ramos mostrándole al periodista una de las piezas que había sacado de la excavación de 1945 y Manuel Campello, mirando fijamente a cámara, sostiene con ambas manos el cráneo de uno los esqueletos que aparecieron en aquel sondeo (Fig. 13). De modo definitivo, la bilocación del sitio quedó fijada sobre el terreno cuando A. Ramos pensó en hacer una recreación con los detalles trasmitidos por M. Campello: el cubículo de piedras que rodea- ba a la Dama y que él había dibujado (Fig. 9). La fotografía más antigua de la recreación que hemos podido documentar es de 1952, según rotuló en su álbum, en donde él mismo posa delante del nuevo hito que muestra los estratos aún inalterados por las cárcavas, con la tierra recién recortada y sin huellas de exposición a la climatología. A partir de 1956 esa fue la imagen de portada de los primeros folletos de visita al yacimiento, bajo la que se podía leer: "Reconstrucción hipotética del hallazgo de la Dama" (Fig. 14). También se detecta que, a pesar de instaurar el nuevo hito y lugar, lo curioso es que dicha duplicidad histórica siguió presente de manera física durante muchos años sobre el yacimiento, al menos hasta 1965, hecho patente en alguna imagen que muestra cómo, en el punto de fuga y sobre lo alto del margen, se mantenía enhiesta la columna de Ibarra a la vez que la recreación de Alejandro Ramos, que es objeto de la máxima atención por parte de los visitantes (Fig. 15). Documento fotográfico de la "reconstrucción hipotética" del descubrimiento con una réplica del busto en el lugar indicado por M. Campello (fotografías Road Ibsen. Fotografía de 1965 en donde se observa un grupo de visitantes en la recreación de Ramos Folqués y, en el punto de fuga y sobre el bancal, la columna de Pedro Ibarra. Los intentos de reconstrucción del contexto arqueológico de la Dama En el relato del hallazgo, Ibarra Ruiz no refirió de modo taxativo sus averiguaciones sobre el contexto material y el modo en que apareció. Hay que sumergirse en una lectura atenta de sus datos y cotejar, incluso, su correspondencia, para llegar a saber esos detalles tan importantes. Resulta lógico pensar que al preguntarle a Galiano "¿En dónde?", la respuesta fue sencillamente acompañarle al lugar exacto. Pero Ramos Folqués interpretó libremente este episodio "Ibarra no presenció el descubrimiento, fue al día siguiente inquiriendo las noticias que pudo de los obreros y capataz, quienes no interrumpieron sus labores por el hecho del hallazgo, sino al contrario, siguieron destruyendo las paredes y demás construcciones" (Ramos Folqués 1948: 154), aunque comprobamos que en el testimonio original, Ibarra solo describe la materialidad de lo que ve: "Inexploradas masas de gruesos paredones y pavimentos de mortero, esperan en el punto mismo del hallazgo su exploración científica" (Ibarra Ruiz 1926: 205). El primer investigador que interpeló por el sitio y el contexto fue J. R. Mélida: "Lo que no declara el artículo y nosotros podemos hacerlo, merced á [sic.] las noticias particulares que por satisfacer nuestra curiosidad nos remitió el mismo D. Pedro Ibarra [...]; que el descubrimiento fué [sic.] casual; que el punto en que, ocurrió fué [sic.] hacia el medio del declive producido en aquella tierra [...], y que no sé encontró sólo el busto, pues junto a él aparecieron infinitos fragmentos cerámicos de tres clases, las tres constantes en la colección ilicitana [...] barro negro del género italo-griego; barro blanco decorado con figuras rojizas ornamentales de carácter ibérico, y barro tarraconense llamado saguntino; dos o tres esqueletos humanos, un trozo de fuste de columna, de 1,20 m. de longitud, y gran cantidad de piedra de construcción" (Mélida 1897: 427-428). Años más tarde el propio Pedro Ibarra en su libro de 1926 puntualizó esos datos -en respuesta a Theodor Reinach y a su teoría de que el contexto de la Dama era de necrópolis-ofrecidos por él mismo y que no eran correctos, siendo esta declaración concluyente y aclaratoria: "Los aludidos tiestos y huesos pertenecen a otros yacimientos. En la loma de La Alcudia se presenta la cerámica en gran abundancia y por todas partes. El busto solo estaba acompañado en el punto del talud o plano inclinado donde fue hallado, por mucha piedra irregular caliza sin labrar. El fuste de columna, de un diámetro infinitamente menor que el diámetro de la base del busto, y sin collarino ni otra suerte de remate, sino simplemente un trozo de poco más de un metro, fué [sic] extraído de otro hoyo abierto a más de cincuenta metros del sitio donde se encontró la escultura" (Ibarra Ruiz 1926: 210; nota 2). A la confusión de datos contribuyó sin duda la redacción de la efemérides no 126 en su libro, pues duraba dos meses: "De 6 de agosto a 8 de octubre: Excavación en la loma: hallazgo de dos sepulturas: algunos objetos" (Ibarra Ruiz 1926: 155), cuando en el documento original de la efemérides 126 se acredita que las sepulturas y una sortija de plata se hallaron el día 8 de octubre de 1897 cerca de la casa (AHME Sign.: 70-B, no 30.3). Creemos que esta dilatada temporalidad, unida a su vaga descripción en fechas consiguientes al hallazgo de la Dama, alimentaron la falsa creencia de que esos trabajos se habían hecho en el mismo sitio del busto, cuando se comprueba que no fue así. La abundancia de piedra en las tareas la expuso también el capataz Galiano al afirmar que el busto hubiera desaparecido por "creerla una de tantas piedras como venían extrayéndose de aquel sitio" (Ibarra Ruiz 1926: 195). Tan gran acumulación de cantos hizo que el archivero sentenciara que la Dama estaba incluida en la línea de muralla: "El hecho pues de haberse encontrado nuestra escultura en el emplazamiento de las murallas de Illici, prueba que no debe ser anterior a la fundación, o mejor, restauración de la colonia por Julio César". Esta deducción le llevó a la siguiente; que debió estar de pie: "El sitio en que estaba la media figura, demuestra claramente que el ídolo estuvo plantado hasta los últimos tiempos de la existencia de la población romana, pues no es creíble que una escultura del tamaño de la que es objeto en estas líneas, permaneciera intacta en la superficie del terreno, sin sufrir deterioro alguno; y precisamente esa conservación y situación de la escultura dentro de Illici demuestran que no debe ser anterior a la venida de los romanos de Illici" (Ibarra Ruiz 1926: 205). Hemos visto que a esta interpretación sobre la postura y la fecha de la Dama finalmente se sumó A. García y Bellido (1948: 152), e incluso Ramos Folqués en un primer momento influenciado por éste y con los datos de los materiales "inéditos" que había extraído cerca del lugar en una urgencia motivada por las labores agrícolas en 1940; dice textualmente que "la época del célebre busto se aparta del s. v y se aproxima a época romana" (Ramos Folqués 1944: 267;1945: 30). Se puede comprobar que las dos primeras ediciones de A. Ramos Folqués sobre la Dama están fuertemente influenciadas por A. García y Bellido que llegó incluso a corregirle, de puño y letra, el original del artículo de 1944 del arqueólogo ilicitano. La idea de averiguar la estratigrafía y cronología de la Dama obsesionó a Alejandro Ramos desde que Campello Esclapez le indicara "sin titubeo alguno" el nuevo sitio. "Sabedores que uno de los trabajadores que se hallaba en La Alcudia aquel 4 de agosto, y que habitaba en la finca colindante, vive todavía, intentamos reconstruir la forma del hallazgo, llevándonos a dicho obrero, Manuel Campello Esclapez, a la finca de La Alcudia, y puesto en antecedentes de nuestros deseos, nos condujo al lugar del hallazgo, señalándonos el nivel en que recordaba fue encontrada la Dama, lugar que coincide con el descrito por Ibarra y a unos 50 metros del norte del límite sur de la loma. Las indicaciones de este obrero, que con seguridad y sin titubeo alguno nos había mostrado el lugar del emplazamiento del busto y la profundidad a que se hallaba, relacionándolo con la situación de los árboles entonces existentes, y las acequias de riego, las tomamos como guía para iniciar unas exploraciones en dicho lugar, las que, nos han revelado datos que consideramos de especial interés para fijar la cronología de la Dama" (Ramos Folqués 1948: 155-156). Esta larga exposición de las motivaciones de A. Ramos es prueba fehaciente de que éste creyó en el testimonio del lugar nuevo de Campello, aunque hemos de hacer notar que aquí no lo trata de descubridor, como hiciera en 1944 y 1945, sino como testigo presencial. De igual modo, opinamos que el detalle de si fue o no el descubridor de la escultura resulta un dato irrelevante por su casuística; a día de hoy es una mera anécdota que caló en los medios por su idealismo. Lo trascendente para la investigación arqueológica es que su testimonio fuera auténtico Figura 16. Croquis estratigráfico, apunte y fotografías de las excavaciones de Ramos Folqués de 1945 en "la ladera de la Dama". miniatura de tipología fenicia (Fig. 16), cuestiones estas que hay que tener muy en cuenta para llegar a conclusiones crono-estratigráficas en este tipo de depósitos tan alterados por la acción erosiva natural y antrópica 11. "Gruesos paredones" como alojamiento Para deducir cómo fue encontrada y extraída la Dama es necesario averiguar las acciones de aquellos jornaleros en 1897 para hacer una superficie llana cultivable. Al mirar con detalle la sección E-O (A-A') que Ramos Folqués publicó en sus trabajos (1944: 259, fig. 2; 1945: 9, fig. 2), ayuda a entender que lo que estuvieron haciendo los obreros del doctor Campello era vaciar de tierra y de piedras un talud artificial creado con el tiempo (Fig. 17), muy posiblemente la muralla que Pedro Ibarra mencionó como alojamiento de la Dama, la que debiera encontrarse semiderruida y expoliada desde antiguo. Estos procesos degenerativos bien pudieran ser comparables a los restos de la muralla augustea del frente occidental 11 En 2017 de nuevo ha sido abierta en excavación aquella zona. Dirigida por los investigadores José y Héctor Uroz, con probabilidad sus resultados aportarán luz a las incógnitas que la excavación de Ramos Folqués de 1945 ya le planteó a él mismo. por estar presente o, incluso, por haberlo sabido de su padre y hermano mayor, que sí formaban parte de la cuadrilla aquel 4 de agosto de 1897. Las primeras "calicatas" exploratorias las realizaría en 1945 y parece que Antonio Beltrán tuvo algo que ver en ellas, pues así lo manifestó en el homenaje a la muerte de Ramos Folqués en 1984, "juntos hicimos una cata junto al lugar de la Dama de Elche, en la Alcudia, para hallar cerámicas púnicas" (Beltrán 1993: 57), noticia que nunca desveló Alejandro Ramos. Estos trabajos están reflejados en unos escuetos apuntes en hojas sueltas, siendo destacable el croquis inédito de la estratigrafía y las fotografías de los trabajos (Fig. 16), documentos que muestran el desmonte del bancal con una praxis de excavación inadecuada para el talud, pues corta los estratos en vertical, sin respetar el supuesto depósito inclinado que estos tendrían de manera natural o antrópica. Un ejemplo de ello son los esqueletos y las grandes losas -lanzados o tirados intencionadamente en "acción violenta" según Ramos Folqués-que le aparecieron en la base del desnivel, los que relaciona con una hipotética "vasija argárica" cuyo dibujo más bien parece corresponder a una marmita tardía con asas de lengüeta. Esta enigmática acción explicaría la complexión anatómica de los restos humanos, no así la compleja relación estratigráfica con otros materiales que Ramos Folqués colocó al mismo nivel, como un ánfora y unos anforiscos en que pudimos estudiar en la excavación de 2006-2008 y que mostró interesantes datos sobre su estructura y composición. Estaba hecha sobre un zócalo de piedra y rellena de tierra, con adobes en el alzado, los que le daban más plasticidad y resistencia a la vez (Tendero y Ronda 2014: 238). Se comprobó además que ya a finales del s. ii d. n. e. sufrió expolios continuados de la piedra contenedora, lo que aceleró su erosión y ruina, quedando al aire incluso el núcleo de tierra (Tendero 2016: 117), situación quizás análoga a la que pudieron haber sufrido los restos constructivos donde fue encontrada la Dama. Ramos Folqués presentó también -en la misma figura 2-el croquis de un perfil estratigráfico con todos los hallazgos escultóricos conocidos hasta entonces por él, aunque los situó a distintas alturas y agrupados de modo irreal, ya que se comprueba que habían aparecido en puntos alejados entre sí, en distintos momentos y fechas (Fig. 17). El "guerrero con falcata", propiedad actual del MAN12, lo hallaron Ibarra y Paris el mismo día que plantaron la "fita", el 13 de junio de 1898, como consta en la Efemérides no 147: "En la parte baja de la loma, y en el cauce mismo de una acequia de riego provisional, que han abierto para regar el bancal de alfalfa roturado recientemente a levante de la loma y... cual no ha sido nuestra sorpresa al arrancar dicha piedra, ver un tronco de un cuerpo de un guerrero seccionado por la cintura llevando delante, sujeta con una correa o tahalí, una espada o falcata, con el mango primorosamente trabajado. El descubrimiento nos ha complacido en extremo a todos los que allí estábamos. Ha sido clasificado por Mr. París, como obra de estilo ibérico, contemporánea del famoso busto, viniendo su presencia, a realzar la de aquel magnífico ejemplar, y demostrarnos por otra parte, la posibilidad de que no estaría sólo en la loma, el célebre resto greco-romano". Del mismo día son las dos piezas arquitectónicas que también regresaron con la Dama, un fragmento de capitel de pilastra (García y Bellido 1943: 69-70; fig. 73, Lám. IX) y también un fragmento arquitectónico con volutas combinadas (García y Bellido 1943: 71, Lám. X), no así la "cabeza con casco" que surgió el 11 de noviembre de 1914 "Detrás de la Casa del Hondo, siguiendo el margen que separa la loma de los del comienzo de la casa, están abriendo un cauce para riego [...] he recogido una cabeza ibérica de tamaño natural en piedra caliza, que aún cuando muy estropeado, se puede apreciar que lleva casco" (Efemérides no 1129), custodiada en el Museo Arqueológico de Historia de Elche. Es cierto que todas ellas surgen en la línea que circunvala la pequeña eminencia del terreno en la zona sureste (Fig. 12.2), en el supuesto perfil de aquel posible recinto murado. Pero la diferencia entre estas esculturas y el conjunto de las que han ido aflorando en el yacimiento con la Dama, es el buen estado de conservación del busto. La Dama en relación con otras esculturas ibéricas de L'Alcúdia La respuesta a la incógnita sobre su modo de aparición y preservación pasa por analizar la finisecular metamorfosis de las antiguas ruinas ilicitanas. Se tiene constancia de que Alejandro Ramos tras la guerra civil, en 1940, lo primero que hizo fue buscar esa muralla "de Levante" con el fin de comprobar la noticia de 1621, los famosos "dos mil y veynte pasos" que Cristóbal Sanz midió tras circunvalar un lienzo que, al parecer, aún rodeaba las ruinas de La Alcudia en el s. xvii. Pero los resultados según él fueron negativos (Ramos Folqués 1955: 113), y nos preguntamos si, como hemos visto, los obreros con su trabajo acabarían de desdibujar la ya expoliada muralla, resultando entonces muy lógica su incorporeidad. Gran parte del perfil de La Alcudia se estuvo allanando y ampliando durante 1897, 1898 y 1899, dando como resultado la génesis de otro bancal a un nivel de cota más bajo que Ramos Folqués conoció como "la veleta", límite que Ibarra Ruiz marcó con una línea de puntos -no 1 "nuevo límite"-en su plano de 1900 (Fig. 12.1) 13. Justo en ese límite o veleta, "a Levante de Villa Illice" y cerca del camino del Borrocat, Ramos Folqués comenzó a excavar en abril de 1952 muy cerca de la casa. Detectó una acumulación de piedras que fue asimilada como una muralla de 1,50 m de ancho cuya base estaba compuesta por piedras calizas mezcladas con restos arquitectónicos y 13 Hacia mediados del siglo xix el doctor Campello compró los terrenos a tres propietarios distintos, y por medio de agrupación catastral compuso la finca de La Alcudia tal como la conocemos hoy. Sabemos también que era un lugar pedregoso en el que emergían las ruinas, y que el médico puso su empeño y recursos para convertirlo en una finca cultivable (Ibarra Ruiz 1926: 191-192). Esto lo hizo paulatinamente, y la primera acción de que tenemos constancia fue en el noroeste en el "verano de 1889" cuando apareció el lienzo con casetones de refuerzo de las denominadas Thermas Occidentales excavadas por Ibarra Ruiz un año después (1926: 186-189). esculturas. Esta estructura, que bautizó como "muralla púnica", continuaba hacia el sur -ocupa los actuales sectores 6F y 7F-y fue despejándola en distintas intervenciones. En 1952 le surgió, como una piedra más, la cabeza de esfinge (LA-620), en enero de 1955 una cabeza de équido (LA-806) que le apareció en la segunda fila de piedras de la base de esa muralla, cuya cimentación está cuajada de elementos arquitectónicos y escultóricos reaprovechados como piedra de construcción. De todos los hallazgos en aquella zona hay uno que requirió especialmente su atención, un cuerpo falto de cabeza y sin extremidades inferiores, que él reconoció como la figura de una leona o "bicha", como también la denominaba. Esta escultura, que en origen debió coronar algún pilar estela en una necrópolis ibérica, le surgió encajonada por piedras sin labrar en un punto, quizás del interior de esa posible muralla, y según él in situ "allí había sido colocado deliberadamente como lo demuestra el hecho de estar calzado o entibado con piedras para que conservase una posición determinada y, además le rodearon de una especie de murete de piedra seca, como para preservarle de posibles atentados" (Ramos Folqués 1955: 11) (Fig. 18). Pero mucho más expresivo resulta su apunte en el diario: "Al profundizar el zanjón de cata en la veleta, en nivel junto a la tierra virgen [había] varias piedras rodeando el torso de una leona (?) de mediano tamaño, en piedra blanquecina. Es de notar que las piedras que la rodean fueron puestas con cuidado de no rozar la escultura para no estropearla más. La pata izquierda está entibada con una piedra pequeña para equilibrar la figura. [...] Recuerdo que Ibarra dice que la Dama estaba entre piedras y Campello entre losas, ¿Estaría como esta pieza, escondida?" Estas reflexiones sobre la similitud entre ambos hallazgos demuestran que Ramos Folqués valoraba, tanto el testimonio de Ibarra, como los detalles que le contó Campello Esclapez en lo referente al modo de aparición de la Dama que motivaron su famoso dibujo (Fig. 9) y posterior recreación (Fig. 14). En 1955, A. Ramos escribió sobre la estratigrafía en la que habían aparecido mayoritariamente las esculturas ibéricas en sus excavaciones. Se basó sobre todo en sus hallazgos de una supuesta "calle" al sur de la basílica que ha creado dudas entre los investigadores (Abad 2011: 350), pero que la revisión de los diarios de campo de Ramos Folqués nos ha permitido reconstruir más fidedignamente. Un total de 14 fragmentos escultóricos -la mayoría corresponden a los más emblemáticos del yacimiento, como el torso del guerrero (LA-884) o la cabeza de grifo (LA-688)-junto a algún otro arquitectónico (Ramos Folqués 1950: 353-357), le hicieron concluir su teoría a pie de excavación: "pienso si [...] al reedificar la ciudad, para nivelar el suelo, acabaran de destruir y esparcir los restos de la cultura anterior, y así lo parece demostrar el hecho de encontrar fragmentos escultóricos y arquitectónicos ibéricos, que sirven luego como materiales de construcción" (Ramos Folqués y Ronda 2018: f. Esculturas ibéricas de grifo y el conocido "torso del guerrero" desde diferentes ángulos. Se encontraron reutilizadas como relleno de una "calle" construida en época augustea (Fundación L'Alcúdia). Aquel descubrimiento de los fragmentos escultóricos en "la calle", supuso para Alejandro un gran éxito personal como arqueólogo, y en septiembre de 1955, repentinamente, decide trasladar las excavaciones "al Noroeste del lugar dónde fue hallada La Dama, y al Sur del lugar que excavó D. Antonio Vives Escudero en 1923". A. Ramos había visto la zanja del numismático -aquella que iba desde el punto mismo de la fita que Pedro Ibarra plantó, hacia el Oeste e interior de la loma-, de ahí que nunca dudó en ubicarla en su plano (Fig. 12.2). Creemos que Alejandro no quiso perder la oportunidad de excavar aquella otra zona para asegurarse la exploración de los dos puntos de la Dama: el que ya había sondeado en 1945 señalado por Campello Esclapez, y la zona (actual sector 10D), excavada antes por Eugène Albertini en 1905 y por Vives en 1923, pues son abundantes las alusiones en sus cuadernos de campo: los vertederos tardíos los sitúa "hacia la Dama", o el linde de su "lugar 8" con la zanja de Vives. La coincidencia del lugar del hallazgo con sus excavaciones en el sector 10D puede reconocerse perfectamente en la fotografía del comienzo de éstas en 1956 donde se observa junto a los obreros la columna que marcaba "la fita" de Ibarra (Fig. 20). Alejandro Ramos adquirió su madurez como arqueólogo tras invertir cinco décadas en excavar La Alcudia, y sus estudios siempre tuvieron como objetivo el dar respuesta a los problemas estratigráficos del yacimiento, entre los cuales el contexto de la escultura ibérica fue un tema prioritario. Al final de sus días como profesional reflexionaba con el periodista Isidro Vidal sobre su trayectoria: "he disentido de García y Bellido, no estábamos de acuerdo en la cronología, pero luego el noventa y nueve por ciento de los arqueólogos se han pasado a mi bando, entre ellos Llobregat [...] Para mí, la excavación es la que revela la verdad en este sentido. En las excavaciones más recientes se han recuperado dos piezas escultóricas ibéricas contextualizadas. En 2011, en el estudio de un conjunto termal en la zona noroeste, salió una cabeza de sirena (LA-11.733) en el fondo de una fosa con material augusteo fechado entre el 30/10 a. n. e. Nuestra consideración es que, esos retazos de la base pétrea de lo que fue una muralla que encontró Ramos en la zona oriental (sector 6F), podrían correlacionarse con la muralla excavada de 2006 a 2008 en el perímetro occidental, pues son estos exiguos restos muy alterados los que quedan de la muralla hecha por los legionarios de la 2a fundación colonial en época de Augusto. Los indicios estratigráficos aportados por Ramos Folqués en sus diarios, revisados por nosotros, apuntan una cronología idéntica para el momento constructivo de su "calle" y la "muralla púnica", indicándonos que la escultura ibérica en La Alcudia suele aparecer en contextos secundarios, como mero ripio constructivo en una etapa de expansión urbanística de la ciudad en la que se recurrió a este material que debía hallarse disperso por el solar o sus aledaños (Ronda 2018: 348-350). Con todo lo expuesto hasta el momento advertimos la importancia que el estudio de la estratigrafía ha supuesto para las lecturas en paralelo del hallazgo fortuito de la Dama. Asimismo, su estado de conservación indica que debió preservarse de un final destructivo y, quizás, el símil más aproximado a su contexto de aparición se encuentra en la leona de 1950, guarecida por un nicho de piedras que se situó en la base de la muralla en época de Augusto. Los motivos pudieron ser tal vez su connotación religiosa, su carácter de deidad, o tantas otras razones. "Los estratos no mienten", es el axioma que deducimos como único camino para el conocimiento, desde la arqueología, de esta obra universal.
Se trata de una obra colectiva coordinada por Gregorio Carrasco, en Homenaje a Pierre Sillières autor de Les voies de communication de l'Hispanie méridionale, París, Diffusion de Boccard, 1990, y de las excavaciones de Baelo Claudia; también trabajó en Huesca en Labitolosa, y en muchos otros lugares de España y del sur de Francia. Se caracterizó por la renovación de los métodos de estudio de las vías romanas. Fue un coloquio celebrado en la Facultad de Letras de Castilla-La Mancha en Ciudad Real en septiembre de 2014, sobre el tema señalado. El objetivo propuesto es el estudio del papel de las vías en la Romanización. Blázquez (la publicación tiene lugar después de su fallecimiento) hace un estudio general de las fuentes en el supuesto de que las calzadas constituyen una parte fundamental del legado romano. Se trata de una síntesis de trabajos anteriores, como él mismo dice. Recorre las citas de los autores antiguos con una amplia bibliografía, sobre todo acerca de los Itinerarios. Aprovecha para ello la cartografía de la Real Academia de la Historia. La intervención del editor Carrasco está dedicada a la memoria del profesor Blázquez. La actual provincia de Ciudad Real se considera como lugar de paso entre grandes ciudades (Emerita-Caesaraugusta) y grandes regiones (Meseta-Valle del Betis). Se añade la importancia minera de Sisapo, también en el papel de las vías para las relaciones con Castulo y su producción minera, que justifican alguna vía no citada en los itinerarios, como entre Castulo y Oretum. Añade precisiones sobre la localización de las mansiones según las hipótesis más recientes y los restos arqueológicos procedentes de los últimos estudios. Además de las fuentes itinerarias y autores como Estrabón, Plinio o Ptolomeo, también aprovecha las investigaciones epigráficas para determinar el status de los lugares citados que en ocasiones corrigen los datos de Plinio, como en el caso de Laminium. Julio Mangas se ocupa de la provincia de Toledo con la inclusión de los vados, entendidos como centros de núcleos urbanos o cabeceras de ciuitates. Esta posibilidad abre las puertas a una multiplicación de variantes dentro de los itinerarios con vías secundarias alternativas, que a veces también aparecen en los itinerarios. Se han localizado algunas póleis de las citadas por Ptolomeo. R. Sanz trata el estado de la cuestión de las vías romanas de la provincia de Albacete, tierra de paso entre la costa levantina y la alta Andalucía y el occidente peninsular, rica en recursos agropecuarios y en yacimientos salinos. Hace un recorrido por la investigación desde el conocimiento de las fuentes literarias a la Arqueología y la fotografía aérea. Las vías se hallan integradas en todo el control del territorio y la ocupación del espacio. Usa para ello la toponimia actual. Destaca detalles de los centros urbanos como Ilunum y de su historia desde época ibérica, así como el encuadramiento dentro de la red amplia de comunicaciones y el análisis de la uillae de los espacios estudiados. La autora pone de relieve las carencias de la investigación que mantienen en la oscuridad gran parte de la red junto a las características específicas de ésta en la región estudiada. Alicia Arévalo trata las vías romanas de la Meseta Sur en relación con la circulación monetaria. Los hallazgos en ellas resultan una fuente de conocimiento evidente para el estudio de los intercambios. Destaca las dificultades para acceder a la cuestión por falta de tradición en el estudio y por carecer de datos en las vías no señaladas en los itinerarios. Los primeros datos proceden de los hallazgos en el Camino de Aníbal debidos a la incidencia de la Segunda Guerra Púnica. Puede estudiar así la primera difusión de la moneda en la zona, aunque también existen testimonios del posterior uso de la vía como eje de comunicaciones. Luego estudia los talleres de fabricación y la dispersión: sólo acuñaron bronce y sólo durante la República. Del mismo modo señala la importancia de la sal en algunos tramos en torno a Egelasta, si las hipótesis de localización son acertadas, y la importancia económica de Ercavica deducida de la abundancia de amonedaciones. Finalmente trata la circulación en las ciudades y en las vías. Son pocos los hallazgos estudiados en su contexto. Sólo parece clara la existencia de comunicaciones en la vía de Cartagena a Zaragoza y la concentración de Segobriga. También es evidente que en toda la región en época imperial se impone la moneda emeritense. J. Uroz y H. Uroz tratan de las vías de comunicación en torno a Libisosa (Lezuza), dentro del "proyecto Libisosa". Con ello abordan aspectos militares y comerciales en relación con la Romanización en época tardorrepublicana. La red viaria es clave para el desarrollo de la política colonial romana, como ya fue base de la conquista. Libisosa se halla en la vía Heraclea o Camino de Aníbal, que fue reformada como Vía Augusta por la costa y fue muy importante para la comunicación de Carthago Noua, posiblemente su mayor beneficiaria. Usa abundantemente la documentación cerámica. Gozalbes se encarga de las "Vías romanas de la Provincia de Cuenca". Parte de un recorrido por la historiografía sobre las vías romanas de Hispania con revisión del importante trabajo de Palomero. Señala la dependencia con respecto a las capitales de Carthago Noua y Caesaraugusta. Revisa asimismo toda la historiografía. Se apoya también en la literatura, en los itinerarios y en la epigrafía. El estudio de los restos se lleva a cabo en consideración a las condiciones de fabricación, en que abundan los caminos calzados. Muestra así la articulación de los centros urbanos y se producción, generalmente a través de ramales. Consigue de esta manera una puesta al día de los datos en una exposición sintética que actualiza el tema en la región sobre el eje del llamado Camino Murciano que comunicaba con Carthago Noua sobre todo para la salida del lapis specularis, e introduce importantes modificaciones al plano general de la red viaria como sistema de articulación de los centros de la región. Velaza estudia algunos miliarios de Castilla La Mancha en busca de señales de representación y propaganda, sobre todo de la vía de Carthago Noua a Complutum. En algunos casos incluso el aspecto informativo queda anulado y permanece el propagandístico, sobre todo cuando coincide en el emplazamiento con otros miliarios. Este aspecto va ganando terreno a lo largo del tiempo. Ma José Bernárdez y J. C. Guisado estudian el comercio de lapis specularis en un artículo emotivamente dedicado al "andador de caminos", Inocente López. La vía principal para dicho comercio era la de Complutum a Carthago Noua que recogía los yacimientos, no mencionada en el Itinerario de Antonino y sólo parcialmente en el Ravennate, lo que pone todo el peso en el estudio de los restos y de la epigrafía, para permitir la reconstrucción del recorrido. Durán se ocupa de Puentes romano en Castilla-La Mancha. Destaca la gran dificultad de identificación y propone un catálogo de los que tienen construcción de sillería como posible romanos, sobre fuentes y estudios arqueológicos previos. Pero se centra en sus experiencias directas. Hace uso comparativo de experiencias en otros lugares estudiados por él. No alcanza resultados concluyentes ni siquiera en los que se consideran tradicionalmente puentes romanos en Castilla La Mancha, aunque hace una descripción detallada de todos los restos en comparación con las características de las construcciones musulmanas. De las vías de la provincia de Guadalajara se ocupa C. Caballero, que ya había ofrecido estudios sobre el tema. Hace de entrada un resumen de la historia de los estudios desde los de Coello y Blázquez hasta los trabajos de Abascal, que han fijado las líneas recientes y los nuevos puntos de partida. Luego se ha ampliado el campo al integrar las vías en los estudios del territorio y se ha llegado a la colaboración de los ingenieros en los estudios de puentes e infraestructuras, unida a los nuevos trabajos arqueológicos sobre todo en el llamado Corredor del Henares. Esto junto a los estudios tradicionales ha actualizado considerablemente el mapa viario de la provincia. Se destaca el papel de Sigüenza así como la función de Caesaraugusta-Emerita como eje de confluencia y el carácter de lugar de paso de la provincia. Todo ello abre puertas para nuevos estudios. La última aportación corresponde al homenajeado Pierre Sillières para hacer un balance de los estudios sobre las vías de comunicación de la Hispania romana. Parte de 1975, fecha de aparición del manual de Roldán, Itineraria Hispana, y del inicio de sus propios trabajos. Al revisar la investigación de las cuatro últimas décadas en relación con las fuentes literarias, propone acabar con la costumbre de numerar las vías de Hispania, práctica sólo existente para esta región, que a su manera de ver confunde la nomenclatura general. Hace también algunas precisiones de interés sobre los Vasos de Vicarello y sobre el uso de los miliarios, por los que siguen obteniéndose nuevos datos. En este plano, insiste en la necesidad de usar para las vías de Hispania la misma longitud de la milla romana que para el resto del Occidente del Imperio. La observación directa merece especial atención por la utilización de la fotografía aérea general y la procedente de vuelos a baja altura. Valora especialmente el vuelo americano de 1956, anterior a las grandes transformaciones del paisaje rural de la Península. Ello no priva del protagonismo a la excavación arqueológica de las vías. Propone por fin una serie de proyectos entre los que destacaría la realización de un mapa completo de las vías peninsulares. En estas conclusiones se muestra la justificación de que un trabajo colectivo de vías hispanas se lleve a cabo en homenaje a P. Sillières. Así, G. Carrasco hace una aportación más al conocimiento de la región castellano-manchega en época romana. Domingo Plácido Universidad Complutense de Madrid Carmen García Merino y Margarita Sánchez Simón, El final de la villa de Almenara de Adaja-Puras (Valladolid). Los contextos cerámicos, Figlina 1. El trabajo que en este libro presentan C. García Merino y M. Sánchez Simón forma parte del proceso de investigación que, desde hace algo más de quince años, vienen realizando en la villa de Almenara de Adaja-Puras. El estudio aborda un problema complejo, como es el de definir y datar contextos cerámicos procedentes de un yacimiento excavado en diferentes épocas, un inconveniente al que los investigadores sobre el período bajoimperial deben enfrentarse con frecuencia, en el ámbito peninsular. A pesar de ello, en los últimos tiempos, los avances en el conocimiento del consumo cerámico durante esta etapa han sido significativos. Esta publicación supone, sin duda, un paso importante para su progreso. El objetivo concreto es aportar datos sobre la caracterización de los contextos cerámicos asociados a dos momentos de abandono: el del edificio residencial a mediados del siglo v, y el del asentamiento rural surgido en su exterior, última expresión de la vida en la villa que defienden las autoras que tuvo lugar en la segunda mitad de la misma centuria. El libro ha sido organizado en cinco capítulos, a los que precede una introducción. En ella realizan un relato de las diferentes intervenciones arqueológicas llevadas a cabo en este conjunto monumental. En su recorrido sitúan el hallazgo del yacimiento en el año 1887, aunque las primeras campañas de excavación no llegarían hasta 1942, de la mano de G. Nieto. A partir de entonces se fueron produciendo sucesivas intervenciones: en 1969 por parte de P. de Palol, con quien colaboraron G. Delibes y A. Moure; entre 1975 y 1983, será A. Balil quien retome la labor, y desde 1989 a 1992 T. Mañanes continuó esta tarea, siendo también el autor de la publicación de una primera monografía al respecto. C. García Merino y M. Sánchez Simón coordinaron y dirigieron las excavaciones en la villa de Almenara entre 1999 y 2002. Su actuación estuvo vinculada al proceso de recuperación integral, estudio y adecuación museográfica, planteado tras su declaración como Bien de Interés Cultural, en 1994. Como fruto de sus investigaciones han ido viendo la luz un buen número de publicaciones, entre las que se incluye este trabajo. La parte introductoria se completa con una detallada explicación de las diferentes fases constructivas, funcionales y cronológicas del conjunto arquitectónico. Así como de las circunstancias derivadas del devenir del proceso de excavación, que han tenido como consecuencia la obtención del plano completo de su pars urbana y de un mayor grado de conocimiento de la misma y de un sector de sus partes rustica y fructuaria. Los dos primeros capítulos sitúan al lector en la problemática del estudio del yacimiento. La villa estuvo habitada, según calculan las autoras, a lo largo de unas cuatro generaciones, lo que dio lugar a diversas transformaciones durante su dilatada existencia. En el capítulo 1 analizan las modificaciones estructurales a las que se vio sometido el conjunto a lo largo del tiempo, como reparaciones en los pavimentos, y cambios en la disposición de las habitaciones. Por otro lado valoran los resultados de los análisis polínicos realizados, que les permiten confirmar una actividad en los hogares y las termas, desde el siglo iii hasta la primera mitad del siglo v. RECENSIONES A la hora de emprender su análisis han debido enfrentarse a dos importantes problemas: Por un lado el de la escasa o nula utilidad de los datos procedentes de las excavaciones realizadas, entre los años 40 a 90 del pasado siglo. Así, debido a la discontinuidad en las intervenciones, a la ausencia de publicaciones al respecto, y a la no disponibilidad de los materiales hallados entonces, se han visto obligadas a recurrir, en exclusiva, a los datos aportados por las excavaciones que ellas coordinaron y que abarcan una gran superficie que comprende además del área residencial, (donde excavaron los testigos residuales de excavaciones anteriores y la zona aún intacta) parte de las instalaciones agropecuarias y todo el exterior inmediato. Cuentan por tanto con resultados del trabajo sobre una amplia extensión y con un cuidadoso estudio estratigráfico. Por otro lado, el problema de la presencia de fragmentos cerámicos como estabilizantes para la masa del tapial de las paredes del edificio, que señalan como posible fuente de errores de interpretación de la estratigrafía, si no se tiene en cuenta el hecho demostrado de la inclusión de material cerámico de otras cronologías (véase a este respecto las muy expresivas figuras 13, 19, 37 y 38 A) en los tapiales. En este sentido el interesante capítulo 2 contiene una útil y bien documentada reflexión, en relación con las características de este sistema constructivo, pero también con las dificultades que supone para la interpretación cronoestratigráfica. Las autoras han debido realizar un trabajo concienzudo y nada fácil para resolver estos inconvenientes. A la labor minuciosa de la excavación de los tapiales derrumbados, ha habido que sumar la discriminación entre los materiales procedentes del último momento de habitación, y aquellos que formaron parte de las paredes. A través de gráficos (figura 13) muestran la presencia y las proporciones de las diferentes producciones cerámicas -prehistóricas a mano, TSH, cerámicas comunes, TSHT, pintadas hispanorromanas, paredes finas-identificadas en los muros de las habitaciones analizadas. Como resultado logran un ensayo de interpretación de la cronoestratigrafía muy bien atinado, que les permitirá establecer con garantías el análisis y la valoración de los ajuares cerámicos del yacimiento. El capítulo 3 se centra en el estudio de los contextos cerámicos. Se trata del apartado más extenso del libro (pp.33-132), en el que examinan de manera exhaustiva los materiales documentados en las distintas áreas investigadas (fig. 18). En las primeras líneas enuncian con claridad el procedimiento elegido a la hora de establecer la discriminación, entre los materiales pertenecientes al momento de abandono de la villa, y los que formaron parte del tapial derrumbado e incluso separan aquellos cuya adscripción a uno u otro grupo no está clara. El criterio seguido se ha basado, tanto en la cronología de las cerámicas, como en el grado de conservación de las vasijas. Se trata, sin duda, de un razonamiento coherente y acertado, teniendo en cuenta que los materiales proceden de estratos asociados con el abandono, destrucción y ruina de las construcciones. Los hallazgos quedan descritos, enumerados y representados gráficamente de manera meticulosa. En este aspecto queremos resaltar el cuidado trabajo realizado con los dibujos de las cerámicas, por parte de A. Rodríguez. A la hora de analizar las áreas perimetrales apoyan su discurso en gráficos porcentuales de la presencia de las diferentes familias cerámicas, así como de los tipos reconocidos asociados a los escombros. El cómputo ha sido obtenido a partir de fragmentos ya que, a juicio de las autoras, el estado de conservación de las piezas no permitía obtener un cálculo del número mínimo de individuos. El capítulo 4 está destinado a establecer la valoración del conjunto cerámico. Tratan, en primer lugar, sobre los materiales procedentes del interior del edificio residencial, y de los de las dependencias de las partes rustica y fructuaria. Analizan después la extensa zona perimetral inmediata: la vivienda rústica G (cuyo interesante contenido cerámico caracteriza bien el momento final de las construcciones más tardías) y los contextos asociados a los escombros al exterior del inmueble de la vivienda señorial y a algunas estructuras posteriores. Esta zona perimetral última es la que ha proporcionado un mayor número de elementos para el estudio, por lo que buena parte del capítulo se dedica a su examen. Teniendo en cuenta la inclusión de pequeños fragmentos cerámicos de diversa cronología en la masa de los tapiales, las autoras han optado por considerar sólo los materiales tardíos, aunque no descartan haber calificado como tales algunas piezas de cerámica común y de cerámica pintada de tradición hispana, que quizá no lo sean. En el caso de la TSHT han representado a través de tablas, la identificación y el porcentaje de formas recuperadas en cada unidad estratigráfica analizada (fig. 90). Del mismo modo se expresa la distribución de la presencia de las distintas técnicas decorativas (fig. 91). El gráfico de la fig. 103, con la representación proporcional de los diferentes motivos y temas decorativos ayuda al lector en el reconocimiento y la comprensión del conjunto. Por lo que respecta a las cerámicas comunes establecen una valoración más genérica pero bien estructurada, en cuanto a las características formales y técnicas de los recipientes documentados. Además de mostrar, a través de la tabla de la figura 104, la presencia porcentual en cada UE de las distintas categorías funcionales identificadas. Las valoraciones resultan determinantes y ponderadas, y definen con claridad los rasgos del consumo cerámico en los últimos tiempos de actividad en la propiedad. La organización del aparato gráfico y la representación destacada, en las figuras 100-102 y 111, de los distintos motivos y composiciones ofrecen un panorama preciso de las características de los ajuares. El capítulo 5 lo dedican a la discusión y a las consideraciones finales. Su narración discurre a través de la prolongada vida de la villa, con el abandono del edificio residencial en la primera mitad del siglo v hasta centrarse en los últimos años de actividad al exterior que sitúan en un momento avanzado de esa misma centuria. Unas fechas que coinciden con los datos aportados por otros asentamientos de la región, tal y como revela el estudio comparativo que han llevado a cabo. Una de las dificultades con las que han debido enfrentarse, de cara a fechar estos contextos, proviene de la no disponibilidad de elementos de datación determinantes. Las autoras toman en consideración la falta de seguridad que a tal fin aportan los hallazgos numismáticos, debido al largo período de circulación de ciertas acuñaciones, durante la etapa bajoimperial. Las valoraciones cronológicas las han basado en el resultado del análisis estratigráfico, de la documentación de las sucesivas fases constructivas, del estudio de los materiales y del examen polínico. Los datos obtenidos les permiten afirmar que la residencia señorial y la parte excavada de las alas rústicas estuvieron activas hasta la primera mitad del siglo v. Así como que el entorno inmediato continuó habitado y explotado durante la segunda mitad de la misma centuria (casa G, estructuras rústicas y posiblemente la pequeña necrópolis cercana). Han registrado Archivo Español de Arqueología 2018, 91, págs. 305-314 ISSN: 0066 6742 acciones de expolio tras el abandono definitivo, y entre ambas situaciones piensan que pudo tener lugar una ocultación de materiales, documentada en el interior de un dolium. Tras el saqueo posterior al desmantelamiento del conjunto, no han reconocido ningún elemento que indique la presencia de nuevas actividades en este emplazamiento. Una situación que valoran en consonancia con la de otros núcleos de época romana de la región. Los resultados de la documentación arqueológica indican que el poblamiento se desplazó a otros lugares, a la par que fue constituyéndose una nueva organización del territorio. Como decíamos antes, no es nada fácil delimitar y datar contextos cerámicos cuando los testimonios provienen, como es el caso que nos ocupa, de los problemas mencionados. La labor llevada a cabo por C. García Merino y M. Sánchez Simón merece ser reconocida, por la honestidad y el rigor con el que se han enfrentado a este reto. Han realizado un minucioso estudio de documentación arqueológica, y sus valoraciones han partido de un sólido análisis estratigráfico y de premisas bien argumentadas. Establecen en todo momento los límites y el alcance de sus planteamientos no dejando zonas borrosas o sin definir. A partir del estudio estratigráfico, del examen de los datos recuperados, y del empleo de un potente aparato crítico desarrollan un relato preciso y bien narrado. Con su trabajo avanzan, sin duda, en el conocimiento del consumo cerámico en la Meseta durante el período tardoantiguo construyendo con maestría un sólido ensayo de interpretación histórica. Por otro lado, siguiendo el espíritu de los volúmenes del CSIR -España el trabajo no se ciñe simplemente al catálogo y estudios concretos de las esculturas, sino que incorpora estudios de conjunto más amplios. Así, el capítulo IV (pp. 101-124) se dedica al estudio tipológico e interpretativo de la escultura ursaonense, al que antecede la presentación de un marco general y un análisis del contexto historiográfico en el que se desarrolló la arqueología española, que sirve de referente para la recopilación historiográfica de los modelos interpretativos que se han propuesto sobre el conjunto de Osuna; más adelante ofrece su propia sistematización e interpretación, por lo que es, desde nuestro punto de vista, el apartado más interesante. La autora ofrece la siguiente sistematización de los conjuntos estudiados: Integrado por aquellas piezas que versan sobre el "desarrollo de un combate ritual". Este conjunto, trabajado en una caliza local y completado por una capa de estuco policromado, debió formar parte de una construcción funeraria, de un monumento turriforme, de dos cuerpos, con cubierta a dos aguas y con una funcionalidad simbólica y propagandística, con repertorios iconográficos de exaltación y reconocimiento de los valores del difunto). El conjunto está formado por los relieves de la auletris, las oferentes, los infantes al encuentro, el jinete y dos soldados de perfil, uno de pie y otro con un scutum (Cat. Se ha interpretado como un friso escultórico continuo que recrearía la celebración de un combate ritual, unos juegos fúnebres en honor de un personaje de alto rango, y datados en el siglo ii a. C. La diferencia en los tamaños es explicada por la autora en función de la colocación de las diferentes piezas a diferentes alturas, estando las más grandes en los niveles más altos del monumento. C. Este conjunto conformaría al menos dos frisos, trabajados en un mismo taller, de un monumento funerario turriforme de tradición ítalo-romana. La representación formaría parte de un cortejo fúnebre, presidido por un personaje sentado, con el consiguiente munus con escenas de juegos anfiteatrales venato-rios, en el que intervienen personajes diferentes, como músicos, prisioneros, soldados e indígenas, juntos con animales salvajes; algunas de estas representaciones escultóricas han sido interpretadas por algunos autores (P. Rouillard) como escenas concretas de combate entre los partidarios de César y Pompeyo. Dos de estos personajes son interpretados como representaciones de Attis en sincretismo con Dionysos-Baco, como garante de la inmortalidad. Según la autora, serían obras fechadas a finales del siglo ii d. C. o primeros decenios del siglo iii d. C., cuando la práctica de la inhumación se había impuesto en a Baetica con el triunfo de los cultos orientales, lo que supone una drástica ruptura con su interpretación tradicional, ya que se asimilaban a las series de relieves tardorrepublicanos. 3) El "conjunto de imágenes votivas" (Cat. n os 24, 33, 34, 48, 49 y 47, este último con interrogante), que podrían proceder de un ambiente cultual o un santuario ubicado en un entorno próximo a la ciudad, donde se depositarían este tipo de ofrendas votivas, tanto zoomorfas como antropomorfas. Un santuario que, ante la falta de evidencias cronológicas, que estuvo en uso al menos durante el siglo ii a. C. 4) "Esculturas del archivo Bonsor", halladas en el entorno del teatro, hoy recuperadas en una colección en la ciudad de Murcia, por lo que no se justificaría esta denominación de "Archivo Bonsor" desde nuestro punto de vista (Cat. n os 72, 73, y 76-81, dos cabezas y varios fragmentos escultóricos), de gran calidad, pero consideradas de un taller provincial ursaonense, según las características de la labra. Muy interesante en la pieza no 73, interpretada como un retrato idealizado de Lucio César, que sigue modelos de Policleto, tallado en un mármol blanco, posiblemente griego, con proporciones colosales, evidenciando el culto a Roma y a la Casa Imperial en la ciudad de Urso en momentos tempranos del siglo i d. En el Capítulo V (pp. 125-128) se indaga en torno al posible taller tardorrepublicano de Vrso que debió funcionar en la ciudad, así como en su cronología, técnicas y materiales. La autora propone la existencia de dos series relivarias, datables entre los siglos iii-i a. C., que supondrían la continuidad de otro taller local que trabajó también en la cercana ciudad de Ostippo (Estepa). El taller ursaonense se iniciará en torno al siglo iii a. C. y comienzos del siglo ii a. C., caracterizado por un trabajo tradicional con técnicas autóctonas, que utiliza piedras locales, calizas y areniscas, adoptando como propios los nuevos patrones de raigambre itálica y helenística a partir del siglo ii a. C.; las producciones de este taller presentan una serie de características que recuerdan el trabajo de la madera, con un escaso modelado, silueteado de las figuras, que sobresalen del fondo, ojos en posición frontal, rasgos desproporcionados, pocos elementos anatómicos y, en ocasiones, con detalles representados de forma poco realista. La autora sigue a los estudios de A. García y Bellido, que estableció dos grupos, uno de obras de producción y de filiación indígena, y un segundo, realizado por artesanos romano-itálicos o en todo caso indígenas conocedores de los nuevos tipos y procedimientos de tradición itálica. Se abastecían de piedras locales, areniscas y calizas, que constituyen la geología del lugar, en los alrededores del arroyo Salado, y con especial atención a la localización de los frentes de las canteras, en la zona nororiental del actual casco urbano, donde aún se observan aún restos de extracción, que pudieron ser explotadas en época romana en las zonas más bajas y continuada su explotación en época moderna. En este sentido, en el apartado VI (pp. 129-134) se añade un apéndice, elaborado por la geóloga Esther Ontiveros Ortega, en el que se presenta un estudio arqueométrico sobre los materiales pétreos, procedentes de las canteras de Osuna y otra de la de Los Canterones, situada en la cercana Estepa, calcarenitas muy compactas, que pudieron servir de soporte para los elementos escultóricos y arquitectónicos. En un apartado final se recogen las 53 láminas que ilustran la publicación, las tres últimas en color. En conclusión, esta publicación viene a sumarse a los estudios monográficos ya realizados de las manifestaciones escultóricas de otras ciudades romanas, Segobriga, Astigi y Pollentia, publicados dentro de la serie CSIR-España, ofreciendo un panorama completo del desarrollo de la plástica romana en la ciudad de Vrso desde los inicios de la presencia romana en la Hispania Vlterior hasta fines del siglo iii d. C., siguiendo la datación dada a una de las series de relieves. La obra reúne una amplia serie de esculturas, fruto de descubrimientos antiguos, depositadas no sólo en museos y colecciones hispanos sino también en instituciones francesas, que, aunque conocidas, no habían sido objeto de estudios recientes de conjunto y, en algunos casos, como el de las esculturas del entorno del teatro, sólo eran conocidas a través de fotografías antiguas. Las piezas son descritas de forma detallada e ilustradas con buenas fotografías y acompañadas con una bibliografía actualizada y una descripción pormenorizada del material en el que se hallan esculpidas, aportando así nuevos datos a los ya conocidos de antiguo. Acompaña el estudio de las esculturas con una descripción del contexto arqueológico en el que se hallaron a través de diversas fuentes documentales en el caso de los hallazgos acaecidos en las excavaciones, desarrolladas en el siglo pasado por Paris y Engel, que sirven para basar su propuesta de datación, en especial, en el caso del segundo conjunto escultórico, dentro de la nueva y enriquecedora sistematización que presenta de los conjuntos escultóricos de la Osuna romana. Es de gran interés la caracterización del taller de la ciudad tardorrepublicana de Vrso, posiblemente, uno de los más antiguos de Hispania, surgido en los momentos tempranos de la conquista romana, en el que se aúnan las tradiciones preexistentes del trabajo de la piedra local con los nuevos usos traídos desde la península itálica, con una finalidad funeraria conmemorativa, a la manera romano-itálica. Ello se complementa con una serie de estatuaria ideal y de representación de miembros de la dinastía julio-claudia, en el entorno del teatro, próximo al foro, con el uso del mármol y las nuevas formas de representación clasicista de los inicios del imperio. Excepcional es la representación del retrato idealizado de Lucio César, si se acepta esa interpretación y no se considera que se trata de una simple representación ideal, aunque el carácter colosal apunta efectivamente a lo primero. En suma, sólo nos queda felicitar a la autora por este libro que viene a enriquecer el conocimiento de los extraordinarios conjuntos escultóricos del oppidum de Vrso, luego colonia Iulia Genetiva, y, en particular, de su nueva visión de las manifestaciones más tempranas tardorrepublicanas, que ayuda a comprender la génesis de la escultura romana en Hispania Vlterior, donde se compendia el acervo de dos tradiciones escultóricas, la turdetana y la romano republicana, para aportarnos obras de un gran interés. El libro de Abraham Santiago Moreno Pérez (de ahora en adelante M.) pertenece a la colección CSIR-España. Su estructura y objetivos son muy similares a los de las dos obras precedentes de dicha serie: Habida cuenta de la similitud entre las tres obras, voy a comentar el libro de M. utilizando un discurso muy parecido al que usé en la recensión de los trabajos de Noguera y Merchán. En primer lugar, la inclusión del volumen en los dos grupos de libros del CSIR-España; en segundo, una descripción de los contenidos y la estructura de la obra; en tercero, aspectos a tener en cuenta para futuras investigaciones a partir de los avances que aporta el libro de M. I Los volúmenes editados del CSIR-España se dividen en dos grupos. El primero está destinado a publicar esculturas romanas halladas en España en función de su lugar de procedencia; el segundo a estudiar problemas concretos de la plástica hispanoromana. El estudio de M. es el sexto fascículo del primero de los grupos mencionados y su objetivo es publicar la totalidad de los testimonios escultóricos romanos procedentes de Pollentia (los volúmenes publicados del primer grupo son: M. Claveria, Los sarcófagos romanos de Cataluña, CSIR 1-1, Murcia 2001. Beltrán, Esculturas romanas de la provincia de Jaén, CSIR 1-2, Murcia 2002. Rodríguez Oliva, Los sarcófagos romanos de Andalucía, CSIR 1-3, Murcia 2006. J. M. Noguera, Segobriga (Provincia de Cuenca, Hispania Citerior), CSIR 1-4, Tarragona 2012. Los volúmenes publicados del segundo grupo son: J. A. Garriguet, La imagen del poder imperial en Hispania. S. Vidal, La escultura hispánica figurada de la Antigüedad tardía (siglos iv-vii), CSIR 2-2, Murcia 2005). Dado que no se conoce ninguna otra escultura pollentina que pueda añadirse a las 53 piezas catalogadas por M., puede afirmarse que el libro ha cumplido este objetivo. II La obra se inicia con un prólogo (p. 11), un apartado de agradecimientos (p. 13) y una introducción (pp. 15-32), que se divide en dos partes: por un lado, un resumen de la historia de RECENSIONES la investigación y los hallazgos escultóricos de Pollentia (pp. 15-23); por otro, un estudio histórico y urbanístico de la ciudad (pp. 24-32). En las páginas 23-24 M. explica el origen de su trabajo, especifica las piezas excluidas e incluidas en él, resume la estructura de la obra y aclara la metodología usada en la contextualización de las piezas. A continuación el libro se estructura en cuatro bloques:. En él se incluyen 28 piezas y dos anejos en los que se recogen 25 más. El catálogo se ha dividido (para la organización del catálogo cf. p. En el anejo II se estudian cinco apliques figurados que M. vincula al mobiliario-estatuaria pública (pp. 123-134). Las piezas catalogadas contienen la siguiente información: número dentro del catálogo, nombre de la pieza, lámina correspondiente, procedencia, lugar de conservación con número de inventario (falta el número de inventario en las siguientes piezas: cat. no 20 y 53. En algunas piezas se sustituye el no de inventario por el siglado de excavación o el número de expediente, por ejemplo cat. no 6 y 10. En las piezas conservadas en colecciones particulares no se da número de referencia: por ejemplo cat. no 11), material, dimensiones, estado de conservación, bibliografía, comentario y datación. En este bloque se estudian los aspectos concernientes a talleres, técnicas de producción y materiales de la plástica de Pollentia. Este capítulo se divide en seis apartados fundamentales: en el primero se analizan los pedestales que sustentaron estatuas (pp. 145-153); en el segundo se indagan las representaciones estatuarias atestiguadas epigráficamente (pp. 154-159. Para las representaciones imperiales: pp. 157-159); en el tercero se investiga la presencia de estatuas en el teatro y otros edificios públicos (pp. 159-161); en el cuarto la plástica procedente del área forense (pp. 161-173. Este capítulo se divide en cinco apartados. El primero de ellos está dedicado a analizar la escultura en ambientes comerciales y artesanales (tabernae: pp. 191-195; officinae urbanas: pp. 195-197); el segundo estudia la plástica en ambientes residenciales (zona residencial noroeste: pp. 197-202; zona residencial sur: pp. 202-206); el tercero se dedica a la escultura funeraria (pp. 206-207); el cuarto analiza las esculturas de carácter privado; función y géneros de la escultura privada: pp. 209-214); el quinto ofrece un desarrollo cronológico de la estatuaria de los ambientes privados de. El mérito fundamental de la obra es aportar un nuevo corpus estatuario a los ya conocidos de la Península Ibérica. Creo que estudios futuros podrán, por un lado, profundizar en algunos de los aspectos tratados por M.; por otro lado, usar el material catalogado en el libro para retomar viejos problemas de la Arqueología Clásica desde un punto de vista diferente. Voy a poner un ejemplo de cada uno de los dos casos. Cat. no 15, pp. 62-65, lám. XIII-XIV, 1-2: se trata de una estatua militar romana, cuya coraza está decorada con una grifomaquia. Esta decoración puede encontrarse en un reducido grupo de estatuas militares (la lista más completa de estatuas militares decoradas con este motivo iconográfico puede encontrarse en M. Cadario, Grifomachie e propaganda imperiale nelle statue loricate, en: I. Colpo -I. Ghedini (a cura di Derivado del problema anterior, se produce otro error: M. establece el arco cronológico de las estatuas militares decoradas con una grifomaquia entre época augustea y trajanea. Pienso que el límite cronológico es la época domicianea, habida cuenta de que probablemente la estatua de la colección Fogg fue en origen una representación del emperador Domiciano (para este problema cf. D. Ojeda, Trajano y Adriano. No se ha documentado ninguna estatua militar decorada con grifomaquia que pueda ser datada tras el principado de Domiciano. Para resolver el problema cronológico de la estatua de Pollentia, M. usa únicamente un argumento estilístico y ni tan siquiera ofrece un paralelo para sustentar su propuesta (p. La primera de ellas sería considerar que el motivo decorativo central de la coraza es indicativo de un momento histórico determinado. En ese caso lo más razonable sería llevar la datación de la totalidad de las piezas a época flavia (D. Ojeda, Trajano y Adriano. La segunda sería considerar que el motivo de la grifomaquia como decoración de las estatuas militares romanas se usó en distintas épocas. En ese caso habría que buscar argumentos para concretar las dataciones de cada una de las piezas del grupo. Por ejemplo, para la pieza de Pollentia podría usarse como argumento la presencia del paludamentum corto alrededor de la cintura, porque este detalle tiene paralelos con cronología absoluta en época augustea, como puede verse en el Augusto de Prima Porta. En el futuro deberá estudiarse el problema de las estatuas militares decoradas con grifomaquia de una manera más exhaustiva de lo que se ha hecho hasta ahora. Mientras tanto, la cronología del ejemplar pollentino y su identificación continuarán siendo interrogantes abiertas. Cat. no 13, 59-60, lám. XI: se trata de un maltrecho retrato masculino de un personaje desconocido. Aunque no ha sido mencionado por M., creo que el aspecto más llamativo de la cabeza es su parecido con el retrato de M. Holconius Rufus (el estudio más completo de esta pieza sigue siendo P. Zanker, Das Bildnis des M. Holconius Rufus, AA 1981, 349-361). Aunque no son réplicas entre sí, su parecido indica que ambas pertenecen al mismo esquema (para el uso del término esquema aplicado al retrato romano cf. D. Ojeda, Dos retratos de desconocidos de época tiberiana, Habis 42, 2011, 151-162). En la actualidad se acepta que la parte delantera del retrato de M. Holconius Rufus es el fruto de una reelaboración llevada a cabo en época flavia (P. Zanker, Das Bildnis des M. Holconius Rufus, AA 1981, 354), aunque en mi opinión en la cabeza no queda nada que permita demostrar esta afirmación (acerca de cómo se ha exagerado en lo que a reelaboraciones de retratos romanos se refiere cf. K. Fittschen, recensión de M. Prusac, From Face to Face. Creo que el retrato pollentino podrá ser utilizado en el futuro como paralelo para demostrar que el esquema del retrato de M. Holconius Rufus es posible sin la necesidad de recurrir a una reelaboración. Además, el retrato de M. Holconius Rufus y el de Pollentia presentan un mismo problema cronológico. Aunque la investigación se decanta por una datación para ellos de finales de época julio-claudia e incluso comienzos de época flavia (M. data el retrato de Pollentia entre los años 50-75 d. C. y P. Zanker opina que el retrato de M. Holconius Rufus en su primera versión fue realizado entre los años 40-60 d. C.), no creo que la cronología de ambas obras deba llevarse más allá de época de Tiberio. La manera de trabajar los mechones y el esquema de pelo corto por delante-largo por detrás puede verse en muchos de los retratos de los príncipes tiberianos (cf. a modo de ejemplo D. Boschung, Gens Augusta: Untersuchungen zu Aufstellung, Wirkung und Bedeutung der Statuengruppen des julisch-claudischen Kaiserhauses, Mainz 2002, cat. no 1.5, lám. 5, 1 y 3; cat. no 5.3, lám. 27, 3-4). *** Por último, un breve comentario sobre la pieza no 9 (pp. 50-52, lám. a color I) del catálogo de M. La cabeza no se trata de parte de una escultura ideal. Es un retrato infantil. Los distintos argumentos que M. plantea en la página 51 de su obra para defender su identificación como representación ideal no pueden ser aceptados. Sólo voy a contestar los dos que me parecen más graves: aunque M. piensa lo contrario, existen numerosos retratos de dimensiones similares a las del ejemplar pollentino (K. Dahmen, Untersuchungen zu Form und Funktion kleinformatiger Porträts der römischen Kaiserzeit, Paderborn 2001) y el peinado con "moño-corona" está documentado en los retratos de época romana (K. Knoll -Ch. Staatliche Kunstsammlungen Dresden, Skulpturensammlung, München 2013, cat. no 39, 197-199) El libro que reseñamos es la versión editada de la tesis doctoral de su autor, Daniel Mateo, que fue defendida en el área de Historia Antigua de la Universidad de Alicante en 2014. Su publicación dentro de una prestigiosa serie editorial como la colección Instrumenta, con una sólida trayectoria en la difusión de trabajos originales de Arqueología Clásica e Historia Antigua dentro de la línea temática de los estudios económicos y sociales es, sin duda, un sello de garantía de la calidad científica del trabajo que tenemos delante. Desde el punto de vista formal, el libro presenta una edición muy cuidada y vistosa, repleta de ilustraciones y aparato descriptivo de síntesis (fotografías, mapas, gráficos, tablas). En esta obra D. Mateo analiza el fenómeno de la importación de alimentos para extraer conclusiones acerca de las relaciones mercantiles interregionales de los territorios integrados en la provincia Hispania Ulterior durante el periodo de máxima expansión del comercio transmarino ligado al imperialismo romano (ss. ii a. Utiliza como vector material un segmento del registro cerámico altamente informativo para tal propósito: las ánforas de transporte. La base de la investigación la constituye una exhaustiva labor de clasificación tipológica y ceramológica de un elevado número de colecciones anfóricas, algunas inéditas y directamente examinadas por el autor, otras documentadas a partir de bibliografía, que totalizan 66 conjuntos procedentes de 39 yacimientos, sometidos a tratamiento estadístico y ulterior lectura en clave histórica. Los límites temporales y espaciales de la investigación son flexibles, como el propio autor puntualiza (p. 11), de modo que muchos de los procesos considerados deben retrotraerse al periodo prerromano, enfoque que dota al trabajo de una interesante perspectiva histórica. Asimismo, dentro del extenso dominio geográfico de la Ulterior, se realiza una selección de sitios que busca cubrir preferentemente los asentamientos accesibles por vía marítima o fluvial, más permeables a los contactos comerciales de largo radio como los que aquí se analizan, incluyéndose también dos núcleos del litoral noroccidental mauretano con objeto de hacer extensivo el estudio a los territorios del otro lado del Mediterráneo que formarían parte de la koiné cultural del Círculo del Estrecho, concepto historiográfico sólidamente implantado en determinados sectores de Arqueología española, si bien no exento de problemas ni de detractores (Papi, 2016). Tanto el objeto de estudio -el tráfico comercial de larga distancia-como el enfoque eminentemente cuantitativo, hacen de este trabajo continuador de una línea de investigación iniciada hace años por J. Molina, de probada solvencia en el ámbito de la franja costera levantina y desarrollada extensamente en estudios monográficos como La dinámica comercial romana entre Italia y la Hispania Citerior (Molina Vidal, 1997) o Del Hiberus a Carthago Nova. Comercio de alimentos y epigrafía anfórica grecolatina (Márquez Villora y Molina Vidal, 2005), entre otros, que proporcionan el principal marco de referencia y contrapunto comparativo a la obra de D. Mateo. El contenido del libro está estructurado en diez capítulos, precedidos de un prólogo firmado por J. Molina (pp. 9-10). Los dos primeros capítulos los dedica el autor a definir los parámetros teóricos y metodológicos en los que ese incardina la investigación. Después de una breve introducción en la que presenta los objetivos y contexto de su estudio (pp. 11-14) aborda el autor una profunda reflexión metodológica en el segundo capítulo (pp. 15-24), centrada fundamentalmente en el problema de la cuantificación cerámica: primero con la revisión crítica de los múltiples métodos vigentes en la literatura científica, y a continuación, con la meticulosa exposición del procedimiento seguido en su trabajo para la estimación del número de individuos y las cantidades de producto consumido. Son dos las principales aportaciones a este respecto que merecen ser resaltadas: primero, el empleo de un factor de corrección estadístico, el Módulo de Ruptura (MR), previamente calculado, que permite calibrar de forma muy ajustada la relación proporcional de los diferentes tipos identificados. Es este un concepto formulado con anterioridad por J. Molina (1997), que sin embargo no fue llevado a la práctica en aquel estudio, constituyendo su aplicación una de las principales novedades del trabajo de D. Mateo. Segundo, el cálculo matemático de la capacidad media en litros de las ánforas, es decir, la traducción la cantidad de cerámica presente en cada contexto en cantidad de producto consumido, lo cual permite mensurar magnitudes de interés económico. El tercer capítulo (pp. 25-78) es un catálogo actualizado de todos los tipos de ánforas documentados en la región de estudio, que ofrece en cada caso una descripción detallada de los rasgos morfológicos del recipiente, así como de los principales avances en el conocimiento de su lugar de origen, contenido y áreas de distribución. Aunque proporciona un excelente estado de la cuestión y un instrumento de apoyo indispensable a la posterior lectura de los resultados encontramos esta parte del libro demasiado extensa, teniendo en cuenta el alto grado de especialización de la obra. Los resultados del análisis estadístico de los conjuntos anfóricos son expuestos en el capítulo cuarto (pp. 79-218), ordenados por yacimientos, y siguiendo el mismo esquema en cada apartado. Así, en primera instancia ofrece un resumen de la historia y la secuencia cronoestratigráfica de cada sitio y, a continuación, presenta las cifras resultantes del cálculo de porcentajes en forma de tablas y gráficos, comentando la importancia relativa de los distintos tipos/ focos de producción identificados por fases históricas en cada conjunto. Los capítulos 5 al 9 constituyen el núcleo fundamental del libro. En ellos desarrolla el autor la interpretación de los patrones de abastecimiento de productos semielaborados (vino, aceite, preparados piscícolas) y las fluctuaciones comerciales deducidas en el área de estudio a partir de la presencia diferencial de los distintos tipos de ánforas, imbricando en todo momento los nuevos datos en el discurso más amplio de las dinámicas macroeconómicas del mundo romano, dentro del marco de relaciones centro-periferia entre Italia y las provincias. La exposición sigue un orden cronológico, y dedica un mayor espacio al análisis del periodo romano-republicano (cuatro capítulos), que al Principado y el Alto Imperio (un capítulo). El periodo republicano es dividido a su vez en dos etapas, cuya frontera sitúa en torno a 135/ 125 a. C., cuando la pacificación que sigue al fin de las guerras celtíbero-lusitanas da lugar a la progresiva integración de las estructuras productivas y comerciales preexistente en el sistema económico romano. En primer lugar (capítulo 5, pp. 217-252) el autor valora la proyección del vino itálico (ánforas grecoitálicas) y su capacidad de penetración comercial respecto a los productos púnicos y turdetanos en los momentos inmediatamente anteriores a la II Guerra Púnica y en los primeros compases de la conquista romana de Hispania que, en líneas generales, se revela menos intensa en comparación con la situación conocida para la Citerior y que en estos momentos parece estar exclusivamente relacionada con el desplazamiento de itálicos a la Península. El mismo planteamiento sigue en el capítulo 6 (pp. 253-300) a la hora de evaluar la creciente hegemonía de los vinos itálicos (Dressel 1 y Lamboglia 2) en los mercados surhispanos a partir de la caída de Numancia, así como la presencia desigual de otras mercancías importadas (vinos ebusitanos, aceite apulo y tripolitano), siempre en relación con los productos de fabricación autóctona. De gran interés nos parecen las hipótesis que se plantean a partir del reparto desigual de los caldos tirrénicos respecto a los adriáticos, y el relativo protagonismo que alcanzan estos últimos (ánforas Lamboglia 2) en determinados puntos del territorio: en primer lugar la delimitación de dos grandes áreas de influencia comercial en el suroeste y en el sureste respectivamente ligadas a los grandes puertos de Gades y Carthago Nova; en segundo lugar, la posible relación de su creciente comercialización en el sur de Hispania durante el segundo y tercer cuarto del siglo i a. C. con los intereses de C. Pompeyo Magno y sus redes clientelares. Si durante los apartados anteriores el autor ha ido poniendo de relieve la continuidad productiva y comercial de las industrias preexistentes que, lejos de perder su vitalidad, se benefician de su entrada en la órbita romana (siendo paradigmático el caso la bahía de Cádiz), en el capítulo 7 (pp. 301-336) se detiene a examinar en profundidad el diferente grado de protagonismo alcanzado por los distintos focos productores del sur peninsular: bahía de Cádiz, valle del Guadalquivir, bahía de Algeciras y litoral malacitano. Las pastas cerámicas de las ánforas constituyen la base analítica para establecer las microrregiones de procedencia de los materiales estudiados, realizando por primera vez un análisis comparativo del alcance comercial de cada una de dichas producciones entre finales del siglo iii a. C. y el cambio de Era, y visibilizando una realidad mucho más compleja de la que habitualmente se refleja en las publicaciones especializadas. Destaca como novedad el elevado volumen de producción de ánforas detectado en el entorno de Málaga. A la luz de los nuevos datos recabados durante su trabajo de campo, propone el autor un ensayo de caracterización de las producciones malacitanas en el apartado 7.3 (pp. 318-326), siendo esta, Archivo Español de Arqueología 2018, 91, págs. 305-314 ISSN: 0066 6742 a nuestro juicio, otra de las aportaciones fundamentales de la investigación de D. Mateo. El capítulo 8 (pp. 337-360) ofrece una aproximación a la cuestión de la jerarquización de puertos en el periodo tardorrepublicano. Después de realizar una revisión bibliográfica sobre las principales rutas de navegación marítima y fluvial, intenta trazar las líneas de conexión entre los grandes puertos de la Ulterior, los puertos secundarios y sus redes de distribución hacia el interior, contrastando la información de las fuentes literarias con el registro anfórico. El patrón de distribución de las ánforas tripolitanas antiguas conduce al autor a refrendar la conexión de Málaga con la cuenca minera cordobesa en época tardorrepublicana, y su más que plausible papel como puerto principal que canalizaría la salida de los metales de Sierra Morena, así como el aprovisionamiento de productos importados a la zona. En el capítulo 9 (pp. 361-406) retoma el hilo argumental de la importación diferencial de productos entre el principado de Augusto y mediados del siglo ii d. C., un periodo crucial, marcado por el cambio de sentido de las relaciones centro-periferia y la eclosión productiva de las provincias, especialmente de la Bética, cuyas raíces explica el autor remontándose de nuevo al periodo republicano. Examina en primer lugar el consumo del vino en la Bética y en la Lusitania, subrayando la importancia del vino bético, en su opinión comercializado preferentemente en ánforas Haltern 70, en comparación con el resto de ánforas vinarias documentadas (tarraconenses, lusitanas, galas, orientales). En último lugar tratará la distribución del aceite bético (ánforas Dressel 20) y de las salsas y salazones de la industria pesquera de la Bética (ánforas de la familia de las Dressel 7/11 y Beltrán II A y B) y de la Lusitania (ovoides lusitanas y Dressel 14), evaluando su distinto alcance comercial y rutas de comercialización preferentes. El libro finaliza con unas breves conclusiones (capítulo 10, pp. 407-412), un nutrido apartado de bibliografía, un anexo de láminas con la representación gráfica de las ánforas, y una serie de índices temáticos y de figuras. Un detalle que debemos comentar respecto a las ilustraciones es la falta de una clave de lectura que facilite la comprensión del nombre codificado de los yacimientos en las siglas de los dibujos pues, al estar organizadas las láminas por tipos de ánforas, resulta difícil relacionar cada pieza dibujada con su respectivo contexto arqueológico de un primer vistazo. Echamos de menos también el magnífico y útil capítulo dedicado a la caracterización macroscópica y arqueométrica de todas las producciones cerámicas identificadas, presente en la versión original de la Tesis y no incluido en la edición que se reseña, entendemos, por imperativos de espacio, a cuya publicación digital, no obstante, remite el autor en las referencias bibliográficas. La síntesis aquí esbozada no hace verdadera justicia en toda su dimensión a la multitud de cuestiones que son consideradas a tenor del estudio de las ánforas. Son muchos los puntos fuertes de la obra de D. Mateo, entre los que nos gustaría destacar los siguientes: 1) la originalidad del enfoque, al considerar la Ulterior desde el punto de vista de la demanda y recepción de alimentos, al tratarse de una región, como es sabido, con una profusa tradición de estudios anfóricos centrados preferentemente en la producción y exportación de sus productos; 2) el gran esfuerzo metodológico que supone gestionar una muestra material tan numerosa y homogeneizar una abrumadora cantidad de datos muy dispares, tanto inéditos como publicados, elevando además la fiabilidad estadística del estudio mediante la aplicación de correctores matemáticos; 3) el exhaustivo conocimiento de las producciones cerámicas, que le permite detectar con gran precisión las fluctuaciones comerciales ligadas a procesos históricos concretos, además de adentrarse en aspectos fundamentales del estudio de las ánforas como los fenómenos de imitación y reproducción de modelos, y visibilizar producciones poco conocidas hasta el momento (como las de Málaga o la Bahía de Algeciras). Se trata, en definitiva, de un trabajo serio y riguroso, de gran interés no solo por la abundancia de datos inéditos que aporta, sino por la profundidad de análisis y la variedad de temas transversales sobre los que reflexiona.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). La fundación arcaica de Gadir. La construcción historiográfica de una ciudad ¿real o inventada? * Gadir archaic foundation. Ana M.a Niveau de Villedary y Mariñas 1 Departamento de Historia, Geografía y Filosofía. Aquí está la ciudad de Gadir, [... ] ciudad grande y opulenta en tiempos antiguos; ahora es pobre, ahora pequeña, ahora abandonada, ahora un montón de ruinas. Avieno, O. M., 269-272 RESUMEN La investigación de la antigua ciudad fenicia de Gadir ha estado condicionada históricamente por la falta de evidencias materiales urbanas, lo que ha propiciado que durante siglos se fijara una imagen en extremo idealizada de la ciudad basada en la lectura acrítica de los testimonios literarios y su (re) interpretación por la historiografía posterior. El panorama cambia a raíz del hallazgo de materiales, contextos y secuencias estratigráficas de época arcaica que permiten la reconstrucción de lo que hubo de ser la ciudad fenicia a partir de la evidencia científica y no desde el anhelo de lo "imaginado". A pesar de ello la tendencia a recrear una ciudad más deseada que real se mantiene aún viva entre ciertos sectores, a los que les cuesta renunciar a esta secular "tradición inventada", entendida esta en los términos acuñados por Hobsbawm. 1 * Este trabajo ha sido realizado gracias a una estancia de investigación en la Universidad de Oxford entre los meses de febrero y abril de 2017 dentro del Programa "Salvador de Madariaga" del Plan Estatal de Investigación Científica, Técnica e Innovadora (2013)(2014)(2015)(2016) del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, y se inscribe en el marco de actuación del Grupo de Investigación HUM-509 del PAIDI (PHOENIX MEDITERRA-NEA. Protohistoria de Andalucía Occidental) y del Campus Internacional de Excelencia del Mar (CEIMar). Hace tiempo que acostumbro a comenzar los trabajos de corte historiográfico reivindicando la figura de Juan Ramón Ramírez Delgado, historiador y arqueólogo, investigador curioso, pionero, profundo conocedor de la historia y de la historiografía de la ciudad, de sus entresijos y de su intrahistoria, persona en extremo amable y locuaz, siempre dispuesto a compartir su sabiduría y, no obstante, tan olvidado en el mundo científico y académico. Su obra "Los primitivos núcleos de asentamiento de la ciudad de Cádiz", publicado por el Consistorio gaditano en 1982, debía ser libro de cabecera para todos 1. LA IMAGEN MÍTICA DE GADIR COMO CONSTRUCTO HISTORIOGRÁFICO Según la tradición, Gadir fue fundada por los fenicios de Tiro 80 años después de la caída de Troya (ca. C.) en el lugar donde hoy se sitúa la actual ciudad de Cádiz (suroeste de España, latitud: 36o32 '01''N, longitud: 06o17 '58''W), en el extremo occidente del Mediterráneo (Veleyo Paterculo, Hist. La leyenda de la fundación que recoge Estrabón (III, 5, 5) da buena fe de la gran antigüedad que para los habitantes de la propia ciudad tendría no solo esta, sino también el templo dedicado a Melqart, levantado al mismo tiempo por los tirios en el extremo sur del archipiélago original (Fig. 2). Una idea, la de la dualidad ciudad-templo, que permanece inmutable en el tiempo y que ha contribuido a fijar la localización de ambos en los lugares tradicionales: al norte la ciudad, en los alrededores del punto topográfico más alto de la misma (donde se ubica el Palacio de los Marqueses de Recaño-Torre Tavira) y en el extremo meridional el templo, en los alrededores del actual islote de Sancti Petri, respectivamente. En cuanto a la antigua topografía, los autores clásicos coinciden en describir un archipiélago. Según Plinio (HN IV,36,120), la ciudad fenicia se encontraba en la isla pequeña (llamada Erytheia, Afrodisias o isla de Iuno), situada al norte y consagrada a Venus Marina (Avieno, OM, 319-317), posiblemente la fenicia Astarté. Separada por una lengua de mar se encuentra la isla mayor, de forma alargada, llamada Kotinoussa por Timeo (Plinio, HN,IV,4,(119)(120). En esta isla se levantaron los templos dedicados a Kronos (en origen Baal-Hammón) en el extremo norte y a Herakles (el fenicio Melqart) en el sur. Ante la falta de espacio, la ciudad se extiende en época romana a la isla mayor que, en cualquier caso y siempre siguiendo a Estrabón, nunca debió ser de dimensiones considerables, si tenemos en cuenta que el propio geográfo griego se hace eco de las reducidas dimensiones del orbe, incluso después de la ampliación de Balbo (Estrabón III, 5, 3). El análisis crítico de las (escasas y sesgadas) noticias sobre los orígenes y la situación de la ciudad fenicia pone de relieve la falta de atención que los escritores griegos prestaron a la realidad del Extremo Occidente, que entienden como un territorio límite que solo interesa como parte de una estrategia de mitificación que convierte todos los confines del mundo conocido en territorios ignotos, poblados por seres mitológicos y Figura 1. Localización de la ciudad de Cádiz (España) (© autora, a partir de Google Earth). Paleotopografía de la bahía de Cádiz en época fenicia, con identificación de las islas citadas por las fuentes escritas (Erytheia, Koutinoussa y Antipolis), los templos (Afrodita/ Venus Marina/Astarte, Baal-Hammon/Kronion, Melqart/ Herakleion), el núcleo urbano insular (Gadir) y los asentamientos continentales (Castillo de Doña Blanca, El Puerto de Santa María y Cerro del Castillo, Chiclana de la Frontera) (© autora). Un escenario propicio para situar algunas de las hazañas de Herakles, el héroe colonizador por antonomasia (Fernández Camacho 2015), característica esta que le lleva, en muchas ocasiones, a sincretizarse de forma casi automática con la divinidad fenicia. La importancia de la ciudad que reflejan las fuentes clásicas pervive desdibujada (y manipulada según los intereses de cada época) 2 en la tradición literaria posterior (Fernández Camacho 2016). Los autores de época moderna y contemporánea (entre los que cabe destacar a Agustín de Horozco, Juan Bautista Suárez de Salazar, Fray Jerónimo de la Concepción, Adolfo de Castro y, más recientemente, a Adolf Schulten, César Pemán o Antonio García y Bellido) se hacen eco tanto del origen fenicio de la ciudad como de la grandeza 2 El tratamiento que los historiadores medievales y modernos hacen de la Gadir fenicia bascula entre dos extremos no siempre reconciliables: el prestigio que le confiere ser "la ciudad más antigua de Occidente", por una parte, y la valoración negativa de sus "protagonistas": fenicios y cartagineses, por otra (Fernández Camacho 2016). No existe unanimidad y sí en cambio numerosas inexactitudes en relación con la configuración del antiguo archipiélago, los nombres que reciben las islas, sus dimensiones y la propia situación de las mismas; fruto de la profunda transformación sufrida por el espacio físico durante este tiempo y de la casi absoluta pérdida de vestigios arqueológicos monumentales por la ocupación continuada del solar urbano a través de los siglos. En estas primeras etapas historiográficas los hallazgos arqueológicos son de carácter fortuito y aislados (Ramírez Delgado 1982: 100, n. 120) y lejos de clarificar el panorama no hacen más que contribuir a su confusión, al atribuirse a época fenicia restos de naturaleza romana e, incluso, posteriores. Desde momentos tempranos se afianza en el imaginario colectivo la creencia de la antigüedad de la ciudad, su origen trimilenario, la filiación fenicia y su esencia de cuna de la civilización en Occidente (Delgado 2008: 385; Niveau de Villedary 2010: 630), hasta el punto que el escudo de la villa incorpora como motivo central al dios Herakles-Hércules (identidades clásicas del fenicio Melqart) sosteniendo las dos columnas que representan las puertas de Occidente (Fig. 3). Este empeño en sancionar un origen lejano y Figura 3. Escudo de la actual ciudad de Cádiz (España). Hércules acompañado por dos leones y por las columnas que simbolizan el Estrecho de Gibraltar, con la leyenda "Non plus ultra" (No más allá) y el lema "Hercules Fundator Gadium Dominatorque " ("Hércules dominador y fundador de Cádiz") (recuperado de: https://es.wikipedia.org/wiki/Cádiz). prestigioso, tan arraigado como vago, ha perdurado en el tiempo impregnando a la ciudad y a sus habitantes de un a veces mal entendido orgullo histórico que, en ocasiones, llega a ser chovinista 3; aunque, por otra 3 Defender la existencia de procesiones náuticas en honor a Isis a partir de las terracotas de procedencia subacuática halladas en los alrededores de la Punta del Nao, es de por sí aventurado, pero considerar estas como "la constatación de que en Cádiz se celebraba ya el carnaval en el s. VI a. (Abad y Corzo 2017: 95), la fiesta gaditana por antonomasia en la actualidad, aunque sugerente, es una afirmación presentista y forzada que no se ajusta a la realidad. Pese a ello ilustra a la perfección esa búsqueda de los orígenes de la ciudad y sus costumbres en un pasado remoto (y, en consecuencia, prestigioso) de la que venimos hablando. parte, en la cara positiva ha favorecido el interés de la ciudadanía por los restos arqueológicos de la ciudad, por su preservación (salvo en épocas puntuales, donde prevalecieron otros intereses bajo el «boom» constructivo), por su conocimiento y estudio y por su puesta en valor; asumiendo como propia la historia de la ciudad (Abad y Corzo 2017: 89). En este proceso de "invención de la tradición" (Hobsbawn y Ranger 2002) las piezas fenicias más representativas se han llegado a convertir en símbolos reconocidos (y reconocibles) de la ciudad. Es el caso de los sarcófagos antropoides, el capitel protoeólico, las terracotas halladas bajo las aguas de La Caleta o los bronces procedentes de Sancti Petri, entre otros (Fig. 4, Apéndice I). Los trabajos se centran extramuros de la ciudad, hacia ambas vertientes de los glacis de la muralla moderna: la que se abre al Atlántico (Playa de los Corrales o de las Mujeres) por el oeste y la orientada hacia la bahía al este. En ambos casos se trata de zonas muy modificadas en la actualidad, aunque tienen en común su uso funerario en la Antigüedad. En el frente abierto al océano la fuerte erosión marina es también la responsable de la aparición fortuita de un buen número de estructuras funerarias, Figura 5. Imagen del sarcófago fenicio masculino descubierto en 1887 en las antiguas dependencias del Museo Arqueológico (fotografía Museo de Cádiz). algunas de las cuales fueron intervenidas "de urgencia" en el momento de su aparición, cuando quedaron descubiertas (y en parte destruidas) por la acción del mar (Ramírez Delgado 1982: 174-176). En la vertiente orientada hacia la bahía el fenómeno es el contrario, ya que se trata de un área ganada al mar a mediados del s. XX mediante aportes antrópicos, que ha dejado la antigua línea de costa bastante retranqueada en relación con la actual, si bien los hallazgos son también de naturaleza funeraria. Esta intensa actividad arqueológica se interrumpe a causa de la guerra civil española y, salvo intervenciones aisladas (Jiménez Cisneros 1971), no se reanuda hasta la década de los ochenta, con la consiguiente pérdida de información, que se agrava al tratarse de un periodo de gran auge urbanístico. Sirvan de ejemplo las palabras de M. J. Jiménez Cisneros, a la sazón comisaria local de Arqueología, que se lamenta que "la mayor parte de las veces estos hallazgos se han producido de una manera fortuita, en los cimientos de edificaciones, y estos se han procurado ocultar por los encargados de dichas obras" (1971: 40). El hecho de que las intervenciones arqueológicos de esos años se programen en la parte moderna de la ciudad permite sacar a la luz buena parte de los cementerios fenicio-púnicos y romanos pero no aporta información destacable sobre la ubicación y características de la antigua ciudad4 que, según las noticias clásicas y la tradición, se sitúa al norte, intramuros de la ciudad moderna. La razón principal de esta elección debe buscarse en que la zona extramuros es en esos momentos el área de expansión natural de la ciudad, caracterizada por un poblamiento disperso compuesto por fincas de recreos y huertos a ambos lados del camino que recorre el istmo que une la ciudad de Cádiz con la vecina población de San Fernando, y algunos barrios constituidos por casitas bajas alrededor de iglesias y del cementerio (San Severiano y San José). Completan el paisaje diversas instalaciones industriales y militares, como la fábrica de torpedos y algunas bodegas junto a la Segunda Aguada, llamada así porque era donde se facilitaba el descanso de los animales durante el transporte y trasiego; una zona que, en aquellos momentos, se situaba en plena línea de costa (Fig. 6). Se trata también de un momento de intensa actividad constructiva, que modifica de manera sustancial el paisaje anterior mediante desmontes y rellenos para acondicionar el terreno a los nuevos servicios (el tendido del ferrocarril moderno, la construcción de los nuevos astilleros Vea Murgía, etc.). En el curso de los trabajos de desmontes para la construcción de la Exposición Marítima Nacional de 1887, es cuando aparece el ya mencionado sarcófago masculino en la llamada Punta de la Vaca (Fig. 7). Por el contrario, la ciudad intramuros se muestra como un espacio de reducidas dimensiones, rodeada por el mar, intensamente habitada y construida, con una ocupación histórica sin solución de continuidad desde la Antigüedad, cuya única posibilidad de expansión, además de en altura, es el citado istmo. Por tanto, los escasos hallazgos arqueológicos, nunca planificados, proceden de algunos solares de dimensiones medias que se reurbanizan: caso del Teatro Falla, el centro comercial donde se ubicaron los antiguos almacenes "Simago" y el edificio de la Central Teléfonica, entre otros. Si en el primero los hallazgos son de posible datación romana y funcionalidad industrial (Ramírez Delgado 1982: 123-124), el limo aparecido en la cimentación del edifico de los almacenes "Simago" fue uno de los puntales sobre los que se gestó la hipótesis de la existencia del canal que en época antigua atravesaba la ciudad (Ponce 2000), dividiendo el actual casco urbano y dando valor al testimonio de los escritores antiguos en su descripción del archipiélago original, formado, al menos, por dos islas habitadas. Por último, la construcción de la Central Telefónica en 1928 sacó a la luz la famosa figurilla conservada en el MAN (Fig. 8), asociada a algunos restos constructivos que, aunque hechos desaparecer rápidamente, quedaron recogidos de forma documental (que no gráfica) por los eruditos de la época (Ramírez Delgado 1982: 102-104, n. El hallazgo retoma con fuerza la Figura 8. Figurilla de bronce con máscara de oro del dios Ptah hallado en 1928 en la Central Telefónica (c/ Ancha no 28, Cádiz) (fotografía Arantxa Boyero Lirón, MAN, No Inventario: 31920). primitiva hipótesis de la situación de la fundación fenicia en el casco histórico de la ciudad, que ante la ausencia de evidencias había sido desplazada, poco a poco, por la creencia que la antigua ciudad se debió situar en la zona más próxima al frente abierto al océano y, por tanto, destruida por el embate marino, por lo que sus ruinas se hallarían bajo las aguas. Vista del puerto de Cádiz desde la Punta de la Vaca. Museo Británico, Londres) (cortesía de Juan Ramón Ramírez Delgado). EL "MODELO CLÁSICO" DE INTERPETACIÓN DE LA CIUDAD FENICIA En 1976 se publica en la prensa local una interesante propuesta firmada por Francisco Ponce Cordones5, que propone la existencia de un paleocauce del río Guadalete -el conocido como "canal Bahía-Caleta", rebautizado recientemente como "Canal de Ponce" en honor a su descubridor-que dividiría en dos el actual casco histórico de la ciudad (Ponce 2000: 905). La hipótesis es rápidamente aceptada por otros investigadores (Juan Ramón Ramírez Delgado y Ramón Corzo en un primer momento y, años después, Oswaldo Arteaga al frente de un equipo multidisciplinar) que la completan y desarrollan, dando lugar a una nueva etapa historiográfica en la que se avanza de forma significativa tanto en la identificación de las islas citadas por las fuentes como en las propuestas concretas de localización del antiguo asentamiento fenicio. La existencia de una isla menor y una mayor adquieren así sentido. Mientras que el terreno situado al norte del canal se identifica con Erytheia, la menor de las islas, donde tendría lugar la fundación tiria, la que queda al sur, de mayor tamaño, se correspondería con la Kotinoussa citada por Timeo y Plinio, en cuyo extremo meridional se levanta el templo dedicado a Melqart. La configuración del antiguo archipiélago se completa con una tercera isla -Antípolis-identificada con la moderna Isla de León, donde se asienta la actual población de San Fernando. Si bien actualmente se pone en duda que el carácter insular de ésta perviviera en tiempos históricos (Frutos y Muñoz 2004a: 27), en los que el paisaje dominante, cambiante y en continua evolu-tra historia más remota. En primer lugar, hay que considerar que seguimos sin poseer aún una confirmación directa y fehaciente de su propugnado origen trimilenario. En segundo lugar, es de destacar la falta casi absoluta de restos urbanos (excluidas, por tanto, las necrópolis) no solo de la etapa fenicio-púnica, sino también de la fase romana. Es este último problema, precisamente, el que se pretende analizar en este trabajo" (1982: 13). Se trata de una etapa historiográfica definida, más que por la actividad arqueológica propiamente dicha, por la intensificación del eterno debate sobre la antigua ciudad en ámbitos académicos y científicos. De un lado, y en sintonía con el panorama general de aquellos años (López Castro 1992), se discute sobre la cronología de la fundación de la colonia de Gadir, en el renovado intento de superar el desfase temporal entre los cómputos extraídos de las fuentes escritas y los hallazgos arqueológicos, en el contexto de lo que en aquellos momentos se definió como "precolonización". Por otra parte, la ausencia de restos en el subsuelo gaditano quedaba compensada por los espectaculares hallazgos que en esos momentos tenían lugar en la orilla continental, en el yacimiento del Castillo de Doña Blanca (El Puerto de Santa María, Cádiz) (Fig. 10), que su excavador interpretaba, tras algunas dudas iniciales, como el reflejo en tierra firme de la ciudad fenicia extremo-occidental (Ruiz Mata y Pérez 1995). A pesar de la potente estratigrafía del sitio, Figura 10. Vista área del yacimiento del Castillo de Doña Blanca (El Puerto de Santa Maria, Cádiz) (fotografía cortesía de José Ignacio Delgado Poullet). con más de 9 metros de secuencia ocupacional ininterrumpida, los niveles fundacionales -como ocurría en otros yacimientos fenicios de la costa mediterránea peninsular (Prados 2007)-no permitían sostener fechas más antiguas para el establecimiento de las poblaciones orientales en el sitio que comienzos del s. VIII a. C. 6El descubrimiento de Doña Blanca reactiva la búsqueda de la ciudad insular y se retoman con fuerza las antiguas teorías sobre las posibles ubicaciones de la misma. Sin embargo, las particularidades que presenta Cádiz -comunes a la mayoría de las ciudades históricas-, con un casco urbano permanente e intensamente urbanizado y habitado, con edificios de pequeñas dimensiones y escasa cimentación que se sostienen por las medianeras de los colindantes etc., no facilitaban las intervenciones arqueológicas en los solares en caso de derribo de alguno. La protección a la que se sometió desde momentos tempranos el caserío gaditano 7 -salvo contadas excepciones-, reflejada en momentos más recientes en la redacción de los sucesivos PGOUs de la ciudad, tampoco ha contribuido a la excavación sistemática del subsuelo, salvo pequeños sondeos que, por motivos de seguridad, pocas veces han agotado la po-tencia estratigráfica o alcanzado el suelo natural, sobre todo en las cotas topográficas más altas, que son, por ende, los sitios donde con más afán se ha buscado tradicionalmente la ciudad fenicia. En este panorama, la discusión sobre la ubicación de la ciudad queda restringida al terreno de las probabilidades y no deja de ser tremendamente especulativa, como ya hemos señalado en otras ocasiones (Niveau de Villedary 2010 y e. p.). Siguiendo a Juan Antonio Fierro, Juan Ramón Ramírez Delgado (1982: 63) se decanta por situar el lugar de asiento del Gadir fenicio-púnico en la isla de Erytheia, en el punto topográfico más alto de la ciudad actual (Fig. 11, 1), bajo la conocida como Torre Tavira, la torre vigía perteneciente a la Casa-Palacio de los Marqueses de Recaño, a unos 14 m sobre el actual nivel del mar (Ramírez Delgado1982: 85). Ramón Corzo coincide con él en el reducido tamaño de la ciudad y también ubica en la isla menor la primitiva fundación tiria, que identifica con el Arx Gerions. Inicialmente, Corzo propone que en el punto más elevado, el correspondiente con la Torre Tavira, se levantara el templo a Astarté y no la ciudad; y sitúa el Kronion en la Catedral Vieja (Corzo 1980: 7) (Fig. 11, 2). La ciudad "pequeña" y "original" de Es- Disintiendo de la opinión generalizada que sintetiza el artículo de Escacena, Antonio Álvarez (1992), en otra vuelta de tuerca, intensifica el debate con una nueva interpretación de los datos textuales y de la información arqueológica más reciente en aquellos momentos y pasa a situar la antigua ciudad al otro lado del canal Bahía-Caleta, en el actual Barrio de Santa María, en terrenos de la isla meridional identificada con Kotinoussa (Fig. 11, 4). Según su razonamiento la isla pequeña estaría consagrada a Astarté (retomando la idea original de Corzo) y la ciudad habría que buscarla en el punto topográfico más alto de la otra isla, bajo la posterior ciudad romana (Álvarez 1992: 22). En su hipótesis Álvarez se apoya en los posibles hallazgos de carácter fenicio que tuvieron lugar en torno a los años 90 en un solar de la c/ Concepción Arenal (Niveau de Villedary e. p.). No obstante, la asociación del conjunto cerámico con unas estructuras constructivas de tapial y posibles pavimentos muy mal conservados (Muñoz 1995(Muñoz -1996: 80, fig.: 80, fig. 3) nunca ha quedado lo suficientemente clara. Tampoco la amplitud cronológica del elenco material8 se ha considerado, por su parte, un argumento con el suficiente peso a la hora de situar en esta zona la primitiva fundación fenicia. A la problemática cronológica se une la espacial-funcional, toda vez que en el solar colindante salió a la luz un sector de la necrópolis de finales del s. VII -s. En cualquier caso, y fuera cual fuera su funcionalidad, el hallazgo de estructuras y materiales fenicios en esta zona no hace sino redundar en la consabida presencia fenicia desde tiempos arcaicos en la bahía y archipiélago gaditanos. A Álvarez corresponde el mérito de plantear por vez primera el cegamiento parcial del canal en tiempos prerromanos 9, años antes de que lo hiciera Arteaga. La reconstrucción teórica sugerida por Antonio Álvarez nos parece más probable que la que años después planteara Oswaldo En esa misma década se formulan algunas propuestas que no han tenido igual eco en la investigación pero que conviene comentar siquiera brevemente, pues se anticipan al cambio de paradigma que trae el nuevo milenio. La primera de ellas viene de la mano de Antonio Caro. Este investigador no se muestra partidario de la existencia de un canal interior (Caro 1990(Caro -1991: 106-107: 106-107) pero, sin embargo, y ahí radica la importancia del estudio, se adelanta al propio excavador del yacimiento portuense cuando propone que "Gadir (en referencia al enclave insular) y Doña Blanca deben ser considerados como un conjunto, como un solo núcleo" (Caro 1990(Caro -1991: 110): 110). Aunque hace una diferenciación en la composición de la población: "orientales puros" en la Gadir insular y una población mixta formada por fenicios y tartesios en el enclave continental. Retomando esta idea, Juan Antonio Fierro (1995: 106-107) plantea Arteaga tras la campaña de sondeos arqueogeológicos llevados a cabo por la Universidad de Bremen (vid. nota 14). Ambos autores reconstruyen un trazado ideal y esquemático, pero mientras que Arteaga sitúa el cegamiento en las proximidades de la salida del brazo de mar al océano (a la altura de la actual playa de La Caleta o sus proximidades), para Álvarez este tendría lugar en un punto central del recorrido, frente a la Torre Tavira; lo que resulta más probable si tenemos en cuenta tanto las circunstancias naturales (el régimen de mareas, vientos y otros) como los condicionantes antrópicos (el propio tráfico portuario, la evacuación de residuos urbanos e industriales, etc.). poco después que Gadir sea una "ciudad dual": insular y continental. A efectos de la reconstrucción del paisaje fenicio, el último hito destacado en estos momentos viene dado por las nuevas investigaciones geológicas llevadas a cabo en torno al trazado y naturaleza del canal Bahía-Caleta. Las perforaciones geoarqueológicas realizadas por un equipo de la Universidad de Bremen en el casco urbano de Cádiz permiten a Oswaldo Arteaga proponer la existencia de un puerto interior, que sitúa en la actual Plaza de la Catedral y que identifica con el puerto fenicio (Arteaga y Roos 2002: 26). En cuanto al trazado del canal plantea la existencia de distintos ramales delimitados por un pequeño "islote", que precipitaría la colmatación del curso de agua ya en época fenicia y que daría lugar a la existencia de dos puertos exteriores (Arteaga y Roos 2002: 28): uno situado en la Caleta, en mar abierto y otro en la bahía, donde se encuentra el muelle actual. Este último puerto, de funcionalidad comercial, quedaría conectado con el kothon o puerto interior identificado en la Plaza de la Catedral (Fig. 11, 5). No obstante, en la representación gráfica que acompaña al texto no queda claro el punto exacto por el que el canal se estrecha hasta terminar cegándose. En el croquis se observa que, en efecto, el pequeño islote situado cerca de la vertiente interior del canal (la que se abre a la bahía) pero, sin embargo, el defendido cierre se sitúa (sin que adivine- mos la razón) sobre la actual playa de La Caleta (Arteaga y Roos 2002: 38; fig. 2), zona abierta al mar aún en la actualidad, que continúa utilizándose como fondeadero de pequeñas embarcaciones de pesca. También resulta algo confusa la reconstrucción del trazado de las antiguas islas, pues no se ajusta a la paleogeografía de las mismas (sobre todo en la zona que limita con la bahía), habida cuenta que la primitiva línea de costa se retranquea al menos 300-375 metros de la actual, que es el resultado de aportes y rellenos realizados en pleno s. XX para ganar terreno al mar. A pesar de estos aspectos problemáticos, la interpretación de Arteaga es rápidamente aceptada, sin demasiada crítica, por una amplia mayoría de investigadores, aunque no es compartida por todos. En este sentido hay que mencionar los estudios de un equipo de geólogos de la Universidad de Cádiz, en colaboración con miembros del Centro de Arqueología Subacuática que, a partir del análisis de estratigrafías sísmicas y secuenciales sobre perfiles sísmicos de alta resolución, siguen manteniendo que el canal Bahía-Caleta constituye el resto fosilizado de un paleocauce del río Guadalete (Llave et alii 1999: 43) y no un estrecho formado entre dos islas por efectos de la inundación de los paleosuelos del paisaje plioceno-pleistoceno como proponían Arteaga y su equipo (Arteaga y Roos 2002: 27). El curso de agua, además, continuaría abierto y navegable a comienzos del primer milenio (Llave et alii 1999: 46; fig. 4), aunque empieza a estrecharse y a perder calado en su segunda mitad (Muñoz 1995(Muñoz -1996: 79): 79) Por tanto, ambas interpretaciones (canal cegado en época fenicia o aún practicable durante estos momentos) incidirán directamente en las diferentes interpretaciones que se hagan a partir de estos momentos sobre el paisaje fenicio y la topografía de la antigua ciudad. 10 De hecho, en la recreación de la evolución del paisaje que se proyecta en la musealización del Teatro Cómico (bajo el nombre genérico de «Yacimiento Gadir»), se representa el canal abierto y navegable hasta época romana (Vid. 11 Manifiestamente a favor de la navegabilidad del canal en momentos prerromanos se muestra Juan Miguel Pajuelo en su estudio inédito: "El segundo puente romano de Cádiz" (2017). Agradecemos al autor la consulta del trabajo, así como sus comentarios y aclaraciones. El paisaje insular no puede entenderse sin el hinterland continental (Botto 2014a). Desde un momento temprano se levantan en tierra firme, al menos, dos grandes asentamientos. El Castillo de Doña Blanca (El Puerto de Santa María, Cádiz), situado junto a la desembocadura del Guadalete, puede considerarse el gran establecimiento y puerto fenicio continental, siguiendo el modelo dual isla-costa de la ciudad de Tiro (Ruiz Mata 2016: 314), el esquema seguido en la mayor parte de las fundaciones fenicias a lo largo del Mediterráneo (Prados 2007). Se trata de un asentamiento de características urbanas, amurallado y con una arquitectura oriental desde su mismo origen a comienzos del s. VIII a. Más al sur, y quizás algo posterior en el tiempo (con los datos disponibles hasta el momento), se localiza el yacimiento del Cerro del Castillo, emplazado en la zona alta del casco urbano de la actual población de Chiclana de la Frontera (Bueno 2014). El asentamiento, amurallado desde al menos el s. VII a. C., se sitúa en tierra firme, junto a la antigua desembocadura del río Iro y frente a la ubicación tradicional del templo de Melqart (Fig. 12). Una posición estratégica que permite controlar, de manera tanto efectiva como simbólica, el límite meridional del territorio de Gadir. En cualquier caso, no hay que perder de vista que tanto el paisaje como el modelo de asentamiento son cambiantes y dinámicos y se muestran en continua transformación, por lo que en cualquier análisis que se acometa hay que tener en cuenta el factor tiempo y evitar una imagen fija (y, por tanto, sesgada y, en consecuencia, irreal) de lo que hubo de ser Gadir a lo largo de su historia. EL CAMBIO DE PARADIGMA Y LA CRÍTICA AL MODELO TRADICIONAL: EL "MODELO DE ASENTAMIENTO POLINUCLEAR O LA CIUDAD PLURAL" El descubrimiento y excavación del yacimiento del Castillo de Doña Blanca supuso el reconocimiento del rápido e intenso impacto que la llegada de los fenicios tuvo en la población local (Ruiz Mata y Pérez 1995: 126). El asentamiento se interpreta en un primer momento como un poblado indígena rápidamente aculturado (Ruiz Mata 1999: 310-311) para, a continuación, pasar a calificarse como un enclave mixto (que contaba con un "barrio fenicio") (Ruiz Mata 1999: 313, n. 28) y, finalmente, considerarse una ciudad fundada ex novo con características netamente orientales desde sus orígenes (Ruiz Mata y Pérez 1995). A partir de entonces se integra plenamente dentro del discurso explicativo global del poblamiento fenicio de la bahía de Cádiz hasta que su excavador, en un artículo publicado a fines del milenio (Ruiz Mata 1999), propone una interesante hipótesis que abre una nueva etapa en la historia de la investigación sobre Gadir. A partir de los precedentes -si bien tímidos-analizados en el punto anterior, Diego Ruiz Mata plantea abiertamente la posibilidad de que el núcleo fundacional fenicio no se hallara bajo la actual ciudad de Cádiz, sino al otro lado de la bahía, en el yacimiento del Castillo de Doña Blanca, situado en tierra firme junto a la antigua desembocadura del río Guadalete (Ruiz desaforado que desataron algunos de los primeros descubrimientos realizados en el solar del antiguo Teatro Cómico, al anunciarse (vía conferencia de prensa) el hallazgo de parte de la muralla fenicia de la ciudad 14 (Niveau de Villedary 2010: 623-624, n. 23), noticia que los propios arqueólogos responsables de la excavación se vieron obligados a desmentir el día después 15. En suma, se puede afirmar que en esos momentos ninguna de las dos posturas contaba con argumentos definitivos a la hora de zanjar la cuestión de la ubicación de la antigua fundación tiria. Desde las posiciones más tradicionales se seguía defendiendo a toda costa que la ciudad antigua se encontraba bajo la actual, apelando a razones históricas (continuidad nominal y topográfica) y a las (pocas) evidencias materiales disponibles por entonces, que se forzaban para hacerlas encajar en el esquema prefijado. Junto a estas, las nuevas teorías representadas por la postura de Diego Ruiz Mata, que ponía en duda el hasta entonces incuestionable axioma, fundamentaban su argumentación en la existencia de un asentamiento urbano amurallado con características orientales al otro lado de la bahía, frente a la ausencia de evidencias en territorio insular. Sin entrar en valorar la magnitud del registro continental, fuera de toda duda, hay que reconocer, no obstante, la debilidad de los argumentos ex silentio en relación al registro gaditano; y es que la ausencia de pruebas materiales objetivas conocidas no anula la existencia de estas, solo demuestra que por las causas que sean no se está en posesión de ellas (bien porque no existan o bien porque aún no hayan salido a la luz). En cualquier caso, lejos del ámbito local más tradicional, la hipótesis del modelo de poblamiento polinuclear en torno a la bahía de Cádiz caló pronto entre los investigadores que la asumieron con el entusiasmo de quien ve por fin una puerta abierta a lo que 14 En la portada del Diario de Cádiz del 9 de mayo de 2002 se desmentía la noticia con este titular: "La muralla 'fenicia' de Cádiz es de origen romano". En las páginas interiores (p. 51) se aclaraba: "Historia de un hallazgo de envergadura que nunca existió" y se abogaba por la prudencia y el rigor científico contra las interpretaciones apresuradas de lo que resultó ser una cisterna romana. La expectación levantada por los trabajos que se estaban desarrollando en el solar del Teatro Cómico era tal que ese mismo día el desmentido ocupaba hasta el editorial del citado periódico (Apéndice II). 15 Ante el cruce de acusaciones de los responsables políticos (Apéndice III), al día siguiente eran los propios directores de la excavación los que aprovechaban la plataforma que les brindaba la prensa local para realizar, según palabras textuales, "una serie de aclaraciones con respecto a los hallazgos de época fenicia" (Tribuna Libre, Diario de Cádiz, 10 mayo 2002) y zanjar definitivamente la polémica desde el ámbito científico del que nunca debió salir. En muchas ocasiones, y este es un buen ejemplo, la precipitación (movida por el deseo y la pasión) no es buena consejera a la hora de hacer historia, menos si esta es pretendidamente científica. durante siglos se había mostrado como un callejón sin salida. El nuevo modelo, frente a lo que en un primer momento se defendió en los círculos locales, no pretendía trasladar la fundación de la ciudad del territorio insular al continental, sino que proponía un nuevo patrón integral de ocupación del territorio más acorde tanto con la singularidad paleograográfica del entorno como con el modelo de asentamiento, explotación y relación con el mismo. Siguiendo su planteamiento, Diego Ruiz Mata (1999) considera que bajo el término Gadir quedan englobados todos los territorios, insulares y continentales, situados en torno a la bahía de Cádiz. Se trata de un patrón de asentamiento, polinuclear y funcionalmente disociado (con diferentes núcleos urbanos, centros religiosos, instalaciones industriales, necrópolis, etc.) que encuentra refrendo en la forma plural por la que los griegos denominan a la ciudad: Gadeira. Esta propuesta (con matices y variaciones) es aceptada en la actualidad por la gran mayoría de los investigadores (Sagona 2004 Es cierto que tras la localización del asentamiento primitivo bajo el solar de la ciudad de Cádiz en territorio insular (vid. infra), la hipótesis de Ruiz Mata no puede seguir defendiéndose punto por punto como fue formulada en su momento pero, aunque con matices y a tenor de los datos materiales y textuales, es factible seguir manteniendo la existencia de una ciudad polifuncional con distintos focos localizados en el entorno de la bahía de Cádiz, tanto en las islas como en tierra firme, con funciones diferenciadas (Ruiz Mata 1999, 2016 y 2018; Domínguez Monedero 2012 y, por último, Escacena 2018). Estaríamos ante un asentamiento polinuclear y multifuncional, desde un punto de vista tanto de la apropiación/ocupación del territorio como de la explotación de este y de las relaciones sociales que surgen en su seno y que se reflejarían no solo en los espacios habitacionales o productivos sino también en las áreas funerarias. LA (RE) CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDAD DESDE LOS DATOS OBJETIVOS Centrándonos exclusivamente en el territorio insular, las tentativas de reconstrucción de la secuencia histórica de Gadir desde una perspectiva arqueológica se sucedieron a partir de la intensificación de la actividad arqueológica en la ciudad (entre otros, Muñoz 1995(entre otros, Muñoz -1996;;Muñoz y Perdigones 2000; Frutos y Muñoz 2004b; Rodríguez 2008). Estos primeros trabajos tenían en común la aceptación sin discusión (la mayor parte de las veces de forma no consciente) del modelo explicativo vigente en esos momentos -el que hemos llamado "Modelo topográfico clásico de Gadir", sintetizado por Escacena (1985)-, y se limitaban a encajar los nuevos datos en el esquema (pre)fijado, con el objeto de intentar verificar a toda costa la existencia de la antigua ciudad bajo la actual, incluso forzando las interpretaciones en este afán. No es sino hasta el cambio de milenio cuando el descubrimiento, la excavación y la publicación de un importante número de contextos arcaicos han permitido esbozar el panorama de lo que hubo de ser el asentamiento primitivo de Gadir (o al menos parte de él) a partir de datos materiales objetivos y no desde el deseo o la intuición. Coincidiendo con el cambio generalizado de paradigma gracias a la identificación en diversos puntos del Mediterráneo de una fase de colonización inicial más antigua que la admitida hasta ese momento (López Castro e. p.), también en estos últimos años la investigación sobre Gadir ha dado un giro de ciento ochenta grados al salir a la luz restos urbanos arcaicos de distinta naturaleza y entidad -pese a que en ningún caso alcanzan la antigüedad de este "primer horizonte colonial"-en diversos puntos de la ciudad (Botto 2014b; Niveau de Villedary 2018). Pese a que estas intervenciones han sido ya reiteradamente presentadas por sus excavadores en diversos foros y publicaciones (Córdoba y Ruiz Mata 2005; Gener et alii 2012, 2014a y 2014b; Torres et alii 2014 y 2018; Zamora et alii 2010; Ruiz Mata et alii 2014), e incluso se han llevado a cabo varios intentos de síntesis sobre la morfología, topografía y funcionalidad de la antigua ciudad (Padilla 2014; Ruiz Mata 2016 y 2018; Niveau de Villedary 2018 y e. p.), creemos que es necesario hacer de nuevo, siquiera de forma somera, un recorrido por dichos hallazgos con el fin de integrarlos de forma crítica en el actual modelo explicativo de la ciudad arcaica de Gadir que, lejos de clarificarse con la esperada aparición de restos materiales, no ha hecho sino complicarse ante la disparidad de opiniones, en ocasiones divergentes, de los diferentes especialistas en torno a cuestiones clave como la antigüedad, la disposición, la morfología y, sobre todo, la funcionalidad de los restos aparecidos en territorio insular; lo que se materializa en el surgimiento de modelos explicativos muy diferentes, que trataremos en el siguiente epígrafe. Retomando el hilo del discurso, en el punto anterior ya se hizo referencia a la existencia de restos de procedencia (y cronología) incierta, pero de naturale-za fundamentalmente funeraria, que en su día fueron esgrimidos para sostener la presencia de una necrópolis fenicia arcaica en Cádiz y así demostrar, de forma indirecta, la existencia de un poblamiento fenicio acorde con la información literaria clásica (Muñoz 1998). En cualquier caso, ni el carácter descontextualizado de los propios objetos, ni la interpretación forzada de los mismos contribuyeron a argumentar científicamente la existencia de la ciudad arcaica (Niveau de Villedary e. p.), que sin duda existió, como luego ha quedado demostrado, aunque nunca bajo esos presupuestos acientíficos. Los primeros restos materiales no funerarios de filiación fenicia cierta de los que se tienen noticia aparecieron en contextos no bien definidos, sondeos de dimensiones reducidas o rellenos secundarios situados al sur de canal, en la antigua isla de Kotinoussa (c/ Paraguay, c/ Concepción Arenal, c/ Botica y Plaza de la Catedral) (Ruiz Mata 2016; Niveau de Villedary 2018 y e. p.). Se trata de conjuntos fechados de forma vaga en una amplia horquilla entre los ss. C., aunque en general y salvo perduraciones (como una posible ánfora oriental), la mayoría eran materiales occidentales de fechas más avanzadas, datados entre los siglos VII y VI, de acuerdo a la secuencia de Doña Blanca (Ruiz Mata y Pérez 1995), que no permitían una interpretación más allá que la de corroborar la presencia fenicia de forma continuada en las islas desde momentos tempranos. Por su parte, en la isla de Erytheia los datos eran, si cabe, aún más vagos. Los resultados de los sondeos realizados en el no 13 de la c/ Marqués del Real Tesoro, en el punto más alto de la ciudad actual, donde se suponía que debía estar la fundación original, resultan incluso a día de hoy contradictorios. Los resultados tanto de un primer sondeo que alcanza prácticamente los -7 metros como de la posterior perforación (hasta casi -10) fueron negativos y solo aportaron niveles de arena de duna estéril (Lavado et alii 2000: 870). Sin embargo, y según se desprende de la lectura de la memoria de una segunda intervención llevada a cabo en el año 2000, bajo los pavimentos tardopúnicos documentados, entre las cotas -5.40 y -5.80, la arena dunar se presentaba más suelta y amarillenta, de color castaño claro y con manchas de ceniza. En ese nivel el porcentaje de material cerámico aumentaba ostensiblemente y se documentaron ánforas, varios fragmentos de plato de barniz rojo, una boca de oinocóe con barniz rojo y diversos fragmentos de cerámica de cocina (Blanco 2002: 16). Dicho estrato ha sido relacionado con el periodo de transición Fenicio II/III del vecino solar del Teatro Cómico (Gener et alii 2014a: 14). Tampoco los resultados de las intervenciones llevadas a cabo en el Teatro Andalucía resultaron con-cluyentes. En la publicación de la intervención se citaba la existencia de un "nivel fenicio de playa", que los excavadores fecharon en el s. VIII a. No existían estructuras constructivas, aunque se halló una fosa rellena de tierras arenoarcillosas y algunos restos materiales y orgánicos que se interpretaron como un vertedero de desechos y una serie de "áreas de consumo" con restos de ánforas 10. Con estos precedentes, la situación real de la arqueología fenicia en Cádiz en los albores del milenio se movía en la fina línea que discurría entre la aparición de los primeros vestigios reales de ocupación fenicia en las islas y la urgencia devenida del deseo de la aparición de la ciudad antigua, largamente esperada. Esto provocó que, por una parte, los datos se sobredimensionaran y se tendieran a alzar algunas cronologías y, por otra, que dicha información se forzara hasta hacerla encajar en el modelo explicativo vigente definido en los años ochenta. La realidad es que en esos momentos de la investigación los testimonios de ocupación arcaicos se limitaban a algunos puntos aislados, más evidentes (aunque también algo posteriores) en la isla de Kotinoussa: c/ Concepción Arenal, c/ Botica, c/ Paraguay (Muñoz 1995-1996; Niveau de Villedary e. p.), a los que seguía un dilatado hiato poblacional que no se rompería hasta el s. III a. C., cuando se advierte una fuerte reactivación del poblamiento en las islas que seguramente haya que relacionar con la llegada de los Bárquidas. Las evidencias de estructuras habitacionales estables eran aún vagas y, como se ha apuntado, más tardías; aunque la aparición de restos de actividades antrópicas relacionadas con la explotación pesquera, el trasiego de mercancías y el consumo permitían sostener una ocupación que iría más allá de una mera frecuentación esporádica (Fig. 13). No obstante, las principales novedades en cuanto a la constatación de la ocupación arcaica de las islas gaditanas han llegado en estos últimos quince años tras la excavación y publicación16 de los primeros contextos con horizontes monofásicos bien fechados en momentos arcaicos: c/ Cánovas del Castillo 38 (Córdoba y Ruiz Mata 2005) (Fig. 14 Gracias a todo este nuevo caudal de información17, en los últimos años han surgido distintas propuestas de reconstrucción de la morfología y funcionalidad de la antigua fundación tiria de Gadir, que si bien comparten algunos aspectos, difieren bastante en otros. Uno de los modelos más completos en el que se analizan pormenorizadamente todos los elementos disponibles, tanto los hallazgos antiguos como las secuencias recientes, es el que desarrollamos hace un par de años (Niveau de Villedary e. p., un resumen de dicha propuesta en Niveau de Villedary 2018). Mediante la articulación de toda esta información hemos defendido la existencia, de acuerdo con sus excavado-res, de un foco urbano principal (con centro en el sector excavado en el Teatro Cómico), de funcionalidad habitativa, con un tamaño reducido, emplazado en la orilla norte del canal sobre cuya pendiente discurre suavemente, en un paisaje dunar mucho más plano que lo inicialmente supuesto 18. Este centro principal, fundado hacia finales del s. IX-principios del s. VIII a. C., sufre hasta tres colapsos y sucesivas reconstrucciones hasta que se abandona definitivamente en el último tercio del s. VI a. C., sin que sepamos a ciencia cierta la ubicación de la ciudad a partir de ese momento 19 (Niveau de Villedary 2014). El análisis de las vivien-das, calles, equipamientos domésticos, evidencias de actividades y materiales documentados, además de confirmar el origen oriental de los restos urbanos, permiten defender con argumentos sólidos el carácter doméstico y privado de las estancias. Posiblemente se tratara, por el espacio disponible, de una ciudad de reducidas dimensiones (en torno a la hectárea propuesta por Domínguez Monedero 2012: 176), que se extendiera hacia el noroeste, donde es probable que se situara la acrópolis y/o los edificios públicos. En cuanto a los límites meridionales, estos vendrían dados por el propio curso de agua (canal Bahía-Caleta). Esta zona periurbana estaría relacionada con actividades de tipo portuario, carga y trasiego de mercancías y actividades pesqueras. Son espacios sin estructuras permanentes pero con restos de suelos y actividades antrópicas, fechadas en torno al s. VIII a. C. Ambas áreas, tanto la paleoplaya del Teatro Andalucía (al sur del asentamiento principal del Teatro Cómico) como el sector "pesquero" de Cánovas del Castillo (a poco más de 200 m. al noreste), quedarían fuera de los límites físicos estrictos de la ciudad, aunque formarían parte de los "arrabales" periurbanos donde tendrían lugar diversas actividades económicas orientadas al aprovechamiento marino y al tráfico comercial y cuyos límites no serían fijos en el tiempo. A unos 140 metros lineales al norte se localizan los espacios de c/ Ancha. El contexto descubierto en 1928, de dudosa adscripción por la falta de información fiable, es interpretado por algunos investigadores (Ruiz Mata 2016) como la gran tumba monumental de un personaje de alto rango (¿religioso?), en cuyo entorno se desarrollaría una intensa actividad de carácter ritual, cuyo exponente más explícito sería el gran foso relleno de materiales fenicios arcaicos hallado en el solar de enfrente (c/Ancha 29) (Ruiz Mata et alii 2014). En el interior de esta fosa se excava un pozo de funcionalidad desconocida, al que dicho investigador otorga un valor religioso-simbólico. Para Ruiz Mata esta misma asociación tumba heroizada de gran personaje-espacio subsidiario de culto en torno a este, sería el patrón que se repetiría un par de centurias después en el conjunto de la Casa del Obispo, e incluso apuesta por un modelo similar en el caso de los dos sarcófagos antropoides. Tuviera una funcionalidad funeraria o estrictamente ritual, lo cierto es que esa zona quedaría ya fuera de los límites estrictos de la ciudad como tal. También al norte, algo más alejado y separado del espacio habitativo por un curso de agua estacional hoy perdido, se halla lo que hasta el momento puede ser el único ejemplo de enterramiento arcaico en el área insular de Gadir. La estructura excavada en la c/ Hércules, defendida como tumba por sus excavadores, presenta una serie de problemas en los que por tiempo y espacio no podemos entrar, pero que la alejan, por una parte, de los habituales campos de urnas característicos de los cementerios fenicios "planos" arcaicos (tipo Tiro-Al Bass o Ayamonte), pero también de los típicos enterramientos "locales, indígenas o tartésicos" (como los queramos llamar) y, por supuesto, de las clásicas tumbas aristocráticas. En suma, defendemos que la primitiva ciudad de Gadir se situó al sur de la isla de Erytheia sobre una suave elevación natural (Fig. 21). En el punto topográfico más alto actual se emplazaría la posible acrópolis o área pública. La áreas residenciales se extenderían por sus flancos (como demuestra el importante sector de viviendas excavado) hasta llegar al paleocauce del canal Bahía-Caleta por el sur y el este, donde se localizan los límites periurbanos de funcionalidad económica. La ciudad posiblemente se extendería por el oeste y por el norte, aunque no tenemos certeza de ello y, en cualquier caso, tampoco debió alcanzar una gran superficie, habida cuenta que las recientes intervenciones llevadas a cabo en el Colegio Mayor Universitario (al noroeste) han proporcionado restos fenicios, al menos desde el s. VII a. C., procedentes de un contexto de posible funcionalidad votiva que recuerda al de c/ Ancha 29 (fosa y pozo), aunque algo posterior cronológicamente (Sáez et alii 2019). El límite norte, a su vez, queda definido por un espacio no urbanizado aunque sí ocupado, donde tendrían lugar actividades de tipo ritual en relación con la posible necrópolis de la ciudad (c/ Ancha) y por el propio cementerio (c/ Hércules). En cuanto a los datos procedentes del extremo septentrional de la isla de Kotinoussa son, en líneas generales, posteriores cronológicamente. Posiblemente se trate de un área de expansión urbana o periurbana a partir de los ss. C., con una funcionalidad industrial, portuaria o relacionada con los templos próximos (Niveau de Villedary e. p.). Los posibles restos constructivos y materiales pueden interpretarse como barrios periféricos o como instalaciones extraurbanas industriales relacionadas con las actividades portuarias, rituales, etc. En cualquier caso, no parecen formar parte del núcleo habitacional principal, situado al norte del canal. A partir de finales del s. VII a. C. la zona situada más al sur se comienza a utilizar como cementerio (Torres 2010: 56). El carácter portuario del enclave quedaría reforzado por la existencia de dos puertos exteriores: uno abierto al Atlántico (playa de La Caleta) y otro a la bahía (en la ubicación del puerto actual) y al menos otros tres interiores: dos fondeaderos de poco calado en el frente abierto al océano Atlántico y, el más importante, el kothon o puerto interior situado en la zona de la moderna Catedral (Arteaga y Roos 2002). Junto a los templos clásicos citados por las fuentes y situados en los extremos septentrionales de ambas islas, junto a la boca occidental del canal (al norte el dedicado a Astarté y al sur el Kronion de las fuentes), otra posible zona con carácter sagrado es el entorno de la Catedral actual, en la isla mayor. Dicho espacio sabemos que se sacraliza con seguridad a partir de finales del s. VI a. C. cuando empiezan a realizarse ofrendas y pequeños banquetes alrededor de un enterramiento monumental apartado de la necrópolis habitual (Gener et alii 2014a). Los restos arcaicos documentados bajo esta estructura son interpretados como espacios domésticos por sus excavadores, pero no hay que descartar sin más el carácter religioso de los mismos, habida cuenta tanto de la continuidad sagrada del espacio como de la propia posición topográfica destacada del conjunto, así como de la presencia de algunos elementos materiales destacables -concretamente un vaso "tipo Carambolo"-(Niveau de Villedary e. p.). Por su parte, Diego Ruiz Mata defiende que los datos aún son demasiado parciales y limitados como para establecer un orden lógico, funcional y secuencial de los espacios arqueológicos habitados y apuesta por la existencia de un hábitat insular disperso (Ruiz Mata et alii 2014: 92). Aunque no excluye que la primera fundación tiria se situara en el entorno del Teatro Cómico, defiende que la extensión urbana de este núcleo fue siempre muy pequeña, delimitada en las proximidades por zonas de ocupación de funcionalidad diversa (económica y religiosa/funeraria/ritual) y con secuencias estratigráficas cortas; incluso en el caso de la secuencia más prolongada, la del Teatro Cómico, donde la ocupación del sitio solo se prolonga durante tres siglos (Ruiz Mata 2016: 309-310). Para este investigador la explicación a la escasa entidad del núcleo insular deriva directamente de su concepción de la ciudad en estos primeros siglos, de acuerdo a la tesis que ya planteó hace casi dos décadas. Su hipótesis es que por "Gadir se entiende a varios núcleos de la Bahía, siendo el templo de Melqart -el dios protector de Tiro-, el centro religioso de este espacio, la conciencia de la pertenencia al lugar originario, y al mantenimiento de rituales que comportan la cohesión social y el sustento de la ideología y de los comportamientos éticos y sociales" (Ruiz Mata 2016: 315). En este esquema el centro económico básico lo constituye el Castillo de Doña Blanca mientras que el núcleo insular se caracteriza por "su carácter simbólico y representativo de su centro de origen, un papel específico religioso y político, que se mantuvo en la memoria colectiva a lo largo del tiempo" (Ruiz Mata 2016: 315) (Fig. 22). En sentido similar, Aurelio Padilla ya había sugerido unos años antes (2014) la posibilidad de que las viviendas excavadas en el Cómico, al menos las correspondientes al último nivel de habitación (el Fenicio C de sus editores), respondieran a las estructuras y habitaciones anexas a algún tipo de edificio de funcionalidad cultual (si no a algunas dependencias del propio santuario) debido a la documentación de una serie de rasgos característicos de los edificios de estas tipologías: existencia de pavimentos de conchas, las dimensiones de algunas estancias, la presencia de posibles altares centrales en las mismas y bancos corridos con lámparas dispuestos sobre ellos. Incluso otros hallazgos, como los productos almacenados en diferentes habitaciones consideradas como despensas, las propias huellas de bóvidos y de otras especies en los pavimentos de las calles (que interpreta como la de los animales en procesión llevados a inmolar) le llevan a insistir en esta interpretación (Padilla 2014: 30). La teoría puede ser sugerente, pero los argumentos, frente a los de los excavadores y editores del sitio, adolecen de suficiente peso. Mediante este discurso, la intención de Padilla no es sino reforzar las tesis de Ruiz Mata de la "capitalidad" fenicia occidental del asentamiento continental del Castillo de Doña Blanca, por una parte, y del carácter sagrado de la isla, por otro (Padilla 2014: 31). La interpretación más novedosa se debe a José Luis Escacena, que en un trabajo reciente readapta el viejo patrón de asentamiento fenicio y lo trasplanta al tradicional territorio "tartésico" (Escacena 2018). Plantea este investigador que los establecimientos orientales (entendidos estos en su concepción más amplia que engloba tanto los tradicionales asentamientos fenicios como los secularmente considerados tartésicos u orientalizantes) se sitúan siempre -como había quedado demostrado para la costa malagueña a finales de los años 70-en las desembocaduras de los ríos, lo que facilita la penetración al interior, pero también el total control de la movilidad y del trasiego en ambos sentidos, curso arriba (hacia el hinterland) y curso abajo, hacia mar abierto, es decir tanto la salida como la entrada natural de los productos y mercancías; pero no solo de estas, sino también de gentes, tecnologías e ideas, entre otros elementos; una vez invalidado el "factor comercial" como el motivo principal de la implantación de poblaciones orientales en el lejano Occidente (Escacena 2018: 143). Observa que la población se sitúa siempre en la margen occidental del curso de agua mientras que en la orilla contraria se levantan espacios sagrados (Fig. 23) que refrendan y dan cobertura ideológica a la apropiación del terreno y al establecimiento de poblaciones en principio foráneas (otro asunto es lo rá- pidamente que estas poblaciones dejan de ser forasteras para convertirse en locales, de segunda generación o como queramos llamarlas, pero eso es ya otra historia). Se trataría en palabras del propio Escacena de centros habitacionales de funcionalidad portuaria separados por un río de los santuarios, un conjunto que representaría un todo político y administrativo (aquí recoge el modelo plural de Ruiz Mata, por ejemplo 2016: 311) que controlaba económica y simbólicamente la entrada al interior y, por consiguiente, a los recursos del hinterland, especialmente interesantes para los colonos (tierras de cultivo, productos, minerales, mano de obra, etc.) Este modelo se repite en muchas de las desembocaduras de los ríos más occidentales como el Guadalquivir (Spal/ Carambolo), el Guadiana (Ayamonte/Castro Marim) y el Tinto/Odiel (Onuba/Aljaraque). Se trata en definitiva, como el propio autor reconoce, de releer en "clave oriental" lo que desde hace años se leía en "clave orientalizante" (Escacena 2018: 141). En cuanto al territorio netamente gaditano, y a pesar de que no duda de la premisa de que el río Guadalete cumple la misma función delimitadora y de entrada al territorio que se reconocía en los casos del Guadalquivir y el Guadiana, Escacena cree que la ecuación es más compleja que en los ejemplos anteriores (Escacena 2018: 147). No deja de señalar con acierto que, por diversas causas, conocemos peor los yacimientos de la zona y sus dinámicas, pero por otra parte, no menos importante, subraya que la propia configuración paleogeográfica del archipiélago original y los mecanismos de transformación del mismo y de la propia bahía gaditana no se conocen aún lo suficiente, pese a los avances llevados a cabo, pues hubo de ser mucho más rápido, dinámico y profundo de los que tradicionalmente se ha valorado, influyendo los tiempos de manera decisiva en la propia configuración y evolución dinámica del paisaje cultural; tiempos y ritmos que intuimos, pero desconocemos con exactitud. Por último, valora un aspecto que no se había tenido en cuenta hasta ahora: las corrientes mareales y Figura 22. Espacio político, económico y religioso de Gadir y la bahía de Cádiz en época arcaica (Ruiz Mata 2016: 315; fig. 5). el régimen de vientos dominantes, en una zona donde Levante y Poniente se alternan (Escacena 2018: 147) alterando de forma decisiva aspectos de la vida marítima cotidiana aún en la actualidad. En función de este régimen cambiante de vientos propone que el acceso a la bahía se efectuara de forma habitual por la zona sur, es decir por el actual Caño de Sancti Petri, entre el extremo meridional de la antigua isla de Kotinoussa (donde la tradición, la historiografía y algunos hallazgos arqueológicos sitúan el templo de Melqart), en cuya orilla continental se sitúa el segundo de los asentamientos urbanos-portuarios conocidos por el momento: el del Cerro del Castillo. Lo que Escacena denomina "Puerta Sur" a la bahía (Escacena 2018: 148), sería la entrada habitual utilizada por las embarcaciones que arribaran desde el este cuando arreciase el Levante, viento que es el dominante durante los meses en los que es posible la navegación. De ahí que plantee, de acuerdo al modelo propuesto con anterioridad, que el principal santuario fenicio arcaico, el dedicado a Melqart, se situase al oeste del acceso sur. Hasta ahí el modelo se ajusta al mayoritariamente aceptado, es al proponer que la ciudad original estuviese en la otra orilla cuando se aparta del mismo, pues admitir este esquema conllevaría retrotraer, al menos hasta el s. IX a. C., el origen del asentamiento amurallado del Cerro del Castillo (situado en la parte este del curso de agua), y por consiguiente, apostar por la naturaleza fenicia del sitio desde su propia fundación ex novo (sobre la que aún existen muchas dudas) y que se tratase, en esencia y sobre los otros dos centros habitacionales y portuarios conocidos: el continental (Castillo de Doña Blanca) e incluso el insular (cuyos restos mejor conocidos hasta el momento son los exhumados en el Teatro Cómico), de la Gadir prístina y original. En sus propias palabras "la más antigua aplicación del topónimo Gadir" (Escacena 2018: 148). La teoría, si bien sugerente y "rompedora" como nos tiene acostumbrados José Luis Escacena, plantea, como él mismo reconoce, una serie de problemas que deben ser desarrollados con mayor profundidad (Escacena 2018: 148-149); sobre todo en relación a la fundación en la zona norte de un segundo asentamiento para que actuara de puerto de entrada directo hacia el interior a través del río Guadalete: El Castillo de Doña Blanca (Escacena 2018: 149), hecho que hubo de suceder en un momento temporal próximo a la que él propone que pudo ser la fundación original, que sitúa, como hemos visto, al sur (en contra Ruiz Mata, quien apuesta por la importancia del enclave continental septentrional desde un primer momento, considerándolo el gran puerto internacional de la bahía, vid. 2016: 312-313). En su propuesta se suma a quienes defienden que el sector excavado en el Teatro Cómico pudiera responder, como sostienen otros investigadores (Padilla 2014: 30), a dependencias anexas al no lejano santuario de Astarté (Escacena 2018: 149), en una isla caracterizada por su función simbólico-religiosa, más que habitativa (Ruiz Mata 2016: 309). A MODO DE SÍNTESIS ¿CIUDAD REAL O TRADICIÓN INVENTADA? A lo largo de nuestro discurso hemos insistido en que la idea que hoy tenemos de Gadir es el resultado de una construcción historiográfica, en gran parte inventada, que surge desde la propia Antigüedad (Delgado 2008: 385) pero que no responde exactamente a la realidad. La falta de atención de los autores antiguos hacia el Extremo Occidente se ha explicado por razones de lejanía y, sobre todo, por un desinterés general de los pueblos griegos hacia esta parte del mundo; que posibilitó que, paradójicamente y al mismo tiempo, la leyenda de la antigüedad de la ciudad fuera creciendo. A su vez, ambas circunstancias han terminado por investir a la ciudad de un "prestigio" institucionalizado e interiorizado a lo largo de los siglos pero, en gran parte, fabricado ad hoc (Hobsbwan y Ranger 2002), del que es muy difícil desprenderse a la hora de acometer un análisis histórico científico de la ciudad fenicia. Si la secular falta de datos alimentó la leyenda aun en momentos recientes, contribuyendo a envolver en un halo de misterio todo lo que rodeaba al pasado más lejano de la colonia extremo-occidental (valga recordar el éxito de ciertas teorías como la de la "ciudad engullida por el mar")20, el descubrimiento de vestigios fenicios arcaicos en el subsuelo gaditano no ha zanjado la cuestión. En ese momento se diferenciaban dos posturas historiográficas, tradicionalmente enfrentadas: quienes defendían a toda costa el emplazamiento de la ciudad antigua bajo la actual, en territorio insular, con base a la tradición (fundamentada, a su vez, en los testimonios literarios clásicos) y a la continuidad toponímica y urbana en épocas romana y posteriores; y aquellos que abogaban por una ciudad plural, a partir de los hallazgos en territorio continental (fundamentalmente los procedentes del Castillo de Doña Blanca) y en otras zonas de la bahía. Para estos últimos, el núcleo insular tradicional habría sido sobrevalorado históricamente. Frente a lo que cabría esperar, los hallazgos recientes no han hecho sino aumentar las diferencias entre ambas, radicalizándose las posiciones en muchos casos. Para los partidarios de la primera posibilidad, el descubrimiento de un buen número de contextos fenicios arcaicos en territorio insular, incluyendo la primera secuencia urbana, no hace sino refrendar (con argumentos ahora incontestables) lo que se venía defendiendo históricamente, sin reconocer la debilidad de la argumentación anterior que incurría, de hecho, en una falacia ad antiquitatem. Los partidarios de la segunda posición, cuyo origen hay que buscarlo en gran parte en razonamientos ex silentio y ad ignorantiam ante la secular exigüidad del registro insular, se resisten, una vez halladas evidencias materiales objetivas, a cambiar su argumentación, que buscan acomodar al nuevo paradigma (el de la "ciudad dual en un territorio plural"), cayendo en el mismo error que se denunciaba. En este "enfrentamiento" en ocasiones se olvida que la constatación de la ciudad insular (sea cual sea sus dimensiones, entidad y funcionalidad) no anula la hipótesis del poblamiento polinuclear alrededor de la bahía, sino que, por el contrario, contribuye a reforzarla. Volviendo al punto de partida, creemos que esto es debido a que la fundación prístina de Gadir es uno de esos topos enraizados, tanto en el imaginario colectivo como en la investigación histórica, en los que la construcción de la tradición pesa aún más que el análisis científico y objetivo de la información 21. Lo cierto es que a día de hoy la realidad insular revela la existencia de un área urbana localizada bajo la actual ciudad, de características netamente levantinas, por ahora sin evidencias de estar amurallada, de dimensiones reducidas, que no debió extenderse mucho más allá de los límites conocidos; junto a ella se han constatado una serie de espacios sin construcciones edilicias permanentes y funcionalidad diversa (económica: comercial, portuaria y pesquera, ritual/ votiva, cultual y funeraria). Un panorama impensable hace solo veinte años, pero muy lejos aún de la esplendorosa "ciudad imaginada". Ampliando el análisis al resto de la bahía, el paisaje fenicio se completa con una red de asentamientos fenicios de características urbanas (amurallados en este caso), templos, santuarios e implantaciones industriales que muestran la organización y apropiación del territorio, real y simbólicamente, desde momentos tempranos. Sin lugar a dudas y como ocurre en el resto del Mediterráneo, la ciudad no puede en-tenderse sin el territorio ni este sin el asentamiento insular. El reto está en articular toda esta información (¿creando nuevos modelos interpretativos actualizados que integren los nuevos datos?), por lo que en el punto actual el principal obstáculo es más mental que real. Persiste la imagen falseada del gran orbe, la ciudad esplendorosa y milenaria creada de forma ficticia. La tendencia a la idealización, a la ciudad deseada y soñada, pesa aún demasiado como para romper definitivamente con el modelo imaginado, con la "tradición inventada". Para poder seguir avanzando en el conocimiento de la Gadir real, la que fue, no la que se ha "imaginado", es necesario sacudirse los prejuicios en las dos direcciones. En este sentido, en los últimos años se observa una preocupante tendencia (desde el punto de vista histórico) a teñir de ese mismo espíritu legendario, con cierto aire de misterio, a la que se rebautiza (valga la paradoja) como "protagonista silente" o "ciudad sin nombre", en referencia a la damnatio memoriae sufrida en la Antigüedad por el actual asentamiento del Castillo de Doña Blanca, seguramente como represalia por su condición de plaza fuerte cartaginesa o pro-cartaginesa en el segundo conflicto romano-cartaginés (Ruiz Mata 2018: 266-267); dejando la duda en el aire de si este hecho fue el causante del traslado del topónimo o, al menos, de la restricción de su uso a territorio insular a partir de esos momentos 22. Ruiz Mata no deja de tener parte de razón, pero al plantear el tema en los términos en los que lo hace ("arrinconada en la historia", "muerte en vida", "trágico final") se corre el peligro de convertir un problema histórico real: el desconocimiento del nombre antiguo de la ciudad continental (y las razones de ello), en una nueva "tradición inventada". Por esta razón, porque existe el riesgo de volver a los antiguos paradigmas, es por lo que insistimos en la necesidad de construir (de forma consciente) nuevos modelos explicativos y abandonar definitivamente los antiguos axiomas. Todos se hacen a un lado para dejar paso a los hombres que habrán de transportar el sarcófago, después de remachar a golpe de martillo los clavos sobre la madera. Al mismo tiempo, desde el huerto, comienza a oírse un cántico funeral acompasado y grave. Las voces se pierden con el viento de levante: El padre Sol se acuesta en el mar y su esposa Baant arregla el lecho de las aguas para que el sueño del esposo sea tranquilo. Baant extenderá su negro velo sobre los que hemos vivido un día de luz. La luz que nos donó el Padre Sol que ahora se acuesta sobre el mar... Alrededor del foso, ya asentados los sillares y el sarcófago de mármol en posición vertical, iluminado por la luz de las teas, los familiares, jornaleros y esclavos se sitúan respetando el orden jerárquico. Tengo escalofríos, que metí la mano en eso que me parese que es una tumba de las romanas, que hay por toas partes, y tú ya ves cómo me he puesto. habrá que avisar a Dragaos y al Museo y a la policía municipal. tú niño, légate a la Oriental y llama, llama a toas partes y de paso me tares un sentenario que me hase farta, a la vuelta, claro. ¿Cómo voy a darte si tengo la mano empringá? Cómo se va a poner la parienta cuando me huela. Hasta las trancas, digo, y el joío levante. Me vi dá un baño en la Caleta... En fin de semana en remojo, digo... Mira, mira, tú, oye, qué cosa más grande, toa grande, toa de mármol. Aquí está la tapa, y rota por los pies... No, si el golpetazo ha sío de órdago tío. Maldita sea, que nos van a paralisar ahora, que te juro por mi mare que es algo grande y de importancia. ¡Pero baja ya de la cabina! Por aquí, dame, qué asco. A ver qué dicen, que esto trae cola, te lo digo yo. Esto tiene que valé una jartá. es una señora y de guapa, no veas. No, si los romanos sabían hacer las cosas. Mira qué rizos, como los de la parienta cuando se coge los rulos, igualito. ¡La de fotos que va a echarle el Jumán cuando se enteren los del diario por aquí y por allá! Pero al que le va a dar algo es a Don Ramón como no llegue pronto. Y a ver si también vuelve el niño, qué le habrán dicho del Ayuntamiento, porque aquí no se puede haser ná por ahora, y la pringue no se me va ni frotando. Acércame otro botijo, hombre, Rafael, que ya he acabado con éste. Y, ahora, mucho cuidao con la cabeza, dejarla al borde de la tapa a ver qué nos mandan que hagamos... ¡No toquéis ná, digo!... Que esto se va a poner como el Carranza por el Trofeo, que ya vienen mirones... y lo que sobra en Cádiz son mirones ¡Qué nadie toque ná! APÉNDICE II "El error de la muralla", Diario de Cádiz, 9 de mayo de 2002, Editorial, p. Al final ha resultado que la supuesta muralla "fenicia" de la calle San Miguel, de Cádiz, era romana. Un error lamentable, aunque inducido por la certeza de un asentamiento de origen fenicio en la zona. En todo caso, este episodio es sintomático del trasfondo de la cultura local. En su día tanto la Junta como el Ayuntamiento elogiaron el hallazgo y se encargaron de difundir sus propios méritos, con ruedas de prensa por medio. Aprovechar el error para hacer política de revancha no viene a cuento. La falta de rigor en estos asuntos sin duda existe, y sería bueno que todos los agentes culturales reflexionaran sobre el papel que están representando. "Historia de un hallazgo de envergadura que nunca existió", Diario de Cádiz, 9 de mayo de 2002, p. El teniente de alcalde delegado de Cultura, Antonio Castillo, abogaba ayer por el "rigor científico" a la hora de hablar de los hallazgos arqueológicos. El motivo se dilucidaría poco después, cuando indicó que "algunas hipótesis adelantadas se quedaron en eso, en hipótesis" porque "no era lo que parecía que era". Hablando en cristiano, lo que Antonio Castillo quería indicar era que la muy renombrada muralla fenicia en realidad era una gran cisterna romana. Volvió entonces a pedir "prudencia y rigor científico", mientras aludía, veladamente, a aquel arqueólogo que, en su día, adelantó la noticia de un hallazgo que, dos días después, y en rueda de prensa, el propio Antonio Castillo calificaba como importantísimo. Las prisas, en todos los casos, siempre son malas consejeras. COMO CITAR ESTE ARTÍCULO / CITATION: Niveau de Villedary y Mariñas, A. M.a 2019: "La fundación arcaica de Gadir. La construcción historiográfica de una ciudad ¿real o inventada?", Archivo Español de Arqueología 92, 7-41.
Los datos sobre las prácticas funerarias en la II Edad del Hierro del sur de Portugal son escasos y muy fragmentarios. Sin embargo, las evidencias de las pocas necrópolis conocidas se han utilizado en la construcción de modelos lineares de difusión cultural que hoy por hoy no pueden seguir sosteniéndose. Un repaso actualizado por la documentación disponible permite comprender que, a pesar de ser menos diverso que el de la I Edad del Hierro, el registro funerario prerromano evidencia una trama compleja de relaciones transregionales en las que la continuidad de las relaciones con el ámbito meridional y mediterráneo sigue teniendo un peso determinante. EL MUNDO FUNERARIO PRERROMANO EN EL SUR DE PORTUGAL: UN BREVE REPASO HISTORIOGRÁFICO Al contrario de lo que ocurre con las necrópolis de la etapa precedente, muy abundantes y estudiadas muy a menudo, los escasos conjuntos y contextos funerarios de las fases tardías de la Edad del Hierro que se han documentado hasta la fecha en el sur de Portugal raras veces han sido analizados en su globalidad. Así, mientras las necrópolis de la I Edad del Hierro han conocido un interés considerable, materializado en importantes síntesis (Torres Ortiz 1999; Arruda 2000Arruda, 2004;;Cardoso 2000; Gomes 2014Gomes -2015) ) y recientemente reactivado por el descubrimiento de un gran número de nuevos yacimientos en el interior de Alentejo (Jiménez Ávila 2017), sus congéneres más tardías han sido objeto de análisis en profundidad sólo muy puntualmente (Berrocal Rangel 1992: 240-242) 2. Esta situación parece justificarse, al menos en parte, por la deficiente calidad de la documentación disponible. De hecho, los conjuntos funerarios más representativos en términos cuantitativos, como el de Olival do Senhor dos Mártires, Alcácer do Sal (Correia 1972(Correia [1925(Correia ], 1972(Correia [1928]]) o el de Monte da Chaminé, Elvas (Viana y Deus 1950a, 1950b, 1951, 1958; Heleno 1951), han sido explorados en una fase precoz de la investigación arqueológica, lo cual ha resultado en un registro incompleto y en ocasiones difícil de interpretar. Otro trabajo precoz pero en este caso de gran calidad metodológica se ha llevado a cabo en los años 1950 en la necrópolis de Casalão, Sesimbra (Serrão 1964), aunque en este caso la modestia de los contextos haya dificultado su lectura, en particular a nivel cronológico. La escasa entidad y la austeridad de este conjunto pueden además haber resultado en una relativa falta de interés por esta necrópolis, escasamente referenciada en trabajos posteriores (Gomes 2013). Por otra parte, estos trabajos, que pueden considerarse de alguna forma pioneros y que lograron en su día llamar la atención de la comunidad investigadora (sobre todo en los casos más 'espectaculares' de Alcácer do Sal y de Elvas), no han dado origen a unas líneas consistentes de investigación sobre la II Edad del Hierro del sur de Portugal. Aun así cabe citar el monumental trabajo de W. Schüle (1969) donde se recogen varios de los contextos antes mencionados, valorados como hitos de la expansión de la influencia continental a inicios de la Edad del Hierro peninsular. No obstante, las principales contribuciones para el conocimiento de las prácticas funerarias de la Edad del Hierro acaecidas en las décadas siguientes se centraron en las etapas iniciales de ese período. En todo caso, deben señalarse los trabajos desarrollados por C. de Mello Beirão y sus colaboradores, sobre todo en el Bajo Alentejo (Dias et alii 1970; Dias y Coelho 1972; Beirão 1986Beirão, 1990;;Correia 1993), en el marco de los cuales se han documentado diversos contextos fundamentales para la caracterización del mundo funerario prerromano en esa región. Sin embargo, el enfoque primario de este equipo en los contextos de la I Edad del Hierro regional ha llevado a que se prestara una menor consideración a los datos de las fases más tardías, considerados en la mayoría de los casos intrusivos (Beirão 1986: 49). Debe aun así señalarse la inclusión de esos datos en la secuencia evolutiva de las arquitecturas tumulares regionales propuesta por V. Correia (1993): este investigador agrupa las deposiciones más tardías en su Fase IV, en la que conviven monumentos de planta en Π e incineraciones en urna, consideradas una vez más ajenas a la tradición sepulcral local. Este horizonte sepulcral ha sido además analizado en una síntesis sobre la II Edad del Hierro en el sur de Portugal firmada por este mismo investigador con C. de Mello Beirão (Correia y Beirão 1995). En el marco de la investigación de este grupo cabría también destacar la publicación de los materiales de la necrópolis de Galeado (Odemira), al parecer resultado de hallazgos ocasionales y que se habían incorporado a las colecciones del Museu Etnológico (hoy Museu Nacional de Arqueología) de la mano de su director, M. Heleno, en los años 1930 (Beirão y Gomes 1983). En un estudio sobre las prácticas funerarias prerromanas no pueden además obviarse las intervenciones que llevaron a efecto elementos de dicho grupo en las necrópolis de Atafona, Almodôvar (Silva y Gomes 1992: fig. 61A) y de Herdade das Casas, Redondo (Mataloto et alii 2014). Sin embargo, uno de los aspectos más destacados de la investigación desarrollada por C. de Mello Beirão y sus colaboradores es el modelo bipartito que propusieron para la Edad del Hierro regional, según el cual a una I Edad del Hierro Mediterránea le seguiría una II Edad del Hierro de rasgos continentales y celtizantes (Beirão et alii 1979: 7-8; Beirão y Gomes 1980: 6-7). Aunque este modelo un tanto lineal haya sido muy criticado (Arruda et alii 1995) y posteriormente abandonado -o al menos fuertemente matizado-por la investigación, parece imprescindible referirlo en este apartado historiográfico, ya que las prácticas funerarias han constituido uno de los argumentos invocados por sus proponentes para sostenerlo. De hecho, la sustitución de las tradiciones funerarias de la I Edad del Hierro por la práctica más o menos generalizada de la cremación con deposición secundaria de las cenizas en urna ha sido considerada en el marco de este modelo como el resultado de la llegada de poblaciones con una matriz cultural y funeraria diferenciada (Beirão 1986: 49), lectura ya justamente criticada en su día (Arruda et alii 1995: 247-249; Arruda 1999Arruda -2000: 84): 84) 3 y que hoy por hoy no parece sostenible a la luz de los datos disponibles. Posteriormente, durante la década de 1990, han salido a la luz las dos únicas síntesis hasta el momento disponibles sobre las prácticas funerarias del período en análisis. La primera forma parte del fundamental estudio de L. Berrocal Rangel sobre los pueblos célticos del suroeste peninsular (Berrocal Rangel 1992: 240-242). Aparte de la producción de un primer inventario de yacimientos, en este trabajo se propuso una tipología general de las tumbas prerromanas, repartidas según su autor en dos tipos fundamentales: las tumbas de cremación con urna en hoyo (Tipo A) y las de cremación en urna bajo túmulo y estructura de planta en Π (Tipo B) (Berrocal-Rangel 1992: 240-242). Se trata sin duda de una división útil y eficiente, aunque algunos contextos concretos (p. ej., la necrópolis de Casalão, cf. infra) pusieran en entredicho su aplicación universal. Como veremos, la (poca) información adicional hoy disponible permite añadir algunos matices a este esquema tipológico. La segunda síntesis de fondo sobre el tema que nos ocupa se realizó en el marco de la tesis doctoral de C. Fabião4, quien analiza en detalle los conjuntos funerarios conocidos, aportando además nuevos datos sobre algunos de ellos, en particular sobre las necrópolis del Alentejo Central y del Alto Alentejo5. De entre las novedosas líneas interpretativas que se desprenden de sus análisis cabría destacar la crítica a la noción de un registro funerario marcado por influencias culturales unidireccionales, más específicamente continentales, y el planteamiento de unas influencias más complejas y difusas. Este cambio de enfoque resulta además en una lectura donde se valoran los nítidos rasgos de continuidad con el período precedente detectables en el registro arqueológico, en particular a nivel de las relaciones preferenciales con el ámbito meridional y mediterráneo6, como ha sido señalado además por otros autores (Arruda 1999(Arruda -2000: 84): 84). La escasa información que se ha colegido tras estas dos síntesis (Fig. 1) es sintomática de la falta de inversión en años recientes en el estudio de estas etapas más tardías de la Edad del Hierro regional. TUMBAS Y NECRÓPOLIS DE LA II EDAD DEL HIERRO EN EL TERRITORIO MERIDIONAL PORTUGUÉS El extremo meridional del territorio portugués se ha mantenido en gran medida alejado de la discusión sobre las prácticas funerarias de la II Edad del Hierro debido sobre todo a la ausencia casi total de documentación arqueológica relevante para el tema hasta fechas relativamente recientes. De hecho, hasta la primera década del siglo XXI el único dato disponible se relacionaba con la extensión en los territorios serranos del Algarve septentrional de los monumentos en Π, materializada sobre todo en la tumba aislada de Mestras, Alcoutim (Correia y Beirão 1995: 921 y fig. 2, n.1), de la cual se conoce únicamente la planta (Fig. 2A). No obstante, en fechas más recientes se han podido sumar a este panorama los datos de las dos tumbas de Quinta da Queimada, Lagos (Calado y Gomes 2006). La primera de estas tumbas corresponde a una fosa subcilíndrica excavada en el terreno en la que se depositaron los restos de una cremación (Calado y Gomes 2006: 175 y figs. 3-4), probablemente de un individuo femenino joven (Calado y Gomes 2006: 184). Dichos restos se encontraban acompañados de un ajuar relativamente rico, en el que se incluían dos outturned rim bowls áticas de barniz negro, un pequeño contenedor (¿ungüentario?) de barniz rojo, un conjunto de cuentas de collar (líticas y, en un caso, de oro), un cuchillo afalcatado de hierro, además de un conjunto de once fusayolas (Calado y Gomes 2006: 175-180 y figs. 5-10). Las piezas griegas permiten fechar esta tumba en el segundo cuarto del siglo IV a. n. e. La Tumba 2 de Quinta da Queimada, por su parte, corresponde a una inhumación en fosa, al parecer muy mal conservada; la tumba no contenía ningún ajuar (Calado y Gomes 2006: 180). Sin embargo, se han realizado dataciones de C14 sobre muestras osteológicas, la más útil de las cuales (Gr -s/no) parece confirmar la adscripción de esta tumba a un momento centrado en los siglos IV-III a. n. e. Así, y a pesar de su modestia, cabría valorar esta segunda tumba por constituir uno de los pocos ejemplos conocidos regionalmente del uso de la inhumación como fórmula funeraria, atestando además una interesante situación de birritualidad en un mismo conjunto funerario. Otro contexto que debe referirse en este apartado es la necrópolis exterior detectada en la cubierta tumular del monumento megalítico de Santa Rita, en Vila Real de Santo António (Inácio et alii 2010). Aunque no se conozcan todavía detalles sobre las tumbas pertenecientes a este conjunto, la referencia a fechas de C14 indicativas de una «...utilização ininterrupta deste lugar como necrópole até finais do I milénio a.n.e.» (Inácio et alii 2010: 86) parece indicar que este conjunto de larga diacronía incluye también tumbas prerromanas. Aunque no se conozcan detalles adicionales, este dato resulta muy interesante no sólo por tratarse de un caso de asociación intencional de una tumba tardía a un monumento prehistórico, sino también porque al parecer todas las tumbas de la necrópolis exterior -incluidas las eventuales tumbas de la II Edad del Hierro-parecen corresponder a inhumaciones en fosa (Inácio et alii 2010: 82-83), realidad que, como se ha visto, también se documenta en el período en estudio en la necrópolis de Quinta da Queimada. Por último, sin abandonar el Algarve, cabría mencionar de forma somera la problemática esfinge de Silves, pieza poco conocida pero que en alguna ocasión se ha relacionado con la escultura funeraria del área ibérica (Silva y Gomes 1992: 151-152 y fig. 53)8. Lamentablemente, la falta de documentación sobre esta pieza y su contexto de uso y/o de hallazgo impide su correcta valoración en este contexto. Al contrario de Algarve, el área del Alentejo Litoral sí ha tenido una gran relevancia en la discusión sobre las realidades funerarias de la II Edad del Hierro debido sobre todo a la importancia de los datos aportados por la necrópolis de Olival do Senhor dos Mártires. De hecho, no debe olvidarse que buena parte de los materiales recogidos durante los trabajos agrícolas que resultaron en el descubrimiento de la necrópolis en el siglo XIX corresponden a un horizonte tardío de la Edad del Hierro (Silva 1875; Veiga 2005Veiga [1891]]: 266-273). Ese horizonte funerario fue además descrito en cierto detalle décadas más tarde por V. Correia, quien pudo excavar varias tumbas de la II Edad del Hierro, recogidas en el 1 er Tipo de su tipología de tumbas (Correia 1972(Correia [1928]]). No se entrará aquí a detallar la rica documentación material que puede asociarse a este horizonte sepulcral, conocida desde hace mucho (Schüle 1969: taff. Sin embargo, se pueden retener algunas características generales de las prácticas funerarias prerromanas en esta necrópolis y de su evolución. En primer lugar, hay que señalar que hoy por hoy la II Edad del Hierro (Fase II de la necrópolis) se puede subdividir en varias subfases caracterizadas de forma muy desigual. De hecho, los primeros momentos de la II Edad del Hierro (segunda mitad del siglo V a. n. e.) se encuentran bastante mal documentados. Parece aun así que es este el momento en el que la incineración in situ cede definitivamente paso a la incineración en ustrinum con deposición secundaria de las cenizas en urna como rito preferencial. Se ha propuesto, de hecho, que las urnas bitroncocónicas con decoración pintada (Fig. 3) de tradición meridional, "turdetana" (Ferrer Albelda y García Fernández 2008: 211 y fig. 3), se hayan introducido en este mo- mento, hasta convertirse en los recipientes cinerarios preferenciales durante buena parte de la II Edad del Hierro. Se pueden además buscar en esta etapa los orígenes de algunos de los rasgos más distintivos de las tumbas de momentos posteriores, como la incorporación a los ajuares de la cerámica griega o de las armas de tipología "ibérica" 10. Sin embargo, el período más bien documentado corresponde ya a la primera mitad del siglo IV a. n. e., que parece haber correspondido a un momento de apogeo de la comunidad de Alcácer y de sus élites, plasmado en unos ajuares funerarios muy significativos. Para esta fase contamos además con las descripciones de algunas tumbas excavadas por V. Correia (1972Correia ( [1928]]: 172-173) que permiten afirmar que las urnas y los ajuares correspondientes se depositaron en fosas excavadas en el terreno a poca profundidad, sin que aquel investigador haya podido documentar cualquier tipo de cubierta o estructura tumular. En esta etapa se han utilizado como urnas tanto las piezas del tipo bitroncocónico ya comentado, bastante frecuentes en el conjunto cerámico de la necrópolis, como los propios krateres griegos (Correia 1972(Correia [1928]]: 172-173). Las deposiciones se acompañaban de una gran cantidad de elementos de ajuar 11, entre los cuales destaca la cerámica griega (Rouillard et alii 1988(Rouillard et alii -1989;;Gomes 2017a), el armamento (Schüle 1969; Quesada 1997), los elementos de indumentaria y adorno (sobre todo fíbulas anulares hispánicas y broches de cinturón de placa cuadrangular) (Schüle 1969) y los pequeños contenedores cerámicos de ofrendas (posibles ungüentarios y jarras) (Frankenstein 1997). En el marco de esta contribución no se ahondará en las características globales de estos ajuares, ya discutidas en detalle en otros trabajos (Gomes 2018) 12, pero no pueden dejar de subrayarse algunos aspectos relativamente novedosos resultantes de su estudio integral. Desde luego, y más allá de la confirmación cabal de la continuidad de las afinidades meridionales y mediterráneas de la comunidad de Alcácer do Sal durante la II Edad del Hierro, cabría destacar además la constatación de la importancia de las conexiones con las comunidades ibéricas del sureste y del levante peninsular, ya intuidas por algunos investigadores 13. Dichas conexiones se plasman no sólo en la tipología de algunos elementos materiales (cerámicas, armamento, elementos de indumentaria y adorno) sino 10 Véase n. 357. también en la articulación de los mismos en unos discursos ideológicos y de identidad muy expresivos, donde predomina el componente guerrero y ecuestre (Gomes 2018), expresado en este contexto mediante esquemas que pueden considerarse muy cercanos a los ibéricos (Almagro-Gorbea 1996). Igualmente novedosa es la constatación de un horizonte de utilización de esta necrópolis en las etapas finales de la II Edad del Hierro (mediados del siglo IV a mediados del II a. n. e.), que sin embargo se encuentra bastante mal documentado (Gomes 2018), quizás como resultado de una efectiva retracción de la necrópolis a raíz de la fundación de un nuevo espacio funerario en Alcácer do Sal. De hecho, al norte de la colina del Castillo de Alcácer do Sal, en el área del Convento de São Francisco, la realización de trabajos arqueológicos bajo la dirección de J. C. Faria parece haber resultado en la identificación de una segunda necrópolis (Faria 2002: 63-64). La información disponible sobre ese conjunto funerario es todavía muy escueta, pero la referencia a la presencia de cerámicas áticas (Paixão 2001: 160; Faria 2002: 63-64) parece indicar que la utilización funeraria de esta zona se inició al menos en la primera mitad/mediados del siglo IV a. n. e. Poco más se puede añadir en este contexto sobre las prácticas funerarias documentadas en dicha necrópolis. Más allá de Alcácer do Sal la documentación relativa al mundo funerario prerromano en el litoral de Alentejo es sumamente escasa, resumiéndose en la práctica a los interesantes pero mal contextualizados hallazgos de la necrópolis de Galeado, Odemira (Beirão y Gomes 1983). Como hubo oportunidad de comentar arriba, esta necrópolis se encuentra documentada únicamente gracias a un conjunto de materiales resultantes de distintos hallazgos ocasionales ocurridos en la década de 1930 y que acabaron por incorporarse a las colecciones del actual Museu Nacional de Arqueología gracias a la intervención de su antiguo director, M. Heleno. Sin embargo, dichos materiales permanecieron inéditos hasta la década de 1980, cuando C. de Mello Beirão y M. Varela Gomes procedieron a su publicación. El conjunto de los materiales es heterogéneo, y al menos parte de ellos se puede retrotraer a la I Edad del Hierro, denunciando un ambiente cultural y funerario con evidentes relaciones con el del Bajo Sado (Beirão y Gomes 1983: 223). Sin embargo, en este contexto merecen comentario sobre todo los elementos que pueden con seguridad atribuirse a la II Edad del Hierro regional. Entre estos deben destacarse dos probables urnas cinerarias (Fig. 4). La primera corresponde al tipo bitroncocónico ya comentado (Beirão y Gomes 1983: 221-222), que como pude recordar arriba revela unas claras afinidades meridionales, en concreto con la Baja Andalucía (Ferrer Albelda y García Fernández 2008: 211 y fig. 3). El segundo ejemplar es, sin embargo, bastante más peculiar: esta pieza corresponde, de hecho, a una urna "de orejetas" clásica (Beirão y Gomes 1983: 219-221), tipo particularmente característico del mundo ibérico del sureste y del levante peninsular (Fletcher 1964; Jully y Nordström 1966; Pereira y Rodero 1983; Gómez Bellard 1983) pero muy poco común en el Extremo Occidente (Gomes 2018). Entre los elementos probablemente encuadrables en la II Edad del Hierro cabe además citar una fíbula anular hispánica (Beirão y Gomes 1983: 226). Otros elementos asociados a este conjunto, como los probables restos de lanzas, no ofrecen suficientes datos para una valoración cronológica segura. Aunque no conozcamos las características específicas de las tumbas de las que provienen estos elementos, hay algunos datos que importa retener en su discusión. Desde luego, debe valorarse el uso de la cremación en este contexto, atestiguado además de por los contenedores por la presencia efectiva de restos óseos cremados en el conjunto (Beirão y Gomes 1983: 226-228). Por otra parte, no pueden dejar de señalarse las similitudes de la cultura material de esta necrópolis con respecto a la de Olival do Senhor dos Mártires, lo cual puede llevar a pensar en unas prácticas funerarias comunes, quizás como resultado de la influencia cultural ejercida por el núcleo del Bajo Sado en toda la región envolvente. En último lugar, y todavía en el marco del Alentejo Litoral, debe señalarse, igual que para el caso de Algarve, la presencia poco conocida de otro fragmento escultórico -también al parecer una representación de una esfinge-recogido en la Herdade do Sargaçal, Santiago do Cacém (Vasconcelos 1913: 521-523). Esta pieza se ha asociado en ocasiones, como su congénere de Silves, a un posible monumento funerario de tipo ibérico o 'iberizante' (Silva y Gomes 1992: 151-152) 14. Como en aquel caso, el total desconocimiento del contexto de uso y/o hallazgo de esta pieza recomienda la prudencia en su valoración. A pesar de ser mal conocido -o quizás por esa misma razón-, el panorama de las prácticas funerarias prerromanas en el interior del Bajo Alentejo es bastante complejo y difícil de valorar en su globalidad. Aun así, hay un conjunto significativo de yacimientos y de contextos merecedores de atención en el marco de este estudio. En primer lugar, hay que hacer referencia una vez más a los monumentos en Π de la Fase IV de V. Correia (1993: 360). Estas estructuras, consideradas 14 Véase n. 402. como la etapa final de la evolución de las arquitecturas tumulares propias de la región de Ourique y fechadas en los momentos de transición hacia la II Edad del Hierro regional, se han documentado tanto en la periferia de necrópolis tumulares complejas -caso de la Tumba 9 de Pardieiro, Odemira (Beirão 1990) Al menos en los casos de Carapetal I (Fig. 2B) y Atafona (Fig. 5), estas pequeñas estructuras -que más que a monumentos tumulares parecen corresponder a edículos-contenían deposiciones secundarias de restos cremados en urnas. Sin embargo, sólo se conocen algunos detalles de las realidades materiales asociadas a la tumba de Atafona (Silva y Gomes 1992: fig. 61A). Así, las incineraciones depositadas en el monumento en Π de dicho yacimiento se encontraban al parecer contenidas en recipientes manuales de morfología ovoide, uno de los cuales decorado con un cordón plástico con incisiones (Fig. 5). Estas piezas corresponden a una tipología muy común en la II Edad del Hierro del interior del suroeste peninsular, recogida por L. Berrocal Rangel en sus Formas III y IV (Berrocal Rangel 1992: 105-106). Al exterior de esta tumba se depositó además un vaso crateriforme (Fig. 5), probable imitación local de la forma del krater griego, con decoración pintada (Silva y Gomes 1992: fig. 61A). Esta curiosa pieza, además de remitir al uso funerario de los krateres ya comentado arriba, podría dar una importante indicación sobre la cronología del conjunto. De hecho, las imitaciones de cerámica ática, muy frecuentes en el área ibérica (Page del Pozo 1984), suelen ser posteriores a la quiebra del comercio de aquellas vajillas, lo cual podría indicar una fecha de la segunda mitad/finales del siglo IV a. n. e. o ya del siguiente siglo para esta tumba. Por otra parte, la necrópolis de Atafona arroja cierta luz sobre el tema de las deposiciones en urna sin monumento tumular que, según C. de Mello Beirão, se documentan en la periferia de algunas necrópolis tumulares (Beirão 1986: 49), pero cuya naturaleza nunca se ha caracterizado en detalle. De hecho, junto al citado monumento en Π se documentó una segunda tumba de aspecto más sencillo donde la urna -una vasija de cuerpo globular con dos asas, muy incompleta-parece haberse depositado en una sencilla depresión en el terreno, rodeada por un círculo de piedras, quizás un pequeño anillo de con-Figura 5. Planta y materiales de la necrópolis de Atafona (Silva y Gomes 1992). El único elemento de ajuar reconocible asociado a esta tumba es una pesa de telar trapezoidal (Silva y Gomes 1992: fig. 61A). Se conocen además algunos elementos adicionales de los ajuares de estas tumbas, aunque no se haya explicitado todavía a cuál de ellas pertenecen. Entre estos se cuentan un cuchillo afalcatado, un cuenco en casquete esférico, un quemador con decoración calada y un vaso ovoide modelado (Silva y Gomes 1992: fig. 61A). Este tipo de deposición en urna sin estructura tumular -o al menos sin estructura tumular en Π-parece igualmente documentada en la importante pero desgraciadamente mal conocida necrópolis de Cerro Furado, Beja (Gonçalves et alii 2007; Arruda y Lopes 2012). Este extenso conjunto funerario nunca ha sido objeto de trabajos de excavación, pero sí ha sido -y sigue siendo-profundamente afectado por continuadas actividades de expoliación, en el marco de las cuales se han producido algunos hallazgos que han podido ser recuperados y estudiados. Así, y por un lado, se han podido recuperar dos urnas con sus respectivas cremaciones que se han estudiado desde el punto de vista antropológico pero no desde el arqueológico (Gonçalves et alii 2007), por lo que no aportan demasiados datos para el conocimiento de esta necrópolis más allá de la constatación de la práctica de depositar los restos cremados en urna. Por otra parte, en un estudio reciente se han dado a conocer dos vasos griegos de figuras rojas procedentes de esta necrópolis (Arruda y Lopes 2012). A pesar de estar descontextualizadas, estas piezasuna cratera de campana del Pintor del Tirso Negro y un skyphos, posiblemente del Grupo del Pintor del Fat Boy, ambos fechados del segundo cuarto del siglo IV a. n. e. (Fig. 6)-presentan un enorme interés por remitir a un ámbito cultural meridional y mediterráneo pero sobre todo por su similitud con el repertorio de la necrópolis de Olival do Senhor dos Mártires (Rouillard et alii 1988(Rouillard et alii -1989; Arruda y Lopes 2012: 405). De hecho, y hasta la publicación de estas piezas, el uso funerario de krateres y skyphoi sólo se encontraba documentado, en el Extremo Occidente, en la necrópolis del Bajo Sado, lo que la convertía en un caso aislado de difícil valoración. Estos hallazgos del interior de Alentejo podrían al contrario indicar que la situación documentada en Alcácer do Sal es más representativa de lo que antes se suponía. Otro conjunto funerario caracterizado al parecer por la deposición de los restos cremados en urnas se ha documentado en Monte da Parreira, Almodôvar15, yacimiento que sin embargo permanece inédito. Por ende, de sus ajuares sólo se conoce un puñal de antenas16, al parecer integrable en el Tipo III de F. Quesada Sanz (1997), con paralelos regionales en el conjunto de Alcácer do Sal17. Siguiendo con el tema de las deposiciones en urna en sencillas fosas escasamente estructuradas, no puede dejar de señalarse la mal conocida situación de la tumba en la que se halló la famosa estela de Abóbada, Almodôvar (Dias y Coelho 1972). A pesar de las recientes intervenciones llevadas a efecto en esta necrópolis (Barros et alii 2013), la información sobre esta tumba sigue siendo escueta, aunque a juzgar por el croquis publicado (Fig. 7) se puede pensar que la estela se habría reutilizado como cubierta de una urna, probablemente del tipo globular con cordón plástico antes comentado a propósito de la necrópolis de Atafona (Dias y Coelho 1972: fig. 1). Esta pieza parece haberse depositado en una sencilla fosa excavada en el terreno y revestida con bloques de piedra (ibidem). Por otro lado, a este panorama se puede añadir el interesante aunque poco conocido caso de la cista megalítica de Serro das Antas, Almodôvar (Viana et alii 1957) donde, además de una reutilización fechable en el Bronce Final, se documentó la presencia de una estructura pétrea circular bajo la cual se encontraban cuatro urnas cinerarias de perfil globular, cuello estrangulado y borde espesado cubiertas con tapaderas cónicas (idem: fig. 1, nn. La falta de elementos de juicio hace difícil la valoración de este conjunto, que sin embargo debe con toda probabilidad atribuirse a la II Edad del Hierro regional. Figura 8, Plantas y cortes de la cista megalítica de Serro das Antas en las que se señalan los contextos funerarios prerromanos (Viana et alii 1957). Más allá de las deposiciones en urna, más o menos estructuradas, cabría en el presente contexto valorar otros tipos de deposiciones secundarias de cenizas desprovistas de urna que se han documentado en algunos contextos del interior del Bajo Alentejo. Este tipo de deposiciones en loculi se ha documentado en las necrópolis de Nora Velha 2, Aljustrel (Soares y Martins 2013), de Abóbada (Barros et alii 2014) y quizás en la de Cerro do Ouro, Ourique (Arruda 2001: 249). Desgraciadamente, los datos para valorar estos contextos son escasos y es muy probable que al menos parte de ellos se enmarquen todavía en la I Edad del Hierro regional. Sin embargo, el equipo que llevó a efecto las recientes excavaciones en Abóbada consideró al menos parte de las deposiciones en loculi como pertenecientes a la Fase IV de V. Correia (Barros et alii 2013(Barros et alii: 1171)). La tipología de la deposición en urna antes comentada confirma además la presencia en esta necrópolis de un horizonte de la II Edad del Hierro (Dias y Coelho 1972). Por último, y antes de abandonar el territorio del Bajo Alentejo, debe referirse, aunque de forma breve, la cuestión del larnax proveniente de Mértola publicado a inicios del siglo XX por J. Leite de Vasconcelos (1913: 374-375 y fig. 161) y que M. Varela Gomes (1986) ha puesto en paralelo a los larnakes documentados en varias necrópolis ibéricas del sureste y levante peninsular (Almagro-Gorbea 1982). Esta propuesta, que fecharía la pieza en cuestión en la II Edad del Hierro regional, resulta particularmente interesante al señalar unas relaciones culturales con el área ibérica que cabría seguir valorando en el futuro (Gomes 2018). Sin embargo, y al tratarse de una pieza sin contexto preciso, tampoco se puede excluir la inclusión de esta pieza en un período anterior, en paralelo con sus congéneres de Neves I, Castro Verde (Maia 1987) y quizás de Belhoa, Reguengos de Monsaraz (Gomes 1997), o incluso ya en época romana, como ya propuso J. Leite de Vasconcelos (1913: 372-375). La valoración de esta pieza en este contexto debe por ello seguir manteniéndose bajo ciertas reservas. El Alentejo Central y sobre todo el Alto Alentejo ocupan un lugar muy particular en la investigación sobre las prácticas funerarias de la II Edad del Hierro regional debido a los importantes hallazgos acaecidos en la región de Elvas a mediados del siglo XX. El hallazgo por parte de A. Dias de Deus de un gran número de conjuntos funerarios en aquella región, estudiados en conjunto con A. Viana, ha produ-cido de hecho un gran volumen de información, dada a conocer en una serie de trabajos firmados por estos investigadores (Viana y Deus 1950a;1950b;1951;1958; Viana 1950). La restitución de la atribulada historia de la exploración de esos conjuntos funerarios y el comentario a las peculiares metodologías de trabajo y publicación de los autores no cabe en el contexto del presente trabajo, aunque sí se deba señalar que ambos factores han conllevado la perdida de información y la constitución de un panorama muchas veces contradictorio y difícil de valorar (Rolo 2017) 18. De todos modos, en el presente contexto hay que retener que uno de los conjuntos funerarios estudiados por A. Viana y A. Dias de Deus -el de Herdade da Chaminé, Elvas-cuenta, además de con tumbas del Bajo Imperio y de la Antigüedad Tardía, con un importante horizonte prerromano, varias veces valorado por la investigación sobre las prácticas funerarias de este período (Berrocal-Rangel 1992: 303; Rolo 2017) 19. De hecho, las amplias "exploraciones" llevadas a efecto por aquellos investigadores han identificado un número sustancial de urnas cinerarias, aunque no exista un cómputo consensual del número exacto de tumbas excavadas: A. Viana refiere la existencia de más de 150 urnas (Viana 1950: 309) a la vez que M. Heleno avanza una cifra de más de 200 (Heleno 1951: 6); sin embargo, una revisión reciente parece indicar que este número corresponde más bien a la cuantificación de la totalidad de la vajilla cerámica que a las urnas propiamente dichas (Rolo 2017: 67), así que la duda persiste. Las características globales de esta necrópolis y de su cultura material -parte de la cual ha sido estudiada en trabajos posteriores (Nolen 1985: 159-171; Ponte 1986) 20 -son sobradamente conocidas, por lo que no parece relevante entrar a describirlas en detalle en este contexto. En cuanto a la cultura material, cabe recordar que a pesar de la tesis "celtista" de sus descubridores (Viana y Deus 1950a;1950b;1951;1958; Viana 1950), que podría hallar cierto respaldo en algunas cerámicas modeladas a mano -como las ya mencionadas urnas ovoides con cordones plásticos decorativos (Nolen 1985: 159-163) -en esta necrópolis se han documentado igualmente una serie de elementos que remiten para ámbitos más meridionales. Selección de materiales cerámicos (urnas y ungüentarios) de la necrópolis de Herdade da Chaminé (Nolen 1985). Entre estos elementos, ya valorados por C. Fabião 21, se pueden citar ciertas urnas (globulares y bitroncocónicas), algunas con decoración pintada, y tapaderas de producción a torno (Nolen 1985: 165-170), y bien así los pequeños ungüentarios bitroncocónicos tan frecuentes en Alcácer do Sal y en el mundo ibérico (idem: 163-164) (Fig. 9). La abundante presencia de fusayolas (Viana y Deus 1950b: figs. 5-6) remite también para esos mismos ambientes (Gomes 2017b). El panorama de los materiales metálicos es igualmente significativo. Aparte de la conocida espada de Tipo Arcóbriga (Tipo VI de Quesada Sanz) (Viana y Deus 1950b: fig. 5), que parece remitir para ámbitos más septentrionales (Quesada 1997: fig. 126), otros elementos, como las fíbulas anulares hispánicas (Ponte 1986: 114 y ss.) o incluso una pinza con decoración calada (Ponte 1986: 109) de tipo "iberizante" (Cuadrado 1975), refuerzan la imagen de unas afinidades meridionales bastante marcadas. Otros elementos, como una espuela o elementos de arneses de caballos 22, parecen remitir para unas prácticas y una ideología ecuestre que, además de en áreas más interiores (Argente et alii 2001), encontramos igualmente perfectamente articulada en la necrópolis de Alcácer do Sal (Gomes 2018), y también en el mundo ibérico (Almagro-Gorbea 1996). Así, este conjunto funerario fechable en un intervalo centrado en el siglo III a. n. e. (Berrocal Rangel 1992: 303) 23, considerado en su día como un ejemplo típico de "celtismo", puede sumarse a los datos de otros conjuntos antes comentados y que revelan unas relaciones culturales mucho más complejas y multidireccionales 24. La menos bien conocida necrópolis de Monte da Cardeira, Alandroal 25 puede considerarse desde el mismo punto de vista. Detectada igualmente de forma casual en 1950, las tumbas documentadas en esta necrópolis parecen haber correspondido grosso modo al mismo tipo de las de Herdade da Chaminé -cremaciones en urna depositadas en fosas excavadas en el terreno (Viana y Deus 1950a: 69-70). La información de que las fosas tenían, en este caso, elaboraciones más cuidadas, encontrándose revestidas de piedras formando pequeñas cajas (Viana y Deus 1950a: 69-70), no resulta del todo clara, y es posible que dichas piedras fueran (con mayor o menor grado de elaboración) análogas a los calzos que es-21 Véase n. 26La mayor parte de los materiales de esta necrópolis han sido destrozados durante los trabajos agrícolas que llevaron a su detección, conservándose únicamente una falcata y una hoja larga de lanza27 (Fig. 10), posiblemente de las variantes VA o VIA de F. Quesada Sanz (1997: 366-373). Se ha propuesto además que la asociación entre ambas piezas permite fechar este conjunto en el siglo IV a. n. e. Por último, cabría citar en este contexto los datos disponibles sobre la necrópolis de Herdade das Casas, Redondo (Berrocal-Rangel 1992: 305; Calado y Mataloto 2001). Este conjunto funerario, excavado en la década de 1980 por C. de Mello Beirão, se encuentra en estudio por R. Mataloto, quien ha publicado ya un avance sobre los materiales de esta necrópolis (Mataloto et alii 2014). El conjunto ya publicado incluye dos urnas a torno -una de morfología globular con decoración pintada con buenos paralelos en la Baja Andalucía (Ferrer Albelda y García Fernández 2008: 211 y fig. 4) y otra cercana al ya comentado tipo bitroncocónico-, cuencos en casquete esférico con pie de anillo, una pátera con pintura roja en ambas caras, dos fíbulas anulares hispánicas, dos puñales de tipo Arcóbriga, una espada de hilos paralelos de tipo La Téne y una falcata (Mataloto et alii 2014: fig. 3) (Fig. 11). Se cita además la existencia de otras urnas similares, de otras fíbulas anulares hispánicas, así como de dos soliferrea (Mataloto et alii 2014: 24). Por otra parte, se conoce igualmente una fíbula de caballito procedente de esta necrópolis (Berrocal-Rangel 1992: 137). Aunque preliminares, estos elementos parecen configurar un panorama no muy distinto al documen-Figura 11. Materiales de la necrópolis de Herdade das Casas (Mataloto et alii 2014). tado en otras necrópolis ya comentadas, y en particular, una vez más, en la de Olival do Senhor dos Mártires, a pesar de la presencia de algunos elementos más tardíos (espadas de tipo Arcóbriga y La Tène, fíbula de caballito). La cronología propuesta para este conjunto, entre el siglo IV y el III a. n. e. (Mataloto et alii 2014: 24), indica una vez más la existencia en estos momentos avanzados de unos ambiente funerarios que reflejan distintos matices culturales y una red compleja de relaciones transregionales. Por último, y para terminar este repaso por la documentación funeraria prerromana del sur portugués, se hace necesario volver al litoral, en este caso al área estructurada por los relieves del Macizo de Arrábida en el que se ubica la necrópolis de Casalão de Santana, Sesimbra (Serrão 1964; Gomes 2013). Como ya hubo ocasión de comentar, esta pequeña y modesta necrópolis se excavó en la década de 1950 y se publicó con gran detalle en la década siguiente. Corresponde a un conjunto de cinco cistas conformadas por lajas poco o nada trabajadas, en algunos casos de aspecto muy irregular, que contenían sendas inhumaciones (Serrão 1964: 15-19 y figs. VII-VIII) (Fig. 12). Sus ajuares eran sumamente parcos y poco característicos, lo que dificultó su datación. Los únicos materiales documentados son un fragmento de una fíbula, posiblemente de tipo La Tène (Tumba 1), una pinza de bronce (Tumba 3), un anillo también de bronce (Tumba 2) y un cuchillo afalcatado de hierro (Tumba 5) (Serrão 1964: 25-29 A pesar de estos escasos elementos, E. da Cunha Serrão logró fechar correctamente esta necrópolis en una etapa avanzada de la Edad del Hierro (Serrão 1964: 38), cronología posteriormente confirmada por una fecha de C14 obtenida a partir de restos óseos (Serrão 1994: 32) y recientemente revisitada (Gomes 2013: fig. 7). Hoy por hoy, los datos disponibles permiten proponer una fecha entre inicios del siglo IV y mediados del III a. n. e. para este conjunto funerario (Gomes 2013: 87). La necrópolis de Casalão constituye así una anomalía en el registro funerario de la II Edad del Hierro regional, donde representa el único ejemplo de la perduración de las cistas como contenedores sepulcrales y del uso exclusivo de la inhumación como solución de tratamiento del cadáver (ya que en Quinta da Queimada la inhumación de la Tumba 2 convive con una incineración en la Tumba 1 -cf. supra). Tumba 5 de la necrópolis de Casalão de Santana (Serrão 1964). Este conjunto funerario sale además de la tipología establecida por L. Berrocal Rangel (1992: 240-242), hecho que no debe desecharse y que puede incluso darnos algunas pistas para interpretar otras soluciones funerarias prerromanas particulares documentadas en el sur de Portugal, como habrá oportunidad de ver. INTERPRETANDO EL REGISTRO FUNERARIO PRERROMANO DEL SUR DE PORTUGAL: LÍNEAS DE FUERZA Y ALGUNOS INTERROGANTES. Como se puede apreciar por la enumeración realizada en las páginas anteriores, si es cierto que el número de yacimientos y contextos funerarios prerromanos conocidos es hoy un poco superior al que se recogía en las síntesis de finales del siglo pasado, la verdad es que la mayoría de los nuevos datos resulta de hallazgos más o menos ocasionales, de intervenciones muy limitadas y/o mal conocidas. Por otra parte, en la mayoría de los casos estudiados sigue sin poder identificarse el núcleo poblacional al que se asocian las necrópolis estudiadas, lo cual condiciona de forma sustancial la lectura e interpretación social y política de los conjuntos funerarios recogidos en los capítulos precedentes. Incluso en los casos en los que sí se conoce el poblado al que se asocian las necrópolis estudiadascomo en los casos de Alcácer do Sal (Silva et alii 1980(Silva et alii -1981;;Gomes 2018) y de Cerro Furado (Ribeiro y Ferreira 1971; Arruda y Lopes 2012) -los datos siguen siendo muy escuetos y no aportan demasiada información para la interpretación de los conjuntos funerarios correspondientes. La ausencia de una agenda de investigación direccionada hacia la clarificación de las muchas incógnitas que subsisten sobre las prácticas funerarias de este período es, por ende, bastante clara. Sin embargo, los datos de que sí disponemos permiten realizar algunas valoraciones globales. Desde luego, un primer aspecto que debe subrayarse es la constatación -no exactamente novedosa-del absoluto predominio de las cremaciones con deposición secundaria de los restos incinerados en urna. En contraste con la etapa precedente, caracterizada por cierta diversidad de soluciones, este rito alcanza una amplia aceptación en la región en época prerromana, en la que es casi exclusivo. Sin embargo, los datos de que hoy disponemos y una apreciación crítica del registro arqueológico ya no permiten atribuir la generalización de esta fórmula funeraria a un influjo cultural único, de matriz continental y celtizante. Como se ha señalado en múltiples ocasiones a lo largo de este trabajo, además de a elementos de raigambre continental las incineraciones en urna se asocian a unos elementos de cultura material que evidencian también -y, en muchos casos, sobre todo-relaciones con el ámbito meridional, ya sea "turdetano" o "ibérico" (Gomes 2018). Así, y en este marco de influencias difusas, no resulta fácil valorar el posible origen de esta fórmula funeraria, sobre todo cuando nos faltan los datos contextuales concretos que permitirían plantear respuestas fiables para esa cuestión. Sin embargo, algunas valoraciones que han podido realizarse en la necrópolis de Olival do Senhor dos Mártires pueden servir como pistas para la resolución de este problema. En este conjunto funerario las cremaciones en urna no son exactamente una novedad de la II Edad del Hierro, ya que durante las etapas iniciales de la necrópolis se documenta la presencia de tumbas con cremaciones en urnas del tipo "Cruz del Negro" (Correia 1972(Correia [1928];];Frankenstein 1997; Arruda 1999Arruda -2000;;Gomes e. p.). No obstante, entre estas manifestaciones precoces (mediados del siglo VII -inicios del VI a. n. e.) y la generalización de las cremaciones en urna en la II Edad del Hierro (mediados/ finales del siglo V a. n. e.) hay un hiato temporal que impide conectarlas directamente. Sin embargo, el estudio integral de los materiales y la valoración de las pocas coordenadas contextuales disponibles han permitido detectar la existencia de algunas tumbas no previstas en la tipología preliminar de V. Correia (1972Correia ( [1928]]) -o al menos en nuestro entendimiento de dicha tipologíadonde las incineraciones se depositaron en urnas de tipologías distintas (Fig. 13), análogas por ejemplo a las que se usaron en la necrópolis de Medellín durante el siglo VI e inicios del V a. n. e. Así, no es imposible que la práctica de depositar los restos cremados en urnas se haya mantenido en la necrópolis como rito minoritario hasta generalizarse en la II Edad del Hierro, quizás como resultado de un ambiente propicio en que este tipo de solución funeraria se difunde en distintos ámbitos peninsulares, de una forma que puede considerarse culturalmente transversal (Blánquez Pérez 1990; Belén y Escacena 1992; Berrocal Rangel 1992: 240-242; Lorrio 1997: 123-125; Alvárez Sanchís 1999: 169-172). De igual modo, la incineración (aunque al parecer in situ) está bien documentada en las necrópolis tumulares del área de Ourique a lo largo de toda su diacronía (Correia 1993; Soares y Martins 2013), mientras que las necrópolis de la I Edad del Hierro de la parte septentrional del Alentejo Central (en particular, Torre de Palma y Monte da Tera) se caracterizan justamente por la práctica de la cremación con deposición de Figura 13. Así, es muy posible -por no decir probable-que la generalización de las cremaciones en urna resulte, en la mayoría de los casos, de un desarrollo interno local/ regional, aunque estimulado por un ambiente transregional de adopción de este tipo de solución funeraria. Ese desarrollo no parece por ende resultar de unos influjos culturales unilineales, sino más bien de una trama difusa de relaciones sociales, políticas y culturales donde los contactos con el ámbito meridional mantienen un peso decisivo. Pero, como hemos visto, hay excepciones a este panorama. De hecho, la práctica puntual de la inhumación sigue bien documentada, aunque solo en el caso de la necrópolis de Casalão se pueda hablar de una comunidad donde este rito constituyó la norma. No estamos en condiciones de explicar esta perduración: de hecho, si en el caso de Casalão esta peculiaridad podría resultar de una relativa marginalidad en las redes sociopolíticas regionales, hipótesis avalada por la modestia de los ajuares, en el caso de Quinta da Queimada no se puede aplicar un razonamiento semejante dada la relativa riqueza de la vecina Tumba 1. De todos modos, y considerado el bien conocido coste añadido de la cremación, una explicación de índole social podría justificar esta disparidad de prácticas funerarias. Idénticas consideraciones se podrían hacer a propósito de las mal definidas deposiciones en loculi sin urna, aunque en este caso se planteen otros interrogantes, en particular sobre la posible existencia de contenedores en materiales perecederos desprovistos de visibilidad arqueológica. Otra cuestión que importa valorar se refiere a la diversidad de las propias estructuras sepulcrales, que ya no parece limitada a la tipología bipartita propuesta por L. Berrocal-Rangel (1992: 240-242). La adición a esa tipología de las inhumaciones en cista (Casalão) y en fosa (Quinta da Queimada y Santa Rita) o de las probables incineraciones en loculi viene a complicar un poco el panorama. Sin embargo, existen algunas indicaciones de que el sustrato funerario local puede haber desempeñado, al menos en algunos casos, un papel relevante en la selección de las fórmulas sepulcrales prerromanas. De hecho, no parece casual que la dispersión de los monumentos en Π coincida grosso modo con la de los monumentos tumulares de la I Edad del Hierro, con los cuales en ocasiones se asocian de forma muy estrecha (Beirão 1986; Correia 1993; Arruda 2001). Tampoco parece irrelevante que la necrópolis de Casalão se ubique en una zona donde el uso de las cistas como contenedores funerarios se encuentra igualmente documentada para la I Edad del Hierro, como se desprende de la reciente revisión de la necrópolis de Vale da Palha, Sesimbra (Arruda y Cardoso 2015). Así, estas tradiciones funerarias se podrían valorar hipotéticamente como nexos de continuidad en el marco de unos procesos de transformación social, política y territorial acelerada. Esta hipótesis ayuda además a comprender la asociación de algunas tumbas a antiguos monumentos megalíticos, que no tienen por qué leerse como un fenómeno de apropiación de un territorio por elementos ajenos al mismo, puesto que pueden igualmente ser una señal de arraigamiento continuado a un territorio y a una historia comunitaria motivado por unos rápidos procesos de cambio. En todo caso, la escasa documentación con la que actualmente contamos no permite superar las muchas incógnitas y ambigüedades del registro funerario prerromano del sur del territorio portugués. No por nada se han evitado en las páginas precedentes otras muchas cuestiones que estos contextos funerarios deberían permitir aclarar, tal y como la estructura social de estas comunidades: los datos sencillamente no permiten hoy por hoy realizar ese tipo de lectura con un mínimo de seguridad. No obstante, el panorama presentado en las páginas precedentes sí permite comprender el enorme potencial de dicho registro para valorar una serie de cuestiones sobre la estructuración de las comunidades prerromanas de esta amplia región, en particular desde el punto de vista de sus relaciones y afinidades con otras áreas peninsulares. Queda pues esperar que en los próximos años la realización de nuevas revisiones y, sobre todo, de nuevos trabajos de campo permita superar la imagen fragmentaria con la que contamos hoy día, arrojando luz sobre uno de los horizontes de la Protohistoria del suroeste peninsular más olvidado en las últimas décadas.
En la edición impresa del artículo se excluyeron por error las figuras que debían acompañar al texto / In the printed edition of this article, the figures that should accompany the text were excluded by mistake. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Fragmento de parede de olpe de Figuras Negras, do Coríntio Médio de Castro Marim (fotografia A. M. Arruda). Fragmento de parede de olpe de Figuras Negras, do Coríntio Médio, de Almaraz (fotografia A. M. Arruda). Porém, esta "cidade", no entender de Adolfo Domínguez Monedero, "...no parece haber funcionado durante el siglo VI como un gran centro redistribuidor de ese producto, a pesar del importante porcentaje de cerámica griega hallado allí" (Dominguez 2001(Dominguez -2002: 192): 192).
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). La vida social de la cerámica ática en la península ibérica: la amortización de las copas Cástulo de tipo antiguo * Wolfson College, Universidad de Oxford RESUMEN En el presente artículo se aborda el problema planteado por el desfase cronológico existente entre las fechas de fabricación de las copas Cástulo según la cronología del Ágora de Atenas y las de su deposición en contextos de la península ibérica. La revisión de los contextos arqueológicos conocidos que incluyen estas copas y de sus patrones de deposición en ciertas necrópolis de la Alta Andalucía junto con estudios macroscópicos de uso de ciertos ejemplares nos permitirán concluir que las copas Cástulo de tipo antiguo -panel entre las asas y cara exterior del pie sin barnizar y fondo externo decorado con círculo y puntollegaron a la península ibérica en las fechas establecidas por la cronología ateniense y que su deposición tardía en nuestros contextos se debe a una decisión consciente por parte de los consumidores de las mismas. A careful analysis of the archaeological contexts with examples of the type and of the deposition patterns of these cups in a number of necropoleis from the area of the High Andalucía together with macroscopic use-wear * Este trabajo se enmarca en un proyecto de investigación más amplio sobre el consumo de cerámica ática en la península ibérica que estoy llevando a cabo en el Wolfson College de la Universidad de Oxford como Junior Research Fellow Mougins Museum in Classical Art and Material Culture. Parte de la investigación para el presente artículo se realizó en la biblioteca John Miller Burnam del Departamento de Estudios Clásicos de la Universidad de Cincinnati gracias a una beca del programa "Tytus" durante el verano de 2017. Diversos aspectos fueron presentados en el Seminario de Arqueología de la Facultad de Estudios Clásicos, Historia y Arqueología de la Universidad de Newcastle el 26 de octubre de 2017. PALABRAS CLAVE: barniz negro; vasos griegos; consumo; copa inset lip; keimelia. Las copas Cástulo, o inset lip según la terminología del Ágora, son un elemento característico del registro arqueológico hispánico de los siglos V y IV a. C. Se trata de producciones sólidas y resistentes especialmente fabricadas para mercados de exportación que han sido objeto de diversos estudios por parte de varios investigadores debido a la problemática cronológica que plantean en contextos occidentales, especialmente el ibérico: un desfase de unos 50 años entre las fechas de producción estimadas según los ejemplares del Ágora y su amortización en la península ibérica. Esta discrepancia suele resolverse proponiendo un periodo de producción de estas copas en Atenas más largo del que las fechas del Ágora permitirían sostener, hipótesis que es plenamente plausible para los ejemplares tardíos del tipo. No obstante, en el presente trabajo voy a centrarme en las copas Cástulo de tipo antiguo para proponer una hipótesis al-ternativa a este desfase cronológico. La revisión de los contextos arqueológicos conocidos que incluyen estas copas y de sus patrones de deposición en ciertas necrópolis de la Alta Andalucía, junto con estudios macroscópicos de uso de ciertos ejemplares nos permitirán concluir que las copas Cástulo de tipo antiguo llegaron a la península ibérica en las fechas establecidas por la cronología del Ágora y que su deposición tardía en nuestros contextos se debe a una decisión consciente por parte de los consumidores de las mismas. Diversos modelos teóricos como el de la economía de bienes de prestigio3 y una visión post-colonialista del comercio de cerámica ática en las áreas periféricas del mundo griego, sustentan este estudio desde el punto de vista teórico. LAS COPAS CÁSTULO -CARACTERIZACIÓN Y CRONOLOGÍA EN EL MEDITERRÁNEO El estudio y caracterización de la copa Cástulo se debe, como es bien conocido, a Brian Shefton (1979Shefton (, 1986Shefton (, 1990aShefton ( y 1990b)), quien, debido al gran número de ejemplares recuperados en las necrópolis jiennenses de Cástulo, dio ese nombre a un tipo de copa conocida hasta entonces como inset lip según la nomenclatura del Ágora4. Los mapas de distribución que elaboró le llevaron a la conclusión de que este tipo de copa no estaba destinada al consumo doméstico en Atenas (Shefton 1990b: 164), afirmación que mantiene su vigencia hoy en día, como se desprende de los últimos mapas de distribución (no exhaustivos) de la forma en el Mediterráneo occidental elaboradas por Justin Walsh (2014: 160-161, Map: Site_N_Castulo). La explicación de Shefton, con tintes colonialistas, acerca de la popularidad de estas producciones en los mercados occidentales y, especialmente, el íbero, es bien conocida: al tratarse de una forma cerámica sólida y resistente, la copa Cástulo sería especialmente adecuada para soportar los golpes que iba a recibir en los banquetes "bárbaros" de la península ibérica (Shefton 1990a: 88). Si bien la solidez morfológica de este tipo de copas jugó, indiscutiblemente, un rol importante -la denominada "affordance" de Ian Hodder (2012: 48-50)-, dicha característica no fue la única que garantizó la larga vida de estas producciones en nuestras tierras, especialmente si tenemos en cuenta la amplia difusión de las sucesoras de las copas Cástulo: las copas del Grupo de Viena 116, una forma mucho más frágil. Las características morfológicas de la copa Cástulo, tal y como las definieron Brian Sparkes y Lucy Talcott (1970: 101-102), son bien conocidas, por lo que no es preciso profundizar sobre este aspecto aquí. Se caracterizan por tener un pie anular resaltado en la cara exterior, asas horizontales que nacen de la parte inferior del cuenco y no sobrepasan la altura del borde y un cuenco de profundidad variable que evidencia su relación con la forma de la que deriva: la copa-escifo. El cuenco es profundo en los primeros ejemplares, pero se hace más plano y ancho con el tiempo. Definitoria de la forma es la presencia de un labio cóncavo al exterior con un resalte interno, lo que la diferencia de otras copas sin tallo de la época. Con excepción de la pérdida de definición del pie y de profundidad del cuenco, la morfología de la copa permanece relativamente estable durante sus casi cien años de existencia lo que, junto con los contextos de deposición tardíos atestiguados en la península ibérica, dificulta su datación. La cronología de los ejemplos del Ágora catalogados abarca los años 480 a 425 a. C., aunque existen ejemplares de figuras rojas datables en el primer cuarto del siglo IV a. Las copas de figuras rojas tuvieron una distribución más restringida, principalmente en Grecia y en Italia (Sparkes 2016: no 16). Si bien la forma de la copa Cástulo es bastante estable, no ocurre lo mismo con su decoración, que experimenta ciertos cambios a los que se otorga valor cronológico, desde los ejemplares más tempranos del Ágora hasta las últimas producciones halladas en la península ibérica. Principalmente, se trata de la presencia o ausencia de barniz en el panel entre las asas y en la cara externa del pie, así como el diseño del fondo externo del mismo. Además de los ejemplos atenienses, contamos con un buen contexto para las copas con esta decoración en el asentamiento de Cittadella, la arcaica Morgantina, en Sicilia, destruida por los sículos en 457 a. C. y donde apareció un ejemplar completo de esta tipología en un relleno quemado junto con una cratera de volutas de Eutímides datada alrededor del año 515 a. Es posible que se continuaran fabricando ejemplares del tipo antiguo después de mediados del siglo V, pero la revisión de contextos mediterráneos que hemos llevado a cabo revela que estos serían ejemplos muy puntuales y que su producción no se extendió mucho más allá del 450 a. C. publicadas por Jehasse (Jehasse y Jehasse 1973) hay 7 copas Cástulo que ofrecen ciertos datos cronológicos. Una de las copas con panel entre las asas sin barnizar (no 2193) procede de la tumba 102, ca. C. está totalmente barnizada y tiene "cercles réservés sur le fond externe". El caso de la tumba 98B es interesante ya que fue abierta para acomodar un segundo cuerpo, por lo que el ajuar pertenece a dos periodos distintos: 460 y 425 a. C. Las dos copas Cástulo de este contexto (n os 2099 y 2100) presentan el esquema antiguo -una tiene un grafito en el fondo exterior del pie-pero se han datado en el segundo periodo de ocupación de la tumba sin razones aparentes. Creemos que ambas deben pertenecer al primer periodo, acompañando a la cratera de columnas del Pintor de Pan, la copa del taller de Duris y la relacionada con el Pintor de Pentesilea. La Cástulo número 1664 no está completa, pero se conserva el fondo reservado. Procede de la tumba 87, un enterramiento originalmente de finales del siglo VI a. C. que fue expoliado y reusado en los siglos IV y III a. C. La número 2063 procede de un contexto del primer cuarto del siglo IV a. C., al igual que muchos ejemplos andaluces, y apareció junto a un fragmento de escifo como únicas importaciones áticas en ese contexto. No se mencionan zonas reservadas pero la aclaración "paroi externe arrondie" (Jehasse y Jehasse 1973: 500), concuerda bien con la evolución del pie de estas copas, que con el tiempo tiende a perder el perfil más "crispado" de los primeros ejemplos (Sparkes y Talcott 1970: 102). El último ejemplo (no 1599) apareció en el dromos de la tumba 85, junto con una gran cantidad de fragmentos quemados y debris. Parece un ejemplar barnizado pero con fondo externo del pie reservado. C. ya han aparecido las copas totalmente barnizadas -aunque aún con fondo reservado con círculo y punto-en el Ágora y a partir de entonces se convertirán en el tipo principal. En España son habituales en contextos de la segunda mitad del siglo V a. C., como prueba el conjunto de vajilla "de fiesta" de la casa del Puig de Sant Andreu (Ullastret) publicado por Marina Picazo (2015) o el conjunto de Los Villares de Hoya Gonzalo. C. y otro procedente de Locri que porta una decoración incisa similar a la de las copas de la Clase Delicada, como, por ejemplo, la de la tumba 20 de Los Villares, y a la de copas Cástulo de figuras rojas y otras copas sin pie del taller de los pintores de Anfítrite, Karlsruhe y Sotades. De hecho, no es descabellado pensar en una producción de copas Cástulo en el taller del Pintor de Anfítritre, un pintor bien representado en los mercados occidentales, especialmente en Ampurias (e. g. La producción de figuras rojas y barniz negro simultáneamente en los mismos talleres es una hipótesis plenamente aceptada hoy en día (e. g. No podemos olvidar que la copa sin tallo de figuras rojas reparada con laminilla de oro de Kleinaspergle (BAPD 1004522) es obra también de este taller y apareció con una copa Cástulo posiblemente del mismo taller y también reparada en la misma tumba principesca. Por último, existe una copa Cástulo totalmente barnizada con decoración pintada -rama de olivo-bajo el labio que Gill (1987: 107) ha puesto en relación con una cratera de figuras rojas de Baksy asociada con el Pintor de Prónomos por las concomitancias que ambas presentan en el modo de ejecutar la corona de olivo, lo que sitúa la copa a finales del siglo V a. C. LAS COPAS CÁSTULO: CRONOLOGÍA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA El principal problema para la datación de estas copas en la península ibérica es que, si bien la mayor parte de ellas aparecen en contextos de los dos últimos cuartos del siglo V a. C. en asociación con otros objetos de la cultura material típica de este periodo como son las series VII y VIII de los cántaros de la clase de Saint Valentin, las copas de la clase Delicada y las copas grandes de labio recto, los escifos de guirnaldas, copas y escifos de lechuzas y copas del Pintor de Marlay, productos del denominado comercio emporitano (Cabrera y Sánchez 1994: 363-364), contamos con ejemplos de copas Cástulo en contextos del siglo IV a. Así pues, mientras la cronología de estas copas en el Ágora se puede fijar entre 475-425 a. C., las fechas propuestas para ellas en la península ibérica abarcan del ca. También los ejemplos procedentes de yacimientos del área del Golfo de León, como Lattes, comparten esta cronología (Py et alii 2001: 355-360). Ejemplares del tipo antiguo de copa evolucionado, es decir, fondo reservado con punto y círculo, pero superficie externa totalmente barnizada, que se documenta en el Ágora en una ocasión (P19405) y se data entre 470-450 a. C., aparecen en contextos hispanos del tercer cuarto a finales del siglo V a. C. (Sánchez 1992: 331) y copas con panel interansal reservado -las más antiguas-se documentan en tumbas andaluzas de mediados del siglo IV a. En España se registra también un tipo para el que no hay paralelos en Atenas y que se caracteriza por la presencia de bandas reservadas y barnizadas en el fondo exterior del pie. Este diseño aparece en otras formas recuperadas en el Ágora sobre el año 425 a. C. 5 Los mejores ejemplos son los de las necrópolis de Cástulo, que Carmen Sánchez data en el primer cuarto del siglo IV a. C. La ausencia de la forma en el cargo del barco de El Sec se ha postulado tradicionalmente como evidencia de que la producción de estas copas no sobrepasa el año 375 a. C., lo cual es probablemente cierto, aunque hoy en día la datación del pecio se ha bajado al año 340 o incluso más allá (Lawall 2005: 46), en cuyo caso el argumento ex silentio perdería solidez. Carmen Sánchez (1992: 332) ha explicado este desfase cronológico entre Atenas y la península ibérica postulando que los talleres áticos continuaron fabricando esta forma para el mercado de exportación durante finales del siglo V y principios del siglo IV a. C. una práctica relativamente común que otros investigadores han reconocido y aceptado para otros tipos cerámicos y mercados de exportación distintos del hispano (en contra, Gracia 2003: 58; cf. 2005). En este artículo, no obstante, me gustaría plantear una hipótesis alternativa -aunque complementaria-a la planteada por Sánchez para explicar la presencia de estas copas en algunos contextos tardíos: que muchos de esos casos se traten, en realidad, de objetos depositados tiempo después de su adquisición en la península, objetos con historias personales que se mantuvieron en circulación durante una o dos generaciones por motivos varios, desde razones sentimentales hasta económicas. Si bien, como hemos visto, la cronología de estas copas es problemática, en particular en lo que concierne a los ejemplos más tardíos, para los que aplicaría la explicación de Sánchez, considero que contamos con evidencia suficiente para fijar la fechas de producción del tipo antiguo entre los años 475/470-450/440 a. 430 y presenta un diseño muy simple con el único añadido de un segundo circulo alrededor del motivo central de círculo y punto. También Ambrosini (2009: 25) estima la aparición de este tipo de decoración, i. e. círculo con la banda externa de barniz, sobre los años 430-420 a. C., en la producción tardía del Pintor de la Tapadera. 6 No comparto la hipótesis planteada por Filippo Giudice en el congreso en honor de Sir John Boardman celebrado en Lisboa en mayo 2017 como explicación a la discrepancia entre las fechas de producción en Atenas y de deposición en el oeste de la Los contextos cerrados de esta época con datación segura en la península ibérica son desafortunadamente inexistentes. Algunos conjuntos como los de la casa de Ullastret, Los Villares o el túmulo I de la necrópolis de El Llano de la Consolación (Valenciano 2000: 268) ofrecen dataciones relativas, pero se trata, en general, de termini ante quem de poca relevancia para nuestros propósitos. El contexto de mayor interés para la cronología del tipo temprano de copa Cástulo es el complejo de Cancho Roano. La mayor parte del material recuperado de este conjunto pertenece a la última fase de construcción, fase A-3, que, a pesar de la casi absoluta falta de estratigrafía, se puede datar entre el 425 y el 400 a. C., cuando se abandona e incendia el edificio 7. El conjunto material es bastante homogéneo y contiene copas Cástulo totalmente barnizadas con varios diseños decorativos en el fondo externo del pie, incluido el tipo más evolucionado, lo que concuerda con la fecha en la que estimamos que esta decoración comienza a dominar en el Ágora, ca. C. (véase más arriba). Según se desprende de los dibujos de Gracia (2003: 131-179), la mayoría de estas copas han perdido ya los perfiles crispados típicos de los primeros ejemplares atenienses. Si bien en la publicación de Gracia no se identificaba ningún ejemplo del tipo antiguo de copa, la revisión del material por parte de cerámica ática durante el primer cuarto del siglo IV a. C. Giudice postula la existencia de un décalage entre ambas fechas como consecuencia de la inestabilidad política en Atenas y considera que gran parte de la producción habría permanecido largo tiempo en el Pireo antes de ser enviada a ultramar. Uno de los motivos por los que no considero necesario proponer supuestos problemas de distribución/redistribución como explicación a este fenómeno es que la problemática de las copas Cástulo no la comparten otras formas áticas atestiguadas en la península ibérica con las que muy probablemente compartían espacio en los barcos. Los problemas cronológicos que presentan los cuencos de borde saliente serán abordados en otro lugar, pero creemos que se deben más a una actitud de la investigación contemporánea a datar el grueso de la cerámica ática en la primera mitad del siglo IV a. C. Pese a la existencia hoy en día de contextos que permiten datar un buen número de estos cuencos claramente en la segunda mitad del siglo IV a. C. e incluso el último cuarto de siglo, la inercia de décadas de investigación es bastante notable en este aspecto. Teniendo en cuenta los conocimientos actuales sobre el comercio de cerámica ática a los mercados exportadores, consideramos que la comercialización de estas copas tendría lugar en los momentos inmediatamente posteriores a su fabricación en Atenas. Incluso siendo generosos con los tempos de la fase de distribución al interior de la península, se puede estimar una vida media de, por lo menos, unos 20-25 años para estas copas (vajilla de carácter semilujoso) entre su producción y su amortización en contextos hispanos. Sobre los mercados de la cerámica ática, cf. Tsingarida y Viviers 2013. Jiménez y Ortega ha revelado un par de ejemplos. El primero, número 297, está quemado, lo que indica que se encontraba aún en uso en la fase final del santuario. El segundo fragmento (CR/389), del mismo tipo, está mejor conservado y contamos con información estratigráfica: es el único material ático que puede asignarse a la segunda fase del conjunto edilicio, la fase B. Es, de hecho, el principal argumento esgrimido por Jiménez y Ortega (2004: 128) para postular una fecha más tardía para el final de la segunda fase del santuario dentro del segundo cuarto del siglo V a. C. Este ejemplar es, como bien enfatizan los investigadores mencionados, de gran relevancia por cuanto se trata de la primera vez que contamos con confirmación estratigráfica para una realidad que estamos observando en otros lugares del Mediterráneo: que este tipo es, evidentemente, anterior cronológicamente a las copas totalmente barnizadas. Este ejemplo es, así mismo, una de las evidencias que sustentan nuestra hipótesis de que las copas del tipo antiguo llegaron a la península ibérica dentro de las cronologías marcadas por el Ágora de Atenas, o con un décalage menor del que se suele aceptar. Aunque carentes de contexto estratigráfico, los fragmentos de copas Cástulo tempranas recuperadas en Calatrava la Vieja (Ciudad Real) apuntan también en esta línea: como ha resaltado Naranjo (2014: 239) recientemente, otros asentamientos de la región, como Alarcos o La Bienvenida, que ya contaban con cerámicas áticas en el siglo VI a. C. pero que no registran importaciones en los tres primeros cuartos del siglo V a. C., no proporcionan ejemplos del tipo. En los apartados que siguen vamos a realizar una revisión de las copas Cástulo antiguas identificadas en la península ibérica para centrarnos posteriormente en aquellos ejemplos procedentes de contextos tardíos, señalando un número de casos destacados en los que se advierte un tratamiento especial de estos objetos para concluir sobre los motivos que están detrás de su amortización tardía en contextos hispanos y sobre el significado general que esta vajilla tendría en la península ibérica. DISTRIBUCIÓN DE LAS COPAS CÁSTULO DE TIPO ANTIGUO EN LA PENÍNSULA IBÉRICA La copas Cástulo de tipo antiguo no son muy abundantes en la península ibérica, lo que es comprensible si tenemos en cuenta que el comercio de cerámica ática hacia nuestras tierras sufre un retroceso en la primera mitad del siglo V a. C. y no se reinicia con plena fuerza hasta mediados de la centuria. Teniendo en cuenta el indispensable trabajo de Francisco Gracia (2003y 2005) sobre este tema y a partir de las últimas listas de distribución proporcionadas por Jiménez y Ortega (2004: 129) y Naranjo (2014: 243), completadas con nuestra investigación personal, se han podido identificar ejemplos en 49 estaciones en la península, la mayor parte de ellas asentamientos, con excepción de las necrópolis de la Alta Andalucía (Fig. 1). La cerámica de barniz negro de la Neápolis ampuritana ha sido catalogada recientemente por Carmen Sánchez y Carlos Pérez Aguayo (2017). Desafortunadamente, en estas primeras publicaciones no se incluyen detalles sobre la decoración de las copas por lo que en los casos en los que Sánchez y Pérez Aguayo no recogen la pieza en cuestión, no es posible concluir si se trata de un ejemplar del tipo antiguo. Es el caso de un fragmento de la UE 5015 asociado a una lecánide de barniz negro datado en el tercer cuarto del siglo V a. C. (Sanmartí-Grego 1988: rias, se mencionan un par de Cástulos con una datación del siglo VI-V a. Si no se trata de una confusión por el rango más habitual entre los siglos V y IV, estos ejemplos son seguramente copas del tipo antiguo. Entre los fondos del Museu de les Terres de l'Ebre disponibles online, hay fragmentos que parecen pertenecer a nuestro tipo [URL]. php e. g. Copas Cástulo del tipo antiguo se documentan en 7 estaciones en las zonas norte y centro del País Valenciano (Valencia y Castellón), muchas de las cuales cuentan con importaciones griegas ya desde finales del siglo VI a. En la necrópolis de Cabezo Lucero se documentan en los puntos 21-22 (cremación) y 42A; este último porta agujeros de reparación. En la necrópolis de L'Orleyl se registra un ejemplo muy interesante asociado con una cratera del Pintor de la Amazona de las últimas décadas del siglo IV a. C. sobre el que volveremos posteriormente. Fontcalent, cerca de Alicante es, según García Martín (2003: 60), el punto de origen de una copa Cástulo temprana inédita que se encuentra en el Museo Provincial de Alicante. También menciona otro ejemplo de El Tossalet de les Basses (García Martín 2004: 48, fig. 48a-b). Por último, hay cuatro copas más procedentes de la Illeta dels Banyets, Alicante (García Martín 2003: no cat. Las copas Cástulo son comunes también en Murcia. Tomando como referencia el catálogo de cerámica ática de esta región compilado por García Cano (1982), contamos dos ejemplos con panel reservado en la necrópolis de El Cabecico del Tesoro, media asa reservada en el Cabezo del Tío Pío (Archena), una posible base en Castillejo de los Baños (Fortuna), un fragmento de pared con panel reservado procedente del asentamiento de Cobatillas La Vieja y un fragmento de asa con interior reservado de Mafraque (Abanilla) (García Cano 1982: 67-68;116, no 156;191, no 381;240, no 583, respectivamente). Teniendo en cuenta la fecha de publicación de dicho catálogo (1982), debemos asumir que el número de ejemplos es seguramente mayor hoy en día. En todos los casos, se fechan estas copas en el primer cuarto del siglo IV a. C., pero creemos que, según las cronologías que estamos manejando, deban datarse mucho antes aunque aparezcan en estos contextos tardíos. En la provincia de Ciudad Real, se han referido copas Cástulo tempranas en el asentamiento del Cerro de las Cabezas (Valdepeñas) (Vélez y Pérez 1987: 196, pl. 9, fig. 47; García Huertas y Morales 1999: fig. 3.1) y dos ejemplos descontextualiza-dos procedentes de Calatrava la Vieja (Naranjo 2014: 236). Las copas Cástulo de tipo antiguo son relativamente abundantes en Andalucía. En la Bahía de Algeciras, el asentamiento del Cerro del Prado cuenta con numerosas copas Cástulo, entre ellas, un fragmento de pared y nueve pies del tipo antiguo (Cabrera y Perdigones 1996: 160). La copa antigua encontrada en la ciudad púnica de Carteia se cree que pudo haber sido llevada allí en el momento de la fundación de la ciudad hacia mediados del siglo IV a. El ejemplar procedente de una habitación abandonada a finales del siglo V a. C. en el asentamiento de Ses Païses en Artà, Mallorca, es probablemente nuestro tipo, a juzgar por el dibujo publicado -aunque sin indicación acerca de la decoración externa-. COPAS CÁSTULO TEMPRANAS EN CONTEXTOS TARDÍOS Desafortunadamente, la información estratigráfica para la mayoría de las copas mencionadas en el apartado precedente es realmente escasa. No obstante, los datos disponibles revelan que la cerámica ática tuvo una vida útil notablemente larga en los hábitats de Valencia y Castellón, así como en las necrópolis de Andalucía. En las líneas que siguen, se ofrece un panorama de las copas Cástulo tempranas aparecidas en contextos tardíos, es decir, de finales del siglo V a. C. en adelante, cuando el tipo antiguo con zonas en reserva había dejado ya de fabricarse. En un buen número de estos casos, la presencia de este tipo en un contexto tardío no se debe al azar, sino que, creemos, es resultado de una decisión consciente por parte del consumidor ibérico motivada por diversos factores que esbozaremos en las conclusiones. En la región del Camp de Túria (en torno a Llíria), algunas formas, como la copa Cástulo, pero también cuencos y otras tipologías, co-existen con cerámica campaniense y otras fábricas de los siglos III e, incluso, II a. Tal es el caso del asentamiento de El Puntal dels Llops (Olcau, Valencia) (Bonet y Mata 2001: 53, fig. 56.3048) o de Edeta/ Tossal de Sant Miquel, donde aparece una copa Cástulo completa -aunque del tipo evolucionado-en el nivel de destrucción del primer cuarto del siglo II a. C. Igualmente, en Los Villares (Caudete de las Fuentes) aparece una copa Cástulo como uno de los objetos más antiguos en el nivel IV, destruido en el contexto de la Segunda Guerra Púnica y con una cronología estimada desde mediados del siglo V a. C. (precisamente por esta copa) al siglo III/ II a. Otros ejemplos se registran en El Castellet de Bernabé, aunque en este caso, sólo se trata de fragmentos integrados en los niveles de destrucción (Guerín 2003: 197). Este fenómeno es común también en Cataluña: Sanmartí-Grego (1996: 125) da noticia de unos fragmentos de copa Cástulo -sin especificar el tipo-en un nivel de alrededor del año 200 a. C. La presencia de formas áticas en contextos muy tardíos, tanto en España como en otros lugares, preocupó también a Jean-Paul Morel (1998: 244) -y recientemente a Bechtold (2010: 65-69)-, quien señala el ejemplo de Cartago, donde aparecen tales piezas en los niveles de destrucción de 146 a. C. Otros contextos con objetos áticos residuales son Lattes (mediados del siglo II a. (Py et alii 2001) o La Seña (Villar del Arzobispo-Valencia). No obstante, creemos que en los casos en que los ejemplares aparecen atomizados en contextos tan posteriores, no se debe excluir la hipótesis de que se trate de simples intrusiones procedentes de niveles anteriores. Los ejemplos que aparecen en la necrópolis de Cabezo Lucero se asocian también a fábricas tardías, pero sin los hiatos cronológicos tan marcados que se registran en Cataluña y Valencia. La copa Cástulo de la incineración primaria del punto 21-22 se asocia a formas de principios, mediados y finales del siglo IV a. C. y la del punto 41, a formas aún anteriores, tales como una copa escifo de figuras negras tardías, y a otras más tardías, como una copa del estilo del Pintor de Viena 116 y saleros del tercer cuarto del siglo IV a. C. La primera copa se depositó cuidadosamente encima de los restos cremados del difunto y, al igual que el pequeño salerito con el que apareció, no fue quemada en la pira, sino que se utilizó en los rituales funerarios posteriores. Por último, la copa del punto 42A es también una pervivencia y presenta agujeros de reparación, normalmente sintomáticos de una vida útil más larga de lo normal (Aranegui et alii 1993: 178-182; 202 y 207, respectivamente para las tres copas). Pierre Rouillard ha enfatizado el papel de las libaciones en Cabezo Lucero, donde aparecen vasos para la bebida rotos y quemados sobre cremaciones primarias (Aranegui et alii 1993: 49-51). El caso de la lécito usada para libaciones es paradigmático de la adaptación de la vajilla ática a los usos locales. La copa Cástulo, al igual que la mayoría de vasos "para beber" que aparecen en las cremaciones in situ en Cabezo Lucero, sería utilizada también para libar sobre la tumba y en el caso concreto de la incineración del punto 21-22 fue salvada del fuego. ¿Se puede extraer de este tratamiento diferenciado una consideración especial de este objeto como una "antigüedad"? Parece relevante que un patrón de deposición igualmente cuidadoso se registra también para el caso de las armas en Cabezo Lucero, depositadas con esmero sobre la pira una vez que el fuego estaba casi extinguido (Aranegui et alii 1993: 51). Nuestra cremación pertenece a un personaje notable, como parecen evidenciar su variado y abundante ajuar, que también incluye un fragmento de "cerámica arcaizante" (Aranegui et alii 1993: 178). También a un personaje notable pertenece la extraordinaria tumba de L'Orleyl de finales del siglo IV a. C. que incluía una cratera del Pintor de la Amazona y un cuenco de borde entrante usado como tapadera sobre el que reposaba, en posición vertical, una copa Cástulo de tipo antiguo. Junto con el material ático, se hallaron fragmentos de armamento de bronce, un platillo de balanza doblado, ponderales y tres rollos de plomo, probablemente con el nombre del difunto: Bododas (Mengod et alii 1981; Melchor et alii 2010; Rodríguez y Sánchez 2017). Más de un siglo separa la copa del resto del ajuar ático. El carácter ritual del conjunto es llamativo, más aun teniendo en cuenta que los plomos inscritos contendrían oraciones, ofrendas o alabanzas y es probable que este aspecto ritual, junto con una necesidad particular del difunto de anclarse al pasado, tenga que ver con la presencia de una copa de tanta antigüedad como elemento amortizado (Rodríguez y Sánchez 2017: 68-69). Las copas Cástulo tempranas de Huelva son los únicos vasos que parecen estar fuera de lugar entre el material del nivel IIIb de la Calle Botica 10-12, que incluye formas típicas del último cuarto del siglo V a. Igualmente, los ejemplos de Algeciras pertenecen a un conjunto homogéneo de la misma fecha y las copas Cástulo antiguas reciben la misma cronología que el resto del material del conjunto (Cabrera y Perdigones 1996: 159), fechas que considero excesivamente bajas. En la provincia de Granada aparecen estas copas en las principales tumbas de finales del siglo V a. Ya hemos llamado la atención anteriormente sobre el significado de estos interesantes ejemplos en la necrópolis granadina a partir de un estudio macroscópico de uso (Rodríguez y Sánchez 2017: 65-68), pero queremos reiterar algunos aspectos en el presente trabajo por su relevancia para la comprensión global del fenómeno que estamos tratando. En la necrópolis de Galera se evidencia una, en mi opinión, intención consciente por parte de las élites de utilizar la cultura material con fines representativos y legitimadores, como medio para anclar el linaje al pasado, para crear memoria, con el fin de garantizar su supervivencia en el futuro. El modo de lograr esto es mediante la incorporación de ajuares en las tumbas que enfatizan aquellos aspectos diferenciadores de las élites, principalmente el control del excedente, el acceso a productos foráneos y una cierta memoria histórica, real o inventada. Tres de las copas Cástulo de Galera proceden de las tumbas más significativas de la necrópolis: 11, 20 (estas dos del tipo antiguo) y 34, y se asocian a un solo vaso ático más, la cratera de figuras rojas,10 así como con cerámica ibérica estucada y sobrepintada.11 La tumba 20 es el enterramiento más importante de la necrópolis y funcionó primero exclusivamente como tumba -fase a la que pertenecería el ajuar funerario-para posteriormente ser convertida en santuario al aire libre. El conjunto se data a finales del siglo V, pero la copa Cástulo presenta panel entre las asas y exterior del pie reservados (Fig. 2), lo que la fecha, según la cronología del Ágora, a mediados de siglo, por lo que creemos que, al igual que la propia Dama de Galera -obra del siglo VII o VI a. El tratamiento peculiar que reciben los vasos ibéricos, estucados y pintados con motivos de raigambre orientalizante, apunta también a una mirada deliberada al pasado. Una situación similar nos encontramos en la tumba 11, la del fundador masculino o un familiar cercano. El ajuar incluye una cratera atribuida al grupo de Polignoto (BAPD 213687) de ca. C. con una escena de Nice realizando una libación en la cara principal ante un joven ji-nete. Esta tumba sufrió igualmente dos fases constructivas: tras el colapso del túmulo funerario, se construyó una cámara encima que ha revelado material cronológicamente más antiguo que el del recinto inferior (Rodríguez Ariza 2014: 52-56). Sus excavadores piensan que cuando el primer túmulo colapsó, se recogió la mayor parte del ajuar y se depositó en la cámara superior y defienden la datación de la tumba, por el ajuar y las características constructivas, a finales del siglo V a. Este escenario es totalmente plausible, pero creemos que la tumba debería datarse ya en el siglo IV a. C. siguiendo la datación del material ibérico, en particular, la urna cineraria (Pereira et alii 2004: 84). De hecho, juzgando por los datos publicados, la única razón para datar la tumba en la segunda mitad del siglo V a. C. sería, precisamente, la copa Cástulo y la cratera de Polignoto. Es, por tanto, tentador, entender ambos objetos como keimelia (Reitermann 2014(Reitermann y 2016)), es decir objetos de valor que se reservan, se guardan y se protegen durante cierto tiempo, antes de ser usados de nuevo. De hecho, si esta tumba pertenecía al fundador masculino del linaje, asociado a la mujer de la tumba 20, podría especularse sobre la pertenencia de los objetos de ambas tumbas a un mismo "tesoro" familiar; piezas que habrían amasado casi medio siglo de historia antes de ser depositadas en la tumba. Una situación similar parece haberse dado en la tumba 34, también equipada con una cratera de campana y una copa Cástulo, entre otros elementos de ajuar. C. La tumba se fecha a finales del siglo V o principios del IV, lo que convertiría a esta cratera igualmente en una "antigüedad". El caso de la copa Cástulo es más dudoso en esta ocasión, ya que se trata de una copa completamente barnizada cuya cronología encajaría con la datación global del enterramiento. Las tumbas de los fundadores del linaje en Galera son realmente lugares de memoria, más teniendo en cuenta que tras un periodo más o menos corto de uso estrictamente funerario se convirtieron recintos abiertos a la comunidad. De hecho, antes de que la tumba 11 se derrumbara, este ya era, tal y como señalan sus excavadores, "un lugar abierto a una colectividad, posiblemente de un linaje que realizaba allí las ofrendas a los antepasados" ya que a ella se accedía a través de escaleras y se realizaban una serie de rituales relacionados con el fuego en los dos ustrina existentes (Rodríguez Ariza 2014: 54). Los objetos que formaban parte de los ajuares de ambas tumbas, incluidas las copas Cástulo, son así reintegrados en el contexto sistémico y experimentan una nueva etapa vital extraña a la mayor parte de la cultura material procedente de contextos funerarios ya que la simple deposición de un objeto en una tumba -es decir, su integración en un contexto arqueológico que se considera definitivoimplica una decisión consciente de poner punto y final a la vida útil del mismo. Esto se correspondería con la última posible fase del ciclo vital de la cerámica modelado por Theodore Peña para el caso romano, fase que él denomina "reclamation" (Peña 2007: 12-13, 272-318). No obstante, tal consideración depende de si se entiende la deposición en una tumba como un acto de "deshecho" del material, en cuyo caso su reintegración en el contexto sistémico se podría calificar de tal modo o de si, en cambio, se considera tal deposición una aplicación de uso -o reutilización-más en el ciclo vital del objeto en cuestión y no su deshecho, por lo cual el material no tendría que ser "reclamado" y no existiría realmente una "reintegración". No solo son las copas Cástulo las que funcionan como "objetos de memoria" sino que también contamos con casos de copas de figuras rojas "con historia" en las tumbas íberas, como la copa con escena de joven envuelto en himatio que procede de otra tumba relevante de la Alta Andalucía, la número 11/145 de Castellones de Ceal (Jaén). Esta tumba consta de dos cámaras, una inferior que contenía un ajuar funerario con, posiblemente, posesiones personales del finado, y una superior con ofrendas depositadas por familiares y/o amigos. La copa se data fácilmente en las últimas décadas del siglo V a. C., pero la cerámica ibérica se adentra en la primera mitad del siglo siguiente. La datación mediante C14 de la cubierta de madera de la cámara ofrece una cronología en torno al año 370-360 a. Si utilizamos la terminología propuesta por Reitermann (2016: 79-111), podemos entender esta copa como un objeto "de compañía" o de especial importancia para la persona enterrada en dicha tumba así como el vehículo mediante el que se expresa una identidad particular, en este caso, su pertenencia a las élites del lugar. El caso ibérico recuerda al modo en que los habitantes de Gela interactuaron con la cultura material del pasado, analizado recientemente por Reitermann (2014: 159-160). Se registra allí una interesante pervivencia tanto de vasos antiguos reutilizados como urnas funerarias como de piezas dos o tres generaciones anteriores al enterramiento depositadas sobre la tapa de los sarcófagos. Igualmente se han detectado casos de reutilizaciones de tumbas en las que se conservaron los elementos del ajuar preexistente. Estas pervivencias han sido interpretadas en el marco de la política de los tiranos sicilianos de invocar el pasado con objeto de legitimar su autoridad política y religiosa así como sus aspiraciones territoriales, algo de lo que se tiene constancia por otras fuentes. En un momento de inestabilidad, reconfiguraciones territoriales y desplazamiento de personas, este modo de usar el pasado por parte de los deinomenidas tuvo sus ecos, sin duda, en las comunidades sicilianas, que respondieron con manifestaciones de apego al pasado del tipo mencionado. Volviendo a nuestra revisión de las copas Cástulo del tipo temprano, en Andalucía contamos también con ejemplos en Toya (Jaén), en donde, a juzgar por el tipo de material procedente de la necrópolis, pertenecerían a conjuntos igualmente tardíos, pero desafortunadamente, la casi absoluta falta de estratigrafía imposibilita cualquier tipo de análisis contextual. Contamos con dos Cástulos antiguas en la necrópolis de Castellones de Ceal, de un total de cuatro y una base. 12 Una de ellas muestra abundantes señales de uso en el interior del cuenco (Fig. 3), procede de la tumba B -enterramiento doble-y se asocia a urnas ibéricas de finales del siglo V y del siglo IV a. El ejemplo de la necrópolis de Mengíbar, descontextualizado, procede del mercado de Antigüedades y fue donado al Museo Arqueológico de Madrid (MAN 1992/66/29) por Gonzalo Cores junto con otro material de los siglos V y IV a. Por último, el depósito votivo de la calle Zacatín de Granada proporciona dos ejemplos de copas Cástulo, una de ellas, del tipo antiguo. La fecha estimada para el depósito es ca. 12 En la publicación del material solo se mencionan dos de ellas y una base. Durante mi estudio del material en el Museo de Jaén en abril de 2017 documenté cuatro copas Cástulo, pero no el fragmento de base.. 13 Esta copa se incluye entre el ajuar de la tumba, pero no se recoge en el catálogo de cerámica ática que acompaña al libro. Se encuentra en el Museo de Jaén y su número de inventario es CE/DA00008. La confusión se incrementa porque la fotografía de la copa aparece en el catálogo online de Iberia Graeca (ID287) en la entrada correspondiente a la segunda copa Cástulo de la misma necrópolis (inventario CE/DA00299), sin contexto y procedente de las excavaciones de Chicarro de 1955 (la foto se ha obtenido de la publicación de Trías). Y aún más, mientras que la fotografía de esta segunda copa es correcta en el catálogo online del Museo de Jaén, se indica que ambas proceden de la tumba B, cuando la publicación del material de la excavación evidencia que solo una copa Cástulo procede de dicha tumba. Tras muchas comprobaciones, estoy relativamente segura de que la copa CE/DA00008 es la que procede de la tumba B y que la número CE/DA00299 es la copa descontextualizada de Chicarro. Aparte de estas, hay dos ejemplos del tipo evolucionado, uno de ellos (CE/DA00148), sin contexto, y el otro (CE/DA00121) procedente de la incineración XI. 14 Un par de ejemplos procedentes de Albacete son también interesantes. Las dos copas antiguas de los silicernia de la necrópolis de Los Villares se asocian a material del último cuarto del siglo V a. C. Dada la homogeneidad del conjunto y su excelente estado de conservación, este material se entiende como una compra única realizada poco antes del acto de consumo ostentoso en la tumba. La discrepancia cronológica planteada por la copa Cástulo no se ha planteado, probablemente por la problemática de la datación de este material que hemos comentado. Se pueden imaginar dos escenarios para explicar la presencia de esta copa en el conjunto: que se trate de un retraso imputable a Ampurias y asumamos que esta copa era un resto de un envío anterior y se despachara al sur con el resto de objetos más recientes, o que se trate de un objeto que llegó al asentamiento correspondiente a la necrópolis de Los Villares años antes de acabar en la tumba. En este sentido, es interesante recordar que existe otra copa Cástulo antigua en la tumba 10, aunque el resto de objetos no ofrecen información cronológica y la urna cineraria se ha perdido (Blánquez 1990: 214, T.10/12). El uso de la copa Cástulo en el asentamiento fortificado de La Quéjola (San Pedro) es muy interesante. A falta de una publicación completa del material, la cerámica ática del yacimiento parece reducirse exclusivamente a ocho copas Cástulo, según los datos que hemos podido recoger dispersos en varias publicaciones (Blán- 14 Hay también una copa de tipo C que habría estado en circulación durante un tiempo considerable. Tres de ellas proceden de cada uno de los tres almacenes anfóricos del complejo y podrían haber sido utilizadas para catar el vino allí almacenado (Quesada 1994: 111), y las otras cinco, del thesauros. Aquellas de las que contamos con imágenes (dos ejemplos de este último edificio) pertenecen al tipo antiguo. El asentamiento, junto con el denominado "edificio singular" se destruyó intencionalmente a finales del siglo V a. C., pero esta fecha se propone precisamente en base a la presencia de las copas Cástulo. No sabemos si todas las copas de La Quéjola pertenecen a este tipo antiguo, por lo que no podemos pronunciarnos sobre la conveniencia de esta fecha y/o sobre la existencia de un posible fenómeno de tesaurización en este caso, pero el patrón de consumo de esta forma en este importante centro vinario es relevante para nuestra argumentación. El denominado "edificio singular" -in antis-cuenta con dos espacios diferenciados. Uno de ellos presenta un marcado carácter "sacro", enfatizado no solo por sus características edilicias sino también por la cultura material encontrada en el interior: un extraordinario timiaterio de una figura femenina relacionada con la deidad protectora del asentamiento (Blánquez y Olmos 1993), objetos de metal, cerámica local con decoración plástica, recipientes estucados y pintados, ánforas de importación, pesas de telar y las copas Cástulo (Blánquez 1996: 165). La segunda área estaría destinada a cumplir con las necesidades de representación y hábitat de la autoridad local y el material incluye cerámica de mesa pintada, pithoi, y, al parecer, también copas Cástulo. Así pues, todo el edificio se entiende como un thesaurus, un espacio para "atesorar" objetos de prestigio controlados por un grupo o élite familiar que viviría en el espacio anejo a la zona sagrada (Blánquez 1996: 167-168). La copa Cástulo adquiere así una resonancia especial en este contexto. Con las limitaciones impuestas por la publicación parcial del conjunto material del complejo, solo es posible ensayar unas ideas: si se puede establecer la fecha de destrucción de La Quéjola a finales del siglo V a. C. independientemente de la cerámica ática y las copas Cástulo fueran del tipo antiguo, estaríamos aquí ante un interesante caso de "atesoramiento" en un contexto muy relevante, que, si no es debido a los azares de la oferta y la demanda, indicaría una consideración especial de esta forma en particular y su imagen "antigua" en un contexto sagrado -es más, el timiaterio, datado en el siglo VI a. C., es también una pieza "atesorada"-. Si, por el contrario, contamos también con copas de tipo evolucionado, que sin duda se siguen produciendo en el último cuarto del siglo V a. C., es necesario plantear por qué se trata únicamente de copas Cástulo y no de otras formas igualmente destinadas al consumo de vino las que aparecen en La Quéjola. Aspectos como la falta de disponibilidad de otras formas no caben en este caso, ya que diversas formas dentro del mismo horizonte ampuritano están llegando en la segunda mitad del siglo V a. C. a diversas necrópolis de la región, como Los Villares o Santa Ana. Por último, si la propuesta de datación de la destrucción del poblado se basa exclusivamente en la presencia de las copas Cástulo y estas pertenecen al tipo antiguo, parece conveniente revisar esta cronología. COPAS Y CONSUMO DE VINO ENTRE LOS IBEROS Existe bastante controversia sobre la conveniencia del uso del término "symposium" en referencia a los banquetes funerarios que, hipotéticamente, tendrían lugar en las necrópolis ibéricas. Evitaré este término en la medida de lo posible pues coincido con Fernando Quesada (1994) y Arturo Oliver (2000: 134) en cuanto a que es muy improbable que existieran symposia como tales en nuestro territorio y considero erróneo entender esos supuestos banquetes funerarios como marcadores de helenización -en contra, Blánquez 1991a, 2009-. El simposio griego era una institución social profundamente idiosincrática, estaba altamente ritualizado y tenía unas connotaciones sociales y económicas que hacen imposible su transferencia al mundo ibérico. Además, tal y como Olmos y Sánchez (1995) han apuntado, existían banquetes y ritos de libación antes de que las cerámicas áticas llegaran a la península. En la península ibérica se consumen bebidas alcohólicas -vino, pero especialmente, cerveza-desde, al menos, el bronce tardío (Sanmartí-Grego 2009: 59). C. la abrumadora presencia de ánforas fenicio-púnicas originarias del área del Estrecho indica un comercio de vino procedente de esa región. La producción local de vino en la península ibérica se documenta ya en el siglo VI a. C. (Alt de Benimaquía, Alicante, y La Quéjola, Albacete). El vino se consume también en contextos rituales en lugares no estrictamente incluidos en la órbita íbera, como Cancho Roano, así como, indudablemente, en el ámbito funerario, como confirman las excavaciones en diversas necrópolis. A pesar de que se han reiterado las diferencias que existen en el uso de las formas áticas en contextos extra-helenos, existe aún una tendencia a interpretar el conjunto cratera/copa como indicador del consumo de vino, lo que, en el contexto ibérico es, por lo menos para el caso de la cratera, erróneo. Carmen Sánchez, entre otros, ha señalado en múlti-ples ocasiones el cambio de uso que sufre esta forma en las necrópolis de la Alta Andalucía, donde fueron utilizadas como urnas cinerarias. También hay que destacar en este sentido la cratera recientemente excavada en el santuario de Puente Tablas (Jaén) en la que se han encontrado restos de sulfuro, lo que indica que fue usada para contener agua purificada durante las ceremonias religiosas de libación que tenían lugar en el santuario (Parras et alii 2015: 511, 517). La transferencia de objetos de un ámbito cultural a otro no implica necesariamente la transferencia de usos. Las consecuencias de un encuentro cultural son, a menudo, impredecibles e inesperadas, pero siempre fascinantes. No es mi intención, en absoluto, negar la asociación de las copas con el consumo de vino pues la presencia de esta forma en los almacenes anfóricos de La Quéjola o su uso en el edificio monumental de Cancho Roano es prueba suficiente en este sentido, pero sí quiero resaltar la limitación que supone interpretar la presencia de estas como signo ineludible del consumo de vino a la manera griega o entendido bajo la óptica del symposium ático. En este sentido, cabe recordar lo inapropiada que resulta la copa baja para la bebida de vino en posición horizontal (Lynch 2011: 78-79). Indudablemente se celebraban rituales funerarios con cerámica importada en torno a las tumbas en las necrópolis íberas, pero excepto en casos en que las excavaciones han sido muy cuidadosas o en casos como los conjuntos de Los Villares, es muy complicado identificar sus restos materiales. En algunas ocasiones, la abundancia de cerámica rota fuera de las tumbas hace pensar a los excavadores en la existencia de tales rituales, como en el caso de Castellones de Ceal (Chapa et alii 1998: 189). A este respecto, es necesario señalar igualmente la dificultad para distinguir lo que es estrictamente ajuar funerario de ofrendas funerarias, especialmente en el caso de las cremaciones, ya que las ofrendas se arrojaban sobre las piras durante el proceso. Por lo tanto, establecer con seguridad la función de cada objeto dentro de un conjunto material es, creo, casi imposible. Considero que debemos ser más flexibles a la hora de interpretar la presencia de las copas en el registro arqueológico, especialmente en lo que concierne a su integración en los conjuntos funerarios de las necrópolis de la Alta Andalucía, donde quizá estas pudieran aludir más al acto de libación y ofrenda de líquidos de valor en un contexto exótico que al banquete aristocrático en sentido estricto. Me parece acertada la consideración de Quesada (1994: 118) de los conjuntos de Los Villares como resultado de rituales alrededor del vino más que en torno a la comida. Un ritual de libación seguido de la destrucción de vasos y otros objetos, similar a los atestiguados en las conocidas trincheras de dedicación u Öpferrinnen del Cerámico y de la chora atenienses. Esta lectura en-cuentra apoyo en el énfasis sobre el acto de la libación que transmiten el resto de objetos del ajuar de las tumbas 20 y 11 de Galera, o el patrón de deposición identificado en Cabezo Lucero, por ejemplo. Igualmente, esta lectura no excluye la interpretación del conjunto en clave simbólica como alusivo al banquete funerario, especialmente pertinente durante el siglo IV a. C. a raíz de la asociación cratera/copa en la Alta Andalucía, en línea con una concepción similar detectable también en Etruria y Campania (Domínguez y Sánchez 2001: 437; Olmos et alii 1992). La propia iconografía de las crateras, imágenes dionisiacas genéricas y banquetes, sugiere esta interpretación. En las líneas precedentes se ha hecho hincapié en lo que parece una práctica más o menos extendida en el uso de la copa Cástulo de tipo antiguo en la península ibérica: la de su amortización tardía en contextos en ocasiones varias generaciones posteriores a la fecha de fabricación de las mismas, estimada esta por los hallazgos del Ágora ateniense y de otros contextos mediterráneos y peninsulares. Dejando a un lado los ejemplos tardíos de material ático en asentamientos del noroeste de la península, para los que se han propuesto razones económicas (Bonet 1995: 206), y, a pesar de lo fragmentario de la evidencia, es posible observar un tratamiento especial de esta forma en un número remarcable de tumbas, tanto en la Alta Andalucía como en puntos de Alicante y Castellón. La calidad y variedad de los ajuares donde aparecen estas piezas sugieren que la amortización tardía de las mismas se debe a motivos que van más allá de una supuesta limitación económica de sus dueños, especialmente si tenemos en cuenta el modelo de economía de bienes de prestigio. Se ha señalado habitualmente el valor diacrítico de la cerámica ática, especialmente en los periodos iniciales del comercio de este material. El poder, en numerosas sociedades antiguas, se asocia con la captación y distribución de bienes exóticos, a los que se les asigna un estatus superior (Sanmartí-Grego 2009: 53). En la primera mitad del siglo V y hasta alrededor del año 430 a. C. se registra un descenso dramático en la distribución de cerámica griega en el sur y el interior de la península como consecuencia de diversas contingencias históricas en el Mediterráneo (conflictos entre etruscos, griegos y púnicos, principalmente) y la pérdida de la hegemonía comercial por parte de Marsella y el lento relevo de Ampurias (Cabrera y Sánchez 1994: 362). Si, como pensamos, las copas Cástulo tempranas llegaron a la península poco después de su fecha de manufactura aceptada en Atenas, se puede argumentar que la escasez de importa-la relación de la cerámica de barniz negro con las producciones metálicas, punto que ha sido resaltado por múltiples investigadores para explicar la preferencia de ciertas formas entre los etruscos, pero que creemos que, por diferentes razones sobre las que no podemos extendernos aquí, no es plenamente transferible al caso hispano. Entre los factores que explican la popularidad de esta forma en la península ibérica se encuentran, creemos, la limitada disponibilidad y circulación relativamente restringida de la cerámica ática en los primeros tres cuartos del siglo V a. C. en comparación con la masiva importación de estos objetos durante el siglo IV a. C., el valor diacrítico de las importaciones griegas en cuanto a productos exóticos y el aspecto físico ciertamente "lujoso" de las mismas, así como el carácter referencial de la forma cerámica en relación con la práctica aristocrática del consumo de vino en diferentes contextos, últimamente relacionada con el desarrollo de una sociedad aristocrática en busca de signos para distinguirse en vida, pero también, y sobre todo, en la muerte. Agradezco a la audiencia las observaciones y sugerencias formuladas durante la sesión de preguntas y respuestas del Seminario de Arqueología de la Facultad de Estudios Clásicos, Historia y Arqueología de la Universidad de Newcastle el 26 de octubre de 2017. Agradezco a los profesores Kathleen Lynch y Thomas Carpenter sus sugerencias y observaciones sobre esta investigación, así como al resto de miembros del grupo de investigación "Pottery in Context Network" y, en particular, a Mark Stansbury O'Donnell. Un reconocimiento especial merecen la Dra Esperanza Manso por las facilidades prestadas para el estudio del material ático procedente de varias necrópolis andaluzas conservado en el Museo Arqueológico Nacional; las Dras. Francisca Hornos, Carmen Repullo y Carmen Rueda por las facilidades prestadas durante mi estancia en Jaén; y el Dr Andrés Adroher por permitirme el acceso al material ático del Zacatín y su hospitalidad durante mi visita a Granada en 2017. Finalmente, deseo agradecer especialmente a la profesora Carmen Sánchez (UAM) su constante apoyo y ayuda, así como a los profesores Ignasi Garcés (UB) y Raimon Graells (RGZM), quienes me facilitaron bibliografía para el presente trabajo, y a los revisores anónimos de esta revista por sus sugerencias y anotaciones.
Final del noroeste peninsular ofrece una serie de documentos valiosos para la comprensión de las religiones castreñas. Como resultado, la mayor parte de trabajos sobre los rituales o las representaciones ideales del conjunto de la Edad del Hierro de esta región suelen depender de tales testimonios, de modo que la mayor parte de nuestro conocimiento sobre la materia se ha construido casi exclusivamente en base a fuentes de un momento de profundos cambios a diversos niveles. Esto ha redundado en una visión estereotipada que recomienda una revisión de la naturaleza y grado del cambio operado en el Hierro Final y su religión. Pocas dudas caben hoy sobre la transformación que plantea el Hierro Final del noroeste peninsular con respecto a las características que exhibió la cultura castreña con anterioridad al siglo II a. C. La discusión estribaría en si se trata de una evolución lógica de tendencias estrictamente locales, o bien una reacción frente a la interacción con Roma. De una u otra comprensión dependería a su vez la interpretación de las manifestaciones religiosas de este periodo, su relación con tradiciones previas, sus implicaciones sociales, así como su valor para el conocimiento de las ideologías prerromanas. La polaridad indígena/romanizado, que domina buena parte del debate sobre el Hierro Final (Santos Cancelas 2015a: 2-3;2016: 18, 20;2017: 33 y ss.;272-276), no ha hecho sino redundar en posturas que subrayan la continuidad de dinámicas locales retrotrayendo la aparición de novedades a momentos anteriores al contacto con Roma (cf. Parcero et alii 2007: 140) o bien minimizando su impacto sobre el trasfondo indígena. Este énfasis en la agencia local resulta, por extraño que pueda parecer, en una imagen estática de lo castreño, al leer como características prerromanas rasgos de un "presente etnográfico" (Fabian 1983: 80-81)2, determinado por la presencia romana. Pese a reconocer la complejidad local, estas lecturas redundan en el mito de la originalidad al establecer una continuidad entre las manifestaciones de este presente, entendidas como nativas (i. e. puras), y el pasado anterior al contacto, que resulta en una comprensión esencialista de la identidad (Tronchetti y Van Dommelen 2005: 193). Si se desea que este caso deje de ser un apéndice estereotipado de lo céltico, parece útil aplicar las herramientas que la teoría postcolonial ofrece para comprender contextos de interacción asimétricos. Quizás así, este ejemplo pudiese aportar algo al debate sobre contacto y cambio cultural en el Occidente europeo antiguo. BREVES CUESTIONES SOBRE TEORÍA POSTCOLONIAL Pese a ello, el desdén en la recepción de tales propuestas, indica un grado de incomprensión que recomienda unas breves precisiones para evitar malentendidos. Suscribo a Woolf (2011: 3-4) en que la tarea no debe estar orientada a dar voz a unos antepasados silenciados por nuestros ancestros romanos, tarea además imposible ante la naturaleza del registro disponible. Aunque la teoría decolonial se desarrolla estrechamente ligada al activismo, en este caso no se trata de ofrecer reparación, sino de lograr una mejor comprensión de un contexto de middle ground (o third space) con un notable grado de hibridación. Para lo cual, experiencias de quienes sí exigen justicia ante discursos hegemónicos y los prejuicios coloniales naturalizados por la arqueología y la antropología pueden ser de utilidad (cf. Fabian 1983: 17, 87; Said 1993: passim; Freeman 1996; Barrett 1997; Hingley 1996: 35, 39, 43), siempre que no se busque despolitizarlos para facilitar su apropiación. Aplicar teoría decolonial tampoco entrañaría leer todo indicio de agencia local como sinónimo de resistencia nativa (Hingley 1996: 43), algo de lo que peca Webster (1997a: 327-328) al interpretar el mestizaje iconográfico en clave indigenista. También es este un tipo de enfoque generalizado en el estudio de iconografía galo y britano romana (Green 2004), o en el de la teonimia indígena3. Por último, tampoco consiste en determinar qué es y qué no un escenario colonial para comprobar si la acción romana sobre el noroeste se adecúa a tal definición. El objetivo es analizar una forma de interacción cultural muy desigual (Sánchez Moreno 2011: 97-99), como sería el contacto entre una potencia hegemónica depredadora y unas comunidades contrarias al estado, para lo que estas teorías ofrecen modelos coherentes. ESTADO DE LA CUESTIÓN Varias razones motivan que -en contra de lo que pensaba y expuse en trabajos previos (Santos Cancelas 2013; 2015b)-considere que las transformaciones testimoniadas a partir del siglo II a. C. no se puedan atribuir únicamente a la evolución de dinámicas locales. En los últimos años, se ha puesto un notable énfasis en el comercio púnico como estímulo del desarrollo de comunidades costeras (González Ruibal 2006-2007: 244-250, 254, 262-269, 450, 512-523) a través de los hallazgos de Toralla, Alcabre, A Lanzada o Neixón, que se ha llegado a describir como "emporion, un escenario para los intercambios entre pres tamarcos y púnicos, sin descartar la posibilidad de que, como en el yacimiento de A Lanzada, exis tiese un establecimiento temporal de comerciantes mediterráneos" (Ayán 2011: 630, cf. Currás 2014: 508). Pero estas propuestas dependen de cronologías que, sistemáticamente, adoptan las fechas más antiguas posibles (González Ruibal et alii 2010b: 580, 587) para materiales que en otros contextos peninsulares se datan en los siglos II-I a. C. Currás (2014: 674 y ss.) ya ha señalado que no está necesariamente claro que su aparición se deba relacionar con un comercio prerromano, en la medida en que hay constancia de su tráfico hasta en fechas del siglo I a. Aunque en A Lanzada se ha argumentado la presencia de una factoría de salazón púnica (Rodríguez Martínez 2014: 63), ésta no responde a los modelos conocidos, al tiempo que su concheiro revela capturas próximas a las formas de explotación de época galaico-romana. La relación entre cerámicas indígenas datadas entre los siglos IV y III y púnicas en Neixón tampoco es tan directa como se desprende de ciertas propuestas (González Ruibal et alii 2010a: 27). Por lo que los argumentos para defender un comercio de tal intensidad con anterioridad a Hierro Final son precarios. Tampoco creo que la productividad agraria a partir de los siglos V-IV a. C. experimentase un crecimiento tal que se tradujera en un cambio del tipo de paisaje. C., otro aspecto en que las muestras de cambio se aproximarían a fechas del Hierro Final. A estas cuestiones se suma el supuesto desarrollo prerromano de los llamados oppida con anterioridad al siglo II a. C. Recientemente, este se ha vuelto a defender a través de S. Cibrán de Las (Álvarez et alii 2017; Prieto et alii 2017), pero se trata de niveles preocupacionales sin materiales arqueológicos, incidiendo en que la reforma y transformación territorial del castro sucede en el siglo I a. Pero aunque ciertas manifestaciones se puedan considerar locales, eso no significa que se deban entender al margen de la presencia de ejércitos romanos o comercio con Roma en el noroeste del siglo I a. Da la sensación de que se ha tratado de magnificar el cambio operado en las sociedades castreñas de los siglos IV-III a. C., construyendo una narrativa indigenista que explica su desarrollo a través de una competitividad guerrera (Parcero y Criado 2012; González García 2007García, 2009;;González García et alii 2011), basada en testimonios de Hierro Final. Aunque este modelo explica satisfactoriamente la ausencia de jerarquización territorial o interna de los castros, a través del carácter centrífugo de la guerra, sugerido por Clastres, se enfrenta a dos problemas. Por otro lado, aunque la guerra pudo presentar esta función en otras sociedades contra el estado, ni en el noroeste ni en otros contextos del Hierro Atlántico (vid. infra) se documenta con claridad una importancia simbólica del conflicto en fechas prerromanas, invitando a buscar otras explicaciones para el desarrollo de las sociedades castreñas (Sastre 2002(Sastre, 2008(Sastre, 2011;;Sastre et alii 2010). Sobre todo cuando tal énfasis en la guerra podría derivar en una revitalización involuntaria de estereotipos propios de la jefatura céltica que todavía pesa mucho en la interpretación de estas religiones (Collis 2011: 238-239, Hill 2011: 244-245). No parece prudente retrotraer las fechas de ciertos fenómenos a momentos antiguos minimizando la alteración que supone la aparición de grandes castros, cultura material de prestigio, jerarquización territorial e interna, etcétera. Tampoco creo oportuno desligar estas cuestiones del impacto que supone la irrupción romana. La conjunción de ambos fenómenos invita a entender este contexto como un middle ground, y a analizar cómo diferentes respuestas de distintos agentes construyeron unas manifestaciones religiosas particulares de acuerdo con sus intereses y necesidades, evitando lecturas indigenistas o romanistas, que reproduzcan nuevas polarizaciones. La confusión entre prerromano e indígena deriva de una compresión de la religión como reflejo esencial de la cultura. Frente a este tipo de enfoques, es necesario entender que la religión constituye un espacio social de representación, en el que negociar los propios marcos de identidad de un modo situacional, interesado y dinámico que afectó y se vio afectado por la propia configuración de los grupos y sus cambios. Con esta perspectiva, es posible analizar dos manifestaciones particulares de este middle ground por la importancia que tradicionalmente se les ha conferido en la definición de las religiones del Hierro, llegando a constituir tópicos de lo céltico: la sobredimensión de una ideología guerrera (Santos Cancelas 2014: 19) y la aparición de crecientes indicios de singularización del culto relacionados con experiencias jerárquicas. A la hora de analizar el cambio religioso del Hierro Final pocos fenómenos son tan elocuentes como la aparición de una iconografía castreña, para la que se ha propuesto (Carballo 1996: 71) un origen en el siglo III a. C. a través de su presencia en Forca. Pero ésta depende de cronologías relativas en base a materiales mezclados con los de Tegra, y este fenómeno no se generaliza hasta, al menos, inicios del siglo I a. C. Si bien las diferentes tipologías ofrecen un volumen de información muy desigual (Santos Cancelas 2017: 1018 y ss.), su estudio ha destacado en extremo los guerreiros, que suponen la muestra más elocuente de promoción simbólica guerrera de este periodo. Baste decir que son una expresión meridional, aunque ejemplos como Bergazo o Ralle indican una difusión lucense que no se detecta en Rías Baixas, al ser el ejemplar más septentrional el inédito de Tegra; y subrayar que su iconografía reproduce retóricas competitivas de exaltación heroica (Fig. 1) -dado el carácter simbólico de sus armas (Quesada 2003: 105-197)-, que construyeron un clima de amenaza favorable al surgimiento de élites. Este fenómeno coincide con la reaparición de armas en el registro. Aunque se ha defendido la existencia de puñales de antenas desde los siglos VI-V a. Sin embargo, los ejemplos supuestamente antiguos como Couboeira o Forcas carecen de contexto o una relación verificable con castro, que en el caso del primero deriva de una noticia secundaria. Además, sus similitudes con ejemplos hallados en niveles de los siglos II-I a. C. (San Cibrán, A Lanzada, Lobosandaus), serían otro argumento contrario. La excepción podría ser Taramundí por su datación C14, pero ésta es inusual- mente antigua, por lo que -pese a la propuesta de Fanjul Peraza y Marón Suárez (2006: 114)-prevalece su relación con un contexto de reforma (Villa Valdés et alii 2007: 269). Por ello, su identificación como reliquia podría carecer de base, al igual que ocurre con un hallazgo reciente (inédito) de A Lanzada. Si bien es cierto que existen puñales tipo Porto de Mos en Hierro Inicial (Torroso), al igual que puntas de lanza (Coto de Penalba), no constituyen una parte significativa del expolio material. Algo similar ocurre con las falcatas, en realidad cuchillos afalcatados que, salvo casos excepcionales próximos al cambio de era (Currás 2014: 563-564), no superan los 15-20 cm por lo que su identificación como armas es dudosa (Quesada 1997: 93). Esto apunta a la inexistencia de una panoplia guerrera que merezca tal denominación hasta Hierro Final, cuando la entidad y número de armas siguen sin ser destacables, y presentan influencias mediterráneas (Quesada 1997: 108). Aunque esta ausencia se ha tratado de explicar como una rareza (González García 2006) derivada del elevado nivel de acidez de los suelos, o la inexistencia de registro funerario, es recomendable revisar por qué asumimos que su presencia haya de constituir la norma. Contextos atlánticos con una ausencia similar (Hill 2011: 248), indican que lejos de tratarse de una falacia ex silentio, podría responder a algún tipo de realidad social. Esta ausencia contrastaría con la retirada intencional de armas en contextos significados a partir del siglo II a. C. como ofrendas votivas. Especialmente en murallas, como S. Cibrán (Pérez Outeiriño 1985: 251) o Monte Mozinho (Queiroga 2003: 87), ambos relacionados con plástica castreña (cabeza el primero y guerreiro el segundo). Aunque se citan (González Ruibal 2006-2007: 591) otros casos, las reducidas dimensiones de Saceda y la confusión del lugar de hallazgo de Lobosandaus (espacio habitacional, no murallas), plantean problemas. La distribución meridional de tales ofrendas es coherente con la de los guerreiros, por lo que podrían presentar una función profiláctica similar (Rodríguez Corral 2012). Junto con estos, en Castromao (García Rollán 1971: 188-189) aparecieron armas en una urna retirada en el suelo de la cabaña donde se encontró la tessera de hospitalidad, pudiendo ser un espacio representativo para el grupo. Se ha sugerido (García Rollán 2004) la posibilidad de que constituyese un ajuar funerario, pero esta hipótesis es problemática dada la incertidumbre de los datos presentados. Se acepte o no, el gesto presenta una individualización de espacios y agentes a través de la ofrenda de armas, redundando en un sentido apotropaico. La acción podría tener un paralelo con Castrelo de Pelou donde aparecieron tres armas -una empuñadura, un puñal y un pugio-en la misma cabaña que la tabla censual (Villa et alii 2005: 257-260), pero el caso astur (con ejemplos también en Chao) plantea una interpretación diferente, al ubicarse en una cronología post-conflicto con anterioridad a la cual no hay indicios similares. Estos ejemplos (Fig. 2) apuntan a que a partir de Hierro Final se produce una sobredimensión religiosa de la guerra que carece de precedentes (cf. Sastre 2008: 1032), y que aunque cuenta con más intensidad en el área meridional, se irá difundiendo por otras regiones del noroeste conforme avance el periodo. Este énfasis instala una retórica competitiva, que al menos en la zona suroeste parece instrumentalizarse por parte de élites incipientes que reflejan su areté en las esculturas de guerrero (cf. Quesada 1997: 107-108). Sin embargo, existen toda una serie de novedades relacionadas con una mayor individualización del culto y la legitimación de la jerarquía que, aun apareciendo en contextos meridionales, presentan una distribución más amplia. Resulta interesante la aparición de una iconografía votiva en figuras como Genço, Sendim o Pedrafita, o Vilapedre, Paderne y Logrosa ya fuera del área bracarense. Éstas son interpretadas normalmente como divinidades, sin ofrecer argumentos en este sentido (cf. González Ruibal 2004: 123-125), cuando la posición de sus brazos indica un gesto oferente contradictorio con tal identificación (Osborne 2007: 249). La iconografía presenta paralelismos con exvotos ibéricos tardíos (cf. Molinos y Rueda 2011: 211-236), lo que podría explicar su aparición en el noroeste como una influencia portada por la acción romana, con la intención de promover formas de culto asequibles desde un Tampoco parece casual que sea a partir de Hierro Final cuando la detección de lugares de culto resulta más sencilla. Aunque se ha sugerido la existencia de santuarios púnicos en Alcabre y Toralla (cf. González Ruibal 2006-2007: 267), datados en el siglo V a. C., el hallazgo in situ de uno de los betilos de Toralla, comparado con la amortización como material de construcción de otro, plantea una datación próxima al siglo II a. C. Para la cabaña de planta mixta de Torroso también se sugiere un carácter religioso, pero aun siendo cierto, su expolio material indica que ésta no sería su función exclusiva. Sólo a partir de Hierro Final, se documentan arquitecturas construidas para acoger funciones rituales específicas. El caso más conocido sería el de las saunas castreñas, con una distribución septentrional y meridional que refleja diferencias en su configuración (pedras formosas al sur). Pese a ellas, tanto unas como otras serían saunas que, con la excepción de Ríos (2000), se han entendido como espacios cultuales de segregación. Se han tendido a relacionar con iniciaciones guerreras de tipo céltico en base al pasaje de Estrabón, pero opino que Villa (2011) está en lo cierto al considerarlos santuarios polifuncionales. No estoy de acuerdo, sin embargo, con la datación prerromana que les asigna en base a la datación relativa de Coaña 2, cuando Coaña 1 documenta precisamente un uso enmarcado en Hierro Final, similar a Punta dos Prados, que aunque presenta una historia compleja y dilatada con varias fases constructivas (cf. Parcero et alii 2009: 103), las documentadas se enmarcan después del si-glo II a. C. Estos datos resultan coherentes con las secuencias de los asentamientos meridionales con saunas. Aunque remitan a prácticas anteriores, los espacios se constituyen como lugares especializados de culto en paralelo a los cambios de Hierro Final. Al margen de las saunas, existen otro tipo de indicios de singularización en los espacios de culto cuya relevancia quizás haya pasado desapercibida. Hay una serie de relieves (Fig. 4) con iconografía figurada cuyo soporte, así como la similitud de sus motivos con patrones arquitectónicos, apuntarían a una exhibición vinculada al acceso a cabañas, a pesar de encontrarse estas piezas irremediablemente descontextualizadas. Sus iconografías, pese a su difícil interpretación, dado que además no se repiten, se han relacionado con acciones rituales, como el relieve de équidos de O Formigueiro que Llinares (2012: 112 y ss.) sugiere interpretar como un escenario de paso de edad basado en el robo de ganado, contestando a otras hipótesis con más énfasis en la guerra. Es interesante compararlo con la imagen de Briteiros (Calo 1994: 172-173, 188) normalmente leída como una monomaquia, evitando la interpretación sexual (pese a la existencia de imágenes fálicas en el noroeste), que se podría relacionar con una alusión simbólica del paso de un rol pasivo a otro activo. Independientemente del sentido particular de cada una (aunque es interesante cómo se tiende a privilegiar la interpretación guerrera) y sus diferencias (en la que distintas tradiciones locales pudieron explicar las diferentes iconografías), cuentan con paralelos en los serpentiformes de Tegra (Calo 1994: 571-572, 591-592) -y otros más problemáticos como Lourizan (Calo 1994: 305-309)-, dos de los cuales pudieran haberse exhibido enfrentados, dadas sus similitudes, flanqueando una entrada. En su conjunto, estas labras señalan una apropiación de iconografía con resonancias religiosas por parte de cabañas concretas, o bien un intento de construcción de espacios de culto singularizados a través de la plástica. La segunda opción presenta similitudes (también problemáticas, dado su hallazgo por parte de Luengo) en espacios como la cabaña de bancos corridos de Elviña entre los cuales se exhibió una imagen fálica a la que parece que se ofrendó un falo de cuarzo con un paralelo en Florderrei (cf. Calo 1994: 247). Relacionado con este proceso, se generalizan las ofrendas en cabañas que en algunos casos es posible identificar como unidades domésticas (Laundos, Elviña, Viladonga), que en momentos previos habían sido extrañas. En ocasiones las ofrendas incluyen materiales de prestigio (vid. infra) o prácticas desconocidas hasta la fecha: como la posible aparición de un mínimo horizonte funerario en Terroso, Âncora y quizás en Briteiros o el ejemplo ya mencionado de Castromao6. Esto no supone la desaparición de ofrendas en otro tipo de espacios, como apunta el conjunto de fosas de San Millán próximas a la muralla. En lugar de leer tales casos como contradictorios, considero que permiten pensar en una tendencia a la apropiación del rito por parte de la cabaña, paralelo al surgimiento de la casa adornada que señaló González Ruibal (2006-2007: 383 y ss.). Al producirse el surgimiento de "santuarios" en paralelo a una negociación de poder a través del espacio doméstico, el noroeste ofrece un caso elocuente de relación entre individualización, jerarquización y cambios religiosos. La alusión a la reaparición de depósitos de prestigio -i. e. torques, arracadas, diademas/cinturón-merece más atención. Tal afirmación no está exenta de problemas, dada la descontextualización de muchos materiales, aunque su recurrencia en estas fechas contrasta con su ausencia en niveles de Hierro Inicial. Las diademas/cinturón son el caso más sencillo (cf. García Vuelta y Perea 2001: 3-23). Salvo en Bedoya y Elviña, carecen de contextos y, aunque la primera se puede considerar un depósito, la fecha y sentido de su retirada no se puede enmarcar en dinámicas estrictamente castreñas. La segunda podría ser una ofrenda en relación con hogar, pero el hallazgo por parte de Luengo nuevamente plantea dudas. Los restantes casos no ofrecen datos sobre el hallazgo, pero que Moñes y Ribadeo (García Vuelta 2007: 187-219) (Cardoso 1938(Cardoso, 1956) ) de una arracada contenida en un recipiente retirado en un suelo de vivienda para el que se apuntan similitudes con las supuestas urnas funerarias de Terroso y Âncora -¿y Castromao?-. Pese a la lamentable inexactitud de los datos, cabe la posibilidad de que ciertas arracadas pudiesen tratarse de ofrendas en espacios domésticos de Hierro Final, que contrastan con las propuestas de desarrollo de las arracadas en los siglos III-II a. C. (cf. Pérez Outeiriño 1982: passim ), en base a la orfebrería mediterránea. Por ello se deberían relacionar con una negociación de poder a través del ritual, en base a la instrumentalización del cuerpo femenino adornado, en la línea de lo propuesto por González Ruibal (2007: 300 y ss.), planteando una posible asociación simbólica entre vivienda y mujer, como representación de lo doméstico y garante de la reproducción familiar, indicio de una mayor desigualdad de género que la de momentos previos. Los torques ofrecen el caso más complejo, a cuya revisión no puedo dedicar la atención debida, por lo que seré conciso. Los datos disponibles hoy en día no permiten sostener una cronología de Hierro Inicial para ellos, por mucho que su ámbito técnico enlace con la orfebrería de Bronce Final (cf. Armbruster y Perea 2000: 107; García Vuelta 2002: 39). Los ejemplos con contextos mínimos aparecen en niveles de al menos el siglo II a. C. -coherente con dataciones obtenidas para otros elementos de orfebrería (cf. Armada y García Vuelta 2015)-y algunos indican un gusto arcaizante que cuestiona la validez de presupuestos evolutivos. Pero, la aparición de muchos torques en el exterior de poblados provoca su descontextualización, impidiendo descartar más allá de dudas razonables un inicio para semejante tipo de consumo entre los siglos III-II a. Este se interpreta como una ofrenda grupal orientada a la apropiación del paisaje del castro en contextos de creciente presión entre comunidades (Armbruster y Perea 2000: 111; Armada y García Vuelta 2014); un gesto que serviría el propósito de cohesionar el grupo y su relación con el territorio a través del sacrificio extremo de riqueza y la inversión de esfuerzos colectivos en su obtención y producción, que presentaría el beneficio adicional de prevenir la acumulación de excedentes y circulación prolongada de bienes de prestigio. El hallazgo de Vilar do Monte y su detallada documentación por parte de Ladra (2005: 29) permite verificar esta propuesta, al ser un conjunto de 2 torques hallados a más de 1 km del castro más próximo. No sería inverosímil que amortizaciones similares explicaran hallazgos antiguos como Valentín en las proximidades de Coaña. Otro trabajo de Ladra (2006: 40 y ss.), sobre los torques de Bardaos, indicaría que en la croa de este castro se retiraron diversos ejemplares, cuyos distintos rasgos formales podrían indicar la repetición de tales acciones en el tiempo. Este segundo caso también podría contar con paralelos antiguos como Riotorto o Recadeira, indicando que la ofrenda de torques en espacios destacados como afloramientos rocosos, también constituyó una tendencia. En cualquier caso, ambas formas de consumo sugieren un valor votivo para el torques como ofrenda, más que como atributo heroico de prestigio. El problema es la ambigüedad que 50 años de diferencia proyectarían sobre su interpretación, así como el grado de cambio que entrañan la competitividad, especialización ritual y redirección de esfuerzos de tal ritualización. Paralelamente, en Hierro Final se documenta en la iconografía de guerreiros una apropiación del torques por parte de la retórica agonística de estas esculturas, quizás porque su importancia votiva resultó en su institución como elemento litúrgico (y signo de poder), tal y como se representa en los bronces de Valencia de Don Juan y Museo Arqueológico, función con la que también podrían aparecer en Lalín o Cariño (Fig. 5). Por otro lado, torques como Xanceda, Vilas Boas o incluso Burela, aun respon- 1 2 diendo a patrones tradicionales, constituyen elementos de prestigio personal, indicando la posible existencia de comitentes singularizados. Así mismo, existen ocultaciones con más de un torques -i. e. Lanhoso, Bagunte, Paradela do Rio o el propio Vilar do Monte-, que plantearían una acumulación contradictoria con el supuesto deseo de eliminación de la circulación de riqueza. Estos consumos están orientados a la construcción de representaciones jerárquicas a través del torques, incoherentes con su interpretación como ofrendas colectivas. Por ello, la duda sería si en una fase inicial del Hierro Final constituyeron ofrendas grupales, lo que justificó su apropiación por parte de las élites incipientes (o facilitó la creación en el ámbito ritual de un espacio social para su emergencia); o bien, si por otro lado consumos jerárquicos y comunales fueron contemporáneos (siglos II-I a. C.) y se deben entender como reacciones opuestas de comunidades distintas. Pero aun en este último caso, la especialización ritual que denotaría semejante escenario es una muestra de cambio difícil de reconciliar con las dinámicas sociales prerromanas. Aparición de espacios cultuales diferenciados, elementos litúrgicos, aproximaciones privilegiadas al rito, y una mayor solemnidad de la ofrenda, son cuestiones que afectan profundamente a la práctica religiosa. Indican una mayor delimitación de lo sagrado y las formas de relacionarse con ello que se ven segregadas de la gestión colectiva, e instituidas como espacios sociales de negociación de poder y jerarquización de ciertas experiencias. Aunque tales cambios facilitan notablemente su detección en el registro -razón por la que testimonios de esta época monopolizan los estudios al respecto-, aceptar su operatividad en fechas prerromanas entrañaría caer en el "anacronismo esencial" (cf. Owusu 1978: 321, 322, 326; Fabian 1983: 33) de leer el conjunto de una cultura a través de transformaciones derivadas de un contacto asimétrico como si fuesen sus rasgos "originales" (Dietler 2010: 24-27, 59). Aunque hablamos de manifestaciones indígenas, son respuestas concretas a un contexto específico, no rasgos esenciales de su cultura o religión. Pese a que se está lejos de poder ofrecer una definición minuciosa de los rasgos de la religión prerromana, el problema ha sido leer la ausencia de indicios de ritualidad guerrera o expresiones jerárquicas como una deficiencia con respecto a los rasgos estereotipados de unas religiones célticas. Si estos rasgos están ausentes en el registro prerromano, es precisamente por ser contrarios a su religión, que parece orientada a prevenir la segregación de la esfera de poder del conjunto de grupo, subrayando el carácter relacional del mismo, lo que explicaría tanto los problemas para identificarla en el registro como su diferencia radical con estas experiencias posteriores al siglo II d. LA NATURALEZA DEL CAMBIO Esta fecha coincide con la irrupción de Roma en el escenario del noroeste, lo que llevó a Calo (1994: passim) -entre otros-a considerar tales transformaciones como indicios de aculturación, concepto estrechamente ligado al de romanización y muy cuestionado por esas mismas fechas (cf. Hingley 1996: 40 y ss.). Sus críticos estaban en lo cierto en que la explicación monocausal entrañaba el error de reducir las sociedades locales al rol de espectadores pasivos, cuando prueba de su agencia serían precisamente los diferentes ritmos del proceso de cambio; su incidencia variable en distintas áreas; y la existencia de reacciones divergentes. Estos rasgos son propios de un middle ground o third space, derivado de la interacción desigual entre unas comunidades contrarias al estado (cf. González García et alii 2011; Sastre 2008Sastre, 2011) ) y una potencia depredadora en el que ninguna de las partes puede pensarse o representarse sin alusión al otro, derivando en un proceso de hibridación cultural. El concepto de hibridación ha sido justamente criticado al no existir las culturas puras. Cualquier cultura se encuentra en estado de constante cambio e hibridación, razón por la cual ciertos autores prefieren la noción de entanglement en su lugar (Van Domelen 1997; Dietler 2010: 55 y ss.). La diferencia de los contextos de interacción asimétricos, los encuentros en el middle ground (Woolf 2011: 23), estriba en la irrupción de un agente foráneo con una capacidad hegemónica para interferir en las relaciones de poder locales, y reducir estas comunidades a roles subalternos. La necesidad de legitimar o negociar este nuevo estatus otorga a la religión un papel crucial como garante de continuidad ante los cambios derivados de este proceso lo que resulta en su propia reformulación. A ello responden las transformaciones examinadas, que cabe entender al margen de la polarización entre indígena y romanizado o la resistencia nativa como única respuesta posible. Desde este punto de vista, la promoción de una ideología guerrera entre las grandes comunidades meridionales adquiere un nuevo sentido. Esto ocurre en la zona donde se perciben con más intensidad formas de legitimación simbólica de la jerarquía, y entre comunidades que presentan una creciente diferenciación interna y se constituyen como las primeras élites castreñas. Por ello, la ideología construida por guerreiros se suele entender como una sobredimensión de tendencias previas dirigida frente a Roma como señal de independencia y autonomía (Rodríguez Corral 2012), sirviendo paralelamente para ratificar la posición frente al propio grupo (Santos Cancelas 2015b). Pero no se debe perder de vista que son expresiones de las comunidades cuyo registro material pone en evidencia un temprano contacto comercial con Roma, así como una creciente dependencia hacia la potencia mediterránea, al proveer ésta los medios materiales y simbólicos de legitimación para las élites indígenas. Estas élites no serían sólo interlocutoras, sino las principales beneficiarias de un intercambio que las dota de una enorme capacidad de representación ideal a través de la apropiación de la tradición, mediación ritual y sobredimensión de una ética agonística. Se caracterizan así como unas élites colaboracionistas, promotoras de cambios religiosos, que si bien les permite asegurar una relación jerárquica ante sus respectivos grupos, las sitúa en esa posición de dependencia mencionada anteriormente. De modo que, si Roma no fue responsable de la institución de esas élites, desde luego es fundamental en su desarrollo. No es casual que las representaciones más conspicuas de autonomía e independencia a través de una simbología guerrera cuidadosamente articulada se den en esta zona, aun cuando el conflicto bélico no fue su forma de interacción más habitual con Roma; ni tampoco que una ética guerrera sin precedentes aparezca de la mano del contacto con una potencia hegemónica que posee un sistema de alteridad basado en la feritas céltica. El carácter subalterno de las élites y su resistencia mínima a la asimilación de cambios favorables para ellas, motivó un proceso de (auto)comodificación cultural7 por el que se asumieron como propios rasgos contenidos en la mirada hegemónica y derivados del etnocentrismo romano. Esta respuesta es análoga a la de otras experiencias coloniales y viene motivada por la necesidad del subalterno de negociar su nueva posición de acuerdo con las expectativas dominantes (cf. Hingley 1996: 42), y su incapacidad para seleccionar los espacios de negociación (Spivak 2010), lo que resulta en unas transcripciones (Scott 1990: passim) determinadas por el poder hegemónico: en este caso, la ambición de Roma de contar con un interlocutor controlable, y la necesidad de legitimidad de unas élites emergentes ante el propio grupo para justificar las crecientes desigualdades impuestas por ellas. Cobra así sentido que la ideología guerrera se promoviese entre los grandes grupos meridionales, en la medida en que instalaría una ética competitiva que requeriría la negociación frecuente de poder con el grupo y el constante patrocinio romano para ostentarlo, evitando el surgimiento de un liderazgo fuerte entre las únicas comunidades que numéricamente podrían haber supuesto una amenaza a los intereses romanos en el noroeste. Sin embargo, como se ha podido comprobar, este proceso no afectó únicamente a las comunidades de los llamados oppida, ni su respuesta se corresponde tampoco con la del conjunto del noroeste. Esta diferencia permite entender otro tipo de reacciones locales con un mayor grado de resistencia a la asimilación de influencias foráneas. En la misma región meridional, se presentaron casos como Saceda, sin un crecimiento asimilable al de los grandes castros, pero en las que se detecta contacto con Roma y ritualizaciones guerreras. Que acaben absorbidos por grupos más grandes (San Millán), sugiere que estos ejemplos deben interpretarse como grupos cuyas transformaciones derivan de la presión de sus vecinos, motivando una transformación religiosa como respuesta a la amenaza que aquellos suponían. Rías Baixas es otro caso elocuente. Se trata de una zona con tantos indicios de comercio con Roma como los grandes castros, en el que diversas comunidades atravesaron procesos de reforma monumentales entre los siglos II y I a. C., y en la que aparecen iconografías votivas8. Aun con estos rasgos, estas comunidades no adoptan la iconografía de guerreiros, ni presentan indicios claros de ritualizaciones guerreras, ni tampoco dan muestras de jerarquización social o territorial claras al norte de la ría de Vigo. Son un caso de interacción en el que la asimilación de novedades parece amortizarse en un intento (vano) por mantener pautas tradicionales. Por el contrario, la zona septentrional ofrece indicios de grupos con muestras de especialización de culto, sobre todo a través del consumo de torques, que en casos como Elviña parecen haberse amortizado en la legitimación de élites locales. Frente a ellas, otras comunidades, como la de Bardaos, parecen tratar de neutralizar la aparición de jerarquías, consumiendo ritualmente esos mismos elementos simbólicos que sustentaron su emergencia. Pero ninguno de los dos casos recurre a retóricas heroicas (cf. González Ruibal 2006-2007: 401-419;2012) 9, lo que no se puede deber al desconocimiento, en la medida en que hay una progresiva difusión de iconografías meridionales en esta zona. En el extremo opuesto de este espectro, las comunidades orientales e interiores se suelen interpretar como ejemplos de atraso, lo que tácitamente indica que los cambios meridionales son leídos como muestras de progreso. Sin embargo, no se trata de comunidades aisladas, ni con una ausencia total de cambios, como prueban la difusión de iconografías como las cabezas castreñas (Barán, Cortes o Gaxate); los procesos más discretos de individualización del rito, como una ofrenda de restos de sacrificio animal en una vivienda de Corona de Corporales (Sánchez Palencia y Fernández Posse 1985: 24); o las novedades en ofrendas, que ilustra la retirada de fragmento craneal mínimo en la muralla de Palheiros (Nunes y Ribeiro 2001: 25 y ss.), un caso interesantísimo al haber carecido de muralla hasta una destrucción por fuego próxima al cambio de era. La aparición de cambios discretos en grupos con pautas tradicionales, implica un grado de resistencia cultural activa que se debe identificar con un giro intencionadamente conservador en sus religiones, lo que paradójicamente resulta en formas de hibridación involuntarias. La naturaleza de estos cambios no depende sólo de factores regionales. La cronología es determinante para entender el sentido de las ofrendas de torques o la proliferación de ofrendas de armas en la zona astur post-conflicto, como cantos de cisne a un pasado evocado desde un presente transformado. Por esta razón, elementos como Moñes, no se pueden entender como reflejo de ideologías prerromanas. Viladonga es un ejemplo claro de cómo la datación de un gesto afecta por completo su sentido. En el registro ritual de este castro aparecen elementos de prestigio -torques y arracadas en posible relación con viviendas-, armas y útiles litúrgicos. Sería, en principio, un paralelo de experiencias meridionales favorables a la hibridación. Sin embargo, su ocurrencia en fechas posteriores al cambio de era apunta a una recuperación nostálgica de un pasado idealizado ante un contexto más avanzado de middle ground (con la fundación de Lucus). Aunque se trata de indicios híbridos, estaríamos ante expresiones de exaltación indígena, que provocarían el propio cambio que intentaron resistir. Este escenario con distintos grados de resistencia a la recepción y asimilación de influencias en función de diversos criterios10, es indicio de la complejidad de un contexto de interacción asimétrico, y de cómo afectó de modo diverso a distintas intersecciones del grupo. Las ofrendas domésticas de arracadas y su posible relación con un posible incremento en las desigualdades hacia las mujeres, permitía apreciarlo. Y la apropiación del control ritual por parte de las élites meridionales auto-representadas en los guerreiros, podría sugerir un desplazamiento de los ancianos del grupo por parte de los jóvenes en edad de armas. Aunque no es posible discutir casos particulares, se pone de manifiesto un marco situacional y dinámico determinado por unas relaciones de poder cambiantes que construyeron y redefinieron agentes y grupos castreños. Sin embargo, el proceso de entanglement no sólo transfiguró las realidades locales, sino la propia acción de Roma. No es casual esa promoción de una ética guerrera entre grupos meridionales, ni su ausencia en Rías Baixas o la zona septentrional con grupos mucho más reducidos, que por ello no suponían una amenaza para los intereses romanos en la zona. Como tampoco es casual que sea la zona con un mayor grado de resistencia cultural, hacia la que Roma dirigirá una mayor agresividad. Si algo señalan estas diferencias, es cómo las formas de dominación fueron cambiando a medida que Roma reafirmaba sus certezas sobre la barbarie de la región y su propia civilización, provocando a su vez algunas de las transformaciones examinadas en paralelo a sus intereses. Los cambios religiosos examinados en Hierro Final son manifestaciones de hibridación que revelan grados distintos de comodificación cultural. Como principal consecuencia, aquellos rasgos tradicionalmente tenidos por definitorios (i. e. exaltación heroica o carácter guerrero) de las sociedades del Hierro y de "lo céltico", aparecerían como una transcripción derivada de un proceso de adaptación de la identidad propia al fetichismo dominante. Reformulaciones étnicas en otros middle ground -caso de los Batavos (Derks 2009: 243 y ss.)-aconsejan preguntarse hasta qué punto el carácter guerrero considerado típico de las culturas del occidente europeo no es sino un estereotipo. Una buena parte de las expresiones de exaltación guerreras conocidas, son de contextos posteriores a la interacción con culturas mediterráneas, y provocadas por ese mismo contacto, invitando a repensar su surconsider change and continuity against a background of differences in power, wealth, age, gender, identity, and geography" (Hingley 1996: 44). Este proceso de comodificación sería susceptible de explicar como fenómeno histórico el surgimiento en fechas posteriores al cambio de era de auto-representaciones locales de celticidad. En un contexto de plena integración en el Imperio, en el que el celta ya no desempeña el rol del bárbaro, sino el del noble salvaje, se comprende la utilidad de redefinir la propia identidad y memoria cultural para adecuarlas a semejante estereotipo, siendo el caso más elocuente -pero no el único (cf. Woolf 2011: 89 y ss.)-el de la nobleza gálata (Strobel 2009: 132). La consignación de etnonimia celta (cf. Luján 2009) en el noroeste tras los primeros siglos del cambio de era responde a una necesidad del centro de organizar la periferia de acuerdo con sus coordenadas mentales que no buscan describir la realidad, sino representar sus propias certezas de índole moral, sobre su acción civilizadora. En esta situación, la auto-representación céltica de Apana y otros supertamáricos (cf. Albertos Firmat 1974) fuera de su lugar de origen, no es sino el intento de un subalterno por negociar su lugar en un mundo cuyo orden ha sido fijado por las expectativas hegemónicas. No es, como Calo sugirió hace años, que Roma haga celtas a los castreños, sino cómo ante unas formas de dominación cambiantes se negocian nuevas identidades. Los rasgos con los que se expresan las religiones e identidades del Hierro Final no son resultado de unas herencias culturales, ni conmutables a momentos previos en base a la analogía (Llinares 2012: 120 y ss.), sino producto de un momento e intereses muy concretos condicionados por estrategias diversas de dominación y resistencia, cuyas condiciones no existieron con anterioridad ni se repetirán después. Sólo atendiendo a la naturaleza, intereses y necesidades de los agentes implicados en este middle ground, podremos empezar a valorar el peso de posibles tradiciones locales, en la configuración de saunas, ofrendas de torques, o la difusión de la iconografía de cabezas castreñas. Del mismo modo, esto debe cuestionar el recurso que hacemos a documentos posteriores como la epigrafía votiva lusitana y la teonimia galaica (Olivares Pedreño 2002). El hábito epigráfico introduce un cambio ritual sin precedentes, que supone una reorientación en la política de asimilación religiosa por parte de Roma y denuncia un cambio en sus estrategias de dominación. No parece casual que coincida con el abandono de expresiones de exaltación indígena en detrimento de auto-representaciones ideales romanas (Santos Cancelas 2015a: 15) o romano-célticas (Webster 1997a) por parte de las élites locales. Es importante valorar hasta qué punto el imperio, la comodificación cultural y transformación religiosa, podrían explicar la adopción de ciertos teónimos de base lingüística celta. En definitiva, las cuestiones examinadas invitan a revisar el valor que hemos atribuido a ciertas fuentes, y las bases sobre la que hemos generado la mayor parte de conocimiento sobre la materia (Santos Cancelas 2016: passim). Si nuestras expectativas predeterminan la selección de datos y las propias categorías de estudio (Jones 1997: passim; cf. Hingley 1996: 43), resulta recomendable repensar las lógicas evolucionistas y esencialistas con las que concebimos el desarrollo de las religiones del Hierro, sobre todo si aspiramos a lograr una comprensión mínima de las manifestaciones religiosas prerromanas, propias de sociedades contra el estado y, por ello, radicalmente distintas a aquellas de Hierro Final que se construyeron frente al advenimiento del estado y sus formas de autoridad. Muchas de las reflexiones presentadas en este trabajo han sido motivadas por la reflexión derivada de la defensa de mi tesis doctoral, dirigida por Gabriel Sopeña. Debo por ello un profundo agradecimiento a los miembros del tribunal: Francisco Marco, Inés Sastre y Xosé-Lois Armada. Del mismo modo, quiero agradecer también a Inés Sastre, junto a Brais Currás la oportunidad que me han dado de desarrollar estas inquietudes y, en particular, las charlas y los correos animándome a desarrollar esta línea de investigación, así como la ayuda prestada. En este mismo apartado quiero expresar también mi agradecimiento a Marta Chordá, con la que he tenido el placer de descubrir teorías y su aplicación a distintos contextos de la Edad del Hierro Peninsular. Por otro lado, desearía mostrar mi gratitud también al Museo Arqueolóxico Provincial de Ourense, Museo de Pontevedra, Museo Arqueológico de Santa Tegra, Museo Martins Sarmiento, junto con los trabajadores de todas estas instituciones por la amabilidad y rapidez con la que han atendido cualquiera de mis dudas y solicitudes. Por último, quisiera agradecer a los revisores de Archivo Español de Arqueología que con sus acertadas críticas me han dado ocasión de mejorar la exposición y desarrollo de las ideas contenidas en este texto.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Universitat de les Illes Balears RESUMEN La existencia de determinados elementos destinados a la producción de sonidos en contextos funerarios de la Edad de Hierro es conocida por los arqueólogos desde hace tiempo en Mallorca y Menorca, si bien nunca se ha hecho mayor hincapié en lo que ello significa en términos de prácticas sociales. La presencia de estos artefactos, como las campanillas o los tintinnabula nos obliga a contemplar la realidad de unas prácticas funerarias en las cuales la música o la emisión de determinados sonidos serían elementos importantes de la performance ritual. En este artículo se analizan los distintos tipos de objetos hallados en necrópolis mallorquinas que pueden estar vinculados a esta fenomenología sonora, y se reflexiona sobre lo que estas evidencias nos dicen acerca de la sociedad postalayótica. INTRODUCCIÓN El registro arqueológico de artefactos productores de sonido de la Edad del Hierro en las Baleares, nos invita a explorar la posibilidad de la existencia de prácticas rituales funerarias en las cuales la música estaría presente, o al menos la emisión de determinados sonidos a través del uso de objetos de percusión. Nos referimos a las campanillas y los discos de metal asociados a percutores, estos últimos comúnmente llamados tintinnabula en la bibliografía balear. Poner el foco en este tipo de prácticas, nos ayuda a esbozar un "paisaje sensorial" que nos habla de aspectos culturales difíciles de percibir si nos quedamos únicamente en la materialidad de los objetos físicos. Es a partir de enfoques postprocesualistas cuando en los estudios de Arqueología Musical se empiezan a atender aspectos antropológicos antes no tenidos en cuenta, como el ritual, género y simbolismo (García Benito y Jiménez Pasalodos 2011: 85-86). Hoy en día este tipo de estudios están plenamente consolidados, contemplando factores que permiten revelar comportamientos de las sociedades del pasado, de otro modo imposibles de documentar. No se puede descartar la existencia de contextos en los que participaran artefactos sonoros realizados en materiales perecederos, por lo que tendríamos un registro arqueológico parcial que invisibilizaría ciertas prácticas sociales (García Benito y Jiménez Pasalodos 2011: 90). Tal vez por este motivo no se encuentran objetos a los que se les pueda atribuir un carácter similar en épocas anteriores en las Baleares. Sin embargo, es en el período Postalayótico cuando podemos detectar el auge de este tipo de elementos. Se trata de la última fase de la Prehistoria balear, que se iniciaría hacia el 550 a. C., aunque algunos de los procesos que caracterizan esta época empezarían con anterioridad (Calvo y Guerrero 2011a). Por otro lado, el final del Postalayótico, tradicionalmente se ha situado en el 123 a. C., año de la conquista de las Baleares por Cecilio Metelo, si bien, según el registro arqueológico, su fin será progresivo a medida que se incrementa la romanización (Calvo y Guerrero 2011a: 146). A lo largo de toda esta fase se dan transformaciones en las estructuras económicas, sociales e ideológicas de las comunidades prehistóricas del archipiélago. Estas transformaciones darán lugar a la aparición de procesos de segmentación social y a una diferenciación de acceso a los recursos (Calvo y Guerrero 2011a: 113-146). El registro funerario de todo este período se complica con respecto a la fase anterior, apareciendo nuevas tradiciones que conviven con otras más antiguas, dando lugar a una gran diversidad de ritos y lugares de enterramiento. Todo ello supone un incremento importante de la complejidad del mundo funerario, cuya heterogeneidad en sus manifestaciones se hace difícil de interpretar. C. (Calvo y Guerrero 2011b: 102), los enterramientos en cal viva en hipogeos o cuevas naturales se convertirán en una práctica muy extendida durante el Postalayótico (Coll 1989). Es en estos contextos donde muchas veces se encuentran los artefactos a los que nos referimos en el presente trabajo. Los cadáveres hallados en este tipo de inhumaciones, exclusivamente baleáricas (Mallorca y Menorca), se suelen encontrar en complejas superposiciones y atrapados en bloques de cal junto a las piezas conservadas de material no orgánico. Este tipo de registro es normalmente confuso y es probablemente uno de los motivos principales por el cual no se han llegado a hacer asociaciones fehacientes entre ajuares e individuos en prácticamente ninguno de los casos. Muchas de las transformaciones asociadas al período postalayótico en Mallorca y Menorca, se han considerado una consecuencia directa de la colonización púnica de Ibiza, ya que, desde este momento, la presencia de agentes foráneos parece cada vez más importante en el registro arqueológico de las otras islas del archipiélago. Además, el hecho de que aparezcan objetos relacionados con la fenomenología acústica coincidiendo con este período cronológico, puede llevarnos fácilmente a vincular las prácticas sonoras detectadas a la presencia de agentes extranjeros, algo que por ahora no estamos en posición de afirmar o negar. A lo largo de las décadas de 1980 y 1990 nos encontramos con toda una serie de publicaciones en las que se hablaba abiertamente de una colonización y aculturación, y se vinculaban las transformaciones de la cultura indígena a lo largo de toda la Edad de Hierro a la incidencia de los contingentes extranjeros, que de algún modo habrían influido en la acentuación de una serie de rasgos sociales preexistentes (Guerrero 1986(Guerrero, 1989(Guerrero, 1997)). Así, la presencia de productos de importación y de elementos foráneos detectada en el registro arqueológico se relacionaba de forma taxativa con la presencia de grupos púnico-ebusitanos en las islas, atribuyendo a estos una influencia exagerada que habría dado pie a situaciones que fueron calificadas de coloniales. Este enfoque fue virando hacia posturas más moderadas hacia finales de la década de 1990 y actualmente existe una revisión crítica sobre el verdadero papel que ejerció el elemento foráneo en las comunidades locales (García Rosselló 2010; Hernández-Gasch y Quintana 2013; Calvo et alii 2014). Está fuera de toda duda que, salvo en los casos excepcionales de algunos islotes, no hubo ocupación territorial púnica en Mallorca y Menorca. Sin embargo, sí parece innegable que el contacto de las comunidades indígenas con los agentes extranjeros fue lo suficientemente fluido e intenso como para generar contextos diferentes que no son estrictamente foráneos ni originalmente locales, y que además tiene su reflejo en la producción material de este período (García Rosselló 2010; Hernández-Gasch y Quintana 2013; Calvo et alii 2014). Por este motivo, dado que el tema que nos ocupa tiene lugar en el contexto descrito, creemos conveniente matizar nuestra perspectiva respecto al fenómeno de los contactos con el mundo colonial fenicio. Así pues, nos posicionamos con una corriente de pensamiento reciente en Baleares que matiza el influjo colonial sobre las comunidades indígenas de las islas, que busca visibilizar a las mismas, comprender sus dinámicas internas y, en definitiva, evidenciar cómo, lejos de ser agentes pasivos y receptores, las comunidades locales del archipiélago son agentes activos, con una identidad cultural propia que tendrá un papel fundamental en los cambios detectados durante el Postalayótico. Por todo ello, nuestro enfoque interpretativo tiene su base en las teorías Postcoloniales que buscan superar el tradicional discurso dualista entre colonizador y colonizado, y visibilizar las situaciones intermedias que se dan en los contextos de interacción (Van Dommelen 1997, 2006; Hahn 2004; Vives-Ferrándiz 2006; Calvo et alii 2014). No debemos olvidar que la música es una construcción cultural y lo que es y no es música viene definido por la sociedad en la que se produce esta práctica. Estos sonidos los pueden producir también objetos que no se han concebido para ese fin estricto y que bajo un punto de vista actualista y occidental no se considerarían instrumentos musicales. Este podría ser el caso de objetos que los arqueólogos tendemos a clasificar como de adorno personal, tales como collares o pulseras que producen tintineos con el movimiento del cuerpo, sea en una danza o, por ejemplo, simplemente al caminar en una procesión (García-Ventura y López-Bertrán 2009a: 41). Es posible que incluso el cuerpo pueda ser un instrumento musical en sí mismo en determinadas circunstancias (Watson y Keating 1999: 325) al chasquear los dedos, hacer palmas, silbar, cantar, etc. García Benito y Jiménez Pasalodos (2011: 90), destacan la relación existente entre música y ritual, ya que gran cantidad de los materiales relacionados con las prácticas musicales aparecen en contextos de este tipo. Así mismo, para el antropólogo Josep Martí (2003: 303) "Todas las sociedades conocidas se sirven de la música para articular sus ideas y, por tanto, también sus creencias religiosas. Hablar de música implica hablar de ideas religiosas, y hablar de religión implica hablar de música". De este modo, debemos concebir la música como un elemento más de la performance ritual (García-Ventura y López-Bertrán 2009a: 41). Estas performances no son más que la teatralización de determinados eventos, en las que cada acción, cada representación, tiene una capacidad transformativa sobre todos los elementos involucrados, como los individuos, los objetos o los espacios. Así, las performances son contextos que nos informan sobre el modo en que se construyen las relaciones entre los objetos y las personas que participan, ayudándonos a entender otras dimensiones de la cultura material (Mitchell 2006: 398-399). Por ello, constatar la existencia de música o de actividades de producción de sonidos, nos está dando una valiosa información sobre las sociedades objeto de estudio, como es el caso que nos ocupa. Las actividades musicales o la producción de "sonidos humanamente organizados" pueden tener cabida durante plegarias de agradecimiento o solicitando ayuda, durante invocaciones a la divinidad, durante ritos purificadores, en marchas procesionales, danzas rituales, etc. y pueden incluso ordenar las actividades cultuales, dependiendo de la importancia que cada sociedad le otorgue al hecho musical. En todas estas performances las actividades que cada persona realiza definen roles, expresan identidades y relaciones sociales (García-Ventura y López-Bertrán 2009a: 39). Teniendo esto presente, expondremos cuáles son las evidencias materiales que el registro arqueológico proporciona para afirmar que existen prácticas musicales o sonoras en contextos rituales postalayóticos. MÚSICA Y RITUALES EN EL MEDITERRÁNEO DURANTE LA EDAD DEL HIERRO El fenómeno musical o sonoro vinculado a la cultura postalayótica, no debe considerarse una extrañeza, ya que en contextos mediterráneos de estas cronologías frecuentemente se documentan este tipo de prácticas. La música en el mundo griego está presente en muchos aspectos de la vida cotidiana. Está íntimamente ligada a la poesía y la literatura, y se encuentra presente en el ocio, en la educación, en la guerra y, por supuesto en el culto. La música se asocia a festividades religiosas, procesiones, sacrificios y plegarias, así como para invocar a las divinidades, y puede ser vocal o instrumental con aulos, címbalos, timbales, siringas, castañuelas o cítaras, muchas veces acompañada de danzas (García López 1998: 81-100). Del mismo modo, las pinturas de Tarquinia (Viterbo), así como las pinturas y relieves de Chiusi (Siena), atestiguan la presencia de música y danzas en los rituales fúnebres entre los etruscos, en los que tanto mujeres como varones participan con bailes y tocando instrumentos como liras, aulos y crótalos (Blázquez 1994b: 92-98; Rodríguez 2010: 162-172). En la península ibérica se conocen bastantes testimonios de música y danzas rituales de época ibérica. Eso es lo que se desprende de fuentes escritas (por ejemplo Estrabón, Geografía III, 3, 7) y de las escenas representadas en vasos cerámicos, cuyos mejores ejemplos los proporciona el yacimiento valenciano de Llíria (Aranegui et alii 1997: 87-108), si bien existen otros casos destacados, entre los que podemos mencionar La Serreta (Grau et alii 2008: 28) o El Cigarralejo (González 2008: 69-85). A veces aparecen escenas que podrían estar referidas a rituales funerarios, y en ellas suelen aparecer procesiones acompañadas de músicos y combates rituales (Blázquez 1994a: 260-263). Observamos que los instrumentos más representados en los vasos cerámicos son mayoritariamente instrumentos de viento, aunque sabemos que en la península ibérica desde el I milenio a. C. también empiezan a aparecer crótalos de bronce, cítaras, liras y varillas metálicas entrechocadas. Las campanillas se documentan en la península en número considerable en las necrópolis púnicas e ibéricas, y en época romana. Por otra parte, los címbalos aparecen en época ibérica. En el caso del mundo fenicio-púnico, la relación entre rituales y música está bien estudiada y, que la música es un importante elemento en las ceremonias religiosas, es un hecho reconocido. Durante las marchas fúnebres, los lamentos y las prácticas musicales eran el acompañamiento habitual, en el que además las mujeres tenían especial protagonismo, por lo que se desprende de las representaciones que encontramos en las necrópolis en las que solamente aparecen figuras femeninas llevando a cabo este tipo de actividades (García-Ventura y López-Bertrán 2009a: 43; López-Bertrán y García-Ventura 2012: 404; Delgado y Ferrer 2012: 145). En la misma línea, las figuras de terracota de instrumentistas halladas en Ibiza confieren un especial protagonismo a las mujeres (López-Bertrán y García-Ventura 2014). Al parecer, en estos contextos se consideraba que el sonido de los címbalos tenía propiedades purificadoras y que ahuyentaban a los malos espíritus (Benichou-Safar 1982: 270), al igual que las campanillas y otros instrumentos de metal. Por ello se suele interpretar que las campanillas depositadas en las necrópolis son elementos apotropaicos con la función de proteger al difunto en el más allá y que probablemente estas se hicieron sonar antes del enterramiento (García-Ventura y López-Bertrán 2009a: 42). Del mismo modo, un escolio a Teócrito (Sicilia, ca. C.) nos cuenta que cuando una persona moría se hacían sonar campanillas en su entorno más inmediato o en su casa para evitar que los espíritus malignos asaltaran al difunto (Marcos 2000: 97). Aunque se sabe que en el mundo greco-romano las campanillas podían tener múltiples usos, como el anuncio de la apertura del mercados en el caso de los griegos; o como el anuncio del cierre de los baños en el caso de los romanos (Marcos 2000: 88), es también su carácter apotropaico y profiláctico seguramente el más extendido. La creencia en las virtudes purificadoras y apotropaicas de las campanillas está constatada por las numerosas alusiones a ellas en fuentes clásicas y por las evidencias arqueológicas, de manera que sabemos que se usaron, tanto con finalidades curativas, como en contextos cultuales y como ajuar funerario. Estas creencias pueden incluso rastrearse en Europa hasta épocas relativamente recientes y en contextos cristianos, donde el tañido de las campanas no solo sirve para anunciar defunciones, sino que también se han usado de forma muy extendida para ahuyentar espíritus malignos y alejar tormentas (Marcos 2000: 90-107; Martí 2003: 311-312). Con toda probabilidad debemos relacionar las virtudes profilácticas y apotropaicas de las campanillas o de los címbalos con la muy extendida creencia en la Antigüedad en las propiedades mágicas atribuidas al sonido de los metales, especialmente del bronce, capaces de ahuyentar a todo tipo de malos espíritus. Por ello, en el mundo heleno se recurría a golpear objetos de bronce en situaciones más o menos cotidianas a modo de protección contra el mal de ojo, y en situaciones de enfermedades y nacimientos, algo que al parecer ocurriría de un modo muy similar en el mundo romano (Marcos 2000: 90-107). EVIDENCIAS DE IDIÓFONOS PERCUTIDOS EN MALLORCA Según la clasificación que Hornbostel y Sachs (1914), se entiende por idiófono, aquellos instrumentos cuyo cuerpo sólido es capaz de generar ondas sonoras por su vibración. En el caso de los objetos que tratamos aquí, se englobarían dentro de la categoría de idiófonos percutidos. De cualquier modo, estos materiales se corresponderían a lo que Lund (1981: 246) denomina "artefactos productores de sonido" y que engloba tanto a instrumentos musicales como a cualquier objeto productor de sonido que pueda haber tenido un uso acústico aunque esa capacidad se haya perdido en la actualidad. Ejemplos de campanillas del yacimiento de Es Morro (Museu Regional d'Artà, dibujo Laura Perelló y Bartomeu Llull). El término campana, con el significado actual, parece que debió incorporarse a la lengua latina no antes del siglo V d. C. (Marcos 2000: 81), por lo que en arqueología suele usarse el vocablo arcaico tintinnabulum4 para referirse a estos objetos. Sin embargo, en la literatura arqueológica de las Islas Baleares, el único autor que utiliza la palabra tintinnabulum para referirse a las pequeñas campanas es Manuel Fernández-Miranda (1978: 280). La mayoría de autores de ámbito balear habla de 'campanillas', ya que tintinnabulum ha quedado por lo general para denominar a los artefactos discoidales o platos con mango y badajo de los que hablaremos más adelante. Suele darse por hecho que las campanillas de las Baleares proceden de Ibiza (Enseñat 1981: 116; Coll 1989: 331), aunque Fernández-Miranda (1978: 280) no descarta que haya algunas procedentes del ámbito romano y que deban fecharse en épocas recientes debido a la larga perduración de muchas de estas necrópolis. Ciertamente, los paralelos más cercanos los encontramos en Ibiza, aunque en realidad se trata de elementos frecuentes en todo el mundo antiguo como ya hemos visto. Campanillas muy parecidas a las de Baleares pueden encontrarse por ejemplo entre los materiales de la necrópolis ibérica de Orleyl (Vall d'Uxó, Castellón) (Lázaro et alii 1981: Fig. 10), en la tumba 200 de El Cigarralejo (González 2008: 79-81) o en Cancho Roano (Montero et alii 2003: 199). Aunque los contextos cronológicos del Postalayótico son por lo general difíciles de concretar, se suele asumir para estos artefactos una cronología de entre mediados del s. V a. En Mallorca (Fig. 1) se han encontrado engarzadas en collares de hilo de hierro junto a cuentas de pasta vítrea en Cova Monja (Sencelles) (Enseñat 1981: 68), en Son Maimó (Amorós 1974: 163) y Son Pellisser (Aramburu y Martínez 2015), lo que hace suponer que se usarían a modo de collares, pero desafortunadamente no contamos con datos de asociaciones claras a individuos concretos. Victor Guerrero (1986: 359) sugirió que pudieron haber formado parte de instrumentos de culto más complejos, cuyo armazón principal en materiales perecederos se hubiera perdido. En Son Bosc algunas de las campanillas conservaban "el delgado hilo de bronce que las sostenía" (Enseñat 1981: 116). En los casos en que se ha conservado el badajo, este suele sostenerse en un travesaño insertado en la parte superior del cono, pudiendo ser de hierro, cobre o bronce. Coll (1989: 332-333) propuso una clasificación tomando como referencia la que realizó Veny (1982: 347) atendiendo a los siguientes criterios morfológicos: para el cuerpo de la campanilla, cónico (1) y troncopiramidal (2); para el sistema de suspensión, anilla (1), culata (2) y ventana (3); y para la decoración, lisa (1), y con líneas (2). Queremos hacer un apunte respecto a estos criterios. Balaguer (2005: 260-261) ya señaló que las campanillas con el sistema de suspensión, que tanto Veny como Coll denominan 'culata', solo se han documentado en Menorca. Se refiere a campanillas que sobre el hombro presentan una especie de culata aplanada con un agujero en el centro. En realidad, las más corrientes son las campanillas que como sistema de suspensión tienen una anilla sobre el hombro o bien una ventanilla abierta en la parte superior del cono. Suelen tener un tamaño de entre 2,5 y 6 cm de alto. En cuanto a la decoración de las campanillas que nosotros hemos podido estudiar, ha de decirse que la gran mayoría presenta una decoración de bandas horizontales paralelas, que en algunos casos han sido realizadas sobre el modelo de cera, y en otros están cinceladas directamente en la pieza metálica. Aunque Enseñat menciona "dos cencerros de hierro", uno de Sa Cova Monja de tamaño considerable, de unos 10 cm, y otro de Son Taixequet (1981: 116), las campanillas son generalmente de bronce, algo que ocurre también en ámbito greco-romano (Marcos 2000: 92). En estas cronologías no podemos hablar del 'bronce de campana' estandarizado que encontramos a partir de la Edad Media y que suele contener en torno al 80 % de Cu y el 20 % de Sn, a veces con un poco de Pb. Las campanillas antiguas que encontramos en la península ibérica en contextos orientalizantes presentan composiciones muy variables y las campanillas tanto mallorquinas, como menorquinas y ebusitanas suelen tener altos porcentajes de Pb (Rovi-ra 2001: 131-133; Montero et alii 2003: 199). Por el contrario, parece ser que las campanillas romanas suelen ser de latón (Rovira 2001: 133-134), pero no se han analizado por ahora campanillas con estas composiciones en Baleares. Tradicionalmente, en la arqueología de Mallorca, la palabra tintinnabulum es un término muy general que abarca distintos artefactos que comparten una morfología básica en la cual el elemento principal es un disco metálico. Otros elementos que pueden integrar estos artefactos son cadenas, cintas metálicas, varillas, alambres, badajos y mangos, que se suelen articular en partes móviles. Los tintinnabula son, si cabe, unos de los objetos más característicos de las necrópolis postalayóticas mallorquinas y exclusivos de estas, pues no se documentan en las otras islas del archipiélago. El nombre común dado a estos objetos tiene un significado indiscutiblemente relacionado con la sonoridad, de manera que se condiciona su interpretación con la idea de que estamos ante algún tipo de instrumento musical. Este es un hecho claro en aquellos casos en los que los discos aparecen asociados a badajos, si bien puede resultar discutible cuando estos elementos complementarios no se documentan. Ya tratamos de forma amplia estos artefactos en otros trabajos (Perelló y Llull 2014a, 2014b), por lo que solo expondremos algunas de sus características más definitorias. A pesar de la popularidad de los discos postalayóticos o tintinnabula en la bibliografía balear, su interpretación no está exenta de problemas. Ello se debe, sin duda, a la heterogeneidad formal que presentan. Así es, los discos hallados en las necrópolis pueden tener tamaños, decoraciones y tipo de manufacturas muy diversas, por lo que seguramente se han incluido en la misma categoría de tintinnabula a objetos que quizás no deberían entenderse de la misma manera. Por otra parte, cuando se ha tratado de hacer clasificaciones tipológicas, estas suelen ser poco operativas y creemos que no ayudan a responder algunas de las cuestiones que nos planteamos. De forma muy breve y sencilla, en estudios previos intentamos definir dos grandes grupos de discos (Perelló y Llull 2014a, 2014b; Perelló 2017): Grupo A: Son los más abundantes y los más homogéneos formalmente, aunque es cierto que existe variabilidad en cuanto a metales usados para su manufactura, tipología de elementos vinculados y soluciones técnicas para articular todas las piezas que lo conforman. Se trata de discos de bronce, normalmente de fundición, aunque de forma excepcional se encuentran forjados en hierro. Tienen un diámetro aproximado de unos 10 cm (Perelló y Llull 2014a, 2014b) y los motivos decorativos son limitados, mayoritariamente uniformes, encontrándose de forma muy similar en manufacturas cerámicas indígenas de estas cronologías. En el reverso del disco suele haber una anilla de suspensión en la cual se engarzan otros elementos como cadenas, alambres o cintas de metal laminado que unen el disco a una varilla. En ningún caso se han hallado asociaciones directas de estos discos a badajos, por lo que Enseñat ponía razonablemente en duda que tuvieran un uso sonoro (Enseñat 1981: 110). Además, aunque no tenemos datos cronológicos especialmente sólidos, todo parece apuntar a que los discos de Grupo A tienen una aparición ligeramente más antigua, quizás hacia el siglo VII o VI a. C. (Coll 1989: 414), aunque con certeza podemos decir que son abundantes a partir del siglo V a. Si estamos en lo cierto, la aparición de los discos de Grupo A coincidiría con la fase de transición del mundo Talayótico al Postalayótico, en el que se perciben cambios a nivel de reorganización de los poblados y en el que podríamos situar la aparición de nuevos espacios arquitectónicos destinados al culto y al ritual, como son los santuarios. También sería este el momento de la fase I de Son Real (Hernández-Gash y Tarradell 1998). Todo en conjunto indicaría profundos cambios a nivel social y de creencias, que tendría su reflejo en el mundo funerario. Así, de un modo muy parecido a lo que se detecta de un modo generalizado en todo el Mediterráneo, habrían aparecido vinculados a los rituales toda una serie de objetos metálicos destinados a la generación de música o de sonidos entre los que podrían estar estos discos. Grupo B: Es el grupo más heterogéneo en cuanto a decoraciones, tamaños y formas. Las características compartidas por este grupo tan diverso son el hecho de que normalmente tienen un diámetro más grande que los del Grupo A y que muchos se han hallado asociados a badajos o varillas percutoras, por lo que en este caso sí parece indiscutible una finalidad sonora (Fig. 4 y 5). Cada disco es una pieza única, pero a diferencia de lo que ocurre con los discos de Grupo A, no responde al uso de moldes distintos (debido al uso de la cera perdida), ya que los discos de Grupo B son mayoritariamente trabajos de laminado. Se trata de diseños singulares y entre los cuales la variabilidad es muy grande. El hecho de que muchos autores usaran el término generalizado de tintinnabula para referirse a todos los discos, queda justificado por la circunstancia de que existen numerosos discos de Grupo B asociados a badajos que guardan un gran parecido con discos de Grupo A. Sin embargo, a menudo nos encontramos ante discos con decoraciones poco habituales en el mundo indígena, como son los motivos vegetales o elaborados dibujos geométricos, para los que se han utilizado las mismas técnicas engarzando badajos junto a otros elementos. No hemos hallado paralelos fuera de las islas para estos artefactos que, presentando una tipología decorativa ajena o extraña al mundo indígena, se encuentran asociados a badajos, por lo que creemos que en muchos casos estaríamos ante objetos de procedencia foránea que han sido reinterpretados y acomodados a las tradiciones locales. Así, resulta que nos encontramos con abundantes ejemplares "ambiguos", difíciles de clasificar, que en otros trabajos hemos explicado como la expresión de algo novedoso, especial, original y distinto de los elementos "tradicionales" predominantes (Perelló y Llull 2014a; Perelló 2017: 401-404). Estos elementos "tradicionales" los identificamos con los discos más abundantes y de aparición más temprana, que serían los discos de Grupo A. La cronología aproximada más antigua sugerida para los discos de Grupo B sería posterior, en torno al siglo IV a. C. El incremento en la diversidad y heterogeneidad de la cultura material y de las prácticas sociales a medida que avanza el Postalayótico, también se documenta en otros aspectos. Por ejemplo, en la tecnología cerámica, donde se percibe un aumento de la variedad de gestos y operaciones técnicas (García Rosselló 2010). Así mismo, también se detecta un aumento de la variabilidad arquitectónica y funcional de las estaciones de hábitat y una gran heterogeneidad en el mundo funerario a todos los niveles (estaciones, rituales, ajuares, etc.) tal y como señala García Rosselló (2010Rosselló (: 1557Rosselló ( -1558)). Los escasos datos antropológicos con los que contamos permiten deducir la presencia de discos junto a individuos inhumados, si bien las referencias son vagas y no permiten concretar aspectos rituales. La información más concreta la aporta Enseñat, quien apunta que en la necrópolis de Son Ribot (Manacor) apareció un disco sobre la boca de un individuo y la varilla junto al brazo (1981: 110). En este sentido, también existe una noticia indirecta que podría apuntar en la misma dirección. Se trata del testimonio de un guardabosques de Rotana que participó con Colominas en las excavaciones de las Coves des Morro (Manacor), seguramente en 1915. Este testimonio fue recogido por los seminaristas Pascual Nadal y Guillermo Nadal (1928) en su carta arqueológica de Manacor, presentada en uno de los certámenes científico literarios del Seminario de Mallorca (Rosselló Bordoy 1958): "En el lado N. descubrió el Sr. Colominas una placa de bronce de unos 15 cm de diámetro provista de un mango del mismo metal, objeto situado junto a la cabeza de un esqueleto". También en la Cova de Son Bosc apareció un disco fragmentado relacionado con un individuo femenino. El disco se halló en la zona donde habría estado el pecho (Enseñat 1981: 28). En la misma necrópolis apareció una varilla asociada a un enterramiento masculino (Enseñat 1981: 111). Existen otros materiales recuperados en yacimientos mallorquines (Fig. 1) que podrían englobarse en la categoría de artefactos productores de sonido. Sería el caso de una serie de huesos largos con perforaciones en los extremos, hallados en Ses Copis (Enseñat 1981: 101) (Fig. 6), Cometa des Morts II (Veny 1981: 266-268), Sa Cigala (Museu de Sóller) y Cova Monja (Museu Arqueològic de Catalunya). Su uso nos es completamente desconocido, aunque Enseñat, haciendo una aproximación etnográfica, sugirió la posibilidad de que se trataran de restos de un instrumento musical parecido al tradicional mallorquín els ossos (Enseñat 1981: 101), que en otros lugares de la península ibérica se llama arrabel, huesera, ginebra, escalinata, bandúrria d'ossos o guitarra de canya. Este instrumento consiste en una serie de huesos colocados paralelamente los unos a los otros, de mayor a menor y unidos entre sí por cuerdas, aunque también se puede fabricar a base de cañas o madera. Se toca colgado del cuello, mientras se tensa con una mano la parte inferior, con la otra se frota un objeto, como puede ser una castañuela, hacia arriba y abajo (Fig. 7). En este caso estaríamos ante un idiófono frotado. Debemos contemplar la posibilidad de la existencia de otros objetos potencialmente capaces de hacer sonidos que participarían de las performances pero que no necesariamente tendrían consideración de instrumentos musicales. La mayoría de los objetos considerados de adorno personal, por ejemplo. Sin que una cosa excluya a la otra, existen numerosos objetos en el registro arqueológico a los cuales es difícil atribuirles una función concreta. Sería el caso, tal vez, de aros que son demasiado grandes o demasiado pequeños para ser clasificados como brazaletes o anillos, a veces aros entrelazados entre sí como los de Es Fiters (Muro) (Fig. 8) y que recuerdan a algunas sonajas de la segunda Edad de Hierro documentadas en Suiza o Noruega (Lund 1981: 250-252). En esta misma línea podría ser interpretado un pequeño objeto recuperado en Son Bosc: se trata de un pequeño disco fragmentado de bronce de unos 2,7 cm de diámetro, cuyo centro estaba atravesado por una anilla de sección circular también de metal de 2,4 cm de diámetro (Enseñat 1981: 38-93). Otro ejemplo podría ser el de las conchas perforadas que también pueden actuar como sonajas (Hortelano 2003), y así un gran número de objetos hallados en estos contextos. La constatación de la existencia de cierto tipo de música involucrada en determinadas prácticas religiosas nos obliga a tener en consideración algunos aspectos que van más allá de la propia materialidad. Como ya se ha señalado más arriba, los eventos rituales no dejan de ser una performance, una teatralización en la que participan personas, objetos y espacios concretos. Desafortunadamente, en la actualidad, casi todos los datos arqueológicos que permitirían una aproximación para determinar cómo se articulan todos estos elementos proceden de excavaciones antiguas o de contextos poco claros. Tampoco tenemos fuentes escritas ni representaciones gráficas en el mundo postalayótico que nos permita arrojar luz en este sentido, por lo que desconocemos quiénes eran los protagonistas de estas actividades, ni cuál era su rol, aunque creemos que los datos de los que disponemos pueden aportar elementos para la reflexión. Sin duda, una de las cosas que persigue la música, sobre todo en contextos religiosos, es la de actuar sobre las emociones de las personas, crear ambientes propicios para el culto, crear estados alterados de conciencia, etc. (Martí 2003: 309-311). Esto se consigue a través de una influencia sobre los sentidos, a través de sonidos, olores, imágenes, etc. Es por ello que debemos contemplar cualquier evento religioso como una experiencia multisensorial. Así lo destacan por ejemplo Javaloyas et alii (2008: 207-212), refiriéndose a algunos enterramientos de la Edad del Bronce menorquines, en los cuáles, a través de estu-dios arqueobotánicos, se ha podido documentar toda una fenomenología aromática relacionada con los rituales funerarios. Además, no podemos olvidar que la realización de actividades sonoras en cuevas o santuarios situados en ciertos espacios naturales pueden tener un efecto sugestivo añadido, con la participación, por ejemplo, del eco o los juegos de luces y sombras (Purser 2002: 28; García-Ventura y López-Bertrán 2009a: 42). En todas estas performances, las actividades que cada persona realiza definen roles, expresan identidades y relaciones sociales. La idea de que la cultura material tiene un carácter activo en las dinámicas sociales (Hodder 1982(Hodder, 1994;;Appadurai 1986Appadurai, 1994;;Dobres 1995Dobres, 2000;;Dietler y Herbich 1998), puede entenderse perfectamente en este contexto: si bien es cierto que los factores identitarios y la organización social influyen en la regulación de determinadas labores, las propias actividades, la manipulación de ciertos materiales y objetos para su fabricación o uso, también configuran las estructuras sociales. En contextos culturales como el mundo fenicio, el rol de las mujeres en las ceremonias fúnebres como encargadas preferentes de la preparación del cadáver, limpiándolo, perfumándolo y protegiéndolo con amuletos, se extiende también a acompañarlo con música y lamentos hasta el momento del entierro (Delgado y Ferrer 2012: 139-145). Parece bastante aceptado que este hecho se da por extensión de las actividades de mantenimiento realizadas por las mujeres en el ámbito familiar también en el mundo de los vivos (Picazo 1997; Delgado y Ferrer 2012: 148-149). Por poner otro ejemplo en este sentido, también hay que tener en cuenta que determinados instrumentos musicales se consideran especialmente ligados a las divinidades y son entendidos sobre todo como objetos religiosos, por lo que solo pueden ser tocados por ciertas personas. A través de estos eventos, también hay transformaciones en el carácter o estatus de las personas, cosas o lugares (Mitchell 2006: 384), como en los casos de los ritos de paso. Sin embargo, más allá de todas las cuestiones arriba señaladas, dado el contexto cronológico que tratamos, quizás la principal duda que se nos presenta es si estamos ante una fenomenología propia de la cultura indígena balear o si se trataría de una evidencia de la influencia púnica en los elementos locales insulares. La Arqueología postcolonial representa la concienciación de los arqueólogos de que la simplicidad de las interpretaciones desarrolladas bajo la influencia del discurso colonial estaba ocultando una gran variedad de situaciones, comportamientos y respuestas. Sin duda, existió un contacto intenso entre comunidades insulares y agentes foráneos, generándose espacios intermedios o híbridos, que no afectarían a todos los actores por igual. Son espacios plurales, donde la interacción genera prácticas nuevas que no pueden entenderse como la "suma" de dos elementos culturales distintos. Con toda probabilidad, es así como debemos entender toda esta fenomenología sonora o musical en el mundo funerario postalayótico. En este sentido, reiteramos nuestro parecer de que la adopción de elementos no estrictamente locales no debe ser equiparada automáticamente a la asimilación cultural (Dietler 1998). Ciertamente, las campanillas podrían ser objetos foráneos incorporados por las comunidades indígenas a sus prácticas rituales, pero estas prácticas no tienen por qué ser necesariamente fruto de una aculturación unidireccional, en la que las comunidades postalayóticas son meras receptoras o imitadoras. No debemos olvidar que las prácticas musicales en contextos funerarios se encuentran presentes en toda la cuenca mediterránea de este mismo período tomando múltiples formas. Así, no sería de extrañar que ciertos materiales de filiación foránea fueran integrados cómodamente en las prácticas sonoras preexistentes de las comunidades indígenas, en las que también encontramos involucrados a los discos con percutores y posiblemente otros objetos que aún no han sido identificados. De hecho, aunque estos discos nos pueden recordar a los címbalos o a otros platos (ver por ejemplo Bellia 2010Bellia, 2012: 3-14;: 3-14; Boardman 1961: 53) y, posiblemente tengan un uso semejante, resulta complicado encontrar paralelos claros fuera de las islas, por lo que podemos estar prácticamente seguros de que no se trata de un objeto introducido en la cultura postalayótica, al menos en la concepción en que se entienden dentro del mundo indígena. Es cierto que la introducción de nuevos elementos puede generar prácticas que antes no existían, pero estas no deben verse simplemente como una 'mezcla' de dos situaciones culturales diferentes. Se tratará de prácticas completamente nuevas, diferentes a las originarias, pero completamente coherentes con las estructuras sociales precedentes (Van Dommelen 2006; Vives-Ferrándiz 2006). Agradecemos a los responsables de los museos visitados el acceso a las piezas arqueológicas: Jaume Deyà Miró (Museu de Sóller), padre Ramon Ballester (Museu de Lluc) y a Bernat Font (Museu Regional de Artà).
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Rumbo a poniente: el comercio de ánforas turdetanas en la costa atlántica de la península ibérica (siglos V-I a. Francisco José García Fernández 1 Universidad de Sevilla RESUMEN El objetivo de este trabajo es estudiar el tráfico de productos turdetanos en la costa atlántica de la península ibérica a partir de la distribución de sus contenedores anfóricos y el papel de la Gadir púnica como interlocutor comercial. Aunque ya se conocían la mayor parte de los conjuntos de forma aislada, tratamos de sistematizar toda la evidencia arqueológica disponible para analizarla tanto en sentido geográfico como cronológico, poniéndolas en relación con otras producciones coetáneas, tanto importadas como locales. Para ello se ha recurrido a una exhaustiva pesquisa bibliográfica pero, sobre todo, se ha llevado a cabo un examen directo de buena parte de los conjuntos analizados en los depósitos de distintos centros de investigación, gabinetes municipales y museos. Las conclusiones tratan de valorar el alcance de las mercancías turdetanas en los mercados atlánticos, desde el estuario del Guadiana hasta la costa noroccidental de la península, y los mecanismos de distribución, en relación con las distintas coyunturas históricas. Although most of the material assemblages used as evidence were already known, no attempt * Este trabajo ha sido llevado a cabo en el marco de los proyectos "Sociedad y Paisaje. Alimentación e identidades culturales en Turdetania-Bética (Siglos VIII a. Comercio mediterráneo e interculturalidad en el Noroeste de Iberia", Ministerio de Economía y Competitividad (HAR2015-68310-P), recogiendo los resultados de tres estancias de investigación realizadas en la Universidad de Lisboa, una de ellas financiada por el V Plan Propio de Investigación de la Universidad de Sevilla. PALABRAS CLAVE: productos turdetanos; II Edad del Hierro; romanización; distribución; mercados atlánticos; península ibérica. COMO CITAR ESTE ARTÍCULO / CITATION: García Fernández, F. J. 2019: "Rumbo a poniente: el comercio de ánforas turdetanas en la costa atlántica de la península ibérica (siglos V-I a. Cuando hablamos de ánforas turdetanas nos referimos a contenedores procedentes de Turdetania, en un sentido geográfico y cultural, no étnico. Es decir, se trata de los envases producidos en el valle mediobajo del Guadalquivir, las campiñas de su margen izquierda y el interior de la actual provincia de Huelva. Esta región comprendería también la costa atlántica andaluza hasta el Guadiana, aunque dejaremos fuera, por responder a una problemática distintapero no ajena, como veremos-, a las producciones de Gadir y su área de influencia inmediata (cf. Sáez 2008), lo que es extensible a las conocidas como ánforas "tipo Tiñosa" (Rodero 1991) o T-8.1.1.2 de Ramon (1995). Si bien estas últimas son consideradas comúnmente ánforas turdetanas o púnico-turdetanas, tanto su origen como su desarrollo no se pueden desligar de los intereses comerciales gaditanos y de las nuevas estrategias poblacionales y productivas que se implantan en su hinterland mediado el siglo IV a. C. Asimismo, la dispersión geográfica de las T-8.1.1.2 ya ha sido objeto de estudio en la pasada década (Carretero 2007), especialmente su presencia en el Algarve portugués (Carretero 2005), aunque requiere también de una actualización. Nos centraremos, pues, en las producciones propias del valle bético, que entroncan con la tradición alfarera de la región, donde se generan los contenedores "genuinamente" turdetanos (Ferrer y García 2008: 211): los tipos Macareno o Pellicer BC, D y sus variantes (Pellicer 1978;1982). El principal objetivo de nuestra investigación es estudiar las relaciones comerciales entre el valle del Guadalquivir y la costa atlántica de la península ibérica, durante la II Edad del Hierro y los primeros siglos de la presencia romana, a través del tráfico de mercancías envasadas en ánforas. Ello implica, como objetivos específicos, tratar de definir geográficamente las redes de distribución y los nodos principales a escala regional, así como los mercados secundarios; escrutar los productos comercializados y su procedencia más probable; caracterizar los contextos de consumo y sus implicaciones económicas, sociales y culturales; identificar variantes locales que reproduzcan o se inspiren en estos contenedores; determinar el liderazgo de la red y el papel del elemento púnico -en especial de Gadir-en el desarrollo de la misma; y analizar estos procesos de forma diacrónica. Se trata, en definitiva, de dar a conocer y valorar el papel de los productos de origen turdetano en la expansión comercial púnica por el litoral atlántico peninsular. Este será nuestro ámbito de estudio, la costa que se extiende desde la desembocadura del Guadiana hasta Galicia, dividida a su vez en áreas con características geográficas o culturales comunes: el litoral algarvio, que mantiene estrechos lazos culturales con Turdetania y especialmente con Gadir (Sousa y Arruda 2010); la costa alentejana, más escarpada y menos poblada, y los estuarios del Sado y Tajo, áreas especialmente dinámicas a caballo entre las influencias atlánticas y mediterráneas (Sousa 2017b); la costa centro-norte de Portugal, con una estructura territorial y formas de vida plenamente atlánticas, y el noroeste, donde se está empezando a vislumbrar el alcance del comercio púnico y su impacto en las comunidades castreñas (Silva y Pinto 2001; González-Ruibal et alii 2010). Para facilitar esta tarea se han tenido en cuenta prin-cipalmente las poblaciones costeras, pero también los establecimientos situados en los estuarios, en los tramos navegables de los principales ríos, o próximos a los mismos, es decir, aquellos centros susceptibles de ser alcanzados por embarcaciones de distinto calado, ya que se trata no solo de lugares de consumo, sino también centros redistribuidores de sus respectivas áreas de influencia. Se descartan, por tanto, las localidades situadas más al interior, donde las ánforas halladas suelen proceder del tráfico regional o de largo alcance, como ocurre en el Bajo Alentejo. Ello permitirá medir el alcance geográfico de este comercio, sus líneas de distribución y los nodos que las componen, así como la jerarquía de los mismos a escala regional. Lógicamente, hablar de ánforas significa hablar también de productos alimenticios, que suelen ser los más demandados, como se desprende de los pecios conocidos en esta época. Las ánforas son los items más elocuentes a la hora de definir arqueológicamente los tipos de mercancías comercializadas, sus áreas de obtención, sus centros de consumo y, en consecuencia, el papel que desempeñaron en la economía las comunidades receptoras. Conviene no olvidar, sin embargo, que estos productos viajaron con otras manufacturas, como las cerámicas de mesa (que en el caso turdetano están representadas por las formas pintadas) y especialmente las producciones denominadas "de lujo", como las cerámicas áticas y, posteriormente, la vajilla 'tipo Kuass'. A ello habría que añadir todo un conjunto de materias primas (metales) y manufacturas, cuyo origen es difícil definir o, simplemente, han desaparecido del registro arqueológico: telas, tintes, pieles, etc. (Sáez 2018). UN POCO DE HISTORIOGRAFÍA El estudio del comercio púnico en la costa atlántica peninsular cuenta con una relativamente corta tradición, lo que puede hacerse extensivo también al análisis de la distribución de productos turdetanos. Se inicia a principios de la pasada década con la publicación de las actas del Coloquio Internacional "Os púnicos no extremo Occidente" (Tavares et alii 2001), que sigue la estela de la obra coral Os fenícios no território português, editada algunos años antes (Tavares 1993) y completada posteriormente con la magnífica síntesis Los fenicios en Portugal. Fenicios y mundo indígena en el centro y sur de Portugal (siglos VIII-VII a. Es precisamente el equipo liderado por A. M. Arruda el que más ha contribuido al conocimiento de las importaciones púnicas y, en general, mediterráneas en el litoral portugués. No en vano, en los últimos veinte años han realizado un enorme esfuerzo en analizar las relaciones entre las poblaciones del Algarve y el área del Estrecho durante la Protohistoria y los inicios de la romanización a través de los resultados obtenidos en las excavaciones llevadas a cabo en Castro Marim y Monte Molião, así como de la revisión de contextos procedentes de otras localidades como Tavira o Faro (véase bibliografía). Del mismo modo, también se ha prestado atención a la proyección de estas influencias mediterráneas hacia el interior del Alentejo (Arruda 2001b(Arruda, 2008) ) a través del Guadiana y otros ríos navegables como el Mira o el Sado. Posteriormente, se ha incorporado a esta investigación el estuario del Tajo, con interesantes resultados que han puesto en evidencia la dimensión geográfica y la evolución de estas redes comerciales. A trabajos de síntesis como la reciente monografía de E. Sousa (2014) hay que añadir estudios parciales de contextos procedentes de Lisboa, Almada, Muge, Santarém, etc. (véase bibliografía), de los que si por un lado se puede extraer una clara reducción del volumen de importaciones durante la II Edad del Hierro, por el otro revelan el surgimiento a mediados del I milenio a. C. de sistemas territoriales bien estructurados en lo político y muy dinámicos en lo económico como resultado de la paulatina "regionalización" de las estrategias productivas (Sousa 2014: 307-309). Por el contrario, el litoral que se extiende más allá de la península de Lisboa apenas ha recibido atención al margen de los estudios realizados sobre la presencia fenicia en el estuario del Mondego, a través de las excavaciones en los yacimientos de Conimbriga o Santa Olaia (Correia 1993; Pereira 1993), y algunos hallazgos aislados de cronología posterior (Silva 1986(Silva, 1999)). Ciertamente las evidencias de importaciones de origen mediterráneo son bastante escasas en la costa norte de Portugal, especialmente los envases cerámicos, lo cual puede deberse -como veremos-a la propia dinámica comercial, pero también a carencias en la investigación. Sin embargo, como se ha podido observar en recientes trabajos, el radio de dispersión de estos productos parece trascender los límites conocidos hasta el momento, extendiéndose hacia la costa noroeste (Silva y Pinto 2001; Domínguez Pérez 2005a, 2005b). Desde la obra pionera de J. L. Naveiro sobre el comercio antiguo (1991), los estudios realizados sobre algunos castros de gallegos han puesto de relieve la frecuente llegada de ánforas y también de algunas producciones comunes procedentes del área del Estrecho a esta región al menos desde el siglo IV a. C. y, especialmente, durante los siglos II y I a. En esta línea, el inicio en 2016 del proyecto de investigación "La ruta de las Estrímnides. Comercio mediterráneo e interculturalidad en el Noroeste de Iberia" (HAR2015-68310-P), ha brindado la oportunidad de completar este estudio (Ferrer et alii e. p.). Su principal objetivo es precisamente analizar el comercio entre el área del Estrecho y el noroeste durante los siglos V al I a. C. a través de las ánforas y otras producciones cerámicas, describiendo las rutas y escalas de navegación a lo largo de la fachada atlántica peninsular. En este sentido, resulta imprescindible describir previamente el tráfico de mercancías que existía hacia la costa del Algarve y los principales estuarios del litoral Portugués (Sado, Tajo, Mondego), como primer y segundo círculo de distribución, y a su vez como nodos intermedios hacia el extremo de la red, que se prolonga desde la desembocadura del Duero hacia el mar Cantábrico. Este trabajo se ha llevado a cabo gracias a tres estancias de investigación disfrutadas entre 2013 y 2016 en el Centro de Arqueologia da Universidade de Lisboa (UNIARQ), desde donde nos desplazamos para realizar el estudio directo de los conjuntos depositados en distintos yacimientos, museos o institutos de Portugal. Para empezar, se ha efectuado una recopilación bibliográfica en la propia sede de UNIARQ, en la biblioteca de la Direcção-Geral de Património Cultural, así como en las bibliotecas de los centros de investigación vinculados a los lugares o áreas de estudio seleccionados, como la Universidad de Faro o el Campo Arqueológico de Mértola. Se han tenido en cuenta principalmente los resultados de intervenciones o estudios de materiales publicados en monografías, artículos o capítulos de libro, aunque también se han consultado otros trabajos científicos, como tesis doctorales o tesis de máster alojadas en repositorios institucionales. A continuación se han examinado directamente los conjuntos a los que se ha tenido acceso y que, salvo excepciones, abarcan la mayoría de los sitios en los que se han documentado ánforas de los tipos descritos. En los yacimientos donde el número de ejemplares registrado era especialmente alto, se han priorizado las secuencias o los contextos más relevantes, sobre todo los niveles de uso o amortización y los depósitos cerrados. En todos los casos se ha seguido el mismo procedimiento: estudio morfo-tipológico de cada ejemplar; contextualización cronológica y funcional a partir del lugar de aparición; examen macroscópico y fotografía de la pasta; y documentación gráfica. Para ello nos hemos apoyado en una base de datos que recoge de forma colectiva e individual los materiales revisados en relación con los aspectos señalados. Finalmente, se han tomado muestras de pasta de los especímenes más significativos, tratando de que estén representados los diferentes contextos, tipos y grupos macroscópicos reconocidos, con objeto de realizar láminas delgadas destinadas a su estudio morfológico y textural, así como a su análisis mineralógico (DRX) y químico (FRX y NAA). Ello está permitiendo llevar a cabo un estudio pormenorizado de los distintos conjuntos, aún en curso, y explorar la procedencia de las producciones identificadas, comparándolas con los especímenes documentados en sus áreas de origen, recientemente analizados (Moreno 2016). Las ánforas Pellicer BC se consideran casi por antonomasia los contenedores turdetanos. Parecen surgir entre mediados y finales del siglo VI a. C. directamente de las ánforas fenicias de saco en un proceso paralelo al desarrollo de los nuevos tipos púnicos de la zona del Estrecho (el grupo de las Mañá-Pascual A4), con las que comparte un origen común (Ferrer y García 2008: 211). En realidad, se trata de dos formas relacionadas (Fig. 1: 1-2), la B, caracterizada por su perfil de tendencia cilíndrica, hombros redondeados, base cónica y labios salientes, y la C, un recipiente de menor tamaño con el cuerpo de tendencia fusiforme y el borde engrosado (Pellicer 1978: 390); si bien en los últimos años más que de tipos concretos hablamos de producciones poco estandarizadas que comparten un aire de familia común (García Fernández et alii e. p.). Aun así, la escasez de ejemplares completos y la similitud en el perfil de los bordes ha llevado a que ambas formas se asocien desde el principio, estableciendo variantes mixtas (BC1 a BC3) a partir del desarrollo de los mismos (Pellicer 1978). A pesar de la enorme variabilidad que presentan, éstos se utilizan frecuentemente como un indicador cronológico (Belén 2006: 226), ya que se aprecian ciertas tendencias generales en la evolución de sus perfiles. Aunque el proceso de formalización del tipo Pellicer D sigue siendo opaco, parece claro que su génesis tuvo lugar a finales del siglo IV a. C. a partir de su inmediata antecesora -con la que convivió durante varios decenios-, pero también como resultado de la adopción de novedades de origen centromediterráneo, como es el progresivo acilindramiento del cuerpo, que afecta a otras producciones de la región en estos momentos (Niveau de Villedary 2002: 242). Se definen, pues, como recipientes de cuerpo cilíndrico y alargado, fondo apuntado o provisto de un pequeño pivote, hombros indiferenciados, sin cuello y bordes engrosados (Fig. 1: 3). Pellicer (1982: 390) ya propuso una seriación a partir de la forma del cuerpo y el desarrollo de los bordes, aunque al igual que sus antecesoras, y debido al carácter fragmentario de la mayor parte de los ejemplares conservados, suelen diferenciarse sobre todo a partir de estos últimos. Niveau de Villedary ( 2002) llegó a identificar hasta 8 variantes, aunque pone en cuestión su valor cronológico debido a la aparición de bordes distintos en los mismos contextos. Con todo, se puede señalar una tendencia general -no excluyente-a la simplificación de los labios desde los perfiles engrosados de las primeras producciones, más o menos marcados al exterior por un escalón, a los engrosados únicamente al interior o ya indiferenciados, que predominan sobre todo durante los siglos II y I a. C. Estos últimos suelen asociarse a una variante singular, de bordes de tendencia horizontal y planos, separados del cuerpo por hombros pronunciados (Fig. 1: 4), que fue tipificada hace una década como Castro Marim 1 (Arruda et alii 2006: 163). Se ha interpretado como un híbrido entre las ánforas Pellicer D, las cartaginesas Mañá D y las gaditanas T-9.1.1.1 (Bargão y Arruda 2014: 145-148), aunque, de momento, no se ha documentado ningún perfil completo. A pesar de que tampoco se han encontrado evidencias de fabricación de esta variante en toda la región, composicionalmente parecen corresponderse a pastas del valle del Guadalquivir y de las campiñas del entorno de Cádiz, por lo que vamos a incluirla, aunque de forma separada, en este estudio, dada su masiva distribución hacia las costas occidentales de la península. Realmente, no es fácil determinar los centros de producción de estos envases. A pesar de que se han excavado varios alfares de este periodo con ánforas en algunas localidades del bajo Guadalquivir, como Carmona, Cerro Macareno, Itálica o Sevilla (García Fernández y García Vargas 2012), no se han documentado indicios fehacientes de fabricación de tipos concretos a excepción de los desechos de cocción asociados a los hornos documentados en la c/ Dr. Fleming 13-15 de Carmona (Ortiz y Conlin e. p.), correspondientes a variantes evolucionadas del tipo D. Aun así, la mayor parte de los ejemplares registrados en contexto parecen apuntar al interior de la región como origen más probable, si bien la diversidad de pastas no deja lugar a dudas de la coexistencia de varias áreas productoras que vendrían a coincidir con algunas de las principales comarcas naturales como la vega del Guadalquivir, los Alcores, la campiña de Sevilla, la costa oriental del lacus Ligustinus (García Fernández et alii e. p.) o el valle del Guadalete (Gutiérrez López et alii 2013). En el caso de las Pellicer D se ha identificado también una producción costera, cuyo origen exacto se desconoce, pero que no coincide con el cinturón productivo de Cádiz, lo que "obliga a desplazar su fabricación hacia puntos no localizados de la costa continental acaso plenamente costeros o relacionados con las paleodesembocaduras de los ríos Guadalete e Iro" (Sáez y Niveau de Villedary 2014). En todo caso, resulta llamativo que las pastas más frecuentes de las ánforas Pellicer BC apenas coincidan con las características de las Pellicer D y Castro Marim 1, al menos a nivel macroscópico, lo que podría estar reflejando modificaciones en el tratamiento de la materia prima y, por tanto, una evolución de los procesos artesanales en el tránsito de una forma a la otra, incluso en el seno de los mismos talleres, cuando no cambios en la estrategia económica que implicaría una deslocalización geográfica de la producción, potenciando unas áreas o centros en detrimento de otros. Por lo que respecta a su contenido, tanto las ánforas Pellicer BC como las D se han asociado con frecuencia al envasado de productos agropecuarios, aunque nunca con pruebas concluyentes. No obstante, los análisis realizados recientemente a un conjunto de muestras procedentes de Alcalá del Río (la antigua Ilipa Magna) y de Vico (Marchena), han permitido confirmar esta función, ya que si bien los residuos conservados en las primeras parecen apuntar hacia el aceite de oliva como contenido más probable, las segundas presentaban restos de grasas animales que se han relacionado con la carne de herbívoro procesada o con derivados lácteos (García Fernández et alii 2016). Estos resultados son aún más sorprendentes cuando incorporamos la variable geográfica, pues las evidencias más seguras del uso de ambos tipos como contenedor de aceite se concentran en uno de los principales centros portuarios del Guadalquivir, mientras que las ánforas de Vico parecen perpetuar una costumbre, bien conocida en las campiñas interiores, como es el envasado de carne para su distribución comarcal/regional (Bandera et alii 1999). Nos encontraríamos, pues, ante envases polivalentes, destinados a contener y transportar los excedentes propios de cada lugar en el marco de una producción altamente descentralizada, al menos hasta finales de la Edad del Hierro, como parece desprenderse de la escasa estandarización de los tipos Pellicer BC y de las primeras Pellicer D (García Fernández et alii e. p.). Bajo Guadiana y Algarve Situada en el último punto navegable del Guadiana, Mértola jugó un importante papel como nodo de comunicaciones terrestres y fluviales. Constituía el principal puerto de salida de la producción metalúrgica de la región, pero también la vía de entrada de gran parte de las importaciones hacia el interior de Alentejo (Rego et alii 1996). Sus orígenes parecen remontarse a los últimos compases del Bronce Final, mientras que su ocupación se mantiene ininterrumpida a lo largo de la Edad del Hierro (Barros 2008(Barros, 2010(Barros, 2012)). No obstante, la mayor parte de los restos de este periodo fueron registrados como material residual en contextos de cronología posterior (Albuquerque y García 2017). Las excavaciones realizadas entre 2005 y 2006 en el solar de la Biblioteca Municipal ofrecen los únicos niveles inalterados de finales de Edad del Hierro e inicios de la romanización, aunque la secuencia tampoco está exenta de problemas de continuidad (Palma 2009(Palma, 2016)). Por lo que respecta a las ánforas turdetanas, se señala la aparición tanto del tipo Pellicer BC como del D en distintos puntos de la ciudad, especialmente en la ladera norte del cerro sobre el que se emplazaba el primitivo oppidum y al pie del mismo. Esta proporción se invierte en la excavación de la Biblioteca Municipal, donde se han podido examinar los materiales correspondientes a los niveles de ocupación y vertidos extramuros asociados a la muralla de época romanorepublicana. Aquí la presencia de la forma BC es casi testimonial y de nuevo residual, con apenas 20 ejemplares, entre bordes, fondos y asas. Aunque están representadas todas las variantes, en su mayoría se trata de variantes antiguas (BC1 y BC2), con bordes de sección trapezoidal o redondeada (Fig. 2). A pesar de la variabilidad de pastas, casi todas apuntan al interior turdetano. Por el contrario, las Pellicer D y las Castro Marim 1, con 104 y 73 ejemplares respectivamente, Otras localizaciones del Bajo Guadiana Aguas abajo de Mértola, en el yacimiento de Castelinho dos Mouros (Alcoutim), pudimos identificar un borde de Pellicer D de pasta costera y un posible fondo aún inéditos (Fig. 2). Recientes excavaciones han permitido interpretar este sitio como una fortificación romano-republicana (castellum) relacionada con el control de los recursos agrícolas y el tráfico fluvial entre finales del siglo II y finales del I a. No obstante, una parte importante del material exhumado remite a una cronología anterior, por lo que es presumible la existencia de una ocupación previa desmantelada por la construcción del edificio republicano y cuyos restos podrían haber sido utilizados como relleno de nivelación. La segunda localización es Moinho do Pinto (Castro Marim), un establecimiento rural situado algunos kilómetros al interior, en la margen izquierda de la ribera del Odeleite. Durante las prospecciones llevadas a cabo por la Universidad de Lisboa se recogieron en superficie dos ejemplares de Pellicer BC asimilables a la variante BC1 (Freitas y Oliveira 2007: 412, fig. 2), uno de los cuales tiene un paralelo próximo en la pieza 1269(d) de Cerro Macareno, fechado en el tercer cuarto del siglo V a. Esta localidad es la que más ejemplares de ánforas turdetanas ha registrado tanto en términos absolutos como relativos, teniendo en cuenta la extensión del área excavada. Ello no debería resultar extraño si con-sideramos su proximidad geográfica con Turdetania, su estrecha relación con Gadir y el importante papel que debió desempeñar en la red comercial que la metrópolis púnica trazó en las costas occidentales de Iberia como uno de sus principales nodos, al menos entre los siglos VI-V a. Castro Marim ocupa una posición estratégica en la desembocadura del Guadiana, controlando tanto la cuenca baja de este río como el Sotavento algarvio. El hábitat parece iniciarse entre finales del siglo VIII o inicios del VII a. C. y continúa de forma ininterrumpida al menos hasta mediados del siglo III a. C., momento en el que se produciría un retroceso o abandono de este sector hasta su recuperación avanzado el siglo I a. Poco antes se había iniciado también la ocupación del Forte de São Sebastião, en un cabezo situado más al sur que tuvo asimismo actividad durante los siglos VII-V a. C. Las intervenciones realizadas en la década pasada con motivo de la restauración del recinto sacaron a la luz algunas estructuras y materiales de finales del siglo II e inicios del I a. Como decíamos más arriba, Castro Marim se distingue por el volumen de importaciones documentadas en los niveles protohistóricos, y especialmente las procedentes del ámbito púnico y turdetano (Arruda 2001a). Entre ellas destacan las ánforas Pellicer BC. Aunque suelen aparecer en todos los cortes y fases, la mayor parte de los hallazgos se concentran en el Sector 1, concretamente en contextos de los siglos VI y V a. C. A este momento corresponde un conjunto cerrado, amortizado por un nivel de incendio e interpretado como un depósito votivo, formado por ánforas, vajilla griega, cerámica común y otros materiales, fechado en la segunda mitad del siglo V a. Un estudio llevado a cabo hace algunos años logró cuantificar hasta 190 individuos de este tipo, más de la mitad de los cuales procedería de este sector y especialmente del citado depósito (García Fernandes 2009: passim). Están descritas todas las variantes recogidas por Pellicer, de acuerdo con la forma del borde, aunque predominan las producciones más antiguas: las Pellicer BC denominadas "de tradición fenicia y púnica" y las BC1, a las que siguen las BC2, BC3 y BC "evolucionadas", las formas atípicas y una variante intermedia definida como BC1 o BC2 (García Fernandes 2009: 23-24). También identifica 5 grupos de pasta principales, algunos con varios subgrupos, y 7 de pastas atípicas, definidos cuando no se superan los 4 individuos de las mismas características (García Fernandes 2009: 24-40). El conjunto es tan representativo del comercio de este tipo de contenedores que está siendo objeto de un análisis monográfico aún en curso. Sin embargo, las primeras conclusiones que se pueden avanzar no difieren del panorama expuesto, sino más bien lo matizan, enfatizando el peso de las variantes más antiguas frente a las más recientes. En efecto, si excluimos algunos ejemplares de BC3 y BC "evolucionadas", que podrían pertenecer ya al tipo Pellicer D o incluso a ánforas púnicas T-12.1.1.0, y extraemos de la consideración de "atípicos" algunos bordes que se asemejan a las variantes BC1 y BC2 (amén de otros que encajan bien con las T-11.2.1.0), comprobamos que la distancia entre variantes antiguas y recientes se incrementa, incluso descartando algunas formas que podrían clasificarse como ánforas arcaicas residuales (T-10.1.2.1). Por lo que respecta a sus rasgos tecnológicos y composicionales, y a la espera del análisis petrográfico y químico de las muestras realizadas a un número representativos de individuos, se han podido identificar 8 grupos de pasta, 6 de los cuales comprenden la práctica totalidad de las variantes antiguas. El volumen de ánforas Pellicer BC desciende en los siglos IV y III a. No hemos podido computar el número total de individuos, pero apenas superaría los 30, en su mayoría variantes tardías, de bordes ligeramente engrosados y reentrantes, frente a los 170 ejemplares que llegan a alcanzar las Castro Marim 1 (Viegas 2011: 478). Ello no sería de extrañar teniendo en cuenta el posible abandono que vivió el lugar entre mediados del III y mediados del I a. C. Por lo que respecta a sus procedencias, entre las primeras parecen dominar las producciones de color anaranjado y núcleo gris, con desgrasante fino, aunque se señalan otros grupos de pasta y, por tanto, otros orígenes, así como ejemplares pasados de cocción que podrían responder a versiones locales (Arruda et alii 2006: 160). Por su parte, las Castro Marim 1, definidas por primera vez en este yacimiento (Arruda et alii 2006: 163, figs. 33-35, y 38-45), se pusieron inicialmente en relación con las producciones gaditanas MP-A4 y Mañá C2, sin embargo, un estudio detallado de sus pastas parece apuntar al Bajo Guadalquivir y a las campiñas del entorno de Cádiz como origen más probable (Bargão y Arruda 2014: 148-149). En el Forte de São Sebastião aparecieron también materiales de este periodo, en su mayoría procedentes de niveles revueltos. Aun así, se pudieron documentar al menos otros 3 ejemplares de Pellicer BC de las variantes más antiguas (fines del siglo VI a fines del V a. Esta localidad tiene un origen y desarrollo análogo a Castro Marim, estrechamente relacionado con Gadir y su red comercial. Ocupa también un lugar estratégico, sobre la colina de Santa María, situada en la margen derecha del rio Gilão y muy cerca de su desembocadura, lo que le permite un control visual de las vías de comunicación y las principales fuentes de recursos (Arruda 2007: 123-126). La presencia fenicia se dejaría sentir desde los siglos VIII/VII a. C. y, aunque se han detectado signos de discontinuidad entre finales del siglo VI y mediados del V a. C. en algunos sectores, que se materializan en el abandono de la muralla orientalizante y un cambio en la orientación de las estructuras (Maia 2008: 60), parece que el establecimiento mantiene su vitalidad al menos hasta finales de la Edad del Hierro, ya que no aparenta albergar restos de época romano-republicana, lo que se ha relacionado con la ocupación en este momento de Cerro do Cavaco (vid. infra) y la posterior fundación de la ciudad de Balsa (Covaneiro y Cavaco 2017). No obstante, y a pesar de que se han documentado niveles protohistóricos en distintos puntos de la ciudad, son pocos los contextos publicados hasta la fecha y aún menos los que han sido objeto de un estudio en profundidad, lo que hay que hacer extensible a los materiales registrados. Entre ellos sobresalen los restos exhumados en el solar del antiguo Banco Nacional Ultramarino (BNU) que pertenecerían a infraestructuras portuarias y un área industrial aneja donde se documentó un posible muelle y una rampa, un almacén de ánforas, un espacio interpretado como cabaña de pescadores, por la presencia de redes de pesca, anzuelos y otros elementos, y un horno cerámico (Maia 2006; Candeias 2016). A pesar de las limitaciones que la metodología empleada impone a la hora de reconstruir la secuencia estratigráfica, sus excavadores sitúan la fase turdetana (mediados del siglo V a inicios del III a. Posteriormente, en un estudio aún en curso, C. Candeias ha conseguido diferenciar dos fases: una más antigua (finales del siglo V-mediados del IV a. C.), donde están aún presentes las cerámicas a mano y la vajilla ática, y una más reciente (mediados del IV y III a. C.), solo con producciones a torno y donde comparecen nuevas formas anfóricas y la vajilla tipo "Kuass" (Candeias 2016: 175). Muchas de ellas aparecieron colocadas en vertical, encajadas en el pavimento, donde se habían practicado rebajes para facilitar su almacenaje, y supuestamente rellenas de distintos productos, como restos de atún y otros peces, ostras, berberechos, etc. (Maia 2006: 471-473). Esta estructura fue destruida por un incendio que provocó la fractura de las ánforas, su caída sobre el pavimento, y la descomposición de sus superficies, sometidas a un fuerte calor (Maia 2008: 60; Maia y Loureiro 2008: 166-168). Aprovechando el estudio en curso de estos contextos (Candeias 2016) tuvimos oportunidad de revisar las ánforas de la camada 14, que correspondería al nivel de uso del posible almacén y las primeras capas de amortización, también la menos alterada por las construcciones posteriores y donde se concentra la mayor parte de las formas diagnosticables. De este estrato se examinaron un total de 88 fragmentos con forma, cuantificando un mínimo de 30 individuos. Dejando a un lado las variantes más antiguas del tipo BC, que pueden considerarse intrusiones, el resto del material es coherente con la fecha propuesta por C. Candeias (finales del siglo V-mediados del IV a. C.) para esta fase, comenzando quizá un poco antes (mediados del siglo V a. En todo caso, parece algo posterior al depósito de ánforas de Castro Marim, aunque ambos comparten el mismo final: su destrucción por un potente fuego. Las cocciones de las BC son en su mayoría oxidantes o mixtas, con tonos que van del crema al rojizo y castaño, presentan abundante desgrasante y suelen tener la superficie cubierta por un engobe beige, aunque los grupos de pasta son sensiblemente distintos a los registrados en Castro Marim, lo que puede estar relacionado con su cronología y la distinta procedencia de los ejemplares. Otras excavaciones, como las llevadas a cabo en el Convento de Nossa Senhora da Graça (Covaneiro y Cavaco 2018) o en la Rua Bela Fria (Covaneiro et alii 2012(Covaneiro et alii -2013)), han permitido documentar variantes similares a las representadas en BNU, aunque en estos casos las cerámicas prerromanas solo aparecen como material residual en niveles de época islámica y posterior. Asimismo, un estudio reciente sobre las excavaciones realizadas en el santuario del Palácio da Galeira ha elevado la cronología de algunos niveles al siglo V a. C. (Pappa 2015), si bien no se ha publicado hasta el momento un registro de las ánforas halladas. Al contrario que los sitios anteriores, la antigua Ossonoba comenzó su andadura en el siglo IV a. En el caso de Faro, el primer asentamiento tuvo lugar en su actual centro histórico, en una elevación que pudo conformar durante la Protohistoria una isla rodeada de un ambiente lagunar, con buenas condiciones estratégicas y buena visibilidad (Arruda 2000(Arruda: 35, 2007: 126): 126). Las intervenciones llevadas a cabo hasta el momento no han logrado definir el tamaño de este establecimiento, pero sí su secuencia, que se extiende de forma ininterrumpida desde el siglo IV a. C. hasta época romana. Para el periodo que nos ocupa, contamos por ahora con las excavaciones realizadas en el edificio de la Policía Judiciária (Gamito 1994a) y en el Museo Municipal. Ninguna ha sido publicada monográficamente, aunque los materiales exhumados sí fueron objeto de estudio, tanto para la fase protohistórica como para la romano-republicana. A pesar de su limitada extensión, los sondeos practicados en el Museo Municipal han arrojado varios contextos primarios con un elenco cerámico amplio y complejo donde sobresalen, cuantitativamente, las ánforas (Sousa 2009). En efecto, un estudio llevado a cabo hace más de una década dio a conocer el material prerromano (Arruda et alii 2005a), que se completó posteriormente con el romano-republicano e imperial (Viegas 2011: 186 ss.). En el primer caso, sobre un total de 119 fragmentos de borde, se cuantificaron 40 ejemplares del tipo Pellicer BC, la forma más representada, entre los cuales se pudieron identificar 2 bordes de BC1, 6 de BC3 y 19 de BC evolucionadas, cuyo perfil guarda ya claras similitudes con las versiones antiguas del tipo Pellicer D (Arruda et alii 2005a: 184-190, figs. 5-6); les siguen estas últimas, con 32 ejemplares, la mayoría de borde indiferenciado al exterior y engrosado al interior (Arruda et alii 2005a: 198-201, fig. 13), en tanto que el resto corresponde a Figura 3: Ejemplares de ánforas procedentes de las excavaciones realizadas en solar del Banco Nacional Ultramarino de Tavira (BNU) (dibujos del autor a partir de originales del autor y de C. Candeias,218,219,357,358,363,367,366 Los materiales púnicos y turdetanos procedentes de la segunda excavación han sido también estudiados recientemente, lo que ha permitido fechar los primeros niveles de ocupación de este sector entre los siglos III y I a. C. (Gomes 2016) y no en la II Edad del Hierro, como propuso inicialmente su excavadora (Gamito 1994a). En este caso, el repertorio anfórico se limita a 67 individuos, entre los que se registraron 2 bordes del tipo Pellicer BC (uno de la variante BC1 y otro BC evolucionada), 8 de Pellicer D, dos de ellos muy similares a las variantes de borde engrosado de sección oval o almendrada documentadas en el Museo Municipal (vid. supra), y 24 de Castro Marim 1 (21 individuos), la forma mejor representada, que comparecen junto a otras producciones, algunas residuales, como las T-11.2.1.0, T-8.1.1.2, T-12.1.1.0, T-8.2.1.1, T-9.1.1.1 y, sobre todo, T-7.4.3.0 (Gomes 2016: 101-110). Aunque algunos ejemplares se asocian a pastas locales (1 Pellicer BC, 3 Pellicer D y 2 Castro Marim 1), lo que no sería extraño en el caso de las primeras teniendo en cuenta lo visto más arriba, la mayoría se describen como producciones importadas, procedentes probablemente del valle del Guadalquivir y minoritariamente de la bahía de Cádiz (Gomes 2016: 101-104). No obstante, un examen detallado de las mismas nos lleva a considerar una mayor presencia relativa de pastas de la costa de Cádiz o sus campiñas interiores. Se sitúa en una pequeña elevación sobre la margen derecha del río Arade, aguas abajo del actual municipio de Silves, conformando originariamente una península que se adentraría en el interior de su antiguo estuario. Las excavaciones llevadas a cabo entre 1981 y 1985 pusieron al descubierto un conjunto de estructuras correspondientes a una muralla y varias estancias adosadas a la misma con dos fases constructivas distintas, mientras que los materiales asociados permitieron dividir la secuencia de ocupación en cuatro grandes periodos: "Orientalizante Pleno" (VIII-VI a. C.), "Orientalizante Evolucionado" (VI-V a. C.) y periodo "Itálico" (II-I a. Salvo una breve noticia preliminar (Gomes et alii 1986), el único estudio publicado hasta el momento se centra en los dos periodos más antiguos. Con todo, se indica que entre los abundantes materiales ofrecidos por los niveles de la II Edad del Hierro aparecieron fragmentos de ánforas "ibero-púnicas" pertenecientes "as formas B-C (20 %), D (40 %) y E (40 %) de Pellicer" (Gomes 1993: 80). También se atribuyen al segundo periodo de ocupación (siglos VI-V a. C.) un conjunto de envases con una cronología sensiblemente posterior. C. Entre las primeras encontramos una variante antigua, con el borde de sección trapezoidal, que se puso en relación con el ejemplar 1269d de Cerro Macareno, fechado en el tercer cuarto del siglo V a. C., y un borde más evolucionado, de sección oval ligeramente aristado, similar al ejemplar 1640 de Cerro Macareno, de inicios del siglo III a. C. (Pellicer 1978: 379), mientras que el ejemplar de Pellicer D, con el borde engrosado al exterior y separado del cuerpo por un escalón, podría situarse verosímilmente ya en el siglo III o incluso el II a. Siguiendo el mismo patrón de ocupación, este establecimiento se sitúa sobre un cerro destacado en la margen izquierda de la ribera de Bensafrim, al interior de su antiguo estuario y con buenas condiciones de visibilidad. Las excavaciones llevadas a cabo desde mediados de la pasada década han permitido establecer la secuencia de ocupación, que se extendería desde el último cuarto del siglo IV a. C. hasta el Alto Imperio, así como definir la estructura del hábitat y su evolución (Arruda et alii 2008;2011). Estas han tenido lugar principalmente en el interior del poblado (sectores A, B y C), aunque también se han realizado intervenciones preventivas en su entorno, donde se han hallado algunas estructuras de época romano-republicana (Sousa y Serra 2006; Bargão 2008; Diogo y Marques 2008). Los niveles prerromanos documentados en los sectores antedichos revisten gran interés tanto por su singular arquitectura "rupestre" como por la abundancia de importaciones, procedentes mayormente del ámbito púnico-gaditano. Sin embargo, hasta el momento, solo se han publicado algunos avances de sus repertorios materiales, en los cuales se hace referencia a la presencia de ánforas Pellicer BC evolucionadas y Pellicer D, junto con las habituales producciones del área de Cádiz: T-8.1.1.2, T-8.2.1.1 y T-12.1.1.1/2, a la que se atribuyen también algunos ejemplares de Pellicer D (Arruda et alii 2008: 137, fig. 14; Arruda et alii 2011: 12, fig. 12). Por el contrario, los materiales asociados a las fases de época romano-republicana sí han sido objeto de estudios monográficos (cf. ). En el caso de las Pellicer D se trata en su mayoría de tipos evolucionados, con el borde escasamente engrosado, que se aproximan a las Castro Marim 1, cuyo peso numérico va además aumentando en los niveles más recientes (Arruda y Sousa 2013: 124, figs. 25 y 26). Por lo que respecta a su procedencia, las ánforas de este periodo se englobaron genéricamente dentro de las producciones gaditanas, en sentido amplio. No obstante, a pesar de que una parte de los ejemplares parece cumplir con sus rasgos composicionales y tecnológicos, la observación directa de sus pastas nos lleva a pensar que algunos especímenes, tanto de esta muestra como de otros niveles secundarios, podrían ser oriundos del interior del valle del Guadalquivir o de sus campiñas, ya que guardan más similitudes con algunas de las Pellicer BC. Los materiales exhumados en el relleno de dos unidades negativas excavadas fuera del poblado no desentonan con este panorama, ni en la composición de los repertorios anfóricos ni en su procedencia (Sousa y Serra 2006; Sousa et alii 2016a). A pesar de que en este caso no hemos examinado personalmente el material, se llama la atención en su publicación sobre la existencia de un mayor equilibrio entre las producciones del entorno de Cádiz y el valle del Guadalquivir (Sousa et alii 2016a: 474), lo que habría que hacer extensivo, como se ha dicho, a la muestra obtenida en el poblado. Se han contabilizado un total de 177 individuos que se asocian a siete procedencias distintas: bahía de Cádiz, campiña gaditana, marismas del Guadalquivir, Bajo Guadalquivir, península itálica, área de Cartago/Túnez y Tripolitania. Dejando a un lado las producciones itálicas, norteafricanas e indeterminadas, las ánforas presentes en estos niveles son, principalmente, las Pellicer D (24 individuos), con pastas supuestamente gaditanas, y las Castro Marim 1 (con 35), atribuidas ya a alfares del interior del Guadalquivir, seguidas de las Dressel 1 (17) y Grecoitálicas (2), las T-7.4.3.3 (12), T-9.1.1.1 (6), T-12.1.1.0 (2), T-8.2.1.1 (1), así como las T-8.1.1.2 ¿residuales? (5), que son el único tipo asociado a las pastas de la campiña gaditana y las marismas del Guadalquivir (Sousa et alii 2016a: 464-472, figs. 5-7). Una última estructura negativa, constituida por un foso de sección en V, ofreció otros dos bordes pertenecientes a variantes antiguas del tipo Pellicer BC. De nuevo se trata de materiales residuales, ya que los rellenos de amortización del foso se fechan entre el siglo II a. Otras localizaciones de la costa del Algarve Se tiene también constancia de la aparición de ánforas turdetanas en Cerro do Cavaco, situado a 1 km al norte de Tavira. Aunque solo se conoce por prospecciones superficiales, se ha especulado sobre la posibilidad de que su ocupación coincidiera con el abandono de esta localidad a finales de la Edad del Hierro (Maia 2007: 464). Sin embargo, los materiales registrados hasta el momento no parecen apoyar esta cronología, ya que en su mayor parte se trata de producciones típicas de época romano-republicana, en especial la vajilla de mesa y las ánforas (Sousa 2017a: 199). De hecho, casi todos los investigadores coinciden en que debió tratarse de una fundación ex novo contemporánea a la conquista romana, relacionada probablemente con el control militar de las rutas que conectan la costa con el interior (Arruda y Almeida 1999: 335; Fabião 2003: 79-80), lo que explicaría su breve tiempo de actividad, entre la segunda mitad/finales del siglo II a. C. y el tercer cuarto del I a. C. a juzgar por las ánforas. En uno de los dragados realizados entre 1973 y 1983 en el río Arade se extrajo un copioso conjunto de materiales, principalmente ánforas y vajilla de mesa, cuya cronología se extiende desde finales del siglo II/ inicios del I a. Aquí se registró un único ejemplar de Pellicer D de borde almendrado y escalonado, de tendencia horizontal, que no parece desentonar con la fecha propuesta para el inicio del depósito (Silva et alii 1987: 208-209, fig. 5.1). Por último, en las excavaciones efectuadas por T. Júdice Gamito en Vila Velha de Alvor se menciona el hallazgo de ánforas del tipo B1 de Mañá y grandes fragmentos de "dólios" paralelizables con formas registradas en Cerro Macareno en los siglos V/IV a. Aunque la presencia de los tipos estudiados sería muy verosímil teniendo en cuenta la localización del sitio, en la boca de la ría de Alvor, la cronología propuesta (siglos V/ IV a II/I a. C.) y la descripción de las ánforas, que podrían corresponder a variantes del tipo D de Pellicer, como ha sugerido recientemente E. Sousa (2017a: 205), así como la ausencia de más detalles y de registro gráfico de los materiales, nos obliga a ser cautos a la hora de usar esta información. Alentejo litoral y estuario del Sado Se sitúa sobre un cabezo amesetado junto a la margen derecha del río Mira, en su último tramo navegable, a unos 30 km de su desembocadura. Las pocas evidencias de época protohistórica documentadas hasta el momento se concentran en el Cerro do Castelo, en el centro histórico de la localidad (Vilhena y Rodrigues 2009: 204-205, fig. 2). Las primeras corresponden a un pequeño conjunto de ánforas sin contexto recogido en 1983 durante las labores de cimentación de un edificio construido en la Rua Antonio Fortunato Simões dos Santos (Coelho-Soares 1986: 87-92). Este estaba compuesto por 7 fragmentos de ánforas Mañá C2b, dos de Dressel 1 gaditana y cuatro de formas turdetanas, entre las que encontramos un borde del tipo Pellicer BC, de sección vertical y moldurado, con paralelos en el ejemplar 1732 de Cerro Macareno, fechado en la primera mitad del siglo III a. C. (Pellicer 1978: 383, fig. 6), otro de Pellicer D, engrosado al exterior y escalonado, similar al 1782 de Cerro Macareno, de mediados de la misma centuria (Pellicer 1978: 386, fig. 7), y dos posibles asas de los mismos tipos (Fig. 4: OD-Coelho Soares). Años más tarde, las excavaciones llevadas a cabo en el Cineteatro Camacho Costa, a solo 15 m de la anterior, pusieron al descubierto un foso defensivo de la Edad del Hierro excavado en la roca y colmatado en varias fases con materiales que se extienden desde los siglos III/II a. C. hasta la Edad Media (Vilhena y Rodrigues 2009: passim). El examen de estos materiales permitió revisar la adscripción tipológica y confirmar la procedencia púnica y turdetana del primer conjunto, así como profundizar en el estudio del segundo. Entre un nutrido elenco de cerámicas comunes y de mesa (vajilla tipo Kuass) de los niveles prerromanos pudimos identificar varias ánforas de origen gaditano (T-8.1.1.2, T-8.2.1.1, T-9.1.1.1 y grecoitálicas), junto a algunas formas turdetanas: un borde de ánfora Pellicer D de sección escalonada y engrosado al exterior, parecido al registrado por Coelho-Soares, y un fondo posiblemente del mismo tipo (Fig. 4: OD), así como dos ejemplares cuya pasta recuerda a las de las producciones comunes, por lo que puede tratarse de manufacturas locales, hasta ahora no registradas, que imitan o se inspiran en los tipos turdetanos. Se trata en realidad de un islote situado a 250 m de la costa alentejana, a 15 km al sur de Sines y a 12 km al norte de Vila Nova de Milfontes. Presenta una primera ocupación indeterminada de la Edad del Hierro (siglos IV/III a I a. C.) sobre la que se superpone un establecimiento comercial de época romana altoimperial que se transforma a partir del siglo II d. C. en una gran factoría de salazones, alterando profundamente los niveles subyacentes (Silva y Soares 1993). De hecho, la mayor parte de los materiales de esa primera fase aparecieron fuera de contexto en los estratos superficiales, a excepción de los cortes situados en el extremo sur de la isla, donde se documentaron algunos niveles inalterados dispuestos directamente sobre la roca o rellenando las cavidades formadas por la acción de las mareas, aunque en ningún caso asociados a estructuras. Entre otros materiales de época protohistórica se registraron dos ejemplares del tipo Pellicer D de borde indiferenciado al exterior, levemente cóncavo y engrosado al interior, la parte superior de un ánfora T-8.1.1.2, el asa de una forma cilíndrica indeterminada y un borde de Dressel 1B (Silva y Soares 1993: fig. 13). Se sitúa al sur de la península del mismo nombre, junto a la desembocadura del río Sado, ocupando originalmente una suave elevación que se extendía entre ésta y un antiguo estero que la bordeaba hacia el oeste. A pesar del incremento de la actividad arqueológica en esta ciudad durante las últimas décadas (Soares 1998), son pocos los contextos de época protohistórica exhumados y publicados. De momento, los más com- Localizaciones en la península de Setúbal Existen noticias de la presencia de los tipos estudiados en la zona de la sierra de Arrábida, en el castro de Chibanes, Pedrão y la cueva de Lapa do Fumo. El primero cuenta con una fase previa del Calcolítico/ Bronce Antiguo (III milenio); una segunda de la Edad del Hierro (siglos IV/III a mediados del II a. C.); y una tercera romano-republicana, hasta el tercer cuarto del I a. El examen directo de las piezas registradas en las campañas de excavación realizadas entre 1997 y 2012 (31 en total) nos ha permitido comprobar que corresponden a producciones locales que se aproximan tipológicamente a las formas turdetanas y púnicas (Fig. 4), si consideramos la cantidad de especímenes similares al tipo 7 del Tajo (Sousa y Pimenta 2014). Por su parte Pedrão, con una cronología más ajustada (siglo I a. C.), ha sido interpretado posteriormente como una guarnición militar, aprovechando las posibilidades estratégicas de su ubicación (Fabião 2004: 63-64). Aquí sus excavadores registraron un borde de Pellicer BC sobre un pavimento (Soares y Silva 1972: 255 Est. II, 8), aunque de nuevo los rasgos tecnológicos y composicionales apuntan a una manufactura local. Por último, lo que sabemos de Lapa do Fumo procede de un reciente estudio de los materiales exhumados en las excavaciones realizadas a mediados del pasado siglo, que ha llevado a replantear la interpretación del sitio como un posible lugar sagrado relacionado con la navegación (Arruda y Cardoso 2013: 748). Entre ellos aparecieron algunas ánforas clasificables también en los tipos 3, 5 y 7 del Tajo (Sousa y Pimenta 2014), aunque el perfil de una de ellas recuerda a prototipos sudpeninsulares del tipo Pellicer BC (Arruda y Cardoso 2013: 740-745, fig. 11,1). Localizaciones en el interior del estuario del Sado Resulta llamativo que no se mencionen ánforas turdetanas entre los materiales de la II Edad del Hierro exhumados en Alcácer do Sal (Silva et alii 1980(Silva et alii -1981) ) o en el santuario de Abul B (Mayet y Silva 2000), a pesar de que sí se tiene constancia de otras importaciones de la esfera púnica que ponen de relieve el mantenimiento de vínculos comerciales entre las poblaciones del Sado y el área del Estrecho, al menos entre los siglos V y IV a. C. En el caso de Abul B, fechado en el siglo V a. La morfología de algunos bordes, altos y estrechos, con la parte exterior cóncava y la interior convexa (no 33), o anchos y de perfil redondeado (no 146), guarda también semejanzas con las primeras producciones del tipo B de Pellicer, de hombros carenados, y con las BC2, aunque en este caso su procedencia no ha podido ser contrastada con el escrutinio de los materiales. No hay que descartar la posibilidad de que se trate de producciones locales o regionales de la zona del Sado, como se ha propuesto recientemente (Sousa y Pimenta 2014: 314). Península de Lisboa y estuario del Tajo Las excavaciones urbanas realizadas en las últimas dos décadas en el centro histórico de Lisboa han puesto al descubierto interesantes contextos habitacionales y productivos que contribuyen a definir la secuencia ocupacional de la Olissipo protohistórica, que se extiende de forma continuada desde finales de la Edad del Bronce a época romana (Sousa 2016). Todas ellas han arrojado interesantes contextos donde se registra-ron algunas importaciones procedentes del ámbito púnico, especialmente ánforas. Podemos observar cómo en los niveles más antiguos los tipos turdetanos estudiados están ausentes o bien son testimoniales en comparación con el volumen de producciones locales registrado (Sousa y Pimenta 2014), aunque sí aparecen en los contextos más tardíos de época romano-republicana. Hemos tenido oportunidad de observar directamente los materiales de algunas de estas intervenciones aislando varios ejemplares de ánforas Pellicer BC del resto de las producciones locales, con las que guardan bastantes analogías formales. Entre ellas, la más representativa, por la amplitud de los contextos documentados como por el volumen de restos proporcionados, es la de Rua dos Correeiros. Se trata de una agrupación de estructuras que integra espacios domésticos y artesanales, con una cronología que abarca gran parte del siglo V e inicios del IV a. El repertorio anfórico, como el resto de las especies cerámicas, está compuesto casi en su totalidad por manufacturas locales, correspondientes a los tipos 1, 2, 3, 4 y 6 del estuario del Tajo. Las únicas excepciones parecen ser dos piezas registradas en las unidades asociadas a la camada BB, que constituyen los depósitos de abandono y amortización de los niveles de ocupación prerromanos (Sousa 2014: 67-69), clasificados en la variante 1Ae (Sousa 2014: 97). Ambos ejemplares, muy parecidos tanto en la forma como en las características de la pasta (Fig. 5), guardan grandes similitudes con las variantes antiguas de Cerro Macareno (BC1), como el ejemplar 1064 de finales del siglo VI, o el 1269(f), fechado en el tercer cuarto del siglo V a. En el caso de los sondeos realizados en la Travessa do Chafariz d'El Rei, en la vertiente sur de la colina de San Jorge, se pudo confirmar la procedencia sudpeninsular de un espécimen clasificado previamente como Pellicer C (Fig. 5). Apareció en unos contextos probablemente inalterados del siglo V a. Un segundo individuo, hallado en este caso como material residual en un estrato de época altoimperial (Fig. 5), podría corresponder a la misma variante, aunque probablemente algo más tardía (fines del siglo IV a. Por último, encontramos un posible borde de Pellicer D en el relleno de una zanja altoimperial (Filipe et alii 2014: 741 fig. 8, 3), si bien en este caso su procedencia sudpeninsular es incierta. Más problemáticas resultan las ánforas de la Edad del Hierro registradas en el Teatro Romano de Lisboa (Fig. 5). Entre los materiales examinados no se ha podido identificar fehacientemente ningún ejemplar importado, a excepción de una pieza de adscripción dudosa (¿BC1?), pudiendo tratarse en todos los casos de producciones locales más o menos inspiradas en prototipos púnicos o turdetanos. El panorama proyectado por las demás intervenciones varía muy poco, al menos para los siglos V y IV a. C. (vid. supra), ya que no se mencionan formas asimilables al tipo BC que no correspondan a producciones locales. C. Solo en estos últimos momentos parecen constatarse Pellicer D importadas (Pimenta 2005: 33, 94, Est. Este yacimiento se sitúa en la margen izquierda del Tajo, sobre un espolón rocoso justo frente a Lisboa, con la cual estuvo sin duda relacionado desde su fundación, ocupando una posición preeminente con una buena visibilidad. Se trata de un poblado extenso del que se han excavado varias estructuras domésticas y defensivas, con una ocupación que se extiende desde finales del siglo IX o inicios del VIII hasta el V/IV a. De momento, solo se han publicado parcialmente algunos contextos, con especial preocupación por los materiales de época fenicia (Barros et alii 1993; Barros y Soares 2004), si bien recientemente se ha emprendido el estudio sistemático de todo el repertorio anfórico, incluyendo las producciones de la II Edad del Hierro (Olaio 2018). El repertorio revisado comprende la totalidad de los bordes, una selección de las asas mejor conservadas y el único fondo que se pudo identificar, sumando un total de 929 fragmentos y 501 individuos (Olaio 2018: 133). Resulta de nuevo sorprendente que la inmensa mayoría (96,8 %) corresponda a producciones locales/regionales de la zona de Lisboa-Almaraz, o de otros puntos del estuario del Tajo, con formas que coinciden grosso modo con las descritas para esta región por E. Sousa y J. Pimenta (2014). A pesar de sus analogías con las ánforas del Guadalquivir (Pellicer BC) y de la bahía de Cádiz (MP-A4, T-8.1.1.2), solo se han reconocido 29 ejemplares claramente importados de los cuales 28 pertenecerían a contenedores arcaicos (T-10.1.1.1 y T-10.1.2.1) y solo uno a ánforas turdetanas: un borde del tipo Pellicer D procedente probablemente de las fases más recientes o incluso de los niveles superficiales (Olaio 2018: 144). Otras localizaciones en la región de Lisboa Recientemente E. Sousa ha revisado y puesto al día los contextos exhumados en la región de Lisboa y el estuario del Tajo, estudiando monográficamente el área urbana de Lisboa (Rua dos Correeiros), pero también los vestigios conocidos en los concelhos de Amadora y Sintra (Sousa 2013(Sousa, 2014)). Estos reúnen una nutrida nómina de pequeños establecimientos rurales con ánforas de la II Edad del Hierro, como Moinho de Atalaia, Baútas, Casal do Vila Chã Sul y Fiat-Alfragide en Amadora, o Santa Eufémia y Castelo dos Mouros en Sintra, a los que se suman Outurela I y II en Oeiras (Cardoso et alii 2014) o Quinta da Torre, ya en Almada (Cardoso y Carreira 1998), entre otros. Sin embargo, ninguno de estos sitios parece albergar importaciones púnicas o turdetanas, sino más bien producciones locales o regionales, como se desprende de los perfiles representados. Distinto pudo ser el caso de la villa romana de Freiría (Cascais), bajo cuyas instalaciones se han encontrado evidencias de un asentamiento rural anterior, sobre todo cerámicas y metales, cuya cronología apunta a la segunda mitad del I milenio a. En este caso se trata de un asentamiento en llano, junto al Tajo, aguas abajo de Santarém y relacionado probablemente con la redistribución de mercancías y también con la producción artesanal, como se extrae de la presencia masiva de contenedores anfóricos (Pimenta et alii 2014b: 42). Aunque se han recogido materiales de la I Edad del Hierro tanto en prospección como en excavación, la mayor parte de los restos protohistóricos corresponden a la segunda mitad del I milenio a. C. (Pimenta y Mendes 2008;2013), previos al establecimiento romano por el cual era conocido el sitio. Entre ambos se pudo documentar además una fase republicana, diferenciada tanto desde el punto de vista físico como cronológico y con una fuerte presencia itálica, relacionada verosímilmente con la ocupación militar de la región a fines del siglo II a. Dejando a un lado las importaciones itálicas y algunas de procedencia púnico-gaditana, la mayor parte de los contenedores anfóricos registrados en estos trabajos se interpretaron como variantes locales de los ). Tuvimos posibilidad de examinar una parte del material recogido en superficie, confirmando la escasez de ejemplares foráneos frente a la enorme cantidad de envases realizados con pastas de la zona. Sin embargo, sí pudimos identificar tres bordes seguros y otros tres dudosos de ánforas turdetanas (Fig. 6), de los que uno correspondería a una Pellicer BC1, mientras que el resto podrá clasificarse genéricamente dentro del tipo D de Pellicer, aunque dos de ellas mantienen aún el labio de sección oval, engrosado al exterior y separado del cuello por un escalón, característico de las variantes evolucionadas del tipo BC, de finales del siglo IV e inicios del III a. A ellos habría que añadir otros dos ejemplares de Castro Marim 1 que fueron clasificados por Bargão y Arruda (2014: 150) a partir de los materiales publicados por sus excavadores (Pimenta y Mendes 2008: fig. 11, 20-21). El solar de la antigua Scallabis ha arrojado varios contextos donde están presentes ejemplares de ánforas turdetanas. Las excavaciones llevadas a cabo desde inicios de la década de 1980 en la Alcáçova de Santarém, una meseta que se asoma directamente al Tajo, ha permitido documentar en extensión una sucesión de niveles de ocupación que se prolonga de forma ininterrumpida desde finales de la Edad del Bronce hasta el periodo romano (Arruda 1993; Arruda y Viegas 2014; Arruda y Sousa 2015). Aunque no hemos tenido acceso directo a los materiales, los niveles de la Edad del Hierro han ofrecido un nutrido conjunto de ánforas, algunas de las cuales son asimilables a los tipos BC y D de Pellicer (Arruda 2000: 209-212; Bargão 2014: 751-753). I, 5-8), con paralelos en los niveles 18-11 de Cerro Macareno (Pellicer 1978: figs. 3-5), lo que viene a coincidir con la fecha propuesta para sus contextos de aparición: siglos VI a IV a. Por lo que respecta a las Pellicer D, se han interpretado en su mayor parte como manufacturas locales a juzgar por sus pastas (Bargão 2014: 752), si bien su excavadora identifica algunos especímenes que pueden ponerse en relación con producciones bajoandaluzas (Arruda 2000: 211-212, fig. 143, 3-4). En ambos casos, los pocos ejemplares hallados en contextos primarios situarían estos envases entre los siglos III y II, pudiendo llegar hasta el I a. También se tiene constancia de la presencia de ánforas de los tipos BC y D de Pellicer, las primeras como material residual, en las fases plenamente romano-republicanas de la zona del Jardim das Portas do Sol, aunque no se indica si son producciones originales o posibles imitaciones (Almeida 2008: 256-262, 275). En estos momentos avanzados el volumen de importaciones sudpeninsulares se incrementa notablemente, haciendo aparición las variantes del tipo Castro Marim 1 (Arruda et alii 2005b: 283-284). No obstante, a diferencia de lo que sucede en los establecimientos algarvios, esta forma es minoritaria (5 ejemplares) en comparación con otros envases procedentes del ámbito púnico, representando apenas el 2 % del repertorio anfórico tardorrepublicano (Arruda et alii 2005b: 283). Es el último enclave al interior del estuario del Tajo que vamos a estudiar, situado sobre una amplia meseta a 1 km de su margen derecha y 13 km aguas arriba de Santarém. Aunque se conoce desde finales del siglo XIX y ha generado una copiosa literatura, sobre todo en relación a su papel como campamento militar de los ejércitos de Bruto y a la posible localización en este sitio de la antigua Moron (Zbyszewski et alii 1968; Diogo 1982), hasta los años 2015 y 2016 no tuvieron lugar las primeras excavaciones estratigráficas (Arruda et alii 2018). Aun así, salvo un ejemplar de producción local hallado en niveles de la II Edad del Hierro y un borde de Castro Marim 1 de época romano-republicana (Arruda et alii 2018: 214-216, fig. 15), la mayor parte del material anfórico publicado procede de prospecciones superficiales no sistemáticas (cf. Pimenta y Arruda 2014). Para empezar, Fabião identifica dos ánforas "ibero-púnicas" entre las recogidas por los arqueólogos de los Serviços Geológicos de Portugal y depositadas en su museo (Fabião 1989: 99, fig. 12, 2-3), que podrían corresponder respectivamente a un fondo de Pellicer D y un borde de BC. En los años 1993 y 1994 se dieron a conocer sendos conjuntos de ánforas, una parte de las cuales pertenecían al periodo protohistórico, mientras que el resto procedían en su mayoría de la fase campamental del siglo II a. C. En el primer trabajo se señalaban 6 ánforas de la forma Pellicer BC y 2 de la D, amén de otras producciones sudpeninsulares (Diogo 1993: 221-223). Aunque no se ha tenido acceso al material, es muy probable, por las características de los bordes, que la mayor parte de las primeras correspondieran en realidad a ánforas de saco o a versiones locales derivadas de ellas, como las descritas en Lisboa. A excepción de algún caso aislado, solo las D parecen remitir verosímilmente a producciones bajoandaluzas (Diogo 1993: Est. Por su parte, en el segundo trabajo apenas se recogen ánforas turdetanas salvo un borde, que en realidad podría pertenecer a una T-11.2.1.4/5 de Ramon, y dos fondos de Pellicer D (Diogo y Trindade 1993-1994: Est. Otras localizaciones en el interior del estuario del Tajo En los últimos años se han estudiado otros yacimientos en los tramos medio y alto del estuario del Tajo. Solo cuatro de ellos cuentan con ánforas prerromanas: Castanheira do Ribatejo, en Vilafranca de Xira (Pimenta et alii 2010), Alto do Castelo, en Alpiarça (Arruda et alii 2014), Alto dos Cacos, en Almeirim (Sousa et alii 2017) y Cabeço Guião, en Cartaxo (Arruda et alii 2017). En su gran mayoría corresponden a las producciones locales o regionales ya mencionadas, aunque se señala la presencia de dos ánforas púnicas en el primero (Pimenta et alii 2010: 51) y un ejemplar del tipo Pellicer BC en el último que podría ser importado del Guadalquivir (Arruda et alii 2017: 325). Este sector de la costa atlántica es el que presenta a día de hoy mayores lagunas de información, que se traducen en la práctica ausencia de referencias al hallazgo de ánforas turdetanas, a pesar de que sí se tiene constancia de importaciones púnicas, tanto en el litoral como en los castros del interior, y no solo cerámicas, apareciendo también cuentas, ungüentarios de pasta vítrea, etc. (Silva 1986; Silva y Pinto 2001). Por lo que respecta al valle del Mondego, y en concreto a los poblados de Santa Olaia y Conimbriga, se ha prestado atención principalmente a la fase fenicia arcaica. Aunque sus investigadores hacen alusión a materiales de la II Edad del Hierro (Alarcão et alii 1976; Correia 1993; Pereira 1993Pereira, 2009)), apenas se han publicado evidencias de este periodo, por lo que ignoramos si la falta de importaciones se debe a una interrupción de las relaciones comerciales con el sur de la península o a un vacío en la investigación. Lo mismo puede decirse del resto de la costa que se extiende entre el Vouga y el Miño. Solo el Castro de Romariz (Santa Maria de Feira), situado casi 20 km al interior, destaca por la cantidad y variedad de materiales foráneos, en su mayoría inéditos (cf. Silva 1999). Aquí se han documentado dos posibles ejemplares de ánforas T-10.1.2.1 y uno de Pellicer BC, para los que se señalan paralelos en los niveles de los siglos VI y V a. Una última localización podría ser Vila Nova de Gaia, donde recientes excavaciones han puesto al descubierto un conjunto de cerámicas importadas, sobre todo fragmentos de ánforas púnicas, entre las que se citan algunas de la serie 4 de Ramon, que podrían corresponder verosímilmente al tipo Pellicer D (Silva y Pereira 2010: 199). El hallazgo de ánforas turdetanas en la costa de la actual Galicia se concentra, de momento, en la zona de las Rías Baixas, aunque las evidencias de contactos comerciales con el mundo púnico se extienden en estas latitudes al menos hasta la ría de A Coruña, estando presentes sobre todo en los grandes castros y en otros establecimientos litorales que pudieron funcionar como emporia (González-Ruibal et alii 2010). El examen sistemático de las importaciones exhumadas en algunos de estos yacimientos a través del proyecto "La ruta de las Estrímnides" nos ha permitido corroborar su procedencia, así como revisar su tipología y cronología, dando a conocer algunos materiales inéditos (Ferrer et alii e. p.). La mayor parte corresponden al periodo tardopúnico (mediados del siglo II-inicios del I a. C.) y temprano augusteo, si bien también se documentan importaciones de los siglos IV y III a. C. Entre los sitios estudiados destaca Punta do Muiño do Vento, un castro situado en una pequeña península en la orilla sur de la Ría de Vigo que amortiza una ocupación anterior interpretada como un santuario púnico. Además de un interesante repertorio de formas comunes y de mesa, las producciones más antiguas documentadas, correspondientes a esta primera fase, comprenden ánforas T-8.2.1.1, algunos bordes de T-8.1.1.2 y asas que podrían pertenecer, por su forma y composición, a los tipos Pellicer BC o D (Fig. 6). Las mismas fases y probablemente la misma función encontramos en el yacimiento de A Lanzada, situado en un promontorio costero junto a la desembocadura de la ría de Arousa. Se ha interpretado recientemente también como un establecimiento púnico (Rodríguez Martínez et alii 2011) y presenta una de las principales concentraciones de importaciones mediterráneas de la región, abarcando desde el siglo V a. C. hasta momentos plenamente romanos (Suárez y Fariña 1990). El repertorio es análogo al de Punta do Muiño do Vento, aunque en este caso la mayor parte de los materiales revisados corresponden a los niveles más avanzados de su ocupación (siglos II-I a. Aun así se pudo identificar un ejemplar de ánfora Pellicer D descontextualizado (Fig. 6), que ya había sido publicado con anterioridad (González-Ruibal et alii 2010: 587-588, fig. 6), con el característico borde indiferenciado al exterior y engrosado al interior, habitual en las variantes más tardías (Pellicer 1982: 390). Además de estos materiales, tenemos constancia de la presencia de ánforas turdetanas en el castro de Montealegre, situado al fondo de la ría de Vigo, y en Alobre, en la orilla sur de la ría de Arousa. El primero recibe importaciones púnicas desde el siglo V a. C. (González-Ruibal et alii 2007: 50), aunque de nuevo la fase mejor representada es la romano-republicana. A este momento pertenecería un borde de ánfora Pellicer D, marcado con un escalón al exterior y de perfil almendrado, así como un asa del mismo tipo, ambos hallados en un nivel revuelto de larga formación interpretado como un conchero colectivo (González-Ruibal et alii 2007: 51-52, fig. 9). En el caso de Alobre, se ha identificado otro ejemplar de Pellicer D entre los materiales de época tardopúnica (González-Ruibal et alii 2010: 587, fig. 5), sin embargo, aún no se han dado a conocer los resultados de las últimas excavaciones realizadas en este yacimiento. CONCLUSIONES: REDES DE DISTRIBUCIÓN Y SU EVOLUCIÓN En las páginas precedentes hemos podido comprobar la difusión alcanzada por los envases anfóricos turdetanos en la costa atlántica de la península ibérica, más allá de las fronteras culturales de la región y sus mercados más próximos, a los que generalmente se circunscribían hasta hace pocos años. Sin embargo, se aprecian notables diferencias cuantitativas y cualitativas en su distribución, tanto entre unas regiones y otras como en relación con las distintas coyunturas históricas, lo que es extensible al resto del material (importado o de producción local) con el que aparece en los mismos contextos (Fig. 7-10). Las ánforas Pellicer BC y D son frecuentes, sobre todo, en la costa del Algarve, donde comparecen con el repertorio gaditano, con el que mantienen cierto equilibrio, variable según las épocas: las primeras suelen acompañar a las T-11. Dejando a un lado algunos ejemplares defectuosos de Pellicer D y Castro Marim 1 identificados en el yacimiento homónimo, de momento, solo se han documentado versiones locales de estas ánforas en Faro, en contextos de los siglos IV/III a. C. (Arruda et alii 2005), abarcando tanto Pellicer BC evolucionadas como variantes antiguas del tipo D. En esta región, prácticamente todos los asentamientos analizados compartieron el mismo rol como centros redistribuidores de sus respectivas áreas de influencia a través de las vías de comunicación fluviales y terrestres. Destacan, no obstante, por su importancia estratégica, Castro Marim, como bisagra entre Turdetania y la costa algarvia, y Mértola, con una posición avanzada en relación con el interior del Alentejo. Esta conexión, no solo comercial, sino cultural y quizá política con Gadir, es lo que ha llevado a situar el Algarve dentro de su área de influencia directa (Sousa y Arruda 2010). Una vez doblamos el cabo de San Vicente, el volumen de importaciones mediterráneas desciende claramente durante la II Edad del Hierro (Arruda 2000: 260; Sousa 2017b: 96), especialmente en la costa alentejana. Solo Odemira parece desmarcarse de esta tónica, ya que reproduce grosso modo los patrones de consumo algarvios, aunque los contextos excavados hasta el momento son exiguos. Más al norte se han identificado importaciones turdetanas en Ilha do Pessegueiro y posiblemente en Setúbal, correspondiendo el resto de los hallazgos (Chibanes, Pedrão, Lapa do Fumo, Abul B) a producciones locales. Llama la atención la ausencia de estas ánforas en Alcácer do Sal, un importante centro regional que mantuvo su carácter mediterráneo en época postorientalizante a juzgar por los contextos materiales, donde se integran también otras mercancías foráneas (Arruda 2000: 71), lo cual puede deberse a carencias en la investigación. En cualquier caso, todo apunta a que el interior alentejano, como la zona de Ourique, debió abastecerse desde Odemira a través del Mira. No encontramos otros centros en la costa alentejana a excepción de Ilha do Pessegueiro, que por su posición y dimensiones no parece ser más que una estación comercial temporal, aunque es probable que el lugar que ocupa la actual Sines hubiera funcionado también como puerto en época romana, si no antes, prestando servicio con toda seguridad a Mirobriga (Silva y Soares 1993: 178). Ya en el valle del Sado, Setúbal y Alcácer do Sal jugarían roles complementarios de puerto litoral y gran emporio fluvial, con una gran influencia comercial sobre el interior. No obstante, cabe la posibilidad de que gran parte de la demanda fuera cubierta con productos propios, como demuestra la aparición de ánforas con pastas locales en Odemira y, sobre todo, en el valle del Sado, donde también pudo haber una importante industria alfarera prerromana a juzgar por el volumen de material documentado. La presencia de ánforas turdetanas también es relativamente escasa en el estuario del Tajo, lo que es extensible a las importaciones púnicas. Los hallazgos confirmados hasta el momento se concentran en Lisboa, Santarém, Porto do Sabugueiro, Cabeço Guião y, probablemente también, en Freiría y Chões de. Casi todos los casos documentados son variantes antiguas del tipo Pellicer BC, fechados en el siglo V o en primera mitad del siglo IV a. C. (BC1 y BC2), o bien ánforas Pellicer D. Según E. Sousa (2016: 182), la ausencia de producciones entre mediados del siglo IV y mediados del II a. C. obedecería a una interrupción de los circuitos comerciales mediterráneos que se reiniciaría coincidiendo con los inicios de la ocupación romana; sin embargo, la escasez de contextos de finales de la Edad del Hierro y la aparición de algunos materiales de esta cronología (ánforas T-8.1.1.2 y Pellicer D) como material residual en niveles posteriores, nos obligan a tomar con cautela esta propuesta a la espera de nuevos datos. De lo que no cabe duda es de que el volumen de envases importados es exiguo si lo comparamos con la vitalidad de las producciones locales (Sousa 2017b: 96-100), tendencia que solo empieza a invertirse en época romano-republicana, cuando arriban a esta región las versiones evolucionadas del tipo Pellicer D y las Castro Marim 1, junto con el resto del repertorio anfórico púnico. Ello es evidente en los centros principales (Lisboa y Santarém), que cumplieron una función análoga a la de Setúbal y Alcácer do Sal respectivamente en el estuario del Sado, si bien en este caso el liderazgo territorial y comercial de la antigua Olisipo es innegable, mientras que el resto de los asentamientos, desde grandes centros en altura como Chões de Alpompé a poblados en llano, como Porto do Sabugueiro, debieron actuar como meros consumidores o nodos secundarios en los canales de distribución de estas mercancías. Conforme avanzamos por la costa centro-norte de Portugal el volumen de materiales sudpeninsulares se reduce aún más, aunque es probable que llegaran importaciones turdetanas a los asentamientos estuarinos del Mondego, Vouga y Duero, como se ha propuesto para Castro de Romariz y Vila Nova de Gaia (Figs. Esta situación se invierte en el noroeste, donde en la última década se está desvelando un intenso tráfico comercial con las comunidades castreñas desde al menos el siglo IV a. C. con importantes implica-ciones en las pautas de consumo locales (González-Ruibal et alii 2010; Ferrer et alii e. p.). Aquí, los hallazgos se concentran principalmente en las Rías Baixas, en emporia púnicos y grandes castros litorales que pudieron servir de intermediarios con el resto de la región. No obstante, los indicios de ánforas Pellicer BC son por ahora escasos y poco claros, frente a otros envases coetáneos que sí se han podido registrar fehacientemente: T-12.1.1.1, T-8.1.1.2 y T-8.2.1.1. De nuevo, habrá que esperar a la conquista romana y la intensificación del comercio atlántico para encontrar ejemplares claros de Pellicer D, aunque en este caso siguen siendo cuantitativamente minoritarios dentro del conjunto de las importaciones llegadas del sur de la península, lo cual no deja de ser sospechoso del carácter selectivo de los mercados castreños cuando se compara con la demanda de otras poblaciones del área atlántica. Lamentablemente, desconocemos con exactitud los productos introducidos en estas regiones por las ánforas turdetanas. Como se vio al principio, los análisis arqueométricos realizados a dos conjuntos de muestras procedentes de dos importantes oppida turdetanos, uno situado a orillas del Guadalquivir y otro en las campiñas interiores, apuntan al aceite y a las conservas de carne como contenidos más probables (García Fernández et alii 2016), aunque ello no nos autoriza a descartar otros productos, como el vino, los cereales o incluso las salazones de pescado, en el caso de las Pellicer D3 y Castro Marim 1 (Bargão y Arruda 2014: 151). Este carácter polivalente conviene con la producción descentralizada de estos envases, tal como se desprende de la multiplicidad de pastas, muy vinculada a los excedentes de cada comarca. En las muestras que hemos podido estudiar, la diversidad es directamente proporcional al número de ejemplares, lo que hace que el Algarve registre la mayor variedad de procedencias y, por tanto, de posibles contenidos, mientras que en el resto de los centros consumidores/ redistribuidores atlánticos el panorama es más plano. Entre las Pellicer BC predominan las pastas del interior del Guadalquivir, aunque algunas de las registradas en Castro Marim, Tavira o Faro podrían remitir a otras áreas como el valle del Guadalete, el lacus Ligustinus o la costa de Huelva. En los casos de las D y las Castro Marim 1, esta dicotomía parece más evidente, ya que la muestra se polariza entre producciones del interior turdetano y las denominadas "costeras", pero desconocemos a ciencia cierta la ubicación exacta de sus centros productores. Se han propuesto algunas zonas próximas a la bahía de Cádiz pero no propiamente insulares, sin que se puedan descartar otros puntos de la costa atlántica o su hinterland inmediato (Sáez y Niveau de Villedary 2014). Sea como fuere, es preciso diferenciar los envases importados, así como también sus posibles contenidos, de las producciones locales que encontramos en distintos puntos de la costa lusa, como los estuarios del Mira, Sado y, sobre todo del Tajo, donde han sido clasificadas con mayor precisión (Sousa y Pimenta 2014). Las más antiguas parecen evolucionar de las primitivas ánforas de saco, que se distribuyeron profusamente -y quizá se produjeron localmente (Pimenta y Mendes 2010-2011: 606-607)-en época orientalizante, aunque otras formas, como los tipos 5, 6 y 7, podrían haberse inspirado en modelos púnicos y turdetanos, eso sí, adaptados a sus propias necesidades. E. Sousa y J. Pimenta (2014: 305) describen dos grandes grupos de pasta que vienen a coincidir con el entorno de Lisboa/Almaraz y el fondo del estuario, donde se concentrarían buena parte de los centros productores. En ambas zonas se fabricaron contenedores con bordes asimilables a las formas BC y D de Pellicer, aunque corresponden claramente a morfologías y volúmenes adecuados a los circuitos comerciales y a los productos puestos en movimiento por los grandes centros de la región. Un fenómeno que podría ser extrapolable también a otro espacio altamente dinámico como es el estuario del Sado (Fig. 4). Si el contenido exacto de los envases locales e importados es algo que, de momento, se nos escapa, también lo es el rol que jugaron estos productos en los contextos donde están presentes. Por ahora, nos tenemos que conformar con caracterizar la función de los mismos, que en su inmensa mayoría es doméstica, y también su relación con el resto del repertorio material, que varía tanto en sentido geográfico como cronológico entre las distintas áreas receptoras definidas en el apartado anterior. Pueden distinguirse, no obstante, algunos contextos especiales, como son los artesanales, caso de Rua dos Correeiros en Lisboa, donde también están presentes las importaciones, y los de almacenamiento, que constituyen a día de hoy los conjuntos más representativos, como se ha podido comprobar en Castro Marim y Tavira, a los que habría que sumar el edificio de Abul B y los santuarios púnicos de las rías gallegas que, en todo caso, desempeñaron también funciones empóricas. Mención aparte merecen los campamentos y guarniciones militares, tanto por su función como por su cronología, que se ciñe a coyunturas o episodios concretos del proceso de expansión romana, si bien a excepción de Pedrão, los ejemplos más conspicuos (Chões de Alpompé y quizá Cerro do Cavaco) solo se conocen a través de prospecciones superficiales. Por último, cabe preguntarse por la estructura de la red, las fórmulas de transporte, los objetivos comerciales y su evolución a lo largo del tiempo. En este sentido, todo apunta a que la distribución de las mercancías turdetanas debió estar en manos de Gadir, más que probable intermediaria entre los centros productores locales y los mercados atlánticos, frecuentados por los fenicios desde época arcaica e integrados en una red comercial que adquiere desde finales del siglo VI a. C. nuevas dimensiones y formas de organización. Sin entrar a valorar otras fuentes sobre los intereses gadiritas en el Atlántico, como las literarias (por ejemplo, Plácido 2009) o las numismáticas (Chaves y García 1991), que se escapan de los objetivos de este trabajo, y ciñéndonos al análisis de los envases de transporte, parece evidente que las ánforas turdetanas compartieron bodega con otras mercancías envasadas en contenedores de fabricación púnica, especialmente salazones de pescado, pero también aceite de la campiña y otros excedentes agropecuarios no determinados, a los que habría que sumar la cerámica común, la vajilla de lujo de fabricación local o importada y diversas manufacturas (metales, vidrios, textiles), así como materias primas y otros productos a granel menos visibles en el registro (Sáez 2018: 12). El peso del género turdetano en relación al total de la carga es indeterminado y posiblemente cambiante entre unos fletes y otros, aunque por su presencia cuantitativa en algunos centros de consumo no debió ser pequeño, sobre todo en los momentos más avanzados, como se desprende de la difusión alcanzada por las ánforas Pellicer D y Castro Marim 1. Sin embargo, hay que diferenciar los enclaves litorales del Algarve, que se abastecían regularmente de todos estos productos, incluyendo los más comunes, como parte de la nueva estructura territorial desarrollada en esta región por Gadir a partir del siglo IV a. C. (Sousa y Arruda 2010), del resto del litoral occidental, cuya demanda es más selectiva y variable entre unas áreas y otras. En este caso la frecuencia se debió mantener, pero no así la intensidad de los intercambios, reducidos también a la meta principal de los comerciantes púnicos, que se centraba en la obtención de metales (oro y estaño), por lo que es probable que el número de barcos se adaptara a ello, como también la carga, una vez distribuida parte de la mercancía entre los enclaves algarvios, a la hora de completar su singladura hacia los destinos finales la ruta atlántica. Obviamente, estos flujos comerciales no son estáticos en el tiempo, pudiéndose distinguir al menos tres grandes coyunturas o fases (Fig. 7). La primera (fines del siglo VI-inicios del IV a. C.) coincide con la revi-talización tardoarcaica de las estructuras productivas y comerciales de Gadir, cuyo principal exponente es la gran difusión de los envases salazoneros T-11.2.1.0 (Sáez 2018), y supone la llegada masiva de ánforas Pellicer BC a los núcleos poblacionales del Guadiana y Sotavento algarvio (Castro Marim y Tavira) y su distribución puntual por los estuarios del Sado y Tajo. La segunda (inicios del siglo IV-finales del III a. C.) representa la atlantización del comercio gaditano con la consolidación de las rutas marítimas hacia el noroeste y la implantación de nuevos asentamientos bajo su influencia en la mitad occidental del Algarve (Sáez 2018), a lo que no es ajena la creciente influencia de Cartago en el Occidente mediterráneo (Ferrer et alii 2017). En este momento, los envases turdetanos (versiones evolucionadas del tipo Pellicer BC y las primeras Pellicer D) se embarcan con una amplia variedad de productos, entre ellos los contenidos en las ánforas T-12.1.1.1, T-8.2.1.1, T-8.1.1.2, aunque su presencia es menos evidente al norte de la costa alentejana. La última fase (siglo II a finales del I a. C.) se inicia con la derrota de Cartago y el inicio de la presencia romana en la península, que garantiza el mantenimiento del monopolio gadirita, pero también su adaptación a las necesidades de los nuevos dominadores y la ampliación del rango de distribución marcado por el avance de los ejércitos. La continuidad entre una y otra es variable, dependiendo de la región, y a veces resulta poco evidente, como se ha señalado recientemente para el caso del Algarve (Sousa 2017a). Aun así, es la época de mayor expansión de los tipos turdetanos, con la difusión de las Pellicer D y la formalización de las Castro Marim 1, que encontramos presentes en todos los grandes mercados occidentales junto con el resto del repertorio púnico (T-12.1.1.0, T-8.2.1.1, T-9.1.1.1) y las versiones gaditanas de las ánforas itálicas y centromediterráneas (T-7.4.3.3, Grecoitálicas y Dressel 1). Constituye, en cierto modo, el canto del cisne de unos envases cuyo alcance superó con creces las fronteras de Turdetania, vaticinando el éxito que alcanzarán las producciones romanizadas del valle del Guadalquivir, que van sustituyéndolas paulatinamente hasta desaparecer en el cambio de era (García Vargas et alii 2011). Es imprescindible subrayar la inestimable ayuda de la Prof.a A. M. Arruda, que nos abrió las puertas de UNIARQ y puso a nuestra disposición los recursos necesarios para su realización, así como la estrecha colaboración de la Prof.a E. Sousa que nos acompañó en buena parte de esta tarea. Tampoco podemos dejar de manifestar nuestra gratitud a todas las personas que han contribuido a esta investigación proporcionando los materiales o facilitando el acceso a los mismos para su estudio: V. Caramé, A. de la Peña Santos, J. P. Pimenta, V. Filipe, L. Fernandes, C. T. da Silva, J. Soares, J. Vilhena, J. Rodrigues, J. P. Bernaldes, J. D. A. de Brito Gomes, N. Beja, C. Candeias, S. Melro, A. Gradim, P. Barros, M.a F. Palma y el resto del personal del Campo Arqueológico de Mértola y el Museu de Mértola. También a B. del Espino Hidalgo por la ayuda en la realización de los mapas. Por último, agradecemos a A. M. Sáez Romero y a P. Albuquerque la atenta lectura del manuscrito. A ellos les debemos todas las mejoras aunque, obviamente, los errores y carencias son nuestros.
En el presente artículo se estudian conjuntamente las representaciones de togados halladas entre los exvotos antropomorfos de varios santuarios ibéricos y las menciones que Estrabón desgrana sobre los "togados/estolados" hispanos. Frente a la interpretación tradicional de unos y otras como indicios del grado de aculturación y el estatuto jurídico alcanzados por sus portadores, argumentamos que la toga sería empleada por determinados iberos como materialización visible de su condición de amici populi romani, formando parte por tanto de una estrategia ideológica en el marco de la competición por el poder en sus respectivas comunidades. A modo de corolario de su descripción de la Turdetania 2, Estrabón sistematiza sucintamente el proceso que, a su modo de ver, había llevado a algunos turdetanos (y, junto con ellos, a otros pueblos hispanos) a alcanzar las más altas cotas de civilización. La abundancia de recursos naturales y la convivencia cotidiana con los colonos romanos habían motivado, según él, que algunas de estas gentes se hubieran pacificado, hubieran olvidado sus costumbres ancestrales (¡y hasta su propia lengua!) y hubieran adoptado el modo de vida civilizado, esto es, el romano. Muchos de ellos gozaban ya del estatuto jurídico latino, y poco les faltaba para convertirse en romanos propiamente dichos. Tan es así, que habían adoptado la toga por vestuario: es por eso que se les llamaba "togados" 3. 2 Vaya por delante mi agradecimiento a E. Sánchez Moreno, T. Chapa y S. Montero por la enriquecedora discusión de algunas de las ideas argumentadas en este trabajo. Quisiera agradecer también a T. Chapa y A. Rodero su amabilidad al permitirme hacer uso de las fotografías del Cerro de los Santos tomadas durante un estudio conjunto. Agradezco asimismo a P. Cabrera y al Museo Arqueológico Nacional su ayuda al facilitarme el estudio de las terracotas de los Altos del Sotillo conservadas en la mencionada institución. Más allá de los diversos problemas interpretativos de los que adolece esta reflexión, y que trataré por lo menudo más adelante, por el momento advirtamos simplemente los dos pilares conceptuales sobre los que Estrabón elabora su discurso, y sobre los que pivotará el presente trabajo: la integración de las comunidades locales hispanas en las estructuras culturales romanas y el papel que la vestimenta desempeñó en dicho proceso. La primera de estas nociones se inscribe en el núcleo del famoso paradigma moderno de la romanización, clave en la interpretación académica de la expansión romana por el Mediterráneo durante el último siglo. Las diversas comunidades locales que entraban en contacto con Roma pronto reconocían la superioridad de las estructuras culturales imperiales, por lo que paulatinamente, y si las condiciones físicas de su territorio lo permitían, tendían a imitar dichas estructuras hasta lograr una asimilación completa. Este paradigma, no obstante, ha venido siendo objeto de diversas y duras críticas en las últimas décadas, focalizadas en su génesis imperialista (no en vano esta línea interpretativa se gestó durante la etapa de auge de los imperialismos modernos, como epifenómeno legitimatorio de estos), en su carácter unidireccional y teleológico, y en la concepción esencialista de cultura sobre la que se asienta. La perspectiva tradicional de la romanización tiende a presentar un panorama demasiado homogéneo y unilineal, que obvia como "rémora" cualquier realidad cultural diferente del modelo definido como romano, asume la existencia de culturas independientes, estancas y homogéneas, niega la agencia de las comunidades locales y centra sus esfuerzos en ponderar el grado de asimilación al modelo romano en vez de estudiar la naturaleza y mecanismos del encuentro colonial (Barret 1997; Woolf 1998; Millett 2010; Mattingly 2011). Todo lo cual no obsta, sin embargo, para que diversos especialistas todavía hoy continúen abogando por la utilidad de esta línea argumentativa, bien que matizada, señalando a su vez que los críticos con el concepto de "romanización" tienden a presentar imágenes irénicas del contacto cultural, minimizando los desequilibrios de fuerzas entre los agentes implicados y el éxito globalizador, a la postre, de las estructuras imperiales romanas (Hanson 1997; Alföldy 2005; Whittaker 2009; Dmitriev 2009; Bardet 2010; Van Oyen 2015; Beltrán 2017). El párrafo que nos ocupa, de hecho, ha sido esgrimido como argumento en esta polémica desde posicionamientos muy diferentes. Una lectura positivista de Estrabón lleva a considerar que parte de los turdetanos y celtíberos habían alcanzado ya elevadas cotas de romanización gracias a la convivencia con los colonos romanos y a la feracidad del territorio hispano, prueba de lo cual era su olvido de sus antiguas costumbres y el empleo de la toga (cf., por ejemplo, Baena 1993: 170-171; Blázquez 2006: 245). Otros autores, en cambio, optan por matizar el razonamiento de Estrabón, enfatizando la agencia de las poblaciones hispanas: más allá de que la prosperidad ambiental y el contacto cotidiano con los colonos romanos posibilitaran el proceso, fueron los actores locales quienes voluntariamente protagonizaron un acercamiento a los modos de vida romanos (Le Roux 1995: 11-16; Woolf 1998: 65-68). Ahora bien, merece la pena rescatar aquí las recientes reflexiones de Haeussler acerca de este tipo de lecturas. Según el historiador alemán, al tratar estos procesos debemos prestar atención preferente a la diversidad de agendas y motivaciones, incluso en aquellos casos en los que nos encontremos con una aparente confluencia de comportamientos (Haeussler 2013: 25-26). Y debemos reparar en la problemática de aceptar la existencia empírica de una Romanitas uniforme y preexistente a la que los agentes locales pudieran acercarse (Haeussler 2013: 51-59). La segunda de las ideas clave del pasaje estraboniano es la de que el proceso de romanización llevó a la asunción de la toga por parte de las sociedades más civilizadas, "casi romanas". Es esta una de esas relaciones causales que se suelen dar por sentadas, pero sobre las que merece la pena reflexionar: ¿por qué asumimos el uso de la toga como culminación lógica del proceso civilizatorio hispano? ¿Acaso todos los ciudadanos romanos de todas las provincias la portaban a finales de la República? ¿La portaban, siquiera, los hispanos? ¿Tendrían derecho a portarla quienes, como reconoce el propio Estrabón, no eran todavía del todo romanos? Con esta cuestión, nos adentramos en un campo de las ciencias humanas que comienza a desarrollarse en las últimas décadas: la "corporalidad" (embodiment) de la cultura y su relación con los discursos identitarios. Partiendo de los postulados de grandes teóricos de la sociología como Foucault, Bourdieu o Douglas, los últimos estudios tienden a contemplar el cuerpo humano (y, por extensión, su exposición/ocultación a través del atuendo) como un constructo en constante transformación, con fronteras flexibles y fluidas, a través del que se crea y negocia la identidad y la cosmogonía del individuo. Las experiencias y sensaciones, pero también los movimientos (voluntarios o no, cotidianos o rituales) y la propia construcción del cuerpo, son, por consiguiente, fenómenos culturalmente mediatizados, pero que al mismo tiempo modelan la cultura. Semejante aproximación epistemológica no ha tardado en aplicarse a la arqueología, con resultados ciertamente prometedores (cf., por ejemplo, Hamilakis et alii 2002; Boric y Robb 2008; Bulger y Joyce 2012). Por lo que a la vestimenta romana respecta, en los últimos años los estudios tradicionales, centrados en la identificación, funcionalidad y ordenación tipológica de las distintas prendas (vid., por ejemplo, Heuzey 1922: 227-279; Wilson 1924; Chapot 1937; Goethert 1939; Niemeyer 1968; Kleiner 1977; Goette 1990), se vienen complementando con nuevas aproximaciones interesadas en el papel del atuendo, y de la toga en particular, como signo transmisor y creador de significados culturales e identitarios, continuamente resemantizado según el contexto y la situación comunicativa concreta (Gregory 1994; Vout 1996; Cleland et alii 2005; Rothe 2009; Rothfus 2010; Larsson Lovén 2014). Desde mi punto de vista, esta última perspectiva resulta sumamente fructífera para el análisis del pasaje estraboniano al que antes aludía y de ciertas representaciones iconográficas de togados que aparecen en los santuarios ibéricos de los siglos II y I a. C., de las que luego hablaré. El objetivo último de estas páginas, por consiguiente, será profundizar en los mecanismos de negociación e interacción política que operaron en la Hispania de los siglos II y I a. C., centrándonos para la ocasión en el estudio del uso de la toga entre los iberos. Para ello me alejaré de su interpretación tradicional como signo revelador de aculturación romanizadora, y la concebiré más bien como estrategia discursiva, implementada por determinados agentes en un contexto comunicativo multipolar, y con una intención que ha de ser convenientemente evaluada. Acaeciendo todo ello, por supuesto, en el marco de reajustes, coacciones, acuerdos y negociaciones desatados con la creación y consolidación de las estructuras provinciales romanas en la Hispania de los siglos II y I a. ESTRABÓN Y LOS ¿TOGATI? Regresemos al pasaje de Estrabón sobre los togados hispanos. Parece obvio que su estudio debe realizarse en paralelo a este otro pasaje de la Geografía, pues ambas referencias dialogan entre sí, ambas parecen adiciones conclusivas a sus respectivos capítulos, y ambas tienen en común ser las únicas ocasiones en las que el erudito de Amasia habla de "togados" en toda su colosal obra: El análisis de las dos referencias, empero, debe partir de una incómoda constatación: en ninguno de los códices medievales que nos transmiten la Geografía aparece el término τογᾶτοι. Fue G. Kramer, el primer editor alemán de Estrabón, quien introdujo el vocablo en sustitución del adjetivo que incorporan los códices en el pasaje 3.2.15, στολᾶτοι, considerando que subsanaba así un error de los copistas, pues, según él, la estola era para los romanos una prenda femenina, y además Dion Casio había hablado de una "Galia Togada" (y no "Estolada") en virtud precisamente de su alto grado de romanización 5. Acto seguido, insertó τογᾶτοι también en 3.4.20 para enmendar una laguna en los códices disponibles, empleando como argumentos la intertextualidad entre este parágrafo y el anterior y la yuxtaposición aquí con el adjetivo τηβεννικῇ, derivado según él del vocablo griego τήβεννα, "toga". Ambas composturas han sido aceptadas por la mayoría de las ediciones posteriores de la Geografía (excepción hecha, por ejemplo, de F. Laserre 1966: 193, n. 9), y también, de forma más o menos crítica, por muchos de los estudios alusivos a ambos pasajes de Estrabón. En un sugerente artículo, sin embargo, A. M. Canto (2001) reexaminó la cuestión y propuso desechar estos aditamentos. Según la autora, es probable que el vocablo τηβεννικῇ que figura en 3.4.20 sea en realidad el resultado de una corrupción de la tradición manuscrita, pues esta es la única ocasión en la que aparece en la literatura griega antigua, y su supuesta deriva a partir del sustantivo τήβεννα es ciertamente singular (Canto 2001: 458-461). Por otra parte, Canto demuestra que en las fuentes latinas más arcaicas la estola no era una prenda únicamente femenina, sino que se consideraba apta para ambos sexos o incluso preferentemente masculina, indistinguible de la toga hasta el punto de que, "entre la segunda mitad del siglo IV y el siglo II a. Privados de estos argumentos, y habida cuenta de la dificultad de comparar las provincias hispanas con la Galia Cisalpina en términos civilizatorios, concluye la autora, no puede defenderse la sustitución de στολᾶτοι por τογᾶτοι en Estrabón 3.2.15 ni la inserción de τογᾶτοι en 3.4.20. Los "togados" hispanos de los que hablaba el geógrafo de Amasia eran, en realidad, "estolados". El matiz podría no ser anecdótico. Según A. M. Canto, los "estolados" a los que se refiere Estrabón, casi romanos pero sin serlo todavía, serían los ciudadanos de derecho latino que durante los siglos II y I a. su modo de vida a la civilización y a la manera itálica en su vestimenta togada (estos son los celtíberos y los que habitan en las proximidades del Íber a una y otra orilla hasta las regiones situadas junto al mar)" (trad. C. comenzaron a proliferar en las provincias hispanas. La susodicha "estola" (casi una toga pero sin serlo, podríamos decir) actuaría así como marca distintiva del estatus jurídico intermedio de estos individuos, como "la muestra visible de su «obediencia» y «pacto» con Roma" (Canto 2001: 466). No muy lejos de esta postura se sitúa en el fondo la interpretación de P. Le Roux, pese a que el francés aceptó la inserción del adjetivo τογᾶτοι en ambos pasajes. Según Le Roux, las menciones estrabonianas a los togados hispanos van más allá de un mero comentario pintoresco, pues el geógrafo de Amasia las ofrece como indicio de un proceso de transformación que ya estaba en marcha. La toga, según él, materializaba unos nuevos valores culturales y políticos, que no estaban fijados a priori ni eran homogéneos pero que concordaban con eso que podríamos llamar Romanitas y reivindicaban para sí los mores romanos. Expresaba, por así decirlo, la voluntad de sus usuarios de identificarse con la nueva realidad romana, renunciando, o siquiera arrumbando, sus antiguas formas de autorrepresentación (Le Roux 1995: 8-11). Es por ello, concluye el autor, que la presencia de togados es factible solo en comunidades jurídicamente promocionadas, pues era ese marco el que incentivaría a las elites locales a tomar semejante determinación respecto de su vestimenta (Le Roux 1995: 14-16). Partiendo de distintos postulados, en definitiva, ambos autores coinciden en valorar el uso de la estola/ toga como el atributo externo de unas comunidades locales inmersas ya en un profundo proceso de transformación que a no tardar desembocaría en su asimilación definitiva en el universo romano. Otro tanto, aunque de forma más matizada, defiende G. Cruz Andreotti (2002Andreotti ( -2003: 48-49;: 48-49;2007: 262-264), quien insiste en que la prenda (o más bien las referencias estrabonianas sobre su uso) no tiene unas connotaciones jurídicas específicas, sino que su valor es puramente cultural, pues en el discurso del geógrafo póntico el concepto "estola" se suele relacionar con realidades culturales mediterráneas que, sin ser puramente civilizadas, tampoco son bárbaras. Más centrado en la agencia indígena, aunque alcanzando conclusiones parecidas, R. Olmos (2007Olmos ( -2008: 194-195: 194-195) retrata a unas aristocracias locales que, en el proceso de contacto y redefinición identitaria de los siglos II y I a. C., se vieron empujadas a imitar la lengua, las costumbres, la ritualidad y el modo de vestir de las elites hegemónicas (romanas), alimentando así un proceso de asimilación ya muy avanzado. Ahora bien, desde mi punto de vista, a la hora de abordar estas dos noticias estrabonianas debemos distinguir dos problemáticas de índole diversa, una filológica y la otra ideológica. Por lo que respecta a la prime-ra, considero que el susodicho estudio de A. M. Canto demostró sobradamente que carecemos de argumentos de peso para leer "togados" donde los códices estrabonianos transcriben στολᾶτοι. Pero debemos preguntarnos también cuál es el verdadero alcance histórico de semejante precisión terminológica. ¿Pretendía Estrabón hacer algún tipo de distingo cuando hablaba de "estolados" en vez de "togados"? Reparemos en que el geógrafo no emplea la palabra latina toga en toda su Geografía, ni tampoco el término con el que esta se suele traducir al griego, τήβεννα (con la única posible excepción, más que dudosa, de la forma τηβεννικῇ en Estrabón 3.4.20 a la que ya he hecho mención). Reparemos incluso en que algunos griegos dudaban de que τήβεννα fuera una palabra de origen helénico6, y en que muchas de nuestras fuentes griegas ni siquiera la emplean. Y fijémonos en que, como la propia A. M. Canto demuestra, hasta por lo menos el siglo II a. C. ni siquiera las fuentes latinas distinguían claramente entre "toga" y "estola". Por consiguiente, me parece que, aun aceptando que Estrabón habló en 3.2.15 (¿y en 3.4.20?) de "estolados" y no de "togados", no contamos con elementos de juicio suficientes como para aseverar que, en su descripción de las comunidades hispanas, el geógrafo de Amasia se refería a una prenda distinta de la toga-estola empleada por los romanos de época tardorrepublicana. Consideración esta que nos lleva a la segunda problemática mencionada, la de índole ideológica. Como puede inferirse de los párrafos anteriores, buena parte de la bibliografía viene asumiendo el razonamiento de Estrabón, según el cual la toga es la materialización visible de un proceso de asimilación cultural ya muy avanzado, por el cual algunos de los pueblos hispanos convergían y se aproximaban a la romanidad. Pero esta aseveración encierra en realidad numerosas incógnitas que no han sido todavía suficientemente exploradas: ¿qué impulsaría a estas comunidades a ceñirse una prenda tan poco práctica como la toga, por muy asimiladas al mundo romano que estuviesen? ¿Quiénes de entre estas comunidades? ¿Estarían obligados a hacerlo? ¿Tendrían siquiera derecho a hacerlo según la legislación romana, dado que, según el propio Estrabón, no eran todavía ciudadanos romanos? ¿Por qué se les llamaría precisamente "togados", y no "habitantes de villae", o "comedores de garum", por ejemplo? TOGADOS EN LOS SANTUARIOS IBÉRICOS El tema que nos ocupa ha sido abordado casi siempre desde el punto de vista de la historia cultural roma-na, pero, en este caso, propongo conectarlo con el análisis del registro arqueológico ibérico, centrándonos concretamente en los exvotos depositados en los santuarios extraurbanos. Y es que en toda una serie de contextos sacros de este tipo nos topamos con representaciones de varones togados fechables en torno a los siglos II y I a. C. que bien pudiéramos poner en relación, indirecta quizás, filtrada sin duda, con los comentarios estrabonianos antes mencionados (Fig. 1). Tal es el caso del Cerro de los Santos (Montealegre del Castillo, Albacete). Hablo de un santuario extraurbano, alejado de los principales núcleos de población de la época pero ubicado en un pequeño altozano que dominaba la Vía Heraklea, principal vector de comunicaciones entre el sureste costero, la Meseta y la Alta Andalucía. La divinidad local, posiblemente una diosa relacionada con los ganados que en época romana respondería al nombre de Palas, recibió culto en este ámbito sacro al aire libre desde al menos el siglo III a. C., por parte de unos devotos que, provenientes de toda la región, viajaban al lugar para ofrecer libaciones y exvotos y participar en rituales de comensalidad. Los más poderosos de entre ellos, además, depositaron en el santuario exvotos que no eran sino representa-Figura 1. Principales santuarios mencionados en el texto y su contexto territorial (cartografía del autor). ciones en piedra de sí mismos, y que perpetuaban su presencia ante la divinidad al tiempo que construían (y negociaban competitivamente) su estatus en su sociedad (Chapa 1984; Ruiz Bremón 1989; García Cardiel 2015). Hasta nosotros han llegado centenares de estos exvotos escultóricos, fechables con bastante probabilidad entre los siglos III y I a. C. Pero fijémonos en algunos de los fragmentos escultóricos más tardíos, parte de los cuales, debido a su singularidad dentro del rico corpus escultórico del Cerro, atrajeron desde muy pronto la atención de la bibliografía (vid., por ejemplo, García y Bellido 1943: 84-86; Balil 1960). Me refiero fundamentalmente a cuatro torsos masculinos revestidos de un atuendo muy distinto al de los demás varones representados en el santuario: una toga ceñida recogida sobre ambos hombros que les envuelve el brazo derecho hasta la altura de la muñeca, bajo la que emerge una mano que sujeta firmemente los pliegues del paño7. Exvotos escultóricos del Cerro de los Santos, Museo Arqueológico Nacional (fotografías del autor). REVESTIR EL PODER EN TIEMPOS DE CAMBIO: EL USO DE LA TOGA ENTRE LAS ELITES IBÉRICAS... Hemos de mencionar igualmente al menos tres cabezas masculinas que, rompiendo con los cánones ibéricos tradicionales, se cubren con un pesado paño, al estilo de los capitibus velatis8. Es de reseñar, en todo caso, que tres de los cuatro torsos mencionados presentan una inscripción en la que se refleja un nombre propio; una de ellas, en escritura latina, identifica a su portador como Lucio Licinio9, beneficiario por ende de la ciudadanía romana o latina (Ruano 1988: 260); los otros dos, en cambio, tienen nombres ibéricos, referidos en signario ibérico meridional10 (Rodríguez Ramos 2002; Velaza 2007: 277-280; vid. también Izquierdo y Velaza 2007); dato este ciertamente singular para dos varones que se hacen representar revestidos de sus respectivas togas (Fig. 2). De cualquier forma, los togados del Cerro, de tamaño algo menor que el natural, presentan significativas analogías estilísticas con los numerosos exvotos de terracota con representaciones de togados amortizados en ciertos santuarios centroitálicos entre los siglos IV y II a. C., lo que, unido a las dinámicas históricas del sureste meseteño y al registro arqueológico del propio santuario, llevó en su momento a J. M. Noguera (1994: 109-118) a proponer para ellos una datación de mediados del siglo II a. C. Tal cronología es algo más antigua que la fecha tradicionalmente asignada a todas estas esculturas togadas, entre mediados del siglo I a. Tanto una propuesta como la otra, desde mi punto de vista, resultarían coherentes con los últimos estudios sobre los materiales documentados en el santuario, según los cuales a finales del siglo I a. C. la amortización de ofrendas (incluyendo los exvotos antropomorfos) decae en la ladera norte del Cerro, dando paso a un tipo de culto distinto, focalizado en el templo de estilo itálico que se erige en su cúspide y en las dependencias construidas a sus pies, junto a la vía (García Cardiel 2015; Brotons y Ramallo 2017). Los togados del santuario del Cerro de los Santos, en cualquier caso, encuentran también un buen paralelo (salvo por las dimensiones) entre los exvotos del sanfotografía; pese a su singularidad, el hecho de que la pieza fuera documentada antes del inicio de las falsificaciones parece una prueba de su autenticidad; Noguera 1994: n. 453. tuario de Torreparedones (Castro del Río-Baena, Córdoba). En efecto, entre el nutrido depósito votivo amortizado en este templo suburbano (levantado frente al oppidum homónimo a comienzos del siglo II a. C., restructurado en época de Claudio y abandonado ya cerca del siglo III d. C.: Morena 2017: 50-65), destaca un único exvoto fragmentado de piedra de 13,7 cm de altura, conservado en una colección particular y que representa un torso recubierto por una toga cuyos pliegues cubren ambos hombros y envuelven el brazo derecho, cruzando en bandolera sobre el pecho y dejando asomar tan solo la mano que aferra el extremo de la prenda (Morena 1989: lám. XXVI; Fernández Castro y Cunliffe 2002: fig. 84). La pieza data con toda probabilidad de la primera fase del santuario, entre los siglos II y I a. C., y, como les sucedía a los togados del Cerro de los Santos, se diferencia del resto de los exvotos antropomorfos varoniles únicamente en su vestimenta, pero no en su tipo de labra, tamaño o actitud ritual (Fig. 3). Quizá menos conocido, aunque igualmente significativo, es el togado del santuario de Los Altos del Sotillo (Castellar, Jaén). Nuevamente hablamos de un santuario extraurbano, situado en este caso en la frontera del territorio controlado por Cástulo desde finales del s. IV a. C., al que los devotos de la región acudirían periódicamente para llevar a cabo toda una serie de prácticas rituales, entre las que se encontraba la consagración de pequeños exvotos, en este caso de bronce, que les representaban a ellos mismos. Sin embargo, en los Altos del Sotillo se aprecia bien una cesura en la práctica ritual coincidente con la conquista romana de la región y la consiguiente desestructuración del territorio castulonense: a partir de comienzos del siglo II a. C., toda esa miríada de exvotos de bronce singulares fue sustituida por exvotos de terracota fabricados en serie y que representaban ora a los devotos, ora a divinidades como Minerva, Mercurio y Venus (Rueda 2011: 111-116). Pues bien, entre estas últimas representaciones de devotos coincidentes con la fase postrera de uso del santuario tenemos documentado un pequeño togado de terracota del tipo tardorrepublicano, con la cabeza velada por el extremo de la prenda (Blech 1999: 159 y 173) (Fig. 4). Por último, merece la pena mencionar un santuario extraurbano mucho menos estudiado y que todavía no ha sido objeto de excavaciones arqueológicas sistemáticas, sito en la periferia del solar saguntino: Muntanya Frontera (Sagunto, Valencia). En época augustea, parece ser que se erigieron sobre este cerro varios altares grabados con inscripciones latinas que honraban a Liber Pater, teónimo que posiblemente era el resultado de la interpretatio romana de la deidad local ). La aparición de estos exvotos de bronce es llamativa, pues técnicamente se asemejan mucho a las ofrendas habituales en los santuarios jienenses y murcianos, pero no encuentran correlato alguno en la región valenciana. Pero es que además los exvotos de Muntanya Frontera son los únicos en todo el mundo ibérico que, aparentemente, se sustentaban sobre pequeños pedestales cúbicos de caliza, igualmente localizados en el enclave y preparados para recibir las espigas que rematan los pies de estas curiosas estatuillas (Aranegui et alii 2018: 458-459). Diez de estos pedestales, por cierto, contienen inscripciones ibéricas, al menos cuatro de las cuales aludían a nombres propios 11; con toda probabilidad los nombres, sorprendentemente ibéricos, de los devotos togados cuyas efigies en bronce se insertarían sobre ellos (Fig. 5). plo, León 1981: 196; Ruiz Bremón 1986: 77) Es por todo ello por lo que, en lugar de hablar de una imitación imperfecta de los supuestos prototipos itálicos, en los últimos años se ha insistido en el carácter "bilingüe", "mestizo" o "híbrido" de estas esculturas togadas (Jiménez 2011: 107; Ramallo y Brotons 2014: 38-39), enfatizando precisamente su naturaleza mixta, propia de una cultura iberorromana que ya no era ni ibérica ni romana, sino otra cosa distinta. EL ESTATUTO JURÍDICO DE LOS TOGADOS HISPANOS La consideración bilingüe, mestiza o híbrida de estas esculturas, sin embargo, no apura toda su problemática. Atestigua, bien es cierto, un profundo y sistemático contacto entre dos sistemas culturales que en origen eran diversos, y documenta la génesis de unas estructuras nuevas, híbridas, diferentes a las anteriores y que responden a un lenguaje propio, coherente con la nueva situación colonial. Permite superar, pues, el viejo paradigma que describía todas estas piezas como imitaciones imperfectas de unos cánones metropolitanos, propios de unas sociedades periféricas solo parcialmente aculturadas. Pero, como ocurre en ocasiones al aplicar este tipo de conceptos postcoloniales, la hibridación no termina de explicar por qué surgieron concretamente esas nuevas realidades culturales, en virtud de qué desequilibrios históricos y como respuesta a qué agendas coyunturales. Estoy asumiendo aquí, adviértase, una de las críticas más frecuentes a la teoría postcolonial, teoría de la que pese a todo no dejo de declararme deudor. Se ha señalado con frecuencia, y posiblemente con razón, que las interpretaciones en torno al concepto de "hibridación" tienden a ser ahistóricas (Ahmad 1995; Prabhu 2007), pues suelen centrarse en el análisis de ciertos fenómenos culturales concretos, considerándolos constructos finales surgidos a partir de la simbiosis de sistemas culturales previos sin considerar que 1) no existe en realidad ningún sistema cultural "puro", sino que todos son, en última instancia, híbridos; y 2) el análisis histórico no ha de concluir con la documentación del objeto, costumbre o ritual híbrido, sino que debe partir de la constatación de dicha hibridación para discriminar las dinámicas históricas que motivaron su surgimiento. Nuestras esculturas de togados son, en este sentido, un excelente campo de pruebas para ponderar los límites del paradigma de la hibridación. Para empezar, su conceptualización como productos culturales híbridos iberorromanos presupone, siquiera de manera implícita, que en algún momento hubo unas culturas prístinas "ibérica" y "romana", algo difícil de aceptar en un "mundo pequeño" e interconectado como era el Mediterráneo antiguo (Malkin 2011). Pero reparemos además, y esto es lo más significativo, en que la nueva consideración "híbrida" de estas esculturas nos lleva en realidad, en cierta medida, al punto de partida: si las antiguas lecturas difusionistas defendían que los togados del Cerro de los Santos, representaciones imperfectas propias de un arte romano provincial, aludían a los individuos más romanizados de su comunidad (Ruiz Bremón 1986: 75), la conclusión histórica de muchas de las nuevas lecturas que inciden en el carácter híbrido de estas esculturas no es muy diferente: las mismas pudieron pertenecer, se sostiene, a magnates romanos o itálicos residentes en Hispania o bien a sus clientes y aliados más fieles (Rodà 1998: 266; Ramallo y Brotons 2014: 38-39). Mas nos topamos aquí con una paradoja que en muchas ocasiones se ha pasado por alto 12: aunque ciertamente los togados iberorromanos, notorias realiza-ciones culturales híbridas, evidencian las altas cotas de síntesis cultural que hubieron de caracterizar a la sociedad hispana tardorrepublicana, ¿es que acaso los integrantes de esa sociedad híbrida, casi romanos pero no del todo en palabras de Estrabón, tenían derecho a vestir la toga? El propio Virgilio denominó gens togata al pueblo romano 13, y sabemos que Augusto decretó que todo ciudadano romano debía portar la toga para poder entrar en el Foro 14 y asistir al teatro 15, obligación de la que un siglo después Plinio el Joven se quejaba con hastío en sus cartas 16. Según cuenta Suetonio, en cierta ocasión Claudio presidió un juicio en el que se acusaba a un hombre de haber usurpado la ciudadanía romana, proceso durante el cual el emperador dictaminó que el sospechoso había de ponerse o quitarse la toga según hablara la defensa o la acusación 17. En la misma línea, Plinio menciona una ley que prohibía continuar portando la toga a los ciudadanos romanos condenados al exilio 18. En un pasaje ciertamente singular en el que Tácito describe los afanes de Agrícola para "romanizar" Britania, el autor menciona la toga, como vimos que hizo Estrabón, como uno de los principales indicadores del éxito aculturador 19. La toga se entendía, en definitiva, como una prenda de fuertes connotaciones identitarias, a través de la cual se expresaban la pertenencia a la comunidad de intereses romana y la conformidad con el mos maiorum. Ahora bien, más allá de la innegable carga simbólica e identitaria de la toga para los ciudadanos romanos, me parece mucho más complejo atribuirle un valor jurídico concreto y privativo, como en muchas ocasiones ha dado por sentado la historiografía, basándose fundamentalmente en los citados testimonios de Suetonio y Plinio el Joven (vid., por ejemplo, Edmonson 2008: 22; Rothe 2009: 26 y 40). De las mencionadas noticias parece desprenderse, en efecto, que los ciudadanos romanos condenados eran despojados de la toga como parte de su castigo, pero de ello no 13 Verg., Aen. 21.3. puede deducirse, desde mi punto de vista, que todos los ciudadanos romanos la portaran, ni tampoco que tuvieran prohibido hacerlo quienes no eran ciudadanos romanos. Sobre la primera de estas cuestiones, resultan esclarecedores los testimonios de Marcial y Juvenal, cuyas sátiras no cejan de insistir en el poco entusiasmo con el que la toga era empleada en su época en Italia o en Hispania, bien por considerarla un símbolo de opresión o por su escasa practicidad (Baena 1993: 171-172; Vout 1996; George 2008). El propio Suetonio narra un episodio en el que Augusto, el mismo gobernante que había impuesto el uso de la prenda como condicionante para participar en los actos públicos romanos, durante una velada jubilosa en la bahía de Nápoles distribuyó togas entre sus amigos griegos y pallia entre sus camaradas itálicos, a condición de que durante el convite los primeros hablaran latín y los segundos, griego20. Implicando así que vestimentas e idiomas eran criterios identitarios intercambiables según el contexto y las necesidades e intereses de cada cual, gracias al middle ground generado por el recién instaurado Imperio (Wallace-Hadrill 2012: 369-371). En cuanto a la segunda de las cuestiones aludidas, el supuesto veto a que los no ciudadanos usaran toga, reparemos en que, pese a los episodios mencionados, no parece que se llegara a dictar nunca una ley explícita al respecto (Goette 1990: 2). Al fin y al cabo, si bien a los ciudadanos condenados al exilio se les prohibía continuar vistiendo la toga, también se les vetaba el disfrute del agua y el fuego en tierras itálicas, lo que no significaba que quienes no eran ciudadanos tuvieran prohibido abastecerse de tan vitales elementos mientras residieran en la península itálica. Es más, incluso si aceptáramos que el uso de la toga llegó a ser obligatorio y privativo de los ciudadanos romanos en época imperial, difícilmente podríamos extrapolar esa regulación a fechas anteriores a Augusto (Rothfus 2010: 442, n. Ninguna de estas referencias sobre el empleo reglamentado de la toga es anterior al Principado. Y repárese en que, si Augusto obligó a sus conciudadanos a vestir la toga en determinados actos públicos, fue porque, según narra el propio Suetonio, se mostró escandalizado de que estos no estuvieran habituados a hacerlo 21. Su medida debe encuadrarse, pues, en la "reforma" de las costumbres impulsada por el Princeps tras las guerras civiles, de signo pretendidamente tradicionalista pero que sabemos tuvo también mucho de reformulación del mos maiorum. Una reformulación ideológica que, de hecho, podría haberse visto plasmada en la propia iconografía de las togas: fijémonos en que, hacia el cambio de Era, las togas dejan de ser unos modestos mantos ceñidos en torno al torso del varón que envuelven precariamente su brazo derecho (enfatizando posiblemente la circunspección y autocontrol acordes con los valores republicanos) y se convierten en ostentosas prendas anchas y repletas de pliegues que subrayan las proporciones hercúleas de su portador, acentuando su prosperidad, fortaleza y virilidad (Davies 2005; Rothfus 2010: 442-450; Larrson Lovén 2014: 431). Nuestras fuentes literarias referidas a las relaciones diplomáticas que Roma mantuvo con los jerarcas de sus estados vecinos entre finales del siglo III y el siglo II a. C., de hecho, son especialmente reveladoras del viraje semántico de la toga. Así, sabemos que, cuando el rey númida Sífax envió en 210 a. C. embajadores a Roma para suscribir una alianza contra Cartago, el Senado le agasajó regalándole una silla de marfil, una pátera de oro, una túnica púrpura y una toga 22; cuando en 203 a. C. Escipión proclamó rey de los númidas a Masinisa en lugar de a Sífax, le honró con una corona de oro, una pátera de oro, una silla curul, un cetro de marfil, una túnica y una toga 23; el propio Masinisa recibió en el año 200 a. C. del Senado romano vasos de oro y plata, un cetro de marfil, una túnica palmeada, un manto púrpura y una nueva toga praetexta 24. Si los tronos, los objetos de oro y los mantos púrpuras subrayaban la condición real de estos personajes, el ofrecimiento oficial de togas a unos individuos que, evidentemente, no eran ciudadanos romanos, buscaba enfatizar los vínculos de amicitia entablados con ellos. Lección esta que, de hecho, los propios jerarcas aliados de Roma no tardaron en hacer suya: de Antíoco IV de Siria se decía que acostumbraba a despojarse de sus atuendos reales y vestir la toga, circulando modestamente por el ágora "a la usanza romana" 25. Aunque más revelador todavía es el caso del rey Prusias II de Bitinia, que hacia 167 a. C. acudió a Roma para solicitar ayuda militar, ocasión en la que, tratando de congraciarse con el Senado, recorrió las calles de la urbs portando una sencilla toga y diciéndose liberto de los romanos 26. Regresando a tierras hispanas y pasando ya al siglo I a. C., debo hacer referencia al conflicto sertoriano, pues es bien sabido que, durante la guerra, Sertorio creó en Osca una escuela para afianzar la cultura griega y romana entre los hijos de sus aliados hispanos, inculcándoles valores apropiados a quienes estaban llamados a convertirse en los futuros gobernantes de 22 Liv. sus comunidades locales hispanas pero, al tiempo, garantizando con su presencia en Osca la fidelidad de sus progenitores en el frente. La medida, al menos en un principio, no fue mal acogida por unos orgullosos padres que, en palabras de Plutarco, "disfrutaban extraordinariamente al ver a sus hijos con togas orladas de púrpura ir y venir a las escuelas con mucho orden" 27. La evidencia literaria indica, pues, que al menos en época republicana el empleo de la toga no estaba reservado a los ciudadanos romanos o itálicos, sino que también podía ser portada por aquellos individuos que se erigieran en valedores de la agenda romana en sus respectivas comunidades (y que, por ende, en un momento dado pudieran ser respaldados por el poder romano si así lo requerían). La toga materializaba, de alguna manera, la condición de amicus populi Romani de sus poseedores. Valor este que parece en consonancia, de hecho, con las diversas referencias a la llamada formula togatorum, el listado que confeccionaban los romanos de las contribuciones militares anuales de sus aliados itálicos (Baronowski 1984; Lo Cascio 1991-1994); unos aliados que no eran ciudadanos romanos, evidentemente, pero que, en su condición de aliados de la causa romana, eran conocidos colectivamente como togati. Resulta indudable que los personajes que optaban por hacerse retratar en los lugares de culto con esta prenda tan característica deseaban subrayar su cercanía al poder provincial romano, y no pretendo negar que algunos de estos individuos sí pudieron ser ciudadanos28, pero me parece que no contamos con argumentos suficientes como para avalar la ciudadanía de todos ellos. La literatura histórica referida al período avala suficientemente que los individuos sin derecho alguno de ciudadanía también podían vestirla. Lo que a su vez contribuye a explicar, en mi opinión, que tengamos documentadas tan pocas escultu-ras togadas en contextos hispanos tardorrepublicanos, circunstancia esta que sería extraña si la toga fuera la vestimenta adecuada a los ciudadanos romanos o latinos, habida cuenta del gran desarrollo del que, según investigaciones recientes, gozó el estatuto latino en la Hispania tardorrepublicana (García Fernández 2009). Paradoja que se repite, añadiría, en otros contextos provinciales. Bien estudiado en este sentido ha sido el caso de los tréveros, donde la proporción de retratos togados en relación con las representaciones de otro tipo de atuendos se dispara en el siglo I d. C., pero luego decae vertiginosamente hasta convertirse en anecdótica a partir del siglo II d. C., evidenciando que la correlación entre el uso de la toga y la extensión de la ciudadanía no era mecánica (Rothe 2009: 49-53). Ni siquiera, adviértase, en época imperial. NEGOCIACIÓN IDENTITARIA Y COMPETICIÓN SOCIAL: HIBRIDACIÓN Y MÍMESIS EN LOS TOGADOS IBERORROMANOS Solventada la cuestión de la supuesta ciudadanía de nuestros togados iberorromanos, empero, hemos de volver al interrogante que nos planteábamos al comienzo del apartado anterior: ¿por qué, en un panorama de creciente síntesis cultural entre lo ibero y lo romano, se produjeron en distintos santuarios estas realizaciones híbridas concretas? ¿Y por qué, añadamos ahora, fueron casi siempre minoritarias? Fijémonos, en primer lugar, en los contextos de aparición y exclusión de nuestras piezas. Se parecen, sin duda, a las terracotas de los santuarios centroitálicos mencionadas páginas atrás, pero también a los togados tardorrepublicanos erigidos en las ciudades y necrópolis de la península itálica. Y todavía guardan una relación más estrecha con los infrecuentes togados tardorrepublicanos documentados en algunos de los municipios y colonias romanos en Hispania, como Barcino, Tarraco, Lucentum o Urso29. Se parecen a estos togados romanos, en efecto, pero, parafraseando las palabras de A. Jiménez, no lo son. No lo son porque, en realidad, más allá de las apariencias estéticas, responden a unas dinámicas sociopolíticas totalmente distintas. En este sentido, me parece sumamente significativa una peculiaridad que ya percibió en su momento J. M. Noguera (1994: 206-207; vid. también Jiménez 2011: 106-107), pero sobre la que creo que todavía no se ha reflexionado lo suficiente: al contrario de lo que suele suceder con los togados republicanos (y de lo que sucederá ya más claramente en épocas imperiales), nuestros togados iberorromanos no aparecen en contextos urbanos ni necropolitanos, sino que se documentan solo en espacios sacros. En cambio, encuentro muy llamativa la ausencia de representaciones de togados entre la prolija iconografía vascular de asentamientos como la Alcudia de Elche o el Tolmo de Minateda y sus respectivos hinterlands, cuyos alfares decoraron sus cerámicas con toda una miríada de personajes (héroes, ancestros, aristócratas) vestidos al modo "tradicional" local. Pese a las concomitancias que las cerámicas más tardías de la Alcudia de Elche presentan con la llamada cerámica bracarense, por ejemplo, no encontramos en el enclave contestano nada parecido al togado que, sosteniendo una palma y acompañado de una mujer desnuda, aparece en un galbo conservado en el Museu D. Diogo de Sousa y datado entre finales del siglo I y comienzos del II d. También parece sugestivo el carácter minoritario de todos estos togados en relación con sus respectivos contextos inmediatos. Solo unos pocos de los exvotos antropomorfos masculinos del Cerro de los Santos, y solo uno de Torreparedones y otro de los Altos del Sotillo, revistieron la toga. Semejante exclusividad no se explica simplemente aludiendo al carácter híbrido de las estructuras culturales que dieron lugar a estas esculturas, ni tampoco juzgando que quienes no optaron por la toga eran más refractarios al cambio (Ruiz Bremón 1989: 180) o estaban más alejados de las estructuras romanas de poder (Rodà 1998: 266). No olvidemos, al fin y al cabo, que todo atuendo es un constructo cultural semánticamente connotado, por lo que ninguno es inocente (Vout 1996: 210). De la misma manera que unos pocos personajes de cada comunidad optaron por hacerse representar en sus santuarios portando la toga, otros, la mayoría, decidieron hacer lo contrario. Tarea nuestra es discernir las motivaciones de unos y otros. Desembocamos así, por fin, en la cuestión de las motivaciones. Una cuestión que, como veíamos al comienzo de estas páginas, deviene central para estudiar los procesos de negociación e integración cultural a escala regional o local. ¿Qué llevó a determinados sujetos a hacerse figurar en todos estos santuarios "ibéricos" vistiendo la toga "romana", cuando, salvo en el caso de la Muntanya Frontera, la mayoría de los miembros de sus respectivas sociedades optó por con-tinuar representándose con sus vestimentas tradicionales hasta el cambio de Era? Para proponer una respuesta a semejante interrogante, es necesario introducir aquí otro concepto postcolonial, avanzado, hace ya más de dos décadas, por H. Bhabha (1994: 86). Me refiero a la mímesis, un fenómeno propio de los escenarios coloniales en virtud del cual ciertos actores locales se esfuerzan por asimilarse a los agentes coloniales pero no del todo, generando así una ambivalencia que pueden instrumentalizar para sus propios fines. No otra cosa sucede, creo, con los togados de los santuarios iberorromanos. A pesar de ser algo más tardía que los contextos que aquí estamos estudiando, creo ventajoso rescatar la singular noticia que Tácito nos ofrecía sobre la "romanización" impulsada por Agrícola en Britania, mencionada páginas atrás. A resultas de las presiones del gobernador romano, los britanos terminaron alcanzando en poco tiempo elevadas cotas de civilización, plasmadas entre otras cosas en el uso de la toga por parte de sus varones. Pero el mismo Tácito subraya que fueron los propios britanos quienes eligieron calarse la singular vestimenta romana: inde etiam habitus nostri honor et frequens toga 30. Agrícola todo lo más, creó la coyuntura propicia para que aquellos individuos que optaran por la toga (léase, por la colaboración con las estructuras provincias romanas) se vieran más beneficiados que quienes la rechazaban en el juego político existente en el seno de las distintas comunidades locales. Pero participar en el juego valiéndose de unas u otras bazas era ya decisión de cada cual. Otro tanto sucedió, con toda probabilidad, en tierras hispanas. Tras la inclusión de las diversas comunidades ibéricas bajo la égida romana, la competición por el poder entre las diversas familias aristocráticas no hizo sino arreciar en el seno de cada una de estas sociedades. La gran mayoría de los actores intervinientes se esforzó por velar los cambios producidos, refugiándose en la tradición para legitimar y naturalizar la nueva situación y el nuevo equilibrio de poderes propio del espacio provincial hispanorromano (García Cardiel 2016: 139-144). Pero algunos de estos actores, al parecer, consiguieron diferenciarse de sus competidores sintetizando esa (supuesta) tradición ibérica con los nuevos sistemas de referencia romanos. Al representarse revestidos de la toga, subrayaban ante sus respectivas comunidades sus conexiones privilegiadas con las estructuras provinciales romanas, y acaso lograban causar una mejor impresión ante los responsables de estas. Actuaban, por decirlo así, como 30 Tac., Agric. 21.3. valedores de los intereses romanos en sus respectivas comunidades, a imagen de un Sífax, un Masinisa o un Prusias II. Pero ello no era óbice para que continuaran rindiendo culto en los santuarios de sus ancestros, a la manera en la que lo hicieron aquellos. Puede que Lucio Licinio, el ciudadano romano (o latino) que se hizo representar togado en el Cerro de los Santos, no fuera el único aristócrata que, pese a gozar de un estatuto jurídico privilegiado, continuó acudiendo al santuario; pero sí fue uno de los pocos que optó por representarse como el heredero de lo antiguo y lo nuevo, entendiendo ambas cosas como una síntesis coherente. Por el contrario, otros siguieron aquella misma estrategia en el Cerro de los Santos a pesar de no contar, aparentemente, con la ciudadanía. La mayoría de los peregrinos, en cambio, continuó representándose al modo tradicional. Postura que no entrañaba por fuerza un rechazo a las estructuras provinciales romanas sino, sencillamente, una manera algo distinta de continuar cumpliendo con los ritos "tradicionales" locales. Otro tanto sucedió, de hecho, por todo el mundo ibérico. Lo hemos observado en Torreparedones y en los Altos del Sotillo. El santuario de Muntanya Frontera, en cambio, parece que nos muestra el triunfo progresivo de una de estas estrategias ideológicas sobre las demás agendas alternativas. Aquí ya todos los peregrinos exhiben la toga. Ya no hay mujeres representadas entre ellos, como si el culto hubiera quedado vedado para ellas, o al menos la materialización del mismo en forma de exvotos antropomorfos. Y ya varios de los dioses venerados pueden identificarse claramente con divinidades grecorromanas. La sociedad, sin duda, cambiaba rápidamente. En dos pasajes de su Geografía, Estrabón señala la afición de determinadas comunidades hispanas por vestir la toga (la stola, dice él, valiéndose de sus referentes culturales griegos para describir una construcción cultural romana). Menciona esta peculiaridad como indicador del elevado grado de "romanización" de estas sociedades concretas, en un salto interpretativo que ha sido asumido por buena parte de la historiografía moderna. Sin embargo, hemos de reparar en que el geógrafo de Amasia escribía desde un contexto cultural algo distinto del que estaba describiendo. Tras las reformas de Augusto, el empleo de la toga había adquirido en Roma unas connotaciones que posiblemente no tenía en época tardorrepublicana, y que en todo caso difícilmente son extrapolables al ámbito provincial hispa-norromano de los siglos II y I a. C. Es cierto que la presencia de togados en las provincias nos habla del proceso de acusada hibridación cultural vigente en estos espacios, pero dicha hibridación no es un determinante, sino una precondición, para la difusión de la toga romana entre las comunidades locales. Al fin y al cabo, son numerosos los pueblos hispanos que, pese a encontrarse tanto o más asimilados a las estructuras culturales romanas según el propio Estrabón, no parecen sin embargo adeptos a tan singular atuendo. La propia legislación romana es el otro condicionante necesario (pero no determinante) para el empleo de la toga. Como hemos visto, en época republicana no se hacía especial énfasis en el uso exclusivo de la toga por parte de los ciudadanos romanos, sino que el propio Senado fomentaba su uso entre los jerarcas extranjeros que de un modo u otro se mostraban partidarios de la causa romana. La toga era prenda de esa amicitia que, según recientes corrientes interpretativas, sirvió como pilar fundante del expansionismo imperial romano republicano (Burton 2011). Más allá de estos condicionantes, pues, explicaremos mejor la temprana afición por la toga de ciertos hispanos estudiando las posibles motivaciones de los propios agentes locales. Y entendiendo que estas motivaciones, en un mundo multipolar conformado por sociedades fuertemente jerarquizadas y competitivas, habrán de ser forzosamente heterogéneas. Atendiendo al registro arqueológico ibérico, observamos que en determinados santuarios extraurbanos ciertas elites locales se hicieron representar a sí mismas con la toga. Pero se trata siempre de representaciones perfectamente coherentes con las prácticas rituales y los comportamientos simbólicos que podemos considerar tradicionales en sus respectivas sociedades. Hablamos, pues, de ciertos jerarcas que se muestran respetuosos con los ritos de sus ancestros, reivindicando para sí, posiblemente, el prestigio inherente de la tradición; pero que matizan dicha tradición, haciéndola coherente con la nueva realidad hispanorromana de la que estos gobernantes (gobernantes por delegación de Roma, no lo olvidemos) son los principales beneficiados. Haciéndose representar togados en sus santuarios tradicionales, materializaban a través de su cuerpo y su apariencia la cosmología y el sistema de valores híbrido que legitimaban su preeminencia política, al tiempo que hacían alarde de sus conexiones con el poder romano. Es por ello que vestir la toga para participar en los rituales cívicos ibéricos tradicionales resultaba, desde su punto de vista, perfectamente apropiado. No lo sería, en cambio para muchos de los otros actores intervinientes en la competición por el poder de las distintas comunidades. Ello explica que en los santuarios locales, eficaces escenarios de la confrontación política, se hicieran representar vistiendo unos atuendos tradicionales análogos a los de sus ancestros. Tan connotadas estaban sus vestimentas "ibéricas" como las togas. Unas y otras respondían, si lo pensamos bien, a distintas estrategias políticas. A largo plazo, sabemos que las dinámicas históricas terminarían premiando algunas de estas estrategias y castigando otras. Si a la altura de los siglos II y I a. C. los individuos togados eran minoritarios en algunos santuarios, y estaban totalmente ausentes de otros, en tiempos de Estrabón había ya comunidades enteras que recibían el nombre de "estoladas/togadas". El propio santuario de Muntanya Frontera lo demuestra. Las limitaciones de nuestras fuentes, sin embargo, nos escamotean la intrahistoria de cada una de estas sociedades, y el devenir de las luchas de poder que se emprendieron en su seno.
La elección lingüística en la moneda, ¿un marcador de identidades? Casos de incoherencia entre las leyendas monetarias y el registro epigráfico * Las leyendas monetarias aportan una información preciosa sobre las circunstancias sociopolíticas de la ceca en el momento en el que la moneda era acuñada; información que no sólo se desprende de su contenido sino también de la lengua en la que estas se redactaban. Ningún elemento de la moneda, incluida la lengua de sus epígrafes, es fruto de un acto irreflexivo, pues se trata de documentos oficiales. Las monedas, en tanto que documentos representativos de una colectividad, exhiben elementos simbólicos de ella. Sin embargo, esta selección de elementos no necesariamente coincidía con la realidad: en ocasiones, la (s)elección lingüística de las inscripciones monetarias no era coherente con la lengua más utilizada por la comunidad, o al menos, con la lengua que tenemos documentada en la epigrafía (especialmente en la de tipo privado) o la que se comenta en las fuentes literarias grecolatinas. En el presente artículo se exponen algunos ejemplos de esta aparentemente contradictoria elección lingüística con el fin de ilustrar las diferentes situaciones en las que se dio este fenómeno. Estos estudios de caso están extraídos de comunidades cívicas seleccionadas del occidente mediterráneo (península itálica, Sicilia y, sobre todo la península ibérica) mayoritariamente (aunque también se tratarán algunos significativos casos orientales) y datables entre los siglos III a. C. El trabajo está estructurado en dos grandes apartados, correspondientes a dos situaciones sociolingüísticas determinadas por las que se pudo dar esta particular elección lingüística: 1) La recuperación de una lengua (o de un sistema de escritura) caída en desuso (o que incluso nunca antes se había utilizado), diferente de la documentada por el registro epigráfico, con el fin de construir una identidad cívica. Esto ocurrió de manera muy excepcional en algunas situaciones de evidente alteridad, como las bélicas, o con el fin de evocar un pasado mítico. 2) La incoherencia entre la lengua de las monedas (en latín) y la del registro epigráfico (en la lengua vernácula correspondiente) que refleja el bilingüismo social resultante de la dominación romana de los territorios occidentales. El estudio de este fenómeno está dividido en tres fases correspondientes a la progresiva presión sociocultural ejercida desde Roma. Pese a que esta incoherencia entre la lengua elegida para los rótulos monetarios y la de los conjuntos epigráficos de un mismo lugar no es un asunto desconocido, no son escasas las explicaciones para la elección lingüística en la moneda como expresiones de una identidad cívica o étnica, para lo que con frecuencia se aduce una conocida frase de The Roman Near East, de F. Millar (1993: 257), "The most explicit symbols of a city 's identity and status were its coins". Sin embargo, no tantas veces se reproduce la frase siguiente, de la que el presente trabajo es deudor: "But behind this statement lies a multitude of problems". Por ello, en las próximas páginas se estudiarán los criterios de elección lingüística de los epígrafes monetarios, y se analizará particularmente el efecto de la expansión romana y de la latinización en el cambio lingüístico que queda reflejado en el registro numismático. Como se ha dicho, a la hora de explicar una elección lingüística en la moneda, habitualmente se recurre a la capacidad simbólica de la lengua, es decir, se identifica una determinada lengua o un sistema de escritura con una comunidad dada, en el mismo sentido en el que Grosjean hablaba de la lengua como "an emblem of group membership and solidarity" (1982: 117). Este razonamiento en virtud del cual la identidad lingüística y la étnica están estrechamente unidas es en gran medida heredero de postulados nacionalistas decimonónicos y, como quedará patente en las próxi-mas líneas, en ocasiones no se ajusta a la realidad del mundo antiguo ya que de él se deriva la existencia de un sentimiento de identidad comunitaria, étnica, fundamentado en el uso de una lengua común (Bourdin 2012: 51-56, Wulff 2009, 2011). Por esta razón es por la que la documentación numismática no puede ser interpretada como un indicador de las identidades étnicas "en bruto" (Williamson 2005: 19). Esta interpretación de la lengua, y en particular, de la lengua de los rótulos monetarios, como expresión de una identidad colectiva, que puede ser válida para determinadas situaciones, también puede llevar ocasionalmente a la comisión de anacronismos. Concretamente, en el caso de los trabajos sobre la dominación romana y la latinización, se tiende a ver una suerte de reticencia o de resistencia ideológica de los territorios conquistados a hablar y escribir en latín cuando cada vez hay más argumentos para pensar que la política lingüística de Roma, de haber existido, habría sido verdaderamente abierta y que, de hecho, el dominio del latín no era un requisito necesario para ser ciudadano romano. Estas explicaciones, en virtud de las cuales se razona una determinada elección lingüística mediante una simple dialéctica de dominación y resistencia (Bénabou 1976)3, tienden a simplificar nuestra percepción de la actitud lingüística de ambos grupos de hablantes. Es preferible huir de estas posturas esencialistas a la hora de hablar de identidades lingüísticas en la Antigüedad: la existencia de un sentimiento de identidad colectiva canalizada gracias al uso de una lengua común no es en absoluto descartable; pero tampoco debería emplearse como explicación más inmediata de la elección lingüística de cualquier texto. De hecho, incluso en la actualidad el dominio de una lengua no es un requisito imprescindible de pertenencia a determinado grupo étnico: la etnicidad está mucho más relacionada con el simbolismo de una lengua que con su uso real por parte de los miembros de un grupo (Hamers y Blanc 2000: 277). Veamos cuánto puede aportar el estudio comparado de las inscripciones y los rótulos monetarios al análisis de esta cuestión. En el mapa (Fig. 1) el lector encontrará la ubicación de las principales cecas mencionadas a lo largo de este trabajo. * * * A partir de los siglos IV/III a. C. el Mediterráneo asistió a una compleja situación política que desenca-denó largos episodios bélicos, durante los cuales la economía monetaria se generalizó en los territorios occidentales; y también se incrementó el tráfico de personas, mercancías y técnicas. Las lenguas y los sistemas de escritura de las potencias hegemónicas, el griego, el púnico y el latín, entraron en el acervo cultural de los pueblos circunmediterráneos y de sus elites, que, a su vez, impulsaron la fabricación de moneda cívica con leyendas que se adecuaban a sus necesidades. Especialmente a partir de la derrota de Cartago en 241 a. C., tras la cual Roma tomó el control de Sicilia, el latín fue la lengua de una gran potencia militar en crecimiento; una potencia que, pese a sus aspiraciones imperiales, carecía de programa alguno de política lingüística (Dubuisson 1983; Adams 2003: 425, 562, 758; Rochette y Clackson 2011). La idea de un imperio multilingüe no suponía ningún conflicto para la identidad ni para la administración de la capital del Lacio. Como consecuencia de la expansión de Roma, durante los siguientes dos siglos y medio asistimos en el occidente mediterráneo a un proceso histórico de reelaboración de identidades colectivas, y, a la vez, de introducción de una lengua colonial en un puesto de superioridad política, económica y administrativa, es decir, de la creación de situaciones generalizadas de bilingüismo social4. En este contexto sociolingüístico lenguas dentro de la misma comunidad, elegidas en función del amplio rango de factores que puedan afectar a esta colectividad, a los que Fishman 1965 denominó "dominios". Este bilingüismo social, si es inestable, puede desembocar en un cambio lingüístico, en último término. La diglosia es un tipo de bilingüismo social en el que las funciones para las que se elige cada lengua están muy separadas y sus límites de uso están muy claros (una de ellas tiene mayor estatus, H(igh); la otra, menor, L(ow)) (Ferguson 1959), lo que da lugar a una descripción demasiado dicotómica de la situación sociolingüística que puede dar problemas si no se cuenta con una muestra muy amplia de datos, como es el caso de cualquier conjunto epigráfico, donde los textos sólo dan una visión parcial de la realidad y no conocemos lo que pudo pasar en todos los dominios lingüísticos. La "diglosia amplia" de Fishman (1967) es más flexible que la de Ferguson y podría encajar mejor en la situación que buscamos definir; aunque ninguna de sus tres combinaciones de diglosia y bilingüismo (1967: 102) resulta plenamente satisfactoria. Sobre la aplicación de los conceptos "bilingüismo" y "diglosia" al contacto de lenguas fragmentariamente testimoniadas, cf. Langslow (2002: 26-28), quien toma la definición de diglosia de Ferguson (1959); no la revisión de Fishman (1967). Adams y Swain (2002: 9-10) se muestran contrarios a la adecuación del término "diglosia" para la Antigüedad, al menos para el Mediterráneo oriental, donde, efectivamente, no parece que hubiera diglosia sino multilingüismo, así como una clara distinción funcional de las lenguas; cf. también Adams 2003: 538-541 (Egipto) y 754; y Lee 2012. El multilingüismo oriental no existió en la región occidental del Imperio romano, donde no había tampoco una lengua equivalente al griego. Por eso, el latín adquirió rápidamente el papel de lengua de estatus superior (H(igh)) como lengua de la administración, del ejército, de la cultura y, en muchos casos, también como única lengua escrita y, en consecuencia, en ciertos contextos, podría hablarse de "diglosia". Es cierto que en la mayoría de las ocasiones no se trataría de una situación sociolingüística binaria, sino un escenario muy complejo y fluido. Mapa de ubicación de las cecas que se mencionan a lo largo de este artículo (elaboración propia). la autoridad no obligaba a hablar ni a escribir en latín; pero su uso estaba estrechamente relacionado con la obtención de una posición social cómoda o de un estatuto jurídico privilegiado. El resultado de la prolongación de esta situación de forma sostenida a lo largo del periodo republicano fue que las lenguas vernáculas del occidente mediterráneo (las lenguas itálicas, el etrusco, las lenguas paleohispánicas, el galo, entre otras) dejaron inexorablemente de escribirse, y, poco a poco, de hablarse. Como se señalará en el apartado correspondiente, la política de Augusto fue el gran punto de inflexión para el triunfo del latín como lengua epigráfica en el que se dio el golpe de gracia a los textos en lenguas locales. Exploremos, en primer lugar, una elección lingüística derivada de situaciones excepcionales: cuando se seleccionó una lengua (o un sistema de escritura) en desuso, o que nunca había sido utilizada por la comunidad. Tenemos constancia de este rescate de la lengua "nacional" (empleo este término con todas las cauciones necesarias) en situaciones de conflicto político o bélico, en el mismo momento en el que este desencuentro está ocurriendo, por lo que se trata de emisiones puntuales acuñadas en circunstancias que implicaban cierta situación de alteridad. En estos casos puntuales, efectivamente, la elección lingüística sí está directamente vinculada con la construcción de una identidad colectiva, cívica o étnica (Melucci 1995: 48-49). Uno de los ejemplos más conocidos de este fenómeno son las acuñaciones de las dos revueltas judías bajo Nerón y Adriano, cuyas leyendas, redactadas en lengua y escritura paleohebreas, en desuso desde hacía siglos, aluden al carácter sagrado y a la libertad de Jerusalén (Goodman 2005; Lykke 2012: 40-41; Deutsch 2012) (Fig. 2). Estas emisiones revisten particular interés porque en ellas se aprecia claramente cómo se construía una identidad cívica en oposición a otra, hostil. En su esclarecedora explicación, Goodman toma la pureza del contenido en plata de las emisiones de shekels y también la iconografía como una Pese a ello, creo que este concepto puede resultar muy útil para describir las circunstancias sociolingüísticas de determinadas regiones en ciertos momentos iniciales de la conquista, donde el latín tenía claramente el papel de lengua H y las lenguas locales, el de lengua L. Lo ideal es que, si se aplica el concepto "diglosia" a nuestras reconstrucciones sociolingüísticas en la Antigüedad, se haga con la caución de que no puede hacerse con su versión más rígida (cf. Mullen 2012: 24-25). forma de romper con la moneda del opresor y hace una apreciación muy interesante según la cual la anonimidad de la autoridad emisora puede interpretarse como una reivindicación de la unidad nacional5. Estas piezas jerosolimitanas son el caso más conocido, pero no el único, del uso de una lengua "nacional" en desuso para representar a una comunidad. Algunas de estas monedas exhiben rótulos en osco, otras en latín, y otras son bilingües (Estarán 2016, O1). El alfabeto osco y el latino se usaron indistintamente para las marcas de control de estas emisiones (ImIt Italia 1 Coinage, no 407, 408). Las leyendas en lengua y alfabeto osco consisten en los nombres y cargos de los comandantes de la causa itálica como C. Papius Mutilus (c. paapií c. mútil, Campana 1987, series 2b y 5; mútil embratur, "traducción" al osco de "Mutilus imperator", Campana 1987, series 5 y 6a-b) y ni. luvki. mr. (Campana 1987, Serie 9a); y también en conceptos étnicos, como viteliú (Campana 1987, series 1, 4, 6c y 9a, 10), que significa "Italia", un término claramente alusivo a una identidad colectiva construida ad hoc durante este conflicto y que asimismo fue grabado en latín en otras emisiones (Campana 1987, serie 2b y 2014), o la leyenda de reverso de la serie 11, safinim, "Samnio" (cf. Scopacasa 2015: 30-41). Estos étnicos no pueden ser considerados como la alusión a la ceca (ImIt Italia 1 Coinage, Dart 2014: 116). A primera vista, nada tiene de especial que se haya elegido la lengua local y la escritura nacional como representante de la identidad de los pueblos itálicos. De hecho, la iconografía de estas monedas tiene unos rasgos claramente militantes, especialmente la de los reversos, donde se encuentran escenas del juramento de los ocho pueblos itálicos contra Roma, ritos sacrificiales y también, la metáfora más explícita del conflicto: el toro itálico embistiendo a la loba capitolina (en los anversos se grabó una personificación de Italia, una cabeza femenina laureada o galeada que sustituía significativamente a la de Roma). Sin embargo, la elección de la lengua y el alfabeto "nacional" osco para estas monedas, es efectivamente muy relevante si pensamos que este sistema de escritura era ajeno a varios pueblos itálicos componentes del bando opositor a Roma, como los lucanos, que usaban el griego, y los pelignos, vestinos, marsos y marrucinos, cuyos textos más antiguos ya están escritos en alfabeto latino, con la excepción de las inscripciones en escritura sudpicena (ImIt Superaequum 1, 2; Interpromium (?) 1, A, B; Aufinium 1), muy anteriores a la Guerra Social. Por otra parte, en Corfinio e Isernia, donde posiblemente se ubicaron los talleres de estas monedas, el alfabeto nacional no era la norma. De hecho, en Corfinio no se tiene documentado ningún texto en este sistema de escritura (ImIt, vol. 1: 261-299) y la misma ceca de Isernia ya acuñaba bronces en latín en 263-240 a. C., debido a la consecución de su estatuto colonial (ImIt Aesernia 1 Coinage), aunque en sus entornos sí se empleaba el alfabeto osco (v. Agnone, Pietrabbondante y Bovianum Vetus). En consecuencia, la revisión del material epigráfico revela que el alfabeto osco no era el sistema de escritura que utilizaba la mayor parte de pueblos representados en el numerario itálico, tampoco el de las ciudades donde estaban situadas las cecas. Y sin embargo, fue el alfabeto que se grabó en gran parte de las acuñaciones itálicas. La expresión del sentimiento de unidad ante el otro no es la única razón por la cual se pudo elegir una lengua "histórica" en las emisiones monetarias. También está documentada en relación con la evocación del mito fundacional de la ciudad. Uno de los ejemplos más claros de esta práctica es la producción de Tiro bajo Gordiano III: un numerario trilingüe que representa cómo Dido funda Cartago, en una bella emisión con letreros en latín en el anverso, acompañando el retrato imperial; y didascalías en griego (Δειδων) y fenicio ('lt ṣr) en el reverso (BMC 409, Robinson 1999: 43; Howgego 2005: pl. 1.4 no. 41)6. La didascalia alusiva a su nombre se grabó en caracteres fenicios, pgmljn, que era en realidad la transcripción de la versión griega de este nombre, Pygmalion, y no de la fenicia original, pmytn, lo que denuncia de forma clara la ignorancia de la lengua fenicia por parte de los abridores de cuño tirios en 238-244 d. Es muy probable que la evocación de una lengua relacionada con un mito fundacional esté documentada en Hispania al menos en una ocasión, en Sagunto. Las emisiones de esta ciudad habían sido bilingües en latín e ibérico desde el último tercio del siglo siglo II a. C., mientras que la epigrafía saguntina de época republicana está íntegramente escrita en lengua y escritura ibéricas (con la excepción de una inscripción bilingüe en ibérico y latín, cf. Estarán 2016, I8, y de una inscripción fragmentaria sobre un bloque de piedra de Montaña Frontera, cf. ELRH, C57), una interesantísima situación sociolingüística sobre la que no puedo detenerme aquí (cf. Beltrán 2011a: 31-35; Estarán 2016, I3 e I8). En cualquier caso, contra todo pronóstico, la última emisión antes del periodo IV (40/30 -37 d. C.) exhibe un rótulo en griego, SAG(OUNTON) POL(IS) (RPC 485. Pese a que se han hallado algunas inscripciones en esta lengua en el territorio saguntino 7, su naturaleza y su cantidad no son suficientes para justificar la existencia de una comunidad de hablantes de griego en este importante núcleo urbano y, por tanto, tampoco para hipotetizar que esta leyenda en griego representara a la comunidad helenófona de Sagunto. Se entiende, en consecuencia, que es una elección excepcional de la lengua griega que sirve para sustentar la construcción del mito fundacional de la ciudad a partir de los griegos venidos de Zakynthos (cf. Velaza 2002, nota 21 para el problema del mito fundacional). Por otra parte, cabe subrayar que también se usa un nuevo diseño monetario, como ocurrió en 130 a. C., que reutiliza los elementos anteriores (proa y victoria alada) y se basa en el anverso de los denarios augústeos de 32-29 a. C. conmemorativos de la victoria en Accio. La escasa calidad técnica de esta moneda con respecto de las emisiones anteriores también es llamativa (Llorens y Ripollès 2002: 108). ELECCIÓN LINGÜÍSTICA EN LOS RÓTULOS MONETARIOS DE COMUNIDADES BILINGÜES Antes de la dominación romana. El caso de Sicilia En los ejemplos precedentes la lengua y/o la escritura de los rótulos monetarios no coincide con la de las inscripciones y, pese a ello, fue elegida para representar a la comunidad. Sin embargo, como se expone en las próximas páginas, la razón habitual para la incoherencia entre la lengua de las monedas y la del registro epigráfico era que las elites se expresaran pública u oficialmente en la lengua H(igh) cuando la mayor parte de la comunidad hablaba una lengua L(ow) (ver nota 4). Esto podía ocurrir tras una sustitución repentina de las clases dominantes tradicionales por otras nuevas o, también, en circunstancias políticas estables en las que la lengua local no se utilizaba para los textos oficiales. Pensemos, por ejemplo, en el estatus del líbico en el norte de África, donde había una situación de diglosia en la que el púnico era la lengua de los rótulos monetarios y de las inscripciones oficiales 8. yenda Hispanorum en un momento posterior a 211 a. En este contexto siciliano de finales del siglo III a. C., la elección del latín por parte de los hispanos resulta excéntrica. Estas piezas han atraído la atención de historiadores y epigrafistas desde hace décadas, fundamentalmente porque uno de los tipos de reverso, el jinete con lanza, ya presente en el numerario de Siracusa bajo Agatocles e Hierón II, fue posteriormente uno de los más utilizados en las monedas paleohispánicas de la Citerior (cf. DCPH II: 166-167; García-Bellido 1995: 146-147 y Beltrán 1998: 105-115); aunque aquí me centraré únicamente en la leyenda, tanto en la elección lingüística como en su contenido. En cuanto al primer asunto, es obvio que la comunidad de hablantes de Morgantina de finales del siglo III a. C. no utilizaba el latín como lengua de comunicación habitual (las inscripciones de esta ciudad están escritas en griego, cf. Stone 2014, p. 13; también hay un ejemplar en sículo: ISic 2954), y asimismo es complicado asumir que el latín fuera, en un momento tan temprano como ese, la lengua utilizada por los mercenarios hispanos. Por lo que respecta al contenido de la leyenda, Hispanorum es un exoetnónimo que posiblemente se fraguó en el curso del servicio militar de este contingente, en un contexto romano, para establecer una diferencia con otros grupos de auxiliares. Esta apelación, que los mercenarios asumieron pese a su más que probable diversidad de orígenes hispanos, queda patente en Livio y en el bronce de Áscoli: Livio (Liv. 25, 30) se refiere a ellos como Hispani auxiliares (Hispanorum auxiliaribus) y el autor del Bronce de Áscoli (CIL I 2 709) registra la primera concesión colectiva de ciudadanía a unos equites hispanos, englobando bajo este gún relata Livio (Liv. 25, 30), un contingente de Hispani se instaló en el territorio de Morgantina tras haberse pasado al bando romano durante el sitio de Siracusa en 212 a. C. término a jinetes ibéricos y vascones de diversas procedencias. Esta situación en la que la autoridad emisora de la moneda utiliza una lengua diferente de la propia de la comunidad se vuelve particularmente frecuente durante la expansión romana en el occidente mediterráneo. A lo largo de este periodo se aprecia un interesante proceso de adopción de una lengua, el latín, no por imposición sino por necesidad de adaptación a las nuevas circunstancias sociopolíticas, comenzando por las inscripciones oficiales (producidas tanto por romanos en territorio conquistado como por las elites), siguiendo por las inscripciones públicamente visibles y terminando por las inscripciones de tipo privado y circulación más restringida. La llegada de Augusto aceleró sustancialmente esta situación, cuestión sobre la que se volverá. Dado que la latinización fue un proceso lento y progresivo, sus avances se aprecian de forma muy paulatina y se documentan situaciones particularmente complejas de décalage entre las monedas y el registro epigráfico, como ocurrió en la península ibérica, donde la llegada de Roma estimuló decisivamente tanto la fabricación de moneda por parte de las comunidades locales (Ripollès 2005a(Ripollès: 192 y ss., 2005b:: esp. 80 y ss.) como la escritura sobre soporte no perecedero (Beltrán 2005: esp. 34 y ss.) 11. Por lo que respecta a la epigrafía monetaria, se da una diferencia fundamental entre las dos provincias hispanas en lo concerniente a la elección de la lengua y la escritura: mientras que las cecas de la Citerior acuñaron moneda con letreros paleohispánicos (ibéricos, celtibéricos y "vascónicos"); las de la Ulterior optaron por el latín mayoritariamente o, al menos, por exhibir el topónimo en alfabeto latino, una elección lingüística probablemente relacionada con las circunstancias de asentamiento de los colonos romanos e itálicos en cada región (sobre las diferencias numismáticas entre Citerior y Ulterior, especialmente en lo tocante a la lengua de las leyendas y a la iconografía 12, cf. Ripollès 2005a: 198, 2005b: 85-86; Beltrán 2011a: 36-38). Aunque no voy a entrar en esta cuestión, me interesa subrayar aquí que, aunque en momentos y con ritmos diversos, las leyendas monetarias fueron los primeros textos redactados en latín por los hispanos, el primer género textual (si puede considerarse tal) que reflejó los efectos de la latinización. A diferencia de la Citerior, en el territorio de la Ulterior se establecieron asentamientos romanos que emitieron moneda desde los primeros compases de la conquista. El caso más claro es el de Carteia (Chaves 1979), antiguo núcleo púnico refundado en 171 a. C. como Colonia Latina Libertinorum para albergar a los descendientes de soldados romanos y mujeres ibéricas. Las leyendas de su numerario, fabricado a partir de 130 a. C., estaban obviamente en latín, incluso cuando sus habitantes probablemente no hablaban esta lengua sino púnico 13. Curiosamente, las primeras leyendas monetarias en latín (o, al menos, en alfabeto latino) no se dan en una fundación romana sino en una comunidad indígena, concretamente, en la ceca de Obulco (Porcuna, Jaén, MLH A.100), que acuñó una enorme cantidad de bronce y fue un importante centro de producción y distribución agrícola. La aparición de las primeras monedas de esta ceca, una de las más precoces la península ibérica, está directamente relacionada con los primeros asentamientos romanos en las postrimerías de la II Guerra Púnica. Desde el principio, al menos uno de sus rótulos, el referido al topónimo, en el anverso, fue grabado en alfabeto latino (Fig. 5). De hecho, en la primera emisión el reverso contiene un rótulo en latín, la referencia a los magistrados (aid(iles) ar(genti?)). La segunda emisión, datada en la primera mitad del siglo II a. C. (DCPH II: 290), exhibe un rótulo bilingüe consistente en el topónimo en latín e ibérico (Obulco / ipolka) 14; y, de ahí en adelante, las monedas de esta ceca conservan en el anverso el topónimo en caracteres latinos y en el reverso se graban 13 Sobre la población de Carteia, de origen fenicio, cf. Padilla 2011, donde, junto a los hispanorromanos a los que se refiere Livio y a los itálicos que se instalaron posteriormente allí, también se documenta población púnica que pasó a formar parte de las elites de la colonia. La transformación de ciudad púnica a colonia latina no está reflejado de forma abrupta en la arqueología carteyense (Bendala 2000; Roldán et alii 2006: 541-542) ni en la epigrafía (las inscripciones latinas más antiguas de esta colonia, sobre tégula, son de época augústea, cf. Del Hoyo 2006: 465). Sobre los cambios en las ciudades púnicas hispanas reflejados en la numismática durante la romanización, cf. Chic 2000. 14 La relación lingüística entre los dos topónimos de esta ceca (Obulco en alfabeto latino e ibolka o ipolka en signario ibérico meridional) no es evidente. Me inclino a pensar que Obulco es la transcripción en alfabeto latino del topónimo local. Sobre la ceca de Obulco, cf. Arévalo 1999. dos nombres personales de raigambre local, correspondientes a los dos magistrados monetarios probablemente, tanto en el sistema de escritura vernáculo como en alfabeto latino. Pese a esta elección lingüística y escrituraria afín a la cultura romana en la expresión del topónimo, los tipos monetarios de Obulco responden claramente a referentes que no son romanos: la cabeza femenina en anverso con moño bajo y la espiga y el arado en el reverso son elementos iconográficos recurrentes en el sur de Hispania15. De hecho, su registro epigráfico es extremadamente débil. Hasta la fecha, se ha hallado un grafito datable a comienzos del siglo I d. Carmo, cuyo taller numismático estaba vinculado probablemente al de Obulco, comenzó a producir moneda con leyendas latinas en un momento también muy precoz, durante el último tercio del siglo II a. C. 16La redacción de los letreros en latín (o en alfabeto latino, y compatibles lingüísticamente con el latín) no es un fenómeno exclusivo de Obulco. A lo largo del siglo I a. C. más de medio centenar de comunidades de la Ulterior emiten numerario con rótulos en alfabeto latino, conformando el conjunto numismático llamado "hispanorromano". La elección lingüística de estas inscripciones es particularmente interesante, puesto que el registro epigráfico coetáneo (ss. C.) confirma la vigencia de la lengua epicórica y el sistema de escritura meridional (se han recuperado casi 90 textos en escritura local, cf. BDHesp). De hecho, en el resto de elementos de las monedas de Obulco y las "hispanorromanas", concretamente su iconografía, sigue prevaleciendo la cultura local (Mora 2012: 747 y ss.) 17. Teniendo esto en cuenta, ¿es lícito interpretar la elección del alfabeto latino en clave de identidad como una exhibición de filorromanidad ("doble identidad", "identidad múltiple", etc.) o, por el contrario, no sería preferible entender esta elección como un uso práctico del alfabeto latino con el fin de que los rótulos monetarios tuvieran mayor difusión en el resto de habitantes de la Ulterior ya que, como parece, el latín (y su sistema de escritura) fue una lingua franca en la región 18? La latinización de las leyendas monetarias de la Citerior comienza a percibirse de forma generalizada a mediados del siglo I a. C., aunque, como en la Ulterior, hubo cecas de fundaciones romanas y, también, de comunidades indígenas que grabaron rótulos en latín ya en el último tercio del siglo II a. Todo apunta a que Roma no se injirió en la política lingüística de las ciudades, salvo en el caso de las colonias de nueva planta, de las que sí que se esperaba que su numerario exhibiera rótulos en latín (piénsese en el estatuto colonial de Sagunto 19, por ejemplo, concedido en el tercer cuarto del siglo I a. C.: la cronología de algunas de sus emisiones monetarias bilingües ibérico-latinas llega hasta la década de los 30 a. Por tanto, la latinización de las leyendas fue 17 La descripción del papel de las elites indígenas en la metamorfosis institucional de las ciudades de la Hispania Ulterior y su reflejo en las monedas y sus leyendas se puede consultar en Chaves 1994, Chic 1998, Mora 2005, Chic 2007y 2008. 19 Sagunto debió de ser colonia latina a lo largo de la segunda mitad del siglo I a. C., momento en el que pasó a municipium. en el 56 a. C. Según Cicerón, era una ciudad federada. C. confirma el estatuto municipal de la ciudad. un proceso, en cierto modo, voluntario y que respondió a las necesidades culturales, sociopolíticas y económicas del periodo: de hecho, en Sagunto, como se ha dicho, todo el conjunto epigráfico preaugústeo está en ibérico. A mediados del siglo I a. C. la ciudad de Osicerda emite numerario bilingüe, en ibérico y latín, cuando en sus entornos se seguía utilizando el signario ibérico para la epigrafía de tipo privado: numerosos grafitos del Bajo Aragón (Teruel) están fechados a lo largo del siglo I a. C., aunque algunos materiales pueden datarse con mayor precisión a mediados de esta centuria, como las pesas de telar de Mas de Moreno, o incluso más adelante, como el fragmento de terra sigillata con inscripción ibérica de Masico de Ponz (Alcañiz, Teruel) (Gasca y Fletcher 1989-1990, no 6). Creo que ver intentos de "resistencia lingüística" en las últimas leyendas en lengua local de cada ceca, en ocasiones bilingües (Celsa, Osicerda, Saetabi, Gili, por ejemplo), tiene difícil justificación histórica, puesto que esta afirmación estaría postulando una política romana en esta dirección; pese a que parece evidente que cada comunidad fue libre de acuñar y diseñar su numerario hasta la llegada de Augusto. Este proceso queda ilustrado en las cecas de Segobriga y Clunia, donde las leyendas, en lengua celtibérica, abandonaron el sistema de escritura paleohispánico y adoptaron en alfabeto latino (Clounioq(um), BDHesp Mon.67.2, y Segobris, BDHesp Mon.89.3), al tiempo que se mantenían los elementos iconográficos locales (cabeza masculina a derecha en el anverso, jinete lancero en el reverso) en los diseños. Este uso del alfabeto latino en la producción numismática de Clunia y Segobriga no es un hecho aislado: en el resto de epigrafía celtibérica, redactada en lengua celtibérica sobre soportes típicamente celtibéricos como las téseras de hospitalidad, también se documenta la transición del sistema de escritura local al alfabeto latino a lo largo del siglo I a. ¿Realmente puede interpretarse el alfabeto latino como una "victoria" de la cultura romana en la Celtiberia? ¿O fue una elección de los celtíberos, ya que el alfabeto latino les permitía transcribir su lengua con mayor precisión que el semisilabario paleohispánico? En estos términos podría incluso plantearse si el uso del alfabeto latino fue un retroceso o un avance para la conservación de la lengua celtibérica. El periodo altoimperial: el sur de Hispania y el norte de África Las lenguas paleohispánicas habían sufrido un claro desgaste a lo largo de más de doscientos años de contacto con el latín como lengua H, a tenor de la evo-lución del registro escrito: la presión sociopolítica y cultural las relegó al ámbito privado de forma tangible en una horquilla de tiempo próxima al cambio de Era. La explosión epigráfica experimentada en los territorios dominados por Roma, vinculada a la representación del emperador y a la de los notables locales en los espacios públicos, fue el golpe de gracia para las culturas epigráficas locales, ya que la lengua en la que este tipo de textos se escribían en occidente era el latín. Naturalmente, el dominio de Roma conllevó el uso de la lengua de la urbs para la expresión epigráfica pública (y, progresivamente, también para la esfera privada) de los territorios conquistados; pero no implicó que los habitantes de estas regiones sustituyesen súbitamente todos sus referentes culturales por sus equivalentes romanos. Es bien sabido que el Imperio romano era un territorio con innumerables sincretismos culturales. Y, pese a ello, el uso de lenguas locales en inscripciones augústeas y postaugústeas sigue interpretándose frecuentemente en términos de "resistencia cultural" cargada de contenido ideológico, del conquistado frente al conquistador. Los elementos de la moneda, especialmente los tipos y las leyendas, son entendidos frecuentemente desde dicho punto de vista 20. Los pueblos paleohispánicos no produjeron numerario con leyendas en lenguas locales desde mediados del siglo I a. C., bien porque las cecas locales cerraron, o bien porque las que permanecieron abiertas emitieron moneda con rótulos en latín. Sólo en Gadir, Malaka, Abdera y Ebusus se fabricó moneda con rótulos escritos en una lengua diferente durante la segunda mitad de la centuria antes del cambio de Era (Abdera y Ebusus hasta más adelante incluso, como se indicará a continuación). Podría decirse que el púnico fue la única lengua del occidente romano que "sobrevivió" al avance del latín en los letreros monetarios, y lo hizo no sólo en Hispania y sino también en el norte de África, donde varias cecas acuñaron monedas bilingües (Estarán 2016: 465-504). En este contexto histórico y lingüístico, en el que el sur de la península ibérica había sido testigo de más de dos siglos de presencia romana, creo que cabe preguntarse hasta qué punto es acertado hablar de Roma como potencia invasora y del latín como lengua del poder. Quizá sería más oportuno analizar los textos producidos por estas comunidades no desde la óptica de la resistencia al invasor (cf. nota 2) y de la voluntad de preservar su cultura local (incluida su lengua, cf. Quinn 2003 y 2010), sino desde su particular modo de expresar simultáneamente su pertenencia al Imperio Romano y su calidad de hispanopúnicos21. A juzgar por los testimonios epigráficos (sobre todo grafitos), parece evidente que la lengua púnica continuó teniendo vitalidad en el mediodía hispano hasta bien entrado el siglo I d. C., momento en el que los núcleos urbanos ya estaban incluidos en la esfera de Roma, en términos institucionales, políticos, sociales y de cultura material. La elección lingüística parece independiente del estatuto político de la ceca (v. Burnett 2002: 37), como queda patente si se comparan los rótulos de las ciudades que obtuvieron el estatuto municipal en época preaugústea o augústea y los de los municipios flavios. Firmum Iulium Sexi consiguió el estatuto municipal tras la Guerra Civil. A partir de ese momento, en la última emisión antes del cierre de la ceca, dos letras neopúnicas (a, y) y dos atunes, que son referentes iconográficos plenamente locales, acompañan la leyenda latina, F. I. Sexs (Fig. 6). Sin embargo, el registro epigráfico de Sexs sólo comenzó a acusar epigrafía latina de forma habitual a partir de finales del siglo I d. C. (CILA IV: 223-235), junto con el desarrollo de nuevos equipamientos urbanísticos como el foro, que se construyó a lo largo de la primera mitad del siglo I d. Bronce de Firmum Iulium Sexs con leyenda latina y dos letras púnicas en el reverso (RPC 123-A3; 15,34 g). Por lo que respecta a Gades, no hay consenso sobre la fecha de adquisición de su estatuto municipal; pero lo cierto es que ocurrió antes de la época flavia con seguridad. Pese a que Gadir quedó inserto en los circuitos comerciales romanos a partir del 206 a. C., y que su foedus se renovó en 78 a. C. (López Castro 1991), su numerario siguió exhibiendo rótulos e iconografía púnicos. El cambio de elección lingüística en su moneda llegó de la mano de otras transformaciones en su metrología y en sus tipos (DCPH II: 152), así como de la construcción de equipamientos inscribibles claramente en la cultura romana, entre los que destaca el teatro o el Arco de los Blancos, a finales del siglo I a. C.; pero ninguna inscripción en latín, con la excepción de unos sellos sobre ánfora (ELRH SC1-4 y CIL I 2654n). La epigrafía latina de Gades se desarrolló más tarde, a lo largo del siglo I d. Una situación opuesta la plantean Abdera (Adra, Almería) y Ebusus (Ibiza). Fueron promocionadas a municipios durante el gobierno de los Flavios (Galsterer 1971: 70) y, sin embargo, ya incluían inscripciones latinas en su numerario en época altoimperial, dando lugar a monedas bilingües (Estarán 2016, P2, P3) y a iconografías "mixtas" en las que, junto con la efigie del emperador, aparecen sintetizados los elementos iconográficos locales precedentes, un fenómeno también documentado en Oea, Sabratha y Leptis Magna (Mora 2000: 162), cecas que se abordarán más adelante. Este empleo numismático del latín contrasta con el registro epigráfico de Almería e Ibiza, donde las inscripciones latinas sólo se generalizaron a lo largo del siglo I d. En contraste, otras ciudades, como Malaka, nunca introdujeron leyendas en latín, sino que sus rótulos estuvieron redactados únicamente en púnico hasta el cierre de la ceca 23, en consonancia con el material epigráfico (Zamora 2013: 371-372). Esta expresión de simultánea adscripción al ámbito cultural romano y púnico en las representaciones monetarias se constata también en la numismática tripolitana. Pensemos en Oea, cuyas fechas exactas de promoción a municipio y colonia se desconocen 24. Allí se acuñaron emisiones bilingües bajo Augusto y Tiberio con brevísimos rótulos latinos consistentes en una C o, con Tiberio, en el nombre del emperador, pese a que el 23 Existe cierta controversia en cuanto a la cronología de una de las últimas series que, según Campo y Mora 1995, podría situarse entre 15/14 y 10 a. C. y, según RPC y DCPH, en la segunda mitad del II a. C. En cualquier caso, dejando esta emisión aparte, sí hay consenso en datar la fabricación de otras series, al menos, hasta 27 a. Parece ser que esta elección lingüística podría ir en consonancia con los datos que se desprenden de la cultura material y equipamiento urbanístico de la ciudad, que, hasta el cambio de Era, muestran una carácter eminentemente púnico: v. Mayorga et alii 2005, retomando el clásico trabajo de P. Rodríguez Oliva, "Málaga, ciudad romana". 24 Seguramente recibió el estatuto colonial en la década de los 60 del siglo II d. C. (Mattingly 2005: 203). púnico siguió hablándose allí al menos hasta el siglo II d. C., a tenor del relato de Apuleyo de Madaura, quien relata la terqueza de un familiar suyo por expresarse púnico o, en todo caso, griego; pero en ningún caso, latín, porque "no quería ni podía" (Latine loqui neque vult neque potest, Apul., Apol XCVIII, 8-9). La epigrafía de Oea es, además, muy escasa, incluso a lo largo de todo el siglo I d. C., tanto en latín como en púnico. La elección lingüística de las monedas de Sabratha, oppidum peregrinum que consiguió promocionar a civitas libera et immunis bajo Augusto o Tiberio, es distinta de Oea y Lepcis Magna, lo que quizá podría deberse al arraigo de la lengua líbica en esta ciudad con respecto de las otras dos (Mùrcia 2011: 241; Estarán 2016: P11). Aquí las leyendas monetarias fueron fundamentalmente púnicas, con algunas básicas introducciones de rótulos latinos consistentes en la palabra Caesar o en la letra C. Llega un momento en el que este numerario bilingüe deja de producirse y se vuelve a la lengua púnica en las últimas emisiones. De Sabratha proceden una decena de inscripciones latinas y una quincena de púnicas datables en el siglo I d. Por otra parte, el fascinante material epigráfico y numismático de Lepcis Magna, capital de la Tripolitania (con una sobresaliente cantidad de inscripciones púnicas y latinas y el mayor índice de bilingües del occidente, cf. Estarán 2016, P13 y P38-P50) aporta una gran cantidad de información sobre la expresión pública de la romanidad en las provincias durante el primer siglo de nuestra Era. Los cambios en la elección lingüística se perciben claramente a partir de Augusto. En lo que respecta a las inscripciones sobre moneda, escritas sólo en púnico hasta el gobierno del Princeps, pasan a incluir escuetos textos en latín junto con las leyendas púnicas (donde se especifica el topónimo) bajo Augusto y Tiberio. Estas leyendas consisten en la alusión al emperador: Caesar (Estarán 2016, P13) (Fig. 7). En cuanto a la epigrafía no monetaria, se han hallado hasta la fecha (IRT) 20 inscripciones en latín datables en el siglo I d. C., todas procedentes de espa-Figura 7. Bronce de Lepcis Magna con cambio de dirección en la segunda parte de la leyenda del anverso (RPC 848,25.81 mientras que la lengua de uso cotidiano fue el púnico en los primeros siglos después de nuestra Era (Mùrcia 2011: 238). * * * Mediante este rápido recorrido por la numismática pre y co-romana he querido reflexionar sobre la identificación de una comunidad con su lengua, y sobre si esta identificación, de existir, quedaba reflejada en las monedas. He tratado de exponer la importancia de la contextualización histórica de cada producción numismática antes de extraer conclusiones sobre la función simbólica de la lengua, que actualmente tiende a aducirse para este tipo de textos. La ubicación de las leyendas monetarias en sus circunstancias históricas y la comparación de su elección lingüística con la del registro epigráfico correspondiente permite distinguir con mayor nitidez aquellos casos en los que, efectivamente, la lengua tiene una función simbólica que sirve para construir una identidad cívica, de otro tipo de inscripciones monetarias en los que la elección lingüística o del sistema de escritura se debe a otro tipo de causas (cambio lingüístico, cambios en la situación económica o política). Como se ha visto, el uso de la lengua como elemento cohesionador de una identidad colectiva ocurre de manera excepcional, en el marco de conflictos externos o de evocación de un pasado mítico. La lengua de las monedas se constituye así en un instrumento ideal para aglutinar los sentimientos de una comunidad que se siente amenazada por otra, o que necesita reforzar esta unidad en un momento puntual. En estos casos, la lengua no es el único elemento de la moneda que sirve para la exhibición de la identidad: la iconografía tiene un papel fundamental al respecto, incluso mayor que el de las leyendas, dada la inmediatez y la expresividad de su mensaje. Los ejemplos más claros de ello son las monedas de la Guerra Social y la revuelta judía. Sin embargo, como he tratado de demostrar, esta expresión tan explícita de la identidad colectiva mediante la elección de la lengua de las leyendas no es la norma en la producción numismática. A lo largo de los dos últimos siglos a. C. se produjo en el occidente romano un cambio lingüístico de gran magnitud, cuyas causas fueron sociopolíticas y económicas, que supuso la sustitución de las lenguas locales por el latín. La mayor parte de los casos de incoherencia entre la lengua de las leyendas monetarias y la del registro epigráfico ha de explicarse a partir de estas circunstancias históricas, y no sólo a partir de una voluntad de expresión de la identidad. En este contexto, creo que la coexistencia de letreros púnicos juntos a los latinos en las monedas bilingües de finales del I a. C. y comienzos del I d. C. (así como los ibéricos, en las bilingües de los siglos II-I a. C.), no deben entenderse como metáforas de la resistencia local al inexorable avance de la cultura y la lengua de Roma; sino como expresiones de la continuidad del carácter local de las ciudades que emitían esta moneda (reflejada, por otra parte, también en la iconografía), siendo conscientes de su pertenencia al Imperio Romano. Efectivamente, como afirmaba F. Millar (1993: 257), la moneda es uno de los símbolos más explícitos de una ciudad; pero no exactamente de su realidad cultural y lingüística, sino de la selección de elementos por la cual ésta se proyectaba hacia el exterior. Estas singulares características de la moneda (que conjuga información epigráfica, iconográfica, metalográfica y metrológica, así como su fabricación serial) combinadas con los datos epigráficos, hacen de ella un instrumento idóneo para analizar las reacciones de las comunidades cívicas ante estímulos o amenazas externas, que abundaron en los dos últimos siglos a. n. e.
Presentamos en este artículo la evolución diacrónica del suburbio septentrional de Segobriga, enmarcada cronológicamente desde mediados del siglo I a. C. hasta el siglo VIII, a partir de la lectura de la prospección con georradar, los datos aportados por trabajos arqueológicos recientes y la documentación procedente de las excavaciones del siglo XVIII. Como resultado, se identifica la transformación de la necrópolis inicial altoimperial, vinculada a la vía de Carthago Nova, en un conjunto de carácter religioso como consecuencia de la cristianización de este suburbio a partir de la primera mitad del siglo V. Las actas de los concilios toledanos prueban que Segobriga se había constituido a finales del siglo VI como sede episcopal, mientras las excavaciones arqueológicas documentan cambios en la topografía edilicia urbana a partir de finales del siglo IV o inicios del V. En este período, la reocupación de los espacios públicos de la ciudad romana para un uso doméstico o artesanal se muestra general en toda el área excavada, definiéndose nuevos espacios que reutilizan elementos epigráficos, arquitectónicos y escultóricos anteriores en su construcción. Paralelamente, en el espacio periurbano situado al norte, extramuros, se construye ex novo un conjunto religioso emplazado en un área cementerial. El estudio de la topografía tardoantigua de Segobriga, en torno a la progresiva cristianización de sus habitantes, encontraba algunas dificultades debido a que una parte de las evidencias procedía de excavaciones realizadas en los siglos XVIII y XIX. Aunque hubo algunos hallazgos casuales anteriores, los trabajos arqueológicos principales en la basílica visigoda tuvieron lugar a finales de 1789, fecha en la que se descubrieron las laudas sepulcrales de los obispos Sefronio, Nigrino y Caonio, que dieron fama al recinto (Fernández 1790). Mientras en 1892 se llevaron a cabo varias zanjas en la parte alta del cerro, hallándose diversos capiteles y otros fragmentos arquitectónicos, entre los que destacaban cinco placas decoradas estudiadas por Schlunk (1945: 315-319), quien propuso su datación en la segunda mitad del siglo VII. Los avances en la investigación arqueológica hispana relativa a las transformaciones de las ciudades y centros episcopales entre los siglos IV y VIII establecían un modelo común de topografía tardoantigua, caracterizado por la aparición de esquemas de articulación espacial policéntricos en un proceso de disociación entre episcopium y martyrium4. De manera que aquellas evidencias antiguas sobre la Segobriga cristiana permitían plantear la existencia de dos focos litúrgicos en la nueva ciudad configurada como civitas episcopal. Uno, el episcopium, en el espacio intramuros, y otro, de función cultual, en el suburbio septentrional (Cebrián y Hortelano 2017). Sin embargo, no sería hasta el año 2006 cuando la reexcavación de la basílica visigoda proporcionó los datos necesarios para interpretar definitivamente el edificio como un conjunto martirial construido en la primera mitad del siglo V, que tuvo posteriormente la función de mausoleo de la jerarquía episcopal y basílica funeraria hasta su abandono a mediados del siglo VIII (Cebrián y Hortelano 2016a). En el entorno de la basílica visigoda se localizaban además algunas instalaciones de carácter religioso, como un baptisterio de planta octogonal excavado e interpretado por M. Almagro Basch (1978a: 53; Almagro-Gorbea y Abascal 1999: 124) y una extensa área cementerial de inhumaciones (Abascal et alii 2004), que se relacionan con la arquitectura eclesiástica definida en el suburbium segobrigense a partir del siglo V. En este paisaje configurado en torno a la denominada basílica visigoda quedaba la duda de si existían otros edificios asociados al templo y vinculados con la acogida y servicio a los peregrinos que acudieran a las celebraciones martiriales. Con este objetivo, en la primavera de 2015 se llevó a cabo una prospección geofísica con georradar al sur de la basílica visigoda5. Su finalidad fue documentar las estructuras anexas al edificio, visibles parcialmente en el terreno y que parecían definir diferentes espacios independientes, articulados en torno a un patio central y alineados con el cuerpo principal de la iglesia. En la misma intervención se prospectó también en un área situada en el sector central del solar del antiguo circo, anexa a la tribuna de su graderío sur, donde en el año 2004 se había identificado un gran recinto rectangular, de unos 3.000 m 2 de extensión, construido con grandes bloques en seco y sillares esquineros, fechado en época visigoda (Cebrián y Hortelano 2016a: 438-442; Cebrián et alii 2017: 172; Cebrián y Hortelano 2017: 120-121). Se trataba, por tanto, de abordar el proceso de transformación tardía del suburbio más extenso de Segobriga, articulado desde finales del siglo I a. C. en torno a la vía de acceso principal a la ciudad que llegaba por el norte. A los pies de la muralla se había construido en época altoimperial un complejo monumental público, formado por los edificios destinados a espectáculos, y se extendía una necrópolis flanqueando aquella vía, junto a construcciones residenciales, agrarias y artesanales. Esa necrópolis perdurará hasta inicios del siglo VIII, adaptándose a los nuevos rituales impuestos por la adopción del cristianismo como religión oficial. Los resultados de la prospección geofísica han revelado la intensa ocupación diacrónica del suburbium septentrional con una definición muy precisa de una fase altoimperial, con mausoleos de obra dispuestos de forma contigua en uno de los costados de la vía, una fase tardorromana, con un denso y organizado cementerio de inhumaciones y, finalmente, una imponente fase visigoda, que define un conjunto monacal surgido al amparo del renovado templo martirial. Con estos datos, el suburbio norte de Segobriga se presenta como un ejemplo paradigmático de necrópolis romana y de su cristianización en el panorama hispano (Fig. 1). EL ESPACIO EXTRAMUROS DE LA SEGOBRIGA ROMANA Segobriga fue en la antigüedad el principal cruce de vías en la submeseta sur. Por el norte, en dirección al promontorio -la Cabeza del Griego-donde se emplazó la ciudad, discurría la vía que desde el valle del Ebro, por Ercavica, cruzaba la Mancha hacia la Bética y la Lusitania y la que de Toletum se dirigía al Levante por Valeria. Por el oeste, muy cerca del casco urbano, atravesaba la vía Carthago Nova-Complutum, el principal nudo comercial de salida del lapis specularis, a través del puerto de su capital conventual, y llegada de productos y objetos comercializados por vía marítima desde otros centros del Mediterráneo (Cebrián e. p.). Hacia el sur y el este, el trazado y llanura de inundación del río Gigüela, afluente del Guadiana, y las abruptas laderas, que conformaron su cauce, determi- naron la ausencia de suburbios por estos flancos. De manera que la topografía de la ciudad condicionó la ubicación de los suburbia segobrigenses, que crecieron en rededor de aquellas vías. El espacio periurbano, extramuros de la ciudad, situado al norte fue el más extenso, articulador de áreas con diversas funciones6. Fue un espacio versátil, vinculado al propio crecimiento de la ciudad, que se desarrolló, en todo caso, en clara conexión con la principal vía de entrada a Segobriga. En las primeras décadas del siglo I d. C., se reurbanizó el sector de la ciudad situado entre la muralla norte y el foro con la construcción de un gran complejo monumental formado por una plaza rodeada de un pórtico por sus lados norte, este y oeste, con criptopórticos, en el que quedó englobado un templo anterior (Abascal et alii 2010: 43, fig. 29). Estas obras estuvieron en estrecha relación con el inicio de la edificación del teatro, diseñado al exterior del recinto amurallado para aprovechar la ladera norte del cerro en la talla de prácticamente toda la cavea. De esta manera, el edificio teatral presentaría una posición destacada dentro de la ciudad, aun localizándose en terrenos periurbanos, al quedar perfectamente insertado en el espacio urbano por aquella plaza, que permitía el acceso a su graderío desde el interior del recinto amurallado (Cebrián 2014: 66). La falda norte del cerro volvería a utilizarse en época vespasianea para la construcción del anfiteatro (Almagro y Almagro-Gorbea 1995). El sector sur del nuevo edificio de espectáculos se cimentó en la roca natural, apoyándose en ella el anillo exterior, mientras que gran parte del muro del balteus, las gradas de la ima cavea y el podium se tallaron en la piedra de la ladera. Su incorporación al espacio urbano de Segobriga quedó definida por los accesos al graderío sur desde la vía principal de entrada a la ciudad (Fig. 2). Ambos edificios de espectáculos quedaron así construidos extramuros de la ciudad en su suburbio septentrional, prácticamente adosados a la muralla, y flanqueando la entrada norte, edificada en época tardoaugustea o tiberiana (Almagro-Gorbea y Lorrio 1989: 186). En época de Augusto comenzaba a organizarse una necrópolis en la vía septentrional 7. El paisaje funerario de Segobriga, esbozado a partir de los hallazgos antiguos y de las excavaciones en las últimas décadas, muestra la atracción ejercida por esta calzada para la 7 Las representaciones escultóricas zoomorfas, sobre todo leones, inician el proceso de transformación de los espacios sepulcrales en la ciudad hacia la creación de viae sepulcrales, que conllevará la disposición de monumenta con fachada a ellas y el desarrollo de la gran arquitectura funeraria utilizada por las elites ciudadanas como forma de ostentación de su poder y riqueza. La estatuaria de bulto redondo reconocida en el paisaje funerario de Segobriga desde época augustea debió decorar una diversidad de monumentos sepulcrales, aunque su estado fragmentario solo permite plantear hipótesis (Noguera 2016: 205). Los leones pudieron coronar tumbas "a dado", rematar el primer cuerpo de monumentos en forma de edículo u ornar otros de tamaño más pequeño, como el grupo de estelas segobrigenses que presenta en el coronamiento leones a modo de acroteras angulares (Noguera y Cebrián 2010: 286-297). Mientras retratos funerarios se situaron en edículas abiertas en monumenta sepulcrales (Noguera y Cebrián 2013: 263-265, fig. 14) o insertos en los pulvinos de altares monumentales (Noguera 2012: 45-48, lám. XIII, 1 a 4). ubicación de los monumentos funerarios a lo largo de su trazado. A esta necrópolis se adscriben monumenta en forma de altar con pulvini, concretamente tres piezas decoradas con grandes hojas lanceoladas y rematadas en los frentes con cabezas femeninas8, que fueron halladas reaprovechadas en la construcción de algunas de las sepulturas de la necrópolis visigoda situada detrás del edificio del Museo de Segobriga (Almagro Basch 1975), junto a recintos funerarios de considerables dimensiones, que albergaron enterramientos de diversa tipología (Almagro Basch 1979; Abascal et alii 2008b: 17-18; Cebrián 2017: 29-31). A estos datos se unen ahora los resultados del georradar en el entorno de la basílica visigoda que han permitido por primera vez conocer la disposición de varios monumentos funerarios, de planta rectangular, en el límite oeste de esta vía. En el suburbio septentrional se ubicaron también construcciones residenciales de alto nivel social. A los pies de la muralla norte, a unos 50 m del teatro y en el costado oriental de la vía de entrada a la ciudad, Almagro Basch (1985: 27) excavó un conjunto termal identificando los restos de varias estancias, una de las cuales conservaba las pilae de ladrillos de la suspensura de un posible caldarium. La presencia de unas termas al exterior del recinto amurallado le confiere un carácter privado y las vincula a una domus suburbana de época altoimperial, aunque la interpretación de las estructuras exhumadas encuentra dificultades provocadas por su reutilización como necrópolis en época cristiana y el carácter parcial de los restos conservados (Abascal y Cebrián 2010: 304-305). La imagen del área periurbana se completa con la existencia de instalaciones productivas asentadas en los suburbios. La actividad artesanal en la ciudad puede seguirse a partir de los hallazgos de distintos materiales arqueológicos -arquitectónicos, escultóricos, epigráficos y cerámicos, sobre todo-, que manifiestan la presencia de artesanos locales trabajando en la ciudad desde época augustea para la construcción pública y satisfacer la demanda privada. Las actividades que desarrollaron los artesanos de la piedra en Segobriga fueron muy amplias y variadas, desde los motivos decorativos de diversos monumentos, elementos arquitectónicos, esculturas de carácter funerario, soportes epigráficos y el cincelado de sus textos hasta incluso relojes solares9. Sin embargo, más allá de la identificación de talleres locales 10 a partir de las características técnicas de ejecución de su producción, el modo particular de elaboración, el aspecto formal de las piezas y la utilización de elementos decorativos concretos, solo es posible reconocer el trabajo de extracción de la piedra local en la periferia urbana, en las denominadas canteras de Diana. Las zonas de extracción de la piedra calcárea empleada en la cantería y tallado de piezas con decoración de los nuevos edificios públicos 11, promovidos por la ciudad a partir de época augustea, se sitúan a 1.500 m hacia el sur de la ciudad. Los artesanos que trabajaron la piedra local debieron agruparse en diversas officinae localizadas junto a la cantera, como parece demostrar la propia organización del sector conocido, donde se reconocen varios loci independientes, de entre 300 m 2 y 75 m 2 de extensión, que evidencia el trabajo autónomo de grupos independientes de canteros. Al mismo tiempo, la presencia de un fuste de columna a medio extraer en uno de estos sectores sugiere la preparación in situ de las piezas, esbozando su forma antes de la extracción (Abascal y Cebrián 2010: 296-297). Por ahora, desconocemos la ubicación concreta de las zonas industriales en la ciudad atribuible a las limitadas actuaciones arqueológicas en la periferia urbana y centradas en las necrópolis, aunque la excavación de un área situada en la vaguada entre el teatro y el Museo de Segobriga en el año 2000 localizó un vertedero conformado por un potente estrato de cenizas (UE 854), que presentaba abundante escoria de hierro y que colmató dos estructuras de habitación hacia mediados del siglo I d. C. Ello nos permite plantear la hipótesis de la existencia en las cercanías al paso de la vía por el suburbio septentrional de una brió un reloj solar realizado en la caliza local de las canteras de Diana, que mide 42 x 30 x 24 cm, y que debió situarse en un lugar público en el interior de la ciudad. 11 Recientemente, R. Mar y P. Pensabene (2013: 27-31) han planteado para el caso segobrigense la existencia de grupos de artesanos especializados en la arquitectura pública e integrados en talleres regionales que, a modo de talleres itinerantes, sentarían las bases para la formación de un artesanado local del que dependió la construcción y decoración del espacio monumental de la ciudad a partir de época augustea. Por su parte, Gutiérrez Behemerid (2015: 161) sugiere que alguno de los talleres activos en Segobriga fue el encargado de realizar alguno de los capiteles del espacio monumental de Caesaraugusta, no solo por la relación estilística y formal con los ejemplares de la basílica segobrigense sino también por "el paralelismo en la dualidad de estilos y de tradiciones que se reflejan en sus capiteles". zona de carácter industrial relacionada con hornos y talleres de fundición de hierro. La presencia de un complejo alfarero dedicado a la fabricación de material de construcción está testimoniada desde época augustea a partir de la existencia de tegulae, halladas en el foro y en la plaza monumental situada al sur del teatro, que presentan marcas de alfareros con nombres indígenas, encargados de su producción, entre ellos Retucenus Elocum, Turanus y Antirus (Abascal et alii 2000b; Cebrián 2009). Esta actividad artesanal al servicio de la edilicia municipal se documenta a la vez en la producción a molde de antefijas (Abascal et alii 2000a). También en el espacio suburbano debemos situar los hornos para la cocción de cerámica pintada en la primera mitad del siglo I d. Mientras a finales de esa centuria y primera mitad de la siguiente, se instaló un taller de cerámica sigillata, que produjo vasos de la forma Dragendorff 37, identificado a partir de once moldes y un punzón con marca de alfarero ilegible, hoy perdido (Sanfeliu y Cebrián 2006). El lugar de hallazgo de las piezas presupone que el establecimiento de fabricación de sigillata se situó en el costado noroccidental de Segobriga, entre el anfiteatro y el circo. Por último, entre las instalaciones industriales de la periferia urbana existiría un espacio vinculado a la industria del procesamiento de la lana, curtido y teñido de pieles y dedicado al lavado inicial de los vellones12. Aun desconociéndose su ubicación concreta, la necesidad de contar con un volumen de agua importante para esta primera fase del lavado de las lanas sugiere su cercanía al río o al arroyo que discurre a unos 300 m de la ciudad en dirección noroeste. En el paisaje del suburbio septentrional de Segobriga se encontraba también el trazado de la infraestructura hidráulica que suministró agua potable al espacio urbano a partir de mediados del siglo I d. C. El sistema de abastecimiento hídrico se realizó a través de una tubería de plomo de más de 4 km de longitud que faldeó las lomas situadas al norte de Segobriga. Esta conducción de agua a presión captaba las aguas subterráneas del anticlinal cárstico de Carrascosa del Campo en la Fuente la Mar, donde concluían cuatro minas de captación situadas dos al principio y otras dos al final de una larga galería subterránea, de 225 m de longitud. Las aguas reunidas en esta mina llegaban a la ciudad a través de un specus, de opus caementicium, de 30 cm de altura y 15 cm de anchura, en cuyo interior se dispuso la tubería. Este acueducto fue excavado por M. Almagro Basch en los años 70 del siglo XX, localizando el tramo de canal más cercano a la ciudad, situado muy próximo a la denominada basílica visigoda y en su lado oriental (Almagro Basch 1976: lám. XXXI). Mientras en la campaña del año 2008 en el área del circo se identificó una zanja longitudinal de trazado rectilíneo, paredes verticales y fondo plano, con orientación noreste-suroeste, junto al margen derecho del camino de acceso al yacimiento arqueológico, por donde Almagro Basch propuso que llegó la tubería a la ciudad. Esta zanja se documentó en un tramo de 24,20 m, con una anchura media de 80 cm y una profundidad de 50-55 cm, y su relleno de amortización presentaba materiales cerámicos que aconsejan una datación en el último cuarto del siglo I d. C. Tal vez, en el interior de esta zanja pudo alojarse la tubería de plomo, que debió desmontarse al poco tiempo de su instalación al quedar inutilizado el sifón (Cebrián y Hortelano 2014: 144-145). El georradar detectó en la parte más occidental de la basílica visigoda una anomalía consistente en un surco de diseño sinuoso, a 50 cm de profundidad, que podría corresponder al trazado del specus. Por tanto, es posible que el acueducto atravesase la vía de entrada a Segobriga desde el norte y la necrópolis organizada en torno a ella. Este extremo explicaría que la tubería no contase con obra de fábrica en el tramo final de su trazado y, en cierta manera, su construcción debió condicionar la disposición de los mausoleos en los márgenes de la calzada septentrional, si tenemos en cuenta la prohibición de construir a ambos lados del acueducto y el mantenimiento de una franja de terreno libre de edificaciones, de 8 pies de anchura, con la finalidad de acometer posibles trabajos de reparación del acueducto, tal y como se indica en el denominado edicto de Venafrum (CIL X 4842). LA VIA SEPULCRAL PRINCIPAL Y SU PAISAJE FUNERARIO EN ÉPOCA ALTOIMPERIAL La vía que partía de la ciudad portuaria de Carthago Nova y se dirigía al interior peninsular llegaba a Segobriga desde el sureste, bordeando el río Gigüela por su orilla meridional hasta cruzarlo a unos 3 km al este de la ciudad. En este punto y para salvar el paisaje accidentado, se dirigía en dirección noroeste para entrar ya desde el norte a Segobriga 13, donde confluía con la vía procedente de Ercavica. En el último tramo de la vía antes de llegar a Segobriga, coincidente grosso modo con la actual carretera CM-310, fue documentada arqueológicamente parte de esta calzada así como varios recintos funerarios a cielo abierto y mausoleos, que permiten seguir su trazado hasta el actual Centro de Interpretación (Abascal et alii 2008b: 15-20). 13 S. Palomero llevó a cabo el estudio más exhaustivo hasta la fecha sobre las calzadas que atravesaron la provincia de Cuenca en época romana. En 1983 publicó un volumen dedicado a las vías de comunicación existentes en torno a Segobriga y unos años más tarde, en 1987, describiría el trazado de la vía Carthago Nova-Complutum a su paso por la ciudad. Más recientemente, se ha tratado de nuevo el recorrido de esta vía (Fernández Montoro et alii 2011), así como el tramo situado al oeste de Segobriga en el paraje conocido con el nombre de "Carrera Guinea" (Sánchez Sánchez 2011). A ella se adscriben varios miliarios localizados en el entorno de Segobriga que han sido recogidos por J. Lostal (1992; no 22, 41, 50, 73, 89, La principal novedad aportada por la prospección geofísica ha sido la identificación de la vía muy cerca de la ciudad, a 500 m del teatro y a escasos 50 m al sur de la basílica visigoda. En su margen occidental, el georradar reveló claramente la existencia de siete monumentos funerarios, cinco de ellos completos, dispuestos a modo de fachada continua, y detrás de ellos, se pudo identificar una segunda e incluso una tercera fila de otros mausoleos (Fig. 3). Este descubrimiento ha permitido, por primera vez, reconocer en las necrópolis segobrigenses la disposición de varios monumentos funerarios de manera contigua a una vía, siguiendo el modelo clásico de las Gräberstrassen, difundido por todo el imperio desde época tardorrepublicana (Tranoy 2009: 88) La ordenación de los nuevos mausoleos cambia radicalmente la imagen sobre las áreas cementeriales urbanas conocidas en Segobriga. Hasta ahora, las evidencias del uso de formas arquitectónicas de carácter funerario se reducían a hallazgos dispersos como la denominada tumba monumental (Almagro Basch 1978a: 85-86 Por otro lado, su situación pone de relieve una ocupación funeraria compleja en torno a la arteria de comunicación más importante de la ciudad y en una zona muy próxima al pomerium urbano, vinculada entonces a las clases sociales elevadas, las únicas capaces económicamente de erigir grandes monumentos que destacarían por su ubicación y dimensiones pero también por su singularidad y aparato decorativo. Esta vía se convertiría a lo largo de los siglos I-II d. C. en el auténtico eje vertebrador de la necrópolis monumental de Segobriga con mausoleos dispuestos de forma paralela a la calzada más transitada de la ciudad, a la luz de los resultados obtenidos en la prospección geofísica. Junto a edificios funerarios provistos de aparato arquitectónico, grandes recintos contiguos delimitados por una cerca muraría aglutinaron diversos monumenta en la que hemos denominado necrópolis septentrional. La vía de entrada a la ciudad desde el norte jos, al norte de la vía, se excavó un área productiva de otra villa, cuya planta supera los 1.000 m 2. Al sur del conjunto se localiza una estructura de balsas en la que destaca la presencia de un ambiente dotado de hypocaustum, que podría relacionarse con la producción de vino. Más al norte un patio articula una serie de estancias secundarias, en las que se identifica un almacén con apoyo central, varias habitaciones con hogares y un molino rotatorio (Morín et alii 2012: 13-16). El paso de esta vía por el suburbio septentrional de Segobriga ha sido documentado en la prospección geofísica. La imagen obtenida del georradar al sureste de la basílica visigoda definía una franja de terreno, de recorrido rectilíneo, en dirección noreste-suroeste, de 36 m de longitud y 6 m de anchura, donde las anomalías detectadas determinaban la existencia de un nivel de circulación de unos 40 cm de potencia, quizás pavimentado con losas dada la respuesta de la antena. Sin embargo, en 2016 se llevó a cabo un sondeo inicial en el área de los mausoleos localizados en aquella prospección con la finalidad de verificar los resultados del georradar. Se halló entonces un nivel muy compacto y homogéneo de tierra blanquecina, con cantos de mediano y pequeño tamaño (UE 18024), sobre el terreno natural, que identificamos con la vía. Presentaba una superficie inclinada hacia el oeste en la que se apreciaba un surco longitudinal relleno con un material de características muy semejantes, aunque de coloración algo más oscura, que puede corresponder a una cuneta lateral de drenaje de la calzada (Fig. 5). La vía vuelve a documentarse en las proximidades de la puerta norte de acceso a la ciudad, donde junto a la muralla ha quedado cortada por la construcción del camino moderno de acceso a la ermita. Los vestigios arqueológicos conservados consisten en una hilera de piedras, que delimitaron el vial por su costado este, y una capa de piedras regular y de pendiente ascendente. La disposición topográfica de los nuevos mausoleos altoimperiales identificados en la prospección geofísica otorga un papel relevante al tramo final de esta vía antes de llegar a la ciudad, que estructuró un espacio cementerial donde los monumenta sepulcrales formaron los únicos elementos de su paisaje cercano. Este sector suburbano en torno a la vía septentrional proseguirá en la planificación del área cementerial de época tardoantigua, corroborando el uso prolongado de la calzada. Aquel sondeo inicial documentó dos tumbas de inhumación contiguas, delimitadas por una estructura rectangular formada con lajas de piedra arenisca dispuesta verticalmente, una de las cuales se construyó adosada a la pared de uno de los mausoleos exhumados. Ello indicaría que los cristianos compartirían sepulcreta junto a los abandonados mausoleos situados en las márgenes de la calzada norte. Solo el surgimiento de nuevas expresiones rituales a partir del siglo V d. C., vinculadas al culto martirial, conllevará el abandono paulatino del uso funerario junto a la via sepulcral septentrional. La red viaria en la zona periurbana de Segobriga debió mantenerse en buen estado a lo largo de, al menos, tres siglos gracias a las sucesivas reparaciones. A la vía Carthago Nova-Complutum se adscribe un miliario descubierto en las excavaciones realizada por G. de la Chica en 1952 en el anfiteatro, aunque se desconocen las circunstancia del hallazgo. Se trata de una columna de 36 cm de diámetro y 70 cm de altura conservada, con texto dedicado a Constantino II y fechado entre el 1 de marzo del año 317 y el 9 de septiembre del año 337 a partir de la mención al título Caesar (Lostal 1992: no 177). Por el momento, no disponemos de datos arqueológicos que permitan fechar el abandono definitivo de Figura 5. Vista cenital del sondeo inicial en el área de los mausoleos identificados en la prospección geofísica (Imagen I. Hortelano). Solo la identificación de surcos paralelos de arado marcados sobre el tramo de vía excavado en 2016 se relacionan con trabajos agrícolas en época histórica reciente, mientras la presencia de algunas formas cerámica de loza con decoración vegetal en verde en el relleno que cubre el vial (UE 18002) apuntan a esta misma cronología. El georradar detectó una estructura de planta rectangular que invadía la calzada y que se alinea en su fachada con un nuevo camino que se aprecia en las fotografías aéreas de la zona de la década de 1970, aunque nada sabemos acerca de su cronología y función. Los mausoleos al pie de la vía identificados en la prospección con GPR El elevado número de inscripciones funerarias y de piezas arquitectónicas adscritas a monumentos funerarios de diversa tipología, recuperado en las distintas excavaciones realizadas en la denominada basílica visigoda de Segobriga desde finales del siglo XVIII, situaba un área cementerial de época altoimperial en su entorno más inmediato (Almagro Basch 1978a: 87). Su construcción en el siglo V conllevó el desmonte de 1,50 m del terreno natural en dirección esteoeste, provocando la destrucción de los mausoleos de la necrópolis sobre la que se asentó y justificándose así la presencia de tantos elementos de arquitectura y epigrafía de carácter funerario en sus cercanías 15. El descubrimiento del tramo de la vía septentrional en la prospección con georradar evidencia que discurría alejada de la basílica unos 15 m hacia el este. La formación de un área funeraria articulada a ambos lados de esta calzada le confirió el aspecto de una via sepulcralis a partir de época augustea y hasta, al menos, el siglo III, convivieron los monumenta funerarios romanos con las primeras sepulturas de rito cristiano. Los cambios en el ámbito funerario vinculados 15 Las inscripciones encontradas en las excavaciones modernas, las piezas aparecidas en trabajos arqueológicos antiguos de los siglos XVIII y XIX y las procedentes de hallazgos casuales en la basílica visigoda y su entorno han sido recogidas en dos volúmenes (Almagro Basch 1984; Abascal et alii 2011). Por otra parte, la reexcavación de la basílica visigoda en la campaña del año 2006 documentó un buen número de fragmentos de zócalos moldurados, columnas y elementos de entablamento, que adscribimos a la decoración arquitectónica de los monumentos funerarios desaparecidos. Otros fragmentos de decoración arquitectónica fueron hallados en los trabajos arqueológicos dirigidos por M. Almagro Basch entre los años 1980 y 1981, que se unen a los bocetos de de otras piezas reproducidas en el diario de J. A. Fernández de las excavaciones realizadas a finales de 1789. al culto martirial no provocaron el abandono de este sector de la necrópolis, dada la ubicación de la basílica. El área de necrópolis se siguió usando hasta época tardorromana, reavivándose la capacidad de atracción de la basílica a partir de finales del siglo VI y principios del VII con su transformación en espacio cementerial de la jerarquía eclesiástica. Esta vía fue uno de los ejes de tráfico más importantes de la ciudad y constituyó, por tanto, el punto de referencia de la sociedad segobrigense para la ocupación del espacio a ambos lados de sus márgenes, siguiendo la premisa de instalar los monumentos funerarios en aquellos lugares de mayor visibilidad, que adquirían así la buscada eternidad del difunto. Las estructuras visibles sobre el costado oriental de la vía ponían de manifiesto la existencia de restos de monumentos funerarios de obra, mientras las excavaciones realizadas en la campaña del año 2000 en un sector de la necrópolis tardorromana en el camino que une el actual Centro de Interpretación del Parque con el yacimiento arqueológico documentaron algunas cimentaciones, que correspondían a otros mausoleos a los que se adosaban tumbas o aparecían cortados por la excavación de las fosas de otros enterramientos (Cebrián y Hortelano 2016b: 24). Nuevos restos de estructuras funerarias se intuyen en la imagen del georradar al este de la calzada, aunque se trata de tramos de muros con la misma orientación que las estructuras ya conocidas. Los mausoleos identificados en la prospección geofísica forman una primera fachada en el lado occidental de la calzada, a la que sigue una segunda línea con, al menos, otro monumento situado detrás de aquellos, y una tercera con otros edificios de carácter funerario. Más hacia el oeste, y dejando un espacio libre de toda construcción por donde cruza el acueducto, se reconoce una nueva alineación de estructuras que comparten muros perimetrales y que se orientan a un camino interior de la necrópolis (Fig. 6). Los monumentos funerarios dispuestos junto a la vía presentan planta rectangular y parecen agruparse en varios conjuntos, que podrían corresponder a parcelaciones previas del espacio funerario para su venta 16. Los n os 4, 5 y 6 se sitúan al norte del área prospectada. Del mausoleo 4 solo se identificó su lateral sur, que mide 7,70 m. Entre este grupo de monumenta y el siguiente reconocido al sur aparece una franja libre de terreno, de 5,50/4,40 m, donde la respuesta del GPR indica una posible estructura preexistente. El conjunto formado por los mausoleos n os 1, 2 y 3 presentan una orientación común, aunque sus fachadas se escalonan levemente, alejándose de la vía. Solo el mausoleo 1 ha sido objeto de contraste arqueológico y presenta unas dimensiones máximas, de 2,80 x 3,80 m, y se construyó con sillares, conservándose in situ el de su fachada (UE 18020). En su costado oeste se conservaba un nivel de cenizas muy alterado (UE 18046) y sobre él, un paquete de tierra arenosa compactada de color beige claro (UE 18045), que corresponde a la capa de sellado intencional de la incineración. En el interior del mausoleo se reconoció un relleno constructivo, conformado con piedras de mediano tamaño trabadas con argamasa blanca (UE 18014), que modela la forma interna del monumento, a pesar del expolio de sus laterales y trasera. En este sentido, queremos llamar la atención sobre la imagen proporcionada por el georradar, que indicaba la existencia de una mancha compacta equivalente a la planta del mausoleo, sin definirse los muros con respecto a su relleno interior, exceptuando el sillar de fachada. Por su parte, el mausoleo 2 se separa 0,75 m del anterior, y presenta unas dimensiones de 5,25 x 4,55 m, alineándose con su lado largo a la vía. La misma orientación tiene el mausoleo 3 situado más al sur, a unos 40 cm de distancia. Por último, del mausoleo 7 solo se aprecia su costado norte, que mide 5,70 m de longitud. La distancia que lo separa del conjunto anterior de mausoleos es de prácticamente 5 m. Detrás de esta primera línea de monumentos funerarios entre los dos conjuntos de mausoleos identificados con fachada a la vía, se registró una estructura formada por un cuerpo rectangular al norte, de 9 x 4,80 m, y un segundo al sur, de 7,60 x 5 m. Por último, más al oeste se define claramente otro mausoleo, también de planta rectangular, de 8,80 x 6,80 m, separado 4,70 m del monumento anterior. Al sur de esta estructura, se adivinan otros muros menos definidos, que deben corresponder a otros monumentos de carácter funerario. Aquella franja de terreno por la que discurrió la conducción hidráulica separa esta tercera línea de monumenta de otro grupo de paramentos situados 13,70 m más hacia el oeste. Se distinguen cuatro posibles parcelas funerarias, de 5,70 x 4 m, ya que comparten medianeras y parece apreciarse algunas manchas en su interior que podrían corresponder a los restos de incineraciones. La estructura de los monumentos funerarios hallados sugiere que conformaron recintos sepulcrales de cierta envergadura, pudiendo contar incluso con varios pisos, y estar dotados de aparato arquitectónico, aunque serán futuras intervenciones arqueológicas las que definirán su tipología. En relación a la cronología, las estructuras funerarias identificadas más al oeste en la prospección geofísica respetan el trazado del acueducto y, por tanto, deben ser posteriores al paso de la conducción, fechada a mediados del siglo I d. De manera que contamos con un elemento de datación relativa que permite establecer a priori que los mausoleos probablemente se construyeron a partir de época flavia. LA TRANSFORMACIÓN DEL SUBURBIUM NORTE EN ÉPOCA TARDÍA Hasta la construcción de la denominada basílica visigoda en la primera mitad del siglo V esta área del suburbio septentrional continuó siendo una necrópolis. Los únicos cambios documentados arqueológicamente se relacionan con la cristianización de la sociedad y se manifiestan en los nuevos hábitos funerarios de inhumación. Al norte del mausoleo 1 se identificaron dos sepulturas en fosas excavadas en el terreno Figura 6. Planimetría del área cementerial altoimperial en el suburbio septentrional de Segobriga con la numeración de los monumentos funerarios (Planimetría I. Hortelano). Los difuntos fueron enterrados en ataúdes de madera, como evidencian los numerosos clavos de hierro encontrados en torno al esqueleto. Ambos enterramientos se disponían decúbito supino con los brazos sobre la pelvis y las piernas extendidas con la cabeza situada al oeste de la sepultura. Uno de ellos se adosaba a la pared norte de este mausoleo, sirviéndose de ella como lateral del enterramiento y presentaba además señalización a los pies, consistente en una laja de arenisca hincada verticalmente, aunque al encontrarse partida desconocemos su altura original (Fig. 7). Este tipo de señalización era desconocido hasta el momento en las necrópolis segobrigenses, aunque existen escasos ejemplos en otras áreas cementeriales de época tardorromana en la Tarraconense (Madrid y Vizcaino 2006; Beltrán de Heredia 2010). El georradar reveló un número considerable de sepulturas en el área prospectada que alcanza al menos 117 inhumaciones y otras múltiples anomalías, que podrían corresponder a otros enterramientos de menor entidad constructiva y que no han sido tomadas en cuenta ante las dudas que plantean. Lo más significativo de este conjunto de tumbas es que se distinguen tres orientaciones principales dentro de la disposición canónica oeste-este, que ya se habían documentado arqueológicamente en la excavación del sector funerario situado en el camino del Centro de Interpretación así como en la denominada necrópolis visigoda excavada por Almagro Basch detrás del Museo de Segobriga. Del conjunto de tumbas, 29 se orientan con la cabecera aproximadamente a los 290o, únicamente 3 se disponen con la cabeza a los 315o y 85 presentan una orientación a los 265o. Es interesante resaltar que estas tres orientaciones quedan englobadas en el ángulo de desviación acimutal solar entre los solsticios de invierno y de verano, lo que evidencia las referencias solares empleadas para la organización del espacio funerario a lo largo de la antigüedad tardía. Las sepulturas más antiguas son aquellas que se orientan a los 290o considerando que se adosan a los mausoleos, los respetan y no afectan a su estructura, como ocurre con las dos tumbas excavadas al norte del denominado mausoleo 1. A la vez dejan libre la calzada y los caminos interiores identificados en la necrópolis altoimperial. La ubicación de estas sepulturas en la necrópolis septentrional de época altoimperial corrobora el uso continuado del espacio como área cementerial, al que se asocian nuevos niveles de circulación (UUEE 18004 y 18050), aunque siguen en pie los mausoleos. De manera que la nueva dinámica de transformación social y reorganización de la topografía del suburbio norte de Segobriga a partir de finales del siglo III d. C. manifiesta la continuidad del sector funerario, sin que se observe la creación ex novo de espacios sepulcrales (Fig. 8). La disposición topográfica de las tres sepulturas orientadas a 315o muestra que cuando se excavaron, alguno de los mausoleos ya había sido desmantelado y expoliado pues invaden su planta. Mientras las tumbas que presentan orientación a 265o deben corresponder a la fase en la que la basílica visigoda se transforma en un complejo sepulcral de la jerarquía eclesiástica a partir de inicios del siglo VII. Se extienden por toda el área situada al sur del templo, afectando indiscriminadamente a las cimentaciones de las estructuras funerarias altoimperiales y también parcialmente a algunos muros del complejo anexo. La desaparición de los monumenta funerarios se vincula a la construcción del complejo martirial ex- tramuros, que supuso la destrucción de un amplio sector de la necrópolis altoimperial y modificó el hábito funerario, promoviendo las inhumaciones ad sanctos. No obstante, la vía siguió en uso a pesar de que el nuevo edificio requirió de un acceso por su lado occidental, manteniendo su carácter de vía de comunicación principal desde el norte. La necrópolis tardorromana y la construcción de la basílica suburbana Entre los años 2000 y 2001 se realizaron trabajos arqueológicos en un área de enterramiento de tumbas de inhumación vinculada a la basílica cristiana y fechada entre los siglos IV y VI d. C. (Abascal et alii 2004), mientras que el conjunto conocido como la necrópolis visigoda había sido objeto de una intervención arqueológica en el período 1971-1973, localizándose más de 200 sepulturas, casi todas fechadas entre los siglos VI y VII d. De la misma cronología son las sepulturas situadas en el interior de la tribuna sur del circo, que fueron excavadas en la década de 1970 (Almagro Basch 1977). A estas evidencias se unen los hallazgos de una decena de tumbas de época visigoda sobre los restos de las denominadas Termas exteriores, situadas al noreste del teatro, donde se localizaron enterramientos en sarcófagos de caliza, uno reutilizó elementos arquitectónicos romanos y otros insertos en fosas simples delimitadas por lajas (Almagro Basch 1976: 893). La distribución espacial de las áreas de enterramiento cristiano corresponden a un gran camposanto, que se extiende desde la basílica visigoda hasta los pies del teatro, siguiendo el trazado grosso modo de la vía de acceso a la ciudad desde el norte y reproduciendo, por tanto, el modelo de la necrópolis altoimperial. Una de las tumbas del cementerio tardorromano, que albergó los restos de algún personaje singular fallecido, debió significar el embrión para la fundación de un templo en su memoria -martyrium-en el solar de lo que hoy conocemos como basílica visigoda. La reexcavación del edificio en el año 2006 permitió identificar los restos estructurales de este templo original y adscribir a este momento el baptisterio y parte de un posible atrio delantero, conservados bajo las fábricas correspondientes a su reconstrucción en el siglo VI. Posteriormente, el incendio de su cabecera determinó su reconversión a inicios del siglo VII en mausoleo de la jerarquía episcopal y basílica funerario, perdurando con esta función hasta, al menos, mediados del siglo VIII (Cebrián y Hortelano 2016a) 17. Nuevos datos para la interpretación del espacio cultual cristiano. ¿Un complejo asistencial junto a la basílica visigoda? La lectura de los restos visibles al sur de la basílica visigoda junto con los resultados de la prospección 17 Para otras interpretaciones acerca del edificio, véase Barroso et alii 2013: 442-484, quienes consideran que más que una basílica pudo constituir un gran panteón monumental con atrio descubierto, o M.a Á. Utrero (2014) quien rechaza la idea de una basílica y propone un aula descubierta de carácter funerario, retrasando la datación del conjunto como mínimo a la primera mitad del siglo VII, basándose en la reutilización de elementos litúrgicos en zonas puntuales de la cabecera, ignorando la diacronía de estas reparaciones con el resto de fábricas preexistentes. Planimetría del área cementerial paleocristiana en el suburbio septentrional de Segobriga (Planimetría I. Hortelano). geofísica permite disponer de nuevos datos para la comprensión de su entorno espacial (Fig. 9). La primera idea es que el edificio se integró en un complejo de mayores dimensiones a partir del siglo VI, probablemente como consecuencia de su transformación en polo de atracción de peregrinos debido a su carácter martirial. Se definen dos grandes recintos contiguos que se vinculan a este momento por la orientación de sus estructuras, su técnica constructiva reconocida en las fábricas visibles y, principalmente, porque en parte quedan amortizadas por la ampliación del transepto construido para albergar los sepulcros de los obispos Sefronio, Nigrinio y Caonio acaecida a inicios del siglo VII. El recinto A se sitúa junto a la basílica y define un espacio rectangular al aire libre, de 24,50 m de longitud y 17,15 m de anchura, delimitado al norte por el muro de la iglesia, por dos edificios prácticamente simétricos en sus lados cortos y por una larga nave en el costado sur. La construcción occidental presenta planta rectangular y describe un cuerpo cuadrado saliente hacia el oeste, que tal vez albergó un acceso en escalera dada las diferencias de cotas entre el exterior y el interior del recinto. Este edificio se compartimenta en, al menos, una sala central, de 6,80 m de longitud, y dos ámbitos laterales de menores dimensiones. Sus fábricas se superponen a diversos enterramientos tardorromanos que se conservan visibles actualmente junto a la puerta de acceso al yacimiento arqueológico. En el extremo opuesto del recinto, otra construcción de 15 m de longitud conserva actualmente los muros en los que se abre una puerta junto a la esquina norte. Por su parte, el ala meridional está constituida por un edificio de planta rectangular alargada de, al menos, 43,50 m de longitud y 6,80 m de anchura, subdividido en seis ambientes (Fig. 10). Los conjuntos descritos se definen como construcciones aisladas en torno a un patio, dejando estrechos corredores, que fueron enlosados para recoger las aguas de los tejados y proteger así sus cimientos. Desde este patio se accedería al recinto B por medio de un vano situado en el ala sur, que atravesaría uno de los ambientes identificados, hasta alcanzar una gran área rectangular delimitada por un muro perimetral de 1 m de anchura. El recinto B presenta unas dimensiones de 39 x 27 m, aparentemente libre de construcciones excepto en su ángulo noreste donde se aprecia una estructura de planta cuadrangular que, tal vez, corresponda a una fase posterior, relacionada con la prolongación del transepto. En el exterior del recinto aparece una pequeña construcción adosada en el ángulo sureste, de pequeñas dimensiones, mientras otras estructuras poco definidas se sitúan en el extremo opuesto. La técnica constructiva empleada en la construcción de este complejo, si tomamos en consideración los lienzos visibles actualmente, es idéntica a la utilizada en la reconstrucción del aula de la basílica, con muros de mampostería de gran tamaño en aparejo irregular, sin aglomerante, y con utilización ocasional de sillares para la formación de esquinas y jambas (Cebrián y Hortelano 2016a: 419). La construcción de estos dos recintos supuso la primera ocupación de la franja de terreno que había quedado libre por la servidumbre del acueducto y la modificación definitiva del paisaje de este sector del suburbio septentrional. En cuanto a la funcionalidad de este complejo cabe descartar un uso funerario pues no se identifican inhumaciones adscritas a este período. Por ello, se podría conjeturar una función relacionada con el carácter martirial de la basílica, vinculada a la recepción de los peregrinos llegados con ocasión de las celebraciones anuales al modo de un xenodochium, donde pudo residir una pequeña comunidad al servicio del templo y sus actividades. Así, el recinto A dispondría de instalaciones asistenciales -hospedería y hospital-y el B pudo destinarse a actividades productivas de carácter agrario y doméstico. La transformación de la basílica martirial en mausoleo de los obispos determinó que su entorno recuperara la función funeraria a partir de inicios del siglo VII. Un incendio documentado durante la reexcavación de la basílica en las paredes de la cripta supuso la reconstrucción de la cabecera del templo y la prolongación de su transepto hacia el sur, amortizando el flanco oriental del recinto A. En este sentido, el georradar descubrió un total de 85 inhumaciones asignables a este momento y situadas principalmente en el ámbito del recinto B. Estas sepulturas afectan a sus muros perimetrales, lo que puede interpretarse como un desmantelamiento de este recinto previo al uso funerario. Esta nueva necrópolis creció sin sobrepasar los límites de la vía que discurre al este y su perímetro parece circunscribirse al entorno más próximo a la basílica. Conocemos arqueológicamente la perduración de la basílica con esta función hasta, al menos, mediados del siglo VIII, fecha en la que se ha atestiguado la reforma de su cripta lo que demuestra la pervivencia de una autoridad cristiana en la que recaía su propiedad dotada de la capacidad de acometer obras en ella. Nada sabemos de lo que sucedió a partir de entonces en esta área del suburbio septentrional de Segobriga, pues los datos arqueológicos y la prospección geofísica no aportan más información al respecto. LA REOCUPACIÓN DEL SOLAR DEL CIRCO. LA CONSTRUCCIÓN DE UN RECINTO FORTIFICADO EN ÉPOCA TARDOANTIGUA En la campaña de excavaciones del año 2008 llevadas a cabo en el circo se estableció la secuencia ocupacional del sector central del edificio de espectáculos posterior a su abandono (Cebrián y Hortelano 2017: 112). Aquellas nuevas evidencias ponían de relieve la cristianización de otras áreas suburbanas distintas a la reconocida en el sector situado en torno a la basílica visigoda. La fase de reocupación más potente corresponde a época visigoda, cuando se edificó un recinto rectangular, de más de 3.000 m 2, construido con grandes bloques en seco y sillares esquineros, que se superponía en su flanco meridional a la tribuna y a parte del graderío del circo (Fig. 11). Se orienta esteoeste y presenta unas dimensiones totales, de 70 m de longitud y 43,50 m de anchura. En el flanco oeste se identificó un edificio rectangular, de más de 27 m de longitud y 5,30 de anchura, formado por dos habitaciones simétricas, de 11,5 m de longitud, dispuestas a ambos lados de un estrecho espacio central, quizás una caja de escalera. La habitación meridional presenta un acceso desde el exterior, enfrentado a una segunda puerta que permite el paso al espacio central, que interpretamos como un patio descubierto en donde se identificaron algunos silos. La otra estancia posee únicamente una puerta de acceso desde este patio. Por su parte, en el flanco meridional se sitúa un edificio alargado de una única nave, que mide 40,60 m de longitud y 6,70/6,10 m de anchura, cuyo extremo oriental se remata por un pequeño ábside cuadrado. En su interior se localizan diez sepulturas de lajas que fueron excavadas en 1973 (Almagro Basch 1977: 12, lám. I y II) y algunas otras en el exterior, en torno a su cabecera. Por último, el ángulo noreste del complejo quedaba delimitado por un grueso muro, de 54 m conservado en sentido este-oeste y 43 m en sentido norte-sur, y presentaba asociados niveles de derrumbe con abundantes tejas curvas. Este gran recinto solo fue objeto de una limpieza superficial de las estructuras descritas en aquella campaña con la única finalidad de proceder a su documentación topográfica, donde se hallaron además los restos de una pequeña iglesia mozárabe de tres naves con ábside cuadrado y nártex reocupando su espacio central. La prospección geofísica realizada en esta área en 2015 ha revelado que los muros del ángulo noreste constituyen las fachadas del complejo y soportan una estructura de planta en L, compartimentada en sucesivas estancias. También se aprecian grandes áreas de anomalías, que corresponden a los derrumbes en parte ya identificados, a la vez que otras más localizadas y definidas se interpretan como silos de almacenamiento (Fig. 12). Los sólidos muros que circundan el recinto, junto con el hallazgo de algunas piezas de armamento, consienten una interpretación del conjunto como espacio fortificado. Mientras su distribución interna sugiere un acantonamiento de contingentes foráneos, que persi-Figura 11. Área de reocupación de época visigoda documentada sobre la arena del circo en la campaña de excavaciones del año 2008. A la derecha de la imagen, el sector de la necrópolis noroccidental excavado (Imagen Parque Arqueológico de Segóbriga). Planta del edificio visigodo sobre el solar del circo, actualizada con los datos proporcionados por el georradar (Planimetría I. Hortelano). En color gris claro, el área prospectada; en color gris oscuro, la acumulación de materiales de construcción y cubierta. guen aislarse y protegerse al exterior de la ciudad, dotándose incluso de un edificio religioso propio. A la vez el abundante número de silos puede relacionarse con el almacenamiento del cereal obtenido como cobro de rentas en especie. A MODO DE CONCLUSIÓN. El proceso constructivo en la ciudad durante el siglo I y la primera mitad del II creó un espacio monumental con los edificios característicos de su condición urbana (Abascal y Almagro-Gorbea 2012: 306-324). En el foro de Segobriga se siguieron levantando estatuas hasta, al menos, la primera mitad del siglo III, como lo demuestra la escultura con umbo contabulato (Noguera 2012: no 206), que se encontró enterrada en el pórtico sur, y el hallazgo de un fragmento de epígrafe imperial repicado, que parece ser una evidencia de damnatio, con la titulación de un Caesar o de un Caesar Augustus, que, a juzgar por el uso del título felicissimus, no fue anterior a la época severiana (Abascal et alii 2011: no 11). Los primeros cambios en la fisonomía de la ciudad altoimperial comenzarán a notarse a partir de finales del siglo IV o inicios del V. El proceso de abandono y reocupación de los espacios públicos para un hábitat doméstico o artesanal se presenta general en el espacio intramuros, donde las excavaciones documentan fábricas que reutilizan materiales romanos (Cebrián y Hortelano 2017). Particularmente, en torno a la plaza descubierta del foro se emplazarán nuevos recintos por sus costados meridional y oriental, que se mantendrán en uso durante el siglo VI (Abascal y Almagro-Gorbea 2011: 215-219), y en la terraza superior a la basílica se construirá una vivienda con corral para el ganado y fosas para el almacenamiento del cereal ya en época visigoda. En esta fecha, la muralla segobrigense y su puerta norte continuaban en uso, aunque ya no constituía tan claramente la línea de separación entre la ciudad de los vivos y la de los muertos. Una de las evidencias arqueológicas más claras de la cristianización de su sociedad es la existencia de tumbas en el interior del recinto murario (Lambert 1997: 286). Un ejemplo lo encontramos en la franja exterior del recinto cercado para el ganado de la casa excavada al este del foro, donde se localizaron dos inhumaciones infantiles en fosa, una de ellas con cubierta de imbrices (UE 14044), adscritas a la fase visigoda. Las transformaciones reconocidas arqueológicamente en la ciudad se produjeron simultáneamente a las identificadas en el suburbio septentrional. El área funeraria altoimperial fue desmantelada, reutilizándose sus monumentos epigráficos como material de Figura 13. La imagen del suburbio cristiano de Segobriga a la luz de los hallazgos arqueológicos y la interpretación de los datos obtenida en la prospección geofísica (Imagen I. Hortelano). construcción con la pretensión de borrar cualquier rastro de la anterior religión pagana, y desarrollándose un complejo martirial -templo, atrio, baptisterio y necrópolis-a inicios del siglo V, asociado probablemente a la tumba de un personaje singular de la comunidad cristiana, que se convertirá en foco de atracción de nuevos enterramientos ad sanctos. Sin embargo, la transmisión escrita sobre la diócesis segobrigense no comienza hasta el año 589. El carácter fragmentario y la arbitrariedad de la transmisión en los siglos V y VI proporcionan, a lo sumo, una instantánea de una ciudad como Segobriga, aunque no es un caso aislado. De los 69 obispos que firman las Actas del III Concilio de Toledo, solo de una decena de las sedes episcopales representadas, entre ellas, Barcino, Corduba, Egara (Tarrasa), Augusta Emerita, Tarraco y Valentia, contamos con información suficiente como para conocer con cierto pormenor, y no solo por menciones aisladas, sus basílicas de mártires, catedrales, baptisterios, palacios episcopales o monasterios (Arbeiter 2010: 413-434; Chavarría 2010: 435-454). Puede considerarse paradigmático el caso de Tarraco: en la capital de la Tarraconense, las actas de los concilios, la correspondencia episcopal o la hagiografía ya habían revelado un entorno vital cristiano rico en matices cuando la evidencia arqueológica completó el panorama a lo largo de las tres últimas décadas, de tal manera que ahora se puede hablar de una imagen diferenciada y completa de la sede metropolitana a principios del siglo VIII (Gavaldà et alii 2010; Pérez Martínez 2012; Macias Solé y Muñoz Melgar 2013). El resultado de esta investigación urbana, que apunta a una síntesis de ambos campos -la transmisión escrita y la material (Panzram e. p.)-, plantea la cuestión de si la civitas christiana por excelencia puede servir como modelo: ¿el proceso de cristianización que se desarrolla en ella en estos dos ámbitos -la estructura social y el urbanismo-puede constatarse también en municipios situados en el interior, como Segobriga? Con la mirada puesta en el periodo imperial temprano, cuando los municipios trataban de alinearse en términos de disposición y diseño arquitectónico con las capitales y conventus -centros principales, que a su vez se veían a sí mismos como "pequeñas copias" de Roma (Gell. 16,13,9)-, se podría postular, por una parte, un desarrollo de este tipo, estructuralmente comparable. Sin embargo, las reformas de Diocleciano, que había dividido el Imperio en nuevas unidades administrativas, habrían separado áreas de la Tarraconense y creado, entre otros cambios, la provincia Carthaginiensis (Arce 1999: 73-83). Así, habrían surgido para las ciudades otras magnitudes de referencia y ámbitos de acción diferentes y, en este sentido, resultaría verosímil, por otra parte, que Segobriga tomase como referencia ahora a Toledo, ya que esta -después de una corta fase de desorientación, debido al hecho de que Cartagena como capital de la Carthaginiensis perteneció desde mediados del siglo VI al dominio de Bizancio (Ripoll López 2001: 95-115)-en estos siglos evolucionaría convirtiéndose en civitas regia y en una "almost Spanish Rome" (Hillgarth 1985: 500; Panzram 2018: 125-154). Con la creación de la sede episcopal de Segobriga, el templo del suburbio septentrional se reinterpreta como mausoleo de la jerarquía eclesiástica, utilizando la cabecera recién reconstruida como cripta de las reliquias originales y de los tres primeros obispos, Sefronio, Nigrino y Caonio, y el aula para enterrar a otros miembros relevantes de la sede, manteniendo esta función hasta la desaparición de la diócesis. En qué medida estos obispos estuvieron involucrados en los edificios de su sede episcopal escapa a nuestro conocimiento por falta de inscripciones en las construcciones o referencias en las Vidas de los obispos. Aunque su participación en los concilios de Toledo indicaría que habrían tomado conciencia de su papel como obispado sufragáneo o que se les habría solicitado que participasen de forma activa en la construcción del gran complejo arquitectónico junto a la iglesia martirial. Las evidencias arqueológicas y documentales de la existencia de un obispado en Segobriga requieren un complejo episcopal en el interior de la ciudad, al que únicamente se puede asignar un conjunto de fragmentos decorativos que datan del siglo VI, procedentes de la zona más alta del cerro. Sin embargo, las circunstancias del hallazgo y la ausencia de excavaciones sistemáticas en este sector de la ciudad no permiten, de momento, concluirlo con certeza (Abascal et alii 2008a: 238-240). PALABRAS CLAVE: necrópolis romana; iglesia martirial; suburbio cristiano; Antigüedad tardía; Segobriga.
Para poder comprender la ocupación del territorio en torno de Idanha-a-Velha (capital de la civitas Igaeditanorum) y las dinámicas del poblamiento que ahí se desarrollaron, construimos un Mapa de Usos Potenciales de la Tierra que cruzamos con los asentamientos rurales romanos identificados en trabajos de prospección intensiva. Esta cartografía digital arqueológica representa una metodología innovadora que raramente ha sido aplicada en territorio portugués. Se distingue de la cartografía tradicional de los suelos por el hecho de ser contextual, permitiendo al investigador producir el mapa en función de las particularidades del período estudiado. Mapa de usos potenciais da terra (S. Lacerda). Porém, as atas desse encontro científico nunca chegaram a ser publicadas. (n.o) Domínio de influência 1 46% de terras de uso potencial extensivo médio; 24% de terras de uso potencial nulo; 24% de uso potencial extensivo máximo; 6% de terras de uso potencial intensivo 7 27% de terras de uso potencial extensivo médio; 16% de terras de uso potencial extensivo máximo; 37% de terras de uso potencial nulo; 20% de terras de uso potencial intensivo 23 77% de terras de uso potencial extensivo médio; 17% de terras de uso potencial nulo; 6% de terras de uso potencial extensivo máximo 30 47% de terras de uso potencial extensivo médio; 40% de terras de uso potencial extensivo máximo; 13% de terras de uso potencial nulo 63 63% de terras de uso potencial extensivo médio; 28% de uso potencial nulo; 9% de uso potencial extensivo máximo Figura 5. 12 35% de terras de uso potencial intensivo; 31% de terra de uso potencial nulo; 30% de terras de uso potencial extensivo médio; 4% de terras de uso potencial extensivo máximo 22 51 % de terras de uso potencial extensivo médio; 37% de terras de uso potencial nulo; 12 % de terras de uso potencial extensivo máximo 29 81% de terras de uso potencial extensivo médio; 19% de terras de uso potencial extensivo máximo 36 Só possui terras de uso potencial extensivo máximo 38 72% de terras de uso potencial extensivo médio; 28% de terras de uso potencial extensivo máximo 59 50 % de terras de uso potencial extensivo médio; 28% de terras de uso potencial extensivo máximo; 18% de terras de uso potencial intensivo; 4 % de terras de uso potencial nulo. 78 43% de terras de uso potencial nulo; 42% de terras de uso potencial extensivo médio; 12% de terras de uso potencial intensivo; 3% de terras de uso potencial extensivo máximo. 80 91% de terras de uso potencial extensivo médio; 5% de terras de uso potencial nulo; 4% de terras de uso potencial extensivo máximo. 81 68% de terras de uso potencial extensivo médio; 32% de terras de uso potencial extensivo máximo. 87 56% de terras de uso potencial nulo; 44% de terras de uso potencial extensivo médio. 88 87% de terras de uso potencial extensivo médio; 11% de terras de uso potencial extensivo máximo; 2% de terras de uso potencial nulo.
Presentamos aquí las novedades epigráficas sobre ánforas de aceite de oliva de la tipología Dressel 20 encontradas en la ciudad romana de Sorviodurum (Straubing, Alemania). Estas marcas se relacionan con el asentamiento de unidades auxiliares en una cronología que va desde época flavia hasta finales del s. III. Incluimos también los epígrafes ya publicados para ofrecer una visión de conjunto de la ciudad mediante todo el material de esta tipología. un considerable interés científico a lo largo de los últimos cincuenta años y, sobre todo, desde que Remesal Rodríguez (1986) publicara los epígrafes llegados a Alemania con un planteamiento unitario. Por lo general, esta disciplina no ha sido objeto de interés en ciertas provincias como Raetia, asimilada a menudo con el concepto de Germania, y olvidada por ello. La distribución de este material tiene una presencia notable en esta provincia pese a no haber sido examinada con una visión provincial. Además, los estudios de casos concretos carecen por lo general de un análisis relacionado con sus lugares de producción. Por otro lado, es una realidad que la cantidad de sellos hallados en Raetia es inferior a la de provincias vecinas como Germania Superior o Inferior. También es cierto que este número es superior a lo conocido en provincias hacia el este, como Noricum, una provincia semejante en varios aspectos a Raetia, de la que conocemos sólo algunas ánforas Dressel 20. No obstante, debemos ser conscientes de que nos referimos a un producto comercializado a lo largo de dos siglos y medio, cuya distribución debió de ser muy desigual a nivel geográfico. Esta distribución estuvo relacionada inevitablemente con el asentamiento de unidades militares a lo largo de la frontera romana. El material que aquí presentamos, en su mayoría inédito, fue encontrado en uno de esos lugares del limes donde fueron apostadas diferentes unidades, siempre auxiliares. Straubing se sitúa a unos 30 km al sureste de Regensburg siguiendo la ribera del Danubio, en su lado derecho, y en el camino hacia Castra Batava y Boiodurum (Passau). Moosbauer trabajó sobre el cementerio tardoantiguo (Moosbauer 2005). Se han identificado en Straubing hasta cuatro castella diferentes, un vicus y unas termas. Los campamentos son conocidos por las cuatro fases de excavación llevadas a cabo (I-IV). El más antiguo de los campamentos corresponde a época flavia. Fue abandonado a finales del s. I d. C. En época de Trajano se construyó otro que tuvo una vida de medio siglo aproximadamente, hasta las Guerras Marcomanas. Después de este conflicto se construyó el campamento que duraría hasta el s. III. Sorviodurum fue ocupada por la cohors II Gallorum equitata (Biancardi 2004: 48). Arriba: Principales vías de comunicación y comercio hacia Raetia durante el Principado (Schimmer 2009: 95). Abajo: Fragmento del segmentus III, pars V de la Tabula Peutingeriana en el que aparece Sorviodurum (edición facsímil de Konrad Miller, 1887/1888, Ulrich Harsch, Bibliotheca Augustana). La cronología de la presencia militar romana en Straubing se extiende hasta el s. V (Biancardi 2004: 48 y 104). En cuanto al estudio de la epigrafía anfórica de Straubing, podemos hacer extensible la tendencia general de la provincia. Walke (1965) publicó cinco sellos sobre ánforas Dressel 20 encontrados en Straubing, que incluye también Remesal (1997) en su obra en alemán. Nuestro paso por los almacenes del museo de la ciudad, en colaboración con su director, el Prof. Moosbauer, posibilitaron la puesta en valor de un material inédito que había sido olvidado en los fondos del museo, a la espera de su estudio. A continuación, mostramos el catálogo de las inscripciones sobre ánforas de la tipología Dressel 20 conocidas hasta el momento de la ciudad de Sorvio-durum. En él se encuentran los sellos publicados, así como los inéditos. Para los sellos, hemos organizado la disposición de los mismos a partir del sistema trinominal, por el cual los sellos triliterales se ordenan por el nomen en primera instancia, y cognomen, en segunda. A continuación, se agrupan los sellos con nombres de figlinae, ordenados alfabéticamente después de los triliterales. Cada uno de los epígrafes dispone de la siguiente información: sello índice, bibliografía de sellos paralelos en obras de referencia, Lugar de Hallazgo (L. H.), Lugar de Conservación (L. C.), Lugar de Producción (L. P.), Datación (Dat.), Lectura, (Lect.), Literatura (Lit.), comentario y reproducción gráfica. Para los grafitos hemos organizado el corpus a partir de los siguientes elementos: Lugar de Conservación (L. C.), Lugar de Hallazgo (L. H.), Tipología, Posición (sobre el ánfora), Coctura, Tipo, Lectura, Literatura (Lit.). DEDUCCIONES DE LOS SELLOS Y LOS GRAFITOS La colección de epigrafía anfórica bética actualizada de la ciudad de Straubing asciende, incluyendo los publicados e inéditos, hasta un total de 15 sellos y 8 grafitos. Estos números son un incremento considerable con lo conocido de la ciudad hasta la actualidad. No se han hallado tituli picti legibles, sólo restos de pintura que no merecen ser reseñados. En total presentamos aquí hasta 18 epígrafes inéditos. De los 15 sellos conocidos, 4 provienen de Malpica, 3 de La Catria, 3 de Villar Tesoro o Alcolea del Río, 1 de Azanaque-Castillejo, 1 de Hispalis, 1 de Haza del Olivo y 3 tienen un origen desconocido concreto en la Bética. Todos estos lugares de producción de la tipología Dressel 20 se localizan a orillas de los ríos Guadalquivir y Genil en el sur de la península ibérica (Berni 2008). La llegada de aceite bético a Sorviodurum tiene un punto álgido, sin lugar a dudas, en el s. II, atendiendo a la cronología de los sellos encontrados. Hay también sellos aislados en el resto de los períodos que hemos agrupado, pero probablemente la tendencia general se corresponde con que Straubing fue reforzada, como decimos, para las guerras en la frontera del s. II, especialmente como preparativo previo y el consecuente desarrollo de las Guerras Marcomanas. De los 15 sellos sobre ánforas Dr. 20, 3 no tienen de datación. Los porcentajes de la representatividad de centros de producción béticos en Straubing demuestran una alteración respecto a la generalidad de la provincia. Mientras que en toda la provincia el centro productor más representado es La Catria, observamos que en Straubing es Malpica. No obstante, debemos tomar esto con cautela dada la corta cantidad de epígrafes que tenemos. Los lugares de producción de los grafitos no se pueden ubicar por no estar vinculadas estas inscripciones con otros epígrafes que nos puedan ofrecer unas dataciones comunes, aunque suponemos que podrían estar asociados con los objetos que portan los sellos. Hay un total de 4 grafitos nominales, 3 numerales y 1 indeterminado. Entendemos que el grafito de Hermer[---] (2009, 323, Straubing) pueda tratarse de un personaje llamado Hermeros. Disponemos además de los grafitos [---]CLARI (2001, 83, Straubing), para el que proponemos una lectura de Praeclari, y el cognomen Probinus (2008, 265 de Straubing). RELACIÓN DE SELLOS CON UNIDADES APOSTADAS EN SORVIODURUM El inicio de la ocupación de este enclave lo debemos vincular con la línea de defensa que se establece en época flavia junto a las ciudades de Castra Regina (Regensburg), Castellum Germanicum (Kösching) y Abusina (Eining). Con esto Roma consigue un control al norte del río Danubio a partir de época de Vespasiano, que se completa con las ampliaciones de Domi-ciano hacia Quintana (Künzing) y Castra Batava (Passau), en torno a la parte alta del río Inn. Mediante las dataciones que nos ofrecen otros tipos de epígrafes y los conocimientos cronológicos de los que disponemos por otros yacimientos paralelos con un abundante material anfórico, somos capaces de vincular el uso del aceite que contenían estas ánforas con las unidades auxiliares apostadas en estos puntos de la frontera. En el cuadro de las figuras 3 y 4 se muestran dichas vinculaciones. LAS RELACIONES COMERCIALES ENTRE RAETIA Y LA BÉTICA La conquista de Raetia se llevó a cabo a finales del s. I a. C mediante las campañas que desarrollaron Druso y Tiberio por orden de Augusto, y con las que también se conquistó Noricum. Fue a partir de enton-ces cuando se comenzó a desplazar personal tanto militar como civil para organizar una administración del territorio que luego devendría en provincia, ya en época de Tiberio o Claudio. Con la llegada de este personal se debieron de establecer las necesidades de abastecimiento de las que se encargaría la praefectura annonae, al menos en cuanto al ejército y al personal administrativo se refiere. En lo que a comercio de aceite concierne, el inicio del abastecimiento a Raetia se inició desde Histria con las ánforas de tipología Dressel 6B, de las que tenemos constancia en Cambodunum (Kempten) y en otros lugares de la provincia como Augusta Vindelicorum (Augsburg). Es a partir de época vespasianea cuando empieza a registrarse un aumento notable de la llegada de aceite proveniente de la Bética en ánforas Dressel 20. La coincidencia de estos materiales con los encontrados en el Monte Testaccio de Roma y a lo largo del limes renano-danubiano nos hace pensar en una administración dependiente de la praefectura annonae también para Straubing, basándonos en las ideas de Remesal (1986). La casi testimonial presencia de ánforas de salazones se limita a pocos ejemplares de Beltrán 2A (Kempten y Günzburg, Alemania), Dressel 9 similis (Kempten) (Schimmer 2009: 57-59; Czysz 2002: 60-63) Los bienes que el Imperio obtuvo económicamente de Raetia eras más bien exiguos: eran conocidas su madera (Estrabón 5.1.12) y su lamprea, además de su vino, del que Augusto decía ser aficionado, según noticia de Suetonio (Aug.,74.1;76.1;77.1). No obstante, la mayor de las riquezas réticas no era un producto tangible, sino una cualidad: su inestimable localización geoestratégica. Su conquista proveyó al Imperio del control y del acceso a las rutas tanto norte-sur, conectando con Italia y la protohistórica ruta del ámbar; como este-oeste, posibilitando el dominio sobre una de las principales vías de comunicación que permitirían conquistas posteriores: el río Danubio. La ciudad de Passau, cuyos vestigios anfóricos no han sido estudiados sistemáticamente, debería dar, con toda seguridad, la clave para comprender la ruta de abastecimiento que suponemos fue este río. En este sentido, las rutas de importación hacia Raetia, y hacia el limes renanodanubiano desde la Bética han suscitado una gran discusión. El debate se centra en el camino que recorrió el aceite salido del valle del Guadalquivir. La ruta del Ródano y la ruta del Atlántico (Remesal 2010) son las dos principales vías que se contraponen. A propósito de Raetia, creemos que la del Ródano es sustituida por la del Atlántico principalmente a partir de la segunda mitad del s. I d. En cualquier caso, los contactos comerciales a lo largo de la costa atlántica están justificados y obtienen en época romana una importancia crucial (Morillo 2003). No obstante, no descartamos que quizás parte del material llegase por la ruta gala, especialmente en el caso rético, cuando hubiera sido necesario. La llegada de aceite de oliva a Straubing había sido sólo atestiguada parcialmente en corpora e informes de excavación, pero no se había realizado un trabajo unitario, ni siquiera breve, de la epigrafía sobre instrumentum domesticum. El uso de la epigrafía anfórica como fuente de análisis de la presencia de militares en la frontera tiene un largo recorrido a lo largo del siglo XX e inicios del XXI, aunque aún queda sin duda mucho por hacer. La colección que hemos presentado es notable si tenemos en cuenta tanto el número de ejemplares como la calidad de los mismos. Estos materiales denotan una fuerte conexión comercial entre la Bética y la provincia de Raetia, lo cual coincide con la dinámica de otras provincias del limes renano-danubiano. Raetia se convierte en el momento de su conquista, junto a su provincia hermana Noricum, en el paso necesario para sucesivas conquistas hacia el este, a lo largo del Danubio, por lo que el suministro de este tipo de productos para el ejército se hace crucial por este punto del Imperio. Respecto a la particularidad de los epígrafes hallados en Straubing, debemos destacar la variabilidad de marcas y procedencias de producción dentro del valle del Guadalquivir. La posible datación de las marcas por su vinculación con las cronologías que ofrecen las dataciones del establecimiento de las unidades auxiliares posibilita una mejor clasificación del material hallado y permite afirmar que el uso de aceite de oliva era usual en un lugar donde era no era habitual su consumo, pero cuya utilidad para el ejército era primordial. En conjunto, el material que hemos presentado tiene un valor relevante para el desarrollo del estudio de la epigrafía anfórica del limes debido a la inmejorable localización de Sorviodurum como antesala a una provincia vecina como es Noricum. Dichas inscripciones tienen paralelos en otros lugares de la provincia y en las provincias germanas, por lo que su llegada se dio probablemente por el mismo camino. En este sentido, conocer este tipo de material al este de Raetia -en Noricum y Pannonia-facilitará una visión más completa del contexto en el que se da el abastecimiento del que hemos hablado. Nuevas formas de análisis, Instrumenta 29, Barcelona.
En este trabajo se estudian dos nuevas inscripciones latinas de época republicana recuperadas en el yacimiento de La Cabañeta (El Burgo de Ebro, Zaragoza), que incluyen la mención de interesantes nombres romanos, así como dibujos de armas ibéricas y geométricos. En La Cabañeta (El Burgo de Ebro, Zaragoza) se localizan los restos de un asentamiento romano de planta rectangular y trazado ortogonal, que alcanza una extensión de unas 21,4 hectáreas (Fig. 1). Posiblemente aprovechando el espacio ocupado con anterioridad por unos castra aestiva (Ferreruela y Mínguez 2006), hacia el último tercio del siglo II a. n. e. se fundó una ciudad -quizá Castra Aelia (cf. Liv. frg. 91.3)-que tuvo una corta duración pues fue destruida durante las guerras sertorianas, en los años 70 de la siguiente centuria (Mínguez e. p.). Las excavaciones realizadas en el sitio desde finales del siglo pasado (Ferreruela y Mínguez 2003;2012) han sacado a la luz los restos de varios edificios y espacios públicos (Mínguez 2014): unos balnea con doble circuito y una gran palestra (Mínguez y Mayayo e. p.), unos horrea, que albergaban la sala de culto de una schola o sede corporativa (Mínguez 2016), y parte del área abierta del Figura 1. Situación del yacimiento de La Cabañeta en el valle medio del Ebro (elaboración propia). foro, que queda bordeada por una porticus duplex. A ellos se suma una posible área sacra excavada y dada a conocer recientemente (Mínguez y Mayayo 2018). La fundación de la ciudad de La Cabañeta se integra, dentro del valle medio del Ebro, en un proceso de creación de ciudades por iniciativa romana que, iniciado en el primer tercio del siglo II a. n. e. con la fundación de Gracchurris (179-178 a. n. e.) por T. Sempronio Graco, se vio intensificado tras el final de la tercera guerra celtibérica y la venida de una comisión senatorial para organizar el territorio, cuya labor pudo prolongarse hasta la década de los años 90 del siglo I a. n. e. No se han excavado niveles que permitan precisar el momento en el que, tras la caída de Numancia en el 133 a. n. e., se produjo la creación ex nihilo de este enclave. La prospección sistemática del territorio circundante permite asegurar que no tuvo un antecedente urbano indígena. Los abundantes materiales encontrados en el potente nivel de abandono, con claras evidencias de un incendio bastante generalizado que afectó a todo el yacimiento, confirman su destrucción durante el conflicto sertoriano. Las estructuras hasta ahora exhumadas son, tanto en su traza como por las técnicas constructivas y elementos decorativos utilizados, plenamente itálicas (Mínguez 2014). Pero, como ya se ha venido destacando desde hace tiempo, en relación con las otras fundaciones romanas del valle medio del Ebro, serán sobre todo los elementos inmuebles los que nos marquen la diferencia, ya que mientras que en los otros yacimientos la cultura material es eminentemente indígena, en el caso de La Cabañeta ocurre lo contrario. En este sentido podemos comentar que, además de las zonas públicas a las que hemos aludido, se hicieron sondeos distribuidos por todo el yacimiento para comprobar su estado de conservación. En esos sondeos, que indudablemente afectaron también a estructuras domésticas, los materiales ibéricos se reducen a un casi anecdóti-co 1,6 % (Mínguez y Ferreruela 2012: 269-270). Los productos importados son, por lo tanto, abrumadoramente mayoritarios, lo cual unido a la preeminente latinidad de las evidencias epigráficas hasta ahora conocidas (fundamentalmente los grafitos), nos permite hacernos idea del importante contingente itálico de sus habitantes y de la función "colonial" que parece que tuvo la ciudad. El yacimiento ha proporcionado varias inscripciones. La más importante de ellas, recuperada en una de las estancias de los horrea, está realizada con teselas blancas incrustadas en un pavimento de "cocciopesto". A este documento podemos sumar una serie notable de esgrafiados realizados sobre cerámica que incluye textos en latín, ibérico, así como varios, muy breves, en griego (Mínguez y Díaz 2011). Es probable que de La Cabañeta proceda también la "Tésera Fröhner", una de las inscripciones celtibéricas más famosas, que fue descubierta en las proximidades de Zaragoza quizás a mediados del siglo XIX, si bien esta posibilidad no puede confirmarse (MLH IV K.0.2 = BDHesp Z.00.01; Balbín 2006: 189-190; Simón Cornago 2013: 436-438). La intensa difusión del uso de la escritura en La Cabañeta se ha visto corroborada por la abundancia de materiales para su ejecución recuperados hasta el momento, en concreto styli realizados tanto en bronce (tres ejemplares) como en hueso (treinta individuos) (Mayayo e. p.). Las dos piezas que aquí se presentan vienen a sumarse a este heterogéneo repertorio. Son las primeras inscripciones sobre piedra que ha proporcionado el yacimiento. Hasta la fecha solo se conocían otras tres inscripciones latinas sobre piedra procedentes del interior de la Hispania Citerior fechables en época republicana: dos miliarios y un terminus (CIL XVII/1, Figura 2. Dibujo en perspectiva de las dos piezas (elaboración propia). No obstante, a diferencia de aquellas, estas nuevas inscripciones no parece que estuvieran destinadas a la exposición pública. Ambas fueron realizadas sobre elementos arquitectónicos y, por la ubicación de los textos en el soporte, es posible que se trate de marcas de taller (Fig. 2). Bloque de alabastro de tendencia paralelepípeda, perteneciente a una cornisa. En su lado frontal presenta una sencilla moldura con forma de caveto. Se conserva incompleto, mide 25 cm de altura, (47) cm de anchura y (47) cm de fondo (Fig. 3). La pieza presenta varias inscripciones autónomas. Todas ellas se encuentran en el lado superior del bloque. El texto principal se dispone en paralelo al borde de la pieza. Las letras son de factura cuidada con surco de tendencia triangular, se aprecian tenues líneas de ordinatio incisas. Las letras miden 3 cm. Tiene una interpunción de forma triangular. En torno al texto principal (A) se grabaron varias letras y grupos de letras con trazos mucho menos profundos. Miden 4 cm (textos B, C y D), 3,5 cm (texto E) y 1 cm (texto F). Sobre la misma superficie de la pieza se realizaron también una serie de dibujos y trazos aleatorios mediante incisiones, en su mayoría muy tenues. Entre los motivos que se identifican está una retícula con tres filas y tres columnas de 9 x 10 cm; dos posibles falcatas, conservadas de manera incompleta ya que la fractura de la pieza ha motivado que ambas hayan perdido 1:1,43, que coincide bien con la relación 1:1,5 frecuente en este tipo de edificios religiosos de cella sencilla (Mínguez y Mayayo 2018: 208-211, fig. 11). La lectura del texto A no plantea dudas (Fig. 4). Aunque algunos autores han valorado la posibilidad de que los nominativos en -i documentados en inscripciones republicanas de Hispania pudieran deberse a la influencia osca (Pena 1990(Pena -1991;;cf. Kaimio 1970), resulta menos conflictivo considerarlos como meras formas abreviadas (Abascal y Ramallo 1997: 50). Bien es cierto que, en este caso, tampoco puede descartarse que se trate de un genitivo. Ruelius es un nomen muy raro. Solo se documenta en otra inscripción procedente de Cisterna di Latina (Lacio), actualmente perdida, que puede datarse en el siglo I d. n. e. La ausencia de filiación impide precisar si se trataba de un ingenuo o de un liberto. La ubicación del texto en el soporte indica que seguramente no estaba destinado a ser leído una vez estuviera en su posición definitiva. Es probable, por lo tanto, que se trate de una marca destinada quizás a identificar al lapicida o al propietario o supervisor del taller en el que el bloque fue elaborado. Da la impresión de que el resto de los motivos, incluyendo los textos B-F, fueron realizados con pos-Figura 4. Detalle del texto A de la pieza 1 (elaboración propia). terioridad, tal vez con una finalidad lúdica por mera distracción. No es posible determinar con seguridad si estos motivos fueron grabados cuando el bloque arquitectónico se encontraba en su posición originaria, lo que obligaría a considerar que estuviera colocado de tal manera que su cara superior fuera fácilmente accesible. Pero ciertamente resulta más complicado proponer que esto se realizase en otro momento, tras su amortización, ya que el área sacra en la que se encontró, y de cuya estructura arquitectónica principal (podio del sacellum) parece que pudo formar parte, quedó abandonada a la vez que toda la ciudad. Entre estos motivos destaca la presencia de armas. La falcata es un tipo de espada muy habitual en el periodo Ibérico Pleno y Tardío. De aspecto parecido a la machaira griega, está bien atestiguada tanto arqueológica como iconográficamente (Quesada 1997: La inscripción se encuentra en el lado superior del bloque. El texto se dispone en dos líneas, aunque sin interlineado. La R de la primera línea está prácticamente pegada a la O de la segunda línea. La mayor parte de las letras se conservan parcialmente, son de factura cuidada con surco de tendencia triangular. Desde un punto de vista paleográfico destaca la O prácticamente redonda y la B, cuyas dos panzas están ligeramente separadas. 2,5 cm. Junto al texto se grabó, también mediante incisión profunda, una retícula con 8 filas y 14 columnas de 26 x 19 cm. La pieza fue recuperada durante la campaña de excavación realizada, en el mes de julio del año 2011, en la calle a la que se abre la fachada de los horrea. En el extremo este de la calzada, en las proximidades de su inserción con el foro, junto al reborde de la acera discurre un canalillo que contaba, en casi todo su recorrido, con una tapa de piedra y cuya función era recoger las aguas de la calle. En su embocadura se localizó el bloque, encastrado en parte en el fondo de esa atarjea; tendría como misión frenar la velocidad del agua (para minimizar la erosión asociada) y sobre todo serviría para ir decantándola, puesto que cabe suponer que el agua pluvial podría ser recogida en alguna cisterna próxima. No sabemos con seguridad si se colocó sincrónicamente con la construcción de la atarjea o lo fue en el transcurso de una remodelación o reparación de la misma. En cualquier caso, se trataba, como acabamos de comentar, de un fragmento de moldura reutilizado y colocado en una posición secundaria a su localización original, que nos es desconocida. Dada la forma en la que estaba ubicado el bloque en el canalillo, que además originalmente estaba cubierto, resultaba imposible que los transeúntes viesen tanto los esgrafiados geométricos como la inscripción, lo que no hace sino confirmar que todos los elementos fueron claramente grabados con anterioridad a esa última función, de frenado de las aguas, dada a este fragmento pétreo que originalmente fue una moldura con función ornamental. La primera crux puede corresponder a una I o una L; la segunda crux a una E o una F. La lectura e interpretación del texto plantea notables incertidumbres (Fig. 6). El uso de códigos alfanuméricos es relativamente habitual en las marcas de cantería romanas, como ha puesto de manifiesto, por ejemplo, un estudio reciente de las marcas procedentes de las canteras de Luni-Carrara (Paribeni y Segeni 2015; cf. Hirt 2010: 370-445). Sin embargo, este tipo de marcas están relacionadas con un sistema de orga-Figura 5. Dibujo y fotografía de la pieza 2 (elaboración propia). Detalle de la inscripción de la pieza 2 (elaboración propia). nización del trabajo propio de las grandes canteras de época imperial que, a priori, no es esperable en una zona tan remota y en una cronología tan temprana. Más razonable resulta pensar que el texto corresponda a una fórmula onomástica, como sucede en la inscripción precedente. Sin embargo, la secuencia -bosi-no se documenta en antropónimos romanos, ibéricos o celtibéricos. De hecho, solo está atestiguada de manera ocasional en algunos nombres autóctonos en Germania (AE 2001, 1489: Bosiconius) o el África Proconsular (CIL V 4919: Bosiharis). Existe la posibilidad de considerar que la R de la primera línea hubiera sido añadida para corregir o completar el texto de la línea inferior. Se abren así tres opciones. (1) En primer lugar, es posible que la R completara una omisión entre la O y la S. En este caso habríamos de leer BO 'R' SI-, una secuencia que no es incompatible con la lengua celtibérica. Habría que considerar, no obstante, que la S pudiera trascribir una fricativa interdental sonora (cf. AE 2002, 807: Burdo; MLH I A.48: burzau [Plin. En cualquier caso, si consideramos además las distintas opciones de restitución que permiten las letras finales, resulta imposible encontrar paralelos claros que confirmen esta hipótesis. La secuencia Bors-se documenta, sin embargo, en varios antropónimos recogidos en inscripciones de época imperial procedentes del Alto Garona, en el sur de Francia, que han sido interpretados como pertenecientes al acervo lingüístico aquitano (CIL XIII 55: Borsei, 11011: Borso, AE 1949, 117: Borsus; Gorrochategui 1984: 177-179). (2) Otra opción es que la R sirviera para señalar el cambio fonológico que afecta a la /s/ intervocálica en latín como consecuencia del rotacismo. Se trata de una hipótesis arriesgada, ya que se tiende a asumir que este cambio fonético se habría producido entre el siglo IV y III a. n. e., por lo que, de darse por válida esta interpretación, habría que considerar necesariamente que todavía a finales del siglo II a. n. e. perduraba cierta actitud dubitativa en torno a la pronunciación de este fonema, lo que podría explicarse, quizás, como consecuencia de la influencia del osco, lengua en la que no se produce ese fenómeno (cf. Adams 2007: 72-73). Si optamos por esta posibilidad sería factible restituir una lectura: [-] Bo 'r' i(us) Ḷ(ucii) f‫ׅ‬ (ilius). Desafortunadamente, Borius solo aparece atestiguado como nomen en una de las jarritas funerarias recuperadas en el siglo XVIII junto a la iglesia de San Cesáreo, al comienzo de la vía Apia, actualmente perdida, cuya lectura no es totalmente segura (CIL I 2 1188 = VI 8384; cf. Solin y Salomies 1994: 36). El antropónimo Borius se reproduce en varias marcas de alfarero realizadas sobre piezas de terra sigillata sudgálica, pero en ese caso debe considerarse preferiblemente como un nombre personal de origen galo (Hartley y Dickinson 2008: 105-108). Todo ello obliga a dejar esta posibilidad en suspenso por el momento. (3) Por último, es posible que la R corrigiera una omisión entre la B y la O. Esta última hipótesis permitiría restituir la lectura [-] B 'r' osi(us) Ḷ(ucii) f‫ׅ‬ (ilius). Brosius/Prosius es un nomen extremadamente raro. Fuera de Italia está atestiguado en una inscripción en Germania (AE 1931, 13). En Hispania se documenta exclusivamente en dos inscripciones recuperadas en Carthago Nova, que, por su aspecto y paleografía, pueden datarse respectivamente a finales de la República (CIL I 2 2271: M. Prosius M. l.) y a comienzos de época augustea, esta última es, además, el único caso que conocemos en el que el nomen aparece en su versión sonora (AE 1982, 635: M. Brosius M. f.; Solin y Salomies 1994: 37). Dentro de la necesaria cautela, de todas las opciones que hemos barajado la tercera es quizás la más verosímil, ya que, como en la pieza 1, permite identificar una fórmula onomástica latina, en este caso perteneciente probablemente a un ingenuo. No está clara la relación entre el texto y la cuadrícula que se encuentra a su lado, aunque quizá lo más probable es que ésta fuera realizada con posterioridad a la inscripción. En el interior de dos de las casillas de la cuadrícula es posible identificar una letra C y una B respectivamente. Dado su aspecto, resulta muy seductora la posibilidad de considerar que este dibujo pudiera corresponder una forma referida a un reparto de tierras, que habría sido reproducida de manera sintética (cf. Moatti 1993: 31-48; Castillo 1996: 97-100; Chouquer y Favory 2001: 45-63; sobre las centuriaciones romanas documentadas en el valle medio del Ebro vid. Ariño 1990). No obstante, no hay indicios claros que permitan confirmar esta hipótesis, más allá de la forma rectangular de las casillas, que podrían corresponder a un reparto de tierras per scamna orientado tal vez en relación al Ebro, que, de ser correcta esta interpretación, debería encontrarse quizás en el lateral izquierdo del dibujo (Front. En cualquier caso, lo cierto es que tampoco puede descartarse que se trate de un mero elemento de carácter lúdico; recordemos que en la pieza 1 se grabó también una sencilla cuadrícula. El contexto arqueológico en el que fue recuperada la pieza es un estrato que rellenaba el interior de la atarjea, constituido por limos muy finos fruto de su deposición por el arrastre generado por el discurrir de las aguas de lluvia. En él se integra abundante material arqueológico fundamentalmente fragmentos de cuencos y jarras de cerámicas comunes oxidantes. Aunque no son tipos que faciliten una precisa adscripción cronológica, podemos comentar que no difieren de los que se encuentran en el nivel de abandono de la ciudad. Sí que ha proporcionado material significativo la acera contigua, pues sobre ella se recuperó un interesante conjunto de materiales: cerámicas de barniz negro (campaniense A tardía y calena media-tardía), fragmentos de dos boles de cerámica helenística de relieves (tipo megárica), lucernas (posiblemente de la forma Deneuve XIII), ánforas (Dressel 1 de pasta campana), comunes importadas (platos de borde bífido Aguarod 3/Vegas 14 y tapaderas Aguarod 3), de posible fabricación hispana (mortero de dediles) y de producción local (olla de borde almendrado Vegas 2), etc. Todo ello ha permitido datar ese nivel de abandono, en consonancia con lo que se aprecia en el resto de la ciudad, en época sertoriana. En el mismo estrato se integran dos importantes lotes de productos para uso cosmético (seis ungüentarios de alabastro) y como colorante (256 bolitas de azul egipcio con un peso total de 659,45 g, es decir dos libras romanas con una desviación de + 4,65 g), que debieron quedar perdidos en el fragor del saqueo de los horrea (Mínguez e. p.). Respecto a la propia inscripción, sobre todo, sus características paleográficas, en especial la particular forma de la B, permiten fecharla en las décadas finales del siglo II a. n. e. o, como muy tarde, a comienzos del I a. n. e. Lo cual concuerda bien con el hecho de que nos encontramos ante un elemento reutilizado, cuya amortización definitiva se produjo en la década de los años 70 del siglo I a. n. e. A pesar de su aspecto menor, las dos inscripciones de La Cabañeta revisten un singular interés. En primer lugar, se trata de una significativa incorporación al magro repertorio de documentos latinos de cronología temprana procedentes del interior de la Hispania Citerior, un territorio en el que, hasta muy avanzado el siglo I a. n. e., son mucho más frecuentes las inscripciones redactadas en las lenguas locales: ibérico y celtibérico (Beltrán 1999(Beltrán, 2003)). Pero, además, aportan datos interesantes acerca de la presencia de inmigrantes itálicos en la zona y muy posiblemente del papel que desempeñaron en la introducción de nuevas prácticas artesanales (Díaz 2009). La interpretación de ambas inscripciones plantea diversos interrogantes. Conviene recordar que, con anterioridad a época imperial, las marcas de cantero son relativamente raras. Las más tempranas, por lo general muy breves, tal vez podrían estar relacionadas con el sistema de organización de la cantera de la que procedían los bloques. Ese podría ser el caso de las conflictivas marcas documentadas sobre los sillares de la muralla de Tarraco, las más antiguas de la Hispania Citerior hasta la fecha (Balil 1983; Vinci 2018), pero también de las marcas identificadas en una serie de sillares recuperados en Osca (Díaz 2008: 182-183) o las realizadas sobre los sillares de la presa de Muel, en las proximidades de Caesar Augusta (Uribe et alii 2016). Dadas sus características, nos decantamos por considerar que las inscripciones de La Cabañeta podrían considerarse mejor como marcas de artesano que como simples marcas de cantera. Si estamos en lo cierto, estas piezas confirmarían la existencia de talleres lapidarios que podrían haber empezado a elaborar elementos arquitectónicos ya en el último tercio del siglo II a. n. e. o a comienzos de la centuria siguiente, en cuya puesta en marcha la participación de inmigrantes procedentes de Italia pudo haber sido, según parece, clave.
Se definen las partes de un tintero, diferentes tipologías, las medidas de volumen, se relacionan las representaciones iconográficas de instrumentos de escritura con los hallazgos en depósitos funerarios, los usos de otros objetos y componentes que implicaba escribir con tinteros y se analiza la relación de los tinteros con los depósitos funerarios y la posible identificación de quienes se enterraron con estos objetos. Se trata de una serie de objetos de gran riqueza material y ornamental que reflejan el estatus de sus dueños así como su conexión con la cultura escrita. También muestran el alcance de unas redes de distribución de mercancías de objetos de lujo que se adquirieron en todas las provincias occidentales. Aunque los tinteros (atramentaria) no son desconocidos ni en los yacimientos arqueológicos ni tampoco en la literatura científica, sí en cambio son escasos los trabajos que los tratan siquiera someramente, constituyendo una excepción aquellos que los estudian de manera específica, como es el trabajo recientemente publicado de Eckardt (2018). La dificultad estriba en la identificación de los fragmentos cerámicos y metálicos como tinteros, e incluso las piezas completas o casi completas como lo que realmente son, lo cual ha conllevado que sean pocos los ejemplares conocidos en el territorio que comprende la antigua His-pania (Bustamante Álvarez y Bello Rodrigo 2004: 523-537; Alonso et alii 2014: 171). Los instrumentos de escritura se han dividido en dos clases atendiendo al uso de la cera como soporte escrito o al de la tinta independientemente del soporte. Así, se identificaban en Ostia inscripciones que hacían referencia a scribae ceratii y scribae librarii (CIL XIV,353; XIV,409; XIV,346; XIV,347; XIV,374): los primeros escribirían sobre tabulae ceratae, tablillas de cera sobre las que se grababa con el uso de un estilete, mientras que los segundos escribirían con tinta principalmente sobre papiro, aunque también sobre tabillas de madera y, a partir del siglo II d. Sobre este particular parecen desdecirse tanto la cultura material como los estudios de iconografía. En la relación de depósitos funerarios que presenta Fünfschilling (2012: 168-169, fig. 2), se mencionan doce casos en los que se encontraron instrumentos tanto para escribir sobre tabulae ceratae como sobre papiros o pergaminos, lo cual lleva a la autora a pensar que un kit completo de instrumentos de escritura debería estar compuesto por instrumentos que permitieran escribir sobre cualquier soporte. La autora llega a la conclusión que no se puede concretar qué piezas y en qué cantidad conformarían un equipo completo de escritura (Fünfschilling 2012: 175, nota 82). Tampoco las fuentes clásicas concuerdan al describir estos conjuntos (Anth. Los tinteros a veces se transportaban en un tipo de estuche denominado theca calamaria o graphiaria (Marc., 14.21 y Suet., Cl. 35) que se llevaba colgado del hombro a la altura del pecho izquierdo que contenían varios cálamos o estiletes (Artmann 2000: nota 12), y si era necesario, también espátulas de cera y uno (Froschauer 2001: 143, no 16) o dos tinteros de metal (Boeselager 1989: 221-239), como se aprecia en el altar de L. Cornelius Atimetus, cuya estantería inferior muestra estuches para cinco estiletes o cálamos y sendos tinteros (Fünfschilling 2012: fig. 11). Ejemplos de relieves funerarios en los que se muestran thecae junto a tinteros se localizan en la actual Turquía en la antigua provincia de Frigia (Schaltenbrand Obrech 2012: 29) e igualmente en Augusta Emerita (Murciano y Alonso 2011: 215-219, lám. IV). Todos estos ejemplos muestran los materiales que dan origen a este trabajo, que son los tinteros de bronce. Diferentes representaciones de thecae con atrametaria procedentes de Altintas, Çalköy y Kütahya, en Frigia (Turquía). Antes de describir los tinteros pasamos a comentar algunas ideas sobre la substancia que contenían, la tinta. La tinta que se empleó en Roma era de dos tonalidades, negra y roja. Tanto Plinio como Vitruvio explican que los componentes principales de la tinta de color negro eran carbón vegetal y goma arábiga (Plin, Nat. Hist.,35.41; Vitr, Arch.,7.10.2), aunque también men-ciona el primer autor el uso de hierro vitriolado, resina u orujo de uva (Plin, Nat. Análisis realizados a graffiti de los siglos I y II d. C. en Esmirna han podido identificar la presencia de tintas ferrogálicas (Bagnall 2011: 10), mientras que los realizados a los papiros de la Villa de los Papiros en Herculano (Brun 2016: 3751-3754; Tack et alii 2016: 1-7) han confirmado la presencia intencionada de plomo, lo que podría indicar que este se emplearía como pigmento o como aglutinante para la tinta. El preparado se podía comprar en seco, molerlo y diluirlo en agua para su posterior uso (Kohlert-Némert 1990: 91). Sería un bien relativamente caro, según se aprecia en el Edicto de Diocleciano, que valora una libra en 12 denarios4. Para la aplicación de la tinta se emplearon principalmente cálamos. Estaban formados por dos partes: vástago y punta. Podían ser vegetales o metálicos (Anth. 9.162) realizados en una aleación de cobre o plata, también de hueso o marfil (Eckardt 2018: 32) y seguramente también en madera. Los primeros se componían de una caña hueca cortada a bisel de forma oblicua en su punta que se afilaba con un cortaplumas o scalprum librarium (Suet., Vitell., 2) o con piedra pómez (Anth. Eran baratas y fáciles de retallar. Los metálicos consisten en un tubo con un extremo puntiagudo dividido en dos. Algunos presentan una pequeña cucharilla, quizás para remover la tinta. Un tipo peculiar se ha hallado en Mérida, de menor tamaño, que posiblemente se introdujera en un huso de otro material quizá orgánico (Alonso et alii 2014: 177). Los tinteros (atramentarium, atramentale), como contenedores y material escritorio, son elementos auxiliares dentro de las producciones romanas6, cuya elaboración parece que a lo largo de los siglos siempre fue marginal, no alcanzó el volumen que mostraron otras formas mucho más estandarizadas. Se realizaron en cerámica, vidrio, metal, y posiblemente en astas, hueso y madera (Eckardt 2018: 54). La presencia de tinteros de cerámica (Ritterling 13, Hermet 18, TSH 51), escasa aunque habitual en los distintos yacimientos, ha provocado que estén incorporados en muchas de las monografías dedicadas a los estudios de materiales cerámicos o metálicos, aunque las referencias sobre los mismos sean escasas. La producción de TSI continúa con la heterogeneidad de formas, contrastando la disparidad de modelos como el hallado en Magdalensberg (Consp. Se detecta una clara homogeneidad de las formas galorromanas con su característico perfil en forma de barril que evidencian su estandarización. Una producción de elaboración local muy llamativa la constituyen los ejemplares de paredes finas emeritenses procedentes del Puticuli y de la Casa del Mitreo, ambos de Mérida, que presentan características morfológicas variables (Bustamante Álvarez y Bello Rodríguez 2004: fig. 9-5; Alonso et alii 2014: 183-185). Respecto a los tinteros metálicos, se trata de contenedores de forma cilíndrica o poligonal (hexagonal u octogonal) (Fünfschilling 2012: fig. 35.14), de diferente altura que rematan en un disco normalmente cilíndrico, aunque en raras ocasiones octogonal, con una apertura circular, denominada orificio de alimentación. Este, durante el Alto Imperio, se podía cerrar con una apertura articulada por bisagras y manipulada por un pomo que permitía una mejor conservación de la tinta al impedir su secado. Algunos presentan en el disco una brusca depresión central mientras otros muestran una depresión progresiva hasta la boca de alimentación y una tapa exenta. Podían ser de cuerpo simple o doble, en este último caso para usarlos con tintas de distinto color, rojo y negro, en módulos independientes unidos mediante una placa metálica perforada. Durante los siglos I y II d. C. a algunos ejemplares se les añade un anillo a una placa metálica soldada al cuerpo. En las provincias orientales, durante el Bajo Imperio, aparecen tinteros cilíndricos con tapadera a los que se adosaba una cadena a la tapa (Božič y Feugère 2004: 35). Una serie de tinteros viene acompañada de un estrecho tubo de metal de difícil interpretación. Otros vienen acompañados de una plaquita metálica alargada que presenta dos orificios separados. En cuanto a la producción se distinguen dos tipos, uno fundido de paredes gruesas y otro de láminas finas seguramente prensadas y terminadas a molde En ambos casos se remataba a torno (Eckardt 2018: 58). El material utilizado fue sobre todo una aleación de cobre, y en menor cantidad plata y plomo (Eckardt 2018: 57). Los tinteros podían presentar distintos tipos de técnicas decorativas (troquelado sobre el cuerpo, molduras para bases y cuerpo, tallado con nielados o damasquinado para el disco y cuerpo), mostrando diversos motivos (mitológicos, vegetales, geométricos). También se los conoce sin decoración alguna o decorados únicamente con una serie de molduras, los denominados flejes o aros de barril, o con líneas horizontales combinando una línea gruesa y dos finas. Algunas de estas técnicas y motivos eran fáciles de reproducir, como los troquelados de hojas de laurel o círculos, y deberían haber sido empleadas habitualmente por talleres de toréutica, mientras que otras, como el nielado, eran productos de talleres muy especializados. Aunque es indudable que la tapa facilitara el estado líquido de la tinta, no es plausible que se cerrara la tapadera continuamente tras impregnarse de tinta el cálamo, ni que el rápido contacto del atramentum con el aire secara este último, ya que dificultaría la tarea de la escritura. Ahora bien, la tinta debía permanecer en estado líquido. Como se ha comentado anteriormente, los tinteros de cerámica no aparecen acompañados de tapa, lo cual nos debería inducir a pensar en principio que esta fuera de un material de origen orgánico, como el corcho. Todo esto nos lleva a la conclusión de que, o bien la tinta, por su composición, no era tan propensa a secarse, o bien que sólo se rellenaban los tinteros a la hora de escribir. Algunos de los ejemplares recuperados, especialmente los decorados por medio de nielado y/o damasquinado, esto es, los de mejor factura, presentan en la Del estudio de los ejemplares sellados se observa la amplia distribución que alcanzaron los productos de talleres de éxito, como es el caso de Longinius Socrates, con ejemplares documentados por diferentes provincias occidentales, Germania Inferior, Italia, Pannonia, Britannia y Dalmatia. También se ha podido conocer que un taller no se centraba en una única tipología y decoración concreta, sino que elaboraban un variado catálogo de productos. Los fragmentos de láminas, las tapaderas y los contenedores son materiales difíciles de identificar como tinteros, ya que otros objetos de distinto uso comparten algunos de los elementos mencionados, como las píxides, de las que se diferencian porque sus tapaderas no presentan un orificio en el centro de la tapa así como por la forma abalaustrada del pomo. Otros objetos con los que guardan semejanzas son algunos tipos de lucernas de bronce. De igual manera, si estos se han encontrado en un yacimiento sin la correspondiente tapadera, la sola presencia del cuerpo no basta para identificarlo como tintero, aunque sí como posibles píxides (Božič y Feugère 2004: 35) o incluso cubiletes para dados. A diferencia de otros materiales como los estiletes (Schaltenbrand-Obrecht 2012: 93-191) o las cápsulas de sellos (Furger et alii 2009: fig. 23), los tinteros adolecen de una clasificación formal. Eckardt realiza una primera clasificación (2018: 68-98) sobre la base de los diferentes métodos de elaboración, los materiales, las técnicas decorativas, los motivos iconográficos, los sistemas de apertura, etc. La autora indica que su objetivo no era crear una clasificación al uso, ya que clasifica los materiales de su catálogo en algunas tipologías bien definidas mientras que otras son muy genéricas y las denomina grupos. A continuación se describen los tipos que la autora ordena cronológicamente: Tinteros de tapa y base prominente con líneas incisas en el cuerpo. Tinteros dobles elegantes de base y tapa prominentes decorados con dos o tres flejes. C. consta de un cuerpo semicircular macizo fundido y posteriormente pulido a torno, decorado con flejes de distinto grosor y acanaladuras con los cuales se podían elaborar tinteros dobles que se unían por una lámina de metal a la que se acoplaba un anillo para asir (Lindenschmidt 1911: fig. 53.996). La parte superior del depósito remataba en un disco decorado con círculos concéntricos con una tapadera con cierre manipulado por un pomo abalaustrado. Noll, formado por ejemplares cilíndricos cuya característica esencial es la profusa decoración de los discos (Eckardt 2018: 76), mediante las técnicas del damasquinado o del nielado empleando como materiales oro, plata o una combinación de ambos metales (Noll 1937(Noll: 1-22, 1988: 83-97): 83-97). Los motivos empleados son líneas, hojas de laurel, guirnaldas de hiedras u olas del mar. Estos, en oro o plata, se incrustan, sobre una superficie de tonalidad negruzca que cubría la aleación de cobre produciendo un contraste de tonalidades7. El cuerpo, a veces dividido en tres bandas separadas por flejes o aros de barril, podía estar decorado a troquel con motivos geométricos (rombos, cír-culos), reticulados (escamas, plumas, hojas) o vegetales (hojas de laurel o zarcillos), o igualmente por el proceso de nielado, pudiendo presentar escenas mitológicas, como Baco con su cortejo, Telephos, y también los motivos vegetales ya descritos. Sobre el disco se articula una tapadera por medio de una bisagra que se podía bloquear con un mecanismo de cierre. Algunos formaban tinteros dobles. Esta tipología solo se ha hallado en la parte occidental del Imperio y se han podido datar entre la época flavia y el primer tercio del siguiente siglo. El proceso del nielado8 es una técnica decorativa de los metales que consiste en rellenar motivos incisos de un objeto con pasta de niel y posteriormente fijarla con la aplicación del calor. El niel es una pasta negra obtenida de la mezcla de plomo, cobre, azufre y, a menudo, plata y bórax, empleada tradicionalmente en la orfebrería. La pasta se fundía y, una vez fría, se molía finamente. A continuación se rellenaban las decoraciones incisas en metal (habitualmente en plata) y la pieza se calentaba para fijar la masa en el soporte. El damasquinado9 consiste en incrustar en frío (empleando instrumentos cortantes como gubias, cuchillas y puncetas o ácidos) y mediante percusión, hilos o láminas de oro o plata (así como de otros metales dúctiles) en surcos o celdillas formando dibujos en la superficie de un objeto metálico (normalmente, cobre, hierro y acero). A continuación la pieza se calienta para favorecer la unión y, una vez fría, se pule. En la mayoría de los casos, el damasquinado se realiza en superficies negras patinadas, nieladas o esmaltadas. Galo decorado, que se distingue por la decoración troquelada que recibe la tapa que emplea motivos vegetales y zoomorfos, así como por la boca de alimentación, que presenta un cuello. El cuerpo está decorado con tres bandas separadas por líneas gruesas realizadas a torno. Tiene una anilla de sujeción y tapadera abalaustrada. Otros tinteros decorados y sellados. La autora denomina a una serie de ejemplares no como tipo sino como un grupo amplio y genérico. Son ejemplares normalmente decorados. Algunos pueden ser del tipo Noll a los que les falta la tapadera, o ser del tipo galo decorado, mientras que otros son claramente distintos, como un ejemplar con el cuerpo sin decoración que muestra la figura de un caballo bajo la tapadera. Otros ejemplares presentan ornamentación troquelada (plumas, hojas, escamas, etc.) pero carecen del disco aunque comparten motivos con el tipo Noll. Con sistema de apertura rotatorio, cuya tapa está compuesta de dos discos, uno de ellos soldado al cuerpo y el otro anclado sobre el anterior por un remache central. Encaja en el cuerpo que dispone de un mecanismo de cierre complejo. Dos pomos anclados en el disco superior se usaban para alinear los orificios realizados sobre ambos discos para poder acceder a la tinta. El subtipo Elsdorf -7a-está formado por dos compartimentos insertados el uno en el otro. Presumiblemente, uno se emplearía para almacenar la tinta en polvo mientras que el otro tinta diluida con agua, o bien, contendrían tintas de tonalidades roja y negra. La tapa está decorada con círculos concéntricos. El borde es más ancho que el cuerpo y está encajado. Presenta un orificio de alimentación para el tapón y otro junto al borde exterior en el que se contendría una cadenita o cuerda que terminaría en un tapón. El subtipo Colonia -7b-presenta tapa profusamente decorada con tres bandas concéntricas compuestas por series de motivos semicirculares enmarcadas por contarios, orificio de alimentación y otro más que sujetaría una correa para que no se perdiera el tapón. Los denominados Lamersdorf -7cson parecidos a los que anteriores, mostrando la tapa igualmente anillos concéntricos. Con orificio en forma de cerradura y máscara de cubierta, cuyo cuerpo está decorado con líneas talladas. La tapa presenta un orificio con forma de cerradura y un máscara humana de tipo mitológico por cubierta (¿Medusa? Con orificio en forma de cerradura sin máscara. Igual que la anterior pero sin máscara. La tapa puede estar encajada en el cuerpo o estar soldada a él. Boeselager, de cuerpo cilíndrico sin decoración con sendas protuberancias cada una con un pequeño orificio seguramente para sostener cálamos. La tapa es lisa y está soldada al cuerpo. La abertura se puede cerrar girando un pomo remachado a una lámina de bronce en la parte inferior de la tapa. Colonia, de cuerpo cilíndrico liso salvo por los flejes, en ocasiones puede rematarse con tapas de forma hexagonal con decoración nielada que muestra motivos vegetales, como guirnaldas. Tinteros con tapa removible y cadena, de cuerpo cilíndrico sobre la que se encajaba una tapa que no tenía orificio de alimentación, sino una cadena. Tinteros con tapa removible sin cadena, de cuerpo cilíndrico con una tapa con un pequeño orificio central en la que seguramente hubo una cadena. El grupo tinteros de cuerpo cónico. Grupo formado tanto por ejemplares fundidos como elaborados con láminas de metal. Algunos ejemplos presentan decoración troquelada con motivos circulares. El grupo tinteros lisos o con líneas talladas a torno, de cuerpo cilíndrico, elaborados con láminas metálicas seguramente realizadas a molde, lisas o decoradas con líneas a torno. Este grupo es un cajón de sastre donde se clasifican aquellos ejemplares que carecen de tapadera o sistema de apertura. Johns, elaborados en aleación de cobre decorados con la técnica de vidrio mosaico cuyo uso como tintero genera dudas, aunque presentan un orificio superior que induce a creer que se usara como tal. Suelen presentar cadena y asas. La forman una base, un disco hexagonal y seis paneles rectangulares soldados. El disco suele estar decorado con bandas polícromas de vidrio millefiori. Se dividen en dos subtipos según sea la decoración de los paneles. El subtipo I presenta bandas horizontales flanqueando cuatro secciones cuadradas. A esta clasificación tenemos que añadir un nuevo tipo hallado en Mérida10 que denominamos Augusta Emerita, del cual solo se ha conservado un fragmento de la tapa. Se trata de un tintero cuyo disco está totalmente cubierto por vidrio polícromo millefiori de la variedad ajedrezada. Tras observar la localización de los tinteros podemos hacer conjeturas sobre el origen de los talleres (Eckardt 2018: 57). Así, se aprecian diferencias de dispersión entre las tipologías, pues algunas tienen una distribución amplia mientras que otras no sobrepasan su provincia. Noll (1937: 12) propuso que al menos para los ejemplares nielados, el lugar de origen fuera el sur de Italia, donde se conocía la técnica de la toréutica y donde esta se había desarrollado durante siglos. La repetición de motivos decorativos y la homogeneidad de las medidas de los tinteros parecen avalar esta propuesta. Los tipo Biebrich se encuentran ligados a emplazamientos militares en el Rin y el Danubio principalmente. Los galos decorados proceden de la Gallia, así como los tipo Boeselager. Los de tapa removible con o sin cadena se sitúan sobre todo Pannonia como los tipo Johns 2. También en esta provincia se encuentra la mayor cantidad de ejemplares del tipo con forma de cerradura. Para los demás ejemplares esmaltados se propuso que su origen fuera Gallia Belgica (Deperoyt et alii 1986: 159). Alrededor de Colonia se encuentran la mayor parte de los ejemplares del tipo Elsdorf-Cologne-Lamersdorf. Una gran cantidad de tinteros se ha hallado en contextos urbanos, mientras que otra gran concentración se da en campamentos militares (Eckardt 2018: 119). En el primer caso se han recuperado en tabernae, en templos, y en espacios domésticos tanto en atrios como en tablinii. En el segundo caso, va ligado a la amplia labor administrativa que ejecutaba el ejército sobre sí mismo en labores de logística, organización y gestión de personal, etc. (Austin 2010: 47-61). Las tipologías se han descrito siguiendo un orden cronológico en el que no vamos a profundizar. Los de tipo Noll se fechan entre la época flavia y el primer tercio del siguiente siglo. Otros tipos tienen una perduración mayor. Este trabajo quedaría incompleto si no abordáramos el estudio del volumen, pues al fin y al cabo, los atramentaria son contenedores. Sin entrar en profundidad en la materia, según Plinio el Viejo, las medidas de cantidad para los líquidos se basaban en el sextarius, que se define como la cuadragésima octava parte de un anfora quadrantal, la cual mide un pie cúbico (Corti 2001: 219). Lamentablemente no hay unanimidad sobre a cuánto equivale un pie, motivo por el cual se han realizado varias propuestas. Otro problema añadido es que los sistemas de pesos y medidas han variado mucho dependiendo de la época y la región, motivo por el cual, debido a los abusos se legisló por la Lex Silia durante la República. Con posterioridad las medidas se inscribieron en lugares visibles como los templos, mientras que a disposición de los ciudadanos se encontraban las mensae ponderariae con patrones oficiales de medidas. Para nuestro trabajo nos hemos basado en los trabajos de Smith (Smith y Anthon 1851: 1024-1031) y en la de Corti (2001: 219) Del estudio de las medidas nos hemos centrado en los tinteros nielados por ser una tipología muy numerosa y bien definida. Se desprende la existencia de al menos dos grupos de formatos, uno de menor tamaño compuesto por muy pocos ejemplares y otro de mayor tamaño que conforman la mayor parte de la muestra estadística. Del primer grupo identificamos dos de ellos que formarían parte de tinteros dobles, como los que se representan en el relieve funerario del Altar de L. Cornelius Atimetus anteriormente referidos. Observamos un ejemplar con medidas atípicas. En la gráfica se muestran las medidas de los tinteros del tipo Noll. Su capacidad abarca desde las dos lígulae para los tinteros dobles hasta las 26 denominada menina o cotila, si bien hay que indicar que las medidas en muchos casos son aproximadas, pues son pocos los ejemplares que se ajustan a las medidas tomadas como canónicas, y estos son los dos ejemplares de menor tamaño (dos ligulae), y sendos ejemplares que miden un cyathus y un acetabulum. Varios ejemplares presentan volúmenes intermedios entre distintos ligulae, lo cual nos plantea la cuestión de si no sería habitual emplear medidas intermedias o si, dependiendo de la ciudad o provincia, no se emplearían distintas medidas de volumen. Sólo hemos podido localizar tinteros de bronce en dos ciudades de Hispania: Augusta Emerita, con al menos diez ejemplares que se describen después, y en Tolegassos, donde hemos identificado la tapa de un tintero de bronce (Casas i Genove y Soler Fusté 2003: fig. 122.15 y 129.21). A la vista de los resultados sostenemos que los ejemplares más simples se podrían haber elaborado en talleres locales, mientras que los de mayor calidad serían productos importados, como es el caso de los Noll. La situación actual del estudio de los bronces romanos en Hispania no nos ofrece la posibilidad de discernir entre producciones locales e importaciones pues no conocemos en profundidad ni las producciones ni el nivel de desarrollo técnico alcanzado. Este hecho podría explicar la presencia en Augusta Emerita de dos ejemplares (no 4 y no 5) decorados con los mismos motivos (hojas de laurel) pero de tamaños distintos, lo cual podría ser un indicio de la producción de un taller local. Hasta la fecha, la mayor concentración de ejemplares metálicos, cincuenta y siete, se sitúa en Augusta Raurica (Eckardt 2018: 115). Esta cantidad, muy por encima de la de otras ciudades del Imperio, se debe a la gran cantidad de excavaciones que se llevan a cabo, al estudio de materiales y a que entre las líneas de investigación del Museo Augusta Raurica se halla el estudio de la cultura escrita en época romana, lo que ha dado lugar a diversas publicaciones (Schaltenbrand-Obrech 2012; Furger et alii 2009, etc.). El caso de Augusta Emerita es de especial relevancia, pues es el yacimiento en el que, hasta la fecha, más tinteros se han podido documentar en Hispania en todo tipo de material. Esto no nos debe llevar a perder la perspectiva. Augusta Emerita era una capital de provincia con presencia de las administraciones local y provincial, pero no un centro intelectual. Lo que refleja la concentración de ejemplares es un hecho puntual debido a la gran cantidad de excavaciones realizadas que nos ha permitido documentar la mayor concentración de tinteros de cerámica y metal en Hispania hasta la fecha. La mayoría de los ejemplares cerámicos están datados entre los años 50-125 d. La cantidad de tinteros hallados nos puede dar una idea de la ingente cantidad de información que debía ponerse por escrito en una capital de provincia: textos administrativos como los censos de población (Bagnall y Frier 1994: 1-30) o listas de ganado (P. Oxy. 19, 2228), el cobro de impuestos por pasar mercancías en aduanas (P. Oxy. 1650), sin olvidar aquellos de índole privada, profesional y cultural, documentación muy importante para poder entender la vida social del Imperio, incluyendo desde simples saludos a invitaciones (T. vindol. II, 291), felicitaciones (T. vindol. 2, 43), venta de inmuebles (P. Yale 217), recibos de pagos de impuestos (P. Berol. 25574), etc. Esta documentación a veces ocasionaba la creación de archivos privados como el archivo de Caeilius Iucundus en Pompeya que guarda relación de sus actividades económicas, subastas y préstamos personales (García Morcillo 2008: 257-276), el de los Sulpicii en Agro Murecine (Gröschler 2008: 301-320), o los encontrados en Egipto, asociados a explotaciones agrícolas, Figura 7. Medidas de volumen en ligulae de los tinteros de tipo Noll (Javier Alonso). Dispersión de los tinteros de bronce según Eckardt (2017b). Mapa del proyecto Pelagios [URL]. como recomendaba Catón (Cat., Agr., 2,6. Además no podemos olvidar la documentación en un contexto mágico-religioso (Pearce 2013: 138). CATÁLOGO DE TINTEROS METÁLICOS DE AUGUSTA EMERITA Tipología: Noll Dimensiones: altura 3,8 cm; diámetro disco 3,4 cm. Descripción: ejemplar completo, compuesto por base, cuerpo y cubierta con tapa con aro. La base es ligeramente cóncava y está decorada por cuatro círculos concéntricos. El cuerpo está elaborado en una lámina de bronce cilíndrico fracturado verticalmente con una incisión que recorre todo su cuerpo, más otra fractura que afecta al tercio inferior del mismo algo alejada de la anterior. Presenta una decoración a troquel en forma de rombos y hojas dividida en tres bandas separadas por cuatro flejes. Las bandas superior e inferior muestran un campo de cinco filas de rombos que conforman una retícula. La banda central muestra una guirnalda de hiedra ondulada de la que nacen brotes en espiral, los situados entre los arcos rematan en hojas de hiedra simplificadas, pues muestran sólo tres hojas. A diferencia del resto de los motivos, los brotes están punteados. El disco cilíndrico con una abertura en su interior, nielada en plata, muestra dos bandas separadas por una línea también en plata que representa olas del mar desplazándose en dirección izquierda, las de la banda interior hacia arriba y las de la exterior hacia abajo. Una pequeña tapa provista de asa encaja en la cubierta y sirve para cerrar la abertura. Comentario: el depósito funerario contenía además un ungüentario, una botella ambos de vidrio y fragmentos de una caja de metal con su cerradura. Dimensiones: altura máxima 3 cm; diámetro disco 4,3 cm. Descripción: ejemplar incompleto, dividido en tres fragmentos correspondientes a la base, parte del cuerpo y disco. La base está decorada con tres círculos concéntricos. El cuerpo, de forma cilíndrica y con un baño de plata, muestra en decoración a troquel tres bandas separadas por flejes, aunque por la fractura superior se desprende que al menos faltarían un campo y un fleje más. No presenta decoración en las paredes. El disco, con la boca de alimentación y sin tapa, que se ha perdido, se halla profusamente decorada mediante técnicas del nielado y damasquinado como sigue: de sus cinco bandas decorativas, las dos exteriores e interiores muestran, trabajadas en plata, el conocido motivo helenístico de "olas de mar", contrapuestas por parejas y separadas por líneas; a su vez la banda central, más gruesa que las anteriores y trabajada en oro, presenta una guirnalda de hiedra ondulada, de la que nacen a intervalos regulares y hacia ambos extremos una serie de brotes, unos rematados por finos tallos en espiral y otros en hojas de hiedra. Comentario: Base y cuerpo conservan restos de tinta seca sobre su superficie. Cronología: Desconocida Tipología: Noll. Dimensiones: diámetro boca 3 cm. Descripción: fragmento de tintero correspondiente al disco. La tapadera se ha perdido, conservando sólo los restos de la bisagra. La pieza se presenta ricamente decorada mediante técnicas del nielado y damasquinado como sigue: de sus tres bandas decorativas, la exterior y la interior muestran, en plata, el motivo "olas de mar" en direcciones contrapuestas; a su vez, la banda central, más gruesa que las anteriores, presenta una guirnalda de hiedra ondulada, de la que nacen a intervalos regulares y hacia ambos extremos una serie de brotes, unos rematados por finos tallos en espiral y otros en hojas de hiedra. Comentario: La aleación es distinta de la de los demás ejemplares de la colonia. Dimensiones: altura 4,9 cm; diámetro disco 3,9 cm. Descripción: ejemplar completo, compuesto por una fina lámina de bronce que comprende la base casi completa, el cuerpo formado por cuatro fragmentos, disco, una lámina trapezoidal con un orificio en la parte más gruesa con un remate no identificable y finalmente un pequeño tubo metálico. El disco es cilíndrico y presenta boca de alimentación en su centro, habiendo perdido su tapadera. La base es ligeramente cóncava y está decorada por dos círculos concéntricos. El cuerpo, de forma cilíndrica, presenta una decoración por troquelado dividida en tres bandas separadas por cuatro flejes. Las bandas superior e inferior muestran un campo de cuatro y cinco filas en zig-zag superpuestos que conforman una retícula. En la banda central se desarrolla una sucesión de parejas de "hojas de laurel" unidas en su tramo inferior, disponiéndose círculos concéntricos entre las puntas y las bases de las hojas de forma simétrica. El cuerpo presenta un orificio a media altura que perfora uno de sus flejes donde se encajaría la lámina trapezoidal que sujetaría una anilla, como se aprecia en un ejemplar de Nimega (Eckardt 2018: fig. 5.7.b). La función del pequeño tubo de bronce no la podemos precisar. Comentario: Proviene de un enterramiento revestido de ladrillos cuyo depósito estaba formado exclusivamente por elementos vítreos, un ungüentario, dos platos y cuatro cuencos. En este caso, la revisión de materiales en los enterramientos que está llevando a cabo uno de los autores permite formular la hipótesis sobre el sexo, pues se han documentado varios enterramientos en la ciudad cuyo depósito funerario estaba conformado por vajilla de vidrio sin presencia de elementos cerámicos, práctica que parece ser exclusiva de las mujeres. Barriada de San Agustín. Cronología: 50-100 d.C. según cartela de la exposición "Que la tierra te sea ligera". Dimensiones: altura 4,5 cm; diámetro base 4,2 cm; diámetro disco 4,4 cm. Descripción: ejemplar de distinto tamaño pero idénticos rasgos formales y decoración que la pieza anterior. La decoración por troquelado, replicando los mismos motivos y orden que el ejemplar anterior. Se diferencia de este en el tamaño y en la ausencia tanto del orificio de la pared como en el tubo. Comentario: procede de una incineración de especial relevancia, tanto por la cantidad de materiales como por la calidad de su depósito funerario, el cual estaba compuesto por diversos objetos en metales nobles, una gran cantidad vítreos en un excelente estado de conservación, diversos objetos personales y, en relación directa con este trabajo, una serie de instrumentos de escritura, tres estiletes, un tintero y una piedra pómez, demostrándose una vez más que un kit de instrumentos de escritura combinaba materiales tanto para la escritura sobre cera como con tinta. La piedra pómez (Sabio et alii 2014: 20-21) constituye un hallazgo excepcional, pues según las fuentes clásicas se empleaba para afilar la punta de los cálamos de origen vegetal, lo cual explicaría la ausencia de estos materiales en formato metálico en este enterramiento. También podía emplearse para alisar papiros. Tipología: grupo 1, tinteros decorados y sellados. Dimensiones: altura 3,7 cm; diámetro base 3,6 cm. Descripción: ejemplar completo. El cuerpo muestra decoración a troquel dividida en tres bandas separadas por cuatro flejes. Las bandas superior e inferior muestran un campo de cuatro filas de rombos que conforman una retícula mientras que la central está formada por líneas de cinco rombos. La base presenta tres círculos concéntricos y lleva grabada la siguiente inscripción: +AM.VRSEIVS. Tres Fuentes, Nacional V. Incineración. C. Tipología: grupo 3, tinteros lisos o con líneas talladas a torno. Dimensiones: base 4,25 cm; altura 4,3 cm. Descripción: ejemplar incompleto formado por una gruesa lámina de bronce. Un fragmento corresponde a la base, que presenta dos círculos concéntri-cos, y al arranque de las paredes. Otro fragmento corresponde al cuerpo. Está en un mal estado de conservación. Conserva restos de preparado de tinta de tonalidad negra. Comentario: depósito funerario situado en una fosa compuesto por distintos elementos de cerámica común (botella, lucerna, olla), un plato de TSH, cuatro platos de vidrio, un conjunto de fichas de pasta vítrea, sendos estiletes y cálamos, y otros elementos de bronce por identificar. En la botella se grabó un grafito en el cual se lee una dedicatoria, Tanginus Barbario Parthenopaeo munus misi plena(m) (hedera) Baucide (Hidalgo Martín 2017: 1). Dimensiones: altura 5,0 cm; diámetro base 4,0 cm. Tipología: grupo 3, tinteros lisos o con líneas talladas a torno. Descripción: ejemplar incompleto formado por una lámina de bronce correspondiente a la base y el cuerpo del mismo. Contiene residuos de tonalidad negruzca, posiblemente preparado de tinta, por lo que, pese a la ausencia de boca, puede identificarse como un tintero. Comentario: depósito en fosa formado por una espátula de hierro, un cuenco de vidrio, una jarra y una botella de cerámica, una lámina de hueso trabajado y un vástago de útil de hierro. En el interior del tintero también se pudieron recuperar restos de tinta, como en el ejemplo anterior. Bibliografía: Vargas Calderón y Plasencia Sánchez 2005. Solar de Las Torres (actual MNAR). Tipología: grupo 3, tinteros lisos o con líneas talladas a torno. Dimensiones: altura 4,0 cm; diámetro base 3 cm; diámetro máximo 5,0 cm. Descripción: ejemplar incompleto, compuesto por la base y el cuerpo del mismo. Está conformado por una lámina fina muy deformada y sin decoración. Comentario: podría tratarse del cuerpo de un tintero, si bien existen otras posibles interpretaciones para el objeto, como la de cubilete para dados. Colegio Giner de los Ríos. Se halló en niveles de superficie durante la limpieza del terreno. Dimensiones: diámetro máximo 4,7 cm. Descripción: fragmento de disco de tintero correspondiente a aproximadamente la mitad del mismo. Está compuesto por una lámina circular que muestra en su centro boca de alimentación también circular. Entre el mismo y el borde externo se desarrolla una decoración millefiori consistente en dos bandas concéntricas separadas por un estrecho baquetón de bronce. La exterior muestra sobre un fondo azul oscuro dos líneas de motivos cruciformes (de 5x5) en blanco a intervalos regulares, con sus brazos remarcados mediante líneas blancas. La interior presenta a su vez un fondo amarillo con una única sucesión de cuadrados ajedrezados (de 3x3) en los que, sobre una tonalidad blanca, destacan cuatro puntos azules, conformado en cada uno una cruz. Comentario: se trata de un tintero esmaltado de una distinta tipología a la Johns definida por Eckardt (comunicación verbal de la autora) que definimos como tipo Augusta Emerita. En este trabajo se ha pretendido estudiar y dar a conocer una serie de materiales que a buen seguro se recuperan en múltiples excavaciones y que por diversos motivos no se publican o identifican correctamente. La presencia de tinteros en contexto funerario ha permitido obtener cierta información que permite identificar algunos aspectos de las personas que las utilizarían o que se hicieron acompañar de ellas, en un ejemplo práctico de intentar relacionar la cultura material con la alfabetización. Su presencia refleja la importancia que tenía mostrar el nivel de alfabetización alcanzado de modo análogo al de los monumentos funerarios que muestran instrumentos de escritura o soportes tallados. Una pauta que siguen en todas las provincias los enterramientos en los que se recuperan tinteros de bronce es que pertenecen a personas de un estatus social alto, pues se han hallado en sarcófagos, tumbas revestidas de ladrillos o en cistas. Actualmente se están llevando a cabo estudios que tratan de identificar diferentes aspectos tanto de personas como grupos (etnia, sexo, edad, clase social, religión, etc.) Intentamos a continuación realizar propuestas sobre diferentes aspectos. Los tinteros están vinculados con la alfabetización, uno de los rasgos que define a la civilización romana, si bien, esta es de distintos tipos: la de las élites, la de los trabajadores cualificados y la de aquellos que apenas podían leer inscripciones o escribir su nombre. A la vista de los depósitos funerarios estudiados, bien pudiera ser que algunos de los que contienen instrumentos de escritura para escribir sobre cera y con tinta pudieran ser de escribas (librarii), mientras que otros se podrían identificar como médicos, docentes, juristas, personal de administración y artesanos cualificados. Todos ellos serían miembros de las clases sociales acomodadas que querrían mostrar su estatus. tinta (Eckardt 2018: 111). La misma autora indica que un calígrafo actual emplea botellas de 30-60 ml y que si escribiera unos cinco días a la semana tardaría un mes en consumir la tinta (Eckardt 2017b: 26). Así mismo propone que estos tinteros de mayor capacidad se emplearan por varias personas a la vez o que los tinteros de cerámica recibieran un uso como contenedores temporales antes de verter la tinta en otros contenedores de menor tamaño. Esto no explicaría la presencia de un único orificio para sujetar el cálamo presente en muchos tinteros de TS, aunque sí es cierto que algunos muestren más de un orificio. La diferencia de capacidad podría ser un indicio de que el tipo de tinta empleado con los tinteros de cerámica fuera de menor calidad que el empleado en los tinteros de bronce, en consonancia con la calidad del contenedor. La presencia de asas en los tinteros indica que eran elementos que se podían transportar fácilmente. Estos tinteros se fechan hasta comienzos del siglo II d. C., por lo que su ausencia podría indicar que se transportaran con tiras de cuero o que la manera de escribir había cambiado y no era tan necesario disponer de un equipo de instrumentos de escritura que fuera fácil de llevar. También podría indicar una preminencia de las tabulae ceratae para tomar notas, en detrimento de los instrumentos que empleaban tinta (Eckardt 2017b: 26). Anteriormente hemos tratado las thecae. El motivo por el cual estas se fabricaban con dos tinteros, responde a un empleo funcional de los instrumentos de escritura. Debido a que los librarii en la Antigüedad escribían principalmente con dos colores, rojo y negro, estos "estuches" contendrían varios cálamos impregnados con la tinta de cada color que previamente habían usado. Llevar varios cálamos les permitía ahorrar tiempo, en vez de tener que lavarlos cada vez que se debía escribir con un color distinto. Para reforzar esta teoría se pueden mencionar ejemplares de tinteros de cuerpo doble, como los hallados en Cnossos (Depeyrot et alii 1986: 113-163) y en Magdalensberg (Öllerer 1998: 121-155), sobre los que aparecen la inscripción Pur(puram) cav(e) mal(um). Analizando los enterramientos en su conjunto se observan en la mitad de los depósitos funerarios el uso combinado de instrumentos de escritura de ambos tipos, sobre cera y con tinta, lo cual parece que no fuera tan excepcional como inicialmente se podría pensar y en buena sintonía con lo que muestra la iconografía al respecto. También indica que estas personas tenían acceso a un material tan caro como lo era el papiro, y a que habían completado su formación al poder escribir en distintos tipos de soporte con diferentes instrumentos y seguramente en varios tipos de letra. Al respecto, se conoce un contrato en el cual se encarga a un copista que durante dos años enseñara a un esclavo a leer y escribir correctamente cualquier texto en prosa12. También llama la atención la presencia en tres de los depósitos, los más ricos, de conjuntos de fichas de finalidad lúdica, lo cual podría indicar que el juego fuera una actividad habitual y bien vista por los estratos sociales superiores. Algunos autores opinan que las cuentas, astragali y dados hallados en contexto funerario simbolizan riqueza y fortuna, sugiriendo haber disfrutado una vida pacífica y despreocupada (Eckardt 2018: 200). La presencia de fragmentos de mobiliario funerario también da buena prueba de la riqueza de los depósitos funerarios y de las personas que eran enterradas. Que el rito seguido fuera la incineración nos ha privado de todos aquellos restos materiales que se pudieran consumir y de los que nunca podremos tener información necesaria para poder reconstruir por completo los depósitos. Lo que sí se puede deducir es que los tinteros de bronce forman parte de ricos depósitos funerarios, de personas ligadas al poder o por detentarlo o por trabajar directamente con quien lo detenta. Para Pearce (2013:138) la presencia en contexto funerario es la expresión del orgullo al entrar en una comunidad elitista unida por la educación en un conjunto de tradiciones comunes. Respecto a la identificación del sexo, aunque no hay presencia femenina clara en los enterramientos emeritenses que contienen tinteros de bronce, a excepción, posiblemente, de la incineración de la cual procede el tintero no 4, sí se han identificado en Augusta Emerita enterramientos de mujeres con otro tipo de instrumentos de escritura (Alonso 2013: 224, no 53; Rodríguez-Hidalgo et alii 2013: 192). En cuanto a la educación de las mujeres en la Antigüedad, las fuentes nos transmiten que solo aquellas pertenecientes a las élites podrían haber recibido una formación completa con un rhetor, mientras que una docta puella estaría vista como una cortesana (Hemelrijk 2004: 59-96, 72), aunque trabajos posteriores han permitido identificar a mujeres cultas de clases acomodadas (Bagnall y Cribiore 2006: 68-96). La presencia de instrumentos de escritura en enterramientos de médicos queda patente, pues sólo una persona bien instruida podía iniciarse en la medicina. Los textos escritos eran los vehículos del conocimien-to y fuente de autoridad por haber sido escritos por los propios autores13 o transcritos por esclavos14. En el transcurso de la vida profesional se producía un aprendizaje y una enseñanza constante que debía reflejarse por escrito, como nos demuestran los textos de Galeno15. Fünfschilling realiza un estudio pormenorizado de depósitos funerarios de médicos que incluyen diversos instrumentos de escritura (Fünfschilling 2012: 169-176). En su estudio se comprueba que no son raros los depósitos funerarios asociados a médicos en los que se incluye este tipo de instrumentos junto a utensilios propios de su profesión (Künzl 1982: 91, n° 69.7). El hallazgo de tinteros de bronce implica necesariamente la capacidad de poder escribir y saber leer de las personas que se quisieron hacer acompañar de estos objetos en los depósitos funerarios y las vincula con su estatus social en una capital de provincia donde se encontraba la administración, donde se celebraban grandes actos litúrgicos y en la que se realizaban actividades mercantiles. Esto también nos lleva a admitir que existiría tanto una clientela para el comercio del papiro, a nivel administrativo y privado, como que Figura 10. Tinteros de bronce (Javier Alonso). en la ciudad existirían personas con un nivel cultural alto que sí podemos determinar del estudio de los depósitos funerarios. No nos referimos a las élites, sino a un estrato social inferior a este pero superior a la gran masa social que conformaría la sociedad romana típica 16. Estas personas adquirían libros mediante compra, regalo, o formarían grupos que intercambiarían libros (Eckardt 2018: 13). La presencia relativamente alta de tinteros del tipo Noll y de otros decorados refleja la situación de la ciudad en un espacio de tiempo relativamente largo, quizá medio siglo, en el que se disfrutaría de un crecimiento económico fuerte y sostenido. El estudio presentado no acaba aquí. Han quedado en el tintero, nunca mejor dicho, temas como la composición química de la tintas, que hace años pensamos que puede ser férrica o al menos con una base compuesta por metales, incluso en los tinteros de cerámica. Queda pendiente la publicación de los tinteros de cerámica de la colonia que arrojará luz sobre aspectos desapercibidos hasta ahora. Un tema de gran interés para nosotros es la cuestión de las medidas de capacidad de los tinteros. Finalmente, hay que profundizar en las implicaciones de la presencia de tal cantidad de tinteros en la sociedad emeritense para intentar aportar más datos sobre la alfabetización en Lusitania en los primeros siglos de nuestra era. Queremos dar las gracias al director del Consorcio de Mérida, D. Félix Palma, por la ayuda prestada para poder llevar a cabo este trabajo. También a los siguientes arqueólogos por permitirnos publicar materiales algunos de ellos inéditos: Ana Bejarano, Juanjo Chamizo, Pedro Dámaso, Ana Hernández Carretero, Juana Márquez, Carmen Pérez y José Vargas. A los restauradores del Consorcio y Museo de Mérida, Mari Paz Chivite, Josefina Molina y Juan Altieri, pues varios de los ejemplares no se identificaron como tinteros hasta que se eliminaron las capas recrecidas de metales y se restauraron convenientemente, permitiendo visualizar la decoración de oro y plata o las bisagras. A Raquel Valbuena, bibliotecaria del MNAR. Finalmente, a Luis Hidalgo, responsable de los almacenes del Consorcio por facilitarnos el trabajo, información, la fotografía del tintero no 10 y por sus buenos consejos. Los datos y el código se publicarán a su debido momento en Figshare.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Antropòlegs Lab; GROB-UAB RESUMEN A partir de las evidencias publicadas en un artículo previo, podemos afirmar que el texto epigráfico realizado en 1460 y grabado en la arqueta-osario dedicada a Cipriano, utiliza un formulario y un léxico muy vinculados con el primer cristianismo y con la tradición visigótica; en cambio, no hay paralelo alguno en otros epitafios de la catedral de Tarragona entre los siglos XI a XV. Hay, pues, alguna evidencia que confirma que la inscripción que leemos hoy sobre Cipriano en su arqueta-osario podría ser el resultado de una transmisión literaria a través de los siglos a partir de la primera inscripción que se realizó en el siglo VII para identificar la tumba de Cipriano en la catedral visigótica de Tarragona. El objetivo de la investigación que ha llevado a redactar este artículo ha sido abrir la arqueta-osario, describir y analizar su contenido desde el punto de vista antropológico, fechar con C14/radiocarbono alguno de los huesos y conectar los resultados con el contexto arqueológico e histórico de la Tarragona de época tardorromana y visigoda. En un artículo reciente (Gómez Pallarès y Muñoz Melgar 2017), dos de los autores del presente trabajo defendieron con argumentos filológicos, epigráficos e históricos, que la inscripción grabada en la arquetaosario, ejecutada en 1460 y dedicada al obispo Cipriano, que se encuentra en la catedral de Tarragona, podía remontarse a la época en la que el prelado murió. En efecto, tenemos documentada su actividad pastoral hasta el año 688, en el que su nombre consta como participante en el XV Concilio de Toledo a través de la delegación del arcipreste y abad Sesaldo 4. El estudio anteriormente citado demostró que el epitafio con letra del siglo XV era una copia del epitafio primitivo que debía haber sido inscrito en la lauda sepulcral del obispo, en la tumba de época visigótica. Como demostramos, la estructura formular y léxica de la inscripción la acerca a paralelos de los siglos VII y VIII y la aleja de aquello que, originalmente, se escribía en los epitafios de los siglos XIV y XV. Si, en efecto, el origen del texto es de la época del obispo Cipriano, el siguiente y definitivo paso de nuestra investigación tenía que centrarse en los restos que se ocultaban tras la inscripción. En primer lugar, se debía abrir la arqueta-osario para analizar los eventuales restos humanos que encontráramos en ella desde un punto de vista antropológico. En segundo lugar, se debía proceder a la datación por C14/radiocarbono de aquellos restos que, desde ese punto de vista antropológico, más se acercaran a las características morfológicas de un varón de edad avanzada de acuerdo con los preceptos disciplinares en la ordenación de un obispo 5. Y en función de qué nos permitiera interpretar la datación por C14/radiocarbono había que proponer una interpretación de contexto que incluyera la figura del prelado en su época y en la historia del lugar de culto en el que fue enterrado. A todo ello dedicamos el presente trabajo. CONTEXTO DE LA INVESTIGACIÓN El obispo Cipriano y la historia de la arqueta-osario A pesar de que no asistió en persona a las reuniones sinodales, participó a través de delegados. Su archidiácono Ispasando lo representó en el XIII Concilio de Toledo del año 683; un presbítero llamado Vitaliano y un abad llamado Argebado lo representaron en el XIV Concilio de Toledo del año 684. La última fecha de su actividad episcopal documentada es la de la participación en el XV Concilio de Toledo, del año 688, representado por el arcipreste y abad Sesaldo. Ignoramos el año de su muerte que tiene que ser anterior a 693 dado que su sucesor Vera firmó como metropolitano en el XVI Concilio de Toledo en 693. Tenemos noticia que, a inicios del siglo XIV, los restos de Cipriano (muerto entre 683?-691?), obispo de Tarragona, eran venerados como santo en la catedral. Efectivamente, el 8 de septiembre de 1303, en el Index Vell6 (núm. 20, fol. 592 v.) de la catedral de Tarragona se recoge, una disposición del arzobispo Roderic Tello por la cual este prelado quiere ser enterrado ante el altar de Santa Tecla "en la paret aont està reservada la Sta. Posteriormente, en el año 1460, los restos de san Cipriano se dignificaron con una arqueta-osario que empezó a realizarse el primer miércoles después de Pascua del año 1460. Pere Domènec hizo la arqueta de alabastro y el epitafio por 4 libras y 8 sous y el pintor Maurici Montanyà los leones y su ornamentación por 4 libras, 16 sous y 15 sous más según consta en los libros de obra (Capdevila 1935: 33). Más de un siglo después el historiador Pons de Icart, en 1572, describirá la arqueta diciendo que "está detrás del altar mayor de la iglesia mayor de Tarragona, en la pared, de mármol alabastrino, encima de dos pequeños leones dorados, e la dicha sepultura, tumba o ataúd está toda al rededor muy bien labrada e dorada..." Tal es la disposición, hoy en día, empotrada en la pared interna del ábside principal de la catedral. El canónigo Josep Blanch (1985: 63) nos relata en su Arxipiescopologi que en 1643 la arqueta se abrió por orden del Cabildo catedralicio dado que presentaba una pequeña apertura por la cual caían algunos restos óseos y que los fieles aprovechaban para llevár-selos. Hizo falta la intervención del Vicario General ordenando la restitución de las reliquias bajo pena de excomunión si no se hacía. El propio canónigo fue testigo de esta apertura para proceder a su reparación. El P. Enrique Flórez también describe la arqueta en el volumen XXV de su obra España Sagrada (1770: 91-92), tomando como referencia la descripción del historiador Lluís Pons d'Icart (1572). A finales del siglo XVIII el presbítero comensal Marià Marí también citará la arqueta-osario del obispo Cipriano en su Arxipiescopologi, a partir de la descripción del P. Flórez (Marí 1989: 61). En el año 1897 el historiador Emili Morera describirá la urna y sus vicisitudes en base a las referencias de Pons d'Icart y del canónigo Josep Blanch (Morera 1981: 182-183). Salvador Ramon (1993: 786) ofrece el testimonio del estado del contenido de los restos (identificó dos cuerpos diferentes en el interior de la arqueta) y de su ubicación antes del siglo XV. Demuestra que los restos de san Cipriano estaban depositados en otra cavidad, en el mismo muro del ábside. Junto a esta cavidad coexistía la hornacina en la cual hoy se encuentra la arqueta-osario de san Cipriano y que, en aquellos momentos, servía para custodiar la reliquia de la Santa Espina. Descripción, tipología e iconografía de la arqueta-osario La arqueta-osario del obispo Cipriano (Fig. 1) debe ser tipificada como un relicario. Aunque el prelado no ha sido nunca canonizado la fórmula vir sanctissimus le confirió una atribución beatífica para la iglesia local. El descubrimiento de su lauda y restos atribuidos en época medieval se debió contextualizar en el marco de una inventio. Su dignificación y posición en el presbiterio de la catedral, en época medieval, junto a otras reliquias de gran calado como la de la Santa Espina (Muñoz 2017b) y la voluntad del arzobispo Roderic Tello a ser enterrado junto a los restos del obispo Cipriano acentuaron la veneración sobre este. Pero además la exposición y dignificación de los restos atribuidos al Figura 1. Arqueta-osario en el ábside central de la catedral de Tarragona (fotografía Andreu Muñoz Melgar). prelado jugó un papel muy importante en la legitimación histórica para una iglesia como Tarragona que, a finales del siglo XI, renacía de un letargo institucional de cerca de cuatro siglos7. El proceso de restauración eclesiástica impulsada por el papa Urbano II y el obispo de Vic, Berenguer Sunifred de Lluçà, precisaba mostrar elementos memoriales que unieran el resurgimiento de la sede metropolitana a su glorioso pasado cimentado en los primeros mártires y la beatitud de sus antiguos obispos8. Así, las reliquias de los santos tarraconenses Fructuoso, Augurio e Eulogio, mártires del año 259 en el anfiteatro de Tarragona, y las del obispo Cipriano, fueron depositadas en el ámbito litúrgico de la catedral. Era un signo visible y venerable de memoria institucional, cultura memorial y memo-rial cultual para una sede episcopal milenaria, iglesia metropolitana y que ya en su pasado había recibido funciones primaciales9. El modelo de la arqueta-relicario del obispo Cipriano debe ser contextualizado en una tradición histórica dilatada que conecta el fenómeno de las reliquias y de la cultura material de los relicarios desde época paleocristiana hasta nuestros días. Ignoramos la tipología de la arqueta medieval que debió custodiar los restos del obispo Cipriano y que en el siglo XV quedó integrada en el interior de la arqueta-osario de alabastro. Por el testimonio del canónigo Blanch, archivero diocesano, que presenció la exhumación de los restos en el siglo XVII sabemos que era de madera de nogal, forrada probablemente de terciopelo negro y con una cenefa de seda amarilla (Blanch 1985: 63). La arqueta según la narración del canónigo debería estar en un estado de deterioro importante con lo que se infiere que no pudiera describir su forma geométrica original. La arqueta-osario se encuentra empotrada en una hornacina cuadrangular enmarcada en el muro interior del ábside principal de la catedral de Tarragona, a 325 cm a la derecha del eje axial del ábside y a 220 cm del nivel de pavimentación. La hornacina, prácticamente cúbica, (Fig. 3) mide 98,5 cm de altura en la boca, 68 cm en el fondo, 89 cm de ancho en la boca, 62 cm en el fondo y 68 cm de profundidad. Esta cavidad se cierra frontalmente con una placa rectangular de alabastro con el epígrafe enmarcado por un marco moldurado, también de alabastro, que mide 40 cm de altura, 63 cm de anchura y 9,5 cm de grosor. El motivo ornamental del marco corresponde a un roleo de acanto. En su contexto de escultura funeraria y de relicario se convierte en símbolo de inmortalidad y resurrección (Quiñones 2002: 96). El campo central de la placa frontal está ocupado por el epitafio inscrito en cinco líneas (Fig. 2). La letra es gótica y rubricada (rojo oscuro). El tamaño de la letra inicial es de 4,5 cm de altura y el resto de las letras oscilan entre 2,7 cm y 3,3 cm. La inscripción se inicia con el signo de una cruz patada. La quinta y última línea del texto se justifica hasta el margen con un motivo sinuoso de rama de olivo. La última expresión del epitafio in pace está decorada con el motivo de olivo en una clara referencia al atributo simbólico de la paz y la eternidad (Rincón 2007: 81). El final del campo inscrito lo ocupa una cruz de Tau, símbolo institucional de la iglesia Figura 3. Planimetría de la arqueta-osario del obispo Cipriano en la catedral de Tarragona (planimetría Josep Maria Brull Alabart; fotografia Santiago Grimau Ferré). La caja de la arqueta está sostenida por dos leones, símbolo de fuerza, nobleza y poder (Rodríguez Velasco 2014: 454). Los felinos, realizados en alabastro, conservan restos de policromía negra y dorada. Una tapa de alabastro de 34 cm de altura, 63 cm de ancho y 2,5 cm de grueso cubre, a una vertiente, la parte superior de la urna. Su factura cúbica se contextualiza en una tipología habitual de arqueta tanto en época medieval como moderna con sus diferentes variantes en cubiertas piramidales, planas, a doble vertiente o una vertiente. Su paralelo más inmediato lo hallamos en la misma catedral de Tarragona. En la capilla de los Sastres se encuentra encastada la arqueta-osario policromada del arzobispo Pere de Clasquerí datada hacia el año 138810. Sin duda esta arqueta sirvió de inspiración en la realización de la del obispo Cipriano. El epitafio de la arqueta dice (edición epigráfica de los autores, autopsia de 2014): Ya se ha comentado que un estudio sobre la inscripción de la arqueta-osario del obispo Cipriano nos hizo defender que el texto transcribe el primitivo epitafio del prelado (Gómez Pallarès y Muñoz Melgar 2017). En el artículo que se referencia se expusieron con extensión los criterios históricos y filológicos más los paralelos que sostienen la tesis. Las aportaciones esenciales que sostienen la antigüedad del epitafio se exponen a continuación y se basan en una serie de paralelos de textos que, con probabilidad, tuvieron una exposición parecida a la del epígrafe dedicado a Cipriano. La lauda dedicada a Baleria (sic) de la basílica de Son Peretó (Manacor), PM2 de Gómez Pallarès Cipriano dado que hablamos de una dignidad del más alto rango eclesial cuyo formulario coincide en lengua y cronología con el del prelado tarraconense y que aparece grabada en el suelo de una iglesia. La tercera búsqueda: Hic requiescit + episcopus, nos ofrece un registro masivo de paralelos dado que es una fórmula frecuentemente utilizada y conocida pero no determinante para los objetivos de nuestro estudio. Finalmente, la cuarta búsqueda: Hic requiescit + depositus in, nos ofrece muchos paralelos y aunque no hay ninguna inscripción en la que la fórmula acabe con depositus in tumulum, sí tenemos el caso de ICUR 1, 749 = ILCV 840 add., de Roma con el texto: Hic requiescit in pace Amen / s (sic!) qui fecit cum x re ann(os) dep(ositus) in / locum quem donauit dominus papa / Hormisda poss d(e)atur loc(us) eum quis ([umqua]m remo eat Symmac(h)o et oethio vv(iris) cc(larissimis). Por lo tanto, de los ejemplos citados podemos deducir que la fórmula escrita en el siglo XV sobre la arqueta del obispo Cipriano podría proceder de un redactado original escrito en época de la muerte del obispo. Además, cabe añadir que el uso de los términos hic requiescit y depositus no es frecuente en la época en que fue grabada la inscripción en la arqueta (siglo XV). De forma general, la fórmula hic requiescit es más habitual en las inscripciones funerarias anteriores al siglo XI12. El verbo requiescere continuó siendo usado posteriormente en los epitafios siguiendo la fórmula requiescat in pace, aunque fue sustituido por el verbo jacere en la fórmula de obertura del texto funerario. También el uso del participio depositus es poco frecuente en la epigrafía funeraria en época bajomedieval y si se produce es, mayoritariamente, porque guarda vínculos expresos con la tradición formular paleocristiana o visigoda. Por otra parte, hemos realizado una revisión de la epigrafía funeraria de la catedral de Tarragona entre los siglos XI y XV 13. De los 102 epígrafes funerarios revisados en ninguno aparece las expresiones hic requiescit y depositus. Solo el epígrafe del sepulcro del arzobispo Joan d'Aragó ( †1334), realizado hacia el 1337, contiene la fórmula Hic quiescit. En el caso de la catedral de Girona como ejemplo de continuidad de culto desde alrededor del año 1000 no encontramos ninguna inscripción entre los siglos XI y XV que contengan las expresiones Hic requiesquit o depositus14. Así pues, tanto los paralelos conocidos de la época en que murió Cipriano como los que hemos encontrado de la época en que se realizó la copia de su epitafio nos llevan a pensar que el texto que leemos en la arqueta-osario fue grabado en el siglo XV, sin duda, pero no fue originalmente escrito en ese momento. Nuestra hipótesis es que los traslados de los restos propiciaron una copia del texto original. El día 20 de octubre de 2016 el equipo que formaba parte del proyecto15 procedió a la intervención en la arqueta-osario atribuida al obispo Cipriano de Tarragona (Muñoz 2017a). Con la intervención del equipo de restauración se procedió a retirar la tapadera de la arqueta, se documentó fotográficamente el estado interno de la arqueta-osario (Fig. 4) y se extrajo el depósito. En su interior se encontraban más de 350 restos óseos humanos (Fig. 5), depositados en una bolsa de plástico. Abierta la bolsa se localizó una botellita de vidrio con un documento escrito que hacía referencia a las tareas de exploración realizadas sobre la arqueta-osario en 1976. Su contenido decía: Fuera de la bolsa se documentó también restos de madera, tela, pequeños clavos y tachuelas que debían corresponder al primitivo cofre-relicario. Los restos mencionados coinciden con la descripción del canónigo Blanch que da cuenta del primitivo cofre de época medieval realizado con madera de nogal, forrado de terciopelo negro y seda amarilla (Blanch 1985: 63). En la misma urna aparecieron, también, fragmentos de mor-Figura 4. El depósito funerario en el interior de la urna antes de la intervención: (1) cartón utilizado en la intervención de 1976; (2) bolsa de plástico conteniendo los restos óseos; (3) restos de maderas y mortero caído (fotografía Andreu Muñoz Melgar). Reutilización del recinto de culto flavio de Tarraco en época tardía. Hipótesis de ubicación del complejo episcopal de época visigoda (J. M. Macias 2014: 458, fig. 5). Situación de la arqueta del obispo Cipriano en la actualidad sobre (+). 1 2 tero de cal y ladrillos y una tapa de cartón sobre la bolsa que contendía los restos óseos. Estos últimos materiales son elementos residuales de la intervención de 1976. El día 4 de noviembre de 2016 se restituyeron los restos en la arqueta. La restitución de los restos se realizó en un acto solemne de acuerdo con los protocolos eclesiásticos y el arzobispo de Tarragona colocó en la arqueta un documento explicitando la intervención. El análisis de los restos que contenía la arquetaosario dedicada a Cipriano de Tarragona se ha basado en la observación macroscópica de los restos, con la finalidad de aportar datos que permitieran una orientación sobre el origen, época e identificación de los restos 16. 16 El estudio antropológico implicó un análisis in situ de los restos, y un estudio posterior del material exhumado en las dependencias del Museo Bíblico Tarraconense (Tarragona). El trabajo de antropología también incluyó la extracción de mues-Los restos antropológicos presentaban un estado de reducción esquelética total, y se encontraron en contacto y sin orden ni organización dentro del embalaje de plástico. El material antropológico presentaba una coloración terrosa, clara pálida. La fragmentación ósea era prácticamente del 100 %. Algunos fragmentos óseos tenían restos de sedimento adherido. No se observó en ningún caso la presencia de cal (Brothwell 1981). En general los fragmentos óseos presentaban un estado de conservación -a pesar de la fragmentación-correcto, sin porosidades ni estriación destacada a nivel de la superficie cortical (Armentano et alii 2012) (Fig. 6). No se observaron restos orgánicos o elementos de tejidos blandos ni masas puparias vinculadas con los elementos esqueléticos. En el conjunto se han distinguido 4 fragmentos de fauna, y 2 fragmentos esqueléticos humanos con alteraciones a nivel de la superficie cortical compatibles con la eventual acción de mamíferos microrroedores (Davis 1989). La tipología de la fragmentación esquelética observada corresponde claramente a la fragmentación postmortem antigua y reciente (Maples 1986). No hay diferencias entre el tipo de fragmentación esquelética tras para analíticas de C14 y genéticas, así como la correcta adecuación de los restos para su futuro depósito. Elementos esqueléticos procedentes de la arqueta-osario tras una primera valoración e identificación anatómica en el laboratorio (fotografía Núria Armentano Oller). observada, aunque es más importante en los huesos de grandes dimensiones, mientras que los elementos de reducidas dimensiones se encuentran, por lo general, más íntegros. Esta fragmentación puede vincularse tanto con los trabajos de 1976 como con eventuales remociones anteriores. La mayor parte de material óseo estudiado corresponde a fragmentos de hueso largo de las extremidades superiores e inferiores de esqueleto de individuo adulto (Martin y Saller 1957; Krogman e Iscan 1986). El número mínimo de individuos (NMI) que representa el material exhumado de la arqueta-osario es de 4, siendo el fémur, el radio y el coxal los tres elementos óseos que han aportado este NMI más elevado. El cálculo del NMI se realiza a partir del recuento del hueso o fragmento óseo repetido más veces. Concretamente las partes anatómicas más repetidas del conjunto han sido: la cabeza del fémur izquierdo, la epífisis proximal de radio izquierdo, y el acetábulo de coxal izquierdo (Fig. 7). Otros elementos esqueléticos repetidos en el recuento han sido las epífisis distales de fémur, las tuberosidades isquiáticas y las superficies auriculares de coxal, las mandíbulas, las epífisis distales de húmero, los calcáneos y los astrágalos (Fig. 8). Detalle de los fragmentos de hueso coxal que se repiten (correspondientes al acetábulo y a la tuberosidad isquiática); los dos primeros fragmentos corresponden a elementos del lado derecho y los otros tres al lado izquierdo (fotografía Núria Armentano Oller). Detalle de los fragmentos de hueso húmero que se repiten (correspondientes a la parte distal); los tres primeros fragmentos corresponden a elementos del lado derecho y los otros tres al lado izquierdo (fotografía Núria Armentano Oller ). El número de elementos esqueléticos compatibles con restos de individuo no-adulto es mucho menor. También es reducido el número de elementos esqueléticos de pequeñas dimensiones, como pueden ser los huesos de las manos y pies, o las costillas de individuo adulto. El depósito ha aportado un total de 115 fragmentos de cráneo, la mayor parte de ellos correspondientes a parietal de dimensiones reducidas (fragmentos entre los 8 mm y los 9 cm de longitud máxima). Entre los elementos craneales se han distinguido pequeños fragmentos de la base del cráneo, 4 fragmentos de apófisis mastoides, 1 hueso malar, y 3 fragmentos de órbita. También se han distinguido 9 fragmentos mandibulares, y 2 fragmentos de maxilar. Después de la reconstrucción y estudio del material craneal se ha reconocido un NMI de 3, por la repetición de la rama mandibular izquierda. En total se han recuperado 15 piezas dentales aisladas, a parte de las 11 piezas dentales que se conservan en los alveolos mandibulares y maxilares. A nivel del esqueleto axial, se ha recuperado un número de restos menor, especialmente de costillas, un total de 74 fragmentos. El recuento de elementos correspondiente a fragmentos vertebrales es: 14 cervicales, 24 dorsales y 17 lumbares. Se observan dos fragmentos de base de sacro, de dos individuos diferentes. El recuento de elementos no corresponde al volumen que aportarían los restos vertebrales de cuatro esqueletos. El número de restos correspondientes a los huesos de las manos y los pies también es limitado, especialmente el número de falanges, que no llega ni a completar las falanges que tendría un único individuo. La mayor parte de los restos exhumados de la arqueta-osario corresponde a elementos esqueléticos de individuo de edad adulta, dado que presentan la morfología característica de hueso que ha finalizado su desarrollo y formación. Los pocos restos que indican la presencia de individuo joven son: un fragmento proximal de húmero derecho, dos fragmentos esternales de clavícula, una sínfisis púbica izquierda y un fragmento mandibular derecho. Estos restos muestran un grado de desarrollo y maduración esquelética no completo: la epífisis proximal del húmero se encuentra fusionada de forma reciente, ya que tiene muy visible la línea de fusión epifisaria; las clavículas no presentan la fusión de la epífisis esternal; la superficie de la sínfisis púbica muestra las ondulaciones características de un individuo joven; y el tercer molar del fragmento de mandíbula se encuentra en fase de erupción. El estudio de cada uno de estos puntos anatómicos indica que en el depósito se encuentran los restos de, como mínimo, un individuo que murió joven, entre los 20 y los 24 años de edad (Ubelaker 1989; Krogman e Iscan 1986). Otras evidencias que permiten inferir sobre la edad que podrían tener los otros individuos representados son: el desgaste de algunas de las piezas dentales (Fig. 9), y la valoración de las superficies auriculares y púbicas de los fragmentos coxales (Brothwell 1981; Ferembach et alii 1980). En este sentido, el estudio indica la presencia de al menos un individuo de edad adulta avanzada, que podría estar representado por las piezas dentales aisladas que presentan un mayor grado de desgaste dental, por un fragmento de sínfisis púbica y de superficie auricular, y por algunos fragmentos de cuerpos vertebrales, con características de etiología degenerativa. A partir del análisis morfológico de los otros fragmentos coxales, parece que en el depósito también descansarían los restos parciales de al menos dos individuos adultos más, de entre 30 y 45 años de edad (Brooks y Suchey 1990; Lovejoy et alii 1985; Ferembach et alii 1980). Dada la fragmentación esquelética y la ausencia de elementos óseos, los datos sobre el sexo de estos 4 individuos son limitados. La observación de los elementos presentes sugiere que probablemente el depósito está formado por restos esqueléticos de individuos femeninos y masculinos, dado la presencia de características tan robustas como gráciles que se observan en los huesos preservados. Conviene destacar que las características morfológicas de los restos atribuibles al individuo de edad más avanzada corresponden, muy probablemente, a un individuo de sexo masculino (Krenzer 2006; Brothwell 1981; Ferembach et alii 1980). A nivel patológico, se han observado alteraciones compatibles con lesiones de etiología microtraumática y degenerativa. Siete huesos del conjunto presentan patología: cuatro cuerpos vertebrales, dos fragmentos de epífisis humeral (uno proximal y otro distal) y un fragmento de epífisis proximal de fémur (Isidro y Malgosa 2003). Las lesiones del esqueleto axial corresponden a formaciones de coronas osteofíticas y aplastamiento de los cuerpos vertebrales lumbares, alteraciones compatibles con los signos de la artrosis. Uno de los cuerpos vertebrales dorsales presenta una depresión bien definida en la parte central, compatible con las lesiones de un nódulo de Schmorl, mientras que otro cuerpo vertebral dorsal presenta la depresión central que avanza hacia la parte posterior del cuerpo para alcanzar el conducto raquídeo, lo que permite deducir que hubo una hernia discal. A nivel de huesos largos de las extremidades, se han observado lesiones pequeñas y bien definidas afectando las articulaciones del hombro, codo y rodilla, compatibles con la osteocondritis disecante (Isidro y Malgosa 2003). A pesar de que su etiología es multifactorial, la presencia de esta lesión habitualmente se atribuye a microtraumatismos reiterados por los efectos de la actividad física sobre las articulaciones afectadas. Tanto la patología degenerativa, como la microtraumática observada, corresponden a alteraciones paleopatológicas muy habituales y leves. Aunque es difícil generalizar, ya que se trata de elementos esqueléticos no individualizados, es importante destacar que la patología degenerativa puede ser un indicador de envejecimiento, y los núcleos de Schmorl y hernias discales sugieren sobrecargas del raquis por transporte manual de pesos. A nivel de patología oral, se han observado acumulaciones de sarro dental en las piezas que se mantienen en el alveolo del maxilar izquierdo, así como retracción alveolar. Los cuatro esqueletos que representan los restos que contiene la arqueta-osario no están representados de forma completa, sino que claramente faltan huesos y partes anatómicas. Los huesos más representados corresponden a huesos largos de las extremidades superiores e inferiores, y por el contrario faltan los huesos del esqueleto de dimensiones más reducidas. Estos datos son coherentes con el tipo de material esquelético que se encuentra habitualmente en los depósitos de inhumación secundaria, donde se han trasladado los restos de un sepulcro a otro, cuando estos ya se encuentran en fase de reducción esquelética. A partir de los restos disponibles se ha podido determinar que los huesos de estos cuatro esqueletos son compatibles con: Restos esqueléticos parciales de un individuo joven, de edad no superior a los 24 años y de sexo indeterminado. Restos esqueléticos parciales de dos individuos adultos de entre los 30 y los 45 años, uno de sexo masculino y el otro de sexo femenino Restos esqueléticos parciales de un individuo adulto, de edad superior a los 55 años y de sexo probable masculino. El hecho de encontrar elementos esqueléticos de fauna entre el depósito antropológico, así como la presencia de restos de sedimento en los huesos, son evidencias que orientan hacia un origen de los restos coherente con la inhumación de los cuerpos en fosas o sepulcros excavados en la tierra. Es coherente pensar que la inhumación original de los restos fuese cercana al sitio donde se realiza el depósito secundario. Datación de los restos De acuerdo con el estudio antropológico y teniendo presente que un obispo de época visigótica debía de ser un individuo masculino y con una edad adulta según los cánones conciliares de la Iglesia, como ya se ha indicado 17, se seleccionaron algunos restos óseos compatibles con este perfil para obtener dataciones utilizando la Espectrometría por Acelerador de Masas (AMS). De manera sucesiva fueron enviados tres ejemplares óseos a los laboratorios Beta Analytic Inc. de Miami (Florida, USA). Las diferentes piezas seleccionadas, con una sigla simplificada por los trámites entre laboratorios, aportaron los siguientes resultados: -Un fragmento de pubis derecho (CAT-16-Cebrià-1). Del fragmento no se obtuvo datación, por deterioro de colágeno. Ha aportado una datación calibrada de 405 d. -Dos muelas superiores de un mismo individuo (un primero molar y segundo premolar izquierdos, piezas 2.5 y 2.6 (CAT-16-Cebrià-3). Ha aportado una datación calibrada de 420 d. INTERPRETACIÓN HISTÓRICA Y CONCLUSIONES Ya hemos visto que la intervención en la arquetaosario del obispo san Cipriano ha permitido documen-tar los restos de, como mínimo, cuatro esqueletos diferentes. Así se constata la presencia de un individuo joven, de edad no superior a los 24 años y de sexo indeterminado; dos individuos adultos de entre 30 y 45 años, uno de sexo masculino y el otro de sexo femenino y un individuo adulto, de edad superior a los 55 años y de sexo probable masculino. La datación radiocarbónica sobre las dos muestras anteriormente señaladas ha ofrecido unos resultados que nos ubican en unos límites cronológicos de inicios del siglo V d. C. a segunda mitad del siglo VI d. C. De esta manera no podemos identificar estos restos analizados con el obispo Cipriano que vive a finales del siglo VII d. C. Con todo, la datación nos permite pensar que el depósito funerario, ciertamente, pertenece a época tardorromana y visigoda y parece guardar una estrecha relación con el área funeraria que se genera en la zona de la actual catedral a partir de la transformación urbanística del recinto de culto imperial en espacio cultual cristiano y en otros usos que todavía ignoramos 18. Anotamos que el historiador Emili Morera nos transmite la creencia de que los restos del prelado habrían sido encontrados en la zona trasera del actual ábside de la catedral (Morera 1981: 189), espacio coincidente con un edificio de culto imperial de época flavia y con la hipotética ubicación de la catedral visigótica. El área en cuestión que, como ya hemos indicado, había sido en época altoimperial, área sagrada del culto imperial de la provincia de la Hispania Citerior, experimentará a partir del segundo cuarto del siglo V un progresivo proceso de transformación urbanística. Las evidencias arqueológicas determinan que entre finales del siglo V e inicios del siglo VI se intensifica el proceso de desmantelamiento y transformación de una parte de las estructuras arquitectónicas del área sacra imperial. Se constata arqueológicamente este desmontaje en algunos segmentos de los porticados perimetrales, en el desmontaje de la exedra del ángulo noroccidental del témenos (Macias et alii 2016) y el desmantelamiento del templo de Augusto, ubicado en el centro de la plaza (Macias et alii 2012(Macias et alii, 2014)). Otras evidencias arqueológicas relacionadas con el carácter sacro cristiano del espacio son la presencia de inhumaciones de época tardorromana y visigóticas en el sector nororiental del recinto, la presencia de sarcó-fagos romanos en el área y de elementos de escultura arquitectónica de carácter litúrgico de época visigoda (Muñoz 2015: 223-226). Una de las líneas interpretativas más aceptadas en el estado de la investigación actual es que la Iglesia de Tarragona proyectó en un momento impreciso de finales de época tardorromana su complejo episcopal en esta antigua área sacra. Este proyecto debió materializarse a inicios de época visigótica, entre finales del siglo V e inicios del siglo VI. La basílica catedralicia bajo la advocación de Sancta Ierusalem y que se halla referenciada en el Liber Orationum de Festivus o Codex Veronensis pudo ubicarse en el espacio del templo flavio reutilizando totalmente o parcialmente sus estructuras arquitectónicas (Fig. 5). En la parte interna de la basílica y zonas adyacentes perimetrales se debieron ubicar enterramientos privilegiados, entre ellos los de algunos presbíteros y prelados. Los restos analizados en la arqueta-osario de san Cipriano representan un elemento sumativo al conjunto de las otras evidencias constatadas. Juntas, facilitan definir este espacio de la catedral actual como un complejo litúrgico y funerario, con toda probabilidad identificado con la catedral visigótica. También nos permite mantener una vía de explicación hipotética que deberá continuar conduciendo la futura línea de investigación sobre este tema. En este sentido sería coherente pensar que en el momento en que los constructores de la catedral medieval hallaron las inhumaciones del área (posiblemente pertenecientes a la catedral visigótica) pudieron localizar una tumba con lauda y su epitafio fragmentados correspondientes al obispo Cipriano. En el depósito de esta sepultura podrían conservarse diferentes restos inhumados como sucede a menudo 19. Esta zona abandonada al menos durante más de tres siglos habría propiciado que el depósito funerario presentara pérdida de material esquelético y remoción. Con la restauración de facto de la Iglesia de Tarragona a finales del siglo XI y la erección de su catedral a mediados del siglo XII, los restos se habrían dignificado en un osario y el 19 Un ejemplo similar en el mismo contexto lo hallamos en la sepultura hallada en el sacrarium de la basílica visigótica del anfiteatro, datada entre finales del siglo VI e inicios del siglo VII, donde se documentaron los restos de un individuo masculino, muy robusto y senil con restos fragmentarios de un segundo individuo adolescente y de un tercer joven (TED'A 1990: 426-433). epígrafe de la lauda transcrito. Un caso singular que nos acerca al caso de Tarragona es el epitafio del obispo de Aviñón, Dynamius. Documentalmente sabemos que, como mínimo, en el siglo XIII, los restos de san Cipriano ya se veneraban en la catedral. En 1460, durante el pontificado del arzobispo Pere de Urrea, fue construida la arquetaosario para dignificar aún más estos restos que han llegado hasta nuestros días.
Presentamos el estudio de un pequeño conjunto de moneda de plata andalusí recuperado en recientes excavaciones en el casco histórico de Zamora. Hemos centrado el análisis en el contexto arqueológico de los dírhams y en la revisión de las emisiones representadas. A pesar de que el lote de monedas es reducido y las piezas se encuentran en un estado fragmentario, consideramos que esta documentación arqueológica contribuye a aclarar el panorama histórico de esta ciudad durante la etapa altomedieval. PALABRAS CLAVE: Valle del Duero; ocupación medieval; acuñaciones andalusíes; circulación de moneda de plata; cerámica musulmana. El lote de moneda andalusí que presentamos en este trabajo fue recuperado durante la intervención arqueológica desarrollada en el solar donde posteriormente se ha construido el edificio del Consejo Consultivo de Zamora, en la zona intramuros de la ciudad medieval (Fig. 1). Del hallazgo hubo una primera noticia en la prensa local en la que se citan estas piezas al describir los resultados de la que se calificaba entonces como "la intervención urbana más importante en Castilla y León" (La Opinión de Zamora 26/7/2009). En este sector frente a la catedral, correspondiente al solar ocupado por el antiguo Convento de las Adoratrices, en pleno casco histórico de Zamora, las excavaciones realizadas desde 2008 han permitido constatar una secuencia extensa y continuada hasta época contemporánea. Los trabajos arqueológicos, desarrollados sobre una extensión de 2.800 m 2, han proporcionado unas 17.000 piezas que abarcan desde época prehistórica hasta la actualidad. El bloque más significativo de materiales corresponde a los fragmentos cerámicos -3,5 Tn-de los que el 40 %, según la noticia de prensa antes citada, presenta características relacionables con producciones andalusíes. A pesar de que la mayoría aún está en estudio, el análisis inicial de estos materiales ha proporcionado una perspectiva notablemente diferente de la historia de esta ciudad respecto a la aceptada tradicionalmente y derivada exclusivamente de las fuentes escritas. La revisión realizada hasta ahora del conjunto cerámico (Zozaya et alii 2012; Larrén et alii 2013) ha permitido comprobar que existe un bloque significativo de producciones fechadas entre los siglos IX y XI d. C. Estas cerámicas altomedievales, según trabajos recientes (Zozaya et alii 2012), son frecuentes también en diversos contextos meseteños. Tanto el volumen como la cronología de estos materiales hacen pensar que Zamora pudo haber albergado un establecimiento clave en la línea de control establecida en la Cuenca del Duero testimoniando la convivencia de las culturas islámica y cristiana. Por otro lado, éste no es el único hallazgo de moneda musulmana en Zamora. Aunque su emisión es bastante posterior, recordamos la presencia de una dobla nazarí de Muhammad IX (1419-1453 d. C.) en el conjunto recuperado en la plaza de Arias Gonzalo (Larrén 2001: 76). EL DEPÓSITO MONETARIO DE ZAMORA Contexto arqueológico de los dírhams El espacio urbano hoy ocupado por el edificio del Consejo Consultivo de Zamora se sitúa sobre un espigón rocoso de notable valor estratégico cercano al río Duero. Ambos factores fueron, sin duda, motivos determinantes para la ocupación continuada de este sector desde la Edad del Bronce hasta la actualidad3. Plano de Zamora con localización del solar del Consultivo (a), catedral (b), castillo (c) y localización de hallazgos cerámicos califales: 1. Calle Obispo Manso/Calle Infantas (Consultivo); 6. Plaza de Arias Gonzalo, 5; 7. Calle de San Bernabé; 8. Iglesia de la Vega; 9. Convento de la Concepción; 12. Calle Horta / Plaza de Zumacal; 13. Iglesia de Santo Tomé (elaboración propia a partir del plano de la ciudad de Zamora del Proyecto Douro/Duero Virtual -INTERREG III-A España-Portugal-y de Rodríguez Méndez 2006: 565, fig. 1). hecho, como veremos infra, son numerosos los solares situados en las proximidades, dentro de la primera cerca medieval, que han proporcionado otros testimonios arqueológicos similares. Las excavaciones realizadas en esos puntos urbanos han revelado un mismo panorama material (Strato 2008(Strato -2009)). Los hallazgos más tempranos en esta zona de la trama urbana zamorana corresponden a cerámicas de Cogotas I sin acompañarse de niveles de ocupación. Lo habitual es constatar la alteración de los estratos prehistóricos por la intrusión de cimentaciones de construcciones medievales y modernas. Sin embargo, en recientes campañas realizadas en el cercano Castillo de Zamora se ha identificado la presencia de una cabaña circular construida con tapial directamente sobre el sustrato geológico; los materiales presentes en el estrato de colmatación de la vivienda y en el entorno inmediato remiten al horizonte de Cogotas I (Strato 2008-2009, vol. I: 160). También las actuaciones en la zona de la Catedral, tanto en su interior como en el exterior han documentado silos y hoyos de postes de Cogotas I así como restos de una cabaña circular de la Edad del Hierro I (Sanz García et alii 2001). Todo parece indicar la existencia en esta zona de un núcleo poblacional continuado durante la Edad del Bronce hasta fines de la Edad del Hierro. Además ha sido posible constatar ocupación romana y visigoda. Para la primera de estas fases, aunque no se conocen todavía niveles de cierta entidad, se han hallado fragmentos de sigillata hispana junto a cerámica de tradición indígena, sigillata hispana tardía, tégulas, epígrafes, etc. Los restos de la fase visigoda tienen mayor entidad, tanto en el solar del Consultivo como en otros cercanos (Alonso y Centeno 2005a), aunque, indudablemente, las evidencias más interesantes son las recuperadas en el solar de la calle Caballeros, 5, c/v a la calle Gijón (Strato 2007b), situado extramuros pero a escasos 100 m del Castillo. Allí, en el Barrio de Olivares, se hallaron restos de un asentamiento de cronología visigoda, que continúa en época andalusí, compuesto por una serie de estructuras negativas -silos, pozos y posibles fondos de viviendas o dependencias auxiliares-. Esta secuencia se ve apoyada por la documentación, de nuevo en la zona del Castillo, de los restos de una posible iglesia paleocristina o visigoda, una necrópolis asociada y fragmentos de producciones cerámicas tardorromanas y visigodas (Strato 2008(Strato -2009)). Estos hallazgos cobran interés, sobre todo, al relacionarse con el sector excavado en el Campo de la Verdad, a 200 m al norte del Barrio de Olivares (Strato 2007a), con el asentamiento de El Zamora respectivamente, por las facilidades prestadas para la documentación y estudio de este conjunto numismático. Todos esos restos tardoantiguos y visigodos parecen avalar la hipótesis de que en esa zona existió un núcleo de población durante esta etapa que pudo constituir el germen de la Zamora medieval. Como apoyo a esta hipótesis puede considerarse el hallazgo, durante las excavaciones en el Castillo, de un tremís acuñado durante el reinado de Egica y Witiza en Toledo4. Desde fechas tardoantiguas hasta el siglo IX existe un vacuum documental en los textos medievales que parecía avalar esa imagen de Zamora como "la despoblada", tal y como se la denomina en las fuentes medievales. Los hallazgos arqueológicos de los últimos quince años permiten comenzar a aclarar este panorama. Las intervenciones desarrolladas tanto en el solar del Consultivo como en el Castillo han documentado áreas de habitación y de vertedero en las que se han identificado, al menos, dos fases de ocupación medieval sucesivas (Strato 2008(Strato -2009(Strato y 2009)). La cultura material permite retrotraer la más antigua a mediados del siglo VIII; en su mayoría son fragmentos cerámicos de clara adscripción andalusí procedentes de los estratos de colmatación. Las estructuras arquitectónicas de época medieval en el solar del Consultivo son las menos numerosas de todas las identificadas allí y están muy alteradas por lo que resulta complejo valorar sus dimensiones y determinar la finalidad de esas construcciones. Sólo en el Sector Obispo Manso existe una serie de evidencias murarias que se articulan creando una sucesión de estancias que se extienden por toda la banda occidental y que, por su alineación, disposición y materiales asociados parecen corresponder a una misma edificación de época bajomedieval. Sin embargo, los tramos de muros registrados en el Sector Infantas son muy reducidos; hay allí una multitud de hoyos, silos o pozos que estratigráficamente cortan antiguos niveles protohistóricos y tardoantiguos. Este tipo de contextos, entre los que se localiza la UE 535 de donde fueron extraídas las monedas, está bien documentado en la zona central peninsular para época emiral, califal y taifa. Abundan en la Marca Media: en la provincia de Toledo (Alcabón, Carranque, Illescas, Olmos, Vega Baja), en la de Ciudad Real (Campo de Criptana), en la de Cuenca (Carrascosa del Valle), en la de Madrid (La Gavia, La Huelga, Pinto) y en la de Guadalajara (Recópolis) (para las referencias bibliográficas cf. Malalana et alii 2013, 340-341). Recientemente también se ha podido constatar su existencia en algunos sitios de la franja septentrional del Valle del Duero. Se trata de estructuras negativas excavadas tanto en entornos rurales como en áreas urbanas. A pesar de su frecuente presencia en contextos de los siglos IX al XI, el fenómeno de los denominados'silos-basureros' ha sido hasta ahora escasamente estudiado y su finalidad sigue resultando muy discutida (Malalana et alii 2013). El pequeño conjunto de monedas califales que aquí estudiamos fue recuperado, como hemos señalado previamente, durante la excavación del solar de la sede del Consejo Consultivo en la confluencia de las calles Obispo Manso e Infantas (Fig. 2), concretamente en la UE 535, dentro del Sector Infantas, cuadros L8-10 y M9-105. Además de las monedas, en el nivel 535 se documentaron algunos fragmentos de materiales constructivos, concretamente de tejas y adobes. También se han recuperado restos de producciones cerámicas andalusíes bruñidas y pintadas6. Pero en ese mismo echadizo aparecieron otros ejemplares de cerámica común de cocina, de piezas para almacenamiento y de sigillata hispana tardía que parecen asociarse a momentos tardoantiguos o romanos. También se han hallado galbos torneados celtibéricos y, por último, otro lote más de cerámicas elaboradas a mano, lisas o con decoraciones, características de finales de la Edad del Bronce. Otros materiales localizados son fichas realizadas sobre tejas o galbos, varios elementos de bronce -fíbula, agujas, varillas, elemento tubular, placas, vástagos, remache, etc.-y otros líticos -un prisma de cuarzo, varias bolas, una afiladera y un fragmento de molino circular-. Así la cronología de estos materiales abarca desde fecha prehistórica indeterminada hasta la etapa medieval. Reconocemos la necesidad de mantener cierta cautela, pero excavaciones de otros solares cercanos en el propio casco histórico de Zamora, siempre en la zona próxima a la Catedral y al Castillo, han proporcionado un registro cerámico con producciones similares, fechadas en el siglo X d. Este nuevo registro arqueológico ha obligado a replantearse el panorama altomedieval de esta ciudad confiriéndole una importancia a la presencia andalusí hasta hace poco totalmente insospechada. De hecho, el conjunto cerámico localizado en el Consultivo de Zamora, junto a la Catedral, es el mayor lote de cerámica hispanomusulmana del norte peninsular, con una cronología que parece arrancar del siglo VIII d. Todo ello hace cada vez más evidente la necesidad de rechazar la tradicional teoría del vacío estratégico del valle del Duero (Vaca 1995: 434). De hecho, Zamora, para estos siglos parece revelarse como un establecimiento con una población híbrida que pudo haber configurado el punto de partida de la expansión urbana que se produjo en el siglo XI. Este hallazgo, inédito hasta fechas recientes 8, reviste interés tanto por las piezas que lo conforman como por las condiciones en las que fue recuperado. Se trata de un lote de monedas poco voluminoso pero medieval andalusí (UUEE 429/430 y 616/617) y se le yuxtaponen otras UUEE medievales y bajomedievales. Precisamente por ello dudamos de la cronología moderna que, en el informe de Strato (2008de Strato ( -2009)), se asigna a la UE 535, ya que cubriéndola hay tres UUEE también modernas, la 533 -un solado de cantillos trabados-, la 191 -un muro-y un estrato, el 421 -echadizo / destrucción de una casa-. 8 Durante la etapa de finalización de nuestro estudio hemos tenido noticia de la reciente publicación, a instancias expresas de H. Larrén Izquierdo, de un primer análisis realizado por Jiménez Gadea (2016: 30, nota 1). Ese estudio está incluido en el volumen del Anuario del Instituto Zamorano Florián de Ocampo correspondiente al año 2016; a pesar de que es esa la anualidad que consta en el vol. 31, este ha sido publicado en 2018. Los firmantes de este artículo disponen de autorización concedida por la Delegación Territorial de Zamora. Servicio Territorial de Cultura de la Junta de Castilla y León para el estudio de este material depositado en el Museo de Zamora desde el 27 de mayo de 2016. Así mismo, una vez documentadas las piezas -que se encontraban adheridas unas a otras, conformando pequeños bloques cubiertos por oxidación de cobre-y, dada su extrema rareza en la zona meseteña, solicitamos al Museo de Zamora, en junio de 2016, su restauración y consolidación para mejorar sus condiciones de conservación y permitir una mejor lectura, llevándose a cabo estas labores en 2017. proporciona una información numismática e histórica significativa que ahora comentaremos9. El conjunto, aparentemente carente de un contenedor, está compuesto por 3 dírhams completos, otros 2 que han sufrido algunos recortes y 5 fragmentos de monedas similares. El estado de conservación no es bueno porque casi todas las monedas se presentan algo dobladas, gastadas y, la mayoría, recortadas. De hecho, cuando se encontraron conformaban un pequeño bloque, debido a que los dírhams que estaban completos aparecieron plegados, adaptándose así a la superficie más reducida de las piezas recortadas y de los fragmentos (Fig. 3). Este tipo de deposición resulta frecuente para la moneda medieval, y especialmente la andalusí, ya que es facilitada por la propia delgadez de los flanes. Aunque hemos señalado previamente la ausencia de algún recipiente para estas monedas, consideramos que la misma disposición de las piezas, agrupadas unas sobre otras hasta adherirse, podría constituir un indicio de su introducción en un pequeño monedero o bolsa de material perecedero que el paso del tiempo ha hecho desaparecer. De no ser así resultaría difícil explicar cómo y por qué los dírhams conformaban ese bloque ya que, por su pequeño tamaño podrían haberse disgregado dentro de la misma UE, definida como "revuelto" propio de un basurero en donde fueron recuperados. El bloque conformado por las monedas apareció prácticamente adherido a una varilla metálica de bronce, sin que esto parezca responder una finalidad determinada y haciendo suponer que este hecho es accidental. Por todo ello, la catalogación ha resultado compleja. Al tratarse en su mayoría de monedas recortadas y fragmentos (Fig. 4), las inscripciones marginales presentan dificultades, en algunas ocasiones, insalvables para ser leídas10. Sin embargo, en la mayoría de ellas ha sido posible identificar el año de acuñación, así como la ceca y los nombres y títulos de los soberanos andalusíes. Cuando el estado de fragmentación y el desgaste dificultaban su posible adscripción, el año o la ceca han sido deducidos por las características epigráficas, por el contexto numismático y por razones históricas. Dado que la conservación de las piezas no permite realizar grandes precisiones hemos optado por no ofrecer aquí una descripción pormenorizada de cada pieza y presentar los detalles particulares y su correspondiente catalogación en una tabla (Fig. 5). El dírham más antiguo es una acuñación de'Abd al-Raḥmān III de los años centrales del siglo X d. C. La aportación principal, con dos dírhams completos y dos fragmentos, corresponde a emisiones de Al-Ḥakam II datadas en las dos décadas siguientes, entre 963 y 976 d. C. Las monedas más tardías son dos piezas de Hišām II, una completa y otra que se presenta cortada a la mitad, que fueron acuñadas en las décadas finales del siglo X d. C. A ellas se suman tres fragmentos recortados de la zona de la orla a los que no ha resultado posible adjudicar una fecha concreta pero que, sin duda, también son califales; más adelante nos referiremos al fenómeno del recorte y a los tipos de corte más habituales en la plata andalusí. Respecto a la composición de este conjunto (Fig. 5) se puede observar que son todas emisiones de plata. Este tipo de hallazgos de carácter monometálico es el más frecuente, especialmente para el caso de las emisiones argénteas califales que son las que alcanzan mayores volúmenes de producción (Chalmeta 1990: 82; Canto 1991a: 435-436). La documentación sobre el cobro de impuestos y recaudaciones contenida en las fuentes así como la constatación de una amplia variedad de cuños avalan una elevada producción califal. Chalmeta (1991: 82) calcula que se acuñó 20 veces más plata que oro, proporción que deriva de los hallazgos. La sociedad cordobesa andalusí, que en el siglo X d. C. cuenta con una saneada economía, demanda y utiliza esa amonedación de plata que también se convierte en modelo y patrón de cuenta para las transacciones en los reinos cristianos septentrionales (Canto 1991a: 436). Tras examinar los patrones metrológicos califales, Pellicer i Bru (1988) y Canto (1991b) han comprobado la existencia de sucesivas alteraciones en el peso y en el volumen de producción de los dírhams, mientras que los pesos de los dinares, acuñados entonces en proporciones mucho más reducidas, se mantienen más estables. Dírhams califales del conjunto de Zamora tras ser sometidos al proceso de restauración; la numeración corresponde a la presentada en la tabla de la Figura 5 (fotografías de los autores / depositario de los materiales: Museo de Zamora-Junta de Castilla y León). En el caso de las piezas recuperadas en Zamora muchas se presentan alteradas por lo que la valoración de sus pesos, desde una perspectiva metrológica, no ofrece un interés decisivo. Sobre los talleres de procedencia del conjunto zamorano el predominio es claro para madinat al-Zahra'. C se traslada allí la nueva residencia califal y que ésta será la única ceca en funcionamiento en los siguientes 28 años, es decir, durante el reinado de'Abd al-Raḥmān III y el de Al-Ḥakam II (Frochoso 1996: 15; Canto 2016: 23). Puesto que la producción monetaria de las emisiones recuperadas se concentra exclusivamente en madinat al-Zahra' no es posible realizar una revisión del abastecimiento por parte de talleres diferentes. Lo que sí ofrece interés es la revisión de los hallazgos de estas series califales en el territorio peninsular para comprobar sus proporciones según los distintos años de gobierno. Con'Abd al-Raḥmān III se inicia una nueva etapa, pero la plata sigue siendo el metal en circulación por excelencia (Doménech 2003: 127). En el depósito de Zamora sólo hay una pieza de este gobernante (Fig. 5, no 1). Respecto a las acuñaciones de Al-Ḥakam II conviene valorar que, aunque es el califa que gobierna menos años de los tres primeros, sus monedas son las que con mayor frecuencia suelen aparecer completas en los hallazgos 11. Además la ratio moneda/año para este gobernante, si se compara con la producción de'Abd al-Raḥmān III, se duplica. C., se han detectado varios y sucesivos cambios de dirección en la ceca (Canto 2016: 33). La mayoría de los dírhams de Al-Ḥakam II presentes en el lote de Zamora (Fig. 5, n os 2-4), según la ordenación propuesta por Canto (2016: 32-33), corresponden a la segunda fase de producción monetaria de este califa; precisamente en esos nueve años, entre 352-360H./963-970 d. C. es cuando se acuña el 71 % de su amonedación. Por ello resulta coherente la menor aportación de esas series en el conjunto zamorano. Se trata concretamente de un fragmento y de un dírham completo cuyo peso resulta inferior al habitual (Fig. 5, n os 6 y 7), probablemente porque está muy desgastado. Además, una peculiaridad del conjunto de Zamora es que su composición, aunque reducida, evidencia la circulación coetánea de las emisiones de los tres primeros califas. En esa línea no se trata de un ejemplo aislado. La coetaneidad en la circulación está testimoniada en otros conjuntos meridionales, como los de Montellano y Baena I (Figs. 6 y 7, n os 3 y 22), pero también en los de Valeria y Tarancón (Figs. Algo similar se observa en el conjunto soriano de Cihuela (Navascués 1961: 173-175; Sáenz Díez 1991: 231-244), ocultado en la cabecera del Duero, es decir, en el arranque de la misma cabecera fluvial que el lote de Zamora y que es una de las ocultaciones más septentrionales conocidas hasta la fecha 12. Un aspecto significativo de este conjunto es que la mayor parte de los dírhams hallados en Zamora están fragmentados. De hecho, hay tres ejemplares (Fig. 5, n os 8-10) que corresponden a recortes de la zona de la orla, indudablemente califales pero sin posible adscripción a series ni a fechas concretas. Es frecuente encontrar la plata andalusí troceada ya desde época emiral y, sobre todo, en la califal 13. En esos momentos el Estado no proporciona moneda fraccionaria y la fragmentación del numerario argénteo, el producido en mayores cantidades, es una respuesta de los usua-12 Hemos decidido, sin embargo, no incluir este depósito en nuestra recopilación (Figs. 6 y 7) por dos razones: una primera fundamental es que su fecha de cierre es bastante más tardía que la de los examinados aquí pero además es que en su composición hay piezas de electron, oro, plata y vellón. Ambos factores, sin duda, parecen remitir a unas circunstancias y a un momento de llegada diferentes de los analizados aquí. 13 En los tesoros ocultados en el País Valenciano se calcula que el 69 % del total corresponde a fragmentos de dírhams (Doménech, 2003: 130). En el tesoro de Cihuela (Soria) la cantidad de fragmentos de dírhams se eleva hasta el 80 % del total (Sáenz-Díez 1991: 231-244). rios para conseguir moneda de menor valor que facilite las transacciones cotidianas. La manipulación de las monedas estaba penada por el Estado (Ruiz Quintanar 2002: 538); sin embargo, son varios los testimonios que mencionan pagos expresados en fracciones de dírham. Esto parece indicar que, a pesar de las prohibiciones, la población las fragmentaba para obtener denominaciones de menor valor y poder hacer frente a las necesidades cotidianas. Sabemos que a esos trozos de monedas se les seguía reconociendo su valor y que eran pesados en las compraventas para comprobar la cuantía del fragmento (Martínez Valle 1987Valle -1988: 193): 193). Parece posible que el Estado, aunque exigía que las monedas se encontraran en buen estado físico para pagar las imposiciones fiscales, tolerara este recurso para hacer frente a la falta de abastecimiento de feluses sufrida por la población (Canto 1991a: 429-444). Los hallazgos, tanto aislados como atesorados, de moneda fraccionada andalusí o cristiana, revelan que su uso y aceptación fue habitual en la circulación monetaria altomedieval 14. La proporción entre el número de monedas enteras y de fragmentos de cada hallazgo varía. En algunas ocasiones la cantidad de las piezas completas es superior a la de los fragmentos, pero en el caso de Zamora esta proporción se invierte: frente a los tres ejemplares completos hay siete fracciones. Las formas de los fragmentos habitualmente son variadas e irregulares; sólo excepcionalmente los recortes corresponden a la mitad o a un cuarto de pieza. Tenemos un buen ejemplo de ello en el depósito de Marroquíes Bajos (Jaén), donde los fragmentos de dírhams corresponden en su mayoría a mitades y cuartos (Canto et alii 1997: 81-100). La tendencia más frecuente es la de mantener intacta la leyenda central, aunque también hay ejemplares que se han recortado de forma arbitraria. Las fracciones de las piezas encontradas en Zamora responden mayoritariamente a recortes realizados siguiendo como guía la línea de la orla central (Fig. 4). Parece tratarse siempre de cortes limpios y precisos, con bordes lisos y marcas que evidencian una fragmentación premeditada. Ruiz Quintanar (2002: 538-539) ha examinado las formas y las huellas de corte observando 14 Hay distintos conjuntos peninsulares en los que están presentes monedas fragmentadas andalusíes y carolingias. Tenemos un ejemplo en Calatrava la Vieja, Ciudad Real, donde se halló un depósito de moneda emiral con fragmentos de tres monedas carolingias y un ejemplar oriental abasí de Samarqanda del 234 H./848 d. Sin embargo, el hallazgo más significativo es el de Haza del Carmen, en Córdoba, el mayor conjunto califal peninsular en el que se integran 140 fragmentos de dineros carolingios (García Ruiz y Ruiz Quintanar 1999: 723-730; Canto 2006) que varían entre los fragmentos encontrados en hallazgos emirales o califales; los recortes de época emiral son más toscos e irregulares probablemente porque las monedas emirales son más delgadas que las califales y podían partirse fácilmente con la mano, mientras las califales, más gruesas, debieron partirse con alguna herramienta cortante y de ahí la presencia de cortes asociados a las 'guías de corte'. Los pesos de los fragmentos del conjunto zamorano parecen corresponder, en un caso, a un cuarto y, en el resto, a un octavo de dírham. Sin embargo, hemos comprobado que son en este caso poco homogéneos. Este hecho refuerza la propuesta de Ruiz Quintanar (2002: 539), tras su estudio metrológico-formal, de que lo que prevalecía era la forma de las fracciones; es decir, lo que se intentaba con las particiones era que el aspecto permitiera vincular esos recortes con un determinado valor nominal, independientemente de su peso. De ser así, el valor otorgado al recorte de 0,37 g se asimilaría al de 0,23 g. Respecto a la cronología de los fragmentos zamoranos hemos observado que, en aquellos casos en los que ha sido posible su catalogación, son piezas contemporáneas a las de las monedas completas que conforman este hallazgo. Doménech (2003: 130 cuadro 18) ha observado para el País Valenciano que entre las piezas califales fragmentadas presentes en los ocultamientos de esa zona, las cifras son siempre superiores para Al-Ḥakam II y para Hišām II. En el caso que presentamos se repite el mismo patrón. Todo induce a pensar que estos fragmentos de dírhams califales, a pesar de la manipulación sufrida para alterar su valor inicial, fueron utilizados y aceptados como moneda fraccionaria en las transacciones comerciales (Doménech 2003: 137). OTROS DEPÓSITOS PENINSULARES CALIFALES Hemos creído que tendría interés revisar y contrastar la composición del conjunto recuperado en Zamora con la de otros lotes de monedas califales hallados en distintas áreas peninsulares (Figs. 6 y 7) para comprobar si es posible detectar o no un patrón de circulación y de deposición propio de esta etapa. En la práctica totalidad de los conjuntos ocultados en la etapa califal el mayor porcentaje de abastecimiento corresponde a las emisiones de Al-Ḥakam II, un hecho lógico si se valora el volumen superior de la producción monetal de este gobernante. Otro dato derivado de esta revisión es que, con frecuencia, las series califales aparecen en los depó-sitos peninsulares acompañadas de moneda foránea (Canto 2002). Entre esas emisiones extrapeninsulares las más habituales suelen ser las fatimíes; sin embargo, la presencia de la moneda fatimí varía notablemente según el metal, la cronología y el área geográfica. El oro fatimí es escaso en los tesoros califales pero los dírhams fatimíes, aunque acuñados en menores cantidades que el oro, son más frecuentes (Doménech 2016: 341-342), llegan hasta la zona occidental y también alcanzan la zona meseteña. Como ejemplo cercano al valle del Duero está el hallazgo de Cihuela (Soria), ocultado en la época de Taifas, pero con una composición metálica variada en la que hay dírhams califales, piezas de oro, electron y vellón fatimíes y hammudíes (Sáenz Díez 1991: 231-244). En la zona toledana está el tesoro califal de Consuegra (cf. La amplitud geográfica de los hallazgos califales es muy superior a la emiral, hecho que indudablemente se vincula con el aumento del control territorial y con una mayor monetización de la economía (Doménech 2010: 284). Esas emisiones califales se distribuyen generosamente por todo el actual territorio andaluz, tanto en la costa como en el interior, donde ha sido posible inventariar más de una treintena de conjuntos. Es en el área cordobesa donde, lógicamente, se observa la mayor concentración de depósitos y también la mayor cantidad de monedas acumuladas (Figs. Especial interés ofrece la voluminosa ocultación de Haza del Carmen en cuya composición, merece la pena destacar que entran a formar parte emisiones cristianas (García Ruiz 1999: 491-500) corroborando la convivencia, ya desde fechas medievales tempranas, de las series de plata andalusíes y cristianas. Recordamos que en los reinos cristianos del norte la amonedación en estas fechas es escasa; la excepción se encuentra en la zona de los Condados Catalanes donde, por la influencia carolingia, se acuñan dineros locales que son los que se encuentran acompañando a la plata andalusí. También queremos incidir en los cada vez más frecuentes hallazgos de tesoros con dírhams califales en el área sevillana (Figs. 6 y 7, n os 3-9); queremos destacar este hecho porque pensamos que ahí puede estar el área desde la cual las piezas se distribuyen por el territorio occidental peninsular 15 llazgos parece que su ascenso hacia la zona interior y septentrional peninsular pudo producirse desde el área sevillana siguiendo la principal vía de comunicación occidental. Un panorama similar ofrecen los depósitos de plata califal en la región murciana y levantina (Figs. Éste es un territorio fuertemente monetizado donde, con una frecuencia muy superior a la habitual, la plata andalusí aparece asociada a la fatimí y, en ambos casos y como reflejo de la intensa necesidad de valores fraccionarios, suele estar fragmentada en mayores porcentajes (Doménech 2003: 130, cuadro 17) También hay constancia de la presencia de depósitos en la zona central peninsular, concretamente en las actuales provincias de Cuenca y Toledo (Figs. En todos esos casos se trata de conjuntos voluminosos, que superan el centenar de monedas. La composición de algunos hallazgos de moneda islámi-ca en territorio conquense es peculiar; esto se observa bien, por ejemplo, en el ocultamiento de Valeria para el que creemos que la razón de la diferencia en su composición puede radicar en que el lote, conocido desde antiguo, no debió ser estudiado en su totalidad. La anómala composición del tesoro califal de Valeria y especialmente la extraña escasez de dírhams de Hišām II, con sólo 1 ejemplar, resulta difícil de justificar, aunque esto podría deberse a una falta de información sobre la estructura inicial del conjunto; los hallazgos en esta provincia de monedas aisladas de este califa parecen cubrir ese vacuum del conjunto de Valeria, como observa Canto (2014b: 219). Localización geográfica de los depósitos de moneda califal en territorio peninsular; la numeración corresponde a la presentada en la tabla de la Figura 6 (elaboración propia). Diferente es el lote de dírhams y feluses 16 recuperado en territorio abulense (Figs. A pesar de estar pendiente de una revisión exhaustiva, el conjunto tiene interés porque en su conformación entran monedas de plata y de bronce, la mayoría emirales aunque acompañadas de algunas califales que marcarían la fecha de cierre. Este lote parece ilustrar bien lo que podría estar en circulación en el área centro-occidental en el siglo X: antiguas emisiones emirales todavía en uso que constituyen un 'fondo de circulación' en esta zona, tal y como parecen avalar otros hallazgos aislados de dírhams emirales en territorio extremeño y portugués. Resulta evidente que la importancia de este hallazgo radica principalmente en que permite ampliar el área geográfica con presencia de moneda califal en la zona septentrional peninsular. Pero además hay otros aspectos que consideramos significativos y que comentamos a continuación. Las fases más antiguas de ocupación andalusí presentan frecuentes complejidades a la hora de determinar su cronología. De hecho, el mismo análisis de la secuencia ocupacional ofrece una interpretación difícil. El hallazgo de este lote de moneda se localiza en la margen izquierda del río Duero, en el suroeste del casco histórico de Zamora (Fig. 1). Este es un sector urbano, que parece haber sido reocupado desde fechas prehistóricas hasta la actualidad, y presenta para fechas altomedievales un conjunto de silos, pozos y fosas de funcionalidad desconocida, ofreciendo un panorama similar al de otros muchos establecimientos para estas fechas especialmente en la Marca Media. Sobre esos silos-basureros se superpone un nivel sedimentario en el que se encontró el conjunto de monedas. Es cierto que estos datos dificultan la realización de una lectura clara. Por ello ofrecemos ahora las apreciaciones que consideramos fundamentales. En primer lugar, los escasos restos de las estructuras y los materiales recuperados durante la intervención en el Consultivo de Zamora que son datables entre fines del siglo IX e inicios del siglo XII revelan una implantación urbana que parece ser intensa en esos momentos. En las cubetas y silos excavados prácticamente la mitad de los fragmentos cerámicos corresponden a piezas de indudable tradición andalusí; esta valoración ya fue expresada en el informe elabo- 16 El conjunto abulense no parece responder a un tesoro ya que aúna moneda de plata y de bronce mientras que en este momento la composición de este tipo de depósito suele ser monometálica. Es cierto que la etapa final del periodo emiral y los momentos iniciales del califal son fases poco estudiadas y escasamente identificadas hasta fechas recientes en los contextos cristianos situados al norte del Duero. Sin embargo, hemos visto que los hallazgos de cerámica califal en los registros zamoranos cada vez resultan más frecuentes (Fig. 1); estos hallazgos se han producido tanto en el área del primer recinto amurallado como en los barrios periféricos. Se trata siempre de producciones de origen local que derivan de las que en un periodo inmediatamente anterior se están realizando en la mitad sur peninsular (Larrén y Nuño 2006: 246-252; Strato 2007a y b). Este dato constituye un sólido apoyo para avalar la hipótesis del establecimiento de gentes de procedencia meridional en el solar zamorano. Es cierto que, tanto en las fuentes árabes como en las cristianas, ya desde fines del siglo IX se encuentran referencias a las frecuentes expediciones andalusíes sobre el territorio de la Zamora medieval17. Por ello, el resultado de esas sucesivas incursiones parece haber generado ya una ocupación islámica efectiva. Queremos insistir en que el registro cerámico resulta muy ilustrativo del ambiente de la habitación dual de este sector de la capital zamorana. Incluso, al observar las proporciones, se comprueba un cierto desequilibrio a favor de las producciones de patrón islámico. Una primera clasificación tipológica (Strato 2008(Strato -2009: vol. I, 302): vol. I, 302) ha permitido observar que la mayoría de los fragmentos corresponden a vasijas para cocinar (tapaderas y ollas), para almacenar (tinajas), para contener y transportar (jarras, botellas, cántaros, etc.), para iluminar (lámparas y candiles) y para lavar (lebrillos, barreños y alcadafes). Es decir, son piezas fechadas entre los siglos IX y XI, cuya producción, derivada de las que inmediatamente antes se están realizando en la mitad meridional peninsular, está destinada mayoritariamente a un uso cotidiano y doméstico. Esto implica que nuevamente estamos ante un factor indicativo de que la presencia de la población andalusí no es ocasional sino que parece gozar de cierta permanencia y volumen en uno de los centros cristianos más importantes durante el siglo X. Respecto al volumen del conjunto monetario recuperado, cabe destacar que, dado que el lote es re-lativamente reducido, no parece corresponder al depósito de unos ahorros. También la misma composición convierte en dudosa su interpretación como un ocultamiento intencionado que pudiera vincularse con un momento de inestabilidad e inseguridad política. Es decir, no parece tratarse del típico 'tesorillo' correspondiente a los ahorros personales/familiares acumulados y ocultados durante un horizonte de inestabilidad. Todos los indicios hacen pensar en que se trata de una pérdida fortuita de un pequeño monedero18 en un sector habitacional donde los gustos cerámicos revelan una notable convivencia o hibridación de la población cristiana y la andalusí. Sobre los posibles usuarios de este numerario poco se puede afinar. Sabemos que la población mozárabe alcanza en estas fechas en Zamora, tanto en la ciudad, como en el territorio de la actual provincia, un notable protagonismo. Según algunas fuentes, como la Crónica de Ibn Hayyán, Alfonso III (866-910) urbaniza, fortifica y repuebla a fines del siglo IX esta ciudad, calificada como "despoblada". En ese proceso de reconstrucción urbana los agemíes de Toledo tuvieron un papel fundamental, especialmente en la labor constructiva de las murallas. Sin embargo, puesto que Zamora se encontraba cerca de la cabecera de la antigua calzada romana que unía Mérida con Astorga, es muy posible que los nuevos habitantes establecidos como repobladores, y que en las crónicas islámicas se califican como 'fronterizos', no fueran exclusivamente de origen toledano sino también de origen extremeño (Martínez Díez 2011: 99-117). La misma composición del conjunto numismático parece avalar esta propuesta. BIBLIOGRAFÍA Alonso Gregorio, O. y Centeno Cea, I. M. 2005a: "Belmonte: un nuevo establecimiento de época romana en la vega baja del río Duero (Zamora)", Anuario del Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo 22, 35-50. "Una primera intervención arqueológica en el antiguo solar de la residencia de Ntra. Sra. de La Paz, Plaza de la Catedral c.v. a la calle Obispo Manso
Desde los años 50, con el inicio de los trabajos del Instituto Arqueológico de Madrid en la villa tardorromana de Centcelles (Tarragona) bajo la dirección de Helmut Schlunk y Theodor Hauschild, su sala abovedada y su imponente mosaico han sido hasta hoy objeto de sucesivas intervenciones arqueológicas, interpretaciones históricas y actuaciones restauradoras. Todas ellas han contribuido en diferente medida a mantener el calificativo de enigmático y la importancia de categoría mundial que se le atribuye a este singular espacio en el propio título de la publicación. Esta recoge los trabajos presentados en noviembre de 2010 en un seminario internacional celebrado por la misma institución alemana en el Instituto Goethe de Madrid, el cual tuvo como objetivo principal mostrar los resultados obtenidos gracias a las nuevas investigaciones realizadas en la citada sala de Centcelles desde 2006 y completados luego hasta 2014. El extenso índice se ciñe prácticamente al orden de las 32 intervenciones seguido en los tres días de la jornada científica mencionada, diseñado de modo "ascendente", según palabras de uno de los editores en su introducción (A. Arbeiter). De este modo, los textos, siempre breves, abordan los aspectos arquitectónicos, decorativos (pintura, escultura, musivaria), epigráficos y arqueológicos (nuevos y de revisión de trabajos previos) de la sala abovedada de Centcelles y, en algunos casos, de las estancias inmediatas. Pero es el gran mosaico de la cúpula el principal protagonista de esta publicación, como también lo ha sido en la historiografía tradicional, siendo el objeto de estudio de gran parte de los participantes del seminario, autores de los textos, que se acercan a él desde la iconografía y el estilo, apenas desde la técnica, con el fin de aportar nuevos datos para resolver la problemática de su interpretación y cronología y, por extensión, de la sala que decora y de la villa en la que se encuentra. Un análisis conjunto de los diferentes textos que conforman este volumen evidencia que son aún muchas las preguntas por resolver en Centcelles. Respecto a la arquitectura de la sala abovedada, los trabajos de Th. Hauschild y F. Schlimbach confirman la posterioridad del espacio subterráneo conocido como "cripta", descartan su datación medieval y dejan abierta la cuestión sobre su verdadero uso, para el cual se expone sucintamente la posibilidad de que albergase un mecanismo de desagüe que se serviría de los huecos de las bóvedas de la doble estructura subterránea (N. Ehring). En estos tres estudios, así como en el de los sistemas de ventilación defendidos como originales por B. Brühlmann, el recurso de acudir a los paralelos arquitectó- ciudad de Tarraco, poniéndose de manifiesto que la fecha de primera mitad del siglo IV no es sin embargo tan segura como se ha supuesto. J. A. Remolà y J. Sánchez, como ya había publicado el primero de ellos junto a M. Pérez en esta misma revista en 2013 (AEspA 86), concluyen una cronología de la primera mitad del siglo V, afectando igualmente este cambio de datación a la interpretación del sitio, considerado dentro de un contexto militar. Una fecha similar argumenta I. Rodà, quien suma los materiales funerarios documentados en Tarraco y las placas de mármol decoradas procedentes de Centcelles para sugerir una fecha de inicios del siglo V y la adscripción del edificio a un personaje civil, que no eclesiástico, cercano al emperador. Las citadas placas marmóreas, posiblemente parte de un sarcófago con columnas, son examinadas de manera completa por primera vez por M. Stanke desde su hallazgo en los años 60. Este investigador las data en el segundo tercio del siglo V, llamando él mismo la atención sobre un aspecto que, más allá de este debate, nos parece fundamental para valorar nuestro verdadero conocimiento sobre Centcelles: el carácter descontextualizado de unas piezas que no pueden relacionarse por tanto directamente ni con la villa ni con las fases que encierra, ni emplearse en consecuencia como argumento datador. En realidad, esta circunstancia rodea no solo a las piezas marmóreas examinadas por M. Stanke, también a gran parte de los materiales revisados, tales como los ya citados de la cerámica (C. Basas), a los que se suman los fragmentos de mosaicos (D. Biedermann) y de restos epigráficos (M. Wegener). Es por tanto el origen incierto de los materiales arqueológicos una de las causas, si no la principal, que hace posible entender el problema cronológico e interpretativo que rodea aún hoy a Centcelles y, al mismo tiempo, el protagonismo secular, pero insuficiente para resolver el debate del mosaico de la cúpula, de su estilo y de su iconografía. Parece que el mosaico nos impide ver el yacimiento. Como es propio de la serie de Iberia Archaeologica, sobra decir que nos encontramos ante un libro muy bien editado e ilustrado con más de 150 láminas en color y blanco y negro y acompañado de 2 DVD, en los cuales se recogen las láminas publicadas junto a otras tantas ausentes en el formato papel, los planos en pdf, el modelo 3D y un paseo interactivo por la cúpula, generado este gracias a la realización de la documentación 3D con scanner laser del interior (I. Adenstedt, I. Mayer y N. Zimmermann). Cada texto se cierra además con breves resúmenes en alemán, inglés y castellano, los cuales contribuirán sin duda a la consulta de una obra con espíritu de puesta al día. El mismo formato trilingüe presenta el texto resumen de cierre (J. G. Deckers), el cual recoge las principales ideas vertidas sobre la construcción y el mosaico por los diversos autores, subrayando los muchos temas que quedan abiertos, destacando entre ellos el de la cronología. Precisamente para resolverla, J. G. Deckers plantea lo que denomina como cuatro vías metodológicas: la identificación de los promotores, las características estilísticas, las iconográficas y las excavaciones arqueológicas. En este sentido, debemos recordar que las cuatro vías se han recorrido una y otra vez en el último siglo, siendo la última la que puede ayudar a avanzar siempre y cuando se comiencen a obtener estratigrafías fiables que generen un marco cronológico del que partir. De lo contrario, estas vías nos volverán a llevar a sitios que ya conocemos. María de los Ángeles Utrero Agudo Escuela de Estudios Árabes, CSIC Desiderio Vaquerizo Gil, Cuando (no siempre) hablan "las piedras". Hacia una arqueología integral en España como recurso de futuro. Reflexiones desde Andalucía, JAS Arqueología, Madrid 2018. Estamos ante un libro valiente, personal, a pesar de estar dedicado a la arqueología, comprometido y necesario en estos tiempos oscuros en los que todavía seguimos viviendo quienes nos dedicamos a esta disciplina. Un libro que nos sitúa ante el proceso de evolución intelectual del autor en una faceta académica e investigadora, quizá menos conocida, aunque ya iniciada en otras obras (Vaquerizo 2013), pero sin la profundidad e intensidad aquí alcanzada. El libro comienza con un prólogo realizado por Gonzalo Ruiz Zapatero, que es en realidad una excelente recensión (que recomiendo al lector más que esta) llena de sabiduría y compromiso desde la experiencia de quien es uno de los pioneros en la difusión científica y en la divulgación de la Arqueología, amén de reconocido investigador, y que, además, comparte dichos valores con Desiderio Vaquerizo. Desde el inicio (debería decir exordio, como el autor llama, con buen criterio, porque su objetivo es atraer la atención y preparar el ánimo de los lectores) quedan claras las intenciones: "someter a juicio ajeno una reflexión personal y un tanto intimista sobre cómo ha evolucionado la arqueología española y más en especial la andaluza, desde mediados de los 80; donde radica en mi opinión los problemas que la han llevado a la parálisis cerebral que ahora mismo la aqueja y cuál podría ser el camino, o al menos uno de ellos, para remontar la crisis" (p. Se trata de una visión crítica, que busca comprometerse con su tiempo, entorno, institución y gente (p. 11), porque en esta vida hay que implicarse (p. Lo que podría resumirse en poner en evidencia cómo ha evolucionado el autor (p. 27), aunque en este discurso tenga que dejar sus "entrañas al descubierto" (p. Y esto último, como tampoco lo anterior, es muy recomendable en esta disciplina, que es capaz de desangrarse en enfrentamientos estériles (p. La primera cuestión que se plantea, y no podía ser otra, en una obra de divulgación científica (con mayúsculas) es saber por qué hemos llegado a la contradictoria situación actual, donde la divulgación es fundamental para justificar el papel social de la Arqueología y sin embargo, las agencias de evaluación y la propia Academia siguen marginándola o minimizándola, considerándola de inferior categoría respecto a la investigación, como algo que parece no requerir esfuerzo ni trabajo previo, cuando en realidad, muchas veces, es más difícil divulgar que investigar, porque en nuestras publicaciones de investigación nos preocupa mostrar los logros de la disciplina, su respetabilidad en la comunidad científica, en un discurso dirigido a nosotros mismos y utilizando un lenguaje que sólo nosotros entendemos, mientras que en nuestra labor de divulgadores debemos dirigirnos a un público interesado (y también entendido), normalmente ajeno a la Arqueología. Para ello debemos salir de nuestro círculo de confort, utilizando un lenguaje entendible y sabiendo que si lo conseguimos, nuestro trabajo -y nuestra disciplina-será valorado socialmente y de ello depende realmente nuestro futuro -y también nuestro presente-. Esto parece haber sido comprendido perfectamente en el ámbito anglosajón, donde contamos con excelentes profesionales y académicos, que además tienen una contrastada trayecto-ria divulgadora -valga el conocido y ya clásico ejemplo de Beard (2009; entre otros), entre los numerosos que podrían citarse-, y empieza a intuirse en el ámbito hispano; así, Celestino (2014) también incide en esta misma opinión. En este sentido hay mucho que agradecer al equipo de Atapuerca y la labor de difusión que han realizado, a través de publicaciones y de su relación con la prensa, haciéndonos ver la importancia que tiene dedicar tiempo a esta tarea (p. No obstante, y estando de acuerdo en lo básico de este elogio con el autor, se echa en falta también un visión crítica y bien argumentada sobre esta experiencia, como la de Hochadel (2013), que de forma monográfica analiza este fenómeno (no se puede llamar de otra manera), destacando que ese éxito se ha producido por un muy bien calculado proceso de suministro de información y por una vinculación con un sentimiento de nacionalismo científico español perfectamente articulado desde determinados medios y esferas. Sin querer pecar de ser optimista, que esa idea de la importancia de la divulgación cale en el mundo académico puede ser cuestión de tiempo, porque es el único camino que nos llevará hacia una sensibilización individual y colectiva por nuestro patrimonio arqueológico y ello contribuirá sin duda a su mejor protección, porque "si amamos lo que conocemos, cuidamos lo que entendemos y nos pertenece" (p. Esta labor educativa es la que llevan décadas realizando otros colectivos, como los grupos de conservación de la naturaleza o de protección de los animales, que han conseguido atraer a la sociedad, educándola, hacia sus campos de interés y hacia sus reivindicaciones (el autor llama la atención precisamente en el capítulo II en que la principal herramienta para la protección no es tanto la ley, que es importante, como la educación), pero para eso se necesita compromiso, salir de nuestra torre de marfil y ser responsables al difundir nuestros conocimientos, no dejando que sean manipulados (Ortega 1999(Ortega -2000) ) o dejando de dar importancia al hallazgo por encima del contexto (en un mensaje más propio del coleccionismo que de la Arqueología, y así ser coherentes con nuestro discurso en las aulas; Rodríguez Temiño 2012). A este respecto hay que recordar el escaso aporte de los arqueólogos al debate periodístico generado en España sobre algunos de los importantes hallazgos producidos en nuestras ciudades, muchos de los cuales fueron eliminados por el bien del progreso (léase un parking en el centro de nuestras ciudades), como muy bien recoge Rodríguez Temiño (2004). No nos sorprendan después (ni nos rasguemos las vestiduras) cuando oímos que alguno de nuestros políticos dice que "el patrimonio es un peso muerto inserto en una marea de burocracia, al que no se puede renunciar, pero que hay que mantener a costa de los presupuestos"; frase dicha por la Consejera de Empleo, Turismo y Cultura de la Comunidad de Madrid en una sesión de la Asamblea de Madrid el 18 de abril de 2013 (p. Quizá una forma de enfocar el tema es, como dice el autor, cambiar la dirección del mensaje y no "mostrar a la sociedad cómo es la Arqueología, sino a los arqueólogos cómo es la sociedad " (p. Ahora bien, esta escasa consideración de la divulgación no es la causa, o al menos no la única o la más importante, de por qué y cómo hemos llegado hasta aquí. La razón es que la Arqueología vivió dentro de una burbuja inmobiliaria, que nos hizo creer otra cosa de lo que realmente era y que ocultó la carencia de inversión pública (p.38, n. Esto se observa, muy bien en el ejemplo de Andalucía (capítulo IV) y de Córdoba (capítulo VIII), que ocupan buena parte del libro, como no podía ser de otra forma para quien lleva toda su vida trabajando por la Arqueología desde esa ciudad y esa Comunidad Autónoma, y como también se anuncia en el propio título de la obra. Ahora bien, el caso andaluz es, por desgracia, extrapolable a la mayoría de las autonomías españolas y podríamos decir que el de Córdoba también lo es a buena parte de las ciudades con la misma problemática. Las expectativas y esperanzas iniciales abiertas por la transferencia de competencias pronto se convirtieron en desilusión, debido a una mala gestión administradora, un interés exclusivo por liberar solares o unas empresas que llegaron a la competencia desleal en ocasiones. A lo que hay que añadir la importancia del signo político de las diferentes administraciones públicas, que en el caso cordobés hizo que ayuntamiento, Junta y gobierno del Estado estuvieran controlados por diferentes partidos políticos, y esa situación, que no es tan infrecuente en España, no sólo no facilita el desarrollo de las iniciativas culturales y de investigación, sino que contribuye a su parálisis. En este análisis, según el autor, y estamos de acuerdo con él plenamente (como ya hemos expuesto recientemente: Barcelona y Cisneros 2016), merece especial atención el papel desempeñado por la administración y sus gestores -que en ocasiones fueron aquellos que no pudieron entrar en la universidad-, y su continuada dejación de funciones; por la universidad, a la que se le vio como competencia desleal, más interesada en sus investigaciones y en unos planes de estudio que producen titulados, aunque no siempre bien cualificados para el trabajo arqueológico, en especial en las ciudades (aunque esto podría paliarse en la actualidad con los grados y másteres en Arqueología, si bien ello puede generar otro problema, alumbrando arqueólogos de primera y de segunda); por los arqueólogos profesionales, que no pensaron en su futuro y siguieron dedicados a una profesión no incluida en el Catálogo específico del Ministerio de Trabajo -no deje de ser una paradoja que uno sea profesional de una profesión que no existe oficialmente-, y por las empresas, más preocupadas en obtener un beneficio que por la publicación de resultados, no incluida habitualmente en el precio de la obra. Bien es cierto que ha habido honrosas excepciones, que han sacado el trabajo con un esfuerzo añadido, personal, no remunerado. Entre ellas podemos citar, como ejemplo, las excavaciones del Paseo de la Independencia de Zaragoza (Gutiérrez González 2006) o las del castro de Peña Amaya (Quintana 2017), por ponernos en situaciones diferentes, urbanas y rurales, sin que nadie se ofenda si no es mencionado, además de las que recoge el autor. El resultado de todo ello es bien conocido: años de tierras removidas, escasa información arqueológica, toneladas de materiales depositados en los museos (en el mejor de los casos), de evidencias desaparecidas (p. 163-170) y de "floreros arqueológicos o rutas del despilfarro", como Vaquerizo señala (p. En resumen, un panorama reflejo de un escaso interés por la arqueología y por su papel social, que llevó a que nuestra disciplina fuese vista como un freno al desarrollo y al avance de las ciudades. Opinión que podría cambiar radicalmente, por el bien de la consideración de la profesión, si se publicase, se pusiese en valor y se difundiese todo lo excavado (yo me conformaría sólo con la mitad). Quizá así la sociedad, o una parte de ella, no nos vería como una rémora, contribuiríamos a que conociese su pasado y lo pudiese proteger (p. Con todos estos antecedentes, no debe sorprender al lector, llegado a los capítulos VI y VIII, que el autor defienda un nuevo tipo de arqueología, basado en el principio de la cultura emprendedora, consciente de su enorme potencial social y eco-nómico. Pero esta defensa no sólo es a nivel teórico, un desideratum, sino que es una realidad: el proyecto "Arqueología somos todos", emanado del grupo de investigación Sísifo de la Universidad de Córdoba, que el autor dirige, con la intención de trasladar el modelo al ámbito universitario, para que esta institución sea faro y no vagón de cola (p. Un proyecto abierto y permeable, capaz de reivindicar la didáctica de la arqueología como un campo de trabajo más junto a la docencia, la investigación o la gestión, pero siendo consciente de que detrás de toda difusión hay una labor de investigación que es irreemplazable y de que es necesario adaptar los objetivos a los diferentes niveles y a la multiplicidad de formatos posibles para llegar al más amplio espectro de población, porque la pretensión última es que los mensajes sean comprendidos, asumidos e incorporados (p. Un proyecto en el que se resume el ideario defendido por el autor en toda la obra: "transferir a la sociedad el conocimiento generado por su investigación, convencidos...de que si la ciudadanía percibe y entiende lo que la arqueología representa en toda su dimensión aprenderá a respetarla, cuidarla, defenderla y también apoyarla, hasta asumirla como algo necesario de lo que no se puede ni debe prescindir por considerarla parte de ella, símbolo de su identidad y de orgullo y recurso de futuro" (p. Un proyecto transversal, multidisciplinar e intersocial (p. 417), que busca "erradicar la falsa y perversa dicotomía entre arqueología de gestión y de investigación" (p. 418), transitando por la vía de la llamada arqueología pública; aquella que busca gestionar el conocimiento desde el más absoluto compromiso, haciendo partícipe del mismo tanto a la comunidad científica como a la sociedad que la sostiene y al entorno en el que desarrolla su labor (p. Y, lo que es más importante, un proyecto que es ejemplo para otros que se están desarrollando en España, algunos de los cuales son recogidos en el capítulo VII. Aunque nosotros hayamos optado por centrarnos en estos temas, el libro aborda también otros importantes, y de forma intensa, como: la profesión de arqueólogo (capítulo V) y lo que significa y representa serlo (p. 514-516); el mundo académico o todo lo que la sociedad debería saber sobre él y alguna cosa más que no nos atrevemos a decir (p. 60-70 y capítulo IX), la didáctica y puesta en valor del patrimonio arqueológico y también el olvido sufrido por muchos yacimientos (capítulo VI) o el uso social de la arqueología (capítulo VII). El último capítulo resume perfectamente las diferentes ideas desarrolladas en el libro, remarcando la necesidad de empezar un diálogo entre los practicantes de esta disciplina, de buscar vías de consenso (aunque estemos acostumbrados sólo a oír este término en el debate político español) y criterios de rigor, solvencia, ética, de democracia en suma, o si no de seguir "devorándonos sin piedad entre nosotros" (p. No quiero terminar sin mencionar una cita que recoge Bate (1998) al inicio de su obra: "Quien teme que le roben una idea teme, en realidad, no ser capaz de producir otras nuevas". Desiderio Vaquerizo ha demostrado que no tiene por qué temer el desprecio de algunas instituciones respecto al proyecto "Arqueología somos todos", ni que algunos estamentos copien la idea sin citar su origen (p. 431), porque ha demostrado que es capaz de tener ideas (y buenas) y de desarrollarlas; el problema lo tienen quienes no son capaces de generarlas. En resumen, un libro de lectura obligada para todas aquellas personas que tengan relación con la Arqueología, se trate de profesionales, aficionados o amantes de la misma, pero sobre todo para nuestros alumnos, porque con él no sólo pueden aprender la realidad (una realidad) de la disciplina, sino también y especialmente a reflexionar sobre aspectos que pueden marcar nuestro futuro (su futuro) si quieren seguir este camino de espinas en el que de vez en cuando se encuentra alguna rosa. Rememorar la Antigüedad a partir de testimonios de tiempos posteriores es una actividad secular, que ha dado siempre resultados fructíferos. La remembranza hecha a partir de creaciones artísticas modernas es la forma más común a causa de la proliferación de las inspiradas o derivadas de obras antiguas, muy en especial entre los siglos XV-XIX. Bustos, retratos, relieves, medallones, monedas alcanzan a su vez la primacía entre las obras artísticas que en la Modernidad remiten directamente a la Antigüedad, de donde su interés para arqueólogos, historiadores, historiadores del arte y para todos cuantos se interesan por el estudio de estas obras desde diversos ámbitos de investigación. Estas premisas se cumplen puntualmente en la obra Viri Antiqui, que con gran acierto y oportunidad ha coordinado Montserrat Clavería. La Universitat Autònoma de Barcelona ha convertido los análisis sobre la antiquaria en uno de sus campos científicos de identidad y la actividad desplegada por esta investigadora es y ha sido fundamental para la consolidación de dichos estudios y para su conversión en una especialidad reconocida. El título de la obra reseñada abre la visión hacia el fenómeno de la preeminencia del retrato masculino elaborado en materia-les duros durante el Renacimiento y el Barroco. Se trata de una aportación muy valiosa no sólo en el plano específico del retrato de época moderna, sino también en el horizonte más amplio histórico-cultural. Solamente la cantidad de información archivística, literaria, histórica y gráfica, que la obra aporta, es digna de elogio por la recuperación y la renovación importante que supone desde el punto de vista patrimonial. Si además se atiende a la actualización bibliográfica, a la puesta al día en cuestiones sustanciales o a la calidad del material gráfico se advierte la evolución y el avance que esta obra representa para los estudios sobre retratos a la antigua de época moderna. En calidad de coordinadora de la obra, M. Clavería ha forjado una estructura con apoyo en tres trabajos introductorios, una presentación y dos conferencias o estudios previos. A partir de esta base se suceden apartados temáticos de diverso contenido, más abierto en las secciones primera y tercera, más concreto y cerrado en la segunda. La lectura de la obra da a entender, que se ha recurrido a la flexibilidad para aglutinar el alto número de contribuciones, temas y problemas, que en su día suscitara el simposio Viri Antiqui, celebrado el año 2015 en la Universitat Autònoma de Barcelona. Los trabajos introductorios de P. Rodríguez Oliva y S. Schröder plantean cuestiones latentes a lo largo de todo el libro, entre las que sobresale la dificultad inherente a la reinterpretación de retratos tenidos por antiguos, romanos, centrada la reflexión en torno a ejemplares de colecciones acreditadas por su prestigio. En ambos artículos se lleva a cabo un análisis profundo y culto de retratos y obras antiguas y se fijan las bases o criterios más adecuados para afrontar las reinterpretaciones debidas. El estudio de P. Rodríguez Oliva demuestra que sólo la coordinación del plano histórico, historiográfico, artístico, arqueológico y arqueométrico lleva a conclusiones seguras. Por su parte S. Schröder hace ver la importancia de un tema capital, como es el de los retratos antiguos y de las grandes creaciones de la Antigüedad para los artistas del Renacimiento. Tras las conferencias introductorias se abre la sección primera del volumen, que es la más cuantiosa y en la que se engloban estudios sobre retratos masculinos, coleccionismo y sociedad. De manera diversa los trabajos reunidos en ella atienden cuestiones tan relevantes en el fenómeno del coleccionismo como su proyección histórico-cultural, el contenido y la orientación que los coleccionistas imprimieron a las colecciones y, en consecuencia, el impacto de éstas en la cultura de su época. Desde el punto de vista de la Antigüedad misma J. Fejfer se centra en las representaciones clásicas de hombres de letras, para mostrar cómo la percepción del mundo antiguo y la valoración de sus creaciones artísticas suponen un proceso que remite a la Antigüedad. Con el coleccionismo histórico conectan las aportaciones de J. Beltrán y de J. Bellsolell. Sin ser la primera vez que incide sobre el tema, la revisión del coleccionismo andaluz llevada a cabo por José Beltrán tiene el interés de mostrar el valor testimonial de la mayoría de esas colecciones, muchas de ellas desaparecidas, en las que predominaba el interés por la galería de retratos, especialmente por los Doce Césares. La línea del coleccionismo anticuario es la seguida también por Joan Bellsolell en su estudio sobre los retratos de Miquel Mai realizados en medallones de mármol y bronce. Las grandes colecciones de bustos y retratos italianas y españolas -Azara, Grimani, Villa d ́Este, Ludovisi, Despuigconstituyen el núcleo central de esta primera sección del libro y suponen una renovación considerable del tema del coleccio-nismo. No es ésta la primera vez que Beatrice Cacciotti aplica sus profundos conocimientos a los mármoles de la colección Azara, pero ahora se ofrece una visión más amplia desde la frontera de la anticuaria y de la arqueología. Este trabajo es una aportación capital a la obra ahora editada en atención a varias razones. En primer lugar, porque el protagonista, José Nicolás de Azara, y su colección superan el límite sociocultural dieciochesco y quedan inmersos en el fenómeno del pensamiento estético-filosófico del momento, es decir, el que planteó una valoración nueva del arte antiguo. En segundo lugar, porque el interés de Azara por el retrato antiguo ejerció peso en el desarrollo posterior de la Arqueología Clásica tanto en la vertiente museográfica como en la de investigación. Tras este estudio, la colección Azara se renueva en cuanto al valor y al significado de su contenido, en cuanto a la función de modelo para coleccionistas y en cuanto agente innovador en materia de restauración, conservación y difusión del retrato antiguo. Marcella De Paoli pone de relieve la atención que los creadores de la veneciana colección Grimani y sus continuadores después pusieron siempre en la organización y disposición de las piezas en las diversas salas del Palacio. Encontramos aquí de nuevo una especie de patrón-tipo de colección, que luego se reproduce en arreglos y reformas de la colección en el siglo XVIII. Se trata por tanto de una aportación concreta y bien definida al panorama del coleccionismo y al conocimiento del peso que las colecciones de antigüedades de las familias principescas italianas tuvieron en la configuración de la mentalidad artística y cultural de la Europa moderna. La rememoración de los retratos antiguos de la colección de esculturas de la Villa d ́Este en Tivoli llevada a cabo por Serafina Giannetti trae nuevamente a primer plano la cuestión de la riqueza extraordinaria del exorno escultórico en Villa Adriana. Los retratos y estatuas que Pirro Ligorio exhumó en el siglo XVI, para ornamentar la Villa del cardenal Hipólito II d ́Este en Tivoli integraban a mediados del siglo XVI una de las colecciones más afamadas de Italia, cuyo empobrecimiento progresivo a causa de pérdidas y desapariciones, acabó en total dispersión a mediados del siglo XVIII y es hoy poco más que una simple evocación. De aquí el interés de esta aportación, no sólo testimonial sino crítica y analítica gracias a las descripciones rescatadas por la indagación historiográfica. El estudio de Beatrice Palma sobre la colección Ludovisi y el de Manuela Domínguez sobre la de Despuig refuerzan la línea de investigación conducente a la recuperación de datos historiográficos sobre circunstancias de la adquisición de piezas, sobre su dispersión y sobre la trayectoria seguida por estas galerías de emperadores y hombres célebres. Como es sabido, la colección Ludovisi representa una de las cimas del coleccionismo. Nada tiene, pues, de extraño que algunas piezas, entre ellas retratos, hayan sido cabezas de serie para réplicas encargadas para colecciones barrocas. Por su parte M. Domínguez a propósito de la colección del cardenal Despuig informa sobre el interés y el éxito de determinados tipos iconográficos y de su repercusión sobre el coleccionismo moderno. No faltan aquí las falsas identificaciones modernas para crear modelos de virtud y ejemplaridad. Escipión, Cicerón o Foción son algunos de los más notables. En el estudio de una obra concreta, la llamada Apoteosis de Claudio del Museo del Prado, se centra la contribución de Maria Grazia Picozzi. Valiéndose de nuevos datos e información sobre el lugar del hallazgo, sobre la reproducción de la obra en grabado antiguo y sobre documentos de pago conservados en los archivos de la familia Colonna, la autora renueva el conocimiento de esta obra tan singular, regalo del cardenal Girolamo Colonna a Felipe IV. Aspecto de especial interés es el que centra la investigación en la época en que la pieza aún estaba en Roma en propiedad de los Colonna. Entre la mucha y muy documentada información que ofrece este trabajo hay un dato que no debe pasar por alto, como es la asociación de la Apoteosis barroca de Claudio con el relieve de la Apoteosis de Homero en un grabado de 1658. El relieve y el águila de esta escultura fueron hallados en el mismo lugar, en una villa atribuida al emperador Claudio. No se dice más, pero la supresión del busto de Claudio y consiguiente liberación del águila junto con la cronología de alta época imperial abren nuevas perspectivas para la interpretación de la obra antigua. La sección segunda del volumen, dedicada a conservación y restauración, se inicia con otra aportación de peso debida a A. Fendt. Tras una introducción museográfica-historiográfica sobre la maravillosa Gliptoteca de Múnich el trabajo se centra en la sala que alberga buena parte de la colección de retratos. Del mayor interés resulta el recorrido por las ideas expositivas y por el contenido dado a las sucesivas exposiciones por parte de los directores de la Gliptoteca, entre los que se encuentran figuras capitales de la Arqueología Clásica del siglo XIX, como H. Brunn y A. Furtwängler. En el tema de la restauración se realiza un análisis claro, preciso e ilustrado con técnicas actuales de reproducción fotográfica digital. La visualización de las partes antiguas y de los añadidos o restauraciones hechas a los retratos resulta fácil y entendible, pues además se hacen constar los casos en que añadidos y restauraciones han sido retirados en tiempos próximos a nosotros. En conjunto se trata de un trabajo excelente, que pone al día no sólo el problema de la dialéctica antiguo-moderno en los retratos restaurados de la Gliptoteca de Múnich, sino que ilustra la historia de un periodo decisivo de la Arqueología Clásica y de la museografía alemana con su repercusión y efecto sobre la Historia de la Arqueología. A una de las grandes colecciones anticuarias españolas, la de la sevillana Casa de Pilatos, propiedad de los Duques de Medinaceli, está dedicado el trabajo de Javier Barbasán. Queda en él de manifiesto que la mayoría de las restauraciones pertenecen a la etapa de creación de la colección en el siglo XVI, sin que haya habido intervenciones señaladas en las esculturas con posterioridad. Una cuestión inquietante e infrecuente es la que plantea K. Lange sobre el crédito que se puede dar a obras restauradas y alteradas por intervenciones modernas respecto a la categoría de obras antiguas, que de alguna manera han perdido. Su reflexión viene sugerida a partir de los bustos masculinos de la colección de antigüedades de los reyes de Prusia. Con ojos y criterios de quien conoce la labor creativa del escultor/restaurador se hace ver que la consideración de esta clase de obras pasa por entenderlas como resultado de un proceso evolutivo que arranca del momento de su creación, pasa por todos los momentos en los que se ha actuado sobre ella y llega hasta hoy. Este trabajo introduce la novedad de la ética de la restauración y pone en guardia sobre su carácter cambiante, puesto que su evolución es inherente al ritmo de los tiempos. Para los actuales se revaloriza el respeto a la obra antigua, que incluye todo aquello que ha llegado a ser parte de la pieza. En la problemática de la conservación y restauración se inserta también el trabajo de I. Moreno, una reflexión sobre el respeto a la pieza y a su historia en la labor del restaurador. Técnicas y procedimientos de conservación y restauración son considerados en relación con la serie de bustos antiguos y modernos del Museo de Arqueología de Cataluña con sede en Barcelona. Tanto el trabajo de K. Lange como el de I. Moreno representan una llamada de atención sobre la necesidad de valorar y tomar en consideración lo que hoy es la obra de arte antigua, en lo que se ha convertido y cómo nos ha llegado, a la hora de afrontar su estudio e interpretación por parte de los especialistas. Una faceta que da que pensar, que enriquece y renueva el estado de conocimientos sintetizado en este nuevo libro. La tercera sección del volumen acoge dos vertientes, una centrada en contenidos específicamente iconográficos y otra dedicada a propiedades y función de los retratos a la antigua. M. Trunk abre la sección y la vertiente iconográfica con un trabajo de corte clásico dentro de la panorámica del retrato romano -el retrato de Cicerón y el de César-, lo enfoca desde la óptica del nuevo libro -la tradición iconográfica de dichos retratos en la Edad Moderna-y lo concreta en tres retratos del Museo del Prado. El análisis historiográfico realizado para centrar el problema del retrato de Cicerón es modélico y en él resalta la preeminencia del busto de los Uffizi en la genealogía de los retratos atribuidos en tiempos a Cicerón, entre los cuales los dos del Prado, por ser el único busto tenido por antiguo y modelo básico para numerosas copias y reproducciones modernas. Respecto a las del Prado queda claro que la pieza de mayor tamaño es un retrato reelaborado probablemente en el siglo XVIII a partir de un busto antiguo deteriorado; mientras el busto de menor tamaño es una clara elaboración del XVIII con función decorativa, pieza típica para escritorio. En cuanto al retrato de César la apariencia antigua no impide que el autor reconozca en él una obra dudosa, remotamente relacionada con el más fidedigno de los retratos de César, el del Museo de Turín perteneciente al tipo Tusculum. Las discrepancias advertidas son fundamentales para pensar en una imitación moderna, posiblemente del siglo XVI, para la que se pudo reutilizar alguna pieza antigua. Se trata por tanto de un caso ejemplar para documentar una situación, en la que la trayectoria evolutiva de la pieza obliga a dejar abiertas las cuestiones de la identidad y de la filiación antigua. Dentro del marco general que supone el interés por los viri antiqui ilustres y por la reproducción de sus imágenes, el trabajo de Francesco Paolo Arata ilustra un caso representativo de la Roma renacentista, como es el de la asociación de Marco Antonio Colonna, triunfador en Lepanto sobre los turcos, con Pompeyo Magno, vencedor del rey del Ponto, Mitrídates. A las numerosas e interesantes aportaciones de carácter iconográfico se suma otra de carácter histórico-cultural muy significativa, pues demuestra que la colocación del bajorrelieve en su posición actual cumplió una función decorativa pero no exenta de valor ideológico. La vecindad inmediata de los Fasti Consolari e Trionfali expuestos en la misma sala es prueba de la intención de exaltar a los grandes militares romanos y de dejar memoria de algunos vencidos merecedores de ella. Los monumentos de Alejandro Farnese y de Marco Antonio Colonna, héroe de Lepanto, son las muestras más conspicuas. Por tratarse de una gran victoria naval, la de Marco Antonio Colonna se quiso equiparar a las que en la Antigüedad obtuviera Pompeyo sobre los piratas y sobre el rey del Ponto, Mitrídates, que en el juego del parangón con los enemigos antiguos representa a orientales y otomanos, enemigos modernos. M. Clavería y E. Koppel analizan las propiedades y modalidades de las reproducciones de retratos antiguos a partir del Renacimiento y demuestran que dichas reproducciones no necesitan atenerse a un determinado modelo antiguo o moderno, sino que pueden ser una opción selectiva, es decir, basada en la imitación o búsqueda de semejanza en rasgos característicos atestiguados en retratos antiguos. En esa misma línea M. Clavería estudia los medallones marmóreos con retratos masculinos del Museo del Prado. Ya el hecho de traer a primer plano como serie monográfica esta serie de bustos de finales del siglo XV-siglo XVI es una contribución valiosa y nueva, sobre todo por lo que aportan al conocimiento de los talleres florentinos abastecedores de la demanda de coleccionistas y familias ricas. Como novedad merece ser resaltada la aplicación de técnicas analíticas, gracias a las que se ha detectado una rica gama de mármoles de alta calidad. Formas y funciones de los bustos renacentistas a la antigua es el tema desarrollado con gran claridad y abundante documentación por M. Laubenberger y U. Müller-Kaspar. Su estudio se centra en la praxis y método de análisis aplicados a los ricos fondos escultóricos modernos del Kunsthistorisches Museum de Viena, otro centro privilegiado para la investigación arqueológica e iconográfica. Aspecto primordial del trabajo es el enfoque prioritario dado a motivos ornamentales habitualmente considerados secundarios, pero que resultan determinantes por apegados al modelo antiguo, para saber que pertenecen al siglo XVI y que, en consecuencia, los bustos que los ostentan son más antiguos de lo que se pensaba. Las conclusiones establecidas son de máxima actualidad y utilidad para comprender qué sentido tiene hoy la restauración y cómo se justifica. A la hora de realizar una valoración de conjunto sobre esta obra recientemente editada un juicio objetivo lleva a elogiarla y a celebrar su publicación; porque a todo lo aportado en el plano científico, hay que añadir lo conseguido en el plano editorial, es decir, en cuanto a calidad de impresión, del material fotográfico, de apariencia homogénea, por ejemplo, en la elaboración de unas listas bibliográficas densas, exhaustivas y actualizadas. La Editorial Universidad de Sevilla sitúa a muy alto nivel el límite de sus propias exigencias, elevado de por sí a juzgar por las publicaciones que realiza. Los autores merecen ser felicitados y lo merece especialmente la coordinadora y responsable de la obra, Montserrat Clavería, en primer lugar, por el mérito de haber reunido un plantel tan cualificado de especialistas y, en segundo lugar, por haber sabido coordinar con acierto una obra compleja, muestra de cómo llevar a cabo la renovación de una problemática artística y arqueológica marcada por el peso de la tradición. Pilar León Universidad de Sevilla / Real Academia de la Historia Manuel Camacho Moreno, Arqueología, museo y sociedad. Juan Lafita y el Museo Arqueológico de Sevilla. La monografía, premiada por un jurado universitario con el accésit en la sección Historia del concurso de monografías "Archivo Hispalense" en su edición 2016, ha sido editada por el Servicio de Archivo y Publicaciones de la Diputación de Sevilla. Se organiza en cuatro capítulos, a los que hay que añadir un apartado dedicado a fuentes documentales, una bibliografía y Aquel año de 1936 marca el final del período sobre el que ha profundizado el trabajo de investigación de Manuel Camacho, y que se plasma en el capítulo III. En ese período el Museo Arqueológico se encontraba situado aún en el convento de la Merced Calzada, compartiendo sede con el Museo de Bellas Artes junto a otras instituciones como la Academia y la Escuela Bellas Artes. La labor fundamental que desarrollará Juan Lafita será la mejora de la presentación de las colecciones, que se habían ido acumulando desde su creación oficial en 1879, bajo la dirección de Manuel Campos Munilla, si bien el montaje se debía al arquitecto Demetrio de los Ríos. Se extendía de forma abigarrada en tres de las galerías del claustro mayor del antiguo convento, y Lafita intentó adecuar las instalaciones y conseguir nuevos espacios donde instalar los fondos que iban saturando poco a poco el exiguo espacio, sobre todo con los descubrimientos que se habían realizado en la ciudad de Itálica a partir de 1900. Aparte de las excavaciones arqueológicas que llevó a cabo en la ciudad romana de Orippo (Dos Hermanas, Sevilla), y teniendo como marco la Exposición Iberoamericana de 1929, coordinó la Exposición El Reino de Sevilla, origen de los presupuestos museológicos del futuro Museo Arqueológico de Sevilla. Su trabajo en estos momentos se orientará en dos principios básicos. Por un lado, su preocupación por ordenar las instalaciones del convento de la Merced; por otro lado, concienciar a la sociedad sevillana -y a las autoridades-sobre la importancia de la colección arqueológica, así como de su futuro. Así, tras la Exposición Iberoamericana de 1929, Juan Lafita, apoyará el traslado de la colección arqueológica al Pabellón Mudéjar, edificio que reunía aquellas características arquitectónicas apropiadas a la definición del "ideal andaluz", lo que permitiría aunar en el nuevo museo las colecciones romanas de la ciudad de Itálica, y la arquitectura del pabellón, inserto en el paisaje de los Jardines de Forestier del Parque de María Luisa, como símbolo de Andalucía. Sin embargo, el proyecto no se consumó tal como él había previsto. Es sabido que, en el año 1941, por fin, se iniciará el traslado del Museo Arqueológico a una nueva sede, pero será ahora el antiguo Pabellón Renacimiento de la Exposición Iberoamericana, cedido junto con la colección arqueológica municipal por parte del Ayuntamiento de Sevilla. En la conformación del nuevo centro colaborará Juan Lafita con Joaquín de Navascués, como inspector nacional de museos, que marcará las directrices fundamentales, Félix Hernández, como arquitecto, y Concepción Fernández-Chicarro y de Dios, que se incorpora en estos momentos al museo sevillano, asumiendo la gestión de las colecciones. No obstante, su colaboración con la nueva instalación del Museo Arqueológico de Sevilla debió ser menos activa, conducida por la enérgica mano de Joaquín de Navascués bajo los planteamientos ideológicos impuestos por el franquismo. Será inaugurado en 1946 por el propio Franco, como símbolo del nuevo régimen. Era, por tanto, un proyecto completamente diverso del proyectado por Lafita, antes de la guerra civil, desde los ideales del regionalismo, momento álgido de su trayectoria intelectual. En resumen, este trabajo de investigación pone en valor la figura de Juan Lafita y su aportación al Museo Arqueológico de Sevilla, como parte de una historia, quizás un tanto oculta por su desarrollo posterior, impulsado por unos ideales regionalistas muy concretos que tenían su sustento en el Ideal Andaluz, de la mano de los poetas y artistas de la Generación de 1914 y de 1927, siendo él mismo uno más de ellos, y teniendo como faro el Ateneo de Sevilla. A esos dos capítulos centrales del libro se une un cuarto donde se lleva a cabo una síntesis, concluyendo que "debe considerarse a Juan Lafita Díaz como una de las figuras destacadas de la museografía andaluza en el período comprendido entre dictaduras. Representa un modelo de profesional humanista..." (pág. 162). A ello siguen la relación de fuentes documentales y bibliografía, así como trece interesantes anexos sobre temas diversos de la vida y obra del personaje, que enriquecen enormemente la obra. Además, hay que destacar la rica documentación gráfica de toda la obra, con fotografías del personaje y su entorno, de muchas de sus aportaciones artísticas y del propio Museo Arqueológico de Sevilla, que se completan con una serie de fotografías finales en color (anexos 9-13). Se trata, pues, de una obra de obligada consulta no solo para los estudiosos e interesados en nuestro Museo Arqueológico de Sevilla, sino para todos aquellos que quieran profundizar en la cautivadora personalidad de Juan Lafita -escasamente conocido en general-, así como en la Sevilla de los inicios del siglo XX, uno de los períodos más fecundos de su historia cultural. María Luisa Loza Azuaga Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Editorial: AEspA abre nueva época digital a los 80 [95] años de su fundación Por Real Decreto de 11 enero de 1907 (Gaceta de Madrid de 15 de enero) se creó la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), y unos años más tarde, por Real Decreto de 18 de marzo de 1910 (Gaceta de Madrid de 19 de marzo), el Centro de Estudios Históricos (CEH). Fue la consecuencia de la gestación por aquellos años de un plan de regeneración de las Humanidades en España y de reforma cultural, científica y pedagógica que la acercase al resto de países de la Europa occidental. El CEH se estructuró en diversas secciones, entre ellas la de Arte y Arqueología, dirigida por Manuel Gómez Moreno y Elías Tormo y Monzó. En este contexto, en 1925 nació la revista Archivo Español de Arte y Arqueología con la intención de proporcionar un instrumento de difusión de los estudios y avances científicos en ambas disciplinas, algo que en la segunda mitad del siglo XIX apenas habían logrado -frente a lo que ocurría con algunos proyectos editoriales de los años 30 y 40 de dicha centuria en Francia, Alemania y Reino Unido-algunas revistas como, entre otras, El arte en España (1862España ( -1869)), Museo Español de Antigüedades (1872-1880), Boletín de la Real Academia de la Historia (fundada en 1877) y los Boletines de las Comisiones provinciales de monumentos. Los volúmenes de la revista se publicaron con periodicidad anual hasta 1937 (vol. 13), cuando la guerra civil española truncó temporalmente la iniciativa. Finalizada la contienda, por Decreto de 24 de noviembre de 1939 se fundó el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) como organismo autónomo dependiente del Ministerio de Educación Nacional y las antiguas secciones del CEH se constituyeron en institutos de investigación. Se creó el Instituto "Diego de Velázquez" de Arte y Arqueología y, en 1940, Archivo se desgajó en dos cabeceras distintas: Archivo Español de Arte y Archivo Español de Arqueología. El director del nuevo Instituto, Juan de Contreras y López de Ayala, marqués de Lozoya, justificó la segregación -con buen criterio-en la diversidad de métodos que ambas disciplinas habían alcanzado. La nueva publicación retomó la numeración heredada de la revista matriz y en 1941 se publicó el vol. 14 correspondiente al segundo semestre de 1940 y al año siguiente completo. Desde entonces, Archivo Español de Arqueología (en adelante AEspA) se ha publicado sucesivamente con periodicidad semestral y anual y con las únicas incidencias de la edición de un volumen triple en 1972-1974 y uno doble en 1977-1978. Es una revista de ámbito institucional muy consolidada en todo el territorio español y con cierta proyección internacionalpor ejemplo, en Portugal en tiempos recientes-. El lector avispado ya habrá advertido que con el vol. 93 de 2020 se cumplen 80 años de la fundación de AEspA. Y si -con justicia-nos retrotraemos al origen de la revista matriz, la cifra se eleva a los 95 años, con lo que nos acercamos al aniversario redondo del centenario. Tanto 80 como 95 años equivalen a una vida humana larga y fecunda, y por tanto es esta una ocasión propicia para reflexionar sobre su devenir y tomar decisiones sobre el plan editorial de Archivo y su porvenir. Transcurrido este lapso, echar la vista atrás será un buen ejercicio para conocer mejor la revista, reconocer quiénes han sido sus protagonistas y la han sustanciado, cómo hemos llegado hasta aquí, y qué aportación a la ciencia arqueológica le es inherente; en definitiva, cuál ha sido el alma y el devenir de un proyecto de difusión científica que, sin lugar a dudas, ocupa un puesto de honor en la historia de la arqueología española desde hace casi cien años. No es fatuo afirmar que, en sus ocho décadas de vida (o, si se quiere, casi diez), la revista se ha convertido en un actor principal de aquella, de la progresión del conocimiento en ámbitos concretos de la disciplina, de la apertura a nuevos planteamientos metodológicos y de estudio. Por ello, aprovechando que 2020 será el último año en que Archivo se publique en papel, hemos querido abrir el vol. 93 con un estudio bibliométrico de la re-vista acotado entre 1925 y 2019 y en el marco de las revistas españolas de arqueología recogidas por Scopus y los ÍnDICES-CSIC. Obra de Luis Rodríguez y José Ignacio Vidal (CSIC), analiza su presencia en bases documentales, la evolución y preferencias temáticas en diferentes etapas, la distribución de la autoría y el impacto de sus citas; este análisis se acomete en el marco de las publicaciones españolas dedicadas a la arqueología, en particular estableciendo una comparativa con otras revistas de la disciplina e igual temática editadas por instituciones públicas y recogidas en Scopus. Abordar estas cuestiones permitirá una aproximación cuantitativa a la evolución de la revista, y abrirá la puerta a nuevos planteamientos historiográficos para contextualizarla y medir su verdadera aportación a la arqueología española contemporánea. Incardinar el desarrollo de la revista en su marco político, institucional y científico, en particular en el del CSIC y sus diversos institutos y departamentos de arqueología; establecer su ligazón con algunas de las figuras señeras de la Arqueología Clásica española y sus preferencias y conceptualizaciones científicas; identificar los grandes argumentos que han ocupado y preocupado a los autores que han escrito sus páginas y cómo en buena medida a través de estas se han establecido muchos de los presupuestos en los que sucesivamente se ha sustentado la construcción de la historia arqueológica de la península ibérica desde el I milenio a. C. hasta la Alta Edad Media, con especial incidencia en el periodo romano y tardorromano; medir su verdadero impacto internacional y sus vínculos con organismos, estudiosos y argumentos de estudio en la Europa occidental; establecer, en fin, sus relaciones con otras revistas científicas que, en las últimas décadas, han terminado por dibujar el actual panorama de la difusión científica española en el ámbito arqueológico; son todas ellas cuestiones para un debate historiográfico, como el planteado hace unos años por Gloria Mora (2002: "Archivo Español de Arqueología. Notas para una historia de la revista", Archivo Español de Arqueología, 75, 5-20), y que en el futuro requerirá de nuevos planteamientos al objeto de definir luces y sombras. Pero este ejercicio retrospectivo debe complementarse con una mirada despierta hacia el horizonte y con un intento de construir con sólidos cimientos el futuro más inmediato. La disciplina arqueológica estudia la materialidad del pasado y sus protagonistas, pero ha de estar comprometida con el futuro. Y esto compete también al ámbito de la publicación y de las revistas. La edición electrónica es uno de los grandes retos de la arqueología del siglo XXI. K. Fitzpatrick lo resumía con esta perspicaz reflexión: "Cambiar nuestras tecnologías, nuestras maneras de hacer inves-tigación y nuestros modos de producir y distribuir los resultados de investigación son todos cruciales para la continuidad de la vitalidad de la academia; y ninguno de estos cambios puede llegar a menos que haya un profundo cambio en las formas en que los académicos piensan su trabajo. Hasta que los investigadores piensen realmente que publicar en la Web es tan valioso como publicar en papel... pocos [en este caso arqueólogos] estarán dispuestos a arriesgar sus carreras en una nueva manera de trabajar" (Fitzpatrick apud in Ruiz Zapatero, G. 2016: "Publicar revistas de arqueología: cartografía académica y retos de futuro", Revista d'Arqueologia de Ponent,26,[266][267]. En 2008 comenzó a funcionar el portal revistas. csic.es, que permite publicar las revistas en PDF y distribuir tanto los textos completos como los metadatos a través de Internet. Desde ese año AEspA es una revista electrónica, aunque ha mantenido el formato impreso, y se incorporó al sistema Open Access, algo de justicia pues en España la casi totalidad de fondos destinados a la investigación provienen del sector público. Lo digital ya es presente, pero también futuro y cabe en consecuencia plantearse el tránsito a una revista puramente electrónica, sin edición impresa. Editorial CSIC está potenciando la política de edición de revistas puramente electrónicas, de modo que en la actualidad tienen este formato 19 de las 37 revistas publicadas por el CSIC, lo que representa más del 50% del total. Cumplidos los 80 años de la fundación de AEspA, su Consejo de Redacción (CR) ha abierto un periodo de debate y reflexión para determinar cuál podría ser el formato de la revista en los próximos años. Desde la dirección y la secretaría de la revista se han mantenido diversos contactos con responsables de Editorial CSIC y de otras instituciones (como la Biblioteca Tomás Navarro Tomás del Centro de Ciencias Humanas y Sociales), al objeto de recabar el máximo de información para la toma de decisiones. El CR ha analizado cuáles eran los caminos, las opciones y, en especial, los beneficios que podrían obtenerse con el tránsito a la versión electrónica pura. Finalmente, en su reunión de mayo de 2020 acordó dar este paso en el proceso de digitalización de la revista y superar el período de convivencia entre PDF y papel para conseguir un mejor producto digital gracias a los archivos HTML y XML. En consecuencia, a partir de 2021 (vol. 94) la revista dispondrá de tres formatos: PDF, HTML y XML-JATS. En ocasiones, el debate del tránsito a las versiones electrónicas puras se sustancia en una tensa confrontación papel versus electrónico. Con esta fórmula, creemos que evitamos cualquier episodio de colonialismo digital. Archivo mantendrá su formato y la versión en PDF en color posibilitará la conservación del contenido y del forma-to de la revista, procurará la lectura en pantalla y permitirá la impresión en papel y, en consecuencia, las bondades de la lectura atenta, sosegada e inmersiva propia de este soporte (Casati, R. 2015: Elogio del papel. Contra el colonialismo digital, Barcelona). Los otros formatos propiciarán una activa inmersión digital; el HTML se dedicará a la lectura en pantalla (más adaptable al soporte), y el XML-JATS a la exportación de datos y la conservación del contenido. Otro debate es qué modelo de edición electrónica elegir. El CR ha optado por el modelo de publicación online first, que gestionará los artículos de forma independiente, aunque llegada la fecha de cierre de cada volumen se deberán ordenar convenientemente. Este sistema ofrecerá en formato electrónico los contenidos aprobados por el CR. No será un servicio de preprints, pues sólo se publicarán versiones definitivas revisadas por pares, aprobadas, editadas y con maquetación definitiva. La fórmula online first parece sugerente y añadirá otras ventajas, comenzando por un incremento del número de trabajos publicados. También dará la posibilidad de ofrecer artículos nuevos continuamente, fomentando que se den a conocer cuanto antes, que se agilice la citación de la revista y que la comunicación con la comunidad arqueológica sea más rápida y fluida. AEspA recibe un elevado número de originales todos los años y con el paso a digital modalidad online first, quizás en un futuro no muy lejano se podrá llegar a publicar en un plazo de ca. 4 meses una parte sustancial de los trabajos recibidos, aceptados, evaluados, corregidos y maquetados en los tres formatos. Ello ayudaría a posicionarnos mejor. Otra de las ventajas más novedosas que proporcionará AEspA como revista electrónica pura es que será mucho más versátil a la hora de incorporar material de apoyo. Se incrementará el número de figuras y estas serán en color. Además, el formato HTML permitirá incorporar contenido multimedia; se podrán incorporar archivos de audio, vídeo, tablas... Esto abre grandes perspectivas, pues las nuevas tecnologías y los recursos 3D y audiovisuales son una realidad plenamente instalada en nuestra disciplina y, a partir de ahora, podrán disponer de un canal óptimo para su difusión. También se incrementarán las vías de acceso a datos y metadatos. El paso de las revistas en papel a la versión electrónica pura es una opción que se está sustanciando a un ritmo fuerte en los últimos años y que impulsan todas las universidades e instituciones científicas públicas (y privadas). Las revistas que antes adopten el nuevo sistema antes se consolidarán en el nuevo panorama y jugarán con más ventaja en un futuro próximo en sus respectivas áreas de competencia. En el conjunto del Estado, AEspA es la revista decana en el ámbito de la arqueología y disfruta de un renombre y un prestigio consolidado a través del tiempo muy superior a las posiciones alcanzadas en las diversas bases de datos bibliográficas y portales bibliométricos internacionales, como WoS, Scopus, GSM y Scimago Journal Rank (SJR). Esta posición le obliga a dar un paso que, a pesar del vértigo generado por la llamada muerte del papel (que, por cierto, se mantendrá en los Anejos), permitirá seguir abriendo caminos y continuar construyendo y haciendo historia, como tantas veces lo ha hecho con anterioridad. Las versiones electrónicas puras de las revistas científicas generan también nuevas incertidumbres. Quizás la más preocupante es la concerniente a quién y cómo se garantizará que el formato y, sobre todo, los contenidos de la revista electrónica se actualicen cuando estén obsoletos, sobre todo considerando que la arqueología no es una disciplina proclive a recibir pingües inversiones públicas (Ruiz Zapatero 2016: op. cit. 267 y 274). Es de esperar que Editorial CSIC continúe potenciando sus actuales políticas de edición electrónica y que prevea estas circunstancias para un futuro que seguramente llegará mucho antes de lo esperado. Con la refundación de 1940 y en particular bajo la batuta de Antonio García y Bellido, el ámbito cultural, geográfico y cronológico de AEspA se centró en la Arqueología y la Historia Antigua del contexto mediterráneo y europeo. Más tarde, nuevos planteamientos surgieron cuando el CSIC reestructuró en 1985 su sección de Humanidades, refundó el Centro de Estudios Históricos (nombre recuperado de la antigua JAE) y los institutos se convirtieron en departamentos, pasando el Instituto "Rodrigo Caro" de Arqueología (a su vez heredero del "Diego de Velázquez") a departamento de Arqueología y Prehistoria. Tras asumir Ricardo Olmos en 1987 la dirección de la revista, el editorial del vol. 61 de 1988 replanteó sus límites y objetivos: preferencia por los temas arqueológicos del ámbito peninsular sin que ello implicase una visión localista o provinciana; limitación cronológica al mundo antiguo y altomedieval -de la protohistoria a la arqueología tardoantigua-; preferencia por la vertiente arqueológica de los problemas, pues la Historia Antigua contaba con sus propios cauces de difusión; rechazo a trabajos de arqueología acumulativa o puramente descriptiva, aunque sin obviar en el Noticiario trabajos sobre novedades puntuales y relevantes y siempre que el dato aislado se acompañase de un contexto amplio o de un enfoque innovador. En aquellos años se introdujo un "comité asesor" (hoy desdoblado en CR y Consejo Asesor) y se puso en marcha la evaluación por pares (peer-review), que por entonces provocaba desconfianza y que hoy está plena-mente asumida y es el menos malo de los sistemas para asegurar la calidad (Zapatero 2016: 272-274). La revista renovó sus planteamientos previos y, de forma realista, delimitó su alcance al ámbito peninsular y la apertura a nuevos enfoques teóricos y metodológicos, que convergían con los de la disciplina prehistórica, previamente "separada" en la revista Trabajos de Prehistoria. Se buscaba la renovación, la discusión y el espíritu crítico. Sobre estas bases la revista se ha convertido en la publicación de referencia de la Arqueología Protohistórica, Clásica y Altomedieval en España (vide Rodríguez y Vidal en este mismo vol.). El CR desea seguir impulsando estos principios y, siendo realistas, reivindicar el compromiso de la revista con el ámbito peninsular encuadrado en su preciso contexto europeo y mediterráneo. Las cuestiones relacionadas con el patrimonio arqueológico, su conservación y socialización no deberán sernos ajenas. De esta forma, se incidirá en la consecución de un perfil concreto y específico, capaz de atraer el pensamiento crítico de investigadores seniors y a la par accesible para las nuevas generaciones que empujan con fuerza y aportan nuevos planteamientos y perspectivas. Archivo desea reforzar su personalidad propia y aspira a seguir consolidándose como una referencia para el estudio de la historia material peninsular en los milenios I a. La nueva revista digital mantendrá por el momento esta estructura, al objeto de ser capaces de transitar de lo concreto, o local en el tiempo y el espacio, a lo global y general con artículos de fondo. Una última interrogante: ¿publicar en español o hacerlo en otras lenguas, en particular en inglés? Es una realidad que la lengua vehicular en el ámbito de la ciencia es el inglés y que así se está consolidando en el marco de la arqueología; es un fenómeno poliédrico que merece un amplio y crítico debate (Phillipson, R. 2013: Americanizzazione e inglesizzazione come processi di occupazione globale, Roma). Pero no menos cierto es que la multiculturalidad europea se refleja en su diversidad lingüística y que una revista institucional española debe potenciar el papel del español como lengua científica, al menos en el marco de los estudios peninsulares. Dicho esto, parece conveniente aceptar trabajos en español, inglés, francés, alemán, italiano y portugués. Y, reconociendo el nuevo papel de lingua franca del inglés, admitir que los autores que así lo estimen conveniente, sean o no españoles, redacten sus trabajos en lengua inglesa. AEspA es a día de hoy una suma de esfuerzos colectivos acumulados; del CSIC, que la vio nacer y le ha proporcionado el necesario marco institucional; de sus institutos/departamentos de arqueología (hasta llegar al actual de Arqueología y Procesos Sociales), que la han orientado en cada periodo y, en las últimas dos décadas, han actuado con gran generosidad y altura de miras; de sus directores (desde 1940 los Dres. García y Bellido, Blázquez, Olmos, Caballero, Arce, García-Bellido y García de Diego, Pina y Morillo) y secretarios; de los miembros de su Consejo de Redacción y Consejo Asesor, que han velado por la pulcritud del contenido y forma de lo publicado; de los evaluadores, que con su trabajo silente han prestigiado la revista y su posición de calidad; de la redacción, que vela para que el engranaje del proceso editorial funcione con rectitud y desenvolvimiento; y, por supuesto, de los autores, una pléyade de más de 977 estudiosos que con más de 1650 artículos, noticias y recensiones han construido el prestigio de la revista y parte de la historia de la arqueología peninsular y española en la última centuria. Con todos ellos, Archivo ha contraído deuda de permanente gratitud. Ahora continuamos remando e ignorando si iremos en la mejor dirección posible. Desconocemos cómo será el futuro inmediato y no sabemos qué nos deparará el ritmo cambiante de las cosas. Pero una posición comprometida es necesaria y Archivo, su CR y Editorial CSIC quieren poner lo mejor de sí mismos para hacer de la revista un eficaz foro de debate y transmisión del conocimiento arqueológico, con targets ambiciosos y trabajos en los que rigor y calidad sean sellos distintivos. Con estos objetivos inauguraremos en 2021 una nueva época digital. José Miguel Noguera Celdrán Director de AEspA y Catedrático de Arqueología (Universidad de Murcia)
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). de las publicaciones científicas españolas vivas especializadas en esta disciplina. La metodología del estudio toma como referente el reciente estudio (Rodríguez Yunta et alii 2019) sobre Trabajos de Prehistoria (en adelante TP), publicación editada por la misma institución y en el que se incluía un análisis comparativo con otras publicaciones, incluyendo AEspA. La comparación entre publicaciones españolas de Arqueología y Prehistoria también estuvo presente en estudios bibliométricos anteriores (Rodríguez Alcalde et alii 1996, 1997; Román 2003; Román y Alcaín 2005). La propia AEspA ha sido objeto de algunos trabajos específicos (García del Toro et alii 1999; Mora 2002), todos ellos anteriores a la transformación de las revistas con la aparición de la versión digital y la inclusión en índices de citas internacionales. Las revistas académicas ocupan un lugar central en los estudios sobre comunicación científica. En las últimas décadas se ha producido una notable transformación de sus canales de distribución, con la irrupción de las plataformas de edición electrónica, tanto en la vertiente comercial como en los recursos de acceso abierto (Abadal 2017). El interés por estas publicaciones se ve también incrementado por encontrarse en el centro de la polémica sobre los sistemas de evaluación de la actividad científica (Giménez 2016). También para el campo de la Arqueología se abren debates como el impacto de la ciencia abierta (Carver 2007) o las políticas de revisión por pares (Salazar et alii 2019) El análisis bibliométrico aporta un enfoque cuantitativo que complementa los estudios historiográficos, permitiendo documentar aspectos concretos: la evolución en el número de trabajos publicados, la presencia y porcentaje que suponen los autores e instituciones de filiación más habituales, el grado de colaboración en trabajos de coautoría, el número de trabajos sobre determinados ámbitos de investigación o el grado de internacionalidad tanto en la temática como en la procedencia de los autores. Los índices de citas permiten además una aproximación al impacto de los artículos sobre otras publicaciones, en el que pueden aplicarse técnicas de análisis de redes que interpretan las revista como comunidades que se interrelacionan. En el ámbito de la Arqueología contamos con escasos estudios sobre el papel de las revistas (Armada 2016; Ruiz Zapatero 2016). Algunos estudios bibliométricos aportan datos sobre un único título (Armada 2009) o sobre un corpus muy concreto de trabajos (Brughmans y Peeples 2017). Aunque menos frecuentes, también se han publicado algunos trabajos sobre las etapas más recientes (Ruiz Zapatero 2017). Los datos bibliométricos que se ofrecen se han extraído de la plataforma Información y Documentación de la Ciencia en España (ÍnDICEs-CSIC). Aunque se trata de una marca reciente, puesta en marcha por el CSIC en 2018, en realidad es un producto de muy largo recorrido en la difusión de la bibliografía científica española. Este recurso da continuidad a tres bases de datos que fueron pioneras en la oferta de productos informatizados que se crearon en la década de 1980. Estas a su vez se crearon a partir de los repertorios bibliográficos iniciados en la década de 1970: ICYT (Índice Español de Ciencia y Tecnología), IME (Índice Médico Español) e ISOC (Índice Español de Ciencias Sociales y Humanidades). En consecuencia, ÍnDICEs-CSIC recoge la bibliografía de los artículos publicados por revistas científicas españolas desde la década de 1970. Es además un producto adecuado para los estudios bibliométricos, tanto de una publicación concreta como en comparación con otros títulos, dado que incluye los datos sobre filiación de los autores cuando figura en la edición y aporta elementos para el análisis de contenido, clasificación e indización por temas. Además, en el caso de AEspA este recurso recoge los artículos editados desde su inicio e incluso en su título precedente. La labor de recopilación retrospectiva fue realizada por el Instituto de Historia para la elaboración de los índices de la revista, incluyendo los trabajos de Arqueología editados en el primer título de la misma: Archivo Español de Arte y Arqueología. Los datos se completan con otra fuente bibliográfica, la base de datos Scopus, que aporta datos de las citas recibidas por los artículos de esta revista desde 2009. Aunque la plataforma Web of Science (WoS) ofrece datos sobre AEspA partir de 2007, se ha seleccionado Scopus porque permite la comparación con un mayor número de títulos de temática similar. El objetivo de este artículo es, por tanto, realizar un estudio de evolución de la revista a partir de los datos bibliométricos suministrados por estas dos fuentes: ÍnDICEs-CSIC y Scopus. EDICIÓN ELECTRÓNICA Y PRESENCIA EN BASES DE DATOS Y PLATAFORMAS DE REVISTAS AEspA mantiene una versión impresa que está disponible en numerosas bibliotecas universitarias en todo el mundo, pero los usuarios demandan cada vez más el acceso telemático a los textos en formato digital. La versión electrónica a texto completo o los registros bibliográficos de sus artículos están disponibles en diferentes bases de datos y plataformas de revistas científicas, si bien existen diferencias en la cobertura temporal de su trayectoria (Fig. 1). La versión en texto completo, en condiciones de acceso abierto, se edita en la plataforma de Editorial CSIC: http://revistas.csic.es. Este modelo de difusión se inició en 2007, limitándose inicialmente a los últimos años. Editorial CSIC va incorporando números anteriores cuando le es posible, pero actualmente solamente se remonta al volumen 64 de 1991. Los años anteriores también están disponibles en formato digital, pero no en acceso abierto, sino a través de un doble producto comercial: Periodicals Index Online (PIO) y Periodicals Archive Online (PAO). Son bases de datos comercializadas por la empresa ProQuest, que recogen el fondo antiguo de publicaciones periódicas de Humanidades y Ciencias Sociales. Para la edición electrónica, se emplea desde 2007 el software Open Journal Systems (OJS), aunque aún no se aplica en la recepción de artículos y proceso de revisión por pares3. Con esta herramienta el CSIC fue una de las primeras instituciones españolas en difundir sus revistas en acceso abierto, facilitando la interoperabilidad de los metadatos en buscadores y bases de datos. Progresivamente se han incorporado otros elementos de normalización y difusión internacional. Desde 2009 se utiliza el identificador Digital Object Identifier (DOI) en los artículos. En 2016 se incorpora la licencia Creative Commons Reconocimiento (CC-BY). En 2017 se añade el identificador Open Researcher and Contributor ID (ORCID) en todos los autores. Por último, en 2019 se aplica una política de preservación de sus archivos digitales, como parte de la red Public Knowledge Project's Private LOCKSS Network (PKP-PLN), y la recomendación a los autores de que depositen sus datos de investigación en archivos abiertos. Los artículos publicados por AEspA pueden localizarse en buscadores académicos y bases de datos bibliográficas, aunque también con coberturas variables (Fig. 1). La presencia en este tipo de fuentes se interpreta habitualmente como un indicador indirecto de calidad, valorando en especial la presencia en los denominados índices de citas. En este criterio se basa Los datos de citación también pueden recogerse a través del buscador académico Google Scholar, con un carácter más universal, si bien esta fuente tiene muchas limitaciones por la falta de control bibliográfico que sí aportan las bases de datos. El Grupo EC3 de la Universidad de Granada ha publicado sucesivos informes sobre la posición de las revistas españolas en el subproducto de este buscador Google Scholar Metrics (GSM). En el último de ellos (Delgado López-Cózar y Martín-Martín 2019), referido al periodo 2014-2018, AEspA ocupa la posición 20 entre 132 publicaciones españolas de Historia que reúnen las características para entrar en el portal GSM. Igualmente, figura en los principales portales que recogen la producción española (ÍnDICEs-CSIC https://indices.csic.es/), hispánica (Dialnet https:// dialnet.unirioja.es) o internacional (IBZ Online https:// www.degruyter.com/view/db/ibz), en recolectores de datos de revistas electrónicas (REDIB-Red Iberoamericana de Innovación y Conocimiento Científico https://www.redib.org; DOAJ-Directory of Open Access Journals https://doaj.org/) y de forma selectiva en productos bibliográficos especializados (L'Année philologique, Art Source, ATLA Religion Database, Index Islamicus, International Bibliography of Art). Otros sistemas de información recogen datos de identificación de la revista, certificando su carácter científico. La red iberoamericana Latindex [URL], coordinada desde la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), establece un amplio número de características de calidad que valoran el cumplimiento de buenas prácticas en los procesos de edición científica. En esta valoración, AEspA cumple en 2019 con todas las recomendaciones (33) en la edición impresa y con 35 de 38 en la electrónica, por lo que en ambos casos entra en la sección de Catálogo. También se obtienen buenas calificaciones en otros sistemas de categorización de las publicaciones cien-tíficas. Así, se sitúa en la categoría A en Ciencias Humanas en CIRC (Clasificación Integrada de Revistas Científicas: https://www.clasificacioncirc.es/) y está presente en ERIH Plus, European Reference Index for Humanities and Social Sciences [URL]. no/publiseringskanaler/erihplus/), una iniciativa de la European Science Foundation para crear un índice de revistas académicas europeas de calidad en Ciencias Sociales y Humanidades. AEspA cuenta también desde 2016 con el Sello de Calidad de Revistas Científicas Españolas concedido por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT). Este sello certifica su posición entre las publicaciones científicas españolas de excelencia por su difusión internacional y cumplimiento de buenas prácticas de edición y utilización de revisores externos. En el ranking publicado en 2020 de los títulos que cuentan con este sello [URL], ocupa la posición 7 de 16 en el área de Antropología y Arqueología. En la categorización de las revistas españolas de Arqueología y Prehistoria, realizada en 2015 en la base de datos ISOC a partir de indicadores sobre trayectoria, apertura de la autoría e internacionalidad en el periodo 2004-2013, AEspA quedó encuadrada en la categoría A (Vidal Liy y Rodríguez Yunta 2015). De 9 indicadores, mejoraba la media de la disciplina en 8 de ellos. Los datos para el análisis bibliométrico de AEspA se han extraído del recurso ya citado ÍnDICEs-CSIC, que ofrece una cobertura completa de la revista. Se han utilizado los campos de autoría, filiación institucional, clasificación de los artículos e indización por temas (que incluye descriptores de materias, identificadores y topónimos). Para la comparación con otras revistas españolas especializadas en Arqueología se han seleccionado títulos incluidos tanto en ÍnDICEs-CSIC como en Scopus con los que compartiera cierta similitud de enfoque, cobertura temporal y temática de los artículos que incluya la Arqueología protohistórica y clásica (Fig. 2) 4. Se excluyen de la comparativa títulos españoles ausentes de Scopus y otros sí presentes, pero que han sido introducidos muy recientemente (Cuadernos de Prehistoria y Arqueología de la UAM), tienen enfoques temáticos muy específicos (AP Arqueología Pública, Archaeofauna o Virtual Archaeology Review), centrados en estudios medievales (Summa) o ajenos al ámbito de la península ibérica (Arqueología Iberoamericana, Aula Orientalis). La mayoría de las revistas seleccionadas tiene una extensa trayectoria y una periodicidad anual o semestral (Fig. 2). Todas ellas son editadas por una institución pública, mientras que el panorama internacional está dominado por editoriales comerciales: 7 de las 10 primeras publicaciones en el ranking por el indicador CiteScore de la categoría Archeology en Scopus, pertenecen a las poderosas empresas multinacionales Elsevier, Springer Nature, Wiley-Blackwell, Taylor & Francis y SAGE. El análisis de temática y autoría de AEspA se basa en búsquedas realizadas en febrero de 2020 en el total de 1650 registros de la revista acumulados en ÍnDI-CEs-CSIC desde su inicio en 1925. El total engloba 884 contribuciones catalogadas como artículos y 766 notas. Se han excluido necrológicas, reseñas, crónicas y editoriales. El sistema de clasificación temática de ÍnDICEs-CSIC es la base del estudio de los contenidos tratados en la trayectoria de AEspA. Aunque un mismo registro puede tener asignados varios epígrafes de clasificación, para este estudio se ha manejado el primero, que describe el enfoque considerado principal en cada artículo. A su vez, a partir de los topónimos existentes en cada uno se aborda la distribución territorial de los artículos publicados. Para la autoría se contabiliza el número de firmantes en los artículos y su filiación institucional. Este dato procede de la información publicada en la propia revista, por lo que no se analiza para las primeras etapas, cuando no se incluía en la edición. El análisis por etapas de la publicación se basa en la periodización establecida por Jesús Salas Álvarez y Rosalía María Durán Cabello (e. p.): -1925-1938: publicación del Centro de Estudios Históricos como Archivo Español de Arte y Arqueología (en esta fase solo se analizan los artículos sobre Arqueología como antecedente de AEspA). -1940-1956: primera etapa del título actual, fundado por Antonio García y Bellido y editada por el CSIC. Finaliza en 1956, momento de crisis o punto de inflexión para la revista en el que se reduce notablemente la edición. -1957-1972: periodo caracterizado por la separación en el CSIC entre el Instituto de Arqueología Rodrigo Caro y el Instituto de Prehistoria. -2007-2019: periodo caracterizado por la edición electrónica y la incorporación en los índices de citas. Además de mostrar su situación actual, permite confrontar los datos en condiciones idénticas de cobertura, dado que la fecha de inicio de la edición varía notablemente. El estudio se completa con las citas recibidas por estas publicaciones recogidas en Scopus. La cobertura de AEspA en concreto es algo mayor en WoS, pero Scopus sí publica indicadores bibliométricos en Arqueología y permite la comparación con un mayor número de títu- los de temática similar. Se ha desestimado utilizar datos de citas del buscador académico Google Scholar por considerarlo carente de la estabilidad y fiabilidad estadística que aportan las bases de datos bibliográficas. ANÁLISIS DEL CONTENIDO DE LOS ARTÍCULOS PUBLICADOS ÍnDICEs-CSIC organiza la clasificación del área de Arqueología en la península ibérica en los siguientes epígrafes: Paleolítico y Epipaleolítico, Neolítico, Calcolítico y Edad del Bronce, Tarteso y colonizaciones griega y fenopúnica, Edad del Hierro (cultura ibérica y celtibérica), Arqueología romana y visigoda y Arqueología medieval. Este esquema se completa con apartados para aspectos generales y para otras regiones geográficas. Para el estudio temático y cronológico de AEspA (1925-2019) se ha tomado el primer epígrafe de la clasificación asignado a cada documento en el conjunto de 1650 artículos y notas de investigación (Fig. 3). Este análisis muestra un evidente predominio de los estudios centrados en la Arqueología romana de la península ibérica, que casi llegan a cubrir la mitad de los artículos (46,7 %). Este enfoque de la revista queda reforzado al añadirse aquellos trabajos de Historia (antigua) y Bellas Artes (5,6 %) -englobados bajo el epígrafe 'Otras disciplinas'-pues en su mayoría están referidos al período romano y elevarían por tanto la representación de este periodo en AEspA al 52,3 %. A continuación, aunque una distancia considerable, le siguen los artículos sobre culturas ibéricas y celtibéricas de la Edad del Hierro (15,1 %). En suma, los estudios sobre ambos conjuntos superan los dos tercios de los artículos publicados si se añaden aquellos sobre Arte e Historia Antigua agrupados bajo el epígrafe 'Otras disciplinas' (67,4 %). El resto de periodos tiene en AEspA una presencia mucho más residual, suponiendo apenas una cantidad cercana al 15 %. En esta agrupación 'Tarteso y colonizaciones griegas y fenopúnicas' cubre la mitad de los estudios (7,8 %), mientras que la otra mitad se reparte entre Prehistoria (2,5 %), Calcolítico y Edad del Bronce (2,5) y Edad Media (1,9 %). El predominio de la Arqueología romana y tardoantigua se ha mantenido durante las diferentes etapas de la revista (Fig. 4), que llega a casi el 70 % de su producción en las décadas de 1960 y 1990. Este enfoque se refuerza al añadir 41 de los 43 artículos de Historia Antigua que están centrados o bien en la romanización de la península ibérica o bien con aspectos de la propia historia política del Imperio romano. Las culturas ibéricas y celtibéricas, que como ya se ha visto, ocupan en términos totales el segundo bloque de artículos de AEspA, muestran por el contrario una ligera tendencia a la baja que arranca en los años 40, y que se estabiliza desde la siguiente década en una franja cercana al 20 %. De hecho, se pueden detectar momentos, en los que incluso llega a tener este periodo una producción inferior a la de otros periodos, concretamente 'Tarteso y colonizaciones'. Esta temática, a pesar de suponer en torno al 10 % del total de artículos, ha tenido un comportamiento muy oscilante, llegando a cotas superiores al 20 % del total en periodos concretos (1950 y 1970). Por su parte, los estudios centrados en el Paleolítico y Neolítico desaparecen prácticamente desde 1950 -solo se contabilizan dos artículos entre 1957 y 1972y los de Edad del Bronce, a pesar de tener un timidísimo repunte en los años 70, disminuyen progresivamente en las siguientes décadas hasta computarse solo dos entre 2007 y 2019. En cambio, los artículos enmarcados en el período medieval se han incrementado de manera muy discreta desde los años 80, llegando en la última década a suponer un 5 % del total. En la selección de las once revistas españolas de Arqueología incluidas en Scopus entre los años 2007 y 2019 (Fig. 5), AEspA formaría parte de un primer subgrupo cuyos artículos del periodo romano rondan el 50 % de sus contenidos. En este subgrupo estaría acompañada por Anales de Arqueología Cordobesa (AAC), Pyrenae, Lucentum y Spal. A este conjunto siguen Saguntum y Zephyrus, que también priorizan, aunque en menor proporción que las anteriores, los estudios de Arqueología romana, al dedicar aproximadamente un tercio de sus publicaciones a este periodo. Complutum, Munibe y TP se centran más en Prehistoria antigua y Edad del Bronce, dejando poco margen a los estudios del período romano. Finalmente, Arqueología de la Arquitectura (Arq. Arqt.) tiene una evidente orientación hacia los estudios de época medieval. El estudio de la orientación temática de AEspA está organizado en dos bloques. El primero recoge subepígrafes temáticos asignados en ÍnDICEs-CSIC dentro Figura 4. Evolución del porcentaje de artículos en AEspA por periodos (elaboración propia a partir de ÍnDICEs-CSIC). de los diferentes apartados de clasificación cronológica de la península ibérica:'Asentamientos','Estudios del medio','Enterramientos','Religión y creencias','Arte' 5,'Cultura material' (que aúna a las industrias lítica, ósea y metalúrgica y a la producción cerámica) y 'Epigrafía y Numismática'. A este bloque sigue otro con un enfoque no cronológico y que atiende a cuestiones generales de teoría y metodología arqueológica y del patrimonio arqueológico. Las categorías de 'Arte y urbanismo' (384 artículos)6,'Cultura material' (292) y 'Asentamientos y estudios generales' (266) son las tres que concentran la mayor parte de los artículos (67,3 %). En el periodo romano y tardoantiguo tiene mayor concentración el apartado de Arte (30 % frente a 14 % de cultura material y 17 % de estudios generales). Por el contrario, es la cultura material la que predomina en los trabajos sobre el periodo tartésico, las colonizaciones griega y fenopúnica o de la Edad del Hierro (Fig. 6). Desde el año 2007 hasta 2019 (169 artículos) la relación entre áreas apenas varía si bien se percibe un mayor reequilibrio entre todas las categorías. Así, aunque'Arte (21,9 %),'Cultura material' (21,3 %),'Asentamientos' (17,2 %) y 'Epigrafía y numismática' (12,4 %) siguen manteniéndose como las principales (72,8 % entre todas ellas), los estudios de 'Economía y Sociedad' y 'Religión y creencias' también incrementan su representatividad que es cercana al 10 % en ambos casos (10,7 % y 9,5 % respectivamente) y que contrasta con el 3,9 % y 4,9 % que tienen en el cómputo total. Los 'Estudios del medio' y de 'Arqueología subacuática' continúan teniendo una representación muy simbólica. Este patrón es muy similar al observado en las demás revistas españolas de Arqueología que figuran en Scopus entre los años 2007 y 2019 (Fig. 7). En efecto, casi todas ellas concentran más o menos la mitad de sus artículos entre 'Arte' -a las que dedican una media variable entre el 15 % y el 25 % de su producción-y 'Cultura material', que oscila entre un 15 % (Anales de Arqueología Cordobesa, Complutum, Munibe) y un 25-30 % (Lucentum, Pyrenae, Spal, TP, Zephyrus y AEspA). Arqueología de la Arquitectura vuelve a ser la excepción, ya que concentra casi el 80 % de sus publicaciones en el apartado de 'Arte' (que abarca la Arquitectura). Los 'asentamientos' y estudios territoriales ocupa un tercer lugar, oscilando por lo general los porcentajes de las publicaciones seleccionadas en una horquilla que fluctúa entre el 14 % y el 17 %. Complutum destaca particularmente en este apartado al concentrar casi el 44 % de sus publicaciones en torno a cuevas y yacimientos de la Prehistoria. culos a aspectos relacionados con poblamiento y territorio, ya sea con especial atención a la Prehistoria (Munibe), como a los periodos de la Edad del Hierro y del Imperio romano (Saguntum). Los temas epigráficos y numismáticos muestran una mayor diferenciación entre estas revistas. Las hay que apenas publican en estas materias (Arqueología de la Arquitectura, 0 %; Spal, 2,9 %; Zephyrus, 3,5 %), mientras que las que parecen más interesadas pueden llegar a producir un porcentaje de artículos casi similar al de los estudios territoriales (Saguntum, 14,2 %; Lucentum, 14 %; AEspA, 12,4 %). Los estudios referidos a teoría y metodología arqueológicas 7, y todavía más los de cuestiones patrimoniales, tienen en AEspA un carácter bastante más reducido (6,66 % entre ambas) que las temáticas anteriores. 7 Como se ha indicado al comienzo de esta parte, teoría y metodología arqueológicas incluye los siguientes epígrafes de ÍnDICEs-CSIC:'Teoría arqueológica. Epistemología','Historia de la Arqueología. Arqueólogos','Enseñanza de la Arqueología' y 'Metodología e investigación arqueológicas'. Cabe advertir en este punto que los criterios metodológicos en este apartado han seguido la misma pauta que en los apartados anteriores. Por una parte, se ha seguido el análisis seleccionando exclusivamente la primera clasificación de las bases de datos ÍnDICEs-CSIC, y por otra parte se ha ceñido al análisis a artículos y notas de investigación. Se han dejado al margen por tanto otras tipologías documentales como necrologías, biografías, crónicas, etc. en los que AEspA ha tendido a incluir notas breves clasificadas en 'Historia de la Arqueología' o 'Metodología arqueológica'. Creemos que es preciso recalcar esta cuestión para clarificar la baja representación que tienen estos apartados en la revista. De la misma manera, se hace necesario señalar que este apartado,'Teoría y metodología arqueológicas' incluye categorías diferenciadas que tienen una muy diferente representación, de tal manera que 'Historia de la Arqueología' e 'Investigación y metodología arqueológicas' tienen la mayoría de artículos, mientras que'Teoría arqueológica. Epistemología' tan solo cuenta con tres menciones e 'Historia de la Arqueología' con ninguna. El análisis por etapas de la revista (Fig. 8) muestra como la primera de ellas parece tener cierto interés entre las décadas de 1940 y 1950, aunque desde los años sesenta hasta los noventa apenas se detectan estudios al respecto (8 publicaciones en 30 años). En esos mismos años parece recuperarse de manera llamativa el interés por los temas teóricos y metodológicos de la Arqueología, alcanzando el mayor número de publicaciones (34). De hecho, por primera vez en la historia de la revista estos aspectos superan en número a los centrados en legislación, gestión y/o conservación del patrimonio arqueológico. Esta hegemonía parece mantenerse también en el cambio de siglo, eso sí, a costa particularmente del desinterés por los trabajos centrados en legislación y gestión del patrimonio arqueológico. Los temas patrimoniales pueden mostrar al comienzo un comportamiento similar al de la teoría y metodología arqueológicas, en donde incluso a diferencia de estos, aparentemente no se detectan recuperaciones en las siguientes décadas pasado el ligero impulso inicial de los años 40 y 50. No obstante, esta desatención hacia los temas patrimoniales puede resultar relativamente aparente, puesto que por motivos referidos sobre todo a estilos de indización en las bases de datos ÍnDICEs-CSIC, estos suelen aparecer clasificados en la disciplina de 'Bellas Artes' (Fig. 8). En este caso es preciso proceder por tanto a un ajuste de datos, basado en agregar a los datos y porcentajes iniciales extraídos de la primera clasificación en ÍnDI-CEs-CSIC en el área de Arqueología, aquellos otros datos clasificados en el área de Bellas Artes. Se puede concluir que los aspectos patrimoniales han tenido una atención irregular en AEspA. Junto con las Bellas Artes, las páginas de AEspA han dado también cabida a un cierto número de artículos de otras disciplinas, especialmente de Historia Antigua, sobre todo en las décadas de 1970 y 1980. Actualmente la presencia de este tipo de estudios ha sufrido cierto declive (Fig. 8). Esta sección del presente estudio se elabora a partir de los topónimos asignados en la indización por materias en ÍnDICEs-CSIC, con independencia de la cronología o de la temática en que se encuadre. De los 1477 estudios con un enfoque territorial de AEspA, 1354 están centrados en la península ibérica y archipiélago balear, mientras que tan solo 94 se dedican a otros territorios, fundamentalmente Europa y norte de África (Fig. 9). A nivel general, se puede indicar que todo el territorio peninsular está bien representado en AEspA, ya que se han publicado trabajos sobre todas las regiones en mayor o menor medida. A nivel autonómico se pueden detectar diferencias que pueden relacionarse con el enfoque principal de la revista, la época romana y tardoantigua. Por esta razón, se nota una clara diferenciación entre los territorios meridionales y levantinos, más estudiados que los septentrionales (Fig. 10). En Andalucía, que es la comunidad autónoma más estudiada, tiene especial relevancia el valle del Gua- dalquivir (provincias de Sevilla y Cádiz y en menor medida Córdoba y Jaén). Por su parte, en Extremadura destaca con mucho la provincia de Badajoz (que cuenta con los trabajos sobre Mérida). En el oriente peninsular la Región de Murcia es la que más estudios tiene, pero hay que señalar también la importante representación de las provincias de Valencia y Alicante en la Comunidad Valenciana y de las islas Baleares. Por su parte, el norte peninsular tiene una representación similar a la de zonas muy romanizadas como el valle del Ebro. Es notorio el número de menciones de Asturias y Cantabria, con estudios también ligados a la presencia romana. En cuanto a los estudios no peninsulares en AEspA (Fig. 11), la mayoría están concentrados en el continente europeo (78 %), especialmente durante el Imperio romano, que asume casi la mitad de estos trabajos (49,6 %). En la comparación entre los años 2007 y 2019 con las demás publicaciones españolas de Arqueología incluidas en Scopus, se puede observar en AEspA un equilibrio relativo en la representación del conjunto del territorio nacional -a pesar de la jerarquía de unas comunidades autónomas sobre otras-frente a la prioridad que el resto de revistas conceden a sus respectivos territorios autonómicos (Fig. 12). Si AEspA concede un 16,9 % de sus artículos a Andalucía, que es el territorio más representado, Ana-les de Arqueología Cordobesa concede al mismo el 63,6 % de sus artículos, a la par que Spal el 66,3 %. En la Comunidad Valenciana, Saguntum dedica el 54,1 % de sus estudios al territorio autonómico y Pyrenae, algo más discreta, para el ámbito catalán, centra menos de la mitad de sus publicaciones (41,8 %). Hay revistas como Zephyrus o Lucentum que, aunque mantienen un predominio regional, dan amplia cobertura en su producción científica a otros territorios peninsulares. ANÁLISIS DE LA AUTORÍA ÍnDICEs-CSIC recoge un total de 1650 artículos y notas publicados de AEspA, en los que han participado 977 autores diferentes. Los investigadores con más trabajos firmados se corresponden con las instituciones más ligadas con la trayectoria de la revista: -Antonio García y Bellido (133 contribuciones), fundador en 1940 y catedrático de la UCM. - Juan Cabré Aguiló (21), CSIC y Museo Arqueológico Nacional. -Concepción Fernández-Chicarro y de Dios (20), Museo Arqueológico de Sevilla. La distribución de los autores con mayor número de artículos en cada uno de los periodos analizados (Fig. 13) muestra un cambio importante en el último periodo, en donde desaparece el predominio de autores del CSIC con cargos de dirección en la revista y se produce una mayor diversificación en la autoría. Este dato refleja el notable cambio de estrategia editorial que se ha producido en la mayor parte de las publicaciones científicas españolas. Si estas nacieron en general con el objetivo prioritario de difundir las investigaciones de la institución editora, con el tiempo han modificado sus hábitos, publicando cada vez más contribuciones externas y procurando evitar la repetición continua de algunos autores. Otro cambio importante se ha producido en el grado de coautoría de los artículos. A partir de 1986 ha ido aumentando la media de autores por documento y disminuyendo el porcentaje de artículos de autor único (Fig. 14). En la última etapa, aunque la media de autores por documento sigue siendo reducida, el porcentaje de artículos con un único autor es ya inferior al 50 %. Respecto a la distribución por género en la autoría, la participación de mujeres ha sido de 242 autoras diferentes, un 25 % respecto a los 977 autores totales (Fig. 15). El análisis de la filiación institucional de los autores se limita a la trayectoria de la revista a partir de La contribución de estas instituciones ha experimentado algunos cambios en las diferentes etapas de la revista (Fig. 16). La entidad editora ha disminuido notablemente su porcentaj e de autoría a partir de 2007, situándose en esta última etapa muy por debajo del 20 %, por lo que puede considerarse que se aleja claramente del riesgo de endogamia en la publicación. La UCM ha mantenido una aportación bastante constante, mientras que la UAM, que tuvo una importante participación en el periodo 1986-2006, ha perdido mucho protagonismo en la revista en el último periodo. Por otra parte, destaca la creciente presencia de la US. Otras universidades prácticamente inexistentes antes de 1986 como UA, UAB, UB o UVA han tenido un mayor protagonismo desde entonces. El incremento de la coautoría que se aprecia para AEspA (Fig. 14) es una tónica general en las revistas españolas (Fig. 17). La colaboración entre varios autores es más frecuente en las publicaciones que se Autores con mayor número de artículos Figura 13. Autores más frecuentes en cada una de las etapas de AEspA (elaboración propia a partir de ÍnDICEs-CSIC). dedican especialmente a Prehistoria, como TP y Munibe. La comparación sobre las instituciones con mayor contribución en cada revista (Fig. 18) muestra, en general, aportaciones de los autores de la entidad editora inferiores al 25 %. Si se considera que la reducción de este porcentaje es un indicador positivo frente al riesgo de endogamia, AEspA solo es superada en este parámetro por Zephyrus. Si se compara la procedencia de los autores con mayor número de artículos publicados en las 11 publicaciones seleccionadas en este estudio (Fig. 19), en 6 casos el autor más frecuente es ajeno a la entidad editora y en 4 su aportación supone menos de un artículo cada 2 años. La comparación de la lista de autores que publicaron en cada revista en el periodo 2007-2019 (Fig. 20) muestra que en todas ellas hay autores que también publicaron en AEspA. Destaca en número Zephyrus, con 86 autores en común (un 16 % de los 538 que publicaron en Zephyrus y un 27 % de los 323 autores diferentes que publicaron en AEpA). Sin embargo, en porcentaje es mayor la coincidencia en Lucentum, en la que un 23 % de sus autores firmaron también trabajos en AEspA. Por debajo de un 10 % de coincidencia se encuentran las publicaciones que se centran en la Prehistoria: Complutum, TP y Munibe. Comparación entre revistas españolas de Arqueología de las instituciones más frecuentes en la filiación y porcentaje de la entidad editora en el periodo 2007-2019 (elaboración propia a partir de ÍnDICEs-CSIC). ANÁLISIS DE LA INTERNACIONALIDAD Para analizar el grado de internacionalidad de las revistas se ha tenido en cuenta la participación de autores de instituciones extranjeras, la publicación en idiomas diferentes a las lenguas oficiales en España y la presencia en bases de datos internacionales. En la trayectoria de AEspA desde 1973 hay 102 trabajos de autores extranjeros, firmados de forma individual o en coautoría con investigadores españoles o de otros países. Representan un 14 % del total de artículos y notas publicados. Proceden principalmente de Francia (25 documentos), Alemania (25), Italia ( 14), Reino Unido (12), Portugal (10) y Estados Unidos (5). Esta participación, cuyo punto más bajo estuvo en el periodo 1986-2006, ha aumentado por encima del 18 % en los últimos años. La participación extranjera antes de 1985 estuvo protagonizada por Alemania, mientras que en el último periodo procede especialmente de Francia y Portugal (Fig. 21). En la comparativa con otras revistas para el periodo 2007-2019 (Fig. 22), hay 7 títulos con un grado de participación extranjera superior a AEspA. Portugal, Francia e Italia son los países de participación más frecuente. AEspA está recogida actualmente por los dos principales índices de citas internacionales, Web of Science y Scopus. La cobertura de revistas españolas de Arqueología es algo mayor en esta última fuente (Fig. 23). Todas las revistas seleccionadas aceptan textos en diferentes idiomas, si bien la mayoría de ellas, en el periodo 2007-2019, publicaron preferentemente en español o catalán con una limitada proporción en otras lenguas (Fig. 24). Pyrenae, Complutum, Saguntum y TP destacan por su mayor porcentaje de trabajos en inglés. Sin embargo, en algunas de las publicaciones comparadas son más frecuentes los artículos en portugués, italiano o francés que en inglés. La propia AEspA ha publicado en este periodo más artículos en portugués, sin duda debido a la cre- ciente participación de autores que se postulan a publicar desde Portugal. Idiomas como el francés, italiano o alemán no suelen interpretarse al mismo nivel que el inglés en el esfuerzo de internacionalización de las revistas, pero sí son lenguas de contrastada tradición científica en el campo de la Arqueología clásica. ANÁLISIS DE DATOS DE CITAS RECIBIDAS Aunque entre los índices de citas, la revista AEspA tiene una cobertura algo más antigua en WoS que en Scopus (Fig. 23), en esta primera fuente no se ofrecen indicadores bibliométricos sobre las publicaciones de Arqueología. Por el contrario, sobre los datos recopilados por Scopus sí se ofrecen indicadores para esta disciplina y se aporta una mayor cobertura de publicaciones similares para establecer una comparación. El propio productor de esta base de datos publica el indicador CiteScore que calcula el promedio de citas en un año a los artículos publicados en los tres inmediatamente anteriores. AEspA figura en estas tablas con datos desde 2011 en la categoría Archeology con un doble cálculo: para Humanidades y para Ciencias Sociales (con pocas diferencias entre ambos conjuntos), y también dentro de la categoría History. Como cada año se incorporan nuevos títulos, la posición en un ranking depende de la proyección de los artículos publicados y, además, de la composición general del conjunto de publicaciones, mejorando la posición en el ranking en la medida en que se introduzcan publicaciones de temática similar o disminuyendo si los nuevos títulos se centran en otros ámbitos geográficos. La mejor posición se obtuvo en 2017, con un CiteSco-re de 0,29, que la situaba en el segundo cuartil tanto en Archeology como en History. Además, la revista figura en los portales bibliométricos que utilizan datos de Scopus: Scimago Journal & Country Rank [URL], del grupo de investigación Scimago) y CWTS Journals Indicators [URL], de la Universidad de Leiden). Ambos generan indicadores de citas para un intervalo también de tres años, pero con un cálculo ponderado. Scimago Journal Rank (SJR) considera la posición relativa de las publicaciones citantes. Una búsqueda directa sobre la revista en Scopus proporciona datos más concretos de las citas recibidas para el periodo 2009-2019. En disciplinas donde los artículos suelen tener un largo recorrido y recibir citas muchos años después de su publicación, solo una cobertura amplia muestra una imagen más real de su verdadero impacto. A fecha 15 de abril de 2020 Scopus reunía un total de 162 registros de documentos publicados en AEspA, que habían recibido hasta ese momento un total de 238 citas, con un índice h igual a 6. Este último indicador es una alternativa que se basa en los documentos más citados sin hacer una media de los artículos publicados 9, por lo que aporta otro punto de vista a la hora de valorar las citas recibidas por autores o revistas. A partir de esta misma búsqueda, se ha analizado la procedencia de las citas recibidas. Destaca la propia 9 Un índice h = 6 indica que la revista cuenta con 6 artículos que recibieron 6 o más citas. Si se analiza la filiación de los autores citantes las instituciones de mayor frecuencia son UGR (presente en la firma de 25 documentos citantes), CSIC (23), UCM (18), UAM ( 14), UB (13), US (11) y USC (10). La base de datos Scopus nos permite conocer también el país de procedencia de los autores citantes. En Scopus se presentan datos de AEspA desde 2009, mientras que en otras revistas solo desde fecha más reciente (Fig. 25). Los indicadores publicados en 2018 corresponden a las citas recibidas en dicho año a los tres inmediatamente anteriores (2015-2017), de modo que en este caso no influye la amplitud de la cobertura de cada título, salvo en Saguntum, que se recoge solamente desde 2017. En estos datos AEspA ocupa una posición intermedia dentro de las publicaciones especializadas en Arqueología (Fig. 25). Para comparar con otras revistas los datos de búsquedas en Scopus se han acotado las fechas al periodo 2015-2018 para poder incluir la mayor parte de los títulos relacionados (Fig. 26). Hay 9 títulos que ofrecen porcentajes superiores de índice h y 7 con mejor media de citas por documento. El porcentaje de autocitas 10 de AEspA en este periodo se sitúa en un 15 %, un poco superior a la mayoría de los títulos nacionales comparados, pero por debajo de publicaciones de otros países como Antiquité Tardive o Mediterranean Archaeology and Archaeometry. 10 En este contexto, se consideran autocitas las referidas a una revista desde otros artículos de la misma publicación. CiteScore En estos datos se aprecia que las publicaciones que reciben más citas tienen un perfil temático enfocado hacia la Prehistoria. Para poder valorar si realmente los hábitos de citación son diferentes y se producen menos citas en los artículos sobre época romana y Alta Edad Media, se ha realizado otra búsqueda limitada a los trabajos sobre este periodo publicados en 2015-2016 (Fig. 27). Se excluye en este caso Saguntum (que se inicia en Scopus en 2017) y se compara en su lugar Archeologia classica (que no está recogida en esta fuente después de 2016). En el caso del periodo romano y altomedieval, puede decirse que los datos de AEspA sí están por encima de la media y solo son superados por publicaciones en las que este periodo no ocupa un lugar central. Este trabajo se basa en los datos que se han extraído de dos bases de datos: ÍnDICEs-CSIC y Scopus. Estos productos aportan la estructura y sistematización de elementos cuantificables que no pueden obtenerse a partir de los buscadores académicos. La variedad de aspectos que hemos podido presentar muestran la elevada capacidad y versatilidad de estos productos bibliográficos. Sin embargo, deben tenerse en cuenta algunas carencias. En el caso de ÍnDICEs-CSIC hemos tenido que limitar gran parte del análisis a los epígrafes de clasificación y a su estructura cerrada, con sus deficiencias. Ello impide profundizar en periodos cronológicos más específicos o analizar la evolución de aspectos temáticos concretos como los estudios sobre el territorio, los aspectos arqueométricos o los estudios de género. Estos ejemplos solo podrían abordarse a partir de las palabras clave o de los descriptores de materias, pero el análisis de los mismos resulta mucho más dificultoso por la falta de sistematización en la toma de datos (presencia de sinónimos, dispersión de términos relacionados, confusión entre aspectos que pueden ser centrales junto a otros secundarios en un mismo artí-culo...). En el caso de Scopus, los datos sobre citas recibidas están condicionados por la limitada presencia de títulos de parecidas características o que compartan una misma comunidad de autores. La cobertura de revistas españolas en los índices ha ido aumentando y en algunos casos aún es pronto para poder comparar datos en igualdad de condiciones. También en estos productos bibliográficos, la clasificación resulta determinante a la hora de construir un ranking de publica- ciones. Dentro de la categoría Archeology en Scopus se agrupan en realidad publicaciones que se corresponden con subdisciplinas que tienen hábitos de citación muy diferentes. Para construir un ranking, cada revista solo debería compararse con títulos de iguales características que los sistemas de clasificación no pueden perfilar de forma suficiente. Dentro de la gran variedad de periodos y temas tratados en los artículos publicados en AEspA, se refleja con claridad el predominio de los estudios sobre Arqueología romana, y en particular sobre arte, arquitectura y urbanismo, cultura material y epigrafía. En ello se diferencia de otras revistas que se decantan en mayor o menor medida por la Prehistoria. Este hecho debe tenerse en cuenta a la hora de interpretar los datos de citación, ya que los estudios de Prehistoria tienen un mayor grado de coautoría y sus artículos reciben en general mayor número de citas que los de Arqueología romana. La comparación de datos bibliométricos está condicionada por las diferencias entre disciplinas tanto en el grado de coautoría (muy bajo en Humanidades) como en los hábitos de citación. En ciencias experimentales y en algunas ciencias sociales las citas se dirigen mayoritariamente hacia otras revistas, mientras que en Humanidades se citan con mucha frecuen-cia las monografías y fuentes primarias. Estas diferencias plantean dudas sobre si los indicadores de publicación se pueden usar de manera justificada para comparar la productividad en todas las disciplinas científicas (Piro et alii 2013). CONCLUSIONES Y PROPUESTAS DE MEJORA AEspA se define como una publicación especializada en Arqueología de la península ibérica y la cuenca mediterránea, en un marco temporal que va desde la Protohistoria hasta la Alta Edad Media. A nivel general se puede concluir que todo el territorio peninsular está bien representado en AEspA, dado que todas las diferentes regiones de España y Portugal tienen cabida en mayor o menor medida. Sin embargo, se aprecia una mayor representación de trabajos relativos a la región levantina y sur de la península, lo que puede relacionarse con una mayor tradición de estudios sobre el mundo romano en estas zonas. Su ámbito es sobre todo nacional, la revista no ha logrado atraer un número representativo de trabajos sobre territorios extrapeninsulares para alcanzar cierta internacionalidad en el entorno geográfico afín del Mediterráneo. También destacan algunas diferenciaciones a nivel regional, por ejemplo, en el caso de Andalucía, donde hay una mayor presencia de trabajos relativos al Valle del Guadalquivir. Esto puede relacionarse con la importancia de la Arqueología romana en esta zona, gracias a la actividad de grupos de investigación que trabajan sobre yacimientos como Torreparedones (Baena, Córdoba), Astigi (Écija, Sevilla), Itálica (Santiponce, Sevilla), Munigua (Villanueva del Río y Minas, Sevilla), Arucci y Turobriga (Huelva) o Baelo Claudia (Tarifa, Cádiz). Por el contrario, en la Alta Andalucía, ha tenido más importancia el mundo ibérico, con yacimientos como Basti (Baza, Granada) o el oppidum de Puente Tablas (Jaén). Otro ejemplo en esta misma línea es la abundancia de trabajos relativos a Emerita Augusta (Mérida, Badajoz), capital de la antigua provincia de Lusitania, y sede del Instituto de Arqueología de Mérida del CSIC. Uno de los puntos fuertes de AEspA es el prestigio que aporta su larga trayectoria y la solidez de la institución que la edita. Se trata de la publicación española viva más antigua entre las dedicadas a la Arqueología. A ello se suma que la Editorial CSIC se ha adaptado a las nuevas tendencias: edición electrónica en abierto, cumplimiento de parámetros internacionales y difusión en bases de datos e índices de citas. Todo esto, hoy por hoy son requisitos indispensables, pero no suficientes para garantizar un puesto de privilegio que atraiga los mejores trabajos en su campo, la auténtica base de la calidad de una revista. Sin duda, se encuentra entre las mejores publicaciones españolas de la especialidad, pero aún tiene un amplio margen de posible mejora. Otro punto fuerte de la revista es la baja presencia actual de artículos de investigadores del CSIC, por lo que puede afirmarse que esta publicación tiene una positiva diversidad en la autoría y se mantiene lejos del riesgo de endogamia. En las primeras etapas de la revista, la presencia de autores de diferentes instituciones se relacionaba con los vínculos de colaboración de la institución editora; actualmente estas aportaciones externas se producen en un marco de libre competencia, aunque la revista atrae sobre todo a investigadores españoles. Los datos de citas recibidas por los artículos de AEspA son modestos, pero no son bajos en el contexto de las publicaciones de su mismo ámbito de estudio. Como se ha indicado en el apartado sobre limitaciones del estudio, estos datos bibliométricos no deben analizarse ni compararse en abstracto, sin tener en cuenta las características específicas de cada revista. Aunque no precisa competir con revistas generales de Arqueología, AEspA sí debe pretender ser una revista de referencia en el ámbito de la Arqueología romana y tardoantigua, tanto por la variedad de sus trabajos como por su difusión nacional e internacional. En este sentido sería conveniente que la revista se planteara algunos cambios para mejorar su grado de internacionalidad. Tanto la participación de autores extranjeros como la edición en otros idiomas, en especial el inglés, es aún escasa. Se trata de un aspecto común con la mayoría de las revistas españolas de Arqueología, debido a que su ámbito de difusión ha sido tradicionalmente nacional. Sin embargo, la demanda de los sistemas de evaluación de la actividad investigadora obliga a competir en la difusión e impacto internacional. La creciente incorporación de revistas españolas de Arqueología en los índices de citas puede acrecentar esta competencia. Un incremento de los artículos en inglés ayudaría a una mayor difusión internacional y podría mejorar el número de citas recibidas, y, en consecuencia, la posición en los rankings. Hasta 2020 AEspA ha mantenido la versión impresa simultánea a la electrónica en PDF, que se publica en abierto a los pocos días de distribuirse los ejemplares. De acuerdo a la política aplicada por Editorial CSIC, las publicaciones que abandonan la versión impresa, pasan a editarse en diferentes formatos, incluyendo XML y HTML además de PDF. La edición electrónica directa también permite aplicar una política de edición progresiva de los artículos, disminuyendo los tiempos de espera entre la aceptación de un trabajo y su publicación. De acuerdo con esta política editorial, el paso a la modalidad de edición electrónica de AEspA en 2021 mejorará la difusión de sus contenidos, acelerando la edición y con mayor interoperabilidad para buscadores y bases de datos. Otro aspecto de posible mejora es el uso de redes sociales y canales de promoción de los trabajos publicados. Actualmente la difusión de los artículos de AEspA se limita al sitio web de la revista. Junto al uso de medios sociales, los equipos editoriales deben esforzarse en analizar otros indicadores alternativos del impacto de los artículos, como las estadísticas de descargas.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Archivo Español de Arqueología 2020, 93, págs. 35-60 * Proyecto "Caracterización de los asentamientos urbanos en las áreas costeras de la Iberia septentrional (siglos VI-III a. Se presentan los resultados históricos derivados de la primera fase de la investigación sobre este importante yacimiento, realizada exclusivamente a partir de métodos no invasivos. Los datos recuperados a partir de la prospección pedestre y geofísica han permitido verificar la condición urbana del asentamiento, atestiguada tanto por sus dimensiones como por su complejidad estructural y la naturaleza de los materiales muebles recuperados, que sugieren actividades económicas especializadas y la coexistencia de distintos sectores sociales. La desaparición del asentamiento en torno a 200 a. En este artículo se presentan los resultados históricos obtenidos recientemente en el yacimiento ibérico de Masies de Sant Miquel y su entorno inmediato a partir del uso de métodos no invasivos, y se formula una síntesis interpretativa sobre este importante asentamiento. Las intervenciones se han limitado a distintas modalidades de prospección, tanto pedestre como geofísica (electromagnética, magnética y georradar); no han implicado remoción de tierras ni alteración del registro arqueológico, excepto la recogida controlada de material en superficie. Estos trabajos, realizados durante el año 2018, se integran en el proyecto de investigación CAUCIS, que pretende profundizar en el conocimiento del proceso de urbanización en época prerromana y su conexión con la formación de los estados ibéricos arcaicos. Otras intervenciones similares, pero acompañadas de trabajos de excavación, se han realizado en los yacimientos de Ullastret (Gerona), Burriac (Cabrera de Mar, Barcelona), Coll del Moro (Gandesa, Tarragona) y Vilar de Valls (Tarragona), siempre en el marco del mismo proyecto. En un trabajo reciente (Belarte et alii 2019) hemos definido la ciudad como "un asentamiento densamente ocupado cuyo tamaño (no menos de un millar de personas) excede el que permite mantener una relación de vecindad entre sus habitantes, y que es ocupado por gentes de distintos niveles sociales, que desarrollan actividades especializadas de diferentes tipos (agrícola, artesanal, administrativa, religiosa, militar)". Los datos que se presentan en las páginas siguientes demuestran que Masies de Sant Miquel encaja dentro de esta definición, lo que a su vez permite verificar la complejidad de las formas de ocupación y control de los territorios costeros del nordeste peninsular durante el período ibérico. SITUACIÓN DEL YACIMIENTO E HISTORIA DE LA INVESTIGACIÓN El yacimiento conocido como "Les Masies de Sant Miquel" toma su nombre de un arrabal de Banyeres del Penedès, situado a unos 2 km al sudoeste de esta población de la comarca del Baix Penedès (Tarragona), a unos 5,5 km al noroeste de la capital comarcal, El Vendrell, y a unos 13 km en línea recta de la línea de costa (Figs. Se encuentra cerca del extremo sudoriental de la depresión prelitoral catalana, la gran vía de circulación que discurre entre los Catalánides y conecta los llanos prepirenaicos con la ciudad de Tarragona, a través de las comarcas del Ampurdán, Gironès, la Selva, Vallès y Penedès. Asimismo, puede comunicar fácilmente con la costa por dos vías distintas: al norte, a través del torrente de Marmellar, que fluye a unos 3 km y desemboca en el río Foix, el cual, después de atravesar la sierra litoral, desagua en el Mediterráneo por Cubelles; al sur, el torrente de Sant Miquel, que, como se ha dicho, discurre junto al yacimiento y desemboca a la altura de El Vendrell en el torrente de la Bisbal, que a su vez alcanza el Mediterráneo en Sant Salvador. Además de su excelente situación en relación con las vías de comunicación, el yacimiento se encuentra en una posición central en la llanura del Penedès, en medio de una extensa zona agrícola, hoy en día ocupada mayormente por plantaciones de viña. A estas ventajas económicas de su ubicación se contrapone una evidente vulnerabilidad, al ocupar el asentamiento un terreno llano, tan solo protegido al sudeste por el curso encajado del torrente de Sant Miquel (Figs. 3-4) -que constituye un obstáculo importante-, y al oeste y sudoeste por una depresión que, como se verá, puede ser el resultado de la excavación de un foso defensivo en época protohistórica. Junto a esta última discurre una pequeña corriente producto de canalizaciones modernas en la zona. Masies de Sant Miquel constituye un auténtico complejo arqueológico, compuesto por distintos yacimientos situados en una amplia zona que se extiende al oeste y sudoeste del núcleo actual de población, entre la autopista AP-7, al noroeste, y, al sudeste, la partida de la Garita Vella, al otro lado del torrente de Sant Miquel. Es una zona básicamente llana, dominada por una pequeña elevación (El Pujol, de 143 m s. n. m.), de suaves pendientes y altitud relativa de unos 25 m en relación con las planas que se extienden inmediatamente al sur y al sudeste. En el flanco nordeste de El Pujol, y a unos 500 m de la finca rústica de Can Canyís, se encontraba, según el plano publicado por Vilaseca, Solé y Mañé (1963: 11, fig. 2), la necrópolis paleoibérica de incineración del mismo nombre, excavada en 1961 y 1962, cuando se hallaba ya en gran parte destruida por trabajos agrícolas. Tan solo fue posible documentar los restos de cuatro depósitos funerarios, uno de los cuales fue interpretado como una tumba de guerrero; se recogió también un importante conjunto de materiales dispersos, que han permitido evaluar hipotéticamente el total de tumbas entre quince y veinte (Bea et alii 1996: 51). Los excavadores de la necrópolis señalaron también la existencia de abundante cerámica ibérica y romana, e incluso de restos de construcciones, entre la finca de Can Canyís y el núcleo de Masies de Sant Miquel, al este de la necrópolis, y también en la zona de la Garita Vella, unos 400 m al sudeste. De esta última proceden, al menos en teoría 11, dos fondos de vasos de barniz negro del taller de Rhode, decorados respectivamente con palmetas y con una roseta impresas, que se conservan en la sede barcelonesa del Museu d'Arqueologia de Catalunya y que fueron publicados por 11 Desconocemos el origen de este depósito en el MAC. En la zona conocida actualmente como la Garita Vella no se han recogido materiales anteriores al período imperial, por lo que cabe suponer una confusión de orden toponímico, y que en realidad estas piezas fueran halladas más al suroeste, donde se encuentra el yacimiento ibérico. Situación de Masies de Sant Miquel (Banyeres del Penedès, Tarragona) en el contexto de la Iberia septentrional (elaboración propia). Mapa de la Cesetania con la situación del yacimiento de Masies de Sant Miquel (elaboración propia). Actualmente se puede confirmar la existencia de una amplia dispersión de material cerámico en las zonas mencionadas, pero no de restos de construcciones. Los autores del mencionado trabajo no consideraron, sin embargo, que se pudiera tratar de un asentamiento relacionado con la necrópolis, y tampoco hicieron referencia alguna a la zona de mayor dispersión de materiales arqueológicos, que se extiende sobre el margen derecho del torrente de Sant Miquel, en un amplio espacio (unas 3,5 ha), de perfil vagamente arriñonado, definido, al este y al sur, por los dos torrentes antes mencionados, mientras que por el costado noroeste este espacio se prolonga sin solución de continuidad en dirección al arrabal de Masies de Sant Miquel. El espacio ocupado por el asentamiento se compone de dos partes separadas por un estrangulamiento en la parte oriental; la meridional, de unos 200 m de longitud por unos 100 m de anchura (unas 2 ha) está orientada casi exactamente en dirección norte-sur; la septentrional está orientada en dirección nordestesudoeste y mide unos 150 por 100 m (unas 1,5 ha) (Figs. Los materiales esparcidos sobre este amplio espacio son principalmente cerámica ibérica y cerámica de importación del período ibérico, pero existe también en el extremo nororiental una zona más reducida (0,6 ha), en torno a la ermita de Sant Miquel, donde se documenta una importante presencia de cerámica de época romana imperial, ya reconocida en su día por Ferrer y Giró (1943) y por Solé Caralt (1948, no 63 y 104; 1952, 217, no 299-300), además de algunos restos de muros y un potente pavimento de opus signinum reutilizados en la construcción de la ermita y de un edificio anejo a la misma (Carrasco et alii 1995 5-6). El notable volumen de material romano, que se extiende también a la ribera izquierda del torrente de Sant Miquel, en la zona conocida como la Garita Vella, ha llevado a pensar que se trataba de un asentamiento importante, probablemente una villa formada por edificaciones de carácter residencial y estructuras productivas (Carrasco et alii 1995: 5). Además de la ermita y construcciones anexas, existen al suroeste de las mismas dos casas edificadas en los años 80 (Fig. 4). El resto del yacimiento, sin embargo, se encuentra aparentemente libre de edificaciones posteriores a las etapas ibérica y romana. En 1987, la excavación de una zanja a unos 25 m al suroeste de la ermita reveló la existencia de una compleja estratigrafía, de unos 2 m de potencia. Ello motivó una intervención de urgencia, bajo la dirección de P. Carrasco, L. Pallejà y V. Revilla, que se tradujo en un pequeño pero importante sondeo (Carrasco et alii 1995). Los resultados permitieron documentar cuatro fases distintas, pero sin solución de continuidad, escalonadas entre la Primera Edad del Hierro y un momento difícil de determinar, pero que probablemente se sitúe en torno a 200 a. En el mismo aparecieron distintos muros, sobre todo de las fases más recientes, pertenecientes aparentemente a construcciones domésticas, pero la escasa extensión del sondeo impidió comprender claramente su estructura. Entre los materiales fechables dentro del siglo VI a. La fase de siglo VI a. C. se relaciona sin duda con la anteriormente mencionada necrópolis de Can Canyís. Los niveles de esta cronología se superponen a un primer momento de ocupación, directamente sobre la roca natural, en el que se documenta exclusivamente cerámica a mano de la Primera Edad del Hierro y ánfora fenicia de la zona del estrecho de Gibraltar, lo que permite fecharlo entre el siglo VII y los primeros decenios del siglo VI a. C. Esta continuidad y la buena conservación aparente de los restos, junto con la presencia de la necrópolis, permiten suponer que se trata de un yacimiento fundamental para el estudio de las profundas transformaciones sociales experimentadas por las comunidades locales de esta zona a lo largo del siglo VI a. C. En 1998, la excavación, sin autorización administrativa, de una balsa de regadío, a unos 35 m al oeste del sondeo de 1987, motivó una nueva intervención de urgencia en la misma finca. Esta excavación, realizada bajo la dirección de X. Cela, puso de manifiesto, en una superficie irregular de unos 19 por 9 m, la existencia de diversos muros seccionados por la excavadora, así como una potente sedimentación antrópica de espesor comprendido entre 3,5 y 4,5 m (Adserias et alii 2000-2001: 257; Cela et alii 2001). La intervención se limitó a la limpieza de estructuras y perfiles estratigráficos, pero trajo a luz un muro de 1,90 m de anchura y otros de 0,80 a 1 m, que parecen corresponder a una estructura defensiva, además de otras paredes de menor grosor (en torno a 0,40 m), atribuibles a construcciones domésticas. La destrucción provocada por las excavadoras y el hecho de que la intervención se centrara en el trabajo de limpieza y documentación impiden comprender claramente la estructura de estos restos. Los materiales recuperados corresponden en su gran mayoría al siglo III a. C., y el pequeño conjun-to que se pudo recuperar en el nivel de destrucción 1020 sugiere que el final del poblado se produjo en torno a 200 a. C.; sin embargo, el hallazgo en otros niveles de una copa Cástulo indica también una ocupación anterior, del siglo V a. Entre 1998 y 2005, el Servei d'Arqueologia de la Generalitat de Catalunya promovió la realización, bajo la dirección de M. Adserias e I. Teixell (CODEX-Arqueologia i Patrimoni), de una serie de trincheras de prospección, con objeto de determinar la extensión del yacimiento de cara a una declaración del mismo como Bien Cultural de Interés Nacional, que se produjo en el año 2011. El resultado fue la comprobación de que existían restos de construcciones en toda la zona de dispersión de material cerámico antes descrita (Adserias et alii 2000(Adserias et alii -2001: 257): 257). A ello se añade una prospección con georradar realizada por L. Marí (Arqueoradar SCP), que afectó una amplia zona entre la casa situada al oeste de la ermita, el núcleo de Masies de Sant Miquel y la autopista AP7, incluyendo pues la pequeña elevación de El Pujol. Se detectó la existencia de anomalías atribuibles a restos arqueológicos en una amplia extensión de terreno, situada en la parte oriental de la zona mencionada; otras, tal vez relacionadas, a tenor de su discon- tinuidad espacial, con la necrópolis, se documentaron en la zona de El Pujol; finalmente, en un espacio más reducido situado entre El Pujol, Can Canyís y Masies de Sant Miquel, se detectó la existencia de una serie de estructuras excavadas que pueden corresponder a un campo de silos (Adserias et alii 2000(Adserias et alii -2001: 271): 271), o bien a actividades agrícolas modernas. En resumen, con los datos disponibles antes de los trabajos que se presentan en este artículo había elementos suficientes para suponer la existencia en Masies de Sant Miquel de un asentamiento ibérico en buen estado de conservación y de entidad considerable (unas 3,5 ha), tan solo por detrás de Tarragona y el Vilar de Valls12 en la escala de tamaños de la antigua Cessetania (Sanmartí 2014; Sanmartí et alii 2015). Esta última era una de las tres entidades político-territoriales de carácter centralizado que ocupaban la zona costera de la actual Cataluña y que creemos pueden entenderse como ciudades-estado (Sanmartí 2014; Sanmartí et alii 2019). El poblamiento de su entorno estaba constituido en gran parte por granjas y otros asentamientos rurales cuya naturaleza y funciones se han ido documentando paulatinamente en los últimos decenios (Ferrer et alii 2003; Asensio et alii 2005b), pero que incluye también algún núcleo de control político-militar de escala micro-regional, como Alorda Park (Sanmartí y Santacana 1992; Asensio et alii 2005c), además de centros de acumulación de excedentes agrícolas (Asensio et alii 2005a). Todas estas razones -lo conocido del propio asentamiento y su posición en el sistema de poblamiento-justificaron su inclusión entre los yacimientos a analizar en nuestro proyecto sobre la formación y evolución de las ciudades ibéricas en el nordeste peninsular. LOS TRABAJOS DE PROSPECCIÓN Los diferentes trabajos de prospección, ejecutados entre marzo y mayo de 2018, se han centrado en la zona meridional del asentamiento, al sur del estrangulamiento mencionado anteriormente en la descripción del mismo. En total, han afectado unas 2 ha, totalmente libres de edificaciones, pero en gran parte ocupadas por una plantación de almendros (Fig. 5). En primer lugar, se realizó una prospección con aparatos detectores de metales y ubicación de los objetos localizados mediante instrumentos GPS portátiles de precisión métrica, suficiente para determinar de manera signi-Figura 5. Se realizó en esta zona una cobertura total, con separación entre prospectores muy reducida, de apenas 2 m, y por lo tanto con una intensidad muy elevada. El equipo estaba formado por dos grupos de cinco personas, y se recogieron absolutamente todos los objetos arqueológicos, sin ningún tipo de sesgo. Se recuperó un total de 10.824 fragmentos cerámicos, con una densidad media muy elevada, próxima a 0,62 fragmentos por metro cuadrado. A título comparativo, la prospección realizada, en el marco del mismo proyecto, sobre el núcleo urbano del Coll del Moro (Gandesa, Tarragona) ofrece una densidad de casi 0,5 fragmentos por metro cuadrado. Sin embargo, la concentración de material cerámico varía en gran medida según las zonas (Fig. 6). Así, en el sector oriental, junto al barranco de Sant Miquel, alcanza los 5 fragmentos por metro cuadrado. En cambio, la cifra se reduce drásticamente en el sector occidental, en concreto en el paso de la columna E a la columna D, sin que exista una razón evidente para esta variabilidad. A partir de la columna D los valores decrecen paulatinamente, por debajo de 0,3 en la columna D, inferiores a 0,1 en las columnas C y B, y cercanos a cero en la columna A, que constituye el límite occidental del yacimiento. Por otra parte, también reconocemos el posible límite meridional a tenor de la reducción progresiva de material a partir de las filas 19 a 22. Durante la prospección pedestre también se identificaron tres silos en el cuadrante noreste, uno de ellos sin duda vacío. Por último, el terreno situado entre B9 y B19 está claramente deprimido respecto a su entorno inmediato, ya que en este punto presenta una cota entre 2 y 3 m inferior, en una longitud cercana a los 100 m. Como se ha dicho, tal vez ello indique la presencia de un foso. Del total de 10.824 fragmentos cerámicos recuperados, 10.349 (95,6 %) corresponden a las distintas producciones ibéricas (oxidada y reducida a torno, cerámica de cocina a torno, cerámica a mano) y 432 (4,4 %), a vasos de importación (vajilla, ánforas y cerámica común). En un recuento por individuos (no ponderado), el porcentaje de importaciones aumenta significativamente, hasta el 14 % (57 individuos, por 356 de producción local); ello se debe probablemente al hecho de que, como se verá más adelante, una parte muy importante de los vasos de producción ibérica corresponde a recipientes de tamaño grande y mediano (ánforas sobre todo), con un elevado índice de fragmentación, mientras que entre las importaciones predomina la vajilla (35 individuos = 61 %, por un 32 % de las ánforas -18 individuos-y un 7 % de la cerámica "común" -12 individuos-). La cerámica de importación En lo que a la vajilla se refiere, las producciones representadas son la cerámica ática, siempre de barniz negro (10 fragmentos = 10 % de la vajilla importada; 7 individuos = 20 % de la vajilla importada), la cerámica de barniz negro del taller de Rhode (37 fragmentos = 35 %; 10 individuos = 28 %), la cerámica de barniz negro de producción púnica (2 fragmentos = 2 %; 2 individuos = 6 %) y, sobre todo, la campaniense A (55 fragmentos = 53 %; 15 individuos = 43 %) (Fig. 7). C.), es preciso observar que ninguna de las nuevas formas surgidas durante esta última está representada en el yacimiento. Las ánforas de importación (Fig. 8) están representadas por un total de 306 fragmentos, en su gran mayoría atribuibles a producciones púnicas: centromediterránea (75 fragmentos = 24 %), ebusitana (118 fragmentos = 38 %) y del Círculo del estrecho de Gibraltar (18 fragmentos = 6 %). La producción masaliota está representada por tan solo dos fragmentos (1 %), mientras que el ánfora itálica constituye otro grupo importante, con 91 (= 30 %). Tres de los cuatro bordes atribuibles a esta última producción corresponden a ánforas grecoitálicas de tipo antiguo (Fig. 8: 13-15), y el otro a una pieza de forma Dr. 1B (Fig. 8: 16), de cronología evidentemente más avanzada. Representan en conjunto el 28 % de los individuos anfóricos, cifra próxima a la obtenida a través del recuento de fragmentos (30 %). A ello debe añadirse dos fragmentos de producción indeterminada (1 %). La cerámica común de importación (Fig. 8) está representada por un borde de mortero, con pasta idéntica a la de las ánforas púnicas del Círculo del estrecho, una base de mortero ebusitano, un borde de jarro de cerámica púnica, probablemente de la zona de Túnez, un borde de mortero de la misma procedencia (Fig. 8: 17-20), y un pequeño fragmento de fondo de una patina itálica. Aunque minoritarios, estos vasos representan un 9 % de las formas de cerámica importada. Cabe destacar la ausencia de cerámica de cocina cartaginesa, relativamente frecuente en los niveles del siglo III a. La cerámica de producción local y/o regional Dentro de este conjunto, la cerámica a torno oxidada representa una abrumadora mayoría (10.307 fragmentos = 99 %; 340 individuos = 96 %), seguida por la cerámica de cocina a torno (16 fragmentos = 0,15 %; 7 individuos = 2 %), la cerámica a mano (66 fragmentos = 0,66 %; 5 individuos = 1 %), y la cerámica a torno reducida (9 fragmentos = 0,19 %; 4 individuos = 1 %). Debe reseñarse también que la cerámica con decoración pintada supone un pequeño porcentaje de los vasos oxidados (17 individuos = 5 %). El repertorio documentado dentro de la cerámica a torno (que puede considerarse como un conjunto, incluyendo las piezas de cocción reductora) presenta peculiaridades importantes desde el punto de vista cuantitativo. En efecto, las ánforas ibéricas, con 176 individuos (Fig. 9: 1-8), representan el 52 % de estos vasos, seguidas a gran distancia por vasos grandes o medianos dotados de los característicos bordes con sección de "cuello de cisne" (42 individuos = 12 %) (Fig. 9: 9, 11 y 13) y de otros recipientes de boca ancha y borde acanalado, también de dimensiones grandes o medianas (25 individuos = 7 %) (Fig. 9: 16, 18). Los elementos de vajilla representan, en cambio, un volumen reducido del total: tan solo 21 jarras (6 %), 17 cuencos/ páteras (5 %) (Fig. 10: 11-15), dos jarritas bitroncocónicas (1 %) (Fig. 10: 2, 4, 6, 9-10), 3 vasitos de forma imprecisa (1 %) y, por último, cuatro piezas cuyo perfil puede inspirarse en los platos de pescado (hipótesis abonada también por la frecuencia de esta forma entre los vasos de barniz negro hallados en el yacimiento) (4 individuos = 1 %) (Fig. 10: 1, 3, 5). En conjunto, pues, los elementos de vajilla representan solo el 14 % de los individuos de cerámica a torno, lo que tal vez pueda deberse al uso importante de vasos de importación. A todo ello debe añadirse la presencia de dos morteros. En relación con la cerámica de cocina a torno, tan solo cabe señalar que la única forma documentada es la olla con borde vuelto (Fig. 10: 16-18). La cerámica a mano presenta una diversidad algo mayor, en la morfología y en el tamaño de las piezas (Fig. 10: 19-23), pero la gran fragmentación del material impide otros comentarios. Algunas consideraciones sobre los materiales cerámicos A pesar de tratarse de un conjunto procedente de recogida superficial, el material recuperado permite algunos comentarios relevantes sobre el yacimiento. En primer lugar, sobre la cronología del mismo, ya que, aparte de algún fragmento informe de ánfora del Círculo del estrecho con pasta de aspecto más bien arcaico -y que podría remontar al siglo VII a. C. o los primeros decenios de la centuria siguiente-, casi todo el material datable se sitúa entre los siglos IV y III a. C., y en particular dentro de esta última centuria. Esta es la cronología de las distintas producciones de barniz negro, incluyendo, como se ha visto, la campaniense A. Lo mismo se deduce de las importaciones anfóricas, donde predominan las piezas del siglo III a. Las piezas de menor precisión cronológica, como las ánforas púnicas del Círculo del estrecho (Fig. 8: 5-8) y el ánfora masaliota de tipo 5 (Fig. 8: 12), son también compatibles con esta datación dentro del siglo III a. C. avanzado, aunque podrían remontar al siglo Figura 9. Cerámica ibérica oxidada (elaboración propia). C. Lo mismo puede tal vez deducirse del reducido volumen de la cerámica a mano, de la presencia de vasos bitroncocónicos de cerámica gris de la costa catalana y de kalathoi, así como del aspecto de los bordes de un gran número de ánforas ibéricas, que por sus dimensiones reducidas y su sección de tendencia rectangular parecen corresponder a los tipos más tardíos de la zona, de siglo III a. C. (aunque perduran en la centuria siguiente) (Sanmartí et alii 1998). C., en conexión con los acontecimientos relacionados con la Segunda Guerra Púnica y las sublevaciones ibéricas, lo que confirma la naturaleza particularmente violenta de la ocupación por Roma de este territorio, y el profundo impacto que tuvo en los patrones de poblamiento (Sanmartí et alii 2012: 49-51). La presencia de algunas piezas aisladas de cronología más tardía, como el borde de ánfora de tipo Dr. 1B (Fig. 8: 16), puede tal vez explicarse por reocupaciones puntuales como las documentadas, por ejemplo, en Alorda Park (Sanmartí y Santacana 1992: 33-35), o incluso de menor entidad que estas. También es razonable suponer que una parte importante, incluso muy importante, de los materiales recogidos procede de niveles de la última fase del yacimiento, cuya superficie habría sido erosionada por la actividad agrícola. La presencia en el mismo de un número considerable de piezas áticas no obsta para ello, ya que estas aparecen a menudo en niveles del siglo III a. C. por su uso prolongado durante largos decenios. Por el contrario, tal vez sea significativa la ausencia de ánfora ebusitana del tipo PE 14 -Ramon T8111, siempre tan frecuente en los niveles del siglo IV a. C. de los yacimientos ibéricos del nordeste de la península ibérica. Un segundo aspecto a destacar es el importante volumen de importaciones (14 % si cuenta por NMI), comparable al de otros yacimientos, como Ullastret o Alorda Park (Asensio 2015) donde diversos argumentos independientes permiten suponer una presencia importante de la elite social del período ibérico pleno. En el mismo sentido, es interesante observar que el número de piezas de vajilla ibérica (47) no es mucho mayor que el de la cerámica de barniz negro, e incluso netamente inferior si se detraen los 21 bordes de jarro, una forma inexistente entre la vajilla importada. Ello parecería confirmar un uso importante, desde el punto de vista cuantitativo, de la vajilla importada, lo que también sugiere un estatus social elevado de por lo menos una parte de la población de nuestro asentamiento. Todavía en relación con la cerámica de barniz negro, merece la pena observar el número considera-ble de platos de pescado (forma Lamb. En efecto, cuatro de las siete piezas de cerámica ática corresponden a esta forma, que es muy rara en los yacimientos contemporáneos del nordeste peninsular (Sanmartí 2000). Estos platos siguieron siendo populares en Masies de Sant Miquel durante el siglo III a. C., con dos ejemplares del taller de Rhode (17 % de los vasos de esta producción) y otros cinco de campaniense A (un tercio de las piezas de esta producción); en ambos casos, la presencia de esta forma en los yacimientos de Cataluña es inferior (en el caso de la campaniense A, muy inferior) al documentado en nuestro yacimiento (Principal 1998: 95 y 142). Ello permite sospechar unas formas de consumo peculiares por parte de la elite que habitaba este gran asentamiento, que tal vez se puedan relacionar con las del mundo púnico, puesto que los platos de pescado son frecuentes en Cartago, por lo menos durante el siglo IV a. Ello se compadece mal con la ya mencionada ausencia de vasos de cocina cartagineses -presentes en general en yacimientos donde se puede afirmar o sospechar la presencia de la elite social ibérica (Sanmartí y Asensio 2005; Asensio 2004; Sanmartí 2015)-, pero esta discrepancia puede deberse al azar de los hallazgos en recogida superficial. La distribución de los restos cerámicos susceptibles de datación intrínseca es básicamente uniforme, de modo que no se puede reconocer claramente la existencia de áreas diferenciadas desde el punto de vista cronológico; de todas formas, cabe señalar que los elementos fechables inequívocamente con anterioridad al siglo III a. C. están prácticamente ausentes al sur de la fila 13 (tan solo algunos fragmentos de cerámica ática de barniz negro hallados en el cuadro G22, en el extremo meridional de la zona prospectada). Esto podría sugerir un crecimiento hacia el sur del yacimiento en el siglo III a. C., y dar sentido a la existencia -como se verá más adelante-de un buen número de construcciones extramuros. Con todo, pensamos que esta distribución particular de las cerámicas de importación debe de explicarse fundamentalmente por el azar de los hallazgos, ya que la misma ausencia de material anterior al siglo III a. C. se observa en las filas 14 a 17, situadas total o parcialmente dentro del espacio amurallado. Otro aspecto a comentar es el elevado número de ánforas ibéricas, que, como se ha dicho, constituyen más del 50 % de los individuos de cerámica a torno de producción local o regional. Sin ser excepcional, este número proporcionalmente tan elevado de ánforas es muy superior al documentado en la mayoría de yacimientos con cuantificaciones fiables, y probablemente rebasa con mucho las necesidades de consumo local de la población de este asentamiento; ello sugiere la existencia en el mismo de actividades económicas especializadas y a una escala considerable; aunque no es posible precisarlas, puede suponerse que tuvieron relación, en parte al menos, con la transformación de productos agropecuarios en bebidas fermentadas. En lo que se refiere a los materiales de época romana recuperados alrededor de la ermita de Sant Miquel, se trata en su inmensa mayoría de fragmentos con forma o decorados, producto, como se ha dicho, de una recogida selectiva, y georreferenciados mediante GPS. Casi todos los fragmentos pueden atribuirse, ya sea por su decoración (Fig. 11: 1-4) o por su forma, a producciones hispánicas. El tipo cerámico más antiguo de este periodo está representado por un fragmento de carena de una copa aretina indeterminada (Fig. 11: 9), seguido por otra carena de Drag. Finalmente, la vajilla más tardía está representada por la cerámica Africana Clara A, con dos bordes Lamb. Las distintas producciones de vajilla de mesa y los repertorios mencionados aparecen regularmente en contextos (bien datados) de finales de siglo I -primer tercio del siglo II d. C. en las villas del territorio y en Tarraco (Revilla 2014). En definitiva, parece que los inicios de este asentamiento rural romano remontan a época augustea, más concretamente a principio del siglo I d. C., a partir de las sigillatas itálicas y sudgálicas. Ahora bien, la presencia mayoritaria de sigillatas hispánicas indica que el periodo de mayor auge corresponde a las postrimerías del siglo I d. C. y gran parte de la siguiente centuria, como también muestra la presencia de vajilla y cerámica de cocina africana. La prospección geofísica se ha desarrollado exclusivamente sobre la parte meridional del espacio ocupado por el asentamiento ibérico, en concreto sobre 1,5 ha, prácticamente en la misma zona previamente prospectada a pie. Los trabajos se iniciaron con una exploración encaminada a obtener información que orientara respecto a la metodología a aplicar, ya que era preciso tener en cuenta una serie de condicionantes específicos, como la vegetación, la topografía, o la base geológica. Efectivamente, los suelos arcillosos, la superficie irre-gular del terreno y la presencia de arbolado podían representar un problema en la resolución y en el alcance vertical del georradar; por tanto, la efectividad de la prospección se podía ver comprometida si los restos se encontraban a mucha profundidad o en mal estado de conservación. Por otro lado, la prospección magnética podía ser de utilidad en estas circunstancias, pero no se contaba con mediciones previas que permitieran inferir un buen contraste magnético de los materiales constructivos. Para obtener esta primera muestra de datos se exploraron mediante prospección magnética dos zonas (un total de 4035 m2), ubicadas en las áreas central (grid B) y oeste (grid A) de la plataforma. La primera correspondía a la supuesta zona de hábitat, y la segunda al trazado de un posible sistema defensivo. La prospección se realizó mediante el sistema de gradiómetro tipo fluxgate Bartington G-601, con una resolución espacial de 0,25 x 0,5 m, es decir, 8 lecturas por metro cuadrado (Sala et alii 2012;2013). Por otra parte, en la zona norte del área de estudio se cubrió una superficie de unos 3000 m2 con georradar equipado con 5 antenas de 600 MHz en lectura simultánea, siguiendo el sistema IDS RIS -MOD. Los datos se han recuperado con una resolución de 0,02 × 0,20 m, es decir, obteniendo perfiles separados 20 cm entre sí, con una lectura cada 2 cm sobre toda la extensión a explorar (Sala et alii 2016). Los datos obtenidos mediante prospección magnética permitieron la detección de numerosas anomalías de todo tipo, sobre todo correspondientes a fenómenos de alto contraste (restos de combustión u objetos férricos), pero con escasa definición para los restos constructivos. En general, los datos relativos a posibles estructuras en la zona central (grid B) son poco explícitos, pero los obtenidos del grid A muestran una anomalía de valores positivos en sentido norte-sur de manera discontinua (grupo M1) que es compatible con la existencia de un posible foso orientado en dirección norte-sur, paralelo al pequeño curso que actualmente discurre algo más al oeste (Fig. 12); otra anomalía que presenta valores negativos (grupo M3) podría corresponder a los vestigios de una gran estructura constructiva o a un potente nivel de derrumbe. Estas anomalías son congruentes con el análisis del modelo digital del terreno a partir de datos LiDAR, que también indica una depresión longitudinal compatible con la presencia de un posible foso (Fig. 5). Por último, una anomalía circular (M7) presenta las características típicas de un dipolo magnético provocado por alteraciones térmicas, por lo que podría corresponder a los restos de un horno o un incendio. Por el contrario, la zona explorada con georradar mostró una definición correcta y un alcance en pro-Figura 11. Sigillata aretina (9); Sigillata sudgálica ( 16); Sigillata Africana Clara A (11 y 17); cerámica de cocina africana (18). El resto son producciones hispánicas (elaboración propia). fundidad de 1,5 m, suficiente para la obtención de datos coherentes sobre los restos constructivos. Se concluyó, por tanto, que esta última era el método más adecuado para completar la cobertura, en una superficie total de 14.875 m2. En general, se han obtenido datos fiables, a pesar de las dificultades derivadas de la irregularidad de la superficie y de las interrupciones en las lecturas causadas por la presencia de árboles de cultivo de secano, que han repercutido negativamente en la calidad de los resultados. En cuanto a la interpretación de los datos de georradar, de una secuencia de dieciocho cortes horizontales se han seleccionado los quince que se consideran representativos de los elementos detectados. Han permitido comprobar que el trazado urbano y, probablemente, la estructura interna de los bloques constructivos son los mismos desde el corte inferior (-1,46 a -1,30 m) hasta el de -0,65 a 0,49 m. Tan solo en este último se aprecian estructuras que aparentemente interrumpen algunas vías de paso, pero su interpretación no es evidente. Los resultados se han analizado conjuntamente por los arqueólogos y geofísicos del equipo de trabajo para producir plantas de trazos vectoriales (Fig. 13), a partir de las cuales se ha elaborado una planta hipotética (Fig. 14). INTERPRETACIÓN ARQUEOLÓGICA DE LOS RESULTADOS DE LA PROSPECCIÓN GEOFÍSICA La observación de las plantas obtenidas muestra a simple vista la destrucción de la parte oriental del yacimiento, debida a la acción erosiva del torrente de Sant Miquel. La superficie desaparecida puede estimarse en unos 10 m de longitud en dirección esteoeste de media, afectando probablemente a la totalidad de esta parte oriental (Fig. 15). Se observa que el asentamiento estaba protegido por una muralla cuyo grosor medio puede evaluarse en unos 2 m, aproximadamente (Fig. 14, 1). Es reconocible en la parte occidental, donde presenta un trazado ligeramente sinuoso sobre una longitud de unos 140 m, y también en el lado meridional, en este caso sobre una longitud conservada algo superior a los 70 m, aunque originalmente pudo rebasar los 90 m. Con toda evidencia, el primero de estos tramos se prolongaba hacia el norte y nordeste para enlazar, probablemente, con el sector de fortificación descubierto en el sondeo de urgencia de 1998, y sin duda aún más allá para proteger toda la parte septentrional del asentamiento, la más vulnerable. No es posible determinar, con los datos actuales, si existía también un lienzo oriental, dada la destrucción, ya mencionada, de esta parte del yacimiento; no puede excluirse, aunque también es posible que el curso del torrente de Sant Miquel -un obstáculo considerable-se considerara suficiente para asegurar la defensa. Hay indicios de la existencia de tres construcciones cuadrangulares aparentemente relacionadas con esta muralla y que podrían corresponder a otras tantas torres. La primera (T1) se encuentra en la parte noroccidental; se trata de tres grandes fragmentos de muro, dos de los cuales forman ángulo recto; se opone, sin embargo, a la idea de que se trate de los restos de una torre el hecho de que aparentemente no conecten con la muralla. De haber existido realmente, las dimensiones de esta torre (T1) serían de unos 14 × 6 m aproximadamente. Más evidente parece la existencia de dos torres en el lienzo meridional. Una de ellas, de planta aproximadamente cuadrada (unos 6 × 6 m), se encuentra junto al ángulo sudoccidental (T2), mientras que la segunda (T3), de planta rectangular alargada (unos 15 × 4 m), se halla en el extremo oriental de la zona prospectada. La única puerta de acceso reconocible se encuentra en la parte central del lienzo meridional, coincidiendo con el extremo sur de la calle principal del asentamiento. En la parte occidental y, menos claramente, en la meridional, se reconocen los restos de un segundo muro (2), documentado de manera discontinua, en Figura 12. Resultados de la exploración magnética realizada en la parte occidental de la zona prospectada (elaboración propia). parte, sin duda, por la existencia de un bancal que impidió el acceso de los aparatos de prospección geofísica. Se han documentado tres tramos de distinta longitud, situados a una distancia que varía entre un mínimo de unos 3 m (los dos que se encuentran inmediatamente al oeste) y un máximo de unos 11 m cerca de ángulo sudoeste, al sur de T2. Siguen un trazado básicamente paralelo al de la muralla, de lo que se deduce que se trata de una obra de fortificación. Puede excluirse la posibilidad de que sea el muro de escarpa de un foso, dado que las cotas superiores de estos muros coinciden aproximadamente con las de la muralla; además, están excesivamente alejados (entre 10 y 12 m) de las anomalías interpretadas como un posible foso. Dado que el muro exterior se antepone a las torres antes mencionadas, es preciso suponer que se levantó en una segunda fase, creando de esta manera un largo corredor de acceso (de una longitud mínima de 46 m) a una puerta, desconocida por el momento, que se abriría en la muralla interna. Es probable que las torres se conservaran con objeto de dificultar el paso por este corredor. Los paralelos más próximos de una disposición de este tipo se encuentran en Kerkouane y en Lilibeo. En el primero de estos yacimientos resulta de una larga evolución que culminó en el siglo III a. También en el caso de Lilibeo, el muro exterior se levantó en el siglo III a. Es plausible que la reestructuración de las defensas de Figura 13. Imagen de la prospección con georradar en el corte horizontal situado entre los 0,81 y los 0,98 metros de profundidad, y plasmación de las anomalías en una planta vectorial (elaboración propia). Planta interpretada de los resultados de la prospección geofísica. En trama gris, los espacios de circulación. En línea gris, bloques constructivos no completamente delimitados por calles. En línea negra discontinua, trazado hipotético de la zona desaparecida por la erosión (elaboración propia). Imagen compuesta con indicación de la cuadrícula de prospección y la trama urbana hipotética sobre ortofotografía (base Institut Cartogràfic i Geogràfic de Catalunya) (elaboración propia). Masies de Sant Miquel date de este mismo momento, es decir, de la última etapa de la vida de la ciudad, y que tal vez tenga alguna relación con la política de preparación de la segunda guerra púnica por parte de los bárquidas, que hemos defendido en otras ocasiones (Sanmartí et alii 2012). En la parte meridional, la restitución hipotética de esta posible primera muralla es más complicada, debido a la existencia de un gran número de muros (agrupados bajo la denominación de Z5) que, sin embargo, no presentan una estructura coherente; la existencia de un gran edificio turriforme (¿T4?) sería consecuente con la posible extensión del muro exterior en esta parte del yacimiento. Podría asimismo plantearse la posibilidad de que existiera una puerta en corredor (¿P2?) en la parte sudoriental. Sea como fuere, la existencia de este importante conjunto de estructuras extramuros indica que el yacimiento experimentó momentos de crecimiento o de retracción a lo largo de su historia. La prospección magnética también indica, como se ha dicho, la posible existencia de un foso en el límite suroccidental del asentamiento (3); su trayectoria es paralela a la de la muralla, pero se extiende hacia el sur hasta por lo menos treinta metros más allá del sector meridional de la misma, donde gira aparentemente hacia el este para enlazar con el barranco de Sant Miquel. La misma prospección sugiere también la probable existencia de otro muro de gran espesor (4) entre la muralla exterior antes mencionada (2) y el posible foso. Al igual que este último, también se extiende hacia el sur más allá de del lienzo meridional de la muralla. No puede excluirse que se trate de la escarpa del foso. En definitiva, parece haber existido un sistema defensivo de notable complejidad estructural, lo que sin duda se explica por la escasa protección proporcionada por las condiciones naturales del terreno, pero también por la importancia del lugar en el sistema de poblamiento cesetano. Con todo, su aparente complejidad puede resultar en parte de la existencia de estructuras de cronología diversa, que no funcionaron en realidad conjuntamente. Solo los trabajos de excavación permitirán confirmarlo. En cuanto a la estructura viaria de la zona prospectada, se basa fundamentalmente en tres calles principales, de una anchura variable, orientadas en dirección norte-sur (calles 1 a 3). La más oriental (C1) mide unos 2,50 m de anchura media, y solo puede seguirse claramente en una longitud de unos 70 m; más al norte su trazado se desdibuja por completo, aunque es posible proponer una restitución teórica del mismo a partir de los restos de construcciones que se documentan hacia el noroeste y por analogía con la calle 2 (C2), situada inmediatamente al oeste. Esta última sigue aproximadamente el eje longitudinal del asentamiento y tiene una anchura media de unos 4 m. En su extremo norte gira ligeramente hacia el noroeste para confluir con la calle 3 (C3). La continuación de ambas hacia el noroeste se ha denominado calle 4 (C4). Se trata aparentemente de una vía de anchura notable, unos 5 m, y no puede excluirse que existiera en este punto un espacio abierto de dimensiones aún mayores, aunque los datos disponibles impiden afirmarlo de manera taxativa. Las tres vías mencionadas separan cuatro grandes zonas de habitación, cada una de ellas con unas características singulares. La más oriental (Z1) está prácticamente destruida debido a la acción erosiva del torrente de Sant Miquel. Se distingue, sin embargo, una parte importante de las fachadas que delimitan por el este la calle 1, así como el arranque de una serie de muros perpendiculares a las mismas por el lado oriental, cuya longitud conservada no supera en ningún caso los 4 m, y que permiten reconocer la existencia de un mínimo de 15 recintos (aunque algunos podrían ser vías de paso). Con estos datos, resulta imposible formular ninguna hipótesis sólida sobre la estructura de estas construcciones. Es perfectamente posible que se trate de edificios compuestos por un solo recinto rectangular alargado, o tal vez por dos, como los que se documentan (según se verá más adelante) adosados al lienzo occidental de la muralla. Con todo, la identificación de un largo muro transversal paralelo a las fachadas podría indicar la existencia de algún edificio de mayores dimensiones y de estructura más compleja. Inmediatamente al oeste de la calle 1, entre esta y la calle 2, existe una segunda zona de construcciones (Z2), dividida transversalmente por una serie de calles estrechas (C5 a C11), cuya anchura media puede evaluarse en unos 2 m, excepto en el caso de C11, que podría medir unos 5 m. Estas vías delimitan una serie de bloques de forma rectangular alargada, seis más concretamente (Z2a a Z2f), orientados aproximadamente en dirección este-oeste, cuyas dimensiones medias pueden cifrarse en unos 30 m de longitud por unos 9 m de anchura (tal vez 100 por 30 pies 13 ). El bloque más meridional (Z2a) tiene una anchura ligeramente inferior, debido sin duda a la presencia de la muralla. Al norte de la calle C10, la estructura descrita se desdibuja. El bloque Z2g es aparentemente de mayor anchura (unos 14 m); aún más allá, puede proponerse la existencia de un bloque (Z2h) de forma ligeramente trapezoidal, delimitado por las calles C2, C14, C11 y C12, con unas dimensiones aproximadas de unos 13 m por 20 m. Inmediatamente al norte se ha agrupado bajo el nombre de Z2i una serie de construcciones que no parecen conformar una estructura coherente. Lo mismo puede decirse en relación con la zona que se extiende en dirección noroeste hasta la confluencia de las calles 2 y 3: la distinción entre los bloques Z2j y Z2k es en realidad arbitraria, y responde básicamente a la suposición de que existió dentro de este conjunto una vía de paso en dirección este-oeste. En lo que se refiere a la estructura interna de los bloques que componen esta zona construida, no se reconoce claramente la existencia de un patrón constante, ni siquiera entre los situados en la parte meridional. Tampoco se distinguen con nitidez las distintas unidades funcionales, lo que en parte puede ser debido a la imposibilidad de discriminar muros correspondientes a distintas fases cronológicas, así como a las dificultades para identificar con seguridad las puertas de comunicación interna entre los distintos ámbitos. De todas formas, y con la mayor prudencia, parece observarse en los bloques Z2b a Z2f una tendencia general a la subdivisión según el eje longitudinal, con el que coinciden siempre varios muros, algunos de ellos de longitud considerable, tal vez incluso, en el caso de Z2f, de extremo a extremo del bloque. Por el contrario, no se distinguen claramente subdivisiones según el eje transversal, excepto, tal vez, en Z2c y Z2d. La notable superficie de estos bloques (unos 230 m 2 ) permite suponer que contenían diversas casas, tal vez dos de unos 110 m 2, como parece insinuarse en los bloques Z2c y Z2d. Sin embargo, los datos disponibles no permiten ir más allá, ni excluyen la posibilidad de que estuvieran ocupados por una sola residencia cada uno. Nada puede afirmarse en relación con Z2g, mientras que los datos sobre la estructura interna de Z2h sugieren cuatro grandes recintos, probablemente divididos internamente; puede tratarse de una sola gran casa, de superficie igual a la de los bloques constructivos rectangulares situados más al sur (230 m 2 ). Una tercera zona construida (Z3) se encuentra entre la calle 2, al este, y la calle 3, al oeste. Se distinguen dos vías transversales (C15 y C16). Inmediatamente al norte de C15 parecen existir dos grandes recintos de proporciones próximas al cuadrado, tal vez accesibles desde las tres calles adyacentes (Z3f). Aún más al norte hay un largo muro orientado en dirección norte-sur, que sirve de pared trasera común para dos series de recintos adosados (Z3g), abiertos respectivamente a las calles 2 y 3. Es posible que cada uno de ellos constituya una casa individual, pero no pueden excluirse otras funciones, como el almacenaje. Al sur de C15, hasta la muralla, el espacio parece haber sido dividido primariamente en unidades rectan-gulares de anchura más o menos equivalente (unos 4 m) y una longitud que varía entre 17 y 20 m, con una superficie media de unos 70 m 2. Uno de ellos, C16, era la calle que prolonga C11 y que, junto con C15, delimita un bloque constructivo (Z3e) de unos 400 m 2, compuesto por cinco de los espacios rectangulares mencionados. Podría tratase de una sola gran casa, aunque su estructura espacial no permite asegurarlo. Creemos que debió de estar ocupado por varias casas, probablemente de grandes dimensiones, cuyos límites, sin embargo, no se pueden establecer con los datos disponibles. Es posible que cada una estuviera formada por dos o tres de los espacios rectangulares antes mencionados, con una estructura similar a la que se documenta en el siglo IV a. C. en el yacimiento de Alorda Park, a tan solo 9 km de distancia (Asensio et alii 2005c). La zona construida 4 (Z4) ocupa el espacio comprendido entre C3 y el lienzo occidental de la muralla. En la mayor parte del mismo se observa la existencia de espacios rectangulares, de unos 3,5 m de anchura media, yuxtapuestos y adosados a la muralla (Z4a). Hay por lo menos 25 construcciones de este tipo, pero pudieron ser más, dada la presencia de algún espacio donde no se han podido reconocer estructuras organizadas coherentemente, sobre todo en el extremo meridional de esta zona. Tendemos a pensar que cada uno de estos recintos correspondía a un espacio independiente, pero no se puede excluir que existieran puertas internas de comunicación entre algunos de ellos, y que formaran de este modo estructuras algo más complejas, aunque sin duda, si así fuera, de entidad menor a las existentes en Z2 y Z3. La anchura relativamente reducida de estas construcciones debió de facilitar la existencia de una planta superior destinada a ejercer la función de paso de ronda, que implica la necesidad de soportar un peso importante por la presencia y circulación de los defensores. En el extremo septentrional de esta zona construida parece existir un gran edificio (350 m 2 ), de estructura distinta (Z4b), con recintos distribuidos a uno y otro lado de un largo corredor orientado en dirección norte-sur, cuatro al este y cuatro al oeste, más otro espacio en la parte meridional. El corredor comunica con el exterior a través de sendas puertas abiertas a C3 y a un espacio situado inmediatamente al norte. La extensión e importancia de Masies de Sant Miquel con anterioridad al siglo III a. C. no puede determinarse con seguridad, pero la existencia en su entorno inmediato de una necrópolis del período ibérico antiguo sugiere que ya en ese momento se trataba de un núcleo de una cierta importancia. En efecto, como hemos señalado en otros trabajos (Sanmartí et alii 2015), durante el período ibérico, y al norte de la gran concentración de yacimientos funerarios de la zona del Ebro, la presencia de necrópolis se asocia generalmente (aunque existan algunas tumbas aisladas, como la de Granja Soley) (Sanmartí Grego et alii 1982) a núcleos de población importantes, como Ullastret, Burriac, Sant Julià de Ramis o el yacimiento que ahora nos ocupa. Ello se explica verosímilmente por el desarrollo de un código cognitivo compartido en que se atribuía al sector social dominante una naturaleza particular, diferenciada de la del resto de la población, así como una relación especial con el mundo sobrenatural, tal vez fundamentada, por una parte, en una supuesta descendencia directa de antepasados distinguidos, y, por otra, en la creencia en formas particulares de persistencia en el mundo del más allá, diferentes de las de los otros miembros de la sociedad. En definitiva, se trataría de la aparición de una ideología legitimadora de la desigualdad, que, de manera inevitable, debió de acompañar la formación de las sociedades complejas y el surgimiento de las primeras ciudades de la zona. Sin duda, la imagen que se obtiene de nuestros trabajos de prospección corresponde, en lo esencial, al aspecto que tenía el asentamiento en su última fase de ocupación, en el siglo III a. C. En este momento, cubría una superficie de unas 3,5 ha y presentaba todas las características propias de una ciudad, tal como esta se ha definido en la introducción a este artículo. Se trata, en efecto, de un núcleo sólidamente fortificado, como cabía esperar de una población importante ubicada en llano, y se caracteriza por un urbanismo compacto, con ocupación total del espacio disponible, y una organización considerablemente regular, aunque no estrictamente ortogonal, de la red viaria. A pesar de las dificultades para individualizar los distintos edificios, parece evidente que existieron casas de dimensiones y de complejidad interna muy distintas, agrupadas en zonas construidas diferenciadas, lo que viene a coincidir con la información recuperada en otros asentamientos contemporáneos, como el Castellet de Banyoles (Tivissa) (Sanmartí et alii 2012) o Illa d'en Reixac (Ullastret) (Martín et alii 2004). Ello permite pensar en una notable diversidad social, y tal vez en la existencia de barrios ocupados por grupos gentilicios diferenciados, tal como hemos propuesto para el Castellet de Banyoles (Sanmartí et alii 2012). Dadas las dificultades para identificar las unidades domésticas, es imposible proponer un cálculo de población basado en el número de casas. Moreno y Valor (2010) han calculado un índice de población de 26 m 2 por habitante para la ciudad ibérica de Kelin. Si se aplicara a nuestro yacimiento, el resultado sería de unos mil habitantes (unas 200 a 250 familias), una cifra que, como hemos argumentado en otros trabajos (Belarte et alii 2019) y admiten también otros autores (Hansen 2008, 70, con referencias anteriores), se encuentra dentro de los límites de la población propios de las ciudades. Las actividades económicas desarrolladas por esta población debieron de ser variadas, e incluyeron sin duda tanto la producción primaria como las actividades de transformación. Los datos disponibles no permiten precisarlas (excepto, posiblemente, el tejido, tal vez atestiguado por los restos de un ponderal) (Fig. 10: 24), pero la gran abundancia de ánforas y grandes envases de producción local o regional entre el material recuperado en recogida superficial sugiere una actividad importante ligada a la producción y almacenaje de alimentos envasados en dichos recipientes, que seguramente rebasa, y con mucho, las necesidades locales. Entre estos productos puede pensarse que tuvieron un papel importante las bebidas fermentadas. La desaparición de este importante núcleo de poblamiento en los años en torno a 200 a. C. viene a confirmar la magnitud del impacto de la conquista romana en el nordeste de la península ibérica. El abandono en dicho momento de núcleos de primer orden como Ullastret o Burriac (aunque este último fuera reocupado más tarde), de otros de segundo nivel, pero importantes asimismo en la estructura del poblamiento, como Masies de Sant Miquel, el Vilar de Valls, Turó de ca n'Oliver o el Castellet de Banyoles de Tivissa, y de otros muchos de menor tamaño, pero de evidente importancia para el control del territorio (Alorda Park, Puig Castellar de Santa Coloma de Gramenet, Castellruf, Coll del Moro de Gandesa) y la explotación del mismo (Mas Castellar de Pontós, Turó del Vent, Turó de la Font de la Canya, etc.), son un síntoma evidente de cambios muy rápidos y profundos. En el mismo sentido debe interpretarse la interrupción del uso de la necrópolis de Burriac. Todo ello indica claramente que la conquista romana supuso la decapitación de la sociedad ibérica de la zona en cuestión. Alaminos, A., Ojuel, M. Sanmartí, J. y Santacana, J. 1991: "Algunas observaciones sobre el comercio colonial en la costa central y meridional de Cata-
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). PALABRAS CLAVE: Gadir; salazón; pesca; ánforas; vino. CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO / CITATION: Sáez Romero, A. M., Gutiérrez López, J. M. y Reinoso del Río, M. C. 2020: "Un asentamiento de época púnica en la campiña costera de la Bahía de Cádiz. El papel del comercio marítimo, de la pesca y de la fabricación de conservas de pescado fue crucial para la economía de la bahía gaditana en la Antigüedad, y por ello ha sido un hito de referencia recurren-te desde la etapa erudita de la Edad Moderna hasta los más recientes estudios de inicios del siglo XXI. La existencia de menciones explícitas a esta fuente de riqueza en los pocos textos antiguos referidos a este rincón atlántico, su presencia protagonista entre los tipos monetales de la ceca ciudadana y, en menor medida, el descubrimiento ocasional de restos de piletas y ánforas, habían consagrado, desde momentos muy iniciales de la investigación a esta temática, como un topos historiográfico. La irrupción en este escenario de la Arqueología científica contemporánea no ha hecho sino acrecentar y perfilar las referencias disponibles hasta entonces. La proliferación de actuaciones sistemáticas y de urgencia desde los primeros años ochenta despertó de nuevo a este gigante historiográfico, adormilado por varias décadas de decaimiento general del interés por el pasado de la zona, resurgiendo con gran fuerza hasta colocarse en los inicios de la presente centuria de nuevo como una de las principales líneas de investigación sobre la ciudad de Gadir/ Gades (Sáez 2010). A pesar de que en pocas décadas por fin se habían identificado y excavado los centros que produjeron las salazones y las ánforas citados en las fuentes clásicas y se habían publicado múltiples avances o síntesis preliminares sobre la "industria pesqueroconservera" gaditana, resultaba tremendamente sorprendente que tal acumulación de esfuerzos no hubiera dado el fruto deseable de una memoria final de alguna de las excavaciones llevada a cabo en los yacimientos considerados como saladeros. Así, gran parte de las hipótesis alumbradas sobre estos temas estaban basadas en informaciones preliminares y palimpsestos históricos. En el caso de los indicios disponibles para la costa noreste de la bahía, entre los ríos Salado y Guadalete, los yacimientos localizados dibujaban además un mapa de compleja interpretación cuyo papel en conjunto -al igual que los propios yacimientos individualmente-era de difícil encaje con el modelo territorial gadirita (García y Ferrer 2001; Ferrer 2007), debiendo basarse las interpretaciones en hallazgos de superficie (Ruiz Gil 1991) y en los datos parciales dados a conocer sobre la "factoría" de Las Redes (Frutos et alii 1988; Muñoz et alii 1988; Frutos y Muñoz 1996). El inicio de la redacción de la tesis doctoral de uno de los firmantes4 y nuestro convencimiento de que era necesario poner fin a estos déficits, al menos en casos destacados, llevaron a desarrollar la idea de acometer el estudio de los resultados de las excavaciones efectuadas en 1996-1997 del saladero portuense de Puerto-19, que habían sido dados a conocer brevemente por su primer excavador (Gutiérrez 2000(Gutiérrez, 2001(Gutiérrez y 2004)). Por ello se solicitó en el año 2008 el estudio de los materiales depositados en el Museo Municipal de El Puerto de Santa María 5, prolongándose los trabajos de documentación gráfica y análisis hasta 2010. Inicialmente el propósito fue completar la documentación de campo y fijar las fases crono-estratigráficas definitivas del yacimiento, dando lugar a la publicación de una memoria definitiva sobre los trabajos. Al mismo tiempo, el estudio se orientó hacia la mencionada necesidad de subsanar la ausencia del análisis empírico de uno de estos establecimientos conserveros púnico-gadiritas, proporcionando a los investigadores un primer cimiento -completo y contextualizado-, a través del cual fuese posible reconsiderar las hipótesis en vigor. De este modo, se presenta un avance de los resultados del proyecto, que verán la luz de forma más amplia en una monografía coordinada por los autores, en colaboración con el resto de especialistas citados. Se aportan en esta síntesis las principales conclusiones extraídas tras completar el proceso de reestudio de los materiales y de la secuencia de Puerto-19, que ha dado como consecuencia una nueva lectura de sus fases arqueológicas, la caracterización de los horizontes materiales y la realización de analíticas arqueométricas (radiocarbono), arqueozoológicas (fauna marina y terrestre) y complementarias (epigrafía púnica). Esta nueva documentación, ordenada contextualmente, ha permitido asimismo revisar la dinámica vital de los asentamientos secundarios detectados en la campiña portuense entre la etapa colonial y la integración en el mundo romano, de lo cual también se proporciona un breve anticipo. 5 La investigación sobre los materiales de Puerto-19 no habría podido hacerse sin la necesaria ayuda y amabilidad de diversas personas e instituciones. En especial, nos gustaría agradecer la positiva disposición y la asistencia logística suministrada por el Museo Municipal de El Puerto de Santa María, donde se encuentran depositados los materiales procedentes de las excavaciones en el yacimiento, y particularmente la labor de Francisco Giles Pacheco, Juan José López Amador y Javier de Lucas Almeida en los meses de trabajo de documentación gráfica. M.a Carmen Blanes Delgado, directora de la intervención de 1997, accedió gentilmente a la inclusión en el estudio general del registro recuperado en la actuación de su responsabilidad. Tampoco queremos dejar de reconocer el apoyo brindado por Javier Maldonado Rosso y Miguel Ángel Caballero desde el área de Patrimonio del Ayuntamiento de El Puerto de Santa María. Es necesario subrayar la decisiva contribución de los colegas que han permitido completar el estudio de los materiales, José Á. Zamora López (epigrafía fenicia), José A. Riquelme Cantal (fauna terrestre), Milagrosa C. Soriguer-Escofet (fauna marina) y Guillem Pérez Jordà (arqueobotánica). PUERTO-19: SECUENCIA ARQUEOLÓGICA, MATERIALES Y CRONOLOGÍA Los comienzos de la investigación sobre Puerto-19 pueden rastrearse desde la identificación inicial de los asentamientos prerromanos diseminados por el término municipal de El Puerto de Santa María, incluyéndose en el listado inicial resultado de las prospecciones del museo municipal a inicios de la década de los ochenta del pasado siglo. El yacimiento fue posteriormente sondeado en 1986 en otra campaña de prospecciones dirigida por J. A. Ruiz Gil (1987), con resultados positivos pero muy incompletos y de compleja interpretación, lo que ayudó a que la localización pasara "parcialmente desapercibida" durante las primeras etapas de la investigación, diluida entre la masa de enclaves ubicados en la costa continental. Su emergencia en la historiografía como punto de referencia no acontecería hasta las actuaciones preventivas de 1996-1997 y la difusión de algunos trabajos de síntesis preliminares por parte de su excavador (Gutiérrez 2000(Gutiérrez, 2001(Gutiérrez y 2004)). Con posterioridad han sido escasos los trabajos que han aportado novedades, excepto breves referencias a algunos materiales significativos relacionados con las artes pesqueras (Gutiérrez y Giles 2004) o su inclusión como ejemplo destacado entre el catálogo de "saladeros de pescado" gadiritas (Sáez 2011(Sáez, 2014)). Respecto a la interpretación funcional y de la secuencia del asentamiento, posteriores referencias han aportado apenas pequeños destellos en forma de análisis de restos vegetales de algunos contextos (López y Ruiz 2007), mientras que en general se ha venido citando, reproduciendo y reelaborando la información aportada por su excavador (Ruiz et alii 2006; Bernal y Sáez 2007; Muñoz y Frutos 2009). Posiblemente el hecho de que solo se dispusiese de una publicación parcial de los resultados secuenciales y planimétricos ha contribuido a forjar una imagen estereotipada del yacimiento y de su problemática específica, quizá excesivamente condicionada por la información procedente de otros sitios cercanos como Las Redes, igualmente solo conocidos gracias a informaciones preliminares. El crecimiento del interés por los temas referidos a la pesca y las conservas piscícolas en la última década había llevado la situación historiográfica del yacimiento a un extremo alarmante, lanzándose hipótesis interpretativas carentes de un verdadero apoyo analítico contextual, ya que en ningún momento se habían acometido desde la base proporcionada por un examen directo de los materiales o la ejecución de una verdadera memoria de las excavaciones (López y Ruiz 2007). Por esta razón, decidimos completar el estudio integral de los restos de las diversas campañas de ex-cavación. Así, tanto estructuras como materiales han podido ser reevaluados en su conjunto, planteando sugerentes matices a la secuencia de uso/abandono industrial propuesta inicialmente. Como ejemplo de esta actualización, los conjuntos materiales han sido tratados ahora de una forma exhaustiva, procesándose casi un millar de objetos diagnosticables a nivel gráfico y estadístico, además de una gran cantidad de fauna, sobre todo malacológica. Esto permite ahora hablar con sólidos fundamentos acerca de las características del modelo productivo desarrollado, de las fases arqueológicas -con dataciones precisas-, y de la composición del mobiliario empleado por los trabajadores para las labores pesquero-conserveras, comerciales, de su propio mantenimiento y consumo cotidiano. Las fases de ocupación del yacimiento: viejas y nuevas interpretaciones Apenas finalizados los trabajos de campo de 1996, el informe preliminar de la intervención ya estableció una superposición de vertidos, fosas y edificios que fue reconocida rápidamente como los restos de un centro de producción conservera de época feniciopúnica, formulándose una primera propuesta de interpretación de la secuencia dividida en tres horizontes de ocupación principales. Así, de inmediato se planteó por parte de su excavador la existencia de una secuencia compleja e ininterrumpida durante varias centurias, subrayándose el protagonismo de los vestigios de tipo conservero al menos en las dos fases más recientes. Los avances en el procesamiento de la documentación permitieron poco tiempo después matizar esta propuesta inicial, añadiendo nuevos ingredientes de interés para el análisis del saladero, partiendo de la premisa de una prolongada y reiterada ocupación industrial que reutilizó frecuentemente los restos de las etapas precedentes, hasta un momento terminal del siglo III o los inicios del II a. Se proporcionaba asimismo una información algo más extensa y afinada sobre los materiales característicos de cada una de estas fases, destacando la publicación de elementos de vajilla engobada, ánforas locales e importadas, o incluso un sello alfarero mostrando un prótomo de caballo (Gutiérrez 2000). En el año 2008 planteamos la necesidad de continuar con la investigación no solo de la campaña de 1996 sino del conjunto de actividades arqueológicas llevadas a cabo en el yacimiento (Fig. 1), intentando así superar los estadios preliminares en que nos encontrábamos a nivel de informes y publicaciones. Los resultados del estudio de los materiales y del examen de las asociaciones estratigráfico-contextuales documentadas en los trabajos de campo de 1996-1997 han permitido la reinterpretación de la secuencia del saladero, planteándose una nueva hipótesis reconstructiva de la evolución de sus estructuras y horizontes materiales asociados en torno a cinco fases: -Fase 0: Momento previo a la ocupación feniciopúnica, sin evidencias antrópicas de época prehistórica, y que por tanto básicamente se encuentra representada por una potente formación dunar compactada que es la base geológica de toda la zona (Borja et alii 1997). -Fase I: El uso industrial de la zona se iniciaría en época tardoarcaica (Fase I), con dos procesos diferenciados consecutivos que en realidad pertenecerían a un mismo momento histórico: una "subfase fundacional" con la realización de un pequeño ritual (Fase I-a) y la erección y uso del complejo edilicio A en la parte alta de la duna (Fase I-b). El asentamiento se fundó en algún momento de la segunda mitad o último tercio del siglo VI a. C. en una zona elevada cercana a la antigua línea de costa (Fig. 2). Este momento inaugural (Subfase I-a) ha podido ser bien caracterizado debido a la presencia de fosas con cenizas y abundantes restos cerámicos situadas bajo las estancias principales del complejo, quizá fruto de prácticas rituales fundacionales. A este momento pertenece un pequeño pavimento de conchas situado bajo las piletas principales (Fig. 3), que parece enfatizar este carácter ritual del momento de creación de las instalaciones industriales (Escacena y Vázquez 2009). Sobre estas fosas se construyó un edificio (A) de planta cuadrada dotado de varios espacios (Subfase I-b), uno de ellos reservado a una pareja de piletas ovaladas, con un gran patio descubierto en el que se almacenaban envases anfóricos quizá listos para ser rellenados. Además se localizaron pequeñas fosas o acumulaciones de materiales relacionadas con las labores artesanales y de consumo de los trabajadores del Figura 1. Situación en el parcelario actual de las sucesivas intervenciones desarrolladas en el área de Pinar Hondo, que conllevaron la excavación integral de Puerto-19. Además de las zonas principales excavadas en 1996-1997, se indica la localización de los sondeos preliminares de 1995 (puntos grises numerados) y de la parcela sujeta a vigilancia arqueológica en 1998 (sombreada en gris oscuro). Ubicación de la zona en un plano actual de la Bahía de Cádiz (elaboración propia). C. con el abandono del complejo conservero. Los contextos asociados a esta subfase I-b proporcionaron abundantes restos cerámicos, especialmente ánforas locales del tipo T-11213 relacionadas con el transporte de salazones, así como algunos elementos relacionados con las artes pesqueras empleadas y restos de vajilla vinculada a los procesos de consumo. Buena parte de estos materiales se documentó en el Sector 2 de la campaña de 1997, una "zona de trabajo" cercana al edificio principal de la factoría, caracterizada por una gran área pavimentada con arcilla apisonada sobre la duna, rodeada de acumulaciones de materiales cerámicos y orgánicos. Hay que destacar que el examen de esta zona anexa ha permitido reinterpretar hallazgos como los registrados en Puerto-14, originalmente considerados asentamientos aislados de menor entidad o de carácter estacional (Ruiz Gil 1987; Ruiz et alii 2006). A la luz de la evidencia proporcionada por P-19, este tipo de yacimientos quizá puedan ser identificados con "zonas de trabajo" anexas a complejos edilicios industriales del tipo del Edificio A, algo también documentado en otros puntos de la bahía (Sáez Romero 2011, 2014). -Fase II: Sobre los restos del primer edificio, se construyó uno nuevo (B) más pequeño, con una orientación diferenciada, también dotado de planta rectangular y probablemente de una pareja de piletas (Fig. 4). Las fosas de vertido habrían crecido en número por todo el perímetro de la factoría, afectando a las estructuras precedentes, especialmente los rebordes del Edificio A. Probablemente en estos momentos habría iniciado su actividad la gran área de vertidos localizada en las cotas descendentes de la parte oriental de la duna, donde parecen entremezclarse elementos de uso cotidiano e industriales. La cronología tanto de erección como de abandono de esta segunda fase edilicia del complejo resulta compleja de establecer debido a las interacciones estratigráficas con fosas posteriores, que apenas han dejado testimonios in situ, pero parece que la actividad ligada al edificio B podría haber cubierto parte del siglo IV y el tramo inicial del III a. -Fase III: La última fase de actividad industrial se reduce arqueológicamente a la constatación de la ruina del Edificio B -parcialmente arrasado y cortado por el vertedero UE 126-, y la continuidad de diversas zonas de vertidos, quizá como fruto de la reutilización de las antiguas infraestructuras, abandonándose definitivamente el lugar hacia mediados o en algún momento de la segunda mitad del siglo III a. C. Son escasos los elementos de juicio disponibles, pero los materiales asociados a estos vertederos sugieren que ambas fases (II y III) debieron ser prácticamente consecutivas. Las características estructurales y la envergadura del asentamiento en este lapso no han podido determinarse en función de los restos exhumados, debido principalmente a la pérdida de documentación por el arrasamiento parcial de los niveles superiores por la dinámica urbana contemporánea. Ni siquiera Figura 3. Pileta 1 en el edificio A. Superposición de la cubeta estanca sobre el pavimento de conchas de tipo Glycimerys (Fotografía J. M.a Gutiérrez López). Vista general de la factoría conservera de Puerto-19 con las dos estructuras edilicias de la Fase III del saladero: estructura B en un primer plano y A (Fotografía J. M.a Gutiérrez López). elementos residuales recuperados en otros puntos de estos solares permiten alargar la fecha de finalización de la actividad púnica más allá de la horquilla propuesta. Cabe apuntar, en relación con las transformaciones acaecidas en el asentamiento en las fases II-III, que los análisis complementarios realizados a restos de semillas de vitis vinifera6 documentados en diversos contextos -entre ellos el interior de una versión temprana de ánfora turdetana del tipo Pellicer D de la Fase II-, así como la existencia de posibles podones de hierro, permiten sospechar que al menos en este periodo el complejo habría podido desarrollar un rol multifuncional según el cual además de a las salazones de pescado Puerto-19 también habría podido estar dedicado a actividades agropecuarias. El análisis de los restos faunísticos asociados a estas fases parece apoyar la presencia habitual de una pequeña cabaña de ovicápridos, así como otros animales domésticos asociados a tareas complementarias (cánidos). -Fase IV: La última fase arqueológica corresponde a los niveles de duna de formación eólica que sellaron los restos del complejo tras su abandono, y que han caracterizado el paraje de Pinar Hondo hasta su urbanización. El examen de los materiales y la documentación de campo no proporcionó dato positivo alguno acerca de actividades antrópicas posteriores al abandono tardo-púnico, pero la batería de dataciones radiométricas efectuada sugiere la posibilidad de una frecuentación en época medieval islámica (siglos IX-X), sin duda muy puntual, quizá ligada a un aprovechamiento agropecuario de estos suelos. Los contextos materiales y el establecimiento de la cronología El procesado integral de los materiales ha permitido matizar las hipótesis crono-secuenciales de partida y ha ayudado decisivamente al establecimiento de la propuesta de fases, aportando argumentos cronológicos inadvertidos en acercamientos preliminares. Esto ha sido especialmente significativo en el caso de la definición del momento inicial del yacimiento y también de su ocaso, en ambos casos ligados a elementos tanto anfóricos como de vajilla -engobe rojo y cerámicas "tipo Kuass"-, respectivamente. La Subfase I-a, es decir, el momento fundacional del complejo, proporcionó una cantidad reducida de elementos diagnósticos pero cronológicamente muy significativos (Fig. 5, no 1-7). La datación propuesta descansa sobre la presencia en diversos contextos, especialmente la UE 101, de platos de engobe rojo con el borde ranurado al exterior7, cuencos grises de borde engrosado, una posible versión local de un skyphoscon decoración a bandas-, algunas jarras que versionan las conocidas como neck amphora o "Cruz del Negro" y ánforas locales del T-10121 y quizá T-10221. En conjunto, y apoyados por dos dataciones radiocarbónicas de muestras tomadas en las UUEE 101 y 104, estos elementos parecen situar con cierta precisión los primeros pasos del establecimiento en la segunda mitad del siglo VI a. C., probablemente en un proceso paralelo al de la fundación insular de alfarerías, como se ha documentado ampliamente en el caso de Camposoto (Ramon et alii 2007). La etapa comprendida entre la construcción del Edificio A y su abandono (Subfase I-b) está deficientemente caracterizada en cuanto a sus facies materiales, debido a que muy pocos depósitos de este periodo se conservaron íntegros, dada la dinámica de reutilización y de reocupación sucesiva. Sin embargo, los argumentos disponibles permiten entrever la preeminencia de los ítems de fabricación gadirita frente a las importaciones, probablemente con un predominio cuantitativo de las típicas ánforas salsarias del grupo T-11213 (Fig. 5, no 8-11) y T-11214/5, limitándose las importaciones a algunos ejemplares griegos orientales. La vajilla en estos estratos se reduce fundamentalmente a platos con engobe rojo al interior, de borde ancho, y cuencos con similar tratamiento (Sáez 2015), siendo el barniz negro ático casi testimonial, apenas algún ejemplo de inset lip cup o incurving rim bowl. Son frecuentes sin embargo los cuencos carenados y hemisféricos en pastas oxidantes con bandas pintadas o sin tratamiento, junto a algunos cuencos de pasta gris y jarras medianas también decoradas con los característicos motivos a bandas rojo/negro. Además de un buen número de tapaderas, el procesado alimentario se habría realizado esencialmente en ollas globu- lares con el labio vuelto al exterior y dotadas de incisiones en el inicio del cuerpo, tipo DIVa1-2 del taller de Camposoto (Ramon et alii 2007). Los materiales asociados a las fases tardías de actividad (Fase II) proceden sobre todo de grandes basureros situados en las inmediaciones del Edificio B, especialmente de la UE 136, acumulación de vertidos arrojados hacia las cotas inferiores de la duna. Estos estratos depositados sucesivamente en capas de espesor variable muestran en sus repertorios materiales una continuidad formal que no permite discernir la existencia de una cesura cronológica significativa entre subfases. Destaca el gran número de ánforas y de vajilla de mesa (Fig. 6), además de un notable conjunto de cerámicas comunes. El grueso del material de la Fase II estaba constituido por restos cerámicos de una variada gama de clases y morfologías, mostrando un elevado índice de fragmentación. Entre las ánforas, como parece lógico, son dominantes las fábricas propias de la bahía, especialmente variantes del tipo T-12111 (Fig. 6, no 1-3) y del T-8211 (Fig. 6, no 4-5); asimismo, cabe destacar la gran abundancia de ejemplares procedentes del área turdetana inmediata -campiña gaditano-xericiense, Guadalete, Bajo Guadalquivir-, especialmente de los tipos Florido V2, Pellicer D y "Tiñosa"/T-8112 (Fig. 6, no 7-8 y 9), siendo mucho menos importantes cuantitativamente otras importaciones del área del Estrecho (T-12111) y las ánforas de probable manufactura contestana y ebusitana. Las importaciones mediterráneas incluyeron una significativa cantidad de ánforas púnicas centro-mediterráneas acilindradas (Fig. 6, no 6), así como algunas producciones magno-griegas y griegas orientales. Destaca un fragmento de asa de ejemplar cartaginés probablemente asociado a formas acilindradas T-4215/T-5231 que portaba una estampilla epigráfica, mientras que en lo que se refiere a la vajilla, también debemos remarcar la existencia de sendos grafitos epigráficos -¿marcas de propiedad?-, grabados bajo la base de un plato de pescado y un small bowl de bordes entrantes8. El resto de cerámicas documentadas en esta fase estratigráfica corresponde a elementos de vajilla, cerámicas de uso doméstico múltiple y utensilios de cocina. En el caso de la vajilla son mayoritarias las formas abiertas, pues se documentaron abundantes muestras de platos y cuencos en engobe rojo (Fig. 6, no 13-16) o pasta gris locales, a lo que se añade un notable número de vasos áticos de barniz negro (Fig. 6, no 10-12), incluyendo cuencos de borde entrante, saleros, bolsales, lucernas, etc. En cualquier caso, las formas locales de pastas sin tratamiento o con decoraciones polícromas parciales -bandas-parecen ser las mayoritarias, especialmente cuencos de cuarto de esfera, páteras carenadas o vasos, siendo las formas cerradas -jarras pequeñas y medianas-, mucho menos abundantes. En el menaje de procesamiento de alimentos debemos destacar el elevado número de morteros locales, así como de ollas y cazuelas, tanto modelos tradicionales como formas helenizadas, muchas de ellas mostrando ennegrecidos en las superficies exteriores que denotan un intenso periodo de utilización. Además, en estos vertidos se documentaron pesas de plomo para redes, anzuelos de bronce y otro instrumental pesquero (Gutiérrez y Giles 2004), que junto a la presencia abundante de malacofauna ilustran con escaso margen de duda la vinculación del yacimiento a la explotación de los recursos marinos en esta segunda fase. Aquí cabe incluir algunos elementos hasta ahora poco conocidos en relación con este tipo de establecimientos secundarios vinculados a Gadir, caso de tres ejemplares de caracolas Charonia lampas que fueron transformadas en aerófonos mediante el recorte de una porción del ápice, mostrando una de ellas otro orificio (Fig. 7) relacionado con la colocación de una cuerda para su sujeción y/o transporte (Sáez y Gutiérrez 2014). En Puerto-19, todo indica que estas "trompas de Tritón" habrían podido participar tanto de las faenas pesqueras -señalización entre embarcaciones, maniobra, avistamiento de túnidos, etc.-, como en el contexto de un uso agrícola del asentamiento, pastoreo, vigilancia, etc. El estudio de la malacofauna recuperada, especialmente abundante en estos contextos de la Fase II, documenta evidencias de la captura y consumo regular de especies muy comunes en la bahía, navajas, almejas diversas, patélidos, etc. Los materiales ligados a la fase final de actividad (Fase III), en especial los del vertedero UE 126 (Fig. 8), permiten caracterizar un horizonte muy similar al ya descrito para la etapa precedente, con un predominio de las producciones originarias de la bahía frente a las importaciones anfóricas y de vajilla de procedencia miscelánea. En el apartado de vajilla, es evidente el enorme predominio de las producciones locales en pastas oxidantes sin tratamiento -cuencos, vasos, páteras carenadas-(Fig. 8, no 12-17), con pre-sencia de algunas formas típicas del repertorio inicial de la cerámica de engobe rojo "tipo Kuass" (Fig. 8, no 9-11), plato de pescado, small bowl, bolsal (Niveau de Villedary y Sáez 2016). Destaca el aumento cuantita-tivo de morfologías como jarras medianas sin asas y con bordes apuntados, o pequeñas jarritas tipo olpe (Fig. 8, no 18-19), siendo en este caso los elementos destinados a la preparación y cocción de alimentos más escasos y tipológicamente limitados a las ollas (Fig. 8, no 20-21), todas ellas con formas características del repertorio local del siglo III (Sáez 2008(Sáez, 2015)). Otra caracola preparada como aerófono, así como anzuelos de bronce y abundante malacofauna, insinúan que esta fase final también tuvo una estrecha relación con la explotación de los recursos marinos. En definitiva, se trata de un gran cúmulo de elementos que habían quedado completamente inéditos en las informaciones preliminares publicadas hasta 2008 y que gracias al proyecto desarrollado, añade gran detalle y amplitud de matices a una secuencia tremendamente interesante para la lectura de las actividades conserveras gadiritas, dada la parcialidad de los datos publicados hasta ahora del resto de yacimientos similares descubiertos en la campiña costera portuense. El avance que representa Puerto-19 deberá ser ahora complementado y cotejado con otros muchos yacimientos gaditanos directamente relacionados con esta problemática que aguardan aún inéditos o apenas parcialmente publicados, destacando particularmente el caso de Las Redes, dada su proximidad geográfica y las evidentes similitudes en cuanto a su planta y secuencia de actividad (Muñoz 2012). CONCLUSIONES Y APUNTES PARA EL FUTURO Como señalamos en la introducción de este trabajo, el estudio de los materiales y de la secuencia de Puerto-19 se ha desarrollado en el marco de un esfuerzo más ambicioso de acercamiento a la problemática de la "economía conservera" gadirita que ha involucrado a un número bastante más elevado de yacimientos salazoneros y alfareros y ha permitido elaborar una mirada global sobre múltiples aspectos relacionados con estas actividades marítimas de tipo extractivo-productivo y comercial. Basándonos en la nueva documentación generada por el proyecto, y considerando los datos específicos de Puerto-19 como uno de sus pilares fundamentales, es posible ofrecer una síntesis sobre la evolución general del proceso de formación, consolidación, evolución y disolución final de la estructura del sistema económico y territorial púnico que alumbró y dio sentido a este tipo de instalaciones. Fijaremos nuestra atención exclusivamente sobre el caso gaditano, remitiendo a otros trabajos (García y Ferrer 2012; Sáez 2014; Sáez y García 2019) para una visión ampliada al contexto del área del Estrecho y sus relaciones a escala mediterránea (Moya Cobos 2017). P-19, las salazones y el modelo de poblamiento de la bahía en época púnica La pesca a gran escala, tanto de altura como de bajura, y la salazón de las capturas debieron ser tecnologías orientales llegadas prontamente al Extremo Occidente junto a otros avances determinantes para cambiar las relaciones del hombre con el medio, acelerando y optimizando su explotación, y las posibilidades alimentarias y de progreso demográfico de las comunidades que controlaban el acceso a dichos recursos. Los indicios en este sentido son cada vez más abundantes y explícitos, relegando la tradicional hipótesis de un papel subsistencial u oportunista de la pesca y la comercialización de sus derivados en el contexto de las actividades económicas arcaicas de los fenicios del Extremo Occidente. Como señalamos en trabajos anteriores (Sáez 2011, 2014), los restos de envases anfóricos con contenidos ícticos hallados in situ o los edificios íntimamente vinculados a tareas pesqueras y artesanales datados entre los siglos IX a VI a. C. y distribuidos por toda la geografía regional dejan poca duda de este desarrollo temprano de la fabricación y comercio de derivados piscícolas en los centros costeros de la región, aunque aún está por clarificar su volumen, peso económico y grado de "industrialización" de las infraestructuras. Los apoyos arqueológicos en la bahía gaditana para analizar la pesca fenicia colonial y su posible relación con una "industria conservera" posterior han crecido en los últimos años a partir de recientes excavaciones y del planteamiento de algunas sugerentes hipótesis interpretativas (Roselló y Morales 1994; Bernal et alii 2014a y 2014b, entre otros). Al igual que sucede con la producción cerámica y por tanto de ánforas de transporte, estas actividades pesquero-conserveras iniciales en la bahía se insertan en un modelo de poblamiento y económico netamente diferenciado del desarrollado a partir del siglo VI a. C., por mucho que puedan observarse nexos entre ambas fases a muchos niveles, por ejemplo, en la tipología y tecnología de las cerámicas 9. En los últimos años se ha destacado la existencia de cambios sustanciales en la estrategia territorial desarrollada por Ga-9 Una interesante perspectiva apoyada en estudios arqueométricos la ofrece la tesis doctoral de P. dir a partir de esta fase, en contraste con lo conocido para la etapa arcaica (Botto 2014; Ruiz Mata 2016) 10. Entre ellos destacan la ordenación definitiva del territorio insular y su aprovechamiento para fines agrícolas, conserveros, alfareros, funerarios y de culto, o la desaparición de la red de aldeas dispersas de "tipo indígena" que habían caracterizado las campiñas continentales durante la etapa arcaica. C. fue para la bahía gaditana una etapa tremendamente compleja, un momento de transición decisivo entre la fase colonial y la consolidación del absoluto protagonismo del elemento urbano y de las ciudadanías, que conllevaría una transformación de las fórmulas de relación y asentamiento dominantes en la etapa anterior. La consolidación definitiva de este proceso se realizaría entre el final del siglo VI y los inicios del V a. C., desarrollándose casi paralelamente no solo en ambientes netamente fenicios sino también ampliamente en el mundo indígena circundante, modificando sustancialmente los parámetros de interacción socio-económica y territorial entre ambas esferas. En el caso gaditano, aunque no hay fuentes que permitan adentrarse con ciertas garantías en el resbaladizo terreno de las jerarquías o dependencias políticas, parece indudable que los tres principales núcleos residenciales, Cádiz, Castillo de Doña Blanca y Cerro del Castillo, habrían quedado ahora integrados en un mismo sistema territorial unitario (regido por las oligarquías gadiritas) que extendía su acción directa por los rebordes continentales de la bahía y parte de los valles del Guadalete e Iro, colindando con potentes entidades estatales como Asido o Asta. Todo ello habría generado no solo unas excelentes plataformas para la extracción-transformación-producción de vino, aceite, sal o salazones sino que asimismo configuraba un potente mercado interno local-regional, basado en la dualidad costa-interior y costa-costa, que ofrecía un marco propicio para el incremento sostenido de la demanda alimentaria. Este factor, combinado con una creciente demanda de los mercados internacionales, llevó al rápido desarrollo de una potente industria pesquero-conserveraalfarera, generando un modelo de explotación del medio y de implantación territorial completamente diferenciado del arcaico, y que multiplicaba exponencialmente el potencial productivo local acorde al paralelo incremento de la demanda, en volumen y posibilidades de lograr una balanza positiva en la ecuación valor-precio. Se trataría, quizá como en el caso del vino o del aceite, de un proceso de desarrollo económico no directamente motivado o dependiente de la denominada "crisis de los metales" (Fernández Jurado 2006), sino sobre todo impulsado por los nuevos modelos de gestión de los territorios urbanos, de una mayor interacción de las rutas de comercio regionales con las grandes autopistas marítimas mediterráneas del momento, y con cambios generales en la dieta y la cocina de buena parte del mundo conectado por dichas arterias y mercados. Gadir fue un asentamiento colonial beneficiado por esta deriva hacia lo urbano al final del periodo colonial y la reorientación de su economía hacia estos sectores debió ser una operación rápida y sin retorno comandada por las élites oligárquicas protagonistas de la expansión comercial ultramarina. Ello permitió a la nueva ciudad una resuelta expansión económica y una fijación igualmente veloz y eficaz de su nueva identidad, cimentada esencialmente en el culto a Melqart/Astarté y en las empresas marítimas. Al contrario de lo observado hasta el momento para la etapa arcaica, el registro de la bahía gadirita de época púnica es desbordante tanto en lo referido a contextos artesanales como funerarios, siendo menos conocida la evolución de sus áreas urbanas y sus principales santuarios. El estatus urbano debió comportar la fijación de un hinterland territorial estable y ordenado física y jurídicamente que se extendió por todo el alargado territorio insular desde la isla de Erytheia hasta el templo de la divinidad tutelar, englobando en este espacio paisajes muy variados entre los que se incluían costas con unas destacadas aptitudes para diversas modalidades pesqueras y amplias llanuras intermareales favorables para el desarrollo de salinas (Fig. 9). De este modo, dentro del sistema productivo-territorial diseñado por los gadiritas en las postrimerías del siglo VI a. C., salinas, alfares y saladeros de pescado ocuparon un lugar destacado, abarcando una buena parte de la superficie de la "chora" tanto en el ámbito insular como de la costa continental de la bahía. Recursos como la sal, a través de la explotación de las amplísimas áreas marismeñas diseminadas por todo el entorno de los estuarios del Guadalete y del Iro, y los esteros fangosos que rodeaban parte de las islas, debieron ser algunos de los aglutinantes más destacados de esta economía púnica de la bahía gaditana. Por el momento, ningún dato indica que existiesen en esta etapa de los siglos V-III a.C., "asentamientos mixtos" que combinasen saladeros y alfarería en una misma infraestructura. Así, el grueso de la producción cerámica, incluidas por supuesto las ánforas de transporte, parece que fue desarrollado en la denominada isla de Antipolis, o en todo caso en ámbito extraurbano insular, en convivencia con los espacios funerarios. Los saladeros se ubicaron, según la documentación arqueológica disponible, volcados al mar aunque no siempre en la primera línea de costa. Se han excavado o detectado en prospección ejemplos de estas instalaciones de época púnica tanto en la costa oceánica de la isla gaditana, desde los arenales de Kotinoussa hasta Sancti Petri (Sáez 2014), como probablemente en toda la costa septentrional del saco exterior de la bahía, es decir, entre las actuales Rota y El Puerto de Santa María (Ruiz et alii 2006; López y Ruiz 2010). En la parte insular de este entramado conservero la evidencia empírica disponible ha proporcionado excelentes referencias sobre las características de los saladeros gadiritas en la parte norte de la Kotinoussa, en puntos como Plaza de Asdrúbal (Bernal et alii 2014b), San Bartolomé/Chinchorros (Sáez y Lavado 2019) o Huerta del Obispo (Pajuelo y López 2016), donde ha sido posible exhumar y estudiar edificios y áreas de actividad/vertido similares a las documentadas en la costa portuense, incluyendo además en algunos casos el estudio de los restos faunísticos. Otros indicios por ahora más sutiles sugieren que estas actividades haliéuticas debieron extenderse a otros puntos de las costas occidentales de la isla gaditana, y en especial, en el tramo situado entre Torregorda, la playa de Camposoto y Sancti Petri, donde pesquerías, almadrabas y saladeros debieron flanquear al propio santuario de la divinidad tutelar (Sáez y Díaz 2012). Otro tanto cabe sospechar del entorno de los canales portuarios septentrionales, zona que más tarde albergaría grandes cetariae y alfares romano-imperiales (Expósito 2007; Bernal et alii 2008), y que, como ya se ha adelantado, también han suministrado indicios pesqueros de época arcaica. Por su parte, los contextos y estructuras de las Fases I-III de Puerto-19 (fines del siglo VI a fines del III a.C.), permiten ilustrar estratigráficamente lo que debió ser una dinámica generalizada entre los asentamientos ubicados en la costa continental. No se aprecian diferencias notables con los ejemplos documentados en la zona insular respecto a las fechas de inicio, tipología de las instalaciones, dimensiones, características tecnológicas o composición de los repertorios muebles, aunque sí en lo tocante a la cronología de abandono tras la conquista romana, puesto que los asentamientos insulares parecen alargar su vida activa incluso hasta momentos tardorrepublicanos mediante sucesivas actualizaciones (Sáez 2014). Junto a Puerto-19, en la costa portuense contamos con las referencias parciales aportadas por puntos como Las Redes (Frutos et alii 1988; Muñoz et alii 1988) o Puerto-6 (Morales y Roselló 1990), así como con información más incompleta procedente de hallazgos de superficie extendidos entre la actual desembocadura del Guadalete y la costa situada más allá del Salado que parecen indicar que los establecimientos costeros o de vocación costera asentados en la zona debieron ser muy numerosos, más de una veintena según algunos autores (Ruiz et alii 2006; López y Ruiz 2010). Si todos ellos pueden identificarse estrictamente con el mismo modelo y dinámica que Puerto-19 es algo que solo un nuevo programa de actuaciones sistemáticas podrá dilucidar, pero las cronologías arrojadas por los materiales disponibles apuntan a un proceso bastante homogéneo. Se ha propuesto que, como en el caso de Puerto-19, la gran mayoría de estos establecimientos habrían desaparecido antes o como consecuencia de la reordenación del territorio subsiguiente a la II Guerra Púnica y la anexión romana (Ibidem), aunque como para el caso del propio CDB este supuesto necesitará de un más amplio soporte estratigráfico para contar con suficientes argumentos. Las evidencias arqueológicas permiten dibujar una panorámica de la bahía entre la segunda mitad del siglo VI y el tramo final del V a. C. en la cual buena parte de sus costas y superficies intermareales habrían estado salpicadas de saladeros, pesquerías o salinas, y gran parte de su territorio insular habría estado poblado por alfarerías, conformando en conjunto una colosal maquinaria productora de escala mediterránea. Indicadores como la llegada durante el siglo V a. C. de conservas piscícolas envasadas en ánforas extremo-occidentales a destinos como Atenas, Corinto, Olimpia, Cartago o muchas ciudades centromediterráneas (Docter y Bechtold 2013), y su conjunción con los testimonios aportados por las escasas referencias literarias preservadas (López Castro 1997; García y Figura 9. Plano de la Bahía de Cádiz con indicación aproximada de la paleotopografía y la ubicación de los principales yacimientos citados en el texto, característicos del poblamiento de la zona entre el final del siglo VI a. C. y la Segunda Guerra Púnica (elaboración propia). Ferrer 2012), permiten afirmar que la actividad conservera fue uno de los pilares que cimentaron una fase de enorme esplendor económico. El saladero de pescado de la Fase I de Puerto-19 -Edificio A y "área de trabajo" del sector excavado en 1997 (Fig. 10)-se corresponde a la perfección con esta dinámica económica, y quizá sea una de las versiones locales de una tipología de instalaciones conserveras propias de este horizonte de prosperidad del negocio. La interacción con la orilla continental no está totalmente clarificada en términos de dependencia política, aunque probablemente ambos grupos de saladeros pertenecieron a un afinado sistema económico unitario. Desde nuestra perspectiva actual, es probable que la fundación y fase inicial de Puerto-19 puedan interpretarse como parte del proceso de crecimiento y fijación del territorio de Gadir durante el siglo VI a. C. (Niveau de Villedary 2015), que habría dado lugar a una suerte de "colonización" de esta zona situada entre la costa de la bahía, CDB y Asta, en la cual seguramente se habrían desarrollado tanto saladeros como asentamientos de orientación esencialmente agrícola. Las siguientes fases arqueológicas del yacimiento encuentran idéntico acomodo en el desarrollo general de la estructura económica y territorial gadirita durante los siglos IV-III a. C., y responden también al esquema de evolución observado en los alfares datados entre los siglos VI-II a. En estos últimos, al igual que se ha destacado para la necrópolis (Muñoz 2008), el siglo IV debió suponer un periodo de recesión y austeridad, que en algunos casos llevó a abandonar -al menos momentáneamente-, las instalaciones y en otros obligó a reducir su tamaño y reaprovechar los hornos de la centuria anterior poniéndolos de nuevo en uso o em-pleando sus materiales para construir otros nuevos. Ejemplos muy ilustrativos se han documentado en talleres como Camposoto (Ramon et alii 2007) o calle Real (Lavado y Sáez 2009), y se enmarcan en un contexto de recesión económica y amplias transformaciones en los repertorios anfóricos fabricados. Los datos de la necrópolis parecen apuntar en el mismo sentido, desapareciendo los ricos ajuares y las tumbas monumentales de la fase anterior para dar lugar a espacios funerarios más modestos dominados por inhumaciones que en el mejor de los casos fueron cubiertas con sillarejo escasamente labrado y que se acompañaban de objetos menos suntuosos de metal, joyería de plata y bronce, esencialmente, o cerámicas locales. Las causas de este aparente declive y transformación, que parecen sacudir también CDB (Ruiz y Pérez 1995), resultan complejas aunque probablemente tengan que ver con la desaparición del acceso a los mercados griegos que habían permitido el inmenso beneficio conservero de la centuria anterior y el crecimiento de la competencia tanto centromediterránea (Docter y Bechtold 2013) como regional, en relación con la producción salazonera (López et alii, 2007) lo que provocó la necesidad de reorientar un sistema que durante más de un siglo había primado un monocultivo atunero destinado a unos mercados muy concretos. Sin embargo no cabe hablar de una crisis total, puesto que la dispersión de las ánforas y otros materiales gaditanos hacia el Atlántico o hacia el área turdetana relatan que dicha reorientación se había operado ya hacia la mitad de la centuria, con una "gaditanización" de zonas como el Algarve (Sousa y Arruda 2010). Es probable que tanto alfares como salinas, saladeros y otros negocios directamente dependientes de las rutas en funcionamiento durante el siglo V a. C. fuesen abandonados total o parcialmente durante los años de "crisis" más álgida y que, posteriormente, la recuperación del sistema ya proyectado hacia Turdetania y el océano, permitiese reactivar algunos de esos mismos puntos a partir de los primeros años o mediados del siglo IV a. Este dramático proceso de supervivencia de Gadir, quizá relacionado con el ascenso de Cartago como potencia mediterránea hegemónica y en permanente confrontación con el mundo griego colonial desde el tramo del siglo V a. C., puede leerse con facilidad en el registro arqueológico de Puerto-19 a través del tránsito de la Fase I a la II y la construcción del Edificio B sobre los restos del tardoarcaico. Un inmueble más pequeño y sencillo en diseño, que probablemente tuvo un potencial productivo menor que su precedente y que además pudo -al menos en determinados momentos-desarrollar una actividad agropecuaria, como centro de producción vinícola o verdadera "granja" multifuncional. Sin embargo, los registros muebles hablan también de un centro secundario que recibía con relativa fluidez importaciones tanto de vajillas de mesa como de alimentos (ánforas), procedentes de mercados extra-regionales, lo que ilustra que la "crisis" del siglo IV a. C. no desconectó por completo al puerto gadirita de las rutas marítimas principales. La vida del Edificio B se prolongó hasta los inicios o mediados del siglo III a. C., pero las causas de su abandono y ruina no han quedado registradas en los contextos preservados y tampoco son sencillas de relacionar, sin un razonable margen de duda, con procesos generales en el asentamiento. No se han detectado discontinuidades de este tipo ni en los alfares ni en los saladeros insulares, por el momento. En este sentido, solo cabe conjeturar sobre el contexto en el cual insertar la Fase III del yacimiento. La presencia bárquida en Iberia en la segunda mitad del siglo III a. C., durante la cual Gadir jugó un papel de importancia como uno de los principales puertos de referencia para los cartagineses, y el desarrollo final del conflicto con Roma, finalizado en 206 a. C. con la anexión del territorio por parte de la república, parece que pudieron haber alterado sensiblemente los patrones evolutivos de la industria conservera y del modelo de implantación territorial de tradición púnica. En ambas orillas de la bahía se ha observado un fenómeno recurrente de perduración de la actividad artesanal en los mismos puntos desde la oleada de fundaciones tardoarcaicas hasta este periodo de transición, mostrando un patrón estable -como hemos visto, no exento de paréntesis-, que sugiere que la ubicación de las infraestructuras se realizó sujeta a un diseño más amplio que quizá "parceló" amplios sectores del territorio urbano o que al menos ordenó jurídicamente el aprovechamiento de ciertos recursos. Estos últimos decenios del siglo III a. C., de compleja lectura arqueológica, quizá significasen para el modelo un momento de transformación análogo al observado entre los siglos V-IV a. C., o incluso una ruptura aún más profunda similar a la generada durante el siglo VI a. C. respecto del sistema de relaciones económicas y territoriales arcaico. La falta de fuentes escritas o epigráficas impide atribuir a cartagineses o romanos estas modificaciones sensibles en la tendencia, pero en cualquier caso algunos indicadores arqueológicos son suficientemente elocuentes sobre el desarrollo de procesos diferenciados en la zona insular y la orilla continental: en la isla los talleres cerámicos y los saladeros, con fases sucesivas y reformas, continuaron funcionando en general más allá del 206 a. C., mientras que en el sector continental de la bahía los abandonos fueron generalizados en esta transición de los siglos III-II a. C., incluyendo a los núcleos residenciales principales de ambas cabeceras fluviales, CDB y el Cerro del Castillo en Chiclana. Aunque no se puede relacionar con actividades bélicas -cartaginesas o romanas-, o con cambios directos en las directrices de ordenación del territorio impuestas tras la conquista, puede señalarse que el abandono definitivo de Puerto-19 estaría reflejando una dinámica generalizada en todo este sector continental, que no parece volver a ser poblado con cierta densidad hasta momentos tardíos del siglo II a. C. Algunos autores han relacionado el abandono de las "factorías" portuenses con un traslado y concentración de la población aguas abajo hasta la desembocadura actual del Guadalete por iniciativa romana, acaso como primera expresión del posterior Portus Gaditanus tardorrepublicano (Ruiz et alii 2006), hipótesis que necesita aún de más amplios argumentos arqueológicos. En cualquier caso, las fosas practicadas sobre los restos del Edificio B testimonian que ya al final del siglo III a. C. la actividad artesanal y quizá la agrícola habían cesado en el lugar, y sugieren una ocupación más esporádica o menos intensa del emplazamiento, quizá usado puntualmente para acampar, como atalaya o simplemente testimoniando las fosas el expolio de materiales constructivos. El estudio de los restos documentados en Puerto-19 representa un primer paso hacia un análisis de la industria conservera púnica extremo-occidental (y en concreto de la gadirita) basado en un conocimiento amplio de los registros materiales de los centros productores. La mayor parte de trabajos centrados en esta problemática se habían cimentado sobre informaciones preliminares emanadas de una pequeña parte de las prospecciones y excavaciones realizadas a lo largo y ancho de la bahía, dando lugar así a propuestas en muchos casos de gran interés pero edificadas sobre datos parciales o no del todo fiables. El ejemplo aportado por Puerto-19, en unión a otros yacimientos similares que en la actualidad se encuentran en un proceso de estudio y publicación equivalente, permite explorar nuevas vías de análisis desde una perspectiva renovada y con bases arqueológicas más sólidas, dando lugar a un discurso de evolución histórica de la economía marítima gadirita y de su modelo territorial más complejo y detallado. Estas informaciones proporcionan una primera imagen de gran interés sobre los orígenes remotos de las instalaciones características de una industria que marcó el desarrollo económico y la proyección exterior de la región durante más de un milenio, ofrecien-do una perspectiva que hace posible plantear la evolución técnica de la industria conservera hasta enlazar con las mucho mejor conocidas "factorías" de época augustea o imperial. Queda aún mucho terreno por recorrer en esta senda de mejora de la calidad de la información, permaneciendo por ahora algunas zonas destacadas del litoral, playas atlánticas insulares, costa noreste de la bahía, etc., prácticamente inéditas y sin posibilidad de integrarse con la deseable concreción en el discurso histórico y territorial general, siendo por ejemplo de interés una puesta al día de la publicación del catálogo de yacimientos del área portuense. Paralelamente, yacimientos clave ya excavados en ambas orillas de la bahía, aún se encuentran necesitados de memorias publicadas que complementen los escasos avances dados a conocer tras casi cuatro décadas de investigaciones (Teatro Andalucía o Plaza de Asdrúbal en el área insular, Las Redes en la costa continental). Nuevos descubrimientos sumados por la Arqueología Preventiva en los últimos años, como los restos de saladeros documentados en Huerta del Obispo (Pajuelo y López 2016) o calle San Bartolomé en Cádiz (Sáez y Lavado 2019), o los indicios recientemente rescatados en diversos tramos del litoral insular, como Camposoto (Sáez y Díaz 2012), subrayan aún con más intensidad la necesidad de dinamizar la entrada de esta información fresca y contextualizada en los discursos interpretativos de la industria conservera de Gadir y de su estructura territorial. Deberá ser este un objetivo a completar en los próximos años, el estudio de las zonas y yacimientos peor conocidos hasta el momento, a fin de perfeccionar el nuevo caudal de datos aportados por puntos como P-19, al mismo tiempo que se ponen en valor otras vías de aproximación complementarias como el fomento de los estudios arqueozoológicos, paleoambientales y geoarqueológicos.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Estructura arquitectónica y materiales de construcción de un almacén ibérico de los siglos IV-II a. Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica. El Área 11 se ubica junto a una de las puertas laterales de acceso a la ciudad de Giribaile. El contexto de destrucción por incendio ha permitido conservar un conjunto de evidencias de materiales de construcción, clavos, carbones e improntas de vegetación, básicamente, que permiten plantear una hipótesis de restitución de la cubierta del almacén. En el Área 11 también se ha documentado una importante cantidad de adobes o ladrillos conformados en frío, fabricados con un alto contenido de cal, que abre un debate sobre su posible localización en las paredes e, incluso, con función de solería de un segundo piso. Del interior del almacén se ha recuperado un importante conjunto de ánforas y también elementos relacionados con otras actividades domésticas, entre ellas un conjunto de fusayolas y pesas para tejer. INTRODUCCIÓN El oppidum de Giribaile, con una superficie superior a las 14 ha, ocupa una meseta sobre los valles de los ríos Guadalén y Guadalimar, al pie de Sierra Morena oriental. Su territorio es rico en galenas argentíferas y dispone de una vega fértil, con un alto potencial agrícola, lo que le confiere un carácter eminentemente productivo (Ortiz 2019). Además, se localiza junto a la vía que facilitaba la comunicación con Cástulo. A rasgos generales, la topografía de la antigua ciudad se divide entre plataforma norte y plataforma principal. El Área 11 se sitúa al norte de esta última, a unos 30 m en línea recta de la puerta este (Fig. 1). La zona estudiada fue objeto de una expoliación de grandes dimensiones en el año 2008. Al paso del tiem-po el Proyecto General de Investigación Arqueológica Giribaile realizó una campaña de excavación en este lugar, abriendo un corte al que se ha denominado como Área 11. Es posible calcular la forma y el tamaño de la habitación completa, prolongando los muros M11001 y M11003 hasta el encuentro con la proyección de un tercer muro excavado por G. Servajean y que formaba parte de un taller metalúrgico doméstico. En el espacio estudiado se han documentado, al menos, 39 ánforas con una capacidad de almacenaje en torno a los 80 l cada una de ellas (Gutierrez et alii 2016: 685), que unidas a otros tipos de recipientes de almacenaje (Ortiz 2019: 104), nos permiten identificar esta estancia como un almacén. Su abandono fue motivado por un incendio casual o, más probablemente, intencionado después de la segunda guerra púnica, como así demuestra un potente paquete estratigráfico y la propuesta cronológica revisada que planteamos más adelante. EL DESARROLLO DE LA INVESTIGACIÓN La campaña de excavación en el Área 11 es parte del desarrollo del proyecto de investigación: "Innovaciones técnicas aplicadas al conocimiento y puesta en valor de Giribaile", financiado por la Junta de Andalucía a cargo de los Incentivos a Proyectos de Investigación de Excelencia, dentro de la Modalidad Proyec-tos Motrices y de Innovación (P11-HUM-8113). Adicionalmente, permitió realizar estudios antracológicos, carpológicos, de C14 y análisis estructurales. El área objeto de estudio fue excavada en dos momentos. El primero se centró en documentar los daños generados por el expolio sufrido en 2008, excavando tan solo la superficie afectada. Poco después y debido Figura 1. Localización y división del oppidum de Giribaile (elaboración propia). Propuesta de dimensiones finales del Área 11 de Giribaile (elaboración propia). a la importancia de los hallazgos, se procedió a intervenir en el resto del espacio. Todo el proceso fue registrado mediante fotogrametría y a través de una red local de posicionamiento GPS. La datación absoluta mediante análisis de C14 ha sido contratada con el laboratorio Beta Analytics. Los análisis carpológicos y antracológicos se llevaron a cabo en el Laboratorio de Paleoambiente del Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén, bajo la supervisión de la Dra. M.a Oliva Rodríguez Ariza y contando con la participación de la Dra. Eva Montes Moya y de Dña. De media se flotaron 17,2 l de sedimento por unidad estratigráfica. Del trabajo con las estructuras se ha encargado el estudio de arquitectura AWEN, partiendo de la planimetría general y de los resultados específicos de los diversos análisis físico-químicos realizados tanto a las muestras de sedimentos como al material de construcción. Hasta el momento se han documentado, parcialmente, tres muros que delimitan el espacio excavado (Fig. 3), M11001 y M11003, al sureste y al noroeste, respectivamente. Su anchura, de 54 cm, inferior a los otros dos muros, establecida en 60 cm, aproximadamente, sugiere que se trata de una medianería, encargada de la separación de dos habitaciones dentro de un mismo edificio. Estos anchos, referidos a un sistema de referencia métrica sexagesimal, encajan en las propuestas para otros poblados ibéricos como Figura 3. Por otra parte, el uso de la mampostería en una medianería recuerda la documentada para el muro B del Departamento 1 de El Amarejo (Broncano y Blánquez 1985: 33). Los muros fueron fabricados en mampostería irregular, de tamaño pequeño y mediano, trabada con mortero. En la parte baja del muro M11001 se emplearon los mampuestos de mayor tamaño, con una longitud media de 35 cm, sobre las que apoyarían otros menores, de unos 25 cm de lado. Los alzados en piedra se corresponden con los zócalos de las viviendas sobre los que levanta el resto del muro en una arquitectura de tierra, utilizando materiales perecederos como los documentados en la habitación IIB 1 de El Oral, donde se constató la presencia del tapial (Abad y Sala 2001: 21), no conservándose ninguno in situ, o en tierra, como en Puntal dels Llops (Bonet y Mata 2002: 105), o con adobes, como es el caso de la Bastida de les Alcusses (Ferrer 2010: 275), Barranc de Gàfols, Puig Roig, La Colomina (Belarte 1993: 120) o Alarcos, donde se registró una vivienda compartimentada por un tabique realizado a base de adobes de grandes dimensiones (Fernández y García 1998: 51). El uso del tapial no resulta habitual en la Cultura Ibérica, pero en El Oral se pudo constatar por primera vez en un mismo muro el empleo de una técnica mixta, que combinaba un zócalo de mampostería y un alzado de adobes, en un tramo, y alzado completo de tapial en el tramo meridional de la habitación IIIL 1 de la Casa III L (Abad y Sala 2001: 35-36). Por lo que respecta al Área 11 de Giribaile se ha documentado el testigo de un paquete de tierra dispuesto sobre el zócalo del muro M11002, y aunque no puede descartarse completamente la utilización de adobes o ladrillos conformados en frío en el alzado de las paredes, esto no ha sido posible atestiguarlo en el transcurso de la campaña de excavación arqueológica. Con respecto a estos datos hay que recordar que la media de los alzados de los zócalos de las viviendas ibéricas queda comprendida entre 40 y 60 cm, componiéndose la obra por ripios más o menos homogéneos y de forma irregular que pudieron ser manipulados por un solo hombre (Ferri et alii 2010: 109). En los sitios ibéricos los muros muestran una estrecha relación entre la altura del zócalo de piedra y la pared de adobes o de tierra que soporta. Así, en los poblados que presentan escaleras y, por lo tanto, tendrían al menos dos niveles de habitación, los muros de piedra empleados como basamento pueden alcanzar entre 1,5 y 2 m de altura como el Puig de la Nau de Benicarló. Por el contrario, allí donde no se constatan evidencias de primeras plantas el alzado de piedra apenas supera los 50 o 60 cm (Bonet 1995: 355). Para plantear la hipótesis sobre la existencia de un piso es importante tener en cuenta las proporciones necesarias para mantener las paredes. Cada tramo de muro comprendido entre dos ángulos puede tener un grosor máximo de 1 m, una altura de 8 m y una longitud de 12 m, es decir, que la anchura de un muro no puede ser menor a la octava parte de su alzada. Con estos datos se puede considerar que si los asentamientos protohistóricos con zócalos de mampostería tienen un grosor de entre 40 y 60 cm estos debían poder sostener paredes de unos 4 m de alzada máxima y 6 m de longitud. Seguramente, dado que se han documentado paredes de más de 6 m de longitud, como en el Barranc de Gàfols (Sanmartí et alii 1994), cabe esperar que el alzado fuera menor y, probablemente, no superara 3 m. La anchura media de los muros del Área 11 es de 0,52 cm, lo cual hace factible alcanzar una altura de 4 m. Sobre la posible presencia de un piso, en nuestro caso no se han documentado, hasta el momento, evidencias de escaleras que proporcionaran acceso a un piso superior, pero a este respecto habría que recordar que no se ha completado la excavación de la estancia. La hipótesis responde, por tanto, a la posibilidad que abre la falta de una evidencia de registro documental acerca de la posición precisa en la que se dispusieron dentro de la estancia los adobes o ladrillos conformados en frío. A pesar de que no se pudieron documentar restos de dinteles, ni jambas de madera, debido a la propia naturaleza del registro asociada a un incendio, existen también ejemplos en Alarcos (Fernández y García 1998: 51) o en la Bastida de les Alcusses, donde la única estancia interior en la que se constata el uso de puertas se refiere a los almacenes (Díes y Álvarez 1998: 336). En el Área 11 de Giribaile el batiente de la puerta se abre hacia el interior, en dirección al muro M11002, ta1 y como se deduce por la posición de las ánforas apoyadas contra este muro (recipientes R01 a R08) que dejan un espacio libre que, intencionalmente, permite el giro de la puerta que se traba en una posible quicialera conformada por un pequeño hueco que forma una piedra que sobresale por debajo del muro. El nivel de suelo de la estancia se extiende, de forma continua, hasta el umbral, sin mostrar ninguna diferencia de cota entre el Área 11 y la estancia anexa, permitiendo acceder al almacén a pie llano (Fig. 5A). Con relación a la puerta hay un segundo punto de interés, relacionado con la preservación de una pequeña muestra del revoque original de la pared (Fig. 5B). Un fragmento algo mayor, de 1 m aproximadamente y con un grosor en torno a los 5 cm (UEC 11049), se conserva en este mismo muro M11003, pero en la otra cara, que forma la pared de una estancia contigua al Área 11, la cual, hasta el momento, no ha podido ser excavada (Fig. 5C). Antes de finalizar con la descripción de los muros, debe comentarse que no se ha documentado si asientan sobre la base geológica, aunque es probable, tal y como se registró en Oreto (Nieto et alii 1980: 21), en algunos puntos del Área 3 de Giribaile (Ortiz 2019) y en otros sitios ibéricos contemporáneos como en el Cerro de las Cabezas, donde se fundamentan sobre antiguas estructuras (Vélez y Pérez 1987; Pérez y Vélez 1994: 139). El suelo puede describirse como un pavimento preparado a base de mortero de cal y arena de grano muy fino, dispuesto sobre una base de piedras de pequeñas y medianas dimensiones que sirven para nivelar, proporcionando una gran consistencia. El suelo se identificó en cinco lugares concretos (Fig. 6) del Área 11, a saber, el primero de ellos en el ángulo sur, coincidiendo con el punto en el que traban los muros M11001 y M11002; aflora parcialmente en un área de 1,98 m 2, pudiendo servir como base sobre la que colocar las ánforas y otros recipientes de alma-cenaje (Abad y Sala 2001: 71, 90). El segundo punto se localizó también en el flanco este, próximo al perfil estratigráfico y junto al muro M11001, bajo los recipientes R25 y R36. En el vano de entrada, junto al ángulo oeste, se observó parte de un pavimento deteriorado de cantos rodados (Fig. 5A). Finalmente, se incluyen en esta relación otros dos puntos de cimentación, asociados a los dos sillares dispuestos alineados en el centro de la habitación, denominados, respectivamente, como UEC 11015 y UEC 11075. Pavimentos similares a los descritos aquí se documentan en el levante de la península ibérica, aunque también se cuenta con paralelos más cercanos al norte de Sierra Morena, como sucede con el caso del Cerro de las Cabezas (Vélez y Pérez 1987). Detalle del pavimento y puntos en los que se ha documentado en el Área 11 de Giribaile (elaboración propia). En el Área 11 la superficie del suelo es irregular, aunque no existe un desnivel acusado entre un extremo de la estancia y el otro. Esta irregularidad podría deberse a la base de cimentación empleada, la cual recuerda al pavimento documentado en la estancia IIIK7 de El Oral (Abad y Sala 2001: 29). En poblados como El Oral este tipo de pavimento es escaso y solo se documenta en dependencias muy concretas. La función que se le atribuye es la de evitar la transmisión de la humedad del subsuelo a la superficie (Chausserie-Laprée y Nin 2001). Esta función se ha documentado en el sur de Francia en espacios de almacenamiento o de transformación (Chazelles 2001) o en poblados ibéricos catalanes como Castelruf, Alorda Park, Margalef, Moleta del Remei y Puig de Sant Andreu (Belarte 1993). Siguiendo el eje longitudinal, que divide el Área 11 en dos mitades casi perfectas, se identifican dos piedras con forma de paralelepípedo (UEC 11015 y UEC 11075) que sirvieron como base de asiento para los postes de sustento del armazón de madera. La altura de la misma es de 40 cm y se encuentra calzada por piedras más pequeñas. Está trabajada de forma muy somera por sus cuatro lados. Las aristas se encuentran redondeadas. En sus laterales no se aprecian restos de un trabajo cuidado, ya que las irregularidades mostradas en una de sus caras parecen ser naturales. En su parte superior se aprecia una grieta transversal, con una anchura de menos de 1 cm y una profundidad de 6 cm. Esta grieta pudo deberse a la presión ejercida por el peso del armazón, ya que sería uno de los puntos centrales de apoyo en los que descansarían los postes de madera. Las marcas identificadas sobre la piedra describen una forma semicircular con un diámetro de 16 cm, resultado, tal vez, de la huella de asiento de un poste de madera. Si se extrapola dicha medida a una circunferencia del mismo radio, simulando un poste de madera circular con base en el centro geométrico de la piedra, este se encontraría centrado, a una distancia de 11 cm de los extremos en el eje longitudinal y de 6 cm en el eje transversal (Fig. 7A). Este diámetro es próximo al documentado en construcciones del Castellet de Bernabé, donde los postes presentan una sección circular que alcanzan los 20 cm de radio (Guérin 2003: 234). La segunda piedra documentada (UEC 11075) tiene también forma de paralelepípedo y, al igual que la primera, se encuentra ubicada siguiendo la línea de simetría de la habitación. Sus dimensiones son 40 x 46 cm, pero en este caso ha sido trabajada de forma cuidadosa, ya que cuenta con las esquinas biseladas. Si se compara con las medidas tomadas con la piedra UEC 11015, los 20 cm más de separación con respecto a los muros se deben a la planta trapezoidal de la estancia, manteniendo la equidistancia respecto a los muros. La distancia con respecto al hipotético muro de cierre de la habitación que se obtiene al prolongar el muro excavado a finales de la década de los años 1960 por el geólogo francés Georges Servajean es de 3,56 m (Fig. 2). Su altura es de 30 cm y al igual que la UEC 11015 se encontraba calzada con piedras de menor tamaño, al objeto de proporcionarle más estabilidad. En uno de sus laterales se aprecian trazas de haber sido trabajada, siguiendo un patrón de líneas oblicuas que recuerda un motivo de espigas. El ancho medio de estas líneas es de 2 cm y solo se ha podido documentar en una de las caras laterales. En la parte superior se observan trazos de tendencia circular que han rayado la superficie, además de unas hendiduras en el centro de la misma. Analizando la curvatura de las marcas, se han definido los radios de los arcos: 16, 18, 20, 27 y 28 cm. Si bien, la marcada forma semicircular de estos trazos induce a pensar que son resultado de un movimiento rotatorio, rítmico, no se puede afirmar con rotundidad por dos motivos fundamentales. El primero de ellos se relaciona con los radios documentados. Si se sigue el mismo método empleado para la piedra UEC 11015 y desde el centro geométrico de la piedra UEC 11075, trazando un círculo de 16 cm de diámetro, se aprecia que, si bien se inscribe a la perfección en los límites de la piedra, no coincide con ninguna de las marcas descritas; no se ha repetido el proceso con las demás medidas por motivos obvios. La segunda cuestión se refiere al escaso número de estas marcas, en total nueve, situadas de forma exclusiva en el extremo inferior de la superficie, de modo que debería descartarse un movimiento rítmico, ya que de haber sido así estas marcas serían más profundas y numerosas (Fig. 7B). Respecto a las hendiduras que se aprecian en la superficie de su cara superior, estas presentan una forma irregular y su profundidad no es superior a 1 cm, aunque podría hipotetizarse con la utilización de un instrumento de percusión que habría sido utilizado de forma reiterada en varias direcciones. Otro aspecto a destacar es la rotura de dos ángulos contrarios. Este cúmulo de evidencias lleva a pensar que esta piedra pudo ser reutilizada, aunque su función original no ha podido ser concretada. El análisis detallado del material de construcción ha sido objeto de una publicación específica en la revista Lucentum (Ortiz et alii 2019), en la que se puede consultar el catálogo de todos y cada uno de los fragmentos analizados, así como los estudios realizados y sus propiedades físico-químicas. Así pues, en este apartado tan solo se describen los aspectos más destacados de este material, remitiendo al lector interesado a la referida publicación. El material de construcción registrado durante el proceso de excavación del Área 11 en la campaña 2014 consta de 342 fragmentos, con un peso total de 289,51 kg. Los fragmentos se agruparon en cuatro clases: adobes o ladrillos conformados en frío, argamasa, revoque y fragmentos indeterminados (Fig. 8). La localización precisa de los fragmentos de material de construcción ha sido fundamental para determinar la posible ubicación de su posición original en el momento de destrucción de este espacio (Fig. 9). Se ha diferenciado entre adobes o ladrillos conformados en frío caídos desde cierta altura, y recuperados muchos de ellos del interior de las ánforas, alcanzando el fondo en la mayor parte de estos recipientes, de aquellos otros quemados, por su proximidad a la entrada de la estancia por la que penetró el fuego que causó el incendio. Los análisis realizados sobre muestras no afectadas exteriormente por cambios de coloración permiten establecer que durante el proceso de fabricación de estos se provocó una reacción química espontánea que no cabe confundir con el tono ennegrecido que presentan algunos ejemplares como resultado del episodio de destrucción del almacén. La composición de los distintos grupos identificados es siempre la misma (tierra, materia vegetal, inclusiones y cerámica), si bien la diferencia radica en el porcentaje y la distribución según el tipo de material tratado (adobes o ladrillos conformados en frío, revoque, argamasa e indeterminados) (Fig. 10). Adobes o ladrillos conformados en frío En total se han podido catalogar 236 fragmentos. De forma prismática, su fabricación ha sido estandarizada con el empleo de un molde de madera rectangular formado por cuatro tablas sin fondo (Sánchez 1999: 172). La técnica empleada para la fabricación de estos adobes ha sido la conformación en frío, incluyendo en la masa un porcentaje elevado de cal (más del 10 %). Este proceso consiste en el apagado de forma gradual de la cal que se incluye aún viva en el interior de la argamasa que compone el ladrillo. Durante el secado se genera una reacción térmica que no supera los 500 oC, endureciendo de forma considerable el barro empleado. Es este proceso el que otorga una gran resistencia a la compresión (Ortiz et alii 2019) y por el que se denomina conformación en frío, pues no es necesario aplicar ninguna fuente de calor externa. A menudo presentan digitaciones en la cara inferior (Fig. 11A), abarcando su interpretación desde el enfoque funcional, para favorecer el agarre de la argamasa (Prados 2007: 13), hasta la aproximación simbólica, sin descartar su validez para cuantificar la producción, como sugiere Guérin (2003: 222) para el Castellet de Bernabé. En la actuación experimental en la Bastida de les Alcusses, Helena Bonet y Jaime Vives-Ferrándiz (2011: 281) constataron que no había diferencias en el agarre, continuando una línea de trabajo anterior en la que Helena Bonet y Consuelo Mata (2002: 104) propusieron que estas marcas reflejan la producción diaria. En el caso de Giribaile, los surcos se configuran como líneas paralelas oblicuas. Se documentan en las caras de mayor superficie del ladrillo (lecho o sobrelecho), la que quedaba en la parte superior del molde cuando se fabricaron y que en su puesta en obra coincidirían con la cara inferior del mismo. Su presencia se aprecia en un total de 44 fragmentos y el número de digitaciones ha variado desde una a cuatro, con unas dimensiones medias de 16 mm de anchura por 5 mm de profundidad, muy similares a las que presentan los surcos de los adobes de Barranc de Gàfols. Análisis DRX sobre una muestra de adobe o ladrillo conformado en frío y otra de revoque, confirman la presencia natural de un alto porcentaje de carbonatos aportados por una elevada cantidad de calcita y de dolomita (Ortiz et alii 2019). Este hecho se interpreta como un uso intencional de la caliza como aglutinante, el cual, posiblemente, también sería mayoritario en la argamasa. La argamasa debió cubrir la vegetación que serviría para rellenar las luces que quedaban entre las vigas y viguetas. Su colocación en obra se realizó mientras la argamasa aún estaba húmeda, como demuestra la presencia de improntas de adelfas en el 71 % de los fragmentos documentados (Fig. 11B). La mezcla o amasado previo no siempre tenía que estar acompañada de elementos vegetales o inclusiones, pues su estabilización podría venir dada por la homogeneidad de los distintos granos de tierra y grava que formarían el conjunto (Sánchez 1999: 165). El grosor de los restos de argamasa inventariados ha variado desde los 2,9 a los 9,8 cm, siendo el promedio de 4,19 cm. La presencia de adobes o ladrillos conformados en frío de grandes dimensiones que conservan restos adheridos de argamasa, como el fragmento G14-11017-4 (Fig. 11C), reforzaría la idea de que esta pudo servir como base para disponer la solería de una planta superior, recordando lo aquí descrito para el fragmento de 1 m 2 documentado en El Oral (Abad y Sala 2001: 179). Esta hipótesis tampoco descarta que algunos de estos ladrillos procedan del remate del alzado de un muro con restos adheridos del manteado exterior. El espesor de las muestras de revoque no supera los 2,2 cm, extendiéndose tanto por el zócalo como por el alzado de los muros, generando una superficie lisa y continua que fue decorada, como se deduce del trazo documentado en el fragmento G14-1136-15 (Fig. 11D), de forma similar a poblados como Puntal dels Llops (Bonet y Mata 2002: 109), La Ferradura (Maluquer 1976) o La Serra del Calvari (Belarte 1993: 123). Se conserva un fragmento de 7 cm de longitud por 4,5 cm de ancho y un grosor de 1,1 cm. La superficie ha sido alisada sirviendo como base para llevar a cabo una decoración de fondo blanco, que se realizó extendiendo una capa de cal de 1 mm de grosor, cuyo uso es aceptado en la Cultura Ibérica (Ferrer 2010: 168), y sobre la que se ha documentado un trazo de color rojo (Fig. 11D). En el poblado ibérico de Fuente de la Mota las estancias que presentan este acabado se relacionaban con la industria textil, así como con una zona de almacenamiento de cerámicas (Sierra 1995: 221). Este hecho se puede poner con relación a algunos de los materiales recuperados en el Área 11 de Giribaile, como pesas de telar y recipientes de almacenaje, que representaban una variedad de actividades que, tal vez, se realizaran en dos espacios superpuestos, aunque no puede descartarse que estos recipientes globulares se localizaran en estantes o alacenas o, incluso, que pondera y fusayolas estuvieran colgadas del techo. En el Área 11 se han documentado taxones de pino carrasco (Pinus halepensis) y la impronta dejada por una viga del armazón de madera, con un diámetro de 16 cm (Fig. 11E). Además, la presencia de clavos de gran tamaño permite afirmar el uso de la madera en la estructura. En Sant Miquel de Llíria se documentaron restos de una viga con una capa de yeso de 1 cm de grosor (Bonet y Mata 2002: 347). La techumbre en Sant Miquel de Llíria, al igual que en Castellet de Bernabé, estaba compuesta también por vigas de madera de pino carrasco (Bonet 1995: 347). En nuestro caso, atendiendo a los resultados mencionados, su uso sería casi exclusivo, al igual que en la Bastida de les Alcusses (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011: 126). Su presencia también ha sido confirmada en el Castellet de Bernabé y el Puntal dels Llops. El pino carrasco proporciona troncos rectos, si crece en las condiciones adecuadas, y su madera es semipesada y muy dura (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011: 126), hasta el punto de que resiste una presión de 500 kg/cm 2 (Guérin 2003: 232) y se trabaja con facilidad; además no se resquebraja con el uso de clavos y otros ensamblajes metálicos (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011: 126). Con esta madera se crearía un entramado que servía de base a otra capa, más ligera, compuesta por travesaños de un calibre más pequeño y de diversas maderas (pino carrasco, olivo, lentisco, chopo y fresno). En Giribaile la estructura de la cubierta estuvo construida en su totalidad con pino carrasco. La distribución homogénea por todo el espacio excavado de taxones de pino carrasco parece confirmar esta idea. Encima se dispondría una última cubierta de cañas y ramajes diversos (fresnos, enebros, romero o leguminosas), identificada con adelfas y madroño. El reconocimiento de estas especies ha sido posible gracias a las improntas descritas en el apartado de la argamasa y a los resultados del análisis carpológico, pero no quedan evidencias carbonizadas. La base de adelfas se cubriría con un lecho de barro, de un espesor variable, que en Sant Miquel de Llíria tenía entre 15 y 25 cm y que en el Área 11 no superó los 10 cm. Toda esta preparación pudo servir como sustento de una solería de ladrillos, aunque solamente debe tomarse esta propuesta como hipótesis. Han sido un total de 10 (Fig. 12) los ejemplares inventariados, diversos tanto por sus dimensiones como por su caracterización morfológica. Su distribución en el Área 11, a lo largo del muro M11003, localizándose algunos de ellos en el fondo de ánforas como R19 y R29, confirman lo descrito por Guérin (2003: 223) para el Castellet de Bernabé, donde el derrumbe de la cubierta del Departamento 1 ha mostrado que determinados clavos de cabeza circular, Figura 12. Clavos documentados en el Área 11 de Giribaile. Dimensiones y composición mayoritaria (elaboración propia). generalmente entre 10 y 14 cm de longitud, fijaban los rollizos y las vigas (Guérin 2003: 223). Con respecto al material del que están compuestos, el estudio de micro Fluorescencia de Rayos X confirma que la matriz metálica principal es el hierro (Fig. 12). El hecho de que en algunos clavos el porcentaje de este metal sea menor se debe, por lo general, a la formación de carbonatos y silicatos de hierro, a la acción de la tierra con la que ha estado en contacto y al paso del tiempo. En base a lo expuesto hasta ahora sobre los materiales de construcción y gracias a la ayuda del estudio de arquitectura AWEN planteamos una hipótesis sobre el forjado de madera que serviría de base para levantar un piso. La planta de la habitación excavada hasta el momento presenta una longitud 7,67 m y una anchura que varía entre 4,15 y 3,13 m. En el eje longitudinal se disponen las piedras catalogadas como UEC 11015 y UEC 11075, utilizadas como bases de postes de madera, las cuales sustentarían el armazón, también de madera. Los postes que se alzaban sobre estas basas estarían coronados por un pie plano, sobre el que asentaría la viga maestra. Longitudinalmente, se documentan tres vanos: el primero comprendido entre M11002 y U.C.E. 11015, el segundo entre UEC 11015 y UEC 11075 y el tercero entre UEC 11075 y el perfil de la excavación, aunque en este último caso solo es posible determinar la luz hasta el hipotético muro de cierre de la habitación prolongando la alineación documentada por G. Servajean en el año 1969. Atendiendo a estos datos iniciales, la luz presenta solo pequeñas variaciones (Fig. 13). Según los datos aportados por el estudio de arquitectos, la viga de madera documentada (pino carrasco de 16 cm de diámetro) podría cubrir una luz de 2,70 a 3,20 m. Solo en el vano tres se supera esta distancia por 7 cm. Se debe tener en cuenta que la medida de referencia para establecer el punto de apoyo de la viga es hipotética y que, por lo tanto, a pesar de que la luz es mayor a la recomendada resulta una interpretación factible. El eje marcado por esta viga central dividía el espacio en dos mitades de anchura equiparable, siendo la luz máxima a cubrir de 2,46 m. Gracias a la distribución de los clavos metálicos, geo-referenciados de forma precisa durante el proceso de excavación, se puede concretar la separación media existente entre viguetas, que fue de 0,82 m, por lo que el forjado podría contener un total de 12 brochales (Fig. 14) de 16 cm de diámetro cada uno. Tal y como se deduce del estudio de estructuras realizado por AWEN arquitectos, aunque se pueden usar brochales de menor diámetro para cubrir las luces descritas, lo normal es que se dispongan del mismo diámetro para que el forjado sea lo más horizontal posible, reduciendo así el peso de la argamasa. En el Departamento 4 de El Amarejo la techumbre sigue una disposición similar a la aquí descrita (Broncano y Blánquez 1985: 145). En resumen, la estructura base del forjado estaría conformada por un eje longitudinal compuesto por tres tramos de viga en voladizo que descansarían sobre el muro M11002, sobre dos pies derechos ubicados sobre los postes de madera emplazados sobre UEC 11015 y UEC 11075, en el tramo central, y, por último, apoyaría sobre el muro de cierre documentado por G. Servajean a finales de la década de los años 1960. A su vez, en el eje transversal se emplearían 12 barras con una luz media de 0,82 cm y rollizos similares a los documentados para otras cubiertas ibéricas como en El Amarejo (Broncano y Blánquez 1985: 177), la Bastida de les Alcusses (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011: 139) o en Alarcos, donde además se usó una capa de barro similar a la nuestra (Fernández y García 1998: 51). Algunas de las especies vegetales empleadas para la cubrición de estos espacios no han podido ser documentadas, fundamentalmente, por dos motivos. En primer lugar, por la naturaleza de las mismas, ya que siguiendo otros paralelos como la Bastida de les Alcusses (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011: 126), se pudo tratar de juncos, madroño o cañas, material altamente inflamable y que desapareció sin dejar restos de carbones al arder en el incendio. En segundo lugar, porque en la argamasa solo han quedado las improntas de la capa de adelfas que cubría estos otros materiales orgánicos. El grosor medio de esta capa fue de 8 cm y el hecho de documentar improntas vegetales en el mortero de la techumbre es común en el mundo ibérico, como se observa en otros yacimientos arqueológicos contemporáneos como en Sant Miquel de Lliria (Bonet 1995: 347), Barranc de Gàfols, Aldovesta, La Serra del Calvari (Belarte 1993: 121) o El Oral, solo que en este caso sí pudieron determinar improntas de cañas que fueron interpretadas como base (Abad y Sala 2001: 123). Retomando los datos aportados por el estudio AWEN arquitectos, el hecho de que no haya sido posible identificar el rollizo, ni en los restos antracológicos, ni en las improntas de la argamasa, no es concluyente para negar su presencia, ya que las adelfas documentadas en las improntas descritas no tendrían consistencia suficiente para aguantar por sí solas el peso de la argamasa necesaria para cubrir una luz de 0,82 m, haciéndose necesario, por lo tanto, el uso de algún tipo de entramado intermedio que sirviera de sustento y que, por analogía, como vimos más arriba, debió ser cañizo. Una posibilidad es que sobre la argamasa, una vez nivelada, pudieran disponerse adobes o ladrillos conformados en frío con un grosor no superior a 9 cm, que unidos a los 8 cm de la argamasa sumaría un total de 17 cm, encontrándose en línea con los datos que proporcionan excavaciones como la de Castellet de Ber-nabé. Este tipo de estructura también ha sido documentada en una vivienda del barrio Este de la fase III de Alarcos, en la que se hallaron restos de viga de madera, ramajes y barro (Fernández y García 1998: 51). La presencia de los adobes o ladrillos conformados en frío en esta ubicación no es común para la Cultura Ibérica, aunque sí la existencia de construcciones con un piso es cada vez más frecuente, sobre todo en poblados en ladera (Bonet y Mata 2002: 114). Un ejemplo excepcional se registra en las viviendas del Tossal de Sant Miquel, que podían contar con varias plantas y terraza, disponiéndose de forma escalonada y empotradas en la ladera del cerro, ofreciendo una imagen de gradería (Bonet 1995: 195). Con estos datos la techumbre aquí expuesta sería plana. La propuesta (Fig. 15), por tanto, concluye la restitución de una estructura de sustento compuesta por un armazón de vigas de madera de 16 cm de diámetro Figura 14. Distribución de clavos y propuesta de forjado (elaboración propia). que descansaría sobre los muros perimetrales de cierre. Para cubrir las luces entre las distintas vigas se emplearía un entramado de vegetación compuesta por madroño y, quizás, cañizo. Como venimos comentando, existiría la posibilidad de restituir una capa de argamasa, de 8 cm de grosor, como base a los adobes o ladrillos conformados en frío, que hicieron la función de suelo de un piso. La planta delimitada por los muros es trapezoidal y, aunque sus dimensiones son amplias, la distribución de los grandes recipientes de almacenaje en su interior limitaba la circulación a un espacio de apenas un metro de ancho; por tanto, a pesar de tratarse de un almacén de grandes dimensiones, su estructura resultaba algo estrecha y alargada, hecho que recuerda a la documentada en la Bastida de les Alcusses (Guérin 2003). INTERPRETACIÓN FUNCIONAL DE LOS ESPACIOS En base a los datos observados, sin descartar la posible presencia de planta baja y un piso en el Área 11 y atendiendo a los restos materiales hallados en su interior, se podría avanzar una interpretación funcional sobre estos espacios. En el transcurso de la campaña de excavación se ha documentado un conjunto de ánforas ibéricas (Fig. 16) (Gutierrez et alii 2016: 680-683) que se incluiría en la variante 1.2.4 del grupo I que se corresponde con las ánforas con hombro redondeado y cuerpo cilíndrico, el más extendido dentro de la geografía ibérica y que será el único que encontraremos a partir del siglo IV a. C. (Mata y Soria 1997: 304): las primeras, seccionadas horizontalmente y en posición vertical se apoyaban unas contra las otras y se disponían a lo largo del muro M11002, unas boca arriba y otras boca abajo, mientras que un segundo grupo aparecía caído sobre el suelo en el centro de la habitación. Las ánforas se asocian a tapaderas que presentan un orificio en la parte superior y forman un conjunto homogéneo sellado por un nivel de destrucción causado por un incendio. Al final de la primera campaña se localizaron los primeros siete, apoyados unos contra otros junto al muro M11002, próximos a la puerta de entrada de la habitación, que no fue descubierta hasta la continuación del proceso de excavación en octubre del mismo año. Estos ejemplares estaban seccionados intencionalmente en la parte central de su cuerpo (colocados boca abajo los recipientes R02, R05, R07 y R09, frente a los numerados como R01, R03, R04 y R06, dispuestos de forma natural sobre sus bases). Del análisis antracológico de los sedimentos extraídos del interior de estos recipientes destaca la abundancia de Arbutus unedo (madroño) y de Pinus halepensis (pino de Alepo o pino carrasco), identificados con restos de la techumbre de madera. Sección hipotética del alzado del Área 11 de Giribaile (Awen Arquitectos). fundidad que alcanzan los depósitos de carbones en el interior de las ánforas induce a pensar que en el momento de destrucción algunas de ellas se encontraban vacías, además de la posición boca abajo. Junto a estos recipientes se documentó otro ejemplar tumbado, caído posiblemente en el momento del colapso de la estructura; se trata del R10, con una longitud de 90 cm, una anchura máxima de 40 cm y un grosor de pared de 1 cm, identificándose en su interior 53 taxones de Arbutus unedo. Durante esta primera fase de excavación se registró un segundo grupo amontonado sobre el suelo, ocupando el espacio intermedio que quedaba libre en el centro de la habitación, entre UEC 11015 y UEC 11075. La segunda fase de excavación permitió documentar la mitad noroeste de la habitación. Apoyados contra el muro M11003 y en posición original, se docu-mentan recipientes de almacenamiento, alineados y afectados por la caída del armazón de madera del techo y las paredes. La excavación de este espacio completó la información del proceso de destrucción de los recipientes tumbados en el centro de la habitación y que, posiblemente, formaban parte de una segunda alineación apoyada contra la que estaba en contacto directo con el muro M11003, permitiendo a la vez establecer un patrón general sobre la disposición de los recipientes destrui-Figura 16. Distribución de ánforas en el Área 11 de Giribaile (elaboración propia). dos en el sector sureste, afectados por un profundo proceso de expoliación reciente. Allí, tan solo fue posible documentar in situ la parte inferior de los ejemplares R25 y R36 apoyados sobre su base y contra el muro M11001, repitiendo, simétricamente, las condiciones de disposición documentadas en el sector noroeste. Los recipientes se encontraban colocados directamente sobre el pavimento, alineados contra los muros, agrupándose en ocasiones en varias líneas sucesivas, lo cual explica las condiciones de hallazgo cuando muchos de ellos se vencieron en el momento de destrucción de la habitación. El alto número de ánforas documentadas en el transcurso de la excavación y asociadas a un número superior de tapaderas, indica que esta planta tuvo un uso como almacén. El producto más documentado ha sido la vid, apareciendo en el 58 % del total de muestras analizadas; es, a su vez, la muestra que se encuentra en un mayor número de recipientes, en concreto 10. En segundo lugar, la cebada, presente en un total de ocho recipientes anfóricos, supone el 45,8 % del total de muestras; por último, el trigo, identificado en el 33 % de las muestras y en cuatro recipientes. La presencia de otras especies cultivadas como guisante, guijo o almendro tiene un carácter casi residual, pues se encuentran tan solo en un ánfora cada una de ellas. La distribución (Fig. 17) indica una falta de especialización en el uso de los recipientes, dada la presencia de diversas especies en el interior de los mismos; especialmente en R19, donde se han observado hasta seis especies distintas. La combinación más numerosa es la mezcla de la cebada con la jara pringosa, aunque esto no quiere decir que estuvieran contenidas al mismo tiempo, pues el almacenaje de ambos productos de forma conjunta no parece compatible. Este hecho se subraya al constatar que la vid se ha documentado en cinco de los recipientes que contuvieron jara pringosa y en cuatro en los que también se ha identificado cebada. La estructura descrita hasta el momento podría ser un indicio sobre la existencia de un piso, reforzando esta hipótesis la presencia sobre el nivel de incendio de pesas de telar, fusayolas, un hueso grabado e, incluso, algunos recipientes globulares, que reflejan una Trigo Pino Vid Horquilla Guisante Guijo Almorta Almendro Distribución de especies identificadas por ánfora (Dra. función diferenciada de la propuesta en la planta baja, aunque, como ya se comentó anteriormente no puede descartarse, definitivamente, que estos recipientes globulares se localizaran en estantes o alacenas o, incluso, que pondera y fusayolas estuvieran colgadas del techo (Fig. 18). Según la estratigrafía, en primer lugar se produjo la desaparición del forjado de madera, lo que explica la elevada cantidad de cenizas sobre la superficie de la planta baja, así como en el interior de los recipientes que se encontraban abiertos. La posible solería de la primera planta y el ajuar de este piso caerían encima de las cenizas y restos de madera, que al desprenderse pudieron continuar ardiendo, siendo este desplome un factor que precipitaría la extinción del incendio, aunque no es posible determinar una clara línea diferenciadora correspondiente a un suelo que sirva de separación entre los materiales de la planta inferior y los del piso. En general, la excavación ha proporcionado un nivel de incendio repartido desigualmente a través del espacio excavado, más potente junto a la puerta de acceso a la habitación y que iba disminuyendo, pro-gresivamente, en dirección al centro de la estancia. Este nivel de incendio estaba colmatado por un fuerte derrumbe que podría corresponder a los materiales descompuestos de las paredes, de hasta 4 m, pudiendo incluir los adobes o ladrillos conformados en frío descompuestos y, hacia el extremo de la habitación se documentó un significativo conjunto de cerámicas, incluyendo una cantimplora y elementos de telar, a una cota superior, que, aparentemente, cabe interpretar como resultado del vencimiento de los materiales dispuestos en una planta superior o colgados en las paredes, puede que en estantes. El material adscrito a estos niveles permite identificar tres funciones: textil, despensa y procesado de alimentos, configurándose así un espacio plurifuncional, al modo de lo documentado en otros poblados ibéricos como la Bastida de les Alcusses (Bonet y Mata 2002: 141), Castellet de Bernabé (Guérin 2003: 264) o Puntal dels Llops (Bonet y Mata 2002: 363). El análisis detallado, tanto de la distribución espacial de los materiales (Fig. 19) como del proceso de destrucción, ayuda a establecer una lectura funcional del espacio. En la Figura 19 podemos apreciar como los lebetes, que son recipientes que tradicionalmente se han empleado en la despensa, se encuentran muy próximos entre sí y respecto al muro M11002 y al vano de acceso a la planta baja. Por otra parte, las pesas de telar se documentaron a lo largo del muro M11003 y en el interior de algunas ánforas, como la R17; a este respecto cabe recordar que el telar es un elemento móvil y debe apoyarse sobre una superficie consistente. Por último, la tercera función se relaciona con el procesado de alimentos. Los recipientes de tipo globular, decorados, con una capacidad de almacenaje similar a la documentada para los lebetes anteriormente referidos, indican una función de despensa; no obstante, su ubicación en el centro de la estancia, separados del resto, y la marca de fuego circular en un punto concreto de la base de los recipientes globulares 1 y 2, son elementos que permiten pensar que fueron expuestos a una fuente de calor durante el periodo de vida de la habitación. Con todo lo visto hasta el momento, de existir el piso superior este se definiría como un espacio dedicado a varias actividades de mantenimiento complementarias, hecho habitual en la Cultura Ibérica, tal y como confirman Bonet y Mata (2002: 363). Los elementos documentados en el Área 11 relacionados con la actividad textil han sido las fusayolas y pesas de telar, que son casi los únicos restos materiales que suelen conservarse de los telares. En la Bastida de les Alcusses estos medios de producción se completan con telares de rejilla, tijeras, agujas de bronce y hierro y punzones de hueso (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011: 167). Según Guérin las pesas de telar en el Castellet de Bernabé se suelen encontrar formando grupos de entre 25/30 a 80 pesas troncopiramidales de piedra y barro; indican la presencia de telares en determinados departamentos que se vinculan, casi sistemáticamente, con las fusayolas. Esta asociación parece reproducirse en el registro del Área 11 con la documentación de estos dos tipos de objetos, aunque en un número mucho menor del aquí descrito, posiblemente porque parte del conjunto queda aún enterrado en la zona por excavar. En la Bastida de les Alcusses la elaboración textil solía llevarse a cabo en el interior de las unidades domésticas, en espacios o habitaciones donde se realizaban diversas labores de mantenimiento, como la molienda o el procesado de alimentos. No parece existir, por tanto, una estancia específica destinada a estas actividades (Bonet y Vives-Ferrándiz 2011: 170). De nuevo, la plurifuncionalidad documentada hasta el momento se puede apreciar tanto en el Departamento 3 como en el 8 de Puntal dels Llops. En el Departamento 3 no se han documentado restos de molino, ni de hogar, pero sí contaba con una zona de almacenaje y cocina en el fondo de la estancia, con la vajilla de mesa, importaciones, despensa y un área de tejido (Bonet y Mata 2002: 52), que recuerda al ajuar documentado en el Área 11. Plano con la hipotética distribución de cerámicas restituidas en la planta superior o dispuestas en las paredes del Área 11 de Giribaile, a partir de la lectura de las unidades estratigráficas (elaboración propia). El Área 11 ha proporcionado un conjunto abundante de bienes muebles, orgánicos e inorgánicos, de diversa naturaleza. Algunas de estas evidencias materiales, además de importante información de tipo contextual (cerámica, básicamente), han sido utilizados como muestras de laboratorio y aportan datos complementarios específicos (fauna, carbones, semillas, C14, etc.), que permiten avanzar una datación sobre los restos exhumados. La cronología absoluta proviene del análisis de dos muestras. La primera se trata de Vitis vinífera (Beta-447086), identificada en el estudio carpológico como parte de un conjunto de varias pepitas de uva carbonizadas procedentes del interior del recipiente R25, identificado como el fondo de un ánfora, y que permite fechar su último contenido. La segunda se corresponde con materia ósea extraída del interior de un hueso carbonizado decorado (Beta-523607). El encargo fue realizado a Beta Analytic Radiocarbon Dating Laboratory (Fig. 20). Atendiendo a estos resultados, la fecha inicial propuesta para el Área 11 se sitúa en el horizonte de la segunda mitad del siglo IV a. C. Complementariamente, se ha documentado un fragmento de cerámica ática en el interior del ánfora R03. La presencia de un cuenco estampillado con restos de barniz y cuatro palmetas dispuestas en el fondo interno, perteneciente a la vajilla de tipo Kuass, a la que puede considerarse como una imitación de buena calidad de la forma Lamb. 27B y que, posiblemente, pueda pertenecer a una producción púnica gaditana de mediados del siglo II a. La intervención en el Área 11 ha permitido obtener datos científicos de calidad para restituir la estructura arquitectónica de una habitación, especialmente por lo que se refiere a la propuesta de forjado, atendiendo al estudio de la distribución de los clavos y las bases de apoyo de los postes de madera que sostendrían un armazón de vigas de madera. La destrucción por incendio de la habitación ha conservado también numerosas improntas de adelfas, que se unen a los resultados de los estudios antracológico y carpológico y a la documentación de una cantidad importante de fragmentos de ladrillos conformados en frío, a los que más apropiadamente habría que calificar como adobes, al no haber sido cocidos dentro de un horno. En su fabricación se habría utilizado un alto porcentaje de cal, como aglutinante, con la intención de provocar una reacción exotérmica en torno a 500 oC, que les confiere una gran resistencia mecánica. Un aspecto no resuelto de la intervención arqueológica tiene que ver con la correcta ubicación en obra de estos adobes o ladrillos conformados en frío. Se registraron dispersos por todo el espacio excavado, también junto a los muros perimetrales que delimitan la habitación. No se ha conservado ninguno de ellos sobre el zócalo, aunque sí el testigo de un paquete de tierra sobre el muro M11002. En el estado actual de la investigación caben dos posibles interpretaciones. La primera el uso de una técnica mixta, de paredes de tierra que permitiera, a su vez, la utilización de adobes o ladrillos conformados en frío, incluso en el remate del alzado del muro, lo que explicaría la presencia de restos adheridos del manteado externo, hecho bien documentado en un fragmento. La segunda se relacionaría con la disposición de una solería con este material como base de una primera planta, lo cual significaría un caso único para la Cultura Ibérica, donde apenas hay zonas pavimentadas, siempre parcialmente, con adobes y en planta baja. De aceptar la primera opción, se trataría de una habitación cerrada por un manto de tierra que necesitaría de refacciones frecuentes, al quedar la superficie expuesta a las inclemencias del tiempo. La segunda propuesta obliga a definir la presencia de una cubierta o de una terraza de la primera planta, hecho sobre el que la estratigrafía no ha aportado ninguna evidencia que haya podido ser identificada como tal en el transcurso de la intervención arqueológica. Una cuestión relevante en el planteamiento de este debate tiene que ver con la posible existencia o no de la caja de una escalera que diera acceso a una primera planta, aunque a falta de concluir la excavación de una parte de la habitación no resulta posible decantarse, al respecto, por ninguna propuesta concreta. Con relación a los aspectos asociados a la naturaleza del registro, a la cronología y a la secuencia estratigráfica, es posible establecer diferencias entre piezas quemadas a causa del incendio que colapsó la habitación, respecto a otros materiales como los lebetes que presentan marcas circulares localizadas, vinculadas al uso de los adobes o ladrillos conformados en frío que fueron sometidos a un intenso proceso calorífico, diferenciable de los efectos post-cocción que sufrieron algunos de ellos por encontrarse en el sector más próximo a la puerta por donde se inició el incendio. Estratigráficamente se establece diferenciación entre los niveles de destrucción directos, por acción del fuego, de aquellos otros interpretados por el colapso posterior de la construcción. Por el momento se aporta el resultado de dos dataciones radiocarbónicas con un cierto grado de incertidumbre, que no permiten cerrar el debate sobre el periodo de utilización y el momento cronológico final, preciso, de destrucción de la habitación. En términos generales, la propuesta cronológica resulta coherente con las aproximaciones que se vienen realizando para el periodo de vida del oppidum de Giribaile, a partir de otra datación de C14 en el Área 3 y, sobre todo, del análisis tipológico contextualizado de los materiales cerámicos, comprendiendo desde mediados del siglo IV hasta mediados del siglo II a. Algunos rasgos particulares del almacén como la asociación entre ánforas ibéricas y tapaderas perforadas apuntan a contextos similares del siglo II a. C. en el almacén documentado en el Cerro de la Cruz de Almedinilla. Esta cronología avanzada deriva de la asignación temporal que precisa el cuenco tipo Kuass; sin embargo, ninguno de los elementos de cultura material por sí mismo facilita una fecha definitiva. Los resultados de esta investigación confirman algunas de las apreciaciones históricas que veníamos proponiendo sobre la entidad de la ciudad y la importancia que esta cobra en el estudio de los acontecimientos que tuvieron lugar en el alto Guadalquivir, al menos desde el siglo IV a. C., y que concluyeron con el proceso de conquista y, tal vez, también se extiende a los primeros momentos de romanización del territorio.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Centro de Arqueologia da Faculdade de Letras, Universidade de Lisboa RESUMEN 12 Tras la finalización de los trabajos arqueológicos en Cáceres Viejo (Casas de Millán, Cáceres), se presentan los últimos resultados y lecturas de una ocupación fechable en la primera mitad del siglo I a. C. Aunque el conocimiento sobre este yacimiento aún es exiguo, los testimonios de ocupación, la edilicia y la cultura material apuntan a que podría haber tenido un papel destacado en las interacciones entre las dos facciones políticas romanas, por un lado, y entre romanos y aliados, por otro. Otrora clasificado como un castro de la Edad del Hierro, por el momento solamente está atestiguada una ocupación romana tardo-republicana claramente datada por la presencia de artefactos típicos de ese periodo. Prevalecen cerámicas comunes que delatan influencias y contactos con las comunidades de la Meseta. Otros artefactos permiten considerar una posible presencia militar en ese cerro que, ubicado no muy lejos de Cáceres el Viejo atestiguan una posible relación con este campamento militar. La Extremadura española integra un área geográfica donde la actividad militar, en época romana-republicana, fue muy intensa. Dicha situación hace posible que frecuentemente se identifiquen yacimientos militares o militarizados, si bien no siempre es posible encuadrarlos en el complejo proceso de conquista romana o en los conflictos civiles que se siguieron. Ese es el caso del yacimiento que se presenta (Figs. Aunque es evidente una cronología posterior al final del siglo II a. C., no resulta fácil determinar el momento concreto de su utilización. En principio, su ubicación y la cultura material permiten suponer que fue ocupado en un momento centrado de la primera mitad del siglo I a. C., pero es difícil comprobar a qué fenómeno histórico se asocia. Debemos admitir que, en un trabajo anterior (Pereira 2017), uno de nosotros fue ambicioso en las conclusiones. Sin embargo, y aunque consideremos otras hipótesis plausibles, fueron propuestas que aun parecen válidas. Los resultados de la primera campaña de trabajos arqueológicos realizados permitieron reunir testimo-nios que fundamentaron esas propuestas. Contamos ahora con más datos sobre la ocupación de Cáceres Viejo 3. Este yacimiento está clasificado como un castro de la Edad del Hierro, si bien, de momento, no contamos con vestigios de una ocupación anterior a época romana-republicana. Sobre dicha ocupación, en la primera publicación, se puso de manifiesto una hipotética relación con estrategias militares. La reciente excavación realizada en el yacimiento ha confirmado tal posibilidad, ya que la existencia de glandes plumbeae, asociadas a proyectiles de piedra, nos lleva a considerarlos de carácter militar. Recuérdese además que la moneda de plata, identificada en la primera campaña, ya apuntaba una cronología tardo-republicana, confirmada gracias al hallazgo de un fragmento de ánfora de tipo Ovoide 4. 3 Subrayamos que este yacimiento no debe confundirse con el homónimo ubicado en la cercanía de la ciudad de Cáceres. En efecto, solamente se distinguen por la presencia o ausencia del determinante "el". Por ese motivo optamos, a partir de este momento, denominarlo de "Cáceres de Santa Marina". Ubicación de Cáceres Viejo (Casas de Millán) y de Cáceres el Viejo (Cáceres) (Pereira 2017: fig. 11). Conocido desde las noticias de Publio Hurtado (1927), Fernando García Morales disertó sobre este yacimiento (1979), relacionándolo con el campamento romano de Cáceres el Viejo, ubicado en los alrededores de la actual ciudad de Cáceres, suponiendo que aquel se tratara de un puesto avanzado de este. Tras los trabajos de Publio Hurtado, el conocimiento sobre Cáceres de Santa Marina no ha aumentado sensiblemente, ya que las investigaciones se han limitado a reproducir lo que se dijo en la década de 1920. Tras un análisis sobre el terreno, es evidente que el asentamiento fue densa y extensamente ocupado, pero era necesario recopilar datos que confirmasen su encuadre crono-cultural. Es llamativa la arquitectura de la mayoría de los edificios, construidos de forma integral con piedra local, de grandes dimensiones y sin ser trabajada. Este tipo de construcción, asociada a una única y corta ocupación del terreno, apunta a que su edificación fue rápida. Las primeras hileras de los muros fueron construidas con grandes bloques, mientras que la piedra de menor tamaño parece haber sido utilizada solamente para rellenar los huecos. Además del ambiente ya excavado (Pereira 2017), en esta campaña se excavaron otras tres estancias y un área externa, posiblemente pública, que era común a todos ellos. Directamente bajo los niveles de derrumbes de las paredes se identificaron los suelos de ocupación, sobre los que fueron construidas hogueras y, en algunos, áreas de almacenamiento y, aparentemente, de reposo. En principio, la mayoría de los materiales recuperados ofrece tipologías de recipientes de clara tradición prerromana, siendo los más evidentes un conjunto de seis toneles de cerámica de tipología ibérica. Algunos de estos contenedores estaban in situ, ubicados junto a la entrada de los espacios habitados, situación que es conocida y asociada al abastecimiento de agua por medios humanos o animales (Egea Vivancos 2010: 125). Menos frecuente es la existencia de estos recipientes en yacimientos de ocupación militar romana, pues no han sido identificados en el campamento militar de Cáceres el Viejo. La arquitectura detallada, idéntica a la de muchos castros conocidos en la región al norte del Tajo, como parece ser Mesa de Miranda (Cabré et alii 1950; Martín Valls y Esparza 1992;Álvarez Sanchís 2011), Las Cogotas (Ruiz Zapatero y Álvarez Sanchís 1995;Álvarez Sanchís 2011) o El Raso de Candeleda (Fernández Gómez 2008), las características y la morfología de la cultura material y la implantación del asentamiento hacen posible sopesar sobre la influencia de las comunidades indígenas en este yacimiento. Sin embargo, la presencia de elementos exclusivamente romanos, algunos de evidente función militar y, además, con cronologías tardías, y la fundación ex novo hace suponer que el asentamiento pueda haber surgido como reacción a las acciones militares romanas que tuvieron lugar en el ámbito de los conflictos civiles acaecidos en la primera mitad del siglo I a. La primera intervención arqueológica realizada en el yacimiento de Cáceres de Santa Marina, situado en el término municipal de Casas de Millán, permitió la recopilación de datos prometedores sobre una posible ocupación militar o militarizada (Pereira 2017), a los que, la reciente campaña, añadió otros nuevos. En efecto, la ampliación de uno de los sectores excavados en 2016 facilitó la comprensión de la arquitectura, así como la recogida de un mayor número de artefactos arqueológicos. Algunas dudas que persistían fueron disipadas, concretamente la hipotética función del yacimiento, si bien determinados interrogantes persistieron y otras dudas surgieron. En la zona de Sierra de Santa Marina, específicamente donde se ubica el topónimo de "Cáceres Viejo" y en el cual se excavó el sector 2 (Fig. 2), este último fue considerablemente ampliado hacia el sur y al oeste, dando como resultado un incremento de 126 m 2 y un total de 173 m 2 (Fig. 3). La estratigrafía documentada no proporciona ninguna novedad si la comparamos con la de la campaña anterior. Se detectaron potentes derrumbes, formados por el colapso de las paredes de las distintas estructuras, con grandes y medianos bloques de cuarcita. Debajo de estos derrumbes se definieron los suelos ocupacionales de cada estancia. No es este el espacio adecuado para una exposición detallada de la estratigrafía (Figs. 4 y 5), pero sí de los contextos a ella asociados. Recordemos que la estancia excavada en la campaña de 2016 (ambiente 1) supuso la recogida de un considerable conjunto de materiales asociados a un único estrato ocupacional. Sobre el suelo estaba construida una hoguera. Dicha realidad es extensible a los demás ambientes (3, 4 y 5), aunque se detectan algunas diferencias arquitectónicas. Antes de exponer el contexto de cada espacio, es conveniente comentar que las edificaciones de este sector fueron construidas en la vertiente meridional del cerro, (situación que quedó demostrada en la primera campaña y que ahora resulta más evidente), recurriéndose a la excavación de plataformas escalonadas que adaptaron el terreno para ese fin. Las estructuras Figura 2. Ubicación de áreas excavadas. En la esquina superior izquierda: MDT España 5 m con margen de escala de visualización inferior a 1:60000 con identificación de la comunidad de Extremadura. En la esquina inferior izquierda: Elevaciones de la provincia con localización de Cáceres Viejo (elaboración propia). Plano de las estructuras identificadas en Cáceres Viejo. El ambiente 1 fue excavado en la campaña de 2016 (elaborado por Carlos Pereira). exponen técnicas constructivas sencillas y formaciones desalineadas e irregulares, construidas de forma tosca. Las piedras utilizadas en la construcción no estaban talladas y su grosor excede, a veces, el metro. No se documentó, en la mayoría de estos espacios, paramentos bien definidos o trazados plenamente lineares. Aunque la utilización mayoritaria de piedra ya se ha documentado con anterioridad en contextos de esta cronología, tal y como ocurre en el yacimiento de Silla del Papa, Tarifa (Moret et alii 2008;2010) Como señalamos con anterioridad, se detectaron diferencias entre cada uno de los espacios definidos. En el ambiente 3 la estructura de combustión no estaba centrada (Fig. 6), sino emplazada en el extremo meridional. Asimismo, si la hoguera del ambiente 1 fue construida con arcilla, la de la estancia 3 es del tipo de hogueras empedradas circulares, conservando aun las cenizas de su última utilización. En el extremo norte de la estancia se definió otra estructura, de piedra, tratándose probablemente de una plataforma de superficie regular. Aunque su interpretación sea difícil y problemática, es posible que funcionase como poyete o, incluso, como lecho. A pesar de las dificultades de interpretación, parece evidente que ambas estructuras son contemporáneas y complementarias, asociadas a un estrato que funcionó como suelo de utilización del espacio y en el que se recogió un conjunto de materiales arqueológicos en buen estado de conservación, concretamente ocho recipientes de cerámica común y un borde de ánfora. No podemos olvidar tampoco el hallazgo de fragmentos de galbos de cerámica común con pastas que delatan claramente la existencia de importaciones del valle del Guadalquivir, aunque en poca cantidad. Las cerámicas comunes incluyen orzas, de fondo cóncavo (Fig. 7), característica habitual en el yacimiento y que son frecuentes en asentamientos prerromanos del norte de Extremadura, como es el caso de Castillejo de la Orden, en Alcántara (López Melero et alii 1984; Esteban Ortega et alii 1988), de El Gordo, en Oliva de Plasencia (Carrero Plaza 2007) o del castro de Berrocalillo, en Plasencia (Rio-Miranda e Iglesias 2002). En El Raso estos recipientes integran la forma 2 de las cerámicas comunes de la fase III (Fernández Gómez y López Fernández 1990: 109, fig. 7). Estas cerámicas aparecieron asociadas a un fragmento de ánfora de cronología claramente romana. Nos referimos específicamente a un fragmento de borde de un ánfora de tipo Ovoide 4 (Fig. 7), producida en el valle del Baetis, seguramente importada junto a los escasos recipientes de cerámica común con origen en la misma zona geográfica. No es improbable que dicha ánfora pertenezca a uno de los primeros ejemplares fabricados en aquella área, lo que queda atestiguado por la morfología del fragmento, borde oblicuo y poco alto (Almeida 2009: 102), ya que presenta rasgos itálicos. Sin embargo, este tipo no está exento de problemática, tanto en su forma como en su cronología. Por este motivo se considera que su aparición tuvo lugar hacia el inicio de la década de 70 a. Tal asociación de materiales de tradición indígena y romanos fue igualmente documentada en el ambien-Figura 6. Estrato de utilización del ambiente 3, donde es visible el hogar y la estructura pétrea (fotografía de los autores). te 1, donde las cerámicas comunes aparecieron junto a una moneda de plata (Pereira 2017: 40, fig. 8). Esta situación, no solo contrasta con la realidad del campamento romano homónimo (Ulbert 1984), sino que sugiere la propuesta de que el asentamiento tuviera menor poder adquisitivo, estando al margen de las rutas de abastecimiento a los recintos militares senatoriales (Pereira 2017). En efecto, la escasa representatividad de materiales foráneos obliga a considerar otras lecturas, entre las que debemos considerar las que fueron presentadas por Ángel Morillo, concretamente la mayor o menor temporalidad de los campamentos (2008: 74-76). La realidad documentada en el espacio 4 (Fig. 8) corrobora el mismo modelo de consumo, contribuyendo asimismo a confirmar una posible función militar del asentamiento. Como principal novedad, destaca la adopción de nuevas soluciones arquitectónicas adaptadas al terreno, al aprovechar una pared natural de la cima del cerro como cierre norte de la estancia. La ausencia de hogueras puede ser indicio de que este ambiente no tendría la misma función que los Figura 8. Estrato de utilización del ambiente 4, donde se recogieron las glandes plumbeae, fusayolas y parte del molino circular (fotografía de los autores). Materiales arqueológicos recogidos en el estrato de utilización del ambiente 3 (elaboración propia). En el lado septentrional se documentó una plataforma (Fig. 3), dividida por un muro de piedra, donde se documentó una elevada concentración de recipientes de cerámica común in situ, lo que sugiere una posible función de almacenamiento de esa zona. Sin embargo, el ambiente 4 se puede asociar asimismo a la producción, ya que en el área principal se recogió una cantidad elevada de artefactos arqueológicos (un total de 36) relacionables con actividades textiles (p. e. fusayolas), domésticas (molino circular), pero también con actividades militares (glandes plumbeae, Fig. 9). Los glandes de honda estaban acumulados de forma intencional en un área concreta del espacio, junto a la pared este, una de las zonas mejor conservadas. Hay que destacar aun que en el mismo ambiente se recogieron proyectiles de piedra, estando estos elementos de artillería identificados con anterioridad (Pereira 2017: 40, fig. 7). Es curioso verificar que, posiblemente, los glandes fueron producidos en molde del tipo "racimo de uvas" (Völling 1990: 40, Abb. Además de estos últimos, se recuperaron cuatro artefactos de hierro, concretamente un clavo, tres láminas de cuchillo y un posible elemento de signa equitum. Desafortunadamente, se trata de elementos que no permiten muchas consideraciones dado su estado de deterioro y su dilatada cronología. Las láminas de cuchillo son sencillas, conservando una de ellas aun parte de la empuñadura, también de hierro (Fig. 10). Merece un comentario la presencia de un elemento de hierro que parece tener una morfología que recuerda a los militaria (Fig. 11) y que, tan solo como posibilidad, puede ser integrado en los signum militum. Sin embargo, reconocemos que su clasificación es muy difícil debido al gran desconocimiento que tenemos de este tipo de elementos en este período. A pesar de ello, cabe destacar que del campamento de Cáceres el Viejo procede un elemento atribuido a un Figura 10. Cuchillo de hierro proveniente del ambiente 4. Se ubicaba cerca de las glandes plumbeae (fotografía de los autores). Conjunto de glandes plumbeae halladas en el ambiente 4 (fotografía de los autores). Si en los asentamientos militares es frecuente la identificación de proyectiles de artillería o de honda, también lo es el registro de elementos relacionados con la producción. Ese es el caso de las fusayolas, ya conocidas en otros contextos (Berrocal-Rangel 1989; Pereira 2013), o de los molinos circulares. En efecto, en el ambiente 4 se recogieron cuatro fusayolas de cerámica y un molino, lo que demuestra simultáneamente tanto actividades relacionables con los textiles, como una dieta a base de cereales. Sorprende, asimismo, la ausencia de restos faunísticos. No descartamos que dicho vacío se deba a la acidez y elevada lixiviación del suelo, lo que queda evidenciado en la mala conservación de algunas cerámicas, sobre todo las originarias del valle del Guadalquivir. La cerámica presenta las mismas características petrológicas que la recogida en el espacio contiguo, aun cuando denota una mayor variedad tipológica. Además de las ollas, también están presentes en este contexto cuencos, lebrillos, grandes recipientes para almacenamiento y un tonel (Fig. 12). A pesar de ello, sigue prevaleciendo la cerámica de cocina y la destinada al almacenamiento y/o transporte. En relación con esta última, un fragmento presenta decoración incisa. pa CXXXVI). Sin embargo, estas decoraciones incisas parecen ser más frecuentes al nordeste de Cáceres de Santa Marina, sobre todo en las zonas que tradicionalmente se atribuyen a los vetones (Álvarez Sanchís 2001: 259-260) y a los Celtíberos (Sánchez Climent 2016). Destacamos principalmente los del área vetona, donde aparecen cerámicas incisas en abundancia. Nuestro fragmento podría incluirse en el tipo 1 o 2 de la tabla tipológica realizada para las cerámicas de la fase III de El Raso (Fernández Gómez y López Fernández 1990: 109, fig. 7), ya que parece pertenecer a un recipiente de perfil cerrado. La misma influencia prerromana se puede presentir en las restantes cerámicas. Tanto las pastas, las técnicas de fabricación, como la propia morfología y decoración permiten sugerir que el asentamiento tenía una relación más próxima a las comunidades del nordeste, en particular con las que se ubicaban en la región entre el Tajo y el Duero, que con otras situadas más al sur. Es cierto que dichas decoraciones y formas aparecen en asentamientos más meridionales, lo que demuestra que tenían asimismo contacto con comunidades de la Meseta. Debemos subrayar, con todo, que la práctica inexistencia de estudios científicos sobre los materiales cerámicos recuperados en otros yacimientos extremeños complica el correcto encuadramiento de los materiales que aquí se presentan (Blanco García 2017: 149-154, fig. 1). La ausencia de una tipología para la cerámica común de esta región justifica la frecuente utilización, en este trabajo, de las tablas tipológicas realizadas para la cerámica de la fase III de El Raso de Candeleda (Fernández Gómez y López Fernández 1990: 109, fig. 7), asentamiento con el que documentamos los paralelos más inmediatos. De los 17 recipientes de cerámica común procedentes del ambiente 4, cinco son de forma indeterminada, mientras que el resto ha podido encuadrarse en los distintos grupos establecidos. Tres fragmentos, a los que hay que añadir el citado fragmento decorado, pertenecen a grandes recipientes destinados al almacenamiento (Fig. 12, no 5 y 6), formas típicas de los grupos 1 y 2 de los vasos de provisiones de El Raso III (Fernández Gómez y López Fernández 1990: fig. 7). Cinco corresponden a ollas que, en algunos casos, presentan indicios de exposición al fuego (Fig. 12, no 7, 8 y 9). Las ollas presentan fondos profundamente cóncavos, siendo un buen ejemplo la olla del ambiente 3 (Fig. 7). Dicha característica es frecuente en el área de la Meseta peninsular, tal y como se ha documentado en el alfar de Las Cogotas II (Padilla Fernández 2011), siendo más escasa en el área meridional. Dos ejemplares de lebrillos podrían destinarse a la preparación de alimentos o, incluso, a la higiene (Fig. 12, no 2 y 3). Estos son, por lo general, de perfil bajo, de tendencia abierta y esferoide, con el borde vuelto hacia fuera. Sin embargo, si en esta área se propuso que la morfología de los lebrillos más frecuente es la que presenta una inflexión angulosa en la parte superior del cuerpo (Fabião 1998: fig. 40, no 2), en este asentamiento el lebrillo más frecuente es, justamente, aquel que hemos descrito previamente. Por tanto, resulta indiscutible la tradición prerromana que se atribuye a estas piezas. El Raso es donde encontramos los análogos más próximos, equiparándose al tipo A3-110 de las cerámicas de la fase III de aquel asentamiento (Fernández Gómez y López Fernández 1990: fig. 7). Tienen el fondo plano y el labio vuelto hacia fuera, presentando perfiles altos, a veces de tendencia esférica. Más raras son las formas destinadas a la mesa. En efecto, en el ambiente 4 solo pudimos identificar un ejemplar de cuenco de difícil interpretación (Fig. 12, no 4). La morfología obliga a considerar la misma influencia antes referida. El perfil del cuenco recuerda a algunas formas de cerámicas decoradas "a peine", típicas del área de la Meseta y que se atribuyen a la cultura de Las Cogotas (Álvarez Sanchís 2010: 294-297), presente en la mayoría de los castros de la II Edad del Hierro de la zona que se considera la región de los vetones (Ruiz Zapatero y Álvarez Sánchez 2002). Asentamientos que, en la mayoría de los casos, permanecieron ocupados hasta final del siglo II e inicio del I a. C. A pesar de ello, es digno de mención la existencia de un ejemplar análogo procedente de El Palomar (González Rodríguez et alii 1999; Sánchez Climent 2016: 259, no 7), ubicado en la región celtibérica, pero los mejores paralelos los encontramos en las necrópolis de El Romazal, Botija, Cáceres (Hernández Hernández y Martín Bravo 2017: 169-174, fig. 131). A pesar de las semejanzas, hay que tener en cuenta que nuestro recipiente cerámico aparece no solo en un contexto considerablemente más tardío, sino que además presenta algunas diferencias morfológicas respecto a las cerámicas "a peine". Desde un punto de vista morfológico tiene un perfil cilíndrico, el borde aplanado y la base convexa con pie saliente. La pasta no es similar a las demás cerámicas de almacenamien-to o de cocina, lo que obliga a plantear que podría tratarse de una importación, mientras que la superficie, de tono negro y brillante, fue pulida. Si bien es cierto que este ejemplar presenta similitudes con los ejemplares de decoración "a peine", no podemos excluir la posibilidad de que se trate de un recipiente que imitase a las vasijas metálicas, situación que está bien documentada en la región celtibérica (Blanco García 2001). Si el recipiente de Cáceres de Santa Marina coincide cronológicamente con estos ejemplares, más difícil es establecer una relación morfológica con el grupo definido como "cerámica gris de imitación de vasos metálicos" (Blanco García 2001). Es evidente, por tanto, que también para este ejemplar hay que tener en cuenta la tradición prerromana. Del ambiente 4 también procede un tonel de cerámica (Fig. 12, no 1). Es un contenedor cilíndrico, de borde vuelto hacia afuera, asas en forma de orejeta con sección circular y que presenta, a uno de los lados, un orificio para el desagüe del contenido que fue realizado antes de la cocción. En el occidente, la mayor concentración se documenta, precisamente, en el área norte de Extremadura (Rodríguez Díaz e Iñesta Mena 1984) y en la zona de Ávila (Fernández Gómez 1986). El tonel se localizó en el interior del ambiente 4, más concretamente en la plataforma destinada al almacenamiento. Su localización junto a la entrada de la estancia no resulta extraña al haberse documentado recipientes similares en una posición análoga en otros asentamientos del área ibérica, donde se ha relacionado con el abastecimiento de agua (Egea Vivancos 2010). El mismo autor subraya la considerable concentración en el área levantina y también en zonas del interior de la península ibérica, como es el caso de Extremadura, sugiriendo una difusión de los toneles desde el área ibérica hacia el interior. Sin embargo, tal propuesta no está exenta de polémica, sobre todo si tenemos en cuenta la escasez de estos recipientes en el área que culturalmente se designa celtibérica (Sánchez Climent 2016: 413). Aunque se deba considerar los toneles una herencia prerromana, pues muchos son de cronología antigua (Gamito 1983: 205-206; Arruda y Freitas 2008: 432), ya fue mencionado que los del área extremeña son en su mayoría más tardíos (Fabião 1998: 60), concretamente, del siglo II o I a. Sobre el contenido, las propuestas habituales los relacionan con el almacenaje de agua (Lillo Carpio 1979: 27; Egea Vivancos 2010) o de líquidos en general (Pérez Mínguez 1988: 6), contemplándose aun su uso para productos lácteos (Mata Parreño y Bonet Rosado 1992: 130; Iborra Eres et alii 2010: 105), entre los cuales destaca la producción de mantequilla. No obstante, no es este el lugar para debatir sobre la funcionalidad concreta de tales recipientes, si bien, es relevante destacar la presencia del orificio de desagüe en uno de los laterales, circunstancia extensible a los seis ejemplares identificados en Cáceres de Santa Marina. Aguardamos el resultado de los análisis de laboratorio que ayudarán a determinar el contenido y que serán publicados en un futuro trabajo. Más allá de la problemática que se relaciona con el contenido de estos contenedores, su presencia se relaciona con labores de abastecimiento del asentamiento. En caso de que se destinasen al almacenamiento de agua, dicho uso tendría sentido si tenemos en cuenta la inexistencia de recursos hídricos naturales en un cerro yermo de considerable altura (más de 200 m desde la base) y en cuyas inmediaciones discurrían varios riachuelos. Frente a los ambientes anteriores, los paramentos que delimitan el espacio 5 presentan una técnica algo diferente (Fig. 13). Aun cuando tienen la misma orientación, la construcción de los muros parece haber sido más cuidada, tal y como queda atestiguado en el carácter regular tanto de su trazado, como de sus paramentos. Asimismo, también se detecta una selección premeditada de la piedra utilizada para tal efecto. Contrariamente a lo que se identificó en el resto de los ambientes, en estos muros no se empleó única y exclusivamente la materia prima propia del cerro, sino que también se recurrió al empleo de material acarreado desde zonas más alejadas, aunque próximas, como es el caso de la pizarra, transportada ex profeso hasta el asentamiento. En cualquier caso, la presencia de tales elementos foráneos no es inédito en el yacimiento, pues ya aludimos a la existencia de proyectiles de piedra procedentes de áreas cercanas (Pereira 2017: 39-40), como parece ser el caso del vecino Valle de los Muertos (Fig. 14). Los indicios de que la inversión en la construcción de este ambiente fue mayor no se limitan a la mampostería y a la materia prima utilizada. Frente al empleo de pavimentos de tierra en el resto de los ambientes, en este caso se recurrió a un suelo a base de grandes y medianos bloques de piedra cuarcita, salvo en el extremo septentrional de la estancia, donde se talló la roca madre para ser adecuada como suelo de uso. Sobre este pavimento parcialmente retallado y regularizado, se dispuso en la zona central una hoguera de arcilla. Suelo de utilización del ambiente 5, donde es visible el hogar (fotografía de los autores). Plano 1:25000, con sobreposición de ortofotos, donde se destaca la localización del Valle de los Muertos. Imagen retirada de sigpac.mapa.es (adaptado por los autores). A pesar de las diferentes edilicias, la estratigrafía puso de manifiesto que la construcción de esta estancia pudo haber sido ligeramente posterior a la del resto de ambientes y su utilización fue contemporánea. Dicha circunstancia está atestiguada por la contemporaneidad de los materiales arqueológicos recuperados y por la propia dinámica de evolución de los edificios, ya que todos parecen estar construidos en función de un espacio común. Asimismo, algunos recipientes que se conservaban in situ en el pasillo detectado entre los ambientes 3 y 5 se apoyaban simultáneamente en las paredes de ambos (Fig. 15). Dicha realidad patentiza un incremento en el número de estancias durante el corto período de ocupación del asentamiento, pero hay que señalar que las nuevas construcciones parecen haber respetado lo que ya existía. A pesar de ello, pero sobre todo en el estado actual de conocimiento, no es posible aún determinar si hubo o no una planificación previa. Los edificios parecen desarrollarse a lo largo del flanco sur de la cima del cerro, flanqueados por dos posibles calles. En cuanto al registro material, los estratos excavados en el interior del ambiente 5 tan solo permitieron la identificación de dos artefactos clasificables: un proyectil de piedra, que se suma a los seis procedentes de los demás contextos, y un fragmento de lebrillo (Fig. 16), análogo al del espacio 4. El recipiente cerámico pertenece al tipo 3 de los vasos de provisiones de la fase III de El Raso (Fernández Gómez y López Fernández 1990: 109, fig. 7). Como señalamos, todos los ambientes descritos conservaban la zona de acceso, con excepción del espacio 5 que se extendía más allá de los límites de la excavación. En todos los casos se abrían a un área común exterior (ver Fig. 3) que podría estar cubierta. De hecho, en la primera campaña de excavación quedó demostrado que la pared natural de la cima del cerro fue utilizada como soporte de estructuras de apoyo para cubiertas (Pereira 2017: 38, fig. 5). Esta zona se correspondería con un pasillo que daba acceso a las distintas estancias y al cual se accedería por la parte inferior de la vertiente. Tal interpretación se fundamenta en la existencia de una plataforma regular que podría tratarse de una calle que Figura 15. Materiales recuperados en el pasillo que separa los ambientes 3 y 5. Pormenor de cómo se articulan con ambas paredes (fotografía de los autores). flanquea los edificios por su lado sur. Asimismo, la recogida de un considerable conjunto de artefactos apoya la relación de este espacio de circulación con cada ambiente, al mismo tiempo que, junto a las entradas, se documentó una acumulación de detritos y cenizas provenientes seguramente de las hogueras. La construcción del ambiente 5 supuso una reducción de la anchura de la citada área de circulación. Dicho episodio tuvo lugar en fechas no muy posteriores a la fundación del asentamiento, lo que atestigua, como mínimo, dos momentos edilicios en un marco temporal no muy extenso. Como hemos señalado previamente, en este presumible espacio público fue recuperado un conjunto considerable de artefactos. De un total de 28, dos son fragmentos de un molino circular (que pertenecieron a la misma pieza encontrada en el ambiente 4), uno es un proyectil de piedra y los restantes se engloban en la categoría de cerámica común. En relación con esta última, cuatro fragmentos no han podido ser clasificados. De los restantes uno de ellos se trata de un gran recipiente del que no se conservaba el borde (Fig. 17, no 5), pero que seguramente se corresponde a los tipos 1 o 2 de las cerámicas de la fase III de El Raso (Fernández Gómez y López Fernández 1990: fig. 7). No es de extrañar la presencia de tales recipientes de cocina, dado que cada estancia contaba con una hoguera. Aunque la morfología de estos recipientes sea transversal desde un punto de vista crono-geográfico, llama la atención un fragmento de olla (Fig. 18, no 2) que presenta una protuberancia en la parte superior del cuerpo semejante a una carena, debajo del borde. Esta característica particular se puede relacionar con tradiciones prerromanas en la región. Dichos recipien-tes suelen ser más frecuentes en el área de la Meseta y en asentamientos anteriores a la llegada de los romanos. Sin embargo, su presencia en yacimientos al sur de Cáceres de Santa Marina también está documentada en fechas similares a las de este yacimiento, en puntos como Castrejón de Capote (Berrocal-Rangel 1989: 280, no 6). La misma tipología de lebrillos localizada en el resto de los ambientes pudo ser reconocida en el área de circulación (Fig. 18, no 5 y 6). En total se documentaron dos fragmentos, uno de ellos procedente de un basurero ubicado junto a la entrada del ambiente 3. Dicho vertedero contenía un variado elenco de recipientes cerámicos incompletos. Del pasillo también procede un fragmento de cuenco que no permite consideraciones (Fig. 18, no 1), ya que se trata de una forma común desde la Edad del Hierro en adelante. Finalmente, la casi totalidad de los toneles procede de esta área, habiéndose identificado ahí cinco ejemplares (Fig. 17, no 1 al 4). Todos ellos presentan afinidades morfológicas entre sí, pero cada uno tiene características particulares propias. Se trata indudablemente de producciones locales/regionales, siendo dicha circunstancia extensible a la totalidad de las cerámicas comunes. Los toneles son cilíndricos y la mayoría tiene acanaladuras coincidentes con el orificio del asa, lo que corrobora su función al ser recipientes que quedarían suspendidos. Además, todos cuentan con un orificio en uno de sus lados destinado al desagüe de su contenido. Algunos presentan una zona central más ancha (Fig. 17, no 2), otros tienen un borde más vuelto hacia fuera y/o moldurado y, en un caso (Fig. 17, no 3), las asas fueron sustituidas por protuberancias, a modo de mamelones, que tendrían la misma función: la de fijar la cuerda de suspensión. NUEVOS DATOS PARA UN DEBATE PERPETUO Una vez presentados los datos relativos a la última intervención arqueológica, se impone ahora un análisis crítico que defina, cronológica y culturalmente, la ocupación del yacimiento y su contextualización en un marco más amplio. Sobre este aspecto, quisiéramos retomar algunas reflexiones recogidas en un trabajo anterior, que creemos que siguen siendo válidas (Pereira 2017). Toneles y gran recipiente recuperados en el área excavada al exterior de los ambientes (elaboración propia). Cerámicas comunes del área exterior común a los ambientes (elaboración propia). A pesar de los avances en el conocimiento del yacimiento, nuestro nivel de información sobre el asentamiento sigue siendo incipiente y limitado. Sin embargo, los datos alcanzados en esta campaña confirman mucho de lo que se avanzó en un primer momento. El área donde se documentó la ocupación romano-republicana fue considerablemente ampliada, detectándose una arquitectura que, por lo general, es similar a la identificada en la primera campaña de excavación. Si inicialmente solo se documentaron construcciones toscas y desalineadas, sugiriéndose una edificación apresurada o, por lo menos, descuidada, la nueva campaña refleja un panorama más complejo, al haberse identificado un ambiente con paramentos bien alineados, de menor grosor, que recurre a materia prima tanto local, como procedente de otras zonas cercanas. En cuanto a la cultura material, aun cuando numéricamente no es muy abundante, en los distintos ambientes se recuperaron elementos que atestiguan una clara ocupación romano-republicana. Entre las piezas más destacadas cabe mencionar los glandes plumbeae que se recogieron en el espacio 4 o el ánfora de tipo Ovoide 4 del ambiente 3. Contrariamente a lo que tradicionalmente se pensaba (Martín Bravo 1995;2009: 147-160), las dos campañas de excavación no han podido identificar ningún estrato ni ningún artefacto relacionable con una ocupación anterior a la presencia romana. Aunque es cierto que no podemos relacionarlo con plena seguridad con los conflictos sertorianos, que probablemente ocurrieron en esta región, la cronología del yacimiento tampoco descarta dicha posibilidad. La datación de la moneda de plata (Pereira 2017: 41, fig. 8) fue determinante para establecer el posible momento de utilización de las construcciones. Tratándose de una acuñación de 80 a. C., consideramos aceptable una cronología para el asentamiento centrada en la década siguiente. No resulta extraña una amortización cronológica en estos términos, pues las mismas consideraciones fueron planteadas para Valentia en circunstancias similares (Alapont Martín et alii 2010: 15-16; Ribera i Lacomba 2014: 67-68). En efecto, es en la zona oriental de la Hispania que mejor se documentan contextos relacionables con los acontecimientos militares ocurridos en el primer tercio del siglo I a. C., donde cabe destacar aquellos que presentan arquitecturas similares y contemporáneas (Sala Sélles et alii 2014: 89). Según las fuentes, Sertorio llega a Hispania por el sur, concretamente a Mons Belleia (Salustio, Historiarum Fragmenta, I, 93-94), que se viene ubicando en Silla del Papa, Bolonia (García Morá 1991: 62; Moret et alii 2008: 3). Desafortunadamente, no resulta fácil reconstituir los pasos de este general después de su estancia en el sur. C. parece ser clave para el contexto de este trabajo, pues con la llegada de Q. Cecilio Metelo, Sertorio se ve obligado a una táctica claramente de defensa y, según García Morá (1991: 84), a retroceder y refugiarse en la zona ubicada entre el Tajo y el Duero. Ante los datos que este yacimiento nos proporciona estamos de acuerdo con lo que algunos de estos autores afirman sobre las referencias del autor clásico, concretamente cuando habla del Tajo, iam repente visus lenire Tagus, y la probable posición de los contingentes (Heras Mora 2018: 96), lo que no permite ubicar a los ejércitos entre el Tajo y el Duero en los años 79 o 78 a. A pesar de ello, debemos reconocer que estas posiciones no eran fijas y menos aún rígidas. Los relatos antiguos son claros en cuanto a la realización de "excursiones" de uno y de otro ejército en territorio enemigo, sobre todo de los contingentes sertorianos, para no mencionar que los "frentes" de conflicto cambiaban continuamente. Estos hechos podrían así justificar la presencia de glandes de plomo más al sur atribuidas a Sertorio, concretamente en Encinasola (Chic-García 1986). Por tanto, la cronología y ubicación del yacimiento de Cáceres de Santa Marina puede ser, a nuestro entender, coincidente con el momento en el que Sertorio y Metelo se enfrentaron en la región cacereña (79-78 a. Las fuentes clásicas son esclarecedoras en este punto, pues es en este momento que ubican los ejércitos senatoriales más al norte, que podemos suponer fue coincidente con la fundación del Castra Caecilia, además de mencionar campañas del ejército de Q. Cecilio Metelo en las cuales el general destruyó pueblos y quemó culturas (Salustio, Historiarum Fragmenta,I,102). Sin embargo, dichas referencias en momento alguno parece que afirmen que esas campañas se realizaron al norte del Tajo. Por otro lado, si la primera campaña de excavación no permitió dilucidar con precisión la función que el asentamiento asumió durante la primera mitad del siglo I a. C., la presencia de una considerable cantidad de proyectiles (de piedra y de plomo), el tipo de arquitectura y la corta ocupación del espacio obligan ahora a sugerir que estuvo relacionado con una posible ocupación militar de carácter temporal (Morillo Cerdán 2008: 74-76;2016) o militarizada. Aunque los proyectiles de piedra no sean relacionables de manera indiscutible con una presencia militar, lo mismo no se puede afirmar acerca de las glandes plumbeae. Además, ya se ha señalado la presencia de otros yacimientos en el entorno de este asentamiento, ocupaciones en altura que parecen ser similares, pero de menor dimensión (Pereira 2017: 44, fig. 10). Las características de estos asentamientos se pueden relacionar, a modo de mera hipótesis, con el control del tránsito hacia el norte en el trazado que se vendría a fosilizar en la Vía de la Plata (Alonso Sánchez 1988: 55-56; Montalvo Frías 2008; Heras Mora 2018: 100-101), atravesando la cadena montañosa situada al sur del Sistema Central por el desfiladero conocido como Puerto de los Castaños. Por tanto, dichos yacimientos podrían relacionarse con una estrategia militar de defensa y control de un territorio que fue teatro de conflictos durante la primera mitad del siglo I a. Retomando el yacimiento objeto de estudio, los testimonios de ocupación no parecen relacionarse con seguridad ni con un poblado, ni con un típico asentamiento militar, si bien, todos los indicios apuntan a esta última opción. En efecto no parece ser razonable decir que se trata de una ocupación militarizada relacionable con una presencia del "ejército oculto" (Fabião 2006: 128-131), ya que en esos casos se registra, por norma general, una ocupación prerromana anterior. Debe mencionarse aun que, a pesar de no haberse intervenido en las áreas limítrofes del yacimiento, se reconocieron estructuras defensivas y una posible puerta idéntica a la de algunos asentamientos prerromanos y romanos (Ruiz Zapatero y Álvarez Sánchez 1995: fig. 4; Berrocal Rangel 2005; Berrocal Rangel y Moret 2010: 340, fig. 4). Aunque ni la topografía, ni la geografía resultan las más adecuadas de cara al establecimiento de un campamento romano de plano ortogonal, es sugerente el hecho de que la ocupación esté orientada al sur, en dirección al campamento senatorial de Cáceres el Viejo. Asimismo, la estrategia de instalación del asentamiento puede no solo residir en el control del camino precedente a la Vía de la Plata, sino también en la utilización del relieve natural que se extiende desde la frontera con Portugal, concretamente desde Monfortinho, hasta fundirse con los relieves de Ibor (ver Fig. 1). Esta orografía da como resultado una barrera natural que, juntamente con el Tajo (que discurre de forma paralela y encajado en el paisaje de esa zona), sería muy difícil de cruzar y esencial a la defensa del territorio al norte. Aunque el asentamiento detectado en Cáceres de Santa Marina sea el más extenso, extendiéndose los vestigios por un área superior a las 5 ha, los otros yacimientos de que se habló son de idéntica morfología, pero menor tamaño. En caso de tratarse de yacimientos contemporáneos, no se puede descartar que formen una línea de defensa o de ataque estratégicamente implantada, aunque dicha hipótesis carece aún de confirmación. Todas las características citadas generan preguntas de difícil respuesta sobre la adscripción militar del asentamiento. ¿Seria, en efecto, un puesto avanzado del campamento romano de Cáceres el Viejo (García Morales 1979)? No resulta fácil encontrar los argumentos necesarios que lo comprueben o refuten. A pesar de ello, algunos indicios parecen contradecir tal propuesta. La posible utilización de esta "muralla" natural puede estar, en realidad, relacionada con el obstáculo en el avance de los ejércitos senatoriales estacionados, a partir de 79 a. De hecho, la ocupación de Cáceres de Santa Marina podría considerarse un asentamiento de lo que François Cadiou consideró "estrategia de guerrilla" ( 2004), ya que no reúne los criterios de cara a una táctica de guerra o de enfrentamiento directo. Considerando estas premisas y la cronología propuesta, los criterios de implantación de la ocupación de Cáceres de Santa Marina no coinciden con aquellos conocidos para los campamentos militares romanos típicos (Morillo Cerdán 2008: 78;2014; Arruda et alii 2018: 223). Cuando comparamos el establecimiento de Cáceres de Santa Marina y Cáceres el Viejo, ambos yacimientos presentan una cultura material y una planta con evidentes diferencias entre ellos, aunque debemos reconocer la contrastante cantidad de información conocida de uno y de otro yacimiento. En ese sentido, creemos que la cultura material puede tener una contribución relevante. A pesar de que las cerámicas de Cáceres el Viejo estén, de momento, en fase de estudio, ya es posible atestiguar que ambos conjuntos muestran claros contrastes. Valga como ejemplo el hecho de que Cáceres el Viejo tiene una cantidad considerable de importaciones itálicas (Ulbert 1984) y producciones locales/regionales que imitan productos foráneos, ya sean los itálicos o los de la Ulterior. Como vimos, aunque la cantidad de los conjuntos cerámicos no sea comparable, en Cáceres de Santa Marina solamente se documentaron algunas importaciones del sur de la península ibérica. Es, por tanto, la cerámica común de producción local/regional la principal fuente que permitirá intuir afinidades o disimilitudes entre los yacimientos de Extremadura y de estos con otros, o bien de la Ulterior o de la zona norte de Hispania. Esta tarea implica grandes dificultades y problemas para los cuales no siempre está garantizada una respuesta, sobre todo cuando tratamos contextos romanos, como es el caso. De hecho, en este periodo es notable la coexistencia de cerámicas romanas con otras de clara tradición indígena, siendo dicha situación particularmente visible en el centro de la península ibérica (Blanco García 2017: 146), región donde la resistencia a la adopción de usos y costumbres romanas habrá sido más persistente, pero que, a pesar ello, también tiene reflejo en el sur (Adroher Aurox 2014: 282-283). Es pues evidente que la cultura material del yacimiento expuesto en este trabajo manifiesta tal resistencia, ya que la gran mayoría de las cerámicas parece ser de inspiración indígena. Mientras, Cáceres el Viejo no solamente importa los productos itálicos, sino que también los produce, síntoma de que las redes de abastecimiento no eran suficientes para satisfacer la demanda de sus ocupantes. En efecto, ni los repertorios formales ni siquiera las pastas de las cerámicas de los dos yacimientos se acercan, aseverando un distinto origen. Sin embargo, el permanente contacto con romanos, desde por lo menos el episodio de Marco Fulvio, en 193 a. C., fue fomentando una transformación de la cultura indígena, perdiéndose gradualmente la decoración "a peine" y uniformizándose las formas lisas en la región (Álvarez Sanchís 2001: 272-276). Por este motivo, las cerámicas reconocidas en Cáceres de Santa Marina no tienen dicha decoración tradicionalmente atribuida a una cultura indígena, si bien existen otras decoraciones más sencillas y transversales. De ese modo, según nuestro entender, la morfología manifiesta influencias claras de las regiones al norte y al este de la Meseta. De hecho, si confrontamos las formas identificadas con las de otros asentamientos contemporáneos, incluso con aquellos ubicados más al sur con los cuales presenta diferencias, como es el caso de Castrejón de Capote (Berrocal-Rangel 1989;1994b), deducimos que la cultura material debe tener influencias de aquellas zonas. La presencia de bases profundamente cóncavas, cuencos aparentemente inspirados en los prototipos decorados "a peine" y un considerable número de recipientes toneliformes corroboran las influencias del área de la Meseta. Las decoraciones "a peine" fueron atribuidas a la cultura de Las Cogotas II (Álvarez Sanchís 2009(Álvarez Sanchís: 49, fig. 4, 2010: 294-297): 294-297), presentes en la mayoría de los castros de la II Edad del Hierro en la que se considera la región de los vetones (Ruiz Zapatero y Álvarez Sánchez 2002), muchos de los cuales permanecieron ocupados hasta final del siglo II e inicio del I a. En cuanto a Valdetorres, parece corresponder a uno de los pocos casos en el que los toneles aparecen asociados a los típicos recintos militares de tipo campamental (Heras Mora 2018: 600). Merece aun destacar la considerada semejanza de las formas cerámicas de nuestro yacimiento con las que fueron documentadas en la fase III del asentamiento de El Raso de Candeleda (Fernández Gómez y López Fernández 1990; Fernández Gómez 2011), momento que los autores colocan en la primera mitad del siglo I a. C. Además de corroborar posibles relaciones con los asentamientos de esa zona, ya sea comerciales o políticas, otorga asimismo a las cerámicas comunes de este asentamiento cronologías tardías. Pero la semejanza más evidente del conjunto se pudo corresponder con los ajuares funerarios de las necrópolis de El Romazal, Botija, Cáceres (Hernández Hernández y Martín Bravo 2017: 313-315). Dicha correspondencia es bastante esclarecedora cuanto a la cronología e influencia de las cerámicas de Cáceres de Santa Marina ya que, siendo tal necrópolis sutilmente más antigua, es prueba de una eventual perduración en los repertorios cerámicos. Más difícil es aclarar si dicha situación es resultado de la resistencia a la cultura romana, de un mayor porcentaje de individuos de ascendencia indígena que mantienen esas costumbres o tan solamente del gusto de la sociedad. Si aquellos yacimientos pertenecen a oppida de la Edad del Hierro con los cuales las cerámicas comunes de Cáceres de Santa Marina presentan afinidades, la misma clasificación podría extenderse al asentamiento. No obstante, considerarlo un oppidum no parece ser lo más correcto, ya que su fundación ocurrió en la primera mitad del siglo I a. C. y tuvo una corta ocupación en el tiempo, aunque dilatada en el espacio. A pesar de ello, y con relación a este punto, debemos asimismo tener en cuenta que, durante el gobierno de Julio César en la Ulterior y con el objetivo de poner fin a las incursiones de vetones y lusitanos, este hizo acciones militares en la zona entre el Tajo y el Duero, obligando a los habitantes de los oppida a descender a zonas más llanas (Álvarez Sanchís 2010: 276). Aunque nos parezca más probable que la ocupación del asentamiento se relacione con episodios de la guerra de Sertorio, o algo posterior, la verdad es que tampoco podemos excluir una relación con aquellas acciones militares, ocurridas en 61 a. No obstante, subrayamos las evidentes diferencias de criterios de implantación respecto a los típicos campamentos romanos. Si aceptamos que en esta región estamos ante una zona de conflicto, no es despropositado pensar que las ocupaciones atestiguadas, tanto en Cáceres de Santa Marina como en el campamento de Cáceres el Viejo, estén relacionadas con tácticas militares realizadas en el ámbito de las guerras sertorianas o, como mínimo, en conflictos temporalmente próximos a ellos. La estrategia de ubicación, la arquitectura, la organización interna, la cultura material, la cronología y la red de yacimientos identificados a lo largo del sistema montañoso hacen plausible que dicha orografía fuera una eventual línea de protección. Sin embargo, debemos admitir que esta línea de defensa puede no estar vinculada con el campamento ubicado más al sur, es decir, con Cáceres el Viejo, y que, por el contrario, pueda relacionarse con otros asentamientos militares construidos durante las acciones de Julio César en esa región. En cualquier caso, a pesar de las evidentes limitaciones a la hora de atribuir la ocupación de Cáceres de Santa Marina a un momento concreto y un episodio bélico específico conocido, parece evidente que la cultura material demuestra una fuerte presencia nativa, como lo comprueba el registro cerámico ahí reconocido. A la vista de lo expuesto, no es fácil asignar un encuadramiento crono-cultural al asentamiento. Tanto la cronología, como los materiales no son suficientemente esclarecedores. Sin embargo, creemos que algunos indicios apuntan en una dirección concreta y permiten algunas consideraciones, como que se trata de una ocupación militar y que pueda relacionarse con el estacionamiento de tropas auxiliares romanas. Más difícil es asignar un momento específico a dicha ocupación o la facción a que perteneció. Aun cuando es muy sugerente relacionarla con conflictos sertorianos, debemos admitir a la vez que no podemos descartar una proximidad temporal a las acciones militares llevadas a cabo por Julio César.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). ibérica, y los resultados de una investigación basada en la experimentación y reconstrucción de instrumental de agrimensura romana. En concreto, se busca reforzar, o rechazar, la hipótesis del empleo de la varatio para la orientación en el terreno, y su posible modo de ejecución: método basado en la aplicación de triángulos rectángulos con catetos en proporción de números naturales. Se postula además la línea meridiana como la generadora de cada nuevo proyecto, incluyéndose un posible procedimiento para su obtención a partir de los preceptos de Vitruvio (De Architectura VI, I). Los resultados del análisis estadístico devuelven una distribución de las orientaciones no aleatoria y que, en muchos casos, está en buen acuerdo con los valores predichos de la aplicación de la técnica de la varatio en sus diferentes variantes. Con esto se pretende determinar si sería factible el empleo de una técnica estandarizada para trazar los patrones de orientación obtenidos. INTRODUCCIÓN La división del terreno era una parte esencial del proceso de expansión y ordenación territorial romano tras una nueva conquista, en la que se incluía la construcción de nuevas parcelaciones, o entes urbanos, especialmente si se trataba de la implantación de una colonia. Para ese menester se requería de responsables oficiales de la obra, como el curator operis que lo coordinaba todo, el architectus, mensor o librator que definía la planta, siendo los gromatici o agrimensores los que marcaban in situ los límites, la medida de las parcelas a crear, y plasmaban su orientación (Lewis 2001). Los tratados de estos expertos están recopilados en el Corpus Agrimensorum Romanorum. Una de las formas más comunes de delimitar el terreno era mediante centuriaciones, que consistían en divisiones cuadradas o rectangulares desarrolladas a partir de un sistema de ejes ortogonales. En la creación de estas parcelaciones entraría la planificación y creación del espacio urbano -normalmente basado en un diseño ortogonal-, precedido de un ritual de inauguración, liderado por un augur, papel que solía asumir el conditor, el magistrado responsable de la fundación, praefectus. Por otra parte, si se concibe el territorio, o territorium, como un espacio dotado de significado, el conocimiento de los modelos de ordenación de esos espacios debería favorecer la comprensión de los procesos históricos de los que resultaron estos. La combinación de principios de practicidad con una voluntad ritual en la ejecución de las obras (Orfila et alii 2017a), conduce a un inevitable planteamiento acerca de las motivaciones que llevaron a elegir las orientaciones de los parcelarios, así como de las técnicas empleadas para su desarrollo. Sobre esta última cuestión trata el presente artículo. Puesto que existen varias posibili-dades e hipótesis sobre cómo los romanos conseguían orientar una ciudad, la cuestión que se nos plantea es si las medidas obtenidas de la orientación de un amplio número de ciudades romanas en la península ibérica se pueden explicar por medio de un método estandarizado ya explorado en trabajos previos: la varatio y su variante con ternas pitagóricas (Orfila y Moranta 2001; Orfila 2012; Equipo Sotoer 2014, Orfila et alii 2017b). Por este motivo, para establecer si este procedimiento se empleaba a la hora de orientar un nuevo asentamiento, se impone realizar una comparación empírica de las orientaciones de un número significativo de ciudades romanas en la península ibérica con los ángulos teóricos que se pueden obtener al aplicar estas técnicas geométricas. DETERMINACIÓN DE ORIENTACIONES SOBRE URBANIZACIONES Y EDIFICIOS EN ÉPOCA ROMANA: CAUSAS En época romana el ideal de la orientación de los viales y edificios era que coincidieran con los puntos cardinales. Recordemos la importancia manifiesta de alinear los ejes principales en las urbanizaciones, el decumano máximo y el cardo máximo, superpuestos, respectivamente, a la línea equinoccial y la meridiana. Una orientación que suponía, además, un símbolo de respeto hacia los dioses, dado que de esta manera se imitaba en tierra la estructura de su morada, el templum caelestis (Chevallier 1967: 6; Castillo Pascual 1993: 144). El cruce de estas líneas asumía el componente ritual y simbólico de la ortogonalidad (Ventura 2008). Un simple repaso a las viñetas que acompañan los escritos de los Gromatici Veteres permite identificar esa figura reiteradamente. Buen ejemplo es el de la Colonia Iulia mencionada por Higinio Gromático y plasmada en el manuscrito Arcerianus A -Wolfenbüttel, Herzog August Bibliothek- (Chouquer y Favory 2001: 282, fig. 17), en donde las vías urbanas y rurales coinciden con esas alineaciones cardinales. Era el paso de un espacio natural a otro antropizado (Rosada 1991), planificado según el diseño de la mente humana, y sometido, siempre prudentemente, a los designios divinos, tal como Higinio Gromático señaló (Hyg. Sin embargo, la realidad empírica parecería indicar que la orientación era determinada por causas relacionadas con el uso y funcionalidad de las infraestructuras a crear, y estaba condicionada por la orografía del terreno (Orfila y Chávez-Álvarez 2014; Orfila et alii 2017b). En este sentido, es significativo el capítulo primero del libro sexto de Vitruvio, dedicado íntegramente a la orientación, en donde señala que un criterio importante a tener presente al iniciar las obras está estrechamente vinculado con el clima, la salubridad y el propio lugar. Vitruvio indicó que las alineaciones elegidas para los viales de la ciudad dependían de los vientos reinantes, puesto que consideraba insano que las calles canalizaran las corrientes que estos producían (Vitruvio vi, i). También aconsejaba sobre la importancia del grado de insolación necesario en los locales del mercado de los foros, para no sufrir las inclemencias del tiempo (Vitruvio vi, i). Por eso los comedores de invierno de las casas y sus salas de baños debían mirar al poniente invernal, pues así tendrían claridad vespertina, y los dormitorios y bibliotecas hacia levante (Vitruvio vi, vii). Varrón también escribió en ese sentido: "La más ventajosa es la orientación hacia levante, que es muy propia para tener sombra en el verano y sol en el invierno" (Varrón i, 12, 1). Estas recomendaciones también recaen en la necesidad de calidez en la zona de almacenamiento de aceite en una villa, o evitarla en el caso del vino (Vitruvio vi, ix). Consejos de orientación que alcanzan a otras construcciones, como los templos (Vitruvio iv, v), en ese caso con una clara intencionalidad cultual, o la necesidad de sol incidiendo en las termas (Vitruvio v, xi), por poner algún otro ejemplo. La figura inicial en forma de cruz también tiene otro cariz pues uno de sus ejes se relaciona con el recorrido del sol en los equinoccios, señalando su orto y ocaso, respectivamente, el este y oeste en el momento del cambio de estación, ya sea en el paso de invierno a primavera (20 o 21 de marzo) o con la llegada del otoño (22 o 23 de septiembre). Ambos posicionamientos son de carácter universal puesto que, en esos días, el sol sale y se pone a 90o en relación con la línea meridiana en cualquier punto del globo terráqueo siempre que el horizonte está despejado y su altura angular sea de 0o. Por otro lado, debe tenerse también en cuenta que, al contrario que en los equinoccios, el acimut de los ortos y ocasos en los solsticios varía en función de la localización geográfica y de la altura del horizonte. Esta variabilidad queda evidenciada en la amplitud del rango de acimut entre ambos ortos solsticiales -el arco comprendido entre las salidas (o puestas) en los solsticios de verano e invierno-en las latitudes a las que se encuentra la franja abarcada por el Imperio Romano, que oscila entre latitud 23o en la frontera egipcia del Imperio y latitud 54o aproximadamente en el muro de Adriano (Costa y Orfila 2014: 152-155, fig. 76; Belmonte y González-García 2013) (Fig. 1). A esto habría que sumar el efecto que produce la altura del horizonte local en la visibilidad de los astros. Además, el valor del ángulo de inclinación del eje de rotación de la Tierra respecto al plano de su órbita alrededor al sol varía a largo plazo debido a efectos gravitacionales, lo que influye en la amplitud de dicho rango de acimut entre los ortos solares de ambos solsticios. Desde época romana hasta hoy en día la amplitud de este rango ha disminuido alrededor de 1⁄4o de acimut en cada extremo solsticial en latitudes medias de la península ibérica; y entran, por tanto, dentro del margen de error estimado para nuestros datos (Ruggles 2015a: 479-481) 7. Estos posicionamientos funcionaron como marcadores temporales, convirtiéndose esas construcciones en calendarios vitales para el reconocimiento de los cambios estacionales u otras fechas relevantes. Un ejemplo significativo de la importancia de los solsticios puede observarse en el trazado urbano de Carthago Nova (González-García et alii 2015) o en el propio Panteón de Roma. En este último, arquitectura y astronomía se combinan, no tanto con la finalidad de realizar mediciones de tiempo precisas, sino para indicar la conexión simbólica entre el edificio, el tiempo y la trayectoria del sol en el curso del año (Hannah y Magli 2011; Lanciano y Virgili 2016). En otras ocasiones se ha interpretado que los trazados estuvieran orientados a posiciones del sol en otros días especiales. Entre ellos, la conmemoración del dies natalicius urbis (Ekcstein 1979), el del nacimiento de la propia ciudad. Así, en Roma, las orientaciones de los edificios del Area Sacra de Largo Argentina y el teatro de Pompeyo, están alineados según la puesta del sol del 21 de abril, mientras que la Porticus Liviae lo está al alba del mismo día (Capone 1991: 60), fecha mítica de la fundación de la Urbs por Rómulo. En esta misma línea pudieron ser utilizados el día del nacimiento de Augusto, como se propone para la orientación del Ara Ubiorum (Colonia) (Espinosa Espinosa y González-García 2017), o del fundador de una ciudad determinada. Se ha propuesto que en la ciudad helenística de Alejandría se alineó el eje principal de la ciudad, la vía Canópica, con el orto del sol en el probable día del nacimiento de Alejandro Magno, el 20 de julio (Ferro y Magli 2012: 387). Los posicionamientos lunares tampoco se descartan como origen de algunos alineamientos, y de hecho, Vitruvio también recurrió a ellos como modo de contabilización del tiempo (Vitruvio ix, ii). En otros casos, las interpretaciones astronómicas asocian las orientaciones a puntos en donde aparecen determinadas estrellas en el firmamento. Una de ellas sería Sirio, con la que se relaciona la orientación de la ciudad de Sabratha, en Tripolitania (Esteban et alii 2001; Belmonte y Hoskin 2002), y probablemente también la de Sufetula en el Africa Proconsularis (Belmonte et alii 2006: 77-79). Pero estas no fueron las únicas causas que determinaron las orientaciones. Tal como ya se ha insinuado más arriba, cuestiones de tipo práctico, como las pendientes, adaptarse a las curvas de nivel, vías de comunicación preexistentes, ríos o líneas de costa y montaña, facilitar los drenajes y que el agua corra gracias a la acción de la gravedad, entre otras cuestiones, también se tuvieron en cuenta para elegir la orientación adecuada de muchas obras (Le Gall 1975: 309). Autores como Frontino, Higinio Gromático o Pseudo Higinio, relacionaron criterios como estos a la hora de decidir sobre la orientación a conferir a las divisiones rurales (Rossella Filippi 1983: 125-126; Orfila y Chávez-Álvarez 2014a: 64; Orfila et alii 2017b). Influyeron, por ejemplo, razones de estrategia militar a la hora de implantar un campamento para poder desarrollar tácticas militares en contra del enemigo, o de tipo nodal si era una ciudad de carácter comercial, al conferir, por su orientación, la visualización de las vías de comunicación por donde se circularía. Por otra parte, la vecindad entre ager diuisus et adsignatus de dos demarcaciones administrativas diferentes, como indicó Higinio Gromático, obligaba a que cada centuriatio determinara orientaciones distintas para distinguirlas claramente entre sí (Hyg. Frente a estos planteamientos, existen también voces que indican que esas orientaciones dispares fueron producto del azar. Es el caso de Peterson (2007) 8, quien señala, en la publicación titulada muy explícitamente Random Orientation of Roman Camps, que la coincidencia de orientaciones no fue debida a la aplicación de una misma técnica y con unos mismos criterios, sino que fueron producto del azar (Peterson 2007: 106). LA DETERMINACIÓN DE LAS ORIENTACIONES: CONDICIONANTES Y RESTRICCIONES No parece que la orientación de las estructuras se dejara al azar, como tampoco parece muy práctico, salvo casos excepcionales, que para calibrar y revisar las alineaciones de, por ejemplo, una centuriación con una groma, se debiera esperar un año en el caso de haberse tomado como referencia el orto del sol en un día en concreto. Quid ergo?", cuando señalaba que se equivocan los que se dejan guiar por el movimiento del sol, es decir, tomando como referencias su salida y/o puesta y colocando la groma de acuerdo a esa premisa (La. Las figuras obtenidas con ella, de componente axial, han marcado, de una manera u otra, la estructuración de la mayoría de las obras del mundo romano (Behrends 1992), cuyo resultado son estructuras en cuadrículas. 16, 80), es decir, que cada mínima parte del campo debía estar a disposición del mensor y sometido a lo que exigía el método de los ángulos rectos, única forma para conseguir superficies ortogonales, en retícula. Pero la groma tenía sus limitaciones. Las recreaciones que se han hecho del instrumento desde el Equipo Sotoer, enmarcadas en el desarrollo de proyectos de investigación subvencionados por el Ministerio de Economía y Competitividad, la Universidad de Granada y el Parque de las Ciencias de esta ciudad, así como la experimentación con apoyo de réplicas de otras piezas que acompañaban a la misma, como metae, perticae, etc. (Chouquer y Favory 2001: 65-71), nos han permitido estimar el alcance de la groma, que no sobrepasa los cuarenta metros si se quiere señalar con precisión un punto perfectamente alineado. Eso es consecuencia del llamado efecto de viñeteo, que dificulta la visualización de las metae de manera nítida a partir de esa distancia (Orfila et alii 2014b: 126-129). En este sentido, es importante recordar que en época romana no se tenía la ayuda de la óptica, como sí se tiene desde hace unos siglos. En consecuencia, lo máximo que se podría señalar son superficies que no sobrepasaran los 80 metros de lado (Orfila et alii 2017b) 10. No debe extrañar, por tanto, que las medidas básicas de extensión de superficie sean múltiplos de un actus cuadrado, área cuyo lado mide 120 pies, correspondientes a unos 35,5 metros. Dado que la groma funcionaba ubicándola en el centro de un cruce perpendicular de alineaciones, quiere decir que el alcance total se multiplica por dos. En ese caso, al ubicarla en el centro de un heredium, desde cada brazo se podía señalar con precisión un actus, alcanzando de punta a punta 240 pies, (cuatro actus quadratus), equivalentes a 71 m de lado. Al trabajar en tramos cortos, como los señalados en el párrafo anterior, no extraña que se perciban hoy variaciones mínimas de sus orientaciones entre cada uno de ellos. A ese efecto debe añadirse el paso del tiempo, que siempre va deformando las alineaciones. Es por ello que, en una construcción reflejada sobre planimetría a escala 1:20, puede dar la sensación de que cada uno de esos tramos tiene una alineación diferente entre sí, pero, el resultado final de toda la obra realmente sí sigue una misma alineación a larga escala. Ese hecho nos acerca a la realidad del acabado de las obras, no siempre perfecto (Dall'Aglio 2004). A las limitaciones del instrumental, debe sumarse otra cuestión: el modo de cálculo utilizado en época antigua. Al basarse en una contabilización a partir de unidades, es evidente que determinados ejercicios no se podían realizar con precisión. De ahí que, tal como indicó Gros (1976), los números irracionales se representaran con valores de aproximación a través de fracciones (Neugebauer 1969); de hecho, los romanos utilizaban fracciones en todo tipo de cuentas (Peterson 1992). Si de nuevo recurrimos a Vitruvio, se tienen muy buenos ejemplos de ese uso de fracciones en las relaciones que él mismo propone para conseguir superficies armónicas. El templo toscano debe ser equivalente en sus lados a la relación 6:5 (iv, viii), 2:3 para los foros (v, i), 1:2 o 1:3 para las basílicas (v, i), y las opciones 3:5 y 3:2 para las medidas de los atrios (vi). En el caso de calibrar el desvío de alineaciones desde una línea de referencia, el modo de cálculo no pudo ser otro que el de fracciones, que es lo que aplica Marcus Iunius Nypsus en el siglo II d. C. -si bien es posible que se aplicase con anterioridad-al describir la técnica de la varatio11, utilizando la figura geométrica de los triángulos rectángulos. Esta explicación aparece dentro del conjunto de obras que conforman el Corpus de los Gromatici Veteres, del que Chouquer (2004) realizó una nueva interpretación al asociar su redacción al catastro que hubo de realizarse tras el incendio del archivum de Roma. Así, Nypsius explica cómo identificar los limites de unas parcelaciones de un ager diuisus et adsignatus con otras, a través de la identificación de la ratio a la que se orientaron cada una de ellas, es decir, a través de la varatio. PROPUESTA DE PROCEDIMIENTO DE PLASMACIÓN SOBRE EL TERRENO DE UNA ORIENTACIÓN DETERMINADA Según nuestra propuesta, evidentemente no dogmática, pero sí resolutiva en muchos casos, el primer paso que debía darse para determinar una orientación era precisamente localizar esa línea generadora gracias a la ayuda de un gnomon. Este era el instrumento que autores clásicos como Vitruvio (ix, i y vi) e Higinio, recomendaban utilizar para ese menester (Castillo Pascual 1996: 90). Si no era conveniente alinear la obra a los puntos cardinales, se determinaba la orientación elegida utilizando la técnica de la varatio (Roth Congés 1996; Orfila 2012; Equipo Sotoer 2014; Orfila et alii 2017b). En este caso, se tomaría un triángulo rectángulo con los catetos en proporción de números enteros y se colocarían estos a lo largo de los ejes cardinales. Según la ratio elegida entre las unidades dadas a cada uno de los catetos, varía la orientación respecto al norte, dependiendo de la hipotenusa resultante (Fig. 2A: 3a, 3b), sobre la que se podría trazar la línea perpendicular mediante su bisectriz. Otra manera de trazar la perpendicular sería alineando uno de los ejes de la groma con la hipotenusa resultante de modo que el otro eje daría la orientación ortogonal. De este modo se establecería una nueva cruceta cuyo punto central se convertía en el locus gromae del trazado (Fig. 2A: 3a y 3b). Pero, debido a la simetría intrínseca del cálculo de ángulos de la varatio, al recrearse solares de forma cuadrangular o rectangular, del total de los 360o de una circunferencia, debe restringirse a un octavo, que son 45o, reduciéndose ese número de posibilidades al fusionar orientaciones opuestas, como por ejemplo 1:3 y 3:1. Al mismo tiempo, cada fracción tiene su equivalente en grados (Equipo Sotoer 2014: 85) 12, luego se ha de evitar repetir ángulos iguales, como serían los resultantes Figura 2. A Representación del procedimiento a través de las ternas pitagóricas (2a, 2b) y de la varatio (3a, 3b). B Abanico con las diversas opciones plausibles de ser proyectadas a través de la varatio (elaboración propia). Por otra parte, si los triángulos rectángulos empleados eran coincidentes con ternas pitagóricas, se podía producir un nuevo modo de ejecución en el proceso de determinación de una orientación. En este caso ubicando la hipotenusa de uno de estos triángulos sobre uno de los ejes cardinales, en principio el nortesur estacionando la groma en la confluencia de los dos catetos -locus gromae-(Fig. 2A: 2a, 2b), reflejo de la orientación que se quería conferir a ese nuevo trazado. En este caso, las posibilidades que ofrece este modo de proceder son menores que las de la propia varatio (Orfila et alii 2014d: 96), y, a la par, coincidentes en el resultado final; la única diferencia es que es factible reproducir la figura de la planta que se quiere desarrollar utilizando un mínimo de instrumentos. De nuevo, las dimensiones del trazado a generar no pueden superar una superficie muy amplia, dado que los errores de cálculo se irían acumulando progresivamente, y no sería operativo. COMPROBACIONES SOBRE PLANIMETRÍAS Y RESTOS ARQUEOLÓGICOS Tradicionalmente, las líneas que marcan el norte sobre las planimetrías de restos arqueológicos se han obtenido mediante la ayuda de brújulas. Su consecuencia ha sido que lo plasmado en ellas habitualmente haya sido el norte magnético (Le Gall 1975; Romano 1991: 24-26), sin calibrar, en muchas ocasiones, su desviación respecto al norte real, ni indicar la naturaleza de medida magnética de tal coordenada consignada en los mapas. Al igual que en trabajos previos de arqueoastronomía (Magli 2008; González-García et alii 2014) en el presente artículo también hemos incidido en este tema, que de hecho ha dificultado los trabajos de comprobación del uso de la varatio para la orientación de infraestructuras, dado que en ocasiones no ha sido posible usar como referencia el norte plasmado en las publicaciones por resultar poco fiable (Orfila y Chávez-Álvarez 2014: 112-114). De ahí el planteamiento de los proyectos Sotoer 1 y 2, de reproducir in situ los ejes cardinales con un gnomon en los propios yacimientos (Costa y Orfila 2014). Los resultados de estas comprobaciones, calibrando las orientaciones respecto al norte geográfico (Orfila 2012; Orfila et alii 2014; Sánchez y Marín 2014), permiten afirmar que en todas ellas se ha podido identificar bien el uso de la varatio en la determinación de las alineaciones, o bien la aplicación de lo que denominamos "ternas pitagóricas" (Fig. 3). En planimetrías en las que se ha comprobado que lo que se refleja es el norte geográfico presentamos algunos ejemplos de la aplicación de estas "ternas pitagóricas": como en la alineación de Alejandría (a latitud 31o), citada con anterioridad y ejemplo de ciudad simbólica (Haselberger 1999: 93; Ferro y Magli 2012: 386), equivalente a la terna 5:12:13. En el caso de las planimetrías de Barcino o de la parcelación en torno a Ebora, su orientación parece coincidir con la aplicación de la terna 3:4:5 (Orfila et alii 2014d: 106). El uso de la varatio también se ha deducido a partir del análisis sobre planimetrías publicadas. Welfare y Swan (1995) presentaron las orientaciones de diversos campamentos romanos de Inglaterra, afirmando que algunos de ellos compartían una misma orientación, pero que esta se debía al relieve de la zona y a la existencia de vías cercanas a los mismos. Richardson hizo una revisión de 67 orientaciones, determinando que el desvío con respecto al norte se relacionaba con el uso de triángulos de ángulo recto, en los que los valores de los catetos fueron en unidades, es decir, en fracciones, como 2/3, 2/5, 3/4, etc. (Richardson 2005: 418). Por otro lado, un estudio posterior de los lugares estudiados por Richardson en Gran Bretaña que considera también el horizonte circundante a cada lugar, apunta a una posible intencionalidad astronómica en su orientación relacionada con ortos y ocasos solares en fechas relevantes del calendario militar romano; como el 1 de marzo (Rodríguez-Antón et alii 2016b). En relación con estos resultados y los de otros publicados con posterioridad para ciudades en diferentes regiones de lo que fue el imperio romano (Magli 2008; González-García y Magli 2015; Rodríguez-Antón et alii 2016a; Rodríguez-Antón et alii 2018a), basados en el estudio estadístico de un corpus relativamente completo de orientaciones, se concluyó el carácter solar y no aleatorio de estas. Por ejemplo, Giulio Magli, apoyándose en un listado de 38 ciudades en Italia, identificó 5 que tenían una divergencia referente al norte que oscilaba entre 36o y 37o, una variación muy cercana a los 36o30', correspondientes a la ratio 3:4 propuesta por nosotros usando ternas pitagóricas. Con su eje girado hacia el NE cita a Ariminum (Rímini) a 37o y Verona a 36o; hacia el SE, Augusta Bagiennorum (Bene Vagienna) a 36o, y Alba Fucens (Massa d'Albe) y Grumentum (Grumento Nova) a 37o; un poco más alejadas señala a Cosa y Luni a 38o al SE (Magli 2008: 67, tabla i). Otro ejemplo lo constituye el santuario de la ciudad de Nertobriga (Berrocal-Rangel et alii 2014), cuyas orientaciones, presentadas en grados, tienen sus correspondencias en ratios de varatio o fracciones, según se quiera denominar (Orfila et alii 2017b). Incluimos aquí una tabla (Fig. 4) en la que se recogen comprobaciones que se han llevado a cabo in situ, utilizando el instrumental y procedimiento descritos en las fuentes literarias, combinando el gnomon con la groma, y recogiendo los datos obtenidos mediante Estación Total para luego volcarlos sobre planimetría con el programa Autocad. En todos los casos se han identificado desviaciones en relación con la línea meridiana que responden bien a alguna ratio de la varatio o bien a alguna "terna pitagórica". Junto a estas comprobaciones, de forma paralela y en el marco de los Proyectos OAS iii y iv del Plan Nacional de Astronomía y Astrofísica (Belmonte et alii 2016), se han realizado una serie de pruebas sobre diferentes ciudades hispano-romanas, en este caso, comprobando las orientaciones in situ con instrumentos modernos. Hasta la fecha se cuenta con una muestra de 81 medidas de orientaciones de ciudades de distinto estatus y de campamentos romanos (Rodríguez-Antón et alii 2018). En ellas se ha medido el Figura 3. Aplicación de la varatio y su variante con ternas pitagóricas en Clunia (elaboración propia). acimut de la trama urbana, bien a partir de los restos de esta en las vías y calles o a partir de los ejes de las plazas públicas (fora) o de otras estructuras edilicias. En aquellos casos en los que se cuenta con más de una medida, bien por un cambio de orientación tras una ampliación/refundación (como puede ser el caso de Itálica), bien por la existencia de un foro y una trama con orientaciones no coincidentes, se consideran ambas. Las medidas se han realizado con una brújula de precisión, corrigiendo la declinación magnética en cada caso particular basándonos en un modelo de magnetismo terrestre reciente: World Magnetic Model (WMM) 14. En cada yacimiento se realizaron varias medidas con más de un instrumento con el objetivo de obtener valores más aproximados a los reales, de modo que lo que se representa son los valores medios obtenidos en cada lugar. Esto es necesario dado el deterioro, en mayor o menor grado, de los restos arqueológicos con el paso del tiempo, además de por la 14 Figura 4. Resultados obtenidos a través de instrumental recreado de época romana (elaboración propia). 1 En la medición llevada a cabo en esta ciudad en el año 2010, manualmente a través del traslado por triangulación de la línea de la pared chequeada sobre la línea norte obtenida mediante un gnomon de obra, se apercibió una relación a través de "ternas pitagóricas" 3:4:5. Posteriormente, en el chequeo llevado a cabo en septiembre de 2015 pudo comprobarse, utilizando Estación Total, que se podía contabilizar el desvío en relación al norte, mediante la varatio fracción 2:3. 2 En el test llevado a cabo sobre imagen de Google Earth (Equipo sotoer 2014: 79) se apreció una relación de varatio de 3:5. irregularidad intrínseca de las propias estructuras derivadas de las limitaciones técnicas de la época. Una medida individual con la brújula de precisión tiene un error nominal de ±1⁄4°. El error medio en la declinación magnética calculada por el NOAA (National Oceanic and Atmosferic Administration) a partir del WMM (World Magnetic Model) es ±1⁄2o, de modo que se establece un error de ±1⁄2o para el acimut. Hay factores, como el estado de conservación de los restos, que hacen que podamos considerar mayor incertidumbre en algunos lugares, pero para el análisis inicial de la muestra consideramos el mismo error en todos los casos, siendo conscientes de la necesidad de ajustar estos errores en sitios particulares. En la Figura 5 se muestra el mapa con los lugares cuyas orientaciones se han incluido en este trabajo. Respecto a la varatio, en primer lugar, se han calculado los valores de los ángulos de proporciones hasta 12:12, evitando repetir ángulos iguales originados por lados en igual relación de proporcionalidad -como en el caso de 1:3, 2:6, etc. en el que solo se ha tenido en cuenta el 1:3-como ya se ha indicado previamente. La idea de usar valores hasta 12:12 viene motivada porque los triángulos pitagóricos más sencillos son el 3:4:5 y el 5:12:13, marcando este último un límite superior a los valores de varatio considerados en este estudio. Se ha establecido este límite a partir del uso de la terna 5:12:13 en la arquitectura romana (Roskams 2001: 96; Orfila 2014b: 67) y porque, a falta de otro criterio reflejado en las fuentes, la elección de otro valor habría sido puramente subjetiva. No obstante, a la hora de discernir la aplicación de una relación de varatio en general se considerará más plausible aquella que involucre números menores, por ser de más fácil manejo. De este modo se recrean los posibles ángulos que subtendería una ciudad si se aplicase una determinada varatio colocando los catetos del triángulo sobre los ejes cardinales (Fig. 2A: 3a, 3b). Para su obtención se ha procedido calculando la arcotangente para cada par de catetos, llamémoslos x, y, de los triángulos involucrados. De esta forma el ángulo de orientación sería α o bien, su simétrico, 360o−α. La orientación escogida para la trama urbana sería la de la hipotenusa y su perpendicular, trazada mediante el uso de la groma o la bisectriz. Asentamientos romanos cuyas orientaciones se incluyen en la muestra estudiada. Estos datos han sido tomados con una brújula de precisión y corregidos de declinación magnética (ver texto) (elaboración propia). La Figura 6 muestra la gama de orientaciones posibles resultantes de esta primera forma de aplicación de la varatio. Los resultados están expresados para los cuatro ejes del entramado urbano, y dada la simetría del proceso, observamos que se repiten los patrones en cada sector de circunferencia delimitado por los puntos cardinales. Para la representación de los datos se han usado curvigramas frente a los tradicionales histogramas de cajas. En este caso lo que se representa son funciones continuas que suavizan el histograma de cajas al multiplicar los valores de la muestra por la función de densidad llamada kernel, de utilidad cuando la distribución de datos no sigue una conocida (gaussiana, exponencial, etc.). El kernel define la forma de los máximos y se le asigna un ancho de banda que influye en el aspecto de la distribución resultante al afectar a la dispersión de probabilidad en torno a un punto. En este caso se ha usado un kernel de Epanechnikov, pues en el gaussiano los máximos son más anchos y afectaría a su significancia, y en la Figura 6 se ha escogido un ancho de banda de 1o. El ancho de banda escogido se adapta al tamaño de la muestra, a la densidad de datos y al error, de modo que el curvigrama resultante se puedan apreciar con claridad los máximos principales. Así, en la Figura 7 se observa esta misma distribución restringida a un sector entre los ángulos [45o, 135o]. La motivación de escoger tal división es que, siguiendo una definición puramente geométrica, podríamos considerar como un decumano la calle que transcurre dentro de este sector de acimut, mientras que si tiene un ángulo menor a 45o o mayor que 135o pasaría a ser un cardo. Es, por tanto, una de las divisiones simétricas posibles del diagrama de la Figura 6. En la Figura 7 se incluye también la distribución de acimuts de los asentamientos romanos, para lo que se ha usado un ancho de banda de 1o escogiendo el doble del error de acimut y atendiendo al tamaño de la muestra. Esta última distribución es exactamente igual en los tres sectores restantes de la circunferencia debido a la ortogonalidad de las tramas urbanas estudiadas. Los valores de los máximos de acimut indicados en la Figura 7 se muestran en la tabla de la Figura 8 con números romanos. Los valores de las orientaciones de cada lugar y las varationes que mejor se ajustan a estos se pueden consultar en la tabla de la Figura 9. Con el fin de comparar si una dirección en la práctica es compatible con los métodos geométricos propuestos, se ha considerado un valor conservador de ±2o, derivado de los propios errores de las medidas de acimut (±1⁄2o) y de los derivados de la aplicación de la varatio, que hemos considerado 1,5o como aproximación en este trabajo. A primera vista, aunque existen máximos de ambas distribuciones que coinciden con mínimos y viceversa, lo realmente interesante es la aparente coincidencia de los mínimos principales de varatio con mínimos de acimut de la muestra, lo que indica una menor presencia de orientaciones hacia ángulos que no se corresponden con una varatio. Estos mínimos absolutos coincidentes se encuentran en los puntos cardinales (aunque Basti y Gerunda tienen orientación cardinal) y en los inter-cardinales (45o, 135o, 225o y 315o); estos últimos actúan como límites de cada sector de acimut de anchura de 90o y sus valores coinciden con la varatio 1:1. Otro mínimo relativo coinci-Figura 6. Solo se incluyen una vez las relaciones de proporcionalidad equivalentes puesto que devuelven el mismo ángulo; esto es, se considera 1:3 y no 2:6 o 4:12 y lo mismo para el resto de fracciones que guardan equivalencia entre sí (elaboración propia). Histograma de acimut de la muestra de orientaciones estudiada (gris claro) frente a la distribución de los mismos ángulos de varatio de la figura anterior (gris oscuro) para un sector de 90o de amplitud, correspondiente a la fracción de horizonte en la que consideramos que se encontraría un decumano y centrada en el punto cardinal este (línea discontinua) (elaboración propia). dente estaría en torno a 65o, que podría corresponderse con valores de varatio de 11:5, 7:3 o 9:4. Resulta interesante también, advertir que los acimuts de varios de los picos coinciden con varationes sencillas; por ejemplo el ii con 1:3 o el viii con 3:5 como una de sus posibilidades. Como ya se ha mencionado en secciones anteriores, existe una simetría dentro de un sector de 90o de anchura como el escogido para representar la Figura 7, de manera que los ángulos tanto de las orientaciones de las ciudades como de las varationes pueden restringirse a un sector de 45o de amplitud. De este modo, al considerar el sector [0o, 45o] se estaría atendiendo a las orientaciones iguales pero opuestas respecto a la línea norte-sur. Así, en este caso se tienen en cuenta simultáneamente ratios que involucran lados iguales independientemente de su configuración a lo largo de los ejes cardinales -por ejemplo, las varationes 1:3 y 3:1 se consideran como una única: la 1:3-. Como ya se dijo en la Sección 4, mediante este ejercicio se limita el número de posibles relaciones de proporcionalidad, lo que facilita su asociación con los acimuts de las ciudades. El procedimiento para restringir los datos al sector [0o, 45o] consiste en no modificar aquellos acimuts con valores dentro de este rango y, para los que coinciden con ángulos comprendidos entre [45o, 90o], se toma el ángulo subtendido respecto a 45o que llamamos Ф. Este se tiene en cuenta para el cálculo del nuevo ángulo respecto al norte, que denominamos α. De este modo, los ángulos que antes se orientaban al oeste de la línea meridiana son ahora α=45o -Ф. El resultado de este cálculo se representa en la Figura 10, y los valores de los máximos que en esta aparecen están recogidos en la tabla de la Figura 11. El ancho de banda escogido para representar estos histogramas es de 3⁄4o, al aumentar en número de elementos de la muestra disponibles por sector. De este modo es posible apreciar los patrones de orientación existentes con menor dispersión, sin que la distribución adquiera un aspecto demasiado suavizado (manteniendo un valor de 1o), o demasiado "dentado" si se escogiese un valor muy pequeño. Al tener un rango de acimut más pequeño con el mismo número de medidas, conviene reducir el criterio por el que se aproxima un acimut a una relación de varatio, estableciendo en este caso un margen de ±1o. Por simetría, si se compara este histograma (Fig. 10) con el de la Figura 7, se extrae que el máximo x contiene las medidas que aparecen en los picos iv y v de la Figura 7 y, en la misma línea, el xi aglutina el iii y el vi, el xii los ii y vii y el xiii los máximos i y viii (ver valores en las tablas de las Figs. El siguiente paso ha sido comprobar la presencia de ciudades cuyas orientaciones se ajustaran al empleo de ternas pitagóricas, otra de las hipótesis principales planteadas en el presente artículo (Fig. 2A: 2a,2b En la Figura 12 se aprecia la distribución de acimuts de la muestra y se indican los ángulos correspondientes a las ternas 3:4:5 y 5:12:13, las más bajas y utilizadas habitualmente en la antigüedad, tal como se ha indicado en las secciones previas (Gros 1976: 676; Roskam 2001: 96; Orfila 2014a: 67). Si bien es lógico pensar que primaría la aplicación de variationes más sencillas, el hecho de introducirlas en la gráfica sirve como primera aproximación para corroborar o descartar un posible uso de estas relaciones. Para responder a la pregunta de si la distribución de orientaciones de las ciudades romanas en Hispania podría obtenerse de los ángulos disponibles por el método de la varatio, hemos realizado la comparación de ambas distribuciones a través de un test de Kolmogorov-Smirnov (Baxter 2015). Este test comprueba si dos distribuciones de datos provienen de una misma población raíz. Esta es la hipótesis nula que vamos a comprobar. Si obtenemos valores de probabilidad muy bajos (en general definiremos nuestro criterio de rechazo con probabilidad menor a 0,05, es decir, un nivel de confianza del 95 %), podremos rechazar la hipótesis nula y concluir que las orientaciones no se han obtenido mediante el método de la varatio. En este caso hemos realizado el test restringiéndonos a los rangos [0o, 90o] y [0o, 45o] en los que hemos considerado los mismos valores de acimut y varatio que en las Figuras 7 y 10, respectivamente. Ambos valores son mayores que 0,05, luego no permiten descartar el uso de la varatio para la obtención de estas orientaciones; si bien tampoco afirma que ambas muestras tengan un mismo origen. Histograma de acimut de la muestra de orientaciones estudiada (gris claro) y distribución de los mismos ángulos de varatio que en la figura anterior (línea negra) para un sector de 45o de amplitud. Los valores de los máximos de acimut indicados con números romanos se muestran en la Figura 11 (elaboración propia). Histograma de acimut de la muestra de orientaciones estudiada (gris claro) y distribución de los mismos ángulos de varatio que en la figura anterior (gris oscuro) para un sector de 45o de amplitud. Máximos correspondientes al histograma de acimut en un sector de 45o de amplitud, indicados en la Figura 10 en la que se incluyen los ángulos correspondientes a cada máximo y las varationes que más se ajusta a esos valores (elaboración propia). La frase de Vitruvio: "en la Arquitectura hay dos términos: lo significado y lo que significa. La cosa significada es aquella de la que uno se propone tratar; la significante es la demostración desarrollada mediante principios científicos" (Vitruvio i, i), resume, en cierta manera, los propósitos de este escrito. En este caso focalizamos nuestros estudios en uno de los componentes de las construcciones: su orientación. En su elección tienen que ver diversidad de causas, tanto de tipo rituales como prácticas, hipotecadas ambas por el procedimiento que se aplicó para ejecutarlas. En este trabajo se han analizado un número considerable de alineaciones de estructuras romanas, tomadas in situ mediante dos procedimientos tal como se ha indicado: uno como podría haber sido el modo romano y el otro con metodología actual. La aplicación en paralelo de los dos sistemas de reconocimiento ha permitido comparar los resultados obtenidos, que han sido parejos. Las comprobaciones in situ han puesto en evidencia, también, las dificultades a las que se enfrentaron los topógrafos, ingenieros y arquitectos de época romana, más teniendo en cuenta la operatividad del aparataje con el que se contaba -limitaciones técnicas y alcance de los aparatos-. En esos procesos, tal como Adam ya indicó, construcciones arquitectónicas, obras públicas, catastros rurales y urbanos, etc., fueron resultado de la aplicación de unas técnicas sistemáticas que tenían como preámbulo una operación topográfica (Adam 1982). Esa parte intermedia entre el plano dibujado por quien diseñó la obra y su plasmación sobre el terreno, es lo que se analiza en el procedimiento aplicado, dado que era en ese paso cuando se establecía la orientación elegida para la obra a ejecutar. Los resultados sugieren que las orientaciones estudiadas no son aleatorias, pues aparecen una serie de máximos en las distribuciones que indican la existencia de patrones bien definidos. Se encuentran además unos mínimos absolutos que coindicen con valores que no se corresponden con un ángulo de varatio. En un trabajo publicado recientemente, se han hallado interesantes similitudes entre los ángulos de varatio más frecuentes en Hispania con acimuts del sol en días señalados del calendario romano. Esto puede sugerir la presencia de cierta intencionalidad astronómica del empleo de algunas variationes o triángulos pitagóricos en casos en los que la observación directa de los fenómenos astronómicos no fuera posible (Rodríguez-Antón et alii 2019); pues para obtener una orientación astronómica se ha de tener en cuenta el efecto que produce el horizonte local sobre la visibilidad de los objetos. Por estos motivos, nuestra propuesta, para nada dogmática, es una opción basada en el uso de la varatio como modus operandi para plasmar algunas orientaciones determinadas sobre estructuras ortogonales. Una técnica que pudo ser utilizada tanto en ámbitos rurales como urbanos, dada la cantidad de bienes que, una vez estudiados, han demostrado orientarse en base a ángulos susceptibles de ser obtenidos mediante opciones de varatio sencillas y una solución geométrica hábil que usa fracciones para representar relaciones entre números enteros. En el proceso de creación de estos espacios rectangulares o cuadrados, es necesario tener una línea de referencia, siendo nuestra propuesta, como se ha repetido, la que une el polo norte con el sur. Quiere eso decir que en determinados casos las medidas sobre bienes inmuebles pueden tener lecturas "diferentes". Cabe recordar que el margen de actuación, la variabilidad que ofrece la aplicación de la varatio a la que se suma la opción de "ternas pitagóricas", tiene un límite de posibilidades dado que es un modelo estandarizado. En esos casos, habría que valorar cuál es la relación de varatio más plausible (seguramente la más sencilla). La utilización de ese procedimiento significa que se pueden repetir alineaciones con una misma orientación sumando solares en un mismo territorio, acumulando largas distancias; se pueden copiar orientaciones de lugares lejanos y reproducirlas en nuevos proyectos, simplemente aplicando el mismo juego de fracciones en relación con la línea de referencia, la generadora, que en este caso estimamos que es la meridiana. La coincidencia de los mínimos principales de las distribuciones de acimuts y los ángulos de varatio que se observan en los diagramas antes expuestos, manifiestan la ausencia de orientaciones que no se corresponden con una varatio; como es el caso de los puntos cardinales y los inter-cardinales; estos últimos se ajustan a 1:1. El que las orientaciones no se distribuyan de manera homogénea, sino que aparezcan máximos de acimut bien definidos, además de la coincidencia de algunos de esos máximos con valores de varatio sencillas o de ternas pitagóricas (por ejemplo, pico xii con 1:3, Figs. 10 y 11), resaltan la no aleatoriedad de los datos. Además, del resultado del test de Kolmogorov-Smirnov se extrae que no se puede descartar a priori que ambos juegos de datos -empíricos y varatio-se obtengan de una misma distribución. Respecto al empleo de ternas pitagóricas, a raíz de lo extraído de la Figura 12 se podría decir que, si bien no parece que haya muchas ciudades coincidentes con orientaciones cercanas al triángulo 5:12:13 mediante el método anteriormente descrito (5 ciudades), existe un mayor número de ellas cuyos ángulos encajan con la del triángulo pitagórico 3:4:5 (11 ciudades). De hecho, el valor del ángulo del triángulo 5:12:13 coincide con un mínimo de acimut, mientras que los ángulos de la terna 3:4:5, si bien no coinciden con máximos principales, tampoco se corresponden con mínimos. También hay orientaciones que se ajustan a la combinación entre ambos triángulos pitagóricos, como es el caso de Valeria (Fig. 4) 7. CONCLUSIONES La no aleatoriedad mostrada en la distribución de los datos y la aparente coincidencia entre acimuts y proporciones de varatio sencillas en muchos de los lugares estudiados invitan a una inevitable reflexión acerca de la existencia de ciertos criterios geométricos en el diseño y orientación de las ciudades romanas. Si se suma el factor de relativa sencillez en la ejecución y reproducción de ángulos seleccionados en el terreno mediante estas técnicas, se consolida la viabilidad del uso de esta técnica en varios casos. El resultado principal y más llamativo es la coincidencia de los mínimos de acimut con los mínimos de varatio, poniendo de manifiesto una ausencia de orientaciones hacia valores que no coinciden con una relación de varatio o de los dos triángulos pitagóricos más sencillos 3:4:5 y 5:12:13; salvo en el caso de Basti y Gerunda con orientación cardinal. Además, la predominancia de ángulos equivalentes a varationes/fracciones sencillas, como la 1:3, resulta coherente con las impresiones extraídas de las experiencias prácticas con reproducciones de instrumental romano realizadas por el equipo Sotoer (Orfila et alii 2014d) en las que se vivenciaron, cuantificaron y constataron las dificultades y limitaciones técnicas a las que pudo haberse enfrentado un agrimensor en la Antigüedad. Además, los histogramas muestran máximos de acimut bien definidos, lo que parece apuntar a una predilección por ciertas orientaciones que podría responder a una preferencia por determinadas varationes. A raíz de los resultados obtenidos emergen nuevos interrogantes acerca de la naturaleza de estas orientaciones: ¿qué habría conducido a la elección de una u otra relación de proporcionalidad?, ¿podría explicarse la elección de varationes concretas mediante una correspondencia directa entre estas con direcciones de ortos u ocasos astronómicos, como el del sol en fechas relevantes del calendario romano? Puede decirse que sí, tal y como se ha propuesto en anteriores trabajos (González-García et alii 2014, Rodríguez-Antón et alii 2018b, González-García et alii 2019 y Rodríguez-Antón et alii 2019), así como en comprobaciones con resultados aún inéditos, como pueden ser Italica (Sevilla) o Pollentia (Mallorca), ambas orientadas con relación al solsticio de verano, cada una de ellas con su propio acimut y, por tanto, con una orientación en grados que difiere entre ambas, o lo que es lo mismo, con una aplicación de varatio/fracción propia para cada una de las ciudades citadas. A partir de todo lo expuesto no parece lógico plantear que la plasmación de una orientación se dejara al azar y surge así la necesidad de analizar una muestra más amplia con el fin de comprender y esclarecer qué hay detrás de estos resultados. Esto es, observar si se repiten patrones correspondientes a ciertas varationes en otras regiones, si predominan unas frente a otras, y las motivaciones subyacentes en cada una de esas alineaciones, ya sean de tipo práctico o cosmológico.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Universidad de Córdoba RESUMEN Este trabajo ofrece una aproximación al paisaje de las áreas funerarias cordubenses de época altoimperial, sometidas a los vaivenes propios de una ciudad viva, en expansión y contracción alternas según las épocas, y objeto más que posible de especulación supuesto el sacrificio que representaba dedicar terrenos suburbanos de enorme potencial económico a fines funerarios y el alto precio consecuente de los loci. Creemos, de hecho, haber detectado ejemplos claros de lotizaciones bien planificadas en forma de recintos y acotados reforzados de forma ocasional mediante el uso de mensurae sepulcri, que analizamos a través de dos sepulcreta especialmente significativos excavados hace solo unos años. Las áreas sepulcrales cordubenses, dispuestas desde muy pronto en torno a las vías principales de salida y entrada en la ciudad, conocieron en época altoimperial una cierta sobreocupación de la que derivaron un alto valor económico y social del terreno y, en consecuencia, frecuentes parcelaciones del mismo en lotes de tamaños variables aunque por lo general bastante reducidos, perfectamente equiparables a los que se documentan en otras ciudades de Occidente, como Roma y Ostia Antica en Italia, o Astigi y Augusta Emerita en Hispania. Tales lotizaciones -privadas, y quizás también públicas-, tomaron forma en acotados funerarios a cielo abierto, señalizados mediante muy diversos métodos e insertos en un paisaje sepulcral complejo y mutable. Hasta la fecha hemos detectado recintos de obra, o en su defecto termini con mención epigráfica expresa de mensurae sepulcri, in situ o descontextualizados, distribuidos en las necrópolis occi-dental, septentrional y oriental -en la meridional, menos ocupada, las cosas funcionan de forma algo diferente-, y son infinidad los ejemplos conocidos (Vaquerizo y Sánchez 2008y 2009) (Fig. 1), pendientes de un nuevo trabajo de sistematización e inventario (vid. como acercamientos al tema más recientes Vaquerizo et alii 2019 y e. p., o Vaquerizo e. p.). En la necrópolis occidental destacan, entre otros: C.): recintos de planta rectangular, con muros bajos de adobe sobre zócalos de piedra, orientados norte-sur o este-oeste, y dispuestos de forma prácticamente ortogonal dando fachada a la via Corduba-Hispalis, al lado mismo de la porta occidentalis (Murillo y Carrillo 1999; Murillo et alii 2002); -Camino Viejo de Almodóvar (s. I d. C.): sepulcretum estructurado en torno a ambos márgenes de un ramal de la vía Corduba-Hispalis, y conformado, entre otros monumentos y tipos de tumba, por una docena de presuntos recintos funerarios, no todos contiguos, construidos con materiales diversos entre los que predomina la sillería, incluso almohadillada (Ruiz Osuna 2018: 198 ss.); -Avenida del Corregidor: en la zona suroccidental de la ciudad, muy cerca del Baetis, se construyeron en época augustea tres recintos funerarios pavimentados mediante niveles de albero o picadura de sillar, y combinados con toda una serie de cipos en calcarenita y caliza violácea que delimitaban otros loci (Vargas y Gutiérrez 2006: 274); -Glorieta de Ibn Zaydun: allí fueron excavados dos monumentos funerarios y un recinto contiguo de unos 15 pies de lado, que abrían en fachada a un posible diverticulum de la via Corduba-Hispalis, dotados de pozo, varias estructuras hidráulicas y un posible hortus en su parte posterior (Ruiz Osuna 2007a: 65 ss.). La necrópolis septentrional fue, por su parte, uno de los sectores cementeriales más tempranamente ocupados, más complejos y de mayor densidad de la ciudad, en directa relación con las vías de acceso al distrito minero y la metalurgia de la plata; de ahí la Figura 1. Recintos funerarios de época romana documentados en diversos sectores funerarios de Córdoba (fotografías de autoría diversa). recuperación en la zona de tituli sepulcrales de miembros de societates mineras y metalúrgicas (CIL II2 /7, 334, o CIL II 2 /7, 415a). Su abigarrado paisaje funerario queda representado desde el punto de vista que nos interesa por, entre otros conjuntos: -La Constancia: siete recintos de planta rectangular dispuestos en torno a calles y espacios abiertos de uso específicamente funerario, similares a los observados en otras necrópolis con sectores bien parcelados y sistematizados (Cipriano 2005: 278; Cebrián y Hortelano 2016: 44). Los enterramientos, en su mayoría de cremación y fechados entre los siglos I y II d. C. (Vaquerizo et alii 2005), aparecen tanto dentro como fuera de las estructuras. -C/ Abderramán III-Centro de Salud Huerta de la Reina: casi una decena de recintos funerarios de dimensiones indeterminadas, abiertos a una vía con orientación norte-sur, tal vez prolongación de la excavada en La Constancia. El complejo, de la primera mitad del siglo I d. C., sería reocupado años más tarde por enterramientos de inhumación que parecen convivir con usos industriales (Salinas Pleguezuelo 2015). Por último, en la necrópolis oriental destacan: -Calle Muñices esquina con Plaza de la Magdalena: empedrados con fachadas de unos 25 pies, dispuestos de forma paralela a la via Augusta vetus, que acogían en su interior monumentos funerarios de gran porte tipo edicola (Ruiz Osuna 2007a: 58 y 67 ss.). -Muro de la Misericordia esquina con calle Palomares: vía de 21 pies de anchura con andenes escalonados de opus quadratum -uno de los sillares utilizados para tal fin, dispuesto boca abajo, llevaba grabadas dos letras: LX, que el excavador interpretó como marca de taller (Fig. 2)-, a la que daban fachada una batería de recintos de dimensiones indeterminadas, por el norte, y un ustrinum en fosa revestida de opus caementicium, por el sur. Tales espacios funerarios debieron estar en uso entre mediados del siglo I e inicios del siglo III d. C., a juzgar por el material cerámico y los restos de epigrafía recuperados: fragmentos correspondientes cuando menos a trece individuos (Molina Mahedero 2005 2 ). A todos estos conjuntos se añaden dos que, por su especial relevancia y su riqueza en información, analizaré de manera monográfica a fin de ilustrar con detalle una problemática arqueológica sobre la que terminaré aportando algunas reflexiones generales en aras de ir poco a poco clarificando el fenómeno, en la ciudad de Córdoba y no solo. Ambos se inscriben en el marco de la necrópolis septentrional. primera mitad del siglo I d. C., se estructuraba en torno a una via sepulcralis con orientación suroestenordeste que servía de eje rector del complejo funerario, si bien diversos datos, como la perfecta planificación de la zona, la posible alusión en la epigrafía conservada a una numeración de la misma (vid. infra), o el hecho de que el Recinto 4 se ubicara unos quince metros al sur de la alineación principal, permiten suponer la existencia de otras (Fig. 3). AVENIDA DE LAS OLLERÍAS Se localiza circa una milla romana de la puerta norte de la ciudad, según sus excavadores en las proximidades del ramal de la via Augusta que, según viene aceptando tradicionalmente la investigación al uso, entraba en la colonia por esta zona, quizá fosilizado en la misma Avenida de las Ollerías (Melchor 1995: 79 ss.) -a lo largo de tres millas en torno a los ejes principales de comunicación se extendían las necrópolis en Aquileia (Zaccaria 2005), y hasta tres kilómetros en Altinum (Tirelli 2005: 253)-. Tal circunstancia habría incrementado de manera exponencial el interés social por enterrarse en sus proximidades, y también el valor económico de los terrenos. Las cosas, sin embargo, no parecen estar tan claras si nos para-mos a analizar la información arqueológica sobre la que ha sido reconstruida la red viaria cordubense (Fig. 4): los tramos bien documentados y con un trazado mínimamente seguro son muy pocos (Ruiz Bueno e. p.), lo que convierte dicha propuesta en una simple hipótesis de trabajo. Con los datos existentes, y sin descartar nada, hemos de interpretar en principio la vía a la que abren los recintos como un diverticulum de finalidad estrictamente cementerial destinado a sistematizar y "urbanizar" -facilitando de paso su división en lotes-la topografía funeraria de la zona, cuyo alto valor confirmaría además el pequeño tamaño de los recintos; con independencia de que sus superficies pudieran haber sido consideradas más o menos tipo, y no se plantearan mayores porque no había costumbre ni tampoco fuera necesario. En la misma Roma se observa, de hecho, una cierta estandarización de las mismas, con tendencia a loci cuadrados, o en su defecto rectangulares, y predominio claro del módulo de 12 × 12 pies. En cualquier caso, la variedad es amplia (Gregori 2005: 90 ss.), como ocurre en zonas del norte de Italia, donde las áreas medias documentadas suelen ser algo más grandes, sobre todo en ámbitos rurales (Liguori 2005). En Altinum, por ejemplo, con recintos algo más grandes de lo habitual, predomina el módulo de 20 pies in fronte por 30 in agro, base de una cierta planificación, muy posiblemente privada, que habría intentado dar al mayor número de ellos fachada a la vía (Buonopane y Mazzer 2005: 331 ss.). La cuestión debe, pues, ser tratada con la máxima cautela hasta en tanto la investigación arqueológica cordobesa permita nuevos avances. En el sepulcretum fueron distinguidas varias fases: Las tumbas más antiguas serían la 14 y la 27, con una cronología próxima al cambio de Era (López Jiménez 2006; vid. nota 2). La localización de la primera, exactamente a 12 pies de la fachada septentrional de los recintos, podría venir a confirmar la anchura de la vía funeraria, cuyas características estructurales no fueron registradas. A finales del siglo I a. C., o quizá ya en la primera mitad del s. I d. C., habría tenido lugar la parcelación, fijación y posible construcción de los primeros acotados; en un tercer momento, de cronología indeterminada pero centrado aún en el siglo I d. C., los recintos ya existentes serían reutilizados para nuevos enterramientos de cremación y de inhumación que afectaron a tumbas previas provocando superposiciones, y se habría construido alguno nuevo, como el no 8 -¿quizás también los otros de sillería...?-. En la segunda mitad del siglo I, o quizá primeros años del siglo II d. C., quedaría amortizada de manera definitiva la vieja vía funeraria; y, por fin, sobre todo ello se acabó disponiendo una gran estructura tardoantigua con técnica edilicia similar al opus africanum que aprovechó viejos cipos funerarios, a la que ha sido atribuido un carácter defensivo. Analizo a continuación los recintos que han podido ser individualizados4: -Recinto 1: Finaliza la serie -que pudo continuar en esa misma dirección-por el este, contiguo al Recinto 2, con el que solo comparte cimentación en su fachada septentrional, de 3,56 m de largo según las indicaciones del excavador. La misma fábrica, siempre de mampuesto y bolos de mediano y pequeño tamaño trabados con arcilla, se usó en su cierre meridional. Adosadas a su muro norte se recuperaron, en dos filas superpuestas, 16 ánforas de tipologías variadas y fechas comprendidas entre los siglos II a. C., que debieron acoger enterramientos infantiles de inhumación, no conservados (López Jiménez 2010: 317). La práctica de buscar para las deposiciones funerarias el "abrigo" de los muros o las lindes, especialmente en los ángulos, es bastante habitual en los recintos cordubenses mejor excavados, caso por ejemplo de Llanos del Pretorio, y ha sido observado en el norte de Italia incluso cuando los muros no existían (Tirelli 2005: 261; también, Cipriano 2005: 279 ss.;vid. infra). -Recinto 2: Se dispone al oeste del anterior, con el que pudo haber compartido medianeras. Conservaba en fachada, quizá embutido en el muro de cierre, el terminus de su ángulo nordeste: un gran cipo en calcarenita de cabeza redondeada con indicatio pedaturae (Fig. 5): L.P XII, alusiva a un locus cuadrado de 3,67 × 3,67 m. Solo fue documentado su muro trasero, de mampuesto y bolos de pequeño y mediano tamaño, con posible alzado de tapial y baja altura, que englobaba en su esquina suroriental otro hito, en este caso anepígrafo, conforme a la costumbre de reservar los cipos con epigrafía a fachada o a una primera señalización que perdería sentido si el recinto se construía finalmente de obra (vid. infra). En su interior se recuperaron los enterramientos 34, 35, 37, 41 y 42; el segundo de ellos de inhumación en fosa simple bajo cubierta de tegulae, perteneciente tal vez a la segunda fase de la necrópolis, y las otras cuatro cremaciones, presuntamente de carácter primario. Los supuestos busta fueron cubiertos mediante tegulae, y varios de ellos contenían ajuar, en el que predominan la terra sigillata precoz de tipo Peñaflor, los ungüentarios de barro y de vidrio, las lucernas de venera, y alguna moneda. También se recuperaron grandes fragmentos quemados de la madera utilizada en las piras. Los Enterramientos 41 y 42 utilizaron sendas urnas cerámicas con decoración pintada a bandas dispuestas sobre el pavimento; la primera de ella abrigada por una estructura de mampuestos de calcarenita, y la segunda aislada en uno de sus ángulos. Podrían haber contenido los restos de las Tumbas 34 y 37, que de ser así habrían servido de ustrina, lo que reduciría el número de enterramientos a dos cremaciones y una inhumación. Todo ello dibuja un panorama prácticamente gemelo al documentado en Llanos del Pretorio y La Constancia. -Recinto 3: Perfectamente enrasado con la línea de fachada principal del sepulcretum, contaba con cimientos de mampuesto y bolos trabados con arcilla, y al menos a la cota conservada -fue uno de los pocos que pudo ser excavado en su totalidad-no mostraba traza alguna de puerta. Junto al Recinto 4 rompía, pues, el módulo base de la batería principal de acotados. -Recinto 4: De 15 pies in fronte por 12 in agro, como el anterior, conservaba su fachada septentrional construida en sillería: dos grandes bloques dispuestos a soga y uno central a tizón, a la manera de clave o cipo terminal de carácter anepígrafo, conforme a una técnica que he podido observar también en el Recinto -Recinto 5: Conservaba únicamente los dos cipos angulares de su fachada septentrional, que delimitaban una superficie de 12 × 12 pies. Todo el conjunto se vio muy afectado por la ocupación de época islámica. Recinto 6: Su planta, cuadrada (3,60 × 3,60 m), quedaba fijada en fachada por dos grandes sillares de calcarenita usados a la manera de cipos -74 × 74 cm el oriental; 77 × 70 el occidental (López Jiménez 2010: 316)-, con el titulus en su cara frontal: L.P. XII / V.I.C. (Fig. 6, A y B). El espacio entre ellos habría quedado cerrado con mampuesto y cantos, trabados supuestamente por opus caementicium. Esto hace difícil afirmar que pudiera corresponder a una puerta, aun cuando no descarto en absoluto esa posibilidad si identificamos lo conservado como parte de los cimientos. Pudo estar pavimentado mediante una capa de picadura de sillar, y no proporcionó enterramientos, salvo el de un galgo en la zona sur (Ruiz Osuna 2008: 170). Enterramientos de perros aparecen también en Llanos del Pretorio (sobre el tema, vid. En un análisis simplista, las abreviaturas V • I • C podrían corresponder a la fórmula onomástica abreviada, tal como se documenta en la Cisalpina -caso de Aquileia o Altinum-, donde en ocasiones los termini así señalizados, sobre soportes y con formatos va- riables pero que difícilmente podrían acoger algo más que las iniciales, remiten a otra inscripción principal o titulus maior con los datos en detalle del propietario (Zaccaria 2005: 201, figs. 8, 10 u 11; Cresci Marrone 2005: 307 ss.). Hay decenas de estelas que siguen este patrón, lo que implica que se trataba de un uso asumido y comprensible para todos al menos en aquella zona (Vaquerizo 2010: 110 ss.). Sin embargo, para Sergio García-Dils, a quien agradezco sus indicaciones sobre este tema, V • I • C es más que dudoso como tria nomina, tampoco constatados por el momento con esta morfología sobre otros cipos con pedatura en Córdoba; y al tratarse de recintos en principio colectivos -o cuando menos familiares-lo usual es que se hubiera indicado el nomen, la gens del propietario a texto completo. Por otra parte, el único praenomen que comienza con V, Vibius, es raro como tal, y suele ir desarrollado -verbigracia: Vibi f(ilius), o Vib(i) f(ilius)-a fin de hacerlo inteligible, algo que no habría sido necesario con un Q(uintus) o un L(ucius), por ejemplo; y no conocemos paralelos para Vibius Iunius o Iulius, con Vibius como praenomen (lo normal es que si el nomen fuera más raro que Iunius o Iulius se hubiera indicado). Por fin, los Vibios que aparecen en Córdoba y Baetica -también fuera-son siempre nomina. Parece más lógico, en consecuencia, que se tratara de una indicación viaria a la manera de las utilizadas en la agrimensura; punto de vista desde el que cabrían diversas opciones. En primer lugar, la C podría hacer referencia a C(orduba) o a la c(olonia), en una alusión clara para todos. Tanto es así, que si la fórmula fuese en la misma línea de la indicatio pedaturae se habría podido confundir con una abreviatura de tipo administrativo. Como no es el caso, la hipótesis más plausible sería que estuviera invocando la vía junto a la que se dispone la tumba, como se constata en algunos epígrafes de dentro y fuera de la Bética. En tal caso, la lectura podría ser la siguiente: oloniam), usando como referencia para el locus la carretera "hacia Córdoba" o "hacia la colonia". Con todo, es importante señalar que en los tituli sepulcrales las menciones a las vías no suelen aparecer abreviadas -vid., por ejemplo, Cástulo, CIL II 3282; Roma, CIL I 3021; Collefracido (Samnium), CIL IX 4348, o Brixia, CIL V 4783, entre otros-, por lo que en el mejor de los casos se trataría de una excepción. Si aceptamos por otra parte la proximidad al sepulcretum del supuesto ramal de la via Augusta defendido tradicionalmente por la historiografía cordobesa, que de haber existido se convertiría al entrar en la ciudad por la actual Puerta de Osario en el cardo máximo, es muy posible que la solución haya que buscarla en las fórmulas utilizadas para las centuriaciones -por ejemplo, d(extra) d(ecumanum) / s(inistra) d(ecumanum); u(ltra) k(ardinem) / c(itra) k(ardinem)-6, de forma que V.I.C. podría leerse como via I citra (la calle no 1 a este lado -de la calle principal-), o Vltra I Cardinem, también posible con la grafía VKI. Esta hipótesis, con refrendo en ciudades como Aquileia o Altinum, donde recintos y acotados llegaron en algún caso a adoptar formas poligonales trazadas a partir de referencias catastrales (Zaccaria 2005: 200 y 203; Buonopane y Mazzer 2005: 329), se habría visto reforzada por la existencia de otras vías secundarias en el sepulcretum, no documentadas sin embargo por la arqueología. -Recinto 7: Contiguo por el lado occidental al Recinto 6, era de nuevo un locus de 12 × 12 pies seña-Figura 6. Avenida de las Ollerías. A y B) Tituli con mensurae sepulcri y posible referencia catastral (fotografía A. López Jiménez). lizado por sendos cipos en fachada, anepígrafos ambos. Parece confirmar que la serie continuaba de manera sistemática hacia el oeste conforme al módulo predominante, si bien caben otras opciones: tal vez se interrumpió aquí, o las superficies cambiaron. En este sentido, las deficiencias de la documentación manejada, así como la acción predadora de la ocupación islámica, impiden llegar más allá. -Recinto 8: No pudo ser documentado en su totalidad por quedar embutido en el perfil occidental del corte, pero sus muros estaban construidos en sillería de gran formato (1,40 ×0,54 × 0,48 m); y en este sentido, a pesar de las dificultades para interpretar estratigráficamente los diversos sectores excavados, parece haber razones arqueológicas suficientes para confirmar que en la Córdoba romana el uso de la sillería fue posterior al del tapial y el mampuesto, aun cuando se usara sobre cimentaciones de cantos de río. Solo se exhumaron 9,2 m de longitud de su cierre oriental, y 2,2 m del meridional, lo que apunta a un acotado de dimensiones bastante superiores a las del resto. El primero habría bloqueado por completo la vía funeraria si hubiera existido a la vez que ella; de ahí que me decante efectivamente por encuadrar a esta estructura en la tercera fase de la necrópolis. El hecho de que acabara amortizándola se convierte, a mi entender, en prueba fidedigna del valor funerario -y no de tránsito sensu stricto-de aquella. Finalmente, la localización en el desmonte del sector de un gran fragmento de pulvinus tallado en arenisca local y el titulus sepulcralis de una flaminica, ambos de la primera mitad del siglo I d. C., ha servido para sugerir que pudiera haber acogido en su interior un monumento funerario de tipo altar (Ruiz Osuna 2008: 170 ss.), si bien las fechas parecen algo forzadas. -Recinto 9: Se ubicaba algunos metros al sur de la línea principal de acotados, y no pudo ser excavado completo por subsumirse hacia el este bajo la zona de arrabal islámico. Su orientación coincide en líneas generales con la de aquellos, pero su mal estado de conservación y la imposibilidad de fijar sus límites con precisión hacen complicado intentar proyectar a esta zona las modulaciones constatadas más al norte. Tres filas de recintos han sido documentadas en la necrópolis de la Strada di Raccordo de Altinum (Cipriano 2005: 278), y cinco en Aquileia (Reusser 1985(Reusser: 130 ss., y 1987, 241 ss.), 241 ss.), pruebas ambas de una lotización del espacio funerario bien sistematizada y quizás reglada. En Ollerías podría también haber sido parcelado inicialmente todo el sector con independencia de cómo acabaran disponiéndose los respectivos loci, o de que estos terminaran ocupándose en su totalidad; pero no conocer siquiera el trazado exacto de la via Augusta limita sobremanera la comprensión de la topografía. * Se trata, en definitiva, de un sector funerario en el que sorprende la complejidad de la topografía, la monumentalidad de sus expresiones arquitectónicas, su gran diacronía, y que las estructuras funerarias ofrezcan tanta uniformidad en sus superficies. De hecho, solo los Recintos 3 y 4, con medidas de 15 pies in fronte por 12 pies in agro, no indicadas sobre los cipos conservados, parecen romper la norma general de 12 × 12 pies común para el resto en la primera fase, estructurada en cualquier caso conforme a un módulo único in agro de 12 pies. También sus fachadas muestran una cierta similitud, aunque no son idénticas, ni mucho menos, lo que sugiere un cierto afán por individualizarlas. Todo ello refleja una complejidad en la ocupación funeraria de la zona -ritual, espacial y cronológica-, que la intervención arqueológica no llegó a clarificar en su plena dimensión, y que hoy solo podemos intuir. Los recintos de Ollerías emplean en su mayor parte como sistemas constructivos alzados de opus incertum dispuesto entre los cipos, que actúan a modo de tirantas conformando una suerte de opus africanum cimentado sin excepción sobre una base de piedra o cantos de ríos. Al menos dos de ellos fueron construidos de sillería en una fase posterior, visto que el Recinto 8 cerraba la vía funeraria por el oeste. Los mejor conservados dispusieron muy probablemente de puerta de acceso, que monumentalizaban los propios cipos delimitadores y abría a la calle. Componían así una fachada continua similar a las también detectadas en la mayor parte de los sepulcreta reseñados al inicio de este trabajo, y confirman la existencia de grandes programas edilicios suburbanos de componente estrictamente funerario. En un primer momento los acotados habrían acogido enterramientos de cremación, casi siempre primaria -en algunos casos las piras se dispusieron en el interior de los mismos-, pero no faltan las inhumaciones, de cronología más tardía o indeterminada. La mayor parte de ellas aparecieron, no obstante, fuera de los recintos, cuya altura, cuando contaron con muros perimetrales, ignoramos sin excepción. No parece haber sido mucha en cualquier caso, dada la rapidez con que fueron amortizados y sus superficies utilizadas para nuevos enterramientos. El sector del sepulcretum intervenido -avances en García-Dils y Rubio 2018; Vaquerizo et alii 2019 y e. p.-se estructuró a partir de, al menos, dos vías de uso específicamente cementerial con orientación este-oeste (Fig. 7). Los recintos de la serie septentrional compartían linde trasera con una tercera línea de acotados bien documentada en la esquina nororiental y en el perfil norte del solar (así se comprueba en los denominados O y P), que abrirían a una posible segunda vía de características similares a la excavada. La intervención arqueológica recuperó un tramo de 28 m, con firme de picadura de sillar y 2,40 m de ancho (8 pies romanos), que debió discurrir perpendicular a las vías principales que salían de la ciudad en dirección norte. Daban fachada a ella sendas series de recintos no del todo simétricos ni tampoco iguales, lo que sugiere una dinámica más compleja y diacrónica de la que dejaría entrever una parcelación rigurosa y una construcción simultánea. Tal vez intervinieron en su trazado condicionantes de tipo orográfico, de propiedad de la tierra, o de sucesión cronológica. En realidad, lo normal fue que las necrópolis crecieran de manera desordenada, aun estando bajo el control de la curia (Campedelli 2005: 179). El conjunto ha proporcionado 52 enterramientos de cremación, 13 inhumaciones perinatales y 2 deposiciones de cánidos. Un buen número de ollae ossuariae debieron ser depositadas directamente sobre el parara con otros conjuntos del norte de Italia (Cresci Marrone y Tirelli 2005). A la vista de lo anterior, debió tratarse seguramente de un sector funerario cerrado. Promotores privados o públicos pudieron haber comprado un terreno, o derivado en este mismo sentido una finca, privada o pública, para después parcelarla en lotes y vender estos con fines cementeriales y tal vez carácter especulativo, dada la altísima demanda que debió existir de suelo funerario en Colonia Patricia desde principios del Imperio, sobre todo en un sector tan próximo a las murallas y a vías de tanta trascendencia y trasiego en los primeros siglos de la ocupación romana. El sepulcretum de Avda. de En opinión de J.F. Rodríguez Neila (1991: 80), la regularidad de los acotados funerarios cordubenses podría tal vez "interpretarse como resultado de ordenanzas municipales concernientes a la distribución y medidas de los espacios de uso funerario y a su protección como loci religiosi"; entre otras razones porque para garantizar la sacralidad de un espacio era preciso definir, y a ser posible explicitar con toda claridad, sus confines (Sartori 2005: 165). No sería por tanto descabellado pensar que la aplicación de un módulo tan regular, repetitivo y posiblemente básico para la asignación de tales acotados pudiera haber venido ya establecida en el propio ordenamiento catastral de cada colonia; idea válida quizás para los recintos que han conservado testimonio epigráfico de las mensurae sepulcri, pero más difícil de encajar en los que rompen la norma. Por el momento, de hecho, no contamos con información alguna sobre la existencia de una normativa municipal en Córdoba que regulara este tipo de actividades; ni tampoco hemos logrado explicar de forma convincente el corto recorrido cronológico de tal práctica. De ahí que convenga además tener en cuenta otros factores, como la tradición del lugar de origen y las modas. Es importante recordar al respecto que el carácter marcadamente modular, racionalis-ta y funcional de la topografía inicial del sepulcretum localizado en Llanos del Pretorio no se mantuvo inflexible, y tras una primera línea de recintos bastante uniformes, la segunda y tercera observan dinámicas algo diferentes, no determinadas sin embargo por la excavación en sus detalles ni en su cronología últimos. La mayor parte de los recintos documentados (A, B, C, F, G, H, I, J, K y P) eran de planta cuadrangular, con una superficie aproximada de 3,55 m por 3,55 m -12 × 12 pies romanos-. Utilizaron como señalizadores de su respectivo locus un número no siempre determinado -mayoritariamente, cuatro-de cipos de piedra calcarenita con morfología desigual, dispuestos de forma vertical en cada una de sus esquinas. Hablo de cipos por tratarse de bloques paralelepípedos de sección cuadrada o tendencia rectangular, más funcionales que bellos o con pretensión de serlo. Este es el nombre utilizado -raramente, en cualquier caso-por la epigrafía tardorrepublicana y protoimperial en Roma, mientras en época imperial convive con el de termini, más habitual en propiedades públicas o privadas de mayor tamaño (Gregori 2005: 83 ss.;Zaccaria 2005: 200). Los que sirvieron en el Pretorio como soportes para las mensurae sepulcri tienen cabecera redondeada; también los que se disponen en fachada de los Recintos L y M, incluido el que acogía en su tercio superior el titulus sepulcralis de Bassa, dedicado por I. Iuventius Amarantus. Los Recintos F y G conservaban en sus muros traseros, dando vista al interior del locus, no a fachada, sendos cipos con el titulus L(ocus) P(edum) XII, indicatio pedaturae que corrobora la realidad arqueológica y alude al módulo mayoritario en el sepulcretum y en Córdoba (Fig. 8). En el Recinto F el cipo con mensurae sepulcri quedó, además, embutido en el muro, y seguramente no visible. Esta circunstancia pudo tener que ver con el carácter "secundario" que la pedatura desempeña con relación a la epigrafía funeraria sensu stricto cuando convive con ella (Sartori 2005: 165). Tal vez, tras ser repartidos y ocupados los diferentes lotes de tierra, la función principal de la indicatio era asumida por la propia materialidad de los termini, de los muros de cierre cuando se construyeron, o de cualquier otra referencia. Lo normal, de hecho, cuando las medidas del locus aparecen solo en uno o dos cipos, fue que estos se dispusieran en fachada para que pudieran ser vistos (Cresci Marrone 2005: 307 ss.). Todo ello parece confirmar la idea apuntada más arriba: el propietario o promotor -público o privado, eso habría que determinarlo7 -lotizaba el terreno y lo vendía modulado (Liguori 2005: 157), sin que por el momento sea posible concretar si la iniciativa de señalizarlo -terminare, denominan tal acción algunos epígrafes de Altinum, con un verbo propio del lenguaje técnico jurídico del que deriva el concepto de terminus (Buonopane y Mazzer 2005: 328)-le correspondía a él, al comitente, o a cualquiera de ellos según el caso8, mientras que el uso de una u otra fórmula pudo ser decidido por la oficina (Campedelli 2005: 175). De ahí quizás, más allá de que incorporaran o no epigrafía, la diversidad observada desde el punto de vista estructural: recintos con seis, cinco, cuatro o dos cipos, incluso sin ellos (v. g. Recinto E); aunque es difícil afirmarlo de forma categórica debido a la acción en la estratigrafía de procesos postdeposicionales por regla general muy traumáticos que han desconfigurado en muchos casos el paisaje funerario inicial, o al uso para la señalización de materiales no duraderos y más difíciles de observar arqueológicamente (vid. infra). Tal variedad se observa también en Roma, donde la propia epigrafía no deja lugar a dudas sobre el uso múltiple de este tipo de señalizadores al aludir a ellos en plural, si bien la realidad arqueológica resulta esquiva al respecto. De un catálogo en torno a las mil inscripciones, poco más de diez casos corresponden a combinaciones de cuatro cipos o estelas, una veintena larga a tres, y en torno al centenar y medio a dos, lo que ha llevado a suponer que el método habitual de señalización se sirviera de cipos con tituli inscritos solo en fachada, reservando para la parte trasera métodos alternativos más baratos (Gregori 2005: 84). Esta realidad parece contradecir, o por lo menos matizar, la variada casuística detectada día a día en Córdoba, donde es cierto que la epigrafía grabada en piedra no resulta demasiado abundante, pero sí los cipos pétreos -la perdurabilidad como garantía de memoria (Sartori 2005: 165)-, anepígrafos hoy pero quizá no en su momento, gracias al uso de tituli picti. Con la única excepción de los Recintos L y M, que comparten terminus (en el Recinto B solo se constató el cipo de su ángulo suroriental), en Llanos del Pretorio la delimitación entre acotados contiguos se hizo mediante cipos gemelos. Dado que el proceso de excavación no detectó huella arqueológica alguna de los sistemas de cierre en los no rodeados por muros de obra, debemos suponer en principio que los bloques de las esquinas bastaron para señalizar los respectivos loci, por lo que el problema en estos casos sería el de garantizar su protección. Como en otros lugares del Imperio, muchos de los acotados funerarios existentes en la ciudad pudieron haber sido señalizados también mediante altares, columnas, verjas de hierro, material perecedero -vallas, vegetación, cuerdas o cipos de madera (Verzár-Bass 2005; Tirelli 2005, 255 ss., Figs. 12 y 13; Cafiero 2005), de los que en Córdoba no tenemos constancia arqueológica-, accidentes geográficos y físicos, o referencias a edificios, acueductos, vías y cursos de agua cercanos. En efecto, además de los cipos, las fuentes epigráficas citan como elementos delimitadores muretes y/o balaustradas -agelli, maceria (recuérdese por ejemplo la representada en el famoso monumento de los Haterii, en Roma; Sinn y Freyberger 1991: 53, tav. XIV, 2)-, cercados o vallas -parietes-, vías y corrientes de agua -rivi, undae-, e incluso zanjas -fossae-(Rodríguez Neila 1991: 69 ss.; Hesberg 2005: 63 ss.). Son aspectos que dibujan una topografía cementerial mucho más compleja, rica y sistematizada de la que hasta ahora ha logrado perfilar la arqueología, que deberá extremar el rigor metodológico para ayudar en la recreación de su paisaje funerario. Hubo, no obstante, en Llanos del Pretorio varios recintos que, a la manera de otros muchos ejemplos repartidos por las diversas áreas funerarias patricienses, cerraron el espacio mediante muros de fábrica y monumentalizaron sus entradas; algo que, más allá de opción personal o familiar, dejaba por un lado constancia de mayor poder adquisitivo, y por otro singularizaba las tumbas, al tiempo que las protegía. Fue bastante común que los recintos presentaran sus muros ciegos, incluso cuando alcanzaban alturas superiores a las de un hombre medio. Esto obligaba a saltarlos cada vez que se debía realizar algún enterramiento en su interior (vid. al respecto Vaquerizo 2002) y a celebrar fuera de ellos la mayor parte del ritual funerario y las ceremonias conmemorativas (Hesberg 2005: 68). Hablo de los recintos C, F, I 9, K, y quizás L, M y P, si bien solo nos ha llegado completo el segundo de ellos (F), que efectivamente se rodeó de muros de mampostería, con una entrada en fachada flanqueada por dos cipos de calcarenita -uno de los cuales marcaba el ángulo nororiental del acotado funerario-, escalón de acceso por hallarse el nivel de uso más bajo 9 Del Recinto I solo se pudo documentar su cipo noroccidental y parte del muro de mampostería -de grosor considerable y revestimiento de mortero de cal-que lo cerraba por el oeste, aun cuando cabe deducir que siguiera el módulo de 12 × 12 pies imperante en toda esa línea de acotados. El resto del espacio funerario se introduce en el perfil este. No proporcionó ningún enterramiento. que la calle, y un cuidado remate en el revestimiento interior de los muros mediante incisiones en el mortero que intentaban imitar un despiece de sillarejo (Fig. 9). Tanto este escalón como el que daba entrada al Recinto C -ambos de calcarenita-contaban con sendas quicialeras, prueba irrefutable de la existencia de puertas -recintos con escalones y quicialeras en las entradas han sido observados también en Camino Viejo de Almodóvar (Ruiz Osuna 2005)-. En los otros cinco no se constataron huellas de vanos, y el resto podrían haber quedado abiertos, marcados quizás con vegetación, madera o cuerda. Son matices que separan a los recintos cordobeses globalmente entendidos del modelo cisalpino sensu stricto (Tirelli 2005), en beneficio de una posible pluralidad de influencias en cuanto a los modelos que llegan y se adoptan. Parecen romper la dinámica general los Recintos E, L, M y O, cuya organización, en principio, no sigue el módulo mayoritario. En el primer caso, dos fosas de épocas califal y contemporánea deformaron por completo su aspecto original. Con todo, la distancia entre C y F es de 7,10 m, el tamaño que ocuparían dos acotados de 12 × 12 pies; de ahí que hayamos supuesto la existencia entre ellos de D y E, aun cuando no cabe descartar que un mismo propietario pudiera haber adquirido dos lotes. Más complicado es el caso de los Recintos L y M, que según todos los indicios fueron concebidos conforme a un esquema diferente: en lugar de los bloques de ángulo habituales en el resto de los casos, presentan una fachada salpicada por cipos de cabecera redondeada unidos por muretes de tapial que han conservado parte de su revestimiento original y podrían haber quedado separados por un alzado de mampostería con apenas una hilada, documentado en su arranque junto al cipo que ambos comparten. Si bien con una potencia mucho menor, el pavimento de picadura de sillar utilizado en la vía funeraria se prolonga en el espacio ocupado por ellos, roto por las zanjas de cimentación de los cipos de fachada, las fosas de algunos enterramientos y de uno de los ustrina. Pudo, pues, haberse tratado inicialmente de un espacio abierto o de tránsito hacia la segunda vía situada más al norte -¿quizá posterior?-, de reserva, o destinado a horti, después estructurado en dos acotados de 12 × 12 pies (J y K) y dos más (L y M) de dimensiones inusuales pero con idénticas medidas in fronte (51,75 pies) e in agro (12 pies). Espacios intermedios similares han sido detectados como ya vimos en otros sepulcreta de la ciudad, caso de La Constancia (Vaquerizo et alii 2005: 66), y también en necrópolis emblemáticas del Imperio, como Ostia Antica o Isola Sacra (Calza 1940; Heinzelmann 2000; Taglietti 2001; Baldasarre 2002); y aboga en beneficio de nuestra hipótesis que ambos recintos presenten enterramientos con una diacronía bastante más acusada que el resto (Vaquerizo et alii 2019). No lo olvidemos: este tipo de necrópolis eran espacios vivos, en permanente conformación y transformación. Confirman la existencia de una tercera línea de recintos -imposible determinar hasta qué punto completada en el momento de la colmatación del sepulcretum-, contigua a la segunda por sus medianeras traseras y abierta en principio a una segunda vía, los recintos O y P. El único cipo conservado del Recinto O correspondía probablemente a su esquina suroriental, cuya protección buscaban de nuevo los enterramientos. Por su parte el Recinto P, que mantenía el módulo de 12 × 12 pies y se adosaba al N por el norte, debió quedar delimitado por cuatro cipos en sus esquinas (conservaba los dos meridionales), y fue delimitado mediante estructuras de mampostería, bien documentadas en sus lados meridional y occidental. Finalmente, la práctica totalidad de los recintos de Llanos del Pretorio contó en su interior con uno o varios ustrina por lo general en fosa simple, aunque no faltan algunos delimitados por muros de obra, y casi siempre con huellas claras de haber acogido una o varias cremaciones (Ruiz Osuna e. p.); algo no habitual en otras necrópolis (Cipriano 2005: 279). Destacan en este sentido el Recinto L, con dos quemaderos, el primero de ellos construido ya sobre tres enterramientos anteriores, y el Recinto E, con tres ustrina superpuestos. Nos hallamos, en síntesis, ante un sector funerario de marcada planificación, predominio del módulo de 12 × 12 pies, y compleja topografía, estructurada en torno a dos o más diverticula trazados ex profeso con fines funerarios. Deja constancia así, una vez más, de la densidad y riqueza que llegó a alcanzar el paisaje funerario romano de los primeros siglos imperiales en la capital de Baetica, y de su fuerte impronta itálica, por más que muchos de los enterramientos se sirvieran para acoger los restos óseos de urnas cerámicas de supuesta tradición indígena (García Matamala 2002y 2002-2003; García Matamala y Liébana 2006; Jiménez Díez 2008), que constituyen una de las líneas de trabajo prioritarias para los próximos años (Fig. 10). En efecto, su categorización como tales pudo tener sentido mientras aparecieron de manera ocasional. A día de hoy, sin embargo, sabemos que fueron el tipo de olla ossuaria predominante entre finales del siglo I a. C. y mediados del siglo I d. C., no solo en Córdoba (vid. por ejemplo, para el caso de Segobriga, Cebrián y Hortelano 2016: 38 ss., fig. 33; también, la dinámica detectada recientemente en Baelo Claudia y la Silla del Papa; Moret et alii 2017: 61 ss.), lo que añade al problema nuevos matices. Su fabricación parece claramente local, y no cabe descartar cierto ejercicio de hibridismo, pero es posible también que nos encontremos ante productos de tradición itálica o mediterránea (nunca revisados desde este punto de vista), en boga durante la etapa augustea. PARCELACIÓN FUNERARIA Y MENSURAE SEPULCRI: ¿PRAGMATISMO O MODA...? La voz de la arqueología La arqueología nos ha permitido estos últimos años detectar en las áreas funerarias romanas de Córdoba varios sectores específicamente acondicionados para fines cementeriales, lotizados por iniciativa pública o privada y vendidos después a particulares, que señalizaron sus loci con cipos de piedra -quizás también algunos con madera y tituli picti, u otros materiales orgánicos-, con o sin indicatio pedaturae, y en ocasiones los rodearon de muros, por lo general de no demasiada altura y a cielo abierto, con o sin puertas (vid. infra), a fin de que, como era habitual y conveniente, quedara constancia de su integridad en ámbito privado y también público. Tanto los cipos recuperados en Avda. de las Ollerías como en Llanos del Pretorio, tallados sin excepción en areniscas locales, fueron extraídos tras la excavación, y en su mayor parte desechados como escombros. Sobre los primeros no tengo información fidedigna, pero de los segundos fueron tomadas escrupulosamente sus medidas totales (Fig. 11), que oscilan entre el 1,70 m de uno de los dispuestos en fachada del Recinto L, y los apenas 12 cm conservados del ubicado en la esquina sureste del Recinto B (vid., para el caso de Segobriga, Cebrián y Hortelano 2016: 51 ss.). Presentaban sin excepción su superficie desbastada, incluso en la zona destinada a ser embutida en tierra, y ninguno de ellos tenía perforaciones para traviesas lígneas, que sí se observan en otros ejemplos del norte de Italia. Tanto en el caso de los que portaban inscritas mensurae sepulcri como en los de remate semicircular del Recinto L, su cara principal había sido primorosamente alisada. Hablo de construcciones familiares que, con orígenes remotos en Grecia, parecen surgir en sus primeras expresiones romanas a finales de la etapa tardorrepublicana; sirvieron no solo para enterrar a los muertos sino también, con frecuencia, para quemarlos, y agluti- naron además todo lo necesario para garantizar los funerales y las ceremonias conmemorativas (Hesberg 2005). Los más antiguos de Córdoba, con alzados de adobe y tapial sobre zócalos pétreos, fueron documentados bajos los monumentos funerarios de Puerta de Gallegos, con una cronología un tanto imprecisa de la primera mitad del siglo I a. C.; pero el tipo, ya de mampostería -aun cuando no cabe descartar eventualmente alzados de barro-, alcanza plena carta de naturaleza y máximo desarrollo en época augustea, y sigue apareciendo hasta principios o incluso mediados del siglo II, casi siempre, en esta última fase, de sillería. Es muy posible que los recintos funerarios reflejen en Córdoba la misma o similar evolución que en Roma, donde surgen hasta cierto punto para "esconder", aislar, proteger o incluso realzar las tumbas monumentales, hasta erigirse con el tiempo en estructuras funerarias con entidad propia. Habrían pasado de simples acotados señalizados mediante cipos de piedra y madera, cuerdas, vallas de variada morfología o vegetación, a recintos de adobe primero y obra después con o sin puerta, de mayor o menor altura según albergaran o no monumentos funerarios, y con o sin ustrina interiores, hasta llegar finalmente a expresiones más monumentalizadas que incorporan la sillería y, en línea con el desarrollo del ritual, adquieren un carácter más cerrado. Obviamente, esto no evitó que unos y otros coexistieran siempre con loci abiertos. Por otra parte, aun cuando los recintos y acotados cordubenses acogieron sobre todo enterramientos de cremación, no faltan en ellos las inhumaciones, en particular infantiles; y a veces de cronología más tardía. Curiosamente, en algunos recintos del norte de Italia los enterramientos infantiles y/o femeninos, con frecuencia asociados, llegan a alcanzar el 50 % del total (Cipriano 2005: 280), hecho observado también en conjuntos cordobeses como el Marrubial (Penco 200410 ); por el momento solo una línea más de trabajo. Un proceso así podría explicar sin dificultad la compleja casuística constructiva -entendida siempre en perspectiva diacrónica-, observada por ejemplo en conjuntos como Camino Viejo de Almodóvar, Avda. de las Ollerías, o Llanos del Pretorio, si bien no cabe descartar saltos en el proceso, o coexistencias, que deberá perfilar poco a poco la arqueología. Recintos volverían a utilizarse en la ciudad durante la etapa tardorromana, pero ya en el marco de una nueva concepción del mundo funerario gobernada por el cristianismo. Entre otros muchos casos, baste con destacar ahora la Manzana de Banesto (Ruiz Osuna 2007a: 64), o el Parque Infantil de Tráfico (Cerrato 2018, con bibliografía anterior). Esta particular forma de expresión funeraria supo aprovechar a la perfección el escaparate público, de visibilidad, autorrepresentación, facilidad de acceso, prestigio y también vanidad (Gregori 2005: 164), que le ofrecían las vías principales; y cuando no pudieron acceder a ellas se sirvieron de diverticula creados ex profeso, en una racionalización del espacio cementerial que va quedando progresivamente en evidencia (vid. al efecto Fig. 4). No obstante, en Córdoba, como en la propia Roma -donde tampoco se han detectado preferencias gentilicias por una vía u otra- (Gregori 2005: 94 ss.), y con excepción siempre de la necrópolis meridional, de casuística diferente (vid. al respecto Vaquerizo 2010), no se aprecian diferencias significativas en cuanto a las medidas de acotados y recintos en función de la vía elegida o la distancia del sepulcretum a la ciudad. Una de las líneas prioritarias de investigación para el futuro habrá de ser, precisamente, la mejor definición del entramado viario que rodeó a la urbe, dado que hasta la fecha, salvo pequeños tramos de morfología y anchura muy diversas bien documentados en Huerta de San Rafael, Puerta de Gallegos, Ronda de Tejares 6, Huerta de los Tejares frente a Puerta de Osario, y calle San Pablo, el trazado tradicionalmente propuesto es en esencia hipotético (Ruiz Bueno e. p.) (Fig. 12); y el recorrido más problemático es el atribuido a la actual Avda. de las Ollerías, ya que la muralla medieval alteró bastante la topografía de la zona. De ahí las dificultades para interpretar correctamente el contexto topográfico del sepulcretum exhumado al final de la misma. A juzgar por algunos restos localizados siempre de manera descontextualizada, en determinados recintos de obra sus muros interiores pudieron ser estucados y pintados (así podría haber ocurrido en Camino Viejo de Almodóvar, y quizás también en Llanos del Pretorio), o por lo menos mostrar cierto afán decorativo, como se percibe en el Recinto F de este último con la simulación sobre el enfoscado de un despiece de sillería; elementos que en cualquiera de los casos soportarían mal el calor provocado por la disposición reiterada de las piras funerarias dentro de sus muros. Por lo que se refiere a las pavimentaciones interiores, lo habitual fue que quedaran regularizadas mediante una capa de picadura de sillar. Sin embargo, parece demostrado que también pudo haberlas de losas de calcarenita, opus caementicium, opus latericium (quizás spicatum), e incluso opus sectile. Estas cuatro últimas modalidades han sido identificadas en Camino Viejo de Almodóvar. Más allá de estos datos no tenemos constancia firme de que los recintos cordubenses conocidos hasta la fecha, en cualquiera de sus modali-dades, incorporaran aparato ornamental. Nada que ver, por tanto, con lo observado por ejemplo en otras necrópolis de la Cisalpina, donde se reservaba a la decoración "il ruolo di esplicitare il rango sociale del propietario del sepolcro" (Tirelli 2005: 257). Prueba determinante de la construcción planificada y simultánea de estas baterías de recintos es que en algunos casos comparten medianeras, como se pudo comprobar en La Constancia o también en Ollerías; pero esta circunstancia no siempre se da, ni en Córdoba, ni en otras zonas del Imperio (Sartori 2005: 166; Tirelli 2005: 254 ss.). Esta premisa, sumada al mal estado de conservación en el que nos ha llegado la mayor parte de ellos, y las limitaciones metodológicas con las que en muchos casos han sido excavados (de forma particular en ciudades como Córdoba), hace más complicado interpretar arqueológicamente las respectivas dinámicas, o la imagen que tales sepulcreta pudieron ofrecer en cada una de sus fases. Finalmente, como ha sido bien observado en necrópolis de Hispania o del occidente del Imperio, incluida la propia Roma, al abrigo de los recintos funerarios cordobeses se dispusieron con frecuencia por el exterior otros muchos enterramientos que utilizaron rito y morfología similares, y ustrina de uso posiblemente colectivo, si bien por el momento resulta imposible determinar el grado de relación que tales individuos tuvieron con los propietarios de aquellos. En Altinum tales zonas fueron reservadas a esclavos y libertos de los dueños de los recintos inmediatos (Cresci Marrone 2005: 314). Más allá de Roma, Ostia o las ciudades del norte de Italia y la Galia (vid. por ejemplo al efecto Heinzelmann 2000; Christol y Janon, 2002, o los numerosos trabajos sobre el tema contenidos en Cresci Marrone y Tirelli 2005), donde en algún caso la racionalización del espacio funerario remonta a época prerromana (Gambacurta et alii 2005), y los recintos funerarios constituyen una de las expresiones funerarias más características y significativas de la etapa tardorrepublicana y el Alto Imperio hasta el punto de inaugurar la aparición de la epigrafía (Cresci Marrone 2005: 306 ss.), en Hispania contamos también para ellos con algunos paralelos de interés, entre los cuales Segobriga y Barcino. En Segobriga (Abascal et alii 2008; Cebrián y Hortelano 2016), la necrópolis septentrional había revelado hace años un paisaje funerario de mediados del siglo I d. C. presidido por grandes recintos alineados a ambos márgenes de la vía, con una única referencia epigráfica conservada, que aludía a un locus cuadrado de 15 pies de lado (Cebrián, Hortelano 2016: 53, nota 11). Con posterioridad, la excavación de su necrópolis noroccidental, bajo el circo, dejó de nuevo al descubierto, ahora ya de forma sistemática y exhaustiva, una topografía y una dinámica funerarias muy similares a la del Pretorio, si bien de cronología algo posterior, centrada entre época tardoagustea y mediados del siglo II d. C. El sepulcretum se organizó en torno a una vía principal de entre 6 y 10 pies de anchura según el tramo, y dos caminos secundarios, y usó como rito prácticamente exclusivo la cremación, con un claro predominio entre los enterrados de esclavos y de libertos, si bien los abundantes restos de tumbas monumentales recuperados no muy lejos, con representación epigráfica de algunos magistrados, permiten suponer un espectro social más variado. Los recintos dispuestos en el lado oriental de la vía no compartían medianeras, pero sí muro de fachada, de forma similar a como ocurre en Ollerías y en Llanos del Pretorio con el muro trasero meridional; hecho que, junto a la aparición de un terminus con el clarificador titulus C(ippus).PR(imus), se ha considerado prueba determinante de la parcelación previa del terreno con fines funerarios (Cebrián y Hortelano 2016: 41 ss.) Su lectura alternativa como C(ardo) P(rimus) ofrecería una sugerente conexión con el V• I• C• de Avda. de Ollerías, quizá también, como ya vimos, referencia catastral. A tenor de la disposición de las numerosas estelas documentadas (algunas de ellas in situ), no se descarta además la existencia de acotados definidos por vallas o cercas de madera; un paisaje sepulcral en el que no faltan un gran ustrinum colectivo -si bien hubo también quemaderos en el interior de los propios recintos-, y monumentos de diverso porte. Como en los seplucreta cordubenses, los seis recintos documentados fueron delimitados con termini cuádruples fechados a mediados del siglo I d. sector funerario extramuros de la ciudad, tras dar salida el cardo máximo a la via Augusta por el sudoeste, cuya conformación topográfica ofrece un paralelismo extraordinario con los sepulcreta cordobeses aquí analizados (Fig. 14). A tan importante arteria de comunicación, excavada en una cincuentena de metros, daban fachada por sus dos márgenes toda una serie de recintos a cielo abierto sin puertas conservadas, que se adosaban a los limites longitudinales de aquella: seis en el lado sur -de planta cuadrada, con lados de unos 3 m (10 pies), ustrina privados en cuatro de ellos, dos busta y una cupa structilis entre los tipos de enterramientos de cremación documentados-, y un número indeterminado al norte, superpuestos y con medidas más variadas, que incluían también un ustrinum y algunos busta. Varios de ellos conservaban restos de los lechos funerarios (un mínimo de ocho), con armazones internos de hierro y revestimientos de hueso tallado con relieves de temas orientalizantes, helenísticos, y báquicos, sobre los que fueron quemados los cadáveres. Solo uno de los recintos del sector meridional conservaba algo de su alzado, en opus vittatum, lo que da idea de cierta monumentalidad. Cremación e inhumación convivieron en la necrópolis. Más en concreto se habla de trece inhumaciones repartidas a ambos lados de la vía, tres identificadas como individuos adultos, y dos como infantiles o perinatales. Sin embargo, no se especifica reparto espacial ni temporal, lo que limita la validez del dato. El complejo, que arrancaría de mediados del siglo I d. C., se habría visto colmatado por una riada a principios del siglo II, en un curioso paralelismo con Llanos del Pretorio o Avda. del Corregidor, si bien el hecho de que no quedara totalmente cubierto habría facilitado su expolio. En Cataluña destaca también el caso de Baetulo, en cuyo suburbio occidental (Illa Fradera) fue exhumada hace algún tiempo una batería de recintos funerarios delimitada por dos muros longitudinales, con una primera fase de mediados del siglo I d. C., en los que se practicaron enterramientos de cremación y de inhumación (Antequera et alii 2010: 188 ss., fig. 12). La casuística relacionada con las medidas de los recintos cordubenses conocidos hasta la fecha es amplia. Mientras la epigrafía testimonia superficies reducidas y muy uniformes, la arqueología lo hace de valores más variados y con frecuencia más altos; algo que ha sido observado también en Italia, donde los tituli conservados de época republicana no se hacen eco en absoluto de la variedad tipológica de los monumentos constatada sobre el terreno, sí reflejados en cambio de manera reiterada en los de época imperial, sobre todo en sus acepciones de locus o monumentum (Gregori 2005: 79 ss.). De ahí la necesidad de elaborar pronto en Córdoba un mapa detallado de estas tipologías funerarias que recoja dispersión, superficies, edilicia, existencia o no de epigrafía, cronología, estatus jurídico de sus propietarios y tantos otros aspectos de interés, imprescindibles para entenderlas en su plena dimensión. Por el momento (Vaquerizo y Sánchez 2008y 2009; Vaquerizo 2010), observamos una relación de concordancia entre las dimensiones medias de los recintos documentados en la Hispania meridional y los casos conocidos para Roma y las ciudades más destacadas de Italia o de la Narbonense, donde priman los acotados de entre 10 × 10 y 15 × 15 pies (Christol y Janon 2002: 121), con algunas excepciones como la de Altinum, de media más alta (Buonopane y Mazzer 2005: 331 ss.). Sin embargo, esta notable analogía no debe interpretarse de modo automático como fruto del proceso de imitatio Urbis desarrollado en otros aspectos por los talleres epigráficos provinciales. El tamaño del locus dependería siempre de la disponibilidad de terreno por parte de la ciudad (lo que no quiere decir que todo el suelo perteneciera a la curia, o todas las "promociones" fueran de iniciativa pública; por el contrario, muchas tierras serían lotizadas y vendidas por particulares) y económica por parte de la familia -quizás también de la costumbre en origen, de la moda o la oferta-, y la indicación o no de la pedatura -grabada en piedra, al menos-de la decisión personal y, de nuevo, la tradición gentilicia; aparte, por supuesto, de la época, las circunstancias y las peculiaridades locales concretas: presión demográfica, necesidad o demanda de suelo, mercado y precios, existencia o no en las leges municipales de disposiciones reguladoras de la distribución, medidas y protección de los loci sepulcrales, incidencia de las usurpaciones de tumbas, etc. (vid.a este respecto López Melero y Stylow 1995: 230; Purcell 1987: 33 ss.). No se conservan muchas referencias de precio, que hasta donde testimonian las inscripciones en Roma oscilaron entre los 180 sestercios por los que un tal Celsius vendió en la vía Latina un acotado de 6 × 3 pies, los 5.000 que pagó Trebonia Salvia, liberta de Gaio, por un área de 12 × 18 pies, y los 16.000 que desembolsó otra mujer de nombre indeterminado por un locus de solo 12 × 12 pies, estos dos últimos de procedencia y ubicación desconocidas (Gregori 2005: 96). Obviamente, sería temerario extrapolar esta realidad al caput Baeticae, pero puede servir como elemento de contraste. La proliferación de estos termini y de las mensurae sepulcrorum que con frecuencia los acompañan testi-monia en principio un alto valor del terreno suburbano destinado a fines funerarios, compartimentado en lotes de mayor o menor tamaño mediante procesos de planificación topográfica, al tiempo que una preocupación profunda por dejar evidencia social, escrita e imperecedera de la integridad del respectivo locus. Dado el carácter prioritario de la fachada como elemento más visible y apto para la representación, las medidas in fronte suelen primar -o por lo menos equipararse-sobre las in agro, pero no faltan casos en los que tal ecuación se invierte, caso de Aquileia, donde en la mayoría de los recintos documentados la relación in fronte/in agro es de 1:2 (Zaccaria 2005: 204; otros ejemplos en Cresci Marrone y Tirelli 2005). Ni siquiera en este aspecto pueden, pues, hacerse afirmaciones absolutas. Al dejar constancia pública de las medidas del locus se estaban fijando de forma expresa y con vocación de eternidad, ante este mundo y el otro, los límites del espacio para la muerte, que quedaba de paso bien diferenciado del destinado a los vivos (Orlandi 2004: 383). Buscaba con ello el comitente dotar a su tumba de personalidad jurídica pública confor-me al ius civile, que reforzaba su carácter de res religiosa amparada implícitamente por el ius pontificium, aun cuando materializada en el ius funerum, de la mano del rito legítimo (Lazzarini 2005: 50). Todo ello, en un intento doble de mantener su integridad para siempre, por cuanto la protección legal solo se podía ejercer si las medidas y el perímetro del locus o del monumento estaban rigurosamente definidos (Zaccaria 2005: 198), garantizando de paso la memoria, y de evitar por vía física y jurídica la tan temida violatio sepulcri (Liguori 2005: 158). Algo que no siempre se consiguió, a pesar de tanta precaución a nivel privado, y de la vigilancia, control y tutela de los espacios funerarios periurbanos por parte de la curia. Perfil social de los usuarios Aun cuando hace sesenta años M. Floriani Squarciapino (1958: 234) relacionó los recintos funerarios de las necrópolis ostienses con libertos, comerciantes, artesanos, profesionales liberales, apparitores y plebeyos en general, como después han puesto también en evidencia el reflejo epigráfico y los estudios realizados en algunas de las más conspicuas necrópolis romanas de la mitad occidental del Imperio incluida la propia Roma (Gregori 2005: 98 ss.) el uso de estas modalidades de sepultura fue común en realidad a los más diversos sectores sociales -incluidos algunos miembros de las clases senatorial y ecuestre documentados por ejemplo en el ager de Aquileia (Zaccaria 2005: 209), en claro contraste con ingenui, esclavos y una mayoría de libertos-, sin que el precio del suelo y la posible especulación urbanística, o el tamaño de su superficie, puedan o deban por obligación ser entendidos como indicio cuantitativo y económico, o cualitativo y social de los usuarios, de su carácter individual -un solo enterramiento-o familiar y colectivo (Cenerini 2005: 139; Sartori 2005: 166 ss.; Campedelli 2005: 179; Buonopane y Mazzer 2005: 333 ss.). En los dos conjuntos cordobeses analizados la única referencia epigráfica alude a una sierva o posible liberta, Bassa, pero su epitafio le fue dedicado por un ingenuus, lo que en el fondo no resuelve nada. Tal vez por eso la verdadera clave habría que buscarla en su ubicación, junto a vías principales y cruces de las mismas, vías funerarias sensu stricto, o las respectivas propiedades privadas de cada familia. Sobre un recinto previo se construye en Colonia Patricia el túmulo septentrional de la Puerta de Gallegos, erigido junto a la porta urbica occidentalis -que daba salida al decumano máximo-por una familia perteneciente como poco al ordo equester. Es muy significativo por otra parte que los más importantes sepulcreta del tipo aquí analizado se ubicaran en la necrópolis septentrional de la ciudad, lo que resulta tentador poner en relación con el hecho de que ese mismo suburbio fuera elegido por las principales societates mineras para ubicar sus officinae y quizás también muchas de sus instalaciones. Serían, pues, foco de atracción de itálicos que traerían consigo las modas funerarias vigentes por esas fechas en Roma y su entorno, agentes activos de romanización como ocurrió en el norte de Italia (Cresci Marrone 2005: 307). Con todo, a día de hoy resulta muy difícil interpretar conjuntos como Llanos del Pretorio, La Constancia o Avenida de las Ollerías desde el punto de vista de la propiedad o de su adscripción social y económica -vid. al respecto los resultados recogidos en Vaquerizo y Sánchez 2008 y 2009-, entre otras razones por la parquedad al respecto de la epigrafía, limitada en la mayor parte de los casos a la definitio pedaturae. Muy posiblemente lo normal fue la compra privada de carácter individual en vida con intención de destinar el acotado a tumba familiar. Así queda refle-jado de hecho en multitud de tituli procedentes del norte de Italia y la propia Roma, donde la casuística es muy amplia (Gregori 2005: 96 ss.). No obstante, fue también muy frecuente la adquisición de acotados funerarios en sociedad, con parientes, amigos, colegas de profesión o miembros de collegia y sodalitates, así como la posterior compraventa de parte o de todo el espacio, la cesión, la nueva compartimentación e incluso la usurpación parcial o total de la tumba o el locus, con los contenciosos subsiguientes (Zaccaria 2005: 203 Todo esto debió generar en las ciudades un complejo entramado de relaciones familiares, económicas, de amistad o de conveniencia, que deben ser entendidas en perspectiva diacrónica y tendrían un reflejo evidente y muchas veces explícito en esos mismos espacios funerarios (vid. Buonopane y Mazzer 2005: 327 para el caso de Altinum). Cronología y perspectivas de futuro En Roma, la utilización de cipos con indicatio pedaturae como forma incontestable de fijar la superficie del locus está bien atestiguada desde los años finales del siglo II a. C. El interés por hacerlo se mantendrá prácticamente durante toda la etapa imperial, pero el uso a tal fin de los cipos pierde fuerza en la segunda mitad del siglo I d. C., para acabar desapareciendo en beneficio de la construcción de recintos más monumentales cuyos muros hacían ya innecesaria la fijación por escrito de aquellas, limitadas en el mejor de los casos a estelas y lastras marmóreas. En Córdoba, la práctica es detectada desde finales del siglo I a. C., aunque podría haber existido desde antes, y desaparece muy a principios del siglo II d. C., en coincidencia también con la construcción de recintos en sillería de muros más altos y fachadas presuntamente monumentales, en ningún caso conservadas, que incorporan a su vez cambios sustanciales en el ritual, bien estudiados en otras zonas y por numerosos auto-res (Gregori 2005: 106 ss.). Se entiende así la conveniencia de seguir profundizando en un tema evidenciado arqueológicamente en Hispania hace solo unos años, en aras de perfilar la ritualidad, la evolución estructural de los recintos, la morfología y casuística específica de las tumbas, o el posible abanico de relaciones sociales y familiares entre quienes ocupan el interior de los acotados o los recintos construidos, y aquellos otros que se vieron relegados al exterior de los mismos. También, de aquilatar si siglo y medio después de que se introdujera en las provincias hispanas la costumbre de parcelar el espacio funerario fijando los lotes mediante cipos con o sin definitio pedaturae, habían desaparecido ya la necesidad jurídica de carácter público y la preocupación privada por garantizar la integridad del monumento y la memoria personal que en principio la generaron -importada sin duda de Italia de la mano de colonos, comerciantes, mineros y quizá también militares-, o, por el contrario, debemos pensar en un cambio de hábitos epigráficos y familiares ligados a la volubilidad de las modas, muy presentes en el mundo de la muerte como escaparate último de vanitas, expresión anhelante de perennitas y, por supuesto, garantía consciente de rituales debidamente atendidos.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Escultura de emperador sedente en colonia Patricia The sculpture of a seated emperor in colonia Patricia Carlos Márquez1 Massimo Gasparini2 Seminario de Arqueología de la Universidad de Córdoba RESUMEN En este artículo presentamos los resultados de la investigación desarrollada sobre un grupo de cuatro fragmentos escultóricos en mármol almacenados en el Museo Arqueológico y en el Museo de Bellas Artes de Córdoba que pertenecen a la misma escultura. El trabajo de investigación se ha enfocado por una parte sobre la digitalización 3D de los fragmentos a través de levantamiento fotogramétrico, sobre la restauración virtual y el ensamblaje virtual de los mismos. Por otra parte, la investigación se ha centrado sobre el análisis estilístico, la técnica escultórica y una hipótesis de identificación del personaje representado en la escultura. PALABRAS CLAVE: Córdoba romana; escultura; culto imperial; fotogrametría. 49-51, lám. 1, 3; Garriguet 2002: 49-51) se dio a conocer una fragmentaria escultura sedente datada en los inicios del principado de Claudio y que representaría a divo Augusto. El descubrimiento de nuevos fragmentos que pueden pertenecer a esta escultura junto con el conocimiento del tipo de mármol en que está realizada hace que retomemos su estudio donde además se intentará dar explicación al hecho de no encontrarse completamente pulida y al hueco que se le practicó, en su momento, en la espalda; del mismo modo, se intenta ajustar la cronología inicialmente propuesta para la pieza, así como su lugar de procedencia. Cuatro son los fragmentos que estudiamos, dos pertenecientes al torso, ya publicados, y otros dos pertenecientes a la pierna izquierda de un personaje sedente, inéditos; ambas piezas casan entre sí dos a dos, pero no existe conexión anatómica entre los primeros y los segundos. Están elaborados en mármol blanco 2.1. Fragmento de torso masculino, conservado en el Museo de Bellas Artes de Córdoba3 de 81 cm de altura (Fig. 1). Se conserva parte del manto sobre el pecho izquierdo; una parte del pecho y del vientre no está pulida; en la parte inferior, se observa el corte diagonal que serviría para pegar la pierna derecha del personaje representado. Aunque no se conservan los brazos, sí que cuenta con el orificio de anclaje del brazo derecho; no así el izquierdo que tiene fracturada la zona del hombro. Muy buen trabajo anatómico el realizado por el escultor, que señala e individualiza los pectorales y la fosa iliaca junto con el epigastrio. El ombligo se señala justo debajo de un pliegue del vientre. Fragmento que representa la espalda de la misma escultura (Fig. 2) y que encaja perfectamente con la pieza anterior. Su altura es de 92 cm y está depositado en el Museo Arqueológico de Córdoba con el Número de Inventario 30.3144. La cabeza, hoy desaparecida, en pieza aparte, encajaría en el amplio hueco existente; el manto le cubre toda la espalda con unos pliegues muy bien labrados; este manto tiene un rebaje horizontal, casi a la altura de los hombros, tema del que más adelante hablaremos. Para otros detalles de la pieza, remitimos al trabajo de Garriguet (2001: cat. Dos fragmentos, inéditos hasta ahora, de pierna que encajan entre sí pero sin contacto anatómico con las piezas anteriores. Se trata de dos piezas depositadas en los fondos del Museo de Bellas Artes, en la Colección Romero de Torres (Fig. 3) correspondientes al muslo y a la rodilla izquierdos de un personaje sedente y cubierto en parte con el manto. Como puede apreciarse en las imágenes, solo un pequeño fragmento de la rodilla es visible, conservándose el resto cubierto por el manto en un juego de pliegues de extraordinaria riqueza cromática y técnica. La longitud de los dos bloques ensamblados, desde la rodilla hasta la zona contraria es de aproximadamente 56 cm, lo que nos da idea del tamaño mucho mayor que el natural, característica que comparte con el torso. Pensamos que se trata de la pierna izquierda de la misma estatua sedente por varias razones; en primer lugar, se encuentra en la misma colección que uno de los fragmentos de torso; en segundo lugar, porque coincide con el tipo al que pertenece el torso; efectivamente, todos los ejemplares conocidos de este tipo escultórico tapan totalmente la pierna derecha con el manto, mientras que dejan al descubierto la izquierda desde la rodilla hasta el pie (Boschung 2002: lám. 4.4, 5.1, 5.2, 56.1, 70.2, 92.1 y 92.2). Lamentablemente, no tenemos la suerte de poder conectar anatómicamente el torso y la pierna, pero nada nos impide comprobar que esta pierna correspondería a la escultura aquí analizada o bien a otra de similares características. La altura de las dos primeras piezas (Figs. 1 y 2) ensambladas es de 99 cm. Estas piezas fueron publicadas por J. A. Garriguet (López y Garriguet 2000: cat. Mérito de J. A. Garriguet fue el pensar que ambas piezas, conservadas hoy día en dos sitios diferentes, formaban parte de la misma escultura. RESTAURACIÓN VIRTUAL A TRAVÉS DE LA FOTOGRAMETRÍA Uno de los objetivos alcanzados en este trabajo es el ensamblaje virtual de estos fragmentos, tarea que ha elaborado uno de los firmantes (M. Gasparini) y que se ha desarrollado en varias etapas. Dado que se trata de cuestiones estrictamente técnicas, hemos creído conveniente llevarlo a un apéndice. Una vez restituida la imagen (Fig. 4) con todas las partes anatómicas conservadas en su sitio, hemos de hablar del tipo de esta escultura; la adscripción tipológica ya fue perfectamente solventada por Garriguet, a cuyos trabajos remitimos; se trata, efectivamente, del tipo Iuppiter Kostum sedente, frecuentemente empleado en esculturas erigidas en ambientes privados y sobre todo oficiales para representar principalmente a miembros de la dinastía julio-claudia a fin de, entre otras, reforzar el culto imperial y la imagen dinástica. Este tipo no fue muy empleado más allá de las primeras décadas del imperio y su modelo sería la estatua de culto del Júpiter Capitolino, obra de Apolonio de Atenas, que decoró la cella del edificio reconstruido tras un incendio en el año 83 y dedicado en el 69 a. Aunque como acabamos de decir, el tipo se desarrolló sobre todo durante la dinastía julio-claudia, tenemos ejemplos en las provincias occidentales del imperio de estatuas de este tipo dedicadas en vida del emperador Augusto, si bien pertenecen a un ámbito no estrictamente público; el mejor de ellos sería sin duda alguna el del liberto M. Varenus Diphilus quien en el foro de Tibur dedica una escultura de Augusto flanqueada por las dos estatuas de sus patronos dentro de una especie de sacellum fechado hacia el año 12/11 a. C. Sin embargo, no olvidemos que dicho ejemplo no se encuentra estrictamente en un ámbito oficial y que, además, el liberto tiene según el nombre un origen oriental que explicaría tal acción (Balty 2007: 59). Con la muerte de Augusto y su divinización, la situación cambia de forma notoria y comienza a dedicársele al nuevo dios templos en todo el occidente romano donde instalar las nuevas estatuas. Es bien conocida la dispersión de este tipo escultórico en todo el imperio (Balty 2007: 57 ss.;Boschung 2002) y en Hispania (Garriguet 2001: 68 ss.), por lo que no vamos a tratar más este asunto. En este último ámbito, a los ejemplos citados por Garriguet hay que sumar dos fragmentarios testimonios de Tiberio procedentes del foro de Sagunto (Balty 2007: 57 nota 70). Otra de las novedades que podemos aportar viene dada por la identificación del mármol en que está he- El empleo de este mármol griego en nuestra escultura ha de ser puesto en relación con aquellas otras piezas conocidas en nuestra región elaboradas en el mismo material (Beltrán 2010; Baena del Alcázar 2015; Rodà et alii 2015). Si bien, como indica Beltrán, no hay muchas esculturas analizadas, de forma paulamogénea de intensidad muy baja. Su EDS confirma una composición calcítica y los valores isotópicos son compatibles con el mármol de Paros. Sus características son conformes con las presentadas por el mármol de Paros (variedad Paros-1) (Archipiélago de las Cícladas, Grecia) a partir de las muestras de referencia pertenecientes a la colección de referencia del LEMLA y el ICAC. Los valores isotópicos precisan su procedencia siendo compatibles únicamente con este mármol. Vista frontal, derecha, izquierda, trasera y superior de la restauración virtual del torso y del muslo izquierdo realizado a través de los modelos 3D de cada uno de los fragmentos adquiridos con técnica fotogramétrica estereoscópica (fotografía M. tina su número va aumentando y el análisis se puede hacer con más ejemplares. Del periodo julio-claudio, solo cuatro piezas italicenses están hechas en mármol de Paros (tres retratos, uno de ellos de Augusto elaborado en el periodo tiberiano) y una escultura con coraza (Beltrán 2010: 104-107). Queremos recordar, por otro lado, que análisis recientes han demostrado la presencia de mármol pario en una parte del ciclo estatuario del foro de Torreparedones; se trata de un fragmento de escultura con manto alrededor de la cadera (Hüftmantel) que formaría parte del programa escultórico julio-claudio forense del yacimiento de Torreparedones (Márquez et alii 2013: 362, fig. 8; Márquez 2014: 93). Recientemente han sido publicados dos interesantes ejemplos que se añaden a la lista conocida de esculturas elaboradas en mármol pario en la Bética; por un lado, el grupo del Cortijo de los Robles en Jaén (Baena del Alcázar 2015) en el que destaca un retrato femenino de época flavio-trajanea y una réplica del Doríforo de Policleto en las Termas Marítimas de Baelo Claudia (Rodà et alii 2015). Sería en el siglo II cuando durante el periodo de Adriano un número considerable de esculturas se labren en este mismo mármol, mientras que solo una pieza escultórica elaborada en este mismo mármol probablemente durante el siglo II ha sido localizada en la capital de la Bética; se trata de un fragmento que representaría a Hércules localizado en la Avda. del Gran Capitán, aunque no sabemos si perteneciente al programa escultórico del Forum Novum tiberiano (Márquez et alii 2001: 127, no 1 de la tabla; Márquez y Ventura 2005: 437, lám. 7; Márquez: en prensa) y también lo hemos constatado en arquitectura, en concreto en una moldura decorada con un anthemion que procede precisamente de la zona donde se encuentra el templo de culto imperial de la calle Morería (Márquez 1998: cat. Los últimos ejemplos fechados y conocidos en la Bética serán los de la villa de Almedinilla (Vaquerizo y Noguera 1997). El empleo de mármol de Paros en la escultura de la Bética (Beltrán 2010: 104-114) se materializa, como vemos, desde el periodo tiberiano y se mantiene en el periodo julio-claudio para tener un auge en la escultura ideal italicense durante el periodo adrianeo (Beltrán 2010: 104). El apartado técnico es uno de los campos donde nuestra pieza destaca por encima de cualquier otro; el complejo juego cromático formado por el manto y el no menos cuidado existente en los pliegues de la espalda están en sintonía con el extraordinario trabajo del desnudo observado en el torso. Sin embargo, dos características han sido puestas de manifiesto en el acabado de la pieza que no han tenido, desde nuestro punto de vista, una aceptable respuesta. La primera de ellas se detecta en la falta del acabado y del pulido en el pecho y torso de la pieza: mientras que su mitad derecha está completamente pulida, la mitad izquierda se encuentra sin ese acabado (Figs. No nos cabe ninguna duda de que dicha forma de labrar la superficie de esas zonas de la pieza es debida al taller; al respecto remitimos al trabajo de J. van Voorhis sobre el taller localizado y excavado en Afrodisias, donde expone algunas piezas no terminadas en las que se ve el mismo modo de tratar la superficie (Voorhis 2018: fig. 41). Difícilmente podemos achacar a la desidia del escultor este descuido, supuesta la excepcional labra de la pieza en su conjunto, y por ello queremos avanzar una posible explicación. Es conocido en el mundo de la decoración arquitectónica la elaboración por parte de varios artesanos de un mismo capitel. Efectivamente, cada uno de ellos (en número de dos o tres) comienzan a elaborar cada una de las cuatro caras de los capiteles y, cuando termina su lado, comienza otro (Demma 2007: 50-68). En el caso que nos ocupa vemos que la casi totalidad de su mitad derecha está pulida, mientras que no así la izquierda. Tal vez la prisa por entregar la pieza fuese la que motiva su inacabada superficie. En cualquier caso, la superficie adoptaría una imagen totalmente uniforme una vez que se le aplicase la delgada capa de estuco donde se le daría la pintura final en el lugar donde iba a ser colocada. En segundo lugar, debemos mencionar el corte de hombro a hombro que tiene en la parte superior de la espalda (Figs. Según Garriguet, serviría para reforzar la sujeción de la cabeza, lo que entraría en clara contradicción con el magnífico acabado de los pliegues en esta parte posterior. Para otros ejemplares del mismo tipo, bastaría un sencillo orificio que sirve a tales efectos: es el caso del ejemplar emeritense depositado hoy en el Museo Arqueológico de Sevilla (Álvarez y Nogales 2003: 196 ss, lám. 55). Realmente no es lógico pensar que los escultores terminen una obra con el cuidado observado en los pliegues de la espalda para acto seguido realizar dicho corte en el momento de ubicar la estatua en el lugar para la que fue realizada. Solamente si pensamos en que esta escultura fue importada podríamos explicar ambas cuestiones. Efectivamente, el taller, probablemente de Roma, tras recibir el encargo de la capital de la Bética enviase la pieza desmontada. Y sería en el lugar de colocación de la escultura en colonia Patricia donde se terminaría la labra. Quizás razones de prisa final impidieron el pulido en aquellas partes del vientre antes vistas, o bien con la capa de estuco y pintura se solventó la apariencia final. Pasemos ahora a dar la explicación al hueco existente en la espalda. Lógicamente, no se hace un acabado tan extraordinario de pliegues en la espalda para a continuación romperlo a fin de hacer dicho hueco. Pero si la pieza viene ya hecha y terminada, hay que pensar que el hueco se le hizo en el lugar donde iba a ser colocada, que no sería otro que el templo de culto imperial de la calle Morería, como veremos más adelante ¿pero con qué finalidad? No se nos ocurre 6 otra más lógica que la de encajarla en el trono donde iría sentado dicho personaje; si se trata, como sabemos, de la representación de divus Augustus, una vez llegada la pieza aquí se vio la necesidad de sentar dicha pieza en un trono (La Rocca 2007), este sí elaborado en la capital bética, de donde proceden varios fragmentos de trono con trazas de semielaboración, lo que indica sin lugar a dudas que se labró en la ciudad (Márquez 2004: 343, fig. 11; Portillo 2017: 222-225, figs. 11-12). Y para encajar la escultura bien en dicho trono, se le realizó el hueco a fin de que el travesaño trasero horizontal encajara bien. Podemos demostrar que la altura del hueco que estamos comentando es exactamente donde llegaría el travesaño superior del trono gracias a la escultura casi completa (Fig. 5) localizada en Nemi (Ghini 2014). Otro argumento para defender que esta pieza procede de un taller urbano es la complejidad técnica derivada de su tamaño, que necesita unos muy expertos escultores para ser labrada y ensamblada. La pieza que analizamos en este trabajo cuenta con unas dimensiones muy superiores al natural (Ruck 2007). Solo cuando se han podido ensamblar virtualmente los diversos fragmentos se ha podido comprobar este asunto con todo detalle. El torso, una vez ensamblado, mide 99 cm de altura, como se dijo anteriormente. Si a ello se le añade la altura que tienen los fragmentos de pierna antes vistos de la colección Romero de Torres, llegamos a 111 cm; a ello habría que sumar la cabeza y las piernas por debajo de la rodilla, por lo que la altura total de la pieza sedente sería de 204 cm aproximadamente. Es decir, dimensiones similares o superiores a otras de su misma tipología. Sin poder avanzar más en este terreno, queda de manifiesto que el colosalismo, una vez más, es seña característica de esta escultura, como también lo es en su vinculación al culto imperial (León 1990: 372 s.). 6 Agradezco la idea a mi colega el prof. Ángel Ventura. Este párrafo sobre dimensiones nos lleva de nuevo a cuestiones de índole técnica (Claridge 1990: 148-150; Nogales 2002) y al complicadísimo tema de ensamblaje que en nuestra opinión, difícilmente pudo ser hecha por unos artífices locales en época tiberiana (como más tarde veremos), momento en que creemos debe fecharse esta pieza; no quiero decir con ello que no hubiera talleres locales y regionales curtidos en la materia, pero resulta difícil pensar que en pocos años, estos artistas hayan aprendido a labrar estas esculturas colosales con la complicación añadida de la técnica del ensamblaje y con la elevada calidad técnica demostrada. Es necesario recordar la cita de P. León sobre el retrato provincial que puede ser aplicado al caso que estudiamos: "en la configuración del estilo Figura 5. Sedente entronizado localizado en Nemi, probablemente, Calígula (fotografía Á. local [...] que las características observadas a primera vista vienen a ser las mismas que en el arte provincial sensu lato, es decir, tendencia a la abstracción y al esquematismo, reducción formal, reiteración de recetas y tópicos habituales, negligencias y rutina en el acabado de las piezas" (León 1993: 11). El hecho de no cumplir ninguna de estas características avala más aún su factura foránea. Como confirmación de tal idea y a modo de comparación con la producción de un taller regional, perfectamente individualizado de esta misma época, tiberiana, se remite al grupo de Torreparedones, en concreto a la escultura de Divus Augustus, donde también se emplea el mármol hispano y cuya producción no puede ser achacada, como digo, más que a un taller regional-provincial y no demasiado avezado si se compara con otros grupos escultóricos cercanos como el de Iponuba. Las diferencias entre estos últimos y la pieza aquí analizada son tan evidentes que no necesita mayor demostración (Márquez 2017; Márquez y Morena 2018) para reiterar que la pieza patriciense es fruto de talleres urbanos. Solo admitiendo la tesis de importación de esta escultura se responde de forma satisfactoria a las dos cuestiones planteadas con anterioridad; y si, en consecuencia, este sedente fue importado, no podemos dejar de recordar aquí la tesis de St. Maggi (2015) según la cual una serie de esculturas semielaboradas de este tipo realizadas en Roma fueron luego enviadas a distintos puntos del imperio durante el periodo julioclaudio; obsérvense las similitudes de nuestra pieza con los ejemplos de Turris Libisonis y Augusta Emerita. A este respecto, P. Pensabene es de la opinión que los grandes ciclos estatuarios del periodo julio-claudio están elaborados por talleres urbanos que se desplazaron aquí para elaborar esa producción, o bien que eran elaborados en Roma y luego eran enviados hasta el lugar de destino (Pensabene 2006: 107-109). CRONOLOGÍA DE LA PIEZA En el periodo claudio se data hasta el momento esta pieza como hemos tenido ocasión de comentar con anterioridad; sin embargo, si hacemos una reflexión acerca del contexto arqueológico de la misma, podremos concretar algo su cronología; fuera de duda parece estar que es a Divus Augustus a quien representa la figura; su aparición en el centro de la ciudad, junto al foro colonial y junto al Complejo de Culto Imperial de la calle Morería hace que pensemos que sería este último el lugar más apropiado para ser ubicado, tal vez incluso como estatua de culto. La tradicional ubicación en un edificio de culto en la esquina SE del foro colonia, donde la ubicó en su momento el estudio de Garriguet (1997), publicación anterior al descubrimiento del Centro de Culto imperial de la calle Morería, no se contradice con la ubicación que aquí planteamos. El Complejo de la calle Morería (Portillo 2018) fue descubierto en 1998 mediante una investigación exhaustiva de la decoración arquitectónica de la zona (Fig. 6); a partir de entonces la crítica ha centrado su interés en fijar su cronología o bien sus funciones dentro de una administración colonial o provincial, cuestión esta última en la que no entraremos por no ser objetivo del trabajo (Garriguet 2017b). Pero, en cualquier caso, resulta indudable su cronología tiberiana; habría que pensar, pues, que cuando el complejo estaba terminando de construirse, se procedería a la adquisición de los programas escultóricos que adornarían el mismo; y es precisamente en ese momento cuando esta pieza vendría importada desde talleres de Roma, cuya producción ha sido evidenciada en otras esculturas repartidas en diversas zonas del Mediterrá-Figura 6. Plano topográfico del casco histórico de Córdoba con la planta de la ciudad romana solapada. En el cuadro de detalle se evidencia el área del centro de culto imperial de la ciudad y el lugar de hallazgo de los fragmentos escultóricos correspondientes al torso. Sin poder entrar a acotar más la cronología, y calculando un tiempo razonable para la construcción del complejo edilicio, creemos que esta pieza pueda ser datada tanto en el principado de Tiberio por los argumentos antes esgrimidos como en la primera mitad del principado de Claudio, atendiendo a los razonamientos de carácter estilístico planteado por Garriguet. Como conclusión podemos decir que el nuevo complejo de culto imperial de la calle Morería, erigido en la capital de la provincia Baetica que también se conoce como Forum Adiectum o Forum Novum, atestiguado arqueológicamente a partir de un solar de la calle Morería de Córdoba, está resultando más sorprendente de lo que en un principio, tras su descubrimiento, cabría esperar. Tras varios años de análisis urbanístico y arquitectónico comenzamos a acercarnos al mismo a partir del programa escultórico al que pertenecería con toda probabilidad como pieza de culto, una escultura sedente analizada en detalle en este artículo y cuya imagen ha sido completada con nuevos fragmentos y gracias a las últimas técnicas a través de las cuales hemos procedido a reconstruirla virtualmente, lo que nos ha permitido analizar en detalle algunas de las características que no habían sido explicadas con suficiente claridad hasta el momento; de esta manera creemos que nos encontramos con una estatua de dimensiones colosales que fue elaborada en talleres de Roma y acabada de montar in situ por talleres urbanos que acompañaban a aquellos arquitectónicos encargados de realizar el magno proyecto edilicio en todo el centro urbano de la capital bética. En primer lugar, ha sido necesario proceder al levantamiento tridimensional de los cuatro fragmentos objeto de estudio. Esto ha sido posible a través del empleo de técnicas Close Range Photogrammetry según la metodología SFM (Structure From Motion) (Luhmann et alii 2011) Los cuatro fragmentos han sido colocados al aire libre, en los patios interiores del Museo de Bellas Artes y del Museo Arqueológico de Córdoba. Esto ha sido necesario para poder contar con las mejores condiciones de luminosidad posible (luz de día difuminada por el ambiente), de modo que los colores y el brillo del mármol resultaran los menos alterados posible. Cada fragmento ha sido colocado en un basamento junto a unas reglas de referencia útiles para permitir el escalado de las piezas a tamaño real en gabinete. Para la toma de las fotos necesarias para la elaboración fotogramétrica se ha utilizado una cámara réflex Canon EOS 1100D montada encima de un trípode y a través del empleo de un disparador remoto. Esto ha permitido sacar las fotografías con los valores correctos de exposición sin correr el riesgo de vibraciones que hubieran podido afectar el resultado final. Las fotos han sido tomadas con los siguientes valores: ISO 100; distancia focal 35 mm (55 mm equivalente FullFrame) y relación focal f/11.Cada foto ha sido tomada a una distancia de 70 cm, aspecto que, junto a los valores de disparo, han permitido obtener un GSD (Ground Sample Distance) de 0,09 mm. Todas las fotos necesarias para la elaboración fotogramétrica han sido silueteadas para facilitar la unión de las caras frontales, traseras, inferiores y superiores de cada fragmento. El flujo de trabajo en gabinete se ha aprovechado de varios softwares, cada uno necesario y complementario con los otros para llevar a cabo el ensamblaje virtual de la pieza. Las nubes de puntos y las mallas han sido elaboradas a través del empleo del software Agisoft Photoscan Standard Edition (desde octubre 2018 Agisoft Metashape)7, que ha permitido obtener los siguientes resultados: -Museo Arqueológico de Córdoba -parte trasera del torso: 169 fotos elaboradas; nube densa de 14 millones de puntos; malla de 2,8 millones de polígonos. -Museo de Bellas Artes -parte delantera del torso: 250 fotos elaboradas; nube densa de 12,5 millones de puntos; malla de 2,5 millones de polígonos. -Museo de Bellas Artes -fragmento del muslo izquierdo 1: 300 fotos elaboradas; nube densa de 14 millones puntos; malla de 2,8 millones de polígonos. -Museo de Bellas Artes -fragmento del muslo izquierdo 2: 207 fotos elaboradas; nube densa de 10 millones puntos; malla de 2 millones de polígonos. Acabada la realización de los cuatro modelos, resultaba necesario escalar y juntar entre ellos los dos fragmentos del tronco y los dos fragmentos del muslo izquierdo. El software libre MeshLab, desarrollado por parte del ISTI-CNR de Pisa (Italia)8 (Cignoni et alii 2008) ha permitido llevar a cabo esta parte de manera muy cómoda y rápida, permitiendo el escalado de los modelos a tamaño real gracias al tool "Transform: Scale, Normalize" y a las reglas de referencia presentes en los modelos y, además de esto, facilitan-
La llamada Diosa de Galera apareció en una tumba real de la necrópolis ibérica de Tutugi (Granada), comparable a la de Pozo Moro, aunque de mediados del siglo V a.C. Es una escultura de alabastro labrada en un taller áulico sirio-fenicio del siglo VIII a.C. para servir como vaso sagrado de aceite perfumado destinado en exclusiva a la unción ritual de estatuas de divinidad y/o de reyes divinizados. La diosa Astart, entronizada entre dos esfinges, aparece concebida como Árbol de la Vida, pues de sus pechos brota el divino néctar o ambrosía perfumado que da al Rey la vida, le protege mágicamente y le garantiza la vida eterna en el Más Allá, según indican textos y representaciones orientales. Se trata de un objeto ritual sacro de ámbito regio, no de un simple keimélion traído por los fenicios. Sería la divinidad protectora de algún miembro de estirpe real nordsirio llegado a Occidente a través de la koiné colonial fenicia. Su aparición en una tumba real de Hispania documenta cómo se debió conformar la ideología y el ritual de las elites regias de Tartessos y del mundo ibérico en el Periodo Orientalizante. PALABRAS CLAVE: Galera (Granada), escultura fenicia, religión fenicia, monarquía sacra, óleo sagrado, Tartessos. No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume Lucas,7,46 La llamada Diosa de Galera, también conocida simplemente como Dama de Galera, es una pequeña estatuilla de alabastro de 18,5 cm de alto, descubierta en 1916 en la necrópolis bastetana de Tutugi, en la actual Galera, Granada. Por sus características, puede considerarse una de las mejores piezas conocidas de Arte Fenicio (Figs. 1 y 2), pues procede de un taller sirio-fenicio, y, a pesar de haber sido reproducida en numerosas ocasiones, prácticamente no ha sido todavía analizada de forma monográfica, salvo en el breve estudio que le dedicó, hace ya más de medio siglo, P. J. Riis (1950). El origen y la cronología de esta escultura han sido muy discutidos (vid. infra, § Historiografía). Sin entrar en su descripción ni analizar en esta ocasión sus detalles formales y estilísticos 2, puede considerarse originaria de un taller aúlico del Norte de Siria, posiblemente obra de un taller sirio-fenicio, quizás situado en la costa norte de Siria, aunque la obra se debió concebir y realizar al servicio de los gustos y creencias de un reino nordsirio. En consecuencia, su fecha debe relacionarse con en el apogeo de los reinos siriohititas a mediados del siglo VIII a.C., sin excluir una cronología algo más reciente, pero siempre antes de que la dominación asiria acabara con las elites regias a las que estaba destinada esta escultura-recipiente ritual, función que explica la excelente calidad y, sobre todo, la función y, en especial, el significado sacro de esta pieza tan singular. La Diosa de Galera apareció en una sepultura ibérica de la necrópolis de dicha población (Cabré y Motos 1920; Pereira et al. 2004: 35), situada a 4 km de Orce, en la provincia de Granada, que corresponde a la antigua Tutugi prerromana (Tovar 1989: 158 s.;Pérez Cruz 1997). La necrópolis se extendía al norte de la población antigua y de la actual, pues estaba situada al otro lado del cauce y de la vega del río de Orce, donde ocupa una serie de elevaciones producidas por la erosión que extienden varios kilómetros (Cabré; Motos 1920: 9-10; Pereira et al. 2004: 24 s.;Rodríguez-Ariza et al. 2004). La necrópolis se divide en tres zonas separadas por vaguadas. En la zona Ia, la más interesante y antigua, sobresalían del terreno de margas yesíferas terciarias una serie de túmulos (Fig. 3) que daban al paisaje un aspecto muy característico (Cabré; Motos 1920: lám. IV,1; Rodríguez-Ariza et al. 2004). La Diosa de Galera fue hallada en la sepultura 20 de esa zona Ia, en la parte central de la necrópolis con mayor aglomeración de túmulos (Cabré; Motos 1920: lám. I), en un punto dominante junto al camino que la atraviesa. La tumba 20 queda a unos 150 m hacia el Este de la sepultura 2, situada justo en el extremo del espolón que forma el límite occidental de la necrópolis más próximo a la población, que ofreció un lárnax cinerario dispuesto sobre una alfombra fenicia, por lo que se ha considerado que pudiera corresponder al rex iniciador de este cementerio enterrado en la primera mitad del siglo V a.C., sin excluir una fecha algo anterior en el siglo VI a.C. (Almagro-Gorbea 2008). Las noticias sobre el hallazgo de la escultura de la Dama de Galera son muy escasas, pues no apareció en una excavación arqueológica regular, sino que fue hallado por buscadoras de tesoros. Vista lateral de la Diosa de Galera como las asas del recipiente para perfumes (Blázquez 1975, lám. 75b 1916 unas mujeres de Galera, habiendo soñado que iban a encontrar un tesoro, iniciaron en el Cerro del Real la excavación de un montículo de tierra situado cerca de su casa que les llamaba la atención y «hallaron varias vasijas, platos y un imagen femenina de piedra ricamente ataviada», túmulo que Cabré y Motos denominaron como sepultura 20 en la publicación de la necrópolis. En la Semana Santa de ese año se presentó en Galera Guillermo Gossé, restaurador de Enrique Siret, quien visitó a los buscadores de tesoros y adquirió a un tal Blas «la escultura de la deidad femenina» junto a otros objetos, que el conocido arqueólogo belga acabaría donando años después al Museo Arqueológico Nacional, donde desde entonces se conserva (Pereira et al. eds. La sepultura 20, que permitió descubrir la necrópolis (Cabré; Motos 1920: 26-27), era una cámara funeraria de aparejo de mampostería con un pequeño drómos de entrada, cuyo tamaño y orientación no pudo precisar Cabré porque sus piedras, tras su ex-polio, se reutilizaron para hacer aterrazamientos en parcelas de terreno próximas, hasta que los recientes trabajos de excavación en la necrópolis han permitido identificar la sepultura y reinterpretar su interesante estructura (Rodríguez-Ariza et al. 2008). Se trata de una importante sepultura cuya primera fase constaba de una cámara con un corto corredor o drómos de acceso, ambos excavados en la roca local de margas arcillosas. La cámara era de planta rectangular, con unas dimensiones aproximadas de 5 m de norte a sur por 3,30 m de este a oeste, que suponen una superficie en la parte alta de 16,5 m 2, aunque se estrecha hacia su base, a 1,75 m de profundidad, donde sólo mide 4,35 m por 2,60 m, por lo que sus paredes presentan forma ataludada (Rodríguez-Ariza et al. 2008: 171). La cámara ofrecía un pilar central de adobes para sostener una techumbre de madera, pues debía quedar cubierta por un techo de vigas de Pinus nigra o Pinus sylvestris, cuyos restos aparecieron en el relleno de la fosa de expolio. En la parte Figura 3. Esta cámara originaria debió quedar cubierta por un túmulo de tierras y piedra, cuyo peso debió acabar hundiendo las vigas y enterrando la cámara inicial (Fig. 3). La reciente reexcavación ha constatado que en un momento posterior se remodeló la cámara, que quedó rellena de chinarro y piedras de pequeño tamaño con tierra. A nivel del suelo se organizó una amplia plataforma en cuyo centro se levantó una nueva cámara o recinto cuadrangular con su drómos de entrada, que constituía una proyección de las estructuras subterráneas, manteniendo la misma orientación y dimensiones de la cámara y el corredor anteriores, pero ligeramente disminuidas por el lado norte. Estaba construida a base de muros de adobe de 30 cm de grosor, recubiertos de yeso tanto al exterior como al interior. El corredor de entrada también se remodeló en esta segunda fase constructiva y ofrecía dos hoyos para postes que se deben relacionar con la puerta o la estructura de entrada (id., 174 s.). Sobre la citada plataforma y rodeando la cámara se dispuso un suelo de yeso de planta casi rectangular de c. Este suelo de yeso ofrece en sus bordes restos de pintura roja paralela a la cual corre otra banda blanca de 10 a 40 cm de ancho que rodea el edificio y que se extendía en sus vértices para ofrecer una característica forma de piel de toro o de keftiu o lingote chipriota (Fig. 3). El resto de esta plataforma circular de 13 m de diámetro en cuyo centro estaba la tumba fue pintada igualmente de rojo aplicado directamente sobre la roca rebajada, de forma que la construcción de esta fase de la cámara originariamente quedaba enmarcada por el rectángulo blanco del lingote chipriota, a su vez situado en el centro de una gran plataforma circular de color rojo (Rodríguez-Ariza et al. 2008: 175 s.). El recinto señalado puede interpretarse como un herôon con su témenos rodeado de muros de adobe de 50-60 cm. de altura a modo de períbolos, que reproducía a cielo abierto el espacio de la cámara infrapuesta y que quedaba rodeado de una plataforma circular de 13 m de diámetro, que ofrecía forma de keftiu o de piel de toro (Rodríguez-Ariza et al., 2008: 179). Esta estructura de la tumba 20 de Galera se asemeja de forma sorprendente a la del monumento funerario de Pozo Moro (Almagro-Gorbea 1983: 189 s. figura 6), tanto por la forma de keftiu que ofrecen como por su función de témenos de un herôon con el acceso por la parte occidental (Fig. 4), lo que apunta a un mismo simbolismo ritual y al carácter regio de ambas sepulturas (id., 1983: 220 s.; id. 1996: 70 s.), elementos que permiten relacionarlas con el culto al antepasado, probablemente al estar destinados a los ritos funerarios en honor del rex allí enterrado como héros ktístes de la población de Tutugi (id., 74), pues estos monumentos funerarios de Pozo Moro y Galera, al margen de su específica planta de keftiu que hace suponer modelos orientales, ofrecen todas las características de los herôa, un elemento tan bien conocido en la arqueología y la ideología griegas (Damaskos 2004). La clara función sacro-ideológica de estas estructuras la confirma la importancia de la cámara, que con 16,5 m 2 es la mayor de la necrópolis, así como por ser esta tumba un punto central, casi onfálico, de la misma, en torno al cual se articulaban las restantes sepulturas de la zona (Rodríguez-Ariza et al. 2008: 176), hecho observado igualmente en la sepultura regia de la Dama de Baza, en torno a la cual también se organizaron las restantes sepulturas de la Necrópolis de Baza (Ruiz et al. 1992). En el interior de la primera cámara debió aparecer la escultura de la Diosa de Galera junto con un rico ajuar ibérico (Fig. 5), formado por cuatro vasijas semejantes aunque de distinto tamaño (Cabré; Motos 1920: lám. 16,a; Pereira et al., (eds.) 2004: 89-95, figs. 24-26), que estaban repintadas de color rojo uniforme y cubiertas por platos a modo de tapadera; la tapa de la urna mayor, que cabe suponer correspondería al titular de la tumba, quedaba rematada en una granada, mientras que el menor era de forma más pequeña y aplanada (Cabré; Motos 1920: lám. XVI, 3 y 8). También aparecieron otros dos platos, que todavía conservan restos de una especie de enyesado en su superficie, bajo el que, por dentro y fuera, ofrecen unos grabados muy irregulares de líneas onduladas (Cabré; Motos 1920: lám. XVI, 10; Pereira et al., (eds.), 2004). Igualmente, se recuperó junto a «la escultura de diosa femenina» un kýlix ático (Shefton 1995: 128, figura 5), tres anforitas de pasta vítrea de color verde y amarillo sobre azul oscuro y una palmeta de bronce, inicialmente considerada de un oinóchoe, que A. García Bellido (1948: II, 87, lám. 43) comparó con otra pieza del siglo v a.C. de Panagjuriste, en Bulgaria (Venedikov; Gerassimov 1973: lám. 123 s.), pero que B. B. Shefton (1990; id., 1995: 149, n. 24) identificó como perteneciente a una phiále mesómphalos griega de tipo Galera-Olinto, de c. Los objetos pasaron a la colección Federico de Motos y de ésta al Museo Arqueológico Nacional, donde en la actualidad se conservan (Olmos 2004; Pereira et al. eds. 2004), lo mismo que la escultura, donada a dicha institución por Enrique Siret, a lo que se suman los escasos fragmentos hallados en las excavaciones recientes (Rodríguez-Ariza et al. 2008: 177 s., figura 5). HISTORIOGRAFÍA DE LA ESCULTURA La primera publicación de la Diosa de Galera aparece al explicar Cabré y Motos (1920: 26 s.) el hallazgo de la necrópolis, pero sólo le dedicaron una breve descripción, aunque ya valoraron su interés: «Dicha imagen religiosa es de lo más interesante que se conoce en la estatuaria prerromana. Está sentada en un sillón, cuyos brazos representan dos esfinges mitradas y sostiene la diosa un gran plato a la altura de los pechos, los cuales se ven taladrados, con objeto de que por ellos tuviera salida el líquido que se depositase en el interior de 1a estatua por el vaciado de la cabeza. Viste túnica finamente plegada y mangas cortas y ciñe su cabeza una rica diadema, cual las esfinges, que además llevan suntuosos y anchos collares. Mide unos 20 cm y es de alabastro». Ese mismo año volvió a publicar la estatuilla como una «deidad femenina de alabastro» (Cabré 1920: 255, figura 19), junto a los dos «anforiscos de pasta vítrea polícroma del túmulo 20» (id., figs. 17-18), pero Figura 5. Algunos años después la esculturilla fue publicada con una buena foto por J. Pijoan (1931: 412, figura 634) en el Summa Artis, pero sólo se refiere a ella como a una «estatua-fuente de la necrópolis de Galera». Señaló que la figura, vestida con chitón de mangas cortas, «tiene también rasgos egiptizantes», pues «las alas, el tocado y la posición de las esfinges denuncian modelos egipcios», por lo que tuvo el acierto de interpretarla como una imagen púnica identificable con Astarté como diosa de la fecundidad. Indicó que procedía de una tumba del siglo IV a.C. y añadió que la figura «acaso ronde el año 500», que en otro lugar amplía al siglo VI o V a.C.. Además, la relacionó con la fecundidad y con la escultura de Solunto (vid. infra), también vestida con chitón y entronizada entre esfinges (id., 1952: 467) y con otros paralelos de Cartago de estilo más clásico. Estas mismas ideas sigue J. Caro Baroja (1957: 338, figura 65), para quien «revela la influencia de modelos egipcios y hay que adjudicarla al mundo púnico, representando acaso a Astart, concebida como diosa de la fecundidad, y su ejecución puede fecharse hacia el 500 a.C». Esta línea interpretativa siguió igualmente A. Blanco Freijeiro (1960: 101, lám. 17a), quien la consideró una diosa fenicia, posiblemente Astart, con esfinges con tiaras sirio-egipcias, pero ya la relacionó con los vasos plásticos griegos (Maximota 1927; Payne 1931: 170 s.) y señaló su procedencia oriental y su fecha en el siglo VII a.C., desde entonces mantenida por la mayoría de los autores. P. J. Riis (1950; id., 1956: 23) fue el primero en valorar correctamente esta escultura, que relacionó con los alabastrones con cabeza humana, cuya procedencia se discutía entre Fenicia, Chipre, Náucratis y Rodas (id., 1956: 23, figura 3), aunque ya F. N. Pryce (1938: 158 y 182) había atribuido alguna de estas piezas al Norte de Siria. Estos alabastrones se caracterizan por tener la forma de la parte superior de una figura femenina, que Riis (1956: 32) interpretó por sus atributos como una divinidad, que tendió a identificar con Qadesh o con la diosa del amor y la fertilidad. 15 s.) incluyó la escultura entre las deidades de la fecundidad o de la lactancia, que consideró la «más antigua de las halladas en España» y cita a Riis al considerarla de estilo claramente oriental de la segunda mitad del siglo VII a.C, próxima a las tridacnas, y habría sido fabricada «por un chipriota que recordaba las esculturas y los marfiles sirios, que vivía en un país rico en alabastro, como el Delta del Nilo». Años después, A. Arribas (1963: 131, 255, lám. 21) la describe brevemente como una estatua de alabastro de una diosa sentada en un taburete y dio sus medidas precisas, aunque la considera una escultura de Deméter, que compara con prototipos de Haghia Eirene, en Chipre y de Solunto. En ese año D. Harden (1963: 104, figura 72) la incluyó en su conocida obra The Phoenicians, considerándola una representación oriental de Astart en su trono de esfinges, que por su estilo se debía fechar en el siglo VII o VI a.C. Además, señaló que era una escultura milagrosa, pues permitía que en determinado momento del culto manara leche al cuenco gracias a la perforación de su cabeza y de los pechos, que estarían cerrados con cera que se derretiría con la leche caliente. Poco después, E. Kukahn (1967: 304, lám. 361) la consideró un trabajo fenicio oriental, con elementos egipcios y mediterráneos y supuso que la figura serviría para ceremonias de culto con libaciones de leche, con precedentes en esculturas de Mari, por lo que ilustraba la asimilación de la religión orientalizante por los turdetanos, ya que se había depositado en una tumba que no podía sobrepasar el siglo IV a.C. En su conocida obra sobre Tartessos y los fenicios en Occidente, J. Ma Blázquez (1975: 187-192, lám. 75-76A) se ocupó con mayor detalle de la Diosa de Galera entre los objetos de alabastro fenicios de la Península Ibérica. Tras aludir a su contexto y describirla brevemente, sin entrar en precisiones, señaló ya sus relaciones con marfiles de Nimrud de estilo sirio que ofrecen trajes similares, así como con las tridacnas, refiriendo las discusiones sobre los supuestos talleres de éstas. También, siguiendo a Blanco, relacionó la Diosa de Galera con los vasos plásticos griegos del Periodo Orientalizante, que reflejan influjos sirios. Para Blázquez (ibidem) es una diosa de la fecundidad, cuyo precedente puede verse en el marfil de Ras Shamra con una divinidad, probablemente la diosa Atirat, que da el pecho a dos divinidades, así como en otras imágenes de la divinidad asociada a esfinges, como la de Hagia Eirene, en Chipre, del chipriota arcaico, la de Selinunte (Pace 1935: 104, figura 105) y otras representaciones de diosa entronizada entre esfinges (id., 190, n. Por ello, Blázquez (1975: 192) concluye que la obra «habría sido fabricada muy entrado el siglo VII a.C. por un chipriota que tenía presentes figuras sagradas fenicias y esculturas sirias de marfil y que vivía en un país abundante en alabastro, como era el Delta del Nilo o quizás la propia Siria». 244, lám. 117, no 1217), al recogerla, sigue la opinión de Harden sobre su interpretación y cronología, pues la consideró una diosa de la fecundidad (Astart?) con la cabeza y cuerpo huecos que se llenarían de leche, que al calentar la cera que cerraría los agujeros del pecho, caería sobre el recipiente. Sus esfinges las relaciona todavía con el ámbito púnico, pero observó que las alas servirían como brazos del trono. Para este autor la Diosa de Galera es un vaso que pudo servir para libar la leche (?) que salía por los pechos de la diosa. En su pormenorizado estudio del asiento de la divinidad señala que no estaba sentada en un trono, sino en un taburete sin respaldo (id., 75), pues las esfinges están tumbadas a los lados como elemento decorativo, sin sostener el asiento. Gubel señaló su estrecha relación con los paneles ebúrneos de uno de los asientos o cabeceras de lechos de Nimrud del siglo IX o VIII a.C. (Mallowan; Herrmann 1974: lám. 56-57 y 59-60; vid. infra), en los que identifica una representación de taburetes parecidos que también ofrecen esfinges laterales y llegó a la conclusión que estos taburetes se asocian a figuras femeninas con el mismo tipo de vestido plisado, frente a los hombres del mismo conjunto de marfiles, que se sientan en sillas con respaldo. Dichos marfiles, aunque inspirados en piezas fenicias, proceden de talleres del Norte de Siria, quizás llegados a Nimrud como regalo a Salmanasar V (726-722 a.C.) de los reyes Panamua o de Bar-Rekup de Sam'al, como señaló I. Winter (1976a: 52 s.), pero el estilo algo rudo de estas placas de marfil no coincide con el de la Diosa de Galera. E. Gubel (1987: 77 s.;id., 1996: 143) consideró que esta pieza asocia elementos sirios y fenicios, por lo que la atribuye a un taller del Sur de Siria (Winter 1981), que sitúa en Damasco antes de su destrucción por Teglafalasar III el 732 a.C., taller cuyo estilo proseguirían en el siglo VII a.C. las tridacnas (Stuchy 1974), cuyas cabezas relaciona con la figura de Galera, que fecha a fines del siglo VIII o inicios del VII a.C., ya que en fechas posteriores desaparece el estilo del Sur de Siria y también este tipo tan específico de taburete con esfinges (Gubel 1987: 79 s.). Pocos años después, E. Lipinski (1992: 476), en una breve alusión, consideró la pieza oriental, fechable c. 700 a.C. e importada por los fenicios. A partir del último decenio del siglo XX se inició el análisis contextual de esta escultura dentro de la Cultura Ibérica, en congresos sobre sus necrópolis y al analizar la iconografía ibérica. En el Congreso sobre Necrópolis Ibéricas de 1991, interpretamos la Diosa de Galera como una posible perduración de un objeto sacro y ritual orientalizante perteneciente a los cultos dinásticos gentilicios de la Cultura Ibérica, lo que suponía el primer análisis de su contexto arqueológico y de su significado ritual (Almagro-Gorbea 1992: 42), idea seguida a partir de entonces por otros autores (Olmos 2004: 223 s.). La Diosa de Galera debe considerarse una divinidad de origen sirio fechable c. 700 a.C. aparecida en una rica sepultura ibérica de hacia el 440 a.C. (Almagro-Gorbea 1992: 42) y su contexto socio-ideológico venía indicado por su asociación a una phiále mesómphalos, por lo que se atribuía al panteón dinástico de un alto personaje, seguramente un rex ibérico enterrado con la estatuilla quizás en un momento de crisis, tal vez por el cambio ideológico y social ocurrido a partir de fines del siglo VI a.C. (ibidem), como parece reflejar también la Smiting Goddess, el thymiatérion y demás sacra gentilitia hallados en una favissa de Alhonoz (López Palomo 1981), que deben interpretarse igualmente como elementos del culto dinástico de la élite de dicha población. Poco después, siguiendo esta línea interpretativa, R. Olmos (1992: 72) consideró a la Diosa de Galera como una posible importación de época fenicia, que, como imagen sagrada y preciosa, se habría transmitido de generación en generación hasta depositarse en la tumba de un noble ibero en la segunda mitad del siglo V a.C. En esa misma idea ha insistido años después (Olmos 2004: 223 Diosa-Madre que acoge al difunto, personaje que ha heredado la pieza de sus antepasados durante dos siglos. Olmos (ibidem) también señaló que la tumba de la Diosa de Galera se fecha en la segunda mitad del siglo V a.C., aunque la pieza se data en el siglo VII a.C., pero tuvo el acierto de señalar que la diosa aparece sentada en un trono protegido por dos esfinges con la cabeza y los pechos horadados a través de los cuales manaría un líquido que vertería en la bandeja sostenida por sus manos, en un ritual de libación, que tuvo la certera intuición de interpretar que, aunque se suele considerar que sería leche, como es propio de una madre, «los frascos de perfumes del enterramiento sugieren más bien una ofrenda de este líquido», pues «a las diosas de la fecundidad, como Astarté y Afrodita, se asocian los perfumes. La diosa sacraliza e inmortaliza la ofrenda a través de su cuerpo, tema muy adecuado para una tumba». El último en ocuparse de esta figura ha sido M. Blech (2001: 570, lám. 127), quien ha señalado que las asas perdidas del cuenco ofrecían una reparación desde la antigüedad. Tras describir la estatuilla, la considera una escultura milagrera que ofrece paralelismos con los cuencos de esteatita sirios con prótomos de león perforados. Su estilo lo relaciona con las placas de marfil y las tridracnas sirias, lo que lleva a fecharla en el siglo VII a.C. y añade como paralelo cercano otra cabeza de un recipiente de alabastro procedente de Delfos, que pudiera ser de una figura semejante. Su llegada a Occidente la relaciona con los vasos de alabastro egipcios hallados en sepulturas fenicias del Sur de Hispania, como ya había sugerido Gubel (1987: 75 s.), pero señala la dificultad de saber si mantenía su función originaria en su deposición en una sepultura ibérica tras 200 años desde su fabricación o si habría sido depositada como keimélion. FUNCIÓN Y SIGNIFICADO: LA DIOSA DE GALERA COMO RECIPIENTE RITUAL El mayor interés de la Diosa de Galera radica en su función y significado, que puede comprenderse mejor si se analizan los paralelos que ofrece como vaso ritual, aspecto hasta ahora apenas abordado de pasada. La Diosa de Galera sostiene con sus manos un cuenco relativamente poco profundo y proporcionalmente grande, que seguramente copia uno metálico a juzgar por su gran tamaño. El tipo de cuenco de la Dama de Galera, a juzgar por su forma y por la escala que ofrece en relación a la figura de la diosa, hace pensar en cuencos de bronce como los depositados en las tumbas frigias de Gordion (Young 1981: lám. 8,J-K y 65 a 67) y de Ankara (Akurgal 1955: lám. 57-59), del siglo VIII a.C., más que en los cuencos aparecidos en las tumbas de las reinas asirias, que son de forma más troncocónica (Damerji 1998, lám. 20,3). Más significativo debe considerarse que el cuenco de la Diosa de Galera ofrecía dos asas laterales de sección tubular, en un caso perforada tras su rotura (Fig. 2). Este detalle tan preciso aparece en un Por otra parte, el pequeño tamaño real del recipiente y el hecho de que en él se vertía un líquido a través de los pechos de la Diosa relaciona esta escultura con un bien conocido tipo de recipiente ritual sirio de forma y tamaño muy semejantes al que lleva la Diosa de Galera. Estas piezas rituales sirias consisten en un recipiente circular de 6,5 a 5,5 cm de diámetro y de 1,8 a 3 cm de profundidad con su fondo casi plano, cuya característica es que también ofrecen una perforación para verter líquido en la pared o en la cabeza de un león que se asoma a su borde a través de un tubo que constituiría el extremo del asa perforada a través de la cual se vertía el líquido y que se insertaría en otra pieza de materia orgánica. Estos recipientes son característicos del área siria y de territorios relacionados, donde se fechan en los siglos IX y VIII a.C., y su función debía ser semejante a la del recipiente que la Diosa de Galera lleva entre los brazos, por lo que ésta, como figura-vaso, se debe considerar como la pieza más sobresaliente de este numeroso conjunto de piezas, que han merecido en estos años creciente atención, pues aparecen incluso por el Egeo como una de las primeras exportaciones de Siria. Asas ebúrneas con flores de loto de un recipiente de ungir de Nimrud (Barnett 1957: lám. 112). Vaso de azul egipcio para ungüentos decorado con flores de loto (Young 1981, lám. 14,c). Recipiente de esteatita para ungüentos de una colección de Lucerna decorado con leones (Walter 1959, lám. 20,a). Recipiente de esteatita para ungüentos con cabeza de león y Árbol de la Vida (Searight et al., 2008, no 497). Recipiente de esteatita para ungüentos con mano y aves que lo protegen (Gehring y Niemeyer 1990, no 42). Recipiente ebúrneo para ungüentos con dos leones y el Árbol de la Vida (Oates 2001: lám. 9). que se quemarían si tuvieran fuego, además de que ningún ejemplar ofrece la menor señal de fuego, como ya observaron B. Freyer-Schauenburg (1966: 101) y R. Hampe (1969: 23), como tampoco las ofrece la Diosa de Galera. Por ello, otros autores, como L. Woolley (1952) o R. D. Barnett (1957: 91-92) consideran que se utilizarían para libaciones, y K. Bittel (1938: 20, figura 9) interpretó el de Bogazköy y otros vasos comparables de cerámica como vasos para libación (Spendegefässe), teoría seguida por Walter (1959: 73). En fechas más recientes este curioso tipo de recipiente ha merecido creciente atención (Hampe 1969; Merhav 1980; Barag 1985) Los trabajos monográficos dedicados a estos objetos (Hampe 1969; Merhav 1980; Barag 1985; Ciafaloni 1996; Mazzoni 2005) permiten valorar su rica iconografía, si bien ha pasado desapercibida su relación con el cuenco que lleva la Diosa de Galera, probablemente por no haberse asociado a ese tipo de vasos, que ofrecen la misma forma y función y entre los que puede y debe incluirse por ser, probablemente, el más suntuoso de todos ellos. Estos curiosos recipientes perforados ofrecen la misma forma que otros vasos similares sin perforar que se han interpretado como vasos para ungüento y que están hechos de los mismos materiales suntuarios, como marfil, esteatita, cristal de roca y azul egipcio (Gehring; Niemeyer (eds.), 1990: 170). Unos y otros vasos para ungüento se relacionan también con las paletas para ungir, que, como todos estos vasos, son de materiales suntuarios y de función ritual, a juzgar por su iconografía (Ciafaloni 1996; Mazzoni 2005; Almagro-Gorbea 2008: 414 s.). En efecto, la iconografía de todos estos vasos es claramente religiosa, con especial alusión al culto a Astart, como indican los leones, el Árbol de la Vida y la decoración con rosetas. Incluso en algún caso resulta evidente la identificación del líquido que contenía el recipiente con la propia divinidad o con algo muy estrechamente vinculado a ella, pues dicho líquido queda flanqueado y protegido por los animales de la divinidad, como grifos y esfinges, además de leones, animal cuya boca constituía la salida del líquido. En ese sentido debe interpretarse un suntuoso ejemplar ebúrneo de mango corto de Nimrud, semejante a los de esteatita (AA.VV. 1985: no 179), decorado con leones y con dos esfinges con cabezas femeninas de estilo sirio ante el Árbol de la Vida (Fig. 12), sobre el que se asienta el contenedor de perfume, lo que indica que equivalía al mismo a la vez que aludía a su origen, mientras que otros recipientes ofrecen una cabeza femenina que cabría identificar como una epifanía de la propia Astart3. Sin embargo, en Oriente, especialmente en Siria, los recipientes para ungir alcanzaron formas mucho más complejas, como Figura 13. Paleta de ungüentos de Nimrud con esfinge protegiendo el Árbol de la Vida (Herrmann 1992, no 140). Frente a las distintas teorías discutidas desde su valoración inicial, todos estos recipientes deben con-siderarse funcionalmente asociados a un líquido sacro y de función ritual, que no puede ser otra cosa que un perfume o, si se precisa mejor, una esencia oleaginosa perfumada, como las que se obtienen de destilar determinadas plantas aromáticas. La tradición de ungir con aceites perfumados es muy antigua en Egipto y Oriente (Dayagi-Mendels 1989). En Egipto se ungían las estatuas, pues el aceite perfumado confería la divinidad y también en Oriente el aceite perfumado, šmn (Hoftijzer; Jongeling 1995Jongeling, 2: 1163;;del Olmo; Sanmartí 2000: 444), se usaba, entre otras funciones, para ungir las estatuas de los dioses (Grottanelli 1984). En la Biblia, Jacob derrama aceite perfumado sobre la piedra donde Dios se le apareció por primera vez (Gen. 28,18) y otra alusión antigua recoge el libro de Jueces (9,8) a propósito de Abimelec. Dios instruyó a Moisés (Ex. 30,23-38) para hacer el óleo sagrado, reservado para ungir el Tabernáculo, el altar y todos los utensilios rituales, así como a Aarón y a los levitas, a fin de consagrarlos y para que santificaran cuanto tocasen, pero era tabú que lo fabricaran o usaran los hombres normales (Ex. También se usó el perfume para ungir a los reyes de Israel a partir de Saúl (I Sam. 16,13) y desde entonces mashiaj o ungido es sinónimo de rey de los judios. En consecuencia, resulta lógico que tanto las paletas de ungir como estos recipientes estaban funcionalmente relacionados con un líquido de uso ritual, muy probablemente un perfume (Barag 1985), que cabe suponer sería de tipo oleaginoso (vid. supra), lo que explicaría la función de las paletas sirias de esteatita y otros costosos materiales como marfil (Barnett 1957: 91s., lám. 49-55; Walter 1959; Gehring; Niemeyer (eds.) 1990: no 41 y 106), en las que es frecuente que estén decoradas con el Árbol de la Vida (Figs. Estos ritos de unción se introdujeron pronto en Grecia (Walter 1959; Freyer-Schauenburg 1966: 99, lám. 3 y 28; Hampe 1969), asociadas a los recipientes sirios que aparecen en los santuarios y que fueron imitados en obras locales, probablemente para ungir las figuras de la divinidad, pero también llegó este ritual hasta el extremo Occidente, asociados a las paletas de ungüento, tanto de marfil (Almagro-Gorbea 2005 e.p.; id., 2008: 405 s.), como de esteatita (Marcos Pous 1987), ambos materiales suntuarios utilizados en la tradición oriental, aunque las paletas hispano-fenicias son de doble ala, lo que parecen ser una creación local (Aubet 1982: 278; Almagro-Gorbea 2008: 405 s.). Los recipientes sirio-fenicios de esteatita y de marfil (Barnett, 1957: 91-92, lám. 49-55; Hampe, 1969; Merhav 1980), como las paletas para ungüento, cuya forma es más sencilla, deben considerarse objetos dotados de carácter mágico y religioso en sí mismo, relacionado con el culto a Astart (Hampe 1969; Ciafaloni 1996), como probablemente también lo estaban las tridacnas (Stuky 1974), con las que funcionalmente cabría comparar estos recipientes cuya discutida función queda de este modo explicada. Sin embargo, lo que realmente era sagrado era el preciado líquido perfumado que contendrían estos objetos (Ex. Su uso documenta ritos y creencias relacionadas en su origen con el ungimiento sacro de la imagen de la divinidad y, probablemente por derivación, del rey sacro (1 Sam. 11,3; etc.), al que la divinidad alimentaba y protegía con su perfume. Aunque esta interpretación de la unción regia ha sido recientemente discutida, al menos en la tradición israelita, y matizada como mero signo de designación (Garbini 2002: 93 s.), los textos que aluden a ella probablemente se inscriben en la tendencia a la desacralización del monarca en su enfrentamiento con los profetas a lo largo del I milenio a.C. (Sicre, 1984). En consecuencia, resulta evidente que el recipiente o, más bien, el ungüento depositado en él ofrecía un marcado carácter sacro y mágico, que no es otro que el del Árbol de la Vida, del que procedía el perfume y que era representación y símbolo de la divinidad, hasta el punto de que el perfume sustituye dicha iconografía en la paleta de Medellín (Almagro-Gorbea 2008: 414 s.) y, por extensión, en los restantes recipientes de ungüento (Figs. Así se explica que una paleta de ungir de Fort Salmanasar en Nimrud (Mallowan 1966: fig. 529; Barnett 1975: lám. 53, no S122 y 54, no S119; Herrmann 1992: lám. 30,140), de un solo ala como las egipcias (Wallert 1967), está decorada con una esfinge ante el árbol de la vida (Fig. 13), con el mismo significado que ofrece la paleta de Medellín, cuyo recipiente aparece flanqueado/protegido a ambos lados por sendos grifos (Fig. 14), lo que evidencia la función mágica de estos seres míticos como genios protectores situados a uno y otro lado del recipiente o, más probablemente, del ungüento sacro que contendría, que sería símbolo de la divinidad, lo que indica que dicho ungüento significaba y sustituía al Árbol de la Vida, identificable a su vez con la Diosa que dispensaba la vida eterna a través del perfu-me que la simbolizaba (Danthine 1938; vid. infra), idea clave para entender el profundo significado ideológico de estos recipientes, en los que el perfume ocupa su centro umbilical. Esta interpretación permite comprender mejor por qué en la Diosa de Galera el perfume sale directamente del pecho de la Diosa. Este detalle se puede comparar con el relieve de Karatepe (Fig. 15), en el que una diosa, que viste un chitón plisado como la de Galera, amamanta a un joven junto a una palmera o Árbol de la Vida, que seguramente es el rey o su heredero (Çambel y Özyar 2003: 61 s., lám. 25). Esta imagen es un evidente trasunto de un tema egipcio (id., 62; Mellink 1950: 144; vid infra), llegado sin duda a través del mundo fenicio (Orthmann 1970), pues ya aparece en Ugarit, donde la diosa Anat La diosa debe ser Asherat-Astart, pues ella misma es el Árbol de la Vida, del que sale el néctar o ambrosía perfumado que da al Rey la vida, lo alimenta y protege mágicamente en este mundo y le garantiza la Vida Eterna en el Más Allá. Este tema permite relacionar a la Diosa de Galera con la Diosa del árbol de la iconografía egipcia (Fig. 16a y b), donde dicho árbol probablemente era en origen un sicomoro, aunque en ocasiones también aparece como una palmera. A esta diosa-árbol en algún caso aparece asociada el ave Ba, que representa el espíritu del muerto (Keel, 1992: figs. 62, 67-75), lo que manifiesta su función funeraria, también característica de estos ungüentos perfumados. Inicialmente, en el Imperio Antiguo, la diosa era Sekhmet (Borchart 1907: 40 s., fig. 21), pero en tiempos de Tutmosis III (Fig. 16) aparece amamantando al faraón con la iconografía de Isis (Keel 1992: fig. 40) y, a partir de la dinastía XX, pasa a asociarse a Nut, Neith y Hathor como Señora de Occidente, todas ellas asimiladas a Astart en la mitología fenicia, por lo que esta diosaárbol dispensadora del perfume de la inmortalidad daría al difunto la felicidad en el Más Allá (id., p. 95), lo que ya supone una plena identificación con las funciones de la diosa semita Astart, con la que Isis y Hathor tenían tan estrecha relación (Leclant 1975). Este significado mítico contribuye a esclarecer la función de la Diosa de Galera y del líquido que contendría su recipiente, que no sería otro que un aceite aromático de carácter mágico y sacro, pues se consideraría originario de la misma Diosa, como Árbol de la Vida. Por ello mana directamente de sus pechos, para alimentar y dar la vida al que se ungía con ese líquido sagrado y milagroso. En consecuencia, ese aceite perfumado sería empleado para ungir la propia estatua de la divinidad y, probablemente también, al rey para alimentarlo míticamente y fortalecerlo en esta vida y, una vez muerto, para asegurar su vida feliz en el Más Allá. La estrecha relación con la diosa Astart como divinidad de la vida y de la felicidad en el Más Allá la confirma un rápido análisis de los elementos iconográficos que ofrecen estos recipientes (vid. infra). El motivo más frecuente es el león (Figs. 9, 10 y 12), animal de Astart y símbolo de la divinidad (Hampe 1969: 36 s.), por lo que su cabeza se asoma al recipiente para verter el líquido, al tiempo que suele extender sus patas por los bordes para protegerlo. La pieza más antigua sería la de Bogazköy (Walter, 1959: 121), pero el tipo se generaliza en el I milenio a.C. con espléndidas piezas, como las de marfil de Nimrud. Una de ellas ofrece dos cabezas de león para verter el líquido y por debajo dos esfinges agarradas al Árbol de la Vida para protegerlo (Barnett 1982: 44, figura Otra pieza similar de Nimrud procede de la habitación del Trono del Palacio Quemado de Nimrud (Mallowan 1966: fig.177). 24-4) y otra, ya citada, del Heraion de Samos, en la que el león se asocia a la mano que sostiene la pieza (Walter 1959: lám. 115 s.) como otra de marfil rota (id., lám. 119c). Otras varias no tienen procedencia conocida, dos de Lucerna, una con tres leones (id., lám. 120,1) y otra con león y árbol de la vida (id., lám. 120,2) y otras dos de Hamburgo, una simple en el Kunst und Gewerbe Museum (id., lám. 121) y otra que asocia el león al Árbol de la Vida (Gehring; Niemeyer 1990: no 106), como las del Ashmolean Museum de Oxford (Walter 1959: lám. 122a) y otra del British Museum de Londres (id., lám. 122b), además de dos imitaciones en cerámica que parecen proceder de Arkade, Creta, una de ellas conservada en el Archäologisches Institut de Heidelberg (Hampe 1969: lám. 1-7; Gehring; Niemeyer 1990: 170-171, no 107). Otro tema habitual en estos recipientes es la mano que lo sostiene por debajo (Fig. 11). Esa mano debe interpretarse como la mano protectora de la propia divinidad, según evidencia la escultura de la Diosa de Galera (Fig. 1), a su vez inspirada en las paletas de ungüento en forma de nadadora de origen egipcio (Fig. 6). Por último, la pieza de Merdj Khamis, conservada en el British Museum, ofrece sólo el Árbol de la Vida en forma de palmeta, como es habitual representarlo en estos recipientes (Walter 1959: 123,4), lo que resulta una simplificación del Árbol de la Vida que suele aparecer en los recipientes que ofrecen una cabeza de león. Con estos recipientes característicos de la zona sirio-palestina pueden relacionarse los vasos zoomorfos o en forma de figura humana (Fazzini et al., 1999: 129, no 78), que, como tantas otras creaciones del artesanado oriental, deben considerarse originarios de Egipto (Fig. 18), donde esta tradición de recipientes en forma de figura femenina se desarrolla a partir del Imperio Nuevo, muchas veces hechos de alabastro, por lo que contribuyen a explicar el origen de la forma y la función de la Diosa de Galera como adaptación de una idea egipcia a las creencias y rituales siriofenicios. El rico artesanado egipcio produjo vasos de piedra para contener perfumes y cosméticos ya desde el Imperio Antiguo, como el de Pepi I, que ofrece forma de mona (AA.VV. 2007: 147), vasos que en ocasiones ofrecen forma humana, generalmente femenina Figura 18. Vaso egipcio para ungüentos en forma de figura femenina (AA.VV. 2007). Vaso cananeo para ungüentos de alabastro en forma de mujer dando a luz (Searight et al. 2008, no 4). (Fig. 18), en especial a partir del Imperio Nuevo (id., 148). Estos vasos egipcios figurados son normalmente de cerámica vidriada, pero también eran con frecuencia de alabastro, y se usaban para contener perfumes para la fiesta de Año Nuevo, en evidente relación con Hathor, lo mismo que también lo es su uso funeraio (Lagarce; Leclant 1976)4. 269) y de esta tradición egipcia deben proceder los vasos figurados de calcita o alabastro sirio-fenicios que se generalizan por Oriente como productos de lujo, por lo general en forma de alabastrón. Entre éstos, destacan los vasos en forma de mujer en cuclillas en el momento de dar a luz, como la pieza de calcita de 16 cm de alto procedente del Levante (Fig. 19), de la que derivan otros ejemplos de calcita y alabastro del Templo de la Diosa Istar en Nínive (Searight et al., 2008: no 4 s.), piezas fechadas en los siglos XIV- XIII a.C. Las piezas de este tipo se supone que contenían aceites especiales para ayudar al parto (Brunner-Taut 1970), seguramente con propiedades mágicas otorgadas por la divinidad. De este modo se explicaría su aparición en sus templos, quizás como exvotos, aunque también pudieran ser que fuera en los templos donde se prepararan dichos ungüentos mágico-medicinales. La función de estas figuras también se puede aplicar a otra pieza de alabastro de 21 cm. de alto que se consideraba hallada en Sippar (Fig. 20), aunque también se ha propuesto Nínive o Babilonia (Searight et al. 2008: no 4 s.). Su fecha es discutida entre los siglos IX-VII a.C., que propuso Hall (1928: 49) y el VII a.C. que planteó Riis (1956: 26), aunque parece la fecha más aceptable sería c. Con estos vasos figurados de alabastro, sin duda destinados a contener perfumes, también se deben relacionar los recipientes ebúrneos con forma femenina (Fig. 22), que suelen aprovechar todo el grosor y la curvatura del colmillo de marfil (Loud 1939: lám. 43, no 186; Barnett 1957: 94-95), por lo que ofrecen una forma alargada, como el procedente de Cartago (Parrot et al. 1975: figura 197), por lo que se asemejan bastante a los alabastrones femeninos acabados de citar, inspirados en estas piezas ebúrneas (Barnett 1957: 95). Uno de los numerosos vasos femeninos ebúrneos de este tipo procedente del Palacio Sureste o Burnt Palace de Nimrud, por desgracia muy incompleto y con la cara perdida, ofrece una figura femenina con chitón de media manga decorado con finas líneas paralelas verticales (Fig. 23), muy semejante al que viste la Diosa de Galera (Barnett 1957: 198, lám. 57, no S94,a-c;218, lám. 97, S346,a-b). Esta pieza es de un taller sirio de gran finura y constituye un buen paralelo para la Diosa de Galera, pues, además, pudiera relacionarse con las asas de cuenco perforadas igualmente ebúrneas de la misma procedencia (Fig. 7), por lo que quizás correspondientes al mismo vaso o a otro recipiente análogo (Barnett 1957: lám. 5112, no S134-136). Estas semejanzas tan precisas del vestido de la Diosa de Galera y de las asas del cuenco que sostenía en su regazo constituyen un paralelo muy próximo, tanto en su función como en su estilo, y plantean que ambas piezas procedan de un mismo Figura 23. Colmillo de marfil usado como recipiente con figura femenina de Nimrud (Barnett 1957, lám. 57. no S94). AEspA Es de interés, además, que los colmillos usados como recipientes para aceites perfumados (Barnett 1957: 94-95, lám. 5760) se deben relacionar con el uso en Egipto, Palestina y Oriente de cuernos para ungir con aceite (Corswant 1956: 228), tanto más por cuanto en Israel se conservó la costumbre de contener el aceite para ungir en un cuerno, como el que utiliza Samuel para ungir a David (I Sam. En consecuencia, estas figuras-vaso femeninas talladas en colmillos de marfil deben considerarse como cuernos de aceite para ungir realizados en un material costoso, como era el marfil, cuyo uso estaba reservado a dioses y soberanos, aunque también estos vasos ebúrneos sirios debieron exportarse y sirvieron de prototipo al hallado en el santuario espartano de Ortheia, que ofrece una cabeza femenina de 4,5 cm de altura, fechada por su estilo en el último cuarto del siglo VII a.C. (Marangou 1969: 159 s., fig. 164). En consecuencia, la Diosa de Galera, como escultura-vaso ritual con óleo sagrado para ungir, parece tener su origen en la asociación de la tradición citada siria de cuernos y vasos ebúrneos para aceite de ungir a los reyes con la tradición egipcia de vasos de alabastro para perfume, dotados igualmente de connotaciones míticas de tipo regio (vid. supra). Resulta de este modo aún más evidente que la Diosa de Galera tendría una función de recipiente ritual para contener perfume, probablemente destinado a ungir la propia estatua y, más probablemente también, la del monarca sacro al que protegía la divinidad de acuerdo con el destacado papel del perfume en las creencias y ritos de todo el Oriente, tema cuya importancia ha atraído creciente atención (Detienne 1972: 20 s.;Meloni 1975; Ribichini 1981: 74-78; Grottanelli 1984; Garbini 2002; Boudoiu et al., eds., 2008). En el mundo antiguo todas las plantas aromáticas eran de origen divino (Meloni 1975: 12) y el ungüento o aceite perfumado era un objeto suntuario de producción y consumo palacial, reservado a ungir a la divinidad, al rey y a su familia, como evidencian los textos de Mari (Casanova 2008: 168), dotado de poderes mágicos en sí mismo, pues de él sale el perfume (Meloni 1975: 13), revelador de la divinidad y que permite participar al hombre de la vida y la esencia divina. El uso de perfumes se atestigua desde el III milenio a.C. en Oriente y Egipto, donde las estatuas de los dioses eran ungidas con ungüentos y perfumes que revitalizaban la presencia de la divinidad (Meloni 1975: 11). En el mundo semita de Occidente el perfume procede del Árbol de la Vida y se asocia a la divinidad y a la vida eterna, frente al mal olor de los espíritus malignos, de los hombres y de los muertos. Esta idea pasó de Oriente a Grecia, donde el perfume también era signo de la manifestación divina (Teog. 277-278), que diferenciaba a los vivos frente al mal olor de la muerte (Pind. fr. El mundo judaico recogió y mantuvo la tradición oriental del perfume como elemento de vida. Según esta tradición, la vida procede del Árbol de la Vida situado en el centro del Paraíso (Gen. 2,9), al que transmitía su poder de perfumar, pues todas sus plantas eran olorosas (Meloni 1975: 14). Este Árbol de la Vida rezumaba un aceite que era un ungüento perfumado, que da la vida y la inmortalidad, con el que Dios ungió a Adán para hacerle incorruptible, pues este perfume de incorruptibilidad le libraba de la muerte. Por ello, el perfume es símbolo de vida en un Más Allá benéfico, al que puede llevar la divinidad, como todavía reflejaban diversos textos bíblicos apócrifos (id., 16 s.). En consecuencia, en Israel, seguramente siguiendo ritos de origen egipcio y fenicio, se perfumaba ritualmente el santuario por la mañana y por la tarde (Ex. 30,7-9) y el propio ungüento se consideraba sagrado y su uso estaba restringido a la divinidad (Ex. En todo el Oriente, tanto en Egipto como en Siria, Fenicia y Palestina, el aceite perfumado se usaba para ungir las estatuas de la divinidad y también a los reyes (Corswant 1956: 228), pues el perfume, símbolo máximo de la divinidad, transmitía la fuerza sobrenatural de ésta al rey (I Sam. 8,30), dentro de un proceso hacia la isonomía que supuso la creciente generalización de estos ritos del perfume, que entrañaban participar en la realeza sacra y en su derecho a la vida en el Más Allá (Luc. De esta forma se explica cómo el uso de perfume sacro, inicialmente reservado a los dioses y reyes sacros, pasó a estar cada vez más extendido, hasta generalizarse en los ritos funerarios como símbolo de protección mágica para el Más Allá. Estas creencias, tan características de las religiones de Oriente, se difundieron asociadas al uso de ungüentos perfumados por Grecia (Hampe 1969: 29 s.) y por otras culturas del Mediterráneo gracias a la colonización fenicia y llegaron hasta el Occidente, donde la religión tartésica también las asimiló a partir del siglo VII a.C. (Almagro-Gorbea 2008: 414 s.), probablemente ya dentro de las corrientes de isonomía que facilitaron la generalización del rito, pero, probablemente, sin perder del todo su carácter sacro como garantía mágica de vida asociada en su origen a la divinidad y al rey sacro. En conclusión, la Diosa de Galera debe considerarse como un vaso-figurado que resulta ser el recipiente que mejor y de forma más explícita testimonia este tipo de creencias relacionadas en la religión sirio-fenicia con los ritos de unción con un ungüento sacro a la divinidad y al rey sacro asociado a ella. Su significado confirma el carácter sacro de estos vasos como símbolo de la propia divinidad, hecho que tan evidente queda en el de la Diosa de Galera, al ser la representación de la misma figura de la divinidad dispensadora, a través de sus pechos, del perfume de la vida y la inmortalidad. Por otra parte, la iconografía de estos recipientes confirma, al mismo tiempo, su relación con el mundo funerario y con la unción del difunto heroizado, quizás para asegurar su divinización en el Más Allá que le asegurase la pervivencia y la protección sobre sus descendientes, tal como parece indicar el contexto de las paletas de marfil hispano-fenicias (Almagro-Gorbea 2008: 414 s.). Este contexto ideológico pudiera ayudar a comprender la deposición de la Diosa de Galera en una sepultura, ciertamente regia, aunque en una fecha muy tardía, que obliga a ser prudente en este aspecto. En cualquier caso, este rito de unción, bien documentado en los rituales fenicio-cananeos e israelitas (Ex. 30,23 s.;Grottanelli 1984; Garbini 2002: 96), supone la unción mágica de la divinidad y del rey como personaje consagrado, creencias todas ellas relacionadas con la tradición, tan extendida en Egipto y en Oriente (vid. supra), de ungir las estatuas de la divinidad y al rey, de la que la Diosa de Galera debe considerarse el documento más explícito conservado en el mundo sirio-fenicio. El análisis estilístico y funcional de la Diosa de Galera prueba que es una divinidad de origen sirio, fechable antes del 700 a.C., y, muy probablemente, de ambiente regio. Su aparición en una tumba regia en el extremo Occidente no deja de ser sorprendente, pues no se trata de un simple keimélion traído por los fenicios a Hispania (Gubel 1987: 75 s.;Blech 2001: 570), y conservado más o menos tiempo como propiedad familiar, sino que su función y significado llevan a interpretarla como una deposición funeraria excepcional de sacra gentilicia de la familia real de Tutugi. Estos sacra serían las divinidades protectoras de las monarquías orientalizantes y, por consiguiente, se los llevarían con ellos si tenían que huir, como explicita el episodio de la huida de Eneas de Troya llevando consigo como propios los Penates de la ciudad (Verg. Una explicación similar parece ser la mejor para comprender la aparición de la Diosa de Galera en Tutugi, sin excluir otras posibles alternativas. Sin embargo, también sorprende que una pieza tan destacada haya aparecido en una rica sepultura ibérica de hacia el 440 a.C., que sin duda debe considerarse regia (Almagro-Gorbea 1992: 42), no de un sacerdote como se ha indicado al no tener en consideración su significado ideológico (Olmos 2004). Su contexto socio-ideológico queda precisado por su asociación a una phiále mesómphalos, lo que indica que se trata de un basileús kaí ierós, hecho que ratifica que la Diosa de Galera pertenecía al panteón dinástico del rex ibérico de Tutugi. Éste se habría enterrado con la estatuilla quizás en un momento de crisis, probablemente más política que dinástica, motivada quizás por el cambio ideológico y social ocurrido a partir de fines del siglo VI a.C. (ibidem). Una crisis semejante parece reflejar también la Smiting Goddess, el thymiatérion y demás sacra gentilitia hallados en una favissa de Alhonoz (López Palomo 1981), que deben interpretarse igualmente como elementos del culto dinástico de la élite de dicha población y, probablemente, también, por las trasformaciones del santuario dinástico de Ilici (Almagro-Gorbea 1996: 94 s.; id. y Moneo 2000: 39 s.). Al desaparecer el poder regio sacro en las crisis políticas que se observan a lo largo del Mediterrá- El culto al antepasado regio tendría su sede en su tumba convertida en un herôon, como vemos en Pozo Moro y Galera 20, además de en su propio palacio, de carácter sacro como en Oriente, Lacio, Etruria y Tartessos (Virg. Estos ritos suponen una concepción sacra del poder político de origen oriental, como explicita la fórmula basileús kaí ierós como asociación al culto divino del culto regio (Almagro-Gorbea 1996: 74), que queda evidenciado por el empleo de elementos como paletas de ungir ebúrneas (Almagro-Gorbea 2008: 405 s.), týmiatheria y cuencos y jarros de libación preciosos, como en Aliseda (id., 1977: 216, lám. 39-41) y los braseros de bronce orientalizantes (Jiménez Ávila 2002: 105 s., 165 s.). Estos objetos rituales aparecen tanto en los palacios como en las grandes tumbas orientalizantes, de tipo Huelva o Aliseda (Almagro-Gorbea 1992: 41 s., figura 4 s.), que no son tumbas «principescas», como se han denominado con poco acierto, pues deben compararse, salvando las escalas, con las grandes tumbas regias de Oriente y las orientalizantes de otros puntos del Mediterráneo, como Gordion o Preneste. Esta tradición regia sacra debió de mantener algunos ritos, como la libación y la unción con perfumes del rey, vivo y difunto, hasta época ibérica. Esta misma tradición pervive en época ibérica tal como evidencia la disposición en tronos alados de las damas ibéricas de Elche (Ramos 1999) y de Baza (Presedo 1973), que indican su carácter regio divinizado (Almagro-Gorbea 1996: 86), no principesco, pues su iconografía, a pesar de evidenciar una progresiva helenización (ibidem), procede de representaciones de diosas madres orientalizantes, de la vida, la fecundidad y la muerte, como la Diosa de Galera. La misma ideolo-gía confirman algunos tesoros áureos regios, como los de Évora, Jávea o Tivissa (Nicollini 1990). Estos ritos explicitan el carácter regio de algunas sepulturas a pesar de la tendencia creciente a la isonomía, que contribuyó a la progresiva generalización de estos ritos funerarios por capas cada vez más amplias de la sociedad, pues de esta tradición ritual orientalizante proceden los braseros y los jarros depositados en sepulturas ibéricas, como también la de depositar en ella perfumes. En conclusión, la función y el significado de la Diosa de Galera documentan la llegada desde Oriente de creencias y ritos originarios de los reinos nordsirios a través de la koiné que supuso la colonización fenicia. Estas creencias y ritos contribuyeron a conformar la ideología y el ritual del Periodo Orientalizante en Hispania y, progresivamente modificados y asimilados dentro de una tendencia a la isonomía, se mantuvieron en parte todavía vigentes entre las elites ibéricas.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). La tabula censualis de Pelóu (Grandas de Salime, Asturias: HEp 18, 2009, 21) en el marco del Noroeste hispano: un ensayo de definición como documento de gestión militar * The tabula censualis of Pelóu (Grandas de Salime, Asturias: HEp 18, 2009, 21) in the context of Northwestern Hispania: an approach as a military management document Antonio Rodríguez Fernández 1 G.I. Estructura Social del Territorio -Arqueología del Paisaje (EST-AP) Instituto de Historia, CSIC RESUMEN El curso de las excavaciones de 2003-2006 en el castro conocido como "Monte Castrelo" de Pelóu (Grandas de Salime, Asturias) tuvo entre otros sorprendentes hallazgos epigráficos una inscripción que ha sido considerada una posible tabula censualis. Se trata de una lista de unos cincuenta individuos inscrita en pizarra, material común del contexto geológico de la región occidental asturiana. A pesar de su importancia apenas ha recibido un tratamiento monográfico y, en general, ha tendido a admitirse su naturaleza oficial de censo. A partir de las observaciones y reservas argumentadas recientemente por López Barja sobre lo inapropiado de concederle un valor censual de este tipo, el análisis del paisaje y el método comparativo con otras listas abren nuevos caminos de cara a una mejor definición de la naturaleza del documento. It was initially considered a tabula * Este trabajo forma parte del proyecto de investigación CO-RUS, "Paisajes rurales antiguos del Noroeste peninsular: formas de dominación social y explotación de los recursos" financiado por el Ministerio de Economía y Empresa (HAR2015-64632) y del desarrollo de mi tesis doctoral (Rodríguez 2018: 225-242). Aprovecho para agradecer a mis directoras de tesis, I. Sastre y M. R. Hernando, así como a Á. Villa, F.-J. Sánchez-Palencia y A. Orejas sus reflexiones y ayuda desinteresada en el desarrollo de este artículo. También a los evaluadores externos por todas sus observaciones y sugerencias en su revisión. PALABRAS CLAVE: recinto fortificado de Pelóu; Noroeste hispano; censo provincial; Alto Imperio; administración romana. CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO / CITATION: Rodríguez Fernández, A. 2020: "La tabula censualis de Pelóu (Grandas de Salime, Asturias: HEp 18, 2009, 21) en el marco del Noroeste hispano: un ensayo de definición como documento de gestión militar", Archivo Español de Arqueología 93, 183-199. https://doi.org/10.3989/ aespa.093.020.009 tamientos de la zona interfluvial Navia-Eo, realizadas desde los años 90, cuando se ha avanzado en el conocimiento sobre la transformación regional del occidente asturiano por el profundo impacto de la dominación romana. En el caso de Pelóu, los cuatro sondeos acometidos hasta la fecha han planteado una secuencia diacrónica de larga duración, desde los siglos V/IV a. A 645 m de altura absoluta y en una posición preeminente en la cuenca del río Trasmonte da Boliqueira, el recinto fortificado se encuentra inmediatamente enfrente de las explotaciones romanas de oro en primario de Valabilleiro y muy cercano a las cortas de Pedras Apañadas. Su población hubo de participar con seguridad en las labores de extracción y acondicionamiento de las explotaciones, pues, además de su proximidad a las estructuras mineras, algunos de los canales de agua destinados al abastecimiento de la explotación aurífera dibujan los fosos delimitadores del asentamiento y se vinculan a un depósito en su parte superior (Sánchez-Palencia y Suárez 1985: 134-135 y 238; Sánchez-Palencia 1995: 148 y 155; Villa 2010: 91-93 y 105). De hecho, a juzgar por su morfología, la hipótesis inicial antes de la excavación le concedía una catalogación de "castro minero" de fundación romana, motivado por los movimientos poblaciones relacionables con la explotación de mano de obra minera (vid. Montes et alii 2009: 315). En la etapa romana alto-imperial (fase 3) se han registrado dos hogares en el interior del recinto (C-1 y C-3), el vial de acceso y una posible remodelación del perímetro fortificado, que presenta una constricción del espacio interno frente al periodo precedente, como refleja la superposición de la atalaya sobre una de las cabañas del nivel inferior de ocupación. Las razones de esta disminución del espacio habitado se desconocen, pero resultan en cualquier caso sorprendentes si tenemos en cuenta el ya de por sí pequeño tamaño del asentamiento en época prerromana. El resto de testimonios asignables a esta época han confirmado la presencia de personal militar en el castro como ya cabía suponer por su entorno minero inmediato, en cumplimientos de las necesarias funciones técnicas y de supervisión en las explotaciones auríferas cercanas. En esta dirección, se han documentado piezas de armamento militar datadas en el siglo I d. C., como un puñal de antenas forjado en hierro con empuñadura de bronce (Villa 2009a, no 60: 250-251), además de otro afalcatado con hoja de hierro y empuñadura de bronce datado en el siglo I d. En un paisaje minero como Pelóu puede adivinarse una anatomía social compuesta por población local dependiente, involucrada en las labores, junto a miembros del ejército, siempre más visibilizados2, tal y como se reproduce en muchos otros paisajes mineros del Noroeste hispano (Sastre et alii 2010; Fernández Ochoa y Morillo 2015). LA PIZARRA COMO TABULA CENSUALIS En este marco la pizarra de Pelóu es un documento de indudable interés. Está compuesta por una lista de individuos repartidos entre tres columnas sobre un pequeño soporte (33x27cm) de pizarra local, encontrada junto al paramento exterior de uno de los hogares. El texto con los nombres que han podido restituirse (Villa 2016: 26-27) es el siguiente: En la primera valoración del documento se consideró una posible funcionalidad de censo: "estos datos permiten proponer su naturaleza administrativa, probablemente fiscal, a modo de tabula censualis, donde se refieren los individuos o grupos familiares sometidos a contribución en el territorio vinculado al castellum y cuyo pago bien pudiera realizarse, ocasionalmente, mediante prestación de servicios en las importantes explotaciones auríferas de su entorno" (Villa et alii 2005(Villa et alii: 274=2006-2008: 498;: 498; vid. Villa 2009a, no 58: 246-247; Villa 2009b: 20-22). Para llegar a esta conclusión, los autores se atienen a otras dos inscripciones que ayudan a perfilar el encuadre administrativo de este núcleo de poblamiento en época alto-imperial. La primera es un grafito sobre un fragmento cerámico procedente del cercano castro de Chao Samartín (HEp 18, 2009, 15 3; De Francisco y Villa 2010; vid. Villa 2009b: 20-21), hallado en una estancia interpretada como posible taller de fabricación de productos textiles, que contiene un saludo a la civitas de los Ocelae descrita por Ptolomeo (2, 6, 22-27) y Estrabón (3, 4, 3). El papel de caput civitatis de la comunidad de los Ocelae sería coherente con el prominente papel de Figura 3. Chao Samartin sobre el entorno, como refleja la gran domus hallada en su interior (vid. Villa 2009b). La segunda inscripción se ubica en un sillar de arenisca encontrado dentro del castro de Pelóu. Su lectura, habida cuenta de los desperfectos de su parte superior, pudiera ser castel [l]u[m] o castel [l]o (HEp 18, 2009, 14). En el primer caso, constituiría si no me equivoco el único testimonio en donde la comunidad se autorepresenta como castellum en su interior, en nominativo y de un modo aséptico y descriptivo, cuando lo común es que los castella formen parte de la estructura onomástica en epigrafía funeraria privada (Ͻ) o nombren a colectividades en inscripciones votivas (castellani). En el segundo caso, en ablativo, sería la parte final de una inscripción más amplia que daría comienzo en el sillar inmediatamente superior, pero cuyo contenido no se ha conservado. La segunda posibilidad no asegura, por tanto, que el castellum deba identificarse con el propio sitio de Pelóu al poder aludir a otro exterior según fuera el sentido del texto no conservado. Sea como fuere, el valor concedido a esta documentación situaría a Pelóu dentro de una secuencia administrativa más amplia, por un lado en dependencia con el castro de Chao Samartín, considerado caput de la civitas de los Ocelae y del que sería tributario (vid. Villa 2009b) y, por otro, se identifica el castellum con el propio castro4. Es decir, el "censo de Pelóu" formaría parte del papel administrativo desempeñado por los castella en esta comunidad, tal y como ha sido generalmente aceptado por otros autores posteriormente (eg. Antes de entrar a valorar el documento epigráfico, es preciso recordar dos teorías que ya habían apuntado la hipotética función de los castella o Ͻ como unidades de censo por parte de la administración romana. Estos autores, desde perspectivas fundamentalmente filológicas, propusieron una posible sinergia entre las formaciones sociales gentilicias de época prerromana (divididas, para ellos, en centurias), y el nuevo marco, basado en la centuria romana, como unidades para la captación del tributo que se habrían adaptado a esta estructura social previa. La segunda propuesta fue sugerida posteriormente por López Barja (1999), quien a partir de una interesante comparativa con la documentación del conocido como "Archivo de Babatha" (en concreto P. Yadin 16; vid. Lewis 1989), sostuvo que los castella del Noroeste pudieron haber actuado como domicilio fiscal por parte de la administración romana de modo análogo a los mecanismos que arroja la documentación del mar Muerto. Aunque no es momento de entrar a rebatir en profundidad estas propuestas, debe recordarse que no hay fuentes que permitan sostener este tipo de funcionalidad administrativa para los castella epigráficos en el Noroeste. Por un lado, ya el Edicto de El Bierzo del año 15 a. C. (HEp 11, 2001, 286), desconocido aun cuando se formularon las dos teorías mencionadas, refleja con bastante claridad que son las civitates (de Susarri y Gigurri) las que parecen actuar como elemento básico de articulación y vertebración para la administración romana, aun cuando se distingan entidades menores (Orejas et alii 2001; vid. Orejas y Sastre 1999). Un segundo argumento procede de la obra de los Makrobíoi de Flegonte de Tralles, quien proporciona valiosa información sobre los registros censuales de determinadas regiones durante el gobierno de Adriano. Es representativo que este liberto imperial solo mencionara la civitas en el caso de los seis lusitanos censados, aun cuando en la comunidad de los Interannienses (Ιντερανιησια), a la que pertenecen tres de ellos, se documenta el castellum Aracoelensium en Mangualde (Mangualde, Viseu: AE 1954, 93) y quizás también el Interam [---] Ͻ Ga [---] del siglo II d. A falta de un análisis más pormenorizado de la "pizarra de Pelóu", ha tendido a admitirse generalmente la primera interpretación del epígrafe, como testimonio de un censo o control poblacional. En este sentido, precisamente López Barja (2014) ha cuestionado que efectivamente se trate de un documento oficial de cualquier tipo o que guarde relación alguna con la gran empresa del censo provincial: "En realidad, no sabemos con qué fin se escribieron esos nombres allí, pero en todo caso, el carácter totalmente informal de la onomástica de la pizarra de Pelóu excluye, a mi juicio, que pueda tratarse de un registro censal romano" (2014: 464). Sin ánimo de anticipar conclusiones todavía, veremos que la propuesta de la edictio princeps no estaba desencaminada en cuanto al tipo de prestaciones, pero requiere afinar con mayor precisión ante qué tipo de documento estamos pues, como razona López Barja, sus características no concuerdan con lo que sería esperable de un control poblacional a la manera de una tabula censualis. LA POBLACIÓN DEL RECINTO FORTIFICADO COMO FACTOR INTERPRETATIVO Si partimos de la naturaleza censual que se le presupone a la "tablilla", debe incorporarse como factor interpretativo el aspecto demográfico del asentamiento, al menos desde una perspectiva meramente aproximativa y orientativa. De este modo, podrá trazarse conjeturalmente el espectro social al que puede corresponder la pizarra y comprobar si puede o no limitarse a la población del asentamiento. Con este fin, dentro de la problemática intrínseca a estudios de este género, el método que mejores resultados ha brindado para este tipo de poblamiento fortificado ha sido el que se calcula sobre la superficie habitada. Ello se debe, por un lado, a la carencia generalizada de necrópolis en el noroeste, herramienta habitual de estos estudios; por otro, a los problemas derivados de las estimaciones demográficas que se han abordado a partir del análisis de la "capacidad de carga" de la comunidad (la cantidad de individuos que puede sostener su entorno), sobre todo en lo que respecta a la definición del territorio de captación, así como los parámetros sobre la capacidad productiva de las sociedades preindustriales. La metodología que aplicaremos a Pelóu busca adaptar dentro de la variabilidad regional de los castros occidentales de Asturias la aplicada en las estimaciones demográficas realizadas para los recintos fortificados de época romana en otros territorios del Noroeste. Hay varias cuestiones que deben tenerse en cuenta: -La definición del área total del poblado, calculada a partir de fotointerpretación del recinto perimetral de la fortificación, lo que excluye otras estructuras como pueden ser los fosos exteriores o viviendas extramuros. En el caso concreto de Pelóu, además, se deben tener en cuenta otros problemas, como la difi-cultad de definir con precisión algunos de sus límites por la construcción de una pista moderna y la paulatina transformación del enclave a lo largo del tiempo por las explotaciones mineras antiguas, con la consiguiente variación y ampliación de sus fosos adyacentes. Por otro lado, a pesar de la gran pendiente del sector sur junto al foso, esta zona se ha incluido dentro del recinto habitable ante la posibilidad de un acondicionamiento en terrazas. Evidentemente las conclusiones a las que aquí pueden llegarse tienen solo un carácter interino sujeto a los avances en la excavación del asentamiento y a la obtención de una necesaria "imagen fija" de la ocupación para un periodo concreto. Con el fin de intentar paliar algunos de estos factores, la definición del recinto se ha elaborado complementando una MDT con resolución de 2 m a partir de las nubes de puntos LiDAR, mapa de pendientes, e imágenes del vuelo americano (1956)(1957) y PNOA ( 2014). -El cálculo de la densidad de poblamiento por hectárea de la superficie habitable. Para ello he aplicado como datos base las estimaciones demográficas realizadas por Fernández-Posse y Sánchez-Palencia para los castros romanos de la cuenca de la Cabrera y el Eria ( 1988 Sin ánimo de introducirnos en exceso en determinadas cuestiones, es preciso analizar dos aspectos que intervienen en la densidad de poblamiento por unidad de superficie habitable. A) La discriminación del espacio no habitado dentro del total del asentamiento, ya sea porque permanece vacío de unidades domésticas o porque presenta estructuras con distinta funcionalidad a la puramente residencial. Para este punto sería necesario calcular el porcentaje de la superficie edificada del castro de Pelóu, en donde solo dos unidades habitacionales se han relacionado con el periodo de ocupación romano (C-1 y C-3). A ello se suma que C-3 ha tomado el calificativo de "gran cabaña" (12 x 6 m), con un área aproximada de 56,5 m 2 sobre su planta elíptica y podría carecer de una función residencial. Autores como Camino (2002: 144-150) han planteado precisamente rebajar las estimaciones demográficas a juzgar por los grandes espacios vacíos de ocupación que se presentan en el interior de los recintos, si bien para la parte oriental asturiana. Por otro lado, algunos cálculos de las superficies internas de otros castros occidentales de Asturias con características semejantes a Pelóu y mejor conocidos cuentan con una información insuficiente para poder inferir una estimación de densidad propia. Así sería el caso, por ejemplo, del recinto fortificado de Pendia, también de larga diacronía, para el que gracias a las excavaciones de los últimos años ha podido calcularse la superficie destinada a estructuras no residenciales (termas, fortificaciones, grandes estructuras, etc.; Rodríguez del Cueto 2015: 251-254). Sin embargo, al englobarse el callejero con el área dedicada a los hogares en la superficie restante los datos disponibles no se pueden aplicar de momento para este objetivo y se ha optado por la estimación de densidad máxima y mínima planteadas por Fernández-Posse y Sánchez-Palencia para la Cabrera leonesa asumiendo unas pautas de ocupación análogas, siempre sujetas a revisión posterior conforme avancen las excavaciones y aparezcan reflejadas otras estructuras no residenciales características de esta zona. En este caso el cálculo de densidad se estableció sobre los porcentajes de superficie edificada de castros romanos cuya articulación interna era bien conocida. Ello dio como resultado un 60 % para el Castro de Corporales y un 34 % para la Corona de Quintanilla, lo que fue tomado como referencia a la hora de establecer una horquilla de densidades entre el máximo y el mínimo respectivamente para época romana. Para nuestro caso, como decíamos, nos moveremos en esta misma horquilla, que oscila entre los 101 y 294,4 hab./ha sobre el total del recinto habitable. B) La definición del número de habitantes por unidad doméstica. Debe advertirse que se carece de información directa para estimar cuántos individuos podrían vivir en cada núcleo habitacional, pues entre otras razones se desconoce la articulación familiar de estas sociedades y la forma en que ello se plasma en las pautas de residencia. Las aproximaciones a la demografía antigua suelen proceder de estudios etnográficos contemporáneos. El índice que aplicaremos aquí, es de nuevo el planteado por Fernández-Posse y Sánchez-Palencia (1988: 227, n. 65), según el cual se estima en 4,65 individuos por hogar, si bien se ha sugerido una revisión al alza de estas cifras a tenor de datos demográficos procedentes de sociedades actuales en vías de desarrollo (Currás 2014: 48) o análisis etnográficos de otros continentes (González Ruibal 2006: 199-200). Hechas estas previsiones, del cálculo de superficie habitable resulta un total de 2926 m 2, muy cercano a la estimación de 0,3 ha (Montes et alii 2009: 313), sin duda un recinto fortificado de escasas dimensiones en comparación con otros del occidente asturiano. A ello se suma lo ya mencionado sobre la sobredimensión de algunas estructuras no habitacionales dado el escaso tamaño del asentamiento, pues entre las intervenciones parciales ya destaca una gran cabaña, una sauna y una reestructuración del recinto original que parece reducirse de tamaño en la fase romana. Ello nos permite atisbar que la estimación sobre la horquilla demográfica seguramente sea más tendente a los datos mínimos que a los máximos. La aplicación de las densidades planteadas para Pelóu nos abre un intervalo de 29,55 a 86,14 individuos como máximo. ¿Puede entonces el listado hacer referencia a la población local? Sin embargo, esta cifra supera ya la estimación demográfica, pues a excepción de Beduna (y, a lo sumo, Mussora), se representan únicamente hombres. Es decir, incluso dando por sentado que refleja a varones de todas las edades, incluyendo niños y ancianos (lo que teniendo en cuenta las características de un censo sería lo menos probable), las cifras totales elevarían la cuantía en torno a la centena, asumiendo una proporción 1:1 de mujeres, con lo que se supera la estimación demográfica más generosa. Pero si consideramos que solo estarían registradas las personas con la edad necesaria para la prestación de servicios, como se le presupone a un censo de este tipo, el volumen supera ampliamente las previsiones. Es decir, el factor demográfico, aunque nunca pueda hablarse de certezas, proporciona un primer indicio para cuestionar que la pizarra sea un registro de la población de Pelóu o de una parte de ella, sino de un ámbito más amplio o cualitativamente distinto. LA LISTA DE PELÓU: ENSAYO SOBRE SU NATURALEZA Y COMPOSICIÓN INTERNA Surge entonces inmediatamente la cuestión: ¿Qué tipo de personas están representadas en la pizarra de Pelóu? Si nos atenemos a la onomástica, todos los individuos son nombrados simplemente por el cognomen o el nombre único en nominativo a excepción de Antonius Capito (col. III), sin más elementos de referencia. Ello constituye, en primer término, un problema de cara a la interpretación censual del documento, como ya ha sido acertadamente notado por López Barja (2014: 464). Resulta extraño, tratándose a priori de un registro oficial, que no aparezcan estructuras bimembres o se señalen otros aspectos, tales como la filiación o la origo, con el fin de evitar una estructura onomástica asociable a la esclavitud. Por supuesto, también la falta de indicación de la edad (a la que se adscriben las obligaciones personales) supone una carencia difícil de eludir si nos atenemos a un documento con tal vocación. Las principales fuentes sobre el censo provincial de la Citerior no permiten conocer con seguridad la forma en que los individuos eran registrados en el mismo, pues ni la epigrafía de procuratores y legati ad census accipendos ni de censitores (aunque algunos de ellos pudieran tener un origen militar 6 ) suministran datos de este tipo, ni tampoco Plinio, quien simplemente resume los datos globales de capita libera para los tres conventus noroccidentales (NH., 3, 3, 28). Sin embargo, un nombre único se antoja de todo punto insuficiente para garantizar la ligazón administrativa con sus obligaciones fiscales. Seguramente fuera inasumible logísticamente, para el contexto de Pelóu, un registro pormenorizado por professio como el que se acomete en el ámbito local itálico a mediados del siglo I a. Heracleensis, en donde la propiedad predial se asocia a fórmulas onomásticas completas (l. Pero sí habría de ser necesario, como mínimo, la indicación de la edad y la civitas de adscripción, tal y como aparece en los centenarios lusitanos de Flegonte durante el gobierno de Adriano (1, 62-64 y 66-68 7; López Barja 2014: 464). A la hora de descomponer el perfil más probable de los individuos de la lista, es preciso plantear la 6 Podrían recordarse dos casos hispanos: el tribuno militar misso pro censore ad lusitanos a finales del siglo I a. 7 Se sigue la numeración propuesta en la edición de Braccini y Scorsone (2013). cuestión de si se trata de un reflejo verosímil de las tendencias onomásticas locales como sería esperable en un censo. Del total de los 31 nombres reconocidos, una amplia mayoría (25) está compuesta por praenomina o cognomina latinos que actúan como nombre único. De entre ellos, casi todos corresponden a elementos nominales latinos muy comunes tanto dentro como fuera de Hispania 8 (20), junto a otros menos habituales o documentados en provincias más localizadas 9 (5). Los seis restantes plantean, por otro lado, algunos interrogantes que es preciso desgranar. Tres corresponden a nombres masculinos que carecen de cualquier paralelo epigráfico (Torgalinus/Torcualinus, Duanus/Duavus, Flucinus/Fluvinus) y otro (Pambanus) solo se testimonia una vez en Egipto 10. Esto puede llevar a pensar bien en una restitución errónea de sus nombres bien en una onomástica muy localizada cuya procedencia resulta difícilmente rastreable. Más interés si cabe plantea la inclusión de, quizás, dos mujeres. En el caso de Mussora resulta más complicado al carecer de paralelos claros 12. Estamos, en suma, ante una lista dispar, compuesta en su mayoría por 8 Flavinus, Flavus, Lucius, Antonius, Fullonius, Quintinus, Frontinus, Fronto, Quintus, Quintinus, Lucianus, Pontius, Flavianus, Sempronius, Lucius, Gemellus, Antonius Capito, Calpurnius, Aemilius, Sextus. 9 Así es el caso de Septumus, menos frecuente y con algunas derivaciones onomásticas, tanto dentro como fuera de ámbito hispánico (eg. CIL II, 1621); Ursianus, con paralelos en Hispania y en otras provincias (eg. CIL II, 578); o Maritumus, documentado exclusivamente en las provincias galas e hispanas (eg. CIL II, 605), y que aquí aparece por duplicado sin poder determinar si alude al mismo o a distintos individuos. En este grupo se ha incluido hipotéticamente Antio[---]us, ante la posible restitución de Antio[n]us (eg. AE 1996, 131), si bien no puede desecharse Antio[ch]us, que podría corresponder a un liberto manumitido plausiblemente en un entorno jurídico distinto. 10 La única referencia proviene de la relación de mártires cristianos desde la Antigüedad, en este caso procedente de Alejandría a comienzos del siglo III d. 11 En el testimonio de Astorga solo ha podido leerse Bedunu, lo que dificulta la lectura del caso y el contenido de la inscripción, pudiendo hacer referencia a un individuo en nominativo o acusativo, pero también a una colectividad en genitivo plural Bedunum, quizás entonces relacionado con la Bedunia de los conocidos termini pratorum de Soto de la Vega y Castrocalbón (León). 12 Aunque Mussora es un unicum, la raíz Muss-está presente en un número considerable de nomina y cognomina. Como ejemplo pueden destacarse las formas Mussius/Mussia (eg. CIL VI, 14550). nombres latinos masculinos, jalonados por otros muy poco comunes que abarcan tanto a varones como a una minoría femenina y, quizás, a un niño que aparece junto a su padre (Duavus et filius). A primera vista, la muestra en su conjunto no parece demasiado representativa de la población local que ocuparía un "castro romano" en el siglo I d. C. (momento en que se data la inscripción), sobre todo si se tienen en cuenta las tendencias onomásticas regionales y el medio rural en que se encuentra el recinto fortificado, donde el proceso de aculturación onomástica hubo de ser más lento. En un área como El Bierzo, cuya actividad minera, jerarquización del espacio y presencia del aparato administrativo son mucho más acusadas, los porcentajes de nombres latinizados de duo y tria nomina solo alcanzan el 16 % respecto al 84 % con onomástica peregrina en el periodo postflavio (Sastre et alii 2012: 39-45; Zubiaurre 2017: 437-438). Cifras semejantes, del 18 y 82 % respectivamente, nos ofrece un contexto rural con mayor información epigráfica como es la civitas de los Vadinienses 13 de la zona oriental asturiana (vid. González 2011) y, como Pelóu, también inserta en un proceso transformativo catalizado por la minería aurífera romana (Sastre y Sánchez-Palencia 2013). Los Orgonomesci, en ámbito costero del oriente asturiano, presentan un 62 % (5) de onomástica peregrina frente a un 38 % (3) latinizada de entre los ocho individuos con adscripción segura a esta civitas 14 dentro de un corpus que puede datarse entre los siglos II y III d. Si nos atenemos a los datos que arroja la lista de Pelóu su proporcionalidad inversa respecto a los ejemplos anteriores resulta reveladora, con un 81 % que presenta elementos latinizados para, a lo sumo, un 19 % no latino. Sería deseable una mayor cantidad de testimonios sobre la onomástica local, pero se trata de una región especialmente escasa en manifestaciones de este tipo. Ello nos habla, en último término, del hábito epigráfico como práctica casi exclusiva de las élites sociales y la llegada de grupos exógenos en estos primeros momentos pues, de hecho, los escasos testimonios para esta zona consisten en marcas de alfarero de cerámica TSH decorada e importada en donde se inmortalizan nombres externos como Agi-13 Se trata en este caso de la epigrafía funeraria con mención de origo vadiniense, incluyendo tanto a dedicantes como difuntos dentro del estudio del formulario onomástico monográfico acometido por la autora (vid. González 2011: 103 y n. Buena parte del corpus sería coetáneo al periodo de ocupación de Pelóu, a excepción de la minoría datada para el siglo III d. No se ha tenido en cuenta ERAs 60-h por ser una reconstrucción nominal insegura, al igual que la filiación de ERAs 37. Samartín (HEp 14, 2005, 22-28), por lo que en modo alguno pueden considerarse reflejo de prácticas onomásticas locales ni representativas de un espectro social amplio. En principio lo más sensato es pensar que los nombres de la población autóctona tuvieran más que ver con nombres como [Rebu]rrus, documentado en un grafito de producción regional del Chao Samartín (vid. Hevia y Montes 2009: 135), con el astur transmontanus Pintaius reclutado como auxiliar en el siglo I (CIL XIII, 8098) o el colectivo Elanianium (Chao Samartín; HEp 18, 2009, 16), que con los Antonius, Lucianus, Sextus, Calpurnius o Quintinus que aparecen en esta lista de un modo predominante. En caso de englobar a un colectivo, lo más probable es que la pizarra nombre fundamentalmente a militares, cuya presencia está bien documentada y es coherente con el contexto minero y la interpretación arqueológica del asentamiento. Si bien no se trataría de una lista exclusivamente militar, sino salpicada con algunos nombres de posible origen local, como la mujer Beduna o el individuo que aparece junto a su hijo (Duavus/Duanus et filius: col. III). Es decir, se trata en todo caso de un inventario de nombres que denota un contingente social heterogéneo y desigualmente representado. Más elementos nos alejan de la idea de que se trate de un documento administrativo aparte del carácter escueto de la antroponimia. Por un lado, se ha señalado la posibilidad de que la pizarra tuviera un formato rectangular y fuera ideada para ser expuesta al público, quizás en un lugar cercano a uno de los paramentos exteriores en que fue hallada. Esta hipótesis se sustenta en las huellas de posibles perforaciones de sus cantos, aunque no se descarta que estos también pudieron ser producto de una reutilización posterior (Villa 2016: 26-27). De hecho, resulta improbable que se buscara una exposición pública dado que la cara interna, peor conservada y con un campo epigráfico menor, también pudo estar inscrita tras adivinarse algunos trazos de posibles nombres que no se pueden restituir en el estado actual del epígrafe (Villa et alii 2005(Villa et alii: 272=2006-2008: 497): 497). La pizarra como soporte epigráfico es, en cualquier caso, un material especialmente tendente a la fragmentación y laminación, de ahí que su uso como soporte sea bastante excepcional. También destaca el hecho de que un material de procedencia local y poco idóneo para la práctica epigráfica pudiera servir para un documento de este tipo, sobre todo si tenemos en cuenta que la inscripción se produjo con posterioridad a la exfoliación de buena parte de su superficie. Es decir, ni siquiera se utilizó una pizarra en estado óptimo, sino una pizarra reutilizada, para lo que se presume un uso ad hoc. Si recapitulamos todos los argumentos esgrimidos: una lista compuesta por un grupo heterogéneo, casi exclusivamente masculino y latinizado, que supera las cifras que se le presuponen al asentamiento, unido al carácter informal de la onomástica, el descuido en el ductus y el propio soporte, lo más lejos a lo que puede llegarse en la interpretación, sin salir del propio epígrafe, es que se trate de un documento de consumo eventual, producido seguramente por intermediación del ejército, no circunscrito al castro, y que desempeñaría una función específica para un momento concreto, pero cuyas motivaciones resultan difícilmente asociables a lo que implica un censo. LAS LISTAS DE NOMBRES EN EL ALTO IMPERIO: UNA COMPARATIVA Las listas inventariadas de personas no son algo excepcional y pueden obedecer a diferentes propósitos, tal y como las encontramos en diferentes momentos y lugares del Alto Imperio. Una comparativa con otras listas, como la que plantea López Barja (2014), permite reafirmar su carácter no oficial, a la vez que abre nuevas posibilidades interpretativas. En primer lugar, un gran conjunto de inscripciones con listas está recogido en diversas fuentes de carácter oficial, ya sean de ámbito imperial o de las administraciones locales. Se trata, en su mayoría, de documentos solemnes que tienen implicaciones directas en la situación de las personas a las que aluden, de modo que siempre constan de una fórmula onomástica más o menos completa con el fin de evitar cualquier confusión sobre quiénes son objeto de sus disposiciones. Su funcionalidad y material (normalmente en bronce) se aleja sensiblemente de la caracterización de nuestra pizarra, aunque formalmente (disposición en columnas, etc.) se asemejen. Casos de este tipo los encontramos ya en Hispania en el periodo republicano, como las dos listas inscritas en caracteres celtibéricos en los bronces de Torrijo del Campo (Teruel: HEp 11, 2001, 547) y en la III tabula Contrebiensis de los bronces de Botorrita (Zaragoza: HEp 14, 2005, 382). El desconocimiento sobre esta lengua impide conocer con exactitud los propósitos de ambos documentos, pero sin duda debieron ser lo suficientemente importantes para ser inscritos en este material y, quizás, expuestos. No obstante, el estudio de las terminaciones y sus casos, a falta de una mejor comprensión del celtíbero, parece reflejar secuencias onomásticas complejas. Así, el bronce de Torrijo contiene una pequeña enumeración de nombres de individuos y derivados ligados por la conjunción copulativa -kue, a los que parecen asociarse referencias a lugares, granjas o terrenos, pertene-cientes al individuo que les da nombre (Rubio 1999: 146). También sería el caso de la tabula Contrebiensis III de Botorrita, cuyo contenido es también sustancialmente onomástico y carece de una articulación evidente más allá de una sucesión de nombres tras un pequeño encabezamiento. El análisis exhaustivo de su composición interna (Beltrán et alii 1996: 43-121) ha permitido identificar hasta 241 personas nombradas explícitamente, cuya estructura onomástica, a través de dos variantes principales, contiene elementos análogos a la fórmula de "Tirtano de los Abulocos, hijo de Letondo, Beligiense" de la estela de Puig des Molins (Ibiza) o de "Lubo de los Alisocos, hijo de Avalo, de Contrebia Belaisca" como lo encontramos en la tessera Fröhner (HEp 13, 2003(HEp 13, -2004, 767), 767). Es decir, junto al antropónimo aparecen otros elementos que facilitan su identificación como el patronímico, el grupo familiar, el lugar de procedencia15, etc. Lo mismo puede decirse de las dos listas que componen el bien conocido bronce de Áscoli (CIL VI, 37045), en el que lógicamente se indican con rigor sus secuencias onomásticas completas para la obtención de la ciudadanía romana y el duplex frumentum, con indicación del nombre acompañado del antropónimo en todos los casos a excepción de los ilerdenses, que presentan fórmulas onomásticas bimembres latinizadas y filiación, y todos ellos agrupados según su comunidad de origen. Lo mismo puede decirse de los nombres de los 56 ciudadanos romanos que forman el consilium en este mismo documento, con estructura onomástica completa incluyendo la tribu. En el bronce de la sortitio ilicitana hallado en La Alcudia (Elche: HEp 9, 1999, 27), la lista de los diez individuos beneficiados por los lotes requieren también una identificación precisa, mediante tria nomina, filiación, mención de tribu y origo anterior (de Icosium, Praeneste, Aurelia Carissa, Corduba, Malaca, etc.), al igual que deben establecerse con claridad las coordenadas de la(s) centuria(s) implicadas en el reparto de los 13 iugera de la pertica colonial (vid. Pena 1998; Alföldy 2003: 41-45; Olesti y Molina 2007). Otras largas listas oficiales proceden de entornos jurídicos promocionados de Italia, como el nutrido elenco de nomina decurionum del album Canusinum del 223 d. C. (CIL IX, 338), en donde los IIviri quinquennales inscribieron en cuatro columnas un total de 164 miembros que, de igual modo, son presentados con tria nomina y ordenados gradualmente según su categoría (patroni clarissimi viri, patroni equites romani, allecti inter quinquennales y IIviralicii) 16. La aparición en el album debe recoger escrupulosamente los individuos implicados en la lectio senatus, pues además de los honores implica asumir las cargas derivadas de su nuevo desempeño (honorarium decurionatus). O en el controvertido mármol del album Herculaneum (CIL X, 1403), compuesto por otra larga secuencia nominal distribuida en tres columnas con status jurídico heterogéneo: cives Romani ingenui agrupados por centuriae, con tria nomina, filiación y tribu, y los restantes solo con tria nomina con indicación de su condición de liberto o bien pertenecientes a un enigmático grupo de incerti17. Del mismo modo, las listas de iudices seleccionados de Irni incluían sus praenomina nomina item patrum praenom [i]na et ipsorum tribus cognomina in tabulis (lex Irn. En segundo lugar, si interpretamos la lista de Pelóu a modo de placa de dedicantes, como un fragmento de una inscripción más amplia que se habría perdido en la parte superior, puede analizarse un correlato hipotético con diversas listas que encontramos en manifestaciones de agradecimiento, ya sean de carácter oficial o producto de una iniciativa privada. En este caso, sin embargo, la informalidad onomástica de la pizarra se erige de nuevo en un factor que nos aleja de la documentación de esta naturaleza. Debe partirse del hecho de que los individuos que se inmortalizan en este tipo de inscripciones honoríficas lo hacen también para honrarse a sí mismos, para visibilizar su posición preeminente en el entorno local, de tal manera que la auto-representación se convierte también en un ejercicio de culto a la individualidad. Esto, en términos prácticos, se materializa en una formulación personal que tampoco suele dar lugar a ambigüedades y presenta, al menos, los elementos mínimos para permitir una correcta e inequívoca identificación en un contexto social más o menos amplio. Algunos ejemplos representativos los encontramos en la dedicatoria de dos pedestales de estatua por la V cohors de vigiles de Roma (CIL VI, 1057-1058), con una colosal lista de dedicantes de más de un millar de miembros de la cohorte repartidos en varias columnas y ordenados por criterios jerárquicos. Aquí, a pesar de las limitaciones de espacio, todos ellos presentan tria nomina. También de Roma procede la dedicación a Adriano (136 d. C.) de los magistri pagorum de Roma de la Basa Capitolina (CIL VI, 975), en cuyos laterales se hallan inscritos en series de tres columnas hasta 311 curatores, denuntiatiores y magistri vicorum. En este caso el orden viene determinado por las regiones desglosadas en sus respectivos vici y, finalmente, nombrados mediante tria nomina y filiación/libertus. Del municipio romano de Sala, en Mauretania Tingitana, procede una dedicatoria semejante que se ofrece por decreto decurional a M. Sulpicius Felix el 144 d. La descripción de su cursus honorum y los motivos para la erección de la estatua son seguidos, en un lateral, por una lista de 38 amici repartidos en dos columnas, quienes de nuevo indican sus tria nomina y uno de ellos recuerda, además, la cuestura. Esta tendencia a reflejar con rigor el nombre completo del individuo se cumple en la práctica totalidad de representaciones de dedicantes en epigrafía honorífica, aunque lo normal es que en términos cuantitativos esta sucesión sea menor respecto a los tres ejemplos anteriores. Por tanto, ya no solo el carácter vil del material empleado en Pelóu, sino la sucinta referencia nominal de todos los personajes que aparecen disuelve la posibilidad de dibujar cualquier paralelo con dedicatorias de esta naturaleza. Tampoco debe sorprendernos si se recuerda la inexistencia en Asturias de otras referencias epigráficas de este género. Las inscripciones honoríficas revelan ante todo una manifestación de sociabilidad política determinada y, en tanto que tal, requieren una caracterización cívica clásica en donde las formas de dependencia fructifiquen en modos evergéticos de interacción, normalmente dentro del medio urbano. De este modo, si el Noroeste no parece un ámbito propicio para el evergetismo respecto al resto de Hispania (vid. Melchor 1994: 64), no hay lugar tampoco para el agradecimiento y, cuando lo hay, aparece capitalizado por expresiones de culto imperial. Al menos así lo refleja el único ejemplo asturiano18 de la Campa Torres, en un contexto totalmente distinto al que ahora nos ocupa, en donde Cneo Pisón realiza su conocida dedicatoria a Augusto el año 9-10 d. REPLANTEAMIENTO: LA PIZARRA DE PELÓU COMO DOCUMENTO DE GESTIÓN MILITAR Desechadas las posibilidades anteriormente expuestas queda, sin embargo, una tercera vía de comparación que sí contiene evidentes parecidos en cuanto a la naturaleza que podría tener el documento de Pelóu. El paralelo sobre el que construiremos nuestra hipótesis nos lo suministran algunas listas realizadas en un contexto militar que, como la pizarra, se caracterizan por su informalidad, pues son "documentos de consumo" para un momento y un fin determinado. Se trata de algunas de las tablillas que conforman el heterogéneo conjunto de Tabulae Vindolandenses, del que ya se han reconstruido, editado y publicado unos novecientas ejemplares en los últimos años (Bowman y Thomas 1983, 1994, 2003; Bowman et alii 2010Bowman et alii, 2011Bowman et alii, 2019)). Estas reflejan diversas facetas de la vida cotidiana del campamento de Vindolanda (Northumberland, Reino Unido), con un periodo de ocupación del 85-135 d. C. asociado a la defensa del limes superior de la isla. Aunque su estado de conservación es fragmentario, por su soporte en madera y con trazas de tinta, las Tabulae Vindolandenses presentan toda una serie de afinidades con la pizarra de Pelóu desde un punto de vista metodológico: -Una finalidad no oficial. Son documentos de muy diversa naturaleza, desde correspondencia privada a documentos contables sobre aspectos diversos relacionados con la gestión interna de Vindolanda y sus relaciones con el entorno: intercambios, reparto de trabajos militares y civiles, suministros, pequeñas transacciones, etc. -Un carácter informal, lo que se traslada a la propia caracterización onomástica de los individuos registrados en las tablillas, totalmente simplificada y en donde basta con incluir, de un modo referencial, un solo elemento onomástico, normalmente latino. Al tratarse de un contexto local y un fin eminentemente práctico, los individuos cuentan con los elementos nominales mínimos para poder ser identificados por quien escribe, como parece ocurrir en Pelóu. Del mismo modo, presentan un ductus irregular y no es extraña su reutilización pues, al no ser pensadas para ser expuestas, se aprovechan ambas caras. -Un contexto militar compartido: las Tabulae Vindolandenses proceden de un campamento y fueron realizadas por militares. Como ya avanzamos, la presencia militar en Pelóu está confirmada, tanto por la documentación arqueológica del yacimiento como, sobre todo, por el contexto minero inmediato, que implica una presencia militar estable para tareas de supervisión y apoyo técnico (vid. supra). Su pequeño tamaño y características incluso han llevado a plantear la hipótesis de que el antiguo poblamiento castreño se hubiera convertido en un puesto militar de vigilancia en época romana (Montes et alii 2009: 321). La hipótesis de que un militar pudiera ser el ejecutor de la pizarra de Pelóu también es coherente con la escasa difusión del latín y de la epigrafía en este contexto rural y momento cronológico (finales s. I d. -Una muestra de individuos heterogénea. Como se ha defendido para Pelóu, su caracterización onomástica latinizada nos lleva a pensar que la mayor parte de individuos registrados fueran en su mayoría militares representados con un nombre único, aunque no exclusivamente, pues algunos casos pueden aludir a población local, a mujeres (Beduna) o a sus hijos (et filius). Esta problemática se despeja si otorgamos a la pizarra una funcionalidad práctica, ad hoc, y no oficial, a semejanza de las Tabulae Vindolandenses. En el contenido de las tablillas no resulta extraña la convivencia de contingentes militares que, como quizás en la lista de Pelóu, resultan predominantes en sus listas, pero jalonadas con civiles que aparecen involucrados en diversas actividades económicas o logísticas del campamento. Al fin y al cabo, ambos casos comparten un mismo efecto dinamizador, aquel que representa la presencia del ejército y su comportamiento e interlocución respecto al entorno local próximo. -Una misma distribución: los documentos contables que refieren pagos, transacciones o gestión de trabajos se componen, como en Pelóu, de sucesivas listas de individuos dispuestos en columnas. -Unas características morfológicas análogas. Frente al uso de soportes más cotizados y reservados para inscripciones solemnes, como ocurre en los anteriores tipos de listas y sería esperable para una tabula censualis, la vileza del material empleado como soporte, la pizarra o la madera, de pequeño tamaño y fácil obtención en el medio próximo, resulta consecuente con un uso eventual. -Por último, un marco cronológico compartido, aunque la fase III de Pelóu presenta un recorrido cronológico algo más amplio hasta su abandono en el siglo II d. Las tablillas de Vindolanda son un buen exponente de lo habitual que son los listados en un contexto militar y proporcionan testimonios de gran utilidad a la hora de plantear una alternativa sobre la función que pudiera tener el documento de Pelóu, pues al fin y al cabo un ejército movilizado expresa relaciones y necesidades semejantes respecto a su entorno (de abastecimiento, de supervisión, de gestión, etc.). Así puede observarse ya en dos sucesiones de nombres únicos que se acercan a la morfología de la pizarra, pero carentes de los elementos necesarios para identificar una finalidad específica con garantías por el estado fragmentario en el que se encuentran. Un primer ejemplo lo componen seis individuos cuyos nombres han podido identificarse, aunque las marcas de tinta y las partes no conservadas invitan a pensar que serían algunos más. En este caso aparecen individuos con una onomástica heterogénea compuesta por nombres únicos y, como en Pelóu, también en nominativo, relacionada con algún tipo de cuenta o inventario: Col. II: Tagomas / Secundus / Mansuetus / (denarios) / -------(Tab. De nuevo en nominativo encontramos otra (Tab. 161) que recoge en torno a 11 individuos, aunque solo han podido restituirse 6 nombres, y es considerada como una posible lista de soldados pertenecientes a la cohors I Tungrorum cuya motivación no es explicitada: -------/ Fuscus / Settius / Expeditus / Albinus / Verecund[us] / Festus / -------. Para asignar una hipótesis funcional a la pizarra, debemos atenernos al único elemento que consta de sintaxis, y que conscientemente he obviado hasta ahora. Se trata de la alusión en la tercera columna "Duanus/Duavus et filius possuerunt frugem", lo que ha sido considerado uno de los principales argumentos para deducir un valor censual al documento. Es decir, según esta perspectiva el listado recogería las contribuciones en cereal a las que estarían sometidas las poblaciones locales incluidas en el listado como pago del tributum soli. Sin embargo, no hay elementos que permitan inferir tales conclusiones. El registro oficial de cargas fiscales individuales de este tipo, según la información disponible de otras provincias, anota con claridad a los individuos gravados, los campos objeto de imposiciones fiscales y las cantidades pagadas, como lo encontramos, por ejemplo, en una lista de pagos de este tipo en el nomos Arsinota del siglo I d. De hecho, las propias Tabulae Vindolandenses ofrecen diversos ejemplos de pagos y contribuciones muy parecidos al de la pizarra sin necesidad de inferir un gravamen oficial o un censo 20. 19 En este caso se trata de una lista conservada en papiro que sigue la estructura siguiente: nombre del propietario/arrendador, nombre de su padre, nombre de su abuelo, medidas del campo, producción de trigo, etc. Lógicamente, en un contexto muy distinto al que nos ocupa. 20 Estas recogen las variadas motivaciones que pueden esconderse detrás de distintos tipos de cómputos y listados por Vindol. 180, recoge una sucesión de nomina o cognomina en dativo a los que se asocian cantidades variadas de modios de trigo que un individuo parece asignar con distintos propósitos. En este caso sería, como opinan los editores, una cuenta privada en ámbito castrense, pues algunas de las justificaciones así parecen indicarlo (pagos de deudas, intercambios, etc.). También el registro de Tab. Vindol 586 nos ofrece una estructura análoga, con diversas cantidades de trigo y gachas dispensadas o recibidas por varios militares con un solo elemento onomástico latino, en dativo (Attico, Vitale, Decimo, Masclo, Vitale) 21; o, algo más distinto y oscuro, el registro del praetorium en que en sucesivas fechas se entregan productos a varias personas (Tab. Otras, en vez de especie, aluden a cantidades económicas. Mientras el anverso de Tab. 609 representa pequeñas cantidades de dinero, expresadas en denarios y semis, el reverso dispone una serie de individuos quizás relacionadas con estas sumas, en forma de pagos o transacciones. Aquí también convive una onomástica diversa en la que se mezclan nombres latinos e indígenas con un solo elemento onomástico, expresado en dativo o nominativo: -------/ Frissi / Suasso / Germanu[s] / Caussa / Marcellinu[s] / Modius / Senecio / Sactius / Viator / Crescens Cir[---] / Crenscens (sic) / Leubius / Varieunus / [---] / Veruini / Mart[---]/ -------, semejante a la más fragmentaria Tab. Las motivaciones que se esconden tras la creación de un documento con las características de la pizarra seguramente tengan mucho más que ver con las necesidades, compartidas con Vindolanda, de registrar y gestionar diversos aspectos de la vida castrense y su entorno local que con censos o registros oficiales. Ello, sin duda, ayuda a comprender muchas de las singularidades morfológicas y de contenido que aparecen en la pizarra. De hecho, si tornamos la mirada al contexto minero peninsular, las pizarras de "Cerro del Moro" y "La Marismilla" (Nerva, Huelva) pudieron recoger algún tipo de transacciones semejantes en época julioclaudia, si bien su estado muy fragmentario impide conocer con seguridad la naturaleza de este conjunto epigráfico y las partes involucradas en los negocios parte del ejército, aunque no se han tenido aquí en cuenta por no estar asociadas a nombres concretos, como las cuantías de soldados de la I cohors Tungrorum, en las que se recoge los totales de soldados presentes, ausentes, indispuestos, etc. (Tab. 154 y 857), las listas de productos objeto de transacción o intercambio oficial o privado (Tab. 21 En las listas de Vindolanda resulta común la repetición de nombres, tratándose, con toda probabilidad, de una misma persona implicada en distintas transacciones o tareas. Esta repetición se produce también sintomáticamente en la pizarra de Pelóu por ser un documento similar, en los casos de Lucius, Quintinus y Flavinus, además del poco corriente Maritumus. económicos inmortalizados (vid. Gimeno y Stylow 2007). Un paralelo más claro lo suministran los centros metalúrgicos asociados a las explotaciones mineras de galena argentífera de "El Sauzón" y "El Manchego" en Villanueva del Duque (Córdoba), en donde se documentan hasta 17 tablillas de morfología muy semejante, de factura descuidada y en pizarra local, a veces inscrita por anverso y reverso (HEp 7, 1997, 297-313). Entre los 35 individuos que aparecen, con una onomástica representada de modo igualmente informal y en nominativo, conviven nombres de origen latino, griego y de tradición local. Aparecen representados a veces de manera aislada y otras agrupados en pequeñas sucesiones de tres o cuatros individuos, lo que ha llevado a pensar en formas de control del trabajo y de distribución de las labores (García 1997). Si volvemos a la fórmula possuerunt frugem, como principal indicio de su finalidad, toma importancia para nosotros el matiz semántico que introduce Paulo en el título dedicado a de verborum significatione:'Frugem' pro reditu appellari, non solum frumentis aut leguminibus, verum et ex vino, silvis caeduis, cretifodinis, lapidicinis capitur, Iulianus scribit.'Fruges' omnes esse, quibus homo vescatur, falsum esse: non enim carnem aut aves ferasves aut poma fruges dicit (Paul. Para el jurista post-clásico el término fruges abarca una amplia gama de supuestos que no han de limitarse a los cultivos agrícolas, sino que su beneficio (reditus) puede aludir a cualquier tipo de material suministrado por la tierra desde una perspectiva genérica. Es decir, abraza desde la tala de árboles (caedua silvae), la extracción (capere) de diversos materiales como las arcillas y yesos (cretifodinae) y de la propia roca (lapidicinae). De hecho, establece su contraposición con los animales que, aunque habitan en la superficie, su proliferación no deriva directamente de una "gestación subterránea" y sería inadecuado catalogarlos en esta categoría al igual que ocurre con los frutos de los árboles ("frutos" de fruges). Evidentemente possuerunt frugem resulta demasiado sucinto y no puede desecharse que aluda efectivamente a algún tipo de dispensa o transacción relacionado con el aprovisionamiento de grano por parte del ejército como se ha documenta en otros contextos militares (vid. Carreras 1997: 153). Sin embargo, la semántica que nos transmite Paulo sobre este término permite contemplar otras opciones, más acordes por otra parte con los intereses del ejército en el entorno minero inmediato y la interpretación arqueológica del sitio. Si se tiene en cuenta el contexto próximo, ponere frugem pudo aludir también a lapidicinae, es decir, con el sentido de que Duavus et filius aportaron su fuerza de trabajo en el desempeño de extraer roca o mineral. De hecho, para Varrón, fruges se relaciona con cualquier tipo de recurso que proporciona la tierra (Ling., 5, 104). Más explícito es todavía Tácito, quien utiliza fruges para recordar la gran entrada del oro extraído en los metalla imperiales para el año 60 d. Sin duda esta terminología entra en consonancia con la huella indeleble que han dejado en el paisaje las labores de acondiciona-Figura 5. Canales de distribución de agua de Peña Furada (sup. J. Sánchez-Palencia e inf. miento de las explotaciones auríferas del entorno próximo al recinto fortificado de Pelóu. Estas debieron requerir abundantes esfuerzos y recursos, como se observa en la propia configuración del asentamiento, rodeado de sucesivos fosos y un depósito, la red de galerías de las minas en primario de Valabilleiro justo en frente del mismo o los cercanos canales de Peña Furada (Sánchez-Palencia et alii 2006), excavados en roca para la distribución de agua salvando la cota hasta las explotaciones. De ser cierta esta hipótesis estaríamos ante un documento de cuenta, para el registro y control ad hoc, pero no menos importante, cuya función hubo de ser la gestión de mano de obra por parte del ejército para sucesivas operae, como la encontramos en Egipto (vid. P. Berlin 6765), en las propias Tabulae Vindolandenses, donde se distribuyen por el centurión los trabajos de fabri a su cargo (Tab. 862), en las mencionadas pizarras de la Bética o en las inscripciones rupestres asociadas al mantenimiento de la red hidráulica minera del Valle de Airoso (León; Sastre y Sánchez-Palencia, 2002: 229-231). Aquí, estas indicaciones irían dirigidas a las labores mineras en que hubieron de involucrarse tanto a miembros del ejército en sus facetas técnicas y de supervisión, como a los locales, en los trabajos más duros para la extracción en roca del mineral y en la propia construcción de la infraestructura minera.
Identidad y muerte en las necrópolis gaditanas a partir de la biografía de sus monumentos funerarios. El caso de Lucius Popillius Acastus 1 RESUMEN La identidad en el mundo antiguo es objeto de discusión a partir de parámetros diferentes, pero indudablemente las manifestaciones mortuorias aportan referencias de gran interés. El estudio del hallazgo y características de un monumento funerario singular de las necrópolis de Cádiz sirve para valorar la complejidad social del mundo de la muerte. En el caso que nos ocupa, tanto el propio monumento, como su ubicación, contexto y epígrafe, abundan en la conexión entre identidad y determinados usos funerarios que se arraigan en tradiciones ligadas a topografías funerarias específicas y culturas concretas. El contexto arqueológico, el 1 [EMAIL] / ORCID iD: https://orcid. org/0000-0002-9907-0759 uso de piedra local, el recubrimiento de emulación marmórea, posible uso de colorante en la placa o el tamaño y visibilidad de la pieza la singularizan en el contexto gaditano y peninsular. Una de las líneas de trabajo que se derivan de este análisis es cómo la presencia de etnias e identidades diversas llegó a determinar el mundo de la muerte tan marcadamente. Este aspecto reaviva los argumentos de ref lexión sobre la representatividad de colonos, indígenas o extranjeros en la ciudad de Gades en la antigüedad. Roman grave goods consisted primarily in "ungüentarios (vidrio, cerámica), vasos de paredes finas, vajilla doméstica, lucernas, joyas, piezas de tocador, amuletos y monedas" (Guzmán 2008: 96). 2 Belizón, R. and Legupín, I. 2010: Memoria final de la excavación arqueológica preventiva realizada en la avenida de Portugal esquina con avenida Juan Carlos I. This work was consulted at Delegación Provincial de Cultura de Cádiz. They are thus linked to female deities and morphologically they "adaptan perfiles que se acercan a lo triangular, hasta hacer a veces casi imposible decidir si la representación anicónica es troncocónica o piramidal, en forma de obelisco" (Seco 2010: 70). Pelayo Quintero describes it in 1929 as "como grandes sillares, caídos hoy a los lados y uno de ellos labrado en forma de pirámide y con restos de estuco blanco y adornos amarillos y rojos" (Quintero 1932: 5-6). These are 'simple' stelae "en piedras alargadas, de base rectangular, acabadas en punta" (Belén 1994: 260).
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Métodos y problemas interpretativos en los estudios de cerámica utilitaria: los materiales cerámicos y sus limitaciones en el yacimiento de Revenga, Burgos (s. VI-XI) Esther Travé Allepuz 1 M. Karen Álvaro Rueda 2 Guillem Domingo Ribas 3 Universidad de Barcelona RESUMEN A lo largo de los últimos años las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en el yacimiento de Revenga (Comunero de Revenga, Burgos) han permitido recuperar algunos materiales cerámicos de cronologías tardoantiguas y altomedievales. Dado su estado de conservación muy precario, el carácter utilitario de este tipo de producciones y las dificultades que aún hoy existen en el estudio de la cerámica común altomedieval, dichos materiales plantean algunos problemas interpretativos que hemos intentado resolver a partir de una caracterización petrográfica de los mismos. Los resultados obtenidos aportan nuevos datos muy significativos para el conocimiento de las comunidades del Alto Arlanza, permiten precisar las distintas fases de ocupación del asentamiento de Revenga y abren nuevas perspectivas para la investigación futura. El territorio del Alto Arlanza, en las estribaciones meridionales de la Sierra de la Demanda y los Picos de Urbión constituye un espacio privilegiado para el estudio de las formas de poblamiento altomedieval y la organización del paisaje entre los siglos VI y XI. Este valle serrano acoge un número considerable de necrópolis rupestres presididas por edificios de culto en las que se advierten también los indicios de un hábitat cuyas características y estructura es necesario investigar (Fig. 1). Las intervenciones arqueológicas recientes en el yacimiento arqueológico de Revenga (Comunero de Revenga, Burgos) han superado por primera vez la fragmentación del registro arqueológico y la visión parcial y limitada que ofrecen las necrópolis en favor de una interpretación global del asentamiento, teniendo en cuenta que este aglutina una iglesia con su cementerio circundante, pero también una nutrida representación de estructuras de hábitat con cimientos asentados sobre el suelo de arenisca (Álvaro et alii 2018a, 2018b). La excavación arqueológica y el estudio analítico de los materiales recuperados -fundamentalmente cerámicos y líticos-en un contexto bien definido, junto con la revisión y actualización del registro conocido en las otras necrópolis de la zona, han contribuido a incrementar el conocimiento que tenemos acerca de las formas de ocupación y articulación de este territorio de alta montaña entre los siglos VI-XI. A pesar de los múltiples esfuerzos que se han hecho en los últimos años y que se están haciendo en la actualidad, el estudio de las producciones cerámicas utilitarias o comunes altomedievales no está en absoluto resuelto. Afortunadamente, los avances han sido especialmente significativos en varios aspectos. Por un lado, se ha incrementado el número de los volúmenes cerámicos estudiados y publicados, en parte gracias a una revisión y actualización de los análisis de materiales procedentes de la arqueología de gestión (Vigil-Escalera y Quirós 2016). Las críticas que en ocasiones se han hecho acerca del claro déficit relativo al estudio y publicación de los materiales procedentes de contextos arqueológicos excavados con carácter de urgencia parecen haber surtido los efectos oportunos, puesto que cada vez son más los conjuntos que se han dado a conocer. En buena medida, esto se debe a la integración de la arqueología de gestión en distintos proyectos de investigación relacionados con el conocimiento de las comunidades campesinas y de las formas de hábitat entre los siglos VI-IX (Quirós 2014(Quirós: 144-145, 2017: 5;: 5; Roig 2009: 209). Por otro lado, los criterios metodológicos para el análisis de las producciones tardoantiguas y altomedievales han contado con una renovación muy significativa, tanto en lo referente a las pautas de estudio de un yacimiento concreto, como en la necesaria explotación de datos desde una óptica territorial que tenga en cuenta la necesaria comparación de las distintas realidades regionales. Esto ha permitido dar a conocer algunas publicaciones de síntesis (Caballero et alii 2003; Vigil-Escalera y Quirós 2016) en las que se han llevado a cabo esfuerzos interpretativos y comparativos notables que han supuesto, ciertamente, una transformación sustancial del panorama conocido. Los hallazgos recuperados en el yacimiento de Revenga deben contribuir al enriquecimiento del estado de la cuestión actual. Su caracterización es especialmente necesaria dado el carácter periférico de este espacio de montaña (Álvaro et alii 2018b; López et alii 2016aLópez et alii, 2016b)), cuyos asentamientos parecen gestionarse de manera más o menos autónoma en relación con los poderes establecidos antes de su integración en las estructuras feudales del siglo XI, a partir de su incorporación en el Alfoz de Lara. Los trabajos de síntesis realizados hasta el momento carecen de hallazgos cerámicos procedentes de la zona de la Alta Sierra Pinariega, entre las cabeceras del Arlanza y el Duero, cuya producción y distribución parecen res- ponder a unos círculos regionales limitados, con una cierta complejidad interna y muy poco permeables a la influencia exterior. Dado su estado de conservación muy precario, el carácter utilitario de este tipo de producciones y las dificultades que aún hoy existen en el estudio de la cerámica común altomedieval, dichos materiales plantean algunos problemas interpretativos que hemos intentado resolver a partir de la aplicación sistemática de un análisis macroscópico detallado de carácter morfológico y tecnológico que ha permitido la realización de un muestreo fiable para una caracterización petrográfica de estos materiales, cuyos resultados ofrecemos en este trabajo. Asimismo, pretendemos también poner sobre la mesa algunos elementos para la reflexión que puedan contribuir a refinar las estrategias metodológicas que se adoptan para abordar el análisis de este tipo de producciones, así como llamar la atención sobre sus limitaciones y los peligros de una sobre-interpretación en ocasiones excesiva basada únicamente en el examen visual macroscópico de los materiales. Con todo queremos contribuir de manera significativa a la generación de un conocimiento específico que nos permita profundizar en las sociedades que han fabricado y utilizado estas cerámicas y también en el diseño de unas pautas de análisis exportables y adaptables a las realidades de cada territorio, institución o equipo de investigación en función de las necesidades. CERÁMICAS COMUNES TARDOANTIGUAS Y ALTOMEDIEVALES EN EL NORTE Y CENTRO PENINSULAR: HACIA LA REGIONALIZACIÓN DE PRODUCCIONES Los principales estudios de cerámica común han puesto en relieve, a pesar de las numerosas diferencias y matices regionales, una transformación a distintos niveles en lo que se refiere a producción y distribución de productos cerámicos. El registro arqueológico y especialmente el estudio del material cerámico muestran a partir del siglo V una fuerte contracción de las escalas de producción, que adoptan patrones de carácter más local y circuitos de distribución más reducidos. Este fenómeno se interpreta habitualmente como resultado de una simplificación de la economía en su conjunto, lo cual implica un decrecimiento de la demanda aristocrática (Wickham 2009: 185). Este planteamiento de carácter general, surge del análisis comparado -imprescindible para el conocimiento de estas producciones-de una casuística repleta de singularidades que conocemos cada vez mejor en distintas zonas del norte y centro de la Península Ibérica. En todos estos espacios, la incidencia desigual de los procesos de romanización, la realidad geográfica de los distintos asentamientos (a mayor o menor altitud, con una vinculación más o menos estrecha con los cursos fluviales y principales vías de comunicación) así como el papel que juegan las élites hispanorromanas del Bajo Imperio suponen condicionantes de carácter histórico que contribuyen a la diversidad de los contextos cerámicos. Pero debemos considerar también algunos factores de carácter científico vinculados fundamentalmente al número de yacimientos analizados y al volumen de materiales estudiados en cada yacimiento que condicionan también el carácter heterogéneo del estado actual de la cuestión. En definitiva, la realidad observada en el registro cerámico revela la existencia de unas transformaciones que se deben a factores sociales y humanos y que debemos explicar desde un punto de vista histórico, pero también cuenta con condicionantes científicos -básicamente relacionados con el muestreo, como veremoscuyo impacto debemos minimizar en la medida de las posibilidades. Un territorio especialmente bien conocido, gracias a los trabajos de A. Vigil-Escalera (2004, 2006a), es el sur del sistema central y los alrededores de Madrid, para el que se han establecido algunas cronologías bastante precisas, en función de las cuales se interpreta que las producciones de terra sigillata hispánica tardía (TSHT) ya no acceden a los yacimientos madrileños a mediados del siglo V, pero todavía lo hacen las derivadas de la sigillata provenzal (DSP), entre otras imitaciones locales. Hacia finales del primer cuarto del VI, los repertorios presentan aproximadamente una mitad de producciones de origen bajo imperial o de imitación junto con otra mitad constituida por pastas más gruesas, de facturas algo toscas, posiblemente a torneta (Vigil-Escalera 1999), con algunas variantes que aparecen o desaparecen entre los siglos VI-VIII en función de la cronología de los contextos analizados (Vigil-Escalera 2006a: 731). Las cerámicas a torno rápido, atribuidas a las producciones romanas o de tradición bajoimperial, habrían desaparecido casi por completo a partir de los siglos VII-VIII (Vigil-Escalera 2006a: 732), dando paso a un conjunto de producciones comunes, de tipo utilitario. Esta realidad se presenta casi sin variaciones para los materiales analizados en la vertiente norte del sistema central, representados a partir de las cerámicas de Cabeza de Navasangil (Tejerizo 2017: 95). Esta relación entre el norte y el sur del Sistema Central nos permite adentrarnos en el repertorio cerámico de la Cuenca del Duero (Larrén et alii 2003). A grandes rasgos, se detecta la presencia de unas producciones que los autores denominan comunes imita-ción de sigillata y entre las que distinguen una fase temprana y otra avanzada, observando una evolución hacia las formas cerradas, globulares, y de pasta algo más gruesa (Larrén et alii 2003: 274-275). En este contexto territorial se hace mención de un horizonte de las necrópolis del Duero (Larrén et alii 2003: 280), cuya horquilla no se precisa con exactitud, pero que puede presentar un cierto paralelo con el entorno del Alto Arlanza, al menos en lo referente a los elementos funerarios. Los trabajos posteriores en el ámbito del Duero han puesto en evidencia la necesidad de acotar algo más el marco territorial de un espacio heterogéneo y, a medida que han pasado los años y se ha avanzado en el conocimiento de estas producciones, se ha hecho de nuevo hincapié en la necesidad de aproximaciones en donde prime el carácter tecnológico del análisis por encima de las clasificaciones formales. De este modo, para la cuenca central del Duero se propone una desaparición de la TSHT también a mediados del siglo V (Tejerizo 2016: 247) en simultaneidad con una presencia cada vez mayor de producciones torneadas de modo lento. Los yacimientos analizados en los trabajos de síntesis para el Alto Duero, se sitúan todos ellos por debajo de la cota de 1000 m en contextos plenamente romanos, marcados por la presencia de villae (Bermejo 2011: 339), por lo que presentan algunas diferencias de calado respecto del territorio de Revenga cuyos resultados presentamos. Aunque las cronologías manejadas en la zona de León son algo más tardías, en este espacio se observa una evolución desde unas producciones algo más decantadas, en las que predominan las ollas panzudas por encima de las ollitas o jarras con vertedera, a una producción local -las cerámicas denominadas grises leonesas-cuyo rasgo significativo es la cocción en atmósfera reductora (Gutiérrez y Miguel 2009). En suma, buena parte de los estudios analizan fundamentalmente el cambio en los modos de torneado, el incremento de inclusiones en las pastas, las atmósferas de cocción y, cuando es posible, la morfología para concluir que, a partir del siglo V, tras la desaparición de las últimas producciones tardorromanas (TST, DSP) y el declive de las imitaciones, se generaliza un escenario en el que las producciones con marcado carácter local pasan a ser mayoritarias en la mayoría de regiones. Llama la atención, desde luego, que todavía hoy las principales incertidumbres respecto de la cerámica tardoantigua y altomedieval parecen responder a determinadas carencias metodológicas que son difíciles de solventar en aproximaciones de carácter estrictamente macroscópico. De ahí la necesidad de diseñar verdaderas estrategias de análisis que permitan opti-mizar el potencial de estas cerámicas para el conocimiento de un periodo complejo. En territorios donde los trabajos de arqueometría tienen una trayectoria algo más dilatada, se insiste especialmente en la necesidad de clarificar el panorama relativo a las producciones comunes de carácter regional cuya asignatura pendiente es la definición del alcance territorial de este tipo de productos y la determinación de los parámetros cronológicos, al menos para los casos catalán y balear (Macías y Cau 2012: 527). Las aproximaciones de carácter microscópico también se han llevado a cabo en el País Vasco, donde la clasificación del grupo de las producciones comunes deja de ser macroscópica para ganar en especificidad. Entre las cerámicas de esta zona se distinguen unas producciones gruesas manipuladas, entendidas como pastas desgrasadas cocidas a baja temperatura, en alternancia con las pastas oxidantes sin desgrasante añadido, ocasionalmente decantadas y cocidas a temperaturas algo superiores (Azkarate y Solaun 2016: 220). Esta caracterización de las pastas permite, sin duda, precisar con mayor detalle las distintas producciones analizadas y el eje principal de clasificación, a diferencia de otros contextos, deja de ser el sistema torneado sino los procesos de preparación de la pasta. No parece procedente extendernos mucho más en el análisis de los territorios más alejados del área de estudio que nos ocupa, el Alto Arlanza, en ausencia de estudios analíticos que permitan precisar algo más en el estado de la cuestión conocido. Los trabajos realizados para Galicia y el norte de Portugal, Asturias, Cantabria, la Rioja, el Valle medio del Ebro, además de los ya expuestos, entre otros, han proporcionado una visión de conjunto suficientemente actualizada (Vigil-Escalera y Quirós 2016) que debe servir como punto de partida para caracterizaciones de carácter arqueométrico. El contexto general que reflejan todos estos estudios cerámicos es el de una simplificación progresiva de formas tendentes a los cuerpos esféricos o globulares y a unas pastas progresivamente más gruesas y poco depuradas. La dualidad entre el torneado rápido y lento parece una constante en la mayoría de trabajos, pero no todos coinciden -tampoco nosotros-con la sustitución generalizada del torno por la torneta. En cualquier caso, disponer de todos estos elementos de análisis resulta fundamental a la hora de interpretar los datos a gran escala, necesariamente a partir de la comparación territorial. La existencia de una variabilidad regional fruto de la disgregación progresiva de la uniformidad romana y de la generación de un sistema socioeconómico nuevo es evidente, pero en dicha variabilidad entran también en juego elementos desvinculados de las interpretaciones estrictamente económicas. Algunos de estos elementos son el cambio de usos del material cerámico o la incorporación de otras materias primas como la madera para la satisfacción de necesidades cotidianas que a menudo habían cubierto los enseres de cerámica. Las transformaciones antropológicas y culturales derivadas de la desintegración del mundo romano implicarán también la aplicación de tecnologías de producción adecuadas a nuevas necesidades. Si estas tecnologías son más simples o más complejas que las de tiempos precedentes es un juicio de valor que deberíamos evitar. Del mismo modo, un estudio lo más aséptico posible de las producciones altomedievales debería optar, al menos en la fase analítica, por calificativos meramente descriptivos (grueso o fino) evitando de nuevo la adjetivación que implica una comparación no exenta de prejuicios con el periodo anterior. Una definición de las cerámicas tardoantiguas o altomedievales y en concreto las producciones comunes de carácter regional como toscas o bastas implica que las anteriores romanas eran finas o cuidadas y, por lo tanto, mejores. En parte debido a prejuicios de este tipo, y en parte a causa de la propia invisibilidad que en ocasiones presenta el registro arqueológico (Vigil-Escalera 2006b), el conocimiento que tenemos de las producciones comunes es todavía deficitario. El estado de la cuestión actual necesariamente debe llevarnos a una exploración de las conexiones existentes a nivel regional (Macías y Cau 2012: 527) y entre los enclaves determinados y sus territorios circundantes, a partir de caracterizaciones precisas de los materiales y de análisis complejos de las realidades territoriales de los contextos. De ahí nuestro interés en contribuir al avance en el conocimiento de este tipo de producciones a partir del análisis microscópico de las cerámicas del Alto Arlanza en base a una estrategia sólida de muestreo que ya está en marcha en el yacimiento de Revenga, pero que debe ampliarse en el futuro. EL YACIMIENTO DE REVENGA Y SUS MATERIALES CERÁMICOS: ESTRATEGIAS METODOLÓGICAS Y CRITERIOS DE MUESTREO Los trabajos de excavación en el yacimiento de Revenga han revelado la existencia de un extenso espacio ocupado por estructuras de hábitat y de producción, cuyos restos quedan limitados en buena medida a las improntas sobre la roca y a una estratigrafía de escasa potencia (Álvaro et alii 2018a, 2018b). A pesar de ello, los trabajos de excavación han permitido recuperar los exiguos materiales presentes en el yacimiento con una asignación precisa vinculada a con-textos bien definidos, pese a su parquedad. Las estructuras residenciales se hallan diseminadas alrededor de un promontorio rocoso presidido por una pequeña iglesia rodeada por una extensa necrópolis de sepulturas rupestres, que durante muchos años había constituido el único elemento visible del yacimiento, aunque la prospección del entorno ya había permitido detectar los indicios del hábitat circundante (Padilla y Álvaro 2013: 14; López et alii 2016b). El registro arqueológico de este espacio ha revelado hasta el momento una superposición de estructuras que se suceden en el asentamiento en distintos horizontes cronológicos en los que la apariencia general del poblado parece transformarse significativamente (Álvaro et alii 2018b). La ocupación más antigua del espacio, anterior al siglo VIII, se caracteriza por la presencia de estructuras circulares que aparecen distribuidas de manera más o menos uniforme en toda la superficie intervenida y pueden documentarse también sobre el promontorio rocoso con anterioridad a la delimitación del recinto sacro. Entre ellas se distinguen por su tamaño los tipos A (3-4 m 2 ) y B (5-8 m 2 ), siendo los más pequeños los anteriores. La transformación más significativa del poblado parece producirse al compás de la cristianización del asentamiento. La construcción de la iglesia y las primeras sepulturas antropomorfas que la rodean condicionarán a partir de este momento la ubicación de las viviendas, que quedarán algo más alejadas de este espacio central y que serán sustituidas por otras de planta cuadrada (Fig. 2); inicialmente, por unas estructuras de planta regular (Tipo C) y 11-18 m 2 de superficie y, en las fases finales del asentamiento, por otras mayores (21-26 m 2 ) y rectangulares (Tipo D) que, ocasionalmente constituyen ampliaciones de estructuras más antiguas de tipo C (Álvaro et alii 2018b: 385, 2018c: 7, fig. 4). La ocupación del enclave es relativamente temprana a juzgar por los materiales cerámicos recuperados y las características generales del asentamiento. Las producciones más antiguas son especialmente abundantes, de cocción oxidante, tonos rosados, anaranjados y pajizos, pastas bastante finas y con una cronología relativa temprana, en relación con los conjuntos de estratos posteriores. También son habituales unas producciones de cocción reductora, de pastas finas, bizcochadas, cronológicamente posteriores a las primeras, y algunos individuos clasificables como 'cerámica gris altomedieval', algo mejor conocida (Gutiérrez y Bohigas 1989), de pastas gruesas y un repertorio formal reducido, con una cronología posterior al siglo VIII. Este conjunto mayoritario, lo completan algunos fragmentos de cerámica con vedrío; muy escasa y recuperada en los niveles más tardíos y de amortización, y algunos fragmentos muy aislados bruñidos, pintados o espatulados, también de cronologías tempranas. La ocupación del asentamiento sin solución de continuidad y los procesos de reutilización, condicionan la escasez de los materiales. Las características de algunas producciones, especialmente las más antiguas, con pastas frecuentemente jabonosas, y el carácter algo abrasivo del suelo condicionan el rodamiento de los fragmentos y su estado de conservación. En la mayoría de estos grupos, y de manera especial en los más antiguos, la presencia de algunas formas claramente identificables de cuencos y platos crateriformes o caliciformes (Fig. 3) nos permite aportar algunos paralelos que sustentan una propuesta cronológica que aboga por la presencia de poblamiento anterior al siglo VIII. Estas formas abiertas, que ya están presentes en la tradición indígena celtibérica (Burillo et alii 2009: 172-180), desaparecen por completo en el periodo altomedieval, siendo prácticamente imposible hallar paralelos de estas formas en época más tardía. Junto con estas formas singulares, se documentan para este periodo temprano, algunos bordes de jarra o redoma, orzas u ollas que son en absoluto extraños en el área del Duero (Larrén et alii 2003: 300) ni en la vertiente nordeste del Sistema Ibérico (Hernández y Bienes 2003: 312). En ningún caso se ha detectado la presencia de cerámica romana o de imitaciones de ningún tipo (TSHT, DSP). Considerando el panorama expuesto hasta ahora, parece evidente que el material cerámico de Revenga presenta algunas limitaciones como indicador cronológico para un periodo de poblamiento que estimamos largo, a juzgar por el registro arqueológico y la secuencia de transformación de las estructuras de hábitat. En ausencia -por ahora-de indicadores de datación absoluta como la radiocarbónica o la numismática, contar con conjuntos bien contextualizados y con la posibilidad de analizarlos desde un punto de vista tecnológico y funcional más que el estrictamente tipológico, aporta información valiosa desde el punto de vista de las transformaciones técnicas que operan en este tipo de cerámicas en un periodo de profundas transformaciones sociales. En consecuencia, nuestro planteamiento metodológico parte de la necesidad de superar la dicotomía aun existente entre los análisis macroscópicos y microscópicos; estos últimos aún muy insuficientes. La base de nuestro muestreo parte de un estudio macroscópico previo realizado en base a dos premisas fundamentales: la primera es la no-selección de mate-Figura 2. Planta general del yacimiento de Revenga, con la localización de la iglesia, la necrópolis y las principales estructuras de hábitat identificadas en función del tipo al que pertenecen (dibujo J. I Padilla y E. Travé). riales en contextos in situ, con anterioridad a su caracterización macroscópica de tipo tecnológico y funcional, y la segunda es la observación de las pastas con criterio petrográfico como elemento prioritario a la hora de determinar un muestreo analítico. Nuestra primera premisa ya se ha revelado en estudios anteriores como un criterio válido -imprescindible, de hecho-para conocer en profundidad los rasgos de las cerámicas comunes, buscando la lógica interna de los conjuntos, hasta el punto de ofrecer elementos de referencia cronológica (Vigil-Escalera 2006a: 729, 2007: 377; Tejerizo 2016: 232). Los elementos que condicionan nuestra segunda premisa metodológica no parecen estar, por el contrario, tan extendidos ya que pese a la eficacia de considerar el carácter tecnológico en las clasificaciones (Vigil-Escalera 2007: 373), los criterios que se priorizan entre las múltiples variables que condicionan la aproximación tecnológica parecen imbuidos por la necesidad de distinguir entre las producciones romanas estandarizadas y las cerámicas comunes. Así, el criterio tecnológico fundamental para buena parte de las clasificaciones consiste en identificar la factura o técnica de modelado haciendo especial hincapié en la Figura 3. Clasificación de las principales formas cerámicas recuperadas en Revenga en relación con sus características macroscópicas y cronología relativa (elaboración propia). velocidad de rotación aplicada al torno. En cualquier caso, es necesario tener en cuenta las limitaciones de este tipo de aproximaciones, puesto que las macrotrazas resultantes del modelado a torno enmascaran en ocasiones la utilización del urdido (Roux 1994: 49-51). La interpretación de las marcas de torno como elemento para la identificación del tipo de modelado, puede resultar engañosa también cuando se emplea la torneta mediante un giro rápido, hecho que dificulta notablemente la distinción respecto del torno de pie, que deviene prácticamente imposible (Roux y Miroschedji 2009: 166). Pese a los problemas que puede comportar el criterio tecnológico de identificación del torneado, tras una primera divisoria general en función de la factura de las piezas, ya sea mediante un torneado lento o rápido (Vigil-Escalera 1999, 2006a; Tejerizo 2017), se identifican a continuación los principales rasgos macroscópicos de las pastas, es decir, su carácter más o menos depurado, la presencia de mayor o menor componente micáceo, calcáreo o arenoso, los acabados bruñidos o alisados, su dureza o la atmósfera de cocción (Vigil-Escalera 1999). La naturaleza del material cerámico recuperado en Revenga, extremadamente fragmentado, escaso, muy rodado y en su mayoría informe, nos obliga a extremar la reflexión acerca de los criterios de sistematización de la cerámica y considerar todas las variables tecnológicas en juego de cara a conseguir un muestreo efectivo para la clasificación arqueométrica. La cerámica de Revenga de acabados rugosos o someramente alisados, pero con grosores bastante regulares, aunque variables entre los distintos fragmentos presenta una diversidad de pastas considerable. En algunos casos, se aprecia el urdido de algunas piezas (Roux y Jeffra 2015: 168-170), pero en ningún caso la técnica de modelado puede utilizarse como criterio predominante. Por ello, como decíamos al principio, la observación de las pastas con criterio petrográfico como elemento prioritario a la hora de determinar un muestreo analítico ha sido el elemento principal subyacente en la sistematización que presentamos. La totalidad de fragmentos cerámicos recuperados entre las intervenciones de 2014-2016 han sido considerados, a excepción de los materiales descontextualizados obtenidos en procesos de limpieza, o de levantamiento del manto vegetal. Durante el proceso de inventario, los principales rasgos macroscópicos de la pasta en función de la naturaleza y dimensiones de las inclusiones no plásticas, la matriz arcillosa y la porosidad (Whitbread 1989(Whitbread, 1995(Whitbread, 2001;;Quinn 2013: 73-79), se han descrito para cada uno de los fragmentos con independencia de su descripción genérica, a partir de una observación macroscópica con la ayuda de una lupa de 20x. Una definición precisa de las inclusiones en relación con su abundancia, dimensiones, naturaleza, forma o sorteo; del carácter homogéneo o heterogéneo de la matriz y de las características de la porosidad en cuanto a la abundancia de los poros o vacuolas, su forma y su posible origen permiten determinar con cierta precisión los grupos mayoritarios en función de los parámetros que se consideran en el análisis microscópico, que permite identificar y definir dichas variables de manera pormenorizada. En base a los grupos determinados se identifica la proporción en la que aparecen para cada unidad estratigráfica (Fig. 4) muestreando una proporción equivalente en donde todas las unidades estén representadas, así como todas las muestras aisladas, que también deben ser incluidas en el análisis. Con ello se ha obtenido un muestreo representativo puesto que la selección incluye toda la variabilidad del conjunto de pastas. De los 75 fragmentos de cerámica seleccionados se ha preparado una lámina delgada en sección vertical para cada uno, analizada a microscopio en base a los mismos términos (Quinn 2013: 73-79). La imposibilidad de identificar con seguridad fragmentos distintos atribuibles a un mismo individuo a causa del precario estado de conservación de los materiales ha impedido la selección de más de un fragmento por individuo determinado, por lo que no es posible por el momento evaluar con precisión la resolución petrográfica del conjunto, que estimamos bastante elevada dada la disparidad de los grupos identificados y su correlación con el análisis macroscópico en el seno de un mismo yacimiento. Las láminas delgadas han sido nuevamente agrupadas en función de su microestructura y la naturaleza de sus inclusiones, matriz y porosidad, con independencia de la clasificación macroscópica. Los grupos petrográficos han sido interpretados en términos de proveniencia y tecnología de producción a fin de reconstruir las cadenas operativas aplicadas a cada grupo. La comparación de dichos resultados con los datos macroscópicos permite proporcionar algunas pautas interpretativas del panorama cerámico observado en el yacimiento. LA CERÁMICA DEL ALTO ARLANZA Y SU TECNOLOGÍA DE PRODUCCIÓN: RESULTADOS DE LA CARACTERIZACIÓN PETROGRÁFICA Los resultados del análisis macroscópico y petrográfico a partir del estudio microscópico de láminas delgadas han revelado la existencia de nueve fábricas más o menos depuradas o gruesas, distinguibles por las características específicas de las inclusiones no plásticas, matriz y porosidad que conforman cada una de las muestras (Fig. 5). Entre el conjunto de pastas finas, se identifica una fábrica (1) caracterizada macroscópicamente por sus pastas finas, amarillentas o ligeramente anaranjadas, de cocciones oxidantes regulares y matrices con textura variable y coloración muy homogénea, con una superficie jabonosa que se deshace al tacto. El análisis petrográfico revela su microestructura fina y arenosa, con inclusiones de formas equidimensionales y alargadas, bordes angulosos, selección variable y distribución unimodal, en un rango de dimensiones entre 0,1-0,25 mm, por lo que consideramos una pasta fina pese al porcentaje elevado (c. 40 %) de material no-plástico. El cuarzo es predominante junto con inclusiones micáceas comunes -moscovita y biotita-que aparecen todas ellas irregularmente distribuidas en una matriz heterogénea en la que se detectan numerosas vetas y heterogeneidades texturales muy significativas que abogan por un proceso de mezcla de arcillas, o quizás de la mezcla de una pasta base con una arenisca muy triturada más o menos humedecida (Fig. 6a). La presencia de porosidad plana (5-10 %), especialmente en las zonas de cambio de textura y entre vetas, aboga también por esta interpretación. La observación microscópica permite advertir diferencias significativas entre esta fábrica y una segunda fábrica (2) macroscópicamente muy similar a la anterior, aunque de tacto más áspero. Las inclusiones (10-20 %), equidimensionales y menos angulosas en este caso, presentan una bimodalidad clara con un sorteo de moderado a bueno en ambas fracciones (habitualmente distribuidas al 50 %). La mitad más gruesa la componen inclusiones de naturaleza variable que forman una arena entre media y gruesa (c. 0,5 mm) con cuarzo frecuente y fragmentos de roca sedimentaria -cuarzoarenita fina o muy fina-formada por cuarzo predominante, feldespatos y algunas moscovitas; en general poco cimentados. Este panorama de inclusiones frecuentes se ve complementado por otras inclusiones claramente minoritarias, muy poco frecuentes, entre las que se cuentan algunos nódulos ar-Figura 4. Gráficos sectoriales de los porcentajes de materiales cerámicos recuperados en el yacimiento de Revenga, en relación al volumen total (a), desglosados en relación a la forma (b) y tipo de cerámica al que pertenecen (c); y distribución por tipos de la cerámica informe (d) y con forma (e) (elaboración propia). Tabla sumaria de las fábricas cerámicas identificadas a partir del análisis macro/micro, con sus características petrográficas y criterios de distinción (elaboración propia). cillosos, ortoclasa, calcita o epidota; y una fracción fina de cuarzo monocristalino predominante (c. 0,1 mm) más o menos anguloso. Con matrices poco uniformes, estas pastas parecen modeladas a partir de unas arcillas quizás levemente desgrasadas con una arena de cuarzo y fragmentos de roca a los que se añade una pequeña proporción de materia orgánica, identificable a partir de los rasgos característicos de la porosidad (5-10 %). Detectamos en este sentido la presencia de poros de formas muy regulares y bordes carbonizados que responden al negativo dejado tras la cocción por un posible componente vegetal añadido (Fig. 6b). Entre las pastas más finas, se cuenta también una fábrica (3) representada por una única muestra con decoración pintada y elaborada a base de una pasta no manipulada; con inclusiones (20 %) de origen natural, ligeramente redondeadas, mayormente de cuarzo predominante (≤ 0,25 mm) y con algunos nódulos de aspecto muy calcáreo, ausentes en las demás fábricas identificadas, y biotita muy infrecuente (0,1-0,25 mm). Presenta una matriz rojiza, no calcárea, con microfracturas (5 %) sin orientación preferente (Fig. 6c). Las seis fábricas restantes agrupan cerámicas gruesas entre las que se advierten diferencias relativas al origen de las producciones o a la tecnología de producción empleada. La principal distinción tecnológica se establece entre las pastas manipuladas o no durante la preparación en virtud de la naturaleza de sus inclusiones. Entre las fábricas no manipuladas, una de ellas (4) incluye muestras de pastas gruesas, ásperas, de cocciones muy variables oxidantes o reductoras, pero preferentemente mixtas y en atmósferas poco controladas. Observadas a microscopio, se advierten inclusiones abundantes (25-30 %) muy poco sorteadas, con distribución unimodal en un rango de 0,1-0,75 mm y excepcionalmente superiores que constituyen un conjunto de origen natural formado por cuarzo predominante y arenisca común o escasa. Destacan algunas inclusiones de arenisca ricas en opacos y con cimentación ferruginosa, que corresponden a una arenisca local que denominamos moteada. Todas las inclusiones presentan, aunque de manera infrecuente o muy infrecuente, nódulos arcillosos muy aislados (c. 0,25 mm), y ocasionalmente calcita, plagioclasa, minerales opacos y moscovita en función de las muestras. Las matrices presentan coloraciones muy variables, habitualmente con los márgenes oscuros, pero textura uniforme. Se observan también vacuolas irregulares y alargadas, generalmente alineadas (5-10 %) (Fig. 6d). También con inclusiones de origen natural, otra de las fábricas (5) constituye un grupo claramente minoritario, formado por fragmentos de pastas muy gruesas, cuyo análisis macroscópico revela la presencia de inclusiones micáceas muy abundantes que confieren un aspecto brillante a la superficie de las piezas. El análisis microscópico permite comprobar que se trata de unas pastas moscovíticas, con abundantes (40 %) inclusiones alargadas o tabulares, procedentes de la meteorización de una roca metamórfica -quizás gneis-con cuarzo, moscovita y ocasionalmente clorita o sericita predominantes (Fig. 6e), pobremente sorteadas, pero relativamente gruesas (0,1-1 mm), y algunos nódulos arcillosos. El conjunto se complementa con algunas otras inclusiones muy poco frecuentes de ortoclasa, biotita u hornablenda. Las matrices son uniformes, de color castaño claro o anaranjado con los bordes algo más oscuros y la porosidad algo más escasa (5 %) que en otros grupos. Cerrando el conjunto de fábricas gruesas sin desgrasante, la fábrica 6 agrupa un conjunto muy homogéneo de pastas exclusivamente reductoras, de tonos grisáceos, con inclusiones (15-30 %) relativamente gruesas, de origen natural entre las que abundan los elementos opacos (0,25-0,5 mm), probablemente ferruginosos, en proporción variable (Fig. 6f). El cuarzo (0,05-0,5 mm) es predominante o dominante, habitualmente monocristalino y muy ocasionalmente policristalino. El repertorio de inclusiones lo completan en proporciones entre escasas y muy infrecuentes la ortoclasa alterada, plagioclasa, moscovita y epidota. Las matrices arcillosas -no calcáreas en todos los casos y de tonos castaños grisáceos-tienden a rojizas en los márgenes y son bastante uniformes. Destaca la birrefringencia del conjunto, con actividad óptica variable en función de cada muestra, pero habitualmente moderada, lo que indica que las temperaturas de cocción no fueron especialmente elevadas. La porosidad es muy escasa (1-5 %) solo con algunas vacuolas menudas y aisladas, muy alargadas y estrechas y con orientación preferente alineada respecto de las paredes del vaso. Entre las pastas grises, reductoras, pero con cocciones bastante irregulares, se incluye también la primera de las fábricas manipuladas (7). El porcentaje de inclusiones (15-25 %) es sensiblemente menor que en otras fábricas gruesas e incluye una arena media (0,25-0,5 mm) de cuarzo predominante. Los nódulos de arcilla de naturaleza muy heterogénea, semiplásticos con bordes marcados, alta densidad óptica y discordancia respecto de la matriz, de colores rojizos, en ocasiones con tendencia opaca aparecen junto con bandas y vetas rojizas en unas matrices muy heterogéneas con birrefringencia destacable y poros también escasos (3-5 %) e irregulares (Fig. 6g). El conjunto permite interpretar que la elaboración de los vasos se realiza a partir de una pasta gruesa con las inclusiones anteriormente mencionadas, en su mayoría de cuarzo, y probablemente de origen natural, pero con una ma-nipulación o preparación específica de la pasta, desgrasada con arcilla seca triturada añadida durante el amasado y quizás con una arena adicional de cuarzo y arenisca. Finalmente, durante el análisis macroscópico pudimos identificar una serie de fragmentos, muy abundantes, de pastas gruesas, bizcochadas, con cocciones preferentemente oxidantes, pero muy irregulares. En este grupo -aparentemente un cajón de sastre-pudimos identificar dos tipos de producciones que observadas a microscopio se revelan petrográficamente muy homogéneas y que responden a dos producciones manipuladas diferentes. En ambos casos se trata de pastas claramente desgrasadas, con matrices muy finas y grandes inclusiones bien sorteadas que responden al proceso de adición voluntaria de una arena gruesa durante el pastado. En una de las fábricas (8) la arena gruesa añadida está formada por una amalgama heterogénea de clastos en donde abundan los fragmentos de areniscacuarzoarenita muy finas, con poca cimentación y compactación relativa-y cuarzo por lo general monocristalino (Fig. 6h). Son habituales también los fragmentos de roca metamórfica siendo siempre los menos frecuentes del conjunto. Preferentemente incluyen fragmentos de pizarras arenosas o filitas muy finas que coocurren en algunas muestras. Las matrices, no calcáreas, presentan todas ellas una textura uniforme, y una actividad óptica variable, entre nula, muy leve o moderada, con tonos variables que oscilan entre el anaranjado o rojizo y los tonos pardos o grisáceos, habitualmente con una ligera heterogeneidad debida a la diferencia de tono entre los márgenes y el centro de la sección. La fábrica es bastante porosa (10-15 %), con vacuolas muy alargadas (c. 0,5-1 mm) y estrechas con orientación preferente alineada. En la otra fábrica (9), la predominancia del cuarzo, algo anguloso y bien sorteado, es evidente (Fig. 6i). Se trata, por tanto, de una adición de arena gruesa de cuarzo (0,5-1 mm) mono-y policristalino, con extinciones recta y ondulante respectivamente en la mayoría de muestras, que incluye ocasionalmente algunos fragmentos de roca sedimentaria escasos, de cuarzoarenitas muy finas. También son muy escasas, pero presentes en la mayoría de muestras, las inclusiones opacas y de ortoclasa. El carácter añadido de esta arena contrasta con las inclusiones de origen natural presentes en la arcilla, que forman una fracción fina de cuarzo monocristalino predominante (c. En el conjunto de esta fábrica podemos distinguir una variante (A), algo más gruesa (<0,25-1 mm), con cuarzo predominante y otra variante (B) algo más fina, con menor cantidad de fracción fina (0,1-0,25 mm) y cuarzo predominante o dominante, mejor sorteado. Ambas variantes presentan texturas uniformes en la matriz, con coloraciones heterogéneas que oscilan entre el castaño más o menos oscuro y el rojizo, y todas ellas con actividad óptica entre moderada y alta, que denota unas temperaturas de cocción relativamente bajas. La porosidad es escasa (c. 5 %) en ambas variantes, con vacuolas alargadas y alineadas de dimensiones variables. DISCUSIÓN: PROVENIENCIA, TECNOLOGÍA DE PRODUCCIÓN EN REVENGA Y ALGUNOS PROBLEMAS INTERPRETATIVOS El estudio de los materiales cerámicos de Revenga ha revelado la existencia de una elevada variabilidad interna de unas producciones cerámicas entre las que se cuentan unos volúmenes mayoritarios de fabricación local, junto con algunos individuos importados. La determinación del origen de estas cerámicas en términos de proveniencia está aún en proceso, por lo que debemos ser necesariamente parcos en su interpretación. Un análisis futuro de los materiales líticos y de muestras geológicas obtenidas del mismo yacimiento deberá contribuir a esclarecer este aspecto. Por ahora, el conjunto mayoritariamente refleja la existencia de una serie de producciones locales, que trabajan a partir de unas materias primas muy similares y que presentan diferencias entre ellas fundamentalmente de carácter tecnológico, aunque se pueden identificar dos producciones que -en términos de provenienciase alejan de las fábricas habituales, siendo una de estas producciones una importación clara. Nos referimos a la fábrica 5, relacionada tal vez con un gneis metamórfico y rica en inclusiones moscovíticas, para la que sugerimos un origen no local. El origen preciso de esta producción nos resulta ignoto por el momento, aunque formaciones geológicas de este tipo son habituales en la Sierra de Guadarrama y los alrededores de Madrid, en donde nos consta la presencia de este tipo de cerámica altamente micácea (Vigil-Escalera 2006a: 731). Tampoco parece local, aunque pudiera proceder de algún territorio cercano, la fábrica 3, que incluye una única muestra en la que el componente calcáreo de las inclusiones es muy remarcable, hecho que no es habitual entre los productos que consideramos locales por lo que, con las debidas precauciones, la interpretamos como importada. El resto de fábricas, con inclusiones habituales de cuarzo y arenisca añadidas o no, pueden interpretarse como producciones locales a juzgar por la cartografía geológica disponible y los muestreos geológicos in situ. La particular presencia de inclusiones opacas o ferruginosas de la fábrica 6 tampoco excluye el origen local de la misma, dado que dichas inclusiones ferruginosas son habituales en las formaciones rocosas presentes en el entorno de Revenga. Entre las producciones locales, las diferencias tecnológicas en los procesos de preparación de la pasta mediante técnicas concretas como la adición de desgrasantes, la mezcla de arcillas, la selección de materia prima -una arcilla gruesa en origen que no requiera de aditivos-o la homogeneidad y consistencia del pastado son interpretables en términos cronológicos. La comparación del análisis de los materiales con los contextos estratigráficos en los que han sido recuperados nos permite proponer una cronología relativa para distintas preparaciones de las pastas en términos de anterioridad y posterioridad (Fig. 7). Las implicaciones de esta sistematización son significativas por distintas razones. La primera de ellas es que existe una buena correlación entre el análisis macro y micro. Es posible determinar grupos de pastas bien definidos desde el punto de vista petrográfico y, a la vez, identificar algunos rasgos macroscópicos definitorios también de dichos grupos. Es importante, asimismo, llamar la atención sobre aquellas producciones que macroscópicamente deberíamos incluir en un mismo conjunto -las fábricas 1 y 2 por ejemplopero que, al ser analizadas a microscopio, revelan la utilización de tecnologías de producción específicas. Además, debemos remarcar también la existencia de algunas particularidades tecnológicas que, al quedar adscritas a una fase concreta del registro arqueológico nos permiten interpretar la existencia de transformaciones de carácter técnico, quizás debidas a transformaciones en los circuitos de distribución o a la presencia de influencias externas en la zona. Un primer dato interesante a tener en cuenta es que la práctica de la mezcla de arcillas, es decir, de la disolución durante el pastado de dos arcillas complementarias mezcladas en su estado plástico, que advertimos en la fábrica 1, tiene en el asentamiento una duración limitada. Este fenómeno, que no es ajeno en el territorio castellano (Sempere 1982: 28) y que aún hoy conocemos gracias a estudios de carácter etnográfico (Sempere 1982: 20), parece limitado en Revenga a un periodo muy concreto, anterior a la transformación del poblado y relacionado con las fases más tempranas de ocupación. La adición ocasional o no de materia vegetal o desgrasante orgánico propio de la fábrica 2, aunque pudo coexistir con la anterior, parece responder a un momento de ocupación más tardío, aunque los rasgos macroscópicos de ambas sean muy similares. La fábrica 3 también se asocia estratigráficamente al periodo temprano del asentamiento, en relación con las estructuras circulares. Su carácter foráneo y la escasa representatividad que le confiere la única muestra relacionada que la identifica nos lleva a pensar que dicha importación debió de constituir un fenómeno aislado. A partir de la transformación del asentamiento, probablemente a partir de la construcción de la iglesia y el cementerio, el panorama cerámico experimenta algunos cambios. Desde este momento, que a grandes rasgos situaríamos hacia el siglo VIII, en adelante encontramos pastas más gruesas, con inclusiones claramente perceptibles a simple vista. Las cocciones reductoras adquieren preeminencia, aunque todavía se mantienen las oxidantes, si bien más irregulares. El análisis microscópico de estas pastas nos permite dis-tinguir entre unos productos claramente manipulados a partir de la adición de desgrasantes específicos -probablemente con la voluntad de mejorar las características tecnológicas de la producción (Kilikouglou et alii 1995)-y otros con inclusiones de origen natural, que responden a una selección de arcillas gruesas en origen que posibilitan la producción de unos recipientes de uso preferentemente culinario en un momento en que la cerámica de mesa ha sido tal vez sustituida por los enseres de madera (Blas 1995). Si examinamos la presencia de estas pastas gruesas desgrasadas en los contextos estratigráficos, advertimos que las pastas desgrasadas con cuarzo son exclu-Figura 7. Cuadro de clasificación de los principales grupos cerámicos identificados en relación con el contexto estratigráfico, su cronología relativa y los procesos tecnológicos que operan en las distintas fábricas (elaboración propia). sivas de las fases más tardías del asentamiento, mientras que cerámica rica en arenisca y fragmentos de roca no resulta exclusiva de ningún periodo, apareciendo repetidamente y de forma abundante en toda la secuencia estratigráfica pese a ser más abundante en las fases tempranas. Esta presencia mayoritaria de las pastas desgrasadas con fragmentos de roca triturada, su abundancia y su continuidad a lo largo del asentamiento nos lleva a pensar en este tipo de cerámicas como un elemento de tradición muy arraigada, altamente funcional y utilitario, que prácticamente no experimenta cambios durante un periodo de tiempo muy prolongado. Aun así, nuevamente alrededor del siglo VIII y al compás de la transformación del poblado parece producirse una innovación técnica que viene marcada por la utilización del cuarzo en detrimento de los fragmentos de roca. Las producciones con arenisca no desaparecen, pero se verán forzadas a convivir con una cerámica probablemente de mejor calidad en términos de funcionalidad culinaria. Es significativo el hecho de que la fábrica 5, que constituye una importación clara, es específica de este momento y que no se documenta en ningún caso en relación con las fases antiguas, por lo que es posible que la llegada de un contingente poblacional foráneo, por escaso que este fuera, hubiera contribuido a la transformación del asentamiento, posiblemente a su cristianización (Álvaro et alii 2018d: 146), y quizás también a la introducción de nuevas formas de producción cerámica en la zona del Alto Arlanza fruto de la transferencia cultural. Las pastas gruesas no desgrasadas, en cambio, parecen tener una duración mayor y no presentan una correlación tan directa con las fases de ocupación. Así, la fábrica 4 se detecta ya en la segunda fase de estructuras circulares, pero es predominante en la estratigrafía de las estructuras de planta cuadrada. Estas fábricas incluyen en su mayoría cerámica a mano, ocasionalmente terminada con la ayuda de un torno o torneta, que con mayor o menor esmero uniformiza unas paredes preferentemente urdidas, hecho que es habitual en los materiales de este periodo y para el cual contamos con paralelos (Pérez y González 2009: 327). Hay que tener en cuenta que la distinción entre cerámica modelada y cerámica torneada (Bermejo 2011: 343) parece válida para distinguir entre las producciones algo más suntuarias de tradición romana y las producciones comunes de carácter regional, pero, fruto de esa voluntad de identificar las producciones tardorromanas, se puede correr el riesgo de uniformizar en exceso las comunes y de simplificar los condicionantes tecnológicos que definen especialmente la cerámica culinaria limitando la tecnología al método de modelado y conside-rando la naturaleza depurada o no depurada de la pasta como un elemento meramente físico (Vigil-Escalera 2007: 373) al margen de las posibles recetas de preparación y de las variables tecnológicas, es decir antrópicas, en los procesos de selección, procesado y adición de desgrasantes o explotación de arcillas gruesas en su depósito original. La identificación del torneado, especialmente desde la óptica macroscópica, tampoco está exenta de problemas. La supuesta sencillez de la identificación de facturas a torneado rápido o lento que atribuyen las características líneas horizontales regulares y perfectamente marcadas a una velocidad rápida de rotación (Centeno et alii 2016: 265) excluye la posibilidad de que una pieza urdida sea terminada sobre el torno con una cierta diligencia, mediante un giro rápido, técnica que es bastante frecuente aún hoy día para los recipientes de gran formato, como los tradicionales cossis de Quart (Girona) entre otras muchas piezas de dimensiones considerables en cuya superficie no se advierten irregularidades (Vicens y Travé 2018). La identificación fiable del urdido en la mayoría de casos es posible a partir de la detección de rollos relictos en una sección vertical del vaso observada en lámina delgada (Quinn 2013: 176-179). Del mismo modo, atribuyendo de manera sistemática las irregularidades en el grosor de las paredes al torneado lento como acabado para embellecer unas paredes levantadas a mano excluye la posibilidad de que un alfarero accidental con poca pericia esté levantando a torno una cerámica con más o menos irregularidades para su uso personal, sin especial cuidado por los acabados y al margen de las producciones profesionales dedicadas al comercio, por regional o local que este pueda ser en un momento determinado. El panorama cerámico en Revenga, se revela por tanto variopinto desde esta óptica específica. Poco más podemos aventurar por ahora acerca de las producciones del Alto Arlanza. En Revenga no se ha detectado ningún elemento relacionado con la producción de cerámica, pero las características geológicas de los materiales utilizados sugieren la explotación de materias primas locales en la mayoría de casos. Por ahora, debemos suponer la existencia de pequeños centros de producción con circuitos de distribución y radios de acción limitados, que probablemente explotan fuentes de materia prima comunes, pero desarrollan en cada caso cadenas operativas genuinas. La presencia de esta variabilidad cerámica en un único asentamiento como el de Revenga, sugiere una cierta complejidad en el grado de interacción territorial en un espacio regional delimitado, permeable a las influencias exteriores, pero con un marcado carácter autosuficiente. CONCLUSIONES Y RETOS DE FUTURO: HACIA UN ANÁLISIS INTEGRAL DE LOS MATERIALES CERÁMICOS El estudio ceramológico de los materiales de Revenga nos permite remarcar el potencial de las aproximaciones de este tipo y de las posibilidades de una cerámica que muy a menudo se ha visto relegada como un mero interludio entre el panorama cerámico de época romana y las producciones medievales de época feudal (Aranda 2014: 109-110). No podemos perder de vista las dificultades que entraña la arqueología de las aldeas, propiamente dicha, con grandes extensiones de terreno y unos restos arqueológicos muy parcos y complejos de interpretar. En esta coyuntura, la ausencia de secuencias estratigráficas completas dificulta notablemente el estudio y acaba por proponer horquillas cronológicas muy amplias e indefinidas que a menudo son el resultado de prácticas que deben evitarse. La primera de ellas es la priorización de las producciones finas atribuibles a la influencia romana en el territorio, especialmente en los momentos en que estas conviven o no con producciones utilitarias de carácter local. La ausencia de este tipo de materiales en el yacimiento de Revenga, nos obliga necesariamente, y tal vez afortunadamente, a detenernos en la cerámica común. Por otro lado, el estudio de la cerámica no debe ser entendido como una mera herramienta auxiliar, de tipo cronológico -que data o no data un yacimiento concreto-al margen de las transformaciones culturales, de los cambios de uso y de la evolución de maneras de hacer que son el reflejo de un ciclo productivo de carácter específico. En este sentido, es importante que seamos capaces de desvincular las similitudes entre la cerámica protohistórica con las altomedievales, que en ningún caso se trata de recuperación de producciones antiguas sino de necesidades vitales que presentan algunas semejanzas entre un periodo y otro y que, por lo tanto, adoptan soluciones tecnológicas parecidas (Azkarate et alii 2003: 323). En cualquier caso, estas opciones tecnológicas no suponen una creación nueva ni tampoco una resurrección más o menos artificiosa de prácticas antiguas, sino la pervivencia de unas formas de tecnología tradicional, bien adaptada a las necesidades a las que tiene que dar respuesta, que se mantienen vigentes durante siglos a pesar de que la uniformización cultural de las sociedades romanas urbanizadas acabe ocultando en parte la presencia de elementos culturales subyacentes en ámbitos más apartados de los circuitos principales (Macías y Cau 2012: 528). Para el caso del Alto Arlanza, ya se ha hecho notar en trabajos anteriores que el origen del poblamiento se remonta al periodo altomedieval (Padilla y Álvaro 2010: 286), si bien los estudios recientes abogan por una ocupación más temprana de lo tradicionalmente asumido. Nada parece indicar, por ahora que el poblamiento en el asentamiento de Revenga sea anterior a los siglos IV-V, sin que conozcamos por ahora el origen de estas comunidades. En cualquier caso, el panorama cerámico estudiado en relación con una secuencia estratigráfica clara y examinado en términos tecnológicos nos ha permitido detectar la presencia o ausencia, en las distintas fases que surgen de la interpretación del registro arqueológico, de unas técnicas de producción determinadas que, en ocasiones conviven y en otros casos nos muestran la sustitución de antiguas prácticas por otras de carácter más novedoso. En Revenga, este carácter evolutivo de las producciones, analizado en función de los análisis macro y microscópicos de la producción en relación con la secuencia estratigráfica, nos permite advertir a grandes rasgos un periodo entre los siglos V y VIII en el cual se detectan unas cerámicas producidas a partir de pastas no manipuladas, cuya arcilla está muy poco procesada con anterioridad al modelado. Este tipo de producciones conviven con algunas recetas en las que la pasta es sistemáticamente procesada en base a unos parámetros definidos que experimentan variaciones a lo largo del tiempo. La naturaleza de las inclusiones y los rasgos tecnológicos de esta cerámica nos permiten inferir a priori un origen local de la producción que, si bien queda limitado a un circuito regional reducido, no está exento de una cierta complejidad interna. Un número variable de productores están operando en la zona, no sabemos si en varios talleres estables o desplazándose por la región en lo que a todas luces parece un esquema de producción profesionalizado. Este carácter profesional que advertimos en las producciones se debe fundamentalmente a las variaciones en la receta probablemente debidas a la necesidad de adaptar el producto a unas necesidades específicas de optimización de la vajilla de tipo culinario, mientras que las piezas de mesa y de servicio probablemente hayan sido sustituidas por otro tipo de útiles. Los desencadenantes de la variación tecnológica nos resultan por ahora desconocidos, pero podemos aventurar como hipótesis la incorporación de algún contingente poblacional externo que además de algunas producciones foráneas habría llegado también con prácticas tecnológicas diferenciadas. La complejidad del estudio cerámico hace necesaria, especialmente en el contexto actual de las investigaciones, una apuesta deliberada por los trabajos de caracterización analítica de estas producciones, con el objetivo fundamental de discernir entre las diferentes producciones que integran la cerámica común, así como de profundizar CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO / CITATION: Travé Allepuz, E., Álvaro Rueda, M. K. y Domingo Ribas, G. 2020: "Métodos y problemas interpretativos en los estudios de cerámica utilitaria: los materiales cerámicos y sus limitaciones en el yacimiento de Revenga, Burgos (s. VI-XI)", Archivo Español de Arqueología 93, 229-247.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Tecnología hidráulica y construcción de presas en Melque: estratigrafía, tipología, paisaje y proceso de obra Hydraulic technology and dams building in Melque: stratigraphy, typology, landscape and building process Marisa Barahona Oviedo 1 Se presenta una síntesis de los estudios realizados en el conjunto de presas del yacimiento de Melque (San Martín de Montalbán, Toledo). Su análisis se hacía necesario por la singularidad de estas construcciones y para ahondar en la explicación integral del complejo económico-productivo vinculado al monasterio mozárabe, ya conocido. El procedimiento metodológico seguido, específico y novedoso, combinó las herramientas estratigráfica y tipológica, propias de la Arqueología, con la revisión geomorfológica e hidrogeológica del entorno, documentando con detalle las presas del Sitio Histórico de Melque, a la vez que se profundiza en las dinámicas del paisaje histórico en el que se insertan. Esta múltiple estrategia ha permitido confirmar una cronología altomedieval para el conjunto de presas y vincula la construcción de las dos superiores de cada arroyo con la primera fase del asentamiento monástico mozárabe en la segunda mitad del siglo VIII. Furthermore, the two upper dams of each stream can El conjunto de presas del Sitio Histórico de Melque (San Martín de Montalbán, Toledo) posee una especial significación por la relevancia de sus estructuras, excepcionales además dentro del territorio peninsular, donde no se conservan otras datadas en época altomedieval (Fig. 1). Más allá del interés propio de estas obras, su análisis resulta imprescindible para comprender Melque como complejo productivo en explotación, ya que la construcción de las mismas viene determinada por la actividad económica vinculada a las primeras etapas de ocupación en el sitio. Sin embargo, y probablemente por la dificultad de abordar su estudio científico, este importante conjunto histórico de ingeniería hidráulica, si bien no ha pasado nunca desapercibido, tampoco había sido analizado con detenimiento hasta la fecha. ARQUITECTURA Y PAISAJE HISTÓRICO EN MELQUE Desde el descubrimiento científico de la iglesia de Santa María a inicios del siglo XX, la investigación en el lugar de Melque ha evolucionado de manera centrífuga, desde este edificio emblema arquitectónico hacia fuera, hacia su paisaje histórico. Tras el templo, los estudios viraron sobre las dependencias monásticas anejas, para establecer, con posterioridad, los principales elementos que definieron el entorno económico-productivo gestionado por el monasterio: espacio productivo, presas de embalse y cerca perimetral de carácter fiscal. A mayor escala geográfica, su posicionamiento en el cruce de dos importantes rutas y dentro de la dinámica territorial del centro geopolítico toledano completan el contexto espacial en el que se fundó y evolucionó el conjunto histórico de Melque (Fig. 2). A lo largo de este recorrido historiográfico, el debate inicial sobre la adscripción cultural de la iglesia -visigoda o mozárabe-ha evolucionado de manera pareja a la metodología y al rigor de los análisis efectuados en el yacimiento: excavación arqueológica y secuencia estratigráfica; tipología cerámica; análisis de C14, termoluminiscencia y morteros; estudios de arquitectura y decoración; y estudio del paisaje histórico. Los resultados, bien conocidos, permiten establecer un nuevo modelo explicativo para el conjunto, fechando el monasterio originario y su iglesia a mediados del siglo VIII, problamente dependiente del obispado de Toledo, y que incorpora en su diseño la tecnología de la recién instalada cultura islámica. La extensa secuencia cronológica de doce siglos documentada en el lugar (monasterio mozárabe, poblado islámico, poblado cristiano y asentamiento moderno) incide asimismo una vez más en esta nueva y ampliada visión del Sitio Histórico de Melque (fundamentalmente, Caballero y Fernández Mier 1999; Caballero et alii 2003; Caballero 2004Caballero, 2007;;Moreno 2011: 267-283; Caballero y Moreno 2013y 2016). Es en este contexto, donde las dimensiones espacio-temporales de la investigación en el yacimiento se amplían, en el cual se justifica que los últimos estudios científicos en el sitio, y que se presentan en estas páginas, se hayan enfocado en su conjunto hidráulico de presas, ahondando en su caracterización constructiva, en la comprensión de su secuencia diacrónica, y en su explicación funcional y función social. Plano general de localización (elaboración propia). UN CONJUNTO HIDRÁULICO DIFÍCIL DE FECHAR... Al igual que otras presas históricas de la provincia de Toledo, el conjunto de embalses de Melque formó parte durante muchos años del elenco de obras civiles consideradas romanas, a pesar de adolecer de una argumentación científica que sustentara tal hipótesis 2 Esta primera propuesta cronológica consideraba también como parte del conjunto hidráulico del sitio una sexta construcción más alejada, situada en el arroyo de las Cuevas (Caballero y Sánchez-Palencia 1982: 390-392; Méndez-Cabeza 1998: 193; Arenillas y Castillo 2002: 260 y 2003: 255; Morales 2004: 40-42; Castillo 2015: Ap.6-2 -Ap.6-10), que fue descartada posteriormente por Caballero (Caballero y Fernández Mier 1999: 204), y para la que se ha demostrado recientemente su edificación en época contemporánea (Barahona 2017: 491-503). La posterior datación de la iglesia y del monasterio originario a mediados del siglo VIII por Caballero, supuso la redefinición de su conjunto hidráulico como altomedieval y de tecnología islámica, y la justificación de su construcción en función de una explotación agrícola de regadío asociada al cenobio, hipótesis manejada hasta la actualidad. Más específicamente, los cuatro embalses mayores se emparejaban por arroyos, planteándose que los dos septentrionales (arroyo de Melque; Melque IV y V) habrían sido construidos de forma coetánea al monasterio; mientras que los meridionales (arroyo de las Zorras; Melque I y II), cien o doscientos años después, una vez fuera de uso el primer sistema (Caballero y Fernández Mier 1999; Guarás 1999; Caballero, Retuerce y Sáez 2003; Caballero 2007; Caballero y Moreno 2013). Esta nueva propuesta se fundamentaba, de una parte, en un minucioso registro y primera interpretación del paisaje histórico del sitio, pero también en la caracterización no determinante de los morteros de las presas, aún carentes de estudios previos que definieran su secuencia estratigráfica y su forma constructiva, siendo dichos análisis imprescindibles para contextualizar adecuadamente las muestras obtenidas. De manera independiente a la investigación en el sitio, y dentro del ámbito de estudios de Ingeniería histórica, se ha barajado asimismo la datación altomedieval del conjunto hidráulico, centrando la argumentación en la supuesta tipología estructural de las dos presas superiores de cada arroyo (Melque I y IV), que se estiman, sin mayores argumentos, semejantes a algunos embalses fechados entre los siglos VII y VIII en los entornos de las ciudades de la Meca y Medina, en Próximo Oriente (Morales 2004: 40-42; Castillo 2015: Ap.6-2 -Ap.6-10). Finalmente, un estudio recientemente publicado ha defendido la edificación consecutiva de las cuatro presas mayores de Melque entre los siglos VII y XVI, para dar soporte a una economía agropastoril, que se vincularía principalmente con la ocupación cristiana del sitio (Ortega et alii 2016). Basado exclusivamente en dataciones por termoluminiscencia de los morteros de estas construcciones y de los sedimentos depositados en sus vasos (OSL, Optically Stimulated Luminescence dating, y 10Be Cosmogenis Nuclides Analysis), los autores del estudio incurren en errores metodológicos en su planteamiento científico y su propuesta cronológica adolece además de una argumentación histórica rigurosa. En primer lugar, el estudio prescinde una vez más de un análisis previo de las estructuras y, además, de protocolo científico alguno que permita contextualizar las muestras de mortero obtenidas, tomadas al parecer aleatoriamente en cada presa. Por otro lado, la fecha de construcción de dos de las presas y las estimaciones de los periodos de colmatación de sus respectivos embalses se establecen a partir de sendas muestras únicas de mortero y de sedimento en cada caso (las denominadas Melque 1 y 4 3 ). En los otros dos ejemplos estudiados (Melque 2 y 3), la datación se delimita a partir de dos muestras de mortero y de otras dos de sedimentos en cada presa, de nuevo insuficientes, más aún al señalarse que la toma de más de una muestra de argamasa en estos casos viene dada por la observación (de visu) de diferencias en el color o la textura de las muestras obtenidas. Por último, y pese al no precisamente breve rango de error en algunas de las dataciones resultantes, la construcción de cada una de las presas se encaja en las diferentes etapas cronológicas previamente conocidas del yacimiento, sin mayor argumentación histórica. Esto resulta especialmente llamativo en la denominada M3 que, con más de cuatro siglos de margen, es considerada en la fase originaria del asentamiento. 3 Según la enumeración de Ortega et alii 2016....O LA NECESIDAD DE UNA METODOLOGÍA ESPECÍFICA Los trabajos que nos preceden sobre el conjunto hidráulico son, como vemos, contados, y no permitían la adecuada contextualización de los cinco embalses de Melque, de los que se desconocía su cronología, funcionamiento y función específica, además de haber sido someramente descritos. Se evidenciaba además la necesidad de un análisis concreto de estas presas, que tuviera en cuenta su estratigrafía (tanto la propia de los elementos edificados como su interacción con el paisaje circundante) y que permitiese la definición, al menos, de sus características estructurales y constructivas principales, estableciendo así una base mínima de trabajo sobre la que ahondar en estudios ulteriores. Con estos objetivos, se planteó la investigación que se presenta, que procede con una metodología específica en la que se suceden varias estrategias convergentes4: Análisis estratigráfico-constructivo de cada presa; detección de sus variables tipológicas y establecimiento de tipologías constructivas, que se relacionan además con las de las construcciones monásticas, la iglesia y la cerca fiscal, previamente conocidas. Análisis del paisaje, puesto que la construcción de una obra de embalse responde siempre a condicionantes geomorfológicos y climáticos, y su edificación supone, a su vez, modificaciones importantes en la geomorfología de los cauces y espacios adyacentes. Consideración de cada presa como parte de un sistema hidráulico mayor, donde deben tenerse en cuenta otros posibles elementos (de carácter antrópico o natural), para la adecuada comprensión de las dinámicas de funcionamiento de los embalses y sus fines. Los resultados de este análisis múltiple han permitido la definición tecnológico-constructiva del conjunto hidráulico de presas de Melque y el análisis de su producción constructiva. También, establecer su periodización, definiéndose una secuencia de construcción diacrónica para el mismo, que es posible insertar a su vez en la secuencia previamente conocida de templo y monasterio. Finalmente, y además, puede descartarse la tradicional vinculación funcional de estas presas con una gran explotación agrícola de irrigación en el lugar. LAS PRESAS DEL SITIO: CARACTERIZACIÓN ESTRATIGRÁFICA Y CONSTRUCTIVA El conjunto monástico de Melque (iglesia y dependencias) se sitúa en una meseta rodeada por dos arroyos, el de Melque al norte y el de las Zorras al sur, tributarios del mayor de las Cuevas, sobre los que se construyó un conjunto hidráulico de presas, con dos en cada arroyo, y una quinta menor casi en la confluencia entre ambos. No se ha constatado hasta la fecha la existencia de canales de derivación asociados a estas obras, soluciones que, por otro lado, no serían fácilmente ejecutables, al menos con seguridad en el barranco norte, dado lo abrupto del terreno en el tramo donde se construyeron los embalses5. Tanto el arroyo de Melque como el de las Zorras son cauces estacionales, aunque existe una pequeña fuente de caudal perenne pero exiguo en el nacimiento del septentrional. Las características de estos cursos son las propias derivadas de su localización sobre el dominio geológico del Macizo Cristalino de Toledo, donde se encajan de forma bastante acusada en el terreno, rompiendo con la estructura que define al paisaje de la zona: llano, elevado y con una red de drenaje mal definida (Fig. 3). La colmatación del vaso del embalse superior (Melque I) en el arroyo meridional provocó una variación en su recorrido, que hubo de buscar otra salida natural hacia el este, por lo que los diques construidos sobre el mismo se sitúan hoy en seco (Melque I, II y III). Las cinco presas del conjunto se encuentran actualmente arruinadas y muy degradadas. Los paramentos de agua arriba6 en cada una de ellas permanecen además ocultos en casi su totalidad por la importante potencia de los sedimentos acumulada en sus respectivos vasos de embalse. Está situada en el tramo medio del curso de las Zorras, estribada entre dos suaves colinas, en una de las pocas cerradas que presenta en su trazado este arroyo, poco definido hasta su último sector. La construcción presenta en general poca altura, salvo en su tercio central, ya que el cauce originario parece encajonarse en coincidencia con este tramo medio, con laderas pronunciadas, que rápidamente vuelven a presentar una orografía muy tendida (Fig. 4). La localización y disposición de esta presa, con planta recta de una única alineación y sentido nortesur, coincide con el recorrido de la cerca fiscal documentada en el sitio. Presenta dos etapas constructivas. La obra originaria (Melque Ia) es solo visible en su alzado de agua abajo. Conserva dos bancos de obra de mampostería de granito con pronunciado talud, que se extienden de lado a lado de la vaguada, y que aparecen claramente diferenciados por una solución de continuidad horizontal y por un pequeño retranqueo entre los bancos en la mitad derecha de la presa. En sección, el alzado del banco superior parece ligeramente redondeado, lo que podría estar marcando una coronación originariamente curva. Los mampuestos se aparejan con regularidad, sin conformar hiladas, encajando y ajustando las piezas con destreza, sin apenas ripios y con las caras planas seleccionadas hacia el exterior, conformando con maestría el talud del paramento. Las juntas se rellenan con un mortero de cal duro y bien batido (aunque presenta puntualmente grandes nódulos de cal), con áridos finos, en el que se distinguen fragmentos de barro cocido7 (Fig. 5). El muro se apoya en el terreno natural en ambas márgenes, siempre a pocos metros de los restos de la cerca monástica, sin que sea posible observar a simple vista la relación estratigráfica entre ambos elementos. Al pie de su tramo derecho sobresalen del plano del talud una serie de bloques de granito desiguales y sin trabajar, que podrían formar parte de una pequeña zarpa. Aunque se ha planteado la posible existencia de un espaldón terrero en la presa, que habría desaparecido con el paso del tiempo, el importante espesor del muro y su talud pronunciado hacen innecesaria la presencia de tal elemento 8. No se conocen elementos de desagüe en la estructura, si bien el posible remate redondeado del banco superior podría interpretarse como un diseño intencionado para el vertido de agua por coronación. Por otro lado, el hecho de que el arroyo de las Zorras haya podido reconducir su cauce hacia el este, a través de un barranco lateral, permite barajar la posibilidad de que los constructores de la presa conocieran esta alternativa (un aliviadero natural) y la hubieran integrado intencionadamente en la dinámica del embalse. Tras un periodo útil, la presa debió quedar arruinada en su coronación, manteniendo no obstante su capacidad de embalsar, puesto que acabó recreciéndose en altura (etapa II). Sobre la mitad oriental de la coronación de Melque Ia y forrando parte de su alzado de agua arriba, se levantó un segundo muro (Melque Ib), quizá tras el acondicionamiento de la ruina previa, puesto que el remate de la primera presa, aunque irregular, mantiene una cierta horizontalidad a lo largo de toda su longitud. Este recrecido había sido interpretado hasta la fecha como parte de la cerca fiscal (con la que, repetimos, no se observa a simple vista su relación estratigráfica), al estimarse que para la construcción de los embalses del arroyo sur, supuestamente de un segundo momento, habría sido necesario cortar la cerca (considerada de la fase originaria) y recrecerla posteriormente sobre la presa. De esta forma se justificaban las evidentes diferencias constructivas de este recrecido, no solo con Melque Ia, sino además con la cerca monástica. También las discrepancias en la composición de las cales, muy diferentes entre las dos fases del dique y también distintas a las muestras de mortero analizadas de la cerca (Caballero y Fernández Mier 1999: 205-206 La nueva construcción se eleva alrededor de 1 m, con un paramento ataludado hacia el vaso y recto en el lado opuesto, para oponer resistencia al agua embalsada, lo que permite interpretar este segundo muro como un recrecido de la presa. El límite entre ambas edificaciones aparece claramente marcado agua abajo por la diferencia de espesor entre las mismas, ya que, al ser notablemente más estrecho el muro Melque Ib, queda libre un escalón horizontal de unos 1,30-1,70 m de ancho, en función de la ruina previa. Para su construcción se empleó una vez más la mampostería de granito trabada con argamasa de cal, conformando un muro con dos caras planas y un núcleo de bloques ligeramente inferiores, cuya puesta en obra ofrece notables diferencias con la fábrica de la etapa I. En primer lugar, el tratamiento de las piezas, ya que en los alzados se observa un ligero desbaste en aquellas mayores. Las piezas exteriores, que no se ordenan en hiladas aunque están bien dispuestas mostrando sus caras más planas, se encajan dejando juntas muy gruesas que se rellenan con ripios. La argamasa de cal presenta además en su composición grandes áridos de cuarcitas e incluso chinas. Este mortero se emplea de forma abundante en toda la fábrica y rellena y rebasa las juntas entre los mampuestos, cubriendo parcialmente a los mismos (Fig. 6). La elevación de Melque Ib debió prolongar de manera efectiva la vida útil del embalse originario, según constata el elevado nivel del sedimento acumulado sobre este segundo muro, y que impide ver, de hecho, su contacto con la obra originaria en el alzado de agua arriba. No obstante, la altura de Melque Ib parece sobrepasar con creces la cota del aliviadero natural del vaso, lo que permite suponer que los artífices de este recrecido nada tenían que ver con aquellos más expertos que diseñaron la obra originaria, puesto que elevaron innecesariamente el muro. La ruina de Melque Ib (que afecta también al banco superior de Melque Ia), coincide con el trazado del barranco original, donde el agua incidiría con más fuerza, por lo que podemos suponer la existencia de filtraciones por fisuras en la segunda fábrica, o entre el muro originario y su recrecido, que finalmente llevarían a su colapso. Unos 160 m agua abajo de Melque I en el arroyo de las Zorras, se eleva una segunda obra de mampostería, esta vez de fábrica unitaria, que se acomoda sobre las márgenes naturales del barranco, aprovechando su fisonomía. La presa se desarrolla con una planta en apariencia recta, si bien no deben descartarse uno o varios quiebros menores, que dividirían el muro en dos o más alineaciones, dibujando una ligera convexidad hacia el embalse. Esta disposición resultaría lógica, ya que la obra se erigió sobre una curva del barranco, con la margen izquierda muy vertical y la derecha bastante tendida hasta llegar al cauce, lo que obligaba a levantar una estructura de bastante longitud para poder estribar geográficamente. Con esta orografía, la planta en ángulo ofrecería como ventaja acortar algunos metros Melque II, además de mostrar por su figura en planta, cierta oposición a la corriente (Fig. 7). La reconstrucción del relieve original añade otra información, al constatarse que la capacidad de este embalse es menor de lo que parece a simple vista. Y es que la altura máxima del muro solo se alcanza en una longitud muy corta, en coincidencia con el cauce del antiguo barranco, hoy colmatado y, por tanto, de apariencia menos abrupta de lo que debía aparecer en origen. El resto de la superficie del vaso debió presentar, sin duda, mucha menor profundidad. La presa presenta un perfil con suave talud en su alzado de agua abajo y es aparentemente recta en el opuesto, formando una sección trapezoidal bastante más esbelta que las otras cuatro obras mayores del conjunto (o al menos similar a la inferior del arroyo septentrional, Melque V), aunque sigue tratándose de un muro sobredimensionado. Se conservan dos contrafuertes en la cara de agua abajo del muro, con 0,90 m de espesor cada uno y separados 2,80 m. El izquierdo remata en una cara recta a 1,20 m de longitud desde la presa. Ambos fueron construidos solidariamente con la pantalla y se sitúan en coincidencia con la parte más elevada de la estructura, a la derecha de su gran ruina. En el alzado opuesto del dique, y en sendos lados de la gran brecha que arruinó su muro, se observa lo que parecen otros dos contrarrestos, esta vez hacia el embalse. El más occidental, de unos 0,80 m de espesor y longitud conservada de 1 m, remata a unos 20 cm por debajo del último cajón. No se observa su enjarje con el muro, aunque debió ser construido al tiempo que el mismo por lógica constructiva, y porque el mortero de revestimiento (al que luego nos referiremos) presenta continuidad entre el paramento y este elemento. Del segundo contrarresto, semienterrado por los sedimentos del vaso, solo es posible observar sus caras oeste y sur. Se prolonga hacia el vaso 1,10 m y, aunque le faltarían casi 80 cm para alcanzar la coronación, no se observan huellas del mismo en el alzado de la presa, por lo que suponemos que, al igual que su homólogo, no es solidario con el muro. Resulta difícil estimar la funcionalidad de estos elementos, quizá refuerzos para "atar" distintos tramos del dique en coincidencia con posibles leves ángulos en planta, y puesto que ambos se sitúan en el tramo de mayor altura de la construcción, donde el agua ejercería una mayor presión. La puesta en obra en altura se llevó a cabo por medio de largos bancos. El límite superior de cada uno de ellos queda claramente marcado al rematarse horizontalmente con una doble torta de argamasa de cal, que regulariza la superficie para la elevación del siguiente. La ruina del muro permite observar diferencias entre los gruesos de fachada y el núcleo, levantándose los primeros como muros de mampostería bien conformados, trabados con argamasa de cal y con casi 1 m de espesor, mientras que el núcleo, que se construye al mismo tiempo, contiene bloques volcados de muy diferentes tamaños, con apenas aglutinante y sin apisonar. En los alzados, las piezas aparecen bien encajadas, a veces con ayudas de ripios, pero sin formar hiladas. Esta característica, junto con la selección y disposición de los mampuestos, con las caras hacia fuera, da como resultado taludes muy rectos. El mortero de los alzados, de composición similar al documentado en Melque Ia, rellena las juntas y las rebasa cubriendo parcialmente los mampuestos, con un espesor de hasta 0,5-1 cm en el lado del embalse, donde parece haber sido además alisado o pulido (Fig. 8). El dique, al igual que parecía hacerlo Melque I, remata en coronación con un cajón semicircular de 0,6 m de altura, con abundante mortero de cal (Fig. 9). Aunque este acabado curvo podría interpretarse como un diseño intencionado para el vertido de agua por coronación, tal dinámica parece incompatible con la presencia de contrafuertes en su alzado de agua abajo9. Es una construcción unitaria de mampostería de granito, notablemente menor que cualquiera de los otros diques conservados en el sitio, completamente arruinada en su tramo central y, en general, muy deteriorada. Sobre la parte superior de su muro en margen izquierda subsisten los restos de un pequeño canal de época reciente (Caballero y Fernández Mier 1999: 217). Se localiza a unos 300 m agua abajo de Melque II, transversal al barranco de las Zorras, al que atraviesa casi en su confluencia con el arroyo septentrional (Fig. 10). Parece conformada por dos bancos de obra, con talud agua abajo y alzado recto en el lado opuesto. Su aparejo combina grandes bloques escuadrados, o al menos bien desbastados, con mampuestos heterogéneos sin trabajar, que se ajustan con numerosos ripios. El mortero, de aspecto arenoso, con nódulos de cal muy gordos y grandes chinas de cuarcita, rellena las juntas entre los mampuestos y las rebasa, cubriendo parcialmente a los primeros. En su alzado de agua arriba, el muro presenta un contrafuerte rectangular en el tramo izquierdo, en coincidencia con la zona central del cauce. Con 0,7 m La misma fisonomía y dimensiones que las piezas del desagüe presenta otro bloque aparecido en el relleno del núcleo en la parte central de la obra. Se localiza a una cota superior que el primero, en el arranque del quinto banco, y su disposición es inversa, ya que se encuentra boca abajo. Está irregularmente tallado, por lo que consideramos que puede tratarse de una pieza reutilizada o quizá desechada, que se reaprovecha en el relleno de la estructura mientras esta se construye. No obstante, la presencia de una serie de higueras, situadas todas a la misma cota que el desagüe documentado, que hunden sus raíces en la fábrica del muro, invita a considerar la posible existencia en origen de otros elementos con la misma función. La presa se arruinó en fecha indeterminada, pero todavía en un periodo útil, puesto que la coronación actual sobresale aún más de 2 m sobre los tarquines del vaso. La importante potencia de este relleno, con unos 2,5 m de espesor en la parte más profunda del valle, permite aventurar un uso continuado de la estructura durante un largo espacio de tiempo. La rotura de la obra en su parte central pudo estar propiciada por una o varias avenidas que sobrepasaron su coronación, en un momento en que el desagüe hacía tiempo que había quedado oculto bajo los rellenos del embalse, y dada la ausencia de otros elementos de alivio. Una vez abierta la brecha en el dique, y aban-donado consecuentemente el mismo, el paso continuado del arroyo y el crecimiento de la vegetación en sus muros han aumentado de forma importante lo que debió ser la ruina inicial. No obstante, y dada la enorme ausencia de masa que presenta la presa en la actualidad, no descartamos tampoco un expolio sistemático de sus materiales constructivos tras su colapso. Siguiendo el curso del arroyo septentrional, y a unos 140 m del Melque IV, subsiste una segunda presa, la única de las cinco del conjunto que aún conserva en pie casi la totalidad de su alzado (Fig. 15). Es, de nuevo, una construcción unitaria de mampostería de granito y planta recta, que aprovecha un estrechamiento del barranco para su elevación -menos propicio que el de la presa superior-, en coincidencia con una de las fallas de la Banda Milonítica de Toledo, lo que no parece una elección casual. En su alzado de agua abajo presenta un perfil con suave talud y cuatro contrafuertes muy estrechos, dos en cada extremo, quedando libre la zona central del dique. Construidos solidariamente con el muro, su espesor es de 0,9 m y todos se hallan rotos, por lo que no conocemos su desarrollo en planta. Melque V. Alzado agua abajo (fotografía M. Barahona). entre los contrarrestos del estribo derecho es de 1,83 m, y algo mayor en los del lado opuesto, 2,20 m (Fig. 16). La obra se edifica una vez más sin cimentación, apoyada sobre la roca granítica que aflora en la margen derecha de la vaguada y sobre los rellenos de la ladera en el estribo izquierdo. La erosión de estos últimos ha originado el descalce del muro en dicho extremo, factor que hace temer por la estabilidad de la estructura. En altura, el muro se eleva por medio de bancos horizontales de lado a lado de la obra y que fugan hacia los extremos (en el estribo izquierdo, los bancos centrales se acaban uniendo al adaptarse a la fuerte ladera del barranco). La parte superior de cada banco se remata horizontalmente con una hilada de pequeñas lajas, y el arranque del siguiente queda marcado con grandes piedras dispuestas de cara, empleándose después otras medianas o pequeñas, con muchos ripios. Las piezas, careadas y bien ajustadas, forman un paramento, aunque ataludado, recto y uniforme. El mortero de trabazón rebasa las juntas y cubre parcialmente los mampuestos con un espesor variable. Sobre el mismo y en las juntas, para evitar su agrietamiento, se dispusieron pequeños fragmentos de piedra o escorias, que quedarían vistos, sobresaliendo del mortero (Fig. 17). Las características de esta argamasa son similares a aquellas documentadas en las presas Melque Ia, II y IV. LAS PRESAS EN SU PAISAJE La elección del lugar para la creación de un embalse no obedece a una decisión fortuita sino, muy al contrario, bien pensada, y que implica al menos un conocimiento empírico en hidrología, hidráulica y geología. La ubicación de Melque Ia y IV en las cerradas más estrechas de cada barranco, al final de su tramo alto no es casual. Tampoco lo es la existencia de un aliviadero "natural" de superficie en el extremo oriental del vaso de embalse de la primera, y que corresponde a una localización estratégica; o el aprovechamiento de un escalón geológico que permite reducir esfuerzos en una obra poco evolucionada en su diseño, en la segunda. Condiciones tan favorables no parecen documentarse en los otros diques del conjunto (II, III y V). Especialmente revelador en este sentido es Melque II, donde la orografía poco favorable del terreno supuso un esfuerzo productivo muy elevado en comparación con la capacidad final de almacenamiento de agua, dando lugar a un muro de gran longitud y escasa altura en la mayor parte de su trazado (Fig. 18). Melque V, por otro lado, aprovecha el límite de la Banda Milonítica de Toledo para su localización, el último punto a partir del cual su vaso podría considerarse prácticamente estanco, si bien las importantes filtraciones que se observan de modo casi constante al pie de su alzado agua abajo, evidencian este gran fallo técnico en la obra. Finalmente, el emplazamiento de Melque III, a todas luces poco ambicioso, apenas permitiría la acumulación de un pequeño estanque tras su muro. Estos factores parecen indicar que la construcción de las presas II, III y V tuvo lugar en un segundo momento dentro de la secuencia del conjunto, cuando las mejores ubicaciones ya habrían sido aprovechadas para la elevación de Melque Ia y IV, circunstancia que parece constatarse además en las superficies de embalse obtenidas en cada caso, siendo de hecho los vasos de Melque Ia y IV los de mayor capacidad (Ortega et alii 2016: 8). Si incorporamos a este análisis espacial otros elementos del sitio, podemos ver cómo la cerca fiscal que rodea al conjunto monástico se relaciona además de forma directa con Melque Ia y IV, ya que se alinea con la fase originaria de la obra del arroyo sur y "muere" contra el extremo izquierdo de la noroccidental. El primer caso, supone que Melque Ia sería anterior o coetánea a la cerca. En el segundo, los acomodos de la cerca, especialmente el codo en su ángulo noroeste (Caballero y Murillo 2005: 260-264), señalan también la supeditación de la misma a un elemento anterior o a un elemento cuya ubicación habría sido determinada de forma previa a la del trazado de esta cerca monástica: Melque IV. La necesidad de una localización específica para los embalses y la relación de estos con la cerca supone que la construcción de esta última y, por tanto, la ubicación espacial de la explotación productiva y del monasterio originario en Melque, estuvo condicionada en primera instancia por la necesidad de edificar al menos las presas Melque Ia y IV. Este condicionamiento geográfico, junto a otras características (un terreno amesetado para los edificios, que fuera dependiente del obispado de Toledo y cercano a la cañada ganadera, entre otras) definirían, en definitiva, la implantación exacta del lugar de Melque. El estudio comparativo de las 43 variables tipológicas establecidas tras el análisis de las cinco presas del conjunto permite confirmar la relación de sincronía ya señalada en el apartado anterior entre las obras superiores de cada arroyo (Melque Ia y IV). Ambas comparten suficientes características constructivas y estructurales como para poder afirmar que fueron levantadas por un mismo grupo productivo (grupo a; ver tablas). El examen tipológico proporciona también información sobre el resto de diques, que pueden agruparse en otros dos grupos: b (Melque II y V) y c (Melque III y IIb), siendo este último el que menos variables comparte, conclusiones de nuevo parangonables con la propuesta relativa ya obtenida en el análisis del paisaje. Pese a su diferenciación en grupos, las cinco construcciones presentan una serie de variables comunes, que permiten considerar la elevación del conjunto hidráulico dentro de un mismo ambiente técnico-cons-Figura 18. Dimensiones (elaboración propia). tructivo y, por lo tanto, no excesivamente prolongado en el tiempo (Caballero y Utrero 2012: 428). Aún más, las cuatro presas mayores del complejo (grupos a y b) comparten asimismo suficientes variables como para poder considerar su elevación, aunque diacrónica, casi sucesiva (Fig. 19): -Muros complejos de fábrica de mampostería (2), en Melque II y IV, quizá en Melque I e incierto en Melque V. -Construcción por bancos de lado a lado, con leve retranqueo entre los mismos ( 16). -Talleres principales: albañilería ( 13). -Origen materiales: entorno inmediato, sin extracción especializada, selección previa a su puesta en obra (18). -Morteros: duros, bien amasados, áridos finos, fragmentos de barro cocido en pequeña proporción (20). -Plantas: rectas (29), con la posible salvedad de Melque II (¿30?). -Ausencia de elementos de cimentación (37), salvo Melque Ia (38). -Remate curvo en coronación (28) ¿en Melque Ia? y II. -Localización: en terrenos impermeables (43) y sobre barrancos de escorrentía (42), que se complementa con los caudales de una fuente natural, en el caso del arroyo septentrional (42+41). Al final del curso alto de los arroyos (39, grupo a), o en el tramo medio (40, grupo b), lo que permite aprovechar mayor cantidad de agua. No obstante, el grupo a se levantó en las cerradas más favorables. Sin embargo, y junto a estos elementos comunes, las discrepancias en el diseño y ejecución de las presas Melque Ia, II, IV y V son determinantes (Fig. 20). Los diques del grupo a son más evolucionados en su planteamiento de obras de embalse, aunque su diseño constructivo es masivo y poco arriesgado. Lo primero se evidencia en el empleo de elementos de desagüe o alivio (5,6,26). Lo segundo, por los taludes muy marcados y por las secciones de muro claramente sobredimensionadas en relación con la capacidad de los barrancos donde se ubican, pese a los cambios de sección documentados en Melque IV (36), en un intento de ahorro productivo. Las presas del grupo b son algo más esbeltas, con taludes menos marcados y contrafuertes de mampostería rectangulares hacia agua abajo (3, 10, 27); aunque también se documentan hacia el embalse en Melque II (4, 11). También son determinantes las diferencias observadas en los aparejos y la aplicación del mortero. En el grupo a, la mampostería, muy tupida, se encaja con maestría, sin apenas ripios (7), y el mortero solo rellena las juntas de manera puntual ( 22). En Melque V, únicamente documentado en su alzado de agua abajo, los mampuestos se disponen y ajustan por tamaños, también con pocos ripios, marcando un mismo ritmo en la elevación de cada banco (8). Característica que parece constatarse también en Melque II. Sin embargo, existe de nuevo diferencia en la aplicación de los morteros en cada presa del grupo b. En Melque II, incluso se documentan diferencias entre sus alzados. Agua abajo, la argamasa solo rellena las juntas, sin rebasarlas (23); mientras que en el lado opuesto, en contacto con el agua, las juntas se sobrepasan y el mortero cubre además casi totalmente los mampuestos (24), protegiéndolos de la erosión del elemento. En Melque V, el mortero rellena las juntas y las rebasa cubriendo parcialmente los mampuestos, pero su remate se concluye con la colocación de pequeñas piedras vistas sobre las juntas (25). Puesto que esta última característica constructiva solo se ha documentado en Melque V, puede establecerse una relación de diacronía entre esta presa y Melque II, ya que consideramos esta variable tipológica determinante. Finalmente, el grupo c presenta características generales similares a las documentadas en los grupos a y b: obras de albañilería ( 13), que se elevan por bancos (al menos en Melque III; 15), con planta recta (29), sin cimentación (37), y con secciones ataludadas al menos en uno de sus dos alzados (¿34? y 35). Melque III se localiza asimismo sobre terrenos impermeables (43), que permiten un máximo aprovechamiento de las aguas de escorrentía (42), aún situándose ya hacia el tramo final del cauce (40). No obstante, las características específicas de este último grupo constructivo establecen una diferenciación neta con los otros dos: -por la conformación de sus muros, simples, con dos hojas de mampostería y núcleo apisonado con abundante argamasa de cal (1); -por el trabajo de desbaste de los mampuestos mayores para obtener caras y mejorar su ajuste (19); -por el empleo de morteros con áridos gruesos y grandes chinas de piedra caliza (21); -y por el aparejo de los mampuestos, con juntas muy anchas y uso abundante de ripios ( 9). Por último, Melque III presenta un contrafuerte de sección rectangular hacia el embalse (4, 11, 27), que no se documenta en Melque Ib, aunque sí en Melque II. TECNOLOGÍA CONSTRUCTIVA Y PROCESO DE OBRA La edificación de cada una de las presas del conjunto hidráulico (también del recrecido Melque Ib) supone, sin excepción, la existencia de varios talleres funcionando a la vez. El principal, de albañilería de sabe siempre hacer taludes, muy bien ejecutados en Melque Ia, II, IV y V, y bastante irregular en Melque Ib. Los operarios de estos talleres se encargarían además del acopio selectivo del material en el entorno, puesto que no es necesaria una actividad adicional de extracción en cantera; también en Melque Ib y III, donde el desbastado de los mampuestos mayores tampoco requiere una mayor especialización. Junto a este taller principal, en las presas trabajan expertos caleros, encargados de fabricar el mortero (duro, bien amasado y con fragmentos cerámicos en todos los casos). También debemos suponer una labor auxiliar de talleres de carpintería para andamios u otras guías necesarias en la elevación de los muros, aunque no tenemos evidencias de los mismos. Solo en Melque IV, las piezas de granito del desagüe implican la labor adicional de un taller de cantería, que probablemente no usa la escuadra, dadas las escasas perpendicularidades observadas en dichos sillares. Estos bloques sí podrían proceder de cantera, lo que supone la especialidad añadida de su extracción, aunque dado su pequeño tamaño no es estrictamente necesario. Las piezas no tuvieron que tallarse necesariamente a pie de obra, ya que se realizarían por encargo y posteriormente las colocarían los albañiles. Talleres con características similares están constatados en la construcción de la iglesia y del monasterio. Dichos edificios se levantaron fundamentalmente bajo la dirección de dos, que trabajan coordinadamente: uno de cantería y otro de albañilería de mampostería. El primero desconoce la escuadra, trabaja con piezas extraídas de cantera y se centra fundamentalmente en la obra de la iglesia. El segundo se ocupa prioritariamente de los edificios residenciales y de servicio, con construcciones de mampostería hechas con piezas que se obtienen y seleccionan de bolos de granito superficiales de la zona. Su puesta en obra, ordenada y ajustada, ofrece un aspecto final homogéneo, donde el taller de cantería colabora con sillares que rematan las esquinas, pilastras y marcos de vanos. La obra se traba con abundante mortero de cal que sobresale en relieve de las juntas (Fig. 21). La labor de estos dos talleres se completa con un taller de escultura, quizá ubicado en Toledo, que trabaja las piezas de mármol por encargo; un taller de estucadores; y talleres auxiliares de carpintería, un tejar, caleras y probablemente una fragua. La unidad de medida y la modulación utilizada en el trazado de la cerca, el monasterio y la iglesia (Caballero 2007: 98) hacen suponer además la presencia de un director con formación en geometría, que pudo ser también responsable del proceso de obra (Caballero y Utrero 2012: 432-433). El taller de albañilería del monasterio y aquellos que trabajaron en las cuatro grandes presas del conjunto (Melque Ia, II, IV y V) comparten el origen de los materiales y una selección cuidada de los mismos, que también se observa en la esmerada puesta en obra de la mampostería. La construcción de taludes, en cambio, es novedosa dentro del ambiente técnico del monasterio, aunque es lógico que no se documenten en el mismo, puesto que se trata de una solución técnica que responde a una demanda concreta de las presas. El empleo abundante de la argamasa de cal constatado en la obra del monasterio se aprecia asimismo en los cuatro embalses. Sin embargo, el remate específico del mortero documentado en la construcción monástica, que sobresale de las juntas pero sin cubrir los mampuestos, únicamente se constata en las presas del grupo a. En la misma línea, la colaboración entre los talleres de albañilería y cantería vista en el monasterio solo quedaría reflejada en la elaboración de las piezas de sillería de granito del desagüe de Melque IV, que pudieron ejecutarse del mismo modo en el taller de la obra monástica y ajustarse en la propia obra de la presa. Ambas circunstancias apuntan una vez más a la vinculación de las dos presas superiores de cada arroyo (grupo a) con el proyecto monástico originario. Todo lo dicho supone que, al menos la construcción de las cuatro grandes presas del conjunto viene respaldada por un ciclo productivo organizado y jerarquizado, si bien no excesivamente complejo, ya que en todos los casos es en la propia obra donde se realizan estas labores, a excepción quizá de las piezas del desagüe de Melque IV. Tecnológicamente, las cuatro presas son de diseño estructural sencillo, pese a las diferencias observadas entre los grupos a y b. Siempre construcciones de gravedad muy masivas, diseñadas para que el peso del muro por si solo resista el empuje horizontal del agua; con secciones poco arriesgadas. Sin embargo, en todos los casos nos hallamos ante soluciones estudiadas, que suponen un conocimiento técnico avanzado, y que evidencian una comprensión de las dinámicas fluviales de los cauces sobre los que se erigen los embalses. Ello supone, al menos, ciertas nociones, no solo de geometría, sino también de hidráulica y de geología. Puede presuponerse, por tanto, la presencia de figuras especializadas en cada grupo constructivo (a, b y c), que escogerían la localización de los diferentes diques y las posibles soluciones de desagüe o alivio en los casos donde se ha comprobado. Estas figuras son además transmisoras de modelos constructivos de presas, ya que parece que nos encontramos ante tipos muy concretos, que evidencian un bagaje técnico previo, y que evolucionan. Así, la sobre-dimensión observada en los dos diques del grupo a, parece desarrollarse técnicamente hacia estructuras más esbeltas (grupo b), donde se experimenta con el uso de contrafuertes, cuya función real es bastante dudosa. Dichas figuras especializadas pudieron participar también en la dirección de los talleres de cada obra, ya que estos también denotan una cualificación específica, vista en la ejecución de los taludes o en la construcción del desagüe de Melque IV. En las presas del grupo a, una misma figura debió hacerse cargo del diseño de los dos embalses, partici-pando posteriormente en su dirección de obra. Para la primera de estas actividades, puede suponerse un consenso con la dirección de la obra del monasterio, ya que la ubicación de estas presas condiciona su implantación exacta, según se ha explicado. PROPUESTA CRONOLÓGICA: UN CONJUNTO DIACRÓNICO DE ORIGEN ALTOMEDIEVAL El análisis arqueológico realizado (estratigrafía, paisaje, tipología y producción constructiva) permite explicar la evolución del conjunto hidráulico de presas de Melque a lo largo de tres fases cronológicas, todas dentro de un horizonte medieval. La primera de estas fases (construcción del grupo a, Melque Ia y IV) es coincidente con la denominada Fase IA del conjunto monástico, mozárabe, a mediados del siglo VIII (Caballero y Moreno 2013: 183-185). Esto se desprende, según se ha expuesto, de la ubicación de ambas presas en una posición privilegiada en el paisaje hidrológico y geográfico del lugar; por su relación estratigráfica con la cerca monástica, estrictamente previas a la misma; por su tipología constructiva y su proceso productivo; y por el ambiente técnico-constructivo documentado en ambas edificaciones, equiparable al constatado en el proyecto del monasterio originario. En un momento posterior difícil de determinar, pero no muy alejado en el tiempo, puesto que perduran muchos de los tipos constructivos observados en las primeras presas, se elevarían los diques del grupo b (Melque II y V), no necesariamente de manera sincrónica. Finalmente, y tras su ruina parcial, la presa Melque Ia se recrece (Melque Ib), con una fábrica que comparte suficientes características tipológicas con Melque III, a todas luces una obra menor, y con una localización residual dentro del conjunto. Esta nueva propuesta cronológica modifica sustancialmente a la defendida hasta la fecha para el conjunto hidráulico del sitio, que emparejaba las presas por arroyos a partir de las características de sus morteros. La nueva explicación diacrónica del conjunto da preeminencia a la estratigrafía, las tipologías y el paisaje, frente a los análisis no determinantes de las argamasas. Argumentada la secuencia temporal, y dada la inclusión de las presas del grupo a en el proyecto monástico originario, donde se ha constatado un influjo oriental (Caballero 1994(Caballero -1995;;Caballero y Moreno 2016), la pregunta resulta obligada: ¿es el de Melque un conjunto hidráulico de tecnología islámica? 8.1. De Hispania a al-Ándalus. Ruptura tecnológica e importación de modelos constructivos de presas El estudio de las presas de embalse históricas es un campo aún poco explorado, desigualmente abordado desde la ingeniería civil y la arqueología, y muy especialmente centrado en aquellas obras de dimensiones mayores, genéricamente consideradas por la tradición como de época romana. La relativamente profusa bibliografía generada en torno a estas construcciones acusa la ausencia de una metodología rigurosa y arrastra además un importante lastre historiográfico, no adecuadamente contrastado, que exalta un adelantado panorama técnico-constructivo romano peninsular en materia de presas, que no habría sido superado en muchos casos hasta la época contemporánea (Barahona 2017: 65-122 y 2018). El resultado más ilustrativo de esta corriente de estudios es un importante catálogo de cerca de cien obras de embalse peninsulares consideradas antiguas, pese a adolecer la mayoría de ellas de estudios propios (Caballero y Sánchez-Palencia 1982; Carvalho et alii 1986Carvalho et alii, 1995Carvalho et alii y 2000;;Orejas 1997; Arenillas y Castillo 2002y 2003; Castillo 2015). Frente a este panorama tecnológico-constructivo peninsular de ingeniería romana, se considera un paisaje técnico andalusí "menor", que se desarrollaría sin la ayuda de grandes obras de embalse, pese a la demostrada relevancia de los paisajes hidráulicos de irrigación en este periodo (Barceló 1986(Barceló y 1989;;Cressier 1989Cressier y 1996)). Las escasas presas adscritas a este espacio temporal y cultural se reducen al grupo de pequeños azudes islámicos conocidos en todo el levante español y en la cuenca del Ebro, fechados por la documentación escrita, y que no serían además obras tempranas, ya que se rastrean a partir del siglo X (Glick 1970; Fernández Ordóñez 1984: 86-113; Schnitter 2000: 98-101; Sesma et alii 2001). Más concretamente, y ante la falta de casos analizados en territorios más cercanos, cabe destacar la construcción de presas en Arabia Central en los siglos VI y VII, en torno a las ciudades de la Meca y Medina, y vinculadas al estado islámico omeya (Fig. 23). Las tipologías estructurales y constructivas de algunas de estas obras presentan fuertes analogías con las documentadas en Melque (grupos a y b), si bien debemos tomar con precaución estos datos por la ya reseñada ausencia de estudios científicos de las mismas. Distintos autores describen estas obras como de tipo gravedad, muchas de ellas con taludes a uno o ambos lados de su estructura, y construidas con dos muros exteriores de mampostería y un núcleo de escombros o tierra, desconociéndose desagües o tomas en la mayoría de ellas. Por contra, el reciente análisis comparativo de un cuantitativo número de presas de la cuenca media del río Tajo consideradas tradicionalmente de época romana ha permitido la definición de una serie de tipologías constructivas específicas de las obras de embalse de dicho periodo, válidas al menos para tal espacio geográfico, y que se comprueban netamente diferentes a aquellas documentadas en Melque (Barahona 2017). Tales divergencias son especialmente llamativas en la realización y puesta en obra de los aparejos, pero también en relación con su diseño estructural, y es que las obras que pueden adscribirse al periodo romano11 presentan fábricas encofradas con abundante mortero de cal (opus caementicium), aparejo de muros yuxtapuestos con núcleo central de hormigón menudo (rudus) y planteamiento estructural complejo con plantas convexas hacia agua arriba, en oposición a la corriente. Varias de las mismas presentan además un esquema constructivo complejo con terraplén y muros de acompañamiento laterales (Barahona 2017: 568-587). Estos últimos datos no solo permiten descartar una vez más la datación romana del conjunto hidráulico de Melque, hace años desechada (Caballero y Fernández Mier 1999), sino que permiten afirmar una ruptura tecnológico-constructiva en la tradición constructiva de presas hispanorromanas después del 711, puesto que son innegables tanto la cronología altomedieval del grupo de embalses originario del sitio como su caracterización tipológica completamente alejada de los modelos romanos. Junto a estos argumentos, la aparentemente generalizada ausencia de otras construcciones de embalse altomedievales conservadas en el territorio peninsular (afirmación que luego matizaremos), nos invita a suponer la procedencia extranjera de las figuras especializadas que participaron en la construcción y el diseño de las presas de Melque, al menos con seguridad para la primera fase histórica del conjunto (grupo a). En la misma línea, también podemos presumir la importación de los modelos constructivos empleados en dichas obras, ya que evidencian un bagaje técnico previo, del que no tenemos constancia en nuestro territorio en tales fechas, y que se alejan, como se ha señalado, de los modelos constructivos edificados en Hispania. Finalmente, y aún sin ser un argumento en absoluto determinante, cabe recordar también que la técnica de acabado del mortero documentado en la presa Melque V, con pequeños fragmentos de piedra entre las juntas que quedarían vistos, es una particularidad constructiva que aparece documentada en edificaciones islámicas peninsulares durante el periodo Omeya y, probablemente, ya desde época emiral (Gurriarán y Márquez 2005: 55-56; Ruiz Alonso 2014: 123-129). En definitiva, los datos obtenidos del conjunto de presas de Melque, y su interrelación y argumentación a través de los diferentes análisis expuestos, demuestran su origen altomedieval y su carácter foráneo, lo que permite proponer su influjo islámico. La aceptación de esta premisa supone la revisión del modelo historiográfico tradicionalmente defendido en relación con la historia de las presas peninsulares, y muy concretamente la afirmación sobre el desarrollo en nuestra península de una ingeniería civil menor por parte de la cultura islámica, dado que algunas de las presas del sitio son obras de gran envergadura y complejidad técnica. Melque no debe considerarse además como un caso singular ni aislado. El estudio comparativo de presas históricas en la cuenca media del río Tajo anteriormente citado permite relacionar tipológicamente con los grupos a y b del complejo hidráulico otra obra más en el área de Toledo. Se trata del cercano embalse de Alpuébraga (Polán), en el arroyo homónimo, una construcción tradicionalmente catalogada como romana pese a que carecía una vez más de estudios propios (Barahona 2017: 429-439 y 598-602). La suma de este nuevo ejemplo al catálogo de presas islámicas permite presuponer la existencia de otros casos "ocultos" bajo una incorrecta adscripción cronológica antigua12, y evidencia una vez más la necesaria revisión de este tipo de construcciones históricas. MELQUE COMO COMPLEJO PRODUCTIVO AGRÍCOLA. DIFICULTADES PARA SU DEFENSA Si bien los datos hasta el momento expuestos suponen un avance sustancial en la reconstrucción histórica del complejo hidráulico de Melque, apenas permiten aseverar aún sobre su funcionalidad. No obstante, la vinculación tradicional de estos embalses con una supuesta gran explotación productiva de ca- rácter agrícola sí puede rechazarse por diferentes argumentos: La propia ubicación geográfica del conjunto, sobre barrancos profundos en los que aflora el terreno rocoso, sin apenas recubrimiento fértil, y que se encajan cada vez más hacia el arroyo de las Cuevas. Tales características no permiten la localización de espacios de vega o de grandes huertas, tampoco en el espacio entre los arroyos, de nuevo sin recubrimiento fértil y de muy pequeña extensión. No se conocen elementos de derivación o de conducción de las aguas asociados a las presas, que permitan intuir la necesidad de su traslado hacia tales supuestos espacios irrigables o hacia otras posibles zonas más aptas. Además de ello, la morfología de los barrancos sobre los que se elevan estos diques, dificulta notablemente la posibilidad de construir conducción alguna. En los cinco ejemplos del sitio histórico nos encontramos ante meras obras de regulación fluvial, que permiten la obtención de un caudal perenne durante todo el año, evitando un flujo abundante en invierno con un posterior y prolongado estiaje veraniego. Los análisis de polen, frutos y maderas realizados en campañas anteriores permiten confirmar un ambiente húmedo en el sitio entre los siglos IX y XI, y la convivencia de cultivos de secano y de regadío (Caballero y Fernández Mier 1999: 212). Tales resultados son compatibles con la negación de una gran explotación agrícola en el sitio, puesto que el funcionamiento de las presas aseguraría, en primer lugar, dicho ecosistema húmedo. Y, por otro lado, sí debió existir necesariamente una mínima producción de autoconsumo, destinada a los habitantes y visitantes del monasterio, lo que justificaría la existencia de cultivos en las inmediaciones del cenobio, incluso dentro de la cerca monástica, para los que pudieron aprovecharse parcialmente las aguas de los arroyos. Es más, en un clima árido como el toledano meridional, donde la estacionalidad de los ríos de la margen izquierda del Tajo resulta un condicionamiento evidente, la acumulación de una masa de agua es siempre un bien preciado que se aprovecharía con múltiples funciones. No puede descartarse, por tanto, un empleo plural de las aguas embalsadas, relacionado con diversas actividades menores, propias de un establecimiento rural. Sin embargo, y dado el esfuerzo productivo que supuso la construcción diacrónica del conjunto hidráulico de Melque, parece lógico suponer una finalidad principal para las presas. Es por ello que, a partir de los escasos datos históricos y arqueológicos que manejamos en este sentido, consideramos factible volver a plantear como hipótesis de trabajo la construcción de los embalses en relación con una actividad produc-tiva ganadera de rebaños de ovicápridos, perfectamente desarrollable en la compleja orografía del lugar 13. El mayor argumento a favor de esta propuesta, sin ser probablemente suficiente, es la situación de Melque junto a una antigua cañada que discurre con un trazado norte-sur desde Ávila y en dirección a Córdoba (Caballero y Latorre 1980: 11-23; Moreno 2011: 276; Caballero y Moreno 2013: 184). También se localiza en el recorrido de una calzada romana secundaria, cuyo uso está igualmente atestiguado durante la Alta Edad Media. Incidiría también en esta idea la propia localización del cercano embalse de Alpuébraga, anteriormente citado, que se eleva junto a la misma cañada con dirección a Córdoba, a unos 15 km al sureste del sitio (Barahona 2017: 601-602). También la actual dinámica de paisaje productivo en el área de Melque ofrece pistas sobre su posible articulación en época histórica, con cultivos de secano en la parte alta de los valles, que se complementan con pequeñas zonas irrigadas y una actividad ganadera menor que circula estacionalmente entre los barrancos de la margen izquierda del arroyo de las Cuevas, para la que se han provisto balsas de almacenamiento de agua. Los estudios de ganadería en Al-Ándalus son todavía poco prolíficos, aún con muchas sombras, especialmente para los años inmediatos al 711, pero asoman ya una relevante actividad de pastoreo, hasta ahora considerada casi residual, que complementaría activamente a los paisajes irrigados tradicionalmente considerados para este periodo cultural (Cara 2002(Cara y 2009)). Los trabajos más recientes defienden la existencia de una cabaña ganadera habitual de ovicápridos, cuya evolución biológica sugiere su producción intensiva, si bien no necesariamente a través de la gestión de grandes rebaños trashumantes, que sería una organización socioeconómica propia de centurias posteriores (Malpica 2012(Malpica: 227-228 y 2012(Malpica -2013: 51: 51; García y Moreno 2018). El análisis del conjunto hidráulico de presas de Melque es un paso imprescindible para avanzar en la comprensión del espacio productivo gestionado desde este asentamiento histórico, para ahondar en las dinámicas socioeconómicas que se derivan de la explotación de su paisaje y para entender de manera compleja, y más allá de la singularidad de su arquitectura, la evolución del yacimiento a través de sus etapas históricas y hasta el momento presente. La técnica y tecnología constructiva, la temporalidad, el funcionamiento y la función específica de las presas son cuestiones directamente relacionadas con la actividad económica vinculada a las comunidades humanas que habitaron el sitio y, muy específicamente, con el origen de su asentamiento. La compleja aprehensión de la arquitectura/ingeniería hidráulica histórica ha sido, quizá, el mayor lastre para el conocimiento de la gran infraestructura de embalses de Melque, los cuales, pese a su importancia, carecían de una primera aproximación científica hasta la fecha. El análisis llevado a cabo en el conjunto de presas del sitio ha combinado una estrategia de trabajo múltiple que parte de la documentación estratigráficoconstructiva de cada dique, y que se completa con estudios conjuntos de tipología y de producción constructiva que tienen en cuenta los datos previamente conocidos de la iglesia y del monasterio, y que incorpora un primer análisis del paisaje, centrado en los datos obtenidos de la observación de las dinámicas de construcción en cada embalse. Los resultados de este procedimiento metodológico aportan importantes novedades en la caracterización técnica de las cinco presas del conjunto, además de mostrar una secuencia histórica para alguna de las mismas más compleja que la que se defendía tradicionalmente, al constatarse un recrecimiento en la superior del arroyo de las Zorras (Melque Ia y Ib). Pese a que los cuatro diques mayores comparten características constructivas o en su diseño que podrían equipararlos a simple vista -fábricas de mampostería, argamasas similares, construcción por bancos, plantas rectas o secciones ataludadas-, el examen profundo de sus variables tipológicas revela particularidades importantes que permiten distinguir hasta tres grupos constructivos diferentes dentro del complejo hidráulico y apuntar aspectos reveladores de su producción constructiva: -Grupo a (Melque Ia y IV): mediados del siglo VIII; proyecto monástico originario; mismo ambiente técnico-constructivo que iglesia y monasterio. -Grupo b (Melque II y V): posterior al grupo a, e inmediato al mismo; presas no necesariamente sincrónicas entre sí; ambiente técnico-constructivo similar al documentado en el grupo a, en la iglesia y en el monasterio. -Grupo c (recrecido Melque Ib y III): posterior a los grupos a y b; ambiente técnico-constructivo similar (pero con diferencias relevantes) al documentado en los grupos a y b. Finalmente, la revisión analítica del paisaje histórico del sitio, centrada en los arroyos de Melque y de las Zorras, aporta también claves fundamentales para avanzar en la comprensión de la secuencia histórica del conjunto hidráulico y recaba nuevos datos que permiten avanzar sobre su funcionalidad, rechazando la propuesta de una gran explotación de irrigación agrícola en el lugar. Si bien contamos aún con muy pocos datos al respecto, se propone retomar como hipótesis de trabajo la posible explotación productiva de cabañas ganaderas de ovicápridos en Melque, en función de la cual se habrían construido de manera diacrónica los embalses. Se hace necesario, no obstante, ahondar en esta propuesta. En definitiva, la metodología empleada en el estudio del singular conjunto de presas de Melque ofrece resultados relevantes al efectuarse de manera independiente y rigurosa, en un primer momento; y cruzando con posterioridad los datos obtenidos en unos y otros análisis. Se arroja luz así no solo en Melque, sino a un interesante campo de estudio con perspectivas futuras: el estudio de las presas históricas. Por otro lado, la seriación diacrónica del conjunto hidráulico en tres etapas temporales consecutivas evidencia una importante actividad constructiva de presas en el sitio durante la Edad Media, que no se ha detectado hasta la fecha en otras regiones peninsulares en este periodo, lo que invita, de entrada, a una profunda reflexión sobre el tema, que por falta de espacio no es posible desarrollar en este trabajo. La definición tipológica de la técnica y tecnología constructiva romana en materia de construcción de presas documentada en la cuenca media del río Tajo y su comparación con aquellas obtenidas del conjunto de embalses de Melque permite afirmar una ruptura tecnológica en este campo entre ambos periodos, y evidencia un aporte exterior de conocimientos, que además parece guardar semejanzas suficientes con embalses construidos por la cultura islámica en importantes ciudades de Arabia. Además, algunos de los ejemplos considerados no solo poseen importantes dimensiones, sino que ofrecen recursos tecnológicos bastante desarrollados, lo que supone la revisión de afirmaciones tradicionales que juzgan como "menor" el desarrollo en nuestra península de una ingeniería civil por parte de la cultura islámica. En conclusión, el análisis de la infraestructura hidráulica de Melque ofrece sin duda resultados novedosos y relevantes, que ofrecen una visión más completa del yacimiento, y que abren numerosas propuestas de trabajo ad futurum. La imbricación transversal de construcción y paisaje a lo largo de la línea temporal de ocupación en Melque se ha revelado como una potente herramienta de trabajo que puede aportar aún numerosísima información del sitio y a través de la cual esperamos poder continuar investigando. FICHA TÉCNICA Y AGRADECIMIENTOS La síntesis presentada formó parte de los resultados de la investigación doctoral de la autora, que fue becaria de la Fundación Juanelo Turriano. Para el estudio arqueológico de la presa Melque IV, que funcionó como "laboratorio" para afinar la específica metodología propuesta, se contó además con la financiación de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha en el año 2014, en un proyecto codirigido con el investigador L. Caballero, a quien agradezco sus valiosas aportaciones, su interés y su disponibilidad; reconocimiento que también hago extensivos a la investigadora M. A. Utrero y al arqueólogo C. Cauce.
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). Cerámicas altomedievales en contextos rurales del centro y noroeste peninsular: secuencia cronotipológica, tecnología y regionalización productiva Universidad del País Vasco/Euskal Herriko Unibertsitatea RESUMEN En este trabajo se presentan los resultados de una detallada revisión de la cerámica doméstica de época altomedieval de una treintena de yacimientos del centro y noroeste peninsular. Mediante un análisis basado en las cadenas tecnológicooperativas se propone una secuenciación de los repertorios cerámicos entre los siglos V y VIII d. n. e. en torno a tres variables principales: tecnológica, formal y regional. De esta manera se propone una seriación cerámica de los conjuntos dividida en varias fases que permite una aproximación histórica en términos sociales y políticos a las sociedades altomedievales de este territorio. PALABRAS CLAVE: sociedades altomedievales; meseta norte; poblamiento; cadenas tecnológico-operativas; estratigrafía. La cerámica de época altomedieval ha constituido tradicionalmente un terreno pantanoso para la Arqueología en el centro y noroeste peninsular 2. El final de los ciclos de producción del período tardoimperial, especialmente el de la sigillata tardía, generaba significativas limitaciones para la investigación, incapaces de atenerse a cronotipologías sólidas que permitieran profundizar en la propia historia de las sociedades que las produjeron. Dichos obstáculos se hacían más evidentes al confrontar el mundo rural altomedieval, todavía menos conocido hasta muy recientemente. Este panorama ha cambiado de forma radical en las últimas dos décadas con la excavación y publicación de un elevado número de contextos rurales que han permitido dar un salto cuantitativo y cualitativo a la comprensión de la cerámica altome-dieval en los ámbitos rurales, tanto en sus aspectos cronotipológicos, como en sus aspectos tecnológicos y sociales (Ariño et alii 2005; Dahí Elena 2012; Vigil-Escalera y Quirós Castillo 2016). En el caso específico del centro y del noroeste peninsular este panorama tuvo un importante impulso, sobre todo tras la publicación del fundamental trabajo de 2003 que compilaba los mejores materiales disponibles en aquel momento para afrontar la secuencia de la cerámica entre los siglos V y VIII d. n. e. en ámbitos rurales (Larrén et alii 2003) 3. Desde entonces, la proliferación de intervenciones en el marco de la arqueología comercial ha proporcionado una ingente cantidad de datos (Tejerizo García 2017a). Sin embargo, y aún a pesar de todas las intervenciones realizadas y los datos disponibles, estos conjuntos cerámicos no han sido todavía objeto de un "ensayo de sistematización" como el que se propuso en 2003 que permita proponer una secuenciación sólida. Si bien el número de excavaciones y de material efectivamente disponible es más que suficiente, este se encuentra disperso en informes inéditos de diversa calidad, publicaciones parciales y, sobre todo, en los almacenes de los museos, esperando para ser revisados. Esta situación no es consecuencia, por tanto, de una falta de voluntad o de base empírica sino, fundamentalmente, de la falta de medios para abordar un estudio de esta magnitud. En el contexto de la realización de una tesis doctoral y de un contrato postdoctoral, se tuvo la oportunidad de revisar un significativo conjunto de cerámicas provenientes de una importante variedad de yacimientos rurales datados entre los siglos V y VIII d. n. e. que constituye la base del presente trabajo 4. El objetivo principal del presente trabajo es sistematizar los principales resultados de ese análisis. En primer lugar, se introducirán y contextualizarán los yacimientos analizados, así como la metodología utilizada y los fundamentos de la cronología propuesta para estos sitios. La segunda parte del trabajo expondrá el análisis de la cerámica desde tres puntos de vista: el tecnológico, profundizando en diversos aspectos relacionados con la cadena tecnológico-operativa de estas cerámicas; el cronotipológico, proponiendo una secuencia formal de la cerámica altomedieval en los ámbitos rurales del centro y noroeste peninsular; y el geográfico, con un primer acercamiento a las potenciales variedades territoriales. Finalmente, se realizarán algunas consideraciones, más en términos de preguntas y agenda de trabajo, que puedan orientar los estudios de cara al futuro. CONTEXTOS ANALIZADOS, METODOLOGÍA Y PROPUESTA CRONOLÓGICA GENERAL El conjunto de yacimientos analizados para el presente trabajo es de treinta (Figs. Salvo los yacimientos de Castro Ventosa y Viladonga, incluidos por su interés en términos comparativos, el resto se ubican en la franja central de la cuenca del río Duero. Prácticamente todos los yacimientos provienen de excavaciones de urgencia vinculados a la construcción de autovías y, además, excavados por diferentes profesionales y empresas, con procedimientos y criterios metodológicos variados (Tejerizo García 2017a). Un aspecto clave es que todas estas intervenciones tienen una estratigrafía definida, lo que ha permitido contextualizar con un alto grado de coherencia el material cerámico. Igualmente, todos ellos son contextos rurales datados entre los siglos V y VIII d. n. e. y responden a tres principales tipos. En primer lugar, se consideran asentamientos rurales vinculados espacialmente a antiguas villas tardoimperiales, lo que en otros trabajos se denominaron como "aldeas de primera generación" (Tejerizo García 2016b, 2017a). En segundo lugar, se ha tenido en cuenta un pequeño conjunto de asentamientos fortificados, caracterizados por su ubicación en un entorno de altura relativa y con presencia de un recinto amurallado (Gutiérrez González 2014). Finalmente, se diferencia entre asentamientos rurales abiertos tipo aldeas y granjas, tal y como fueron definidas por autores como A. Vigil-Escalera o J.A. Quirós Castillo (Quirós Castillo 2013; Vigil-Escalera 2007b). Ambas categorías de poblamiento se definen como resultado de la actividad de un número restringido de unidades domésticas (granjas) o por la de un grupo plurifamiliar o comunidad (aldea). Cabe reseñar, como aspecto relevante a la hora de tener en cuenta los análisis y resultados aquí presentados, que prácticamente en todos los yacimientos, salvo excepciones como Viladonga, Castro Ventosa, Navasangil o El Ventorro, se realizó una selección previa por parte de los excavadores de la cerámica antes de ser inventariada y depositada en los museos, lo que conlleva algunas limitaciones, como la posible sobrerrepresentación de algunas producciones sobre otras5. Sin embargo, el alto número de contextos y de material revisado, así como su comparación con otros contextos arqueológicos de ámbitos geográficos cercanos, permite asegurar una alta fiabilidad a los resultados aquí obtenidos. En todos los yacimientos analizados, salvo en el yacimiento de El Castillón -incluido por su relevancia para el análisis de la cerámica altomedieval en la cuenca del Duero a partir de sus publicaciones principales (Sastre Blanco et alii 2014; Sastre Blanco et alii 2018)se siguió la misma metodología de trabajo. Partiendo de los principios de la Antropología de la Tecnología desarrollada por P. Lemmonier (Lemonnier 1992(Lemonnier, 1993;;Marín Suárez 2012), se revisaron todos los fragmentos cerámicos de cada unidad estratigráfica, diferenciando las cadenas tecnológico-productivas (CTO) presentes, atendiendo tanto a sus características tecnológicas -principalmente las variables de sistema de Figura 1. Mapa de distribución de los yacimientos analizados (elaboración propia). Un tema esencial antes de abordar el análisis detallado de estos resultados es la datación de los yacimientos y, en consecuencia, de los contextos cerámicos. La propuesta de datación de cada contexto que se expone en la figura 3 es el resultado de un proceso inductivo y heurístico a partir de la puesta en común de los resultados obtenidos del análisis cerámico particular de cada yacimiento. Cada uno de los yacimientos -y sus contextos cerámicos-fue datado a partir de la revisión crítica y exhaustiva del material cerámico teniendo en cuenta la propuesta inicial de sus excavadores, la presencia -en su caso-de dataciones absolutas (Figs. 3 y 4), así como los avances historiográficos disponibles. Una vez generada una propuesta de datación por cada yacimiento, se combinó y comparó toda la información disponible de forma que se pudo proponer una secuencia relativa de los sitios en conjunto que permite diferenciar contextos más antiguos de otros más modernos. Así, por ejemplo, se entiende que el contexto de Carratejera es más antiguo que el de El Pelambre, que comparte cierta sincronía con La Cárcava de la Peladera y, a su vez, ambos son más antiguos que La Mata del Palomar, y así sucesivamente. Evidentemente, esto solo resuelve una parte del problema, dado que no logra realmente situar cada yacimiento dentro de unas coordenadas históricas concretas y absolutas, pero sí permite ordenarlos secuencialmente. De esta manera, y con todas las evidentes precauciones, se ha podido realizar un acercamiento en términos diacrónicos a estos contextos y, por consiguiente, a una propuesta de secuencia cronotipológica de la cerámica asociada. Con este aparato crítico, realizaremos en los siguientes apartados distintas consideraciones que ataestudio de 2003 se analizaron unos 2000 fragmentos aproximadamente (Larrén et alii 2003). ñen a los aspectos tecnológicos, formales y de regionalización productiva de la cerámica de la cuenca del Duero, atendiendo a su dimensión diacrónica y a los cambios detectados en los mismos. ASPECTOS TECNOLÓGICOS: PROPUESTA HISTÓRICA DEL DESARROLLO DE LAS PRODUCCIONES CERÁMICAS ALTOMEDIEVALES EN LA CUENCA DEL DUERO Partiendo de la metodología expuesta previamente se han podido distinguir las siguientes cadenas tecnológicas en el repertorio cerámico de los siglos V-VIII d. n. e. El resultado de las cuantificaciones realizadas en cada yacimiento se resume en la Figura 6. 8En los siguientes apartados se realizará un análisis en términos cronológicos de los cambios producidos en las producciones cerámicas, distinguiendo dos grandes períodos: uno correspondiente a la quinta centuria y la mitad del s. VI d. n. e. y otro entre este momento y mediados de la octava centuria. Las producciones cerámicas del siglo V-mediados del siglo VI en la cuenca del Duero La quinta centuria supone un momento de importante ruptura en amplios sectores y escalas en el centro y norte peninsular (Tejerizo García 2016b; Vigil-Es- calera 2015) y que implicó profundos cambios en la producción cerámica. Quizá el hecho más significativo operado en este período es la progresiva desaparición en los contextos de la terra sigillata hispánica tardía (TSHT). El estudio estratigráfico exhaustivo de algunos conjuntos del entorno de Madrid han determinado que la producción de TSHT llega a su final a mediados del siglo V d. n. e., posiblemente a lo largo del segundo tercio, si bien la recepción y uso de este material podría prolongarse en el tiempo (Juan Tovar 2012a; Vigil-Escalera 2013, 2015). En los yacimientos analizados en el centro y noroeste peninsular el proceso es muy similar. A lo largo de la quinta centuria se asiste a una disminución progresiva de las producciones de la TSHT desde una significativa presencia en contextos que podemos insertar dentro del primer tercio de la quinta centuria como Villafilar o Carratejera (64,4 %9 de fragmentos y 28,3 % del peso; y 21,1 % de fragmentos y 3,4 % del peso respectivamente). Estos porcentajes se mantienen en los contextos de mediados de la quinta centuria de sitios como Castro Ventosa (29 % de fragmentos y 15,2 % del peso) pero caen en aquellos contextos posteriores, que suponen las últimas producciones que llegan a los yacimientos (Navasangil = 9,01 % de fragmentos y 2,1 % del peso y Viladonga = 5,06 % de fragmentos y 1,56 % del peso). Para el último cuarto del siglo V d. n. e. la TSHT aparece como residual en los contextos de Cárcava de la Peladera, El Pelambre o Gallegos (en torno a un 3 % de fragmentos y entre 0,5 y 2 % del peso), ya a caballo entre la quinta y la sexta centuria, a tenor de las dataciones realizadas en los dos primeros yacimientos. Cabe destacar que algunas decoraciones de estos últimos momentos de la TSHT, como es la decoración estampillada, que aparece en yacimientos como Castro Ventosa, Viladonga o Carratejera, puede datarse de forma bastante aproximada en la primera mitad del siglo V (Vigil-Escalera 2015: 299-300). Un proceso similar operaría sobre otro tipo de producciones provenientes del mundo romano tardoimperial, como son las cerámicas pintadas denominadas "de tradición indígena" (Abascal Palazón 1986; Bustamante Álvarez 2016). Al igual que la TSHT, aparecen en su fase final dentro de los repertorios de ajuar de las necrópolis postimperiales. Así, en contextos como Carratejera (menos del 2,7 % de fragmentos y 0,2 % del peso), El Judío (17,6 % de fragmentos y 5,2 % del peso)10 o el yacimiento de Las Lagunillas (4,5 % de fragmentos) (Centeno Cea et alii 2010) aparece ya de forma casi testimonial, desapareciendo hacia finales de la quinta centuria y estando ausente en el resto de contextos analizados, salvo una presencia mínima en contextos de asentamientos fortificados como Castro Ventosa (0,5 % de fragmentos y 0,3 % del peso) o en algunas aldeas del s. VI d. n. e. como Santovenia (0,3 % de fragmentos y 0,1 % del peso). La progresiva disminución en la producción y distribución de la TSHT y la redefinición de las escalas productivas fueron determinantes para la, también progresiva, aparición de otro tipo de productos que vendrían, en primera instancia, a competir con ella y, en el largo recorrido, a sustituirlas. Entre estas cabe destacar dos en el contexto del centro peninsular: la terra sigillata gris y las cerámicas imitación de sigillata (CIS) 11. Lo que aquí llamaremos terra sigillata gris ha recibido diversas denominaciones a lo largo del tiempo, que no siempre han hecho referencia al mismo tipo de producción. Se trata de una producción cuyas características definitorias serían la presencia efectiva de un barniz o engobe de color negro o grisáceo y no únicamente bruñido, que lo separaría de otro tipo de producciones con una cadena tecnológica distinta (por ejemplo, las que hemos denominado aquí como TRA o TRB), y la presencia de motivos estampillados o burilados como elemento decorativo característico. Así, sus similitudes con la llamada "derivada de la sigillata paleocristiana" (DSP) del sur de la Galia llevó a denominarla como "Sigillatas Paleocristianas", de las que se diferenciaron las "grises" de las "anaranjadas" término que tuvo cierto grado de aceptación (Caballero Zoreda 1972; Caballero Zoreda y Argente Oliver 1975; Nozal Calvo y Puertas Gutiérrez 1996). Por su parte, L.C. Juan la ha introducido dentro de las Cerámicas Imitación de Sigillata (CIS) (Juan Tovar 2012a, 2012b) si bien su cadena tecnológica, aparición en los contextos y redes de distribución son perfectamente distinguibles de otras producciones clasificadas como CIS y considero deben de analizarse separadamente. La aparición de la terra sigillata gris (TSGris) en los contextos cerámicos se produciría en torno al primer tercio de la quinta centuria, como ya se ha apuntado en otros trabajos (Centeno Cea et alii 2010). Como vimos, aparece ya, aunque en cantidades muy minoritarias, en los últimos momentos de ocupación de las villas tardoimperiales. El caso de la villa de La Olmeda es especialmente significativo, ya que se localizó un conjunto de 172 fragmentos de este tipo cerámico que fue objeto de un trabajo monográfico (Nozal Calvo y Puertas Gutiérrez 1996), correspondiendo a un porcentaje mínimo del conjunto cerámico total. Similares porcentajes se documentan en contextos aldeanos del primer tercio o mediados de la quinta centuria como Villafilar, Carratejera o El Judío, donde no superan el 2 % del conjunto total. En este sentido, el contexto de Castro Ventosa funciona de manera similar, dado que presenta altos porcentajes de sigillata tardía y un bajo porcentaje de TSGris (0,4 % de fragmentos y 0,04 % del peso), sugiriendo cronologías similares. A medida que avanza la quinta centuria la presencia de este tipo cerámico se intensifica. Así, en contextos de mediados de la quinta centuria o del tercer cuarto del siglo V, como en Las Lagunillas -donde fue denominado como GRIST1-, su porcentaje llega hasta el 20 %. Estas producciones también están presentes de una forma significativa en los asentamientos fortificados, como muestran los conjuntos de Cancho del Confesionario (Caballero Zoreda y Megías Pérez 1977) o El Castillón, donde presenta una decoración burilada característica (Sastre Blanco et alii 2018); o en antiguas ciudades romanas de Astorga (Paz Peral-ta 2013)12 o Ávila (Estremera et alii 2006). El final de esta producción debe producirse a finales de la quinta centuria, momento en el que ya aparecen de forma muy escasa, como en la primera fase de Congosto (Vigil-Escalera y Strato 2013: 255-256), o desaparecidas del todo, como ocurre en Cárcava de la Peladera o El Pelambre. Dos contextos son especialmente significativos en cuanto a la producción de terra sigillata gris: Villanueva de Azoague y Astorga; que, de hecho, han sido propuestos como zonas de producción de esta cerámica (López Rodríguez y Regueras Grande 1987; Paz Peralta 2013). El sitio de Los Villares (Villanueva de Azoague, Zamora) es muy interesante en este sentido, pues mostraría un momento de transición en las producciones de mediados de la quinta centuria. Una de las producciones más relevantes localizadas en este sitio fue la de una TSHT con significativos restos de quemados que dejan una superficie negra en partes de la cerámica, si bien conserva parte de su barnizado rojo y anaranjado original. Este lote fue localizado en una "bolsada" que podría corresponder a algún tipo de basurero asociado a un posible punto de producción de esta cerámica. La otra producción sustitutiva de la TSHT es la que L. C. Juan Tovar ha denominado como cerámica imitación de sigillata o CIS (Juan Tovar 2012a, 2012b). Sus características esenciales serían muy similares a lo descrito para la terra sigillata gris, si bien se diferencia por la ausencia de barniz sinterizado, las superficies muy alisadas y el tipo de cocciones recibidas, más irregulares y que dejarían superficies indistintamente oxidantes o reductoras, que han sido denominadas como "avellanas" en algunas publicaciones. Al igual que la TSGris, una de sus características definitorias sería la decoración estampillada, que no está presente en todas las cerámicas, pero sí será el elemento decorativo principal en esta producción. La cronología de las CIS, a partir del análisis de estas producciones en algunos yacimientos con secuencias estratigráficas fiables, lleva a enmarcarlas en una cronología "centrada en la segunda mitad del siglo V" y no sobrepasar en exceso la sexta centuria (Juan Tovar 2012b: 123; Tejerizo García 2018). Efectivamente, su aparición, normalmente muy minoritaria en los conjuntos, se asocia a los yacimientos datados en esa horquilla, como son Villafilar, El Judío, Viladonga, Castro Ventosa o, muy significativamente Navasangil, donde llegan a representar un 11,3 % de los fragmentos y un 9,1 % del peso. Es en estos momentos, en torno a finales de la quinta centuria e inicios de la sexta, cuando se produce la introducción definitiva de producciones depuradas que ya han perdido características definitorias como sería la presencia de cualquier tipo de engobe o barniz y su sustitución por los bruñidos. Esta sería la característica esencial de lo que se ha denominado aquí como TRA, cadena que equivaldría grosso modo a lo que L.C. Juan Tovar definió como CIS "no tratadas", caracterizadas por la ausencia de tratamiento exterior pero que todavía presentaría, en ocasiones, decoración estampillada (Juan Tovar 2012b: 98). Así mismo, estas producciones depuradas y bruñidas son las que comúnmente se han denominado, pensamos incorrectamente, como "cerámicas visigodas" (una discusión sobre este tipo de categorías en Tejerizo García 2015), si bien este término ha acabado por definir, en ocasiones, a todo el mundo de las cerámicas reductoras altomedievales. Una de sus principales características definitorias en las primeras producciones de este tipo cerámico, la decoración estampillada, acaba por desaparecer del registro en favor de las decoraciones incisas y bruñidas (Tejerizo García 2018). Por el contrario, el resto de elementos de la cadena tecnológica será conservado posteriormente, cuya aparición significativa en los conjuntos se inicia a finales de la quinta centuria y que será una de las características de los conjuntos de la sexta y séptima centuria, como se verá en el siguiente apartado. La transformación en la producción cerámica también es claramente visible en los ciclos de la denominada como "cerámica común", caracterizada principalmente por una cocción oxidante o mixta irregular. Esta cerámica desaparecerá progresivamente en este período, tanto en sus formas más depuradas (de "cocina", denominada aquí CCRA) como en las menos depuradas ("de almacenamiento", CCRB). Al igual que ocurre con las producciones depuradas, estas serán sustituidas a lo largo de la sexta y séptima centurias por cerámicas con características similares, pero de cocciones reductoras (denominadas aquí como TRB). Es interesante destacar que las variantes con cocción oxidante poco depuradas parecen mantenerse más en el tiempo que las producciones depuradas. Así, en contextos de la quinta centuria, las producciones CCRB se presentan en porcentajes cercanos al 30 % en sitios como Carratejera, El Judío o Viladonga y se reducen drásticamente, sin desaparecer, en los contextos de la sexta centuria, con porcentajes que rondan los 2-5 %. Por su parte, la variante depurada CCRA parece desaparecer ya en la sexta centuria, manteniéndose hasta entonces en porcentajes entre el 10-18 % en sitios como Los Villares, El Judío o Castro Ventosa. Un último aspecto que cabe destacar es que en cronologías similares en torno a mediados de la quinta centuria se interrumpe la llegada de importaciones extrapeninsulares. Si bien nunca son cuantitativamente significativas, se han localizado ánforas y/o producciones de sigillata africana en yacimientos como Castro Ventosa, Viladonga o Carratejera. Sin embargo, en ninguno de los yacimientos datados a partir de la sexta centuria se han documentado este tipo de materiales. Todo parece indicar que el comercio de este tipo de bienes en el interior peninsular tiene una importancia cada vez menor. Dado que la oferta no se detiene, pues se detecta en momentos posteriores en otros contextos, algunos muy cercanos (Aquilué Abadías 2003; León Asensio y Barona Barona 2013) y con especial incidencia en la costa atlántica y cantábrica (Fernández Fernández 2014), la razón fundamental sería una contracción de la demanda y de la capacidad de adquisición de estos productos por las sociedades rurales del centro y noroeste peninsular, así como una creciente dificultad para su comercialización hacia los territorios del interior peninsular desde los lugares de recepción. Esto es, un desmantelamiento de los sistemas previos de distribución y de los mecanismos de redistribución. Las producciones cerámicas de mediados del siglo VI-mediados del siglo VIII en la cuenca del Duero En términos de producción cerámica, a partir de mediados de la sexta centuria y hasta prácticamente mediados de la octava, las transformaciones tecnológicas documentadas son mucho más sutiles y menos drásticas y, en cualquier caso, mucho menos significativas que las observadas en el período anterior. Esto ha sido uno de los determinantes para la paralización de los estudios cerámicos de este período. En otras palabras, la desaparición de "fósiles directores" a partir de mediados de la sexta centuria en adelante dificultó de forma sustancial el análisis de la cerámica, dado que no existían claros apoyos tecnológicos y cronológicos que permitan datar con precisión los contextos cerámicos analizados. Sin embargo, mediante la metodología propuesta basada en el análisis exhaustivo y en conjunto de toda la cerámica de una amplia variedad de yacimientos datados en este período sí que permite vislumbrar transformaciones a lo largo del tiempo que permiten hacer una propuesta de secuenciación. En este sentido, cuatro son los cambios principales detectados en el repertorio cerámico. Quizá la transformación más relevante detectada a partir de la sexta centuria es la introducción progresiva de producciones realizadas a través de sistemas de rotaciones más discontinuas, que dejan superficies y líneas de torneado más irregulares. En estos trabajos se muestra como este tipo de producciones comienza a ser muy significativa a lo largo de la sexta centuria, convirtiéndose en mayoritaria ya a finales de esa centuria y perdurando en el tiempo hasta la aparición de las primeras vajillas de tipo emiral temprana, datadas entre el segundo tercio del s. VIII y el primer tercio del s. IX d. n. e. (Serrano Herrero et alii 2016) e incluso posteriormente en la meseta norte (Bohigas Roldán et alii 1989). Así, la aparición de este tipo de cadenas tecnológicas (caracterizadas aquí como TLA, TLB, TLB1 y TLC) se produce desde inicios o mediados de la sexta centuria, atestiguada en conjuntos como La Cárcava de la Peladera (4,7 % del total de fragmentos y 6,6 % del peso) o Gallegos (7 % de fragmentos y 5,4 % del peso). Igualmente, se detecta una creciente importancia de este tipo de producciones en los últimos momentos de la horquilla manejada, seguramente entre mediados de la séptima centuria y mediados del siglo VIII, en contextos como la primera fase de Canto Blanco (19,5 % de fragmentos y 16 % del peso), Los Cepones (30,6 % de fragmentos y 18,3 % del peso) o El Ventorro (40,6 % de fragmentos y 50,8 % del peso). Es interesante destacar que estos dos últimos contextos, sobre todo El Ventorro, no han sido objeto de una selección de material tan fuerte como otros contextos (por ejemplo, La Mata del Palomar, donde aun así esta CTO se presenta en un 11,4 % de fragmentos y 9,6 % del peso), lo que reforzaría la idea de las similitudes con respecto a las conclusiones cuantitativas extraídas para el área de Madrid. Con todo, se muestran ligeras diferencias con respecto a la presencia relativa de estos materiales en ambos espacios. Es muy probable que estas diferencias sean debidas, fundamentalmente, a los procesos de selección cerámica comentados anteriormente, sumado a la dificultad de detectar este tipo de diferencias a nivel macroscópico (Fig. 7). En cualquier caso, no cabe duda de la presencia e importancia de estas producciones realizadas con tecnologías asociadas a rotaciones discontinuas en los distintos contextos. Esto ha de relacionarse con cambios sustanciales introducidos en la cadena operativa y, fundamentalmente, con el cambio de escala de los centros de producción. Como se sugería anteriormente, en la fase anterior los centros de producción conocidos se asociaban mayoritariamente a espacios de control territorial, como es el caso de Astorga o del Cerro de la Virgen del Tormejón (Gozalo Viejo et alii 2013). A partir de mediados de la sexta centuria, estos centros parecen localizarse en los propios asentamien-tos rurales, donde se ha documentado un amplio número de hornos (Juan Tovar et alii 2013). De esta manera, lo que se puede sugerir es que la producción cerámica sufre un cambio de escala, hacia la mayor regionalización e incluso hacia la producción en la escala local de ciertas producciones (Tejerizo García 2016a; Vigil-Escalera 2006; Vigil-Escalera y Quirós Castillo 2013). Esta idea se ve reforzada por los -aún escasos-análisis arqueométricos que se han realizado sobre esta cerámica, que mostrarían un aprovisionamiento fundamentalmente local para su producción (Centeno Cea y Villanueva Zubizarreta 2018). El segundo elemento característico de las producciones cerámicas a partir de inicios del siglo VI d. n. e. es la imposición hegemónica de las cocciones reductoras. Este proceso se produce, como ya comentamos, de forma paulatina desde la primera mitad de la quinta centuria. Así, la cadena definida como TRB, caracterizada por la producción mediante rotaciones rápidas, cocción reductora, depuraciones medias y pastas sedimentarias aparece, en contextos datados en este momento, en porcentajes en torno al 5-9 % de fragmentos y un 3 % del peso. Para inicios del siglo VI d. n. e. llegan a representar hasta la mitad del conjunto (especialmente significativos, por ejemplo, en Cárcava de la Peladera, con un 47,9 % de fragmentos y un 57,2 % de peso o El Cementerio-Camino de Pedrosa, con un 44,9 % de los fragmentos y un 33,8 % del peso). Para la sexta y séptima centurias, supone más de un tercio de los conjuntos, llegando incluso al 60-70 % en conjuntos como Senovilla, La Mata del Palomar, La Huesa, Navamboal o El Cementerio-Camino de Pedrosa. Bajo esta CTO se producen prác-ticamente todas las formas cerámicas del repertorio, aunque con especial preferencia por las formas cerradas de cocina (ollas, fundamentalmente). Esta hegemonía de las cocciones reductoras en el período comprendido entre el siglo VI y el VIII d. n. e. -y, dependiendo de la región, incluso más allá-ha sido igualmente detectado en todo el centro, norte y noroeste peninsular (Fernández Fernández y Bartolomé Abraira 2016; Vigil-Escalera 2006). Este profundo cambio tecnológico se relacionaría principalmente con diferencias en los propios procesos técnicoscomo el proceso de horneado-. Un tercer aspecto significativo en términos tecnológicos es el cambio en las cerámicas de mesa y de lujo a partir de la sexta centuria. Una vez desaparecen las producciones y cadenas tecnológicas derivadas de las sigillatas, este tipo de cerámicas van a verse sustituidas por cadenas tecnológicas basadas en la cocción reductora. Estas se caracterizan por la aplicación más o menos generalizada del bruñido como elemento diferenciador de la CTO. Este bruñido tiene una doble función tanto de impermeabilización del cacharro como de decoración y marca de estatus de la propia cerámica. Se trata de una cerámica de alta calidad, con un alto grado de depuración de las pastas y delgadez de las paredes. De nuevo, este fenómeno ya había sido sugerido para estas cerámicas, si bien con diferencias en cuanto a su datación (Larrén et alii 2003). Se trataría de las cadenas operativas denominadas aquí como TRA y TRC, que ya habían sido detectadas en contextos de momentos anteriores (por ejemplo, en Villafilar o Villanueva de Azoague) pero que adquieren una importancia muy significativa a partir de la Figura 7. Comparación del número de fragmentos de las principales CTO por yacimiento (elaboración propia). sexta centuria. Su porcentaje no es excesivamente alto en ninguno de los contextos, salvo excepciones como El Cementerio-Langayo o El Pleito-La Casilla, debido al reducido conjunto inventariado y a los procesos de selección cerámica que tendieron a potenciar estas producciones. Por lo general, no llegan a sobrepasar el 10-20 % del conjunto total. Esta cadena operativa está presente, sobre todo, en aquellas formas destinadas a la representación y la visibilización, como son los cuencos o los contenedores de líquidos, si bien no es raro encontrársela en una amplia variedad de formas. Al igual que el resto de las cadenas tecnológicas basadas en la producción mediante rotaciones rápidas, estas cadenas desaparecen progresivamente a medida que se avanza en la séptima y octava centuria. En los contextos tardíos como Los Cepones, La Huesa, El Ventorro o Las Hiruelas, estas producciones no superan el 5 %. El último cambio significativo detectado concierne a los aparatos decorativos y a las formas de impermeabilización de las cerámicas. Si bien luego retomaremos este tema para analizar las diferencias regionales, existen algunas tendencias generales detectadas a partir de la sexta centuria. Las decoraciones estampilladas, muy características del período anterior y asociadas mayoritariamente a las cerámicas de imitación de sigillata, se rarifican enormemente en los contextos a partir del segundo cuarto del siglo VI d. n. e. En general, se puede afirmar que las decoraciones cerámicas a partir de este momento se van simplificando progresivamente tanto en la complejidad de los motivos como en su variedad. Básicamente y de forma resumida, se documentan tres formas principales de decoración, ya presentes desde la quinta centuria en el repertorio cerámico. Estas serían el bruñido (utilizado no como técnica de impermeabilización sino con fines decorativos), la incisión y, reservada a los grandes contenedores, la digitación. La variedad en la que estas decoraciones, o sus combinaciones, se presentan, es muy grande. Así, en su forma más básica, el bruñido puede aparecer formando líneas verticales u oblicuas, mientras que la incisión se presenta mediante líneas horizontales y ondas, a veces realizadas con un pequeño peine. Sin embargo, este tipo de decoraciones adquiere en ocasiones formas muy desarrolladas y complejas, con decoraciones combinadas mediante retículas de bruñidos e incisiones horizontales o en ondas; o mediante varias series de ondas a peine que se intersectan. Sin embargo, a partir de la séptima centuria se produce una muy significativa reducción de las decoraciones, que se vuelven además muy irregulares en su trazado. Este fenómeno está en estrecha relación con el cambio tecnológico de la implantación progresiva de los sistemas de rotación discontinua para la producción cerámica. Así, las decoraciones incisas o mediante líneas de bruñidos, por su regularidad, se benefician de las rotaciones rápidas, que dejaban además las dos manos del artesano o artesana libres para poder decorar con regularidad. Mediante las rotaciones lentas, al tener que utilizar ambas manos y disponer de rotaciones menos continuadas, este tipo de decoraciones se fueron haciendo cada vez más costosas y se fueron reduciendo progresivamente. Así, en yacimientos tardíos como la segunda fase de La Mata Del Palomar, La Huesa, Los Cepones o El Ventorro se muestra una reducción, más que significativa, de las decoraciones. En otros contextos tardíos, como la última fase de Gózquez, por ejemplo (Vigil-Escalera 2007a), si bien no desaparecen, las decoraciones se rarifican en extremo. Abordaremos ahora algunos de los principales aspectos formales del repertorio cerámico entre los siglos V y VIII d. n. e. Por razones de espacio, únicamente se incidirá en las cuestiones más relevantes, dejando para otros trabajos análisis más pormenorizados. Para ello, seguiremos en gran medida la clasificación tipológica propuesta en el trabajo de síntesis de 2003 (Larrén et alii 2003), así como muchas de las consideraciones allí hechas que, con ligeras matizaciones, resultaron ser extremadamente acertadas. Las formas abiertas tipo cuenco son una de las producciones más significativas del período entre el siglo V y el siglo VIII d. n. e. Si bien a mediados de la quinta centuria se constata la desaparición en contextos de uso de formas típicas como la Ritterling 8 o la 37 tardía, estas se verán sustituidas por formas similares bajo las tecnologías denominadas "de imitación". Así, en contextos de finales de la quinta centuria hasta mediados de la sexta centuria se localizan producciones de formas muy similares a la Rigoir 3a, 6b, 14, 15a, 18 o variedades similares a la forma 22. Una producción también presente es el cuenco con vertedero, documentado, por ejemplo, en el yacimiento de Navasangil. A partir de la sexta centuria muchas de estas producciones comienzan a desaparecer de los contextos, como por ejemplo las formas invasadas y las carenadas con el cuello recto, característico de algunas cerámicas de El Castillón o Castro Ventosa. Es en este momento cuando se hacen hegemónicos los cuencos carenados y los hemisféricos sin carena. La variedad de formas de los cuencos es amplia, si bien se han podido distinguir hasta cinco tipos recurrentes a partir de mediados de la sexta centuria: -Tipo A: cuencos carenados con la carena a media altura y labio ligeramente exvasado y redondeado. El carenado puede ser más o menos pronunciado, siendo algunos muy sutiles. Algunas de estas formas presentan un asa y pico vertedor, forma también reconocida en contextos madrileños (Vigil-Escalera 2007a). -Tipo B: cuencos con carena especialmente alta, con labios rectos o ligeramente exvasados y redondeados. -Tipo C: cuencos carenados caracterizados por la presencia de labio exvasado y vuelto, normalmente engrosado. Algunos bordes de estas formas se decoran, aspecto que se rarifica a partir de la sexta centuria. -Tipo D: cuencos con perfiles carenados y sinuosos, algunos con doble carena. -Tipo E: cuenco hemisférico sin carena o con carena apenas insinuada. Si bien los cuencos carenados se mantienen hasta mediados del siglo VIII, poco a poco van desapareciendo en favor de formas mucho más redondeadas sin presencia de carena que, en cualquier caso, se hace especialmente sutil. Una forma que no permanece en el registro más allá de mediados de la sexta centuria son las copas, como ya afirmara A. Vigil-Escalera en otro trabajo (2013). Los contextos más tardíos en los que aparecen formas tipo copas en la cuenca del Duero serían El Pelambre y la fase más temprana de Canto Blanco, así como en contextos como El Castillón o Castro Ventosa, datados entre los siglos V y VI d. n. e. En general, lo que se produce es una progresiva desaparición de los pies y de los fondos anulares o resaltados. Mientras que en contextos de la segunda mitad de la quinta centuria y primera mitad de la sexta este tipo de fondos son relativamente frecuentes (por ejemplo, en Cárcava de la Peladera, donde son especialmente abundantes), en los contextos de la segunda mitad del siglo sexto o séptimo desaparecen casi de forma completa, sustituidos por fondos planos, muchos conservando un umbo muy desarrollado y, a partir de la séptima centuria, fondos con cierto perfil cóncavo. En cuanto a las formas abiertas tipo plato se pueden detectar procesos similares a los documentados en los cuencos (Fig. 9). En general, se produce una simplificación progresiva de las formas, con labios cada vez menos desarrollados y que cada vez reciben menos decoración en los bordes y en su interior, bastante comunes hasta mediados de la sexta centuria. Una forma relativamente recurrente hasta mediados del siglo VI d. n. e. son las derivadas de la tipo Rigoir 3b, con los bordes recortados en forma de estrella, pero que no superan la primera mitad de la sexta centuria, en contextos como Castro Ventosa. Es a partir de mediados del siglo VI d. n. e. y ya durante toda la séptima centuria cuando se observa la aparición de los perfiles carenados, contemporáneamente a los cuencos. Si bien este tipo de formas abiertas se presentan en toda la secuencia, lo que se observa es una progresiva disminución de su representación cuantitativa dentro de los conjuntos, siendo prácticamente marginales a partir de mediados de la séptima centuria. Así, en los contextos cerámicos con un número significativo de fragmentos inventariados, las formas tipo platos son prácticamente inexistentes. Únicamente en La Mata del Palomar se detecta un número significativo de estas (11 % del total de formas) y en Ladera de los Prados aparece en un 7 %, no localizándose ninguna forma reconocible o un conjunto mínimamente significativo en yacimientos como Senovilla, La Huesa o El Ventorro. En cambio, se mantienen en toda la secuencia otros tipos de formas abiertas, tipo barreño o fuente, aunque su importancia cuantitativa en los contextos nunca es muy alta. Las formas que presentan son muy similares a lo largo de toda la secuencia, si bien el cambio más significativo es su producción mayoritaria mediante sistemas de rotación lenta a partir de mediados de la sexta centuria. Así mismo, existe una tendencia visible hacia los perfiles más redondeados y menos angulosos. También se mantienen de forma muy minoritaria en los contextos las tapaderas (Fig. 10). En todo el repertorio cerámico analizado no se han documentado más de una veintena de estas formas, y ninguna dentro de la última etapa de la secuencia trabajada, seguramente sustituida por otro tipo de materiales, como la madera (Fournier 1982). Lo más significativo de esta morfología es, por un lado, la simplificación de las formas desde mediados de la quinta centuria, momento en el que se localizan algunas como la 31 de Rigoir. A partir de la sexta centuria se simplifican las propias formas, pero manteniendo decoraciones estampilladas. Por otro lado, se destaca que, a pesar de la simplificación formal, siguen recibiendo decoraciones relativamente complejas a modo, sobre todo, de incisiones. Sin duda, el grueso de las producciones en los contextos rurales altomedievales son las formas cerradas, que representarían más del 80 % de prácticamente todos los conjuntos. Como ya se indicara, entre las formas cerradas existe una amplia variedad en los contextos del centro peninsular, que incluirían formas de bol, cántaro, tinaja, botella y orza (Larrén et alii 2003). Lo interesante de estas formas es que tienen su momento de mayor apogeo hasta mediados del siglo VI d. n. e., conservándose solo algunas de ellas hasta finales de esa centuria. A partir del siglo VII d. n. e. prácticamente todas ellas desaparecen de los contextos en favor de las ollas de perfiles globulares y algu-nos ejemplares de jarras y, de forma muy escasa, botellas. Así mismo, cabe mencionar la aparición, al menos hasta mediados de la sexta centuria y concentrados sobre todo en los yacimientos de Castro Ventosa y Viladonga, de vasitos, la mayoría derivados de la forma V2 definida por Alcorta y Bartolomé para el entorno de la ciudad de Lugo (Alcorta Irastorza y Bartolomé Abraira 2012; Tejerizo García et alii 2019) No hay duda de que en términos cuantitativos, la mayoría de formas cerradas parecen corresponder con formas tipo olla, que presentan "una proliferación en todos los yacimientos" así como una gran "amplitud cronológica" (Larrén et alii 2003: 295) (Fig. 11). Si bien existen las lógicas variedades morfológicas, el tipo-ideal de olla podría describirse como un recipiente de formato globular con fondo plano o ligeramente cóncavo con borde exvasado, redondeado y ligeramente engrosado y con boca entre los 12-16 cm en la mayoría de los casos, de la que puede salir un asa del borde, generalmente anular o de cinta de reducido tamaño (menos de 2 cm) con o sin depresión central o con dos líneas incisas paralelas. En multitud de ocasiones las ollas reciben una decoración en forma de líneas incisas o en onda en la parte superior del cuerpo, normalmente en la zona del hombro. Un aspecto destacable de esta forma es que a medida que avanza el período aquí estudiado los formatos globulares se van ampliando, a la vez que se achatan las formas, generando ollas de panzas muy globulares que serán características de los contextos de finales de la séptima y la octava centuria, como ocurre al sur del sistema central (Vigil-Escalera 2007a). Así mismo, los bordes son cada vez menos exvasados, generando perfiles de bordes rectos en muchas ocasiones. Ambas características pueden ser consecuencia de la progresiva aparición de la producción mediante rotaciones discontinuas dado que estas formas son más fáciles de realizar bajo esta técnica. Propuesta de secuencia para las formas abiertas tipo plato, fuente y barreño. Cárcava de la Peladera; 14. Ladera de los Prados; 18. La Mata del Palomar (elaboración propia). Propuesta de secuencia para las tapaderas y los fondos. La diferenciación de las diversas modalidades de jarra (jarro, jarra, jarrito y jarrita) no es una tarea sencilla dado el nivel de fragmentación de la cerámica analizada. Sin embargo, algunas características podrían indicar la presencia de formas destinadas mayoritariamente a la contención de líquidos, que sería su característica funcional diferenciadora. Así, cacharros con formas alargadas y cuellos muy desarrollados con bocas ligeramente estrechas (10-12 cm) y presencia de una o dos asas podrían indicar este tipo de formas. Estas serían relativamente comunes en el registro y una característica es que desarrollan decoraciones complejas y reciben los mejores tratamientos tecnológicos (muchas de ellas asociadas a la cadena TRA, definida precisamente por su buena depuración). Algunas formas particulares presentan molduras y resaltes en los perfiles, que en ocasiones son especialmente desarrollados. Junto con los cuencos, es una forma que aparece frecuentemente carenada. Algunas formas llaman especialmente la atención, como son los contenedores de líquido que presentan bocas especialmente estrechas en relación con los cuerpos (como se localizan en Senovilla o La Mata del Palomar, por ejemplo). Otra forma particular sería la jarra con vertedero lateral, ya reconocida anteriormente, y documentada por ejemplo en Cementerio-Camino de Pedrosa (Larrén et alii 2003: 296). A medida que avanza el período parece disminuir su importancia en el registro, si bien nunca llegan a desaparecer de forma completa. Algo similar ocurre con las formas tipo botella. Si bien no varían en exceso a lo largo del período, siendo la mayoría biansadas con el asa partiendo de la zona central del cuello, sí que se documenta una disminución cuantitativa a medida que avanza el período. Sin embargo, esto no quiere decir que dejen de ser utilizadas y producidas. No hay que olvidar la enorme frecuencia de botellas en los contextos funerarios tardíos de la sexta y séptima centuria (Carmona Berenguer 1991). De hecho, una de las cadenas tipológicas documentadas, la denominada como TRC1, caracterizada por una buena depuración, por la presencia de cocciones mayoritariamente oxidantes, así como por algunos fondos de formato troncocónico se podrían relacionar con este tipo de botellas, lo que podría ser un indicador de una frecuencia relativa alta dentro de los contextos. Por último, cabe hacer mención a las ollas de gran formato o grandes contenedores, destinadas al almacenamiento cotidiano, y realizadas, por su gran tamaño, a mano mediante el sistema de colombinos (Fig. 12). Se trata de una forma cerámica que sufre pocas modificaciones entre los siglos V y VII, presentando un reducido número de formas, normal-mente en formatos globulares, entre las que destacan aquellas con bordes invasados y moldura bajo el labio y también otras con bordes en "T" y bordes rectos. Muchas de estas formas reciben decoraciones en la parte superior del cuerpo en forma de cordones o digitaciones o líneas onduladas irregulares, que se irán rarificando con el paso del tiempo. Un proceso generalizado a partir de la quinta centuria, pero muy significativo a partir de la séptima centuria es la reducción de los tamaños de estos contenedores, sobre todo si se ponen en comparación con las dolia romanas. Mientras que aquellas podían llegar a los 40 o 50 cm de ancho de boca, los grandes contenedores a partir de la sexta centuria apenas sobrepasan los 30 cm, si bien hay excepciones. Este proceso de reducción de los tamaños de los grandes contenedores o de las ollas de gran formato habría que ponerlo en relación con el abandono progresivo de los sistemas de almacenamiento mediante dolia, sustituidos a partir de la quinta y sexta centuria por los silos de almacenamiento. Asimismo, a partir del siglo VII parece producirse una estandarización de las formas de estas grandes ollas en torno a formatos globulares con bordes rectos y aplanados. Uno de los aspectos más significativos de las producciones cerámicas de época altomedieval, sobre todo después de la quinta centuria, es su evidente variación regional; cuestión que se pone cada vez más de relieve cuando se comparan distintos territorios (Vigil-Escalera y Quirós Castillo 2016). El análisis de un número muy significativo de cerámicas de yacimientos tan diversos como el que aquí se presenta ha permitido observar algunas de estas variaciones productivas regionales. Aquí solo apuntaremos algunas de las más relevantes a la espera de estudios y análisis de detalle que permitan profundizar en este tema, evidente pero falto de estudios específicos. El repertorio formal es, sin duda, uno de los principales indicadores para detectar producciones territoriales, ya utilizadas para diferenciar otros grandes conjuntos cerámicos, como los prehistóricos (González-Ruibal 2006-2007). Igualmente, las variables tecnológicas y de composición de las cerámicas pueden ofrecer algunas primeras observaciones que, sin duda, deberán ser contrastadas y profundizadas mediante análisis arqueométricos más específicos (Centeno Cea y Villanueva Zubizarreta 2018; Grassi y Quirós Castillo 2018). Prestando atención a estos elementos, se han podido distinguir hasta cinco potenciales producciones y ámbitos de distribución regionales. Una de las más evidentes es la diferencia entre los contextos del noroeste peninsular (región I) con respecto a los de la meseta central, sobre todo atestiguados en los yacimientos de Castro Ventosa y de Viladonga, ambos asentamientos fortificados en altura datados entre el siglo V y mediados del VI d. n. e. Estas diferencias, sin embargo, parecen extenderse a otros contextos similares de la zona datados en momentos posteriores (Alcorta Irastorza y Bartolomé Abraira 2012; Fernández Fernández y Bartolomé Abraira 2016). Las principales diferencias se reflejan fundamentalmente en el aparato decorativo y formal. En cuanto a este último ya se hizo referencia a la presencia de los vasitos en estos contextos que no aparecen en el centro peninsular y que podrían ser una producción lucense con una distribución regional (Alcorta Irastorza y Bartolomé Abraira 2012). Decorativamente, frente a la hegemonía de la decoración estampillada en contextos del centro peninsular hasta mediados de la sexta centuria, en el noroeste se susti-Figura 12. Propuesta de secuencia para las principales formas cerradas de gran formato. Cárcava de la Peladera; 9. El Cementerio/Camino de Pedrosa; 10.Navasangil; 11. tuyen principalmente por las incisiones y los bruñidos. Esto se observa de forma clara en el aparato decorativo de los platos y cuencos, que en sitios como Navasangil o El Castillón muestran una preferencia por el estampillado frente a las líneas bruñidas de contextos como Viladonga (Tejerizo García et alii 2018), aspecto que parece extenderse a todo el contexto noroccidental (Fernández Fernández y Bartolomé Abraira 2016). Por su parte, en el sector noroccidental de la cuenca del Duero (región II) se observa la presencia de un tipo de decoración facetada que consiste en el corte a cuchillo de la parte inferior de producciones carenadas cuando la pasta está todavía fresca, de manera que se produce una superficie con múltiples caras planas. Este tipo de decoración se reconoció inicialmente en el yacimiento de El Pelambre (Pérez Rodríguez-Aragón y González Fernández 2010) pero también se ha podido documentar en los sitios de Canto Blanco, Gallegos y en El Castillón (Sastre Blanco et alii 2018: 392). Esto mostraría un tipo de decoración regionali-zada, si bien de taller original desconocido, y que se puede datar, esencialmente, en la primera mitad del siglo VI d. n. e. Como ya se ha mencionado, a mediados de la sexta centuria se produce una transformación del tipo de decoraciones utilizadas, desde el uso del molde y el estampillado, hacia una hegemonía de las incisiones y los bruñidos. Estos, en ocasiones, se combinan, generando formas decorativas muy elaboradas de rejillas de bruñidos e incisiones. Si bien esta decoración parece estar presente en numerosos contextos, sobre todo en aquellos datados entre la segunda mitad del VI y principios del VII d. n. e., parece concentrarse de forma significativa en contextos situados en el centroeste de la cuenca del Duero (región III). En este sentido, destacan los aparatos decorativos de yacimientos como Senovilla, Ladera de los Prados, Navamboal o La Mata del Palomar, sugiriendo un taller regional caracterizado por estas decoraciones. Uno de los aspectos más significativos de la secuencia cerámica de época altomedieval es que, ya Figura 13. Regionalizaciones productivas de cerámica en el centro y noroeste peninsular (elaboración propia). desde finales de la quinta centuria, se va imponiendo en los contextos la cadena definida como TRB, caracterizada por las cocciones reductoras, el uso de tecnologías que permiten una rotación más continuada y la escasa depuración. La importancia cuantitativa de esta cadena tecnológica dentro de los contextos permite detectar numerosas variantes productivas que, en último término, podrían estar respondiendo a variedades regionales de producción cerámica. Así, dos potenciales variantes que aparecen con cierta asiduidad en los conjuntos son aquellas denominadas como TRB2 y TRB3. En cuanto a la primera, se trata de una cerámica caracterizada por su producción mediante rotaciones muy continuas (con huellas muy claras de rotación en el interior de los cacharros), cocción irregular tendente a oxidante con pastas micáceas con depuraciones medias y presencia de alisados exteriores cuidados. Se trata de características técnicas que acercan este tipo de producciones a los ciclos de "cerámica común romana" y con la que parecen compartir evidentes similitudes. Esta cadena ha sido detectada principalmente en contextos situados en la parte norte y este de la cuenca del Duero (región IV), como en Gallegos (25 % del total de fragmentos), El Cementerio-Camino de Pedrosa (17,4 %), Las Escorralizas-Camino de Quiñones (13 %) o Las Hiruelas (25 %), pudiendo mostrar un cierto patrón de distribución regional. Algo similar ocurre con la cadena TRB3, muy similar a lo descrito para la TRB pero caracterizada por las cocciones mixtas, que dejan un corte "tipo sándwich" con pastas pardas al interior y grises/ negras al exterior. Si bien este tipo de producciones se han detectado en numerosos contextos, su máxima concentración se produce en el centro y centro-oeste de la cuenca del Duero, en yacimientos como Navamboal (35,5 % del total de fragmentos), Senovilla (14,5 %) o La Huesa (14,4 %). Mención aparte merece la cadena tecnológica definida como TRB1, caracterizada por la presencia de pastas micáceas/graníticas, las cocciones reductoras y depuraciones bajas y ya reconocida en otras publicaciones como vinculada al entorno granítico del occidente de la meseta (región V) (Centeno Cea y Villanueva Zubizarreta 2018). Sus características técnicas hacen muy complicada la diferenciación de la técnica de modelado; si bien en muchas ocasiones las líneas del torneado aparecen de forma clara, en otras muestran todas las características de un sistema de producción mediante rotaciones discontinuas. Lo más probable es que con este tipo de pastas con inclusiones graníticas se combinen ambas formas de producción y que, por lo tanto, haya producciones a torno rápido y también a torno lento. Esto explicaría, por ejemplo, que, en sitios como El Pelambre, con una alta propor-ción de esta CTO, no se hayan detectado producciones a torno lento. Se trata de una cadena tecnológica cuyas características principales pueden asimilarse con el grueso de conjuntos de períodos anteriores, como en El Castillón o El Cristo de San Esteban pero que tienen un amplio grado de difusión a partir de la sexta y séptima centuria. Así, esta cadena tecnológica está presente en prácticamente todos los conjuntos analizados en el presente trabajo en proporciones entre el 1 % (El Ventorro) hasta el 61,7 % (El Pelambre). Las últimas dos décadas han supuesto un vuelco en la forma de entender las sociedades altomedievales septentrionales de la península ibérica a partir del registro material. Esto ha sido posible fundamentalmente por la incorporación a las investigaciones de una ingente cantidad de datos provenientes tanto de programas de investigación como de las intervenciones vinculadas a la arqueología comercial. Sin embargo, solo poco a poco, se está logrando sistematizar toda esta información para la producción de narrativas arqueológicas coherentes sobre este período (Martínez Jiménez et alii 2018). Uno de los grandes obstáculos para resolver esta cuestión ha sido la propia datación de los contextos, determinada en gran medida por la ausencia de secuencias cerámicas que permitieran, al menos, una primera aproximación cronológica a los contextos altomedievales. Si bien este problema iba encontrando ciertas soluciones para los contextos de la quinta y sexta centuria en el centro y noroeste peninsular, se volvía prácticamente irresoluble para los contextos entre la sexta y la octava centuria. Así, el principal objetivo de este trabajo fue, a partir de un análisis de conjunto de una amplia variedad de yacimientos relativamente bien datados, proporcionar un acercamiento en términos de secuencia cronológica a la cerámica del territorio al norte del Sistema Central. De esta manera, se pretendía dotar de una herramienta heurística, así como analítica para abordar estos contextos. Del mismo modo, un análisis de tipo tecnológico, formal y regional permite definir con mayor claridad las profundas transformaciones operadas en las sociedades peninsulares tras la desintegración del Imperio Romano. El tipo de producciones cerámicas, como una parte integrante de la economía política de las sociedades altomedievales, viene determinado por el tipo de sociedades que las producen. Así, las transformaciones observadas en los repertorios cerámicos, tanto en sus procesos de producción, distribución y consumo, son una consecuencia de los fenómenos sociales y políticos más generales ocurridos en este período. El abandono de las villas tardoimperiales, la reocupación de asentamientos fortificados en el norte peninsular y la emergencia de sociedades de tipo campesino que pueblan los paisajes rurales (Tejerizo García 2016b; Vigil-Escalera 2015) son los principales acontecimientos visibilizados arqueológicamente que contextualizan y explican las transformaciones documentadas en los repertorios cerámicos. Son estas conexiones entre las cadenas tecnológicas, las estructuras económicas y los procesos sociales las que, en términos arqueológicos, deben guiar los estudios cerámicos en el futuro. Para ello será fundamental contrastar, matizar y corregir las secuenciaciones aquí propuestas de forma que sean herramientas útiles, no solo para la datación de los contextos arqueológicos, sino para analizar con mayor profundidad las sociedades productoras de las cerámicas. Para ello será fundamental avanzar en la aplicación de métodos de datación radiométrica, que permitan aquilatar con mayor precisión los repertorios cerámicos excavados estratigráficamente. Así mismo, un interesante camino que aquí se abre es el del análisis pormenorizado de las variaciones regionales en la producción cerámica, que viene determinado no solo por el método comparativo en yacimientos conocidos o por conocer, sino por la aplicación de métodos arqueométricos más sólidos (Ariño et alii 2005; Dahí Elena 2012; Grassi y Quirós Castillo 2018). En cualquier caso, este es un paso más en un largo camino por recorrer. Este trabajo ha sido realizado en el marco del proyecto Agencia campesina y complejidad sociopolítica en el noroeste de la Península Ibérica en época medieval (Ministerio de Economía, Industria y Competitividad, HUM2016-76094-C4-2-R), el Grupo de Investigación en Patrimonio y Paisajes Culturales (Gobierno Vasco, IT936-16) y el Grupo de Estudios Rurales (Unidad Asociada UPV/EHU-CSIC) dirigidos por Juan Antonio Quirós Castillo y gracias a una beca de investigación postdoctoral financiada por la Xunta de Galicia. Quedo especialmente agradecido a las empresas Strato y Aratikos que facilitaron el acceso a todas las intervenciones que forman parte de este trabajo. Igualmente agradezco a todas las trabajadoras y trabajadores de los museos donde se realizó el trabajo de análisis. A Alfonso Vigil-Escalera y a Juan Antonio Quirós Castillo por la revisión del texto y los continuos consejos para llevarlo a buen puerto y a Clara Hernando Álvarez, por su paciencia al revisar el trabajo. También quedo agradecido a la evaluación externa y al comité editorial de la revista; cualquier error en este sentido, es obra exclusiva del autor. YACIMIENTO LUGAR CRONOLOGÍA PROPUESTA AÑO DE EXCAVACIÓN TIPO DE ASENTAMIENTO EXTENSIÓN EXCAVADA (en m 2 ) NÚMERO DE CERÁMICAS ANALIZADAS BIBLIOGRAFÍA
Caura es el nombre latino de la actual Coria del Río (Sevilla). El dominio del paleoestuario del Betis justifica su original posición estratégica desde la Edad del Cobre sobre un cabezo del Aljarafe a orillas del Guadalquivir. A partir de este momento comienza a desarrollarse como núcleo urbano durante distintas fases cronológicas y culturales, perviviendo hasta a la actualidad. La obra en cuestión es un compendio de estudios históricosarqueológicos que tienen por objeto esta entidad poblacional y su contexto regional. Abarcan desde la Prehistoria Reciente a la Antigüedad tardía, incluyendo algún capítulo que sobrepasa este marco cronológico, alcanzando la Alta Edad Media e incluso la Época Moderna y Contemporánea. El trabajo es fruto de la reunión y actualización de la información procedente de las investigaciones arqueológicas practicadas en la actual Coria del Río, desde los años ochenta hasta la fecha de edición. En él se incluyen, no solo los resultados de las principales excavaciones practicadas, sino también los análisis de sus diferentes contextos y de la cultura material aportada por las mismas, en sus principales fases de ocupación. La monografía se divide en tres partes. La primera de ellas contextualiza el ámbito geográfico y cronológico en el que se enmarca Caura, desde la Prehistoria a la Antigüedad Tardía. En esta sección se incluye un capítulo fundamental para entender su contexto espacial, el Guadalquivir y su paleoestuario. Al ser un medio físico transformado por las dinámicas fluviales y marítimas, su restitución geomorfológica, aportada por los autores del capítulo, es necesaria para entender la configuración poblacional de este territorio. Tras ello, se suceden una serie de contribuciones de los principales expertos en el contexto histórico regional en el que se inserta Caura. Este gran apartado es fundamental para contextualizar la siguiente parte de la obra. En ella, una veintena de contribuciones analizan la cultura material característica de los diferentes ambientes públicos, privados, económicos, religiosos o funerarios documentados en las excavaciones. Entre los estudios dedicados a las construcciones y materiales arqueológicos, los cerámicos son los más abundantes. Su caracterización tipológica permite observar las diferentes fases culturales de la ciudad y sus influencias exteriores, consecuencia de las relaciones comerciales establecidas con otros pueblos gracias a su privilegiada posición geográfica, en referencia al medio fluvial que ocupa. Sin embargo, también se incluyen estudios de otro tipo de materiales no menos impor-tantes, como determinadas estructuras funerarias o religiosas, o las piezas monetales. En este sentido, esta gran sección de la obra es completada con un capítulo dedicado a la restitución del medio ambiente y a los recursos naturales disponibles en la antigua ciudad y su entorno. La tercera y última parte está dedicada a las principales excavaciones arqueológicas practicadas en la ciudad. En ella, una serie de capítulos caracterizan la evolución cultural, espacial y temporal de Caura, reflejando aspectos interesantes de sus actividades económicas, como la producción alfarera local y su espacio suburbano. La obra representa una necesaria actualización del conocimiento existente de la ciudad de Coria del Río en sus primeras etapas históricas. La reunión en un solo trabajo de la abundante información generada durante los últimos treinta años, consecuencia del aumento de la actividad constructora en la localidad, y por tanto de los hallazgos arqueológicos y de sus trabajos de documentación, supone una gran aportación tanto para la comunidad científica, como para la historia del propio municipio. Además de ello, la realización de estudios específicos sobre la cultura material aportada por las excavaciones supone un importante avance para el conocimiento histórico local y para el establecimiento de comparativas a nivel regional. El volumen que se presenta es una obra colectiva que de modo monográfico aborda el estudio de las esculturas romanas de Asido (Medina Sidonia, Cádiz). El contenido del libro comienza con un prefacio de los autores (pp. 9-11), quienes justifican el deber de este ejercicio ante al incremento de vestigios fruto de las actividades desarrolladas en el municipio en las últimas décadas, que tuvo como afortunada consecuencia la inauguración del Museo Arqueológico de la localidad en 2013. En la sección introductoria, bajo el epígrafe "Consideraciones generales sobre Asido" (pp. 11-24), se traza una historia de la investigación abordando los resultados de las intervenciones celebradas desde los años 90, en comunión con las noticas históricas y las referencias de las fuentes clásicas. El establecimiento en época romano-republicana de un praesidium en la acrópolis de la ciudad fue consecuencia de las necesidades defensivas ante el avance romano. Con la transformación en el cambio de era de su estatus jurídico a colonia, es de suponer que se acometió un nuevo ordenamiento urbano que en época altoimperial vendría a coincidir con el actual Conjunto Histórico de Medina Sidonia. A excepción de algunos sectores, que conocieron un nuevo uso en época musulmana, la Asido romana quedaría despoblada entre la segunda mitad del siglo III e inicios del IV d. Acto seguido se inicia el capítulo "Los hallazgos escultóricos en la ciudad romana de Asido" (pp. 25-40), un denso estudio con un magistral recorrido por las circunstancias que rodearon los descubrimientos, diferenciándose las esculturas de ambiente público (pp. 25-35) de aquellas de contexto doméstico (pp. 35-38) o funerario (pp. 38-40). Los rasgos particulares de este taller provincial, que comienza su labor en época tardorrepublicana y alcanza los albores de la edad tiberiana, tienen justo protagonismo en el epígrafe "Talleres, material y estilo" (pp. 41-46). El cuerpo central lo conforma el "Catálogo" (pp. 47-133) con un total de 42 esculturas, donde se incluyen todas aquellas asidonenses albergadas en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, el Museo Provincial de Cádiz, el Museo Arqueológico de Medina Sidonia y el consistorio. Como novedad, se añaden al elenco los ejemplares adquiridos por este Ayuntamiento a coleccionistas privados y los recuperados en excavaciones. Asimismo, se han sumado al estudio otras esculturas en posesión de particulares. La organización subyacente del corpus evoca las directrices internacionales del CSIR, bien conocidas por los firmantes, articulándose los apartados en un nutrido primer bloque de "Esculturas de bulto redondo" (pp. 49-100), subdividido en "1.1. Más breve es la segunda sección sobre "Fragmentos menores de bulto redondo" (pp. 101-109), seguida por un tercer epígrafe, para concluir con un sucinto "Varia" (p. 133), con un fragmento de ojo de bronce (cat. no 42) como único exponente. En el desarrollo se presta especial atención a los repertorios de carácter público y a los retratos privados e imperiales, donde encontramos las testas marmóreas de Germánico (cat. no 4) y Druso el Menor (cat. no 5), recuperadas a fines de 1950 en el área de la acrópolis junto al cuerpo de la imagen de Livia (cat. no 6), cuya identificación y asociación a su efigie es una de las novedades que encierra este libro. Con una escrupulosa disertación histórica, apoyada en paralelos homólogos y en el análisis de los contextos originales, queda injerto el estudio iconográfico. Establecen los firmantes dos áreas públicas para la ciudad de Asido en época imperial, una en el sector elevado o "acrópolis" y otra en el área inferior coincidiendo con el foro de la colonia augustea, donde debió concebirse un segundo grupo compuesto por sendos togados en mármol lunense (cat. n os 9-10) y dos tallas femeninas probablemente de Livia y Agripina la Mayor (cat. n os 14-15). Menor entidad presenta el conocimiento que se tiene de la arquitectura doméstica y sus repertorios ornamentales, si bien sobresalen entre los hermae decorativos el ejemplar deudor del modelo de Alejandro el Grande (cat. no 18) o el monopodium del dios Pan (cat. no 16). En el apartado de las esculturas de uso funerario cabe reseñar el retrato de un anciano (cat. no 1), el fragmento en arenisca de un friso dórico (cat. no 35) y los restos de un sarcófago pagano con escena de thiasos marino de los primeros momentos del s. III d. En el capítulo de "Apéndices" confluyen las noticias históricas sobre esculturas desaparecidas (Apéndice I, pp. 135-137), así como las referencias a las "Esculturas de las acrópolis de Medina Sidonia, según J. de M. Carriazo" (Apéndice II, pp. 138-139). 163) a señalar los lugares de conservación de las piezas y la procedencia y autoría de las imágenes, dibujos y planos. La obra está dotada de un aparato gráfico de excepcional calidad, sobre todo en lo referente a las fotografías a color de las esculturas y los enclaves, facilitando al lector tanto el reconocimiento en detalle de los testimonios, como la identificación de los entornos arqueológicos citados en el texto. Sin duda este monográfico, no solo supone un notable avance en el conocimiento de los programas iconográficos dinásticos de época julio-claudia de la Bética, sino también un decidido acercamiento a los temas decorativos de ámbito privado, al paisaje funerario de Asido y a la personalidad de su centro productor. Los autores han construido con pulcritud científica una obra de gran calidad, tanto por la abundancia de detalles singulares que revelan, con por su exégesis de los tipos escultóricos y los juicios vertebrados sobre otros temas cercanos. Ese monográfico destinado a convertirse un libro de referencia, es en sí mismo un sólido ensayo de interpretación histórico-arqueológica de la antigua Medina Sidonia. Isabel López García Universidad de Málaga Francisco Machuca Prieto, Una forma fenicia de ser romano. Identidad e integración de las comunidades fenicias de la Península Ibérica bajo el poder de Roma. La tradicional idea de Romanización como sustitución cultural, a pesar de los ya largos años de revisión crítica, se mantiene en gran medida vigente todavía. El postmodernismo ha propiciado la elaboración de una nueva forma de abordar el problema. Sin embargo, tampoco ha terminado de cuajar, en gran medida porque muchos de sus defensores vuelven a caer en lo que critican, reconstruyendo visiones esencialistas y/o anulando el conflicto social. El libro de Machuca es un eslabón muy importante en este debate, porque asimila claramente el cambio de paradigma: "la imitación de la cultura del colonizador [...] no tiene por qué conllevar un cambio radical de identidad, sino que es más bien una estrategia de integración" (p. Las diversidades culturales (o identitarias) que alberga el Imperio no son entidades que se oponen o que intentan sobrevivir frente al mundo romano, sino que son parte plena del mismo. Y, de hecho, "el escenario en el cual se configura étnicamente la Península Ibérica para los autores grecolatinos no es otro que la guerra de conquista y el proceso de homogenización política en el que sin interrupción deviene" (p. Aunque no lo pretende, el libro puede verse en cierto modo como una actualización del clásico Hispania Poena de José Luis López Castro de 1995. Indudablemente, aporta información nueva que se ha ido generando en los intensos casi veinticinco años que han transcurrido. Pero lo es, sobre todo, en el planteamiento. El hincapié en las relaciones sociales de producción propio de enfoques materialistas se ha visto desplazado por la relevancia otorgada a las ideologías de poder y a las formas de identidad. Es un signo de los tiempos. Machuca reivindica la importancia del conflicto social en el proceso histórico que describe, y de hecho su aportación contribuye a conocer mejor los procesos de definición de identidades como estrategias de poder. Pero el caso es que el postmodernismo en los estudios de la Antigüedad a algunos nos deja un cierto poso agridulce. La identidad de los grupos inferiores es muy difícil de abordar, y estos tienden a quedar ocultos ante planteamientos que abordan lo comunitario, y no las clases, teniendo en cuenta conceptos tan poco inocuos como el de "negociación". El libro de Machuca es un exponente de todo lo positivo que pueden aportar los estudios postcoloniales. El libro parte, pues, de un sólido enfoque postcolonial, explicitado y argumentado en el capítulo 1 con un análisis historiográfico amplio sobre etnicidad, identidad y colonialismo desde un punto de vista general y también aplicado a los estudios de la Antigüedad. A continuación, se aborda el estado de la cuestión relativo a las formas de integración de las comunidades fenicias peninsulares en el mundo romano (capítulo 2). Sigue un análisis diacrónico de este proceso de contacto, teniendo en cuenta la relevancia de la presencia de Cartago como primer momento imperialista (capítulo 3) y la secuencia de la incorporación al Imperio Romano desde el final de las Guerras Púnicas hasta época flavia (capítulo 4). El capítulo 5 vuelve en profundidad sobre los indicadores elegidos para abordar este estudio de la identidad: mundo funerario y religioso, lingüística, numismática y fuentes literarias. En este sentido es de destacar la habilidad del autor a la hora de manejar conjuntamente, y sin jerarquizaciones apriorísticas, las distintas fuentes de información, ya sean arqueológicas, ya escritas, algo que lamentablemente es poco frecuente. Por último, el capítulo 6 proporciona una síntesis muy completa de las principales conclusiones del libro. Esta última parte es especialmente brillante y, de hecho, puede considerarse como el núcleo central de la aportación. Los capítulos previos sirven para apuntalar y ejemplificar los argumentos desarrollados en este capítulo 6. La estructura del libro es acertada, si bien en ocasiones da pie a ciertas reiteraciones que, junto a algunas erratas tipográficas, son el resto que ha dejado en la monografía su origen en la tesis doctoral del autor. A pesar de ello, la lectura del libro es fácil y fluida. En esta reseña no puedo entrar en las cuestiones más estrictamente relacionadas con la arqueología y las fuentes de las comunidades fenicias meridionales. No es mi campo de investigación y poco puedo aportar. Sí lo es, en cambio, la cuestión de las implicaciones históricas de la dominación romana en Occidente y voy a centrarme en esto. El mérito de este estudio no es tanto constatar las "continuidades" culturales fenicias en el marco cultural romano (término que el autor prefiere explícitamente al de "pervivencias"). Estas ya hace tiempo que se han evidenciado. Lo destacable es la forma de explicarlas a partir de procesos de construcción de identidades impulsados por el contacto cartaginés y romano. Esto pulveriza el esencialismo étnico convencional: hay varias identidades fenicias y estas solo se entienden en su proceso histórico. Las identidades no preceden a la llegada del colonizador, sino que la suceden. Que había fenicios en la península antes del desembarco bár-quida es evidente, pero que estos no tenían necesidad de construir una identidad étnica común como la que se documenta a partir del siglo II a. C. queda claramente demostrado en el libro. Antes del imperialismo lo que se constata son diversas identidades cívicas más o menos en competición. Así, siguiendo a Álvarez y Ferrer Albelda (2009) "nunca existió una única y monolítica identidad fenicias tutelada desde Gadir y basada en el hipotético origen tirio de todos los colonizadores, el culto a Melqart y la contraposición con Cartago, sino un conjunto de identidades" (p. Son la ciudad-estado y sus divinidades tutelares los que marcan la aparición de una multiplicidad de identidades, marcada además por el carácter pluriétnico de los nuevos enclaves. Es más, las reacciones al imperialismo bárquida y al romano tampoco son homogéneas. Conforme la hegemonía cartaginesa se hace más pesada en la península, lo que se constata es el refuerzo de esa conciencia cívica y no tanto una "cartagenización". Es más, el autor defiende que esa autoafirmación busca en muchos casos diferenciarse de la potencia hegemónica. Con la conquista romana, y en el contexto ideológico del helenismo, se recurre al pasado como elemento de prestigio local para reformular las identidades locales, y se potencian ciertos rasgos comunes (como el culto a Melqart, etc.) que indican la aparición de una identidad fenicia común. Pero esto no es una forma de resistencia frente a Roma, sino una estrategia política de las élites para posicionarse ventajosamente en las nuevas relaciones de poder: "los componentes de la identidad fenicia son sobre todo una construcción cultural, cronológica y políticamente romana" aun cuando se base en elementos locales tradicionales (p. Es más, el autor aborda la posibilidad de que los locales asumieran e integraran determinadas imágenes exógenas construidas por griegos y romanos, indudablemente favorables, como aquellas que proporcionan un prestigio cultural a los fenicios (inventores de la escritura, grandes viajeros...). En esta línea, el haber desarrollado formas de organización social basadas en la civitas, directamente asimilables por Roma, y su adhesión a Melqart-Hercules, divinidad helenística civilizadora por excelencia, hace que los fenicios se consideren un precedente, en cierto modo, de la prosperidad romana. Es lo político, y no lo étnico, lo que marca la creación de identidades. Una de las claves, resaltada por el autor, es este contexto ideológico y cultural helenístico dentro del cual el prestigio local se basa en gran medida en la exhibición de unos orígenes ilustres. En realidad, este fenómeno no es exclusivo de las comunidades fenicias, sino que es un rasgo general que caracteriza el cambio cultural bajo el Imperio durante la República. Sin embargo, a partir del siglo I a. C., y sobre todo con Augusto, hay un cambio muy importante. Así lo hemos intentado resaltar en un trabajo recién publicado en el Coloquio del GIREA en Homenaje a Amparo Pedregal. Hasta la política de colonización de César, no se documenta realmente lo que tradicionalmente se considera "romanización". Esto coincide con un cambio importante en las formas de concebir el Imperio. A partir de un momento dado en el que el poder de Roma sobre el Mediterráneo es evidente, además la nobilitas conoce y manipula los discursos de poder helenísticos, y se entra plenamente en contacto con los pueblos occidentales, empieza a perfilarse una ideología hegemónica que ya con César, pero sobre todo con Augusto, es capitalizada con éxito para construir un poder personal. Esta ideología hegemónica del Principado ha tenido un peso excesivo dentro de las interpretaciones modernas sobre los procesos de cambio que produjo la expansión romana en varios frentes. Esto ha hecho que todo el proceso de conquista y dominación se haya observado siempre bajo un modelo único y progresivo de cambio social de "lo indígena" a "lo romano" que se inicia desde el momento en que el ejército romano pone el pie sobre un territorio, toma fuerza bajo Augusto y culmina en el siglo II d. C., bien con los Flavios, bien con los Antoninos. De este modo, "lo que ocurre después" condiciona las etapas previas, no desde una perspectiva que lógicamente busca en lo más antiguo la explicación racional de lo más reciente, sino forzando la interpretación de lo primero en función de su evolución posterior. Por eso, el dominio republicano se suele considerar una fase incipiente de romanización, preludio de lo que vendrá con Augusto, en lugar de un momento diferente, sujeto a sus propios condicionantes históricos, que evolucionó de una manera determinada pero que pudo desarrollarse de múltiples formas. Los procesos de cambio que se documentan en época republicana, y que resultan tan "localistas", hasta el punto que tradicionalmente se ha considerado que Roma no influye prácticamente hasta finales de la República, son en realidad, como afirma Machuca, un resultado del contacto y de la dominación. Pero a partir de finales del siglo I hay un cambio, que el autor aborda desde el punto de vista fenicio, pero que merece también una explicación desde el punto de vista romano. La historiografía tradicional lo ha visto muy claro: es ahora, con la política de César, cuando empieza a hacerse visible la "Romanización". Desde mi punto de vista, esto no se debe únicamente al hecho, sumamente relevante, de la fundación colonial y el desplazamiento masivo de población itálica (colonos, comerciantes y demás), sino a un cambio notable, arriba señalado, en la concepción imperial. Junto al "inventario del mundo" que explicó Nicolet (1988), la sistematización de los recursos, y la imposición de formas de fiscalidad estructuradas y controladas directamente por el Estado (la aparición de una economía imperial que supera la "economía de guerra" republicana definida por Ñaco 2003), se consolida la concepción del Imperio como un territorio unitario sobre el que recae el dominium del populus Romanus, una ecúmene sujeta a la Iustitia, la Pax, la Fides y en último término, la Humanitas, que encarna el emperador. Aunque Roma reconozca unas cotas considerables de autonomía local y que, en suma, su sistema de dominación siempre tuviera un carácter descentralizado, el Imperio como espacio único y diferenciado respecto al exterior aglutina todo este conglomerado social, político y cultural bajo una pátina homogénea de dominio, fijando claramente el límite con el mundo bárbaro. Al mismo tiempo Augusto inaugura la Aeternitas, realizándose así la culminación de la Historia (Hidalgo 2005) y una homogenización cultural que va de suyo desde el momento en el que las élites locales se integran en una manera "civilizada", "a la romana" de demostrar y conservar su poder. Evidentemente, esto no supone la desaparición de lo local. Como dice Machuca "los colonizados podrán asimilarse a los colonizadores en mayor o menor medida, pero nunca en su totalidad, dado que siempre subsisten [...] elementos de la identidad local" (p. Pero sí que hay un vuelco en la forma de administrar este localismo. Es interesantísimo en este sentido el caso de los templos "capitolinos" de Baelo Claudia que, siendo completamente romanos, y como tales considerados hasta fecha muy reciente, en realidad esconden continuidades fenicias equiparables a las de otros santuarios tripartitos del norte de Africa (p. Como argumenta Machuca, no se trata de una realidad fenicia disfrazada de romana, sino de una nueva construcción cultural que no se explica fuera del marco de la dominación. Y habría que añadir: de la dominación ideológica del Principado, que es la que expandió la homogeneidad cultural a la que se someten las idiosincrasias locales. Ya no se trata de reinventar lo local en el marco de la dominación ("formas fenicias de ser romano"), sino de adoptar una ideología de poder hegemónica y su correspondiente lenguaje para expresar lo local ("¿una forma romana de ser fenicio?"). Como la misma autora, Ana Ronda, señala en las líneas de agradecimiento, esta nueva monografía, fruto de una tesis doctoral dirigida por los catedráticos de la Universidad de Alicante, Lorenzo Abad y Juan Manuel Abascal, distinguida con Premio Extraordinario de Doctorado, podría considerarse a priori una rara avis. No es un trabajo al uso que dé a conocer el resultado de "nuevas" excavaciones arqueológicas en Ilici, sino de una investigación que, por el contrario, aporta esas novedades a partir del análisis e interpretación, precisamente, de las "viejas" excavaciones. Hablar de "L 'Alcúdia de Alejandro Ramos Folqués" evidencia que el objeto de atención no es tanto la colonia romana en su calidad de ciudad histórica, como sí en su vertiente de yacimiento arqueológico, lugar, paraje, en sus más variadas acepciones y vivencias. Es el meticuloso recorrido por las vicisitudes del solar de Ilici, finca antaño propiedad del estudioso ilicitano que fue su excavador durante casi cinco décadas, lo que permite aportar nueva luz sobre esta colonia levantina. Dicho esto, nos hallamos ante un libro que trasciende el enfoque de los estudios tradicionales de historiografía arqueológica. Su pretensión última es, sobre todo, rescatar e incluso "exprimir" cuanto de interés encierra el "antiguo" relato, para seguir tejiendo un "nuevo" relato científico del yacimiento. Rastreando los "contextos humanos", el trabajo de las personas y, sobre todo, de la familia Ramos, compuesta por el patriarca, su hijo, Rafael Ramos y su nieto Alejandro Ramos, se intentan recuperar los contextos arqueológicos. No en vano, en la abundantísima nómina de obras que de forma monográfica o tangencial se consagra a Ilici o sus hallazgos se repite una sempiterna aclaración, verdadero topos: "material descontextualizado procedente de excavaciones antiguas". De alguna forma, el empeño de A. Ronda, insistimos, podría parecer "a contracorriente". Todos sabemos que la renovación epistemológica de la Arqueología consagró justamente como paradigma la noción de contexto. Desde entonces, su conocimiento ha sido la meta, pero también la criba, para emprender o descartar diversos proyectos. El estudio de excavaciones antiguas que, por razones obvias, se ejecutaron con metodologías y enfoques hoy obsoletos, ha pasado a un segundo plano. En ocasiones, tal tipo de investigación se ha llegado a considerar no ya uno más de los procedimientos de una Arqueología científica, sino una aproximación que, por su ejercicio de registro e interpretación del texto, se vincularía a otras disciplinas. Con excesiva ligereza, incluso, se ha acabado asumiendo la escasa utilidad de estos antecedentes para aportar datos fiables que respondan a los objetivos actuales. En este acontecer, hemos desembocado en una especie de "derrotismo", en el que las carencias de esos trabajos arqueológicos previos llevan a dar por perdida la posibilidad de ahondar en el conocimiento de su registro material. Ahora bien, ¿es lícito "abandonar" la trayectoria pasada de estos yacimientos, conformarse a que las piezas entonces recuperadas sean almacenadas o expuestas sin inquirir en las circunstancias de su hallazgo? ¿debemos resignarnos a que cualquier resto arqueológico fruto de antiguas campañas sea estudiado exclusivamente en función de su seriación formal y/o iconográfica? Abundando en ello, ¿yacimientos con hallazgos antiguos del calibre de la Dama de Elche se pueden permitir el "lujo" de prescindir de ese caudal de información? Evidentemente, no, y este trabajo lo pone de manifiesto. Como señala en sus conclusiones A. Ronda, obrar de otro modo, seguir ignorando la documentación disponible, supondría seguir incurriendo en ese viciado estudio de materiales que suscita nuestra queja (p. Y es que, frente a cuánto podría parecer, esta monografía nace, precisamente, de la convicción que encierra el contexto en el análisis e interpretación de los datos arqueológicos, de modo que, existiendo el riesgo de perder aquel, todos los esfuerzos son pocos para poder recuperarlo o, al menos, sentar parte de sus bases. La icónica estatua ibérica hallada en Ilici es otra de las referencias del título de esta obra. De forma intencional, la autora cita "L 'Alcúdia de Alejandro Ramos Folqués" con el sobrenombre del "yacimiento de la Dama de Elche". Lejos de caer en el tópico, insiste en la vinculación indisoluble que Ilici guarda respecto a ambos, hasta el punto de conformar una peculiar suerte de triada, ciudad-persona-obra cuyos lazos se funden y valga la licencia, se confunden. El célebre busto, sin duda, ha marcado la trayectoria del yacimiento. El entusiasmo de su hallazgo, el trauma de su pérdida y la esperanza de que su valía se viese acompañada de hallazgos del mismo calibre, han pesado en la historia de L'Alcúdia. No extraña así, como recoge A. Ronda en su capítulo "Antecedentes" que uno de los pioneros de estos trabajos, Pedro Ibarra, lamentara en 1905 que en lo que popularmente se denominó la loma, no se descubrieran "objetos de valor; solo el magnífico busto, como si fuera una celeste aparición" y tampoco apareciera "nada grande, nada magnífico, nada que resuene en París o llame la atención del mundo inteligente". Años más tarde, el propio A. Ramos confesaría que "obsesionado con La Dama, siempre espero encontrar la solución a tan enigmática y bella escultura", aunque el manido "busca y encontrarás", se tornó en su caso, en un agridulce "encontrarás lo que no buscas" (p. En ese hastío ocasional que le lleva a afirmar en 1962 "...no hay ninguna novedad en esta Alcudia, sino cacharros y más cacharros" (p. 343), las otras fases del yacimiento, especialmente aquellas más alejadas del periodo ibérico o el subsiguiente romano, caracterizado por su monumentalidad, fueron, a veces, postergadas. De alguna forma, ese mismo "desánimo" ha planeado en cualquier intento de aproximación reciente al yacimiento, todo lo que insiste en la necesidad de un estudio como el que analizamos, dispuesto a "dar forma" o mejor, a contribuir a la lógica de lo que tradicionalmente ha quedado "eclipsado". Con el acuerdo en 1996 entre la Universidad de Alicante y la familia Ramos, que supuso la adquisición del yacimiento y su Museo Monográfico, englobados entonces bajo la Fundación Universitaria La Alcudia, comenzaron a plantearse necesidades como la determinación de la naturaleza exacta del legado de A. Ramos. Restos arqueológicos y documentación (diarios, fotografías, bibliografía...), ítems en su más variada naturaleza, debían relacionarse claramente con las excavaciones realizadas durante casi medio siglo. A este respecto, la incorporación de la autora en 2003 al Área de Catalogación de la Fundación, de la que es responsable desde 2008, permitió abordar con más brío tal reto, cuyos esfuerzos se plasman ahora en esta publicación. La ejecución de nuevas excavaciones en el yacimiento, codirigidas por la autora y la arqueóloga Mercedes Tendero, ha permitido contrastar los recientes trabajos con estos otros, ayudando en la cadena de interpretación. La obra que analizamos, recogiendo tal cometido, no constituye un mero ejercicio de recopilación archivística, sino también de ordenación, inventario, catalogación, adopción de medidas de conservación, y finalmente, reestudio crítico de la documentación original de los trabajos de A. Ramos. De hecho, una de las principales aportaciones ha sido el análisis, bajo los parámetros científicos actuales, de las conclusiones extraídas por el erudito ilicitano, dado que, en su mayoría, como señala la autora, estas se han ido perpetuando hasta prácticamente la actualidad "sufriendo el anquilosamiento, rayano en la sacralización, de unos conceptos que en su día fueron punteros pero que actualmente necesitaban recuperarse en su origen" (p. Para ello, A. Ronda ha debido enfrentarse a un ingente fondo documental, a cuya misma confección ha ido ayudando aglutinando evidencias dispersas. Este ha sido ordenado cronológicamente en una descripción multinivel, según la Norma Internacional General de Descripción Archivística ISAD (G), adaptada a los Archivos Estatales españoles por el Ministerio de Cultura (2002). El corpus total queda pues, integrado por un total de 20.091 unidades documentales, distribuidas en cinco series y sus correspondientes subseries: documentos de trabajo (diarios, memorias, trabajos, documentos personales, objetos, dibujos), correspondencia (cartas, tarjetas, telegramas), fotogra-fías (vidrios esteroscópicos, acetatos, negativos de película, fotos positivadas), publicaciones (libros, separatas) y prensa (recortes, noticieros). Entre otros aciertos, el estudio de esta documentación ha permitido que esta monografía nos brinde detallados análisis zonales del yacimiento, cruzando los baremos diacrónicos y sincrónicos de sus excavaciones y posteriores publicaciones. Buena parte de ellos son desgranados en el apartado principal del trabajo "Memoria vital y arqueológica de la Alcudia 1933-1971. Excavando con Alejandro Ramos Folqués". En él, como su título enuncia, los progresos en el yacimiento son tejidos en paralelo a las vivencias personales del propio arqueólogo. Es así como llegamos a saber que, frente a lo que el mismo A. Ramos insistiera en remarcar, sus trabajos comenzaron antes de 1935, localizando entre el "caminal al Fondo" y la "acequia de los naranjos próximos a la Dama", una "casita ibérica" y un "agujero", que la autora consigue ubicar con mayor exactitud en el yacimiento e interpretar, analizando exhaustivamente sus materiales. Desgraciadamente, la localización a partir de esas referencias es habitual, abarcando de forma variopinta desde el "entre granados" al "junto a las tomateras" o el "vivero de almendros", lo que hace que no siempre la autora haya conseguido dar con un posicionamiento más concreto en relación a la planimetría actual del yacimiento, perdida ya su condición de finca agrícola. En ello incide, además, la retrotemporalidad que caracteriza buena parte de la bibliografía de A. Ramos, la publicación de sus trabajos en fecha posterior al de su realización, deparando, en ciertas ocasiones, contradicciones, inexactitudes o falta de concreción sobre los que alerta este nuevo trabajo. Es por todo ello por lo que adquiere especial valor que, tras un estudio crítico de esos diarios de campo y memorias, A. Ronda consiga ubicar en el espacio y en el tiempo, es decir, logre interpretar en el marco de estratos "reconstruidos", piezas icónicas del yacimiento que A. Ramos analizó preferentemente desde un punto de vista tipológico/iconográfico. Ocurre así, entre otros, con el pithos de Tanit, el oenochoe de las diosas el vaso con prótomo de ave de alas explayadas o el que él consideraba su "favorito" y denominaba cariñosamente el "vaso de la tonta del bote", el célebre kalathos de Tanit (pp. 90-102, figs. 73-75 y 89-90). Se trata de objetos que ya en su momento sorprendieron a la comunidad científica, que demandaba al arqueólogo ilicitano más concreción en la descripción de las circunstancias del hallazgo. Lo ilustra, por ejemplo, la correspondencia mantenida con García y Bellido en 1943, en la que el fundador de Archivo Español de Arqueología le inquiere: "¿qué valor tiene su frase que dice que fueron halladas las monedas 'junto a los vasos'? ¿qué valor tiene la palabra 'junto'? ¿estaban cerca, al lado? ¿a qué distancia y en qué situación aproximada?" (p. Afortunadamente, en relación a estas primeras etapas, A. Ronda consigue "dar cuerpo" a momentos ocupacionales apenas conocidos como son el periodo tardorrepublicano y la etapa augustea, muy alterados por las fases tardías. En cuanto al cuestionamiento de tópicos perpetuados, cabe destacar el apartado dedicado al conocido como "tesorillo" de Elche, a veces también tildado de "bizantino". El cotejo de los diarios y memorias de 1947 con las referencias posteriores del propio autor, permiten saber que el conjunto de piezas numismáticas y de adorno personal de época bajoimperial no apareció dentro de ningún receptáculo o vasija, sino en el cribado del nivel arqueológico y junto a un depósito más heterogéneo (p. Precisamente, tanto este hallazgo y los que habrían de venir, motivarían que la trayectoria de A. Ramos basculara entonces hacia la etapa tardorromana, pesando mucho en su interpretación el tópico tan en boga del invasionismo bárbaro. En esta monografía, apoyada también en los trabajos arqueológicos más recientes de la Fundación Universitaria, A. Ronda muestra que, tras el razonamiento preconcebido de que la alteración de los depósitos se debía a las destrucciones violentas ocasionadas por acciones bélicas, la peculiaridad de tales registros se incardina, en cambio, en la propia dinámica de la ciudad tardía, en sus procesos de reutilización, excavación de silos y vertido de residuos. La realidad ocupacional del yacimiento y los esfuerzos de uno de sus principales excavadores hacen que la monografía preste especial atención a la Antigüedad Tardía. Destacan los valiosos datos para la interpretación de la iconografía o contextos materiales asociados a su discutida basílica, ya parcialmente excavada por E. Albertini a principios del siglo XX. El riguroso análisis de la documentación sobre esta (p. 209-212), además de informarnos de la colaboración con otros estudiosos como H. Schlunk o E. Llobregat, se adentra en cuestiones "colaterales", como el hallazgo de otros materiales significativos que abarcan desde un importante lote de escultura ibérica, en el que sobresale el magnífico torso de guerrero, a moldes cerámicos altoimperiales, restos broncíneos, etc., que aquí son objeto de pormenorizado análisis. Ese cotejo contribuye a "desenmarañar" confusiones perpetuadas por la investigación más reciente, como la creencia de que elementos como un fragmento de altar sigmático o una basa octogonal fueron hallados en la basílica (p. En conjunto, la lectura de la monografía evidencia algo que, aun conocido, a veces pasa desapercibido: la ocupación tardoantigua de Ilici es intensa hasta las postrimerías del siglo VII. Así, apenas hay sector del yacimiento en el que esta fase esté ausente, lo que su excavador en ocasiones atribuye a la intervención precedente de E. Albertini. De la mano del análisis de la documentación de A. Ramos, con la concienzuda reinterpretación de los estratos "alterados" y los "pozos manantiales", A. Ronda nos muestra la topografía de la ciudad tardía, individualizando al menos tres edificios de culto, al que pertenecerían fragmentos de canceles o celosías aquí estudiados. Sea como fuere, la autora es consciente de que su labor seguirá precisando de otros muchos esfuerzos, como, por ejemplo, el cotejo de las memorias de A. Ramos con la de su hijo y sucesor, R. Ramos, imprescindible para comprender zonas como el sector 5F. Dentro de esta etapa tardía, A. Ronda insiste en el protagonismo de las fases bizantina y visigoda, con las que asocia un depósito cerámico cuantioso, en el que sobresalen las producciones de vajilla común adscritas a las tipologías de P. Reynolds o S. Gutiérrez. Con la ocupación de los milites, se llega a ligar una estancia remodelada que denota cierta pretensión, a juzgar por su pavimentación marmórea o su estucado parietal, que incluye grafitos en griego (p. En otro orden de cosas, la obra de A. Ronda se convierte en un relato de una etapa de la arqueología española en la que debieron abrirse paso otras figuras similares a las de Alejandro Ramos, como Emeterio Cuadrado, precisamente propietario y también excavador de otro yacimiento, el del Cigarralejo, en Mula. En esta crónica de esos tiempos no tan lejanos de la arqueología de nuestro país, sorprenden las desventuras de la colección museográfica de L'Alcúdia, el control férreo del Co-misario General de Excavaciones, Julio Martínez Santa-Olalla, o la posibilidad de "escapar" de este, con la voluntad de otros arqueólogos como Juan Cabré o Antonio Beltrán, de cuya mano vinieron los añorados congresos del sudeste, cuyos entresijos son desgranados en estas páginas. En conjunto, son muchos los aciertos de esta nueva monografía, referente, sobre todo, de cómo entre los retos de la Arqueología actual se halla el "cómo sacar partido" a lo que se daba por agotado, el cómo exprimir la documentación generada por las viejas excavaciones. De algún modo, no hay temáticas u objetos de investigación obsoletos, sino enfoques superados. Con unos objetivos acertados y una metodología rigurosa, es posible realizar una investigación que se ajuste a los parámetros hoy consensuados, que responda a las preguntas, pero también sepa cómo hacerlo de forma científica, de la Arqueología de nuestros días. Evidentemente, muchos contextos han desaparecido y ya no será posible su estudio; sin embargo, otros tantos, se han podido aquí si no "reconstruir" sensu stricto, al menos sí reinterpretar. Creemos, por ello, que nos encontramos con un trabajo útil y necesario. Universidad de Murcia EDUARDO SÁNCHEZ MORENO (coord.) Veinticinco estampas de la España antigua cincuenta años después. En torno a la obra de Antonio García y Bellido y su actualización científica, Sevilla, Editorial Universidad de Sevilla-Ediciones de la Universidad Autónoma de Madrid, 2019, 302 pp., SPAL Monografías Arqueología, XXXI. En 2015 veía la luz una reimpresión selectiva de la obra de Antonio García y Bellido. El volumen, titulado "Ejércitos, guerras y colonización en la Hispania romana", contaba con un magnífico prólogo, obra de Javier Arce, en el que se contextualizaba y reivindicaba la obra de Bellido como hito clave en la consolidación de los estudios clásicos en España (Arce 2015). No tendría sentido hacer comentarios sobre la representatividad de los artículos escogidos en aquella ocasión como molde en que verter una semblanza del maestro orientada "al estudioso en el ámbito general de la Historiografía contemporánea" (García Riaza 2016: 208). Si nos permitimos esta digresión es con el objetivo de destacar la peculiaridad que hace del libro coordinado por E. Sánchez Moreno una rara avis tan única como valiosa dentro de la nutrida nómina de homenajes tributados a D. Antonio García y Bellido desde su temprano fallecimiento en 1972.1 Casualidad o no, la única dimensión importante de la obra de García y Bellido que no ha recibido atención sistemática es su actividad como divulgador. 2 Dicha actividad se concre-El volumen que ahora ve la luz 3 aprovecha el quincuagésimo aniversario de las Estampas para invertir la norma que hemos advertido en los homenajes previos: la figura de García y Bellido, juntamente con su legado científico, son revisados en este caso con una especial atención a su librito más "vulgar". Vulgar en el sentido de que se concibió para superar los límites de la academia y, por tanto, también en el sentido de que nos permite diseccionar la imagen de la Antigüedad hispana que a mediados del siglo XX se pretendía difundir entre los españoles. Y es que una de las lecturas que deberán necesariamente sacarse de este libro -a pesar de las opiniones encontradas al respecto que se contienen en su interior, vid. infra n. 6-es que se nos propone una imagen determinada de la identidad española, una ideología de fondo que va muchísimo más allá del mero recurso estilístico. Precisamente, uno de los grandes intereses científicos que ofrece la valoración serena de las Veinticinco Estampas es la posibilidad de asomarnos a esta cuestión: poco sentido tendría renunciar a ello por un deseo inexplicable de no llamar al esencialismo por su nombre. Esto no debería verse como un demérito, sino como una circunstancia natural e inevitable del contexto historiográfico del autor (vid. infra). Por lo demás, tampoco obsta (¿por qué debería?) para que la principal conclusión que se extrae del libro que reseñamos sea, precisamente, la apreciación de la figura de García y Bellido: una vez más se confirma su importancia en la configuración de la metodología e intereses característicos de la Historia Antigua y de la Arqueología en nuestro país, ahora desde una perspectiva complementaria. Y es que las Estampas contribuyeron a consolidar el interés por la Antigüedad en España, abrigando nuevas vocaciones que, andado el tiempo, desembocan directa o indirectamente en todos nosotros. El volumen cuenta con dos grandes bloques a los que deben añadirse el prólogo, firmado por el propio Sánchez Moreno, y un epílogo obra de Ruiz Zapatero. Entre medias, se recopilan 17 artículos a cargo de especialistas que revisan en primer lugar el contexto histórico e historiográfico en que debería situarse la obra de García y Bellido (García y Bellido: obra, tiempo, referentes), para a continuación revisitar algunas de sus célebres Estampas (Medio siglo de reflexión: claves en el avance de la investigación). Tal como expresa el coordinador en sus palabras preliminares, esta estructura cumple un doble propósito: "de un lado conmemorar [la] obra, un hito en el conocimiento de la historia y los mitos de la Antigüedad ibérica, y el legado de su autor; y de otro, ofrecer una actualización de algunos de los temas y enfoques planteados en las Veinticinco estampas de la España antigua, permitiendo una valoración de los avances de la investigación en este medio siglo" (p. Veamos, pues, de qué modo se plasma este desiderátum en cada uno de los bloques descritos. El primero satisface por completo el objetivo de contextualizar la obra de García y Bellido, al tiempo que introduce al lector en su época. 4 Se trata de un conjunto de textos homogéneo a primera vista, que no obstante regala al lector atento una saludable dosis de heterogeneidad conforme los contribuyentes presentan sus visiones de un hombre polifacético en lo profesional e indescifrable en lo personal, a juzgar por los recuerdos personales que nos brindan en sus aportaciones tanto M. Koch como M. P. García-Bellido. Prácticamente todos los autores de este primer bloque enfatizan la importancia de los vínculos germanos que García y Bellido adquirió en sus años formativos, lazos que habrían de determinar su metodología científica y sus propias inquietudes históricas; pero también sus contactos académicos en el panorama internacional e incluso, a través de estos, los materiales bibliográficos a que pudo tener acceso a lo largo de su vida. 5 Cabría añadir un elemento más al consenso: los autores coinciden en reconocer la excepcionalidad de la obra de García y Bellido y su sustancial aportación a los estudios sobre el mundo antiguo en España, que se acercan bajo su tutela a la multidisciplinariedad de aquella Altertumswissenschaft que había nutrido sus años formativos. En este sentido, Koch (28) es especialmente explícito al atribuirle un papel clave en la actualización de las humanidades españolas, atrasadas a comienzos de siglo respecto a las tradiciones vecinas. 6 Las discrepancias se concentran, sin embargo, en la relación que García y Bellido pudo tener con las trágicas realidades políticas e ideológicas que le correspondió afrontar. 7 Lejos de resultar irreconciliables, estas visiones contrastadas confirman la naturaleza compleja, inasible a través de maniqueísmos, de un hombre libre en la medida en que pudo 4 El énfasis en los años 30 y 40, vitales sin duda para la formación del científico y del hombre, redunda quizá en una desatención al contexto historiográfico de las décadas siguientes, y especialmente, a los años en que se publicaron las Estampas. Sin embargo, el epílogo a cargo de Ruiz Zapatero cubre esta necesidad, al ofrecer un breve, aunque útil, panorama de la interacción entre cultura y política en los "felices y psicodélicos 60" (297-8). 5 La relación de las contribuciones es la siguiente: M. Koch, "Antonio García y Bellido, un arqueólogo/historiador en su tiempo", 25-32; M. P. García-Bellido, "Antonio García y Bellido y la influencia alemana en su primera etapa profesional", 33-52; G. Mora, "Antonio García y Bellido y Hugo Obermaier: contexto intelectual e historia de una amistad epistolar", 53-67; M. P. de Hoz, "El griego y el latín en la obra de Antonio García y Bellido", 69-82; J. Arce, "Antonio García y Bellido y la Historia Antigua de España", 83-888; E. Ferrer Albelda, "Oriente en Occidente: fenicios y cartagineses en la obra de García y Bellido", 89-100. 6 Igualmente, Vigil (1975: 48) encuentra en Bellido al gran renovador de la disciplina de la Historia Antigua en España, diagnóstico compartido por Arce (1991); mientras que Blázquez (1975: 35) considera que a él se debió "la introducción en España de la Arqueología Clásica como ciencia moderna". 7 En la introducción se registra una divergencia en cuanto a la latencia de realidades contemporáneas en la obra de Bellido (nula para Koch, 29-30; significativa para Arce, 86); mientras que más adelante encontraremos dos opiniones disímiles por lo que respecta al esencialismo apreciable en su obra: mientras que para Ruiz Zapatero (294) se trata de un recurso estilístico, Aguilera (169) considera que "el guiño de función didáctica" convive con "preconcepciones culturales y contenido ideológico". Es intrigante en este sentido la entrada inédita de su diario que revela M. P. n. Allí, parece sugerir que la historia barnizada de épica es intrínsecamente falaz en tanto que mítica, reconociendo por otro lado el valor didáctico de esta clase de mito ante un auditorio infantil. serlo. Era imposible no reaccionar a las realidades políticas de su tiempo, codificándolas de alguna forma en sus escritos -¿acaso no ocurre con cualquier historiador a través del espacio y del tiempo?-. Como hemos apuntado antes, y por lo que nos afecta en esta recensión, la selección de glorias patrias que determina el contenido de las Estampas habla por sí sola: el volumen está marcado por un profundo esencialismo, y seguramente Arce tenga razón al decir que esa fue la razón de su éxito entre el público no especializado (87; vid. n. 6), pero esto no significa (¡ni muchísimo menos!) que sintiese entusiasmo por ninguna de las ideologías al servicio de las cuales se estaba poniendo ese esencialismo en aquellos años plúmbeos. Es relevante en este sentido la contribución de Ferrer Albelda, magnífica tanto en el detalle como en la valoración general del hombre y su obra: Bellido renovó métodos, sí, pero también planteamientos y temas. Así, se implicó en los estudios fenicio-púnicos e incluso se atrevió a atribuir a estos pueblos semitas una notable "fuerza creadora" (93-94). Quien sienta deseos de juzgar haría bien en calibrar su severa vara de medir teniendo en cuenta las circunstancias y el alcance de lo posible en la época que se contempla desde la comodidad presente. La primera parte del volumen es, en definitiva, de gran interés por sí sola. Su gran conclusión, el eclecticismo de intereses intelectuales que en Bellido determinaron tanto su carácter como su formación científica, resulta clave para entender lo que nos espera en el segundo bloque. Los temas abordados se dispersan tanto como las propias inquietudes de Bellido, y se estructuran, igual que el investigador las fue abordando en vida, a lo largo de un eje cronológico que parte de lo más antiguo y evoluciona hacia lo más moderno.8 Sería difícil imaginar hoy una investigación tan camaleónica, capaz de trascender fronteras disciplinares con la misma naturalidad con que se transita de la Atlántida a la minería hispanorromana o de la "colonización" griega a la arqueología militar de la ciudad de León. 9 Ahora bien: no todos los temas interesaron por igual al autor, sino que algunos se insertan en las Estampas como parte de esa visión episódica de la España antigua que Bellido pretende transmitir a sus lectores. Por esta razón, algunas de las actualizaciones resultan más enjundiosas que otras. El perfecto ejemplo lo proporcionan, en este sentido, las contribuciones de Aguilera Durán, centrada en un asunto absolutamente nuclear en la obra de Bellido que se revisa con una perspicacia sobresaliente (163-179) y, en el extremo contrario, la aportación de Romero Molero, que naufraga en unas aguas que sin duda conoce bien, pero que se justifican mal en un volumen sobre las Estampas de Antonio. Varias de las contribuciones, y en ello se nota un esfuerzo notable de coordinación, actualizan las Estampas desde una revisión del pasado en que se hallan hoy por hoy las sugerencias lanzadas en su día por Bellido, para proyectarse hacia el presente y el futuro de la investigación. Es una feliz idea, por cuanto pone de relieve hasta qué punto la obra de Bellido fue siempre intuitiva y fecunda; ocasionalmente incluso visionaria (Sánchez Moreno,(206)(207). En conjunto, y al margen de los diversos destinos que aguardaban a una obra tan extensa como ecléctica, puede decirse que este homenaje muestra cómo rara vez se han revelado inanes las líneas de debate en que Bellido intervino; y, de hecho, podría decirse todo lo contrario: allá donde puso el ojo, la investigación ha encontrado terreno fértil, incluso si la mayor parte de sus propuestas han sido revisadas hoy como parte del ciclo vital que rige los avatares de la investigación histórica. Este es un libro que, por un lado, se disfruta como merecido homenaje a un autor y una obra excepcionales. Por otro, la diversidad de los temas que en él se abordan lo hacen útil como herramienta de trabajo para quienes se embarquen en investigaciones que tengan a Bellido en sus raíces historiográficas -e inevitablemente estos últimos serán legión, habida cuenta de la multiplicidad de campos en que su investigación, según hemos expuesto, se reveló fundamental-. Sería deseable, por último, que el guante que este volumen arroja a los pies de la comunidad académica fuera recogido: la divulgación de rigor en España dista mucho de estar huérfana a día de hoy, con iniciativas tan notables como Desperta Ferro Ediciones, pero siempre es deseable que investigadores consolidados tengan la valentía de caminar por la fina línea que separa la buena prosa histórica del goce literario. Solo así, por concluir citando a Bellido, seremos capaces de atraer a nuestros sucesores "a los amenos vergeles de la investigación científica " (1953: 12). "Elementos significativos en los mosaicos de determinadas villas de Cataluña. Importancia de su difusión y valoración" è l'articolo di Mercedes Durán Penedo e tratta quattro differenti casi di ville romane della Tarraconensis. La Catalogna è l 'argomento dell' articolo "El programa musivario de la villa del Romeral (Albesa, Lleida): un proyecto integral de investigación y preservación" firmato dai due studiosi Lluis Marí Sala e Victor Revilla Calvo. Urrea de Gaén è la protagonista del lavoro delle studiose Sara Azuara Galve, Beatriz Ezquerra Lebrón e Carolina Villagordo Ros dal titolo: "La villa romana de La Loma del Regadío (Urrea de Gaén, Teruel): Investigación y Musealización". "Los mosaicos de la villa romana de Almenara de Adaja-Puras (Valladolid). Di avanguardie tecnologiche parla l'articolo di Miguel Ángel Valero Tévar: "Aportaciones de las nuevas tecnologías y los estudios multidisciplinares en la investigación del mosaico de Noheda". "Los mosaicos de la villa romana de Salar (Granada). Campañas de excavación de 2017 y 2018" è il titolo dell'articolo del team composta da Maria Isabel Fernández Garcia, Julio M. Román Punzón, Manuel Moreno Alcaide, Pabro Ruiz Montes e Julio Ramos Noguera. Nuria de la O Vidal Teruel e Juan M. Campos Carrasco ci parlano dei mosaici onubensi in: "Musivaria romana de carácter rural en el territorio onubense: apuntes y reflexiones". La parte dedicata specificatamente a Fuente Álamo inizia con l'articolo di Manuel Delgado Torres e David Jaén Cubero: "La Fuente del Álamo: historia y arqueología de un lugar excepcional (Puente Genil, Córdoba)". "Economías domésticas y patrones de consumo en la villa romana de Fuente Álamo: estudio comparativo de las fases altoimperial y tardoantigua" di Jesús Bermejo Tirado, Fernando Moreno Nacarro e Lídia Colominas indaga la cultura materiale della Villa romana di Fuente Álamo, fornendo in questa maniera preziosi dati per le datazioni delle strutture. La raccolta si chiude con l'articolo di Isabel Rodríguez: "Música y danza en las representaciones del triunfo báquico. Luigi Quattrocchi Instituto de Cultura y Tecnología Universidad Carlos III de Madrid
Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de una licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC-by 4.0). La producción de sigillatae hispánicas mediante cocción de tipo indirecto y four à tubulures en la península ibérica. Síntesis, observaciones técnicas y propuesta tecnológica para su interpretación Hispanic terra sigillata production by indirect-flame and four à tubulures in the Iberian peninsula. Synthesis, technical observations and technological proposal for its interpretation Pablo Ruiz Montes1 Universidad de Granada RESUMEN 1 Los procedimientos para la cochura de barnices rojos sinterizados en los grandes focos productores de sigillatae en Hispania, así como las estructuras que su puesta en práctica conlleva, aún hoy día, y a pesar del conocimiento y modelos generados en el ámbito académico, especialmente francés, han permanecido en gran medida fuera del núcleo de la investigación sobre los procesos productivos de la cerámica de época romana en la península ibérica. Con el acercamiento que ahora realizamos se pone de relieve, a partir del análisis crítico de ciertas estructuras de cocción y cerámicas arqueológicas procedentes de centros productores como Los Villares de Andújar-Isturgi, la existencia de más de un modelo para la obtención de sigillatae de un alto estándar cualitativo y barnices rojos sinterizados. A la vez, se define la implantación geográfica de los hornos denominados de conductos perimetrales en el marco de un evidente fenómeno de transferencia tecnológica con origen en las provincias galas al norte de los Pirineos y circunscrito a la mitad septentrional de la península en torno, a grandes rasgos, al foco productor de Tricio y el valle del Ebro. En la historiografía tradicional el discurso sobre la producción de sigillatae con barnices sinterizados y acabados de calidad equiparable a los estándares de la denominada sigilleé vraie (Picon 2002: 151), ha estado indefectiblemente unido al empleo de técnicas de cochura de tipo indirecto, es decir, en estructuras de cocción y hornos modificados mediante el concurso de elementos intermedios, en especial los four à tubulures (p. ej. Vernhet 1981; Picon 1998), con el objeto de hacer cualitativa y cuantitativamente más eficiente el proceso de producción de estos vasos. Sin embargo, en las grandes áreas productoras de estos barnices rojos en la península ibérica, especialmente en Tritium e Isturgi, las evidencias sobre el empleo de esta técnica son, por el momento, muy puntuales. El objetivo fundamental será ahora el de, a la luz de algunos recientes datos y hallazgos relativos a estructuras de cocción para la elaboración de sigillatae de calidad en la zona septentrional de la península, o respecto a un mejor conocimiento técnico de las series de barniz rojo sinterizado hispánico originarias de Los Villares de Andújar, introducir nuevos elementos con los que propiciar un debate riguroso acerca de, en esencia, la idoneidad de extrapolar a la península ibérica determinados modelos elaborados a partir del caso francés y de los talleres gálicos. A la vez, es nuestra intención realizar nuevas propuestas e hipótesis de carácter tecnológico acerca de este tipo de hornos bicamerales de conductos perimetrales, así como del proceso de cocción adoptado por los maestros de los talleres productores de sigillatae clásicas en el Mediterráneo occidental. LOS FOUR À TUBULURES PERIMETRALES Y SU IMPLANTACIÓN GEOGRÁFICA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Como decimos, si hacemos caso a la historiografía dominante, para la producción de cerámicas sigillatae con revestimientos impermeables sinterizados 2, se debía recurrir a la cocción indirecta por calor de radiación mediante tubi insertos en las perforaciones por toda la superficie de la parrilla de los hornos, según el modelo tradicional a imagen de las reconstrucciones efectuadas del gran horno de La Graufesenque (p. ej. Picon y Vernhet 2008). Los conductos, en contacto directo con los gases y el aire caliente, se calentaban para desempeñar de este modo su papel como emisores de calor, a la vez que dirigían hacia el exterior humos que podían resultar nocivos para el acabado exquisito que requerían vajillas de cerámica fina como la sigillata. En la base de esta clase de hornos se encuentra el proceso de cocción definido como de tipo C (Picon 1973) en el que todas las fases del mismo 2 No son de consideración en nuestro trabajo las producciones con revestimientos semisinterizados no vitrificados propias, por ejemplo, de talleres menores cuyos productos son objeto de una comercialización a corta distancia; véase el caso de las sigillatae hispánicas de los alfares de Cartuja (Granada). vienen caracterizadas por una atmósfera oxidada de principio a fin de la cochura. Sin embargo, este modelo y la cocción de tipo indirecto se han materializado de manera más frecuente en estructuras u hornos de planta circular llamados de tubi o conductos perimetrales, en los que tubos o, incluso, imbrices se disponen adosados a las paredes del laboratorio para conducir el aire caliente. Este tipo de hornos son relativamente comunes y bien conocidos desde inicios de los años 90 del pasado siglo, sobre todo, en el centro y este de Francia (Dufaÿ 1996: 304-305) -e incluso Inglaterra, en Colchester (Hull 1963: 20-34) y Alemania, p. ej., en Rheinzabern (Reutti 1984; Reutti y Schulz 2010)-pero también en el sur, en Montans (Schaad 2007a); muy importante, no siempre empleados para la cocción de sigillatae, como en Luxeuil-les-Bains (Card 2008) (Fig. 1) y con dataciones que oscilarán entre mediados del siglo I d. C. para el de Montans, y el segundo tercio del IV en el caso del de Mareuil-lès-Meaux (Bet et alii 2003) (Fig. 2). Destaca, por poner un ejemplo, el horno 54 de la officina de Vieux-Fresne (Saone-et-Loire), el cual presenta 20 conductos perimetrales y dos toberas perforadas en una parrilla de 0,80 m, sostenida mediante muros paralelos atravesados por un corredor central (Notet 1996: 51-53) (Fig. 3); la planta de la cámara de combustión responde a la del tipo cuadrangular II/b de Cuomo di Caprio (1971Caprio ( -1972)), si bien la de la parte aérea o laboratorio es circular. Este hecho, el de las morfologías diferenciales de cámara de combustión y laboratorio en un mismo horno, debía ser bastante más frecuente de lo que pensamos y se encuentra, quizá, en la base de la nueva reinterpretación del gran horno de La Graufesenque (Schaad 2007b(Schaad, 2007c) (Fig. 4). No obstante, la solución de muretes paralelos y corredor central en cámaras de combustión de planta circular Cuomo I/d, como en Rheinzbern, parece haber sido uno de los recursos habituales. En la península ibérica, a pesar de la importante producción de terra sigillata de calidad y barnices totalmente sinterizados -sobre todo en toda la región en torno a Tritium Magallum, en la mitad norte, y en el suburbium de Isturgi, para la mitad sur-los hornos de este tipo son muy escasos por el momento y se concentran en la mitad septentrional; los dos ejemplos que responden más claramente a esta morfología dedicados a la producción de sigillatae son los del alfar de Villarroya de la Sierra (Medrano y Díaz 2000: 274-275) y el recientemente descubierto en La Salceda, en Tricio (Gil y Luezas 2015). Este último se encuentra parcialmente excavado en el terreno y casi por completo realizado en adobes de tamaño regular. La parrilla, con un diámetro de 2 m, estuvo perforada por cuatro toberas centrales, mientras que a lo largo de todo su perímetro se disponen los tubi perimetrales que adquieren, en este caso, la forma de piezas cerámicas semicilíndricas. Este sistema de conductos perimetrales parece haber sido revestido de barro a modo de sellado, siendo algo más grueso en las uniones entre ellos. Se trata, obviamente, de un horno bicameral de planta circular cuya infraestructura aparece caracterizada por una cámara de combustión organizada en muros radiales para determinar una planta alveolar asimilable al tipo 3B de Coll (p. ej. 2005) o I/b de Cuomo (Fig. 5). También los dos hornos de Villarroya de la Sierra, muy parecidos al anterior, deben responder a esta tipología de horno. Aunque no tenemos muchos datos sobre la morfología exacta de la cámara de combustión, la cámara de cocción del Horno 1 (Fig. 6), que es el mejor conservado, dispone igualmente de un siste- De adscripción posible, aunque menos clara dado el estado de conservación deficiente, podría ser el horno número 1 del grupo de los excavados en El Quemao, esta vez sí, datando su amortización a fines del siglo I o comienzos del siglo II d. A pesar de tratarse del principal foco productor de cerámicas de barniz rojo sinterizado de la Hispania meridional durante el Alto Imperio, de los seis hornos hasta el momento conocidos en Isturgi, ninguno responde a este tipo de horno de tubos perimetrales como veremos a continuación. EL CASO DE LOS VILLARES DE ANDÚJAR-ISTURGI La morfología general de los hornos de Los Villares de Andújar se puede resumir en pocos puntos: son de planta circular y doble cámara, la superior o cámara de cocción y la inferior o cámara de combustión a la que se accedería a través de un corredor, el praefurnio. Ambas cámaras están separadas por un piso perforado o parrilla sostenido por un pilar central. La cámara inferior o de combustión se presenta excavada en el terreno, y al que se adosa un muro perimetral compuesto de adobes. En esta cámara inferior un pilar central rectangular de ángulos redondeados en la parte posterior y achaflanados en la anterior, ayuda a sustentar una parrilla perforada, que en su parte inferior presenta una falsa bóveda resultado de la inclinación de los muros de la cámara de combustión hacia el centro (Ruiz 2011a(Ruiz, 2014)). De ese modo, estas estructuras de cochura aprovechaban el tiro y la circulación del aire y los gases calientes por convección. La cocción de las piezas, por tanto, se realizaba por el contacto del aire caliente con ellas; dicho tiro, a su vez, permitía ser regulado de diversas maneras: obturación de las perforaciones, disposición estratégica de la carga en el laboratorio, disposición del hogar en la cámara inferior, etc. Directamente asociado a este tipo de tecnología de cocción se encuentra el proceso de cochura de los vasos definido por Picon (1973) como tipo A, en el que se alterna fases de cocción esencialmente reductora a causa de la acción de los gases y humos de la combustión en el laboratorio, con un enfriamiento predominantemente en atmósfera oxidante en la que los humos dejan paso al oxígeno que ahora circula libremente a través de la cámara de cocción. Las cerámicas, que anteriormente habrán sufrido una reducción del óxido férrico en su composición -lo que les proporcionará una tonalidad gris-, al inicio de la fase de enfriamiento, cuando aún las temperaturas son altas, experimentarán una reoxidación a través de la restitución del óxido férrico y la formación de nuevos cristales de hematites. Entonces, las cerámicas vuelven a adquirir tonalidades claras con coloraciones distintas atendiendo a su composición química, entre el rojo pálido, pasando por naranjas claros hasta beige y amarillos. Como venimos observando en las características físicas y mineralógicas de las cerámicas arqueológicas, este es el proceso de cocción seguido por los maestros horneros de Los Villares de Andújar para la cochura de las cerámicas pertenecientes al grupo químico LVA 1 (Ruiz 2014), aunque ya sabemos que también lo fueron las cerámicas comunes béticas y las cerámicas de cocina producidas en estos mismos talleres (Peinado 2010), y presumiblemente los moldes en cerámica para la elaboración de sigillatae decoradas, a tenor de las coloraciones de sus pastas, claramente encuadrables junto a las vinculadas al primero de los grupos químicos de Andújar que acabamos de mencionar. Por su parte, si tenemos en cuenta los parámetros técnicos determinados para el grupo de referencia LVA 2 de sigillatae hispánicas de Los Villares de Andújar-Isturgi (Fig. 7), datadas en la fase inicial de la producción de barnices rojos en torno a mediados del siglo I d. Especialmente llamativa es la TCE estimada para estas, nunca por encima de los 950/1000 oC; son aquellas que ofrecen a simple vista los mejores acabados y calidades técnicas de todas las sigillatae locales producidas a lo largo de la vida de los talleres isturgitanos. De la microscopía electrónica de barrido (en adelante, MEB) se desprendía la alta calidad del barniz empleado en estas piezas, en un estadio de vitrificación total, adherente y con un grosor uniforme de unos 20 μm en todas las partes de la pieza. Este acabado de la superficie en un vaso cocido a una temperatura relativamente baja con respecto a lo que por muchos investigadores se considera terra sigillata de buena factura producida siempre por encima del rango mencionado, únicamente es posible siguiendo un estricto y experimentado proceso de selección y acondicionamiento de los sedimentos arcillosos empleados en la fabricación de la pasta y el barniz, lo que permitirá, obteniendo el tamaño de grano más apropiado, aún a estas temperaturas no excesivamente elevadas alcanzar un importante grado de sinterización 3 en los recubrimientos de estas piezas. Todo esto demuestra, en definitiva, la posibilidad real de obtener terra sigillata de un alto nivel técnico y con barnices con un importante, cuando no completo grado de impermeabilización sin la necesidad de alcanzar temperaturas en el rango de los 1050-1100 oC que en principio, según lo generalmente aceptado, no sería posible desarrollar con garantías de éxito sin el concurso de los llamados hornos de radiación o cualquier otro sistema de llama indirecta (four à tubulures), en contraposición al tipo de horno de tiro vertical directo. Sin embargo, ninguna de las estructuras conocidas allí responden a la tipología de hornos de conductos perimetrales que debería llevar aparejada esta técnica de cochura y varios elementos de consideración nos plantean muy serias dudas al respecto. En primer lugar, y como se ha podido observar en aquellos hornos que conservaban la parrilla intacta, la localización más bien desordenada y poco lógica de las aberturas por las que circularía el aire caliente y donde se dispondrían insertas las columnas de tubi, no ayudaría en ningún caso al proceso de carga y a la disposición 3 Recordemos que este es el término empleado para designar el proceso de densificación y vitrificación que al final lleva al revestimiento arcilloso de la sigillata a su estado de porosidad mínima (Cuomo di Caprio 2007: 91, 314-317, 2017: 235-239). De izquierda a derecha: fotografía con lupa binocular, MEB del revestimiento (vitrificación total) y MEB de la matriz (vitrificación inicial/continuada) de un individuo del grupo de referencia LVA 2 de Los Villares de Andújar (según Ruiz Montes 2011; 2014). ordenada de los vasos en el laboratorio que imprimiese, además, una mayor homogeneidad a la cocción. En segundo lugar, y no menos importante, resulta alarmante la inexistencia en el registro arqueológico vinculado a la actividad alfarera de los talleres, de trazas, artefactos o elementos cerámicos estructurales claramente asociados a su uso como conductores de calor y, por tanto, como partes integrantes de un procedimiento técnico de implementación puramente alóctona. Y no hay que olvidar aquellos indicios claros que traíamos a primer plano, los cuales hablaban de ciertas cerámicas sigillatae desechadas a causa de su exposición a fenómenos episódicos de carburación durante la fase de enfriamiento de la cocción (Fig. 8), que no hubiesen sido posibles de ninguna manera en hornos de cocción a llama indirecta o por radiación si hacemos caso, estrictamente, del modelo establecido. LA DISFUNCIÓN DEL MODELO La disfunción se hace evidente y nos conduce a la formulación de preguntas que inciden sobre los propios fundamentos del modelo que sustenta la imagen generada y generalizada en gran parte de la historiografía moderna relativa al procedimiento técnico empleado para la obtención de las cerámicas sigillatae sinterizadas. Esta deficiencia encuentra origen, por un lado, en la excesiva dependencia del modelo ideado por los investigadores franceses y sus fours à tubuleres y, por otro, en la extrema simplificación y escasa flexibilidad presupuesta a las técnicas de cocción y a los artesanos encargados de su realización. Si aceptamos para el maestro hornero una profunda especialización y unos conspicuos conocimientos acerca del comportamiento de una hornada, ¿por qué no hacer lo mismo con la más que probable búsqueda y experimentación por parte de estos de soluciones técnicas intermedias? Otros modelos que parecen más ajustados (Cuomo di Caprio 2007: 541; 2017: 250 ss., especialmente 339) han insinuado la posibilidad de producir verdaderas sigillatae parcialmente sinterizadas y de calidad aceptables sin el concurso específico de la cocción de tipo indirecto a través de elementos radiantes y, por consiguiente, eliminando el exagerado determinismo desempeñado por los distintos tipos de cochura en la configuración y articulación del modelo. Según lo observado en Los Villares de Andújar y en la serie de cerámicas terra sigillata de las fases tempranas de la producción, podemos aún ir más lejos y afirmar que, al contrario de lo pensado hasta ahora, los artesanos horneros que llegaron con la tecnología de la sigillata a Isturgi se encontraban en situación de cocer barnices rojos sinterizadas con un, como diría Picon (2002), vernis grésés que impermeabiliza y le da mayor resistencia mecánica al manufacto, sirviéndose de hornos bicamerales de tiro vertical y llama directa sin la necesidad de desarrollar temperaturas elevadas de 1050-1100 oC; no en vano, poco más allá de estas se sitúa el umbral que sostiene el delicado equilibrio físico de la cocción de las cerámicas antes de producirse el desastroso fenómeno de la fusión. Seguramente conscientes de estos riesgos sobre la hornada y la imposibilidad de alcanzar esas temperaturas de forma controlada en base a sus conocimientos empíricos, en Andújar nunca pretendieron alcanzar rangos tan altos. Creemos, por tanto, que todas las sigillatae de las officinae isturgitanas debieron ser cocidas adoptando un proceso de cocción que, sin el concurso de elementos radiantes con los que intermediar en el laboratorio la difusión del calor, garantizase el predominio de una atmósfera oxidante durante las fases de cochura y enfriamiento de la hornada a través del control preciso y disciplinado de un flujo continuo de aire por la cámara de cocción. Este bien podría haberse tratado de la cocción semioxidante que autores como Montagu (1989) ya han planteado y que no supondría ningún tipo de cambio estructural en la morfología de los hornos más que la desaparición de la cubierta del laboratorio o, sencillamente, la disposición de chimeneas en ella. De esta manera, si bien el alfarero no consigue una atmósfera del todo oxidante, ni tampoco una carburación importante de las cerámicas, sí obtendrá un resultado muy similar al de la cocción del modo C. Como es lógico, todo esto supone un conocimiento profundo y especializado, además de una Figura 8. Fragmento de un vaso de la forma 37 de sigillata hispánica de Los Villares de Anújar cuya superficie muestra los efectos de una carburación accidental del barniz durante las últimas fases de la cocción (fotografía autor). vigilancia -no solo mediante las evidencias visibles que presenta el horno, sino también gracias al empleo de muestras (¿probinas?)-y cuidados extremos por parte de los artesanos que trascendía las pautas y rudimentos puestos en práctica de manera mecánica en las cotidianas cochuras alternantes del modo A (reductor-oxidante) ya conocidas por los alfareros locales. Últimamente, el mejor conocimiento de los hornos con conductos, así como las dificultades para identificar esos elementos estructurales (tubi) ligados a hornos alfareros fuera de las regiones mencionadas con anterioridad, generan hoy día no pocas dudas en los foros especializados referentes a algunos de los extremos asentados y generalmente aceptados por los planteamientos técnicos sobre la tecnología de fabricación de las cerámicas antiguas ideados por Verhnet y Picon, y su automática extrapolación a otros talleres en distintas zonas del Imperio. A falta de contrastar experimentalmente, las propuestas que podamos plantear no dejan de ser hipótesis de trabajo o un punto de partida desde el cual validar los diversos puntos de que se compone. Teniendo esto presente, creemos que el modelo estructural manejado hasta el momento para el horno de conductos periféricos -y ni que decir tiene, para el gran horno de La Graufesenque en su propuesta de reconstrucción tradicional-se presta a diversas matizaciones, en su mayoría de tipo técnico, que pueden resumirse en los siguientes puntos: -Esta variante del horno bicameral es un desarrollo técnico particular que adquiere forma en determinadas regiones del centro y este de la actual Francia, para luego extenderse hasta zonas limítrofes y alcanzando, en consecuencia, el norte de la península ibérica o el sur de Inglaterra. En cualquier caso, consideramos que esta evolución tiene lugar con posterioridad a la introducción de la técnica de elaboración de la sigillata en la Bética y en Los Villares de Andújar. Recordemos que, referido a los barnices rojos aretinos e itálicos en general, esta es una problemática totalmente abierta y lo único cierto es que hoy día no es posible asegurar con total certeza que hornos de cocción indirecta mediante elementos radiantes fuesen empleados para su cochura. -No se trata de una morfología estructural privativa de la producción de barnices rojos sinterizados, detectándose este tipo de hornos en talleres en los que no parecen haberse elaborado estas vajillas cerámicas. De esta manera, su empleo para la producción de clases cerámicas de menor valor añadido introduce un nuevo elemento de juicio con valor interpretativo a la hora de modular las propuestas tradicionales. -Lo anterior hace de los hornos de conductos perimetrales una herramienta enfocada a la búsqueda de una mayor eficiencia técnica de la propia estructura, más que un horno ideado expresamente para la producción de barnices rojos sinterizados (sigilleé vraie) y las especiales condiciones de hornada que su producción requeriría. El caso de Los Villares de Andújar y la serie de sigillatae hispánicas sinterizadas de primera época (grupo de referencia LVA 2) demuestra, además, que es posible obtenerlas sin el concurso de elementos radiantes y en ambiente predominantemente oxidante o semioxidante, como diría Montagu. En este sentido, el modo C de cocción de Picon, a nuestro juicio se prestaría a algunas matizaciones que, sin duda, lo deben enriquecer. -En realidad, este tipo de piroestructuras en las que el laboratorio presenta siempre una cámara de cocción de planta circular, debieron funcionar de un modo parecido al de un horno de mufla (Fig. 9). En nuestra opinión tanto las toberas perforadas en parrilla -que suelen ser menos en este tipo de hornoscomo los tubos perimetrales actuaban de manera combinada como conductores del aire caliente y generadores de ciertas corrientes convectivas en el interior del laboratorio antes de alcanzar el sistema temporal de cubierta y salir al exterior por la chimenea; por ello, consideramos que estos conductos nunca condujeron ese aire de manera directa hacia el exterior, extremo, reconocemos, difícil de contrastar arqueológicamente por la inexistencia de laboratorios que conserven la totalidad de sus paredes. De haber sido así -evacuando directamente al exterior, como normalmente se ha planteado-el derroche de combustible sería inasumible para alcanzar las temperaturas necesarias en el proceso; pero es que, además y no menos importante, tal desperdicio entraría en confrontación directa con la lógica de la eficiencia calórica que rige en este tipo de tecnologías. -Igualmente, a mayor complejidad de la cámara superior, se intuyen ciertas soluciones estructurales en la cámara de combustión para conducir más ordenadamente los flujos de calor hacia las zonas de mayor interés. Tanto la solución de muros radiales como la de muretes paralelos atravesados por un corredor central parecen funcionar bajo ese razonamiento de mejor y más controlado reparto del calor hasta los puntos de ascenso del calor hacia el laboratorio, en especial hacia los conductos perimetrales. Ese paso se produce, o bien de manera directa, o bien mediante un canal continuo que recorre todo el perímetro del horno a la altura de la parrilla y en el que se insertarán, a su vez, los tubi. -La circulación perimetral de aire caliente producirá, por tanto, diversos beneficios de carácter térmico: añade estanqueidad a la estructura puesto que genera una pantalla o cortina de aire favoreciendo el aislamiento de la cámara superior lo que, a su vez, limita la incidencia negativa de la curva isoterma en su interior para, en definitiva, resultar una cocción más homogénea por la mejor distribución del calor y sin tantos golpes de fuego. Se reproducen, por decirlo de alguna manera, los efectos de una concameratio o doble pared, puede que especialmente útil, por ejemplo, en ambientes con condiciones climáticas menos cálidas. -Podemos aceptar que la introducción de este refinamiento técnico cualitativo -el de los hornos bi-camerales de conductos perimetrales-supuso algunos ligeros cambios en el modo de proceder particular por parte del maestro hornero durante la marcha de la cochura en sus fases de acumulación de calor, mantenimiento y enfriamiento. No hay que descartar, quizá de una manera excesivamente especulativa por nuestra parte, que comportase también una menor complejidad de uso, relajando el control de una estructura que se prestará a un comportamiento menos imprevisible y más equilibrado. La difusión de los hornos à tubulures en la península ibérica se presenta, a día de hoy, como un fenómeno de escasa implantación reducido a áreas limítrofes del sur de la Galia, casi exclusivamente el valle del Ebro, lo cual resulta del todo lógico por tratarse de una de las zonas más favorablemente expuestas a la recepción de contingentes de artesanos galos. Además, la evidencia arqueológica y los resultados proporcionados por la caracterización arqueométrica de cerámicas sigillatae de calidad de otros talleres peninsulares como los de Isturgi, ponen de relieve la existencia de procedimientos alternativos al tradicionalmente planteado por el modelo francés para la elaboración de barnices rojos con revestimientos sinterizados en estado avanzado o total de vitrificación sin la necesidad del empleo de este tipo de piroestructuras, como ya viene evidenciando el caso itálico. Pero es que, a nuestro juicio, el propio modelo francés, tanto en lo relativo a la interpretación de estas estructuras de combustión como a los procedimientos de cocción en ellos llevados a cabo, necesita de un ajuste y revisión que permita valorar en su justa medida el fenómeno de la aparición de los hornos de tubos perimetrales -no exclusivos de la producción de sigillatae-, la mecánica de funcionamiento -que debe entenderse más en la línea de lo propuesto por nosotros mismos más arriba-y, sobre todo, la determinación de las necesidades técnicas y económicas que subyacen a su surgimiento e implantación: muy alta demanda, poca disponibilidad relativa de tiempo en la preparación de las materias primas, necesidad de desarrollar elevadas temperaturas por encima de la media y minimización de fallas. Ya hemos expuesto nuestro parecer al respecto. Es decir, el four à tubulures debe entenderse como el resultado natural de la búsqueda por parte de los artesanos ceramistas de un medio con que hacer frente a una alta exigencia técnica para alcanzar una reducción importante del porcentaje de fallos o, mejor dicho, un mejor rendimiento en favor de una maximización del proceso productivo en Figura 9. Esquema de la propuesta de funcionamiento térmico para los hornos de conductos perimetrales (elaboración propia).
La vajilla de barniz negro en Empúries y la Layetania. Origen y técnica de producción a partir de su caracterización arqueométrica* El objetivo de este artículo es aportar nuevos datos sobre la cerámica de barniz negro tardorrepublicana distribuida en Empúries, que nos permitan avanzar en su origen, así como profundizar en aspectos relacionados con su proceso de fabricación. Para ello, y en el marco de un proyecto más amplio que incluye el análisis de diversos yacimientos de la costa catalana, se ha procedido a la caracterización arqueométrica de una muestra que incluye cerámicas clasificadas arqueológicamente como imitaciones de Campaniense A, Campaniense A, Etruscas, Cales antiguo, Cales medio y Cales tardío. Los resultados muestran que todos los individuos a priori calenos se corresponderían en realidad con producciones etrusco/laciales. Por otro lado, aquellas cerámicas clasificadas como imitaciones de Campaniense A, presentan características composicionales similares al taller de Rosas, de cronología anterior (mitad del siglo IV ‒ finales del siglo III a. En relación con las cerámicas etruscas, se puede proponer Arezzo o Volterra como posibles áreas de origen; y, finalmente, la cerámica clasificada como Campaniense A se correspondería con la fabricada en Nápoles. Empúries destaca desde la fundación de la Neàpolis, hacia finales del siglo VI / inicios del siglo V a. C. (Sanmartí et al., 1986; Aquilué et al., 2009), como un centro receptor de bienes de consumo procedentes de todo el Mediterráneo y como uno de los principales centros de redistribución hacia el resto de la Península Ibérica, especialmente hacia el nordeste y Levante peninsular. C. se observa en la ciudad griega la presencia de cerámica de importación, como por ejemplo la producción ática de figuras rojas, de la cual se han documentado una gran parte de los tipos y formas conocidas (Miró, 1998, p. Sin embargo, son los dos últimos siglos anteriores al cambio de era, los que han proporcionado una mayor abundancia de materiales, especialmente cerámica procedente de la península itálica. Este incremento, claramente documentado en el registro arqueológico, estaría relacionado con la presencia del ejército romano en Hispania. Emporion fue uno de los puntos fuertes de los ejércitos de Escipión primero (218-206 a. Además, es importante destacar el hallazgo de lo que parece ser un establecimiento militar de grandes dimensiones y que ha sido fechado por sus excavadores en torno a los decenios centrales del siglo II a. C. Este recinto demuestra la importancia logística y militar que la ciudad de Emporion continuaba teniendo para la administración romana a mediados de dicha centuria (Tremoleda, Santos y Castanyer, 2016). Este panorama, junto con la progresiva integración de los territorios indigetes (Nolla, Palahí y Vivo, 2010) y del conjunto del nordeste peninsular (Olesti, 2010) en la órbita romana, explica la intensificación de la comunicación marítima entre Italia y esta zona de la península ibérica durante la segunda mitad del siglo II a. C. El resultado es la llegada masiva de productos de toda Italia, especialmente aceite, vino y vajilla de mesa, tal y como se documenta arqueológicamente en muchos de los yacimientos del litoral catalán (Asensio, 2010; Stannard y Sinner, 2014; Carreras Monfort et al., 2016). Es en este momento histórico (siglos II-I a. C.) en el que se enmarca el trabajo que aquí presentamos. La colonización del Mediterráneo occidental por Roma propició una importante expansión de la economía de los pueblos indígenas del nordeste peninsular, abriéndoles los mercados del resto del Imperio (Temin, 2013; Tchernia, 2016). A medida que disciplinas como la arqueometría y la arqueología -tanto terrestre como subacuática- aportan nuevos datos parece necesaria la reinterpretación de los distintos circuitos, a través de los cuales se organizó el comercio durante la República romana tardía y los inicios del Imperio en el Mediterráneo occidental. Como se verá a lo largo de este trabajo, la distribución de la vajilla de barniz negro tardorrepublicana durante este período en lugares tan cercanos como Empúries, Ilduro e Iluro (Fig. 1), y a diferencia de lo que se ha creído hasta su reciente estudio arqueométrico, procede en su mayoría de áreas distintas, obedeciendo probablemente a circuitos comerciales o redes de redistribución diferentes si tenemos presente el origen de dichas producciones. Mapa con la localización de Empúries y otros yacimientos antiguos de la costa catalana citados en el texto. En este sentido, cabe remarcar que resulta imposible inferir la proveniencia de ciertas categorías cerámicas, entre ellas las producciones de barniz negro, únicamente a partir de criterios arqueológicos. Ello se debe a que, intencionadamente, los ceramistas trataron de fabricar un producto de características similares, tanto a nivel morfológico como en términos de pasta y barniz. Desde un punto de vista arqueológico, la vajilla de barniz negro ha sido objeto de numerosos estudios con el fin de establecer una tipología y una cronología básicas, basadas en la forma y estilo de los vasos (para estudios fundamentales ver Lamboglia, 1952, 1960; Morel, 1981, 1990; Morel et al., 1985; Pedroni, 1986). Sin embargo, la heterogeneidad morfológica, junto con un gran número de talleres involucrados en la fabricación de esta cerámica (Olcese, 2012, 2013), no encaja necesariamente con la clasificación en tres categorías A, B y C, definidas como "preliminares" por Lamboglia en 1952, y que todavía se encuentran en uso hoy en día, ampliadas con el estudio pormenorizado sobre Cales que dio lugar a una periodización de la producción de este centro, utilizada especialmente en la península ibérica, lugar que se propone como principal destinatario de los productos del centro campano (Pedroni, 2001). Estas categorías se basaron, como ya indica Pedroni (1986, p. 9) en la apariencia de la pasta y el barniz de cada una de ellas: roja para la Campaniense A, beige para la Campaniense B, y gris para la Campaniense C. Estas características corresponden al uso de unas arcillas con un bajo contenido en calcio para el cuerpo cerámico en el caso de la primera, y unas arcillas ricas en contenido de calcio para la elaboración de la Campaniense B y C, aunque la preparación de las pastas puede variar de un taller a otro (Picon, Vichy y Chapotat, 1971; Morel y Picon, 1994). Antes de la cocción, el proceso se completa aplicando sobre el cuerpo cerámico una delgada capa de barbotina de tamaño de grano muy fino, preparada a partir de una arcilla illítica, no calcárea, con el fin de obtener un barniz brillante. Los estudios centrados en la naturaleza del barniz negro de las producciones áticas (Maniatis, Aloupi y Stalios, 1993), es decir en las arcillas utilizadas para su preparación (Chaviara y Aloupi, 2016), han demostrado, a diferencia de la asunción tradicional, que las arcillas utilizadas para la preparación de los barnices son distintas de aquellas utilizadas para el cuerpo cerámico. Este proceso comporta una fase prolongada en atmósfera oxidante, seguida de una fase de reducción con una simultánea reducción de la temperatura hasta 825 oC; finalmente, una nueva etapa de oxidación durante el enfriamiento del horno proporcionará el producto final deseado. Una de las mejores explicaciones sobre este proceso, centrado ya en las producciones de barniz negro tardorrepublicanas fabricadas en la península itálica, se puede encontrar en el artículo publicado por Gliozzo y colaboradores, donde también se proporciona una amplia selección de publicaciones sobre la aplicación de barnices (Gliozzo et al., 2004, pp. 227-228). Es importante conocer la zona de proveniencia de esta vajilla ya que se transportaba como cargamento secundario de una carga principal, en muchas ocasiones vino, en los navíos de grandes dimensiones que cubrían las rutas entre los principales puertos del Mediterráneo (Principal y Ribera, 2013, p. El patrón parece haber sido el de un comercio primario y de larga distancia entre puertos principales como Ostia, Massalia, Empúries y Carthago Nova, los cuales a su vez alimentaban unas redes de redistribución secundarias, por mar y por tierra (Nieto, 1988, 1997). En estas circunstancias, la cerámica de barniz negro llegó a la península ibérica de manera abundante a partir del siglo II a. Tan solo dos estudios llevados a cabo por Picon en colaboración con otros autores, han incorporado técnicas analíticas para la investigación sobre cerámicas de barniz negro. El primero, centrado en la diferenciación de la composición química de la cerámica Campaniense etrusca y aquella originaria de la Campania, utiliza individuos de la Galia y de la península ibérica. En este último caso, se indica que 16 de los ejemplares utilizados proceden, principalmente, de Empúries, sin proporcionar más datos al respecto (Morel y Picon, 1994, p. El segundo se llevó a cabo en el yacimiento de La Loba (Andalucía) (Picon y Thirion-Merle, 2002). De acuerdo con estos estudios, Cales y Etruria (tipo B de Cosa) serían el origen de las cerámicas de Empúries. En La Loba, los altos niveles de alteración de la cerámica debido al contexto minero en el que se recuperaron dificultaron la identificación de su origen. A pesar de esta limitación, finalmente se sugirió un origen en la zona de la Campania y en Etruria (diferente del tipo B de Cosa) para los materiales examinados. Lamentablemente, en ninguno de los dos casos, se dan detalles sobre las cerámicas analizadas, ni a nivel morfológico ni tampoco tipológico. Muy distinta es la situación en la que se encuentra la investigación sobre el barniz negro tardorrepublicano (o Campaniense) fuera de la península, donde destacan los estudios arqueométricos realizados en la propia península itálica, tanto en centros productores como centros de consumo. Un estado de la cuestión detallado fue publicado recientemente por nosotros mismos en el marco del estudio arqueométrico de barniz negro tardorrepublicano procedentes de los yacimientos de Ilduro e Iluro (Madrid y Sinner, 2019, con bibliografía). Con el objetivo de mejorar nuestra comprensión sobre los circuitos comerciales que suplían y facilitaban el intercambio de productos entre el NE peninsular e Italia, presentamos el estudio de la vajilla de barniz negro tardorrepublicana documentada en Empúries a partir de su caracterización arqueométrica. Este trabajo se enmarca en un proyecto más amplio que incluye las dos ciudades romanas más importantes de la costa catalana, como son Empúries y Tarragona -actualmente en fase de análisis- así como de otras ciudades intermedias, como son Ilduro e Iluro, recientemente publicados (Madrid y Sinner, 2019), y Baetulo (Badalona), Iesso (Guissona) y el Camp de les Lloses (Tona, Vic) -también en proceso de análisis-. El estudio ha sido estructurado de acuerdo con un muestreo multifásico (Buxeda y Madrid, 2016, p. En la primera fase, se ha llevado a cabo la caracterización química por Fluorescencia de Rayos X (en adelante FRX), y la mineralógica por Difracción de Rayos X (en adelante DRX). En la siguiente fase, una submuestra ha sido caracterizada microestructuralmente por medio de Microscopía Electrónica de Barrido (en adelante MEB), gracias a lo que se determinó el estadio de vitrificación de la matriz y del barniz. De cara a lograr uno de los principales objetivos de este estudio, la identificación de los grupos cerámicos composicionalmente significativos presentes en la muestra, el tratamiento estadístico de los datos químicos se ha realizado juntamente con los datos obtenidos recientemente en Ilduro e Iluro, que comprenden las mismas clases cerámicas, en cuanto a clasificación arqueológica, y los contextos de los que proceden presentan una cronología similar (siglos II-I a. También se han considerado conjuntamente para el estudio de proveniencia -u origen- así como para el contraste con la base de datos del ARQUB que incluye, entre otros, materiales de barniz negro itálicos procedentes de la ciudad romana de Cosa (Italia) (Madrid y Buxeda, 2013). En el caso de Ilduro e Iluro se observaron diferencias en los patrones de distribución entre estos yacimientos y la ciudad de Cosa, lo que nos hizo sugerir circuitos comerciales distintos a través de los cuales el barniz negro tardorrepublicano se distribuyó en los diferentes centros de consumo, dentro y fuera de la península itálica (Madrid y Sinner, 2019). Para los estudios de proveniencia también se han tenido en cuenta los resultados analíticos publicados por otros autores que, especialmente desde inicios de los años 80 del siglo pasado, han incorporado la arqueometría en los estudios arqueológicos relacionados con la producción y difusión del barniz negro tardorrepublicano. La mayor parte de esta investigación se ha llevado a cabo en la península itálica, tanto desde centros productores como desde centros de consumo, permitiendo un progreso considerable en el complejo mundo de la cerámica de barniz negro que, a la vista de los resultados, debió implicar un gran número de talleres en la elaboración de esta cerámica (Olcese, 2012, 2013). En palabras de Gloria Olcese, una de las autoras más prolíficas en estudios cerámicos actualmente en la península itálica: El progreso de la investigación de laboratorio ha demostrado que la investigación arqueométrica sobre la cerámica es mucho más compleja de lo que se había previsto en los años 70/80 del siglo pasado, cuando se iniciaron estas investigaciones con el fin de que fueran difundidas y utilizadas por los arqueólogos (Olcese 2013, p. Un segundo objetivo es entender el proceso de fabricación de los distintos grupos cerámicos identificados a partir del análisis químico. Se pretende proporcionar información sobre aspectos técnicos relacionados con la temperatura de cocción equivalente (en adelante TCE), la microestructura desarrollada durante la cocción y las características del barniz; en este caso se pretende inferir la calidad y apariencia del mismo a partir de características como grosor, calidad de la barbotina utilizada para su elaboración, grado de vitrificación y su adherencia a la matriz cerámica. Una vez finalizado el estudio propiamente arqueométrico, se volverá al estudio arqueológico para retroalimentarlo con los nuevos datos, cosa que nos permitirá, por un lado, comparar los resultados analíticos con la clasificación macroscópica realizada por los arqueólogos y observar, como tuvimos ocasión de comprobar para el caso de Ilduro e Iluro, hasta qué punto influye el proceso técnico seguido por los ceramistas en la antigÜedad, en las desavenencias que se producen entre la clasificación arqueológica y arqueométrica (Madrid y Sinner, 2019). Así, arqueológicamente hablando, en el estudio llevado a cabo en Ilduro/Iluro, los individuos se agruparon en las siguientes categorías: Campaniense A, Etrusca, Cales antiguo, Cales medio y Cales tardío. En el caso que aquí nos ocupa, además de dichas categorías, se han añadido las siguientes: Cales antiguo e imitación de Campaniense A, para definir una producción con formas características de la Campaniense A itálica pero que presentaba un barniz que se desprendía con facilidad y cuya pasta tenía tonalidades de color beige claro. Por otro lado, el último paso será relacionar los grupos cerámicos identificados a partir de la investigación arqueométrica con sus contextos arqueológicos en Empúries. Para cumplir con los objetivos planteados, se presenta el estudio arqueométrico de 29 individuos (Fig. 2). En la primera fase se llevó a cabo la caracterización química a través del análisis por FRX. La cuantificación se realizó con un espectrofotómetro AxiosmAX-Advanced PANalytical, con fuente de excitación de Rh, utilizando una recta de calibración configurada con 56 patrones (Estándares Geológicos Internacionales). Se han determinado los siguientes elementos: Na2O, MgO, Al2O3, SiO2, P2O5, K2O, CaO, TiO2, V, Cr, MnO, Fe2O3 (como Fe total), Co, Ni, Cu, Zn, Ga, Rb, Sr, Y, Zr, Nb, Mo, Sn, Ba, Ce, W, Pb y Th. También se ha calculado la pérdida al fuego (PAF) a partir de calcinaciones de 0,3 g de espécimen seco a 950 oC durante 3 h. La suma de las concentraciones de los elementos mayores, menores, traza y la PAF se encuentran en el rango de 98-102 % (Fig. 3). Las concentraciones del Mo y del Sn se descartaron por imprecisiones analíticas; el W y el Co, debido a que el uso del molino de carburo de tungsteno que se utiliza para triturar y homogeneizar los individuos comporta el peligro de contaminaciones en estos elementos. De manera similar, en el caso presente, las concentraciones de P2O5 y Pb no se utilizaron en el tratamiento estadístico de los datos químicos porque algunos valores fueron considerados erráticos y algunos individuos quedaban fuera de sus grupos. Una descripción detallada de la precisión y exactitud ha sido ya publicada (Hein et al., 2002). Individuos analizados en este estudio e información arqueológica. Concentraciones elementales determinadas para los 29 individuos de Empúries. Los elementos mayores, menores y la PAF se expresan en masa %; los elementos traza en microgramos por gramos. Por su parte, la composición mineralógica de estos 29 individuos ha sido estudiada mediante la DRX, utilizando el polvo de los especímenes previamente preparados. Las mediciones se realizaron utilizando un difractómetro de geometría Bragg-Brentano PANalytical X'Pert PRO MPD Alpha-1 (radi = 240 mm) utilizando la radiación Cu Kα (Λ = 1,5418 Å). La evaluación de las fases cristalinas presentes en cada espécimen analizado se realizó utilizando el paquete de software PANalytical X'Pert HighScore Plus que incluye el banco de datos del International Centre for Diffraction Data-Joint Committee of Powder Diffraction Standards, 2006 (ICDD-JCPDS). Finalmente, de acuerdo con una estrategia de muestreo multifásico, una submuestra de individuos previamente analizados fue seleccionada para su estudio por MEB, de acuerdo con la estratificación revelada por los análisis (Buxeda y Madrid, 2016). Esta submuestra está compuesta de 15 individuos que serán indicados en la correspondiente sección técnica. Las observaciones se realizaron utilizando un JEOL JSM-6510 en condiciones de alto vacío, a partir de fracturas frescas de secciones transversales de los individuos, con el fin de observar la microestructura, estimar el grado vitrificación de la matriz y el barniz. Una descripción detallada de los procedimientos analíticos en FRX, DRX y MEB ha sido publicada con anterioridad (Madrid y Sinner, 2019). La muestra y su contexto arqueológico Los 29 individuos (de EMP111 a EMP139) que componen la muestra proceden en su totalidad de contextos arqueológicos correspondientes a excavaciones modernas, muchas de las cuales permanecen todavía inéditas (Fig. 2). Aun así, cabe señalar que la mayoría de los contextos se enmarcan en el período comprendido entre mitad del siglo II a. C. e inicios de la segunda mitad del siglo I a. C. (Castanyer et al., 2016), es decir la misma cronología que la propuesta para los contextos de donde proceden los individuos de Ilduro/Iluro, con el fin de poder comparar los resultados. A pesar de que la mayoría de los individuos analizados, así como los contextos de los que proceden, se encuentran todavía en fase de estudio, cabe destacar que la situación estratigráfica, así como un breve comentario sobre los individuos clasificados como imitaciones de Campaniense A fue publicado en su momento (Sanmartí, Castanyer y Tremoleda, 1989). El contexto de donde proceden nuestras muestras fue interpretado como un estrato de relleno, datado en el tercer cuarto del siglo II a. que nivelaría la plaza de Serapis creando un espacio a una cota más elevada. También está publicada la excavación del relleno del silo 2150 de la que proceden siete de los individuos analizados en este estudio. Esta estructura formaba par­te de un campo de silos existente en un momento anterior a la edificación del foro de la ciudad como tal (Aquilué et al., 2002, p. Los materiales recuperados durante la excavación de este campo de silos, entre ellos algunos de los que analizamos en este estudio, han sido publicados recientemente (Aquilué et al., 2010, pp. 41-43). Los resultados del análisis químico realizado por FRX (Fig. 3), es decir, las concentraciones elementales determinadas, corresponden a un caso especial propio de los datos composicionales (Aitchison, 1986; Buxeda, 1999; Martín-Fernández, Buxeda y Pawlowsky-Glahn, 2015; Buxeda, 2018). Debido a ello, para su tratamiento estadístico, los datos obtenidos han sido transformados utilizando la transformación clr en logaritmos de razón centrados, según donde Sd es el símplex d-dimensional y g(x) es la media geométrica de todos los d+1 componentes de x. El desarrollo del tratamiento estadístico se ha realizado con el programa estadístico R (R Core Team, 2017). El primer paso ha consistido en medir el grado de variabilidad existente en la muestra. En este caso, la variación total se puede considerar alta (vt = 1,93) sugiriendo que nos encontramos ante una muestra poligenética (Buxeda y Kilikoglou, 2003). La uniformidad de la variabilidad composicional se mide de acuerdo con la información de la entropía (H2), también conocida como índice de Shannon (Shannon, 1948), en el cual los valores Τ.i se encuentran en orden decreciente (Buxeda y Madrid, 2016). Si se observa el gráfico de uniformidad de la variabilidad composicional (Fig. 4), se puede apreciar cómo la mayor parte de la variabilidad se encuentra relacionada con las concentraciones relativas del Cr, Na2O, CaO y Ni. La información de la entropía se encuentra por encima del 80 % del valor total asequible (H2 % = 85,78 %), indicando que la variabilidad química estaría relacionada con un alto número de componentes. Gráfico de uniformidad de los 29 individuos de Empúries más los 56 de Ilduro e Iluro analizados previamente. η2 = entropía de la información, η2 % = porcentaje de la entropía de la información sobre el máximo valor posible. vt = variación total. Τ.i suma de las variancias de las concentraciones a partir de la transformación alr con el componente i como denominador. Si centramos nuestra atención en la matriz de diagramas de dispersión de estos cuatro elementos (Cr, Na2O, CaO y Ni) (Fig. 5), esta permite observar algunas de las diferencias composicionales más importantes a la hora de discriminar entre producciones. De entrada, una distribución de las muestras en dos grupos es evidente para los cuatro casos, visible, también, a través de gráficos de densidad de los componentes que se encuentran en las diagonales. Para el diagrama formado por el Na2O/g(x) y el Crg(x), así como para el formado por el Na2O/g(x) y el Ni/g(x) puede intuirse un tercer grupo de individuos que se encuentran en medio de las dos aglomeraciones más extremas. Hay que destacar también, que se observa una clara correlación negativa entre el Na2O/g(x) y el Ni/g(x) y el Cr/g(x), lo que significa que para todos los individuos de la muestra analizada a medida que los valores del Na2O/g(x) aumentan, los de Ni/g(x) y Cr/g(x) disminuyen. Por otro lado, se observa una clara correlación positiva entre los componentes Ni/g(x) y Cr/g(x), indicando que a medida que los valores de uno se incrementan, también son más elevados los del otro. Matriz de diagramas bivariantes de los componentes Cr, Na2O, CaO y Ni en transformación clr. En la diagonal, se observan las estimaciones de densidad por kernels. Con la finalidad de observar si la posible estructura sugerida en esta matriz está formada por las mismas muestras, centramos nuestra atención en los diagramas bivariantes de la figura 6, que son los que ilustran mejor la posible presencia de hasta tres grupos distintos. Efectivamente, en ambos casos, se forma un grupo en la parte inferior, a la derecha en el Na2O/g(x) - Cr/g(x) (Fig. 6 A) y a la izquierda en el Ni/g(x) - Cr/g(x) (Fig. 6 B), compuesto por los mismos individuos y en el que se encuentran integrados los individuos EMP118 y EMP120, ambos clasificados arqueológicamente como Campaniense A tardía. Ciertamente, todos los individuos de este grupo pertenecen arqueométricamente al grupo de la Campaniense A (Madrid y Sinner, 2019). Por su parte, aproximadamente en el centro de ambos gráficos, se encuentran todos los individuos que durante su análisis arqueológico se clasificaron como imitaciones de Campaniense A (de EMP111 a EMP116) y dos individuos que se clasificaron como Campaniense A tardía (EMP117 y EMP119). Finalmente, el grupo, que en ambos gráficos se encuentra en la parte superior, engloba el resto de los individuos de la muestra mezclados con los que en el estudio realizado en los yacimientos de Ilduro e Iluro se identificaron con el centro productor de Cales, sin que, a este nivel de análisis, se puedan observar diferencias entre ellos. Izquierda: ln(Na2O/g(x)) en abscisas vs. ln(Cr/g(x)) en ordenadas. Derecha: ln(Ni/g(x)) en abscisas vs. ln(Cr/g(x)) en ordenadas. Continuando con el tratamiento estadístico de los datos químicos, presentamos el dendrograma (Fig. 7) que muestra, en primer lugar, una estructura compleja que, en parte, se corresponde con la observada anteriormente: así vemos como la Campaniense A y las imitaciones de Campaniense A (EMP 2) se sitúan cada una en uno de los extremos del gráfico, corroborando que las discrepancias observadas durante su estudio arqueológico son el resultado de diferencias composicionales significativas. Entre estos dos grupos se observa una estructura subdividida en diversos subgrupos: en el centro se sitúan los individuos relacionados con Cales, que, a su vez, se subdividen en tres grupos Cales-1, Cales-2 y Cales-3. La asociación de estos individuos con el centro productor de Cales se realizó a partir del contraste de nuestros resultados con los obtenidos por otros autores que han trabajado sobre este centro. 222) se identificaron dos pastas diferentes: una llamada "antigua", que presentaba unos contenidos en CaO = 9,54 ± 1,39, y otra llamada "reciente" con la que, además de cerámica de barniz negro, también se fabricó cerámica terra sigillata y que presenta un contenido ya superior en óxido de calcio (CaO = 13,09 ± 1,35). Posteriormente, Morel y Picon (1994) en un estudio analítico sobre la cerámica de barniz negro fabricada en diferentes zonas de la península itálica proporcionaron para Cales un único grupo de referencia, los valores del cual se encontrarían entre la pasta "antigua" y la pasta "reciente" definidas anteriormente. Comparando nuestros resultados, pudimos relacionar nuestro Cales-1 con el grupo de pasta "antigua"; nuestro grupo Cales-2 con el grupo que Morel y Picon definieron en el año 1994, y que ocupa una posición intermedia entre la pasta "antigua" y la "reciente"; y, finalmente, nuestro grupo Cales-3 con la pasta "reciente", la que presenta un mayor contenido de óxido de calcio, producto de haber utilizado una mayor cantidad de calcita para la preparación de esta última pasta (Madrid y Sinner, 2019, p. Cabe además destacar que el contraste de los individuos con su contexto arqueológico nos permitió observar que aquellos individuos englobados en el grupo Cales-1 y relacionados con la pasta "antigua" se correspondían cronológicamente con los contextos más antiguos, aquellos contextos de Ilduro datados en el último cuarto del siglo II a. C.; el segundo grupo, Cales-2, a su vez se correspondía con aquellos contextos de Ilduro datados alrededor del 80/70 a. C. (momento ya final del asentamiento); mientras que los individuos englobados en el grupo Cales-3, el relacionado con la pasta "reciente", son ya de los primeros momentos de la nueva ciudad de Iluro, asentamiento que se funda cuando Ilduro se abandona (García, 2017; Madrid y Sinner, 2019, pp. 3168-3169). Siguiendo con los resultados químicos, es realmente destacable el hecho de que ninguno de los individuos de Empúries se integre dentro de estos subgrupos, especialmente teniendo en cuenta que arqueológicamente todos han sido clasificados como calenos. Los individuos de Empúries han quedado englobados en dos grupos, a izquierda y derecha de Cales. En el grupo EMP 1 se encuentran integrados los materiales clasificados como calenos (antiguo, medio y/o tardío) y uno, EMP139, como etrusco. A su vez, este grupo parece subdividirse en dos: a la izquierda, los individuos clasificados como Cales tardío, mientras que a la derecha se mezclan muestras clasificadas como Cales antiguo, medio y tardío. Finalmente, los individuos clasificados como etruscos forman un grupo junto con la única muestra etrusca identificada en Ilduro/Iluro. Dendrograma realizado utilizando la distancia euclidiana al cuadrado y el método de unión McQuitty sobre la subcomposición Na2O, MgO, Al2O3, SiO2, K2O, CaO, TiO2, V, Cr, MnO, Fe2O3 (como Fe total), Ni, Cu, Zn, Ga, Rb, Sr, Y, Zr, Nb, Ba, Ce y Th. Con el fin de investigar la consistencia de la estructura sugerida en este dendrograma y a la vez observar la relación de los individuos con los mismos componentes retenidos para el análisis anterior, se presentan en la Figura 8, los biplots de covarianza y forma resultantes de la descomposición en valores singulares realizada a partir de la transformación en logaritmos de razones centrados (clr) (Aitchison y Greenacre, 2002; Greenacre, 2010; van de Boogaart y Tolosana-Delgado, 2013). El resultado de los dos principales componentes visibles en los biplots de covariancia y forma explican el 90,22 % de la variancia, debido en gran parte a la gran diferencia composicional entre la Campaniense A y el resto de la muestra. En el centro de la imagen en el gráfico de covariancia y a la derecha en el de forma se sitúan el resto de los individuos agrupados de acuerdo con lo que hemos visto en el dendrograma, reforzando la estructura propuesta anteriormente para la muestra estudiada. Así, vemos que los individuos de Cales se sitúan en la parte superior formando una nube de puntos bastante compacta, especialmente en el biplot de forma; por debajo, se encuentran los individuos de Empúries EMP 1, distribuidos en dos grupos distintos, corroborando la subdivisión observada en el dendrograma. Finalmente, a la izquierda de Cales se encuentran las imitaciones de Campaniense A. Los componentes más importantes en la discriminación de estos grupos, fácilmente observables en el biplot de covariancia, son los mismos revelados en el gráfico de uniformidad composicional (Fig. 4), Cr, Na2O, Ni y CaO. A estos hay que añadir Sr, Zn y Cu que ayudan en la discriminación de los dos grupos de Empúries contenidos en EMP 1, así como el Ba que ayudaría a discriminar las imitaciones de Campaniense A (Fig. 9). Gráficos bivariantes de la descomposición en valores singulares sobre la subcomposición mencionada con transformación clr con doble centrado. Izquierda: Gráfico de covariancia. Derecha: Gráfico de forma. Media (m) y desviación estándar (sd) de los cinco grupos definidos (Campaniense A, imitaciones de Campaniense A, etrusco/lacial 1, etrusco/lacial 2, Volterra) y de los grupos definidos en Ilduro/Iluro. Como último paso, estos resultados han sido cotejados con los datos de materiales similares que se encuentran en la base de datos del ARQUB. Esta comparación tenía un doble objetivo; por un lado, aproximarnos al origen de los materiales analizados, ya que a parte de aquellos que han quedado asociados a la Campaniense A itálica, el resto no se corresponde con los analizados en Ilduro e Iluro. Por otro lado, el contraste con el barniz negro de Cosa nos permitiría observar si existían patrones coincidentes para la distribución de materiales entre esta ciudad y los yacimientos del nordeste peninsular, comparación que resultó negativa en los casos de Ilduro e Iluro. La base de datos contiene barniz negro tardorrepublicano recuperado en Cosa, terra sigillata de Arezzo, Pisa, la zona del Lacio y de la Campania, en la mayoría de los casos, posterior a los materiales que nos ocupan. No obstante, en muchas ocasiones, las materias primas utilizadas para la fabricación de ambas producciones y los centros de producción en los que estas cerámicas se elaboran son coincidentes y, por tanto, son relevantes en un estudio de proveniencia como el desarrollado en este artículo. Por otro lado, también se han tenido en cuenta los materiales de referencia del taller de Rosas, de cronología más antigua (mediados del siglo IV a finales siglo III a. Aun así, creemos que, si hubiera un taller local/regional que hubiera fabricado las llamadas imitaciones de Campaniense A, podría haber utilizado materias primas similares lo que implicaría una ubicación cercana o en el territorio de Rosas, una ciudad que ya tenía tradición en la fabricación de cerámica de barniz negro (Vendrell-Saz et al., 1991). El resultado de esta comparación se puede observar en la Figura 10. El primer grupo corresponde a la Campaniense A, incluyendo EMP118 y EMP120. El siguiente grupo con individuos de Empúries es el del taller de Rosas que incluye las imitaciones de Campaniense A, lo que confirma la existencia de un taller local en el que fuese el territorio de la ciudad de Rosas, pero también los individuos EMP117 y EMP119, clasificados como Campaniense A tardía, confirmando su carácter local/regional. Los siguientes grupos en los que se incluyen individuos de Empúries son los que hemos denominado etrusco/lacial 1 y etrusco/lacial 2 debido a sus características composicionales. El primero incluye individuos clasificados arqueológicamente como Cales antiguo, medio, tardío y etrusco, mientras que el segundo engloba las muestras clasificadas como Cales tardío. Como ya se observaba en el dendrograma de la Figura 7, estos dos grupos se diferencian claramente de los definidos para Cales, quedando incluso en este nuevo tratamiento a una distancia todavía mayor de este, reforzando sus diferencias composicionales; es decir, que no serían producciones calenas. Por otro lado, también son evidentes sus diferencias con aquellos individuos que se engloban en grupos de centros o áreas etruscas, destacando las diferencias para con los individuos de Empúries considerados etruscos a los que haremos referencia más adelante. Dendrograma realizado utilizando la distancia euclidiana al cuadrado y el algoritmo aglomerativo del centroide sobre la subcomposición transformada por clr Na2O, MgO, Al2O3, SiO2, K2O, CaO, TiO2, V, Cr, MnO, Fe2O3 (como Fe total), Ni, Cu, Zn, Ga, Rb, Sr, Y, Zr, Nb, Ba, Ce y Th. Nos encontramos, por tanto, con composiciones químicas intermedias que no se corresponden con la zona de Campania ni tampoco con la de Etruria (Fig. 9). Hay que recordar que Picon, uno de los investigadores que mejor conocía tanto la composición química de las producciones cerámicas itálicas, como la propia geoquímica de la península itálica, señala que los talleres de cerámicas finas de las zonas correspondientes a la Etruria meridional y al Lacio, de acuerdo con la geoquímica de esta zona, presentarían características composicionales que serían distintas de las de Etruria septentrional así como de la Campania, mostrando, por tanto, características intermedias de ambas regiones (Cuomo di Caprio y Picon, 1994, p. El mismo Picon, en colaboración con Olcese (Olcese y Picon, 1998) subrayaba, además, la dificultad de distinguir entre producciones regionales ‒a menos que se trabaje directamente con los grupos de referencia de centros productores‒ para el área del sur de Etruria y el Lacio debido a las similitudes geoquímicas que se observan en esta zona de la península itálica. A pesar de ello, Morel y Picon ya en el año 1994 proporcionan un grupo de referencia para el barniz negro del Lacio (entendiendo una zona amplia que incluye el sur de Etruria) en el que encajarían nuestros grupos etrusco/lacial 1 y etrusco/lacial 2 (Morel y Picon, 1994, p. Las principales discrepancias se observan para los componentes MnO, Sr y Ba, los cuales, tal y como indican los autores, son susceptibles de sufrir procesos de contaminación (Morel y Picon, 1994, p. Posteriormente, en un amplio proyecto centrado en la definición y caracterización arqueométrica de la cerámica común de la zona del Lacio ‒que también incluye el estudio de cerámica de barniz negro, terra sigillata y paredes finas, entre otras‒ (Olcese, 2003, con contribución de M. Picon), se observa que algunas de las cerámicas comunes de mesa de Roma se produjeron con arcillas similares a las utilizadas para la fabricación de cerámicas de barniz negro de ciertas áreas del Lacio, como por ejemplo para las de Capena, cosa que indicaría que se podrían haber fabricado en los mismos talleres. El estudio proporciona numerosos análisis, observándose importantes semblanzas con nuestros grupos etrusco/lacial 1 y etrusco/lacial 2, destacando especialmente los valores de las cerámicas calcáreas, es decir, mayoritariamente, las llamadas cerámicas de mesa (Olcese, 2003, pp. 161-166, tabla 7). Finalmente, en un estudio centrado también en el Lacio, más concretamente en la terra sigillata del área romana, se incluyen análisis con valores similares a nuestros grupos etrusco/lacial 1 y etrusco/lacial 2. Por un lado, cabe destacar la tabla 1 (Olcese y Picon, 2003, p. 14) donde se proporciona la concentración media y desviación estándar de más de 70 individuos de terra sigillata analizados y que presenta importantes similitudes con nuestros resultados. Por el otro lado, los valores del grupo 4 (Olcese y Picon, 2003, pp. 23-24, tabla 3) que presenta, según los autores, grandes similitudes con producciones "regionales" del área romana como la cerámica de barniz negro y las paredes finas, entre otras. Así, aunque no sea posible relacionar estos dos grupos con talleres o zonas más concretas debido tanto a la comentada similitud geoquímica de toda la zona que comprende desde el sur de Etruria hasta prácticamente el norte de la Campania, como a los todavía escasos avances en la localización de centros de producción, creemos que se pueden asociar estos dos nuevos grupos localizados en Empúries a esta amplia zona etrusco/lacial. Es interesante remarcar que en el grupo etrusco/lacial 1 se incluyen dos individuos recuperados en Cosa, así como la muestra ILR009, de Iluro, que quedaba como un outlier en el estudio anterior. Esto significa que, aunque de manera probablemente puntual, también llegaron los productos de esta zona de la península itálica en la ciudad de Iluro. Este dato no es de extrañar debido a las complejas redes de redistribución secundaria que sabemos que existieron y conectaron Empúries tanto con el litoral como con el interior del NE peninsular como así lo demuestran los estudios de dispersión de la moneda de Ilduro y Undikesken (Campo, 2002; Sinner, 2017, pp. 97-110). Por otro lado, el hecho de que incluya individuos de Cosa significa que los productos del grupo 2 seguirían una/s ruta/s de distribución que incluiría Cosa y Empúries entre sus centros receptores. El último grupo que contiene individuos de Empúries lo hemos relacionado con Volterra, aunque esta asociación precisaría de análisis de individuos volterranos en nuestro laboratorio para que los resultados fueran totalmente comparables. Aun así, no hay duda de que se trata de productos etruscos de acuerdo con sus características químicas y proponemos Volterra a partir del contraste de nuestros resultados con los publicados por otros autores (Harari y Oddone, 1984; Pasquinucci et al., 1998; Gliozzo, Memmi y Foresi, 2001, 2003; Giorgetti, Gliozzo y Memmi, 2004; Gliozzo y Memmi Turbanti, 2004; Gliozzo et al., 2004; Comodi y Merletti, 2011). Llegados a este punto, creemos que los resultados obtenidos son consistentes y mejoran considerablemente nuestro conocimiento de qué producciones de barniz negro tardorrepublicano llegaron a la península ibérica durante los dos últimos siglos a. C. y cuál fue su distribución. En el caso de Empúries, con los resultados obtenidos hasta el momento, no parece plausible pensar que Cales fue la producción mayoritaria, como sí se observó en los casos de Ilduro e Iluro. Se han diferenciado dos grupos que presentan diferencias sutiles y que parecen tener su origen en la zona del sur de Etruria/norte del Lacio. Estas producciones, hipotéticamente -solo futuros análisis podrán confirmar esta tendencia- podrían llegar por el norte (golfo de León), a través del cabotaje, de la misma manera que lo haría el barniz negro etrusco, fabricado probablemente en Volterra o alrededores. En lo que sí coinciden los tres yacimientos es en la presencia de Campaniense A, aunque en Empúries se detecta una producción que podría haberse fabricado en la zona de Rosas y que no hemos documentado ni en Ilduro, ni en Iluro posiblemente debido al carácter local de la misma. Creemos que la correcta clasificación de estas cerámicas es de suma importancia dada su naturaleza como fósil director. La adscripción a un tipo (p. e., Cales medio o tardío) o a una zona determinada (p. e., Cales o Etrusca) puede comportar una cronología más o menos concreta que se relaciona con los contextos en los que se recupera la cerámica, así como con las estructuras y el resto de los materiales con los que esta está asociada. En el caso concreto de Empúries, la mayor parte de los materiales se asociaban a Cales y, a la luz de los resultados obtenidos, Cales no parece haber llegado a Empúries de forma mayoritaria. Con esto, no queremos decir que los talleres que fabricaron los productos que pertenecen a los grupos etrusco/lacial 1 y etrusco/lacial 2 difieran cronológicamente de aquellos de Cales -aunque podría darse el caso-, pero aun así, conocer el verdadero origen nos ayudará poco a poco a configurar un panorama más certero sobre qué producciones y territorios de la península itálica -con las repercusiones sociales, culturales y económicas que ello conlleva- participaron activamente de forma directa o indirecta en el comercio con Empúries y el nordeste peninsular. Como hemos puesto de manifiesto en estudios anteriores (Madrid y Sinner, 2019), la dificultad y las diferencias que se observan entre la clasificación arqueológica y la arqueométrica (Fig. 11) se producen principalmente porque la primera se realiza en función de la apariencia visual de las cerámicas: grosor del barniz, textura, color y color y textura de la matriz. El problema es que diferenciar productos, aunque estén fabricados en distintos talleres, elaborados a partir de unas materias primas similares y que siguen un proceso de fabricación análogo, resulta muy complicado cuando no imposible a simple vista. Además, las características visuales (apariencia) de estas cerámicas son el resultado de un proceso técnico que, como veremos en detalle a continuación, comporta diferentes grados de complejidad dependiendo del producto final que se desea obtener. Cualquier variación en ese proceso resultará en productos visualmente distintos que, en realidad, podrían pertenecer a un mismo artesano o taller (Fig. 12). Estratificación de la muestra basada en criterios arqueológicos (ordenadas) vs post-estratificación basada en la caracterización arqueométrica (abcisas). Individuos representativos de los grupos químicamente significativos definidos en este estudio. Resultados mineralógicos y microestructurales Los resultados químicos muestran que los individuos analizados en este estudio se corresponden con cerámicas consideradas técnicamente como poco calcáreas CaO 5-6 %). Las cerámicas poco calcáreas desarrollan menos fases mineralógicas de alta temperatura que las cerámicas calcáreas y una microestructura más densa con una rápida formación de una fase vítrea (Heimann y Maggetti, 2014). Por otro lado, el proceso de cocción en atmósfera reductora, que es el caso del barniz negro, acelera la descomposición de las fases minerales primarias y la formación del estadio de sinterización/vitrificación, aproximadamente a unos 50 oC menos que si la cocción se produce en atmósfera oxidante (Maggetti et al., 1981, pp. 3-4). Como paso previo a la cocción, a la cerámica de barniz negro se le aplica una barbotina de partícula fina elaborada a partir de una arcilla illítica no calcárea sobre el cuerpo cerámico, con el fin de obtener un barniz impermeable y brillante. El paso final, como ya explicó Maggetti et al. (1981, pp. 3-4) y se ha confirmado por estudios recientes (Chaviara y Aloupi, 2016, pp. 10-11), comporta un proceso de cocción con una primera fase en una atmósfera oxidante hasta 800 oC, una fase reductora a una temperatura máxima entre 900-950 oC -a mayor temperatura los óxidos de hierro se descomponen con lo que la fina capa de barniz que está formada por abundante óxidos de hierro corre el peligro de descomponerse- y un proceso de enfriamiento en atmósfera oxidante. En el caso que nos ocupa, y como se puede observar en el diagrama de fases llamado triángulo cerámico CaO (+Fe2O3+MgO)-SiO2+Al2O3 (Fig. 13), la cerámica Campaniense A se sitúa en el límite del triángulo de equilibrio termodinámico anortita-mulita-cuarzo y cuarzo-anortita-wollastonita debido a su carácter poco calcáreo, mientras que los individuos etruscos, los etruscos-laciales y aquellos de imitación de Campaniense A se sitúan en el triángulo cuarzo-anortita-wollastonita, característico de las cerámicas calcáreas. A continuación, se exponen los puntos más destacados de los resultados correspondientes a la caracterización mineralógica y microestructural (Figs. 14 y 15), así como las características del barniz (Figs. 15 y 16), de acuerdo con los grupos definidos a partir del tratamiento estadístico de los resultados químicos. Diagrama de fase del triángulo cerámico CaO(+Fe2O3+MgO)-SiO2+Al2O3 con la situación de los individuos analizados. An: anortita (Ca [Al2Si2O8]), Gh: gehlenita (Ca2Al (Si, Al)2O7); Mul: mullita (Al6[Si2O13]); Qz: cuarzo (SiO2); Wo: wollastonita (CaSiO3). Imitaciones de Campaniense A El estudio de los difractogramas de los ocho individuos clasificados como imitaciones de Campaniense A (EMP111 a 117 y 119) nos ha permitido la identificación de cuatro fábricas (F1 a F4) de acuerdo con las diferentes fases cristalinas observadas (Figs. Cabe destacar que las principales diferencias entre fábricas se producen por la paulatina descomposición de los filosilicatos de illita-muscovita, la disminución de la calcita, así como el desarrollo de los piroxenos y la gehlenita, fases de cocción características de las cerámicas calcáreas. En este caso, también es interesante la presencia de analcima en las F3 y F4, una zeolita sódica que, cuando no es primaria -como en este caso-, aparece típicamente en la alteración de cerámicas calcáreas con sobrecocciones poco severas (Buxeda, 1999; Schwedt et al., 2006). Típicamente, este proceso de alteración comporta además de la cristalización de la analcima, incorporando sodio alóctono, una lixiviación de alcalinos, especialmente potasio, y a veces de rubidio (Zacharias et al., 2007). En este caso, la afectación de estos tres componentes por este proceso de alteración se puede observar en sus valores más altos de Na2O y más bajos en K2O y Rb en estos individuos respecto a aquellos del mismo grupo que no están alterados. Las observaciones de las matrices por MEB corroboran las estimaciones realizada por DRX, observándose para la F1 un estadio de sinterización de la matriz de vitrificación inicial (IV) (Fig. 17 A) y de vitrificación continuada (V) para las otras tres fábricas (Fig. 17 C y E). A su vez, el grosor del barniz va disminuyendo a medida que aumenta la temperatura (Fig. 18, Fig. 17 B, D y F). En general, se trata de un barniz con numerosas burbujas en la zona de interacción con la matriz cosa que provoca una baja adherencia a esta, por lo que se escamaría fácilmente. Lo que justifica el aspecto de la mayoría de los individuos correspondientes a este grupo, los cuales presentan un barniz que se desprende con facilidad (Fig. 12). Resultados mineralógicos de DRX y observaciones microestructurales por MEB. Afs: feldespato alcalino, Anl: analcima, Cal: calcita, Gh: gehlenita, Hem: hematita, Ilt: illita-moscovita, Pl: plagioclasa, Px: piroxeno, Qz: cuarzo (Abreviaturas según Whitney y Evans 2010). IV: vitrificación inicial, V: vitrificación continuada, TV: vitrificación total. A: Imitaciones de Campaniense A, B: Campaniense A, C: Volterra. A: Etrusco-laciales 1, B: Etrusco-laciales 2, Afs: feldespato alcalino, Cal: calcita, Gh: gehlenita, Hem: hematites Ilt: illita-moscovita, Pl: plagioclasa, Px: piroxeno, Qz: cuarzo. En el caso de los dos individuos correspondientes a esta producción (EMP118 y EMP120) (Figs. 14 y 15), sus difractogramas se corresponden con la fábrica F2 de Campaniense. Así, para ambos se estima una TCE baja, en torno a los 800 oC, que coincide con la observación por MEB que indica un estadio de vitrificación IV-V de la matriz y un barniz de unos 15 μm y una buena adherencia a la matriz. Se observan también numerosas inclusiones que no se han llegado a fundir, probablemente porque la baja temperatura no ha permitido una completa vitrificación (Fig. 17). Microfotografías por MEB de imitaciones de Campaniense A (A a F), etrusco/lacial 1 (G a L), etrusco/lacial 2 (M y N), Volterra (O y P). A, C, E, G, I, K y O: matriz, imagen de electrones secundarios. B, D, F, H, J, L, M, N y P: barnices, a la izquierda: imagen de electrones retrodispersados (BSE); a la derecha: imagen de electrones secundarios (SE). En este caso, la descomposición de illita-muscovita se produce de manera muy progresiva, estando presentes en todas las fábricas excepto en la F4. Por otro lado, se observa un aumento progresivo de los piroxenos y la presencia de gehlenita en todas las fábricas excepto en la F3. Las observaciones por MEB permiten corroborar la TCE propuesta por DRX y observar un estadio de vitrificación IV-V para la matriz de la F1 (Fig. 17 G); de vitrificación V para la matriz de la F2 y F3 (Fig. 17 I) y de vitrificación total (VT) para la fábrica F4 (Fig. 17 K). El barniz se muestra, en general, homogéneo, con numerosas pequeñas inclusiones brillantes, correspondientes a óxidos de hierro, que van desapareciendo a medida que aumenta la temperatura y con una buena adherencia a la matriz (Fig. 17 H y J y Fig. 18). La excepción es la fábrica F4, que presenta algunas zonas con un barniz muy grueso, con numerosas burbujas debido a la alta temperatura (Fig. 17 L). Estas características proporcionan un barniz impermeable, negro, mate, denso, en definitiva, de buena calidad incluso para la F4. En este caso, la gran cantidad de burbujas que se observan en algunas partes del barniz proporcionan un aspecto menos homogéneo, negro, pero con tonalidades más claras (Fig. 12). Características del barniz observadas por MEB. Como en los casos anteriores, cabe destacar la progresiva descomposición de los filosilicatos de illita-muscovita, que ya no se observan en la F3, así como la disminución de la calcita. De la misma manera, se observa el desarrollo de piroxenos y, en cierto grado, de la gehlenita. Las observaciones por MEB de las matrices de los individuos de este grupo muestran una apariencia similar a las observadas para el grupo etrusco/lacial 1. No obstante, el barniz difiere mostrando aquí una calidad más baja; aunque el grosor es similar, su aplicación es desigual con zonas donde se observan distintos grosores, una mayor porosidad en general y la presencia de inclusiones más abundante (Fig. 17 M y N y Fig. 18). En el caso de la fábrica F3, como también hemos visto en el caso del grupo etrusco/lacial 1, presenta un grosor aproximado de 30 μm con una gran cantidad de burbujas provocadas, probablemente, por una temperatura en el límite de la TCE por su lado superior (900-950 oC). Todo ello junto con una baja adherencia a la matriz, proporciona un barniz que se desprende con facilidad, provocando un aspecto de baja calidad (Fig. 12). A diferencia de lo que hemos visto hasta el momento, los cuatro individuos correspondientes a la zona etrusca (EMP135 a 138) responden a una única fábrica, cosa que indica un dominio importante del proceso de producción y, especialmente, del proceso de cocción que no parece haberse alcanzado en las demás producciones aquí estudiadas (Figs. Las fases cristalinas identificadas permiten proponer una TCE en el rango de 900-950 oC, probablemente más cerca del rango alto. Su observación por MEB, nos muestra una microestructura de la matriz en un estadio de vitrificación IV/V (Fig. 17 O), similar a la observada para el único individuo etrusco identificado en Ilduro/Iluro (Madrid y Sinner, 2019, fig. 15). La principal diferencia técnica respecto a aquel es el grosor de su barniz (Fig. 18), que, en el caso actual es de unos 40 μm, un grosor excepcional, por lo que conocemos hasta el presente en producciones de barniz negro. A pesar de ello, está bien vitrificado, con escasas y muy pequeñas inclusiones, correspondientes a óxido de hierro, y algunos poros alargados (Fig. 17 P). Su adherencia a la matriz es buena y el resultado es un barniz de muy buena calidad y fácilmente reconocible macroscópicamente, resultado de un alto grado de conocimiento técnico por parte de los ceramistas etruscos (Fig. 12). La caracterización arqueométrica de los 29 individuos de Empúries nos ha proporcionado un panorama distinto al esperado y que sugiere que la distribución de barniz negro tardorrepublicano en la península ibérica fue un proceso complejo en el que probablemente estuvieron involucrados más áreas productoras y talleres de los que se ha venido asumiendo tradicionalmente. Con una muestra relativamente pequeña, si la comparamos con los 56 individuos analizados en Ilduro/Iluro, se han identificado cinco grupos diferentes que pertenecen, muy probablemente, a cinco producciones distintas. Ciertamente, se trata de un número elevado de grupos que podría incrementarse con un muestreo más amplio. Cabe recordar que Picon ya documentó en su día la presencia de cerámica calena en Empúries. Destacan las cerámicas clasificadas arqueológicamente como imitaciones de Campaniense A. Es interesante la relación composicional que se puede establecer entre este grupo y el conocido como taller de Rosas. Como ya hemos destacado en el apartado correspondiente, la asociación se produce entre materias primas, dado que el taller finalizaría su actividad un siglo antes de que nuestras imitaciones fuesen producidas. A pesar de ello, Rosas o una zona cercana estaría en el origen de estas imitaciones que llegaron a Empúries hacia el tercer cuarto del siglo II a. C. A nivel técnico, se trata de una producción calcárea que se caracteriza por la presencia de individuos cocidos a diferentes temperaturas y con un barniz que varía en grosor, siempre con numerosas burbujas y una adherencia a la matriz deficiente. Todo ello permite inferir un dominio pobre de todo el proceso de fabricación y cocción que dará lugar a productos que perderán fácilmente el barniz, que es el elemento que impermeabilizaría la vajilla frente a la penetración de líquidos. Con lo cual, sería un producto con un periodo de uso limitado. Cabe destacar, finalmente, que todos los individuos clasificados arqueológicamente como imitaciones se incluyen en este grupo, pero también dos individuos clasificados como Campaniense A tardía. Respecto a la Campaniense A propiamente dicha, los dos individuos identificados como tales presentan las características típicas de esta producción: cerámicas poco calcáreas y con un barniz que presenta una buena adherencia a la matriz. Para estos dos individuos, la clasificación arqueológica coincide con la clasificación arqueométrica. Los resultados más sorprendentes han sido los de los grupos etrusco/laciales, 1 y 2. Se trata de producciones que no habían sido identificadas anteriormente en el nordeste peninsular y que se daban como calenas. Así, en el grupo 1 se incluyen aquellos individuos clasificados arqueológicamente como Cales antiguo, medio y tardío, mientras que en el grupo 2 todos los individuos se habían clasificado como tardío. Se trata de dos grupos similares composicionalmente, calcáreos, siendo el 1 el que presenta las concentraciones de CaO más bajas. Ambos comparten el mismo proceso técnico, con individuos cocidos a diferentes temperaturas y un barniz que muestra un grosor medio, excepto para los individuos cocidos a temperatura más elevada, para los cuales el grosor es superior. A pesar de las similitudes, el barniz del grupo 1 muestra una aplicación más homogénea y una mejor adherencia a la matriz proporcionando un barniz negro y denso; en cambio el barniz del grupo 2 se desprende con facilidad debido a una deficiente adherencia a la matriz y una aplicación menos homogénea. Estas características son probablemente las causantes de la clasificación de los individuos del grupo 1 como Cales antiguo, medio, etrusco -y uno como Cales tardío- y los del grupo 2, como Cales tardío. También se han identificado productos etruscos que se corresponden con los clasificados como tales durante su estudio arqueológico. Este grupo, que es calcáreo, es el que presenta una mayor homogeneidad a todos los niveles, composicional y técnico. En este sentido, cabe destacar que los cuatro individuos etruscos están cocidos a la misma temperatura y presentan un barniz muy grueso, con una buena adherencia a la matriz, que confiere una gran calidad a los productos finales y que resulta visible a simple vista. Hemos relacionado este grupo con Volterra a partir de datos publicados, pero podría corresponder a una zona cercana, incluso a Arezzo. De lo que no hay duda, es de su carácter etrusco, aunque difiere en cuanto a composición y barniz, de la cerámica etrusca identificada en Ilduro/Iluro. Finalmente, respecto al contraste con Cosa, cabe destacar que el grupo etrusco/lacial 1 es el único que incluye individuos de los tres yacimientos analizados hasta el momento, es decir la colonia romana, Empúries e Iluro. Estos resultados combinados con los obtenidos para Ilduro/Iluro dibujan, como se sugiere al principio de estas conclusiones, un panorama ciertamente más complejo de lo que esperábamos. A pesar de que no es el objetivo de este artículo analizar en profundidad las rutas que siguieron los productos de barniz negro que abastecieron el NE peninsular, nuestros resultados, así como los de otros autores (Madrid y Sinner, 2019, con bibliografía), permiten proponer que además del barniz negro procedente de la Campania, otras producciones hasta hoy desconocidas, como las etrusco/laciales aquí identificadas, también se exportaron al NE peninsular, llegando al menos a Empúries en cantidades importantes. En trabajos anteriores llegábamos a la conclusión de que al menos se podían proponer dos circuitos principales, uno para los productos de Cales y otro para la producción Etrusca: el primero llegaría a la costa mediterránea hispana y a la Galia, y desde la costa gala llegaría hasta Baviera. El segundo sería el seguido por la cerámica etrusca, la cual a través de los Alpes abastecería a las regiones de Europa Central. No obstante, con los datos que acabamos de presentar este panorama parece complicarse, puesto que tenemos una nueva área de producción donde se ubicarían los talleres que fabricarían los productos de los grupos etrusco/lacial 1 y 2, los cuales seguirán una ruta o rutas de las que podemos rastrear dos paradas: Cosa y Empúries (Fig. 19). Hipotéticamente, estas producciones podrían alcanzar el nordeste peninsular vía golfo de León, a través del cabotaje, de la misma manera que lo haría el barniz negro etrusco, fabricado probablemente en Volterra, Arezzo o alrededores. Una duda que solo un estudio más amplio podrá solventar, es si los productos etruscos/laciales viajaron directamente desde un puerto principal italiano (y si es así, cuál/es) hacia Massalia o algún otro puerto principal del sur Francia o del NE Peninsular -los resultados de los análisis realizados en Tarraco y Baetulo serán claves para dilucidar esta cuestión- desde donde se redistribuyen a través del cabotaje. En el caso de las ciudades layetanas, y a tenor de los datos actuales, de momento parece que los productos etrusco/laciales no son frecuentes. Por ello, es plausible la hipótesis de que el suministro a estos núcleos se hizo mayoritariamente -o al menos en parte- desde Cales, presentando un patrón de abastecimiento distinto al observado en Empúries. Con la información actual, no parece lógico considerar Emporion como el puerto principal desde el que se distribuyeron las cerámicas calenas presentes en los mercados del NE peninsular a partir del último cuarto del siglo II a. C. Quizás debamos considerar los importantes enclaves portuarios de Tarraco o Carthago Nova como los principales centros redistribuidores. En cualquier caso, debemos esperar a los resultados de los análisis de los yacimientos de Badalona y Tarragona, para poder corroborar o refutar estas hipótesis e ir completando el complejo entramado de producciones, circuitos comerciales y redes de distribución y de redistribución que debió significar el aprovisionamiento de esta vajilla. Posibles rutas a través de las cuales se distribuiría el barniz negro tardorrepublicano en la costa catalana.
Un cambio de paradigma paleotopográfico en Gadir-Gades. Geoarqueología de profundidad en su estrecho interinsular (canal Bahía-Caleta) La paleotopografía de la ciudad de Gadir-Gades es un elemento fundamental para la comprensión del proceso histórico acontecido en este ámbito tan singular del entorno atlántico-mediterráneo. Recientes actividades arqueológicas y geoarqueológicas en la parte central del antiguo canal "Bahía-Caleta" (Edificio Valcárcel, 2018) han demostrado la existencia de un activo fondeadero ubicado entre 20 y 40 m circa de profundidad bajo el actual nivel del mar, muy fértil desde un punto de vista arqueológico, de cuya interpretación se infiere que este canal natural estuvo abierto entre época fenicia arcaica y al menos el Alto Imperio. Este singular hallazgo afecta a la reinterpretación de la paleotopografía de las islas gaditanas y al urbanismo de la ciudad, que se desarrolló en un entorno insular, frente a lo que se pensaba hasta la fecha. En este trabajo se presentan estos nuevos hallazgos y se reflexiona sobre las implicaciones histórico-arqueológicas que se derivan del mismo, abriendo sugerentes líneas inéditas de investigación para el futuro. Dedicado a Francisco Ponce Cordones, quien le transmitió en 1972 a García y Bellido el hallazgo del canal Bahía-Caleta, y que pensó publicar estos resultados en el no 44 de AEspA siguiendo su consejo, proceso que no vio la luz por la muerte del maestro. Cádiz, la antigua ciudad de Gadir/Gades, es uno de los enclaves arqueológicos más importantes de la península ibérica en la Antigüedad; por su longevidad, considerada la ciudad más antigua de Occidente (excelentes síntesis en Bendala, 1988; Domínguez-Monedero, 2012; Ruiz Mata, 2018; Niveau, 2019), y con una continuidad e importancia relevantes hasta al menos época antoniniana o primo-severiana (Bernal-Casasola, 2008); capital del conventus homónimo; lugar de nacimiento de ilustres romanos como los Cornelios Balbos, que tanto influyeron en la Roma de época cesariano-augustea; y uno de los puertos redistribuidores y comerciales más importantes de Extremo Occidente, como se han encargado de poner sobre la mesa las fuentes grecorromanas y múltiples indicadores arqueológicos, especialmente de carácter económico y comercial (una excelente síntesis en Rodríguez Neila, 1992; y en clave diacrónica en el monográfico de la revista Rampas, editado por Arteaga y Schulz, 2008). Con sagacidad y buen criterio esta influencia de la oligarquía gaditana en el mundo antiguo ha sido definida por algunos autores como la "gaditanización de Hispania", pues afectó, en clave de longue durée, a múltiples aspectos de la sociedad, desde la iconografía monetal o la tipología anfórica, copiadas por doquier, a múltiples otros aspectos de la vida cotidiana hispanorromana (Chic et al., 2004). Esta notoria representatividad no ha corrido pareja a unas evidencias arqueológicas que le hayan hecho justicia, debido, fundamentalmente, a tres factores: es una ciudad histórica que desde su fundación no ha cambiado de sede, lo que dificulta la visibilidad arqueológica de sus fases más antiguas, soterradas por las edificaciones de periodos posteriores catalogadas y protegidas, lo que imposibilita investigaciones en open area; su compleja paleotopografía insular, erosionada por la dinámica marina, fruto de fenómenos de transgresión/progradación a lo largo de su Historia y "forrada" por murallas de época moderna; pero, especialmente, la escasa investigación derivada de la arqueología preventiva, como resultado principalmente de la ausencia de programas integradores de arqueología urbana, previstos en el Reglamento de Actividades Arqueológicas de la Junta de Andalucía pero nunca bien ejecutados (Vallejo y Niveau, 2001; Bernal-Casasola y Lara, 2012). Ello ha llevado a contar con múltiples, pero a veces inconexas novedades, a trabajos relevantes de interés internacional pero centrados en aspectos concretos, de lo cual, con nostalgia, se lamentaban recientemente algunos colegas (Abad y Corzo, 2017). Esta tendencia ha mejorado notablemente en las últimas dos décadas gracias a hallazgos claves para la comprensión del pasado fenicio-púnico como es el caso del Teatro Cómico (Botto, 2014); y para época romana especialmente gracias a los trabajos sobre el mundo funerario en diacronía (Niveau y Gómez, 2010; Arévalo, 2016); la topografía urbana (Lara, 2019), espacios públicos como el Theatrum Balbi (Bernal-Casasola y Arévalo, 2011; Borrego, 2013), el sistema de abastecimiento, distribución, almacenamiento y evacuación hídrica de la ciudad (Lara, 2018a y 2018b), las áreas domésticas de época imperial (Lara y Pascual, e. p.); o actividades industriales con el reciente hallazgo del "Testaccio haliéutico" de Gades (Bernal-Casasola y Vargas, 2019), por citar algunos casos paradigmáticos. Nos encontramos, por tanto, en un momento de aceleración positiva para la arqueología gaditana, en el cual se inserta la contribución que presentamos en estas páginas, que permite mostrar algunas novedades relevantes sobre la paleotopografía del archipiélago gaditano, derivadas de las recientes excavaciones arqueológicas en el Edificio Valcárcel, situado junto a la mítica playa de la Caleta. De la hipótesis del canal "Bahía-Caleta" (1972) a las primeras y pioneras investigaciones geo-arqueológicas del paisaje cultural marítimo de Cádiz (2001) Objeto de atención desde tiempos inmemoriales, el archipiélago gaditano ha sido siempre difícil de definir desde un punto de vista fisiográfico debido a la complejidad de la bahía y del ámbito oceánico en el cual se inserta. Conviene destacar los pioneros trabajos geológicos de Juan Gavala y Laborde, cuyos estudios y propuestas gráficas constituyen la base cartográfica sobre la cual se han centrado los análisis posteriores. Publicado hace la friolera de sesenta años (Gavala y Laborde, 1959), permitió además de otras cuestiones sobre la formación de la bahía, constatar con claridad la existencia de dos islas: la "isla de León", actual San Fernando, situada en el fondo de saco de la bahía; y la "isla larga", entre Sancti Petri y el casco urbano actual de Cádiz (Fig. 1 A). Islas gaditanas según el mapa de Juan Gavala y Laborde (A); ubicación de las tres islas según Corzo (B) y propuesta del canal publicada por Ponce, con detalle del mismo (C y D). A mediados del verano del año 1972 Francisco Ponce informaba a D. Antonio García y Bellido de su descubrimiento: "la existencia de un canal entre la bahía y el mar libre a través del casco urbano de Cádiz", propuesta que originalmente estaba destinada a las páginas de Archivo Español de Arqueología, por sugerencia del profesor García y Bellido, pero que por su inesperado fallecimiento no fructificó, viendo la luz años más tarde, primero en la prensa local (artículo publicado en el Diario de Cádiz el 12/12/1976) y posteriormente en Anales de la Universidad de Cádiz (detalles en Ponce, 1985). Esta propuesta estaba basada en la inexistencia del firme geológico a gran profundidad, detectada en varias obras de la ciudad, y en el análisis de las diferencias acusadas de cotas de nivel en función de la cartografía (Ponce, 1985, pp. 103-104). Posteriormente, esta hipótesis fue aceptada por los investigadores que se acercaron a este tema; comenzando por Ramón Corzo, quien reconocía que esta propuesta fue ideada por Ponce (Corzo, 1980, p. Corzo, además, aportó la idea de la existencia de tres islas en la Antigüedad: Erytheia, la pequeña; Cotinusa, la larga, y otra ‒Antipolis para algunos‒ en la zona meridional de la bahía (Fig. 1 B). También destacamos a Juan Ramón Ramírez, quien dedicó algunas páginas de su conocida monografía a aclarar esta cuestión (Ramírez, 1982, pp. 59-65 y 72-83). En esa década de los ochenta, aparecen las primeras propuestas cartográficas que delimitan el canal (Fig. 1 C y D), con su nomenclatura como "canal Bahía-Caleta" (en adelante CBC), al conectar la rada interior -puerto actual de Cádiz- con la playa de La Caleta, que le dio nombre (Ramírez, 1982, pp. 72-83; Ponce, 1985, p. Esa nomenclatura fue la que se consagró, a pesar del bienintencionado y coherente intento por parte de A. Muñoz de pasar a denominarlo "Canal de Ponce", en un artículo del "Diario de Cádiz" de 7/04/2001, que no ha terminado de calar bibliográficamente. Para su plasmación gráfica, los investigadores utilizaron como referencia las curvas de nivel de la cartografía antigua (planos de 1911 en adelante), con unos límites imprecisos y recurriendo a argumentos geológicos y geomorfológicos para explicar su aterramiento (Corzo, 1980, p. La existencia del CBC también ha sido tradicionalmente aceptada por los geólogos y geomorfólogos que han estudiado la bahía desde diferentes perspectivas, siendo considerado como parte de la desembocadura original del río Guadalete en época geológica, y muy afectado por los activos procesos de sedimentación y continentalización (excelentes síntesis en Gracia et al., 2000 y 2005). Casi treinta años después de la identificación de este brazo de mar natural entre las islas Erytheia y Cotinusa, un equipo interdisciplinar de las universidades de Sevilla y de Bremen, liderado por O. Arteaga, realizó las primeras investigaciones geoarqueológicas en Cádiz, aplicando una metodología que había aportado importantes novedades y resultados en la franja costera de la Andalucía litoral (Arteaga y Hoffmann, 1999). Tras el "proyecto Antipolis" en San Fernando, se realizaron los primeros sondeos geoarqueológicos en el casco histórico de Cádiz en el año 2000 (FER-239 en la Plaza de la Candelaria; y FER-240 en el Cine Cómico; Arteaga et al., 2001, p. 355), iniciando un año más tarde un detallado programa de sondeos geo-arqueológicos en la bahía gaditana, con una metodología que se ha demostrado tremendamente eficiente para la resolución de problemas histórico-arqueológicos entre la Prehistoria Reciente y el Medievo; y pionera en su momento en España, que generó un modelo de actuación desarrollado con posterioridad por otros equipos (una excelente síntesis, con toda la bibliografía detallada en Arteaga y Schulz, 2008). Se realizaron 19 perforaciones geoarqueológicas distribuidas por el casco histórico de Cádiz, ubicándolas en torno a sus orillas y en puntos destacados selectivamente en función de un análisis cartográfico previo y de un conocimiento muy detallado de la paleogeografía de la ciudad (Fig. 2 A). Se alcanzaron profundidades diversas, llegando a los 8,5 m la más profunda. Estos trabajos constituyeron una auténtica revolución en su momento, pues permitieron por primera vez la verificación empírica de la existencia del CBC, habiendo generado una propuesta interpretativa para la paleotopografía de las islas gaditanas que se ha mantenido hasta la actualidad (trabajos sintetizados especialmente en Arteaga et al., 2001 y 2004; Arteaga y Roos, 2002; con todo el desglose bibliográfico en Arteaga y Schulz, 2008). Como resultados más tangibles de estos estudios interdisciplinares destacamos dos conclusiones: la propuesta de la paleolínea costera en clave de longue durée, entre el Neolítico e inicios del Medievo, con cuatro hitos: el máximo de la transgresión flandriense en torno al 6500 antes del presente; época fenicia arcaica; época de Augusto circa; y en torno al año 1000 BP (Fig. 2 B); y la existencia de un soldamiento de las islas desde inicios de la colonización fenicia arcaica, situado en la zona occidental del canal, el cual daba lugar a la existencia de un amplio "puerto interior", que aprovecharon los fenicios y que se siguió usando en época de los Balbos y con posterioridad, hasta su definitiva colmatación en el Medievo. Estas investigaciones generaron un auténtico paradigma, habiéndose considerado que las islas que habitaron los fenicios, púnicos y romanos se encontraban parcialmente soldadas, idea que ha servido para los trabajos de síntesis posteriores, y que se mantiene en la actualidad. Así, los recientes estudios sobre el urbanismo fenicio arcaico en el Teatro Cómico, con revisión de las excavaciones cercanas y con una propuesta micro-paleotopográfica de la ladera de descenso al CBC, con sugerentes propuestas de reconstrucción virtual e infográfica incluidas (Gener et al., 2014, p. 17, fig. 2), siguen manteniendo la paleotopografía del canal cerrado en su zona occidental; como también hacen otros estudios sobre el urbanismo de Gades (Ventura, 2008, p. Propuesta del trazado del canal Bahía-Caleta por el equipo de Arteaga (A), con la paleolínea de costa en el Neolítico, en época fenicia arcaica, romana altoimperial y durante la Alta Edad Media (B). Como única novedad significativa en los últimos años destacamos la constatación gracias a la arqueología urbana, de la inexistencia de estructuras fenicio-púnicas, romanas o tardoantiguas (que sí medievales ) en lo que sería el perímetro interior del canal; el cual, en caso de haber estado completamente colmatado, habría sido ocupado por la progresiva urbanización de la ciudad, como ha sido propuesto en las recreaciones que se han hecho de la Gades romana en fechas recientes (Fig. 3 A). En esta línea, un reciente estudio sobre la topografía urbana de la ciudad romana con más de 70 intervenciones arqueológicas analizadas, ha permitido elaborar un mapa de dispersión de hallazgos romanos que, de manera indirecta, delimita los bordes del canal, confirmando la ausencia de construcciones preislámicas en su interior, y proponiendo que este pudo haber estado abierto o parcialmente colmatado por marismas (Lara, 2019, pp. 39-40). Además, se ha podido proponer un trazado reperfilado siguiendo las curvas de nivel 5-6 m s. n. m. Recreación tradicional de la ciudad romana de Gades, con la propuesta de edificaciones en un istmo parcialmente consolidado (A); y propuesta reciente del perímetro del canal, con las actividades arqueológicas negativas en la parte interior -en azul- (B). Re-evaluando el estrecho interinsular o canal bahía-caleta: arqueología y geoarqueología en el edificio Valcárcel La rehabilitación del Edificio Valcárcel para convertirlo en Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Cádiz ha permitido reevaluar la problemática geoarqueológica del CBC por dos motivos: es el edificio histórico de mayores dimensiones de Cádiz, con una amplia parcela anexa en un ambiente catastral muy constreñido al mantenerse la retícula urbanística del siglo XVIII que, además, se ubica en la zona central del paleocanal. Todo ello favorecía las posibilidades de estudio de la estratigrafía infrayacente y la colmatación del propio canal (Fig. 4 A). Planimetría catastral de Cádiz con la ubicación del Valcárcel y de los tres sondeos geoarqueológicos en la zona central del canal "Bahía-Caleta" (A); planta del edificio histórico con las diez catas arqueológicas y los geotécnicos (B); y sección planimétrica escalada con las profundidades alcanzadas en las catas geoarqueológicas, con recreación de los diversos horizontes histórico-arqueológicos detectados (C). Entre agosto y octubre de 2018 se desarrolló una Actividad Arqueológica Preventiva con catas arqueológicas y sondeos geoarqueológicos en este inmueble del siglo XVIII (Lara, Bernal-Casasola y Díaz, 2019). La superficie total de la parcela abarcaba 16.087 m2, si bien buena parte de la misma contaba con diversos aljibes y espacios subterráneos muy compartimentados que imposibilitaban su diagnosis. Pese a ello, se ejecutaron nueve sondeos, con diferentes dimensiones, repartidos entre la zona trasera del edificio, el interior del inmueble, la antigua escuela de hostelería e incluso la planta sótano (Fig. 4 B), lo que ha supuesto un peritaje de casi el 10 % del total. Estas catas fueron distribuidas por toda la parcela, lo que ha permitido generar una idea fidedigna del proceso histórico conservado en el subsuelo, con unas secuencias estratigráficas similares. Las principales conclusiones obtenidas se resumen en lo siguiente Secuencia antrópica con pavimentos, cimentaciones, aljibes o vertederos de época moderno-contemporánea (siglos XVIII-XX) -Fig. Algunas de estas estructuras deben vincularse a los momentos previos a la construcción del edificio histórico, cuando todo el entorno estaba ocupado por cererías o huertos, como los de Peñalva o Cepera (Fig. 6 A), hasta la construcción del antiguo hospicio (Ruiz y Jiménez, 2016, pp. 253-255). Entre otras estructuras, se ha individualizado un muro de notables dimensiones que ha de vincularse con una edificación anexa situada en la parte trasera del inmueble, visible en un plano de Cádiz fechado en 1772 (Fig. 6 B). Asimismo, es destacable la notable potencia de los niveles vinculados a esta fase, que en algunos casos llegan a los cinco metros de potencia bajo la rasante actual. Arenas sedimentarias de origen natural documentadas a partir de los -4/-5 m de profundidad, coincidiendo con el nivel del mar, manteniéndose hasta al menos los -7 u -8 m a los que se ha profundizado en alguna de las catas, como por ejemplo el Sondeo 8. Ausencia de estructuras de época fenicio-púnica, romana o medieval en toda la zona peritada. Planta de los sondeos 1 (A) y 5 (B), con las estructuras de época moderno-contemporánea del edificio Valcárcel. Perfil norte del sondeo 3, con la secuencia deposicional, en parte relacionable con el aprovechamiento hortícola de la zona en época moderna (A); y plano de 1772 en el cual se advierten las estructuras traseras del Valcárcel, actualmente no visibles, con detalle del muro documentado, posiblemente perteneciente a dicho cerramiento posterior (B). A estos cortes le siguieron tres sondeos geo-arqueológicos. La metodología aplicada consistió en la extracción por rotación de un testigo continuo mediante una sonda de accionamiento hidráulico marca JR-503, con un diámetro interno de 8,6 cm, montada sobre camión (Fig. 7) y coronas de widia como herramientas de corte. Las columnas estratigráficas generadas fueron tratadas por CONCADIZ Control de Calidad Cádiz SL. La aparición de cultura material entremezclada con el sedimento extraído ha posibilitado, como veremos posteriormente, una reinterpretación integral del proceso de colmatación del canal. Fotos del proceso de ejecución de los sondeos geoarqueológicos (A.- Core 2; B, C.- Core 3). Inicialmente estaba previsto realizar un único sondeo, el cual se situó en lo que debió ser la zona central del antiguo canal (Fig. 4 A y B, Core 1). Aunque la previsión era la de encontrar el sustrato geológico a una profundidad entorno a los -15 m, los resultados del Core 1 fueron totalmente inesperados, ya que se extrajo sedimento arqueológico hasta -31,50 m, no habiendo podido agotar la secuencia arqueológica ante la falta de previsión inicial de alcanzar dicha profundidad (Fig. 4 C). Estos favorables resultados con gran fertilidad desde un punto de vista arqueológico y arqueobotánico provocaron la conveniencia de ampliar los mismos, realizando una segunda cata geotécnica (Core 2) más hacia el norte, pero dentro aún del edificio anexo al inmueble histórico. Aquí se alcanzaron los -45 m de profundidad, pero de nuevo no se alcanzó el nivel geológico. Sí se constataron hallazgos de mobiliario arqueológico muy significativos (Fig. 8). Finalmente, se propuso un tercer sondeo (Core 3), más al norte, pero emplazado ahora al exterior del Valcárcel, en el que se localizó la roca madre a unos -50 m de profundidad (Fig. 9). Con esta disposición (Fig. 4 A y B), se conseguía una sección de la mitad norte de la colmatación del CBC. El hallazgo de una secuencia arqueológica profunda y fértil arqueológicamente y la aparición de la roca a más de -50 m de profundidad sobre el suelo actual (a unos -47 m circa bajo el nivel del mar) superó nuestras previsiones más favorables, de ahí que los hallazgos fuesen consultados con varios colegas y especialistas Estratigrafía del Core 2, con las profundidades bajo la rasante actual y bajo el nivel del mar, los artefactos y biofactos y la descripción sedimentológica de la secuencia (A); con detalle de algunos de los testigos recuperados (B). Estratigrafía del Core 3, con indicación de las profundidades bajo la rasante actual y bajo el nivel del mar, los artefactos y biofactos aparecidos y la descripción sedimentológica de la secuencia (A); con detalle de algunos de los testigos (B). Entrando de lleno en la investigación sedimentológica, paleoecológica y cronológica de los tres sondeos realizados, que está siendo llevada a cabo en la Universidad de Estrasburgo y en la Universidad de Cádiz, se han detectado las siguientes facies o unidades en el Core-2 (Bernal-Casasola et al., 2020). En la parte superior de la secuencia encontramos la Unidad F (de 0 a -3 m; 3,80 m s. n. m.), fechada en época moderno-contemporánea y compuesta por material heterométrico de origen antrópico (Lara, Bernal-Casasola y Díaz, 2019); a continuación, la Unidad E (de -3 a -4,50 m bajo la superficie actual; 0,7 m s. n. m. a 0,80 m b. n. m.), que representa una capa de transición entre la unidad arenosa D y el material heterométrico de la Unidad F, incluyendo sedimentos de coloración grisácea con cantos y carbones. En la Unidad D (de -4,5 a -9,85 m; 0,7 a 6,05 m b. n. m.), los depósitos están compuestos por arenas bien orientadas y arenas más gruesas, incluyendo pequeños cantos de manera puntual. La coloración oscila entre el gris claro y el amarillo-beige. Se identificó la existencia de carbones en la parte superior de esta unidad, junto a algunos artefactos cerámicos. Por su parte, la Unidad C es bastante potente (de -9,85 a -24 m; 6,05 a 20,2 m b. n. m.), compuesta por depósitos de arena de coloración gris más clara, en general bien ordenados. Entre los -17 y los -24 m (13,20 a 20,20 m b. n. m.) hay un cambio de coloración de las arenas, que son grises oscuras en la parte baja y que van mutando hacia el gris claro en la parte superior de esta subunidad. Se han identificado asimismo tres finas capas de arena fina a profundidades comprendidas entre -9,85 y -17 m. La Unidad B es otra de las que presentan mayor potencia, con más de 15 m (20,2 a 32,2 m b. n. m.), con diferentes tipos de depósitos: desde los limos arenosos a arenas gruesas, con capas orgánicas que alternan del gris claro a otras coloraciones más oscuras. Los depósitos sedimentarios presentan abundantes materiales cerámicos y restos orgánicos, habiendo aprovechado uno de los hallazgos en la parte superior de la secuencia (-24,28 m) para realizar una datación por C14, la cual ha permitido obtener una fecha en época romana (56-217 d. Por último, la unidad más profunda es la denominada A (-36 a -45 m; 33,2 a 41,2 m bajo el nivel del mar): depósitos compuestos por limos arenosos grises de color oscuro. Se conservan pocos guijarros de menos de 5 cm a diferentes profundidades. Se ha documentado una mayor concentración de guijarros en torno a -40 m (36,20 m b. n. m.). Esta unidad se ha podido fechar en época fenicia arcaica gracias a la datación por termoluminiscencia de un fragmento de cerámica gris orientalizante recuperado a -45 m de profundidad (Figs. Tabla con la selección de los fragmentos de mobiliario y biofactos del Core 2 (indicando el no de muestra, la profundidad de hallazgo, la materia prima, las dimensiones y detalles generales) (elaboración propia). Por su parte, el Core 3 ha permitido la definición de nueve facies. De nuevo, la más superficial o Unidad I (entre 0 y -3,10 m bajo la superficie; y de 3 m s. n. m. a 0,10 m b. n. m.), compuesta por material heterométrico, se corresponde con la fase moderna identificada en los sondeos arqueológicos. A continuación, la Unidad H (-3,10 a -9,95 m; 0,10 a 6,95 m b. n. m.), compuesta por arenas amarillentas bien orientadas, con un sedimento más grueso en su parte inferior (Subunidad H1) y unas arenas de granulometría fina a media en la zona superior. La Unidad G (-9,95 a -18 m; 6,95 a 15 m b. n. m.) constituye una intercalación de limo arenoso, de coloración mayoritariamente gris. Existen en su interior depósitos más gruesos, con sedimento redondeado y mayoritariamente amarillo, similar a alguna de las facies de la unidad F (Subunidades G3 y G5). Estas capas de sedimentos de mayor tamaño son reflejo de posibles eventos de alta energía. Por otra parte, se advierte una clara diferenciación entre las Unidades E y F a unos 18 m bajo el nivel del mar: las arenas mayoritariamente grisáceas y de mediana granulometría aparecen cubiertas por unos tres metros aprox. de otras arenas amarillas bien orientadas de fracciones semi-gruesas (> 1 mm) y gruesas (> 2 mm) entre -15/-18 m y -18/-21 m bajo el nivel marino. Se detectan elementos arcillosos en escasa proporción y pequeños, y no se han documentado restos cerámicos en su interior. Probablemente este depósito sedimentario pueda estar relacionado con un evento de alta energía, siendo necesarios ulteriores análisis para discriminar si se trata de un paleo-tsunami o una paleotormenta. En el caso de la Unidad E (-21 a -29 m; 18 a 26 m b. n. m.) las arenas amarillas-negras alternan con capas regulares de arcilla de unos 10 cm de potencia. Este cambio detectado en la sedimentación se corresponde además con la aparición de cerámicas, no detectadas en las unidades inferiores. Por su parte, la Unidad D (-29 a -40,5 m; 26 a 37,5 m b. n. m.) se caracteriza por la presencia de arcilla limosa, arena y arena limosa: algunas dificultades durante el proceso de taladrado no permitieron identificar con claridad los límites entre ellas, inferencias que los análisis en proceso permitirán, determinando los cambios en la cantidad de energía vinculada a cada una de las deposiciones. Respecto a la Unidad C (-40,5 a -46,5 m; 37,5 a 43,5 m b. n. m.), se han podido aislar durante el estudio sedimentológico seis subunidades (C1 a C6): el análisis de la subunidad C1 sugiere un cambio en la hidrodinámica del paleocanal, habiéndose constatado depósitos arcillosos grises y limosos. Otras subunidades ofrecen cambios regulares, que oscilan de las arcillas limosas grises a las arenas grises muy bien orientadas. También se ha detectado la presencia de pequeños guijarros en la sub-unidad C6. Por último y de manera sorpresiva, la Unidad B (-46,5 a -50,3; 43,5 a 47,3 m b. n. m.) ha ofrecido la presencia de arenas marinas depositadas directamente sobre el substrato geológico y no depósitos fluviales como esperábamos encontrar; aunque es posible que estos sedimentos fluviales sí existan en otras zonas del CBC. Se trata de arenas de color gris oscuro y tamaño medio-fino, muy bien orientadas. Su procedencia marina se ha podido verificar gracias a la presencia de un racimo de balánidos muy bien conservado a -49,4 m de profundidad (46,4 m b. n. m.), ya que se trata de organismos que habitan mayoritariamente en la zona intermareal, estando fijos al substrato. Da la impresión de que este nivel geológico de base se debe corresponder con parte del acantilado septentrional del paleocanal, colmatado en su momento por agua marina. Aún no disponemos de dataciones absolutas para este sedimento. Al final de la secuencia se ha determinado la existencia de la Unidad A, que se detectó a -50,3/-51 m bajo la superficie (47,3 a 48 m b. n. m.), y que parece corresponder con claridad a los conglomerados del substrato pliopleistocénico. Gracias a este hallazgo en la base del corte se ha podido determinar en este punto una profundidad máxima de 47,3 m b. n. m. Desgraciadamente estos datos no pueden ser extrapolados a todo el canal, siendo necesaria una sección cruzada del mismo, realizando futuros sondeos en otras zonas para conocer con detalle una batimetría máxima de inicios del Holoceno, por lo que la propuesta de su perfil, por el momento, es totalmente hipotética (Fig. 4 C). Los estudios realizados permiten una primera interpretación general desde el punto de vista geoarqueológico y paleogeográfico. En primer lugar, se ha podido verificar que la secuencia soterrada constituye un registro excepcionalmente potente del Holoceno Final, con al menos 40-45 m de sedimentación por debajo del actual nivel marino, útil para el estudio del proceso sedimentario durante los últimos 3000 años. Este hallazgo es de gran interés para la Historia de Cádiz, al menos por varios motivos, que sintetizamos a continuación. En segundo lugar, la secuencia geoarqueológica positiva de estos sondeos ha verificado la existencia de un fondeadero de época antigua dentro del CBC, totalmente desconocido hasta la fecha, y situado a gran profundidad. En tercer término, se han obtenido datos de primer orden, en fase de procesado actualmente, sobre la fisiografía del propio canal natural y sobre la problemática del soldamiento de las islas, como veremos a continuación, lo cual plantea un interés notable desde una perspectiva geológica. A pesar de su importancia, el fondo de este paleocanal profundamente encajonado de época preholocénica no había podido ser identificado, ni tampoco datado su proceso de colmatación hasta la fecha. En relación con su origen podría relacionarse con el paleocurso del río San Pedro, del río Guadalete o del río Guadalquivir, aunque los geomorfólogos se han decantado sobre la segunda de las propuestas (Gracia et al., 2000; y especialmente Llave, 1998, idea desarrollada en Llave, Hernández y López-Aguayo, 1999). Siendo cierto que los efectos tectónicos pudieron haber jugado un papel fundamental en la formación de este paleocanal, es necesaria una investigación adicional para desentrañar su exacto origen. Durante la rápida elevación del nivel del mar tras el último Máximo Glaciar acontecida a nivel mundial entre el Pleistoceno Final y el Holoceno inicial, podría haberse sumergido por acción del agua del mar, ofreciendo un espacio amplio y profundo para la sedimentación. La extrema profundidad que presenta este canal ha de ser considerada como inesperada y sorprendente: al menos a -41,2 m por debajo del nivel del mar actualmente en el Core 2, habiendo alcanzado la roca madre a unos -50 m en el Core 3. Y en último lugar, la secuencia sedimentaria ha comenzado a desvelar los primeros datos sobre el relleno del paleocanal durante los momentos finales del Holoceno, en proceso de estudio, que permitirá obtener muchos datos multi-proxi a corto y medio plazo. A posteriori, un largo proceso de sedimentación fue produciéndose, siendo particularmente activa durante el I Milenio a. C. e inicios del Alto Imperio romano. El estudio paleoambiental y geoarqueológico ya iniciado tratará de dar respuesta a estos profundos cambios de sedimentación. Deberán ser consideradas y testadas varias hipótesis a diferentes escalas espaciales: factores locales, como por ejemplo cambios en la topografía del paleogorge que hubiesen modificado las características de la "trampa" sedimentaria ‒construcción de embarcaderos, muelles...‒, o las modificaciones que en el paisaje de la desembocadura del Guadalete pudo producir la construcción, tal y como nos dice Estrabón, en época de los Cornelios Balbos del Portus Gaditanus en la zona continental (López y Pérez, 2013), lo que conllevaría un mayor proceso de sedimentación en la bahía; factores regionales (como podría ser el caso de la modificación de las células sedimentarias de la bahía de Cádiz, tsunamis, progradación del río San Pedro, y cambios de uso en la cuenca); o factores globales (tales como cambios paleoclimáticos, inundaciones o tempestades). En lo que se refiere a los hallazgos de cultura material hay que indicar que han sido excepcionalmente abundantes en los tres sondeos geotécnicos, de los cuales ilustramos a continuación los más significativos del Core 2: un centenar de artefactos y biofactos, de los cuales hemos seleccionado sesenta y uno (Figs. Muestreados en dos ocasiones (1-15 y 16-61), y excluyendo los hallazgos de los cinco primeros metros superficiales, de cronología moderno-contemporánea (siglos XVIII-XX), todos los demás se concentran entre los -24,9 m de profundidad bajo la rasante y el final de la secuencia (-45 m), como se puede comprobar en la sección estratigráfica; presentando una distribución continua hasta los -36 m de profundidad y luego más esporádica hasta el final (Fig. 8). El 83,6 % son cerámicas (51 ítems), seguidas de los restos arqueobotánicos y algunos artefactos pétreos (5 %, 3 ítems respectivamente), y de las conchas y restos óseos (3,3 % respectivamente). Ilustración de los principales elementos cerámicos y de mobiliario del Core 2 (1-36). Ilustración de los principales elementos cerámicos y de mobiliario del Core 2 (37-61). Respecto a las cerámicas recuperadas, casi todas presentan los característicos virajes del color de la pasta resultado del enterramiento anaeróbico ‒tendencias al color gris‒ (Montana et al., 2014), además de recubrimientos resinosos (Bernal-Casasola y Petit, 1994-1995) en el interior en algunas ocasiones (2, 3, 5, 8, 17, 18, 28, 35, 41 y 42) y organismos marinos adheridos (2, 3, 5, 34, 46); elementos todos ellos característicos del material arqueológico de procedencia subacuática. Algunas de ellas presentan roturas recientes, resultado del proceso de extracción mecánica (9-10 y quizás 11-14). Todas han sido elaboradas a torno, no indicándose explícitamente en la tabla (Fig. 10). Algunas son claramente cerámicas grises protohistóricas orientalizantes, con dos bordes (57 y 58), características de los siglos VIII a VI a. C. en ámbito peninsular (Vallejo, 2005); como se ha podido verificar además por la datación de termoluminiscencia de la pieza 57, ya comentada, que da una fecha sincrónica a la presencia fenicia arcaica (2868 ± 191 BP). El segundo grupo lo constituyen las ánforas de transporte, normales debido al tipo de contexto arqueológico, con 18 hallazgos (35,3 %), distribuidas por toda la secuencia. El escaso tamaño de los fragmentos, y los virajes de color de las pastas por su enterramiento anaeróbico han dificultado su adscripción, habiéndose podido identificar producciones norteafricanas indeterminadas, tanto romanas (1, 2, 3, 5) como posiblemente prerromanas (43); y otras muchas de producción indeterminada (9, 10, 17-21, 37, 41-42, 44 y 55-56). En algunos casos la clasificación es compleja (podrían ser recipientes de almacenaje de gran tamaño), pero el grosor de las paredes y la presencia de resina interior dejan pocas dudas. Destaca un hallazgo singular: la parte inferior de una terracota realizada a molde, de la cual se conserva el pie derecho calzado y parte de los pliegues de la vestimenta, posiblemente una larga túnica, de una figura estante (15). Este tipo de figurillas de terracota, femeninas normalmente, se conocen en ambiente gaditano desde los siglos IV o III a. C. al menos, como en el santuario de La Algaida (Corzo, 2010); aunque están ampliamente distribuidas desde entonces hasta los siglos I y II d. C. con profusión, decayendo a partir de época antoniniana, como por ejemplo en Augusta Emerita donde encontramos algún paralelo cercano (Gijón, 2004, p. En nuestro caso parece una producción en serie con acabados rematados a cuchillo por lo que tendemos a otorgarle una cronología romano-republicana o de inicios de época imperial, a precisar en el futuro con la datación de los paquetes sedimentarios asociados. Su hallazgo en el fondeadero tiene sentido si observamos la cantidad de terracotas ofrecidas a los navegantes en el entorno de la Caleta, especialmente en época fenicio-púnica (Sáez e Higueras-Milena, 2016), de las cuales quizás sea este otro ejemplo votivo más. De los biofactos y otros materiales, destacar su abundancia y variedad: se han recuperado diversos hallazgos malacológicos, entre los cuales destacamos dos gasterópodos marinos completos (7, 32); además de restos óseos (12), ictiológicos (33) o arqueobotánicos de diversa naturaleza, estos últimos muestreados de manera parcial (16, 31, 47), además de las muestras orgánicas usadas en las dataciones radiocarbónicas. La riqueza del archivo biológico del fondeadero ha quedado ilustrada por diversos restos macrobotánicos, entre los cuales se han determinado una bráctea o escama seminífera de pino piñonero (Pinus pinea) junto a un fragmento de la testa o cubierta de un piñón (Pinus pinea), además de una pepita de uva (Vitis vinífera) y una semilla de olivo o acebuche (Olea europaea), todas ellas plantas cultivadas de elevado valor económico, que inciden en la posibilidad de que se trate de restos de alimentos vegetales consumidos o comercializados por los navegantes, atrapados en los sedimentos marinos. Asimismo se han documentado restos de madera, de difícil caracterización, muy alteradas por los procesos de enterramiento en el lecho marino, tratándose, en los dos casos analizados hasta ahora, de angiospermas Todos estos biofactos y artefactos verifican la notable actividad antrópica en el fondeadero de Gadir/Gades entre la Protohistoria y época romana, y la potencialidad del mismo ante futuros estudios interdisciplinares. Conclusiones y perspectivas: un hallazgo subacuático de gran importancia para la historia de Cádiz Los resultados de la actividad arqueológica y geoarqueológica en el Edificio Valcárcel de Cádiz son de gran importancia para el conocimiento de la paleotopografía del antiguo archipiélago gaditano, habiendo aportado información relevante que sintetizamos a continuación. Se ha podido descubrir por primera vez en Cádiz y verificar la existencia de un fondeadero de época antigua en el lecho interior del antiguo CBC, totalmente desconocido hasta la fecha. Constituye un archivo documental intacto de la Historia de Cádiz, en clave diacrónica, como ha verificado la abundancia de artefactos y biofactos (más de un centenar de fragmentos diagnosticables, algo excepcional al proceder de sondeos geotécnicos con diámetros tan estrechos), documentados sobre el nivel geológico de base. Este importante hallazgo ha sido posible gracias a la puesta en práctica de dos estrategias metodológicas interrelacionadas. En primer lugar, el muestreo de la zona central del canal, y no las orillas, dinámica de investigación inexplorada hasta estas investigaciones; y en segundo término, el empleo de sondeos geotécnicos de profundidad, habituales en geofísica marina y en prospecciones terrestres, pero que no habían sido nunca aplicados y bien estudiados en Cádiz. En este caso, se trata de una técnica en la cual las perforaciones se han realizado con maquinaria de altas prestaciones que ha posibilitado la realización de sondeos a más de 40 m de profundidad, que se ha mostrado muy efectiva, y que habrá que continuar en el futuro. Además, no solo habrá que favorecer la ejecución de nuevas perforaciones sino también será de suma utilidad la revisión de las decenas de sondeos geotécnicos realizados en solares antiguos y recientes a ambas orillas del canal y en su zona central, nunca -que sepamos- estudiados en detalle y publicados in extenso (por ejemplo en la fase 2 del parking de Canalejas, c/ Barrocal, hotel Patagonia en c/ Cristóbal Colón, Hotel Catedral, Mercado Central, promociones privadas en la Viña); siendo esta, sin duda, una de las tareas de futuro, vista su potencialidad tras los estudios en el Edificio Valcárcel. La segunda cuestión de interés es la relativa a la notable profundidad del fondeadero prerromano y romano, innecesaria para un activo tráfico marítimo que requería de un calado de varios metros para el acceso de grandes naves onerarias pero no de más de veinte de profundidad. Al menos -45 m en el sondeo que presentamos en detalle (Core 2), que no ha llegado al nivel geológico; y -51 en el Core 3, donde sí se alcanzó la roca madre: estimamos una profundidad media para el mismo en torno a los -50 m bajo la cota actual de calle, o 45 m bajo el nivel del mar en su zona occidental. La localización del nivel geológico solo ha sido posible en el Core 3 (Unidad A; Fig. 9), a unos -50 m bajo la rasante actual de la superficie (unos 47,5 bajo el nivel del mar), que es la profundidad máxima de la orilla o acantilado norte del paleocanal. No es posible por el momento una propuesta fiable sobre la sección del mismo sin proceder a realizar una batería de sondeos en sentido transversal a su curso, siendo esta otra de las líneas de actuación más interesante a corto plazo, proyectados para el año 2021. Además, parece evidente que la existencia del CBC responde a aspectos naturales y geológicos, no antrópicos. Desconocemos la existencia de estudios de detalle de geofísica marina realizados para determinar la profundidad del canal, línea de investigación iniciada hace dos décadas (Llave, 1998; Llave, Hernández y López-Aguayo, 1999), y que habrá que desarrollar al hilo de estos nuevos hallazgos: la existencia de un canal que conectaba la bahía y el océano, con su correspondiente flujo continuo de agua debió haber afectado a la configuración geomorfológica del entorno costero, otra línea de investigación de interés. Como también será necesario reevaluar la propia génesis geológica del canal, considerado tradicionalmente como resultado de la inundación de un paleocauce del río Guadalete (Gracia et al., 2000), cuya interpretación había sido discutida precisamente por la escasa profundidad a la que afloraba aparentemente el geológico en el canal (cfr. Los nuevos hallazgos del Valcárcel eliminan este problema, aunque ponen otros sobre la mesa, como es la ausencia de guijarros ‒frente a la aparición de biocalcarenita‒ en la secuencia geológica de base del Core 3, a -50 m de profundidad; los cuales deberían aparecer si el fondo del CBC fuese un antiguo paleocauce del río Guadalete, como ha sido propuesto por los geólogos Estas nuevas evidencias verifican cómo el interés de los hallazgos del Valcárcel supera los límites histórico-arqueológicos, siendo de gran interés para la geodinámica de la bahía de Cádiz. En tercer lugar, se debe destacar la datación de la actividad del fondeadero, que ha podido ser precisada con claridad. De una parte gracias a los numerosos hallazgos cerámicos aparecidos, entre los cuales destacamos algunas cerámicas grises protohistóricas en la parte baja de la secuencia, que inducían a pensar en unos momentos entre época fenicia arcaica y el siglo VI a. C.; y algunas cerámicas romanas, como la terracota a molde citada, que permitían proponer unas cronologías de época tardorrepublicana o de inicios de época imperial; la ejecución hasta la fecha de tres dataciones absolutas, habiendo utilizado dos métodos diversos (C14 y termoluminiscencia) ha permitido verificar el carácter cíclico de la secuencia (fechas más antiguas abajo y viceversa) y situarla entre época fenicia arcaica y púnica, considerando el decalaje (850 ± 191 en la datación de TL a -45 m; 754-411 a. Esta información, correlacionada, confirma la génesis de buena parte del fondeadero en la Antigüedad, y concretamente la parte más activa del mismo (Unidades A y B del Core 2). Las dataciones corren parejas a las fechas más antiguas de la primera presencia tiria en Gadir, establecidas en torno al 820-800/750 en la Fase II /Fenicia A de las excavaciones en el Teatro Cómico (Gener et al., 2014, p. No obstante, recordamos que estas cronologías corresponden a la parte más baja explorada del fondeadero, pero no a sus niveles basales (en torno a -45 m en el Core 2 y -50 m en el Core 3): por lo que es muy probable que estas dataciones se rebajen en futuros estudios, y que puedan retrotraerse a momentos del Bronce Final o incluso de la Prehistoria Reciente, conscientes de la actividad humana en el entorno de la orilla de Erytheia en el Neolítico o en la Edad del Bronce, como han demostrado los recientes estudios en el Olivillo y en el Colegio Mayor Universitario (Ramos et al., 2019), junto a otros hallazgos anteriores. La fecha de época romana es del mismo modo llamativa, pues el arco cronológico que aportan los datos del Core 2 es coincidente con el otorgado por el registro arqueológico de la ciudad: se encuentra directamente relacionado con el desarrollo y actividad de la ciudad romana imperial. Sin embargo, la fecha más reciente y que parece que marca el cese de la actividad del fondeadero, el año 217 d. C., se podría correlacionar con las fechas de abandono y escasa actividad en la mayoría de las áreas intramuros y extramuros de Gades, que oscilan entre finales del siglo II d. C. y principios del siglo III d. C. (Lara, 2019), detectada estratigráficamente en lugares tan emblemáticos como en el Theatrum Balbi, uno de cuyos vomitorios se amortizó en estos momentos (Bernal-Casasola et al., 2013). Estos sondeos han puesto sobre la mesa la importancia de la necesidad de proceder a la datación de los artefactos recuperados en el interior de los sondeos geotécnicos junto a los biofactos de la secuencia sedimentaria. Hemos de tener en cuenta los elevados fenómenos de residualidad cerámica (como se ha confirmado en los sondeos arqueológicos del propio Valcárcel, en los cuales en los estratos de los siglos XVIII y XIX aparecieron fragmentos rodados de época púnica y romana), y el arrastre de los mismos como resultado del propio proceso de perforación mecánica por el sistema de rotación. No ha sido posible, como era nuestra intención, correlacionar los geotécnicos del Valcárcel con las perforaciones del año 2001, en las cuales están las profundidades, pero no las cronologías. Este es otro de los aspectos a plantear en futuros trabajos geoarqueológicos. Desde un punto de vista cronológico, consideramos que son tres los aspectos a desarrollar en el estudio en curso de la secuencia de los sondeos del Valcárcel: Datar el inicio de la actividad del fondeadero, que como decimos ha de ser anterior a las dataciones radiocarbónicas (siglos VIII-V a. C.), que aportan un terminus ante quem. Precisar el momento de sedimentación y de definitiva colmatación del canal, a través de la cronología de los estratos con escasa incidencia antrópica (Unidades C y D del Core 2, entre -5 y -24 m). Somos de la opinión, por argumentos históricos, que el mismo debió haber acontecido entre época tardorromana y medieval (siglos III-XIV), aunque es necesario verificarlo, puesto que no hay que descartar que construcciones como el conocido Portus Gaditanus ya citado, mandado erigir por Balbo en la zona continental (síntesis actualizada en López y Pérez, 2013) hubiese sido el responsable de los cambios geomorfológicos y, con ello, indirectamente, del cegado del CBC. O que los sedimentos portuarios resultado del prolongado uso del canal hubiesen a la postre generado su cegamiento, como ya proponía en los años ochenta J. R. Ramírez. Precisar dentro de la veintena de metros de sedimentación con indicadores antrópicos, qué parte corresponde a época fenicia, a momentos púnicos y a la presencia de Roma en estas tierras de Baetica, pues el proceso de formación de la columna sedimentaria evidenciará, indirectamente, cambios de gran calado a nivel de toda la bahía gaditana. Esta última reflexión nos lleva al cuarto aspecto de interés, cual es el estudio de la colmatación sedimentaria del CBC desde una perspectiva interdisciplinar. La estratigrafía de los tres sondeos geoarqueológicos realizados (de la cual se presenta como primicia el Core 2 completo y parte del Core 3 en este trabajo), es coincidente, indicando un proceso de colmatación similar, al menos en esta zona norte del canal: estructuras antrópicas moderno-contemporáneas en los primeros metros (-1/-4), datables desde el siglo XVIII hasta la actualidad, que es cuando se urbaniza esta parte de la ciudad de Cádiz (Ruiz y Jiménez, 2016); una amplia zona de sedimentación sin indicadores antrópicos (-4/-25), interpretada como el periodo de arenamiento o colmatación del canal, pendiente de dataciones aún, pero que tendemos a fechar en época tardorromana-medieval como hemos adelantado antes, también motivado por el abandono y cese ocupacional de la ciudad imperial; y una zona de gran potencia y especial concentración de marcadores antrópicos (-25/-45), periodo en el cual el canal estuvo en activo y utilizado como área portuaria para las actividades marítimas y comerciales, entre época (al menos) fenicia y romana altoimperial. En quinto lugar, y terminando con una perspectiva macroespacial, estas nuevas investigaciones son de gran interés en relación con la reconstrucción paleotopográfica del archipiélago gaditano. Las investigaciones geoarqueológicas en el Edificio Valcárcel han verificado que al existir un fondeadero en esta zona en el primer milenio y el Alto Imperio este sector occidental del CBC se encontraba totalmente abierto. Además de ello, la gran profundidad a la que aparece su fondo hace prácticamente imposible, siguiendo la máxima pendiente natural del fondo a tenor del tipo de sedimento fangoso-arenoso existente, que a lo largo de su longitud el mismo hubiese estado cerrado. Pero si además sumamos a este discurso la propuesta de Arteaga de que el canal se encontraba abierto en su zona central y oriental (Arteaga et al., 2001; Fig. 2 A, desde la Plaza de Cañamaque, colindante con el perímetro oeste del Valcárcel, al este), con amplias zonas navegables a menos de 300 m en dicha dirección, verificadas por estudios geoarqueológicos previos, como en La Viña, Puerto Chico o la Plaza de la Catedral (Arteaga y Roos, 2002) es posible proponer que el canal Bahía-Caleta estuvo totalmente abierto en la Antigüedad. Esta constatación es de gran importancia para el conocimiento de la topografía y el urbanismo de la Cádiz fenicia y romana, ya que parece que toda ella estaba orientada al mar, a través del canal navegable entre las dos islas. Ello permite entender con mayor facilidad el trasiego de mercancías en una ciudad productiva y comercial, que debió disponer de estructuras portuarias y embarcaderos a lo largo de todo el tramo del CBC, como proponemos en nuestra reconstrucción actual (Fig. 13), frente a la imagen de un archipiélago soldado en la Antigüedad, que es la tradicional, como podemos comprobar en recreaciones recientes, asesoradas científicamente (como en Fernández-Palacios, 2009, p. Será tarea de futuro para los arqueólogos e historiadores reflexionar, al hilo de estos hallazgos, sobre la fisonomía y vida cotidiana en la ciudad de los Cornelios Balbos. Recreación de las islas gaditanas en época romana, con canal abierto tras las investigaciones en el Edificio Valcárcel. Esta nueva realidad paleogeográfica de un ambiente insular para Gadir-Gades permite, adicionalmente, aclarar algunas inconsistencias, como por ejemplo las citas a la ciudad gaditana como las Gádira en plural, de lo cual se inferiría el mantenimiento de su carácter insular, citado además expresamente por varios autores, como por ejemplo Estrabón (Geografía, III, 5, 3-4) o Plinio (NH IV, 120). Así como las referencias, de manera indirecta, al canal existente entre las islas gaditanas en los autores clásicos, citando incluso su anchura, desde Plinio (100 pasos) a Solino (700 pies) o Isidoro (120 pasos), como se han encargado de recalcar diversos autores (Tovar, 1974, p. Otras interferencias han sido la total ausencia de estructuras portuarias o de otra naturaleza en la zona central de La Caleta, que deberían haber existido en caso de estar esta zona consolidada; y la falta de correlación entre la propuesta publicada de la paleolínea del canal con algunas actividades arqueológicas que habían deparado hallazgos portuarios, como las de la Plaza del Mercado o las de la escollera de la c/ Sagasta 96-98 (Bernal-Casasola, 2012). Revisando la bibliografía al hilo de estos nuevos hallazgos, otros autores han manifestado abiertamente la posibilidad de que el CBC se encontrase abierto en época preislámica, con argumentos diversos, pero sin confirmación explícita. Especialmente clara en los últimos años ha sido la propuesta de J. M. Pajuelo, al hilo de la ejecución de varias excavaciones preventivas urbanas, aún inéditas (Pajuelo et al., e. p.), arguyendo la existencia de hallazgos de cerámicas en la base de sondeos geotécnicos, como por ejemplo en los realizados en la c/ Virgen de los Desamparados 6-8 a -14 m de profundidad, que hicieron pensar en un brazo secundario del canal principal 8, de pendiente suave y plana (supuesto perfil típico de invierno) y cubierta por una duna eólica, que confirmaría que la inundación marina llegaba hasta el solar intervenido y que la paleotopografía tradicional propuesta para el estrecho interinsular no era acorde con estos restos arqueológicos (Pajuelo et al., e. p., pp. 4-9 y 23-26). Estos hallazgos permitieron a uno de estos investigadores proponer la posible existencia de un puente romano para conexionar ambas islas y llevar agua a las fábricas conserveras desde Cotinusa hasta Erytheia (Pajuelo, 2017) Para el futuro restan algunos aspectos a precisar desde un punto de vista paleotopográfico. El primero, determinar la sección del paleocanal, hoy no viable, ya que solamente conocemos el geológico en un punto (el del Core 3), a unos -50 m de profundidad bajo la rasante actual. Serán necesarios más sondeos geotécnicos en el futuro para poder determinar su sección y su profundidad máxima, que posiblemente supere la comentada anteriormente. Y también trasladar estas mismas propuestas a su sector central (área de la Catedral) y oriental (plaza de San Juan de Dios), para determinar su pendiente basal. También será necesario profundizar sobre las paleo-orillas del canal, sobre lo cual se ha insistido en los últimos años, proponiendo la cota +5/6 m sobre el nivel del mar para determinar su trazado (Lara, 2019). Basta superponer las diversas propuestas realizadas por varios autores, como ilustramos en la Figura 14, para advertir la necesidad de una futura geoarqueología de detalle, integrando las investigaciones recientes, para eliminar divergencias; incluyendo propuestas poco conocidas, como la relativa a la existencia de una paleocala junto al Castillo de Santa Catalina (Gracia, 2019, p. Diferentes propuestas de las orillas del canal bahía-Caleta según los diferentes investigadores. Actualmente se está realizando un estudio geoarqueológico de detalle sobre las tres columnas estratigráficas extraídas, para obtener una datación de alta resolución de todos los tramos de la secuencia y profundizar sobre cambios paleoambientales (movilidad litoral), climáticos y eventos extremos (tempestades, tsunamis...) a través de una aproximación integrada al registro sedimentario (hidrodinamismo, tasa de materia orgánica, condiciones de los depósitos ‒macro y microfauna‒, tasas de contaminación, palinología, y mineralogía para una mejor comprensión de la dinámica geológica del canal, los posibles aportes sedimentarios y su evolución), con especialistas de las Universidades de Estrasburgo y Cádiz fundamentalmente, con la colaboración de otros colegas. Estos recientes hallazgos son de gran interés para el estudio de la historia, la arqueología, la geología, la geomorfología y muchos otros aspectos de Cádiz y de su bahía, por lo que en los próximos años serán temáticas que darán rienda suelta a la pluma de la investigación especializada.
Preside la escena del Banquete infernal del monumento orientalizante de Pozo Moro una figura entronizada con cuerpo humano y dos cabezas animales idénticas y superpuestas. Se propone identificarla con una deidad asimilable a Nergal con su gemelo Erra, o sus correspondientes Lugal-irra y Meslamta-ea, señores del Inframundo. Aunque su culto se extendió por Siria y el entorno de Fenicia, especialmente en Samaria, es el Alto Éufrates donde parece concentrarse un sorprendente conjunto de indicios que permitirían precisar que fue allí donde se gestó la idea o la imagen que vemos finalmente plasmada en Pozo Moro: la implantación en la zona del culto de Nergal; especial proximidad en cuanto a los elementos iconográficos de origen neohitita que aparecen en los frisos de Pozo Moro; frecuencia de las representaciones de seres híbridos en su relivaria y la constatación de iconografía de seres híbridos devorando humanos que encuentran su reflejo en el Banquete infernal; permanencia en la zona de comunidades fenicias aún en el siglo VII a.C., etc. Es posible que el proceso de transferencia se hubiera realizado a través del culto de alguna deidad fenicia relacionada con el Inframundo, pero no contamos con indicios que permitan precisar de cual pudo tratarse. PALABRAS CLAVE: Pozo Moro, Escena del Banquete infernal, Influencia neohitita en la relivaria ibérica, Nergal y Erra, Lugal-irra y Meslamta-ea. Entre los frisos del monumento de Pozo Moro el relieve que pertenece al lado Este es sin duda el más complejo de todos y el más difícil de escrutar. Las distintas interpretaciones que se han ofrecido del mismo han dado lugar también a diferentes denominaciones del panel: Escena de banquete, Banquete infernal, Ritual de cocimiento, Escena monstruosa, Escena de sacrificio 1 Cannibalistic relief 2 (Fig. 1). En casi todas ellas se insiste en su carácter infernal, aspecto sobre el que ya mostramos nuestro acuerdo (López Pardo 2006: 145-146). Las explicaciones concretas han sido por lo general muy sugestivas a pesar de la ausencia de precedentes iconográficos de la escena tanto en la Península Ibérica como en todo el Mediterráneo y Levante. Así, José María Blázquez identificó al personaje entronizado junto a los demás del relieve con unos guardianes de la muerte: genios, daimones o dioses en un banquete de ultratumba, o bien un mito oriental de carácter infernal quizás relacionado con sacrificios humanos infantiles 3. Más recientemente lo ha considerado como una reelaboración del mito de Kronos devorando a sus hijos4. También relevante por enfatizar su carácter infernal es la propuesta de Martín Almagro Gorbea (1993-1994: 114), pues considera que la divinidad representada sería asimilable a alguna de las deidades telúricas de la mitología oriental, Moloch, Kumarbi-Kronos o Tártaro. Kennedy en un trabajo en su momento inédito y coincidiendo en parte con una de las primeras propuestas de J.M. Blázquez, lo vio como una escena de canibalismo protagonizada por una deidad ctónica, escena que de alguna manera sería un reflejo de un sacrificio infantil practicado por los antiguos semitas. Aunque la primera parte de la propuesta parece plenamente asumible, la posible conexión con los sacrificios infantiles parece más improbable, pues nada indica que el molk fuera un rito relacionado con alimentar a un dios infernal5. La hipótesis, al no con-tar con ningún precedente mitológico ni iconográfico oriental se apoyaría exclusivamente en el menor tamaño de los dos humanos desmembrados con respecto a las deidades infernales, que doblarían en estatura a aquellos, y que por lo tanto podrían ser imaginados como niños. Aunque, efectivamente a partir del tamaño de la cabeza y de las piernas se puede señalar que ambos son la mitad de altos que los dioses y genios infernales, esa misma desproporción es la que corresponde al jabalí colocado sobre la mesa del dios entronizado, representado aproximadamente a la mitad de tamaño, igual que los humanos. Esta tradición iconográfica de representar a diferente escala dioses por un lado y animales y humanos por otro, profusamente documentada en el Próximo Oriente, está perfectamente registrada en los relieves neohititas cuyo estilo sirvió de fuente de inspiración a los frisos de Pozo Moro6. El equilibro de tamaño nos lo ofrecen en el mismo conjunto relivario de Karatepe las escenas donde aparecen humanos portando ofrendas de animales y la representación del combate de un hombre con un león (Çambel; Özyac 2003: Skl 8; Skl 10; Nv12) (Fig. 3). En cuanto a la diferencia de escala entre humanos y dioses los mejores ejemplos en frisos neohititas los encontramos en Malatya (act. Milid), donde ya habíamos visto una gran profusión de elementos concomitantes en lo que a iconografía se refiere para distintos rasgos de las escenas de Pozo Moro (López Pardo 2006: 38-39). En la escena de libación del rey a cuatro divinidades el sirviente que conduce el toro para el sacrificio se presenta a mitad de escala respecto al rey y los dioses (Fig. 4). Lo mismo sucede en la escena de la libación ofrecida por la reina Tuwata y en la ofrenda del rey Sulumeli al dios Tarhun, así como en el relieve G (Delaporte 1940: pls. XXII, XXIII y XXIV) (Fig. 5). En Karatepe volvemos a ver un personaje humano que mide la mitad que el dios que porta con una mano un toro muerto y un ave. Igual diferencia de escala se aprecia entre el humano tocado con casco de plumas y el dios que sujeta una liebre en otro relieve del mismo yacimiento (Çambel;Özyac 2003: SVI 4; SKI 15) (Fig. 6). En Alepo sucede otro tanto (Fig. 7). Nada, pues, induce a pensar que los humanos de este relieve de Pozo Moro puedan ser identificados como niños, ni que se trate por lo tanto de una escena en la que unos daimones preparen una bebida a partir de carne infantil para una deidad ctónica que sirviera de base mitológica a los conocidos sacrificios semitas de los primogénitos. Se ha considerado también una escena cuyo modelo sería un banquete real o aristocrático, profusamente documentado en los palacios levantinos, aprovechado para una representación cultual con connotaciones de antropofagia (Blech 1997: 202). Además se ha pretendido ver en el relieve de Pozo Moro a monstruos de insaciable apetito identificables como Mot (Muerte), en una iconografía cuyo origen se encontraría en la doble representación de Seth-Horus con testuces animales en Egipto7, pero cuenta con el inconveniente de que Mot no fue imaginado en el mundo cananeo como una deidad de aspecto doble. Al menos no lo fue habitualmente, pues sólo conocemos una única referencia en la que aparece con un nombre doble, mt w šr (KTU 1.23:8), mientras en el texto fundamental, el de la Lucha entre Baal y Mot (KTU 1.5-6), además de no mencionarse a la divinidad infernal con una denominación doble, no existe ningún indicio en contra de su aspecto unitario8. Muy recientemente, M.S. Smith (2006: 113) ha visto en el personaje entronizado un reflejo de los dos goodly gods, del mito ritual de carácter fertilístico de Ugarit Los dioses apuestos y hermosos, especialmente por el énfasis en el voraz apetito de estas divinida-Figura 2. las escenas y leones de Pozo Moro. No conocemos propuestas de otro tipo que hayan sido tenidas en cuenta. Escena de banquete de Karatepe (Çambel; Özyac 2003: svi 3). des astrales relacionadas con el desierto 9. Pero el autor considera muy adecuadamente que se trataría de un préstamo. Una segunda línea de trabajo ha visto en el friso a una deidad infernal más benévola desde el punto de vista escatológico, ésta es la que ha seguido Ricardo Olmos (1996: 107), para quien la representación se refiere a dos momentos sucesivos de un mismo ritual que adaptarían el ancestral mito de mutación a la inmortalidad conocido como del niño en el caldero. En nuestro análisis (2006: 146-151) tuvimos en cuenta tanto la consideración infernal del escenario propuesta por la mayoría de los estudiosos, así como la idea de mutación a la inmortalidad que propone este último investigador, aunque para nosotros los elementos presentes indicaban que hay dos acciones distintas y opuestas. Una sería de carácter salvífico representada por la acción de beber el difunto en una copa por parte del dios entronizado y otra aniquilatoria en la que vemos un daimon empuñando un cuchillo que dirige hacia otro humano instalado en un recipiente colocado sobre un fuego al que se dirige una serpiente. Los precedentes de este último tema los hemos encontrado descritos con sorprendente fidelidad a lo que nos encontramos en Pozo Moro en el Amduat (189. Un modelo cuya transferencia al mundo cananeo y fenicio no parece en absoluto extraña dados Figura 5. 9 «A los/mis dioses apuestos / a los voraces ya de sólo un día / que maman de los pezones de la Señora; / [que ponen] un labio en la tierra y otro en el cielo / y entran en su boca / los pájaros del cielo y los peces del mar» (KTU 1.23:60-62; Olmo Lete 1981: 446). 10 La presencia en una escena infernal de un humano al fuego choca absolutamente con la imagen fría del Inframundo en Mesopotamia y Siria Palestina, donde no interviene el fuego en ningún caso. Ciertos aspectos de la escatología egipcia parecen haber sido acogidos de buen grado por muchos fenicios especialmente por aquellos que tuvieron un contacto más o menos directo con el país del Nilo. Un indicio a este respecto son las estatuillas de Harpócrates del MAN (Madrid) y del British Museum con sus respectivas dedicatorias al dios en fenicio que parece que tuvieron una finalidad psicopompa: «Il nous décèle l' utilisation funéraire de ces petits bronzes dédiés au «dieu du Soleil Levant», le psychopompe des Egyptiens et des phéniciens» (Ferron 1982: 92-93 los lazos de dependencia política, cultural y religiosa que durante siglos mantuvo Canaán con Egipto y la estancia de un número importante de residentes fenicios en ciudades egipcias, especialmente en Menfis y Tebas, algunos de los cuales volvieron a Fenicia o emigraron a las colonias occidentales11. También en el análisis anterior hicimos una tentativa de identificación de esa divinidad. Aceptamos primero la propuesta muy bien argumentada de J. Blánquez (1999: 266; López Pardo 2006: 154) según la cual se trata de una deidad doble y no de un ente divino de dos cabezas. Propusimos que podría tratarse de una divinidad que funcionaba a manera de los dioscuros, que se alternan en su estancia en el Inframundo. El ejemplo propuesto era el de Thakamún y Šunam, dioscuros del dios El ugarítico. Un tipo de entidad divina doble que permanece en época fenicia, pero que sólo conocemos por el nombre de sus asimilados griegos 12. Esta dualidad con función escatológica nos parecía proyectada sobre Baal en el primer milenio a.C. y apuntamos por ello la posibilidad de que el dios representado sobre el friso de Pozo Moro fuera una deidad que le fuera asimilable (156-165). Máxime cuando Filón de Biblos en Eusebio (PE 1 10. 36-37) atribuía a Taauto (Tot) el idear para Kronos cuatro ojos, dos abiertos y dos cerrados y sobre los hombros cuatro alas, dos como si estuvieran volando y dos como si estuvieran quietas. Una apariencia que según Filón remarcaba su realeza y su soberanía sobre los demás dioses13. Dios con tiara de cuernos y hombre, Alepo (Onnella et al. 2005 abb. 135 De esta manera anotábamos que la divinidad doble estante en el Inframundo representada en Pozo Moro es una peculiar deidad no propiamente infernal, aunque si de carácter ctónico, quizás asimilable a Baal en el mundo púnico, pero de la cual su representación doble carecía de una explicación convincente, que no debe pasar precisamente por la interpretación evemerista de Filón de Biblos. En este trabajo pretendemos matizar algunas de dichas propuestas, analizar las razones de la duplicación de la deidad en un contexto escatológico, el dios que sirvió de base a esta concepción y las deidades fenicias que pudieron seguirle. Para, en última instancia, desentrañar una parte más del mensaje que se pretendía transmitir a quienes leyeran el elaborado discurso del friso de Pozo Moro. UNA DEIDAD DOBLE EN EL MÁS ALLÁ Con cierta frecuencia se ha señalado que en el mundo mesopotámico y en el semítico occidental 14 el destino de todos los difuntos era extremadamente lúgubre y su alimento era pulverulento y su bebida agua putrefacta. Sin embargo algunos textos nos hablan de que las condiciones de vida de ultratumba podían ser notablemente mejores para muchos de los allí conducidos. Según el texto sumerio Gilgameš, Enkidu y los Infiernos y las versiones asirias del Poema de Gilgameš, varios factores condicionan el destino del difunto asignado por las deidades infernales. Entre ellos su descendencia, que cuanto más numerosa mejorará significativamente su situación en el Más Allá 15. También se creía influyente la moralidad en vida del personaje y su papel en el ámbito de la sociedad civil o el tipo de muerte sufrida, así mientras los decesos violentos conllevan una estancia infeliz, sólo caer en combate permite escapar a esta situación (Gilg. Mientras los que desaparecieron de muer-te natural, al que «murió la muerte de su dios» «Descansa en el lecho [de los dioses] y bebe agua pura» (Gilg. Por su parte, los neonatos «Juegan en mesas de oro y plata con almíbar y manteca» (Gil. Otro medio para mejorar su situación estaba sólo al alcance de unos pocos, los más ricos, pues se consigue con abundantes regalos a los dioses infernales. Así el rey Urnamma, fundador de la III dinastía de Ur (2111-2094 a.C.), en un poema elaborado tiempo después, ofrece regalos a los principales dioses y héroes infernales: Nergal, Ereškigal, Gilgameš, Namtar, etc. Los cuales propician que el rey tenga un gran trono y un lugar de residencia en el Mundo Inferior. Será el primero de ellos, Nergal, el que organice su mejor acomodo en el Kur 16. Así el imaginario mesopotámico no tiende a abandonar el Inframundo como lugar inmutable de desolación para todos los difuntos. Se preocupa en desarrollar un sistema de creencias, articula ritos propiciatorios y ofrendas de alimentos para sus muertos, que supongan una mejora sustancial de las condiciones de vida en el Más Allá, de alguna manera equiparables a las terrenales. En este marco es en el que se desarrolló la elaboración de mitos en los que el escenario de primigenios jueces infernales con duras sentencias inapelables es alterado por la llegada de deidades celestes. Según la tradición mesopotámica en el reino de Ereškigal residen los grandes dioses del Inframundo, cuya denominación, Anunnaki, es la misma para referirse a los grandes dioses celestes 17. En distintos poemas escatológicos se destaca su papel como jueces que emiten sentencias sobre los humanos a 14 Sobre las diferencias y similitudes entre ellos, véase por último: Vidal 2004: 108-115. 15 En la versión sumeria de Gilgameš, Enkidu y los Infiernos el que tuvo un solo hijo «se lamenta amargamente junto al clavo de arcilla, hincado en la pared»; el que tuvo tres hijos «bebe agua del odre, llenado por el Joven» y el que ha tenido siete hijos «está sentado en un asiento y escucha los juicios como un asistente de los dioses» (Gil. En la versión ninivita el que tuvo un solo hijo «[Hay una estaca] clavada [en su pared] y llora [amargamente] por eso» (12, 103); el que tuvo tres hijos «Bebe agua [del boto de la albarda]»(12, 107); y el que ha tenido cinco hijos «[Como un hábil escriba,] es de mano suelta; tiene acceso [directo] a Palacio» (12, 111) (Sanmartín 2005: 301). 16 «Después de que Nergal hubo arreglado todo, después de que Nergal hubo coordinado todo, los Anunnaki lo protegieron e hicieron sentar a Urnamma sobre un gran trono del Mundo Inferior». Según esta composición sumeria en el Más Allá existían al menos los siguientes palacios: «de Nergal; de Gilgameš; de Ereškigal; de Dumuzi; de Namtar; de Khušbiša, la esposa de Namtar; de Ningizzida; de Ninazimua» (Chiodi 2000: 13). De ellos, Nergal, Gilgameš, Dumuzi y Zingizzida no son figuras infernales primigenias, sino antiguos prisioneros, que cuentan con palacio en el Irkala pero que no están allí de forma permanente, o bien porque su puesto lo cubre un sustituto o una efigie suya. Algunos de estos precedentes justificaría que el propio rey Urnamma pretendiera conseguir su propio palacio en el Inframundo. 17 En general el nombre se aplica a un grupo homogéneo de dioses celestes o infernales o a las siete divinidades mayores que deciden los destinos, sea de los vivos o de los muertos. En el mito de Nergal y Ereškigal los Anunnaki corresponden al reino de los Infiernos (Pettinato 2000: 126). Se trata de dioses-jueces especialmente severos, arbitrarios incluso en su comportamiento, frente a los cuales se genera una larga tradición mitológica que describe la llegada de otros dioses o héroes a los Infiernos que de alguna manera perturban el sistema preestablecido. A juzgar por los himnos dedicados a Nergal, su descenso al mundo infernal cambia la situación en el Más Allá, aportando vida, magnanimidad, etc. 20. También ésta sería la consecuencia del descenso a los Infiernos de Inanna, cuya incursión introduce las fuerzas de la vida en el reino de la muerte (Bruschweiter 1987: 52). Y un efecto semejante tiene el descenso de Ishtar a los Infiernos. Según la versión del palacio de Assurbanipal, de época neoasiria, en sus últimas líneas se señala que con el retorno estacional de Dumuzi propiciado por la diosa podrán salir a oler el incienso los muertos 21. Creemos que el aspecto doble de la deidad de Pozo Moro viene determinado por una de las características esenciales del Inframundo próximo-oriental que no podía ser burlada fácilmente. La Gran tierra, sumerio ki-gal 22, acadio kigalu, como se denomina frecuentemente al mundo inferior 23, era conocida como «La tierra sin retorno», kur-nu-gi-a (Dhorme 1949: 38). Era por lo tanto una prisión tanto para los humanos como para los dioses que caían en él. El Más Allá es un lugar al que se llega normalmente prisionero y donde se vive en cautividad 24. En la condición de cautivo debió atravesar la entrada del reino de la muerte Nergal y prisionera queda Ishtar en las versiones de época neoasiria de Assur y Ní-nive 25. La misma situación llegaron a padecer Enkidu 26 y el dios Ningizzida 27. En los mitos conocidos a pesar de que los dioses y héroes que descienden al Inframundo reciben consejos para evitar caer prisioneros, en ninguno de los casos el resultado es satisfactorio, normalmente porque se incumple alguno de ellos. De tal manera que la enumeración de los consejos es un recurso literario que enfatiza la extraordinaria dificultad para conseguir el retorno y el carácter casi absoluto de la norma infernal. Se hace inexorable la condición de País del no retorno de la Ultratumba, de tal manera que en los descensos de los dioses sólo cabe sustraerse a la permanencia en el Infierno mediante la sustitución del personaje divino por otro de rango igual o inferior, convertido frecuentemente en rehén. En los descensos de Inanna e Ishtar será Tammuz/Dumuzi, el amante de juventud de la diosa, el que la sustituya temporalmente en los Infiernos 28. El mismo esquema se traslada al mundo fenicio y al griego con el mito de Adonis, el cual es consignado a Perséfone por la celosa Afrodita, con presencia alterna en el Más Allá (Ribichini 1985: 51). También se establece la necesidad de una deidad sustituta en el Inframundo para Coré/Perséfone 29. Una variante de sustitución se aprecia en el mito de Ningizzida agli inferi, un texto procedente de Ur (Pettinato 2003: 126). En este caso el rescate es ciertamente complejo, el dios, que ha sido hecho prisionero, necesita que en su morada celeste sea liberado su silah/simlah, especie de doble del difunto 30. A continuación interviene Ningirisa/Ninsikurra, probablemente la madre del dios, la cual deberá entregar al daimon-Gallu (representante de Erra) una cantidad de plata suficiente para modelar una estatua del hijo 18 Discesa di Inanna agli Inferi, vv. 22 Hemos intentado respetar en la medida de lo posible las transcripciones de los términos antiguos que los autores de quienes tomamos la información que ofrecieron en su momento. 23 Tiene su reflejo en el'rù (tierra) del mundo cananeo donde habitan los ilm'rù, dioses del Inframundo. 26 Enkidu no atendió los consejos de Gilgameš y por ello fue explícitamente el Infierno (Ersetu) el que lo retuvo y no pudo (subir) hacia arriba (Gilg. 31-32 y 51), señalándose que no fueron ni Namtar ni Asakku ni el Rabisu de Nergal (Gilg. 29 Himno homérico a Deméter. 30 «¡El lugar donde reposo es el Polvo de la Tierra, reposo entre demonios malvados!... Descanso entre seres infernales. ¡Que mi madre (Gashan-mah), que tanto se preocupa por mí, desligue mi silah. Si así lo hace, tal parte de mi ser volverá a vivir. ¡Que Gashan-hursaga, que se preocupa por mí, desligue mi simlah (quizás una variante lexical del silah, o tal vez otra parte constituyente de la personalidad). También con él podré regresar al mundo de los seres vivos» (Lara Peinado 2002: 155-156 y realizar un conjuro y una promesa a la diosa de los Infiernos Ereškigal para que consienta el cambio (vv. De esta manera, la estatua se convierte en cierto modo en suplente de la divinidad, mientras el dios liberado vuelve a desempeñar sus funciones en la Tierra y en el Cielo (Chiodi 2000: 27-28). Creemos que, dado el contexto infernal de la escena de Pozo Moro, la representación doble de la deidad entronizada parece hundir sus raíces en este conjunto de creencias sobre el Inframundo y no es un mero atributo de un dios particular. LA DUPLICACIÓN DE NERGAL Para nosotros, el ejemplo que más nos interesa viene descrito en el poema de Nergal y Ereškigal. Según la propuesta de edición del poema y los comentarios de S.M. Chiodi y G. Pettinato (2000) el texto ofrece datos de un desdoblamiento de Nergal. Al parecer, un dios, seguramente Ea, el dios de la sabiduría, propone a Nergal, forzado a descender a los Infiernos por haber quebrantado la norma que obligaba ponerse en pie a los dioses del Cielo ante la llegada de Namtar, el enviado de la diosa de los Infiernos, que éste se duplique para hacer imposible que se convierta en prisionero permanente de la Tierra del no retorno (Pettinato 2000: 57). Después de varias líneas perdidas, cuando la narración se vuelve inteligible, en la versión de Uruk el dios al que ve llegar Namtar a la puerta de los Infiernos es mencionado en plural: dingir-meš šá-a ́šú (quel dèi) (U. col. 3, v. Y a continuación, utilizando también el plural, cambia de nombre: dingir-meš d er-ra (gli dèi Erra) (U. col. 3, v. Según los editores no se trata de un error del escriba, sino de un recurso para hacer comprender al auditorio que el dios que va a traspasar el acceso a los Infiernos es en realidad doble, con su gemelo Erra34. El tema de la duplicación estaría presente sólo en las versiones más recientes del poema, la de Sultantepe (ca. 500 a.C.), entre tanto faltaría en la más antigua, de El-Amarna (s. XV a.C.), donde no aparece mencionado el gemelo Erra en lo que se nos ha conservado (Pettinato 2000: 57). Según Chiodi (2000: 37-38) se trata de una reflexión sobre la naturaleza y la propia materialización del dios. La naturaleza de Nergal sería una, pero al mismo tiempo las personas dos: Nergal y Erra. De esta manera, sólo una parte de él podrá ser retenida, su réplica, su gemelo, pero nunca el dios en su totalidad. Así desaparece la supuesta incongruencia del texto que al hablar del dios cuando está en los Infiernos lo llama Erra y cuando está fuera del mismo lo llama Nergal (Pettinato 2000: 120). Es un mito que desde el punto de vista teológico tiene mayor fuerza que sus precedentes. Si bien es equiparable a los mitos de Inanna e Ishtar y de Ningizzida en tanto que introduce un dios celeste en el mundo infernal, sin embargo, tiene más consistencia escatológica en cuanto a la forma de burlar la ley infernal del País del no retorno, pues el rehén es parte del propio dios y no un simple simulacro como sucede con Ningizzida ni un sustituto de la divinidad como ocurre con Dumuzi/Tammuz, que aunque implantan elementos de vida en el mundo infernal no son de ninguna manera comparables a los que proporcionarían las diosas a las que sustituyen, dado su diferente rango. El dios a su vez alcanza un mayor status entre los dioses, pues su victoria sobre los Infiernos lo muta en una deidad más poderosa al ampliar su esfera de actuación antes circunscrita a Cielo/Tierra, pues como señala Chiodi (2000: 38) el dios se convierte en soberano de los Infiernos al desposarse con Ereškigal, es decir, cuando ya ésta era señora del inframundo (Livingstone 1996: 622), lo que viene a apoyar que era entendido como Lord of the netherworld por su condición de reciente consorte. Como viene explicitado en las dos versiones más recientes el dios es invitado a ejercer la justicia de los grandes dioses infernales35, a la vez que a continuación la diosa pierde esa capacidad en tanto que se ha vuelto impura, ha perdido la virginidad al Según unas tradiciones Nergal es considerado hijo de Enlil (Livingstone 1996: 622), pero en otras es descendiente de Anu o de Ea. Su nombre es trascrito en el Código de Hamurabi como Ne-iri-gal, deidad a la que se confía el castigo por medio de las armas y el fuego a los transgresores de las leyes. El dios aparece en la inscripción primero en su hipóstasis de Erra como señor de Cutha (act. Se ha discutido si se trata de un nombre originalmente sumerio, encontrándose aparentemente una primera base etimológica en este sustrato lingüístico, que habría sido reelaborada después por teólogos babilónicos (Lambert 1973: 255-363; Id. Otros defienden por el contrario un origen semita, pues es prácticamente desconocido al sur de Babilonia y las más antiguas evidencias de su culto allí son de época de Ur III (Steinkeller 1990: 56 y n 9). Al dios le vemos salir del mundo infernal en una fecha precisa juntando en una las dos personas en las que se había desdoblado para residir al mismo tiempo en los Infiernos y en el Cielo, y permanece 180 días alejado del mundo subterráneo en el período comprendido entre el 28 de Kislev (noviembre-diciembre), hacia el solsticio de invierno, y el día 18 del mes de Tammuz (junio-julio), es decir hacia el solsticio de verano39. Su estancia fuera del Inframundo se corresponde con los meses de bonanza agraria mesopotámica, opuesta a la sequía y la falta de agua del verano. En textos tardíos de Hatra y Palmira aún se rememoran las fiestas de Nergal presumiblemente en relación con su descenso al mundo infernal y/o su salida del mismo 40. El ideograma de Nergal era el puñal/espada (sumerio u-gur, acadio namùaru) (Dhorme 1949: 39) y su símbolo era la maza con cabeza de león doble o simple. Es descrito portando un arco, flechas y espada y era considerado el dios más combativo41 y por ello era reconocido como un dios de la guerra, lo que unido a su carácter infernal ha permitido ser visto por parte de la investigación del siglo pasado como una deidad eminentemente negativa42. Sin embargo, su faceta guerrera debe entenderse básicamente como de defensa de los débiles frente a los enemigos furiosos y fuertes (Cf. En suma, podía ser un dios protector tanto frente a los enemigos en la Tierra como en el Inframundo, lo cual explica el tono de alabanza en los himnos y rezos que se le dedican y en los que se le atribuyen virtudes curativas y salvíficas. Es indulgente, benefactor, que mira, dios misericordioso; «Dieu averti, qui aimes faire vivre [...]; Qui fais revivre le mort; J'ai craint, j 'ai eu peur et j' ai apporté mon souffle de vie Erra, por su parte, sería una deidad de origen semita si aceptamos que su nombre deriva del semítico común *árr (to scorch) como propuso Roberts (1972: 11-16) y se referiría en principio a parched earth debido a las relaciones de Erra con los fenómenos ígneos 43. Sin embargo, el nombre Erra llegó a significar «poderoso» en sumerio (Steinkeller 1990: 58), y como tal el término se aplicó a divinidades semejantes en las cuales no siempre es posible saber si son un trasunto del propio Erra o de Nergal, o incluso de otra deidad. Su relación con Nergal parece adquirir varias formas. Algunos han considerado que si Nergal es una divinidad sumeria y Erra semita se habría producido una fusión de dos divinidades con características similares (Livingstone 1996: 622). Lambert propuso una articulación más compleja al suponer que Nergal era una denominación genérica aplicable a distintos dioses del Inframundo. Pero al dios lo vemos indistintamente como divinidad independiente de Nergal, aunque compartiendo el mismo lugar de culto, como vemos en la inscripción Bâùetki de Naram-Sîn (RIME 2 E2.1.4.10), donde se menciona por un lado a Nergal como protector del rey y por otro se trata de las operaciones de consolidación en su templo principal, Meslam de Cutha, para Erra con su cónyuge Laz (Livingstone 1996: 621). En la Lista Weidner (Lambert 1971: 474), según los documentos más antiguos, Erra aparece entre los nombres de Nergal, mientras en la última versión a dos columnas Nergal y Erra aparecen equiparados. En el Poema de Erra se aprecia por un lado que ambos nombres son intercambiables (IIIc 30-31) y por otro también aparecen en aposición (V 39-41) 44. El E-Meslam (Meslam House) de Cutha dio nombre a otra de las hipóstasis o denominaciones de Nergal, Mes-lam-ta-e-a (the one who comes out of Emeslam), a partir del período Ur III (Black; Green 1992: 135; Livingstone 1996: 621). Pero al igual que sucedía con Erra respecto a Nergal, Meslamta-ea es lo mismo un nombre de Nergal o se manifiesta como un dios independiente (Wiggermann 1998(Wiggermann -2001: 216): 216) o incluso sirve para denominar a Erra en tanto que Nergal o en cuanto dios que reside en el E-Meslam de Cutha (Lambert 1987(Lambert -1990: 144): 144). De lo que no cabe duda es que en distintos himnos sumerios Nergal es llamado tanto Dingir-irra como Meslamta-ea (Sjöberg et al. 1969: 44; Lambert 1987Lambert -1990: 144-145): 144-145) y que el nombre Meslamta-ea pone de manifiesto un rasgo de Nergal que encuentra su expresión más fuerte precisamente en su unión con Lugal-irra 45, a partir de los himnos de época de Ibbi-Sîn (Ur III), permaneciendo ambos asociados al Inframundo 46. El caso es que la pareja divina Meslamtaea / Lugalirra 47, se convierte en equivalente de Nergal / Erra (Steinkeller 1990: 58) y es con esa denominación como se pone más de relieve su carácter de par divino 48. Incluso en ocasiones en que alguna de estas advocaciones divinas se menciona sola, a continuación se reseña su carácter doble. En una letanía babilónica se atribuye a Lugal-girra el calificativo divino d Maš-tab-ba (The twin god) 49, epíteto que recibe en un amuleto de la colección Lewes House (Beazley 1920: 3-4 no 6, pl. I) Mašmaš, nombre de carácter esotérico que oculta tanto el de Nergal como los de Lugalgirra y Meslamtaea ya sea juntos como por separado. En su reverso figuran dos dioses gemelos, prácticamente pegados y dirigiéndose en la misma dirección. Lambert (1987-1990: 144) asume que Lugal-irra es un dios sumerio, pero la existencia de la deidad acadia Bêl-gašir le sugiere que Lugal-irra es su versión sumerizada, dado que ir 9 -ra (o er 9 -ra) se sabe que corresponde a gašru, y debido a esto, parece que no mantiene una relación inicial con Erra. Hay razones, sin embargo, para creer que la situación es considerablemente más complicada (Steinkeller, 1990: 58). 48 Ese carácter doble, de anverso y reverso, es frecuentemente explicitado. Un himno sumerio explica Lugal-irra como un cuervo negro y Meslamta-ea como un cuervo blanco y la ecuación Lugal-irra como la derecha y Meslamta-ea como la izquierda en relación con los rituales funerarios figura en una lista de dioses (CT 24, 45: 61-62; Lambert 1987Lambert -1990: 144): 144). En las primeras líneas del Astrolabio B (col. 3, vv. 1-10) en el que se identifica a Nergal con el signo zodiacal Géminis se refiere que en el mes de Gan (IX) el dios sale del inframundo uniendo a los dos gemelos 51. Las distintas duplicidades de Nergal explican que en un texto acadio (3 R 66, IV 17) Nergal sea mencionado como los dioses del país de Namar (Tallqvist, 1938: 392) y en otro se afirme que a causa de un incendio en la capilla del dios en el Eanna de Uruk los dos Nergal fueron transportados al templo del dios Lugalmarad (Weiher 1971: 62 n 1). En suma, parece evidente que Nergal adquiere su mejor caracterización como divinidad ultramundana en su expresión doble, en la conjunción Nergal/Erra y muy especialmente en la de Lugal-irra/Meslamtaea. Cuyo valor para el asunto que nos ocupa, la deidad doble entronizada del banquete infernal de Pozo Moro, es especialmente destacado dada la escasez de indicios tanto literarios como iconográficos sobre personajes dobles de carácter regio-divino de Ultratumba que se pueden encontrar en todo el Mediterráneo antiguo. El amuleto de la colección Lewes House al que nos acabamos de referir nos muestra en una de sus caras a dos dioses con barba y tocado de cuernos. Ambos se dirigen hacia su izquierda, muy juntos casi superpuestos. Portan en la mano derecha levantada la doble hacha y en su izquierda una maza 52. 51 Al parecer, en la versión sumeria el verbo utilizado es ur 4 -ur 4 que significa tornar unido, volviéndose uno, asunto que queda clarificado en el texto acadio: «rendere uno i due gemelli», (Chiodi 1998: 17-18; Id. 52 Beazley 1920: 3-4 no 6, pl. I. Remonta a la segunda mitad del s. VII a.C. Ilustración de los gemelos combatientes, unidos en la lucha contra el enemigo y como protectores de la persona (Kuntzmann 1983: 93). Figura 8 Kudurru neobabilónico con el símbolo de la doble cabeza de león (Seidl 1989: abb. twin god 53, un nombre de Nergal y de Lugal-girra y Meslamta-ea como unidad o de cada uno de ellos por separado pero seguramente aludiendo a su relación inseparable con el otro 54, no en vano parece que Mašmaš procede de maš (= twin) (Lambert 1987(Lambert -1990 a: 456) a: 456). cación a Nergal de este símbolo se ha realizado a partir de un cilindro-sello de Larsa (ca. 2300 a.C.) donde un dios tiene en una mano una larga harpé y en la otra una maza terminada en una doble cabeza de león (Parrot 1954: 260) En otros documentos de época neoasiria no es posible asegurar si la maza con doble cabeza de león es un símbolo de Nergal o lo es de Ninurta (Figs. En el relieve rupestre de Bawian datado en el reinado de Sennacherib aparecen doce símbolos y la inscripción que los acompaña cita doce divinidades. El nombre de la divinidad del símbolo que nos interesa aparece roto, pudiéndose presuponer tanto Nergal como Ninurta para la maza con doble cabeza de león56. Pero a partir del antiguo kudurru de Nazimatuttash, por su parte, Badali y D'amore (1982: 12) consideran que el símbolo que es necesario asociar al dios es la maza de doble cabeza de león, esta vez bajo su denominación Mes.lam.ta.ea, según aparece en la inscripción cuneiforme. El hecho de que Nergal porte un hacha doble en relieves de Hatra (Christides 1982:106) 59, hipóstasis de la divinidad ultramundana representada bajo la forma de espada clavada en la roca de la cámara B de Yazilikaya (no 82) (Fig. 10). La empuñadura está rematada con una cabeza humana vuelta hacia la izquierda, con una alta tiara cónica adornada de cuatro filas de cuernos. Los hombros de la figura están formados por prótomos contrapuestos de dos leones en cuclillas, mientras el resto del cuerpo lo componen dos leones con la cabeza hacia abajo (Badali;D'amore 1982: 8). La identificación es reforzada por la presencia en la misma cámara de los doce dioses figurados en movimiento, pues en un ritual mágico luvio (CTH 762.2) son descritos por un lado Nergal y dos de sus hipóstasis y por otro lado los doce dioses 60. 57 Está vestido con túnica corta, gorro frigio y lleva un arco, apoya el pie sobre un león y blande sobre la cabeza el hacha. Detrás de él aparece un escudo con prótomo leonino y delante un disco y un creciente. 58 Frecuentemente identificado con Nergal. 59 Identificado como tal a partir de la deidad no 27 de la cámara A del santuario rupestre. Fue aceptado después por Bittel, E. Masson y H.G. Güterbock que la divinidad es Nergal y el ideograma que lo identifica es una particular hipóstasis que lo caracteriza como Nergal šaumatari: Nergal «dell 'arma». En efecto, en este caso como en el del relieve no 82 esta particular hipóstasis es indicada por el signo jeroglífico que representa el nombre del dios al lado de su imagen, bajo el signo determinativo genérico para divinidad, usado para todas las representaciones de Yazilikaya. E. Masson (1980: 50) considera que el nombre de la divinidad no 27 es indicado por un signo que es al mismo tiempo símbolo del dios representado. 60 Los nombres de los dioses de la procesión de la cámara A y del relieve no 82, el «dio-spada», están escritos en jeroglífico luvita, aunque son hurritas. La localidad se convierte en un verdadero santuario en la segunda mitad del s. XIII a.C. Se puede atribuir a Tudaliya IV (Badali, D'amore 1982: 2) dios en el santuario de Yazilikaya como un arma con empuñadura de leones afrontados tiene su réplica en una espada con el adorno de dos leones en su enmangue y que cuenta con una inscripción paleoasiria dedicada al señor de Ëubšal, el Nergal hurrita 61. La imagen en espejo del Nergal šaumatari en Yazilikaya tiene valor como precedente para Pozo Moro por confirmar que ya hubo modos de explicitar iconográficamente el carácter doble del dios aparte de la maza de doble cabeza de león y las imágenes de dos dioses en paralelo. Pero además aumenta el valor del precedente en tanto en cuanto la figura se encuentra también en un contexto psicopompo como el de Pozo Moro 62. Pero quizás sean simplemente las imágenes de dos dioses juntos las que sirvieron de base conceptual a la deidad infernal de Pozo Moro, aunque a través de un esquema iconográfico neohitita de cabezas superpuestas. Entre las primeras destaca el amuleto de la colección Lewes House con la representación del dios como dos figuras con maza y hacha doble, o como se documenta ya en un sello acadio (Buchanan 1981: no 455), donde las dos figuras portan sendas harpé y están cubiertas por un tocado característico de deidades del Inframundo (Wiggermann 1998(Wiggermann -2001a: 224): 224) 63. Esta iconografía de dos dioses juntos que vemos perdurar en el tiempo es la que más se ajusta a la figuración de Pozo Moro, pues como ya se ha señalado (Blánquez 1999: 266) se puede descartar taxativamente que se trate de una divinidad simplemente bicéfala, sino que son dos individuos divinos. Para afirmarlo es determinante la figura del «mayordomo» que ofrece una copa que sólo puede dar a esa segunda deidad, ya que la que está delante tiene ocupadas ambas manos, una con el alimento y otra con la bebida. Así el oferente pone de manifiesto al espectador la existencia de dicha figura semioculta. Como señalábamos se trata, pues, de una deidad a la que se ha de suponer dos cabezas paralelas y dos torsos con sus respectivos brazos, en suma dos figuras gemelas (López Pardo 2006: 154). ¿ES NERGAL EL DIOS DE POZO MORO? Un trono con posibles atributos de Nergal El trono en el que se sienta la deidad doble presenta una forma y decoración poco usuales. A decir verdad, la estructura del trono no se repite en los asientos que aparecen en las imágenes de muebles fenicios (Cf. También se distancia de los asientos neohititas, que no suelen presentar brazos. Quizás por ello los más próximos sean los representados en los relieves de Karatepe, pues disponen de apoyabrazos, aunque el de Pozo Moro se aleja de éstos por la ausencia del enrejado en el hueco formado entre el brazo y el asiento y del travesaño entre las patas, algo frecuente en Karatepe. Bajo el asiento se aprecia una decoración en forma de dientes de sierra que no encontramos en los tronos y otros asientos en la iconografía fenicia, neohitita y neoasiria. Quizás fuera un atributo propio de Nergal como dios de la guerra, pues reproduce de forma precisa las almenas de numerosas ciudades conquistadas por el rey asirio Salmanasar III que aparecen figuradas en las puertas del palacio de Balâwât, donde se representan sus campañas de mediados del s. IX a.C. 65 (Fig. 11). Más improbable es que esta decoración de picos de sierra corresponda a la imagen de una cenefa textil bajo el asiento, pues parece más lógico que represente un remate en madera, marfil o metal 66. También podrían relacionarse con Nergal los trazos curvos correspondientes a las patas delanteras del asiento, si los suponemos un intento por representar garras de león, un animal de Nergal 67, aunque puede tratarse sencillamente de 61 Véase Otten 1974: 516; Wiggermann 1998-2001a: 223. 62 La cámara B en la que se encuentra tiene un significado funerario, aunque su uso concreto no ha sido aún aclarado. En ella debían celebrarse los ritos en honor de Tudaliya IV, que aparece abrazado por su dios tutelar, Samurra, que lo acompaña y protege hasta el ingreso de los Infiernos, y aquellos en honor de Nergal, que como principal divinidad del Más Allá, debe acoger y juzgar al rey después de la muerte (Badali;D'amore 1982: 12-13). 63 Los dos dioses armados con un hacha y una harpé (?) respectivamente se repiten como la constelación de Géminis en impresiones de sellos helenísticos de Uruk (Wallenfels 1994: 33, 154). 64 De las cuales la reproducción de una silla hallada en la necrópolis de Douimès, Cartago, del s. VI a.C. es la mejor (ver Gubel 1987: 124). 65 Varias de las ciudades conquistadas rematan en almenas terminadas en forma de sierra, mientras otras presentan una línea continua. Además de los propios campamentos asirios presentan esta forma de almena las fortificaciones del entorno asirio, especialmente en Siria, como Carquemish, Carcara, Hamath y Arnê, las dos ciudades de Fenicia representadas en las puertas, Khazazu y Tiro, además de la ciudad de Gilzini, en las montañas, y las ciudades del entorno mesopotámico, Uburi y Bit-Dakuri (King 1915: pl. 13, 16, 26, 27, 33, 37, 44, 49, 50, 63, 65, 69, 70). Por el contrario, no ofrecen este tipo de almena las ciudades urarteas, las de la campaña de Armenia y alguna del norte de Siria, como Bî-Iakhiri (King 1915: pl. 3, 8, 9, 39, 56, 70). 66 Aunque hemos visto picos triangulares en la vela recogida de un barco en un relieve de Karatepe, que puede corresponder, más que a un remate decorativo de la parte inferior de la misma, a la representación de la vela plegada, siendo los triángulos los elementos de tela que cuelgan entre las ataduras, que en vez de representarse con semicírculos se han figurado como triángulos (Çambel;Özyac 2003: Nkr 19, taf. de tronos de numerosas divinidades y reyes, considerado un simple atributo de la realeza (Fig. 12). Un indicio aparentemente tenue sería la presencia de una bota para contener líquidos en la esquina opuesta del friso del banquete. Entre los regalos que el rey Urnamma lleva al dios Nergal en los Infiernos, todos ellos de carácter guerrero68, incluye «una bota de cuero de varios colores que se lleva en la cadera» (Lara Peinado 2002: 160) 69. Esta parte del mito de Urnamma puede estar dándonos la clave para explicar la presencia de porteadores de ofrendas en el lado izquierdo del friso dirigiéndose al dios entronizado (Fig. 13). No representaría simplemente un mero escenario de banquete infernal, sino los ricos presentes y viandas que el difunto ofrece a la divinidad con el fin de conseguir de ésta una situación ventajosa en el Inframundo, que se materializa en la obtención de la condición refaítica70. El jabalí sobre la mesa que está a punto de levantar con la mano el dios sería el nexo de unión entre la presentación de las ofrendas y regalos y la aceptación de los mismos por la divinidad. Además, estas conexiones entre el mito de Urnamma y el relieve permiten añadir un indicio más en apoyo de la identificación con Nergal, pues el escriba Figura 11. Puertas del palacio de Balâwât, detalle con ciudad siria conquistada (King 1915: pl. 26). Dibujo de píxide procedente del palacio noroeste de Nimrud, s. VIII a.C. (Çambel, Özyac 2003: abb. Lado izquierdo del friso (Foto DAI). Nergal, su corte y los seres híbridos de Pozo Moro En el friso de Pozo Moro, excepto los dos humanos, todos los seres se nos presentan con un aspecto híbrido. Pero esa apariencia no es uniforme. De las figuras que se conservan, cuatro al menos tienen cuerpo y brazos completamente humanos y cabeza animal con el hocico ligeramente apuntado y la lengua colgando. Dos corresponden a la deidad entronizada, una al «mayordomo» y la última al posible portador de ofrenda del extremo opuesto al dios del trono. Mientras las cabezas superpuestas son idénticas las otras muestran algunas diferencias tanto entre sí como con las primeras. El portador presenta una oreja ancha en la base y forma apuntada, mientras la cabeza del mayordomo es más alargada y no es posible saber si fue imaginado con orejas ya que tiene cubierta la cabeza con una especie de bonete. Sorprende que las cabezas del dios del trono no tengan orejas dibujadas. El único daimon de Pozo Moro que no ofrece apenas fisonomía corporal humana es el aniquilador del personaje del caldero sobre el fuego, pues sólo el torso y las extremidades superiores presentan esta característica así como su posición erguida. Su boca está cerrada y el hocico es claramente redondeado, mostrando claras diferencias con los otros seres híbridos del cuadro. De éste encontramos semejanza compositiva en un relieve de Alepo, donde la figura tiene de humano sólo la posición erguida y su torso, pero la cabeza es de león así como los cuartos traseros y las garras, con cola de escorpión y alas (Onnella et al. 2005: Abb. No es fácil reconocer a través de estas cabezas de que animales se trata, pero las cuatro que ofrecen la lengua colgante recuerdan algo la de diferentes cánidos: lobos, perros, chacales, etc. 71. Si bien el toro y el león son los animales que se asocian o se identifican con Nergal (Wiggermann 1998(Wiggermann -2001a: 223): 223), este último parece alcanzar una mayor preeminencia con el tiempo, mientras en territorio arameo se llega a asociar el perro con el dios. En una moneda de Tarso de fines del s. V a.C. aparece Nrgl Trz (Nergal de Tarso) representado con un arco y una lanza o cetro, de pie sobre un león (Lipin ́ski 1995: 243) y de la misma manera aparece en algunas téseras de Palmira, en las que el león es dominado por el dios de la bipenne, identificado con Nergal (Gawlilowski 2000:158). En los kudurru neobabilónicos el símbolo de Nergal es el león agachado (Seyrig 1944-45: 74; Christides 1982:107) Nergal en Kiš, en su advocación como Luþuššu (el terrible), donde ya aparece asociado a Erra (Röllig 1994: 159), parece tener garras de león, pues en textos de presagios se mencionan sus huellas junto a las de otros animales e híbridos (Wiggermann 1994: 235; Id. Pero no sólo Nergal fue imaginado como un ser en parte animal y en parte humano por los mitógrafos mesopotámicos y asirios, sino que lo fueron generalmente los seres que pueblan el Más Allá. En «La visión del Inframundo de un príncipe asirio» (Livingstone 1989: 68-76) Kumma describe quince dioses cuyos cuerpos son en parte humanos y en parte de distintos animales. En este cuadro se ve a Nergal en su trono rodeado por los miembros de su corte: el terrible demonio del Inframundo Mimma lemnu tenía dos cabezas, una de un león y otra de [...]; Mâmitu aparece con cabeza de cabra; Namtaru tiene testuz de kurîbu; Áumuà-tabal, el barquero de los infiernos es de cabeza de águila-Anzu, etc. (Livingstone 1989: 72; Wiggermann 1994: 224). Por su parte, el personal subalterno de Nergal a menudo es imaginado con cabeza de león (Green 1994: 251). (Ba)þar/Þar, el mensajero infernal de Lugal-irra y Meslamta-ea, tenía aspecto de bóvido (Wiggermann 1994: 234). En el Poema de Gilgameš (7, 168-170) vemos bien como la deidad infernal que rapta a Enkidu tiene cuerpo humano pero su rostro es de águila-Anzu, sus patas son de león y sus garras de águila. Así pues, igual que vemos en Pozo Moro, el escenario infernal asirio y babilónico estaba poblado de seres híbridos y es en ese contexto en el que es- tán más presentes. Los humanos una vez instalados en el Más Allá también adquieren un aspecto híbrido, semianimal, ya no tienen apariencia totalmente humana (Abusch 1996: 310). Según el sueño funesto de Enkidu enfermo, su raptor que tiene rostro de águila-Anzu, patas de león y garras de águila, al tocarlo lo transforma en pájaro 73 y así lo arrastró hasta la «mansión de la que quien entra ya no sale» 74. Así, también el G[IDI]M? (Fantasma) que se encuentra Kumma en «La visión del Inframundo de un príncipe asirio» tiene cabeza de toro (Livingstone 1989: 72) 75. Por otra parte, contamos con numerosos ejemplos en relieves neohititas con este tipo de iconografía, aunque no siempre es posible dilucidar su relación o no con el Inframundo, pues algunos de ellos, aunque seguramente conectados con Nergal, pudieron ser representados en puertas de ciudades, fachadas de palacios y en templos para evitar la intrusión del mal y amedrentar a los enemigos. En Ain Dara algunos seres divinos ofrecen distintas composiciones mixtas, unos con rostro humano, testuz con cuernos, patas y vestido, imágenes que se repiten en sitios como Alepo (Orthmann 1971; Onnella et al. 2005: Abb. En esta línea son muy numerosas en Cárquemish las figuras con cuerpo de toro, cabeza y brazos humanos (Hogarth et al. 1952: 181 y figs. b, d y f ). Los que son más próximos a la mayoría de los personajes del friso de Pozo Moro son los que presentan sólo cabeza de animal mientras el cuerpo y el calzado son de humanos, como sucede en distintos monumentos neohititas como los de Ain Dara, Karatepe, Zinçirli y Alepo, donde encontramos figuras con cuerpo humanizado y cabeza de águila o grifo y alas 76 (Fig. 15). Podrían considerarse representaciones de Figura 14. Daimon de Alepo con cuerpo de toro (Onnella et al. 2005: abb. Daimon o divinidad con cabeza de ave y alas, Alepo (Onnella 2005: abb. 75 El gidim y su equivalente acadio ememmu es el único espíritu del ser humano que sobrevive a la muerte. Viene siendo aceptado que se refiere al «fantasma» del difunto porque el término se utiliza sólo en relación con los muertos (Abusch 1996: 309; Asher-Greve 1998: 28). Ello parece confirmado en su traslación al mundo hitita, pues el sumerograma GIDIM corresponde al participio hitita akkant-(dead), pues aunque puede referirse a los cuerpos sin vida se aplica especialmente para referirse a las almas de los antepasados muertos (Singer 2006: 42 acólitos de Nergal por su cabeza leonina, cuerpo humano y alas, un personaje de Ain Dara y otro de Malatya (Orthmann 1971: C/3 y taf. Y directamente podrían identificarse con la divinidad dos imágenes de Zinçirli, una con cuerpo humano y cabeza de león armado con espada y maza con un animal colgando que lleva dos rapaces sobre los hombros y otra idéntica pero con una sola ave rapaz (Orthmann 1971: B/25, taf. La representación de las aves rapaces apoyadas sobre el dios refuerza esta hipótesis en la medida que una de las atribuciones de Nergal era la de protector de la caza. Pero quizás, la que más se ajusta a la iconografía en relación con Nergal en el aspecto doble que estamos discutiendo sea una de Guzana (act. Tell Halaf), donde el personaje alado que porta armas presenta dos cabezas de león simétricas (Oppenheim 1931: taf. Puede reforzar esta idea el hecho de que el relieve forme parte de un conjunto donde se representan otras divinidades y otro friso cuenta con la escena del mito de Gilgameš, Enkidu y Humbaba. Los amuletos de Arslan Tash y el friso de Pozo Moro Dos amuletos hallados en Arslan Tash o sus proximidades son de un gran interés para nuestro tema, pues presentan sendos seres híbridos engullendo humanos a la vez que contienen dos conjuros en lengua fenicia que incorporan elementos arameos 78. Su interés se acrecienta en la medida que Arslan Tash, la antigua ciudad aramea de Hadâtu, se encuentra en el noroeste de Siria, en la cuenca del Éufrates, cerca de la frontera actual con Turquía. Por lo tanto, lejos de Fenicia, de donde es la lengua en la que están escritos, pero cerca de Cárquemish y otros asentamientos cuya relivaria neohitita tuvo un importante reflejo en el monumento. Ha sido posible apuntar sólo una datación aproximada gracias a la grafía de los conjuros pues es muy irregular. Paleográficamente se ha fijado a principios del s. VII a.C., aunque también se ha propuesto para el segundo amuleto una fecha dentro del s. VI a.C. 79. Divinidad con cabeza de león armada con espada y maza portando un animal, Zinçirli (Orthman 1971 taf. 77 Esta iconografía es transferida a los marfiles de tradición fenicia. Así en uno fragmentario del Museo de New-York (Decamps de Merzenfeld 1954: 163 y pl. CXXVII, 1084) vemos un personaje con torso humano y brazos y cabeza de león que parece portar una flor. 78 Tanto en la ortografía como en la gramática. La escritura es de tipo arameo. Durante un tiempo se dudó de su autenticidad (Teixidor 1983: 105-108; Amiet 1983: 109) y no se incluyó en repertorios de inscripciones arameas ni siquiera como dudosa (Naveh 1968: 317-325) Las influencias iconográficas en el primero son diversas, pues conserva elementos de la tradición siria y neohitita e incorpora otros de tipo asirizante, no en vano la ciudad se encontraba bajo dominio asirio desde el siglo IX a.C. El amuleto 1 presenta en el anverso dos figuras, la superior es una esfinge alada con cuerpo de león y cabeza humana sobre la cual se dibuja un cono que parece remitir a la corona blanca de origen egipcio que presentan algunas esfinges tanto de estilo propiamente sirio como las de tipo neohitita de la zona 80 (Fig. 18). La melena abultada en la nuca parece repetir el típico peinado asirio. La segunda figura, identificada tradicionalmente como «una especie de chacal, lobo o animal parecido» (Zamora 2003: 11), es, sin embargo, un ser híbrido. Su cola es de escorpión, fácilmente identificable por el aguijón de su extremo y por los trazos perpendiculares que la segmentan. El cuerpo atiende a la apariencia de un caballo por los numerosos trazos incisos paralelos de su largo cuello que permiten considerarlos como la representación de su crin 81. Sus orejas son largas, apropiadas para relacionarlas con las de un équido y mucho menos para un chacal o lobo, si es que en última instancia no pueden considerarse cuernos de bóvido. Lo único que pudiera considerarse de cánido serían el hocico y las fauces, aunque no alcanzo a asegurarlo. Las patas terminan en garras. El ser híbrido parece estar tragando una figura humana pues de su boca sobresalen dos piernas y pies. La composición de este ser híbrido con cuerpo de caballo y cola de escorpión recuerda las representa-Figura 18. Sin embargo, en la actualidad no se duda de su antigüedad, sobre todo a partir de los estudios paleográficos y textuales de J. Van Dijk (1992), D. Pardee (1998) y B. W. Conklin (2003), siendo un argumento concluyente la aparición en las líneas 11-12 del amuleto no 1 de una expresión sólo ligeramente distinta a la de una inscripción de Karatepe que se conoció quince años después del hallazgo de Arslan Tash (Pardee 1998, 36; Conklin 2003: 91). 80 Como la esfinge de doble cabeza de Carquemish (Akurgal 1961: fig. 110), localidad cercana al lugar de hallazgo del amuleto. 81 Sin duda respecto al cuerpo hay que descartar que se trate de un lobo o chacal, por los trazos verticales del cuello que parecen querer representar la crin de un caballo. Hay que excluir incluso al asno salvaje de Siria, Equus hémionus hemippus, desaparecido en la primera mitad siglo pasado y del que las fotos conservadas muestran una corta crin erguida, como la de cualquier asno. No ha sido posible establecer una relación entre esta imagen y los demonios asirios más conocidos. Quizás Lamaštu pudiera considerarse en principio la más próxima, pero el único elemento de équido de la demonia son sus dientes y el animal que la acompaña, un asno, y por lo tanto no nos sirven de comparación (Cf. Green 1994: 253). ciones de genios con cuerpo de équido y cola de escorpión pero con cabeza y torso humanos que se empiezan a constatar en la relivaria y en la glíptica babilónica desde el final del período casita y en Asiria desde al menos el siglo IX a.C. 82. La figura humana del reverso ofrece una disposición típica de faraón combatiente tan conocida ya en el arte sirio anterior y en páteras y sellos fenicios, con la única diferencia de que porta un hacha simple, frente a las habituales mazas, hachas dobles y caladas. El cono sobre corona representado 83 parece reproducir de nuevo un tocado real, cuyo segundo elemento se repite en la relivaria neohitita (Fig. 19). El texto parece ser un conjuro presumiblemente de de la casa y sus moradores contra algo o alguien ('t'). Es de lectura difícil pero incluye referencias seguras a los dioses santos, a Áoron y sus esposas, a Šamaš la deidad solar, una posible al dios principal asirio Aššur y otra menos probable a Baal. En el texto se mencionan las ánqt (las estranguladoras) y'pt (la(s) que vuela(n)), también en femenino. Se ha supuesto que la figura humana corresponde a Aššur, el primer dios mencionado, aunque también se ha sugerido que representa a Šamaš, el último (Conklin 2003). Mientras,'pt (la que vuela) podría identificarse con la esfinge alada, en cuyo caso deberemos considerarla con más verosimilitud como deidad benéfica y protectora (Cf. Cabe, sin embargo, que ésta, que parece portar tiara regia, sea una representación del propio Horon, si atendemos a que la imagen de esta divinidad cananea cuando llega a Egipto parece ser la de esfinge 84. La presencia destacada del dios Horon y sus esposas así como la de Šamaš en el conjuro apunta una cierta relación con un texto paramitológico ugarítico (KTU 100) donde se pide una cura contra el veneno de las serpientes solicitándose la ayuda de distintos dioses y será Horon el que prepare finalmente un efectivo medicamento con partes de plantas y árboles para atajar el efecto del veneno, siendo la deidad solar la mensajera (Conklin 2003: 94). Sin embargo, el conjuro de Arslan Tash no parece dirigido a protegerse de las serpientes por lo que la presencia de estos dioses debía ser común en los encantamientos. Es posible que sólo la figura inferior, y puede que ni ella, fuera considerada maléfica para la persona o la casa en cuyo beneficio se hizo el conjuro. Sin embargo no es fácil relacionarla con alguno de los nombres del texto. Cabría suponer que es una de las estranguladoras. El término, constatado en distintas lenguas semíticas, se ha venido poniendo en relación con un texto ugarítico donde se recoge una prolija relación de sacrificios a divinidades con motivo de los rituales para el rey muerto, según él se deben ofrecer dos ovejas a las dos diosas estranguladoras, iltm þnqt 85. Si tenemos en cuenta que en el amuleto parece leerse lánqt'mr (KAI 27: 4-5) «oh strangler(s) of lamb(s)» (Hoftijzer, Jongeling 1995: 78 y 390) parece ajustado al tipo de ofrenda que se les ofrece en el texto ugarítico y se podría relacionar además con el estrangulador de corderos, un demonio de la cultura árabe popular. Nada, pues, permite establecer una conexión clara entre las estranguladoras y la figura inferior del anverso de este amuleto mágico. El ser con cuerpo de caballo, cola de escorpión y no sabemos si hocico de cánido, puede tener aquí alguna relación con Šamaš, la deidad que se menciona en la parte final del conjuro (l. La asociación équido+escorpión aparece como deidad híbrida protectora en época casita donde parece tener una relación particular con Šamaš, y por otro lado a Šamaš se la llega a representar en el arte neoasirio en el s. VII a.C. sobre un caballo 86. En el conjuro ugarítico en el que Horon tiene un papel destacado la deidad solar aparece como madre de una yegua (RS 24.251). Se ha argumentado que el amuleto con su pequeña perforación en la parte superior, al colgarse sobre el umbral de la puerta 87, la imagen del anverso con los seres híbridos estaría orientada hacia el exterior, representando a las fuerzas del mal, mientras la figura humanizada lo haría hacia el interior, personifi-cando a una deidad benéfica (Conklin 2003: 92). 83 Aunque en el dibujo parece apreciarse un triángulo y una especie de estrella, en la foto parece verse sólo una forma triangular saliendo de la tiara. 84 En unas tablillas halladas en un depósito junto a la Esfinge de Giza, Amonhotep II se considera «amado de Hauron-Harmakhis», la Gran Esfinge, según rezan estas tablillas y otros documentos de la dinastía XIX. También, sobre una esfinge ramésida votiva se menciona a «Horon del Líbano» (Conklin 2003: 96). Por su parte, el hombre-escorpión es un tipo de ser híbrido común en época neoasiria y a menudo se observa a pares sujetando el disco solar (Green 1994: 250). 87 Se viene aceptando que los dos amuletos estaban destinados a proteger un ámbito doméstico, pues en el primero se hace referencia a la casa y al patio. Es más verosímil, independientemente del carácter infernal o no de los seres representados, que éstos se hubieran incorporado para proteger a los de la casa de algo o alguien que les pudiera causar daño, de forma comparable a los genios y demonios labrados en la gran relivaria neohitita de palacios, santuarios y puertas de ciudades, para temor de los enemigos reales o potenciales. Ante estas circunstancias no parece extraña la representación de seres que con la amalgama de partes animales que representan ciertas cualidades formidables serían más eficaces para hacer frente a seres dañinos (Green 1994: 246). Por otro lado, aunque los exorcistas llegaron a fabricar figuras de demonios, según las prácticas rituales recogidas en los textos, su inmediata destrucción era lo que confería valor protector al rito (Wiggermann 1994: 232). El segundo amuleto incorpora una única figura híbrida. De cuerpo y brazos humanos cubierto con una túnica, sus pies los componen sendos escorpio-nes. Su cabeza presenta una cresta que cae por la parte occipital cerrando en bucle, propia de las cabezas aguiliformes de los grifos, y la boca tiene más la apariencia de un pico que de unas fauces de mamífero (Fig. 20). Si este es el caso nos recordaría la cabeza de águila-Anzu de los seres híbridos que específicamente se dedican a raptar y trasladar a los humanos a los infiernos en «La visión del Inframundo de un príncipe asirio» y el Poema de Gilgameš. El personaje sujeta con sus manos lo que parecen ser las piernas de un hombre ya medio engullido por él. La larga inscripción que cubre ambas caras y los costados de la tablilla también se refieren a un conjuro, esta vez contra alguien llamado mzh, que se ha interpretado como el devorador (Caquot 1971: 398), pero también como el destructor (Pardee 1998: 19), o incluso el rociador (the sprinkler) (Hoftijzer, Jongeling 1995: 608) 88. A continuación se menciona a Baal y quizás un dios llamado Syy, a otros personajes como el que tiene un gran ojo y el del ojo abierto, considerados entidades demoníacas, lo cual ha permitido sugerir que se trata de un amuleto contra el mal de ojo 89. J.A. Zamora ha relacionado este conjuro específicamente con un texto del ciclo baálico, el que se ha llamado combate de Ba'lu y los dioses del desierto (KTU 1.12; Olmo Lete 1981: 475), aunque los puntos de contacto son enormemente débiles cuando no inexistentes. El hecho de que Baal en el amuleto preparara su carro no tiene por qué estar en relación con el título que recibe el dios en otros textos, rkb'rpt (el auriga de las nubes), ya que no aparece siquiera en el documento que el autor trae a colación y, además, en otros textos ugaríticos se hace referencia de forma frecuente a dioses, héroes y reyes con carros 90. Quizás el único elemento concomitante podría encontrarse en la calificación del desierto como del dios Siy en la tablilla ugarítica (1.12 I 21) que ha sido relacionado por Zamora con una dudosa y fragmentaria referencia en el talismán a un dios llamado Syy (lín. Tampoco la alusión a los dioses engen-Figura 20. 89 Caquot, Mesnil du Buisson 1971: 391-406; Gaster 1973: 13; Yamauchi 1983: 188 drados por Ilu y nacidos de una sierva enviada al desierto, parece tener que ver con el mzh mencionado en singular en el conjuro, sobre todo si se tiene en cuenta que los dioses ugaríticos son dos o más 91, a los cuales se les califica de los voraces (aklm) 92, un término diferente al usado en Arslan Tash (mzh), cuyo significado no es fácil de precisar: el devorador (?), el destructor (?), el rociador (?) 93. Si atendemos a la figuración iconográfica el alejamiento es absoluto. Los voraces son descritos como de aspecto taurino, semejantes a Baal (KTU 1.12 I 30-34), mientras la figura representada en el amuleto además de sus extremidades de escorpión presenta cabeza de aspecto aviar, seguramente de grifo 94. Por otro lado, la voracidad y la sed de la que hacen gala los dioses del desierto mentados, nacidos allí, hijos de El, parece indicar una relación con la sequía, a juzgar por como termina el texto, con alusiones a ella. Es posible que el demonio contra el que va dirigido el conjuro sea el ser híbrido de pies de escorpión y posible cabeza de grifo representado en la plaquita 95, aunque no lo sabemos, pues no conocemos ni las características ni el significado del mzh contra el que se lanza el conjuro. Nos parece que la representación y exposición del ser maléfico que se pretende conjurar en un amuleto que se presenta colgado y a la vista de todos no deja de ser sorprendente, cuando la norma es que en el amuleto se figure a un ser protector, para que así sirva de talismán 96. Cabe pensar mejor, pues, que el individuo representado, independientemente de su pertenencia o no al Inframundo, fuera dibujado y traído al talismán precisamente para hacer frente al mal que se pretende conjurar, en suma, un ser con atributos más poderosos y terribles que los que poseen los enemigos de la casa. Los dos seres híbridos de los amuletos de Arslan Tash, quizás figurados para proteger de entes maléficos y fantasmas, se representaron deglutiendo humanos. Son así las primeras representaciones y quizás las únicas de este tipo que se pueden ofrecer como paralelo de la persona descuartizada de Pozo Moro. Sin embargo, no tenemos argumentos para identificarlos directamente con la deidad doble entronizada del friso, pues esa capacidad se atribuye a numerosos depredadores y personajes del Inframundo. El propio Mot se presenta como un animal que despedaza previamente a su presa 97 y la misma tarea desempeña en el ámbito babilónico Lugal-Erra y Meslamta-ea, colocados a la entrada del Inframundo donde descuartizan a los muertos (Black; Green 1992: 123-124). También en el AT se utiliza el verbo bl' (dévorer, engloutir) para indicar la manera como el šeol recibe a los muertos (Delcor 1976: 129 [96]) y esta imagen escatológica del humano que es despedazado permanece en el primer milenio a.C., pues la podemos ver en el Salmo 57. En el mismo contexto espacial y cronológico que los amuletos de Arslan Tash se creía que los habitantes del Infierno, incluidos los muertos, podrían salir a comerse a los vivos según la amenaza que Ereškigal lanza a Erra conminándole a regresar al Inframundo (Sult., col. 5, vv. En cualquier caso, aunque no podamos identificar exactamente los híbridos de los amuletos de Arslan Tash con la deidad de Pozo Moro, parece claro que en ese contexto sirio es donde se gesta la idea de representar deidades y demonios híbridos deglutiendo humanos. De esta manera, estos amuletos permiten centrar más el ámbito de filiación de algunas de las escenas del monumento, pues ya el Alto Éufrates se ha convertido en la región en la que han confluido la mayoría de los investigadores a la hora de buscar modelos a las escenas y leones de Pozo Moro. Ya en su día M. Almagro Gorbea (1983: 216-217 y 264) encontró precisamente una especial relación con los relieves de los ortostatos de Tell Halaf y de Karatepe y las representaciones de seres dobles, como las quimeras de Zinçirli, Cárquemish o Tell Halaf le sirvieron de paralelo para la deidad sentada en el trono del friso del banquete. Por su parte M. Bendala (1998: 109) apuntó algún tipo de relación con un taller luvio-arameo o bien con uno propiamente neohitita. Ilu «proclamó» sus nombres, aunque no se especifican cuales eran, lo que mostraría su multiplicidad y su escasa relevancia individual. 92 También son llamados «los destrozones» ('qqm) y «los sedientos» (2llm). 93 Una relación con «la/s estranguladora/s» del primer amuleto parece menos asumible aún. 94 Tampoco la conexión con el híbrido del primer amuleto es posible, por su cola de escorpión y cuerpo de équido. 95 Nos recuerda algo al ser infernal que en su sueño rapta a Enkidu enfermo, con rostro de águila-Anzu, patas de león y garras de águila (Gilg. 97 «¡Yo mismo ahora te devoraré, / te comeré trozo a trozo / las entrañas a puñados! / Descenderás a las fauces del divino Mot, / en lo hondo del amado de El, el fuerte!» Para los leones de las esquinas del monumento se encontraron paralelos estrictos neohititas, considerándose especialmente remarcables los que ofrece Cárquemish (Abad; Bendala 1999: 69 y 72; Prieto Vilas, e.p.), precisamente en las proximidades de Arslan Tash. En los relieves de Milid, en el Alto Éufrates, encontramos algunos elementos significativos que se repiten en los frisos de Pozo Moro, como el faldellín, el calzado apuntado, la harpé y el diphros (Vieyra 1955: pl. 65; Akurgal 1962: 105; Genge 1979, II: VIII, abb. También la considerable longitud de los frisos de Milid en comparación con su altura, mucho mayor que en el resto de la relivaria neohitita, es una característica que comparte con Pozo Moro. Por su parte algunos relieves de la antigua Guzana (Tell Halaf, también muy cerca de Arslan Tash) presentan un mayor «movimiento» en las escenas, por lo que mostrarían una cierta analogía con las representaciones del monumento peninsular, frente a la generalizada rigidez de las imágenes neohititas (López Pardo 2006: 35-37). Por otro lado, aunque gracias a la propia fisonomía del monumento y a las escenas ya se había apreciado que en la transferencia habían jugado un importante papel los fenicios (Almagro Gorbea 1983: 216; Id. 2005: 16; López Pardo 2006: 41-47), y que estos llegaron a residir en algunos estados sirios, parecía quedar poco claro en qué contextos se produjo una amalgama tan interactiva de ideas y estilos. Con estos amuletos se asegura y enriquece este planteamiento, al documentarse el rastro de residentes fenicios en una ciudad aramea bajo dominación asiria, ciertamente aculturados que siguen hablando todavía su lengua con algunos aramaismos y que escriben ya con grafía aramea. El caso es que artesanos sirios o fenicios trabajando en talleres sirios encontraron a través de estas comunidades fenicias instaladas en ciudades de la cuenca alta del Éufrates el camino para llegar al Extremo Occidente. Es muy probable que fuera precisamente en la cuenca alta del Éufrates donde la figura de Nergal, como soberano doble que reina en el Inframundo hubiera conectado con la iconografía de seres híbridos devorando humanos, en la medida en que no es posible soslayar la condición regia de la figura doble representada en Pozo Moro y por lo tanto contamos con dificultades prácticamente insalvables para ver en ella otra deidad. En este contexto cabría pro-poner sin embargo, una tenue confluencia entre Nergal/Erra o Lugal-irra/Meslamta-ea y el Mot cananeo. Si bien Mot en los relatos mitológicos en los que interviene nunca recibe un nombre doble o se le asocia a otra deidad (KTU 1.5-6), en el ritual de carácter fertilístico Los dioses apuestos y hermosos, aparece mencionado como mt w šr (KTU 1.23:8). La denominación Môtu-Šarru de quien se dice que está sentado en su trono «con el cetro de la esterilidad en su mano, en ella el cetro de la viudez» (1.23 8-9; Olmo Lete 1981: 441) se ha considerado, sin embargo, una forzada denominación doble debida a la presencia de otros dos pares en el texto, los propios 'ilm n' mm (dioses apuestos) y aïrt w rám (Athirat wa-Rahmay) pues šr tiene entre otros significados el de príncipe, soberano (Olmo Lete; Sanmartín 1996Sanmartín /2000: 452): 452). Sería una duplicación puramente formal como afirma M.S. Smith (2003: 109) ya que ve altamente improbable que hubiera una mitología alternativa a la conocida hasta ahora que permitiera creer en la asociación de Mot con otra divinidad monstruosa infernal o su asociación con el propio Yamm, el otro enemigo de Baal. En cualquier caso, en dicho ambiente sirio pudieron darse las condiciones propicias para una cierta confluencia, aunque fuera muy limitada entre Mot y Nergal, a pesar del carácter esencialmente unitario del primero. Como ya vimos, la entidad divina Nergal con su propio nombre o identificado con alguna deidad local, pero con el ideograma de Nergal, aparece ya con numerosos de sus atributos en el mundo hitita, lo cual sería suficiente para explicar una transmisión a partir de algún reino neohitita, justificable por el sustrato estilístico de esta raigambre que aparece en el monumento. Sin embargo su presencia en Siria y al norte de Irak era más fuerte que en Anatolia. En la región de Mari el dios registrado casi constantemente de forma ideogramática NERGAL y cuya lectura fonética es Âmûm o Âmi se convirtió por dos veces en la divinidad políada de la capital de la región, cuando la capital fue Ùuprum, de donde era su dios principal (Dossin 1967: 97-104; Livingstone 1996: 622). Tenía además otro templo en el oasis de Hubåâlum y en la ciudad de Therân, junto al Habur y su culto parece haber sido importante también en Cárquemish (Durand 1995: 257-258), precisamente en zona de implantación de los reinos neohititas y muy cerca de Arslan Tash, donde aparecieron los amuletos. En época de Zimrî-Lîm, una de las fiestas mayores era la del «Carro de Nergal» con ocasión de la cual el dios venía a rendir visita a una Ishtar local y la segunda puerta del palacio de Mari por la que entraba el cortejo divino con ocasión del culto de los muertos se llamaba precisamente Puerta de Nergal (Durand 1995: 196) 98. También llega a estar presente en el mundo arameo desde relativamente pronto, integrándose en su panteón, pues ya aparece (Nyrgl) en la imprecación de Tell Fekherye (Lipiñski 1994: 33). Su culto fue importante en el Imperio Asirio al menos en el plano oficial (Livingstone 1996: 622) y el dios fue objeto de devoción por parte de la elite como muestran los frecuentes antropónimos con el teóforo Nergal entre gobernadores y funcionarios entre los siglos IX y VI a.C. 99. Nergal entre los samaritanos y sus vecinos fenicios Así pues, al Norte y al Este de Fenicia el culto de Nergal se encontraba bien implantado lo que permitiría relacionar la presumible presencia de su figura en Pozo Moro especialmente con el fondo iconográfico sirio-hitita que ofrecen los relieves del monumento, especialmente si tenemos en cuenta que los fenicios de Arslan Tash ya habían creado o habían conocido la figura del ser monstruoso devorando un humano. Sin embargo, en las ciudades de Tiro y Sidón la figura de Nergal debió ser bien conocida no sólo por la presencia de sus mercaderes y artesanos en Siria sino también por la permanencia de su culto en su entorno inmediato y entre las personas de distintos orígenes que llegaban a estas ciudades con intención de emigrar a Taršiš. A fines del s. VIII a.C. Samaria recibió un notable aporte de población babilónica. En torno al 720 a.C. el rey asirio vació el país samaritano de hebreos, los cuales fueron deportados, y según el texto bíblico (2 Reyes 17, 24) colonizó el territorio con gentes de Cutá, de Avá, de Jamt y de Sefarváin100. En el nuevo territorio, los colonos siguieron fabricando sus propios dioses, los de Cutha un Nergal (2 Reyes 17, 30). El culto de Nergal perduró durante mucho tiempo pues el redactor del texto (2 Reyes 17, 41) señala que los habitantes de Samaria durante generaciones además de dar culto a Yahvé servían también a sus ídolos. Los de Cutha debieron ser sin duda los más numerosos en Samaria y el culto de su dios el más importante pues a los samaritanos se les llamó durante mucho tiempo Cutheos (Kuthim). 9: 290) indica que los samaritanos eran llamados Chuthaioi (Ant. 9: 278; Crown et al. 1993: 63) y en la literatura rabínica su uso es frecuente, tanto es así que les dedica un tratado talmúdico llamado Kuthim en un tiempo ya en el que ellos son más observantes del yahvismo que los judíos101. Y los samaritanos, así como algunos fenicios próximos a su territorio, parecen participar activamente en la colonización en el siglo VII a.C., como mostrarían algunos de los antropónimos recogidos de los graffiti de Mogador (López Pardo, Ruiz Cabrero 2006: no 11 y p 22). Esta tradición emigrante tendría su reflejo en la propia leyenda de Jonás Ben Amitah, el de Gat de Jéfer (Jonás 1. Incluso uno de los nombres recuperados en Mogador es el de un individuo llamado Kemoshe[...], antropónimo compuesto con el teóforo Kamosh (López Pardo; Ruiz Cabrero 2006: 222, 231) la gran divinidad de Moab que algunos vocabularios babilónicos del II milenio dan como un nombre de Nergal (Seyrig 1944-45: 70, n 4). El dios parece haber alcanzado en Tarso un rango de divinidad políada, pues está presente en dos monedas de fines del s. V a.C. donde aparece la leyenda Nrgl Trz (Nergal de Tarso) y es representado con un arco y una lanza o cetro, y en una de ellas se le ve de pie sobre un león (Lipin ́ski 1995: 243). Pero quizás la implantación del culto de Nergal al menos en Sidón debió traducirse incluso en la elevación de un edificio templario y el conocimiento de su particular naturaleza doble pudo estar extendido. En una inscripción bilingüe del Pireo del s. III a.C., una sidonia afirma que el monumento funerario fue hecho construir por Yaton-Bêl, hijo de Eshmun-Ùilleþ 102, sumo sacerdote de los dioses Nergal (KAI 59). Aunque es sabido que en las inscripciones fenicias se encuentra a veces el plural'lm para referirse a una divinidad sola 103, S. M. Chiodi (2000: 43) considera que esta característica referida a Nergal puede tener la consabida motivación teológica referida a su condición doble expuesta en la versión de Sultantepe-Uruk del mito. En el ámbito colonial, aunque no nos consta epigráficamente el nombre, su mundo sí es parcialmente conocido pues aparece el de su paredra infernal, Eresceigal, en una tablilla de encantamiento de Cartago 104. En suma, si bien parece concretarse que fue el norte de Siria el ámbito de gestación de la representación que nos encontramos en Pozo Moro, pudo ser la general extensión de la figura de Nergal en el entorno de Fenicia y su facilidad para ser asimilada a otras divinidades locales lo que pudo propiciar su llegada al Extremo Occidente y su inclusión en el universo iconográfico de algunas comunidades coloniales fenicias y finalmente en el monumento hallado en Albacete. La deidad entronizada y otros personajes del friso parecen tener cabeza de aspecto canino, especialmente definible por la conjunción de la forma ligeramente apuntada de los hocicos y la lengua colgante propia de estos animales. Sin embargo, no se puede afirmar con rotundidad para la deidad entronizada, en tanto que no tienen marcadas las orejas y que en varios marfiles y vasos orientalizantes de la Península se representan felinos, especialmente leones, con la lengua de esta manera 105. La conexión aramea que vimos tan destacada en algunos aspectos del friso a través de los amuletos de Arslan Tash podría repetirse en el supuesto de una representación canina y precisamente en relación con Nergal, lo que sería un elemento más en favor de la identificación directa del dios del monumento peninsular con Nergal. En el templo no 10 de Hatra, dedicado a Nergal, una inscripción aramea ya tardía recoge la expresión NRGL KLB', Nergal le chien como prefiere A. Caquot (1955: no 70, 267-269) o más forzadamente y si se aceptaran propuestas anteriores: Nergal qui a des chiens 106. En un relieve del templo no 1 datado en torno al 150 d.C. vemos a Nergal sujetando con un cordel a tres perros superpuestos, cada uno con el cuerpo de coloración distinta, en una disposición que recuerda seguramente de forma intencionada ciertas representaciones de Cerbero, el perro tricéfalo guardián del Hades (Fig. 21) 107. Se repite la asociación de Nergal con el perro en Palmira, pues en un ara aparece sobre su cara principal un perro y la inscripción reza que ha sido dedicada para la fiesta de Nergal (Gawlilowski 2000:155-156). Se ha supuesto que el perro era un animal sagrado de Nergal en virtud de especulaciones astrológicas (Ingholt 1954: 36-37), sin embargo parece también adecuado explicarlo a través de su relación con los animales ya en época neoasiria, pues sus reyes lo invocaban como señor de las fieras (Seyrig 1944-45: 74) y en las plegarias se le considera dueño de los 103 Como plural de majestad (Dhorme 1949: 44). 106 También vendría confirmado por el texto TLTT KLBN (tres perros) en el pedestal de una pequeña estatua con un perro procedente del mismo templo (no 72). Abundaría en el tema de Nergal con perros un altar de incienso de Mosul procedente del mismo templo 10 de Hatra donde aparecen representados tres, cada uno en una cara del ara y en el frente la figura de una divinidad, identificada con Nergal (Downey 1970: 227-229). También C. Bonnet (1988: 151) acepta la identificación en el relieve de Hatra del can con Cerbero. En lo que se apreciaría una continuidad particularmente en el mundo arameo en consonancia con lo que ya había apreciado A. Caquot (1952: 89-118) de cultos practicados en tiempos del poderío asirio que habían subsistido hasta pleno siglo III d.C. ¿SINCRETISMO CON ALGUNA DIVINIDAD FENICIA? Parece claro que es perfectamente plausible una llegada de Nergal al Extremo Occidente en el contexto de la colonización organizada por Tiro. Es cuestión ahora, pues, de averiguar si en el proceso de transmisión hasta su plasmación en el friso del monumento peninsular se ha producido un fenómeno de sincretismo con alguna divinidad fenicia. Sin duda es Rešef el dios que a priori cuenta con más elementos para su asimilación con Nergal. La identificación entre ambos es muy antigua. Parece evidente, pues, que el mundo semítico occidental asimiló rápidamente Rešef a Nergal en tanto en cuanto se trata de dos divinidades guerreras, lo cual vendría confirmado por la identificación pareja de Rešef con Nubadig, dios hurrita y anatólico de la guerra 109. Para el primer milenio y en territorio propiamente fenicio no encontramos documentos en los que se coteje la identificación de Rešef con Nergal. Sin embargo, fuera de este ámbito si podemos rastrear esta relación en el más antiguo testimonio en fenicio de Rešef, relación que ha pasado desapercibida. Éste aparece como Ršp-ùprm, uno de los dos dioses tutelares del rey Azatiwada de Karatepe en una inscripción real en fenicio del siglo VIII a.C. (KAI 26= TSSI III, 15, A, II, 10-11). En nuestra opinión el determinativo ùprm debe relacionarse con la localidad de Ùuprum, la que fuera por dos veces capital del territorio de Mari durante el segundo milenio y cuya divinidad principal aparece constantemente registrada de forma ideogramática como NERGAL y cuya lectura fonética es Âmûm o Âmi (Cf. De ello se puede colegir que para el lapicida fenicio de la inscripción Rešef y Nergal eran intercambiables, más si tenemos en cuenta que el autor de la inscripción en seudo-jeroglifos luvitas que le sirve de traducción, sin embargo, lo asimila al dios protector local Runta110. No obstante, paralelamente se puede deducir que para un fenicio, al especificarse el determinativo ùprm, el Rešef fenicio y Nergal no son exactamente lo mismo. Ršp es un dios que aparece con distintos atributos y advocaciones en textos ugaríticos: ršp bbt, ršp mhbn, ršp mlk, ršp idrp, ršp sbi, ršp gn (Olmo Lete 1992: 59. Algunos de los determinantes parecen referirse a lugares de culto o residencia del dios, de los cuales parecen presumibles bbt y mhbn. Bibita es el lugar de residencia por antonomasia de ršp, pues en el texto KTU 100: «¡Shapshu, madre mía! Lleva un grito hasta Rašpu, a Bibita» es comparable a los lugares de otros dioses a los que debe llevar la deidad solar el grito de auxilio en el mismo texto, un conjuro contra la picadura de serpiente111. Este es un fenómeno que ya se repetía en Ebla, donde d ra-sa-ap cuenta con distintos lugares de culto mencionados en sus textos112. En los demás casos parece tratarse de distintas hipóstasis divinas113. Pero las que más nos interesan son ršp sbi (milicia) y ršp gn (jardín). El primero es evidentemente el Rešep militar mientras el segundo, aunque no hace referencia explícita al Inframundo115, parece tener una relación más o menos directa con él, ya que gn es el mausoleo/jardín funerario regio del palacio de Ugarit, del que ršp gn parece ser su patrón principal116. Su papel parece especialmente destacado en el ritual funerario regio del mes de Gannu (KTU 1.106), donde sólo se honran divinidades de carácter infernal/funerario. De este ritual G. del Olmo Lete (1992: 152) concluye que ršp es un dios mayor que domina en uno de los grandes espacios cósmico-teológicos, una divinidad que cuida de los muertos y puede ser implorada en su favor, por lo cual se contrapone a Mot. Y con todo es también Señor del Cielo, lo cual presenta una ajustada similitud con el doble dominio de Nergal117. Sin embargo, no tenemos pruebas concluyentes del desdoblamiento del dios en Ugarit, ya que sus determinativos son numerosos y se nos escapa si fueron concebidos como pares. Por otro lado respecto a Rešep no encontramos las clásicas denominaciones dobles, bastante repetidas entre divinidades gemelas de la ciudad, como Šaáar y Šalim, Thakamún y Šunam, etc. Ni siquiera sabemos con certeza si el concepto «naturaleza una-dos personas» que vemos en las versiones del mito de Nergal y Ereškigal ya había sido difundido en la época de Ugarit, segunda mitad del segundo milenio, ya que aún en la versión de El Amarna (s. XVI a.C.) no aparece. De interés es, sin embargo, la referencia a ršp en dual o plural en un catálogo de los festivales regios (KTU 1.91): (el sacrificio) de «cuando entren los (dos?) Aunque parece más probable que invoca a dos Rešep en vez de a un número mayor, no está claro a quienes de ellos se refiere pues si bien se alude en dicho texto a «(el sacrificio) del gb(?) de Rašpu de la milicia» (ršp sbi) 118, en el ritual funerario regio del mes de Þiyyaru (KTU 1.106) se hace una ofrenda a Rašpu bbt y otra a Rašpu-Milku y se menciona el espacio «gb de Rašpu de mhbn» (Olmo Lete 1992: 167-168) 119. Aunque se consideró inicialmente bbt como una divinidad poco conocida, hoy se entiende que es una divinidad inventada120 y en realidad parece una indicación topográfica, ya sea una ciudad, Bibita121, o un lugar de culto concreto, como ya parecía deducirse del conjuro contra las serpientes que mencionamos antes. Parece reforzar esta idea que el equivalente hurrita de Rešep atestiguado en tablillas de Ugarit, el dios Nubadig, cuente con un templo de Nubadig-Pibida/Pibitþi122. En suma, la expresión dos bbt (lbbtm) puede tener un valor equivalente a la de (dos?) Rašapami (Ršpm) y por lo tanto aludir ambas al dios Rešep cuando se encuentra duplicado por razones de su presencia en el Inframundo, pues no hay que olvidar que ambas expresiones se encuentran en sendos rituales funerarios. Por otro lado, la grafía d Maš.Maš se utiliza en Ugarit para Rešep en textos en acadio (Van Soldt 1991: 30) En el primer milenio la figura de Rešef se desdibuja extraordinariamente en el mundo fenicio y su fisonomía se vuelve muy confusa (Xella 2006: 55). Sin embargo adquiere una notable presencia en Chipre desde el Bronce Reciente, pero su naturaleza es la de Rešef dios-arquero que se fusiona con un gran dios local llamado Apolo en griego 123. El hecho de que aún en fenicio y en el Antiguo Testamento permanezca atestiguado a veces en plural (Salmos 78,48;76,4) ha sido relacionado con la multiplicidad de hipóstasis del dios (Lipin ́ski 1995: 179). Es interesante para nuestro propósito la considerada por E. Lipin ́ski (1995: 179) como la más antigua referencia a esta deidad en territorio fenicio. Aparece en la inscripción de Bodashtart, rey de Sidón del s. V a.C. en la cual se menciona un distrito que lleva el nombre de'rù ršpm (Terre des Reshephs) (KAI 15; Krahmalkov 2000: 74) 124. La mención en plural de Rešef y el significado ctónico de'rù (tierra), ya atestiguado en Ugarit y en el AT podrían indicar la permanencia de la dualidad del dios y su antiguo carácter funerario. Sobre todo teniendo en cuenta una cierta tendencia en evitar el uso de la palabra'rù (tierra) en cuanto ésta había adquirido el significado de oltretomba, así en Jueces 1, 7 y 2, 2 en el texto griego la Tierra es indicada con la perífrasis quella sotto il cielo en contraposición a terra (ghǹ) que indica el mundo de los muertos (Garbini 1994: 17). Si bien, en un principio se había pretendido ver un Melqart-Rešef en un anillo de Tiro donde en realidad aparece rùp 125 en vez de ršp, hoy debe ser totalmente descartada la hipótesis (Lipin ́ski 1995: 179). Problemática es también la posible evidencia en Ibiza, pues la referencia a'ršp mlqrt de una inscripción del santuario de Es Cuyram (Ibiza) (KAI 72) ha sido taxativamente rechazada por E. Lipiñski, que ve en realidad'rš bny qrt, una dedicatoria a Eresh, bâtisseur de la cité, aunque se trata de una lectura no exenta también de dificultades 126. Por su parte, una posible referencia a un templo de Rešef en Cartago a partir de una inscripción pétrea (CIS I, 251) debe mantenerse en reserva por hallarse incompleta bt'rš[p?] Así, en la ciudad centro-mediterránea la única mención al dios fehacientemente atestiguada corresponde a un antropónimo,'bdršp, portado en realidad por el antepasado de una familia originaria de Egipto (mùry) (CIS I 2628, 6), donde la figura de Rešef está bien atestiguada. En suma, aunque en la segunda mitad del segundo milenio la asimilación entre Nergal y Rešep fue importante, tanto como para apuntar indicios incluso de duplicación de éste último por su contaminación con Nergal, la escasez de los datos en el primer milenio referidos a Rešef dificultan extremadamente cualquier indagación. El carácter único y confuso del testimonio de Sidón en cuanto a una posible referencia a Rešef como deidad doble y la desaparición casi absoluta del dios en Occidente y su precariedad en Fenicia suponen un obstáculo difícilmente superable para señalar una transferencia de la figura de la deidad ctónica doble (Nergal) a través de Rešef hasta el monumento de Pozo Moro. Hoy día parecen insuficientes los indicios que existen sobre la aproximación entre Nergal y Heracles en Chipre y en Hatra (Siria) como para suponer una intermediación de Melqart 127. A este respecto no se puede tener en consideración el que Melqart y Nergal sean dioses murientes que renacen, con carácter ctónico y agrario, pues es una característica que comparten con otros dioses. Por su parte, el hecho de que la iconografía de Nrgl Trz (Nergal de Tarso) en sus monedas del s. V a.C. se parezca a la de Heracles en acuñaciones contemporáneas de Lapethos (Chipre) se ha entendido como una asimilación sin el concurso del dios tirio (Lipin ́ski 1995: 243). También se ha supuesto una relación entre el nombre de Melqart, cuyo significado literal es rey de la ciudad, y el de Nergal, traducido por los sacerdotes babilónicos como Señor de la gran ciudad (Dalley 1989: 164), lo que llevaría a atribuir un sentido ctónico a la propia denominación del dios de Tiro que 123 Lipin ́ski 1987: 97-99; Id. 124 El investigador belga establece un vínculo impreciso entre esta denominación y la localidad llamada en árabe Arsüf, quizás la antigua Apollonia, a 19 km de Jaffa, pues la considera como una posible fundación sidonia de época persa para servir de puerto de comercio entre el interior de Palestina y el mundo griego, aunque hace la salvedad de que el alcance real del nombre «Terre des Reshephs» se escapa (Lipin ́ski 1995: 185). La lectura dada por Lipin ́ski puede ser también discutible pues no se conserva la parte superior de las letras (López Grande 2000: 622). En cuanto a la interpretación, la relación que establece Lipin ́ski de este hipotético "fundador de la ciudad", Eresh, con la ciudad ebusitana de Eresos mencionada por Diodoro (5, 16, 2) adolece de cierta consistencia, pues todo parece apuntar a que la desconocida Eresos es una corrupción por Ebesos. Mantienen la interpretación clásica otros autores, Amadasi Guzzo, Ferron, Donner y Röllig (KAI II: 88-89) y Krahmalkov (2000: 450). AEspA A la particular asimilación entre Nergal y Heracles en Hatra debemos atribuirle también mucha menos entidad de la que se ha imaginado, pues en algunos casos se ha dado el salto precipitado entre unas iconografías de atribución contrastada a otras que no lo son. En realidad, el nexo de unión entre Nergal como dios que desciende al Inframundo y Heracles, héroe que llega a sus puertas y se apodera de su perro guardián no contribuyen a articular una intermediación de Melqart pues parece plausible que el acercamiento entre Nergal y Heracles en época tardía en Hatra se deba a una cierta homofonía: Ner(i)gal/Eragal con Hergal (Heracles) (Lipin ́ski 1995: 387 n 257; Bonnet 1988: 413 n 45), y a una asociación astrológica (Lipin ́ski 1995: 242-3), quizás porque a ambos se les atribuyó el planeta Marte. Además, incluso la inexistencia de evidencias contrastadas de la asociación entre Rešef y Melqart impiden afirmar un hermanamiento entre ambos o que el dios tirio llegara a asumir la función ctónica y doble del dios guerrero Nergal a través de su equivalente Rešef. Cabe sin embargo argüir que la desaparición de Rešef en Occidente es inexplicable y aferrarse por lo tanto a la validez de la lectura Rešef-Melqart de la inscripción de Ibiza, retomando la antigua asociación Rašpu-Milku en un ritual funerario regio de Ugarit (KTU 1.106:20), dando crédito a la hipótesis de una derivación de Melqart de Milku o a través de la hipóstasis melqartiana conocida como Milkashtart (Bonnet 1988: 126-127) que a la postre tenemos documentada en Gadir (KAI 71; Sznycer 1975: 47-68). Lo cual podría dar valor o explicación a la presencia de pequeñas efigies de bronce en el santuario de Heracles/Melqart de Cádiz de tipo Smiting God cuya iconografía, al menos en Egipto, es atribuible a Rešef (Bisi 1986: 169-187; Cornelius 1994). Se trata de figuras que se explicarían en el santuario del Melqart gaditano mejor por una asociación entre los dioses o una cierta identificación entre ambos que por una simple transferencia iconográfica. Si una de las razones principales de la función telúrica de Nergal era su descenso al Inframundo, en suma su muerte, en lo que presentaba concomitancias con Melqart, cabría detenerse en si la transferencia al Extremo Occidente y su presencia en Pozo Moro pudo realizarse a través de alguno de los otros dioses «murientes» fenicios: Adonis de Biblos y Eshmun de Sidón. Pero Adonis parece heredar el modelo de Dumuzi y del cual Tammuz parece ser en Siria-Palestina la expresión más clara (Ribichini 1985: 51), lo cual impide acercarlo para que fuera identificado con Nergal. Por su parte, Eshmun corresponde a un modelo alejado también de Nergal, al ser imaginado en el mito que nos ha transmitido Damascio como un humano que sufre una vivencia de muerte y resurrección gracias al calor vital y al que la diosa confiere el status divino (Ribichini 1985: 59). Sin embargo es constatable su hermanamiento con Melqart por algunas inscripciones de Kition donde se menciona el binomio Eshmun-Melqart, explicado por P. Xella (1990: 173) por las siguientes razones: igualdad de función y de representatividad política y afinidad morfológica en el ejercicio de un poder similar directamente relacionado con la supervivencia de los fieles. El caso es que esta relación que se documenta epigráficamente en Kition se puede extender al santuario de Amrith dedicado a Eshmún128, donde se encontraron en la favissa numerosos fragmentos escultóricos, entre ellos abundantes restos de representaciones heracleas con muchas afinidades con las imágenes chipriotas de Herakles-Melqart (Bonnet 1988: 118-119; Lembke 2004: passim). También parece presumible la situación inversa, la presencia de Eshmún en lugares de culto de Melqart, donde debía participar también de estrecha relación, lo cual explicaría la donación de una estatua de Apolo (con quien se identifica a Eshmún) realizada por los cartagineses al templo de Heracles de Tiro (Diodoro XIII,108,4; XVIII,191,(7)(8)Quinto Curcio Hist. En suma, pues, aunque contamos con indicios claros del hermanamiento de Eshmún y Melqart, faltan aquellos que relacionen claramente alguno de ellos con Nergal. Son ciertamente claras las semejanzas en la trama entre el epos ugarítico del descenso de Baal a la morada de Mot y del de Nergal. El texto cananeo conservado comienza con la exigencia de Mot de que Baal baje hasta sus fauces, al sumidero (KTU 1. A pesar de la levedad de los indicios con los que contamos para la Edad del Hierro, la connotación ctónica de Baal ya ha sido destacada por distintos autores (Dussaud 1949: 362; Lipin ́ski 1995 a: 89; Ruiz Cabrero 2007: 823), y sobre ella ya recogimos en su día algunos testimonios, como una referencia de Diodoro (5. 4-6) que alude a las fiestas y sacrificios que hacen los cartagineses en honor de Kronos (Baal Hammon) lo que les permite alcanzar una vida bienaventurada en su reino (López Pardo 2006: 156-162). Sin embargo la escasez de datos impide estructurar de manera coherente cómo se materializa esta faceta ultramundana del dios y cuál era su alcance entre las creencias de los fenicios. Nos parece que la divinidad representada en el friso de Pozo Moro más que relacionarse con mitos como el de Inanna/Ishtar y el de Ningizzida, en los que las deidades dejan un sustituto o rehén o un simple simulacro, distintos, pues, a ellos mismos y que por lo tanto no afectan a su propia naturaleza, debemos ponerla en relación con una entidad divina como Nergal, o identificarla simplemente con éste, en tanto en cuanto es capaz de volverse dos, crear un gemelo idéntico, es decir, transformarse en Nergal/Erra o en Lugal-irra/Meslamta-ea. La clave de su representación doble y en parte animal responde a una concepción del Inframundo común en el Levante, la del País del no retorno, cuya ley inexorable sólo puede ser burlada dejando un rehén o con la duplicación del dios. Ya vimos como esa característica y estos requisitos del Más Allá fueron compartidos también por fenicios y griegos. Frente a otras deidades que descienden al Mundo Inferior, Nergal además de ser el único que se desdobla, es también el que ejerce labores de juez supremo respecto a los humanos que descienden al Inframundo y los dioses que residen en él. Más concomitante, pues, con la deidad duplicada de Pozo Moro, sentada en su trono. Queda sujeto a discusión si el personaje divino entronizado simplemente devora humanos. Juega a su favor la similitud entre los recipientes conteniendo los humanos, uno el que está a punto de ser descuartizado sobre un fuego y otro el que está siendo consumido por la deidad. En su contra, lo inadecuado de representarlo dentro de una copa que el dios se acerca a la boca en el típico acto de beber, como vemos en numerosas escenas levantinas del rey bebiendo, mientras sujeta con la mano la carne que va a comer, un jabalí sacrificado sobre la mesa. Parece insistirse en el sentido de bebida a través de la segunda copa, idéntica a la anterior, que ofrece el «mayordomo» a la segunda entidad divina, que parece contener líquido, ya que de ella no sobresale ningún resto humano. Creemos que el simple acto de devorar se hubiera representado de forma mucho más coherente si la persona apareciera en lugar del jabalí o directamente en las fauces del dios, de la manera en la que aparece en los amuletos de Arslan Tash, seres híbridos engullendo directamente humanos. Por ello, llegamos a pensar en un juego entre el verbo ug. št, fen. šyt 1 o št (instalar, establecer) 132 y 129 Aunque en el primer caso no se conserva o se aclara porqué Baal debe cumplir tal exigencia. 130 A Baal parece aconsejarse engendrar un doble, un gemelo, con una novilla en Tierra de peste, en los campos de Playa-mortandad, la antesala del infierno, la cual ha de parir un mï (Twin-brother). Por otro lado, podría relacionarse con el ugarítico Mïn repetición> adv. otrosí, otro tanto (hebr. 131 Para zafarse de la condena, primero Baal envía a través de heraldos un mensaje de sumisión y de temor a Mot (KTU 1.5 II 7-24). El poema de Nergal y Ereškigal no incluye un pasaje con heraldos, pero sí el tema de que en un primer momento Nergal por consejo de una deidad debe acercarse a la entrada de la Gran Tierra para excusarse con Ereškigal con el fin de evitar el inexorable castigo impuesto por la diosa infernal. Igualmente Baal se llega también hasta la entrada de la morada de Mot sin acceder a su interior pues Shapash, la divinidad consejera, gritará a Mot (para que salga) de dentro lo que probablemente significa que Baal intenta a la vez aplacar el enfado de Mot y evitar entrar en su casa (KTU 1.5 III). También, ambos dioses reciben de una divinidad conse-jera recomendaciones de cómo han de hacer sus preparativos y cómo deben actuar después. Un uso en relación con el sepelio o el establecimiento en el Más Allá que aparece en KAI 1:1: kšt b'lm «cuando le instaló en la (morada de la) eternidad», algo que se repite con el mismo término en el acto que realiza Anat cuando se encuentra a Baal muerto y descuartizado en 1.5 V 5, «le instalaré en la caverna de los dioses de la tierra», del mito de la lucha entre Baal y Mot 135. Por otro lado, según señala Olmo Lete su utilización es recurrente en la literatura tanto mitológica como regia de Oriente referido al establecimiento/entronización del rey 136, obviamente como una acción de la divinidad, igual que sucede en KTU 1.6 IV 2/13: «¿te constituyó Ilu a ti señor de los surcos de la arada?» El doble sentido del término en lenguas semíticas habría sido puesto de manifiesto al espectador, se le habría llamado la atención sobre ello, a través de lo inconveniente de la traslación al mundo infernal de un tema iconográfico, el rey bebiendo, que pretende exaltar la acción benéfica del monarca (Yasur-Landau 2005: 172; Ziffer 2005. 150 ), y por otro lado a través de lo discordante que resulta representar una persona que debe ser comida como si estuviera siendo bebida en una copa por la divinidad. Naturalmente, este juego de significados escapaba tanto a los no semitas como a aquellos que desconocían la iconografía regia y divina oriental de la época. Parecía aconsejable desde el punto de vista metodológico y dada la pertenencia a complejos religiosos distintos de las figuras de Nergal y la deidad doble de Pozo Moro suponer que la transferencia se hubiera producido mediante una deidad fenicia interpuesta. Pero a la hora de apuntar de cuál pudo tratarse, las figuras de Baal y Rešef sobresalen más por sus características conocidas en la Edad del Bronce como posibles vehículos de transmisión de la figura de Nergal y de sus funciones escatológicas que por los datos que de ellos conservamos del primer milenio a.C., muy escasos y a veces poco claros o ambiguos respecto a sus características y atributos. Así pues, no podemos por ahora insistir si el dios que vemos en el panel de Pozo Moro los fenicios de la diáspora ya lo habían asimilado a una de sus divinidades ancestrales, Baal o Rešef o incluso el propio Mot. Con los datos en la mano, podemos apuntar que fue perfectamente plausible que la heterogénea emigración que se desplazó bajo mandato tirio al Extremo Occidente trajera consigo a Nergal. Quizás los samaritanos de origen babilónico que practicaban su culto y que habitaban tan cerca de Tiro tuvieron algún papel en su especial difusión, pero fueron con mucha mayor probabilidad responsables de su plasmación plástica en la Península los grupos de artesanos de origen sirio o fenicio instalados originalmente en algunos estados neohititas que se trasladaron para seguir trabajando en las colonias fenicias, y cuyo influjo vemos todavía con gran pureza en los leones y los frisos de Pozo Moro. En el Alto Éufrates encontramos un cúmulo de indicios suficiente que nos permite restringir el área de procedencia: un mayor número de paralelos estilísticos para los frisos de Pozo Moro tanto en lo que se refiere a la concepción de los relieves como en los detalles, la implantación del culto de Nergal, las representaciones de seres híbridos, la iconografía del humano devorado y la presencia de comunidades fenicias aún en el siglo VII a.C. De todas formas, la amplia difusión del culto de Nergal o su conocimiento en Fenicia y su entorno, especialmente en Samaria, y por lo tanto su aceptación por una parte de la heterogénea diáspora fue lo que convino que se plasmara finalmente en Pozo Moro. En suma, este friso, con la figuración de una divinidad asimilable o identificada con Nergal y Erra o su transposición en el par Lugal-irra/Meslamta-ea, es quizás una de las representaciones plásticas de tipo oriental u orientalizante más elaboradas que jamás nos haya llegado sobre el mundo imaginado del Más Allá.
Esqueletos inhumados en cementerios excavados en roca: el caso de Tejuela/Villanueva de Soportilla (Burgos)* Se hace una aportación innovadora al estudio de los cementerios en roca desde una perspectiva antropológica. Se analizan 109 tumbas, que conservan restos óseos, del cementerio de Tejuela/Villanueva de Soportilla que fue excavado primeramente por Alberto del Castillo y después por Aratikos Arqueólogos. No hay una relación clara entre tipos de tumbas y sexo, aunque las tumbas de bañera son más comunes entre mujeres. No hay relación con la edad a excepción de los niños muy pequeños, que están enterrados mayoritariamente en tumbas del mismo tipo. Aunque la longitud de las tumbas está correlacionada con la estatura de los individuos, no puede establecerse con precisión la edad o sexo del sujeto que se inhumó en una sepultura que se encuentre vacía. Se incluyen dataciones absolutas obtenidas a partir de los esqueletos que aportan fechas entre el último tercio del siglo VIII y comienzos del XI. Entre los cementerios de las comunidades altomedievales de parte del norte de la península ibérica los arqueólogos han prestado especial atención a los que presentan tumbas excavadas en la roca. La investigación científica de este tipo de sepulturas se inició en la década de los 60 del pasado siglo por parte del profesor Alberto del Castillo (1970 y 1972), considerado como uno de los fundadores de la Arqueología medieval española. Este investigador seguía las teorías del historiador Claudio Sánchez-Albornoz (1966) y vinculó la fundación y utilización de varios de estos cementerios con un movimiento de repoblación asociado a la Reconquista. En sus trabajos estableció una cronología basada en la tipología de las tumbas, elemento que también aplicó a la identificación de la posible edad o sexo de las personas inhumadas en ellas. La bibliografía desarrollada es amplísima y convierte a estas tumbas excavadas en roca en uno de los paradigmas de la Arqueología altomedieval. Son muchas las cuestiones desarrolladas en su estudio y varias de las incógnitas planteadas derivan del hecho de que, en una amplia mayoría de casos, estas sepulturas se encontraron vacías y ello supuso un importante hándicap, por ejemplo, para su datación (Martín Viso, 2014). El trabajo que aquí se expone está desarrollado sobre una de las pocas colecciones de restos humanos procedentes de un cementerio altomedieval que posee tumbas excavadas en roca. Se presenta, por tanto, más desde la perspectiva de la Antropología Física y por ello con una óptica que puede resultar un tanto diferente a la de los medievalistas. No pretende, en ningún caso, proporcionar nuevas interpretaciones de estos cementerios sino tan solo realizar una aportación a su conocimiento desde una perspectiva basada en la interdisciplinariedad de la Antropología y la Arqueología. En 1970 el profesor Alberto del Castillo inició las excavaciones en uno de estos cementerios, el de Santa María de Tejuela, situado cerca de Villanueva de Soportilla en el término municipal de Bozoó (Burgos). Aunque en la literatura y desde su publicación en 1972, se conoce con el nombre de Villanueva de Soportilla, en este trabajo nos referiremos a él con el nombre de Tejuela, que es el que se utiliza en las modernas publicaciones (Aratikos Arqueólogos, 2010; Palomino y Negredo, 2020). Este cementerio pertenece a lo que Padilla y Álvaro denominan como "grandes necrópolis", es decir, conjuntos de enterramiento de comunidades aldeanas estables con más de cien tumbas situadas en torno a un centro de culto (Padilla y Álvaro, 2010). En este sentido Tejuela cuenta con al menos 340 tumbas que rodean una pequeña iglesia y un edículo (Palomino y Negredo, 2020). El conjunto es muy similar a los cementerios burgaleses de Cuyacabras, Revenga o Regumiel y al soriano de Duruelo (Padilla y Álvaro, 2010 y 2013; López, Álvaro y Travé, 2016; Álvaro, Travé y López, 2018). Tejuela resulta un caso especial porque, a diferencia de la mayoría de los cementerios en roca, conservaba restos humanos en sus tumbas, estos se recogieron en las excavaciones y fueron estudiados por antropólogos. Aunque hay estudios sobre otras poblaciones altomedievales del norte peninsular (López, 2002; Candelas González et al., 2016; González Martín et al., 2016), Padilla y Álvaro (2010) señalan que de las comunidades aldeanas altomedievales se sabe muy poco en cuanto a la forma de vida de las familias, la gestión del espacio y los patrones de explotación del territorio circundante, mientras se conocen bien los cementerios. Sin embargo, y a este nivel, se podría añadir que tampoco se sabe mucho sobre la utilización de los mismos en el sentido de la distribución de las tumbas según sexo y edad y sus tipos y son estas cuestiones sobre las que se desarrolla el presente trabajo. En las excavaciones de Alberto del Castillo (1972) se obtuvieron restos de no menos de 115 individuos de cuyo estudio se encargó el profesor Philippe du Souich, miembro del Laboratorio de Antropología Física de la Universidad de Granada (Du Souich, Botella y Ruiz, 1991). Tanto los trabajos realizados por este profesor como los diversos estudios posteriores sobre esta colección carecieron de información arqueológica detallada del cementerio y se limitaron a recoger los datos y teorías planteados en la publicación de Alberto del Castillo (Du Souich, Botella y Ruiz, 1991; Al Oumaoui, Jiménez-Brobeil y Du Souich, 2004; Maroto, 2004; Castillo, 2008; Jiménez-Brobeil et al., 2012; entre otros). La única información que acompañaba a cada esqueleto era el número de tumba en la que se había hallado y nunca se dispuso de plano del yacimiento, información sobre el tipo de enterramiento o su ubicación. Diputación de Burgos inició una puesta en valor del cementerio con una nueva excavación efectuada por el equipo de Aratikos Arqueólogos (Aratikos Arqueólogos, 2010; Palomino y Negredo, 2020). Este proyecto ha abierto una nueva colaboración entre arqueólogos y antropólogos, una generación después de los pioneros, que permitirá un importante avance en el conocimiento de esta comunidad aldeana. La excavación y limpieza de más tumbas, el hallazgo de nuevos esqueletos, la ubicación sobre plano de los individuos excavados por Alberto del Castillo y la obtención de dataciones absolutas sobre estos, convierten a Tejuela en un referente clave dentro de los cementerios altomedievales del norte peninsular. Con estos precedentes, el objetivo de este trabajo es intentar responder a varias preguntas surgidas a partir de los antiguos estudios: ¿hay algún patrón en la distribución de las tumbas?, ¿hay relación entre el tipo de tumba y su longitud con el sexo y edad del individuo enterrado en ella? y ¿qué cronología tienen los enterramientos? En este trabajo se ha empleado únicamente información aportada por los esqueletos perfectamente ubicados en tumbas numeradas tanto de la excavación de Alberto del Castillo (1972) como de la de Aratikos Arqueólogos (2010). Los números de tumba que se emplean se refieren al inventario realizado en la última excavación (Aratikos Arqueólogos, 2010; Centeno, Negredo y Palomino, 2020). Conviene tener en cuenta que en ambas excavaciones se encontraron tumbas vacías y que en la última se han documentado enterramientos que no se han excavado (Centeno, Negredo y Palomino, 2020). Las variables analizadas en este trabajo son el sexo de los individuos, la edad, la estatura, el tipo de tumba y el tamaño de la misma. El sexo de los sujetos se ha determinado con base en los criterios habituales de morfología pélvica y craneal (Byers, 2005). Se han establecido tres categorías: varón, mujer y desconocido. Esta última engloba a los esqueletos a los que no puede determinarse el sexo, bien porque son subadultos en los que no se distinguen caracteres sexuales secundarios o adultos en mal estado conservación. La edad se ha estimado a partir de la maduración esquelética y dental, sínfisis del pubis, faceta esternal de las costillas y obliteración de las suturas craneales (Ubelaker, 1978; Krogman e Isçan, 1986; Scheuer y Black, 2000; Byers, 2005). Aunque la estatura de los esqueletos estudiados, se ha estimado por diversos procedimientos (Maroto, 2004), en este trabajo se ha utilizado el método de Olivier y Tissier de 1975. Este parámetro solo ha podido calcularse en los casos en los que se conservaban huesos largos completos. Respecto al tipo de tumba se han establecido cuatro tipos: antropomorfa, de "bañera", mixta y de lajas con base en las descripciones publicadas (Aratikos Arqueólogos, 2010). Entre las primeras se incluyen las calificadas como tales y las denominadas antropomorfas incipientes. No se incluyen los sarcófagos por no contar ninguno con restos óseos. En cuanto al tamaño se han establecido cuatro categorías: 1) con longitud menor de 1 metro; 2) con longitud comprendida entre 101 y 130 cm; 3) con longitud entre 131 y 160 cm; y 4) cuya longitud supera los 160 cm. Las dimensiones se han tomado de las publicadas por Aratikos Arqueólogos en 2010. Se han efectuado análisis estadísticos relacionando sexo y edad con tipo de tumba y tamaño de las mismas y con tamaño de las tumbas y estatura de los individuos contenidos en ellas. Se han empleado los test chi cuadrado (χ2) y t de Student y el coeficiente de correlación de Pearson (Schwartz, 1985). Todos los cálculos se han llevado a cabo con el programa estadístico SPSS versión 22 de IBM. Las dataciones absolutas se han llevado a cabo en el Centro Nacional de Aceleradores (CNA) de Sevilla, perteneciente al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, a partir de colágeno extraído de costillas de 11 esqueletos. Distribución general del cementerio En la Figura 1 se representa la planta del cementerio de Tejuela (Villanueva de Soportilla) según la última excavación llevada a cabo en el año 2010. La descripción detallada de las tumbas y su ubicación en el cementerio pueden consultarse en las recientes publicaciones sobre el yacimiento (Aratikos Arqueólogos, 2010; Palomino y Negredo, 2020). En este plano se encuentran marcadas con color las tumbas que han proporcionado restos humanos tanto de la excavación de Alberto del Castillo como de la de Aratikos Arqueólogos. Las tumbas sin color se encontraron vacías o no se han excavado En color azul se representan las sepulturas que contenían esqueletos de varones; en color naranja figuran las que albergaban esqueletos femeninos y en verde, las tumbas con individuos subadultos. Algunos enterramientos, marcados en color violeta, contenían restos esqueléticos en muy mal estado de conservación de adultos a los que no ha podido determinarse el sexo. Todas las tumbas tenían huesos pertenecientes a un solo esqueleto, aunque en algunos casos no era así. Por ejemplo, las tumbas número 134 y 320 contenían restos de un adulto de sexo indeterminable y de un subadulto. La tumba número 107 contenía un varón, colocado en decúbito supino, y huesos sueltos de una mujer y un niño. Un caso especial es la tumba 167, cuyo tamaño (56 cm) es propio de un recién nacido y sin embargo contenía huesos sueltos pertenecientes a dos varones, una mujer y un subadulto. Los enterramientos de adultos se distribuyen de forma aleatoria por todo el yacimiento, lo que coincide con otros cementerios de esta época como los de Veranes o Marialba de la Ribera (Candelas González et al., 2016; González Martín et al., 2016) y solo se aprecia una concentración de tumbas, todas infantiles, en el lateral sur de la iglesia, fenómeno documentado en otras necrópolis castellanas (Padilla y Álvaro, 2008, 2010 y 2013; Candelas González et al., 2016). En otros cementerios medievales europeos es común el hallazgo de agrupaciones de tumbas con individuos perinatales o de muy corta edad bajo la línea de escorrentía del alero del tejado de las iglesias (Séguy, 1997; Craig-Atkins, 2014). Hay muchas interpretaciones al respecto (Gélis, 2006), principalmente sobre la situación social de los niños fallecidos sin bautizar, pero supone en alguna medida el reconocimiento de la identidad de estos niños dentro de la comunidad. La distribución tipológica de las tumbas en el cementerio está marcada por las características físicas del sustrato natural y así, por ejemplo, la mayoría de tumbas de lajas se ubica en el cuadrante noreste en una zona erosionada y colmatada con sedimento arenoso (Aratikos Arqueólogos, 2010; Centeno, Negredo y Palomino, 2020). Distribución de los esqueletos con sexo y edad en el cementerio de Tejuela. Planta tomada de Aratikos Arqueólogos (2010) y modificada por los autores con la información antropológica. En color azul: varones; en color naranja: mujeres; en color violeta: adultos alofisos; en color verde: subadultos. En principio, todas las sepulturas de Tejuela son individuales, con los sujetos yacentes en decúbito supino siguiendo el habitual ritual funerario cristiano (Ariès, 1992). Al no disponer de dibujos o fotografías detalladas de los hallazgos de las excavaciones de Alberto del Castillo no se puede precisar si las escasas tumbas con restos de más de un individuo corresponden a casos de reutilización o si bien los huesos podían proceder de otro enterramiento alterado y que por diversas circunstancias sufrió una dispersión de piezas. En la excavación más moderna (Aratikos Arqueólogos, 2010) sí se ha reflejado el hallazgo de restos esqueléticos sueltos diferentes al sujeto principal inhumado, piezas con toda probabilidad procedentes de enterramientos alterados (García Martínez, 2018; Martín-Alonso, 2018; Centeno, Negredo y Palomino, 2020). La tumba 167, con huesos sueltos de 5 individuos puede considerarse como un depósito de tumbas alteradas más que como un osario, dado que alguno de los individuos está representado por solo una pieza del esqueleto. Es posible que alguna tumba se reutilizara, pero no se ha hallado claramente un osario en el sentido de un depósito secundario al que se trasladaran esqueletos, más o menos completos, procedentes de su sepultura original. En otro cementerio medieval excavado por Alberto del Castillo, el de San Baudelio de Berlanga, sí se observa claramente una reutilización de las tumbas en el sentido de usarlas como posibles panteones familiares. Al enterrar a un individuo, se arrinconaban los huesos del depositado anteriormente y así se llega al caso de encontrar varios sujetos en una misma tumba (Maroto, 2004). También se han señalado reutilizaciones en el cementerio altomedieval de Veranes en Asturias (González Martín et al., 2016). Es difícil establecer posibles relaciones familiares entre los individuos a partir de la posición de las tumbas en el cementerio. En la última excavación se señalan varias tumbas que por sus características y ubicación podrían pertenecer a miembros de una misma unidad familiar (Centeno, Negredo y Palomino, 2020). Así, por ejemplo, se destacan los números 51, 52 y 53, situadas en el cuadrante centro-este de la necrópolis, o las 1, 2, 3 y 4 en el cuadrante sureste (Fig. 1), pero desgraciadamente, no conservan restos esqueléticos que puedan compararse entre sí. Otros dos casos, el de la 120 y la 121 y el de la 253 y 254, presentan una tumba con un adulto junto a una posiblemente infantil por su tamaño, pero no se dispone de restos esqueléticos de los subadultos. Los estudios antropométricos de Philippe du Souich señalan que hay una cierta tasa de endogamia en el yacimiento lo que supondría que una buena parte de los individuos enterrados en él, tuvieran un mayor o menor grado de parentesco (Du Souich, Botella y Ruiz, 1991), pero no se han llevado a cabo análisis de ADN. Distribución de tumbas por sexo y edad En las Figuras 2 y 3 se expone la distribución cruzada de ambas variables en la que se aprecia un reparto semejante entre ambos sexos, aunque con predominio masculino, en cuanto a tumbas antropomorfas; una mayoría de tipo bañera entre las mujeres y una cifra claramente superior de los tipos restantes entre los varones. Pero hay que tener en cuenta que las tumbas femeninas son casi la mitad que las masculinas y por tanto hay que analizar la distribución de tipos de tumbas dentro de cada sexo. En este caso (Fig. 4), los varones enterrados en tumbas antropomorfas suponen un 35,2 %, frente a un 42,8 % de las mujeres, pero no hay significación estadística (χ2 = 0,19; P = 0,66). En tumbas tipo bañera se hallan inhumados un 5,6 % de varones y un 32,1% de mujeres y esta diferencia resulta muy significativa (χ2 = 8,41; P < 0,001), es decir, no se debe al azar. En las tumbas de tipología mixta descansaban un 33,3 % de varones frente a un 7,1 % de mujeres y la diferencia resulta estadísticamente significativa (χ2 = 5,51; P = 0,02). Distribución de tumbas según tipo y sexo. Distribución de tumbas según tipo y sexo de los esqueletos. Los alofisos son fundamentalmente subadultos. Distribución de tumbas según tipo y sexo de sujetos adultos. Alberto del Castillo describe que en las tumbas excavadas en la roca se alternaban las de tipo antropomorfo con las ovaladas o de bañera y lo atribuyó a una posible asociación de tipo de tumba y sexo del individuo inhumado en ella (Castillo, 1972). Concretamente, consideraba "probablemente femeninas" a las de bañera. Como se puede observar en los resultados obtenidos no hay diferencias significativas en la distribución por sexo de las tumbas antropomorfas y de lajas. Sin embargo, figura una mayoría de tipo bañera entre las mujeres y de tipo mixto entre los varones y esta distribución no se debe al azar. En este sentido, el profesor Del Castillo llevaba razón en que las tumbas de bañera son mucho más frecuentes entre las mujeres, pero el hallazgo de varones en ellas no significa que sean exclusivamente femeninas. Lo mismo puede aplicarse a las de tipología mixta, aunque en sentido inverso. Desgraciadamente, no podemos ni siquiera intuir las razones por las que se utilizó un tipo de tumba u otro para cada individuo enterrado en ella. En las Figuras 5 y 6 se puede observar la distribución de los casos según edad y en los que se ha determinado el tipo de tumba (105 casos). No hay una asociación clara entre estas dos variables con la excepción de las tumbas tipo bañera que, entre los individuos infantiles, son propias de los fallecidos antes de cumplir los 2 años (P = 0,01). Distribución de tumbas según tipo y edad. Distribución de tumbas según tipo y grupo de edad. En relación con el tipo de tumba y la edad de los individuos, el profesor Del Castillo planteó que las tumbas "infantiles y de muchacho suelen ser ovaladas" (Castillo, 1972). En el total de 68 tumbas tipo bañera documentadas en el yacimiento de Tejuela (Aratikos Arqueólogos, 2010), 29 de ellas (42,6 %) tienen una longitud inferior a un metro. En la necrópolis de Revenga (Padilla y Álvaro, 2013) la mayoría de las tumbas pequeñas son de tipo bañera (47,9 %), e igual se aprecia en las plantas de los cementerios de Duruelo y Cuyacabras (Padilla y Álvaro, 2008 y 2010). Muchas de las tumbas de Tejuela, inferiores a un metro de longitud, se encontraron vacías, bien por la mala conservación de los extremadamente delicados huesos de los niños muy pequeños o porque si lo conservado estaba reducido a esquirlas, estas no se recogieron. Los restos óseos recuperados de niños aparecen en tumbas de diversa tipología, pero entre las que están excavadas en la roca no se debe al azar el que la mayoría de los muy pequeños se encuentre en tumbas de tipo bañera. En cuanto a las 51 tumbas cuya longitud se encuentra entre los 100 y 150 cm, que fueron denominadas como de "muchacho" por el profesor Alberto del Castillo, solo un 25,5 % pertenecen al tipo bañera y el más frecuente es el de lajas (Palomino y Negredo, 2020). Tan solo una de estas tumbas tipo bañera conservaba restos óseos pertenecientes a un individuo infantil entre 7 y 12 años. Como se puede ver, con la excepción de una mayoría de tumbas de tipo bañera entre los individuos infantiles más pequeños, no figura ningún patrón de tipo de enterramiento entre los sujetos subadultos. Desafortunadamente, no es posible determinar con precisión el sexo de los esqueletos infantiles, lo que impide observar si pudieran existir diferencias entre tumbas de niñas y niños. Tamaño de tumba, edad y estatura En cuanto al tamaño de las tumbas solo 91, que contengan restos esqueléticos, permiten la medición completa de su longitud. Las más dañadas son las de lajas y las mixtas, donde es común la pérdida de algunos elementos que impiden el registro correcto de este parámetro. En las Figuras 7 y 8 se expone la distribución cruzada de edad y tamaño de tumba. Distribución de tumbas según edad y longitud. Distribución de tumbas según longitud y grupo de edad. Como puede apreciarse, en las tumbas inferiores a un metro de largo se encuentran todos los niños menores de 2 años y tres de la siguiente categoría de edad (3-6 años). Entre los primeros hay que señalar que 5 individuos, todos recién nacidos y perinatales (menores de 2 meses), se hallaron en tumbas de menos de 60 cm de longitud. Cuatro niños de 4 a 12 meses de edad se hallaron en tumbas con longitud entre 61 y 80 cm; tres niños, de uno a 2 años de edad yacían en tumbas de más de 81 cm junto con los tres niños restantes, todos con edad entre los 3 y 5 años. En el siguiente tamaño de tumbas, de 131 a 160 cm, se ubican los niños restantes, todos mayores de 7 años, y un sujeto adulto, de sexo femenino, con una estatura de 151 cm. En las tumbas más largas yacían un sujeto juvenil de sexo masculino y los restantes individuos adultos, maduros y seniles. Se ha podido calcular la estatura de 30 varones y 24 mujeres. Como se ha visto en cuanto a la edad de los individuos y el tamaño de las tumbas, todos los niños pequeños menores de 2 años, junto con tres individuos fallecidos entre los 3 y 5 años, se encuentran en tumbas inferiores al metro de longitud. Esto resulta normal si tenemos en cuenta que, según las curvas de crecimiento de niños españoles actuales de la Fundación Faustino Orbegozo (Sobradillo et al., 2004), un metro es la talla media para los 4 años de edad. También es lógico que las tumbas de menos de 60 cm de longitud contengan recién nacidos o perinatales puesto que la talla media al término del embarazo es de unos 50 cm (Sobradillo et al., 2004). Hay que usar estas tablas de niños actuales con precaución porque si bien la estatura media de los varones y mujeres adultos de Tejuela, estimada por el método de Olivier-Tissier, resulta similar a la media española del siglo XX (Martínez y Puche, 2011), los patrones de crecimiento de los niños no tienen por qué coincidir. Hay que tener en cuenta que en la velocidad del crecimiento influyen diversos factores de índole socioeconómica, como son la nutrición (por ejemplo, las restricciones alimenticias producen retraso), el hábitat (diferencias ciudad-campo) y la clase social e ingresos económicos de las familias (Valls, 1985). La estatura media de los niños y niñas españoles actuales de 8 a 9 años, es precisamente de 130 cm, por lo que las tumbas coinciden con la talla que se esperaría para la edad de estos niños. Solo figura la excepción del sujeto juvenil, fallecido en torno a los 13 años y con posible sexo femenino. En niñas actuales (Sobradillo et al., 2004) el percentil más bajo para 12-13 años es de 135 cm. Esta joven sería muy pequeña para su edad y por ello pudo inhumarse en una tumba con un tamaño más propio de niños. También, como se expone más arriba, una mujer de 151 cm de estatura, es el único sujeto adulto enterrado en una tumba de este tamaño. En cualquier caso, sería muy arriesgado estimar con precisión la edad del posible individuo inhumado en una tumba que se descubriera vacía. En las tumbas con longitudes superiores a 160 cm solo se encuentran adultos y un joven, posiblemente masculino, de 13 años. Dentro de estas tumbas de adultos, como se ha visto más arriba, existe correlación entre la estatura del individuo inhumado y la longitud máxima de la tumba, pero dada la variabilidad de tamaños, no sería fiable determinar el sexo del posible sujeto enterrado en una tumba que no conservara el esqueleto. Las dataciones absolutas que aquí se presentan (Figs. 9 y 10) proceden de 11 esqueletos exhumados en las excavaciones de Alberto del Castillo. Coincidiendo con la redacción de este trabajo se han procesado más muestras obtenidas de las tumbas excavadas en 2010 cuyos resultados se esperan próximamente. También se hallan en proceso de datación muestras procedentes de la necrópolis del Castillo de Palacios de la Sierra (Burgos), por lo que se estima que los resultados que se obtengan aportarán una información fundamental en el tema de la cronología de los cementerios medievales burgaleses. Las 11 muestras no se seleccionaron con criterios arqueológicos sino con base en la calidad del colágeno preservado, obtenido para llevar a cabo análisis de isótopos estables enfocados al estudio de la salud y la alimentación de esta población. Dataciones absolutas, tipos de tumba, sector del cementerio y códigos de muestra. SO: cuadrante suroeste; SE: cuadrante sureste; CE: cuadrante centro este; CO: cuadrante centro oeste; NE: cuadrante noreste; NO: cuadrante noroeste. Representación gráfica de la estadística bayesiana de las dataciones absolutas (Bronk Ramsey, 2017). Como puede observarse en las Figuras 9 y 10, las dataciones calibradas a ±2σ corresponden a un periodo que se extiende desde el último tercio del siglo VIII a comienzos del XI con una ocupación centrada en el siglo X. Obviamente, estas dataciones fechan el fallecimiento de los individuos de cuyos esqueletos se han tomado las muestras. Si se considera que aparentemente no hubo reutilizaciones, pueden aplicarse, con la debida cautela, a la cronología de la realización de las tumbas. En cualquier caso, no informan sobre los momentos de fundación y abandono del poblado de Tejuela. Los resultados obtenidos no coinciden con la hipótesis de Alberto del Castillo quien proponía fechas del IX-X para el inicio de la puesta en uso del cementerio, que vinculaba con un proceso de repoblación que podría iniciarse durante el reinado de Ramiro I (Castillo, 1972). Del Castillo consideraba que las tumbas de bañera eran las más antiguas, seguidas de las antropomorfas, que situaba entre los siglos X y XII, y que las de lajas serían las más modernas. Este procedimiento de datación, basado en la tipología de los enterramientos, fue también utilizado por Cantera y Andrío (1991), quienes fecharon Tejuela entre finales del siglo IX y mediados del XII. Una mayoría de autores consideran que la tipología no sirve para establecer la cronología de las tumbas e insisten en la necesidad de obtener dataciones absolutas (Martín Viso, 2012 y 2014; Hernández et al., 2013; López, Álvaro y Travé, 2016). Las dataciones obtenidas en este estudio coinciden con las estimaciones modernas, que van del VIII al XII, según fuentes documentales (Moratinos, 2020) y hallazgos materiales (Centeno, Negredo y Palomino, 2020). Con relación a otros cementerios del norte peninsular, Tejuela es más moderno que el cercano de San Miguele en Álava (Gil y Sáenz, 2001) y más o menos contemporáneo del de Olèrdola (Molist y Bosch, 2012). Once muestras no son suficientes para llevar a cabo un estudio pormenorizado de las fases de utilización del cementerio. Sí se puede comentar que las obtenidas no están en contra de que las tumbas más antiguas fueran las situadas en las inmediaciones de la iglesia y el edículo (Palomino y Negredo, 2020), como es el caso de la 147, la 48 o la 19; sin embargo, no puede trazarse un esquema de las posibles fases con base en las tumbas restantes. Es interesante constatar que dos tumbas contiguas, la 186 y 188, son contemporáneas. En cuanto a las opiniones de Alberto del Castillo de que las tumbas marcaran una cronología, es cierto que dos de las más antiguas (del VIII-IX) son de bañera y entre las más modernas, del IX-X, se encuentran dos de lajas, pero esto puede ser una mera casualidad y más cuando en Tejuela el tipo de tumba está claramente condicionado por las características del sustrato rocoso. De todos modos y como se comentó al comienzo de este texto, los autores no somos quienes para discutir estos resultados que simplemente exponemos para el conocimiento de los especialistas. El ejemplo de los proyectos de investigación llevados a cabo en el cementerio de Tejuela demuestra la necesidad de la estrecha colaboración entre arqueólogos y antropólogos desde el inicio del trabajo de campo y no solo para los estudios de laboratorio. Con la excepción de las dataciones, que se han efectuado recientemente, los resultados de este trabajo se podrían haber obtenido hace casi 40 años de haberse producido una colaboración entre los especialistas. Cada investigador trabajaba de forma independiente sin cotejar sus datos y sin llegar a elaborarlos de forma conjunta. Los antropólogos han limpiado, restaurado y analizado unos esqueletos de los que no tenían más información que un número de tumba. Por otro lado, los arqueólogos se quejaban de que no podían decir nada del uso del cementerio porque no tenían información sobre el sexo y edad de los esqueletos hallados y más en el caso de Tejuela, donde sí se habían conservado restos humanos. En Tejuela no se han documentado casos claros de reutilización de tumbas y los pocos huesos sueltos hallados con esqueletos más o menos completos parecen proceder de alteraciones de otras tumbas. Al no figurar un antropólogo en el equipo excavador, no pudo llevarse a cabo en el terreno una posible vinculación de estos huesos sueltos a tumbas concretas. No hay un patrón de distribución de tumbas con la excepción de una mayoría de enterramientos de niños de muy corta edad ubicados a lo largo de un lateral de la iglesia. En cuanto a la distribución de tipos de tumbas por sexo y edad, solo puede asegurarse que la mayoría de las de tipo bañera aparece asociada con esqueletos femeninos o niños muy pequeños. En cualquier caso, no puede establecerse con certeza el posible sexo de un individuo por el tipo de tumba. Hay una clara relación entre la longitud de la tumba y la edad del individuo, pero en ningún caso pueden considerarse como de adolescentes o juveniles las sepulturas con longitudes entre 101 y 150 cm tal como proponía Alberto del Castillo (1972). Salvo un caso de una joven de talla muy baja, los esqueletos hallados son de niños menores de 12 años. En el caso de los adultos, están correlacionadas la longitud de la tumba con la estatura del individuo inhumado en ella pero, al ser las tumbas bastante más largas que la talla del sujeto, tampoco puede precisarse el sexo del individuo que pudiera haberse depositado en una tumba que se haya descubierto vacía. En cuanto al periodo de utilización del cementerio, de momento solo puede asegurarse que se centra en el siglo X con una calibración a ±2σ entre el último tercio del siglo VIII y comienzos del XI. En general estas dataciones denotarían un uso del cementerio en fechas anteriores a las propuestas por Alberto del Castillo (1972) para la fundación del enclave. Este trabajo es una aportación al estudio de los cementerios altomedievales del norte peninsular y, en especial, a los que presentan tumbas excavadas en la roca. Su principal contribución es reforzar el yacimiento de Tejuela (Villanueva de Soportilla) como un referente clave en el estudio de las comunidades campesinas altomedievales tanto por la conservación de las estructuras funerarias como por la de un buen número de los esqueletos inhumados en ellas.
El presente trabajo pretende dar a conocer el excepcional hallazgo de una tabula lusoria aparecida durante la campaña de 2019 en el castellum republicano de Puig Castellar de Biosca en Lleida. La particularidad de este hallazgo radica en su localización en un complejo militar de la fase inicial de la conquista romana con una cronología muy ajustada que se sitúa entre el 180 y el 120 a. C., y en el hecho de que apareció en su disposición original, en uno de los espacios destinados al alojamiento de la tropa. Estos dos elementos nos permiten afirmar que nos hallamos ante uno de los primeros ejemplos bien datados de un tablero de juego en la península ibérica que nos proporciona pistas sobre la actividad de los soldados en sus momentos de ocio, y nos habla también de la existencia de componentes itálicos entre estos, ya que los juegos sobre tablero serían un pasatiempo desconocido para las poblaciones autóctonas hasta ese momento. El hallazgo en el año 2019 en el castellum republicano de Puig Castellar de Biosca de una tabula lusoria nos aporta nuevos datos sobre la vida y actividades que realizaban los soldados en su tiempo libre, una vez finalizaban las obligaciones diarias. En cierto modo, nos ofrece una perspectiva más humana de los contingentes destacados en este castellum: nos permite imaginar de manera más vívida su cotidianidad y reconstruir sus actividades habituales, entre ellas el juego. La particularidad de haberla encontrado en su emplazamiento original y su datación precisa en un enclave militar de los primeros momentos de la conquista romana de Hispania hacen de este hallazgo un elemento único y excepcional. En la península ibérica existen numerosos ejemplos de mesas de juego documentadas tanto en contextos urbanos y rurales, como en campamentos militares, pero en la mayoría de los casos las dataciones se sitúan ya en época imperial, y los hallazgos aparecen como elementos reutilizados o fuera de contexto, sin posibilidad de ofrecer una datación concreta. El yacimiento arqueológico de Puig Castellar de Biosca, en la comarca interior de la Segarra, Catalunya (Pera Isern et al., 2016 y 2019), se sitúa en una colina de poca altura formada geológicamente por yesos en su totalidad. Este cerro queda perfectamente protegido por la topografía del entorno por los lados norte, sur y este, y únicamente se puede acceder fácilmente desde la vertiente oeste donde se sitúa el acceso principal (Fig. 1). Desde esta colina se podía controlar fácilmente el paso de la vía que transitaba desde la costa catalana central hasta el valle del Ebro a través del Segre, el afluente más importante que nutre al Ebro, elemento de comunicación clave en el primer siglo de la conquista de Hispania que aseguraba el desplazamiento de tropas hacia el escenario de las guerras celtibéricas, y también su avituallamiento. Podemos afirmar que este asentamiento militar se sitúa en la retaguardia, en un territorio ya relativamente pacificado, pero donde todavía se hacían necesarias las tareas de vigilancia y control sobre la población indígena. Vista general del yacimiento. Descripción de la fortificación El enclave ocupa toda la plataforma superior de la colina con una extensión aproximada de 1,6 ha. En la parte central se ubica un edificio perfectamente regular, de planta y arquitectura itálica, que mide 30,2 × 29,7 m (100 × 100 pies romanos, aproximadamente) y que identificamos como el edificio de comandancia con funciones similares a las de un principia o praetorium, ya que concentraría las funciones de residencia y las actividades administrativas propias del puesto de mando. Este edificio se estructura en torno a un patio central de unos 97 m2 alrededor del cual se sitúan los diferentes ámbitos, que presentan pavimentos de cocciopesto y terrazo y seguramente irían revestidos con decoraciones parietales que se pueden adscribir claramente a los estilos pictóricos dominantes en Italia durante el siglo II a. En total se han contabilizado un total de 14 ámbitos de diferentes dimensiones. En el patio se localizó y excavó una cisterna de recogida del agua pluvial con un pozo de extracción, que debía subvenir las necesidades de agua de los ocupantes del edificio central (Fig. 2). Planta del edificio principal o comandancia. El castellum presenta una muralla, de entre 1 y 1,2 m de ancho, flanqueada por un total de cinco torres documentadas hasta la fecha, sin foso ni intervallum. La muralla está compuesta por un doble paramento con un relleno de piedra pequeña o emplecton. Los muros exteriores están formados por una base de bloques de piedra arenisca de procedencia local encajados directamente sobre la roca natural tallada, de una altura máxima conservada de 80 cm de piedra local aportada. Las habitaciones adosadas a la muralla Adosados a la muralla (Fig. 3) se sitúan los ámbitos presumiblemente ocupados por la tropa; estos espacios se extendían siguiendo todo el perímetro interior del recinto defensivo de manera que la pared de cierre posterior era la propia muralla y, a su vez, servían como refuerzo de su paramento interior. La pendiente de la colina fue nivelada y excavada para poder disponer tanto la muralla, como las construcciones recién descritas. Por el momento, se han localizado ámbitos de este tipo en el lado sur y oeste del complejo. Planta general del castellum. Enmarcadas en rojo, el conjunto de estancias adosadas a la muralla, donde se localizó la tabula lusoria Una parte de estos ámbitos se hallan muy arrasados y en algunos puntos del yacimiento han desaparecido prácticamente, conservándose únicamente alguna de las paredes de las habitaciones. Aún así, en los puntos menos erosionados, hemos podido delimitar hasta el momento un total de dieciocho ámbitos. 3 y 4) que se encuentran adosados al paramento sur de la muralla, son hasta ahora los que presentan un mejor estado de conservación y donde se han podido recoger más datos sobre su momento de uso. Cada unidad de habitación presenta unas medidas diferentes, seguramente en función de su uso, el espacio disponible y del número de ocupantes. Vista aérea del conjunto de los ámbitos destinados al alojamiento de las tropas; en primer plano el ámbito C7. La técnica constructiva usada en estas estancias consiste en un zócalo de piedra que presenta una altura variable según las necesidades constructivas; las paredes que sirven como refuerzo de las terrazas tienen un mayor alzado, mientras que los otros paramentos presentan una altura conservada inferior. El resto del alzado estaba realizado en tapial o adobe, niveles que hemos podido documentar en los estratos de abandono y derrumbe de las habitaciones. Como en el resto del asentamiento, la mayor parte de la piedra es aportada de algún lugar cercano. Probablemente, estos habitáculos eran de una sola planta, y se disponían de forma escalonada aprovechando la pendiente de la colina, de manera que se creaban algunos espacios de semisótano, como sería el caso del ámbito C9. Interpretamos que mayoritariamente estos espacios al abrigo de la muralla debían servir como alojamiento de los contingentes acantonados en el castellum, combinando las funciones de un espacio doméstico: dormitorios, almacenaje, espacios de recreo y también de trabajo. El contexto del hallazgo: el ámbito C7 El hallazgo que presentamos en este trabajo apareció en el ámbito C7 durante la campaña de 2019. Se trata de una habitación de 6 por 4,30 metros, 25,8 m2 en total, de planta rectangular y que se encuentra adosada a la muralla. Es uno de los ámbitos más grandes y espaciosos de los documentados hasta la fecha. Se entraba a esta habitación por un único acceso que comunicaba con el ámbito C8A, un pasillo-distribuidor que funcionaría como entrada desde el exterior al conjunto de ámbitos que se encuentran en esta zona (Fig. 5). Vista aérea en detalle de las estancias descritas con el lugar de aparición de la tabula lusoria. La excavación del ámbito C7 permitió documentar los niveles de abandono formados por los restos de los alzados de pared de tapia. Una vez extraídos, quedó al descubierto el nivel de circulación, que consistía en un pavimento de tierra batida; en la parte central de la estancia apareció una estructura de combustión y situado junto a esta, in situ y seguramente en su posición original, la tabula lusoria que nos ocupa. Además de este hogar, al lado del acceso también apareció otra estructura de combustión de menores dimensiones (Fig. 6). Detalle del ámbito C7 con la tabula lusoria in situ y las estructuras de combustión delimitadas en color rojo. La losa se conserva íntegra pero fracturada en dos partes, que se encontraron articuladas en su posición original. Todo parece indicar que se trataría de una losa que, en origen, estaría tallada de forma rectangular, y que fue reutilizada como tabula lusoria una vez quedó inutilizada para su función primigenia. En la parte superior de la misma se observaron unas incisiones que forman una cuadrícula en forma de damero. Determinamos que se trataba de un tablero, una tabula lusoria. Las incisiones no se hallaban grabadas directamente sobre la losa, sino que previamente se había dispuesto una especie de lechada blanca, dispuesta ex professo para poder realizar las incisiones del tablero más fácilmente (Fig. 7). La tabula lusoria tras la restauración. El tablero se dispone en la parte más regular y plana de la losa. Cada una de las casillas oscila entre los 2 cm y 2,7 cm de lado, con tendencia a la forma cuadrada. Las dimensiones de la retícula de juego serían de 37 × 26 cm. El estado de conservación de la retícula es muy precario debido a la degradación de la piedra, y ha sido necesaria su restauración. Todo parece indicar que este tablero de juego era de confección casera, probablemente fabricada por los mismos soldados que le dieron uso. La aparición de esta tabula en su posición original permite reconstruir perfectamente cómo serían los momentos de descanso de los soldados alojados en estas habitaciones. Junto al fuego, debían pasar las horas jugando, con el fin de matar el aburrimiento y los largos ratos de inactividad en un castellum de la retaguardia en que probablemente no había demasiadas distracciones ni acción (Fig. 8). La tabula lusoria con el trazado resaltado para facilitar su visión. Las tabulae lusoriae en contextos militares: tipos, soportes y ejemplares Los tableros de juego estaban ampliamente difundidos en el mundo antiguo, con tres grandes grupos de tabulae lusoriae según su trazado: las circulares, las de trazado en forma de retícula y las de forma cuadrangular, pero sin casillas (Jiménez Cano, 2014; Schädler, 2013). La tabula aparecida en el castellum de Puig Castellar pertenece a la segunda categoría, las de trazado reticular. A lo largo de todo el mundo romano los hallazgos de tableros de juego similares a la tabula de Puig Castellar son numerosos. Lambrugo, 2015) y como no, su presencia en yacimientos de carácter militar es más que notable, en sintonía con la pasión de los soldados por el juego que nos relatan las fuentes Aunque la mayor parte de las tabulae conservadas están elaboradas en materiales perdurables: piedra, cerámica y en casos excepcionales, mármol (Jiménez Cano, 2014, p. 130), es de suponer que la mayoría debían estar fabricadas en madera y no se han preservado (Austin, 1935, p. En general, la mayor parte de los tableros de juego con trazado reticular recuperados oscilan entre 8 por 8, 7 por 8, 9 por 10, y también 12 por 12 casillas como distribuciones más habituales. Pero también se han encontrado tabulae con dimensiones que superan estas proporciones. Entre estas, destaca el hallazgo en 2006 de una tabula en madera de 17 por 18 casillas que formaba parte del rico ajuar de una tumba de un caudillo germano enrolado como foederatus de las tropas romanas y que se ha fechado hacia el 375 d. Si nos centramos en los paralelos procedentes estrictamente de contextos militares, estos son numerosos y aparecen repartidos por todas las provincias romanas. En Britania se documentaron en el campamento de auxilia de Corbridge (Coria), varios fragmentos de tabula lusoria y una retícula de juego incisa en una losa con una trama de 11 por 10 casillas, fechados entre los siglos II-III d. En Vindolanda, se han localizado fragmentos de tableros de juego en forma de casilleros (Pace, 2015), así como en Cilurnum (Chesters, Cheshire), y en Richborough (Kent) (Austin, 1935; Pace, 2015), o también, la retícula incisa aparecida en el vallum Adrianum (Jiménez Cano, 2014, p. Todos los ejemplares británicos documentados están realizados sobre piedra. Algunos de estos hallazgos han aparecido acompañados de numerosas fichas de juego (Austin, 1935; Pace, 2015, p. Fragmento de tablero hallado en Petavonium (fotografía Carretero Vaquero, 1998, lám. I) y tabula lusoria de Corbridge (fotografía Historic England Archive Photo Library ref: J970223). En la península ibérica se documentan numerosos hallazgos en los campamentos de cronología imperial situados en el cuadrante noroeste. En el campamento de Cidadela (Sobrado dos Monxes, Coruña), activo entre el 123 y el 395 d. C., sede de un contingente de la Cohors I Celtiberorum equitatium civium romanorum adscrita a la Legio VII Gemina, y en el campamento de Aquis Querquennis (Porto Quintela, Ourense), ocupado entre el último cuarto del siglo I d. C. y los primeros decenios del siglo II d. Los datos más interesantes y abundantes provienen de Petavonium (Rosinos de Vidriales, Zamora), sede de la Legio X Gemina y posteriormente del Ala II Flavia; en este caso, en dos edificios destinados a alojamiento de las tropas, se localizaron varios tableros de juego concentrados en cuatro estancias. Se documentaron una decena de fragmentos de tabulae incisas sobre tegulae (Fig. 9), y numerosas fichas de juego. El elemento más interesante es que las incisiones se habrían realizado antes de la cocción de las tegulae; probablemente se produjeron ex professo algunos tableros de juego dentro de las producciones de material constructivo suministrado al campamento para disfrute de los soldados (Carretero, 1998, pp. 136-137). Una vez descritas las circunstancias del hallazgo, las características de la tabula y sus paralelos, deberíamos plantearnos para qué juego podría haberse empleado. Sin duda alguna, se trataría de un juego destinado a adultos, con lo cual podemos descartar los juegos infantiles (Salza Prina Ricotti, 1995; Fittà, 1997; Dasen y Schädler, 2013; Dasen, 2018). A partir de las fuentes textuales y los hallazgos arqueológicos conservados, sabemos que los romanos eran muy aficionados a todo tipo de juegos (Dasen, 2018, p. Los dos juegos de los que tenemos noticia a través de las fuentes y que podían encajar con las características de nuestra tabula lusoria podrían ser, o bien, el juego de los calculi, o bien el juego conocido como ludus latrunculorum, o juego de los mercenarios (Austin, 1935; Bell, 1979, pp. 84-87; Schädler, 2013). La afición desmedida por el juego en general y sobre todo por los juegos de azar, provocó que a finales de la República se tuvieran que promulgar diversas leyes, entre las que destacan las leges Aleariae (Quintana, 2009; Jiménez Cano, 2014, p. 127) que prohibían los juegos de azar, y especialmente las apuestas; en el caso del ludus latrunculorum, al tratarse de un juego de estrategia, con un cierto prestigio entre los mejores jugadores (Quintana, 2009, pp. 17-18) probablemente no quedaba afectado por estas leyes, aunque sí la posibilidad de establecer apuestas. En todos los ejemplos aparecidos en asentamientos militares, mayoritariamente se ha interpretado que estos tableros se habrían usado para el juego del ludus latrunculorum, al tratarse de un juego de estrategia y táctica militar. Las fuentes literarias nos proporcionan algunas referencias de este juego y de sus características. La primera mención del juego del ludus latrunculorum aparece en Marco Terencio Varrón, escritor y militar de finales de la República, quien en su obra De Lingua Latina, 10, 22, comparaba las tablas de declinaciones latinas con la cuadrícula del ludus latrunculorum. Posteriormente, algunos poetas mencionan el latrunculi como metáfora del combate y estrategia amorosa en el caso de Ovidio 4, y como parte de las pullas burlescas en el caso de Marcial La mención más importante aparece en un panegírico anónimo en verso conocido como Laus Pisonis; en este poema, dedicado a uno de los miembros de la familia Pisón, aparecen descritos algunos de los movimientos y estrategias del ludus latrunculorum (Richmond, 1994). La última mención relevante aparece en Macrobio, que posiblemente vivió a caballo de los siglos IV y V d. C.; en sus Saturnalia I.5.11, el autor lamenta la falta de interés general por mantener discusiones profundas y la preferencia por perder el tiempo con juegos como el latrunculi. Después de esta última referencia, el juego del ludus latrunculorum ya no volverá a ser mencionado, y al parecer, cayó en el olvido. Sobre el reglamento y desarrollo del juego, los intentos de reconstrucción a partir de las menciones documentales y la arqueología han sido numerosos sin que se hayan podido llegar a establecer con total certeza ni las reglas ni su desarrollo. Los especialistas se muestran de acuerdo en que sobre el tablero dos jugadores confrontaban dos ejércitos, y se erigía como ganador el que conseguía mantener un mayor número de piezas sin capturar en juego. La estrategia consistiría en intentar acorralar, inmovilizar y capturar las fichas del contrincante hasta conseguir su rendición El período en que estuvo en activo el castellum fue bastante breve: a partir de los materiales documentados en las excavaciones que se llevan a cabo desde el año 2012, se constata que probablemente estuvo ocupado únicamente entre el 180 a. C. La vajilla fina de importación está copada por la presencia de producciones del grupo de la campaniense de tipo A (224 ind.) donde predomina la presencia de formas de la variedad media (Lamboglia 5, 6, 27a-b, 27c, 28 a-b, 31 a y b, 33 a y b, 34, 36 y F3130); cabe destacar la presencia de algunas formas antiguas del repertorio de la campaniense A, como son el plato Lamboglia 23 (15 ind.), fragmentos de diferentes gutti F8150, y de tres copitas del Taller de Roses, de la forma 10 A, que nos llevan a proponer una cronología inicial para el establecimiento entorno al 180 a. C. Asimismo cabe destacar la escasa presencia de campaniense de tipo B (9 ind.) con formas de producción calena media Lamboglia 2, 3 y Morel F4753, que podemos atribuir al último cuarto del siglo II a. C. Por lo que se refiere a la cerámica común y de cocina, se detecta la presencia de vasos de paredes finas, formas Mayet II y III, mayoritariamente de origen local y, puntualmente, de factura itálica. Dentro de la vajilla de mesa, predominan las producciones oxidadas tanto romanas como de tradición ibérica, así como algunas ollas de cerámica reducida de cocina, estas últimas muy poco representadas. Destacamos la presencia de cerámica ibérica gris (29 ind.) e ibérica pintada (83 ind.) y algunas importaciones de cazuelas, patinae y morteros de origen itálico (formas Emporiae 36.2 y COM-ITA 8, variantes a, c, d y e), junto a una mínima representación de cazuelas púnicas (4 ind.). Las formas de ánfora documentadas son las habituales de este período: destacamos las ánforas vinarias greco-itálicas (clásicas y de transición) y Dressel 1A, de procedencia itálica diversa, y las ánforas olearias Apani I-Giancola de la Apulia, que marcan una horquilla cronológica entre 175 a. C. El último grupo identificado son las ánforas de origen africano, seis formas T.7.4.1.1 y dos T.7.4.2.1, producción que tendría su momento álgido entre mediados y el tercer cuarto de siglo II a. C. Estas importaciones conviven con una gran cantidad de envases ibéricos de boca plana de origen local y regional (40 % de los ejemplares). A la vista del material documentado todo parece indicar que alrededor del 120 a. C. se abandonaría el yacimiento de Puig Castellar (Pera Isern et al., en prensa). Esta datación en una franja tan concreta y precisa hace más valioso aún si cabe el hallazgo de la tabula lusoria. La disposición de tablero de juego sobre la última pavimentación de la estancia y cubierta por los niveles de derrumbe de la habitación nos hace pensar que estuvo en uso hasta el momento final de ocupación del castellum. De esta manera, podemos suponer un periodo amplio de utilización que debería situarse entre mediados del siglo II a. Todos los casos documentados hasta la fecha, son enclaves militares con una cronología que se sitúa ya en época imperial, en un momento avanzado del siglo I d. C. y, en algunos casos, llegando hasta los siglos III-IV d. C. Ninguno de estos hallazgos ha aparecido en un contexto estratigráfico definido que permita una datación exacta, y para la mayor parte de los ejemplos localizados tampoco tenemos definido el contexto espacial de su localización de una forma precisa, con la única excepción de Petavonium. Esta tabula constituye el testimonio más antiguo de la práctica de juegos de mesa, y en concreto del juego del ludus latronculorum, en un contexto militar romano hispánico, ya que el castellum de Puig Castellar de Biosca es, a fecha de hoy, uno de los primeros enclaves militares estables que podemos situar en Hispania en el momento inicial de la conquista romana tras la II Guerra Púnica, situado en una de las vías de penetración hacia el valle del Ebro y la Celtiberia, escenario de los conflictos bélicos durante buena parte de este primer siglo de ocupación romana. Asimismo, el castellum de Puig Castellar de Biosca se erige como uno de los primeros ejemplos en el ámbito romano de un asentamiento militar estable con una serie de características y atributos que pueden ayudar a definir cómo sería la arquitectura y la distribución de los establecimientos militares republicanos (Fig. 10). Propuesta de reconstrucción 3D del castellum. Proponemos que este tablero de juego habría servido presumiblemente para jugar al ludus latronculorum; en contra de esta hipótesis se puede esgrimir el hecho que las medidas del damero no se corresponden con las medidas usuales documentadas y consideradas como "canónicas" para este juego. En ese sentido cabe decir que a medida que aumentan los hallazgos, van apareciendo tabulae que presentan un número de casillas que se aleja bastante de los modelos que habían sido considerados como los usuales, y que se proponen como variantes locales (Pace, 2015, p. En nuestro caso, no se ha encontrado ninguna ficha ni ningún elemento relacionado con la práctica del juego que contribuya a su identificación; posiblemente en el momento en que se abandonó el campamento, los soldados debían llevarse en su equipaje los elementos fácilmente transportables como las fichas de juego, dejando atrás el tablero pesado e incómodo de transportar. El hecho de que hayamos encontrado una tabula en un contexto militar de un momento tan inicial de la presencia romana en Hispania nos proporciona pistas sobre la composición de las fuerzas desplegadas en territorio hispano y refuerza la hipótesis de que una parte de los contingentes provenía de la península itálica, ya que en el mundo indígena local no tenemos constancia de que estos juegos fueran conocidos ni practicados Así pues, podemos pensar en una tropa formada por itálicos e indígenas; un elemento que refuerza esta propuesta es el hallazgo de un grafito en latín, grabado en el pie de una copa de barniz negro del grupo de la Campaniense A, cuya lectura sería POΝΤ [--], y podría tratarse de un cognomen latino. Los rasgos paleográficos son propios de la época republicana, y encajan perfectamente con la cronología general del yacimiento 8; a este hallazgo habría que sumar un grafito inciso sobre un borde de una jarrita de cerámica gris ibérica, en alfabeto ibérico, en que se puede leer TABAN, posiblemente el nombre del propietario de la jarrita. Ambos epígrafes sobre cerámica constituyen el testimonio de esta diversidad de procedencias y filiaciones (Fig. 11). Grafitti ibérico y grafitti en latín hallados en Puig Castellar. De hecho, debemos entender el papel que jugarán estos enclaves militares y las tropas de auxiliares no solo como una herramienta de control y dominio de los nuevos territorios incorporados a Roma, sino también como un factor de aculturación y de introducción de las costumbres romanas entre las poblaciones indígenas. Sin duda, la práctica de los juegos de azar y de estrategia formaría parte de estos mores romanorum que pronto serán adoptados y convertidos en un elemento más del entretenimiento de las poblaciones asimiladas.
M. Agrippa ¿propietario de canteras de mármol en Carrara? Nueva nota lapicidinarum Lunensium hallada en el teatro romano de Gades Damos a conocer una placa de mármol lunense bardiglio que conformó el pluteus de la prohedria en el teatro romano de Cádiz. En la cara inferior, con superficie tosca de extracción del bloque en cantera, porta la marca inscrita AGR seguida del numeral CXXXV que, de acuerdo con la hermenéutica de estas notae lapicidinarum, permite establecer el papel de Marco Agripa en la explotación de mármoles de Carrara. El empleo precoz de marmora importados en la construcción de este teatro hispano (27-13 a. C.) se explica por la relación de patronato sobre Gades de Agripa y Balbo el Menor. Dedicado a Antonio Peña Jurado... siempre en la prohedria de nuestros corazones. El descubrimiento y su contexto Durante las obras de adecuación del Centro de Interpretación del Teatro Romano de Cádiz, abordadas en 2009, se efectuaron tres sondeos arqueológicos emplazados estratégicamente para poder recabar información sobre los sectores de la orchestra y el proscaenium Tales sondeos revelaron el arranque de una nueva scalaria radial sobre las dos primeras filas de gradas de la ima cavea (S-2), el límite de la prohedria (S-3) y el arranque del podio de la frons scaenae (S-4) (Alarcón, 2011). Planta del teatro de Gades. Lugares de hallazgo de las placas del balteus inscritas. Mas el Sondeo 3, de 1,4 m de diámetro, no solo localizó el basamento para el peldaño externo de la prohedria, sino también una gran placa de mármol caída a plomo tras el canal de inserción del pluteus. En su cara inferior, que no era visible cuando la barandilla marmórea estaba originariamente instalada en vertical, conservaba incisa la siguiente inscripción (Fig. 2): Placa de pluteus con nota BAE. Desde un principio la interpretación estos epígrafes ha sido objeto de controversia (cfr. 2, si bien no cabe duda acerca del soporte material, realizado en mármol bardiglio de Luni-Carrara (Rodá et al., 2011), ni sobre la identificación del monograma BAE como signatio de los Baebii, familia relacionada con la explotación de dichas canteras marmóreas (especialmente las ubicadas en el distrito de Miseglia) y cuyas notae lapicidinarum son bien conocidas, tanto en bloques de extracción o semielaborados como en materiales puestos en obra (Paribeni y Segenni, 2003, 2015b, p. Ya en la publicación de esta placa de barandilla marmórea, que delimitaba la prohedria y servía de respaldo a los subsellia lígneos de las localidades más prestigiosas de la cavea (Fig. 3), se avanzó el hallazgo de otra laja distinta, que también parecía caída in situ, conservándose restos del pasamanos redondeado en el perfil del Sondeo 2 (Alarcón, 2011, p. Dicha pieza, que no pudo extraerse entonces, volvió a localizarse en 2013, durante el seguimiento arqueológico derivado de la construcción de arcos de descarga bajo las medianeras de las viviendas colindantes con el área del teatro conservado a cielo abierto. En esta ocasión se descubrió parcialmente la base de dicha placa, donde podía verse con claridad un numeral inscrito (CXXXV), al que precedían dos letras de dudosa lectura (Alarcón, 2014). Finalizada esta intervención la pieza quedó in situ, embutida en el perfil y cubierta con geotextil para su protección. Colocación de las placas del pluteus de la prohedria en el teatro romano de Cartagena. Durante la campaña de 2017 se liberó todo el espacio existente entre la zona de la orchestra, excavada por la Universidad de Cádiz en 2011 (Borrego y Rodríguez, 2012; Bernal et al., 2014), y las primeras filas del graderío. Asimismo, se excavó el intradós de los arcos de descarga de los edificios colindantes, siendo durante el desarrollo de esta actividad, bajo el Arco 1, cuando volvió a aparecer la pieza de balteus ya vista en años anteriores. Decidida su extracción, se excavó el perfil hasta liberarla por completo, se numeraron los fragmentos que la componían y se almacenaron con el resto de materiales arqueológicos recuperados en dicha campaña (Borrego, 2020) (Fig. 4). Momento de extracción de la placa con nota AGR. En otoño de 2020, con vistas a los actos de conmemoración del 40o aniversario del descubrimiento del monumento, se procedió a la limpieza y restauración de esta singular pieza en el Museo de Cádiz, pudiendo abordar entonces el estudio de la nueva marca de cantera Placa con nota AGR: vista del frente, base inscrita y dorso con pasamanos y grapa de reparación. Descripción del soporte y de la nota Se trata de una placa rectangular de mármol blanco-azulado y grano muy fino, con vetas longitudinales más oscuras, que desde el punto de vista macroscópico resulta idéntico al de la placa con monograma BAE perteneciente a la misma construcción y, por eso, podemos identificar como la variedad bardiglio de las canteras de Luni-Carrara Aun cuando fracturada en múltiples fragmentos, de los que han desaparecido algunos de las esquinas superiores, conserva las dimensiones totales: 90 cm de altura, 82,5 cm de anchura y 14/15 cm de espesor (arriba y abajo, respectivamente). La losa se obtuvo mediante el corte con sierra lapídea, comenzando por arriba, de manera que subsisten las rebabas de extracción final con cuñas en las partes inferiores de ambas caras principales vistas. De estas, la que miraba a la orchestra muestra abajo una franja toscamente desbastada y regularizada a gradina, de 29,5 cm de altura (1 pes), que sirvió para ajustar ahí el peldaño marmóreo de la fila externa de la prohedria. La parte superior muestra un acabado redondeado delimitado por sendos biseles, para funcionar como pasamanos. En la parte central de este se aprecian varias grietas, que siguen las vetas del mármol meteorizadas por el paso del tiempo, y que requirieron de una restauración antigua mediante grapa metálica de 29 cm de longitud, de la que subsisten solo la mortaja y los orificios cuadrados de anclaje (Fig. 5, derecha). Al igual que sucedía con la placa recuperada en 2009, también reparada de antiguo con 3 grapas, este defecto favoreció que la pieza no fuera expoliada tras el abandono del teatro, como sí sucedió con el resto de losas del pluteus y del pavimento de la praecinctio y la orchestra. Las caras laterales muestran una anathyrosis perimetral, para ajuste con otras losas adyacentes de la misma barandilla. La cara inferior, que no era vista una vez instalada la pieza, muestra una superficie tosca fruto de la caesura del bloque en cantera. Aquí, con letras de 11-12 cm de altura y ejecución grosera a puntero, se conserva la nota lapicidinarum con el siguiente texto (Fig. 6, abajo): Las dos notae lapicidinarum recuperadas en el teatro de Gades. Parece razonable pensar que la inscripción se realizó en la propia cantera una vez cortada la placa con la serra, a juzgar por el correcto ajuste del texto a la escasa superficie disponible. Un paralelo muy cercano para esta nota lo encontramos en el teatro romano de Carthago Nova, inaugurado entre los años 5 y 1 a. C. En la cara inferior toscamente desbastada de una placa perteneciente también al pluteus, esta vez elaborado con la variedad blanca de Carrara, figura el texto: TV XXXIII (Soler, 2020, p. Opinamos que las letras AGR de la nueva nota gaditana constituyen la abreviatura de AGR(IPPAE), por varias razones: De acuerdo con Cesare Letta (2015, pp. 428-429), en esas 3 letras que anteceden al numeral, identificativo del bloque o placa concreto de una partida (probatio), se encierra el productor del mármol: propietario privado de una cantera, o arrendatario, en caso de situarse esta en terrenos públicos de la colonia de Luna. Muy pocos nombres romanos comienzan con esa secuencia de letras: los gentilicios Agrius, Agrinius o Agrilius (muy raros) y los cognomina Agrestis, Agricola, Agrippinus, Agrippianus o Agrippa. Ninguno de tales nombres aparece abreviado, como en nuestro caso, en otras inscripciones del imperio 6, excepto Agrippa: en un solo ejemplo que alude, sin dudas, a M. Vipsanius Agrippa Ninguno de dichos nombres está documentado en las notae lapicidinarum de las canteras de Carrara (Paribeni y Segenni, 2015a, pp. 375-397). Y tampoco comparecen, a día de hoy, en la epigrafía lunense en general, salvo el caso de Agrippa M. Agrippa, mano derecha de Augusto y posteriormente su yerno, tenía intereses en la explotación de mármoles preciados. Poseía canteras de pavonazzetto en Docimium (Frigia) y de giallo antico en Chemtou (Numidia) (Pensabene, 1975, p. En este último distrito marmorífero existían, en época imperial, dos grandes officinae, denominadas respectivamente Regia y Agrippae, que probablemente obedezcan al inicio de la explotación a inicios del s. I a. C. bajo autoridad de los reyes númidas, la primera 9, y a la apertura de nuevos frentes bajo la autoridad de Augusto y Agripa tras la anexión del reino a la provincia de Africa Nova y la instalación de la colonia Iulia Augusta Numidica Simitthensium en 27 a. En las marcas de cantera de este distrito encontramos notae con la misma abreviatura, cuya resolución está fuera de toda duda, al aparecer otras veces desarrollada: El uso del cognomen, en lugar del gentilicio (como vemos en el caso de los Baebii o sugerimos con los Turtellii), para la signatio de los bloques o placas extraídos en las canteras propiedad de Agripa resulta comprensible en su caso específico, a tenor del testimonio de Séneca el Viejo De hecho, el nomen Vipsanius, que denotaba sus humildes orígenes familiares, no comparece en ninguna inscripción por él comandada o a él dedicada (salvo para denominar a sus hijas o libertos). Que poseyera también canteras en Luni-Carrara era, podría decirse, la última pieza del rompecabezas, il tassello che mancava. Máxime cuando fue uno de los máximos responsables de la monumentalización y marmorización de la propia Roma ‒alentado por Augusto‒, como indican las fuentes literarias ya desde su edilidad desempeñada en 33 a. Entonces, en el plazo de un solo año, pudo decorar las fuentes de Roma con 400 columnas marmóreas: invictum miraculum comprensible solamente si aceptamos un estricto control de los recursos lapídeos por su parte La investigación actual opina que se produjo la deductio de una colonia triunviral en Luna, probablemente entre 36 y 33 a. C. con veteranos de la batalla de Naulocos (Sangriso, 1999) En ese momento pudieron haberse asignado a Agripa y al propio Augusto terrenos del ager Lunensis ubicados en los mejores distritos marmoríferos Otras parcelas habrían quedado en propiedad de la colonia, para la obtención de vectigalia con su locatio-conductio a particulares y, algunas menos, en fin, pudieron haberse repartido a veteranos de la nueva élite colonial, impulsándose así un sistema de explotación mixto, estatal-imperial, público-municipal y privado (Angeli, 2000; Pensabene, 2013, pp. 12-14 y 2015, pp. 453-457; Segenni 2015, pp. 441-450). M. Agrippa fue nombrado patronus y parens del municipio gaditano entre 27 y 18 a. Además, es muy probable que visitara la ciudad durante su estancia en Hispania entre los años 19 y 18 a. C. Esta posibilidad se fundamenta en las propias acuñaciones locales antedichas, con marcado carácter conmemorativo de un evento singular. Una de ellas (RPC I, 77) decora su anverso con una imagen de él sentado en sella curulis y con la mano diestra extendida en gesto de adlocutio, a modo de "relieve histórico". En esos años realizó las tareas de medición de la Península Ibérica con las que componer su famoso orbis pictus y para las que Gades constituía un "punto geodésico" fundamental, como columna de Hércules en Europa y caput Oceani En el marco de tal relación de patronato resulta lógico que donara mármol ‒al menos 135 placas‒, a su ciudad cliente como acto evergético (beneficium); o bien se lo facilitara a su amigo Balbo el Menor, promotor por entonces de la construcción de la neapolis gaditana En la edificación del grandioso teatro de Gades, con un diámetro de 118 m y ubicado en la isla de Kotinoussa, asiento de dicha neápolis (Borrego 2013), se emplearon preciados mármoles de importación en un momento muy precoz para la arquitectura hispano-romana: años 20 a. C., atendiendo al estilo "segundo triunvirato" con que se labraron los capiteles de la scaena y otros elementos de su decoración arquitectónica (Borrego, 2011). Así, en la fase fundacional del edificio, la orchestra aparecía pavimentada y delimitada con bardiglio, el pulpitum y el podio de la frons scaenae revestidos de mármol blanco lunense, con el que también se elaboraron las basas, capiteles y entablamentos de la columnatio de la scaena, dotada de fustes de africano (marmor Luculleum) y alabastro fiorito (onyx) (Bernal et al., 2014; cfr. Este último detalle refuerza la atribución del monumento a Balbo el Menor, quien también decoró con 4 columnas de ónice la escena del teatro levantado por él en el Campo de Marte C. se nos desvela ahora como especialmente significativo para el municipio de Gades y su edificio de espectáculos. Si Agripa hubiera sido nombrado patrono a mediados de los años 20, poco después de desempeñar el tercer consulado, proporcionando entonces los mármoles para el teatro, este bien pudo finalizarse (dedicatio) para ser usado con motivo de su visita a la ciudad el 19 a. C.; año en que Balbo, el otro comitente, celebraba el triunfo en Roma Si el nombramiento como patrono y la consecuente donación marmórea tuvo lugar más tarde, coincidiendo con la visita, las obras habrían comenzado por entonces (inauguratio) y el teatro gaditano sería contemporáneo al de Emerita, patrocinado íntegramente por Agripa ‒aunque sin uso de mármol en la fase fundacional‒ y concluido en 16-15 a. En cualquier caso, la nueva marca de cantera asegura que la construcción del teatro gaditano se abordó con anterioridad a marzo del año 12 a. C., fecha de su muerte. Se trata del edificio más antiguo de Hispania en el que se constata un empleo masivo de mármol lunense (Pensabene, 2004; Gutiérrez y Rodá, 2012; Pensabene, 2013) y otros marmora de importación (Fig. 7), anterior a los teatros de Tarraco, Carthago Nova, Italica o Corduba. Decoración arquitectónica marmórea del teatro de Gades: capitel y relieve del pulpitum labrados en blanco de Carrara; fustes labrados en alabastro y africano.
La reutilización de antigüedades en al-Ándalus: ¿recurso o discurso? En el presente artículo se estudia la reutilización de antigüedades en al-Ándalus durante los siglos VIII-X. Se propone prestar atención al valor dado a los materiales a través de las fuentes escritas y arqueológicas, poniendo de manifiesto la existencia de una primera etapa donde la reutilización afecta a elementos arquitectónicos decorativos con un valor constructivo y decorativo, empleados además de forma masiva en los edificios. No obstante, a finales del siglo IX se detecta un cambio. Una fetua de finales del siglo IX ilustra acerca de este cambio y evidencia el control de los Omeyas sobre estas piezas, cuyo testimonio más destacado es el conjunto de antigüedades de Madīnat al-Zahrā'. Desde las últimas décadas, los estudios sobre reutilización de antigüedades durante la Alta Edad Media, específicamente en el mundo islámico, se han convertido en un importante campo de investigación. Se han desafiado los presupuestos tradicionales que apuntaban a un rechazo o desinterés del islam frente al pasado preislámico y, en particular, a la representación figurada y al paganismo de la época anterior al islam o ŷāhiliyya (Webb, 2014) y se ha resaltado cuán temprana e importante es la práctica de la reutilización en el mundo islámico (Greenhalgh, 2009, 2012). La península ibérica es un escenario central en estos estudios. El caso más paradigmático es la mezquita de Córdoba. Los trabajos de P. Cressier, Ch. Según señalaba A. Peña, "la principal motivación para el uso de spolia en la mezquita de Córdoba debe haber sido de naturaleza ideológica" (Peña, 2009, p. Se trataba del edificio con más material reutilizado del Mediterráneo en el siglo VIII, sin embargo, las fuentes árabes no mencionan esta reutilización tan significativa (Peña, 2010, p. Los trabajos que no se circunscriben a un ejemplo específico, sino que trazan una perspectiva global y comparativa son, en cambio, algo más puntuales (Morán Turina, 2010, pp. 23-50). En este sentido, el estudio elaborado por M.a Ángeles Utrero e Issac Sastre ha supuesto una interesante novedad al reconsiderar la reutilización desde la disyuntiva necesidad o posibilidad, encuadrando su análisis dentro de los ciclos constructivos y tecnológicos. Ponían de manifiesto que la reutilización debe entenderse como un proceso iniciado ya en el siglo V, motivado por el abandono de las canteras romanas y la pérdida o desuso de herramientas y conocimientos, que se prolonga durante toda la Antigüedad Tardía y parte de la Alta Edad Media. En su estudio atendían especialmente a las iglesias altomedievales. Los reinos cristianos del norte peninsular participaron de este proceso, aunque a una escala mucho más reducida. La mayoría de los ejemplos de reutilización deben adscribirse a la segunda mitad del siglo IX o comienzos del siglo X y los casos en los que cabe pensar en una concepción de las antigüedades más allá de su valor constructivo son muy escasos (Utrero y Sastre, 2012, p. Para el caso andalusí me parece interesante destacar un breve estudio de P. Cressier, donde analizaba varios casos de reutilización correspondientes tanto a al-Ándalus como al Norte de África, comprendidos entre los siglos VIII y X. En este trabajo se desprenden ya algunas de las preocupaciones que centran el debate hoy en día y que coinciden en gran medida con las nuevas perspectivas de análisis abiertas por M.a Ángeles Utrero e Issac Sastre (Cressier, 2001). Por un lado, se recalca el aspecto metodológico, incidiendo en que "una vez detectado, todo caso de acarreo deberá someterse a una interpretación argumentada y sin prejuicio, que tendrá en cuenta la naturaleza del monumento y las condiciones históricas de su erección; única forma de asegurarse si conlleva una información histórica" (Cressier, 2001, p. Por otro lado, P. Cressier distingue entre aquellos ejemplos de reutilización en los que se puede aducir una necesidad práctica y aquellos otros en los que la reutilización "es el resultado de una verdadera elección" que tiene que ver, fundamentalmente, "con el significado específico que se atribuye en un momento dado a las piezas en cuestión" (Cressier, 2001, p. La conclusión que se desprende de este rápido balance historiográfico es que, pese a los claros avances, la investigación parece focalizada en el debate sobre el porqué de la reutilización, según se destaque el componente pragmático o ideológico. Existe también un tratamiento dispar en torno a las fuentes disponibles para llevar a cabo estos estudios, ya sean escritas o arqueológicas, así como una preocupación compartida en torno a la metodología, los criterios y las perspectivas que deben ser consideradas a la hora de analizar la reutilización de determinadas piezas Mi objetivo aquí es intentar ofrecer un panorama comprensible de los procesos de reutilización en al-Ándalus durante los siglos VIII-X, atendiendo al conjunto de fuentes disponibles, incorporando nuevas referencias y perspectivas de análisis y señalando los cambios más notables que nos permiten comprender el sentido dado a la reutilización y el significado otorgado a las piezas. De este modo, pondré de manifiesto la existencia de una primera etapa donde la reutilización afecta a elementos arquitectónicos decorativos con un valor constructivo y decorativo. En esta etapa, la reutilización constituye un recurso constructivo, en continuación con los procesos habituales desde época tardoantigua, así como un discurso de legitimación, acorde al "lenguaje de poder" importado por los Omeyas desde Oriente, atendiendo al prestigio, la calidad y la cantidad de material reutilizado. No obstante, a finales del siglo IX se detecta un cambio significativo. Su hallazgo y reutilización parece estar regulado y orquestado por el poder. Finalmente, para profundizar en este punto de inflexión, analizaré una fetua de finales del siglo IX, que ilustra este cambio de paradigma y me detendré en considerar un ejemplo único, el conjunto de piezas de Madīnat al-Zahrā', que evidencia el protagonismo de las antigüedades en la construcción material e ideológica del poder omeya en al-Ándalus. La reutilización como recurso y discurso La reutilización en al-Ándalus no puede ser desasociada de los procesos que conocemos en Oriente, en los que la península ibérica se encuadra a comienzos del siglo VIII. De este modo, la reutilización es un fenómeno estrechamente vinculado a los primeros califas omeyas, que hicieron un uso masivo de antigüedades, especialmente en las mezquitas de Jerusalén y Damasco, escenificando con ellas la implantación de un nuevo orden político y religioso (Finster, 2009; Greenhalgh, 2009, pp. 282-296 y 2012, pp. 259-283). Posteriormente, hacia mediados del siglo VIII, los ʻAbbāsíes ocuparon el poder y no mostraron un uso tan destacado de spolia (Peña, 2010, p. Esto es algo interesante. Quizás los ʻAbbāsíes buscaban poner de manifiesto una ruptura, abriéndose a las influencias sasánidas y trasladando la capital a Bagdad. Ellos desarrollaron su propio lenguaje arquitectónico y político y la legitimación provenía de otros cauces diferentes. En cualquier caso, los elementos reutilizados no desaparecen por completo, simplemente cambian su significado y su uso, como señalaré más adelante. La supervivencia de la dinastía omeya en la península ibérica, donde acaba recalando el príncipe ʻAbd al-Raḥmān I supuso, sin embargo, la continuidad del "lenguaje de poder" omeya en al-Ándalus. De este modo, aunque la reutilización es un fenómeno bien atestiguado en Hispania durante época tardoantigua, lo cierto es que la llegada de los Omeyas significó un cambio de paradigma al respecto La construcción de la mezquita de Córdoba en el año 785 constituyó un punto de inflexión. Fue la primera construcción omeya de entidad en la península, un edificio que contó con una especial vinculación con la dinastía (de hecho, todos los emires de al-Ándalus intervinieron de algún modo en ella) (Manzano, 2006, pp. 213-218). Para la construcción de los cimientos se emplearon sillares procedentes de cantera, mientras que el oratorio se erigió con columnas y capiteles reutilizados de cronología y origen dispar (Fig. 1) (Azuar, 2005, p. Columnas, capiteles y cimacios reutilizados en la primitiva mezquita construida por'Abd al-Raḥmān I Se trata de una reutilización masiva, y justamente los números evidenciarían algo respecto a este "lenguaje del poder" y su discurso ideológico. A. Peña ya incidió en estos aspectos. Posteriormente, la ampliación de la mezquita por'Abd al-Raḥmān II supuso el empleo tanto de fustes y capiteles reutilizados como de nuevos capiteles labrados ex profeso, que imitan a los antiguos con gran precisión y detalle (Cressier, 1991 y 2001, p. En este caso se puede señalar además que parte del material antiguo reutilizado proviene de diferentes regiones y ciudades de al-Ándalus, como es el caso de varios capiteles emeritenses (De la Barrera, 1984, p. En definitiva, la mezquita de Córdoba atestigua la existencia de un discurso omeya que se construye literalmente con piezas de la antigüedad y se manifiesta desde el mismo momento en el que se afianza la dinastía en la península. La reutilización se centra especialmente en elementos arquitectónicos ornamentales y tiene un valor eminentemente constructivo, mientras que el componente ideológico se sustenta sobre todo en el carácter masivo de la reutilización. El discurso, sin embargo, no ahonda en la influencia o continuidad con respecto a la Antigüedad Clásica (Kinney, 2001, pp. 149-150), sino que se centra en oriente y en la rivalidad política y religiosa entre Omeyas y ʻAbbāsíes. Estos aspectos evidencian un punto de inflexión en los procesos de reutilización vigentes hasta la fecha en la península, vinculado directamente a las nuevas técnicas y el lenguaje de poder importado por los Omeyas. Junto con esta conexión con oriente, un segundo aspecto a destacar es la convivencia, desde el primer momento, de material reutilizado y material procedente de cantera, así como el valor constructivo otorgado a los materiales. Se reutilizan mayoritariamente elementos arquitectónicos decorativos, y las estatuas o inscripciones, que tal vez podrían suscitar otro tipo de valoración, se emplean también como material constructivo La reutilización, particularmente del mármol, continúa siendo una necesidad, como ya ocurría desde época tardoantigua, y lo será hasta que las canteras sean explotadas de manera sistemática. En la península, una de las primeras medidas llevadas a cabo tras la conquista islámica de Córdoba fue la reconstrucción de su puente y murallas, llevada a cabo en 719-720. Se trataba de una actuación destacada: el puente era un hito estratégico y garantizaba la conexión de la capital con la costa sur y el norte de África (Manzano, 2006, p. El encargado de realizar estas obras habría sido el gobernador al-Samḥ, siguiendo para ello instrucciones del califa de Damasco. Este había decretado que los sillares de la muralla sirvieran para reconstruir el puente, mientras que para reparar la cerca se utilizara ladrillo si no había suficiente piedra ( La noticia apunta quizás a una jerarquización de la importancia y prioridad de las actuaciones y encaja en el panorama de discontinuidad de los procesos constructivos que se documenta en estos primeros momentos, marcada por el desconocimiento de las canteras donde obtener piedra, la ausencia de expertos o la desarticulación de las redes de abastecimiento. La reutilización es aquí una necesidad (Gurriarán, 2004, p. Posteriormente, para la construcción de la mezquita de Córdoba, las canteras ya serían explotadas y se emplearían para la extracción de sillares de la cimentación del edificio. Otros materiales, que no fuesen capiteles, fustes o cimacios, son también reutilizados, pero tienen apenas un valor constructivo. El pedestal de una estatua con una inscripción fue recortado y adaptado como cimacio en la mezquita, con la inscripción en posición invertida (Stylow, 2000). Igualmente, un fragmento de sarcófago romano de temática cristiana fue reutilizado como cimiento de uno de los pilares del oratorio (Fig. 2) (Fontaine, 1947, p. Fragmento de sarcófago romano reutilizado como cimiento en la mezquita de Córdoba Pila hallada en el Palacio califal de Samarra por E. Herzfeld Detalle de la decoración de la pila: planta y sección Este panorama que nos ofrece la ciudad de Córdoba puede extenderse a otras regiones de al-Ándalus donde también se documenta una reutilización masiva con fines meramente constructivos, independientemente de que estas construcciones deban asociarse al poder omeya o a poderes locales y tengan o no un componente ideológico. En Sevilla, se reutilizaron columnas y capitales para la edificación de la mezquita de Ibn ʻAddabas (Valor, 1993; Cómez, 1994). La más antigua inscripción árabe que conservamos se refiere justamente a la fundación de la mezquita en 829-830 y está realizada sobre una columna romana (Ocaña, 1970, pp. 22-23). En Mérida, los edificios de Morería, bien datados en la segunda mitad del siglo VIII o comienzos del IX, se construyeron con mampostería rematada por tapial y abundante material reutilizado (Alba, 2001 y 2009). El edificio documentado en las inmediaciones del "Templo de Diana", con similares características y cronología, fue construido enteramente con materiales reutilizados (Alba, 2004, pp. 60 y 66) y la alcazaba de Mérida fue erigida en el 835, reaprovechando toda clase de materiales procedentes del desmantelamiento parcial de la muralla y la destrucción de la puerta romana de la ciudad, decretada por ʻAbd al-Raḥmān II (Ibn al-Aṯīr, Kāmil, VII, 189/243; Alba, 2001, p. Las "maravillas" y "ruinas de los antiguos" El uso constructivo y el valor utilitario que se le da a los materiales antiguos es el aspecto más destacado de la reutilización en al-Ándalus, algo que se repite de forma recurrente en los siglos posteriores, sin que esto sea un rasgo exclusivo de la península. Contando pues con esta continuidad, sí creo que cabe destacar un punto de inflexión ya en el siglo IX, que afecta al modo en el que estas antigüedades son percibidas y reutilizadas: supone el paso de unas piezas vistas fundamentalmente como recurso constructivo a ser consideradas propiamente como "maravillas" y "ruinas de los antiguos" ('aŷā' ib wa āṯār al-'Awā' il) con un significado o valor histórico por sí mismas, y capaces de evocar un discurso sobre el pasado. Este cambio resulta evidente en varios aspectos. En primer lugar, se detecta un descenso en la cantidad de material reutilizado si comparamos grosso modo las realidades de los siglos VIII-X. Desde finales del siglo IX y, tras la proclamación del califato de Córdoba por ʻAbd al-Raḥmān III en el año 929, no se detecta la presencia masiva de elementos reutilizados en la arquitectura oficial omeya En segundo lugar, la reutilización se traslada a piezas singulares, por sus dimensiones, origen, calidad u ornamentación. No se trata de elementos de decoración arquitectónica, sino de otro tipo de piezas: sarcófagos, pilas, inscripciones, estelas o estatuas. Curiosamente, las fuentes árabes sí suelen mencionar ahora las antigüedades, destacando su carácter monumental y decorativo, así como su origen más o menos fantasioso. Además, estos elementos reutilizados parecen quedar reservados a espacios palatinos y a una arquitectura vinculada con el poder. El ejemplo paradigmático es el conjunto de sarcófagos romanos y estatuas reutilizados en Madīnat al-Zahrā', la ciudad palatina de los Omeyas, construida en el siglo X. Me referiré a ello más adelante. Otro caso similar es el de Samarra, la ciudad fundada por el califa ʻabbāsí al-Mu'taṣim en 836, donde se ha localizó una pila monumental en granito rojizo egipcio, realizada en un solo bloque de piedra y con una franja ornamental a modo de decoración. Esta pila fue localizada por E. Herzfeld en el "Harim" de la Dār al-Khilāfa, pero habría sido emplazada en el centro del patio de la mezquita de Samarra como pila de abluciones: la pieza presenta dos orificios de desagüe y habría estado conectada con una canalización de agua. Las fuentes árabes aluden a esta pieza con gran atención. Señalan el nombre con el que era conocida, la "Copa de Faraón" (kāsat Fir'ūn), sus extraordinarias dimensiones y su fastuoso traslado desde palacio al-Hārūnī, donde habría estado originalmente ubicada durante el reinado de al-Wāthiq (842-847), hasta la mezquita, recurriendo para ello a tres elefantes (Figs. En tercer lugar, la apropiación de estas antigüedades por parte del poder debe entenderse como deseo de controlar todos los aspectos vinculados con estas: desde la búsqueda de piezas, hasta su selección, almacenamiento y reutilización final. Evidencias de ello las encontramos en el contexto de las conquistas islámicas. En Egipto, las autoridades regularon la búsqueda y el destino final de los hallazgos durante el gobierno de'Amr b. al-'Āṣ y al parecer varias estatuillas fueron enviadas al califa' Umar II (r. Ya en el siglo IX y X este control parece plenamente establecido: nadie podría excavar sin el permiso previo de las autoridades y al frente del sistema figuran el amīr al-maṭalibīn (jefe de los buscadores) y el naqīb al-maṭalibīn (encargado de los buscadores) (El Daly, 2005, pp. 34-42). En al-Ándalus también cabe señalar algo parecido. Según una noticia, el emir'Abd al-Raḥmān II rebuscaba en todas las comarcas en busca de columnas e instrumentos de toda clase, reuniéndolos y llevándolos al alcázar de Córdoba (Ibn Ḥayyān, Muqtabis, II-I, p. Prueba de ello serían las columnas y capiteles emeritenses reutilizados en la mezquita de Córdoba, como señalaba anteriormente. El sistema podría sustentarse en los gobernadores locales, como atestigua otra referencia en la que un gobernador de Mérida, ʻAbd Allāh b. Ṯaʻlaba, general de ʻAbd al-Raḥmān II, procuraba mármoles en la ciudad y pedía que se los trajeran para llevárselos. Este sistema tendría su centro en el Alcázar de Córdoba como el lugar donde estas piezas quedaban almacenadas, a la espera de ser reutilizadas. Ello explicaría también la rápida construcción de la mezquita. Además, parece que algunas piezas quedarían expuestas, según se desprende de algunas noticias que aluden a pilas o sarcófagos reutilizados como fuentes de agua (Ibn Ḥayyān, Muqtabis, II-I, p. 122), o la mención a una enigmática Casa del Mármol (Dār al-ruḥām) (Ibn Ḥayyān, Muqtabis VII, trad. Finalmente, un cuarto aspecto que denota este cambio en la percepción y reutilización de antigüedades se refiere a la procedencia de estos materiales. Ya no parecen provenir del expolio de edificios, iglesias o palacios, sino del desmantelamiento de estructuras preislámicas, algunas de ellas en uso hasta la fecha, de nuevos hallazgos que se suceden al excavar la tierra y de los que dan buena cuenta las fuentes escritas 8, así como de los cementerios, donde es de suponer que actuarían estos saqueadores (Greenhalgh, 2009, p. Una fetua como fuente para entender el cambio A este último aspecto se refieren una serie de fetuas, es decir, consultas jurídicas realizadas por ulemas o alfaquíes acerca de cuestiones que precisan de una aclaración en el derecho islámico. Son, por tanto, una fuente a tener en cuenta para entender el fenómeno de la reutilización. En este sentido, algunos estudios han ahondado en esta perspectiva en relación al Norte de África, denotando que la reutilización era una actividad habitual, que generaba pingües beneficios, y precisaba ser regulada, atendiendo a la propiedad, el origen y el destino de las piezas (Mahfoudh, 2011, pp. 62 y 64). En el caso de al-Ándalus, al-Wanšarīsī (m. 914/1508) recoge una serie de fetuas referidas a los siglos IX y X que insisten en la necesidad de reglamentar el origen de los materiales que se van a emplear en nuevas construcciones, especialmente en lo que se refiere a la edificación de mezquitas (Al-Wanšarīsī, al-Miyār, VII, pp. 66, 138, 143 y 153-154) Una fetua emitida por el cadí cordobés Ibn Lubāba (m. 314/926) se muestra desfavorable a que se reutilicen piezas y materiales de los cementerios abandonados para la construcción de puentes o mezquitas (Al-Wanšarīsī, al-Miyār, VII, p. La noticia no señala que se trate de cementerios preislámicos, pero no parece descabellado pensarlo. La fetua haría pues mención al rechazo de antigüedades y elementos correspondientes al mundo pagano de la ŷāhiliyya y a la necesidad de regular la reutilización de estos objetos en edificaciones de carácter sagrado, como las mezquitas, o público, como los puentes. Descartado este destino, los hallazgos se reutilizarían quizás en otras construcciones. En Córdoba se localizó un fragmento de un sarcófago cristiano tardorromano reutilizado como umbral de una puerta de una casa musulmana en Córdoba y al que se le ha practicado un agujero para encajar un gozne. La particularidad es que la pieza está colocada con la decoración figurada hacia arriba cuando lo práctico habría sido al revés, para aprovechar la superficie lisa (Fig. 5) Fragmento de sarcófago cristiano Sin desconsiderar esta interpretación tradicional, creo, sin embargo, que se podría ir más allá: esta fetua indicaría el cambio en la percepción y reutilización de antigüedades que he señalado anteriormente. Varios aspectos apuntan en este sentido. La construcción de puentes y mezquitas en Córdoba es una iniciativa que corresponde generalmente a los Omeyas y a su círculo más próximo, y está asociada directamente a la configuración del espacio urbano y la islamización de la población en época emiral y califal (Acién y Vallejo, 1998, p. Sin embargo, no parece que a finales del siglo IX y comienzos del X se llevaran a cabo grandes edificaciones en Córdoba recurriendo para ello a material reutilizado y, mucho menos, procedentes de cementerios. Desde finales del siglo VIII parece haber evidencias de la explotación de las canteras, que se utilizaron para obtener sillares con los que realizar la cimentación de la mezquita de Córdoba. Tan solo una noticia relativa al saqueo de Narbona en 177/793 alude a los "materiales obtenidos de la demolición de sus muros" (seguramente mármol), que quedaron almacenados enfrente del alcázar omeya en Córdoba y posteriormente se emplearon para construir una nueva mezquita en Córdoba y para reparar el puente (Ibn al-Qūṭiyya, Ta'rīj, p. Sin embargo, a comienzos del siglo X, la explotación de las canteras es sistemática, justamente para abastecer las construcciones que se realizan en ese momento (León Muñoz, 2018, p. Las mezquitas de Córdoba han sido bien estudiadas por C. González Gutiérrez y no se detecta que exista una reutilización destacada de material procedente de cementerios En el alminar de la actual iglesia de San Juan, construido justamente a finales del siglo IX o inicios del siglo X, se emplearon sillares tallados en piedra caliza, dispuestos a soga y tizón, aunque de forma irregular (González Gutiérrez, 2015, pp. 161-162 y 288-290). Los ejemplos de reutilización se refieren a piezas muy concretas, por ejemplo, en la mezquita de la estación de Autobuses, de inicios de época califal, se ha podido documentar un ara destinada a reforzar la esquina NE de la quibla (Castro, 2005, pp. 58-59; González Gutiérrez, 2015, pp. 127-128) En el caso de los puentes contamos con menos evidencias al respecto. Todo apunta a que para su construcción se emplearían sillares procedentes de cantera y quizás en algunos casos quepa apuntar la existencia previa de puentes romanos reaprovechados (Bermúdez Cano, 1993, pp. 277-283). Sabemos también que el califa al-Ḥakam II acometió una nueva reconstrucción del puente y la ampliación de la mezquita aljama. Para ambos casos se emplearía material nuevo, procedente de canteras. Además una noticia alude a la existencia de un "zoco de las piedras" (sūq al-ṣujūr) en el siglo X, al que habría acudido Ŷa'far al-Ṣaqlabī para buscar materiales con los que construir la ampliación de la mezquita (Ibn'Iḏārī, Bayān, II, p. La noticia refleja la plena organización de este sistema y la regulación tanto del origen lícito de las piezas como del control mercantil y fiscal por parte de la autoridad. Es a este marco regulado al que se recurre en busca de los materiales con los que construir la mezquita en el siglo X De este modo, la fetua centra su atención en regular el origen del material reutilizado en puentes y mezquitas, sin embargo, a comienzos del siglo X, la actividad constructiva se sustentaba principalmente en la explotación de canteras y no parece haber una reutilización de piezas procedentes de cementerios en estas edificaciones. Por tanto, quizás la fetua no atendía a la necesidad de regular el destino de las piezas, sino el origen de las mismas, es decir, los cementerios. ¿Por qué a comienzos del siglo X era importante regular estos hallazgos? En mi opinión, estamos ante la imposición del control sobre los materiales por parte de la autoridad que se estaba produciendo a finales del siglo IX y comienzos del siglo X y al que me refería anteriormente. El momento coincide justamente con el fuerte crecimiento urbano de Córdoba, ocupando los sectores suburbanos occidentales donde se encontraban algunos cementerios preislámicos en torno al complejo de Cercadilla, el anfiteatro romano y el Cortijo de Chinales (Fig. 6) (Vaquerizo y Murillo, 2010, II, pp. 540-547; Manzano, 2019, p. Aglomeración urbana de Córdoba en época califal, siglo X (Convenio GMU-UCO). La fetua ahonda además en la idea de la reutilización como un recurso constructivo, pero, dado que esto desentona con la realidad del momento (apenas se reutilizaban piezas procedentes de cementerios en mezquitas y puentes), quizás la fetua nos está ocultando una nueva valoración de los materiales distinta y más cercana a la concepción de "maravillas" y "ruinas de los antiguos". En última instancia la fetua debe relacionarse con en el fabuloso conjunto de sarcófagos (lisos y figurados) y estatuas reutilizadas en la ciudad palatina de Madīnat al-Zahrā', la nueva capital del califato. Parece pues que las piezas encontradas por entonces en los cementerios no eran simples materiales constructivos, sino sarcófagos y esculturas que acabaron siendo parte esencial de la nueva ciudad califal. Su construcción comienza en 936, apenas a unos kilómetros al oeste de Córdoba, y se prolonga durante varias décadas. A. Vallejo ya había señalado como la hipótesis más factible que estos sarcófagos deberían proceder de las necrópolis occidentales de Corduba (Vallejo, 2010, p. Esta fetua secundaría esta idea e ilustra acerca del cambio operado en al-Ándalus en el uso y significado otorgado a las antigüedades a comienzos del siglo X, ahondando en el control de los hallazgos y su consideración como "maravillas de los antiguos". Sobre este último aspecto es sobre el que voy a incidir a continuación. La colección de antigüedades de Madīnat al-Zahrā' Al contrario que en caso anteriores, en Madīnat al-Zahrā' no se recurre a capiteles o columnas, sino a elementos figurados, estatuas y sarcófagos excepcionales en el contexto hispánico, cuya reutilización no atiende a criterios constructivos, sino fundamentalmente estéticos, como veremos. Constituye también un ejemplo único. No he podido documentar casos similares de reutilización en el resto del mundo medieval, islámico o cristiano. Los ejemplos de reutilización en el califato ʻabbāsí se reducen a los ejemplos ya mencionados en Samarra. En el caso del califato fāṭimí, surgido en el Norte de África a comienzos del siglo IX como una dinastía rival a la de los Omeyas, parece que la reutilización se refiere fundamentalmente a capiteles, columnas y basas (Cressier y Rammah, 2006; Cressier, en prensa). En los reinos cristianos, los sarcófagos romanos fueron reutilizados como lugar de enterramiento ciertamente prestigioso. Es el caso del sepulcro de Fernán González y su esposa Sancha de Pamplona (Moráis Morán, 2017). Además, este conjunto de antigüedades de Madīnat al-Zahrā' debe ponerse en relación con la ciudad palatina de los Omeyas y con el proyecto de legitimación de los califas. Este proyecto destaca por un inusitado interés por el pasado preislámico durante el siglo X que busca explicar la realidad presente y legitimar el poder y la autoridad de la dinastía. Los autores andalusíes acudieron a las fuentes clásicas para relatar diversos episodios de la historia universal y peninsular, de tal manera que las referencias a la tradición coránica compuesta por profetas, reyes y adalides del islam conviven con noticias sobre Hércules, Viriato, Julio César, Augusto, Constantino o Leovigildo. Hay dos obras que reflejan este cambio y aparecen en el seno de la ciudad de Córdoba durante la primera mitad del siglo X: la traducción árabe de Adversus paganos historiarum libri septem, de Paulo Orosio (m. C.), conocida como el Kitāb Hurūšiyūs y el Ta'rīj fī ajbār mulūk al-Andalus de Aḥmad al-Rāzī (m. El conjunto de antigüedades de Madīnat al-Zahrā' ha sido relativamente estudiado. La cifra de sarcófagos alcanza actualmente los veinticinco, de los cuales, los sarcófagos figurados, datados entre mediados y segundo cuarto del siglo III d. En cambio, el conjunto de estatuas es más reducido: un busto fue encontrado en el patio anexo a la Dār al-ŷund (Beltrán 1988-1990, p. I-1; 1993) y la cabeza de un retrato femenino datado en el siglo III, procedente de la explanada frontera al Pórtico (Figs. Su origen, a diferencia de los sarcófagos, no está claro, pero por sus dimensiones y heterogeneidad, se asemejan a las colecciones de escultura de las villas tardorromanas, por lo que quizás cabría pensar que fueran recuperadas de algunos de estos enclaves en el entorno del Valle del Guadalquivir Sarcófago de Meleagro y la caza del jabalí de Calidón Sarcófago de mármol de las Caballerizas en Madīnat al-Zahrā' Herma de Hércules-niño y fragmento de una cabeza masculina Cabeza femenina procedente de la explanada frontera al Pórtico (imagen cortesía de Conjunto Arqueológico El principal problema a la hora de abordar este conjunto es el estado en el que se encontraron las piezas: están fragmentadas, descontextualizadas, y fueron destruidas, coincidiendo con el final del Califato a comienzos del siglo XI o quizás durante el periodo almohade (Beltrán, 1988-1990, p. Solo dos sarcófagos («Meleagro y la caza del jabalí de Calidón» y la «Puerta del Hades») han sido reconstituidos (Beltrán, 1988-1990, p. Pese a ello ha sido posible determinar la funcionalidad que tuvieron estos sarcófagos (nada se ha apuntado con respecto a las estatuas). La clave de esta interpretación reside en las intervenciones que sufrieron los sarcófagos: han sido pulidos, restaurados parcialmente con estuco y presentan orificios en los laterales (Calvo Capilla, 2012, p. Por ejemplo, el sarcófago de «Meleagro y la caza del jabalí de Calidón» tiene dos perforaciones que coinciden con los dos orificios existentes en la tapa de la alcantarilla del Patio de los Pilares. Esto ha permitido conocer su ubicación exacta en el centro del patio (Vallejo, 2010, p. Las fuentes árabes secundan además esta idea. Ya he mencionado anteriormente que en el Alcázar de Córdoba existían sarcófagos y pilas de mármol con esta misma función de fuentes de agua y también contamos con noticias que aluden al mismo contexto en Madīnat al-Zahrā' (Al-Maqqarī, Nafḥ, I, p. ¿Cuál fue el propósito y el significado dado a este conjunto de antigüedades? ¿Cabe pensar solo en un valor decorativo y en una reutilización como fuentes y pilones de agua, es decir, eminentemente ornamental? Sin contradecir este aspecto que resulta evidente, distintos investigadores han tratado de ir más allá y ofrecer una explicación más completa, no en vano, se trata de un conjunto de antigüedades realmente significativo. De este modo, S. Moralejo y J. Beltrán apuntaban a un "gusto anticuario", es decir, al aprecio de las piezas por su belleza y antigüedad (Moralejo, 1982, p. Más recientemente, S. Calvo Capilla ha relacionado los sarcófagos con determinados espacios consagrados al saber (biblioteca, educación de los príncipes, astronomía), donde serían considerados como "alegorías del Saber de los Antiguos" y "una referencia visual a la antigüedad clásica" (Calvo Capilla, 2012, p. Esta hipótesis, pese a ser ciertamente sugestiva, obvia la amplia distribución de antigüedades a lo largo de toda la ciudad palatina, tanto estancias privadas como públicas y de uso administrativo, tal y como ha atestiguado A. Vallejo (Vallejo, 2010, pp. 262-263 y en prensa). Además, las características de la recepción omeya de la antigüedad esconden un amplio abanico de actitudes y respuestas, frecuentemente contradictorias, que deben ser también consideradas (Elices y Manzano, 2019; Elices, 2020, pp. 163-214). Diría pues que esta hipótesis simplifica la variedad de significados que suscitaron estas antigüedades. El conjunto de Madīnat al-Zahrā' refleja la madurez de los procesos de búsqueda, selección, acopio de antigüedades durante el califato, y como he señalado, el propósito de esta colección debe ponerse en relación con la legitimación omeya y el control de las "maravillas" halladas y su apropiación por parte de los califas. La colección de antigüedades de Madīnat al-Zahrā' ilustra también el cambio de mentalidad a la hora de considerar la cultura material de un "otro", no como elementos extraños, paganos o bárbaros, sino como objetos propios, valiosos y coleccionables más allá de su utilidad como recurso material. En mi opinión es necesario insistir en término «anticuario», entendido aquí como la valoración y recuperación de antigüedades, motivada tanto por una curiosidad como por un deseo de conocimiento, centrado en determinar el origen, procedencia y sentido que debieron tener estos objetos, así como una voluntad de hacer acopio de ellos, coleccionarlos y preservarlos, dándoles un propósito y significado en el presente (Schnapp, 2007, 2013). Considero también que estas antigüedades debieron tener un significado propio e individualizado en el que convergen elementos tanto de la tradición clásica como islámica (relatos históricos, literarios, memorias e identidades). Recordemos el caso de la fastuosa pila de granito empleada como fuente en Samarra y conocida como la "Copa del Faraón". En este sentido cabe considerar también las ideas apuntadas por W. Shaw que sostiene que el material reutilizado suele tener propósitos narrativos y didácticos comparables, pero obviamente muy distintos ideológicamente, a los que se contemplan en los museos (Shaw, 2003, pp. 38-39). Casos similares de reutilización, reubicación y resignificación de estatuas paganas en un contexto cristiano tardo antiguo sugieren que las piezas figuradas tuvieron también un valor discursivo (Kristensen, 2013, pp. 232-248; Jacobs, 2020). Partiendo pues desde este punto de vista, los sarcófagos y estatuas reutilizados en Madīnat al-Zahrā' fueron sin duda un recurso material y decorativo, pero muy probablemente fueron también piezas con un valor discursivo y un significado propio, es decir, eran el centro de relatos que aunaban diferentes tradiciones y memorias propias del mundo islámico y eran capaces de evocar una reflexión acerca del paso del tiempo, la sabiduría de los antiguos, la banalidad de las cosas temporales, lo eterno y lo perecedero, lo virtuoso o lo criticable, y las advertencias del pasado de cara al presente y al futuro. Las fuentes árabes evidencian este tipo de valor discursivo otorgado a las antigüedades. Especialmente interesante es la noticia ya mencionada que aludía el envío al califa'Umar II (99-101/717-720) de varias de las antigüedades halladas en Egipto. Al parecer, el califa solía mostrar esta colección de objetos a sus visitantes, explicándoles que estas estatuas serían en realidad humanos que habían sido petrificados como castigo divino al faraón de Moisés, siguiendo la interpretación coránica de este pasaje (Al-Maqrīzī, al-Jiṭaṭ, I, p. En al-Ándalus las fuentes también apuntan a una concepción similar de las antigüedades. Sobre Cádiz se señala que "hay restos maravillosos y antiguos que no han sido alterados por el paso del tiempo y que dan testimonio de poderío y de la existencia de un gran reino" ( Ḏikr, 65-66/72) y de Mérida se indicaba que la ciudad conservaba restos aun visibles de edificios que atestiguan la grandeza, el poder y la gloria de sus constructores (Al-Ḥimyarī, Rawḍ, 518/211). En Játiva, una estatua era calificada de "maravilla sorprendente" ('aŷā' ib), obra admirable y vestigio (āṯār) atribuido a los romanos (rūm). Al mismo tiempo, sin que eso suponga una contradicción, era considerada un ídolo (ṣanam), vinculado a la ŷāhiliyya, y no obstante, tenía la capacidad de evocar una enseñanza sobre el pasado, de tal manera que podría relatar las historias de ʻAd e Iram, dos pueblos míticos de la tradición bíblica y coránica, de tal manera que la estatua resulta más elocuente y exhortadora que Quss b. Sa'ida, un personaje coránico célebre por su sabiduría (Al-Maqqarī, Nafḥ, IV, p. Los sarcófagos y estatuas de Madīnat al-Zahrā' transmitieron también seguramente un discurso similar a este. Lo más relevante, sin embargo, es que este discurso no se referiría tanto al pasado, como al presente, y no aludiría a los Antiguos, como apuntaba S. Calvo Capilla, sino a los Modernos, a los Omeyas, al islam y a al-Ándalus. Como parte del escenario construido en la ciudad palatina y del proyecto de legitimación de los Omeyas, cabe pensar que estas antigüedades eran elementos que servían para definirse no solo a sí mismos, como dinastía y califas, como soberanos islámicos, ortodoxos, justos y píos, sino también para dar sentido a la realidad de al-Ándalus y del dominio omeya. El conjunto de Madīnat al-Zahrā' puede ser considerado entonces como un primitivo "gabinete de maravillas", otro concepto asociado habitualmente a los primeros anticuarios europeos, pero que encaja bien con los términos 'aŷā' ib o garā'ib con los que se designa precisamente a las "maravillas" y "curiosidades", muchas de las cuáles son antigüedades y monumentos preislámicos Justifico su uso porque la idea aparece reflejada en las fuentes: se alude a pilones (ḥiyāḍ) reutilizados como fuentes de agua y a las "maravillosas estatuas de figuras humanas (tamāṯil'ajībat al-asjūṣ) que ni siquiera la imaginación podría explicar" (Al-Maqqarī, Nafḥ, I, p. Las antigüedades de Madīnat al-Zahrā' serían así una muestra del prestigio y la autoridad del dueño de la colección que de alguna forma queda identificado con las características que se asocian a las piezas que había conseguido acumular (singularidad, riqueza, educación, etc.), de forma no muy diferente a como sucedía en las colecciones tardoantiguas de aristócratas y emperadores (Stirling, 2015, p. Este propósito también aparece señalado en las fuentes: estas antigüedades forman parte de un conjunto destinado a provocar el deslumbramiento (bahr) y estupor (raw) de los visitantes al "contemplar el esplendor de la monarquía (bahjat al-mulk) y la grandiosidad del poder (fajāmat al-sultān)" (Al-Maqqarī, Nafḥ: I, 566; Puerta Vílchez, 2004, pp. 8 y 11-12). Junto con este discurso universal, legible tanto para propios como extraños, el conjunto de Madīnat al-Zahrā' transmitiría también un discurso más particular y complejo que ahonda en la tradición islámica. La noticia referente a la colección del califa'Umar II apunta a que las piezas podrían haber suscitado una interpretación coránica en base a un episodio relativo a la ŷāhiliyya que permitía además trazar un discurso que diferenciaba entre obediencia y castigo divino, creyentes y no creyentes, o monarcas tiránicos y soberanos o profetas píos y justos. Desde este punto de vista, las estatuas eran ejemplos y advertencias en piedra, vinculados con ciertas memorias e identidades propias de la comunidad islámica. De modo significativo, la idea reaparece de nuevo en Madīnat al-Zahrā'. Aludiendo precisamente a los sarcófagos y estatuas, se señala lo siguiente: loado sea Quien ha facultado a esta débil criatura [el ser humano] para crear e inventar todo eso con fragmentos de esta tierra abocados a la descomposición, con la intención de hacer ver a los siervos que Le ignoran un ejemplo de lo que él ha dispuesto para los bienaventurados en el Más Allá, donde no existe la muerte, ni se necesita restaurar (ramm) (Al-Maqqarī, Nafḥ: I, 566, Puerta Vílchez, 2004, p. Cada sarcófago y estatua, sin embargo, tendría también un significado propio y este es un trabajo que todavía está por hacer. Las escenas representadas en los sarcófagos y las estatuas fueron probablemente reinterpretadas y su significado cabe ser deducido y analizado a partir del lugar en el que se ubicaba la pieza en cuestión y del contexto en el que estaba inserta, es decir, el marco decorativo y arquitectónico del que formaba parte, el tipo de ceremonias o reuniones que se celebraban en ese lugar y lo que las fuentes escritas apuntan con respecto a los temas (políticos, culturales o religiosos) que eran de interés en la corte omeya. La capacidad de los andalusíes para reconocer en estas antigüedades la imagen de una divinidad o un personaje de la antigüedad es una cuestión todavía por resolver. En Constantinopla no siempre se identificaba correctamente las estatuas clásicas y se confundían personajes históricos y mitológicos (Cameron y Herrin, 1984; Elvira Barba, 1987). En al-Ándalus esto habría sido aún más difícil. Pese a ello, sí contamos con algunas referencias interesantes en las que aparecen los nombres de Hércules y Venus. El primero estaba presente en Madīnat al-Zahrā' -ya he mencionado el herma de Hércules-niño- y en el siglo X encontramos las primeras menciones relativas al héroe griego, identificado como un rey primitivo, conquistador de al-Ándalus y constructor de varios monumentos e ídolos que habrían delimitado el espacio peninsular, estableciendo sus fronteras geográficas En el caso de Venus, las referencias aluden al planeta y no a la diosa. Una noticia alude de hecho a una estatua (ṣuwara) en Madīnat al-Zahrā' que el califa almohade ordenó arrancar en el año 585-586/1190. Al hacerlo, identifica la estatua como un talismán (ṭilasm) que representaba a Venus (Zuhara) de acuerdo con la opinión de la población cordobesa La referencia guarda relación con otras noticias del siglo X que aluden a la existencia de una estatua en una de las puertas de Madīnat al-Zahrā Además, la noticia puede relacionarse con una estatua real a la que aludí anteriormente: la cabeza de un retrato femenino procedente de la explanada frontera al Pórtico, una puerta ceremonial de ingreso al núcleo del palacio (Vallejo, 2010, pp. 178 y 262-263. Por otro lado, llama la atención su condición de talismán (ṭilasm), algo que cabe vincular con el desarrollo de la astrología en al-Ándalus. En el Libro de las cruzes, la traducción castellana tardía del tratado de astrología andalusí, se señala que "los grados que son termino de Uenus en el signo de Virgo son ensennorados et apoderados en Cordova" ( Libro de las cruzes, p. Además, tal y como señaló M. Acién, la imagen de Zuhara evocaría la rivalidad político-religiosa con los Fatimíes del Norte de África (Acién, 1995, pp. 189-190), dado que dado que al-Zahrā' es justamente el apelativo que recibía Fāṭima, la hija del profeta Muḥammad (Fierro, 2004, pp. 319 y 322). En definitiva, estos dos ejemplos apuntan a que sin duda los sarcófagos y estatuas de Madīnat al-Zahrā' tenían un significado propio y transmitían un discurso o narrativa de tipo político y religioso. Las imágenes pudieron ser reconocidas -quizás en el caso de Hércules- o más probablemente resignificadas en base a la tradición islámica y al contexto político y cultural -como parece ser el caso de Venus-. Las antigüedades no serían pues una "Alegoría de las Ciencias de los Antiguos", sino una referencia que permitía a los Omeyas definirse y legitimarse, dando un sentido al pasado, el presente y el futuro del islam, de al-Ándalus y de la comunidad islámica. A lo largo de las páginas anteriores he trazado un panorama sobre la reutilización en al-Ándalus durante época omeya, es decir, desde el siglo VIII al siglo X, incidiendo en qué, cómo y por qué se reutiliza y señalando paralelos en el mundo medieval cristiano e islámico cuando resulta posible. He evidenciado que la reutilización de material es, casi siempre, un recurso constructivo, independientemente de su valor ideológico, que parece estar determinado por la disposición de estos materiales y por su empleo masivo, como se constata en la mezquita de Córdoba. Sin embargo, a este valor meramente constructivo y decorativo se le superpone a finales del siglo IX un valor discursivo, como antigüedad en sí misma, es decir, como "ruina" y "maravilla" capaz de evocar una reflexión sobre el pasado, el presente y el futuro. Este cambio resulta evidente en varios aspectos, siendo quizás el más destacado el control de estas antigüedades por parte de los emires y califas, algo que debe relacionarse también con una fetua emitida por el cadí cordobés Ibn Lubāba (m. 314/926) alusiva a la reutilización de materiales provenientes de cementerios, así como con el proceso de expansión urbana de Córdoba a comienzos del siglo X y con la colección de estatuas y sarcófagos de Madīnat al-Zahrā'. Se podrían apuntar más ejemplos de reutilización y reinterpretación de antigüedades en el contexto andalusí, señalando piezas y estatuas que ilustrasen este cambio en el uso y el significado otorgado a las antigüedades, pero lo cierto es que el conjunto de piezas de Madīnat al-Zahrā' resulta ser el caso más extraordinario y, pese a ello, todavía carece de una explicación completamente satisfactoria. Sí conocemos la reutilización de los sarcófagos como pilas de agua, con un sentido eminentemente estético. Sin embargo, considerando que se trata de un conjunto de piezas único, cabe pensar que los sarcófagos y las estatuas tuvieron claro propósito ideológico de legitimación y valor discursivo. Habrían sido reinterpretados de acuerdo a la tradición coránica, en base a las fuentes clásicas conocidas y a la cultura astrológica de la época. Quizás las estatuas y sarcófagos representan aquellos personajes cuyas hazañas y virtudes eran dignas de ser conocidas o recordadas, modelos que imitar o repudiar, todo ello interpretado desde el prisma islámico y desde la óptica de los Omeyas que en el siglo X, se consideraban claramente herederos del poder de los grandes soberanos universales y protectores y continuadores de la labor de los profetas de la tradición monoteísta.
Testimonios epigráficos de época de Adriano en la vega de Antequera (Málaga), provincia Baetica En la vega de Antequera (Málaga), en la provincia Baetica, se concentran algunos testimonios documentales que datan de los años de gobierno de Adriano, que se conservan todavía hoy, y que demuestran una intensa actividad de la administración romana, al mismo tiempo que la fidelidad de las ciudades de la comarca hacia la figura imperial. Estos testimonios corresponden a dos momentos diferentes en el período adrianeo, que son al mismo tiempo las fechas de mayor intensidad en la relación entre el Príncipe, su administración y los habitantes de las comunidades de la zona. Estos dos momentos son los años en torno a 122 d. C. y una década más tarde, hacia el año 132 d. Durante la visita de Adriano a Hispania, las provincias peninsulares fueron objeto de una especial atención, como ocurrió en otros lugares del Imperio durante los viajes del Príncipe. En la Bética, las actuaciones imperiales dejaron un impacto que, a falta de una mayor precisión en la datación, se puede considerar, en muchas ocasiones, parte de este proceso de actividad provincial directa por la presencia del Príncipe en la península ibérica. Basta recordar algunas iniciativas como la decisión judicial sobre el trifinium establecido en el actual término municipal de Villanueva de Córdoba y refrendado por Adriano, así como otras cuestiones de mayor calado, como podría ser el cambio de condición jurídica de Italica y el comienzo de las obras de ampliación de su urbanismo, si se acepta que el inicio del proceso coincidiera con la visita imperial. La vega de Antequera ha constituido a lo largo de la historia un nudo de comunicaciones, con caminos que discurrían en varias direcciones y que unían el puerto de Malaca con el valle del Guadalquivir, así como otros que discurrían en dirección este-oeste. Un miliario de Adriano, conocido en Antequera y hoy perdido, demostraba que las vías de comunicación de la comarca también fueron reparadas en los años de este Príncipe, como ocurrió con otros territorios peninsulares El lugar de hallazgo es desconocido, pero es previsible que se encontrara en los alrededores de la actual ciudad de Antequera, en un entorno del que procedían algunos otros epígrafes recogidos al menos a partir del siglo XV y colocados en esta población La complejidad del trazado viario de la región dificulta su adscripción a un determinado recorrido. P. Sillières pensaba que podría pertenecer a diferentes vías (la de Hispalis-Malaca, la de Corduba-Malaca, o la de Singilia Barba-Iliberris, es decir, a Iliberri Florentia) (Sillières, 1990, n.o 91), lo que podría situarlo en un camino de Malaca al valle del Guadalquivir en dirección sur-norte, o bien en uno de dirección oeste-este. Dado el trazado viario de la región, esta cuestión depende en gran parte del lugar en donde se encontraba ubicado en origen, ya que la posibilidad de que fuera de Singilia Barba abriría nuevas espectativas. Si el miliario se encontraba en esta última ciudad, entonces pertenecería muy probablemente a la vía que comunicaba Hispalis con Malaca pasando por Astigi y Singilia Barba; si por el contrario su lugar original fue el entorno de Anticaria, entonces pudo pertenecer a la vía que comunicaba Corduba con Malaca En todo caso, lo que sí parece aceptable es que hubo una obra adrianea en el entorno de la actual vega de Antequera y en las cercanías del nudo viario que este territorio constituía. De cualquier manera, la salida era, con mucha probabilidad, hacia el puerto de Malaca, que vivió una época de intensa actividad durante la primera mitad del siglo II d. Vías de comunicación citadas en texto, según el trazado de Sillières, 1990, desplegable. Además de los problemas de localización, el miliario de Antequera presenta dificultades de lectura a partir del texto transmitido en la tradición manuscrita. La parte conservada recoge el nombre de Adriano, con la filiación desde Nerva, el pontificado máximo y la potestad tribunicia. El resto se ha perdido. Se da la circunstancia de que el numeral que se conserva de la potestad tribunicia es el VI, lo que plantea la duda de si era ese el número real o si hay que continuar la restitución hasta VII, VIII o incluso VIIII. La aceptación de una sexta potestad tribunicia estaría en consonancia con otros testimonios relacionados con Adriano en la península ibérica porque llevaría la obra en la vía hasta el año 122 d. C., justo la fecha en la que el Príncipe visitaba Hispania. En la región de Antequera se han conservado también dos dedicaciones a Adriano (Fig. 2). En el museo de la ciudad hay una inscripción procedente del solar de la antigua Singilia Barba, recogida ya en la tradición manuscrita Al igual que el citado miliario, este epígrafe lleva el nombre y la filiación del Príncipe desde Nerva, como ocurre en la mayor parte de las dedicaciones que le ofrecieron las ciudades hispanas y en el resto del Imperio. Como el texto se ha conservado íntegro, es posible determinar la fecha exacta del homenaje que, atendiendo a su sexta potestad tribunicia, es el año 122 d. Se da la circunstancia de que el lapidario copió de nuevo, por error, el mismo numeral detrás de la abreviatura IMP, por lo que el resultado fue una sexta e inexistente aclamación imperatoria. No es el único error que se aprecia en la península ibérica para la titulatura de Adriano, como se demuestra en un reiterado cuarto consulado hallado en el noroeste hispano e inexistente también en la titulatura oficial, así como una inscripción de Munigua con una decimosexta aclamación imperatoria de Adriano que estaba muy lejos de la realidad de sus títulos (vid. infra) Además, a continuación del consulado, se inscribió la abreviatura del título Pater Patriae, que Adriano no obtuvo oficialmente hasta el año 128 d. C., aunque ya aparecía con anterioridad en monedas e inscripciones, una circunstancia de la que queda testimonio en este mismo epígrafe Localización de los hallazgos de inscripciones de Adriano en la vega de Antequera y su entorno. El dedicante fue M. Acilius Ruga, un individuo que pagó de su propio patrimonio el pedestal y la consiguiente estatua. A juzgar por el origen local de la piedra con la que se hizo la base, es previsible que la estatua que se apoyaba en ella fuera realizada por un artesano local o de la región (CIL II2/5, p. 215: piedra roja del Torcal de Antequera). Acilius Ruga era sin duda un miembro de la élite local, que no desempeñó al parecer ningún cargo o que todavía no lo había hecho cuando dedicó el monumento. Como recibió autorización para ofrecerlo en honor del Príncipe, debía ser una persona de cierta importancia en su ciudad Su gentilicio está bien representado en la persona de M. Acilius Fronto, quizá un descendiente suyo, que sí tuvo al menos el cargo de prafectus fabrum y a quien el municipio dispuso que se le hiciera también un homenaje, previsiblemente con una estatua sobre una base, y cuyo texto se ha conservado a pesar de que la pieza se ha perdido Su nieto y homónimo también está presente en la epigrafía del municipio, mientras que la figura que les une es la dedicante, Acilia Plecusa, una esclava liberada y unida por matrimonio a su antiguo patrono, el mayor de los dos Fronto La familia tiene sin duda un papel relevante en una ciudad que, ya de por sí, ha demostrado una importante vitalidad en lo que se refiere a los homenajes públicos y más concretamente a las dedicaciones imperiales. Por lo que respecta al epígrafe de Ruga, y a pesar del error en la aclamación imperatoria, no cabe la menor duda de la datación porque es evidente que el problema surgió al copiar por segunda vez el numeral de la potestad tribunicia Dedicación de M. Acilius Ruga en Singilia Barba (Antequera, Málaga). Así pues, Acilius Ruga dedicó un pedestal con estatua a Adriano en el año 122 d. C., cuando el monarca había llegado a Hispania o estaba a punto de hacerlo. De ello se desprende que la iniciativa del notable local surgió como un acto de expresión de fidelidad al Príncipe, que pudo ser desinteresado, aunque también pudo deberse a que la ciudad de Singilia Barba o el mismo dedicante se vieran favorecidos por alguna actividad paralela a la llegada de Adriano. En cualquier caso, no hay que olvidar que la erección del pedestal singiliense se pudo producir en el mismo año que los trabajos en la vía que dieron como resultado la colocación del miliario que con posterioridad sería hallado en el entorno de Antequera. Podría incluso creerse que la coincidencia de fechas juega a favor de un origen singiliense también para el miliario, aunque no hay argumentos para asegurarlo. En el trazado de la vía que se dirige desde Anticaria hasta Malaca se encuentra el lugar en donde estaba la ciudad de Aratispi (Cauche el Viejo, Villanueva de Cauche, Málaga). Allí se había dedicado un epígrafe a Trajano en su último año de gobierno y todavía vivo, como demuestra la vigesimoprimera potestad tribunicia y la decimotercera aclamación imperatoria, aunque al final de la inscripción se añadió su condición divina, evidentemente cuando ya había muerto y tras su consecratio, un cambio que debió producirse antes de terminar de erigir el homenaje En el mismo tipo de piedra que este monumento, piedra local del Torcal de Antequera, la ciudad erigió uno en honor de Adriano durante el año 132 d. C., una década después de la visita del Príncipe a Hispania, de la colocación del miliario de Antequera y de la dedicación de Acilius Ruga. El dedicante no era esta vez un particular, sino la propia ciudad de Aratispi, bajo la fórmula res publica Aratispitana La fecha de la inscripción coincide en el tiempo con un momento de gran actividad hispana relacionada con el nombre imperial, en forma de dedicaciones, obras públicas e incluso la firma de pactos de hospitalidad y patronato entre las comunidades indígenas y las autoridades romanas Dedicación de Aratispi (Villanueva de Cauche, Málaga). La Bética también ha proporcionado otros testimonios adrianeos de estas fechas. En la ciudad de Munigua se erigieron algunas dedicaciones a Adriano que hoy están presentes en la epigrafía conservada, al menos dos seguras y una tercera probable De las seguras, una de ellas lleva la decimosexta potestad tribunicia y en la otra se ha podido reconstruir la misma con bastante probabilidad a partir del numeral X que se ha conservado. Se da la circunstancia de que el numeral de la potestad tribunicia se ha repetido por error en la aclamación imperatoria al menos en uno de los epígrafes, por lo que forma parte de las inscripciones adrianeas conocidas que contienen errores en la titulatura, aunque algunas de ellas corresponden a un entorno muy distinto al del valle del Guadalquivir (vid. supra). El homenaje imperial de Aratispi corresponde a un contexto cronológico muy distinto a los otros ejemplos comarcales, ya que le separa una década del miliario de Antequera y de la dedicación de Singilia Barba. Mientras estos dos últimos testimonios corresponden a la visita de Adriano o momentos cercanos a ella, el de Aratispi pertenece a un período en que la oficina imperial se encuentra muy lejos de Hispania (Birley, 2000, pp. 259-278) y afectada por la urgencia de los acontecimientos en oriente, aunque resulta evidente que no se abandonó a la península ibérica. C., las provincias hispanas tuvieron, como se ha dicho, una intensa actividad que implica de alguna manera a Adriano, ya sea por la actuación administrativa, que incluye obras públicas, o por circunstancias que desconocemos y que dieron lugar al agradecimiento público. Las comunidades hispanas pueden estar ofreciendo dedicaciones al Príncipe por una simple expresión de fidelidad o bien porque estén recibiendo beneficios en su ciudad o en su región. En este sentido, hay que recordar la famosa inscripción de Tibur, ofrecida en honor de Adriano en el año 136 d. C., con la que se agradecía a este la generosidad que había tenido para con la provincia Bética, delimitando expresamente las liberalidades entre el comienzo de su gobierno y el año 135 d. Llama la atención el hecho de que, en la dedicación, se especifique el término cronológico, el del año anterior al homenaje, en referencia a un período de tiempo prolongado pero con final, como queriendo indicar un punto de inflexión en el año 135 d. C. En cualquier caso, las dedicaciones del 132, como las de Aratispi y Munigua, estarían en los años finales de este largo período por el que se daba las gracias a Adriano, sin duda en un contexto de beneficios imperiales que todavía se estaban materializando en la Bética. El epígrafe de Tibur hay que entenderlo muy probablemente en el contexto de las élites cercanas a Adriano que tenían allí una residencia y que formaban un núcleo cercano al poder. Sería de mucho interés, en este punto, conocer el nombre del procónsul bético en el momento en que se hizo la inscripción y si este tenía un interés especial por la iniciativa del agradecimiento tiburtino, aunque su origen fuera foráneo. También de quien coincidiera con las dedicaciones del 132 d. C. en la propia provincia. El senador que ocupara el cargo en los momentos tuvo que estar necesariamente implicado en ambos homenajes, los de las ciudades béticas en 132 y el de Tibur. En el primer caso, porque tendría que solicitar el permiso y concederlo a su vez a los interesados, como máxima autoridad provincial; en el segundo, porque resulta extraño suponer que la provincia tomara la iniciativa sin la participación del procónsul, aunque el monumento se fuera a erigir fuera del territorio objeto de su gestión administrativa. Desgraciadamente no hay seguridad sobre la identidad de este gobernador, aunque hay algunos nombres que se pueden sopesar. Vibius Sollemnis Severus, atendiendo a su carrera, que le había llevado a Hispania ya con anterioridad para convertirse en legado del procónsul de la Bética, años después como gobernador de Lusitania y finalmente para ocupar el gobierno bético. Precisamente Oppius Sabinus debía estar especialmente agradecido a Adriano, a juzgar por la referencia en la inscripción de Auxinum (Osimo, Ancona, Italia), que recogía su carrera y en la que figuraba en calidad de adlectus inter tribunicios, praetor peregrinus candidatus Augusti Por el intervalo de tiempo en que fue posible su gobierno provincial, pudo ser contemporáneo de los homenajes imperiales del 132 y también de la inscripción de Tibur con el agradecimiento de la Bética. Un posible candidato a ocupar el cargo durante estos años es también M. Accena Saturninus, un senador de origen bético que tenía propiedades en Tibur, como se desprende del homenaje fúnebre que le dedicó su esposa en esta ciudad El origen bético, el desempeño del gobierno de la provincia y su vinculación con Tibur hablarían a favor de este personaje como candidato a una dedicación como la del agradecimiento de la provincia a Adriano, aunque la fecha de su proconsulado no puede establecerse y solo se puede determinar que ocurrió durante el gobierno de este Príncipe. Tampoco se puede asegurar su identificación con el procónsul bético contemporáneo de la dedicación de Aratispi, aunque no sería imposible. Cualquier avance futuro en este sentido permitiría aclarar los pasos dados en los homenajes béticos a Adriano en sus últimos años de gobierno. Pero volviendo a la comarca de Antequera, en el transcurso de una década debió producirse un importante desarrollo local, como indican los testimonios adrianeos, que corresponden a dos momentos especialmente fructíferos en lo que se refiere a la documentación de las provincias hispanas. La primera de estas etapas se sitúa en torno al año 122 d. C., fecha de la visita de Adriano, que coincide con seguridad con la dedicación de Singilia Barba y aproximadamente con el miliario de Antequera. Como se ha dicho, sería muy atractivo pensar que la ubicación original del miliario fue la misma que el homenaje de Acilius Ruga, es decir, el territorio de Singilia Barba, aunque no es posible asegurarlo. De ello depende el que la pieza correspondiera a la vía que pasaba por Anticaria o por Singilia Barba, aunque en ambos casos se dirigían a Malaca, cuyo puerto tuvo un papel destacado en el impulso económico de la región como centro exportador durante los años de gobierno de Adriano. Una segunda etapa se sitúa en torno al año 132 d. C., la fecha de la datación de Aratispi, que coincide con otras dedicaciones y menciones hispanas a Adriano. Poco después, se ofrecía la inscripción de Tibur con el agradecimiento de la provincia. Quizá ambas iniciativas fueron gestionadas por el mismo procónsul de la Bética, para quien resulta todavía hoy difícil acertar con su identidad.
La villa de Rufio (Giano dell'Umbria, PG-Italia): fases constructivas y desarrollo de un modelo productivo esclavista* Se presenta la villa romana de Gaius Iulius Rufio, situada en la via Flaminia (Regio VI, Italia) y su evolución cronológica. El análisis de las fases del conjunto arquitectónico se basa en el estudio de los mosaicos y las curvas cronológicas realizadas a partir de la cuantificación cerámica. La villa fue construida en el último cuarto del siglo I a. C. como villa esclavista, presentando un ergastulum en la pars rustica (Fase 1). En la segunda mitad del siglo I d. C. se observa una fuerte remodelación del conjunto (Fase 2) con la amortización del ergastulum y la extensión de estructuras productivas en la pars urbana. Esta fase marcaría un límite máximo de extensión de los sistemas esclavistas en esta región que podría servir de referencia para el conjunto villas esclavistas romanas en Italia. C. el conjunto presenta potentes fases de destrucción y abandono. La villa de Rufio se halla al sur de la región de Umbría (Italia) (Regio VI), en el municipio de Giano dell'Umbria. Se situaba en la antigua vía Flaminia, entre la Mansio Ad Martis (Massa Martana) y Mevania (Bevagna), a 1,5 km del cruce con la antigua vía Tuderte, y con un posible acceso fluvial en Tuder (Todi) a 15 km u Ocriculum (Otricoli) a 50 km (Fig. 1). Situación de la villa e inscripción de Gaius Iulius Rufio El yacimiento fue descubierto en el año 2002 por la Società Cooperativa Kronos que desarrolló su excavación de forma autónoma hasta el año 2006. Por expresa invitación de la Soprintendenza per i Beni Archeologici dell 'Umbria y el Comune di Giano dell' Umbria, y de forma coordinada con los directores de las excavaciones, el año 2008 un equipo de la Universidad de Alicante dirigido por J. Molina Vidal asumió la codirección de la excavación de la villa que se desarrolló hasta el año 2013. Habría que destacar que la excavación del conjunto arqueológico ha contado con la oposición de algunos propietarios de las parcelas del Área 2 de la villa (pars fructuaria y urbana), en cualquier caso, muy arrasadas por las labores agrícolas. Todo ello ha impedido continuar las investigaciones de campo y desarrollar el programa completo de excavaciones en la pars fructuaria (c. 775 m2) situada al norte y noroeste de esta (Fig. 2), en la que hemos documentado múltiples restos de balsas pavimentadas con mortero hidráulico y opus spicatum. Mientras que en la pars urbana (Área 2), solo se han podido desarrollar dos campañas de excavación muy superficiales y fragmentarias. Así pues, solo se ha podido concluir la excavación del Área 1 (pars rustica), que ofreció buenos niveles estratigráficos para analizar y datar la fase de abandono, pero no los constructivos, muy arrasados y sin apenas material con valor cronológico. Todo ello justifica que, para datar las fases constructivas, más que elementos de carácter estrictamente estratigráficos hayamos de recurrir principalmente a la datación ofrecida por los pavimentos de mosaico de opus tesellatum. La Villa de Rufio y sus partes En este trabajo no vamos a analizar de forma preferente el ergastulum de la villa y su carácter esclavista, extremos ya demostrados en otros ámbitos (Molina et al., 2017), sino que señalaremos el marco cronológico de su desarrollo a través de sus fases constructivas, lo que ofrecerá nuevos parámetros para enmarcar la extensión de la producción esclavista en la propia Italia. No pretendemos decir con esto que la villa de Rufio deba ser el único elemento para determinar el declive de la producción esclavista en Italia. Sin embargo, dado que la villa de Rufio contiene uno de los más claros ejemplos de ergastulum del Imperio romano, como hemos destacado en publicaciones anteriores (Molina et al., 2017), su ubicación cronológica, objeto preferente de este artículo, será un elemento de obligada referencia en los debates sobre el carácter esclavista de la producción romana de época altoimperial y su alcance cronológico. La villa de Rufio (Fase 1) se localiza en la ladera oriental de una colina de suave pendiente a la que se adapta mediante una serie de terrazas que permiten salvar los cerca de 8 m de desnivel total del conjunto, y los cerca de 3 m de desnivel entre las partes urbana y rustica. De la fase fundacional se distinguen perfectamente las tres áreas de referencia de las villas de esta época (Molina et al., 2017) (Fig. 2): pars urbana: área residencial señorial con un balneum situado al SE. pars fructuaria: área productiva situada al norte. Nos encontramos ante un modelo de villa concentrado (asimilable al tipo M1.1.1.1 de Álvarez Tortosa, 2017), como ha demostrado el análisis detallado del territorio circundante (Grau y Molina, 2010), delimitando un extenso fundus en el que destaca la ausencia de otros núcleos campesinos cercanos, remarcando su carácter central y unitario. Se trata de un gran complejo productivo de 9.000 m2, que debe su denominación al hallazgo de una inscripción en posición secundaria con formulario Gaio Iulio Rufioni/Nobilis L(ibertus) Posuit (Llidó y Molina, 2012). Suetonio en De vita Caesarum (I, 76) señala a un Rufio como hijo de un liberto muy cercano a Julio César, lo que nos permitiría relacionar a este personaje o un descendiente cercano con el Gaius Iulius Rufio de la inscripción, el dominus de la villa (Fig. 1). La pars rustica y el ergastulum (fase 1) El área mejor conservada y casi excavada en su totalidad es el sector S-SE de la villa (Área 1), un edificio independiente conectado estructuralmente al cuerpo central del conjunto de forma tangencial, pero prácticamente aislado de la circulación del resto de pabellones. Sus dimensiones coinciden con las de un actus quadratus y presenta disposición simétrica de espacios entre las mitades E y W (Fig. 2) (Molina et al., 2017). El conjunto presenta una red de canalizaciones y drenajes estructuralmente precedentes a la construcción del edificio que confluye en un gran canal-cloaca que recogía también las aguas del resto de la villa para evacuarlos hacia el valle. Toda esta pars rustica (Área 1) sería un pabellón de dos plantas con la inferior en semisótano, pues se encontraba enterrada en su lado occidental casi tres metros, mientras que en su lado oriental estaría a nivel de suelo exterior (Fig. 3). A modo de hipótesis presentamos la posible distribución de la primera planta basada en los apoyos arquitectónicos y estructura del área excavada correspondiente al semisótano (Fig. 4). El único acceso documentado con seguridad estaba en la primera planta (Fig. 3 y 4), donde hemos hallado la impronta de un gran umbral que apareció caído en A6. Desde el lado norte A43, de forma acodada, se entraría al conjunto por la cella ostiaria B6-B7 3 y 4) y se pasaría a B4-B3 hasta el corredor de distribución (B8) que circunda el patio de luces (A9). Desde aquí se accedería al área habitacional de esta primera planta o se podría circular hasta la planta inferior desde B42-B45 bajando a A42-A45 en el semisótano, a modo de doble cella ostiaria, donde se ha documentado la cimentación de una estrecha escalera que comunicaría las dos alturas. Este patio no era accesible directamente ni transitable, ya que estaba rodeado por un murete sin puertas de 1,50 m de altura, sobre el que se abren tres vanos por lado. Sobre el murete apoyarían 12 columnas o pilares, 4 por lado, de las que no hemos hallado restos, aunque en los niveles de amortización hallamos restos de capiteles y columnas probablemente de la fase final de la villa, pudiendo ser situadas tanto en el semisótano como en la planta superior. El impluvium no tiene cisterna, ni presenta pavimento y está rodeado de un canal de piedra perimetral con dos sumideros que desaguan en el colector general de la villa. Asimismo, se detecta la existencia de otros cuatro pequeños patios de luces simétricos A21 y A41 (c. 14 m2) que, junto al mayor (A9) permitirían iluminar y airear todo el semisótano (Fig. 3), mitigando la oscuridad y la humedad de esta planta semienterrada. Los pavimentos han desaparecido, pero los niveles de las zapatas de cimentación de los muros y de la parte superior del sistema de drenaje se hallan a cotas ligeramente más elevadas que los umbrales. La ausencia de restos de mortero o cal en estos umbrales nos ha llevado a plantear la hipótesis de que todo el semisótano estuviera pavimentado en madera. Planta constructiva de la pars rustica y ergastulum Hipótesis reconstructiva de la primera planta del ergastulum El análisis de la circulación interior y del mapa jerárquico del conjunto (Hillier y Hanson, 1984, p. 37), y analizar las relaciones de los distintos espacios (Rapoport, 1978). Su aplicación a la villa de Rufio nos muestra un esquema de accesibilidad atípico para ambientes domésticos romanos, ofreciendo dos conclusiones principales (Molina et al., 2017, p. 399): se pretende eliminar la posibilidad de circular libremente en torno a un ámbito central que diera acceso de forma radial a los habitáculos y se establece una dificultad gradual de acceso a las diferentes habitaciones, llegando a tener estancias solo accesibles tras atravesar cinco puertas (A16, A14 y A40-49). El diseño de este edificio buscaba intencionalmente la fragmentación de la circulación y la reclusión gradual de los habitantes, que quedarían separados por varias puertas que impiden cualquier posibilidad de entrar en contacto. Internamente la circulación entre la pars urbana y la pars rustica se realizaba al NW del Área 1, donde junto a la culina (A59) se encuentra un pasillo (A83) que enlazaría con unas estancias no excavadas (A68 y A65) que salvarían el desnivel de 4-4,25 m entre ambas partes con una escalera. La cocina (A59) de 22,3 m2 se sitúa junto al balneum, pero en el semisótano. Presenta en su lado meridional, único que hemos podido excavar, el banco con la leñera: una estructura rectangular de 2,4 m de longitud y 0,65 de altura conservadas, con la parte central inferior abovedada y hueca, y la cara superior nivelada y con restos de mortero (Fig. 5). El lado occidental de la cocina de 0,9 m de amplitud (UE 1054) presenta dos oquedades de tendencia cuadrangular (0,32 m de lado y 0.7 m de profundidad y separadas entre sí 0,4 m) que albergarían sendas vigas, a 1,55 m de altura sobre el nivel de uso, para cocinar y alojar los útiles de cocina. Vista posterior del banco que se apoyaría en el muro del Amb. Con líneas se reconstruyen vigas de madera y se remarcan volúmenes de las estructuras principales Todos estos elementos nos han llevado a interpretar este conjunto (Área 1) como el ergastulum o pabellón servil de la villa, tal y como indica Columela (1.6.1), espacialmente diferenciada de la pars urbana y la pars fructuaria, asimilando la pars rustica como el alojamiento de la familia rustica (Dig.50.16.166) (Fig. 2). El pabellón servil era semisubterráneo, cripta como indica Vitrubio (6.8(5).2). De manera explícita, Columela (1.6.3) asocia el ergastulum a un espacio subterráneo para los esclavos encadenados (servi vincti o compediti), aunque debe estar saneado e iluminado por aberturas pequeñas, estrechas y a una altura del suelo que no les deje alcanzar estas con la mano. Los esclavos no encadenados ocupaban otras dependencias que Columela (1.8), de forma genérica, denomina cellae, posiblemente la primera planta de la pars rustica de la villa de Rufio (Molina et al., 2017, p. Este ergastulum, al menos en la planta subterránea, se diseñaría para albergar un conjunto de esclavos organizados en cuatro grupos, pues tenemos 4 bloques habitacionales, 4 unidades habitacionales y 4 cubicula (Fig. 3): En el centro de la mitad meridional, la más controlada y menos iluminada y aireada, hallamos un conjunto de cuatro pequeños cubicula de c. Los bloques habitacionales forman un módulo de tres ambientes (patio, estancia pequeña y estancia grande) todos ellos con puerta de acceso y posibilidad de aislamiento. Cabría la posibilidad de que la estancia mayor fuera la habitación donde durmieran los esclavos, mientras que en la menor podría albergar al ergastularius mencionado por Columela (1.8.17). A cada uno de los cuatro grupos le correspondería una unidad habitacional de difícil interpretación funcional (almacén, estancia multiusos o para guardar las herramientas) pues se hallan en la zona menos aislada o controlada del conjunto. Finalmente, los cubicula centrales podrían interpretarse como carceres, prisiones o celdas de castigo, dada su ubicación, aislamiento y grado menor de salubridad (Molina et al., 2017, p. La existencia de una primera planta es incuestionable, pero la organización y función de sus estancias es difícil de precisar. Sin embargo, parece factible atribuir una capacidad de control visual y de circulación respecto al semisótano, al menos a través de los patios de luces (Fig. 3). A modo de hipótesis podría plantearse que la primera planta alojara al vilicus (área de control) y los servi soluti, al tratarse de la zona menos controlada. Mientras que todo el semisótano podría ser interpretado como el ergastulum, en sentido amplio, es decir, el alojamiento de los servi vincti o compediti, de ahí que los bloques habitacionales tengan una estancia adjunta de control que pudiera ser la habitación del ergastularius. Finalmente, los cuatro cubículos centrales de reducidas dimensiones y menor salubridad podrían ser ergastula, en sentido estricto, cubicula para castigar de forma eventual a esclavos que hubieran de ser penalizados (Molina et al., 2017, p. La pars urbana (Área 2) (Fig. 2) está formada por un complejo de dependencias y patios (c. 775 m2) que se relacionaría directamente y al mismo nivel con un conjunto termal o balneum situado al N de la pars rustica. El área de entrada de la pars urbana es prácticamente desconocida porque no se ha podido excavar, por lo que solo se puede afirmar que estos espacios responden a un eje transversal (A55-A30-A28): la entrada llevaría a un espacio abierto (A55) no excavado que daría acceso al atrio (A30), parcialmente excavado, del que hemos hallado en posición secundaria los bloques de piedra del impluvium; el larario (A28) fue hallado en buen estado de conservación (Fig. 6); al SE se abría un gran oecus o triclinium (A58); en la parte posterior de A30 hallamos un conjunto de estancias que están sin excavar articuladas por un patio (A34). Finalmente, destaca una serie de cinco habitaciones (A82-A24-A25-A26-A85) abiertas a una logia o pasillo porticado (A84-32) al E, donde el hortus (A61) y las vistas del valle generaban un efecto escénico. El conjunto de habitaciones (A24-A25-A26-A85) y el oecus/triclinium (A58) estaban pavimentados con mosaicos, que por su uniformidad arquitectónica y la relación constructiva constituyen un conjunto contemporáneo (Fig. 2). En todos los casos, se trata de mosaicos muy finos y de buena factura (módulo 183-197 teselas/100 cm2), decorados con motivos geométricos en blanco y negro (Fig. 7), fundamentales para datar la fase 1 de la villa. Características generales de los mosaicos hallados en la Villa de Rufio. En A24 el mosaico presenta el campo (Fig. 8) compuesto por líneas de cuadrados adyacentes, uno de cada dos recargado con un reloj de arena inscrito, en oposición de colores (UE 518) (Balmelle et al., 1985, p. Este motivo, claramente inspirado en los revestimientos de opus sectile tallados en sistema modular, es característico del siglo I a. C., frecuente desde mediados del siglo I a. C. en Pompeya (Segundo Estilo) y Herculano En las Regiones I, VIII y X, se hace usual en época augustea, y un poco más tarde, entre el final del siglo I a. C. y la mitad del siglo I d. Durante la segunda mitad del siglo I d. C. el motivo se hace menos frecuente y las teselas utilizadas son irregulares y más grandes (Rinaldi, 2007, p. El borde en sentido directo está compuesto por una banda negra de cuatro filas de teselas y dos bandas blancas, la interior formada por cuatro filas de teselas, y la exterior por tres. Por último, el mosaico está rodeado de una franja de teselas blancas dispuestas en sentido oblicuo (Fig. 8). C.) estos bordes solo presentan una banda negra enmarcando al mosaico, como ocurre en un pseudoemblema de la sala-r del norte del atrio de la Villa dei Papiri de Herculano, donde la banda está formada por seis filas de teselas, mientras que en época césaro-augustea la banda tiende a duplicarse (Rinaldi, 2007, pp. 70 y 156). Por otro lado, en el Segundo Estilo las bandas negras suelen ser más anchas (a partir de seis filas dependiendo de la amplitud de la dependencia), y se van haciendo de menor grosor a principios del Tercer Estilo (Guidobaldi, Grandi y Pisapia, 2014, p. Así pues, nos encontramos ante un mosaico de ejecución refinada y altísimo nivel de época augustea (Tercer Estilo Inicial). La estancia A25 destaca por conservar todavía el inicio de los muros de tierra (UUEE 553-556-695) enlucidos de color rojo (UE 557) (Fig. 9), como probablemente ocurría con la tabiquería del resto de las estancias de esta serie. El borde en orden directo está formado por una banda negra compuesta por tres filas de teselas, enmarcada por dos bandas blancas de tres filas de teselas cada una. Por último, el mosaico vuelve a estar rodeado de una franja de teselas blancas dispuestas en sentido oblicuo (UE 675-697). El campo (Fig. 9) muestra una red de círculos enlazados blancos sobre fondo negro que determinan cuadrados curvilíneos negros sobre los que se inscriben cuadrados blancos (Balmelle et al., 1985, p. Este tipo de círculos entrelazados se documentan en el siglo I a. El esquema de base deriva de prototipos itálicos elaborados en la primera mitad del siglo I a. C. y es frecuente a partir del siglo I a. 176), como podemos ver en Pompeya o Herculano, coincidiendo con el Segundo Estilo y principios del Tercero 4, o Aquileia, Emilia Romagna y Veneto, que en su mayoría parecen tener una cronología más tardía de finales de siglo I a. C. o principios del I d. Otro paralelo muy similar, aunque no lleva los cuadrados inscritos blancos sobre los curvilíneos negros, sería el mosaico de la villa de Horacio (segundo ambiente, dependencia 1) datado en la primera mitad del siglo I d. Los motivos geométricos de A24 y A25, con ligeras variaciones, se han localizado en la Casa del Marinaio (VII 15, 2) en Pompeya datados en época tardorrepublicana (Segundo Estilo) ( En conjunto se trata de un mosaico que presenta características, material y módulo semejantes a los de A24, por lo que su cronología también sería augustea. En A26 el borde de interior a exterior está formado por una banda compuesta de dos filas de teselas blancas y otra de tres filas de teselas negras (UE 696) (Fig. 10). A continuación, se localiza una greca negra sobre fondo blanco, para terminar de nuevo con una banda de tres filas de teselas negras y otra formada por tres filas de teselas blancas. Esta greca es un motivo irregular bícromo, cuyo resultado es una banda de torres y una línea dentellada (Rinaldi, 2007, p. El mosaico vuelve a estar rodeado por una franja de teselas blancas dispuestas en sentido oblicuo. El campo (Fig. 10) está decorado con una composición romboidal de hexágonos y rombos adyacentes delineados en negro sobre fondo blanco. Los rombos se transforman en triángulos en la fila externa y los hexágonos en cuadriláteros (Balmelle et al., 1985, p. La singularidad de esta composición del mosaico de A26 se basa en la individualización de cada uno de los hexágonos y de los rombos (así como de los cuadriláteros y los triángulos) que están delimitados por una línea negra de dos filas de teselas, dejando entre ellos un espacio formado por dos filas de teselas blancas. Este mosaico presenta una composición de panal de abejas formada solo por hexágonos ampliamente documentada a partir de la primera mitad del siglo I a. C. en los pavimentos de mortero, donde los hexágonos y rombos están delineados mediante teselas, la mayor parte de los ejemplos se concentran en el área pompeyana (Bueno, 2011, pp. 274-275) A partir de los primeros años del siglo I d. C. se hace en mosaicos, sobre todo en el área centro-itálica En estos el motivo aparece simplemente delineado en negro sobre fondo blanco, y se utiliza la misma línea para trazar los hexágonos y los rombos, con el paso del tiempo el relleno también recibe decoración, y esta se hace más compleja y polícroma en el siglo IV d. La delimitación de las figuras geométricas individual con hexágonos y rombos la encontramos en mosaicos tardíos polícromos como el del pórtico del ambiente 1-área A de la Villa Ossaia de Cortona, datado en la primera mitad del siglo IV d. 110), además presenta decorado el relleno de los hexágonos. Esta delimitación de figuras geométricas en mosaicos en blanco y negro tiene un paralelo en el pavimento del triclinio-17 de la Casa dei Cubicoli floreali (I 9,5) de Pompeya, si bien la red es de hexágonos, cuadrados y estrellas de cuatro puntas, y se data en época julio-claudia, correspondiendo al Tercer Estilo ( El borde con variantes está documentado entre la mitad del siglo I a. C. (Rinaldi, 2007, pp. 42-43), así el de A26 es igual al del mosaico del triclinio-6 de la Casa di Apollo e Coronicle (VIII 3, 24) de Pompeya, que se data a mediados del siglo I a. Sin línea dentellada se localiza en territorio sabino en uno de los pavimentos del complejo público de carácter forense de Forum Novum datado entre el periodo cesariano y finales del siglo I a. A principios del siglo I a. C. se ha documentado en Vicolo Adigetto (Verona), donde delimita el campo central blanco del mosaico, y presenta en el relleno del borde cruces (Rinaldi, 2007, pp. 42-43). De igual forma que ocurre en los ambientes anteriores, este motivo, pero sobre mortero, se localiza también en la Casa del Marinaio (VII 15, 2) en Pompeya, en concreto en la exedra-z' ( 747, fig. 84), y se data en época tardorrepublicana, aunque en mosaico no se documenta hasta los principios del siglo I d. C. Por otro lado, la delimitación de las figuras individualizadas del campo la hemos documentado en el Tercer Estilo, y el borde presenta un paralelo en la Casa dei Cubicoli floreali (I 9, 5) de Pompeya de época tardorrepublicana. Todo ello nos permite deducir que el mosaico debe corresponder al Tercer Estilo, presentando la misma cronología augustea. En A56 se ha localizado otro pavimento de mosaico de factura similar a los anteriores pero muy deteriorado por las fosas de viña y olivo modernas. El mosaico está enmarcado por varias filas de teselas blancas y negras dispuestas en orden directo que a su vez están rodeadas por una banda de teselas blancas dispuestas en sentido oblicuo, que muestra el inicio del campo (UUEE 1033-1061) (Fig. 11). A58 es una estancia de mayores dimensiones que el resto, lo que junto a su ubicación nos permite interpretarlo como un oecus o un triclinium. El campo está formado por una composición reticulada de estrellas de ocho rombos tangentes blancos delineados en negro que determinan cuadrados en ángulo de 45° (Fig. 11) (Motivo DM173e, Rinaldi, 2007, p. Los cuadrados de mayor tamaño se van alternando en diagonal formando una composición con una fila ornamentada con cuadrado central y triángulos en negro sobre fondo blanco, y otra fila con un cuadrado cóncavo o curvilíneo inscrito en blanco sobre fondo negro. Los pequeños presentan a su vez un cuadrado en negro sobre fondo blanco. En la base del cuerpo central, junto al borde, se forman grandes triángulos con tres más pequeños inscritos sobre fondo blanco. La disposición de las teselas se adapta a los diversos dibujos geométricos. El borde está formado por ocho bandas (desde el interior hasta el exterior) (Fig. 11): una formada por dos filas de teselas negras, otra de cinco filas de teselas blancas, la siguiente presenta cuatro filas de teselas negras, seguida de cinco filas de teselas blancas, que enmarcan la banda central que tiene representada una trenza de dos cabos en oposición de colores (Motivo DM 70d, Rinaldi, 2007, p. A continuación, la estructura se repite en sentido inverso con una banda de cinco filas de teselas blancas, seguida de cuatro filas de teselas negras, y la última está formada por tres filas de teselas blancas; en esta parte del mosaico las filas de teselas se disponen en orden directo, salvo las de la trenza que se adaptan al dibujo. Por último, el mosaico está rodeado de una franja de teselas blancas dispuestas en sentido oblicuo o indirecto. La red de estrellas de ocho rombos y cuadrados del campo es un motivo frecuente, con múltiples variaciones, desde la segunda mitad del siglo I a. C., y sobre todo en el siglo I d. Su origen está en la decoración de los pavimentos de mortero con el motivo de la estrella de finales del siglo II y principios del I a. C., que pasa al mosaico durante el Segundo Estilo Posteriormente se difunde durante los ss. C., perdiendo importancia en momentos posteriores (Lugari y Grandi, 2004, p. El modelo con estrellas blancas y cuadrados en diagonal se localiza en las Regiones I, VI y V en época augustea y no se vuelven a encontrar hasta el siglo II (Regiones VI y V: Gubbio, Matelica y Villa Patenza en Macerata), aunque más articuladas en el relleno de los cuadrados, frente a la linealidad utilizada en el periodo augusteo (Werner, 2006, I, p. Pese a las diferencias, pues los cuadrados de mayor tamaño no van en diagonal, hay que destacar su similitud con el mosaico del ambiente 8 de la Villa de Volusii en Lucus Feroniae (Fiano Romano), datado entre 10 a. C., pues destaca la linealidad de los motivos geométricos en las intersecciones (Moretti y Sgubini, 1977, p. Según M. Moretti y A. M. Sgubini Moretti (1977, p. 26) la compleja organización de la decoración y algunos motivos del repertorio se pueden confrontar con ejemplares de Ostia en la Domus Fulminata y en la Insula delle Muse. Es importante saber que el motivo de la estrella realizada con rombos se encuentra por primera vez como modelo para un pavimento entero en el mosaico de Lucus Feroniae, que también presenta una buena factura (146 teselas/100 cm2) (De Franceschini, 2005, pp. 275-276; Werner, 2006, I, 258). Otros paralelos datados en época augustea son los localizados en un contexto residencial privado de la via degli Ortacci de Gubbio (Perugia) (Rinaldi, 2007, p. El motivo de los cuadrados pequeños lo tenemos documentado en relación con el de la estrella en el umbral del tablinium-i de la Casa di Caecilius Iucundus e casa anessa (V 1, 26 y V 1, 23) ( El motivo de los cuadrados de mayor tamaño con cuadrado central y triángulos en negro sobre fondo blanco se documenta en el mosaico de la Villa Albrizzi de Este de época augustea, pero alterna con uno decorado con una flor (Blake, 1930, p. El que alterna cuadrados curvilíneos, como es nuestro caso, se suele utilizar junto con otros elementos y ya se halla en el Segundo Estilo en Oplontis, en Pompeya son característicos del Tercer Estilo y está ampliamente difundido en el Cuarto. En blanco y negro se utiliza a partir de mediados del siglo I a. C., destacando el paralelo de la Villa Albrizi de Este, cuya datación es de inicios del siglo I d. Por lo tanto, nuevamente estaríamos ante un mosaico de época augustea (Tercer Estilo inicial). Al SE del conjunto residencial, entre la pars rustica y la urbana, junto a su entrada principal, hallamos un conjunto termal o balneum, parcialmente excavado, que consta de dos fases (1A y 1B) (Fig. 12). La primera fase (1A) presenta unas dimensiones menores con, al menos, un praefurnium al NW del caldarium (A1-A67). A modo de hipótesis y a falta de concluir su excavación, el complejo termal estaría constituido por el frigidarium (A64), el tepidarium (A66) y el caldarium (A67) que podría presentar una sudatio o laconicum (A1). Posteriormente, este balneum se reestructura y se amplía considerablemente con la construcción un gran frigidarium (A5) de planta absidiada y pavimentación de opus spicatum con un pequeño balneum calefactado (A1). Se constata la existencia de dos praefurnia: A2 totalmente nuevo y accesible desde el ergastulum, y A57, que no es descartable que ya existiera en la fase 1. El caldarium estaría en A62, el tepidarium en A64, sin que podamos confirmar la posible inclusión en los baños de A63. La fase 1B de reestructuración del conjunto termal es estructuralmente anterior a la fase 2 datada en la segunda mitad del siglo I d. C. Los datos parciales ofrecidos por la excavación y la presencia de paramentos de opus reticulatum en A5, A57 y A62, nos llevarían a una cronología tardoaugustea, a lo sumo tiberiana, para la ampliación de las termas. La reestructuración de la villa (fase 2) La villa de Rufio presenta una fuerte fase de reestructuración (Fase 2) que afecta a espacios de toda la construcción y que señalaría una extensión de las áreas productivas en detrimento de las señoriales, que podrían incluso haber desaparecido (Fig. 13): En el Área 2 se detecta una reducción de la pars urbana por la ampliación de la pars fructuaria con la amortización de parte del atrio/peristilo A30 y la construcción de nuevos espacios (A81) y balsas (A27) (Fig. 6), o la compartimentación de A34, y construcción de A35 y A33. En la pars fructuaria se documentan reparaciones generalizadas en los pavimentos de opus spicatum (A29). El conjunto termal se amortiza, llegándose a sellar el hypocaustum del balneum calefactado y repavimentándolo para convertirlo en un depósito de agua (A1); y se tapia y amortiza el praefurnium de fase 1B (A2). Asimismo, en la pars rustica se detecta una reestructuración total del conjunto que deja de utilizarse como ergastulum, pasando a dedicarse a almacenes y vivienda del vilicus/procurator de la finca, con la construcción de un modesto complejo termal (Fig. 13). Muy probablemente este departamento (Área 1) en la fase 2 ya no presentaba dos alturas, dado que al construir las termas (A6-7) se elevan los niveles de pavimentación dejando sin altura suficiente los ambientes del antiguo sótano respecto a los niveles de uso de la primera planta en la fase 1. En conjunto observamos que: Aparece una reestructuración general de los espacios marcando una fase constructiva de opus mixtum. En A14 se halla fragmentada y reutilizada como piedra de una estructura interna la inscripción dedicada a Gaius Iulius Rufio. De especial interés es la construcción de un pequeño balneum dotado tan solo de caldarium (A6) y tepidarium (A7), y que inutiliza y cambia de función el sótano del ergastulum. Se trata de dos salas dotadas de hypocausta alimentados desde un nuevo praefurnium construido en A4 y pavimentadas en opus tesellatum. La datación de estos mosaicos de nuevo será fundamental para datar esta fase constructiva. El mosaico del caldarium (A6), documentado in situ en su ángulo W (Fig. 14) y en múltiples fragmentos en niveles de derrumbe, está realizado en blanco y negro, con un módulo de c. El campo presenta motivo figurativo, con las teselas adaptadas al contorno de las figuras, observándose una gradación en el tamaño de las teselas para mejorar el contorno, dando así mayor precisión al diseño figurativo. De este motivo se han podido identificar algunas partes, entre las que destaca la aleta caudal posiblemente de un delfín (Fig. 14-1), así como las aletas pectorales o dorsales (Fig. 14-2 y 3). Otro motivo posible es una figura humana, del que se conserva un fragmento que corresponde a una mano donde se ven tres dedos (Fig. 14-5) y parte de una posible pierna (Fig. 14-6). También se detecta un perfil recto que podría pertenecer a un útil, posiblemente el asta de una lanza o un tridente. Por lo tanto, estamos ante un motivo marino, propio de ambientes termales. El borde presenta una banda con las teselas dispuestas en orden directo, formada por una composición de triángulos o espinas rectilíneas cortas, en oposición de colores (Motivo DM 11d, Rinaldi, 2007, p. 204), que se convierten en cuadrados en las esquinas para adaptarse a ellas. A su vez están enmarcados a cada lado por dos bandas negras de tres filas de teselas, separadas por una banda blanca de tres filas de teselas. Hacia el exterior está encuadrado por una banda de tres filas de teselas blancas y, finalmente, una franja de teselas blancas dispuestas en sentido oblicuo (Fig. 14-4). Los mosaicos en blanco y negro de tema figurativo empiezan a aparecer en Italia a finales del siglo I a. 58) y presentan mayor expansión a partir de las tres o cuatro últimas décadas antes de la destrucción de Pompeya. Según J. R. Clarke, para poder datarlos, es importante, no solo la calidad y el tamaño de la tesela, sino también su estilo. El mosaico de A6 se asimilaría a "The Late Silhouette Style", que se caracteriza por enfatizar las siluetas negras y separarlas del campo blanco, con líneas de contorno, y con divisiones anatómicas definidas por líneas interiores, datadas en el siglo I d. Destacan las similitudes de estilo de este mosaico de tema marino con el del apodyterium F de mujeres de las Termas del Foro de Herculano (Cuarto Estilo pompeyano) (Guidobaldi, Grandi y Pisapia, 2014, pp. 347-348), cuyos delfines y tritón presentan el mismo tipo de aleta caudal y similar banda blanca que rodea al mosaico en sentido oblicuo. C., coincidiendo las aletas dorsales y pectorales, y el diseño de la caudal (aunque con un número menor de apéndices). El uso de borde con banda de triángulos en el área itálica es frecuente, y no presenta límites temporales ni espaciales definidos, por lo que no puede usarse como indicador para la datación de mosaicos (Rinaldi, 2007, p. En conclusión, este mosaico presenta una figuración marina propia de ambientes termales, muy diferente a la de los mosaicos de la pars urbana (A24-25-26-56-58), de los que se diferencia, además, por su preparación de mortero hidráulico y peor factura (128 teselas/100 cm2 de A6 frente a 183-197 de los otros). Aunque es difícil establecer su cronología, la falta de policromía, su técnica y los paralelos, nos acercarían a un periodo de construcción situado en la segunda mitad del siglo I d. En el tepidarium (A7) (Fig. 15) se han hallado restos de otro mosaico, algunos in situ y otros en niveles de derrumbe, cuyo módulo (c. El campo presenta fondo blanco sembrado de cruces de cinco teselas bícromas en oposición de colores, es decir, cada cruz está formada por una tesela blanca rodeada de cuatro teselas negras, un motivo geométrico en blanco y negro sobre fondo blanco en orden indirecto (Fig. 14) (Balmelle et al., 1985, pl. 108; motivo DM 108a, Rinaldi, 2007). Se trata de una composición atestiguada desde el periodo tardorrepublicano hasta el siglo II d. C. El borde que enmarca el campo está formado por dos bandas negras de tres filas de teselas, separadas por una banda blanca del mismo grosor, a su vez todo ello está encuadrado por sendas bandas blancas formadas también por tres filas de teselas, todo dispuesto en orden directo (Fig. 15). Por último, el mosaico estaba rodeado de una franja de teselas blancas dispuestas en sentido oblicuo al igual que ocurre en A6. Este borde es característico del Tercer Estilo y se mantiene durante el Cuarto, por ejemplo, se localiza en el mosaico del sacello A del Area Sacra de Herculano datado en el Tercer Estilo (Guidobaldi, Grandi y Pisapia, 2014, p. Por tanto, como ocurre con A6, se trataría de un mosaico de la segunda mitad del siglo I d. C. sin entrar en el II d. En conclusión, sería deseable tener mejor información estratigráfica pero el elevado nivel de destrucción y arrasamiento de las estructuras de esta fase de reestructuración (Fase 2) impide precisar más su cronología. Afortunadamente, los mosaicos que pavimentan el caldarium (A6) y el tepidarium (A7), de las nuevas y pequeñas termas que se construyen en la pars rustica amortizándola, nos ofrece una datación fiable (Figs. C., a lo sumo segunda mitad del siglo I d. C. La villa seguiría en actividad en esta Fase 2, como lo atestigua la producción local de ánforas Tipo Spello-AT1, de la que tenemos un descarte de horno, y las múltiples reformas constructivas descritas anteriormente. Sin embargo, desaparece el ergastulum, se reestructura la pars rustica y se amplía la pars fructuaria a costa de la pars urbana (Figs. Esta parte señorial de la villa podría, incluso, haber perdido sus funciones residenciales dada la amortización del balneum de Fase 1. Todo parece indicar que la villa se convierte en un gran conjunto productivo y de almacenaje alejado de la villa esclavista y señorial que fue en la Fase 1. Cronología general y evolución de la villa La excavación de la villa de Rufio presenta unas características estratigráficas muy particulares pues los continuos trabajos agrícolas han arrasado en la gran mayoría de las áreas las estructuras, a excepción de las semienterradas del ergástulo o pars rustica (Molina et al., 2017). Además, los cimientos de las estructuras se asientan en niveles de tierra muy compactos en los que no se detectan fosas de fundación claras, o cuando se han encontrado no han ofrecido información cronológica. Sin embargo, un análisis depurado de las cerámicas finas barnizadas (barniz negro, cerámica sigillata y ARSW), ánforas y monedas hallados en el yacimiento nos ha permitido realizar una aproximación estadística bastante precisa a la evolución cronológica del conjunto (Figs. Para empezar del análisis de las curvas de evolución se puede observar que, en términos generales, la frecuentación preferente del conjunto podría situarse entre el último tercio del siglo I a. C. y finales del siglo I d. C. o principios del II d. C. Las evidencias de ocupación anterior son muy débiles, pues las monedas (un cuadrante RRC 339, 4d del 91 a. C.) pueden presentar períodos de circulación muy dilatados. C., que podrían relacionarse con la fase inicial de la villa de la primera época augustea o poco anterior. Mucho más representativa es la ausencia total de las características ánforas tardorrepublicanas (Dressel 1 o Lamboglia 2), siendo las ánforas Dressel 2-4, Dressel 7-11 o Haltern 70, de época augustea y principios del siglo I d. C., los contenedores de transporte de cronología más temprana que se documentan (Fig. 17). Evolución porcentual de la presencia de cerámicas finas barnizadas Evolución de la presencia monetaria (24 monedas), cerámica fina barnizada (177 bordes) y ánforas (71 bordes) Para el final de la ocupación hemos de destacar la curiosa ausencia de monedas posteriores al siglo I d. C., excepción hecha de una única moneda ilegible adscribible a las emisiones de los siglos IV-V d. C. o algunas monedas del siglo XVII. Igualmente, evidente es la disminución de materiales anfóricos del siglo II d. C., siendo las ánforas Tipo Spello-AT1 contenedores que se empiezan a fabricar en la segunda mitad del siglo I d. C., las evidencias anfóricas más tardías aparecidas en la villa. La reducida presencia de ánforas africanas (tres bordes) nos prolonga al menos hasta la segunda mitad del siglo II d. C. algún tipo de frecuentación. De igual forma las cerámicas ARSW -claras africanas- escasas y aparecidas en unidades superficiales y de amortización, son todas del tipo A, tanto de la segunda mitad del siglo I d. C. y primera mitad del II d. Su presencia residual denota el considerable descenso de las importaciones y las actividades durante el siglo II d. La evolución de los contenedores anfóricos (Fig. 17), que con el fin de aumentar la fiabilidad hemos circunscrito al recuento de bordes (72 fr.), marca una evolución semejante, aunque la fuerte presencia de ánforas Tipo Spello-AT1 (Molina, 2009), de las que se ha documentado la producción en la propia villa con la aparición de descartes de horno, eleva las proporciones en la segunda mitad del siglo I d. Las importaciones se vinculan básicamente a las salsas de salazón béticas (ánforas Dressel 7-11 y Dressel 14), aunque la mayoría de las ánforas halladas son de producción local y vinculadas a los tipos Dressel 2-4 y Tipo Spello-AT1 (74,5 % del total de las ánforas). El análisis estadístico de las cerámicas finas barnizadas (Fig. 16) ofrece una mayor precisión y detalle sobre la evolución de su frecuentación: barniz negro -3 fr. de borde-, cerámicas sigillatas -150 fr. de borde- y ARSW -20 fr. de borde-). Como podemos observar en el gráfico proporcional (Fig. 16 y 17) se observan dos picos: uno en época augustea y otro a mediados del siglo I d. C., con una evidente caída a partir de finales del siglo. Una dinámica coincidente con el perfil ofrecido por los hallazgos monetarios que presenta un 75 % del numerario, concentrado entre época augustea y flavia (Fig. 17). Por su parte la información proporcionada por los mosaicos viene a redundar en el marco temporal propuesto, dada la total ausencia de teselas polícromas en todo el yacimiento. Los mosaicos de la Fase 1 (A24, A25, A26, A56 y A58) realizados en blanco y negro y que presentan elegantes motivos geométricos, buena calidad artística y linealidad, se datarían a finales del siglo I a. A la de remodelación de la villa (Fase 2) se asocian los mosaicos del pequeño balneum del Área 1 (A6 y A7) de peor calidad técnica y motivos figurativos. La datación de estos mosaicos, y por tanto de la Fase 2, se situaría en la segunda mitad del siglo I d. En conclusión, la secuencia de ocupación cronológica general del conjunto presentaría a grandes rasgos dos intensas fases constructivas (Fases 1 y 2) y una fase final de destrucción (Fase 3): La fundación de la villa de Rufio: época augustea-último cuarto del siglo I a. C. Supondría la construcción del conjunto de la villa organizada en terrazas. Esta datación puede fundamentarse en la aparición de cerámicas sigillatas itálicas (informes) (último tercio siglo I a. C.-época de Augusto), ánforas Dressel 2-4 y cerámicas de paredes finas en los niveles fundacionales. Asimismo, cabe destacar la aparición de pavimentos de opus tessellatum en la pars urbana de datación augustea. Además, la inscripción anteriormente comentada y originalmente vinculada a la Fase 1, presenta caracteres paleográficos coherentes con esta época (Llidó y Molina, 2012). Fase 1B: época tardoaugustea o tiberiana. Se reestructura el complejo termal o balneum ampliándolo y monumentalizándolo con la reforma de sus accesos, ampliación de los espacios, apertura de nuevos praefurnia y la construcción de un balneum calefactado y un frigidarium absidiado (A5). Fase 2: segunda mitad del siglo I d. C. Se observa una reestructuración completa de la villa consistente en la remodelación total de la pars rustica que se ve anulada y reducida a un solo piso, perdiendo muy probablemente sus funciones como alojamiento servil. La clave la hallamos en la construcción de un pequeño balneum, formado por un caldarium (A6) y un tepidarium (A7), en ambos casos pavimentados con sendos mosaicos datables en la segunda mitad del siglo I d. C. Asimismo, se detectan remodelaciones del patio central del Área 1 (A9) que, como ocurre en el pequeño complejo termal (A6-7) se construye en opus mixtum, a diferencia de la obra de mampostería regular característica de la fase fundacional de la villa. Asimismo, en la pars urbana detectamos fuertes remodelaciones internas que suponen la ruptura de la simetría original de los espacios con la construcción de estancias y pavimentaciones de opus spicatum (A29) que parecerían indicar una ampliación de las áreas productivas en detrimento de las habitacionales. Fase 3: principios del siglo II d. C.-mediados del siglo II d. C. Finalmente detectamos una fase de destrucción y abandono de todo el conjunto. Es difícil ajustar la cronología de esta fase, pero los niveles de abandono de distintas unidades estratigráficas altamente fiables (UUEE 566, 550, 564, 527 entre otras) ofrecen dataciones con materiales predominantemente de la primera mitad del siglo II d. C., especialmente su primer tercio en lo que se refiere a las ánforas Africana piccolo (solo 4 fragmentos) y ánforas Tipo Spello-AT1 (1/2 siglo I d. Las cerámicas ARSW-claras africanas, escasas apuntarían a niveles de frecuentación en las fases de abandono muy residuales lo largo de todo el II d. C. De hecho, como hemos señalado, no hemos hallado monedas del siglo II y solo una posible moneda de los ss. IV-V en niveles superficiales, frente a un 75 % del numerario concentrado entre época augustea y flavia. Cabría destacar los signos de destrucción que observamos en todo el conjunto, documentados especialmente en niveles de relleno de los espacios aledaños al patio A9, repletos de restos constructivos (pavimentos, umbrales, fragmentos de pintura parietal y cornisas de estuco) que con toda probabilidad proceden de niveles destructivos, en algunos casos posiblemente de la pars urbana. Conclusiones: la villa de Rufio y los límites del sistema esclavista en Italia Gaius Iulius Rufio, personaje relacionado con el Rufio liberto de Julio César mencionado por Suetonio (De vita Caesarum 1.76), fundó en época augustea una villa esclavista (Fase 1) en el corazón de la Regio VI, junto a la vía Flaminia. Este rico propietario muy probablemente mantuvo sus relaciones con la familia imperial en época augustea, cuyo amparo le permitiría desarrollar una cómoda posición económica. De hecho, este nombre lo encontramos solo en otra ocasión: en una inscripción hallada en uno de los columbarios de Vigna Codini, descubiertos en 1847 por P. Campana, de cuya original atribución a la familia Marcellae Minoris (CIL VI, 808-809) hay serias dudas (CIL VI, 4773). No obstante, la inscripción aparece junto a muchas otras de siervos y libertos imperiales, un conjunto epigráfico que se dataría en torno al 10 d. C., elemento que sería coherente con otros indicios que apuntarían a una cronología tardoaugustea de este columbario (Llidó y Molina, 2012, p. La abundancia de ánforas Dressel 2-4 de procedencia local indicaría una producción mercantil, preferentemente de vino, en esta villa durante su primera fase que alcanzaría la mitad del siglo I d. C. Esta fase 1 en la que destaca su carácter esclavista se caracteriza por la existencia de un ergastulum de grandes dimensiones para albergar a los siervos de la villa. Durante este periodo tan solo se detecta una ampliación puntual del complejo termal (Fase 1B) que no supone una alteración sustancial de los espacios productivos o residenciales. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo I d. C. asistimos a una remodelación completa de la villa (Fase 2) con una ampliación de los espacios productivos y una disminución de los residenciales. En esta fase se amortiza el ergastulum de la villa, lo que apuntarían a un cambio de propiedad y producción importante que se proyectaría hacia nuevos tipos de mano de obra. La abundante presencia de ánforas Tipo Spello-AT1, con producción propia atestiguada, indicaría una continuidad de las producciones de vino. C. el conjunto es destruido, presumiblemente de manera súbita a tenor de los procesos de deposición repentinos de los niveles de relleno y destrucción. Toda esta secuencia constructiva y productiva nos sitúa ante el elemento central que justifica el título de este artículo: el desarrollo del modelo productivo de la villa y los límites de su carácter esclavista. La esclavitud y el carácter esclavista de su sistema productivo es uno de los elementos centrales del debate sobre la economía romana. Habría que remontarse al Renacimiento para hallar las raíces de conceptos como sistema esclavista, villa esclavista o modo de producción esclavista que han constituido un verdadero paradigma de la economía romana, y que solo se ha puesto en cuestión por una parte minoritaria de la comunidad científica. Un reciente trabajo de B. Montoya Rubio (2011, 2016) sobre la evolución y fundamentos de la esclavitud antigua en la historiografía moderna ofrece un novedoso y revelador análisis que sitúa las raíces del paradigma esclavista de la economía romana en las propias fuentes antiguas, para ser construido sistemáticamente por la historiografía posterior, mucho más allá de figuras fundamentales como D. Hume, A. Smith, T. Mommsen, E. Cicotti, M. Weber o M. Rostovtzeff o el propio M.I. Finley. En un ámbito más cercano en el tiempo cabría destacar el impulso renovado que la Escuela Gramsci (A. Carandini, A. Schiavone, M. Torelli o F. Coarelli, entre otros) dio al paradigma esclavista de la Antigüedad, partiendo de una relectura marxista muy dialéctica y de la incorporación de perspectivas historiográficas de la Escuela de los Annales, con figuras como F. Braudel. Frente a ellos la denominada Nueva Ortodoxia defendió visiones primitivistas (K. Polanyi) y, en algunos casos, incluso cuestionó abiertamente el carácter predominantemente esclavista de la economía romana, como hizo M. I. Finley (1975, 1982). En este contexto, la excavación de la villa de Settefinestre (Ager cosanus, Italia) (Carandini, 1985, 1988, 1989) supuso un refrendo material de las tradicionales interpretaciones esclavistas fundamentadas en argumentos filológicos, llevando hasta el siglo II d. C. la vigencia de los sistemas de producción serviles. En el marco de este rico debate historiográfico sobre los límites y extensión del sistema esclavista romano es en el que podemos comprender la importancia de la datación augustea y julio-claudia de la fase esclavista de la villa de Rufio. No cabe duda de que los sistemas de producción esclavistas toman un papel preponderante en Italia durante la fase imperialista republicana (ss. C.), el problema reside en fijar sus límites espaciales y temporales. Hay serias dudas acerca de su extensión masiva y de forma hegemónica en ámbitos provinciales, especialmente a partir de época augustea, pero la villa de Rufio nos muestra que en el corazón de Italia y en círculos cercanos al núcleo social imperial el sistema esclavista se abandonaría a mediados del siglo I d. C., a lo sumo al principio de época flavia. La pax romana cerró una de las principales fuentes de abastecimiento de mano de obra servil: la guerra. 1.7) hallamos pruebas del fomento de la reproducción de esclavos, vislumbrando el final de un mundo en el que la abundancia de mano de obra servil garantizaba su bajo precio y disponibilidad. La convivencia de distintos tipos de mano de obra, libre y esclava, es una realidad en las fuentes escritas de la segunda mitad del siglo I d. C., la villa de Rufio no hace más que ratificar esa evidencia. La amortización de la pars rustica (ergastulum) y de la pars urbana a partir la segunda mitad del siglo I d. C. nos permite aportar una importante prueba sobre el límite máximo del desarrollo y auge de ese tipo de explotaciones. No estaríamos hablando de una desaparición súbita, sino de los límites máximos de expansión de un sistema que habría tocado techo y empezaría una transición hacía fórmulas mixtas de explotación, sistemas cuando menos diferentes. 194), partiendo de la villa de Settefinestre, llevó a finales del siglo I o principios del siglo II d. En conclusión, el análisis de las fases constructivas de la villa de Rufio nos presenta una prueba material inequívoca, pues hablamos del abandono y transformación del ergastulum, del final de los sistemas de producción esclavistas de plantación en el centro de Italia a mediados del siglo I d. C. En el nuevo contexto económico policéntrico (Molina, 1997, 2020; Márquez y Molina, 2005) en el que las provincias han roto el tradicional marco de relaciones centro-periferia imperialistas, la transformación de la economía itálica sería imprescindible, sobre todo en un sistema tan complejo y dinámico como el romano.
El vaso de Valerius (Bande, Ourense, Hispania citerior) Un grafito cerámico sobre terra sigillata de la provincia de Ourense (Hispania citerior) contiene la inusual denominación de vas (vaso) para un recipiente en el que habría que esperar un término más preciso. En la base de datos CERES (Colecciones en red, Ministerio de Cultura y Deporte, Gobierno de España) se dieron a conocer hace tiempo los datos de procedencia y la fotografía de un fragmento cerámico que constituye el objeto de estas líneas. La pieza se conserva en el Museo Arqueológico Provincial de Ourense (inv. 320, 3), o Aquae Querquennae si ponemos el topónimo en nominativo. Estas instalaciones militares cercanas a Porto Quintela (parroquia de San Trocado de Santa Comba, concello de Bande, Ourense) han sido atribuidas sin unanimidad (González-Conde, 2016, pp. 220-221, con la bibliografía anterior) a la cohors I Celtiberorum, un contingente militar que pudo estar en esta zona entre la época flavia y las primeras décadas de la época adrianea, pues desde ese momento pasó a su campamento definitivo cerca de Cidadela (Sobrado dos Monxes, A Coruña) (Caamaño y Carlsson-Brandt, 2015, pp. 107-120, con la bibliografía anterior). Al dorso del fragmento aparece la sigla AQ 10/3122-69 y la ficha de descripción dada a conocer en CERES es obra de M.a del Pilar Núñez Sánchez. Vaso con grafito de las excavaciones en Aquae Querquennae Texto del grafito de Aquae Querquennae Sobre el fragmento se reconoce un grafito incompleto por la izquierda que fue interpretado como parte del nomen y cognomen de un soldado, por lo que la propuesta de lectura dada a conocer sugiere interpretar [V]aleri Vas(i), en donde Vas(i) sería el genitivo de un cognomen Vasus hasta hoy desconocido frente al más corriente Bassus (Solin y Salomies, 1988, p. Sin embargo, el texto puede ser interpretado de otra manera. A la izquierda del fragmento se observa el extremo inferior del asta derecha de una A, seguido de una L cursiva con el trazo inferior corto, casi vertical y ligeramente separado del asta principal; después se reconoce una E cursiva en su forma habitual con doble trazo vertical. El resto de las letras, pese a tratarse de mayúsculas claramente legibles, también presenta algunas particularidades: la R tiene el ojo abierto; la A carece de travesaño horizontal como corresponde a una letra cursiva, y la S final es también cursiva. Es decir, el texto dice [V]ALERIVAS. Teniendo en cuenta que se trata de una expresión en genitivo relacionada con la propiedad del recipiente, puede ser leído sencillamente de esta manera: O, lo que es lo mismo, "el vaso / recipiente de Valerius". La particularidad de este grafito radica en la mención del recipiente con el nombre común vas/-is, que no sirve para particularizar su forma sino sólo para indicar que se trata de un objeto que sirve para contener algo. Buena prueba de lo inusual de la referencia es que este término está ausente en el catálogo de los testimonios gálicos de Marichal (1988), que sigue siendo la mejor colección de grafitos cerámicos con letra cursiva, y en donde se pone de manifiesto que la importancia de precisar la terminología tenía mucho que ver con la capacidad del recipiente (Marichal, 1988, p. En Hispania son corrientes las denominaciones de los recipientes cerámicos asociadas a grafitos de propiedad y cuentas de alfarero; baste recordar los testimonios de la voz panna con ese doble uso en textos sobre cerámica de Segobriga (CIL II2/13, 864, 865). La frecuencia de los hallazgos nos permite saber que con esa denominación se alude a recipientes de tamaño intermedio, generalmente para bebida (Hilgers, 1969, p. 89), lo que sitúa su frecuencia de uso entre los siglos I y II d. En el ejemplo orensano, la expresión vas aparece asociada a un recipiente de forma Dragendorff 15/17 para el que habría que esperar la denominación de catilus (Hilgers, 1969, p. 86) y no un término común que, por otra parte, parece lo más recurrente para quien no estaba familiarizado con la terminología especializada empleada por los alfareros, que en La Graufesenque llegan a utilizar 53 denominaciones diferentes para los tipos de recipientes (Marichal, 1988, p. Este curioso grafito nos anima a estar atentos para futuros descubrimientos del empleo de voces comunes allá donde esperaríamos una definición más precisa para la forma de un recipiente.
Ocultamiento de sestercios altoimperiales y sítula de bronce en Santa Fe de Mondújar (Almería) Aunque son escasos los hallazgos monetarios de estas características en el actual territorio almeriense, es su asociación a una sítula de bronce, en muy buen estado de conservación, lo que otorga un mayor interés a este ocultamiento de Santa Fe de Mondújar. A pesar de su modesto número -14 ejemplares- este hallazgo insiste en la cada vez más acusada presencia del sestercio en la circulación monetaria hispana desde la segunda mitad del siglo I d. C. -aquí representado por el sestercio de Vespasiano- hasta finales del siglo II d. C. En este caso las emisiones de Trajano-Adriano y los primeros Antoninos ocupan un papel muy destacado, mientras las emisiones de Antonino Pío y Marco Aurelio tienen una menor representación, pero equilibrada, con dos ejemplares cada uno. Por otro lado, esta singular asociación contribuye a la mejor datación de este tipo de sítula de bronce -Radnóti (1938) XI, 57-, a la vez que permite profundizar en las posibles causas de su ocultamiento El 10 de mayo de 2017 ingresó en el Museo de Almería un conjunto de catorce monedas romanas, doce sestercios y dos dupondios, junto con un recipiente de bronce que las contenía. Dicho hallazgo fortuito data de los años 70 del siglo pasado, y en el acta de entrega de dichos objetos arqueológicos, en forma de donación por uno de los herederos de su antiguo propietario, consta como procedencia de este ocultamiento el paraje conocido como "Fuente del Rey", en el término municipal de la localidad almeriense de Santa Fe de Mondújar. Gracias a la colaboración del Servicio de Bienes Culturales de la Junta de Andalucía en Almería, es posible vincular este lugar con el yacimiento arqueológico de La Quinta, una villa romana de larga ocupación y cierta entidad que no ha sido objeto de intervenciones arqueológicas (Cara y Carrilero, 1987, pp. 65-66; López Medina, 2004, p. La presentación y estudio de este interesante hallazgo se debe a la generosa donación de su último propietario, al celo del personal del Área de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía en Almería y, desde luego, a la amabilidad de la dirección y conservadores del Museo Arqueológico de la capital almeriense. Aunque, en efecto, se trata de un hallazgo sin contexto arqueológico, y por tanto carente de una información siempre importante y en ocasiones vital para su correcto estudio e interpretación, el conjunto de monedas altoimperiales, doce sestercios y dos dupondios, junto a la sítula de bronce que aquí se dan a conocer reviste no poco interés para la arqueología romana almeriense y, desde luego también, para la circulación monetaria romana de época altoimperial en el sureste de la Península Ibérica. No obstante, debemos ser conscientes de las serias limitaciones que se derivan de las circunstancias de este hallazgo en lo que concierne al número y distribución cronológica de las monedas que aparecieron junto a la sítula. Pero, precisamente, la conservación de este vaso de bronce, de mucho más valor de mercado que las monedas, permite suponer -sin total seguridad- que este singular hallazgo ha podido llegar íntegro hasta nosotros. El lugar del hallazgo: un posible asentamiento rural de época altoimperial en el bajo Andarax El término municipal de Santa Fe de Mondújar, bien conocido por localizarse allí el famoso yacimiento de Los Millares, forma parte de la comarca almeriense del Bajo Andarax, cuyo eje vertebrador es el río que le da nombre. Su condición de principal eje natural de comunicaciones entre la costa del golfo almeriense y el Portus Magnus (Almería) con la Hoya de Guadix y la antigua Acci queda sancionada en la red viaria romana del sureste hispano (Sillières, 1990, pp. 339 ss, 396; Corzo y Toscano, 1992, p. 165), aunque en una posición secundaria con respecto a los itinerarios principales como la vía Castulo-Malaca y, también, la que enlazaba con Baria (Villaricos) a través del pasaje de Fiñana, en conexión con la antigua localidad de Alba/Albatha (Ortiz Ocaña, 2016, pp. 81-94; Álvarez Martín, 2013, pp. 58-61) (Fig. 1). Localización de Santa Fe de Mondújar en la zona suroriental de la Bética. El paraje conocido como Fuente del Rey, se sitúa en la confluencia de la Rambla de Huéchar y la antigua carretera de Alhama de Almería, algo alejado del río Andarax y también del camino que conducía desde la costa a Urci, ya citado. Muy poco es lo que conocemos de este posible asentamiento romano, por el momento solo sustentado por el hallazgo fortuito de la sítula de bronce con el conjunto de monedas altoimperiales que aquí se estudian. No obstante, parece encajar con otros enclaves de similares características localizados en el transcurso de prospecciones llevadas a cabo desde los años ochenta del pasado siglo en este singular entorno geográfico, potenciado por su condición de corredor natural interior-costa y, especialmente también, por las cercanas explotaciones mineras de la Sierra de Gádor y la fertilidad de las pequeñas vegas próximas al río Andarax (Cara y Carrilero, 1987 p. 65), o de manantiales como es nuestro caso. Puede que vinculado al territorium del antiguo oppidum ibérico y posterior municipio romano de Urci (El Chuche, Benahadux, Almería), además de La Quinta conocemos otros yacimientos romanos dentro del actual término municipal de Santa Fe de Mondújar, que se complementan con otros cercanos de cierta entidad en algunos casos como Cerro de Nicolás Godoy, Huéchar, Loma del Toro o Alhama, mientras que otros son más bien modestos establecimientos rurales situados en sitios aislados o peor comunicados (López Medina, 2004, pp. 133-135, 375). El contenedor: sítula altoimperial de bronce (tipo Radnóti, 1938, XI, 57) Además del interés de las monedas que forman parte de este hallazgo, por ser uno de los pocos ejemplos de este tipo de ocultamientos monetarios hispanos, y el único del territorio almeriense, su asociación a una sítula de bronce en buen estado de conservación, que incluye además su asa y apliques de sujeción, permiten calificarlo de singular. Como es bien conocido, lo habitual en este tipo de ocultamientos monetarios es que su modesto contenedor, si es que lo hubo, no se haya conservado al tratarse de materiales perecederos como saquitos de tela o piel, que en algunas ocasiones reconocemos de forma indirecta gracias al proceso de oxidación de las monedas. En otros casos, incluso asociados a ocultamientos monetarios de mayor número y valor, son los recipientes cerámicos los contenedores más socorridos. Por ello, un vaso metálico como el que a continuación se describe es raro en los hallazgos monetarios hispanos documentados de época altoimperial 1; y más aún si atendemos a su modesto contenido numismático. Sin embargo, en las provincias nororientales y danubianas del Imperio esta asociación sí está bien constatada, como se desprende del estudio de J. Gorecki en el que se recogen 139 hallazgos de vasos metálicos como contenedores de monedas, con predominio de las formas cerradas - tipos Radnóti 75, 77-81 y 83 - sobre las abiertas como calderos y sítulas - tipos Radnóti 51, 53, 56 y 57 - (Gorecki, 1991, pp. 210-211 y Tab. Este tipo de hallazgos mixtos están mejor documentados en el siglo III d.C. y en todos los casos son raros los que incluyen monedas de bronce y en escaso número (Gorecki, 1991, p. El término sítula -situla- designa los recipientes cónicos o cilíndricos cuyo diámetro -normalmente- es superior a su altura en oposición a los calderos cuyo diámetro de abertura es inferior a su altura. Otra diferencia es la base plana o circular que está ausente en los calderos ya que estos cuelgan con una cadena sobre el fuego y su base es ligeramente convexa e incluso redondeada. La sítula de Santa Fe de Mondújar es de pequeñas dimensiones (H 12,9 cm; D abertura 21 cm), realizada mediante fusión y retoques a torno y aunque está siendo sometida a un proceso de limpieza y restauración su estado actual permite una descripción bastante precisa (Fig. 2). Sítula de bronce de Santa Fe de Mondújar. Su perfil es acampanado, con las paredes cóncavas en la zona central y abombadas hacia la base. Tiene un pie anular, bajo, estrecho y algo rehundido, señalado con una moldura, y círculos concéntricos en el reverso. El cuerpo está decorado con parejas de finas ranuras. El borde es resaltado y exvasado, de labio corto y oblicuo. El asa es redondeada e irregular, se curva en sus extremos para insertarse en el orificio del aplique inferior -pieza independiente elaborada a partir de una lámina de metal, recortada y soldada posteriormente a la pared del vaso- que reproduce un motivo fitomorfo y cuoriforme. Pertenece al grupo de apliques no figurados -Tipo B II de la clasificación de Delgado (1970) - de menor visibilidad en las publicaciones sobre este tipo de materiales, en contraste con los estudios centrados en las formas figurativas. Pero como se deduce de recientes recopilaciones sobre objetos metálicos pertenecientes al instrumentum domesticum de Hispania, este tipo de apliques debió ser muy frecuente además de -o precisamente por ello- asequibles (Aurrecoechea, 2009, p. Su sencillez -con formas triangulares o bien redondeadas y acorazonadas que recuerdan mucho a las hojas de hiedra- dificulta una clasificación más precisa. Cabe señalar también el hecho de que su hallazgo asociado al cuerpo de la sítula y, también, al conjunto de sestercios y dupondios altoimperiales permite adelantar la cronología de este tipo de apliques como han apuntado otros autores (Aurrecoechea, 2009, p. Este pequeño recipiente tiene una función o uso distinto a las sítulas más grandes empleadas en la cocina o para transportar el agua, por lo que en este caso hay que relacionarlo con el servicio de mesa o del vino (Wielowiejski, 1973, pp. 32-34). Es frecuente su hallazgo conjunto con diversos jarros, formando servicio como recipiente para mezclar el vino con otros líquidos. El tipo viene definido en primer lugar por sus dimensiones, inferiores a lo habitual, con una altura que oscila entre 11/19 cm mientras el diámetro de la abertura se sitúa entre los 18/27 cm. Su perfil es más o menos acampanado de paredes cóncavas y abombamiento en la zona inferior. El pie anular es bajo y estrecho, borde resaltado y exvasado de labio corto y oblicuo. Los apliques inferiores del asa suelen ser lisos (hojas cuoriformes) o ricamente ornados con motivos figurados en relieve. Las paredes del vaso van decoradas con parejas de ranuras incisas y son realizadas mediante fusión plena con retoques al torno y buril. C. No obstante, su asociación al conjunto de bronces altoimperiales ya citado, apunta a la segunda mitad del siglo II d. Una variante -paredes lisas, fundición plena- es aquella cuyos recipientes realizados mediante martilleado de una fina lámina de metal con retoques de buril y cincel, con paredes que presentan acanaladuras onduladas -generalmente- o bien diferentes motivos geométricos: rombos entrecruzados, puntas de flecha, láureas, etc. Es el Tipo XXXIV, 2-4 Radnóti (1938, pp. 121-122, lám. XXXI, 2-4), 51 Eggers (1951, p. La forma está ausente en el repertorio de las ciudades vesubianas lo que contribuye a situar su producción mayoritariamente entre el siglo II y principios del s. III d. C. La relativa uniformidad del modelado en los abundantes hallazgos de las provincias danubianas (Panonia, Nórico), región del Mar Negro (Moesia y Tracia) y Dalmacia, permite situar en dicha región los centros productores (Raev, 1977, p. Igualmente se atestiguan hallazgos, aunque en menor número, en las provincias romanas de Galia, Germania e Hispania, siendo mucho menos frecuentes en la pars orientis: Siria, Judea... En sentido contrario sobresalen los hallazgos en el Barbaricum. Las sítulas de bronce de época imperial procedentes de Hispania Un repaso a las principales publicaciones sobre sítulas hispanas, permite comprobar la menor representación de aquellas con forma acampanada como la que nos ocupa con respecto a las bitroncocónicas (Erice, 2007, pp. 210-211, fig. 3), aunque debe tenerse en cuenta el reducido número de ejemplares que han llegado hasta nosotros completos o, al menos, en un estado de conservación suficiente para su correcta catalogación. Asas y apliques de sujeción al cuerpo del recipiente son con frecuencia los únicos elementos conservados, y solo en contadas ocasiones una parte del cuerpo y borde permiten una identificación más precisa. No obstante, en Hispania se documentan varias sítulas -en sus dos variantes- que constituyen buenos paralelos para el ejemplar de Santa Fe de Mondújar (Fig. 3; Tab. La mayor parte de estos recipientes proceden de la antigua provincia Baetica: Del Cortijo de las Beatas (Villanueva del Trabuco, Málaga) (Pozo, 1999-2000, pp. 244-247, figs. 4-5) proceden dos sítulas, la primera de paredes lisas con parejas de finas ranuras en el centro y zona inferior del cuerpo (H 11,30 cm; D. abertura 15,60 cm) (Fig. 4.1), el borde exvasado y labio fino entrecortado por una sucesión de festones. Además, conserva el asa (sogueada) rematada en sendas cabezas ornitomorfas (cisnes o anátidas), de modelado muy esquemático y geométrico. La segunda pieza ha perdido el asa (H 11,20 cm; D. 16,80 cm) (Fig. 4.2) y muestra las paredes ornadas con motivos geométricos: sucesión de rombos, puntas de flecha, bandas verticales y una láurea bajo el borde. Todos los recipientes se conservan en la Hispanic Society of America (New York) y formaban parte de la colección de bronces antiguos de D. Antonio Vives y Escudero (Madrid), que se vendió parcialmente al anticuario G. Meunière (Paris) (Mélida, 1900; García-Bellido y García-Bellido, 1993). Ubicación de los hallazgos de sítulas en las provincias del Imperio, y de los ocultamientos hispanos relacionables con el de Almería Riópar (Albacete), c Dianium (Alicante). Procedencia y características destacables de los hallazgos citados en el texto Sítulas de Villanueva del Trabuco (Málaga). Hispanic Society of America (New York) (cortesía de D. Constantino del Álamo); 3-4. Museo Arqueológico de Sevilla. Junta de Andalucía; 5. Sítula de Baelo Claudia (cortesía de la Casa de Velázquez. Sítula de Munigua (cortesía del Instituto Arqueológico Alemán de Madrid); 7. y están fabricados a partir del martilleado de una fina lámina de metal. Un ejemplar completo, fue encontrado junto con otros muchos objetos arqueológicos (Castillo y Ruiz-Nicoli, 2008, p. 153) durante las excavaciones realizadas a comienzos del siglo XX por el erudito baenense D. Francisco Valverde y Perales en el Cerro del Minguillar (Baena, Córdoba), lugar donde se ubica la antigua Iponoba (Morena López, 2013, p. La sítula es de fundición plena con aplique inferior del asa que reproduce una hoja acorazonada. Conocemos también la procedente de Arva (Alcolea del Río, Sevilla) (H 21cm; D 28 cm), conservada en el Museo Arqueológico Nacional (no invt. En este caso se trata de un cubo de fundición plena, con paredes lisas ornadas con ranuras y aplique inferior del asa en forma de hoja. Un recipiente exhumado en el curso de la undécima campaña de excavaciones de la Casa Velázquez en Baelo Claudia (Bolonia, Tarifa, Cádiz) (H 11,20 cm; D 15 cm) (Fig. 4.5) (Sillières y Didierjean, 1977 pp. 520-521, lám. XXII, 2), apareció en el sector del macellum en un nivel de derribo junto a un jarro de bronce Tipo 76 Radnóti (Radnóti, 1938, p. La sítula de Munigua (Villanueva de Río y Minas, Sevilla) (Vegas, 1984, p. 52b) es de mayor tamaño (H 23,20 cm; D. 29,20 cm) (Fig. 4.6), y se trata de un bronce pleno con aplique inferior del asa que adopta forma de hoja cuoriforme. Una sítula Tipo 20-22 de Eggers, hallada en Villanueva de Córdoba, presenta en este caso un sistema de sujeción de hierro, y como nota de interés contenía un tesorillo de 130 denarios romanos acuñados entre el 152 y 113-112 a. También se documenta esta forma en las provincias Tarraconense y Lusitania. los hallazgos de esta forma de sítula son todavía más abundantes, pues como se ha apuntado más arriba sus principales centros de producción se sitúan en las provincias danubianas (Fig. 3; Tab. Así contamos en Germania con los hallazgos de Bijland, entre Millingen y Lobith (Países Bajos) (H 11,90 cm; D 17 cm), conservado en el Museo de Nijmegen (Boesterd, 1956, pp. 46-47, no 152, lám. VI), cuyo aplique del asa reproduce la efigie de una Medusa o Ménade en relieve. Se data entre los siglos II-III d. C., junto con el de Mogontiacum (Maguncia), conservado en el Römisch-Germanisches Zentralmuseum (Stümpel, 1976-1977, p. 76, fig. 37), datado en la primera mitad del s. III d. En Moesia conocemos los ejemplares de Dionysopolis (Balčik, Dobruja, Bulgaria) (Skorpil, 1912, p. De Dacia: conocemos el ejemplar de Ampelum (Zlatna, Rumania) (Wollmann, 1996, p. Galia -e Italia- concentran igualmente un buen número de ejemplares, algunos paralelos cercanos a la sítula almeriense: de Marnay (Franco-Condado) (Bonnamour, 1978 p. 104, no 159) procede un recipiente hallado junto al río Saona, con asa sogueada y paredes con acanaladuras onduladas. 101, fig. 35), donde la excavación en una necrópolis tumular propició el hallazgo de una sítula con paredes decoradas (acanaladuras onduladas) y asa sogueada. Junto a la sítula se hallaron otros vasos metálicos: un oenochoe Tipo 72 Radnóti, una pátera umbilical con decoración en el fondo (episodio de la guerra de Troya) 27 Radnóti y un askos (Radnóti, 1938, pp. 82-83, lám. VI, 27; p. ); la sítula de Pont-Croix (Quimper, Bretaña) (Sanquer, 1973, p. 376, fig. 28) apareció en un contexto de destrucción datado en el siglo III d. C., asociada a monedas de Galieno y Claudio II; del Tesoro de Apt (Provenza) (Cavalier, 1988, p. 65, no 22-23) procede un recipiente sin pie anular datado en el siglo III d. C.; también de un hallazgo conjunto contamos con el recipiente de Chalain-d'Uzore (Loira, Francia) (Feugère, 1984-1985, p. Pieza muy conocida, de fusión plena, paredes lisas con parejas de ranuras, presenta el borde entrecortado con muescas incisas y el aplique inferior decorado con una figura de Dyonissos en relieve. Igualmente se documenta una sítula argéntea con strigiles en la cara externa exhumada en la villa romana de Terzigno, Torre del Greco (Campania) (Cicirelli, 1989, p. 89, no 142), con aplique inferior del asa con decoración en relieve de una máscara de Dyonissos, que se data por los vidrios asociados al hallazgo en el siglo II d. Los recipientes con paredes decoradas con acanaladuras onduladas -Bronzeeimer mit gewundenen Kanneluren- (Willers, 1907, p. Entre otros ejemplos aducimos los de Panonia Aquincum (Budapest) (Radnóti, 1938, p. En territorio Barbaricum se han documentado numerosos hallazgos: Topolno (Gmina Pruszcz, Polonia), Zerbst (Sajonia-Anhalt, Alemania), Oldenburg (Baja Sajonia, Alemania) (Willers, 1907, pp. 53-55; Kunow, 1983); Öremölla (Schonen, Suecia), Brunsberg (Noruega) (Lindenberg, 1973; Willers, 1907, p. Destaca en este grupo el tipo con acanaladuras onduladas, el menos frecuente en Hispania. Existen igualmente otros ejemplos reseñables en el Mercado de Antigüedades El ocultamiento monetario: doce sestercios y dos dupondios de Vespasiano a Marco Aurelio El modesto conjunto monetario del paraje almeriense de Fuente del Rey, Mondújar, no desentona con lo que conocemos sobre la circulación monetaria de la moneda de bronce en Hispania durante el siglo II d. C., en especial en lo que concierne a los sestercios. No obstante, este hallazgo viene a llenar un importante vacío en diferentes territorios del sureste peninsular, sobre todo en la provincia de Almería, donde son muy escasos los testimonios numismáticos de este período (Tab. Inventario de las monedas de Santa Fe de Mondújar, ilustradas en las Figs. Dupondios y sestercios de Vespasiano, Trajano y Adriano de Santa Fe de Mondújar. Sestercios de Adriano, Faustina I y Marco Aurelio de Santa Fe de Mondújar. Además de la testimonial presencia de un sestercio de Vespasiano: núm. inv. 1, prácticamente ilegible por su elevado desgaste como consecuencia de haber estado en circulación casi cien años, el mayor número de ejemplares, nueve, se reparte entre Trajano y Adriano, mientras que las emisiones de Antonino Pío -incluida aquí la moneda a nombre de Faustina I- y Marco Aurelio tienen una menor representación, con dos ejemplares cada uno. Aunque este desequilibrio no es extraño, solo en términos absolutos, en los hallazgos de circulación (Bost, Campo y Gurt, 1979, p. Este es el caso del tesorillo de Riópar (Albacete) (Vidal, 1987-1988; Alberola, Sanz y Abascal, 2019) con 244 bronces donde las emisiones de Nerva, Trajano y Adriano representan un 70,9 % del conjunto, mientras que las monedas de los Antoninos solo alcanzan el 16,8 %. Estos datos podrían considerarse un interesante paralelo para el hallazgo almeriense, si no fuera por las serias dudas que plantea su composición real a partir del reciente y exhaustivo análisis de toda la información relativa a este importante hallazgo monetario (Alberola, Sanz y Abascal, 2019, pp. 270-271), quizá compuesto por más de 400 monedas, de las que una parte relevante -las mejor conservadas y más apreciadas por los coleccionistas- debieron corresponder a las emisiones de los Antoninos, puede que también de Cómodo. En efecto, una composición más esperada es la que ofrecen otros ocultamientos hispanos. Pero ninguno procede de la Baetica, y además tienen una data de cierre claramente posterior al almeriense, entrada ya la primera mitad del siglo III d. C. Es el caso del tesorillo de 'El Mirador' (Alicante) (Abascal, Olcina y Ramón, 1995, pp. 9-11), en el entorno de Dianium, en el que además de la escasa presencia de moneda de época flavia -2,59 %- la aceptable representación de emisiones de Nerva a Adriano -25,26 %- queda muy por debajo de la moneda antonina. Se trata del conjunto más numeroso del ocultamiento con un 67,71 %, en el que sobresale tanto el elevado porcentaje de las emisiones de Marco Aurelio -un 30 %- como la débil representación de la moneda de Cómodo, que no alcanza al 12 %. No obstante, lo alejado de los ejemplos aducidos con respecto al hallazgo almeriense y, sobre todo, lo reducido de la muestra que manejamos, no aconseja profundizar mucho en este asunto. Volviendo a la composición del hallazgo de Santa Fe de Mondújar, los cuatro ejemplares de Trajano (núms. inv. La secuencia de sestercios de Adriano nuevamente resulta en parte la esperada, aunque dentro de las limitaciones de análisis que permite su reducido número. Es el caso de la ausencia de emisiones correspondientes a la primera fase de su reinado, de amplia difusión en Hispania. Por el contrario, sí que resulta esperable la concentración en torno las emisiones de los años 125-138 d. 6, HADRIANVS AVGVSTVS / COS III), y, sobre todo, la que combina la inscripción HADRIANVS AVG COS III PP en anverso con reversos más comunes como los dedicados a Diana y a Fortuna Augusta (núms. inv. También se constatan otros tipos menos frecuentes, como es el caso de las representaciones de Capadocia y Némesis (núms. inv. La moneda de los Antoninos está representada, como se ha dicho, por sestercios de Antonino Pío y Marco Aurelio, incluyendo uno dedicado a Faustina I: núm. inv. 12 de la emisión más frecuente con inscripción DIVA FAVSTINA // AVGVSTA (Pietas) en anverso y reverso, respectivamente. 11, y no se trata en este caso de una serie representativa si la comparamos con otras posteriores a mediados de siglo que anticipan el incremento de producción durante el reinado de su sucesor Marco Aurelio (Yarrow, 2012, p. 425), pero que no refleja la composición del hallazgo almeriense. Los dos sestercios de este emperador pertenecen a la primera: núm. inv. 14, de impacto diferenciado en la circulación monetaria de Hispania y desde luego en ocultamientos como el citado de Dianium (Abascal, Olcina y Ramón, 1995, p. Pero con solo dos monedas no podemos valorar este aspecto ni otros como la incidencia -ausencia en nuestro caso- de las abundantes emisiones a nombre de Faustina II. Por otra parte cabe plantearse también, a propósito de la distancia cronológica entre las dos emisiones de Marco Aurelio presentes en este modesto depósito o monedero (Arias Ferrer, 2007, p. 28), si el entorno del Bajo Andarax participaba ya de un empobrecimiento del numerario circulante, en cuanto a la llegada de moneda de refresco se refiere. El problema es que carecemos de hallazgos, ya sea de circulación o procedentes de ocultaciones en esta comarca, y en general en buena parte del territorio almeriense (Martínez y Muñoz, 1999, p. 265), con la parcial excepción de Baria (Villaricos) y su entorno, que nos permitan valorar si el que aquí analizamos refleja, siquiera aproximadamente, el panorama monetario de esta comarca entre la frontera sur de la Tarraconense y la oriental de la Bética a finales del siglo II d. En efecto, como ya se ha apuntado son todavía muy escasas las referencias a hallazgos numismáticos recientes de esta y otras comarcas almerienses; una falta de datos que se agrava de forma especial para el período altoimperial. Confiando en que futuros descubrimientos procedentes de trabajos de excavación o prospección en enclaves con protección arqueológica modifiquen este panorama, una vía interesante de estudio es el acceso -no siempre fácil- a algunas colecciones locales en las que todavía tiene sentido utilizar el término de "hallazgos fortuitos o casuales" (Rodríguez Temiño, 2015, p. Un ejemplo reciente, aunque algo alejado del entorno de nuestro hallazgo, es el del término municipal de Abla, antigua Albatha/Alba (Padilla Arroba, 2016, pp. 112, 128) de donde proceden varios bronces del período que nos ocupa, en concreto sestercios de Trajano (RIC 523), Adriano (RIC 832), Antonino Pío (RIC 605) y Lucio Vero (RIC 1309). Estas monedas se suman a las recopiladas por Arias Ferrer (2007, p. 577) procedentes de Adra (Abdera) -sestercio de Trajano-, Chirivel -sestercios de Trajano y Marco Aurelio- y Fiñana -sestercio de Antonino Pío-. De uno de estos lugares, Las Juntas (Abla), procede también un as de Adriano (RIC 832) (Padilla Arroba, 2016, p. Esta moneda nos sirve de pretexto para insistir en el carácter selectivo que en general tienen los atesoramientos, ya se trate de sumas modestas o no, y el que nos ocupa no es una excepción. En estos momentos de la segunda mitad del siglo II d. C., el as y en mayor medida el dupondio todavía juegan un papel destacado en la masa monetaria circulante hasta el reinado de Marco Aurelio (Harl, 1996, p. 95), como se aprecia en Hispania tanto en yacimientos béticos (Bost y Chaves, 1987, p. La presencia de dos dupondios -núms. inv. 2 y 4- junto a las otras doce monedas de Santa Fe de Mondújar insisten en ello y no resulta, además, algo excepcional en otros ocultamientos monetarios de época altoimperial como el de Rio Verde (Marbella) (Mora, 1999-2000, p. Deben incluirse también aquí los cerrados en el primer tercio de la centuria siguiente (Arias, 2007, pp. 820 ss.). No obstante, el sestercio es ya en estos momentos de la segunda mitad del siglo II d. C. el nominal más apreciado, y en muchos yacimientos y territorios hispanos presenta porcentajes que se acercan al cincuenta por ciento del total de la moneda de bronce emitida en ese período (Bost, Campo y Gurt, 1979, pp. 189-190; Ripollès, 2002, p. En este sentido, y aunque los hallazgos recopilados para estos momentos en los territorios almerienses son del todo insuficientes para obtener conclusiones fiables al respecto, es cierto que el número de sestercios es superior al de ases o dupondios, como igualmente comprobamos en el Valle del Almanzora (Fontenla, 2007, p. Sería prudente contemplar aquí la variable topográfica en cuanto a la composición de este modesto depósito, en el sentido de la probable sobrerrepresentación del sestercio sobre ases y dupondios en ambientes rurales -esto es, más alejados del modelo de circulación urbana- apuntada para diferentes puntos de la Tarraconense (Lledó, 2007, p. Pero no conviene olvidar, en un sentido contrario, la situación del lugar de procedencia de este hallazgo, próximo a una de las más destacadas vías de comunicación de la región como es la que comunicaba la costa con Urci y Acci, para luego conectar con el golfo de Almería y el Portus Magnus (Álvarez Martín, 2013, pp. 58-61). No es posible valorar por el momento si la constatada relación entre las vías de comunicación y la mayor presencia de moneda en los asentamientos urbanos y rurales de su entorno, tema bien estudiado en los últimos años (Mora, Centeno y García-Bellido, 1999), ha podido mediatizar la formación de este modesto ocultamiento monetario. En cuanto a la data de la posible ocultación del conjunto de monedas y el recipiente de bronce, es razonable proponer los años finales del siglo II d. C., pues dado que la datación de la sítula no aporta como hemos visto mayor precisión -siglos II-III d. C.-, es el desgaste de las monedas y la siempre cuestionable, aunque útil, observación sobre la presencia y ausencia de determinadas emisiones -de moneda de Cómodo en nuestro caso-, lo que nos puede acercar más al momento en el que estas monedas fueron retiradas de circulación junto con el recipiente que las contenía. En este sentido debe tenerse en cuenta el buen estado de conservación de los dos sestercios de Marco Aurelio -sobre todo del segundo: inv. C. propone un terminus post quem para su ocultación en la década de los años setenta u ochenta del siglo II d. C. Lógicamente no puede descartarse un momento algo posterior, a pesar del escaso desgaste que presenta la moneda más reciente, sobre todo teniendo en cuenta que en estos momentos se inicia un descenso en el aprovisionamiento de moneda de bronce que se hace visible en el reinado de su sucesor Cómodo. Los datos que se conocen, tanto para el conjunto de Hispania (Bost, Campo y Gurt, 1979, p. No obstante, recordemos que para el territorio de donde procede nuestro hallazgo, situado en la trasterra del Golfo de Almería, la información sobre su circulación monetaria es tan escasa como insuficiente, sobre todo en lo que concierne a la moneda de bronce de época antonina. De obligado comentario en el estudio de los ocultamientos monetarios es preguntarse por las posibles causas que hicieron que sus propietarios no pudieran recuperarlos. Alguno de los citados aquí como el de Riópar son buena muestra de ello, pero al mismo tiempo también de los riesgos que supone una aplicación, puede que forzada en algún caso, de la relación entre guerra y ocultamientos o atesoramientos no recuperados. Para el caso hispano tenemos varios ejemplos de revisión, a la baja, de estas asociaciones, como son el conflicto sertoriano (Rodríguez Casanova, 2009) y las razias germanas del siglo III d. Así, la relación con las incursiones de los mauros en el sur peninsular durante el reinado de Marco Aurelio -ca. C.- se han puesto en relación, especialmente la segunda, con el depósito albaceteño antes citado (Vidal, 1987-1988, pp. 149-152), si bien la posibilidad de que contuviera moneda de Cómodo plantea serias dudas al respecto (Alberola, Sanz y Abascal, 2019, pp. 272-273), al igual que la aparente lejanía del lugar del hallazgo con el escenario, impreciso, en el que se desarrollaron estas incursiones. No obstante, si para la primera de las incursiones las fuentes hablan de desórdenes generalizados en varias provincias hispanas, incluida Lusitania, en una relación para algunos autores con una fuerte carga propagandística que no tiene un reflejo claro en la documentación arqueológica (Bernard, 2009, p. C. cuenta con dos famosos testimonios epigráficos en Italica (Santiponce, Sevilla) -CIL II 1120- y Singilia Barba (Antequera, Málaga) -CIL II2/5, 783-. Sin profundizar aquí en la mayor o menor trascendencia de este segundo ataque, puede que también magnificado, parece consensuado que el desarrollo de esta última incursión se debió centrar en la provincia Baetica (Bernard, 2009, p. A propósito de la inscripción singiliense, la combinación de factores geoestratégicos como su posición en el eje Malaca-Antikaria, o la posible relación entre los mauri y la tribu de los Maurensioi, en el norte de la Tingitana, aunque de localización imprecisa, ha planteado la posibilidad de que esta segunda incursión tuviera como epicentro la región malacitana, bien conectada como sabemos con la costa africana del mar de Alborán y su principal puerto de Rusaddir (Melilla) (Rodríguez Oliva, 1984; Bernard, 2009, pp. 372-373). La fácil comunicación de esta vía con el interior bético bien pudo favorecer las razias de estos mauri, con las que se han relacionado algunos ocultamientos monetarios como el integrado por 30 denarios de Augusto a Antonino Pío procedente de Castro del Río, Córdoba (López Medina, 2016, pp. 236-237). Tampoco tenemos evidencias de que las incursiones mauras llegaran al sureste peninsular, aunque precisamente la ambigua noticia de dos ocultamientos monetarios en Paulenca y Moscolux (Cara y Carrilero, 1987 p. 65), pertenecientes al municipio almeriense de Gádor, ha planteado esta posibilidad, pero con muchas reservas. Lo cierto es que nada sabemos de estos tesorillos, que por otro lado parecen asociarse a asentamientos tardorromanos (López Medina, 2004, pp. 146-147). Como en otros muchos casos, es arriesgado pronunciarse por las causas que propiciaron el ocultamiento monetario de Santa Fe de Mondújar, aunque un dato relevante en este sentido es la presencia de la sítula en cuyo interior se encontraban, según afirmó en su día su descubridor, las catorce monedas de bronce que venimos comentando. Como ya se ha apuntado más arriba, resulta infrecuente y por tanto extraño el uso de vajilla metálica como contenedor en hallazgos monetarios de las características y época que nos ocupa. La sítula de bronce, sin duda con un valor muy superior a las catorce monedas que se guardaban en ella, parece indicar que se trata de una ocultación de emergencia, puede que incluso ajena al propietario del asentamiento al que se asocia, pues se echa en falta la presencia de moneda de oro o plata, o bien una cantidad mayor de numerario de bronce, e incluso de otros vasos metálicos como hemos visto en otros hallazgos hispanos y extrapeninsulares. La ausencia de control arqueológico impide aclarar esta y otras incógnitas de este hallazgo. Modesto, pero de no escaso interés, abunda en la afirmación inserta en una de las primeras recopilaciones sistemáticas sobre hallazgos monetarios antiguos en el territorio almeriense: "... observamos el lugar secundario que ocupan las costas almerienses en los textos, no siempre justificado por la arqueología" (Pérez Casas, 1978, p.
Las estructuras portuarias del Patio de Banderas del Alcázar de Sevilla y el emporium de Hispalis Se describen en este trabajo las estructuras portuarias de época romana excavadas entre 2009 y 2014 en el llamado Patio de Banderas del Alcázar de Sevilla (la antigua colonia Romula Hispalis). Dentro de la compleja estratigrafía del solar, el artículo se centra en las fases constructivas datadas entre finales del siglo II a. C. y el primer tercio del siglo III d. C. Tras una ocupación republicana inicial (fase republicana I) consistente en un edificio productivo, probablemente una almazara, se construye un complejo de almacenes portuarios (fase republicana II) cuya fecha fundacional está dentro del tercer cuarto del siglo I a. C. y cuya destrucción súbita tiene lugar en los primeros decenios del siglo III (fase Imperial II). Tras un recorrido sin apenas modificaciones (fase Imperial I), hacia el último tercio del siglo I d. C. (fase Imperial II) se documenta una importante reforma interior de las estructuras para adecuarlas en su parte septentrional a una función artesanal relacionada con el uso abundante del agua. La destrucción del conjunto se relaciona con un evento energético que, no obstante, parece repercutir sobre un sector de la ciudad ya en decadencia desde finales del siglo II d. C. Finalmente, el trabajo trata de contextualizar las estructuras excavadas en el Patio de Banderas dentro del contexto portuario de la ciudad y en relación a almacenes y conjuntos edilicios similares del resto del Imperio. Tras la publicación en 1980 del extenso trabajo de Manuel Bendala e Iván Negueruela sobre sus excavaciones de 1974 en el Patio de Banderas del Alcázar sevillano, se consolidó la idea de que fue en este sector meridional de la ciudad donde se edificó el primer conjunto episcopal de Ispali y se convino en que era necesario ampliar las excavaciones al resto de la plaza a fin de confirmar la existencia aquí de un complejo religioso tardoantiguo desde su construcción en el siglo IV d. C. hasta su definitiva amortización debida a la construcción del alcázar islámico (Bendala y Negueruela, 1980, p. 155), sirvieron para afirmar la necesidad de emprender excavaciones en extensión en el Patio de Banderas, al localizarse restos de edificaciones romanas de interés hasta una profundidad de 6 m bajo la rasante de la plaza (Fig. 1). El Patio de Banderas del Real Alcázar de Sevilla en el contexto urbano. 2 y 3), culminando en 2015 con la consolidación y protección de los restos previo relleno provisional. Se construyó una pequeña cripta arqueológica en el extremo meridional del yacimiento, actualmente practicable y disponible para visitas bajo demanda, a la espera de reiniciar en un futuro próximo las tareas de recuperación de los restos y ampliación de la cripta a toda la plaza (Tabales, 2015). Excavación del Patio de Banderas. Excavación del Patio de Banderas desde el norte (abajo) a sur (arriba). Al fondo niveles romanos del sector meridional. En primer término, estructuras tardoantiguas situadas tres metros sobre el nivel republicano. El presente trabajo pretende exponer uno de los aspectos derivados de este estudio arqueológico y estratigráfico total en el Patio de Banderas de Sevilla, el que se refiere a la evolución urbanística y funcional del mismo entre fines del siglo II a. C. y mediados del III d. C., un momento en el que esta zona se incluía en el emporium de Hispalis y en la que este sector acogía una serie de instalaciones artesanales y de almacenamiento que se irán describiendo y discutiendo a lo largo del artículo, pero que no se comprenderían bien sin una pequeña contextualización geoarqueológica previa. Contexto geoarqueológico: una ciudad entre dos ríos La ciudad de Sevilla estuvo hasta tiempos muy recientes enmarcada por dos corrientes fluviales de diferente entidad e importancia. La principal de la ciudad, el río Guadalquivir, la flanqueaba, como hoy, a poniente, aunque hasta el siglo XII el lecho del río discurrió mucho más al este que el curso que ha separado en época reciente la ciudad del arrabal de Triana. Una corriente de agua menor, hoy desviada al norte de la ciudad, el Tagarete, bordeaba Sevilla por el este y el sur desaguando finalmente en el Guadalquivir al sur del núcleo urbano. Entre ambos ríos, se encontraba, pues, la ciudad primitiva, situada sobre la estrecha terraza que se elevaba sobre el Guadalquivir hasta una cota absoluta de +7 m y que se encontraba a salvo de las crecidas que solían afectar a las llanuras de inundación de ambos ríos. En cuanto al Baetis, los estudios geomorfológicos muestran que a lo largo del siglo II a. C. parece culminar el proceso de cambio en su dinámica fluvial que pasa de un sistema de braided o canales con no demasiada profundidad y amplia anchura, a un tipo de río marcado por los meandros y un solo canal bien definido, aunque con ámbitos de encharcamiento y fenómenos de agradación en su llanura de inundación (Barral Muñoz, 2009; Borja Barrera, 2014) que provocarían finalmente el desplazamiento del cauce principal del río hacia el de la dársena actual en época almohade y la amortización y desecamiento total del cauce "histórico" (Borja Barrera, 2014; Borja Barrera et al., 2018). El río de época tardorrepublicana avanzaba hacia el sur desde la zona que ocupa hoy la Alameda de Hércules, por las actuales calle Trajano, plaza del Duque, Campana y Sierpes, hasta la Avenida de la Constitución y los jardines del Cristina. En esta parte meridional se fue definiendo entre épocas tardorrepublicana y tempranoimperial una explanada portuaria gracias a una leve retirada del cauce unos 150 m al oeste con respecto al talud del oppidum registrada ya entrado el siglo I a. C. Al acondicionamiento de esta zona suburbana meridional contribuyó igualmente la estabilidad climática del período árido que va desde el siglo II a. C. que hizo más esporádicas las grandes inundaciones del Baetis (Fig. 4). Evolución paleohidrográfica de la llanura aluvial del Guadalquivir en la ciudad de Sevilla 1) época protohistórica; 2) final de la época republicana romana; 3) siglo I d. C.; 4) siglos IX-X d. C.: bifurcación por avulsión; 6) siglos XII-XIII d. C.: cauce de época almohade. Guadalquivir y Tagarete marcarían, pues, los límites posibles de expansión cementerial y portuario-artesanal de la ciudad en sus lados oriental y occidental, mientras que la juntura de ambos ríos definiría el límite máximo de expansión hacia el sur de las estructuras portuarias extramuros. Por el lado norte, sobre una terraza +7 m s. n. m. que iba creciendo progresivamente en anchura, el límite de la ciudad intramuros debió hallarse hacia el siglo I a. C. en la zona de las actuales Cuesta del Rosario y plaza de San Isidoro, al ser en este sector donde se ha llegado a identificar en torno a la cota +9,60 los restos de un pequeño monumento funerario escalonado de tipología tardorrepublicana. La estructura se ha interpretado como parte de un área funeraria que, dada la paleotopografía conocida, se hallaría a las afueras de una hipotética puerta de acceso a la ciudad republicana desde el norte (García García, 2007, p. La ampliación hacia el norte de la ciudad parece haberse hecho ya en época imperial, si bien los primeros testimonios de un uso residencial del área urbanizada entre 20-40 d. C. en el entorno de la Encarnación, que hasta entonces tuvo una dedicación fundamentalmente artesanal y comercial, no son anteriores a los primeros años del siglo II d. C. En este momento, todo este solar debió encontrarse claramente intramuros, aunque los testimonios conservados del lienzo de muralla que coinciden con el límite norte de la plaza actual no se han fechado nunca con claridad (cf. para todo lo anterior González Acuña, 2011). Contexto urbano: un sector extramuros de vocación portuaria La zona portuaria de la ciudad en épocas turdetana y republicana parece encontrarse unos cientos de metros al norte del Patio de Banderas. Desde el punto de vista arqueológico, se documenta aquí un sector de almacenamiento y artesanal entre el límite septentrional del Patio de los Naranjos de la Catedral (calle Alemanes) y el interior del Palacio Episcopal, que flanquea el mismo patio. En Alemanes 25-29 (Vázquez-Paz, 2006) se excavaron estancias de posibles almacenes separadas con muros cuyo alzado estaba hecho de ánforas reutilizadas. Aquí se documentó, además, el extremo meridional de la terraza +7 m s. n. m. descendiendo en pendiente hacia la ribera del río. Las estructuras artesanales excavadas en el actual Palacio Episcopal que incluyen hornos cerámicos (García Fernández y García Vargas, 2012, pp. 24-25), parecen marcar el límite meridional de este suburbio portuario e "industrial" de la Spal prerromana, de modo que en el Patio de Banderas no se documentan para estos momentos más que ocupaciones esporádicas de la I Edad del Hierro. Tras una eventual ampliación de la zona artesanal y portuaria hacia el sur entre inicios y mediados del siglo I a. C. se constata la ocupación del espacio actual del Patio de Banderas por estructuras construidas que se extienden hacia el talud meridional de la terraza a +7 m s. n. m. y que inauguran las fases romanas de su estratigrafía. Hacia las primeras décadas del siglo I d. C. y hasta época flavia el área portuaria extramuros se extenderá aún más hacia el sur hasta alcanzar las zonas de almacenaje y de servicios excavadas en las actuales avenida de Roma 2, junto al hotel Alfonso XIII. Excavaciones recientes (2019) en la zona más oriental del interfluvio Guadalquivir-Tagarete, concretamente en el área conocida como "La Florida" 3, han documentado un edificio porticado con cimentaciones de caementicium y consistente en una nave longitudinal de más de 70 m de longitud con una hilada de pilares en su eje. Su construcción se data en época augustea o julio-claudia temprana y se interpreta preliminarmente como un edificio de infraestructura portuaria, tal vez relacionado con el almacenamiento o el resguardo de bienes. Las campañas de excavación en el Patio de Banderas han documentado, por su parte, una compleja estratigrafía que se abre en el siglo IX a. C. y concluye en la actualidad (Figs. 5 a 7) de la que aquí nos interesan las fases republicanas e imperiales que son las que desarrollaremos en este trabajo. Tras un abandono de más de trescientos años, hacia fines del siglo V d. C., se retoma la actividad constructiva en el solar de la actual plaza. No obstante, las recientes excavaciones, que han interesado a un área de más de 2000 m2, no han podido detectar para esta época ningún edificio religioso que permita pensar en un baptisterio o cualquier otro elemento de un complejo episcopal, como se había propuesto a partir de las excavaciones citadas de M. Bendala e I. Negueruela (Bendala y Negueruela, 1980; Sánchez Ramos, 2009, pp. 258-259; cf. García Vargas, 2012b). Secuencia de ocupación del espacio ocupado por el Patio de Banderas desde el siglo IX a. C. hasta el presente. Restos arqueológicos pertenecientes a los períodos romanos desde el siglo II a. C. hasta el siglo III d. Sección norte-sur de la excavación. En rojo las estructuras de época republicana. Ubicación de los restos republicanos iniciales en el contexto de la ciudad y topografía romanas bajo el actual Alcázar. Fase republicana i: las primeras estructuras romanas bajo el patio de banderas. Las estructuras de esta época documentadas en el Patio de Banderas se concentran en los sectores central y septentrional del espacio excavado, circunscribiéndose a la parte alta de la elevación contigua a la confluencia de los ríos Tagarate y Guadalquivir. La base de estas estructuras se sitúa sobre la cota +7,75 m s. n. m. (5 m bajo la rasante del Patio de Banderas), nivel en el que se disponen sus pavimentos si bien alguno de los alzados conservados llega a sobrepasar la cota +9,00 m s. n. m. Las estructuras excavadas se disponen ortogonalmente siendo las primeras que urbanizan este sector de la ciudad, inaugurando un sistema de orientaciones que perdurará, aunque con notables alteraciones, hasta el siglo XI d. C. Parecen pertenecer a una única edificación (Fig. 9) que dispondría de muros con zócalos de mampostería y alzados de adobe con enlucidos de cal y que estaría pavimentada con opus signinum de árido grueso. Planta de los restos del edificio romano republicano inicial. Los alzados conservados de algunos muros tienen entre 0,40 y 0,55 m de espesor, están construidos con adobes trabados con barro que responden al módulo 0,48 × 0,32 × 0,06 m con llagas de 0,02 m y se asientan sobre un zócalo construido con mampostería caliza careada dispuesta sobre una cimentación de ripio del mismo material. Los muros septentrionales y occidentales de la construcción se elevan sobre una zapata. El revestimiento exterior de terminación para el enlucido está formado, allí donde se conserva, por una sola capa de encalado. En su composición, se ha detectado la presencia de hematites (Fe2O3) que puede ser debida a impurezas de la cal, a la existencia de una policromía con pigmentos de óxido de hierro sobre el encalado o a la impregnación del encalado con óxidos de hierro procedentes de la tierra (arcillas) con la que ha estado enterrado durante muchos siglos. La técnica empleada para el enlucido es ciertamente original al marcar ligeros resaltes superpuestos que delatan el empleo de algún tipo de tablazón. Uno de estos muros de adobe (U 1796) supera los 2 m de altura (Fig. 10), lo cual es sorprendente dado el nivel de conservación del resto de estructuras de esta fase; se explica gracias a que fue reutilizado como límite occidental de un edificio posterior. Aparece asociado a un pavimento simple de cal apisonada junto al que discurre un desagüe. Aunque muy arrasadas por las construcciones posteriores y difíciles de interpretar también por haber sido excavadas solo parcialmente, las estructuras de esta fase del Patio de Banderas parecen responder a una sola edificación separada de otro edificio (muros 1924 y pavimentos 1925 y 2032) por el muro medianero 1923 que corre en dirección norte-sur. Esta edificación se organizaría interiormente en al menos tres espacios perpendiculares a la medianera mencionada. Se encontraba pavimentado (1918) con signinum de gran dureza, color rojizo y superficie perfectamente alisada. La existencia de una columna de cuartos de ladrillo sobre base de ladrillos incluida en este último paramento hace pensar en que la conexión entre los dos ámbitos se hacía a través de un pequeño porticado con al menos dos columnas que luego sería tabicado y enlucido en blanco, además de subirse ligeramente la cota de los pavimentos. Esta estancia conserva hacia su centro una estructura circular de piedras trabadas con barro y pudo rodear por el sur y el este a la estancia 1. El tercero (estancia 3) estaría separado del anterior por el muro 2148 y apenas se ha excavado en extensión. Solo se conservan pegados a este muro el pavimento 2149 y la canalización 2159 que de hecho pasa por debajo de él procedente, aparentemente de la estancia 1 para desembocar seguramente en un lebrillo turdetano de grandes dimensiones encastrado en el suelo de este espacio (Fig. 11). Una serie de muros (1730, 1795, 2056) asociados a restos de pavimentos de cal y alineados en dirección norte-sur pueden ser ámbitos externos de tránsito (angiportus) o de conexión interna entre crujías de un mismo edificio, en cuyo caso constituirían un nuevo espacio. Detalle del lebrillo de tradicición turdetana encastrado en el terreno Ubicación de los conjuntos edilicios portuarios en el contexto de la ciudad y topografía romanas bajo el actual Alcázar. En general, como se ha dicho, la interpretación es difícil, pero el esquema de las estancias 1 a 3, la presencia de un antiguo paso porticado entre dos de ellos (estancias 1 y 2), los pavimentos de signinum de gran calidad y la acumulación de piedras de la estancia 2, así como la canalización que procede de la estancia 1, hacen pensar en un edificio de vocación productiva. Podría verse, por ejemplo, una habitación de prensado de aceitunas en la estancia 1, cuya mitad oriental nos es casi completamente desconocida. Esta podría haber albergado infraestructuras de prensado ya que sus muros perimetrales son los únicos que poseen zapata de cimentación, tal vez porque debieron recibir una presión superior. La habitación o estancia 2 pudo albergar el contrapeso de la viga, del cual el único testimonio sea tal vez la acumulación circular que le serviría de basamento, mientras que la estancia 3 podría ser un espacio de recogida del aceite y separación del alpechín que llegaría procedente de la estancia 1 a través de la canaleta 2159 para ser contenida en recipientes del tipo del lebrillo 2160 encastrado en el suelo o en piletas como las que parecen sugerir los baquetones del pavimento de signinum 2149. Se tendrían, así, los elementos funcionales de este tipo de instalaciones, situados en batería norte-sur en una sola crujía que incluiría nave de prensado de la sampsa o pasta de aceituna obtenida y nave de separación del aceite y posterior almacenamiento, aunque, como señalamos, el estado de las estructuras y lo parcial de su conocimiento hace difícil ir más allá de una hipótesis de trabajo sustentada en la presencia de contenedores enterrados, fundamentaciones de posibles máquinas, y canalizaciones y suelos de signinum de gran resistencia que, antes de la generalización en la provincia de los pavimentos de spicatum para esta clase de instalaciones, parecen haber sido los más usados para ensolar las almazaras. La tipología del edificio sería, pues, similar a la que se conoce en las escasas instalaciones de este tipo documentadas hasta ahora en la Ulterior-Baetica para época republicana o tempranoimperial y parece acorde con un carácter no industrial y suburbano de entorno portuario (Peña Cervantes, 2014; Carrillo Díaz-Pines, 2011-2012). La datación del CNA (Centro Nacional de Aceleradores de Sevilla) sobre una muestra de carbón extraído del muro de adobe UE 1795 del SE XV (campaña 2009) establece una edad por radiocarbono convencional del 202 a. La edilicia claramente romana al respecto de los pavimentos y de los cuartos de círculo de ladrillos denotan una cronología posterior a la ofrecida por la muestra de carbono 14, lo que puede indicar una mayor antigüedad de los muros del angiportus septentrional o bien un decalage entre la fecha de los componentes de la construcción del muro y el momento de su erección. Los materiales cerámicos documentados bajo el signinum (UE 1927) y en los rellenos de colmatación y anulación de las estructuras (UE 1929, 1919 y 1922) rondan, no obstante, el tránsito entre los siglos II y I a. C. y, muy probablemente, se sitúen en los primeros decenios del siglo I a. C. sin que sea posible establecer, por su cercanía tipológica, una datación diferenciada para materiales contenidos en rellenos de construcción y destrucción de las estructuras, máxime cuando los signina pueden haberse renovado a lo largo de la vida útil del edificio. Se trata de ánforas itálicas Dressel 1A, ánforas ovoides brindisinas, una de ellas con sello APOLLON(i), procedente del taller alfarero de Apani; ánforas africanas de la forma 7.4.3.1., púnicas sudhispanas de los tipos 9.1.1.1. y 7.4.3.3., Pellicer D del valle del Guadalquivir, ibicencas PE 17; lebrillos y urnas pintadas de tradición turdetana; campanienses A de las formas Lamb. Otras producciones singulares presentes en estos contextos y que proceden del Egeo y de la costa levantina peninsular se encuadran bien en esta cronología. Nos referimos, respectivamente, a imitaciones itálicas de boles helenísticos con decoración en relieve y a los kalathoi o vasos con forma de "sombrero de copa" pertenecientes al repertorio cerámico ibérico. Los primeros están presentes en otros contextos de la ciudad de Sevilla contemporáneos a nuestra fase II, como Argote de Molina 9 (Campos, 1986) y Abades 41-43 (Jiménez Sancho et al., 2006), mientras que los segundos se documentan en otros yacimientos del suroeste peninsular, como la mina La Loba (Fuente Ovejuna, Córdoba) (Blázquez et al., 2002), en contextos fechados entre 110 y 90 a. Fase republicana II: los edificios de opus africanum de mediados del siglo I a. Una vez amortizado el horizonte descrito se procedió a levantar un complejo edilicio de notables proporciones realizado en opus africanum y cuyas estructuras se organizan en torno a un espacio central al que se accedía mediante pasajes de sentidos opuestos situados en su extremo oriental formando un angiportus. A este complejo edilicio que es el que se ha excavado sustancialmente en el área del actual Patio de Banderas, le hemos denominado conjunto edilicio n.o 1. Este centrará nuestra descripción en esta fase, pero como quiera que en su entorno se han excavado, ahora o en campañas anteriores, espacios que estimamos que corresponden a otros conjuntos edilicios paredaños o separados unos de otros por calles y angiportus, los hemos agrupado también en conjuntos y les hemos otorgado una numeración correlativa dentro de su conjunto (Fig. 13). Planta de los conjuntos edilicios portuarios En lo que hace al conjunto edilicio n.o 1., se trata de un edificio, seguramente de almacenaje y actividades comerciales y/o artesanales, organizado en torno a un patio central. En este patio interior abierto se dispusieron cuatro grandes pilares pétreos de base rectangular (1,20 × 2,00 m) que tal vez fuesen originalmente seis, pues la gran fosa de época islámica situada al sur del sondeo XVIII parece haber arrasado los pilares meridionales, situados en este sector destruido del espacio central. Al norte de este espacio central o patio, se abren los lados cortos de tres naves adosadas (naves 1, 2 y 3) cuyas fachadas contrarias dan a una calle, mientras que al sur del mismo patio dan otras dos naves alargadas (naves 4 y 5) que en su extremo contrario se abren a un criptopórtico sostenido por columnas de cuartos de círculo en cerámica recubiertas con estuco. Nos encontramos, pues, ante un conjunto de naves, a veces divididas interiormente en habitaciones más pequeñas, que se presentan agrupadas en torno a un patio central. Se han documentado bien las que flanquean este espacio abierto por el norte y por el sur. Las que continúan, con el patio mismo, hacia el oeste se conocen muy parcialmente, mientras que las que limitan con el lado oriental de este lo hacen por intermediación del angiportus, es decir, que no abren directamente al patio. Por su técnica constructiva (infra) y por hallarse divididas por una calle intermedia de dirección este-oeste, creemos que estos espacios pueden atribuirse a dos conjuntos edilicios diferentes (conjuntos edilicios n.o 2 y n.o3) no conectados entre sí. Del conjunto n.o 3 se han excavado parcialmente cuatro naves o salas nombradas de la A a la D. En el extremo noroeste del Patio de Banderas, las estructuras excavadas en su día por Bendala y Negueruela parecen definir un último conjunto edilicio (conjunto edilicio n.o 4), del que se conocen tres espacios denominados con las tres primeras letras del alfabeto griego. Por su parte, la cloaca documentada en esta excavación en dirección este-oeste debe reproducir el trazado de una calle con la misma dirección que separaría los conjuntos 1 y 4. La funcionalidad de los conjuntos edilicios del Patio de Banderas no ha podido ser definida con certeza ya que los materiales rescatados en las diversas intervenciones son dudosos a la hora de adscribirles un uso claro. No obstante, tanto la fisonomía general de los mismos como su inserción en la zona portuaria meridional de la ciudad durante este periodo hacen pensar en una probable función administrativa y/o comercial: tal vez un conjunto de almacenes y espacios anexos organizados, al menos en el caso del conjunto edilicio n.o 1, según el conocido esquema de "patio central" (Rickmam, 1971) y formando parte del emporium hispalense. En lo que sigue, analizaremos con cierto detenimiento la distribución y la edilicia del conjunto edilicio n.o 1, único excavado en suficiente extensión para comprender su esquema compositivo. Se fecha, como se indicará más adelante, en el tercer cuarto del siglo I a. C. Los espacios de este conjunto se irán describiendo de norte a sur, pero no hay que olvidar que se trata de un bloque centrado en un espacio interior abierto o patio (Fig. 13). Es el sector mejor conservado, configurándose mediante una serie de alineaciones murales yuxtapuestas formando estancias alargadas y compartimentadas que en algunas ocasiones llegan a conservar hasta 2,50 m de altura siendo el espesor medio de los muros 0,44 m. Aunque la fachada norte de la edificación se pierde bajo el perfil de la excavación, se ha podido documentar su fachada meridional. Esta presenta una línea escalonada con un saliente acusado en el extremo occidental debido a que la nave que ocupa esta zona se adelanta unos 0,60 m sobre la línea de fachada de las otras dos. La nave central presenta igualmente en fachada una pilastra o estribo de refuerzo hacia su parte central que sobresale unos 0,30 m. La secuencia del sector septentrional del complejo del Patio de Banderas es: fase constructiva en torno al tercer cuarto del siglo I a. C., con planteamiento general de las estructuras, de los tránsitos y de las funciones; alzado parcial de cotas entre 15 a. C. (fase imperial I), y, finalmente, reformas significativas entre 70-90 d. C. que supusieron un alzado importante de cotas de circulación en el sector, la introducción de un sistema hidráulico complejo (piletas y canalizaciones de evacuación) y la reordenación de los tránsitos internos. Estos aspectos se tratarán más adelante en el apartado dedicado a las reformas de época flavia (Fig. 20). Naves meridionales y galería Al sur del patio central se repite de manera casi simétrica el esquema del sector norte, si bien a una cota inferior situándose los pavimentos que aquí sí se documentan y son de un potente signinum, en torno a una cota de 7 m s. n. m. Un pasaje similar y algo más corto (9,70 × 1,50 m) que el que separa el sector septentrional del conjunto edilicio 1 del conjunto 2 divide también aquí este sector meridional el conjunto 1 del del conjunto 3. Consideraremos ambos pasajes como formando parte de la misma estructura a la que denominaremos angiportus para evitar ambigüedades en la descripción, ya que en contextos de edificios de almacenamientos estos pasillos que separan naves y conjuntos deben tal vez denominarse ambitus. Nuestro angiportus conduce, en dirección meridiana, desde la calle que divide los conjuntos edilicios 1 y 4 a la galería que lo separa de otras construcciones aún más meridionales que por su identificación muy parcial en perfil no hemos numerado. Esta galería (un criptopórtico) presenta en el centro una batería de columnas latericias revocadas con mortero de cal que corre a lo largo de la fachada meridional de las naves 4 y 5 y continúa hasta enlazar con las de las naves C y D del conjunto edilicio 3. El intercolumnio ronda los 3,30 m y la luz completa es de 4,30 m desde la fachada sur del conjunto edilicio 1 hasta el citado muro del conjunto documentado en el perfil sur (probablemente una plaza porticada de la que se ha recuperado un tambor de calcarenita con estrías dóricas) (Fig. 15). Conjunto edilicio 1: acceso cegado entre las naves 2 y 3. Vista desde la nave 3. Probable criptopórtico sobre el que se elevaría una galería superior una vez colocadas las columnas latericias a fines del siglo I d. La existencia en el perfil oriental de un tambor de calcarenita con acanaladuras vivas, parcialmente enlucido, permite suponer la existencia de un pórtico a una cota superior al sur de este ámbito. Se han recuperado seis columnas a lo largo de los 18,60 m excavados de galería; una de ella sustituye a otra previa mediante un replanteo que acortó la distancia entre las dos situadas al este. Precisamente frente a la columna renovada aparece en el muro de fachada una entalladura que delata el empotramiento de una de las vigas de soporte de la cubrición del criptopórtico. La columna del extremo oriental es la única que disponía de un basamento de ladrillos y una moldura ática del mismo material muy simplificada; cerca de ella, aparecen los restos volcados de otra columna muy probablemente perteneciente a la vuelta de la galería hacia el sur. Las demás se apoyaban directamente sobre una leve zanja de cimentación rellena de cascotes. El pavimento de la galería era de cal apisonada, situándose en la última fase antes de su destrucción a la cota 7,18 m s. n. m., es decir, un pie sobre el suelo de las habitaciones contiguas. Se han podido excavar una gran estancia completa (nave 4) y parte de otra al oeste de esta (nave 5) cuyas dimensiones apuntan a un área similar. La primera tiene una superficie de 55 m2 disponiéndose rectangularmente con 5,71 × 9,70 m de lado y un gran pilar de sillares en el centro de la sala. Conserva todo su perímetro a excepción de su esquina noroeste y aparece pavimentada con un magnífico suelo de opus signinum solo alterado por algunos huecos que posiblemente pertenecieran a postes de madera que podrían sostener un armario corrido con empotramientos ya que estas perforaciones aparecen de manera cadenciada en los muros. También la nave contigua 5 presenta huellas similares (Fig. 16). Vista general de las naves 4 y 5 del conjunto edilicio 1. La estancia central se abre a la galería sur mediante una portada doble con pilar central. Adviértanse los huecos en el pavimento de opus signinum pertenecientes a los apoyos de los estantes de madera originales. Consideramos la posibilidad de su uso como tabularium o archivo. En los rellenos de amortización de las naves 4 y 5 se localizaron materiales constructivos procedentes tal vez del desplome de la planta superior destacando entre ellos abundantes fragmentos de opus signinum, elementos ornamentales marmóreos, sectiles, teselas y revocos polícromos. Es probable que hacia el patio central, las plantas superiores se proyectaran hasta alcanzar la línea de pilares 4-¿6?, ganando, de este modo, superficie, en un expediente habitual en este tipo de estructuras de almacenaje. El mismo caso pudo darse con respecto a las naves 1-3 del sector septentrional, proyectadas en primera planta tal vez hacia la línea de pilares 1-¿3? De hecho, se documentan fragmentos importantes de suelos de signinum y de elementos decorativos (estucos) en la galería norte del patio que no pueden proceder en su mayoría sino de la destrucción de una sobreplanta cuyos voladizos estarían sostenidos sobre los pilares con un entramado de madera como el propuesto para el criptopórtico del foro de Santa Cruz de Eslava, Navarra (Cebrián et al., 2020). El grosor excepcional del muro septentrional de las naves 3 y 4 (ca. 0,90 m o tres pies romanos) construido con mampostería tomada con barro y los ensanchamientos en la del muro meridional de las naves 1 a 3 que coinciden con la posición de los pilares, hablan en favor de la idea de plantas superiores proyectadas y apoyadas en los muros engrosados y en los recios pilares del patio central. De cualquier forma, las naves superiores no tenían por qué presentar construido todo el voladizo, siendo posible un juego de muro de cierre con vanos y pequeña balconada corrida frente a este abriendo al patio. Las naves parcialmente excavadas del conjunto edilicio 3 (naves A, B, C y D) carecen de comunicación con el conjunto no 1, por lo que interpretamos que corresponden a un conjunto arquitectónico diferente, lo que se refleja incluso en la edilicia. De hecho, el muro occidental de la Nave A (1795) es un paramento de adobe de más de 2 m de altura reaprovechado de la fase anterior, siendo su continuación hacia el sur (2056) de tierra pisada y enlucida y construida con un encofrado del que se conservan las huellas en ambos paramentos. Difícilmente hace juego constructivo con los pilares del patio y tal vez sea un edificio construido reutilizando las estructuras de adobe de la fase anterior. Sus divisiones internas son de mampuesto, a diferencia del africanum del conjunto 1. No obstante, sus naves tendrían la misma longitud que las naves 4 y 5 de este último, es decir, 9,70 m siendo la anchura de la única que permite conocer este dato (nave C) algo menor que en estas, solo 3,96 m. Entre los dos sectores hasta ahora descritos se sitúa el ámbito más original del conjunto. Se trata de un espacio rectangular de 16 m de lado menor en el que se inscriben al menos cuatro pilares pétreos (Fig. 17) en opus quadratum dispuestos irregularmente en su interior. Una gran fosa de época andalusí afecta hasta niveles de fundación el sector occidental de este patio impidiéndonos saber si a poniente de los pilares documentados existieron otros que continuaran su ritmo arquitectónico, aspecto que consideramos muy probable ya que las naves con las que se van coordinando y que supuestamente vuelan su primera planta sobre ellos continúan adosándose al conjunto en esta dirección. En la parte superior se advierte la cimentación de la galería del patio tardoantiguo. Parecen definir tres naves en sentido este-oeste con galerías menores en los extremos (3,77 m) y un área central de mayor luz de 5,60 m. Su límite oriental viene definido por el muro de adobe compuesto con barro construido un siglo antes y que ahora se reutilizará en el conjunto edilicio 3, definiendo el angosto espacio de acceso desde el exterior que hemos llamado angiportus, de apenas 1,42 m en su lado mayor (Tabales, 2011, p. El espacio central se abre a las estancias contiguas mediante diferentes tránsitos habiéndose conservado con suficiente nitidez tres de ellos. En definitiva, nos encontramos con un espacio central a la cota +8 m s. n. m. al que se bajaba desde el norte y al que se ascendía desde el sector sur. Igualmente, parece deducirse la existencia de una calle este-oeste que desemboca en el angiportus y separaría los conjuntos edilicios 2 y 3 (Figs. Paramento exterior del conjunto 1 correspondiente al angiportus norte. En primer término, restos del pavimento de losas de la calle; al fondo (izquierda) relieve fálico sobre el último sillar vertical. Obsérvese el escalonamiento de la calle reflejado en el muro. Ya se ha señalado que en el tramo septentrional del angiportus se documenta (parcialmente) un pavimento de losas calizas trabadas con barro tendentes al cuadrado. Estas se asientan sobre un rudus de mampostería caliza de tamaño mediano y constituyen el solado de este pasillo que flanquea por el este la nave 1 descendiendo escalonadamente hasta el espacio central. Precisamente en esta bajada, formando parte del paramento de la citada nave, se localizó sobre una de las cadenas pétreas una escultura en bajorrelieve (Fig. 19) con motivo fálico. Se presenta en estado de erección y con dos elementos relativos al mundo animal como los cuartos traseros y cola (Vargas, 2011, p. Relieve fálico en la fachada oriental del conjunto edilicio 1. Uno de los aspectos fundamentales en la interpretación de estas estructuras es el de sus cotas y su posible doble altura. De norte a sur los cimientos se disponen sobre el terreno natural decreciendo, al igual que este, a lo largo de 40 m desde la cota de +8 m s. n. m. hasta la cota de +6,60 m s. n. m. La técnica general empleada para la construcción del citado conjunto responde al denominado opus africanum. Uno de los sillares del muro occidental de la nave 2 presenta una característica especial. En él puede observarse la inscripción "LCIL" que bien podría tratarse de marcas de cantero o también de cualquier otro tipo de abreviatura. Se constatan una serie de detalles reseñables en este sector septentrional del conjunto; nos referimos por un lado a la colocación del relieve fálico en una de sus fachadas, indicio claro de la necesidad de protección de su contenido o función, y por otro, a la aparición de sendas fosas votivas fundacionales en sus fundamentos con depósitos de ungüentarios en un caso y de pondus de grandes dimensiones en el otro, así como la disposición de una estatuilla femenina de terracota, tal vez una representación de la diosa Diana protegida por un platillo bajo una piedra, en la base de uno de los pilares. La datación por radiocarbono de dos muestras tomadas en los rellenos fundacionales ofrece un abanico temporal que va desde el 110 hasta el 30 a. Por su parte, el estudio de los materiales procedentes de los rellenos constructivos de las estructuras de opus africanum nos ha puesto ante un interesante repertorio de cerámicas locales y de importación que se fechan genéricamente hacia el tercer cuarto del siglo I a. Las producciones que ofrecen esta cronología son las sigillatae de producción oriental de la variante Eastern Sigillata A (Hayes, 1985), encuadrables en el tipo Atlante 3 cuya datación se extiende, entre el 100 a. C. y el cambio de Era, las campanienses mayoritariamente del tipo B caleno y las ánforas locales (con una amplia tipología ovoide) e importadas. A esto hay que añadir la aparición de un conjunto de ungüentarios helenísticos (Oberaden 28/C5) dispuestos en la cimentación del edificio, aparentemente como depósito fundacional. Las trazas tardorrepublicanas del conjunto edilicio del Patio de Banderas perdurarán algo más de un siglo sin apenas alteraciones de interés, si exceptuamos algunos cambios de cota menores y reparaciones que han podido ser fechadas durante el cambio de Era, en concreto entre el 15 a. C. En esta etapa tan solo hemos podido identificar una serie de paquetes de relleno que elevan levemente las cotas de uso, pero cuyos materiales cerámicos (especialmente las sigillatae itálicas) arrojan una cronología posterior a la de los aparecidos en los propios paquetes de cimentación del edificio. Estas unidades están representadas por los números 1879, 1880 y 1883 alzados de cota documentados en las naves septentrionales del conjunto y que oscilan entre +8,86 y +8,72 m s. n. m., no reflejándose niveles de pavimentos claramente identificable, sino solo estos paquetes sedimentarios que elevan la cota de circulación. C., cuando asistiremos a la ejecución de reformas de mayor intensidad encaminadas a la reparación y reestructuración de los antiguos espacios del sector 1. En primer lugar, hemos podido documentar una elevación de las cotas de uso de 1,30 m de potencia en el edificio de opus africanum mediante al aporte de paquetes de relleno muy homogéneos y con una importante concentración de material cerámico (Fig. 20). Planta del conjunto edilicio 1. Reformas del sistema hidráulico en época flavia. Esta elevación se podría explicar por una parte si pensamos que el antiguo edificio contaba con espacios deprimidos en la nave 3 que en estos momentos dejan de tener funcionalidad siendo anulados previo taponamiento con ladrillos pedales de antiguos vanos como los que comunicaban la nave 2 con el ámbito 1 de la nave 3 y los ámbitos 2 y 3 de la misma nave. En el primero, el aparejo que maciza el vano del viejo paramento de africanum estará construido con ladrillos de 0,29 × 0,22 × 0,06 m colocados a soga y tizón alterno algo irregular y trabados con argamasa de cal de buena calidad. Para nivelar las irregularidades de dicho muro se usa una verdugada de tegulae de nivelación. En el segundo se usa un aparejo compuesto en su totalidad por tegulae acuñadas con piezas fragmentarias conformando verdugadas pseudohorizontales tomadas con barro. Otra de las reformas de este periodo es la instalación cruzando todo el sector septentrional del conjunto de una cloaca cubierta por bóveda de medio punto con rosca de ladrillos (1845). Lleva dirección norte-sur y conserva una longitud documentada de 5,08 m. Procede del área central, concretamente del espacio situado entre los pilares 1, 2, 4 y 5 donde se había procedido al relleno de las galerías hasta la cota 10 m s. n. m. (es decir, en más de 1,5 m) para construir un depósito que, en su última fase, la única excavada, presenta una pareja de lacus de signinum colocados en paralelo en dirección norte-sur enmarcados en una cenefa de spicatum. La cloaca lleva también dirección meridiana y atraviesa los muros formeros e internos de la nave 2 saliendo en dirección a supuesta calle septentrional donde debe enlazar con el colector localizado en la excavación de Bendala y Negueruela (Bendala y Negueruela, 1980, p. Ello obliga a elevar la cota de los pavimentos de la nave ligeramente por encima de los 10 m s. n. m. como atestigua uno de los escasos restos documentados de suelo de ladrillos de esta fase (1701). Bajo el angiportus septentrional se ha podido constatar también la existencia de una atarjea de desagüe construida con ladrillos a tizón en la pared y en la tapa y asentada sobre hiladas de nivelación de tegulae que se traban con argamasa con alta concentración de cal. Pensamos que desaguaría hacia el mismo colector que la cloaca descrita en el párrafo anterior. La existencia de dos colectores debe relacionarse con la reforma del contenedor de agua que primero parece conectarse con la cloaca de medio cañón y posteriormente con la adintelada. En el sector meridional se mantuvo la cota primitiva (7 m s. n. m., es decir 5,5 m bajo el suelo actual del Patio de Banderas) si bien se detectan algunas alteraciones destacables como el lógico cegamiento de la comunicación con el sector central donde la subida general de cotas había obligado a eliminar las conexiones entre las naves y el patio a excepción de la constituida por el angiportus que, de cualquier forma, flanqueaba las naves sin entrar en ellas. Los paquetes estratigráficos asociados a la reforma flavia se fechan con bastante precisión entre 70 y 90 d. C. gracias a una impresionante colección de sigillatae gálicas en los que destacan las formas decoradas Dragendorf 29 y Dragendorf 37 y las lisas Dragendorf 15-17, 18, 24-25, 27 y Ritterling 14B, en su inmensa mayoría procedentes del taller de Graufesenque (Millau, Francia: Arnold y García Vargas, e. p.). Por su parte, las cerámicas comunes repiten los tipos de orzas, jarros, jarras y cuencos de las producciones de la segunda mitad del siglo I d. C. que se conocen en el alfar sevillano del Hospital de las Cinco Llagas (actual Parlamento de Andalucía). Las ánforas de estos contextos corresponden a un momento de cierta indefinición en cuanto a la cronología, ya que los repertorios tardojulioclaudios y flavios peninsulares, gálicos o egeos presentes (cf. García Vargas, 2012a) no permiten una datación tan detallada como las sigillatae (y especialmente sus sellos) para las UUEE correspondientes a la gran reforma de la segunda mitad del siglo I d. Lo chocante al respecto de estas sigillatae es que los paquetes constructivos que las contienen no arrojan fragmentos de TSH de Andújar (y sí algunas formas decoradas de Tricio, especialmente Dr. 37). La ausencia de producciones de TSH del Alto Guadalquivir para estas fechas parece un fenómeno recurrente en Hispalis. Y un fenómeno que debe ser explicado, aunque esta cuestión no puede ser abordada en extenso en este trabajo, por lo que remitimos para una primera aproximación a aquellos en los que hemos realizado el estudio (todavía parcial) de las cerámicas del Patio de Banderas (García Vargas, 2012a; Vázquez-Paz, García-Vargas y Maestre-Borge, 2018; Arnold y García Vargas, e. p.). En esta ocasión no podemos más que constatar que la fecha propuesta en nuestros trabajos para esta fase del Patio de Banderas no puede ser más antigua de 70 d. C. (forzando mucho el límite más bajo), si atendemos a la cronología de la sigillata de Graufesenque (tampoco documentamos producciones de otros talleres galos) presentes en los contextos del Patio de Banderas. Al menos en lo que respecta a sus sellos Datación y tipología de los sellos sobre TSG más tardíos de los contextos flavios del Patio de Banderas. Corresponde al momento de destrucción de las estructuras de africanum de este sector del Patio de Banderas cuya cronología debemos situarla en el primer cuarto del siglo III d. C. como demuestran los materiales cerámicos identificados en los paquetes de amortización de los edificios, especialmente las sigillatae africanas de la variante A y C, y las ánforas béticas, lusitanas, africanas, sicilianas e itálicas (García Vargas, 2016). C.) sugerida por la vajilla cerámica se inserta sin problemas dentro de la datación radiocarbónica de la que disponemos, realizada sobre uno de los rellenos de amortización de las estructuras imperiales y que arroja una fecha general dentro de los tres últimos cuartos del siglo II y el primer tercio del III d. C. para la amortización de los edificios tardorrepublicanos Mucho más tarde, tras un abandono de unos doscientos cincuenta años en los que la sedimentación sobre las ruinas del antiguo complejo portuario es lenta y débil, se documenta una nueva fase constructiva que en torno a la última década del siglo V o las dos primeras del VI d. C. se materializa en la edificación de ladrillos con patio central que genera nuevas plantas y orientaciones (Ordóñez et al., 2013; Tabales, 2015). Destrucción y abandono del área portuaria del patio de banderas: cronología y posibles causas A inicios del siglo III d. C. este sector de la ciudad aún conservaba en plena actividad las instalaciones erigidas dos siglos y medio antes. Cierto que se habían emprendido importantes reformas en la zona septentrional del área excavada, se habían realizado correcciones topográficas e incluso se habrían alterado las funciones originales segregando estancias e introduciendo infraestructuras hidráulicas. Sin embargo, a lo largo del primer cuarto de este siglo, la ocupación de los conjuntos edilicios del Patio de Banderas cesa bruscamente, documentándose en los rellenos de amortización un elenco material constituido al respecto de las cerámicas, además de las comunes locales por un amplio repertorio de ARS de las clases A y C (anteriores estas últimas a las H50), de cerámicas africanas de cocina e imitaciones locales y por importaciones de ánforas galas (G4), lusitanas (L3), itálicas (Dr. 24 y almond-rim type), béticas (Dr. 20, K XVI), tripolitanas (T2) y sicilianas (MR 1a), por citar las más frecuentes (García Vargas, 2016). Los rellenos de destrucción que contienen estos contextos materiales parecen haber sido afectados por un violento colapso. Los restos de los muros aparecen desplazados y volcados sobre los pavimentos, siempre vencidos hacia el noroeste. Esto se documenta con especial virulencia en el angiportus oriental y en el pórtico meridional del conjunto edilicio 1, donde los cuadrantes cerámicos aparecieron literalmente desplomados en toda su longitud. Sobre dicho desplome se advierten rellenos arenosos coronados por un nuevo episodio de desplome de estructuras en la misma dirección. En el extremo oriental de la galería se han localizado los restos de un fuste estriado de grandes dimensiones entre numerosos sillares aparentemente volcados desde una altura algo superior, tal vez pertenecientes al pórtico situado sobre el criptopórtico sur. Mezclados con los sedimentos y sobre los bloques y cuadrantes de muros y columnas se localizaron numerosos restos de pavimentos de opus signinum, elementos arquitectónicos decorados, fragmentos marmóreos de sectile, teselas, revocos murarios polícromos, tégulas, ladrillos y adobes que interpretamos como pertenecientes a las estructuras de la parte superior del edificio (Figs. Fuste estriado y bloques volcados sobre la cota 8.50 pertenecientes probablemente a las estructuras romanas situadas al sur de nuestra excavación. Reconstrucción virtual del edificio romano desde el sur tras la destrucción de su mitad meridional a inicios del siglo III. Los estudios microsedimentológicos realizados por Mario Gutiérrez relacionan la causa del colapso de las estructuras romanas del Patio de Banderas con un evento de alta energía que el registro estratigráfico del perfil sureste sugiere incluso que podría haber sido un tsunami. Con carácter preliminar, podemos señalar como indicios de este evento un importante colapso de estructuras arquitectónicas situadas al sur del conjunto que publicamos y que caen como resultado de un solo empuje sobre el pórtico septentrional de nuestro conjunto. Los contextos estratigráficos que las contienen han sido objeto de un estudio multidisciplinar que ha combinado métodos a meso y microescala, reflejándose en esta última aproximación una estructura laminada del registro característica de esta clase de eventos de alta energía. De hecho, el verdadero protagonista del estudio ha sido el análisis de los depósitos laminares, con la idea de realizar una aproximación micromorfológica a los mismos. Esta se ha complementado con la caracterización geoquímica y mineralógica de las microfacies identificadas. Finalmente, un análisis micropaleontológico y de bivalvos completa el estudio. El conjunto de evidencias que comentamos es compatible tanto desde el punto de vista de su estructura microfacial como de sus características físico-químicas con un episodio de alta energía que a partir de los contextos cerámicos y de las dataciones radiocarbónicas disponibles, puede situarse a lo largo del primer cuarto del siglo III d. En los últimos años, la existencia de un episodio de estas características en la zona del golfo de Cádiz ha ganado verosimilitud a partir de las evidencias publicadas en diversos lugares del suroeste de la península, como la barra de Doñana (Lario et al., 2010, p. 311) o el cordón estuarino de Las Nuevas (Rodríguez-Ramírez et al., 2016), con dataciones entre los siglos II y IV y especial incidencia en el III d. C. Igualmente, Gutiérrez-Mas (2011) señala para el estuario del Guadalete litofacies contemporáneas a las de Doñana consistentes con flujos de alta energía, y González-Regalado et al. (2019a; 2019b) publican depósitos en abanico (washover fans) del estuario de los ríos Tinto y Odiel que interpretan como resultado de tsunamis o de tormentas de alta energía. Por su parte, Feist et al. (2019) publican un depósito bioclástico arenoso en Boca do Rio (Portugal) cuya cronología ante quam es 985-1147 cal. CE, si no se excluye una fecha entre los siglos III y V d. En conjunto, todas las evidencias señaladas apuntan hacia un amplio fenómeno sísmico que afectaría sustancialmente al golfo de Cádiz y que estaría representado físicamente por un contenido bioclástico muy erosionado con abundante presencia de Glycimeris sp. A todo lo anterior, habría que sumar las evidencias sismológicas y los horizontes de abandono detectados en el registro arqueológico que se suelen relacionar con un evento de gran alcance, tanto en la vertiente atlántica como en la mediterránea del sur peninsular (Ramallo y Quevedo, 2014; Rodríguez-Vidal, Campos y Cáceres, 2015). C., provocando este último evento daños estructurales en algunos edificios como la basílica, el macellum, el capitolio, las murallas y uno de los acueductos de la ciudad (Silva et al., 2010) (Fig. 17.15B-D). Tanto el registro arqueológico como el geológico del sur de la península ibérica, coinciden, por tanto, en la identificación de eventos de muy alta energía entre fines del II e inicios del III d. C. que probablemente respondan a un solo episodio, una cuestión que debe ser investigada y constatada en los próximos años. La actividad constructiva en la zona, no se retoma hasta muy finales del siglo V d. C. o inicios del VI, momento en el que se construye un complejo edilicio de grandes dimensiones y muros de mampuesto irregular organizado en torno a un patio porticado y con estancias pavimentadas con ladrillos. La función de este edificio se desconoce totalmente. Los escasos elementos de posible uso litúrgico procedentes de la excavación y del entorno inmediato del Patio de Banderas (toda vez que se ha propuesto que el famoso epígrafe funerario del obispo Honorato, hallado en este entorno, fue en realidad una falsificación histórica: Sánchez Velasco, 2012), no confirman con claridad la hipótesis inicial de un complejo episcopal en este lugar, formulado por Bendala y Negueruela a partir de la interpretación como piscina bautismal tardoantigua de algunas de las piletas de la fase tardoneroniana-flavia documentadas en la excavación de 1976. Las evidencias micromorfológicas, geoquímicas y mineralógicas aducidas como prueba de un evento de alta energía como causa del colapso y abandono de las estructuras del Patio de Banderas parecen reclamar la atención más allá del desdén sobre esta propuesta cuyo desarrollo en la investigación futura, ampliada a otros ámbitos geográficos del Bajo Guadalquivir, convendrá seguir con interés. Las causas de que el evento no se haya registrado en el resto de la ciudad, creemos que en principio obedecen a la diferencia de cota entre el área afectada y las áreas cercanas, pero, sobre todo, al hecho de que las pruebas de este tipo de eventos son microsedimentarias, no se imponen por sí mismas y deben ser buscadas. Las labores de limpieza y la reconstrucción subsiguiente de las estructuras afectadas y de las habitaciones inundadas tras un evento de este tipo pueden borrar del registro el evento más severo. De hecho, solo en sectores colapsados y abandonados tras el colapso se hacen evidentes. En la avenida de Roma no se realizó un estudio de este tipo, pero las abundantes evidencias de materiales arquitectónicos desplazados y descontextualizados que se documentaban en los contextos de abandono de una parte del sector meridional del complejo portuario pueden asociarse al mismo episodio de alta energía. Es evidente que fenómenos de abandono y reestructuración como este no pueden explicarse con una sola causa. Pero la falta de labores de reconstrucción y reutilización de todo este sector de la ciudad, ocupado a partir de estos momentos por sepulturas y hornos cerámicos, según se documenta con claridad en la avenida de Roma, sugieren que, de verificarse su existencia, se trató de un fenómeno puntual que vino a afectar a un entramado portuario y comercial ya en crisis por causas de tipo socio-económicas cuyo carácter no puede ser tratado en este trabajo. Contexto portuario e interpretación de los conjuntos edilicios romanos del Patio de Banderas Las estructuras tardorrepublicanas e imperiales del Patio de Banderas constituyen un testimonio material de primer orden no solo acerca de las etapas fundacionales e iniciales de la Colonia Iulia Romula, sino también sobre el origen y evolución de su emporium. Sobre la pendiente meridional de la terraza +7 m s. n. m. que desciende hacia la confluencia del Guadalquivir y el Tagarete y a lo largo de la llanura contigua de inundación hacia el sur (en términos actuales, entre el Palacio Arzobispal y el Palacio de San Telmo-Cristina) se produjo entre la época de fundación de la colonia (ca. C.) y la tempranoaugustea (en torno al cambio de era) la urbanización de todo un amplio sector ocupado hasta entonces por estructuras productivas muy dispersas como los hornos "turdetanos" del Palacio Arzobispal, las instalaciones agrícolas de la primera fase romana del Patio de Banderas y tal vez los hornos cerámicos prexistentes en el sector de la avenida de Roma, si es que estos no se asocian a los edificios de almacenamiento de la fase preflavia (González Acuña, 2011, p. Estas instalaciones suburbanas fueron sustituidas por un amplio programa de urbanización del área empórica que incluyó la previsión de numerosos edificios de almacenamiento de mercancías que no son los únicos con los que contó la ciudad, pues podemos añadir a ellas las que Ordóñez y González Acuña (2009a; 2009b) publicaron como correspondientes a horrea situados fuera del recinto portuario meridional como el de la plaza de la Encarnación o el recinto de la calle Francos, de difícil interpretación. Dicho trabajo constituye la primera aproximación al sistema de almacenes de la ciudad de Sevilla y se complementa con los datos contenidos para la ciudad por el trabajo póstumo de B. Goffaux recientemente publicado (2018), con las informaciones generales sobre los servicios portuarios de Hispalis contenidos en otros trabajos recientes (García Vargas, Ordóñez y Cabrera, 2017; Cabrera, 2019) y con los datos que ahora publicamos sobre el Patio de Banderas. Por otra parte, el hallazgo y excavación aún en curso del edificio de "La Florida" añaden al sector portuario meridional una amplia zona hacia el noreste que era hasta ahora simplemente desconocida. Este sector portuario meridional puede considerarse como el principal o más importante de un sistema portuario que se extiende río arriba del Guadalquivir hasta varios centenares de metros al norte del límite urbano. El plano publicado por Carlos Cabrera (2019) representa precisamente esta área "empórica" meridional mediante un amplio polígono que ocupa el interfluvio meridional de los ríos Guadalquivir y Tagarete. Los hallazgos de La Florida ampliarían unas centenas de metros hacia el este dicha área, pero en lo sustancial se trataría de una extensión importante dedicada igualmente a instalaciones de almacenaje y de servicio portuarios. Por lo general, las áreas de almacenaje de los puertos antiguos no son "polígonos" dedicados en exclusiva a esta función, sino que conviven con otras instalaciones relacionadas de alguna manera con el tráfico comercial: mercados, tabernae, sedes de corporaciones o scholae, templos y sacella... en conjuntos abigarrados que constituyen un parcelario y una red de circulación mejor o peor planificadas. Las estructuras del Patio de Banderas, y también las de la avenida de Roma, situadas unos 370 m al sur de las primeras, parecen responder a un esfuerzo planificado de las áreas de actividad portuaria de la ciudad de Hispalis en el extremo meridional extramuros de la ciudad. En ambos casos, nos encontramos ante estancias alinedadas entre sí cuyas características generales hacen pensar en estructuras de almacenamiento. En el caso de la avenida de Roma, las habitaciones, realizadas en sillarejo irregular se distribuyen alineadas a lo largo de dos calles que se cruzan entre sí en dirección norte-sur y este-oeste. La intervención realizada en este lugar entre 2003 y 2004 (Gamarra y Camiña, 2006) no permite conocer la cronología de esta fase inicial de la avenida de Roma, pero las reformas radicales de los espacios y la pavimentación de las calles con lastras de losas parecen corresponder a época flavia. La edilicia de los almacenes originarios, no tan cuidada como la de los edificios del Patio de Banderas, pero desde luego anterior a la masiva utilización del ladrillo y la tégula ya en época julio-claudia, sugieren una datación tal vez augustea, la de las primera producciones cerámicas aquí documentadas, entre ellas algunas ánforas completas que parecen corresponder a la forma Oberaden 83 (Ordóñez y González Acuña, 2009a), para estas edificaciones, aproximadamente contemporánea a las del Patio de Banderas y, por lo tanto correspondientes a una primera fase de "urbanización" del sector portuario sobre la llanura (inactiva) de inundación del río. Esta contó con una hilera de almacenes alargados de los que no se dan las dimensiones, pero que pueden estar en torno a los 10 × 3 a 5 m flanqueando por poniente una calle sin pavimentar, y un almacén cuadrado de unos 10 × 10 m limitando por el norte la vía este-oeste. Las márgenes contrarias de ambas hileras de edificaciones quedaron en los perfiles de la intervención. La falsa impresión de que se trata de un conjunto de edificaciones en torno a un gran espacio central viene dada por el hecho de que el área de excavación (la superficie de un parking subterráneo que ha destruido el conjunto) tenía forma de L. Lo sean o no lo sean, lo único que se puede asegurar en el estado actual de la investigación es que parte de los edificios excavados daba a calles perimetrales en sus fachadas exteriores. La reforma flavia de las estructuras de la avenida de Roma, contemporáneas a las del Patio de Banderas y realizadas ahora con semejante edilicia (tégula y ladrillo), incluyó la construcción de lo que se ha interpretado como una schola o sede de corporación comercial cuyo pavimento de signinum tessellatum fue donado, según la inscripción de la banda teselada que se conservaba parcialmente, por dos libertos, seguramente padre e hijo, llamados Caius Publilius Atticus y Caius Publilius Herculanus (Camiña y Gamarra, 2006). Junto a la construcción de este nuevo edificio situado entre los antiguos almacenes se documenta ahora la pavimentación de las calles que se cruzan en dirección norte-sur y este-oeste flanqueando las estructuras, la creación de pórticos en la margen oriental de la calle este-oeste, la introducción de canalizaciones y atarjeas de ladrillos y la reconstrucción de muchos de los almacenes de la fase anterior ahora en opus latericium. La publicación de la intervención no deja claro, sin embargo, si se mantuvo en esta fase la misma división interna de los espacios, pues solo señala la continuidad de las alineaciones. Centrándonos ahora en el Patio de Banderas, tenemos una construcción ex novo sobre los restos de edificaciones artesanales de principios del siglo I a. C. que consta de los siguientes elementos: un patio central con pilares que soportan aparentemente las plantas avanzadas de dos grupos de espacios; uno de naves alineadas entre sí y cuyos lados cortos meridionales dan al patio central y cuyo extremo contrario da a una calle, y otro con naves de mayores dimensiones que en sus lados cortos septentrionales abren al patio central y en sus lados cortos meridionales lo hacen a un galería porticada (Figs. Planta de los conjuntos edilicios portuarios del Patio de Banderas antes de la reforma flavia. Reconstrucción virtual del conjunto edilicio 1 del patio de Banderas antes de la reforma de época flavia. El conjunto continúa hacia el oeste, perdiéndose más allá de los perfiles de la excavación y está limitado al este por un angiportus escalonado que flanquea las naves septentrionales, las meridionales y desemboca en el criptopórtico columnado, dicho de otra manera, comunica la calle septentrional con la galería meridional dando acceso al patio del conjunto edilicio 1 y separando este conjunto de otros grupos de edificios similares situados más al oeste (conjuntos 2 y 3). El estado de conservación de los muros del conjunto 3 (naves A, B, C, D) no es lo suficientemente bueno para que puedan a priori descartarse conexiones entre ambos conjuntos, es decir, que las naves orientales den también al patio central. Pero la edilicia de la fachada occidental del conjunto 3, que es la que cierra el angiportus hacia el este, incluye largos tramos de muro de adobes reutilizados de las estructuras anteriores que se antojan demasiado débiles como para soportar el peso de una techumbre o una primera planta adelantada sobre los pilares del patio. Además, la anchura del angiportus en el tramo que constituye la galería oriental del patio es mucho menor que la que tienen las otras dos galerías meridional y septentrional, de modo que se diría que está concebido más como accesos desde las calles exteriores que como elemento constitutivo de una de las alas de un patio. El esquema que proponemos para los edificios del Patio de Banderas corresponde a grandes rasgos a un modelo de edificio de almacenamiento y de actividad artesanal y administrativa propio de ámbitos portuarios que E. G. Rickman (1971, p. 77) definió como almacenes de forma cuadrangular con patio central (porticado o no), un modelo que se supone que se generaliza a partir de los últimos siglos de la República y que constituye el modelo habitual de los almacenes de redistribución, públicos o privados, también durante el Alto Imperio (Virlouvet, 2018, p. Se trata de espacios de almacenamiento y trabajo que rodean un área central abierta en sus cuatro lados o en tres de ellos. En nuestro caso, las alas conectadas con el patio central parecen ser la septentrional, la meridional y es probable que también la occidental. En el patio se conservan tres de los pilares (noroeste, noreste y suroeste) de sustentación del área porticada que, pensamos, soportaba, como se ha dicho, una planta volada sobre la de base de las naves. Del suroeste se documenta su zanja de expolio, mientras que de otros dos situados más al este no queda testimonio, pero sin duda existieron en función del ritmo constructivo de estos elementos con respecto a las fachadas de las naves. Lo que ocurre es que una enorme fosa de expolio almohade ha borrado en este sector todo rastro de las estructuras anteriores. Los pilares se enfrentan en todos los casos a contrafuertes o engrosamientos de las paredes de las naves, lo que a la vez es indicio de existencia de alguno de los desaparecidos, como el que debía enfrentarse al muro de fachada de la nave 3, y sugerencia de su función portante con respecto a un voladizo construido del que recibirían el peso. En cuanto a la circulación interna del conjunto 1, debe recordarse que este se encuentra situado entre un conjunto edilicio septentrional (el 4, excavado parcialmente por Bendala y Negueruela) del que lo separaba una calle este-oeste, conocida por haberse documentado su cloaca en la misma dirección; una serie de conjuntos edilicios (el 2 y el 3) de los que lo separaba el angiportus oriental y una nueva serie de edificaciones solo documentada por un muro en el perfil con la misma dirección que la calle porticada que separaba amos conjuntos. Finalmente, parecen existir indicios suficientes para proponer una calle que en dirección también este-oeste viene a insertarse en el angiportus entre la esquina sureste de la nave A y el pilar 1 del patio y que, a su vez, separaba el conjunto de las naves A, B, C y D de un conjunto (el 2) que se insinúa al norte de este y al este del tramo septentrional del angiportus. Los accesos directos al patio central se hacen, por tanto: por el extremo septentrional del angiportus, flanqueando el paramento oriental de la nave 1; por el extremo oriental del angiportus, flanqueando la misma fachada de la nave 4, y por el ángulo noreste del patio en la intersección de una calle este-oeste con el angiportus. Las naves que tienen acceso con claridad al patio en planta baja son las meridionales (4 y 5) y las septentrionales (1, 2 y 3). Hay que señalar, sin embargo, que no todas las naves del ala norte presentan sus pavimentos a la misma altura. Sobre la nave 1 apenas hay datos porque esta área no se ha excavado totalmente; la nave 2 tiene una cota de base de +8,05 m s. n. m., conseguida gracias a un relleno constructivo fechado en el momento de edificación del conjunto, y la nave 3 desciende hasta la cota 7,58 m s. n. m. El umbral del vano entre ambos espacios se encuentra a la altura del nivel de circulación de la nave 2, de manera que la nave 3 en todos sus compartimentos debió contar con un suelo de tablas que crease un sótano o se debió acceder a él mediante una escalera. Ambas soluciones son posibles a la vista de los restos de pilares y estructuras de apoyo que no están lo suficientemente bien conservadas como para poder decidirse en ninguna dirección concreta. La reforma flavia consistió en una subida general de cotas en el sector septentrional. Ello creaba un desnivel de al menos 2 m cuya transición se solucionó con la construcción de una estructura de aterrazamiento que consistió en el relleno del área entre las naves septentrionales y los pilares 1 y 2 con piedra menuda careada. Sobre esta plataforma se dispuso una estructura hidráulica, sin que sea posible determinar si esta se halló en el interior de la planta volada de la nave o al aire libre una vez desaparecido este saliente y macizada la galería sobre la que volaba. La división interna de la nave 1 en dos ámbitos (A1 y A2) parece haber seguido existiendo, aunque ahora desplazando su vano, según atestigua el nuevo umbral de paso del que se conserva un fragmento de pavimentación en ladrillos (1701). Por debajo de este nivel (10,30 m s. n. m.) y coincidiendo en su paso con la nueva puerta, la canalización de desagüe de la estructura hidráulica rompía el muro divisorio, aunque toda esta obra quedaba ya bajo cota de circulación y oculta a la vista. Lo más probable es que se optara por la elevación importante de las cotas y la conexión de estos espacios con la calle septentrional (hacia la que vierte la cloaca), cegándose la conexión con el patio mediante el aterramiento de los niveles bajos de las naves. El sector sur quedaba inalterado, pero era el único que mantenía conexión con el patio, reducido ahora a galería trasera de las naves meridionales y menguado en longitud. En el edificio del Patio de Banderas la introducción de esta infraestructura hidráulica supuso la subida general de cotas y la anulación al menos de las antiguas plantas bajas de unas naves cuya función debió cambiar radicalmente. Las piletas aparentemente de la misma época, algunas interpretadas en su día como posible estructura litúrgica de tipo bautismal, de la zona excavada por Bendala y Negueruela y el conjunto de atarjeas de evacuación documentadas en toda esta zona hacen pensar en una función relacionada con la profusa utilización del agua, probablemente de tipo artesanal. Ello quiere decir que los cambios en la infraestructura hidráulica de estos edificios, supondrían si no la renuncia al empleo como áreas de almacenaje de estos conjuntos edilicios, al menos sí su convivencia ahora con otras funciones. Al contrario que en las casas y espacios de habitación, resulta difícil encontrar pozos, cisternas o letrinas en los edificios concebidos como conjuntos de almacenes (Malmary y Karvonis, 2016, p. La remodelación estructural en época flavia supuso en el Patio de Banderas, y también en la avenida de Roma, la implantación de un sistema de atarjeas y, en el Patio de Banderas al menos, de piletas de ciertas dimensiones. Ello no debe entenderse como la transformación en residencial de estas áreas comerciales y de almacenamiento, sino más bien como una prueba del dinamismo de las mismas que añaden muy a menudo funciones artesanales a las propias del almacenamiento de los productos y su venta, lo que obliga a planificar estos edificios y sus espacios como áreas multifuncionales concebidas con un carácter eminentemente comercial (Karvonis, 2008, p. Ciertos muros cortos y muy pegados a los formeros del interior de las naves de la avenida de Roma, hacen pensar incluso en apoyos de escaleras hacia segundas plantas que pudieron ser de habitación. Asociación entre pilas de signinum y estructuras de almacenamiento en un mismo conjunto se dan en el llamado grand complexe artisanal julio-claudio de Saint-Romain-en-Gal que además de un conjunto de tiendas-almacenes dispuestas en torno a un patio central contó, adosada a las estructuras de su ala septentrional, con una fullonica o tintorería que estuvo dotada de cuatro pilas de trabajo inscritas en una estructura común (Lavoche y Savay-Guerraz, 1984, fig. 46). La distribución en torno a un espacio abierto central es frecuente en las áreas portuarias puesto que aúna, debido a complejos sistemas de acceso, las ventajas del aislamiento de los almacenes y tiendas que abren a un espacio cerrado común, con las ventajas de las tabernae abiertas a las calles más transitadas. Los conjuntos arquitectónicos centrados en patios pueden igualmente agregarse unos a otros situándose a ambos lados de las vías urbanas con lo que cada edificio constituiría una manzana. Este sistema es bien conocido en Delos (Malmary y Karvonis, 2016), donde encontramos para los últimos años de la República una solución de tránsitos muy similar al del conjunto arquitectónico que presentamos: calles laterales separando manzanas comerciales y acceso al corazón de cada una de estas manzanas por vías y angiportus que los atraviesan comunicando las calles exteriores a través de los patios centrales de cada uno de los tres complejos existentes: grupo delta, almacén épsilon y almacén de las columnas. Frente a otros complejos de almacenes más o menos contemporáneos, como el hoy sumergido del Portus Iulius de Baia (Gianfrotta, 2012), el del Patio de Banderas no presenta una serie de ámbitos perfectamente simétricos y de las mismas dimensiones en torno a un patio. En realidad, en el caso que nos ocupa, la forma y las dimensiones de las naves son tan diferentes en el extremo norte y el sur del patio que necesariamente ambos grupos tienen que servir a propósitos diferentes. El grupo septentrional recuerda a las naves estrechas y con divisiones internas del recinto comercial augusteo organizado en torno a un patio de Nauportus, un puerto fluvial del territorio de Aquileia. Aquí las naves se agrupan de dos en dos o de cuatro en cuatro para conformar subconjuntos o edificios individuales dentro del complejo, separados entre sí por angostos pasillos o ambitus (Horvat, 2008, p. Tal vez un ambitus de este tipo sea lo que hemos denominado angiportus que funciona en nuestro caso como acceso y como separación entre conjuntos edilicios. Una solución de este tipo se adivina también en la muy defectuosa planimetría del conjunto de la avenida de Roma entre los grupos de almacenes meridionales que flanquean la calle norte-sur. En el Patio de Banderas, las conexiones entre las naves septentrionales 1 a 3 sugieren su pertenencia a un solo edificio o subconjunto centralizado en torno a una habitación abierta o patio (nave 2) que daría paso por el este a un espacio bipartito (nave 1) y por el oeste a otro tripartito (nave 3) y deprimido con respecto al nivel general del grupo al menos 1 m. La funcionalidad de este grupo concreto se escapa, pero tal vez el subterráneo esté relacionado con la obtención de las condiciones necesarias para el almacenamiento de cereales mientras que la nave 2 sea poco más que un distribuidor con condiciones de luminosidad suficientes. La nave 1 pudo funcionar como nave residencial, como espacio administrativo o como espacio multifuncional. Hay que recordar que las decoraciones de estucos y los suelos de signinum documentados en los rellenos de estas habitaciones hacen pensar en la existencia de plantas superiores tal vez acondicionadas como viviendas (aunque carecemos de evidencias de escaleras de acceso como en Delos (Karvonis y Malmary, 2009). El grupo meridional de naves del conjunto 1 presenta las características canónicas de los espacios de almacenamiento, incluyendo el pilar central de sustentación del forjado de la nave 4 y los anclajes sobre el pavimento de signinum y la pared de africanum de ambas naves para armarios y estanterías que organizasen el espacio interno. Este sector parece haber continuado cumpliendo la misma misión incluso después de la reforma tardoneroniana o flavia que transformó funcional y estructuralmente las naves del ala septentrional. Con respecto a la tipología funcional de los conjuntos edilicios del Patio de Banderas y dada la coexistencia de espacios de trabajo multifuncionales y de almacenes en el sentido pleno del término, nos sentiríamos inclinados por incluirla en la categoría B de Bernardos y Virlouvet (2016, pp. 73 ss.), es decir, en la categoría de áreas de uso mixto de almacenamiento como etapa temporal de distribución de los bienes (Bb) o para la redistribución terminal de los mismos (Bc), sin que hasta el presente podamos determinar qué clase de mercancía se almacenaba en nuestros conjuntos más allá de la constatación de conjuntos tipológicamente muy homogéneos de ánforas (como la enorme colección de Lusitana 3 y, en general, de ánforas de vino, de la fase de destrucción de los almacenes: García Vargas, 2016) o la constatación de zonas con posible doble suelo (¿para almacenamiento de cereales?).
Se estudian y se revisan algunos aspectos de la secuencia constructiva de las edificaciones palaciales post-orientalizantes del Suroeste peninsular, desde las fases más antiguas hasta su desaparición a finales del siglo V a. C. Todas ellas parecen experimentar procesos análogos que permiten conectar las transformaciones arquitectónicas observadas con decursos históricos e ideológicos de carácter general, relacionados con el surgimiento, desarrollo y desaparición de las aristocracias rurales de esta región a finales de la Primera Edad del Hierro. PALABRAS CLAVE: Edad del Hierro; Península Ibérica; Suroeste; Arqueología de la Arquitectura; Complejos Monumentales; Aristocracia. I. LA NUEVA EDAD DE HIERRO En los últimos años hemos asistido a un incremento sustancial del número de edificios palaciales conocidos en el ámbito de la Protohistoria del suroeste peninsular, más concretamente en el entorno de los cursos medio y bajo del Guadiana, zonas grosso modo coincidentes con la Baja Extremadura y sur de Portugal. Cancho Roano1 es el ejemplo mejor conocido -ya paradigmático-de una serie de construcciones idiosincrásicas a las que se suman el complejo de La Mata (Campanario, Badajoz) 2 y un creciente repertorio de sitios portugueses del Alentejo central e inferior. Entre estos últimos, cabe destacar los conjuntos del Espinhaço de Cão y Malhada das Taliscas-4 3, excavados en el ámbito de los trabajos de salvamento de la presa de Alqueva; el edificio de Fernão Vaz 4, referencia ya clásica de la Edad del Hierro en la región de Ourique; y las estaciones de Neves I, Neves II y Corvo I, en las que se investigó durante los años 80 del pasado siglo con motivo de los trabajos de explotación del área minera de Castro Verde, en el Bajo Alentejo 5 (Fig. 1). Todos estos sitios cuentan con una serie de elementos comunes, referidos al modelo de poblamiento que representan, a su función residencial y a su significación política e ideológica, que permiten enfocar su estudio de manera unitaria, como ya ha sido expuesto en varias ocasiones 6. Así, todos ellos aparecen aislados en medio de entornos agrestes, sin asociación directa con núcleos de población concentrados, definiendo una vocación marcadamente rural. Además, algunos presentan en su organización espacial similitudes significativas que permiten proponer que están sujetos a un modelo arquitectónico común, con las implicaciones funcionales y culturales que ello comporta8. En lo que al ámbito extremeño se refiere, los ejemplos aducidos (los únicos excavados) parecen formar parte de una amplia lista de yacimientos emparentables, que hoy se nos revelan como simples túmulos aislados en el terreno agrícola, en algunos de los cuales se ha recogido material de la época 9. Su área de extensión excede, incluso, la actual demarcación autonómica para adentrarse en algún caso en la provincia de Córdoba, como sucede con el yacimiento de La Atalayuela, en la comarca de Los Pedroches10. Los casos conocidos, a pesar de la escasez de prospecciones realizadas, suman ya una veintena, lo que obliga a entender estas construcciones monumentales como un elemento característico y definidor del paisaje arqueológico del Guadiana medio a finales del Hierro Antiguo11. Por su parte, del lado portugués, la menor monumentalidad de los sitios provoca que su visualización sea inferior, si bien los resultados de las prospecciones intensivas en el Alentejo central hacen que seamos optimistas en cuanto a las posibilidades de futuro. Por otro lado, a la aún magra lista de sitios lusitanos, habría que añadir algunas estaciones clásicas, como el llamado castro de Azougada que, sin duda, esconde una edificación idiosincrásica, quizá de funcionalidad religiosa 12; mientras que otras formaciones tumulares de gran tamaño, recientemente detectadas, podrían albergar construcciones monumentales de signo similar a las extremeñas 13. La cronología de todas estas estaciones se sitúa en torno al siglo V a. C., coincidiendo con el final de la primera Edad del Hierro, en lo que se ha dado en llamar el período post-orientalizante14. Este término, de pretensiones inicialmente cronológicas, ha pasado después a adquirir connotaciones culturales15, de manera que actualmente se aplica con carácter general para designar el contexto histórico que protagonizan estas construcciones monumentales a lo largo de los cursos medio y bajo del Guadiana, constituyendo, hoy por hoy, la denominación que mejor permite reconocer el fenómeno como un episodio arqueológico unitario y diferenciado. Dicho contexto histórico empieza a ser mejor conocido a partir de algunas excavaciones en poblados, necrópolis o explotacio- nes rurales relacionadas con estos centros que, en la mayor parte de los casos, y como ellos, se abandonan a finales del siglo V a. C., dando paso a la segunda Edad del Hierro. Así pues, el Post-orientalizante, entendido como un fenómeno histórico y arqueológico que afecta a una parte importante del Suroeste peninsular durante el siglo V a. C., empieza a constituir una unidad cultural bien personalizada cuyo elemento más característico es, precisamente, esta arquitectura monumental de implantación rural que, junto con otros componentes, permite diferenciarlo de complejos culturales como el Turdetano o el Ibérico Antiguo, que florecen coetáneamente en las áreas próximas del Bajo Guadalquivir o el Alto Guadiana, respectivamente 16. Una de las constantes de todas estas edificaciones post-orientalizantes es la de subrayar elementos simbólicos como su orientación (casi siempre hacia el Este) o la elección de espacios que pueden haber tenido una especial significación en momentos anteriores. Esto último es algo que se aprecia especialmente bien en los casos de Cancho Roano o Neves II, construidos sobre restos de ocupaciones más antiguas. Pero también se observa en otros emplazamientos como Fernão Vaz, que, a mayor escala, se implanta en un territorio donde los monumentos funerarios de la Edad del Bronce, adquieren especial protagonismo, algo que se refleja en el propio formato que adoptarán las abundantes necrópolis de la Edad del Hierro de la zona 17. Pero, por sus especiales características, y por su condición de yacimiento-guía, interesa destacar los elementos de simbología antigua de Cancho Roano, representados por una estela de guerrero y una construcción oval que precede a toda la secuencia constructiva del yacimiento, y que constituye la llamada fase D. La estela (Fig. 2.1) aparece reaprovechada en la escalinata de acceso al complejo. Al margen de sus Figura 2. Estela decorada de Cancho Roano; 2. Estructura de Cancho Roano-D; 3. Recreación de la disposición de una estela de guerrero en el Bronce Final (dibujo J. Suárez). En este panorama es donde puede cobrar su significación la estructura hallada en los estratos más antiguos de Cancho Roano, ocupando lo que después sería la habitación H-3 (Fig. 2.2). Se trata de una construcción de tendencia oval, aunque la afección que ha sufrido por causa de las cimentaciones posteriores, que la han cortado parcialmente, podría haber camuflado su forma originaria. Está constituida por una sola hilada de piedras colocadas con descuido, incluso en su perímetro exterior20. La interpretación que se ha dado a estos restos es la de una cabaña (o una cabaña de culto) 21, atribución que parece descar- table, vista la constitución maciza de la edificación y sus reducidas dimensiones (3 x 1,5 m aproximadamente). Junto con esta opción se señala, en términos de desideratum, la posibilidad que dicha construcción oval fuera un túmulo funerario orientalizante que estaría rematado por la estela de guerrero, algo que, extrañamente, no se verificó en la excavación22. Sin embargo, vistos los resultados de la prospección en Almadén de la Plata, la posibilidad de asociar la estela con la estructura de Cancho Roano D adquiere mayor consistencia que la de una ensoñación, aunque a la vista de los datos disponibles, creo que es mucho más verosímil atribuir esta posible conjunción a un monumento ya existente en el Bronce Final, en la línea de lo anteriormente señalado, que no a un improbable pastiche orientalizante de signo funerario, que los datos arqueológicos no avalan. Más fácilmente identificables como una cabaña son los restos subyacentes al edificio post-orientalizante de Neves II, en el Bajo Alentejo, excavados en los años 80 por Manuel y María Maia. Se trata de una estructura también de tendencia oval, de 7,5 x 5,5 m aproximadamente. Los vestigios se conservan en forma de zanjas de deposición que definen el perímetro oval de la estructura, en cuyo interior se reconocen los agujeros de dos postes, situados en el eje longitudinal. Entre el material recogido se señala algún elemento metálico y cerámicas con decoración bruñida, propios del Bronce Final23. Cabría cuestionarse si cuando se decidió instalar el complejo post-orientalizante de Neves II sobre esta loma próxima a la Ribera del Oeiras quedaba aún en superficie algún vestigio visible de la ocupación prehistórica, pero dos hechos deben ser tenidos en cuenta a la hora de establecer una posible relación entre ambas ocupaciones. En primer lugar, el gran tamaño de la cabaña, de casi 8 m de longitud, que supera ampliamente los estándares de una unidad habitacional al uso, por lo que podría tener una significación idiosincrásica, o ser un espacio de reunión, enclavado en un lugar dotado de especial simbología. En segundo lugar, el hecho de que la cabaña se sitúe justamente debajo de la estancia más significativa y de mayor tamaño del complejo protohistórico de Neves II: una habitación cuadrada situada por debajo del nivel del resto de los suelos (actuando, pues, a modo de cripta) a la que se desciende por unas escaleras y en la que se ubica un gran hogar de forma cuadrada que ocupa una situación central, por lo que quizá sobre los restos de la cabaña quedase algún elemento visible o algún vestigio que hubiera mantenido la memoria del sitio. Por consiguiente, los ejemplos examinados, a pesar de su escasez, parecen reflejar una pauta por parte de estas edificaciones a la hora de elegir sus emplazamientos en lugares que tienen una especial significación, apropiándose así de los elementos semiológicos que les dan contenido y que están relacionados con un uso anterior de marcado carácter simbólico. Sin embargo, al contrario de lo que podría pensarse, estas ocupaciones precedentes no corresponden a los momentos inmediatamente anteriores a la instalación de los edificios -es decir al período orientalizante-sino que se retrotraen en el tiempo, al menos, hasta finales de la Edad del Bronce. Lo mismo puede ser planteado para el caso de Fernão Vaz, donde los referentes monumentales de un entorno densamente poblado en la época, son las necrópolis del Bronce Pleno, respondiendo a un proceso de legitimación ideológica que cuenta con otros ejemplos en el suroeste post-orientalizante24. En algunos casos, como en la necrópolis de Tera, los elementos simbólicos aluden a un pasado mucho más antiguo, al ubicarse los enterramientos entre varias formaciones de menhires, dentro de un paisaje donde se localizan varias sepulturas megalíticas 25. Este escenario de búsqueda de referentes simbólicos antiguos, que obvian expresamente la época orientalizante, sugiere una ruptura con las estructuras políticas de este momento por partida doble. Primero, porque una necesidad tan palmaria de buscar nuevos elementos legitimadores debe estar indicando que la transferencia de poder no se ha efectuado de manera ordenada o natural, como debe indicarlo también el que la mayoría de estas implantaciones sean nuevas. Segundo, porque el que se encuentren estos referentes justamente en los momentos anteriores al periodo orientalizante, apunta, igualmente, a que exista una intencionalidad expresa de romper (si no de sustituir o suplantar) con las genealogías aristocráticas de los siglos VII y VI a. Ello no implica, necesariamente, que las estructuras del poder dejen de revestirse de las formas externas propias de la aristocracia orientalizante. Los modos de vida palacial (trasladados al ámbito de lo rural), o algunos elementos ceremoniales (como las prácticas lustrales representadas por los jarros y los braseros, sometidas a unas nuevas condiciones de producción y circulación de bienes de lujo26 ), evidencian el mantenimiento de unas fórmulas similares a las orientalizantes por parte de estos nuevos linajes emergentes. El propio culto a los antepasados puede, incluso, referirse como un elemento de continuidad ideológica a este respecto. Lo que sucede es que, debido a causas de coyuntura histórica, los ancestros deben ahora ser sustituidos por recuerdos mucho más remotos. La secuencia ocupacional documentada en Cancho Roano, y el creciente número de edificios reconocidos y estudiados que se pueden relacionar con las distintas fases evidenciadas a lo largo de la misma, permiten efectuar una primera aproximación de carácter general a los procesos arquitectónicos que se producen en todo el espacio geográfico ocupado por estas construcciones. Además, dado el papel político que estos centros desempeñan, tales procesos constructivos se pueden vincular con transformaciones de orden ideológico e histórico que contribuyan a explicar su surgimiento, su desarrollo y su extinción en las postrimerías del siglo V a. C. Algo de esto ha sido ya puesto de manifiesto para las fases más recientes, en las que se observa un proceso de privatización simbólica de los espacios -en realidad de unos espacios que ya de por sí son privados-que parece ser común a algunos de estos complejos en el momento previo a su abandono27. De ahí que sea oportuno profundizar en el análisis arquitectónico desde las fases más antiguas con el objeto de intentar determinar posibles comportamientos análogos también en los momentos iniciales del fenómeno. No obstante, este propósito se ve dificultado por la reducción en la cantidad y la calidad de la información que poseemos de estas fases más antiguas. Por un lado, los restos constructivos de Cancho Roano se van viendo recortados por la superposición de estructuras posteriores que merman su integridad y su continuidad, mientras que en algunos yacimientos próximos los horizontes correspondientes a estas etapas ni siquiera están representados. Por otra parte, los datos de estas fases antiguas son conocidos de manera provisional, a través de sucintos avances y no de memorias detalladas como las que existen para las excavaciones de la fase final del edificio, cuya periodicidad ha decrecido abruptamente en los últi-mos tiempos. Las limitaciones del registro y la escasez de los datos de base auspician, por tanto, que futuros trabajos puedan matizar o complementar el modelo que aquí se presenta. Ya he señalado anteriormente la importancia que parece cobrar en algunas de estas implantaciones la preexistencia de elementos simbólicos antiguos que confieren un carácter especial -con toda probabilidad sacro-a los espacios en que se ubican los edificios. En los casos conocidos, estos elementos se refieren a un pasado anterior al momento orientalizante, estableciendo un lapsus secuencial de varias generaciones en la ocupación (una ocupación que, conviene subrayarlo, no siempre fue de tipo habitacional). En el momento orientalizante, la idiosincrasia de estos espacios (sin duda persistente) no se subraya o dignifica mediante la edificación de los sitios, ni hay vestigios significativos de ocupación en los mismos, por lo que debemos pensar que su especificidad se deba más al papel que pudieron haber desempeñado en el pasado que al que se les confiere en los siglos VII y VI, época en la que desarrollarían una función sacra remanente o secundaria. Lo que se produce a inicios del período post-orientalizante es, precisamente, la reivindicación de estos lugares y la reactivación de su importancia simbólica, al ser elegidos como sede para la ubicación de los nuevos emplazamientos. Esto es algo que no siempre será posible verificar arqueológicamente, pues la condición sacra de un entorno no requiere necesariamente de vestigios de carácter antrópico. Además, vista la abundancia de conjuntos monumentales que pueblan algunas zonas del territorio estudiado, es posible que algunas implantaciones se hayan sacralizado artificialmente en función de las nuevas conveniencias y necesidades (con concurrencia o no de referentes antiguos). Otro de los aspectos que conviene destacar, es que los elementos antiguos que subyacen a algunas de estas implantaciones son fácilmente vinculables con el culto ancestral. Así, por ejemplo, la estela decorada de Cancho Roano, que puede asimilarse, como todas las de su grupo, a representaciones de personajes heroizados. O las cabañas de Neves II que, como he señalado anteriormente, podrían corresponder, conforme a su tamaño y a su carácter aislado, a un punto de reunión o de encuentro de significación política. Esto es importante porque el culto ancestral será uno de los elementos definidores de la ideología aristocrática a lo largo de todo el Post-Orientalizante, y resulta significativo reconocer sus principios desde las fases originarias del fenómeno 28. En este contexto inicial, el que estas referencias apunten hacia los momentos previos al Orientalizante y el que todas las estaciones conocidas sean implantaciones nuevas, hace pensar en el surgimiento de grupos aristocráticos emergentes que requieren de nuevos elementos legitimadores para el ejercicio del poder. El que estos elementos de legitimación sean -de modo paradójico-de la misma naturaleza que los que se arbitran en el período orientalizante, estará entre las causas fundamentales que expliquen las marcadas diferencias que se observan en el comportamiento político e ideológico de este área suroccidental respecto de otras áreas de la Península Ibérica a fines de la Primera Edad del Hierro. PRIMERAS CONSTRUCCIONES: APROPIACIÓN DEL ES-PACIO SIMBÓLICO Y SIMBOLIZACIÓN DE ESPACIOs Es poco lo que sabemos de las primeras construcciones que originan el fenómeno de la arquitectura monumental post-orientalizante. Una de ellas es, curiosamente, que en sus inicios esta arquitectura fue bastante menos monumental. Así parecen demostrarlo los restos arquitectónicos que constituyen la llamada Fase C de Cancho Roano, cuyos suelos se sitúan, prácticamente, al nivel del terreno natural o ligeramente por encima del mismo, y que presenta unas características constructivas mucho más modestas que las de las fases posteriores. De las construcciones de esta época se conoce la existencia de una sala cuadrangular en la que se implanta el célebre altar de forma circular y una serie de bancos o vasares incluidos en este mismo ámbito. Esta sala sería un lugar de culto integrado en una construcción más amplia 29. Los datos disponibles no permiten, sin embargo, conocer la fisionomía ni la extensión del primer edificio en el que se situaba dicha sala, ni verificar si éste se integraba en un complejo constructivo mayor. Existe la posibilidad de que el Espinhaço de Cão contara con un santuario desde el primer momento (quizá en alguna zona de las no excavadas o quizá en la misma zona que luego ocupó el espacio 2) lo que podría estar sugiriendo un proceso similar al de Cancho Roano o Neves: la reocupación de un espacio ya conocido por su antigua sacralidad. También existe la posibilidad de que una pequeña ocupación de carácter rural vaya ganando influencia hasta convertirse en un centro político de cierta relevancia, lo cual requiere de un elemento legitimador que obligara a construir el santuario en un segundo momento. En cualquier caso, lo que sí parece claro, es que en estas implantaciones, la edificación de un espacio sacro alcanza un papel fundamental desde sus comienzos, percibiéndose ya algunos de los elementos que les serán más característicos, como su orientación hacia el Este, su planta cuadrada o la presencia de altares o estructuras cultuales en su interior. También se percibe, especialmente en el caso de Espinhaço de Cão, que este espacio cultual se integra en un complejo habitacional más amplio que incluye, junto a otros espacios diferenciados -como el 5, que apareció enlosadozonas residenciales, almacenes para grano, etc. La organización arquitectónica del Espinhaço de Cão, por tanto, podría estar representando el aspec-to algo inorgánico y disperso que debían tener estas primeras implantaciones post-orientalizantes del Suroeste peninsular. Si se confirmara la pertenencia a la fase antigua de Cancho Roano de las estructuras de la zona sur (y algunas otras, como señalaré a continuación) podríamos estar aquí ante un caso similar: una agrupación de edificios no ordenados en un entorno rural, donde los espacios diferenciados convivirían con instalaciones de carácter agropecuario propias de pequeñas explotaciones campesinas. No debemos dejarnos deslumbrar por factores como el mayor estado de conservación, o la monumentalidad que alcanzarán los complejos extremeños en momentos posteriores, para establecer grandes diferencias entre las dos zonas estudiadas (Extremadura y el sur de Portugal) desde esta fase. No obstante, habida cuenta la escasez de datos con la que hoy contamos, tampoco es descartable que éstas existieran ya en los momentos iniciales. El hallazgo más reciente de una de estas estructuras rectangulares en el edificio de La Mata, en una habitación que, de acuerdo a su contexto, no presenta ningún elemento que permita vincularla con actividades de signo religioso o cultual37, invita a ser prudentes a la hora de asimilar automáticamente estas plataformas de combustión sobreelevadas con funciones de culto. En este punto, es preciso recordar la existencia de dos espacios diferenciados en el complejo portugués del Espinhaço de Cão que, como ya he indicado, puede situarse en los orígenes de la arquitectura postorientalizante del Guadiana. Por un lado, el ya comentado espacio 2, de planta cuadrada y con altar central, que se interpreta como un santuario. Y por otro, el espacio 5, de similares proporciones, que aparece parcialmente enlosado, y que se sitúa en ángulo con el anterior, formando una especie de patio que configura la zona principal del conjunto (Fig. 3)38. La fase B de Cancho Roano parece dar un paso adelante en el proceso arquitectónico representado por esa etapa inicial, agrupando en un solo edificio los distintos espacios funcionales que aparecen dispersos en el Espinhaço de Cão (y, muy probablemente también, en su propia fase antigua o fase C). Entre estos elementos sigue alcanzando especial protagonismo el santuario, situado en la parte central de la nueva edificación. Pero al mismo tiempo, parece mantenerse la importancia de otras estancias diferenciadas que pueden haber recogido las funciones del espacio 5 del Espinhaço de Cão y que, muy probablemente, fueran de tipo representativo y/o convivial, en la línea con el carácter de residencias aristocráticas que tendrían estas construcciones desde sus orígenes. Desde el punto de vista ideológico, esta reagrupación de espacios diferenciados, con la inclusión del santuario en el edificio principal, supone también un paso adelante en el proceso de apropiación de los referentes simbólicos que legitiman la implantación de estas estirpes en el agro extremeño y alentejano de finales de la primera Edad del Hierro. Un paso adelante que debe ser reflejo natural de su afianzamiento en el entramado político y social de la época y que podemos relacionar con el proceso de privatización simbólica que ya ha sido estudiado para estos edificios a partir, justamente, de este momento. En este sentido, la inclusión del santuario en el área residencial supone un elemento más a tener en cuenta que permite completar y extender el proceso entonces estudiado a los orígenes mismos del fenómeno de los complejos monumentales, estableciendo un estadio previo en el que los distintos elementos arquitectónicos estarían, incluso, claramente disociados39. Al margen de esta unificación de espacios funcionales en un edificio de planta regular y sujeto a un modelo constructivo, la fase B de Cancho Roano supone una primera intervención en la zona adyacente que permite crear un entorno arquitectónico amplio y ordenado. Este episodio puede considerarse un primer paso hacia la monumentalización del entorno, si bien debemos tener en cuenta que el edificio B solo se eleva unos centímetros sobre las ruinas de su antecesor, y que sus dimensiones son considerablemente más modestas que las que alcanzará después su descendiente. Para verificar esta primera intervención urbanística en el entorno del edificio B es necesario reexaminar la bibliografía del yacimiento, en particular lo que se refiere al acceso monumental situado al Este, hacia el curso del arroyo Cagancha, consistente en una escalera de dos peldaños (a la que se incorpora la estela de guerrero) y dos cuerpos poligonales que se proyectan hacia este punto, y que a veces han sido denominados torres. Estos elementos, que dan cuerpo a la ordenación arquitectónica a que me estoy refiriendo, han sido atribuidos a distintos momentos de la Fase A, tanto en la memoria de excavación del sector este como en la presentación de los resultados de la Fase B40. Sin embargo, tanto a simple vista, como en las distintas planimetrías que se han publicado, estos cuerpos poligonales presentan una orientación claramente divergente de las arquitecturas de la etapa final del complejo, que se ajustan a una configuración escrupulosamente ortogonal. Esta desviación, de más de 5o sobre las líneas maestras que definen Cancho Roano A, es en todo coincidente con la de una serie de largos muros que se sitúan debajo del patio41 y que, igualmente, divergen de las alineaciones de la fase final, a la que, sin embargo, se atribuyen. Además, esta alineación -y esto es lo más importante-es la misma que presenta la fachada del edificio B, como se aprecia, sobre todo, en las fotografías aéreas en las que aparecen conjuntamente las arquitecturas de ambas fases, ya que, en planimetría, nunca se ha publicado una superposición real de la secuencia constructiva (Fig. 5). Por tanto, los datos parecen indicar que, ya en la fase B, existe un acceso en la zona este del yacimiento, hacia el arroyo, al que pertenecería la escalera de entrada, con la estela decorada y los cuerpos poligonales. Este acceso estaría, a todas luces, aterrazado, preludiando lo que sucederá en la etapa posterior, y generando así una primera urbanización y monumentalización del espacio antepuesto al edificio 42. Pero la relectura de la secuencia arquitectónica de esta zona del yacimiento tiene más implicaciones para la restitución general del mismo en sus fases antiguas. Así, la disposición de un acceso de estas características, abierto al río y situado en eje con la entrada al edificio principal, resulta arduamente compatible con la interposición, en la zona intermedia, de unas construcciones rectangulares de débiles muros que se adscriben a este período y que rompen lo que, obviamente, es una pretendida axialidad (Fig. 4). Estas estructuras, además, presentan una orientación discordante con los trazados de la fase B (y con los de cualquier otra fase reconocida en la secuencia constructiva del yacimiento) que contrasta con la disposición ortogonal que se observa ya desde este momento en la organización de los espacios de Cancho Roano, y que será prevalente hasta su abandono. De confirmarse la revisión cronológica al alza que aquí propongo, lo más probable es que haya que replantear también la adscripción cultural de las unidades que se relacionan con este acceso oriental llevándolas, consecuentemente, a un momento anterior. De este modo, estas estructuras oblicuas que se sitúan en la parte delantera del edificio podrían corresponder ya a Cancho Roano C43, lo cual justificaría mejor su presencia en esta zona del complejo. La fase C tendría, así, más visos aún de estar concebida como un conglomerado de edificaciones desordenadas, al modo de lo que sucede en el Espinhaço de Cão, aproximándose al esquema que aquí se plantea para las primeras instalaciones post-orientalizantes. Más o menos coetánea con la fase B de Cancho Roano debe ser la primera edificación de La Mata de Campanario, situada a tan sólo 20 km de distancia, y que constituye el segundo de los complejos postorientalizantes bien conocidos en el entorno del Guadiana medio. Resulta problemático determinar si en el espacio ocupado por el edificio de La Mata existían elementos de sacralización previos a la obra. A la posibilidad de vestigios de carácter no físico, ya señalada, se une el hecho de que no se haya excavado debajo de los suelos de la fase final, que es donde este tipo de elementos suelen hacerse más patentes. No obstante, existen en La Mata algunos indicios simbólicos, como la orientación del edificio al Este, que son coincidentes con lo señalado para otros casos en los que resulta más evidente la sacralización del espacio. Los editores de La Mata reconstruyen una primera fase arquitectónica en la que el edificio presenta un aspecto simple, inscrito en una planta rectangular formada por un corredor transversal que da a seis estancias longitudinales, y con dos amplias entradas hacia el Este situadas en la fachada principal 44. No obstante, ya he señalado en otro lugar la necesidad de realizar algunas correcciones en la secuencia de este yacimiento en virtud de la existencia de una puerta central, entre las dos que se señalan (que, seguramente, son más tardías) que podría retrotraerse ya a esta primera etapa 45. También es posible que sufriera reformas la organización interna del edificio, como puede derivarse del menor grosor de algunos de los tabiques de separación de las estancias interiores, y el hecho de que, precisamente éstos, se sitúen a partir de las jambas de las puertas, anómala disposición que sugiere una compartimentación posterior al planteamiento inicial (Fig. 6) 46. De ser así, el aspecto que presentaría esta primera edificación de La Mata sería bastante semejante al de Cancho Roano B, con una habitación central (¿santuario?) y un pasillo transversal, repitiendo, en lo básico, el típico esquema de los edificios en tridente. Junto a esta posible habitación central, en este caso hacia el Sur, aparece un espacio adyacente en el que se instaló un hogar sobreelevado, que también reitera otro de los elementos presentes en la organización de Cancho Roano B. En esta estancia (E-2, en la nomenclatura del yacimiento) se detectó, además, una anómala concentración de elementos de bronce (aunque muy fragmentarios) que denunciaban que, en algún momento de su existencia, debió tener un carácter especial47. La presencia de esta estructura de combustión coexistiendo con zonas de trabajo, como puntos de molienda, etc., disuade de entenderla como una construcción de carácter religioso, y obliga a disociar de este tipo de significado la estancia en la que se encuentra, como ya he indicado con anterioridad. No obstante, es necesario señalar que, en el caso de La Mata, la funcionalidad de los espacios parece sufrir importantes modificaciones en sus momentos finales, previos al abandono. La Mata, en sus fases más antiguas, parece responder, por tanto, a un estadio del Post-Orientalizante en el que estas instalaciones comienzan a reproducirse ex nihilo, asumiendo ya algunos de los elementos de los procesos políticos e ideológicos que se venían fraguando en otros enclaves desde momentos más antiguos, algo que parece reflejarse ya en su concepción arquitectónica regularizada. Pero para estudiar los distintos ritmos y modalidades que fueron adquiriendo estos procesos de cambio en las distintas áreas que se integran en el sistema de redes políticas y culturales que se generan en torno a los cursos medio y bajo del Guadiana, resulta especialmente ilustrativo detenerse en algunos de los ejemplos conocidos en el Sur de Portugal, como los edificios de Fernão Vaz, en Ourique48, o Malhada das Taliscas-4, en Alandroal49. A pesar de que, en ambos casos, el conocimiento de sus plantas es incompleto, a partir de lo conservado pueden reconocerse en ellos las trazas de los edificios en tridente, y en la organización del espacio que presiden se averigua la voluntad de disponer las arquitecturas conforme a un trazado ortogonal 50. El edificio de Fernão Vaz es ya una referencia clásica de la arqueología sidérica del Sur de Portugal (Fig. 7). Su implantación en un meandro del Río Mira se ubica en un área donde las estaciones de esta época (hábitats y necrópolis) son especialmente abundantes. Esta zona, además, coincide con la presencia de los dos grandes cementerios monumentales del Bronce Pleno portugués: Atalaia y Alfarrobeira, que dotan al espacio de los componentes simbólicos referidos a los antepasados que son tan característicos en este tipo de instalaciones51. En el lugar exacto en que se emplaza Fernão Vaz no se han reconocido hasta la fecha evidencias de ocupación más antiguas que las correspondientes a la construcción y uso del propio edificio, aunque hay que recordar que éste no se ha excavado en su totalidad. Otros elementos de carácter simbólico que presenta esta construcción son su orientación cardinal hacia el Este y la posible existencia de un altar en su interior, coincidiendo con la habitación 2, en la que se localizó una acumulación de arcillas que podría corresponder con una plataforma de adobe muy degradada, del tipo que se documenta en otras de estas estaciones coevas 52. En la arquitectura de Fernão Vaz se aprecian algunas de las características que diferencian a estas construcciones del sur de Portugal de sus vecinas bajoextremeñas, destacando su menor monumentalidad (los muros se sitúan al nivel del suelo); su más corta perdurabilidad (ya que apenas se reconoce una sola fase de ocupación, sin reformas aparentes) y la menor organicidad, que se traduce en una cierta dispersión de estructuras en torno al edificio principal que, sin llegar a los niveles del Espinhaço de Cão, reproducen, en cierto modo, el mismo planteamiento de complejo abierto de módulos arquitectónicos anexos (aunque, en este caso dispuestos ortogonalmente). Un ejemplo aún más claro de este, si se quiere, modelo transicional nos lo proporciona el conjunto de Malhada das Taliscas-4 que, de nuevo, se ve privado de la monumentalidad de los edificios extremeños. En Malhada das Taliscas se han excavado dos núcleos constructivos que corresponden a un mismo y coetáneo complejo (Fig. 7). Por un lado, un edificio rectangular, orientado al Este, constituido por dos naves paralelas, la interior de las cuales se presenta enlosada (1). Por otro, un grupo de edificaciones de mayor tamaño, excavadas de forma incompleta, entre las que se reconoce la posible disposición de un edificio en tridente (2). Ambos núcleos se presentan alineados en ángulo, formando un entorno ordenado ortogonalmente. Malhada das Taliscas-4 constituye el único ejemplo de edificio en tridente hasta ahora conocido que no presenta una orientación al Este. Sin embargo, este dato debe contrastarse con la existencia, en el mismo conjunto, del edificio rectangular 1, que sí manifiesta esta disposición y que, por su carácter exento y por sus especiales condiciones constructivas, puede interpretarse como un espacio diferenciado. Probablemente, Malhada das Taliscas-4 esté encarnando un estadio o una modalidad específica dentro del proceso de transformación arquitectónica (e ideológica) del Post-Orientalizante, que integra elementos observados en las distintas fases constatadas en otros sitios. Así, la persistencia del edificio rectangular exento, e, incluso su disposición, recuerdan enormemente el patrón observado en Espinhaço de Cão, donde el santuario, orientado al Este, se ubica en el extremo occidental del yacimiento, delante de un área abierta. Pero la presencia de edificios regularizados y regularizadores del espacio es propia ya de momentos más tardíos, en los que los recintos de culto ancestral quedan aglutinados dentro en la construcción principal, en lo que, más arriba, he interpretado como un síntoma de la cada vez más evidente apropiación de los referentes simbólicos y sacros por parte de las emergentes aristocracias rurales del Guadiana. Resulta difícil determinar por qué razones en Malhada das Taliscas-4 no se produce esta asimilación de áreas funcionales diferentes y diferenciadas en un mismo edificio. Puede atribuirse a razones cronológicas o al menor grado de afianzamiento político que alcanzan los grupos aristocráticos del sur de Portugal, que se manifiesta, como ya he señalado, en la inferior monumentalidad de las arquitecturas y en la menor perdurabilidad de los asentamientos. O puede deberse, simplemente, a un comportamiento de carácter local 53. En cualquier caso, la mayor dispersión de estructuras o núcleos constructivos, es uno de los rasgos que aparecen en las edificaciones post-orientalizantes del sur de Portugal y así lo vemos en Malhada das Taliscas-4, donde formando ángulo con el semiexcavado edificio principal aparece una sucesión de 3 compartimentos rectangulares que recuerda algunos elementos de la también incompleta y más dispersa planta de Fernão Vaz (Fig. 7). Sobre la duración en la ocupación de estas dos estaciones es poco lo que se puede apuntar, en directa proporción con la escasez del material recogido y su baja representatividad cultural, aunque las arquitecturas evidencian ocupaciones limitadas. En ambos casos han aparecido elementos que apuntan hacia su abandono en los momentos finales del Post-orientalizante, en las postrimerías del siglo V, pero poco se puede decir del inicio de sus ocupaciones, cuando estos materiales no son tan claros. Lo que sí parece más evidente es la relación de estos materiales con ajuares de signo aristocrático, como refleja la presencia de asadores de bronce, ungüentarios de vidrio polícromo o copas griegas. Finalmente, un caso próximo, pero diferente, dentro del sur de Portugal, lo constituyen los conjuntos rurales del distrito minero de Castro Verde, excavados a principios de los años 80 54. En los tres ejemplos publicados -Neves I, Neves II y Corvo I-las arquitecturas se unen formando bloques más o menos inconexos, aún más asimilables en su aspecto general, al modelo representado por el Espinhaço de Cão que los edificios en tridente de Fernão Vaz o Malhada das Taliscas-4 y sus organizados entornos. Sin embargo, su cronología, evidenciada por la cultura material, parece a priori más próxima a la de estos últimos, pudiendo corresponder ya a la fase final del Post-Orientalizante, a fines del siglo V a. C. En realidad, los materiales arqueológicos que se han publicado son muy escasos y casi siempre importados, lo que provoca que solo se visualice a partir de ellos esta única fase final. Pero, existen elementos, como la superposición de las larnacas de Neves I, la orientación dual de las arquitecturas de Corvo I y, quizá también, la doble agrupación de los núcleos de Neves II, que podrían sugerir una secuencia arquitectónica algo más compleja para algunos de estos conjuntos aunque, naturalmente, esta no tenga que retrotraerse necesariamente a los momentos iniciales del proceso. El fenómeno de monumentalización con que culmina el proceso de transformaciones constructivas de los complejos palaciales del Guadiana es privativo, por lo que hoy sabemos, del tramo extremeño del río. Las edificaciones portuguesas no alcanzan el desarrollo que ostentan en sus últimas fases edificios como 53 También es posible que la unificación se haya producido en un momento posterior y que el edificio rectangular haya desarrollado después otras funciones, tal y como señalan sus excavadores, que lo asimilan con un almacén. La escasa zona excavada del núcleo principal no favorece llegar a conclusiones definitivas al respecto (Calado; Mataloto 2008: 211). 54 Cancho Roano o La Mata, y que debemos intuir también en otros ejemplos aún inexcavados, a juzgar por las dimensiones de los montículos que han formado en sus procesos tafonómicos. Es posible que hallazgos futuros puedan matizar esta actual situación de desequilibrio, pero, hoy por hoy, es más creíble que las edificaciones portuguesas experimentaran modificaciones que alterarían sus dimensiones o su prestancia con menores inversiones de esfuerzo y material que las extremeñas, estableciendo así particularismos regionales. Cancho Roano es, sin duda, el yacimiento donde mejor se puede estudiar esta fase cenital del proceso arquitectónico del Post-orientalizante, por ser allí donde de manera más elocuente se manifiesta. De hecho, el nivel que alcanzan las obras de remodelación en este complejo, que implican la destrucción sucesiva de los edificios precedentes, no cuenta con parangones conocidos55. Ni siquiera La Mata, que en su fase más monumental adopta un aspecto final muy similar al de Cancho Roano, experimenta unas operaciones de semejante envergadura, ya que en este edificio se aprovechan las estructuras básicas de los momentos anteriores. La fase monumental de Cancho Roano (Fase A) constituye, por lo tanto, un conjunto edificatorio de nueva planta. Tanto es así, que la orientación de las arquitecturas de este momento diverge de las anteriores, imposibilitando el reaprovechamiento de las mismas que, si se han conservado, ha sido, paradójicamente, gracias a la monumentalidad de la última edificación. El nuevo edificio fue planificado con todo detalle, no solo en lo que se refiere a su construcción propiamente dicha, sino también a la fase previa de demolición de las edificaciones preexistentes. De este modo, las estructuras correspondientes a la fase B, solo se arrasaron en las zonas en que esta operación era estrictamente necesaria, mientras que en otras, los muros se mantuvieron con un alzado de más de 1 m, como consecuencia de la elevada cota que iban a tener los suelos del nuevo palacio. Esta circunstancia es la que ha propiciado su extraordinaria conservación hasta el día de hoy. La presencia de fragmentos de copas cástulo de primera generación entre los estratos adscritos al edificio B obliga a fechar esta gran reforma en un momento avanzado del siglo V, muy probablemente posterior al 45056. No es necesario volver a describir aquí el majestuoso aspecto de las arquitecturas de este edificio final de Cancho Roano, con sus terrazas de grandes piedras y sus muros de adobe que conservan más de 2 m de altura, infrapuestos a un piso superior. Son numerosas las plantas, fotografías y reconstrucciones que al respecto se han publicado a lo largo de 30 años de investigación. Interesa destacar, sin embargo, que, en relación con el edificio B, se amplía sustancialmente tanto el espacio disponible como el número de habitaciones, especialmente si consideramos la extensión (no cuantificable) de la planta alta, cuya existencia resulta muy improbable en la fase anterior. Pero también perduran algunos de sus elementos morfológicos fundamentales, como el esquema en tridente con planta en U, o la inserción en un entorno arquitectónico ordenado mediante el acceso aterrazado existente ya en la fase B, que se debe acondicionar ahora para que siga siendo axial. La nueva disponibilidad de superficie construida en esta fase permite una redistribución de los espacios interiores del edificio, en el que se siguen identificando dos habitaciones diferenciadas: por un lado la estancia central (H-7) que preserva su condición de santuario y en cuyo centro se eleva un pilar o altar central que mantiene la situación del punto onfálico. Por otro, la habitación H-11, situada en el cuerpo saliente sur, que aparece enlosada (atributo que, recordemos, aparecía ya en la estancia 5 del Espinhaço de Cão) y que puede vincularse con la zona de representación. La relación entre estos dos espacios respecto de lo que parece suceder en la fase B, y las transformaciones que sufre la habitación 7 a lo largo de la secuencia, podrían relacionarse con los procesos arquitectónicos e ideológicos de privatización simbólica que en su día fueron estudiados57. La monumentalización del edificio de La Mata resulta bastante más comedida. Al contrario que en Cancho Roano, no se asiste a la demolición del edificio preexistente, sino que se reaprovechan sus estructuras fundamentales, manteniendo grosso modo, el nivel de suelo de las fases más antiguas, sin requerir obras de nivelación. La modificación fundamental es la elevación de un anillo ataludado alrededor del perímetro rectangular del edificio que, en su forma y disposición, recuerda enormemente a las terrazas lapídeas de Cancho Roano, solo que aquí, el material empleado, es el más humilde adobe58. Resulta difícil establecer si la segunda planta de La Mata es también una incorporación de este momento, que contribuiría a la monumentalización del edificio o si, por el contrario, es un elemento existente ya en las fases iniciales, porque, tampoco se asiste a una reedificación de los muros ni a la instalación de robustos cimientos pétreos al modo que sucede en la fase A de Cancho Roano59. Sin embargo, el propio anillo de adobes podría relacionarse con un reforzamiento de la estructura orientado a sostener este segundo nivel, independientemente del mayor porte que per se pudiera proporcionar a la contemplación del conjunto. También a este proceso de monumentalización se adscribe la adición de los cuerpos salientes de la fachada este, que, al igual que sucede con el refuerzo ataludado, recuerdan de forma extraordinaria el aspecto externo de Cancho Roano, sugiriendo la aplicación de modelos arquitectónicos comunes, si es que no una imitación directa. Las diferentes condiciones del proceso de monumentalización de La Mata hacen que también fueran distintos algunos de sus resultados. En lo que se refiere, por ejemplo, a disponibilidad de nuevos espacios, apenas hay modificaciones, al menos en lo concerniente a la planta baja, que no sufre alteraciones sustanciales respecto de su estado anterior. Esto implica que algunas de las transformaciones que se aprecian en Cancho Roano no tengan lugar aquí, como sucede con la disposición de la estancia diferenciada H-11 en uno de los cuerpos salientes. En este caso, el cuerpo saliente meridional presenta una configuración semimaciza, con un angosto hueco interior que hace pensar en un uso como torre y en un acceso mediante escalerilla de manos. Estas restricciones justificarían, probablemente, que el área de representación mantenga en La Mata una disposición análoga a la de Cancho Roano B, posiblemente en la habitación E-2, donde se ha documentado el gran hogar sobreelevado, junto a las estancias centrales. Respecto del carácter especial de esta estancia E-2, es conveniente recordar también la acumulación (muy residual) de elementos de lujo, sobre todo objetos de bronce, que se documentó en las excavaciones de este espacio. Esta circunstancia resulta significativa pues, si superponemos las plantas de este edificio y la de Cancho Roano en su fase A, obtendremos que el espacio E-2 de La Mata coincide, grosso modo, con la habitación H-8 de Cancho Roano, donde se documentó, igualmente, una gran cantidad de objetos de bronce, particularmente vajilla y arreos ecuestres. Esta coincidencia podría sugerir, de nue-vo, la existencia de comportamientos pautados en la organización de los espacios internos de estos edificios análogos, que dispondrían en este sector de una especie de tesoro, a modo de keimelion. En La Mata, por las restricciones señaladas, este espacio parece combinar su posible función de tesoro con la de área de representación, tal y como sugiere la pervivencia del gran hogar central, mientras que en Cancho Roano parece producirse una disociación de ambas esferas funcionales favorecida por la magnitud de la reforma final. Resulta oportuno mencionar estos tesoros porque el proceso de monumentalización coincide con el de la gran acumulación de bienes de prestigio que se aprecia en Cancho Roano (y, en menor medida, en La Mata) en su momento final; procesos que deben relacionarse con el éxito que estas fórmulas de organización y dominio, obtuvieron inicialmente en el agro extremeño y alentejano a fines de la primera Edad del Hierro. De modo prácticamente simultáneo al proceso de monumentalización que experimentan las construcciones del Guadiana medio, se asiste en ellas a una serie de obras que van encaminadas a su defensa y fortificación, y que acaban convirtiéndolas en auténticas casas fuertes o palacios-fortín60. En algunos casos, ambos procesos van tan estrechamente ligados entre sí que resulta difícil diferenciarlos. Así sucede, por ejemplo, con la construcción del cuerpo sur que se antepone al frontis del edificio de La Mata, que, aparte de contribuir notablemente a monumentalizar la fachada oriental, actuaría como torre (Fig. 6). Como el proceso de monumentalización, las grandes obras de fortificación parecen exclusivas de los edificios de la Baja Extremadura, si bien en algunas estaciones del sur de Portugal se detectan elementos que podrían relacionarse con este fenómeno, como la construcción del muro que parece rodear al edificio de Fernão Vaz (Fig. 7). En todo caso, las obras de fortificación anteceden en el tiempo al abandono definitivo de todas estas casas a finales del siglo V, hecho que sí se produce tanto a un lado como al otro de la actual frontera. Estas transformaciones también son sincrónicas de los procesos de privatización simbólica de los espacios que ya han sido estudiados, y de los que, en su fase final, resultan complementarias. Fosos, puertas y defensas Uno de los elementos que más directamente puede relacionarse con una actividad de fortificación, es el foso que rodea al complejo de Cancho Roano en su fase final o fase A. Se trata de una impresionante construcción excavada en la roca que alcanza más de 2 m de profundidad y 6 de anchura, y que cerca al edificio central y a sus naves perimetrales, salvo en un segmento del tramo oriental que permite el acceso a todo el conjunto 61. En algunas ocasiones se ha sugerido la existencia de un foso en la fase B que habría precedido a la gran construcción definitiva 62. Sin embargo, existen poco datos que avalen esta posibilidad, y la orientación del foso es coincidente con la de del edificio final y no con la del anterior, que es sustancialmente distinta 63. Similar conclusión se obtiene de la adscripción a la fase final del foso de La Mata, cuya entrada, además, parece situarse al margen de los ejes de simetría del edificio, coincidiendo con las rupturas axiales que se documentan en los últimos momentos 64. El foso de La Mata, dadas sus condiciones, podría, incluso, estar inacabado, lo cuál evidenciaría aún más su condición de obra de última hora. Es importante vincular estas construcciones con los momentos finales de estos edificios porque ello contribuye a explicar su función como el resultado de las condiciones específicas de estos momentos postreros, y no como un atributo constructivo heredado del pasado. Pero aparte del foso, acerca de cuya funcionalidad defensiva o simbólica podríamos debatir ad aeternum, existen otros elementos de la fase final de Cancho Roano que pueden ser leídos en la línea de un efectivo proceso de fortificación de las arquitecturas. Uno de estos elementos es la construcción rectangular de piedras que apareció, en la campaña de 1992, justo delante del istmo de acceso que interrumpe el foso en su tramo oriental. Con este momento se debe relacionar la realización del foso, ya que sería la presencia de este parámetro lo que obliga a resituar los accesos de las estancias perimetrales hacia el interior 69. También parece claro que las habitaciones perimetrales del sector este corresponden a un tercer momento, pues hay discontinuidades y modificaciones en los sistemas constructivos y en las uniones de las esquinas SE y NE que así parecen indicarlo 70. Esta actividad, muy probablemente, afectaría también a la constitución de las terrazas del acceso oriental, que ahora parecen reforzarse (Fig. 10.3). Hasta aquí las tres subfases que, con más o menos acuerdo (con menos, sobre todo, en lo concerniente al momento de construcción del foso), se aceptan para el levantamiento de las estancias perimetrales de la fase A de Cancho Roano. Sin embargo, creo que existió una gran operación de reforma en todo el edificio perimetral que no ha sido reconocida y que contribuiría a explicar algunas de las dudas e interrogantes que se plantearon en el momento de su primera publicación. Cronológicamente debe ser posterior a la edificación de las habitaciones orientales, pues se realiza cuando ya está construido el recinto perimetral por los cuatro lados, constituyendo, por tanto, la última gran reforma del conjunto. Esta obra afecta, sobre todo, al llamado muro de cierre, que es la gran estructura continua que delimita las estancias perimetrales de los lados norte, oeste y sur por la parte externa, pero también modificaría el aspecto general de las arquitecturas de estas naves y su relación con el foso. El muro de cierre, recordémoslo brevemente, presenta unas características especiales ya que, contrariamente a las estructuras contiguas, goza de una anchura muy superior (de casi 1 m) y su base es un ancho encintado de piedras y guijarros dispuestos en una sola hilada, en vez del típico zocalillo de mampostería elevado. Inicialmente atribuimos esta especial configuración a una simple peculiaridad constructiva71. Sin embargo, cuando se reobservan con detalle, o incluso en una perspectiva general, los muros medianeros de las habitaciones que articulan estas naves, se obtiene la impresión (si no la certeza) de que todos ellos están cortados para situar después el gran muro de cierre (Fig. 11.1). Lo más probable es que, en su lugar, existiera previamente un zócalo de sillarejo similar a los de los muros medianeros y que aquél fuera eliminado para construir en su lugar una estructura más ancha. Es posible, incluso, que a este muro originario, más estrecho, pertenezcan unos restos detectados en un sondeo efectuado en 199072 (Fig. 11.2). Con esta constitución, las primitivas estancias perimetrales tendrían una anchura sensiblemente superior (unos 50 cm), explicándose así, además, su anómala estrechez como consecuencia de esta reforma. El recrecimiento del muro de cierre debió coincidir con la adición del agger de balastro que 69 Jiménez Ávila 2005: 111. 70 No obstante, el estudio estratigráfico de las esquinas es una tarea que sigue pendiente en Cancho Roano: Celestino (ed.) 1996: 348. Restitución esquemática de la puerta que antecede al foso superpuesta a la reconstrucción tridimensional que aparece en la guía de C. Roano (Celestino 2001b). Secuencia constructiva de las habitaciones perimetrales de la fase A de Cancho Roano. La etapa 4 recoge la gran reforma final del muro de cierre y la adición del agger del foso, con la reestructuración de las vertientes de las habitaciones y del sistema de drenajes. También en este momento debieron instalarse algunos de los canales de desagüe, en particular los de la zona sur, que se construyeron sobre las rampas y quedaron embutidos en el terraplén 73. El ensanchamiento del muro de cierre y las actividades que se le asocian, debe tener una explicación relacionada con las obras de fortificación y protección del complejo monumental en sus momentos finales, completando la efectividad del foso y la puerta exterior. Lo más probable es que su función fuera recrecer la altura del muro original de manera sustancial (algo mucho más fácil de conseguir en un muro de 1 de ancho que en otro de 40 cm) creando un elevado parapeto que, junto con el agger, dificultara la trepa. Al mismo tiempo, la disposición de este antepecho, podría obstaculizar el impacto de venablos (sobre todo de venablos incendiarios) arrojados desde el otro lado del foso. Esta reforma, seguramente, obligó a cambiar las pendientes de las techumbres de las naves perimetrales, que de su lógica inclinación hacia el foso, pasarían a desaguar al pasillo perimetral, lo que explica la realización de los nuevos canales de drenaje que se documentan en los sectores norte, sur y oeste que obligaron a anular algunas estancias, así como a sobreelevar algunos suelos (Fig. 10.4). A pesar de su carácter defensivo, es difícil considerar como una verdadera muralla este muro de tan solo 1 m de grosor. Se trataría, más bien, de un parapeto que habría que relacionar con el muro que envuelve el edificio de La Mata (quizá también con el que parece rodear Fernão Vaz), que se sitúa, igualmente, en un momento avanzado de la secuencia arquitectónica de este complejo, coincidiendo con la excavación del foso allí detectado 74. Todas estas obras de fortificación, que se registran simultáneamente en varios de los edificios estudiados, deben entenderse, en suma, como la respuesta común a un contexto político y social de inestabilidad e inseguridad reinantes en la región. Esta situación sobreviene justo después (casi de modo 73 Celestino (ed.) coetáneo) al momento de máximo apogeo y esplendor de estos sitios, y poco antes de su abandono y/o destrucción definitivos, por lo que, predeciblemente, debe estar entre las causas que lo justifiquen. El proceso de abandono afecta, incluso, a los edificios en los que esta fase de fortificación no se documenta arqueológicamente, especialmente los que se sitúan en el área portuguesa, lo que parece indicar que las condiciones de crisis e incertidumbres tuvieron un carácter extendido y generalizado por toda el área de estudio. Esta situación histórica es, por lo que a estos edificios se refiere, exclusiva de sus fases finales de ocupación, que coinciden con las últimas décadas del siglo V, marcando el final del episodio histórico que representan. Con anterioridad, los complejos monumentales se manifiestan como espacios abiertos y desprovistos de sistemas de defensa que apuntan hacia contextos socio-políticos menos convulsos. En este sentido, el aspecto de casas fuertes o palacios-fortín que adquieren estas construcciones debe considerarse como fruto de su propia evolución arquitectónica, que es, a su vez, reflejo de las condiciones históricas propias del entorno geográfico en el que surgen y se desarrollan. Para aproximarnos a las causas que originan este acelerado proceso de transformaciones arquitectónicas, reflejo y consecuencia de concurrentes vicisitudes de orden social (y paralelo, a su vez, a otros tantos cambios de carácter ideológico) sería conveniente un conocimiento algo más profundo de la realidad arqueológica del Bajo y Medio Guadiana a lo largo del siglo V. El asunto es importante pues, como ya he señalado, de ello depende en gran parte la explicación de la desaparición de los complejos monumentales y del sistema social que representan, que es como decir, el final del mundo post-orientalizante. Sabemos que en áreas periféricas o liminares del territorio ocupado por estos núcleos de poder rural existen, ya en el siglo V, grupos de población que mantienen unas estrategias de ocupación muy distintas, caracterizadas por el asentamiento en alto, a veces en zonas serranas, que preludian las fórmulas de poblamiento castreño arquetípicas de la Segunda Edad del Hierro 75. Pero, de momento, es prematuro atribuir una gran responsabilidad desestabilizadora a estos elementos. De hecho, algunos de sus poblados, como el de El Castañuelo en Aracena, se abandonan precipitadamente al mismo tiempo que los centros palaciales. También sabemos (o creemos saber) que el número de complejos monumentales aumenta a lo largo del siglo V, y que la distancia geográfica entre unos y otros es, en algunos casos, enormemente reducida, lo que puede estar generando problemas de desequilibrios y confrontaciones por el acceso al control y a la explotación de los recursos. En esta línea, el profesor Almagro-Gorbea me sugiere una idea nada desdeñable que podría explicar el diferente estado en que se encontraron Cancho Roano y La Mata al ser excavados, incluyendo la ausencia de estructuras cultuales en el edificio de Campanario. Según esto, el complejo de La Mata podría haber sido conquistado por un centro vecino e incorporado a su territorio, con el consiguiente saqueo de bienes de prestigio (completamente ausentes) e, incluso, con la destrucción de las áreas y elementos destinados al culto ancestral, símbolos de la dinastía sometida 76. Esta idea, perfectamente compatible con los procesos de fortificación y defensa observados, podría explicar también este aspecto de centro secundario o dependiente, destinado al almacén y tratamiento de cereales, que parece tener La Mata en su fase final. Sin embargo, aún aceptando la verosimilitud de estas razias, e incluso asumiendo su importancia en los procesos de fortificación aquí estudiados, quedaría por explicar por qué, a la postre, también los centros conquistadores, acabaron por extinguirse por completo. Finalmente, hay que señalar que el espectacular desarrollo y enriquecimiento que experimentan estos centros durante su época de máximo esplendor debe de ser consecuencia, también, de factores externos que escaparan a su control político. Así, unas condiciones climáticas favorables debieron influir durante algunos años en la obtención de buenas cosechas y, consecuentemente, en la acumulación de importantes excedentes agrarios. Aunque los análisis paleoambientales realizados hasta ahora no permiten establecer ciclos climáticos tan cortos ni tan precisos, algunos elementos arqueológicos, como la continua construcción de graneros en algunos poblados de la época, podría ser un indicio a este respecto 77. Al mismo tiempo, a escala peninsular, o incluso mediterránea, se está produciendo una demanda importante de productos agrícolas por parte de la creciente población urbana, que tanto protagonismo adquirirá en época clásica, y que pudo ser uno de los motores del sistema económico post-orientalizante. Es importante, 75 Jiménez Ávila e.p. 76 Almagro-Gorbea, com. pers. a la hora de estudiar el colapso de los complejos monumentales, tener en cuenta todos estos factores, pues cualquier alteración en los mismos, o en los procesos intermedios, pudo influir de forma determinante en el declive de un sistema socioeconómico cuya estructura política parece mostrarse enormemente débil. EL PRINCIPIO Y EL FIN El origen de la arquitectura áulica que se desarrolla en Extremadura y el sur de Portugal durante el período post-orientalizante puede rastrearse en pequeñas instalaciones de carácter rural integradas por varias unidades constructivas en las que, junto a elementos relacionados con las actividades productivas, aparecen, ya tempranamente, espacios diferenciados que van contribuyendo a estructurar un entorno arquitectónico idiosincrásico. Entre estos espacios, ya desde los primeros tiempos, destacan dos unidades fundamentales: una de carácter ritual, destinada, con toda probabilidad, al culto a los ancestros y otra que debe haber actuado como lugar de representación aristocrática. Inicialmente, ambas unidades aparecen ocupando estancias disociadas en un entorno arquitectónico disperso y disimétrico. El sitio portugués del Espinhaço de Cão representa el más claro ejemplo de este tipo de incipientes ocupaciones post-orientalizantes. Pero una revisión de las fases más antiguas de Cancho Roano sugiere que, en sus momentos iniciales, también este complejo podía responder a un modelo de organización similar. Resulta difícil situar cronológicamente la aparición de estas primeras implantaciones, dada la escasa representatividad del material que proporcionan. Sin embargo, todo parece indicar que su arranque se sitúa en una fase avanzada del siglo VI a. C., sin que exista continuidad con las ocupaciones del Orientalizante Pleno, cuyo abandono, hacia este momento, parece evidenciado por la secuencia del poblado de El Palomar, que marcaría el final de la etapa precedente. Un elemento que se reitera en muchos de estos yacimientos es la elección de lugares que debieron tener un carácter sacro anterior, incluso, a la propia implantación post-orientalizante. En los casos conocidos, esa sacralidad (que no siempre se traduce en ocupaciones de carácter habitacional) se remonta al Bronce Final o, incluso, a épocas más antiguas, y puede relacionarse con las necesidades de legitimación ideológica de las dinastías emergentes. En este sentido, se reitera la ruptura con la tradición de los siglos VII y VI que marca la secuencia estratigráfica. Se diría, por tanto, que hay un deseo expreso de romper lazos directos con las estirpes orientalizantes (probablemente después de un proceso de crisis), buscando los referentes ancestrales en un pasado mucho más remoto. Ello no implica, sin embargo, la renuncia al sistema ideológico propio de la cultura orientalizante que, en algunos aspectos, parece mantenerse en vigor, aunque todo esté ahora condicionado por la nueva situación global que viven la Península Ibérica, y el Mediterráneo, durante el siglo V a. C. Del mismo modo, también parecen mantenerse las bases económicas del sistema anterior orientadas, fundamentalmente, a la producción, acaparación y distribución de excedentes agrarios. Del éxito inicial de estas nuevas formas de poder rural dan fe su proliferación y su posterior evolución en Extremadura y el sur de Portugal, hasta el punto de convertirse en uno de los elementos arqueológicos más característicos y reconocibles en el paisaje del suroeste post-orientalizante. No obstante, desde las primeras etapas del proceso, se pueden observar algunas diferencias entre estas dos grandes zonas. En Extremadura las ocupaciones serán más duraderas, tal y como se aprecia en Cancho Roano, cuya secuencia permite seguir todo el proceso arquitectónico e ideológico -lo que dificulta notablemente la percepción de las fases más antiguas-. En Portugal las instalaciones son menos monumentales, y raramente cuentan con más de una fase arquitectónica, lo que, por el contrario, facilita el estudio horizontal, aunque los sitios no siempre se hayan excavado en toda su extensión. Ahora bien, en ambas zonas se aprecian una serie de procesos arquitectónicos parejos que pueden ser leídos en clave política e ideológica, y que deben ser reflejo de unas condiciones históricas comunes reproducidas a lo largo del tiempo. De este modo, estas primeras ocupaciones dispersas parecen dar lugar a complejos arquitectónicos ordenados, presididos por una construcción central de planta regular que engloba en un mismo edificio las dos áreas diferenciadas ya señaladas: el santuario y la zona de representación, dando un paso adelante en el proceso de apropiación de los referentes simbólicos que legitimaron el surgimiento de estas aristocracias campesinas del siglo V. Muchos de estos edificios se atienen a un modelo arquitectónico común que se repite en los tramos medio y bajo del Guadiana, redundando en las analogías culturales entre ambas zonas. Exclusivo del curso medio del río será, sin embargo, el proceso de monumentalización que experimentan estos centros palaciales, y que tiene su máxima expresión en el yacimiento de Cancho Roano, aunque se observa en otros lugares como La Mata de Campanario, y se intuye bajo los grandes túmulos que ha generado la amortización de edificios similares distribuidos por toda la provincia de Badajoz. Estos edificios monumentales mantienen inicialmente las dos áreas funcionales diferenciadas que existen desde las primeras construcciones y, en algún caso, parecen reestructurarlas derivando un tercer espacio que actuaría como tesoro, coincidiendo con las grandes acumulaciones de bienes de lujo que se observan en este momento. Monumentalización y acumulación de riquezas son las dos caras de la misma moneda y deben relacionarse, de nuevo, con el éxito que estas fórmulas políticas tuvieron en el agro del Suroeste durante los momentos cenitales del Post-orientalizante. Pero, casi a la vez de este proceso de monumentalización, se observan los primeros síntomas de inestabilidad en el sistema, representados por las obras de fortificación que tienen lugar en muchos de estos centros y que anteceden a su abandono definitivo a finales del siglo V a. C. Esta transformación arquitectónica final, ya intuida a partir de los datos de las excavaciones de los complejos bajoextremeños, alcanzó mayores dimensiones de las hasta ahora supuestas, como se infiere de la revisión de los datos estratigráficos de Cancho Roano que aquí he esbozado. Esta revisión, por otra parte, evidencia la necesidad de seguir investigando en un yacimiento que continúa siendo pieza clave para entender los procesos históricos y culturales del Guadiana Medio a lo largo de esta época. Cancho Roano es, de hecho, el único establecimiento en el que puede restituirse de principio a fin la secuencia arquitectónica propuesta. Sin embargo, todos estos procesos arquitectónicos encuentran su verdadera dimensión histórica cuando se comprueba su reproducción en otros complejos constructivos y su extensión a todo el territorio objeto de estudio, donde, en mayor o menor medida, se aprecian secuencias análogas (Fig. 12). La Mata en Extremadura y los sitios alentejanos del Espinhaço de Cão, Fernão Vaz, Malhada das Taliscas-4 o los yacimientos del coto minero de Castro Verde, marcan las primeras entradas de un todavía breve repertorio de edificios que, con las limitaciones de cada caso y con sus peculiaridades regionales, permiten ir verificando un proceso histórico que se nos muestra como enormemente característico y específico de estas regiones del Suroeste a fines del Hierro Antiguo. Con los datos que nos proporcionan podemos señalar, por tanto, que el surgimiento, desarrollo y abandono de los complejos monumentales post-orientalizantes del Guadiana constituye un proceso lógico completo y unitario, reconstruible a partir del estudio de la arquitectura de estos centros palaciales, que acogerían a las aristocracias rurales que se implantan en la región tras la desaparición de los sistemas políticos propiamente orientalizantes, y que, después de un período de creciente esplendor, de no más de cien años, experimentaron una acelerada crisis interna que los llevó a su completa extinción, dando así paso a la Segunda Edad del Hierro y al mundo prerromano78.
El puñal Monte Bernorio de la tumba 32 de la necrópolis de Las Ruedas ¿arma y objeto de veneración de los antepasados? Nueva propuesta sobre la iconografía desarrollada en su pomo Tres décadas después del descubrimiento de la tumba 32 de Las Ruedas reinterpretamos el significado de la iconografía desarrollada en el reverso del pomo que allí se encontró a la luz de los nuevos datos, interpretaciones y estudios sobre diferentes ámbitos de la cultura vaccea que se puedan ver relacionados con la iconografía ahí desarrollada. Comenzamos con una revisión de las figuras representadas, después damos una explicación a las mismas de forma individualizada, para, finalmente, hacer una lectura de forma conjunta de la escena. La tumba número 32 de la necrópolis de Las Ruedas (Padilla de Duero/Peñafiel, Valladolid) fue descubierta en 1986 en la que era la tercera campaña de excavaciones en la Zona Arqueológica de Pintia. Esta tumba, alterada por las labores agrícolas practicadas en los años previos en el cementerio, conservaba in situ la urna cineraria y, sobre ella, varios objetos de un ajuar de guerrero pertenecientes al difunto (Sanz, 1997, pp. 85-89) (Fig. 1). Estos objetos constituían una panoplia incompleta, de la que solo quedaba una grapa de caetra y el pomo y el broche de un puñal de tipo Monte Bernorio 1, quedando de esta manera ausentes otras partes del conjunto del puñal, como la hoja y la guarda, así como la vaina. La excepcionalidad de la tumba y el interés que rápidamente despertó se debieron a las representaciones figuradas existentes tanto en el broche como, sobre todo, en el pomo. Pomo y broche de tipo Monte Bernorio de la tumba 32 de Las Ruedas. Qué duda cabe que el hallazgo de estas dos piezas constituía toda una novedad, ya que casi cien años después del descubrimiento del primer puñal por parte de Romualdo Moro en el yacimiento epónimo del Monte Bernorio y con casi un centenar de piezas conocidas, ninguno de ellos había revelado una decoración figurada. Hasta ese momento, la fascinación que tenían muchos investigadores por estas dagas se debía, tanto a su singular morfología como a una decoración extremadamente compleja, la cual, sin embargo, se ceñía únicamente a representar motivos geométricos. La escasa decoración figurada en los puñales Monte Bernorio Aún hoy, tres décadas después de ese descubrimiento, la decoración figurada en los puñales de tipo Monte Bernorio sigue siendo muy escasa. Hasta el momento, solo tres piezas nos han deparado una decoración de estas características, dos de las cuales pertenecen a un mismo conjunto de puñal y son el broche y el pomo de la tumba 32 de Las Ruedas, que hemos mencionado arriba, y la tercera es un broche hallado en prospección en la necrópolis de Piñuelas del poblado de La Hoya (Laguardia, Álava) (De Pablo, 2018, cat. La pieza de Piñuelas es un broche que solo conserva la parte central, faltándole tanto el remate distal con el gancho como el proximal donde se suele colocar la presilla. Está formado por una base de hierro en la que se desarrolla una decoración damasquinada en hilo de plata con motivos geométricos. El ornamento damasquinado está enmarcado por listones de bronce moldurados con acanaladuras y, precisamente, en esta parte del broche es donde encontramos esa tan singular decoración figurada de la pieza. Esta consiste en cabezas zoomorfas, que hemos identificado con lobos, cuya morfología puede ser de tres tipos diferentes tal y como se observa en las fotografías que presentamos de esta pieza hasta el momento inédita (Fig. 2). Broche hallado en prospección en la necrópolis de Piñuelas. Detalle de la decoración con los tres tipos de cabezas de lobo. Las otras dos piezas (broche y pomo) con decoración figurada son las halladas en el ajuar funerario de la tumba 32 de Las Ruedas. La decoración del broche y, sobre todo, la del pomo fueron estudiadas por Carlos Sanz en su estudio monográfico sobre dicha necrópolis vallisoletana (Sanz, 1997, pp. 439-448), quien no solo se ciñó a hacer una descripción del ornato de esas extraordinarias piezas, sino que intentó llevar a cabo una interpretación de lo allí representado. Sin duda, la pieza que más interés ofrece es el pomo por el gran número de figuras en él representadas además de por su temática, si bien, el broche también tiene un gran valor a la hora de llevar a cabo ciertas interpretaciones sobre la decoración del conjunto. El broche muestra una superficie completamente decorada con bandas horizontales donde se desarrollan motivos geométricos como lacerias, rombos entrelazados o triángulos encadenados, todo ello damasquinado en hilo de plata. En la parte distal del broche se disponen dos zoomorfos vistos de perfil (Fig. 3), a cuerpo completo, de los que destaca, sobre todo, una larga cola, un hocico muy prolongado hacia arriba y unas orejas picudas. Estos dos zoomorfos fueron interpretados por Sanz como dos verracos (1997, p. 440) sin más explicación del porqué. A nuestro juicio, a tenor de la cola podrían considerarse como tales y más en concreto como jabalíes, sobre todo, por su parecido con los jabalíes representados en el pomo. Sin embargo, la ausencia de colmillos (que sí tienen los del pomo y muy destacados) y la presencia de orejas picudas nos llevan a sopesar la posibilidad que estos dos zoomorfos fueran cánidos, y concretamente lobos, los cuales parecen estar en una posición de aullido. Zoomorfos del broche de la tumba 32 de Las Ruedas. El pomo de la tumba 32 de Las Ruedas, y concretamente la cara del reverso y el canto superior, constituye el marco donde se contabilizan un total de 24 animales a los que hay que añadir dos parejas de guerreros enfrentados (Figs. Los jabalíes predominan en la escena con 17 ejemplares 3, un ave, un cánido y tres zoomorfos en perspectiva cenital que podemos interpretar como cánidos. Por su parte, la distribución de estas figuras, fue narrada perfectamente por Sanz, se realizó siguiendo una evidente simetría, constituyendo el pequeño cenital de disposición vertical situado en la mitad del pomo el eje a partir del cual se plasmaron a un lado y a otro, idénticos motivos. Existen, sin embargo, ciertas alteraciones en ambas mitades que impiden hablar de una simetría perfecta. Así, en el lado izquierdo, bajo el verraco de mayor tamaño inmediato a los guerreros, se incluyó una pequeña ave inexistente en el lado contrario; por su parte en este el círculo reticulado y el verraco mayor son los dos únicos elementos que han sido delineados en trazo doble; finalmente en el canto llama la atención la disposición inversa de los animales de un lado con respecto a los otro, así como la presencia de un verraquito más en el lado izquierdo que en el derecho [...] y muy particularmente la sustitución en el lado izquierdo del tercer verraquito por un cánido (Sanz, 1997, p. En detalle se han extraído cuatro imágenes: el combate singular y el verraco del extremo izquierdo del pomo (arriba a la izquierda); animal en perspectiva cenital con circulo reticulado y caballo del lado izquierdo del pomo (abajo a la izquierda); perro del canto superior del pomo (arriba a la derecha); y animal en perspectiva cenital sin lengua ni círculo reticulado (abajo a la derecha). Finalmente, a estas anomalías vistas por Sanz añadimos una a mayores: los dos animales representados en perspectiva cenital no son exactamente iguales, mientras que el de la parte izquierda no tiene representadas las fauces y presenta dos prolongaciones a los lados a modo de cuernos u orejas, el de la parte derecha tiene las fauces abiertas y no tiene esas dos prolongaciones laterales. La interpretación de los animales por nuestra parte va en la misma línea que la lectura y el reconocimiento hecho por C. Sanz de la mayoría de los animales representados en el pomo, sin embargo, no coincidimos completamente con la interpretación de cada una de las figuras. Por ello llevaremos a cabo una revisión de los animales ahí representados. Comenzando por los verracos o jabalíes, estos como decimos, son los más numerosos en el pomo, apareciendo un total de 11 en el canto y 6 en el reverso. Estos 17 animales fueron interpretados por Sanz como verracos, algo que podríamos compartir (Fig. 5) a tenor del parecido de algunos de los ejemplares con algunas fíbulas con puente en forma de verraco. La representación de estos verracos centra su interés en destacar determinados detalles anatómicos que se repiten sistemáticamente en todos y cada uno de los individuos existentes [...] todos ellos muestran una puntiaguda cabeza con el hocico abierto conformado en M y, en una posición ligeramente atrasada, sendos colmillos hacia arriba y hacia abajo; se destacan asimismo las orejas en forma de trazo triangular [...] un rabo corto levantado [...], aunque no tanto como se podría esperar para esta especie, y bajo éste unas abultadas gónadas masculinas en forma de pequeño semicírculo adosado a los cuartos traseros y dividido a la mitad que parecen querer expresar sin equívocos ambos testículos; finalmente, las patas conforman dos pequeños apéndices puntiagudos (Sanz, 1997, p. A tenor de los rasgos vistos por Sanz y, sobre todo, teniendo en cuenta el número de representaciones de jabalíes o verracos en la plástica prerromana, interpretamos estas figuras como verracos. Al respecto de este último, el registro arqueológico meseteño ha deparado un buen número de representaciones de verracos en la iconografía prerromana y, en concreto, en el ámbito vacceo 4, donde podemos poner como ejemplo desde las "fíbulas de verraco" de Paredes de Nava (Schüle, 1969, taf. Asimismo, en el vecino mundo vetón, el jabalí adquiere incluso un mayor relieve, es más, de sobra son conocidas las representaciones de jabalíes en las esculturas graníticas del llamado foco vetón (Álvarez-Sanchís, 1990). Los dos siguientes animales a interpretar se disponen junto al círculo reticulado de los dos zoomorfos en perspectiva cenital (Fig. 5); ahí encontramos las dos representaciones que fueron interpretadas como cápridos por Sanz, "una corta cola y una cabeza en la que se indica una breve cornamenta así lo sugieren" (Sanz, 1997, p. En nuestra opinión, no podemos descartar que el artesano quisiera representar caprinos en el pomo, sin embargo, la afirmación de Sanz sobre la cola, a nuestro juicio, no es del todo acertada, ya que el ejemplar situado en la izquierda del pomo tiene una larga cola cuyo trazado parece asemejarse más a la de un équido. Así, la cola de los équidos suele hacer una larga curvatura hacia abajo, en tanto que las cabras suelen tener una corta cola que se orienta hacia arriba. Por su parte, la cornamenta a la que alude Sanz como segunda evidencia para identificarlos como cabras, puede no ser más que las dos orejas puntiagudas de un caballo, dado el corto trazado de las mismas. También es cierto que los caprinos son animales muy poco representados en la iconografía de la zona 5, por el contrario, de todos es sabido que los équidos son muy abundantes 6, tanto solos como acompañados de un jinete. Por todo ello nos decantamos por pensar que las representaciones de animales situadas junto a ese círculo o torta reticulada son caballos y no cabras. El pomo muestra además un cánido en el canto superior (Fig. 5). En este caso, coincidiendo también esta vez con Sanz, es evidente que estamos ante un perro, en el que se destacan unas fauces donde se han marcado los dientes, unas orejas apuntadas (están representadas las dos) y una cola larga de doble trazo. El animal parece disponerse en una posición amenazante o agresiva dado que tiene hocico hacia abajo y enseñando los dientes. Rompiendo la simetría del reverso del pomo encontramos un ave, de difícil asignación, y aún más cuando esa parte precisamente esta afectada por la oxidación y la corrosión. Sanz destacó de ella "una cola trapezoidal, un cuerpo fusiforme, algo pesado, con la cabeza orientada hacia el suelo en actitud de picotear, y dos patas con sus correspondientes dedos" (Sanz, 1997, p. 448), lo que le llevó a reconocer en el ave una perdiz o, más bien, una gallina. Ciertamente es muy complicado reconocer qué ave se quiso representar en nuestro pomo. No podemos descartar que se trate de una gallina o incluso de una perdiz, sin embargo, el principal problema que vemos es que el mundo prerromano meseteño y en concreto el vacceo no parece darle una gran relevancia a esta ave, dado que la presencia de estos animales se ciñe a pocos restos de gallinácea en las ofrendas de algunas tumbas pintianas (Sanz, 1997, p. De la misma forma, hablar de la importancia del gallo como ofrenda en la Galia céltica no deja de ser cuando menos arriesgado, tanto por la distancia que separa una y otra región, como por las diferencias en la cultura material, y sobre todo, por erigir nuevamente nuestra región en deudora de la Galia. Bajo nuestro punto de vista, el animal representado no es una gallina ni una perdiz, sino que es una de las aves más citadas en relación con los pueblos prerromanos de la meseta norte. Nos referimos, indudablemente, al buitre. Los vultúridos presentan una morfología que encaja muy bien con la figura del pomo y este podría estar representado en la posición de comer, como ave carroñera que es. La interpretación de esta ave como un buitre cuenta con más respaldo en el registro arqueológico, tal y como lo demuestran, entre otros objetos arqueológicos, la chapita de bronce con forma de cabeza de buitre hallada en Las Ruedas (Sanz, 2010, fig. 16), las conocidísimas cerámicas numantinas o la estela de Zurita, donde encontramos las similitudes más cercanas con el buitre representado en nuestro pomo. Por su parte, los animales en perspectiva cenital podrían considerarse, sin lugar a dudas, los más complicados de interpretar (Fig. 5 y 6). En el momento de su hallazgo, se apuntó que estos tres zoomorfos pudieran ser cánidos a partir de sus rasgos anatómicos (Sanz, 1997, p. 442), algo que se confirmó, años después, con el descubrimiento de "El Vaso de los Lobos" en la casa del sótano en el yacimiento burgalés de Las Eras de San Blas de Roa (Abarquero, 2006-2007). Recientemente, han sido varios los hallazgos de zoomorfos representados en perspectiva cenital con la lengua conectada a un círculo reticulado los que han venido a confirmar la interpretación de estos animales como cánidos: dos de ellos proceden de la necrópolis de Las Ruedas. El primero consiste en un cenital pintado bajo el borde de un vaso de cerámica (Sanz y Blanco, 2015, cat. 2.3.9); otro más lo encontramos en una de las placas halladas en el sitio fortificado del Castelinho (Felgar, Torre de Moncorvo, Portugal) (Santos et al., 2012, p. 177, fig. 21); a estos se suman dos piezas más dadas a conocer en los últimos años, una sin contexto preciso y otra procedente de Coca (Almagro-Gorbea, Ballester y Turiel, 2017, pp. 158-162), muy similares ambas a la última pieza de bronce de Pintia; y, finalmente, un ejemplar (Fig. 7) formando parte de la decoración de las placas y bloques prismáticos cerámicos procedentes del yacimiento de El Villar (Bobadilla, La Rioja) y que recientemente hemos dado a conocer (De Pablo, 2018, pp. 258-259, fig. 2.128; Romero y De Pablo, 2019, pp. 125 y 126, fig. 21 y 22). 52), algo que compartimos y más a partir del hallazgo de esta última representación en unos bloques y placas que muy probablemente revistieron un edificio de corte cultual (Romero y De Pablo, 2019, p. Zoomorfo en perspectiva cenital del pomo de la tumba 32 de Las Ruedas, en concreto el situado a la derecha de la escena. Placa con decoración aplicada de un animal representado en perspectiva cenital e identificado con un lobo, procedente de El Villar, y reconstrucción hipotética de los dos animales completos. Finalmente, en los extremos del reverso del pomo, encontramos dos parejas de guerreros enfrentados en lo que parece un combate singular. Los guerreros, representados de perfil, van armados con una lanza, levantada sobre sus cabezas, y un escudo en el que se ha representado el umbo central y la curvatura hacia el exterior (o cóncavo al exterior), una característica de los escudos de tipo Monte Bernorio, típicos de la zona y extendidos por toda la meseta norte. Lo cierto es que, hasta la fecha, las representaciones de combates singulares son bastante escasas. En la meseta el más conocido de todos es el combate singular representado en el llamado "Vaso de los Guerreros" de Numancia (Romero, 1999). Casi tan conocido como el vaso numantino es el broche de la sepultura II del túmulo Z de la Zona I de La Osera (Cabré, 1937, lám. XXIII; Baquedano y Escorza, 1996, p. 31), el cual, tal vez, muestra la representación más parecida a las del pomo de la tumba 32 de Las Ruedas, puesto que los dos guerreros están representados de perfil, armados con escudos cóncavos al exterior y con una lanza en la mano contraria. A estas representaciones, recientemente, se han sumado otras de Foz Coa. De todas ellas la Roca 3 de Vermelhosa (Luis, 2016, figs. pp. 65.2 y 69), con dos guerreros enfrentados en la parte baja de la misma, es la que más interés ofrece, no solo por estar representados dichos guerreros con las mismas armas que los del pomo, sino también por poseer en la cintura, el contrincante de la derecha, lo que hemos interpretado como un puñal Monte Bernorio con el pomo totalmente desarrollado. Asimismo, en la representación tampoco se nos escapa la presencia, bajo los pies de los combatientes, de dos aves comiendo, las cuales se han interpretado como buitres, y que nos recuerda en la morfología y posición (cerca de los guerreros) al ave del pomo de Las Ruedas. También en Foz Coa encontramos otras dos representaciones de guerreros enfrentándose, una en la roca 6 de Quinta das Tulhas y otra en la roca 38 de Bulha (Luis, 2016, figs. p. En busca de una lectura para cada una de las figuras del pomo de la tumba 32 de Las Ruedas En opinión de C. Sanz, la representación de todos estos animales y de las dos parejas de guerreros enfrentados carecía de afán narrativo, apostando por que se tratase, más que de una escena propiamente dicha, de la yuxtaposición de diferentes elementos que no estaban del todo inconexos. A partir de aquí, diferenció tres grupos de representaciones, "la zoomorfa en vista cenital con carácter críptico, y las más naturalistas referentes al combate de guerreros o a los animales de sencilla identificación en vista lateral" para resolver que la iconografía desarrollada en el reverso del pomo representaba tres esferas "lo sagrado, lo guerrero y lo productivo" (Sanz, 1997, p. Esta interpretación fue seguida y aceptada por algunos autores como J. F. Blanco (2014, p. 189), no obstante, tampoco se llegó a hacer una revisión del pomo pintiano que repensara el mensaje que pretendía transmitir la decoración. Nuestra interpretación de la decoración figurada del pomo difiere de la hecha en su día por Sanz. Es evidente, que reconocer otros animales en algunas figuras, aunque sean pocas, condiciona la lectura del mismo. Bajo nuestro punto de vista, hay que interpretar la decoración figurada del pomo como una escena compuesta por varias imágenes o partes con un significado propio, las cuales, leídas en su conjunto y conectando unas con las otras, nos permiten conocer el mensaje final que el pomo pretendió trasmitir. A continuación, pasaremos a interpretar el significado de cada una de las figuras grabadas en el pomo (y el marco donde se desarrollan) para después proceder a desentrañar, en un último apartado, el mensaje que en él hay grabado, conectando ellas en una lectura global. Empezando por el marco donde se desarrolla la iconografía, es evidente que estamos delante de uno de los ejemplares más destacados, por no decir el más destacado, de los casi tres centenares de puñales Monte Bernorio documentados hasta la fecha por nosotros mismos en nuestro trabajo de tesis (De Pablo, 2018) Esta pieza, aunque no tuviera esta rica decoración figurada en el reverso, coloca a su poseedor en la cúspide de la jerarquía social de la época y podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que se trata de un destacado miembro de la elite vaccea. Al igual que la pieza en sí misma, la decoración es una forma de distinción, tiene una función ostentatoria y está realizada para exhibirse Es por todo ello que creemos que hay que interpretar la pieza desde el prisma de la ideología y las creencias de una persona situada en el punto más alto de la jerarquía social que, seguramente, se sirvió de representaciones reconocibles por una parte o por toda la sociedad frente a la que quería reivindicar su posición. El grupo más numeroso de animales representados son los jabalíes. En la Céltica europea, como bien recordaba recientemente J. F. Blanco (2014, p. 197), este animal tiene diferentes significados, representando desde el desorden y el caos vinculados a la guerra hasta la fuerza y la potencia sexual. En el mundo grecolatino el jabalí era considerado como el animal a batir en las partidas de caza por lo que simbolizaba lo indómito (Blanco, 2014, p. Si bien a nosotros lo que realmente nos interesa es qué significado pudo tener el jabalí en la meseta norte durante la Segunda Edad del Hierro. Coincidimos con Blanco en ver en el jabalí un símbolo de amistad y protección, como parecen suscribir las téseras de hospitalidad con esta forma (Blanco, 2014, p. A esta interpretación, más amable, se sumaría otra más extendida, en la que la figura del jabalí muy probablemente significara la fuerza, la fiereza, la tenacidad y la resistencia en combate que demostraban estos duros animales en los lances de caza, algo que podría explicar además su aparición en otros soportes como las espadas de tipo Miraveche. Un significado que coincidiría con el que tiene en algunas partes de la Céltica europea o incluso en el mundo grecorromano, algo que no debe de extrañar dado que el comportamiento del animal es el mismo en unos que en otros lugares. Así, la representación de estos animales marca un punto de inicio a la hora de interpretar el pomo del puñal. Vemos en los verracos, representados 17 veces, el animal salvaje, y no doméstico, contra el que el poseedor del puñal pudo haberse enfrentado y derrotado en múltiples ocasiones y en cuya caza se demostraba la pericia y habilidad del combatiente. A la vez, la representación del mismo en el pomo, tendría una clara intención de asumir esas facultades del animal al que respetaba a la vez que temía, para hacerlas propias en futuros lances, ya no con un jabalí, que también, sino con otro combatiente. En este sentido interpretamos los jabalíes como el símbolo que representaría la valentía, el arrojo, la tenacidad o la fuerza del poseedor del puñal y de los guerreros representados en los extremos del pomo. En el centro del espacio, la hipóstasis de la divinidad tiene una clara finalidad, la de protección y salvaguarda del portador, y constituye, a nuestros ojos, una invocación a esa divinidad profiláctica para que procure por el bienestar del portador del puñal, así como por el de aquellas personas representadas en los combates singulares grabados en los extremos del pomo. A pesar de ser todavía muy escasas las representaciones de esta divinidad, al menos mediante este símbolo tan complejo 9, dos de ellas ‒la del vaso de los lobos de Roa y la del fragmento del vaso hallado recientemente en Las Ruedas‒ aparecen vinculadas a vasos o recipientes de almacenaje lo que reafirmaría el carácter protector de esta deidad, en este caso sobre las bases alimentarias y económicas, algo que podríamos extrapolar al pomo que nos ocupa. Coincidimos con la exégesis de Abarquero (2006-2007, pp. 197-204 y 206) de considerar esta representación en perspectiva cenital como una hipóstasis de Vaelicus o Vaelico, dada la vinculación de esta deidad con el perro y el lobo por el significado de la raíz de su nombre, "uailo", que en lengua céltica significa perro, lobo, perro lobo Asimismo, en la asimilación de esta manifestación de la divinidad a Vaelicus, Abarquero propuso un carácter benefactor y apotropaico para la misma (Abarquero, 2006-2007, pp. 200-201), algo con lo que estamos completamente de acuerdo y encajaría a la perfección con la propuesta interpretativa que estamos haciendo del pomo bernoriano de Pintia. Es más, no hemos de descartar la faceta funeraria de esta deidad para las representaciones de este pomo, sí por el contrario descartamos el carácter infernal o subterráneo que otros le aportan (Fernández Gómez, 1973, p. La aparición de un ave junto a la parte más enigmática de la manifestación de la deidad, el círculo reticulado, pone de relieve la importancia de ese animal en el mensaje que pretende transmitir la escena. A estas alturas, tal y como hemos propuesto líneas atrás, interpretar esta ave como un buitre no es en absoluto descabellado, y menos a tenor de la sabida importancia de este animal en algunos rituales funerarios y el papel que jugaron los vultúridos como psicopompos en el mundo de las creencias de los pueblos prerromanos de la meseta. Sin duda alguna, el texto de Claudio Eliano es el que más atañe al pueblo vacceo: Los vacceos (pueblo de Occidente) ultrajan a los cadáveres de los muertos por enfermedad, ya que consideran que han muerto cobarde y afeminadamente, y los entregan al fuego; pero a los que han perdido la vida en la guerra, los consideran nobles, valientes y dotados de valor y, en consecuencia, los entregan a los buitres porque creen que éstos son animales sagrados (Claudio Eliano, Natur. anim., X, 22). Esta narración revela que el ritual de exposición de los guerreros muertos en combate a los buitres fue una práctica extendida entre los pueblos de la meseta norte a lo largo de la Segunda Edad del Hierro, es más, especifica que dicho ritual estuvo reservado únicamente a los guerreros caídos en combate. El texto se ve respaldado por la existencia de una iconografía que hace referencia a ello en algunos sitios tan distantes como Zurita, donde una estela representa un buitre picoteando el cuerpo de un guerrero yacente, o en Foz Coa, donde en la roca 3 de Vermelhosa se ha representado un combate singular entre dos guerreros y bajo ellos una pareja de buitres están comiendo un cuerpo y que a nuestro juicio debería considerarse como los restos del guerrero caído, después de haber dado cuenta de él los primeros buitres. Por lo tanto, la importancia del buitre en este ritual funerario es evidente, la de ser el transmisor del alma del guerrero entre la esfera terrenal y la celeste y lo creemos bien documentado en la zona que tratamos. La existencia del ave solo junto a la representación de la divinidad situada a la izquierda del pomo, podría poner en duda que se tratase de tal animal ya que en ese punto parece romperse la estricta simetría del pomo en la cara del reverso. Sin embargo, un análisis visual más pormenorizado de la parte donde debería aparecer la segunda figura de un ave, ha revelado la existencia de varios trazos que confirman que en ese punto hubo otra figura de difícil adscripción (Fig. 8), aunque dada la lógica de la simetría, podríamos concluir que se trata de otro buitre, lo que elevaría finalmente el número de animales representados, ahora sí, a 25. Detalle del espacio bajo el círculo reticulado del zoomorfo de la derecha de la escena, en el que se aprecia un trazo que revelaría la existencia de una nueva figura perdida casi en su totalidad por la oxidación y que comparándola con la contraria podría ser la figura de un buitre. En los extremos del pomo nos encontramos esas dos parejas de guerreros combatiendo en lo que ha de interpretarse como dos combates singulares bien documentados en el mundo prerromano de la zona de la meseta, tanto en la iconografía, tal y como hemos dicho más arriba, como en las fuentes clásicas. En este caso, no solo queremos interpretar estas dos monomaquias como tales, sino que nos gustaría ir un poco más allá y, al hilo de lo dicho con respecto al marco en el que inscribe la decoración figurada, proponer este tipo de enfrentamientos particulares como una actividad propia y exclusiva de miembros pertenecientes a la élite. Se trataría de una forma de solventar una disputa entre dos grupos por medio de un combate singular de sus líderes 12, los cuales reafirmarían también su poder frente a su propia comunidad. En otras palabras, aquellos líderes capitalizarían la defensa de la comunidad en general y la de sus intereses personales en particular, ya que muy probablemente ellos eran quienes controlaban los medios productivos, lo que a su vez les permitía situarse en la cúspide de la pirámide social. Esta relación entre las monomaquias y la élite parece verse respaldada no solo por el propio pomo, sino también por la existencia de otro combate singular en un broche de cinturón damasquinado en plata en la sepultura II del túmulo Z de la Zona I de La Osera (Cabré, 1937, lám. XXIII; Baquedano y Escorza, 1996, p. 31), una tumba con armamento de guerrero y muy suntuosa. Los combates singulares también son recogidos por las fuentes clásicas y los vinculan con la clase dominante. En esta zona nos interesan dos episodios relacionados con la conquista romana de la península ibérica. El primero de ellos narra los funerales de Viriato en los que Tras haber adornado a Viriato del modo más esplendoroso le prendieron fuego sobre lo alto de una pira y le inmolaron numerosas víctimas y, por secciones, la infantería y la caballería, corriendo alrededor del cadáver, armados iban entonando cánticos al modo bárbaro y todos se sentaron en torno a él hasta que el fuego se extinguió. Una vez concluido el ceremonial iniciaron un certamen de combates singulares sobre su tumba (Apiano, Iber, 75). El segundo de ellos, más relacionado aún con el pomo que tratamos por haber ocurrido en territorio vacceo, sucedió en el año 151 a. C. cuando el ejército Lúculo, apostado frente a las murallas de Intercatia, veía cada día como un bárbaro salía con frecuencia de la ciudad a caballo y se situaba en medio de los dos ejércitos. Vestía armas ostentosas y desafiaba en combate singular a cualquier romano que quisiera enfrentársele. Nadie respondía a su desafío y con muecas de burla se retiraba ejecutando una figura de danza. La escena se repitió numerosas veces hasta que Escipión, a pesar de su edad juvenil, se sintió dolido y saltando al campo de batalla afrontó el combate individual. Era de estatura pequeña pero la Fortuna le llevó a vencer al megalon andra, al enorme varón (Apiano, Iber, 53, traducción R. Olmos, 2003). En conclusión, aunque no son muy abundantes las referencias alusivas a monomaquias o combates singulares, tanto la iconografía como las fuentes clásicas documentan sobradamente estos enfrentamientos en el territorio de estudio, lo que hace de las dos representaciones del pomo, ya no un unicum o imagen excepcional sino un documento más para la interpretación de la vida e ideología de la élite vaccea y prerromana meseteña en general. Finalmente, interpretamos los caballos como la montura de uno de los dos guerreros que aparecen luchando en cada combate singular, concretamente vinculamos cada caballo con el guerrero que le da la espalda y por ende está más cerca del animal. A este respecto sabemos que los guerreros cuando entablaban combate descabalgaban de su montura para luchar a pie (Quesada, 1998, pp. 171-173; Sánchez-Moreno, 2005, p. Ello se ha visto respaldado en la cuenca del Duero por representaciones iconográficas, tales como la de la roca 3 de Vermelhosa en Foz Coa, donde uno de los dos guerreros que se enfrentan a pie está unido a un caballo por medio de una correa (Luis, 2016, fig. pp. 65 y 69). A este respecto, también es muy ilustrativo el texto de Polibio cuando habla de los celtiberos y su trato a estos animales en batalla, algo que nos ayuda a entender, además, la posición de los dos animales, orientados hacia el guerrero que estaría combatiendo: Esto tienen de particular los celtíberos en la guerra: cuando ven que sus infantes ceden, descabalgan y dejan los caballos dispuestos en formación; al efecto disponen unos pequeños clavos al extremo de las riendas, los que clavan en el suelo enseñando a los caballos a no moverse de la fila hasta que ellos vuelven y arrancan los clavos (Polibio, fr. Una vez reconocidas las figuras representadas y buscados los paralelos en el registro arqueológico, en un primer apartado, e interpretadas cada una de las representaciones haciendo uso, no solo del registro arqueológico, sino también de los textos clásicos, en una segunda parte, comenzamos entretejer todas esas interpretaciones en la búsqueda de una lectura global, que a continuación exponemos. Una lectura global de la escena Llegados a este punto, hemos de reconocer que, aunque podamos coincidir parcialmente con Sanz en la identificación de los animales representados, no compartimos su lectura hecha de las tres esferas ‒lo sagrado, lo guerrero y lo productivo‒. Las interpretaciones de la decoración figurativa del pomo no coinciden ya que nosotros no vemos ningún elemento productivo, dado que los animales representados no son cerdos sino jabalíes, que son una pieza cinegética. De la misma manera, aquellas gallinas o perdices que ve Sanz a nuestros ojos son buitres y las posibles cabras las vemos como equinos. Por su parte, la esfera sagrada existe, pero no separada de ese aspecto guerrero sino completamente vinculada. No creemos por tanto que, como dice Sanz (1997, p. 440), estas representaciones sean elementos yuxtapuestos con algunas conexiones, sino una escena con afán narrativo en la que todo está interconectado, incluso la posición de cada figura no parece ser casual. Nuestra interpretación de este unicum de la iconografía vaccea, como hemos visto, pasa por considerar aspectos de diversa índole, pero siempre relacionados con la práctica de las armas y que tienen como punto de encuentro un miembro de la aristocracia vaccea. El mensaje es un fiel reflejo de la ideología de ese personaje situado en lo más alto de la jerarquía social con respecto a la guerra y las armas, y la trascendencia que estas tienen en la sociedad. Consideramos que la escena hace uso de una serie de símbolos e iconos reconocibles, valorados y compartidos por toda la sociedad y que el poseedor del arma hizo uso de ellos para mostrar su poder y posición privilegiada tanto económica como, sobre todo, social. La escena está representada en lo que entendemos es el reverso del arma, un lugar íntimo, lo que también nos podría indicar que, aun siendo una decoración para ser exhibida, las figuras ahí representadas tenían un significado personal muy fuerte para su poseedor y la representación de ciertos símbolos no solo respondió a una finalidad ostentatoria. Nuestra interpretación de la escena del pomo en conjunto pasa por rescatar nuevamente el episodio de Intercatia del 151 a. C. y sus consecuencias. Si bien, esta vez recogeremos un texto de Plinio, que nos informa, ya no del combate singular entre Escipión Emiliano y el guerrero intercatiense, sino del proceder del hijo de este último, tras la derrota a manos del romano: Cuentan los autores que aquel intercatiense a cuyo padre mató en un desafío Escipion, llevaba un sello en el que estaba grabado este combate. De ahí el chiste tan divulgado de Estilon Preconio, que preguntaba lo que habría hecho si su padre hubiese dado muerte a Escipion (Plinio, N. H. XXXVII, 4, 9, traducción García Bellido, 1987). Como vemos, después de la derrota del vacceo de Intercatia a manos de Escipión, episodio narrado por muchos autores clásicos (Tito Livio, Per, 48; Polibio, XXXV, 5, 1-2; Apiano, Iber, 53; Orosio, IV, 21, 2), el hijo del intercatiense, lejos de ver esto como una deshonra, se hizo grabar la representación de ese hecho en un anillo o sello. Algo que, según Plinio, despertó las bromas del gramático Estilón Preconio, preguntándose ¿Qué es lo que hubiera hecho (el hijo) si Escipión hubiera sido muerto por su padre? Lo que nos lleva a pensar que para el hijo del vacceo la derrota no era, ni había supuesto, un estigma para él sino todo lo contrario, era algo para recordar y enorgullecerse, es decir, toda una hazaña. Las bromas de Estilón Preconio nos revelan, además, que representar una derrota no era algo entendido por la mentalidad romana, por el contrario, en el mundo vacceo todo indica que la representación del coraje o, mejor, del sacrificio de una persona en beneficio de la comunidad no solo se entendía, sino que era valorado e incluso venerado. Al hilo de esto, proponemos la lectura de esas dos monomaquias situadas en los extremos del pomo como los combates singulares en los que antepasados del dueño del arma lucharon y fueron derrotados. Ello explicaría, en primer lugar, la existencia de un caballo sin montura con el que pudieron llegar esos contendientes caídos al combate, quienes previamente al lance lo habrían descabalgado, mostrando asimismo que pertenecen a una clase privilegiada por la posesión de este animal. Asimismo, la postura en reposo del animal parece recordarnos al pasaje anteriormente citado de Polibio (fr. En segundo lugar, vemos a un buitre que tiene su pico en dirección al círculo reticulado de la deidad, como si ya hubiera dado cuenta del cuerpo de guerrero y actuado como trasmisor o psicopompo del alma entre la esfera terrenal, donde se había desarrollado el combate, y la celestial, donde esperaba la divinidad. De esta manera, el poseedor del puñal daba a entender que sus antepasados gozaron de un ritual funerario reservado solo a unos pocos. Como un tercer elemento, están las dos representaciones de la deidad dispuestas en horizontal y orientadas hacia las dos monomaquias, en un claro posicionamiento de protección del cuerpo y el alma del guerrero, interpretándose además el círculo reticulado como el lugar donde se recibiría o tomaría el alma del difunto. Quedaría una tercera representación de la deidad dispuesta en vertical hacia la hoja de la daga, en una evidente intención de proteger, ahora sí, los enfrentamientos futuros del portador del puñal. Llegados a este punto, la falta del círculo reticulado en esta hipóstasis de la divinidad 13, se explicaría porque, de momento, el portador del puñal todavía no había sido acogido por ella. La representación de esas dos personas caídas en un combate es, además, una forma de honrar a sus antepasados, quienes muy probablemente, a su muerte en esos combates, legaron esa posición económica y socialmente privilegiada al poseedor del puñal También es una forma de conectar con ellos afianzando o demostrando su pertenencia a un linaje o familia aristocrática. Por supuesto, los jabalíes aquí representados no vendrían a ser más que la forma de simbolizar y trasmitir la valentía, la fuerza y el ardor de los dos combatientes a los que se quiere glorificar (sus dos antepasados caídos en combates anteriores) además de la de él mismo, el dueño de tan magnífica daga. Pues si no se utilizara un símbolo como el jabalí para reflejar ese comportamiento ejemplar en el combate difícilmente se podría trasmitir ese valiente proceder en una sociedad ágrafa. Finalmente, el cánido representado en el canto del pomo, desplazado de la escena principal, bien podría ser un perro, a nuestro juicio, una forma de simbolizar y demostrar la fidelidad del propietario del puñal a sus antepasados y el respeto hacia su legado, el cual también reivindicaba. En definitiva, proponemos e interpretamos el pomo del puñal como una evidencia arqueológica de un hecho solo conocido hasta el momento por la literatura clásica. Similar a lo que fueron en su momento las cerámicas numantinas ‒con representaciones de grandes aves y hombres muertos armados‒ a los textos clásicos de Claudio Eliano y Silio Itálico ‒que narraban la exposición a los buitres de los guerreros caídos en combate‒. Representaciones, tanto las cerámicas numantinas como el pomo que ahora tratamos, difíciles de interpretar si no hubieran existido esos pasajes tan explícitos de los autores clásicos. Así, la coincidencia entre el texto pliniano (N. H. XXXVII, 4, 9) y la iconografía estudiada no solo reside en que se represente un combate singular, sino en que se haga en un objeto personal e íntimo de gran valor económico ‒un anillo o sello en un caso y el pomo de un puñal en otro‒, en que quien lo demande sea un miembro de la élite y en que quien lo promueva sea un descendiente, que además vincularía la derrota al orgullo y el honor y no a la deshonra No cabe duda de que los puñales Monte Bernorio, tal y como después lo serán en la meseta norte los puñales de enmangue en espiga y los de filos curvos (De Pablo, 2010; De Pablo, 2012), no solo fueron armas sino objetos de prestigio, indicadores de estatus y muy probablemente símbolos de pertenencia a una clase o grupo privilegiado Además de todo esto, creemos que el puñal que ahora tratamos fue un objeto de reconocimiento, veneración y culto a los antepasados, tal y como hemos tratado de demostrar, así como, un objeto que demostró no solo la pertenencia de su poseedor a un grupo privilegiado, sino que este se encontraba en la misma cúspide de ese grupo y por lo tanto de la jerarquía social. Una vez expuesta nuestra hipótesis sobre el significado de la escena en cuestión se nos plantean algunas preguntas sobre la vida, valor y tiempos de la pieza en sí misma. Una de las preguntas que se formularon casi desde el momento de su descubrimiento fue la de cuantos tiempos pudo tener el puñal hasta su amortización, a lo que primero C. Sanz (1997, p. Sin decantarnos por ninguna opción en concreto, en futuros trabajos habremos de responder si se trata de un puñal realizado de una sola vez, tanto la hechura de la propia daga como la decoración, y amortizado por su primer poseedor, con lo que tendríamos un solo tiempo; una segunda opción sería que la manufactura del puñal y de la iconografía fueran de un solo momento y que la pieza, una vez se hubiera transformado en un objeto de veneración y heroización de los antepasados, se convirtiera en una reliquia que hubo de haber amortizado un descendiente del creador, con lo que estaríamos hablando de dos tiempos 18; una última opción sería la de los tres tiempos, en los que la factura del puñal, la ejecución de la escena y la amortización en tumba fue hecha por tres personas diferentes. En este sentido, si se tratara de una pieza con dos o tres tiempos, habríamos de calificar esta y el broche como reliquias y, al hilo de ello, nos deberíamos hacer una nueva pregunta: ¿faltan realmente la vaina y el resto de la daga en la tumba por un motivo de conservación, o al tratarse de una reliquia las piezas fueron cuidadosamente seleccionadas? Hoy día, es difícil responder a estas preguntas. Esperamos pues que nuevos hallazgos, trabajos y aportaciones permitan avanzar no solo en el estudio de esta pieza en concreto, sino también en el de las armas, la simbología y las creencias del mundo vacceo
Dos posibles recintos campamentales romanos en la provincia de Lugo: crítica y elogio de la noticia arqueológica Se presentan las evidencias de dos posibles recintos campamentales romanos situados en la provincia de Lugo y se analiza su morfología con medios de teledetección y prospección. Desde un punto de vista crítico, se reflexiona sobre las limitaciones y posibilidades de la noticia arqueológica como parte del proceso de generación de conocimiento histórico. En los últimos diez años se ha incrementado de forma notable la identificación de nuevos recintos campamentales en el cuadrante noroccidental de la península ibérica (Didierjean, Morillo y Petit-Aupert, 2014; Orejas et al., 2015; Costa, Fonte y Gago, 2019; Martín et al., 2020; Morillo et al., 2021). La popularización de los medios de teledetección, el desarrollo de la tecnología LiDAR y la simplificación del acceso a la fotografía aérea y a la imagen satélite, han supuesto una democratización en el manejo de la arqueología aérea. Tanto investigadores como aficionados pueden acceder ahora con facilidad a medios con los que hace dos o tres décadas tan solo trabajaba un número muy limitado de grupos de investigación. De este modo, hoy asistimos a una suerte de carrera por la identificación de nuevos indicios y evidencias de estructuras campamentales, que viene a llenar el vacío dejado por el subdesarrollo en la aplicación de medios de teledetección en la investigación arqueológica española. La arqueología aérea, a pesar de estar plenamente consolidada desde hace más de 40 años en la investigación europea (Maxwell y Wilson, 1987), tuvo sin embargo un eco mucho más limitado en el estudio de la presencia del ejército en el noroeste hispano (Loewinsohn, 1965; Sánchez-Palencia, 1986). Lamentablemente, todo este nuevo desarrollo del mapa de la actividad militar romana no ha encontrado un correlato en forma de un incremento parejo en la comprensión histórica del proceso de conquista y posterior control de las comunidades sometidas por Roma. En este artículo presentamos dos posibles nuevos campamentos situados dentro del conventus Lucensis (Fig. 1) a modo de pequeña aportación con la que sentar las bases para futuros trabajos que permitan ampliar el conocimiento y entender los tiempos y las formas de los procesos complejos de conquista, dominación y explotación, llevados a cabo por el imperio romano y sus ejércitos. Con la publicación de estos dos recintos pretendemos reivindicar el papel de la noticia arqueológica como una herramienta útil, capaz de aportar de forma ágil nuevos datos a la comunidad científica, pero a la vez, queremos reflexionar sobre el alcance del descubrimiento vacío de contenido histórico. Evidencias campamentales en el área lucense. El posible recinto campamental de Alto da Cepeira (Guitiriz, Lugo) se sitúa sobre un cerro que despunta sobre la margen derecha del río Ladra, subsidiario del Miño, en una posición desde la que se ejerce un claro dominio sobre uno de los valles que da acceso a la comarca de A Terra Chá. Fue identificado en 2016 por Joaquín Granados, a la vez que otras estructuras castrenses como O Penedo dos Lobos. El análisis del sitio con medios de teledetección revela la existencia de un recinto con planta de tendencia rectangular con las esquinas redondeadas, pero marcadamente irregular, que ocupa una superficie total de 5,2 ha (Figs. En las zonas mejor conservadas, el cierre perimetral se presenta en forma de loma con una altura máxima conservada de 1 m y un ancho máximo aproximado de 6 m, que parece corresponder a un agger (Fig. 4). En el esquinal suroeste y sobre todo en el lateral norte, el recinto se forma parcialmente aprovechando los afloramientos rocosos de esquisto. No se aprecian indicios suficientemente claros de la existencia de un foso, ni sobre el terreno, ni con teledetección. En prospección, bajo unas condiciones óptimas de visibilidad después de que toda la superficie del recinto fuese desbrozada, no se documentó ningún resto material. Los vecinos del lugar, que trabajaron estas tierras, tampoco mencionan la aparición de restos al arar. El recinto de Alto da Cepeira. a) fotointerpretación; b) topografía (curvas de nivel cada 10 cm); c) representación del recinto aplicando local relief model; d) representación del recinto aplicando sky-view factor El recinto de Alto da Cepeira en la fotografía aérea histórica. Vista del agger del extremo norte del Alto da Cepeira. Tanto en los vuelos de la USAF de los años 1946 y 1956 (series A y B), como en el vuelo interministerial (1973-1986) se puede apreciar la totalidad del perímetro del recinto (Fig. 3), si bien es cierto que la mitad occidental aparece especialmente alterada ya en los años 40 por trabajos de extracción de piedra ("lousa"), que fue empleada en la construcción de los límites del parcelario. El flanco oriental, por su parte, sirve de base a la cerca que funciona como linde, que aprovecha la elevación del agger para el cierre. La fotografía aérea histórica muestra además la existencia de parcelaciones internas dentro del recinto. En todos los casos se trata de lindes modernas, pero en el extremo noroccidental se observa una posible división interna del recinto, que se aprecia sobre todo en las fotografías de los vuelos de 1946 y 1956. La topografía obtenida por LiDAR (Fig. 2), la realización de un vuelo con dron para la obtención de un modelo fotogramétrico y la aplicación de técnicas de representación como el sky-view factor y el local relief model (Kokalj y Somrak, 2019) confirman la entidad de las estructuras documentadas mediante fotografía aérea. El recinto se asemeja en su traza al tipo de planta en forma de naipe, si bien adopta laterales algo irregulares por adaptación a la topografía de la loma en que se emplaza. Ninguno de los esquinales llega a formar exactamente un ángulo recto. Esta falta de adecuación al plano canónico de los recintos castrenses podría explicarse quizás por su construcción ajustada a la falda del cerro y por las dificultades que presenta la zona occidental del mismo, en donde se observa una notable concentración de afloramientos rocosos. Uno de los elementos más característicos del recinto es el acceso en clavícula que se observa claramente en el cierre meridional, con un trazado en cuarto de círculo, y que se aprecia con nitidez tanto en la fotografía aérea histórica, como en los modelos del terreno obtenidos con datos LiDAR y por fotogrametría (Fig. 5). La entrada se realiza a través de una especie de rampa que aprovecha un canchal de esquisto, cuyo lateral aparece tallado, dando forma a algo que podríamos denominar como "contra clavícula" y que supondría una limitación añadida al acceso. La realización de una excavación en área permitirá concretar la caracterización formal de la entrada al recinto. Topografía de la entrada en clavícula al recinto de Alto da Cepeira. Modelo del terreno obtenido por fotogrametría, con curvas de nivel cada 5 cm. Los vecinos identifican este lugar como O Castro y justo al pie, por el oeste, se documenta el topónimo de Roza Castro. Esta denominación plantea interesantes cuestiones sobre el modo en que empleamos la toponimia como indicador en la prospección. La toponimia es inespecífica desde un punto de vista arqueológico e histórico, aunque al mismo tiempo es extremadamente precisa en la relación analógica que establece para describir morfológicamente los elementos concretos que representan una alteración o una discontinuidad significativa del paisaje para las comunidades que lo habitan y lo nombran. En este caso, vemos que con "Castro" no se hace referencia a un asentamiento de la Edad del Hierro tipo castro, sino que, de un modo más genérico, se describe un recinto fortificado situado en una posición elevada. El sitio de Alto do Castrillón se encuentra en un cerro que sobresale en el paisaje, situado justo en el límite entre los municipios de Taboada y Portomarín. Se trata de un recinto de forma rectangular y esquinas redondeadas, solo parcialmente conservado (Fig. 6), que fue identificado dentro del trabajo de análisis sistemático del territorio llevado a cabo en la tesis doctoral de L. F. López González (2020, p. Su morfología es reconocible únicamente en el vuelo americano de 1956, donde se aprecia lo que parece ser una estructura campamental con la típica forma de naipe, de la que se pueden identificar tan solo unos 450 m lineales, correspondientes a la mitad suroriental del recinto. En el punto central y más elevado del cerro se sitúa un túmulo, conocido como A Medorra. Sobre la imagen se detecta un crecimiento diferencial de vegetación, que aparentemente se corresponde con el foso. Su trazado es claramente discordante respecto al parcelario y las lindes observables en la fotografía en ningún punto coinciden con su estructura, hecho que acredita una antigüedad relativa respecto a las divisiones de las tierras. La entidad de los restos observables a través del análisis estereoscópico de la fotografía aérea del año 1956 es modesta, pero el topónimo "Castrillón" indudablemente hace referencia a una estructura más o menos destacada sobre el entorno, que en algún momento tuvo que ser fácilmente reconocible sobre el terreno y que hoy aparece totalmente desdibujada por el cultivo de la tierra y las repoblaciones forestales. El recinto de Alto do Castrillón a) vuelo americano de 1956; b) fotointerpretación. La definición de la posible estructura castrense del Alto do Castrillón mediante teledetección presenta notables dificultades. En el vuelo americano de 1946 no se distingue ninguna traza del recinto a pesar de que en ese momento todo el monte estaba en cultivo y las condiciones eran óptimas para poder reconocer las marcas dejadas por el crecimiento diferencial de la vegetación. La escasa definición de la película de este vuelo podría explicar los problemas para observar huellas claras. El examen mediante visión estereoscópica del vuelo americano de 1956 sí permite identificar con claridad los trazos del posible campamento, pero en las fotografías posteriores vuelven a desaparecer. Tanto en el vuelo interministerial (1973-1986) como en el nacional (1980-1986) se aprecia que la zona ya no estaba en cultivo y estaba ocupada por monte bajo, lo que obstaculiza el reconocimiento de las marcas sobre el suelo. En cambio, en el vuelo del SIGPAC (1997-2003) sí se consigue observar la zona de la esquina SO del recinto, no sin dificultad. Posteriormente, los trabajos de repoblación forestal, que ya estaban en marcha en ese momento y que se pueden apreciar en los siguientes vuelos del PNOA, terminaron por arrasar cualquier vestigio de las estructuras, que tampoco son identificables ya en prospección sobre el terreno. Por su parte, los datos LiDAR del PNOA no registran señal alguna de un recinto cuyos últimos restos habrían desaparecido años antes de la realización del vuelo (2009). Todo esto abunda en la necesidad de analizar secuencialmente diferentes vuelos históricos, y de contar con el LiDAR como una herramienta complementaria con otros medios de teledetección. De la conquista a la dominación. Consideraciones cronológicas sobre los campamentos del área lucense Es poco lo que puede apuntarse sobre la incardinación cronológica de los recintos documentados en Alto da Cepeira y Alto do Castrillón sin una intervención sobre el terreno más exhaustiva. Su estructura, su probable asimilación a la planta en forma de naipe habitual en los campamentos altoimperiales o la entrada en clavícula, remiten inequívocamente a una cronología romana. La aparente escasa entidad de las estructuras de delimitación y la falta de hallazgos cerámicos en una primera aproximación, sugieren además que estamos ante establecimientos de carácter temporal. No obstante, empleando solo medios de teledetección y prospección en superficie resulta imposible avanzar más en cuestiones cronológicas y discriminar un posible encuadre dentro de los episodios bélicos de la conquista, en momentos inmediatamente posteriores de la "paz armada" (Morillo, 2017) o en el largo período en el que las tropas de Roma permanecieron acuarteladas en el noroeste hispano. Las referencias cronológicas procedentes de las escasas intervenciones arqueológicas llevadas a cabo en los campamentos de carácter temporal del área lucense dibujan un panorama diverso. Las dataciones resultantes de la excavación de A Recacha y A Granda das Xarras apuntan hacia una ocupación situada en un momento posterior a las guerras cántabras (Orejas et al., 2015). En Outeiro (Menéndez y Sánchez, 2018), las fechas obtenidas por datación radiocarbónica presentan un intervalo cronológico amplio, que tanto puede relacionarse con las guerras como con la fase ulterior de control del territorio, si bien es cierto que con una mayor probabilidad estadística a 1 σ de situarse en un momento posterior al cambio de era. En la zona astur, las intervenciones en La Carisa sí apuntan claramente a los episodios bélicos que tienen lugar en el período de las guerras cántabras (Camino, 2015). La excavación del campamento de Penaparda (Costa et al., 2020) dio como resultado una datación situada en torno al s. XV d. C. que quizás se explique más por el tipo de material datado que por un verdadero origen moderno. Las dataciones de C14 proceden de los "estratos sobre los que se asentaba el mismo parapeto", por lo que deberían haber aportado un referente post quem más o menos claro. Sorprende en todo caso la afirmación de los autores de que nos situamos en un "horizonte cronológico anterior a los siglos V-VI d. El campamento de Penedo dos Lobos se ha relacionado con las guerras cántabras por la aparición en prospección de dos monedas de Publio Carisio datadas en el 25-22 a. 38), en lo que es una propuesta quizás algo aventurada, pues es evidente que el período de circulación del numerario ‒también en campamentos de campaña‒ puede exceder en décadas al momento de acuñación. Valga como ejemplo el denario de L. Piso Frugi del 90 a. C. documentado en el campamento de L.lagüezos, perteneciente al período bélico de las guerras cántabras (Martín y Camino, 2013, p. Hoy parece claro que el proceso de conquista es más amplio que el período que las fuentes escritas atribuyen a las guerras cántabras, y que se solapa con una fase más amplia durante la que se ponen en marcha los mecanismos de control y reestructuración territorial que cimientan las bases de la nueva sociedad provincial (Sastre et al., 2017). Lo vemos por ejemplo en la permanencia de las tropas en los campamentos de La Loma, inicialmente adscritos a un episodio de asedio durante las guerras (Peralta, 2008), pero en donde la identificación de monedas posteriores al 12 a. Peralta, Hierro y Gutiérrez, 2011) demuestra la existencia de guarniciones al menos una década después de finalizar el conflicto, algo ya sugerido años antes (Morillo, 2008, p. La identificación de monedas de la ceca de Caesaraugusta en el campamento de Campo de las Cercas (Peralta, 2002, p. C. en adelante, incide sobre esta misma idea. El relato que nos llega de la conquista es eminentemente propagandístico y reproduce una imagen a medida de la proclamación de Augusto como responsable de la nueva pax. Sabemos, no obstante, que el comienzo de la conquista del noroeste es anterior a las guerras cántabras (Currás, 2019) y que se extiende en el tiempo a través de diversas estrategias de sometimiento de los vencidos. Las visiones reduccionistas que han asimilado toda evidencia campamental de carácter temporal a las guerras cántabras han sido objeto de duras críticas (Orejas et al., 2019; Morillo et al., 2020). A menudo, se ha caído en la simplificación de explicar la presencia del ejército romano en relación con un "teatro de operaciones" en el que es necesario reconstruir los movimientos de tropas y las líneas de avance, lo que no deja de ser nada más que un remedo de las viejas aproximaciones filológicas, revestidas ahora de una pátina de renovación tecnológica. Las dataciones resultantes de diferentes proyectos de investigación arrojan, por el contrario, un panorama mucho más complejo (Orejas et al., 2015). Terminadas las guerras, las tropas de Roma continuaron desplazándose por el territorio, desplegando los medios de control necesarios para que la conquista se materializase en forma de una dominación y una explotación duradera de los pueblos sometidos. La presencia militar no se limitó además a los ámbitos campamentales, sino que en varios casos fue penetrando también en asentamientos indígenas (Villa, 2009). Roma empleó a sus ejércitos en el reconocimiento y exploración del territorio. Su papel fue determinante en las tareas de agrimensura, en el inventario de los recursos y en la elaboración de los censos (Nicolet, 1988), así como en la fundamental tarea de configuración territorial en civitates. Su actividad fue especialmente intensa en las zonas mineras (Sánchez-Palencia y Currás, 2015; Currás y Sánchez-Palencia, e. p.) y las tropas participaron también en la definición y trazado del sistema viario, ya en funcionamiento, al menos parcialmente, desde época de Augusto (Rodríguez Colmenero, Ferrer y Álvarez, 2004). Por todo ello, a la hora de explicar sitios como Alto da Cepeira o Alto do Castrillón, no podemos caer en la ingenuidad de atribuir necesariamente toda la actividad militar romana a episodios bélicos y movimientos de tropas dentro de las llamadas guerras cántabras. Los cometidos de las tropas de Roma fueron múltiples y sabemos que fueron continuados en el tiempo. La noticia arqueológica es un texto breve, eminentemente descriptivo, que aporta datos sustanciales sobre novedades relevantes en la investigación. Como tal, la noticia puede ser un instrumento útil, versátil, que permite sacar a la luz rápidamente avances y resultados de trabajos de campo, aportaciones cronológicas de alcance, hallazgos materiales singulares... La arqueología militar se ha beneficiado de este formato y en los últimos años se han dado a conocer nuevos recintos campamentales mediante trabajos centrados en la descripción formal del sitio, desde una concepción de la noticia como base para futuros estudios más detallados (p. ej. Cordero, Cerrillo y Pereira, 2017). A lo largo de la última década, han proliferado los hallazgos y la publicación de recintos castrenses en el cuadrante noroccidental de la península ibérica. El mapa de la presencia militar en Asturia et Gallaecia se ha ido completando progresivamente con nuevos descubrimientos que, sin embargo, solo en contadas ocasiones han dado lugar al desarrollo de proyectos de investigación o reflexiones de conjunto (Palao, 2014; Morillo, 2016). La necesaria noticia no suple la imprescindible reflexión histórica, la interpretación y el desarrollo de proyectos de intervención arqueológica sobre el terreno. La mayor parte de los hallazgos y de los trabajos derivados de ellos, salvo excepciones (Orejas et al., 2015; Menéndez y Sánchez, 2018; Camino, 2015; Currás y Sánchez-Palencia, e. p.), se mueven además en una absoluta imprecisión cronológica y a menudo incluso plantean problemas respecto a su identificación, clasificación y caracterización formal. No debemos renunciar a la noticia arqueológica. La incorporación de nuevos datos nunca es desdeñable, pero la identificación de más sitios militares debiera dejar de ser cuanto antes un objetivo prioritario de la investigación, para dar paso a su documentación y excavación, y al desarrollo de proyectos que hagan posible su comprensión dentro de los procesos de transformación derivados de la sumisión del noroeste bajo el dominio de Roma. Urge superar la concepción del recinto campamental como un hecho aislado, para entenderlo en su contexto territorial, en relación al poblamiento local, a las estructuras viarias y a las formas de explotar y controlar la tierra. Todas las noticias que están dando a conocer nuevas evidencias campamentales son innegablemente útiles, pero debemos reconocer que no son más que un primer paso hacia una arqueología de la conquista, en gran medida todavía pendiente (Orejas y Sánchez-Palencia, 1999). Con esta breve publicación de los dos posibles campamentos de Alto da Cepeira y Alto do Castrillón queremos reivindicar la validez de la noticia cruda, descriptiva y objetiva, que sirve como inicio de una investigación y no como su objetivo.
Dos fulcra de bronce hallados en Tarraco Una excavación arqueológica de urgencia realizada entre los años 2016 y 2018 en el solar de la calle López Peláez de la ciudad de Tarragona descubrió los restos de un gran edificio suburbano de época altoimperial destinado a almacenamiento (horreum). Entre los objetos arqueológicos recuperados destacan dos prótomos de mula de bronce correspondientes a la parte superior de los fulcra que decoraban el reposacabezas curvilíneo de un lecho romano. El enorme potencial arqueológico de Tarragona, de sobra conocido, viene atesorado por la herencia que la antigua Tarraco ha dejado bien visible a través de sus monumentos y en los numerosos restos hallados en el subsuelo durante años de intervenciones arqueológicas. Desde el punto de vista legal, este importante legado arqueológico comenzó a ser objeto de especial protección a finales del siglo XIX. La protección específica de las murallas romanas en el año 1884 inició un proceso de protección progresivo y no siempre fácil en el que la acción e iniciativa del asociacionismo civil y cultural de la ciudad tuvo un papel primordial (Menchón, 2011, p. Este proceso de reconocimiento y protección tuvo su punto de inflexión con el decreto 652/1966 del 10 de marzo del año 1966 por el que se declaraba Conjunto Histórico Artístico la Parte Alta de Tarragona, y establecía al mismo tiempo, una zona de respeto en torno a este conjunto histórico y la protección del subsuelo de todo el término municipal como Zona Arqueológica, obligando a realizar excavaciones previas a cualquier obra que se llevara a cabo en la ciudad. La recuperación de las competencias culturales por parte de la Generalitat de Catalunya marcó un nuevo hito en la gestión urbanística del patrimonio, convirtiéndose así en el instrumento clave para la conservación y recuperación del patrimonio arqueológico de la ciudad. La Ley 9/93 del Patrimonio Cultural Catalán y la creación en el año 1981 del Servicio de Arqueología por parte de la Generalitat de Catalunya y la sucesión de diversos planes generales de ordenación urbana por parte del ayuntamiento, determinaron de manera decisiva la instauración de este sistema de control arqueológico de la actividad urbanística (Mar y Ruiz de Arbulo, 2000, pp. 242-243). El reconocimiento internacional definitivo se produjo con la inclusión del Conjunto Arqueológico de Tarraco por parte de la UNESCO en la lista de Patrimonio Mundial en el año 2000, acontecimiento que marcó un punto de inflexión en la gestión del patrimonio arqueológico de la ciudad y la consolidación de un sentimiento de identificación por parte de la ciudadanía. La actual gestión urbana del patrimonio de Tarragona deriva de esta evolución y hace preceptiva la excavación arqueológica previa a cualquier actuación urbanística ya sea de promoción privada como pública. En este sentido, el Ayuntamiento de Tarragona coordinando sus diferentes áreas y departamentos y a través de la concejalía de Patrimonio Histórico, vela por la realización de las preceptivas excavaciones arqueológicas de aquellos proyectos que puedan afectar el subsuelo y a todos aquellos elementos catalogados por la normativa vigente. Velar por la conservación y protección del patrimonio catalogado no puede ser la única finalidad. A esta se le añade el ineludible objetivo de asegurar la correcta documentación y protección de aquellos elementos que puedan aflorar como resultado de las intervenciones arqueológicas que derivan de la actividad urbana, intentando en la manera posible y a través de una fundamento sostenible, la integración urbanística de aquellos restos arqueológicos que afloren del subsuelo, buscando una no siempre fácil simbiosis entre la evolución urbanística de la ciudad y la preservación e integración de su patrimonio cultural. La excavación arqueológica realizada en el solar de la calle López Peláez n.o 1 es un claro ejemplo de la gestión de la arqueología urbana actual de la ciudad de Tarragona. La intervención fue motivada por la construcción de un edificio de viviendas plurifamiliares promovida por el Servei Municipal de l'Habitatge i Actuacions Urbanes S. A. (Ayuntamiento de Tarragona) y se llevó a cabo en dos fases discontinuas entre los años 2016 y 2018. La parcela en la que se desarrolló la intervención (Fig. 1) se ubica en el suburbio noroccidental de la ciudad romana, a tan solo 100 m de la muralla y de una de sus puertas principales. Aunque el análisis de los materiales arqueológicos recuperados se encuentra aún en fase de estudio, es posible avanzar algunas conclusiones preliminares y establecer una cronología marco para el yacimiento. Las evidencias más antiguas registradas en el solar datan de época tardorrepublicana-augustal. Estas aparecen aisladas y en gran parte amortizadas o parcialmente destruidas por acciones constructivas posteriores. Entre la segunda mitad del siglo I e inicios del II d. C. se construyó un edificio suburbano de gran entidad arquitectónica. Su núcleo central estaba constituido por dos naves rectangulares. En el interior de ambos espacios aparecieron ocho sillares situados a distancias regulares. En base a las evidencias obtenidas, hemos identificado este edificio con un almacén u horreum provisto de dos naves con pavimento sobreelevado destinadas al almacenaje de cereal. Localización de la parcela excavada dentro de la actual ciudad de Tarragona y planta final de los restos exhumados en la parcela. Basándonos en los materiales recuperados de los estratos de derrumbe, el edificio entró en una fase de abandono y degradación progresiva a partir de finales del siglo II, inicios del III d. C. En varios ámbitos se documentan vertidos puntuales de origen doméstico, con cerámica de cocina, vajilla de mesa, cenizas y restos de fauna atribuibles a los siglos III y IV d. C. En este mismo periodo temporal se registra la ocupación funeraria del lugar con un conjunto de cuatro inhumaciones. Contexto arqueológico del hallazgo Uno de los descubrimientos más espectaculares fue el hallazgo de dos prótomos de mula pertenecientes a la decoración de un lectus tricliniaris. Estos objetos formaban parte de la secuencia estratigráfica sedimentada en el interior del horreum altoimperial. Más concretamente, fueron localizados en el extremo noroccidental de una de las dos naves centrales. Su estrato de origen (UE 1152) es un nivel de matriz arcillosa de aproximadamente 73 cm de espesor. El estrato que lo cubría (UE 1034) se asocia al proceso de degradación y espolio de materiales constructivos del edificio. A su vez, el estrato 1152 cubría el substrato geológico de piedra calcárea sobre el cual se apoyan los pilares que sostenían el pavimento sobreelevado. También cubría uno de los escasos niveles pertenecientes al horizonte constructivo del almacén. Se trata de la UE 1156, una pequeña concentración de cenizas y yeso mezclado con arena, sedimentado directamente sobre la roca. En este estrato se recuperó un as de bronce del emperador Antonino Pío que permite establecer un terminus ante quem de mediados del siglo II d. C. para la formación del estrato de origen de los fulcra. En cuanto a los materiales cerámicos recuperados en el estrato 1152, no son muy abundantes, pero destaca la presencia de fragmentos de terra sigillata africana A (forma Lamb. 3c), terra sigillata A/D y cerámica de cocina africana (forma Ostia II, 267). En base a estas producciones podemos establecer que el proceso de colmatación del interior del granero se iniciaría a finales del siglo II y continuaría durante el III d. En el momento de su descubrimiento, las piezas de bronce estaban apiladas, colocadas una encima de la otra y con sus partes posteriores en contacto. Alojado en la parte posterior hueca del fulcrum A se encontraba un nódulo mineral que podría contener plata. A la luz de los datos expuestos anteriormente, podemos afirmar que los fulcra tarraconenses no aparecieron en su contexto original, es decir, en un entorno doméstico o funerario. Aunque se trata de objetos creados en el siglo I a. C. (vid. epígrafe 3.3), pertenecen a un contexto estratigráfico mucho más tardío. Su emplazamiento en un edificio suburbano abandonado y en proceso de deterioro, así como su peculiar colocación, indican claramente un acto de ocultación (vid. epígrafe 5). El presente artículo pretende concentrar la atención en el análisis de los dos prótomos de mula mediante una descripción atenta pero también en su apreciación como objeto asociado a un contexto cultural e histórico muy específico. En el caso de los fulcra, la dificultad estriba en el hecho que la gran mayoría de estas piezas están desprovistas de un contexto de hallazgo. Por añadidura, frecuentemente se trata de ejemplares aislados del mueble al cual pertenecían: el lectus tricliniaris. La implantación del uso de este tipo de cama-diván en la península itálica está unida a la adopción de la posición reclinada durante los banquetes. Esta se popularizó entre la élite romana y etrusca gracias a su introducción desde la Magna Grecia a través de Campania (Mols, 2007-2008, p. 14) y Livio (39.6.7) fechan la llegada a Roma de este tipo de cama decorada con elementos de bronce en el año 187 a. C., cuando los romanos volvieron de sus campañas en Asia (Richter, 1966, p. A nivel estructural, estaba formado por un armazón de madera de planta rectangular (sponda) integrado por cuatro maderos conectados entre ellos mediante una rejilla de listones de madera o una retícula de cintas de cuero, cuerdas o hilos metálicos que sostenían el colchón. Las cuatro patas se unían a los lados cortos de esta estructura y presentaban una varilla interior de hierro que solía inserirse en la sponda (Rodríguez López, 2019, p. El lectus tricliniaris se caracterizaba por estar provisto de fulcra. El fulcrum consistía en un reposacabezas de madera en forma de S inclinada ubicada en los extremos de la cama (Fig. 2). Su función era retener el colchón y los cojines. Reconstrucción idealizada de un lectus tricliniaris con indicación de las partes decorativas del fulcrum citadas en el texto. Debajo, anverso y reverso de las piezas analizadas: fulcrum A (izquierda), fulcrum B (derecha). Su decoración era particularmente delicada y rica. El soporte para la ornamentación consistía en un marco metálico que seguía la sinuosidad del respaldo (Fig. 2.1) el cual estaba provisto de tres ranuras (2, 3, 4) donde se encajaban todos los apliques decorativos (Hill, 1952, p. El extremo inferior estaba ocupado por un motivo circular o medallón que normalmente exhibía un busto antropomorfo. En el espacio intermedio del fulcrum se fijaba una lámina metálica (3) habitualmente decorada con motivos vegetales y florales. Finalmente, la terminación superior estaba constituida generalmente por cabezas zoomorfas de mulas, caballos, perros, aves y, excepcionalmente, elefantes y felinos (Faust, 1989). El motivo decorativo más habitual parece haber sido el de los équidos (De Carolis, 2007, pp. 83-84). Los ejemplares recuperados en el horreum suburbano tarraconense son una pareja de apliques decorativos que se ubicarían en los extremos superiores de los fulcra de un diván de madera. Las piezas están trabajadas en bronce y presentan un hueco en su parte posterior (Fig. 2). Este tipo de elementos decorativos eran producidos mediante la técnica de fundido a la cera perdida. El fulcrum A (149 mm de altura, 137 mm de anchura, 820 mm de grosor y 796 gr de peso) corresponde a la representación naturalista de una mula que gira la cabeza hacia su derecha. Los ojos, grandes y expresivos, presentan pupilas circulares en forma de punto. Este orificio circular habría alojado algún elemento encastado elaborado en otro material (pasta vítrea, piedra). Sus fosas nasales están muy dilatadas y la boca está entreabierta, con el labio inferior colgante. El animal extiende hacia atrás sus largas orejas que enmarcan una crin corta, organizada desordenadamente en gruesos mechones ondulantes. En la zona del tupé, sobre la frente, destaca un mechón recogido en una coleta alta a modo de penacho. En la zona de la cabeza, aunque su superficie está afectada por la corrosión, son visibles los correajes que ciñen y sujetan la cabeza (Fig. 3). La muserola o correa de la brida (B), da la vuelta al hocico justo por encima de la nariz y acaba en el bocado (A), definido mediante una protuberancia circular situada en el ángulo superior de la boca. También se advierte parte de un volumen que podría adscribirse a las carrilleras (C). Entre la frontalera y los ojos nace una franja abultada (D) que correspondería a la representación del músculo elevador labionasal. La frontalera está formada por dos elementos diferentes. La primera, que recuerda a una diadema o guirnalda, está decorada con franjas plateadas alternadas con superficies en las que es aún perceptible la pátina dorada original de bronce. En una posición más alta y solamente visible encima de los ojos del équido, aparece una estrecha banda que podría también formar parte de este elemento de la cabezada (F). Cabezada del fulcrum A con los elementos que la constituyen referidos en el texto. Entre la base de las orejas y la frente, se encuentran dos bandas trapezoidales (E) realizadas con una lámina de metal soldada al cuerpo principal de la pieza (Fig. 4.2). Un elemento de idéntica morfología, pero de mayores dimensiones se conserva en la parte posterior superior de la pieza (Fig. 4.1). Se trata de una cinta cuyo extremo se sitúa en la base de la crin y que se dispone en paralelo a la melena. Está definida con una lámina trapezoidal decorada con motivos incisos trabajados en frío. Su superficie está ocupada por un motivo triangular central, mientras que el borde inferior está cubierto por un conjunto de líneas paralelas incisas que simulan unos flecos. Volviendo a la testuz del animal, destaca la presencia de dos pequeñas protuberancias (G) posiblemente fijaciones de un elemento decorativo perdido. Otros indicios que reforzarían la existencia de este accesorio aplicado serían el par de pequeños ganchos de bronce encastados en el interior de dos orificios ubicados en la base de las orejas del animal (H, Fig. 4.4) y tres pequeños agujeros de planta rectangular en la parte alta del cuello (I). Detalle de los elementos decorativos del fulcrum A. En la parte baja del cuello encontramos el pretal o correa. Se trata de un elaborado collar constituido por un conjunto de elementos con motivos decorativos diferenciados (Fig. 4.3; Fig. 5). En la parte superior se observa una banda de tela con pliegues ondulantes donde se adivinan pequeños lunares argénteos muy deteriorados. Debajo, se encuentra un elemento de transición constituido por una banda más estrecha que la anterior, decorada con trazos incisos oblicuos. En la parte inferior de estas dos cenefas y ocupando gran parte de la extensión del pretal, se aprecia una gran piel de felino. En su límite superior, la piel aparece doblada, mostrando un borde formado por un ribete de gruesos flecos. El extremo inferior exhibe el mismo tratamiento decorativo, si bien la definición de los mechones es más plana y menos abultada. El resto de la superficie de la piel está decorada con más mechones de pelo representados muy esquemáticamente en forma de rizos circulares y organizados en ristras verticales. Finalmente, el centro del collar está ocupado por la cabeza de una pantera de perfil. El felino muestra sus fauces abiertas y las orejas puntiagudas agachadas hacia atrás. De la zona del cuello nace una banda triangular rematada con una pequeña guarnición dentada. La parte terminal de la pieza presenta la típica luneta que remata este tipo de piezas (Fig. 5). Destaca la decoración en plata del ribete que la cruza transversalmente. Dibujo del extremo inferior del fulcrum A y B con indicación de las partes decoradas con plata. El fulcrum B (166 mm de altura, 122 mm de anchura, 90 mm de grosor y 1120 gr de peso) muestra una expresión muy parecida a la del fulcrum A: el animal gira ligeramente su cabeza hacia la izquierda, con los ojos y el ollar muy dilatado. Las pupilas no son tan profundas como las de su compañera, pero también evidencian el espacio ocupado por un elemento incrustado. El blanco del ojo y el párpado inferior están recubiertos con una lámina de plata. La mula abre exageradamente la boca, proyectando el labio inferior hacia abajo. Es visible la dentadura del animal, trabajada en un bloque uniforme (Fig. 6.A). En la superficie de la testuz se advierten los músculos, bien moldeados y prominentes. También son visibles varias líneas finas bajo la piel (C), quizás la representación de las venas. Las orejas, echadas hacia atrás, son de mayor longitud que las del fulcrum A. El peinado de la crin está organizado en mechones que se doblan a derecha e izquierda de manera alternada y el tupé está rematado con una coleta. Cabezada del fulcrum B con los elementos citados en el texto. En la cabezada, se aprecia la muserola (B) definida por un hilo de plata conservado por encima del hocico. La frontalera presenta idéntica tipología que el fulcrum A, con una forma de media luna, si bien es más larga y sus extremos alcanzan la base de las orejas (D). De hecho, parece que se unan al extremo superior de las dos cintas trapezoidales (E). Ambas piezas (trabajadas con dos láminas exentas adheridas a la parte baja de las orejas) están decoradas con un triángulo inciso y un borde inferior de flecos. Contrariamente al fulcrum A, estas decoraciones se insertan en unos pequeños encajes rectangulares en las sienes de la mula (F). En la cara posterior de la base de la melena, la mula exhibe una cinta trapezoidal sin decoración, elaborada en el mismo núcleo del prótomo (Fig. 7.1). La base del cuello del animal está envuelta por un collar de piel de felino (Fig. 7.3) en la cual se identifican claramente tres partes. En la franja superior aparece una faja moteada con pequeños puntos circulares de plata en relieve muy bien definidos. Bajo esta se extiende una estrecha cenefa de líneas inclinadas ondulantes. Inmediatamente debajo encontramos la piel de pantera (Fig.5). El límite superior está bordeado por un ribete de flecos de pelo trazados de manera muy esquemática y geométrica. Este elemento se une a la cabeza de pantera localizada en el centro del pecho de la mula. Su ademán es idéntico al de la cabeza de felino del fulcrum A si bien en el B el busto no tiene orejas. De su cuello nace una cinta trapezoidal rematada por unos flecos triangulares. La terminación inferior de la piel está bordeada por otro ribete de flecos de pelo. Al contrario que su compañero A, en el fulcrum B el resto de la piel del felino no ha recibido ningún tipo de tratamiento decorativo. Por último, cabe destacar que la luneta inferior está decorada con una línea plateada (Fig. 5). A diferencia del individuo A, en el fulcrum B no es tan clara la existencia de decoraciones aplicadas. En el área del cuello, en paralelo al collar, se aprecia una perforación rectangular junto con tres pequeñas depresiones que denotarían la presencia de una pieza acoplada (Figs. Detalle de los elementos decorativos del fulcrum B. Cuando comparamos los dos fulcra, se hace patente que, más allá de las similitudes superficiales, nos encontramos ante dos piezas muy diferentes que no fueron concebidas como pareja para un mismo mueble. Su peso y dimensiones, las expresiones faciales, la morfología de ojos y orejas, la ordenación de los mechones de la crin entre otros, son aspectos divergentes que evidencian que las dos piezas nacieron de las manos de artistas diferentes. No obstante, las coincidencias en los elementos que integran la cabezada (la frontalera en forma de guirnalda, las bandas trapezoidales ubicadas en las sienes) y la composición general del collar (Fig. 5), sugerirían que fueron producidos siguiendo un mismo modelo y quizás en un mismo taller. El hecho de que los dos prótomos presenten decoraciones en plata en los mismos puntos (collar, blanco de los ojos, párpados inferiores, frontalera, interior de la luneta inferior) también reforzaría esta hipótesis. Aunque los fulcra A y B son objetos vinculados a una secuencia estratigráfica, su contexto arqueológico no nos aporta todas las claves necesarias para establecer su cronología y procedencia. Debemos asumir que los fulcra en general (y los ejemplares tarraconenses en particular) fueron producidos en talleres radicados en el mundo helenístico. Así lo ponen de relieve los hallazgos en contexto arqueológico de moldes para la confección de elementos decorativos en bronce para klinai hallados en Pella y en el barrio de Skardhana en Delos (Siebert, 1973, pp. 583-585; Andrianou, 2006, p. Más allá de la identificación en origen de estos objetos, también disponemos de evidencias directas sobre su comercialización entre finales del siglo II a. C y durante el siglo I d. C. Los cargamentos de varios pecios hallados en las aguas del Mediterráneo han servido para ilustrar la clase de productos de lujo que los romanos importaban de Grecia y de Oriente Próximo a finales de época tardorrepublicana: refinada vajilla vítrea, copas de oro y plata, estatuaria de mármol y bronce y ánforas de vino procedentes de Cos, Éfeso y Rodas. Junto a estos productos encontramos también camas de madera con decoraciones broncíneas. En el pecio de Mahdia (localidad ubicada en la costa de Túnez), el cargamento de la nave naufragada estaba formado por columnas de mármol, estatuas griegas de mármol y bronce, así como lechos con decoraciones en bronce (Hellenkemper, 1994). Otro barco hundido delante de la isla griega de Antikythera transportaba como mínimo tres klinai de madera con revestimientos de bronce datados entre el siglo II a. C. y la segunda mitad del siglo I a. C. La nave se dirigía al puerto de Puteoli y posiblemente provenía de la zona oriental del Egeo. En base a la composición de su cargamento se han propuesto como posibles puntos de carga Delos, Pérgamo y Éfeso (Christopoulou, Gadolou y Bouyia, 2012, p. En un tercer pecio, el de La Formigue C, localizado en el Golfe-Juan, cerca de Cannes, se rescataron dos fulcra completos datados en el siglo I a. C. Además de casi un centenar de ánforas Dressel 1B, 1A y Lamb. 2, el barco también transportaba camas de madera con elementos en bronce (fulcra y patas torneadas) posiblemente producidas en Delos, así como varios vasos de bronce (Baudoin, Liou y Long, 1994, pp. 45-60). Teniendo en cuenta las pequeñas dimensiones de la nave, diseñada para la navegación de cabotaje, las klinai debieron ser adquiridas en algún puerto italiano para ser vendidas a los consumidores fuera de Roma. En cuanto a la cronología de las piezas, el principal criterio para asignar una datación a los fulcra es la forma del marco metálico que sostiene las decoraciones, que, en el caso que nos ocupa, no ha llegado hasta nosotros. Sin embargo, el hecho de que algunos ejemplares de prótomos de mula se hayan mantenido conectados a su marco posibilita obtener un encuadre cronológico que puede ser empleado como base para clasificar las piezas a nivel individual (Faust, 1989, p. En el caso de los fulcra tarraconenses, consideramos que se trata de ejemplares producidos a mediados del siglo I a. C. Nos basamos en las similitudes estilísticas y decorativas existentes entre estos y otros ejemplares. Los fulcra procedentes de Amiternum, custodiados en los Museos Capitolinos en Roma (Faust, 1989, núm. cat. 355), son los que presentan un mayor número de similitudes con los prótomes estudiados, sobre todo en los motivos decorativos. Estas muestran unas cintas trapezoidales con flecos que cubren sus carrillos, así como una frontalera en forma de media luna sobre la frente, que es en realidad la misma cinta (Fig. 8.1). Se trata de un unicum en el catálogo de S. Faust, hasta ahora sin paralelos. Los fulcra estudiados presentan cintas similares, si bien más cortas y exentas respecto al núcleo de la pieza. Asimismo, la representación plástica de la piel de pantera, definida por filas de rizos esquemáticos recuerda al fulcrum A. Un tercer elemento que aproxima estilísticamente los fulcra de Tarraco a los de Amiternum son las similitudes en la franja superior del collar. Uno de los dos ejemplares italianos muestra una faja superior decorada con una trama geométrica con rombos. Los fulcra tarraconenses también están provistos de una faja superior decorada con pequeños puntos plateados. Este es también un elemento exclusivo, sin paralelos. El elemento predominante en el resto de ejemplares recogidos por S. Faust es el motivo identificado con el extremo superior de una silla de montar de cuero (Faust, 1989, p. Solamente los fulcra del lecho funerario de Amiternum y los tarraconenses están desprovistos de este complemento. Cabe destacar que los fulcra A y B presentan también aspectos únicos para los cuales no hemos hallado paralelos, como es el diseño de la frontalera o el moteado de la franja superior del collar. Uno de los dos prótomos del lectus de Amiternum en los Museos Capitolinos. Prótomo de mula depositada en el Cleveland Museum of Art. Otros ejemplares también datados en la segunda mitad del siglo I a. C. presentan otros aspectos formales que los aproximan a los fulcra tarraconenses. Uno de los prótomos del British Museum (Faust, 1989, p. 192) coinciden en la morfología de la cabeza (muy ancha a la atura de los carrillos), el tratamiento decorativo de la crin, así como la representación plástica de los mechones de la piel del collar. Más allá de su función ornamental, estos apliques broncíneos están revestidos de connotaciones culturales relacionadas con el acontecimiento social del convivium. Las mulas representadas en los fulcra pertenecen al cortejo del dios del vino Dionisos/Baco. Estas aparecen profusamente en las representaciones de la thyasos báquica ejerciendo como bestias de carga o como cabalgaduras de Sileno o del propio dios. Las mulas del fulcrum parecen representar o anunciar la presencia de Dionisos. Ambas lucen la pardálide, la piel de leopardo o pantera que el mismo dios ciñe sobre su pecho. Uno de los complementos recurrentes en el repertorio iconográfico de las mulas dionisíacas son las coronas de hiedra con sus zarcillos y bayas. Ya hemos apuntado anteriormente que el fulcrum A exhibe una serie de elementos (enganches, orificios de acople) que apuntan a la existencia de algún elemento acoplado que cubriría la parte alta de la frente y parte del cuello de la mula. En uno de los ejemplares que figuran en el exhaustivo catálogo de S. Faust (Fig. 8.2) la corona de hiedra ha desaparecido parcialmente en la zona de la frente y se aprecian claramente las dos protuberancias sobre las cuales se mantenía fijada. Los dos objetos llegaron al taller de restauración en el interior de contenedores de plástico completamente recubiertos por sedimentos del estrato en que se encontraron. Una vez eliminados los depósitos terrosos adheridos en su superficie, se pudo analizar su estado de conservación. Se constató que el fulcrum B disponía de dos piezas sueltas correspondientes a los colgantes ornamentales de la decoración. El fulcrum A, aparte de tener uno de estos elementos sueltos, se encontraba fragmentado en varios trozos. Los fragmentos aparecieron cribando los sedimentos después de extraer las dos esculturas de los contenedores. Los objetos conservaban un buen núcleo metálico, pero en la superficie se formó una pátina constituida por diversos productos de corrosión. Los más abundantes son el óxido cúprico (cuprita), el carbonato básico de cobre (malaquita), el cloruro cúprico (nantoquita) y los cloruros básicos de cobre (atacamita y paracamita). Mientras los dos primeros son estables y protegen el metal, los cloruros causan el deterioro del bronce. Coloquialmente, estas patologías se conocen como la "enfermedad del bronce" o "cáncer del bronce". También se detectó la presencia de concreciones calcáreas sobre la ya citada pátina. La actuación, que se desarrolló entre los meses de marzo y abril de 2017, consistió en la realización de diferentes tratamientos con la finalidad de recuperar la estabilidad de los materiales constituyentes y la legibilidad de las piezas. Los tratamientos aplicados fueron los siguientes: limpieza, desalado, descloruración, adhesión de los fragmentos, bruñido y protección. Así pues, se eliminaron los depósitos terrosos adheridos con una solución hidroalcohólica junto con una acción mecánica realizada con instrumental manual (bisturí y cepillo dental). Se retiraron las concreciones calcáreas y parte de los productos de corrosión con fresas de corindón y cepillos circulares de acero acoplados a un micromotor. Posteriormente, las piezas se sumergieron en sucesivos baños de agua destilada desionizada hasta la total eliminación de las sales solubles presentes. En el caso del fulcrum A fueron necesarios catorce baños, mientras que en el fulcrum B se realizaron cinco baños (en ambos casos de 48 h). Una vez concluido este proceso, las piezas se depositaron en el interior de una cámara con una humedad relativa del 90 % durante 24 h. Esta operación hizo aflorar los cloruros de cobre inestables (atacamita y paratacamita). Seguidamente, se procedió a la eliminación de los focos de deterioro con una primera acción puntual con instrumental manual (bisturí y raspador de dentista) y con fresa de corindón. Este tratamiento fue necesario realizarlo varias veces. Ya en la fase inicial de limpieza se constató la presencia de diversos fragmentos desconectados, los cuales fueron restituidos a su posición original. Por ejemplo, se adhirieron al cuerpo principal del fulcrum A un total de diecisiete fragmentos. Se usó, según el tamaño y la forma del encaje de los mismos, un adhesivo de cianocrilato o una resina epoxi. Los colgantes de ambos fulcra se adhirieron con el segundo producto, pero, previamente, en las superficies de contacto se aplicó una capa de resina acrílica con la finalidad de facilitar su reversibilidad. Algunas de las uniones fueron reforzadas con una masilla hecha con resina epoxi a la que se añadió gel de sílice micronizado y pigmentos negro y almagre. Finalmente, se realizó un bruñido en todas las superficies de los fulcra con cepillos circulares de acero accionados por un micromotor. Posteriormente, la superficie fue frotada con hisopos de algodón hidrófilo en seco. Los objetos se secaron en un armario-estufa a 60 oC durante dos horas y, una vez recuperada la temperatura ambiente, se aplicó una solución protectora de resina acrílica en la superficie. Finalizado el tratamiento de conservación-restauración, las piezas se depositaron en el interior de unas bolsas de polietileno de cierre hermético junto con gel de sílice con indicador (cloruro de cobalto), manteniendo una humedad relativa del 30 %. En cuanto a los criterios de actuación, se aplicó el de la mínima intervención, manteniendo los productos de corrosión que no fueran dañinos para los objetos, pero tratando las fuentes de corrosión activas. Referente al sistema de presentación, se optó por no reintegrar las partes perdidas. De todas formas, en el caso del fulcrum A fue necesario restituir parcialmente algunas de las juntas, ya que era imposible conseguir unas uniones perfectas de los fragmentos debido a la deformación que habían sufrido. En el presente artículo hemos pretendido analizar y dar a conocer el hallazgo de dos pequeños elementos escultóricos que ornamentaban un lectus tricliniaris. Gracias a los paralelos localizados, sabemos que estos fulcra fueron creados a mediados del siglo I a. C. Consideramos excepcional la recuperación de estos fulcra por un doble motivo. En primer lugar, porque no son objetos habituales en el registro arqueológico. Esta situación se puede atribuir al hecho que el bronce era muy frecuentemente objeto de reutilización y fundido ya en época antigua. A este hecho se añade la pertenencia de estos objetos principalmente al ámbito doméstico, espacios que, en su excavación, difícilmente aportan objetos íntegros. Esta situación contrasta con la de las camas documentadas en contextos funerarios (como el ejemplar de Amiternum) que han llegado completas hasta nuestros días. Ya fuere para la casa de los vivos o la de los muertos, el lectus tricliniaris asumió la calidad de mueble de representación. Más allá de su condición de objeto artístico, los fulcra tarraconenses revelan el alcance de las redes de distribución de objetos de lujo que se extendían hasta las provincias occidentales. En segundo lugar, los fulcra estudiados son también relevantes porque provienen de un contexto estratigráfico bien definido. Forman parte de una ocultación acontecida entre finales del siglo II y el III d. C. en un edificio suburbano abandonado. Probablemente el objetivo de la ocultación fuera recuperar unas piezas que eran consideradas valiosas ya que se podía sacar un provecho económico de ellas. En el ámbito hispánico contamos con otro testimonio arqueológico de naturaleza similar. Se trata del fulcrum recuperado en el yacimiento del Cabezo de Alcalá de Azaila (Teruel). La pieza, que conserva su marco metálico, ha sido datada entre finales del siglo II e inicios del siglo I a. C. Ambos contextos, el de Azaila y el de Tarraco, demuestran que estas piezas eran percibidas como elementos preciados y reutilizables siendo consecuentemente objeto de ocultaciones y atesoramientos. Sea como fuere, sorprende que los apliques decorativos de un viejo mueble del siglo I a. C. se mantuvieran aún íntegros casi cuatro siglos más tarde. Este hecho también podría sugerir que, por su prestigio y valor, este tipo de mobiliario pasara de una generación a otra
En la legislación romana recogida en el Codex Theodosianus hay una serie de leyes que se refieren a la prohibición de hacer sacrificios o adorar a los ídolos. Al mismo tiempo se mantiene en la legislación la necesidad de preservar los templos por su valor como monumentos. Este artículo analiza, desde el punto de vista de los datos literarios, conciliares y arqueológicos, el problema del fin de los templos paganos en Hispania. Las conclusiones son que ni los templos de Hispania fueron convertidos en iglesias (sólo hay un caso y es muy tardío), ni que fueron desmantelados y arrasados. Algunos templos estaban ya abandonados en el siglo IV d.C. Otros fueron reocupados por casas u otras construcciones, y en el siglo V se comienza a observar la reutilización de sus materiales para otras obras. En general se puede decir que los templos de Hispania se conservaron intactos, aunque desprovistos de sus funciones paganas, hasta épocas muy tardías. Se contrasta esta documentación con la evidencia de otras regiones del Imperio (Galia, Oriente y Grecia). PALABRAS CLAVE: templos paganos, templos romanos, Antigüedad tardía en Hispania, concilio de Elbira, cristianismo, paganismo romano tardío. LA DESTRUCCIÓN DE LOS TEMPLOS PAGANOS Hacia mediados del siglo V d.C. el imponente templo de la diosa Afrodita de la localidad de Aphrodisias en Caria, fue transformado en una iglesia cristiana que se convertiría después en la catedral del lugar 1. El trabajo que supuso la transformación del edificio fue considerable: se desmontó la cella interior, se construyó un recinto exterior con ábside en la cabecera, se desmontaron 12 columnas que formaban parte del templo y se recolocaron como extensión de las naves, y el resto (26) sirvieron para separar las tres naves (Fig. 1). Como Ward Perkins observa "un visitante de Afrodisias después de la transformación del edificio probablemente no se percataba de que aquello había sido antes un templo pagano" 2. Del mismo modo, probablemente en la segunda mitad del siglo VI, el Partenón de Atenas fue convertido, en una operación semejante, en iglesia dedicada a la Virgen María, así como lo fueron también otros templos de Atenas, el Hephesteion, en el ágora, y el Asklepieion, en el sector sur al pie de la Acrópolis en el siglo VII3 así como el Erecteion (Fig. 2 y 3). En Roma la primera vez que un templo se transforma en iglesia es a comienzos del siglo VII, en el 609, cuando el Panteón fue convertido en iglesia consagrada a la Virgen María y todos los mártires, conocida a partir de enton-FANA, TEMPLA, DELUBRA DESTRUI PRAECIPIMUS: EL FINAL DE LOS TEMPLOS DE LA HISPANIA ROMANA ces como la Iglesia de S. María Rotunda4. En esta ocasión los cambios estructurales fueron mínimos: se colocó un altar en el ábside principal presidido por un icono de la Virgen y el Niño. De los casos mencionados (a los que, naturalmente, se podrían añadir muchos otros) 5 se pueden deducir algunas constataciones: en primer lugar lo costoso y la envergadura de las operaciones de desmonte y readaptación (en el caso de Aphrodisias, por ejemplo). Esta observación es de un autor contemporáneo al tema de la destrucción o reconversión de los templos. En su discurso Pro Templis, Libanio se dirige al emperador Teodosio reprochándole su política de consentir la demolición de los templos, diciéndole: "la demolición [de un templo] fue tan laboriosa como su construcción-tales fueron las dificultades para separar las piedras que habían sido unidas con fortísimos cementos" 6. En segundo lugar los ejemplos que he mencionado corroboran también el cumpli-miento (por unas razones u otras) de la legislación imperial, relativamente abundante, sobre la necesidad de preservar los edificios: una ley del 342 dirigida a Aco(nius) Catullinus, praefectus urbis Romae, dice que "aunque toda superstición (superstitio) debe ser totalmente eliminada, queremos, sin embargo, que los edificios de los templos (aedes templorum) situados fuera de los muros de las ciudades se queden intactos y preservados (intactae incorruptaeque consistant)" 7. En el mismo sentido van las leyes CTh. 16.10.8, del año 382 y CTh 16.10.15, esta última especialmente relevante para Hispania ya que está dirigida a Macrobius, vicarius Hispaniarum en 399, que dice: "de la misma forma que prohibimos los sacrificios, del mismo modo queremos que los ornamentos de los edificios públicos se preserven" (publicorum operum ornamenta servari) 8. Este mantenimiento de los edificios, al menos, era lo que reclamaba un pagano como Libanio: "Si debemos proteger nuestras ciudades por todas partes, si nuestros ciudades deben su fama a los templos en particular, y si estos templos son... su mayor orgullo, debe concedérseles mayor consideración y ser celosos en su mantenimiento como partes de la fabrica de las ciudades. Ellos son, al menos, edificios, aunque no se usen como templos"9. Esta conciencia de la necesidad de preservar la ciudad y sus edificios forma parte también de la legislación imperial tardía10. Otros dos aspectos se pueden deducir de los ejemplos señalados antes: por un lado, la significación simbólica que supone el hecho mismo de ocupar literalmente el espacio pagano (el Partenón, el Panteón, el Asclepieion, etc.) y transformarlo en iglesia y, en fin, la fecha relativamente tardía de esa misma transformación (en general, no antes de la mitad del siglo V, aunque haya excepciones especialmente en la Pars Orientis del imperio11 ). En el estudio del fenómeno del fin de los templos paganos de la Antigüedad se deben considerar, entre otros, varios factores: a) su destrucción y/o arrasamiento como expresión del fanatismo e intolerancia de algunos cristianos; b) su desmantelamiento paulatino, bien para reutilizar sus materiales en otras construcciones (spolia) o bien para otros propósitos (hacer cal); c) su abandono dentro del paisaje urbano, abandono que puede comenzar mucho antes que el período de instauración oficial del cristianismo13, que hace que el edificio queda vacío de contenido y significado, pero que se respeta, o bien por razones "culturales" urbanísticas (a las que aluden, como hemos visto, las leyes imperiales), o su reocupación para otros menesteres (habitaciones, casas, fabricae, talleres, horrea), o, en fin, d) su transformación en iglesias. EL CASO DE HISPANIA ¿En qué medida podemos estudiar estos fenómenos en el caso de Hispania? Es decir, ¿en qué medida, cómo, cuándo y dónde podemos constatar alguno, o todos, estos fenómenos en el panorama urbanístico de la Hispania romana? En el panorama urbano de las ciudades romanas los templos son y significan la protección de la ciudad y de sus ciudadanos14 y según el mismo Libanio son el alma de los campos ("psyche tois agrois") 15. Su existencia misma significa la presencia "física" de los protectores divinos. El destino, la defensa, el vigor y la protección de la ciudad está íntimamente ligado a su existencia. Además de ser escenario de los sacrificios, realizados delante del edificio, con motivos de las festividades del calendario romano 16, los templos son lugares polivalentes en la vida cívica: lugar de reunión política, de comercio, depósito del tesoro publico ("tameion"), plataforma para los discursos 17. Su función no es, pues, exclusivamente religiosa y pueden seguir cumpliendo sus funciones aún cuando no tengan ya la principal, estos es, ser morada del dios y lugar de los sacrificios. Por ello la preocupación de la leyes de los emperadores cristianos van encaminadas principalmente a prohibir los cultos, los sacrificios en los templos y no a su destrucción o demolición. De hecho no hay en la legislación imperial decretos que ordenen la destrucción de los templos hasta el año 435 18. Una ley del año 399, enviada al procónsul de África, señala taxativamente que no se destruyan los templos: Decernimus enim, ut aedificium quidem sit integer status 19. Y en otra del 407 se señala que los edificios (aedificia ipsa templorum) que se encuentren en las ciudades o en los oppida o fuera de estos, es decir, en el territorio, sean aprovechados para uso público (ad usum publicum vindicentur) 20. En la misma ley se ordena destruir los altares y que los templos se usen para otros menesteres (ad usu adcommodos transferantur) y que los templos que se encuentran en las domus privadas (en villae, por ejemplo) sean destruidos, ya que no son de función o utilidad pública como los de las ciudades 21. Hay que llegar, como hemos dicho, al 435 para encontrar una ley que ordene expresamente la destrucción de los templos 22 indicando que sean purificados mediante la colocación del signo de la venerable religión cristiana. Esta ultima cláusula permite pensar que en realidad la ley lo que establece es que o bien se destruyan o bien se purifiquen con una señal de la cruz, "se cristianicen" transformándolos así en edificios cristianos que, aunque mantengan su aspecto anterior, estén desprovistos de toda connotación pagana 23. La ley 16.10.15, dirigida al vicarius Hispaniarum Macrobio en 399, especifica que se prohíban los sacrifi-cios, pero que se conserven los ornamentos de los templos 24. A este propósito hay que considerar que estas leyes imperiales iban dirigidas a los gobernadores provinciales probablemente como respuesta a alguna de su quejas o requisitorias. Por tanto no es imposible pensar que el vicarius Macrobio, a la vista de que en algunos templos de Hispania se estaban destruyendo las estatuas (al fin y al cabo obras de arte dignas de ser contempladas y que formaban parte del prestigio ciudadano) 25 reclamase del Emperador intervenir en este sentido. Esta hipótesis seria tanto mas verosímil si pudiéramos identificar a este Macrobius con el Macrobio autor de las Saturnalia, pagano convencido y que en una ocasión había escrito: vetustas quidem nobis semper si sapimus adoranda est, lo que estaría en perfecta consonancia con su reivindicación de salvaguardar las estatuas 26. Si hasta ahora hemos considerado el problema del fin de los templos desde el punto de vista de la legislación antipagana del siglo IV y comienzos del V, queda, sin embargo, otra realidad: el hecho cierto de que muchos templos se destruyeron debido al fanatismo intransigente de algunos cristianos exaltados, de obispos celosos de su misión, de administradores ultramontanos o de monjes irascibles contra el paganismo 27. Tenemos atestiguados estos casos en Oriente y en otros lugares, como por ejemplo en la Galia 28, pero ninguno para Hispania. No parece que la Iglesia Hispana fuera tan radical, y la escasa presencia monástica en la Península impidió que se diesen los mismos hechos. Si consideramos los tres concilios que conocemos que tuvieron lugar en Hispania durante el siglo IV (Elbira, Caesaraugusta y Toledo I), no hay en todos sus cánones ni rastro de una legislación eclesiástica contra los templos paganos. Los obispos hispanos estaban mucho mas preocupados por la herejía priscilianista y el comportamiento de los clérigos y obispos que del paganismo y sus mani- festaciones, excepto en algunos cánones del Concilio de Elbira que conviene analizar porque constituyen un ejemplo preciso de esta actitud y este comportamiento. Cabe esperar que sean los concilios los que desde el punto de vista eclesiástico, legislen sobre los templos, sobre su existencia, o sobre la necesidad de abandonarlos o, al contrario, de preservarlos. Antes de comenzar este análisis hay que constatar un hecho: sólo el Concilio de Elbira, de los 37 concilios conservados en la colección canónica hispánica, que abarca el periodo que va desde el siglo IV hasta el VII, hace mención al problema y lo hace de forma muy breve. El primer canon del concilio hace ya referencia al problema de los templos y dice: el adulto que habiendo recibido el bautismo acuda al templo de los ídolos (ad templum idoli) para idolatrar, es decir, para dar culto y hacer los sacrificios pertinentes, no podrá recibir la comunión ni aun al final de su vida porque este acto es un crimen capital 29. Este canon presupone varias cosas: 1) la existencia de templos paganos en Hispania en la fecha del la celebración del concilio (ver infra); 2) que todavía se celebraban los sacrificios en los mismos y c) que incluso los cristianos bautizados todavía seguían haciendo sacrificios. Hay que notar que la prohibición de sacrificar es muy anterior a la aparición de las primeras leyes imperiales al respecto (supra) y que en este caso es una decisión eclesiástica especifica y que, por otro lado, la disposición conciliar no se refiere en absoluto a los templos en sí mismos ni a su cierre o demolición. Lo que se prohíbe son los sacrificios realizados por los cristianos. Se comprende y se tolera que los celebren los paganos. Ante este texto cabe preguntarse ¿qué circunstancias pudieron llevar a los bautizados a seguir haciendo sacrificios a pesar de pertenecer ya a la religión cristiana? La respuesta más lógica es que reinaba en la sociedad recién convertida una cierta ambigüedad que permitía seguir practicando la costumbre habitual de los sacrificios, o, lo que es más probable, lo que el canon esta previniendo es que, si alguno se viera obligado a sacrificar siendo cristiano, no debía aceptarlo en modo alguno so pena de ser excomulgado. El canon 2 vuelve a insistir en el problema de los sacrificios: los flámines que después de haber sido bautizados y regenerados sacrificaran también debían ser excomulgados. Dos conclusiones: había flámines encargados del culto imperial todavía, pero algunos, aunque bautizados, continuaban cumpliendo sus obligaciones paganas. Una vez más se prohíben solamente los sacri-ficios, pero de los templos no se dice nada 30. El canon 3 se refiere a los flámines que no hicieron sacrificios pero que sin embargo impulsaban o contribuían con sus medios a la celebración de espectáculos (de circo o anfiteatro) (munus). En este caso podrían ser admitidos a la comunión tras hacer penitencia 31. Los flámines cristianos a veces cumplían con la doctrina de no sacrificar, pero siguiendo su tradicional actividad evergética, a veces impulsaban la celebración de espectáculos que en el fondo significaban una ocasión de homenaje al Emperador, aunque sin la realización de los sacrificios inherentes a estos actos 32. Era una manera de tratar de cumplir con la Iglesia y con el Emperador. El canon 4 insiste sobre los sacrificios. Los flámines, dice, que siendo catecúmenos no sacrificasen, pueden ser admitidos al bautismo. Es decir, a pesar de su anterior condición de flámines, si han entrado en el catecumenado y han renunciado a su antigua costumbre de sacrificar, pueden ser bautizados. El canon 41 prohíbe expresamente tener ídolos en las casas: ne idola in domibus suis habeant. Probablemente se refiere a la existencia en las casa de los lares, divinidades protectoras de la domus y a las que se sacrificaba regularmente tanto al regreso como a la salida de casa 33. Se prohíbe por tanto el culto domestico y privado. Pero al parecer, y según indica el canon a continuación, los dueños de las casas (domini) podrían tener problemas con sus esclavos si eliminaban los lares de sus residencias, ya que ellos, sus esclavos, podrían seguir considerando esencial su presencia y los correspondientes sacrificios. En ese caso el canon se muestra relativamente tolerante: que los dueños no sacrifiquen aunque los esclavos lo hagan. Paganos y cristianos podían convivir en una misma casa y los dueños cristianos a veces no podían oponerse a las creencias de sus esclavos so pena de enfrentarse a ellos, o ante la posibilidad de que les abandonasen, lo que conllevaría que no podrían seguir teniendo su ayuda en los trabajos diversos de la casa que, en muchas ocasiones, eran fundamentales para el mantenimiento de la economía doméstica. Sabemos bien que en las ceremonias publicas los sacerdotes llevaban coronas 34 como signo de distinción. El canon 55 de Elbira no prohíbe que las lleven como signo de su sacerdocio, pero se deben abstener de sacrificar o contribuir con su dinero al mantenimiento u ornato de las estatuas 35. Si lo hacen así pueden ser admitidos a la comunión después de dos años. Este canon es complementario del 3 que, como hemos visto, considera que las ceremonias o espectáculos se pueden seguir haciendo siempre y cuando no conlleven el sacrificar. El canon 59 condena de forma explicita y prohíbe a los cristianos hacer o simplemente asistir a los sacrificios: Prohibendum ne quis christianus, ut gentiles, ad idolum Capitoli causa sacrificiandi ascendat et videat. En las ciudades de Hispania de comienzos del siglo IV continuaban los sacrificios a los dioses, pero los cristianos no podían ni hacerlo ni participar en los mismos y los Capitolia estaban aún presentes en el paisaje urbano. El último canon que se refiere al problema de la destrucción de las estatuas es el numero 60 y es quizás el mas interesante para el tema que tratamos. El canon estipula que si alguien llevado por su celo personal, destruye los ídolos y fuese asesinado en el mismo lugar por algún pagano que le hubiera descubierto cometiendo tal sacrilegio (sobre las estatuas y su valor sagrado), los obispos deben considerar que no debe ser tenido como mártir, ya que ni en el Evangelio está escrito, ni se hizo así en los tiempos apostólicos 36. Es decir, los ídolos se deben conservar; lo importante es, como se ve a lo largo de la doctrina del Concilio de Elbira, que no se celebren los sacrificios 37. El canon implica también que hubo o existieron fanáticos que por su cuenta y riesgo y sin que mediara una doctrina especifica o bien de la Iglesia o del Estado, se dedicaban a destruir los ídolos paganos. En una fecha tan temprana como la de la celebración del Concilio de Elbira (ca. 303-5) 38, y mucho antes de que se produjese el corpus legislativo referido a los sacrificios templos paganos y estatuas 39, ya la directiva de los obispos hispanos reunidos en Illiberis, defendía que no se debían hacer sacrificios, pero no sólo no dice nada respecto a los templos sino que mantiene incluso que los ídolos/estatuas paganos se deben preservar y no deben ser destruidos motu propio, idea que esta acorde con una larga tradición que encontramos en ocasiones en la legislación oficial y civil y también en la eclesiástica. LA EVIDENCIA ARQUEOLÓGICA ¿Qué ocurrió pues con los templos de las ciudades de la Hispania romana? La Chronica de Hydacio, que cubre una gran parte del siglo V, no menciona nunca ni los templos paganos ni el paganismo. Este problema parece estar completamente fuera de sus intereses o, a pesar de que vivía en la Gallaecia, una de las regiones donde las costumbres paganas sobrevivieron más tiempo (baste recordar el de correctione rusticorum de Martín de Braga del siglo VI), el paganismo no era un problema real para un clérigo y obispo tan celoso como Hydacio. En las Vitas patrum emeritensium, obra del siglo VII, pero que se refiere a la ciudad de Mérida en el VI, no hay tampoco ni una mención al paganismo ni a los templos que un día fueron el ornato y orgullo ciudadano. A mediados del siglo IV, sin embargo, sí que tenemos en la Galia un testimonio fehaciente del celo de un obispo como Martin de Tours que en sus sermones y en su actividad, incita a la destrucción de los templos y sitúa a sus monjes en las ruinas de los mismos 40. Algo parecido encontramos en el obispo Máximo de Turín a comienzos del siglo IV para las regiones del norte de Italia 41. Nada semejante en Hispania, que sin embargo parece estar dominada por la preocupación del priscilianismo más que por los restos o las prácticas paganas 42. ¿Es que la Iglesia o los cristianos de Hispania fueron más tolerantes? Muchas colonias y municipios de Hispania erigieron templos a las diferentes divinidades o a los Emperadores divinizados. En muchas de ellas había uno, dos o más templos. Corduba, en la Bética, tenía al menos dos; Emerita dos o tres, Hispalis, Italica, Caesaraugusta, Barcino, Tarraco, Carteia, Carthago Nova, Asturica Augusta... No es necesario enumerarlos todos, pero la evidencia arqueológica demuestra que ninguno de ellos fue reutilizado como iglesia o convertido en iglesia en el curso de los siglos del IV al VII. La única duda sería el templo de Tarraco, dedicado a Roma y Augusto, situado en la ciudad alta presidiendo la gran plaza o Foro de representación construido en época Flavia. S. Keay piensa que "la iglesia del obispo es probable que se haya situado en la ciudad alta, quizás en el lugar donde había estado el templo de Roma y Augusto; dada la existencia de la legislación imperial del siglo IV contra el paganismo y los templos paganos, parece difícil que el lugar pudiera continuar siendo un santuario pagano" 43. Aunque una parte del foro alto de Tarraco, según los arqueólogos, es ya a mediados del siglo V un basurero, no tenemos ninguna prueba de que el templo fuera iglesia en este siglo 44. No obstante, parece que en el siglo VII sí que se construyó una iglesia o un "palacio episcopal" en las proximidades del templo. S. Keay así lo afirma: "en el siglo VII el templo de Roma y Augusto[de Tarraco] se había convertido en una catedral" 45. Aunque dudoso, ese sería el único caso de transformación de un templo pagano en iglesia en Hispania. Pero la fecha misma da idea de lo tardío del hecho, es decir, de que el edificio ya no poseía las connotaciones paganas de antaño en el contexto cívico. Algunos historiadores y arqueólogos han observado que el fenómeno de la cristianización de las ciudades de Hispania y concretamente la ocupación de los espacios intramuros para edificar iglesias, es un fenómeno muy tardío y que durante los siglos IV y V la presencia de Iglesias es periférica y extramuros 46. En este sentido ocurre en Hispania un fenómeno semejante al de la ciudad de Roma 47. Las excavaciones arqueológicas en los templos romanos que subsisten en Hispania prueban que la mayoría de ellos o fueron reutilizados como habitaciones u otras funciones y que fueron paulatinamente desmontados de forma, al menos, parcial. Por ejemplo en Emerita. En un reciente estudio-síntesis, M. Alba escribe a propósito de los dos mas importantes templos de la capital de la Lusitania: "En el caso de los foros emeritenses la destrucción afectó a los pórticos y templos. Ignoramos si ya estaban arruinados o en buen estado pero, en cualquier caso, fueron considerados prescindibles", un fenómeno que sucedió, según este autor, a mediados del siglo V 48. Así, en el templo de la calle Holguín, templo de la Concordia, despejado de sus mármoles, se adosan unas viviendas "en época visigoda" 49. En el pórtico del ahora llamado "Augusteum", templo "de Diana", ocurrió algo parecido: expolio de mármoles y ocupación con viviendas también "en época visigoda" 50. El templo de Carteia no sobrevivió mucho tiempo en sus funciones 51. Del grandioso Traianeum de Itálica los arqueólogos señalan que la duración de sus funciones fue muy corta y que en época romana tardía fue reocupado por "viviendas-refugios adosadas al pórtico por gentes de ínfimos recursos económicos" 52. Los materiales del templo fueron reutilizados por los usuarios de estas viviendas-refugio. Parece que el Foro de Barcino se mantuvo intacto hasta el siglo VI y en él hay que incluir el templo de Augusto, que corrió la misma suerte 53. Una serie de casas invadieron el recinto del templo de Isis en Baelo Claudia "probablemente en el transcurso de la segunda mitad del siglo IV y fueron habitadas durante unos dos siglos, al menos durante los siglos V y VI d.C." En general para Baelo los arqueólogos señalan un abandono casi completo de sus edificios más importantes en el siglo III y una reocupación con otros tipos de viviendas y fabricas a partir del siglo IV 55. Para Corduba los arqueólogos señalan que el templo de la calle Claudio Marcelo es reocupado por casas entre los siglo IV y V 56. El caso de Caesaraugusta esta resumido así en C. Aguarod y A. Mostalac: "se puede defender la existencia de una catedral de San Vicente a finales del siglo IV... algunos suponen su ubicación bajo la actual Seo de San Salvador... sin embargo de las excavaciones practicadas en el interior de la catedral de la Seo no se deduce nada a favor o en contra de la existencia de dicha basílica... Queda por último el posible edificio de culto bajo la actual basílica del Pilar... la realidad arqueológica habla en favor de la presencia de restos arquitectónicos de época imperial romana en el subsuelo próximo a la Santa Capilla... de ser correcta esta suposición estaríamos ante la reutilización de un espacio ya existente en época de Tiberio" 57, es decir que no tenemos datos suficientes ni claros para afirmar la transformación de templos paganos en iglesias en Caesaraugusta. Hemos mencionado antes la ley de Codex Theodosianus que se refiere a la necesidad de hacer el signo de la cruz en los templos, una forma de purificarlos y cristianizarlos sin necesidad de transformarlos en iglesias: venerandae christianae religionis signi expiari praecipimus 58. Resulta muy difícil poder precisar de cuando datan estos grafitos cuando los encontramos en las columnas o en la decoración arquitectónica de un templo. En una de las columnas del templo de la calle Holguín de Emerita (templo de la Concordia) he visto un crismón, pero no puedo decir más. M. Alba se refiere quizás al mismo cuando dice: "con un sentido claramente purificador fue repicado un crismón con leyenda de factura improvisada y considerable tamaño, en una moldura del templo de la calle de Holguín"59. La tentación de asociar este signo con la referencia de la ley del 435 es bastante razonable y tendríamos aquí un ejemplo de su cumplimiento. De todo lo dicho se pueden deducir algunas conclusiones. La primera, que no tenemos constancia de que los templos de Hispania fueran convertidos en iglesias hasta en épocas muy tardías (el único ejemplo seria del siglo VII en Tarraco). No tenemos constancia de destrucción o arrasamiento de los templos paganos en las provincias hispánicas, un hecho, sin embargo, atestiguado en la Galia y en las provincias de la Pars Orientis del Imperio por los textos literarios. En este sentido se puede decir que el cristianismo hispánico, que se desarrolló muy lentamente, fue mas tolerante que el de otros lugares, debido en parte quizás, al desarrollo también tardío del monaquismo, un monaquismo, por otro lado, mucho menos fanático que el de sus correligionarios orientales. Muchos templos en Hispania estaban ya en el siglo IV abandonados y sus espacios fueron ocupados tardíamente por casas u otros edificios. El desmantelamiento de los templos era un trabajo costoso y difícil, pero tenemos constancia, a partir de la segunda mitad del siglo V, de que los materiales de algunos comenzaron a ser reutilizados en otros edificios. Sin embargo, también muchos templos fueron dejados intactos, sin función conocida concreta, configurando el paisaje urbano sin que su sentido pagano existiese ya. ¿Se debió ello a un respeto por las antigüedades y su belleza dentro del conjunto urbano? Un grafito en forma de crismón en el templo de la Concordia de Emerita confirma, probablemente, el cumplimiento de la ley de CTh 16.10.25 del 435, lo que corrobora que no se trató de destruir los edificios sino de "cristianizarlos", conservando su fábrica arquitectónica. El empeño de la iglesia hispana fue la de prohibir los sacrificios, como ya demuestran, tempranamente, los cánones del concilio de Elbira. Y ello se consiguió casi de forma generalizada en el siglo V, aunque no falten, en época visigoda, referencias a la perduración de este tipo de manifestaciones paganas: todavía el XII Concilio de Toledo del año 681 anatematiza a los adoradores de los ídolos 60, hecho en el que se insiste todavía, en el año 693, en el reinado de Egica, en el XVI concilio de Toledo 61. Si comparamos lo que ocurre en Hispania con las conclusiones de un estudio sobre el fin de los templos en Grecia, una región especialmente ligada al paganismo, resulta curioso observar las concordancias entre ambos: Michel Spieser en su estudio sobre "La christianisation des santuaires païens en Grèce" 62 concluye que los cristianos destruyeron muy pocos templos paganos en Grecia, que en muy pocos casos los cristianos construyeron iglesias en ellos y que, en general, las iglesias se construyeron en los lugares donde había existido un templo tardíamente, cuando ello no implicaba un sentimiento antipagano específico. Los templos siguieron dominando el paisaje urbano de las ciudades de la Hispania en la Antigüedad tardía aunque desprovistos de su sentido y función originaria. Las numerosas iglesias que se construyeron en las ciudades de Hispania no podemos decir, por el momento, que reutilizaran como spolia las columnas o los ornamentos de los templos paganos.
Se ofrece una interpretación general del foro de Iuliobriga, destacando sus características y peculiaridades tras la información obtenida en las últimas investigaciones arqueológicas. En especial, se presentan los resultados de una excavación realizada en 2004 en el interior de la iglesia de Santa María de Retortillo, la cual ha permitido ampliar la visión que se tenía de la plaza porticada del foro, con el descubrimiento de un nuevo espacio funcional dentro de éste. La misma intervención arqueológica ha aportado datos sobre el origen del hábitat en Iuliobriga y sobre la datación flavia del conjunto monumental del foro. PALABRAS CLAVE: Retortillo, urbanismo romano, arquitectura romana. Plinio el Viejo incluyó Iuliobriga entre las comunidades que integraban el conventus Cluniensis de la provincia Hispania citerior, refiriéndose a ella como el único populus memorable de Cantabria: «nam in Cantabricis VII populis Iuliobriga sola memoratur» 1. Según el mismo autor el oppidum de esta civitas se encontraba junto al nacimiento del río Ebro: «Hiberus amnis navigabili commercio dives, ortus in Cantabris, haud procul oppido Iuliobriga»2. Iuliobriga fue citada también por el geógrafo Ptolomeo entre las ocho ciudades que tenían su centro político en el interior de Cantabria: Konkana, Ottaviolka, Argenomeskon, Vadinia, Vellika, Kamarika, Iuliobriga y Moroika3. La lista ptolemaica revela que, salvo Iuliobriga, todas las civitates en que fue subdividido el territorio cántabro tras la conquista romana se designaron con nombres indígenas en alusión al grupo étnico que aglutinaban o, menos probablemente, a los núcleos de origen prerromano donde se establecieron las nuevas capitales. En el caso de Iuliobriga, sin embargo, se creó un nombre nuevo compuesto por el nomen de la familia imperial de los Iulii, a la que pertenecía Augusto tras ser adoptado por Julio César, y el sufijo -briga, de uso muy común en la toponimia hispanorromana. El topónimo refleja que nos encontramos ante una civitas dotada de un centro urbano de nueva planta, fruto del programa de urbanización augusteo tras finalizar las guerras de conquista en el año 19 a.C. La fecha exacta de la fundación es desconocida, si bien de forma general se ha hecho coincidir con la estancia del emperador en Hispania hacia el año 15 a.C. 4. Existen algunos datos que permiten aproximarnos a los límites del territorium de esta ciudad romana. En el período comprendido, aproximadamente, entre el año 15 a.C. y el 38 d.C., estos epígrafes marcaron la frontera entre el ager de los juliobriguenses y los prata de la legio IIII Macedonica, cuyo campamento se encontraba en Herrera de Pisuerga (Palencia). Otro indicador sobre la extensión del territorio de Iuliobriga es aportado por Plinio el Viejo, quien cita un puerto marítimo dependiente de esta ciudad, situado a cuarenta millas del nacimiento del Ebro: «portus Victoriae Iuliobrigensium. Este puerto romano es identificado por la mayoría de los investigadores con Santander, cuya distancia a las fontes Hiberi -unos 60 km-coincide con la indicada por Plinio. Teniendo en cuenta todos los datos, cabe pensar que el ager juliobriguense se extendió a lo largo del valle del Besaya, en torno a la principal arteria de comunicación norte-sur de Cantabria6. Desde finales del siglo XVIII el núcleo urbano que funcionaba como caput civitatis de Iuliobriga ha sido identificado con el yacimiento arqueológico que se extiende por el cerro que hoy ocupa la aldea de Retortillo, situada en el término municipal de Campoo de Enmedio, en el sur de Cantabria, a siete kilómetros en línea recta del nacimiento del Ebro. La topografía ondulada del terreno condicionó en gran medida el urbanismo de este núcleo, tanto la orientación de las calles, cuyo trazado no siempre es rectilíneo, como la disposición y forma de los edificios públicos y privados (Fig. 1). Otras características también influyeron en la arquitectura y configuración urbana de Iuliobriga, como es la ubicación en un área fría y montañosa, a 920 metros sobre el nivel del mar, sin olvidar su evolución como centro político, en particular la obtención del rango municipal, probablemente en época flavia7. La arqueología ha revelado la existencia de una urbe de nueva planta donde coexistieron grandes domus de patio central -cuatro han sido identificadas hasta la fecha-con viviendas más rudimentarias dotadas de corrales y dependencias en las que se desarrollaron actividades artesanales y/o agropecuarias. Varios factores, en los que no vamos a profundizar aquí, determinaron que el auge de este centro urbano fuera modesto en comparación con otras fundaciones augusteas del noroeste de la Hispania citerior y, en último término, esos mismos factores provocaron su abandono paulatino a lo largo del siglo III. La ausencia de presión demográfica se deduce de la escasa densidad edificatoria que reflejan las ruinas de Retortillo, extendidas a lo largo de una amplia superficie -en torno a veinte hectáreas-y pudo influir también, entre otros aspectos, en la carencia de un servicio público de abastecimiento y evacuación de aguas, el cual si bien no era indispensable en las urbes romanas suele estar presente en aquellas que conocieron un cierto desarrollo. Iuliobriga se nos presenta en suma como una aglomeración urbana poco densa y pobre desde el punto de vista monumental, pero dotada en cualquier caso de una fisonomía eminentemente romana. Prueba de ello es que, como correspondía a una capital municipal, dispuso de un foro ubicado en un lugar elevado y, posiblemente, en una posición central dentro del entramado urbano. El conocimiento que tenemos de este espacio público es relativamente limitado debido a varias circunstancias. Por un lado, nos encontramos ante unos restos que han sido excavados desde antiguo por varios investigadores a lo largo de campañas discontinuas en el tiempo; por otro lado, una parte de la plaza y de su pórtico perimetral se encuentra oculta debajo de la iglesia románica de Santa María de Retortillo y del cementerio anexo. A esto se añade el mal estado de conservación del yacimiento en algunas de las zonas que han podido ser exploradas y que, con seguridad, correspondieron en época romana al ámbito arquitectónico del foro o bien a sus aledaños (Fig. 2). Los trabajos de excavación realizados en 2004 en el interior de la iglesia románica han ampliado nuestro conocimiento sobre la planta del foro, al tiempo que han aportado nuevos datos que contribuyen a determinar la cronología de su construcción. En el presente artículo se dan a conocer los resultados de dicha intervención arqueológica, centrándonos especialmente en el análisis de las estructuras arquitectónicas que han sido exhumadas. La interpretación general del foro implicará, además, una valoración de las informaciones obtenidas en otras campañas de excavación precedentes. Como se detallará más adelante, éstas han puesto a la luz un edificio de tabernae y talleres anejo al recinto forense. Las evidencias apuntan a que en Iuliobriga las funciones políticas, religiosas y económicas propias de los foros romanos no estuvieron concentradas únicamente en el espacio articulado en torno al recinto o plaza porticada, tal y como cabría imaginar teniendo en cuenta su reducido tamaño, sino que también se desarrollaron de forma disgregada en otras construcciones ubicadas en lo que podemos considerar el área pública o centro cívico de la ciudad. ETAPAS EN LA IDENTIFICACIÓN Y ESTUDIO DEL FORO. Los resultados de las primeras excavaciones oficiales en el foro de Iuliobriga, desarrolladas de 1940 a 1944 8, fueron publicados por A. Hernández Morales en una obra donde se ofrecían el plano y la descripción de las estructuras romanas exhumadas en una superficie de 1.000 metros cuadrados 9. Por debajo de la necrópolis medieval adyacente a la iglesia romá-nica de Retortillo quedó al descubierto un amplio sector de la plaza porticada del foro, el cual ni en esos momentos ni en las siguientes décadas fue identificado como tal 10. Desde 1952 se sucedieron nuevas campañas de excavación dirigidas por A. García y Bellido 11. Los restos arquitectónicos descubiertos en torno a la iglesia románica siguieron siendo interpretados como pertenecientes a un edificio romano de función desconocida -nunca se alude a un posible foro-. En 1956, se publicó un nuevo plano de éste que difería en algunos trazos del ofrecido por A. Hernández Morales y lo ampliaba al incorporar parte de la esquina meridional y lado sudeste del pórtico, que pudieron ser apreciados al excavar la zona del camino de Retortillo a Villafría12. Tras esta interesante aportación, las posibilidades de ampliar la excavación del foro quedaron muy reducidas ante la presencia de la iglesia románica y de los espacios adyacentes ocupados por el portal y el cementerio modernos. Excavación en el antiguo portal de la iglesia de Santa María En 1980 se inició otra etapa de excavaciones en Retortillo que puso fin a veinte años de inactividad. Nuevos equipos de investigación ligados a la Universidad de Cantabria asumieron desde entonces la dirección de los trabajos, con algunas interrupciones en los últimos años. A medida que se ampliaba el conocimiento arqueológico de la ciudad romana comenzó a valorarse el carácter monumental y público de los restos conservados en el sector de la iglesia y fue cobrando fuerza su interpretación como parte de un 8 Las noticias sobre exploraciones y hallazgos romanos en el cerro de Retortillo se remontan a mediados del siglo XIX. Sobre la historia de las investigaciones arqueológicas en el yacimiento de Iuliobriga: Ruiz 2002, 51-60. 10 Los muros, plintos y restos de columnas encontrados fueron atribuidos a un gran edificio de época romana, del que no se aventuró ninguna funcionalidad. La estructura de planta cuadrangular situada en el lado noroeste, considerada hoy en día el basamento de un templo, fue interpretada entonces como una torre. La excavación de dicha estructura desveló la presencia de un arco de descarga en el muro sudoeste y, por debajo de éste, un pozo de 1,20 metros de diámetro y unos siete de profundidad. Se trata, en realidad, de un simple pozo de captación de agua amortizado en el momento de construcción del foro. El pequeño arco de descarga servía para evitar el peligro de un apoyo demasiado inestable sobre el relleno de colmatación. 11 Acerca de la contribución de A. García y Bellido a la arqueología de Iuliobriga, con mención de la bibliografía correspondiente, vid. Iglesias 2004, 187-202 pequeño foro, si bien hasta una época muy reciente no se descartaban otras posibilidades 13. En 1989, las obras de restauración en la iglesia de Santa María implicaron el derribo de un portal de fábrica moderna que cubría la zona del pórtico románico, lo que propició la correspondiente excavación arqueológica 14. El principal logro de esta actuación fue el descubrimiento de varias construcciones anteriores a la edificación del foro, atribuibles a una primera ocupación de la ciudad en las décadas iniciales del siglo I d.C. Corresponden a un taller metalúrgico, del que se conservaba un pequeño horno para la forja de hierro, amortizado posteriormente para dejar lugar al nuevo espacio público. Sobre los restos del taller se identificaron cimentaciones, apoyos de pilares y soleras de hormigón utilizadas para asentar el pavimento del recinto forense (Fig. 3). Un abultado lote de materiales cerámicos permitió fechar esta construcción en la segunda mitad del siglo I d.C., en época flavia, descartándose a partir de ese momento la cronología augustea que había sido asumida con anterioridad 15. Descubrimiento de un nuevo edificio inmediato al foro En 1997 se comenzó a excavar en una nueva zona, situada al noroeste del foro, en la que el relieve del cerro de Retortillo comienza a adquirir una notable pendiente. Durante la excavación se detectó un apéndice de la necrópolis altomedieval que deparó numerosas sepulturas, en su mayor parte de los tipos de fosa y cista de lajas. Por debajo de ésta, quedaron a la luz los restos de una construcción rectangular que ocupa un solar de 280 m 2 dispuesto en dos terrazas escalonadas artificialmente. El acceso principal, en la terraza superior, se hacía a través de un pórtico que comunicaba con la calle paralela al lado sudoeste del foro (Fig. 3). En el interior se observan tres estancias abiertas al pórtico. La mayor de ellas contó con un amplio hogar rectangular formado con guijarros y tierra enrojecida, que se dispuso adosado al muro noreste. La terraza inferior, comunicada con la anterior mediante una rampa escalonada pegada a uno Cantabria, patrocinado por la Consejería de Cultura del Gobierno de Cantabria, la Fundación Caja de Madrid y el Obispado de Santander 17. Los objetivos principales de la actuación fueron delimitar en planta el perímetro del foro en su lado noreste, el peor conocido hasta la fecha, y ampliar en lo posible la información sobre la primera etapa de vida de la ciudad en los momentos anteriores a la construcción del conjunto monumental de época flavia. Se definieron tres áreas de excavación (Fig. 4). El área A comprende la zona a los pies del templo románico, donde estaba el primitivo acceso a la iglesia. Se trata de una pequeña sala que se creó en época moderna al construirse la espadaña y que en el pasado fue utilizada como osario. El área B corresponde a la ampliación del sondeo realizado en el año 2002. La superficie de excavación de ambas áreas, unidas entre sí, ocupó 26,5 m 2, y la profundidad máxima para continuar después con la más reciente, en la que centraremos nuestra atención. Fase romana inicial (fines del siglo I a.C. -último tercio del siglo I d.C.): hornos Esta fase de ocupación, la primera en la andadura de la ciudad, se ha documentado especialmente en el área B. En esta zona, de topografía muy irregular, los estratos y estructuras romanas anteriores a la edificación del foro han quedado preservados debido al recrecimiento artificial del nivel del suelo que se practicó durante la construcción de la plaza pública y sus pórticos. La estructura mejor conservada de cuantas pueden asignarse a esta fase es un horno excavado en el subsuelo que ya fue parcialmente descubierto en la campaña de 2002. Presentaba planta oval y paredes abovedadas realizadas con arcilla cocida. En su cota más profunda conservaba un canal de sección rectangular utilizado como cámara de fuego, directamente excavado en las arenas de descomposición de la roca que forma el substrato geológico (Fig. 6). La separación entre la cámara de fuego y la de cocción o laboratorio se hacía mediante una parrilla de terracota perforada de la que se han recuperado varios fragmentos. El horno, incluyendo el praefurnium situado en su extremo sudoeste, medía 2,3 m de longitud y 1,4 m de anchura máxima. Las paredes de la bóveda conservaban en la parte interna una altura de 40 cm. La boca se encontraba delimitada por dos muros de tosca factura, realizados con mampuestos de arenisca trabada con barro. Dichos muros debieron de formar parte de una construcción más amplia relacionada con el conjunto de naturaleza artesanal exhumado en su día bajo el portal de la iglesia (Fig. 7). La ausencia de desechos de cocción o fundición en su interior impide precisar su funcionalidad concreta. La utilización del horno debió de haberse prolongado durante cierto tiempo a partir de su construcción -en algún momento situado en torno al cambio de era-, un tiempo suficiente como para que se acumulasen sobre sus paredes exteriores dos estratos sucesivos de limos con abundantes carbones y tierras rubefactadas (Fig. 5.1: 169, 128). Tras su abandono, el hueco excavado fue rellenado de forma intencionada con mampuestos y fragmentos de sillares de labra romana entre tierra poco compactada que incluía material arqueológico correspondiente a la primera mitad del siglo I d.C. Otra estructura que cabe identificar con un horno se localizó en la esquina noreste del área B (Fig. 4; Fig. 5.1: 168). Se trata de una sencilla cubeta de planta oval delimitada por varios cantos y perforada en las arenas del nivel geológico. Sus paredes, que alcanzaban una profundidad de 23 cm, se presentaban parcialmente enrojecidas por el fuego y en uno de sus extremos se conservaba también una plaqueta de terracota, similar a un hogar. Todo el conjunto se encontraba cubierto con una capa de carbones (Fig. 5.1: 167). Por su sencilla factura y por el hallazgo de escorias de refinado de hierro en sus proximidades, cabe interpretar que nos encontramos ante un horno metalúrgico, relacionado seguramente con el trabajo de forja. Estos hornos, de aspecto rudimentario y pequeño tamaño, son relativamente comunes en los establecimientos romanos del norte de la Península Ibérica. Ya anteriormente apareció otro similar durante la excavación del antiguo portal de la iglesia de Retortillo (vide supra). En el País Vasco se han identificado en Forua y Aloria18 y cabe señalar también ejemplos en el castro asturiano de Campa de Torres 19. Se trata de pequeñas cámaras en las que, en un mismo espacio indiferenciado, se introducía el combustible y el metal. La bóveda, debidamente reforzada en su perímetro con piedras u otros materiales consistentes como se observa en el caso aquí estudiado, era de material refractario -arcilla-y debía ser repuesta con frecuencia. Mayores dificultades de interpretación ofrece una estructura horizontal parcialmente destruida, segura- 19 Maya; Cuesta 2001, 92-97. Estructuras anteriores a la construcción del foro. mente en origen de planta circular (Fig. 4; Fig. 5.2: 132), constituida por cantos preparados sobre tierras muy rubefactadas. Se localizó en el área B y, a juzgar por su posición estratigráfica, corresponde a un momento ya avanzado en el uso artesanal de este sector, posterior a la implantación de los hornos descritos (Figs. La estructura tiene características similares a algunos hogares utilizados para la forja, como el hallado en la localidad tarraconense de Vilarenc 20. Otros hogares, formados por una sencilla plaqueta de terracota (Fig. 5.2: 203) o por el endurecimiento de las arenas del substrato, se localizan en distintos puntos del área B, asociados a depósitos que contienen no sólo escorias de hierro sino también de cobre. No es raro que en los talleres y otras instalaciones metalúrgicas coexistan varios tipos de hornos y hogares, con diferente función, tamaño y complejidad, junto a otras estructuras como cubetas, fosas con arena y elementos auxiliares similares a las que se han descrito 21. La existencia de un horno de factura relativamente cuidada como es el descrito al inicio de este apartado abunda en la diversificación de las tareas productivas realizadas en este sector de la ciudad que sirvió, en los momentos iniciales de la misma, como espacio artesanal en el que se producían los instrumentos y materiales necesarios para el primer asentamiento de sus ocupantes. Las estructuras localizadas en el área B presentan la misma orientación que las identificadas en el antiguo portal de la iglesia, lo que refleja la unidad del sector. La cronología de toda esta zona productiva puede fijarse entre la época tardoaugustea y los años 60-70 d.C. Aunque el material cerámico no es muy abundante, permite reconocer producciones itálicas que coexistían con vasijas hechas a mano, de tradición indígena, en los estratos fundacionales. Destaca el hallazgo, en el estrato 173, de un borde de cáliz de terra sigillata itálica (Fig. 9. R.5.1, cuya cronología se sitúa en época augustea 22. El momento final para esta fase lo proporcionan los restos de terra sigillata hispánica y cerámica pintada localizados en los estratos que cubrían o se apoyaban en los hornos. Como indicadores cronológicos son interesantes los cuencos de terra sigillata de forma 29 procedentes de los estratos 128 y 133 (Fig. 9. 2), los cuales pertenecen a las primeras producciones de cierto volumen de los alfares de Tricio, en los decenios centrales del siglo I d.C. A diferencia de lo observado para el área B, en el área C quedan escasas evidencias de la primera fase de ocupación romana. Los depósitos de esta época fueron profundamente alterados, primero, con motivo del acondicionamiento del lugar para encajar las cimentaciones del foro, que llegan a perforar las arenas estériles del nivel geológico, y luego, en época moderna, cuando se usó con una finalidad funeraria el espacio interno de la iglesia. Fase romana reciente (último tercio del siglo I -siglo II d.C.): foro La fase romana más moderna de las dos documentadas en la excavación corresponde a la construcción y uso del foro. Los restos localizados en las áreas B y C han permitido ampliar el conocimiento que se tenía de este conjunto arquitectónico, con la incorporación a la planta de nuevos elementos ubicados en el lado noreste. En el área B, se localizó un fragmento de muro que conservaba seis hiladas de sillarejos de caliza y arenisca, trabados con abundante mortero. Levantado sobre una banqueta de cimentación y orientado en sentido noroeste-sudeste, medía 1,58 m de longitud, 84 cm de anchura y 1,08 m de altura. Formaba parte del muro perimetral del foro y en su ejecución se perforaron varios estratos anteriores correspondientes a la primera fase de ocupación de la ciudad (Fig. 5.1: 134). El extremo noroeste de esta estructura sirvió luego de asiento a uno de los pilares de la iglesia, el que se encuentra próximo a la pila bautismal. En el área C, se descubrió otro fragmento de muro de 80 cm de anchura dividido en dos tramos que formaban esquina en ángulo recto. Su relación con el muro anterior es evidente, tanto por la orientación como por la técnica constructiva: hiladas regulares de sillarejos trabados con argamasa (Figs. El tramo orientado del sudoeste al noreste tenía una longitud de 2,94 m y una altura de 1,10 m sobre la banqueta de cimentación. El otro, perpendicular a éste y paralelo al descubierto en el área B, presentaba una longitud de 1,6 m. La esquina donde se encontraban ambos tramos de muro estaba afectada por una gran fosa de robo practicada en época tardoantigua, precisamente en la zona donde previsiblemente se situaban los sillares de mejor factura que recibían los empujes estructurales de las paredes. El relleno de colmatación de la fosa sólo contenía materiales romanos revueltos y en su base restos de al menos un enterramiento humano. Este tipo de fosas, destinado primero al saqueo y después a la inhumación de cadáveres, se localiza en otros lugares del yacimiento, especialmente en la zona exterior inmediata del foro, donde se ha podido determinar, mediante análisis de C-14, que el fenómeno se remonta a los siglos V/VI d.C. 23. El muro en esquina descrito define un nuevo ambiente dentro del foro de Iuliobriga, de cuya interpretación nos ocuparemos más adelante. En su interior se observó en mal estado de conservación una amalgama de piedras, arcilla y mortero correspondiente a la base de preparación del suelo. En la parte exterior, fueron detectados varios niveles con abundante material arqueológico formados cuando ya estaba construido el edificio. El relleno parece haberse formado por la deposición de material de arrastre sobre zonas rehundidas. Primero se colmató la zona superficial de la zanja que había servido para introducir la cimentación, posiblemente ya a finales del siglo I d.C., a juzgar por el tipo de ajuar cerámico identificado en su interior 24. 24 Especialmente significativo es el hallazgo de fragmentos de TSH de forma 29/37, que no sobrepasa el umbral del siglo II. Este estrato, de tierra negruzca y que alcanza 36 cm de profundidad, contenía abundante terra sigillata hispánica perteneciente a la etapa de mayor auge de los talleres de Tritium Magallum. Las cerámicas se pueden datar entre los años finales del siglo I d.C. y la totalidad del siglo II, dada la omnipresencia de los temas de pequeños círculos sobre los vasos decorados (Fig. 9. APORTACIONES A LA INTERPRETACIÓN DEL FORO DE IVLIOBRIGA: EL HALLAZGO DE UN NUEVO ESPACIO FUNCIONAL A mediados del siglo pasado, al finalizar las excavaciones dirigidas por A. García y Bellido en Re-tortillo, las ruinas descubiertas del foro de Iuliobriga se limitaban a una plaza porticada coronada en el lado noroeste por un pequeño edificio de planta cuadrangular. La superficie edificada -en parte puesta a la luz y en parte restituida-medía 960 m 2 y, dentro de ella, el recinto central sin cubierta 224 m 2. No es de extrañar, teniendo en cuenta sus reducidas dimensiones, que durante muchos años este foro no fuera identificado como tal y que, posteriormente, su presencia se contemplara sólo como una posibilidad entre otras. En el núcleo urbano de Iuliobriga se produce, además, una característica peculiar: una de las domus excavadas en el sector de La Llanuca -la Casa 2 según la numeración de A. García y Bellido-mide 1.160 m 2 y, por lo tanto, es mayor que la plaza pública del foro. A esta peculiaridad, que sorprende al contemplar el plano de la ciudad, se unía la ausencia de espacios funcionales propios de los foros, habitualmente ubicados en los laterales de la plaza, a excepción del citado edificio de planta cuadrangular, que cabe interpretar como un templo. El hallazgo desde 1997 de nuevas construcciones en las inmediaciones de la plaza ha suplido esta carencia y, sobre todo, el descubrimiento dentro de la misma de un nuevo ambiente excavado en el año 2004. Los muros de cimentación romanos descubiertos en 2004 muestran que el cierre noreste del recinto porticado no era completamente simétrico al localizado en el lado sudoeste, pues se abría conformando un amplio vano de ingreso a una estancia de planta rectangular (Fig. 3). Desafortunadamente, sólo se ha podido localizar uno de los extremos de este vano, perfectamente marcado en planta por la interrupción de la zapata de cimentación del muro. Su anchura era de, al menos, 2,8 m. En el espacio del pórtico que debió de funcionar como antesala o zona de ingreso a la estancia se localizó una estructura ovalada de piedra y mortero (figs. 4 y 6) que pudo haber servido para afianzar una estructura emergente, quizás un pedestal o un ara25. Aparte de esta estructura, no se conservaban restos del suelo originario, arrasado seguramente ya en el momento de construcción de la iglesia románica 26. Las dimensiones de la estancia, tomadas desde el eje central de los muros, pueden ser estimadas en 4,5 m de lado menor y un mínimo de 6,8 m de lado mayor27, lo que significa una superficie útil igual o superior a 25 m 2. Aunque proyectada en planta hacia el exterior del foro, la estancia tenía seguramente una continuidad hacia el interior, a través del citado vano o antesala abierta al pórtico. Esta disposición podría explicar la inesperada ubicación de los apoyos de columnas o pilares del pórtico noreste localizados en la excavación de 1989, los cuales no mantenían la axialidad previsible a partir de lo observado en el lado sudoeste. De igual forma, a la luz de los resultados de la excavación de 2004, cobra nuevo sentido la interrupción del zócalo que cerraba el acceso a la galería noreste desde la plaza, observada aproximadamente en la línea de proyección del nuevo espacio arquitectónico. Aunque en su día pudieron reconocerse en este lugar las huellas de asiento para dos sillares, es posible que únicamente sirviesen para crear un acceso escalonado al nuevo recinto ahora documentado. Ante la ausencia de hallazgos determinantes en el transcurso de la excavación, resulta difícil averiguar la funcionalidad de este ámbito individualizado dentro del foro de Iuliobriga. Estancias laterales, exedras o edículos eran frecuentes en los foros romanos y pueden relacionarse con distintos fines: pequeño templo, curia o tabularium, entre otras posibilidades. En el foro julio-claudio de Asturica Augusta, de planta rectangular y un tamaño muy superior al de Iuliobriga (30.000 m 2 ), se han identificado varios ambientes de este tipo adosados al pórtico28. Edículos rectangulares con acceso directo desde la galería de la plaza se observan en el propio foro de Vespasiano en Roma o en Doclea (Montenegro) de funcionalidad desconocida, aunque en algún caso se han querido interpretar como curias o pequeñas basílicas 29. El nuevo espacio arquitectónico por su forma y tamaño podría corresponder a una curia o, con menor probabilidad, a un pequeño templo. Templos laterales con acceso directo desde el pórtico del foro se documentan, entre otros lugares, en Baelo30. También son relativamente frecuentes en foros postaugusteos de Túnez como Gigthis, Thuga o Sufetula31, adosados siempre a los laterales del foro. Aunque su tipología y ubicación son muy variadas32, por lo general los templos están dispuestos en sentido perpendicular al eje del foro, con la entrada situada en uno de sus lados menores y acceso desde la galería. En principio, el foro de Iuliobriga, al ser de planta casi cuadrada (14 x 16 m), escapa a esta consideración. No obstante, da la impresión de que el eje principal era el orientado en sentido noroeste-sudoeste, por lo que la ubicación de la nueva estancia descubierta no sería la idónea para un edificio religioso. Tampoco las proporciones en planta -con un desarrollo excesivo en anchura-parecen las más adecuadas para una cella. Aún con la incertidumbre que supone el desconocimiento de la planta completa, el nuevo ambiente localizado encaja bastante bien con las características propias de las curias. Como es sabido, éstas se integran habitualmente en los laterales de los foros o bien constituyen dependencias diferenciadas dentro de estructuras más amplias, en particular basílicas 33. Suelen presentar planta rectangular y contar con un vestíbulo o amplio vano de ingreso 34, en ocasiones compartimentado. Tampoco es raro que cuenten con graderío perimetral. En su interior se reunía el consejo de los decuriones y se solía rendir culto al genio protector de la ciudad, cuando no se realizaban otras actividades de tipo administrativo 35. Las curias se disponen normalmente con su lado mayor transversal al eje longitudinal del foro, aunque en nuestro caso la conformación del terreno en la zona noreste del espacio público, limitado en sus extremos por un Figura 10. Basamento exterior del templo y muros laterales de contención de la plataforma interior. 34 Así, por ejemplo, en Labitolosa, que por sus hallazgos epigráficos constituye uno de los ejemplos más singulares de curia localizados en la Península Ibérica (Magallón; Sillières 1997, 117-156). Ello puede explicar la proyección del edificio hacia el interior de la plaza, como se ha señalado más arriba. El hallazgo de un nuevo espacio funcional ha aportado complejidad a la planta del foro de Iuliobriga, al tiempo que su interpretación como curia, aunque hipotética, añadiría una función política a la religiosa ya conocida. Tras las últimas excavaciones en la iglesia de Retortillo el ala noreste de la plaza pública ha podido ser documentada en gran medida, siendo ahora el lado sudeste el peor conocido. En este caso, nuestra información sigue limitándose al plano resultante de las excavaciones de 1956 dirigidas por A. García y Bellido, donde aparece representado el cierre interno de la plaza, oculto en la actualidad debajo del firme del camino que une Retortillo con Villafría. Los sondeos realizados en varios sitios al sur de la iglesia, donde cabría esperar la presencia de la basílica romana, han dado resultados negativos, quizás debido a que las ruinas de esta zona han sido arrasadas por completo para reutilizar la piedra en la construcción del templo románico y acaso también en otros edificios del en- A pesar de las dudas que todavía persisten, en su estado actual el foro de Iuliobriga puede enmarcarse en un tipo provincial de época imperial bien conocido, caracterizado por la presencia de un templo axial presidiendo la plaza y una basílica -sin documentar en nuestro caso-situada normalmente en uno de los lados cortos 36. Presenta, sin embargo, rasgos singulares, como es la forma casi cuadrada de la plaza -que podría emular la del Templum Pacis de Vespasiano en Roma-y, sobre todo, el reducido tamaño de ésta. Dentro de la Península Ibérica, aunque dominan las plazas rectangulares, no faltan ejemplos que tienden al cuadrado, distanciándose mucho de la proporción 2/3 sugerida por Vitruvio 37, como en el caso de Bilbilis (48,64 x 44,88 m) 38 y, en menor medida, de Baelo (45 x 33 m) 39. En cuanto al tamaño, sólo en la capital municipal de Munigua el espacio abierto de la plaza (16 '5 x 11' 5 m) es aún más pequeño que el de Iuliobriga, con el agravante de que se encuentra en gran medida invadido por el templo situado en su centro. Las dimensiones tanto de este edificio como de otros espacios funcionales ubicados en torno a la plaza porticada de la ciudad bética son también muy reducidas, de escala semejante a la que muestran los ambientes identificados en las alas noroeste y noreste de Iuliobriga 40. Sin duda, el caso de Munigua es particular y puede explicarse por el carácter escarpado del emplazamiento, así como por la presencia del santuario y de otros espacios sagrados en el entorno del forum. En Iuliobriga aunque la topografía también debió de condicionar en cierta medida la forma y dimensiones del foro, es preciso tener en cuenta otros factores. En primer lugar, cabe recordar que el tamaño de los fora, que según Vitruvio debía ser proporcional al número de habitantes de la ciudad, en la práctica era muy variable. En algunos casos la tendencia al gigantismo es evidente, como en Clunia, cuya plaza medía 140 x 166 m 41, mientras que en otros la relación del foro con las dimensiones del núcleo ur-bano parece más coherente. En Iuliobriga, ciudad de la que no cabe esperar una gran dotación de espacios públicos, el terreno donde se ubicó el recinto forense es bastante llano, circunstancia que probablemente fue tenida en cuenta en el momento de su elección. No obstante, fue preciso nivelar artificialmente la zona noroeste, donde el cierre perimetral del pórtico, realizado con hiladas regulares de toba calcárea, sirvió como muro de contención del relleno sobre el que se instaló el suelo de la plaza. Asimismo, para salvar el fuerte desnivel, el templo situado en la cabecera de la plaza, proyectado hacia el noroeste, se alzó sobre un basamento cuadrangular de, al menos, 2,2 m de altura. Es muy probable que sobre este basamento se alzara a su vez el podium propiamente dicho, destinado a elevar el suelo de la cella con respecto al nivel de la plaza, precedido de una pequeña escalinata. Los únicos restos conservados de esta estructura se localizan en las inmediaciones de la tapia del cementerio moderno que ocupa gran parte del espacio de acceso al templo (Fig. 11). Se trata de un macizado compuesto mayormente por sillarejos unidos con abundante argamasa, que elevan la cota del suelo unos 40 cm. También debieron de haber formado parte del recinto los dos muros que delimitan lateralmente el área del templo en su proyección hacia el pórtico de la plaza, con la función seguramente de contener el relleno del podium. hace necesario, por lo tanto, contemplar otros posibles condicionantes, como por ejemplo la disponibilidad del suelo en esta zona concreta de la ciudad. Las excavaciones en el interior de la iglesia de Retortillo nos han enseñado que el foro, construido en época flavia, se instaló sobre un terreno que ya había estado ocupado con anterioridad. La remodelación urbanística que tuvo lugar pudo haberse visto comprometida por la trama de edificaciones preexistente, además de haber estado sujeta a la capacidad económica del municipio y a la resolución de problemas derivados de la adquisición de solares y del derribo de construcciones. Las consecuencias prácticas de todos estos factores, en cualquier caso, se nos escapan. Por otro lado, la cronología del foro permite explicar la ausencia de tabernae en torno a la plaza, pues es sabido que a lo largo de la época imperial las funciones económicas privadas tendieron a ser excluidas de los fora, concentrándose en espacios específicos, como los macella 42. En el caso de Iuliobriga, sabemos que pudo haberse desarrollado una cierta actividad artesanal y quizá también comercial en el edificio localizado al noroeste del recinto forense, sin comunicación directa con la plaza (Fig. 3). Por último, es pertinente señalar cómo el clima frío propio del lugar -algo más templado, no obstante, en época romana que en la actualidad-pudo haber aconsejado la reducción del espacio a cielo abierto en el foro juliobriguense. Un precedente en este sentido se encuentra en la domus situada en el sector de La Llanuca. El gran patio central de esta casa, en origen abierto mediante columnas a la crujía que daba acceso a las habitaciones, fue cerrado a posteriori a través del tapiado de los intercolum-nios 43. La necesidad de sortear las inclemencias del tiempo pudo haber influido también en otros aspectos del foro, como es el diseño de un pórtico dotado de dos calles. Las columnas situadas entre ambas calles se sustentaron en grandes plintos de piedra arenisca (90 x 90 cm), mientras que las situadas en la parte interna abierta a la plaza se elevaron sobre un murete formado por una única hilada de sillares. Todos estos elementos arquitectónicos, a los que hay que sumar varios fragmentos de fustes, basas, capiteles y molduras hallados durante las excavaciones arqueológicas, son de piedra arenisca y presentaban una factura bastante cuidada. Otros restos monumentales en estrecha relación con el espacio público del foro son un fragmento de ara dedicada a Iuppiter Optimus Maximus, hallado junto a la fachada meridional del cementerio anexo a la iglesia 44, y algunos pequeños fragmentos de una gran estatua de bronce que representa a un personaje togado 45. En resumen, no uno sino varios factores contribuyeron a que el foro de Iuliobriga presentara el aspecto con que se muestra ante nuestros ojos, un aspecto condicionado, en cualquier caso, por el estado de conservación de las ruinas y por las limitaciones de la investigación arqueológica. Con sus peculiaridades, este conjunto público refleja la adaptabilidad de los modelos constructivos romanos y su capacidad de generar soluciones originales en función de los variopintos escenarios que componían el espacio provincial romano. 44 Se trata del fragmento de un ara de aspecto monumental. Las letras de la inscripción son capitales cuadradas de gran tamaño (8,5 cm de altura). Del epígrafe tan sólo se conserva la primera línea: [I(ovi)] O(ptimo) M(aximo) (Iglesias 1986, 6-8). La cercanía del lugar de hallazgo al acceso del templo permite relacionar el ara con éste, aunque no es una prueba concluyente de su dedicación a Júpiter y, menos aún, a la triada capitolina como ha llegado a sugerirse (véase nota 13).
Se pretende dar a conocer los resultados -aún inéditosde las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en 2007 y 2008 en el forum de la capital de Igaeditani. Entre las principales novedades recogidas durante las dos campañas de excavación se destaca la fecha de construcción del forum (con comprobada cronología Augustiana, fundamentada ésta, por primera vez, en el registro estratigráfico y siendo diferente de la que ha sido generalmente avanzada últimamente), o la presencia de un edificio singular con paredes divisorias construidas en tierra, que fue destruido durante la construcción del conjunto forense. También con base en los resultados de estas excavaciones, se discute la posibilidad de una ocupación del local durante la Edad del Hierro así como la fecha de la fundación de la ciudad romana, procurando también integrar el momento de construcción del forum en el proceso de promoción política y jurídica de esta civitas del interior norte de la Lusitania. Na sondagem 3, por ).
Planteamos un estudio centrado en los mecanismos de promoción socio-económica que experimentaron los comerciantes de salazón en la Bética romana durante el Alto Imperio, al margen de su propio origen social. Los testimonios de la epigrafía (lapidaria y anfórica) constituyen la base fundamental sobre la que asentar las evidencias de su paulatina aproximación a las elites sociales de Roma, en perjuicio de sus propias comunidades de origen. En un reciente trabajo, L. Lagóstena (2004, 218) constataba que la comparación exhaustiva entre el registro epigráfico de las ánforas salsarias béticas y la epigrafía «mayor» no se ha realizado aún en toda su complejidad. Obviamente, sería posible mejorar las expectativas si logramos establecer un análisis sistemático de la estructura «normativa» de los tituli picti sobre ánforas salsarias (Martínez Maganto 2000; Lagóstena 2002-3), a la vez que se arbitran cauces de comparación con la epigrafía lapidaria. Sin embargo, nuestra intención aquí no es ensayar un detenido cotejo entre los nombres de negotiatores y mercatores citados en las ánforas salsarias y sus homónimos en la epigrafía lapidaria (o en el resto del instrumentum domesticum), sino más bien obtener una amplia visión que abarque aspectos jurídicos, económicos y cronológicos, superando así el marco habitual de simples paralelos entre series epigráficas. Por tanto, conviene explicitar los parámetros en los que vamos a desarrollar esta tarea, empezando por establecer unas breves aclaraciones iniciales sobre estos ámbitos citados, siendo conscientes de la complejidad que implica una interpretación económica como la que aquí proponemos. Por aspectos jurídicos entendemos no sólo cuestiones técnicas o estrictamente legales del Derecho, tema de enorme amplitud (Biscardi 1982), sino más bien el conjunto de relaciones que los comerciantes establecen entre sí y/o con las instituciones públicas o privadas. Estas últimas son complejas y mutables en el tiempo y cuando aparecen reguladas por el Derecho evidencian el interés de la Administración por incentivar la participación de los privados en el abastecimiento del Estado. Por su parte, los aspectos económicos no se refieren a una simple delimitación del cálculo racional de beneficios, sino que reflejan las complejas relaciones existentes dentro de la esfera económica; van, por tanto, más allá del simple beneficio, al implicar actos y actitudes concretas encaminadas a la obtención de prestigio o promoción social. Éstos se expresan casi siempre mediante fórmulas evergéticas a cargo de individuos de variada condición que, junto a las redes de amistad, influencia y clientelismo, constituyen algunos de los mecanismos que contribuyen a movilizar la riqueza y animar los mercados. Finalmente, los aspectos cronológicos merecen una especial atención, ya que delimitan el marco en el que se insertan los dos ámbitos anteriores y posibilitan considerar la industria salazonera sudhispana desde una perspectiva diacrónica, inmersa en un proceso general de cambios, sean éstos sociales, económicos o jurídicos. Sólo podemos analizar adecuadamente tales cambios si trabajamos sobre una secuencia cronológica bien trabada. LIBRES Y LIBERTOS: LA CONSOLIDACIÓN DE LOS NEGOTIANTES SALSARII BÉTICOS EN EL ORDEN SOCIAL DEL ALTO IMPERIO ROMANO A PARTIR DEL SIGLO II D. C. Permítasenos comenzar in media res, en el siglo II d. C., un momento especialmente interesante en el que se asientan los numerosos cambios que se han ido fraguando desde época julio-claudia. De este modo, podemos obtener una visión ya consolidada del papel de los negotiantes para, posteriormente, retrotraernos a la situación de origen en el siguiente apartado. Esta estrategia expositiva posibilita comprender mejor qué ha cambiado en relación con los tiempos anteriores. Por desgracia, contamos con es-casos testimonios epigráficos de esta época referidos a los comerciantes de salazones béticos, aunque quizá sean suficientes para mostrar los cambios introducidos en las estructuras del comercio en esta nueva época, así como su paulatino afianzamiento. Los testimonios disponibles3 muestran situaciones socioeconómicas diversas, lo que seguramente refleja la existencia de grupos diferentes de negociantes empeñados en un mismo negocio, aunque trabajando en el seno de un entorno económico dinámico y sumamente complejo. La primera de estas situaciones viene definida por una interesante inscripción hallada en Málaga (CIL II, 1971) y fechada en torno al año 144 d. C. en la que se recoge un hecho singular. Según el texto, los ciudadanos de Malaca habían reunido dinero para elevar una estatua en honor de Valeria Lucilla, esposa de Marcus Valerius Proculus, quien por entonces era prefecto de Egipto y lo había sido antes de la Annona (142-144 d. Sin embargo, un individuo de nombre P. Clodius Athenio devolvió el dinero a la ciudad y afrontó personalmente el gasto de erección de la imagen de esta mujer. El hecho no tendría mayor relevancia para nuestros propósitos si no fuera porque P. Clodius Athenio aparece en otra inscripción, esta vez de Roma (CIL VI, 9677), como negotians salsarius y quinquennalis corporis negotiantium Malacitanorum. Sin duda, el objetivo perseguido por Athenio era la obtención de prestigio ante sus conciudadanos ahorrando dinero público y fomentando su relación cercana con Valerius Proculus, el antiguo prefecto de la Annona, y su mujer. Sin embargo, una interpretación más detenida de este hecho revela intenciones no tan desinteresadas, ya que, además del prestigio, la relación de Athenio con Proculus podía llegar a reportarle interesantes ventajas fiscales no sólo a él mismo, sino también al resto de los negotiatores Malacitani e incluso al propio municipio en que éstos estaban radicados. Siguiendo con esta estrecha relación entre los municipios y los comerciantes el caso de L. Iunius Nothus de Singilia Barba (Cerro del Castillón, Antequera) resulta muy interesante ya que nos permite descender un peldaño en la jerarquía de redes de clientelismo. Este individuo, con una posición social claramente inferior a la de Athenio, no es un salsarius en sentido estricto, pero su cursus permite caracterizar a un grupo de comerciantes que encontraron condiciones favorables de promoción social en las relaciones establecidas con las clases rectoras de las ciudades, no con los oficiales del Estado, como en el caso anterior. Iunius Nothus fue un liberto enriquecido que, gracias a su relación matrimonial con Lollia Marciana, enlazó con una familia perteneciente a la clase aristocracia local de Singilia. Una inscripción poco conocida (Serrano et alii 1975) nos informa sobre la dedicatoria otorgada por el municipio a su mujer; el propio Nothus se encargó, junto a los padres de ésta, de aceptar el honor y de pagar la imagen de su bolsillo. De Nothus sabemos además (CIL II, 2023) que el ordo de la ciudad le otorgó una estatua y los máximos honores que podía alcanzar un liberto en un municipio romano y que los cives e incolae (CIL II, 2022) realizaron una colecta para dedicarle una imagen, tras haber promocionado al cargo de sevir perpetuus. Una posterior adlectio inter cives permitiría a Nothus casar con la mencionada ingenua Marciana, en cuya inscripción aparece mencionado como L. Iunius Nothus Corn(elius?) [Q?]uietinus, pues debió alcanzar la ciudadanía local gracias al patronazgo de un miembro de la gens Cornelia (Ordóñez Agulla 1988-89, 339). La inscripción que informa de su nombramiento como sevir resulta singularmente interesante ya que permite establecer la presencia, junto a los ciudadanos de Singilia (cives), de extranjeros (incolae peregrini) seguramente, como el propio Nothus, libertos establecidos en la ciudad por razón de negocios. Una situación similar a la de Nothus debió tener otro Iunius, en este caso de cognomen Puteolanus (CIL II, 1944), establecido en Suel (Fuengirola, Málaga), probablemente un comerciante itálico de salazones de pescado afincado en Hispania (Haley 1990). La inscripción de Suel está dedicada, como conviene a alguien relacionado con los negocios marinos, a Neptuno Augusto y en ella se indica que tanto la estatua como la comida pública ofrecida (epulum) fueron pagados por Puteolanus, quien había alcanzado la dignidad de sevir Augustalis in municipio Suelitano primus et perpetuus. Así pues, como en el anterior caso del singiliense Nothus, Puteolanus alcanzaba los máximos honores que un liberto podía aspirar a obtener en un municipio omnes honores quos libertini gerere potuerunt. La fecha de la inscripción de Puteolanus no puede ser anterior a la de la Lex Flavia Municipalis que concedía el status de municipio latino a las ciudades no privilegiadas de Hispania, pues en la inscripción se menciona a Suel como municipio. Por ello, E. Haley (1990, 76), se muestra prudente a la hora de identificar a Iunius Puteolanus de Fuengirola con el Puteolanus que figura en un ánfora Dressel 8 (CIL XV, 4687), un contenedor de gari scombri flos que formó parte del depósito anfórico de los Castra Praetoria de Roma, cuya fecha de deposición estuvo en torno a la mitad del siglo I d. C. Este desajuste cronológico resulta relativamente intrascendente ya que, en cualquier caso, la vinculación con el mundo de los salsarii por parte del Puteolanus de Suel podría quedar atestiguada por la dedicatoria a Neptuno Augusto, una deidad íntimamente vinculada a este negocio, como muestra la dedicatoria de Plomarch (Douarnenez, Bretaña), a nombre de C. Varenius Varo (AE 1952, 22) un personaje relacionado con las salazones, cuyo epígrafe fue hallado en las proximidades de una factoría de salazón4. Así pues, Iunius Nothus de Singilia y Iunius Puteolanus de Suel, ambos libertos, junto con Clodius Athenio de Málaga, un libre, parecen buenos ejemplos del ascenso social que a partir de época flavia experimentaron una serie de comerciantes enriquecidos que llegaron a gozar de una situación social relativamente importante en sus ciudades de adopción. En el seno de las mismas, quedaban ligados al típico juego social urbano por complejas relaciones de amistad y/o clientela con las aristocracias municipales y provinciales (López Barja 1991). Lamentablemente, en los dos primeros casos, no podemos certificar una estricta implicación de ambos personajes con la comercialización de salazones, aunque las evidencias apunten a una posibilidad cierta en este sentido. En cualquier caso, la presencia de Nothus y Puteolanus, permite aproximarnos a un posible modelo de promoción social entre comerciantes venidos a más. Un nuevo caso, de cuna más ilustre, es el aportado por C. Aemilius Niger de Sexi (Almuñécar, Granada), cuya filiación completa C. Aemilius Niger Annius, Seneca filius, Arvacus, remite a un poliónimo que parece evidenciar la condición ecuestre de su poseedor. La dedicatoria que recoge su nombre (ILPG, 8) señala que era, o había sido, flamen divorum Augustorum provinciae Baeticae, un puesto que debía ejercerse en la capital provincial. Ésta es la única dignidad que recoge la inscripción aparecida en el entorno de la factoría de salazones de El Majuelo, en Almuñécar, lo que parece relacionar a Niger con la industria salsaria (ILPG 8;Étienne; Mayet 2002, 98) (García Vargas 2007). El tráfico con Oriente, siendo más escaso, no fue por ello inexistente, ya que el vino rodio presente en el puerto de Sevilla entre épocas flavia y antonina supone casi el 8% del total de los caldos importados durante el período, frente a un 36% aprox. de vinos galos (García Vargas 2007). Además, en el siglo II d. C. se fechan dos inscripciones sepulcrales griegas procedentes de la necrópolis romana de la Trinidad (Ordóñez Agulla 2005), lo que testimonia la presencia de orientales en la ciudad en momentos altoimperiales. Asimismo, el caso de Málaga, permite testimoniar la presencia de comerciantes orientales y su integración y promoción en sus ciudades de destino, como se deduce de una inscripción en griego (IG XIV, 2540) en la que se menciona a una corporación de mercaderes sirios y asia[nos?]. Éstos, a través de su curator Cornelius Silvanus, realizan una dedicatoria a T. Clodius Iulianus, quien aparece calificado como patrono y presidente de la asociación profesional. El personaje honrado en la inscripción lleva el mismo nomen que el anteriormente referido Clodius Athenio y dado su cargo de presidente (prostatés) de la corporación, debió ser él mismo un comerciante. La presencia de dos individuos de nomen Clodius en relación con dos asociaciones diferentes de comerciantes que actúan en la misma ciudad puede indicar la existencia de estrechas relaciones entre los diversos corpora de negotiantes presentes en Málaga. La corporación de negotiantes Malacitani y la de Suel, honrado con la primacía del colegio de seviri de la ciudad, y de Iunius Nothus de Singilia Barba, quien además obtuvo la adlectio inter cives y llegó a emparentar con una familia de la aristocracia local. Así pues, los colegios de seviri se comportaron de hecho, gracias a su poder económico, como un segundo ordo de rango menor capaz de incluir en el juego social a individuos de extracción social poco brillante (Stylow; Gimeno Pascual 2001, 106). Otros libertos de mayor capacidad o con patrones más poderosos, así como la mayoría de los libres, emigraron igualmente de sus comunidades de origen, pero lo hicieron hacia lugares donde las posibilidades de promoción social se vinculaban a las necesidades del ejército o a los oficiales de la administración imperial, algo que venía suscitándose de forma genérica desde la época julio-claudia 7. Este camino lo emprendieron los ya citados Aemilius Niger, de Sexi, quien desempeñó el flaminado provincial en Córdoba, y de forma más evidente Clodius Athenio de Málaga, cuyo domicilio en Roma y cuya presidencia de la asociación de negotiatores Malacitani le permitió relacionarse directamente con el prefecto de la Annona. Este interés por favorecer y honrar a los magistrados de la Annona, queda singularmente explicitada en el caso de los comerciantes de aceite, ya que el sucesor de Valerius Proculus entre 144 y 146 como prefecto de la Annona, M. Petronius Honoratus, también fue a su vez honrado en la capital por un colegio de negotiatores olearii ex Baetica (Chic García 1993, 15) 8. Así, numerosos armadores y comerciantes béticos se beneficiaron, gracias a su colaboración con la administración annonaria (Chic García 1983, 171;1988, 57 y ss.), de ventajas fiscales e incluso de la exención del desempeño de las magistraturas urbanas en sus comunidades de origen. Ésta es seguramente la razón por la cual difícilmente aparece en el cursus de estos individuos el desempeño de empleos civiles, con excepción de los sacerdocios provinciales que los vinculaban directamente a la figura del emperador a través del Concilium Provinciae 9. En ambos casos, las posibilidades de promoción de los negotiatores se derivaron de su posición preeminente en las respectivas asociaciones profesionales, las cuales funcionaron como afinados instrumentos de impulso social. De hecho, la pertenencia a tales asociaciones profesionales significó para estos individuos un lazo solidario de grupo más permanente que el constituido por las societates unius negotiationis que refleja la epigrafía anfórica y en las que solían unirse de forma eventual para realizar sus viajes de negocios. Pero, sobre todo, constituyó el vínculo jurídico fundamental que los unió a intereses públicos de los que se derivaron, además de beneficios sociales, inmunidades fiscales importantes. Por tanto, a partir del siglo II d. C. la consolidación de la administración imperial dedicada a los abastecimientos estatales estaba poniendo en las provincias occidentales las bases para la promoción social de individuos y grupos sociales entre los que se encontraron los negotiatores ex Baetica. En el caso de estos últimos, la articulación de su labor a través de los colegios profesionales que los agrupaban parece haber sido una condición necesaria para su elevación social que fue paralela a la dignificación progresiva de unas corporaciones de comerciantes que comenzaban a sustituir en el transporte de los géneros estatales a las compañías que arrendaban el servicio en época julio-claudia (Chic García et alii 2001, 370). No sorprende entonces que el jurista Gayo (Digesto III. 4.1) recoja entre los colegios a los que se les concede la consideración de corpus el de los navicularii qui in provincia sunt. Desde luego, queda claro que no todas las corporaciones gozaron del mismo favor y la misma consideración por parte de las instancias oficiales. Las dedicadas al comercio del aceite parecen situarse en un status singularmente privilegiado, ya que los olearii ex Baetica parece haber desempeñado un papel fundamental en la política annonaria de los emperadores del siglo II d. C. Un pedestal recientemente descubierto en la cimentación del campanario de la Catedral de Sevilla, la popular Giralda, y editado por uno de nosotros en colaboración con otros autores (G. Chic y otros 2001; Remesal Rodríguez 2008), califica a este corpus de splendidissimum, a la vez que indica el carácter de algunos de sus miembros como diffusores olei ad Annonam Urbis. La posición especial de los diffusores olei con respecto a la administración imperial y su misma especialización funcional se derivó del interés específico del Estado por una 7 No se debe minimizar la importancia que revistió el abastecimiento del ejército y las múltiples complejidades económicas que ello implicaba. A este respecto, para un caso concreto en Hispania véase Carreras-Monfort 2006 o, de forma extensa, la obra en que se incluye este trabajo. 8 Los curatores eran entonces D. Caecilius Hospitalis y Cassius Faustus (CIL VI, 1625b). 9 Este debió ser el caso de L. Licinius Montanus, un malagueño destacado cuya ciudad le erigió una estatua en la ca-pital provincial, donde a fines del siglo II d. C. fue flamen provincial y gozó de la consideración de cives adlecto Cordubensi (Melchor Gil 2006, 258). Pero en el caso concreto de las salazones, nuestro Clodius Athenio de Malaca se califica a sí mismo con el término comercial más genérico de negotians (salsarius) 10, por tanto, Athenio, como seguramente Cornelius Niger o Iunius Puteolanus fueron salsamentarii con cierta cualificación social y profesional. La diferencia entre la labor del negotians y la del mercator residiría no tanto en la capacidad financiera, menor en el segundo, sino en la situación específica del primero con respecto sus negocios, ya que les confería una posición especial en relación a la producción de bienes con vistas al mercado (Verboben 2006); es decir, les permitía establecer una tupida red de negocios que afectaba tanto a la esfera productiva como a la comercial, sin romper por ello la unidad de su negocio 11. Esta posición de los negotiatores con respecto al suministro alimenticio de sus comunidades los haría cada vez más necesarios para éstas y justificaría en cierto modo su capacidad manifiesta de ascenso en la jerarquía ciudadana. Ello resulta especialmente evidente en el caso del Puteolanus de Suel o en el del conocido Umbricius Scaurus de Pompeya, a quien la epigrafía de la ciudad, así como los tituli sobre urcei y otro tipo de contenedores (Curtis 1979;1984), nos muestran empeñado tanto en la producción como en la distribución regional de las salsas de pescado, lo que permite incluirlo en la categoría de negotians, aunque no aparezca nunca calificado explícitamente como tal. Así pues, puede entenderse la importancia de mercatores, negotiatores y navicularii para la administración annonaria del Estado ya que, como se ha señalado, ésta fue reduciendo desde fines del siglo I d. C. su dependencia de las compañías arrendatarias de suministros al tiempo que promocionaba a los collegia profesionales como instancias encargadas de la gestión y el transporte de los géneros fiscales. También se ha indicado que este proceso benefició especialmente a los colegios profesionales de olearii, pero parece lógico aceptar que los comerciantes al servicio de la Annona no se limitaron a la gestión de las mercancías annonarias por excelencia, el aceite y el trigo, sino que su actividad alcanzó igualmente a la adquisición y el transporte de cualquier otra materia, alimenticia o no, de la que el Estado tuviese necesidad (Herz, 1988, 72-73). De hecho, el Estado debía encontrar ventajoso tratar con las corporaciones mejor que con los individuos aislados, aunque fuera de una manera menos formalizada y burocratizada que en el caso de los productos subvencionados. Es en este contexto en el que también los colegios de salsarii o los de transportistas de ciudades concretas (como los malacitanos) pudieron beneficiarse de las ventajas económicas que les reportaba su relación con la administración imperial. En cualquier caso, para poder reconstruir la génesis del complejo proceso que aquí vemos consolidado, conviene retroceder a la época altoimperial inicial, un siglo antes. conocer los diferentes puntos de partida de los grupos de comerciantes. Como salsarius ejerciendo su oficio sobre bases completamente privadas podemos considerar a L. Mevius Faustus, a cuyo nombre aparece sellada una partida de ánforas de salazón hallada en un almacén derruido del alfar de Villanueva (Puerto Real, Cádiz), en época flavia (García Vargas 1998, 234). Mevius Faustus perteneció a una vieja familia de comerciantes con inmuebles en Cádiz y negocios en Arlés, Puteoli y Roma (Parodi Álvarez 2004); fue con bastante probabilidad descendiente del mercator L. Mevius Rufus quien está consignado en una Dressel 12 bética hallada en Saint-Romain-en-Gal (Vienne) y fechada en época augustea (Desbat et alii, 1987: SRG, no 6). Asimismo, debió ser familiar, en línea más próxima, de P. Mevius Faustus (CIL XV, 3663), a cuyo nombre está signada una Dressel 20 olearia hallada por Dressel en los Castra Praetoria de Roma (hacia 50 d. Precisamente, coetáneos a Mevius Rufus encontramos (Digesto 32.1.41.6; Javoleno) a unos Mevii como receptores por fideicomiso de un legado que incluía posesiones en la ciudad de Cádiz (Chic García 2004 94). C. se conoce a otro Mevius, en este caso Aulus Mevius Iulus, como testigo de una interesante operación comercial. Se trata de un préstamo de 13.000 sestercios que un tal Hesychus, esclavo del liberto imperial Evenus Priamus, hizo a C. Novius Eunus (Tabula Pompeiana Sulpiciorum, 51), recibiendo de éste como garantía 7.000 modios de trigo alejandrino junto a otros 4.000 modios de cereal y legumbres secas. El préstamo tuvo como objeto una operación especulativa a corto plazo que debía permitir a Hesychus aumentar el monto recibido en préstamo, devolverlo con sus intereses correspondientes y recuperar con ello los 11.000 modios de trigo y legumbres dejados en garantía, que a su vez reportarían, antes del final de la temporada de navegación, nuevas ganancias comerciales camino de Roma (Virlouet 2000, 144). Esta operación muestra cómo los agentes de comerciantes y transportistas de géneros al por mayor podían aprovechar la estancia de las mercancías en los almacenes de los puertos de ruptura de carga para hacer negocios aprovechando la coyuntura. Asimismo, ilumina la forma en que el comercio local -sujeto a operaciones financieras a corto plazo-y el internacional -para el que eran precisos plazos de amortización más prolongados-, podían relacionarse y retroalimentarse para la consecución de nuevos beneficios 12. Operando a una escala menor, pero en la misma esfera de negocios privados internacionales, encontramos al segundo protagonista, P. Attius Severus a quien conocemos como comerciante de salazones béticas por los tituli picti de los Castra Praetoria (CIL XV, 4748-49), así como por una de las tablillas del archivo de los Sulpicii de Puteoli (TPSulp, 13) en la que se menciona cómo a través de uno de sus esclavos, de nombre Primus, contrata en 38 d. C. un servicio de transporte marítimo a un naúkleros cario llamado Menelaos. Los documentos son meros recibos redactados de conformidad a las cláusulas de un contrato perdido y retienen de éste tan sólo la indicación de que el precio pactado del transporte fue de 1.000 denarios y que, en caso de siniestro, el transportista se comprometía a devolver el monto del alquiler de la nave al comitente, actuando como garante de la operación un tal M. Barbatus Celer (Camodeca 1999) 13. Los casos de Mevius Faustus y de Attius Severus nos muestran por tanto a los salsarii béticos implicados en el comercio, el mundo de las finanzas y los créditos, además del mercado inmobiliario y la producción de ánforas (en el primer caso). De este modo, es posible entender mejor el origen de la fortuna de negotiatores salsarii, sean éstos libres o libertos, quienes posteriormente tendrán la oportunidad de integrarse en el orden social del sus comunidades de adopción o en el nuevo orden supraciudadano que progresivamente imponía la acción del Estado. Por su parte, el tercer personaje citado, L. Vrittius Verecundus, es un activo negociante en salsas béticas perteneciente a una conocida gens de comerciantes galos implicados en el transporte de diferentes alimentos, tales como vino, aceite o las mismas salazones (Blänsdorf 1985, 91 y ss.). Ánforas con el nombre de nuestro protagonista han sido halladas recientemente en el Hopfengarten de Maguncia (Martin-Kilcher 2002; Ehmig 2003). De las diez ánforas salsarias del tipo Beltrán IIA que forman el depósito de Maguncia, cinco llevan el nombre de de Digesto (32.1.41.6, Javoleno). En él, se pregunta al jurista si la expresión empleada por el testador con respecto al legado que hace a los Mevii, incluyendo en él «quidquid in patria Gadibus possideo» debe entenderse como inclusiva de una posesión suburbana, un libro de cuentas (kalendarium) que el testador dejó al morir y el dinero que había ingresado de unos créditos y que se encontró en la casa de Cádiz. El jurista considera explícitamente al kalendarium y el dinero como excluido del legado. Tal kalendarium debe haber sido un libro de cuentas ajeno a la administración de la casa legada, por cuanto no se incluye en la herencia, pero que recogería contraídas deudas por terceros, lo que lo convertía en motivo de disputa entre los herederos. 13 A este respecto, Gofas (1993) interpreta la cantidad desembolsada como una especie de seguro marítimo por el valor de la mercancía en el caso de pérdida de ésta. 12 Sobre el carácter de estos préstamos a más largo plazo entre comerciantes puede servir de referencia el citado paso Verecundus en posición diversa en los tituli, lo que significa que éste aparece cumpliendo funciones distintas en la misma cadena comercial pues, además de abastecerse directamente en la Bética 14, compraba en un puerto de ruptura de carga, que pudo ser Lugdunum, a intermediarios como Proculus y Urbicus, una de cuyas ánforas parece formar parte de un lote de treinta y cinco contenedores; mientras, otra se adquirió junto a setenta y cuatro más, puesto que el número que aparece registrado en posición «F» es -LXXV-(Martin-Kilcher 2002; ánforas 4 y 5 especialmente) 15. Es interesante constatar cómo ambas ánforas, pertenecientes a partidas diferentes, fueron adquiridas a su vez por estos mercatores a un mismo productor, que aparece en posición «E», y cuyo nombre fue Domesticus. Aunque siempre debemos considerar los cálculos cuantitativos con la conveniente prudencia, no deja de ser interesante recalcar que si admitimos una capacidad media de 39 l para las ánforas de Maguncia, las dos partidas adquiridas por Proculus y Urbicus a Domesticus suponen una cantidad total de 3290 l (1365 + 2925), o lo que es lo mismo, 3, 29 m 3 de salazón de pescado. Esta cantidad viene a ser la décima parte de la capacidad total de cada uno de los saladeros excavados en Baelo Claudia (Étienne y Mayet 1993(Étienne y Mayet -1994, 210), 210), lo que significa que un solo intermediario podía acaparar (¿o gestionar?) con cierta facilidad la producción de una sola officina con idea de revenderla en plaza o en un punto intermedio a otros comerciantes de mayor capacidad económica. Lo expuesto hasta este momento, dibuja un panorama más complejo, y en cierto modo, inverso al planteado hace ya años por Robert Étienne (1970), quien, a partir de la conocida expresión garum sociorum y las inscripciones -S. CET-y -SCGdel alfar de El Rincocillo (¡en Algeciras!) proponía la dedicación a la actividad salazonera de una única societas arrendataria de los derechos sobre la sal gaditana 16. Sin poder desechar radicalmente esta in-terpretación, parece más razonable interpretar el apelativo garum sociorum como simple sinónimo de garum Hispanum (Millán León 2001). Así pues, este fragmentado mundo comercial caracterizado por una relativa independencia de las actividades productivas, precisaría una serie de mecanismos de racionalización y coordinación de actividades para su posterior comercialización exterior, algo que, debemos insistir, no puede haber sido realizado más que por los comerciantes que operan a grandes distancias. El caso de Verecundus nos recuerda que si bien este tipo de comercio de larga distancia parece haber estado mayoritariamente en manos de privados, los arrendatarios de suministros para el Estado no debieron ser ajenos al mismo. De hecho, la actividad de este comerciante se ajusta bastante a la que cabe esperar de un intermediario presente en los lugares de origen y de recepción final de las mercancías demandadas por el Estado, pero también en los puntos de ruptura de carga, como Lyon, donde la libre actividad comercial generaría un mercado activo de estas mismas mercancías. La particularidad de las ánforas salsarias del eje Ródano-Rin, reside en la anteriormente referida presencia de un conjunto de cifras que cuantifican las partidas de ánforas (Martin-Kilcher 2002, 347), lo que no es incompatible, con un control de la actividad comercial por parte de gestores de la misma, situados en un nivel superior al de los pequeños comerciantes de los que se abastecían. Este tipo de funcionamiento no es imposible en un ámbito estrictamente privado de actuación, pero su constatación en un área mercantil de interés prioritario para el Estado, unido a la frecuencia creciente con la que se documentan en los tituli sobre ánforas y a las indicaciones de oficiales del ejército o de la Administración como destinatarios de los recipientes (Ehmig 1995(Ehmig, 1996;;Ehmig y otros 2004), así como la preeminencia misma de grandes transportistas como los Vritii en el trasiego comercial de la zona, apuntan probablemente a una organización comercial orientada hacia el principal consumidor de la región: la administración, civil y militar del Estado romano, tal y como ocurre en otros zonas de fuerte presencia militar (Carreras 1997; para la situación en los siglos II y III d. Como ya se ha comentado, no deja de ser llamativo que estos mismos Vritii aparezcan como mercatores de otros productos béticos en contextos temporalmente próximos al de Maguncia, como el pecio Port-Vendres II (Colls et alii 1977) en cuya carga 14 Especialmente el ánfora no 6 de las publicadas por S. Martin-Kilcher, pág. 347, fig. 5, perteneciente, según su registro «F», a una partida de 16 ánforas. 15 Estos controles numerales son fruto de una discusión aún inconclusa. A veces, aparecen en forma de grafito y no pintados mediante atramentum u otra tinta, como fue el caso de un hallazgo que uno de nosotros tuvo ocasión de publicar en su día y en el que se recoge la discusión sobre estas interpretaciones (Laubenheimer, Martínez Maganto e Hillaret 1993). 16 La sal es otra de las industrias extractivas sujeta a los intereses de productores y comerciantes de salazones, quienes bien pudieran haber participado de diferentes formas en los negocios de explotación de la misma, como actividad complementaria de la industria salazonera. Una nueva pista sobre la compleja y multiforme actividad comercial la tenemos en la presencia de lingotes metálicos en los mismos barcos que transportaron estas ánforas, como es el caso de los lingotes de plomo del pecio de Comacchio, fechado en los últimos decenios del siglo I a. Su disposición, así como las superposiciones de los sellos, han permitido reconstruir un hipotético escenario comercial en el que un par de asociados, representados por las marcas -AGRIP( )-y -L. CAE( ) BAT( )-, parecen haber actuado como intermediarios comerciales adquiriendo en el entorno de Cartagena el plomo de otros comerciantes que a menudo llevan nomina coincidentes con los de las grandes familias productoras de plomo en la región durante el siglo II a. C. Finalmente, lo revendían a un distribuidor final, cuyo barco se hundió con la carga junto a la costa adriática del entorno de Ferrara 18. Si la marca -AGRIP( )-representase a Marco Vipsanio Agripa, el yerno de Augusto, los ligontes del pecio de Commacchio, al igual que una pieza aislada con la misma inscripción procedente de Ibiza (Rodá 2004), nos pondrían ante una situación en la que el poderoso Agrippa aparecería, asociado a otro individuo, como negotiator plumbarius. El propio Domergue sugiere que los lingotes de Commacchio (noventa y seis en total) son una pequeña parte de una producción mayor de plomo controlada por negotiatores como Agrippa y dirigida hacia Puteoli para subvenir necesidades oficiales, entre ellas, por ejemplo, la construcción de aquae publicae, labor en la que sabemos que el mismo Agrippa estuvo empeñado. Si se acepta esta idea, un personaje de primer orden, de quien hay que recordar que fue duumvir honorario en Carthago Nova y patrono de la ciudad (AE 1997, 366), estaría actuando como proveedor de una mercancía de interés para el Estado, lo que no le impidió lucrarse aprovechando los fletes oficiales para hacer negocios privados. En este punto, merece la pena recordar una noticia de Estrabón (3.2.10) según la cual las minas hispanas habrían pasado a manos privadas desde época de Augusto. Se refiere el de Amasía, seguramente, a la progresiva sustitución de las societates mineras republicanas 19 por arrendatarios o beneficiarios particulares que compraban a perpetuidad al Estado los derechos de explotación de las minas o los recibían por donación imperial. Esto sugiere una posible vía para entender el origen del súbito enriquecimiento de familias hispanas (Chic García 2005), como la Annaea, que fue la del cordobés Séneca, y la Annia, con raíces en la zona de Sierra Morena. Por tanto, no es improbable que esta nueva pujanza económica haya que buscarla no tanto en la propiedad de tierras, como en la de las minas de cobre y de oro cuyos dueños y/o arrendatarios, tal como mucho después indica el jurista Gayo, «publicanorum loco sunt» (Digesto 39.4.13 pr.) 20. Así pues, encontramos de nuevo en fechas tempranas y afectando a personajes de distinta situación social una relación comercial entre personas concretas y negotia diversos, aspecto que hemos señalado como característica definitoria de la función del negotiator 17 S. Martin-Kilcher (1990) señala la existencia de un tapón de tonel con la marca -VRITTI P H-, descubierto en Lyon, reutilizado en el interior de un ánfora del siglo I d. Ésta última autora recoge varias referencias más, como -VR[-en un tonel de Vindolanda o -VRITTI-FES-en Fos-Sur-Mer (Marlière 2002, 115-116). Probablemente el nombre Vrittius es un gentilicio celta atestiguado en Roma y otras muchas localidades como La Narbonense, Burdeos o Sens, que suele aparecer bajo diferentes variantes nominales (CIL VI, 16098; CIL XII, 1684; CIL XIII, 784...; ver referencias completas en Marlière 2002, 116 ns.185 y ss.). Quizás se trate, efectivamente, de una familia amplia afincada en la Galia y la Bética y dedicada a la producción de envases y al transporte (Colls et alii 1977, 74). 18 Existe una serie de interesantes planteamientos sobre estos plomos referidos a la producción e interpretación comercial de los mismos, aunque se aleja momentáneamente del objetivo de este trabajo merece ser tratado en otro momento. Al respecto consultar el trabajo de Ma P. García Bellido (1998) con referencias anteriores, así como el de C. Domergue (2007). La epigrafía sobre ánforas salsarias béticas del siglo I d. C., que constituye el grueso de la evidencia epigráfica sobre la industria de las salazones para esta época (Lagóstena 2002-3), nos muestra a una fracción de quienes comerciaban y traficaban desde la esfera privada con salazones de pescado que, al igual que en el caso del metal, el vino o el aceite, constituyen un conjunto de mercancías que reclamaban la atención del Estado, al tratarse de productos necesarios para su abastecimiento. Todo este conjunto de evidencias invita a reflexionar sobre una cuestión, hasta ahora eludida, pero sobre la que ahora merece la pena centrar la aten-ción... ¿Hasta qué punto los salsarii ex Baetica del siglo II d. C. y los aparentemente más modestos mercatores-negotiatores del I d. C, entre los que predominan los libertos (Étienne; Mayet 1998), constituyen sólo la parte visible de una elite comercial en la que debemos considerar también integradas las familias de los órdenes superiores de la sociedad romana?... Es el momento de afrontar este interrogante tras considerar los elementos de juicio que se han ido desgranando en las páginas anteriores. La respuesta a esta cuestión no se explica mediante la simple afirmación de que la elite social bética se hallaba involucrada de algún modo en la actividad productiva y comercial, algo que ya resulta obvio, si bien la presencia de las aristocracias en el comercio siempre ha sido materia objeto de debate (Pavis d'Escurac 1977;D'Arms 1981; Whittaker 1985). De lo que se trata, es de saber en qué medida y con arreglo a qué mecanismos se verificaba esta relación. Por una parte, cabe considerar el caso de aquellos comerciantes cuyo enriquecimiento abrió la puerta de entrada a los órdenes superiores de la jerarquía romana a sus descendientes; por otra, los que ya eran miembro de la elite, los senadores y caballeros, que participaron en estos negocios como un campo más de actuación económica. El primero de estos casos puede venir definido por el dossier epigráfico de los Anni. El primer dato lo aporta C. Annius Senecio quien figura entre los salsarii consignados en las ánforas del pecio de Cala Rossano (Arata 1994, 484), en la primera mitad del siglo I d. C. Tal vez se trate del mismo personaje nombrado en una inscripción funeraria de Carteia, fechada a mediados del siglo I d. Como indica su nombre, Senecio Annianus había conseguido emparentar con una ilustre familia sudhispana, la de los Cornelios, descendientes a su vez del caballero Cornelius Senecio, amigo y cliente de Lucio Anneo Séneca. De él nos dice Séneca (Ep 101.3.1) que era un «homo summae frugalitatis», hecho a sí mismo gracias a su singular «quaerendi et custodiendi scientia» (101.2.4), es decir, a su capacidad para conseguir tanto como conservar. Un ejemplo claro de la provincialis parsimonia que caracterizaba, más allá del tópico literario, a los homines novi de provincias. Añade sobre él que «mari et terra pecuniam agitabat» (101.4.1), es decir, que participaba en negocios lucrativos, actividad que añadía al desempeño de cargos administrativos y al arrendamiento de vectigalia públicos como base fundamental de su fortuna 21. Si en verdad Cornelio Senecio cimentó su fortuna tanto sobre la gestión de los publica vectigalia, como sobre los cargos y los negocios marinos y terrestres, se infiere que hubo una relación directa con los recursos económicos que se dedicaban a estas actividades, relación clara a los ojos de Séneca, quien los desgrana uno tras otro. Si bien debemos tomar la conexión entre los Anii Seneciones de Carteia de mediados del siglo I d. C. y el Cornelius Senecio Annianus de la misma ciudad, cónsul en 146, a través del caballero de época neroniana Cornelius Senecio amigo de Séneca como una mera hipótesis, en caso de verificarse, permitiría arrojar información acerca de la ascensión social de familias de origen provincial cuyos miembros vemos incluidos sucesivamente en los ordines ecuestre y senatorial. Respecto al segundo caso, aquellos personajes que ya partían de una situación social privilegiada, puede resultar paradigmático el anteriormente citado C. Aemilius Niger Annius Senecae f. Arvacus, de Sexi, flamen provincial de la segunda mitad del siglo II Puede pensarse que las conexiones familiares citadas son fruto de una mera casualidad, derivada de la frecuencia atestada de estos nomina en la provincia, pero la pervivencia en alguno de estos individuos de un sustrato indígena presente en los nombres Arvacus o Annius y su relación con familias ilustres como la de los Cornelii y los Aemilii parece ponernos tras la pista de las formas de integración de los provinciales de origen local en las elites imperiales y de su ulterior ascensión en la pirámide social. De hecho, resulta significativa la constatación tardía (222 d. C) del nombre Annius entre los componentes de un poliónimo documentado en una inscripción de Ulia (CIL II, 1533), cuyos segundos tria nomina, aunque muy deteriorados, permiten identificar claramente el registro del personaje dedicante, Q. Fabio Fabiano. Si la restitución es, como parece, correcta (Lacort et alii 1986, 90-92), tendríamos a un miembro de la elite provincial -Q. Fabius Fabianus...iato...Annius...erus-, seguramente patrono de la ciudad, erigiendo en nombre de la propia ciudad una dedicatoria a Severo Alejandro en el año del duovirato de L. Aelius Optatus y T. Clodius Tr..eti en Ulia. Los mismos nombres se repiten en una dedicatoria a Iulia Mammea de la misma procedencia y el mismo año que la anterior (Lacort et alii 1986, 92-93). La mención de un Fabius Fabianus en la inscripción de Ulia no carece de interés en este contexto. El nomen Fabius resulta nuevamente uno de los más extendidos en la epigrafía hispana, pero en el caso de los Fabii Fabiani estamos con seguridad, como en su día demostró A. Canto (1978), ante una de las familias béticas de mayor brillo social durante el Alto Imperio. Las inscripciones que la mencionan se fechan en su mayoría en los siglo II y III d. C. y proceden sobre todo de localidades enclavadas en el entorno de las serranías penibéticas. Sólo las inscripciones de Monesterio (Badajoz), Luque (Córdoba) y Sevi-lla (Canto 1978 295-296) se alejan de esta área comprendida entre los ríos Guadiaro y Vélez, en la actual provincia de Málaga. El Fabius Fabianus de Sevilla, no obstante, deja constancia de su origo ilurconenese y puede considerarse, por tanto, como procedente del núcleo geográfico de dispersión de los testimonios acerca de esta rama de los Fabii. G. Chic García ha puesto de manifiesto recientemente la relación de los Fabii Fabiani y los Fabii Iuliani con la producción y el comercio para la Annona del aceite bético, gracias al testimonio de los tituli y de las marcas de alfar sobre ánforas olearias béticas del tipo Dressel 20 (Chic 2003). Dicha relación puede seguirse de nuevo en la inscripción de Ulia, en la que uno de los duumviri que la datan se llamó L. Aelius Optatus, justamente el mismo nombre del mercator o diffusor al que pertenecen varios tituli picti del Testaccio con al menos una datación consular en 154 d.C. Así pues, difícilmente pudiera tratarse del mismo Aelius Optatus de Ulia (Montemayor), ya que estas inscripciones se fechan en 222, casi cincuenta años más tarde, pero sí de un probable familiar de éste. Por otra parte, continuando con esta enumeración de intereses familiares, la documentación sobre los Aelii resulta abrumadora; una Aelia Optata se documenta en Nescania (CIL II, 54902), con motivo de la erección de una estatua a su hijo L. Aelius Mela, acto acompañado de un epulum público. Otro Aelius Fabianus aparece como diffusor de aceite bético en 160 d. 5) y, hacia fines del siglo II o principos del III d. C., se documenta un Aelius Aelianus en un ánfora salsaria del tipo Beltrán IIB-Augst 30 procedente de Lora del Río (Remesal Rodríguez 2002, 212, no 50). Con el mismo nombre del negotians salsarius de Lora aparece un productor de aceite en un ánfora de 145 d. C. del Testaccio (CIL XV, 4049) comercializada por el diffusor Q. Vinisius Serenus. Tal vez se trate del L. Aelius Aelianus, duovir de Naeva, que donó todas las estatuas de un pórtico y ofreció a municipes et incolae un epulum con motivo del acontecimiento (AE 1958, 39; Del Hoyo Calleja 1989, 83). Igualmente como productora de aceite se muestra Aelia Aeliana cuyo producto transportó L. Antonius Epaphroditus (Chic García 1988, 8); otro L. Aelius Aelianus se presenta como diffusor olei, asociado a los Aelii Optatus, Caesianus y Lupatus en 154, lo que de nuevo nos lleva a los Aelii Optati (Chic García 1988, 4). Entre los personajes de algún modo relacionados con estos Aelii Béticos pudo contarse L. Lollius Aelianus de Singilia Barba, en la depresión de Antequera, cuya hija Lollia Marciana casó como se ha Así pues, a modo de balance, puede observarse la preeminencia económica progresiva de unas cuantas familias ligadas entre sí de variadas formas, así como a negocios remuneradores relacionados con el comercio y al abastecimiento del Estado. Estas familias procederían en parte de las aristocracias locales, caso de los Anni Senecae de Ilurco, que habían accedido a la ciudadanía romana gracias a sus relaciones clientelares con importantes personajes de los ordines superiores. En otras ocasiones, seguramente en pocas, se trataría de familias de libres más modestos, enriquecidos gracias a los negotia y con descendientes promocionados mediante mecanismos similares de ascenso social, caso de los Anni Seneciones de Carteia. Todos ellos, como es lógico, habrían tenido finalmente sus bases económicas en la posesión de tierras (incluyendo minas). Los primeros, respaldados por sus propiedades inmobiliarias habrían podido hacer inversiones remuneradoras en el ámbito comercial, incluyendo el transporte de bienes propiedad del Estado; los segundos, habrían alcanzado el estatus de possessores gracias a la compra de propiedades tras el éxito comercial, lo que no significa necesariamente un abandono efectivo del ámbito de los negocios. Todo ello dibuja un complejo panorama que conviene desenmarañar. LAS ELITES BÉTICAS Y SUS NEGOTIA. Una vez analizados los negotia y los publica de todo tipo que incrementaron la renta agrícola y, con ella, la fortuna de las gentes dominantes en la vida política y social de las ciudades béticas, quedan por determinar aún dos elementos fundamentales. Por una parte, debe analizarse de qué manera podían gestionar estos personajes su intrincada actividad económica en el contexto sociopolítico de la época; por otra parte, debe establecerse qué papel pueden haber desempeñado en sus negotia la producción y/o el comercio de salazones. Muchas de éstas familias dominantes se remontarían a los años finales de la República (Dardaine 2001 27) y habrían logrado un ascenso fulgurante a lo largo del siglo I d. C. gracias, entre otros, a los negocios marítimos. Dicho ascenso fue, en no pocas ocasiones, incluso anterior a la promoción municipal de sus ciudades de origen. Este debió ser el caso de D. Iunius Melinus de Cártama, en Málaga, que fue eques Romanus ex ciuitate Cartimitana primus factus (CIL II, 1955), inscripción en la que el término ciuitas indica un momento previo a la municipalización. Entre sus sucesores estuvo Iunia Rustica, sacerdotisa perpetua et prima in municipio Cartimitano, casada a su vez, ¿pura casualidad?, con un C. Fabius Fabianus y madre de un C. Fabius Iunianus, quien aparece asociado a ella en actos de evergesía ciudadana en su localidad de origen (CIL II, 1956). Un Decimus Iunius R... y varios Fabii se encuentran implicados en el tráfico del aceite bético para la Annona, mientras que no faltan los Iunii, entre ellos el Puteolanus de Suel, actuando como mercatores de la salazón bética entre la segunda mitad del siglo I y la primera del II d. No carece de interés el que Iunia Rustica de Cartima indique, entre otros actos evergéticos, la asunción por su parte de los publica uectigalia, lo que liberaba a su ciudad del peligro de endeudarse en exceso. En estos momentos de fines del siglo I dC. o principios del siglo II d. C., la conductio vectigalium no fue tal vez tan remuneradora como en los de los últimos Julio-Claudios, en que veíamos el ejercicio de los publica como una de las causas de la fortuna del caballero Cornelius Senecio, pero la capacidad de Iunia Rustica para vindicarlos, así como las conexiones de su familia con la exportación del aceite, salazones y probablemente mármol malagueños (Canto 1978) evidencia una clase local de terratenientes y prestamistas que consideraron la explotación económica de las comarcas que controlaban como una forma rápida de acumular la riqueza necesaria para aumentar su ascendiente político y social. Es seguramente esta aristocracia provincial la que, en casos como el de los Cornelii, los Annii o los Fabii, supo trascender los límites de su mundo de origen y alcanzar los más altos escalones de la carrera senatorial. Asimismo, puede inferirse que dichas familias se encuentran tras los libertos que ejercían directamente los negocios comerciales, así como tras las operaciones financieras que enlazaban ámbitos de actividad en principio tan diferentes como la pesca, la producción de sal, la de salazones y la de envases para su distribución, en una especie de producción económica complementaria (Martínez Maganto 1992). Muchas de estas actividades podrían llevarse a cabo sobre la base simplemente de los dominios agrícolas que terratenientes como los Cornelii Pusiones poseían en la bahía de Cádiz (Chic García 2004, 95-96) sal en los propios predios debió complementarse con la adquisición de inmuebles o tierras de albina propiedad del Estado o del municipio, pues sabemos que las dos condiciones que cualificaban para el acceso a los arrendamientos públicos eran tener solidez económica, es decir tierras, y buenas relaciones con los miembros del ordo municipal, de quienes dependían las locationes (Rodríguez Neila 1994, 441). Es probable que los vectigales derivados de los arriendos públicos se pagasen, al menos parcialmente, en especie y tuviesen por destino horrea de titularidad municipal que podían ser, ellos mismos objeto de locación, como en el caso de Puteoli, (Tabula Pompeiana Sulpiciorum 51: Virlouet 2000, 135) 22. Pero no es menos probable que, en su papel de conductores de bienes municipales entre ellos salinas y factorías de salazón, las grandes fortunas de las ciudades actuasen realquilando a terceros los arriendos hechos a la ciudad, como en el caso del pompeyano Caecilius Iucundus, que refiere una fullonica, los vectigales de los pastos públicos (pascua), las tasas sobre las ventas (mercatus) y un fundus propiedad de la colonia (Andreau 1974), lo que recuerda muy de cerca la situación de los conductores pascua, salinarum, picariorum et commerciorum. Entre estos últimos podían y debían contarse, como fue el caso de Aulus Umbricus Scaurus de Pompeya, un amplio abanico de clientes y dependientes que configuraban algo así como una familia in negotiis o negotians (Étienne; Mayet 2001, 94) y que actuaban como agentes, intermediarios y/o testaferros en los negocios industriales y las empresas comerciales de sus domini. Un nuevo testimonio, en este caso asociado al negocio de mármoles, abunda en esta idea. Una inscripción de Nescania (CIL II, 2011), en la comarca de Antequera, recoge la dedicación de una estatua a C. Marius Clemens por parte de su madre Fabia Restituta, con la consiguiente celebración de un banquete acompañado de una donación de sportulae en denarios a los decuriones, sus hijos, los ciudadanos y los incolae del municipio, así como la donación de diez denarios a unos misteriosos servi stationarii. A. M. Canto (1978, 306) relacionó en su día a estos stationarii con los esclavos vinculados de algún modo con una cantera y taller de mármoles, propuesta que debe ser aceptada a la luz de la inscripción del negotians marmorarius Aurelius Xenonianus Aquila (SEG IV, 106; Pa- Sin duda, las necesidades del Estado beneficiaron a los aristócratas béticos y a sus dependientes tanto como perjudicaron a sus ciudades de origen. Mientras los primeros acumulaban en sus manos la propiedad o la gestión de las tierras, las salinas, las canteras y los bosques provinciales, las ciudades perdían el ingreso que tradicionalmente les habían proporcionado las sumas honorarias y las liturgias de sus magistrados más poderosos. Debe considerarse, no obstante, que las evergesías y las donaciones, siempre voluntarias, pudieron suplir durante algún tiempo la ausencia de ingresos procedentes de los honores debidos por los magistrados entrantes. Sin embargo, cuando las dificultades económicas se hicieron sentir en las finanzas de las ciudades y en la solidez financiera de sus curiales, las evergesías y las fundaciones alimentarias debieron venir a complementar a las monumentales, en un primer momento, para paulatinamente suplirlas. Por entonces, el Estado había ampliado las ventajas ofrecidas a los navicularii al tiempo que los apuros económicos del fisco comenzaban a dificultar los pagos regulares de las vecturae o compensaciones monetarias a los navicularii por los transportes (Chic García 1999). El testimonio del jurista Gayo permite concretar que el Estado, hacia este momento, concedió el derecho de corpus habere a los corpora de navicularii, lo que sin duda supuso una ventaja a la par que un inconveniente para éstos, ya que a cambio de ciertos derechos se aumentaba el con-trol estatal sobre estas corporaciones. Precisamente, la posición ya mencionada de Athenio con respecto al prefecto de la Annona o la de Aemilius Niger con respecto al flaminado provincial, sólo se entienden en un ambiente general en el que el Estado y los miembros de las corporaciones de negotiantes y navicularii se necesitaban mutuamente en una simbiosis que perjudicaba a las ciudades de origen, de las que éstos se ausentaban incluso físicamente, ya sea para servir a sus propios intereses económicos o para entrar en el círculo imperial como altos oficiales de la administración estatal. Para evitar lecturas erróneas, conviene advertir que ni las salazones ni otras mercancías libres formaban parte de los productos estrictamente annonarios durante el Alto Imperio Romano. Sin embargo, como ha señalado P. Herz (1988, 72-73), cualquier bien en cualquier lugar del Imperio podía ser eventual objeto del interés del Estado, en cuanto a su compra y transporte, para garantizar la satisfacción de las necesidades oficiales a que hubiere lugar. Por tanto, en este sentido, parece obvio que la cercanía de los negotiantes salsarii o vinarii a los oficiales de la oficina de abastecimientos resultaría provechosa tanto para los comerciantes, quienes se aseguraban la contratación de los aprovisionamientos necesarios, como para la propia Annona estatal, que cubría necesidades puntuales, como el abastecimiento a los campamentos militares. La Annona a su vez, tendría garantizada la disponibilidad de los medios de transporte adecuados al mantener lazos especiales de colaboración con determinados collegia de comerciantes. Un escalón por debajo de los grandes negociantes bien relacionado con las instancias estatales debió estar el estrato de los comerciantes y salsarii libertos que, como nuestro Puteolanus de Suel, no trabajaban directamente para sus patrones de mejor posición social como solía ser la norma (López Barja 1991), sino que se apoyaban en los colegios de sevires y en las corporaciones profesionales locales. Estos personajes debieron cumplir, con respecto a las diversas annonae ciudadanas, una función similar a la de las corporaciones profesionales con respecto a la administración annonaria del Estado. El caso de L. Iunius Nothus de Singilia Barba resulta ilustrativo para comprender cómo los recursos económicos de los comerciantes de escaso brillo social ayudaron a los curiales y a las ciudades en apuros a mantenerse a flote económicamente, a la vez que garantizaban el abastecimiento de géneros comerciales, entre ellos probablemente el garum. Así pues, entre los profesionales de menor nivel y los quinquennales de las corporaciones más poderosas debieron establecerse relaciones de patrocinio, como ilustra la relación de los Clodii malagueños con las corporaciones de mercatores orientales presentes en la ciudad. De este modo, al control creciente de los corpora negotiantium por parte del Estado central debió añadirse relativamente pronto una rígida estructuración jerárquica que afectaba a todos los estratos de la organización comercial, gracias a los mecanismos propios del patronazgo y la clientela. El panorama que dibujan las diferentes situaciones socio-económicas aludidas en las páginas anteriores, podrían resumirse en una rápida y escueta visión diacrónica que permita sintetizar tan compleja evolución: al mundo comercial fragmentado, variado y vigoroso del primer siglo de nuestra Era, reflejado en las compañías de salsarii de mayor o menor entidad económica que muestran los tituli sobre ánforas salsarias, debió sucederle un sistema más estatalizado y esclerotizado. En este nuevo marco, unas cuantas familias, enriquecidas gracias al antiguo sistema menos restrictivo, terminaron por ejercer el control sobre los recursos productivos y comerciales de unas ciudades de cuyos intereses se fueron progresivamente distanciando para acercase a la administración central. Cuando ésta comience a sentir los primeros apuros financieros, la situación se hará poco a poco insostenible para las ciudades, lo que conllevará al progresivo colapso del sistema. Los beneficios obtenidos por parte de las ciudades a través de los mecanismos evergéticos se fueron diluyendo a medida que los intereses de los comerciantes locales se desplazaron hacia el centro de poder del Estado, erosionando de forma irreversible la capacidad de gestión económica por parte de los poderes locales. Así pues, a modo de resumen, en estas páginas se han esbozado varios modelos de comportamiento socioeconómico que podrían arrojar luz sobre los mecanismos y procesos de promoción social de comerciantes y negotiatores relacionados con el mundo de las salazones. Es evidente que aquí no se pretende establecer criterios rígidos y exhaustivos para definir estas situaciones, ya que, quizá rastreando nuevas evidencias provenientes de la epigrafía lapidaria y estableciendo conexiones con el creciente número de epígrafes anfóricos así como con otros sectores de la actividad económica (minas, bosques, canteras de mármol...), podamos dibujar en un futuro cercano un panorama global más exacto de los mecanismos de promoción social que experimentaron estas especializadas gentes del comercio en la Bética romana, sin duda una de las más destacadas y genuinas áreas de producción y comercia-lización de salazones, especialmente durante el Alto Imperio.
PAULA URIBE AGUDO 1 RESUMEN Presentamos en el siguiente trabajo diversas consideraciones sobre la identificación e interpretación de los triclinia y salones triclinares dentro de las viviendas romanas del cuadrante Nordeste de la Península Ibérica. En este sentido, utilizamos todos los datos posibles: decoración de la estancia, su posición dentro de la vivienda, la metrología, su morfología en planta o los restos materiales para poder proporcionar diversas interpretaciones sobre el uso del espacio. Finalmente, exponemos una breve clasificación además de reinterpretar ciertos términos que a lo largo de la historiografía se han utilizados arbitriamente, como es el caso de oecus. BREVES CONSIDERACIONES SOBRE LA IDENTIFICACIÓN DE LOS ESPACIOS A pesar de las recientes publicaciones 2 sobre la función de la vivienda como espejo social de perte-nencia a una clase determinada, se mantiene todavía, siempre evidente, la dificultad de proporcionar interpretaciones convincentes referentes a las funciones de los diferentes espacios que conformaron las viviendas. Este asunto se complica todavía más, si tenemos en cuenta las escasas evidencias materiales que se documentan en el cuadrante Nordeste peninsular en contraposición con los hallados en las ciudades sepultadas por el Vesubio3. Añadiríamos otra dificultad existente en el estudio de los espacios domésticos y es que, la casa, como «organismo vivo» se encontraba siempre en continua evolución: el periodo de vida de las casas se extendía durante varios siglos, cambiando de propietario, de función e incluso de morfología. Es verdad que algunos de estos cambios nos proporcionan evidencias bien reconocibles en su excavación, pero casi siempre la documentación se presenta, por desgracia, incompleta o parcial. Aun así, el hallazgo del hueco para encastrar un lecho o un armario, la apertura de vanos para dejar objetos, la introducción de bancos o piscinas (Ghedini 2003: 116), junto con una elegante decoración parietal y pavimental, puede facilitarnos la comprensión de un determinado espacio. Sin embargo, también hay que destacar, tal y como nos informan las fuentes antiguas, que un mismo espacio pudo desempeñar una multiplicidad de funciones. Entonces, ¿cómo podemos interpretar la funcionalidad de los ambientes? O mejor, ¿cómo podemos conocer el uso al que estuvieron destinados sin caer en el mero «etiquetismo»? Obviamente, no ofrece-1 El presente trabajo se inscribe dentro de los objetivos establecidos por el grupo de excelencia URBS (CONSI+I Gobierno de Aragón) del Departamento de Ciencias de la Antigüedad de la Universidad de Zaragoza. mos unas claves exactas en este trabajo, aunque sí ciertas bases, asentadas en la combinación de los datos que poseemos. De este modo, para los espacios denominados de representación como los triclinia o salones triclinares nos hemos decantado prácticamente por su decoración 4, ante la ausencia de cualquier elemento físico, como el hueco de un lectus o lechos de obra. Toda esta información la combinamos con la posición del espacio dentro de la vivienda, la metrología, su morfología en planta o los restos materiales 5. Finalmente, hemos recurrido a las fuentes antiguas 6 sobre todo para reinterpretar ciertos términos que a lo largo de la historiografía se han utilizado arbitriamente, como es el caso de oecus. LAS HABITACIONES DE REPRESENTA-CIÓN DENTRO DE LA EDILICIA DOMÉSTI-CA ROMANA Con el término de «representación» nos referimos, según Bullo y Ghedini (2003: 71), a los ambientes adaptados al recibimiento de los invitados por parte del dueño de la casa. Ambientes que por sus dimensiones, decoración y posición estuviesen en grado de reflejar aquella imagen que el dominus quería ofrecer de sí mismo. Dentro de este grupo de estancias podríamos englobar los triclinia y salones triclinares -habitaciones a las que hacemos referencia en este trabajo-, los tablina e incluso los espacios destinados a la ubicación de las termas privadas. Para este propósito la bibliografía 7 ha sido amplia, aunque cabe destacar que casi siempre se ha concen-trado exclusivamente en las grandes salas decoradas 8. Otros espacios, con la misma funcionalidad, han sido relegados al olvido por sus características -morfología sencilla y exigua decoración-debido a que no destacaron en planta o simplemente, ante la dificultad que representaba identificar un espacio con estas particularidades. LOS TRICLINIA Y SALONES TRICLINARES En definitiva, «por comedor entendemos un ámbito adecentado y preparado para acoger el servicio de las comidas» aunque parezca obvio, así comienza este mismo capítulo Fernández (1999: 249). Estamos totalmente de acuerdo en definir estos espacios como tales añadiendo, que aunque ésta fue la función principal, en él se llevaron a cabo otras actividades de lo más diversas, tanto es así que Foss (1994: 105) diferencia entre «dining area» y «dining room». Dentro de este concepto, el término más utilizado en la literatura clásica para designar estos espacios fue la palabra triclinium 9. Según Leach (1997: 68) casi 4 La lectura de tipo sociológico (Wallace-Hadrill 1988; Bragantini 1995) ha puesto de manifiesto el peso del aparato ornamental en la determinación de la función social de los distintos espacios. Ciertamente, el aparato decorativo debía jugar un papel indiscutible en la edificación de las residencias de las elites romanas. Éstos convertían las propias habitaciones en vehículo fundamental para expresar su riqueza personal y su estatus político y social. No obstante a pesar del artículo del año 1992, Allison (2004:12) pone de manifiesto el rigor que deben tener este tipo de interpretaciones debido a que se pueden convertir en argumentos circulares que determinen el todo por la parte. 5 Otros estudios como el análisis epigráfico sólo puede ser usado, según Allison (2001:184), para las investigaciones sobre la composición de la familia, siendo un estudio social más que espacial. 6 Señalamos el cuidado que debemos tener en el uso de los términos y las recomendaciones de Vitruvio, porque sus detalles sobre las dimensiones de los diferentes espacios de la vivienda, demuestran su interés por la simetría y las proporciones, pero también se convierten en una llave para la nomenclatura de los espacios utilizada en muchas investigaciones de manera indiscriminada (Allison 2001:183). 7 El texto de Vitruvio (VI) es, una vez más, la base para elaborar las primeras tipologías sobre los comedores. En él se inspira el trabajo de Palladio sobre la reconstrucción de los oecus columnados y no columnados. En esta misma línea se englobaría el estudio de Maiuri (1952) quien recoge los testimonios pompeyanos para verificar la tipología expuesta por Vitruvio en su libro VI. Otra fuente literaria de relevancia son las famosas cartas de Plinio el Joven, en las que describe los ambientes de prestigio que se podían disfrutar en su villa. De estas descripciones Förtsch (1993) analiza algunas de las principales tipologías. Posteriormente, las salas de banquetes en general son objeto de los trabajos de Bek (1983) quien compara los datos extraídos de las casas pompeyanas con las residencias imperiales. Además, en este mismo año se publica el trabajo de Richardson (1983) con sus diferentes interpretaciones sobre la asociación de otras habitaciones a los comedores pompeyanos, relación que desarrollará posteriormente Zaccaria (2001). También, Dunbabin (1991;1996) dedica un estudio exhaustivo sobre la evolución y las diferentes transformaciones que sufren estos espacios a lo largo del Imperio, abandonando el etnocentrismo pompeyano y mencionando los primeros ejemplos provinciales. Finalmente, convendría añadir a este breve ex cursus historiográfico los estudio de Ellis (1991;1997) y Morvillez (1995;;1996) dedicados a la evolución y tipología de las salas de representación en las casas aristocráticas del Bajo Imperio. 9 No entraremos aquí en la discusión sobre el término latino más adecuado para designar a los comedores. Aunque en los textos clásicos fueron varias las palabras que se usaron para denominar a estos espacios -tablinum, cenaculum, triclinium, cenatio, oecus, etc...-ninguna de éstas, salvo el término general de triclinium, se correspondió arqueológicamente con unos restos concretos. Además, la flexibilidad con la que se usaron los distintos términos hace imposible cualquier interpretación arqueológica que no vaya más allá de intentar ser un elemento estipulado por la historiografía actual para facilitar la investigación. La etimología del término, de aparente procedencia griega, recuerda que allí donde se habilitaran los tres lechos para rendir honores a la mesa, se estaba ante un ejemplar de triclinio. De igual modo que se estaba ante un biclinium, cuando hubiera dos lechos, o ante un stibadium si se prefería un gran lecho semicircular. En el caso pompeyano u ostiense las evidencias físicas de unos lechos realizados de obra atestiguan el uso de este espacio como comedor. Sin embargo, tal y como sucede en otras partes del Imperio12, no hemos podido documentar ni un solo testimonio de estos lechos realizados de fábrica en los ejemplos aquí estudiados. De este modo, la identificación certera de estas habitaciones es bastante compleja, siendo la decoración, su posición dentro de la vivienda, su morfología y los materiales hallados durante la excavación los elementos de juicio para poder identificarlas. TRICLINIA IDENTIFICADOS POR SU DECORACIÓN Obviamente la decoración de una habitación de un modo u otro no fue algo irreflexivo ni aleatorio, sino una acción motivada por unos hechos y unas causas que producirían unos determinados efectos tanto en el habitante de la vivienda como en los po-sibles visitantes 13. Así lo afirma Scagliarini (1983: 310) con estas palabras: Ogni mosaico, ogni cociopesto decorato (...) definisce uno spazio a sé. Como consecuencia de este hecho, nos hemos basado en los elementos decorativos14 -combinados siempre con los espaciales-para identificar los siguientes triclinia, la mayoría denominados así desde su hallazgo. A) Identificados por su decoración parietal Referente a su decoración parietal, aunque son menos los ejemplos, conocemos que la mayoría de los comedores fueron decorados aplicando una norma decorativa. Ésta consistió en la división de la estancia en dos zonas: el espacio perteneciente al banquete y la zona dedicada a la entrada o recepción. La bipartición entre el espacio de tránsito y de reposo se realizó, tal y como sucede también en los cubicula, a través de diferentes efectos como fueron la presencia de una semicolumna adosada a la pared, el cambio en la decoración o la colocación de diferentes efectos decorativos que marcaban la diferencia. Por lo tanto de acuerdo con los restos conservados fundamentalmente en Pompeya16 se puede observar una regla que rige en general: la zona de ingreso-recepción representa 1/ De esta manera, situaríamos el triclinio 16 de la casa 2B de Ampurias, identificado como tal por Guiral y Mostalac (1993). Revisando los diarios de excavación estos autores llegan a la conclusión que las pinturas, halladas in situ en la estancia, recrearon un esquema compositivo que respondió a la voluntad de organizar dos espacios diferentes: cámara y antecámara, a través de dos pilastras adosadas y la diferenciación de la zona de tránsito de la de reposo mediante una decoración de guirnaldas suspendidas y sistema arquitectónico. A ello hay que añadirle las proporciones de la habitación (7,80 x 3,75 m) que concuerdan con el tipo de comedores preferidos por el II estilo. Aunque su adscripción es bastante clara su datación es más compleja. Para Carrión y Santos (1993: 105) estas pinturas pertenecerían a la primera fase de la vivienda datada en el primer cuarto del I a.C. y, sin embargo, para Guiral y Mostalac (1993: 386) serían más modernas situándolas cronológicamente en los años 40 a.C. o incluso un poco más tarde. Junto al ejemplo ampuritano cabría adscribir a este grupo la estancia 2 de la domus 3 de Bilbilis. Durante su excavación se recuperó en el muro oeste un conjunto de pinturas in situ pertenecientes al zócalo de la estancia del tercer piso 18. Éste ocupaba toda la pared (8.45m.) estructurándose, claramente, en dos zonas divididas por una semicolumna de estuco de color negro. El primer espacio, la zona de acceso, correspondiente a un tercio de la pared, estuvo decorado por paneles rojos enmarcados con banda blanca y rodapié inferior de fondo negro moteado (ocre, verde, amarillo, blanco). Los 2/3 restantes del conjunto fueron decorados con un rodapié moteado de fondo negro enmarcado en este caso por una banda roja. Cotejando los datos aportados por Barbert (1987) en la Galia y Guiral, Mostalac y Cisneros (1986) en la Península Ibérica, conocemos que la factura de estos zócalos moteados sobre fondo negro se podría datar durante la primera mitad del I d.C., existiendo un cambio de decoración a partir del año 50 en que estos zócalos moteados pasan a realizarse sobre fondos fundamentalmente rosas. La orientación de este triclinio fue S-N, pensando que su acceso se realizaría por el sur. B) Identificados por el diseño de sus pavimentos En relación a los pavimentos, la identificación como triclinio, resulta menos complicada debido a la división del esquema decorativo en relación con la colocación de los lechos. De este modo, encontramos los denominados pavimentos en «U+T», junto con la ausencia de pavimentación en la zona donde se ubicaron los lechos o la presencia de un cuadro central 20 sobre el que se colocaría la mesa 21. Obviamente, los pavimentos que decoraban las habitaciones se conservaron en mejor estado que las pinturas, por ello recogemos un mayor número de ejemplos. Tal y como mencionábamos, los esquemas compositivos de estos pavimentos, la mayoría realizados en opus signinum, facilitan una mayor compresión sobre la funcionalidad de las estancias. Si en el comienzo del ex cursus sobre la decoración pictórica citábamos las proporciones de 1/3 + 2/3 como características de las estancias triclinares, encontramos un ejemplo que no las cumplió, adaptándose a otro tipo de relación, 1/2 + 1/2, más típi-17 Según Guiral y Mostalac (1993:384) las habitaciones más pequeñas utilizan en este caso la relación 1/1. Ambas relaciones -tanto la de 2/3 como la de 1/1-inciden de forma directa en los esquemas compositivos elegidos, ya que la escala de los elementos pintados será mayor en la zona del banquete que en el espacio de tránsito. Además existió una tendencia a centralizar elementos decorativos con el fin de fijar desde la entrada la atención del espectador. 18 Este triclinio cabe relacionarlo con la estancia inferior, perteneciente al segundo piso, ocupado por un almacén subterráneo con pavimento de tierra apisonada y revestimiento de barro. Disposición similar la encontramos en el almacén debajo del triclinio f de la Casa del Torello (V, 1, 7). 19 Decoraciones separadas por una lesena o semicolumna se pueden documentar en el triclinio 17 de la Casa del Efebo (I, 7, 11) con pilastra adosada a la entrada, el triclinio 8 de la Casa del Bello Impluvio (I, 9, 1) con lesena acanalada o el triclinio m (3,61 x 8,84) de la Casa de los Epigramas (V, 1, 18) con antecámara y cámara separadas por el cambio en la decoración y una lesena del II estilo. 20 Este esquema decorativo, conforme a la descripción de Vitruvio, aparece ya documentado en algunas de las villae italianas tardo-republicanas como en la Contrada Pisanella en Boscoreale, la villa de via Gabina en Roma, San Rocco en Francolise o en la villa de Settefinestre (Dunbabin 1996: 68). 21 La existencia de las marcas de los lechos nos hace asumir que los romanos comerían recostados. Únicamente se puede pensar que en las viviendas más humildes los comedores se configurarían como espacios más pequeños donde comer sentados. Richardson (1983: 71) se pregunta si los pompeyanos comían sentados en la mesa como dicen que lo hacían sus antiguos ancestros. Para él esta hipótesis se confirma gracias al ejemplo pompeyano de la Casa de Ifigenia. Se trataría de una modesta casa cerca del Gemarius Pinarius, que contó con un cubiculum individual dominado por una larga ventana que daba al peristilo, abarcando una gran panorámica. Su excavador, Spinazzola, asumió que el lecho era para dormir, pero, tumbado en la cama, no se podía apreciar la vista del peristilo. Según Richardson este sería el ejemplo de un pequeño comedor de una casa humilde donde se comía sentado para poder contemplar las vistas del peristilo. Triclinio de la casa de la c/ Don Juan de Aragón, Caesar Augusta ca de estancias de menor tamaño. Nos referimos al opus signinum de la casa de la c/ Don Juan de Aragón, 9 de Caesar Augusta cuya proporción concedería gran importancia a la zona de recepción. Ésta tuvo como motivo principal de su decoración la inscripción de círculos en un cuadrado. Dentro del círculo central se encontraba una estrella de diecinueve puntas de la que partían 19 radios, de esta manera, se creaba una retícula de rombos imbricados. El área de los tria lecti estuvo realizada por retículas romboidales cuyo eje mayor mide 40 cm y el menor 8 cm. Las zonas laterales ocupaban la totalidad de las bandas, mientras que la parte del lecho central fue más pequeño simplemente por el espacio que le dejaban los laterales. La parte central, donde quizás se colocaría la mesa, estuvo decorada por un emblema: zona interior constituida por una roseta de galones enmarcada por una cenefa de hojas de hiedra22 (Galve 1996: 36). Además, se conservaron las pinturas de un zócalo que presentaba una pigmentación de color bistre uniforme. La orientación de este triclinio fue S-N, presumiendo su entrada, según Galve, por el SW misma orientación que poseyó el triclinio invernal de la Casa del Esqueleto de Cosa (Bruno; Scott 1993: 103), vivienda que contó con dos triclinia, estando el invernal orientado hacia el SW (Galve 1996: n. En este caso su datación se concreta a través del material cerámico utilizado para la elaboración del signino que lo sitúa en el primer tercio del I a.C. El siguiente caso, la estancia 5 de la casa de Hércules (Celsa), constituye un ejemplo singular, no sólo por su emblemática decoración, sino porque, en este caso, pavimento, pintura, morfología y situación en la vivienda son necesarias para la interpretación de esta estancia como triclinio. El pavimento de opus signinum estuvo dispuesto en «dos zonas centradas por roseta hexapétala y delfines y cuadrícula enmarcada por orlas de esquematizaciones vegetales, bandas de esvásticas, retículas de exágonos adyacentes y bandas de rosetas de cuatro pétalos» (Beltrán 1991: 151) cientes al II Estilo (Beltrán 1991: 150) fueron decoradas con representaciones alusivas al ciclo de Hércules (la cierva Cerinnia, las aves del Lago Estinfalos, héroe con el jabalí de Erimanto) 23. El techo fue plano en la zona de la entrada y abovedado en su parte final por lo que la separación que marcaba el pavimento 1/2 + 1/2 no se correspondió con el repertorio pictórico la techumbre (1/3 + 2/3)24. La estancia se abrió al atrio toscano, ocupando la posición central de la crujía Oeste. Por lo tanto, estuvo orientada de Oeste a Este y flanqueada por dos habitaciones que le otorgaban a la cabecera del atrio un carácter tripartito. Esta zona pertenece al núcleo original de la residencia de época preaugustea, momento en el que Guiral y Mostalac (1993: 387) sitúan las pinturas del II estilo25 (40 a.C.). Sin lugar a dudas uno de los mejores ejemplos de triclínio lo constituye los restos hallados en c/ Añón esquina c/ Heroismo (Caesar Augusta) hoy en día expuestos en el Museo Provincial. En este caso el pavimento se realizó con mortero blanco (Balmelle; Barbet; Guiral 2003: 256) con teselas incrustadas: al centro un emblema de opus tessellatum añadido en una fase posterior, mitad del I d.C., y contemporáneo con las pinturas que adornaron la sala26. La zona correspondiente al acceso estuvo decorada por una retícula de cuadrados decorados en su parte central por una roseta de cuatro pétalos. Por lo tanto, nos encontramos ante un esquema compositivo que siguió las proporciones 1/3 + 2/3 (Beltrán; Paz 2003: 150-152), pero, en este caso, también, se le concedió más importancia a la zona de recepción que al espacio triclinar, sumando a este hecho la ausencia de decoración en el espacio donde se situarían los lechos. Las pinturas27 que adornaron el triclinio han sido datadas en época Julio-Claudia por Balmelle, Barbet y Guiral (2003: 254). El techo según Beltrán y Paz (2003: 150-152) fue plano, conservándose únicamente la zona correspondiente a los lechos. Respecto al pavimento encontramos paralelos en el triclinio 11 de la Casa de los Cubículos floreados (I, 9, 5) realizado en cocciopesto y decorado con una red de rombos y estrellas de cuatro puntas. Su datación correspondería a la época republicana cuando la vivienda fue redecorada con el II estilo. Posteriormente, con la remodelación llevada a cabo en el III estilo, se insertó un emblema de mesa de tessellatum blanquinegro con una estrella de ocho rombos inscrita en un círculo con enjutas decoradas con peltas. También, cabría citar el triclinio «m» de la Casa de Ceres (I, 9, 13) cuyo diseño decorativo fue muy similar al ejemplo caesaragustano, pero, en este caso, hasta el emblema fue realizado en opus signinum 28. Con un diseño muy similar se configura el opus signinum descubierto en el Arcedianato de Pompaelo, fechado en el s. I a.C. y ricamente decorado con teselas blancas, cuyos motivos decorativos presentaban dos partes bien diferenciadas (Mezquíriz 1978). El espacio que ocupaba la entrada de la estancia, al igual que el ejemplo caesaragustano de la calle Añón, estuvo decorado con meandros de esvásticas y cuadrados de mayor tamaño. Por la descripción podemos observar su similitud con la Casa de la calle Añón, aunque en el ejemplo pamplonés el emblema estuvo realizado en opus signinum. La influencia helenística estuvo patente en la mayoría de estas estancias, pero se hace, si cabe, indiscutible en los triclinios ampuritanos diseñados, en cuanto a sus proporciones y tradiciones, a la manera griega. Es el caso de la estancia 2 de la casa H (7) de Emporiae datada a finales del s. II a.C. y comienzos s. I a.C. por Mar y Ruiz De Arbulo (1993: 364). En el opus signinum que decoró la estancia se dibujó la posición de los lechos como sucedió en la habitación 17 de la casa republicana número 6 del Palatino (Carandini 1990: 98; Gros 2001: 37). Para Mar y Ruiz De Arbulo (1993: 364) los lechos no pertenecerían a los típicos triclinia romanos, más grandes en sus dimensiones, sino a los lechos griegos, más cortos respecto a su largura debido a que en ellos se comía recostado y no tumbado. La estancia estuvo abierta totalmente al atrio y orientada hacia el S para evitar la tramontana. Junto a éste, la habitación 3 de la casa del Mosaico Xaîre Agathòs Daímon (80) recalca el elemento heleno, sobre todo por su inscripción en grafía griega. En este caso, con teselas blancas y azules, se dibujaron dos cuadros enmarcados por cenefas, con círculos estrellados centrales y palmetas en los ángulos (Mar; Ruiz De Arbulo 1993: 374). Junto a la puerta se encontraba la inscripción que da nombre a la vivienda: Xaîre Agathòs Daímon (salud buen demon)29 por la que Olmos (1985: 55) ha interpretado que podría tratarse de una sala de banquetes. Otro ejemplo similar se trataría de la estancia 2 de la domus del mosaico Hedýkoitos (52) cuyo opus signinum, un sencillo reticulado romboidal, situado en el espacio central, quedó enmarcado por una greca de cruces gamadas y cuadrados alternantes de teselas blancas. También, junto a la entrada30 se situó la inscripción hedýkoitos. Como podemos observar, ambos ejemplos ampuritanos no cumplieron los esquemas compositivos expuestos para los triclinia, por lo tanto su interpretación se hace más compleja si nos basamos simple-Figura 2. Comedores con los lechos dispuestos a la manera griega. Comedor de la casa Olmos (1985: 52) de un fósil cultural que justificaría el deseo de autoafirmación de una tradición aristocrática, minoritaria, griega, así como el mantenimiento de su propia lengua hasta la época Julio-Claudia, momento en el que se abandonaron estas viviendas. Conforme avanza el tiempo los esquemas compositivos y las distintas técnicas utilizadas se van complicando para otorgar una mayor suntuosidad a estas estancias. Los esquemas de la calle Añon o este último pamplonés, precederían a los diseños en «T» o en «U» y emblema central 33. Muestra de ello son los triclinia de la Casa de c/ Alguer, 9, 2 y 3 de Tarraco. Ambas estancias estuvieron abiertas al patio y decoradas con opus signinum y un «lastricato». La primera de ellas adoptó una composición de «T+U», estando la zona de acceso pavimentada con losas marmóreas y emblema decorado con opus sectile (pórfido verde y mármol local) con motivos circulares que enmarcaban figuras geométricas y florales (Macias 2004: 78). El resto de la habitación, es decir la zona donde se colocaron los lechos, recibió una decoración más sencilla en opus signinum. La segunda estancia, contó también con la zona de acceso enlosada, un emblema de sectile y la zona triclinar recubierta con opus signinum, en este caso en foma de «U» (Macias; Puché 1995Puché -1996: 154): 154). Respecto a la combinación de ambas técnicas con similar esquema compositivo encontramos el triclinio 17 de la Casa del Efebo (I, 7, 11) con decoración de sectile en el tramo que no estuvo ocupado por los lechos y en battuto la zona ocupada por éstos. Junto a la pavimentación del suelo, las paredes estuvieron decoradas por un zócalo de placas de mármol34 y decoración pictórica de fondo negro azul con paneles rectangulares bermellón separados por elementos vegetales que contenían en su interior dos candelabros. La parte superior de color negro debió estar rematada por una cornisa de mármoles moldurados. Aunque, estas pinturas pertenecieron a la época antonina, según sus excavadores, se puede documentar distintos rasgos del III y IV estilo. De hecho, les hace pensar que se tratase de un edificio semipúblico con varias salas de banquete, aunque debido a la ausencia de epigrafía o escultura que revelase este carácter, deciden definirla como un edificio privado perteneciente a una alta clase social. Nos parece más adecuada esta última interpretación debido a que la presencia de dos triclinia o salones triclinares situados pared con pared y abiertos al patio o al peristilo no fue un hecho insólito en la edilicia doméstica romana, tal y como demuestran los siguientes ejemplos: la Casa I, 3, 23 de Pompeya con habitaciones abiertas al peristilo (p y k); la Casa de los Amantes (I, 10, 10. 11) habitaciones 10 y 11, en este caso denominados los dos como oecus abiertos al peristilo y ambos decorados con signina. La Casa de la Venus de la Concha (II, 3, 3) junto al gran triclinio 5, abierto al peristilo y al atrio, donde Arnold De Vos (III, 1991: 113) interpreta la contigua habitación 6 como otro triclinio, en este caso de pequeñas dimensiones pero con división bizonal a través de su decoración pictórica. Finalmente, la Casa del Torello (V, 1, 7) poseyó un gran oecus «g» abierto al peristilo y separado por un estrecho pasillo del triclinio «f». Otro ejemplo, también tarraconense, de la evolución de los sistemas decorativos en los triclinia lo constituyen los restos hallados en la Parcela 30 del PERI 2 de Tarraco pertenecientes al s. II d.C. La estancia, orientada al Este y con dos entradas, una centrada y otra lateral, estuvo parcialmente pavimentada con losas de mármol, dejando la zona que correspondía a los lechos sin pavimentar (Macias 2004: 78; Adserias et alii 2000: 140). El uso del opus sectile parece extenderse en el siglo II d.C. como elemento ornamental de los triclinia pertenecientes a las casas más pudientes 35 TRICLINIOS IDENTIFICADOS POR ANALOGÍA En este caso, presentamos un conjunto de estancias que por sus dimensiones, ubicación, decoración y comparándolas con los triclinia presentados anteriormente, pudieron desempeñar estas funciones dentro de la vivienda. Retomando las decoraciones con sectile, encontramos la estancia 4 de la Casa de la calle Lladò de Baetulo pavimentada completamente con esta técnica. En este caso se utilizaron placas de mármol blanco, rosado y pizarra negra. Sin embargo, desconocemos su esquema compositivo debido a que se halló en un estado bastante deteriorado, siendo el expuesto en el Museo de Barcelona una reconstrucción libre. Datado a mediados del s. I d.C. (Guitart; Padrós; Puerta 1991: 40) podríamos compararlo con el ejemplo de la Casa del Sectile de Uxama. Junto al elemento decorativo cabría añadir para su identificación: su ubicación en la crujía noroeste del atrio, su morfología oblonga y la conexión con el cubiculum 3, con el que parece formar una espacie de pequeño apartamento. La habitación 5 de la Domus I de Bilbilis, de forma oblonga, se encontraba situada en la crujía noroeste del atrio junto al tablinum. Los motivos para identificarla como triclinio son su forma rectangular, su situación dentro de la vivienda y sus dimensiones de 6,7 m de longitud por 4,7 m de anchura. Sin embargo, nos parece más complicado calificar la estancia 4 de la casa contigua (Domus 2), ya que la excavación no se finalizó, aunque por su forma, situación y dimensiones (3,1 x 4,9 m) pudo desarrollar la misma función que su vecina. En el caso de la habitación 1 de la Casa del opus signinum de Cascantum nos encontramos con una estancia (8,18 x 5,36 m) decorada con un opus signinum. Éste, realizado con argamasa de color claro y teselas negras, estuvo decorado por hexágonos secantes, que dieron lugar a unas líneas de rombos de dibujo perfectamente regular. Todo este diseño quedó limitado en su contorno por una franja de 0,50 m de anchura sin decoración, siendo la zona del umbral de dimensiones mayores: 1,10 m. De este modo, tanto por su decoración, a modo de tapiz37, como por sus dimensiones, similares al triclinio de la c/Añon, podemos incluirlo en este apartado. Como paralelos encontramos el triclinio de la Casa del Sacellum Iliaco de Pompeya (I, 6, 4) cuya decoración es simplemente un tapiz de cuadros entrelazados realizados en cocciopesto. La estancia 12 de la Casa de Hércules de Celsa se configuró con unas dimensiones muy similares a su vecino salón triclinar (5), pero, en este caso, con dos entradas laterales. Erigido en una segunda fase con pavimento de mortero blanco Beltrán (1991: n. 190) encuentra paralelos sobre este tipo de entradas dobles en la Casa de L 'Etui d' Or de Augustodonum de época flavia. En su origen, antes de la reforma (época tardoaugustea) esta estancia se definió por su pavimento de opus signinum organizado en dos paneles cuadrados separados por una banda de retícula de rombos y cuyas dimensiones coincidieron con el pavimento del Arcedianato de Pamplona (Beltrán 1991: 155). Para este autor se trataría del triclinio más antiguo de la colonia. En esta misma vivienda se documenta según Beltrán (1991: 156) un segundo triclinio: la habitación n.o 6. Su pavimento dibujó nítidamente el espacio de los lechos englobando esta vivienda dentro de la triple formula, triclinio, salón de aparato y alcoba, normalizada en época del II estilo y claramente patente en diversos ejemplos pompeyanos como la Villa de los Misterios o en la Casa VIII, 4, 34 en los que se buscó la monumentalización del espacio doméstico. Del resto de las habitaciones que conformaron las residencias celsenses, incluimos aquí un grupo de estancias de similares características, que ante la ausencia de una decoración concreta, debemos situarlas en este grupo de triclinios identificados por analogía. Destacaría el espacio n.o 3 de la Casa de la Tortuga, con un acceso único abierto en el lado más largo y decorado con un pavimento de mortero (Beltrán 1991: 156). Análogas condiciones se documentan en las habitaciones: 12 de la Casa del Emblema, aquí el acceso se realizaba por el lado corto; la estancia 5 de la Casa A de la Ínsula I, definida por Beltrán (1991: 142) como un cubiculum; o la habitación 7 de la Casa H, Ínsula II siendo bastante confusa su entrada. Situación similar acontece con la estancia 3 de la Casa agrícola de Contrebia Belaisca que Beltrán (1991: 156) relacionó con los pequeños triclinios de Celsa. En este caso, el comedor, contiguo al cubiculum 2 y abierto al pasillo, estuvo decorado con un opus signinum de motivo central con roseta, realizado con teselas blancas. Este tipo de estancias, de pequeñas dimensiones y enclavadas en viviendas modestas, podrían relacionarse con aquellos espacios rectangulares identificados, también, como triclinios en las denominadas casa a schiera de Pompeya: I, 9, 8 triclinio 9 (Nappo 1993(Nappo -1994)). Referente a los triclinios oblongos que se abrieron a los peristilos encontramos el ejemplo del espacio 3 de la Casa de las Cuevas Ciegas de Clunia. Se trató de una estancia abierta al peristilo de forma oblonga y conectada con una pequeña estancia, en uno de sus laterales, que podríamos identificar como un cubiculum. Aparte de estas apreciaciones poco más podemos aportar debido a la escasez de datos. La Casa de Villanueva de Ampurias, debido a sus grandes dimensiones, poseyó una multiplicidad de espacios dedicados a la representación y el banquete, que en ocasiones resulta complicado interpretarlos como tales. En la publicación de la vivienda Santos (1991) propuso distintos espacios utilizados para estos menesteres con los cuales estamos de acuerdo haciendo, simplemente, algunas pequeñas apreciaciones. En la segunda reforma de la vivienda (finales del s. I a.C.), el peristilo se situó en posición lateral al atrio, sobre una gran plataforma, modificando, de esta manera, el ala meridional del atrio. Éste quedó abierto al peristilo a través de un estrecho pasillo (18) y dos grandes habitaciones que han sido interpretadas como triclinia u oeci (19, 20) (Santos 1991: 26). Para su denominación, nosotros optaríamos mejor por el segundo término ante la ausencia de una columnata interior. A su vez, el triclinio 19 estuvo comunicado con un pequeño cubiculum (21), también abierto al peristilo, al igual que sucedió con el triclinio 20 y el cubiculum 22. Cabe destacar que las cuatro habitaciones estuvieron en realidad comunicadas entre sí, pudiendo circular desde el cubiculum 20 al 22, sin tener que usar el corredor del peristilo como sucedía en algunas de las casas pompeyanas (I, 9, 5). La estancia 23, por su planta cuadrada y su amplia abertura al peristilo, ha sido interpretada como una posible exedra (Santos 1991: 26). Según Leach (1997: 61) en el mundo griego la palabra exedra se utilizaba para denominar los espacios o huecos pequeños sin cubrir, dotados de bancos y en general asociados con los gymnasia y las discusiones filosóficas. Vitruvio describe las exedras (V,11,2) como espacios diseñados para los filósofos, retores y maestros 38. Por lo tanto, pensamos que convendría mejor considerar la estancia como un salón de aparato o de recepción. La siguiente ampliación de la casa se realiza en el extremo opuesto, hacia el N., transformando completamente la superficie restante de la ínsula desde el sector del atrio hasta la muralla transversal. Este sector septentrional, organizado esencialmente en torno a tres núcleos de distribución, se edifica en un mismo nivel obtenido mediante la prolongación del aterrazamiento hasta el límite de la ínsula39. La parte más oriental estuvo dominada por la estancia 39 que situamos como salón de aparato. La parte central estuvo aglutinada en torno a un atrio a través del cual se organizaron los distintos espacios. Un estrecho corredor puso en comunicación este atrio con la estancia rectangular 59 pavimentada en su totalidad con opus sectile, pudiendo definirse, tal y como ya lo hizo Santos (1991: 29) bién con un grupo de estancias edificadas a expensas de la vía pública, donde según Santos (1991: 30) vuelve a repetirse el mismo esquema40 del triclinio 59: un espacio central relacionado con un espacio rectangular pavimentado con sectile, por lo que asume que la estancia 62 actuaría también como triclinio. Continuando con los ejemplos ampuritanos, la casa 2B (Ampurias) estuvo configurada en su primera fase como una típica casa de atrio. A ambos lados del tablino se situaron dos estancias (17 y 2641 ), no conectadas con éste, sino con dos espacios oblongos de gran tamaño (16 y 25) que han sido interpretados como triclinia, siendo la no 16 decorada en este sentido, tal y como hemos hecho referencia anteriormente. De esta manera, la estancia 25 -aunque desconocemos su decoración-por sus características: forma rectangular abierta al peristilo y al atrio, podría considerarse como un comedor. Durante este primer momento de la vivienda, también, quedó configurada la estancia 21, que ha sido considerada como un triclinio de invierno anejo a una cámara y una antecámara. Sin conocer otros datos poco más podemos aportar, salvo, destacar la relación entre triclinio y cubiculum. En una segunda fase (mitad del I a.C.) se añadió el peristilo en eje longitudinal al atrio. La ampliación hizo que espacios antiguos, como la n.o 15, cambiasen de funcionalidad. Esta habitación se convirtió en un gran triclinio, construido sobre la superficie de la casa 2A y decorado por un signinum de bandas de teselas blancas y negras, con bipartición del espacio (Carrión; Santos 1993: 107). La interpretación de las estancias de las casas de la Neápolis, es sin duda bastante compleja. Sin embargo, por la posición que ocupaba dentro de la vivienda podríamos pensar que desempeñó las funciones de comedor la estancia 4 de la Casa del Peristilo (101) (Emporiae), abierta al peristilo en posición axial y pavimentada con signinum con diseños geométricos (Mar; Ruiz de Arbulo 1993: 389). Por su situación y dimensiones podemos adscribir la habitación 7 de la Casa de los Morillos de Iuliobriga a este grupo de uso triclinar, en este caso, rodeada de estancias íntimas y abierta al peristilo. Para Fernández (1993: 83) este espacio respiraba cierto aire a las exedras abiertas a los jardines, característica no muy acertada si tenemos en cuenta que no estuvo abierta completamente al peristilo. Sin embar-go, coincidimos con una segunda hipótesis, que Fernández planteó en un segundo artículo (1999b: 213), publicado años después. El espacio interpretado anteriormente como letrina ( 16), situado en la zona exterior de la vivienda, se trataría en realidad de una entrada secundaria a la vivienda protegida por un porche. Además, la estancia 4 actuaría cómo un patio abierto que conectaba con el porche, el atrio y el resto de la casa a través del pasillo, desechando, por lo tanto, el planteamiento del uso triclinar de la estancia 4. Sobre los espacios 2 y 3 de la Casa de la Llanuca 1 de Iuliobriga, Fernández (1993: 100) llega a la conclusión que se trataría de habitaciones relevantes, ambas con un doble acceso generado por sendas columnas alzadas sobre plinto de opus incertum. La 2 se atribuye a un oecus o un salón recibidor -para nosotros un pequeño triclinio-y la estancia 3, por sus reducidas dimensiones, se trataría de un cubiculum con su procoethon. A pesar de estos datos, no quedaría nada claro como se accedía a una y otra, por lo tanto, dificulta su interpretación. Finalmente42, situaríamos, también, dentro de este grupo la estancia 7 de la casa de Likine (La Caridad) que fue la única pavimentada con mortero blanco y forma oblonga. TRICLINIOS DE DIFÍCIL ATRIBUCIÓN En este apartado nos referimos a aquellas estancias que pudieron funcionar como triclinia, sin embargo, debido a la ausencia de documentación o de una determinada decoración, su atribución como tal resulta bastante compleja. Fue el caso de la estancia 6 de la casa 2D de Azaila que Beltrán (1991: 133) identifica como triclinio debido a sus dimensiones. Sin embargo, la ausencia de datos y las restauraciones antiguas no documentadas hacen imposible afirmar cualquier hipótesis. Aún así, nos resultaría más factible pensar que se tratase de una habitación destinada al almacenaje debido a su escasa abertura orientada al noroeste, su disposición final al fondo del pasillo y su situación apartada del patio. Circunstancias similares se plantean con la estancia 11 de la casa 5C, aunque, en este caso, su funcionalidad pudo acercarse más a un triclinio por su posición -entrada orientada al SEy su morfología oblonga. Hecho similar sucedería con la estancia 8 de la c/ Lladó de Baetulo, que estuvo decorada con un opus signinum, parcialmente conservado, y situada en la crujía central del atrio. Subrayaríamos su conexión con la estancia 3 identificada como un cubiculum y a su vez con el triclinio 4. Por ello, cabría pensar que se tratase de una habitación de aparato conectada con un espacio íntimo 43. Lo mismo sucede con la estancia caesaragustana exhumada en el solar de c/ Fuenclara-c/ Candalija. Pavimentada por un tessellatum con emblema decorado con amorcillo y pájaro fechado en el siglo II d.C. Asimismo, la habitación 14 de la Domus de los Delfines de Celsa estuvo abierta completamente al patio. En uno de los extremos de su pavimento se dibujó con teselas blancas una rosa de los vientos, similar a la de la Casa del Clipeus de Ampurias. Aunque cabría definirla como una exedra abierta en relación al gran «oecus», 12 su identificación como tal no puede ser concluyente. Sobre la Casa del Médico de Ercavica existen escasos datos, además de que todavía se desconoce, con exactitud, por dónde se realizó el acceso a la vivienda. Independientemente de este último hecho, la estancia 4, por su forma y situación, pudo actuar como un triclinio. Incluiríamos, también, la gran habitación 1, como salón de aparato, sin tener en cuenta la tesis de Osuna (1997: 185) que situaba el acceso a la vivienda por la calle norte, desempeñando esta habitación el papel de un gran vestíbulo 44. Otro ejemplo de difícil interpretación ante el estado fragmentario de los hallazgos es la Casa de la Plaça Gran de Iluro. Al norte de su peristilo se abrió una habitación (2), descubierta en la primera excavación y decorada con un signino con delfines. Para Clariana et alii (1991: 52), por la composición del pavimento, se trataría de un cubiculum sin alcoba diferenciada. Sin embargo, no nos parece un argumento concluyente que permita afirmarlo sin que surjan ciertas dudas. Pudiera tratarse de una habitación de representación abierta al peristilo destacando sobre todo su posición central dentro de la crujía norte. Más complejo resulta poder llegar a interpretar los restos tan sesgados del Círculo Católico de Huesca de la casa de las Rosetas. Para Asensio (2003a: 95) la habitación 3, en realidad, se estructuraría en dos espacios: el oecus decorado con el signinum en la zona sur y en la parte Norte un cubiculum, con el mismo tipo de pavimento. A este dormitorio se accedería por el Este, a través de una puerta de la que se ha conservado el umbral. Estaríamos de acuerdo con esta interpretación, más que con la de Juste (1994: 153), sobre todo cuando se observa una intención de diferenciar los espacios invirtiendo los colores de las rosetas. Sin embargo, nos parece arriesgado denominarlo oecus debido a que únicamente se ha conservado una franja rectangular que podría estar indicando, simplemente, una zona de paso. Tampoco poseemos más datos sobre la decoración de la estancia 5 -durante su segunda fase-de la Casa de los Plintos de Uxama que por su situación y relación con la estancia 4 podríamos considerarla como un triclinio con cubículo adyacente. Incluimos en este apartado un grupo de estancias que por su ubicación y relación con las zonas abiertas ajardinadas de la vivienda fueron concebidas como espacios creados para la contemplación de la naturaleza y disfrute del otium45. Asimismo, por sus dimensiones, también podrían ser englobadas dentro del grupo de salones de aparato o triclinares. Obviamente conocemos el pasaje vitruviano (VI, 6, 1) en el que recomienda que los baños y los comedores de invierno debían estar orientados hacia el occidente invernal para aprovechar la luz y el calor vespertino. Así las cosas, podríamos pensar que las habitaciones que presentasen una orientación contraria a los iemalis se unirían a este grupo de triclinios de verano. Sin embargo, no nos parece una interpretación muy acertada debido a que para nosotros el texto de Vitruvio se compone de recomendaciones y como tales algunas veces se cumplen y otras no. De Establecidos de este modo se presentaron distintos espacios de la ciudad de Ampurias. De la estancia 35 de la Casa 2B (Emporiae) se desconoce prácticamente su decoración, quedando sólo algunos restos de su pavimentación realizado con opus sectile (Carrión; Santos 1993: 105). Sin embargo, sus amplias dimensiones, su disposición abierta totalmente al peristilo y su cabecera rectangular hacen pensar que se trató de un espacio de gran importancia para la vivienda, orientado a la contemplación del jardín y utilizado indistintamente como sala de banquetes y de recepción. Asimismo, la estancia se prolongaba directamente hacia el jardín, a través de una exedra semicircular, la cual estaría compuesta, según Carrión y Santos (1993: 107), por un número indeterminado de ventanas cuyo paralelo establecen en Aix-en-Provence. Estas mismas autoras sitúan la construcción del salón durante una de las reformas que sufre la vivienda en el siglo I d.C. El espacio 46 de similares características pero de mayores dimensiones que la anterior, se ubicó en la misma vivienda ampuritana, convirtiéndola en una de las residencias más suntuosa del Nordeste Penínsular. La realización del gran triclinio 46, situado en la parte central de la zona oriental, se trató de una refacción posterior perteneciente a la remodelación de toda la fachada, datada a finales del s. I d.C. y principios del II d.C. Esta habitación concebida como una gran sala de banquetes, se caracterizó por una entrada tripartita, desarrollada también hacia el pórtico y flanqueada por dos piscinas rectangulares. Para Mar y Ruíz de Arbulo (1993: 394) se trataría de un oecus cyziceno con vistas hacia el mar, como las villas marítimas de la zona italiana. A pesar de que las aperturas laterales en conexión con el jardín no fueron muy numerosas, como en el ejemplo de la Casa de Peristilo n.o 1 de Monte Iato (Sicilia), preferimos el término expuesto por Gros (2001: 68) salons à la mode de Cyzique. A este tipo de triclinios de verano, de grandes dimensiones (11,6 x 10, 5 m) y abiertos siempre en su totalidad a zonas ajardinadas cabría añadir el espacio 31 de la Casa 1 de Ampurias. Configurado de este modo en la tercera fase edilicia de la vivienda, desconocemos prácticamente su decoración. Sin embargo, podríamos hacernos una idea de su suntuosidad si tenemos en cuenta que las estancias contiguas fueron decoradas con tesellatum bícromos y que en una de ellas se halló el busto femenino datado por su peinado a principios de época imperial 47. SALONES TRICLINARES O HABITACIONES DE APARATO A lo largo de este ex cursus, la palabra oecus ha sido varias veces citada. Fue Vitruvio quien describió estos oeci cuadrados abiertos al peristilo por primera vez y, desde entonces, buena parte de la historiografía dedicada a la arquitectura residencial 48 ha identificado estos espacios en prácticamente casi todas las casas pompeyanas. Según Richardson (1988: 432) se denominaría de este modo a las grandes salas de recepción a menudo usadas como salas de banquetes y que carecían de la morfología de un triclinio 49. Una revisión crítica sobre el uso de la terminología clásica sobre las distintas habitaciones de la casa romana puso de manifiesto (Leach 1997: 60) que el único autor latino que utilizó esta palabra para denominar a unos «comedores especiales» fue Vitruvio 50. Para este autor (VI,7,4) 51 oecus se consideraría como una sub-categoria de comedor asociada a estilos arquitectónicos de influencia extranjera y algo exótica 52. De este modo, hemos preferido denominar a estas estancias como salones triclinares o habitaciones de aparato ante la ausencia de columnas 46 Esta nueva moda se introduce en las casas pompeyanas de las clases medias y altas en época augustea fruto de un nuevo estatus político. Representaba la vida contemplativa, del otium y el espacio de retiro de las clases aristocráticas del s. II a.C. que habitaban en las villae. En éstas se establecieron espacios cómodos y suntuosos que permitiesen la contemplación de la naturaleza dominada por el hombre. Estos espacios llegan a las viviendas urbanas de la mano de los estereotipos ideológicos de la felicitas temporum y del aurea aetas típicos del arte imperial (Zanker 1993: 28). 49 Otro término usado a veces como sinónimo de triclinio sería cenatio. Zaccaria (1995: 139) entiende que se trataría de un comedor dotado de características arquitectónicas particulares y un nivel decorativo típico de los palacios imperiales y de las villas. 50 Plinio el Viejo (HN 36.25.60) utilizó el término oecus asaroticus en relación con aquellas habitaciones donde se celebraban banquetes y cuyos pavimentos fueron decorados con los desperdicios de esas comidas. Ciceron utiliza la palabra griega oikeion en algunas de sus cartas para referirse a los negocios y quehaceres domésticos (Leach 1997: 60). A estas dos referencias cabría añadir (Gros 2001: 63) la existencia de una inscripción (CIL VI, 14959) y la restitución posible, pero no segura, en el Satiricon de Petronio (38,10). 51 También designó como oeci magni las grandes salas donde las mujeres trabajaban la lana (VI, 7, 2). 52 Aunque según Tosi (1975: 49) cuando Vitruvio usaba el término de oecus, lo hacía pensando en el destino de estas salas, es decir su uso, y no en su identidad física. interiores 53 y la falta de datos para poder confirmar la posición de los grandes ventanales laterales que, según Gros (2001: 67), pudieron configurar los oecus cyzenicos 54. Con estos términos nos estamos refiriendo a un grupo de habitaciones, siempre lujosas 55, que por sus características morfológicas o decorativas pudieron funcionar tanto como salones de recepción como espacios donde tuviesen lugar los banquetes 56. Dentro de este grupo encontramos un par de estancias precedidas por dos columnas como si de una construcción pública se tratase. Fue el caso de la habitación 14 de la casa de Hércules de Celsa y del espacio 39 de la casa 1 de Ampurias. El ejemplo celsense es fruto, según Beltrán (1991: 151), de una reforma tardoaugustea en la que se añadió a la vivienda, en su lado sur, un patio porticado o peristilo, concebido a modo de viridarium. En el eje central de dicho peristilo se abrió una «exedra» ( 14), tal y como lo denomina Beltrán, con dos columnas in antis rematadas por capiteles corintios. Además estuvo flanqueada por dos habitaciones de profundidad análoga, que correctamente Beltrán (1991: 157) relacionó con los espacios tripartitos, tanto del atrio como del peristilo, tan entroncados con la más pura tradición romana 57. Cabe destacar que a pesar de su suntuosidad no se ha documentado decoración pictórica ni pavimentación 58. El caso ampuritano, al parecer de cronología más moderna, se constituyó de manera muy similar. La parte más oriental de la vivienda quedó configurada, gracias a una tercera remodelación, datada en los años finales del s. I d.C. Esta zona estuvo dominada por una gran sala (39), interpretada como un oecus por Santos (1991: 29), abierta en toda su anchura hacia un pequeño patio porticado (38) mediante un acceso enmarcado por dos columnas dobles. Otros dos accesos laterales comunicaban este espacioso salón, pavimentado con un mosaico bícromo, con los ambulacros en forma de «U» que rodeaban a su vez el espacio central descubierto. M. Santos interpreta esta habitación como una diaeta (idea ya recogida por Balil 1972: 96), con grandes ventanales, que se abrirían a la zona ajardinada inferior, tal y como sucede con otras soluciones aterrazadas de las ciudades de Herculano (Reg. VIII y VII) y pompeyanas. Ciertas similitudes podríamos encontrar en la estancia 16 de la Casa del Peristilo n.o 1 de Monte Iato (Sicilia) que Gros (2001: 67) interpreta como oecus cyzicenum por la existencia de unos grandes ventanales laterales y su apertura a través de dos columnas in antis al peristilo. En este caso, la habitación no se situó en la cabecera del peristilo y su posición estuvo descentrada respecto al eje de axialidad. II) diversas estancias con entradas tripartitas, además de una profusa decoración, muy bien documentadas en las viviendas romanas de la actual Túnez: las habitaciones 10 y 26 de la Casa de Anfitrite de Bulla Regia, donde la primera, con acceso tripartito al peristilo, estuvo flanqueada por dos habitaciones y decorada con un panel figurado con Perseo y Andrómeda. La segunda, situada en la planta sótano de la vivienda, estuvo abierta ampliamente a un pasillo a través de dos columnas corintias análogas al ejemplo celcense y decorada por el tessellatum que dio nombre a la casa. Situación parecida se documenta en la estancia 3 de la Casa n.o 8 de Bulla Regia, ubicada al fondo del peristilo en posición axial; en los espacios 3, 16 y 21, de la Casa de la Nueva Caza, también en Bulla; en las estancias 15 y 53 de la Casa de la Caza de la misma ciudad; en la estancia 3 de la Casa de 53 Según Vitruvio la presencia de las columnas o pilastras interiores fue una de las características de los oeci tetrástilo, corintio y egipcio. 55 La introducción de estos espacios lujosos en las viviendas provoca que desde el año 182 a.C. hasta Augusto y Tiberio se promulguen una serie de leyes que restringen el número de invitados y el épulo en estos banquetes. Este hecho evidencia, según Zaccaria (1995: 150), que la represión de este lujo tuvo como objetivo eliminar emulaciones peligrosas para la competencia del grupo aristocrático. 56 Esta clasificación estaría muy ligada a la tipología realizada en su momento por Foss (1994). Según este autor los denominados Dining-Hall constituyeron un grupo a parte de los dining-room en relación a sus dimensiones: The «dininghall» is defined as any room of greater width than a dining room, i. e. more than 4, 40 m. wide, and at least as long (3,60 m.) as a dining-room. Asumimos que estos salones triclinares tendrían unas dimensiones superiores a los triclinia normales, sin embargo, no nos parece la única razón para clasificar una estancia. 57 Sobre los espacios tripartitos que conformaban las cabeceras de los atrios y, posteriormente, de los peristilos, cabe destacar el estudio de Tamn (1975: 55-60) quien desmitifica la existencia de las alae en todas las casas romanas y compara esta tripartición con la triple cella templaria. Sin embargo, para Richardson (1983: 61-62) las antiguas casas pompeyanas construidas con piedra del Sarno poseían un atrio en el que se estructuraban tres espacios principales: el tablino y dos habitaciones más, con las mismas dimensiones y situadas a cada lado de la habitación central. Para este autor las habitaciones de los lados solían ser triclinios. Un ejemplo de esta triada, según Richardson, lo constituyó la Casa del Fauno conservado más o menos en su forma original. 58 El pavimento de esta estancia estuvo realizado con tierra apisonada, sin embargo creemos que este hecho no significó un «empobrecimiento» en la decoración de la habitación si tenemos en cuenta la disposición de alfombras u otros telajes que pudieron adornar el suelo (Croom 2007: 149) la Basílica de Cartago o en la habitación 5 de la Casa de Venus de Mactaris. En Pompeya, la estancia 18 de época augustea, abierta al peristilo 17 a través de dos columnas in antis de la Casa del Citarista (I, 4, 5. El mismo nombre recibe la habitación 35 de la misma vivienda, que según esta autora, formaba un conclavia con el cubiculum 36 y la estancia 'h' de la Casa VIII 2, 14-16. En este sentido, sobre estos salones precedidos por dos columnas -en virtud del término actual que se quiera utilizar para denominarlas-destacaríamos su configuración como un espacio de gran suntuosidad o aparato, reminiscencia de la planta basilical pública, concebidas para contemplar los peristilos ajardinados. Otras estancias, consiguieron conformarse como espacios lujosos gracias a su decoración y dimensiones. La denominada Casa del Triunfo de Baco de Andelos (Andion) recibe el nombre de la única estancia que se pudo exhumar de la vivienda: un salón triclinar decorado con un opus tessellatum cuyo emblema representaba el triunfo de Baco. El emblema, de 2,70 x 2,30 m, no se conservó entero, por lo que Mezquíriz (1987: 387) reconstruyó la escena del siguiente modo: «se representa un carro tirado por tigres donde viajan dos personajes: el dios Baco que sujeta las riendas a la vez que un cantharos, elemento que simboliza su poder divino y una segunda figura de la que sólo se ha conservado la silueta posterior de la cabeza, una pequeña parte del cuerpo desnudo y la punta de una clámide movida por el viento, relacionando el personaje con una Victoria o con su esposa Ariadna. Delante de los tigres a parece la figura de Pan». Además, en el ángulo superior derecho del emblema se ha conservado la siguiente inscripción: [...].R./ [...]ON.F. 59El umbral quedó decorado por un elemento romboidal, de lados cóncavos, que se prolongó en líneas paralelas horizontales, siendo todo ello rematado por una hereda. Éste se encontró descentrado respecto al muro, hecho que también se documenta en el mosaico de la Casa de Baco de Complutum. Para establecer su cronología Mezquíriz (1987: 387) se basó en los dibujos blanquinegros arcaizantes y en la fecha post quem otorgada por los materiales arqueológicos. El resultado es la pertenencia a un periodo que abarcaría desde finales del s. I d.C. hasta finales del II o comienzos del s. III cuando la habitación dejó de utilizarse. Por su iconografía, bastante común en los salones triclinares (Ling 1991: 135; Parrish 1995: 326), encontramos paralelos en el mosaico de una villae tardía de Saint-Cricq-Villeneuve (Landes) Novempopulanie, donde el emblema representaba a Dionisos con las ménades y sátiros, todo ello enmarcado por una cenefa de roleos similar al ejemplo navarro. A pesar de esta evidencia, Balmelle (2001: 403) señala que este tipo de representaciones fueron bastante extrañas en la región de la Galia. El mismo pasaje mitológico60 se reproduce en el mosaico del Triunfo de Baco (III d.C.) hallado en la C/ Coso, 15 de Zaragoza, expuesto en el Museo Arqueológico Nacional, y en la denominada casa de Trionfo di Dioniso en Sarsina (Grassigli 1999: 344). Aunque el esquema compositivo de éste último es totalmente distinto, también ha sido interpretado como un comedor suntuoso. Por su contexto estratigráfico y las consideraciones estilísticas, el pavimento se sitúa en un momento final del s. Por otro lado, cabe mencionar que los mosaicos con iconografía dionisiaca constituyeron según Grassigli (1999: 163) un grupo temático homogéneo para la zona de la Cisalpina. Un buen porcentaje de estos mosaicos pertenecieron a los pavimentos específicamente organizados para la inserción de los lechos, siendo este hecho no excluyente de desarrollar otras funciones. Por ello, pensamos que en el caso navarro fue prácticamente imposible situar los lechos en los laterales sin invadir el emblema. De esta manera, la estancia se pudo configurar como un salón de recepción donde la escena estuvo orientada para ser contemplada desde la entrada. Muy ligado a esta temática estuvo el mosaico que decoró la estancia 1 de la Casa n.o 3 o de la ermita de Clunia. Esta habitación, abierta al supuesto peristilo (del que no se han documentado ninguna basa), poseyó una forma casi cuadrada (5,61 x 5,56 m), presentando un mosaico decorado con ocho círculos cruzados y en ellos sendas cráteras. Este pavimento originó una posición centrada de la estancia, a través de un círculo dentro de cuadrado (4,8 m) rodeado por una trenza de dos cabos en cuyas esquinas se ubicaron cráteras semiesféricas doradas. Según Navarro y Rodríguez (1996-1997: 676) a pesar de la policromía, aún se respira en este pavimento la moda de los mosaicos blanquinegros tanto en los ribetes como en las orlas de enmarque. Las propias bandas marginales, que tocan directamente las paredes, son cubiertas por hileras de teselas preferentemente grises, que contrastan con el fondo blanco del tapiz musivo. Por todo ello, y de acuerdo con F. Regueras para el ejemplar de Astorga, deciden datarlo en época Severiana, adscribiéndolo incluso al mismo taller que el ejemplo de Astorga. Respecto a su decoración pictórica, en la pared norte de la estancia se documentó pintura in situ datada entre los siglos III y IV d.C. Por lo tanto, debido sobre todo a su decoración, su forma cuadrada y su apertura al peristilo, definimos esta estancia como un salón de aparato, perteneciente ya a una época tardía, que cabría situar a finales de II d.C. principios del III d.C. Fue durante este periodo, cuando este tipo de estancias evolucionó hacia formas más complejas, como fueron las salas absidadas y triconques, fruto de gustos decorativos adaptados a nuevas necesidades sociales 62. En relación con su decoración, en este caso pictórica, cabría destacar la estancia 12 de la casa de los Delfines de Celsa. Dispuesta como una estancia de grandes dimensiones (6 x 10,80 m), se accedió a ella a través de las habitaciones 10 y 11. Estos espacios se configuraron, según Beltrán et alii (1984: 124-126), como antecámaras que, de este modo, formaron un conjunto denominado por las fuentes clásicas como conclavia. Similares características se presentan en el paralelo de la Casa de Caecilius Iucundus (V, 1, 23. 26) cuyos espacios «s», «r», «t», todos ellos de idénticas dimensiones y abiertos al peristilo, se complementaron con las estancias «n», «o», «p», identificadas como dos cubicula y un triclinium. Este espacio tuvo una división interior marcada por la cubierta de la habitación. Según Mostalac (1994: 87-117) el techo estuvo dividido en dos zonas: una zona abovedada, más amplia que la plana, de fondo negro decorada por casetones regulares, algunos rellenados por elementos florales, y cuatro emblemas laterales y cuadro central. Para este autor este conjunto de pinturas perteneció al III Estilo, siendo realizadas entre los años 20-54-60 d.C. Respecto a su pavimento destaca el hecho de que un opus signinum fue sustituido por terrazo blanco para decorar esta habitación. Este fenómeno se desarrolla en la colonia, según Beltrán et alii (Ibid.), durante la época de Agusto. Nos parece correcta la interpretación que ya hizo Beltrán en 1984 sobre considerar este espacio como un salón triclinar y no como un oecus. Por lo tanto, este espacio quedaría englobado dentro de los salones triclinares de grandes dimensiones como los ejemplos campanos del triclinio 18 de la Casa del Menandro o el 5 de la Casa de Venus de la Concha (II 3, 3) o el triclinio A de la domus protoimerial de Brixellum (12 x 6 m) en el territorio cispadano. Otra de las características de estos salones de aparato fue su relación con el momento de inserción del peristilo en la edilicia doméstica romana. Así, en las casas con atrio donde se introdujo el peristilo, la mayoría de éstos se organizaron como amplias habitaciones abiertas al peristilo, ocupando una posición central dentro del espacio ajardinado. La habitación 40 de la Casa 2B de Emporiae se construyó en una segunda fase (mitad del s. I a.C.), en la que se añadió el peristilo al eje longitudinal del atrio. Conjuntamente con estas modificaciones se crearon nuevos espacios, el n.o 40, como un comedor típico abierto al peristilo63. Estuvo decorado por un signinum con teselas, con un emblema blanco y negro formado por un estrellado de doce puntas análogo a muchos de los ejemplos campanos de esta época como el triclinio 11 de la Casa I, 9, 5 de Pompeya. Para Mar y Ruíz de Arbulo (1993: 392) la ambigüedad de pertenecer tanto al peristilo como al comedor. Tal fue la centralidad de este espacio que, incluso, se modificó el ritmo de los intercolumnios para que coincidiesen con la longitud de esta sala, como sucedió en la Casa de los Vetii. En la crujía central y, por lo tanto, en el eje axial de las fauces se situó la estancia 2 de la Casa de los Morillos de Iuliobriga. Para Fernández (1993: 79) sería mejor denominarla como un oecus o oecus triclinar simplemente por motivos cronológicos 64. Las dimensiones son de 7,8 a 8,15 m de largo por 6,6 a 6,8 m de ancho, y por la forma de sobresalir en planta Fernández lo compara con el de la casa de los Esqueletos de Conimbriga. Para nosotros, se podría englobar, también, dentro de ese selecto grupo de estancias precedidas por columnas debido a que bajo las jambas de esta habitación yacían ocultas unas columnas, como las del patio, que pertenecieron a la vivienda anterior que tras el incendio fue remodelada. A este carácter suntuario se une el acceso triple y su decoración con un pavimento mucho más fino, logrado mediante una mezcla de cantos rodados más pequeños con tierra, asemejándose a un opus signinum más primitivo según Fernández. En la crujía oeste de Casa de la Llanuca 2 se situaron los espacios de representación. Éstos por su disposición -en el eje axial de las fauces y por tratarse de una habitación flanqueada por otras dos menores-parecen hacerse eco de lo que fueran las cabeceras tripartitas de la casas de atrio (Fernández 1993: 121). Las características de la estancia central 6, abierta totalmente al patio y con unas dimensiones de 6,2 m (21 pies) x 6,82 m de largo (23 pies), la convierten en la habitación de representación de la casa. Según este autor las habitaciones 7 y 9 también pudieron funcionar como espacios triclinares, estando el espacio 9 conectado con la alcoba 10. Sin embargo, también podría tratarse de dos dormitorios, con cierta semejanza a la disposición de las habitaciones 14, 15 y 16 de la Casa de Hércules de Celsa, junto con un tercero compuesto de antecámara y alcoba (10 y 31) 65. La estancia 1 de la Casa de Likine (La Caridad) fue la más importante de la vivienda, de grandes dimensiones (6,52 x 9,20 m), estuvo pavimentada con un opus signinum con inscripción y sus paredes revestidas con mortero de cal, cuyo zócalo estuvo pintado de negro. Sin lugar a dudas, esta habitación ha originado distintas interpretaciones a causa de sus motivos decorativos tan abigarrados, de su posición central dentro de la vivienda pero descentrada del eje axial (valga la redundancia) y sobre todo, de la presencia de la famosa inscripción. El pavimento de la estancia 1 poseyó un espacio dividido en tres campos rectangulares de dimensiones similares. Ocupaba el primer campo una retícula de rombos. La superficie central estuvo a su vez subdividida en tres zonas o paneles y por último, el espacio correspondiente al tercio derecho del mosaico presentaba una composición a base de meandros y esvásticas no contiguas. Todo ello estuvo rematado, en la zona cercana al acceso, por una cartela que contenía un epígrafe ibérico 66. De esta manera, la decoración del pavimento se presenta compuesta por un conjunto de elementos abigarrados, sin aparente significado y del que hasta ahora no se han documentado paralelos exactos. Sus excavadores señalaron la analogía con la Casa Lladò de Baetulo, aunque, en este caso, se tratase de un mosaico blanquinegro que decoraba el impluvio de la vivienda. De aspecto similar podríamos citar el pavimento del tablinum de la casa con Impluvio de Mármol de Paestum o el pavimento de la Domus de los Signina de Bedriacum (Vassal 2006: Fig. 3-4). Por su composición, también, existe cierta analogía debido a su esquema sin aparente parangón, con el denominado oecus «p» de la casa del Sacello Iliaco (I, 6, 4), cuya antecámara oblonga estuvo decorada por 9 cuadrados con rosetas de distintas formas. El paralelo más cercano en Pompeya lo encontramos en el triclinio 3 de la Caupona I, 12, 5 debido a la decoración de roseta de rombos y sobre todo a la inscripción de la entrada, ANCUS, relacionada con los primeros colonizadores de Pompeya 67 procedentes de una familia de Praeneste. 64 Según Fernández (1993: 79) este hecho se debe a que en un momento avanzado del siglo I d.C. este espacio desaparece de la casa pompeyana, tendencia que ha motivado a la historiografía ha denominar cómo oecus u oecus triclinar en plantas datables en el s. I d.C. o fechas posteriores. 65 Respecto al resto de las estancias -21 y 11-interpretadas por este autor como triclinia poco más se puede aportar debido a la ausencia total de decoración. 66 Consta de 17 signos en ibérico, distribuidos en tres vocablos: l.i.ki.n.e.te. e.ki.a.r. u.se.ke.r.te.ku. Vicente et alii (1991: 121) lo traducen como «Likine(te), de Usecerde, lo hizo», interpretando que Likine(te) es el propietario de la vivienda, de la obra en conjunto y no el constructor. Por lo tanto (1993: 755) se decantan por definirlo no como el musivario sino como el propietario, además de considerarlo como un íbero. Por otro lado, Vassal (2006: 58) lo compara con otros pavimentos con inscripción hallados en: Morgantina, Ampurias (se refiere a las salas convivales ya mencionadas), un ejemplo con inscripción en galaico o griego en Septême u otra en griego en Marsella. A todos ellos cabría añadir, obviamente, el opus signinum de Andelos tan ligado con el turolense, el cual Mezquíriz (1991Mezquíriz ( -1992, 367, 367) utiliza para invalidar la teoría del propietario. 67 También podríamos mencionar la decoración del impluvio de la Casa VI, 14, 39, realizada en opus signinum, con una roseta, palmetas en sus enjutas e inscripción LVCRVM GAVDIVM. De dimensiones similares se pueden documentar en la Tunisia romana: el triclinio 8 (6,5 x 9 m) de la Casa del Triclinio en Blanco y Negro de Pupput (Bullo 2003: 92) abierto al peristilo y pavimentado por un tessellatum con decoración en «T+U» o el triclinio 10, con pavimento similar y análogas dimensiones, de la Sollertiana Domus de Thysdrus, ambas con cronologías muy posteriores (s. II d.C.-III d.C.). La decoración de estas habitaciones tunecinas como triclinios nos lleva a uno de los grandes problemas que plantea la estancia de La Caridad, su posible definición. Gros (2001: 141) utiliza la palabra salón triclinar para definirla, mientras que sus excavadores no se decantan en la publicación de 1991 entre tablinum u oecus. Para nosotros salón triclinar sería una correcta denominación 68, más adecuada que oecus, y, sobre todo, que tablinum, terminología asociada a las casas de atrio y cuyos esquemas decorativos no respondieron a la distribución de la estancia turolense 69. Por ello consideramos que se trataría de un salón triclinar, teniendo en cuenta los distintos elementos decorativos 70. Si aceptamos que los cuadros centrales de los triclinios marcaban la posición de la mesa, en este caso, existieron dos posibles zonas donde colocarlas: el círculo central rodeado por meandros y los dos cuadros situados al fondo de la estancia. Esta posible ubicación estaría limitando el espacio disponible para los lechos, situados -si seguimos esta hipótesis-a ambos lados de las decoraciones centrales, en los campos decorados al oeste por una retícula de rombos y al este por meandros y esvásticas 71. A este uso cabe añadirle el adjetivo de salón recibidor debido a que la inscripción, por su orientación, no fue colocada para que la pudiesen leer los asistentes al banquete, sino que su correcta interpretación únicamente podría llevarse a cabo desde la entrada. En último término situaríamos las únicas estancias absidadas que hemos podido documentar en el Nordeste de la Península Ibérica. Fue el caso de la habitación 3 de la Casa del Acueducto de Termes. Sobre esta estancia únicamente conocemos su aspecto absidado (ábside: 7,7 m de diámetro y la zona rectangular 3,95 x 4,80 m). Durante su excavación se descubrieron pinturas in situ, cuyo esquema desconocemos, además, según Argente et alii (1994: 19), la diferencia de unos centímetros entre las dos partes permite sospechar la existencia de un pequeño escalón. La difusión de estas salas absidadas72 en la arquitectura doméstica parece limitada en época imperial, momento en la que se documentan algunos ejemplos esporádicos73, que, sin embargo, a partir de finales del s. IV d.C. se convierte en una de las características de las residencias tardo-antiguas. De este modo, la cronología del ejemplo de Tiermes podría retrasarse hasta esta época. Sin embargo, conocemos la presencia bien documentada de este tipo de estancias en el I d.C. en la zona de la Cispadana: Ariminum, Sarsina, Bononia (Scagliarini 1983: 327). Los triclinia y salones triclinares aquí presentados constituyen un baremo de excepción para conocer el grado de adopción de los modos de vida romanos. Éstos fueron adoptados en época temprana en el cuadrante nordeste de la Península Ibérica, tal y como demuestran los comedores datados en el s. I a.C. del solar de la calle Don Juan de Aragón de Caesar Augusta o los ejemplos pertenecientes al segundo estilo: la estancia 16 de la Casa 2B de Ampurias y la 5 de la casa de Hércules de Celsa. Asimismo, podemos documentar los cambios ornamentales, que se realizaron en estas estancias, promovidos siempre por las diferentes modas decorativas. A finales del s. I a.C. y comienzos de nuestra Era en los comedores parece imponerse la tendencia a diseñar los pavimentos con un espacio en forma de «U» destinado a la ubicación de los lechos. Asimismo, se añaden emblemas cada vez más suntuosos: desde el mosaico teselado de la calle Añón (Zaragoza) hasta el opus sectile de la c/ Alguer (Tarragona). 68 Además si tenemos en cuenta su relación con las estancias 6 y 22 a las cuales sólo se podía acceder desde la 1. 69 Tampoco se documentaron entre los materiales hallados sobre el pavimento ninguna evidencia sobre la presencia de armarios o cajas fuertes (como elementos pertenecientes a los cerrojos o fragmentos de madera) mobiliario ubicado normalmente en los tablinia. 70 Esta hipótesis de trabajo podría confirmarse si tenemos en cuenta que en la esquina sureste se halló sobre el pavimento una parrilla, dos hogares y cerámica común. 71 Documentamos un esquema similar en una habitación de funcionalidad desconocida, según la publicación, de la domus de los Signina de Bedriacum (Vassal 2006: fig. 4 Además la adhesión del peristilo conlleva la creación de ciertas estancias abiertas a él, dedicadas a la recepción y banquete, donde, conjuntamente se podía disfrutar de la vegetación albergada en éste. Nos referimos a los salones de aparato precedidos por dos columnas, como el espacio 14 de la casa de Hércules de Celsa y la 39 Casa 1 de Ampurias, o a los triclinios de verano de las casas 2B (35, 46) y 1 (31) de Ampurias. Pertenecen, del mismo modo, al s. II d.C. los dos ejemplos de comedores pavimentados completamente con opus sectile de la casa de c/Llàdo de Baetulo y la casa del sectile de Uxama, tal y como aparecieron en Ostia en este mismo siglo. Asimismo, la policromía y las figuraciones se recrean en los mosaicos teselados de esta época, conservándose en nuestro territorio grandes ejemplos como el pavimento polícromo de Bursao o el emblema del Triunfo de Baco de Andelos. Por último, podríamos añadir a este breve ex cursus cronológico, la presencia de la única habitación absidiada documentada por el momento: la estancia 3 de la Casa del Acueducto de Termes (Tiermes, Soria). Este tipo de estancias se convertirá a partir de los siglos III y IV d.C. en un elemento característico de las casas pertenecientes a la época tardía. Tampoco hay que olvidar que los muros de estas habitaciones acogieron uno de los principales actos sociales romanos que tuvieron lugar dentro de la vivienda. Nos referimos a las cenae, tan documentadas en la literatura. Según Landolfi (1990: 112) el banquete se constituyó como el lugar principal de la transmisión de los valores sociales romanos. Fue entre las paredes de los triclinia donde los romanos elevaron cantos improvisados en honor a sus progenitores. La tradición cuenta que el componente más anciano de la familia tenía el deber de cantar en la mesa hechos legendarios e históricos, que, sólo más tarde, algunos de los jóvenes pertenecientes a la familia tendrían la opción de celebrar. A este sentido, Landolfi le añade al banquete un valor económico debido a las necesidades de crear grandes clientelas para conseguir sus votos en sus candidaturas de magistrados. Por lo tanto, el banquete se alejó de las costumbres o tradiciones para convertirse, sobre todo, a causa de la tendencia individualista del patriciado romano en el II a.C., en un sistema de obtención de clientela para acceder fácilmente a los vértices del estado. En este sentido, la posesión de un triclinio de verano, como en las viviendas ampuritanas citadas, o la decoración del pavimento con un tessellatum donde se representa el triunfo de Baco, se constituyen como símbolos del lenguaje de autorrepresenta-ción del dominus. Éste exponía determinadas imágenes en su vivienda para comunicar su status a los visitantes y, sobre todo, construía, de este modo, su propia conciencia. El disfrute de una o varias estancias de representación, tal y como hemos mostrado en este trabajo, demuestra que el propietario de la vivienda se encontraba inmerso dentro de un proceso social competitivo. Las funciones de este desarrollo fueron intentar reafirmar un puesto, dentro de la cadena de relaciones sociales, a través de la exposición y la exhibición de sus bienes materiales. De todos modos, no podemos concluir, sin citar el texto de Tácito (Agr. 21), en el que, describiendo la romanización de la provincia de Britannia, admite que sólo las personas superficiales podían poseer algunos signos de civilización y poder, porticus et balinea et conviviorum elegantia, porticos, baños y comedores elegantes, como hábitos introducidos por Roma que en realidad en las provincias conquistadas, según Tácito, fueron más bien instrumentos de esclavitud. TRICLINIA Y SALONES TRICLINARES EN LAS VIVIENDAS ROMANAS URBANAS... URBANAS DEL CUADRANTE NORDESTE DE LA PENÍNSULA IBÉRICA (I a.C.-III d.C.)
En el presente artículo exponemos un avance de los resultados obtenidos en las recientes campañas de excavación arqueológica en la villa romana de Los Cipreses (Jumilla, Murcia), en particular referidos a las partes fructuaria, donde se ha documentado varias instalaciones relacionadas con la producción de vino y aceite, y rustica, donde se ha constatado una serie de dependencias de uso doméstico y artesanal para la población servil del enclave. El asentamiento, sin duda el corazón de un fundus dedicado a la explotación y manufacturación agropecuaria, muestra tres fases constructivas y de desarrollo insertas en un horizonte cronológico comprendido entre los siglos I y V d.C. En los últimos años hemos abordado el estudio del poblamiento rural romano en el sureste de Hispania y, más en concreto, en la llanura de Jumilla (Murcia). Después del análisis de algunas de las unidades que conformaban el rico modelo de ocupación, explotación y hábitat rural de la zona, entre ellas, el balneum de la villa del Paseo de la Asunción y el mausoleo funerario tardorromano conocido con el topónimo Casón y su contexto histórico-arqueológico 1, en 2002 planteamos a la Comunidad Autónoma de la Región de Murcia un proyecto de investigación destinado a la excavación y estudio integral de la villa de Los Cipreses, de la que poseíamos importantes referencias en el ámbito de la historiografía local. Ubicada en el antiguo paraje de Los Paerazos, a 1 km al sur del casco urbano de Jumilla, la villa está emplazada en la fértil llanura de El Prado 2 (Fig. 1), atravesada en la antigüedad por ejes de comunicación secundarios que enlazaban las vías Carthago Noua-Complutum con la que conectaba Saetabi y Castulo 3. Las excavaciones del canónigo J. Lozano a finales del siglo XVIII 4 y los trabajos de J. Molina en la década de los 60 de la pasada centuria 5 habían puesto en evidencia la riqueza e interés del enclave para el estudio del poblamiento rural del sureste peninsular en época imperial y las posibilidades que ofrecía una intervención en extensión en la parcela de 2.560 m 2 donde se ubicaba 6. Una vez aprobado el proyecto 7, tras las campañas de 2003 a 2005, centra-das en el reestudio de la pars urbana donde ya se había actuado con anterioridad, entre los meses de junio y noviembre de 2008 pudimos acometer afortunadamente la excavación casi integral de las partes fructuaria y rustica del asentamiento (Fig. 2). Con estos precedentes, y aunque hasta la fecha hemos ofrecido avances puntuales con los resultados de dichas intervenciones 8, una vez concluida la excavación casi integral del yacimiento de Los Cipre-Figura 2. Fotografía aérea de la villa romana de Los Cipreses. 7 Proyecto Excavación, investigación y redacción de proyectos de construcción y museografía de un centro de interpretación, restauración y de musealización de la villa romana de Los Cipreses (Jumilla, Murcia), financiado por la Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales de la Consejería de Cultura y Turismo de la Región de Murcia, aprobado por el Ministerio de Cultura y dirigido por J. M. Noguera Celdrán. AEspA 2009, 82, págs. 191-220 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.082.009.008 ses, consideramos oportuno exponer a la comunidad científica un adelanto de nuestros trabajos, centrándonos en la secuencia estratigráfica obtenida, que posibilita por vez primera establecer una cronología y evolución clara y fiable del yacimiento, así como en el análisis e interpretación de las estructuras documentadas asociables a la pars fructuaria, básicamente dedicada a la producción de aceite, vino y cerámica, y a la pars rustica, donde constatamos indicios habitacionales para la población servil. En próximos trabajos abordaremos el examen de la pars urbana y las aportaciones de las recientes excavaciones a la arquitectura y fases evolutivas de su peristilo y estancias adyacentes. LA SECUENCIA ESTRATIGRÁFICA DEL COMPLEJO: NIVELES DE OCUPACIÓN Y FASES CONSTRUCTIVAS La campaña de excavación llevada a cabo durante el 2008 ha permitido corroborar nuestras premisas (Antolinos; Suárez; Conde; Noguera, 2005: 309-312); incluso cabe destacar que hemos definido con mayor precisión las distintas etapas edilicias de la villa gracias a la excavación casi completa de la parcela donde se localiza el yacimiento. A pesar de que la estratificación estaba bastante alterada a causa de las excavaciones de Lozano en el último cuarto del siglo XVIII y por Molina en la década de los sesenta del pasado siglo, los contextos cerámicos y numismáticos registrados en ciertos sectores del yacimiento, además del análisis arquitectónico integral de la villa, permiten diferenciar tres fases constructivas (Fig. 3). Los únicos vestigios relacionados con el nivel fundacional del enclave (fase I) se han documentado en su sector septentrional, donde se han diferenciado varias estructuras amortizadas por algunas de las habitaciones situadas al noroeste del peristilo de las fases II y III. Los muros correspondientes a este periodo parecen conformar, al menos, tres estancias de planta cuadrangular, orientadas en dirección NO-SE y de funcionalidad incierta, aunque probablemente asociadas con algún tipo de asentamiento o establecimiento rural de carácter agropecuario creado en un momento impreciso de los siglos II-I a.C., posiblemente con anterioridad al cambio de era9 y con posterioridad a los acontecimientos que determinaron la destrucción del poblado ibérico de Coimbra del Barranco Ancho. En este sentido, se han recuperado algunos materiales pertenecientes a esta primera fase, como ánforas republicanas de las costas campana y apula, campanienses A, paredes finas y cerámica de cocina itálica, cerámica gris ampuritana y producciones cerámicas de tradición ibérica. Con todo, también se han hallado abundantes restos líticos prehistóricos y fragmentos cerámicos de época prerromana que podrían determinar en futuras intervenciones arqueológicas la existencia de niveles ocupacionales anteriores10. En cualquier caso, sobre este asentamiento previo se construyó una uilla rustica de nueva planta (fase II), que amortizó parte de las estructuras preexistentes, dotada con una zona productiva destinada principalmente a la elaboración de vino y aceite, así como de una serie de ambientes domésticos organizados alrededor de un peristylum, cuya fecha de edificación debemos situar en la segunda mitad del siglo I d.C., tal y como parece confirmar el análisis de las estructuras arquitectónicas correspondientes a esta fase11. En el devenir del siglo II d.C. y de la primera mitad del III d.C., la villa debió alcanzar un importante desarrollo 12, entre otros factores, fruto de las ganancias generadas con la transformación de los recursos agrarios obtenidos en su fundus. A mediados del siglo III d.C., las diferentes partes de la villa experimentaron una importante reforma arquitectónica (fase III), e incluso se ampliaron las dependencias y espacios del asentamiento 13 (Fig. 4). La pars urbana quedó definida en esta etapa por un peristylum -de orden corintio-con los deambulacros y algunas de las estancias situadas alrededor del mismo, como el posible oecus o triclinium pavimentados en opus tessellatum. El establecimiento vinícola continuó funcionando y la instalación oleícola experimentó importantes reformas, aunque la pars fructuaria quedó en estos momentos perfectamente delimitada de la pars rustica mediante la construcción de una tapia que diferencia funcional y arquitectónicamente la ampliación de la nueva zona servil de la villa de la antigua área productiva. Durante la segunda mitad del siglo III y -fundamentalmente-en el IV d.C. debemos establecer el momento de mayor apogeo y desarrollo del enclave (Fig. 5), que perduró hasta la primera mitad de la siguiente centuria 14. A partir de la segunda mitad del siglo V d.C., comenzó un proceso de abandono progresivo de las dependencias e instalaciones de la villa 15, que duró 12 Entre los materiales cerámicos (Fig. 6) correspondientes a este periodo encontramos terra sigillata africana A de las formas Lam. 3b 1 / Hayes 14B, así como africana C, principalmente de las formas Lamb. 13 Además de los materiales cerámicos, los hallazgos numismáticos recuperados en diversos sectores de la villa y que se asocian al momento constructivo de la fase III, permiten precisar la fecha de dicha reforma arquitectónica hacia mediados del siglo III d.C. Así pues, sobre el pavimento de mortero del pasillo suroeste del peristylum y, por tanto, bajo el mosaico documentado en esta ala del pórtico, se halló un sestercio de Galieno (a nombre de Valeriano) fechado hacia el 254 d.C.; por otro lado, recuperamos un sestercio de Filipo I (a nombre de Otacilia Severa), fechado en el 244-249 d.C., en contacto y bajo uno de los imbrices perteneciente a una canalización para el desagüe y limpieza del mismo pasillo suroeste del peristilo. 14 Entre los materiales cerámicos (Fig. 6) destacan las formas Atlante XXX, 15, Hayes 50B, Hayes 58B, Hayes 61 y Hayes 67 de terra sigillata africana D; también se ha documentado cerámica africana de cocina de los tipos Lamb. 10A y 10B, además de lucernas africanas del tipo Atlante X, A1. 15 Los niveles de colmatación y derrumbe registrados en el área productiva y la zona de servicio de Los Cipreses atestiguan ese proceso lento de abandono de las distintas dependencias y espacios; por el momento no hemos detectado ningún nivel de incendio o destrucción que implique un final repentino o fortuito del asentamiento. como mínimo hasta el siglo VI d.C., tal y como lo atestigua el estudio de los materiales recuperados en los niveles de colmatación de las áreas servil y productiva 16. En cualquier caso, esta secuencia evolutiva se ha constatado también en otras villas de la comarca, concretamente en La Ñorica, Pulpillo, Marisparza o Casa de la Ermita, documentándose únicamente perduraciones hasta el siglo VI d.C. en Los Torrejones, cuando el antiguo enclave se fortificó y la población circundante se instaló en sus inmediaciones (Ruiz 2008: 417-425). ANÁLISIS E INTERPRETACIÓN DE LAS ÁREAS PRODUCTIVAS En época altoimperial (fase II) la villa dispuso de una serie de instalaciones destinadas a la producción oleícola y vinícola que fueron situadas en torno a un patio central. En la parte septentrional de este espacio abierto se construyeron varias dependencias relacionadas con el prensado de la aceituna, la decantación del aceite y su almacenamiento, por consiguiente, orientadas al mediodía, mientras que en el lado opuesto y, por tanto, orientadas al norte, se ubicaron la sala de pisado de la uva y los depósitos para el tratamiento del mosto 17. En la parte oriental de este mismo patio se disponían varias dependencias adyacentes y articuladas tanto a la bodega de vino como a la almazara de aceite, que pudieron haberse destinado al almacenamiento de la uva y de la aceituna antes de iniciar el proceso transformativo de estos frutos. En la remodelación arquitectónica de la segunda mitad del siglo III d.C. (fase III) se produce también un cambio en la funcionalidad de los espacios que afectó, principalmente, a las salas 17 Aunque los autores clásicos recomiendan que las instalaciones oleícolas y vinícolas tengan dicha orientación, los hallazgos arqueológicos relacionados con este tipo de establecimientos permiten determinar distintas disposiciones a las recomendadas por los arquitectos y los agrónomos antiguos (Brun 1986: 65). Terra sigillata sudgálica y cerámica de producción africana (dib. 16 Las cerámicas más tardías se corresponden con las producciones de africana D del tipo Hayes 99 (fig. 6). En la villa de Los Cipreses se han documentado las principales estancias vinculadas a la producción de aceite (Fig. 7), a excepción de la sala o el espacio destinado a la trituración de la aceituna 18. La habitación contigua al torcularium -por su lado noreste-incluye un ámbito, inclinado y pavimentado en mortero hidráulico, que pudo haberse utilizado como tabulatum. Se trata de un espacio de planta rectangular, orientado en dirección noreste-suroeste, con unas dimensiones máximas de 4 m de longitud y 1,95 m de anchura, y una superficie aproximada de 7,15 m 2. El suelo presenta un buzamiento o leve inclinación de unos 8o en sentido noreste-suroeste y, además, conserva en su lado septentrional un pequeño reborde longitudinal -también en mortero hidráulico y a modo de media caña-de 0,05 m de altura y 0,07-0,10 m de anchura. Además, debemos destacar la existencia de una canalización en el lado suroeste de este espacio, realizada en mampostería ordinaria y con unas dimensiones constatadas de, al menos, 1,90 m de longitud y 0,12 m de anchura, que enlaza con otro pequeño tramo realizado con imbrices. En definitiva, la superficie interior de este ámbito presenta las características constructivas de una pileta de carácter hidráulico para la contención o decantación de líquidos y, quizás, empleada para almacenar la aceituna antes de iniciar el proceso de prensado. El torcularium 19 es de planta rectangular, está orientado en dirección noroeste-sureste, tiene unas dimensiones máximas interiores de 8,10 m de longitud y 6,20 m de anchura, y una superficie total de aproximadamente 50 m 2. La habitación está pavimentada 20 en mortero hidráulico y conserva en cada uno de sus lados parte de una moldura convexa, también realizada en mortero hidráulico y a modo de media caña, de 0,10 m de anchura y 0,05 m de altura por término medio. En el sector septentrional de la habitación, concretamente junto al muro de cierre que delimita este lado de la estancia, se ha documentado un espacio rectangular -sin pavimentar, de 2,78 m de longitud y 0,50 m de anchura, si bien definido por las molduras convexas-donde se situaría el bloque de piedra o lapis pedicinus con los orificios para fijar los arbores; el extremo opuesto de la habitación presenta un vano de 1,50 m de longitud y 0,40 m de anchura, marcado también por el pavimento de la estancia, donde estaría colocado el dispositivo con cabrestante y los stipetes 21. El pavimento del torcu-18 Ya hemos señalado que durante la fase III la zona dedicada a la producción de aceite tuvo importantes reformas arquitectónicas y funcionales, desapareciendo todos los elementos o piezas que podríamos vincular a los distintos tratamientos de la aceituna y el aceite, si exceptuamos el contrapeso de prensa reutilizado en un muro, tal y como veremos más adelante. No obstante, tanto la documentación arqueológica como las fuentes literarias grecolatinas permiten señalar que los espacios destinados a la molturación de la aceituna podían indistintamente situarse en el torcularium, como en las almazaras n.o 6 y n.o 45 de Volubilis (Akerraz; Lenoir 1981Lenoir -1982, pl, pl. II y III), o en una sala exclusiva para tal uso, como en el caso de Settefinestre (Carandini; Settis 1981, pl. 24 y 28). 20 Aunque conocemos una gran diversidad de superficies de prensado o bases de prensa (Carrillo 1995: 61-62), en el torcularium de Los Cipreses los capachos debieron colocarse directamente sobre el piso o suelo de mortero de la estancia. 21 Aunque existen varios tipos de sistemas de prensado, las características del torcularium hallado remite a una prensa de palanca y cabestrante similar a la descrita por Catón. En Francia encontramos diversos ejemplos de torcularia de características similares -aunque cada uno con sus particularidades y variantes-al hallado en Los Cipreses, concretamente en las AEspA 2009, 82, págs. 191-220 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.082.009.008 larium, con una leve inclinación desde su lado noreste al suroeste, presenta además dos rehundidos longitudinales o canales, dispuestos paralelamente y en dirección noroeste-sureste, al igual que su pendiente: el rehundido n.o 1 tiene 4,10 m de longitud, 0,20 m de anchura y 0,12 m de profundidad máxima, y transita desde aproximadamente el centro de la habitación hasta el lado sureste de la habitación; el rehundido n.o 2, de 5,47 m de longitud y alineado a 0,78 m de distancia del n.o 1, es de tendencia circular en su extremo norte -con un diámetro de 0,52 m-y rectangular el resto -de 0,19 m de anchura-, llegando también hasta el lado sureste de la estancia. Sin lugar a dudas, estas dos depresiones longitudinales del pavimento canalizarían el líquido oleoso -con una cabida superior de 25 l y 55 l, respectivamentedesde cualquier lugar del torcularium; no obstante, si tenemos en cuenta el espacio que ocupa el cuadran-te que forma el rehundido n.o 1 hasta el muro suroeste de la habitación, esto es, poco más de un cuarto de la superficie de la estancia, el volumen de líquido acumulado superaría los 480 l. El torcularium de Los Cipreses comunica directamente por su esquina noroeste con la sala destinada a la decantación, concretamente a través de un vano de 2,90 m anchura y cruzando un poyete o banco de tapial, tratándose realmente de un ámbito anexo (Fig. 8). Dicho espacio es de planta cuadrangular, está orientado en dirección noroeste-sureste, tiene unas dimensiones máximas de 5,06 m de longitud y 3,30 m de anchura, y una superficie total de aproximadamente 13 m 2; además, presenta otro acceso de 0,85 m de anchura -quizás secundario-que permite la entrada hacia la cella olearia. La habitación está pavimentada con mortero hidráulico -a excepción de un tramo situado en sus lados noreste y noroeste, donde encontramos una cubeta de 0,40 m de anchura y 0,25-0,30 m de profundidad, y con una capacidad de 623,75 l22 -y presenta una inclinación algo acusada desde su lado sureste en dirección hacia el noroeste; además, conserva una serie de molduras villas romanas de L'Ormeau (Taradeau), Saint-Michel (La Garde), Roussivau (Saint-Raphaël) y La Maure (Cuers); en Italia se han documentado, entre otras, en las uillae de Montecanino y Prato (Brun 1986: 236-247). El canalis n.o 1, orientado en dirección sureste-noroeste al igual que su pendiente, se localiza en el lado suroeste de la estancia, y tiene unas dimensiones máximas de 2,80 m de longitud y 0,10 m de anchura; en su extremo septentrional presenta una pequeña abertura o pico vertedor que desemboca en la parte occidental de la cubeta. El canalis n.o 2 está orientado en dirección suroeste-noreste del mismo modo que su inclinación, se sitúa en el lado sureste de la habitación y tiene unas dimensiones máximas de 1,16 m de longitud y 0,09 m de anchura; en su extremo oriental encontramos también una ranura o pico vertedor que confluye en la parte oriental de la cubeta. El polígono o espacio de seis lados que delimitan las medias cañas configura un esquema en L de 1,50 m 2 de superficie y 0,40-0,45 m de anchura, con el ángulo ubicado en la esquina norte del pavimento y expandiéndose 1,88 m hacia el lado noroeste y 2,17 m al noreste; la banda noreste del polígono, esto es, la media caña de este lado, incluye una ranura o pico vertedor que también converge en la parte oriental de la cubeta23. El esquema de decantación sería el siguiente24: una vez vertido el líquido oleoso en la zona alta de la estancia, esto es, en su lado sureste, circularía hacia el fondo del pavimento quedando retenido por las distintas medias cañas que se sitúan sobre el suelo, de tal modo que el espacio central que delimitan los dos canales y el polígono descritos se iría rellenando recíprocamente hasta alcanzar la boca de dichos canales 25 que, actuando como conductos de sangrado, permitirían evacuar el aceite desbordado hasta la cubeta del fondo de la habitación, mientras que el líquido acuoso -más denso-se decantaría y quedaría en el fondo del espacio central que delimitan dichos canales junto al espacio cerrado. Este circuito de decantación se reproduciría del mismo modo en el interior del polígono cerrado por las medias cañas aunque, evidentemente, a una escala menor: desde la parte alta se vertería el líquido oleoso, rellenándose recíprocamente hasta que el aceite -sobrenadando por encima de la amurca, que quedaría en el fondo-alcanzara el pico vertedor de sangrado que, igualmente, conecta también con la cubeta de la estancia 26. Torcularium y sala de decantación anexa (fot. equipo Los Cipreses). oleoso en reposo durante un cierto tiempo para que el aceite, más ligero y menos denso que el alpechín, sobrenade por encima de éste (Arambarri 1992: 143-150). 25 El espacio central del pavimento tendría una capacidad máxima de líquido decantado de 192-193 l; superando esta cifra el producto se desbordaría por los canales n.o 1 y n.o 2 hasta la cubeta de desagüe. 26 El polígono delimitado por las medias cañas tendría una capacidad máxima de líquido decantado de 48,05 l, esto es, exactamente un cuarto del producto que podría albergar el espacio central; igualmente, sobrepasando la cifra señalada el líquido oleoso se desbordaría por el pico vertedor hasta la cubeta. Finalmente, el aceite reposado en el interior de la cubeta quedaba preparado para su almacenamiento. La posible cella olearia se localiza junto al torcularium, es de planta rectangular, está orientada en dirección noreste-suroeste, y tiene unas dimensiones máximas de 11 m de longitud y 7,90 m de anchura, ocupando una superficie total de 82,60 m 2. El ingreso por la entrada principal de la estancia, localizada en el ángulo este de la habitación, se realizaba desde el patio central del área productiva a través de un vano de 1,40 m de anchura; además, presentaba otro acceso, ubicado en el ángulo norte, que comunicaba con el torcularium y la sala de decantación a través de un pequeño vano de 0,85 m de anchura. En el interior de la cella olearia se han documentando dos plintos con arranque de fuste alineados entre sí -a 3,29 m de distancia-y paralelos al muro sureste de la habitación, esto es, a 2,50-2,67 m o a un tercio, aproximadamente, de la anchura total de la estancia27. área productiva o de servicio del complejo. En la cella olearia también se realiza una reforma arquitectónica importante, ya que se compartimenta la superficie interior de la estancia en cuatro ambientes o espacios, y se construye un basamento circular, probablemente como zona de apoyo o base de algún dispositivo o elemento de envergadura para la transformación de algunos recursos agrarios31. En definitiva, las características de la habitación y los materiales hallados en su interior -como el dolium ya aludido-nos acercarían durante esta fase a una estancia vinculada con la transformación, producción y/o almacenamiento de productos agrícolas. En el sector meridional del patio central del área productiva de la villa se ha diferenciado un establecimiento relacionado con la elaboración de vino (Fig. 11), sin embargo, se ha documentado sólo de forma parcial debido a que las estructuras sobrepasan el límite de la parcela donde hemos desarrollado la excavación arqueológica. A pesar de que desconocemos la articulación completa de la instalación vinícola, la información de las estructuras halladas nos ha permitido constatar una zona destinada a la pisa de uva, así como otra para el tratamiento, fermentación o almacenamiento del vino, que estu-vo en funcionamiento durante la fase II del enclave y que continuó con dicha actividad productiva en la fase III, aunque con una serie de reformas constructivas. El lagar de vino de la fase II se sitúa en un edificio exento del cual se ha documentado la parte septentrional32; es de planta rectangular, está orientado en dirección noroeste-sureste, tiene unas dimensiones de 5,80 m de longitud y 8,60 m de anchura, ocupa una superficie de 50 m 2 y presenta dos ambientes representados por dos grandes depósitos o estanques para el pisado de la uva (lacus uinarii, fora uinaria o calcatoria, según Plinio, Columela y Paladio, respectivamente). El lacus o forum uinarium septentrional tiene una superficie de 14,70 m 2 pavimentada con mortero hidráulico33, delimitado por un poyete de tapial, de 0,48-0,42 m de anchura y 0,25-0,20 m de altura, y revestido con un enlucido de argamasa, a excepción del ángulo este, con un vano de acceso -de 0,90 m de anchura-que comunica con la posible cella uinaria o defrutaria, y del lado suroeste, donde encontramos otro vano -también de 0,90 m de anchura-que permite el acceso directo con el tanque meridional. El lacus o calcatorium meridional tiene una superficie de 18 m 2 pavimentada con mortero, y aparece igualmente delimitado por un poyete de tapial -también enlucido con argamasade 0,48-0,42 m de anchura y 0,25-0,20 m de altura, a excepción del vano que conecta con el gran depósito septentrional. El pavimento presenta un rehundido bastante acusado en el cuadrante sureste del espacio que desemboca -por medio de un canalis creado en el propio suelo-en un lacus, receptáculo, pileta, depósito o cubeta cuadrangular de 0,46 m de lado, 0,40 m de profundidad34 y aproximadamente 42 l de capacidad, que se localiza en el lado sureste y contiguo al poyete de tapial (Fig. 12). En definitiva, nos encontramos con parte de un edificio compuesto de dos ambientes que, en realidad, conforman dos grandes depósitos o estanques comunicados entre sí, pavimentados con mortero hidráulico y deli- con acceso al lagar de vino, se abre totalmente por su lado noroeste al gran patio central del área productiva de la villa37, mientras que por su lado sureste continua o comunica -a través de un vano de 3,50 m-con una habitación, pasillo o corredor cuyas características desconocemos por introducirse en el perfil sureste de la excavación. En el lado noreste de la habitación documentamos dos lacus o depósitos contiguos que debieron emplearse para la fermentación, la preparación de diferentes caldos o para el almacenamiento del vino38; las estructuras son de planta circular, están excavadas en el terreno natural y revestidas con argamasa, presentan unas dimensiones máximas de 1,10 m de diámetro y al menos 0,25 m de profundidad39, y tendrían una capacidad mayor de 237,46 l cada una. Además, en el lado sureste de la estancia e inmediato a dichos depósitos, se documentó un pequeño horno de planta ovalada, excavado en el terreno natural, orientado en dirección noroeste-sureste y con unas dimensiones máximas de 0,66 m de longitud y 0,33 m de anchura; la estructura perimetral, aunque bastante arrasada y en mal estado de conservación, se encuentra muy endurecida y presenta tonalidades rojizas a consecuencia de las temperaturas alcanzadas durante el proceso de combustión. Resulta significativo la constatación de un pequeño horno junto a los depósitos definidos debido a las múltiples referencias que los autores latinos realizan sobre el mosto cocido o defrutum (Billiard 1928: 246-248), así como los distintos tipos de caldos y recetas que se elaboraban añadiendo este producto (Amouretti 1993: 467 ss.), y atestiguado en la villa de La Ramière à Aramon en Gard (Tchernia; Brun 1999: 6, 90 y 112-114, Fig. 153). Durante la fase III, el espacio de la posible cella uinaria o defrutaria se amplia longitudinalmente creándose un pórtico de planta rectangular40, orientado en dirección suroeste-noreste, con unas dimensiones máximas de 12,14 m de longitud y 3,56 m de anchura, y ocupando una superficie de 43 m 2. Esta nueva galería porticada fue pavimentada con un suelo de argamasa, cubriendo parte de las estructuras de la fase anterior, concretamente uno de los depósitos y el pequeño horno, si bien en este periodo se construyen dos nuevos depósitos, piletas o lacus en lado suroeste y otros dos en el lado opuesto. Los lacus del lado suroeste son de planta circular, están excavados en el terreno natural y revestidos con argamasa, y conservan unas dimensiones máximas de 0,55/0,50 m de diámetro y 0,28/0,20 m de altura, con un contenido volumétrico superior a 66,48 l y 39,25 l (el septentrional y el meridional, respectivamente). Por otra parte, en el lado noreste y enfrentados se construyen dos nuevos depósitos, un lacus de planta circular, excavado en el terreno natural, revestido de argamasa y con unas dimensiones máximas de 0,57 m de diámetro y 0,10 m de profundidad, cuya capacidad sería de, al menos, 25,50 l, y otro con dos cubetas escalonadas, excavadas en el terreno natural y revestidas de argamasa: la superior es de planta circular y tiene unas dimensiones máximas de 0,64 m de diámetro y 0,21 m de profundidad, mientras que la inferior, con unas dimensiones máximas constatadas de 0,60 x 0,46 m y en mal estado de conservación 41, enlaza con la cubeta superior por su parte occidental, encontrándose a 0,15-0,20 m por debajo de la superior. Los tres depósitos o lacus exentos debieron haberse empleado, como en la fase II, para la fermentación, almacenamiento o preparación de diversos tipos de vino, mientras que el depósito compuesto de dos cubetas escalonadas y comunicadas entre sí, tuvieron que haber formado parte en algún proceso de decantación o depuración de líquidos 42. La producción cerámica de la fase III La villa estuvo relacionada con la producción de piezas y elementos cerámicos, principalmente para el aprovisionamiento y necesidad del propio asentamiento, aunque también para el abastecimiento de algunos de los establecimientos rurales situados en el entorno más próximo 43. Los recursos naturales y las materias primas existentes en las cercanías del asentamiento fueron factores indispensables para llevar a cabo la actividad alfarera 44. A pesar de que todavía no conocemos con exactitud las zonas destinadas a la producción cerámica, tenemos evidencias arqueológicas suficientes para determinar algunas de las manufacturas realizadas en la villa. Además del pequeño horno de la fase II, documentado junto a los depósitos de la instalación vinícola y descrito anteriormente 45, se han hallado los restos de otro horno -correspondiente a la fase III-en la galería porticada situada en el patio central del área productiva de la villa. Dicho horno cerámico, parcialmente conservado y localizado en el sector central del pórtico, es de planta cuadrangular, presenta unas dimensiones máximas de 1,30 x 1,10 m, y está compuesto de una estructura perimetral de adobe y un pilar central realizado con el mismo tipo de material 46. Por otro lado, en el patio descubierto de la pars fructuaria de la villa se ha documentado parte de un vertedero cerámico, así como varias zonas con acopios o acumulaciones de arcillas y gravas probablemente decantadas 47. No obstante, en los niveles de colmatación del área productiva de la villa se han hallado pellas de desgrasantes y arcillas decantadas, así como numerosos materiales cerámicos que presentan deformaciones en el modelado, cocciones excesivas o fracturas durante el cocimiento. Además, cabe destacar el hallazgo de un fragmento de molde de lucerna datada en el siglo III d.C., donde se observa una decoración o sucesión de círculos en el margo (Amante 1993: 245-246). Entre los materiales recuperados en la excavación destacan las cerámicas comunes de cocción reductora y oxidante, aunque se han diferenciado algunas piezas de cocción reductora y post-cocción oxidante (Fig. 14). Las cerámicas reductoras tienen las superficies 41 En realidad se trata de uno de los depósitos de la fase II, parcialmente amortizado y reutilizado en la siguiente fase. 42 La existencia de este depósito con dos cubetas -que indica claramente un proceso de decantación-nos permite plantear si la instalación vinícola de Los Cipreses fue utilizada en ocasiones a la elaboración de aceite, teniendo en cuenta que durante la fase III tanto las dependencias oleícolas como sus dispositivos fueron desmantelados y que, además, los estudios carpológicos y antracológicos demuestran la presencia de restos de aceituna. En este sentido, cabe la posibilidad de que las mismas instalaciones para la producción de vino fueran en ciertas ocasiones empleadas para la elaboración de aceite -o viceversa-debido a que éstas poseen las infraestructuras necesarias para ambas producciones (Brun 1993b: 511-537; Carrillo 1997: 99-122); la rutinaria y simple limpieza de las salas y sus mecanismos, los conductos y los lacus, permitiría una producción esporádica de aceite y el propio consumo de los propietarios de la villa. En cualquier caso, la parcialidad de las estructuras halladas en este sector del yacimiento no nos permite determinar con exactitud la función de esta sala (¿cella uinaria o defrutaria?), aunque se intentará esclarecer en las próximas intervenciones arqueológicas. 43 En el yacimiento romano de La Ñorica (Jumilla) se han recuperado cuencos y cazuelas semejantes a las producidas en Los Cipreses. 45 Anteriormente señalamos la posibilidad de que se tratara de un horno para la cocción de diferentes caldos, aunque tampoco podríamos descartar su empleo para la producción cerámica de pequeños objetos, como pondera y lucernae. En la villa de El Ruedo, en Almedenilla (Córdoba), por citar un ejemplo significativo, también se han constatado hornos de pequeñas dimensiones y de características similares al hallado en Los Cipreses (Muñiz; Lara; Camacho 2000: 250-251, lám. 3). 46 Tipológicamente podríamos encuadrarlo en los hornos de planta cuadrangular y pilar central. 47 En realidad se trata del nivel de circulación -correspondiente a la fase III-del patio central de dicha área productiva, formado y caracterizado por un conjunto de acopios de diversas materias, esto es, arcillas y gravas, diferentes tipos de morteros de cal y argamasas, y materiales cerámicos desechados. No disponemos de más información ya que todavía no hemos excavado este nivel de piso o circulación que se asocia al patio central de la pars fructuaria. interior y exterior de color grisáceo, si bien predominando las tonalidades obscuras o negruzcas; las pastas presentan diversas gamas de grises, con fracturas rugosas y rugosa-arenosas, observándose vacuolas, fisuras y desgrasantes de color blanco, gris, negro, pardo, rojizo, plateado y dorado 48. En este grupo aparecen representadas las producciones destinadas a la 48 Hemos preferido no valorar el calibre y la naturaleza de las inclusiones de las pastas, a la espera de los resultados de los análisis arqueométricos que, por otro lado, nos permitirán también realizar una clasificación tipológica fiable de cada una de las formas representadas. cocina, la mesa y la despensa, como platos-fuentes, escudillas, cuencos, cazuelas y ollas con bordes redondeados, angulosos o moldurados, ligeramente engrosados y vueltos hacia el interior o al exterior, jarras de boca ancha y estrecha con un asa y pico vertedor trilobulado, botellas, así como tapaderas para distintos recipientes. vajillas representadas son similares a las reductoras, aunque con una mayor diversidad de piezas, destacando las lucernas, los cuencos con pitorro (algunos con representaciones antropomorfas), los morteros, grandes recipientes de almacenaje y dolia. Los materiales constructivos formarían el segundo grupo mayormente atestiguado, principalmente imbrices y diversos tipos de tegulae y, en menor proporción, lateres; en la villa también se fabricaron distintos tipos de clavi coctiles para las concamerationes, concretamente tubos espaciadores y clavijas de doble pared, además de ladrillos de concameratio y de bóvedas calefactadas. El tercer grupo detectado lo constituye, aunque de forma minoritaria, una serie de piezas de carácter doméstico, esto es, pondera y, probablemente también, diversos tipos de sigilla. Los contextos de los materiales señalados se encuadran en la fase III, entre la segunda mitad del siglo III y la primera mitad del V d.C., del mismo modo que los tipos hallados en otros centros productores de época bajoimperial, como en la villa romana del Puente Grande en Cádiz (Bernal 2002: 384-392), si bien no podemos descartar la existencia de alguna zona vinculada a la producción cerámica durante la fase anterior, ya que algunos de los tipos fabricados aparecen también en talleres de época altoimperial del noroeste peninsular (Casas et al. 1995: 99-127) y del valle del Ebro (Aguarod 1995: 129-153), entre otras zonas. PARS RVSTICA: AMBIENTES DOMÉSTICOS Y ARTESANADO Hacia mediados del siglo III d.C. se construye en el sector occidental de la villa y junto a la pars fructuaria una serie de dependencias de nueva planta que permite ampliar considerablemente los espacios serviles destinados a la asistencia de los propietarios de la hacienda. Adyacente a la instalación oleícola se erige un edificio con varios departamentos, mientras que en la parte opuesta e inmediato al establecimiento vinícola se construye un segundo edificio, también con varias estancias, delimitando entre ambos un nuevo patio que constituye realmente una ampliación del ya existente49. No obstante, dicha ampliación queda en estos momentos perfectamente definida tras la construcción de una estructura longitudinal, valla o tapia de poco más de 10 m de longitud que permite demarcar la pars fructuaria de la pars rustica, aunque comunicadas a través de dos vanos situados en los extremos, el septentrional, de 2,20 m de anchura, y el meridional, con una amplitud de 5,08 m50. El edificio situado al norte del patio de la pars rustica, de planta rectangular, orientado en dirección noroeste-sureste y con unas dimensiones máximas constatadas de 10 x 8,10 m, constaba de, al menos, cuatro habitaciones de carácter doméstico pavimentadas con tierra apisonada, dos de estas abiertas a dicho patio (Fig. 15). La habitación de mayor envergadura, de planta rectangular, con unas dimensiones máximas de 6,90 m de longitud, 3,60 m de anchura y una superficie aproximada de 24,70 m 2, presentaba dos ámbitos perfectamente delimitados por un basamento de pilar en mampostería -de 1,05 x 0,67 m-ubicado en el centro de la estancia51: el es- pacio meridional o culina, con una superficie de 10,45 m 2, destinada a la preparación y cocinado de alimentos, y el espacio septentrional o -probablementecella penuaria (también promptuarium), con una superficie de 11,50 m 2, para la despensa de los distintos productos. La cocina o culina presenta dos estructuras relacionadas con las ocupaciones culinarias, esto es, un hornillo de tapial y un hogar. El hornillo de tapial es de planta rectangular, tiene unas dimensiones máximas de 0,96 x 0,60 m y se localiza junto al pilar central de mampostería; la estructura, aunque se encuentra bastante arrasada, presenta una serie de revestimientos de argamasa que permite diferenciar dos partes, la occidental y la oriental, de 0,28 y 0,66 m de anchura, respectivamente; la parte oriental podría corresponder al fogón o al lugar destinado al fuego, mientras que la occidental formaría un poyete para la acomodación de piezas de vajilla, cocina y otros enseres de uso doméstico. El hogar conserva unas dimensiones máximas de 0,86 m de longitud y 0,41 m de anchura, se encuentra en el lado opuesto del hornillo junto a la entrada principal de la habitación, y queda delimitado mediante dos tejas planas empotradas en el suelo, una de ellas fragmentada, hecho que nos induce a pensar que dicho hogar fuera de mayores dimensiones a las documentadas; en cualquier caso, se trataría de una solera para la colocación de una parrilla, rejilla o brasero 52. Además, debemos destacar que sobre el suelo se diferenció una importante capa limosa compuesta principalmente de cenizas y carbones que colmataba casi en su totalidad la superficie interior de la cocina 53. Entre la antigua cella olearia 54 y la cocina se localizaban dos estancias de planta cuadrangular pavimentadas con tierra apisonada: la septen-trional, con unas dimensiones máximas de 4,20 m de longitud, 3,15 m de anchura y 12,45 m 2 de superficie, se abría hacia la parte posterior de la villa a través de un vano de acceso de 1,30 m de anchura, y la meridional, con unas dimensiones máximas de 3,55 m de longitud, 3,30 m de anchura y 11,80 m 2 de superficie, presentaba un vano de 1,08 m que comunicaba con el patio central de la pars rustica; en el interior de la estancia meridional, concretamente en su ángulo sur, se documentó una estructura en mampostería de cuarto de círculo -de 1 m de anchura y 0,30 m de altura-que podría conformar un vasar para la colocación de diversos contenedores, recipientes o productos, o bien un poyete o banco de apoyo para distintas tareas cotidianas. En cualquier caso, estas estancias de carácter doméstico para el trabajo diario de la servidumbre debieron haberse empleado también como zona de dormitorio, tal y como se desprende de las referencias de las fuentes literarias clásicas (Fernández Vega 1999: 226-243). El edificio situado al sur del patio de la pars rustica, de planta cuadrangular, orientado en dirección noroeste-sureste y con unas dimensiones máximas constatadas de 7,60 x 6,10 m, constaba también de, al menos, cuatro habitaciones, aunque sólo contamos con las dimensiones completas de una de ellas. Dicha estancia es de planta cuadrangular, tiene unas dimensiones máximas de 3,50 m de longitud, 3,25 m de anchura y una superficie aproximada de 10,60 m 2, está pavimentada con un suelo de tierra apisonada y presenta en su ángulo norte un acceso de casi 1 m de anchura que comunica con el gran patio central del área servil de la villa; en la esquina este de la habitación encontramos una estructura de tendencia cuadrangular -realizada en mampostería y con unas dimensiones máximas de 0,65 x 0,60 m-que se adentra en el muro sureste de la habitación a modo de alacena u hornacina. La habitación contigua, parcialmente documentada debido a que se introduce en el perfil occidental de la excavación arqueológica, es de planta cuadrangular, tiene unas dimensiones máximas de 3,55 m de longitud y 3,30 m de anchura, y una superficie de, al menos, 11,33 m 2; la estancia aparece pavimentada con un suelo de tierra apisonada y presenta dos entradas: una en su ángulo norte, cuyo acceso se realiza -a través de un vano de 1,08 m de anchura-desde el patio central de la pars rustica, y otra, localizada en el lado sureste de la habitación, que permite el ingreso por medio de un espacio de 0,80 m de anchura a una estancia adyacente. Ambas habitaciones también conforman un ambiente doméstico y de trabajo dentro de las distintas dependencias de nueva construcción que se realizan en el sector 52 Este tipo de hogares se documenta en numerosos establecimientos rurales, como en la villa de O Cantón Grande en A Coruña (López; Vázquez 2007: 88). 53 El estudio carpológico de este estrato ha permitido diferenciar restos de frutales, cereales y plantas silvestres procedentes, al parecer, de los desechos de distintas actividades productivas que posteriormente fueron empleados como combustible: restos del cribado final de los cereales (cereales y malas hierbas), desechos de la producción de aceite y vino, además de uso alimentario, como higos y piñones, ampliamente documentados en las representaciones iconográficas de Pompeya (Pasquarella; Borgongino 2005: 156-174). Por otro lado, los resultados de los análisis antracológicos han determinado también la utilización de Pinus pinea/pinaster, Juniperus sp., Coniferae, Olea europea y Pistacia lentiscus como recursos combustibles. 54 Durante la fase III, la cella olearia experimentó una importante reforma arquitectónica como funcional, construyéndose una serie de estructuras que conforman cuatro nuevos espacios destinados, probablemente, a la transformación y almacenamiento de productos agrarios sólidos, tal y como señalamos anteriormente. Terracota, botella de vidrio, agujas de hueso, aguja de bronce y fragmento de terra sigillata sudgálica decorada (dib. occidental del asentamiento, aunque debemos destacar un nivel de colmatación diferenciado en el interior de la última estancia, donde se recuperaron varios ejemplares de agujas o alfileres de hueso, con la particularidad de que algunas de éstas se encontraron desbastadas, esbozadas o bien fragmentadas durante el proceso de elaboración de la pieza (Fig. 16). Resulta evidente, por tanto, que en dicha estancia, o bien en algunas de las habitaciones contiguas, se localizaba un espacio destinado a la producción de objetos de hueso, al menos para la manufactura de acus crinales o discriminales 55; ahora bien, la esca-AEspA 2009, 82, págs. 191-220 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.082.009.008 so de husos y, probablemente también, de ruecas de madera o caña; en las estancias domésticas de la pars rustica se han hallado varias piezas cerámicas reutilizadas -recortadas intencionadamente-de tendencia circular, que pudieron haberse utilizado, además de cómo piezas de juego (interpretación tradicional que se ha dado a este tipo de material), como discos de rueca o colus, elemento que permitía mantener abierto un pequeño espacio -en el caso de las cañas o las maderas blandas-para introducir la fibras (Alfaro 1997: 33-34, Fig. 9a). Se han documentado asimismo varios pondera cerámicos para la confección de tejidos por medio del empleo de telares verticales de pesas; en el patio del área productiva del enclave se han recuperado tres de forma troncopiramidal truncada y otro trapezoidal que, si bien presenta unas dimensiones similares, al igual que la perforación circular, fue realizado a partir del reempleo de un fragmento de tegula. Por otro lado, en el Museo Arqueológico Municipal de Jumilla hay depositadas casi una docena de pesas de telar procedentes de las excavaciones de Molina en Los Cipreses, con la única salvedad de que varias de ellas presentan marcas incisas -principalmente círculos-en el lecho de las piezas 56. Además, se han hallado varios instrumenta domestica que podrían relacionarse con la producción textil, concretamente espátulas de bronce, empleadas como elementos complementarios del telar vertical, en particular para apretar los hilos de la urdimbre, y agujas de bronce y hueso, asociadas a la costura, el bordado y la cestería (Alfaro 1984: 105 ss.; 1997: 49 ss.). Por otro lado, el artesanado del metal debió estar presente en el enclave, como confirmaría la aparición de numerosas escorias metálicas correspondientes al proceso de forjado y la documentación de rebabas plúmbeas pertenecientes a reparaciones de bienes o a la manufactura de objetos de plomo. A pesar de que todavía no hemos encontrado el área o taller destinado a la actividad metalúrgica o siderúrgica, estas evidencias arqueológicas permiten pensar en la existencia de actividades de este género destinadas, al menos, al abastecimiento de herramientas y enseres y, en general, al mantenimiento de los aperos 57. Las primeras pudieron abastecer a la población local del territorio circundante, pues la carencia de ánforas de transporte dificulta por el momento concluir una comercialización de los excedentes fuera de la comarca 61. La fabricación de cerámica se limitó al abastecimiento del enclave y sus núcleos vecinos, como la villa de La Ñorica, en tanto que la actividad metalúrgica se limitó posiblemente a la realización de aperos y otras herramientas para el consumo interno, como se atestigua en otras villas de la comarca (Ruiz 2008: 416). En todo caso, las instalaciones de la villa contribuyen a completar el escaso panorama conocido hasta la fecha sobre la producción oleícola y vinícola en el Altiplano Jumilla-Yecla, donde destacan asentamientos como los de la Alberca y la Fuente del Pinar. Del primero, ubicado en el paraje de Román, proceden un total de dos bases de prensa para separar la parte líquida de la sólida y cuatro orbes de trapetum de diversos tamaños, o bien pertenecientes a dos o tres trapeti para la molturación o bien reutilizados en un único mortarium (González Blanco; Lillo; Guerrero; Ramallo 1983: 604, lám. II, Fig. 1-4; Antolinos; Soler 2001: 543); aunque el enclave ha sido interpretado como una villa (Molina; Molina 1973: 179-184, gráf. 38) o una aglomeración rural, acaso un uicus agrícola (Muñoz 1995: 115-119, Fig. 3), el elevado número de elementos relacionados con la extracción de aceite, las instalaciones hidráulicas constatadas y la disposición y morfología de las es-tructuras arquitectónicas documentadas imponen una revisión del asentamiento, ya que pudo estar vinculado a la elaboración de aceite; de hecho, el propio Molina advirtió que la base del establecimiento debió residir en la agricultura, principalmente en la oleicultura, cuyas viejas plantaciones aun subsisten (Molina; Molina 1973: 184). Del segundo, la Fuente del Pinar, en el paraje de Las Tobarrilas (Yecla), conocemos los restos de una típica bodega romana, compuesta de lagar, patio y almacenes que, perteneciente a una villa rústica aún desconocida y quizá localizada en las inmediaciones, tuvo dos fases álgidas como centro productor de vino, una entre el siglo I y la primera mitad del III d.C., y otra fechada en el siglo IV d.C. hasta el primer cuarto del siguiente (Ruiz 2006: 345-354;2008: 425-428). No obstante, por su cercanía al área de estudio cabría referir asimismo las instalaciones del sector artesanal constatado en la periferia del Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete), donde entre muchos mecanismos y utensilios se documentan prensas y depósitos excavados en la roca destinados a la producción de aceite o vino (Abad; Sanz; Gutiérrez 1996: 177-198; Jordán 2001: 5-14); vinculadas con la fase tardorromana de la ciudad, en época altoimperial son asimismo conocidos algunos establecimientos agrícolas de prensado en las inmediaciones, como por ejemplo la villa de Zama (Abad; Gutiérrez; Sanz 1998: 89). Por otro lado, Los Cipreses fue sin duda un elemento clave en la articulación del territorio de la Llanura de Jumilla entre los siglos I al V d.C., en el cual debieron ser igualmente determinantes otras uillae como las localizadas en la avenida de Nuestra Señora de la Asunción y en el cercano predio de La Ñorica. En el caso de la villa de Los Cipreses, su emplazamiento estuvo en función de la cantidad y calidad de las tierras aprovechables en la fértil llanura de Jumilla y sus montes y bosques adyacentes. Los Cipreses fue un establecimiento eminentemente agropecuario, cuya principal actividad económica estuvo muy orientada al cultivo del olivo, la vid y, en menor grado, de algunos frutales (Prunus sp.) -por lo demás los más tradicionales en la zona, habiendo perdurado hasta la actualidad (Hernández 2008)-como se deduce de los análisis antracológicos y carpológicos, realizados a un total de 511 fragmentos de carbón, que ofrecen datos paleoecológicos y paleoeconómicos, en particular relativos a los siglos III y V d.C., y posibilitan una aproximación a la potencialidad agrícola del territorio; el cultivo más importante fue el del olivo (Olea europaea), dado que presenta valores muy elevados en el conjunto del carbón analizado, destinado al procesado de las aceitunas para la elaboración de derivados como el aceite; en cuanto a la vid (Vitis vinifera), su presencia en el registro antracológico es mucho más escasa, destinándose a la producción de vino (Pérez; García 2009). Las actividades agrícolas se complementarían con las ganaderas; de los análisis arqueofaunísticos se desprende la existencia de una cabaña doméstica compuesta por ovejas y/o cabras, seguidas por bóvidos y équidos, estos últimos empleados como animales de tiro y para la obtención de carne. La presencia cuantitativamente elevada de ciervos y jabalíes sugiere la práctica de actividades cinegéticas y un paisaje menos roturado que el actual (Portí 2009). El abastecimiento de arcillas para la fabricación de cerámicas debió producirse en cualquier punto cercano al enclave, ubicado en una terraza fluvial formada por depósitos de arcillas y aluviones. Por último, desconocemos la existencia de minas en el entorno donde se pudiera procurar el mineral necesario para la elaboración de aperos y otros instrumentos metálicos. En todo caso, aunque podemos aproximarnos al paleopaisaje del fundus en época tardorromana (siglos III-V d.C.), en realidad poco sabemos de la distribución de instalaciones de explotación, hábitat o almacenaje, y menos aún sobre su extensión. Respecto a la primera cuestión, desconocemos si pueden asociarse al fundus altoimperial de la villa o al de las cercanas instalaciones de la avenida de Nuestra Señora de la Asunción o de La Ñorica, los espacios constatados a partir de las últimas décadas del siglo dieron de la población indígena, al modo en que se documenta en la comarca del Quípar (Brotóns 1995: 272), sin que por el momento pueda rastrearse un fenómeno de fundaciones ex novo a partir de contingentes de inmigrantes itálicos, similar al que aconteció en el área litoral de Carthago Noua 63, así como en otras regiones de la fechada mediterránea y Andalucía desde fines del siglo III a.C. y, de modo intenso, a partir de mediados del I a.C. (Gorges 1994: 269-270). La actividad de estas granjas debió de estar destinada al autoabastecimiento, aunque sin descartar la existencia de excedentes que, en el marco de un circuito comercial a escala reducida, sirviesen para el suministro alimentario de los poblados y establecimientos rurales del entorno. Las escasas estructuras arquitectónicas y los contextos cerámicos correspondientes a esta fase de Los Cipreses parecen conformar este tipo de ocupación rural, por demás sustentada en un campesinado indígena fuertemente arraigado a usos y tradiciones prerromanos y alejado de los principales focos de romanización. Los contextos y estructuras arquitectónicas de la fase II de Los Cipreses evidencian, hacia un momento impreciso de la segunda mitad del siglo I d.C., la fundación de una villa de nueva planta, que amortizó el asentamiento precedente de época republicana, dotada de un área residencial organizada en derredor de un amplio peristilo trapezoidal y una amplia zona productiva destinada básicamente a la elaboración de vino y aceite. Por consiguiente, aunque se ha postulado para la comarca del Altiplano la eclosión, a partir de finales de época augustea, de un dinámico fenómeno de colonización y romanización 'activa' de los campos (Ramallo 1980: 121; Muñoz 1995: 124), no parece que el patrón de asentamiento en la Llanura de Jumilla, con pequeñas unidades de explotación campesina dependientes de población indígena, permutase sustancialmente durante el cambio de Era y buena parte del siglo I d.C., siendo en el transcurso de las últimas décadas de la primera centuria cuando parece que se verificó una importante transformación en la estructura y trama poblacional de la Llanura de Jumilla con la creación de posibles fundi agropecuarios estructurados en torno a uillae dotadas de sus correspondientes partes; es de suponer que esta nueva organización del espacio rural se apoyase en el potencial climático, hídrico y edafológico de la zona 64 y que se acometiese en razón de una centuriatio bien planificada del La documentación arqueológica disponible parece evidenciar una reorganización del hábitat rural hacia las últimas décadas del siglo III y los inicios del IV d.C., posiblemente tras el periodo de crisis e inestabilidad que parece azotar buena parte del sureste peninsular en el transcurso de la tercera centuria (Murcia 1997(Murcia -1998: 211-226): 211-226). El fenómeno se encuadra bien en un proceso definido como renouveau constantinien, que entrañó un cambio en profundidad del paisaje rural hispano y el surgimiento de las grandes villas tardías como exponentes del fenómeno de ruralización acaecido en el Imperio en el devenir de la cuarta centuria (Gorges 1994: 272-275 y 279-281). Del máximo interés son las variaciones que experimenta la villa de Los Cipreses en el devenir del referido lapso, pues debieron ser consecuencia de importantes transformaciones en el terreno agropecuario explotado. En esta época, aconteció un proceso de monumentalización arquitectónica y decorativa de los principales espacios de la pars urbana, y una destacada mutación de la pars fructuaria. Las instalaciones vinícolas continuaron produciendo67, pero el establecimiento oleícola excavado se amortiza y la hipotética antigua cella olearia se reutiliza para otras actividades, acaso la molienda y almacenaje de grano. Por otro lado, se construyen ex novo una serie de edificios que pueden interpretarse como integrantes de la pars rustica destinada a la población servil empleada en los servicios; en concreto, una tapia delimitó ahora la zona fructuaria de la nueva zona, constituida por sendos edificios, dotados de estancias de cocina, almacenaje y elaboración, en una de las cuales se localizado un taller de objetos de hueso destinados al autoabastecimiento. Posiblemente al consumo interno debieron dedicarse otras actividades, arqueológicamente constatadas, como la producción textil o la metalúrgica. Además, las labores agrícolas se complementarían con las ganaderas (Portí 2009). En todo caso, el hallazgo bien contextualizado es excepcional por cuanto estos sectores de las villas son escasamente conocidos68. Estas evidencias arqueológicas plantean muy diversos interrogantes y sugerentes propuestas de interpretación. Del máximo interés resulta la construcción de varias viviendas sencillas junto a la antigua residencia señorial, ahora suntuosamente rehecha. Desde el siglo II d.C. acontece un fenómeno imparable de concentración de la tierra en manos de los señores, con los consiguientes cambios en los sistemas de explotación y ocupación del territorio. Muchos pequeños asentamientos, como las granjas, fueron abandonados y los antiguos campesinos, ahora transformados en colonos, se desplazaron a vivir en las inmediaciones de sus nuevos patronos69. En realidad, detrás de todo este proceso, que desembocará en desconocidas formas de concentración de la riqueza y del poder social y político, está el marco fiscal instaurado a partir de Dioclaciano, que convirtió a los terratenientes rurales a partir del siglo IV en recaudadores de los impuestos que el Estado precisaba para sobrevivir (Fernández Ochoa; Gil; Orejas 2004: 213-214). La transformación constatada arqueológicamente en Los Cipreses podría responder a este proceso histórico y ser la prueba del desplazamiento de la mano de obra agrícola junto a la renovada pars urbana, como consecuencia de un fenómeno de concentración de la propiedad en torno a un adinerado possesor y con ello de los excedentes de los campesinos que habitasen el fundus, generándose así pingües beneficios destinados al fisco y con los que poder acometer una renovación y redecoración del peristilo y principales estancias de la pars urbana. Además, curiosamente, las excavaciones en el cercano Camino del Pedregal, donde en las últimas décadas del siglo I se habían construido nuevos espacios de hábitat y productivos destinados a la población campesina, revelan cómo dicho asentamiento fue abandonado coetáneamente (Muñoz, Hernández y Urueña 1997: 205-216), si bien no podemos afirmar que sus moradores fuesen los que se trasladasen a la nueva pars rustica de la villa. En todo caso, este fenómeno reflejaría la existencia de una aristocracia tardorromana que, en el ámbito rural, hace ostentación de su riqueza, basada en el beneficio de los recursos agropecuarios, aunque con novedosos procesos de control y explotación del territorio y nuevas relaciones sociales. El fenómeno podría evidenciar un importante cambio en la orientación económica y manufacturera del enclave, directamente ligado al agotamiento o falta de rentabilidad de los mercados. Pero dado que todavía queda por excavar los sectores al sureste y noreste de la pars urbana, desconocemos si pudo deberse igualmente a una mudanza de emplazamiento de la instalación en conexión con los sucesos de reorganización del trabajo y de la producción ahora constatados 70. En este sentido, lo cierto es que el asentamiento no parece experimentar una crisis económica, como bien acredita la residencia del dominus y, lo más interesante, los análisis antracológicos de los carbones recuperados en los contextos tardíos reflejan que el 10,57% del total de taxones representados corresponden a Olea europaea, lo que evidencia la continuidad en esta fase del cultivo y explotación del olivo. A partir de la segunda mitad del siglo V d.C., en contra de los procesos de cambio y transformación constatados en múltiples conjuntos rurales hispanos, los cuales se prolongan en ocasiones hasta el siglo VII d.C. y aun después (Chavarria 2001: 55-76; Ripoll; Arce 2001: 21-54), la villa debió iniciar un fenómeno de abandono progresivo de sus dependencias e instalaciones, el cual debió acontecer hasta por lo menos el siglo VI d.C., tal y como lo atestigua el estudio de los materiales recuperados en los niveles de colmatación de las áreas servil y productiva. El acontecer fue pacífico, pues no se aprecia indicio alguno de destrucciones violentas o fortuitas, y posiblemente debe ponerse en relación con el agotamiento del modelo social, económico y manufacturero del enclave en época tardorromana. La villa de Los Cipreses fue un núcleo rural con una rica articulación y dinámica social, productiva y económica que sólo ahora empezamos a entrever. Y sólo por medio de este tipo de estudios de carácter local y regional podremos, de una parte, acercarnos con éxito relativo al análisis y comprensión de los modelos, formas y cambios en el poblamiento y explotación rural en el devenir de los siglos I al V d.C., y de otra, poner de manifiesto las diferencias en los patrones de distribución y organización de estos asentamientos manufactureros, que básicamente responden a diversos y complejos procesos socio-políticos (Fernández Ochoa; Gil; Orejas 2004: 211).
En este trabajo se estudia un conjunto de materiales procedentes de una casa urbana del valle oriental del Duero construida en el siglo I, reformada después y destruida por un incendio en la segunda mitad del siglo III. Esta domus, la Casa de los plintos, situada junto al foro en la ciudad de Uxama, ha sido excavada por completo y en una de sus habitaciones, bajo una potente capa de escombros, se ha hallado un depósito inalterado correspondiente al momento de la destrucción. Consta de casi un centenar de piezas, la mayoría muy bien conservadas, donde se asocian diversas producciones cerámicas, objetos de metal, monedas, y otros elementos del mobiliario. Ese conjunto nos proporciona la imagen a escala do- En líneas generales se puede decir que la cultura material del siglo III era prácticamente desconocida hasta hace poco más de veinte años y aún lo es en gran medida por la dificultad para identificar sus componentes en la mayoría de los contextos arqueológicos, a no ser que se disponga de términos post quem y ante quem. El hecho constatado de la circulación del numerario de bronce del siglo II, incluso del I, durante el III, unida a la perduración de las formas y tipos cerámicos altoimperiales, ha llevado durante decenios a datar inadecuadamente niveles de ocupación de esa centuria. En los últimos veinte años se han dado a conocer materiales de niveles datados fiablemente en esa época, gracias a algunos conjuntos cerrados y con el empleo de nueva metodología para el registro de la información. Los datos proceden de contadas excavaciones, realizadas algunas en villas como Vilauba (Castañer; Tremoleda; Roure 1990) y otras en medio urbano en distintas zonas de Hispania como en Turiaso (Beltrán; Paz 2004), Cartago Nova (Vidal; de Miguel 1988) y Jaca (Ona; Paz; Pérez; de Sus 1987). También se ha hecho en territorio galo en la ciudad de Vienne, por ejemplo (Leblanc; Desbat 1992), y en diversas villas y núcleos menores de población. Actualmente los trabajos sobre el medio rural son pioneros en el estudio global de esa centuria (VV. La Casa de los plintos de Uxama, una domus del siglo III, es una de las contadas viviendas urbanas de la Meseta excavadas en la totalidad de su planta (Fig. 1) y es visitable desde el año 1997. LA CASA DE LOS PLINTOS El edificio (Fig. 1) se inserta parcialmente en la trama urbana de retícula ortogonal donde se ubicó el foro (Fig. 2). Dos decumanos porticados lo enmarcan al norte y al sur mientras que por el este y el oeste lo bordean vías diagonales a las otras, quizá fruto de cambios urbanísticos posteriores. Se alzaba en una ladera que buza hacia el oeste lo que, añadido a la propia topografía accidentada de la base rocosa del terreno, ocasionaba una diferencia de altura de 5 m entre los extremos oriental y occidental de su planta. La pendiente se resolvía al interior de la casa con cinco niveles diferentes de solado que se bridan con duplicación o engrosamiento de muros transversales y se enlazan con escalones. Esta circunstancia ha influido decisivamente en que una de las habitaciones del norte, la número 7, haya resultado ser prácticamente un depósito sellado del momento de la destrucción del inmueble. Entre sus muros revestidos de pinturas al fresco, bajo un grueso manto de escombros y cenizas acumulados durante el incendio, se ha hallado en muy buen estado de conservación un lote de objetos que formaba parte del ajuar de la casa. 3 y 4), inscribible en un paralelepípedo orientado de E a O, ocupa 920 m 2 de superficie que comprenden el atrio, pasillos, cubículos, triclinios, salas, área de servicio, una cocina, dos patios -uno de ellos con un lado porticado-y un viridario, en total 24 espacios. En esta domus de la tercera centuria destaca el hogar con fondo curvo y laterales de baldosas refractarias encastrado en la pared de una de las estancias de la fachada norte (Fig. 3, no 8). Casos similares hay en las Galias en Lussas-et-Nontronneau (en un nivel fechado también en el siglo III) y en Javols (Degbomont 1984, 17-19). Junto al hogar se halló un brasero rectangular de hierro con ruedas adornado con remaches de bronce (Fig. 5) (García Merino 1997, 104). Es digno de mención también el patio del oeste (Fig. 3, no 10) con un pequeño pórtico de columnas estucadas y pintadas de rojo, un banco de piedra y una cisterna a cielo abierto. La cisterna tenía una cubierta -de madera seguramente-sobre soportes prismáticos de caliza, y una capacidad entre 10 y 15 m 3 lo que sin duda supone una confortable dotación, sobre todo teniendo en cuenta que por entonces el mantenimiento del sistema público de abastecimiento de agua posiblemente estuviese en declive. Destacables son asimismo una habitación con sótano y un viridario (Fig. 3, n os 23 y 24 respectivamente). La fachada, situada en el lado norte, tiene tres puertas. La central es de 3 m de anchura y está enmarcada por un ensanchamiento de la acera y dos muretes con la posible función de fauces. Sobre un sillar de la zona inferior del muro, a la izquierda de la puerta principal, se representa en relieve un falo apotropaico. Una puerta secundaria, posticum, se abría al oeste en el jardín. Los muros tienen la base de opus vittatum y el alzado de grandes adobes. En la parte baja de la fachada se han conservado dos pequeñas placas testigo de un revestimiento pintado de blanco que la cubría, color éste que también presenta alguna de las acróteras. Blanco era asimismo el color con que fueron pintados el atrio cubierto y el pasillo anejo donde una estrecha banda roja delimitaba la zona de zócalo. En el resto de la casa las paredes se adornaban con coloridos frescos encuadrables todavía en el Tercer Estilo pompeyano. De ellos se han conservado in situ algunos vestigios de zócalos que simulaban Figura 2. Situación de la Casa de los plintos en el casco urbano de Uxama (Osma, Soria). material pétreo con salpicaduras de diversos colores sobre fondo rosado o gris. También se han recogido en las excavaciones de la zona occidental una gran cantidad de placas de los revestimientos pictóricos, con amplios paneles monocromos y frisos con decoración vegetal, animal y algunas figuras humanas. Los pavimentos eran en algunas de las habitaciones de baldosas y en otras de una masa muy consistente de arcilla y cal asentada sobre una capa de guijarros y detritos cerámicos que permitía sucesivas reparaciones mediante la adición de nuevas lechadas. Se han hallado algunos vidrios de ventana en la zona norte y una reja de hierro a base de una retícula de cinta plana con aspas formando estrellas de cuatro puntas en las intersecciones. Es semejante a otra procedente del mismo yacimiento (García Merino 1997, 89) y a otras de Pollentia, Conímbriga, Híspalis y Emérita. Se han recogido, asimismo, un lampadario de bronce de 1,50 m de altura con plato inferior sobre trípode en garras de león (García Merino 1990, 251, Lám. III y fig. 1), numerosas bisagras y herrajes de puertas y ventanas y grandes planchas de madera quemada. El material numismático muestra una notable escasez de numerario en la que las emisiones proporcionalmente más abundantes son las de Galieno y Claudio II (García Merino 1995, 195 y 196-97). Se observan, asimismo, un predominio del gran bronce y el empleo de moneda residual, rasgos de la circulación monetaria del siglo III en la zona, como sucede en Clunia (Gurt 1985). Esta casa tenía un largo pasado: llevaba habitada en torno a doscientos años. Su historia se ha establecido a partir de las relaciones estratigráficas y del estudio de materiales. El material numismático da luz sobre la construcción del inmueble con un término post quem: la moneda más reciente de un depósito integrado por un anillo de plata, un denario forrado de Augusto, un as de Agripa y cuatro ases de Claudio I en muy buen estado de conservación que se halló bajo el pavimento de una de las habitaciones del sur. También para datar la destrucción hay que recurrir a un término post quem numismático: un antoniniano de Claudio II acuñado entre 268 y 270 (García Merino 1995, 197, no 39), documentado en una unidad estratigráfica correspondiente a la última fase de vida en la domus. La datación del incendio que lo arrasó en la segunda mitad del siglo III se refuerza con la ausencia de terra sigillata hispánica tardía entre el voluminoso conjunto de materiales recogidos en toda su superficie. Después del fuego el edificio no se reconstruyó, no volvió a ser habitado, posiblemente quedó convertido en un solar en ruinas, defendido por sus anchos muros perimetrales, aunque las calles que lo enmarcaban se repavimentaron sobre las cenizas y siguieron transitándose. La Casa de los plintos o del lampadario es el resultado de las transformaciones sufridas por un viejo inmueble construido en el tercer cuarto del siglo I. El solar estaba ocupado ya desde la fase tardoceltibérica por viviendas de las que subyacen algunas estructuras subterráneas excavadas en la roca y amortizadas con rellenos. Se trazó conforme al modelo importado de casa con atrio, en este caso cubierto por adaptación al clima. Entonces (Fase I) era una vivienda de menos espacios que la del siglo III, pero más amplios, con un atrio relativamente muy grande (51 m 2 ) con tres vanos al fondo que se abrían al tablino. Un incendió que también alcanzó las calles aledañas en la primera mitad del siglo II, marcó el comienzo de la segunda etapa de la vida del edificio (Fase II) en la cual tuvieron lugar una serie de obras de reconstrucción y reformas, quizá por nuevos dueños o para satisfacer nuevas necesidades de los propietarios. Algunos de los espacios fueron modificados, agrandados, subdivididos o cambiaron de función, mientras que el atrio se conservó hasta el final. La casa se amplió hacia el oeste sobre un espacio respecto a cuyo uso anterior no se han hallado evidencias, incorporando un jardín de 141 m 2 y una habitación con sótano. En ese contexto de remodelaciones se realizó la reforma del pequeño peristilo (Fig. 3, no 10) que pasó a tener solamente un lado porticado, el oriental. La galería septentrional se anuló para ampliar dos habitaciones colindantes al norte y la occidental desapareció para dar cabida en su lugar a una cisterna, lo que sin duda supuso una considerable mejora. También se han documentado varias reparaciones de los solados en diferentes momentos de su existencia. Con todo, el plano de esta casa en el siglo III no se asemeja a la planta de ninguna de las pocas conocidas altoimperiales, ni a la de las lejanas de Baetulo y Ampurias, ni a la de la más cercana Casa del acueducto de Tiermes o a las de las sólo conocidas parcialmente de Clunia. Tampoco muestra ningún parecido con las bajoimperiales. Por un lado presenta novedades, como el hogar con chimenea y tubuli en el interior de las paredes (Fig. 3, no 8), una cisterna propia y un amplio viridario, pero, por otro, es notable un cierto arcaísmo al mantener el atrio, seguramente por considerarlo símbolo de prestigio. También parecen claras evidencias de conservadurismo en el contexto de una tercera centuria avanzada, la predilección por el Tercer Estilo en las pinturas murales, el uso como habitáculo de un espacio excavado en la roca del subsuelo bajo la habitación de la esquina sudeste (Fig. 3, no 23) y el empleo reiterado de un tipo de solado tradicional en algunos espacios, entre ellos el atrio. El sótano rupestre con sus claras ventajas térmicas no es infrecuente en época romana pues también se ha documentado no sólo en Uxama, por ejemplo en la coetánea Casa no 2 (Fig. 3), sino también en inmuebles que alcanzaron una vida mas larga, como la Casa no 3 de Clunia (Palol 1994, 64 y fig. 70) y la Casa del acueducto de Tiermes (Argente et alii 1994, figs. 20-23 y Lám. V), por no citar más que casos próximos. LA HABITACIÓN No 7 DE LA CASA DE LOS PLINTOS Sin duda esta habitación (de 3,70/3,20 m de anchura por 5,20 m de longitud) es una de las más interesantes y mejor conservadas de toda la casa. Se localiza en la línea de la fachada entre la cocina y una sala o comedor con alcoba (Fig. 3, n os 8 y 5 respectivamente). A ella se accede desde esta última estancia y por el patio interior (Fig. 3, no 10). El hecho de que el nivel de solado de la zona de la casa situada inmediatamente al este estuviese más alto que el de la habitación no 7, ha propiciado que el depósito formado durante el incendio y en la ruina inmediata haya sido en ella más potente y, por consiguiente, que su base no haya sido afectada por procesos postdeposicionales, como el expolio, la nivelación y el cultivo, que incidieron en el resto de la casa y en el yacimiento en general. Varios recipientes cerámicos se han conservado casi intactos, especialmente en el ángulo nordeste y pegados a la pared occidental. Se pudo observar que en su mayoría se encontraban en posición vertical (Fig. 6), incluso tres de ellos (Fig. 11, no 2, fig. 13, no 8 y fig. 17, no 8) se presentaban apilados como si se hubiesen colocado en el suelo durante el incendio para llevarlos a otro lugar, pero finalmente quedasen abandonados. Por las especiales circunstancias a que hemos aludido, la habitación no 7 también conserva en 1 m de altura el alzado de adobe de los muros norte y oeste con la decoración pictórica. Ésta muestra un zócalo de imitación pétrea a base de salpicaduras rojas, amarillas, verdes y blancas sobre fondo rosa. Encima, pero separada por un filete blanco, aparece una zona roja en la que se alojan dos paneles ocre; en su interior una triple línea (blanco-verdeblanco), muy perdida, señala una zona de enmarque. Como elemento de separación entre ambos paneles hay un candelabro blanco con sombra gris del que quedan sólo el pie y parte del fuste. En la pared occidental únicamente se aprecian parte del zócalo, de un cuadro y de un candelabro, lo que parece repetir la misma organización pero con 3 paneles y 2 candelabros. La parte inferior de este zócalo, relacionable con un arreglo por la reforma de la estancia, aparece ejecutada con una pincelada más gruesa en la que predomina el negro (García; Sánchez; Burón 2007). El solado es una amalgama de cal y arcilla endurecidas sobre una capa de preparación de fragmentos cerámicos. En lo que respecta a la estratigrafía de esta habitación1, en síntesis hay que señalar que bajo los depósitos sedimentarios formados con las tierras de arrastre de la ladera con posterioridad a la destrucción de la vivienda, se hallaron los muros de la estancia; éstos definen un espacio de 18,34 m2 construido en la Fase I, donde se han detectado algunas reformas durante la Fase II. Las paredes, como en el resto de la vivienda, muestran zócalos de opus vittatum cimentados en la roca y alzados de grandes adobes, reducidos a restos en las paredes este y sur, mientras que en la occidental y la septentrional se conservan en un metro de altura. Es significativa la traza del muro occidental en el que se aprecian dos tramos no alineados, tanto en el alzado de adobe como en la parte baja que es de piedra, de forma que describen un pequeño quiebro en el tercio meridional (Fig. 3, no 7). Brasero hallado en 1993 y utilizado en el siglo III en la Casa de los plintos. Se encontraba en la cocina en el momento del incendio. Aspecto parcial de la habitación no 7 durante la excavación del nivel de destrucción de la casa. Obsérvese la dispersión de la cerámica y la posición de los recipientes. Situación de los diversos materiales documentados en la habitación no 7 de la Casa de los plintos. Durante la Fase I, se accedía a esta estancia desde el peristilo. El nivel de circulación estaba considerablemente más bajo que el de las habitaciones aledañas por el este. La decoración pintada de los muros en esta primera fase se ha mantenido in situ bajo los echadizos que en una fase posterior elevaron la cota de circulación. En la Fase II se realizaron algunas reformas, como la apertura de una puerta de 2 m de anchura con un peldaño de 30 cm de altura, de lajas calizas, que comunica con la habitación n.o 5, y el necesario recrecimiento del solado para salvar la diferencia de altura entre los niveles de circulación de ambas estancias. Para ello se dispuso sobre el solado anterior otro con una gruesa capa de preparación en el que se realizaron algunos arreglos o repavimentaciones hasta el momento del incendio final. Sobre el último suelo un potente estrato de casi un metro de espesor se relaciona con los escombros caídos al interior de la habitación, destruida con su mobiliario por un fuerte incendio. Se compone de una matriz cenicienta, heterogénea, en la que abundan los carbones y los elementos constructivos, tales como adobes, piedras calizas, fragmentos de tejas, y trozos de revestimiento parietal. Al excavarla se halló un conjunto numeroso de vasos cerámicos, al menos 62 (en su mayor parte completos), monedas, herramientas de hierro y maderas carbonizadas de algún mueble (Fig. 7). Precisamente gracias a este nivel de derrumbe, se han preservado restos del revestimiento parietal, parte del cual pudieron ser arrancados, limpiados y consolidados los paneles norte y oeste. El panel norte, que es el mejor conservado, estuvo expuesto durante algunos años en el Aula Arqueo- Todos los materiales de variada naturaleza que se describen seguidamente aparecieron diseminados sobre el suelo de la habitación (Figs. El más abundante de ellos es la cerámica (Fig. 9) en la que se asocian terra sigillata hispánica, cerámica pintada de tradición celtibérica, terra sigillata hispánica brillante, algún ejemplar de otras producciones de cerámica fina, cerámicas comunes y ánforas. Muchos de ellos estaban enteros y varios aplastados por la caída de los muros, pero completos2. El sorprendente buen estado de una parte de los primeros (Fig. 8 y fig. 21) pudo deberse a que estaban en un mueble que al volcar quedó protegiéndolos del impacto de adobes y techumbre en su caída. Se han documentado los restos carbonizados de ese mueble, estantería o armario (Fig. 7) junto con pigmento azul, diferentes clavos de hierro de pequeño tamaño y varias piezas de bisagras de hueso (Fig. 20, no 5) compuestas por cilindros de entre 2,5 y 3 cm de ancho con orificios circulares para encajar piezas machos y hembras de madera acoplables entre sí (Béal 1983, 101-122). El elenco de piezas de TSH (Fig. 10) que se guardaban en la habitación se muestra muy homogéneo desde el punto de vista técnico y formal. Se compone de al menos 15 recipientes 3, todos ellos lisos, con predominio del cuenco hisp. 8 (con 8 ejemplares), seguido del plato hisp. 15/17 (con 3 casos), dos vasos de pared troncocónica, una hisp. 27 y una jarra de boca trilobulada. Parece claro que en el lote se distingue un servicio de mesa compuesto por el plato 15/17 y el cuenco hisp. Las piezas son similares en cuanto al color de sus pastas anaranjadas y de los barnices externos que son, Figura. Estado de conservación de los materiales de la habitación no 7.Tres piezas representativas de la asociación de producciones cerámicas en el menaje de la casa. asimismo, anaranjados y consistentes, aunque de brillo variable. El desigual grado de conservación de estos recubrimientos nos permite hablar de productos de diferente calidad. Los mejores muestran aún superficies brillantes sin pérdidas significativas del barniz (a excepción de desconchones producidos por fracturas) y éste bien adherido a la pared. En este grupo se incluyen casi todas las piezas, salvo dos cuencos hisp. 8 y la jarra que ofrecen pasta más porosa en la que el recubrimiento externo se ha conservado mal, especialmente en aquellas partes más expuestas al roce y los golpes como son las aristas y las zonas más sobresalientes. Sólo una pieza es sensiblemente más pequeña (Fig. 11, no 5). 15/17 sólo se hallaron 3 ejemplares, lo que quizás signifique su menor uso dentro del ajuar de mesa en esta época (Fig. 11 n os 6-8). Sus dimensiones (bocas de 29/29,5 cm de diámetro, bases de 8,5/8,8 cm y alturas de 7,5/8, cm) y sus características técnicas son muy similares; no así los rasgos morfológicos, pues a pesar de que algunos, como los pies poco destacados de perfil triangular y moldura hispánica, que al interior ofrecen círculos incisos y también los bordes simples biselados, coinciden en las tres piezas, en la trayectoria de la pared se observan diferencias. Así, la pieza no 7 de la Fig. 11 ofrece la parte inferior recta y la pared exvasada, frente a los platos 6 y 8 de la misma ilustración que muestran una parte inferior oblicua que se prolonga hacia el borde. A pesar de ello, en todas se señala la moldura interior y la acanaladura externa en la unión base/pared. Algunos de los rasgos señalados, que como se ha dicho, conviven en las tres piezas, son propios de momentos más tempranos en su fabricación, mientras que otros son ya más evolucionados. Asimismo formaron parte de la vajilla de mesa un vaso hisp. En cuanto a estos últimos, cabe indicar que por sus paredes oblicuas y bordes redondeados podría tratarse de una variante de la forma hisp. También recuerdan a la hisp. 46, si bien algunos rasgos formales de las piezas sorianas no se ajustan exactamente a los ejemplares datados en el siglo III (Juan 2000, 50). En cualquier caso, se trata de recipientes pequeños, más anchos que altos, para beber; con esta función se deben asociar también las piezas de vidrio y el pequeño cuenco hisp. El perfil de la hisp. 27 cuenta con un borde desarrollado y un pie de sección triangular y moldura hispánica que al interior ofrecen círculos incisos, rasgos comunes a las piezas que venimos analizando. Sus dimensiones son muy similares a las del cuenco hisp. Hay una sola pieza de ese tipo, una jarra pequeña de boca trilobulada (Fig. 11, no 12), cuello cónico recorrido por una acanaladura, cuerpo panzudo y Figura. Porcentajes de representatividad de formas de terra sigillata hispánica. El recipiente que cuenta con una mayor presencia, como hemos indicado, es el cuenco hisp. Morfológicamente tienen cuerpos curvos, paredes de diferentes grosores y bordes generalmente rectos con labios simples redondeados. Respecto a las bases, éstas muestran perfiles con pies bajos anulares de sección rectangular y moldura hispánica. Casi todos estos recipientes tienen un diámetro en la base con un valor comprendido entre los 5,5 y 7,5 cm, independientemente de cuál sea la altura y amplitud de la boca. Eso significa que dentro del estándar de la producción ese es un parámetro fijo. Los restantes, altura y diámetro en la boca, ofrecen una mayor diversidad (entre 22/14 cm y 9/6,8 cm respectivamente) lo que permite hablar de recipientes más grandes o más pequeños. Sea como fuere, las proporciones indican una anchura del borde equiva- En definitiva, los rasgos técnicos y morfológicos que presentan todas estas piezas han sido señalados por diversos autores como propios de momentos avanzados en su evolución tipológica o de recipientes de contextos del siglo III d.C., y están presentes, por citar algunos ejemplos, en cerámicas de yacimientos tales como Cartagena, Clunia, Conímbriga, Jaca, Liédena, Sagunto, Tarazona y Zaragoza (Beltrán; Paz 2004; Tuset; Buxeda 1995; Delgado; Mayet; Moutinho 1975; Escrivá 1989; Juan 2000; López; Chiner 1994; Mezquíriz 1961Mezquíriz y 1985;;Ona; Paz; Pérez y De Sus 1987; Paz 1991; Romero 1985; Vidal; De Miguel 1988). En tres de los cuencos hisp. 8 hay grafitos que en principio, salvo uno, cabe interpretar como antropónimos alusivos a los propietarios/usuarios de las piezas (Fig. 11, n os 1, 2, 5 y 4 respectivamente). En las tres ocasiones van sobre las paredes externas y cercanos a la base. En el primero con caracteres de 2,3 cm de altura hay dos grupos de tres letras separados por un pequeño espacio que se distribuyen sobre el cuerpo del vaso ocupando dos terceras partes de su perímetro. Son una E con el trazo central más largo, posiblemente con fines decorativos, seguida de un signo semejante a una P de ojo abierto de contorno angular y de otra E. Podría leerse EPE EPE (?). Con todo, no parece referirse a una sentencia ni a nombre alguno. Es más bien incongruente. En el segundo cuenco figura en letras regulares de 0,8 cm de altura VAL IA con triple nexo VAL, reintegrable como Val(eri)/ae) Ia(nuarii/ae?). En un tercer ejemplar se puede leer [ _ ]SLVP, con letras de diferente altura entre 0,8 y 1,3 cm, aunque parecen formar una sola palabra, como cognomen resulta poco convincente; quizá mejor [-] S(ervi?) En el fondo externo de un cuarto cuenco hay otro grafito en forma de aspa. También los tres platos 15/17 se han marcado con grafitos, dándose la circunstancia de que en dos de ellos se reproducen prácticamente los mismos antropónimos. Así, sobre la pared interna del no 7 de la Fig. 11 se puede leer con cuádruple nexo en letra regular bien trazada de 1,3 cm de altura, T VAL, reintegrable como T(iti) Val(erii). Al exterior, en la base, en letra irregular mal arañada de 1,5 cm altura presenta el nexo AE, quizá Ae(miliii/iae?). En el no 8 de la Fig. 11 en grafito interno muy bien trazado con caracteres de 1,3 cm de altura y cuádruple nexo, TVAL que reintegramos como el anterior T(iti) Val(erii). También este plato muestra un segundo grafito externo sobre el pie con el mismo nexo AE, aunque más completo: S AE T y, dado que el segundo de los tres elementos repite el nomen del número anterior, cabría interpretar S(...) Las letras de surco muy poco profundo y mal hechas tienen 1,5 cm de altura salvo la primera, más larga, que alcanza 2,3 cm. En el tercer plato el grafito contiene dos parejas de siglas separadas y a diferente altura, la primera de ellas, R M, incompleta la R, y la segunda, T M (Fig. 11, no 6), quizá interpretable como T(iti) M(aterni?), aunque podría tratarse de cualquiera de los varios cognomina conocidos, como Mercurialis, Marcelinus, Maximus, etc. CERÁMICA PINTADA DE TRADICIÓN (CPT) La proporción de piezas halladas es similar a la de la TSH (Fig. 9). Se trata, sobre todo, de vajilla de mesa -vasos carenados, alguno de ellos en excelente estado de conservación (Fig. 8 y Fig. 13 no 8) y varios vasos bitroncocónicos-pero también de jarras y contenedores de alimentos (Fig. 12). Se han recogido en total 17 piezas, algunas fragmentadas por presión de los materiales derrumbados de la estructura de techo y paredes. Quedaron indemnes tres recipientes, en especial uno de ellos colocado sobre el pavimento, apilado con un mortero de cerámica común y un cuenco de TSH de forma 8. Esta variedad cerámica que hunde sus raíces en la etapa tardoceltibérica, tiene por tanto en la época de la destrucción de la Casa de los plintos una larga trayectoria que muestra entre otras cosas influencia de las formas de la cerámica romana, evidente en los vasos Abascal 23. En contraste con las producciones de los siglos I y II, ésta, más avanzada, tiende a los Figura 12. Porcentajes de representatividad de formas en la cerámica pintada. Se emplean solamente motivos geométricos a mano alzada, sin seguir un esquema previo. Tanto los trazos como los espacios en que se divide el campo decorativo, limitado a la mitad o tercio superior de los vasos, son irregulares. Están muy lejos de los finos y cuidados motivos geométricos, vegetales y animalísticos de los siglos I y II. El estándar predominante muestra la organización del espacio decorativo en un friso dividido por haces de líneas paralelas que separan metopas donde se inscriben columnas de gruesos trazos cortos, horizontales u oblicuos, puntas de flecha o líneas onduladas, círculos o puntos que parecen aspirar a cubrir la superficie destinada a la decoración con el menor número posible de pinceladas. La realización es descuidada, especialmente en los ejemplares grandes. En las formas cerradas, delgadas bandas paralelas irregulares e, incluso, discontinuas, rodean cuello y hombros. Esta es la forma más repetida, están torneados en pastas ocre-rosadas o levemente anaranjadas con un ligero engobe blanquecino, casi una aguada, al exterior, sobre todo por encima de la carena, zona destinada a los motivos decorativos, realizados en pintura negra clara. La mayor parte de estos vasos corresponden todavía a la forma Abascal 3a, pero evolucionada porque la relación de proporciones entre diámetro y altura es ya de 2 a 1, lo que parece un paso gradual a la forma 3b. Algunos tienen el labio almendrado y bajo él una estrecha banda de trazos oblicuos. La decoración se limita al espacio entre el borde y la carena en un friso en cuyas metopas hay cortos trazos más o menos horizontales o ligeramente curvos dispuestos en doble columna o en una sola hilera (Fig. 13, n os 1 y 3-5). De la forma 3b hay un ejemplar de tamaño relativamente grande con decoración de ajedrezado, muy poco frecuente (Fig. 13, no 8). Ese motivo de damero se halló también en un ejemplar del conjunto cerámico del posible alfar de Tarancueña (Soria) sobre vasos de la misma forma que se han datado como tardorromanos (Abascal 1988, 141 y 142). En el conjunto de los 10 vasos carenados4 que se documentaron en la habitación no 7 se observan tres tamaños diferentes entre los 18,6 y los 9 cm de diá-metro en la boca, distinguiéndose en función de ello 3 ejemplares grandes, 2 medianos y 2 pequeños. Vasos bitroncocónicos con dos asas, forma Abascal 23. Se han documentado dos ejemplares en el depósito del incendio de la habitación 7 (Fig. 13, nos 6 y 7). Otro más se halló junto a la puerta que da al patio porticado en una unidad estratigráfica equivalente. La pasta es, como en los anteriores, ocre claro con desgrasante micáceo y pequeñas intrusiones de caliza blanca y muestra un ligero engobe blanco en el exterior. Las asas son acanaladas y decoradas con dos columnas de trazos horizontales. El ejemplar menor (Fig. 13, no 6), ofrece un esquema decorativo con paralelo en un vaso de la misma forma, hallado sobre el pavimento de la habitación 35 del complejo doméstico denominado Casa de Taracena de Clunia, y que se ha datado a mediados del siglo III (Abascal 1986a, no 741). Tienen la pasta de iguales características que los vasos anteriores, pero de color más rosado y con más puntos calizos. Al exterior la decoración está pintada en negro claro. Hay un gran cántaro de ancha boca con borde exvasado y labio recto con dos surcos al interior para asentar la tapa, y dos asas rematadas en su base por tres depresiones digitales (Fig. 14, no 1). Estaba cerrado, pero no con la tapadera original sino con la mitad inferior de una olla de cerámica común (Fig. 19 no 6). Su pared es casi recta, abriéndose ligeramente hacia la base que le falta. No hemos encontrado paralelo a este perfil que podría estar inspirado en las formas cerradas de la cerámica común. La decoración, realizada con cierto descuido y trazos de diverso grosor e irregular trayectoria, incluye, además de las consabidas franjas de líneas horizontales y del friso, una faja de roleos y arquillos entrecruzados, combinación que aparece sobre la forma 22 en otros tres yacimientos sorianos: El Quintanar de Bayubas de Abajo, Tarancueña y Tiermes (Abascal 1986, 139). El segundo ejemplar es un olpe o jarra asimila- ble a la forma Abascal 22 del alfar de Tarancueña (Soria) (Abascal 1986,138), sin pico y más grande (Fig. 14 no 3). Esta pieza de Uxama debido a sus dimensiones, mayores que la media, no sería para uso en la mesa. Son dos piezas de forma diferente. La de mayor capacidad (Fig. 15 no 1) es un dolio con perfil de desarrollo cilíndrico, borde en baquetón y base con umbo central. Está decorado solamente en la zona de los hombros con una banda de metopas vacías, una Figura 13. Cerámica pintada de tradición. franja lisa debajo de la que cuelgan a intervalos amplios haces de tres líneas curvas concéntricas. No responde a ninguna de las formas establecidas. El segundo ejemplar es una orza o tinajilla de pasta similar a la del recipiente anterior y perfil globular, con el borde vuelto hacia dentro (Fig. 14, no 2), difícil de clasificar y, en todo caso, asimilable a la forma 43. Para ella en cuanto al borde hay una cierta similitud en piezas de Mérida (Abascal 1986a, nos 815-817) y una variante en Tiermes con moldura bajo la boca (Argente et alii 1994(Argente et alii, 113, 1726)) únicas piezas de perfil comparable, aunque de muy diferente funcionalidad y mucho más pequeñas y aplastadas, son dos urnitas globulares de Palencia de forma 10 (Abascal 1986a, 351, fig. 61, n os 288 y 290) y cronología altoimperial y, al parecer, con función de lucerna. En definitiva, es una forma todavía fiel a los tipos tardoceltibéricos como confirma su parecido con una vieja pieza de Ercavica considerada precedente de este tipo de cerámica en la Meseta (Abascal 1986a, fig.11, no 18). La decoración se ciñe al tercio superior. Hay una ollita completa -no la reproducimos en las láminas, pero se encuentra en la Fig. 22-de pasta semejante a la anterior, algo más pequeña con cuello estrecho y borde vuelto, un perfil que no responde a la tipología de Abascal y que más bien parece inspirado en las ollas de cerámicas grises o negras. Lleva engobe blanco y sólo conserva de la decoración pintada tres líneas horizontales en algunos puntos de la superficie situada bajo la boca. El vaso carenado con ajedrezado, algunos otros de la misma forma y los dos bitroncocónicos con asas muestran tal similitud técnica en cuanto a la arcilla, el engobe blanco muy ligero al exterior y la propia decoración, que no sólo apuntan a un mismo taller, sino al mismo alfarero. Por la pasta también son asimilables la orza arcaizante y la ollita. Posiblemente se trate de producción local de alfares distintos a los altoimperiales que compitieron con los clunienses y que sabemos que fabricaban cerámica pintada, cerámica común y material de construcción (García Merino 1995,162; Romero et alii 2008). TERRA SIGILLATA HISPÁNICA BRILLANTE (TSB) Y OTRAS CERÁMICAS FINAS (CF) De TSHB se recuperó una jarra de la forma 15 descrita por L. Caballero y L. C. Juan que por el momento todavía está poco definida debido a la escasez de piezas halladas y a las diferencias morfológicas apreciadas (Caballero; Juan 1984, 170-171). Este ejemplar (Fig. 15, no 2) añade una nueva variante a las vasijas publicadas por estos autores; se trata de un perfil esférico, boca pequeña, 5,7 cm de borde moldurado, estrecho cuello y una única asa. Realizada con pasta blanquecina, porosa y de buena calidad, su superficie externa fue recubierta con un engobe amarillo-dorado ya sin brillo. La presencia de esta pieza en el momento de la destrucción de la Casa de los plintos confirma la fecha propuesta por los citados investigadores para la prolongación de esta variedad cerámica. De morfología análoga es una pieza de Clunia del estrato IV b del foro, aunque se la describe como de pasta clara y no se menciona engobe (Palol; Guitart 2000, 272-273). Hay, por otra parte, una jarra de difícil clasificación. Es de barro decantado de color gris ceniciento más oscuro en la zona de la base, cuya superficie externa está alisada (Fig. 15, no 3). Le faltan la boca y el pie tiene la pared globular y está decorada a ruedecilla: bajo tres suaves acanaladuras que marcan la separación entre el cuello y el cuerpo aparece un friso con impresiones cuadradas poco profundas en sentido horizontal. Las características técnicas, morfológicas y decorativas de esta pieza la ponen en relación con una producción lusa de fabricación local; concretamente con el grupo 23 distinguido para las cerámicas en Conímbriga. Se trata de un conjunto datado entre el siglo I y el II d. C., cuyos antecedentes se rastrean en la denominada terra nigra (Alarção et alii 1976, 92) y que también están presentes en la necrópolis de Valdoca (Aljustrel, Portugal), cuyas fechas abarcan desde el siglo I al III (Alarção 1966, 7-104). Por el momento es imposible establecer si se trata de una imitación de los productos lusos, o si, por el contrario, es una pieza de importación. La cerámica común ofrece una gran variedad, habiéndose encontrado en la habitación una representación de cada una de las piezas más significativas del ajuar doméstico, desde recipientes de almacenamiento hasta otros destinados al servicio y a la preparación de alimentos (Fig. 16). La mayor parte de las piezas son de cerámica oscura, grises o negras al exterior, que formaban parte del menaje culinario, a juzgar no solo por las formas sino también por sus características técnicas: pasta arcillosa ocre o gris con abundante desgrasante micáceo y cocción reductora, condiciones que las hacían resistente a choques térmicos y mecánicos. De los 5 platos, prácticamente enteros5, que se hallaron en la habitación, uno de ellos muestra indicios de haber contado con un engobe rojizo al interior, mientras que el resto lo tienen micáceo y presentan superficies fuertemente quemadas (Fig. 18, n os 3-5). Es de notar que en casi todos hay sobre el borde un número variable, según el diámetro de la pieza, de pequeñas rayas incisas que a intervalos regulares marcan cuartos de círculo (ejemplo de ello es el no 5 de la Fig. 17). La finalidad de esas muescas nos es desconocida, quizá sirvieron como guía para hacer porciones del alimento que se cocinaba en ellas y su contenido, o tal vez tengan que ver con algún elemento de suspensión. Por ahora sólo conocemos un caso comparable en una pieza de Segóbriga.. Es un fragmento de borde y pared de una fuente de TSHB con seis trazos paralelos agrupados sobre el labio (Abascal; Cebrián 2007, 149, fig. 115). Se halló en la plaza del foro y según los citados autores podría indicar un tipo de cómputo (ibidem). Son destacables el ejemplar con grafito interno T(iti) Val(erii) T (....) con cuádruple nexo TVAL, pues ya hemos visto cómo idénticos tria nomina se repetían en platos hisp. 15/17 (Fig. 11, n os 7 y 8) y un plato de 36 cm de diámetro la pieza mejor conservada, actualmente expuesta en el Museo Numantino, en la cual la ausencia de huellas de fuego sugiere que no había sido usado aún (Fig. 21). En cuanto a tipología, predominan los platos de borde entrante, ligeramente engrosado, de pared curva u oblicua, alguno de los cuales alcanzan un tamaño considerable (36,3 cm) y que son asimilables a la forma Hayes 181, aunque se trate de producciones locales. No obstante, también existe otra variante de tamaño menor (26,2 cm) con borde en forma de bastoncillo. Platos muy similares al primero de los tipos se han hallado en Pompaelo, coexistiendo con vasos de TSHT de la forma 37 (Mezquíriz 1978, fig. 55 no 18, fig. 110 no 98) y en la necrópolis lusitana de Valdo-ca en ajuares de sepulturas cuya cronología se prolonga hasta mediados del siglo III d. También en el nivel 2 del edificio termal hallado en Turiaso (Beltrán; Paz 2006, 140, Fig. 70) y datado en el tercer cuarto del siglo III. Entre los recipientes de esta producción culinaria hay también vasos. Se trata de dos piezas de reducidas y prácticamente idénticas dimensiones (de 9,4 cm de diámetro en la boca y 8 y 9 cm de altura respectivamente), cuyo perfil es piriforme con la base plana muy estrecha y el borde saliente de sección triangular (Fig. 17, no 6 y no 7). Su factura presenta grandes similitudes con la de algunas ollas del mismo conjunto (por ejemplo, la no 3 de la Fig. 17) lo que nos hace pensar que posiblemente provengan del mismo alfar, al igual que los platos. Sin embargo, sus paralelos más cercanos desde el punto de vista formal los encontramos en ejemplares procedentes de las excavaciones de Conímbriga (Alarção et alii 1975, Pl. También responde a ese perfil el fondo (Fig. 18, no 7) de un recipiente algo mayor, pero de análogas características. Ya en otro grupo de cerámicas de cocina hay que citar un mortero de borde horizontal con base plana ligeramente resaltada mediante una acanaladura (Fig. 17, no 8 y Fig. 8) que se halló en perfecto estado de conservación. Puede ser una imitación de la forma itálica Dramont D2, en cuya última fase evolutiva se aprecia una tendencia a la horizontalidad en el borde. Aunque el uso de este tipo de mortero se generaliza durante el siglo I d. Predominan las formas ovoides de base plana cuyos bordes son muy variados: de sec- (Bonnet et alii 2006). Junto con el grupo de las ollas, debemos mencionar la parte inferior del recipiente (Fig. 18, no 6) que apareció sirviendo como tapadera a la vasija de cerámica pintada de tradición indígena no 1 de la figura 14. Respecto a las ánforas, durante la excavación se recuperó un ejemplar de Dressel 2/4 (Fig. 19, n os 1 y 3), con borde simple redondeado, marcada carena y asas geminadas. Este tipo de ánfora vinaria fue fabricada a imitación de las itálicas en la Tarraconense, de dónde parece proceder esta pieza, como indican las características de la pasta y la carencia de engobe (Comas i Solá 1985, 70-71). Su fabricación se documenta desde época augústea siendo muy abundante en los contextos flavios (Peackok; Williams 1986, 105-106). Pero, aunque tradicionalmente se ha sostenido que su desaparición se producía a inicios del siglo II d. C., en Baetulo y Valentia continúan teniendo una representación abundante durante época adrianea e incluso hasta mediados del s. II d. De este tipo de envases se ha recuperado también la boca (de 18 cm de diámetro) y arranque de asas de otro ánfora de salazón (Fig. 19, no 2). Además se recogieron diversos fragmentos correspondientes a distintos recipientes, cuya pasta y engobe sugieren un origen bético y permiten pensar en la presencia de algún ánfora olearia. De cerámica local es la jarra no 4 de la figura 19. Se trata del borde, cuello y asa geminada con botones aplicados a lo largo del surco central, de una botella de pasta muy fina color arena pálido. No se aprecia ningún motivo pintado que, en su caso, podría haber decorado el tercio superior del cuerpo y los hombros. La forma está en la línea de las botellas de tradición, pero no hay que descartar que sea una imitación de otras producciones aunque la pasta y la decoración aplicada la sitúan mejor dentro de la alfarería tradicional arévaca. La mayor parte de las piezas halladas presentan un estado muy fragmentario por lo que su atribución a formas concretas es, en muchos casos, imposible (Fig. 20, nos 7-12). Son vidrios transparentes o translúcidos, incoloros, de tono algo blanquecino o de color verdoso, que morfológicamente se asocian a recipientes de pequeño tamaño para beber, con bordes engrosados o exvasados. En cuanto a las bases, destaca un fondo horizontal separado del cuerpo por un cordón externo (Fig. 20, no 13), pieza similar a otra hallada en un pavimento de las termas de Conímbriga que se data en el siglo IV (Alarçâo et alii 1976, 186). OBJETOS DE METAL Y DE HUESO Junto al ajuar cerámico asociado a los servicios de mesa, culinario y de almacenamiento también se recuperaron diferentes utensilios aparte de restos del mobiliario. Concretamente sobre el suelo de la estancia, cerca de la pared occidental de la habitación se hallaron dos objetos metálicos -un cuchillo y un punzón-ambos de hierro con enmangue de hueso (Fig. 20, n os 4 y 5), que estaban junto a los restos de una pata de cáprido. Otras piezas de hierro de este contexto son un fragmento de paletón de llave (Fig. 20, no 2), una hoz que conserva parte de la madera del mango (Fig. 20, no 1), dos bisagras de una puerta, una aldabilla, numerosos clavos de diferentes ta-maños de muebles y puertas y vigas. A ello se añade un fragmento casi plano de un objeto de plomo. Elementos similares a los aquí descritos son bien conocidos en la bibliografía existente. A modo de ejemplo valgan los publicados de la propia Uxama (García Merino 1995a, fig. 65, no 1) y de la cercana Tiermes (Argente et alii 1984). Por último, cabe mencionar un anillo de bronce con un estrecho chatón decorado con una hoja nervada (Fig. 20, no 3) que se encontraba junto a una tésera monetiforme y dos sestercios, como si hubieran estado dentro de una bolsa o faltriquera. De bronce es también un pequeño instrumento con punzones en ambos extremos. Completan el ajuar de la estancia cuatro bisagras de hueso (Fig. 20, no 5) de un mueble. En el ángulo sudeste de la habitación se recogieron nueve pesas de telar de diferentes tamaños y pesos. Llevan marcas diferentes, posiblemente relacionadas con su peso. Abundantes restos de madera carbonizada y clavos situados entre ellas revelan la presencia de un pequeño telar vertical doméstico. Buena parte de los restos de madera carbonizada, muy abundantes por doquier, se agrupaban en el centro de la habitación marcando unas alineaciones que podrían responder a una estructura mobiliar volcada. Pudo tratarse de una estantería, armario o arca que protegió a buena parte del menaje del aplastamiento por caída de la techumbre (Fig. 7). Hay que señalar que algunos de los fragmentos leñosos estaban teñidos de pigmento azul. En el ángulo noreste de la estancia entre ceniza y carbón se recogieron huesos de conejo, cordero, y cerdo o jabalí, posiblemente de piezas de carne guisadas o crudas que se conservaban allí. Muy cerca de las monedas y el anillo, en el punto donde el carbón era más abundante, había una pata de cabra o corzo y junto a ella el punzón y el cuchillo lo que parece sugerir la presencia de una pequeña mesa o soporte sobre el que se encontrarían. Todas estas piezas quedaron protegidas por algún elemento orgánico desaparecido, pues no están afectadas por el fuego. En las unidades estratigráficas correspondientes al depósito formado en esta habitación durante en el incendio que destruyó el edificio se han hallado cinco piezas que han sido publicadas dentro del conjunto del numerario de la casa (García Merino 1995b, 196-97 y fig. 2, n os 3, 22, 29, 32 y 39). Son un as de Segóbris, un as de Vespasiano, un sestercio de Trajano, un sestercio de Antonino Pio y una tésera monetiforme con contramarca de cabeza de águila. Se encontraban junto al anillo de bronce mencionado más arriba, tal vez porque se guardaron las monedas y el anillo en una bolsa dentro del armario o en los estantes donde estaba la vajilla. El sestercio de Antonino Pio se encontró debajo de un vaso carenado. Los bronces son residuales y es muy posible que la tésera resellada se empleara como as cuyo peso tiene. Se trata de numerario de poco valor, nada sor-prendente en una zona de servicio de la casa, aunque si se considera en conjunto el material numismático de toda la vivienda en esa época, se hace patente la pobreza de la masa monetaria en circulación. Para valorar adecuadamente el ajuar de la habitación no 7 de la Casa de los plintos de Uxama, no hay que olvidar que es sólo una pequeña parte de la dotación de toda la domus y que procede de una dependencia de servicio, sin embargo creemos que es válido estudiarlo como una muestra representativa de la cultura material de la época. Con el fin de comprender el alcance de su significado respecto a la artesanía y a las condiciones económicas y sociales en las que se enmarcaba, habría que analizarlo en comparación con otros conjuntos, cuantos más mejor, fiablemente coetáneos y de ambiente similar, contrastándolos primero a escala regional, en la Meseta, y luego ampliándolo el alcance a conjuntos más lejanos. Lamentablemente no hay por ahora en la bibliografía disponible conjuntos contemporáneos en la Meseta y apenas fuera de ella y los que hay, en diferentes regiones con sus inevitables particularidades, no son todos de carácter doméstico. A pesar de ello, es interesante la comparación por las analogías y diferencias que pudieran observarse y porque es susceptible de ofrecer una serie de rasgos comunes que contribuyan a definir esa etapa de la segunda mitad de la tercera centuria, tan mal conocida desde el punto de vista material. En cuanto a conjuntos cerrados de materiales del siglo III, se han publicado otros dos, uno hispano y otro galorromano. Ambos son producto, como el de Uxama, de circunstancias peculiares tras un incendio que destruyó la vivienda (los incendios debían ser muy frecuentes a causa de la fuente de iluminación empleada y de la existencia de mucha madera en la construcción doméstica, tapial o forjados, etc.) y, como ocurrió en la Casa de los plintos, la domus gala tampoco volvió ocuparse. La casa hispana cartaginense se incendió a mediados del siglo III. Se ha excavado sólo parcialmente. El depósito, situado en torno a un posible hogar contenía sólo 10 vasos. Se supone que la vajilla se apilaba en la zona de la cocina y, según los autores del estudio (Vidal; de Miguel, 1988), era el ajuar mínimo indispensable para una familia media de la época. Se compone de dos cuencos y una fuente de sigillata hispánica, un plato y un plato-escudilla de terra sigillata clara, una jarra, un mortero y una El conjunto doméstico galorromano tiene un mayor paralelismo con el de la ciudad del Duero por el mayor número y la variedad de piezas, aunque parece ser más temprano. Se halló en un sótano de la Casa de los dioses océanos de Vienne, una vivienda grande y de alto nivel económico y social, aspectos que permiten compararla con la de los plintos. Estaba en una cisterna habilitada como sótano en el siglo II (170 d.C.) y abandonada después de 192 (Leblanc; Desbat 1993). El conjunto de materiales propio de una despensa, en el que se han reconocido 25 formas diferentes, se compone de unas 70 piezas, muy pocas completas (ibidem). La mayoría es de producción local, aunque también hay importaciones. Muchas de las piezas son de finalidad culinaria y almacenamiento, pero también hay vajilla de mesa. Se trata de un conjunto temprano dentro del siglo III que no acusa prácticamente cambios respecto al siglo anterior: ese hecho es lo que lo asemeja al conjunto uxamense. Finalmente conviene también considerar el conjunto de la habitación no 7 de la Casa de los plintos en comparación con otros materiales de niveles datados en el siglo III, procedentes de otras dos ciudades hispanas, Iaca y Turiaso, aunque no de ambiente doméstico, y otro doméstico pero rural. En excavaciones realizadas en 1985 en Jaca (Ona; Paz; Pérez; De Sus 1987) se documentó un posible macellum y en él un nivel de la misma centuria que presentaba, además de la consabida cerámica común de cocina, las mismas tres formas de sigillata hispánica lisa que hemos visto en la Casa de los plintos: hisp. Había, en cambio, una forma decorada con sencillos motivos vegetales, la hisp. 37, y sigillata clara que no están presentes en la habitación 7 de la casa uxamense. Las monedas halladas en este nivel -bronces residuales de Vespasiano, Domiciano y Faustinaabundan en los rasgos que para la circulación monetaria de esa época se han visto en Clunia, en Sagunto y en la propia Uxama, como hemos señalado más arriba. En Turiaso, en un edificio termal (Beltrán; Paz 2004), se ha registrado también un nivel de esa centuria con unas características comunes al uxamense en cuanto que se trata de un conjunto de piezas con predominio de formas lisas en sigillata hispánica donde abundan los cuencos 8 y los platos 15/17 que consideramos como un servicio de mesa. También se ha hallado un objeto residual muy preciado, un arca de bronce decorada con bellos relieves de tema floral y representaciones mitológicas, bastante más an-tigua que la cerámica y que, como el lampadario de la Casa de los plintos, se había conservado más de un siglo (ibidem 103-180). Finalmente, fuera del ambiente urbano hay que mencionar por similitud cronológica materiales cerámicos de cocina y en menor medida de mesa, y un depósito monetario de la pars rustica de una villa del nordeste hispano, la de Vilauba, destruida por el fuego en la segunda mitad del siglo III (Roure; Tremoleda; Castanyer 1989, 268-281). Los materiales cerámicos son de uso común: tanto cerámicas locales groseras de cocina como importadas. Son ollas y jarras para conservar alimentos, además de cerámicas comunes oscuras por oxidación para comer y para contener líquidos y sólidos, y ánforas. Finalmente hay que señalar que los rasgos que presenta la sigillata hispánica de la Casa de los plintos en la segunda mitad del siglo III, época de su destrucción, se corresponden con los de la terra sigillata hispánica avanzada de Clunia (Tuset; Buxeda 1995). Las monedas, un conjunto caracterizado por la presencia de gran bronce, abarcan un periodo de 100 años, de Antonino Pio a Galieno. Suponen los autores que la poca variedad monetal se debe a la situación de la villa en el campo. En él domina igualmente el sestercio y hay una alta proporción de monedas del siglo II circulando todavía a mediados del siglo III. De lo visto se desprende que la mayor parte de los rasgos que caracterizan a los conjuntos cerámicos y numismáticos de los yacimientos mencionados son comunes al material documentado en la habitación no 7 de la domus uxamense. CONSIDERACIONES FINALES EL AJUAR DE LA HABITACIÓN 7 En el lote de material cerámico, el más abundante, se distinguen: a) vajilla de mesa (servicios de plato y cuenco en sigillata y cuencos carenados, vasos bitroncocónicos con dos asas de cerámica pintada, vasitos de cerámica oscura común y jarras, una de sigillata hispánica y otra de sigillata brillante. b) Recipientes para guardar alimentos sólidos y líquidos (algún dolio, una orza y dos grandes jarras), contenedores de vino y salsas (ánforas) y c) recipien- tes para cocinar (ollas medianas y pequeñas, platos con revestimiento antiadherente para patellae o similares y mortero). Completaban el ajuar una lámina de plomo, quizá de algún recipiente o utensilio, un cuchillo, un punzón y parte de una llave de hierro, el contenido de una faltriquera (el anillo, las monedas y la tésera), madera y elementos de algún mueble y restos óseos de diversos animales que fueron parte integrante de la comida conservada, algunos domésticos (cordero), y otros fruto de la caza (conejo, jabalí y venado) Había, además, un pequeño telar manifiesto por las pesas y los restos de madera quemada hallados en el ángulo sureste de la estancia y que, dadas las reducidas dimensiones de la habitación, parece lógico pensar que no estaría en uso. Llama la atención la ausencia de lucernas u otro tipo de lámpara en la habitación, si bien en el resto de la casa son también contados los fragmentos de ese material cerámico, sustituido posiblemente por velas. Por ello destaca la presencia en el atrio del lampadario de bronce, que en ese contexto se puede considerar con mayor razón un elemento suntuario. La vajilla de mesa la componen los tres servicios de plato 15/17 y cuenco 8 de sigillata hispánica, cuencos más pequeños hisp. 8, vasos decorados con Funcionalidad de la vajilla de mesa En sigillata ya hemos visto que hay platos y cuencos de tres tamaños diferentes. En cerámica pintada no encontramos platos ni fuentes, sino formas abiertas, cuencos o vasos para beber y contener líquidos o comidas preparadas en forma fluida, tipo gachas, o legumbres y verduras con caldo, como los cuencos más grandes de TSH. De ello no podemos concluir directamente que respondan a cambios en la alimentación respecto a la etapa anterior ni extraer información de carácter económico. La dificultad para hacerlo ha quedado patente en un minucioso estudio sobre Britania basado en el registro arqueológico de un considerable número de yacimientos (Cool 2006, 242). No cabe duda de que la población local había ampliado con la influencia romana su horizonte gastronómico, como prueban los morteros -objeto imprescindible en la cocina romana y siempre presente en el menaje de las casas de esa época y anteriores-que se han exhumado en diferentes yacimientos y zonas del Imperio. Sin embargo, la escasez de excavaciones en ambiente doméstico y la falta de análisis de restos orgánicos documentados en ellas, nos priva más aún en Hispania de la información necesaria para conocer los elementos que conformarían la dieta y sus variantes regionales. Función de la habitación 7 Aunque averiguar la función de los espacios de una casa es uno de los objetivos más difíciles de alcanzar, incluso en Pômpeya, tan rica en información (Allison 2004, 11), en el caso que nos ocupa la cosa parece clara. La habitación no 7 orientada al norte y con gruesos muros tuvo excelentes condiciones para haber sido una cella penaria. No tenía comunicación directa con la cocina (Fig. 3, 8) pero sí con un espacio con posible función de comedor, la sala no 5 (Fig. 3, 5). En la dependencia 7 no sólo se guardaba vajilla, sino también alimentos como parece avalar su contenido. La decoración pictórica parece poco congruente con tal uso de almacenamiento, pero hay que tener en cuenta que sus paredes eran en realidad elementos residuales de la Fase I de la casa, cuando el cometido de ese ámbito debía de ser diferente. Los grafitos sobre el menaje nos trasmiten el nombre de sus usuarios, en principio sus dueños, aunque también podría tratarse de siervos como sucede en otras ocasiones (Sánchez-Lafuente 1991, 4-5; idem 1997, 571-72). Sin embargo, el uso de duo nomina y la repetición de una misma denominación sobre cuencos 8 y platos 15/17 de TSH y sobre tres platos/ fuentes de CC6 en la que aparece la gens Valeria, citada en varios epígrafes de Uxama, frecuente también en Clunia y otras ciudades de la Meseta, da pie a conjeturar que T. Valerius T(......) podría ser el dominus, o, al menos, que los Valerii habitaban la Casa de los plintos. Los repetición de los mismos nombres sobre plato y cuenco de TSH refuerzan la deducción de que ambos forman un servicio de mesa. El mismo grafito de propiedad aparece en un plato o fuente de CC. Para algunos autores que han estudiado estos aspectos en Britania la drástica disminución del número de jarras y el incremento de formas (platos, copas, cuencos) relacionables con un servicio de mesa individual son rasgos que caracterizan la intensa romanización de un ajuar (Millett 1997, 37-39; Evans 1993, 100). En ambiente urbano y ya en una fase tan avanzada como la segunda mitad del siglo III, eso es lo esperable en Uxama y por ello carece de tal significado. Por otra parte, no sabemos si los servicios individuales en la vajilla de mesa existían con anterioridad en esta zona o en otras de Hispania porque no se ha estudiado ese aspecto de la cerámica. En el caso de que fuesen propios de la época en que se utilizaban los que se presentan en este trabajo, es más plausible que la clave de su significado sea social. En cuanto a la cerámica del conjunto en estudio, se puede afirmar que los rasgos que presenta la TSH, por encima de su probable origen local, son encuadrables en la generalidad de los paralelos ya comentados y coinciden, como era previsible, con los descritos de la TSHA de la cercana Clunia. Coinciden en la pobreza tipológica que, salvo algunos platos, da protagonismo, casi exclusividad, al cuenco hisp. 8 entre los vasos, aunque aún hay un ejemplar de forma 27, y se asemejan igualmente, como las producciones del Duero a la que las uxamenses pertenecen, en la total ausencia de formas decoradas a molde (Tuset; Buxeda 1995, 361-362). La forma 37 decorada con un solo friso de rosetas o de sencillos motivos que en niveles de comienzos del siglo III se ha documentado en otros puntos de la casa, aquí no está en el momento del incendio. La falta de formas cerradas que en Clunia muestran las cerámicas del Duero, se palía en el depósito que estudiamos por la jarrita para la que un paralelo en Álava, no permite, a falta de análisis físico-químicos de la pasta, asegurar que proceda del complejo alfarero tritiense. Por sus rasgos, pues, podríamos considerar la sigillata hispánica de este conjunto de Uxama como terra sigillata hispánica avanzada. La CPT muestra una sólida presencia en el ajuar. En ella conviven formas evolucionadas junto a algún perfil arcaizante, como la orza, y formas singulares que parecen imitaciones de las cerámicas comunes, caso de la jarra (Fig. 14,1) y de la ollita (Fig. 22). En cuanto a la TSHB, es destacable la jarra hallada en el incendio porque demuestra que esta producción cerámica llega, al menos, hasta muy entrado el siglo III. Cabe, hasta confirmarlo con análisis de fluorescencia, etc., que permitan su caracterización arqueométrica, que la sigillata mayoritariamente y, sobre todo, la cerámica pintada procedan de alfares locales, aspecto que está resultando ser un rasgo común a los conjuntos del siglo III del interior hispano. Esos talleres serían diferentes de los conoci-dos por ahora en Uxama7 que no parecen haber trabajado después del siglo II. La presencia, aunque sea escasa, de ánforas en esta despensa, que seguramente no era la única de la casa, aparte de probar que se continuaba consumiendo salsas, aceite y vino, también supone una tímida actividad importadora. El conjunto de piezas que se ha documentado en este espacio no constituía el total del menaje de la casa. De la reducida superficie de la habitación 7 y de la cuantía de su contenido no se debe extraer conclusiones acerca del grado de la pobreza mueble de la vivienda en su conjunto. Hay que tener en cuenta que en otras habitaciones, por ejemplo cerca de los posibles triclinios nos 6 y 21 de la fig. 3, debió existir más vajilla y objetos relacionados con la mesa, la comida y el almacenamiento. A ello apunta el abundante material recogido en diversos espacios de la Figura 22. Vista general de la mayor parte de la cerámica: terra sigillata hispánica, cerámica pintada de tradición y cerámica común. La planta de la vivienda es extensa y desconocemos el número de personas que la habitaban en su etapa final, pudo ser tanto una sola familia, según el concepto latino (núcleo unifamiliar simple del dominus y además sus siervos), como una comunidad más amplia, por ejemplo, dos grupos colaterales de la misma familia y los siervos. En cualquier caso, el conjunto de objetos que damos a conocer es interesante por resultar una muestra significativa de la asociación de materiales (Figs. 9 y 22) en uso en la vida de una domus de un nivel económico relativamente alto para la época de crisis económica que se estaba viviendo. Esa crisis cabe deducirla aquí de la escasez de importaciones y de la parquedad del numerario disponible. La Casa de los plintos era una vivienda de gente acomodada a juzgar por su extensión y la dotación de jardín, cocina con chimenea, cisterna y decoración pictórica. En ello abundan además algunos objetos relativamente suntuarios que excepcionalmente se han conservado, como el lampadario o el brasero, y también la presencia de ánforas importadas. Pero, a la vez, dado que eso indica que era una casa privilegiada, la mediocre calidad de la parte analizada de su vajilla, la combinación de producciones probablemente locales, la perduración y simplificación de formas, tipos y modelos de la cerámica de los siglos anteriores refuerzan esa impresión de prolongación del pasado, casi de continuidad en precario. Podría decirse que produce la sensación de agotamiento de la capacidad creativa, de escasas relaciones comerciales con el exterior y de crisis, es decir, de preludio de cambio. Ciertamente los rasgos que definen los materiales de la Casa de los plintos de Uxama en su última fase, documentados en la habitación no 7 y que hemos analizado aquí, dan pie para hablar de conservadurismo en la arquitectura y en la decoración pictórica e igualmente de pobreza monetal. Ese ajuar trasluce un panorama de escasez creativa, de localismo y continuidad en las producciones cerámicas y de reducción de la vajilla de mesa a poco más que vasos carenados y cuencos hisp. A la vez hay rasgos que configuran el siglo III avanzado, al menos en esta zona del Duero, como una fase de transición en la evolución de la cerámica. Hay terra sigillata hispánica, siempre lisa, donde predomina el evolucionado cuenco hisp. 8, y donde ya se prefiguran en la hisp. 27 y en la 15/17 perfiles que en la sigillata hispánica tardía tendrán una larga vida, pero coexistiendo con formas decoradas en un contexto mucho más rico y variado. Asimismo, en la cerámi-ca pintada tradicional aparecen tres piezas: una jarra y dos vasos bitroncocónicos, formas Abascal 22 y 23 respectivamente, que poblarán la siguiente centuria. INVENTARIO DE LAS PIEZAS Forma 8 de gran tamaño. Labio almendrado y acanaladura en la parte superior de la pared. Pie muy bajo con moldura hispánica. Grafito EPE EPE, de difícil interpretación, sobre la pared externa. Pasta anaranjada y barniz consistente de similar tono. Borde reentrante sin labio, de sección redondeada. Pie bajo con umbo y moldura hispánica. Grafito en la pared externa: Val(eriae?) Ia(......) con triple nexo VAL. Pasta rosada, barniz naranja mate poco cubriente. Medidas: diámetro de la boca: 22 cm, diámetro de la base: 7 cm, altura: 9,4 cm. no 3: TSH. Fragmento de pie bajo. Pasta anaranjada y barniz de similar tono. Medidas: diámetro de la base: 6,7 cm. no 4: TSH. Borde engrosado, sin labio. Tiene dos acanaladuras en la zona basal. Pie destacado y fondo bastante alto. Grafito en aspa en el fondo externo. Pasta anaranjada, barniz naranja mate poco cubriente. Medidas: diámetro de la boca: 17 cm, diámetro de la base: 6,5 cm, altura: 6,8 cm. no 5: TSH. Borde reentrante de sección apuntada. Pie destacado y fondo con pequeño baquetón. Grafito S LVP en la pared externa. Medidas: diámetro de la boca 10 cm, diámetro de la base: 4,6, altura: 6,8 cm. no 6: TSH. Pared casi oblicua, dividida por acanaladura próxima a la base. Baquetón más alargado y plano. Dos grafitos, _I/R?M y TM, sobre la pared externa. Medidas: diámetro de la boca: 28 cm, diámetro de la base: 8,2 cm, altura: 6,4 cm. no 7: TSH. Pared abierta y base plana con pie bajo con moldura hispánica. Sobre la pared interna grafito TVAL con cuádruple nexo. Pared acampanada, con acanaladura en la parte inferior. Presenta dos grafitos, uno, TVAL con cuádruple nexo, en el interior y otro, S AE T, con nexo AE, en la zona basal de la pared externa. Pasta naranja, barniz naranja claro prácticamente mate. Borde desarrollado y un pie de sección triangular y moldura hispánica que al interior ofrecen círculos incisos. Pasta y barniz muy claros. Vasito de perfil troncocónico invertido con carena en la parte inferior del cuerpo. Base baja con moldura hispánica. Fragmento de un vasito de perfil troncocónico invertido con carena en la parte inferior del cuerpo. Asa de acanaladura central. Barniz rojizo mate, bastante saltado. Medidas: diámetro de la boca: 5,5 cm, diámetro de la base: 5 cm, altura: 14 cm. Vaso carenado Abascal 3a evolucionado con labio almendrado. Pasta ocre rosada con engobe blanquecino al exterior decorado con friso cuyas metopas se rellenan con columnas de puntos y secuencia de trazos oblicuos bajo el labio. Fragmento de la parte superior del cuerpo y borde de un vaso carenado Abascal 3a evolucionado con labio almendrado, pasta y características decorativas similares al anterior. Medidas: diámetro de la boca: 20 cm. no 3: CPT. Vaso carenado Abascal 3a evolucionado. Un surco recorre la parte inferior del cuerpo entre la carena y el pie. Pasta ocre rosada con engobe blanco al exterior. Decoración semejante a los anteriores, pero con mayor número de barras en los triglifos torpemente trazados, lo que reduce el espacio de las metopas. CPT: Vaso carenado Abascal 3a evolucionado, casi completo, de tamaño mediano. Las metopas se rellenan con columnas de pequeños trazos horizontales. Vaso carenado Abascal 3a evolucionado, casi completo y de tamaño pequeño. Decorado con trazo grueso con friso de triglifos muy simples y metopas con una sola columna de trazos oblicuos. Vaso completo Abascal 23. La pasta es ocre claro con desgrasante micáceo y gránulos de caliza blanca. Lleva engobe blanco al exterior. El vaso se pintó antes de pegar las asas y luego se rehicieron las líneas interrumpidas. La decoración, realizada en pintura negra, muestra un friso entre dos franjas de tres líneas más o menos paralelas, enmarcado arriba y abajo por tres filetes de irregular grosor. En el interior hay una secuencia de rombos delimitados por cuádruple línea. Dos pequeños círculos en columna ocupan el espacio tanto dentro de los rombos como entre ellos. Una raya horizontal recorre el vaso cruzando por el centro el motivo geométrico. Las asas, de 2 cm de anchura, tienen una acanaladura que las divide en dos partes desiguales y están cubiertas de haces de rayas transversales. Vaso completo Abascal 23 de pasta, color y factura semejantes a las del no 6. Está decorado con trazos irregulares y poco cuidados en pintura negra. Un friso de 6 cm de altura, entre dos franjas paralelas de cuatro líneas bajo el borde y sobre la carena, está dividido en dos sectores que se extienden entre las asas, dejando en la zona coincidente con éstas un espacio vacío delimitado por delgadas líneas verticales. Triglifos oblicuos jalonan espacios ocupados alternativamente por vermiformes y puntas de flecha. Vaso carenado forma Abascal 3b completo y en perfecto estado de conservación. Pasta ocre rosado con desgrasante de mica e intrusiones de caliza; muestra algunos poros al interior por haber perdido gránulos de desgrasante. Engobe blanco al exterior. Hay dos pequeñas estrías de 1 cm sobre la carena. Pintado en negro claro con un friso de proporciones irregulares con motivo de damero de 9 cuadros, alternando los negros con los del color pálido del fondo. Gran jarra de almacenamiento. Pasta y factura similares a los vasos anteriores. Decoración limitada al cuello, asas y tercio superior del cuerpo. Cubre los hombros un friso con grandes metopas de trazos algo torcidos y desigual anchura rellenas de franjas paralelas oblicuas de pequeños segmentos. Por debajo, una banda de roleos esquemáticos sobre cinco líneas finas horizontales de las que penden arquillos entrecruzados en posición invertida. Las asas, de 5, 5 cm de anchura, divididas en dos partes por un surco longitudinal, rematan en la base en tres depresiones digitales y están decoradas con trazos oblicuos en espiga. Orza o tinajilla globular completa y de forma arcaizante. Pasta color ocre claro con gránulos calizos y engobe blanco. La decoración, restringida al tercio superior es muy simple: cuatro haces de líneas horizontales de diferente de grosor, dos de triple trazo, por encima otro más fino de dos líneas unidas a trechos y, finalmente ya bajo la boca, cuatro listas paralelas de grosor creciente hacia arriba. Medidas: diámetro en la boca: 9 cm; diámetro de la base: 8,8 cm, altura: 18,8 cm. no 3: CPT. Cuello y boca de una jarra u olpe Abascal 22 de pasta y color similar a los no anteriores, pero de factura más tosca y mayor número de gránulos calizos. El cuello está recorrido por seis gruesas líneas horizontales pintadas en color negro. Dolio completo pasta ocre similar al anterior pero más tosca. Decorado en la zona de los hombros con un friso de triglifos y metopas vacías, debajo otra franja lisa y, pendiendo de ella, cinco haces de tres líneas semicirculares. Jarra de cuerpo globular, base plana, cuello estrecho, boca con concavidad interna, asa de cinta. Pasta blanquecina, tamizada; al exterior engobe amarillentodorado, de brillo muy perdido. Medidas: diámetro de la boca: 5,7 cm, diámetro de la base: 7,2 cm, altura: 29,7cm. no 3: Cerámica fina inclasificable. Pared de una vasija globular; barro decantado de color gris ceniciento, más oscuro en la zona de la base, superficie externa alisada. Decoración: a ruedecilla, friso delimitado en la parte superior por acanaladuras, bajo él cuadrados impresos en sentido horizontal. Medidas: diámetro máximo: 18 cm, altura conservada: 17 cm. no 4: Cerámica común. Olla de perfil ovoide y borde de sección triangular. El color de la pasta oscila entre ocre-amarillento y gris. Borde y pared ahumados. Olla de perfil ovoide. Borde exvasado y almendrado que cuelga respecto al cuello, dejando una concavidad al interior. Pasta negra con desgrasantes de cuarzo, caliza y mica. Borde vuelto y engrosado, con una concavidad al interior. Bor-de y pared ahumados. Olla de perfil ovoide con borde oblicuo almendrado. Acanaladura en la parte superior de la pared. Pasta de color gris oscuro. Olla con el borde recorrido por acanaladura al exterior y cóncavo al interior. Tercio superior de una olla con borde de sección triangular, pero recorrido por una acanaladura longitudinal en su parte externa. Medidas: diámetro de la boca: 15 cm, altura conservada: 7 cm. no 5: CC. Olla de perfil ovoide con borde oblicuo engrosado. Cubierta del vaso pintado no 1 de la Lám. Está realizado con la parte inferior de un recipiente de cerámica común de pasta gris. Presenta un grafito en forma de aspa al exterior del fondo. Medidas: diámetro de la base: 8,5 cm. no 7: CC. Medidas: diámetro de la base: 6 cm. FIGURA 18 no 1: CC. Plato de pared oblicua y borde entrante. Pasta ocre-amarillenta con abundantes desgrasantes micáceos. Medidas: diámetro de la boca: 21,8 cm, diámetro de la base: 18,5 cm, altura: 4,1 cm. Sobre el borde tiene cinco rayas incisas, dos de ellas dobles a intervalos más o menos regulares que marcan la división del perímetro en 5 porciones. Ahumado al exterior. no 4. Plato de pared oblicua, fondo plano y borde en forma de bastoncillo. Pasta gris muy micácea. Fondo y pared externa muy ahumados. Gran plato de pared curva, borde entrante sin labio y fondo plano, forma Hayes 181. Pasta ocre-rosada, bastante desgrasante de mica. Presenta ambas superficies quemadas. Grafitos: T VAL T con nexo cuádruple, y tres rayas paralelas horizontales al interior. Al exterior en el fondo y no centradas, varias rayas en haz, algunas más cortas. En el borde presenta a intervalos regulares y de forma radial cinco cortos trazos incisos que dividen el perímetro en cinco sectores. Uno de los trazos es doble. Medidas: diámetro de la boca: 36,3 cm, diámetro de la base: 31,5cm, altura: 5,5 cm. Ahumado al exterior. Vasito piriforme con la base plana muy estrecha y el borde saliente de sección triangular. Pasta negra con desgrasantes de mica y algunos cristales de cuarzo de gran tamaño. Medidas: diámetro de la boca: 9,3 cm, diámetro de la base: 3, 4 cm, altura: 8 cm. no 7: CC. Vasito piriforme con la base plana muy estrecha y el borde saliente de sección plana. Pasta negra, con desgrasantes de mica y algunos cristales de cuarzo de gran tamaño. Medidas: diámetro de la boca: 9,4 cm, diámetro de la base: 3, 1cm, altura: 9 cm. no 8: CC. Forma Dramont D2, con borde horizontal y base plana ligeramente resaltada mediante una acanaladura. Pasta ocre-rosa con abundantes desgrasantes de cuarzo y algunos de mica. Varios fragmentos de la boca, carena, asas geminadas y pivote de un ánfora Dressel 2/4. El color de la pasta oscila entre marrón y gris. Sobre la zona del pivote presenta un grafito en forma de C invertida. Medidas: diámetro de la boca: 16, 2 cm. no 2: Ánfora. Boca y arranque de las asas de un ánfora de salazón de pasta grosera ocre con calcita, cuarzo y algo de mica. Medidas: diámetro de la boca: 18, 2 cm. no 3: Cerámica común de tradición local de pasta beige de textura fina. Boca, cuello y asa de cinta de un olpe o cántaro de proporciones grandes: desde el borde a la base del asa tiene 23 cm de altura por lo que la altura total se podría calcular en algo más de 55 cm El asa es acanalada, decorada con botones aplicados. Medidas: diámetro de la boca: 9 cm. FIGURA 20 no 1: Hoz de hierro. Hoja de sección triangular de 3 cm de anchura. En el extremo se conserva parte del mango de madera. no 2: Fragmento de hierro de paletón de llave. Pieza de sección cuadrada. no 3: Anillo de bronce de delgada sección y 1,7 cm de diámetro con una hoja alargada nervada, grabada en el fino chatón. no 4: Punzón de hierro de punta incompleta con sección cuadrada y 1,2 cm de anchura. Longitud 8,9 cm; mango de hueso de sección circular de 1,5 cm de diámetro. no 5: Bisagra de hueso. Pieza cilíndrica realizada sobre hueso de 2,5 cm de ancho, presenta un orificio circular. no 6. Pequeño instrumento de bronce (¿pequeño trípode?) con una zona central plana circular e incompleta de 2,5 cm de diámetro, de la que salen dos apéndices (pudo tener un tercero) de sección circular y rotos en el extremo. Altura aproximada: 3,2 cm. no 7: Cuchillo de hierro con hoja de filo curvo y sección triangular (2,7 cm de anchura máxima) Longitud: 20 cm; mango de hueso de sección ovalada 2 por 2,3 cm. no 8: Vidrio. Fragmento de borde horizontal de color blanquecino. Medidas: diámetro de la boca: 8, 3 cm. no 9: Vidrio. Fragmento de borde tubular de color verde claro. Medidas: diámetro de la boca: 6,7 cm. no 10: Vidrio. Fragmento de fondo umbilicado. Medidas: diámetro de la base: 4 cm. no 11: Vidrio. Fragmento de pared decorada con finos baquetones. Color blanquecino.. no 12: Vidrio. Fragmento del perfil carenado con un fino baquetón de color blanquecino. Fragmento de base plana. de color blanquecino. Medidas: diámetro de la base: 4,2 cm. BIBLIOGRAFÍA Abascal Palazón, J. M. 1986a: La cerámica pintada romana de tradición indígena en la península ibérica. Centros de producción, comercio y tipología. Abascal Palazón, J. M. 1986b: «Un probable taller local de cerámica pintada tardorromana en Tarancueña (Soria)». Incluimos la relación completa de los materiales hallados en la habitación 7 de la Casa de los plintos en el depósito producido durante el incendio que destruyó definitivamente el edificio por ser interesante la cuantificación y la asociación de unos y otros. • Terra sigillata hispánica (vajilla de mesa): 17 piezas completas: 9 cuencos (1 hisp. • Cerámica pintada de tradición (de mesa y almacenamiento): 17 piezas: 9 vasos carenados Abascal 3 a evolucionada, 1 vaso carenado Abascal 3 b 2 vasos bitroncocónicos con dos asas, Abascal 23 1 olpe 1 orza globular 1 ollita 1 dolio 1 gran jarra con dos asas tapada con media olla de cerámica común. • Cerámica común de tradición (almacenamiento):1 pieza: parte superior de una botella con asa decorada con pastillas • Cerámica común (culinaria y de almacenamiento): 25 piezas (21 completas): 5 platos-fuentes para guisar (¿y servir?) 13 ollas de tres tamaños diferentes entre 17 y 13 cm diámetro: 6 grandes 3 medianas y 4 pequeñas) 3 vasitos piriformes o pucheritos, 1 mortero • Ánforas -2 ánforas (una vinaria y otra de salazón) ( y) varios fragmentos de otra. • Terra sigillata hispánica brillante: 1 jarra. • Otras cerámicas: 1 jarra gris con reticulado. • Hierro:1 cuchillo con mango de hueso, 1 lezna con mango de hueso, partes de una llave, 2 bisagras, 1 aldabilla, varios clavos de muebles o de la puerta y el telar. • Bronce: 1 anillo con mesa decorada con una hoja nervada y un fragmento de plancha de plomo doblado • Vidrio: 1 cuenta de collar, varios fragmentos de diferentes recipientes de vidrio, azul, blanco y verde de formas pequeñas cuencos para beber y un fragmento de 1 cuenco azul. • Hueso: 1 bisagra y 2 acus crinales. • Muebles: 1 armario o baldas de enebro y restos de pigmento azul al pie de la pared N. 1 mesita o tajo de carnicero un posible telar maderas y herrajes de puertas y ventana • Restos de comida: 1 vieira, huesos de cordero o cabra, conejo, cerdo o jabalí, y cérvido • Material numismático: 1 as de Segobrix 1 as de Vespasiano 1 sestercio de Trajano 1 sestercio de Antonino Pio muy desgastado, que se encontraba bajo un vaso carenado. 1 tésera con resello de cabeza de águila.
Pretendemos en las siguientes líneas intentar enriquecer el conocimiento de dos edificios hispalenses adscritos a la Antigüedad tardía. En primer lugar, es nuestro propósito poner de relieve las dificultades que existen, a nuestro juicio, para identificar como iglesia una estructura absidada recuperada en el área arqueológica de La Encarnación. En segundo lugar, la presencia de una piscina bautismal situada en el Patio de Banderas de los Reales Alcázares nos permitirá realizar algunas consideraciones respecto a su primitivo marco arquitectónico. UNA APROXIMACIÓN A HISPALIS DURAN-TE LA ANTIGÜEDAD TARDÍA El martirio de las santas Justa y Rufina que conocemos por el Pasionario Hispánico es el episodio más antiguo que hace referencia a la presencia del cristianismo en Hispalis. Este acontecimiento pudo ser uno de los primeros procesos martiriales aplica-dos en la Bética 2, puesto que al parecer se enmarca bajo el gobierno de Diocleciano y Maximiano, con el praeses Diogeniano en el poder en el año 287 d.C. Según este mismo texto, mientras que Justa muere en la cárcel, el martirio de Rufina culmina en el anfiteatro 3, un edificio cuya ubicación se ignora en la actualidad 4. Sabemos por otros relatos hagiográficos que los anfiteatros fueron escenarios habituales en las passiones de numerosos mártires romanos condenados ad feras o ad bestias 5, por lo que el de Rufina se inserta en un marco conceptual bien definido. En la passio de las mártires hispalenses, datable en el siglo VI ó VII, se alude también a una figura de muy probable carácter histórico. Se trata del obispo Sabinus 6, el mismo que encabeza la sede episcopal a 1 Investigadora Posdoctoral del MEC-F. Este artículo se enmarca dentro de un estudio más general que realizamos sobre la arquitectura sacra y topografía urbana en las ciudades episcopales de la Bética. 2 Puede que con anterioridad, al final de la persecución de Aureliano, haya que situar el arresto de Servando y Germano que fueron finalmente martirizados en fundus Ursianus en época de Diocleciano (Riesco 1995, 205). 3 Diogeniano ordenó llevar su cuerpo [santa Rufina] al anfiteatro para que allí fuera quemado con llamas atroces (Pasionario hispánico, XXXVI, ed. Fábrega 1953-5, 131-136). 5 Véase la edición de Ruiz Blanco de 1987 sobre las actas de los mártires. En algunos casos, la documentación de memoriae, oratorios e iglesias en los anfiteatros confirma la conmemoración de un episodio martirial. Recordemos por ejemplo la iglesia-memoria en la arena del anfiteatro de Tarraco (Godoy 1994, 183), y los oratorios situados en las cámaras del primer corredor radial en el anfiteatro de Salona (Chevalier 1996, 30). En otros, y ante la falta de textos hagiográficos precisos que así lo indiquen, la existencia de construcciones cristianas parece no depender directamente de un martirio in situ, sino que quizá responda a la habitual consagración de los espacios urbanos disponibles como nuevos edificios religiosos. 6 Un varón religioso, el obispo Sabino, se enteró del hecho, extrajo del pozo el débil cuerpo de la santa Justa y honrosamente lo sepultó en el cementerio hispalense (Pasionario Hispánico, XXXVI, cf. Fábrega, cit. (n.o 3). Es el primer obispo de Sevilla conocido por el episcopologio conservado en el Código Emilianense de El Escorial (a. Para conocer el devenir histórico de la capital bética durante la Antigüedad tardía, nuestra principal fuente de información son los textos 9. Según Hidacio, Hispalis soporta el paso del vándalo Gunderico en 427, quien intentó tomar la ecclesiam ciuitatis 10, y el pillaje de los suevos en 441 11. Otro suceso importante en 441 es el exilio en las Galias durante varios años del obispo Sabino 12 y su sustitución en la cátedra episcopal por Epifanio 13. Posteriormente, en Hispalis, tiene lugar tanto la proclamación de Agila como nuevo rey (a. Poco después, cuando Hermenegildo reside en la ciudad hispalense, se convertirá al cristianismo al parecer por mediación de su esposa Ingunda y del obispo Leandro, y también desde allí se sublevará contra su padre Leovigildo en 579 15. La victoria de éste último, conmemorada con la emisión de monedas que portan la leyenda cum De(o) optinuit Sp(a)li, no impedirá que el prelado Leandro continúe desempeñando un papel significativo en la unificación territorial alcanzada por el nuevo Estado Visigodo, pues además de participar en el III Concilio de Toledo de 589 16, él mismo comunica al papa Gregorio Magno la conversión de los visigodos al catolicismo. En 590, bajo su misma dirección, se celebra el I Concilio de Hispalis, y en 619 el II Concilio ya con su hermano Isidoro de Sevilla 17. El prestigio y la influencia de los obispos hispalenses en el panorama político y social manifiestan una ciudad pujante que a finales del siglo VI ya era sede episcopal metropolitana de la provincia eclesiástica de Baetica 18. Sin embargo, la actualidad arqueológica no nos permite aún comprobar el aludido protagonismo de la ciudad episcopal, siendo realmente mínimos los datos relativos a su urbanismo y a la cristianización de su topografía 19 (Fig. 1). Aunque no se haya podido definir con exactitud el perímetro murario de la ciudad altoimperial, los últimos trabajos sugieren que la antigua colonia Romula pudo experimentar un retraimiento urbano y la vuelta a casi sus límites prerromanos 20, -en torno al emplazamiento del puerto fluvial-, así como la posible existencia de una cerca distinta a la fundacional con base en los tramos de muralla tardíos localizados al norte y sur de la ciudad 21. Por un lado, la transformación de los ámbitos domésticos en la Antigüedad tardía, a excepción de las domus de la Plaza de la Encarnación (vid. infra), coincide con el panorama general confirmado en otras ciudades hispanas, es decir, es habitual la presencia de viviendas modestas que en su construcción utilizan materiales pobres y de acarreo, y que ocupan un espacio muy reducido con ámbitos polivalentes 22. Es el caso de una ocupación habitacional a la que corresponden varios hogares detectados sobre los mosaicos de una domus altoimperial abandonada a partir del siglo IV23; y de una vivienda más del siglo V, situada dentro de lo que se entiende como recinto foral republicano24. Por otro lado, todavía intramuros, se constatan en el siglo V algunas sepulturas urbanas en el Palacio de San Leandro25, La Encarnación26 y, de confirmarse su posición dentro la ciudad, tendríamos una tercera en el Patio de Banderas bajo el 7 Sotomayor; Fernández 2005. 9 En la Notitia Galliarum mientras que Corduba pasa a ser simplemente una ciuitas, Hispalis ya es calificada como metropolis ciuitas de la provincia Baetica (Notitia Gall., chr. Isidoro de Sevilla dice estar dedicada a S. Vicente (Isid., Hist. Algunos autores opinan que en esta misma iglesia se encontraría el sepulcro de Isidoro ( † 636) (Castillo 2001, 591), del que su biógrafo Redempto indica que fue enterrado junto al cancel del altar y en medio del coro (Puertas 1975, 55 y 219). Del mismo modo, se ha propuesto la identificación de esta iglesia con la construcción que albergaría la estructura bautismal documentada en el Patio de Banderas (Bendala; Negueruela 1980, 374). 15 Juan de Biclaro, Chron., a. Una inscripción hallada en Alcalá de Guadaira (prov. Sevilla) se ha relacionado directamente con el conflicto religioso y las desavenencias entre Leovigildo y Hermenegildo (ICERV 364= J. González, n.o 926), si bien algunos autores no descartan que se trate de un epígrafe falso (García Moreno 2001, 506). La pieza en cuestión es un bloque de mármol con dos hendiduras que iría encajada en una puerta a modo de dintel o friso. Recientemente se ha relacionado con una iglesia que estaría en la propia Hispalis, apostando por una cronología doble para la realización del texto, en 580/581 y en 585 para su finalización (Fernández; Gómez 2001, 650 y ss). 18 Hispalis aparece citada como sede metropolitana por primera vez en el III Concilio de Toledo de 589. En la planta de la ciudad actual se indican los sectores analizados en el texto y su ubicación respecto al teórico trazado de la muralla romana de Hispalis. espacio bautismal localizado in situ. Extramuros, al norte de Hispalis, se localiza una de las necrópolis tardoantiguas más importantes hasta ahora conocidas donde al parecer se entierran las élites urbanas. La epigrafía constituye otra fuente importante de información para aproximarnos al conocimiento de la arquitectura sacra de la ciudad en los siglos VI y VII, y de la misma manera a las élites eclesiásticas que con ella se vinculan 27. Pongamos por caso una inscripción que al parecer alude a la instalación de un nuevo altar en una iglesia 28 por parte del obispo Sa-lustio, el cual aparece en la documentación epistolar del papa Hormisdas, quien lo nombra vicario de las provincias Bética y Lusitania en 520 29. La Anthologia Hispana recoge varios carmina epigraphica (cod. 8093) que G. B. De Rossi atribuyó a Sevilla, y dos de ellos a una misma iglesia 30. Uno primero menciona la restauración de una basílica tras su destrucción 31, y otro segundo corresponde al 27 Castillo 2005, 343 y ss. 29 Este mismo nombramiento había sido asignado con anterioridad al obispo hispalense Zenon electo vicario de la sede apostólica en Hispania por el papa Simplicio (Ubric 2004, 120 y 121). Próxima a Dos Hermanas, muy cerca de Sevilla, fue encontrada una inscripción más que conmemora conjuntamente la intervención del obispo Honorato (636-641) en la fundación y dedicación de una iglesia a los Tres frates sanctos de Corduba, y la consagración del altar con la deposición de sus reliquias 33. A todos ellos se suma ahora el fragmento epigráfico aparecido a 15 m de las estructuras excavadas en La Encarnación, que conmemora la restauración de un edificio de culto por un obispo ignoto del siglo VI34. LA PISCINA BAUTISMAL DEL PATIO DE BANDERAS DE LOS REALES ALCÁZARES Tradicionalmente se ha situado la iglesia episcopal, la Santa Jerusalén, en el emplazamiento del foro romano (actual Iglesia del Salvador) y, en concreto, sobre la que se interpreta como basílica civil35, pero las excavaciones tan sólo han verificado los restos de una mezquita36. Por las actas conciliares sabemos que el grupo episcopal hispalense incluía un secretarium, es decir, una de las salas del atrium37 que acogió el II Concilio de Sevilla en 61938. Otra probable mención del conjunto episcopal podría encontrarse en el ya citado códice del siglo VIII ó IX conservado en la Biblioteca Nacional de Paris, donde un tercer carmen epigráfico cita exactamente el pulpitum o ambón, la sala de preparación del sacrificio, el coro, el baptisterio y la biblioteca39; mientras que un último texto parece aludir a otro baptisterio más40. Creemos que a partir de estos datos puede avanzarse en la investigación de la topografía religiosa de Hispalis durante la Antigüedad tardía, puesto que además desde hace algunas décadas se recuperó en el Patio de Banderas de los Reales Alcázares una estructura interpretada como piscina bautismal41, aunque con ciertas reticencias42, que es la única que hasta ahora conocemos en la Bética en un contexto episcopal urbano. Aún con algunas faltas de certidumbre respecto al recorrido amurallado de Hispalis en la zona meridional, podemos aventurar a partir del trazado de la muralla propuesto por J. Campos43, que el conjunto en cuestión se encontraría inmediatamente extramuros, junto a la puerta donde el kardo maximus se convierte en la Via Augusta toda vez que sale de la ciudad. En este sector, que se localiza próximo al que seguiría siendo uno de los centros vitales de la ciudad tardía -el puerto-, y amortizando una estructura anterior interpretada como almacén vinculado a las actividades, bien portuarias bien comerciales, se construye hacia el siglo V una habitación de 4,21 m por 7,50 m con un pavimento de opus signinum bajo el que ha sido detectado un enterramiento 44. Adosada al muro este del mismo ambiente se distingue una estancia cuadrangular muy pequeña (1,75 m por 1,99 m), ocupada íntegramente por una piscina que contará con varias reformas sucesivas. La primera piscina, que presenta una planta cuadrada de unos 1,40 m de profundidad, y un único escalón de acceso desde el oeste, adopta posteriormente una forma octogonal. Por último, en una fecha también indeterminada, y quizá para adecuarse a los posibles cambios de la liturgia bautismal, la piscina reduce su profundidad a 0,53 m. hasta alcanzar finalmente una forma casi semicircular. La realidad arqueológica no nos permite saber si la estructura bautismal sería un espacio estructuralmente autónomo y anexo a un edificio de culto donde culminaría este rito de iniciación 46, o si la sala destinada al bautismo estaría integrada dentro de la propia iglesia y ubicada en el mismo eje longitudinal del edificio como se observa en otras iglesias hispánicas y del Mediterráneo occidental 47. Aún así, en un trabajo previo donde tratamos por primera vez este mismo argumento 48, ya propusimos esta última opción como el modelo más válido, o probable, para imaginar la planta de la teórica iglesia de Sevilla, ya que la piscina bautismal conservada se encuentra en idéntica disposición que, por ejemplo, muestra la iglesia de El Bovalar (Serós, Segrià); demostrándose que, quizá, son dos edificios similares en distribución espacial 49 (Fig. 2). Idéntica localización presentan también los baptisterios episcopales de Barcino en el siglo V 50, Egara a mediados del siglo V 51 y de El Tolmo de Minateda en el siglo VII, de confirmarse su carácter episcopal 52 (Fig. 3). Otros referentes análogos, no urbanos ni hispanos, pero perfectamente comparables, son algunas iglesias de la Gallia meridional, como Saint-Hermentaire en Draguignan, Notre-Dame-du-Brusc en Châteauneuf-de-Grasse o Roc de Pampelune en Argelliers, cuyos baptisterios se encuentran también en la parte occidental del edificio 53. Con todo lo expuesto, y teniendo en cuenta que el eje longitudinal del probable baptisterio de Hispalis sería el mismo que el del ábside, planteábamos en dicho trabajo la restitución de un edificio que englobaría a sus pies el espacio bautismal analizado. La ya aludida indefinición topográfica sobre su inserción intramuros o extramuros podría igualmente condicionar la interpretación de este conjunto, muy próximo a la catedral medieval que surgirá dentro de la cerca islámica. La restitución del perímetro murario planteada por J. Campos es la más aceptada, pero, por su parte, M. A. Tabales advierte una gran diferencia de cotas entre el sector donde surge la piscina bautismal y otras estructuras documentadas al sur del Patio de Banderas, que el autor relaciona con un posible espacio termal 54. Un desnivel que para Tabales respondería a la existencia de una terraza o, más bien, al discutido tramo meridional de la muralla romana 55. Aún suponiendo que la opción de Campos sea la correcta, y a tenor de la información recabada, resulta por el momento arriesgado contextualizar esta estructura bautismal en una necrópolis, o suponerla anexa a una basílica suburbana de tipo martirial, puesto que el área funeraria más próxima, la necrópolis de S. Telmo, se sitúa también al sur, pero al otro lado del torrente Tagarete. Las documentación actual no nos permite conocer con la debida certeza la continuidad de este espacio funerario altoimperial durante la Antigüedad tardía y, lo que sería aún más interesante, tampoco sabemos si la necrópolis ganaría terreno a zonas anteriormente urbanizadas y se desplazaría hacia el norte para aproximarse a la ciudad 56. Basándonos únicamente en los datos disponibles quizá no habría que enmarcar la piscina en un ambiente funerario. Cabría preguntarse, por el contrario, si el baptisterio pudo pertenecer al grupo episcopal de Hispalis. En tal supuesto, tendríamos que considerar que el complejo episcopal hispalense ocuparía tal vez una posición extra moenia aunque se encontraría integrado en un espacio urbano, o urbanizado 57, como por ejemplo manifiestan los complejos episcopales de Aquileia 58, Pisa 59, Rávena 60, Parma 61, Dax, Florencia 62 o Djemila 63, y teóricamente de Génova 64. Si bien la cuestión queda abierta, insistimos en la importancia que representa la recuperación de esta piscina bautismal para avanzar en el conocimiento de la propia ciudad, siendo además la única que hasta ahora ha sido atestiguada en una de las ciudades episcopales de la Bética. LA «IGLESIA» DOMVS DE LA PLAZA DE LA ENCARNACIÓN Recientemente se ha planteado la existencia de una iglesia intramuros, construida a finales del siglo V en Hispalis, a la luz de los restos evidenciados en el área arqueológica de La Encarnación 65. Se trata de un sector urbano próximo al trazado septentrional de la muralla romana, ocupado por varias domus aris-tocráticas, donde se ha comprobado la continuidad del área residencial desde el siglo III hasta el primer tercio del siglo VI d.C. Una zona que, además de contar con otros espacios destinados a almacén y a la producción artesanal, se encuentra perfectamente articulada por un kardo minor bajo el que existe una cloaca. A finales del siglo IV e inicios del V se construye una domus (Casa de la Columna) a partir de la anexión de dos viviendas altoimperiales previamente abandonadas y expoliadas. A mediados de este mismo siglo, la casa servía ya como vertedero de un taller de vidrio instalado en las inmediaciones. La presencia de este vertedero, incluso su utilización para sepultar a un individuo infantil en ánfora, no supuso la anulación de la función habitacional de este sector. De hecho, amortizando parte de una edificación no doméstica del siglo III 66, quizá un almacén, se ha documentado en la segunda mitad del siglo V una nueva domus (Casa de las Basas) de grandes dimensiones con un patio porticado retenido como peristilo, y posiblemente con una segunda planta. A este patio abren las distintas estancias perimetrales, a excepción de la crujía oriental que desde finales del siglo V o comienzos del VI limita con una estructura absidada de ladrillo (circ. Ø 5,57 m) 67, atribuida al ábside de un teórico edificio de culto de nave única y pavimentada igualmente con ladrillo (Fig. 4). Las remodelaciones fechadas en la segunda mitad del siglo V afectan igualmente a unas canalizaciones que vierten con dirección este 68. Las estructuras descritas, la casa y con ella el espacio absidado, funcionan de manera paralela hasta el definitivo abandono de todo este sector intramuros en el primer tercio del siglo VI 69. La evolución topográfica del ambiente doméstico en el que se inserta la citada exedra es similar a la transformación experimentada por otros catastros urbanos hispanos en los que la arquitectura sacra reocupa y amortiza una zona residencial preexistente 70. Sin embargo, en Hispalis apreciamos ciertos aspectos aún por matizar que en su caso podrían modificar esta interpretación. En primer lugar, resulta bastante llamativo que el ábside excavado tenga una orientación oeste, pues la orientación hacia el este es indispensable en un edificio destinado al culto eucarístico 71. En Hispania, el baptisterio detectado en la iglesia románica de Santa Margarida de Emporiae constituiría un caso excepcional dentro del actual panorama arqueológico peninsular porque, encontrándose en una zona de necrópolis extramuros, podría pertenecer teóricamente al primer grupo episcopal (Nolla; Sagrera 1995, 312). Una categoría que también podría atribuirse a la iglesia construida en la necrópolis del Francolí en Tarraco que dispuso probablemente de otro pequeño baptisterio en una de las salas situadas al sur del ábside (Macias 2000, 264). Sin embargo, la condición episcopal no se confirma por el momento, sin dejar margen a dudas, en ninguno de estos conjuntos. 58 más estructuras al este de la supuesta nave de la iglesia, detectadas al parecer mediante una prospección geofísica, ha sido uno de los principales argumentos esgrimidos para solucionar el problema de la correcta orientación del edificio. Entre esos restos de compleja identificación se ha querido ver un segundo ábside, en este caso, el principal. Aun en el caso teórico de que existiera una segunda exedra, difícilmente podría considerarse una iglesia de doble ábside dada la excepcionalidad que en Hispania supone la documentación de tal tipología en un espacio urbano. Los modelos arquitectónicos hispanos con contra-ábsides curvos se constatan por ahora sólo en contextos suburbanos, nunca intramuros, como muestra la basílica funeraria de Myrtilis (Mértola) de mediados del siglo V 72, o hacia el siglo VI, las iglesias de ámbitos rurales de Vega del Mar (Marbella, Málaga), El Germo (Espiel, Córdoba), Torre de Palma (Monforte) y Casa Herrera (Badajoz) 73. En segundo lugar, resulta si cabe aún más extraña la interpretación de un cimiento corrido al interior del ábside occidental como synthronon 74 (banco presbiteral preferentemente instalado en el sanctuarium para asiento del clero), dado que no se ha comprobado hasta ahora ningún dispositivo similar en las iglesias hispanas bien conocidas 75, Figura 4. Sí es un dispositivo habitual en las iglesias de otras ciudades del Norte de África o del Adriático. Sólo en otro edificio de planta basilical (Edificio M) del complejo extramuros de Cercadilla (Córdoba), se planteó la teórica existencia de un synthronon al interior del ábside (Hidalgo 2002, 348). Una hipótesis que finalmente no ha sido confirmada. 72 Godoy ha demostrado que el espacio litúrgico destinado a la conmemoración martirial en las iglesias hispanas, y designado convencionalmente como «contra-coro», se sitúa en el mismo eje longitudinal del sanctuarium, del coro, y a veces del baptisterio, sin que exista necesariamente una correspondencia arquitectónica con los contra-ábsides, pues éstos últimos no asumen una función litúrgica predeterminada 77. A tenor de lo expuesto, sorprende que se haya interpretado este conjunto como una iglesia urbana de ábsides contrapuestos, de la que sólo restaría parte de la nave y el hemiciclo occidental, de piso elevado y con synthronon, al cual se atribuye una función martirial. Para ello se ha tenido en cuenta también un fragmento de mensa 78, entre las piezas que componían un focus localizado en el centro de la exedra (algo insólito para una iglesia), y de un epígrafe incompleto, y descontextualizado, del siglo VI que reza la reconstrucción de una iglesia por un obispo cuya identidad se desconoce. Al parecer, la documentación de hemiciclos al interior de uno de los brazos que rodean al peristilo, ha servido para proponer la existencia de oratorios cristianos o capillas privadas en otras domus tardoantiguas 79. Pero incluso en aquellas residencias en las cuales podría confirmarse la función cultual de estos espacios, el ábside aparece siempre debidamente orientado. Con argumentos sobre todo formales, y si nos atenemos a los datos actualmente disponibles para la arquitectura sacra en Hispania de los siglos V y VI 80, difícilmente se pueda justificar y admitir la excep-cionalidad de esta construcción. Por ello una hipótesis de tal género necesita irremisiblemente de otros datos de apoyo, más allá de la pura eventualidad de las formas, que por sí solas como veremos más abajo, arduamente pueden consentir una asimilación de tal alcance. Si nos limitamos sólo a las formas, podemos también añadir que en la arquitectura doméstica de los siglos V y VI existen diversas estructuras con las cuales bien podría identificarse el ábside excavado en la Casa de las Basas de La Encarnación. En este sentido, no habría que prescindir de otras posibles interpretaciones al margen del proceso de cristianización urbano, quizá más acordes con la propia transformación de los espacios de habitación durante la Antigüedad tardía 81. Las domus aristocráticas tardoantiguas, como la que nos ocupa, suelen estar articuladas en torno a un peristilo completo, o parcial, y se caracterizan por la incorporación de múltiples estructuras y ambientes arquitectónicos, entre los cuales destacan los de desarrollo curvo 82. Son precisamente estas estructuras, las mismas que aparecen también en las grandes villae tardías 83, las que creemos que a priori y como primera posibilidad alternativa, deberían valorarse a la hora de afrontar el análisis del conjunto de La Encarnación que, más allá de la presencia de la posible iglesia, es fundamentalmente de carácter doméstico. Los principales espacios de estas domus urbanas son las salas de representación y las monumentales salas de banquetes, que suelen contar con una cabecera terminada en ábside, que está normalmente sobreelevado 84. En algunas domus, además, es frecuente que las funciones de representación y de comedor se desarrollen en una única habitación principal a la que se accede directamente desde el peristilo siguiendo un plano axial bien marcado (Fig. 5) 85. Cierto es que las proporciones de estas salas son bastante heterogéneas, en función de la categoría de la domus, así como también son variables las del ábside 86. En Hispalis se ha documentado un ábside de circ. 78 Se atribuye a una mensa de altar, aunque mensae similares sin finalidad litúrgica se utilizan también en ambientes funerarios (Duval 1984a, 272) y domésticos. Pongamos como ejemplo los fragmentos de mensa a sigma con orla del siglo VI encontrados en la estancia principal de la Maison du cerf (Apamea) (Balty; Balty 1995, 209), y otros más en una casa de Argo (Bonini 2006, 226). En Megara, en la cabecera absidada de un aula residencial se documentan tres huellas correspondientes al soporte de una de estas mesas (Bonini 2006, 80). También se han señalado los problemas que aún existen en Hispania para identificar las mensae en sigma como tableros de altar, los cuales, se corresponden normalmente con piezas de forma rectangular (Ripoll; Chavarría 2005, 29-47). En el siglo VI, en Hanghaus I (Éfeso), aunque no en el peristilo, se incorpora una iglesia entre dos estancias de la residencia (Hales 2003, 235). 84 Las Casas A y B del Ágora (Atenas) en siglo IV, la Maison du triconque (Carthago) en el siglo V y Yaqto Complex (Antioquia) en el siglo VI, entre otras (Baldini Lipolis 2001, 154, 172 y 134). Atendiendo a los comentarios anteriores, no habría que excluir la posibilidad de que el ábside exterior pudiera corresponder a la cabecera absidada de una de estas estancias privilegiadas abiertas a patios. En tal caso, se podría también considerar la posible vinculación de la estructura curva menor con un stibadium. Los stibadia suelen ser estructuras construidas, que disponen de una cavidad central reservada para situar la mensa en sigma con la que, desde el siglo IV, cuentan los comedores cerrados de cabecera absidada (única o triconque) y que evidentemente se utilizan para el convivium 87. Los stibadia de obra conservados en algunas domus urbanas 88, así como aquellos otros documentados en villae de los siglos IV y V (donde excepcionalmente están unidos a un ninfeo 89 ), prue-ban la gran difusión que alcanzan estas estructuras en la arquitectura residencial durante la Antigüedad tardía 90 (Fig. 6). A esta asimilación funcional se podría oponer, para el caso de la domus de Hispalis, que el espacio ocupado por el ábside se desarrolla 'a espaldas' del patio al que teóricamente se debería 'abrir', y con el que no guarda aparentemente ninguna conexión. Pero, en este caso, habría que razonar con precisión cuál es el argumento desde el que se tendría que partir para tal interpretación, puesto que el patio recuperado puede no ser el principal; sus reducidas dimensiones lo acercan más a un atrio que a un peristilo, como sería de esperar. Dada la posición relevante que los comedores y las salas de recepción ocupan con relación al resto de las habitaciones, no resultaría inapropiado pensar en la existencia de un segundo patio más amplio en el caso hispalense, y en mejores condiciones funcionales respecto al pequeño patio excavado, que no supera en longitud las dimensiones del diámetro de la exedra. El funcionamiento como stadibadium del cimiento semicircular interno es sólo una hipótesis, habida cuenta de que su estado de conservación difícilmente permite realizar demasiadas consideraciones (Fig. 7) 91. Pero las domus urbanas de época tardía nos ofrecen todavía más alternativas. Mejor que iglesia y que incluso aula de representación, esta exedra debería relacionarse con la tipología de ninfeos, fuentes o simples deambulatorios en hemiciclo que se abren a jardines o patios internos; para este último caso, las exedras contrapuestas del peristilo de la villa de Montmaurin, en Aquitania, son especialmente significativas. La ausencia de toda traza de muro con orientación este-oeste, que limite al sur la exedra de Hispalis, es uno de los argumentos más favorables para esta opción, y para eliminar las anteriores92. Según los planos de las excavaciones, el hemiciclo no tiene muros longitudinales que lo enmarquen, es decir, que lo hagan convertirse en cabecera de una iglesia o de un aula de recepción. Sin muros perimetrales, esta construcción es únicamente una simple exedra que bien podría formar parte de un espacio mayor, al que se abriría. Esta consideración nos llevaría a plantear, de nuevo, que justo delante del ábside se desarrollase un espacio abierto, quizá un patio rectangular. Argumento suplementario a favor es el pavimento de ladrillo recuperado, el mismo que tiene la exedra, y que se emplea en el suelo del pequeño patio excavado en la parte posterior. Tendríamos dos pavimentos iguales para espacios de uso similar. Por ello resaltamos, como vía de hipótesis alternativa, que la exedra de La Encarnación pueda vincularse con otros dispositivos instalados en los peristilos de las ricas domus urbanas; es decir, los referidos ninfeos, fuentes o deambulatorios en curva, con los que de la misma manera se enriquecen numerosas villae entre los siglos IV y VI 93 (Fig. 8). Dos paralelos muy ilustrativos, además de las exedras de Montmaurin, son los ninfeos de planta semicircular situados en un lateral del peristilo, también con pavimento de ladrillo, de la Maison aux Consoles 94 y la Maison aux Pilastres en Apamea 95. En cualquier caso, y a pesar de las dudas, la información actualmente disponible sí resulta reveladora para al menos permitirnos situar la vivienda de Hispalis junto a otras grandes domus hispanas de peristilo del siglo V que participan, igualmente, de una monumentalización arquitectónica significativa de sus espacios con la incorporación de salas de recepción y comedores absidados, junto con ninfeos y fuentes en exedra 96. Una dinámica similar que al mismo tiempo se detecta en las villae aristocráticas 97. Es muy poco lo que conocemos sobre las residencias de las élites urbanas tardoantiguas en Hispania. A partir del siglo VI la mayoría de estas gran. des domus urbanas, entre las que ahora cabría incluir la Casa de las Basas, han desaparecido o se han transformado en viviendas plurifamiliares 98. Además, son escasos los conjuntos que mantienen su estructura y distribución espacial sin grandes cambios, lo que mostraría una posible continuidad de la propiedad 99. Para estos momentos sí se han identificado las residencias de las élites religiosas en los grupos episcopales, donde se reúnen los espacios estrictamente litúrgicos a los residenciales 100. Estos dos enclaves monumentales hispalenses nos permiten definir con mayor precisión la topografía de la ciudad durante la Antigüedad tardía. En primer lugar, en una ubicación del todo imprecisa con respecto al trazado murario meridional se localiza una piscina probablemente del siglo V. Esta estructura forma parte de un espacio bautismal para el que suponemos una ubicación en la zona occidental, no sabemos si en posición retro-sanctos, dentro de una iglesia aún no documentada. Dado que la evidencia arqueológica se limita prácticamente al recinto bautismal, ignoramos totalmente otros usos litúrgicos desempeñados en esta construcción. Su localización extramuros, incierta pero hasta ahora la más aceptada, nos hace pensar en dos posibles interpretaciones. Una, que la piscina corresponda a la iglesia episcopal, como se observa en otros grupos episcopales instalados extramuros junto a las zonas portuarias y en espacios comerciales 101 102. Otra, su pertenencia a un complejo eclesiástico, pues las ciudades episcopales dispusieron seguramente de varios escenarios urbanos donde se administraba el bautismo 103, es decir, en los centros martiriales e incluso en otros establecimientos religiosos 104, sin que ninguno de ellos tuviera necesariamente que coincidir con la iglesia episcopal 105. En este sentido recordaremos el fuerte nexo existente entre la liturgia del bautismo y el culto martirial 106, siendo habitual la construcción de baptisterios en los espacios de veneración martirial 107, junto a la tumba de los mártires 108, y también la deposición de reliquias en los baptisterios. El baptisterio al que debió pertenecer la piscina documentada respondería a una de estas realidades citadas; quizá formaba parte de una de las iglesias del grupo episcopal, sino de la principal (ecclesia Spalensi Sancta Ierusalem 109 ), dada la posterior fundación de la alcazaba omeya (siglo X) 110, y la permanencia del máximo centro de poder cristiano en este entorno de la ciudad hasta la actualidad. En segundo lugar, en la parte septentrional intramuros, se ha comprobado la continuidad habitacional de un sector donde se ha situado a finales del siglo V una nueva iglesia en función de una estructura semicircular. Sin embargo, la definición de una iglesia intramuros de doble ábside con un synthronon en el occidental, al que se le concede una función martirial, es del todo anómala en la arquitectura sacra hispana. Por ello, quizá haya que vincular la exedra recuperada con la proliferación de cabeceras semicirculares o con las múltiples estructuras de tipo curvo que se difundieron en la arquitectura residencial tardoantigua 111. Dentro de este proceso de monumenta-lización de las residencias de las élites urbanas tendríamos que incluir muy probablemente la última fase ocupacional de La Encarnación. De lo contrario, de sostener la hipótesis hasta ahora esgrimida, con la excepcionalidad y anomalía del caso, deberían aportarse argumentos algo más elocuentes que la pura forma curva del recinto; razón primigenia para esta interpretación. Por nuestra parte, hemos intentado mostrar únicamente otros argumentos concernientes a la edificación residencial, con las limitaciones que estos mismos también presentan, pero que pueden enriquecer el debate actualmente abierto sobre la interpretación definitiva del conjunto hispalense aquí analizado. En tercer lugar, y para finalizar, traemos aquí a colación la importancia de la única necrópolis cristiana identificada extramuros en la que no habría que desestimar su formación a partir de un primitivo culto martirial 112. Desde el siglo V los enterramientos, entre los que son frecuentes los mausoleos compartimentados, se disponen alrededor de un monumento de dimensiones considerables con un ábside de planta poligonal orientado al oeste y cripta subterránea (¿memoria o martyrium?). La presencia de una arquitectura funeraria monumental, la epigrafía recuperada 113 y el propio análisis antropológico de las inhumaciones podrían manifestar un uso del espacio funerario por parte de las élites urbanas del siglo VI. Si bien en la memoria histórica de la ciudad se ha mantenido la sacralidad de este lugar vinculada al martirio de Justa y Rufina 114, no existen por el momento testimonios definitivos para suponer que las tumbas de las mártires se encontraran en esta área septentrional extramuros, donde sí se concentran, no obstante, los principales espacios funerarios de Hispalis desde época altoimperial 115. Éstos no serían los únicos conjuntos sacros de la ciudad tardoantigua. Según la Vita Sancti Fructuosi existía al otro lado del río una basílica consagrada a S. Geroncio que era muy visitada en el siglo VII 116.
Los autores plantean una lectura de síntesis sobre las dinámicas de asentamiento y explotación de los territorios comprendidos entre el Sistema Central y las campiñas al sur del río Duero entre la implantación romana y los momentos altomedievales. Para estudiar el poblamiento se ha recurrido a los datos de prospección extensiva de los inventarios provinciales, con el concurso de los resultados de recientes excavaciones en yacimientos rurales y urbanos. A partir de esta información arqueológica se ha ensayado una evaluación cuantitativa de los usos del suelo en el Valle Amblés (Ávila), midiendo los territorios de explotación de algunos sitios mediante un Sistema de Información Geográfica. Se integra la información paleopalinológica procedente tanto de sondeos en turberas como de muestreos en yacimientos excavados. El trabajo atiende a la transformación de las pautas agropastoriles desde la colonización altoimperial y hasta la ocupación aldeana de comienzos del Medievo, siguiendo unos ejes diacrónicos que pivotan sobre la proliferación del hábitat rural, la creciente intensificación agraria y la especialización productiva. PALABRAS CLAVE: Poblamiento romano, tardoantiguo y altomedieval, análisis palinológicos, análisis La evaluación de los sistemas de poblamiento y explotación de territorio, en la transición entre la Antigüedad y el Medievo, se está convirtiendo en un foco prioritario en la investigación arqueológica, por proveer de informaciones relevantes sobre los profundos cambios que caracterizan tal coyuntura (Hamerow 2002: 52-124; Wickham 2005: 259-264). En este trabajo se avanza un esbozo de la dinámica del asentamiento y su correspondiente impacto en los paisajes vegetales a lo largo de diez siglos 1. Se ha elegido este intervalo temporal por ser lo suficientemente amplio como para asistir al reemplazo de las estructuras sociales y políticas antiguas por otras de tipo feudal. El interés por enfocar el análisis en esta zona del interior peninsular viene determinado por las peculiaridades de las tierras entre el Duero y el Sistema Central, con un proceso histórico afectado por claras rupturas sociopolíticas y que adolece de una escasa contrastación entre el discurso histórico y un registro arqueológico sólo incipientemente sistematizado. Por encima de sus carencias, para la zona y el tramo cronológico elegidos, disponemos sin embargo de indicios relevantes que jalonan e iluminan el proceso. Se trata de informaciones dispersas y heterogéneas que permiten una puesta en común. Nuestra pretensión es pues plantear un marco interpretativo provisional, que a modo de esquema de trabajo -ni siquiera formalizado como hipótesisrecoja tales informaciones y las organice en un discurso coherente. Sin duda futuros estudios se encargarán de refutar o matizar esta línea argumental, afinando cronologías y completando las lagunas. Para ello se recurre a un enfoque a distintas escalas, aplicando metodologías de intensidad y resolución variadas, en un intento de integrar informaciones complementarias sobre esta compleja realidad. Por una parte se efectúa una lectura del registro arqueológico, desde los datos de excavaciones -en gran parte inéditas, fruto de actividades preventivas tuteladas por la administración-hasta la dinámica del poblamiento rural a partir de prospecciones extensivas. Por otra parte se recurre a informaciones respecto al impacto antrópico sobre las formaciones vegetales y las pautas de uso del suelo, mediante los registros palinológicos -obtenidos sobre contextos arqueológicos o en depósitos naturales higroturbosos-y explorando la propia información territorial de los asentamientos mediante un SIG. Para aproximarnos a la problemática expuesta, hemos seleccionado un espacio de trabajo rectangular de unos 7.680 km 2, definido sobre el contorno de quince hojas del Mapa Topográfico Nacional a escala 1:50.000 y que abarca parte de las provincias de Valladolid, Salamanca, Ávila y Segovia. En este territorio quedan comprendidas tanto las campiñas sedimentarias al sur del río Duero -representadas por las unidades paisajísticas de La Moraña, la Tierra de Medina y la Tierra de Pinares-como los bloques medios y bajos del Sistema Central -con las cadenas montañosas de la Sierra de Ávila, las Parameras, la Sierra de Ojos Albos y la Sierra de Guadarrama-así como el valle intramontañoso del Amblés (Fig. 1). Se trata de un territorio que, si bien pudo quedar repartido entre varias circunscripciones administrativas, responde a una evolución política homogénea, tanto bajo el dominio romano como durante el reinado visigodo y, especialmente tras la disolución de éste, permanece como un territorio intersticial desorganizado, entre los dos más dinámicos focos al sur del Duero que lo rodean, a Oriente y Occidente. En su interior encontramos además unidades ecológicas suficientemente contrastadas y de acusada personalidad geográfica como para comprobar la complementariedad entre las campiñas, los valles y las sierras, de usos agroganaderos y forestales tradicionales bien imbricados (Clément 2002: 56-67). El estudio de la ocupación del territorio se ha basado en los datos recuperados en las sucesivas campañas de prospección extensiva o selectiva para elaborar el Inventario Arqueológico de Castilla y León -en adelante IACyL-en las cuatro provincias incluidas en nuestra zona de trabajo2. La caracterización de cada momento se ha apoyado en los datos de las excavaciones arqueológicas efectuadas o en curso de realización, así como en la bibliografía existente al respecto. El tipo de informaciones recopiladas y el propio estado de los debates historiográficos han aconsejado agrupar los datos sobre el poblamiento en clasificaciones que atienden fundamentalmente al material arqueológico al que se asocian y a grandes hitos históricos muy generales, entre los cuales se sitúan. Así, si bien la referencia a las etapas altoimperial y tardoromana no plantea excesivos problemas, las atribuciones crono-culturales visigoda y altomedieval son en cambio un convencionalismo muy polisémico, sin traducción directa a una lectura histórica. A modo de introducción, una evaluación preliminar del poblamiento a partir de los datos de prospección extensiva disponibles (Fig. 2) permite efectuar dos afirmaciones. La primera pasa por caracterizar el primer milenio d.C. por la progresiva y definitiva implantación y ocupación integral del territorio estudiado. Desde un punto de partida en el Hierro II, que evidencia unas estrategias de autosuficiencia, nula dispersión poblacional y débil integración política de las comunidades, se asiste a un claro fenómeno de colonización rural y promoción de pequeños pero activos centros urbanos desde época altoimperial. En efecto, si apartamos de momento el problema que plantea la atribución cronológica del material de superficie post-romano, atisbamos una tendencia progresiva al aumento del número de sitios -tanto si consideramos los visigodos y altomedievales por separado, y por tanto consecutivos, como si los valoramos en un mismo bloque-que veremos consolidada en el poblamiento aldeano de época de repoblación, a mediados del siglo XII. A lo largo de los siguientes epígrafes iremos matizando esta tendencia general, que será relacionada con dinámicas concatenadas, como las de intensificación agraria, integración sociopolítica, extensión de los espacios productivos o concentración del hábitat. En segundo lugar, el resumen gráfico de los datos compilados permite valorar la creciente extensión de la incertidumbre en las atribuciones crono-culturales, paralela a la escasez de fósiles-directores como referentes de los conjuntos cerámicos hallados en superficie. IMPLANTACIÓN DEL SISTEMA ROMANO EN ÉPOCA En nuestro estudio partimos de reconocer una notable coherencia y homogeneidad en las estrategias de ocupación y uso del territorio vigentes durante Figura 2. Histograma sobre la evolución del número de yacimientos arqueológicos por atribuciones crono-culturales, según datos del IACyL. Por tanto, aunque a efectos de análisis respetemos la distinción arqueológica entre una etapa altoimperial y otra tardía, en su interpretación histórica trataremos los datos obtenidos como pertenecientes a un sistema ordenado e interrelacionado, por encima de las normales diferencias de matiz. La organización territorial prerromana supone un necesario contrapunto que permite apreciar el significado del impacto romano al sur del Duero. La ocupación por las comunidades de la Segunda Edad del Hierro del extenso territorio estudiado se efectuó a través de menos de una decena de sitios, de características homogéneas y política y funcionalmente autónomos. Se trata de aldeas de mediano y gran tamaño distantes entre sí, sobre relieves prominentes y bien delimitados -por la topografía y por obras artificiales de cierre-, exponentes de un alto grado de concentración poblacional. En el paisaje campiñés responden a este arquetipo los enclaves de Sieteiglesias (Matapozuelos, Valladolid) (Bellido; Cruz 1993); Cauca y la Cuesta del Mercado (Coca Segovia) (Blanco García 1994; Pérez; Reyes 2007b), o el Cerro de la Virgen de Tormejón (Armuña, Segovia) (Blanco García 2006: 50-51); y ya en el Sistema Central los castros clásicos del Valle Ambles y sierras aledañas (Álvarez-Sanchís 1999: 115-164). Aunque a menudo se alude a la presencia de asentamientos subsidiarios en el llano como complemento de las aldeas fortificadas en alto (Ibidem: 117; Blanco García 2006: 41; Barrio Martín 1999: 166-167), lo cierto es que hasta el momento tales alquerías se resisten a ser detectadas, siendo un comportamiento, al parecer, exclusivo de esta época, pues no afecta a los yacimientos de cualquier otro momento. Cuando se han efectuado prospecciones intensivas, como en la comarca salmantina de La Armuña, tales asentamientos menores no aparecen (Ariño; Rodríguez 1997: 287; Ariño et al. 2002: 305). Cuando han sido mínimamente reconocidos (p.e. Ocupación del área de trabajo en época altoimperial. Sitios mencionados en el texto: 1. La Calzadilla (Almenara de Adaja); 2. El Vergel II (San Pedro del Arroyo); 5. La Laguna de los Casares (Ávila); 6. San Nicolás (Ávila); 8. La Pared de los Moros (Niharra 43), los materiales que deparan -cerámica tardoceltibérica y de tradición indígena-cuadran mejor en el contexto de dominio político romano. Por contra, los primeros indicios de ocupación de las campiñas en época romana caracterizan un asentamiento rural disperso, mediante núcleos de naturaleza muy heterogénea y funcionalmente complementarios. La imagen obtenida presenta grandes vacíos que han de explicarse por la desigual intensidad de las campañas de prospección (Fig. 3). En todo caso queda patente la efectiva ocupación y uso de amplias comarcas de alto valor agrario -tradicionales tierras de cerealicultura extensiva-, yermas de núcleos residenciales durante al menos los cuatro siglos previos. Este fenómeno de colonización fue impulsado por Roma, marcando una acusada discontinuidad con el poblamiento y las estrategias de subsistencia previas. Así, la ocupación del territorio en época altoimperial muestra caracteres propios y distintivos que responden a un esquema integral, abarcando diversos nichos ecológicos y una complementariedad de recursos entre las campiñas y las sierras. A menudo se ha considerado que la presencia efectiva y la explotación del territorio al sur del Duero fue inestable y minoritaria hasta época tardo-romana (Mariné 1995: 290; Barraca 1998: 354). Conforme a lo que sabemos en otras regiones cercanas (Ariño et al. 2002: 287) el fenómeno que estamos describiendo, y que implicó la implantación del sistema vilicario en la región, se explica bien como el resultado de una colonización de datación inaugural flavia. Las excavaciones van precisando la relativa antigüedad de la puesta en funcionamiento de este sistema integral de explotación desde mediados del siglo I d.C, y ello a pesar del frecuente enmascaramiento de los restos julioclaudios y flavios debido a la monumentalización rural del siglo IV. En efecto, en las villae del siglo IV es común reconocer una fase de ocupación altoimperial, si bien en muchas ocasiones resulta difícil caracterizar su naturaleza. Así ocurre, dentro de la zona de trabajo, en La Calzadilla (Almenara de Adaja) o en El Vergel II (San Pedro del Arroyo), donde las fases altoimperiales presentan restos mal conservados, y no puede asegurarse su identificación con villae (García Merino y Sánchez Simón 2001; Serrano 2007). Sin embargo, otros testimonios son más explícitos y apuntan a que en ese momento funciona ya un entramado vilicario que vamos conociendo progresivamente. Así, entre las villae activas como centros agrarios y residencias aristocráticas desde ese momento cabe citar la suburbana de San Nicolás (Ávila), inmediata a la civitas de Avela (Quintana y Centeno 2006: 98), la villa de la Pared de los Moros (Niharra) (Martínez Pañarroya 2003), o las instalaciones residenciales no monumentales de La Laguna de los Casares (Ávila), tal vez la pars rustica de una villa (Strato 2001). Esta temprana implantación y su consecuente dinámica de ocupación y explotación del territorio vendrían además avaladas por los datos paleoambientales, fundamentalmente de índole palinológica. El diagrama polínico de alta resolución obtenido en el Puerto de Serranillos, acotado por tres dataciones 14 C (López Sáez et al. 2009), indica la introducción del olivo hacia 100 cal AD en el Valle del Tiétar, al sur del área de estudio. Su importancia radica en testimoniar una explotación de rendimientos aplazados en plena zona serrana -considerada de más débil ocupación altoimperial-desde momentos antiguos. Parece claro pues el mencionado contraste a nivel regional respecto a la ocupación y explotación del territorio en época prerromana, lo cual se ha puesto en relación con un proceso de creciente intensificación económica (Martínez Caballero 2000: 19-23). Esta etapa ha de considerarse como la prolongación y consolidación del sistema implantado desde época flavia, en un proceso que matiza la supuesta crisis de finales del siglo III en las tierras del interior (Chavarría 1994(Chavarría -1995: 189): 189), que en todo caso se debe a cambios no estructurales. Así, el papel de las civitates en la zona de estudio, aunque modificado respecto a la fase altoimperial, sigue siendo relevante en el ámbito de la administración del territorio (Blanco García 1998; Pérez; Reyes 2007b). Estos núcleos urbanos, de relativamente escasa entidad monumental y poco claro papel en la articulación de un comercio local, seguirían siendo el referente territorial de la organización jurídico-política. La ocupación del área estudiada en época tardoromana pone de manifiesto que se trata de un estadio avanzado del proceso iniciado unos siglos antes (Fig. 4). Junto a ellos en la región de estudio asistimos al surgimiento de ciertos asentamientos en altura que prolongarán su vida en época visigoda. A menudo se menciona la relativa abundancia y representatividad de los complejos vilicarios en la región (p.e. Aquí hemos empleado el restrictivo criterio de considerar como villae sólo aquellos ejemplos mejor documentados mediante excavación arqueológica o mediante fotografía aérea a baja altura, a sabiendas de que muchos más ejemplares sin confirmar pertenecerán a tal categoría. El mapa del poblamiento resultante (Fig. 4) permite avanzar algunas características de relieve. Así, con los datos actuales, queda patente la generalización de los restos monumentales tardo-romanos, repartidos desigualmente por la zona de estudio. Se confirma por tanto la mayor densidad de las villae en las campiñas septentrionales, frente a unas manifestaciones más esporádicas -y que las excavaciones caracterizan como más modestas-conforme nos adentramos en el Sistema Central (TIR 1993; Mariné 1995: 315-317). A nivel de las relaciones entre yacimientos, se aprecia la imbricación de los centros vilicarios en una malla de ocupación del territorio encabezada por las civitates, y en la que las villae parecen comportarse como focos de referencia para otros sitios menores, posiblemente instalaciones agrarias subsidiarias. Sobre la estructura interna y la organización arquitectónica de estos centros, hay que señalar que muestran la magnificencia de las aristocracias propietarias durante el siglo IV, cuando este tipo de infraestructuras rurales se convierten en efectivos centros de representación del poder (Chavarría 2006; García Merino 2008). Mencionaremos los ejemplos más destacados. Entre las documentadas de antiguo y sin trabajos recientes destacan los hallazgos abulenses de mosaicos polícromos en La Claverona (Mancera de Arriba, Ávila) y la Torre Vieja o El Torreón (Magazos, Nava de Arévalo), esta última con restos escultóricos en mármol (Mariné 1995: 315-316). Algunas posibles villae periurbanas nos son conocidas a partir de restos de superficie en la periferia de Coca: Los Pozuelos, Los Hornillos y El Pinar Nuevo (Blanco García 1997: 389). Entre las mejor conocidas, por haberse beneficiado de sucesivas campañas de excavación, está la vallisoletana de La Calzadilla (Almenara de Adaja), en la que las recientes intervenciones entre 1998 y 2002 han permitido la total exhumación de la pars urbana, un complejo residencial de unos 2.500 m 2 del siglo IV y en uso hasta fines del V, así como conocer las instalaciones, bastante arrasadas, de las partes fructuaria y rustica, y también un balneum (García Merino; Sánchez Simón 2001;ídem 2004). Destaca la variedad de solados musivos efectuados en diversos opera, que incluye técnicas mixtas -así lithostroton y opus sectile-. Existen diversas zonas funerarias tardoromanas y visigodas, especialmente visigodas en la pars rustica de la villa (Pérez; Reyes 2007b: 165-170). Las excavaciones en el término municipal de San Pedro del Arroyo (Ávila) han permitido documentar una necrópolis tardía, posiblemente asociada a un centro cultual en el pago de El Vergel I. Por su parte, en el foco de El Vergel II los trabajos en curso3 están exhumando más de 1.000 m 2 de la pars urbana de una villa monumental vigente entre los siglos II y V, caracterizada por la exuberancia de la decoración musivaria polícroma de tres de los espacios documentados -con temas geométricos y figurativos como el mito de Meleagro y el jabalí de Calidón-y su reutilización funeraria en época visigoda (Serrano 2007). La imponente villa de peristilo de Los Casares (Armuña) es conocida por fotografía aérea, mostrando una pars urbana de extraordinarias dimensiones, con aula biabsidada cruciforme, para la que se reivindica el patronazgo de un importante possessor, posiblemente de alto rango en la administración imperial teodosiana (Regueras; Olmo 1997). En fechas recientes ha sido objeto de algunas excavaciones de urgencia que parecen confirmar tales extremos (Gonzalo 2008: 624-25). Por último, el esquema del poblamiento romano tardío se complementa con ciertos poblados amurallados, según la terminología de Abásolo (1999: 95). Otros asentamientos fortificados han sido ya objeto de excavaciones de envergadura y sus características comienzan a ser resaltadas. En La Cabeza de Navasangil (Solosancho) se documenta una primera fase de ocupación datada según sus excavadores (Caballero Arribas 2001; Fabián 2007: 105) entre finales del siglo IV hasta su destrucción antes de comenzar el siglo VI. Algo posterior sería el momento fundacional del Cerro del Castillo (Bernardos), donde se han documentado algunas estructuras domésticas intramuros correspondientes a la fase más antigua, ubicada en la segunda mitad del siglo V (Fuentes; Barrios 1999; Gonzalo 2007: 34 y 35). El estudio del poblamiento en época visigoda presenta como principal inconveniente la laxitud e imprecisión de las cronologías. No obstante, en regiones vecinas se ha conseguido una buena caracterización del poblamiento y la cultura material de este momento. En Salamanca ha sido posible combinando prospección intensiva con muestreo no selectivo del material de superficie en La Armuña (Ariño; Rodríguez 1997; Ariño et al. 2002) junto a fotografía aérea oblicua y excavaciones puntuales por la provincia, en contextos que abarcan toda la secuencia (Ariño 2006). Por su parte, en la campiña madrileña se ha asistido a una verdadera revolución del conocimiento sobre los enclaves visigodos tras la excavación en área de enormes superficies de ellos (Vigil-Escalera 2000, 2003ay 2006), integrando en el análisis una secuenciación de la cerámica común a partir de criterios tecnológicos (Vigil-Escalera 2003b). Nuestra aproximación parte, como se ha explicado, de la información contenida en los inventarios arqueológicos de las provincias de Valladolid, Segovia, Salamanca y Ávila, obtenida por tanto mediante prospección extensiva o selectiva. Estas fuentes permiten disponer de un nutrido conjunto de sitios con las atribuciones crono-culturales de visigodo y altomedieval cristiano, que han de corresponder al complejo intervalo entre la desarticulación estatal romana en la segunda mitad del s. IV y la ordenación feudal del territorio a finales del siglo XI. Se trata de un grupo de yacimientos, mal caracterizados y datados, que representan la ocupación del territorio comprendida entre la Antigüedad Tardía y los tiempos altomedievales (Fig. 5). Como rasgos característicos del repertorio material que marca esta cronología se puede aludir a ciertas formas y decoraciones bien acotadas en las mencionadas regiones del interior peninsular (Ariño; Rodríguez 1997; Larrén et al. 2003; Vigil-Escalera 2003b; Ariño; Dahí 2008) dentro de unos repertorios dominados por alfarería común y de cocina. A partir de la revisión de las fichas de yacimientos del IACyL es de destacar la débil presencia de cerámicas de calidad o con decoraciones elaboradas en los sitios rurales 4, frente a su mejor representación en los centros urbanos o en aquellos lugares de altura. La imagen que ofrece este poblamiento post-romano responde a las densidades ya documentadas 4 Los lotes alfareros más significativos proceden de la excavación de extensas superficies, como ocurre en El Pleito (Rubí de Bracamonte, Valladolid) (Larrén et al. 2003: 287-288 Tres notas parecen caracterizar los esquemas de ocupación y explotación del territorio en la zona tras la disolución del sistema romano: la discontinuidad física de los espacios residenciales respecto a los núcleos romanos -muy evidente en cuanto al abandono aristocrático del medio rural, convertido así en ámbito residencial campesino (Isla Frez 2001; Chavarría 2004Chavarría -2005: 187: 187)-; la posible continuidad en el uso de las infraestructuras agrarias, de la que sería buena prueba el establecimiento en torno a las instalaciones vilicarias romanas (Ariño et al. 2002: 306; Vigil-Escalera 2007: 250-251; Ariño 2007: 319) y una decidida proliferación del hábitat rural -frente al criterio de Blanco García (2003: 150)-, que responde ahora a una tipología heterogénea (López Quiroga 2006: 28-33; Vigil-Escalera 2006; Ariño 2007: 333). En gran medida la ocupación del territorio en la zona de trabajo responde a tales pautas. Se asiste a la aparición de nuevos asentamientos rurales en llano (Guerra 2007: 167, fig. 8), en gran parte abiertos (Figs. 2 y 5), con una cultura material relativamente pobre y una escasa inversión en las infraestructuras. Pueden apreciarse diferencias regionales en su densidad, conformando agrupaciones lineales en torno a los principales ejes fluviales (Quirós; Vigil-Escalera 2006: 90-91 y 104). Si bien este incremento cuantitativo del hábitat rural frente a la época tardo-romana ha de relativizarse, debido al amplio lapso temporal que cubren las atribuciones visigoda y altomedieval -un intervalo de unos cinco siglos-su importancia cualitativa es manifiesta. En términos históricos supone el punto culminante de la tendencia de ocupación integral del territorio desencadenada desde la colonización altoimperial, y su visibilidad arqueológica contrasta vivamente con lo acontecido tras el siglo VIII. Para algunos autores se trata sin duda de un sistema aldeano, fruto de procesos de ordenación política sobre amplios territorios (Quirós; Vigil-Escalera 2006; Vigil-Escalera 2006y 2007). En cuanto a la morfología interna de los sitios rurales, siguen características perfectamente documentadas en regiones colindantes (Vigil-Escalera 2000, 2003a; Ariño et al. 2002: 290-291) y confirmadas en las excavaciones de establecimientos campiñeses de cabañas rehundidas y hoyos, como los vallisoletanos El Pleito (Rubí de Bracamonte) (Larrén et al. 2003: 287-288) o ya al norte del río Duero, en Vega de Duero (Villabáñez) (Bellido Blanco 1997). Entre estos asentamientos cabría hablar tanto de instalaciones residenciales eventuales (Ariño 2006: 319) como de granjas y aldeas estables, según la tipología arqueológica propuesta por Vigil- Escalera (2006;2007). Tales sitios agrarios abiertos podrían responder a ciertas categorías de la documentación textual, como la de villulae (Isla Frez 2001: 19) o los loca mencionados en las pizarras inscritas coetáneas (Martín Viso 2007b: 181). La densa malla de sitios rurales aparece salpicada de otros centros de mayor rango territorial (Fig. 5). Con seguridad la única civitas del territorio estudiado, convertida ahora en sede diocesana, es Abula (Balmaseda 2006: 237), pero si bien se cuestiona que Cauca alcanzara tal condición (Martín Viso 2007b: 280), se van conociendo suficientes indicios -algunos aún inéditos-como para no dudar de su carácter urbano5. En ambos sitios las excavaciones están permitiendo conocer detalles sobre su organización urbana, destacando los recientes hallazgos en la parte alta de Ávila (Centeno 2007; Fabián 2007) o la documentación de una vivienda con patio del s. VI en Coca (Pérez González; Reyes 2007b: 169-170). Junto a las civitates, a cierta distancia de las mismas, encontramos núcleos concentrados rurales que responden a la tipología de castella o castra (Fig. 5), es decir, sitios en altura y fortificados. A juzgar por los contextos fundacionales -carentes de datacio- Todo ello habla a las claras de una ocupación densa, con una proliferación del hábitat rural -sobre cuya naturaleza apenas contamos en la zona con datos arqueológicos-y una explotación distinta del territorio, protagonizada por el campesinado. POBLAMIENTO ENTRE LOS SIGLOS VIII-XI Tras la desarticulación del aparato estatal del regnum de Toledo y sus ramificaciones tributarias locales y hasta la integración política feudal de repoblación, la región constituye una tierra de nadie. Incluso en momentos tan avanzados como a finales del siglo IX los poderes en pugna en el escenario peninsular no afectaron sustancialmente a este sector. Las expediciones asturleonesas al sur del Duero, orientadas hacia el curso medio del Tormes y el valle del Duratón apenas significaron para nuestra zona la mera permanencia bajo el área de influencia cristiana. Las razias amiríes coetáneas tampoco la afectaron en su obtención de botín, pues se centraron en las mencionadas regiones, más pobladas y organizadas (Barrios 2000: 201-205). Sin embargo la región no quedó yerma (Barrios 1983; Villar 1986; Zamora 1997) y a los mermados contingentes que permanecieron ha de atribuirse una cultura material y unas formas de asentamiento sólo reconocidos de manera incipiente. En este contexto el análisis del poblamiento altomedieval está adquiriendo tanto entre los medievalistas (p.e. Si bien la idea que trasciende es la de ruptura en las pautas de ocupación del territorio frente al mundo visigodo (Ariño 2007: 334), las fórmulas adoptadas y los ritmos del proceso muestran un gran polimorfismo. Así, en las campiñas septentrionales del área estudiada los sitios rurales ocupados durante los siglos VIII y IX son difícilmente distinguibles de los de época visigoda (Fig. 5). En el caso del sitio vallisoletano de El Pleito (Rubí de Bracamonte) la perduración en el siglo VIII es poco firme debido a la escasez de material cerámico (Larrén et al. 2003: 287 y 291). Allí las cabañas rectangulares, rehundidas en el suelo y con zócalos de mampostería, se distribuyen a lo largo de una gran extensión, separadas por espacios yermos, y tal vez articuladas en torno a un edificio de culto (Larrén et al. 2003: 288; Nuño 2003: 141-142). En la región meridional del área estudiada se comienzan a conocer los contextos arqueológicos de tal coyuntura, además de las frecuentes sepulturas rupestres, que han servido para rellenar los indicios sobre la ocupación del espacio entre el siglo IX y el XI (Zamora 1997: 420) Los problemas de la cerámica altomedieval en esta zona son acuciantes: ausencia de productos paleoandalusíes, monotonía y larga perduración de los tipos, ausencia de ornamento, predominio del repertorio común y de cocina (Ariño; Dahí 2008). Se requieren secuencias sobre repertorios de cerámica común obtenidos en lecturas estratigráficas, acotadas mediante el radiocarbono. Sin embargo, con la información disponible, tales enclaves rurales permiten algunas precisiones. Como notas distintivas se podría enarbolar el predominio de formas cerradas -especialmente cacharros de cocina-; el empleo exclusivo de fuegos reductores, una relativa recuperación del uso del torno rápido, la desaparición de la decoración estampillada o los rasgos de tradición clásica e, incluso, la presencia esporádica de los primeros bruñidos lineales verticales (Larrén et al. 2003: 304; Ariño; Dahí 2008). Previsiblemente más claro resultará el panorama en aquellos centros que no respondan a una naturaleza agraria y rural, como los de carácter urbano -a pesar del actual desconocimiento al respecto7 o tal vez incluso militar, como se ha propuesto en el segoviano Cerro del Castillo (Bernardos), en cuya acrópolis pudo haberse establecido una guarnición, tal vez omeya, entre la segunda mitad del siglo VIII y mediados del siglo X (Gonzalo 2007: 97 y 105). Con independencia de tal hipótesis, sin duda polémica, por su volumen cabría clasificar este sitio entre el reducido número de plazas urbanas que consiguen eludir la generalizada ausencia de restos materiales andalusíes al norte del Sistema Central (Larrén et al. 2003: 277; Ariño; Dahí 2008). En efecto, allí la denominada cerámica común imitación de sigillata (Juan Tovar; Blanco García 1997) perdura hasta comienzos del VIII y es sustituida por un repertorio ajeno a la tradición local (Gonzalo 2007: 63-65). Se trata de cerámicas de cocción oxidante a torno rápido, con tonalidades claras y rojizas, superficies de tacto áspero y alguna pintura vinosa, que bien pudieran tildarse de andalusíes (ibidem: 81-90). Precisamente por la falta de dataciones absolutas, la amortización de ciertas pizarras visigodas en estructuras constructivas 8 ha llegado a convertirse en un referente post quem más para este horizonte (Martín Viso 2006: 276). En definitiva, a partir del siglo VIII se asiste al desmantelamiento de la tupida red de ocupación y uso del sector vigente bajo dominio político visigodo, conforme a lo conocido en otras zonas del interior (Vigil-Escalera 2006, 2007; Ariño 2007). Tan sólo podemos mencionar la perduración de unos pocos sitios, desde los que tuvo que ejecutarse la explotación agraria de un territorio políticamente desarticulado. Si bien el papel de las ciudades nos es prácticamente desconocido, es previsible que adquirieran cierta relevancia en el cuadro de un poblamiento rural ralo. Por su parte, en el campo parece afianzarse un hábitat campesino, orientado a actividades agropastoriles de subsistencia, que podríamos calificar como concentrado en el Sistema Central -La Lancha del Trigo, Los Henrrenes-y más tendente a la dispersión en las campiñas al sur del Duero -La Huesa-. Sobre estas infraestructuras agrarias y de poblamiento se instalarán desde finales del s. XI los contingentes repobladores, procediendo a una nueva ordenación jurídico-política que conllevó una dinamización de los procesos de intensificación agraria y concentración del hábitat. CONTRASTES EN EL USO DEL SUELO: EL VALLE AMBLÉS La necesidad de obtener informaciones alternativas sobre estos procesos de larga duración nos llevó a aproximarnos a los usos del suelo en el intervalo tratado. Se ha ensayado una evaluación cuantitativa de la accesibilidad desde los asentamientos a distintos tipo de terrenos clasificados según su capacidad agrológica. Para ello, se ha seleccionado una zona de estudio menor dentro del área de trabajo: el Valle Amblés, en el sector central de la provincia de Ávila (Fig. 6), por contar con un volumen manejable de sitios de atribución segura y cuyas informaciones han sido comprobadas. Se trata además de una zona perteneciente al Sistema Central, donde los contrastes entre el llano y la montaña resultan más acusados en distancias reducidas, lo que permite valorar suelos más variados que los que caracterizan las campiñas. En este espacio de unos 1.650 km 2 se ha aplicado una medición sistemática y uniforme de los tipos de suelos en el entorno de los yacimientos con datación segura comprendidos en las tres etapas mejor conocidas: altoimperial, tardorromana y visigoda. La escasez y precariedad de nuestros conocimientos sobre los sitios que prolongan su ocupación más allá del siglo VIII impide por el momento incluirlos en el análisis. El estudio de los territorios de explotación -site exploitation analysis-de tales sitios se ha Figura 6. Situación el área del Valle Amblés (Ávila) dentro de la zona de trabajo. Cartografía de calidad agrológica de los suelos con los yacimientos arqueológicos y ejemplos de los territorios de explotación de media hora y una hora generados mediante un SIG. empleado con una finalidad comparativa y no reconstructiva, como vía indirecta de observación de los usos del suelo9. Hemos usado la rutina de un Sistema de Información Geográfica que, sobre un modelo de coste-distancia, permite dibujar los territorios de explotación como polígonos isócronos para, a continuación, medir con tales plantillas los tipos de suelos. El SIG ha simulado, pues los trechos recorridos a pie desde cada sitio estudiado en media hora y 1 hora de marcha y ha empleado tales halos para medir -en hectáreaslas superficies de las distintas categorías de suelos que contienen. Se ha utilizado la cartografía de Clases Agrológicas del Ministerio de Agricultura por usar un sistema cualitativo de clasificación basado en factores estructurales del suelo, sin mecanización ni aportes agroquímicos modernos. Para facilitar la interpretación de los resultados, las seis clases agrológicas comprendidas se han agrupado en tres bloques de suelos homogéneos (Fig. 6) según sus usos tradicionales preferentes: -Grupo A: Usos agropastoriles intensivos. Cultivos permanentes y pastos (Clases II+III). Terrenos planos más feraces, únicos que permiten una horticultura en zonas concretas, así como la cerealicultura de secano y un uso intensivo de las praderas para pastos. -Grupo B: Usos pastoriles extensivos y agrícolas de secano con limitaciones (Clases IV+V). Admiten métodos de explotación no permanentes, con estrategias de descanso y bonificación. -Grupo C: Usos silvopastoriles extensivos y forestales (Clases VI+VII). Suelos pedregosos y poco potentes de vocación pascícola, silvoforestal y cinegética. Un estudio como el ensayado informa, pues, de la importancia relativa que pudo jugar la accesibilidad a determinados terrenos agrarios y forestales en la elección del asentamiento. Partimos de la premisa de que las comunidades campesinas estudiadas desarrollaron una perfecta integración de la agricultura y la ganadería, siguiendo estrategias de regeneración de nutrientes y descanso de los campos bien constatadas ya desde época prehistórica y que han dejado una importante huella tanto en la documentación medieval como en los usos del suelo tradicionales (Barrios 1983; Clément 2002: 61-62). Los resultados para las tres etapas consideradas muestran una gran coherencia entre sí, lo que ha de explicarse como una notable continuidad en las pautas de ocupación del territorio, si bien se pueden resaltar algunos matices (Figs. Gráficos de caja y arbotante comparando por épocas las superficies de suelos (en hectáreas) accesibles en 30 minutos desde los yacimientos. La línea de puntos blanca marca la mediana, y cada caja recoge el 50% de las mediciones. Los círculos señalan los valores atípicos, situados desde el umbral más próximo a una distancia entre 1,5 y 3 veces la dispersión central o longitud de la caja. Las «x» indican los casos aislados, más allá de ese punto. En general, en el entorno inmediato a los asentamientos estudiados (Fig. 7) la proporción de las mejores tierras agrarias es muy similar a lo largo del tiempo, como muestra especialmente el valor de las medianas, en torno a las 100 ha. Las tierras del Grupo B, de usos pastoriles extensivos y una agricultura con restricciones, resulta algo más importante en las tres etapas. Pensamos que su mayor representación en época visigoda puede relacionarse con la extensión del terrazgo agrícola hacia suelos de peor calidad, tal vez considerados marginales en época romana10. En el caso de las tierras de uso silvoforestal -Grupo Cqueda clara la progresiva tendencia diacrónica a reducir su importancia en las inmediaciones de los sitios. En cuanto a las mediciones en el entorno a media distancia -una hora de marcha a pie desde los sitios-los resultados (Fig. 8) muestran una leve tendencia a la disponibilidad de mejores tierras AEspA 2009, 82, págs. 275-300 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.082.009.011 agrarias -Grupo A-en época visigoda y sobre todo confirma lo observado previamente: el decrecimiento en la disponibilidad de terrenos de uso no agrícola, que en época altoimperial parecen adquirir una notable presencia. Dado el carácter experimental y no reconstructivo de la metodología empleada, estos resultados han de tomarse con cautela. En efecto, se trata de la exploración sobre una muestra de sitios que aunque consideramos representativa del panorama comarcal, es muy reducida 11. En todo caso la distinción neta entre la etapa altoimperial y tardorromana resulta por el momento artificiosa, pues la propia reocupación de los sitios es muestra de la continuidad en las pautas de asentamiento y explotación del paisaje. DINÁMICA DE LOS PALEOPAISAJES Como complemento al estudio del poblamiento y los usos del suelo incluimos a continuación los resultados de varios estudios paleopalinológicos que informan directamente del intervalo temporal contemplado. Dos yacimientos romanos abulenses de reciente excavación han podido ser muestreados: El Vergel II y la Laguna de los Casares (Fig. 9), ofreciendo imágenes explícitas sobre el impacto antrópico en la zona del Sistema Central y en la transición hacia las campiñas sedimentarias. Por otra parte, se ha estudiado una turbera inserta en plena zona de trabajo: la secuencia de Ojos Albos (Ávila), en el macizo del mismo nombre, que permite obtener una lectura diacrónica de la dinámica de las formaciones vegetales en los últimos dos milenios. La extrapolación de conclusiones generales a partir de registros puntuales es una preocupación implícita en cualquier estudio paleoambiental con un mínimo de rigor, y las advertencias sobre las limitaciones de tal enfoque (p.e. Sin embargo, tendiendo muy presentes esas consideraciones, la mejor forma de ir perfilando nuestras carencias es abordarlas con estudios concretos, dirigidos a caracterizar esta oscura etapa. Por todo ello, ha resultado conveniente comparar estos registros polínicos con otros obtenidos en zonas colindantes al área de estudio, como es el caso del sondeo en la vega húmeda campiñesa del Prado de la Vega (Ariño et al. 2002) y el depósito de montaña del Puerto de Serranillos (López Sáez et al. 2009), que cuentan con dataciones absolutas y un registro de aceptable resolución. Por contra, los estudios realizados sobre depósitos del Valle Amblés (Andrade 1994; Andrade et al. 1994; Ruiz Zapata et al. 1996) apenas permiten afirmar algo, debido a la pérdida de detalle por su baja resolución muestral y una presen-Figura 8. Gráficos de caja y arbotante con mediciones (en hectáreas) de los grupos de suelos accesibles en 1 hora desde los yacimientos. Los casos atípicos se simbolizan mediante círculos y los extremos mediante «x». 11 Tras efectuar diversas pruebas con todos los yacimientos inventariados, finalmente el estudio de los territorios de explotación se ha efectuado sólo con los de cronología segura: 6 sitios altoimperiales, 16 tardorromanos y 13 visigodos. Este sitio fue objeto de una campaña de excavación en extensión en 2001, que puso al descubierto los restos estructurales de un área residencial y posiblemente artesanal y productiva, datada entre los siglos I y II (Strato 2001). El análisis polínico (Fig. 10) se efectuó sobre dos muestras, procedentes respectivamente del núcleo 1 (cuadro 5, hoyo 1) y núcleo 4 (zona 2, nivel de ocupación). Ambas muestran una cobertura arbórea del orden del 33-37%, donde sobresale la encina (19-21%). De igual manera, elementos regionales como el melojo (3-4%) y el pino albar (2-3%) muestran también porcentajes testimoniales. En cambio, el fresno es abundante (5-6%), seguramente como reflejo del entorno húmedo y lagunar en el que se sitúa este yacimiento. La cobertura arbustiva es igualmente escasa (2-4%), siendo la jara pringosa (2-3%) su elemento más significativo. Tal reducción de las formaciones forestales, sobre todo de aquéllas de carácter local como el encinar, abogarían por la deforestación del bosque climácico de la zona, el encinar. Esta hipótesis viene avalada por una considerable representación porcentual de la cobertura herbácea (59-65%), en la cual son preponderantes los elementos correspondientes a los pastizales de vocación ganadera o antropozoógenos (47-51%), así como la importancia del porcentaje de prados nitrófilos (33-42%) combinado con el cultivo del cereal (3-5%). En conclusión, el estudio polínico de Laguna de Casares demuestra que el paisaje inmediato a este enclave agrario sufrió un impacto antrópico muy importante, centrándose primordialmente en la explotación pastoril del encinar y en el desarrollo en el entorno inmediato del yacimiento de cultivos de cereal. En paralelo a estos últimos, también se documenta el cultivo del olivo, pues polen de Olea europaea aparece con un 3-4%. Relacionándose con todo lo anterior, la antropización del paisaje circundante al yacimiento fue importante, cobrando gran importancia los pastos nitrófilos como consecuencia de una intensa explotación agropastoril del territorio. El Vergel II (San Pedro del Arroyo, Ávila) La villa de El Vergel, de cuyos hallazgos ya hemos hablado (Serrano 2007), también ha sido objeto de un estudio polínico (Fig. 11) a partir de otras dos muestras procedentes de las UUEE 118 (interior de ollita) y 175 (cenizal), es decir, de la ocupación del siglo IV. Los resultados muestran un paisaje relativamente forestado, con una cobertura arbórea más o menos densa (43-45%), en la cual el elemento fundamental es la encina (Quercus ilex tipo) con un 23-25%, y en menor medida el roble melojo (Quercus pyrenaica tipo, 9-10%), el pino albar (Pinus sylvestris tipo, 6-8%) y el fresno (Fraxinus, 3-4%). La cobertura arbustiva es escasa (6-8%) y apenas está constituida por jaras pringosas (Cistus ladanifer, 4-5%) y diversas labiadas (2-3%). Estos datos apuntarían por tanto la existencia, en el entorno inmediato de la villa, de un encinar bien conservado y relativamente denso, aunque escaso en elementos arbustivos, posiblemente como reflejo de la presión pastoral que soportaría este bosque. De hecho, entre las herbáceas, que representan el 47-49%, los principales elementos florísticos pertenecen a los prados antropozoógenos (30-37%), de vocación ganadera y en los cuales prosperarían elementos como Plantago lanceolata tipo, Urtica dioica tipo o Chenopodiaceae-Amaranthaceae entre otros. Aludiendo a esta presión pastoral, sobre los encinares próximos a El Vergel, se documentan ascosporas fúngicas de hongos coprófilos (Sordaria y Sporormiella) con un 5-7% (López Sáez et al. 1998, 2000). Lógicamente el porcentaje de éstos no es demasiado elevado dado que las muestras polínicas proceden del interior de la villa que no del exterior, donde hipotéticamente se situarían esos pastizales ganaderos ricos, sobre todo, en gramíneas. El porcentaje de roble melojo es relativamente bajo, lo mismo que el del pino albar, reflejando la procedencia regional de ambos: en el primer caso de los primeros contrafuertes montañosos del piso supramediterráneo en el entorno de las serranías gredenses; en el segundo, con seguridad, desde cotas altitudinales más elevadas en los pisos supramediterráneo superior y oromediterráneo de las cumbres de la Sierra de Gredos. En el caso del fresno, su porcentaje es igualmente bajo, lo cual podría aludir tanto a un impacto antrópico pastoril sobre la fresneda como a la especial ubicación de esta formación en las zonas riparias de la comarca. Aunque el porcentaje de prados nitrófilos es del orden de un 13-19%, éste tampoco es demasiado elevado dado el carácter zoófilo de los principales palinomorfos aquí incluidos (Cichorioideae, Cardueae, Aster tipo, etc), por lo que podría sostenerse que la buena conservación del encinar antes señalada vendría consentida por un impacto antrópico no demasiado elevado en el entorno inmediato, conservándose los bosques y su vegetación. Por último, en ambas muestras ha podido identificarse polen de cereal, un 4% en la UE 118 y un 2% en la UE 175. Al menos para la primera, el porcentaje de cereal resulta suficiente para admitir la existencia de cultivos cerealísticos muy próximos a la villa (López Sáez; López Merino 2005). sito higroturboso nos permite reconstruir la paleovegetación de dicha sierra desde al menos el siglo IV cal AD (Fig. 13), para lo cual nos hemos apoyado en la información aportada por 6 dataciones radiocarbónicas (Fig. 12). En la Fig. 13 se muestra una escala con la edad estimada en fechas calibradas cal AD, obtenida mediante un modelo edad-profundidad interpolando los ritmos de acumulación entre cada datación. Para realizar estas interpolaciones se han utilizado las dataciones calibradas en años cal AD a 2 ó, y dado que las calibraciones son intervalos de probabilidad, se ha escogido el punto de mayor probabilidad del intervalo de calibración para cada datación. Este punto de mayor probabilidad se ha obtenido con el programa de calibración CALIB 5.0.2, como referencia para los cálculos de las edades. Entre los siglos IV y V cal AD, el paisaje de la Sierra de Ojos Albos parece dominado mayoritariamente por formaciones herbáceas, especialmente de gramíneas (Poaceae, ca. 40-50%), siendo el porcentaje de palinomorfos arbóreos realmente escaso, entre los cuales deben destacarse, no obstante, la presencia de diversas especies de pinos (Pinus pinaster, Pinus pinea tipo, Pinus sylvestris tipo), todos ellos con carácter alóctono, ya que con toda seguridad no estaban presentes en nuestra área de estudio sino en zonas circundantes relativamente alejadas de la Sierra de Ojos Albos. Así, en el caso de los dos primeros pinos citados, probablemente provendrían de las zonas de fondo de valle de la Comarca de Pinares, al sur, donde actualmente prosperan densas formaciones mixtas de pinares piñoneros y resineros. En el caso de Pinus sylvestris tipo, tales palinomorfos, con toda seguridad, hacen referencia a la existencia de pinares altimontanos en las mayores cotas de las zonas montañosas aledañas, probablemente en Las Parameras e incluso en las zonas más occidentales de la Sierra de Guadarrama. Entre el resto de taxones arbóreos cabe sólo señalar una presencia testimonial de la encina (Quercus ilex tipo) y con mayor porcentaje del roble melojo (Quercus pyrenaica tipo, ca. Con todo ello, el paleopaisaje de Ojos Albos en estos siglos mostraría un grado de deforestación muy alto, pues si eliminamos los diversos tipos de pinos, entre la flora arbórea apenas se detecta un 20% de robles y encinas. Entre la flora arbustiva, igualmente escasa, se han identificado las jaras (Cistus laurifolius tipo) y los brezos (Erica arborea tipo). Aparte de las gramíneas, antes nombradas, entre la flora herbácea cabe señalarse la identificación de un elenco de flora nitrófila reseñable (5-17%), que indicarían una presión antrópica sobre el medio de esta sierra en tal marco cronológico. Otros palinomorfos La presencia de polen de olivo (Olea europaea) es constante en este intervalo temporal (siglos IV-V cal AD), aunque con valores que no superan el 1%, y que únicamente supondrían una procedencia extra-regional del taxón desde zonas alejadas al área estudiada, donde probablemente se cultivaba gracias a la benignidad climática del periodo cálido romano que duraría aproximadamente hasta mediados del siglo V cal AD (Desprat et al. 2003). Estos datos coinciden con los aportados por el estudio palinológico de la turbera del Puerto de Serranillos (López Sáez et al. 2009) que igualmente demuestran el cultivo del olivo en tales fechas. En cambio, el centeno (Secale cereale) empezó a ser cultivado en Ojos Albos sólo hacia el siglo V AD, en paralelo a la ralentización del cultivo del olivo y cierto retroceso del robledal, posiblemente en relación con la primera influencia de un periodo de marcado detrimento climático, el llamado periodo frío altomedieval, que se extendería desde la segunda mitad del siglo V cal AD hasta la segunda mitad del siglo X cal AD (Desprat et al. 2003). Entre los siglos VI y XVIII cal AD la paleovegetación apenas difiere sensiblemente de los siglos precedentes con presencia alóctona, a veces importante, de diversas especies de pino (sobre todo en el siglo XIV cal AD), con presencia local mínima de melojares en la Sierra de Ojos Albos y de encinares en sus cotas más bajas, así como de todo un elenco de flora nitrófila o antropozoógena que darían cuenta de procesos de antropización del paisaje de esta sierra, mayoritariamente mediados por la presencia de ga-nado en su entorno. Al igual que antes, se sigue documentando polen de cereal pero en porcentajes bajos, redundando en su carácter extra-local, posiblemente a partir de aportes de las zonas de valle inmediatas. Estos hechos parecen confirmar que la Sierra de Ojos Albos ha sido siempre, predominantemente, una zona ganadera, y con toda probabilidad en las épocas estivales. De hecho, en este marco cronológico, siguen siendo abundantes los pastos antropozoógenos (más importantes que en los siglos IV-V cal AD), pero sobre todo se produce un aumento espectacular de los hongos coprófilos que nos indicarían la presencia de ganado in situ (López Sáez et al. 2000). Dentro de este amplio marco cronológico de los siglos VI a XVIII cal AD, el diagrama polínico permite percibir periodos de mayor cambio en la paleovegetación y gestión del territorio de la Sierra de Ojos Albos, que a continuación se describen. Entre los siglos X y XIII cal AD se produce un aumento muy significativo de las quercíneas caducifolias, del roble melojo, coincidente con una mayor proliferación de la maquía termófila de jaras y brezos, momento que además conlleva un mayor grado de antropización de la sierra y con la mayor presencia del cereal, así como con un máximo muy importante de los pastos húmedos. Todo esto nos haría pensar en unas condiciones más benignas a nivel climático, de tipo templado-húmedas, que se corresponderían con el denominado periodo cálido bajomedieval, y en paralelo con el hecho de que la repoblación de la zona se iniciara hacia el año 1087 d.C. Este periodo también se ha confirmado en el Puerto de Serranillos (López Sáez et al. 2009), y a lo largo de él los cereales y el centeno se cultivan entre los siglos X-XII cal AD, posteriormente se abandonan y se recupera el cultivo del olivo a partir del siglo XIII cal AD. Dentro del intervalo de los siglos X-XIII cal AD, hay un momento en el que se rompe la dinámica antes Figura 12.: Dataciones radiocarbónicas de la turbera de Ojos Albos (Ávila) y su edad calibrada a 2 σ. AEspA 2009, 82, págs. 275-300 ISSN: 0066 6742 doi: 10.3989/aespa.082.009.011 expuesta, justo en la transición entre los siglos XII-XIII cal AD, en el cual el pinar de Pinus sylvestris sufre un retroceso muy importante bajando del 5%, coincidiendo con la progresión del jaral de Cistus laurifolius, el completo cese -como vimos-del cultivo de diversos cereales incluyendo el centeno y, también, cierto retroceso en la presión pastoral. Es probable que estos hechos tengan alguna vinculación con un periodo más árido, pues de hecho los pastos húmedos se reducen sensiblemente, así como con un cambio sustancial en la gestión de estos territorios, pues justo a continuación, como se dijo, se recupera el cultivo del olivo y la presión pastoral se hace muy importante a partir del siglo XIII cal AD. Durante los siglos XIV y XV cal AD, el diagrama polínico muestra máximos de todos los indicadores de actividades ganaderas, tanto de los pastos antropozoógenos como ante todo de los hongos coprófilos. Todo ello coincide, a su vez, con una disminución importante de los pastos húmedos de Cyperaceae y de los pastos graminoides. En este mismo marco cronológico, el pino albar (Pinus sylvestris tipo) aumenta considerablemente (> 30%) y desaparecen casi todos los indicadores de antropización de los pastizales antrópico-nitrófilos. Estos datos nos hacen pensar en una fase seca importante, lo cual redundaría en la progresiva desaparición de los pastos húmedos, facilitando así la llegada de la cabaña ganadera al seno mismo de la turbera, y al aumentar la presión sobre los pastos locales desaparecería la mayor par-te de las gramíneas. De igual forma, este marco temporal coincidiría quizá con la mayor presión pastoral de la sierra derivada del trasiego de los ganados mesteños bajomedievales, para los cuales Ojos Albos fue una vía de paso importante. A partir de las informaciones presentadas, queda claro que todo intento de interpretación global del intervalo y la zona en estudio adolecerá de la ausencia de precisión en las cronologías y de falta de una caracterización más detallada de muchos aspectos, apenas esbozados. Sin embargo, la integración de las informaciones reunidas permite plantear un marco explicativo preliminar. Aunque los ritmos concretos de los diversos procesos interrelacionados en examen nos son sólo parcialmente conocidos, se intuyen ya dinámicas discontinuas de dispersión y agrupación del hábitat, de extensión y reducción del espacio agrario, de intensificación agraria o de permanencia y eventualidad del hábitat rural. La lectura en el tiempo largo (longue durée) permite resaltar así ciertas referencias nítidas del proceso histórico. El punto de arranque coincide con el fuerte impacto de la colonización romana, que implicó la sustitución de las estrategias del Hierro II -de débil integración política, autosuficiencia productiva y absoluta concentración del hábitat en aldeas fortificadas-por otras nuevas. Su implantación habría acaecido en época altoimperial, antes de lo admitido por algunos autores. El deforestado entorno registrado mediante el polen en el yacimiento de la Laguna de Los Casares hacia el siglo II, en un medio geográfico de mediana calidad agraria y donde es desconocida la ocupación del Hierro II, refleja un alto impacto antrópico, explicable como el efecto de varias generaciones de prácticas agroforestales de cierta intensidad. La implantación de este sistema romano respondería a un fenómeno de colonización de espacios de alto potencial agrario, como las campiñas, y abarcaría una notable diversificación productiva. Así parece mostrarlo la temprana ocupación de los distintos nichos ecológicos del área estudiada. No puede descartarse cierta especialización productiva, como, de estar en lo cierto, podría indicar la preponderancia de las tierras de uso no agrícola -Grupo C-en el entorno de los sitios altoimperiales del Valle Amblés. En época tardor-omana documentamos las consecuencias de varios siglos de funcionamiento del sistema romano: la ocupación del territorio alcanza a configurar una nutrida red de asentamientos agrarios dispersos, que giran en torno a las villae. Algunos establecimientos amurallados en altura completan un esquema territorial complejo, dirigido probablemente a la intensificación de la producción agraria. Los complejos vilicarios del siglo IV funcionan como pujantes residencias aristocráticas y dinámicos centros de producción agraria, según muestran los resultados polínicos en la villa abulense de El Vergel II. Las estrategias de ocupación del territorio priman los entornos campiñeses, donde la densidad de villae es mayor que en el Sistema Central (Fig. 4). La explotación agropastoril de las llanuras sedimentarias parece pues un rasgo relevante entre los regímenes de tenencia y gestión agraria de las grandes propiedades fundiarias. Estos dominios aristocráticos -que en casos como el de la villa segoviana de Los Casares pudieron pertenecer a individuos de alto rango administrativo en época teodosiana-estarían formados por heredades de mediana y gran extensión caracterizadas por su dispersión geográfica. Tal vez por ello el estudio mediante SIG de los suelos en los entornos más cercanos a los sitios tardorromanos del Valle Amblés apenas nos ha permitido caracterizar leves tendencias, en una línea marcada por la continuidad de las estrategias productivas. Aun así, los enclaves en tal dominio serrano tienden a situarse en terrenos de potencialidad agraria más equilibrada aún, con un leve repunte de la disponibilidad de tierras óptimas para usos agropastoriles permanentes -Grupo A-(Fig. 7). Todo apunta, por tanto, hacia unos procesos de intensificación agraria a lo largo del sistema romano, dirigidos desde núcleos de poder rural en los que no faltan ciertos hitos territoriales -como los poblados amurallados-complementarios de las villae y las urbes. En un estadio avanzado, hacia el s. V, la turbera de Ojos Albos acusa una mermada cubierta forestal, con melojares y encinares en retroceso, y la extensión en ese medio serrano de los pastizales antropozoógenos (Fig. 13). El intercambio de productos agrarios como factor dinamizador de la especialización productiva pudiera quedar avalado por el cultivo del olivo, que aparece bien constatado en estos momentos, tanto en El Vergel II como en Ojos Albos. No tenemos suficiente resolución cronológica como para enlazar el sistema romano con la coyuntura que sobrevino tras el desplome de la estructura imperial (p.e. En efecto, nuestro enfoque en el tiempo largo tiende a realzar los efectos acumulativos, consumados, de la ordenación y uso del territorio sobre el territorio analizado. Así, alcanzamos a definir el poblamiento vigente en un momento avanzado del regnum toledano como probable resultado de un ejercicio de promoción política tendente a una ocupación integral del territorio (Fig. 5), pero desde una lógica de apropiación del mismo muy distinta. Además se conformó una malla rural aún más nutrida, implicando el interés por espacios productivos antes considerados marginales, mejor adaptados a estrategias extensivas y diversificadas según micro-regiones (Lewit 2009: 79-82). Tal red de humildes asentamientos campesinos parece adecuarse a una eficaz organización del territorio, que probablemente conllevaría su control desde un conjunto jerarquizado de centros en altura. Tanto el estudio de los usos del suelo en el Valle Amblés a partir de tales sitios, como las secuencias polínicas diacrónicas coinciden en señalar cierta estabilidad de las estrategias productivas respecto al panorama precedente, tal como se constata en otras regiones europeas entre los siglos V y VI (ibidem: 79). En concreto, en época visigoda los usos del suelo simulados mediante SIG en este valle intramontañoso muestran unas proporciones de clases de terrenos muy equilibradas, que no permiten confirmar una posible tendencia ganadera y forestal en relación directa con el tipo de poblamiento elegido, como previsiblemente indicaría un incremento en los valores de suelos del Grupo C. Es decir, que la presunta deriva hacia un régimen de ganadería extensiva pudo haberse emprendido sin que afectara a la localización del asentamiento. En cambio, del estudio de los usos potenciales del suelo junto al hábitat rural visigodo sí es posible advertir la importancia relativa que adquirieron los terrenos de calidad agraria intermedia o Grupo B (Fig. 7). El beneficio de estos suelos requiere unas prácticas agroganaderas diversificadas e integradas, y una serie de técnicas de regeneración de nutrientes -abonado, cultivo al tercio, empleo de leguminosas para nitrogenar las parcelas, etc.-y costosas infraestructuras agrarias, como bancales para corregir la pendiente o zanjas de drenaje para evitar el anegamiento; todos ellos requisitos materiales bien constatados entre comunidades coetáneas (Quirós y Vigil-Escalera: 109-110; Vigil-Escalera 2006, idem 2007: 272-273). Además el cultivo del centeno (Secale cereale) que según el diagrama polínico de Ojos Albos se emprende en estos momentos (Fig. 13), pudo haber jugado un importante papel, en consonancia con su auge en la Europa altomedieval (p.e. En efecto, se trata de un cereal más resistente que el trigo, mejor adaptado a las exigencias de una posible ampliación del terrazgo agrícola: en ecotonos de mayor altitud soporta las heladas, precisa de relativamente menor aporte hídrico y prospera en suelos de mediana calidad. En definitiva, los campesinos de época visigoda estarían en condiciones de apropiarse y sacar buen partido del uso agrario de esta clase de terrenos, ganados al bosque mediante su roturación. La capacidad de aprovechamiento agrario de los suelos del Grupo B sería pues un requisito necesario para apoyar la hipótesis de la colonización y aprovechamiento de nuevos espacios agroforestales, como se ha propuesto para el Valle Amblés (Blanco González e.p.), dentro de estrategias de diversificación productiva propias de comunidades campesinas. Esta serie de anotaciones no constituyen sin embargo una explicación del fenómeno: en último término la decisión de ampliar el terrazgo partiría de unos concretos condicionantes sociales, políticos y demográficos. Junto a la importancia de la cerealicultura de secano y de ciertos productos de huerta en zonas irrigadas -que han quedado bien documentados en época romana-, cabe resaltar ahora la importancia de la arboricultura mediterránea. En efecto, desde este momento tanto el olivo como la vid -ésta última peor representada en los espectros obtenidos, pues su carácter zoófilo limita la dispersión polínica-alcanzan un gran papel. El interés de estos cultivos radica en su probable destino comercial (Quirós; Vigil-Escalera 2006: 109), pues si bien se insertaría dentro de limitados circuitos intercomarcales, se trata de una actividad claramente excedentaria. Sin embargo el polen de olivo (Olea europaea) se detecta ya hacia 100 cal AD en la turbera del Puerto de Serranillos (López-Sáez et al. 2009) y en Ojos Albos comparece desde el comienzo de la secuencia. Por el bajo porcentaje en época romana no podemos admitir su cultivo local en la sierra, aunque sí en un ámbito extra-regional. Significativamente el olivo se mantiene estable durante los siglos V y VI, alcanzando su máximo valor en el palinograma entre los siglos VII-VIII cal AD (Fig. 13), momento en que puede afirmarse su cultivo comarcalmente, al menos en las zonas más bajas de la Sierra de Ojos Albos (Fig. 13). Otro aspecto de importancia en la historiografía actual, ya aludido, ha sido la búsqueda y explicación de cambios en las pautas agroganaderas en época visigoda. En el registro de Ojos Albos, sobre todo desde el VI en adelante, se asiste a un importante incremento de los taxones antrópico-nitrófilos: tanto los pastos antropozoógenos como los hongos coprófilos están presentes de una manera constante y con porcentajes cada vez más importantes. Podemos relacionar este hecho con una presión humana y pastoril mucho más intensa en estas zonas de montaña. Interpretación esta última no exenta de detractores (Hamerow 2002: 112; Quirós; Vigil-Escalera 2006: 83) que no consideran válidos tales argumentos para afirmar una preponderancia ganadera. Con los datos presentados aquí no apreciamos una merma significativa de la actividad agrícola, ni en los usos del suelo cerca del hábitat ni en las secuencias polínicas. En cambio sí constatamos reiteradamente fenómenos asociados al clareo del bosque y la extensión de los pastos en época visigoda. Al respecto, se ha dudado de la existencia real de una deforestación a partir del siglo V tras comparar el alto porcentaje de polen arbóreo (AP) en los entornos de un conjunto de sitios visigodos frente a otros tardorromanos, también muestreados (Quirós; Vigil-Escalera 2006: 109-110). Pensamos que este tipo de contrastes, sobre muestreos polínicos en sedimentos arqueológicos, son idóneos para estudiar los ámbitos agrarios -que tan bien reflejan la cerealicultura y la actividad ganadera en pastos de cercanía-, mientras que su interpretación en términos de las dinámicas de antropización de ámbito regional resulta más problemática. Como alternativa hemos recurrido a sondeos polínicos diacrónicos, de alta resolución muestral y acotación temporal mediante radiocarbono, efectuados sobre depósitos naturales de montaña. A partir de los registros de que disponemos, hemos verificado la tendencia a una progresiva deforestación en los entornos boscosos serranos, aquellos no directamente relacionados con los ámbitos de residencia y presencia permanente de la población. En efecto, es allí donde se manifiesta en estos momentos la presión humana sobre las masas forestales altimontanas (Pinus sylvestris y/o P. nigra) y sobre los melojares a media altura. La recesión en los valores regionales de AP obtenidos en la turbera de Ojos Albos parece indicar una intensificación de las cortas forestales a partir de mediados del V -para madera o leña-y la introducción del ganado, deducida del aumento de las herbáceas y los elementos antrópicos-nitrófilos (Fig. 13). Eventos semejantes se documentan en el Puerto de Serranillos (López Sáez et al. 2009), donde en época visigoda se produce una profunda deforestación del pinar altimontano, provocando el desarrollo de matorrales degradativos de estos bosques. Las dificultades para reconocer formas de hábitat rural en las serranías (Fig. 5) nos hace plantearnos que el fenómeno probablemente respondería a campañas de trabajo ganadero y forestal estacionales. Se retrotraerían por tanto hasta estos momentos unas prácticas tradicionales de cooperación comunitaria de las que disponemos de numerosos testimonios12. Por otra parte, a la vista de los registros polínicos cabe argumentar que el impacto ecológico sobre las masas forestales fue muy importante. Al respecto no contamos con indicios claros sobre la práctica de rozas con fuego, pero este tipo de usos no son en absoluto descartables, como parecen apuntar algunos testimonios. Así, en el yacimiento salmantino de Los Melgares (La Vellés), en las campiñas de la Armuña, en una reciente excavación preventiva se ha detectado un extenso depósito ceniciento de arrastre, datado en época visigoda, que se ha relacionado con el empleo de rozas para clarear el bosque, unido a consiguientes fenómenos erosivos (Ariño; Dahí 2008). Es más, aparte del efecto combinado del impacto antrópico y de la cabaña ganadera, estas dinámicas de deforestación del bosque se verían agudizadas por la concurrencia del cambio hacia un clima más frío y seco; el periodo frío altomedieval ca. Este cambio climático, bien registrado en otras regiones europeas (p.e. Cheyette 2008: 157ss), ha podido ser acotado en la secuencia polínica de Ojos Albos y en depósitos higroturbosos cercanos, como la zona VEG-F del Prado de la Vega (Ariño et al. 2002: 297) o el Puerto de Serranillos (López Sáez et al. 2009) y supuso el descenso de las temperaturas y un régimen pluviométrico inestable, con sequías severas (Desprat et al. 2003: 72-73). Tal vez un reflejo indirecto de esta degradación climática pudiera verse en los cambios del propio patrón de asentamiento (p.e. En efecto, aun con las reservas que nos plantea la escasa resolución cronológica de los datos de superficie, parece desprenderse un establecimiento en virtud de zonas húmedas que en época romana probablemente quedarían anegadas. Se trata de localizaciones no ya estrechamente asociadas a la red fluvial -siguiendo una tendencia secular-, sino en entornos incluso eventualmente encharcados de esas vegas y riberas (p.e. Ariño 2007: 335) o inmediatas a humedales -los bodones o lavajos-en las campiñas al sur del Duero (p.e. Calleja 2001: 126), que en el Valle Amblés se traduce en la ocupación de zonas de topografía deprimida, como la misma plataforma de inundación del río Adaja (Fig. 5). A partir del siglo VIII el cambio es patente a todos los niveles. Parece claro que las transformaciones responden a un contexto de desarticulación política y económica (Castellanos; Martín Viso 2005), si bien falta una contrastación arqueológica de las propuestas interpretativas generales apuntadas para el interior peninsular (p.e. En las extremaduras del Duero parece asistirse a fenómenos de diversificación regional (Martín Viso e.p.) como ya hemos apuntado. Entre los rasgos ubicuos destaca la tendencia a una mayor eventualidad del hábitat, que tan bien contrasta con el modelo tardoantiguo de la villa señorial (Ariño 2007: 335). Las soluciones que adopta el asentamiento no están claras: una opción parece consistir en la reunión de unidades familiares dentro de un concepto cercano al de las comunidades de aldea -probables casos de Los Henrrenes (Díaz de la Torre 2005) o la Lancha del Trigo (Gutiérrez Palacios et al. 1958)-; mientras que otras fórmulas pudieran indicar una agregación laxa de ocupaciones domésticas, como el enclave zamorano de La Huesa (Nuño 2003). En cuanto a las pautas de subsistencia, poco puede asegurarse con certeza, si bien cabe un replanteamiento de la dinámica expansiva altomedieval a partir de las trayectorias precedentes, que poco a poco van siendo mejor conocidas (Vigil-Escalera 2009: 218-219). Tras desarticularse los flujos de intercambio entre comarcas y diluirse la presión de los aristócratas locales, el espectro de opciones pudo ser amplio, dentro de una básica orientación hacia la autosuficiencia. De nuevo encontramos propuestas sobre la diversificación productiva de las comunidades, y sobre todo se enfatiza la especialización ganadera que pudieron adoptar tales grupos. Ya en las primeras investigaciones sistemáticas y documentadas sobre la región, como la de Barrios (1983: 122), se pronosticaba una especial dedicación ganadera entre los grupos que permanecieron hasta época de repoblación. Tal estrategia respondería a la inestabilidad política, las adversidades climáticas y la ocupación de suelos pobres serranos, que daría lugar a un paisaje caracterizado por el predominio del saltus sobre el ager. Los datos disponibles no permiten desmentir esa imagen, aunque sí matizarla, reivindicando cierta continuidad de las actividades agroforestales. Así, en Ojos Albos el taxón Cerealia marca la perduración de la cerealicultura de secano hasta el siglo XII y algo similar cabe decir respecto al cultivo del centeno (Fig. 13). En cuanto a las masas forestales -especialmente pinares y melojares-, cabe señalar su eventual recuperación entre 850 y 950 cal AD, posible reflejo de la merma demográfica, que conllevó la recesión del impacto sobre el bosque. Esta regeneración de las formaciones boscosas es también patente en las campiñas meridionales del Duero, como muestra la zona VEG-E del sondeo de La Armuña (Ariño et al. 2002: 300). Respecto al clima cabe señalar que durante esta etapa se asiste al Periodo Cálido Medieval (ca. 950-1400 cal AD) caracterizado por un aumento de la pluviosidad y las temperaturas, que haría más agradable la ocupación de entornos serranos como los elegidos por los poblados abulenses de la Lancha del Trigo o Los Henrrenes. Por último, el proceso repoblador desde finales del siglo XI implicó el aprovechamiento y potenciación de las estructuras agrarias y de poblamiento preexistentes en la zona. La ordenación feudal del territorio estudiado probablemente conllevó la consolidación y promoción de gran parte de los procesos de larga duración mantenidos de manera fluctuante durante siglos. De esta forma, habría que revalorizar la larga historia agraria del sector y el protagonismo del componente campesino autóctono. Ello conlleva re-formular el significado histórico de los paisajes agrarios feudales en su justa medida, en el contexto de largos procesos en los que cuadran mal las ideas sobre unos medios naturales prístinos (Barrios 1983(Barrios, 2000)). A modo de colofón de cuanto venimos señalando, entre los procesos implicados en la organización plenomedieval del territorio cabría destacar la concentración del poblamiento, que queda reducido definitivamente y hasta nuestros días a las aldeas y villas urbanas. En sintonía asistimos a la proliferación del hábitat rural -debido a un despegue demográfico hacia 1200 sin precedentes-, de la que da sobrada muestra la extensa red aldeana documentada hacia mediados del XIII en las extremaduras (Barrios 1984: 14-23; Villar 1986). Entre los aspectos productivos, se asiste a un momento álgido de la intensificación agraria: la roturación y ampliación del terrazgo a una escala desconocida, así como la extensión de la cabaña ganadera, o del cultivo de la vid y el olivo. Se trata ya sin duda de actividades especializadas, insertas en una economía de mercado y un sistema de percepción de rentas dinamizado por las aristocracias feudales (Barrios 1983: 155; Villar 1986: 135-153). Estas dinámicas han quedado bien reflejadas en la turbera de Ojos Albos (Fig. 13), con una cadencia progresiva sólo interrumpida por algunos posibles eventos cortos de cambio climático, como el acaecido entre los siglos XII-XIII cal AD. Igualmente se rastrean en el Puerto de Serranillos (López Sáez et al. 2009) y en el sondeo polínico del Prado de la Vega -zona VEG-D-donde la intensificación de la actividad pastoril se ha relacionado con la formación del paisaje adehesado (Ariño et al. 2002: 300-301). En definitiva, a lo largo del texto se han apuntado algunos elementos legibles y reiteradamente constatados en las formas de ocupación y uso del territorio, que servirán para articular hipótesis de trabajo sobre las bases materiales del proceso histórico en el primer milenio d.C. La investigación futura en la región presenta el reto de verificar el grado de desarrollo que alcanzaron algunos de esos vectores infraestructurales entre la Antigüedad y el Medievo, así como esclarecer los factores históricos que explicarían las dinámicas aquí apenas esbozadas. Los autores quieren reconocer la ayuda y facilidades que en la obtención de los datos del IACyL y en la consulta de las fichas de yacimientos y las memorias de excavación nos han dispensado Milagros Burón, Francisco Fabián y Jorge Santiago.
Un recorrido por los mitos y creencias del mundo fenicio y orientalizante a través del monumento de La monografía realizada por el profesor F. López Pardo incorpora una visión novedosa sobre el monumento funerario ibérico de Pozo Moro (Chinchilla, Albacete) hallado de forma casual en 1970 y excavado poco después en sendas campañas en los años 1971 y 1973. Pozo Moro ha sido testigo directo de los avances de la propia investigación sobre el mundo ibérico y sobre los fenómenos de orientalización e influencia mediterránea en el mundo indígena hispano. Ha supuesto, además, un hito historiográfico de primera importancia y un punto de partida de diversas y, en ocasiones, opuestas visiones sobre el proceso de formación de la cultura ibérica y la transformación de las elites principescas y la posterior evolución de las aristocracias a lo largo de la Edad del Hierro peninsular. El trabajo al que se alude en estas líneas ofrece una particular visión centrada en la lectura, desde el lado oriental, de un monumento tradicionalmente observado como de génesis indígena aunque influido por el contacto con el mundo colonial, especialmente fenicio-púnico, dado el marcado carácter orientalizante de su estructura y de su programa iconográfico y decorativo. López Pardo redunda en ese carácter pero se aproxima a su análisis apoyándose en los mitos y creencias del mundo fenicio oriental, bien conocidos gracias a los textos grabados en las tablillas conservadas del Tell de Ras-Shamra, en el norte de Siria, la afamada Ugarit cananea devastada por los Pueblos del Mar en 1200 a.C. La complejidad y la importancia del monumento no sólo se refleja en su diseño arquitectónico; también se muestra en su particular ubicación, pues se alzó en un lugar destacado del borde oriental de la Meseta, alejado aparentemente de núcleos habitacionales y en el cruce de dos de las principales rutas terrestres del momento: la vía Heraklea o camino de Aníbal, auténtico eje vertebrador del Levante y la vía Complutum-Cartago Nova que unió el centro de la Península con la costa mediterránea. La monografía se estructura en dos bloques principales. En un primer bloque, de naturaleza predominantemente descriptiva y analítica, se busca la respuesta a algunas de las preguntas hace tiempo formuladas. El porqué de su ubicación aislada o su discutida datación, a caballo entre la fecha que ofrece el análisis de su programa decorativo que sitúa su construcción en el siglo VII a.C. y la cronología post quem que determinó el hallazgo, durante su excavación, de una deposición funeraria fechada en el siglo V a.C. gracias a las cerámicas griegas del ajuar funerario. Dentro de ese mismo bloque inicial nos encontramos una nueva propuesta de lectura de los relieves que, a nuestro parecer, es la más completa de las realizadas hasta ahora, pues apoyándose en todo lo publicado, despliega un abanico mayor añadiendo la visión de quien conoce las fuentes y los mitos orientales señalados como precedentes de estos que aquí nos ocupan. El resultado es extraordinario, pues el A. ha logrado identificar las escenas de los relieves (por ejemplo los del transporte del árbol de la vida, el del guerrero o el banquete en los infiernos) con algunos de los pasajes más destacados de la religiosidad semita (Asherah, el dios Sid cazador tocado con casco solar o el banquete de la deidad doble entronizada) ofreciendo, por lo tanto, una nueva y enriquecedora lectura que bien puede ser interpretada de dos formas: admitiendo que los iberos conocían y se identificaban con esa religiosidad o bien que el monumento realmente fue reutilizado y creado, en origen, tiempo antes de su última utilización como señalización del sepulcro de un aristócrata ibero hacia el año 500 a.C. El A. ofrece, pues, una nueva presa lista para ser consumida en un debate científico que deberá retomarse con renovados bríos en breve, sobre todo ahora que se plantea una nueva propuesta de reconstrucción del edificio en una de las salas del renovado Museo Arqueológico Nacional de Madrid. El segundo bloque de la monografía plantea una nueva lectura interpretativa y de conjunto sobre Pozo Moro. Aquí el A. se centra en la propia identificación del edificio de Pozo Moro con un almario, es decir, con un monumento de tipo vertical consagrado al culto colectivo a las almas de los difuntos, al igual que los conocidos nefesh, habituales, por otro lado, en contextos culturales fenicios y púnicos o ubicados bajo su esfera de influencia. Según esta lectura, Pozo Moro bien pudo ser un hito vertical que se transformó de forma paulatina en un elemento sacralizador del área circundante, es decir, en una especie de santuario que incluso llegó a provocar una reocupación posterior de su espacio inmediato por diversas áreas de necrópolis. López Pardo se apoya, para esta identificación, en los paralelos norteafricanos que trata de paradigmáticos en este sentido, algo con lo que estamos totalmente de acuerdo y que supone un referente a tener presente en este tipo de estudios que no había sido observado con detenimiento hasta fechas recientes. Junto con la lectura de carácter general que se realiza en este segundo bloque, el A. analiza también otros elementos que habían sido pasados por alto en otros trabajos sobre Pozo AEspA 2009, 82, págs. 301-310 ISSN: 0066 6742 discutido debate sobre los adstratos y los sustratos, es decir, sobre la propia naturaleza del monumento y su adscripción al mundo colonial y a una temprana penetración de esos influjos en los ámbitos ibéricos. Finalmente, se vuelve sobre el tema de la relación de este tipo de monumentos con la existencia de una monarquía sacra, argumentando, en una teoría opuesta a la de su excavador, que Pozo Moro no fue tumba de un rex ibérico ni un elemento de ostentación patrimonial. López Pardo, a través de una razonada propuesta, interpreta que el monumento albaceteño fue concebido para un uso colectivo y que estuvo relacionado directamente con la vida de ultratumba, con el paso al más allá y con las manifestaciones religiosas desarrolladas para asegurar la salvación del alma y la consecución de la vida eterna. Para concluir, referir tan sólo que lo que tenemos en nuestras manos es el estudio más sistemático realizado hasta el momento sobre el monumento de Pozo Moro y el que más aportaciones ha presentado, a la espera de que la futura publicación de la memoria de excavación nos dé luz, de forma definitiva, sobre los aspectos cronológicos o sobre los estrictamente edilicios. Con todos esos datos se podrá ratificar el posible «reaprovechamiento particular del espacio sacro ya privado de funcionalidad que el elemento vertical tenía» que debió suponer, para los que de él se sirvieron, un auténtico vehículo que señaló «la senda para todo un linaje hacia la Nueva Vida». Universidad de Alicante FERNANDO QUESADA SANZ. Control y prohibición de las armas desde la Antigüedad a la Edad Moderna. ISBN: 978-84-96813-23-6 En lo que ya empieza a ser una colaboración habitual, Ediciones Polifemo nos presenta el último libro de Fernando Quesada, con una nueva aproximación a la investigación del armamento antiguo, esta vez a través de un estudio diacrónico sobre los diversos aspectos de la posesión individual del armamento y su control por parte de los organismos de poder. El análisis se centra en Europa Occidental, desde el final de la Edad del Bronce hasta la formación de los Estados Modernos, con un cierto énfasis en los mundos Griego y Romano y una preferencia por usar el caso de la Península Ibérica a la hora de ilustrar la discusión, sin que por ello se resienta la vocación universal del trabajo. El libro está escrito en el estilo habitual del autor, ameno y un tanto coloquial en ocasiones, pero sin renunciar a su rigor científico, ni en la forma ni en el fondo. La voluntad de aligerar la lectura no la convierte automáticamente en una obra de divulgación estricta; se trata de un ensayo bien estructurado y seriamente trabajado que pretende discutir ciertos aspectos sobre el papel histórico del ejercicio de la violencia. La configuración del libro, con una presentación al principio de los objetivos y limitaciones del estudio, conclusiones parciales al término de cada capítulo, y un cierre al final a modo de conveniente resumen, permiten mantener la atención del lector en el hilo conductor de la discusión. A través de las diversas maneras, por parte del individuo y las estructuras de poder, de percibir y gestionar el acceso al armamento y su uso, se nos dibuja un amplio panorama sobre su influencia en cuestiones políticas (sociedades aristocráticas, estados centralizados, ciudadanía, etc.), sociales (justificación del uso de la violencia, acceso al armamento, percepciones sobre los instrumentos de combate, etc.) o económicas (control de los medios de producción, conocimiento especializado, materias primas, etc.), además de las estrictamente militares. El libro nos muestra con razonamientos claros y ejemplos argumentados cuán irrenunciables son estos temas al abordar un estudio serio de la globalidad de las sociedades del pasado, y hasta qué punto algunos aspectos siguen siendo totalmente vigentes en nuestros días. Por la misma variedad de situaciones que trata la obra en su intento de transmitir la universalidad e importancia de estas cuestiones, es inevitable que no pueda profundizar tanto como sería deseable en algunas argumentaciones, sin embargo el autor se cuida mucho de referenciar todo aquello que no está directamente justificado en el texto. Así, se agradece la falta de gratuidad de las afirmaciones, que permite al lector interesado saber dónde ir a buscar al menos una primera aproximación a la discusión que pueda haber detrás de un argumento. En este sentido, se podrá estar o no de acuerdo con las tesis del autor, pero no se podrá decir que no fundamenta sus conclusiones. El libro nos ofrece esencialmente una discusión razonada tanto de las ramificaciones sociales de la posesión de armamento por parte del individuo como de las causas y consecuencias del control de la producción y distribución (el acceso, en resumen) del armamento por parte de los elementos del poder. La línea argumental está articulada a lo largo de una progresión más o menos cronológica, empezando con las sociedades del Bronce Final, sobre todo en Grecia, y desplazándose a todo lo ancho del arco Mediterráneo a medida que se avanza en el tiempo. Se empieza con la introducción de los temas que se van a tratar y con una revisión del polémico derecho individual a la posesión de armas en la actualidad, para pasar a presentar los paisajes sociales en los que siempre parecemos acabar moviéndonos al aproximarnos a este tema, que son esencialmente dos. Por un lado el del individuo libre que legitima su pertenencia a la comunidad o sus privilegios en ella mediante la voluntad y la capacidad de ejercer la violencia en su defensa, lo que se denomina la «mentalidad guerrera arcaica», asociado a la posesión individual de las armas. Por el otro lado, el del Estado involucrado en procesos simultáneos de expansión y consolidación interna, que intenta armonizar la necesidad de una fuerza militar que le permita enfrentarse a sus adversarios con la exigencia de asegurarse la estabilidad frente a sus propios ciudadanos. Para ello se sirve, entre otras cosas, del control del acceso de la población al armamento, sobre todo en el caso de las armas consideradas en cada momento como «definitivas». A partir de aquí, el autor proporciona diferentes ejemplos de cómo estos modelos se presentan y evolucionan en diversas sociedades mediterráneas a lo largo del periodo tratado. Los primeros capítulos hacen referencia a Grecia y Roma, con incursiones en las civilizaciones del Mediterráneo Oriental y al caso Ibérico, contraponiendo diversos ejemplos de sociedades de tipo heroico con otros casos de control estatal del armamento, mostrando cómo las características de cada modelo se reflejan en el acceso de los individuos a las armas y el papel que tienen en cada caso aspectos como su posesión AEspA 2009, 82, págs. 301-310 ISSN: 0066 6742 o exhibición. A continuación el autor hace hincapié en la prohibición como método de control del armamento, ya sea mediante presión social, legislación o control directo de los recursos de producción. A estos efectos parte del final de Roma, y se adentra en el caso de Bizancio, para seguir con diversos ejemplos en la Edad Media europea y acabar ya en el Renacimiento y la formación de los Estados Modernos, centrándose de nuevo en las relaciones entre los sistemas estatales y los diversos aspectos de la regulación de las herramientas de combate. Termina con un epílogo en forma de resumen de las conclusiones extraídas en cada capítulo. El resultado es que la obra presenta, además de originalidad en su enfoque y elaboraciones, un marcado aspecto sintético, en cuanto a que recopila un importante conjunto de información referida a este tema, tratado de manera más o menos parcial por otros autores, la mayoría de los cuales, además, no se encuentran traducidos a nuestro idioma. Estamos, en fin, ante una obra imprescindible tanto para aquel que busque una referencia básica para empezar a entender la importancia y extensión de las ramificaciones del estudio del armamento dentro del análisis histórico, como para aquel que pretenda ampliar o consolidar su conocimiento al respecto, no sólo en los casos tratados específicamente en el libro, sino también en su perspectiva más amplia. El estudio del poblamiento ha constituido y sigue constituyendo uno de los principales focos de investigación de la protohistoria peninsular. Las dinámicas territoriales que se están estudiando en diversas áreas del hierro celtibérico (Arenas 1999; Burillo 2008) nos están permitiendo recomponer un entramado poblacional, dentro de un proyecto histórico del que este libro también es partícipe. El objetivo final de este trabajo es caracterizar el desarrollo histórico-demográfico que, con una serie de variaciones regionales, cristalizará en la constitución del oppidum, como eje rector de las comunidades políticas de la Navarra protohistórica. Es por lo tanto una historia de un proceso de formación porque parte de una premisa historiográfica plausible, la necesidad de estudios de larga duración, en el sentido «braudeliano» de la expresión, como forma de encontrar explicaciones a un problema histórico tan complejo como lo es la evolución del poblamiento en un área concreta. Para ello, entre otras cosas, se aporta una amplia recopilación de yacimientos como base documental, recogida en un catálogo sistemático de 261 sitios arqueológicos que se adjunta en un CD anejo. A este respecto resultan especialmente relevantes los datos referidos al poblado de Las Eretas (Berbizana) excavado por el propio autor y que supone un referente de primero orden para contrastar con el gran referente en el conocimiento del Hierro I y II en Navarra, el poblado del Alto de la Cruz (Cortes). La disposición ex-novo de una arquitectura doméstica de tipo cuadrangular como la detectada en ambos yacimientos, nos sitúa en un contexto de desarrollo urbanístico por lo menos desde los inicios del Hierro I en la zona (entre el primer momento de ocupación de Las Eretas y la Fase II del Alto de la Cruz). La comparación entre patrones de distribución territorial, configuración urbanística y cambios arquitectónicoscomo los documentados en la fase del Bronce Medio de Monte Aguilar-es utilizada por el autor para proponer una jerarquización social dentro de estas comunidades que explicaría la planificación constructiva detectada en yacimientos como el Alto de la Cruz. No obstante no queremos dejar de plantear las limitaciones del enfoque planteado por el autor (todos los métodos las tienen), sobretodo en relación a algunas de las conclusiones expresadas por el libro. El establecimiento de secuencias cronológicas precisas, aparato necesario sobre el que abordar el planteamiento de problemas histórico-sociales complejos, requiere a nuestro juicio de un conocimiento más detallado de los contextos arqueológicos microespaciales de estos hábitats. Es cierto que el libro participa de este planteamiento metodológico, pero también lo es que refleja la falta de intervenciones intensivas en asentamientos de que adolece la protohistoria del cuadrante septentrional de la Península. Arenas Esteban, J. El protocolo de actuación en Arqueología Urbana nos dice que todo el patrimonio arqueológico urbano debe ser tratado como si fueran los documentos de un archivo oculto en el subsuelo o tras las fachadas de los edificios. Un patrimonio que debe ser catalogado de forma exhaustiva y estar previsto en las normativas de actuación urbanística. Con el estudio de estos datos, corresponde a los arqueólogos e historiadores la investigación sobre la evolución de la ciudad, proporcionando a los urbanistas una documentación ordenada y rigurosa que permita definir con claridad los criterios de protección y de actuación, las líneas de desarrollo inmediato del planeamiento y sus límites deseables. En Tarragona, la explosión de la construcción urbana en los últimos 25 años ha tenido un control efectivo desde el punto de vista administrativo pero casi ninguna explotación científica organizada. Según datos del Servei Territorial de Arqueologia de la Generalitat que nos suministra la arqueóloga terri-torial Dra. Maite Miró, en los 25 años que separan 1982 del 2007 se han efectuado, tan solo en el término municipal de Tarragona, un total de 1.342 intervenciones arqueológicas (excavaciones, seguimientos de obras, adecuaciones o documentaciones). En el pasado año 2008, momento del estallido de la «crisis global», se habían ya realizado 87 intervenciones. Con excepción de unas muy pocas publicaciones, tan solo contamos para evaluar e interpretar los datos obtenidos en toda esta inmensa tarea con los perceptivos informes y memorias de excavación. Unos documentos de calidad francamente desigual ya que siempre deben ser escritos cuando nuevas obligaciones reclaman a los profesionales directores. Al mismo tiempo, toneladas de materiales pendientes de estudio esperan su momento en las nuevas naves industriales que sirven de almacenes al Museu Nacional Arqueològic de Tarragona. Conocer toda esta información arqueológica, poder catalogarla, discriminarla y analizarla en detalle debería ser una actividad prioritaria para un estamento investigador que en su gran mayoría se ha visto absolutamente desbordado por la intensidad del fenómeno. Después de repetidos intentos parciales para dotar a Tarragona de un mapa arqueológico actualizado, este ha sido coordinado finalmente por el Dr. José Ignacio Fiz y el Dr. José María Macías, investigadores del nuevo Institut Català d'Arqueologia Classica (ICAC). El modelo y la metodología informática de trabajo implementada por J. I. Fiz en su tesis doctoral pudo asociarse con el profundo conocimiento de J.M. Macías sobre la realidad arqueológica de la ciudad y sobre todo de su actividad profesional. Fruto de este conocimiento fue la decisión de encomendar en la medida de lo posible la realización o comprobación de las fichas de síntesis sobre las intervenciones a los directores respectivos de cada excavación o a buenos conocedores de la realidad arqueológica tarraconense. En total un amplio colectivo de 62 arqueólogos cuyas siglas firman el catálogo de intervenciones. Al mismo tiempo un convenio firmado entre el ICAC y el Museu d'Història de Tarragona, contando con la colaboración de la Reial Societat Arqueològica y las tres principales empresas de arqueología activas en la ciudad, permitiría el acceso coordinado a toda la documentación de archivo disponible. El objetivo: reunir en un nuevo plano arqueológico todas las intervenciones realizadas hasta el año 2004. El resultado de este trabajo en tan solo tres años ha sido un conjunto de 843 referencias relativas a otros tantos solares donde se han llevado a cabo intervenciones arqueológicas. Estas referencias han sido agrupadas por zonas, ubicadas según el nomenclátor urbano y definidas a partir de los elementos arquitectónicos más significativos aparecidos en cada intervención: mausoleos y enterramientos, murallas, templos, pórticos, edificios forenses y de espectáculos, termas, domus y villae, calles, edificios industriales o de producción, almacenes, fuentes, cloacas, pozos, etc., etc. Una breve descripción y la bibliografía oportuna acompañan a cada referencia. Todas las intervenciones se han ido cartografiando sobre planos catastrales de Tarragona a escala 1:500, seguidos de planos de situación y contextualización a escala 1:1250 (recinto de culto y circo, entorno de foro y teatro, áreas residenciales, espacios suburbanos, etc.). Por último, una síntesis de 6 planos a escala 1:5000 proporcionan la síntesis por épocas AEspA 2009, 82, págs. 301-310 ISSN: 0066 6742 de la historia urbanística de Tárraco (época ibérica prerromana, época tardo republicana, época de Augusto y julio-claudia, época flavia y antonina, siglos III a V d.C., y por último la etapa visigoda. De forma paralela, se ha trabajado igualmente con la cartografía histórica de la ciudad de Tarragona cuyos ocho planos principales de los siglos XVII, XVIII y XIX han sido digitalizados y colocados en capas del Autocad juntamente con la información arqueológica. Gracias a este trabajo, Tarragona puede contar finalmente con la gran síntesis sobre la actividad arqueológica realizada. Se trata pues de una obra de referencia que lógicamente deberá ir siendo actualizada en unos períodos esperamos que razonables y que representa ya una gran ayuda para la investigación y el planeamiento. Corresponde a los cinco directores científicos el mérito de haber sabido coordinar esta obra entre las diferentes instituciones (cada una de las cuales ha querido acogerla en su propia colección) pero sobre todo es mérito de los dos coordinadores, auxiliados por diversos técnicos y documentalistas, el haber sabido enfrentarse a una elaboración difícil y en extremo minuciosa. Cumpliendo el objetivo de que la obra pueda servir realmente como herramienta de consulta y descarga, todos los textos y planimetrías de este libro están disponibles en la red en la web http:// oliba.uoc.edu/icac/llibres/tarraco/. Sin lugar a dudas el complejo alfarero de La Graufesenque constituye un referente en el campo de la ceramología romana. Considerado uno de los centros de producción mejor conocidos del occidente romano ha mantenido una amplia trayectoria investigadora que arranca en los últimos años del siglo XIX y continua, aún, en los albores del siglo XXI con las interesantes e importantes aportaciones del equipo dirigido por D. Schaad. Es un yacimiento paradigmático en el que se conjugan dos factores: investigación seria y gran interés por parte de la administración en la recuperación de su patrimonio. Innegables son, asimismo, las aportaciones de Hermet a comienzos del siglo XX, las de Balsan en los comedios o de Vernhet en las últimas décadas de la pasada centuria, con las limitaciones propias de la época en la que desarrollaron sus actividades. Contribuyeron, entre otras, a una serie de precisiones cronotipológicas que incidieron notablemente en los centros receptores. El avance de la ciencia arqueológica en los últimos decenios con la incorporación de una serie de métodos y técnicas procedentes de otras disciplinas científicas permite obtener una visión mucho más amplia del yacimiento. Si a ello unimos, en el caso que nos ocupa, la consideración de Condamotagos en su globalidad obtenemos como resultado un ambicioso proyecto, con unos objetivos muy diáfanos, que se ha materializado en estos dos volúmenes en los que se recogen las valiosas investigaciones realizadas por D. Schaad y M. Genin a los que se suman un importante equipo de investigadores. Con una visión y comprensión del entorno en el que se desarrolló la importante actividad alfarera nos adentramos en el núcleo de Condatomagos y su periferia. A través de los datos suministrados por las excavaciones y prospecciones se entreve las condiciones de desarrollo de esta zona en época gala y en época romana cuyos vestigios más representativos lo constituyen, por una parte, los espacios cultuales y, por otra, los talleres de sigillata, los cuales hundían sus raíces en la etapa precedente. Etapa cuyo discernimiento será fundamental para la interpretación del progreso y evolución de esta zona que se caracterizaba por una importante situación geoestratégica con todo lo que ello supone para la reconstrucción de las estructuras de comercialización. Las nuevas investigaciones han permitido importantes matizaciones a nivel espacial y productivo. Respecto al primero, se ha avanzado en el conocimiento de las estructuras arquitectónicas dando paso a una reinterpretación, entre otros, del espacio religioso considerado con anterioridad como centro administrativo y religioso del núcleo alfarero. Tras las últimas excavaciones, D. Schaad plantea la posibilidad de un extenso complejo cultual y público que abarcaría mucho más de la zona excavada hasta el presente. Por otra parte, las producciones cerámicas son objeto de un minucioso examen en el volumen II. La visión que teníamos de los vasos elaborados en este complejo artesanal, se amplia considerablemente al dedicarle especial atención a la sigillata lisa cuyo análisis, en palabras de M. Genin, había sido descuidado, siguiendo dudosos criterios, en los estudios precedentes, fundamentalmente de Hermet, donde se primaba los ejemplares decorados. Estamos totalmente de acuerdo que la producción de unos talleres ha de ser analizada en su conjunto. De hecho, actualmente resulta impensable reconstruir la historia social y económica de un complejo alfarero sin tener presente todos y cada uno de las productos que en él se elaboraron. No obstante, la información que suministran los ejemplares decorados es primordial no sólo en cuestiones relativas a cronotipología y su aplicación en los centros receptores, sino también por cuanto aportan al conjunto de las estructuras humanas de producción y, en consecuencia, de inferencia en las estructuras económicas. Bien es cierto, como comenta el autor, que los ejemplares lisos de sigillata constituyen una aportación precisa y valiosa al conjunto de la producción. Pero conviene no olvidar una realidad -creo que difícil de superar en el sistema nuestro de excavaciones preventivas-: a cualquier arqueólogo no especialista en cerámica que realiza sus excavaciones en un centro receptor le es más fácil reconocer, con ciertas garantías, los productos decorados de unos talleres determinados que aquellas producciones lisas carentes de sigillum o de cualquier elemento distintivo característico de un taller en concreto. Los progresos en el registro arqueológico han permitido a M. Genin reinterpretar los conjuntos localizados en La Graufesenque con una perspectiva diferente, posible gracias al avance que nuestra disciplina ha experimentado en los últimos decenios. El autor realiza un impecable análisis de todas las producciones incluidas en los siete conjuntos individualizados y también de todas aquellas recuperadas fuera de ellos, lo que nos da, a su vez, una visión global de los distintos productos elaborados con las consiguientes implicaciones cronotipológicas y, sobre todo, de relaciones económicas de producción. También merece mención especial el capítulo dedicado a las marcas documentadas sobre las producciones cerámicas, de gran trascendencia para las estructuras humanas y económicas de producción. En función de los resultados obtenidos por las nuevas investigaciones, La Graufesenque se nos presenta como una realidad diferente al burgo de alfareros que, tradicionalmente, se había venido considerando. Siguiendo a D. Schaad y M. Genin habría que plantearse la posibilidad de que fuese un polo religioso, un lugar de intercambios, en definitiva, un lugar de confluencias de intereses económicos. Son conscientes de que aún les queda mucho por hacer. Pero lo que no cabe duda es que toda una serie de interrogantes que plantean se irán, posiblemente, dilucidando si continúan con sus rigurosas investigaciones en este paradigmático complejo alfarero. En suma, en ambos volúmenes obtenemos una puesta al día de las investigaciones desarrolladas en La Graufesenque acompañadas de un magnífico soporte gráfico y bibliográfico. El volumen I nos acerca al medio y al marco histórico en el que se inserta los alfares de los que se realiza una exhaustiva historiografía. Tras ella se desarrolla ampliamente las investigaciones realizadas en los últimos años con las interpretaciones derivadas de las mismas. Especial atención merece el capítulo dedicado a la cocción de la sigillata por cuanto representa de experimentación y por lo que aporta al conocimiento de esta importante etapa del proceso productivo. Completan el volumen sendos capítulos dedicados a las producciones peculiares y a numismática. El volumen II está dedicado a las producciones cerámicas exhumadas en La Graufesenque con especial incidencia en la sigillata lisa, sin que ello implique el relego de otros productos. Importante son los capítulos dedicados a las producciones cerámicas de los conjuntos individualizados y fuera de ellos, así como su caracterización arqueométrica y su cuantificación. Tras un minucioso análisis de las marcas recuperadas pasamos a un excelente capítulo cronotipológico. Ambos volúmenes constan de unas conclusiones en las que quedan abiertas unas hipótesis muy interesantes derivadas de la propia dinámica investigadora. No quisiera finalizar sin reflexionar que si miramos hacia el pasado es evidente que, en general, las investigaciones ceramológicas han avanzado considerablemente en los últimos decenios obteniendo una serie de datos relativos a procesos productivos que, realmente, todos aquellos investigadores que nos precedieron jamás pudieron imaginar. Pero, asimismo, es indudable que sin su esfuerzo y contribución, adaptadas a las condiciones científicas de su época, no habríamos llegado al grado de conocimiento alcanzado en este complejo mundo de las producciones cerámicas romanas. Ma ISABEL FERNÁNDEZ GARCÍA Universidad de Granada [EMAIL] na, que aporta información muy valiosa no sólo en lo referente a cuestiones cronológicas, productivas o comerciales, sino también respecto a los gustos artísticos de los segmentos sociales menos favorecidos de la sociedad romana. Su análisis debe realizarse con un criterio inequívocamente arqueológico, lo que no siempre resulta fácil, sobre todo en el caso de los restos hallados hace tiempo y a menudo descontextualizados que se conservan en los museos. En el momento actual, en que la investigación contempla con marcado interés las síntesis de carácter general y los análisis de conjunto, el conocimiento de las lucernas procedentes de un yacimiento o una región concreta puede aportar datos de gran interés sobre el proceso de implantación romana. En esta obra se presenta un amplio catálogo de lucernas romanas, 1555 piezas, recuperadas en él extremo nordeste de Cataluña. Este territorio, que abarca aproximadamente la mitad costera de la provincia de Girona, está muy bien caracterizado geográfica e históricamente, ya que se centra en torno a la antigua ciudad de Ampurias y se encuentra delimitado al oeste por Gerunda (Girona). La presente monografía amplía en más de 300 piezas el estudio de los mismos autores aparecido casi simultáneamente en lengua catalana (Llànties romanes d'Empúries. Materials augustals i alto-imperials, Monografies Emporitanes 13, Girona, 2006) y dedicado en exclusiva a los materiales altoimperiales del yacimiento de Ampurias. Junto a los casi 1300 ejemplares emporitanos, se presentan 200 piezas de la villa romana de Tolegassos, mientras el resto de yacimientos proporciona cantidades apenas testimoniales. Se incluyen materiales recogidos en asentamientos romanos regionales de diferente tipo: urbanos (Gerunda, Ampurias), aglomeraciones secundarias (Rosas), rurales (Tolegassos, Vilauba, Mas Gusó, Puig Rodon, Els Ametllers (Viladamat), necrópolis (Ampurias, villa Collet), complejos artesanales (Ermedàs) e incluso un yacimiento interpretado como un castrum de época tardoantigua (Puig Rom, Roses). Los autores analizan también las lucernas de una excavación subacuática (Cala Culip IV). La revisión de todos los materiales en conjunto proporciona una visión muy completa sobre la presencia de la lucerna romana en la región, si bien el exhaustivo catálogo que realizan los autores se ve condicionado por las circunstancias de la investigación arqueológica en cada yacimiento. La desigualdad entre ellos se refleja en su diferente capacidad de aquilatar desde el punto de vista cronológico. Un yacimiento como Ampurias, donde se realizan excavaciones desde hace casi un siglo, proporciona muchos más ejemplares que otros asentamientos excavados recientemente. Sin embargo, para estos últimos disponemos de una información cronoestratigráfica que permite llegar a conclusiones muy ajustadas desde el punto de vista científico. No obstante, a pesar de las innegables limitaciones, los autores soslayan las dificultades arqueológicas con notable éxito, empleando las dataciones tipológicas con innegable conocimiento de la cuestión. Por lo que se refiera a la estructura de la obra, se ha optado por una organización cronológica de los materiales, cuyo estudio se organiza en dos apartados diferenciados, correspondientes a las lucernas alto y bajoimperiales respectivamente. Dentro de cada uno de dichos apartados se aborda sucesivamente el análisis iconográfico, epigráfico y tipológico, para terminar con el catálogo de materiales. El libro termina con un breve capítulo de consideraciones generales, el índice de marcas de taller, la bibliografía y las figuras. La estructura elegida resulta poco habitual entre las obras de este tipo, donde J. CASAS-GENOVER; V. SOLER-FUSTÉ, Lucernas romanas en el extremo nordeste de la península ibérica, BAR International Series 1567, Oxford, 2006 (267 págs., 105 láms., 80 figs.). Las lucernas constituyen un documento arqueológico de excepcional interés en cualquier yacimiento de época roma-AEspA 2009, 82, págs. 301-310 ISSN: 0066 6742 se suele preferir un análisis general (tipológico, iconográfico y de marcas de taller) de todo el material en conjunto. Asimismo, dentro de cada uno de los capítulos se aborda el catálogo iconográfico antes que la tipología, directamente relacionada con la posición estratigráfica de los materiales, por lo que se suele estudiar en primer lugar. Abre la primera parte de la monografía una breve introducción arqueológica sobre los diferentes yacimientos cuyos materiales se presentan en estas páginas, en la que se prescinde de los contextos arqueológicos concretos de procedencia, cuya referencia se reserva para el lugar correspondiente del catálogo. Tanto el apartado de las lucernas altoimperiales como en el de las bajoimperiales presenta un repertorio iconográfico completo organizado de manera temática, si bien resulta algo escaso en cuanto a paralelos significativos, lo que limita de alguna manera la información disponible sobre la difusión de determinados motivos iconográficos. El estudio tipológico de las lucernas permite avanzar un claro panorama diacrónico de la evolución de la lucerna romana en la región costera catalana septentrional en el periodo comprendido entre los siglos I y VI/VII d. C. Se encuentran presentes todas las formas clásicas de lucernas romanas, confirmando que las lucernas de volutas y las lucernas de disco constituyen los grupos más numerosos, lo que constituye la tónica habitual. Se ha optado por un análisis tipológico ligado al catálogo de ejemplares. Sin embargo, se ha preferido no informar sobre las dimensiones de las piezas, aspecto que queda sólo parcialmente resuelto mediante las ilustraciones. Los autores han optado por emplear las tipologías de J. Bussière (2000) completada con la de Deneauve-Bonifay ( 2004), y la del Atlante delle forme ceramiche (1981). Sin embargo, a pesar de que, como los propios autores expresan en la introducción, han seleccionado la tipología reciente de Bussière entre otros motivos para evitar las farragosas correspondencias formales con otras tipologías (p. 101), el resultado no cumple los objetivos buscados en la hipótesis de partida, ya que se ven obligados en algunos casos a establecer correspondencias con las tipologías de Loeschcke, Deneauve y Dressel, mucho más utilizadas en la investigación lucernaria. En otros casos se echan precisamente en falta dichas correspondencias formales, siendo preciso acudir a las tablas tipológicas (Fig. 55-57). Por otra parte, se ha olvidado posiblemente incluir las tablas correspondientes a las lucernas bajoimperiales-tardoantiguas, lo que obliga a acudir directamente a las obras de Bussière y el Atlante para conocer la forma a la que se refieren los autores con la descripción. Por lo que se refiere al análisis epigráfico, se identifica la presencia de más de 80 marcas diferentes de taller, lo que apunta interesantes conclusiones de cara a la reconstrucción de la dinámica productiva y comercial de las lucernas en la región. La principal objeción que puede plantearse a este trabajo es la parquedad de las conclusiones. Aunque se llegan a identificar producciones locales (villa Puig Rodón y Ermedàs), apenas se indaga sobre el lugar concreto de fabricación de los ejemplares constatados en diferentes contextos, así como sus vías de comercialización. Aclarar dichas cuestiones podrían haber contribuido notablemente a aclarar el panorama comercial de un puerto de la importancia de Ampurias en lo relativo a producciones cerámicas como las lucernas, así como el papel de la fabricación local en el abastecimiento regional. Tampoco se han comparado las cronologías tipológicas asignadas tradicionalmente a cada tipo de lucerna y las dataciones contrastadas a través del análisis del registro arqueológico de los yacimientos regionales, con la finalidad de ir acotando el marco temporal de cada uno de los tipos de lucernas en diferentes contextos regionales, una de las labores imprescindibles en este campo de la investigación para ir deslindando entre producciones importadas e imitaciones locales. Un segundo problema deriva, a nuestro juicio, del criterio de selección bibliográfica. La bibliografía empleada resulta algo escasa. Entre los estudios peninsulares se encuentran ausentes monografías como las de F. Moreno Jiménez sobre las lucernas de la Bética (1991), M. García Pereira y M. Maia, sobre la importante colección del yacimiento portugués de Santa Barbara (1997) o G. Rodríguez Martín, sobre los ejemplares de la villa romana de Torre Águila (Barbaño, Badajoz) (2005). A título de ejemplo, se echa en falta la amplia bibliografía reciente sobre las lucernas hispanorromanas derivadas de la Dressel 3, comenzando por la autoría de la propia denominación tipo Andujar que utilizan los autores para su tipo AVI, 6. Asimismo no se han empleado títulos extranjeros como la obra de H. Eckardt sobre Britannia ( 2002) o el reciente congreso sobre iluminación grecorromana dirigido por L. Chrzanovski (2003). Es evidente la dificultad para acceder a todo el material bibliográfico disponible sobre lucernas, pero nos referimos a trabajos recientes, que ejemplifican muy bien la tendencia a tener cada vez más en cuenta la regionalización comercial y productiva. Conviene detenernos sobre una cuestión terminológica. Para las lucernas posteriores al IV se ha preferido la denominación bajoimperiales, aún cuando dicho término no podría llevarse más allá del siglo V. Los propios autores señalan en la introducción que es una «denominación que conviene matizar» (p. Esta terminología ha desaparecido de los trabajos más recientes, sustituida por la de lucernas tardoantiguas de origen norteafricano. Por otra parte, se ha optado por no incluir en la presente obra las lucernas tardorrepublicanas, especialmente abundantes en el caso de Ampurias. Esta cuestión se explica claramente en la introducción, señalando que las razones que justifican esta decisión se fundamentan en la existencia de una excelente publicación anterior sobre el tema (J. Arxe, Les llànties tardo-republciaines d'Empúries, Barcelona, 1982) y el argumento, discutible en todo caso, de que las lucernas alto y bajoimperiales son producciones mucho más homogéneas. Si bien es una toma de postura perfectamente aceptable, no cabe duda de que la inclusión de los ejemplares del periodo tardorrepublicano habría ilustrado con mayor claridad del avance y los ritmos concretos del proceso romanizador en la región nordeste peninsular. Estas cuestiones no desmerecen el trabajo en su conjunto, que consideramos una estupenda obra sobre lucernas romanas, por el que felicitamos a los autores por su aportación en un campo de investigación muy necesitado de monografías regionales que permitan seguir avanzando en el conocimiento de este material cerámico. La presente obra se polariza -como indica precisamente el título-en los dos ámbitos geográficos más caros al autor: África romana (que en sentido lato hay que entender como el norte de África actual, es decir, las antiguas provincias romanas de la Proconsular, Numidia y las Mauretanias) y la Galia romana (igualmente identificada, en sentido territorial con la Francia actual). Los escenarios africanos y europeos tienen otro ejemplo histórico de conjunción magnífico en otro tema muy querido por Yann Le Bohec: las guerras púnicas. Este doble ámbito geográfico -triple en temas de estudio-se ancla en la biografía del propio autor: nació en 1943 en Cartago, actual Túnez, emigrante hijo de emigrantes, se formó en Francia, siendo primero profesor en la Universidad Jean Moulin (Lyon III), y ahora catedrático de historia romana en Paris IV Sorbonne. El método de estudio que vemos en este ramillete de trabajos es el característico del profesor Le Bohec, que presta una atención primordial a la epigrafía (de donde se derivan puntuales estudios prosopográficos), las fuentes literarias, y, en menor medida, la arqueología, en todo caso no la arqueología de pico y pala, que se limita casi siempre a dar catálogos descriptivos de los hallazgos, sino como fuente de interpretación histórica de los yacimientos militares y sus entornos. El libro se estructura en tres partes. La primera, que sigue un criterio cronológico y monotemático, está consagrada a las Guerras Púnicas. Las otras dos partes, aunque arrancan de época republicana -por ejemplo el estudio sobre estrategia y táctica en los libros VI y VII del De bello gallico cesariano (p. 105 ss.), y el dedicado al papel del clero céltico en la guerra de las Galias (p. 128 ss.)-se centran en el ejército romano imperial, tanto en la Galia (parte II) como en África (parte III). Entrando en materia, podemos leer enseguida la Introduction del prof. Le Bohec, que es un artículo inédito titulado «L 'histoire militaire de l' Empire Romaní» (pp. 11-20). No se trata de una breve historia factual de las guerras, sino reflexiones generales sobre algunos problemas históricos e historiográficos concretos, que van desde la estrategia hasta la moral del combate del soldado romano. Interesa la opinión del autor al final de este capítulo acerca de la historia militar en general, y romana en particular, donde asegura que la historia militar «no existe», o no tiene sentido como disciplina autónoma independiente de la historia general, ayudándose mutuamente en su comprensión. En cada una de las tres grandes secciones en que se divide el presente libro, el autor nos regala otros tantos artículos inéditos. El relativo a las guerras púnicas trata sobre Aníbal estratega y táctico (p. 86 ss.); la sección de la Galia se cierra con un inédito sobre las expediciones militares (p. 212 ss.), y la sección africana se cierra con un inédito sobre el ejército romano de África según la epigrafía publicada entre 1984 y 2004 (p. Este último estudio actualiza y comenta la epigrafía nueva que aporta nombres de soldados, oficiales y mandos superiores de la guarnición africana. Se trata de esto, y no de comentar o reunir artículos o estudios sobre el norte de África aparecidos hasta 2004. Es, en todo caso, un intento de actualización, como lo son las páginas de addenda et corrigenda (pp. 503-506), que brevemente comenta o cita aquellos trabajos nuevos que conciernen a los capítulos/estudios previos, algunos de los cuales, conviene recordarlo, fueron redactados hace 30 años. Esta cifra nos da una idea del amplio abanico temporal (en sentido historiográfico) que se nos ofrece a lo largo de estos 30 trabajos reproducidos ahora a lo largo de 500 páginas. Encontramos una gran sección dedicada al estudio de las Guerras Púnicas, con un artículo inédito («Hannibal stratège et tacticien»), otra dedicada al ejército romano y la Galia, otra al ejército romano en África, sección que en realidad ocupa la mitad del libro, que concluye con otro estudio publicado ahora por primera vez: «L 'armée romaine d' Afrique dans 1 'épigraphie de 1984 á 2004» (p. Este nuevo libro de Le Bohec ofrece una muestra amplia de sus trabajos cortos; facilita al investigador la búsqueda de trabajos publicados en revistas minoritarias, y añade cuatro estudios inéditos. Como todos los demás títulos de la selectissima colección Mavors, este libro, excelente en todos los aspectos -el único inconveniente serio es su precio excesivo-tiene que estar en la biblioteca de todos los estudiosos del ejército romano y en los mejores centros de investigación histórica. Les peintures de Qusayr'Amra viene a enriquecer la documentación gráfica disponible hasta el momento sobre las pinturas murales de estos baños omeyas situados en el desierto jordano. Se trata de la más exhaustiva y detallada muestra de dibujos lineales, planos y fotografías de este complejo arquitectónico que, por la importancia de sus frescos, ha sido objeto de cuantiosos estudios desde que fuera descubierto en 1898. El lector puede acceder aquí, con todo tipo de detalles AEspA 2009, 82, págs. 301-310 ISSN: 0066 6742 e información gráfica, a una asombrosa variedad de composiciones pictóricas que incluye escenas de caza, pesca, baño femenino, músicos y danzarines, y hasta escenas ilustrativas del trabajo de alarifes. No cabe duda de que la importancia histórica, artística y arqueológica de los frescos de Qusayr'Amra justifica sobradamente esta prolija publicación. La construcción balnearia fue encargada en la primera mitad del siglo VIII por un rico mecenas omeya denominado por las inscripciones árabes como El Príncipe, dando lugar al conjunto de pinturas murales más importante de su época (450m 2 de superficie pintada) a pesar de las modestas dimensiones la construcción. Desde que en 1907 el descubridor del monumento, el checo Alois Musil, publicara los dibujos del conjunto encargados a A. L. Mielich, no se había llevado a cabo la iniciativa de reproducir en dibujo y con detalle la obra pictórica completa que ha llegado hasta nosotros en los muros de este edificio único. Hasta ahora contábamos con el libro Qusayr ́Amra, Residencia y baños omeyas en el desierto de Jordania, Madrid, 1975 (por M. Almagro et al.) reeditado en 2002 (M. Almagro, Caballero, Zozaya y A. Almagro) y señalado como la mejor publicación en cuanto a material gráfico por algunos como J. M. Blázquez (AEspA 54, 1981(AEspA 54, y 56, 1983)). Ésta era el resultado de la expedición española a cargo de Martín Almagro que llevó a cabo un estudio arqueológico entre 1971 y 1973, incluyendo la labor de limpieza y consolidación del edificio, entonces seriamente degradado. La publicación de la intervención y del estudio del conjunto ofrece planos detallados, alzados y buenas fotografías. No obstante, Qusayr'Amra también ha dado lugar a una importante producción escrita sobre el origen de sus modelos arquitectónicos y su fecha de construcción, y otra mayor sobre las raíces figurativas de sus pinturas, el significado de las mismas y su razón de ser. Creswell, Gath, O. Grabar, Ettinghausen y Zayadine, entre otros, han contribuido al análisis de estos aspectos que aun siguen ofreciendo incógnitas. La presencia de influencias helenísticas, grecorromanas, sasánidas y bizantinas hace que la interpretación estilística e iconográfica sea de gran complejidad, cuestiones que no pretende abordar el libro que aquí se presenta, que se limita a una lacónica introducción sobre el contexto histórico y artístico del monumento, seguido de una memoria histórica de las intervenciones sobre el enclave. Les peintures de Qusayr'Amra no participa, por tanto, de los debates científicos que han rodeado a estos frescos, ofreciendo, en contrapartida, aquello que no había sido publicado hasta el momento: el corpus de todas las pinturas de estos baños, cuantiosas y detalladas fotografías, los calcos exactos pasados a escala en los que se perfilan las formas de las pinturas y los elementos arquitectónicos sobre los que están dispuestas. A esto se une la documentación cartográfica, los planos del edificio (plantas con pavimentos, alzados, vistas axonométricas...), las fotografías de la maqueta y la trascripción de grafitos y epigrafía. Poco aportan, por lo demás, las escasas 50 páginas escritas de este gran volumen (38 x 30,5 cm) que se limitan a una breve presentación en varios idiomas (francés, inglés y árabe) de la labor arqueológica de la que es resultado, para centrarse en las 150 láminas que conforman el grueso de la publicación. Fue entre 1989 y 1995 cuando se llevó a cabo la misión franco-jordana que desarrolló el trabajo arqueológico expuesto en este libro, bajo la protección del Institut Français d ́Archéologie du Proche-Orient (IFAPO) y del Department of Antiquities of Jordan (DAJ). Durante ese tiempo se procedió al trabajo paciente de lectura de las decoraciones murales, a su examen y calco a tamaño natural. El paso de los gráficos al volumen que aquí se presenta ha llevado más de un año, pues la documentación gráfica original fue realizada principalmente a tamaño natural y contenida en grandes rollos de más de dos metros de largo. Además, el número y la variedad de la documentación han dificultado la tarea: más de 620 documentos planos o enrollados, calcos, dibujos, clichés y diapositivas que tuvieron que ser transportados, indexados, numerados, documentados y reducidos a escala. El resultado es una obra técnica que, lejos de ser una memoria arqueológica, contiene importantes novedades. Además de presentar en detalle el estado actual de la documentación primaria del monumento, la principal contribución es la importante labor de restitución hipotética de las pinturas perdidas que se ofrece mediante numerosos dibujos a lápiz de color. Ambos aspectos convierten a ésta en una obra tan necesaria como esperada, en la que historiadores, historiadores del arte y arqueólogos pueden apoyarse sólidamente para fundamentar futuros estudios. Qusayr'Amra se abre así al análisis y a la interpretación proporcionando elementos objetivos y rigurosos en los que ampararse. Un valioso estudio que contribuye de modo decisivo al conocimiento del conjunto pictórico así como a una futura preservación fundada sobre referencias fiables. INÉS MONTEIRA ARIAS Instituto de Historia, CSIC.
El destino de los templos paganos en Hispania durante la tardo-antigüedad constituye un fenómeno complejo que, a partir de la ambigua información textual y de las todavía escasas evidencias materiales, se manifiesta mucho más tardíamente y de forma menos generalizada respecto a otros ámbitos occidentales y orientales. No se constata una política sistemática y programada de destrucción o desmantelamiento de templos paganos por parte de las autoridades religiosas cristianas en Hispania. Un factor importante ha sido el lento progreso de la cristianización en el medio rural para determinadas áreas de la Península y otro, síntoma y consecuencia de lo anterior, el mantenimiento de prácticas y espacios cultuales paganos tanto en la ciudad como en el campo. En un estudio reciente sobre el siglo V en Hispania se ha afirmado que el proceso que condujo a la cristianización de los templos 3 paganos "no ha sido suficientemente estudiado para el caso de Hispania" y que estos templos "o se desmontan, o se reocupan, o se dejan caer en el olvido" (Arce 2005, 29 y 247) 4. Y la principal causa de nuestro desconocimiento se debería, sin duda, a la exigua documentación conocida sobre dicho proceso en la Península Ibérica para los siglos de la Tardo Antigüedad (siglos IV-VII) 5: al día de hoy no se conocen -para la Península Ibérica y a lo largo de dicho periodo -referencias literarias y/o arqueológicas relativas a "templos paganos" convertidos o transformados en "templos cristianos" 6; es más, apenas se conocen noticias relativas a EL DESTINO DE LOS TEMPLOS PAGANOS EN HISPANIA DURANTE LA ANTIGÜEDAD TARDÍA POR JORGE LÓPEZ QUIROGA 1 y ARTEMIO M. MARTÍNEZ TEJERA 2 Universidad Autónoma de Madrid Archivo Español de Arqveología, Vol. 1 Departamento de Prehistoria y Arqueología. Facultad de Filosofía y Letras. Este artículo se enmarca en el proyecto de investigación Estudio analítico de los asentamiento rurales tardo-romanos en 'Hispania' (siglos IV-VII): una propuesta de trabajo interdisciplinar, financiado por la Universidad Autónoma de Madrid (investigador principal: Jorge López Quiroga), formando parte de la línea de investigación que venimos desarrollando dentro del Programa "Ramón y Cajal" financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia (fondos FEDER de la U. E.). 2 Dr. en Historia del Arte. 3 En el s. IV el término "templo" se utilizará para designar los espacios sagrados paganos (canon I del concilio de Elvira), siendo a partir del s. VI cuando tiene lugar su cristianización ("templum Christi" o "templum Dei"), tal y como ocurrirá con el término 'basílica': Martínez Tejera 2004 inédito: T. III, 23-24. 4 Queremos dejar constancia de la publicación de varias obras que tal vez puedan ser relevantes para el tema a tratar pero que fueron publicadas con posterioridad a la redacción original del texto aquí publicado: C. Sotinel, "Les lieux de culte chrétiens et le sacré dans l 'Antiquité tradive", RHR 222, 2005, 411-434 y J. Hahn, From Temple to Church: Destruction and Renewal of Local Cultic Topography in Late Antiquity. Y recordar también una obra que no hemos podido localizar: J. Hahn, Tempelzerstörung und Tempelreinigung, en R. Albertz (Hrsg.), Kult, Konflikt, Sühne. 6 Una carencia y problemática ya señalada con anterioridad: "nada sabemos de las actuaciones concretas, de la topografía de las destrucciones, de los personajes implicados o de la problemática de los enfrentamientos y sólo nos queda la posibilidad de encontrar su plasmación real en las destrucciones de templos paganos atestiguadas por la arqueología [...] Si abandonamos este tipo de fuentes -se refiere a las textuales -, encontramos la misma complejidad en aquellas pertenecientes al ámbito de la arqueología o del arte en general [...] nos encontramos con la imposibilidad de datar con precisión restos arqueológicos por la superposición de construcciones a lo largo de siglos y por la carencia de excavaciones sistemáticas tanto en las ciudades como en el campo [...] Una de las problemáticas más importante es aquella que relaciona los documentos arqueológicos con las relaciones paganismo-cristianismo. Pero no es menos cierto que frente a tan significativo silentium destaca el papel desempeñado por las ecclesia como espacios de refugio y asilo 7, un derecho, el de asilo, "que conferían las estatuas de los emperadores cuya protección, por lógica, fue trasladada a las iglesias" (Sanz Serrano 2003, 49). ¿Significa esto que ya en el siglo IV la práctica del paganismo había desaparecido en Hispania? Resulta evidente que durante el siglo IV el paganismo aún pervivía en el Imperio y por supuesto en la península, y tanto en el mundo rural 8 como en el urbano 9; y con la religión, también perduraron, lógicamente, sus espacios de culto, sus templos y santuarios (Sanz Serrano 2003). Las primeras manifestaciones de la pervivencia de templos paganos ('templum idoli') las encontra-mos en las actas del llamado "Concilio de Elvira" (¿a.306-396?) 10, uno de los primeros concilios provinciales, si no el primero, celebrado en Hispania después de que Constantino pusiese fin (el 25 de julio del 306) a la persecución iniciada por Diocleciano contra los cristianos de la Galia, Britania e Hispania tres años antes, el 23 de febrero del 303 11; sus actas, ya desde su primer canon, reflejan una honda preocupación por la pervivencia de la idolatría entre los cristianos y por la difusión del paganismo y de sus ritos 12, preocupación que coincidirá con la "fase de oficialización" del Cristianismo a finales del s. IV 13. Una difusión del paganismo que en ocasiones se mostró imparable, como muestra el canon XLI ('Ut prohibeant domini idola colere servis suis') 14. Tan imparable como lo fue la violenta reacción de algunos cristianos que se dedicaron a destruir los ídolos y que, en algunos casos, murieron en el intento sin alcanzar por ello la corona del martirio 15. Los cánones antipaganos del concilio de Elvira arremeten contra toda una serie de prácticas o costumbres asimiladas por una cristiandad hispana todavía un tanto titu- AEspA 79, 2006, págs. 125 a 153 Madrid. ISSN: 0066 6742 126 JORGE LÓPEZ QUIROGA Y ARTEMIO M. MARTÍNEZ TEJERA 7 Al menos desde la primera mitad del siglo VI en Mérida, ya que según el texto de las Vitas Sanctorum Patrum Emeritensium (de ahora en adelante, VSPE), a este privilegio, el del asilo y refugio, fue al que se acogió Vagrila, seguidor emeritense del obispo arriano Sunna, que junto con su mujer e hijos pidió asilo en la basílica de Santa Eulalia ("ad basilicam sanctae Eulaliae ab remedium percipiendum confugivit..."). Más tarde Recaredo ordenó que todos ellos, junto con su patrimonio, vivieran allí como servi de la virgen Eulalia. Una excepción fue la irregular decisión (así la calificó Gregorio Magno) adoptada -en torno al 603 -por el enviado imperial a Hispania, el bizantino Comenciolo, contra el obispo malacitano Genaro, al que expulsó de la iglesia en la que, haciendo efectivo el derecho legal de asilo que le amparaba, se había refugiado: Registrum...: 13, 49 y 20-26. Y ya en tiempos de Ervigio, el canon décimo del XII Concilio de Toledo (681) permitirá a los que se refugian en la iglesia moverse libremente dentro de la misma y en una distancia de treinta pasos a contar desde las puertas de la misma ("ut nullus audeat confugientes ad ecclesiam vel residents inde abstraere..., sed esse potius his ipsis qui ecclesiam petunt per omnia licitum in triginta passibus ab ecclesiae ianuis progredi, in quibus triginta passibus uniuscuiusque ecclesiae in toto circuiti reverentia defendetur..."): Vives -Marín -Martínez 1963 (de ahora en adelante, CVH): 397-398: "De aquellos que se refugian en la iglesia. 8 "Ya en el mundo pagano existió una estrecha relación entre los templos y el ámbito rural pues en el 386 Libiano escribió a Teodosio para protestar contra la sistemática destrucción de templos paganos por parte de los cristianos, recordándole además la importancia que estos tenían para la fertilidad de los campos, para la agricultura en general...": Martínez Tejera 2004, inédito: T. III, 23-24. Personalmente pensamos que sus disposiciones encajan más con el antipaganismo de finales del siglo IV, consecuencia de la oficialidad del Cristianismo, que con el momento que vivía la religión cristiana con anterioridad al "edicto de Constantino" a principios de ese siglo. Diferente opinión sobre la cronología del concilio mantiene Ramos-Lisson 2005, 70 y ss. 11 Una persecución que supuso, para la primera arquitectura cristiana, un duro revés, pues ordenaba la destrucción de las iglesias y de las casas en las que se encontrasen copias de las escrituras. Y Constancio Cloro, César en Occidente, sí permitió la destrucción de los lugares de reunión de los cristianos: Arce 1993: 9. 12 C.I. beante en sus costumbres. Pero estos titubeo s no sólo afectaron a la cristiandad del siglo IV; un siglo después todavía observamos una situación muy similar en la Gallaecia ya que dos capítulos orientales de los recogidos en las actas del II concilio de Braga (572) seguirán reiterando la inconveniencia de llevar alimentos a los sepulcros de los difuntos ("ac defunctorum sepulchra") y de celebrar misas sobre los monumentos ("ad monumenta"), es decir, en los cementerios 16. Que el paganismo seguía vivo en la Gallaecia del tercer cuarto del siglo V lo demuestra el hecho de que tres de esos capítulos orientales recogidos en las actas del segundo concilio bracarense informen de la pervivencia de actividades paganas entre los cristianos 17. Y decimos reiteran porque esta ya fue una problemática puesta de manifiesto unos años antes, en el canon 23 del segundo concilio de Tours (567), en el que los asistentes se lamentaban de que muchos fieles acudiesen, en la festividad de San Pedro, primero a la ceremonia sagrada y después a ofrecer alimentos a los muertos ("sacrificia mortuorium"); una costumbre que ha pervivido en la exposición de alimentos para difuntos que actualmente se realiza el 18 de febrero (Martínez 2004: T. III, 85). Y el mismo panorama nos revela para el ámbito rural 18 la pluma del panonio San Martín de Dumio (ya como obispo de Braga), al que debemos la homilía De correctione rusticorum (circa 574) 19; este sermón -sin duda influenciado por San Agustín (De catechizandis rudibus) -fue dirigida a Polimius, obispo de Astorga, con el fin de que aplicase convenientemente en su diócesis -y en las 10 parroquias que, según el Parroquial Suevo, la componían -lo establecido en el II concilio provincial de Braga (572) respecto a la "corrección" y justo enderezamiento de las costumbres priscilianistas y paganizantes imperantes entre los rustici cristianos (los habitantes del "campo") desde los tiempos del obispo Dictinus 20. Su testimonio corrobora la vitalidad del culto pagano en las áreas sagradas rurales (en los fana o sacella) 21, construidas para tal efecto en ríos, altos montes y bosques frondosos, y pone de manifiesto muchos de los rituales paganos que se llevaban a efecto entonces en el mundo rural por parte de los rustici cristianos 22. Los templos rurales, durante el siglo V, fueron parte destacada de la dinámica social. Que el paganismo era una realidad muy extendida en la península ibérica incluso en el último cuarto del 18 Utilizamos "rural" en vez de "campo" atendiendo a la diferenciación señalada por Caseau 2004, 106, ya que el término "campo" no es el más apropiado cuando de lo que se trata es de la localización de los templos no urbanos: recordemos que las "ciudades" estaban formadas por un centro urbano y por un territorio y que en este último se incluía una zona suburbana y habitada en la que nos podemos encontrar templi (en su mayoría privados) y villae, la del ager, y otra no cultivada, el saltus, bosques y montañas, en ocasiones salpicados de santuarios. Los templos rurales (fana) en su mayoría generaron áreas sagradas menores, a lo sumo provistas de un altar o un ara votiva y delimitadas, cercadas. En cierto sentido su trascendencia en el monacato del noroeste peninsular es muy similar a la que representó Martín de Tours en la Galia, verdadero difusor entre los "rústicos" del Cristianismo y de una áscesis monástica de raíz oriental. 21 Para otras zonas de la parte oriental del Imperio: Augier 1999. siglo VI se constata en el texto del canon XVI del III Concilio de Toledo (589), que dispone que "los obispos en unión de los jueces destruyan los ídolos, y que los señores prohíban a sus siervos la idolatría. Por estar muy arraigado en casi toda España y la Galia el sacrilegio de la idolatría, con el consentimiento del gloriosísimo rey..."23. La monarquía, el rey, y la Iglesia, el obispo, serán los encargados en la Hispania de finales del siglo VI de "investigar" y "actuar" en todo lo relacionado con el paganismo. Una política que se mantendrá en el siglo VII, especialmente por parte de la iglesia como se deduce del canon XI del XII concilio de Toledo (681), "De los adoradores de ídolos", y en el II del XVI concilio de Toledo (693) dirigidos no solo a los "adoradores de ídolos" sino también a los que veneran las piedras, los que encienden antorchas, y adoran las fuentes y los árboles..." En la zona más agreste del "campo" muchos emplazamientos naturales (lagos, ríos, cuevas, bosques, cumbres, etc.) fueron sacralizados, entregados a las divinidades, por tratarse de espacios de gran belleza o bien por tener unas condiciones especiales o extraordinarias (thaumaston); en cualquier caso, no prevaleció un único modelo para su localización (Percial 1976). Era en estos santuarios y en los del territoria donde los campesinos, agradecidos a las deidades por las buenas cosechas, ofrecían los primeros frutos recolectados, flores e incienso (De Cazanove 2000, Caseau 2004: 108-109). Será a partir del siglo IV cuando se inicie un proceso de transformación topográfica político-religiosa de la ciudad en el que el templo pagano será sustituido progresivamente por el templo cristiano, o al menos parcialmente pues Plinio hacía ya mucho tiempo que distinguió entre el templo, "para los dioses" y sus pórticos, "para los hombres" 24. Pero transformación no tiene por qué significar degradación o ruina; que la ciudad tardo-antigua sea distinta, desde la perspectiva urbanística, a la romana, no significa que sea una ciudad "decadente" o una ciudad en ruinas (Brown 1978: 29). En la tardo-Antigüedad hispana -como en el resto de las provincias del Imperio -el urbanismo evolucionará de manera distinta a como lo venía haciendo pero, y esto es lo importante, evolucionó. Aunque a partir del siglo IV dejará de funcionar como institución, la ciudad tardo-antigua es una ciudad viva, aunque un poco "retraída", en la que perduran las grandes áreas sagradas urbanas monumentalizadas y adornadas con templos, ninfeos, etc.; en el siglo IV la civitas seguirá siendo el "hábitat de los ciudadanos", una res publica, y como tal se seguirán construyendo y restaurando sus templos con fondos públicos, aunque en mucha menor medida que en tiempos precedentes. Lo que cambiará con respecto a la ciudad romana será su relación con el poder y con la sociedad que la habita25; el cambio de modelo. Y en este proceso de transformación del tejido urbano la Iglesia, el Cristianismo, con su nueva ideología, desempeñó un papel fundamental. ¿Podía permitirse el todavía incipiente Cristianismo hispano, especialmente durante los siglos IV-V, el más leve atisbo de relación con el mundo pagano? Todo parece indicar que no. En un reciente artículo, Ward-Perkins afirmaba que la mayor parte de los templos adaptados como iglesias en la parte occidental del Imperio sufrieron dicha trasformación a partir del siglo quinto26. ¿Ocurriría así en Hispania? Como tendremos ocasión de comprobar resulta muy difícil llegar a conclusiones definitivas respecto a por qué fueron adaptados al uso cristiano algunos templos (y solamente algunos de ellos). Por lo general los espacios religiosos paganos siguieron "suertes" muy diversas; unos fueron "secularizados" y convertidos en espacios profanos y en objetos decorativos, de "embellecimiento"; otros fueron, simplemente, destruidos y algunos, los menos, fueron "reconvertidos" en espacios religiosos cristianos27. Estos últimos serán los que acaparen nuestra atención, independientemente de que se encuentren en el mundo rural (suburbio, villa, ager, saltus, etc), o en el urbano (urbs, ciuitas, domus, etc). A la hora de conocer el destino de los templos paganos en la Antigüedad Tardía no solo ha de tenerse en cuenta su diversidad (urbano o rural), también sus diferencias en cuanto a su status legal, notables e importantes para la cuestión que nos ocupa (Caseau 2004: 110 y ss.). De acuerdo a esta premisa los templos y recintos o espacios sagrados pueden dividirse, grosso modo, en los consagrados por el emperador (o en su nombre) o bien -y estos fueron la inmensa mayoríalos pertenecientes a la ciudad o a una determinada familia. En definitiva, en templos públicos y en templos privados. Se trata de una diferenciación que en el plano jurídico conlleva sustanciales diferencias, pues las consecuencias de su "desacralización" no serán las mismas en uno que en otro caso: mientras que los templos públicos eran inviolables e inalienables y su destrucción suponía un sacrilegio (el emperador era, como pontifex maximus, el único que podía decidir sobre su destino), los templos privados administrados por la curia o bien por ciudadanos no tenían la condición jurídica de "lugares sagrados": podían construirse sin previa autorización imperial y podían ser legalmente demolidos o "desacralizados" sin la intervención de las autoridades 28. Esto significa que fueron muy pocos los templos considerados sagrados desde un punto de vista legal; la mayoría tuvieron un status de edificio religioso privado, especialmente los rurales, entre los que se encontraban los situados en las villae. Algunas tuvieron su propio espacio, su propio templo, en el que practicar un culto privado y doméstico: se trata del lavarium, en ocasiones también conocido como sacrarium (Orr 1978. Tras la clausura de los templos rurales los santuarios privados de las villae, que seguirán en funcionamiento hasta bien entrado el siglo V, se convirtieron en el único refugio del paganismo pues en el ámbito de lo privado los Edictos Imperiales tuvieron un menor efecto, una menor repercusión. LA DESTRUCCIÓN DE TEMPLOS PAGANOS En su Vita Constantini, Eusebio, obispo de Cesarea, afirma que el emperador promulgó un edicto en el en el otoño del año 324 por el que prohibía las prácticas asociadas al paganismo en todo el Imperio: adorar a los ídolos, hacer sacrificios a los dioses, encargar oráculos, erigir simulacros y celebrar ritos ocultos se convertían en actividades prohibidas 29. Incluso San Jerónimo y Paulo Orosio llegaron a señalar que Constantino I había publicado otro edicto por el que ordenaba la destrucción de los edificios de culto pagano 30. A priori parece poco probable, aunque no imposible, que fuera así ya que, en primer lugar, resulta cuando menos sospechoso que una disposición de tanto alcance no aparezca recogida en una compilación legislativa de tan gran trascendencia como el Codex Theodosianus, una compilación legislativa que solo recogerá medidas similares a partir del año 341 31; lo que si es cierto es que sus Constitutiones ofrecen el soporte o marco legal que permitirá tal proceso en todos y cada uno de los rincones del Imperio, aunque se sospeche que algunas de ellas no fueran sino un "rescriptum motivado por la occasio legis", es decir, que junto a las legis generalis podremos encontrar disposiciones motivadas por casos muy concretos (Buenacasa 1997(Buenacasa -1998, 27), 27). Y, en segundo lugar, que el texto continua diciendo que mandó a las iglesias "que aumentaran las dimensiones de los templos en altura, anchura y lon-gitud..." 32, lo que significa que ambos espacios, los paganos y los cristianos, convivían pero no se superponían 33. 28 Categoría en la que se incluían todos los templos consagrados fuera de Italia: ibidem. (236-237): "a los que daban muestras de secundar el paganismo les prohibió sacrificar a los ídolos [...] puso veto a los abominables ritos de la antigua idolatría [...] nadie podía osar erigir estatuas, ni emplearse en oráculos ni similares artes, ni, por supuesto, celebrar sacrificio alguno...". 30 El primero en su Chronica (331) y el segundo en su "Historia contra los Paganos" (Historia adversus paganus, VII, 28,28). 31 Si bien es verdad que al tratarse de escritos dirigidos a funcionarios no tenían por qué aparecer en una recopilación como el Codex Theodosianus (Vita Constantini, 237, nota no 63). Que Constantino no intentó alterar el culto tradicional lo indica el hecho de que siguiera considerándose pontifex maximus y lo demuestra los testimonios de autores no cristianos recogidos por Buenacasa 1997Buenacasa -1998, 29, 29, nota no 10. Constantino I "tan solo priorizó una religión, pero sin llegar a prohibir las demás" (ibidem, 29). Lo que no impide que en casos muy concretos actuara de manera contundente, como pudo ocurrir con la iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén; según el testimonio de Eusebio de Cesarea (Vita Constantini Libro III, 25-27, 288 y ss.), sobre la tumba de Cristo los paganos construyeron un templo dedicado a Afrodita. Constantino, "el amigo del Dios Universal", mando arrasar el edificio, excavó hasta que "estrato tras estrato" llegó a la tumba y erigió sobre ella un oratorio, en realidad el más importante de los "Martirya". 33 No hay duda del funcionamiento de los templos paganos durante su reinado pues así lo certifican los relatos de distintos autores, tanto no cristianos (Libanio y Juliano) como cristianos (Eusebio de Cesarea), recogidos por Buenacasa 1997Buenacasa -1998, 29, 29, notas n OS 10 y 11 y Caseau 2001, 86 y ss. No obstante sí hay constancia de la destrucción de algunos santuarios paganos por orden de Constantino "el Grande", el primer "arqueólogo" de la Historia, aunque ninguno en Hispania34, ni siquiera en Occidente, sino en Oriente35. La clausura de los templos urbanos (la prohibición de acceder a ellos), pero no de los rurales36, así como la prohibición de celebrar ceremonias paganas serán medidas recogidas por varias "constituciones" imperiales de Constante I (337-350) y Constancio II (337-361), lo que significa su vigencia tanto en la parte occidental como en la oriental del Imperio37. Una legislación que amparará la destrucción de templos paganos por parte de algunos obispos en diversos territoria imperiales a lo largo del siglo IV como consecuencia de las decisiones adoptadas por Teodosio el 8 de noviembre de 391 (prohibir las ceremonias paganas en todo el Imperio) y por Arcadio el 10 de julio de 399 (ordenar la destrucción de los templos que se encuentran en los campos, pero sin tumultos)38, lo que dio paso a un progresivo abandono de los espacios cultuales paganos 39. El resto de destrucciones narradas por Eusebio de Cesarea respondieron no a una decisión oficial de Constantino sino a la espontánea intervención de miembros de la comunidad cristiana, alentada en ocasiones por personajes de una cierta relevancia, en muchos casos obispos. O al menos esta es la visión "bíblica" -violenta, fanática e intolerante -de la victoria del Cristianismo sobre el Paganismo ofrecida por escritores cristianos como Eusebio, todo un leit motiv de los textos hagiográficos e historias eclesiásticas de aquellos siglos 40. Violencia, si, pero no generalizada sino minoritaria, puntual y limitada. Será con el emperador Juliano cuando la política imperial sufra una cierta relajación respecto a las fuertes medidas represivas adoptadas por sus predecesores contra el paganismo; y muestra de esta actitud fue el llamado "Edicto de Tolerancia", por el que el emperador revocó las confiscaciones y "probablemente, restituyó los bienes que habían sido usurpados a los templos paganos, al tiempo que decretaba su reapertura" 41. Al tiempo se endurecieron los castigos contra los destructores de templos y contra sus instigadores, entre los que se encontraban, como ya hemos indicado, muchos obispos (Buenacasa 1997(Buenacasa -1998, 36-37), 36-37). Pero tras su muerte en el 363, su política será abandonada y sus sucesores volverán a mostrar su predilección por la religión cristiana, aunque se tolere en algunos momentos la plena libertad de culto 42; lo que no se permitió fue la práctica de determinadas costumbres paganas (la astrología, la aruspicina o estudio de las entrañas, los sacrificios nocturnos, etc.) 43. En el año 370, el imperio se erigirá nuevamente en protector de los cristianos al invalidar las medidas adoptadas por Juliano en contra de esta comunidad, de manera que sus sucesores recuperarán por decreto para la res privata el patrimonio que dicho emperador había restituido y cedido a los templos paganos 44. Con los emperadores Graciano (el último en considerarse pontifex maximus), Valentiniano II y Teodosio I los templos más importantes de cada ciudad -según el testimonio de Libanio -permanecían cerrados, entrando a formar parte de la res privata de forma definitiva. Será en tiempos de Teodosio I (a partir del 391) cuando, como ya se ha dicho, tenga lugar la destrucción de templos paganos, especialmente en las zonas rurales, si bien es verdad que a esas alturas de siglo los templos rurales situados no demasiado lejos de la ciudad ya eran saqueados para construir monumentos seculares en vez de iglesias 45. Salvo iniciativas privadas que no contaban con el apoyo imperial, el reinado de Teodosio I destacará por su explícita política antipagana 46; pero se trata de una actitud imperial, no eclesiástica ya que la Iglesia nunca tuvo intención de destruir los templos paganos de manera sistemática. Y es que no siempre la destrucción de los templos fue una consecuencia directa de su abandono. En muchas ocasiones y especialmente a partir del siglo V lo fue debido a los saqueos protagonizados por "monjes", los auténticos cristianizadores (bajo la dirección de los obispos) del mundo rural 47; los monjes, aleccionados por los episcopi, fueron los primeros destructores de templos, pero no los más eficientes, ya que destruir un templo no era una tarea fácil: requería mano de obra y "maquinaria" especializada; los santuarios y altares que una vez habían sacralizado el paisaje eran ahora despreciados por "contaminar la tierra", de ahí que los primeros en sufrir esta "limpieza selectiva" o "destrucción selectiva" fueran los pequeños fana y los ídolos y estatuas que allí se encontraban 48. Muy pocas son las noticias ofrecidas por documentación textual y arqueológica respecto a la destrucción de templos paganos en Hispania (Sanz Serrano 1998). No obstante, se conoce una ley del emperador occidental Honorio (29 de enero de 399) dirigida a Macrobius ("vicarius diocesis Hispaniarum", con sede en Emerita Augusta) que prescribía la salvaguarda y conservación de la ornamentación de los edificios públicos e indicaba que cualquier petición para destruir un templo pagano o "desacralizarlo" debía ser estudiada personalmente por el emperador 49 que, no olvidemos, ostentaba la posesión de algunos de ellos y, evidentemente, disfrutaba de las rentas que generaba tal patrimonio 50. Con esta ley -que quizás sólo se aplicó en casos especialmente conflictivos y desde luego no afectó a los templos privados, que eran la inmensa mayoría -se intentaría también impedir las destrucciones espontáneas, abundantes en otras provincias imperiales en épocas anteriores 51. La salvaguarda en Occidente frente a la erradicación de los restos paganos visibles en Oriente, especialmente en el mundo urbano, parece ser el motivo de esta actitud: los templos rurales serán los primeros en ser destruidos a manos de los cristianos 52. En la Península Ibérica, los obispos, como herederos de la antigua aristocracia fundiaria hispano-romana, también asumieron las funciones desarrolladas por las antiguas magistraturas municipales, entre otras las evergéticas, las relacionadas con la beneficencia. Y ahí tenemos como muestra la actividad constructora emprendida a mediados del siglo VI por el obispo Justiniano de Valencia, miembro de una de las "familias sacerdotales" más importantes de Hispania 53. Pero también asumieron otras mucho menos "honoríficas", como la dirección de muchos ataques contra los templos paganos, que dicho sea de paso, no siempre estuvieron bien vistos por las autoridades religiosas y civiles, pues es sabido por todos que, si por algo se caracterizaron los primeros "monjes" hispanos, fue por sus enfrentamientos con las altas jerarquías eclesiásticas, 48 Para Occidente contamos con varios testimonios, como el del obispo Cesáreo de Arlés (469-542), que invitó a toda su feligresía a destruir los templos rurales y a erradicar el paganismo, y los de San Martín de Tours: Sanz Serrano 1995, 244. 50 Posesión compartida con las personas que reclamaban su propiedad (generalmente aquellos que los habían construido y mantenido) y con los municipios, con las curias municipales: Buenacasa 1997-1998, 44 y ss. 51 Según un texto de la iglesia copta que ha llegado hasta nosotros en una versión tardía (siglo XIII), la Synaxaire, el patriarca egipcio Teófilo (385-412) habría destruido multitud de templos para construir dos iglesias y dos "asilos para extranjeros": Caseau 2001, 69. Para Hispania no podemos afirmar que las fuentes tardo-antiguas sean precisamente prolijas respecto a las noticias referentes a la destrucción de los templos, ya sean urbanos o rurales 55. Las escasísimas y localistas referencias que poseemos sobre destrucciones de templos paganos tan solo reflejan que estas ya pudieron haber tenido lugar antes del 399 (más difícil sería aceptar la posibilidad de que en Hispania no tuvieron lugar, y también mucho más difícil de explicar) 56, tal y como ocurre en la Gallia 57 o en Britannia (Lewis 1966), y que también pudieron afectar a los santuarios mitraicos, aunque no tenemos testimonios que lo certifiquen 58. Pero estas destrucciones, insistimos, nunca debieron ser numerosas, ni siquiera generalizadas (Vriezen 1995), aunque al igual que en el resto de las provincias del Imperio, las que tuvieron lugar debieron ser más tardías: como ya señaló Mango (1994), la antigua cultura pagana estuvo viva mientras lo estuvo la ciudad y las elites urbanas, lo que en su opinión sucede hasta el siglo VII. Además hay que tener en cuenta que el reino suevo fue, hasta mediados del siglo V, un reino pagano. Y también hay que suponer que fueron protagonizadas por monjes, obispos y soldados, como ocurrió en Siria y en la Galia, y que contaron con la aquiescencia imperial o cuando menos de las autoridades locales 59. Ya en el siglo VI contamos con testimonios escritos que hablan de la destrucción de iglesias y conjuntos monásticos y/o cenobíticos (entre otros el de "Punta de l' Illa de Cullera, en Valencia) en el marco del enfrentamiento entre Leovigildo y su hijo Hermenegildo 60: ¿guardaban estos conjuntos relación con antiguos santuarios paganos? Esta es una cuestión que, al día de hoy, carece de respuesta. Y otro tanto ocurre con uno de los pocos, por no decir el único, testimonio de destrucción de templos conservados en Hispania; procede de la Betica y no tiene confirmación textual sino arqueológica: se trata del templo de la C/ Claudio Marcelo de Córdoba, arrasado, destruido intencionadamente, a finales del siglo III o principios del IV, "por parte del poder cristiano y no como decadencia de lo público", y posteriormente ocupado por construcciones domésticas (Marfil 2000, 119; Carrillo et alii, 1999). A la hora de explicar este hecho no podemos olvidar que Corduba fue la patria del obispo Osio, consejero y mentor del emperador Constantino "el Grande", una de las personalidades hispanas más emblemática de la primitiva iglesia hispana; y que su participación en el proceso de desarrollo y difusión de la nueva religión fue esencial (Sánchez 2002, 325) La anachoresis o ascetismo, el aislamiento social del monje o solitario, la huida, fue en cierta medida causa importante de la marginalidad propia del monaquismo primitivo "subproducto de la desintegración del tejido social de la ciudad en la Antigüedad tardía..." que todavía estará presente en Hispania varios siglos después: Teja 1993, 24. Muy acertadamente se ha justificado la animadversión eclesiástica y civil hacia el movimiento monástico desde finales del siglo IV y principios del V en la Gallaecia (cuando el Cristianismo era ya un fenómeno religioso consolidado en todo el Imperio) por su carácter aislacionista, bucólico y antisocial vinculado a una cultura clásica pagana que se adapta a la nueva aristocracia urbana (Teja 1993, 12 y ss.: "se entiende la dificultad para comprender un fenómeno como el monacato y una figura como el monje, que... optaba por el desierto... para los antiguos la no ciudad, la ausencia de sociedad y de vida civilizada... todo aquello que no estaba sometido a la escala de valores por la que se regía la ciudad era la barbarie, la incivilización... fuera de allí imperaba el peligro físico, la ausencia de ley...". Plácido 1990, 200; y tanto fue así que en los primeros momentos se llegó a identificar al monje con un bandido y en ocasiones con un mártir: Giardina 1983. Puesto que esta ley imperial del 399 prohibía la destrucción de los edificios públicos (entre los que se encontraban los templos) es de suponer que estas tendrían lugar desde varios años antes también en Hispania: Sanz Serrano 1995, 239. Una primera valoración en conjunto de la destrucción de los templos durante el periodo que nos ocupa la efectuó Fernández 1981. 57 Especialmente por a la acción de San Martín de Tours, destructor y cristianizador de templos y santuarios paganos (Bibracta, Sequana, de Mercurio): Mâle 1950, 35-46. 58 Muchos de los Mithraea de la Galia, Germania y Britannia (que no fueron considerados espacios sagrados por la legislación romana) fueron abandonados ya a finales del siglo III; algunos fueron desmantelados y sus materiales reutilizados en la reparación de fortificaciones: Caseau 2001, 78, nota no 91 y 2004, 117. Al menos así ocurrió también en Asia Menor y Egipto entre los siglos IV-VI: Beatrice 1996, 25. Las acciones destructivas emprendidas por San Martín en la Galia circa 375 no habrían sido posibles sin las amigables relaciones del santo (anteriormente soldado) con los miembros de la administración y de la aristocracia galo-romana: Stancliffe 1983, 335. 60 Nos referimos en concreto a un texto de Gregorio de Tours al que hace alusión Roselló 1995, 45. restauraciones de templos en las áreas sagradas urbanas, una tendencia generalizada que tan solo se romperá durante los reinados de Juliano y Valentiniano en África, momentos en los que "el culto pagano, simplemente, se había recluido en el interior de los domicilios privados" (Lepelly 1979, 345-347. Durante el mandato de su nieto, el emperador Juliano, y durante la primera mitad del siglo V, la política imperial dará un giro y se orientará a la restauración de los templos, llegándose incluso a emprender la construcción de otros nuevos, al menos en Constantinopla (Arce 1975, 207-208), y a darse el caso -amparándose en una constitutio del año 363 -de que aquellos particulares que habían procedido a saquear un templo, a convertirlo en vivienda o a desmantelarlo para aprovechar sus materiales en la construcción de edificios cristianos fueron obligados a reconstruirlos o bien a pagar su coste 61. Incluso se llegó a institucionalizar una ayuda económica a las curias urbanas para que reconstruyeran, entre otras edificaciones públicas, los templos 62. Una actividad que llegó a poner en práctica algún que otro obispo, como Pegaso de Illium (la antigua Troya), que dirigió sus esfuerzos a la salvaguarda de estas edificaciones paganas (Saradi-Mendelorici 1990, 52). Hacía ya unos cuantos años (desde el 342 ó 346 aproximadamente) que el Imperio se había dejado de preocupar por la conservación de los templos suburbanos, de los santuarios situados extramuros, en el ager (Caseau 2001, 89-90). Y la situación no era mejor en las ciudades. Los templos urbanos comenzaron a ser cerrados, y por tanto a perder sus funciones públicas, a partir de mediados del siglo IV 63; no obstante los emperadores intentaron preservarlos como puntos de referencia urbanística pero el Imperio no estaba ya en condiciones de cargar, económicamente hablando, con la conservación de todos los templos que se encontraban bajo su jurisdicción, de ahí el proceso de secularización y privatización al que se vieron abocados muchos de ellos a lo largo de los siglos IV-V. Y una de las fórmulas de secularización o privatización adoptadas por los emperadores a partir de 398, pero especialmente desde 401, fue la de instalar en ellos corporaciones profesionales o bien cedérselos o venderlos a particulares, incluidos los obispos64. Para la reconstrucción y conservación de templos paganos en la Hispania de la Antigüedad Tardía apenas contamos con noticias65. El silentium de las fuentes documentales respecto a las medidas adoptadas por el emperador Juliano da a entender, en opinión de Javier Arce (1975, 201 y 214), que no tuvieron repercusión en estas latitudes de Occidente y que los templos permanecieron cerrados66. Fuera así o no, el hecho es que hay que suponer que desde los años 398-399 los restos abandonados de los fana localizados en el ámbito rural hispano fueron susceptibles de ser utilizados libremente para otras construcciones y que a partir de 425 la legislación imperial dejará de preocuparse seriamente por la conservación de los edificios públicos, función que será asumida desde entonces por los obispos (Arce 2005, 228 y 247). Es una realidad que la suerte que corrieron los santuarios paganos no fue, ni mucho menos, uniforme, de manera que en el caso del ninfeo de la ciudad de Valentia este fue repavimentado "en un momento indeterminado" del siglo IV, tal vez durante el mandato del emperador Juliano lo que testimonia la pervivencia entonces del culto al dios de la aguas (Ribera 2000, 23). En las ciudades de Hispania, como en otras provincias del Imperio, se constata la larga pervivencia de la edilicia pública romana durante la Antigüedad tardía, al menos hasta el siglo V, momento en el que el Foro y otros edificios públicos (circos, anfiteatros, hipódromos, etc.) perderán su función original (Grosse 1947, 65; Fuentes 1999, 41; Ribera-Roselló 1999). La perdurabilidad en el tiempo de los templos paganos en Hispania estaría en relación no sólo con el hecho de que estuvieran protegidos por su utilidad pública y belleza67; también -o al menos eso se deduce del caso concreto de Valentia -"en la temprana adaptación para el culto cristiano de alguna de las antiguas sedes del poder civil o del culto pagano, como la curia, que se mantiene en pie hasta el siglo X, o el antiguo edificio administrativo, donde se encontraría el lugar del martirio de San Vicente, que se derrum- Fue la creciente y progresiva desprotección legal a la que se vio abocada el paganismo a partir del 313 y su posterior y lógica "desacralización" lo que propició un cierto "gusto" por la reutilización de los materiales (constructivos y decorativos) y equipamiento cultual de los templos paganos en la edificación de los edificios cristianos en la Antigüedad tardía; y parece más que probable que esta práctica se desarrollase con cierta asiduidad a partir del 15 de noviembre de 407, fecha en la que en una constitución imperial dirigida al pretorio Curcio se declara "de utilidad pública" todos los templos públicos; se retiran los subsidios annonios a los templos; se ordena retirar las estatuas, destruir las arae y los templos privados y se autoriza a que puedan ser utilizados como "cantera" para reparar edificios públicos y, desde luego, a partir de 425 68. La reutilización de materiales constructivos y decorativos procedentes de los edificios públicos para la construcción de iglesias es un hecho a partir del siglo IV y, sobre todo, en el VI 69. Pero dicho material en Occidente fue empleado preferentemente en la construcción de edificios seculares (Caseau 2001, 102; Pensabene 2004). Pero también hubo spolia fuera de la ley. Una práctica, el saqueo de templos con vistas a reutilizar sus materiales, que fue duramente sancionada a lo largo del siglo IV por diversas "constituciones" 70. Sin embargo la valoración económica del material constructivo procedente de los edificios públicos hizo que fueran los propios emperadores y las elites eclesiásticas 71 los que en ocasiones llegaron a auspiciar su expoliación, casi siempre obligados por la necesidad de encontrar recursos económicos suficientes para sufragar sus empresas militares, construir arcos conmemorativos 72 o reparar vías, puentes y acueductos, como se señala en sendas "constituciones" de los años 397 y 399 dictadas en pleno reinado de los emperadores Teodosio y Arcadio 73. Incluso antes, en tiempos de Juliano, ya se constata el uso de los templos como fuente de material constructivo para la edificación de iglesias; por eso ordena la restauración de los templos (Caseau 2001, 69). En otras ocasiones la iniciativa restauradora partirá de particulares, en ocasiones de altos funcionarios cristianos 74. De la asiduidad con la que ya en el siglo IV se producían estos spolia sobre los monumentos paganos, principalmente santuarios o templos y tumbas o mausoleos, da muestra la constitución de Graciano (376) dirigida al Senado de Roma con la que se pretende impedir la dilapidación, por los magistrados, del patrimonio inmobiliario antiguo en provecho de nuevas construcciones (Kunderewicz 1971). Gracias al estudio publicado por José Luis Murga (1979) se conoce la existencia en la Antigüedad tardía de mercados en los que se ponían a la venta elementos y materiales procedentes de los edificios cultuales paganos 75 (pedestales, estatuas, frontones, mármoles, etc.). De la procedencia de los mismos puede darnos una idea el texto de Eusebio de Cesarea que cuenta el proceso constructivo del oratorio del Santo Sepulcro en Jerusalén por Constantino en el segundo cuarto del siglo IV 76. 71 Como el obispo de Aigai, que hacia el 360 aprovechó un templo dedicado a Asclepio para construir la iglesia, creándose así "un précédent pour l 'utilisation des temples comme carrières de pierre": Couseau 2001, 89. 72 Como ocurre con el "Arco de Constantino": Ibidem, p 76. O los casos relatados por Amiano Marcelino (relativos a las profanaciones realizadas por cortesanos del emperador Constantino II, 337-361) y Libanio (sobre las actuaciones de Orión y Teodulo): Buenacasa 1997Buenacasa -1998, 35, 35, nota no 48. 75 En uno de estos mercados fueron vendidos probablemente los adornos que en un principio embellecieron el templo de Fortuna en Antioquia, despojado de los mismos en el año 359 para ser utilizado como escuela de retórica: testimonio recogido por Buenacasa 1997Buenacasa -1998, 49., 49. Tras ordenar demoler el templo pagano construido sobre el sepulcro de Cristo, "no se detuvo sólo en esto la muestra de su celo, sino que una vez más ordena que los materiales de derribo, de piedra y madera, sean recogidos y arrojados lo más lejos posible de la comarca...". En la Hispania de la Antigüedad tardía la reutilización de materiales procedentes de spolia en edificios cristianos será un fenómeno que se acentúe en épocas más bien tardías, en la segunda mitad del siglo VII, pero que comenzará mucho antes77. Será a partir de los últi-mos años del siglo V cuando se proceda -y así ocurre en Valentia -al expolio sistemático de sus edificios públicos, que se convierten entonces en la principal cantera de la ciudad (Ribera 2000, 32); una característica común a los muros de esta época (Ribera-Roselló 2000, 163) refiriéndose a las construcciones efectuadas en la ciudad de Valentia en los siglos VI-VII -"es que la mayor parte de las piedras parecen proceder del expolio de paredes de época romana...". Y otro tanto ocurrió en Barcino -donde para la construcción del episcopium o palacio episcopal, a mediados del siglo V, se reutilizaron pedestales, bases molduradas e inscripciones funerarias procedentes de edificios y espacios públicos En raras ocasiones, por no decir en ninguna, se podrá admitir que los materiales reutilizados como material constructivo o decorativo proceden de templos paganos; y así acontece en el complejo palacial o villa aúlica de "Pla del Nadal" en Riba-Roja de Túria (Valencia), construido reaprovechando restos materiales procedentes de los edificios públicos de la antigua Edeta; una reutilización llevada a cabo ya en la segunda mitad del siglos VII que "no debió resultar ideológicamente neutra, como restauración tácita del prestigio arquitectónico del extinto estado romano..." Pero esas raras ocasiones se produjeron. Este es el caso del pedestal que, reutilizado como pie o soporte de altar, contiene el texto de su consagración por el obispo Anastasio de Xátiva, lo que habría tenido lugar hacia el 660; un pedestal "que debió contar con una primera inscripción en una de sus caras y que posiblemente fue borrada para ser reutilizado, en su cara opuesta, con la siguiente inscrip-ción..." Pedestales, cipos y columnas fueron dos de los elementos más reutilizados en la erección de altares, especialmente como soportes de arae, de manera que al ya citado de Xátiva podríamos añadir los casos de Ampurias, en la Tarraconense 78 y algunos en la Gallaecia (Figs. Y también se emplearon como material constructivo las arae en edificaciones ya plenamente alto-medievales, como Sta. Lucia del Trampal, en Alcuéscar, Cáceres (2a mitad del siglo VIII-s. Un claro caso de spolia podría encontrarse en Sâo Miguel da Mota (Terena, Portugal), una construcción que -según los resultados obtenidos tras últimos trabajos arqueológicos llevados a cabo en 2002 -no termina de corroborar la supuesta vinculación entre su dedicación pagana local a Endovellicus y la cristiana de San Miguel 80, pues el edificio cristiano no se alzó sobre un 78 Durante las excavaciones de 1846 se localizó una mensa altaris o ara (actualmente en el Museo Arqueológico de Cataluña, sección de Gerona) realizada con mármol de Paros; una pieza reaprovechada con unas dimensiones de 106 x 76 x 6 cm. que descansaba sobre un pedestal monolítico con una dedicatoria a Júpiter, que haría las veces stipes. 79 Catorce de dichas aras dedicadas están dedicadas a la diosa indígena Ateacina, lo que ha dado pie a pensar que allí (o en sus cercanías) se encontraba un santuario dedicado a esta diosa: Caballero 2003, 15-20. DÍEZ 1984. santuario prerromano dedicado a la deidad local. No parece existir por tanto una superposición topográfica e icnográfica entre un antiguo templo pagano y una ermita dedicada S. Miguel 81. Sin embargo, recientes excavaciones han sacado a la luz seis esculturas que han sido datadas entre los siglos I y II, entre ellas una "portadora de ofrendas", que fueron cuidadosamente depositadas, sepultadas, en un pozo tras haber sido mutiladas, lo que da a entender la más que probable existencia de un edificio notable en la zona, tal vez un santuario (Fig. 4, A-B). Pero tan solo eso; por el momento solo se puede afirmar que el templo cristiano fue construido ex novo, eso si, reutilizando materiales antiguos (Guerra -Schattner -Fabiâo -Almeida 2003, 461 y ss). De ahí que por el momento incluyamos este caso en el apartado de spolia y no en el de transformaciones. En cualquier caso el uso o reaprovechamientos de spolia de templos paganos en edificios cristianos únicamente nos indicará, nos ofrecerá, una cronología en términos "post quem", es decir, señalará el momento en el que se pudo construir el edificio en el que se encuentran los restos, pero nunca el momento concreto en el que se efectuó el expolio. Esto es lo que ocurre, por citar algunos ejemplos, en el ábside de herradura de la basílica de la Almoina y en la capilla funeraria conocida como "Cárcel de San Vicente", ambos en la ciudad de Valencia o en el probable edificio cultual localizado en el interior del recinto fortificado de "Valéncia la Vella" en Riba-Roja de Turia, también en la comunidad valenciana (Roselló 2000, 129-130); aunque todos estos edificios están datados en los siglos VI y VII es de suponer que el espolio tuvo lugar en siglos anteriores (IV-V), pero por el momento resulta imposible precisar más 82. LA TRANSFORMACIÓN DEL TEMPLO PAGANO EN TEMPLO CRISTIANO Muchos fueron los factores que concurrieron a la hora de promover la transformación de un templo pagano en iglesia cristiana; y uno de los más importantes fue el económico, la "ambición de riquezas", pues como recuerda Carles Buenacasa (1997)(1998)25), "la iglesia cristiana local recibiría los lotes de tierra que habían servido al mantenimiento del santuario al cual sustituye, con lo que, de esta manera, veía aumentar su patrimonio". Otro factor fue el ideológico, ya que para algunos tal transformación significaba el triunfo o victoria de la comunidad cristiana, de la ecclesia, sobre la pagana. En diversas provincias del Imperio esta transformación fue liderada por los obispos aprovechando -tal y como se ha dicho -las medidas legales o "constituciones" promulgadas por Constante I y Constancio II 83. Hay que destacar que no hay constancia -ni documental ni arqueológica -de una conversión sistemática de los templos paganos en santuarios cristianos en tiempos de Constantino I ya que la única política generalizada que desarrolló durante su reinado, la confiscación de los tesoros de los templos paganos 84, no ha de verse como una política dirigida a terminar con el paganismo (el mismo se intitula "pontifex maximus") sino como una disposición de carácter fiscal dirigida a la emisión o acuñación de monedas de oro, principalmente el solidus aureus 85. Lo que si hubo por parte de Constantino "el Grande" fue un claro deseo, mediante la secularización de los templos, de impulsar la propagación del cristianismo, religión que desde entonces -especialmente desde el 313contará con el favor imperial 86. Con él el paganismo iniciará un camino que le conducirá a ser considerado una superstitio, y por tanto innecesaria para la felicitas del Imperio. Y otro tanto ocurrirá con sus más inmediatos sucesores. Aunque se desconoce el número total de templos que pudieron haber sufrido esta transformación a lo largo del siglo IV, lo que si sabemos es que para llevar a cabo la misma era necesario la previa "desacralización" otorgada por el emperador, ya que muchos de estos edificios eran, como ya se ha dicho, propiedad del Estado y su patrimonio estaba considerado por tanto res privata, bajo el control directo del emperador. Su pertenencia a la res privata será lo que permita a la Iglesia hacerse con la posesión de determinados terrenos, un proceso que sí se constata ya en tiempos de Constantino I (Chastagnol 1986. Parece ser, ya que los textos conocidos apuntan en esa dirección, que la cristianización de los templos paganos -al menos desde el punto de vista legislativo -se hizo más intensa a partir de la primera mitad del siglo V, de los reinados de los emperadores Honorio, Arcadio y Teodosio II (395-450), pero ésta jamás fue numerosa si tenemos en cuenta los casos conocidos. Y fue escasa por una sencilla razón: los cristianos consideraban los templos paganos espacios impuros y por tanto inapropiados para el "cultum Dei" 88. Es lo que recientemente Ward-Perkins ha denominado "negative evidence" (2003,286): la inmensa mayoría de los templos no fueron convertidos en iglesias89. De lo que si tenemos testimonio, aunque ya en el siglo VI, es de la erección de ecclesiae en edificios o espacios públicos; esto ocurre en el anfiteatro de Tarragona, en el que fueron martirizados el obispo Fructuoso y los diáconos Augurio y Eulogio en el 259; allí, en la arena, se construyó un edificio cultual en los siglos VI-VII a base de spolia, pues sus muros fueron alzados aprovechando los asientos de los graderíos: Palol 1953; Keay 1996, 38; Ted'a 1990, 219-223 y 234; Macias 1999, 229 y Macias -Menchon -Muñoz 2005, 44. Y también en la Neapolis de Ampurias (Girona), donde la primera construcción religiosa, una cella memoria, fue erigida reaprovechando el antiguo edificio termal tardo-republicano: Nolla -Sagrera -Palahí -Vivó 1995; Nolla 2000, 248. Tesoros que, por otra parte, irán desapareciendo de los templos paganos a principios del siglo IV, momento a partir del cual el paganismo dejo de gozar del apoyo imperial (salvo el reinado de Juliano) y pasó a estar desprotegido. 85 Política, por otro lado, practicada ya por otros emperadores romanos, desde Caligula a Majencio, cuando escaseaban los metales preciosos: Piganiol 1932, 184. 87 Salvo, como ya hemos visto, durante el reinado de Juliano. En ocasiones se trató de transformaciones realizadas a la fuerza 90 y en otras fue una consecuencia directa de disposiciones que mermaron alguna de sus funciones primordiales, como la adoptada por Honorio en el 399, que impedía la realización de sacrificios en el interior de los templos paganos 91. La eclosión de la transformación tendrá lugar de manera muy significativa en el siglo VI; hasta entonces los casos será escasos y circunstanciales, vinculados a capítulos muy concretos de intolerancia y violencia religiosa "dans un sprit de conquête de l 'espace" (Caseau 2001, 102). Será a partir de finales del siglo V, una vez que la memoria religiosa pagana del lugar casi ha desaparecido de la memoria colectiva, cuando los casos de transformación (parcial o total) se multipliquen (Deichmann 1939, 108-110). Pero, ¿cuál fue la fórmula por la que la Iglesia se hizo con la propiedad de los templos paganos y con la de su patrimonio, paso previo a la "cristianización" de los mismos? Cabía una doble posibilidad respecto a los templos urbanos e imperiales: solicitarlo al emperador, en el caso de que estos se encontrasen bajo su directa dependencia o bien -y esta fue la más utilizada, pues el proceso era mucho más rápido -hacer la petición a la curia municipal, que era la encargada del mantenimiento de los templos públicos urbanos, de los templos situados intramuros (Buenacasa 1997(Buenacasa -1998, 45), 45). Un proceso que se agudizará de manera definitiva en la pars Orientalis del Imperio cuando en el 435 el emperador Teodosio II disponga que todos los santuarios debían ser destruidos o purificados para instalar en ellos la Santa Cruz, "el signo de la venerable religión cristiana" 92. ¿Hubo alguna disposición similar para la Pars Occidentis? En opinión de Buenacasa (1997)(1998)(45)(46), esta no fue necesaria ya que existían los mecanismos necesarios desde hacía tiempo y venía siendo una práctica autorizada por el Imperio desde principios del siglo V. Un ejemplo de la práctica de cristianizar los antiguos santuarios paganos para la construcción de oratorios lo encontramos en la actividad desplegada por San Martín de Tours en la Galia del siglo IV, empeñado con su "obra" en afirmar la victoria de Cristo sobre los demonios 93. Sea como fuere el hecho es que a mediados del siglo V el cronista Teodoreto de Ciro ya afirmaba que la mayor parte de los templos y altares paganos habían sido destruidos y sustituidos por edificios cristianos 94. Y en la misma línea se encuentra San Juan Crisóstomo cuando afirma que en su época los altares, templos y fiestas en honor de los dioses eran cosas del pasado (Buenacasa 1997(Buenacasa -1998, 48), 48). Una ley imperial o edicto del 4 de noviembre de 451 castigaba, con penas de confiscación y muerte, la reapertura de los templos. El paganismo, como religión, llegaba a su fin; ya era una "religión ilícita", una superstición 95. ¿Cómo fue el proceso de desacralización previo a la transformación de un espacio pagano en cristiano? Ya en la segunda mitad del siglo III, la "Vita" de Gregorio Taumaturgo ( † 270) nos presenta al santo presidiendo la exorcización-purificación de un templo pagano (acto que se llevaría a cabo grabando en sus muros el símbolo de la cruz) y la conversión al cristianismo del sacerdote que estaba a su servicio. El templo pagano era el hogar del demonio, y por tanto había que purificarlo (Caseau 2001, 68), de ahí que no resulte extraño encontrarnos muchos de sus elementos (columnas, estatuas, pedestales, etc.) "cristianizados" mediante signos grabados (cruces, crismones, etc.) 96. Otra fórmula de cristianización, más indirecta, que ya encontramos en Siria a partir de finales del siglo IV, principios del V, fue la instalación de solitarios (monachus), de estilitas; implantación que dará lugar a la aparición de monasterios y cenobios en los espacios religiosos paganos 97. Un proceso que desde el punto de vista constructivo contó con una dificultad de tipo estructural pues para la conversión de un templo pagano en templo cristiano en el primero había "que abrir un ábside en la cabecera". Esto fue lo que ocurrió con el templo de Cibeles en Autun, transformado por Martín de Tours en la iglesia dedicada a los Príncipes de los Apóstoles (Fernández 1981, 150-151). La sustitución de los templos paganos por iglesias cristianas "es un proceso que se inicia con Constancio II, que se frena totalmente con Juliano y que, ante la aparente despreocupación de los emperadores de la 90 Como ocurrió con la cristianización, entre los años 400-404, del Marneion, el templo dedicado a Júpiter Marnaios, en Gaza: Fliche -Martín 1948, 21. Será precisamente en el capítulo del Codex que acabamos de citar ("De Paganis, sacrificiis et templis", que abarca desde el año 320 hasta el 435) donde se encuentre centralizada casi toda la legislación sobre este tema. 94 Conocemos los casos de los templos de Zeus en Damasco, el de Baal en Heliópolis, el Partenón y el Erecterión en Atenas, el de Isis en File, el de Poseidón o Zeus en Constantinopla, el de la diosa Rhea en Cízico, etc.): Fliche -Martín 1948, 20-21. 96 Solo los altares y objetos de culto, así como las estatuas de las divinidades, serían destruidas: Caseau 2001, 105 y ss. 97 Como ocurrió en Djebel Srir con el templo de Zeus: Callot 1997, 738-740. dinastía valentiniana, se renueva con extraordinario vigor con Teodosio I..." Fue un proceso lento, con altibajos y auspiciado por el Estado, el que permitió a la Iglesia -desde tiempos de Constantino "el Grande" -hacerse con la propiedad de un santuario pagano para transformarlo en templo cristiano o bien edificar en su lugar una ecclesia que, obviamente, pasará a formar parte de su patrimonio. Pero esto fue lo excepcional en Occidente y en Hispania: en rara ocasión un templo pagano se convertirá en cristiano. Desde un punto de vista ideológico, religioso, no resultaba nada fácil para la Iglesia justificar la reutilización de un espacio impuro en el que se habían efectuado sacrificios paganos. Pero también hubo otras causas que favorecieron la pervivencia de los templos paganos durante la Antigüedad tardía. En la parte occidental del Imperio se apoyó la conservación de los templos y santuarios paganos urbanos ante el miedo a colaborar en la desintegración de la topografía urbana clásica tradicional, ya que muchos de los principales espacios públicos de las ciudades todavía se encontraban organizados alrededor de las grandes áreas sagradas. La destrucción sistemática de estos templos habría acelerado la desestructuración de los centros monumentales tradicionales hasta entonces (basílicas, pórticos, arcos monumentales, termas, etc.) y de la red viaria urbana. Los cristianos al erigir sus edificios religiosos en lugares distintos a aquellos en los A B que se encontraban los templos o santuarios paganostanto dentro como fuera de la ciudad -dieron lugar a una nueva topografía sagrada en la que muy a menudo, y de manera premeditada, se evitaba cualquier posible vinculación con los espacios cultuales paganos, con lo que además se contribuía a ralentizar el proceso de transformación urbanístico 98. Por lo general será más tarde, a lo largo de los siglos VI y VII cuando tengan lugar la mayoría de las transformaciones, una vez que los recuerdos de los sacrificios y de las ceremonias paganas habían casi desaparecido de la memoria colectiva, cuando los edificios ya se encontraban prácticamente en ruina; síntoma de dicho abandono será la autorización del emperador Heraclio al papa Honorio (625-638) para que este emplee las planchas de bronce del templo de Venus en Roma con el fin de reparar la basílica de San Pedro (Caseau 2001, 106). Y así ocurrió con los templos atenienses, convertidos en iglesias en el siglo VII, y con el primer caso de templo público romano convertido en iglesia: el "Panteón" de Agripa, convertido en Santa María de los Mártires por el papa Bonifacio IV (608-615) con la autorización del emperador Focas (Franzt 1965). ¿Tuvo lugar dicha transformación en Hispania? ¿Qué factores la desencadenaron? ¿Cuál fue el comportamiento de las autoridades laicas y eclesiásticas al respecto? ¿Cuántos templos paganos se convirtieron en edificios cristianos? No conservamos ninguna evidencia arqueológica -afirma Javier Arce -que demuestre que en la Hispania del siglo V los templos paganos urbanos fueran trasformadas en iglesias; pero opinión muy distinta muestra García Moreno (1977-1978, 315), que cita los casos de Astigi (Écija), Iluro (Mataró) y Egiditania (Idanha-a-Velha, Beira, Portugal) 99. Lo que resulta una realidad incontestable, en nuestra opinión, es que salvo los conjuntos relacionados con el poder eclesiástico, con la "ecclesia principalis", las construcciones cristianas tardo-antiguas se focalizarán principalmente en localizaciones periféricas, extramuros, en el suburbium, y también que estas responderán principalmente a un culto de origen martirial. Si la transformación de los templos paganos urbanos en templos cristianos hubiera sido un proceso generalizado, ¿por qué no ha dejado huellas materiales? ¿Qué sentido tiene construir en los arrabales si cabía la posibilidad de hacerlo intramuros, en plena ciudad? Si los territoria hispanos del siglo V son tan inseguros como al parecer hacen ver las fuentes, ¿no se habría intensificado el proceso de cristianización de los templos urbanos? Si la escasez de testimonios prevalece a la hora de conocer a fondo este proceso a lo largo y ancho del Imperio, no iba a ser menos el caso de una de sus provincias occidentales 100. Carecemos de la suficiente información como para poder generalizar sobre cómo se llevó a cabo dicha transformación o cuál fue el número de edificios afectados por tan trascendente cambio, sobre todo para la institución eclesial, la gran beneficiada. Lo único que puede afirmarse al día de hoy es que no se trató de un proceso, ni mucho menos, generalizado y que su aplicación dependería del celo del magistrado de turno; más bien todo lo contrario: se trató de un proceso excepcional y cuando este tuvo lugar aconteció en momentos más tardíos, en el siglo VI, incluso en el VII. Parece ser que para la Hispania de los siglos IV y V se puede afirmar, a este respecto, lo mismo que para el resto del Imperio 101. Otra cuestión es la de la "sacralización" o "cristianización" de otro tipo de construcciones o espacios paganos, especialmente en el mundo rural: nos referimos a las cuevas, a los espacios rupestres o semi-rupestres, un tipo de hábitat muy relacionado con actividades paganas o 98 "By aviding pagan sites, and by placing their churches elsewhere, generally scattered through the town or, indeed, outside it, the Christians created a wholly new sacred and monumental topography, that paid no heed to the traditional secular and pagan one of classical times. 99 Respecto al caso de Egiditania debemos recordar que sobre el templo del forum se erigió, pero ya en momentos muy tardíos (ss. XII-XIII), una construcción defensiva cuya erección corrió a cargo de la orden del Temple (Fig. 5, A-B). No conocemos ningún testimonio que avale la posibilidad de su transformación en edificio cristiano durante la Antigüedad tardía. 100 Tan solo que ya a mediados del IV era un proceso consolidado y que hasta el siglo V inclusive "Tampoco se construyeron en ellos (se refiere a los templos paganos) muchas iglesias; este proceso empezó tarde, cuando ya no estaba presente en la sociedad el sentimiento antipagano", como recuerda Arce 2005, 245 y 247. Apenas hay evidencias de esta transformación en la parte occidental del Imperio y cuando se encuentran datan de mediados del siglo VI en adelante (como es el caso de Honorato, obispo de Novara, que transforma un templo en iglesia en el 550 y de la conversión en iglesia del Templo de Concordia en Agrigento, en el 597): Ward-Perkins 2003, 287. Un hábitat de este tipo, con fuertes reminiscencias paganas, como es el berciano, fue el elegido por el joven y noble godo Fructuoso a mediados del siglo VII para dar rienda suelta a su espiritualidad y, de paso, proceder a la reorganización religiosa del territorio103. La ciudad hispana de los primeros siglos de la Antigüedad tardía dejó de ser una ciudad pagana para convertirse en una ciudad monoteista, cristiana, en la que el cultus Dei sustituyó al cultus deorum; se vivía una "efervescencia teológica" que hacía que sus habitantes cristianos participasen de forma activa en las discusiones y controversias teológicas surgidas contra priscilianistas, judíos, etc. (Arce 2005, 219) 104. Con estas premisas ideológicas resultaría muy difícil justificar, ante tan acalorada feligresía, el convertir un espacio manchado con la sangre de sacrificios paganos en un espacio para la alabanza de Dios. Puede que todas estas transformaciones a las que acabamos de referirnos no necesitasen la autorización imperial pero en todos los casos tuvieron que realizarse con el consentimiento episcopal, pues solo al obispo le estaba permitido puri- ficar un lugar pagano y consagrar en él una iglesia o un altar 105. En la Hispania de la tardía Antigüedad cabe hablar, para el ámbito urbano, de tan solo cuatro casos, tres de ellos al menos aun por verificar: uno es el de la "ecclesia principalis" de Tarraco, surgida quizás poco antes de 419 106 sobre el espacio ocupado por el templo de Roma y Augusto, en el recinto de culto al emperador, en la "ciudad alta" o recinto superior de la ciudad (Fig. 6)107; allí se encontraban los edificios administrativos y religiosos del Concilum Provinciae Hispaniae Citerioris y el circus. El control del recinto superior de la ciudad de Tarraco estuvo durante el siglo IV en manos del poder imperial, en manos del gobernador provincial; era el ámbito de prestigio y actuación imperial que acogía los edificios de culto (Macias 2000, 263). A priori resulta difícil aceptar la posible transformación de estos templos urbanos en ecclesia, al menos hasta finales de dicha centuria, momento que coincide con un proceso de oficialización e implantación del cristianismo que provocó "una profunda transformació urbana amb el desmuntatge o la reutilizació dels antics espais de prestigi civil o religiós de caire pagà..." De haberse producido esta habría tenido lugar a partir del reinado de Teodosio, que fue cuando tuvo lugar la desaparición de los grandes recintos de culto imperial, incluido el de Tarraco (Macias 2000, 264 y ss). Con los datos conocidos hasta ahora es de suponer que esta transformación habría acontecido en la primera mitad del siglo VI, cuando para la construcción del episcopium "se desmontó el muro oriental del recinto de culto pagano para permitir la conexión con la sede catedralicia" 108. El segundo es el del aula/basílica localizada en el importante enclave urbano e industrial (relacionado con la producción de garum y otros productos derivados de la pesca) de Troia de Setúbal (Portugal), surgido a finales del siglo I a. de C. (Maciel 1996, 193 y ss. Fig. 7, A-B); y lo traemos a colación por el hecho de que según una noticia recogida por Andrés de Resende en 1593, la capilla de Nuestra Señora de Troia se erigió al parecer sobre un templo dedicado a Júpiter Amon del que todavía se conservaba, a comienzos del siglo XVIII, una cabeza de carnero realizada en mármol sobre la puerta de la primitiva capilla de Nuestra Señora de los Placeres; una noticia que será confirmada por Fray Agustín de Santa María, que en 1707 halló los restos de "hum templo gentilicio com columnas..." Desgraciadamente la Arqueología (al menos hasta el momento, pues el conjunto no ha sido excavado en su totalidad) no ha podido refrendar tales noticias y lo único que puede afirmarse con seguridad es que este edificio (así como el conocido como "baptisterium") fue parcialmente erigido sobre una antigua estructura portuaria ocupada por largos y profundos "tanques de salga" (cetariae), y que en su construcción se reutilizó sillería -que recuerda al opus quadratum del templo de la Fortuna Augustea en Pompeya -y otros materiales (columnas, basas, etc.). Incluso se llega a hablar de la amortización a principios del siglo IV de un santuario mitraico o bien de la transformación en iglesia de un aula palatina o basílica civil que entre mediados del siglo IV y principios del V fue ornamentada con una bella decoración pictórica (Maciel 1996, 225, 229 y 230-231). El tercer caso, el del foro de la colonia Emerita Augusta (Maciel -Menchon -Muñoz 2005, 16. Arce 2005, 249), guarda aun muchas incógnitas por resolver, aunque no menos que la basílica cordobesa de San Acisclo, al parecer surgida de la transformación de un aula del palatium de Cercadilla, erigido por el tetrarca Maximiano Hercúleo (León 1996. Menos dudas presenta el llamado "Templo I" (¿antiguo templo de Juno?) localizado en un sector del área forense de Illici (Alcudia de Elche); sobre este edificio, un templo romano de época augustea que a su vez vendría a sustituir a un templo ibérico (Ramos 1995. Fig. 8), "se han observado reformas arquitectónicas que habría que asociar a la cristianización" de la ciudad, ya sede episcopal en la segunda década del siglo VI". Dicha transformación habría tenido lugar en el siglo VII (Poveda 2000, 91). Sin embargo en el "campo", en el medio rural, la realidad parece mostrarse de manera distinta. Lejos de la ciudad, de la oficialidad, las creencias se personalizan y la legislación pierde efectividad; el "paganismo no oficial y personalizado" del medio rural -paradójicamente, el primero y último en ser cristianizado (Caseau 2004, 105) -es más difícil de erradicar que el urbano, sometido a una acción más directa del episcopado. Por eso la Iglesia redobla sus esfuerzos por cristianizar el campo en el siglo V. Y a estos esfuerzos se debe la sacralización y cristianización de varios templos rurales y privados en la península. 105 Concretamente al obispo de la diócesis, en Hispania probablemente desde la celebración del I Concilio de Toledo (400), pero con total seguridad en la segunda mitad del VI: Martínez Tejera 1996. 106 Pero tampoco mucho antes, siempre en el marco cronológico del siglo V, que es cuando comenzamos a encontrar las sedes episcopales instaladas sobre los edificios del foro (al menos en Italia y Dalmacia): Marasovic 1989 y Testini -Cantino -Pani 1989, 44-45. Además, "no se dispone de evidencias que reflejen una transformación urbanística de la parte alta de la ciudad durante el siglo IV": Macias 2000, 262. Un posible ejemplo hispano podría encontrarse en Valencia, donde su primera catedral o "iglesia principal" (localizada en la actual plaza de la Almoina) se erige parcialmente sobre el solar antaño ocupado por la basílica: Ribera -Roselló 2000, 170-171. En la Lusitania encontraremos varios ejemplos. Uno aparece en una villa suburbana situada en las cercanías de Ossonoba: la villa de Milreu (Estoi, Portugal), de donde procede el busto del emperador Galieno, el único retrato imperial del siglo III conservado en Portugal; erigido a principios del siglo IV, el templo de la villa (y por lo tanto un templo privado), probablemente dedicado a una divinidad acuática, fue convertido en iglesia a finales del siglos IV o principios del V 109 (Fig. 9, A-B). Un templo -de cella cuadrada y ábside semicircular -"cristianizado" en época teodosiana gracias a la instalación de inhumaciones a su alrededor y a la construcción de una fons o piscina bautismal de forma rectangular en la zona occidental del recinto sagrado, esta última ya en el siglo VI (Schlunk -Hauschild 1978, 111 y ss.;Fontaine 1982, 436; Hauschild 1984; Maciel 1996, 114; Brogiolo -Chavarría 2003, 19 y ss.). Y un caso muy similar al de Milreu presenta el edificio localizado junto a la villa de Sâo Cucufate (Vidigueira, Beja, Portugal), abandonada hacia el 450 (Fig. 10, A-B); un templo privado consagrado originariamente a una divinidad pagana y construido en la segunda mitad del siglo IV que fue transformado en iglesia en una fecha que no se puede precisar, pero dentro de la primera mitad (Fotografíá de los Autores). Fuera ya de la Lusitania, en la Gallaecia, contamos con el ejemplo de Santa Eulalia de Bóveda, en la actual provincia de Lugo (Fig. 11, A-C); se trata de un antiguo edificio subterráneo de icnografía rectangular formado por un vestíbulo dístilo "in antis" y un cuerpo principal -un posible ninfeo pagano -que habría sido transformado en edificio cultual cristiano entre los siglos IV y VI (Gómez-Moreno 1949. Este singular edificio -conformado por dos edificios superpuestos -viene a confirmar "el lento tránsito del paganismo céltico en el corazón de la Gallaecia" (Fontaine 1982, 98), ya que nos encontramos ante un santuario, para algunos un ninfeo bajo-imperial, transformado en iglesia quizás a finales del siglo IV o principios del V (Gómez-Moreno 1949, Fontaine 1982, 101) 111. (Fotografía de los autores). 110 Según la passio del santo mártir Cucufate (elaborada en la 1a mitad o mediados del siglo VIII), escilita de origen, este fue martirizado en Barcelona hacia los años 303-304, en el reinado del emperador Máximo y el procónsul Galieno; sobre la posibilidad de que sus restos fueron sepultados en la actual localidad de Sant Cugat del Vallés (Barcelona): Riesco 1995, 153-163. Sobre un mausoleo privado se construyó la pequeña capilla funeraria de San Miguel, en Odrinhas, erigida a finales del siglo IV, principios del V "sobre una casa romana de época tardía", como anexo a una villa tardía. Un edificio de acusada icnografía ultra-semicircular, dotado de un espacio rectangular con dos absidiolos, que viene a ser una "ruralización" de mausoleos de época constantiniana (como el de Santa Constanza, en Roma): Fontaine 1982, 437; Maciel inédito, 71-76 y 1996, 114. A la hora de hacer un balance, obviamente provisional, sobre el destino de los templos paganos en Hispania durante la Antigüedad Tardía, es preciso subrayar la diferencia cuantitativa de información disponible para la Península Ibérica respecto a otras provincias occidentales y, sobre todo, orientales del Imperio. Es un proceso sobre el que los textos nos informan, como suele ocurrir con frecuencia, de forma genérica y en muchas ocasiones ambigua. Como indicábamos al comienzo de este estudio es evidente que disponemos de escasa documentación sobre la realidad material de este proceso para el conjunto de Hispania112. Pero también es cierto que el argumento ex silentio no puede ser invocado como excusa para abordar un tema que, como bien señalaba Javier Arce, ha sido poco o nada estudiado en lo que al ámbito hispano se refiere. Los ejemplos abordados en este trabajo, además del análisis de la información textual conservada, evidencian, en efecto, que estamos ante un proceso bastante tardío, en relación a otras áreas occidentales y orientales, en lo que respecta al desmantelamiento y destrucción de los templos paganos en Hispania. La destrucción de templos paganos para convertirlos en templos cristianos no fue un fenómeno ni mucho menos generalizado en la península. Resultó, precisamente, todo lo contrario: un proceso enormemente complejo que, además, en contadas ocasiones se llegó a producir en Hispania. No estamos, probablemente, ante un fenómeno generalizado objeto de una acción sistemática y programada por parte de las instancias religiosas cristianas. Así parecen indicarlo, por una parte, el lento progreso de la cristianización en el medio rural y, por otra, el mantenimiento de prácticas y espacios de culto paganos tanto en el campo como en la ciudad, algo que está bien atestiguado por los textos y por la arqueología. El progreso de la investigación arqueológica, en el marco de excavaciones ahora más atentas y rigurosas con el registro y documentación de los niveles tardo-antiguos y alto-medievales, hará envejecer pronto este estudio. Ello será para nosotros motivo de una satisfacción doble: por un lado, que se ha progresado en el conocimiento de una realidad material compleja y muchas veces esquiva; por otro, que esta prematura síntesis haya sido al menos, aún en su premura, de cierta utilidad.
Godoy llevó a cabo excavaciones arqueológicas en la villa que poseyó en Roma durante sus años de exilio, ubicada en el monte Celio. El arquitecto Antonio Celles, quien rehabilitaba el palacio y los jardines de la villa, dirigió varios de estos trabajos entre 1813 y 1815. Fruto de éstos, y de excavaciones posteriores, fue el descubrimiento del célebre herma de Sócrates y Séneca, única imagen fidedigna del filósofo hispano, hoy localizada en Berlín, y de dos basas de estatua dedicadas a Caracalla, gracias a las cuales se conoció dónde se situaba el cuartel de la Cohors V Vigilum de Roma. El 18 de junio de 1812 entraban por la Porta del Popolo Carlos IV y María Luisa de Borbón y Parma, destronados por Napoleón y forzados a un exilio que se prolongaría en Roma hasta su fallecimiento, con unos pocos días de diferencia entre uno y otro, en 1819. El gran cortejo que acompañaba a los monarcas, como convenía a un rey destronado, contaba entre sus miembros al favorito de Carlos IV, su Primer Ministro y Capitán General del Ejército Nacional, Manuel Godoy, duque de la Alcudia y Sueca, o como sería mayormente conocido en su nueva ciudad de acogida 1, Príncipe de la Paz y de Bassano 2. Godoy ya no tenía que preocuparse de la alta política ni de los asuntos internacionales, en la medida en que éstos no lo afectaran a él, y se dedicó plenamente a desarrollar sus aficiones artísticas y mundanas, tan presentes en la Italia francesa y posteriormente en la de la Restauración, cuya vida social cosmopolita buscaba olvidar la etapa anterior, como el resto de las naciones europeas. Así, a la manera de los ricos príncipes romanos y de la sociedad francesa surgida en Roma, coleccionó obras de arte y antigüedades, se convirtió en mecenas y protector de artistas, en su caso, sobre todo españoles, y participó asiduamente en todos los actos que la aristocracia local desarrollaba. Entre las diferentes propiedades que el Príncipe de la Paz poseyó distribuidas por la ciudad de Roma se encontraba la Villa Mattei -ahora rebautizada Celimontana-sobre el monte Celio, desde hacía tiempo en pésimas condiciones, que pretendía convertir en un auténtico museo de arte y un rincón de ocio (Fig. 1). Efectivamente, las guías de Roma de los primeros años del siglo XIX señalan la decadencia de la Villa Mattei: la de Vasi de 1804 apunta que era una de las más bellas de la ciudad por sus fuentes, bosques y por su colección de estatuas, bustos y mármoles antiguos, "non rimanendovi ora, che alcune statue, e busti MANUEL GODOY, GENIO DELLE SCAVAZIONI. ALGUNAS PRECISIONES ACERCA DE SUS DESCUBRIMIENTOS ARQUEOLÓGICOS EN EL MONTE CELIO DE ROMA assi mediocri" 3, mientras que los arquitectos franceses Percier y Fontaine, que grabaron tres vistas de la villa en 1809, describen el abandono de sus jardines 4. Para su recuperación el Príncipe de la Paz se dispuso a afrontar grandes obras de reforma, y el arquitecto designado para ello fue Antonio Celles, un joven catalán que la Junta de Comercio de Barcelona tenía pensionado en la Urbe para el estudio de su profesión y antiguo conocido de Godoy, a quien dedicó en Madrid los planos de un Colegio Militar 5. Las operaciones arqueológicas llevadas a cabo en la Villa Celimontana siendo el Príncipe de la Paz su poseedor fueron seis, desarrolladas entre 1813 y 1815 y en 1820, y su resultado, el hallazgo de un caldarium, dos pavimentos, el célebre herma de Sócrates y Séneca de Berlín y dos basas inscritas. Gran parte de los descubrimientos realizados se dieron a consecuencia del programa de renovación que había emprendido Godoy en la villa con la ayuda de Antonio Celles, convertido de la mano de aquél en arqueólogo: no sólo el hallazgo del caldarium, sino también de los dos pavimentos y del herma fueron hechos casuales (ligados sobre todo al trazado de los caminos internos de los amplios jardines Mattei), que el nuevo propietario no dejó de aprovechar. Las demás intervenciones sí responden en cambio a una actividad intencionada muy relacionada con ese deseo de convertir en verdaderos museos de antigüedades clásicas e imprimir un aspecto arqueológico a las residencias aristocráticas durante el periodo napoleónico. Hasta entonces la colección de obras antiguas de Godoy era meramente accidental, pues se componía tan sólo de las piezas de menor valor que habían permanecido en la villa tras la venta del resto por la familia Mattei, fundamentalmente al Museo Pío Clementino 6; en cualquier caso, el interés de Godoy por la arqueología y sus aficiones anticuarias ya se manifestaron durante su etapa dorada en la Corte de Madrid, cuando patrocinó excavaciones y viajes artísticos, aspecto que ha sido resaltado por Alicia María Canto 7. Se debe señalar asimismo que los únicos trabajos seguidos en la villa en 1815 se acometieron en ausencia del Príncipe de la Paz, desplazado por orden del pontífice a Pésaro entre septiembre de 1814 y octubre de 1815 a causa de la insistencia de Fernando VII al Gobierno pontificio para que impusiera salir de Roma al valido 8. La única fuente para conocer las excavaciones dirigidas por Celles es una publicación del arqueólogo y profesor de la Universidad de la Sapienza Lorenzo Re, de 1816, y en ella se ocupa mayormente de la explicación de la pieza clave de la colección de objetos antiguos de Godoy, el herma de Sócrates y Séneca, y en menor medida de los pasos que llevaron a su descubrimiento 9. Además la vaguedad de su relato, falto de referencias cronológicas precisas, hace difícil situar con mayor exactitud todas las labores arqueológicas que señalaremos. Antes de ver con más detalle los trabajos arqueológicos del Príncipe de la Paz y Antonio Celles, cabe indicar que el favorito de Carlos IV no se disponía a horadar un terreno virgen. A las ruinas supervivientes de los estragos del tiempo, visibles dentro de los límites de la altura del monte Celio, se sumaban los diversos restos desenterrados en el perímetro de la propia Villa Celimontana a lo largo de los siglos y sobre todo durante el Renacimiento: con toda probabilidad los Mattei contaron en su colección de antigüedades romanas con már-moles encontrados allí mismo y en otros terrenos que poseían alrededor de Roma y en la región del Lacio, aunque en los inventarios no se especifique su procedencia 10. Podemos citar algunos ejemplos de estos descubrimientos anteriores a la época de Godoy. La referencia más antigua se remite a cuando la villa todavía era la vigna vecchia de la familia Palluccelli, de la que se sacaron una gran cantidad de piedras y mármoles antiguos en 1537, y entre 1544 y 1546, columnas y arquitrabes de cipolino que Paolo III destinó a la construcción que Sangallo efectuaba de la Sala Regia del Vaticano, tal vez provenientes de las ruinas de un templo 11. Un descubrimiento asociado a la Statio Cohors V Vigilum -con sede en el Celio-, el de una capilla construida en el 113 d.C., tuvo lugar en la villa en 1735, tres años después de que una nueva búsqueda de materiales en los jardines localizara dos columnas de portasanta, una de ellas con una inscripción 12. En realidad, como en el apartado correspondiente se dirá, no es descabellado relacionar además de los de 1820 todos los otros descubrimientos citados con los vestigios restantes del cuartel de la V cohorte sobre el Celio. PRIMEROS HALLAZGOS EN LA VILLA: EL CALDARIUM Uno de los cambios proyectados en la Villa Mattei afectaba al tamaño del palacete renacentista de Giacomo Del Duca, que al valido de Carlos IV le resultaba angosto y poco luminoso, debido a lo cual dispuso que se ampliara el edificio: trabajando en los cimientos de éste los operarios se toparon con muros del periodo romano y con un caldarium, que en palabras de Lorenzo Re, Bastò questo per risvegliare in Lui il genio delle scavazioni 13. Podemos apuntar que el espíritu que se despertó en Godoy tendría seguramente más carácter de anticuario que de arqueólogo y que enseguida atisbó la posibilidad de enriquecer su palacio con las piezas que desenterrara. En páginas precedentes se señaló que las primeras ruinas romanas ocultas en el subsuelo de la villa que se encontraron en época de Godoy lo fueron de modo accidental, mientras se reformaba la estructura del palacio en 1813; la mención de L. Re es muy escueta: nè voleasi disporre gli oggetti a guisa di magazzino: s'ingrandisce dunque, en el fondare i muri della nuova fabbrica, scopronsene degli antichi di buonissima maniera, e una stufa di quella costruzione, che incontrasi al solito nelle rovine delle case de' nostri antichi14. Pese a que en la guía de Roma de G. B. Cipriani se sitúa la reconstrucción del edificio Mattei por Celles en 181515, sin duda el arquitecto catalán venía proyectando las obras a realizar desde el momento mismo de la compra de la villa por el Príncipe de la Paz, con el que comenzó a colaborar en ese año de 1813; a petición de éste dirigiría a los trabajadores que debían transformar su palacio en un edifico amplio y luminoso, gracias a lo cual pudo ser testigo de este hallazgo inicial. Como arquitecto formado en la admiración de los monumentos romanos, no dejó escapar la oportunidad de dibujar el caldarium, probablemente perteneciente a una vivienda, dispuesto entre los muros de antigua factura16: los diseños, nos informa Re, eran muy exactos y se los cedió a Manuel Godoy, que en 1816, tras el regreso de Celles a España, todavía los conservaba. Por su parte, Lorenzo Re no consideró necesario hacerlos grabar, al igual que los demás que componían su volumen del herma bicípite, porque nada mostraba que no se asemejara a los caldaria presentes en otras publicaciones. En la Forma Urbis de R. A. Lanciani aparece este descubrimiento ubicado en la parte posterior del palacio, en su ala izquierda 17. Asimismo dispone el de los pavimentos detrás de la tribuna de la iglesia de Santa María in Domnica -nominada asimismo Navicella-, siendo los dos únicos hallazgos de Celles que contextualiza (Fig. 2). LOS DOS PAVIMENTOS (SIGLOS III-IV d.C.) Poco tiempo hubo de esperar Celles para volver a poner en práctica sus conocimientos en materia arqueológica: en 1814, rebajando la tierra del área comprendida entre el palacio y la Navicella para abrir un camino de entrada vieron la luz dos estancias decoradas con pavimentos de diferente calidad, uno de mosaico, "de unos 17 palmos en cuadro" y el segundo, más deteriorado que el anterior, en opus sectile 18. Ambos fueron inmediatamente sacados y limpiados, y tras ser restaura-do por Vincenzo y Nicola Cocchi, el mosaico pasó a decorar una de las estancias del palacio, sala que desde 1926 forma parte de la Biblioteca de la Real Sociedad Geográfica Italiana y donde aún se conserva el pavimento musivo. El mosaico 19 según L. Re no constituía un trabajo muy fino, pero su ornamentación le parecía fuera de lo común y merecedora de ser reproducida por los artistas contemporáneos en sus obras. Celles realizó una pequeña acuarela del mismo (Fig. 3), que posteriormente sería grabada en la publicación de aquél por G. Brun 20. El pavimento se halla encuadrado por una banda trenzada en blanco y negro con grandes círculos y otra de menor tamaño con pequeños ojos en blanco y rojo sobre un fondo negro, que además divide en cuatro la parte cen- tral del mosaico; cada campo, a su vez, posee su propio borde decorativo en blanco y negro, lo que contrasta con la iconografía a color que limitan. Una fila de círculos y rombos forma la estructura de las imágenes del primer y cuarto cuadros, completamente iguales, de dos pájaros encaramados en las ramas de un rosal; los otros dos compartimentos, individualizados por unos sencillos adornos, muestran un cuadrúpedo junto a un árbol encorvado, olfateando la mano de una figura humana vestida con túnica de manga larga. Sobre ambos personajes aparecen los nombres de Pascasus y Sattara, y tradicionalmente se consideraron los de los dos animales, presumiblemente caballos ganadores de las carreras, y aquéllos se contemplaron como los aurigas que los montaban. El grabado del suelo de opus sectile 21 enseña solamente un cuarto de éste, al repetirse en las otras tres partes la misma decoración; la variedad de los mármoles utilizados en su ejecución (indicado mediante la numeración de las figuras geométricas que forman el piso), como son el Serpentino, el Porfido, o el Giallo, entre otros, provocó los elogios del arqueólogo de la Sapienza, quien juzgaba de mejor factura esta pieza que la precedente (Fig. 4). Ambos pavimentos se han datado en el siglo III d.C., el de mosaico por la singularidad de su doble banda serpenteante, que apunta a esa época, y el segundo por haberse encontrado junto a él aunque igualmente podría ampliarse esa fecha al IV d.C. En el momento de su descubrimiento no se puso en duda que pertenecieran al piso de una villa aristocrática: Re se la asignaba a un amante de las carreras que había querido inmortalizar en un mosaico la memoria de las victorias de sus caballos preferidos e igualmente A. M. Colini, que ha analizado exhaustivamente el área del Celio, sugiere que por su riqueza, y por su naturaleza, no pueden ser explicados de otro modo que refiriéndolos a una suntuosa vivienda 22. Sin embargo, la temática propuesta entonces plantea algunos inconvenientes 23: en primer lugar, los animales que iguran en el mosaico no se asemejan a caballos (ni siquiera portan bridas u otros elementos de monta, como suele ser habitual en la iconografía de los caballos de las carreras), sino que más bien parecen alguna clase de bestia asilvestrada, a la que los personajes humanos avecinan sus manos, tal vez con el propósito de dársela a olisquear para amansarla, o como símbolo de su dominio sobre ella. En su dibujo, Antonio Celles, seguramente con la intención de imbuir al mosaico la belleza que le faltaba, y de un semblante de mayor clasicismo, proporcionó a los animales un aspecto más equino del que poseen en la pieza original, pero identificándolos con asnos, o mulas, antes que con caballos; por el contrario, G. Brun, aún desvirtuándolos les mantuvo en su posterior grabado una apariencia más fiera. En segundo lugar, los nombres de Pascasus y Sattara no responden a patronímicos comunes de los caballos de carreras, consistente en características psicológicas o físicas, nombres de otras criaturas, de dicoses y héroes, de virtudes, etc. 24. Ni siquiera responden a apelativos de animales, sino que por ejemplo, Pascasus significa "nacido en Pascha-o Pesach"-(una denominación temprana de Roma en el ámbito cristiano), y se encuentra con frecuencia en la onomástica cristiana, y desde el siglo V d.C., por transmisión cultural, en la hebrea 25. Luego bien podrían ser los nombres de ambos individuos, quienes por cierto tampoco lucen los atavíos y aparejos típicos de los aurigas. Con todo, esta interpretación no entra en contradicción con la posibilidad, más que plausible -a pesar de que recientemente su hallazgo se ha puesto en relación con el cuartel que albergaba a la Cohors V Vigilum, tema del que trataremos más adelante-, de que el pavimento musivo adornara la estancia de una villa; la iconografía del mosaico podría hablarnos incluso del credo religioso de su propietario. UNA BÓVEDA ARRUINADA DESPIERTA CIERTA POLÉMICA En el mismo periodo encontramos a Celles abriendo una nueva excavación entre la iglesia de Santo Tommaso in formis y el granero de la villa, en el extremo norte de ésta26. La zona de excavaciones no nos la precisa Lanciani en su Forma Urbis; aún así podemos especular que el granero no estaría lejos del muro que cerraba el recinto por el lado de dicha iglesia, lo que sitúa los trabajos de Antonio Celles en el área del interior de la Villa Celimontana colindante con el arco de Dolabella. En esta ocasión hubo que apresurarse en retirar los materiales porque se había cavado a una gran profundidad y los restos constructivos amenazaban con venirse abajo; por ello, a pesar de que se auguraban importantes descubrimientos en esa zona, los trabajos fueron interrumpidos y se recubrió de tierra lo excavado. Como resultado de estas labores se sacaron a la luz los restos de la decoración de una bóveda, consistentes en teselas esmaltadas muy deterioradas por la acción del fuego y de la humedad, y bajo ellos un fragmento de columna con estrías en espiral de alabastro oriental, a partir del cual el escultor Ramón Barba, protegido de Godoy, talló un vaso decorativo. Acerca de la época y de qué tipo de edifico se había encontrado allí surgieron diversas opiniones; algunas de las personas implicadas en la excavación, tal vez incluido el propio Celles, sostenían que un ábside de esas características, es decir, recubierto de mosaico esmaltado, tenía que haber formado parte de una construcción cristiana del siglo IV, o como máximo del V, y que por lo tanto, aunque hubiese existido la posibilidad de seguir adelante con los trabajos comenzados, cualquier investigación ulterior resultaba inútil. Por su parte Lorenzo Re, quién fue testigo del hallazgo, disentía de este parecer en la publicación de 1816. Defendía que ya antes de la era cristiana los antiguos hacían uso del mosaico en las soluciones abovedadas, para cuya demostración se atenía a la Historia Natural de Plinio y a los escritos de Estacio. Por si el juicio de estas autoridades no bastase, todavía añadía que la sola contemplación de los muros arruinados que sostenían la bóveda y de lo que quedaba de su revestimiento, le inducía a pensar que todos esos vestigios componían los restos de un edificio levantado "en los mejores tiempos del Imperio", incluso previo a la construcción que contenía los dos pavimentos mencionados. Debido a la escasez de datos sobre este asunto, Colini aventura que dicho ábside pertenecería a un ninfeo emplazado en el espacio que surgía detrás de la iglesia de Santo Tommaso in Formis. EL HERMA DE SÓCRATES Y SÉNECA Las obras de renovación proseguían en 1814 tanto en el palacio como en los jardines de la Villa Celimontana y gracias a ellas sobrevino el descubrimiento que le otorgaría más prestigio al Príncipe de la Paz. Mientras se practicaba una camino de comunicación entre las dos vías que desde las puertas de acceso a la villa conducían a su plaza central, en las proximidades de Santa María in Domnica y contiguo al lugar en el que aparecieron los pavimentos, se encontró junto algunos huesos humanos un herma bifronte 27; al quitar la tierra adherida al mármol se pudo leer la inscripción que ambos personajes tenían en el pecho: la del rostro barbado, escrita en griego, indicaba que se trataba de Sócrates, mientras que el otro epígrafe, en latín, decía "SENECA". Por primera vez se disponía de una prueba material del aspecto físico del filósofo hispano, "un personaje sin barba, de formas relajadas más que gruesas, de fisonomía grave, modesta, y digna, de unos 55 años" 28 (Fig. 5). No fue éste el único objeto que se consiguió en aquel punto, pues en el invierno de 1815 se reemprendieron las excavaciones, con resultados bastante menos notorios: de entre una gran cantidad de ceniza y cobre quemado se rescataron tres piezas de este metal bien conservadas, un praefericulum también de cobre, deteriorado por el fuego, diversas medallas irreconocibles (a excepción de dos en buen estado, una de Julia Mammea y otra de M. Julio Filipo César, conocido como Filipo el Árabe), una lucerna metálica entera y numerosos sillares de mármol africano. La elegancia y la originalidad de la lucerna, cuya tapa y asa se adornaban con una concha marina y una paloma respectivamente, llevaron a Re a hacer grabar la pieza, con la creencia de que por estos símbolos, si hubiera de estar consagrada a un Dios, lo estaría a Venus 29. Aquí finalizaron las intervenciones arqueológicas en la Villa Celimontana del pensionado Antonio Celles, ya que poco tiempo después regresaba a España. De todas las excavaciones que llevó a cabo por cuenta de Godoy fue sin duda la que culminó con el hallazgo del herma la que mayor atención despertó en los círculos intelectuales romanos, por el carácter de la pieza obtenida y la exhibición que hizo de ella el Príncipe de la Paz. El primer paso que dio éste fue someter la pieza al juicio de la Academia de Bellas Artes de Roma, la Academia de San Luca, para conocer su valor. Godoy era miembro de honor de ella desde 1813 y en noviembre de ese año había escrito a su Presidente, el escultor Canova, solicitándole un examen similar de otra de las piezas de su colección: había adquirido recientemente un cuadro, de una "Madonna che tiene il Santo Bambino in braccio con due angioli in piedi", y rogaba a Canova que lo presentase ante los académicos de San Luca para saber su opinión sobre quién podía ser su autor, aunque se ignora si el artista italiano respondió a su petición 30. La Academia romana confirmó la antigüedad de la escultura bifronte en la reunión del 22 de abril de 1814, si bien la calificó como una escultura de segundo orden 31. Insatisfecho de la resolución se dirigió hacia el arqueólogo Lorenzo Re, al que hemos venido citando a menudo, cuyo seguimiento de todos los trabajos realizados en los términos de la antigua Villa Mattei y su amistad con Celles, lo convertían en la persona idónea para estudiar en profundidad el herma. Re se ocupó de que la talla fuera grabada y de ilustrar las imágenes con una disertación en la que trataba de resolver algunos interrogantes acerca de ella (Fig. 6). A la vez respondía claramente con su discurso al dictamen de la Academia romana y elogiaba la figura de Manuel Godoy, su "Illustre Ritrovatore", sin renunciar tampoco al mérito de ser el primero en dar a conocer la fisonomía del filósofo estoico Séneca 32. 27 Nibby indica como su descubridor al Ingeniero Comunal Paolo Lanciani. Celles dispuso de la colaboración de expertos italianos durante las excavaciones, como hemos visto en el caso de Lorenzo Re, por lo que no sería extraño que el personaje citado las presenciara y aconsejara al arquitecto pensionado en ellas. Otra atribución equivocada es la de Luigi Càllari, quien adjudica a la princesa Marianna de Holanda el hallazgo del herma en 1851 junto a varias tumbas y sarcófagos. La licencia de las excavaciones de 1851 en la Villa Mattei está en ASR. 28 En relación con otros descubrimientos de hermas en el monte Celio, AA. 29 La lámpara de metal queda reproducida en la primera página del texto de Re publicado por la Pontificia Academia de Arqueología en 1823. El volumen como sabemos se publicó en 1816, y en la sesión del 1 de agosto de ese mismo año de la Academia Romana de Arqueología tuvo lugar su lectura, de la que se hace eco el anticuario G. A. Guattani entre los demás eventos culturales y arqueológicos del momento 33; en 1823 la obra se incluyó en el primer tomo que dicha institución editó con diversos artículos de sus miembros y todavía en 1824 las Memorie romane di Antichità e Belle Arti presentaban un resumen del escrito de Lorenzo Re 34. Por lo tanto, parece que el propósito del valido extremeño de divulgar la trascendencia de la escultura de su propiedad quedó cumplido. ¿Cuáles eran las cuestiones a resolver acerca del herma de Sócrates y Séneca, de las que Re nos informa en su pequeño volumen? Por de pronto, su autenticidad había sido ratificada, pero todavía quedaba por saber si la inscripción que llevaba grabada sobre el pecho era auténtica o por el contrario una falsificación; tampoco se conocía su época, y en cuanto a su iconografía, en nada se asemejaba a los retratos de Séneca difundidos hasta el momento. El encontrado en la Villa Celimontana, de 28 cm de altura, era absolutamente diverso al personaje barbado calificado como Séneca hasta entonces, siendo casi calvo y con el rostro rasurado y carnoso 35. Lorenzo Re hizo trasladar a su vivienda el herma para analizarla, en donde otros especialistas tuvieron acceso a ella y extrajeron iguales conclusiones que el arqueólogo italiano. Aseguraba que las letras del epígrafe con el nombre de Séneca, por su forma, la particularidad de su inci-sión y la analogía con otros textos del periodo en el que ubicaba el herma, eran antiguas y que el estilo de la escultura coincidía cronológicamente con el de la inscripción; continuaba demostrando su veracidad argumentando que no existen motivos para llevar a cabo una falsificación y en su énfasis por aclarar este punto nos hace sospechar que acaso el Príncipe de la Paz fuera objeto de acusaciones en este sentido. En cuanto a la datación de la talla, la factura de los epígrafes y el modo de trabajar el mármol lo conducían a la etapa de los Antoninos, aunque apuntaba que seguramente fuese una réplica de un bello original del siglo de Nerón. Resueltos estos interrogantes, le llamaba la atención que el semblante del hombre representado en la escultura no correspondiese con las noticias que los autores clásicos transmitían del filósofo hispano, ni su aspecto con el de las cabezas del Museo Capitolino y el de Portici que desde hacía tiempo comenzaban a considerarse falsas. Que se trataba de L. Anneo Séneca, y no de M. Anneo Séneca el Retórico, lo razonaba por la presencia junto a él de la cabeza de otro filósofo, Sócrates, y porque el Séneca por excelencia era el preceptor del emperador Nerón. No obstante, la representación en el herma de un personaje sano y robusto contradecía las referencias de Tácito en relación a su naturaleza enfermiza y su debilidad, de lo que cabría esperar un tipo de imagen acorde con esta condición 36; la interpretación de este hecho por parte de Lorenzo Re incidía en la lectura excesivamente estricta que se había hecho de los textos, que por calificarlo de achacoso, se le había creído moribundo y deforme, mientras que su estado de salud no le impediría en ocasiones aparecer físicamente robusto. Para apoyar esta conjetura insertaba en su opúsculo una carta del doctor de Mattheis, socio también de la Pontificia Academia Romana de Arqueología, quien a petición suya efectuó un estudio "médico" del busto, concluyendo que correspondía a una fase en la que Séneca aún no había caído en desgracia y disfrutaba de buena salud 37. El propio descubrimiento del herma ponía fin a las inciertas atribuciones como cabezas del filósofo a las existentes en diversas galerías de Italia: Lorenzo Re no dejaba de señalar su originalidad y se lamentaba de que la fuerza de la tradición iniciada por el anticuario Fulvio Orsino mantuviera durante más de tres siglos la equivocada percepción de la imagen de Séneca. Efectivamente, sólo en Roma existían varias testas atribuidas al estoico hispano en las villas Medici, Albani, Pamphili 38 -trasladada posteriormente al Museo Pío Clementino-y Borghese 39 por su parecido a una de la colección Farnese a la que Fulvio Orsino había reconocido como de Séneca por su semejanza a una medalla poseída por el cardenal Bernardino Maffei 40. Dicha medalla no se hallaba en ningún museo y no se tenían más noticias de ella que las difundidas por Giuseppe Fabri, quien, al explicar las efigies de los hombres ilustres recogidas en la obra de Orsino, narraba en la correspondiente a Séneca esta historia que con toda seguridad había copiado de las notas manuscritas de su autor 41. Por lo tanto, a partir de esa supuesta identificación de la cabeza del Palacio Farnese con el maestro de Nerón, se había creado un tipo iconográfico que perduraba todavía a comienzos del siglo XIX 42. Uno de los pocos autores en poner en tela de juicio la autoridad de Orsino fue Winckelmann, quien se extrañaba de la multiplicidad de retratos de un filósofo que tuvo poca reputación entre los antiguos y de su representación con barba, una costumbre insólita en los tiempos en que vivió 43. Algunos de estos bustos ya habían sido "desenmascarados"; por ejemplo, la estatua de mármol bigio de la Villa Borghese, de la que el anticuario alemán había comprendido la imposibilidad de adscribirla a Séneca, fue finalmente relacionada con la de un Pescador del Museo Pío Clementino por Ennio Quiri- no Visconti 44, recuperando así su carácter inicial. No obstante, la obra de Visconti Iconografia romana (Roma, 1818) no incluyó entre las imágenes de Séneca comentadas el busto del filósofo descubierto por Celles, del que sin embargo sí añadía en la última página una lámina con el subtítulo Erme trovato ultimamente a Roma e portante il nome di Seneca. Este hecho encuentra su explicación en que Visconti no reconoció la nueva iconografía del filósofo hispano como la verdadera, a pesar de no discutir la antigüedad de la inscripción que portaba el herma. No le bastaba al Príncipe de la Paz y de Bassano con colocar el doble busto en una de las salas de su palacio del monte Celio, sino que además se retrató junto a él en un óleo de 1816, localizado actualmente en la Real Academia de San Fernando de Madrid, cuyo autor, José de Madrazo, tituló Gentleman Archeologist 46 (Fig. 7). En él se plasma al favorito del rey Carlos IV en su nueva faceta ilustrada y arqueológica: en la mano derecha sujeta la obra de Lorenzo Re, mientras que en segundo plano aparece la escultura bicípite de Sócrates y Séneca. Las insignias y atributos de hombre de Estado que se despliegan en las obras anteriores que de Godoy podemos observar, entre otros lugares, en el Museo del Prado, o en el de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, han sido dejadas atrás a favor de la representación del Príncipe de la Paz en el exilio italiano; en su nueva condición es el aristócrata que ofrece magníficas fiestas en los jardines de la Villa Celimontana, que es recibido en las casas de la nobleza de Roma, que acompaña a los reyes de España en los actos públicos, pero también quien pertenece a instituciones culturales, promueve las Bellas Artes y patrocina excavaciones arqueológicas. Es en definitiva el prototipo de caballero de la Roma napoleónica. En las guías al uso en la Ciudad Eterna se describe cómo todos los materiales excavados bajo la dirección de Antonio Celles se veían distribuidos en el interior del palacio reformado por el arquitecto pensionado. Junto al compendio de Nibby acerca de la Roma de 1838 48, es de las últimas referencias que tenemos de la posesión del herma por parte de Godoy: debiendo una gran suma de dinero a Felice Trocchi, tuvo que cederle la propiedad de la antigua Villa Mattei, como queda reflejado en un acta de venta de 1851 donde se recogen los cambios de propietarios que sufrió la villa en el siglo XIX 49. Interesado en recuperar la cantidad adeudada por Godoy y deseoso de desprenderse de una vivienda gravada por una fuerte hipoteca, Trocchi vendió inmediatamente la villa, de forma que un año después pasaba a manos de la marquesa María del Soccorso Tudo y Castelan y de sus tres hijos, los condes Carlo, Antonino y Curzio Stefanoni 50. El herma, sin embargo, mudó de dueño una sola vez en este tiempo. Felice Trocchi, posiblemente consciente de su valor arqueológico, si no artístico, decidió mantener en su poder la escultura bifronte que inexplicablemente el Príncipe de la Paz no había llevado consigo a Francia en 1832. Tenemos que esperar hasta ya avanzado el siglo XIX para volver a dar con el paradero del herma, el cual aparece citado en los documentos de una transacción que no llegó a tener lugar, su venta al Museo Capitolino. En agosto de 1874, un familiar de aquel acreedor del Príncipe de la Paz, Rocco Trocchi, proponía al Municipio de Roma la compra de su escultura con el objeto de que fuera exhibida con las demás antigüedades del Museo Capitolino 51 y para apoyar su oferta presentaba una copia de un informe realizado por el arqueólogo G. B. de Rossi junto al epigrafista alemán G. Henzen en junio de ese año, relativa a la singularidad de la pieza. Ambos especialistas examinaron una vez más las letras que componían la inscripción y determinaron que por su forma y su ejecución en la superficie del mármol eran genuinas, datándolas en la época de los Flavios, o de los primeros Antoninos, periodo al que más se adecuaba el estilo de la escultura 52. La Junta Municipal de Roma, a la vista de estos datos, se remitió a la Comisión de Arqueología, cuyo secretario era Rodolfo Lanciani, para que determinaran si la compra resultaba aconsejable. La Comisión reconocía en su sesión de 16 de noviembre de 1874 que el herma era de particular importancia y que sería favorable efectuar la operación; siguiendo este parecer, a comienzos de 1875 la Junta Municipal dio un voto positivo a que la propuesta de Trocchi se presentara ante el Consejo Comunal romano y así conseguir para el Museo Capitolino una talla de gran significación, la única con el verdadero rostro de Séneca. El Asesor Comunal, G. Marchetti, delegó en Rodolfo Lanciani para que consultara a Rocco Trocchi el precio por el que ofrecía el herma, pero la entrevista entre ambos no se concretó, porque éste prefirió negociar directamente con el secretario general de la Comisión de Arqueología. A mediados de febrero Trocchi retiraba su proposición y ponía fin a las conversaciones comenzadas, "por temor a que el Consejo Comunal rechazara su oferta", según declara Lanciani. No se explica bien este cambio de actitud, ya que el Consejo había dado el visto bueno a llegar a un acuerdo con el propietario del herma bicípite, pero se puede especular con la posibilidad de que el precio establecido por Trocchi fuese demasiado alto y el Consejo intentara rebajarlo. El herma figura actualmente en la colección del Museo de Berlín, con el número de inventario 391; fue adquirido en el mercado de antigüedades de Roma en 1878 53, lugar en el que Trocchi efectuaría finalmente la venta de su escultura poco tiempo después del fallido intento de venta al museo italiano 54. De la doble talla de Sócrates y Séneca por la que Godoy sintió tanto afición sólo queda en Roma un vaciado en yeso expuesto en el Museo della Civiltà Romana 55. LAS EXCAVACIONES DE 1820: LAS BASAS DE LA COHORS V VIGILUM La participación de Celles en las excavaciones de 1820, cuyo resultado fue el descubrimiento de dos basas de estatua dedicadas a Caracalla a comienzos del siglo III d.C. 56, ha suscitado dudas en la bibliografía española e italiana, cuestión a la que se debe responder definitivamente de forma negativa. El problema estribaba en la atribución al pensionado de una serie de dibujos guardados en la Biblioteca del Instituto de Arqueología e Historia del Arte de Roma 57 relativos a dichas excavaciones, lo que anticipaba su fecha al menos en cinco años, ya que Celles abandonó Italia en 1815. Lanciani, Colini y Juan Bassegoda Nonell adjudicaron equivocadamente al arquitecto catalán esos planos, aunque las publicaciones coetáneas no dan lugar a dudas sobre su cronología. De los dibujos, sólo la ilustración del mosaico restaurado por los hermanos Cocchi en 1814 sí pertenecía al pensionado de la Junta de Comercio, lo que fácilmente llevó a Lanciani al engaño de vincularlo con los demás, porque además desconocía la fecha en que Antonio Celles partió hacia España. La autoría de las excavaciones de 1820 escapa a nuestro conocimiento. D. O. Kellermann, que fue quien analizó con mayor profundidad los pedestales en 1835, no participó directamente en ellas. Robert Sablayrolles menciona a Girolamo Amati (1768-1834), quien habría llamado la atención del arqueólogo alemán sobre el interés de estudiar ambas piezas 58. Amati era arqueólogo y epigrafista, miembro de la Pontificia Accademia Romana di Archeologia y bibliotecario de la colección Vaticana, datos que respaldarían su intervención, la cual mantendremos como mera conjetura. El abogado Carlo Fea da cuenta del hallazgo de los pedestales en el mes de enero de 1820 en un escrito que se editó en ese mismo año 59. El punto en donde tuvieron lugar las operaciones arqueológicas, situado a la derecha de la iglesia de Santa María in Domnica, junto a la puerta de ingreso de ese sector de la villa, fue representado por Rodolfo Lanciani en su Forma Urbis gracias a la indicación recibida por los dibujos atribuidos a Celles 60. Éstos consisten en una planimetría de la excavación, en la que se observa cómo los trabajos invadieron la vía que comunicaba el palacio con el mencionado ingreso, motivo que había llevado en el pasado a empezar algunas de las demás excavaciones (Fig. 8); su sección longitudinal, dejando al otro lado del camino la fachada sur de la Navicella (Fig. 9); la sección transversal, con el templo de San Stefano Rotondo más allá del muro que rodeaba la propiedad y la planta y detalle de una basa octogonal (Fig. 10) y el último es la copia de las dos basas de mármol inscritas, una de las cuales tenía su cornisa desprendida (Fig. 11). Las medidas del hueco excavado se señalan en palmos romanos, siendo de 15 palmos la profundidad a la que se encontraron las dos piezas, según relata Carlo Fea. Ambas permanecían apoyadas sobre un pavimento antiguo, "di coccio pesto a stagno", es decir, un suelo de grava, con una lastra de travertino a su lado y en ángulo recto cada una; dichas lastras tenían un agujero, que en opinión de Fea, y también de Kellermann, servían para introducir las insignias de la cohorte 61. En cambio, Colini sugiere que se pueden parangonar con las que se ven delante de los templos destinadas a recoger los líquidos que se esparcían durante las ceremonias sacras 62, mientras que Stefania Capponi y Barbara Mengozzi hallan poco convincente la explicación de los dos primeros, aduciendo que el cuerpo de vigiles no estaba dotado de signa 63. A través de los planos de excavación se puede conjeturar que estaban dispuestas en un recinto de considerable tamaño del cuartel de la V cohorte, o más probablemente en un patio, más acorde con su tipo de pavimentación, en el que se abrían tres ingresos, dos laterales y uno central, orientado hacia Santa María in Domnica, a cuyos extremos se asentaban las basas y los bloques de travertino. G. Mancini menciona que lo que se sacó a la luz en esta ocasión fueron varios ambientes con mosaicos y decoración parietal de estuco y al fresco, afirmación que no se confirma mediante los dibujos y que tal vez provenga de mezclar la información del conjunto de las excavaciones de Celles y Godoy 64. R. Lanciani, por su lado, consideraba el lugar en el que aparecieron las basas un vestíbulo y, según una noticia transmitida por el mismo autor, Luigi Rossini aseguraba que en las excavaciones de 1820 se descubrió también la prisión del cuartel, come provano i ferri e catene ancora affissi alle pareti 65. Uno de los pedestales tenía debajo una laja que se extendía hacia el vial de entrada y la Navicella, resto del pavimento de la estancia, por lo que sabemos que ésta se prolongaba por aquel lado del jardín Mattei. Entre las obras de renovación de la Plaza de la Navicella de 1931, un paso que se dio fue colocar un nuevo portal a la Villa Celimontana, por lo que casi en el mismo punto que se había excavado en 1820, se pudieron ver seis pequeñas estancias alinea-das hacia dicho sitio con los muros de obra mixta de reticulado y latericio, con un corredor pavimentado en opus spicatum. Continuando por el muro de la villa en dirección sur, el alargamiento de la vía de la Navicella todavía deparó más novedades: se localizaron cinco grandes piezas de 3,40 de ancho por 7 metros de largo de media cuya posición era paralela a la del resto de las salas precedentes, pero con la entrada al lado opuesto, es decir, hacia la calle; su disposición a modo de tabernae dejaba un espacio intermedio entre dos de ellas, que indicaba el arranque de unas escaleras. No se sabe con seguridad si estos ambientes pertenecen al edificio que albergaba a la V cohorte, pero sí que no continuaban en ninguno de los dos sentidos del muro, porque las excavaciones de 1931 sólo se tropezaron en el lado sur con construcciones de una fase posterior 66. Pudieran ser, siguiendo a Sablayrolles, una sucesión de negocios adheridos al cuartel de la cohorte, al que se podría acceder a través de las escaleras referidas. La certeza de a qué edificación correspondían todos estos recintos, exceptuando los precedentes, la proporcionó el descubrimiento un siglo atrás de las basas tantas veces citadas 67. Gracias a ellas se pudo enclavar el cuartel de la Cohors V Vigilum, cohorte de la que sólo se sabía que servía en la II región augustea (Caelimontium) 68, de manera que fue la única conocida hasta que en 1858 G. B. de Rossi fijó la I, II y la IV 69. Los dos pedestales estaban dedicados al hijo de Septimio Severo, M. Aurelio Antonino Pío -llamado usualmente Caracalla, y cuya estatua sustentarían, en el 205 y 210 d.C. 70. Mientras que en aquélla la dedicatoria, que tendría que figurar sobre la cara delantera, por razones desconocidas no llegó a grabarse (Fig. 12), la de la segunda se encuentra perfectamente conservada (Fig. 13). Colini pensó que faltaba la inscripción porque estaba abrasada, en tanto que Kellermann supuso que el considerable número de errores cometidos por el grabador había provocado la interrupción del trabajo, aunque difícilmente eso explica por qué se mantuvo la basa inacabada en el recinto del cuartel. Las caras laterales y la trasera muestran en ambas el listado de los individuos componentes de la cohorte en el respectivo año, divididos por centurias. En general aportan valiosísima información sobre este cuerpo, su organización y jerarquías -sus inscripciones son el documento más completo, prácticamente el único, en que nos aparece descrita la organización de una cohorte de los bomberos y guardia urbana de Roma, al menos para una época determinada-, y junto a otra basa del 205 d.C. de la I cohorte, representan un 86% de los nombres conocidos del personal de las siete cohortes. Su valor aumenta si le añadimos que la historia de este cuerpo de vigiles no se conoce con excesiva prolijidad y la parquedad de datos sobre su estructuración original o la ubicación de algunas de sus stationes y excubitoria todavía son objeto de discusión 71. Las fuentes nos informan de la disponibilidad durante la República de contingentes de esclavos públi- 70 Al carecer de la dedicación al emperador la primera de las basas, la cronología del 205 es sólo una suposición: en dicho año la I y IV cohortes brindaron sendas dedicaciones a Caracalla (CIL. VI, 1059); la coincidencia de estos años con la fecha de uno de los pedestales de la V cohorte y la existencia de otro sin poder datar ha hecho pensar en la posibilidad de que la más antigua se pueda ubicar en el 205, momento en el que Caracalla recibió el homenaje de diferentes cohortes de vigiles. En adelante, para facilitar su identificación, se aludirá a esta pieza unida a dicha datación. 71 Cada una de las siete cohortes tenía asignada la vigilancia de dos regiones adyacentes; en una se colocaba su cuartel, y en la otra un cuerpo de guardia más reducido, siempre en el perímetro de la Muralla Serviana, y cercanas a sus puertas. cos a cuya cabeza se hallaban los tresviri capitales o nocturni, encargados de extinguir los desastrosos incendios que tan habitualmente se producían y propagaban por las hacinadas construcciones de madera de la ciudad 72; a ellos se les sumaba la participación de compañías de siervos privados, puestos a disposición por sus amos de forma gratuita o esperando obtener alguna recompensa. Dentro de sus reformas administrativas Augusto instituyó el cuerpo de la Guardia en el 6 d.C., militarizándolo y ampliando sus funciones con el servicio de policía urbana, con una configuración que es la que básicamente encontramos en época severiana, como testimonian las basas descubiertas en 1820 en los terrenos de la Villa Celimontana. Como hemos apuntado, ambas tenían inscritos los nombres y cargos de los componentes de la V cohorte en sus caras laterales y trasera, pero sólo la del año 210 presentaba en la delantera la dedicatoria al emperador Caracalla. También la disposición de los epígrafes difiere en uno y otro pedestal: mientras que el del 210 sigue un orden jerárquico, y el texto lo encabezan el praefectus vigilum y los oficiales superiores en cada centuria, seguidos por el conjunto de la milicia, en el primero prima el principio de la antigüedad, por lo que los principales pueden estar intercalados entre los soldados de la cohorte, ya que la presteza en promocionarse difería en cada caso 73. Algunos datos a destacar son la identificación de un gran número de personajes que en el espacio de esos cinco años habían sido elevados de rango y la coincidencia entre los nominados a la cabeza de las centurias en ambos pedestales, puesto que en general, los más antiguos poseían la graduación mayor. La información que nos aportan las basas afecta a un total de 1.043 hombres en la primera y 1.122 en la segunda, de los cuales aproximadamente un tercio son la misma persona, que se menciona en las dos listas 74. Mientras que del cuerpo de esclavos escogidos para estas labores durante la República no sabemos su número u organización, la constitución de los vigiles no nos plantea ninguna duda: existían siete cohortes compuestas por unos 1.000 o 1.200 hombres cada una, que a su vez se dividían en siete centurias, a diferencia de las tropas del ejército que lo hacían en diez. La autoridad superior la ostentaba el praefectus vigilum, normalmente procedente del orden ecuestre, a partir del cual descendía la cadena de mando en el subpraefectus y los tribuni vigilum, quienes se hallaban al frente de las cohortes, mientras que los centuriones se ocupaban de dirigir las centurias. Finalmente éstas se subdividían en una diversidad de oficiales, los principales, y en los milites o soldados comunes 75. A su vez, el punto en el que aparecieron las bases de las estatuas de Caracalla, unido a los vestigios restantes, nos habla de la estructura y el tamaño del cuartel de una Cohors Vigilum, de lo que verdaderamente sólo cabe especular, aunque se cuente con el ejemplo del de Ostia, del que se ha extrapolado a los de la ciudad de Roma. La ordenación de estas sedes de bomberos y guardias urbanos vendría a ser la misma que la de los mercados públicos o macella, con un amplio patio central porticado desde el que se distribuirían los demás espacios 76, aproximadamente lo que se intuye en la planimetría de 1820: las imágenes del emperador enmarcarían la entrada del Augusteum, el recinto sagrado del culto imperial, tal vez sito en el extremo opuesto del patio al acceso principal. Si esto fuese así, el parecer de Carlo Fea sobre el uso de los agujeros de los bloques de travertino para encajar las insignias -si la cohorte las poseyera-tendría más lógica que el de Colini. En este punto debemos retomar algunas de las excavaciones de Antonio Celles en el área comprendida entre la Navicella y el palacio de Manuel Godoy para interpretar los hallazgos que tuvieron lugar. Como se dijo en su momento, Lorenzo Re pensó que los dos pavimentos pertenecían a una villa cuyo titular se sentiría apasionado por las carreras de caballos, hecho que lo empujó a que dos de sus favoritos quedasen retratados en el piso de la residencia; igualmente Colini consideró que las estancias en las que estaban formaban parte de una vivienda, fundamentándose en que por su riqueza y su ubicación, era imposible relacionarlas con los ambientes del cuartel de la cohorte vecinos a la entrada de la Villa Mattei. Por el contrario, la bibliografía más reciente sobre las Cohortes Vigilum no descarta esta ligación y rebate los argumentos de Colini. No hay ninguna razón que excluya una decoración lujosa en los cuarteles de estas cohortes, como verifica el despojo de materiales constructivos de la Statio de la V desarrollado en los terrenos de la Villa Celimontana desde el siglo XVI: la gran cantidad de mármoles blancos y de colores que se destinaron a ornar la Sala Regia del Vaticano durante el pontificado de Pablo III, cuyo tamaño dificul-tó las labores de transporte hasta el punto de tener que derribar un muro de la villa (vinculados tradicionalmente a los restos de un templo por su suntuosidad); las columnas de portasanta retiradas de los jardines en 1732, o los materiales desenterrados en 1804 por el clérigo Nicolò Paccanari 77, siendo propietaria la archiduquesa María Ana de Austria constituyen ejemplos de ello. La riqueza arquitectónica de los cuarteles se constata asimismo en el relato de los vestigios sacados a la luz durante las obras de construcción del Palacio Savorelli; G. B. Mutti escribía en 1644: Si è scoperta una parte grandissima di una delle dette stazioni, con diverse stanze ed appartamenti ornati con colonne, pedestalli e statue, parte incrostati intorno con marmo, parte intonicate con la calce, con sedili o muricciuoli da sedere... El dato que permitió conocer la adscripción de esta edificación a la I cohorte fueron tres inscripciones, de las que al menos dos la mencionaban 79. Localización en el Celio del cuartel de la V Cohorte (indicado con el n.o 3) según F. Coarelli (2001). 77 En esta excavación se encontraron mármoles de menor calidad que en las anteriores. R. decoración arquitectónica del excubitorium o puesto de guardia de la VII cohorte en el actual barrio de Trastevere, fue definida como uno de los mejores ejemplos de ornamentación de época severiana por R. Lanciani 80; el patio tenía un pavimento de mosaico blanco y negro representando animales marinos, motivo que se repetía en las pinturas de los muros de una de las estancias principales, al igual que en el corredor que conducía a ella. A juicio de Colini, la distancia entre la zona de excavaciones de los pedestales de las estatuas y la de los pavimentos crea un espacio demasiado considerable como para tener en cuenta una conexión entre ellos; asimismo reconoce que los cuarteles eran "edifici piuttosto vasti perchè le coorti che ospitavano, erano forti di mille uomini ciascuna ed avevano un certo numero di cavalli e tutti gli attrezzi necessari alle loro speciali funzioni. Por ello, debemos contemplar que no sería tan desacertado vincular las estancias excavadas en 1814, a medio camino entre Santa María in Domnica y el palacio de Godoy, con aquéllas que ocupaban el lugar del ingreso a la villa y su muro, aunque resulta difícil determinar cuál sería el espacio completo ocupado por el castro a tenor de estos datos, si fuese cierto que se expandiese hasta allí 82. Examinado el terreno in situ, la distancia entre la puerta orientada hacia San Stefano Rotondo y la parte posterior de la tribuna de dicha iglesia es escasa 83. Por consiguiente, si mantenemos esta especulación, la delimitación del cuartel de la V cohorte viene dada en los siguientes términos: el lado este lo demarcan las piezas de obra mixta que se asomaban a la actual Vía della Navicella, que antiguamente comunicaba la Porta Caelimontana con la Porta Metronia, con las tabernae adosadas al cuartel a la manera de la Statio de Ostia. Colini establece este lado como el frontal, pero resulta dudoso: las escaleras emplazadas entre dos de los comercios daban entrada desde la calle a los pisos del edificio podrían sugerir del mismo modo un ingreso secundario. La posición del lado oeste, lo hemos señalado, resultaría interesante relacionarlo con los pavimentos de mosaico y opus sectile encontrados por Celles en 1814. Al norte, el castro ocuparía una parte de la iglesia de Santa María in Domnica, hecho que confirma a grandes rasgos la arqueología, que revela que bajo ella no se esconde ningún edificio de tipo basilical, por lo que presumiblemente se adaptaría a los ambientes del cuartel existentes sin modificarlos 84, y al sur el límite lo designaría el final de las construcciones del ala este o el propio desnivel de la colina celimontana (Fig. 14). El dibujo de la planimetría de 1820 parece enseñar que los pedestales se hallaban colocados en un patio, eje central de todo el cuartel. Su alineación sí presenta dificultades: si fuese de norte a sur, la sala en cuya entrada se erguían las estatuas de Caracalla la relacionaríamos con el Augusteum, acorde con el modelo de Ostia, encontrándose la fachada principal en el extremo meridional; esta disposición descartaría prácticamente que las estancias pavimentadas del oeste formasen parte del cuartel apostado en el Celio. Por el contrario, una orientación este-oeste (siempre fijándonos en el castro de Ostia) convertiría la fachada asomada a San Stefano Rotondo en la frontal, y a los ambientes pavimentados cercanos al ábside de la Navicella en dos posibles estancias del cuartel. Ante la imposibilidad de penetrar más allá en esta cuestión por la falta de otros datos, dejamos planteada la atractiva adscripción de los pavimentos a esta construcción antigua aún muy desconocida, pero apuntando que un estudio más profundo del tipo de pavimentos musivos de estos cuarteles, en el cual no nos hemos embarcado, podría aclarar todos estos interrogantes. Si a consecuencia de dicho análisis se demostrase la imposibilidad de que un mosaico de esas características pudiera adornar esta clase de establecimientos, decorados habitualmente con pavimentos de teselas blancas y negras, y apoyándonos además en la temática del excavado por Celles, sería a nuestro entender más correcta la atribución decimonónica a una villa de las que tanto abundaban en el Celio desde el siglo III d.C. Respecto a la cronología del edificio, poseemos dos inscripciones de la V cohorte del 111 y el 113 d.C. 85 relativas a la construcción de dos aediculae dedicados al Genio de la centuria, el primero de los cuáles hubo de ser restaurado en el 156 porque era ya "vetustate corruptae", que demuestran la existencia en el Celio 82 Nibby sitúa el cuartel de la cohorte en su guía de Roma entre el palacio del Príncipe de la Paz y la Navicella; el error lo debemos achacar a que confunde las excavaciones de 1814 con las de 1820, enclavando las basas en el punto en el que se recuperaron los dos pavimentos. 260. del cuartel en ese momento, si bien nada sabemos del periodo anterior 86. Las basas del 205 y 210 d.C. continúan hablándonos de la vida del cuartel bajo el reinado de los Severos, igualmente que los pavimentos y el herma rescatados por Godoy para adornar su palacio, si se adscribiesen a aquella edificación. Un término ad quem lo constituye la moneda de Felipe el Árabe recuperada en el lugar de excavación de la escultura bicípite, un ambiente común al del suelo de mosaico, que evidencia el uso de éste al menos hasta la mitad del siglo III d.C. Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, fue un continuador de la tradición anticuaria cuya mira apuntaba a la obtención de objetos bellos que decoraran los pala-cios de las casas nobiliarias y aunque en este sentido no tuvo la fortuna de hacerse con obras de gran espectacularidad, sí cumplían a la perfección con esos fines estéticos. Su valor arqueológico e histórico, bien entendido por él y del que sacó el máximo provecho social, sí era sin embargo relevante: el herma bicípite de Sócrates y Séneca constituye la única imagen existente del filósofo cordobés que instruyó a Nerón y las basas de la V cohorte indicaron por primera vez el emplazamiento seguro de uno de estos cuerpos de antiguos bomberos. A la vista de las técnicas constructivas empleadas, Coarelli le otorga una cronología de época trajana. A tenor de que en época republicana se asentaran los recintos de los grupos de esclavos públicos que hacían las veces de bomberos próximos a las puertas de las murallas, cabe la posibilidad de que desde el reinado de Augusto tuviera la V cohorte su sede en el área de la Villa Mattei, reedificada con posterioridad por Trajano poco antes de la dedicación de los dos aediculae apuntados.
El presente trabajo supone una reflexión sobre la presencia de la fotografía en la investigación arqueológica española, entre 1860 y 1939. Comenzamos valorando la imagen fotográfica en tanto que documento, la creencia en su veracidad, sus posibilidades y limitaciones. Analizamos los diferentes usos de los que ha sido objeto y, a continuación, las consecuencias de su incorporación al discurso arqueológico, su incidencia en la elaboración de hipótesis, el establecimiento de estilos y tipologías, la generalización del método comparatista, el difusionismo, el incremento de la difusión de los hallazgos, la creación de un marco mundial de discusión arqueológica o la paulatina concienciación de un patrimonio histórico y monumental español. Todo ello, en un período que significó la propia institucionalización de la Arqueología española, un proceso dialéctico situado entre 1860 y 1939 y marcado fundamentalmente por las discontinuidades y la heterogeneidad. EL TESTIMONIO DE LA IMAGEN. GRAFÍA COMO FUENTE PARA LA HISTORIA DE LA ARQUEOLOGÍA El impacto de la fotografía en los últimos 150 años ha sido muy notable y ha alterado por completo el entorno visual y la percepción en nuestra cultura contemporánea. Desde el momento de su aparición, en la Francia de 1839, se subrayó cómo la nueva técnica fotográfica permitía obtener documentos exactos y veraces. Su aplicación a ciencias naturales como la botánica fue inmediata: la fotografía proporcionaba copias de los objetos de estudio sin que pareciese mediar la intervención humana. Existía, por parte de algunas ciencias, una gran demanda de estas imágenes fiables: frente a los errores del dibujo, la fotografía proporcionaba la ilusión de la exactitud y de transmitir el objeto de estudio tal cual. LA FOTOGRAFÍA EN LA HISTORIA DE LA ARQUEOLOGÍA ESPAÑOLA (1860ESPAÑOLA ( -1939)) "La fotografía constituye un ejercicio científico y artístico de primer orden. Por ella vivimos más, porque miramos más y mejor. Gracias a ella, el registro fugitivo de nuestros recuerdos conviértese en copioso álbum de imágenes... La vida pasa, pero la imagen queda". Archivo Español de Arqveología, Vol. 79, págs. 177-205, 2006 ISSN: 0066 6742 Conocida en nuestro país desde el mismo 1839, España aplicó la nueva técnica fotográfica en un proceso heterogéneo e irregular, influido por el contexto de la época y por los diversos avatares que condicionaron la formación de nuestra disciplina científica. Convencidos de la importancia de la fotografía, diversos investigadores la fueron incorporando en sus trabajos. Primero en la representación individual de objetos o hallazgos espectaculares y, progresivamente, en la reproducción del proceso de excavación y las estratigrafías (Fig. 1). La temática y la apariencia de la fotografía fueron transformándose conforme lo hacía la propia ciencia arqueológica. Desde esta perspectiva, el examen de las imágenes arqueológicas puede aportarnos hoy una valiosa información. En primer lugar, las fotografías realizadas en la Historia de la Arqueología española contienen un importante volumen de información inédita, que no se incluyó en las memorias o artículos resultantes de la investigación. Volver sobre esta documentación, redescubrirla bajo la perspectiva actual, permite releer yacimientos en ocasiones paradigmáticos de la Arqueología española. Por otra parte, analizar la representación gráfica nos permite conocer los intereses prioritarios de la Arqueología de cada momento. El elevado precio de la fotografía hizo que sólo se destinara, al menos hasta la década de 1920, a aquellos temas y períodos a los que se concedía una mayor importancia. Valorar estas imágenes permite igualmente observar los intereses del investigador, cuáles eran sus objetivos y su mirada sobre los restos de la Antigüedad. La imagen de los objetos arqueológicos fue fundamental en el descubrimiento y primera caracterización de los restos del pasado, en la posterior elaboración de corpora, en los esfuerzos tipificadores o en los cada vez más frecuentes intercambios y consultas entre los investigadores. También contribuyó a la creciente búsqueda de un lenguaje y un método propio para la ciencia arqueológica (Fig. 2). El hecho de que se las considerase pruebas y testimonios en el debate científico hizo que los investigadores comprendiesen pronto la conveniencia de dominar y utilizar su técnica, incorporarlas en la conformación de un nuevo lenguaje arqueológico. En este sentido, las fotografías del pasado no son inocentes. Contienen, como ha señalado E. Edwards, historias, raw histories (Edwards, 2001) esperando a ser relatadas, rescatadas, hilvanadas. A lo largo de la Historia de la Arqueología española objetos y monumentos adoptaron diversas formas de representación fotográfica que nos transmiten los muy diversos contextos de creación e interpretación que han convivido en nuestra tradición científica. La apariencia final de cada imagen no resulta, pues, casual y su análisis puede desvelar parte de esa historia. En el origen de cada toma fotográfica late el deseo del fotógrafo, y del científico, de retener una imagen, de recopilarla y volver sobre ella. De apropiación, y substitución, del objeto de estudio. Su generalización supuso la transformación de multitud de disciplinas. Para la arqueología, ciencia naciente en aquel 1839, la llegada y generalización de la fotografía interfirió en su desarrollo y contribuyó a conformar la ciencia que hoy conocemos. En las páginas que siguen valoraremos el papel que la fotografía ha desempeñado en la arqueología española desde su llegada en 1839 y hasta 1939. Intentaremos caracterizar las consecuencias de la incorporación de este documento a nuestra ciencia y hasta qué punto ha influido en nuestra actividad como arqueólogos, como historiadores. Adoptamos, para ello, la perspectiva de que cada imagen fotográfica es un objeto o texto cultural que necesita ser descodificado. Nuestro trabajo se inscribe en la creciente línea de atención por la Historia de la Arqueología y en las recientes valoraciones de su esfera visual y sus archivos, memoria tangible de nuestra disciplina. Frente a la escasa bibliografía existente en España1, des-taca la valoración de esta esfera visual de la arqueología en otros países 2 y en proyectos de la Comisión Europea como Archives of European Archaeology (AREA) 3. Se avanza, así, en el camino de escribir una historia de nuestra disciplina que tenga en cuenta los documentos gráficos y visuales (Recht, 2003). Realizar este acercamiento supone atender a la propia Historia de la Arqueología entendida como Historia de la Ciencia, lo que nos lleva a considerar el desarrollo científico y de las ideas, así como el contexto histórico de las épocas consideradas, pero también las posibilidades y limites del complejo universo fotográfico. Al tomar la imagen como documento para la Historia existe un conflicto, casi permanente, entre dos aproximaciones (Johnson, 1998, 2). Por una parte, la tradición positivista, defensora de que la fotografía proporciona una información fiable. El posterior acercamiento estructuralista subraya lo contrario y estudia la estructura de la imagen, su organización interna y su relación con otras del mismo tipo. Las imágenes serían, para Figura 2. Panorámica de las excavaciones de Ampurias (Gerona) con indicación de los edificios y estructuras más significativas. Composición a partir de tres negativos. ellos, un sistema de códigos o convenciones. Así, mientras los positivistas intentan atravesar esa imagen para descubrir la realidad, la teoría estructuralista ha insistido en los factores sociales, políticos y personales que están detrás de cada toma. En este sentido, el significado de una fotografía no es unívoco, sino que depende del conjunto de imágenes y del texto donde se inserta y, muy especialmente, del pie de figura que le acompaña. Así, pues, cada imagen debe ser aprehendida en el marco de la secuencia a la que pertenece. Adquiere su significado en un ambiente científico pero también social, político o económico. Su análisis implica descodificar los detalles y los signos que en ella aparecen. En último término, requiere una hermenéutica concreta y propia. Un aspecto central para comprender la repercusión de la fotografía en nuestra ciencia es, en nuestra opinión, valorar la concepción que sobre ella tuvieron sus contemporáneos. En este sentido resulta básica la relación existente entre el positivismo y la fotografía. El positivismo aceptaba la exactitud de la ciencia y las máquinas por encima de la relatividad de la percepción humana. Suponía, en gran parte, una reacción contra los excesos que había supuesto la retórica. El conocimiento debía basarse en datos "positivos" y no en especulaciones. Con su apariencia veraz y realista, la fotografía parecía adecuarse perfectamente a sus postulados, enunciados originariamente por A. Comte. El motivo por el que la fotografía alcanzó, durante el s. XIX, un interés prioritario entre los científicos y arqueólogos se debió, sin duda, a esta exactitud y realismo que lograba. De hecho, las posibilidades de que cualquier propuesta fuese adoptada se incrementaban notablemente cuando se podía adjuntar la "fotografía de la convicción". Paralelamente, la progresiva incorporación de la fotografía coadyuvó también para la transformación de las que habían sido, hasta el momento, las técnicas habituales de representación: dibujos y vaciados. Comenzó, así, una larga convivencia entre dibujo y fotografía, un proceso dialéctico en el que ambas técnicas se definieron como complementarias en el lenguaje arqueológico. En un primer momento, y de ocupar toda la ilustración de las obras, el dibujo pasó a ser objeto de críticas y sospechoso de inexactitud. Sin embargo, y lejos de desaparecer, el dibujo seguiría muy presente en la práctica arqueológica, desempeñando un papel fundamental. El propio desarrollo de los estudios arqueológicos hizo ver la necesidad de establecer convenciones en el dibujo que permitiesen apuntar más datos. Plasmar claramente las formas era fundamental para establecer tipologías. En un evidente deseo de objetivación, el dibujo hizo más técnica su apariencia. Adoptó plantas y alzados en un lenguaje cada vez más técnico, menos susceptible de errores. Sus nuevas convenciones plasmaban, además, una información diferente: ampliaban el lenguaje de la fotografía y permitían expresar, entre otros, ciertos aspectos del análisis del investigador. Desempeñó, así, un interesante papel ante los intentos de estructuración y la elaboración de hipótesis y teorías. Completó los objetos arqueológicos, ilustró su uso, estructuró los hallazgos en cuadros evolutivos y diseccionó edificios o estructuras. Mediante los perfiles, las plantas, secciones y alzados, el dibujo parecía alcanzar una nueva credibilidad. También los tempranos dibujos de estratigrafías arqueológicas nos permiten entender el dibujo como una herramienta para reflexionar sobre los yacimientos. También ante determinados objetos, como la copa de Aison dibujada por Félix Badillo (Sánchez, 1992, 51), el dibujo proporcionaba un análisis, una disección intelectual de gran perduración en la práctica científica occidental. La interesante dialéctica entre el dibujo y la fotografía continúa hoy, en un proceso abierto susceptible de remodelaciones y sucesivas definiciones conforme se transforma la propia práctica arqueológica. Los esquemas provenientes del dibujo técnico o la pintura influyeron también, notablemente, en las primeras fotografías de monumentos y antigüedades. Las vistas arquitectónicas del dibujo técnico contribuyeron a conformar una visión frontal y centrada que los fotógrafos adoptaron, un lenguaje para el que, por ejemplo, debían situar su cámara en un punto medio centrado de la fachada de un edificio. La presencia de este tipo de imágenes en la literatura arqueológica delata la influencia de estos cánones arquitectónicos, la voluntad de lograr una toma fotográfica "neutral" que fuese útil para el estudio del edificio. El arqueólogo fue pronto consciente de la diferencia entre ambas técnicas de representación. Manuel Gómez-Moreno defendió la traducción exacta que la fotografía suponía de la realidad: "Con la fotografía, con el vaciado, llega a ser mecánica la captación de la realidad" (Gómez-Moreno, 1949b, 189). Por el contrario, el dibujo parecía mostrar, para él, la abstracción realizada por el hombre. Sintomática resulta también, en este sentido, la opinión de Henri Cartier-Bresson, quien proclamaba cómo la fotografía era la acción inmediata, el instante, mientras que el dibujo suponía la meditación. Durante el s. XIX y buena parte del s. XX la fotografía se contempló, mayoritariamente, como una prueba del progreso humano. Se obtenía sin ayuda del hombre, era un producto de la ciencia y los adelantos técnicos del s. XIX. Esta consideración fue transformándose paulatinamente hasta mediados del s. XX, cuando se llegó a la percepción de que, por sí misma, una imagen no es ni falsa ni verdadera. Antes que una captura de la realidad la fotografía traduce, recrea e inventa experiencias. En España el escaso cuestionamiento de la subjetividad del registro fotográfico ha estado relacionado, creemos, con la perduración de los planteamientos neopositivistas y con el hecho de que éstos se convirtiesen, en el s. XX, en la filosofía de la ciencia más ampliamente aceptada. Utilizando la "convención cultural" de su veracidad, la fotografía protagonizó debates y discusiones. Actuó al servicio de discursos y argumentaciones diversas, aportando "pruebas" consideradas irrefutables. Ahora bien, las fotografías forman parte de un fluido y complejo diálogo histórico en el que intervienen y actúan. Más que meros reflejos de su época las fotografías son extensiones de los contextos sociales en que se produjeron. A medida que avanzaba el s. XX, la expansión imparable de lo visual transformó el Arte y la Arqueología. Se debe, en este sentido, examinar la fotografía más allá de su mera apariencia para entender mejor sus estrategias narrativas. Desde esta perspectiva, el documento fotográfico adquiere un destacado valor: su imagen, en tanto que construcción y reflejo de una época y no únicamente de aquello fotografiado, se incorpora al análisis como un elemento más de la realidad histórica. TEMÁTICA Y USOS DE LA FOTOGRAFÍA EN LA ARQUEOLOGÍA ESPAÑOLA La polisémica imagen de la fotografía se adaptó a las múltiples tradiciones que convivían en una arqueología, la española, en vías de profesionalización4. La evolución de los temas representados, la mayor dedicación a unas épocas u otras, refleja la atención o el interés prioritario de cada época por un momento histórico determinado. EL PATRIMONIO MONUMENTAL Y LA FOTOGRAFÍA Las primeras fotografías sobre el patrimonio y la arqueología aparecieron en España hacia 1860 y estuvieron dedicadas, muy frecuentemente, a los restos monumentales. Esta temática no resulta casual. La incipiente arqueología se dirigió a estos edificios y monumentos como uno de los restos más visibles y representativos del patrimonio heredado. Estos restos estaban, además, relacionados con épocas que despertaban entonces un considerable interés, como la Edad Media, los edificios de la Edad Moderna o los monumentos megalíticos. Dentro de esta temática monumental destaca la preferente atención, especialmente durante el último tercio del s. XIX, por la Edad Media. Este interés, que encontramos en países como Francia, Italia o Gran Bretaña, enlaza con una concepción de este período como el momento generador, inaugurador y definidor de la "personalidad" de cada nación. Al ubicar en esta época el origen de las naciones contemporáneas la Edad Media pasaba a tener un notable interés político5. Los viajeros extranjeros fueron los primeros fotógrafos del patrimonio español. Las dificultades técnicas de la fotografía así como el escaso abastecimiento, en España, de cámaras y material fotográfico ayudan a comprender esta importancia primera de los fotógrafos extranjeros. España había pasado a formar parte del viaje cultural o Grand Tour de la elite europea, un viaje de iniciación que amplió a partir de 1839 su equipaje incluyendo la cámara fotográfica. Se transformaba así el tradicional relato de viajes y se inauguraba un nuevo tipo de información para la arqueología. Paradigmáticas de este primer acercamiento resultan las tempranas fotografías de la Alhambra de Granada, referente en los viajes y cuyas imágenes fueron difundidas en los círculos eruditos occidentales. El monumento granadino fue objeto de una de las primeras fotografías conocidas en España. Gautier y E. Piot realizaron un viaje a España como corresponsales de la parisina Revue de Deux-Mondes y tomaron el daguerrotipo del llamado patio de los Leones que custodia hoy la Fundación J. Paul Getty de Los Ángeles (Fig. 3) 6. En esta toma observamos el acercamiento propio de los viajeros, que aunaba la curiosidad y búsqueda del exotismo, junto al interés por las antigüedades. Las fotografías realizadas en el marco de estos viajes estaban lejos de ser el documento idóneo para la Arqueología, pero sus tomas, realizadas con objetivos muy diferentes, tenían la indudable ventaja de su antigüedad, de mostrar los monumentos antes de restauraciones o actuaciones arqueológicas. Diferenciamos, por tanto, las fotografías hechas por arqueólogos de las fotografías que contienen una información útil para la Arqueología. Estas vistas de la Alhambra, Sevilla o Córdoba alcanzaron una notable difusión en la Europa del último tercio del s. XIX y contribuyeron a definir el espíritu orientalista y la imagen europea de España. Se expandían, así, las vistas de ciertos edificios emblemáticos, como la Alhambra, que constituirían un lugar habitual de este peregrinaje cultu-ral, en continuas visitas de las que la fotografía resulta frecuentemente el único testimonio. Paralelamente, y especialmente a partir de los años 60 del s. XIX, se asiste a la incipiente configuración de la Arqueología como ciencia moderna y a la formación de los Museos nacionales. Sería precisamente tras la inauguración del Museo Arqueológico Nacional cuando, en 1871, se produjo el conocido viaje de la Fragata Arapiles (Chinchilla, 1993; Pascual, 2000;2005), que nos lleva a reflexionar cómo no existía aún, en la arqueología española, la misma necesidad de documentos fiables y exactos que podemos constatar en otras ciencias. Así, ni las misiones del Museo Arqueológico Nacional al Cerro de los Santos ni el viaje de la Fragata Arapiles contemplaron la incorporación de la fotografía. En el caso de la fragata Arapiles la expedición se concibió con un arqueólogo, un diplomático y el arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, quien actuó como dibujante y cuyas láminas -la planta de Santa Sofía o la cisterna bizantina de Yerebatan en Constantinopla-ilus-traron la publicación resultante (Rada y Delgado, 1878). La ausencia de un fotógrafo debemos explicarla, por encima de los gastos que ésta conllevaba, por la no conciencia sobre la necesidad de obtener documentos veraces y exactos que sí encontramos, por ejemplo, en viajes anteriores como el de la Comisión Científica del Pacífico7 (1862-1866) en cuyo planteamiento resultaba básica la presencia de un fotógrafo, Rafael de Castro, que realizó, entre otras, tomas de especies botánicas y de etnografía. Resulta especialmente significativo cómo, cuando el fotógrafo pensado originariamente no pudo incorporarse a esta expedición, se procuró rápida- mente que el conocido fotógrafo Charles Clifford enseñase esta técnica a Rafael de Castro. Esta anécdota, además de mostrar la escasez de fotógrafos científicos que había en España, es significativa de la necesidad que existía de que la fotografía estuviera presente en la expedición al Pacífico. El interés por los restos medievales experimentó una cierta transformación conforme avanzaba el s. XX. Gran parte de los estados europeos habían asumido la tarea de exhumar, recopilar y divulgar los monumentos y documentos histórico-artísticos. El conocido desastre del 98 y la crisis de identidad subsiguiente inauguraron una mayor atención general por la Historia. Ante la voluntad de definir los orígenes de la nación española se recurrió a la Historia y sus imágenes. Se realizó un gran esfuerzo por aportar, en muchas ocasiones fotográficamente, materiales que sirvieran de base para la elaboración de las historias y tradiciones nacionales. Importantes organismos recientemente creados, como el Centro de Estudios Históricos 8, albergaron proyectos que contribuyeron a la creación de repertorios visuales. En este sentido fue fundamental la tarea llevada a cabo por Manuel Gómez-Moreno, que contribuyó a que la sección de Arqueología y Arte Medieval llevara a cabo un programa de excursiones (Gamero, 1988, 108) en las que la cámara se consideraba ya indispensable. La Edad Media y Moderna fueron, en ellas, tema prioritario. Los restos medievales no sólo destacaban por la monumentalidad, sino que reflejaban, en opinión de muchos, la época de formación nacional. Esta teoría se vio corroborada por algunos historiadores de influencia clave dentro del CEH como Eduardo de Hinojosa, a quien su estancia en Alemania en 1878 le había permitido conocer la teoría historicista de Bernheim (Lecea, 1989, 522) así como la percepción de que era en la Edad Media cuando se habían configurado los nacionalismos europeos. Esta época era, por tanto, el punto de partida de cualquier intento de historia nacional. La larga experiencia fotográfica de Gómez-Moreno permite comprender el impulso que protagonizó para que se llevaran a cabo estas actuaciones. Las visitas potenciaban el conocimiento directo de los monumentos y posibilitaban la reunión de materiales visuales. El investigador granadino había aprendido la técnica fotográfica junto a su padre y adquirió su primera cámara ante el encargo de realizar el Catálogo Monumental de la provincia de Ávila en 1900. Convencido de la utilidad de la técnica incorporó su imagen en las clases e inves-tigaciones que llevaba a cabo en el CEH y realizó también numerosos negativos9. Ya desde 1902 disponemos de algunos testimonios que indican esta importancia concedida a la fotografía. Con motivo de su estudio de la cueva de la Graja (Jimena, Jaén) el investigador subrayaba la importancia de reproducir todas sus pinturas. En su consiguiente publicación presentaba "copia adjunta de todas ellas", difundiendo así la necesidad de publicar una parte gráfica exhaustiva y no sólo lo considerado más significativo (Gómez-Moreno, 1908, 91). También realizó una fotografía extensiva en su importante estudio sobre los dólmenes de Antequera, cuyas fotografías firmó (Gómez-Moreno, 1905). La mayor facilidad y el precio más razonable del instrumental fotográfico, junto con las mayores exigencias en los estudios, hicieron que no bastase ya con una única toma que reprodujese el aspecto considerado más significativo, sino que había que incluir varias vistas de cada pieza, ilustrar un recorrido a su alrededor que proporcionase un conocimiento "completo". El primer número de Archivo Español de Arte y Arqueología, en 1925, fue ya testigo de este uso de la fotografía. Al estudiar el colegio de Santa Cruz de Valladolid, Gómez-Moreno utilizaba estas tomas complementarias con las que, desde el aspecto más general, iba desgranando y analizando detalles u aspectos significativos. Incluso el interior del edificio fue reproducido en numerosas tomas, lo que conllevaba entonces una notable dificultad técnica y que nos permite apreciar el dominio de Gómez-Moreno, autor de las mismas (Gómez-Moreno, 1925, fig. 6 y 37). La ausencia de luz en el interior de las iglesias le obligaba a dejar la cámara en exposición y volver al cabo de varias horas (Gómez-Moreno, 1983, 24). La labor de Gómez-Moreno conllevó también la adopción de la técnica fotográfica por parte de otros investigadores. En primer lugar sus colaboradores más cercanos, como Cayetano de Mergelina o Juan de Mata Carriazo. El primero de ellos incluía, en la Memoria de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades dedicada a Bobastro (Málaga), varias vistas de cada estructura y agradecía a Gómez-Moreno su "especial interés", que había significado "la preparación y encauce de los trabajos" (Mergelina, 1927, 4). Resulta significativo cómo una de las primeras actuaciones de Mergelina, una vez que tomó posesión como catedrático en la Universidad de Valladolid en 1925, fue la creación de un Seminario de Arqueología y de un laboratorio fotográfico (Navarro, 1999), a imagen de lo que había visto en el CEH. Especialmente significativo en esta recopilación de materiales fotográficos fue el Fichero de Arte Antiguo del CEH 10, una iniciativa tras la que podemos observar la acción de Gómez-Moreno y Ricardo de Orueta. Este Fichero, culminación de recopilaciones e intentos anteriores, estuvo vinculado al momento en que ambos ocuparon sucesivamente, a partir de 1930, el cargo de Director General de Bellas Artes. Gómez-Moreno llevaba tiempo insistiendo en la necesidad de recopilar y reunir testimonios iconográficos, base para argumentar teorías. Esta preocupación se había plasmado en obras como Materiales de Arqueología española (1912), donde Josep Pijoan y él intentaban paliar esta tradicional falta de repertorios visuales, a la que ya se habían referido estudiosos como Emil Hübner (1888, 213). Frente a los intentos más puntuales anteriores, el Fichero de Arte Antiguo suponía la planificación y ratificación, por parte de la Dirección General de Bellas Artes, de un proyecto a medio plazo que superaba el carácter puntual de otras iniciativas, que no dejaban de depender de circunstancias personales concretas. A su vez, sirvió para ilustrar obras posteriores como, paradigmáticamente, Los hallazgos griegos en España (1936) de Antonio García y Bellido, surgidas quizás gracias al trabajo y reflexión junto a sus imágenes. Resulta interesante cómo el Fichero supuso el consenso de unas normas de representación y clasificación específicas, así como el trabajo continuado a lo largo de varias generaciones de investigadores, con la consiguiente extensión y aprendizaje de un método de trabajo. Convencido de la importancia de estos repertorios visuales R. de Orueta posibilitó también, en 1933, la concepción de un laboratorio de fotografía en el Museo Arqueológico Nacional. En Cataluña, el Institut d ́Estudis Catalans llevó a cabo una pionera labor en la incorporación de la fotografía para el estudio de monumentos y organizó tempranas campañas para recopilar vistas. La Edad Media y sus imágenes tuvieron para la Renaixença un valor e interés prioritario. En la recuperación y difusión del paisaje, los restos arqueológicos, los monumentos, la indumentaria o los bailes de Cataluña, la fotografía tuvo un papel destacado (Calvo, Naranjo, Mañá, 1994, 24-25). La imagen de Cataluña se formaba mediante su Historia, sus monumentos, su Prehistoria. La fotografía era el apoyo ideal que definía su especificidad. La creación de inventarios gráficos de monumentos y de obras de arte ayudaba a conformar esta idea. Resultan interesantes testimonios como los del arquitecto Jeroni Martorell: "Las naciones civilizadas se preocupan de la formación de inventarios gráficos de las obras de arte. Catálogos, archivos de clichés y fotografías, museos de reproduc-ciones y museos nacionales, son el medio de que se valen los pueblos cultos para inventariar sus riquezas artísticas y hacer la Historia" (Martorell, 1909, 9). Las fotografías, realizadas en el marco de estas campañas del Institut, fueron base e ilustraron ampliamente los estudios que se publicaron en su Anuari. En su primer número encontramos ya algunas de estas fotografías, como en el trabajo de Josep Puig i Cadafalch sobre las iglesias románicas de los valles de Bohi y de Arán (Puig i Cadafalch, 1907). El excursionismo, marco frecuente en que se realizaron estas tomas, tuvo un primer desarrollo destacable en Cataluña (Cortadella, 1997), en Madrid y Sevilla, fundamentalmente (Maier, 2002). Igualmente, la organización de la gran exposición organizada en Roma, en las termas de Diocleciano, en 1911, supuso una gran campaña fotográfica como medio de reunir materiales y llevar las antigüedades españolas a esta muestra internacional. La Junta para Ampliación de Estudios designó a Gómez-Moreno encargado por Arqueología, por lo que tuvo que recorrer gran parte de la Península, en especial el sur peninsular, en busca de fotografías y seleccionando piezas de las que se realizarían vaciados. Por su parte, el Institut d ́Estudis Catalans coordinó los trabajos preparatorios correspondientes a Cataluña y Levante11. LA FOTOGRAFÍA DEL HALLAZGO Las primeras fotografías de la arqueología española se dirigieron también a epígrafes, inscripciones y monedas. Esta dedicación no era casual, sino que revelaba los intereses de la arqueología filológica, que priorizaba los objetos con información textual, considerada fundamento de la Historia. En este sentido, buena parte de las primeras fotografías de archivos como el Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia reprodujeron epígrafes o inscripciones que los Correspondientes enviaban de cara a su estudio (Almagro-Gorbea, Maier, 2003). Progresivamente, la fotografía se convirtió en habitual en estos informes, solicitando también la propia institución que se adjuntasen fotografías que les permitiese conocer y emitir su opinión sobre los descubrimientos. Reproducir y difundir los nuevos restos arqueológicos fue, en efecto, uno de los usos más antiguos de la técnica fotográfica. La fotografía del hallazgo resulta bastante abundante y constituye, en muchos casos, la única efectuada durante las antiguas campañas de excavación. En estas primeras fotografías el objeto se reproducía fuera del lugar de hallazgo, se colocaba en un fondo adecuado a su carácter de pieza excepcional. Se recreaba un "ambiente", en ocasiones rodeado por otras esculturas u objetos, se exhibía la pieza, alejada así de su contexto. De esta exhibición aislada, como obra de arte, se pasó, progresivamente, a una representación del objeto en su contexto original, lo que indica ya una preocupación por plasmar el descubrimiento "tal y como ocurrió" (Fig. 7). La mayor parte de las grandes piezas de la arqueología española se difundieron originalmente mediante estas fotografías, que delatan este primer interés por la pieza. Tempranos ejemplos en este sentido albergan las Reales Academias de Bellas Artes y de la Historia con, por ejemplo, tomas enviadas por A. Alcolado en 1867 y que representan varias esculturas halladas en Cartagena. Recordamos, en este sentido, las tomas del sarcófago de Punta de Vaca (Cádiz) ya en 1887 o las de la escultura de Diana en Itálica en 1900, todavía in situ (Fig. 4). Mediante la fotografía se reprodujeron, por ejemplo, las inscripciones halladas en Cáceres, Úbeda y Alcalá de Henares y que Fidel Fita pasó a estudiar (Fita, 1885). Paulatinamente, la fotografía del hallazgo fue desapareciendo, lo que indica la progresiva transformación de la Arqueología. En el Anuari del Institut d ́Estudis Catalans observamos algunas novedades respecto a la más usual "fotografía del hallazgo". Paradigmático resulta el tratamiento dado al espectacular hallazgo del llamado "Esculapio de Ampurias", que tuvo lugar en un yacimiento donde la acción de la sección arqueológica del Institut era, sin duda, clave. Así, en "Les troballes esculptòriques a les excavacions d 'Empúries" Raimon Casellas reprodujo varias fotografías -realizadas por Emilio Gandía-que introducían un interesante tratamiento. Otra toma permitía corroborar este dato al reproducir la escultura en su contexto (290, fig. 18) y fuera de él (fig. 19, 20). El encuadre incluía, también, a la gente que se había reunido contemplando el descubrimiento. La sucesión de vistas reproducidas ilustraron la secuencia de este excepcional hallazgo. Incluso encontramos una temprana valoración del contexto del hallazgo en la inclusión de la "Edicul y cisterna on fou trobada l 'estatua d' Esculapi" (Casellas, 1909(Casellas, -1910, 291, fig. 21, 291, fig. 21) que nos permite apreciar estas estructuras una vez se había retirado la escultura. Por último, después de haber ilustrado las circunstancias del hallazgo, se pasaba a reproducir la escultura, desde varias perspectivas, en su ubicación final del Museo de Barcelona (Casellas, 1909-10, fig. 22-24). También José Ramón Mélida, ante las nuevas adquisiciones del Museo Arqueológico Nacional en 1917, reproducía una fotografía ilustrando la cerámica campaniforme de Marchena (Mélida, 1918, Lám. I (1)) pero indicando mediante una estratigrafía dibujada el contexto en que se había hallado (Mélida, 1918, Lám. Los ejemplos de la reproducción de piezas significativas son numerosos. Pelayo Quintero informaba, así, sobre las esculturas aparecidas en las excavaciones de Cádiz, (Pemán, 1921). En cualquier caso, la fotografía de estas piezas permitió que se conociesen, que su imagen llegase a los gabinetes de estudio o los museos. Sus imágenes posibilitaron y concitaron intereses diversos, desencadenando debates o actuaciones destinadas a valorar lo que en ocasiones eran testimonios de culturas hasta entonces desconocidas. De la plasmación puntual del objeto o el yacimiento la fotografía amplió su lenguaje de modo que pudiera transmitir visiones sucesivas, complementarias y portadoras de un discurso. La secuencia de imágenes podía plasmar procesos como, y paradigmáticamente, el desarrollo de una excavación. Permitía, también, otros mensajes, como los diferentes estados de conservación o restauración de una estructura, el proceso de hallazgo, el recorrido fotográfico alrededor de una pieza, etc. Conforme avanzaba el s. XX se abordaron en España intentos generales de sistematización de las imágenes disponibles. El círculo formado en Barcelona en torno a un Bosch Gimpera vuelto de Alemania, el Seminari de Prehistoria de la Universidad de Barcelona y el Servei d'Investigacions Arqueològiques, fue ejemplar en este sentido. Bosch fijó una metodología en la que la fotografía ocupaba ya un importante lugar: "para completar el estudio de la Prehistoria y Arqueología de Cataluña se ha constituido un repertorio de fotografías del material que no está en nuestro Museo" (Bosch, 1921, 23). Era necesario formar un completo fichero gráfico sobre los trabajos. Se fabricaron fichas que inventariaban, ya en 1915, los objetos descubiertos en las excavaciones que el Institut d'Estudis Catalans y el propio Bosch realizaron en la zona del bajo Aragón (Cortadella, 2003, CXXV). La normalización de las "preguntas" en fichas testimonia una interesante sistematización de la información. Las fotografías debían realizarse también conforme a unos parámetros determinados. Podríamos recordar cómo Bosch pedía, en 1919, ciertas fotografías de los fondos del Museo Arqueológico Nacional a Ramón Gil Miquel en que los objetos se mostrasen de frente y de perfil. El investigador disponía, entonces, de argumentos visuales que servirían para la demostración y aceptación de las teorías elaboradas. Conceptualmente hablando, las transformaciones que este uso de la fotografía posibilitó se encuentran, sin duda, entre las más importantes. Multiplicaba la información sobre el yacimiento o los objetos, permitía establecer comparaciones, afinidades y relaciones culturales. Las primeras fotografías de yacimientos aparecieron ya en el s. XIX. Las Reales Academias de la Historia y de Bellas Artes custodian pioneras tomas entre las que destacan las que E. Puig y Segura envió en 1893 sobre los enterramientos neolíticos de Santa Coloma de Queralt (Tarragona). Otras tomas nos permiten observar el desarrollo de las excavaciones en lugares emblemáticos como las que, desde 1892, se conservan de la necrópolis fenicia de Cádiz y de sus materiales. Como reflejo y "termómetro" de la arqueología, la mayor o menor presencia de fotografías de excavación refleja la atención de los arqueólogos hacia las estructuras. Fundamentales resultan las tomas que Pedro Ibarra realizó, quizás las más antiguas en un proceso de excavación en la arqueología española. En 1905 tomó varias durante la excavación dirigida por Pierre Paris y Eugène Albertini en la basílica de Illici. Años después, fueron reproducidas por Alejandro Ramos y mostraban el mosaico de La Alcudia in situ (Ramos, 1953, fig. 20.1 y 20.2). Quedaron inéditas al preferirse, en su momento, otras tomas más generales o de los objetos encontrados. Otro ejemplo temprano nos llega, una vez más, de Ampurias. En efecto, poco después del comienzo de las excavaciones el arquitecto y presidente de la Mancomunitat, J. Puig i Cadafalch, reproducía varias tomas con el proceso de descubrimiento de estructuras de la ciudad antigua (Puig i Cadalfalch, 1909-10, figs. 5, 6 y 7). A partir de los años 20 las fotografías del proceso de excavación aparecen con más insistencia. Podemos releer, así, el inicio de varios trabajos arqueológicos e inusuales vistas de paisajes hoy desaparecidos. Éste es el caso de la vista que Francisco Figueras Pacheco incluyó de El Campello (Alicante) antes de iniciarse los trabajos arqueológicos (Figueras, 1934, Lám. Se asiste, además, a la creciente importancia del contexto: los objetos comenzaron a retratarse en su posición de hallazgo y no tras cuidadas composiciones. También M. González Simancas ilustró el transcurso de sus trabajos en Sagunto incluyendo tomas del conjunto de las excavaciones (González Simancas, 1927, Lám. IX.B) o del descubrimiento de restos ibéricos. La necrópolis de Tarragona fue también objeto de este uso de la fotografía, que testimonia la importancia concedida a la ilustración del proceso de investigación arqueológica. Así, José Colominas publicó secuencias de vistas sobre el descubrimiento de diversas tumbas (Colominas, 1926, fig. 202-203). Este mismo uso llevó a cabo Juan Serra Vilaró, tanto durante sus primeros trabajos sobre dólmenes (Serra Vilaró, 1917) como durante su dirección de las excavaciones en Tarragona. Incluía, incluso, un papel calco sobre la fotografía en el que se indicaban, numeradas, las tumbas de la necrópolis (Serra Vilaró, 1929). P. Quintero utilizó también la secuencia de fotografías en sus excavaciones de Cádiz, al reproducir diferentes momentos en el hallazgo de las sepulturas (Quintero, 1920, lám. II. El dominio que J. Cabré mostró respecto a la técnica fotográfica12 le llevó a hacer un uso extensivo de esta técnica que apre-ciamos, entre otras, en las Memorias que publicó como Delegado-Director de la Junta Superior de Excavaciones y Antigüedades. Cabré ilustró pioneramente el proceso de excavación mediante la fotografía-secuencia en las excavaciones de Las Cogotas (Ávila), donde reproducía las tumbas antes y después de retirar sus cubiertas (Cabré, Cabré, 1932, Lám IV). Además, Cabré utilizaba ya un tipo de jalón, evitando las anteriores escalas humanas. En sus investigaciones sobre el santuario ibérico de Collado de los Jardines (Jaén), Cabré utilizó también la secuencia fotográfica. Formaba sus láminas con una composición de varias vistas de los exvotos, silueteados y mediante vistas frontales y posteriores (Calvo, Cabré, 1917, Lám VI). Otras figuras se mostraban en una misma lámina, resultado de la composición Figura 6. Estratigrafía de las excavaciones de Ampurias (L'Escala, Gerona). El obrero sirve de escala y señala el "nivel griego" del s. IV a.C. La composición gráfica se complementa con un esquema del resto de los niveles. de dos vistas -frontales y de perfil-de la misma pieza (Lám. Otras composiciones de láminas permitían relacionar los exvotos con su lugar de aparición. Para ilustrar este contexto de hallazgo incluyó una lámina con el "lote de exvotos encontrados juntos" (Calvo, Cabré, 1917, lám. XXIA) y, a continuación, la "grieta en donde se encontraron" (Lám. LA REPRESENTACIÓN DE LA ESTRATIGRAFÍA Con el movimiento romántico y el interés por las naciones, las antigüedades arqueológicas incrementaron su valor simbólico e instrumental en el proceso de consolidación de la cultura nacional (Rivière, 1997, 134). El factor étnico pasó a valorarse como determinante en la historia humana. Las fronteras políticas del Estado debían definirse en función de la existencia, más o menos imaginada o inventada, de una identidad cultural común. La repercusión de este entramado político-ideológico en la Arqueología española y en la aplicación de la fotografía fue considerable. El arqueólogo sería, en adelante, consciente de su importancia en la constitución de una historia nacional (Schnapp, 1997, 9). Así, se buscaron los restos de los celtas, los germanos o los iberos, las raíces diferenciadoras en el pasado. Estas nuevas prioridades del discurso científico se han relacionado con las transformaciones metodológicas, con la ciertamente más cuidadosa clasificación de los restos así como la novedosa atención por la estratigrafía (Trigger, 1989). Tras el establecimiento de los fósiles directores podía estar, quizás, la huella de celtas o hispanos. Para esta progresiva conformación de la metodología y objetivos de la arqueología serían igualmente determinantes las aportaciones de otras ciencias, como la Paleontología y, en general, las ciencias naturales (Schnapp, 1991). En estos nuevos objetivos de la arqueología también intervino, de forma significativa, la fotografía. La nueva técnica aparecía como una herramienta idónea para documentar todos los cambios en el registro arqueológico, las huellas de las diferentes fases y, con ello, de las etnias que habían ocupado el yacimiento. La definitiva adopción de la fotografía habría tenido, también, una motivación fundamental en estas preocupaciones. Las estructuras comenzaron a estar más presentes en la segunda década del s. XX. A las diferentes necesidades de la arqueología se sumaban otras circunstancias, como la popularización de las tomas que significó la guerra del Rif y la extensión del fotograbado (Sánchez Vigil, 2001, 194). La estratigrafía apareció en primer lugar mediante el dibujo. Sólo posteriormente se comenzó a añadir, a esta abstracción y análisis realizado por el investigador, la autenticidad que proporcionaba la fotografía. Constatamos, pues, en primer lugar, una conciencia de la importancia de la estratigrafía y, posteriormente, la necesidad de hacerla "comprobable", a los demás, mediante la fotografía. La aplicación de la fotografía a la estratigrafía aparece especialmente unida a la necesidad de demostrar la veracidad de una hipótesis. Así, Manuel Cazurro y Emilio Gandía, con el objetivo de argumentar su teoría sobre la sucesión de las culturas y, especialmente, la existencia de una fase griega arcaica en Ampurias, adjuntaron una fotografía de la estratigrafía (Fig. 6), que certificaba la sucesión histórica defendida. Mostraba un corte del terreno y los diversos niveles allí documentados. Al margen se incluían diagramas que señalaban estos diferentes estratos. Una figura humana, incluida como escala, señalaba la potencia de uno de ellos (Cazurro, Gandía, 1913-14, fig. 29). Esta temprana atención por la estratigrafía pudo verse reforzada o inducida por la formación en Geología de Manuel Cazurro. Se constataba, a su vez, la importancia de la ubicación estratigráfica de los materiales griegos en Ampurias, adscripción que alcanzaba una notable importancia en la política científica de la época. La relación de Ampurias con el mundo heleno antiguo tenía una notable importancia para los presupuestos y la política científica de Prat de la Riba y Puig i Cadafalch (Cortadella, 1997). La estratigrafía iría apareciendo cada vez con mayor frecuencia, ilustrando la sucesión de estratos en algunos de los yacimientos más representativos de la arqueología española. Aunque la aparición de estratigrafías se fue haciendo más frecuente a partir de los años 30 del s. XX, no comenzaría a ser habitual hasta un momento avanzado de los años 50. Fotografías de hallazgos, de monumentos y de objetos aparecen en uno de los usos más frecuentes de la fotografía: su valor como testimonio, como argumento definitivo en el debate científico. Constantemente se ha recurrido a su imagen para corroborar y atestiguar su estado de conservación, como memoria de su apariencia antes de las múltiples destrucciones o restauraciones que se han sucedido. Este uso de prueba se ha basado, de forma fundamental, en la creencia en la objetividad de la fotografía que, hasta fechas bastante recientes, ha predominado en la consideración de este documento. La fotografía era -se pensaba-exacta y veraz. No podía tergiversar la realidad sino que, por el contrario, permitía trasladarla a los centros de estudios occidentales. Bajo esta concepción, el testimonio de su imagen permitió afianzar hipótesis e instaurar nuevas teorías. Los ejemplos en este sentido son numerosos. En España fue temprano el caso protagonizado por Bonaventura Hernández de Sanahuja quien, ante los hallazgos de carácter "egipcio" que se estaban produciendo en Tarragona, envió tomas fotográficas como pruebas e instrumentos para su estudio por parte de la Real Academia de la Historia (Marcos, Pons, 1996). La institución madrile-ña comenzó entonces una investigación que no pudo sino concluir la falsedad de los hallazgos. Especialmente notable fue el envío, en 1858, de una toma donde se aprecia el perfil estratigráfico de las canteras del puerto de Tarragona. La estratigrafía aparecía como la demostración geológica de la antigüedad de los descubrimientos y quería acallar las dudas sobre su autenticidad. La problemática surgida explica esta imagen fotográfica, posiblemente la más antigua en España con una temática estratigráfica y cuya finalidad principal era aportar una prueba "objetiva" e irrefutable, que mostraba la situación en que había aparecido el sarcófago: cerca de la roca, bajo un pavimento romano y un terreno de aluvión. Las fotografías corroboraban la antigüedad de los restos y apoyaban la teoría egipcia de Hernández de Sanahuja. Poco después, en los años 60 del s. XIX, la fotografía se había convertido ya, en las Reales Academias, en un instrumento para el conocimiento de los sucesivos hallazgos13. Mediante su imagen, los académicos debían decidir si intervenir o no ante demoliciones -caso del Torreón Figura 8. La Dama de Elche, fotografía coloreada por Eduardo González. En el pie de foto se apunta su interpretación como Mitra Apolo y las circunstancias de su hallazgo. © Archivo Municipal de Elche, Alicante. de Bejanque (Guadalajara)-o las declaraciones de Monumentos Nacionales, como en Turégano (Segovia). Posteriormente, la fotografía como prueba aparecería en numerosas ocasiones, como ante el descubrimiento y dudosa adscripción del sarcófago de Punta de Vaca (Cádiz). En este caso, el envío a Emil Hübner de "pruebas fotográficas" por parte de Manuel Rodríguez de Berlanga permi-tiría adscribir el hallazgo y comenzar a intuir la importancia de los restos semitas en la Península Ibérica. Un ejemplo paradigmático de este uso de la fotografía lo constituye la Dama de Elche (Fig. 7), cuya imagen sirvió de forma fundamental para probar la existencia de un arte ibérico (Olmos, Tortosa, 1997). La consulta de la correspondencia inédita conservada en el Institut de Fran- Figura. Cerámica ibérica encontrada en las excavaciones de P. Gil y Gil en el Cabezo de Alcalá (Azaila). Fototipia utilizada para comparar materiales ibéricos con los micénicos. La imagen permitía aclarar las dudas sobre la existencia o no de un arte ibérico: «Pour l ́authenticité, il ne peut pas y avoir le moindre doute". La fotografía fue un vehículo principal de las discusiones en torno a la Dama de Elche utilizada, tan sólo cambiando el pie de figura, en discursos muy diferentes, garante tanto de las teorías sobre su cronología protohistórica como sobre la romana. La fotografía intervino igualmente en los primeros debates sobre la adscripción de la cerámica ibérica. P. Paris relacionó su decoración con el Heládico Final o Bronce Final minoico y micénico. Comparaba materiales como los de Carmona y Osuna con algunos procedentes del mundo micénico. En su opinión, la influencia micénica se habría mantenido en la decoración de la cerámica ibérica hasta la llegada de los romanos (Paris, 1903-04, 136-137). Para llegar a esta conclusión el francés se basaba en su conocimiento de los materiales, pero también en opiniones como la de Adolf Furtwängler. Básica fue, en este proceso, la Zaragoza artística, monumental e histórica de Anselmo y Pedro Gascón de Gotor (1890). En ella, tres fototipias de Thomas reproducían diversas cerámicas de Azaila, calificadas ya como "ibéricas". Una de ellas, dispuesta en una clara disposición artística (Fig. 9), mostraba un kalathos y una tapadera (Gascón de Gotor, 1890, Lám. Estas fototipias tendrían una gran importancia en el enunciado de las teorías micenistas: constituyeron los "materiales" sobre los que se realizaron las comparaciones. Así, A. Furtwängler conoció los materiales ibéricos gracias a estas reproducciones. En ellas se apoyó también P. Paris para su teoría micenista siguiendo, con ello, la opinión que George Perrot y Charles Chipiez habían indicado en su Histoire de l ́art dans l ́antiquité: "Furtwängler a bien voulu me signaler le vase auquel je fais allusion, c ́est une boîte munie de son couvercle, qui appartient à la dernière époque de la fabrication mycénienne. La interpretación micenista fue, en un principio, aceptada por investigadores como A. Evans, J. R. Mélida y A. Vives. En contra sólo surgió la argumentación de L. Siret, quien en sus excavaciones de Villaricos había podido observar la asociación entre la cerámica ibérica y la griega de los siglos V y IV a.C. y señaló cómo la cerámica ibérica era un fenómeno independiente del micénico (Siret, 1907). Esta formulación de la influencia semita planteada por Siret es comprensible dentro de los criterios filopúnicos que formaban parte del ambiente orientalista hasta finales del s.XIX. Los últimos años del s. XIX habían supuesto también el inicio de los trabajos en Cartago, concretamente en la necrópolis de Rabs en Bordj-Djedid (Gran-Aymerich, 2001, 244-5), que fotografía profusamente el padre Delattre. Las ilustraciones, y concretamente la fotografía, permitieron relacionar y comparar visualmente los hallazgos ibéricos con los púnicos, como se observa en Musée Lavigerie de Saint Louis de Carthague. Supplément I (Boulanger, 1913), una obra que proporcionaba nuevos objetos para la comparación y la atribución de orígenes. La reproducción de una crátera de imitación griega aparecida en Cartago en 1899, decorada con círculos y semicírculos pintados habituales en la cerámica ibérica, originó opiniones diversas entre P. Paris, L. Siret y A. Boulanger (Boulanger, 1913, 61, lám. IX, fig. 1). En pleno debate sobre el origen y adscripción de la cerámica ibérica, P. Paris sostuvo que la crátera era ibérica y constituía, por tanto, una importación en Cartago (Paris, 1913). Por el contrario, y basándose igualmente en el testimonio fotográfico, L. Siret veía en ella un apoyo a su teoría respecto al origen púnico de la cerámica ibérica. El origen y adscripción de ésta última no estaría en la micénica, como defendía Paris, sino en la púnica. Paralelamente, otros investigadores comenzaban también a intuir la importancia de la cultura púnica en la Península Ibérica. La escultura del elefante de Carmona, reproducida en el Essai de Paris mediante una fotografía, había sido un elemento destacado que había llevado a Bonsor a defender las pervivencias púnicas en Carmona (Maier, 1996, 17). Como testimonio de lo desaparecido, Leopoldo Torres Balbás reprodujo una losa sepulcral de la necrópolis de la Rauda (Granada) que había ya desaparecido (Torres, 1926, 272). También A. García y Bellido utilizó una fotografía del retablo de la iglesia de Monserrat de Madrid como testimonio de una iglesia y una obra destruidas (García y Bellido, 1929, Lám. También C. Morán recurrió a imágenes antiguas del desaparecido dolmen de Sobradillo (Salamanca) (Morán, 1931, lám. VIII, 1). La asociación de ciertos objetos se convertía, también, en prueba para apuntar ciertas cronologías. En este sentido, Juan y Encarnación Cabré reprodujeron la tumba 201 de La Osera (Ávila) porque la presencia de un puñal junto a espadas tipo La Tène parecía corroborar la cronología que ambos apuntaban para este tipo de puñales (Cabré Aguiló, Cabré Herreros, 1933, lám. V.1). Otra de las consecuencias de la llegada de la fotografía fue la desigual difusión de los restos arqueológicos a lo largo de la historia de la disciplina. La imagen fotográfica fijó, así, ciertos clichés en el "imaginario científico". La tradicional falta de repertorios iconográficos conllevó la creación de estereotipos científicos. La ausencia de corpora desproveía de los instrumentos fundamentales de discusión y comparación. Esta conformación de iconos ha tenido una gran trascendencia en nuestro imaginario de qué pertenece a una cultura. Así, podemos rechazar o considerar poco representativas ciertas manifestaciones que, simplemente, no se adecuan a los estereotipos heredados. De esta forma, los arqueólogos e historiadores han repetido, en numerosas ocasiones, los mismos objetos o incluso las mismas fotografías, consideradas representativas de una época o cultura. Podemos pensar, en el caso de la cultura ibérica, en la presencia en la literatura científica de ciertas imágenes de la Dama de Elche o la de Baza, la Bicha de Balazote o el vaso Cazurro y considerar, por otra parte, hasta qué punto estas piezas son representativas del total -territorial y cronológico-de la cultura ibérica. Parece defendible, pues, cómo la ausencia de una sistematización general ha conllevado una cierta identificación de lo ibérico con determinadas piezas que pueden ser o no representativas de esa cultura en un momento determinado. LA SUSTITUCIÓN DEL OBJETO MEDIANTE LA FOTOGRAFÍA, EL DIBUJO Y LOS VACIADOS Fotografías, dibujos y vaciados sustituyeron al objeto antiguo cada vez que las láminas y recuerdos de viaje reemplazaban el hallazgo ante el gabinete de estudio. Álbumes, acuarelas y fichas han sido, desde entonces, diferentes formas de apropiarse de los objetos y monumentos, de sistematizarlos ante el estudio histórico. Con la generalización de la fotografía la cultura material quedó transferida a una hoja de papel, a archivos fotográficos que pasaron a ser el objeto de estudio. Los mecanismos de difusión y debate serían, a partir de entonces, diferentes. Desde mediados del s. XIX la fotografía comenzó a ser, junto al dibujo, sustituta de los objetos y monumentos de la Antigüedad. Como tales acudían a los foros de discusión erudita. Las consecuencias de esta sustitución constituyen un aspecto sobre el que escasamente se ha reflexionado pero que, sin duda, debió condicionar, limitar y modificar la investigación. El conocimiento de los restos del pasado se ha realizado en buena parte, a partir de la generalización de la fotografía, mediante imágenes de calidad desigual. En este sentido podemos recordar la impresión que a Julián Marías le produjeron los monumentos del Mediterráneo, descubiertos en aquel Crucero Universitario de 1933: "Todo parecía irreal; recuerdo el descubrimiento, en pleno campo, de la puerta de los leones de Micenas, siempre una lámina de libro" (Marías, 1988, 138). La fotografía, junto con el dibujo, proporcionó la primera impresión de los hallazgos. Así, ante el descubrimiento de los materiales de la ría de Huelva, José Albelda, Correspondiente de la Real Academia de la Historia envió, en 1870, un informe que incluía ya fotografías. Según reconocía Gómez-Moreno: "Gracias a cuatro fotografías remitidas por dicho señor, en que se reproducen piezas típicas, entre todas las que constituyen el descubrimiento, podemos formar una idea aproximada de su alcance" (Gómez-Moreno, 1949). También el conocimiento europeo de la Dama de Elche, y con ella el reconocimiento del arte ibérico, se inició con las fotografías de P. Ibarra, enviadas a E. Hübner y a P. Paris entre otros. La descripción y la fotografía reemplazaron a la pieza en los gabinetes de estudio europeos. Años después, F. Hernández estudiaba, en su trabajo sobre la influencia del arte califal en Cataluña, unas basas de San Pedro de Roda "por el estudio de las fotografías del Arxiu Mas de Barcelona". Examinadas éstas, el investigador apuntaba cómo "a juzgar por lo que en éstas se ve existen dos lotes" (Hernández, 1930, 34). Los vaciados sustituyeron también a los originales en numerosos estudios. Sólo poco a poco se iría imponiendo nuestra concepción actual sobre el original y la necesidad de tomarlo como base del estudio. Así, L. Torres Balbás reproducía un vaciado del friso y la cornisa del templo de la Concordia de Roma en su estudio sobre los modillones y la evolución de esta forma arquitectónica (Torres Balbás, 1936, Lám. Ante la pérdida de la escultura del Cerro de los Santos perteneciente a la colección Cánovas del Castillo, García y Bellido recurría a su vaciado, conservado en el Museo Arqueológico Nacional, que le interesaba en su argumentación sobre la baja cronología de la cultura ibérica (García y Bellido, 1943, fig. 3). De hecho, los vaciados se exponían en los museos junto a los originales, como corroboran algunas fotografías antiguas del patio romano (sala VI) del Museo Arqueológico Nacional en el que se exponían vaciados de relieves griegos y de epigrafía romana (Álvarez-Ossorio, 1943, fig. 2.B y 3). Además de ampliar los círculos de discusión erudita, la generalización de la fotografía permitió la posibilidad de crear los denominados Musées imaginaires, formados a base de las reproducciones. La existencia de estos proyectos es, nuevamente, indicativa del crédito que se confería a la técnica: exponer la fotografía reproducida podía ser, casi, como estudiar a partir del original antiguo. LA IMAGEN FOTOGRÁFICA EN EL COMPARATISMO Y EL DIFUSIONISMO Hacia los años 20 del s. XX la fotografía estaba ya normalmente incorporada en la práctica arqueológica española. Su interferencia en el discurso científico contribuyó, también, a instaurar el comparatismo, que se convirtió pronto en una metodología fundamental. En un ambiente de creciente circulación de las imágenes, la posibilidad de comparar visualmente restos procedentes de diversos lugares fue rápidamente aceptada (Fig. 10). La vigencia de este método propició incluso el surgimiento de un determinado tipo de libro: el constituido por láminas sueltas o Einzelaufnahmen, que se adecuaba perfectamente al trabajo en gabinetes, a la docencia en seminarios y a las frecuentes consultas entre investigadores. Este formato hacía, sin duda, más fácil las comparaciones entre objetos. En España, este esquema de las láminas sueltas se siguió en escasas ocasiones. El primer testimonio lo encontramos en el Corpus Vasorum Antiquorum, por lo que creemos que este esquema se introdujo posiblemente en nuestro país de la mano de las directrices adoptadas por este proyecto europeo. Resulta notable la elección de este modelo al efectuar el Catálogo de los exvotos de bronce ibéricos del Museo Arqueológico Nacional de Francisco Álvarez-Ossorio, primer ejemplo que utilizó, para el arte ibérico, las láminas sueltas. Aunque publicado en 1941, sus fotografías fueron realizadas antes, concretamente por R. Gil Miquel, conservador del Museo desaparecido en la Guerra Civil. En la adopción de este modelo podemos rastrear la necesidad bási-ca de sistematizar los exvotos ibéricos. Las láminas permitían exponer los diferentes tipos y avanzar hacia el establecimiento de tipologías. La ordenación de los diferentes restos, su reunión en una única obra, permitía efectuar las necesarias comparaciones y contrastación bajo unas bases fiables, bajo un elenco representativo -si no total-de los objetos existentes. A estas necesidades, básicas para la investigación de entonces, parecían responder este tipo de obras. A este esquema respondía también la Hispania Graeca de A. García y Bellido (1948), uno de cuyos volúmenes se dedicó a albergar 168 láminas sueltas que facilitaban la comparación y el trabajo junto a imágenes. El recurso a los paralelos se vio incrementado por el desconocimiento de adscripciones o del marco cronológico para muchos de los restos que aparecían en la Península Ibérica. La semejanza formal fue tomada, en muchas ocasiones, como evidencia de una relación cultural y cronológica. En este sentido, el recurso a paralelos formales se ha utilizado en la defensa y exposición de las hipótesis más diversas. El campo de la semejanza es, siempre, muy amplio y subjetivo. El recurso a paralelos ha sido una constante en la investigación peninsular. Ya en los primeros trabajos de Ampurias J. Puig i Cadafalch comparaba las estructuras del yacimiento con las murallas de Tarragona (Puig i Cadafalch, 1908, fig. 28). También J. Colomines realizó e incluyó varias fotografías de los sepulcros de Miralp y de Alcover en su estudio del monumento romano de Fabara (1926). También Julio Martínez Santa-Olalla paralelizaba las fíbulas de época visigoda hispanas con las encontradas en Rumanía (Martínez Santa-Olalla, Figura 10. El Apolo Chatsworth, a la izquierda, y la Dama de Elche, a la derecha. La fotografía como instrumento de comparación. Los rodetes de la escultura ibérica se han ocultado mediante una máscara fotográfica. La relación del mundo griego con la cultura ibérica fue defendida y argumentada por A. García y Bellido en parte mediante la inclusión de varias fotografías que paralelizaban la Bicha de Balazote (García y Bellido, 1931, lám. V) con un relieve de toro androcéfalo del Museo de Atenas (García y Bellido, 1931, lám. VI.1) y una moneda de Licia (García y Bellido, 1931, lám. VI.2). Frecuentemente, el recurso a paralelos delataba los difíciles acercamientos ante restos desconocidos. El descubrimiento del llamado tesoro de Lebrija en 1931 provocó el primer estudio de J. R. Mélida, quien destacaba la semejanza y paralelizaba visualmente sus objetos con algunos torques de Galicia (Mélida, 1932, lám. 3), vasos del Dypilon e, incluso, una cerámica numantina (Mélida, 1932, lám. 4). La utilización recurrente de la fotografía en la investigación tuvo también que ver, creemos, con la permanencia y consolidación de los argumentos difusionistas en la arqueología española. En efecto, disponer de pruebas visuales -fotográficas-estuvo muy relacionado con el auge y perduración de estas explicaciones difusionistas. Durante aquellos años se asistía, también, a una incipiente desilusión ante los efectos de la Revolución Industrial y la consiguiente desconfianza en las posibilidades de un progreso uniforme. El contacto cultural entre diferentes ámbitos empezó a ser la causa esgrimida, cada vez con más frecuencia, para los cambios culturales, llegándose así a las interpretaciones de tipo difusionista. Al menos desde principios del s.XX el difusionismo se convirtió en la pauta interpretativa dominante en la arqueología peninsular. Particularmente desde los trabajos de Montelius hasta un momento avanzado del s. XX, las explicaciones del cambio cultural tuvieron como referencia fundamental la idea del ex oriente lux. La elaboración de esta teoría del "oriente generador" coincidió con la constatación, en parte gracias a la difusión de imágenes que propició la fotografía, de la gran antigüedad de sus manifestaciones culturales. La difusión de los hallazgos de Mesopotamia y Egipto hacía comprender la increíble antigüedad de sus sociedades complejas. La cultura ibérica constituye un ejemplo paradigmático en cuanto a esta búsqueda, esta necesidad de definir sus características mediante la comparación con otras tierras. Muchos pensaron lo ibérico desde paralelos formales e históricos próximo orientales y mediterráneos. Entre ellos despuntó, sin duda, el ejemplo de Grecia. En el mundo griego se buscaron semejanzas y paralelos, el origen de las manifestaciones ibéricas. Así lo hicieron, por ejemplo, Pere Bosch Gimpera, Rhys Carpenter, Antonio García y Bellido e Isidro Ballester Tormo. Tras los primeros tanteos orientales, el modelo de Grecia fue el dominante en un contexto en que la influencia del factor semita había pasado a estar peor considerado. La presencia de fotografías en conferencias, clases, museos y en la vida cotidiana, resultó también fundamental para conformar una concienciación del patrimonio nacional. Su imagen se había incorporado ya, en el s. XIX, al movimiento crítico por la destrucción del patrimonio y a la progresiva definición de un patrimonio nacional 15. Contribuyó a crear, y a delimitar, una memoria histórica que se quería fuese colectiva. Los monumentos y museos sirvieron para la memoria colectiva en un momento de definición de las fronteras políticas de Europa. La fotografía servía para una mejor caracterización -visual-de nuestros ancestros. Se definía la tradición cultural y, por tanto, con los cambios en la idea de Estado y nación que había supuesto la Revolución francesa, la de las entidades con visos de formación política. Se creaba esta tradición por inclusión pero también por exclusión: mostrar las diferencias con otras tierras ayudaba a formar o a reforzar los vínculos dentro de una nación. Fotografía y patrimonio aparecen en España vinculados en un proceso acelerado a partir de 1898: la voluntad clara de conocer mejor España, sus monumentos e historia. Se debían apuntalar las identidades colectivas que el desastre había cuestionado. El pasado se abordaba frecuentemente bajo la idea de que los caracteres definitorios españoles estaban ya presentes, en esencia, en las culturas antiguas. La técnica fotográfica parecía ser, desde una concepción positivista, un instrumento ideal para mostrar estas esencias históricas. Conforme avanzaba el s. XX, el estado asumió la tarea de descubrir y estudiar restos histórico-artísticos y aportar, en muchas ocasiones fotográficamente, materiales que sirvieran de base para la elaboración de las historias y tradiciones nacionales. Entre las actuaciones prioritarias de las nuevas instituciones arqueológicas habría que destacar la elaboración de corpora documentales, fichas y repertorios que incluían siempre la fotografía. Había que conocer, para admirar y estudiar, el patrimonio nacional. Bajo este espíritu se promulgó, en Junio de 1900, el Real Decreto para la realización del Catálogo Monumental y Artístico de la nación, una obra iniciada por un joven M. Gómez-Moreno y tras la que latía la actuación de una destacada personalidad como fue Juan Facundo Riaño y Montero (González Reyero, 2005). A esta progresiva concienciación y actuación sobre el patrimonio contribuyeron definitivamente medios fotográficos muy dispares, como las enciclopedias ilustradas, los manuales, las tarjetas postales y las conferen-cias. La reacción ante las pérdidas o ventas que se produjeron en estos años contribuyeron a impulsar medidas legislativas -como la paradigmática ley de 1911-para proteger el patrimonio español. Por ejemplo, la venta al extranjero de parte de las piezas de Guarrazar se hizo pública en 1859, cuando Sommerard publicó en el Moniteur Universel su adquisición por el museo de Cluny. Surgió entonces en España un movimiento de indignación que se registra en las sesiones parlamentarias y académicas, así como en los periódicos. Incluso tras la proclamación de esta ley de 1911 las denuncias continuarían, destacando Lázaro Galdiano cómo "una nación que no sabe estimar y conservar sus glorias y sus tesoros, está condenada a morir" (Lázaro Galdiano, 1925, 23). Las páginas de Archivo Español de Arte y Arqueología recogieron artículos que exhibían una destacada parte gráfica como parte de estas denuncias. J. Cabré publicó, en 1929, un trabajo en el que denunciaba la huida al extranjero de un retrato de Don Pedro de Montoya, obispo de Osma, ahora en The Art Institute de Chicago (Cabré, 1929, lám. I). También desde las páginas de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos J. R. Mélida denunciaba el estado de las antigüedades y reclamaba una ley que regulase su tratamiento: "las antigüedades viven en España de milagro. Todo ello podría evitarlo una ley de antigüedades oportunamente aplicada" (Mélida, 1897, 24). Ante esta situación se decide actuar: "nos atrevemos a abrir en esta revista (...) una sección especial destinada a dar cuenta todo lo detallada que sea posible de los descubrimientos que ocurran en nuestro suelo patrio". La fotografía era ya vehículo para esta difusión del patrimonio: "Cada cual podrá enviar a la revista noticias de los hallazgos (...) y todavía, si pueden los comunicantes acompañar tan precisos datos con un ligero plano del terreno y algún croquis o dibujo, cuando no sea posible una fotografía, de las piezas descubiertas, prestarán un servicio señaladísimo a la ciencia" (Mélida, 1897, 25). La revista contribuyó, así, a la creación de un foro de opinión interesado por el conocimiento y protección de los monumentos, como también harían otras como La Ilustración Española y Americana, el Semanario Pintoresco Español o Mundo Gráfico. Al mismo tiempo, las diapositivas posibilitaron la presencia visual de las antigüedades en conferencias y clases. En España, esta presencia de las diapositivas comenzó a finales del s. XIX, cuando destacan algunas conferencias en el Ateneo madrileño. Así, Antonio Cánovas de Castillo, presidente de esta institución, escribía a Arturo Mélida acerca de su conferencia sobre el claustro de San Juan de los Reyes el 4 de Marzo de 1890, indicándole que se harían "las fotografías que usted considere necesario", rogándole además que "aprovechando el aparato de proyección, preparase usted para este curso otras conferencias sobre Arte" (Sánchez Vigil, 2001, 379, nota 315). Así, pues, el Ate-neo disponía de un proyector ya en 1890 y alentaba el uso de las diapositivas. Poco después, en 1899, Cabello y Lapiedra pronunció una bajo el título Excursiones por la España árabe, en la que la proyección de diapositivas desempeñaba un importante papel: "a lo desaliñado del texto, suplirá el procedimiento gráfico por medio del aparato de proyecciones" (Cabello y Lapiedra, 1899, 129). Pionera sin duda en España fue otra conferencia pronunciada en enero de 1906 por Antonio Cánovas del Castillo y Vallejo "Kaulak". Mediante la proyección de diapositivas, Kaulak defendía el valor documental de la fotografía, ya que sólo ella permitía conocer las particularidades del mundo (Sánchez Vigil, 2001, 334). Poco tiempo después, en 1898, J. R. Mélida reclamaba un aparato de diapositivas para las conferencias del Museo Arqueológico Nacional. Estas conferencias, de temática diversa y, según Mélida, gran aceptación, le hicieron pensar que podrían "marcar el carácter docente que corresponde a nuestro museo". Solicitaba, para ello, la ayuda "del Ministerio de Fomento para poder habilitar un aparato de proyecciones que permita mostrar a un público numeroso monumentos arquitectónicos y pequeños objetos que no es posible que vean a un tiempo más de seis personas" (Mélida, 1897, 27). El Marqués de Cerralbo fue también un temprano conocedor de las posibilidades que brindaban las diapositivas. Dentro de los ciclos organizados por la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias Cerralbo habló, en octubre de 1915, sobre las necrópolis celtibéricas que había financiado: "Voy, pues, a que desfilen ante vuestra docta vista algunas proyecciones que proporcionan idea de los hallazgos que conseguí en mi arqueológica exploración" (Aguilera y Gamboa, 1916, 13). Los descubrimientos se presentaban mediante las diapositivas: "la más rica en mobiliario y hasta en el número de sus tumbas, es Aguilar de Anguita, que presento en proyección" (Aguilera y Gamboa, 1916, 15, fig. 1). Gómez-Moreno fue, sin duda, defensor y otro de los primeros incorporadores de las proyecciones a sus conferencias. Así, el Instituto de Historia del CSIC conserva más de ocho cajas de diapositivas 4 x 4 procedentes de la donación de este investigador y de R. de Orueta. Especialmente interesantes resultan varias cajas con fichas numeradas de las diapositivas que utilizaba Gómez-Moreno para ilustrar sus conferencias 16. Diego Angulo Iñiguez recordó cómo las clases de D. Manuel se impartían en torno a "la mesa central de trabajo, una pizarra y unos sobres con fotografías" (Angulo, 1970, 37). En los años siguientes, García y Bellido comenzó la elaboración de un fichero de fotografías en la Universidad Central de Madrid, un proyecto tras el que late su experiencia en los seminarios alemanes. Parte, al menos, de este fichero debió destinarse a las proyecciones de imágenes en las clases. De hecho, la utilización de diapositivas comenzó a ser más usual en los años 30. Así, por ejemplo, Gómez-Moreno comentaba a Bosch en 1933 la posibilidad de llevar a Barcelona una serie de conferencias sobre temas medievales "con un magnífico repertorio de diapositivas" (Cortadella, 2003b, XIV). A pesar de su mayoritaria destrucción durante la guerra, hemos podido comprobar cómo al menos parte de este importante fichero se incorporó al nuevo CSIC, donde se conservan todavía diapositivas con el rótulo de la Universidad Central. Podemos suponer que estos materiales fueron trasladados al Centro de Estudios Históricos por el mismo García y Bellido o R. de Orueta, posiblemente ante el mayor riesgo que corrían en la propia Universidad. En cualquier caso constituyen un valioso testimonio de este repertorio iconográfico formado en la Universidad de Madrid. Otro notable agente de difusión de monumentos y antigüedades fueron las tarjetas postales. A pesar de su carácter comercial y de sus estereotipadas y, en ocasiones, poco documentales vistas constituyen hoy un documento a tener en cuenta. Además, su frecuente utilización contribuyó, sin duda, a difundir una determinada visión de ciertos edificios y antigüedades. Entre las más conocidas destaca la casa Hauser y Menet, que comenzó en 1892 la edición de las tarjetas postales ilustradas, popularizando imágenes como la fuente de los arrayanes de la Alhambra y el teatro romano de Sagunto, entre otras (Carrasco, 1992, 107). Esta difusión y conocimiento de los restos arqueológicos que facilitó la fotografía actuó determinantemente en la progresiva concienciación sobre el patrimonio y en la reacción ante pérdidas como las de Guarrazar o la Dama de Elche. La fotografía mostraba la evidente importancia de los restos exiliados, acicatando un clima de opinión tendente a impulsar medidas que se verían legalizadas a partir de 1911. La progresiva incorporación de la fotografía modificó las técnicas y la metodología arqueológica, pero también las formas de mirar y de acercarse al pasado, la difusión ahora acelerada de sus restos y el debate y discusión que los continuos descubrimientos generaban. Como ya señalara André Malraux, a partir de la generalización de la fotografía la Arqueología y la Historia del Arte serían la historia de aquello que puede fotografiarse (Malraux, 1947, 32). Por todo ello, parece hoy funda-mental abordar lo que podríamos denominar la esfera visual de la Arqueología. La incorporación de la fotografía supuso, también, la transformación de las que habían sido las técnicas habituales de representación de los objetos antiguos. Comenzó, así, una larga convivencia, un proceso dialéctico en que fotografía y dibujo se definieron como complementarios en el lenguaje arqueológico. Mientras la generalización de la fotografía conllevó una interesante redefinición del dibujo, el vaciado fue desapareciendo en los primeros años del s. XX. Resultaba ya fundamental, en la investigación arqueológica, una toma de datos a partir del original. La repercusión que alcanzó la fotografía está unida a la búsqueda, característica de finales del s. XIX y principios del XX, de unas fuentes más fiables para el estudio del pasado. En esta búsqueda de rigor la fotografía tuvo una misión de comprobación. El deseo de objetivar las fuentes y presentar datos puros remitía a la concepción historicista de dejar que los datos hablasen: hilvanándolos sin más surgiría la historia. Paralelamente, la significativa "moral de la ciencia" (Cacho Viu, 1997, 53-57), impulsora de la práctica científica y de la difusión de sus logros, coadyuvó también a fomentar la utilización de la nueva técnica fotográfica. La nueva técnica se aplicó entre 1860 y 1939 a unos estudios, los arqueológicos, que cambiaron de forma fundamental. Así, la fotografía intervino en diferentes tradiciones de investigación, desde el historicismo idealista de gran perduración a la reelaboración del positivismo decimonónico a partir de las matizaciones de Spencer. Con estos esquemas, y bajo la creciente importancia de, entre otros, la arqueología histórico-cultural, se llevó a cabo la profesionalización e institucionalización de nuestra arqueología. Así, la fotografía se generalizó, a principios del s. XX, en el marco de una Historia esencialista, historicista y krausopositivista (Jover, 1999). Ésta fue, sucintamente, la tradición científica en que se produjo la llegada y asimilación de la técnica fotográfica. La fotografía se adaptó a estos cambios, a las diferentes formulaciones y acercamientos que protagonizaron la Arqueología española. Su apariencia cambió conforme lo hacía la ciencia arqueológica. Su llegada contribuyó tanto a la asimilación de sucesivas corrientes interpretativas como a la perduración de otras como el comparatismo y la argumentación de paralelos. Aumentó los instrumentos de análisis y difundió numerosos iconos y estereotipos sobre las culturas del pasado. Su imagen brindó nuevas posibilidades al análisis estilístico y, con ello, potenció la aplicación y perduración de sus criterios. Con su enorme capacidad de difundir objetos y monumentos, contribuyó a que la investigación arqueológica española recurriese, frecuentemente, a explicaciones de tipo difusionista. Por todo ello, los argumentos visuales han influido notablemente en la ciencia arqueológica. El impulso definitivo para su generalización se produjo en España a principios del s. XX. A ello contribuyeron varios factores, como la mayor facilidad de su técnica, el abaratamiento de la edición fotográfica o la creciente demanda de comprobantes visuales. Sin embargo, su extensión se vio motivada, de forma fundamental, por su adecuación a lo que parecían ser las exigencias de la nueva ciencia, por su idoneidad con los planteamientos historicistas y positivistas. La fotografía contribuyó, en este sentido, a superar la retórica dominante en la ciencia del s. XIX y a fijar y conformar un método propio de la ciencia arqueológica. Se subrayaba la necesidad de realizar inventarios, repertorios y corpora, instrumentos para conocer, y estudiar después, los materiales del pasado. Se buscaba un método ordenado y fundamentado en datos seguros. Se huía del retoricismo vacío y vacuo. Aquellos objetivos se cumplieron sólo parcialmente. La falta de un apoyo institucional continuo junto a otros factores, como la guerra, contribuyeron a truncarlos. La incorporación de la técnica fotográfica fue un fenómeno irregular y heterogéneo, dependiente de los múltiples factores que, en todo momento, condicionaron la investigación. Tendríamos que esperar hasta los años 30 del s. XX para asistir a una práctica arqueológica española que incorporaba plenamente la fotografía. En este camino irregular destacan ciertos proyectos o trayectorias personales que difundieron y propagaron su uso. A un nivel más general, si examinamos la aplicación de la fotografía a la arqueología habría que hablar, en definitiva, de un viaje "from certainty to uncertainty" según el título del conocido libro de D. Peat (2002). De la certidumbre que en un principio suscitaba la imagen fotográfica a la incertidumbre que, ya a finales del período estudiado, y de acuerdo con las inquietudes posmodernas, comenzó a instaurarse. La consulta de las publicaciones periódicas españolas 17 permite comprobar cómo la generalización de la fotografía a la arqueología se produjo en este período comprendido entre 1898 y 1936. Con anterioridad, entre 1860 y 1898, predominaron los temas medievales, levemente más representados que la protohistoria. La presencia de antigüedades romanas era, en estos momentos, menor, siguiéndole la etapa moderna y la prehistoria. Entre 1898 y 1936, momento de la institucionalización de la arqueología en nuestro país, los restos romanos alcanzaron una leve mayoría sobre los temas protohistóricos o medievales. La prehistoria experimentó un notable incremento, situándose ahora por encima de las tomas dedicadas a la Edad Moderna. La influencia de la fotografía en la práctica científica tuvo, como siempre ocurre, varias facetas y múltiples consecuencias. Transformó y condicionó el discurso científico y la percepción del arte. Supuso la disponibilidad de algunos objetos y el "desconocimiento científico" en que cayeron otros, menos difundidos mediante sus "exactas" imágenes. Como testimonio de una época -y de una práctica científica determinada-la imagen fotográfica muestra siempre, en primer lugar, la intención del autor. Supone una selección de la realidad condicionada siempre por la persona que realiza la toma. Paralelamente, el intercambio de imágenes promovió el conocimiento de la cultura material que se descubría en otras partes del mundo y la consiguiente discusión científica. Ya en 1911 Elías Tormo tomó e incorporó al CEH más de 150 fotografías del arte español que guardaban los museos de Italia, Austria, Hungría, Rumanía, Alemania, Rusia, Holanda y Bélgica, gracias a una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios. La fotografía transformó los grandes corpora de materiales, tradicionalmente basados en el dibujo. Hizo vislumbrar la posibilidad de proyectos más globales, de sistematizar, por ejemplo y paradigmáticamente, las cerámicas del Mediterráneo antiguo (Fig. 11). Su rápida y mecánica imagen proporcionó la ilusión de la globalidad. La acumulación de datos -o de testimonios fotográficos-sobre cualquier tema sería cada vez más necesaria en la argumentación científica. En este sentido, la escasez de un cuestionamiento, en la historia de la arqueología española, sobre la veracidad de la fotografía pudo deberse a que ésta respondía muy bien a la necesaria argumentación y defensa de las teorías de cada investigador. Dibujo y fotografía formaron progresivamente un código o lenguaje, un discurso paralelo al escrito. En la posguerra la fotografía sería cada vez más usual y abundante, pero sus usos continuaron, no obstante, un esquema semejante al que se había desarrollado en el primer tercio del s. XX. Pese a los cambios personales, institucionales o a las directrices científicas ahora prioritarias, los usos de instrumentos fundamentales de la investigación, como era la fotografía, continuaban fundamentándose en los logros de la preguerra. No en vano, investigadores ahora claves como A. García y Bellido, M. Almagro Basch, J. Martínez Santa-Olalla, L. Pericot o B. Taracena se habían formado en ese ambiente del primer tercio del s. XX. Así, en su Esquema Paletnológico de la Península Ibérica (1946) J. Martínez Santa-Olalla concedía un interesante papel a la parte gráfica. La obra defendía, sabemos, la influencia celto-aria en la Antigüedad peninsular, minimizando el papel ibero y en contra del esquema paletnológico elaborado por Bosch Gimpera. Santa-Olalla señalaba los "muchos elementos de estudio y comparación que faltan" en la investigación española y cómo "se precisan dispendios enormes de viajes, dibujos y fotografías" (Martínez Santa-Olalla, 1946, 13). Estos "repertorios visuales" eran concebidos ya como uno de los elementos sustanciales para la investigación. Su uso de la parte gráfica resulta igualmente ilustrativo: "en nuestro repertorio iconográfico hay mucho típico y clasificador (...), pero hay mucho también que es la demostración gráfica de nuestros puntos de vista personales, incluso su complemento, y, en algún caso, su rectificación" (Martínez Santa-Olalla, 1946, 15). Las láminas eran, pues, la complementariedad del discurso, pudiendo completarlo y continuarlo, rectificarlo incluso. También otro arqueólogo formado en la preguerra y en Alemania, M. Almagro Basch, nos transmitió en su Introducción al estudio de la Prehistoria y de la Arqueología de campo (1967) su concepción respecto a la fotografía. Argumentaba, así, cómo "no se trata de hacer fotografías buenas, buenísimas. Lo que exige la excavación son las fotografías adecuadas a documentar lo que el director arqueólogo ve y necesitará siempre como referencia insustituible para sus hallazgos. Las tomas debían reflejar "lo que el director ve y necesitará". Reproducían, por tanto, parte del registro, conforme a la interpretación del director. Éste tenía que poder valorar, al instante, la importancia de un estrato o estructura determinada. Fotografiarla antes de hacerla desaparecer. Este proceso de incorporación de la fotografía, irregular y heterogéneo, discurre paralelo a la institucionalización y profesionalización de la arqueología, de la que es reflejo y testimonio. La herencia positivista posibilitó que se dotase a la fotografía de gran credibilidad, que fuese prueba y argumento en el debate o ante las dudas creadas por los nuevos materiales descubiertos. Al examinar la evolución de la ilustración arqueológica, y su papel en la argumentación científica, resulta claro cómo la imagen fotográfica ha modificado y modela aún el discurso arqueológico actual. Ya lo indicó el primer director del Museo Arqueológico Nacional, Pedro Felipe Monlau, cuando presentó ante la Academia de Ciencias de Barcelona el invento de la fotografía y señaló la conveniencia de su aplicación a ciertas ciencias: "la iconología científica experimentará una especie de revolución" (Monlau, 1839). Con la generalización y mayor facilidad fotográfica a partir de los años 20 los arqueólogos incorporaron frecuentemente una sucesión de argumentos visuales en sus trabajos. El mensaje se construía en relación a la sucesión de tomas, el conjunto componía y transmitía la teoría del autor. Así, en su conocida Iberia arqueológica ante-romana, discurso de entrada a la Real Academia de la Historia, J. R. Mélida exponía unas láminas formadas con piezas como la Dama de Elche (Lám. X.1), esculturas del Cerro de los Santos, tanto de la colección del Museo Arqueológico Nacional (Lám. X.3 y XI.1), como del Antropológico (Lám. XI.2), exvotos de la colección de A. Vives (Lám. XII), el tesoro de Jávea (Lám. XIII) o las estelas de Burgos (Lám. La exposición de estos argumentos fotográficos revestía, en esta temprana fecha de 1906, una gran importancia. Tras las ideas de De la Rada, quien concebía el mundo ibérico bajo una fuerte influencia egipcia, Mélida presentaba su teoría, que valoraba en mayor medida el desarrollo peninsular de los pueblos ibéricos. Las piezas, reproducidas mediante la fotografía, permitían la comparación y un nuevo examen que encontrase, en ellas, su verdadera adscripción y débitos. En esta dinámica, la exposición de una importante parte gráfica pasó a ser básica en la argumentación científica. En ocasiones se ha operado, incluso, un excesivo recurso a la fiabilidad de la imagen fotográfica. La argumentación científica, y el consiguiente diálogo y debate, se habría empobrecido en no pocas ocasiones. No podemos dejar de recordar aquí las premonitorias palabras de quien había sido un gran impulsor y utilizador de la fotografía, el británico John Ruskin. Al alba del s. XX, cuando la fotografía era todavía infrecuente en la investigación española, indicó cómo deseaba, en las conferencias, "a little less to look at" para la argumentación de cualquier teoría (Ruskin, 1903(Ruskin, -1912, 366), 366). El recurso excesivo a la evidencia de la imagen podía empobrecer las argumentaciones y eliminar el necesario debate. Con la aparición y generalización de la fotografía parece haberse operado una metamorfosis del discurso arqueológico, de sus mecanismos de comprobación, argumentación y exposición. La imagen fotográfica se ha configurado, así, como un importante factor que modeló e interfirió en la Historia de nuestra disciplina. La conformación de esta "civilización de la imagen" en que vivimos también ha conllevado una transformación de nuestro papel como arqueólogos. En este sentido, nuestra disciplina debería entrenarse en lo que podríamos llamar "el complicado arte de mirar". En un análisis de la Historia de nuestra disciplina, sus imágenes, estudiadas dentro de una hermenéutica adecuada, aportan valiosos datos, indicativos de su estado e intereses. La fotografía proporciona una mirada inédita sobre los diferentes acercamientos que han protagonizado la Arqueología española. Cada imagen fotográfica constituye un reflejo de las múltiples facetas que componen la intrincada Historia de la Arqueología española. GÓMEZ, L., (eds.) 1999a: La cultura ibérica a través de la fotografía de principios de siglo. Un homenaje a la memoria, Madrid. BLÁNQUEZ PÉREZ, J.; ROLDÁN GÓMEZ, L., (eds.) 1999b: La cultura ibérica a través de la fotografía de principios de siglo. Las colecciones madrileñas, Madrid. PALABRAS CLAVE: Fotografía y Arqueología, Historia de la Arqueología en España (1860-1939), Cultura Ibérica, estudios estilísticos, comparatismo.
Este artículo se basa en el capítulo de Ibn Rušd sobre los atributos qaÝ×' wa-qadar de All×h, que se ocupa del concepto de "predestinación", como ejemplo de una aproximación racionalista que introduce conceptos filosóficos en un viejo debate religioso. Es mi propósito presentar el argumento de Ibn Rušd que contiene inequívocas alusiones aristotélicas; por tanto, la armonización de la religión y la filosofía implícita en sus argumentos es uno de los puntos que trataré de explorar en este trabajo. Igualmente, estoy interesada en la cuestión de si las soluciones propuestas por Ibn Rušd suponen un térmimo medio entre dos posiciones enfrentadas y resuelven el eterno problema del determinismo. Este trabajo discute también si Ibn Rušd defiende la predestinación, es decir, la cuestión de si los sucesos están predeterminados por Dios antes de que tengan lugar. Palabras clave: Ibn Rušd; determinismo; predestinación; filosofía aristotélica en el Islam; al-Gazz×lê.
Las monedas de las Taifas siguen constituyendo una valiosa fuente de información histórica, de gran utilidad para el estudio de la evolución política e ideológica de al-Andalus después de la caída del califato. Las monedas de los hùdíes de Zaragoza y, en especial, las acuñadas por el fundador de la dinastía, Su-laym×n al-Musta'ên son un buen ejemplo de lo que pueden decirnos las distintas inscripciones de las monedas acerca de la situación política durante los primeros años de la dinastía. Este artículo se centra en un singular tipo de monedas de plata atribuidas al primer hùdí, Sulaym×n, que muestra un lema šê'í, relacionado con la wil×ya de'Alê, problemático en extremo, ofreciéndose un estudio sobre su significación ideológica y las diferentes circunstancias políticas que pudieron haber justificado su aparición en esta emisión. Palabras clave: Monedas hùdíes; Sulaym×n al-Musta'ên; la wil×ya de'Alê; Taifas; legitimidad.
Los gramáticos árabes medievales' tenían como objeto de interés un estado de lengua bien determinado, el kalám aU'arab o lengua de los árabes «puros», que venía a coincidir con el árabe usado en el Corán. Tal estado de lengua tenía su razón de ser, según los gramáticos, en que sus hablantes, los'arab, se expresaban según su natural y sin influencia de otros idiomas que hubiesen podido alterar su lengua. De modo que quedaban excluidos de la descripción y de la argumentación los dichos (o escritos) de los muwalladün, esto es, de los árabes «mestizos», que, por haberse mezclado con otros pueblos, se expresaban en una lengua afectada de corrupción (fasád). Y se consideraba que la corrupción que invalidaba los testimonios de los hablantes se produjo en tomo al siglo II de la hégira/vill después de Cristo para los habitantes de las ciudades, y al iv/x para los beduinos del desierto. Este principio metodológico se mantuvo ñrme desde que al-Jalíl y Sïbawayhi fundaron los estudios gramaticales árabes 2, o sea, la descripción de las reglas fonológicas y morfosintácticas tal como se ha ido llevando a cabo durante siglos. Y de dicho principio: que el corpus de la lengua árabe lo integraban solamente los dichos de los árabes «puros», deriva una serie de consecuencias prácticas: 1) a partir de los siglos indicados los gramáticos dejaron de utilizar la encuesta lingüística, por falta de hablantes competentes; 2) la elaboración de las reglas gramaticales, por medio de la analogía, no tuvo otra base posible que el corpus ya recogido y cerrado, y 3) los testimonios • Agradezco a Jorge Lirola Delgado que me haya facilitado una copia del libro de Ibn Jarüf estudiado aquí; a Elisa A. Peña Alonso y Miguel Vega Martín, que hayan disipado mis dudas sobre ciertos términos jurídicos y teológicos, y a Maribel Fierro y Delfina Serrano sus valiosos comentarios al último borrador del presente escrito. ^ Y asimismo los léxicos (luga), para los que también valen las restricciones metodológicas sobre las pureza de los'arab a las que acabamos de referimos. (sawâhid), que servían a la inducción de reglas y procuraban ilustraciones en los libros de gramática, no podían nunca proceder de hablantes «mestizos» ^ Este importante fimdamento de la gramática árabe medieval no ha recibido de la historiografía lingüística contemporánea la atención que merece. Apenas contamos con algún estudio que aborde de modo comprensivo el asunto de los testimonios en gramática, incluyendo cierta leve desviación del principio de invalidez de los hablantes «mestizos»' ^. El paso adelante respecto del principio metodológico establecido, esa leve desviación, lo dieron, por una parte y en el extremo occidental del mundo islámico, Ibn al-Sïd al-Batalyawsï (m. 521 h./1127 d.C), a quien podemos considerar el mayor filólogo y lingüista de al-Andalus, y la valoración de cuya obra, en materia de lengua, textos y hermenéutica parece ya estar produciéndose, más allá de su incursión en la filosofía ^; y, por otra, en Oriente, su contemporáneo Abu l-Qasim al-Zamajsarï (m. Dicha innovación consistía, en ambos casos, en la aducción de testimonios de hablantes tardíos, y por tanto «mestizos», como argumentos gramaticales. En el caso de al-Zamajsarí, se trataba de un verso de Abu Tammám (m. 231/845), a quien el gramático oriental consideraba autoridad en materia lingüística en virtud del siguiente razonamiento: Abü Tammám ftie un gran antologo de poesía árabe «pura» (en su antologm Al-Hamàsa); por tanto, podemos considerarlo un gran conocedor de ésta; así que sus propios versos, obra de un experto en árabe «puro», son admisibles como testimonios. Y, con esta ^ Sobre todo esto, v.'Umar, A.M., Al-Baht al-lugawV ind al-'arab, El Cairo, 1982, 1953; Peña Martín, S., La obra lingüística y filológica de Ibn al-Síd al-Batalyawsï, Tesis Doctoral, Universidad de Granada, 1987, 58-134, y Ferrando, I., Introducción a la historia de la lengua árabe: Nuevas perspectivas, Zaragoza, 2001, 117-133. "^ V. Peña, S., «El corpus de los lingüistas musulmanes y la noción de autoridad». Si este asunto, el de las citas de hablantes tardíos, apenas ha suscitado interés entre los historiadores de la lingüística árabe, éstos tampoco han reparado, que sepamos, en que esa misma innovación metodológica la mantuvo otro gramático en el Occidente islámico de los almohades. En efecto, el andalusí Ibn Jarùf ^^ (m. ca. 609/1212) recurrió también a testimonios tardíos para la descripción gramatical. Y lo hizo en su comentario a Al-Yumal, el célebre manual de gramática de al-Zayyáyí (m. ca. 340/951), que tanta labor escolástica generó en el Occidente islámico ^K Siguiendo, pues, la estela de Ibn al-Síd, el sevillano (tal vez rondeño de origen) Ibn Jarùf utiliza en su Éarh Yumal 'an haqâ' iq al-tanzîl wa-'uyün al-aqâwîlfiwuyû'h al-ta'wîl, Beirut, s.d wa-l-Sila, éd.'Abbâs, L, Beirut, 1965, Y, 319-22 (n.° 635), entre las varias fuentes biográficas que de él se ocupan. ^' Se ha afirmado que de Al-Yumal se escribieron en al-Andalus y el Mágreb unos ciento veinte comentarios. Uno de los más antiguos en la Península fiíe el de Ibn al-'Arïf (m. Más tarde el libro fue comentado por los dos gramáticos más sobresalientes de al-Andalus en época almorávide: Ibn al-Síd e Ibn al-Taráwa (m. Fue precisamente en la época de éste, durante los siglos vi-vii = xii-xiii, cuando más proliferaron los comentarios a Al-Yumal en al-Andalus. 669/1271), que escribió nada menos que tres, se cuentan entre los contemporáneos de Ibn Jarüf que hicieron como él con el manual oriental. El movimiento se prolongó bien avanzada la época nazarí, pero eso ya no nos afecta aquí. V., sobre lo anterior, Peña, S., La obra lingüística y filológica, 432 y ss. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es al-Zayyáyí^^, y siempre en la argumentación gramatical, versos de Abu Nuwás y de Abu Tammám, cuyos nombres no declara, limitándose a hablar de «lo que dijo el poeta»; pero también, en una ocasión, de al-Mutanabbï, a quien sí nombra. Detengámonos en esta cita explícita de un testimonio debido a un poeta tardío ^^, que vivió en medios urbanos durante el siglo IV de la hégira, de manera que se trata de un hablante «mestizo», que hablaría un árabe «corrupto», si nos atenemos a los fimdamentos que expusimos al principio. Pues bien, la cita aparece ^^ al tratarse la partícula exclamativa WÂ-('¡ay!, ¡qué!') de conmiseración (nudba), cuyo uso ilustra Ibn Jarüf con una exclamación atribuida al califa'Umar b. al-Jattáb (m. 23/644), a quien, por supuesto, sí podemos considerar hablante de árabe «puro», y un hemistiquio de al-Mutanabbï: Wâ harra qalha-hu mim-man qalbu-hu sahimu ('¡Qué corazón tan caliente para un corazón helado!'). No se trata, desde luego, de una ruptura absoluta con la metodología de la argumentación por medio de testimonios (istiShád), puesto que las palabras de al-Mutanabbí vienen a unirse al sáhid (árabe «puro») del califa'Umar ^^. Pero, por eso mismo, la introducción de un hemistiquio de un poeta tardío y urbano es de todo punto innecesaria y sorpresiva desde la perspectiva usual. Téngase en cuenta que Ibn Jarüf podría haber recurrido a algún testimonio poético «puro», si es que lo consideraba oportuno, como los que incluye Sïbawayhi al tratar de esta misma cuestión gramatical ^^; y, asimismo, que ni el gramático comentado, al-Zayyâyï, incluyó ilustración o testimonio algunos al respecto en su manual ^^, ni Ibn al-Síd, a cuya contribución está muy atento Ibn Jarüf, trató las exclamaciones conmiserativas en su'" Sarh Yumal al-Zayyàyî, ed.'Arab, S.M.'U., Yámi'at Umm al-Qurà, 1418 h.'^ Una sugestiva introducción a la figura del poeta la ofi-eció E. García Gómez, «Mutanabbi, el mayor poeta de los árabes (915-965)», Escorial III (1941) comentario a fumai ^^. Hemos de considerar, pues, que Ibn Jarùf está llevando a la práctica, y con determinación, una actuación metodológica de mucho relieve, por más que contase con el precedente, que probablemente conocía, de Ibn al-Síd. Este inusual proceder de Ibn Jarùf es aún difícil de valorar en la historia de la filología en el Occidente islámico, dados nuestros conocimientos. Pero nos ofi*ece indicios claros acerca de una de las vías por donde podría ir la investigación en tomo a la gramática y, más ampliamente, a la vida intelectual bajo los almohades, lo que se ha llamado la revolución cultural de los almohades. Dicha revolución ha sido recientemente estudiada por M. Fierro en sus aspectos jurídicos ^^. Pero seguimos sin saber cómo afectó al otro sector de las ciencias islámicas interpretativas: la gramática y la filología. El asunto, no obstante, fiíe hace décadas suscitado en nuestro ámbito por E. García Gómez, cuando acogió con entusiasmo cierto opúsculo polémico, el Kiâb al-Radd'ala l-nuhàt ^^ (Libro de la contestación a los gramáticos) de Ibn Madá' (m. 592/1196), en el que vio una valiosa respuesta, de orden religioso, contra lo que habrían sido desviaciones propias de alfaquíes y de orientales ^^r La última característica de la revolución almohade es su ardiente búsqueda del hontanar de la pura espiritualidad y su guerra a muerte contra los trampantojos de los alfaquíes casuistas, esterilizadores y farisaicos. Pero también en la gramática hay alfaquíes. Ibn Madá de Córdoba arremete contra ellos para raer de la filología árabe cuanto es faramalla y vegetación parásita, y enfrentarse con las realidades lingüísticas tal como se dan efectivamente.'^ Ibn al-Sid al-Batalyawsí, Kitüb al-Hulalfiislàh al-jalal min Kitàb al-Yumal, ed. Sa'üdi, S.'A.K., Bagdad, 1980.'^ V., sobre todo, «The legal policies of the Almohad caliphs and Ibn Rushd' s Bidáyat al-mujtahid», Journal of Semitic Studies 10:3 (1999), 226-48. Una visión cercana a la de García Gómez la ofrece Ramón Guerrero, A., El cordobés Ibn Madá (1119-1196) y la reforma de la gramática árabe. Universidad de Granada, 1984; en tanto que, por los mismos años, se inició una valoración del gramático cordobés desde otra perspectiva, pero sin que todavía se haya llegado, que sepamos, a conclusiones defmitivas. Para una breve y acertada caracterización de Ibn Madâ' y de su significado, v. Ferrando, I., Introducción a la historia de la lengua árabe, 123. A Ibn Madá' podemos, desde luego, considerarlo adherido al movimiento almohade. En Tïnmâl llegó a darles clase a los hijos del califa'Abd al-Mu'min ^\ y el tercer califa, al-Mansùr, lo puso al frente de la máxima dignidad judicial ^^. El propio Ibn Madá' deja clara su vinculación a la causa de Ibn Tùmart y a la dinastía mu'miní en la introducción al Kitáb al-Radd'ala l-nuhát, escrito en tiempos de al-Mansür, al confesar la impecabilidad del Mahdí y al afirmar que sus sucesores, los tres primeros califas (los dos nombrados y Abü Ya'qùb Yüsuf) eran «herederos de la grandiosa posición» del Mahdí ^^^ entrando así en el debate, palpitante para los Mu'miníes, sobre el carisma que habria pasado del «mesías» fundador del movimiento a la dinastía que reinó en su nombre. Tenemos, de este modo, dos hechos sentados: 1) Ibn Madá' es un portavoz, y acaso artífice, destacado del discurso oficial almohade, y 2) formuló una crítica a ciertos aspectos del método seguido por los gramáticos representantes de la corriente, que, iniciada por los «imames» de Basora y Cufa, se actualizó en Bagdad en el siglo IV/X y alcanzó en al-Andalus su máxima expresión con Ibn al-Síd. Pero la comprensión plena de la propuesta de Ibn Madá' exige que se tengan en cuenta no sólo sus aspectos ideológicos en el marco de la revolución almohade, sino, por un lado, el estado de los estudios gramaticales hasta su tiempo, y, por otro, su intento de verter en la gramática sus principios como teórico del derecho, sobre todo en materia de fuentes jurídicas. De manera que, cuando nos preguntemos por el empeño de Ibn Madá' por cercenar las cuestiones a las que debe responder el gramático, habrá que buscar la explicación combinando elementos de esos tres ámbitos: 1) La sacralización de todas las manifestaciones del Estado teocrático almohade, lo que incluía poner el saber al servicio de la propia causa y el intento de sentar unas nuevas bases de organización jurídica. 2) La posición de los záhiríes ^^ (como el propio Ibn Madá'), que, enfrentados con las otras escuelas de hermenéutica, pretendían -^ limitar el ejercicio de la 22 YiQXïo, M., «The legal policies», 234. ^^ Ramón Guerrero, A., El cordobés Ibn Madá\ 19-20. 24 Kitáb al-Radd, 11, 2^ Una excelente exposición condensada de los principios záhiríes la ofrece Adang, C, «Ibn Hazm on homosexuality: a case-study of záhirí legal methodology», Al-Qantara XXIV, 1 (2003), 5-35 (v. 2^ La posición contraria de los primeros califas almohades ante el málikismo y su apoyo al záhirismo los expone Fierro, M. «The legal policies», 234 y ss. analogía (qiyàs) y la opinion (ra'y), en lo que costituyó un ataque frontal a la interpretación activa, así como el uso de la jurisprudencia (taqlíd), lo que suponía invalidar la interpretación acumulada. 3) La concepción, mantenida en la práctica por muchos, como Ibn Jarüf, de que los gramáticos han de reflexionar sin limitaciones sobre el lenguaje, contra la que se vuelve Ibn Madá'; antes de quien hubo ya sabios que lanzaron propuestas simplifícadoras de la gramática, como es el caso del andalusí al-Zubaydi (m. 379/989) ^l De manera que, al abordar el estado de la filología y la gramática bajo los almohades, no basta con considerar la propuesta de Ibn Madá', quien, al menos en su Kitáb al-Radd'ala l-nuhát, no acometió la tarea de revisar desde los cimientos la metodología de los gramáticos; de ahí que no tratase ni la cuestión de los testimonios tardíos ni otras muchas, fimdamentales. Respecto a ese punto concreto de la cita de sawâhid «mestizos», cabría tal vez aventurar que la actuación de al-Zamajsarí, Ibn al-Síd e Ibn Jarùf, consistente en conceder valor probatorio a dichos de hablantes tardíos, estaría en contra del abandono del ray ('opinión') por los juristas záhiríes, pues supone admitir en hablantes tardíos la capacidad de expresarse como árabes «puros» gracias al conocimiento adquirido. Aunque precisamente el ataque al argumento de autoridad y, por tanto, la omisión de uso de la jurisprudencia, supone valorar en mucho, si bien por otro camino, la labor del sabio tardío, que puede prescindir de los doctores y enfrentarse solo a las ftientes. Pero esto es internarse en un terreno inexplorado. La proñmdización en la historia de la gramática bajo los almohades exige, como es lógico, que se considere la obra de otros sabios del lenguaje y el texto, también vinculados a las élites almohades, tales como Abü l-'Abbás al-Sarïsî (m. 620/1222), quien declaró explícitamente su adhesión al régimen instaurado por los Mu'miníes ^s. O, asimismo, que contemos con la labor de otros sabios, tal vez menos afectos al estado de cosas instaurado por los seguidores del alfaqui y «mesías» Ibn Tùmart (m. 524/1130), como fiíe seguramente el caso de Ibn Jarùf, quien vivió ambulante por al-Andalus y el Norte de África, alternando, como medio de vida, la enseñanza de la gramática con ^^ En su manual de gramática.Kitáb al-Wádih, ed. Jalífa,'A.K., Jordania [sic], 1976. -^ En la introducción a su Sarh Maqâmàt al-Harm al-Basrï, ed. Yamíl, S.M., Beirut, s.d., 9-14. Sobre al-Sarïsï, como estudioso del léxico, v. Arias Torres, J.P., Estudios léxicos en al-Andalus (siglo VI h./XII c), Tesis doctoral. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es AQ, XXVI, 2005 la fabricación y venta de utensilios de madera ^^, lo cual permite concluir que mantuvo cierta distancia con los cuadros de mando mu'miníes, a diferencia de Ibn Madá'. Aunque es cierto también que Ibn Jarüf contó, al menos circunstancialmente, con el mecenazgo de los Mu'miníes, pues el cuarto califa, al-Násir, lo premió con una elevada suma de dinero por uno de sus libros, su comentario al Kitáb de Sïbawayhi ^^. El cuadro que va formándose ante nosotros gana precisión con el dato 3^ de cierta polémica que mantuvieron ambos gramáticos, Ibn Jarüf e Ibn Madá'. El último fixe autor de un escrito en que, a juzgar por su título y en consonancia con lo que expone en su Kitáb al-Radd'ala l-nuhát, pretendía mostrar cómo el texto del Corán está exento de cualquier falta contra la claridad expositiva (bayán); a ello respondió Ibn Jarüf con otro escrito donde defendía a los doctores (a Hmma) de la gramática de los errores y omisiones que algunos les atribuían 32. La materia de discusión: el propio texto de la palabra revelada por Dios ante los hallazgos de los gramáticos es indicativo del ámbito en el que se movían los dos sabios. Como es significativo el desdeñoso juego de palabras a partir del nombre de Ibn Jarüf (literalmente, «el Hijo del Cordero») con que Ibn Madá' acogió la respuesta de éste: «No nos han preocupado los cameros mejor armados, y ahora nos salen al paso los hijos de los corderos...». Ése no fiíe el único enfrentamiento de Ibn Jarüf con otros gramáticos andalusíes; como tampoco lo fixe por parte de Ibn Madá', quien, en su Kitáb al-Radd'ala l-nuhát, critica abiertamente a los andalusíes al-A'lam al-Santamarï (m. 476/1083) y a su contemporáneo Abu 1-Qásim al-Suhaylî (581/1185-6), relacionado asimismo con la dinastía mu'miní, pues fixe preceptor de los hijos de Abü Ya'qüb Yüsuf ^^ Estas polémicas entre gramáticos, que venían siendo usuales en épocas anteriores, parecen indicio de que también en época almohade la filología seguía ofreciendo múltiples y graves puntos para el debate. Que Ibn Jarùf cite como testimonio gramatical un hemistiquio de al-Mutanabbï es, en sí mismo, un hecho reseñable, y que habrá que valorar debidamente en la historia de la gramática en al-Andalus. Para ello será necesario tener en cuenta que Ibn Jarüf no está sino llevando adelante una propuesta metodológica de Ibn al-Síd, el alfaqui de la época de los almorávides, con la cual no se produce, pues, ruptura en este ámbito. ¿Quiere esto decir que la revolución almohade no afectó en nada a la evolución de los estudios gramaticales en el Occidente islámico? Aún no estamos en condiciones de poder responder a una pregunta como ésta. Para hacerlo, habrá que considerar que los dos frentes de actividad intelectual considerados aquí, el jurídico y el filológico, incluida la gramática, comparten, como hemos dicho, un mismo ámbito, el de la interpretación (hermenéutica). No hace mucho M. Fierro tradujo el título de uno de los libros cardinales en la constitución del discurso almohade, la Bidâyaî al-muytahid wa-nihâyat aUmuqtasid de Averroes, del modo siguiente: «El comienzo para quien se esfiíerza por llegar a una interpretación personal y el fin para quien se contenta con un conocimiento adquirido de otros» 3"^. Esta versión perifrástica sitúa el razonamiento jurídico en el núcleo de la actividad hermenéutica. Y esto es lo que hay que subrayar: que los avatares de la gramática en tiempos de los almohades han de considerarse a la luz de cómo los sabios musulmanes se sitúan ante el problema de la interpretación. Ibn al-Síd, contemporáneo de Ibn Tümart y alfaqui como él, desarrolló en profimdidad la base común, hermenéutica, de las ciencias jurídicas y las filológicas en su Kitàb al-Tanbîh ^^. Y el propio Mahdí de los almohades abordó, en varios de sus escritos y adoptando la perspectiva y los fundamentos de los gramáticos, asuntos del interés de éstos, como las complejas relaciones entre lafz ('verba, expresión') y ma'nà ('res, contenido'), o los mecanismos lingüísticos de la hermenéutica textual 36. Los problemas de la interpretación ofi'ecen, pues, una perspectiva adecuada para enfocar el estudio de la gramática bajo los almohades. Cuando Ibn Jarùf se atreve a incluir abiertamente unas palabras de al-Mutanabbï y les da valor de testimonio en la descripción de la lengua árabe «pura», la del Corán y las Mu'allaqát, no sólo está reconociendo el gran valor del poeta sirio, sino admitiendo la posibilidad de que individuos que no son árabes, que no son beduinos, que no son contemporáneos del apóstol Muhammad, puedan, una vez instruidos convenientemente, emitir actos de lengua aceptables. Esa misma perspectiva puede ser provechosa a la hora de valorar la contribución de Ibn Madá', quien, con su intento de simplificación, está lanzando una propuesta limitadora de la capacidad interpretativa de los sabios tardíos; oponiéndose, por así denominarla, a la corriente «humanística» (por su confianza en la razón humana y su apoyo en la crítica textual) que en al-Andalus representó a la perfección Ibn al-Síd. Por otro lado, si el mismo patrón de pensamiento que plasma Ibn Jarùf lo trasladamos a la hermenéutica sacra y a la teoría del derecho, aparece ante nosotros, con toda claridad, el asunto esencial que plantea el título del libro de Averroes según la versión de M. Fierro. A saber, cómo es que lejos, en el tiempo y en el espacio, de la Arabia del apóstol Muhammad, pueden reelaborarse las ciencias y los discursos islámicos con tantas garantías como lo hicieron los primeros musulmanes. Sigue pendiente la cuestión de hasta qué punto los principios záhiríes no avalarían precisamente, con su rechazo del argumento de autoridad de los doctores, el que hablantes tardíos o, en general, sabios tardíos adopten una posición activa en la elaboración los saberes islámicos. Pero esto ya excede, con mucho, de nuestros objetivos aquí, que han sido: 1) mostrar que la hermenéutica práctica (no la filosófica) y su aplicación social fue un ámbito privilegiado donde se jugaron algunas de las claves de la construcción cultural almohade; 2) que ésta se levantó en parte sobre elaboraciones realizadas en época almorávide, y 3) que la hermenéutica ha de ocupar un primer plano entre los elementos que manejemos al escribir la historia de la filología bajo los almohades. ^^ V. Ibn Tùmart, Muhammad, A'azz mâyudab, edición de Abu l-'Azm,'A.G., Rabat, 1997, passim, especialmente, 60
La publicación de esta sección monográfica arranca del proyecto de investigación «Violencia y castigo en sociedades islámicas premodemas (al-Andalus y el Magreb)», dirigido por Maribel Fierro y de cuyo equipo formo parte. Uno de los objetivos de dicho proyecto consistía en abordar el tema en tomo a dos ejes: la conducta violenta constitutiva de delito y el castigo violento de la infi-acción de la ley K Consideramos a las fuentes legales, que para el caso del Occidente islámico pre-modemo son abundantes y de naturaleza muy variada, nuestro principal banco de información. Las posibilidades que ofi^ecen dichas fuentes para el tratamiento de la violencia han sido aprovechadas sobre todo por lo que respecta al estudio del derecho penal islámico, tema sobre el que la bibliografía empieza a ser cada vez más abundante. Sin embargo, las ocasiones en que se ha explorado la actitud de los artífices del derecho islámico, los alfaquíes, frente al acto violento han sido bastante menos frecuentes. No obstante, contamos ya desde el ámbito de la filosofía y desde el más cercano de los estudios del derecho islámico, con trabajos que nos proporcionan el punto de partida metodológico necesario para seguir adelante. De ellos, el más próximo a nuestro propósito es el libro de Kh. Abou El Fadl que, como indica su título, analiza la actitud de los juristas musulmanes ante la violencia ejercida por el gobernante o por quienes se oponen al gobernante ^. Las contribuciones a esta sección monográfica nos remiten a otro ámbito más privado del ejercicio de la violencia al que también conviene prestar atención. En ellas se explora la relación no sólo entre los individuos y el poder político, o entre el poder político y el sistema legal, sino las que se establecen entre los individuos y el sistema legal, aunque dada la naturaleza de las fuentes, una buena parte de estos «individuos» son ellos mismos parte del sistema legal y de su aparato de legitimación. A través de las fuentes legales observamos el proceso de elaboración y refinamiento de una doctrina que considera legítimo recurrir a la violencia, pero que define límites estrictos para su ejercicio y disuade de transgredirlos mediante castigos y compensaciones. La doctrina legal islámica prevé castigos corporales violentos también para algunos delitos que no encierran violencia fisica (calumnia, consumo de vino, apostasía, hurto y relaciones sexuales no legales), pero que son vistos como una ruptura del orden jurídico, religioso y social establecido. En el derecho islámico el castigo se aplica a los delitos considerados de carácter público (bandolerismo, robo, consumo de vino, relaciones sexuales no legales, calumnia y apostasía) y la compensación, en forma de talion o de reparación económica, a actos violentos que sólo pueden perseguirse por iniciativa privada (homicidio, heridas y daños corporales). El homicidio intencionado pasa a tener un carácter público -es decir, el gobernante o sus representantes adquieren el derecho a actuar como parte en el proceso-cuando la víctima no tiene familiares conocidos, cuando los familiares no denuncian el crimen, cuando la familia decide negociar con el acusado el perdón del talion a cambio de una compensación económica, cuando contra el acusado pesa una fiíerte sospecha pero no pruebas concluyentes y finalmente, y sólo para los juristas de la escuela málikí, si el crimen se ha cometido con el fin de robar a la víctima (ar. gíla, término que M. Arcas traduce por alevosía y C. MüUer por «cupidité» o codicia). En este último caso, el delito se asimila al bandolerismo y su castigo es la crucifixión (véanse artículos de M. Arcas, Ch. Müller y C. Barceló). En todos los demás casos en que el homicidio intencionado se consi- Al tiempo que los juristas tratan de disuadir del recurso injustificado a la violencia, de la apropiación indebida de los bienes ajenos y de otras transgresiones del orden jurídico, establecen unas normas de proceso e introducen unos requisitos para la prueba del delito de cuyo cumplimiento estricto hacen depender que pueda aplicarse la pena correspondiente. A su vez, y para evitar la impunidad a la que el seguimiento escrupuloso de estas normas podría dar lugar, admiten la sospecha como indicio y la clasifican según diversos grados a los que se asigna una tabla proporcional de castigos discrecionales y/o de períodos de encarcelamiento. Y cuando no puede emitirse una condena a muerte o un castigo corporal sobre la base de pruebas determinantes o de indicios, queda, como señala Ch. Müller, la violencia moral de te~ ner que cometer perjurio, el rechazo social hacia el sospechoso, la ruina económica incluso. Las restricciones del proceso penal islámico limitan considerablemente el derecho a recurrir a la violencia que poseen el gobernante, las autoridades, la persona que ha sido objeto de heridas y golpes por parte de otra persona y los parientes de la víctima de un homicidio. Por su parte, la elaboración de una tabla de castigos proporcional al nivel de sospecha limita los poderes discrecionales de los que disponen el gobernante y las autoridades judiciales para actuar en estos casos. Se trata de una doctrina sofisticada, con mecanismos para equilibrar la balanza cuando el peso se inclina demasiado hacia uno de los lados, y cuyo conocimiento requiere de un nivel elevado de entrenamiento, al alcance de una selecta minoría de juristas que se sirven de ella para arrogarse un estatus superior al de los demás juristas, al de los magistrados no religiosos e incluso al del gobernante. La doctrina penal islámica se dota de sus propios antídotos fícente a la arbitrariedad y al abuso a través de unas normas de proceso y de prueba muy restrictivos. Un ejemplo significativo, ilustrado por M. Marín, es el del abandono en la práctica del acta de inculpación por delitos de sangre (tadmiya) como prueba decisiva contra el acusado, dados los abusos de los que podía ser objeto. Por otra parte, se intenta reducir la carga violenta de la ley mediante el encomio de la concesión del perdón por parte de la familia de la víctima y mediante la re-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es comendación de no denunciar ciertos delitos como las relaciones sexuales no legales (véase artículo de D. Serrano) y el consumo de vino. M. Arcas observa que la concesión del perdón al acusado por parte de la familia de la víctima no era una mera recomendación moral sino una práctica relativamente frecuente. Lo demuestra el hecho de que los formularios notariales contengan modelos de acta de concesión del perdón del talion y que se conserven documentos reales de este tipo. El control del proceso por homicidio y asesinato que se otorga a la familia de la víctima, desde la denuncia del crimen, pasando por la prueba y terminando por el castigo, es un rasgo que se considera característico de la justicia penal islámica pero que, sin embargo, y como muestra C. Barceló, funcionaba también en la justicia cristiana de Valencia, con una diferencia significativa, no obstante: en la mayoría de los castigos previstos por la doctrina penal islámica se excluye el suplicio. Excepciones a este principio serían la amputación de los miembros y la crucifixión en el caso del bandidaje y la lapidación en el caso de las relaciones sexuales no legales; ello indica la gravedad que ambos delitos tenían a los ojos de los juristas musulmanes. De acuerdo con la jurisprudencia málikí, cuando el talion se impone como compensación por el homicidio intencionado, ha de ejecutarse por muerte a espada o infligiendo al acusado el mismo tipo de muerte que éste dio a su víctima. Si se trata de daños corporales, se exige efectuar en el acusado un daño exactamente proporcional al recibido por la víctima y si no es posible garantizar la total equivalencia, se ha de buscar a un médico que realice la operación o imponer el pago del precio de sangre que corresponda. En el caso analizado por C. Barceló, sin embargo, vemos que la búsqueda, captura y ajusticiamiento del asesino es otorgado a la familia por la autoridad cristiana sin pretensión alguna de controlar la ejecución de la pena. Las contribuciones de M. Marín y Ch. MüUer permiten observar de cerca el funcionamiento de distintas instancias policiales y judiciales implicadas en la investigación y persecución de los delitos de sangre, bien cuando esas autoridades son de tipo jurídico-religioso o cuando no siéndolo operan dentro del marco de la doctrina legal islámica. Las fuentes jurídicas no dejan lugar a dudas sobre el hecho de que la doctrina malikí estuvo vigente en la práctica, también en el ámbito de la justicia penal, aunque es posible observar la existencia de (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es ciertos desajustes. Un ejemplo de ello es la tortura, aplicada en los casos analizados por M. Marín y Ch. Müller, pero no admitida en la doctrina al menos antes del siglo XIII. De la literatura jurídica no debemos inferir, sin embargo, que todo el mundo tuviera acceso a la justicia religiosa, que la justicia religiosa pudiera llegar a todo el mundo o que se tratara del único tipo de justicia en funcionamiento ^. Las fuentes jurídicas que se conservan no son archivos judiciales y cuando sus autores relatan casos reales lo hacen a través de una serie de filtros que en unas ocasiones dejan atrás datos que puedan resultar embarazosos, en otras prestan atención sólo a personajes o a litigios de cierta importancia social o política y en general excluyen detalles que se considera carecen de relevancia legal. No es que los juristas fueran insensibles ante la violencia o reacios a expresar crítica, condena, compasión, comprensión frente al delito y a su castigo sino que cuando lo hacen no siempre es de manera explícita y en todo caso y como queda demostrado en el libro mencionado de Kh. Abou El Fadl, la respuesta ante una situación violenta que les perturba casi siempre queda sometida a las dinámicas de poder propias de su disciplina. De esta manera, cuando los investigadores quieren reconstruir circunstancias que desencadenan la comisión de un acto violento, motivaciones de los que denuncian, factores extralegales que pueden influir en las decisiones que toman las autoridades implicadas en los procesos, etc., necesitan realizar una labor de auténtica arqueología textual, ilustrada en las contribuciones de M. Marín, C. Barceló y D. Serrano, a no ser que tengamos la suerte de contar con un relato paralelo de los hechos en otra fuente, como sucede con el asesinato de al-Tubnï, analizado por Ch. Frente al jurista, el historiador que nos habla del caso, Ibn Hayyán, no duda en explicar las circunstancias del drama, un complejo conflicto familiar cuyo trágico desenlace comprende, hasta el punto de llegar casi a justificarlo. Aquí nos damos cuenta no sólo de lo mucho que es posible recuperar cuando contamos con varias versiones de un mismo suceso sino también de todo lo que perdemos cuando no es así. ^ Sobre la justicia del soberano en al-Andalus véase Fierro, M. (éd.), De muerte violenta. Abou El Fadl por su parte resulta muy útil para observar puntos de fricción entre la justicia del soberano y la de los juristas. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es A pesar de las numerosas precauciones a tomar, a pesar de las carencias y limitaciones, las cinco contribuciones a esta sección monográfica nos enseñan que, afinando metodología y técnicas de análisis, se puede conseguir que, por lo que respecta a la violencia en las sociedades islámicas pre-modemas, las fiíentes legales digan mucho más de lo que sus autores quisieron o pudieron transmitir.
Los delitos de sangre intencionados ('amí/^"), es decir, las lesiones y homicidios cometidos con animus necandi, están penalizadas con el talion (qisás/qawad) siempre que se cumplan los requisitos exigidos por la ley. No obstante, el derecho islámico contempla la existencia de hasta catorce motivos que pueden impedir la ejecución de esta penalización K Entre estos impedimentos figura el perdón ('afw) otorgado al autor del delito por la persona o personas que estén en posesión de este derecho. Como bien señala al-Báyí (m. Se os ha prescrito la ley del tallón (qisas) en casos de homicidio: libre por libre, esclavo por esclavo, hembra por hembra. Pero si a alguien le rebaja ('ufíya) su hermano la pena, que la demanda sea conforme al uso y la indemnización apropiadal», pero además el Libro Sagrado anima a perdonar en términos generales sin una compensación material a cambio, sino por obtener la recompensa y el favor de Dios \ MARÍA ARCAS CAMPOY ^g, XXVI, 2005 En virtud del perdón, el inculpado queda libre del talion pero no del cumplimiento de una sanción pública {'adáb) que consiste en cien azotes y un año de prisión según la mayoria de los juristas ^. También puede ser concedido el perdón a cambio de una compensación o precio de la sangre, con una tarifa convencional {diyat al-'amd), distinta de la composición legal {diyat al-jatü'), con una tarifa determinada y que se aplica en los delitos de sangre no intencionados ^. Además, como se verá después, el culpable perdonado {al-ma Jü'an-hu) puede ser penalizado con el destierro {nafy) ^. Esta transacción por la que se otorga el perdón, mediante cualquiera de los procedimientos mencionados, se denomina en árabe sulh, término que significa «paz», «reconciliacióm>, «arreglo», «avenencia». Merece ser destacado, por su claridad y precisión, el resumen que de todo ello ofi*ece el muñí de la aljama de Segovia, Ice de Gebir (s. XV) ^: «Qualquiera que matare á sabiendas y ftiere probado por testigos ó por juras y después lo perdonare la parte, aunque la parte le perdone, entra en él la justicia, y aya cien acotes y esté presso un año. Los que á sabiendas hizieren heridas tales que hayan de recibir sus semejantes y no pagaren omizilio, sean sobre aquello castigados en el grado de su maleficio de acotes y prisiones y destierros y semejantes castigos, porque salieron á hazer el daño en defendido lugar acordadamente y cada uno en su grado y merecimiento en quanto á la justicia, aunque ayan satisfecho á la parte; entra en ellos la justicia, y pues ya ñie puesto en su poder, no los dexen sin castigo». El capítulo sobre el perdón ('afw) del talion por delitos de sangre en el Muntajab al-ahkám de Ibn AbíZamanln. Descripción y comentario "^ Jalíl b. Isháq, Mujtasar, Nueva edición, Dar al-fíkr, Beirut, 1995, 280, y Abrégé de la loi musulmane selon le rite de l'Imâm Mâlek, trad. Bousquet, G. H., Argel-Paris, 1956-1962, 4 vols., IV, 38, manifiesta que el homicida con intencionalidad también recibiría este castigo público si hubiera dado muerte a un zoroastriano (mayüsí) o a su propio esclavo; Ibn Yuzayy, Qawànïn al-ahkám al-sar'iyya wa-masá'il al~furû' al-fîqhiyya, éd. Sayyid al-Ahl,'A.'A., Beirut, 1979, 376, indica que al-Sáfí'í y Abu Hanîfa se mostraban en contra de este tipo de castigo. ^ Ibn Yuzayy, Qawànïn, 376-77, incluye la composición por muerte del feto (diyat al-yanîn). ^ Arévalo, R., Derecho Penal Islámico, 15, menciona el destierro como una pena contemplada en el derecho islámico. • ^ Suma de los principales mandamientos y devedamientos de la ley y çunna (junto con Leyes de Moros del siglo xiv), en Tratados de Legislación Musulmana, ed. de Gayangos. El derecho penal en al-Andalus continúa siendo una de las materias menos estudiadas a pesar de la amplitud y diversifícación de las investigaciones llevadas a cabo sobre temas jurídicos ^. Las páginas de este trabajo, dedicadas a la edición y comentario del capítulo del perdón del talion en el Muntajab al-ahkám de Ibn Abï Zamanïn (m. 399/1008) ^, pretenden contribuir a la ampliación del conocimiento de la acción penal ejercida en al-Andalus conforme al criterio de la escuela malikí. El Muntajab al-ahkám es un tratado de jiqh malikí que recoge gran cantidad de fragmentos procedentes de obras anteriores así como las opiniones de afamados maestros del derecho, con la finalidad de aconsejar a los jueces en el ejercicio de su profesión. De esta obra, a la que varios investigadores han dedicado sus estudios, hasta el momento sólo existen ediciones parciales llevadas a cabo en los últimos años, siendo la más destacable por su extensión y continuidad temática -comprende los libros I y II-la realizada por Ibn'Atiyya al-Raddád al-Gâmidï en 1998 ^o. El libro IX del Muntajab al-ahkám, aún inédito, contiene catorce capítulos sobre materia penal (yináyát), siete de ellos -del número 31 al 37-sobre los delitos de sangre. Uno de estos capítulos, el rf 37, trata del perdón del talion. Conforman el citado capítulo tres fragmentos, uno de la Mudawwana, otro de la Wádiha de Ibn Habïb y el tercero de una samá'a ^^ de'Isa b. Dínár, además de un comentario del propio Ibn Abï Zamanïn. Los tres fragmentos del capítulo objeto de estudio, de desigual extensión, son los siguientes: Aunque no consta en el texto, se trata de un fragmento de la Mudawwana ^^ en el que aparece Sahnün (m. 191/806) quien con frecuencia incluye las respuestas dadas por Málik b. Son varias las cuestiones contenidas en este fragmento: -En primer lugar, Ibn al-Qásim refiere que preguntó a Málik sobre un hombre que concede el perdón de un delito de sangre intencionado ('an al-damifil-'amdí), siendo el homicida (qàtil) libre y sin haber quedado establecida la cuantía de la composición (diya), pero después la solicita. Málik le respondió que sólo tendría derecho a lo que pide, si existiera una razón conocida y jurara que su perdón no supuso una renuncia a la compensación (má kâna'afwu-hu'an-hu tant" li-l-diya^'). ludí respuesta a la cuestión planteada pone de manifiesto que la persona que concede el perdón puede hacerlo sin mediar transacción pecuniaria alguna ^^. Un buen ejemplo de la posibilidad de actuar de este modo se encuentra en el formulario de Ibn al-'Attár ^' *. Se trata de un modelo de escritura de perdón por un delito de sangre intencionado en la que la víctima de la agresión, antes de recuperar la salud, manifiesta su voluntad de abandonar su derecho al talion y de perdonar al culpable en nombre de Dios «con el fin de obtener Su recompensa y procurar Su aprobación, tratando de ser virtuoso y deseando perdo-nar tal como exhorta Dios -^bendito y exaltado sea-según Su palabra: «Perdonad y estaréis más cerca de la piedad. No olvidéis el favor mutuo» (Corán II, 237). Ni la víctima, Fulano, ni nadie por su causa podrá ir contra Mengano de forma alguna». En términos muy parecidos están redactados los modelos de actas sobre este mismo supuesto en los formularios notariales de Ibn Mugît (m. 459/1067) *^ -«Documento de perdón [otorgado por] el querellante de la inculpación de un delito de sangre intencionado (watíqa^"" bi-'afwi l-mudammí'an tadmiya^''amé'')» -y al-Yazm (m. 585/ 1189) ^^ -«Acta de perdón de la inculpación de un delito de sangre {'aqdu 'afw''''an tadmiyaP"). Si se diera el caso de que, después de haber otorgado gratuitamente el perdón, la víctima o sus representantes quisieran percibir el precio de la sangre, estarían obligados a justificar su reclamación y a jurar que su perdón no excluía una composición. Esta manera de proceder, seguida por los juristas malikíes, está expuesta de forma ordenada y precisa en el Mujtasar de Jalíl (m. hacia 776/1374) ^^. La composición económica o precio de la sangre por un delito intencionado (diya/'aql) ha de establecerse entre las partes interesadas, por ello, si se acordara en términos vagos e indeterminados, su cuantía se reduciría a los límites fijados para la composición llamada agravada (mugallaza) de los delitos involuntarios >^. -La segunda cuestión planteada por Ibn al-Qásim a Málik ^^ se refiere al caso de un hombre que es asesinado y deja hijos menores (sigár) ¿Quedará el homicida (qâtil) a la espera de que alcancen la mayoría de edad los hijos de la víctima (maqtül)? La opinión de Málik al respecto es que este asunto debe pasar a manos de los parientes agnados (awliyá') mayores, quienes podrán optar por exigir la ejecución del taHón o conceder el perdón, siempre que quede establecido el precio de la sangre, pues en ningún caso podrían perdonar sin determinar la compensación (diya) ya que también se trata de un derecho de los menores ^o. Éste es el procedimiento más aconsejable cuando los representantes de los menores teman la desaparición o anulación de la penalización del delito debido a la duración del tiempo que ha de transcurrir hasta alcanzar la mayoría de edad ^K Muhammad b. 256/876) 22 refiere al respecto que su padre, Sahnùn, dijo que cuando se presume que pueda perderse o anularse el delito (fawádu l-dami wa-butlmu-hú), el hermano de la víctima u otro pariente {wali) están facultados para ejercer el derecho al talion, pero que si no existe temor en este sentido, se esperará a que el impúber sea mayor. Y cuando preguntó a su padre qué es lo que pueden temer los parientes, Sahnün respondió que era la posibilidad de huir, sobre todo cuando el culpable es de otro tugar. Asimismo si la víctima deja hijos menores o mayores y dicen al menos dos de los mayores: «Haremos la gas ama ^3 y lo mataremos, sin esperar a los menores», pueden hacerlo porque, según la explicación de Málik que está recogida por Ibn Abí Zamanín, los menores no están facultados para el juramento (yamín) y, además, si quedara pendiente el asunto hasta la mayoría de edad de los menores, desaparecerían los derechos a la composición. Jalïl 24 recoge este criterio seguido en el madhab malikí al igual que el granadino Ibn Yuzayy 25 quien, además, señala la discrepancia mostrada al respecto por al-Sáfi'í (820/204), fundador de la escuela jurídica de su nombre. También, si lo desean, los mayores (kibâr) pueden otorgar el perdón después de haber reclamado el precio de la sangre, permaneciendo así los derechos a la compensación de los hermanos menores, pero ^^ Esta explicación aparece en el texto de la Mudawwana, pero no en el del Muntajab. ^' Hallaq, W., art. cit., 67-69, señala que, por el contrario, la corriente de opinión de Mutarrif e Ibn al-Mâyïsûn, fue seguida por Ibn Rusd al abogar por que los menores alcancen la mayoría de edad. 2^ Arévalo, R., Derecho Penal Islámico, 18, define la qasàma en estos términos: «es un medio probatorio extraordinario de cincuenta juramentos consecutivos que han de prestar solemnemente los poseedores de la acción penal siempre que exista una previa y grave presunción del delito que los juristas musulmanes denominan lawt». 2^ Qawânîn, 376. si no perdonan los mayores, tampoco podrán hacerlo en su día los impúberes cuando alcancen la mayoría de edad. -La tercera cuestión se refiere al caso de la víctima que deja hijos e hijas, siendo los varones los que realizan la gas ama por un delito de sangre intencionado ('ala al-'amd) ^^ ¿Pueden las hijas solas conceder el perdón? La respuesta de Málik es rotunda: «No, porque ellas no hacen el juramento de la gasáma» ^^ en caso de homicidio con intencionalidad. Los juristas malikíes, de oriente y occidente, defienden esta prohibición. El Kitàb aUTafrV del jurista bagdadí Ibn Yalláb (m. En su versión romance aljamiada conservada en el manuscrito J-XXXIII de la Biblioteca de la Junta (de finales del siglo XVI) 28 reza lo siguiente: «i-esto es cuando será su-conto de=llos desde cincuenta onbres fasta-dos onbres... No-jure en=ello la-mujer ni-algama'^a de mujeres». 386/996) 29, Ibn al-'Attár ^^ e Ibn Yuzayy ^K Este último precisa que los parientes de la víctima deben ser varones agnados (al-dukür aU'asaba) y que «no jurarán las mujeres ni los impúberes (sibyán) ni un hombre solo, sino [al menos] dos hombres». Esto significa que el perdón no puede ser concedido sólo por las hijas, sino por todos los hijos, varones y hembras, o por lo menos por uno de cada sexo. -La cuarta cuestión se refiere al asesinato con alevosía (gíla) ^^. Sahnùn pregunta a Ibn al-Qásim si es lícito llegar a un acuerdo (sulh), 1982 [reimpresión, 1983], 20, define la alevosía como «Traición o perfidia», y añade que «Según el Código Penal Español: Hay alevosía cuando el culpable comete cualquiera de los delitos contra la vida. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es para perdonar el talion a cambio de la percepción de una composición (diya). Su respuesta remite a la opinión de Málik, quien manifiesta que el asesinato con la agravante de alevosía (gíla) es equiparable al acto de bandolerismo (hirába) por lo que ha de ser de ser juzgado y sentenciado por la autoridad (sultán) y, tras ello, el homicida será castigado a morir por un golpe en el cuello o crucificado ^^ como si se tratara de un bandolero (muhárib). La obligatoriedad de ejecutar al homicida que, valiéndose de engaño y traición, cause la muerte de una persona, esta basada en la actuación y en las palabras del segundo califa del Islam recogidas en el Muwatta' ^'^. Según Sa'ïd b. al-Musayyib, el califa'Umar b. al-Jattáb mató a cinco o siete hombres porque ellos habían matado alevosamente {glla) a un hombre y dijo: «Aunque los habitantes de Sana' estuvieran en contra, yo los mataría a todos». Varios juristas, entre ellos al-Qayrawànî ^5 e Ibn Yuzayy ^^, recogen en sus tratados la imposibilidad de otorgar el perdón en caso de homicidio con la agravante de alevosía {gíla), Ibn Yuzayy se expresa en estos términos: «No es lícito el perdón cuando hay alevosía, pues, aunque lo deseen los representantes de la víctima, el imam mandará la ejecución del homicida (qátil)» 3^. Ibn Abí Zamanín interviene en esta cuestión definiendo el concepto de alevosía y matizando los móviles que pueden inducir al asesino a actuar de esta manera. Dice este jurista andalusí que existe la agravante de alevosía (gíla) cuando «una persona es traicionada y engañada para que vaya a un lugar en el que se esconde [el agresor] y cuando llega a él, es asesinada». No obstante, añade Ibn Abí Zamanín, debe conocerse el móvil del crimen, porque «si lo engañó por existir animadversión y enemistad entre ambos hasta matarlo, es lícito [otorgar] empleando medios, modos o formas en la ejecución que tiendan directa y especialmente a asegurarla, sin riesgo para su persona que proceda de la defensa que pudiera hacer el ofendido». ^^ El fragmento con ligeras variaciones y más extenso se encuentra en al-Miidawwana, VI, tomo XVI, 430. ^^ Muwatta' li-Imâm Málik, recensión de Yahyà b. 3' ^ Compárese con Arévalo, R., Derecho Penal Islámico, 24 y 70: a los inculpados de estos dos tipos de delitos no se les aplicará el talion y serán sentenciados a muerte por la autoridad, «no obstante el posible perdón o indulgencia de los familiares de la víctima». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es tierro no cumple lo acordado o lo cumple durante un tiempo y después vuelve. La respuesta de Asbag es afirmativa, pero pone como condición que el delito de sangre (dam) haya quedado establecido mediante una prueba (bayyina) antes de producirse la transacción (sulh). De no ser así, sólo tendrían derecho a lo que reclaman presentando un argumento (huyya). Y añade que en los casos de heridas iyiráhát) se procede del mismo modo. Se trata de una «audición» {sama'a) del jurista andalusí Isa b. 212/827) sobre un supuesto de homicidio intencionado de un cristiano cometido por un correligionario. El fi'agmento refiere un caso expuesto por el jurista cordobés Yahyà b. Según este caso, un cristiano (nasrâni) mata intencionadamente (yaqtulu 'amd''") a otro cristiano, dándose las circunstancias de que la víctima sólo tiene walíes musulmanes y de que el culpable abraza el Islam. ¿Debe ser castigado con el talion? Ibn al-Qásim se inclina por la concesión del perdón ('q/w), pero reconoce que los representantes de la víctima tienen derecho a pedir el talion (qawad), si lo desean, porque ambos -asesino y víctima-profesaban la misma religión el día de autos. La respuesta de Ibn al-Qásim contempla dos opciones derivadas de sendas interpretaciones. De una parte, se muestra favorable a la concesión del perdón ('qfw) al homicida porque está recomendada en el Corán, pero también es posible que haya tenido en consideración el hecho de su conversión al Islam. Sin embargo, reconoce que este asunto también ha de verse desde la perspectiva de un homicidio entre infieles ya que, tanto la víctima como el homicida, eran cristianos cuando se produjeron los hechos y que, por lo tanto, existe el derecho a exigir el talion. Se trata, pues, de la aplicación del talion por delitos de sangre intencionados entre personas de igual condición, aunque no sean musulmanes. Todos los infieles, sin distinción, han de ser castigados con el talion por el hecho de haber matado a otro infiel, es decir, a un igual. Así lo recogen varios juristas, entre ellos Ibn Yuzayy "^^ y también Jalîl ^^, quien especifica que es el caso, «del que pertenece a la La descripción y comentario del capítulo del Muntajab aUahkàm sobre la concesión del perdón del talion sugieren algunas consideraciones finales. En primer lugar, hay que tener en cuenta su género dentro de la literatura jurídica, ya que se trata de una obra de jurisprudencia (fiqh) que recoge fragmentos de otros tratados y opiniones de diversos juristas anteriores a Ibn Abï Zamanîn. Así pues, nos hallamos ante una obra compuesta por un alfaqui andalusí del siglo X con un clara finalidad: la de servir de vademécum a los magistrados que tuvieran necesidad de consejo en el desempeño del cadiazgo. Por ello, el capítulo objeto de este trabajo ha de ser visto desde la perspectiva que caracteriza a los tratados de jurisprudencia cuya casuística, salvo excepciones, se sitúa en un plano hipotético. Las preguntas y las respuestas, procedentes de la Mudawwana, describen con precisión situaciones posibles, supuestos que pueden darse en la vida real, pero no ofrecen datos sobre la identidad de sus protagonistas ni sobre su espacio geográfico ni sobre su tiempo. Sin embargo, el contenido de este capítulo pone de manifiesto las normas y los procedimientos legales más generalizados en los casos de perdón del talion en los que, sin duda, se vieron implicados diversos individuos andalusíes en lugares y tiempos también diversos. El perdón del talion en los delitos de sangre intencionados debió de ser una práctica extendida en al-Andalus, no sólo por la esperanza de gozar del favor de Dios sino también por el beneficio que suponía a la víctima o a sus parientes la percepción de una compensación económica convenida (diyat al-'amd) entre las dos partes. Una muestra de ello se encuenta en los Formularios notariales andalusíes de Ibn al-'Attár, Ibn Mugît y al-Yazîrî donde figuran varios modelos de actas de perdón, unas en las que la parte perjudicada lo concede de forma gratuita y otras en las que lo hace a cambio de una composición. Además del perdón con o sin compensación, Ibn Abí Zamanîn incluye en este capítulo el destierro {nafy) como otra modalidad de transacción {sulh) entre las partes. Y recurre para ello a un fi*agmento de la Wàdiha de Ibn Habïb que refiere las palabras pronunciadas por el Profeta ante el abisinio Wahsï, el asesino de Hamza: «¡Aleja tu rostro de mí, que yo no te vea!», palabras que indican la posibilidad de convenir el perdón del talion a cambio de la expulsión del culpable del lugar de la víctima y de sus familiares. El último fragmento se ocupa de la acción penal cuando el delito de sangre intencionado se produce entre cristianos. Aunque en este caso el fiqh contempla la pena del talion (qisâs/qawad), también es posible la concesión del perdón, si así lo desea la parte perjudicada o el imam, si es que el asunto estuviera bajo su responsabilidad. Ibn al-Qásim se inclina por perdonar siempre el talion en situaciones similares. En definitiva, siempre existe la posibilidad de otorgar el perdón ('a/w), con o sin compensación, mediante un acuerdo o transacción (sulh) para evitar la ejecución del talion. Ante lo expuesto, no resulta extraño pensar que la mayor parte de los homicidios intencionados cometidos en al-Andalus fiíeron resueltos mediante compensaciones económicas, perdones absolutos o destierros. No ocurría así en los casos de homicidio con alevosía (gíla), equiparables a los de bandolerismo (hirába) quQ no podían escapar a la ejecución de la pena capital. Ambos delitos, con móvil de robo y uso de la violencia, pertenecen al ámbito del derecho público y úfiqh determina para ellos una sanción coránica (hadd). Edición del texto del capítulo n° 37 del libro IX del Muntajab al-ahkám de Ibn Abl Zamanln La edición del texto de este capítulo tiene como base el manuscrito n. "^ 1730/J de la Biblioteca General de Rabat, cotejado con el n."" 5952 de la biblioteca Nacional de Túnez. Los citados manuscritos figuran en las notas con las letras rá 'y tá' respectivamente. AQ, XXVI, 2005 CASUÍSTICA SOBRE EL PERDÓN DEL TALION 395 el perdón ('afw) al homicida (qátil) mediante una transacción (sulh) u otro medio, pero si lo engañó para apoderarse de sus bienes (málu-hü), entonces no es lícito el perdón y se castigará como el delito de bandolerismo (hirába)». -La quinta y ultima cuestión recoge supuestos relacionados con las composiciones pecuniarias por heridas (j^irâhât) inferidas a huérfanos y menores. Sahnün plantea a Ibn al-Qásim el caso de un huérfano iyatlm) que ha sido herido intencionadamente {yuriha'amd^'') y le pregunta si es lícito que su tutor (wasí) acuerde una compensación económica con el autor del delito (yárih). La respuesta de Ibn al-Qásim es afirmativa, pero advierte que el tutor siempre debe actuar velando por los intereses de su pupilo. Lo mismo ocurre en el caso de un menor (sagír), sea intencionada o involuntaria {al-'amd wa-1-jatà') la comisión del delito, no pudiendo ser la indemnización inferior a la tarifa (ars) establecida para las lesiones. Tampoco el padre, añade Ibn al-Qásim, puede admitir menos de la cuantía correspondiente a las heridas de su hijo, a no ser que el culpable sea insolvente (al-yàrih'adîm). Así consta en el Mujtasar de Jalíl b. Isháq 3^ entre otros tratados jurídicos malikíes. Ibn Abí Zamanín recoge un fragmento de la Wádiha del jurista andalusí Ibn Habib (m. 238/852) que contiene varios supuestos relacionados con la pena de destierro {nafy) ^9.'Abd al-Malik b. 224 ó 225/839 ó 840) el caso de un homicida {qátil) al que los hijos de la víctima (maqtül) le han impuesto el destierro en virtud de un acuerdo (sulh) previo de perdón. El jurista egipcio considera que esto es lícito, basándose en las palabras del Profeta dirigidas a Wahsí que se encuentran recogidas en este hadiz: «El Enviado de Dios, Dios lo bendiga y salve, dijo a Wahsí, [el hombre] que mató a Hamza, Dios esté satisfecho de él: ¡Aleja tu rostro de mí, que yo no te veal»' ^^. Ibn Habíb vuelve a dirigirse a su maestro para preguntarle si los hijos de la víctima tienen derecho a exigir el talion (qawad) o una composición pecuniaria (diya) cuando el homicida condenado al des- En el libro IX del Muntajab al-ahham del jurista andalusí Ibn Abî Zamanïn (m. 399/1008) figura un capítulo acerca del perdón {'afw) del talion {qisàs/qawad) en diferentes casos de delitos de sangre intencionados. Este trabajo ofi'ece el análisis y comentario de la casuística contenida en este capítulo, así como la edición del texto árabe a partir del manuscrito n? 1730/d de la Biblioteca General de Rabat y cotejado con el n? 5952 de la Biblioteca Nacional de Túnez.
Uno de los ejemplos más conocidos, en la historia de al-Andalus, de investigación criminal, es el protagonizado en Córdoba por el wàlî l-madína Muhammad b. al-Salím. Recién nombrado para este cargo por el emir'Abd al-Rahmán II, Ibn al-Salím fue informado del hallazgo de un hombre asesinado en el barrio de al-Qassabïn; el cadáver se encontraba dentro de un serón. La eficaz acción policial de Ibn al-Salím, que interrogó a los fabricantes de serones y pudo identificar a quien lo había comprado, en cuya casa se hallaron ropas del muerto, fixe recompensada por el emir con la concesión del título de visir K Las pesquisas policiales eran necesarias cuando no se contaba con testigos presenciales de un crimen de sangre, cuando faltaba la confesión del o de los culpables del crimen o cuando las circunstancias extraordinarias del caso así lo aconsejaban, como sucedió tras el asesinato de Abü Marwán al-Tubní en 457/1065 2. MANUELA MARÍN AQ, XXVI, 2005 islámico establecía, por su parte, toda una serie de normas sobre los procedimientos de prueba, castigo y compensación de los delitos de sangre, recogidas tanto en tratados ácfiqh como en las colecciones de «casos legales» o de consultas jurídicas ^. Cuando, como en el caso de al-Tubní, se pueden manejar y contrastar entre si informaciones procedentes de fuentes jurídicas y crónicas históricas, se obtiene un cuadro detallado -aunque siempre menos completo de lo que se desearía-de las repercusiones de un asesinato tanto en el plano individual como en el social. Sin embargo, y como es bien sabido, muchas de las consultas jurídicas conservadas carecen de referentes cronológicos o de otro tipo, y su análisis contribuye mucho más al estudio de la evolución de la jurisprudencia que al de las implicaciones sociales de los hechos que describen ^. En las páginas que siguen voy a tratar dos aspectos de la investigación sobre crímenes de sangre en textos andaíusíes ---sobre todo, pero no exclusivamente, jurídicos-en ios que se da la circunstancia de que sus protagonistas son personajes históricamente bien documentados. Ello permite afinar la percepción sobre las implicaciones de cada caso, las diferencias de opinión entre los juristas y la aplicación práctica de las normas legales. Inculpación de un delito de sangre por parte del agredido {tadmiya) En su extensa colección de casos legales, al-Burzulí (m. 841/1438) se pronuncia respecto a la tadmiya afirmando: «hoy día la práctica de los jueces ('amal) en Túnez es abandonarla. Eso mismo se ha transmitido de los andaíusíes a propósito de la cuestión del alfaqui al-Lu 'lu' î, que es bien conocida y ha sido mencionada por los historíadores» ^. ^ Un buen resumen de la teoría legal, en Arévalo, R., Derecho penal islámico. Véase también Chalmeta, P., «Acerca de los delitos de sangre en al-Andalus durante el Califato», El saber en al-Andalus. La tadmiya se consideraba uno de los fundamentos posibles de la prueba del delito y consistía en la acusación hecha por un herido grave, atestiguando la personalidad de su agresor ^. En al-Andalus se conocen casos concretos de ejercicio de esta clase de inculpación, como el protagonizado por una mujer llamada Fátima bt.'Alí, recogido en las Nawàziî de Ibn al-Háyy (m. Por su parte, los autores de modelos de documentos notariales incluyeron en sus colecciones formularios para esta clase de acusación; así lo hicieron Ibn al-'Attár (m. 585/1189) l Tanto en los comentarios jurídicos de estos autores al texto de los formularios como en otras discusiones de tipo legal se da por supuesta la utilización de la tadmiya y su valor documental en el proceso de investigación del delito. ¿A qué se refiere, pues, al-Burzulí, cuando vincula el abandono de esa práctica en el Túnez de su tiempo con una tradición andalusí que se remontaría a al-LuÍu'í? 348, 350 o 351/959-963) es un personaje identifícable en la literatura biográfica andalusí ^, que lo cataloga como sabio polifacético, entendido en lengua, poesía y hadñ, experto muñí y que, según Ibn al-Faradí, conocía a la perfección el madhab de Málik'^. Pero es en el texto que le dedica el qádí'lyád donde se encuentra, junto a estos y otros detalles típicos de la descripción biográfica de los sabios andalusíes, un largo relato que explica la «cuestión» a la que se refiere al-Burzulï, y que presenta un interés in-^ Arévalo, R., Derecho penal islámico, 19. ^ Benaboud, M. y Bensbaa, M., «Privatisation and Inheritance in Andalusian Documents during the Period of the Murâbitûn», Al-Qantara, XIV (1993), 259-74, esp. 271 (texto árabe). Se reproduce esta cuestión en al-Wansarïsî, Al-Miyàr al-mu'rib, éd. Hayyï, M., Rabat, 1981, II, 289 y en al-Burzulî, Yàmi' masa'il al-ahkâm, VI, 92-3, en ambos casos omitiendo la identificación onomástica de los protagonistas. Chalmeta, P. y Corriente, F., Madrid, 1983, 290-300 (versión castellana en Chalmeta, P., «Acerca de los delitos de sangre en al-Andalus durante el Califato», reproducido en Ibn al-'Attár, Formulario notarial y judicial andalusí, trad, y estudio de Chalmeta, P. y Marugán, M., Madrid, 2000, 496-507); Ibn Mugît, Al-Muqni' fi Him al-surüt, ed. Aguirre Sádaba, F. J., Madrid, 1994, 361-64; al-Yazm, al-Maqsad al-mahmüd fi taljís al-'uqüd, ed. Ferreras, A., Madrid, 1998,442-44. ^ Véase la relación de fuentes que se ocupan de él en Ávila, M. L., La sociedad hispanomusuhnana al final del califato, Madrid, 1985, n." 209.'^ Ibn al-Faradí, Ta 'ry' ulamá'al-Andalus, ed. Codera, F., Madrid, 1891-92, n° dudable, tanto para la tradición jurídica a la que alude el alfaqui tunecino como para la historia social y, en último término, para comprender hasta qué punto las experiencias personales, propias o ajenas, formaron parte de la reflexión de los juristas. Doy a continuación un resumen detallado de ese texto ^K La causa de que, al final de su vida, al-Lu 'lu' ï dejara de tener en cuenta la tadmiya y no la considerase válida radicaba en un suceso de su vida personal. Al-Lu 'lu' ï tenía un vecino, hombre astuto e inteligente, dueño de una finca que el alfaqui cordobés deseaba ardientemente adquirir, para completar sus propias posesiones rurales. A pesar de lo mucho que al-Lu 'lu' í le rogaba e insistía en la venta, su vecino se negaba siempre a satisfacer sus deseos. En esto, cayó enfermo y al-Lu 'lu' ï fixe a visitarlo. Como el vecino le manifestase su alegría y agradecimiento por su presencia, creyó al-Lu 'lu' ï que podía ser aquél momento propicio para renovar su pretensión de compra. El enfermo se mostró de acuerdo y propuso a al-Lu 'lu' ï que trajese a los alfaquíes necesarios para atestiguar el asunto, rechazando igualmente la oferta de al-Lu 'lu' ï de volver con el dinero que tuviese a mano para formalizar la compraventa. Todo parecía, pues, dispuesto para que al-Lu 'lu' ï cumpliese por fin sus deseos. Volvió, en efecto, con un grupo de alfaquíes, encontrando al vecino enfermo en estado de gran debilidad. Pero, cuando al-Lu 'lu' ï le pidió que diera su testimonio sobre la compraventa, ante su asombro y el de sus acompañantes, lo que dijo fixe muy diferente: «Os pongo como testigos de que el alfaqui al-Lu 'lu' ï me ha atacado deliberadamente y con intención de matarme; que él es el responsable del derramamiento de mi sangre y que si me muero, pido que se le reclame el talion, pues él es el responsable de mi sangre y vosotros garantes de su cumplimiento» ^2. De nada sirvieron los esfuerzos del acusado y los demás alfaquíes: el enfermó no se retractó de su testimonio. Al-Lu 'lu' ï, finalmente, pidió a sus colegas que le dejaran solo con su vecino, al que reprochó amargamente su actuación y pidió explicaciones de lo que estaba sucediendo. El enfermo, a su vez, le recriminó que su visita, que él había tomado como prueba de afecto y buena vecindad, no tuviera otro fin que apoderarse de su finca, de manera que en realidad, ^1 Qâdï'lyád, Tartíb al-madárik, ed. A'ráb, S.A., VI, Rabat, 1981, 115-17. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es al-Lu 'lu' ï había obrado impulsado por la codicia y los malos deseos. De ello se arrepentía ahora, afirmó al-Lu 'lu' ï, rogando al otro que le exonerase de la tadmiya que había pronunciado ante testigos. El astuto vecino accedió, a condición sin embargo de que al-Lu 'lu' í jurase que ni durante su vida ni tras su muerte intentaría comprar la susodicha finca y que se abstendría, incluso, de aceptarla si llegado el caso le fuera a corresponder como herencia. Llegados por fin a un acuerdo, entraron de nuevo los alfaquíes testigos, a quienes el enfermo testimonió que había perdonado a al-Lu 'lu' ï, por lo que decaía en su derecho de reclamarle el precio de su sangre. Se negó, no obstante, a reconocer que antes había mentido, como pretendía al-Lu 'lu' ï, al que dijo: «Ésta es la verdad. Si te contentas con mi perdón, bien, y si no, me reafirmo en lo que dije contra ti. No me desmiento, puesto que tú querías matarme» ^3. No tuvo más remedio al-Lu 'lu' í que aceptar la situación, que le mostró los peligros a que se exponía un hombre inocente ante una acusación de esta clase, renunciando desde entonces a dar respaldo jurídico a la tadmiya. Por sí sola, la inculpación no era, desde luego, suficiente, pero sí ponía en marcha un proceso en el que se podía producir la prisión del inculpado en tanto se aclaraban los hechos. El recuerdo de esta curiosa historia llegó, como se ha visto, hasta tiempos de al-Burzulï, que la acepta como tradición de algunos juristas andalusíes. Que no se trataba únicamente de una opción personal, adoptada por al-Lu 'lu' ï como consecuencia de su desagradable experiencia, lo demuestra un caso que sucedió en Córdoba pocos años después de su muerte. Abï'Utmán de haberle causado heridas en la cabeza y en el brazo de forma intencionada, por lo que declaraba que Muhammad debía someterse al talion en caso de su muerte. Realizó esta inculpación {tadmiya) estando en su lecho de herido y en posesión de sus facultades mentales, imputación que fixe rechazada por el demandado. Ambas declaraciones, debidamente testificadas, se hicieron el 16 de yumâdà II de 359/26 de abril de 970 ^\'3 Ibidem, 117.' "^ El relato más extenso y detallado de todo este asunto, en al-Wansarïsî, Al-Mi II,. Una versión más breve -y en ocasiones algo confusa-, en al-Burzulï, Yâmi' masa'il al-ahkâm, VI, 65-66. Cf. un resumen de los hechos (sin los dictámenes jurídicos finales) en Lagardère, V., Histoire et société dans VOccident musidman au Moyen Âge, Madrid, 1995, 55-56. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es AQ, XXVI, 2005 Sobre el asunto fueron consultados alfaquíes andalusíes (sin mayor precisión), cuya respuesta se acogía a la doctrina málikí: si se verificaba que las heridas del reclamante eran graves y que no se las podía haber hecho él mismo, el acusado debía permanecer en la cárcel hasta que se dilucidara la verdad de los hechos, o hasta que el acusador muriese y se procediese en consecuencia. Hubo, sin embargo, una opinión divergente: la de'Abd al-Rahmán b. Baqí ^\ quien afirmó que se abstenía de dictaminar en lo referente a la tadmiya, siguiendo en esto la posición (madhab) de su padre y de su abuelo. Volveré en seguida sobre esta opinión divergente, para continuar ahora con el desarrollo de los hechos. Se produce en ese momento la intervención directa del califa al-Hakam II, que ordena a Ibn Hudayr ^^ buscar y encarcelar úfata del acusado, puesto que había sido informado de su participación en el asunto. El fatá apoyó la declaración de su señor. Entonces ordenó el califa que se enviaran a casa del herido testigos honorables ('udül) y médicos expertos. Éstos debían examinar las heridas y emitir un diagnóstico sobre ellas; los testigos debían escuchar la declaración del herido y asegurarse de si persistía en su primera inculpación o la modificaba. Si se daba el primero de estos casos, el herido debía hacer un juramento cincuentenario' ^ sobre la autoría de Ibn Abí'Utmán y su intencionalidad de muerte. Una vez cumplidos estos requisitos, Ibn Hudayr debía consultar al qàdî Uyamà'a y a los alfaquíes jurisconsultos. En cumplimiento de estas órdenes, los médicos atestiguaron que las heridas de Muhammad b.'Abd AUáh no eran de suma gravedad y podían curarse si se sometían al tratamiento adecuado. Por su parte, los testigos hicieron ver al herido la importancia de su declaración jurada, que debía hacerse, si le era posible, en la mezquita, y le amonestaron sobre sus consecuencias. En vista de lo cual, Muhammad b.'Abd AUáh hizo una nueva declaración, en la que afirmaba que la herida de la cabeza se la había hecho el fatá de Ibn Abí'Utmán, Tammám, mientras que confirmó que la del brazo, hecha con intencionalidad y no por accidente, sí era obra de Ibn Abí'Utmán. Sobre todo el asunto opinaron a continuación el juez mayor de Córdoba y los miembros de su consejo consultor. En primer lugar, en opinión del gâ(/f Muhammad b. Isháq ^^ en ausencia de pruebas concluyentes no se debía encarcelar, como consecuencia de una tadmiya, a quien tuviera una reputación que hiciera poco probable la comisión de un delito de sangre. Por tanto, el qádíse pronunciaba en favor de la excarcelación de Ibn Abí'Utmán, de quien no se conocían hechos semejantes, y lo mismo de su fatà, si se trataba de persona de buenas costumbres. Los jurisconsultos compartieron la opinión del qádí, aunque difirieron en las razones por las que Tammám también debía ser excarcelado. Según Ahmad b. al-Walíd ^9, la liberación del fatà se debía a las alteraciones habidas en la inculpación del herido; según al-Qasim b. Jalaf 20, no se le debía mantener en prisión ni aun cuando fuera de reputación dudosa. Aunque este extremo no se menciona expresamente en el texto, la unanimidad de opinión entre el qüdly sus jurisconsultos hace suponer que tanto el inculpado como su servidor fiíeron liberados de prisión. Volvamos al inicio de la cuestión, en donde se menciona que, consultados al respecto un grupo de alfaquíes -a los que no se nombra-'Abd al-Rahmán b. Baqï se distinguió del resto afirmando que se abstenía de pronunciarse respecto a la tadmiya, siguiendo la postura de su padre y de su abuelo.' Abd al-Rahmán, en efecto, era nieto de Baqï b. Baqï parece haberse ganado el reconocimiento de su saber y, sobre todo, de su posición como depositario de la tradición familiar, aunque a diferencia de su padre, no ocupó ningún cargo en la administración jurídico-religiosa; antes bien, rechazó la dirección de la oración en la mezquita mayor de Córdoba, la cual tuvo que asumir el qádí Muhammad b. Isháq Ibn al-Salïm, mencionado más arriba.'Abd al-Rahmán b. Al abstenerse de opinar sobre la tadmiya, Ibn Baqï seguía no sólo una tradición familiar, sino una corriente intelectual en la que predominaban las tendencias sáfi'íes, que habían influido fuertemente a Baqï b. Y, efectivamente, la escuela sáfi'í nunca consideró la tadmiya como una de las categorías de la «sospecha fundamentada» {lawt) de haberse cometido un delito ^^^ y de ahí que el alfaqui Ibn Baqï se negara a pronunciarse al respecto. Huellas anteriores de esta vinculación entre el rechazo a la tadmiya y la escuela sáfi'í se encuentran en una consulta en la que participó Yahyà b.'Ubayd AUáh b. Al comentar la postura negativa de este nieto de Yahyà b. Yahyà respecto a la tadmiya, Ibn Sahl la explica porque «en vida de su padre, aceptó durante algún tiempo úfiqh de Muhammad b. Idrïs al- §afi'ï y otros málikíes que lo siguieron, aunque había refutado a al-Safi 'ï en muchas de sus cuestiones jurídicas» ^^. En la larga biografía que el qádi'lyâd consagró a Ahmad b. Baqí, con muchos relatos sobre su actuación como juez, no aparece ningún ejemplo relacionado con la inculpación de asesinato por este procedimiento, pero el testimonio de su hijo a este respecto parece verosímil. Tendríamos, por tanto, en la divergencia expresada por Ibn Baqí, la pervivencia de una corriente intelectual que tuvo un papel significativo aunque minoritario bajo el reinado de'Abd al-Rahmán III, al menos hasta la ejecución, en 338/950 ó 339/951, de su hijo'Abd Allah, sáfi'í, acusado de conspiración contra el califa ^7. Es sabido que este'Abd AUáh y su hermano al-Hakam -el futuro califa-se enfrentaron en vida de su padre, creando a su alrededor «partidos» de ulemas ^8 que les apoyaban y que hasta cierto punto reflejaban diferencias doctrinales (sáfí'ismo, málikismo), aunque se tratase, principalmente, de una lucha por el poder político. En ese marco se entiende quizá mejor la decidida intervención de al-Hakam, ya califa, cuando en 359/970,'Abd al-Rahmán b. Baqí desdeña pronunciarse sobre la tadmiya, reivindicando la tradición intelectual del sáfi'ismo de su padre y su abuelo. Como se ha visto más arriba, el califa organiza la investigación criminal del caso y pone a su frente a Ibn Hudayr. Se trata, muy probablemente, de un miembro de la poderosa familia de los Banü Hudayr ^9^ que ocuparon diversos cargos en la administración omeya. En este caso concreto, podría tratarse procedimiento que se ha de seguir, instruyendo a Ibn Hudayr sobre todos los pasos que deben darse, requiriendo la presencia de testigos honorables y haciendo hincapié en que el acusador tiene que pronunciar un juramento cincuentenario sobre su aserto. El califa aparece, así, como el supremo conocedor de las técnicas legales y de los fixndamentos jurídicos de la investigación; aunque una vez concluida ésta, Ibn Hudayr debe presentar los datos al qàdîl-yamâ'a y a los jurisconsultos, la dirección que estos alfaquíes iban a tomar estaba prácticamente señalada mediante la actuación del califa. Los autores málikíes que recogieron, con posterioridad, este caso, no dudan en tomarlo como ocasión para alabar los conocimientos de al-Hakam II, de quien dicen «no hubo entre los Banü Umayya de al-Andalus nadie más entregado que él al estudio de las ciencias ni con más conocimientos que él con los ulemas, dedicándose a esto y descollando en ello»' ^2. Por otro lado, en la intervención de al-Hakam II en este asunto pudieron jugar otros factores. Lo primero que ordena a Ibn Hudayr, en efecto, es que busque y encarcele a un fata del acusado, «puesto que había sido informado {id ittasala bi-hi) de que el herido sostenía también que úfata le había causado alguna de las heridas» ^^ Es la primera aparición de QStcfata en el texto de la consulta, y lo hace de forma que parece que el califa estaba siguiendo el asunto muy de cerca y tenía sus propias fuentes de información. Los dos personajes implicados, Muhammad b.'Abd Allah y Ahmad b.'Umar b. Abí'Utmán, parecen haber disfrutado de cierta posición, al menos el segundo, que era dueño de un esclavo ^' ^. Quizá sea esta posición la que explique la intervención del califa, aunque saber cuál era su relación con al-Hakam, si es que existió, es imposible. De los dos casos examinados sobre la consideración de la tadmiya como elemento fundamentador de una sospecha de autoría criminal, se deduce que las divergencias en tomo a ese punto no eran sólo las que se planteaban entre corrientes jurídicas (málikismo y sáfí'ismo). Desde época temprana se manifestó la conveniencia de atemperar las consecuencias de una imputación semejante y buscar pruebas convincentes que la apoyaran. Entre los fragmentos conservados del Kitáb al-Wàdiha de'Abd al-Malik b. 238/852) se reproducen dos inculpaciones de delitos de sangre hechas por las personas agredidas -aunque sin recibir el término técnico de tadmiya. La primera de ellas se desestima por tratarse de la acusación de un esclavo contra un hombre libre (aunque éste deberá hacer un juramento cincuentenario); en la segunda, al constatarse que existía entre acusador y acusado una enemistad manifiesta, se requiere la existencia de una sospecha clara y una acusación fiíndada ^\ Los propios málikíes disintieron en cuanto a las consecuencias a las que debía llevar la aceptación de la tadmiya, como asegura el tardío recopilador al-Burzulí, recogiendo opiniones divergentes de Ibn al-Qásim e Ibn Kinána ^^. Se discutió, sobre todo, si había que encarcelar al acusado en vida del acusador o esperar a su muerte, y qué clase de pruebas complementarias eran necesarias. Además, en el procedimiento establecido tenían un papel decisivo, como se ha visto, la reputación de las partes implicadas en el delito y, como prueba que confirme la grave sospecha suscitada por la tadmiya, el juramento cincuentenario (qasáma). Los cincuenta juramentos (qasâma) y la investigación criminal Hemos visto que la tadmiya constituía un primer paso en la configuración de la «sospecha fixndamentada» (lawt), que también podía crearse por el testimonio único de un testigo honorable o por el testimonio de un grupo de personas que no entrasen en esa categoría (lafij) 3^. Una vez aceptada la grave sospecha del delito, se procedía al «juramento cincuentenario» (qasáma), que como se observó en las actuaciones ordenadas por al-Hakam II, debía pronunciarse en la mezquita ^^. Los ejemplos de puesta en práctica de la qasáma no escasean en la literatura jurídica andalusí. El caso que voy a presentar a continuación ha sido seleccionado en este contexto por la riqueza de detalles que contiene y porque, como en la cuestión anteriormente tratada, está bien documentado históricamente. Nos permite, además, seguir los pasos de una investigación sobre el terreno tras haberse cometido un crimen y reconstruir todo un entramado de relaciones personales, económicas y sociales en el entorno rural andalusí. Si las circunstancias del delito y de las personas implicadas en él nos son tan bien conocidas, ello se debe, muy probablemente, a que su protagonista principal, muerto violentamente, era hermano de un conocido ulema valenciano, Abü Bahr Sufyán b. al-'Àsï al-Asadï (440-520/1048-1126) 39. Educado en Valencia, Abü Bahr era originario del hisn de Murbítar/Murbátir (Murviedro), lugar donde precisamente se desarrollaron los hechos y que parece ser solar de la familia, en cuya región eran propietarios rurales "^o. Abü Bahr desarrolló una carrera clá-^^ Arévalo, R., Derecho penal islámico, 18-19. ^^ Se trata, según Ibn Rusd, de un juramento que ha de hacerse de pie frente a la alquibla, al término de la oración de la tarde y en viernes. El padre del hombre asesinado sobre el que trata la cuestión planteada a Ibn Rusd debía pronunciar 50 veces la siguiente fórmula: «Por Dios, el único que es Dios, conocedor de lo oculto y de la fe, ha matado éste -señalándolo-a mi hijo Fulano, por las heridas que le infligió y de las que ha muerto, de forma intencionada y alevosa» II,303). El padre de este hombre actúa en su calidad de walíl-dam (pl. awliyá' al-dam), es decir de pariente agnático que puede reclamar compensación por la sangre derramada. Contribución al estudio de las ciudades hispanomusulmanas», Al-Andalus XLIII (1978), 181-99; Aguiló Lucia, P., «El sistema defensivo del Camp de Morvedre», Actas del I Congreso de Arqueología Medieval Española, Zaragoza, 1986, III, 347-55 y Franco Sánchez, F., «Estudio comparativo del urbanismo islámico de seis poblaciones de la Vía Augusta: Sagunto/Xátiva/Orihuela y Ontinyent/Bocairent/Beneixama», Simposio Internacional sobre la ciudad islámica, Zaragoza, 1991, 353-75. Seize estiidis d'historia i toponimia catalana, Girona, 2002, 123-33. sica de ulema, estudiando con maestros reputados de su tiempo y alcanzando una gran consideración en los ambientes de los estudiosos de su tiempo. Tras la conquista cristiana de Valencia, Abü Bahr se trasladó al norte de África, pero volvió luego a al-Andalus y se estableció en Córdoba (allí lo encontró el qadí'lyád en 507/1113-14) "^^ donde residió hasta su muerte. Como ocurre en un gran porcentaje de las biografías de los ulemas, nada se dice en las de Abü Bahr sobre sus medios de vida; gracias al caso que veremos a continuación, se sabe que pertenecía a una familia acomodada de propietarios y comerciantes. Del hermano de Abü Bahr se conocen una serie de datos biográficos contenidos en la consulta que él mismo hizo a Ibn Rusd a propósito de su muerte'^^. En la introducción al texto de la consulta se afirma que eran ambos hermanos uterinos y que Muhammad b. al-'Àsï, que así se llamaba el muerto, había sido asesinado en Murviedro (Murbítar), «una de las antiguas fortalezas del oriente de al-Andalus», en dú 1-hiyya del año 510, pocos días después de la fiesta de los sacrificios [15 de abril de 1117]» ^^ A continuación, y ya en el propio texto de la consulta, se describe de este modo a Muhammad b. al-'Àsï: «[Era] uno de los notables (a y an) de su lugar de residencia, donde poseía fincas y que, después de cumplir con el precepto de la peregrinación, se había dedicado a su cultivo, confiando en lo que de ellas podía extraer y habiéndose conformado con el estado de soltería sin haber formado familia. No tenía otro objetivo que la mejora de sus tierras y el cuidado de lo que ellas producían. Hacía préstamos {küna yuqârid) sobre el excedente de sus ingresos a quienes comerciaban con ese dinero; del mismo modo, concedía anticipos a sus vecinos en momentos de necesidad, con avales o sin ellos. Tanto se prodigó en estas acciones que su fama se divulgó en el país a causa de su holgada situación y abundancia de posibles» ^'^. AQ, XXVI, 2005 De este retrato personal, en el que destaca -junto a la opción personal por el celibato, poco frecuente de no ser, y no siempre, entre ascetas y hombres de religión "^^-la red de relaciones económicas establecidas entre el gran propietario rural y los habitantes de la región, se pasa, en la consulta a Ibn Rusd, a una descripción de la residencia y forma de vida de Muhammad b. al-'Así: «Vivía este hombre en una de sus casas (dar), que tenía un aposento Qiuyra) con un sobrado ( Hllïyd) ^^ alto, al que se llegaba por una casa exterior, comunicada por una puerta que daba entrada a la casa tras la cual estaba el aposento mencionado. En los apartamentos (buyüt) de esta casa exterior comunicada por la puerta residían hombres y mujeres musulmanes de buena reputación que eran demasiado pobres para pagar un alquiler, en tanto que él vivía solo en su aposento»' ^^. Las excavaciones arqueológicas en la región valenciana han sacado a la luz plantas de casas de tipología cercana a la aquí descrita' ^^, aunque corresponde a los especialistas en esa materia el interpretar un texto que sin duda no está dejando al azar ningún aspecto de la descripción, que es fundamental, como ahora se verá, para la reconstrucción del asesinato de Muhammad. Lo que vemos en esa imagen, en todo caso, es la residencia de un hombre acomodado, amplia y compleja, hasta el punto de que se divide en dos partes claramente diferenciadas: la casa exterior (barráníya), que comprende habitaciones y apartamentos (buyüt) donde se alojan familias de escasos medios, acogidos a la generosidad del dueño, y la casa interior, en la que éste mantiene su privacidad en sus propios aposentos. Como era usual en la casa andalusí, al menos en las ciudades, esta casa interior disponía de un sobrado o almacería ^^. La casa, como se dice más adelante en la consulta, estaba situada en la ladera del monte de la alcazaba de Murviedro, por lo cual las paredes de los aposentos interiores, situa-^^ Véanse los casos citados en Marín, M., Mujeres en al-Andalus, 398, nota 14.'^^ Comente, F., A Dictionary of Andalusi Arabic, Leiden, 1997, ^.v. («belvedere»). ^^ Ibn Rusd, Fatán>a, II, 865. " "^^ Bazzana, A., «Maisons rurales du shark al-Andalus. Essai de typologie», La casa hispano-musulmana. Aportaciones de la arqueología. "^^ Cf. el trabajo clásico de Torres Balbás, L., «Algunos aspectos de la casa hispanomusulmana: almacerías, algorfas y saledizos», Al-Andalus, XV (1950), 179-91 y más recientemente. Navarro Palazón, J. y Jiménez Castillo, P., «Plantas altas en edificios andalusíes: la aportación de la arqueología». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es dos en la parte más elevada de la residencia, no eran muy altas (y se podían escalar fácilmente, se añade en el texto) ^^. Una vez especificada la topografía del lugar del crimen, el autor de la consulta procede a dar los antecedentes de tipo personal que considera necesarios para comprender los hechos. Al proceder así está seleccionando datos que inevitablemente conducen a sospechar de una persona en concreto como autor del delito. Se trata de un joven (fatà) de Murviedro, con el que Muhammad había establecido una estrecha relación, hasta el punto de haberle concedido un capital con el que iniciar actividades comerciales. También se ocupaba de cobrar las deudas pendientes con Muhammad b. al-'Àsï y de las ventas de sus cosechas, todo lo cual hacía necesaria su presencia en la casa de forma continua y «que pernoctase en su casa alguna noche, pasando en solaz y compañía gran parte de la velada nocturna y durmiendo luego en su residencia en esas ocasiones» ^^ La puerta que comunicaba las dos secciones de la casa se cerraba cuando los habitantes de la casa exterior volvían de la última oración del día. Si el joven amigo de Muhammad b. al-'Así llegaba después de esa hora, le abrían la puerta para que entrase en la casa interior y la volvían a cerrar si salía tras la velada. Una noche el joven entró, como tenía por costumbre; los vecinos cerraron la puerta tras él, pero el joven no volvió a salir. A partir de ese punto, el autor de la consulta adopta un estilo ya claramente narrativo y reconstruye los hechos tal como debieron de suceder. Da por hecho que el autor del asesinato ha sido el joven, conjurado con otros tales de mala condición, puesto que el crimen no pudo haber sido cometido por una sola persona y, además, había sido visto por vecinos del pueblo en lugares apartados y en actitud que denotaba que estaba planeando algún mal designio. Todos entraron a los aposentos de Muhammad por la parte trasera, la que daba a la ladera del monte y que era de más fácil acceso; sorprendieron al hombre, profimdamente dormido, lo maniataron y lo estrangularon. A conti-^^ Sobre la alcazaba de Sagunto y el poblamiento de la ciudad en época andalusí, cf., además de los trabajos citados en la nota 40, Bazzana, A., Maisons d'al-Andalus. Parece evidente que pudo haber una relación íntima entre Muhammad b. al-'Àsï y el joven en cuestión (no hay que olvidar que Muhammad no estaba casado por decisión propia). El texto, como es natural, elude esta cuestión. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es nuación quebrantaron su caja de caudales, en la que guardaba sus dineros y su ropa y se llevaron todo lo que encontraron de valor, saliendo de nuevo por la parte de atrás de la casa. A la mañana siguiente, los vecinos de la casa exterior observaron que Muhammad b. al-'Àsï no acudía, como tenía por costumbre, a despertarlos para que los que quisieran fueran con él a rezar la primera oración en la mezquita. Creyéndole dormido, llamaron repetidamente a su puerta sin obtener respuesta, en vista de lo cual llamaron a un pariente suyo, que ante la falta de respuesta tuvo por cierto que había sucedido una desgracia y preguntó quién había pernoctado en la casa. Informado de la llegada del joven, pero de que nadie le había visto salir, este pariente forzó la puerta, ayudado por algunos de los presentes, y entró con ellos, descubriendo el cadáver de Muhammad y las huellas del saqueo. Inmediatamente se dirigieron a la residencia del joven, que encontraron vacía de sus enseres y ropa; el sospechoso se había refiígiado en una aldea (qarya) en la que vivía un cuñado suyo, implicado también en el crimen. Para remachar los indicios de criminalidad, se añade en este punto que, antes de que se hubiera advertido el suceso, la hermana del joven, cuyo marido era el otro sospechoso, había llegado antes del amanecer y había dicho a una de las mujeres que vivían en la casa exterior: «si te preguntan por quién ha pernoctado en el aposento ayer, no digas nada de mi hermano y te daré diez meticales» ^^. El relato de los hechos, tal como aparece en la consulta de Abü Bahr, denota que hubo una investigación del crimen, aunque no se mencione quién la ordenó y quiénes y cómo la llevaron a cabo. Parece lógico suponer que los parientes del muerto acudieran al qadíde Murviedro ^^ o a la autoridad civil {sáhib al-madína), para poner en marcha la averiguación de los hechos. Algunos de los indicios de criminalidad, como la ausencia del joven de su casa, proceden de la rápida 52 Ibn Rusd, Fatâwà, II, 867. 5^ Se conocen los nombres de dos jueces de Murviedro en esta época.' Abd al-Rahmán al-Qudá'í murió, precisamente, el mismo año a cuyo último mes corresponden los hechos aquí relatados (510/1117) y es improbable que se pudiera ocupar del caso. Husayn al-'Abdarí, murió en 537/1142-43, no habiendo constancia documental de otros jueces que pudieran ocupar el cargo entre ambos, aunque esto no quiere decir que no los hubiera (tomo los datos sobre los qádíQS de Murviedro de la Tesis Doctoral de Él Hour, R., La organización jurídica de los almorávides en al-Andalus, Universidad Autónoma de Madrid, 1996, II, 576). intervención del pariente de Muhammad b. al-'Àsî, convencido ya de su culpabilidad; otros parecen derivarse de interrogatorios a los vecinos, tanto los que vivían en la casa exterior como en Murviedro. Como consecuencia de todo ello, la autoridad correspondiente ordenó la detención y encarcelamiento del joven y de su cuñado; como informa el autor de la consulta a Ibn Rusd, en el momento de escribirla ambos estaban en prisión y habían sido azotados para obligarles a revelar la verdad del asunto. Sin embargo, no lo hicieron, y las pruebas que había contra ellos no eran concluyentes. No había testigos de los hechos, ni el atacado había sobrevivido el tiempo suficiente como para inculpar a sus agresores. De ahí la consulta que se dirige a Ibn Rusd: ¿cuánto tiempo deben permanecer encarcelados?, ¿qué debe hacerse ante la ausencia de una confesión y de pruebas de peso? Hubo dos respuestas a esta consulta. En la primera, Ibn Rusd afirma que si los hechos son tal como aparecen relatados, corresponde a los awliyá' al-dam ^"^ del difimto hacer el juramento cincuentenario contra aquel de los dos acusados que consideren culpable, haciéndole matar a continuación. Aduce para ello la Tradición Profética, así como la opinión de Málik sobre las circunstancias en que es necesario el juramento, es decir, cuando no existen pruebas concluyentes y hay dudas sobre la sinceridad de la acusación. Ahora bien, si los awliyá' al-dam se niegan a pronunciar el juramento o perdonan a los acusados, cada uno de éstos recibirá cien azotes y permanecerán en prisión durante un año ^^ Disintió de la opinión de Ibn Rusd el jurista cordobés, ya mencionado, Ibn al-Háyy ^^, para el que era necesario prolongar la prisión de los acusados. Basándose igualmente en la opinión de Málik, afirma Ibn al-Háyy que en un caso como el que se le plantea, los sospechosos deben permanecer largo tiempo en la cárcel, sin apresurarse a liberarlos mientras no sea cierta su inocencia. Se trata de una aplicación del castigo discrecional (ta'zîr) que pone en práctica la autoridad judicial o política si no se produce una acción punitiva por parte de los parientes del fallecido. ^^ Quien murió también asesinado, en 529/1134, mientras rezaba en la mezquita mayor de Córdoba. Sobre el autor del crimen y sus motivaciones, cf. Marín, M., «La transmisión del saber en al-Andalus a través del Mu'yam de al-Sadafí», Cuadernos del Cemyr, 5 (1997), 51-72, esp. Ibn al-Háyy contrario a que los awliyü' al-dam del muerto perdonen a los acusados (aunque esta opción les estaba permitida) ^^. Finalmente, si pasado el tiempo no aparecen nuevas pruebas, cada uno de ellos deberá hacer un juramento cincuentenario, al término de su prisión, y según el iytihád del qâdï, de que no mató al asesinado, ni cooperó en modo alguno a su muerte; y otro juramento semejante de que no se apoderó de ninguno de sus bienes. Estos dos juramentos son condición indispensable para la liberación de los acusados. Los textos presentados en este trabajo son, desde luego, excepcionales. En primer lugar, por su origen; salvo uno -el relativo a al-Lu 'lu' ï-proceden todos de compilaciones de carácter legal, en las que no es fácil encontrar precisiones tan detalladas como las que aquí se han ofrecido respecto a la personalidad y las circunstancias de los protagonistas de los casos ^l Es más, cuando estas precisiones existen, suelen desaparecer en recensiones posteriores del mismo caso, que va perdiendo, conforme lo reproducen sucesivos compiladores, todo lo que no se considera necesario para el estudio de la casuística legal. Así, el más tardío de los autores utilizados aquí, al-Burzulï, suprime casi siempre las referencias onomásticas de las cuestiones que se han tratado. La particularidad de estas cuestiones reside, por tanto, en que es posible considerarlas no sólo como documentos de tipo jurídico, sino también como documentos históricos, en un área para la que no abundan las informaciones en fuentes de otro carácter. Ahora bien, no hay que olvidar que si se conservaron todos estos datos «históricos» fue porque se trataba de personajes distinguidos, ya por ser ulemas prestigiosos, como al-Lu 'lu' ï, ya por pertenecer a una familia de ulemas, como el hermano de Abü Bahr b. al-'Así o, finalmente, por representar los valores más apreciados por los ulemas, como al-Hakam II cuando dirige el procedimiento judicial examinado más ^'^ Véase a este respecto el artículo de Arcas Campoy, M., «Casuística sobre el perdón del talion en el Muntajab al-ahkám de Ibn Abí Zamanïn», en esta misma sección monográfica de Al-Qantara. ^^ Por otro lado, estas precisiones no siempre pueden aceptarse acríticamente. Un ejemplo servirá para ilustrar esta afirmación. Una cuestión recogida por al-Burzulï (Yâmi' masâ'il al-ahkám, VI, 97) se refiere a los habitantes de B.r.sána, que el editor del texto identifica con Purchena, min husün al-Andalus. La misma cuestión, en la versión de al-Wansarïsï {ai-Mi'yár al-mu'rib, II, 272) menciona el topónimo, también andalusí, de Qalsána. Sin embargo, lo más verosímil, puesto que el asunto se plantea ante al-Barqï (que fiíe gadíác al-Mahdíya), es que se trate de Barsána, localidad tunecina al sur de Monastir (al-Tiyání, Rihla, Libia-Túnez, 1981, 67). amba. EÎ meiisaje de estos textos es, pues, claramente ejemplariz^ite, y ao puede desprenderse de su coEteaido puramente factual. Los crímenes de sangre aparecen en estos documentos porque su autoría era problemática y los procedimientos previstos por la normativa legal no eran suficientes para resolver el problema. La irrupción de la violencia en las relaciones personales pone al descubierto discusiones de doctrina y práctica jurídica entre los alfaquíes, pero también los límites de la acción de la justicia ante el delito. Sólo la autoinculpación o la presencia de testigos honorables cuando un crimen se comete garantiza plenamente la identificación del homicida ^' ^. Así sucedió cuando fue asesinado Ibn al-Háyy ante la congregación de los fieles en la mezquita de Córdoba. Los recursos elaborados por los juristas para compensar la falta de testigos o de confesión del autor del crimen muestran que los indicios o pruebas encontradas durante la investigacióa -entre ellos, la iadmiya-debían someterse a Ía corro» boración final e indiscutida del juramento cincuentenario ^. Al mismo tiempo, la necesidad de averiguar la verdad de los hechos en un crimen saca a la luz contextos familiares y sociales encubiertos en otras eircunsíancias. No se conocerían las particularidades de la vida doméstica de Abi Marwin al-Tubní de no haber sido asesinado y los miembros de su familia, interrogados al respecto. La fingida tadmiya lanzada conira al-Lu'lul revela que se trataba de un propietario de fincas en la campiña cordobesa, ansioso por ampliar sus límites. La biografía de este ulema contiene otro dato interesante respecto a los orígenes de su fortuna: el apellido por el que era conocido se debía a que su pa.dre se dedicaba al comercio de perlas ^K Otros textos biográficos contienen datos sobre ulemas propietarios de fincas ^2^ pero es en la cuestión relativa al asesinato de Muhammad b. âl-'Àsî donde la vinculación entre familias de ulemas, de notables ur-^^ Para evitar la creación de im espacio de impunidad, Ía teoría legai sobre la «sospecha ftindameetada» foe desarrollándose progresivamente; cf. AQ, XXVI, 2005 baños, y la propiedad rural aparece de manera más diáfana. La descripción de la actividad económica de Muhammad se tiñe en la pregunta hecha por su hermano de tintes religiosos, como era de esperar; sin embargo, despojada de este carácter, se revela como un ejemplo nítido de la acción de un poderoso propietario rural, que destina sus excedentes al comercio y a la mejora de sus fincas, construyendo una red clientelar en las vecinas comunidades de campesinos. No es posible saber hasta qué punto esta fórmula fiíe excepcional, pero en todo caso podría servir para matizar la definición de las relaciones entre las comunidades campesinas y los notables (a y an) de las ciudades. En este artículo se estudian dos aspectos de la investigación sobre delitos de sangre en al-Andalus. En primer lugar, la tadmiya, inculpación hecha por una persona gravemente herida contra su atacante. En segundo lugar, la qasâma, el juramento cincuentenario que podían hacer los parientes masculinos de la víctima de un crimen contra alguien a quien acusaban de haberlo cometido. Estos dos procedimientos se examinan a través de varios casos, documentados históricamente, en que se pusieron en práctica. Las opiniones de los juristas no siempre fueron unánimes a este respecto, bien por diferencias entre las escuelas legales (málikíes y sáfi'íes), bien por divergencias dentro de la propia escuela málikí. Tal como puede observarse en los casos estudiados, las actitudes personales, así como las relaciones sociales y económicas, representaron un papel importante en las investigaciones sobre los delitos de sangre.
Il,285, ligne 6. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es tout de suite ^^. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es tout près de la maison d 'Ibn' Attâb ^^. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es té, et un grand nombre des vêtements ^^. La muerte violenta del sabio Abu Marwân al-Tubnï en 457/1065 despertó una gran curiosidad dadas las circunstancias excepcionales en las que se produjo: al-Tubnï fiíe encontrado muerto en su lecho, atravesado por más de sesenta puñaladas, recayendo sobre los miembros de su propia familia, que vivían en diversas partes de la casa, las principales sospechas. Basado en una serie de fuentes historiográfícas y jurídicas, este artículo reconstruye las investigaciones llevadas a cabo por las autoridades policiales así como las discusiones de los juristas sobre los castigos a aplicar. Estos datos permiten analizar las relaciones en el seno de una familia, relaciones cuya complejidad podría explicar la violencia de la que fiíe objeto ei patriarca.'^
En la doctrina legal islámica se aplica el término zinà a la relación sexual entre un hombre y una mujer fuera del seno del matrimonio o del concubinato legal. Esta conducta es considerada un delito de tipo hadd, es decir, un acto que atenta contra los «derechos de Dios» -dicho de otra manera, que excede los límites establecidos por el Legislador-y que ha sido prohibido o sancionado con castigos determinados en el Corán o en la sunna o Tradición profética 2. El castigo de ziná consiste en la lapidación para los acusados que son muhsan (adulto, libre y musulmán que ha disfirutado de relaciones sexuales lícitas en el seno del matrimonio) y en 100 latigazos y el destierro durante un año para los no muhsan (50 latigazos y seis meses de destierro, para los esclavos) ^. Para que se aplique el castigo se requiere que ^ Este trabajo se ha llevado a cabo dentro del proyecto «Violencia y castigo en sociedades islámicas-premodemas (al-Andalus y el Magreb)» ref. BF 2002-00075. Agradezco a Maribel Fierro sus numerosos comentarios a versiones anteriores de este trabajo. Society and the sexes in Medieval Islam, Malibu, 1979, 64. ^ Los safíies consideran que los dimmies también pueden ser muhsan; los hanafíes y los hanbaiíes exigen que los dos acusados sean muhsan para que la lapidación tenga lugar; los hanafíes no imponen el destierro además de los 100 latigazos como castigo de zinà. Entre los sï'îes el concepto de zinà abarca un espectro más amplio de comportamientos sexuales y el de muhsan se restringe a la persona que en el momento de producirse el delito está casada, quedando excluidos pues los divorciados y los viudos. Malik era partidario de desterrar al hombre pero no a la mujer y tampoco al esclavo --aunque también se transmitió lo contrario, es decir, que el destierro tuviera lugar independientemente del género y de la condición de libre o esclavo-y que el desterrado ftiera encarcelado en el lugar en el que sufriera destierro. Al-Qantara XXVI, 2 (2005) los acusados hayan actuado por voluntad propia, por tanto, no hay castigo cuando ha existido una violación. La lapidación como castigo de zína no aparece en el Corán sino en la sunna' ^. Esta circunstancia no ha dejado de crear problemas de «legitimidad» para el castigo hasta hoy en día ^, asunto sobre el que volveré más adelante. El delito de ziná queda probado con la declaración de cuatro testigos varones íntegros ('adalá) que hayan presenciado el acto de la penetración, al que suele aludirse con la expresión «como el pincel de antimonio {kuhl) penetrando en el estuche de antimonio», o con la confesión del acusado ^\ No se admiten pruebas circunstanciales, con excepción de los málikíes para los cuales el embarazo de una mujer que no tiene marido ni dueño legal puede imponer el hadd \ Los málikíes, sin embargo, aceptan la doctrina de al-walad li-1-firàs (literalmente, «la descendencia pertenece al lecho matrimonial»). Según esta doctrina, el marido de la madre o el dueño de la concubina es considerado padre legítimo del hijo que ella haya dado a luz, admitiéndose una duración legal del embarazo que va desde seis meses "^ Véase Ibn Abí Zayd al-Qayrawání, al-Nawádir wa-1-ziyàdàt'ala má f¡ l-Mudawwana min gayri-hü min al-ummahàt (ed. Hayyí, M.), Beirut, Dar al-Garb al-Islámí, 1999, XIV, 231-32. Véase también Burton, J., «Law and exegesis: the penalty for adultery in Islam» en Hawting, G.R. y Shareef, A-K. J. Schacht sostiene que el castigo se basa en decisiones tomadas por los califas ortodoxos que luego trataron de justificar recurriendo a hadices profetices; véase Cambridge Encyclopedia of Islam, II, parte VIII, capitulo 4, «Law and justice», p. ^ Véase a título ilustrativo la página web de la asociación islámica española «Yama' a islámica de al-Andalus»: www.islamyalandalus.org/ene03/lapidacion.htm. Esta podría ser una de las razones por las cuales, cuando en 1973 se introdujo el delito de ziftá en el código penal libio, la lapidación quedó excluida como castigo en favor del de 100 latigazos y el encarcelamiento. En Pakistán se produjo una situación similar. Véase Peters, R., Crime and Punishment in Islamic Law: Theory and Practice from the 16th to the 21st century, Cambridge University Press (en prensa), capítulo 5, sección, 1.3.2. Doy las gracias al autor por permitirme consultar su libro antes de su publicación definitiva. ^ Si dos testigos declaran haber visto a un hombre y una mujer bajo un manto o dan testimonio de que ambos vieron que los pies de la mujer estaban en el cuello del hombre o si un hombre afirma que ha visto a otro hombre sobre el vientre de su mujer, los acusados pueden ser sometidos a un castigo discrecional, pero no al hadd. Véase Ibn Rusd al-Yadd, al- Bayán wa-l-tahsíl wa-l-sarh wa-l-tawylh wa-l-ta'lîlfîmasallal-Mustajraya, ed Hayyí, M., Beirut, 1984, XVI, 323-24 hasta cinco años ^. Esta doctrina rige incluso si el marido, una vez formalizado el contrato entre las partes, repudia a su esposa antes de haber consumado el matrimonio con ella y luego ella resulta embarazada, a menos que sea evidente que la mujer miente, o que el marido pronuncie el juramento li *àn para rechazar la paternidad ^. Las declaraciones de los testigos no pueden contradecirse entre sí. El falso testimonio de ziná es considerado^^/ya o ça^(caîumnia) y es castigado con ochenta latigazos. Si alguien da testimonio de ziná y se desdice una vez que se ha aplicado una sentencia de lapidación contra el acusado, tendrá que pagar la mitad de su precio de sangre ^^. Se permite al acusado retirar su confesión en cualquier momento ^K El castigo puede ser evitado cuando existe duda (subha), es decir, semejanza entre el acto que ha sido cometido y otro legal, y por tanto, se presinne que el acusado ha actuado de buena fe ^^. Excepto ea los delitos de cahimnia, se recomieada al cadí que sugiera al acusado que retire su confesión y se considera más meritorio ocultar delitos que puedan ser castigados con hadd que ponerlos en evidencia *^. Cuando, a pesar de todas las posibilidades de evitarlo que recoge la doctrina legal, el castigo se impone, las piedras han de ser lanzadas por un grupo de personas. Si la sentencia se ha basado en el testimonio de cuatro testigos, éstos deben participar en el lanzamiento de las piedras, al igual que el sultán o su representante, el cadí. Las piedras han de ser de un tamaño mediano, que puedan ser abarcadas por la mano, pues si fiíeran muy pequeñas la lapidación duraría mucho tiempo y demasiado poco si fueran muy grandes ^^, Respecto al lugar en el ^ Sobre la cual véase Ibn Rusd aÍ-Yadd, Bayán^ VI, 417; ai-Burzíilí, Fatáwa, 11, 470 y Rîibiîî, ü., «'Ai-walad ii-!-firmh\ On the Islamic campaign against Ziná», Studia Islámica 78 (1993) Barcelona, Ediciones Península, 2001, 183-236; Segura Urra, F., «Los mudejares navarros y la justicia regia: cuestiones penales y peculiaridades delictivas en el siglo XIV», Anaquel de Estudios Árabes, 14 (2003), 250-52 y Roy Marín, M. J-, «Aportación al estudio del delito sexual: el caso de los moros de Zaragoza en el siglo XIV» en Actas del VIII Simposio Internacional de Mudejarismo. De mudejares a moriscos: una conversión forzada (Teruel 15-17 de septiembre de 1999), Teruel, 2002, 195-210. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es do los gobiernos de países como Irán, Pakistán, Libia, Sudán y el Norte de Nigeria, el derecho penal islámico 24. Sin embargo, en las colecciones de fetuas aparecen algunos -aunque muy pocos-casos reales en los que en algún momento se planteó la posibilidad de imponer una sentencia de lapidación. La mayoría de estos casos surgen cuando no se respeta el período de espera legal tras un repudio o cuando el marido retoma a la mujer a la que ha repudiado definitivamente sin esperar a que ella vuelva a serle lícita mediante la consumación de un matrimonio con otro hombre. También se incurre en el delito de fornicación cuando la mujer cuyo marido está ausente vuelve a casarse sin haber conseguido previamente la separación judicial de su primer marido o sin haberse cerciorado de que su primer marido la ha repudiado o ha muerto ^5. En ellos se suele dar a los esposos la posibilidad de alegar ignorancia y, por tanto, crear «duda» {subha) de que los acusados peesaroa que su acciÓB era lícita, A estos casos hay que sumar otros en los que hay una acusación de violación 2^. El relato, sin embargo, suele detenerse en el momento en que los muftíes consejeros del cadí emiten su dictamen, sin que sepamos por cual de ellos se decidió el juez. No obstante sus limitaciones, éstas son las únicas referencias con las que contamos para estudiar la actitud aparentemente contradictoria de los juristas, que por una parte afirman que el castigo de lapidación se encuentra en vigor, pero por otra insisten en ^^ Véase Peters, R., «The Islamization of criminal law, A comparative analysis», Die Welt des Islams, 34 (1994) 2002(repr. AQ, XXVI, 2005 la necesidad de respetar escrupulosamente los requisitos que impiden su puesta en práctica. Las fetuas nos hablan, además, de motivaciones para denunciar^ de argumentos para condenar, de estrategias para evitar el castigo y de la práctica judicial asociada con las acusaciones de zinú. De entre los casos que he podido documentar, he seleccionado uno que aparece en las Fatâwà de Ibn Rusd al-Yadd'^. Es muy breve pero interesante pues, a simple vista, nos hace presagiar una sentencia de lapidación casi segura. Proporciona además un buen hilo argumentai para examinar la doctrina sobre zina de Ibn Rusd al-Yadd ^^ (450/ 1048-520/1126), uno de los juristas málikíes más relevantes de todos los tiempos. Vivió bajo el gobierno de los almorávides, cuya legitimidad política y religiosa se basó en la aplicación de la doctrina de la escuela de Milik, en la práctica del yihád o guerra santa y en el sometimiento nomina! al califato *Abbâsi'^, El emir aimorávide'Alí b. Yüsuf nombró a Ibn Rusd cadí supremo de Córdoba en 511/1117, fiínción de la que pidió ser relevado cuatro años después para dedicarse por entero a la redacción de sus obras. Durante este tiempo se encargó del sermón de los viernes en la mezquita aljama al tiempo que formaba parte del consejo consultivo de alfaquies de la ciudad {süra) ^^. Con los almorávides actuó en varias ocasiones como una especie de muñí oficial. El caso es el siguiente: Un cierto juez de la zona de Almería {ba'd al-hukkám bi-yihat al-Mariyya) pidió opinión a Ibn Rusd al-Yadd sobre el caso de una mujer que había sido denunciada ante ei juez por haberse quedado embarazada a consecuencia de una re-2^ Fatâwà Ibn Rusd al-Yadd^ ed. al-Tafflí, M.T., Beirut, Dar al-Garb ai-Mimí, 1987, III, 1394-95 y 1399; idem. Véase también en Mi yár, TV, 252 y 253 y Marín, M., Mujeres en ai-Andahís, Madrid, 2000, 676-67. ^^ Doctrina que he extraído de los capítulos sobre gasb (usurpación y también violación), H'án, sanciones coránicas, matrimonio y repudio de su comentario sobre la'Utbiyya titulado ú-Bayan. ^' ^ Véase Fierro, M., «La reiigióm> en Viguera, MJ. (coord.), El retroceso territorial de al-Andalus. Siglos XI al Ain, Historia de la España Musulmana Menéndez Pidal, dirigida por Jover Zamora, J.M. (=HEMX VIII-2, Madrid, 1997, 437-42. ^^ Sobre su biografía y su metodología jurídica véase ahora Fernández Félix, A., Cuestiones legales del Islam temprano: la'UtbÍ5^a j el proceso deformación de la sociedad islámica andalusi, Madrid, CSIC, 2003, 258-74. lación sexual ilícita (min ziná) dos veces y por haber matado a los recién nacidos. «Y fue llevada a mi presencia {rufl'at ilayya)», señala el juez peticionario y prosigue: «Era evidente que estaba embarazada y le pregunté ¿estás embarazada? a lo que ella respondió: sí, estoy embarazada, y [el hijo que espero] es de Fulano. Entonces le pregunté: ¿y cómo te has quedado embarazada de él? Ella respondió que él no había dejado de seguirla y de solicitarla hasta que la violó (akraha-hâ)». Antes de proseguir con la exposición de los hechos, el peticionario se detiene para preguntar a Ibn Rusd: «¿Puede ella utilizar esta alegación (da'wà) en su descargo?». «Cuando ella dio a luz», continúa relatando el juez «convocó a los testigos para que dieran fe del recién nacido, reconociendo ella que era su madre. Y se trataba de una mujer muhsana». Dando por sentado que la mujer mentía y que su alegación era una calumnia iqadf) contra el acusado de haberla violado, el juez pregunta a Ibn Rusd: «Si el calumniado (al-maqéüf bi-hi) renuncia a su derecho a [que ella] sea castigada con la sanción coránica Qiadd) [por calumnia], ¿queda anulada la pena?» Ibn Rusd respondió: «A la mujer contra la cual consta lo que has mencionado es obligatorio lapidarla (al-raym). Pero solamente el qádí l-yamá'a puede emitir una sentencia de ese tipo. Elévale el caso para que él decida (yahkum) qué sentencia hay que aplicar, ya que los magistrados de las coras Qiukküm al-kuwar) ^^ no pueden dictar sentencia en materia de sanciones coránicas que impliquen la muerte del acusado». Resulta difícil precisar las fechas en que tiene lugar la consulta. No parece probable que en el momento de ser consultado Ibn Rusd ocupara el cadiazgo en Córdoba pues en la petición de fetua este extremo no es mencionado, mientras que sí lo es en otros casos como puede comprobarse en las dos ediciones de sus fetuas. En ellas suele diferenciarse bien entre qàdly hàkim y entre la zona o la provincia de Almería {yiha, küra) y la capital {al-hadra) ^^. La única sede judicial de la zona de Almería que he encontrado documentada en época almorávide es Berja. En ella se sabe que ejerció como cadi Abu Isháq Ibrahim b. Al menos durante el período en que Abu'Abd Allah Ibn Hamdïn (m. 514/1120) ocupó la judicatura suprema en Córdoba, la sede judicial de Almería dependía de Córdoba, ya que fue Ibn ^' Que es precisamente lo que era el juez que solicitó el dictamen a Ibn Rusd. ^-Véase por ejemplo Masá'il, II, 1284 y 1303 y la entrada correspondiente a Almería en el índice de topónimos de ambas ediciones. ^^ Véase la tesis doctoral de R. El Hour, La organización jurídica de los almorávides en al'Andalus, Universidad Autónoma de Madrid, 1996,1, 434-35, a quien agradezco que me haya permitido su consulta. Sobre los cadíes de la capital, Almería, véase El Hour, R., «Almería almorávide: sede de una oposición política y de un importante poder judicial», Revista del Instituto Egipcio de Estudios Islámicos en Madrid, XXXII (2000), 99-118. Abd al-Malik cadi de Ahnería ^'^. Sin embargo,'Abd al-Haqq Ibn'Atiyya, que en 529/1134 ocupó también el cadiazgo de Almería, fue nombrado directamente por el emir almorávide' Ali b. Yüsuf, e incluso es denominado qádíl-yamá'a en la inscripción que, al parecer, conmemora la construcción de una pila de abluciones en la mezquita aljama de la ciudad 3^. Como ya he señalado, a simple vista, el dictamen de Ibn Rusd lleva a pensar en una condena a muerte casi segura para la mujer. En mi opinión, se trata de un efecto buscado intencionadamente por el mufti con el fin de asegurarse no tanto de que la mujer recibiera el castigo que correspondía al delito que supuestamente había cometido sino de que su caso ñiera juzgado por el cadí supremo y no por el magistrado alménense. Aparte de la posibilidad de acogerse a la doctrina de al-walad li-1-firâs o de presentar una alegación que produzca una presunción de inocencia en favor del acusado, hemos visto que la doctrina legal islámica impone una serie de restricciones que hacen más difícil probar un delito de tipo hadd que otro tipo de delitos. Ibn Rusd añade a todo esto una limitación de tipo jurisdiccional que convierte al cadí supremo en el único magistrado competente en materia de sanciones coránicas que impliquen la muerte del acusado, limitación ésta de la que no parece que el juez almeriense fiíera consciente. Con la denominación qádí l-yamà'a creo que Ibn Rusd se refiere al magistrado que hubiera sido designado para el cadiazgo por el emir con esa titulatura y cuya sede se encontrara más próxima al lugar del proceso, no necesariamente a un magistrado con un nivel jerárquico superior al del resto de los cadíes importantes del imperio almorávide. Es decir, creo que se refiere a un juez religioso con competencias plenas, por eso utiliza qádí l-yamá'a por oposición a hukkám al-kuwar y no a qudát al-kuwar. Desde el punto de vista doctrinal, Ibn Rusd se limita a especificar que se trata de un caso de raym pues ella reconoció que el hombre que la había dejado embarazada no era su marido. Siendo ella muhsana, el castigo que le correspondía era la lapidación. Sobre Almería, el más importante de los puertos comerciales de al-Andalus en el periodo almorávide, véase Molina, E., en Viguera, M.J. (coord.), HEM-VIIL'2, 283-87. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es delitos sólo pueden ser juzgados por el cadí supremo se entiende que el muftí no entre a detallar la doctrina relevante; en todo caso esa necesidad surgiría más adelante, una vez que el cadí hubiera asumido el caso. Sin embargo, llama la atención que Ibn Rusd renuncie a todo afán pedagógico y no conteste a ninguna de las preguntas que le formula el mustaftl: «¿le sirve a ella de algo alegar que ha sido violada? Si la víctima de una calumnia perdona a su calumniador ¿queda anulado el hadd correspondiente?» Mi impresión es que Ibn Rusd no quería proporcionar ningún tipo de argumento que pudiera servir al de Almería para actuar por su cuenta. Ibn Rusd se limita a lo esencial y crea la expectativa de que la mujer va a ser condenada a la pena máxima -^una pena más severa de la que quizá había previsto el juez y las personas que habían denunciado a la mujer-para asegurarse de que el caso fiíera efectivamente transferido al cadí supremo. De alguna manera, el muftí temía que el juez no siguiera sus recomendaciones o que cuando pudiera ser obligado a ello, hubiera decidido aplicar ya algún castigo. A continuación voy a volver sobre las circunstancias del caso, tanto las que aparecen mencionadas explícitamente como las que pueden inferirse de la lectura del texto, y voy a tratar de relacionar dichas circunstancias con la doctrina legal que he expuesto al inicio de este artículo. Al hacerlo, voy a dar por supuesto que el texto de la fetua no fiíe resumido por el compilador, pues no veo razones para pensar que lo hiciera y además, es frecuente que los muftíes no contesten a todas las preguntas que les son formuladas. Asimismo, me remitiré a una serie de pasajes en los que se ilustra la doctrina del propio Ibn Rusd y la de otros juristas importantes. Aunque desconocemos el desarrollo judicial posterior del caso, voy a imaginar que fiíe efectivamente remitido al cadí supremo y voy a tratar de ponerme en su lugar y en el de los muftíes a los que el magistrado habria consultado antes de dictar sentencia. Hemos visto que la mujer admitió que el hijo que esperaba era fruto de una relación sexual ilegal, aunque no consentida por su parte. Esta alegación no la realizó a iniciativa propia sino cuando fiíe interrogada por el juez ante el cual había sido denunciada. Cuando compareció ante el mismo se encontraba en un avanzado -y por tanto evidente-estado de gestación. El problema legal que se planteaba en ese momento es que, de acuerdo con la doctrina málikí ^^, para que una demanda de violación fuera admitida, debía realizarse de forma inmediata y a iniciativa de la mujer, a menos que tuviera testigos ^^ o una excusa válida para no haber denunciado antes. Es evidente que la alménense acusada de ziná pensó que la única salida que le quedaba era alegar una violación, sin saber que al hacerlo se estaba poniendo en serios apuros. El dato es interesante, en cualquier caso, pues refleja la manera en que ella pensaba que podía defenderse. No hay que descartar, de todas formas, que su declaración fuera consecuencia de la presión ejercida por sus denunciantes, o incluso de haber sido sometida a algún tipo de tortura ^s. Finalmente, es posible que simplemente estuviera diciendo la verdad. Cuando la mujer da a luz, sin embargo, parece que ya ha recibido cierto asesoramiento y convoca a unos testigos para que den fe de la existencia del recién nacido y de que ella reconoce ser su madre, poniéndose de manifiesto también que se trata de una mujer muhsana. La mujer libre no tiene que presentar testimonio del nacimiento de su hijo para que éste sea reconocido por su marido ^9. Así pues, si la acusada llamó a los testigos a pesar de que era una mujer libre debió de ser porque el recién nacido no tenía padre reconocido. Se trataba quizá de una mujer que, abandonada, repudiada o viuda, vivía sin la protección de su familia. No parece que se tratara de una prostituta o de una mujer de mala fama pues de haberlo sido, seguramente el mustaftf lo hubiera mencionado. En una situación así, la madre ha de reconocer a su hijo para que éste pueda ser emparentado con ella, con sus parientes varones ('asaba) y con sus mawàlî, filiación que es necesario determinar para que pueda establecerse la solidaridad penal, la tutela matrimonial y la capacidad de heredarse. La fetua proporciona pues un testimonio de la vigencia en la práctica de una tendencia que Robert Brunschvig detectó a partir del estudio de obras de doctrina legal islámica y según la cual el hijo nacido de una relación ilegal o rechazado por el marido de su madre a través del juramento de ^^ La esclava, por el contrario, tiene que presentar testimonio del nacimiento de su hijo nacido de una relación sexual admitida por su dueño para ser reconocida como umm walad, no basta con que se presente con el niño porque podría haber cogido a un niño abandonado (laqít); véase Ibn Rusd, Bay an, VI, 425. La llamada a los testigos se explica también por la necesidad de certificar que ella era muhsana, es decir, que estaba o había estado casada, circunstancia de la que había que presentar prueba testimonial, no bastando la palabra de la mujer ^2. Es probable que alguien le hubiera advertido del error cometido al declarar que el hijo que esperaba era fruto de una violación, pues siendo ella una mujer casada, repudiada o viuda, hubiera podido atribuir la paternidad del niño a su marido según la doctrina de al-walad li-l-firás. Que él estuviera ausente, muerto o que la hubiera repudiado no representaba un problema legal, a menos que cualquiera de estas tres circunstancias se hubiera producido más de cinco años atrás. Una vez ante el cadí, éste volvería a interrogarla y entonces ella podría retirar su confesión inicial y presentar los hechos de esa otra manera. Antes de tomar una decisión, el cadí consultaría a varios muftíes, entre los cuales es muy probable que se contara el propio Ibn Rusd. Si, en caso de no ser ella viuda, el marido ausente, o el anterior marido, no hubiera querido hacerse cargo de la paternidad de este niño, habría podido recurrir al li'ân. El li'ân es un juramento que, en ausencia de prueba legal, da al marido la posibilidad de acusar a su mujer de adulterio y de rechazar la paternidad del hijo que ella espera, sin incurrir por ello en el delito de calumnia. Para evitar el castigo de zinâ la esposa tiene que pronunciar también el juramento. Al fínal de este proceso, el matrimonio queda disuelto sin que el hombre pueda volver a tomar a esa mujer por esposa ^3. Supongamos ahora que a la mujer no le era posible atribuir el hijo al marido porque habían pasado más de cinco años desde que su marido se ausentó, murió o la repudió, siendo esa la razón por la que ella, según afirmaban los denunciantes, había matado a los dos hijos a los que había dado a luz anteriormente. Es también verosímil que se hubiera deshecho de ellos no por temor al castigo sino por falta de medios para criarlos. Puede ser, igualmente, que desconociera la doctrina de al-walad li-1-firâs, como le sucedió a la protagonista de una fetua, también de época almorávide, transmitida por al-Burzulí: El jurista Ibn al-Háyy fue consultado acerca de una mujer que llevaba repudiada más de un año y dio a luz y abandonó (tarahat) a su hijo. Ella alegó que el niño era de su marido, pero que había tenido miedo a la sanción coránica. Ibn al-Hayy respondió que si ella presentaba testigos del nacimiento de su hijo, que se le diera crédito' *' *. La alménense denunciada ante el juez podría haber alegado algo parecido: que el niño era de un hombre que la había repudiado o que su marido estaba ausente y que había acusado a otro hombre de haberla violado por miedo. Ahora bien, si se demostraba que había matado a los dos recién nacidos anteriores, como alegaban quienes la denunciaron, sería ajusticiada según la doctrina que se transmite en el siguiente pasaje del Bayán de Ibn Rusd: Malik fue preguntado sobre si la prostituta {al-mar'a tafyur) que se queda embarazada y cuando da a luz arroja al recién nacido a un pozo, ha de ser ajusticiada por ello, o no. Y respondió: «depende de si lo arrojó a un lugar donde perecería [con toda seguridad] (mahlak) como el pozo de agua abundante o el mar, y efectivamente muere. En ese caso, lo más justo es que sea ajusticiada. Y si es ajusticiada, lo merece. [Dijo Ashab] ^^: «Parece que él [Milik] se inclinaba por que ella fuera ajusticiada y lo veía conveniente». Asbag dijo algo similar: «esta [mujer] mata intencionadamente y es como si hubiera asesinado [al bebé] degollándolo; ahogar [lo] es lo mismo». Ibn al-Qásim introdujo la siguiente matización: «pero si se tratara de un lugar como el pozo seco del que es posible que el [recién nacido] sea rescatado, o un lugar parecido, que no sea ajusticiada, a menos que el pozo, aunque seco, sea muy profundo y no se pueda acceder a él ni descender [a su fondo], en cuyo caso, veo conveniente que sea ajusticiada».'^^ Véase al-Burzulí: Fatàwà, VI, 146. Ibn'Abd al-Barr recoge en su Istidkár, XXIV, 73-6 hadices que apuntan a la existencia de un desajuste entre la duración legalmente admitida del embarazo y la percepción que la gente tenía al respecto. "^^ Esta cuestión se encuentra en el epígrafe: min sama' Ashab wa-Ibn Náfi''an Malik. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es Ibn Rusd comenta que este caso se asimila al del homicidio intencionado entre padres e hijos, mientras que el homicidio accidental se salda con el precio de sangre 4^. En el hipotético caso de que la mujer hubiera permanecido sin marido durante más de cinco años, le quedaban aún otros argumentos por utilizar como, por ejemplo, que tenía un sueño muy profimdo y que alguien debía de haber yacido con ella mientras dormía ^^. No obstante, Ibn Rusd era muy estricto con respecto a que se realizaran alegaciones en este sentido a la ligera, como se desprende del siguiente pasaje: En el KMb al-ruhün (capítulo sobre las prendas) [de la'Utbiyya] se transmite el caso de una mujer cuyo marido se ausentó durante un período de diez años o más, y cuando regresó, encontró que ella había tenido varios hijos. Él negó que fueran suyos, a lo cual la mujer replicó: «Son tuyos, viniste a mí en secreto». [Ibn al-Qásim] dijo: «sólo quedará eximido de la paternidad del hijo de ella y del hadd [por calumnia] si pronuncia el //'an». Ibn Rusd comenta esta cuestión afirmando que, previamente, la alegación de ella ha resultar verosímil, pero si la ausencia de él fuera conocida mediante el testimonio de testigos íntegros y se supiera que ha estado en una tierra lejana desde la que resultaba imposible haber engendrado hijos en el lugar [en el que vivía su mujer y] al que había regresado [al cabo de los diez años], si él negara la paternidad de esos hijos, que no le sean atribuidos y que ella sea castigada con el hadd pues es evidente que ella presentó una alegación falsa ^^. Este texto pone de relieve los límites de la protección que la doctrina sobre de al-walad li-1-firâs podía otorgar a la vida de una mujer que se ha quedado embarazada de un hombre que no es su marido. El método de razonamiento legal de Ibn Rusd le impide aceptar alegaciones inverosímiles como medio de defensa frente a la acusación de zina, pero también le lleva a rechazar el castigo en un supuesto en el que otro jurista anterior lo había considerado conveniente, como sucede en el siguiente pasaje ^^: Se le preguntó a Sahnün por un hombre que se negó a reconocer al hijo del que estaba embarazada su mujer (yantafimin haml imra'ati-hi) y pronunció contra ella el li'án, pero ella se negó a pronunciarlo [a su vez]. Sin embargo, no era posible lapidarla hasta que diera a luz. Más tarde el marido se desdijo (yukaddib nafsa-hu) antes de que ella diera a luz y después de que ella se hubiera negado a jurar. ¿Tiene él derecho a retomarla {hal la-hu'alay-há ray'a)l Y ¿pueden heredarse el uno al otro? Respondió: el hecho de que él pronunciara el juramento de li'án contra ella y el hecho de que ella se negara a pronunciarlo a su vez rompe el vinculo conyugal ('isma) de forma que ni él la hereda ni ella le hereda, y cuando ella dé a luz, que sea lapidada. A lo cual el jurista cordobés objeta lo siguiente: Esta solución no tiene base en las fuentes {laysat'ala l-usûï) y tampoco en la opinión según la cual el vínculo queda roto cuando el marido completa el ¡i'an, sin que puedan heredarse el uno al otro, tanto si ella se niega a jurar como si no. Lo correcto {aUsahíh) es el precedente establecido {ma madà) en la sección «tuvo hambre» (ya'a) ^^ a partir de la audición de Yahyà. Según dicho precedente, el vínculo conyugal entre ambos permanece y ambos se heredan [y por tanto, ella no es castigada]. La afirmación de Sahnün según la cual la negativa de ella a jurar tras haber él pronunciado el li'an cortaba el vínculo conyugal entre ambos diverge de las fuentes (jàriy'an al-usûl). Por otra parte, Ibn Rusd sostenía que no se puede negar la paternidad de un hijo sin pasar por el procedimiento del //'án. Al-Burzulï, que se manifíesta seguidor de esta doctrina de Ibn Rusd, cuenta que Ibn al-Qassár ^' opinaba que si el marido niega ser el padre del hijo que está esperando su mujer, pero no la acusa de zinü y después se niega a jurar, no se le obligará [a nada] porque él no la calumnió, pues cabe la posibilidad de que el niño hubiera sido concebido a partir de una unión sexual por equivocación ('an wata' galaf) o a consecuencia de una violación. Al-Burzulí señala que esta postura se encuentra en divergencia con el sentido literal de lo que aparece en la Mudawwana. ^^ Se refiere a Boyan, XVI, 324-25: wa-min kitáb yá'afa-bá 'a imra' ata-hu (del capítulo «tuvo hambre y vendió a su mujer»). Sobre esta circunstancia como eximente del castigo de zinà véase infra. Yo dictaminé, igual que había hecho Ibn Rusd, de acuerdo con dicho sentido literal, sin tener en cuenta la máxima de al-Qassár. Aparte de ser legalmente lícita, esta manera de proceder garantizaba la preservación del orden social y de la moral pública: Se contó de al-Sa'bí ^^, que lo tenía de al-Isbîlî ^^, que quien reconoce haber cohabitado [con una mujer con la que está o ha estado casado] y niega el hijo que ella espera sin alegar [que la repudió o que la vendió si era esclava y que el embarazo se produjo después de que ella hubiera completado] el período de espera legal para determinar si su matriz estaba vacía {istibrà% que sea encarcelado de forma perpetua hasta que reconozca al hijo, porque si el ejemplo de este [hombre] prevaleciera por encima de la norma según la cual los hijos son atribuidos [a los maridos de sus madres], abundaría el libertinaje entre la gente común {al-'awámm) ^' *. En otra ocasión, evocando el principio según el cual «las sanciones coránicas se rechazan en casos dudosos {al-hudüd tudra' bi-l-subuhát), Ibn Rusd llega a afirmar que si un hombre vende a su mujer a otro hombre porque tiene hambre, el hambre constituye «duda» (subha), pues «qué subha hay más fuerte que el hambre, por cuya causa Dios permitió comer carroña, sangre (reses no degolladas de acuerdo con lo establecido) y la carne del cerdo» ^^ Volviendo al análisis de las circunstancias que dieron lugar a la petición de fetua formulada por el juez almeriense, no es posible determinar si los denunciantes fueron individuos -^vecinos o familiares de la mujer, quizá ^^-que actuaban por interés particular, si formaban parte de una especie de policía de costumbres voluntaria o si ejer-^^ Abu 1-Mutarrif'Abd al-Rahmán b. 499/1106), autor de una recopilación de casos judiciales conocida con el título de al- Ahkám, ed. al-Halawï, S., Beirut, 1992 cían la hisba por designación de la autoridad. Esta diferencia, como vamos a ver, era muy importante para Ibn Rusd, quien en más de una ocasión critica abiertamente a los que denuncian delitos sexuales. En su Bayán transmite un pasaje según el cual Asbag dijo: oí a Ibn al-Qásim contar que cuatro hombres agarraron a otro, lo llevaron ante el sultán y dieron testimonio contra él de que había cometido ziná. Ibn al-Qásim opinaba que este testimonio no era lícito y que habían incurrido en calumnia. Ibn Rusd señala que ese testimonio no es lícito porque no era su obligación atraparlo y llevarlo agarrado ante el sultán; mejor dicho, afirma, «es reprobable que lo hicieran porque al ser humano se le ordenó que se protegiera {al-sitr) a sí mismo y a los demás. El Enviado de Dios -Dios lo bendiga y salve-dijo: a quien afecte algo de esta abominación (qâdûra) que se cubra con el manto de Dios ^'^, pero a quien nos muestre su cara (man yubdîla-nâ safhata-hu), le aplicaremos [lo que prescribe] el Libro de Dios» ^^. [En otra ocasión, el Profeta] dijo a [un hombre de la tribu de Aslam llamado] Hazzál: «¡Oh Hazzál! Si lo hubieras cubierto con tu manto {bi-ridá'i-ká) habría sido lo mejor para ti». le respondieron que lo segundo. El Profeta ordenó entonces que fuera lapidado ^^. Parece, pues, que el Hazzál del segundo hadiz y el hombre de la tribu de Aslam del primer hadiz son la misma persona. Parece ser también que Hazzál es el mismo personaje al que en otras tradiciones se alude con el nombre de Má'iz. ^K El hadiz relativo a la lapidación de Má'iz es muy conocido y suele citarse como fimdamento textual del comportamiento que ha de seguir el juez ante alguien que confiesa haber cometido ziná. De esta tradición se transmiten varias versiones que pueden resumirse como sigue: Un musulmán, Má'iz, se acerca al Profeta y le dice que ha tenido relaciones sexuales ilícitas con una mujer. Entonces el Profeta se aparta de él. El hombre vuelve a insistir en su afirmación y el Profeta, de nuevo, se aparta de él. Este proceso se repite de forma que Má'iz afirma cuatro veces haber cometido ziná. El Profeta le pregunta si no será que se encuentra perturbado mentalmente, o que ha bebido, pero el hombre contesta que no. Después Muhammad trata de asegurarse de que lo que Má'iz entiende por relación sexual ilícita es realmente un acto en el que ha habido penetración y no otra cosa como un beso, una caricia o un abrazo. Pero Má'iz confirma que ha existido coito. El Profeta pregunta entonces si ha estado casado, a lo cual el hombre contesta que sí. En ese momento el Profeta ordena que se lo lleven y que lo lapiden ^^. Lo que hicieron los cuatro hombres a los que se refirió Ibn al-Qâsim, prosigue Ibn Rusd tras citar el hadiz de al-Hazzâl, representa una demanda y una denimcia [contra el hombre] por ziná, convirtiéndose ellos en sus calumniadores. Por tanto, es obligatorio aplicarles el hadd correspondiente, a menos que presenten a cuatro testigos como ellos que hayan presenciado el acto «como el pincel de antimonio en el estuche de antimonio». Pero si fueran miembros de la policía (ashàb sumí), encargados de modificar el mal en las que se basaba la práctica de la lapidación y la insistencia en que se trataba de una sunna sólida {al-raym sunna mádiya) ^^ parece apuntar a que los járiyíes no fueron los únicos en rechazar el castigo por no disponer de base textual en el Corán. Entre ellos no debieron de contarse los seguidores de Ibn Hazm, pues para este jurista la opinión de quienes no le ven fiíndamento a la lapidación ha de ser rechazada porque contradice lo que es firme acerca del Profeta {qawl man lam yara al-raym asl^^^ fa-qawl margüb'an-hu li-anna-hu jiláf al-tâbit 'an rasül Allah salla Allah' alay-hi wa-sallam) ^^. Abü Bakx Ibn al-'Arabï aporta algunas pistas al comentar el caso de un grupo de beréberes de las montañas de Trípoli ^^ los cuales sostenían que la ablución ritual con agua (wudü') era una innovación, que lavarse con arena era el principio legal y que la lapidación era nula, debiendo ser castigado el fornicador con la fustigación hasta la muerte ^^ Ibn al-Háyy, málikí de al-Andalus contemporáneo de Ibn Rusd y de Abü Bakr Ibn al-'Arabí, llegaba al extremo de asegurar que Existe consenso entre los alfaquíes en que aquel que dice que la lapidación no es obligatoria para el muhsan, ha de ser ajusticiado por infiel (kufr""), porque ha rechazado una de las normas legales de Dios (hukm^" min ahkàm Allah) ^^. Ibn Hazm considera que si un grupo de opositores al poder político se levanta acogiéndose a una interpretación religiosa {ta'wîl) que implique negar que quien comete zinâ ha de ser lapidado, dicha interpretación religiosa queda descalificada y quienes la sostengan no podrán arrogarse la categoría legal de rebeldes. Véase Abou El Fadl, Kh., Rebellion & Violence in Islamic law, Cambridge-U.K., Cambridge University Press, 2001, 212. ^^ Si examinamos el itinerario del viaje a Oriente de Abu Bakr Ibn al-'Arabï (véase Lucini, M., «Ibn al-'Arabï, Abu Bakr» en Lirola, J. y Puerta, J.M. (dirs.), Enciclopedia de al-Andalus: Diccionario de Autores y Obras Andalusíes, I, Sevilla-Granada, 2002, 457-68) pudo tratarse de cualquiera de los dos Trípolis, aunque la mención a las tribus beréberes y a las montañas cercanas parecen indicar que se trata del de Libia. Por otra parte, según las entradas correspondientes en EP, era el Tarâbulus al-Garb, el que solía denominarse Tarâbulus simplemente, fi"ente a la expresión Tarâbulus al-Sâm, que solía utilizarse para aludir al Trípoli libanes. La cuestión del raym difiere claramente de las del wudu' y el tayammum en que la primera no tiene base coránica mientras que las otras dos sí. Por otra parte, las aleyas relativas al wudu' y al tayammum apuntan claramente a que la ablución ritual con arena está permitida sólo cuando es imposible hacerla con agua. Véase también Averroes, The distinguished Jurist's primer: a translation of Bidayat al-Mujtahid, trad. A lo cual al-Burzulî, transmisor de la noticia, añade lo siguiente: Si el consenso es firme, que no se tenga en consideración la discrepancia que los járiyíes mantienen al respecto, porque son infieles o por la ausencia de estima en que se les tiene ^^. Es decir, existía el riesgo de que grupos de musulmanes se aferraran a la discrepancia de los járiyíes para alegar ausencia de consenso y, por tanto, de argumento en el que legitimar la práctica de la lapidación. Para disuadir a todos los que fueran receptivos a esta postura, se les asimilaba con los járiyíes, los herejes y los infieles y se les amenazaba con la muerte. Más allá de una mera cuestión de discrepancia legal, manifestarse en contra de la lapidación pudo ser una forma de resistirse a los esfuerzos centralizadores llevados a cabo por los ulemas del período premoderno en aras de la consolidación de una identidad islámica homogénea ^' ^. Si la mujer de nuestra fetua consiguió atribuir su hijo al hombre con el que estaba o había estado casada, quedaba entonces el aspecto privado del delito por resolver, es decir, la calumnia de la mujer contra el hombre al que había acusado de violarla y la calumnia de los denunciantes contra la mujer. Surgió entonces la duda de si era posible perdonar al calumniador una vez que el asunto había llegado a conocimiento de las autoridades. Ibn al-Qásim opinaba que una vez que el asunto había llegado al sultán, no había posibilidad de perdón. Ibn Rusd matiza esta postura aludiendo a una máxima de Málik que aparece en la Mudawwana y según la cual la cuestión es como afirma Ibn al-Qásim, a menos que el calumniado quiera ocultar el asunto [por pudor] "^3 Ibid.''^ Sobre dichos esfiíerzos, véase Berkey, J.P., The Formation of Islam. Según Berkey, el derecho islámico procuró equilibrar dos imperativos opuestos: la necesidad de una identidad islámica claramente definida y la necesidad de ocuparse de la diversidad de creencias y de prácticas existente dentro de la comunidad. Esto se llevó a cabo de diversas maneras. Una de ellas ñie precisamente la doctrina del consenso, la cual resultó esencial en la consolidación de la autoridad de las escuelas legales. Se trataba de una doctrina suficientemente poderosa como para permitir que la comunidad pudiera sancionar principios y prácticas que parecían ir en contra de textos coránicos explícitos. De manera más amplia, la doctrina del iymà' constituyó el ñmdamento de la autoridad que los ulemas, y especiahnente los juristas, reclamaban sobre la tradición islámica y por tanto, sirvió para reforzar su creciente autoridad social y cultural. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es (illa an yurîda sitr""). Ibn Rusd señala que esta cuestión se rige de acuerdo con tres máximas: 1) del qadf no depende el derecho de Dios altísimo y por tanto, el calumniado puede perdonar a quien le calumnió, aunque el asunto hubiera llegado ya al sultán, por pudor o por otra razón, 2) del ^a¿^* depende el derecho de Dios altísimo y por tanto al calumniado no le está permitido perdonar a quien le calumnió, ni antes ni después de que el asunto llegue al sultán, 3) que del qadf no depende el derecho de Dios altísimo hasta que llega al sultán y el calumniado puede perdonar a su calumniador antes de que el asunto llegue al sultán, pero después ya no le está permitido, a menos que quiera ocultar[lo para proteger su reputación] ^^. El hecho de haber citado la opinión de Málik inmediatamente después de la de Ibn al-Qásim indica que la máxima por la que se inclinaba Ibn Rusd era la tercera. Si la mujer era perdonada por el hombre al que había acusado de haberla violado y si ella perdonaba a las personas que la habían denunciado, el asunto quedaba zanjado al menos desde el punto de vista legal La posibilidad de que la mujer fuera efectivamente condenada a la lapidación no puede excluirse, sin embargo. Lo que es seguro es que, de momento, no ha sido posible localizar ninguna referencia a la ejecución de lapidaciones en el Occidente islámico premodemo ^^, aunque sí en otras regiones del mundo islámico'^'^. Algunos testimonios indican que el delito se castigó también recurriendo a penas distintas de las previstas por la doctrina, como la castración del varón, el ahorcamiento, la muerte en la hoguera e incluso el pago de una multa ^^. Por otra parte, en la imagen de la práctica judicial que proyectan las colecciones de fetuas del Occidente islámico premodemo los ca-dies aparecen reticentes a aplicar sanciones coránicas ^^. Un claro -^y espectacular-ejemplo de ello lo constituye el proceso contra al-Haskürí, un jurista fesí que fue acusado de ziná ^^. Es cierto que para un jurista como Ibn Rusd el delito de ziná merece ser tratado con la mayor severidad posible. Sin embargo, la doctrina legal, de cuyo seguimiento estricto también es partidario Ibn Rusd, se «blinda» frente a la aplicación del castigo de ziná de cuatro maneras: 1) imponiendo fuertes restricciones en los medios de prueba, 2) disuadiendo a quienes están dispuestos a testificar con la amenaza de la pena por calumnia, 3) permitiendo al acusado retirar su confesión en cualquier momento 4) sosteniendo la doctrina de «aUwalad li4-firás». Aunque no la hacía absolutamente imposible, la propia doctrina legal dificultaba enormemente la posibilidad de que se aplicara la pena prescrita. Pero para que una doctrina sea aplicada es necesario primero que haya juristas que la conozcan bien, segundo que haya tribunales presididos por un jurista de ese nivel y tercero, que el acusado tenga la posibilidad de comparecer ante un tribunal de ese tipo. En la primera mitad del siglo XII las dos primeras condiciones se cumplían sobradamente. Bajo el gobierno de los almorávides se encuentran activos alfaquíes de la talla de Ibn Rusd al-Yadd, Abu Bakr b. al-'Arabï y el cadí' lyád, tres de las figuras más destacadas de la jurisprudencia málikí de todos los tiempos. Los tres ejercieron la judicatura en ciudades como Córdoba, Sevilla, Granada y Ceuta. Por otra parte, de una recopilación de casos judiciales del período almorávide relacionados precisamente con la actividad como juez y como muftí de uno de esos personajes, el cadí'lyád, se desprende una tendencia hacia el segui-^^ Véase Molina, E., «L' attitude des juristes de al-Andalus en matière de droit pénal. http://al-qantara.revistas.csic.es miento de las normas de procedimiento penal elaboradas por los juristas de la escuela málikí. Es cierto que surgían numerosas dudas respecto a su aplicación correcta, dado que estas normas eran distintas de las del procedimiento «civil» y que, además, los juristas sostenían opiniones discrepantes al respecto. No obstante, estos problemas podían ser solucionados sobre la marcha solicitando el dictamen de los expertos, además del de los alfaquíes miembros de la süra o consejo consultivo del propio magistrado ^^ De hecho, si conocemos el caso de ziná que he analizado en este artículo es precisamente porque el juez consulta sus dudas con Ibn Rusd. Respecto a la tercera condición, si, tal como he tratado de mostrar, la principal preocupación de Ibn Rusd es que la acusada compareciera ante el juez supremo es porque para muchas personas el acceso a la justicia religiosa que aplicaban los cadíes no debía de ser fácil, bien porque esa justicia no llegaba a todos los rincones del imperio almorávid, o porque las familias o las comunidades locales «reparaban» por su cuenta las rupturas del código de honor antes de llegaran a conocimiento de las autoridades ^^. Como hemos visto, Ibn Rusd sostiene la validez de la lapidación como castigo de ziná cuando los acusados son muhsan, pero al mismo tiempo no duda en tomar una posición inequívoca en contra de quienes ponen en conocimiento de las autoridades la comisión de un delito tan grave como el de ziná, tanto si actúan por cuenta propia como si lo hacen por encargo de la autoridad. Para justificar su postura Ibn Rusd se remonta al modelo de conducta del Profeta y del califa'Umar. La selección de este modelo, de entre la amplia gama de opciones también sancionadas por la sunna, habla por sí sola de su posición particular fi-ente al delito y sus consecuencias. Los investigadores han avanzado diversas hipótesis para explicar la actitud contradictoria de los juristas, entre la afirmación de la vigencia de la lapidación y el respeto escrupuloso de unas normas que hacen prácticamente imposible la aplicación efectiva del castigo ^^ ^^ Ésta es la conclusión a la que llego en mi artículo «The Application of Penal Law in Almoravid Courts». ^^ Lo cual podía y aún puede, aunque no siempre, terminar con la muerte de la mujer acusada del delito. Los materiales que he analizado en este artículo no nos ayudan a precisar las razones por las cuales las menciones a la emisión y puesta en práctica de sentencias de lapidación son tan escasas para el período pre-modemo. Si bien es cierto que muchos munies y jueces se muestran extremadamente cautos e incluso reticentes a la hora de aplicar sanciones coránicas, no es menos cierto que hubo muftíes que dictaminaron a favor de la aplicación del hadd ^^ e individuos anónimos que estuvieron dispuestos a sacar a la luz pública las transgresiones sexuales ajenas, a pesar de las condenas que se expresan con respecto a esta conducta. Sin embargo, la fetua emitida por Ibn Rusd es reveladora acerca de una cuestión importante y es que si interesó mantener el castigo en vigor fue en parte con el fin de resaltar la idea de una jerarquía judicial en la cima de la cual se encontraba el juez religioso con jurisdicción ilimitada (qâdil-yamâ'a), cuyas competencias exclusivas no podían ser ejercidas por jueces religiosos de menor categoría y mucho menos por magistrados no religiosos. Y si se insiste en que sólo el cadí supremo está autorizado a dictaminar la aplicación de sanciones coránicas que entrañen la muerte del acusado, se está excluyendo también al gobernante ^^ RESUMEN Partiendo del análisis de una fetua en la que se plantea la posibilidad de condenar a la lapidación a una mujer acusada de haber mantenido relaciones sexuales ilícitas con un hombre, se analiza la doctrina legal sobre ziná de Ibn Rusd el abuelo (m. El análisis de esta doctrina conduce a una reflexión acerca de tres cuestiones: 1) la escasez de referencias a la aplicación del castigo de lapidación en el período pre-modemo, 2) la actitud contradictoria de los juristas musulmanes de ese mismo período, los cuales, por una parte sostienen la vigencia del castigo y por otra parte insisten en el respeto escrupuloso de una doctrina que hace que sea prácticamente imposible aplicarlo y 3) la vigencia del corpus de opiniones creado por estos juristas en los debates contemporáneos acerca de la práctica de la lapidación. The Limits of Government authority in Hanafíte Law», Pluriformiteit en verdeling van de macht in het midden-oosten, MOI publicatie 4, enero 1980, 84-90; Peirce, L., Morality Tales, 333 y Peters, R., Crime and punishment, capítulo 1, sección 1.6.1. Müller en su contribución, en Córdoba, durante la época de las taifas, era el soberano quien tomaba personalmente las decisiones acerca de la emisión de sentencias de muerte y de su ejecución y no el jefe de la policía ni el cadí.
Los editores de estos estudios, dedicados a la muerte violenta en al-Andalus, me invitan a participar en ellos retomando un antiguo trabajo mío que apareció, hace ya años, en una revista valenciana de escasa difusión K Por razones que no hacen al caso, me es imposible hacer modificaciones de lo que entonces fue objetivo de aquella variedad: la presentación de un documento árabe que, sin tener un contenido de particular interés, resulta curioso por haberse conservado formando parte de un proceso por asesinato sustanciado ante la justicia cristiana de un pequeño territorio de señorío. Ese texto árabe, que aquí ofrezco en apéndice, se puede considerar una muestra de deposición de testigos sobre un robo con homicidio, crimen que conlleva en el derecho musulmán, como es bien sabido, pena de muerte. Se trata, pues, de un ejemplo de la práctica jurídica islámica en una época tan moderna, respecto al período andalusí, como lo es la mítica fecha de 1492. Es casi nula la aportación que un único testimonio pueda hacer al estudio de los aspectos legales y sociales del delito, así como sobre cualquier otro de la llamada historia de la criminalidad, tanto desde la perspectiva del Islam como desde la concepción cristiana de la Justicia 2. Sacar conclusiones sobre ello no tendría sentido, evidentemente. Lo que tiene de especial (y motivó que decidiera en su día dar a cono- cer este documento) es el hecho inusual de haberse incorporado al proceso como una más de las actuaciones llevadas a cabo por un tribunal de justicia cristiano. El texto no es una muestra única, a pesar de lo señalado, pues archivados en libros de la administración cristiana del antiguo reino de Valencia existen testimonios de otras deposiciones, denuncias y sentencias que sólo se conservan en su redacción en lengua árabe, sin que figure ninguna traducción romance o versión abreviada de los mismos. De ello he aportado en otras ocasiones pruebas documentales que, además, avalan la pervivencia de la lengua árabe entre los mudejares y moriscos valencianos ^. Sin embargo, este tipo de procedimientos (es decir, que la justicia cristiana diera validez a las sentencias de un juez islámico y otras actuaciones registradas en lengua árabe) ha pasado prácticamente desapercibido, ya que -abasta la fecha-no han aparecido muestras de que algo similar fiíera practicado en Aragón o en Castilla (inclusive en territorio granadino después de su conquista en 1492), reinos que han merecido siempre, por motivos diversos, mayor atención de especialistas en materias muy diversas' ^. Es imposible describir ahora en detalle la normativa legal en que se basa el proceso, tanto por razones de espacio como de la importancia que se ha de conceder al documento. Baste decir que la autoridad competente se atuvo a las disposiciones que sobre las actuaciones y la punición del delito dictaminan los fileros de Valencia. Es de sobra conocido que fiíeron la fiíente principal del derecho valenciano en época medieval y, hasta el decreto de conversión de 1525, su aplicación prevaleció sobre la ley islámica siempre que una de las partes -demandante o demandado-fiíera cristiano, si bien, en el caso de que ambas fiíeran musulmanas, ésta había de ser tenida en cuenta tanto en el procedimiento como en la pena, estableciendo los Furs -^respecto a ^ Barceló, C, Minorías islámicas en el país valenciano. Historia y dialecto (= MIPV) Madrid-Valencia, 1984, 57-61, en especial los documentos número 90, 96, 147, 149 y 157, asi como Barceló, C, «Consideraciones en tomo a un texto árabe del Archivo Municipal de Sueca» (= «Consideraciones»), Quaderns de Sueca, 4 (1983), 65-66.' ^ En esta breve exposición no tengo en cuenta los documentos árabes conocidos que contienen herencias o actas matrimoniales, pues no es ese el tema del texto que incluyo en el Apéndice. Como tampoco incumben al asunto que motiva este trabajo los diversos tratados teóricos que circularon durante la Edad Media y Moderna bien en versión árabe resumida o bien en su versión traducida a cualquiera de los romances peninsulares. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es ella-que se impusiera la más grave que contemplara cualquiera de las dos normas jurídicas ^. Acompañando la edición y traducción del texto árabe (corregida respecto a la que ofrecí en 1983), doy seguidamente una sucinta prosopografía de los personajes que aparecen envueltos en el caso, una breve descripción del lugar donde éste tuvo lugar y un somero comentario sobre las actuaciones, testimonios y pena impuesta. Los actores de los hechos que narra el documento vivieron en el señorío valenciano de la Valldigna. Este valle, al que los documentos del siglo XIII llaman Alfàndech (es decir «el barranco», del árabe aUjandaq), se halla a una cincuentena de kilómetros al sur de la ciudad de Valencia y forma parte de la comarca de la Safor, de cuya capital (Gandía) dista quince km aproximadamente. Su nombre árabe fue substituido por el de Santa María de la Valldigna, más acorde con la fe religiosa de sus nuevos señores -o simplemente, la Valldigna-a partir de 1297, fecha en la que el rey Jaime II hizo donación del valle a la orden del Cister ^ y se comenzaron las obras de construcción de un monasterio en lugar elevado, alejado del mar y protegido por la montaña. En cuanto al castillo, símbolo de la autoridad señorial, el valle tenía uno de nombre Alcalá de Marinyén, ya bastante deteriorado a finales del siglo XV. Situado sobre el barranco de VOmbría (Tavernes), ha pasado a llamarse en nuestros días de «la reina mora» ^. Para castigar y penar a los delincuentes, tenía el señorio horca y una cárcel que hasta mediados del siglo XV estuvo en las dependencias del monasterio. ^ Sobre estos aspectos, además de los trabajos citados en la nota 3, cfr. Un tratado catalán medieval de derecho islámico: el Llihre de la Cuna e Xara deis moros, ed. Barceló, C, Córdoba 1989, x-xi. ^ El documento de donación ha sido editado varias veces. Cfr., entre otros, Cabanes Pecourt, M.^ D., Los monasterios valencianos. Su economía en el siglo xv, Valencia, 1974, II, 101-3. ^ Ribera y Tarrago, J., relacionó este castillo con un mons magnus citado por la Historia Roderici, cfr. Se hizo eco de esta identificación, cuya hipótesis es hoy considerada errónea, Menéndez Pidal, R., La España del Cid, Madrid, 1929, I, 566-71 En la fecha del documento que nos ocupa, el abad de los monjes bernardos era la máxima autoridad de este pequeño valle; pero lo era de nombre, ya que en esa época no gobernaba directamente el monasterio, como había sido costumbre hasta 1460 cuando, de perpetuo, el abadengo se transformó en comendatario. En ausencia del abad y a modo de procurador general, la administración efectiva del señorío, que disfrutaba entonces de la jurisdicción civil y criminal, con mero y mixto imperio, era ejercida sobre sus vasallos (en su mayor parte de religión islámica) por el prior del convento ^. Esta población musulmana se hallaba organizada en 1492 en seis aljamas o comunidades ^, que, de Oeste a Este y de Sur a Norte, eran las siguientes: unas 50 alrededor de 16 unas 7 más de 30 unas 15 70 0 más De todas ellas sólo subsisten en la actualidad los municipios de Simat, Benifairó y Tavernes, que se conocen por el apelativo «de la Valldigna» para poder ser diferenciadas de otras localidades valencianas y españolas de idéntica denominación. En el lugar de El Ràfol, que tenía una pequeña iglesia y un trapiche del que cuidaba una reducida comunidad cristiana con residencia permanente, sólo se establecían los musulmanes en el tiempo de la zafra del azúcar ^^. En tierras del actual término municipal de Benifairó ^ Gascón Pelegrí, V., Historia de Tatemes de Valldigna (= Historia Tatemes), Valencia, 1981^, 82 y 112-20; Toledo Guirau, J., El Monasterio de Valldigna: Contritución al estudio de su historia durante el gotiemo de sus atades perpetuos», tirada aparte de los Anales del Centro de Cultura Valenciana, Valencia, 1944, 84-85 y «El castell i la Valí d 'Alfandech de Marinyen», Boletín de la Sociedad Castellonense de Cultura (1936). ^ Gascón Pelegrí, V., Historia de Tatemes, 110 y 136 y Garcia-Oliver, F., La Valí de les sis mesquites. El tretall i la vida a la Valldigna medieval (= La Valí), Universitat de Valencia, 2003, 15-29.'^ Sanchis y Sivera, J., Nomenclátor geográfico-eclesiástico de los puetlos de la diócesis de Valencia, Valencia, 1922, 363. Sobre el trapiche, instalado hacia 1430, (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es de la Valldigna se encontraba la antigua población de Alfulell, que se localiza en una partida del mismo nombre ^^ y en el actual de Simat de la Valldigna, junto al barranco de la Fontarda, se hallaba la alquería de la Xara, de la que aún se conserva su antigua mezquita (hoy ermita de Santa Ana) declarada monumento histórico artístico ^2. En cuanto a la alquería de I'Ombría, cuya existencia se perpetua en el nombre de una partida rural, estaba situada al otro lado del río y enfrente de la actual ciudad de Tavernes, a la que los musulmanes arabizados del señorío llamaban entonces al-yibal al-kubrà ^^ que era el municipio más poblado del valle. Los denunciantes, el acusado y la víctima vivían en esta última villa. Prosopografía de los personajes Los individuos que mencionaré en este apartado son los que aparecen envueltos en el caso. De una parte están el señor del lugar, la autoridad cristiana competente y el magistrado; de otra, el escribano y el cadí; por último, los auténticos protagonistas del proceso, es decir, la víctima, los denunciantes, el homicida, las personas que solicitan la comparecencia de determinados testimonios, los que deponen declaración y los testigos de los interrogatorios. En total, una veintena de personas, entre las cuales sólo hay una mujer: la viuda de la víctima. Para el presente trabajo no he realizado ningún tipo de investigación específica o profiínda sobre cada uno de estos individuos. Aquí me limito simplemente a dar cuenta de algunos datos que ya tenía sobre ellos: por un lado los procedentes de archivos, algunos de los cuales ya he presentado en otras publicaciones mías; y por otro, los que he conocido a través de trabajos ajenos. Gascón Pelegrí, V., Historia de Tatemes, 109 y Garcia-Oliver, F., La Valí, 66. Aún subsiste el nombre de El Rafal en una partida del término de Tavernes y se ve, al otro lado del río y al pie de una pequeña montaña, parte de su antigua muralla. Chabás, R., «Simat de Valldigna», El Archivo [Denia], VE (1893), 354-55.'^ Se conservan algunos ladrillos con escritos árabes procedentes de esa mezquita, cfr. Labarta, A. y Barceló, C, «Socarráis valencianos con escritura árabe. Inventario provisional», Al-Qantara VII (1986), 441-69.'^ Sobre la identificación de al-yitál al-kiitrà con Tavernes, cfr. Otros testimonios árabes aparecen en mi libro, citado ut supra en la nota 3. La reseña sobre los personajes cristianos involucrados en el proceso será muy breve. Cuando se produjeron los hechos denunciados ante la justicia, era abad comendatario don César de Borja, arzobispo de Valencia, cardenal y sobrino del duque de Gandía, don Rodrigo de Borja (más conocido como Alejandro VI), a quien sucedió en el abadengo de la Valldigna en el año 1491 al renunciar éste a dicho cargo cuando alcanzó la tiara pontificia. Al fi-ente del priorato se hallaba el padre fray Pere Baldó, hombre experimentado que hasta la fecha de su muerte, acaecida en 1500, aún continuaba en un cargo que venía ejerciendo desde 1460; es decir, una responsabilidad que asumió durante cuarenta años exactos ^^, a pesar de que el prior, por norma, se nombraba por un período de tres años. Sirvió, por tanto, a los dos abades Borja, haciéndose él mismo cargo del abadengo (entre 1499 y 1500) cuando don César renunció a sus encomiendas -inclusive el arzobispado y capelo cardenaliciopara casarse. El oficio de justicia del valle estaba en manos de Cristófol d'Aragó. Nombrado por el abad, ya ejercía en 1481 y continuó hasta 1506, data en que actúa su sucesor, Joan Llorenz de Canyamar quien, a su vez, sería sustituido en 1513 por Joan Roís de Calcena. Después de abandonar su puesto en el valle, D'Aragó se dedicó en Valencia al arte de la notaría, conservándose algunos protocolos con sus actuaciones. En uno de ellos figura una concordia de dos familias musulmanas de Simat de la Valldigna, realizada en su presencia en el año 1514 »5. Representando a los demandantes por el robo y homicidio de su pariente, causa del pleito que comentamos, actuó el procurador fiscal de la Valí dAlfàndech, que en esos momentos era Joan Gaseó. El hecho de recibir en la documentación cristiana el tratamiento de mossén confirma que poseía el título, necesario para su menester, de graduado en leyes y experto en derecho. Prosopografía de la autoridad islámica Hay que remontarse al año 1277 para encontrar los fimdamentos legales que permitieron que el derecho islámico se siguiera aplicando después de la conquista cristiana en el territorio de la Valldigna. En esa fecha, el rey Pedro III de Aragón concede a los musulmanes del valle el privilegio de quQ possint eligere et or diñare de se ipsis Alcadi et Alaminum qui iudicaret inter ipsos secundum Çunam et libros eorum iuxta voluntatem et consilium eorundem. El citado privilegio les fue confirmado por Jaime II en 1298, es decir un año después de que la Corona hubiera cedido el señorío a los monjes del Cister'6. Ese especial privilegio, concedido a la población islámica del valle y en términos similares a otras aljamas del nuevo reino, quedó regulado en 1329 por unas disposiciones reales sobre jurisdicciones. La nornia, promulgada por el monarca Alfonso II de Aragón, quedó incorporada a la rúbrica VII de los Furs y desarrollada y detallada en tres disposiciones reales referentes al cadí musulmán, según las cuales éste podía dictar sentencia y establecerse, con conocimiento del Baile General del reino, en términos de señorío con mero imperio; así mismo, podía tener un lugarteniente o sustituto en su cargo i^. A partir de entonces y ante determinados delitos cometidos en tierras del reino de Valencia por individuos de religión musulmana, en particular aquellos que conllevan pena de azotes en el derecho islámico, las autoridades cristianas aplicaron la Cuna e Xara deis moros aconsejados por un cadí. Por todo ello solía haber un juez islámico tanto en las morerías reales (donde consta su existencia en Valencia, Játiva, Elche y Alcira) como en los lugares de señorío a los que el rey hubiera cedido el mero y mixto imperio, es decir, la jurisdicción civil y criminal. Sucedía esto en territorios de las grandes casas nobiliarias que habían obtenido esas jurisdicciones por privilegio real, por ejemplo: Alcocer, Aspe, Cocentaina, Elda y Novelda, en la actual provincia de Alicante; Gandía, Benaguacil, Buñol, Paterna y Riba-roja, en la de Valencia. De igual modo pasaba en los señoríos eclesiásticos, como la Valldigna en donde, al igual que los había habido en los siglos XIII Existen pruebas de que los señores, laicos o eclesiásticos, trataron de impedir que las normas antedichas pudieran aplicarse en sus tierras. También los monjes bernardos de la Valldigna trataron de obstaculizar su cumplimiento, como consta en un pleito surgido entre los vasallos y la comunidad del Cister en 1457. Intervinieron en el enfrentamiento, en representación de todos los musulmanes del valle, el cadí Mahomat Tastavell, vecino de Benifairó, junto con el alfaqui Abrafím, de I'Ombría. Se arbitró sentencia, dictándose varios capítulos entre los cuales hay mención expresa al tema que nos ocupa: por un lado, que «cuando hayan de contraer matrimonio moro y mora, lo harán de acuerdo a Cuna y Xara, y no conforme a los Furs»; y por otro, que «al surgir pleitos entre moro y mora, la señoría viene obligada a darles alcadí, quien intervendrá entre aquéllos» ^^. Además del cadiazgo, durante el siglo XV está probada la existencia de otro oficial de las aljamas encargado de la escribanía, que es equiparado en el vocabulario de la época con un alfaqui. Quien desempeñaba ese oficio recibía un salario por las ñmciones que había de realizar: entre otras tareas, la redacción de documentos en lengua árabe. Por las descripciones conservadas de dicho oficio, tenía éste las mismas encomiendas que el W/ de la magistratura islámica, esto es: actuar como secretario del cadí, autenticar actas de todo tipo y expedir copia de ellas, administrar las propiedades de las mezquitas e intervenir como fiduciario en la división de herencias. En las morerías de las ciudades sólo había uno, pero su número era superior en las tierras donde existía una amplia población musulmana: como mínimo, uno en cada localidad con más de una treintena de familias ^^. En la Valldigna, a petición de parte musulmana, solía actuar un cadí, de acuerdo con la sentencia arbitral de 1457, a lo que parece, todavía vigente el año en que se sustancia el proceso que estamos analizando. Había uno en 1511, pues en otro proceso ante la justicia cristiana dicta sentencia el cadí Muhammad b. Ahmad b.'Asir b. al-Ahmar (o alcadí Alazmar en otros documentos) condenó a Azmet Roget, con consejo de otro juez islámico, a pena de 50 azotes por esconder dos esclavos de unos cristianos de Alcira e intervino en la negociación de un matrimonio entre dos familias de Tavernes'^K El otro magistrado musulmán que intervino en esa sentencia de 1510 fue Muhammad al-Zummayla, cadí de la ciudad de Gandía. Consta que acudía al valle de los monjes bernardos con cierta regularidad y que en 1506, por ejemplo, se personó en la Valldigna para dictar sentencia por injurias, con pena de 25 azotes, figurando también en los libros del Justicia del señorío con el nombre de Mahomat Zumil'la, alcadi de Gandía. Su familia era oriunda de la Valldigna y encontramos a un Abraem Çumilla, removido del cargo de cadí del valle en 1479, y a un Çahat Çumilla, que actúa en 1510 -como cadí del valle-en un acuerdo matrimonial ^^. La presencia de ese cadí foráneo hay que relacionarla con la necesidad de un lugarteniente o substituto (equiparable al nâ'ib árabe) que, como dictaminaba la disposición alfonsina, pudiera intervenir en caso de ausencia del titular o que pudiera dar cumplimiento -en determinadas circunstancias-a sentencias colegiadas. Consta por la documentación conservada que los oficios del cadiazgo y la escribanía eran desempeñados durante bastantes años. Ello hace suponer que los individuos en quienes recaía un cargo como éste, de cierta responsabilidad, gozaban de la confianza y protección de sus señores, sin que se pueda descartar que los cambios de persona cristiana en el oficio de Justicia afectaran, además, a un nuevo nombramiento de jueces y escribanos musulmanes. Por otra parte y como he mostrado en otro lugar, para la necesaria formación en derecho islámico, tanto de cadíes como de alfaquíes o escribanos, eran necesarias «escuelas» de aprendizaje. En el siglo XV los estudios se llevaban a cabo no sólo en les escoles que funcionaban en algunas morerías de las grandes ciudades valencianas y en poblaciones de señorío con un número elevado de habitantes, sino también en la Granada nazarí y en otros países islámicos del Mediterráneo, sobre todo del norte de África, a donde los alumnos marchaban con licencia del Baile General para poder salir del reino. En la Valldigna también fiíncionaba una escuela en 1484, como se desprende de la presencia de un ustád al que aludiré más adelante ^^, En nuestro documento de 1492 intervienen dos individuos que autentifican el acta. Uno de ellos es el que valida la declaración del último testigo y, por tanto, se puede deducir que ocupaba alguna de las escribanías del valle. Su nombre es'Abd AUáh b. Sa'ïd Abï l-'Arïf y debe tratarse del mismo' adl ante quien se presentó una denuncia, en agosto de 1483, por herida en el dedo pulgar, porque también éste se da a sí mismo el nombre de'Abd AUáh b. Abí 1-'Aríf No sólo coincide la onomástica de ambos, sino que esa persona, ante quien se efectúa la última deposición de testigos en nuestro pleito, tiene la misma letra que el segundo. Podría ser pariente, además, de un Çahat Albolahif, vecino de la Xara, que aparece en un texto de 1450 2"^. Sa'ïd Abï l-'Arîf legaliza la citada denuncia, actuaba también como escribano'Abd Allah al-Biskartï, quien da traslado de una sentencia del Justicia por un im- Redactando el acta de los testimonios de otro pleito, hallamos en 1511 al musulmán Salám b. Sa'd Fadl cuyo apodo de familia, atestiguado en el lugar de Benifairó, se vierte en los textos cristianos en las formas Anfoday, Fuday y Fudayli, nombre que llevaron algunos trajineros de la Valldigna ^6. Otro escribano, de nombre Ahmad b. Muhammad al-Lajmï, interviene en el proceso que se incluye en apéndice y podría ser familia de un Ibráhím al-Lajmí, alamín del valle en 1510. En 1516 aparece realizando la misma función el katib' Abd Allah al-Ramï, tal vez pariente de cierto Ibráhím al-Rámí que actúa como testigo en un texto de 1483 27. Resta decir, por último, que los alfaquíes (al igual que los cadíes) no sólo constituyen la elite de sus respectivos lugares en el siglo XV, sino que continúan siéndolo en época de los moriscos, en cuyos documentos aparecen los mismos nombres y apodos. Así ocurre con los Tastavell, un apellido que se menciona en un texto árabe de 1598 ^s. Prosopografia de las personas implicadas Haré mención en este apartado a los auténticos protagonistas del suceso: la víctima, el acusado, las personas que presentan la denuncia, los que solicitan comparecencia de testigos, quienes deponen a peti- Sobre Yùsuf b. Muhammad al-Faqîh, acusado del homicidio y robo, sólo puedo ofrecer los datos que aporta el proceso, en cuya versión valenciana se le nombra JuçefCuyta o Çuyta. Era vecino de Tavernes, pero tras su crimen huyó de la villa, estando primero un tiempo en la villa de Oliva, que entonces era capital de un condado y señorío de la noble familia valenciana de los Centelles, y después, refugiado en Cocentaina, que también era capital del condado de su nombre. No sé si su apodo es Cuita, Cuita o Cuita. Ignoro qué pueda ser la primera palabra; la segunda significa «cochura» en castellano; la tercera es una forma dialectal catalana con el significado de «cosecha». Aunque se trate de una mera conjetura, es posible que en su acepción primera el apodo tuviera su origen en el hecho de trabajar en la cochura del azúcar bien en el trapiche de El Ràfol o bien en una casa particular, propia o ajena ^^. Según el libro del justicia cristiano, el nombre de la víctima era Azmetfill de Fuçey Zignell o Ahmad b. Husayn Guzayl, según el texto árabe. El apodo valenciano recogido por el escribano del valle aparece en otros textos adaptado al árabe como «Ziqnil»; todavía se documenta a fines del siglo XVI, tanto en una concordia de 1580 sobre tierras colindantes con herederos de Abráhím Ziqnil, que en la versión valenciana del texto árabe se dice de la viuda de Abraïm Signell, como en un texto de 1598 en el que aparece Lluís Ziqnil ^^. No sabemos la edad que tendría la víctima, vecina de Tavernes, el día que murió de forma violenta en abril de 1492. Estaba casado con Naem, cuyo nombre no consta en el documento árabe y no me atrevo a restituir. Ella, en compañía del procurador fiscal y de su hijo Mahomat, llamado por el escribano árabe Abu'Abd AUáh Muhammad b. Ahmad Guzayl, presentó la denuncia ante la justicia de la Valldigna. ^^ Véase más adelante la información recogida sobre la licencia para vender azúcar concedida a un pariente de la víctima. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es Está documentada en el año 1491 una reclamación del baile de Alcira a cierto Azmet Zichnell, de la Valldigna, por impago del impuesto de besant que habían de pagar los musulmanes que emprendían viaje a sus lugares de residencia. Si se trata de la víctima, se puede colegir que en algún momento de su vida se había avecindado en la morería de la ciudad vecina ^\ El hijo del asesinado requiere en el proceso la deposición de testigos que inculpen al agresor. Lo mismo hace Yahyà b. Husayn Guzayl que, por su onomástico, seguramente era hermano de la víctima. Tal vez sea un Yahyà Guzayl al que se incrimina en 1510 en la ocultación de dos esclavos musulmanes huidos de sus dueños cristianos y que podría ser el mismo que en 1502 sale fiador, ante el Baile General, de un mudejar de Alberic que viaja al valle de Elda (Alicante) para vender muías -^2. Otro miembro de la familia, muy probablemente primo del difunto, es'All b. En 1510 aparece una persona con el mismo nombre como testigo de un pleito sustanciado ante el cadí y figura en el nuestro -además-como testigo de la declaración de Muhammad b.'Abd Allah, tintorero. Podría tratarse de un AU fill de Yuçeff Zignell, de Tavernes, a quien en 1496 se concede licencia para vender azúcar en la ciudad de Valencia. En 1511 también se documenta un Yùsuf Ziqnil en una reclamación de deuda a Bulùs o Pelluix Ziqnil, ambos de Tavernes de la Valldigna ^3. A los datos hasta ahora expuestos puede añadirse que en el documento de 1450 (citado en 2.2.1), por el que las aljamas de nuestro valle aceptan pagar 25 libras censales en nombre del señorío, JuçefZignell era miembro del consejo de la aljama de Tavernes, mientras que en la sentencia arbitral de 1457, en la que intervino el cadí Mahomat Tastavell (citado antes en 2.2), formaban parte del consejo de ese mismo lugar Yuçef Fuçey y Mahomat Zichnell, hermanos sin ninguna duda. Era este Mahomat un negociante y trajinero, del que constan licencias concedidas para viajar con una muía a Orihuela y Elda a vender (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es lienzos y otras mercancías 3"*. En 1452, siendo vasallo de la morería de Valencia, este Mahomat se presentó al Baile General para que un mudejar, de quien compró un trozo de tierra en la huerta del señorío de la Valldigna y que se retractó de la venta, le devolviera lo que pagó. La tierra, plantada de cañamiel, tenía cargado un censal cuya pensión llevaba Zignell dos años sin pagar, aunque recogía las cañas. El rentista se la reclamó al vendedor y éste, ante el Justicia de la Valldigna, la reclamó a Zignell, que en ese momento era vecino de Alcocer (Alicante). Mahomat se avino con las partes, vendiendo a un tercero la tierra -que no cultivaba-y obteniendo del censalista un préstamo de 30 libras ^^. Consta el nombre de varios individuos Zignell, que trajinaban por el sur valenciano vendiendo artículos diversos y comprando lino y con cuyos datos es posible perfilar mejor el estatus social de la familia. Según este autor, Fuçey Zignell y sus hijos Yuçef Abdulazis, Mahomat y Çahat, con sus esposas e hijos, realizan operaciones comerciales en la ciudad de Valencia en 1491, además la familia movía grandes sumas de dinero y estaba en relación con mercaderes cristianos alemanes, valencianos e italianos. En agosto de 1492 el Baile General les concede salvoconducto por todas sus deudas ^^. La otra cara de la moneda nos la ofrece la investigación de Garcia-Oliver, para quien la documentación sobre esta familia de trajineros, que se había convertido en un clan de auténticos mercaderes desde mediados del siglo XV, muestra su ocaso en ese momento, de serios apuros económicos (que coincide además con la fecha del asesinato). Así, en 1493 el Baile General apremió a Fuçey a pagar cierta cantidad adeudada a sus primos de Tavernes, bajo amenaza de vender ^"^ Sobre la trajinería que realizaban estos individuos, Hinojosa Montalvo, J., DMA, 86 y 133 donde aparece Mahomat Sichnell o Zigüell (sic), junto a Ahdalla Bisquert. ^^ Para la venta de tierra y el préstamo de 1452, cuyos documentos (según el Baile General) se redactaron en árabe, cfi*. Husayn Guzayl, con esa familia de comerciantes, pues sabemos por la acusación que el asesinado havia près de un oncle seu deu o dotze Iliures reals de Valencia, cantidad importante en la época. Así parece probarlo también la noticia de que en 1494 Umaymat y su hermano Yaye Zignell, ambos vecinos de Tavernes, pagan 100 libras para cubrir una deuda de su primo Fuçey a un mesonero de la capital. Si esto no fuera bastante, sabemos que ese Fucey Zignell, casado con Aixa y vecino de Tavernes, tenía seis hijos: Azmet, Yuçef, Çaat, Abolazís, Mahomat y Fátima 3^. Sin que pueda aportar pruebas, la familiaridad que parece existir entre víctima (que se infiere de la declaración de uno de los testigos) y homicida, de quien se dice en el proceso que ha tengut moka amistat [...] e com a germans son stats, sospecho que tendría algo que ver con la dedicación de ambos a la trajinería y el azúcar. En el pleito que comentamos, el hijo de la víctima, Muhammad b. Ahmad Guzayl, solicitó la comparecencia de dos testigos sobre el crimen cometido por el acusado. Sa'd b.'All al-Margalit, que aparece en una nota manuscrita del documento árabe como Çahatfill de Allí Margarit, depone el primero. Debía ser familia de un Yayie Margalith, miembro del consejo de Tavernes en 1450, y de un tal'Alí b. Los hijos de Fuçey Zignell, Yuçef y Abdulaziz, aparecen haciendo tratos con el mercader italiano Conrado da Ponte, cfr. en Igual, D., et alii «Materias primas y manufacturas textiles en las aljamas rurales valencianas de la Baja Edad Media», en Actas del VI Simposio Internacional de Mudejarismo, Teruel, 1995, 322 cuadro 2. La familia volvió a la Valldigna, en la que en 1506 Mahomet y Pellux Zinell (sic), con Abdozalam Moquebir, son requeridos por una deuda de 60 libras a unos cristianos de Ayora (ARV, Clero, legajo 813, caja 2125, libro de la corte del Justicia de 1505, f. xiv, verso). Este último autor sugiere (La Valí, 81) que la no inclusión del hijo mayor, Azmet o Ahmad, en el salvoconducto antes citado se debe a una ruptura familiar. En realidad, el hombre había sido asesinado unos meses antes, como prueba nuestro documento que también utiliza este autor, cfr. Ahmad al-Margalitï, también de Tavernes, que en 1484 es condenado, junto con su suegro Muhammad b. Jattáb, a reponer la techumbre de la vivienda del ustâd Ibrahim al-Tarbànï a la que habían prendido fuego y, en 1492, por robar parte de las cebollas que había de entregar al arrendador'^^. A la declaración de ese Çahat asiste como testigo otro miembro de su familia: Sa'd al-Margalit Gayyát, nombre que coincide con Çaat Margalit, del consejo de Tavernes, citado en la sentencia arbitral de 1457, y que en 1473 viaja a Orihuela y Elda con un criado, tres muías y un asno para comerciar. Su apodo «Gaitero» puede aludir a una profesión familiar, pues, aunque parezca extraño, en algunas poblaciones existían músicos -llamados jotglars-que actuaban en cualquier boda musulmana que se hiciera en el reino, pagando quien les contrataba un canon a la señoría del lugar "^K Mas'ùd b.'Àmir Zaydùn es uno de los testigos de la declaración de Sa' d b.'All al-Margalit que no firma de su puño y letra. Con la información de que dispongo sólo he podido documentar el apodo familiar en 1457, fecha en la que aparece entre los oficiales de la aljama de Tavernes un Hilel Zaydó, además de un miembro del consejo de nombre YucefZaydó, También, hacia 1528 un tal Zaydón, vecino de Benifairó, desempeñaba el cargo de cadí de la Valldigna ^^. Ahmad al-Ba'dilyuh fue el segundo de los declarantes de quien el hijo de la víctima, Muhammad b. Ahmad Guzayl, solicitó su comparecencia como testigo. Gracias a una nota en el documento árabe, sabemos que este Azmet Padillo era vecino de Muría, localidad alicantina equidistante de Oliva y Cocentaina, poblaciones donde se había guarecido el homicida. Resulta extraño que no conste en el documento árabe ningún dato sobre su genealogía, ni sobre su domicilio habido AMSu, Actos y Procesos delJusticia (1500-1501); Barceló, C, MIPV, 273, n." 96 y Garcia-Oliver, F., La Valí, 110-11. Quizá perteneció a la misma familia un tintorero de la morería de Alcira, llamado Abduçalem Margarita que cita Meyerson, M.D., The Muslims of Valencia,133/311,n. ^^ Gascón Pelegrí, V., Historia de Tatemes, 110; Hinojosa Montalvo, J., DMA, 115. También Gascón Pelegrí, V., Historia de Tatemes, 124 cita el derecho que «pagaban los moros cuando amenizaban con juglares la celebración de sus bodas» entre los que percibía el monasterio de la Valldigna de sus vasallos musulmanes a principios del siglo xvi. Sobre otros juglares, bailarinas o instrumentistas mudejares del siglo xv valenciano, Barceló,C, MIPV,99 y Meyerson,M.D.,The Muslims of Valencia,134/313,n. "^^ Gascón Pelegrí, V., Historia de Tatemes, 110; Vidal Veltrán, E., «El cuaderno», 56. tuai. En cuanto a su apodo, podría responder a una seudoadaptación árabe de un nombre romance. Sobre el testigo de su declaración, Yüsuf b. Muhammad'Isa, fuera de que no sabía escribir pues -como indica el escribano-no firma de puño y letra su testimonio, sólo puedo relacionarlo con un Alí Y ça que en 1451 se dedicaba al comercio con Orihuela y Elda. En cuanto al otro, Yahyà b. Ibráhím al-Munyib, podría estar emparentado con dos individuos, llamados Çaat y Abdal-là Mengeb, vecinos de Tavernes, y con Fuçey Mengebilla, que ocupaba el cargo de jurado de la alquería de VOmbría en 1457 y cuyo apodo -Mengebilla-sería el diminutivo romance del nombre árabe en su pronunciación dialectal. Otro miembro de la familia es Maymó Mengey o Almengey, un trajinero que, entre 1481 y 1489, viaja a Orihuela y Elda ^3. La declaración testimonial más extensa y detallada es la de Muhammad b.' Abd Alláh al-Sabbág, esto es tintorero de profesión (él o sus antepasados), sin que haya encontrado dato alguno sobre su vida, salvo lo contenido en el proceso que se reduce a ser llamado Abdallà Alfaqui, vecino de Tavernes. Interviene por requerimiento de Yahyà b. Husayn Guzayl que, como ya se ha dicho, era pariente de la víctima. Firman como testigos de esta declaración el ya citado'Alí b. Un hermano de éste, Muhammad b. Yüsuf al-Sàtibï, fixe acusado en 1483 ante el Justicia por haber herido con su azada a otro mudejar de Tavernes durante una discusión sobre los derechos de la tanda de riego. He localizado también un'Abd al-Karím al-Sâtibï, de Ondara (Alicante), que se cita en un proceso datado en 1511 y tramitado ante el Justicia de nuestro valle; y es posible que perteneciera a la misma familia un Abrahim Xativ/, de Alcira, citado en documentos de 1491 y 1413 ^4. "^^ Gascón Pelegrí, V., Historia de Tatemes, 110; Hinojosa Montalvo, J., DMA, 86 (Yça), 141, 157 y 163 para Mengeb, donde el apellido es ortografiado Menget, Almenpex y Almenguer. "^ Barceló, C, MIPV, 269-70 n.*' 90, donde en la línea 2 de la edición hay que corregir Yüsuf al-Sâtibï ^ox Muhammad bn Yüsufal-Satibíy, en consecuencia, en la linea 2 de la traducción ha de decir Muhammad bn Yüsuf al-Sâtibï en lugar de lo que se ha impreso: Muhammad Yüsuf al-Sâtik. 33. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es 3. Las actuaciones, deposiciones y pena impuesta El procès de Vhonrat en Johan Gaseó, procurador fiscall de la Val de Alfàndech e de la viuda Naem, muller de Juçef Ziqnell, mora del loch de la Taverna, contra Juçef Cuyta, moro del loch de la Taverna, se sustancia ante el Justicia General de la Valldigna, de acuerdo con las disposiciones de los fueros valencianos por los que se regían todos los subditos del rey, fueran cristianos o musulmanes. Por tratarse de un crimen penado con la muerte, en el presente caso y según esos mismos fueros, el Justicia no había de requerir la opinión de un cadí islámico, aunque hizo actuar a los escribanos árabes. Ignoro las razones que motivaron tal actuación, pero puedo sugerir que tal vez se debiera a que los testigos no quisieran hablar en romance y que el juez hiciera que su declaración en árabe se realizara ante los escribanos para que así se garantizara el conocimiento exacto de la deposición testimonial en el proceso. La legislación vigente en el momento en que éste se inicia permitía al acusado apelar contra el auto ante el Baile General, que era la máxima autoridad del reino de Valencia en los asuntos relativos a subditos musulmanes de señorío y realengo y, si no le satisfacía la respuesta, podía presentar apelación, en última instancia, ante la Real Audiencia. No tengo constancia, sin embargo, de que hiciera ni una cosa ni otra. En el proceso se contienen las informaciones practicadas para punir al culpable del robo con homicidio perpetrado contra Azmetfill de Fuçey Zignell, de Tavernes, acaecido en 1492. La acusación que consta en el auto es como sigue: A cinch del mes de abril, sabent lo dit Fuçey Cuyta com lo dit Azmet Zignell havia près de un onde seu deu o dotze Iliures reals de Valencia, lo dit Yuçef pensa, fabrica com poria matar o greument naffrar o debilitar lo dit Azmet Zignell, perqué aquell millor lipogués penre efurtar los dits dinés. De acuerdo con la ley penal islámica, el crimen cometido era el qat' al-taríq que merece castigo de crucifixión, además del precio de la sangre para los familiares de la víctima. La actuación de los'udül se realiza dentro del plazo legal de un mes establecido por la tradición en el derecho islámico, ya que la primera deposición de testimonio se efectúa el 20 o 21 de mayo de 1492 (897 de la Hégira) y el segundo, el día 1 de junio de ese mismo año. El medio de derecho utilizado como prueba es la confesión realizada por el acusado a segundas personas, que se aporta a través de testimonio sin juramento, y mediante carta de autoinculpación, que no se conserva en el libro del Justicia. Los testigos comparecen personalmente ante el escribano y éste recoge las deposiciones y las autentica y legaliza. Conviene resaltar aquí que las personas interesadas en el auto pertenecen a una misma categoría: la mayor parte son trajineros que comercian, sobre todo, con lino; por eso, su actividad mercantil les permite ser testigos de la confesión del agresor, huido de la Valldigna a dos villas que se encuentran en el camino natural de Tavernes de la Valldigna a Alicante. Además, son familias que ocupan los cargos de responsabilidad en el señorío pues, a la vez que artesanos y comerciantes, son escribanos, alamines, jurados y consejeros, lo que les confiere categoría de «prohombres». Por el contrario, el procurador fiscal presentó ante el tribunal una imagen del acusado que hiciera más punible el crimen, pues lo tildó de mal moro, embriach, de mala fama, vida e conversado, breguery matador y gran lladre. Practicadas las pruebas, el Justicia encontró culpable al acusado y le condenó a ser ahorcado, la máxima pena prevista por el derecho valenciano, es decir y según su propia expresión, a ser penjatper lo coll a manera que muirá y la sua ánima totalment se separe del cors, si bien la aplicación de la pena se realizará en el momento en que esté en la cárcel (ora que será près o vendrá a mans dels oficiáis de la dita senyoria o de la majestat del senyor rei) pues el reo, como consta en el auto, se hallaba en paradero desconocido. El Justicia también le inflige un pena monetaria, consistente en dos milía sous, donados y pagados, la mitât a la senyoria y Taltra mitât a la part denunciant. Y ambas se acompañan de una tercera pena de destierro: E no-res-menys bandejam aquell dit Yuçef Cuyta y per bandejat lo avem de tot lo present règne de Valencia. Como era práctica común en época medieval entre los creyentes de las tres religiones (cristiana, musulmana y judía), las leyes permitían la venganza de los parientes en la persona del condenado, sin haber de dar cuenta de ello ante la justicia; por eso la sentencia acaba diciendo que concede facultat y licencia ais parents del dit Signell, moro difunt, de poder matar y dampnificar lo dit Yuçef Cuyta, moro, sens dany e perill algún de llurs persones e béns y perill encara de la Corty senyoria, segons per Furs y privilegis és promés. Dictado el auto, se dio traslado de éste al Virrey con la petición de que se diera orden a los oficiales reales de encontrar al asesino, Juçef Cuyta, condenado a muerte y huido del señorío. El 15 de junio de 1492, se cursó la orden, advirtiendo en la misma que no se había de molestar a la familia de la víctima, Azmet Zichnel, autorizada a tomar su venganza' ^^. No tengo noticia de que la sentencia se ejecutara en la persona de Juçef Cuyta o Cuyta, esto es Yüsuf b. [r] Çahat, fîl de Allí Margarit, dix que trobà en Olliva a Yuçef Cuyta; e dix que ell totsol avia mort a Zecnell. ^5 Meyerson,M.D.,The Muslims of Valencia,196/327,n. 87. ^^ El documento árabe presenta algunas características propias del dialecto que en esta edición no comento ni señalo. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es territorio de señorío valenciano en 1492. El análisis del documento permite a la autora situar en un contexto espacial y temporal concreto la aplicación de la sarí'a al castigo de delitos de sangre entre los subditos musulmanes de un estado no islámico. La conservación del texto como parte del proceso sustanciado ante un tribunal cristiano indica que la justicia penal valenciana daba validez a documentos redactados por un juez, por un escribano o por un notario musulmán, sin traducirlos. Esta práctica, confirmada por otros muchos testimonios, difiere de la que estuvo en vigor en Aragón, Castilla y Granada, y ha pasado prácticamente desapercibida hasta el momento presente.
categoría de «martirios» y equiparadas a las del tiempo de los apóstoles por la población de cristianos viejos granadinos, y, más concretamente, de un grupo de «originarios», compuesta quizás por los primeros repobladores de finales del s. xv, destinados a convertirse en una élite social y económica del Reino. Para Barrios, la conexión entre los martirios alpujarreños y los de los antiguos mártires evocados por los libros plúmbeos es clave para comprender el origen de este paradigma, que cobra fiíerza en un entorno ideológico marcado por el apogeo de «una historia urbana encomiástica» (expresión tomada de Juan Calatrava), donde la historia local, en forma de alabanza de tal o cual ciudad, servía como legitimación de la defensa de los privilegios de la misma, o de su superioridad sobre las otras ciudades. Los hallazgos del Sacromonte proporcionaban un argumento de primera para establecer la primacía de una ciudad. Granada, donde el recuerdo del Islam era aún recentísimo, y que se encontraba, de golpe, ligada de manera privilegiada a los orígenes mismos del cristianismo. Esta conexión entre los martirios alpujarreños, los mártires apostólicos y la historiografía local ayuda a explicar la fortuna de los libros plúmbeos y la enorme energía desplegada por D. Pedro de Castro en su defensa. La figura del arzobispo, que acaba vinculando los hallazgos con la defensa a ultranza del concepcionismo, es fundamental para entender el arraigo de este paradigma, local pero con vocación universalista. La historia, sin embargo, no se extingue con su figura. Desde finales del s. xvi, la conjunción de historias eclesiásticas de Granada y de defensorios de los libros plúmbeos irá construyendo la imagen más duradera de la Granada barroca, en un todo donde «historia mitológica y falso cronicón eclesiástico se funden»; una historiografía que se nutre del mito, y a la vez lo alimenta. Barrios pasa revista a algunos de los hitos de esta literatura eclesiástica, como son Antolínez de Burgos o Bermúdez de Pedraza, cuyas historias se pueden poner en relación con la literatura propiamente laminaria (Gregorio López Madera o Luis de la Cueva) que proliféra durante todo el s. xvii. Ambos géneros confluyen para dar cuerpo al paradigma granadino, que cobró una entidad tal que pudo sobrevivir a la bula papal que en 1682 declaró la falsedad de los libros. La argumentación de Barrios reivindica la unidad de sentido de todo el proceso en la larga duración, y por ello integra en el mismo los episodios del s. xviii, no sólo por lo que se refíere a obras tan importantes como las Vindicias cathólicas granatenses de Diego Cantoral de la Sema, o el Mystico ramillete de Heredia Bamuevo, sino también, y de manera muy signifícativa, en lo que respecta a las sonadas falsifícaciones de la alcazaba granadina. Para Barrios, no es éste un episodio aislado, del que quepa culpar al clérigo Flores exclusivamente: más interesante es buscar la inspiración intelectual del mismo, que se encuentra en el entorno del Sacromonte, y muy principalmente en la fígura de Luis Francisco de Viana, que llegó a ser abad del monasterio. Aunque la fortuna de estas falsifícaciones fue mucho menor que las del s. xvi, para Barrios deben ser in-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es AQ, XXVI, 2005 RESEÑAS 501 terpretadas como un episodio más del programa inaugurado por éstas e impulsado por D. Pedro de Castro. Un paradigma, pues, enérgicamente vindicado, y destinado a sobrevivir a reveses, polémicas y denuncias, como expresión elaborada y pujante de un sentido muy denso y preciso de la historia de Granada, y de su imagen como «santuario de los orígenes de la fe en Andalucía». Los ejemplos que Barrios señala de esta supervivencia llegan hasta la actualidad, y se refieren, desde luego, al entorno eclesiástico y sacromontano, pero también a otras instancias, como, por ejemplo, el grupo Izquierda Unida-Los Verdes del Parlamento andaluz, promotor de una proposición no de ley que, en 1998, apoyaba la iniciativa del Arzobispo de Granada para que los Plomos fiíesen devueltos a Granada. La explicación de esta anécdota puede encontrarse, quizás, en el título que Barrios da al capítulo correspondiente, «Intereses creados y mitología». Que los mitos responden, desde su mismo origen, a intereses determinados, y que van moldeándose a ellos constantemente, es algo bien conocido. También, y esto es lo más fascinante, que a pesar de todo son capaces de seguir produciendo sentido: la anécdota del parlamento andaluz indica, quizás, cómo el mito puede transmutarse en conceptos más modernos, como patrimonio o identidad. Ésta es una historia, en todo caso, que sigue escribiéndose. Me parece que uno de los principales méritos del trabajo de este libro es su perspectiva larga, su concepción global de todo el proceso. En este sentido, la herencia historiográfica de los falsos cronicones no ha sido sólo la de la producción del mito; a contrario, suscitaron desde su mismo inicio una corriente de historia crítica que ha nutrido la reflexión de buena parte de los mejores intelectuales e historiadores españoles, empeñados en lo que R. Jammes y O. Gorsse llamaban «el combate por la verdad». Y ésta es la tradición a la que, voluntariamente y con justeza, se adscribe el trabajo de Manuel Barrios. El tema de los Plomos del Sacromonte lleva a sus espaldas una larga y fructífera tradición historiográñca. Los últimos trabajos que han venido a unirse a ella han supuesto un auténtico salto hacia delante, como bien conocen los lectores de esta revista. Los dos números monográñcos coordinados por Mercedes García-Arenal los años 2002 y 2003 tuvieron, entre otras, la virtud de reunir en tomo a una misma reflexión a buena parte de los protagonistas de ese salto historiográfico, que ha puesto de relieve la conexión del asunto concreto de los Plomos con una serie de cuestiones generales de mucha importancia para la historia española y mediterránea de ese momento. Quizás lo que diferencia a las falsificaciones de la Torre Turpiana y del Sacromonte de otras tantas que tuvieron lugar en el mismo momento es precisamente la pluralidad de lecturas que suscitó, capaz de convocar a personas tan dispares como Ahmad al-Hayarï y D. Pedro de Castro, López Madera y Alonso del Castillo, Bernardo de Aldrete y Alonso de Luna, Marcos Dobelio y Vázquez Símela... Un alboroto grande y polémico, largamente prolongado en el tiempo y proftmdamente arraigado en la memoria colectiva española y, sobre todo, granadina. No es la menor de sus paradojas el hecho de que, a pesar su extraordinaria presencia en los debates públicos y en la historiografía, aún queden por resolver cuestiones factuales básicas, como, por ejemplo, la edición del texto árabe original de la mayor parte de los Libros Plúmbeos, y la reconstmcción de la complicada historia textual de sus transcripciones y sus traducciones. Manuel Barrios es sin duda uno de los historiadores que más ha contribuido a esta renovación historiográfica, desde su proñmdo conocimiento de la historia de Granada y de sus moriscos. El volumen que reseño es en buena medida un resumen de sus aportaciones al estudio de los Plomos que, en forma de alta divulgación, nos ofrece una síntesis de las ideas básicas que han guiado ese trabajo, centrado en el proceso de constmcción de un «paradigma contrarreformista granadino». El argumento de Barrios podría, creo, resumirse de esta manera: el éxito y la posteridad de las falsificaciones granadinas se debe a la pugnaz tenacidad del arzobispo D. Pedro de Castro «y su cohorte de militantes incondicionales», auténticos creadores de ese paradigma, y que dotaron a los hallazgos de un sentido y una notoriedad que «estaban lejos de merecer». Para Barrios, una de las claves de todo el asunto se encuentra en las matanzas provocadas por los rebeldes alpujarreños durante la Guerra de Granada. Estas muertes fueron inmediatamente elevadas a la Siguiendo la línea de trabajos anteriores, en su último libro publicado en 2003, Olivia Remie Constable continúa examinando distintos aspectos del comercio intercultural en el Mediterráneo del medioevo tardío. Sin embargo, esta vez su estudio se centra en el desarrollo histórico de una institución que sirvió como marco central para el desarrollo de dicha actividad comercial entre culturas: los funduq (fanádiq) y/o fondacos, centros de alojamiento y almacén para mercaderes, autóctonos y/o extranjeros, donde se solían realizar y tasar las transacciones de compra y venta de mercancías importadas. La investigación de Constable analiza no sólo los rasgos comunes que presenta esta institución, e instituciones derivadas o afines a ella, a lo largo del tiempo y a través de las distintas regiones en las cuales se expande su uso, sino, asimismo, cómo dichas formas institucionales van absorbiendo funciones y elementos de entidades similares, dependiendo de las necesidades socioeconómicas y políticas de cada momento. De este modo, el marco espacial y temporal de la investigación se ve ampliado considerablemente, no limitándose a la península ibérica o el occidente mediterráneo, como habían sido las áreas de especialización de la autora en el pasado, sino abarcando la práctica totalidad del Mediterráneo y los territorios que llegó a cubrir el imperio islámico. El intervalo temporal pasa a cubrir mas de mil cuatrocientos años, ya que la búsqueda de los origenes áúfunduq árabe dirigen la investigación a los tiempos aú pandocheion greco-romano, con el cual comienza el libro, y sus ramificaciones posteriores alcanzan los fondacos latinos cuyo uso se prolonga más allá del siglo xvi. DQI pandocheion greco-romano, al arabo funduq y alfundacum o fondaco latino, hasta llegar a las hispánicas albóndigas y la loggia italiana, pasando por toda una serie de instituciones análogas o derivadas (la romana katalyma, el xenodocheion cristiano, el persa jan y el árabe wakála, entre otras), Constable proporciona toda una serie de ejemplos de lo que parecen ser casos claros de difusión institucional en el Mediterráneo medieval, contribuyendo notoriamente al enriquecimiento de la literatura del periodo sobre transmisiones institucionales entre culturas. El trabajo es suficientemente extenso y detallado para dar una visión completa y coherente sobre las continuidades y cambios experimentados por estas formas de hospedaje e instituciones mercantiles a lo largo de su largo periodo de vigencia. Los capítulos del libro aparecen organizados temática y geográficamente, según la vigencia e incidencia de cada institución, de acuerdo a los períodos y pautas observados por la autora. Esta opción expositiva, aunque es analíticamente muy útil y hace más cómoda la lectura, genera, sin embargo, en algunas partes cierta impresión de repetición que no hace justicia a la riqueza de casos analizados. La cantidad y tipos de fuentes y recursos utilizados son, en este sentido, inmensos. Constable ilustra cada uno de los argumentos y casos del libro con todo tipo de evidencias textuales: crónicas, cartas, contratos, tratados, fuentes religiosas, literarias, jurídicas y arqueológicas; gracias al uso de un sinfin de lenguas diversas, principalmente latín, griego, árabe, castellano e italiano, pero también hebreo, turco, arameo y siriaco, además del francés, inglés y alemán de la bibliografia secundaria. Una de las aportaciones más destacables del libro se puede encontrar en el capítulo dos, cuando Constable, tras la introducción a las formas de hospedaje en la antigüedad clásica, logra finalmente relacionar históricamente el pandocheion y el funduq, dos instituciones que se habían considerado como fenómenos aislados por falta de fuentes y referencias en el período de El análisis lingüístico y terminológico se completa con el de los cambios funcionales y los distintos aspectos que incorporan cada una de las formas de hospedaje en cada momento. De este modo, en el capítulo tres. Constable expone como los funduq, además de recibir mercaderes de todo origen y condición, como anteriormente habían hecho los pandocheions, acogían también en muchos casos viajeros, peregrinos y personas necesitadas, como ocurría en los xenodocheion cristianos, y muchos de ellos eran fundados también sobre la base de fondos waqfs, presentando regímenes de propiedad diversos. Con la transición al mundo islámico, también explica cómo los funduq adquieren un carácter principalmente comercial y fiscal, de un modo similar a los jan en la estructura administrativa sasánida, destacando así un elemento más del importante papel que la tradición persa jugó en la institucionalización del imperio islámico en el periodo abbasí. Más adelante, con la expansión de su uso por todo el Mediterráneo musulmán, Constable muestra cómo CÍQTÍOS funduq pasaron a especializarse en mercaderes de una misma procedencia, dando lugar a los fondacos. Estos fondacos se convirtieron en pequeñas colonias comerciales ocupadas por mercaderes latinos de determinadas ciudades y reinos. Su valor estratégico y político es analizado del capítulo quinto al sexto para los casos de la Península Ibérica, Sicilia, las ciudades italianas, Bizancio y los reinos cruzados. Los últimos capítulos dan muestra de los cambios de la institución a finales del medioevo y hasta el siglo XVI. Con la aparición del régimen mameluco en Egipto, el uso del términofunduq se fue sustituyendo en Oriente medio de nuevo por el aojan. En el Mediterráneo occidental, en cambio, se mantuvo el uso del término funduq y AQ, XXVI, 2005 fondaco. En el occidente cristiano, pese a que los repartimientos en la península ibérica dan muestra de la asimilación inicial de los funduq, su uso va cambiando hasta convertirse en centros de almacenaje, como las albóndigas castellanas, o sustituirse por otras instituciones, bien simplemente de hospedaje o bien puramente comerciales, como la loggia. El libro concluye con algunas observaciones de la autora sobre cómo la difusión de los funduq tuvo un carácter básicamente mediterráneo ligado a la predominancia comercial de la zona durante el medioevo, y cómo su declive correspondió con la ruptura de dicho equilibrio comercial y diplomático y la introducción de nuevas pautas de interacción y percepción socio-culturales a partir del siglo xvi. El texto contribuye así a comprender las continuidades y cambios de lo que Constable denomina «ritmos culturales sincrónicos» en el Mediterráneo, corroborando la idea del Mediterráneo medieval como un mundo cohesionado e intercomunicado, en el sentido de un «mundo en sí mismo» de Braudel o una «economía mundo» de Abu-Lughod, a los cuales la misma autora hace referencia. El libro se convierte así en una pieza clave para el estudio de los intercambios interculturales en la región y puede considerarse un buen complemento, a la vez que interesante fuente de inspiración, para numerosos estudios comparativos sobre historia económica, social e institucional de la época. En particular, creo que resultaría particularmente interesante puesto en relación con obras similares sobre transmisión institucional entre culturas, como los trabajos sobre instituciones reguladoras de los mercados en el Mediterráneo medieval de Glick, Blidstein o Chalmeta, entre otros. Como estudio sobre difusión y transferencias culturales e institucionales, el trabajo es así mismo extremadamente cauto y cuidadoso en lo que se refiere a la terminología y al tipo de afirmaciones o analogías que perfila como resultado de la comparación de instituciones y culturas. Se puede percibir cómo la autora es consciente de los habituales recelos que este tipo de estudios despierta por parte de ciertos historiadores. Sin embargo, tal vez el exceso de meticulosidad resta a veces fuerza a algunos puntos importantes del análisis, de los cuales se da, por otro lado, sobrada cuenta y evidencia. Tal es el caso, por ejemplo, de la comparación entre QI fondaco dei Tedeschi en Venecia con los fondacos de los mercaderes latinos en Alejandria, que resulta un caso sumamente interesante de importación institucional, pero cuya relevancia se ve parcialmente eclipsada por el modo en el que se relata inmerso en el análisis de los distintos casos del libro. Respecto a los puntos débiles del texto, surgen básicamente de lo ambicioso del proyecto, y se pueden encontrar quizá en el análisis de algunas de las complejas transformaciones políticas, sociales y económicas que se intentan sintetizar para explicar los cambios funcionales de las instituciones. Sin embargo, son bastante puntuales y no afectan al resultado global del estudio. Muy al contrario, merece destacarse, para terminar, que se trata de una obra innovadora de gran interés, que recopila y relaciona una gran canti- Este Traducir del árabe no sólo ofrece una guía adecuada para introducir a los estudiantes universitarios en varios aspectos del árabe y su traducción, sino que constituye un valioso documento para la historia del arabismo español. El libro es obra de un grupo de autores, que, si bien no han consagrado lo principal de su labor investigadora a la lingüística y la traductología, sí que han ofrecido muestras de aptitud e incluso maestría como traductores, y exhibe dos característicos rasgos de conjunto. En primer lugar, algunas de las afirmaciones que contiene se apartan de lo comúnmente admitido entre los especiaüstas, sin que, cuando así ocurre, y acaso por falta de espacio, se pongan siempre de manifiesto los fimdamentos de tales rupturas con la terminología o el sistema conceptual al uso. Y, en segundo lugar, es resultado de una enriquecedora heterogeneidad metodológica. Mientras que algunos de sus capítulos siguen el procedimiento de partir de unas indagaciones previas en las ñientes y la bibliografía, las cuales sostienen argumentos explícitos de los que derivan unas conclusiones, parte de lo expuesto en otras de las secciones del libro depende de la opinión de los autores, basada a veces en sus gustos y experiencias personales, muy de considerar, por supuesto. El libro se abre con una «Introducción general a la lengua árabe y a su traducción al castellano» (pp. 19-42), donde M^ Jesús Rubiera Mata aborda, además, la didáctica del árabe y la historia de los estudios lingüísticos árabes islámicos. Habida cuenta de la amplitud del asunto, el capítulo está muy bien resuelto y redactado. Cabe, sin embargo, observar que ciertas afirmaciones, al estar formuladas de manera tajante y concisa, habrían requerído alguna precisión. Es, así, llamativo que se sostenga que, a pesar de la «amplia historia de la traducción del árabe al castellano no ha habido una reflexión de los autores sobre la forma de hacerlo» (p. 32), de lo que se desprendería que los escritos al respecto de arabistas de los siglo xix y xx, empezando por Emilio Lañiente Alcántara en cuya obra es la autora destacada experta (cf su excelente «Introducción» a la edición facsímil de Inscripciones árabes de Granada, Univ. Y es seguramente la concisión lo que lleva a la autora a hablar, refiríéndose al árabe clásico, de «la lengua árabe resultante de la elaboración de los filólogos árabes» (p. 36), afirmación que ha de ser entendida sin duda re- (vols. XXIII y XXIV, 2002-2003), sin duda un hito en los estudios de historia de la traducción del árabe. El siguiente capítulo, debido a Míkel de Epalza, que también ha coordinado el libro, lleva el título de «Especificidades religiosas de la lengua árabe y sus traducciones» (pp. 43-106), y en él se ofrece, en la excelente prosa del autor, una detallada reflexión metatextual (discurso acerca del discurso traducido) acerca de sus propias versiones del árabe: la del Corán al catalán, la del texto polémico religioso de Fray Anselm de Turmeda y las de unos relatos contemporáneos donde hay reminiscencias del propio Corán. El escrito constituye una valiosa declaración de las actitudes y opciones epistemológicas del autor, junto con el relato de su experiencia como traductor. Acaso el punto fiíndamental sea la justificación de que, según el autor, el mismo texto requiere estrategias radicalmente distintas para su traducción dependiendo del marco donde aparezca. El asunto es de una importancia tal que requeriría investigación y discusiones detenidas, pues apunta a la puesta en cuestión de la existencia de la verdad objetiva, y, en consecuencia, a su búsqueda o abandono por parte del traductor. Se diría que estamos asistiendo a la diñisión de una tendencia que prima el valor del sentido sobre el significado, del contexto sobre el texto, de lo que se podría entender sobre lo que se dice. El autor, que se muestra proclive a dicha tendencia, tanto en este capítulo del libro comentado como en su destacada versión catalana del Corán (L'Alcorá, Barcelona: Proa, 2001), establece una comparación entre sus dos versiones de un mismo pasaje coránico, según si va destinado a una traducción del propio Corán o si se trata de verter ese mismo pasaje a partir de su reproducción en objeto doméstico, un espejo decorativo, lo cual justificaria, según el autor, versiones diferentes en cada caso. En el siguiente estudio, «La historiografía árabo-islámica clásica y sus traducciones» (pp. 107-141), Eva Lapiedra sigue un método diferente, ya que, sin dejar de verter algunas opiniones propias, no trata de comunicar su visión autorizada ni relata su propia trayectoria intelectual, sino que sintetiza lo que ha ocurrido durante los dos últimos siglos en un campo concreto: el de las traducciones de fuentes históricas acerca de al-Andalus. El resultado es un breve pero iluminador repaso a la labor al respecto, de los arabistas españoles, desde Josep Antonio Conde a Mayte Pénelas, al que sigue un examen de aspectos concretos de la traducción; primero, los relativos a la lengua de origen (gramática, lexicología, transliteración y arabismos, estilística) y los extralingüísticos, en los que la autora se muestra muy influida por las corrientes de la crítica cultural postestructuralista, que hace de la ideología su concepto clave, lo cual la lleva a hacer un uso extensivo, para todas las traducciones, del concepto de «manipulación», junto con la busca de pasajes de las versiones donde aflora la «ideología» del traductor. Esto se combina con una crítica del uso, en las traducciones, de términos que pudieran asociarse con el cristianismo (por ejemplo, «doncel»). Personalmente considero ésta una opinión discutible, tratándose de una lengua como la española, con su historia cultural propia (el uso en castellano de la palabra persona, por recordar un solo ejemplo, tiene una raíz sin duda cristiana) y de unos textos originales, como los árabes islámicos medievales, donde los elementos compartidos por las tres grandes tradiciones monoteístas no son de desdeñar. También este asunto requiere ulteriores indagaciones, pues la «descristianización» por la que algunos abogan parte de la paradoja de que una versión secularizada sería más fiel a unos originales sacralizados que otra «cristianizada». Y no me refiero a la autora, quien no llega a exponer por extenso su posición, lo que sería sin duda de gran interés, habida cuenta de su excelente trabajo Cómo los musulmanes llamaban a los cristianos hispánicos (Alicante: Diputación, 1997). En este capítulo del presente libro, que habrá que incluir desde ahora en la bibliografia básica de historia de la traducción en España, destaca, por otro lado, el que se introduzca la perspectiva pragmática y discursiva, ausente en muchas elaboraciones contemporáneas en tomo a la lengua árabe. A continuación aparece el capítulo «La traducción de la literatura árabe clásica», debido a M^ Jesús Rubiera Mata, donde encontramos tres contenidos diferentes, entre los que sobresale un soberbio estudio filológico y traductológico de un pasaje de la Risálat al-tawabi' wa-1-zawâbi' de Ibn Suhayd, presentado como ejercicio didáctico, pero que es mucho más que eso y se cuenta sin duda entre lo mejor que el arabismo español ha dedicado a la traducción. Antes de ello, la autora ofi'ece, por un lado, una preceptiva de la traducción literaria del árabe donde expresa sus opiniones, a veces expuestas de modo polémico, como cuando rechaza las versiones del árabe que tratan de ajustarse a la prosodia de nuestras lenguas, tildándolas de «intentos rocambolescos» (p. Y, por otra, una condensada visión del árabe desde el punto de vista retórico, estilístico y lexicológico, donde aparecen afirmaciones y usos de la terminología especializada que habrían requerido aclaración pues, tal como se (pp. 199-200). El capítulo, por otra parte, ofrece una valiosa recopilación de terminología árabe medieval, con sus equivalentes castellanos. Por último, y dejando a un lado los capítulos acerca de «La traducción del derecho árabe», por Eva Lapiedra (pp. 215-259), y «La traducción de la literatura árabe moderna», por Rosa-Isabel Martínez Lillo (pp. 295-340), cuyo contenido queda fuera del ámbito cronológico de esta revista, el libro incluye un eiijundioso escrito de Joaquín Lomba titulado «Traducción de textos filosóficos del árabe al castellano», que comienza con una notable declaración de principios, donde se apoya el estudio de la filosofía islámica «desde su interior» (p. Una iluminadora introducción general al estudio de la religión y la filosofía en las sociedades islámicas medievales da paso a inteligentes observaciones acerca de la historia de la terminología filosófica (diacronía, cambios semánticos, influencia del griego y desarrollo metafórico). Precisiones de gran sutileza y riqueza, como las relativas a las consecuencias de la ambigüedad de algunos términos (p. 277), nos llevan a echar de menos desarrollos de algunas afirmaciones, como la clasificación de Al-Iqtidáb de Ibn al-Síd entre las obras de ética, junto al Kitáb al-ajlàq y Tawq al-hamáma, de Ibn Hazm. Es de lamentar, tanto en éste como en casi todos los capítulos del libro, el alto número de erratas, seguramente no debidas a los autores, que empaña un libro a menudo brillante y siempre instructivo. Birgit Krawietz presenta en este libro los resultados de su trabajo de Habilitación, impecable en su rigor y profundidad y sin duda una valiosísima contribución a un tema, la ciencia de los ñindamentos del derecho {usül al-fiqh), realmente necesitado de atención. Como bien señala la autora, la denominación de usül al-fiqh es polisémica, designando tanto la hermenéutica, es decir, el estudio de las fuentes de las que se extraen los principios normativos que conforman la jurisprudencia islámica como la metodología a seguir para derivar esos principios normativos a partir de las fuentes. El desarrollo de la ciencia de las fuentes de la jurisprudencia supuso, además, no sólo la creación de la estructura normativa básica de la sarta, sino también la elaboración de la justificación de su carácter normativo y, por tanto, de la demanda de que dicha ley tenía que ser aplicada. Sin perder de vista las diferentes concepciones que encierra la denominación de usül al-fiqh, el libro se centra, como se desprende de su título, en la naturaleza de las fuentes de la jurisprudencia islámica y en la relación jerárquica existente entre las mismas. Estudios previos, como los de A. Zysow y B. Weiss, abordan el tema desde un punto de vista parcial, mientras que el excelente y útilísimo trabajo de conjunto publicado por W.B. Hallaq en 1997 va mucho más allá de una mera introducción al tema, a pesar de lo que podría desprenderse de su título An Introduction to Sunni usül alfiqh. El libro de Birgit Krawietz, por su parte, se caracteriza por exponer la materia en detalle y por hacerlo no a partir de las obras clásicas de usül alfiqh, de las que ella es una excelente conocedora, sino a partir de una serie de tratados de ciencia legal escritos por autores musulmanes modernos a los que se puede considerar continuadores de la tradición clásica sobre esta ciencia. Así pues, se examina con detenimiento la tradición islámica sobre usül alfiqh a través de la mirada de juristas musulmanes contemporáneos, habiendo quedado fuera de los objetivos del estudio reformistas, modernistas, fundamentalistas, extremistas y sí'íes. El conocimiento que sobre el desarrollo de la ciencia de los fundamentos del derecho han realizado investigadores formados en universidades europeas y norteamericanas queda reflejado en las notas a pie de página, al menos cuando dicha aportación ha puesto en cuestión la visión islámica tradicional. Igualmente se hace referencia a los casos en que los autores musulmanes analizados han reaccionado frente a la visión que otros estudiosos, formados en universidades y centros de investigación extranjeros, han presentado de la ciencia de los fundamentos del derecho islámico. El libro se compone de doce capítulos organizados en cuatro partes, además del Prefacio (v-xiii), la Introducción, Conclusiones, Bibliografía e índice onomástico y temático. Éste es uno de esos extraños casos en que la Introducción (1-11) debe leerse al final, incluso después de las conclusiones. En caso contrario, recomiendo al lector que no se desanime: el libro en su conjunto resulta perfectamente asequible para alguien interesado en la jurisprudencia islámica y la lectura mucho más amena de lo que pudiera temerse en un principio. La primera parte está dedicada a analizar la «Génesis y las bases de la vigencia del derecho islámico». Se compone de tres capítulos en los que se La segunda y la tercera partes del libro abordan el análisis de la naturaleza y jerarquía de las fuentes de la jurisprudencia, fuentes que son clasificadas como primarias y secundarias. De las primarias tratan los tres capítulos que integran la segunda parte del libro: el primero de ellos dedicado al Corán (87-114), el segundo al hadiz ( 115-151 ) y el tercero ( 151 -181 ) a la relación existente entre ambas fuentes, una relación que se define más en términos de complementariedad que en términos de jerarquía. Asimismo este capítulo se ocupa de la relación de ambas fuentes con las leyes reveladas anteriores al Islam. La tercera parte, dividida en otros tres capítulos, está dedicada al estudio de las denominadas fuentes secundarias del derecho islámico. El primero trata del consenso y de la analogía (182-223), el segundo (223-242) y parte del tercero (242-260) de la toma en consideración de los intereses (masâlih), propósitos (maqásid) y objetivos (ahdâf), de carácter público y privado, que es necesario garantizar para que el cumplimiento de la sárfa sea posible. Al capítulo tercero pertenece también la discusión sobre 1) el principio de sadd aUdarâ 'i' o «bloquear la aplicación de determinadas conductas en principio legítimas pero que tienen consecuencias indeseables», 2) la presunción de que una determinada situación legal del presente ha estado en vigor desde tiempos remotos y de forma ininterrumpida (istisháb), 3) la costumbre ('urf) y 4) la justicia y la equidad {istihsán) (261-326). Aunque consenso y analogía aparecen tipificadas como fuentes secundarias de la ley, se constata que no hay una jerarquía firmemente establecida entre ellas y las otras dos fuentes legales canónicas: Corán y hadiz, excepto en el tratamiento de casos concretos, e incluso llegado ese momento, la gradación puede ser altamente variable. Esta variabilidad habría contribuido notablemente a la flexibilidad y elasticidad del desarrollo de todo el sistema legal. Los principios que rigen la evaluación de esas fuentes {ta'ârud y taryïh) suelen servir a la resolución de conflictos dentro de cada una de las cuatro fuentes, no entre ellas. De forma similar a lo que sucede en el seno de las fuentes canónicas, las demás fuentes secundarias son presentadas sin orden ni gradación reconocible entre ellas. Por otra parte, la inferioridad de su rango fi-ente a las otras cuatro fuentes no se corresponde con la relevancia que suelen alcanzar en la práctica diaria. La cuarta y última parte está dedicada a los principios establecidos por la ciencia de los fundamentos del derecho para regular la actividad de los intérpretes de la ley (muytahidün). Esta parte incluye tres capítulos, el primero de los cuales aborda la discusión sobre si, en caso de divergencia entre las soluciones propuestas por distintos intérpretes cualificados de la ley, se ha de considerar que todas son correctas o no {hal kull muytahid musíb) (327-353). En la práctica la autora constata que la cuestión de la veracidad o la corrección de una determinada solución que pasa a constituirse en base de un principio normativo resulta menos problemática de lo que en un principio cabría imaginar. Los dos últimos capítulos se ocupan más específicamente de la aplicación de los principios que regulan la interpretación de la ley {iytihâd) cuando quien los ejercita dispone de la formación necesaria (353-90) o cuando carece de ella y ha de procederse al seguimiento de las autoridades legales precedentes (390-414). El tipo de fuente en el que se basa este estudio permite a su autora avanzar datos de gran interés sobre la opinión que los juristas musulmanes contemporáneos tienen de la interpretación de las fiíentes de la ley. Vemos así que muchos de ellos consideran que hoy en día la práctica del iytihâd se ve facilitada por la abundancia de medios y el aumento de las posibilidades de comunicación. El inicio de este proceso se sitúa en la introducción de la imprenta, que permitió recuperar y difundir el legado de la jurisprudencia clásica, lo cual impulsó la composición de nuevas obras, la organización de congresos sohxQfiqh, la instauración de academias de jurisprudencia {mayâmi') de las que salían publicaciones periódicas, y la edición de enciclopedias legales {mawsû'àt fiqhiyya) que facilitan la consulta de las obras de jurisprudencia. La materia jurídica se formula y se presenta de una forma simplificada que la acerca a los juristas del derecho gubernamental no expertos en la sârî'a, mientras que en muchas universidades de países árabes se estudia la sarVa junto con la legislación positiva moderna. Así pues, la puerta del iytihâd se encuentra abierta con la particularidad de que los juristas modernos ya no se sienten obligados a seguir las reglas de una única escuela, sino que optan por la opinión cuya fuerza probatoria les parece mayor y que mejor se adapta a la realización del interés general. Respecto a la bibliografía, sólo echo de menos la referencia al trabajo de A.M. Turki, Polémiques entre Ibn Hazm el Bagí sur les principes de la loi musulmane, Argel, 1973, que es notable dada la escasez de estudios sobre la ciencia de los fundamentos de la ley, pero también por la relevancia de los protagonistas del debate y la de los temas abordados en él. Tratándose de una útilísima herramienta de trabajo para los investigadores interesados en la ciencia de los fundamentos del derecho, a partir de ahora indispensable, únicamente me queda recomendar la traducción del libro a otras lenguas. Las diferentes biografías del jerezano Abu Ishâq Ibrahim al-Pünasí (m. 651/1253) destacan, entre sus composiciones, la titulada Kanz aUkuttàb wa-muntajab al-âdâb (Tesoro de los secretarios y selección literaria) y las copias, mayor y menor, de la misma que, a su vez, se dividían en dos volúmenes. De éstos, Hayat Kara ha localizado y editado magistralmente el primero de los correspondientes a la versión extensa (al-nusja al-kubrà) de la obra. El trabajo es el brillante resultado de la tesis doctoral de esta profesora marroquí, defendida el 19 de marzo de 1997 bajo la dirección del profesor Mohammed Miftah, de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Sidi Mohamed Ben Abdallah de Fez. Según la propia Hayat Kara, al-Pûnasï debió de escribir su Kanz al-kuttâb entre el año 609/1212-3 y safar del 633/16 octubre-13 noviembre 1235, fecha esta última en la que el desconocido discípulo y copista comienza el texto afirmando que fiíe entonces cuando lo leyó de su autor. No obstante, el manuscrito que Hayat Kara ha utilizado y que se conserva en la Biblioteca Nacional de Austria, en Viena (núm. 147 ORIENT Hs.), es una reproducción posterior firmada anónimamente el año 993/1585. La aparición y publicación de esta obra recupera para la historia de la literatura de al-Andalus la figura de Abü Isháq Ibráhím b.'Alí b. Ahmad b.'All al-Fihrï al-Pünasí al-Sarîsî, hombre de letras nacido en Punas -con ba" aljamiada-, alquería del distrito de Jerez, el año 573/1178-9. Las dificultades para precisar el nombre exacto y situar geográficamente el lugar en el que vino al mundo este personaje, nos llevan a considerar también como posibles las nisbas al-Pûnisî, al-Bünsí, al-Bùnasî, al-Bûnisî o, incluso, al-Burnusí. A este respecto, Hayat Kara se hace eco de las opiniones de aquellos que, por ejemplo, han querido identificar a esta población con el barrio de pescadores de Bonanza, en Sanlúcar de Barrameda, o con la actual Bomos, a escasos kilómetros de Arcos de la Frontera. A pesar de las posibles dudas o discrepancias que esta cuestión plantea, lo cierto es que la vida de al-Pûnasï se desarrolló en Jerez, ciudad en pleno apogeo político e intelectual desde principios del siglo vi/xii, y donde nuestro personaje aprendió de algunos de sus más insignes maestros, caso de Ibn En cuanto a la relevancia y el valor literario e histórico del Kanz al-kuttab, Hayat Kara se basa en los siguientes aspectos: El texto contiene noventa y cuatro risàlas inéditas, cuarenta de ellas fácilmente atribuibles. Del conjunto sobresalen, además, cuatro documentos referidos a actos de homenaje o de investidura de nuevos emires y sultanes, de los cuales uno pertenece a época almorávide y el resto a la almohade. Del mismo modo, a lo largo de la obra encontramos poemas hasta ahora desconocidos entre casidas completas y fragmentos diversos, de tema y^ autores variados, caso de Abu Bakr al-Gassáni, Ibn al-Zaqqáq, Ibn Yubayr, al-Rusáfí, y muchos otros. Habría que añadir que buena parte de estos versos pertenecen a tres de los poetas más distinguidos del Jerez almohade: Ibn Lubbil (m. Como hemos apuntado más arriba, el texto editado por Hayat Kara es el primero de los dos volúmenes que comprende la versión ampliada del Kanz al-kuttab. Tras una completa introducción en la que la autora aborda la biografía y producción de al-Pûnasî, y después de un poimenorizado análisis de la historia del libro y su trascendencia para el acervo literario de al-Andalus y, en particular, el género de adab, se extiende la obra, minuciosamente comentada y anotada. Al-Pûnasï destinó su Kanz al-kuttab a los secretarios, visires y otros miembros de la cancillería, facilitándoles, de esta manera, un útil recurso para la redacción de risàlas y otros escritos. Al mismo tiempo, y como suele ser habitual en este tipo de textos, la obra es un auténtico alarde del saber histórico, literario y retórico de su creador, distribuido en cuatro extensos capítulos que se distribuyen en dos partes bien diferenciadas: a) La primera comprende los dos iniciales, dedicados respectivamente al arte de la elocuencia y la poesía, y a una amplia antología epistolar. b) En la segunda parte, el capítulo tres se consagra a la recopilación de anécdotas protagonizadas por reyes y personajes históricos y literarios de distinto origen, mientras que el cuarto hace un hermoso y poético recorrido por la idea del amor según algunos de los más señalados hombres de letras del oriente y occidente islámicos. Por supuesto, siempre que ha sido posible, Hayat Kara da cumplida información biográfica de la gran mayoria de los nombres citados en la obra. Asimismo, para facilitar la tarea investigadora, la edición se cierra con doce completos índices en los que se incluye una detallada y extensa bibliografía y en los que, entre otras materias de interés, es posible buscar fácilmente las referencias coránicas o los versos y los personajes y lugares que aparecen en el texto de al-Pünasí. Sólo al índice general podrian achacársele algunos errores de paginación, algo que en absoluto ensombrece la labor de Hayat Kara, a la que debemos agradecer su continuado afán por devolver al Jerez andalusí su brillante e injustamente olvidado pasado literario y, de paso, reivindicarlo para el común Bajo un título farragoso y poco prometedor se oculta una de las grandes obras dedicadas al conocimiento del Norte de África producidas en España durante el siglo XVL ES comparable, tanto en dimensión literaria e histórica como en calidad de información con los dos títulos máximos del género, la obra de Luis del Mármol Carvajal {Descripción general de África) y la atribuida a Diego de Haedo (Topografía e historia general de Argel), ambas todavía en espera de la edición crítica y anotada que merecen, como la que aquí se presenta de Suárez Montañés. Era ésta, hasta la fecha, la peor conocida y menos utilizada por la bibliografía secundaria. Su autor, un soldado oranés que sirvió en la plaza desde 1577 a 1604, trabajó en la redacción de esta obra enriqueciéndola y manteniéndola al día desde el momento en que la comenzó, hacia 1592, hasta poco antes de su muerte, en tomo a 1623. Pese a sus repetidos esfuerzos, nunca consiguió pubHcarla. En 1889, Francisco Guillen Robles publicó la primera parte a cargo de la Sociedad de bibliófilos españoles, pero la prometida segunda nunca vio la luz. Es ahora, pues, cuando aparece por primera vez editada en su totalidad sobre la base del manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de Madrid. La obra está dedicada a ensalzar la figura de Pedro Luis Galcerán de Borja, Maestre de Montesa, como gobernador de la doble plaza de Oran y Mazalquivir, justo en los años en que el ya exgobemador estaba siendo sometido a juicio por la Inquisición bajo cargo de sodomía y al tiempo en que Felipe II pretendía hacerse con el control de la Mesa maestral de la Orden de Montesa. De ahí sin duda, la imposibilidad que encontró el autor para publicar su texto. Oran era además, entonces, un destino de acogida para el exilio de la alta nobleza de Valencia, ciudad a la que está dedicada la obra. Pero no se trata tan sólo de relatar las hazañas de los Borjas sino de convencer a Felipe III de la importancia del doble presidio y de la presencia española en el Magreb: en realidad, y sobre todo, la obra de Suárez Montañés es una detalladísima crónica de la vida, durante el largo período de su servicio en ellas, de las dos fortalezas afiicanas que servían de baluarte a la expansión otoma- na sobre el Mediterráneo occidental. Refiere las maneras en las que se realizaba la pequeña guerra continua contra Argel y las tribus circunvecinas, las alianzas con los moros de paces, los distintos grupos de habitantes dentro y fuera de la plaza, sus modos de vida y vestido. Describe también la configuración geográfica de todo el llamado «reino de Tremecén» con especial atención al alfoz de Oran y dedica una atención minuciosa a la vegetación y los cultivos, a la flora y fauna, comparándolas con especies semejantes que ha conocido en España. La obra es, por último, una biografía del propio Montañés, soldado dedicado a la espada y a la pluma, su trayectoria vital antes y después de su servicio en África, que se prolonga, como la de tantos otros, en Sicilia. La voz, siempre presente del autor, muestra hasta qué punto la empresa norteafricana es una continuación de la guerra de Granada sobre todo desde el punto de vista de sus protagonistas, la atención y cuidado con la que éstos siguen los sucesos moriscos en la Península y las relaciones de aquéllos con los Otomanos. Se trata de un texto de una enorme riqueza que supera con mucho, en complejidad y ambición, el relato de hazañas singulares que parece augurar el título. La edición es excelente y está bellamente editada. Va precedida de un estudio preliminar, también excelente, de unas 45 pp.: los autores conocen de primera mano los tiempos y lugares en los que se desarrolla la obra y el estudio los emplaza admirablemente (Beatriz Alonso es autora de un documentadísimo Oráfi' Mazalquivir (1589Mazalquivir ( -1639)). Una sociedad española en la frontera de Berbería, Madrid: CSIC, 2000). La obra está, también, profiísamente anotada. Quizá, en ocasiones en demasía: las notas son muy largas, a veces se remontan excesivamente en el tiempo histórico de los acontecimientos que anotan, citan mucha bibliografía, parte de ella ya no relevante hoy día. Otras notas no son referenciales, sino de texto y de elaboración personal de los autores. Es una pena que esas notas no se hayan incluido como texto en el estudio preliminar, que podría haber sido más amplio y extenso sin romper el equilibrio necesario entre edición y estudio. Otras notas, por último, incluyen referencias a material documental de archivo, así que constituye, la anotación, una suerte de segundo libro a leer en paralelo. Los autores, está claro, rebosan material y conocimientos. Se trata, pues, de una obra cuya aparición merece ser celebrada. no hace ninguna justicia a la profunda investigación que tenemos delante. Porque, en efecto, lo primero que salta a la vista tras recorrer el índice es el elevado grado de conocimiento que muestra su autor, Philippe Vallat, tanto del filósofo árabe como de la tradición de pensamiento griego y de las diversas interpretaciones que de al-Fárábí se han propuesto. Conocimiento que hunde sus raíces en los textos del filósofo árabe, a partir de los cuales puede formular una hipótesis y, tras su atento examen, convertirla en conclusión de su estudio: la filosofía de al-Fárábí no es un conglomerado de partes sino un conjunto bien organizado y estructurado, con una coherencia tal que le convierte en uno de los grandes filósofos de su mundo y en uno de los que mayor influencia posterior ejerció. Sabemos que en al-Fárábí están ya planteadas y desarrolladas las principales cuestiones que caracterizaron al movimiento filosófico de origen griego que floreció y maduró en el mundo islámico y que es conocido por el nombre de Falsafa, mera transliteración del término griego (piÀ-oaocpia. De este movimiento se han dado tres grandes líneas interpretativas ^ sistematizadas por O. Leaman ^. La primera interpretación, basada en gran parte en la visión y en el análisis que se ha hecho del averroísmo latino, sostiene que los falâsifa fueron racionalistas que, partiendo de las doctrinas de Aristóteles y de la lógica griega, rechazaron explícitamente las doctrinas del Islam con sus valores y creencias. Un ejemplo de esta interpretación sería la ofrecida por el pensador alemán Ernst Bloch en su obra titulada Avicena y la izquierda aristotélica ^. Una segunda interpretación seria la de quienes mantienen que la Falsafa no es más que un intento de reconciliación entre Islam y filosofía, siendo las obras de los falâsifa la tentativa realizada para alcanzar esa conciliación. Según M. Mahdi "^^ ésta fiíe una hermenéutica de la filosofía árabe que se desarrolló a partir del siglo xix y que encontró su ñmdamento en los propios filósofos musulmanes, quienes se esforzaron por convencer RESEÑAS AQ, XXVI, 2005 de que la enseñanza filosófica no contradice la verdad revelada, sino que tiene como fin una mejor defensa de la fe. Finalmente, la tercera interpretación, a la que Leaman da el nombre de «esotérica» ^, propugna que el conflicto entre filosofía y religión ftxe ocultado por los falásifa, mostrando éstos en sus escritos, por prudencia, unas opiniones que no responden a sus intenciones reales, pero que aparentemente son presentadas como estando de acuerdo con las creencias establecidas en el Islam; por ello, es necesario saber leer en estos escritos sus genuinas ideas, que son irreligiosas por provenir de Grecia. Como ya apunté ^, para mí la posición mantenida por la Falsafa ftie la de reconocer la necesidad de la religión, y utilizar la razón griega para crear un sistema completo de pensamiento, que diera cuenta de toda la realidad, y que siguiera un camino independiente de la religión, aunque alcanzando el mismo fín que ella. Dentro de este movimiento de pensamiento, al-Fárábí fue uno de los primeros en exponerlo y por ello fue considerado por los antiguos biógrafos como uno de los más ilustres representantes de la fílosofía en el Islam, el gran maestro tanto de Avicena en Oriente, como de Ibn al-Síd, Ibn Báyya, Ibn Tufayl, Ibn Rusd y Maimónides en Occidente ^. El libro de Philippe Vallat viene a mostrarnos la formación de este maestro y la orientación que siguió su pensamiento. El trabajo está dividido en tres grandes partes, que corresponderían a los siguientes aspectos a mi modo de ver: formación, orientación e integración. Formación, en tanto que se ocupa de situar a al-Fárábí entre Platón y Aristóteles. Orientación, en tanto que muestra la fínalidad política de su pensamiento. Integración, en tanto que destaca el papel que jugaron determinados elementos filosóficos en esa orientación y cómo fueron integrados para alcanzar ese fin. Veamos de qué manera articula el autor estas tres partes. El estudio se inicia con una Introducción general, en la que el autor plantea, en primer lugar, cuestiones referentes a la biografía de al-Fárábí y en donde discute algunos de los hechos que se le han atribuido, tanto por los biógrafos antiguos como por los estudiosos contemporáneos: sobre su linaje, formación, viajes, conocimiento de lenguas, etc. Son cuestiones que tienen sumo interés para conocer la personalidad del autor estudiado, como a propósito de al-Fárábí he tenido ocasión de señalar recientemente ^, aunque hay ^ Hay que señalar, sin embargo, que ni las obras ni el pensamiento de al-Fârâbï tienen nada de "esotérico" en el sentido en que usualmente se emplea este término en el mundo islámico, vinculado al gnosticismo y a ciertas expresiones de misticismo. ^ Artículo citado en nota 1. ^ Se ha negado que hubiera ejercido influencia sobre Ibn al-Síd y sobre Ibn Tufayl. Cf mis artículos "Influencia de al-Fárábí en Ibn al-Síd de Badajoz", La Ciudad de Dios, 208 (1995) 51-66, y "Al-Fárábí, maestro de los filósofos andalusíes", en M. Cruz Hernández, J. Lomba, J. Puig y R. Ramón: Filosofía medieval árabe en España, Madrid, Fundación Femando Rielo, 2000, pp. 7-40. ^ Véase mis "Apuntes biográñcos de al-Fárábí según sus vidas árabes", Anaquel de Estudios Árabes, 14 (2003) motivos suficientes para dudar de la veracidad de algunas de las noticias que nos transmiten los biógrafos. Vallat percibe estas dudas y sabe destacar cuáles son ciertas y cuáles pueden no serlo. Se ocupa después del problema de las obras de al-Fárábí y reconoce cómo apenas se han estudiado en su conjunto, razón por la que advierte que es necesario un estudio que ponga de relieve la unidad del desarrollo filosófico farabiano, si bien reconoce que, por carecer de las competencias requeridas para ello, tal estudio le resulta a priori imposible, aunque quiere embarcarse en tal apuesta (p. Adelanta, además, una de sus conclusiones ñindamentales, a la que ya me he referido antes: que, contrariamente a lo que han señalado algunos estudiosos del faylasüf, hay en él un pensamiento coherente y con una unidad que supera las contradicciones internas y extemas que se muestran a lo largo de las obras farabianas. Destaca a continuación el proceso y el método que va a seguir en el cuerpo de la obra. En esta introducción se plantean a veces incluso cuestiones filológicas, a propósito de la lectura o interpretación de palabras que figuran en textos de al-Fárábí o de biógrafos o historiadores. La primera parte, que titula «Farabi entre Platón y Aristóteles», consta de tres capítulos, en los que aborda la relación de al-Fárábí con Platón, su relación con Aristóteles y cómo vio al-Fárábí la filosofia de Aristóteles, respectivamente. A esta parte la he llamado antes de «formación», porque en ella se ocupa de las fuentes principales del filósofo árabe (en tanto que escribe en árabe, aunque no llegó a alcanzar en ella el grado de claridad que tuvo con otros filósofos del Islam, civilización, que no del islam, religión. En algunos momentos, Vallat parece mostrarse reacio a considerar «musulmán» a al-Fárábí). El autor da pruebas del gran conocimiento que tiene no sólo de los textos de al-Fárábí sino también de la literatura secundaria y de las interpretaciones que de él se han dado a propósito de la formación farabiana. En el primer capítulo se ocupa de al-Fárábí y Platón. Sabemos desde hace tiempo, y así lo venimos expresando en múltiples ocasiones, que la Falsafa fue un capítulo más en la historia del pensamiento en el mundo islámico, transmitida a éste desde Grecia. Su origen fue griego, como al-Fárábí señaló con claridad, y así lo indica también Vallat, cuando afirmó: «La filosofia que existe hoy entre los árabes les fue transferida desde los griegos» ^. En el mundo islámico fue asimilada y también transformada. Al-Fárábí se presenta como el heredero de pleno derecho de los griegos. El autor de la obra estudia cómo se produce el paso desde Alejandría hasta al-Fárábí, cuál fue el cursus de los estudios; analiza la cuestión de la concordancia entre Platón y Aristóteles; señala el problema planteado por la cita que el filósofo árabe hace del Parménides de Platón; y concluye destacando el limitado y escolar conocimiento que al-Fárábí tuvo de Platón y que su platonismo se debe más bien a las fuentes neoplatónicas que tuvo a su alcance. El segundo capítulo está consagrado a al-Fárábí y Aristóteles; en él Vallat quiere mostrar el callejón sin salida (impasse) en que se encuentran las modernas interpretaciones del filósofo árabe. Parte, para ello, de la constatación de que el neoplatonismo se encuentra en muchas de las obras farabianas y no sólo, como pretenden algunos intérpretes, en sus tratados políticos. Analiza en primer lugar la situación en que se encuentran estas interpretaciones a partir de la lectura de Leo Strauss, aquella de la que antes hemos dicho que ha sido llamada «esotérica», y en los diversos artículos consagrados a al-Fárábí por el editor de algunos de sus tratados, Muhsin Mahdi ^^. Examina, basándose en un texto de Averroes, la tesis propuesta por Strauss de un al-Fárábí esotérico. Explora la interpretación de S. Fines que convierte en pre-kantiano a al-Fárábí, basándose en testimonios contradictorios, y analiza el texto de Avempace en el que se basa Fines. Acaba este capítulo poniendo de manifiesto lo que concluyen los intérpretes modernos de al-Fárábí, cuyas lecturas parecen oponerse a lo que se lee en el texto Falsafat Aristûtàlîs del filósofo árabe. El tercer y último capítulo de esta primera parte está consagrado al análisis de esta obra farabiana. Según Vallat, al-Fárábí, que «corrige» a Aristóteles en sentido platónico, presenta la fílosofia del «Maestro Primero» como un pensamiento pedagógico antes de llevamos de las Categorías a la Metafísica. Repasa la división de los escritos de Aristóteles presentada por el filósofo árabe y lleva a cabo algunos intentos de interpretación de determinados problemas que aparecen en la obra farabiana. Concluye señalando que la visión de Aristóteles que se da en esta obra depende de la fijente alejandrina en la que ha bebido al-Fárábí, prolongando, por tanto, el pensamiento pedagógico del neoplatonismo de Alejandría y de Simplicio. En la segunda parte, titulada «De las premisas del conocimiento a la filosofía política», el autor recuerda que la obra de al-Fárábí se sitúa en un contexto presidido por la asimilación de doctrinas alejandrinas. Se propone ahora mostrar cuáles son los pasos que dio el filósofo musulmán ^ ^ para llevar a cabo su proyecto, de inspiración platónica, de orden pedagógico, a partir de la lectura que al-Fárábí hace del Organon de Aristóteles y de sus comentarios alejandrinos. Ese proyecto, que va de la lógica a la metafisica y de ésta a la política y a la religión, es concebido platónicamente como el recorrido del filósofo desde la Caverna hasta la cima de las ideas. Antes de exponer que la filosofía farabiana es pensada como una pedagogía, estudia primero cuál es la finalidad general de la lógica y de la filosofía y, en segundo lugar, la progresión didáctica que ofrece el orden de clasifica- Una vez que ha determinado de manera general la naturaleza de los principios exegéticos de al-Fârâbï y el fin que asigna a la filosofia, el autor quiere considerar detalladamente el skopos de las Categorías, cuestión que, como señala, tiene hondas repercusiones en todos los ámbitos de la filosofia. El capítulo sexto es una investigación sobre cómo el filósofo pasa de la lógica a la política, planteando el asunto de la reminiscencia platónica y poniendo de relieve de qué manera integra el empirismo estoico en el innatismo neoplatónico. Esto le lleva al último capítulo de la segunda parte, el séptimo, en el que examina la relación del neoplatonismo y del estoicismo en lo que se refiere a la lógica y la pedagogía, a la ética y la metafisica -con el problema de la ontologización de las modalidades lógicas-TM, y a la lingüística y la política, poniendo de relieve la interrelación que se da entre estos diversos aspectos. Este examen le conduce a destacar la importancia que juega la noción de mimesis en el pensamiento farabiano. El autor pone enjuego esa noción de mimesis en la tercera parte del libro, a la que titula «El Organon de la mimética». Directamente aborda en el capítulo octavo la gramática del filósofo, repasando los problemas de lógica, gramática y metafísica que están íntimamente vinculados y el de la palabra justa (semántica), en un análisis del tratamiento ofrecido por al-Fârâbî en varias de sus obras. En el capítulo noveno y último del libro examina la imitación como teoría política, poniendo al descubierto la relación existente entre la participación ontológica y la participación política, la coherencia de cada religión y el carácter paradigmático que tiene la noción de imitación política. Culmina su trabajo con un estudio de la analogía y del silogismo poético y de la imagen justa, es decir, de aquella que se extrae del arte arquitectónico por excelencia, la política, aquel que prepara para el fin último. Concluye el capítulo señalando cómo política y metafísica ^^ constituyen una filosofía de la cultura que encamina a la felicidad. De la misma manera que la religión, la política apunta a la institución de una cultura filosófica, que se desarrollará en la ciudad, concebida ésta según la naturaleza del hombre y fundada para que éste actualice su perfección última, su intelecto teórico, por el que alcanzará su fin último. Según Vallat, pudo servirle de inspira- ción lo que leyó en Metafísica, XII, 10, 1075a 15: «El bien del ejército está en su buena disposición, y lo es también el general, y con más razón éste. Éste, en efecto, no existe por causa del orden, sino el orden por causa suya». De esta manera, concluye Vallat, al-Fárábí cumple el proyecto político cuyas premisas había encontrado en los últimos alejandrinos: que la definición platónica del filósofo implica que toda la filosofía es política. Ello hace del filósofo musulmán un filósofo «helenístico», alimentado en la llama del pensamiento de los últimos filósofos paganos (p. La obra acaba con un vasto apéndice, donde el autor analiza la cuestión de la analogía del ser en la obra de al-Fárábí y donde señala que fiíe él el primero en formularla, y con una conclusión general en la que resume su posición a lo largo del libro. En anexo traduce los párrafos 37-39 del Kitàb al-hurüf {Libro de las letras) según la edición de Muhsin Mahdi, que versan sobre la nisba, la relación o ratio, en geómetras, matemáticos y lógicos, aunque deja sin traducir el párrafo 40, que se ocupa de la nisba en los gramáticos y que habría completado la visión farabiana de ese concepto. Esquematiza, en un segundo anexo, las páginas 141-142 del Kitàb al-'ibàra {Sobre el Peri Hermeneias o Sobre la expresión) y el párrafo 158 del mencionado Kitàb al-hurüf, en el que al-Fárábí se ocupa de las palabras que han pasado de significados vulgares {al-ma'ànî al-'àmmiyya) a significados filosóficos {al-ma'ànîal-falsafïyya) ^^. Una amplia bibliografía recoge tanto las fiíentes primarias o textos de al-Fárábí, con indicación de sus ediciones y de algunas, no todas, de sus traducciones, como la literatura secundaria. Cierra el libro un índice de autores antiguos y un index locorum. Estamos ante una nueva lectura del pensamiento de al-Fárábí, sugerente y rica, basada en un gran conocimiento de las obras del fílósofo y de la estructura que subyace a su pensamiento, así como de las ñientes griegas que le dieron forma. Vallat nos oñ"ece una visión del filósofo árabe distinta a cuantas hasta ahora hemos leído. Realiza con ello una gran contribución a nuestro conocimiento de la Falsafa, la filosofia propiamente dicha en el mundo islámico. ^'^ De este último texto hay traducción española: Abu Nasr al-Fàrâbî: El libro de las letras. El origen de las palabras, la filosofía y la religión, traducción, introducción y notas de José Antonio Paredes García, Madrid, Ed.
Al-QanÐara capiteles y cimacios) de las ampliaciones de al-H 1 semana que, bajo el lema general de -, celebró el Instituto de Estudios Islámicos de la -en la Real Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba, discurso que giraba sobre el mismo tema y cuyo texto, -Alhambra 2. Se trata del estudio pionero de esos signos 3. sita al monumento cuando se llevó a cabo la toma de datos: varios s - Ancora o emblema de la salvación por Cristo; la Thau y el Ancora unidos en nismo al Islam -nales"traducción y en ese sentido, ese uso de nombres válidos para ambas Tampoco viene mal, llegados a este punto, recordar que en al-Andalus no hubo nunca una relación cerrada entre lenguas y reli----X era ya una lengua residual, limitada sobre todo a la liturgia cristiana 41. Por otra parte, de los antropónimos presentes en la Aljama cor-s en lo de separar lenguas de religiones), sino que comparten ese equivalencias entre cualesquiera lenguas y religiones tienen muchos cados concretos, tomados de cualquier parcela de la realidad o la 39 manual de interacción de lenguas 81-82. ante cualquier análisis comparativo en todo tiempo y lugar. No im-entre nombres propios de personas de religiones próximas, en este sr por el solo hecho de lla-h h tantos más. religiosa de un individuo desprovisto de cualesquiera elementos de -mostrar que los tallistas de la Aljama de Córdoba, dados sus nom-los datos de que se dispone, a apuntar la hipótesis, por supuesto dis--nes., represen--do -cutibles): --varios de la primera lista 43 §), pues ha resultado ser un sig--44. Todos los ejemplos hasta ahora publicados se encuentran en la macio 45 -. 63, pero hay que te-ner en cuenta su contexto, además de tomar cada uno de estos dos signos como un ejemplar de varios del mismo tipo existentes en el juego con esa estrella y aislada; y la estrella de cinco puntas apare-- 66, es de vencer los obstáculos de este mundo y las tempestades de la pa-sión 67 -68. Si bien el simbolismo cristiano de la barca es indiscutible, en el signo de la Aljama de Córdoba habrá que ver más bien una imagen abstracta; si acaso, una representación muy esquemática de arco o contenidos simbólicos, ninguno 69. Llega el turno de los asteroides, que son dos: una estrella de cin--, simbolismo universalmente conocido: equilibrio, reciprocidad, con-traposición, unión de contrarios, oposición de criatura y Creador en tradición judeocristiana, y por lo tanto en la islámica, el seis se co-su simbolismo negativo, como queda probado en el Apocalipsis, sexto emperador romano 77. lleve a creer que se trata de traducciones árabes e islámicas de nom-bres latinos y cristianos. Antes bien, los tres en cuestión están bien documentados como antropónimos originales árabes propios de mu-y, desde luego, corrientes entre esclavos y libertos. En cuanto a las lismos cristianos, pero también islámicos, como a casi cualquier trata de marcas de identidad producidas en y para un contexto tan estrictamente islámico como es el suyo. ellos bien documentados en otras obras contemporáneas de mece-- Mezquita Aljama de Córdoba: planta general tras la ampliación de
Este artículo consta de dos partes. En la primera se corrige la lectura hecha por F. Codera (y seguida por autores posteriores) de un dinar acuñado en Ceuta en 543H., corrección que demuestra que se trata de un dinar antialmohade. En la segunda parte, siguiendo el trabajo pionero de S. Fontenla, se analiza la cuestión de si Ibn Tùmart acuñó moneda, proponiendo una respuesta negativa a partir de una discusión sobre el significado del «mahdismo» del fundador del movimiento almohade. Una cuestión relacionada es la de la licitud de acuñar moneda, negada por Ibn •azm. Tras discutir hasta qué punto la peculiar forma de acuñar moneda por los almohades pudo haber estado influida por las teorías monetarias de Ibn •azm, se plantea la influencia de éstas en época del califa almohade al-Manóùr, así como en época del sultán ayyubí al-Malik al-K×mil Muçammad. A related issue is that of the licit character of minting coins, with Ibn •azm answering in the nega- En un artículo publicado en 1983 3, H. Kassis llamó la atención sobre dos dinares de finales de la época almorávide y comienzos del imperio almohade. Uno de ellos fue acuñado en Ceuta en el año 542 de la hégira. El otro es un dinar del año siguiente (543), también acuñado en Ceuta y que había sido publicado por F. Codera en 1903 4. Aunque Kassis señala que actualmente hay que dar por perdido este último dinar, de hecho se conserva en el Instituto Valencia de Don Juan5. A mi solicitud de poder consultar dicha moneda, se me contestó que el monetario estaba en proceso de estudio y la norma del Patronato de dicho Instituto es que, para no interferir dicho estudio, no se pueden consultar las monedas 6. Explica Kassis cómo el dinar del año 542H. sigue siendo de estilo almorávide, pero la mención que en él aparece de al-mahdê l-q×'im bi-amr All×h indica que fue acuñado ya bajo dominio almohade. Kassis propone que ese dinar fue acuñado por el cadí'Iy×Ý de Ceuta y afirma que representa un intento de no enfrentarse de manera directa a los almohades, aceptando su gobierno, al tiempo que mantenía su propia ortodoxia política y religiosa («to accomodate the new rulers, the Almohads, while at the same time maintaining his own political and religious orthodoxy»). Según Kassis, la fórmula al-mahdê l-q×'im bi-amr All×h no habría sido demasiado problemática para un m×likí Al-Qan÷ara (AQ) XXVII 2, julio-diciembre 2006, pp. 457-476 ISSN 0211-3589 458 MARIBEL FIERRO 2 Una primera redacción de esta parte fue elaborada durante una estancia de investigación en el Institute for Advanced Study (Princeton) en 1994. Agradezco a Sonja Brentjes su paciencia a la hora de demostrarle entonces la imposibilidad de la lectura llevada a cabo por F. Codera. En la reproducción que hace Kassis de este dinar ("Q×Ýê'Iy×Ý 's rebellion", 513) se ha producido una confusión en el apartado "Circle", de manera que la leyenda que allí aparece corresponde en realidad al "Circle" de la moneda n.o 1 descrita por Kassis (art. cit., 511-2); la leyenda que aparece en esta última en el apartado "Circle" es la que corresponde al dinar de Codera. pro-'abb×sí como era el cadí'Iy×Ý. En cambio, de ninguna manera habría podido aceptar las fórmulas All×hu rabbu-n× Muçammad nabê-n× al-mahdê im×mu-n× (Dios es nuestro Señor, Muçammad es nuestro Profeta, el mahdê7 es nuestro im×m) o mahdê l-dên allaÜê baššara bi-hi rasùl All×h (aquel que conduce la religión por la vía recta [= mahdê l-dên] y que el Enviado de Dios anunció) que aparecen en otras monedas almohades. Poco después de que fuese acuñado el dinar del año 542H., las gentes de Ceuta se rebelaron contra el dominio almohade y la ciudad volvió a estar bajo control almorávide en el año 543H. Habría sido entonces cuando, según Kassis, se habría acuñado el dinar publicado por Codera, ya que en él aparece el nombre del gobernador almorávide, el amêr al-muslimên Yaçyà b. La última parte (al-mahdê allaÜê yušriku l-nabê) sería, según Kassis, una acusación de infidelidad (širk) contra los almohades9, mostrando así que el m×likismo era incompatible con la doctrina mahdista de los almohades. La rebelión de Ceuta tuvo efectivamente lugar y el cadí'Iy×Ý se vio envuelto en ella10. Sin embargo, como el propio Kassis señala, carecemos de detalles acerca de la naturaleza de esa rebelión, ausencia que Kassis ha intentado rellenar con la información que suministra el dinar. Estoy de acuerdo en que el dinar nos brinda datos de gran valor para precisar algo más el carácter de la rebelión en Ceuta. En lo que no estoy de acuerdo con Kassis es en la naturaleza de esos datos, ya que el dinar descrito por Codera -descripción que es asumida acríticamente por Kassis-en realidad nunca existió o, mejor dicho, nunca existió con la leyenda al-mahdê allaÜê yušriku l-nabê. Esta leyenda, traducida por Codera como «El Mahdí que acompañará al Profeta» (Kassis no da ninguna traducción, aunque como se ha visto la entiende como una acusación de širk), no deja de tener una apariencia extraña para cualquiera familiarizado con la lengua árabe. La confusión de Codera al leer la última parte resultará evidente para los arabistas (yušriku es una mala lectura de baššara bi-hi, en la que bi-hi ha sido leído como la letra k×f) 11. ¿Cómo interpretar entonces el mensaje de este dinar? La moneda, por un lado, proclama el gobierno almorávide, pero, por otro lado, incluye una referencia al mahdê anunciado por el Profeta (al-mahdê allaÜê baššara bi-hi l-nabê), referencia que, según Kassis, sería una fórmula almohade. Mientras que la fórmula All×hu rabbu-n× Muçammad rasùlu-n× al-mahdê im×mu-n× es claramente almohade 12, me caben serias dudas respecto a la otra, en sus dos variantes: mahdê l-dên allaÜê baššara bi-hi rasùl All×h y al-mahdê allaÜê baššara bi-hi l-nabê. En efecto, debe ser interpretada como una fórmula antialmohade: frente al mahdê de los almohades, la moneda remite al verdadero Mahdê de los sunníes, el puramente escatológico, mencionado en la Tradición del Profeta como la gran figura mesiánica que aparecerá al final de los tiempos 13. Como he indicado anteriormente (véanse notas 5 y 6), no es así, pero todavía no he podido consultarla personalmente. Gracias a la amabilidad de Tawfiq Ibrahim, he podido consultar en este año (2006) una fotografía (que corresponde a la publicada en Rodríguez Lorente e Ibrahim, Numismática de Ceuta musulmana, L, XII, n.o 161): su calidad no es muy buena, pero tampoco la moneda debe de estar en buen estado. Debo también a T. Ibrahim la indicación de que el número 676 de Canto García, A. e Ibrahim, T., Catálogo de la moneda andalusí. La Colección del Museo Casa de la Moneda, Madrid, 2004, tiene similitudes epigráficas con el dinar del año 543 y corrobora que la leyenda debe leerse en el sentido aquí propuesto. 12 Vega Martín, M., Peña Martín, S. y Feria García, M. C., El mensaje de las monedas almohades: numismática, traducción y pensamiento, Cuenca, 2002. 13 En el volumen monográfico de la Revue des Mondes Musulmans et de la Méditerranée (91-94, año 2001), dedicado a Mahdisme et millénarisme en Islam, coordinado ción de figuras mesiánicas (como al-F×÷imê) y sus implicaciones políticas, señala que hay quien niega validez a dichas tradiciones recordando que no hay más Mahdê que Jesús, hijo de María 14. En este sentido, el califa almohade al-Ma'mùn, proclamado en Sevilla en 624/1227, emitió un decreto en 627/1230 en el que abandonaba oficialmente la doctrina almohade: se suprimía la mención al mahdê (es decir, a Ibn Tùmart) en las monedas, en la oración del viernes y en la correspondencia oficial; se prohibía hablar de la impecabilidad del mahdê y se afirmaba que la proclamación de Ibn Tùmart como tal fue errónea, ya que no hay más Mahdê que Jesús 15. No habría entonces contradicción alguna en el dinar acuñado en Ceuta en 543H entre la mención de un gobernante almorávide y la mención de al-mahdê allaÜê baššara bi-hi l-nabê: nos hallaríamos ante una moneda almorávide en la que se recoge claramente una propaganda antialmohade explícita, recordando que tan sólo hay un Mahdê, el anunciado por el Profeta, que no es, naturalmente, el mahdê de los almohades 16. Cuándo se acuñaron las primeras monedas almohades y la cuestión de la licitud de acuñar monedas ¿Acuñó moneda Ibn Tùmart? En un artículo reciente, Salvador Fontenla analiza la cuestión de si Ibn Tùmart acuñó moneda él mismo 17. Tal y como indica Fontenla, la ausencia de fecha en las monedas almohades dificulta establecer precisiones cronológicas, de manera que éstas se reducen por lo general al reinado del califa en el caso de las acuñaciones en oro (al estar grabado el nombre del amêr al-mu'minên en la moneda), o bien a las fechas de la conquista o pérdida de una ciudad cuyo nombre esté grabado en la moneda. Fontenla cree que Ibn Tùmart nunca acuñó oro, pero sí que debió de acuñar dírhemes de plata. Las razones que esgrime a favor de esta posibilidad son las siguientes: -La existencia de un relato según el cual Ibn Tùmart fue identificado con «el señor del dírham cuadrado» 18, lo cual indicaría (aunque el relato sea tardío) que se le asociaba con la acuñación de moneda. -El hecho de que'Abd al-Mu'min, quien acuñó medios dírhames de plata con su propio nombre, no grabó en cambio éste en los dírhames, lo que Fontenla interpreta como una forma de respetar el mismo tipo y leyendas que el mahdê Ibn Tùmart habría puesto en circulación. En cambio, en los dinares'Abd al-Mu'min sí hizo grabar su propio nombre, junto con el de al-mahdê, porque al no haber acuñado éste en oro (ya que no adoptó el título de Emir de los creyentes) no se rompía ninguna tradición consolidada entre los almohades. -Ibn Tùmart organizó el partido almohade en categorías descendentes y una de ellas, la sexta, era la de los encargados de la ceca 19, lo 19 La mención de los encargados de la ceca aparece en el Kit×b al-ans×b. Según Kisaichi, M., "The Almohad social-political system or hierarchy in the reign of Ibn Tùmart", Memoirs of the Research Department of the Tokyo Bunko, n.o 48 (1990), 81-101, el modelo de organización que recoge el Kit×b al-ans×b corresponde a la época de'Abd al-Mu'min y no a la de Ibn Tùmart, cuyo modelo organizativo sería el recogido que demostraría la existencia de talleres monetarios en vida del fundador almohade. La existencia de dírhames almohades acuñados en Tinmal 20, la primera capital almohade, estaría a favor de la hipótesis de que Ibn Tùmart acuñó dirhames. -Las zonas iniciales controladas por los almohades, el Sùs occidental y estribaciones meridionales del Gran Atlas, tenían abundantes minas de plata, minas que posteriormente los jerifes sa'díes usaron para labrar monedas de plata. -El movimiento almohade se impuso por la fuerza, para lo que necesitó emplear numerosas fuerzas militares, cuyo reclutamiento, organización y soldada requerirían cuantiosos recursos financieros, entre los que debió de incluirse la emisión de monedas. Respecto a cuándo debió de acuñar'Abd al-Mu'min por vez primera en oro (recuérdese que, según Fontenla, Ibn Tùmart no lo hizo por no ser «Emir de los Creyentes» o amêr al-mu'minên), piensa Fontenla que, aunque las cecas conocidas son tardías (Siilm×sa, Tremecén, Fez, Mequinez y Salé fueron conquistadas en el año 540H. y Marrakech en 541H.), los almohades habrían acuñado anteriormente durante casi catorce años (desde la proclamación de'Abd al-Mu'min como sucesor del mahdê Ibn Tùmart en el año 526H) en talleres militares nómadas. A pesar de que esta argumentación debe ser tomada en cuenta, el hecho es que, por el momento, no hay forma de probar si Ibn Tùmart acuñó moneda ni el momento preciso en que comienzan las acuñaciones de'Abd al-Mu'min antes del año 541H 21, precisamente porque una de las características de la moneda almohade es la ausencia de fechación. Lo único que se puede hacer es elaborar una argumentación a partir de elementos contextuales, como hace Fontenla en favor de una acuñación temprana. Por mi parte, voy a argumentar lo contrario, es decir, por qué puede tener sentido que Ibn Tùmart no acuñase moneda durante su vida y por qué'Abd al-Mu'min pudo tardar en hacerlo. En otra ocasión he puesto en duda el relato de las fuentes y las interpretaciones al uso respecto a si el movimiento liderado por Ibn Tùmart tuvo desde el principio un carácter mahdista, es decir, respecto al momento en que la figura de Ibn Tùmart cristaliza en al-mahdê al-ma'lùm al-im×m al-ma'óùm 22. Sin entrar ahora a fondo en esta cuestión -sobre la que espero volver en un futuro-aceptemos en esta ocasión el relato tradicional según el cual Ibn Tùmart se presentó (o fue visto por sus seguidores) en vida como un mahdê. En su sentido escatológico, el Mahdê (con mayúscula) aparecerá al final de los tiempos como uno de los signos precursores de la Última Hora y como oponente del Da×l (Anticristo). Si Ibn Tùmart se hubiese presentado como esta figura mesiánica que anuncia el fin de los tiempos, bien enraizada en las creencias de los sunníes, difícilmente se habría puesto a acuñar moneda, pues ¿qué necesidad hay de ella cuando está a punto de llegar la Última Hora? Que yo sepa, la acuñación de moneda no es una actividad que aparezca entre los actos que se atribuyen al Mahdê escatológico de los musulmanes. Por otro lado, Ibn Tùmart no parece haber anunciado una transformación inminente, total y violenta del mundo, ni haber declarado que la resurrección estaba a punto de llegar, ya fuese en un sentido literal o bien espiritual. Las posturas doctrinales y políticas de los almohades dejaban bien claro que ellos querían romper con el pasado, pero no había nada apocalíptico en esas posturas: Ibn Tùmart era un mahdê en tanto que reformador o restaurador, no en tanto que redentor. Como ha indicado Patricia Crone 23, los mahdês sunníes surgen generalmente en contextos tribales y por lo tanto se orientan más hacia la organización externa que no hacia la espiritualidad interior, aun en el caso de ser sufíes. La salvación reside en la aplicación estricta de la ley, en el fortalecimiento de la religión organizada y en el perfeccionamiento de los asuntos colectivos, no en la redención espiritual de Al-Qan÷ara (AQ) XXVII 2, julio-diciembre 2006, pp. 457-476 ISSN 0211-3589 464 MARIBEL FIERRO los individuos. Cumplir con la voluntad divina consiste en hacer que la gente se comporte adecuadamente y sea obediente, en suprimir conflictos internos y en someter a los infieles; es decir, consiste en volver al modelo de puritanismo moral y activismo militar representado por el Profeta y los califas ortodoxos. La razón de que un reformador se titule mahdê tiene que ver con la adquisición de la legitimidad necesaria para actuar en contra de los líderes políticos y religiosos de su época. La autoridad religiosa en el islam sunní está dispersa, ya que cada ulema tiene en principio la misma autoridad que los demás, y aunque algunos logren mayor audiencia, no pueden apartarse demasiado del consenso general sin perder sus credenciales en tanto que ulemas. A ello hay que añadir que la rebelión contra el poder establecido es condenable. ¿Con qué autoridad podía Ibn Tùmart reclamar el derecho a derrocar a los almorávides, cuyo régimen había surgido en nombre de la reforma religiosa? Una solución era proclamarse mahdê, «el guiado por Dios, el bien guiado», ya que de esa manera la dispersa autoridad religiosa volvía a concentrarse en una sola persona. Por lo que se refiere a los seguidores beréberes de Ibn Tùmart, puede no haberles importado demasiado la titulatura que se diera, siempre y cuando le presentara, de alguna manera, como un hombre santo, dotada de carismas especiales. Si Ibn Tùmart era, tal y como nos lo quiere presentar su biografía, un verdadero ulema, formado en Oriente con destacados maestros y con ambiciones más allá de su contexto beréber, tenía que justificar de alguna manera su actuación, así como la formación de sus nuevas élites. También pudo ser su sucesor,'Abd al-Mu'min, quien sintiese esa necesidad tras la conquista de al-Andalus. En cualquier caso, Ibn Tùmart era el mahdê en el sentido de un reformador que guiaba a los creyentes por el camino de Dios, o, dicho de otra manera, que los guiaba de nuevo a la verdadera Ley divina y cuyo status mahdista confería infalibilidad a su razonamiento legal (itih×d), poniéndolo por encima del de los demás ulemas. En suma, el mahdismo de Ibn Tùmart era, ante todo, una fórmula político-religiosa para crear un Estado. De hecho, este tipo de mahdismo no es sino la actualización -post-Muçammad-del modelo profético de los orígenes del islam. Como nos ha recordado recientemente también Patricia Crone, Muçammad como profeta y hombre de Estado siguió el modelo de Moisés y la comunidad de israelitas que sacó de Egipto para conquistar Palestina. En efecto, a diferencia de Buda y Jesús, Muçammad no podía no ser un profeta político, dado el contexto tribal en el que se desarrolló su actividad. Como en el caso de Moisés, en el orden traído por Muçammad no había una comunidad religiosa separada de la sociedad organizada políticamente y tampoco una jerarquía eclesiástica separada de los agentes políticos 24. Ahora bien, una vez fundada la comunidad musulmana y establecido de forma inapelable que Muçammad fue el último de los profetas 25, ¿quién podía estar legitimado para llevar a cabo la reforma de una comunidad condenada a sufrir un proceso inevitable de degradación política y religiosa? 26 Esta pregunta se la formuló de forma explícita un autor de época almorávide, Ibn'Abdùn de Sevilla, para quien la respuesta fue que el cadí era quien debía ocuparse de los asuntos de la comunidad cuando no se estaba en una época de profecía 27. Y efectivamente, en la primera mitad del s. VI/XII varios cadíes de las grandes núcleos urbanos de al-Andalus se transformaron en gobernantes. Pero para ciertos grupos de la población del Occidente islámico, especialmente para aquéllos entre los que la figura del cadí no desempeñaba un papel central 28, la solución estaba en otro tipo de figuras de autoridad que pueden ser denominadas cuasi-proféticas y, en tanto que tales, capaces de transformarse en inspiradoras de nuevas comunidades político-religiosas: son el amigo de Dios (walê All×h), como en el caso del sufí Ibn Qasê, de origen muladí y activo en el Algarve (sur de Portugal), y el mahdê, como en el caso de Ibn Tùmart, activo entre las Al-Qan÷ara (AQ) XXVII 2, julio-diciembre 2006, pp. 457-476 ISSN 0211-3589 466 MARIBEL FIERRO 24 Crone, P., Medieval Islamic political thought, 11-2. 25 El mejor estudio sobre esta cuestión de la terminación de la profecía sigue siendo el de Friedman, Y., Prophecy continuous. 26 He analizado este tema de la degradación religiosa y política en la primera mitad del s. VI/XII y las actitudes adoptadas ante él en mi artículo "Spiritual alienation and political activism: the ghurab×' in al-Andalus during the sixth/twelfth century", Arabica, XLVII (2000), 230-260. 28 El cadí es agente del estado y su presencia en una región determinada depende de la existencia de estructuras estatales bien consolidadas. Por ello, apenas si tenemos noticia de la presencia de cadíes en el Magrib al-aqó× antes del s. VI/XII (siglo éste que es cuando empieza a percibirse la creación de un entramado judicial en la zona). En al-Andalus también había lugares donde la penetración estatal era escasa y a veces casi inexistente. Es el caso, por ejemplo, de Lisboa y su región circundante: Fierro, M., "Los ulemas de Lisboa", Los rostros de la ciudad, Lisboa, en prensa. poblaciones beréberes del sur de Marruecos, que es el que ahora nos interesa 29. Este carácter cuasi-profético está claramente expresado en una carta almohade de época del califa Abù Ya'qùb Yùsuf (r. 558/1163-580/1184), en la que a Ibn Tùmart no sólo se le llama al-im×m al-ma'óùm al-mahdê al-ma'lùm («el imam infalible y el mahdê conocido»), sino que además de él se dice explícitamente -y es una afirmación muy llamativa por ser inusual en un contexto sunní-que es el heredero del lugar de la profecía y de la infalibilidad (w×riø maq×m al-nubuwwa wa-l-'ióma) 30. No hay nada escatológico en esta declaración31: Ibn Tùmart no anuncia la Última Hora, sino todo lo contrario, puesto que su reforma de la comunidad permitirá a ésta volver al buen camino y aproximarse de nuevo al momento de pureza fundacional. Ibn Tùmart ocupa, en efecto, el lugar que ocupó el Profeta en los orígenes con objeto de refundar la comunidad de verdaderos creyentes en la Unicidad divina (muwaççidùn). Es cierto que le diferencia del Enviado de Dios el hecho de que no es receptor de la Revelación Divina, limitándose su misión a la revivificación de la recibida por Muçammad, sin pretender ser el fundador de una nueva religión. Pero, aun así, Ibn Tùmart participa de algunas de las características propias de la profecía, como la impecabilidad o infalibilidad ('ióma) 32, pues de no poseer ésta su programa político y religioso podría ser puesto en duda y recusado. Precisamente porque se le presentaba como «casi» profeta 33, la figura de Ibn Tùmart tuvo que ser formulada con el mayor número posible de semejanzas con la biografía de Muçam-mad, algo que ha sido puesto de relieve repetidas veces por quienes se han ocupado de la biografía de Ibn Tùmart y sobre lo que no me voy a extender 34. Pues bien, si Ibn Tùmart en tanto que mahdê era y actuaba «casi» como el Profeta, ¿es que acaso éste acuñó moneda? No, no lo hizo, aunque sí debió hacer uso de las monedas que circulasen en su época 35. Tampoco hubo ceca bajo los califas ortodoxos, según nos dice Ibn •azm 36, para quien el primer dirigente musulmán que acuñó moneda fue el gobernador omeya de Siria al-•a× b. Lo hizo por orden del califa omeya'Abd al-Malik b. Marw×n, que fue el que acabó rompiendo con los modelos anteriores de los imperios persa y bizantino y acuñó lo que se considera la primera moneda propiamente islámica 38. También parece haber habido un intento por asimilar a'Abd al-Mu'min al Profeta, como muestra la narración de la batalla de al-Buçayra, en la que el futuro califa es herido en una pierna (como fue herido Muçammad en la batalla de Uçud). Me ocuparé de esto en la biografía que preparo sobre'Abd al-Mu'min. 35 No conozco ningún estudio al respecto. Sobre la carencia de acuñaciones hechas por los árabes y el tipo de monedas que circulaban en la Península Arábiga en época del Profeta, véase EI 3, s.v. sikka (R. E. Darley-Doran). En el trabajo de Lecker, M., "Were customs dues levied at the time of the Prophet Muhammad?", Al-Qan÷ara, XXII (2001), 19-44, no queda claro si el cobro de impuestos a los que se hace referencia se llevaba a cabo en especie o en moneda (véase al respecto la nota 44). 37 Como es bien sabido, al-•a× es el musulmán con funciones de gobierno con peor prensa en toda la historia del Islam, por lo cual no sé hasta qué punto esta afirmación de Ibn •azm responde a la realidad o se trata de un acto malvado más que se asocia a su figura (a Ibn •azm, como veremos, la acuñación de moneda no le parecía nada bien). 38 En el estudio de Vega, Peña y Feria citado en la nota 12 se hace referencia detallada a la reforma de'Abd al-Malik y se insiste también en la importancia de la ruptura que representa la moneda almohade con respecto a las acuñaciones de ese califa omeya y el posible sentido de dicha ruptura. No sé si la anécdota siguiente guarda relación con este asunto: de Abù Muçammad Ibn al-Qa÷÷×n, el famoso cronista almohade, se dice que encontró en Sevilla en el año 608/1211 unas monedas de plata acuñadas por'Abd al-Malik b. Marw×n, que entregó al califa al-N×óir y a su padre, jefe de los ÷alaba almohades (Rodríguez Figueroa, A., "Ibn al-Qa÷÷×n", Biblioteca de al-Andalus, vol. 4, Enciclopedia de la Cultura andalusí, I., ed. J. Lirola Delgado y J. M. Puerta Vílchez, Almería: Fundación Ibn Tufayl de estudios árabes, 2006, n.o 960, p. su hermano el califa (anticalifa según los omeyas)'Abd All×h b. al-Zubayr: en esas monedas en un lado aparecía el término baraka y en el otro All×h, lo cual parece que se debía de leer como «bendición de Dios» 39. Si Ibn Tùmart se proclamó o fue proclamado mahdê en vida con el sentido, no de redentor escatológico, sino de reformador político-religioso que ocupaba el lugar del Profeta, entonces Ibn Tùmart, en tanto que w×riø maq×m al-nubuwwa, no tenía por qué acuñar moneda, ni en oro ni en plata 40. Habría, por tanto, que situar las primeras acuñaciones almohades en época de'Abd al-Mu'min 41. Esta argumentación nos lleva a una cuestión estrechamente relacionada y es la de la licitud de la acuñación de monedas en el Islam, tema éste poco estudiado y sobre el que sería necesario contar con una monografía. Me limitaré por ello a presentar a continuación unas reflexiones provisionales. 39 Me pregunto si este precedente influyó en la frecuentísima presencia de esa fórmula en la cronística almohade para hacer referencia a los donativos entregados por los califas almohades: véase al respecto Marín, M., "El califa almohade: una presencia activa y benéfica", en Cressier, P., Fierro, M. y Molina, L. (eds.), Los almohades: problemas y perspectivas, Madrid, 2005, 451-76 y Fontenla, S., "Las primeras acuñaciones almohades", 56. 40 Habría que estudiar a las figuras mahdistas que aparecen a lo largo de la historia del islam desde el punto de vista de la acuñación de monedas. Uno de los "carismas" del famoso sufí al-•all× fue la aparición milagrosa de monedas entre sus manos. Uno de los asistentes al milagro le reprochó que se tratara de las monedas de curso legal en la época, diciéndole que sólo creería en él si le presentaba un dírham donde estuviese inscrito su nombre y el nombre de su padre. Al-•all× no habría acuñado moneda porque no aspiraba al poder político: Massignon, L., La Passion de Hallâj, martyr mystique de l'Islam, 4 vols., París, 1975, I, 374-6. Una anécdota similar se cuenta del sufí andalusí Ibn Qasê, pero en este caso sí acabó acuñando moneda, pues a diferencia de al-•all× se convirtió en jefe político-religioso de una comunidad: Rodrigues Marinho, J., "The beginning of the characteristic Almohad coinage: some hypotheses", en Carradice, I. A. (ed.), Proceedings of the 10th International Congress of Numismatics, Londres, 1986, 430-436, 431. 41 La mención a los encargados de la ceca de los que habla el Kit×b al-ans×b debe ser vinculada entonces al reinado de'Abd al-Mu'min como propuso en su día Kisaichi (véase al respecto lo dicho en la nota 19). Esos encargados de la ceca deben ser puestos en relación con las acuñaciones conmemorativas propuestas por Vega, M., "Qar÷aanna y B×guh, cecas almohades, y la hipótesis de las acuñaciones conmemorativas", Al-Qan÷ara, XXVII, 1 (2006), 63-75. El debate sobre la licitud e ilicitud de la acuñación de monedas De Adán, el primer hombre, y también el primer profeta enviado por Dios a la humanidad, afirma al-Îa'labê que acuñó dírhames y dinares, ya que las monedas son necesarias para la vida normal 42. Otras tradiciones, en cambio, afirman que el Demonio, Iblês, fue el primero en acuñar moneda 43. Las monedas aparecen, por tanto, como algo ligado bien a este mundo bien al mal. No existen ni existieron en la otra vida, no ya en el Paraíso eterno, ni siquiera en ese Paraíso terrestre que Adán tuvo que abandonar. Las monedas pueden ser vistas, por tanto, como una de las señales de la pérdida que supone para el hombre su vida en este mundo. Si los profetas fundadores de comunidades político-religiosas no acuñaron moneda (no se dice que lo hicieran ni Moisés ni el Profeta Muçammad) 44, los reformadores político-religiosos islámicos que pretenden recrear la comunidad fundada por Muçammad es de esperar que tampoco lo hagan. Según Ibn Jaldùn -que nada específico dice sobre cuál fue la práctica del Profeta con respecto a las monedas-, en los comienzos del islam, en las transacciones comerciales se utilizaba el oro y la plata al peso, incluso cuando se recurría a monedas acuñadas como las persas 45: es decir, el valor de las monedas era el equivalente al valor «real» del metal precioso, lo cual remite al problema moral y religioso que planteaba el hecho de que las monedas pudiesen tener un valor por encima del de su peso. Uno de los autores musulmanes que estaba convencido de la ilicitud religiosa de la moneda acuñada es Ibn •azm 46, cuya doctrina fue objeto de tratamiento detallado en una obra del famoso ulema y gobernante ceutí Abù l-'Abb×s al-'Azafê (557/1162-633/1236), obra editada y estudiada por M. Chérif 47. Según lo recogido por al-'Azafê, Ibn •azm, en su obra Siy×sat al-im×ma wa-tadbêr al-mamlaka 48, habría sido partidario de abolir las piezas de oro y plata amonedadas, pues según él todo musulmán debía tener la libertad de hacer sus transacciones con lingotes de oro y plata, de manera que tan sólo se tomase en consideración el peso de esos dos metales preciosos, sin que hubiesen pasado por ceca alguna 49. Al-'Azafê rebate -como no podía ser menos en el caso del gobernante de una ciudad como Ceuta que vivía del comercio-todas las objeciones de Ibn •azm. Sin embargo, el mismo hecho de rebatirle indica que la doctrina del cordobés gozaba de gran autoridad en la época, lo cual debe ser vinculado al prestigio del que gozó la doctrina û×hirí de Ibn •azm en la época almohade, sobre todo a partir del reinado de al-Manóùr (580/1184-595/1198) 50. La tendencia doctrinal según la cual la acuñación de monedas iba unida, en la trayectoria histórica de la comunidad musulmana, al deterioro de ésta desde el punto de vista religioso y político, debió de influir en los orígenes del movimiento almohade y habría hecho necesario contrarrestar la pérdida de legitimidad que esa acuñación -irrenunciable, por otro lado, por parte del nuevo estado-podía traer consigo. Una de las maneras en las que se podía intentar evitar que las monedas de la dinastía almohade pudiesen ser asociadas de manera negativa a las precedentes monedas musulmanas fue mediante el cambio de forma. Se acuñaba moneda, pero esas monedas ya no tenían nada que ver (ni en la forma 51 ni en el peso) 52 con las que las dinastías anteriores -símbolos del alejamiento de la profecía-habían acuñado. La forma cuadrada predominaba ahora. Pues bien, si la doctrina reprobatoria sobre la acuñación de moneda que mantenía Ibn •azm, o una doctrina parecida 53, es la que estaba detrás de la política monetaria almohade, entonces habría que explicar las características de las nuevas monedas almohades en función de esa doctrina. Es decir, se trataría de una moneda acuñada de forma que no pareciese ser eso, moneda acuñada. De ahí la ausencia de fechación. De ahí también la forma cuadrada, que tal vez habría que entender como una manera de equiparar la moneda con los ponderales o pesos, de acuerdo 51 El dírham almohade tiene forma cuadrada, mientras que el dinar es un cuadrado inscrito en un círculo. 52 Sobre el peso de las primeras acuñaciones almohades véase Kassis, "Monedas", 322: el dinar almohade pesaba 2,27 gramos (frente a los 4,25 gramos del dinar almorávide); luego, en época del califa al-Manóùr, acuñaron el "doble dinar" que pesaba 4,55 gramos. 53 Que pudo circular en círculos sufíes. De un andalusí conocido por su ascetismo, Abù Muçammad'Abd All×h b.'Abd al-Raçm×n b. unayn, se dice que «siempre pagaba y exigía los pagos en moneda de peso legal; si le daban dirhams de baja ley, los tiraba al río envueltos en un trapo, afirmando que esta acción era incluso mejor que dar en limosna la misma cantidad. Ibn unayn estaba convencido de que obrar de este modo suponía un beneficio para toda la comunidad, puesto que se evitaban así engaños y fraudes a los musulmanes en su conjunto»: Marín, M., Individuo y sociedad en al-Andalus, Madrid, 1992, 129. De Ibn Qasê, el famoso sufí rebelde del Algarve, se dice que fue recaudador de impuestos para los almorávides, cargo que abandonó en clara referencia a escrúpulos de tipo moral (Fierro, "Religión", 489-90). Estos ejemplos asumen la existencia de las monedas, de las que se limitan a reprobar su mal uso. Pero una vez que Ibn Qasê se hizo con el poder, utilizó las monedas almorávides y acabó, como ya he indicado, acuñando moneda él mismo (Rodrigues Marinho, "The beginning of the characteristic Almohad coinage", 431). con la propuesta hecha en su día por Salvador Fontenla 54. ¿No había dicho Ibn •azm que para las transacciones en las que se viesen envueltos el oro y la plata sólo había que tener en cuenta el peso de esos metales, sin que éstos hubiesen pasado por ceca alguna? En su defensa de la acuñación de moneda al-'Azafê pregunta: El dinar almohade al comienzo pesaba 2,27 gramos frente a los 4,25 gramos del dinar almorávide (este último correspondía al peso establecido en la reforma de'Abd al-Malik, en la cual el dinar equivalía al miøq×l de 4,25 gramos). Hubo luego una reforma del peso del dinar en época del califa almohade al-Manóùr, cuando se pasó al 54 "Numismática y propaganda almohade", Al-Qan÷ara, XVIII (1997), 447-462. En la propuesta hecha por Vega, Peña y Feria (véase el libro citado en la nota 12) no se descarta esta posibilidad, si bien S. Peña me indica las formas variadas que adoptan los ponderales, que no siempre son cuadrados. La ausencia de ponderales de dinar almohades se explica por Ibrahim (p. 58) por el hecho de que tres dírhams almohades igualan en peso a un dinar, de manera que el ponderal de este dinar sería simplemente tres dírhams en buen estado. 55 Las concepciones de Ibn •azm relativas a la zak×t (limosna obligatoria) han sido estudiadas por Arnaldez, R., "Les biens en droit musulman à travers les idées d' Ibn •azm de Cordoue", Les Mardis de Dar al-Salam MCLMLV (1955), 149-186. Para el polígrafo cordobés no se trata de un impuesto, sino de una purificación de los bienes que se poseen (cf. Corán 9:103); en otras palabras, la zak×t constituye el fundamento de toda propiedad legítima de un bien. Los almohades cambiaron, pues, el patrón del peso. Para Fontenla, la reducción de peso inicial no fue debida tanto a razones ideológicas como a la falta de suministro de oro por la ruta sahariana; la reforma posterior de la dobla pudo ser debida a la necesidad de contrarrestar el deprecio de los dinares almohades frente a los maravedíes áureos de Alfonso VIII 58. De al-Manóùr se ha puesto de relieve su admiración por la figura de Ibn •azm (cuya tumba visitó) y su inclinación por sus posturas doctrinales. Pues bien, mientras que la mayoría de los ulemas pensaban que el peso de un dinar debía ser 72 granos de cebada de tamaño mediano, Ibn •azm opinaba que el peso correcto era de 84 granos, según transmisión del cadí'Abd al-•aqq Ibn al-Jarr×÷ (m. El destacado miembro de los ÷alaba almohades, Ibn al-Qa÷÷×n (m. En los últimos años ha habido una creciente producción referente a las teorías monetarias desarrolladas por autores musulmanes 61 y hasta qué punto habría que buscar en ellas el origen de ciertas novedades que se producen en suelo europeo 62. No estoy capacitada para juzgar la validez de las propuestas hechas, pero sí estoy convencida de que a dicha discusión ha de incorporarse el estudio del caso almohade. No está claro cómo se compagina esta doctrina relativa al peso del dinar que es atribuida a Ibn •azm con su rechazo de la moneda, a no ser que se esté refiriendo a que el lingote de oro que cualquier musulmán podía utilizar por su cuenta como moneda debía pesar 84 granos. Otra posibilidad es que dinar sea la manera de referirse a la unidad de peso o miøq×l: Ibrahim, "Ponderales", Numisma, 233 (1993), 61. 60 Vallvé, J., "Notas de metrología hispano-árabe. 61 Véase por ejemplo Essid, Y., A critique of the origins of Islamic economic thought, Leiden, 1995. Si en la decisión del sultán ayyubí influyó la doctrina de Ibn •azm, un siglo y medio después al-Maqrêzê (quien, al parecer, también se sintió atraído por el û×hirismo) criticó acerbamente las consecuencias negativas que esa política «innovadora» había traído consigo.
Another important duty per-shur a in Basra and nearby -sues such as the and their traits; in---šur a durante la época omeya, por medio de un análisis de los hom-šur a, tal y tución importante que ayudaba al régimen omeya y sus gobernadores regionales en Iraq y Basora, en su tarea de consolidar el sistema gubernamental omeya. La šur a tección personal al gobernador y era, a su blico y la seguridad y se ocupaba de los indi-comunes. Otra tarea importante de la šur a en tra los distintos grupos de, además de -estos temas con el objetivo de reintroducir un
SUSANA CALVO CAPILLA las inscripciones de carácter religioso de las -cientes elementos singulares como para su-gerir nuevas hipótesis en torno al sentido y la intencionalidad de los textos coránicos es-cogidos. Las inscripciones, tanto interiores programa incluye asimismo alusiones a la polémica anti-cristiana en el siglo X. En ese omeya de al-Andalus. ca anti-cristiana. th century). Al revisar recientemente la lectura de las inscripciones coránicas Al-QanÐara nos dimos cuenta de la necesidad de emprender el estudio de los bor inicial consistió en la relectura de las inscripciones que publicó 2, lo que permitió constatar que las ausentes de su catálogo, que él no pudo leer por estar ocul-singulares como para plantear nuevas hipótesis en torno al sentido y la intencionalidad de los textos coránicos que se encuentran sobre la oración) o en su entorno inmediato, y con él dotar de contenido intentado situar el estudio de conjunto de las inscripciones dentro del contexto histórico de al-Andalus y, en particular, de la ciudad de -ciales de la época. Además del contenido, otro aspecto estudiado es las diversas partes que lo componen. El estudio se divide en tres apartados: las inscripciones conser---tuadas sobre el muro de cia de un hijo de Dios. Chronique du regne du calife umaiyade, Precisamente,'adl es un término que designa el cumplimiento de la ley moral y religiosa, y en ese sentido está relacionado con el de-ber del califa de ser justo 14. Ibn'Abd Rabbihi, en sus recomenda-ciones para la buena educación de los soberanos, habla de este prin-cipio de equidad 15. En época califal, el soberano delegó su deber de reparar las injusticias e impedir los abusos de poder en el ib alma, una institución creada por'Abd al-Rah (eds.), Beirut, 1948, 153; Fagnan, E., (trad.), Histoire de l 'Afrique et de l' Espagne, in-titulée Al-Bayano'l-Mogrib, París, 1901-1904, II, 253-54 (en adelante ). Gómez Moreno, M., "Notas sobre la topografía cordobesa en los' Anales de al-Hakam II' por Al-Andalus, XXX (1965), 324-331. Según J. Castilla, era «una puerta de hierro sobre la que se había construido un antepecho», por lo que se ha identificado, Granada, 1992, 116-117, ed. 55v no obstante, complementada con repartos extraordinarios 20. Rela-cionada asimismo con la aplicación de las condenas estaba la llama-da Casa de los Rehenes o junto a la Puerta del Puente de la ciudad 21. -- Además de las acciones mencionadas más arriba, desde las puer-tas de la aljama de Córdoba también se exhortaba a practicar la ca-ridad y hacer el bien. Cuenta Ibn H puertas de la aljama cordobesa un bando en el que recordaba la «si-tuación de necesidad y de miseria» en que se encontraban los po---) « 30. Fachada este desaparecida de VII) donde aparecen las aleyas cristológicas más im-con un claro sentido apologético. Salvando todas las distancias históricas, el contexto de la X -VII ambos casos propició la elección de unos determinados textos coráni-cos y no otros. La presencia de un numeroso grupo de cristianos y de conversos en el seno de la comunidad musulmana de ambas ciudades VII ---, 112 46 - parte más visible del interior, han de leerse en clave apologética y --« ---tación con la población cristiana, mayoritaria en la ciudad entonces, además de exhortarles al cumplimiento de sus nuevas obligaciones como creyentes. Para ello se pone en práctica una nueva habilidad: la por las inscripciones interiores, situadas en el área de la nave axial-, y las exteriores de las puertas, lo cierto es que exis-te una correspondencia entre ambos, correlación que se aprecia, a H 89 H las citas no correlativas de las aleyas iniciales de la sura 40 y con las alusiones a la unicidad de Dios del acceso del en el tramo occi-dental de la paralela a la, apoyado en el interior del arco de la puerta O-3, X, los -H las puertas orientales desaparecidas en las situadas en paralelo: la aleya 3:19 aparece en la E-6 y en la ED-1, mientras que la sura 112 la ED-4 con la aleya 19:35. En otras puertas se citan aleyas presen-tes en el interior del oratorio, como en la 59:23 de los atributos de mi o las aleyas 3:191 y 192 de exhortación a los creyentes, en la puerta E-1 y en la nave axial. El respeto mostrado en la ampliación de tiempos de Al--90 sino que se extendió igualmente al mensaje religioso transmitido por el programa -tas se desarrolla un mensaje de carácter misionero y escatológico: se oportunas aleyas coránicas relacionadas con el tema» que estuviera tratando, a las cuales añadía a menudo algún. Los citados ser-mones del cadí, así como las cartas oficiales y los diplomas de nombramiento ( ) transmitidos por los autores andalusíes, refle-jan el constante uso de citas coránicas como medio de reforzar cualquier tipo de discurso e idea, y sugieren la importancia que te-nían éstas en la vida pública y cotidiana en el siglo X. Todo ello vendría a apoyar la teoría de que no hay inscripciones coránicas aleatorias en la mezquita del siglo X, sino un programa simbólico perfectamente pensado para transmitir un mensaje específico y níti-do a los fieles acorde a la coyuntura política, social y religiosa del Califato andalusí. [*] Queda únicamente el inicio de una palabra y no parece que sea de la aleya 4 («No discuten sobre los signos de Alá sino los infieles. ¡Que sus idas y venidas por el país no te turben!»), sino quizá una invocación que en todo caso no es la ta. Inscripciones de las puertas administrador del Tesoro, fue a la aljama con los alfaquíes y el (encargado de los habices) para estudiar las obras y lo que éstas iban a costar.
Esta inscripción sepulcral ha sido citada en sucesivas publicacio-nes por su importante contenido histórico. Se encontraba en la anti---4, aumentan el interés por conocer algunos deta-lles sobre ella. trava, salvo los proporcionados por algunos documentos antiguos 5, 6 apenas se han publicado algunas notas 7. de la Orden en 1567, en la que se describen sus tres naves y la existencia de un aposento debajo de la torre, en la esquina surocci--8 de establecimientos religiosos en uso 9 XVIII debió En España corres-ponde a V. Barrantes publicar la traducción de la inscripción, realizada por J. Moreno Nieto, en la obra de R. Dosma sobre la historia de Badajoz edi-tada entre 1870 y 187523, que es repetida por R. Amador de los Ríos en su recopilación de 188324. Finalmente, llegaríamos a la publicación de Codera donde figura una edición del texto árabe elaborada a partir de una copia 25. Las posteriores publicaciones de Saavedra repiten la información de Codera26. En el siglo XX, Mélida27 la cita y en 1931, Lévi-Provençal recopila toda la bibliografía en su clásica obra28, repetida en Terrón29 y, con menos detalle, en Pérez30. En esta cadena historiográfica llaman la atención dos hechos: el primero es la temprana publicación de la inscripción y el segundo que los autores españoles del siglo XIX ignoren tanto la bibliografía anterior como, al parecer, la existencia de la propia lápida, aspecto aún más llamativo cuando vamos a ver a continuación la gran canti-dad de documentos que se conservan sobre ella desde, al menos, mediados del siglo XVIII, especialmente en la Real Academia de la Historia. La primera mención data de 1758, cuando en el acta de la se-sión de 30 de junio de 1758 se cita que Ignacio de Hermosilla envía una copia de una inscripción hallada en la antigua iglesia de Calatrava de Badajoz para que fuera estudiada por P. Rodrí-guez Campomanes y M. Casiri. Si bien no existe certeza de que estemos ante esta misma inscripción, el hecho de que sea la única de esta procedencia mencionada a lo largo de siglo y medio y de que de la aparición de la segunda no haya constancia hasta fina-les del XIX, apunta con cierta seguridad a que se trata de la que nos ocupa. Bernardo de Estrada presenta en 1773 una inscripción árabe con su traducción al latín, hallada en la iglesia de Calatrava del castillo de Badajoz, que, según se dice, sirve de Hospital Militar, y que «se pasa» también a Casiri, tal y como se menciona en el acta de la Academia de 25 de junio de 1773. Un año después recibe la Academia otra copia de esta misma inscripción, en este caso remitida por Francisco Forner, médico en el Monasterio de Guadalupe, que llega a la institución por medio de Hermosilla junto con unas monedas árabes. El envío se compo-ne de tres inscripciones árabes: dos de Mérida en caracteres cua-drados y otra de Badajoz en caracteres cúficos. La Academia acuer-da dar las gracias por los dibujos de las inscripciones y que se encargue remitir las copias, que «se pasarán» a Casiri para que las estudie 31. Sabemos con seguridad que se trata de esta inscripción porque vuelve a ser mencionada en el acta de la sesión de 26 de mayo de 1775, para que Casiri avise de cuándo tiene lista su inter-pretación. Finalmente tal interpretación es leída en la junta de 9 de junio de 1775, y se copia en el acta (Apéndice documental 1; fig. 3). Este documento es la primera transcripción, traducción e interpretación que se conoce de la inscripción funeraria de al-Mans joz. En ella tenemos la primera versión en árabe, en la práctica se-mejante a las posteriores, con la única salvedad hecha de la lectura de las tres últimas palabras: fa-l-yawm nuqaddimuk yaninam. A con-tinuación se recogen una serie de comentarios rebatiendo una inter-pretación anterior que consideraba esta inscripción como un arca o 31 Acta de la sesión de 1 de julio de 1774. Poco después de las menciones epistolares de Cabrera y Artigas, encontramos una nueva noticia sobre la inscripción en el acta de la 39 conservaba no es muy acertada y, lo que es más importante, se deduce además jos llevados a cabo en la Academia sobre ella. Por el contrario, en Europa la inscripción es publicada por --40. Lanci, a su inscripción 41. Con posterioridad, vuelve a publicar la lápida, esta go, con una nueva traducción e incluye una lámina con la inscrip--42. Parece enton-ces presumible que, con posterioridad a 1840, ambos autores tuvie-ran acceso a una misma imagen de la inscripción. mite copia de una inscripción arábiga que se encontraba en el casti--43, dato que se repite en la carpetilla del expediente dedicado -44 45 XIX, mientras que la reproducción tiene el aspecto de una prueba litográ--XIX. Es posible que el dibujo original se perdiera en el proceso de impre-sión, quedando sólo la prueba dentro de la carpetilla original. Por el, de la que eran asi-cualquier caso, del mismo dibujo que el original conservado en el XIX sobradamente conocidos de Codera y Saavedra, que serán la base trabajan a partir de una copia del dibujo de de la Rocha proporcio--tancias de la aparición de la inscripción 48, que coincide con lo na--49. Las variaciones entre las distintas versiones de las inscripciones que los autores buscasen soluciones e interpretaciones distintas que vadas. También conviene aclarar algunos aspectos sobre el lugar de tando se encontraba entre los siglos XVIII y XIX sobre una puerta que va, extremo en el que coinciden todas las menciones de esa época, Esta ubicación, y la ulterior interpretación de la inscripción como -Las otras dos inscripciones recuperadas en el mismo ámbito de la s pótesis de la existencia de la raw a raw a mente en su conversión en iglesia y después, en el vecino hospital y bre un torreón, sea el lugar original de la raw a pues parece que las - ).
Al-QanÐara se explicaba en el inventario de los bienes del monasterio de Santo Domingo el Real que la entrada de una casa de la colación de San-- -Santo Domingo el Real, Becerro, fol. 440r: Santiago, Juana sanches vicaria, «Item tiene el dicho monesterio tresyentos maravedis de çenso e tributo ynphiteosyn en cada un año para siempre Jamas sobre unas casas que son en esta dicha çibdad al arraval en la co-llaçion de santiago que alindan de la una parte con el caño por donde viene el agua del vaño de la cruz e de la otra parte alinda con casas que fueron de garçia murero e de la otra parte con casas del ospital de sant matheo las quales dichas casas tiene gonçalo fe-rrandes de sant miguell ortelano vesino de toledo por tresyntos maravedis cada año para siempre jamas pagados por terçios esta posesyon quedo al convento de soror Juana san-ches vicaria que dios aya [...] 1505 años. / Las escripturas e titulos que Ay desta poses-yon [...] en sabado 16 dias de Agosto de 1511 años mari flores muger del dicho gonçalo ferrandes de sant miguel que dios aya vesina de toledo fiso Reconosçimiento de los di-chos tresyentos maravedis del dicho tributo de las dichas casas porque las ella tiene e la pertenesçen que alindan de la una parte con el dicho caño del vaño de la cruz e con ca-sas de la cofradia de sant mateo que tiene a tributo pero muños clerigo e de la otra parte con casas de villafranca cuchillero [...]». Transcripción de Amalia Yuste. 6 Archivo Municipal de Toledo, Fondo de Cofradías y Hermandades de San Miguel, San Bartolomé y San Pedro, citado en Sánchez Rodríguez, F. y Sánchez Rodríguez, J.L., "Nue-vos datos sobre la ubicación de los baños de la cruz y la defensa del patrimonio histórico árabe", en Baños árabes en Toledo, Los monográficos del Consorcio 2, Toledo, 2006, 149-157 7 Delgado Valero, Toledo islámico. «Unas Casas en la dicha perrochia de sant nicolas que solia ser horrno e se llamava de la cruz que agora tyene Alonso Alvarez Ro-pero con cargo de nueveçientos maravedis de tributo al dicho monesterio de sant pedro martyr que alindan con Casas de alonso herrandes de torres e con calles Reales las quales dichas Casas tyenen las pieças de la medida. 10v: siguiente un patyo que tyene de largo seys varas e una terçia E de Ancho quatro varas e media. Un sotano que tyene de largo çinco varas E dos terçias E otro tanto en ancho. Un palaçio A mano yzquierda de seys varas en largo e de tres varas E una terçia de ancho. Otro palaçio a mano derecha que tyene de largo seys varas E dos terçias E de ancho tres varas E dos terçias. Un co-rredor como subimos a mano derecha de siete varas E media E otro de la misma manera de la otra parte E de ancho quatro varas E media. Una Camara de seys varas E media en largo E quatro menos dos dedos en ancho. Otra Camara de ocho varas e una ochava de largo e quatro varas menos tres dedos de ancho, esta Camara tyene una chimenea, esta esa posesyon bien Reparada. Una servidunbre de quatro varas menos tres dedos en largo e una vara En ancho. Horno de la cruz de coser dicen horno de la cruz, linda arriba con casa de alonso Xerez y dos parte calles reales [...]». 10 Archivo de la Diputación de Toledo (en adelante ADT), Libro, 3186, en 1765: «casa calle que baja a la hermita que hace esquina en la pared mas abajo del Horno de la cruz. Casa a la mano izquierda calle que baja a la ermita que hace esquina en la cera del horno de la carcel de la Penitencia alinda con casa de Jurado Gaspar de Piñedo». 11 ADT, Libro 3186, en 1517: «Titulos de casa al cristo de la luz comprado en 1728 a maria de Balmeseda en la calle que va al santo cristo de la luz en la esquina de la acera del Horno. [...] linda por dos partes con Francisco de Torres de la otra con casa tributaria al frayles de San Pedro Martir». 7264: «En la calle que va de la iglesia de san Nicolas a la ermita de santa Cruz confronta con el convento antiguo de los descalzos agustinos que hoy sirve de carceles penitenciadas del santo oficio de la inquisition alinde por la parte abajo con casas de juan francisco Sanguinero cavallero de la orden de santiago y de sta crux y por la parte arriba con casa de don thomas hordonez y san pedro cavallero de santiago de la orden y hacen esquina a las dichas casas en la calle del hospital de nuestra señora de la conception en las cuales vive el jurado julian de Pomar[...]». muy cerca de la ermita del mismo nombre pero, ¿se trata del mismo horno que se menciona en el siglo XVIII de la cárcel de la Inquisición, haciendo esquina con la calle de la pondremos los datos obtenidos sobre el terreno. cerlo entre las casas de la calle que va de San Nicolás a la ermita conocida en el siglo XV 13 ermita del mismo nombre. Entre las numerosas casas que hemos visitado, la n.o 9 de la 14 muro de 1,10 m de grosor. Esta sala, de orientación noroeste-sureste, 3,20 m de ancho y 2,40 m de alto. Incluye en su extremo noroeste -- Los monográficos del Consorcio Atravesando un vano del muro, de 0,80 m de espesor, se llega a La primera sala comunica por medio de una abertura de 1,07 m de ancho practicada en un muro de 0,80 m de espesor con una ter-cera sala de dirección noroeste sureste, situada bajo la casa principal sor, una abertura da acceso a un conducto de sección rectangular, de ángulos redondeados, de 0,90 m de ancho y de 2 m aproximada--15 15 Diccionario de uso del español El revoco blanco de los muros de estas tres salas impide cual-quier observación del aparejo de los muros y de las bóvedas. Sin embargo, el paramento exterior que prolonga el muro sureste de la segunda sala, se puede ver desde dentro del sótano del n.o 3 de la 16 de robustos mampuestos rematados por una o dos hiladas de ladri-- Este conjunto de tres salas rectangulares cubiertas con bóveda de XV y XVI a casa en la segunda mitad del siglo XV 17 no acarreó la destrucción sala que está más al este, cuyo muro exterior es el más grueso, la Se comunicaba con la ) y además con una sala de paso. -En cuanto a la caldera, que se situaba habitualmente más abajo - Al-QanÐara en el siglo X XI. De construcciones les cupiera, inmediatamente después de la reconquis---
Ptolomeo imaginaba el apogeo solar fijo, contrariamente a los apogeos planetarios que se movían con la precesión (T cada 100 años). Hacia el año 831, el grupo de astrónomos de al-Ma'mün concluyeron que el apogeo del Sol, al igual que los apogeos planetarios, estaba afectado por la precesión de los equinoccios estimada ahora en T cada 66 años. Esta situación no conoció novedades importantes hasta c. 1100) escribió un tratado titulado, probablemente. Sobre el año solar o Suma relativa al Sol ^ en el que afirmaba que el apogeo solar estaba afectado por dos movimientos: una precesión variable (trepidación) y un movimiento de velocidad constante de T cada 279 años julianos. Por las fiíentes estudiadas hasta ahora se establecía que, de entre los seguidores de Ibn al-Zarqalluh en al-Andalus y en el norte de África, Ibn al-Kammád (fl. 1193-1222) extendieron el movimiento propio del apogeo del Sol a los apogeos de los cinco planetas. Por su parte, Ibn al-Banná' al-Marrákusí (1256-1321) ^ marcaba una' Este trabajo se ha llevado a cabo en el marco de un proyecto de investigación titulado "Ciencia y sociedad en el Mediterráneo Occidental en la Baja Edad Media", subvencionado por el Programa Nacional de Humanidades (NHUM) del MEDU y cofinanciado por PEDER. AQ, XXVI, 2005 ruptura al considerar que solamente los apogeos de los planetas inferiores, Venus y Mercurio, se contagiaban de este movimiento. El astrónomo y matemático Abu'Abd Allah Muhammad ibn al-Raqqâm al-Andalusï (m. 1315 en Granada) era originario de Murcia, vivió un tiempo en Túnez y Bugía hasta que, después del año 1280, se trasladó a Granada para enseñar medicina y derecho musulmán por encargo del sultán nazarí Muhammad II (reinó 1273-1302) ^, Entre las tablas astronómicas que Ibn al-Raqqám compuso conocemos dos: al-Zly Museo Kandilli, Estambul) y aUZïy al'Qawîm (ms. 260, Biblioteca General, Rabat; el Museo Naval de Madrid guarda un códice fragmentario). El contenido de al-Sámil muestra la influencia de Ibn Ishâq, en sus tablas, y de Ibn al-Há'im {al-ZIy al-Kámil), en sus cánones. Al-Qawím es, probablemente, una adaptación de al-Sámil ^. Desde hace poco tiempo sabemos de la existencia de un tercer zíy: al-Zly al-Mustawfà del que se conservan varios manuscritos en la Biblioteca Nacional de Túnez y en la de El Cairo ^. El término taqyîd aparece en el título de varias de las obras compuestas por Ibn al-Raqqâm, hasta ahora desconocidas, que conserva la Biblioteca General de Rabat: Taqyîd min Kitâb al-filàha al-nabatîya (sobre agronomía) y Taqyîd fi l-'amal bi-kurat al-asturlàb (astronomía). Otras obras suyas son al-Tanbîh wa-l-tabsîr fi nawàzil al-taksîr o Ta lîffîl-taksîr (sobre geometría aplicada a la medida de superficies) y Ta'lîffîl-tibb y Kitâb fi l-tibb (medicina). Cf. ^ Ibn al-Raqqám mantiene su eclecticismo en otros problemas astronómicos como los valores máximos de sus tablas de trepidación que cambian en sus zíyes. Por otra parte, no es siempre coherente y sistemático en sus estimaciones del valor de la trepidación para una fecha determinada, cf. Díaz-Fajardo, La teoría de la trepidación, 55-57. [pág. 172] En cuanto a los tres planetas superiores, sus apogeos son fijos no necesitan que se les sume o se les reste otro movimiento. Esta es la elección de Ibn Ishâq de acuerdo con el criterio que adoptó, aunque diverge de las estimaciones y de las observaciones anteriores; esta corrección es útil cierto tiempo hasta que se confirme una observación que descifre la autenticidad de eso. La posición del perigeo es siempre la opuesta del apogeo. Para obtener el perigeo suma o resta 6 signos al apogeo planetario. SOL Y PLANETAS INFERIORES: Se obtiene el movimiento medio del apogeo para un instante t [ísXap(t)] sumando los valores que tabula la «Tabla del movimiento del apogeo» (cf. sección 4). El resultado se suma a la posición del apogeo del Sol para el principio de la Hégira: Xap(SJ. El valor obtenido es el apogeo corregido (al-mu'addal) del Sol: Xap(SJ para el instante t. El apogeo corregido del Sol es siempre el mismo que el apogeo corregido de Venus: Kp(vj. ^Kp(t) + Kp(Sr) = Kp(SJ t.Kp(t) + Kp(S,) = Kp(vj El apogeo corregido de Mercurio X^pi^J se obtiene por dos procedimientos: 1) Se suma el apogeo corregido del Sol a la distancia entre el apogeo de Mercurio y el apogeo solar A^^fM -f^ S) = 4M \A(f. X,/SJ + AJM ^S) = X,/MJ 2) Se suma el desplazamiento de los apogeos a la posición del apogeo de Mercurio en el principio de la Hégira X^pfMJ. El texto nos da el valor de 2^ 16;44,17'' como posición radix del apogeo solar para el principio de la Hégira. Es el mismo que utilizan Ibn Isháq en la tabla conservada en la recopilación anónima del ma- La operación que realiza Ibn al-Raqqám para el cálculo del apogeo corregido del Sol es la misma que detalla Ibn al-Há'im en al-Zíy al-Kàmil, Para este último, el apogeo corregido del Sol es igual al valor de la distancia del apogeo desde la cabeza de Aries ^^ lo que implica que Ibn al-Há'im no utiliza, como Ibn al-Raqqám, el principio de la Hégira como fecha radix, sino un momento en el que el valor de la trepidación era 0°. La escuela andalusí consideraba las posiciones sidéreas del apogeo solar y las corregía con el movimiento propio de los apogeos. Si deseaba posiciones trópicas sumaba al apogeo corregido el valor de la trepidación para la fecha en cuestión. Los apogeos de Venus y Mercurio tienen un movimiento idéntico al del apogeo del Sol. Esto resulta lógico, sobre todo, en el caso de Venus cuyo apogeo, movimiento medio y ecuación del centro coinciden con los del Sol en la tradición astronómica islámica ^^. Ibn al-Raqqám no menciona la longitud del apogeo de Mercurio en la fecha radix. Puede calcularse sumando el apogeo solar radix a la distancia entre el apogeo de Mercurio y el del Sol: [39][40][41][42]. Sobre Contribución al estudio,11.' ^ Puig, "The Theory of the Moon", 73, nota 3. ^^ Goldstein y Sawyer, "Remarks on Ptolemy 's Equant Model". en el Minhày e Ibn Ishaq en los cánones del manuscrito de Hyderabad (6^ 18;24,17°), aunque en una tabla del mismo se menciona otro valor (6^ 14;43^) í3. PLANETAS SUPERIORES: Ibn al-Raqqám da las longitudes radix siguientes y especifica que sus apogeos permanecen fijos, es decir, son sidéreos, no les afecta otro movimiento como en el caso del Sol y de los planetas inferiores: Saturno: 1' 29;43*' Júpiter: 5' 9;43^ Marte: 4^ 2; 13^ Los valores son los mismos que emplean Ibn Isháq, Ibn al-Banná' y el propio Ibn al-Raqqám en al-Sámil y en al-Qawím. En estos dos zïyes, así como en al-Mustawfa, Ibn al-Raqqám aproxima a minutos los apogeos de los tres planetas. TEORÍA DE IBN ISHÀQ: Éste es el método que Ibn al-Raqqám reproduce, según él mismo manifiesta. No siempre la serie de tablas astronómicas que aparecen en un zip están acompañadas por sus respectivas instrucciones o cánones. Éste es el caso del trabajo de Ibn Isháq cuyas tablas carecían de cánones y no se divulgaron bajo el formato de un libro sino en fichas independientes. El manuscrito en el que se basaba el autor anónimo de la compilación de Hyderabad tenía algunas instrucciones. Si aceptamos que el manuscrito anónimo contiene la teoría de Ibn Isháq, éste dotaba de movimiento a los apogeos de todos los planetas, según consta en sus cánones, pero al-Zíy al-Mustawfà de Ibn al-Raqqám contradice esta interpretación. El autor anónimo completó las tablas faltas de cánones con los de Ibn al-Kammád e Ibn al-Há'im; por otro lado, aquél se cuestiona en diversas ocasiones que los cánones del tratado que él manejaba perteneciesen realmente a Ibn Isháq, argumentando que quienes lo conocían sabían que su doctrina astronómica difería de la expuesta en algunas de las instrucciones. Presento, a continuación, una edición de la tabla del movimiento del apogeo, tal como aparece en al-Ziy al-Mustawfà. La misma tabla se encuentra en el manuscrito de Hyderabad (H) -^para los años colectos sólo el tramo de 630 a 900 años-, en Ibn al-Banná' (B) y en los otros dos zíyes de Ibn al-Raqqam: al-Sámil (Rs) y al-Qawím (Rq) ^"^j aunque presentan ligeras variantes por lo que he introducido en nota las diferencias correspondientes. La posición radix del apogeo corresponde, según Ibn al-Raqqám, al principio de la Hégira. Está calculada para la longitud de Toledo (28*^). El desplazamiento diario del apogeo que mejor ajusta a los valores es de 0;0,0,2,7,10'*. Las diferencias indicadas en la tabla [(+1) o (-1)] corresponden al recálculo con el valor anterior en la cifra de los segundos. Según la anotación, este cálculo corresponde a la longitud de Fez, sin embargo, el copista y usuario no ha aplicado ninguna corrección que corresponda a la diferencia de longitud entre Fez y Toledo. De hecho, la corrección sería inapreciable pero llama la atención esta precisión del usuario de las tablas.' "^ Cf. para el ms. de Hyderabad: Mestres, Materials Andalusins,194 (tabla 6c), 199 (tabla 9) y "Maghribi Astronomy", 411-412; tabla de Ibn al-Banná': Millas Samsó y Millas, "Ibn al-Banná', Ibn Isháq"; Toomer, "A History of Errors" y del mismo autor, "An Epilogue". ^ Sobre estos astrónomos, cf para Ibn al-Kammád: Chabás y Goldstein, "Andalusian Astronomy"; Goldstein y Chabás, "Ibn al-Kammâd 's Star List"; Mancha, "On Ibn al-Kammàd's Table ". Para Ibn al-Banná': Samsó y Millas, "Ibn
Alonso Alonso, "Traducciones del Árabe al Latín por Juan Hispano (Ibn Dawud)", 129-151. Johannes Hispalensis (Juan de Sevilla), que trabajó en Limia (Portugal) y más tarde en Toledo, en la España del siglo xii, tradujo sobre todo tratados matemáticos del árabe al latín. Sus primeras obras comenzaron en Limia con tres traducciones sobre medicina alrededor del año 1118. Una de ellas, De differentia spiritus et animae, llevó originalmente la firma 'Johannes Hispalensis et Limiensis'. No todos los especialistas en esta época están de acuerdo en que este traductor fuera Johannes Hispalensis, Sin embargo, la obra De differentia aporta pruebas que apoyan la teoría de que hubo un único traductor. Dicha obra reapareció unos años más tarde en una versión revisada y dedicada a Raimundo, el Arzobispo de Toledo, entre 1125 y 1152. Llevaba el nombre abreviado: Johannes Hispalensis. Una copia desconocida de esta versión revisada fue hallada en la catedral de Durham, donde ha permanecido olvidada durante 800 años. Contiene toda una plétora de errores debidos a los escribas, lo cual ayuda a demostrar que muchas de las contradicciones entre distintas copias de los mismos manuscritos en latín se deben a errores humanos y no al hecho de que hubiera varios traductores trabajando en la misma traducción.
Ay, mi cuerpo, de todos el más sutil! La gracia de ¿aq tiene, las maneras de Bagdad". Oh hermoso, di: Por qué tú me quieres, ay Dios, matar?' Non t'amaréy illa kon al-sharti An tajma 'a khalkhàlî ma' a qurtî'No te amaré sino con la condición, de que juntes mi ajorca del tobillo con mis pendientes' It is this kharja, with a number of similar others, which prompt Margit Frenk Alatorre (115-116) to make the remark in her survey of the kharjas that «En muchas el amor no es virginal ni angustiado... La mujer toma el papel activo;... Es ella la que, en la no. 29 [in Stem and Heger], pone las condiciones para el acto amoroso». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es the kharjas both in the Arab East, ^^ and in al-Andalus. «la [estrofa] 5 introduce la jarcha, como dedicada a ese mismo amado (?) por una mozuela enamorada (luego quizás el Abü'Amr se llama Ibrahim)». Sola-Solé (115) omits the question mark, but makes no effort to clear the same obvious puzzle: «La j archa, al final de la quinta estrofa, está puesta en labios de una doncella que, enamorada del mismo mancebo, canta sus ansias por ver a Ibráhím, acaso el primer nombre de Abü 'Amr». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es c. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es mous muwashshah {'Udda: no. 157). My difference with him in what he says is, as will be seen, one of emphasis: «Es un poema amoroso, de ausencia, con los tópicos habituales: a la amada se la han llevado, [we have to read «al amado» throughout] pero ha quedado en las entrañas y en la retina del enamorado, quien sufre insomnio y extenuación, pero que se honra con ello, etc. La jarcha (invitación de una muchacha a su amigo para que le bese, aprovechando un descuido del espía) no guarda relación con el resto del poema». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es they appear. Garcia Gómez (1975: 241) says: «La estrofa 5 (que introduce la j archa) demostraría que el amante no es tan desgraciado como antes ha dicho, puesto que pinta una escena erotica de atrevi- dos colores en la que la amada se queja de la 'indelicadeza' (tópico) de su enamorado». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es muwashshahàt and their kharjas. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es literature was little less than supreme.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es social or other worldly considerations. En las sociedades islámicas medievales, las convenciones culturales y las normas sociales tenían un papel importante en la educación, pero los pensadores musulmanes también prestaron atención a las diferencias individuales entre los estudiantes y a la necesidad de ajustar tanto el contenido de la enseñanza como los métodos educativos al contexto familiar de esos estudiantes, así como a sus habilidades personales, sus inclinaciones y sus aspiraciones. Esto pudo deberse no sólo a la herencia de los "árabes preislámicos y del Islam temprano" como ^^^ Benton, J. F., "Individualism and Conformity in Medieval Western Europe," in Individualism and Conformity^ in Classical Islam, 156. sugirió s. D. Goitein, sino también a la influencia cultural extranjera (por ejemplo, griega), especialmente en el ámbito del pensamiento educativo. En principio, podría parecer que el kuttáb ofrecería menos atención individualizada a los que allí estudiaban que otras instituciones educativas. Sin embargo, los ulemas, en general, tenían en mente al estudiante individual cuando discutían asuntos de educación elemental, tales como el currículum, la edad de admisión del niño, la selección de métodos educativos apropiados, los juegos de los niños, la compañía de otros niños, la selección de una profesión para el niño y la participación del padre en la educación formal.
De entre las numerosas fuentes árabes que recurren al Muqtabis de Ibn Hayyan para historiar los primeros siglos de la presencia musulmana en la Península Ibérica, son pocas las que reproducen los textos que toman prestados de dicha crónica con fidelidad a su modelo, siendo mucho más ñ^ecuente la presencia de numerosas y sustanciales variantes, debidas en unos casos a una intervención del autor y en otros, a las alteraciones que provoca la transmisión del texto a través de una o más fixentes intermedias \ Dado que una parte considerable del Muqtabis, la más valiosa crónica sobre el período omeya de al-Andalus, no se nos ha conservado, no es preciso subrayar la importancia que tiene disponer de un repertorio de citas Uterales en obras posteriores que nos permitan atisbar, aunque sea de forma muy limitada, los contenidos de los ft"agmentos perdidos. Lamentablemente, aunque la producción historiográfica deudora en mayor o menor medida de Ibn Hayyan es amplísima -^pocos autores que traten sobre la historia de al-Andalus escapan a la inñuencia del cronista cordobés-, los textos que lo citan literalmente son escasos y breves. En realidad únicamente tres obras eran las que, en sentido estricto, podían ser consideradas fieles seguidoras del Muqtabis, y ninguna de ellas pertenece al género cronístico: dos de ellas son repertorios biogi*áfícos un tanto peculiares, la Hulla de Ibn al-Abbar (595-658/1199-1260) y el Mugrib de Ibn Sa1d' (610-685/1213-1286), mientras que la tercera es una antología de anécdotas históricas, las Zaharüt de Ibn Simák (2." mitad s. VIII/XIV) \ ^ Un estudio parcial sobre las relaciones entre el Muqtabis y otras crónicas sobre al-Andalus puede verse en Molina, L., "Los Ajbür maymua y la historiografía árabe sobre el período omeya en al-Andalus", Al-Qantara X (1989), 513-542. ^ La estrecha dependencia de estos autores con respecto a Ibn Hayyan la hemos puesto claramente de manifiesto en varios artículos, como el citado en la nota anterior y otros como "Un relato de la conquista de al-Andalus", Al-Qantara XIX (1998), 39-65 y "Los itinerarios de la conquista: el relato de 'Arib", Al-Qantara XX (1999), 27-45. Sin embargo existe un cuarto integrante en esta relación: un título que, siendo conocidísimo y muy utilizado por el arabismo contemporáneo, sólo hace una quincena de años ha conocido la publicación íntegra de su texto, publicación, eso sí, realizada bajo la forma de una edición facsímil en la que se reproducen algunos de los manuscritos conservados. Se trata de los Masalik al-absar fi mamalik al-amsür (MA) del damasceno Ibn Fadl Allah al-'Umari (700-749/ 1301-1349) ^ monumental enciclopedia geográfica a la que también incorporó un amplio caudal de datos biográficos ^ e históricos. En su libro XXIV, de los veintisiete en que se divide la obra, dedicado a las grandes dinastías del Islam, al-'Umari reserva el último de sus capítulos a los omeyas de al-Andalus, capítulo en el que resume en poco más de treinta páginas la historia de la Península Ibérica desde la llegada de'Abd al-Rahman al-Dajil hasta la caída de la dinastía tras Iñfitna. En esos pasajes al-'Umari menciona con frecuencia las fuentes en las que se basa, siendo la más citada el Muqtabis de Ibn Hayyân ^. Aunque el valor de este texto como fuente histórica no es muy destacado, ya que prefiere los datos anecdóticos y los fragmentos poéticos a otro tipo de noticias más sustanciosas, el hecho de que su fiíente principal -a primera vista, casi única para determinados períodos-sea el Muqtabis nos ha llevado a intentar profundizar en esa relación historiográfica con el objetivo primordial de acopiar información para, por un lado, mejorar nuestro conocimiento de los fragmentos perdidos del Muqtabis y, por otro, ampliar la cada vez más extensa relación de textos que son deudores de la mayor y más valiosa crónica escrita en al-Andalus. En este primer paso nos centraremos en el análisis del grado y la intensidad de las influencias de Ibn Hayyân sobre los Masalik al-absür, dejando para un trabajo futuro la edición y traducción de todo el capítulo dedicado a los omeyas de al-Andalus. ^ Sólo de personajes andalusíes hallamos en la obra 313 biografías (Zanón, J., "Biografías de andalusíes en los Masalik al-absñr de Ibn Fadl Allah al-'Umari", Estudios Onomástico-Biográficos de al-Andalus III, Granada, 1990). ^ Cuyo nombre, por cierto, nunca menciona, siendo introducidas siempre las citas con la expresión «dice el autor del Muqtabis (qñla sñhib al-Muqtabis)». El reinado de'Abd al-Rahmân II en el Muqtabis y en los Masilik El reciente redescubrimiento de un fragmento del tomo II del Muqtabis de Ibn Hayyân 6, que contiene una buena parte de la historia del reinado de al-Hakam I y la primera mitad del de su hijo'Abd al-Rahmân II, supone un hito para los estudios historiográfícos sobre al-Andalus, ya que, por primera vez, disponemos del capítulo íntegro que el Muqtabis dedica a un soberano, pues el mencionado inicio de la época de'Abd al-Rahmân II viene a completar, sin que exista solución de continuidad, el final de ese reinado que se halla en la edición llevada a cabo por M. A. Makkï en 1973. En realidad el hecho de que los dos fragmentos se complementen de forma tan exacta no se debe en modo alguno a la casualidad; lo cierto es que se trata de un mismo manuscrito que, en algún momento de su existencia, fiíe dividido en, al menos, tres partes: la primera, que, de acuerdo con la foliación que posee actualmente el códice, abarcaría del folio 1 al 88 (probablemente incluiría el reinado de Hisâm I y comienzo del de al-Hakam I), hoy en día perdida (M2a); una segunda, la que ha reaparecido recientemente, ocupa los folios 88 a 188 y contiene el final de al-Hakam I (hasta el folio 138) y el comienzo de'Abd al-Rahmân II (M2b); la tercera, por último, la publicada por M.'A. Makki en Beirut en 1973, va desde el folio 189 hasta el 284 y está dedicada al final del reinado de'Abd al-Rahmân II (folios 189-215) y el principio de Muhammad (M2c). Aunque el reinado de este último emir no está completo, el colofón del manuscrito nos demuestra que lo que falta de dicho reinado se encontraba ya en el tomo siguiente, el tercero. Pero lo que nos interesa en estos momentos es el hecho de contar con la descripción íntegra del reinado de un soberano en el Muqtabis de Ibn Hayyân. Ello implica que las confi-ontaciones que hagamos entre esta crónica y otros textos deudores de ella deberán dar ahora unas conclusiones totalmente ciertas y fiables. Con anterioridad el análisis (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es historiográfíco de un texto del que sospechábamos que utilizaba como fiíente al Muqtabis sólo podía obtener como resultado la comprobación de que alguno (o muchos, o ninguno) de sus pasajes derivan de él, pero nada se podía afirmar de los párrafos para los que no se hallaba paralelo en el Muqtabis: era imposible dilucidar con seguridad si tales párrafos efectivamente no procedían de él o si se hallaban entre las partes no conservadas. Ahora, para el reinado de'Abd al-Rahman II, ya no hay partes no conservadas, de forma que cualquier noticia referida a ese período que hallemos en una fiíente árabe posterior a Ibn Hayyân puede ser fácilmente catalogada bien como cita del Muqtabis, bien como información proveniente de otro origen. Pero no es ésta la única ventaja que nos proporciona la disponibilidad del relato íntegro del reinado de un soberano: no sólo sabemos qué partes de una obra determinada derivan del Muqtabis, sino que también qué partes del Muqtabis fueron aprovechadas por un determinado autor y cuáles fiíeron desechadas. En la mayoría de los casos esas omisiones serán debidas al deseo o necesidad del autor de resumir el muy detallado y extenso relato de Ibn Hayyân, pero en alguna ocasión el silencio o el olvido pueden ser totalmente intencionados y responder a una voluntad consciente de pasar por alto noticias o detalles que, por las razones que sea, el autor considera que no deben ser reproducidos en su obra. No parece ser ése el caso de al-'Umarí en sus Masülik al-absür -o al menos, de serlo, sería absolutamente imposible de demostrar, pues la reducida selección de textos del Muqtabis que recoge en su obra no da pie a especulaciones en ese sentido-. Pero si la brevedad de la «Historia de los Omeyas de al-Andalus» no permite extraer ninguna conclusión sobre las intenciones de su autor a la hora de extractar la fuente de la que copiaba, eso no obsta para que la fidelidad de los Masülik con respecto al Muqtabis, que a continuación analizaremos, convierta el texto de al-'Umari en un testimonio perfectamente aprovechable para profundizar en el conocimiento de las secciones perdidas del Muqtabis, tanto de una forma directa y obvia, a través del material procedente de esa crónica reproducido en los Masülik, como por inferencia, al identificar préstamos del Muqtabis en otros textos por medio de la confrontación entre éstos y los Masülik. Para demostrar la estrecha dependencia que la «Historia de los Omeyas de al-Andalus» de los Masülik al-absür tiene respecto al Como se puede apreciar, la fidelidad de los Masñlik a su modelo es absoluta: todo lo que al-'Umarí incluye en este capítulo procede del Muqtabis -con la salvedad que a continuación señalaremos-y es una copia literal, con variaciones ínfimas, de su texto. La excepción a esta regla es el primer párrafo del capítulo, en el que al-'Umari redacta unas líneas en prosa rimada que, sin duda alguna, son de su propia cosecha, aunque incluso en esta ocasión su fiíente sigue siendo Ibn Hayyân, como se demuestra por la presencia aquí y allá de algunas breves frases que han pervivido en su redacción original a pesar de la reelaboración a la que al-'Umari somete al texto. El penúltimo párrafo es también redacción personal de al-'Umari, siendo introducido por un clarificador «digo» {qultu). Otros fragmentos del Muqtabis Pero si el reinado de'Abd al-Rahmán II es el idóneo para la confi"ontación entre el Muqtabis y los Masñlik, no es en modo alguno el único, ya que la utilización de los otros fragmentos conservados del Muqtabis puede y debe servimos como piedra de toque para confirmar o desechar las conclusiones a las que hemos llegado en el apartado anterior. Los reinados para los que poseemos información fragmentaria del Muqtabis son los de al-Hakam I, Muhammad,'Abd Allah,'Abd al-Rahmán III y al-Hakam II. Analicemos uno a uno estos capítulos. Tras la habituai introducción (MA, 312, línea 2-313, línea 2) en la que al-'Umari recrea en un estilo preciosista, en prosa rimada, algunas informaciones generales sobre el soberano, el resto de su historia del período de al-Hakam I está tomada de la obra de Ibn Hayyin en su integridad. Comienza con la mención de un par de los más destacados colaboradores del emir, reproduciendo algunos versos de las poesías que a ellos se dedicaron: ^Abd al-^Azíz b. Cierra las noticias referidas al Arrabal la célebre poesía del emir al-Hakam «Remendé las grietas de la tierra...», con el juicio que de esos versos emitió'Abbas b. ^^ El último verso reproducido por al-'Umari no aparece en el ms. del Muqtabis, mientras que éste incluye dos que no figuran en los Masülik.'^ El texto de Masülik reproduce la misma versión del Muqtabis, muy distinta de la que se conserva en el manuscrito que nos ha llegado de Ibn al-Qütiyya {Ta 'ríj Iftitüh al' Andalus, Madrid, 1926, 55). La introducción redactada por al-'Umarí (MA,317,2) incluye un par de versos de Mu'min b. En el siguiente pasaje describe la afición de Muhammad a solazarse en un idílico lugar de Sevilla llamado Barbad, y reproduce un par de versos alusivos debidos a la pluma de Tammâm b. Ahmad; estos versos los encontramos en el Muqtabis, pero no así el párrafo precedente, que debería hallarse en las líneas que se han perdido por el mal estado del manuscrito, justo antes de la poesía (MA, 319, 3-9 = M2c, 279, 1-8). Las tres noticias finales, sobre el surgimiento de Idífitna, la muerte del emir y su descripción fisica, no se encuentran en el fi*agmento conservado del Muqtabis y sin duda debían de figurar en la parte final del reinado de Muhammad, en el inicio del tomo III de la obra de Ibn Hayyin. ^Abd Allah (MA, XXIV, 321-322) Con la ya habitual excepción del primer párrafo en el que al-'Umari da rienda libre a su inspiración poética, el resto del capítulo dedicado al emir'Abd Allah está sacado en su integridad del Muqta- bis ^^ obra que es citada expresamente como fiiente. Cierra el capítulo la mención de su fecha de fallecimiento, que en el Muqtabis debía hallarse al final de la descripción de su reinado, ya en el siguiente volumen, que no se nos ha conservado. Los fragmentos que al-'Umarï selecciona del Muqtabis suelen proceder de los capítulos iniciales y finales del reinado de cada emir, es decir, los no-analísticos, los dedicados a describir la personalidad del soberano y el entorno cortesano que lo rodeaba, así como a referir anécdotas de diversa índole. Por ello no es de extrañar que en los dos últimos reinados que vamos a analizar, el de'Abd al-Rahmin al-Nasir y el su hijo al-Hakam al-Mustansir, sean pocos los pasajes de los Masülik que tengamos documentados en el Muqtabis, pues dichos capítulos iniciales y finales faltan en los manuscritos de los tomos dedicados a estos dos califas (de esas secciones sólo nos han llegado las últimas páginas del comienzo del reinado de al-Nasir). De todo el texto de los Masñlik únicamente un firagmento de una poesía de'Ubayd AUih b. En estos versos el testimonio de al-'Umarí nos permite salvar la laguna que presenta el unicum de este volumen del Muqtabis: las dos últimas palabras del segundo verso son ilegibles en el manuscrito del Muqtabis y los editores proponen leer f-«-WSJ J">i¿l, pero parece preferible aceptar la lectura de los Masñlik: ^jj^^ jj^K con lo que la traducción sería «o el terrifico león», en lugar del «o el creciente que rompe» que proponen los traductores ^^.'^ Edición de Antuña, M.M., París, 1937 (M3).'^ Edición de Chalmeta, P. et al, Madrid, 1979 (M5) 326,[22][23]56,[11][12]. Resulta evidente, a la vista de los datos extraídos de la confrontación entre el Muqtabis y los Masalik, que esta sección de la obra de al-'Umarí constituye uno de los testimonios más importantes de los que disponemos para profundizar en el conocimiento de los fragmentos perdidos de la obra de Ibn Hayyân, tanto de forma directa, gracias a los textos que los Masalik reproducen con suma fidelidad, como a través de su utilización como «piedra de toque» para verificar el grado de parentesco que debía unir a otras crónicas con el Muqtabis en los casos en los que no nos ha llegado el texto original de éste. También puede servimos -y en este trabajo hemos visto un mínimo ejemplo-para corregir las erratas y lagunas que presentan los manuscritos que conservan la obra de Ibn Hayyân. Desde este punto de vista, la importancia de la «Historia de los omeyas de al-Andalus» inserta en los Masalik al-absar se revela como muy superior a la que la brevedad de relato y el carácter anecdótico de sus informaciones invitarían a pensar. [1] Era el favorito de su padre, que con frecuencia buscaba ayuda en su sabio criterio; muy similar a al-Ma'mün por la sabiduría que lo ornaba y a Hirün por el respeto que provocaba, ponía todo su afán en buscar los libros de la Antigüedad, con los que se precavía del contagio de los intelectos enfermos. Estudiaba con ahínco los libros de los antiguos en los que pretendía encontrar los argumentos definitivos. Envió emisarios al Iraq a la búsqueda de los libros del saber, por los que pagaba exageradas sumas, extrayendo sin cesar de los tesoros conservados en las casas privadas sus más preciadas perlas, con la intención de acercarse hasta las explicaciones que en ellas se contienen y de tener para siempre a su disposición las leyes científicas que en ellas se establecen; de este modo, las sacó de sus países para llevarlas a al-Andalus, pues comprendió con su inteligencia que no habría de conseguir lo que pretendía si no las tenía en su poder. Con las evidencias concluyentes presentes en ellas obtuvo el triunfo y alcanzó las más altas cotas iluminado por las luces que irradiaban. Fue el primero en introducir en al-Andalus el saber profano, que difundió por todas sus comarcas y lo propagó hasta que se introdujo en el interior de las casas ^3. Con esto procuró el renacer de la era de los antiguos y proporcionó un brillante esplendor por todas partes a una época de excelencia. Más aún, su figura creció hasta aniquilar a Aristóteles, derrotar a Platón con un ejército ante el que ni el más bravo puede prevalecer, conseguir que, a su lado, Hipócrates no valiera un adarme y anular a Ptolomeo en todo, tanto en lo que conocía en profundidad como en lo demás. Con esto su talento se aguzó y resplandeció como la aurora, por lo que su padre al-Hakam, al oírlo hablar sobre esas sutilezas y al comprender su afán por conocer las más profundas realidades, veía redoblada su alegría y lo estimaba capaz de encargarse de sus asuntos como si fuera él mismo. Por eso creció la atención que le dedicaba y lo favoreció con la generosidad de la Ouvia que fecunda la tierra; no cesaba de darle sus más encendidos agradecimientos y de presentarlo bajo unos ropajes que sus cualidades innatas hacían superfluos; todo esto además de una capacidad para dirigir sus tropas, que hizo que viniera a ser como la Uuvia que riega copiosamente y la luz que quebranta las murallas de las tinieblas ^^. [2] Dice al-Râzî'^^:'Abd al-Rahman b. al-Hakam fiíe el primero de los califas marwiníes que dio lustre a la monarquía en al-Andalus, la revistió con la pompa de la majestad en sus funciones, haciendo visires a personas perfectamente capaces, con lo que su dignidad creció. Sostuvo correspondencia con soberanos de diversos países, y además elevó alcázares, hizo obras y trajo agua ^6. Hisam ^^ que imitó así a al-Walid b.'Abd al-Malik en los honores que reivindicaba, elevados afanes, magnificencia real y tranquilidad de su época, así como en las construcciones que elevó, los ríos que encauzó y los árboles que plantó ^s. [4] Amplió la Mezquita Aljama ^9. [5] Sobre esto dice'Abd Allah b. al-Samir: Construyó una mezquita cual nunca otra en el mundo se hiciera ¿acaso otra como ella hay sobre la faz de la Tierra? Tiene columnas verdes y rojas, cual si en ella brillaran jacintos y topacios ^^ [6] Dice al-Rázi: En su época se crearon en Córdoba y otros puntos de al-Andalus manufacturas de bordado, para varias clases de ropas suntuarias y ta-'^^ Todo este pasaje no es más que una amplificación retórica del párrafo que Ibn Mufarriy dedica a la descripción del amor por la ciencia que manifestó'Abd al-Rahman II desde su niñez en M2b, trad., 169-70. ^^ A partir de aquí seguimos fielmente la traducción de M.'A. Makki y F. Corriente, a fin de que el lector no arabista pueda comprobar con precisión las semejanzas entre los Masülik y su fiíente, a sabiendas de que en algún caso el texto castellano puede quedar oscuro por la omisión de palabras o frases que dan sentido al pasaje (algo que, por otra parte, ocurre en el texto árabe también). Hemos adaptado las transcripciones al sistema empleado en esta Revista y cambiado la vocalización de algún nombre. pices, desarrollándose labores y progresando en ellas hasta la excelencia en tal menester ^K [7] Dice al-Rizi: En el mismo [año] se instituyó en Córdoba la ceca, comenzando en ella la acuñación de los dirhemes, siendo así que no había habido allí casa de la moneda desde que la conquistaron los árabes, efectuando sus transacciones con los dirhemes que les traían de los orientales 32. [8] Digo: Esta fue una época en la que al-Andalus llegó a ser una gran metrópoli y a ser considerado, después de que hubiera transcurrido un tiempo, un jardín y un palacio cuyo término de comparación más ajustado sería el de un lugar rodeado por un río que bate sus costados 3^ [9] Era''Abd al-Rahmiií de nariz recta y aquilina, ojos grandes y negros, estatura elevada, ancho bigote y abundante barba ^'^. Los Masülik al-abmr de Ibn Fadl Allah al-'Umarí incluyen un breve resumen de la Historia de los omeyas de al-Andalus. En este trabajo se analizan las relaciones textuales entre ese pasaje y el Muqtabis de Ibn Hayyan, crónica que resulta ser la fuente casi única utilizada por al-'Umari para redactar ese capítulo. 33 Este párrafo, tal y como señala el «digo» que lo encabeza, es de la pluma de al-'Umari, no tomado del Muqtabis. ^^ Esta última frase se halla en el fragmento c del Muqtabis y, por lo tanto, no se halla en la traducción de Makki y Corriente, basada en el fragmento b.
Partimos de un recorrido histórico por acuñaciones almohades o postalmohades que, o bien no han sido registradas, o bien necesitan nuevas lecturas o atribuciones. Ello nos permite ofrecer una hipótesis sobre las monedas de plata acuñadas por Idrês al-Ma'mùn y añadir algunos registros al corpus numismático del Occidente islámico en la Baja Edad Media. Ese trabajo nos permite, por otro lado, afrontar el discurso islámico dominante que surgió a raíz de la llamada revolución almohade, lo que hacemos centrándonos en varias cuestiones, entre ellas: 1) la densidad del mensaje sobre la vida eterna en las inscripciones almohades, que derivan de la fuente absoluta del Corán; 2) el problema de si es necesaria, de cara a la salvación, la presencia de guías históricos; 3) la evolución de la teología negativa a la afirmativa, y 4) la estrecha relación entre el discurso numismático y las elites almohades y postalmohades. Principio1 de legitimidad En el Corán (4 al-Nis×', 59) se sienta el principio islámico del poder legítimo 2: y× ayyuh× llaÜêna amanù a÷ê'ù [A]ll×ha wa-a÷ê'ù l-rasùla wa-ùlê l-amri min-kum (creyentes: obedeced a Dios, y obedeced al Enviado y a los capaces de disposición de entre vosotros) 3. Los traductores contemporáneos suelen coincidir en la noción de obediencia y, algo menos, en la referencia exacta del término (amr) que acabamos de traducir por «disposición», y que se suele entender como «autoridad» 4. Así, J. Cortés traduce5: ¡Creyentes! Obedeced a Dios, obedeced al Enviado y a aquéllos de vosotros que tengan autoridad. El Discurso divino establece, pues, que la comunidad debe someterse a tres instancias de poder, Dios, Muçammad y una tercera, que es designada por la expresión ùlù l-amr (capaces de disposición, dotados de autoridad); y, si bien no queda duda de que los así llamados deben proceder de la propia comunidad, históricamente no siempre se ha interpretado del mismo modo a qué sujetos concretos designa 6. Es un hecho constatable que los Mu'miníes entendían que el término en cuestión, al-amr (la disposición) 7, designaba a la empresa por ellos encabezada, lo que equivalía a identificar al movimiento almohade con la voluntad de Dios. De ahí que en los escritos oficiales mu'miníes se designe con dicho término coránico al propio «almohadismo» 8. Ahora bien, es ampliamente aceptado por los historiadores del movimiento encabezado por Ibn Tùmart que, entre los factores de la decadencia almohade 9, se contó la debilidad del mecanismo de legitimación 10, que consistía en hacer de los almohades los verdaderos ùlù l-amr (capaces de disposición, dotados de autoridad) en su momento y lugar, y ello, porque dicho mecanismo se basaba en dos elementos acaso divergentes: a) el mesianismo que se asocia al líder carismático, el imam o maestro, en este caso, Ibn Tùmart, y b) la legitimidad heredada dentro de una familia, la dinastía de los Mu'miníes, que, paradójicamente -y he ahí el problema-no eran descendientes de sangre de Ibn Tùmart, sino de su discípulo y lugarteniente, el califa o vicario'Abd al-Mu 'min ibn' Alê. Y, en efecto, mientras que en la mayoría de las monedas almohades de oro se atribuye a Ibn Tùmart el título y función de al-q×'im bi-amr All×h (el ejecutor de la disposición de Dios) 11, el hecho es que los Mu'miníes adoptaron algunos signos de poder teocrático, correspondientes a quienes ejercían esa disposición, la autoridad de la que habla el Corán, como el título amêr al-mu'minên (emir de los creyentes) o de emblemas oficiales teóforos; así, por ejemplo, Abù Yùsuf Ya'qùb I adoptó el sobrenombre al-Manóùr bi-FaÝl All×h (socorrido por el Favor de Dios) y en su anillo-sello se hizo grabar la confesión coránica 12'Al× [A]ll×h tawakkalt (a Dios me he encomendado) 13. Por otro lado, el Libro sagrado arroja algo más de luz sobre la autoridad teocrática, en dos pasajes, muy similares, situados ambos en el contexto de la historia sagrada de los profetas. El primero lo constituyen unas palabras dirigidas por Dios a Muçammad, cuando éste va a encontrarse con Moisés (32 al-Sada, 23-24) -personaje modélico, Moisés, para la figura del dirigente almohade14 -, y el segundo, de alcance más amplio, se refiere en general a los sucesores de Abraham (21 Al-Anbiy×', 73): wa-la-qad atayn× Mùsà l-Kit×ba fa-l× takun fê miryatin min liq×'i-hi wa-a'aln×-hu hudan li-banê Isr×'êla / wa-a'aln× min-hum a'immatan yahdùna bi-amrin-n× (le dimos a Moisés el Libro, así que no te suscite duda encontrarte con él; lo constituimos en guía para los hijos de Israel / y de ellos hicimos maestros que guían por nuestra disposición). wa-a'aln×-hum a'imma yahdùna bi-amri-n× (e hicimos de ellos maestros y guías por nuestra disposición). Estas palabras están en el mismo núcleo del discurso de legitimación almohade e incluyen algunas de las claves de las monedas que los Mu'miníes acuñaron; pues en éstas se habla de la disposición (amr) de Dios, así como de la guía (hudà), procedente de Éste y que es ejercida por el imam o maestro (im×m). Pues bien, el discurso almohade, basado precisamente en estos conceptos, muestra un punto flaco en cuanto a la ausencia del imam después de la muerte de Ibn Tùmart. En efecto, si en las monedas almohades se califica a éste de «nuestro maestro» (im×mu-n×), o «maestro de la comunidad» (im×m al-umma), el título no volvió a utilizarse para ninguno de los califas 15, que ostentaron sólo el de amêr al-mu'minên (emir de los creyentes). En las páginas siguien-Al-Qan÷ara (AQ) XXVII 2, julio-diciembre 2006, pp. 477-527 ISSN 0211-3589 480 SALVADOR PEÑA MARTÍN Y MIGUEL VEGA MARTÍN tes nos proponemos comprobar cómo la tensión entre esos dos principios de legitimidad, el carismático y el dinástico, dejó huella en las monedas de los Mu'miníes, concebidas como portadoras de un mensaje oficial elaborado por las nuevas elites que gobernaron el Occidente islámico de la época. Naturalmente, nos moveremos en el ámbito de «the question of mediation between God and men», donde M. García-Arenal encuadra el estudio de los movimientos mahdistas islámicos 16. Nuestras indagaciones nos llevarán a poner de relieve cierta errónea atribución de una moneda, a partir de la cual podría interpretarse que se califica de imam (maestro) a uno de los califas mu'miníes; a sacar a la luz ciertas emisiones en las que no se había reparado hasta el momento, y a proponer nuevas lecturas de ciertos epígrafes. Trataremos, pues, de combinar, el trabajo de campo, que hemos realizado durante los últimos cinco años, a partir de restos arqueológicos numismáticos, conservados tanto en colecciones públicas como privadas, con la labor interpretativa, a partir de diversas fuentes, para resolver algunos de los problemas de atribución que plantean las monedas del cuadrado, es decir las que responden a la que A. Prieto llamó «la reforma numismática almohade». Y comprobaremos que el texto del Corán es, por supuesto, la fuente absoluta a partir de la cual hay que entender las leyendas de estas monedas; todo ello, dentro de la indeterminación que caracteriza al modelo numismático almohade y postalmohade. La violenta irrupción en la historia 17 del teólogo, teórico del derecho y líder mesiánico Ibn Tùmart y su principal seguidor, el fundador de la dinastía mu'miní,'Abd al-Mu'min bn.'Alê, dio lugar a la que se ha llamado revolución almohade 18, que entrañó cambios sustanciales en muchos aspectos del Occidente islámico 19, comenzando por la ruptura con el referente espiritual y cultural de Bagdad, como ya señaló C. M. del Rivero 20, al hablar de «emancipación del Califato de Oriente». Dicha revolución tuvo, entre sus emblemas más llamativos, el dírham cuadrado, que podemos situar en el marco de la «estética nueva y fácilmente reconocible» de que habla P. Cressier 21, justificándolo en la voluntad, por parte de las autoridades almohades, de «difundir eficazmente su mensaje religioso y político». Del dírham se acuñaron cantidades ingentes, dentro de un sistema numismático de dos metales, como era canónico 22, el cual sufrió una profunda reforma en todos sus aspectos 23. Recordemos 24 que los dírhams Al-Qan÷ara (AQ) XXVII 2, julio-diciembre 2006, pp. 477-527 ISSN 0211-3589 482 SALVADOR PEÑA MARTÍN Y MIGUEL VEGA MARTÍN 19 Cf., para transformaciones de orden material, Malpica Cuello, A., "La época almohade en Granada a partir de la arqueología", Los almohades: su patrimonio arquitectónico y arqueológico en el sur de al-Andalus, Valor Piechotta, M., Villar Iglesias, J. L. y Ramírez del Río, J. (eds.), Sevilla, 2004, 131-144. 20 "El arte monetario en la España musulmana: ensayo de tipología numismática", Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, LIV (1948), 51-72, 17. 22 Los dos metales son, desde luego, el oro y la plata. Decimos que sólo el sistema bimetálico es el canónico en la amonedación islámica, no porque el uso dejase siempre fuera las acuñaciones en cobre o bronce, sino porque el ordenamiento jurídico se limitaba a contemplar, como objetos canónicos, el dinar y el dírham; cf., entre las fuentes medievales, al-'Azafê, Abù l-'Abb×s, I÷b×t m× lays budd li-man ar×d al-wuqùf'alà çaqêqat al-dên×r wa-l-ó×' wa-l-mudd, ed. M. al-Šarêf, Abu Dabi, 1999; al-B×hilê, Abù Muçammad, "Maq×dêr al-awz×n wa-nuóub al-šar'iyya min sikkat al-muwaççidên bi-l-Andalus", ed. R. al-'Af×qê, Al-aj×'ir, 3 (2000), 189-204; Ibn al-»ayy×b, Abù l-Í×hir, Kit×b al-Taqrêb wa-l-taysêr li-if×dat al-mubtadi' bi-óin×'at mis×ç×t al-su÷ùç, ms. Escorial, n.o 929 Derenbourg (fol. 9 y ss.); M×lik, Muwa÷÷a', ed. A. R.'Armùš, Beirut, 1982, 162 y ss.; y, entre los estudios contemporáneos, Chalmeta Gendrón, P., "Moneda y fiscalidad en la España musulmana", Moneda y monedas en la Europa medieval (siglos XII-XV), Pamplona, 2000, 179-192, 180; Hofman Vannus, I., "Referencias literarias al dírham y al dinar en el Manuscrito de Ocaña", Anaquel de Estudios Árabes, 15 (2004), 165-174; Vallvé, J., "Notas de metrología hispano-árabe, III: pesos y medidas", Al-Qan÷ara, V (1984), 147-167. 23 Prieto y Vives, A., "La reforma numismática de los almohades", Miscelánea de estudios y textos árabes, Madrid, 1915, 11-114; Ben Romdhane, K., Les monnaies almohades: aspects idéologiques et économiques, Tesis doctoral, Universidad de París, 1978; Fontenla Ballesta, S., "La numismática almohade", I Jarique de estudios numismáticos hispano-árabes, Zaragoza, 1988, 67-88; Ša'b×n,'A. R., "Al-iól×ç al-naqdê al-muwaççidê", Maallat Kulliyyat al- ̈d×b wa-l-'Ulùm al-Ins×niyya (»×mi'at Muçammad al-J×mis, Rabat), 23 (1999), 139-177; al-Šarêf, M., "Tadqêq×t çawl al-maskùk×t al-muwaççidiyya", en al-Šarêf, M., Al-Garb al-isl×mê: nuóùó dafêna wa-dir×s×t, Tetuán 1999 2, 93-101; Vega Martín, M., Peña Martín, S. y Feria García, M. C., El mensaje de las monedas. Bel, A., "Contribution à l 'étude des dirhems de l' époque almohade d'après un groupe important de ces monnaies, récemment découvert à Tlemcen", Hespéris, XVI mu'miníes cuadrados 25 mostraban en su anverso la esencia de la teología almohade en tres frases que desarrollaban una metafísica monoteísta; entre ellas destacaba, con arreglo a lo antes dicho, y por su importancia ideológica específica para los almohades, la segunda, con mención del término amr (disposición) 26, donde, como ya sabemos, se concentraba el discurso de legitimación mu'miní 27; en tanto que en el reverso continuaba el ideario religioso de Ibn Tùmart, con una procesión de los tres seres sagrados: Dios, Muçammad y él mismo, el Mahdê, como líder mesiánico (Figura 1 28 ): Podemos, pues, considerar estas monedas, en su sencillez y limitación de medios, obras propias de un maestro en la elaboración de mensajes religiosos, por lo mucho que dicen e implican. Sin tratar de agotar el significado y sentido del dírham almohade mu'miní, en esta su versión inicial y más sencilla en la que no se menciona lugar de acuñación 29, observemos que, en el anverso, se expone un conciso tratado sobre Dios, que sería fácilmente asumible desde las corrientes teológicas «apofáticas» o negativas 30, en las que es fácil encuadrar a Ibn Tùmart 31, y emanativas, pues, partiendo de una afirmación negativa sobre la divinidad, de la cual se afirma sólo su nombre («no hay divinidad sino Dios»), siguen dos afirmaciones de origen coránico que pueden entenderse desde una perspectiva metafísica y hacer alusión a las manifestaciones de Dios jerárquicamente enunciadas, o desde una perspectiva legitimadora, y aludir a la justificación divina de la empresa y actuación mu'miníes. Por su parte, el reverso ofrece una procesión jerárquica de tres seres: Dios, Muçammad y el Mahdê, noción ésta (la designada como «Mahdê») de clara raíz carismática 32, Al-Qan÷ara (AQ) XXVII El Mahdê, nuestro maestro) 29 Cf. Vega Martín, M. y Peña Martín, S., "Arcos y Cádiz en las monedas almohades (propuestas de lectura seguidas de una lista de cecas)", Al-Andalus-Magreb, XII (2005), 105-128. 30 Teologías apofáticas o negativas son aquellas que no definen a Dios por sus atributos afirmativos, sino por la negación de cualquier atributo concebible por la razón humana; cf. Corbin, H., La paradoja del monoteísmo, Tabuyo, M. y López, A. (trad.), Madrid, 2003; Ratzinger, J., El espíritu de la liturgia: una introducción, Canas, R. (trad.), Salamanca, 2001, 145. De cualquier modo, la negatividad en la definición de los atributos del ser divino tiene algo de necesario, como mostró Otto, R., Lo santo: lo racional y lo irracional en la idea de Dios, trad. 32 Sobre la noción de "mahdê" en la teología almohade, cf., entre lo mucho que se ha escrito, Fierro, M., "Le mahdê Ibn Tùmart et al-Andalus: l 'élaboration de la légitimité almohade", Revue des Mondes Musulmans et de la Méditerranée, 91-94 (2001), 107-124; Rubio, O. S. A., L., El "ocasionalismo" de los teólogos especulativos del islam, San Lo-dispuestos gráficamente en una pirámide que implica la idea de tiempo, probablemente cíclico 33, y sugiere modelos chiíes, con la tríada Dios-Muçammad-'Alê, a partir de las monedas fatimíes, en las cuales 34, en lugar del Mahdê, se mencionaba al imam'Alê b. Todo ello, además, inscrito en una forma muy llamativa, que marca la ruptura con los tiempos de corrupción de la Comunidad contra la que Ibn Tùmart decía alzarse 36. A un ciclo nuevo había de corresponder una forma nueva; idea que ya puso de manifiesto T. Burckhardt 37 para explicar el cuadrado de las monedas almohades; y que está en consonancia con el sistema de proporcionalidades 38 entre los distintos ni-veles del cosmos, que caracteriza al pensamiento tradicional. Y la nueva forma escogida fue el cuadrado, símbolo de gran virtualidad 39, pues coincide con la que adoptaron los ejemplares del Corán durante el período almohade 40, así como con las enseñas guerreras de los Mu'miníes 41, desde la perspectiva histórica. El cuadrado puede considerarse una alusión al cubo de la Ka'ba, centro del universo a partir del cual se trazan las cuatro direcciones 42, y asimismo al propio número cuatro, que está en la base de la metafísica islámica al menos desde los Ijw×n al-Éaf×' 43. Y, desde luego, con esto no agotamos la virtualidad simbólica del cuadrado almohade. Para dejar bien asentada una de las bases de nuestro razonamiento posterior, el cual incluye consideraciones sobre el uso de las palabras y de sus valores más sutiles, nos importa destacar aquí que las elites del movimiento almohade tenían, como es lógico, amplios y profundos conocimientos de la lengua árabe y sus textos fundacionales. Decimos esto porque, en la historiografía contemporánea, se ha dudado de dichos conocimientos entre los artífices del mensaje epigráfico almohade, lo cual habría sido sorprendente, habida cuenta de que el fundador del movimiento, Ibn Tùmart, fue un alfaquí destacado, que completó su formación en la escuela Niû×miyya de Bagdad 44, y autor de un libro 45 en que dejó muestras evidentes no sólo de su dominio absoluto de la lengua árabe, como era de esperar en un profundo conocedor de los textos sagrados del islam, sino, además, de lingüística y hermenéutica 46. Nos consta, por otro lado, que del cuerpo orgánico de intelectuales almohades formaron parte gramáticos, como Ibn MaÝ×', y que los califas mu'miníes pusieron mucho cuidado en la formación lingüística de sus hijos, procurándoles como preceptores a los más destacados lingüistas de su tiempo 47. Pues bien, a pesar de ello, un destacado estudioso de las monedas almohades, S. Fontenla Ballesta, autor de valiosos trabajos especializados 48, y para argumentar a favor de la hipótesis de que los Mu'miníes siguieron modelos establecidos por Ibn Qasê, el líder religioso y político del Algarve 49, se ha hecho eco de la opinión de algunos otros investigadores 50 que pusieron en tela de juicio los conocimientos de árabe y de teología de las elites almohades 51: El hecho de que las monedas de Ibn Qasê recogieran la versión gramaticalmente más correcta, Muçammad nabiyyun× (Muçammad es nuestro profeta), que la de Muçammad rasùlun× (Muhammad es nuestro enviado) que consta en los dirhemes almohades, puesto que es enviado de Dios, puede indicar un intento de rectificar gramatical y religiosamente las leyendas almohades ya prexistentes [...]. Ahora bien, un movimiento como el almohade tuvo que manejar más que con soltura los rudimentos lingüísticos y textuales sobre los que basó su discurso de legitimación. Y, en consecuencia, solamente puede concebirse que quienes diseñaron las monedas mu'miníes conocían, y en gran profundidad, la gramática del árabe y los principios del islam. La observación de S. Fontenla podría basarse en un juicio sobre la gramática del árabe hecho desde la percepción de un hablante del español. El sintagma de anexión nominal árabe52, como es el caso de rasùlu-n× («enviado de nosotros», nuestro enviado), en Muçammad rasùlu-n× (Muçammad es nuestro enviado), es una estructura lo bastante indeterminada semánticamente como para admitir distintas relaciones entre los referentes de sus dos elementos. Y, desde luego, su gramaticalidad no puede juzgarse a partir de su traducción a otra lengua, y menos a una, donde, en contraste con lo que ocurre en árabe, sí existen los posesivos (como en nuestro enviado). Por más que también en español el sintagma equivalente, el grupo nominal constituido por un núcleo y un adyacente precedido de la preposición de (como en el enviado de los musulmanes) es igualmente indeterminado53; de manera que no es extraño, tampoco en el ámbito de las lenguas romances, el que la determinación de un nombre por otro, aunque aquí no sea por medio del caso genitivo sino por la preposición de, sirva para relaciones subjetivas u objetivas. Y es, en efecto, bien conocido que en latín se registran genitivos tanto de la variedad subjetiva como de la objetiva 54 Sin embargo, todo esto sobra si tenemos en cuenta que la gramática del árabe funciona con arreglo a sí misma y no a las traducciones que de textos árabes se hagan a otras lenguas, y que los usos lingüísticos árabes han de ser remitidos no a nuestras impresiones, sino a las fuentes árabes. Esto es lo importante, ya que la declaración de las monedas almohades: Muçammad rasùlu-n× (Muçammad es nuestro enviado) deriva, por un lado, de concepciones religiosas islámicas y, por otro, de una base textual de autoridad absoluta: el Corán. En primer lugar, y volviendo a la selección del término rasùl (enviado, apóstol) frente a nabê (profeta), recordemos que desde la perspectiva islámica 55 (o desde la cristiana, por cierto) no es indiferente hablar de nabê (profeta) o de rasùl (apóstol, enviado). No son sinónimos, sino que entrañan diferencias teológicas. De manera que cuando en las monedas almohades se pasó de nabê a rasùl para calificar a Muçammad no se estaba corrigiendo gramaticalmente o religiosamente una expresión desafortunada, sino recurriendo a una u otra de dos verdades concomitantes de la fe islámica. Desde ésta, ambas cosas, que Muçammad fuera profeta y que fuera enviado pueden afirmarse con razón, pero no se está diciendo lo mismo en cada caso. Y, desde luego, los teólogos almohades conocían bien esto, empezando por el propio Ibn Tùmart, quien en una de sus cartas califica a Muçammad de «profeta y enviado» de Dios 56; o bien, antes que él, por Ibn •azm 57, para quien la profecía (nubuwwa) consiste en que Dios concedió a algunas personas unos determinados conocimientos, en tanto que la misión (ris×la) entraña algo más: el que Dios ordene al profeta la transmisión de Su aviso. Las razones últimas de ese sutil cambio de nabê (profeta) a rasùl (enviado, apóstol) en las monedas se nos siguen escapando, al menos en gran parte, en nuestro estado de conocimientos, pero lo que es seguro es que no se trata de una suerte de enmienda por motivos de desconocimiento gramatical o religioso. Muy por el contrario, como hemos dicho, la frase deriva del propio Corán, y es necesario partir del Corán para entenderla. M. A. Martínez Núñez ha recalcado el «predominio» del Libro sagrado en la epigrafía monumental almohade, hasta el punto de que se puede afirmar que el Corán es el «texto preferente» en la constitución del discurso epigráfico almohade 58. Como vemos, en las monedas ocurre otro tanto. En efecto, el Corán incluye múltiples pasajes en los que se subraya que cada uno de los enviados de Dios pertenece al pueblo al que transmiten el mensaje divino; que son uno de ellos, uno del pueblo al que se envían. La lectura del Libro Sagrado no deja dudas al respecto, como se comprueba, sobre todo, en los pasajes donde rasùl (enviado) aparece en estado de anexión con algún pronombre personal, igual que en las monedas almohades; como ocurre en el siguiente 59 (9 al-Tawba, 70): atat-hum rusulu-hum bi-l-bayyin×ti (sus [de ellos] enviados les trajeron las pruebas elocuentes) El mismo ideograma: que los receptores del Mensaje reciben a un emisario que es de ellos mismos, se expresa también en el Corán por otro procedimiento sintáctico diferente, en el interviene la preposición min (de), cuyo sentido de procedencia en árabe no deja ninguna duda en cuanto a lo que decimos, por ejemplo 60 (2 al-Baqara, 151): arsaln× fê-kum rasùlan min-kum (os hemos mandado un enviado de entre vosotros). El que se trate de un emisario del mismo grupo de los destinatarios del mensaje, tiene dos aspectos. Por un lado, el Corán deja bien claro que el enviado tiene un carácter humano, no sobrenatural; de ahí que se comporte como todos los receptores del mensaje, por ejemplo Pero, por otro, y además de la naturaleza humana del enviado, se subraya su pertenencia a una comunidad concreta, a la que se dirige en su lengua 62; así, Muçammad es enviado a los árabes; como se manifiesta 63, en el pasaje siguiente (14 Ibr×hêm, 4): wa-m× arsaln× min rasùlin ill× bi-lis×ni qawmi-hi (sólo hemos enviado mensajeros en la lengua de sus pueblos). Es de gran importancia para nosotros recalcar este modelo de guía de la comunidad que pertenece a ella, pues pudo fundamentar, acaso por analogía, el papel de un bereber como Ibn Tùmart al frente de los pueblos del Magreb 64. Por otra parte, es necesario tener también en cuenta, por los motivos que veremos enseguida, un nuevo pasaje coránico, donde se solicita a Dios que conceda maestros o imames adecuados para los prevenidos o temerosos de Dios (25 Al-Furq×n, 74-75): wa-a'aln× li-l-muttaqêna im×man (constitúyenos a un maestro para los prevenidos). La falta de consideración de los modelos coránicos es probablemente lo que ha motivado una lectura errónea de otro de los epígrafes numismáticos almohades; en concreto, el que aparece en uno de los lados del cuarto de dírham 65, una de las fracciones de éste, también cuadrada 66, cuya leyenda es (Figura 2 67 ): Pues bien, si la leyenda del anverso (Hudà [A]ll×h huwa l-hudà), que es una cita textual del Corán (2 al-Baqara, 120, y 3 ̈l'Imr×n, 73), no ha planteado problemas a los investigadores, y se ha transcrito como acabamos de indicar; con la inscripción del reverso ha ocurrido algo diferente. Antes de entrar en ello, recordemos que la atribución a los Mu'miníes de este cuarto de dírham cuadrado, con los epígrafes indicados, no ha estado siempre clara. Más bien al contrario, pues A. Vives 68 la incluyó en su corpus entre las monedas nazaríes, junto con otra, exactamente igual, pero diseñada de tal manera que, completando el cuadrado con cuatro sectores decorados, formaba un círculo. Naturalmente, esta adición suponía un aumento de peso, y, mientras el cuarto cuadrado pesaba en torno a 0,4 gramos, esta otra, circular, tenía el peso del medio dírham, en torno a los 0,7 gramos. Volveremos más abajo a esta moneda redondeada, cuando tengamos datos suficientes para emitir una hipótesis acerca de su atribución. Por ahora quedémonos con los textos de la leyenda del reverso, que A. Vives interpretó de modo extraño, pues transcribió: *Al-'×fiya li-l-muttaqù (La salud es de los prevenidos 69 ), frase gramaticalmente incorrecta y alejada de su original coránico. Sin embargo, el gran numísmata decimonónico, más adelante, en el mismo libro, y al ofrecer el índice de inscripciones 70, se desdijo en lo que respecta a la primera palabra: al-'×qiba (el desenlace), pues ahora transcribía *Al-'×qiba li-l-muttaqù (El desenlace es de los prevenidos), junto con una suerte de versión corregida gramaticalmente, pero aún desajustada con el original coránico: Al-'×qiba li-l-muttaqên (El desenlace es de los prevenidos). Por la época en que A. Vives publicó su corpus, J. D. de la Rada dio a la luz su catálogo de monedas árabes en el Museo Arqueológico de Madrid 71, donde volvía a presentar las dos mismas monedas, el cuarto cuadrado y la redonda del peso doble, ambas con las inscripciones coránicas que hemos recogido, y una lectura coincidente con la del índice -esto es, no la del catálogo-de A. Vives, pues, J. D. de la Rada, transcribía *Al-'×qiba li-l-muttaqù (El desenlace es de los prevenidos). Pero, eso sí, seguía atribuyéndolas ambas a los Nazaríes. La razón de esto último, y ya que en las piezas no hay ningún signo directo ni indirecto que señale a los Banù l-Açmar, es probablemente la dependencia de ambos numísmatas de cierto texto de Ibn al-Ja÷êb 72, donde éste enumera, por sus inscripciones y pesos, las monedas emitidas por los Nazaríes, y entre ellas incluye una fracción con las inscripciones indicadas, en este caso, bien transcritas, como es lógico (Hud× [A]ll×h huwa l-hudà y Al-'×qiba li-l-taqwà). Es difícil precisar cuál es la razón que llevó a Ibn al-Ja÷êb, que no tenía por qué ser un experto en historia numismática, a esta confusión. Tal vez se debió a que esa moneda almohade, el cuarto de dírham, siguió circulando durante largo tiempo en el emirato nazarí. Lo cierto es que se trata, al menos en su variante cuadrada, del cuarto de dírham almohade más usual. Esto puede afirmarse con rotundidad por dos razones, una arqueológica y la otra, epigráfica. En cuanto a la primera, basta comprobar la presencia abundante de tales piezas en el hallazgo de moneda almohade de plata de Priego de Córdoba que se conserva en el Museo Arqueológico y Etnológico de Córdoba 73. 73 Carmona Ávila, R., Luna Osuna, D. y Moreno Rosa, A., Museo Histórico Municipal, Priego de Córdoba, 1998, 40-42; Marcos Pous, A. y Vicent Zaragoza, A. M., "Los tesorillos de moneda hispano-árabe del Museo Arqueológico de Córdoba", III Jarique de dradas con esas leyendas y que incluyen nombres de ciudades, en las que no pudieron acuñar los Nazaríes, en concreto Córdoba y Fez 74, como mínimo. El texto de Ibn al-Ja÷êb, con lo que es a todas luces una confusión, ha pasado después a otras fuentes secundarias más recientes 75; si bien algunos córpora más especializados ya dejan fuera a estas monedas del sistema nazarí 76. Se trata, pues, de monedas mu'miníes, y las inscripciones de ambos lados que componen su leyenda, esto es, el anverso acerca de la guía de Dios y el reverso sobre el desenlace que espera a los prevenidos o temerosos de Dios, son perfectamente coherentes entre sí, siempre que tengamos una vez más en cuenta el palimpsesto coránico. Lo veremos de inmediato. Antes, recordemos que la leyenda del reverso, Al-'×qiba li-l-taqwà (Tiene desenlace la prevención), se ha seguido interpretando mal durante las últimas décadas. Se han propuesto, así, varias lecturas, lejanas del original coránico. Tal vez la más cercana a la de A. Vives sea la transcripción 77 *Al-'×fiya li-l-taqw× (¿Hay salud para la prevención?); pero ha habido una segunda 78, *Al-'×fiya al-muttaqù (¿La salud son los temerosos de Dios?); una tercera 79, *Li-l-'×fiya al-taqw× (¿La salud tiene temor de Dios?) y hasta una cuarta 80 74 Para estas dos cecas en dichas monedas, Medina Gómez, A., Monedas hispano-musulmanas, 437. 75 Tales como el mencionado y notable estudio de Vallvé Bermejo, J., "Notas de metrología", 160-161; el compendio sobre la plata nazarí de Fontenla Ballesta, S., "Un intento de sistematización de la plata nazarí", I Jarique de estudios, 141-144; el ensayo de metrología de Jiménez Puertas, M., "La evolución del sistema monetario nazarí", Gaceta Numismática, 150 (2003), 31-49, 47, o la visiones generales sobre la moneda nazarí, de Rodríguez Lorente, J. J. y Fontenla Ballesta, [F.] 76 Medina Gómez, A., Monedas hispano-musulmanas; Rodríguez Lorente, J. J., Numismática naórí, Madrid, 1983. 78 Fontenla Ballesta, S., "Un intento de sistematización", 144. 79 Rodríguez Lorente, J. J. (está en) la santidad» 81 ]. Todas ellas son más o menos agramaticales y siempre divergentes del original coránico. Acudamos de nuevo a éste. En primer lugar, como hemos apuntado, llama la atención la conexión intertextual 82 entre la moneda en cuestión y el Discurso divino, ya que en éste aparecen unidas, en dos pasajes distintos (39 al-Zumar, 57, y 47 Muçammad, 17), las dos ideas expresadas en cada lado de la moneda: law anna [A]ll×ha had×-nê la-kuntu mina l-muttaqêna (si Dios me hubiera guiado, yo me contaría entre los prevenidos). wa-llaÜêna htadù z×da-hum hudan wa-at×-hum taqw×-hum (a los que están guiados Él les proporciona aún más guía y les da su prevención). Yendo a las fuentes coránicas del epígrafe que hemos asignado al reverso (Al-'×qiba li-l-taqwà), dejemos claro que se trata de una cita textual (20, Í×h×, 132): wa-l-'×qiba li-l-taqwà (tiene desenlace la prevención). Y advirtamos que en el texto coránico aparecen algunas formulaciones algo diferentes de la misma idea, por ejemplo 83, en (7 al-A'r×f, 128): wa-l-'×qiba li-l-muttaqêna (el desenlace es para los prevenidos). El término taqwà había ya aparecido en las monedas acuñadas en el Magreb, en tiempos de los Idrisíes (segunda mitad del siglo II h./finales del VIII d. C.), formando parte de un epígrafe de sentido moral 84; y se encuentra a menudo en la correspondencia dirigida por Ibn Tùmart 85. Su presencia destacada en discursos islámicos no coránicos deriva del hecho de que la taqwà sea una de las recomendaciones que se dirigen a los musulmanes en sendos textos de primer orden: un sermón (ju÷ba) de Muçammad y un mensaje del califa «perfecto»'Umar ibn al-Ja÷÷×b 86. En cuanto a la noción que designa, podemos decir que se trata de un sentimiento o actitud en el fiel, y resulta extremadamente difícil de definir 87. A menudo traducida por «temor de Dios», hemos optado por «prevención», aludiendo así al complejo de emociones que en la persona religiosa suscita la existencia del ser divino, según mostró R. Otto en su estudio sobre lo «numinoso» o irracional en la idea de Dios 88. En cierto modo, podemos considerar que la taqwà, que los lexicógrafos árabes medievales -nuestra fuente-entendían como cercana a la prevención o la precaución 89, y que también se traduce por «piedad», es una noción vinculada con la de isl×m (sumisión), pues entraña una humillación de las criaturas ante Dios, que conduce, como veremos, a la salvación. La noción de taqwà y algunos derivados aparecen a menudo en el Corán, lo que nos permite situarla en el contexto argumentativo del que forma parte. En primer lugar, esa «prevención» es suscitada solamente por Dios y por Él ordenada, en múltiples pasajes 90, como el siguiente (23 al-Mu'minên, 52): La meta de la salvación Ahora bien, la prevención obtiene una recompensa de Dios, que dirige a quienes la experimentan un mensaje y una guía, como indican estas palabras 91 (19 Maryam, 97): fa-innam× yassarn×-hu bi-lis×ni-ka li-tubaššira bi-hi l-muttaqêna (lo hemos puesto fácil [el Corán], en tu lengua, para que les des con él la buena nueva a los temerosos de Dios). Al-Qan÷ara (AQ) XXVII Y, en efecto, son múltiples los pasajes coránicos, como el siguiente 92 (19 Maryam, 85), que confirman la salvación concedida por Dios a los prevenidos: yawma naçšuru l-muttaqêna ilà l-raçm×ni wafdan / wa-nasùqu l-murimêna ilà »ahannama wirdan (el día en que reunamos a los temerosos de Dios en un cortejo hacia el Clemente / y llevemos a los criminales a abrevar en Gehenna). Por otro lado, que los prevenidos obtendrán la Gloria (al-na'êm) está expresamente formulado en la poesía andalusí del tiempo de Ibn Tùmart 93. Pero pasemos ahora al otro término que aparece en la moneda en contigüidad con al-taqwà (la prevención): al-'×qiba, o su sinónimo al-'uqbà, que hemos traducido por «desenlace». Por tal hemos de entender el resultado, la consecuencia de algún hecho previo y, por consiguiente, puede tratarse tanto de algo bueno como de algo malo. Es lógico, ya que los resultados del devenir pertenecen a Dios, como quedaba implicado en la declaración Al-amru kullu-hu li-[A]ll×h (la disposición toda es de Dios) y explícito en otros pasajes coránicos (22 al-•a, 41, y 31 Luqm×n, 22): li-[A]ll×hi'×qibatu l-umùri (de Dios es el desenlace de todos los asuntos). Efecto de ello es que en el Corán se utiliza un término de la misma raíz,'iq×b (castigo), para designar la retribución a quienes no se hayan prevenido de Dios 94, y que en alguna ocasión el mismo'×qiba sirva para hablar del castigo a quienes se alzan contra Él, por ejemplo, en el pasaje siguiente 95 que se promete a los prevenidos; de modo que a veces la noción aparece junto a la de Mansión o Casa de que disfrutarán los justos en la otra vida (6 al-An'×m, 135, y 28 al-Qaóaó, 37): fa-sawfa ta'lamùna man takùn la-hu'×qibatu l-d×ri (y sabréis quién alcanzará el desenlace de la Casa). Fuera del Corán, la asociación entre el paraíso y la prevención ante Dios se ha formulado de manera inequívoca; la hallamos, así, en uno de los Tratados de los Ijw×n al-Éaf×', donde se afirma que «el Jardín está ya preparado para los prevenidos» 97. En conclusión, la doble leyenda del cuarto de dírham almohade: Hudà [A]ll×h huwa l-hudà y Al-'×qiba li-l-taqwà, constituye un claro mensaje escatológico, esto es, relativo al más allá. No fue ésta la vez primera en que las monedas islámicas del Occidente islámico hicieron algún tipo de alusión a la vida futura. M. Fierro 98 ha mostrado cómo los iconos vegetales de las monedas acuñadas por los Omeyas de Córdoba en Madênat al-Zahr×' son alusiones a los frutos del paraíso. Posteriormente, los Hammudíes acuñaron monedas 99 en las que se reproducía cierto pasaje coránico (3 ̈l'Imr×n, 85) de claro contenido escatológico, que acabaría convirtiéndose, también con el precedente de los Zêríes de Qayraw×n 100, en uno de los rasgos distintivos de los dinares almorávides 101: wa-man yabtagi gayra l-isl×m dênan fa-lan yuqbala min-hu wa-huwa fê l-×jirati mina l-j×sirêna (y quien aspire a otra ley que la sumisión [a Dios] hallará rechazo y estará en el otro mundo entre los fracasados). Pero, por lo que hemos ido viendo, el mensaje más completo acerca de la vida futura, y en concreto acerca de la promesa de salvación para los prevenidos, se ofreció en las monedas almohades. Esta promesa se desarrolla con arreglo a la fuente absoluta del Corán y en concurrencia con la leyenda de las demás monedas almohades de plata, singularmente del dírham, según un esquema muy sencillo: 98 Fierro, M., "Madênat al-Zahr×', el paraíso y los Fatimíes", Al-Qan÷ara, XXV, 2 (2004), 299-327. 99 Prieto y Vives, A., Los reyes de Taifas: estudio histórico numismático de los musulmanes españoles en el siglo V de la hégira (XI de J. C.), Madrid, 1926, 173, n.o 100. Medina Gómez, A., Monedas hispano-musulmanas, 331. Voluntad divina -Camino de Dios -Guías -Meta (retorno a Dios) 102. La enseñanza es que Dios, en virtud de su voluntad soberana (amr), muestra un camino adecuado (hudà), por medio de Sus enviados (rusul), y gracias a su Discurso abajado (al-Qur'×n); la comunidad de los justos, esto es, de los prevenidos (al-muttaqùn), seguirá ese camino, ayudada, en el caso del almohadismo, por un maestro o imam, Ibn Tùmart, hasta alcanzar la meta de la salvación (al-'×qiba). Ahora bien, es conocido que ese «maestrazgo» del Mahdê fue puesto en tela de juicio muy pronto entre los Mu'miníes. La cuestión planteada era si una comunidad histórica determinada puede realizar el camino hacia la salvación desprovista de un maestro humano que, como hizo Moisés con el pueblo de Israel, la siga guiando después de la irrupción divina; en otras palabras, si los musulmanes pueden responder a los designios divinos y regresar 103 (al-ru'à 104 ) a Él con la sola guía que Dios concedió por medio de su Discurso, el Corán. Esta segunda posibilidad es la que se diría que ilustran algunas monedas almohades, cuando comienzan a reflejar la crisis del discurso mesiánico. En torno a los años 626 y 627/1228-30 podríamos fechar el comienzo del desmoronamiento del imperio almohade: Sevilla se ponía en manos de Ibn Hùd, y Túnez se independizaba bajo los •afóíes 105. Coincidiendo con estos hechos, el califa Abù l-'Ul× Idrês I al-Ma'mùn adoptó, en Marrakech, una serie de drásticas medidas, de 102 La expresión de este esquema de salvación a través de ideogramas relacionados con la marcha, el viaje y el retorno es insistente en el Corán, y, de este modo, el concepto de camino se constituye en una de las claves del Discurso divino. Se entiende, pues, que imágenes relacionadas con todo ello (la guía, el sendero, el encaminarse, etc.) se hayan vertido a otras lenguas por sus equivalentes. Cf., sin embargo, la opinión contraria -en cuanto a la traducción de estos y otros símbolos coránicos-de Zaborsky, A., "Etymology, etymological fallacy and the pitfalls of literal translation of some Arabic and Islamic terms", Arnzen, R, y Thielmann, J. (eds.), Orientalia Lovaniensia Analecta: Words, texts and concepts cruising the Mediterranean Sea, Lovaina-París-Dudley, 2004, 143-147. 103 Acerca del islam como religión del regreso a Dios, si bien desde la perspectiva de la mística, Lings, M., ¿Qué es el sufismo?, Serra, E. (trad.), Palma de Mallorca, 2006, pas. 104 La combinación de los datos anteriores llevó a los investigadores a preguntarse por la existencia de dírhams redondos, acuñados por Abù l-'Ul× Idrês I, con mención del nombre de éste y en cuya leyenda se omitiera al Mahdê 109. Pero, como veremos enseguida, tales monedas, con todos esos rasgos, y a tenor de los datos arqueológicos de que disponemos, no existieron nunca. El hecho es que sí hay restos constatados de numerario en oro (que siempre se había acuñado en cospeles redondos) donde se menciona al susodicho califa almohade. A. Vives y Escudero 110 registró la existencia de una dobla (o dinar de gran peso) entre cuyas inscripciones se incluía una donde sí se proclamaba: Al-Mahdê im×m al-Umma (El Mesías, Maestro de la Comunidad). Y esa misma falta de monedas en oro a nombre de Idrês I y sin la mención del Mahdê se sigue observando en obras contemporáneas sobre la amonedación mu'miní 111. Sin embargo, sí que es conocida la 107 Huici Miranda, A., Historia política, II, 477, parece interpretar mal el término árabe para "monedas", sikka, pues escribe que al-Ma'mùn mandó "suprimir el nombre del Mahdê en la ceca". 109 La posibilidad de que la ruptura con el Mahdê se haya reflejado en la epigrafía ajena a las monedas se la ha planteado Martínez Núñez, M. A., "Ideología y epigrafía", 37-38, señalando que no es muy evidente el reflejo que haya podido dejar en inscripciones monumentales, salvo ejemplos marginales. 111 Así, solamente se registra el tipo indicado en los trabajos, que citamos por orden cronológico, de Prieto y Vives, A., "La reforma numismática", 33; Hazard, H. W., The Numismatic History, 153; Ben Romdhane, K., Les monnaies almohades; Medina Gómez, innovación llevada a cabo, en las monedas de oro, por el hijo y sucesor de Idrês I,'Abd al-W×çid II al-Rašêd (r. 630-640/1232-1242), quien sustituyó, al menos durante una época, que debió de ser la primera de su reinado, cualquier fórmula de mención del Mahdê por otra que rezaba 112: al-Qur'×n çuat All×h (El Corán es fe de Dios), la cual parece reconocer la vía de salvación sin guías humanos, una vez cumplido el abajamiento del Discurso divino. Así las cosas, dado que las fuentes hablan de monedas donde Idrês I al-Ma'mùn omite el nombre del Mahdê, y de que su innovación en la forma no pudo afectar al oro; es explicable que los especialistas creyeran resolver el enigma atribuyendo las acuñaciones en plata en que se produjo el paso del cuadrado al círculo, no a Idrês I, como afirmaba Ibn Abê Zar', sino a su hijo,'Abd al-W×çid II al-Rašêd. Fue S. E. Lane-Poole 113 quien, desde su destacada posición, difundió y avaló la idea de que existen unas monedas mu'miníes de plata, redondas y acuñadas por al-Rašêd; aunque dependía de una información previa del orientalista danés J. G. C. Adler, quien, ya en el siglo XVIII, había registrado una de tales monedas al clasificar la colección Borgia de Roma 114: La autoridad de S. E. Lane-Poole motivó seguramente el que la atribución se repitiera en varios trabajos posteriores, algunos debidos nunca dejaron de reclamar para sí la jefatura espiritual de la comunidad, como lo indica el que mantuvieran el título de amêr al-mu'minên (emir de los creyentes). El dírham con el epígrafe mencionado 119 presenta varios rasgos que justifican la confusión: su aspecto, su peso similar al de la unidad almohade (1,5 gramo) y la falta de nombres propios o años que es común a muchas de estas piezas y que está detrás de los problemas que plantean 120. 3) Los dírhams redondos con la inscripción Al-Rašêd im×mu-n× (al-Rašêd es nuestro maestro) no fueron acuñados por los Mu'miníes, sino por los Alauíes de Marruecos, como veremos de inmediato. Más adelante, después de F. Codera, la errónea atribución de los dírhams redondos indicados a'Abd al-W×çid II al-Rašêd fue repetida en varias obras, debidas a estudiosos destacados: el corpus de H. W. Hazard 121, los compendios de numismática islámica medieval, en su conjunto, de M. Mitchiner 122, y el de numismática andalusí de A. Medina Gómez 123 y el estudio, aludido más arriba, de S. Fontenla Ballesta 124. El primero de ellos, en efecto, registró -y el segundo lo confirmó-, como acuñadas por el mu 'miní' Abd al-W×çid II al-Rašêd, en las cecas de Rabat, Segilmesa, Fez y Marrakech, una serie de monedas que, de haber sido emitidas por éste, habrían representado una curiosa respuesta al problema del mesianismo. El modelo principal lo constituía una moneda de cospel irregularmente redondo, con un cuadrado inscrito en cada cara, de modo que se dejaban cuatro espacios para las leyendas, dos por lado (cuadrado inscrito y cuatro sectores). En los cuadrados centrales de éstos, y en una descuidada caligrafía, acorde con el aspecto tosco de la moneda, se leía una va-riante destacada del mensaje contenido en los dírhams mu'miníes usuales (Figura 3125 ): En tanto que, en los cuatro sectores de ambos lados, se desarrollaba una misma inscripción con la data y la ceca, pero que, en razón del diseño de la moneda, resultaban difícilmente legibles, por quedar en parte fuera de los cospeles, y que, según las descripciones de H.W. Hazard y A. Medina Gómez, consistía en lo siguiente: En suma, pues, la serie presentaba un conjunto de novedades respecto a la amonedación mu'miní anterior, pero también respecto a la meriní, hafsí y nazarí, de modo que, si realmente estuviéramos ante una acuñación de'Abd al-W×çid II, harían de ella un caso singular en la historia de la numismática, por las radicales reformas que habría su- Esto habría significado no un cambio de orden teológico, en el esquema de salvación que vimos más arriba, sino simplemente la sustitución de un guía histórico (Ibn Tùmart) por otro (al-Rašêd). En el aspecto técnico de la concepción y ejecución de la moneda, ya hemos aludido a ciertas imperfecciones impropias de las monedas almohades, y una evidente divergencia estilística, tanto en la caligrafía como en la ausencia de otros elementos, de tipo seguramente simbólico, tales como ornamentaciones vegetales o de otro tipo, que son propias de las monedas almohades. En segundo lugar, otro motivo, si bien limitado, para la extrañeza es el que todas la cecas registradas para estas monedas sean de ciudades actualmente marroquíes, y que falten otras, en el extremo noroeste de África, tales como Azemor y Ceuta que son habituales en el oro de'Abd al-W×çid II, así como la de Málaga, donde tenemos constancia que siguieron acuñándose monedas almohades 128. Con todo, éste es un inconveniente menor; habría cabido perfectamente que las acuñaciones del almohade'Abd al-W×çid II al-Rašêd se restringiesen a las cuatro cecas antes mencionadas (Rabat, Segilmesa, Rabat y Fez). Pero hay un motivo mayor de extrañeza ante la atribución almohade de estas acuñaciones, y es su peso. Según los datos que hemos manejado y los ejemplares a que hemos tenido acceso, la mayoría de estas monedas pesa 1,2 gramo, con ciertas variaciones a la baja. Este dato sitúa esta serie de monedas fuera del sistema metrológico almohade, donde la unidad de plata, el dírham, tenía un peso constante de en torno al 1,5 gramo, y también del patrón inmediatamente anterior, el almorávide, cuya unidad de plata tenía un peso de 0,9 gramo. Y mencionamos estos dos sistemas porque incluso los continuadores de los Mu'miníes en el espacio ibero-magrebí, esto es, los Meriníes y los Nazaríes acabaron por circunscribirse a alguno de los dos mencionados patrones para sus acuñaciones en plata. Este cúmulo de rasgos y signos de diverso orden debería tal vez haber suscitado una mayor prudencia antes de formular en firme la atribución de estos dírhams redondos al califa almohade que sucedió a Idrês I al-Ma'mùn. Principalmente, porque ya el punto de partida de dicha atribución, esto es, el seguimiento de la noticia facilitada por las fuentes históricas, en concreto por Ibn Abê Zar', mostraba una incongruencia. Pues éste habló de monedas redondas y sin mención del Mahdê, refiriéndose a Idrês I y no a'Abd al-W×çid II. La respuesta a todos estos interrogantes la proporcionó, sin apenas ser escuchado, J. D. Brethes, quien, a mediados del siglo XX, más de una década antes de la aparición del corpus de H. W. Hazard, publicó su colección particular de monedas acuñadas en Marruecos desde la Antigüedad hasta sus días. En su catálogo J. D. Brethes 129 incluía la descripción, acompañada de imágenes, de esta serie de monedas, acuñadas en las cecas antes indicadas, con un peso de 1,2 gr., y con la leyenda señalada, pero atribuyéndolas no al almohade mu 'miní' Abd al-W×çid al-Rašêd, sino a Mawl×y al-Rašêd (Moulay Rachid), el primer monarca de la dinastía alawí, que reinó ya en la occidental Edad Moderna, entre 1666 y 1672 (1075-1083 h.). Y, de hecho, J. D. Brethes sí que fechaba las monedas de esta serie, pues, como se aprecia, a veces con dificultad, en los ejemplares a que hemos tenido acceso directo o fotográfico, los dírhams a nombre de al-Rašêd muestran una datación (lo que no hacían jamás los Mu'miníes 130 ), y no escribiendo los nom-Al-Qan÷ara (AQ) XXVII 2, julio-diciembre 2006, pp. 477-527 ISSN 0211-3589 506 SALVADOR PEÑA MARTÍN Y MIGUEL VEGA MARTÍN bres de los números, sino con su notación en cifras arábigas; de modo que, en los ejemplares acuñados en Fez, por ejemplo, se lee la frase'×m 1079, o sea, «[acuñado] en el año 1079 [h./1668-9 d. Así pues, las diferencias sustanciales entre las monedas de plata almohades y éstas erróneamente atribuidas a'Abd al-W×çid II se explican no por cambios teológicos, sino por paso del tiempo. Entre los reinados de uno y otro monarcas llamados al-Rašêd mediaron, en efecto, cuatro siglos; aunque es, con todo, evidente que algunos elementos del ideario legitimador político-religioso permanecieron 131. Volviendo a la historiografía numismática, la atribución de estas monedas al'alawí (y no almohade) al-Rašêd fue confirmada, después de J. D. Brethes, por D. Eustache, quien en su corpus de moneda'alawí 132 La misma atribución, alawí, de las monedas redondas de al-Rašêd la encontramos en los dos catálogos de monedas islámicas más difundidos en la actualidad, el de S. Album 134 y el de C. L. Krause y C. Mischler 135, el segundo de ellos, dedicado a las piezas acuñadas del período que en Occidente se considera moderno y contemporáneo. Este dato nos permite extraer una conclusión metodológica en cuanto a la investigación sobre el islam. Y es que a la perpetuación del error de J. G. C. Adler y S. Lane-Poole ha debido de contribuir el que se apliquen a lo islámico divisiones históricas occidentales que se muestran inadecuadas para muchos objetos, como éste de las monedas islámicas. Se diría, en efecto, que los interesados en monedas emitidas antes del siglo XVI d.C. han prestado poca atención a las acuñaciones islámicas de siglos nedas que hemos de considerar posteriores a la crisis del modelo almohade, por la omisión de leyendas mahdistas. Por otro lado, nada de esto ayuda a resolver los problemas que sigue planteando el sistema monetario meriní 142, lo que está lejos de nuestro objetivo aquí. Pero suele ocurrir, en este ámbito de las monedas almohades y postalmohades, que un trabajo fundamental, el de A. Prieto, a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación (en 1919) y de sus múltiples aciertos, sigue sin haber alcanzado la repercusión que hubiese sido de esperar para el avance de nuestros conocimientos. Lo cierto es que A. Prieto ya señaló 143 la existencia de una moneda almohade de forma redonda; tiene las leyendas iguales a las del semidirhem, encerradas en un cuadrado como en las monedas de oro, pero sin leyenda en los segmentos; su peso es el del dirhem. Creemos que esta moneda fue acuñada durante la reforma de Idris I y que a ella se refieren los historiadores al decir que se suprimió el nombre de Mahdê y volvió a las monedas su forma redonda. El argumento del peso es, a todas luces, decisivo. Aunque las inscripciones de esta moneda coincidan con las del medio dírham, como cierto ejemplar acuñado en Murcia y procedente del hallazgo de Priego (Figura 4 144 ), estamos, en realidad, ante un dírham, muy probablemente ante el de Idrês I al-Ma'mùn, por más que el único nombre que aparezca en la moneda sea el del'Abd al-Mu 'min ibn' Alê, el funda- Y hemos de desechar como contrargumento el que se mencione a un califa ya muerto, pues se trata del epónimo de la dinastía, y, por estos tiempos, también los •afóíes de Túnez emprendían una amonedación que trataba de emular la de'Abd al-Mu'min en muchos de sus detalles, incluida la mención del nombre de éste y la frase al-•amd li-[A]ll×h rabb al-'×lamên; pero, eso sí, proclamando, en respuesta a la desafección mahdista de Idrês, nada menos que Al-Mahdê jalêfat All×h (el Mahdê es el Vicario de Dios) 146. Si estamos en lo cierto, si las monedas almohades y mu'miníes donde no se menciona Mahdi y se vuelve a la forma circular, son estos dírhams de 1,5 gramos con la misma leyenda que el medio dírham de'Abd al-Mu'min; entonces podríamos sostener también una explicación para las monedas redondeadas con las inscripciones del cuarto de dírham, pero con el peso Incluso aunque aceptemos como definitiva esta atribución de las monedas «redondeadas», que es sólo conjetural, tampoco podemos darnos por satisfechos en nuestra busca. Como es bien sabido, el discurso mahdista comenzó a deteriorarse antes de que Idrês I llegara al poder. D. Urvoy149 ha mostrado cómo Averroes estuvo comprometido en la labor de al-Manóùr consistente en una fundamentación de lo almohade ajena al mahdismo. Y bien, ¿se tradujo este movimiento en las inscripciones numismáticas? Antes de lanzar una hipótesis al respecto, recordemos que el célebre estandarte que portaban las tropas musulmanas en la batalla de Alarcos150, llevaba una leyenda triple, en la que ni se mencionaba al Mahdê ni se mantenía, por tanto, la teología «triangular» y descendente (All×h-Muçammad-Mahdê) propia de varias corrientes islámicas carismáticas. En lugar de ello, el estandarte proclamaba151 la profesión de fe en el Dios único y la misión de Muçammad, añadiendo una frase lo suficientemente ambigua como para servir a distintas orientaciones teológicas, pero muy adecuada para la teología «unicista» de los almohades, el célebre L× g×lib ill× De manera que cierta ruptura con el mahdismo fue muy temprana entre los Mu'miníes, por lo que cabría esperar que hubiese tenido repercusiones en las monedas. En este marco es donde deseamos situar la existencia de otra serie de monedas, también enigmática, de nuevo por la indeterminación que caracteriza a las monedas almohades y postalmohades. Se trata de ciertos dírhams mu'miníes, semejantes a los abundantemente conservados y descritos por doquier, pero que presentan un rasgo que hasta ahora no se ha señalado, que sepamos. Ello es que incluyen las siguientes inscripciones, donde lo que varía, respecto del modelo usual, es la tercera del reverso, como se comprueba comparando un dírham de los usuales con uno de estos otros (Figura 7153 ): Se trata, pues, del dírham almohade cuadrado, pero con una variación epigráfica tan leve que ha pasado, al parecer, inadvertida a los estudiosos. En efecto, en grafía árabe la notación de las palabras al-Mahdê (el Mahdê, el Guiado, el mesías) y al-hudà (la guía) sólo se distinguen por un pequeño trazo circular, el de la letra mêm medial. Y es un hecho fácilmente constatable que existen dírhams almohades en (No hay divinidad sino Dios (Dios, nuestro amo La disposición toda es de Dios Muçammad Sólo hay fuerza por Dios) La Guía [de Dios], nuestro maestro) los que, en lugar de leerse Al-Mahdê im×mu-n×, se lee Al-Hudà im×mu-n×. Por supuesto, podría pensarse, bien en un desperfecto debido a la mala conservación de algunos ejemplares, o bien de algún lapsus del grabador, pero esta posibilidad parece que debemos rechazarla por la presencia de la inscripción Al-Hudà im×mu-n× en monedas de excelente ejecución y aceptable conservación, como algunas del hallazgo de Priego de Córdoba (Figura 7). También podría pensarse que fueran millareses, la imitación cristiana de los dírhams almohades 154; pero esto tampoco parece poder mantenerse, ya que, aun a la espera de un necesario estudio sobre la epigrafía del millarés, las monedas de las que hablamos muestran no sólo una caligrafía muy cuidada, sino diferente de la que suele observarse en las imitaciones cristianas. Por otro lado, la invocación de la Guía de Dios, en lugar de una figura mesiánica humana, está en consonancia con lo esencial del mensaje escatológico islámico y con la crisis del mahdismo entre los Mu'miníes. Dentro de la bruma de ambigüedad propia de las monedas almohades y postalmohades, estos dírhams, que incluso podrían haber sido acuñados por Abù Yùsuf Ya'qùb I al-Manóùr, por lo que hemos dicho más arriba, aportan un dato más que ha de ser tenido en cuenta, de cara a la difícil reconstrucción de los sistemas numismáticos que estuvieron vigentes en el Ándalus y el Magreb a partir de la decadencia almohade, y que corresponden al renovado discurso islámico en que el lugar concedido a una figura mesiánica se asigna a la propia Guía de Dios, manifestada en el Corán. Y, desde luego, tendríamos aquí un claro precedente a la explícita declaración meriní: al-Qur'×n im×mu-n× (El Corán es nuestro maestro). En realidad, la idea de que el Corán es el im×m o Guía de los musulmanes, estaba asentada ya en el ámbito islámico desde hacía varios siglos 155. No es solamente el empleo del cuadrado o algunos rasgos estéticos lo que confiere a las monedas de la reforma almohade un cierto aire de familia. Son otras las características, más relacionadas con el discurso epigráfico, lo que nos fuerza a considerar como un mismo objeto de estudio a las monedas emitidas por Mu'miníes, •afóíes, Meriníes, Nazaríes y Ziyaníes, como mínimo. El uso de las monedas como soportes para el desarrollo de una teología que fue evolucionando forma asimismo parte de esa comunidad de rasgos. Fue, que sepamos, S. Lane-Poole 156 el primero que hizo notar la posible confusión entre las monedas almohades (cuadradas o con un cuadrado inscrito en un círculo) acuñadas por los Mu'miníes y las emitidas por las dinastías posteriores, singularmente las de los •afóíes, quienes mantuvieron vivo el discurso almohade en torno a la figura central del «mesías» Ibn Tùmart. Tal vez por ese motivo los •afóíes acuñaron monedas que no sólo estaban inspiradas por los primeros modelos numismáticos mu'miníes 157, sino que, en algunos casos, las imitaban hasta tal punto que puede resultar muy difícil distinguirlas de las mu'miníes 158. Se da así la circunstancia de que uno de los emblemas más destacados de los sucesores de'Abd al-Mu 'min ibn' Alê, el dírham almohade genuino, puede ser confundido tanto con las imitaciones cristianas de la época (millareses) como con algunas series de dírhams emitidos por los •afóíes de Túnez. J. Farrugia de Candia 159 ha descrito vívidamente la situación al referirse a la convivencia, en la ciudad de Túnez durante los siglos XIII y XIV d. C., es decir, en el tiempo y lugar de Ibn Jaldùn, de millareses de imitación cristiana y dírhams çafóíes. El mencionado investigador ofreció en su momento una catalogación de los ejemplares de estos últimos que se encontraban en el Museo del Bardo de Túnez, señalando que, con idénticas leyendas que la unidad en plata de los Mu'miníes, los •afóíes emitie-ron otras monedas cuyas diferencias con las anteriores eran muy escasas 160: Así las cosas, la diferenciación, necesaria desde la perspectiva histórica y arqueológica entre los dírhams mu'miníes y çafóíes, ha de basarse en el rasgo del peso de las monedas. Y, en efecto, los ejemplares catalogados por J. Farrugia de Candia, presentan valores muy inferiores al 1,5 gramo de gran parte de los dírhams almohades 161, concretamente en torno a los 1,25 gramo o algo por encima de esto 162. Los mismos datos los confirmó y los amplió más tarde •. H.'Abd al-Wahh×b 163, quien catalogó dírhams, con las mismas inscripciones que el mu'miní, acuñados en distintas cecas, o sin indicación al respecto, y con distintas variedades de caligrafía, señalando que el peso de los ejemplares considerados estaba en torno al gramo o hasta dos décimas más; es decir, entre tres y cinco por debajo del peso que suelen presentar los ejemplares no agredidos del dírham mu'miní y de su imitación cristiana. Llama, por este motivo, poderosamente la atención la copiosa colección de monedas cuadradas en plata conservadas en la Real Academia de la Historia de Madrid. Son más de ochocientos ejemplares de dírhams catalogados como almohades, en el sentido de almohades mu'miníes 164 por los autores del catálogo, pero que, a la luz de los datos de J. Farrugia y Candia y •. •.'Abd al-Wahh×b, acaso habría que considerar çafóíes, pues el peso de la mayoría de ellos es de entre 1,1 y 1,2 gr. y, como se aprecia claramente en las imágenes ofrecidas, están en gran parte acuñados en cospeles irregulares. Este último hecho, junto a los que hemos ido considerando en las páginas precedentes, es prueba manifiesta de la indeterminación en que ha de moverse el estudioso de las monedas acuñadas en virtud de las reformas numismáticas impulsadas por los Mu'miníes. Y justifica, por un lado, la prudencia que ya mostró A. Prieto en su excelente corpus 165, al no atreverse a precisar con seguridad a qué dinastía es necesario atribuir algunas de las series. Ciertamente, es arriesgado atribuir algunas de estas piezas del cuadrado y con ese «aire de familia» del que hablamos a una u otra de las dinastías postalmohades, para empezar, porque éstas mantuvieron lazos de reconocimiento mutuo que se pudo plasmar en las monedas. Así, H.W. Hazard, en su corpus de monedas islámicas norteafricanas, al clasificar el oro çafóí, se veía obligado a distinguir entre monedas «with Muwaççid name» 166, refiriéndose a las doblas que llevan el nombre del'Abd al-Mu 'min ibn' Alê grabado, frente a otras, entre muchas más, donde advertía «Marênid influence». En tanto que, dentro de la serie meriní, señalaba monedas «anonymous with Naórid inscription», refiriéndose al lema L× g×lib ill× All×h (Soberano sólo es Dios), que, como sabemos es mu'miní por más que los Nazaríes lo emplearan con profusión; después de haber hablado de una gran variedad de piezas que atribuía a Abù Bakr ibn'Abd al-•aqq I (r. De una de estas últimas, cierta fracción de dinar que el numísmata norteamericano clasificó bajo esta última rúbrica, tenemos constancia de un hallazgo en el llamado Corral del Carbón, la que fuera alhóndiga nazarí de Granada 167. Pues bien, ya se trate de una acuñación meriní 168, o de una moneda çafóí, como también se ha sostenido 169, lo cierto es que tenemos constancia de su circulación por el territorio andalusí y seguramente también por el del actual Marruecos. Pero la moneda, como otras de series similares, nos interesa por otros motivos. Y es que, a pesar de la brevedad del texto que ofrece, la doble inscripción es indicio de dos rasgos sobresalientes en el discurso numismático religioso postalmohade: 1) la vuelta, en el anverso, a expresiones individuales de la religiosidad, que habían sido frecuentes en las monedas almorávides, y 2) el recurso, en el reverso, a la teología afirmativa, esto es, a la que, como ya hemos indicado, caracteriza a Dios no en virtud de lo que se no puede decir de Él, sino por predicaciones de sus cualidades. Si bien es cierto que el propio Corán recoge y subraya muchas de tales predicaciones de Dios, también lo es que la teología impulsada por Ibn Tùmart tendía a las predicaciones negativas propias de la teología apofática, derivada del mu'tazilismo 171. Ilustrativo resulta el texto de su famosa Profesión de fe 172 en la que dominan tales negaciones: Alabado sea Aquel de Quien indicios y signos confiesan que el tiempo no Lo alcanza, la percepción no Lo abarca, la necesidad no Lo toca, el daño no Le sobreviene. Aquel Que es conocedor de todo lo cognoscible, Aquel que dispone en todo lo existente, Aquel Que no actúa con instrumentos, Aquel para Quien no son confusos los sonidos, Aquel a Quien no se le oculta lo oculto, Aquel Que no se parece a los seres creados, Aquel para Quien no es finito lo realizable, Aquel para Quien no está limitado lo cognoscible: excede de todo condicionamiento, y es Dios de quien en la tierra está. La tendencia se invierte en las versiones evolucionadas del discurso almohade, después de pasada su crisis, como se comprueba o en las inscripciones de la Alhambra de Granada173 o en las monedas meriníes 174, como la que va a ocuparnos a continuación. Se trata de una dobla inédita, que sepamos, y que, a pesar de no incluir mención de autoridad emisora, debemos probablemente atribuir a Abù Yaçyà Abù Bakr ibn'Abd al-•aqq (r. Sus epígrafes creemos que arrojan luz sobre el discurso postalmohade. Helos aquí, comenzando por los cuatro segmentos del margen (IM) del lado donde aparece la frase de encabezamiento Bi-sm All×h al-Raçm×n al-Raçêm (En el nombre de Dios, Clemente, Misericordioso), y que, por eso mismo, consideramos el anverso (Figura 9176 ): Lo primero que llama la atención en este texto grabado en la moneda es la ausencia absoluta de epígrafes con referencia al año y lugar de acuñación, y asimismo la omisión de cualquier nombre de persona, sea la autoridad emisora sea algún responsable de ceca, o de dinastía. Precisamente esta ausencia de circunstancias de acuñación y de autoridad emisora es lo que apunta a los Meriníes. Y ello parece confirmarlo, con escaso margen de duda, la presencia en el área central del anverso del epígrafe al-Qur'×n kal×m All×h (El Corán es la Palabra de Dios), donde se plasma la ruptura con el modelo mesiánico que conocemos. Llegados a este punto, es necesario hacer una precisión terminológica importante. La palabra «almohade» procede, como se sabe, del árabe al-muwaççid (el que declara la unicidad de Dios). Por una suerte de apropiación, similar a otras formas de manipulación del lenguaje177, los descendientes de'Abd al-Mu 'min ibn' Alê, o sea, los Mu'miníes se lo aplicaron a sí mismos, en clara referencia a la insistencia que su doctrina legitimadora hacía en el monoteísmo. Esta insistencia halló un reflejo manifiesto en el lema numismático de las monedas almohades mu'miníes, donde, como vimos al principio, se repite una y otra vez la declaración coránica Al-amr kullu-h li- Hay buenas razones, en efecto, para defender que hubo una gran comunidad ideológica y cultural entre los cuatro Estados sucesores del gobernado por los Mu'miníes. Y en las monedas esto se aprecia no sólo en las características formales, sino en la gran concentración de leyendas que hacen referencia al hecho de fe del monoteísmo. De ahí que el término «almohade» resulte en extremo impreciso, pues, limitándonos al ámbito de las monedas, la doctrina religiosa legitimadora de todas estas dinastías tiene como aspecto fundamental común la repetición de los diversos aspectos del ser divino único. Almohades, en este sentido, eran tanto los descendientes de'Abd al-Mu 'min ibn' Alê como los Meriníes, •afóíes, Ziyaníes y Nazaríes. Las diferencias entre ellos hay que buscarlas, en primer lugar, en el hecho dinástico al que hacen referencias estos mismos nombres como en algunos otros aspectos, de orden teológico. Así, tanto los Mu'miníes como los •afóíes y, a partir de un momento, con Abù'In×n F×ris (749-759/1348-1358), también los Meriníes reclaman para sí la jefatura absoluta de la Comunidad y, en consecuencia, se titulan en sus monedas Amêr al-Mu'minên; en contraste, ni Nazaríes ni Ziyaníes se atrevieron a dar ese paso definitivo, como antes tampoco lo habían hecho los almorávides, que reconocieron siempre el califazgo abbasí. La otra diferencia es, como sabemos, la que precede al colapso del imperio único almohade mu'miní, y tiene que ver con el hecho capital del reconocimiento del Mahdê Ibn Tùmart, como intérprete infalible de la Palabra de Dios, esto es, como guía adecuado hacia la salvación. A esto se debe, por supuesto, la presencia en esta moneda de la inscripción Al-Qur'×n kal×m All×h (El Corán es la Palabra de Dios), que solamente se entiende en alusión a las declaraciones «mahdistas» de la mayoría de las monedas mu'mimíes. De modo que es precisamente esta declaración, donde implícitamente se prescinde del reconocimiento del intérprete infalible, la que constituye la clave de identidad del discurso doctrinal almohade meriní, por distinción del mu'miní. Por otra parte, además de las menciones del Enviado Muçammad, el resto de las inscripciones que nos queda por considerar gira en torno al único ser divino, considerado en Su unicidad y en Su relación con Sus siervos: Y vuestro Dios es un Dios solo / No hay más Dios que Él, Clemente, Misericordioso / El Uno es Dios / Y vuestra gracia es de Dios / Y mi éxito está sólo en Dios / Y no hay ayuda sino de Dios / Y no hay más dios que un Dios / Agradecimiento a Dios / Y reconocimiento a Dios / Y la potencia y la fuerza están en Dios Esta acumulación de declaraciones, de fuente coránica y valor monoteísta, podría derivar de modelos textuales como la Profesión de fe de Ibn Tùmart, que antes tradujimos; pero, eso sí, sustituyendo algunos de los rasgos propios de ésta por otros, acordes con concepciones religiosas menos «filosóficas», pues se vinculan manifiestamente con la vivencia devota de la religión que corresponde al misticismo 179 apoyado por las dinastías nazarí y meriní, y al mismo tiempo más cercanos a la teología afirmativa. Entre los epígrafes monoteístas, es decir, en torno al Dios único, de la moneda destaca la insólita formulación del credo en la unicidad de Dios Wa-l× il×h gayr Il×h, que hemos traducido como «Y no hay más dios que un Dios» (Figura 10 180 ). Hemos de descartar que se trate de un lapsus del diseñador o el grabador, pues la pieza muestra un cuidado extremo en estos aspectos. Téngase en cuenta que la gramaticalidad de la construcción parece garantizada por el hecho, sancionado por la lingüística árabe medieval 181, de que la unidad que sirve para introducir la restricción en este caso, gayr, es intercambiable con ill×, que es la más empleada, por aparecer en la formulación a que estamos acostumbrados: L× il×h ill× All×h. Y, además, que si bien la formulación con ill× es, con diferencia, la más frecuente, hemos encontrado usos de la variedad con gayr, si bien en un texto «marginal» contemporáneo, relacionado con prácticas mágicas 182, donde se emplea una reformulación muy cercana a la de la moneda meriní: Wa-l× il×h gayr All×h. Pero que se trate de una construcción gramatical aceptable y que tengamos constancia de su uso no resta excepcionalidad al epígrafe. A la espera de confirmaciones e indagaciones, el hecho puede conjeturalmente relacionarse con la implantación de la tendencia teológica afirmativa, ya que ha sido propio de las teologías islámicas apofáticas o negativas el interpretar que la formulación más usual, con negación y restricciones absolutas: L× il×h ill× All×h, debía entenderse como una declaración apofática acerca del Dios «absolutamente-Otro», inconcebible e inefable para la criatura humana, la cual ha de contentarse no con hablar de la divinidad, sino de su hierofanía All×h 183; de modo que la formulación con gayr cerraría la puerta a tales interpretaciones. Pero insistimos en que ésta es una explicación hipotética y provisional, a la espera de otra más convincente. Un discurso en evolución Sin embargo, en refuerzo de la hipótesis de que se trata de una manifestación de teología afirmativa parece venir la última moneda a que nos vamos a referir, de nuevo una fuente de enigmas. Se trata de uno de los ejemplares de una pieza que, según la información no documentada que se nos facilitó, fueron hallados cerca de Málaga. Sea como sea, se trata de una pieza donde ese aire de familia con las monedas del cuadrado, pero sobre todo con las que presentan un cuadrado inscrito en círculo, es manifiesto. Se trata de una pieza de plata, de 0,5 gramo de peso; de manera que puede ser una fracción, sin que podamos precisar dentro de qué sistema metrológico postalmohade hemos de situarla. El hecho es que muestra una evidente comunidad de rasgos con las monedas que hemos atribuido hipotéticamente a Abù l-'Ul× Idrês I al-Ma'mùn y con la fracción de dinar que hemos descrito poco más arriba y situado, con reservas, entre las emisiones meriníes. Con esta comparte, además, el rasgo de la tendencia afirmativa en teología, pues su leyenda, también muy escueta, incluye los dos epígrafes siguientes (Figura 11 184 ): Con esa base es muy poco lo que puede decirse de la pieza, en cuanto a su atribución dinástica o a la ubicación geográfica de su emisión. Si acaso puede afirmarse, también con ciertas dudas, que debe de tratarse de una moneda inscrita en la reforma impulsada por los Mu'miníes, pero que acusa la crisis del discurso almohade. Todas estas imprecisiones con las que hemos tenido que enfrentarnos no sólo dan la razón a los numísmatas que, como A. Prieto y J. D. de la Rada, prefirieron establecer un marco de estudio muy amplio a la hora de describir las monedas del cuadrado, sino que suponen una llamada de atención a la necesidad de que se reinicie el estudio de las monedas almohades y postalmohades. Para ello, es necesario que se crucen, para abordar con ciertas garantías este complejo ámbito numismático: la descripción exhaustiva de hallazgos 185 y piezas, tanto de colecciones públicas como privadas 186; junto con datos epigráficos, metrológicos, históricos, textuales, lingüísticos, teológicos, sin dejar de tener en cuenta los sistemas numismáticos posteriores en el tiempo (como hemos visto en lo referente a las primeras monedas alawíes) y la labor admirable de algunos investigadores de hace varias décadas, cuya obra ha sufrido cierto eclipse en la consideración de los especialistas contemporáneos, a pesar de la magnitud de sus logros. Pensamos en el propio A. Prieto, pero también en los mencionados J. D. Brethes, D. Eustache, •. •.'Abd al-Wahh×b o J. Farrugia de Candia. A la espera de que esa tarea se realice, hemos de concluir que la indeterminación con que nos hemos ido encontrando a cada paso, y por insatisfactoria y exasperante que pueda resultar a los investigadores contemporáneos, forma parte de ese discurso numismático almohade, sobre cuya evolución hemos tratado de arrojar alguna luz, por más 185 Cf., para lo que respecta a hallazgos de moneda almohade, y además de los ya mencionados, Dieulafoy, M., comunicación sin título, presentada a la Académie des Inscriptions et Belles-Lettres de París, el 3 de febrero de 1905, acerca de un hallazgo, en Granada, de varios centenares de piezas de oro de Abù Yùsuf Ya'qùb I al-Manóùr (Comptes rendus des séances de l'année 1905, 56-58); Barceló Torres, M. C., "Hallazgos de monedas almohades en Villavieja de Nules", Cuadernos de Prehistoria y Arqueología Castellonense, 3 (1976), 301-302; Fontenla Ballesta, S., "Tesorillo de dírhemes de tradición almohade procedente de Melilla", Gaceta Numismática, 97-98 (1990), 143-147; Frochoso Sánchez, R., "El tesorillo de la finca Berlanga de Hornachuelos (Córdoba): estudio comparativo", XIII Congreso Internacional de Numismática (Madrid, 15-19 de septiembre de 2003), Madrid, en prensa. "Hallazgos de monedas árabes", Al-Andalus, XIX (1954), 467-469, donde se describen, además de unos dírhams almohades (o más bien millareses, a juzgar por la reproducción fotográfica), dos doblas, una almohade y otra çafóí; Daoudi, M., Monnaies médias, Casablanca, 1987; o Ariza Armada, A., "Leyendas monetales, iconografía y legitimación en el califato çammùdí: las emisiones de'Alê b. •ammùd del año 408/1017-1018", Al-Qan÷ara, XXV, 1 (2004), 203-231. que ello haya supuesto señalar nuevas zonas oscuras. Sin embargo, es necesario reconocer que esa «oscuridad» proviene del propio discurso numismático almohade y postalmohade, donde tantos casos de ambigüedad o indeterminación hemos visto. Este hecho, la falta de claridad en el mensaje, debería llevarnos tal vez a replantear, al menos en lo que respecta a las monedas, las conclusiones sobre la existencia y fortaleza de un discurso propagandístico almohade, idea que tanta aceptación ha logrado en las fuentes secundarias 187. Pues, ¿no es una contradictio in terminis el que un discurso propagandístico sea oscuro y por tanto inaccesible a los no iniciados? Mucho más, si tenemos en cuenta que, como ha afirmado recientemente M. Fierro 188, «el grado de penetración social de las nuevas elites almohades parece haber sido muy limitado». Asimismo en un trabajo reciente J. Zozaya 189 ha afrontado el estudio de la iconografía en la cerámica almohade desde presupuestos muy cercanos a la simbología esotérica; y esto, junto con lo que hemos visto del indeterminado discurso numismático, tal vez debe conducirnos a afirmar que una parte importante del sistema de mensajes almohades y postalmohades iba dirigido a los grupos reducidos de las elites, los intelectuales orgánicos de los sucesivos regímenes, para quienes sí podía estar claro el mensaje, de gran profundidad y complejidad, y con indicios tales de contener elementos crípticos que nos obligan a plantear la posibilidad de que estuviese entreverado de esoterismo. Nuestro recorrido diacrónico por las monedas acuñadas en virtud de las reformas almohades nos ha llevado a proponer nuevas lecturas de epígrafes conocidos y a registrar varias series inéditas de monedas; lo cual nos ha proporcionado base suficiente para plantear o discutir los siguientes aspectos, de trascendencia para la constitución del discurso religioso en el Occidente islámico durante la Baja Edad Media: Hemos comprobado que el discurso numismático almohade tiene un palimpsesto privilegiado en el Corán, como fuente absoluta. Y cómo a partir de textos coránicos se construye un discurso en el que resalta la densidad del contenido escatológico (acerca de la vida en el más allá). También es el mensaje coránico el que da pie a una «discusión» en las monedas acerca de la necesidad de guías históricos para la salvación de los fieles. De ahí que las monedas reflejen la inestabilidad del componente mahdista en los discursos religiosos y de legitimación posteriores a la irrupción del movimiento encabezado por Ibn Tùmart. Con todo, el discurso numismático de las llamadas monedas del cuadrado no es estático, sino que parece reflejar, además de las tensiones indicadas, un paso de la teología negativa a la afirmativa. Pero, de una u otra forma, el peso de concepciones hierocráticas o cercanas al hierocratismo ha ejercido una influencia efectiva en la constitución del sistema ideológico compartido, hasta cierto punto, por el Estado almohade y por los cuatro Estados a que dio lugar su fragmentación. Se reafirma, así, lo adecuado de ampliar, al constituir el campo de estudio almohade, la visión a las monedas emitidas por los Estados postalmohades. La indeterminación propia del discurso numismático almohade nos ha llevado a defender la posibilidad de que se trate de una manifestación condensada del sistema de ideas teológicas y cosmológicas sustentadas por la elite intelectual almohade.
A g, XXVI, 2005 RESUMEN Igli era La Meca de los Almohades. En la cueva de Igli Muhammad Ibn Tûmart proclamó el principio del movimiento almohade en África del norte. A pesar de la importancia de Igli, no se conocía su localización exacta o de la cueva de Ibn Tümart. Aquí se detalla el descubrimiento de la pequeña aldea de Igli 30 kilómetros al este de Tarüdant. La localización de esta aldea moderna parece corresponder con el Igli almohade. Las fuentes primarias, el testimonio oral y los restos físicos se aducen como evidencia de que el Igli moderno era el lugar de nacimiento de Ibn Tûmart. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es
El objetivo de este trabajo es doble. Por una parte, pretendemos dar a conocer, de manera global, la obra traductora del árabe al español de los Xarafí, auténtica saga de romanceadores cuyas actuaciones se remontan cuando menos al siglo XIV, y muy en especial la de Ambrosio y Bernardino Xarafí, escribanos del rey y del número de la ciudad de Granada. Por otra parte, y éste es nuestro objetivo fundamental, proponemos aquí un nuevo enfoque complementario en el estudio y aprovechamiento del amplio corpus de escrituras andalusíes romanceadas durante los siglos XV y XVI, toda vez que el mismo ha sido tratado hasta el momento únicamente en su calidad de conjunto documental de interés para la historia de los últimos momentos del islam andalusí y, sobre todo, del tránsito a la historia moderna de Andalucía, ignorando la naturaleza primaria de estos textos -que no son sino traducciones-o tomándola en consideración, en todo caso, como inconveniente. En síntesis, nuestra propuesta se funda en considerar que dicho patrimonio documental debe ser abordado también, y probablemente en primer lugar, en cuanto que parte fundamental de la historia de la traducción en España, y en especial de la historia de la traducción del árabe al castellano, y por consiguiente, en términos más amplios, en cuanto que parte de la historia del arabismo español. Si tomamos en consideración, por otra parte, el interés de estos textos y sus artífices para los estudios sobre mudejares y moriscos, nuestra propuesta, en definitiva, no hace sino atender al llamamiento a la necesaria interdisciplinaridad en dicha área de investigación que ya hace más de una década hiciera Mercedes García-Ai^enal "\ Un análisis tal, como creemos queda demostrado en las páginas que siguen, resulta de interés tanto para historiadores del arabismo y la traducción como para los de la historia moderna de España. Para estos últimos, un análisis traductológico previo no puede sino repercutir en un abordamiento de los textos metodológicamente mejor fundamentado. De otro lado, viva la conciencia de que sus trabajos conforman una fuente única e inestimable para el arabista y el historiador de la traducción, las ediciones de este tipo de documentos y las investigaciones llevadas a cabo por los estudiosos de la historia moderna de España podrán ser objeto de nuevos y más completos cuidados. Los dos nuevos romanceamientos de Bernardino Xarafí que aquí damos a conocer son, pues, sólo una excusa para poner en práctica este nuevo modo de abordar los romanceamientos de los siglos XV y XVI. Por tanto, no serán objeto de atención preferente los datos relativos a la historia local, topónimos o numerario que puedan aparecer en los textos editados, extremos en los que han centrado su atención estudiosos anteriores. Por el contrario, y siguiendo las propuestas lanzadas en los últimos años en áreas de investigación tales como la Tra-^ García-Arenal, M., "El problema morisco: propuestas de discusión", Al-Qantara, U (1992), 491-503. Ya en Feria García, M. C, "Los moriscos y el uso de la aljamía", Al- Andalus-Magreb, 8-9 (2000-2001), 2, 299-323, tratábamos de atender a ese llamamiento en base a criterios traductológicos y, también en aquel caso, sociológicos y antropológicos. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es ductología Descriptiva ^ o la Historia de la Traducción'^, resaltaremos la figura del romanceador en su contexto familiar, religioso y administrativo ^ así como ofreceremos un análisis traductológico de los textos editados: características defínitorias, patrones de traducción y evolución ideológica o formal en relación a otras traducciones de su misma naturaleza anteriores y posteriores a las aquí editadas -incluidas traducciones actuales-y otros extremos de interés desde el punto de vista de la traductología. Un expediente del siglo XVI llama la atención Gracias a los trabajos de catalogación que el Archivo Histórico Provincial de Granada está llevando a cabo de manera progresiva y, sobre todo, a raíz de la reorganización de sus fondos con motivo del reciente traslado a su nueva sede, han salido a la luz una serie de documentos que, por su gran interés, han sido restaurados para garantizar su correcta conservación ^. Entre los documentos seleccionados se haya un expediente, número currens 5276-5, perteneciente al copioso fondo del Fisco de la Inquisición, que llamó la atención de la Dirección de este Archivo, además de por su deplorable estado -que hacía necesaria una intervención urgente-, por presentar cosidos dos manuscritos en lengua árabe. El legajo está compuesto por cuarenta y dos folios, de los cuales cuarenta son en papel (del 1 al 17 y del 19bis al 41) y corresponden al expediente en castellano. Están redactados en letra procesal, aunque con algunas muestras de itálica. Los folios 18 y 19 los ocupan dos pergaminos en lengua árabe. La foliación a lápiz que presenta corresponde a una intervención restauradora anterior a la realizada por la Universidad de Granada en la que el documento fue desmontado y los manuscritos sobre pergamino separados del conjunto ^. Contiene dicho legado el expediente ejecutivo final de fecha 31 de julio de 1551 relativo al pleito interpuesto ante el Juez de Bienes Confiscados, Luis de Messía, por Rodrigo Zazo (Caco), Receptor del Santo Oficio de los Bienes Confiscados, contra Diego López Portillo, Receptor del número de la Audiencia Real. El objeto de la demanda son doscientos veintisiete ducados y medio de oro que corresponden a la mitad de las casas de los hijos de Juan Pérez, platero: Francisco, María, Isabel y Lorenzo, todos ellos cristianos nuevos de judío, condenados por herejía por el Santo Oficio y ejecutados el 27 de mayo de 1539. Rodrigo Zazo pide, además de la devolución de la citada cantidad, los intereses devengados así como los frutos y rentas que haya producido la mitad de las dichas casas ^. Este pleito es continuación de otro anterior, de fecha 19 de octubre de 1542 (f "^ 10), en el que Diego López de Portillo fue condenado a entregar al Fisco de la Inquisición la parte correspondiente a la mitad de las casas propiedad de Juan Pérez, declarado hereje años atrás y cuyos bienes fueron confiscados. El 22 de junio de 1554 (f.^ 35a y 35r) se emite sentencia definitiva por un nuevo juez, el Licenciado Benito de Gamboa, en la que se condena a Diego López de Portillo a pagar a Rodrigo Zazo la cantidad demandada ^. ^ Tanto estos datos como otros que aparecerán a lo largo del presente trabajo sobre el estado de conservación y proceso de restauración de este legajo han sido comunicados personalmente por T. Espejo a los autores. ^ Respecto al fimcionamiento del fisco de la Inquisición, ingresos y penurias económicas durante la etapa coetánea a este proceso y su posterior reorganización bajo la batuta del inquisidor Valdés, véase el excelente trabajo de Martínez Millán, ].,La Hacienda de la Inquisición (1478Inquisición ( -1700)), Madrid, 1984. ^ Según García Ivars, ¥., La represión en el tribunal inquisitorial de Granada (1550-1819), Madrid, 1991, en esta ciudad fue constante el pulso de poder mantenido entre el Santo Oficio y la Chancillería, con clara victoria del primero, como queda reflejado en la notable cifi'a de pleitos iniciados por el tribunal inquisitorial contra miembros o familiares de la hacienda real. De otro lado, según comunicación personal de la citada B. Hasta bien entrado el siglo XX, que sepamos, no vuelven a ver la luz ediciones de este tipo. Concretamente, entre los años cuarenta y setenta de dicho siglo recogen el testigo de esta labor Seco de Lucena ^"^5 editor de tres documentos árabes con sus respectivos romanceamientos firmados por Juan Rodríguez; Bejarano ^\ quien hace lo propio con un acta notarial traducida por un alfaqui anónimo malagueño; y, finalmente, López de Coca ^^, que edita una escritura romanceada el 15 de abril de 1496 por el «alfaqui Xarafi», cuyo original había sido levantado en el año 724 de la hégira. El interés por este tipo de documentos renace en los años ochenta y desde entonces no ha hecho sino aumentar gracias a la intervención decidida de una nómina bien nutrida de investigadores -muchos de ellos vinculados a la Universidad de Granada-entre los que cabe señalar a los profesores Espinar, Santiago, Osorio, Malpica, Trillo, Peinado, Alvarez de Morales, Martínez Ruiz o Albarracín, entre otros ^^. A ojo de buen cubero, disponemos pues de la edición de más de dos centenares de textos traducidos desde mediados del XV hasta finales del siglo XVI, concretamente entre los años 1494 ^^ y 1593 *^, correspondientes a originales de los siglos XII al xvi. ^^ Seco de Lucena, L., "Documentos árabes granadinos. L Documentos del Colegio de Niñas Nobles", Al-Andalus, 8 (1943), 415-29.'^ Bejarano, F., Documentos del Reinado de los Reyes Católicos. Catálogo de los documentos existentes en el Archivo Municipal de Málaga, Madrid, 1961, 596, doc. 94.'^ López de Coca Castañer, ].E,,La tierra de Málaga afines del siglo XV, Granada, 1977, 596-7, doc. n.*' 95.'^ Una bibliografía sobre documentos granadinos (tanto originales como romanceados) puede consultarse en los trabajos de Viguera, M. J., "Historiografía: fuentes documentales", Historia de España Menéndez Pidal. 3 El Reino Mazarí de Granada. Política, instituciones, espacio y economía, 34-7, Madrid, 2000, y "Sobre documentos árabes granadinos". En el epílogo del islam andalusí: La Granada del siglo XV, C. del Moral (éd.), 117-38, Granada, 2001, que hemos tomado, junto a Feria García, M. C, La traducción fehaciente del árabe: fundamentos históricos, jurídicos y metodológicos. Tesis Doctoral inédita dirigida por S. Peña, Universidad de Málaga, 2001, como punto de partida para este trabajo. Esta lista ha sido completada y actualizada, especialmente en el apartado de romanceamientos, como podrá comprobarse en la bibliografía citada en las páginas que siguen. Además pueden verse una descripción y clasifícación de la misma para fiíturas explotaciones en Arias Torres, J. P. y Feria García, M. C, "Documentos árabes romanceados: una mina a cielo abierto para la historia de la traducción y la traductología". ^^ Mesa Soria, E., "La venta de bienes de la casa Real. El caso de Gor bajo Muhammad DC el Izquierdo", Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos, 42-43 (1993-94), 291-304.'^ Espinar Moreno, M., "De la mezquita de Maharoch al monasterio de San Jerónimo. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es Empero, antes de seguir adelante, quisiéramos hacer una breve reflexión respecto a los objetivos y prioridades de estas ediciones. Adelantábamos que, pese al esfuerzo realizado hasta el momento, en ningún caso la edición responde a un interés, siquiera secundario, por la historia de la traducción del árabe al castellano ^o o atiende a la naturaleza primaria de los textos, lo que conduce en ocasiones a extrañas paradojas. Para Osorio ^i, por ejemplo, «las heredades, pagos, tierras incluidos en ellos [en los documentos romanceados que regesta] son numerosísimos y sin duda pueden aportar algún fimdamento a los estudios antroponímicos y toponímicos que se están realizando». Esto explica que en el trabajo citado incluya un índice de nombres de lugar y de personas, pero únicamente afirme del traductor y su obra lo que sigue: «Todas ellas fiíeron traducidas por Juan Rodríguez, escribano el cual al no ser buen romanceador, deja numerosos espacios en blanco, sobre todo los referentes a los nombres de personas o lugares» ^^. De entrada, esta afirmación sobre la impericia traductora de Juan Rodriguez contrasta notablemente con lo expresado en la primera cita de la misma autora ^^ Reahnente el fenómeno de los espacios en blanco es digno de tenerse en cuenta y exige explicación, en mayor medida aún cuando el pretendido provecho del corpus radica en los topónimos y antropónimos, que es justamente donde aparecen más espacios en blanco. Empero, la ex-2^ Esto no quiere decir que, en algunos casos, como Espinar Moreno, M., "Escrituras árabes inéditas del siglo XV romanceadas por Alonso del Castillo", Miscelánea de Estudios Arabes y Hebraicos, 46 (1997), 29-48, el editor no haya intuido el interés de ciertas noticias que, pese a escapar al asunto que le ocupa, son proporcionadas igualmente. De todas formas, da la impresión de que, incluso en el trabajo citado. Espinar considera esta información desde el punto de vista de su interés para la historia del derecho español, y no realmente para la historia de la traducción del árabe al castellano. ^' Osorio Pérez, M. J., "Regesta de documentos granadinos romanceados del Archivo del Colegio de San Bartolomé y Santiago de Granada", Cuadernos de Estudios Medievales, 12-13 (1984), 128. Otro curioso comentario sobre la supuesta impericia o traducción «algo liberal» de un traductor mudejar puede leerse en Acién Almansa, M., "Dos textos mudejares", Cuadernos de Estudios Medievales, 2-3 (1974-5), 245-57, lo que justifica que este investigador ofrezca su propia traducción de los originales. ^^ De hecho, Osorio es la única investigadora que pone en tela de juicio la capacidad de Juan Rodríguez como romanceador. Frente a ella, Seco de Lucena, al editar los textos árabes del Colegio de Niñas Nobles de Granada, se limita a presentar los traslados de Juan Rodríguez por no haber hallado en ellos motivo de tacha. Más adelante tendremos también ocasión de comprobar el respeto que Juan Rodríguez, como romanceador, inspiraba a un autor de la talla de Juan Martínez Ruiz. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es A g, XXVI, 2005 plicación que ofrece la citada profesora parece -con todos nuestros respetos-demasiado simple. De hecho, el mismo Juan Rodríguez, como era de esperar, lo explica en diversas ocasiones. Así, afirma en otro romanceamiento que «los que lo corrigieron con su original e los hallaron conformes eçebto algunas partes que en el original se avian despintado e quedan aquí en blanco segund sera dicho» ^4. Y en una de las «cartas bermejas» romanceadas por él en Calahorra, concretamente la fechada el 30 de julio de 1551, afirma en la leyenda del traductor: «Tres partes que van de blanco no se pudieron traduxir porque estava el papel rasgado» ^5. Como decíamos, ignorar la naturaleza primaria de estos textos conduce a extrañas paradojas. La edición y el recurso a textos romanceados -esto es, «no originales»-exige, por tanto, justificaciones. Osorio y Santiago añaden algunas otras a las antes señaladas por Osorio: primero, el «copioso número de nombres de lugar -mayores y menores-, algunos sin registrar aún, cuyo interés podrá ser apreciado por los estudiosos del tema»; segundo, las noticias que nos ofrecen los documentos desde un punto de vista numismático y, tercero, porque algunas de estas traducciones reflejan originales «de fechas incluso anteriores en muchos años a las publicadas por el Prof Seco de Lucena» 2^. Insistimos: puesto que las razones que mueven a publicar estos documentos son exclusivamente del carácter descrito, es comprensible que el hecho de que sean traducciones constituya en realidad un inconveniente, aunque la mayor parte de las ñientes secundarias eviten la cuestión. Los dos editores que acabamos de citar, sin embargo, son plenamente conscientes de ello, como puede deducirse del tono justificativo de las siguientes palabras 2^: La fidelidad que existiera entre los textos que damos a conocer y sus respectivos originales árabes, hoy perdidos, debió ser en extremo rigurosa -por más que ^"^ Editado por Espinar Moreno, M., "El reparto de las aguas del río Alhama de Guadix en el siglo XII (año 1139)", Estudios sobre Málaga y el Reino de Granada en el V centenario de la conquista, J. E. López de Coca Castañer (éd.), Málaga, 1987, 252. ^^ Grima Cervantes, J. y Espinar Moreno, M., "Estudio de algunas cartas de los reyes nazaríes dirigidas a los habitantes de Huércal", Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 2 (1988), 39-57. ^^ Osorio Pérez, M. J. y Santiago, E. de, Documentos arábigo-granadinos romanceados, Granada, 1986, IV. Aluden a Seco de Lucena, L., Documentos arábigo-granadinos, edición crítica y traducción, Madrid, 1961. ^'^ Osorio y Santiago, Documentos, II-III. http://al-qantara.revistas.csic.es cupiera pensar en la hipótesis de proteicas alteraciones e inexactitudes, efectuadas al momento de su romanceado por los escribanos bilingües-, pues apenas difieren, en su estructural esencial, de documentos análogos arábigo-granadinos del repertorio antes aludido, publicado por Seco de Lucena. ¿Por qué la hipótesis de las alteraciones e inexactitudes -que por cierto no es ninguna hipótesis, por más que pese-habría de ser «proteica»? ¿Quién es Juan Rodríguez y qué otros romanceamientos suyos demuestran que esa hipótesis es proteica? De hecho, tampoco a estos autores parece interesarles la identidad de los «escribanos bilingües» -¿en plural?-y, no sólo no tratan de recabar dato alguno sobre él -¿o ellos?-, sino que ni siquiera consideran necesario disculpar el no haberlo encontrado ^s. ¿Cómo puede explicarse esta nueva paradoja? Basta, pues, con presuponer que los romanceadores son buenos o malos, según convenga. Un año más tarde, Santiago ^^ añade un nuevo argumento a favor de la edición de estos documentos: Es evidente que el interés que ofrecen estos textos deriva de su propia entidad, en tanto que fuentes informativas para el estudio áúfiqh o derecho islámico y cómo no, también para el estudio del derecho comparado. Las fórmulas estereotipadas que se recogían en los prontuarios notariales tradicionales, evolucionaron en el tiempo, hasta concluir en modalidades como las consignadas a continuación, testimonios vivos de la natural intervención de particulares usos y costumbres de la práctica judicial, dentro de las coordenadas de especiales circunstancias de lugar y tiempo. Resulta curioso que el interés de estos textos radique precisamente «en su propia entidad» y que la razón de ello sea que reflejan una evolución en las prácticas notariales de sus originales perdidos. Debemos suponer, por consiguiente, que el romanceamiento en sí no existe ni nunca tuvo entidad ni función alguna; que el trabajo de llevarlo a cabo fue absolutamente gratuito; que no cabe pensar en una evolución en los usos de los romanceadores y, en resumidas cuentas, parafraseando a nuestro querido profesor Emilio de Santiago, que «no hay vida fuera del arabismo» ^o. ^^ Se trata del mismo modo de proceder seguido antes por González Falencia, A., "Documentos árabes del Cénete", Al- Andalus, 5 (1940), 301-82. ^^ Santiago Simón, E. de, "Algunos documentos arábigo-granadinos romanceados del Archivo Municipal de Granada", Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 1 (1987), 261-269. -^° Aunque se centra en la edición de textos aljamiados y reflexiona desde una perspectiva histórica, y no propiamente traductológica. García Pedraza, A., Actitudes ante la (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es Aunque, en fin, sería injusto atribuir la tacha al arabismo. Trillo ^i, por ejemplo, sólo ve en la documentación árabe romanceada un conjunto de textos históricos de primer orden, ya que «la documentación referida a la Alpujarra, especialmente en fechas tan próximas a la conquista cristiana, es bastante exigua». Afirmaciones de este corte, perfectamente generalizables a todos los romanceamientos de la época, explican que en muchos casos incluso se haya suprimido de la edición la leyenda del traductor, únicamente se haya conservado en nota marginal o se haya desgajado de los romanceamientos quebrando por completo la unidad textual de estas fiíentes, proceder común, por ejemplo, en los trabajos de Espinar Moreno. Si la información ha de proceder inevitablemente de fiíentes tales, mejor será olvidamos de que no tratamos con «originales» o considerar este hecho un «accidente» de la historia. Hasta hoy, en definitiva, a nadie le ha interesado subrayar la existencia de una labor previa de traducción en sus fiíentes; si acaso, como vemos, se alude a ello de soslayo y con tono justificativo. Por otra parte, el interés por el romanceador -cuando existepudiera interpretarse como un primer indicio de consideración hacia «la propia entidad» de los textos editados. Pero lo cierto es que esto no es necesariamente así. A modo de ejemplo, en el abstract del trabajo de Espinar Moreno antes citado ^^, el editor afirma que los documentos en cuestión permiten conocer «aspectos inéditos de la ciudad de Granada en época musulmana, toponimia, vivienda, calles, costumbres sobre el abastecimiento de aguas, acequias, familias, precios, dinero, etc.»; y además, afirma, «damos a conocer documentos traducidos por este romanceador hasta ahora desconocidos por los estudiosos de este personaje granadino». No obstante, el interés por Alonso del Castillo ^^ refleja en realidad el vivo interés de la erudición espamuerte en la Granada del siglo XVI. Los moriscos que quisieron salvarse, Granada, Universidad, 2002, t. 1, 75 y ss., subraya también esta estrechez de miras de buena parte del arabismo español (sin perjuicio de sus muchas y muy valiosas aportaciones). ^' Trillo San José, C, "Dos cartas árabes romanceadas del Archivo de La Alhambra", Cuadernos de La Alhambra, 28 (1992), 271. ^^ "Escrituras árabes inéditas del siglo XV". Obsérvese, por cierto, el titulo de este trabajo: "Escrituras árabes inéditas del siglo XV romanceadas por Alonso del Castillo". ¿Escrituras árabes inéditas o romanceamientos inéditos? ^^ Respecto a Alonso del Castillo, aparte de los romanceamientos editados, véase principalmente Cabanelas, D.,El morisco granadino Alonso del Castillo, Granada, 1965, y Corriente, F. y Bouzineb, H., Recopilación de refranes andalusíes de Alonso del Castillo, Zaragoza, 1994. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es ñola por la epigrafía árabe y el estudio de los moriscos 3^, e incluso, concretando un poco más, por los moriscos o mudejares más predispuestos a la colaboración con las autoridades castellanas, que no directamente por la figura de Alonso como traductor e intermediador fundamental entre los dos grupos sociales mayoritarios de la convulsa y apasionante Granada de la época. De hecho, cuando Espinar edita actas romanceadas por otros traductores no considera la importancia de los mismos, no ya desde el punto de vista de los estudios de traducción, lo que sería comprensible, sino ni siquiera desde un punto de vista puramente histórico, cuando lo cierto es que «es imprescindible adentrarse en el perfil sociológico de los intérpretes, intermediarios fimdamentales sin los que nunca estará completo cualquier intento que se haga de acercarse a la convivencia de ambas comunidades [cristiano viejos y cristiano nuevos]» ^^ En cualquier caso, es indudable que la labor inestimable realizada hasta hoy por los editores de romanceamientos granadinos, aun cuando tenga fines lingüísticos, sociohistóricos, jurídicos, económicos, numismáticos, toponímicos o urbanísticos, y no propiamente traductológicos, nos permite hacemos una idea del modo en que se traducían los instrumentos notariales árabes en la España de principios de la Edad Moderna, así como de las circunstancias que rodeaban a este tipo de traducciones y a sus artífices. A esos fines pretendemos ahora sumar nosotros el interés traductológico, toda vez que dichos textos son, por su propia naturaleza y por definición, documentos para la historia de la traducción. Desde la perspectiva de los estudios de traducción, paradójicamente, ha sido una suerte que la conservación de la documentación árabe original -salvo excepciones-no tuviera significado para el nuevo poder establecido y fiíera mandada traducir e -incluso-destruir; en caso contrario, apenas dispondríamos hoy de un romanceamiento editado. ^"^ Puede verse un lúcido análisis de la evolución de este interés y sus razones en el notabilísimo trabajo de García Pedraza, Actitudes ante ¡a muerte, t. ^^ La afirmación es de García Pedraza, Actitudes ante la muerte, t. De hecho, García Pedraza constituye un ejemplo único del que debiera ser lógico interés de los historiadores por estas figuras. Véase la obra citada, t. Descripción y contenidos de los romanceamientos objeto de estudio Tal y como adelantábamos, el anverso y reverso de los folios 19bis y 20 del expediente objeto de estudio están ocupados por dos romanceamientos de las que parecen ser escrituras de propiedad de los inmuebles objeto del litigio en cuestión. Como buena parte del expediente, el estado de conservación de ambos traslados es muy deficiente. Originalmente se encontraban cosidos al resto del expediente por la zona de la cabecera y parcialmente doblados para adaptarlos al formato de las hojas. Presentaban signos evidentes de haber estado sometidos a unos elevados índices de humedad que habían solubilizado las tintas, lo que provoca que en determinados puntos la lectura del texto sea muy difícil. Además, su conservación en condiciones de temperatura elevadas ha favorecido la acción de microorganismos testimoniada en un soporte casi inmanipulable, numerosas lagunas y un cromatismo característico. De fecha 30 de diciembre de 1517, ambos romanceamientos van firmados por Bernardino Xarafí, actuando como testigos del traslado íñigo Xarafí, Lorenzo de Mora y Juan López de Zardos (?). Según el primero de estos documentos (f" 19 bis a y r), el citado Juan Pérez, platero, compra a Fátima hija de Hamete el Marini ^^ una casa en el barrio de Bibataubín por dieciséis pesantes de plata el 13 de safar del año 905 de la hégira (19 de septiembre de 1499). En el segundo traslado (f.^ 20 a y r), Juan Pérez, apenas un mes después (11 de rabi I 905 = 16 de octubre de 1499), adquiere de Mahomad hijo de Mahamad Abiz una casa en el citado barrio de Bibataubín, muy posiblemente contigua o próxima a la anterior, de acuerdo con las lindes citadas en ambos traslados. ^^ Curiosamente la calle del Marini aparece citada entre las vías del barrio de Bibataubín en, por ejemplo, Seco de Lucena, L., Documentos arábigo-granadinos. En el expediente (f. *^ 23) encontramos algunos breves datos complementarios sobre estas propiedades: [...] unas casas e almacerías que son en esta ciudad de Granada en la collación de Santo Mathias que alindan con casas que fueron de Garcia de Vaena y con casas de Pedro de Ocaña, mercaderes, e otros linderos sobre que es este pleito. Asimismo sabemos que dichas propiedades fueron vendidas en 1527 por Juan Pérez y sus hijos a Juan de Andújar, mercader, y a Teresa de Molina, su mujer, vecinos de Granada ^'^. Relación entre los romanceamientos y los instrumentos notariales en lengua árabe contenidos en el expediente El primer romanceamiento (f.'' 19 bis) llevaba originalmente cosidos los dos pergaminos (f. *" 18 y f. "" 19) por la cabecera, quedando perpendiculares al resto del expediente. Tras el proceso de restauración, los documentos árabes han sido colocados en carpeta de poliéster al final del documento. Lamentablemente, la relación entre ambos romanceamientos y los títulos en árabe es nula, al menos para el primero de los dos manuscritos. El acta de compraventa que contiene el manuscrito 1 (f."" 18) se refiere a un predio en la localidad de Armilla, cercana a Granada, y por lo tanto no guarda conexión con los inmuebles que venimos describiendo. Tampoco existe coincidencia alguna con los comparecientes en dicha compraventa. De la segunda acta, segundo pergamino en árabe (f.° 19), tampoco podemos señalar a ciencia cierta qué relación guarda con los romanceamientos, pues su lamentable estado de conservación hace imposible su correcta interpretación. En la parte superior, mejor conservada y más legible, se reproduce básicamente el poder que la vendedora, Umm al-Fath, otorga a su hermano para actuar en su nombre y derecho en la venta de un solar y vivienda que ambos poseen en régimen de propiedad indivisa dentro de las lindes de la ciudad de Granada. ^^ Por dos nuevos fragmentos de este expediente recién hallados (ver nota 6), sabemos que este Juan de Andújar vendió la casa, un palacio morisco a la espaldas del Monasterio de la Encamación, al citado Diego López de Portillo. En cualquier caso, sí parece que el cuerpo central del manuscrito está conformado por un acta de compraventa de propiedades inmuebles en la ciudad de Granada ^^. Por último, quedaría por explicar por qué o cómo llegaron esas actas en árabe, y en especial la primera, aparentemente inconexa con el pleito, a este legajo. Acaso la aparición de la primera parte de este expediente ejecutivo en la fiítura y deseable reordenación de los Fondos del Fisco de la Inquisición obrantes en poder del Archivo Histórico Provincial de Granada pueda arrojar alguna luz a este respecto. Todo lo demás es campo abierto a la mera conjetura. Edición de los romanceamientos Archivo Histórico Provincial de Granada Legajo 5276-5, F.^ 19bis a -r Año 1499 (13 de safar de 905) Escritura por la que Fátima hija de Hamete el Marini vende al cristiano Juan Pérez una casa en el barrio de Bibataubín, en la ciudad de Granada, en precio de dieciséis pesantes de plata. Este es [traslado] bien e fielmente sacado de una carta de [vendida] de arávigo original escrito en p[apel] en letra aráviga e firmada de dos alfaquies [escriva]nos ^^ Esperamos en un fiíturo próximo ofi-ecer la edición completa, estudio y traducción del primero y una reconstrucción parcial del segundo. ^^ Los fragmentos reconstruidos, no legibles en el original, están indicados mediante corchetes. Para la transcripción de ambos traslados hemos seguido los usos y normas de los investigadores citados, sin adaptar la versión a la ortografía actual del español, aunque incluyendo algunas tildes para una mejor comprensión. Vendió la [onrada] Fatima fija de Hamete el Marini al cristiano [Juan Pérez], platero, toda la casa que es en el barrio de la p[uerta de Bi]bataubin dentro de Granada, que alinda por la p[arte] solana con el Carmoni e por la parte del çierç[o con ] el Arbi e por la parte del levante con el Carmon[i e] por la parte del poniente con Abengalib, con s[us] derechos e devedamientos e con todas sus pertenencias, vendida cunplida por presçio e contia de diez e seis pesantes de plata de los de a diez dineros nuevos que los rescibió la vendedora e pasaron a su mano e le dio por quito ñnequito cunplido e por ello cunplió al comprador el señorío de la casa susodicha en[tera e cumplida]mente por la regla e cuna de mor [os e se obligó de s]aneamiento después que la vieron e [reconosçieron] e fiíeron contentos e supieron lo [que fazi]an e asi lo otorgaron ante quien los con[osçieron] con salud y es bastante. Fecha a treze dias de [la luna de Cafar] año de novecientos e cinco años [e la fir]maron de sus nombres dos alfaquíes escri[vanos p]úblicos. Concuerda la fecha de la carta de arávigo original susodicha con el año del nasçimiento de nuestro Salvador Ihesucliristo de mil e quaírocientos e noventa e nueve años. Fecho e sacado fiíe este dicho traslado de la dicha carta de vendida de arávigo original en la muy noble nonbrada e grand çibdad de Granada a treinta días del mes de diziembre año del nasçimiento de Escritura por la que Mahomad hijo de Mahamad Abiz vende al cristiano Juan Pérez una casa en el barrio de Bibataubín, en la ciudad de Granada, en precio de cuarenta pesantes de plata. Este es traslado bien e fielmente sacado de una carta de vendida escrita en papel en letra aráviga firmada de dos alfaquíes escrivanos públicos segund por ella paresçia la qual tomada en [leng]ua castellana dize en esta guysa: Vendió Mahomad [hijo] de Mahamad Abiz al cristiano Juan Pérez toda la casa [que es] en Bibataubin dentro de Granada, que alinda por la par[te] solana con Abengalib e por la parte del çierço con la call[e e p]or la parte del levante con el Dobuz e por la parte [del p]oniente con el conprador suso dicho, con sus derech[os e] devedamientos e entradas e salidas venta conpl[ida p]or presçio e contia de quarenta pesantes de pla[ta de los] de a diez dineros que los rescibió el vendedor junt[amen]te e pasaron a su mano e poder e le dio por [quito dellos] finequito cunplido e por ello cunplió al con[prador] suso dicho el señorío de la dicha casa entera e cun[phda]mente por la regla e cuna de moros e se obli[gó de sane] amiento después que la vieron e reconocieron [e ñieron co]ntentos e supieron lo que fazian e asi lo [otorgar]on [a]nte quien los conosció con salud e es bastante. [Fec]ha a honze dias de la luna de Rebealula año de nove[cient]os e cinco años e asi la firmaron de sus nombres d[os alfjaquíes escrivanos públicos. Concuerda la fecha de la escritura de vendida en arávigo original suso dicha con el año del nasçimiento de nuestro Salvador Ihesuchristo de mil e quatrocientos e noventa e nueve años. Fecho e sacado fiíe este dicho traslado de la dicha carta de vendida de arávigo original en la muy noble nonbrada grand çibdad de Granada a treinta días del mes de diziembre año del nasçimiento de nuestro Salvador Ihesuchristo de mil e quinientos e diez e siete años. Testigos que fiíeron presentes al leer e concertar este dicho traslado con la dicha carta de vendida de arávigo original Yñigo Xarafí El concepto de traducción fehaciente Por traducción fehaciente entendemos, en sentido lato, la traducción e interpretación autorizadas cuya función es crear efectos jurídicos o institucionales, generalmente inmediatos. Se caracteriza, aunque no siempre en la misma medida, por ser remunerada, estar sujeta a régimen disciplinario y disfrutar su artífice de un nombramiento o contrato que lo habilite para ello o, cuando menos, haber éste cumplido los requisitos formales de los procedimientos instituidos a efectos de habilitación para una actuación concreta ^o. Son traductores e intérpretes con capacidad fehaciente en la España actual los traductores jurados, los traductores-intérpretes de la Administración de Justicia, los traductores-intérpretes de las Fuerzas de Seguridad del Estado, los miembros de la Oficina de Interpretación de Lenguas y los traductores adscritos a las embajadas y consulados de España. A ellos hay que añadir un nutrido grupo de trabajadores por cuenta propia, voluntarios o no tanto, que, con mayor o menor asiduidad, dan fe pública en nuestro país en materia de traducción e interpretación, así como, aunque sólo en teoría, los notarios y cónsules, por su capacidad fedataria universal. Como podremos comprobar en las páginas que siguen, los escribanos del siglo XVI, al menos en el Reino de Granada, ponían constantemente en práctica su capacidad fedataria universal también en el campo de la traducción y la interpretación. El concepto de traducción fehaciente y la literatura traductológica Hasta donde se nos alcanza, el concepto de «traducción fehaciente» no ha sido utilizado hasta el momento en los estudios de traducción ^^ Aunque no muy abundantes, sí existen trabajos dedicados a "^^ En la actualidad, por ejemplo, en el caso de una interpretación en un Juzgado, el haber jurado cumplir bien y fielmente el cometido para el que se le designa. "^^ Santoyo, J. C, Historia de la traducción. Quince apuntes, León, 1999, 9-33, por ejemplo, siguiendo parcialmente a Romano, D., "Hispanojudíos traductores del árabe". Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, 43 (1992), 211-232, utiliza la denominación «traducciones cotidianas» o «de índole diaria». (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es ámbitos parciales de la traducción o interpretación fehacientes, sobre todo a la traducción jurada y a la interpretación ante los tribunales. Pero, hasta ahora, no se había abordado la cuestión en los términos en que aquí los planteamos, ni tampoco se había utilizado el adjetivo «fehaciente» para definir este modo de traducción'^^. La expresión «traducción fehaciente» procede de los estudios jurídicos, pero aun en estos ámbitos no es de uso universal. Es común en el discurso jurídico y administrativo en España hablar de traducción «oficial» (como en la Ley de Enjuiciamiento Criminal), traducción «auténtica» (como en los Convenios de cooperación judicial y de devolución de menores establecidos entre España y Marruecos), o traducción «autorizada», «certificada» o «certificada por persona autorizada» (como en el Convenio de Bruselas). Naturalmente, el tema es del mayor interés para los estudios de historia de la traducción del árabe al español. La demanda de traducción fehaciente del árabe en la Granada del siglo XVI De manera sintética podemos afirmar que la implantación en el extinto reino nazarí, con una población mayoritariamente arabohablante, de una Administración en lengua castellana acarreó la lógica aparición de un notable mercado de traducción fehaciente tanto de textos escritos como de intervenciones orales. La necesidad de traductores e intérpretes en las distintas instancias del nuevo poder establecido fiíe un hecho manifiesto desde el momento mismo de la conquista. Así en el primer Concejo de la ciudad se nombra ya a un "^^ Véase al respecto, Feria, M. C, La traducción fehaciente del árabe. Aunque dan mucho más de sí, a este tipo de cuestiones le ha dedicado varios trabajos Peñarroya, J., "Intérpretes jurados. Documentos para su prehistoria", Boletín Informativo de APETI, 1 (1989), 27-28; "Intérpretes jurados en España. Número y distribución por comunidades autónomas en 1991", Boletín Informativo de APETI, 13, II (1991), 8; "Historia de los intérpretes jurados", Bulletí de VAssociació de Traductors i Interprets Jurats de Catalunya, 2000, sin paginar; "Historia de los intérpretes jurados", Conferencias del curso académico 1999-2000. Volumen conmemorativo del vigésimo aniversario de los estudios de traducción e interpretación de la Universidad de Granada, Sabio, J. A., Ruiz, J. y J. De Manuel (eds.), 161-78. Granada, 2000; "Historia de los intérpretes jurados". Traducción & Comunicación, Vigo, 2000, 69-88. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es intérprete y trujamán ^3 y^ en el año 1500 el mismo Concejo nombra a cuatro trujamanes oficiales que hubieron de pasar un examen previo y a los que se asignó un sueldo aproximado de unos dos mil maravedíes anuales; trujamanes de entre los que conocemos con seguridad a tres: Alonso Hernández de Mora, Ambrosio Xarafí y Antonio el Guahorani' ^' ^. Sus labores -creemos-abarcarían tanto la traducción de documentos como la interpretación oral, aunque no de todos conocemos textos traducidos. Junto a estos trujamanes reconocidos, desde finales del XV y a lo largo de todo el siglo XVI, actuaron una verdadera legión de intérpretes ante todas las instancias oficiales: la propia corona, la justicia secular, el Santo Oficio, los escribanos públicos, los cabildos municipales, etc. A modo de ilustración, en la comarca de Motril, en un corto período de tiempo, actuaron al menos siete intérpretes distintos ^^. Y sólo en las escribanías de la capital granadina y entre los años 1510 y 1571 actuaron no menos de cuarenta y siete intérpretes 46^ muchos -como ocurre aún hoy-intérpretes o «lenguas», ocasionales aunque podemos encontrar entre ellos algunos tan profesionalizados como Alonso de Carvajal (con actuaciones documentadas entre 1546 y 1565) o Alonso de Herrera el Hadiz (con actuaciones documentadas entre 1542 y 1570)'^''. Pero, por razones obvias, es el mercado de la traducción fehaciente de textos -la traducción jurada si se nos permite el anacronismo-el que aquí nos interesa. El contenido de los romanceamientos que han sido editados hasta la fecha nos da una idea aproximada de cuáles eran las demandas en la Granada del momento. La mayoría de las actas notariales árabes traducidas -o al menos las conservadas-en el Reino de Granada son escrituras de propiedad de particulares (como las edita-das en este trabajo), escrituras de delimitación de lindes entre concejos municipales, de cesión de privilegios por parte de los reyes moros a ciertos municipios, o, finalmente, testamentos en los que se hace mención de propiedades inmuebles. Estos romanceamientos, por otra parte, se insertan en pleitos entre particulares por la propiedad de bienes inmuebles, en pleitos relativos al reparto de las aguas, por lo que debían hacer prueba ante el Tribunal granadino de Aguas, o en pleitos jurisdiccionales entre los nuevos concejos municipales cristianos. Todo ello se explica a la luz del enorme impacto de la conquista en punto a despoblamientos, repartimientos y fricciones entre nuevos propietarios cristianos y sus convecinos moros o cristianos nuevos. Así pues, frente a otros muchos detalles que nos muestran lo cerca que estaba el modo de trabajar de aquellos romanceadores del de los traductores jurados actuales, las circunstancias sociales e históricas marcan una diferencia abismal con el tipo de textos hoy traducidos: el mercado de la traducción fehaciente del árabe demanda hoy casi exclusivamente documentación personal, y nunca documentos de propiedad, con alguna excepción (generalmente vehículos a motor, por su carácter mueble). Sin embargo, el contenido de los textos traducidos en el siglo XVI se halla bastante más cerca del contenido de los textos traducidos fehacientemente durante el Protectorado español en Marruecos en la primera mitad del siglo XX, como demuestra la insistencia de la literatura colonial de la época en el derecho inmobiliario y en la documentación relativa a bienes raíces. Naturalmente, todo ello es concordante con las diferentes coyunturas históricas que enmarcan los traslados, circunstancias a las que la traducción fehaciente está siempre sometida'^^. En contraste con la pléyade de intérpretes a la que antes hacíamos alusión, la traducción de textos escritos fixe labor de un número de traductores curiosamente limitado. De hecho, a lo largo de todo el siglo XVI apenas cuatro romanceadores (Ambrosio y Bernardino Xarafí, Juan Rodríguez y Alonso del Castillo) muestran una actividad continua y notable en esta dirección. Ello explica la observación de Francisco Núñez Muley en su famoso Memorial respecto a la existencia de un único traductor de escrituras arábigas en todo el Reino: Pues en decir la dicha prematica que las escrituras y titulos e libros e qualquier cosa escrita en aravigo que se an de exibir e presentar dentro en tre3mta dias en esta çibdad ante vuestra señoría y ante quien para ello sea nombrado, so las penas contenidas en este artículo [...] que posibilidad avra para juntarse tanto numero de escrituras para presentarse dentro del dicho termino e si posible fuesen que se juntasen que persona o personas bastarían para ante quien se presentase. Pues entremos al perjuyzio notorio que ay en que no uviese escrituras ni titulos ni libros ni cosa escrita en aravigo: pues que las escrituras e titulo ay estrema nesçeçidad de ellas [...] pues digamos questos se pudiesen romançar, en que termino se bastarían a rromançar o que rromançeadores bastarían para rromançear todo el rreyno, pues no ay mas que uno, de manera que exhibidos en arábigo se perderían, y acabados tres años no valdrán nada como la prematica lo manda ^^. Así pues, pasamos a ocupamos de este reducido grupo. Los romanceadores granadinos del primer tercio del siglo XVI A partir de las leyendas que acompañan sus romanceamientos, podemos dividir a estos traductores inicialmente en tres grupos: a) En primer lugar, los alfaquíes, como el citado alfaqui anónimo de Málaga, Mahoma Broçon (quien romancea seis escrituras en Granada, sin que conste la fecha exacta del traslado), o Yuca el Mudejar, autor del romanceamiento editado más antiguo, el cual data del año de 1494 ^^. Como es lógico, estos alfaquíes firmaron como tales hasta su conversión. Tras abrazar la fe de Cisneros, si continuaron con su actividad traductora, como veremos en el caso del alfaqui Xarafí, ocuparon nuevos cargos en la administración granadina. b) En segundo lugar, quienes se declaran romanceadores o intérpretes, como Alonso del Castillo o Femando de Sosa. "^^ Reproducción de la edición de Foulché-Delbosc, 1899, por Bernard Vincent en la introducción a Gallego Burin, A. y Gámir Sandoval, A., Los moriscos del Reino de Granada según el Sínodo de Guadix de 1554, ed. fac. 1996, LL ^^ Sabemos que este alfaqui fue nombrado regidor de Granada por los Reyes Católicos en mayo de 1492 y que colaboró en la administración del regadío granadino (López de Coca Castañer, J. E., "La emigración mudejar al Reino de Granada en tiempo de los Reyes Católicos", En la España Medieval, 26 (2003), 203-226, 208). Respecto a Mahoma Broçon, véase Espinar Moreno, M., "De la mezquita de Maharoch". Respecto al alfaqui anónimo malagueño, Bejarano, F., Documentos del reinado de los Reyes Católicos. Concretando un poco más, en la Granada de finales del XV y primera mitad del XVI, época en la que se trasladan los documentos que aquí editamos, destacan los siguientes romanceadores ^^: Es el traductor fehaciente más importante de los años en los que ejerció como tal y, por tanto, un mediador fundamental entre las dos comunidades. En la leyenda de traductor se declara: «Escribano de su Majestad, romanceador de las escrituras arábigas, escribano público de los del número y romanceador de Granada y su tierra». Por consiguiente, concurren en su persona la calidad de fedatario universal, en cuanto que escribano público y escribano de su Majestad, y la de fedatario en traducción, en cuanto que romanceador de Granada y su tierra. Destaca tanto por el número de romanceamientos y escrituras árabes suyas que conocemos -^más de un centenar entre los editados y los sólo referenciados ^^-, como por el calibre de los asuntos en ellos ^' No incluimos a los intérpretes. ^^ Cfr. González Falencia, "Documentos árabes del Cénete" y "Adiciones a los documentos árabes del Cénete", Al-Andalus, 6 (1941), 477-480; Seco de Lucena, L., "Documentos árabes granadinos"; Osorio, "Regesta de documentos granadinos"; Osorio y Santiago, Documentos arábigo-granadinos; Albarracín Navarro, J., Espinar Moreno, M. y Martínez Ruiz, J., El Marquesado del Cénete: Historia, Toponimia y Onomástica, según documentos árabes inéditos. Granada, 1986; Espinar Moreno, M., "Reparto de las aguas del río Abrucena", Crónica Nova, 15 (1986Nova, 15 ( -1987)), 127-147, y Espinar, "El reparto de las aguas del río Alhama"; Grima Cervantes y Espinar Moreno, "Estudio de algunas cartas"; Espinar Moreno, M. y Fernández Ortega, A., "Bab al-Hadid o Fuerta del Hierro, según un documento árabe de 1495. Noticias para su ubicación", Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 3 (1989), 183-198; Martínez Ruiz, J., "Compra de bienes mudejares granadinos". Actas del IVSimposio Internacional sobre Mudejarismo: Economía (17-19 sept. 1987), 443-452, Teruel, 1992; Albarracín Navarro, J., "La seda, moneda de intercambio en la Granada mudejar", Actas del IV Simposio Internacional sobre Mudejarismo: Economía (17-19 septiembre 1987), 453-462, Teruel, 1992; Trillo, "Dos cartas árabes romanceadas"; Espinar Moreno, M., "Escrituras árabes romanceadas sobre la acequia de Ainadamar (siglo xiv-xvi)", Sharq al-Andalus. Homenaje a M. " (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es ventilados: empadronamientos arábigos del Marquesado del Cénete, reparto de aguas de diversas localidades del Reino de Granada y del Albaicín, cartas de privilegios de los habitantes de Huércal, además de numerosas transacciones cotidianas de propiedades. De los traslados editados se colige que estuvo en ejercicio durante unos cincuenta años, entre 1507 y 1552, lo que supondría que comenzó a ejercer muy joven y murió de avanzada edad ^^ aunque, como veremos ilustrado en el ejemplo de los Xarafí, no cabe en absoluto descartar que nos encontremos en realidad ante dos escribanos romanceadores homónimos, probablemente padre e hijo. Martínez Ruiz ^^ nos lo retrata como traductor «bien conocido y de gran competencia» y destaca en su trabajo sobre el Marquesado del Cénete su habilidad para interpretar y dar valor exacto a las cifras rumies relativas a las dimensiones de las fincas y su valor en pesantes y dineros. Por desgracia, prácticamente no sabemos nada sobre su historia personal. Sólo podemos aventuramos a decir que en varios de sus traslados aparecen como testigos Lope Rodríguez y Diego Rodríguez, muy probablemente familiares y herederos naturales de su oficio. De lo que no cabe duda es de que se trata de una figura de primer orden en la historia de la traducción del árabe al español, merecedora, por tanto, de estudios más proftmdos. Fernando o Hernando de Sosa ^^ En el supuesto plausible de que fuera morisco, debemos tener en cuenta la edad avanzada que muchos de ellos alcanzaron. A modo de ejemplo, la edad media de los testigos en el pleito entre Vera y Lorca en 1512 fue «de sesenta a setenta años, no siendo la extraña la presencia de individuos con ochenta, noventa e incluso con cien años» (Abad Merino, M. y Jiménez Alcázar, J. F.,'ítem si sabe...: el testigo morisco en los pleitos civiles castellanos", M.^ J. Rubiera (coord.), Carlos V, los moriscos v el islam, Universidad de Alicante, 2001, 27-38, 36). ^'^ Martínez Ruiz, "Compra de bienes", 442. http://al-qantara.revistas.csic.es ban de entre los años 1430 y 1496 ^^ Firma dichos traslados en calidad de «Yntérprete de sus Altezas», lo que suponía que su capacidad para dar fe pública en materia de traducción se extendía a todo lo largo y ancho de las tierras bajo soberanía de los Reyes Católicos, y no exclusivamente al Reino de Granada. En septiembre de ese mismo año romancea junto a Alonso Hernández de Mora varios documentos relativos a las propiedades de los infantes don Femando y don Juan que fueron utilizados en sus probanzas y donde se afirma «que es persona vien esperta en la dicha lengoa arábiga e en nuestra lengoa castellana y son personas que saben la xara cuna de los moros, e que sabrán vien declarar e interpretar las dichas cartas de arábigo en nuestra lengoa e letra castellana» ^^. Es muy digno de notar que en sus romanceamientos encontramos soluciones que difieren en buena medida de la forma de proceder de otros destacados romanceadores contemporáneos o de años imnediatamente posteriores, incluyendo a los Xarafí, Juan Rodríguez o Alonso del Castillo, todos ellos en principio mudejares o moriscos de origen. Ello nos hizo sospechar desde un principio que no fuera cristiano nuevo de moros, antes bien de judíos o, incluso, cristiano viejo. Femando de Sosa ha resultado no ser otro que el judío Gabriel Israel, recaudador de impuestos de Llerena, su ciudad natal, más tarde Tmjamán Mayor del Reino de Murcia desde el año de 1476, lo que explica que firme sus traducciones como «Yntérprete de sus Altezas», diligente mediador en las negociaciones que condujeron a las capitulaciones de Ronda, recaudador mayor de Málaga y su partido entre 1494-96 y uno de los últimos judíos -si no el último-que disfrutó de nombramiento regio en la Península ^^. ^^ Dichos traslados fueron incluidos como prueba en el pleito que el convento de Santa Cruz la Real entabló con García de Vargas por la propiedad de un corral medianero en la plaza de Bibatuabín (Osorio Pérez, M.^ J. y Peinado, R. G., "Escrituras romanceadas del Convento de Santa Cruz la Real (1430-96): pinceladas documentales para una imagen de la Granada nazarí". ^'^ López de Coca Castañer, J. E., "La físcalidad mudejar en el reino de Granada", Actas del VSimposio Internacional de Mudejarismo, Teruel, 1991, 203, basándose en los trabajos de Morales Garcia-Goyena, identificaba a Femando de Sosa con el judío Yscará, antiguo colaborador de Gabriel Israel. Sin embargo, el mismo profesor López de Coca ha tenido la gentileza de informamos en comunicación personal de que muy posiblemente Acabamos de hacer mención a Alonso Hernández (o Fernández) de Mora, intérprete, «el qual sabe leer y escreuir de arábigo», quien, además de intervenir en los recién citados traslados sobre las propiedades de los Infantes de Granada, romancea dos cartas de venta ^^. Es de destacar que este personaje pertenece a una familia de origen mudejar ligada al mundo de la trujimanería a cuya cabeza estaba su padre, Rodrigo de Mora (antes Yuçaf de Mora), quien muy posiblemente sea el antes aludido Yuca el Mudejar, y a la que puede que también pertenezca el Lorenzo de Mora que actúa como testigo en las actas que aquí editamos. Por otra parte, en las probanzas de los Infantes intervinieron varios traductores más: Alonso Venegas, regidor y alguacil mayor de Granada, hijo que fiíe del infante de Almería Yahya al-Nayar, después PeTM dro de Granada ^^, a quien «sus Altezas tienen nombrado por truxaman mayor para que declare de lengoa arábiga en castellano las cosas que en esta çibdad sucedieren» ^^; y Miguel de León, «regidores desta dicha çibdad, que antes se llamava alfaqui cadí Maomad Zaharori». Y por último, el ya conocido Ambrosio Xarafí. De este último romanceador y de Bernardino Xarafí, autor de los romanceamientos aquí editados, pasamos a ocupamos a continuación con mayor detenimiento. Goyena había incurrido en un error de lectura. Por otra parte, el relato completo de las actuaciones que se siguieron por los abusos y fraudes cometidos por Femando de Sosa aprovechando su conocimiento del antiguo fisco granadino, pueden también leerse en el citado trabajo de López de Coca, "La físcalidad mudejar". En general, respecto a Ysrael véase Feria, La traducción fehaciente, 196-199. ^^ Santiago, "Algunos documentos arábigo-granadinos". ^^ López de Coca Castañer J. E., "Granada en el siglo XV: las postrimerías nazaríes a la luz de la probanza de los infantes don Femando y don Juan", Andalucía entre Oriente y Occidente (1236-1492): Actas del V Coloquio Internacional de Historia Medieval de Andalucía, 599-641, Córdoba, 1988, 610. ^^^ Malpica Cuello, A. y C. Trillo Sanjosé, "Los infantes de Granada", 387. Los Xarafí, una familia de trujamanes fedatarios públicos Mahomad, fíamete, Abraham y Alí Xarafí Según Molénat ^^ el apellido Xarafí es sin duda la versión castellana de la nisba geográfica referida al Aljarafe sevillano. Son numerosos los andalusíes de todas las épocas conocidos por al-Sarafí o Ibn al-Sarafí, muchos de ellos vinculados a las ciudades de Sevilla y Córdoba y a cargos de importancia en sus respectivas comunidades. Esta posición notable se mantuvo en época mudejar en diferentes zonas de la Península, en las que distintos miembros de esta familia ejercieron como alcaldes mayores de las aljamas, cargo que, heredero del de cadí, incluía entre sus funciones la capacidad de actuar como notario. Siguiendo al investigador citado, los primeros datos de la familia destacables para nuestros fines se remontan al año de 1347. En esa fecha y en la ciudad de Toledo, Mahomad Xarafí y su hijo Hamete, en calidad de aleadles y traductores, firman en árabe y castellano la traducción oficial «en ladino» de dos escrituras de compraventa por las que el Arzobispo de Toledo, D. Ruy Ximénez, adquiere «el castiello nombrado Cihuruela» ^2 Años más tarde, concretamente en 1369, otro hijo de aquél, de nombre Abraham, ejerce como «alfaqui del aljama de los moros de Toledo». Y para finales de ese siglo lo sustituye su hijo, de nombre Hamete. En esta misma época, miembros de la familia, o al menos de igual apellido, están bien asentados en Alcalá de Henares, donde también ocupan puestos de responsabilidad. Es el caso de Alí Xarafi, alcalde de moros de esta ciudad hacia 1351. Ya en la segunda mitad del siglo XV encontramos a otro alfaqui Alí Xarafí encargado de la recaudación de impuestos en las aljamas del Reino de Toledo. Pero será un nuevo Abraham Xarafí, alfaqui y médico al servicio del arzobispo de Toledo, Alonso Carrillo, el miem-^^ Molénat, J-P., "Une famille de l' elite mudejare de la Couronne de Castille: les Xarafí de Tolède et d 'Alcalá de Henares", A. Temimi (éd.), Mélanges Louis Cardaillac, Túnez, 765-772. Este investigador ha dedicado otros estudios a esta familia, cuya lista puede verse en Echevarría Arsuaga, A., "De cadí a alcalde mayor. Además de en el último artículo citado, Echevarría se ha ocupado de la familia Xarafí en "De cadí a alcalde mayor. ^'^ Este documento, utilizado por Molénat en su estudio, fue editado por Fita, F., "Marjadraque según el fuero de Toledo", Boletín de la Real Academia de la Historia, 1 (1885), doc. 5, 371-376. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es bro de esta familia que mayor renombre alcance en este período. Nombrado inicialmente en 1473 alcalde de las aljamas de Ávila y Aranda por la entonces princesa Isabel bajo la promesa de hacer extensible su cargo a todas las aljamas del reino, y confirmado en el cargo en 1488 tras una reñida y larga disputa con Farax de Belvis, miembro de otra de las familias mudejares castellanas de mayor influencia, recibirá finalmente de los Reyes Católicos en 1492 el nombramiento de alcalde mayor de la aljamas de los Reinos de Castilla ^^, cargo que aún ejercía el 30 de marzo de 1496, cuando, a través del alfaqui de la aljama de moros de Falencia, Alí Alvar Ruiz, y habida cuenta de la protesta de la morería de Ávila, solicita en Valladolid al corregidor de esta última localidad averigüe cómo se ejercía la justicia civil y criminal en la aljama ^' *. La última referencia que hemos encontrado de este personaje es la descripción hecha por Wagner ^^ de un acta notarial levantada en Sevilla el 8 de octubre de 1499, y en la que leemos lo siguiente: Alfonso Fernández, criado de Juan de Sandoval, vecino de Sevilla, en la colación de San Román, otorga que ha recibido de maeste Çayde, alcalde de la aljama de los moros, tres reales por llevar y entregar al alfaqui Xarafí un pleito que ante él pende entre la una parte de maeste Hamete Carmoní y de la otra doña Merien e doña Fotox. Otorga que recibió real y medio; el resto se le pagará cuando traiga la fe del alfaqui. Empero, es en fecha un poco anterior y en el Reino de Murcia donde volvemos a hallar testimonio de la labor de esta familia de alfaquíes en el mundo de la traducción. Concretamente, en el nombramiento del mencionado Gabriel Israel como «yntrépetre e truxamán mayor de la letra e lengua aráuiga e morisca» del Reino de Murcia, fechado el 29 de junio de 1476, leemos lo siguiente: as cosas e fechos e contratamientos que nasçieren e ouieren de faser e contratar entre el nuestro reyno de Murcia y Arabaca e la vaylia e helén con el rey e reyno e moros de Granada, en lugar del alfaqui Alí Xarafí, intérprete e troxamán que ^^ Una completa exposición sobre las disputas por el cargo de alcalde mayor de los Reinos de Castilla entre las familias Xarafí y Belvis puede verse en Echevarría Arsuaga, "De cadí a alcalde mayor". Por tanto, hasta el año 1476, o en todo caso hasta fechas poco anteriores, el alfaqui Alí Xarafí -^puede que el mismo que en 1451 se encargaba de la recaudación de los impuestos de los mudejares al servicio de Juan II-era «yntrépetre e truxamán mayor de la letra e lengua aráuiga e morisca» de la bailía y del Reino de Murcia. Sus predecesores en el cargo hasta principios del siglo XIV son medianamente conocidos ^^: en el año 1308 el judío Isaach Vital fue sustituido en el cargo por Alfonso Guillem; y en el año 1360 fue ocupado por el judío luçeff Abencavarell, hasta 1367, en que lo sustituye Abrahim Abenhave^^. Por otra parte ^^, hasta el año 1424, el puesto había sido desempeñado por personalidades muy destacadas de las aljamas de moros, tales como Alí Xupió o el alcadí Alí de Bellvís ^o. Cabe suponer, por consiguiente, que Alí Xarafí ocupó el cargo en los años comprendidos entre 1424 y 1476, demasiados para que lo disfrutase en exclusividad. El alfaqui Xarafí y Hamete Xarafí Entre el año 1476 y el final de la Guerra de Granada no nos consta noticia alguna referente a Alí Xarafí. Sin embargo, Al-Xarafí, a secas, aparece citado con el cargo de intérprete en el Concejo que se nombra inmediatamente después de la conquista de la ciudad de Granada ^K El siguiente dato documental es que el 15 de abril de 1496 un «alfaqui Xarafí» actúa como romanceador en el Reino de Granada ^2. En principio podríamos pensar que se trata de Abraham Xarafí o quizás, ^^ García Casar, M. F., "Trujimanes judíos al servicio de los Reyes Católicos", Helmántica, 103-105 (1983), 191-196, 193 incluso, de Alí Xarafí, veinte años después de cesar como romanceador en Murcia, en especial si tenemos en cuenta que la Guerra de Granada atrajo a no pocos mudejares castellanos y murcianos prestos a colaborar y, de paso, medrar. No obstante, un año después, concretamente el 5 de agosto de 1497, un acta de testimonio sobre la guía y venta de la sal de las salinas de Motril levantada el 10 de junio de 1493 en esa localidad es romanceada en Granada por quien firma como el «alfaqui Hamete Xarafí» ^^ «vezino desta dicha çibdad ques onbre que sabe las dichas lenguas [arábiga y castellana]» ^' ^. Y el 26 de septiembre de 1499 el alfaqui Hamet (sic) Xarafí, «escribano de la Xarra de Granada, fiel de sus altezas en la declaración de las escripturas moriscas de las ventas e compras... que se fasen entre cristianos e moros en la dicha ciudad de Granada é su Reino», traslada tres escrituras relacionadas con la venta de propiedades de la familia real nazarí en Huétor Santillán'^^. Por la cercanía de fechas parece muy probable que se tratase de la misma persona que romanceó el 15 de abril de 1496, y el mismo que, como señalábamos antes, fue nombrado intérprete del Concejo. A partir de este momento, los Xarafí dejan de ser alfaqui es y, tras su conversión a la fe de Cisneros, pasan a convertirse en escribanos públicos, cargo que, al fín, y haciendo honor a la tradición familiar. 73 Porras Arboledas, "Documentos sobre musulmanes y judíos", 135. ^^ A.H.N., Nobleza, Osuna, legajo 1354, n. Debemos una vez más el dato y la descripción a la generosidad de López de Coca, quien hizo referencia a su vez al trabajo de Osorio Pérez, M. J., "Notas y documentos sobre un caballero granadino: Gómez de Santillán", Actas del VI Coloquio Internacional de Historia Medieval de Andalucía: Las ciudades andaluzas (siglos XIII-XVI), Málaga, 1991, 486, n. En él Osorio afirma que «en 1492 la poseía [la villa de Huete] Um al-Fath, hija de Boabdil, y que, al igual que otras posesiones personales de la casa real, pasó a manos de la corona castellana a través de un contrato otorgado ante el alfaqui Hamet Xarafí el 26 de la luna de Adulcayda del año 897 (16 de septbre de 1492) por el que la princesa vende al alcaide Juan de Haro la citada alquería por 1000 doblas de oro (400.000 maravedíes), pago que efectuó en paños, rasos, sedas, especias y una cadena de oro». Aunque la expresión «otorgado ante el alfaqui Hamet Xarafí» da a entender que éste actuó como escribano, lo cierto es que Xarafí no obtuvo tal nombramiento hasta ocho años después. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es podían sin quebranto considerar un traslado a aljamía del de alfaqui o «escribano público de moros». El primero en aceptar el bautismo, y del que podemos ofrecer más detalles biográficos, fue miçer ^^ Ambrosio Xarafí ^' ^, nacido aproximadamente en el año de 1450 ^^ esposo de doña Mayor de Mendoza Xarafía ^^. Ya se hallaba en Granada en los años anteriores a su conquista, ciudad en la que ocupaba una posición importante, pues residía nada menos que en casa del alcaide mayor Yusuf Abencomixa ^^. Ambrosio Xarafí fue nombrado escribano de los del número de la ciudad de Granada el día 23 de septiembre del año de 1500, tres días después de que se instituyera el Ayuntamiento de la capital ^K Contaba a la sazón cincuenta años de edad. Posteriormente le sucedieron en ^^ El tratamiento «miçer» que adoptó y el propio nombre de Ambrosio hacen pensar a López de Coca (comunicación personal) que su padrino de bautismo fuera de origen italiano, extremo en nada extraño, ya que, según Ladero Quesada, M. A., "Nóminas de conversos granadinos", J. E. López de Coca (éd.). Estudios sobre Málaga y el Reino de Granada en el V centenario de la conquista, Málaga, 291-311, 297, se encuentran mercaderes genoveses ejerciendo de padrinos en la zona y por los mismos años. Casualmente hemos encontrado entre la nómina de italianos mercaderes estudiados por Obra Sierra, J. M., Mercaderes italianos en Granada (1508-1512), Granada, 1994, a un miçer Ambrosio de Spíndola (doc. 1) y a un Ambrosio de Cavali (doc. 56) que bien pudieran haber aceptado el apadrinamiento. Esta identificación quizá podrá comprobarse cuando Ladero Quesada edite las nóminas bautismales de la época, proyecto en el que trabaja desde hace tiempo. ^'' En sus distintas variantes de escritura latina: Anbrosyo o Anvrosyo, Xarafí, Xarafín, Xarafil, Jarafi, Gerafí y Yarafi.'^^ En el año de 1506, Ambrosio Xarafí manifíesta que contaba a la sazón 56 años de edad en el famoso pleito sostenido por los infantes don Femando y don Juan de Granada (López de Coca, "Granada en el siglo xv", 612, 640 y López de Coca, "El trabajo de mudejares y moriscos", 134). ^^ Obra Sierra, J. M., "Aproximación al estudio de los escribanos públicos del número en Granada (1427-1520)", Ostos Salcedo P. y Pardo Rodríguez, M. L. (eds.). El notariado andaluz en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna, Sevilla, 1995, 136. ^° López de Coca, "Granada en el siglo xv" y López de Coca, "La emigración mudejar". ^' A.G.S., R.G.S. (Galán Sánchez, A., Los mudejares del Reino de Granada, Granada, 1991, 394, n. Junto a él lo fueron también el citado Alonso Fernández de Mora, y Juan (o Femando) de Morales, hijo de Yahya el Fistalí, con igual cargo, todos ellos personajes ligados también al mundo de la tmjamanería. En ese momento ya existían once escribanías públicas en la ciudad, con lo que pasaron a ser catorce. También en el año 1500 se nombró escribano del número a Femando del Castillo, sobrino de su homónimo, el alguacil morisco colaborador de Purchena, cuyos descendientes constituyen igualmente una saga de escribanos. En 1503, se añadiría a esta nómina Antón Andrés el Baztí, también morisco (Galán Sánchez, Los mudejares, 395 y Obra Sierra, "Aproximación", 135). Esto, sin contar con otros escribanos moriscos que ejercieron fuera de la capital. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es el cargo sus hijos Bernardino, escribano de los del número como él, a más de escribano de sus majestades y romanceador de los textos que dan pie a estas páginas, e íñigo Xarafí, escribano del rey ^^. No encontramos, pues, ante un caso claramente precursor del de Gonzalo y Alonso Fernández Gabano -^padre e hijo-, los Fustero o Juan Fernández Albotodo, todos escribanos públicos moriscos de la ciudad de Granada, aunque ya de mediados del siglo XVI, de algunos de los cuales tenemos noticia documentada de que también ejercieron en ocasiones como intérpretes ^^. Así pues, todo parece indicar que miçer Ambrosio Xarafí no es otro que el «alfaqui Hamete Xarafí» ^^, de origen mudejar castellano que podría remontarse hasta los Xarafí de Toledo, pariente -posiblemente hijo-de Alí Xarafí, el «yntrépetre e truxamán mayor de la letra e lengua aráuiga e morisca» del Reino de Murcia hasta el año 1476. Hamete, por tanto, debía de tener unos veintiséis años al momento de cesar Alí, con quien es de suponer que aprendió el ofício en el Reino de Murcia siguiendo la larga tradición de la trujamanería mudejar. Instalado en Granada, y atraído por las posibilidades que ofi*ecía la nueva situación, habría colaborado con los conquistadores -como tantos otros-lo que le valió el cargo de intérprete del Concejo de Granada y, tras su conversión, que presumiblemente tuvo lugar en el año 1500, el de escribano público de los del número, es decir, los que probablemente eran los puestos de mayor grado a que podía aspirar en el Concejo, primero, y A)mntamiento, después, de la capital granadina. Se trata, por tanto, del romanceador ofícial de la época, del mismo modo que después lo fueron Juan Rodríguez y Alonso del Castillo. El dato de su origen mudejar no granadino no debe ser inadvertido. No caben muchas dudas, pues, de que al insta-^^ También conocemos la existencia de su hija Guiomar Xarafía, a la cual desposó el 11 de diciembre de 1508 con Juan de Rojas, albañil, vecino de Granada, mediante una dote de 150.000 maravedíes (Osorio Pérez, M. J., "Aproximación al status socio-económico de la mujer morisca a través de los protocolos granadinos: fuentes para su estudio", Actas del IV Simposio Internacional sobre Mudejarismo: Economía (17-19 septiembre 1987), Teruel, 1992, 667-75, doc. 1). ^^ Véase al respecto García Pedraza, Actitudes ante la muerte, t. 1, 332 y ss. ^^ Esto mismo parece sugerir López de Coca, "El trabajo de mudejares" y "La emigración mudejar". Siendo así, no podemos estar de acuerdo con Galán Sánchez, Los mudejares, 1991, 394-395, quien considera el nombramiento de Ambrosio Xarafí entre las medidas adoptadas por las autoridades granadinas para integrar a los mudejares del Rei-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es larse en Granada en los últimos años de la década de los ochenta su intención no era la de servir a los nazaríes sino, más bien, la de iniciar unas labores de intermediación -si no de espionaje-que se sucederían en las personas de sus hijos a lo largo de la primera mitad del siglo XVI. Nos encontramos, en definitiva, con un representante destacado del grupo de «alfaquíes» que, junto a la nobleza nazarí y ciertos mercaderes adinerados, se integran sin ambages en la vida social y económica de la ciudad. Los romanceamientos de 15 de abril de 1496 y 5 de agosto de 1497 no son las únicas pruebas documentales de la dedicación de Mámete-Ambrosio Xarafí a la traducción e interpretación desde mediados de los años noventa del siglo XV ^^ Sabemos, por ejemplo, que en el mismo período colaboró con Juan de Porras, tesorero de Vizcaya, en las pesquisas realizadas con objeto de averiguar el paradero de bienes de la casa real granadina, tarea en la que romanceó diversas escrituras ^^. Debió de tratarse de una labor a él encomendada en calidad de trujamán del Concejo granadino, pero la importancia del encargo muestra una vez más la confianza en él depositada por parte de las autoridades castellanas. En este último documento, miçer Ambrosio se declara «escriuano del Rey y de la Reyna, nuestros Señores, y Escriuano público de los del Número de la dicha çibdad» (es decir, de Granada). Concurrían en él, por tanto, los cargos de escribano del rey y del número, como también ocurría en el caso de Juan Rodríguez, lo que le proporcionaba sin duda una capacidad de actuación muy amplia. A los seis romanceamientos citados debemos sumar otros seis editados en la segunda mitad de los años noventa y fechados entre julio de 1503 y octubre de 1506, correspondientes a originales de entre 1449 y 1477, además de ^^ Al parecer, los nuevos escribanos moriscos de Granada disfrutaron de la posibilidad de delegar la escribanía hasta que adquirieran suficientes conocimientos de la lengua castellana (Galán Sánchez, Los mudejares, 394). No debió ser el caso de Ambrosio Xarafí. ^^' López de Coca, "Granada en el siglo XV", 612. ^^ González Falencia, "Documentos árabes del Cénete", doc. 4, 363, transcribe el nombre del romanceador como «Ambrosio Parasy». Debe de tratarse de una lectura defectuosa. ^^ Garrido Atienza, Los alquézares de Santafé. http://al-qantara.revistas.csic.es cincuenta y siete escrituras de compraventa -^muy escuetas-levantadas entre mayo y octubre de 1492 por las que Gómez de SantiUán había adquirido tierras en Chauchina (Granada), romanceadas el 21 de agosto de 1503 por Ambrosio Xarafí y Alonso Venegas, «Trujamán mayor de sus Altezas» ^^. En total, por tanto, casi setenta romanceamientos editados. Su actividad como notario fue también muy intensa, como en general la de todos los escribanos moriscos de la capital. Prueba de ello la tenemos en sus protocolos, heredados tras su renuncia por su hijo y, a la muerte de éste, depositados el 25 de noviembre de 1521 por la esposa del primero y madre del segundo, doña Mayor de Mendoza Xarafía, ante el escribano público del número Juan de la Rentería. En total, diecinueve registros de escrituras públicas ^^. Desgraciadamente no se han conservado, pues fueron pasto de las llamas que asolaron el Archivo de Protocolos de Granada en la navidad del año de 1879 ^\ pero sí disponemos de numerosas referencias a escrituras otorgadas, tanto por Ambrosio como por Bernardino obrantes, sobre todo, en los registros de los escribanos de Granada Juan Rael, Juan de Alcocer y Gaspar de Arias ^^. A ello debemos sumar, en palabras de Obra Sierra, «sus intervenciones como trujamanes, en las cuales no se limitan a la mera traducción al castellano de documentos escritos en letra arábiga, sino que actúan dando fe, como escribanos públicos que son, de la fidelidad del traslado con el original». Por último, es prueba de la importante posición que debió ocupar entre los escribanos de la ciudad, y de la confianza que en él se depositaba, una carta del licenciado Morillas, dirigida a su Alteza y fechada el 15 de julio de 1548, en la que aquél da noticia de las dihgencias ^^ Jiménez Alarcón M. y C. Alvarez de Morales, "La huerta del Rey Moro. Noticias de la Granada Nazarí a través de los documentos romanceados", Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 10 (1997), 115-131; Peinado Santaella, R,, "Una aportación documental sobre el poblamiento, el paisaje agrario y la propiedad de la tierra de dos alquerías de la Vega de Granada: Chauchina y el Jau a finales del período nazarí", Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 10-11 (1996-1997), 19-92. (Obra Sierra, "Aproximación", 136). 9' García Pedraza, Actitudes ante la muerte, t. A éstos cabe añadir al menos los dos publicados por Espinar Moreno, "Escrituras árabes romanceadas", does. 5 y 6, que este investigador presenta en la introducción como traducciones pero que -a nuestro juicio-no son tales sino escrituras otorgadas ante Ambrosio Xarafí en su calidad de escribano público. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es practicadas a fin de hallar copia de las capitulaciones para la entrega de Granada, y en la que leemos lo siguiente: Se an hecho las diligencias que conbenian para aver la capitulación original que hizieron los Reyes catholicos nuestros Señores con muley baudili el zagal, Rei que fue desta ciudad de granada al tiempo que este rreyno se conquistó, de que ninguna rrazón Sea hallado en los hijos y herederos de ambrosio Xarafí, Scriuano público que fue desta cibdad, ni en los offíciales que rresidieron en su oficio, ni Scribanos que Subcedieron en Sus rregistros y Scripturas [...] y por dicho de un Scribano que fiíe su official paresce que antel ambrosio Xarafí se traxo un priuilegio original, abrá treynta años, que se le dio el Rey baudili de granada para que el Xarafí sacase un traslado Signado ^^. Que tres miembros de una misma familia --Ambrosio, Bernardino e íñigo-fiíeran escribanos no es inusitado ^^. Son muchos los ejemplos que demuestran, en cualquier caso, que era éste un oficio al que se accedía fundamentalmente a través de la renuncia de un escribano anterior, no siendo raras las renuncias a favor de familiares. En el caso que nos ocupa, Ambrosio Xarafí renunció a favor de su hijo Bernardino en noviembre del año 1510, a lo que siguió el nombramiento de éste el catorce de diciembre del mismo año ^^, es decir, después de una dedicación profesional de diez años 9^. ^^ Editada por Garrido Atienza, Las capitulaciones para la entrega de Granada, Granada, 1910(edición facsímil. ^^^ Otros ejemplos aparecen referenciados en Obra Sierra, "Aproximación", 140-141, y en García Pedraza, Actitudes ante la muerte, t. 9^' El hecho de que Bernardino se hiciera cargo de la escribanía de su padre, incluidas las labores como romanceador, explica ciertos fenómenos que indujeron a investigadores anteriores a considerar que se trataba de una sola y la misma persona. En esta dirección parece pronunciarse, por ejemplo, Garrido Atienza, M., Los Alquezáres de Santafé, 13 y n. 1, quien atribuye a un error de copia la aparición del nombre de Bernardino Xarafí en la parte dispositiva de la sentencia fechada el 30 de julio de 1530 -^nada menos que treinta años después-a la que daría lugar la traducción del año 1502 realizada por Ambrosio tal y como reza en la traducción original suscrita por éste así como en el cuerpo de la sentencia (nótese igualmente que la atribución de la traducción original de este documento a Bernardino Xarafí en lugar de Ambrosio Xarafí hecha por Espinar Moreno en el estudio preliminar a la edición facsímil de esta obra, pp. L y LV-LVI, es errónea). El parecer de Garrido Atienza tiene precedentes. «Bernardino o Ambrosio Xarafí» aparece citado, como si de una sola persona se tratase, como fuente de arabismos en el Glosario Etimológico de las palabras españolas de origen oriental de L. Eguilaz y Yangüas, Granada, 1886. Así ocurre, por Aunque el nombramiento de Bernardino está fechado en 1510, como decíamos, su aprendizaje e inserción en el oficio es anterior, como también en el caso de su padre y, como veremos a continuación, en el de su hermano íñigo. Así, consta que ya en los años 1506 y 1508 Bernardino Xarafí, al que se califica de «vezino desta dicha çibdad» (de Granada se entiende) actúa como testigo en sendas escrituras protocolizadas por Ambrosio 9^. Sus primeras actuaciones como romanceador fehaciente, por tanto, debieron seguirse del nombramiento como escribano del número de 1510, puesto que no nos consta nombramiento anterior que le habilitara para ello (ñ*ente a lo que veíamos en el caso de su padre). En cualquier caso, las primeras pruebas documentales conservadas de su labor en este campo son posteriores al año 1510. Concretamente, cuatro traslados de fecha 16 de agosto de 1514 y dos de 26 de junio de 1515 ^^ en los que se declara «Escrivano de la Reyna e del Rey, su fijo, nuestros Señores, e Escrivano publico de Número de la dicha çibdad de Granada». Como en el caso de Ambrosio y de Juan Rodríguez, también en él coinciden ambos nombramientos. Esta leyenda se repite en los documentos de 1517 que aquí editamos y aparece resumida en otro documento del mismo año como «Escribano público de esta ciudad» ^^. Las últimas actuaciones como romanceador conocidas se remontan al 5 de mayo de 1518, cuando actúa como romanceador de varios documentos relativos al reparto de aguas del río de la Ragua ^o^, donde le asisten como testigos -entre otros-el citado Miguel de León, Francisco Jiménez y Juan de Velasco Albarracín, y al 31 de julio de 1521, fecha en que traslada cinco romanceamientos de originales del siglo xm 101. ejemplo, al consignar la voz «adul», que Comente, F., Diccionario de arabismos y voces afines en iberorromance, Madrid, 1999, s.v., considera «un tecnicismo tardío, no anterior a las empresas norteafricanas», cuando en realidad ya se usaba en las traducciones fehacientes del siglo XVI, más concretamente en las de los Xarafí. 5 y 6. ^^ Santiago, "Algunos documentos arábigo granadinos". ^^ Alvarez y Jiménez, "Pleitos de agua en Granada". •°^^ Espinar Moreno, M. y M. D. Quesada Gómez, "El regadío en el distrito del Castillo de Sant Aflay. Noticias sobre el regadío y la agricultura en los alfoces de Marchena y Alboloduy según documentos notariales árabes y castellanos (1226-1527)", Revista del Centro de Estudios Históricos de Granada y su Reino, 1 (1993), 85-128. Apuntábamos antes que los protocolos de Ambrosio y Bernardino fueron depositados el 25 de noviembre de 1521 por doña Mayor de Mendoza Xarafía ante el escribano público del número Juan de la Rentería. Podemos deducir, por tanto, que Bernardino falleció entre el 31 de julio de 1521, fecha del último romanceamiento conocido, y el 25 de noviembre del mismo año. Para terminar con esta saga de traductores, los romanceamientos de Bernardino editados incluyen desde el año 1514 ^02^ inclusive los dos que aquí editamos, referencia a otro miembro de la familia, íñigo Xarafí, hermano de Bernardino, el cual, al igual que antes hacía Bernardino con su padre, actúa como testigo de los traslados. Efectivamente, íñigo, heredero de la tradición familiar, está aprendiendo el oficio de manera paulatina. Frente a lo que ocurre con Ambrosio y Bernardino, es muy poco lo que conocemos sobre las actividades profesionales de íñigo, lo cual parece lógico si tenemos en cuenta las limitaciones que la ley impone a los escribanos del rey a la hora de poder desarrollar su profesión allí donde había nombrados escribanos del número. No obstante, sorprende que las pocas referencias profesionales que de él disponemos sean, precisamente, elevando a escritura pública actos que legaknente estaban fuera de sus competencias, concretamente unas escrituras de compra-venta y obligaciones de pago -efectuadas entre moriscos-incluidas en un pleito entablado entre los escribanos del rey y los del número de la ciudad'^^. Parece seguro que íñigo no heredó el cargo de su hermano: primero, porque a Obra Sierra no le consta documentalmente tal extremo, y, segundo, porque en ese caso doña Mayor de Mendoza Xarafía no hubiera depositado los protocolos de su esposo e hijo en otra escribanía distinta a la de íñigo. •"^ Santiago, "Algunos documentos arábigo granadinos", does. Estudio traductológico de los documentos editados No son pocas las dificultades que se nos presentan al abordar el estudio traductológico de los romanceamientos fehacientes del siglo XVI, y los dos documentos con que ilustramos nuestro trabajo no son una excepción. Por un lado, prácticamente en ningún caso disponemos de los originales árabes, salvo cuando se trata de romanceamientos en el ámbito de las relaciones internacionales, lo que escapa a nuestro objetivo principal en este trabajo. Aun cuando no nos resulte difícil reconstruir los originales -al menos sus elementos más repetidos, como se podrá comprobar en el apartado posterior relativo a la evolución de las equivalencias de traducción--a la vista de las escrituras granadinas en árabe editadas, y de la experiencia acumulada en la traducción y estudio de este tipo de textos, tal ausencia supone un obstáculo metodológico importante, mas no insalvable ^^4. A ello se suma el gran inconveniente que supone describir, estudiar y comparar traducciones a partir de ediciones de los traslados realizadas -como hemos visto-con otros fines. Ediciones que, en no pocas ocasiones, son parciales y en las que se han suprimido todas las leyendas de traductor u obviado el contexto documental en el que se describen las circunstancias que han dado lugar a los romanceamientos. Sin olvidar el desconcierto que nos provoca la lectura de ediciones de textos en los que el traslado ha sido seccionado en distintas partes y publicado en orden cronológico, rompiendo la lógica interna del expediente en el que se insertaban y dislocando la coherencia del texto ^0^. Además, las ediciones de un mismo texto elaboradas por investigadores diferentes demuestran las vacilaciones -acaso insalvables-en las transcripciones de estos documentos ^o^.' ^' ^ Como señala Peña, S., "El traductor en su jaula", 20, valorando el acierto de la aportación de los trabajos del traductólogo G. Toury, «los estudios descriptivos de traducciones pueden desarrollarse aun en ausencia (incluso por inexistencia) de los originales». ^°^ Para este último caso véase, a modo de ejemplo, Espinar, "Escrituras árabes romanceadas" y "Escrituras árabes inéditas". De todos modos, hay que felicitarse también por la existencia de ediciones ejemplares como las de Malpica y Trillo, "Los infantes de Granada".'^^ Sobre este particular llaman la atención las lecturas divergentes en algunos fragmentos del mismo documento realizadas por Espinar, "Escrituras árabes romanceadas", (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es A todo ello debemos añadir que no disponemos siempre de ejemplos de traducciones de un mismo tipo textual (actas de compraventa, por poner un caso) realizadas por todos o la mayor parte de los traductores fehacientes del momento, exceptuando el caso de Juan Rodríguez, del que prácticamente se han editado hasta el momento romanceamientos de casi todo tipo de documentos. De todos modos, y aun cuando podamos tomar como punto de referencia para el estudio comparado varios traslados de mano distinta correspondientes a un mismo y único tipo textual, resulta mucho más difícil que las fechas de los romanceamientos nos permitan establecer el modo en que los patrones de traducción del árabe al castellano evolucionaban en este momento crucial. Con todo, es posible sacar algunas conclusiones provisionales, que son las que exponemos en las páginas que siguen. Romanceamientos comparados y ámbito cronológico Hemos adoptado dos criterios fundamentales a la hora de elegir los textos a comparar de entre el conjunto ya numeroso de romanceamientos granadinos editados. Primero, por razones obvias, romanceamientos próximos cronológicamente a los dos editados. Segundo, era preciso también tomar un punto de referencia de fecha más avanzada en el siglo XVI a fin de establecer la posible evolución de los modos de traducir fehacientes en ese período fiíndamental de la historia de la traducción del árabe al castellano. Para esto último, hemos elegido los romanceamientos de instrumentos notariales de Alonso del Castillo, traductor de cuya trascendencia no cabe la menor duda' o^. Y tercero, y finalmente, el modo de traducir fehaciente del árabe en la actualidocs. 1, 2 y 3 y Alvarez de Morales y Jiménez, "Pleitos de agua en Granada", does. 4.1, 4.3, 4.4, así como las supresiones de partes del expediente hechas por unos y otros investigadores.' ^^ Desgraciadamente, no disponemos de traducciones de instrumentos notariales realizadas por Diego de Urrea, otra gran «estrella» del momento en el ámbito de la traducción. En tomo a la biografía de Diego de Urrea, véase Rodríguez Mediano, F. y García-Arenal, M., "Diego de Urrea y algún traductor más: en tomo a las versiones de los Plomos", Al-Qantara, XXÜI (2002), 2, 499-516, y Rodríguez Mediano, F., "Diego de Urrea en Italia", Al-Qantara XXV ( 2004 dad, lo que se justifica, por un lado, si tenemos en cuenta que el origen de este modo de traducir actual se encuentra, justamente, en el periodo aquí contemplado, y, por otro, que desde la perspectiva de los estudios de traducción -que es, no lo olvidemos, de la que parte este trabajo-los romanceamientos del siglo XVI y las traducciones juradas del siglo XX conforman un objeto unitario y homogéneo. En resumidas cuentas, y en orden cronológico, los romanceamientos comparados con los textos aquí editados son los siguientes: « Ambrosio Xarafí, romanceamiento de 1502'^o. ® Ambrosio Xarafí, Miguel León y Alonso Venegas, romanceamientos de 1506 ^^K La traducción verbo ad verbum y la traducción-resumen de contenidos En general, e independientemente del lugar de ejecución, las traducciones fehacientes de los siglos XV y XVI muestran dos modos de Operar perfectamente diferenciados: la traducción verbo ad verbum y la traducción-resumen de contenidos ^^^. La forma de traducción verbo ad verbum, según la expresión utilizada por varios de los romanceadores de la época ^^^, o literal, como diríamos hoy, se identifica comúnmente -siempre en el ámbito de la traducción fehaciente-con la utilizada para trasladar los textos redactados por fedatario público musulmán bajo la égida del Estado islámico y que, debiendo hacer prueba también ante el nuevo Estado imperante, son traducidos fehacientemente a fin de ser remitidos y protocolizados ante notario cristiano o trasladados a los tribunales seculares. En algunos casos, se identifica también con el modo seguido al trasladar escrituras levantadas en lengua árabe ante escribanos públicos de arábigo tras la conquista castellana ^' ^. La traducción-resumen de contenidos, por su parte, se identifica principalmente con los traslados destinados a los Tribunales de la Santa Inquisición ^^^. Para el Inquisidor, traducir literalmente los documentos árabes requisados no resultaba práctico; es más, resultaba de todo punto improcedente. Lo que interesaba en este caso era resumir su contenido entresacando aquellos puntos de interés para la acusación. El modo de proceder de Bernardino Xarafí en los romanceamientos objeto de nuestro estudio -dos escrituras notariales-es, por tanto, el común a todos sus contemporáneos: una traducción verbo ad verbum. Insistimos en que tratamos aquí de la traducción fehaciente, y no de ningún otro tipo. De hecho, efectivamente, la traducción verbo ad verbum también se utilizó en ocasiones en la traducción del texto coránico.''^ Respecto a este concepto en el ámbito de las traducciones cristianas y su relación con la traducción de la Biblia, véase Morreale, M., "Apuntes para la historia de la traducción en la Edad Media", Revista de Literatura, 29/30 (1959), 10. Se trata de la misma fórmula utilizada a la sazón por los escribanos, tanto seculares como eclesiásticos, cuando trasladan un documento o transcriben una deposición. ^'^ Como podemos ver ilustrado en algunas de las actas editadas por Espinar, "Escrituras árabes romanceadas". ^'^ En general, para la actuación de traductores e intérpretes de árabe en la Inquisición valenciana, véase Labarta Gómez, A., "Notas sobre algunos traductores de árabe en la Inquisición valenciana". Como podemos comprobar a la vista de los romanceamientos editados, son muchos los puntos en común entre el modo de proceder de los traductores fehacientes del siglo XVI y el de los traductores jurados actuales. Algunas de estas coincidencias saltan a la vista. Otras no son tan fácilmente perceptibles para el traductor actual. Entre las coincidencias evidentes destacan las fórmulas con las que principia y concluye la traducción, similares a las utilizadas por todos los traductores de la época y muy parecidas a las actuales en su contenido básico (naturalmente, debemos salvar las distancias introducidas por la evolución lingüística). No obstante, observamos desde el siglo XVI hasta la actualidad una clara tendencia hacia la concisión. Así, Bernardino Xarafí comienza los romanceamientos que editamos con la fórmula: Este es traslado bien e fielmente sacado de una carta de vendida escrita en papel en letra araviga firmada de dos alfaquíes escrivanos públicos segund por ella paresçia la qual tornada en lengua castellana dize en esta guysa lo que actualmente hubiera quedado en: «TRADUCCIÓN JURADA (De un contrato original de compra-venta, del árabe)», o se habría comenzado con el cuerpo de la traducción directamente. El mismo traslado, por otra parte, termina con la siguiente leyenda: Fecho e sacado fue este dicho traslado de la dicha carta de vendida de arávigo original en la muy noble nombrada e grand çibdad de Granada a treinta días del mes de diziembre año del nasçimiento de nuestro Salvador Ihesuchristo de mil e quinientos e diez e siete años [...] Eyo Bernaldino Xarafí escribano de la Reyna e del Rey sufijo nuestros señores, es crivano publico del número de dicha çibdad de Granada e su tierra presente fui en uno con los dichos testigos al leer e concertar este dicho traslado con la dicha carta de vendida de arávigo original la qual señale e estofize escribir epor endefize aquí este mió signo (rúbrica) en testimonio de verdad. Escrivano publico lo que hoy quedaría, por imperativo legal, como sigue: «Yo, Bernardino Xarafí, Intérprete Jurado de Lengua Árabe, certifíco que la presente es traducción fiel y completa del documento en árabe a mi presentado». En cualquier caso, el modo de proceder de Xarafí es en este sentido, una vez más, el común a todos sus contemporáneos. Identificación de las escrituras originales Como podemos observar en los dos documentos editados, Bernardino Xarafí afirma en la leyenda de traductor que «señaló» las cartas de vendida originales, esto es, las firmó, permitiendo con ello identificar los originales que estuvieron a su vista y en base a los cuales realiza el romanceamiento ^^^. Es curioso comprobar cómo Xarafí procede también en este punto del mismo modo que lo haría un traductor jurado actual. Xarafí no es el único que actúa así. Pese a que la mayor parte de los originales árabes de estas traducciones se han extraviado, González Falencia, al editar ciertos documentos nazaríes ^^i, señala que están firmados por Juan Rodríguez, quien los romanceó entre los años 1537 y 1549 (ojalá lleguen a aparecer algún día los romanceamientos). Y disponemos aún de más pruebas de este modo de proceder ^22. Podemos colegir, pues, que también este modo de actuación era común a todos los contemporáneos de Xarafi. Una habilidad imprescindible para todo romanceador de la época era la capacidad para convertir las fechas de la hégira al calendario gregoriano. Se trata de una habilidad técnica que mantuvo su importancia hasta mediados del siglo XX y que hoy prácticamente ha caído en desuso: primero, porque la documentación jurídico-administrativa de los países árabes suele -excepto casos contados, como el de la documentación saudí-aportar fecha de la hégira y fecha gregoriana;'^° Aunque las actas árabes que acompañaban este expediente se encuentran en mal estado de conservación, no se aprecia en principio que el romanceador las haya «señalado», una prueba más quizás de su nula conexión con los romanceamientos editados.'^' González Falencia, "Documentos árabes del Cénete".' ^^ Cfr. por ejemplo, la lámina II en Malpica Cuello, A. y Rodríguez Lozano, J. A., "La alquería de Cázulas y la tierra de Almuñécar a finales del siglo xv (Notas y documentos para su estudio)", Estudios de Historia y Arqueología Medievales, 2 (1982), 71-89, donde aparece la firma de Juan Rodríguez. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es y segundo, porque hoy existen medios técnicos en la red que hacen innecesaria una habilidad tal. No obstante, los mejores traductores de árabe demostraban a la sazón no dominar esta técnica. Este es un punto en el que las alteraciones no tienen nada de hipotéticas ni de proteicas. Así, y por sólo poner algún ejemplo de romanceador de cuya pericia no cabe dudar, Alonso del Castillo yerra en seis años en la conversión que obra en su traducción de diecisiete de enero de 1559, y en siete, en la fechada el diecisiete de marzo del mismo año ^^3. Y, por si fuera poco, en la traducción de un estandarte musulmán antiguo llevada a cabo en el año 1582, se equivoca en la conversión de fechas en unos veinte años ^^4. También Alonso de Herrera yerra en diez años en la conversión de fechas del acta que traduce el treinta y uno de diciembre de 1508 ^^^. Bernardino Xarafí fiíe también en esto similar a sus colegas. En las actas que editamos acierta en este punto, aunque sólo convierte el año: gran virtud en un traductor saber esquivar con disimulo. Sin embargo, no muestra la misma pericia en los traslados editados por Espinar y Quesada ^^^. La asistencia de escribiente y testigos El acto de la traducción fehaciente era considerado solemne en el siglo XVI, de igual modo que lo era, y sigue siendo, el del levantamiento de una escritura ante notario. En la actualidad únicamente se mantiene la solemnidad formal en la interpretación o traducción a la vista realizada por fedatario público en traducción en el acto de una vista oral o en una comparecencia ante notario. Y ello, no por el acto mismo de la traducción, sino en virtud de que dichos actos son solemnes en sí mismos. Así pues, hoy no es preciso en modo algimo que el acto de traducir sea llevado a cabo por el traductor jurado de manera •^^ Espinar, "Escrituras árabes inéditas". ^'^^ Cabanelas, El morisco granadino, 163. Esto a Cabanelas le parece «cosa un poco sorprendente, puesto que en la reducción de fechas Alonso del Castillo suele acercarse bastante a la realidad». Esta afirmación, pues, debe tomarse con precaución.' ^-^ Espinar, "Escrituras árabes inéditas", 352. ^-^ Espinar y Quesada, "El regadío en el distrito". http://al-qantara.revistas.csic.es solemne y ante la presencia de testigos o de notario o secretario judicial. En todo caso, se exigirá al traductor ratificar la prueba en el acto del juicio, si fiíere el caso. En el siglo XVI, sin embargo, no cabía acto de traducción fehaciente que no reuniera todas las formalidades comunes al acto de levantar escritura pública ante notario. Esto explica el que obligatoriamente debieran asistir un mínimo de dos testigos en unidad de acto al momento de romanzar, que era también lo obligado al levantar escrituras originales. Como era costumbre en Castilla, también en Granada solían compartir tienda de escribanía dos escribanos del número, que se apoyaban mutuamente. Los meros escribientes, varios por cada tienda, desempeñaban tales funciones a veces durante años, lo que permite entender por qué los protocolos se deben a una misma mano durante períodos muy largos, y, también, la confianza que se depositaba en ellos haciéndoles desempeñar labor de testigos o apoderados de los actuantes ^^7. Que este requisito resultaba imprescindible en las escribanías es asunto del que no cabe la menor duda. Empero, cabe preguntamos hasta qué punto lo era también para la validez de los romanceamientos levantados por escribano público y si las funciones de los testigos en estos casos eran exactamente las mismas que si se tratara del levantamiento de una escritura común. La respuesta a la primera de estas cuestiones es clara: si se incumplía dicho requisito, la traducción podía ser invalidada. Entre los diversos ejemplos que lo prueban tomaremos el siguiente: Como es sabido, tras la conquista se plantearon un gran número de pleitos relativos a los límites de jurisdicción de los diferentes concejos municipales a raíz de los intereses ventilados en los repartimientos. En general, se trató de mantener la situación existente durante el período nazarí. Por ello, la documentación árabe romanceada resultaba crucial. El ejemplo al que nos referimos se enmarca en esta interminable serie de conflictos, concretamente en el que enfi-entó a las localidades de Málaga y Ronda respecto a la jurisdicción sobre la Sierra de las Nieves. El máximo argumento del concejo malagueño fue entonces, un viejo documento árabe, traducido posteriormente, y al que Ronda se niega a reconocer validez alguna, afirmando que se trata de ima traducción efectuada sin es-^-^^ Obra Sierra, "Aproximación", 146. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es tar presentes vecinos de la capital serrana y que, además, en dicho documento no se especifica para qué se hizo el apeamiento en él contenido, si participaron en el mismo moros de Ronda y si se hizo a solicitud suya y con su consentimiento'^^. De la cita parece desprenderse la necesidad de la presencia de testigos en el acto de romanzar, por una parte, y por otra, que éstos podían tener una función de control del romanceador. No obstante, lo cierto es que en ocasiones no parece nada claro cuál es la causa de esta exigencia y las funciones de los testigos. Es posible, puesto que los traductores no siempre disfrutaban de un nombramiento que les permitiera otorgar fe pública incontrovertible, que la razón de la presencia de la otra parte, los testigos y el escribano estuviera destinada en este supuesto a ejercer un control efectivo del buen hacer del traductor. Cuando la otra parte estaba presente, es de suponer que iría acompañada de perito, o que los mismos testigos conocían la lengua árabe. En un romanceamiento de Juan Rodríguez fechado en 1536, por ejemplo, se afirma que «los que lo corrigieron con su original e los hallaron conformes eçebto algunas partes que en el original se avian despintado e quedan aquí en blanco segund sera dicho» ^2^. A veces, incluso, testigo y romanceador coinciden. Así, en un acta de venta fechada en Motril el 9 de junio de 1498, actúa «Francisco de Almuñécar, lengua y testigo» ^^o, aunque, a continuación, aparecen otros dos testigos más, aparte del escribano. En otros muchos casos sabemos que el testigo en el acto de la traducción es una autoridad de moros -^reconocida, en época mudejar, o no reconocida, en época morisca-con conocimientos de árabe y derecho islámico; aunque no siempre con conocimientos de castellano. Así, en un romanceamiento firmado por el alfaqui Xarafi -^Ambrosio, si estamos en lo cierto-leemos lo siguiente: Lo qual todo mirado y deslindado por el noble y virtuoso y sabio Çidi Mahomad el Pequenni, mandó all alfaqui Xarafí que delante del leyese e fízole leer todo el aravigo susodicho e lo romançase, y si en algo de su sentencia duda oviese, la sennalase. E todo ansi por mi el dicho alfaqui Xarafí, fue todo por verdad sacado en testigo de lo qual firmo aqui en mi nombre de la de aravigo robliqué desta rubrica. Vala'^^ Por el tenor de la leyenda se advierte que el El Pequeñí, Alcadí Mayor de los mudejares granadinos bien conocido, impuso un control estricto al traductor en lo que a su dominio del árabe se refiere, pero no podía trasladar ese control al texto romanceado. En cualquier caso, parece más que probable que la exigencia de testigos es una transposición al mundo de la traducción de los usos comunes en las escribanías. De igual modo podemos interpretar la presencia de un escribiente en el acto formal de la traducción como un reflejo de los modos de operar en las escribanías públicas de la época. Recordemos que Bernardino Xarafí afirma en los dos documentos objeto de estudio «romancé e la fize escribir». Así pues, él traduce de viva voz y otro transcribe la traducción, lo que debía ser muy común, como en el caso de los notarios en funciones propiamente notariales. Esto responde, no cabe duda, a una tradición bien asentada desde la Edad Media: los trabajos de Canellas y Trenchs ^^^, por ejemplo, muestran hasta qué punto notarios, traductores, simples escribanos o iluminadores eran asimilados durante los siglos XIV y XV a un mismo grupo de profesionales unidos en la palabra escrita. Los estudios sobre la antigua Escuela de Traductores de Toledo, numerosos y bien conocidos, son también significativos sobre este particular. En general, para terminar con este apartado, debemos indicar que la identificación de los testigos que acompañan a los romanceadores, o en general a los escribanos moriscos de la época, asunto que no ha sido estudiado hasta el momento, nos puede ofrecer en el fiíturo no pocas sorpresas y sabrosos ñutos. Antes nos referíamos a los testigos comparecientes en los romanceamientos aquí editados y cómo su identificación nos permite profiíndizar un poco más en el funcionamiento de las escribanías de la época. Pero veamos otro ejemplo. Decíamos antes que las últimas actuaciones conocidas de Bernardino Xarafi como romanceador se remontan al 5 de mayo de 1518, concretamente a la traducción de varios documentos relativos al reparto de aguas del río de la Ragua'^^ Decíamos también que en aque-'^^ Canellas, A. y Trenchs, J., Cancillería y cultura. La cultura de los escribanos y notarios de la Corona de Aragón (1344-1479), Folia Stuttgartensia, Zaragoza, 1988.' ^^ Espinar Moreno, M. y M. D. Quesada Gómez, "El regadío en el distrito del Castillo de Sant Aflay. Ha ocasión le asistieron como testigos Miguel de León, Francisco Jiménez y Juan de Velasco Albarracín, este último testigo en traslados de Juan Rodríguez a lo largo de muchos años *^4. Estos datos, que en principio no nos dicen nada, adoptan relieves cuando identificamos a dichos testigos. Juan Velasco Albarracín ha sido identificado ^^^ como Ali Albarrazi, morisco de buena familia y reputación que actuó como testigo en las probanzas de los Infantes de Granada cuando contaba treinta y tres años de edad y que, pese a haber necesitado de intérprete en aquella ocasión, como vemos, acabó siendo oficial de varios escribanos. No cabe pensar, por tanto, que su función estuviera relacionada con su dominio de la lengua castellana. Por otra parte, a la vista de un memorial de la época relativo a los alfaquíes granadinos de la etapa mudejar ^^6 podemos deducir que, si se trata del mismo Juan de Velasco, como todo parece indicar, estamos ante quien con anterioridad a su conversión ejercía de alfaqui, almojarife y lector coránico -junto con otros seis alfaquíes-en la Mezquita Mayor de Granada, por todo lo cual cobraba veintiún pesantes en época nazarí, estipendios que perdió en breve. Más compleja es la identificación de Francisco Jiménez. Aunque son numerosos los moriscos que adoptaron dicho nombre, el que aquí nos interesa podría ser cualquiera de los dos alfaquíes homónimos citados en el memorial, antes conocidos como Mahoma Aben Cos y Mahoma Alayçar. Bien pudiera ser el segundo de ellos, pues en época nazarí era escribano y notario también en la Mezquita Mayor. Por último, Miguel de León, quien ya aparecido anteriormente actuando como romanceador, resulta ser también un antiguo alfaqui granadino. Imaginemos la escena: ¡un escribano público ^^'^ A modo de ejemplo, véase la siguiente leyenda: «Lo qual yo el dicho Juan Rodriguez, escrivano e romançador suso dicho, romance en la manera que dicha es [...]. E lo corregí e concerte con el dicho original en la dicha çibdad de Granada a honze dias del mes de abril del dicho año de mili e quinientos e treynta e seys años. Al corregir e concertar lo qual faser concertar por testigos Juan de Velasco Albarrazin e Femand Rodriguez e Gonçalo de las Nieves, vecinos desta dicha çibdad de Granada. E yo el dicho Juan Rodriguez, escrivano, romançador de las escripturas arábigas en esta dicha çibdad de Granada e su reyno por su magestad, romance la escriptura de suso que va escripta en estas syete hojas de papel, e presente fui con los dichos testigos al corregir e concertar con el dicho original que va firmado de mi nonbre. E fize aqui ese sygno en testimonio de verdad. Juan Rodriguez, escribano» (Espinar Moreno, "El reparto de las aguas"), •^^ López de Coca, "Granada en el siglo xv". •^^ Albarracín Navarro, J., "Memorial a propósito de los alfaquíes de la Granada mudejar", Del Moral, C. (éd.). En el epílogo del islam andalusí: la Granada del siglo XV, Granada: Universidad, 2002, 283-306. castellano, alfaqui y descendiente de alfaquies, asistido por tres antiguos alfaquíes de la Mezquita Mayor de Granada, uno de ellos, además, escribano en época nazarí! Letra arábiga vertida a letra de cristianos Apuntábamos antes que, entre los aspectos comunes en la forma de proceder de Xarafí y del resto de los traductores de la época, los hay que resultan evidentes para el hombre de hoy y otros que no lo son tanto. Entre los evidentes, en síntesis, hemos visto las leyendas de traductor, la identificación del original, las conversiones de fechas y la presencia de testigos. Resta un aspecto común al modo de proceder de sus contemporáneos que no ha sido advertido hasta hace poco, probablemente por lo natural que nos parece en la actualidad. Nos referimos al hecho de traducir del árabe al castellano utilizando en la versión de llegada la grafía latina. Este asunto ha sido ya tratado con cierta extensión ^3^, y por ello no vamos a entrar en detalles. Simplemente apuntaremos que, hasta la expulsión de los moriscos, la traducción fehaciente del árabe, ya fuere verbo ad verbum o resumen de contenidos, siempre utilizó grafía latina. Y ello en virtud de las exigencias del destinatario de la traducción, que, por definición, era una autoridad cristiana. Es en este caso en el que reahnente podemos hablar de «romancear». Por el contrario, en la línea de traducción islámica del árabe al castellano, es decir, en la traducción de textos jurídico-reUgiosos para uso de la propia aljama de moros, resultaba prácticamente una exigencia formal la utilización de la grafia árabe, dando lugar a lo que conocemos como «textos aljamiados». En este caso, más que de romancear, debemos hablar de «aljamiaD>. Bernardino Xarafí sigue también en este punto trascendental el modo de proceder común entre sus contemporáneos. Diferencias entre romanceadores y evolución Las traducciones de Bernardino Xarafí aquí editadas, en resumidas cuentas, podrían haber sido fírmadas sin grandes diferencias por'^^ Feria García, M. C, "Los moriscos y el uso de la aljamía". (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es cualquiera de los otros traductores del primer tercio del XVI, a excepción de Femando de Sosa, como veremos a continuación. El romanceamiento, por tanto, equivaldría a la plantilla básica (mental, claro, no informática, como es común hoy) para este tipo de documentos que podría usar en su trabajo cotidiano Ambrosio Xarafí, Bernardino Xarafí, Juan Rodríguez, o incluso el más tardío Alonso del Castillo. Sus traducciones presentan grandes similitudes en cuanto a las opciones de traducción elegidas para cada una de las partes fijas en las que se dividen este tipo de documentos de compraventa (identificación de las partes actuantes, descripción de la finca, precio, fórmula de pago, aceptación de las partes, etc.), así como para las fórmulas-leyendas del traslado, tanto iniciales como finales. Su modo general de enfocar la traducción, verbo ad verbum y en letra castellana, sigue estos mismos modelos comunes. Las razones que explican estas similitudes son, en síntesis, las mismas que podrían apuntarse para los traductores jurados de árabe actuales. Primero, que los traductores aprenden el oficio de otros traductores, anteriores o contemporáneos. Y segundo, que la instancia receptora tenía -y tiene-definidas unas expectativas respecto a los traslados que para el traductor es mejor, en principio, respetar. No obstante, dentro de este modelo común, se aprecian algunas diferencias entre los romanceadores, en especial en opciones que afectan a aspectos retóricos y elementos culturales islámicos, mostrándonos con ello el modo en que la traducción fehaciente del árabe evolucionaba a lo largo del siglo XVI. Expondremos a continuación varios ejemplos significativos de esta evolución. Concretamente, el modo de traducir la basmala y la hamdala, la forma de describir las lindes, la traducción de los títulos honoríficos y epítetos de personas y nombres de lugar, la forma de traducir las fórmulas religiosas aplicadas a personas o lugares y, por último, la mención de que el acto jurídico es conforme a la ley islámica. Como decíamos al comienzo de este trabajo, ninguno de los originales árabes de los romanceamientos que a continuación analizamos se ha conservado; no obstante, a la vista de los textos traducidos y de los modelos originales conservados que no fiíeron nunca -que sepamos-objeto de romanceamiento, no resulta dificil establecer las equivalencias en este tipo de elementos. En el nombre de Dios, el piadoso de la piedad Con el nombre de Dios, nuestro, piadoso, por su misericordia Las loanças (sean) a Dios Con/En el nombre de Dios, piadoso, misericordioso En el nombre de Dios piadoso por su misericordia Con el nombre de Dios, Piadoso e Misericordioso Las/los loores a Dios Con/en el nombre de Dios, piadoso e misericordioso Los loores a Dios Con el nombre de Dios, piadoso y misericordioso A propósito de la basmala, téngase en cuenta que la fórmula elegida comúnmente por los traductores de las versiones aljamiadas del Corán durante los siglos XV y XVI es «En el nombre de Allah piadoso de piedad» ^^^. ^^^ Cfr. por ejemplo las ediciones de Vemet, J. y López Lillo, C, "Un manuscrito morisco del Corán", Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona, 35 (1973Barcelona, 35 ( -1974)) Como podemos comprobar, la evolución general de los modos de traducir fehaciente del árabe en la época muestra una tendencia clara hacia la desislamización de las versiones. La lengua árabe va perdien- do poco a poco su presencia en el texto castellano, y con ella la cultura religiosa y jurídica que subyace a los originales y que tan presente se hacía en las traducciones de la línea islámica (dicho de otro modo, en los textos aljamiados). A esta tendencia, que se acentúa a medida que avanza el siglo XVI, no son ajenos los textos aquí editados, ni su artífice, ni la familia a la que éste pertenece. La tradición medieval -o mudejar-del oficio sufi-e con ello una evolución acorde a las imposiciones de las instancias receptoras, lo que explica también las vacilaciones y dudas que a veces reflejan estas traducciones. El resultado de ello perduraría -a excepción del movimiento de traducciones del árabe en las plazas de Berbería, que se mantuvo, como éstas en tantos aspectos, un poco al margen de la historia-hasta al menos finales del siglo XVIII ^^^. Las versiones de Fernando de Sosa Mención aparte merecen las traducciones del citado Femando de Sosa, cuyas versiones en castellano, a pesar de realizarse en época cercana a la de los Xarafí o Juan Rodríguez, parecen seguir otros modelos. Sirvan como primer ejemplo las siguientes fórmulas: Con sus derechos e rentas e defendimentos, provechos, entradas e salidas... venta buena, fyrme, estable e valedera por el presçio que es su valor, a saber, por... O sus opciones de traducción para los casos arriba mencionados: En el nombre de Dios, piadoso, misericordioso etc./ Alabado sea Dios/ Alabado Dios El honrado... la bendita... (supresión de otros epítetos) Granada (sin fórmula) Que ha por linderos por la parte del mediodía... del norte... del oriente... del oçidente Conforme a la orden e costumbre/regla del derecho'^^ Respecto al viraje que comienza a producirse en esas fechas en el mundo de la traducción del árabe, véase Feria García, M. C, Peña, S. y Vega, M., "Miguel Casiri y los cambios de actitud", El trujamán, Revista Digital del Instituto Cervantes, 24 de julio de 2002. Incluso para la fórmula final del traslado, más breve que el del resto aunque idéntica en fimción y muy similar en el contenido, sigue un patrón distinto: Fecho e sacado fue este dicho traslado de las dichas dies e seys escripturas aráuigas, segund por ellas paresçe. El qual fue convertido en lengua castellana por mi, el dicho Femando de Sosa, yntérprete de Sus Altesas. El qual se fizo e sacó en la çibdad de Granada, postrimero día del mes de abril año del nacimiento de nuestro Saluador Ihesuchristo de mili e quinientos e seys años, e va cierto. En fee de lo qual lo íyrmé de mi nombre. Lo cierto es que nos hallamos ante un modo de traducir que se diría «adelantado» a su tiempo, en el sentido de que guarda mayores similitudes con las opciones de Alonso del Castillo, por ejemplo, que con las del mismo Ambrosio Xarafí. Y ello pese a que, muy probablemente, Gabriel Ysrael-Femando de Sosa era de muy mayor edad que Ambrosio: baste con recordar la fecha de su nombramiento como Trujamán Mayor del Reino de Murcia. Por consiguiente, resulta difícil explicar estas diferencias con los traductores moriscos simplemente en virtud de una evolución cronológica natural. Antes bien, se diría que existen otros motivos para ello. Quizás, de carácter religioso o, desde otro punto de vista, puede que por ausencia del peso de la tradición trujamanesca islámica mudejar. La edición y estudio de las escrituras andalusíes romanceadas, obra de arabistas e historiadores del tránsito de la Edad Media a la Moderna en la Península Ibérica, nos ha dado a conocer más de doscientos textos de notable interés. No obstante, dicha labor padece claras deficiencias metodológicas derivadas, fundamentalmente, de haberse ignorado la naturaleza primaria de estos textos, que no son sino traducciones. Ello se explica si tenemos en cuenta la escasez de materiales documentales andalusíes originales conservados y la relativa modernidad de los estudios de traducción. En consecuencia, y partiendo de los presupuestos establecidos en áreas de estudio tales como la Traductología y la Historia de la Traducción, llamamos la atención sobre las deficiencias que se observan en dichas ediciones y la necesidad de un mayor rigor en el estudio de las escrituras andalusíes romanceadas. Por nuestra parte, proponemos en este trabajo un acercamiento a dicho corpus fundado en los presupuestos y aparato conceptual aceptados en los actuales estudios de traducción, lo que, a nuestro juicio, permitirá un mejor y más amplio aprovechamiento de dichas fixentes. Este nuevo enfoque se ilustra en este trabajo con la edición y estudio de dos romanceamientos hasta ahora desconocidos llevados a cabo por Bernardino Xarafí en 1517. A fin de enmarcar los dos romanceamientos editados, ofrecemos una breve panorámica de la traducción fehaciente en la Granada del siglo XVI: originales, traducciones, traductores y modos de proceder. Entre los romanceadores hemos prestado especial atención a los Xarafí, familia del romanceador de los documentos aquí estudiados, de gran tradición en el ofício y una de las grandes protagonistas de la historia de la traducción del árabe al español. Desde otro punto de vista, la trayectoria profesional de los Xarafí constituye un magnífico ejemplo del perfil cultural, religioso y sociológico del colaboracionismo mudejar y morisco entre las sagas andalusíes de alfaquíes que, integrados en oficios tales como la escribanía y la trujamanería, desempeñarán un papel trascendental en las relaciones entre cristianos nuevos de moros y autoridades castellanas. Fundándonos en el cotejo de diferentes traslados de seis romanceadores granadinos de la época, así como a la vista de los procedimientos actualmente aceptados en la traducción jurada del árabe al español, hemos llevado a cabo también un análisis traductológico general de los dos romanceamientos editados. En lo relativo a los procedimientos de traducción seguidos por Xarafi, dicho análisis nos ha llevado a concluir que la mayoría de los romanceadores fehacientes de la época -mudejares y moriscostraducía de modo muy similar. Concluimos también que los modos de proceder en el oficio apenas han cambiado desde finales del siglo XV hasta la actualidad, lo que indica: primero, que para esas fechas ya existía una tradición bien (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es consolidada en el campo de la traducción fehaciente del árabe; y segundo, y ante todo, que es en estos traductores, y en sus precedentes inmediatos, donde se encuentran los orígenes de muchos de los modos de traducir que ya hoy pudieran antojársenos cosa inmutable o no sujeta a convención. No obstante, hemos observado también discrepancias entre este modo general de proceder entre mudejares y moriscos y el mostrado por Femando de Sosa, cristiano nuevo de judíos. Ello nos lleva a plantear la hipótesis de que el fenómeno pudiera deberse al diferente origen étnico y religioso del traductor o, por lo mismo, a tradiciones diferentes en el oficio de la tmjamanería. Hemos observado también cómo a lo largo del siglo XVI se produjo una desislamización progresiva del producto de los traslados: supresión de referencias religiosas y culturales islámicas y progresiva pérdida de la presencia de la lengua árabe. Este fenómeno --^n el que, como en otros puntos, también las traducciones de Femando de Sosa resultan sorprendentemente adelantadas a su tiempo-supone una suerte de giro copemicano respecto a la tradición mudejar en la traducción fehaciente del árabe, así como respecto a las traducciones contemporáneas de la línea islámica (en otras palabras, respecto a la literatura aljamiada no original). Esta desislamización alcanza su punto culminante a finales del XVI y se mantiene, cuando menos, hasta finales del XVIII. En síntesis, con este trabajo pretendemos animar el inicio de una nueva vía de investigación que aborde el corpus documental de escrituras andalusíes romanceadas en cuanto que parte de la historia de la traducción del árabe al español, lo que, creemos demostrado, puedo ofrecer frutos novedosos y una mejor fiíndamentación metodológica de la investigación en este campo. Propuesta de un nuevo y complementario enfoque -el traductológicopara el estudio de los romanceamientos granadinos considerados en cuanto que testimonios únicos para la historia de la traducción del árabe ai español y la historia del arabismo en España. Dicho enfoque se lleva aquí a la práctica ilustrado con dos romanceamientos inéditos llevados a cabo en 1517 por Bemardino Xarafí, escribano público y romanceador de la ciudad de Granada y su Reino. La edición de los mismos se acompaña de un amplio estudio traductológico, una (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) AQ, XXVI, 2005 DOCUMENTACIÓN ÁRABE GRANADINA ROMANCEADA 247 panorámica general sobre los Xarafí y otros romanceadores granadinos del primer tercio del xvi y un análisis descriptivo comparado con otros romanceamientos del siglo XVI y con los procedimientos de traducción actualmente aceptados en la traducción jurada del árabe al español.
cubierto de decoración floral y con tres pequeños arcos ciegos de herradura K Estos, a su vez, se «sostienen» mediante columnillas rematadas por cimacios (lámina I). A lo largo de los tres cimacios conservados -en origen hubo cuatro-puede leerse una inscripción árabe muy bien tallada en caracteres cúficos de relieve (figura 1). En 1879, Amador de los Ríos hizo la siguiente lectura del textus receptus de la inscripción: Û^-^P ^^..., que tradujo «... Karim, su siervo», fi*ase que «parece aludir al artista que labró este fi 'agmento» 2. A * El presente trabajo se inscribe en el proyecto de investigación «Epigrafía y construcción en al-Andalus omeya», subvencionado por la Fondation Max van Berchem (la Fondation Max van Berchem fue constituida en 1973 en homenaje a Max van Berchem (1863Berchem ( -1921)), fundador de la epigrafía árabe como disciplina. Establecida en Ginebra, tiene como meta el promover el estudio de la arqueología, la historia, la geografía, la historia del arte, la epigrafía, la religión y la literatura árabes e islámicas). Los planteamientos generales de dicho proyecto figuran en Souto, J. A., "Epigraphy and building in Umayyad al-Andalus: genesis and prospects for a research project", en Vermeulen, U., & De Smet, D., eds.. «En el nombre de Alláh. La bendición de Alláh para el siervo de AUáh el Imam Abú-Abdil-láh Mohammad, Principe de los fieles. [Esto es] de lo que mandó hacer bajo la dirección de... y se terminó con el auxilio de Alláh, el año cincuenta y doscientos (250 H. -864 J. C).-Obra de Abdul-Karim, su siervo» ^ La bibliografía dedicada desde entonces al fragmento en cuestión, una auténtica «pieza de museo», es amplia. De entre ella, y por orden cronológico, se destacan las siguientes referencias, a mi juicio las más importantes y significativas: En 1932, Revilla editó el textus receptus ÙJL^ (H,J^^ 1^ tradujo «Carim su siervo», se refirió a él como «inscripción alusiva al famoso Abdelcarim, encargado de obras por orden de Abderrahman II» y fechó la pieza, implícitamente, en la época de ese emir (822-852) ^. En 1951, Gómez-Moreno se mostró algo escéptico tanto hacia la lectura como hacia las cronologías hasta entonces aceptadas: «[el nombre] puede corresponder a Abdelcarim, ministro de Abderrahman H, fallecido en 824. De ser así, tendríamos en este tablero el ejemplar decorativo más sobresahente del siglo IX, dotado de un barroquismo singular; pero, aun con ello, no resulta verosímil alejarlo tanto de lo cahfal» ^. En 1957, Torres Balbás apuntó que el fragmento «tiene letreros en los cimacios de las columnas sobre las que arrancan los arcos de herradura. En ellos se lee la fi-ase "Karim su siervo". Amador de los Ríos identificó, sin fimdamento alguno, al tal Karim con un encargado de obras del emir Muhammad así llamado, y reconstruyó la ins-^ ídem, lilA. He respetado los textos árabe y castellano y las transliteraciones de Amador de los Ríos. Éste, siempre escrupuloso y honrado, aportó sus razones para semejante reconstrucción, razones que discutiré más abajo. ^ Revilla Vielva, R., Catálogo de las antigüedades que se conservan en el patio árabe del Museo Arqueológico Nacional, Madrid, 1932, n.° 9. -'' Gómez-Moreno, M., El arte árabe español hasta los almohades. En 1991, Zozaya dijo de los cimacios que tienen una «inscripción de difícil lectura que se interpreta como "Karim su siervo"»; y del conjunto de la pieza, que «parece ser arte emiral aún, pero ya próximo a lo califal» ^. Vemos, pues, que este fragmento marmóreo ha sido objeto de discusión desde el punto de vista de su cronología. La lectura de su inscripción, sin embargo, no parece haber sembrado grandes dudas, aunque a mi juicio es incoiTccta, a la vez que decisiva para fechar la obra con cierta precisión. Volvamos al principio del asunto, es decir, a Amador de los Ríos, cuyas propuestas de texto y cronología se basaban en los siguientes puntos ^: Sus propios conocimientos de los textos epigráficos constructivos omeyas andalusíes, casi todos ellos de época califal ^^. Dos documentos de obras constructivas del emir Muhammad I (852-886): la inscripción de la puerta de San Esteban de la Mezquita Aljama de Córdoba, fechada en 241 / 22 mayo 855 -9 mayo 856 ^^; y la cita de Ibn'Idârî relativa a 250 /13 febrero 864 -1 febrero 865, donde se dice que ese emir completó la maqsüra de dicha mezquita e hizo numerosas construcciones en el Alcázar cordobés y sus aknunias exteriores ^2. ^ Torres Balbás, L., "Arte hispanomusulmán hasta la caída del califato de Córdoba", en Historia de España dirigida por Ramón Menéndez Pidal, V, Madrid, rééd., 1982, 714. ^ Stem, H., Les mosaïques de la Grande Mosquée de Cordoue, Berlin, 1976, 27. ^ Zozaya, J., "Antigüedades andalusíes de los siglos VIII al XV. Salas XXX-XXXI", en VV.AA., Museo Arqueológico Nacional. •' La publicación de referencia de esta inscripción es la de Ocaña Jiménez, M., "Inscripciones árabes fundacionales de la mezquita-catedral de Córdoba", Cuadernos de Madínat al-Zahrá', 2 (1988-90), n.*' 1 (= "Inscripciones árabes fundacionales"). Todo esto lo llevó, como se ha visto, a insertar el nombre del emir Muhammad I y una fecha determinada (250 / 13 febrero 864 -1 febrero 865) en un «texto-cliché». Hoy sus propuestas resultan inaceptables por varias razones: El epíteto «Siervo de Dios» es propio de califas. Lo mismo puede decirse acerca del título de «imán», que aparece con seguridad en la epigrafía constructiva andalusí en el texto fundacional del salón de'Abd al-Rahmán III en Madínat al-Zahrá', fechado en 345 / 15 abril 956 -3 abril 957'^ 3. «Emir de los Creyentes» es un título equivalente al de «califa». Ningún soberano omeya andalusí lo llevó antes de'Abd al-Rahmán III, que lo adoptó en 929, como es bien sabido. Aparece en la epigrafía constructiva omeya andalusí en muharram 318 / 3 febrero -2 marzo 930, precisamente en la más antigua inscripción cali-Muhammad I en el Bayán al-mugrib de Ibn'Idârf, Anaquel de Estudios Arabes, 6 (1995), § 19, donde se señalan los paralelos historiográficos del pasaje; véase también ídem, "Obras constructivas en al-Andalus durante el emirato de Muhammad I según el Bay an al-mugrib". Amador de los Ríos consideraba que la pieza podría proceder del Alcázar.'^ Capitel conservado en el Instituto de Valencia de Don Juan (Madrid): Gómez-Moreno, M., "Capiteles árabes documentados", Al-Andalus, VI (1941), 424-25 y fig. 15 (lectura); y capitel procedente de Loja (Granada), hoy perdido (?): Ocaña Jiménez, M., "Capiteles fechados del siglo X", Al-Andalus, V (1940), 439-40 y lám 7. Sobre este epíteto en las inscripciones omeyas andalusíes, véase Martínez Núñez, M.^ A., "Sentido de la epigrafía omeya de al-Andalus", en Viguera Molins, M.'' J., y Castillo Castillo, C, coords.. El esplendor de los Omeyas cordobeses. La civilización musulmana de Europa Occidental Estudios, Granada, 2001, 415 (= «Sentido de la epigrafía»). ^'^ Publicación de referencia: Martínez Núñez, M.^ A., "La epigrafía del salón de' Abd al-Rahmán III", en Vallejo Triano, A., coord., Madínat al-Zahrá'. El salón de Abd al-Rahmán III, Córdoba, 1995, n.° 9 (= "La epigrafía del salón"). Su consigna en un epígrafe a nombre de Muhammad I (852-86) debe tomarse, en principio, con cautela, ya que no se trata de una pieza conservada, sino de un texto transmitido por un autor del siglo xi (Souto, J. A., "Un pasaje de al-'Udrí acerca de la [re]construcción de la muralla de Huesca en el año 261/874-875: observaciones y precisiones", en Vázquez de Benito, C, y Manzano Rodríguez, M. Á., Qás., Actas XVI Congreso UEAI, Salamanca, 1995, 499-507). Lo mismo cabe decir acerca de su uso con referencia a los emires en las crónicas tardías. Sobre este título en las inscripciones omeyas andalusíes en general, véase "Sentido de la epigrafía", 415. Quedan, sin embargo, varias preguntas sin contestar. La primera es: ¿qué dice realmente la inscripción? Como puede verse en la lámina I y la figura 1, lo que queda de ella es claro: Û a-tP \ uiu \ ^^ \ / Tar I ïf /'abdihi ( / de Tar / íf, / su siervo) Amador de los Ríos y quienes lo siguieron directa o indirectamente confundieron con y con, grafemas en verdad muy diferentes. Mi reconstrucción se limita a suplir el texto del primero de los cuatro cimacios, el perdido. La inscripción completa sería la siguiente: ['Amal] / Tar I íf /'abdihi ([Obra] / de Tar / íf, / su siervo) Aquí es donde surge la segunda pregunta: no se sabe nada de ningún'Abd al-Karím constructor, pero, ¿se puede saber quién era este Tarif? Creo que sí, siempre a base de documentación epigráfica andalusí coetánea. La firma de Tarif figura, entre otras, en la cenefa del collarino de una pilastra del salón de'Abd al-Rahmán III en Madinat al-Zahrá', del año 343 / 7 mayo 954 -26 abril 955 (lámina II):'Amal Gâlib b. Fath y Tarif, todos sierv[os de...]») ^K 2. Tarif aparece, junto con Fath y Aflah, como firmante en otra cenefa de collarino de pilastra del mismo salón, fechable entre 342 y 345 / 18 mayo 953 -3 abril 957, cronología del edificio, ya que no consta en la inscripción (lámina III): f'AmalJ Fath wa-Aflah wa-Ta[rífl («[Obra] de Fath, Aflah y Ta[rif]») 22. ^^ "La epigrafía del salón", n.° 7.'^'^ ídem, n.° 5. Nuevos datos sobre Fath en Souto, "De gliptografía omeya: el nombre Fath en la Mezquita Aljama de Córdoba" Homenaje al Profesor Federico Corriente Córdoba (en prensa). (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es 3. Tarif firma a solas en una cartela de capitel de orden compuesto con idénticas procedencia y cronología que la pieza anterior. Su texto es igual al de la del Museo Arqueológico Nacional (figura 2):'Amal Tar / If'abdihi («Obra de Tar / íf, su siervo») ^3. Entre canecillos de sujección de la comisa-imposta del interior del mihrab de la Mezquita Aljama de Córdoba, fechado en dü l-hiyya 354 / 28 noviembre -27 diciembre 965, aparecen las siguientes firmas:'Amal Fath / wa-Tarlf (incipit, láminas IV y V: «Obra de Fath / y Tarif»);'Amal Nasr' abdihi / Amal Badr'abdihi (explicit: «Obra de Nasr, su siervo. / o; Obra de Badr, su siervo») ^^. En el dorso del cierre de una arqueta de madera y plata dorada y nielada a nombre de Hisám II como heredero del califato está grabado'Amal Badr wa Tarif /'abldihi («Obra de Badr y Tarif, / sus siervos», en plural y no en dual, lámina VI) ^\ La obra, sin fecha, ha de situarse entre el 5 de febrero y el 1 de octubre de 976, lapso comprendido entre el nombramiento de Hisám como heredero y la muerte de su padre, el califa al-Hakam II. Parece claro, entonces, que Tarif era un tallista de calidad que trabajó en las principales obras de los primeros califas andalusíes, donde dejó inscrito su nombre, solo o junto con el de uno o más copartícipes. ¿Cuál era su cometido? es la siguiente pregunta, cuya respuesta viene sola: tallar o esculpir relieves e inscripciones, como es el caso 2^. ^^ "La epigrafía del salón", n.° 12. ^"^ Publicación de referencia de la inscripción en que se integran: "Inscripciones árabes fundacionales", n.'' 4. Las firmas en sí no están editadas, aunque si reproducidas abundantemente en fotografías y comentadas en publicaciones relativas al edificio. Sobre Badr y Nasr: "Documentation de noms propres", 2.2 y 2.11, respectivamente. Las artes islámicas en España, Madrid-N. York, 1992, n.'' 9, con bibliografía. ^^ Mi opinión acerca de esto está ya expresada en diversas publicaciones. Valgan como ejemplo dos de ellas, ambas de carácter introductorio y con bibliografía: "Los constructores de al-Andalus Omeya", en Castillo y Viguera, coords.. El esplendor de los Omeyas cordobeses, 274-81, y "La construcción en al-Andalus omeya: las marcas de identidad de tallistas de piedra", en Pino, J. L. del, coord., Al-Andalus omeya, Córdoba, 2002, 105-18. Ahora bien, la naturaleza y circunstancias del último ejemplo presentado, la arqueta de madera y plata, parecen indicar que tanto Badr como Tarif, de ser los mismos documentados en Madïnat al-Zahrá' y la Mezquita Aljama de Córdoba, también trabajaron juntos en una obra casi «de orfebrería pura». Sobre el problema que plantea el que haya idénticos nombres a modo de firmas de obras contemporáneas pero de naturaleza dispar, véase "Documentation de noms propres", pásim, así como la bibliografía citada en esta misma nota. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es ¿Cuál era su categoría? Muy alta, sin duda, respecto de su trabajo: la de'abd («siervo» o «esclavo») del califa, lo cual no es poco ^7. Por último, ¿puede todo esto ayudar a precisar la datación del fragmento del Museo Arqueológico Nacional? Evidentemente sí: su autoría por parte del Tarïf escultor de piezas marmóreas permite situarla al menos entre 954 y 965, entre los califatos de'Abd al-Rahmán III (912-61, califa desde 929) y al-Hakam II (961-76), tal y como propuso Stem a partir del análisis de sus rasgos decorativos. ^^ Sobre el concepto de «esclavitud» y «esclavo» en este contexto, véase Puente, C. de la, "Entre la esclavitud y la libertad: consecuencias legales de la manumisión según el derecho málikí", Al-Qantara, XXI (2000), pp. 339-60.
Quiero dar las gracias a uno de sus directores, Jorge Lirola, por haberme sugerido trabajar sobre este poeta. La frase que encabeza esta nota es el comentario de Ibn'Abd al-Malik al-Marrákusí al final de un pasaje de su biografia de Ibn al-Hannát, incluida en el tomo VI de Al-Dayl wa-l-takmila K Ibn al-Hannát es un autor cordobés bastante conocido del primer tercio del siglo V/primera mitad del siglo XI. Ibn Hayyin traza un retrato suyo muy elogioso 2, donde destaca la amplitud de sus conocimientos en materias tan dispares como las ciencias típicamente árabes y la filosofía. En la lista de sus saberes se incluyen medicina y filosofía, astronomía y astrología, así como las disciplinas ligadas a la lengua ('arabiyya) y a la literatura árabes desde sus inicios en la época preislámica y los primeros tiempos del islam {'ulüm aUyàhiliyya wa-1-islâm, âdâb al-islâmiyya), junto con toda la información pertinente a los antiguos (al-ta'álím al-awâ'iliyya, que cabe se refiera a lo mismo, a los primeros tiempos de la civilización árabe), y un profixndo conocimiento de las tradiciones de los alies (al-âtâr al-'alawiyyd), debido posiblemente a su posición de poeta de la corte de los califas hammüdíes, tanto en Córdoba, como en Málaga. Murió en 437/1045 en Algeciras, ciudad en la que se había refiígiado tras haber compuesto alguna sátira contra Abü 1-Hazm ibn Yahwar, acogido a la protección de otro hammüdí, Muhammad ibn al-Qásim ^ Las fuentes árabes medievales han conservado varios fragmentos de sus panegíricos, la mayoría dedicados a los hammüdíes, y se ex-tienden sobre su rivalidad poética con Ibn Suhayd, a la que se debe al menos una de las epístolas de Ibn al-Hannát, que Ibn'Abd al-Malik incluye completa en su obra {Dayl, VI,[224][225][226][227]. Ha empleado este metro con un hadad muy fuerte en el'arüd (último pie del primer hemistiquio), y con el darb (último pie del 2.° hemistiquio) también acortado. El metro se escandía mustafHlun fâHlun mustafilun (es decir, --0-/-0-/--0-//), pero con hadad [en el tercer pie] que es eliminar por completo el watid, es decir, Hlun, queda sólo mustaf, y a este pie lo ha cortado (¡abana) y ha suprimido la segunda consonante del pie [la s], de forma que se ha convertido en mutaf, y esto lo ha trasladado a un metro semejante, que esfa'al, con el resultado de que cada uno de los dos hemistiquios se ha convertido en mustafilun fâ 'ilun fa' al. Y esto es un metro (wazn) que no procede de los árabes. Aparte de los tecnicismos de la métrica árabe, el pasaje es claro. Ibn'Abd al-Malik afirma que Ibn al-Hannát había compuesto poemas muy extraños porque su métrica no era la métrica tradicional de los poetas árabes. El ejemplo que cita es un breve poema amoroso de tres versos monorrimos, con cesura, es decir, del tipo qasída, compuesto en un metro que, según sus palabras, los árabes no han utilizado para componer sus poemas. A continuación, Ibn'Abd al-Malik se ocupa de expUcar la insólita métrica del poema, que presenta esta sucesión de sílabas largas y breves --0--0-0-//--0--0-0y que en términos de la métrica árabe y sus tafà'Il se lee, como hace el biógrafo, mustafilun fâ 'ilun fa' al, tres pies en cada hemistiquio. Los dos primeros pies, en este análisis, se corresponden al principio del metro basít, pero el reducidísimo tercer pie (fa'al = o -) es demasiado anómalo. Su misma anomalía lleva a Ibn'Abd al-Malik a pensar, primero, en un tipo de basít de tres pies por hemistiquio no demasido frecuente {mayziT al-basit), que se escande -. o -/ -o -/ --o -// es decir, musta Hlun fâ'ilun mustafilun, y cita un verso de al-Muraqqis que, en los tratados de métrica, es uno de los modelos de este metro' ^. Después intenta explicar la extrema reducción del tercer pie aplicando las diversas posibilidades de acortamiento e, incluso, supresión de sílabas (ziháf o'illa), con que la teoría métrica árabe explica las multiples variaciones de los versos de un mismo metro usados por los poetas árabes. En primer lugar, la supresión del watid, el núcleo básico del pie, Hlun en el pie mustafilun. Esta supresión del watid es lo que se llama hadad. Luego, en el segmento restante, mustaf, se aplica una de las zihàfàt previstas en la métrica, újabn, la supresión de la segunda letra (= consonante), y queda mutaf, una secuencia de dos sílabas breve y larga (o -), que en los tafà 'îl de la métrica árabe se loefa' al. Al llegar a este punto, Ibn'Abd al-Malik reconoce que esa combinación de pies no existe en la poesía árabe, es decir, en la práctica poética de los árabes, en la que al-Jalíl ibn Ahmad basa su teorización de la métrica de la poesía árabe. Ya lo había anunciado al decir que los poetas árabes no habían compuesto poemas con un metro semejante (wa-hâdâ wazn""" lam tanzim'alay-hi /-'arab). Pero ahora se muestra más categórico, pues afirma que ese metro no procede de los árabes, no sale de los árabes {wa-huwa wazn"" lam yarid'an al-'arab). No es la primera vez que se dice de poemas compuestos en al-Andalus que son ajenos a la métrica árabe. Antes de finales del siglo VII/XIII, cuando escribe Ibn'Abd al-Malik al-Marrákusí, Ibn Bassám (m. 543/1147), en el famoso pasaje de la Dajíra en que habla de las moaxajas ^ en la biografia de 'Ubáda ibn Má' al-Samá' (m. después de 421/1030), había justificado su decisión de excluir esos poemas de su antología porque «la mayoría no están compuestos en la métrica de los árabes (wa-awzán hádihi l-muwassahat járiyaP"''an gar ad hàdâ l-díwán id aktaru-há 'ala gayr a' áríd as'ár al-'arab)». Alrededor de medio siglo después, el egipcio Ibn Sana' al-Mulk (550/1155-608/1211) señala que la mayoría de las moaxajas, el grupo más abundante de ellas, no se miden según los metros árabes ni parecen conocerlos (lá wazna la-hu fi-há wa-lá ilmáma la-hu bi-há) ^. La siguiente referencia conocida a una métrica peculiar en al-Andalus era de principios del siglo IX/XV. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es de la moaxaja (wa-huwa 'arüdmin a' àrïd al-tawsîh) ^. No se trata, sin embargo, de un poema estrófico -no es una moaxaja-, sino de un poema como las casidas, monorrimo y con cesura. Sus seis versos son, en la práctica, doce hexasílabos que no encajan en absoluto en el sistema jaliliano, y su autor es consciente de que pertenecen a una métrica propia, la de las moaxajas. El poema de Ibn al-Hannát, en la práctica -^no jaliliana, por supuesto-, está formado por seis versos de nueve sílabas, un tipo de verso que también se encuentra en las moaxajas ^, con fi-ecuencia en combinación con versos más cortos ^. El interés del pasaje de Ibn'Abd al-Malik no estriba solamente en el hecho de que es un autor árabe medieval, norteafi"icano y por tanto buen conocedor de al-Andalus, quien habla de métrica no árabe en un poeta andalusí. También parece significativo que este poeta, Ibn al-Hannát, componga poemas en esta métrica especial y extraña justo en los años en que se produce la reaparición de la moaxaja, o, mejor dicho, los años de composición de las moaxajas más antiguas conservadas, las de 'Ubáda ibn Ma' al-Samá', a principios del siglo v/xi. Como lo es el género del poema, amoroso, el género, en principio, propio de las moaxajas, como decía Ibn Bassám. Podría incluso hablarse de un intento de incorporar los ritmos populares de la moaxaja a la poesía culta, la casida monorrima. E. García Gómez llamó la atención sobre este poema en el prólogo a la 3.^ edición de Las jar chas romances de la serie árabe en su marco, Madrid: Alianza, 1990, 14, y también en "El escándalo de las jarchas de Oxford", Boletín de la Real Academia de la Historia, CLXXXVIII-1 (enero-abril 1991), 70-74. An Anthology ofAndalusian Arabic Muwashshahât, ed. A. Jones, Cambridge: E.J.W. Gibb Memorial, 1992, 401-403), de Ibn al-Rafi' (o Arfa') Ra'sa-hu (s. V/XI), donde la combinación de sílabas largas y breves no tiene ninguna importancia y resulta imposible aplicar la métrica árabe. ^ Por poner algún ejemplo,'Umda, n" 13, donde alternan 9-6 sílabas; o Vmda, n.° 39, donde se combinan 9-4 sílabas. (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es
Por todos es conocido el célebre tumulto surgido en el mes de ramadan del año 202 (marzo 818) entre los pobladores del arrabal meridional de Córdoba, habitado por artesanos, comerciantes y gentes de baja condición, así como también por un importante grupo de funcionarios y ulemas, especialmente discípulos andalusíes de Málik b, Anas. En esta revuelta del Arrabal, el pueblo de Córdoba mostró su rechazo hacia el emir al-Hakam I por sus duras medidas fiscales, censurando al mismo tiempo la reiterada actitud despótica del monarca. Numerosos cronistas recogieron referencias alusivas a este suceso. Ahora, gracias a la publicación en edición facsímil del manuscrito II-1 del Muqtabis, están a nuestro alcance los textos utilizados por Ibn Hayyán para elaborar su relato acerca de este episodio K Como era su costumbre, se sirvió de diversas fuentes para confeccionar su crónica. En este caso se trata de pasajes de Ahmad al-Râzï,'Isa al-Rází, Ibn al-Qùtiyya y al-Hasan b. Precisamente en el capítulo sobre la revuelta del Arrabal correspondiente a al-Qubbasí, se recoge un breve fragmento no transmitido por ningún cronista posterior 2. El texto en cuestión no aporta información novedosa, pues su contenido quedó recogido en muchas otras versiones que, sin tener relación directa con este pasaje, se hicieron eco de la misma noticia. Se trata del aman que, tras la consulta del emir a sus consejeros, concedió al-Hakam a los amotinados con la condición de que abandonaran la ciudad de Córdoba. El cronista menciona a continuación los diferentes lugares a los que se dirigieron los rebeldes: Toledo, cuya población los acogió de buen grado, la costa norteafricana, especialmente Fez, y, por último, la isla de Creta. Ya conocíamos esta noticia por otras crónicas, pero el texto que nos ocupa constituye un pequeño ejemplo de la valiosa labor realizada por Ibn Hayyán y su existencia es significativa por cuanto no podemos encontrarlo en ninguna otra fuente. Este pasaje plantea además un problema y es la fuente original de la que está tomado. No hemos podido identificar a este personaje, que no aparece citado en ninguna otra crónica. Por otra parte, no había constancia hasta ahora de que se contara entre las fuentes de Ibn Hayyán ^. Tenemos noticias de un personaje llamado Abu'Abd AUáh Muhammad b. Ibn al-Faradï nos dice de él que era cordobés y que fue discípulo de Baqî b. Majlad, pero no contamos con ningún otro dato que permita reconocerlo como la misma persona.
Vuelve R. Brann con este libro a sumergimos en el mundo andalusí a través de los textos. Y lo hace en esta ocasión para analizar las relaciones de poder que se establecen entre las élites musulmanas y judías durante en los siglos xi-xii. A diferencia de otros trabajos que han examinado los contactos entre ambas comunidades en términos de hostilidad y hospitalidad, subrayando uno u otro de los extremos de este paradigma, el autor propone fijar la mirada en fuentes árabes y hebreas para buscar las manifestaciones de ambivalencia que en ellas se reflejan. Con un novedoso enfoque de lectura, la atención se fija en las representaciones literarias que contienen los textos, representaciones que judíos y musulmanes andalusíes utilizan para plasmar las relaciones que mantienen ambos grupos, para desvelar con matices cómo se imaginan unos a otros. En el análisis que Brann propone los textos se convierten en portadores de estructuras con un significado sociocultural e histórico y, desde esta perspectiva, en testigos del modo en que los miembros de cada una de estas comunidades confrontan y construyen al «otro». Desde las primeras páginas expone el autor su renuncia a ofrecer visiones de conjunto o a tratar de generalizar y proyectar la experiencia de los judíos del Islam andalusí a todo el Mediterráneo. Y con este planteamiento de partida, opta por centrar su obra en figuras individuales que reflejan momentos singulares del encuentro entre las élites de al-Andalus; difuminando los límites entre lo literario y lo histórico, busca y examina, en fuentes muy diversas, los trazos que van perfilando en el discurso el modo en que son percibidos estos personajes. Curiosamente los textos seleccionados con tal fin son bien conocidos entre los estudiosos y, en gran parte, han sido ya utilizados por su relevancia para el análisis de la historia política, social o cultural de al-Andalus; mas, como R. Brann se encarga de demostrar, todavía pueden aportar muchos elementos de interés respecto a cómo musulmanes y judíos se interrelacionan y se ven recíprocamente. Estamos, pues, ante textos conocidos a los que se nos invita a acercamos desde una óptica nueva, ante fiíentes que nos es dado redescubrir desde una original propuesta de lectura. Tras una cuidada introducción, donde se exponen los presupuestos que guían su trabajo y se repasan críticamente las líneas de investigación que se han aplicado al examen de los contactos entre ambas comunidades, los cuatro primeros capítulos nos sitúan fi*ente a una de las personaUdades más destacadas del judaismo andalusí: Semu'el ibn Nagrella ha-Nagid, Ismá'^íl ibn Nagrîla en las fuentes árabes. Sin duda, es ésta una apuesta arriesgada pues se enfrenta el autor a una figura muy estudiada y a unos textos reiteradamente empleados por los investigadores y objeto de innumerables interpretaciones; no obstante, la lectura de Power in the Portrayal nos hace notar cómo, lejos de agotarse sus posibilidades, las mismas fuentes pueden proporcionarnos una imagen distinta y una interpretación contextualizada de Ibn Nagrella en el entorno de la intelectualidad musulmana de al-Andalus. Para explorar la consideración que este cortesano granadino merece en la tradición arábigo-andalusí e indagar cómo era percibido su poder, se recurre, en primer lugar, a una serie de escritos contemporáneos al personaje en cuestión. Con los pasajes que le dedican Sá'id b. Ahmad al-Andalusï, Ibn Hayyán al-Qurtubï y al-Tibyán (cap. 1) se inicia este acercamiento a Semu'el ha-Nagid y, de inmediato, se hace patente la falta de uniformidad con la que es retratado y la imposibilidad de obtener una visión unitaria de quien es presentado con rasgos contradictorios: peligroso y amenazante unas veces, humilde y piadoso otras. Seguidamente Ibn Hazm (cap. 2) ofrece la oportunidad de observar de cerca el modo en que se construye la imagen de un judío en un entorno cultural y un momento histórico concretos. Utiliza como fuente su al-Fisalfi l-milal, pero intencionadamente deja a una lado una de las cuestiones que han suscitado un mayor debate y discusión respeto a este texto: el problema de la identidad del adversario literario de Ibn Hazm. En su opinión, el verdadero interés de este tratado radica en cómo, silenciando la identidad del polemista, se atribuyen a un judío ultrajes e injurias, se subraya su conducta traicionera, etc., y, en definitiva, se proyecta en un personaje poderoso y arrogante de la minoría cuantas ofensas pueda recibir el Islam en general y los musulmanes andalusíes en particular. Junto a obras coetáneas, se sirve Brann de escritos posteriores a Sëmu'el ha-Nagid para continuar indagando en la imagen ambivalente que de él se perfila (cap. 3). Elige para ello la miscelánea literaria de Ibn Bassám al-Dajïra fí mahàsin ahí al-yazíra. Su análisis permite observar, entre otras cosas, el uso que se hace de la oposición binaria como un parámetro común en la construcción del judío y el modo en que esta oscilación entre polos opuestos permite proyectar en el «otro», más débil y vulnerable, la tensión y hostilidad propias de momentos de crisis. Una vez indagadas las representaciones literarias que los textos arábigos-andalusíes trazan de la elite judía, llega el momento de preguntarse qué sucede en los textos judíos respecto a la mayoría dominante (cap. 4 y 5). El examen de las repuestas que se dan en ellos a las condiciones, dilemas y conflictos a los que se enfrenta la comunidad judía en al-Andalus tiene como punto de partida una situación paradójica: la casi total ausencia del «otro» en los escritos hebreos de los siglos xi y xii. Este predominio del, en palabras del autor, «judío silencioso» se explora, en primer lugar, a partir de la obra de Abraham y Moseh ibn'Ezra, Yëhudah ha-Levi, Abraham ibn Daud y el (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es propio ibn Nagrella. A través de ellos se nos presentan los distintos modos y significados que este «silencio» adopta como reflejo de una relación ambigua con el grupo mayoritario. Esta cuestión se completa en el último capítulo del libro a partir del comentario de una de las maqàmas contenidas en el Tahkémoni de Yehudah al-Harizi: sus estrategias textuales para expresar y representar el encuentro entre judíos y musulmanes son una estupenda muestra de la complejidad, no siempre bien apreciada, de estos contactos. Erudito y sugerente, de contenido profundo y lectura grata, Power in the Portrayal. El autor da voz a un variado conjunto de textos para que nos hablen, en una cuidada y hermosa traducción, de los encuentros de musulmanes y judíos en al-Andalus. Su acercamiento al entramado de relaciones que ambas comunidades tejieron en los siglos xi y xii pone ante nuestros ojos un mundo plural y diverso donde las fuentes se transforman en portadoras de un significado social dinámico y ambivalente. R. Brann abre con este libro muchas puertas a los lectores y, sobre todo, deja entrever cuántas quedan aún por abrir. Esta obra se compone de tres artículos sobre corsarios del reino de Castilla que llevaron a cabo sus empresas en el Mediterráneo durante la primera década del siglo xv. De ellos, uno es inédito, mientras que los otros dos son versiones revisadas o refundidas de trabajos previos de la autora, que dan buena muestra del quehacer permanente del investigador en activo, que se ve obligado a revisar constantemente los frutos de su trabajo ante nuevas aportaciones documentales. Es digno de destacar -^por infi-ecuente-el cuidado puesto en la edición, al señalarse de forma clara cuáles han sido las modificaciones que han experimentado los trabajos ya publicados, sea en la introducción o en el desarrollo del texto. En su versión final, éstos aparecen como «Los corsarios castellanos y la campaña de Pero Niño en el Mediterráneo (1404). Documentos sobre El Victorial», traducido y reanotado de la publicación catalana de 1968; «Vida, aventuras y muerte de un corsario castellano: Diego Gonzálvez de Valderrama, alias Barrasa (m. Las personalidades del conde de Buelna, Pero Niño, del caballero sevillano Diego Gonzálvez de Valderrama, y del marino bilbaíno Pedro de Larraondo sirven a la autora como casos concretos para el estudio de un fenómeno más amplio como es el del corso castellano en el Mediterráneo durante los siglos xiv y xv, que a su vez se puede inscribir en el contexto de las actividades irregulares llevadas a cabo en la misma época por los marinos de la corona castellana en otros mares, como el Cantábrico. Este es el hilo argumentai que sostiene la publicación conjunta de estos trabajos, y que se trata de forma general en las introducciones de los tres artículos. Si el primero aporta documentación histórica básica para la comprensión y estudio de la famosa crónica de Pero Niño, El Victorial, el segxmdo proporciona un interesante cuadro de la participación de la baja nobleza castellana en empresas mercenarias de corso en el ámbito mediterráneo, en colaboración con otros corsarios de la Corona de Aragón que participaban en los conflictos políticos y comerciales entre ésta y Genova. La particular condición de los corsarios castellanos, fuera de la jurisdicción teórica de la corona a la que prestaban sus servicios, los convertía en una herramienta muy útil para los monarcas aragoneses en sus enfrentamientos mediterráneos. Finalmente, la figura de Larraondo nos sumerge en el interesante mundo del comercio catalano-aragonés en el Mediterráneo Oriental, en el que se encontraban amenazados por los corsarios vascos, que habían complementado su campo de operaciones en el Atlántico con las bases piratas de Quíos, Rodas y Metilene (Lesbos), autónomas pero dependientes, en última instancia, de Genova. El enfrentamiento de Larraondo con naves musulmanas, aunque escasamente documentado, supuso graves contratiempos a los intereses venecianos en Egipto. Los últimos años de vida de Larraondo, recogidos de distinta manera por el veneciano Emmanuel Piloti y el castellano Pero Tafur, son objeto de crítica a partir de las nuevas fuentes documentales que ha consultado la autora. Las contradicciones de este personaje, siempre al límite de las fronteras marítimas, geográficas y religiosas, constituyen sin duda el capítulo más interesante de este libro. Todos los artículos se completan con un amplio apéndice documental basado, príncipahnente, en fuentes del Archivo de la Corona de Aragón, con aportaciones de los Archivos del Estado de Palermo, Genova y Venecia, de los Archivos Históricos de Protocolos y de la Ciudad de Barcelona, y de otras fuentes italianas ya editadas. Podríamos insistir una vez más en la importancia de estos archivos para el conocimiento, directo e indirecto, de la historía de los reinos de Castilla y Granada, un aspecto ya cultivado por la autora y otros miembros de su equipo de investigación en ésta y otras publicaciones. Por ello se agradece el recurso al castellano como lengua de divulgación en este caso. El volumen cuenta también con un índice de personajes y lugares. Este libro tiene tres objetivos básicos: 1) fimdir en uno dos libros anteriores, a saber. La Filosofía islámica en Zaragoza, cuya segunda edición es de 1991, y La filosofía judía en Zaragoza, publicado en 1988; 2) actualizar su contenido teniendo en cuenta los resultados de investigaciones recientes, y 3) situar la materia en contexto relacionándola con el desarrollo de la cultura religiosa, literaria y científica andalusi. El «Ebro» de Joaquín Lomba abarca una zona, ocupada hoy en día por Aragón, Cataluña y parte del sudeste de Francia, generadora de un pensamiento y una cultura propios en virtud de su carácter fi"onterizo y de su alejamiento del centro del poder político. La iniciativa de unir ambos libros apenas necesita justificación pues, como señala bien el autor, fiíe en el seno de la cultura árabo-islámica donde se produjo el desarrollo intelectual de la comunidad judía de al-Andalus y los judíos, con posterioridad a la conquista cristiana, contribuyeron a la preservación, al perfeccionamiento y a la difusión en la Europa cristiana de ese saber árabo-islámico adquirido. La unión se ha realizado de acuerdo con un criterio en el que lo temático ha primado sobre lo cronológico y así la materia se ha organizado en dos grandes partes dedicadas respectivamente al pensamiento musulmán y al judío, precedidas por una introducción que vale para las dos partes y que ocupa los cinco primeros capítulos de la primera. En ellos se abordan las siguientes cuestiones: 1) principios fimdamentales del Islam y ciencias religiosas islámicas, 2) bosquejo de la historia del islam en al-Andalus, 3) características generales de la filosofía islámica, 4) la filosofia islámica en al-Andalus y 5) actividad cultural y científica en la fi*ontera superior y en la taifa de Zaragoza. El libro resulta de gran utilidad tanto para los especialistas en estudios árabes e islámicos como para el público en general. Lomba parece haber dado primacía a un lector que, aunque interesado en el tema, conoce mal la cultura andalusi y el Islam y se encuentra además poco predispuesto a aceptar su aportación al desarrollo de la cultura cristiana europea. Creo que esta apreciación sigue siendo acertada, a pesar de lo mucho que ha mejorado el conocimiento que en la actualidad se tiene de al-Andalus y de los esfuerzos realizados tanto para la difusión de ese conocimiento como para su integración en los programas de enseñanza de la historia peninsular. Es esta disposición intuida en el público al que va dirigido la que parece exphcar el esencialismo y la idealización de los que adolecen algunos pasajes del libro. De la misma manera, parece ser el deseo de despertar empatia hacia el islam en los lectores y de hacerles la materia cercana y atractiva, lo que justifica el anacronismo de llamar España a al-Andalus y a las entidades políticas que le precedieron (pp. 61, 62, 63, 66). A modo de ejemplos de lo que digo pueden citarse los siguientes pasajes: «... El carácter de los musulmanes andalusíes que en nada se diferencia del resto de los habitantes de (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es este suelo hispano desde sus orígenes hasta hoy. Se trata de los mismos españoles, sólo que entonces éramos musulmanes y ahora pertenecemos a una cultura distinta, la europea» (p. 68); «hay un espíritu individualista que todavía se prolonga en autores posteriores y aún actuales de la región» (p. 83); «Ello es síntoma de que en al-Andalus había un humus especial, aunque oculto ya desde el comienzo, muy propicio para una vida intelectual posterior»; «Ojalá nos convenciéramos de que aquellos musulmanes fueron tan españoles como pudieron ser Séneca, San Isidoro de Sevilla y otros muchos, así como tan aragoneses como Gracián, Servet, Sender y tantos más» (p. Aunque esta manera de presentar la historia de al-Andalus y de los andalusíes ha sido superada ya hace tiempo, puede que haya quien considere la actitud de Lomba comprensible, dados los fines que persigue con su libro. Recurrir a ciertas esencias para dar una imagen positiva del Islam, sin embargo, puede ser un arma de doble filo, pues si (suponiendo que admitamos que Corán e islam sean conceptos idénticos) aceptamos la idea de que el sentido estético es inherente al Islam en virtud de tal o cual pasaje del Corán (pp. 34 y 43) ¿por qué no hemos de aceptar que también la violencia forma parte intrínseca del Islam dado que el Corán también contiene pasajes que algunos leen como una incitación en ese sentido? El significado del término yihàd queda suavizado cuando Lomba explica que su acepción primera es «esfiíerzo» adoptando el sentido de «guerra» sólo en contextos muy particulares, y cuando ello sucede, sólo para denotar guerra de defensa. Si bien es cierto que éste es el significado que históricamente terminó por adoptar el término yihàd, no es así exactamente como los juristas musulmanes lo definen, pues para ellos, aparte de esfiíerzo intelectual y espiritual y de guerra de defensa, yihád significa guerra con la que se pretende expandir cuanto sea posible el territorio del Islam (p. En otros pasajes de la obra se alude al «gran espíritu de tolerancia que dominó la frontera superior de al-Andalus» (contrariamente a otras zonas, por lo que parece), aunque bien es verdad que Lomba señala que hubo excepciones a este respecto (p. 82), y al «ambiente sumamente refinado, cortesano, exquisito que se respiraba en la región», atribuyendo a esa región lo que quizá habría que haber circunscrito a los círculos cortesanos. Respecto a la puesta al día del contenido de los dos libros publicados inicialmente por separado, se detecta la dificultad de estar al tanto de las novedades bibliográficas en un campo que empieza a ser tan amplio y tan productivo como el de los estudios andalusíes. Es así que Miguel Asín Palacios sigue siendo utilizado como única fiaente para tratar de la escuela malikí de al-Andalus, a la que se sigue caracterizando como una escuela «tradicionalista y antifilosófica» que habria conseguido apagar «todo conato de innovación con la intolerancia más violenta», algo que habría sido así antes incluso de que se erigiera en única escuela oficial (p. Lomba, como hiciera Asín Palacios, sigue leyendo al pie de la letra las palabras del cronista,'Abd (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es al-Wahid al-Marrâkusï, para certificar que en al-Andalus «nadie estaba exento del peligro de la excomunión sino consagrándose de modo exclusivo a la repetición mecánica de las fórmulas jurídicas y dogmáticas del clero oficial». Parece que está resultando mucho más difícil de lo esperado asumir los logros de trabajos como el de Dominique Urvoy, Pensers d'al-Andalus. La vie intellectuelle à Cordoue et à Seville au temps des empires berbères (fin XI^ siècle-début XJIF siècle), Toulouse, 1990, o los de M. Fierro y J. Zanón sobre la actividad intelectual y la religión en M.^ Jesús Viguera (dir.), El retroceso territorial de al-Andalus. Almorávides y almohades, siglos XI al XIII Madrid, 1997. Con ellos queda desterrada definitivamente la visión del período almorávide como uno en el que el rigorismo religioso condujo al anquilosamiento de la actividad intelectual y a la persecución sistemática de todo esñierzo de racionalización del pensamiento religioso. También introducen matices significativos por lo que respecta a las razones de la quema de las obras de al-Gazâlï en al-Andalus, de los que tampoco se hace eco Lomba que presenta los hechos recurriendo a la versión tradicional: «Ibn Tâsufîn, enemigo acérrimo del masarrismo y del sufismo, persiguió a sangre y niego todo vestigio que supusiese un atentado contra la más estricta ortodoxia. Y así, por ejemplo, mandó quemar todos los escritos de al-Gazzáli, como he dicho, sin más examen ni matización» (p. Al lector del libro de Lomba conviene advertirle, además, de que no es posible establecer una relación directa entre el masarrismo, el pensamiento de al-Gazâlï y el pensamiento de Ibn al-'Aríf. La única influencia directa sobre el último es la del sufi oriental Abü Ismá'il al-Ansári al-Harawí, como señaló B. Halff. Asimismo, consta que Ibn Barrayán había sido aclamado como imam por más de ciento treinta pueblos y que fiíe condenado a muerte, pero que se tratara de un liderazgo político y que existiera una relación causa-efecto entre ambos hechos todavía no ha sido clarificado (p. No está del todo clara, por otra parte, la relación entre Ibn Barrayán e Ibn al-'Aríf pero en cualquier caso parece que el primero habria sido maestro del segundo, no al revés. La veracidad de la entrevista que el sufi Ibn al-'Arabí afirma haber mantenido con Averroes (p. 183) fiíe puesta en duda con razones de peso por Dominique Urvoy en su biografía del famoso fílósofo cordobés, de igual forma que Abdel Majid Turki dudó de la autoria de la famosa «Carta del Monje de Francia» (pp. 82 y 136-8). El tratamiento de la fígura de Ibn al-Síd al-Batalyawsí me parece muy acertado, excepto por lo que respecta a la clasificación temática del tratado sobre las causas de la discrepancia jurídica y teológica entre los musulmanes (Kitàb al-tanbíh), que Lomba incluye entre las obras de tipo filosófico del famoso gramático de Badajoz (p. Algunas representaciones de la religión islámica creo que deberian ser formuladas de manera distinta. Así, por ejemplo, cuando Lomba afirma que «no hay una autoridad que dictamine lo que es recto o no» y que «el hombre (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es se las ha de arreglar... directamente con Dios en sus oraciones y en su responsabilidad moral, social y religiosa» (p. 33) creo que debería haber dicho que no hay una única autoridad central y jerárquica que defina la ortodoxia, lo cual no supone la carencia de autoridad religiosa. Durante el período premodemo, esta autoridad fue ejercida de forma casi exclusiva por los ulemas quienes, como todos sabemos, monopolizaron a través de su labor de interpretación de los textos sagrados la definición y el control de la ortodoxia islámica. Respecto a las dudas acerca de la licitud de actos, conductas o pensamientos que caían fuera de la competencia de las autoridades terrenales y de los que el creyente era el único responsable n'ente a Dios, los musulmanes tenían la posibilidad de consultar a un muñí; las ñientes legales contienen abundantes testimonios de la puesta en práctica de esta opción (hoy en día el recurso al experto en jurisprudencia islámica se realiza incluso a través de internet). Así pues, en el cumplimiento de los principios de su religión, los musulmanes no están tan solos como podría inferirse del hecho de que no exista una iglesia en el seno del islam. Otro ejemplo de forma que puede inducir a confusión es el de presentar a'Abd al-Rahmán I como el príncipe que «huyendo de Oríente, se refiígiará en al-Andalus para iniciar la dinastía de los califas independientes de Bagdad en Córdoba», pues parece que hubiera sido él el primer califa de al-Andalus. En algunos pasajes creo que habría sido preferible utilizar el término «musulmán» en vez de «árabe» (pp. 16,17,18,69,70); se confimde iytihàd por yihàd cuando se afirma que «este esfuerzo, iytihàd, no supone que el Islam sea una religión de la violencia» (p. Tahüra o pureza ritual aparece escrito sistemáticamente como «zahára» y hanifipor hanafí(p. 48); aparte de muddajir (reserva) como posible etimología del término mudejar, se suele apuntar también a mudayyan (sometido). Gran parte de estos problemas podrían haberse solventando si el libro hubiera sido leído antes de su publicación por especialistas de otros campos de los estudios andalusíes, pues es dificil que un solo investigador pueda estar al tanto de todo. En cualquier caso, el trabajo de investigación, síntesis y divulgación que ha llevado a cabo Joaquín Lomba resulta de una gran utilidad. Con Lomba la filosofia resulta entendible, empezando por la propia definición del término, tal como ñie entendido por los pensadores musulmanes y judíos. Profundidad, claridad y concisión son cualidades que agradecemos especialmente quienes nos aproximamos al conocimiento de la filosofia desde la perspectiva del estudio de las ciencias religiosas islámicas. DELFINA SERRANO RUANO (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es LÓPEZ-BARALT, Luce, El viaje maravilloso de Buluqiyá a los confines del universo, edición, traducción, estudio introductorio y notas de..., Madrid, Trotta, 2004, 158 pp. Buluqiyá era, según la leyenda, un sabio israelita contemporáneo de Salomón que, a la muerte de su padre y examinando su herencia, encuentra dentro de un arca un cofre de oro fuertemente sellado que contiene una escritura secreta, un fragmento de la Tora que vaticina la venida al mundo de Muhammad, el último de los Profetas. El venerable judío Buluqiyá se convierte al Islam por obra de la lectura de este pergamino, da la buena nueva a sus correligionarios y parte en un viaje a los confínes de Siria para indagar sobre este profeta prometido. El viaje se convierte en una peregrinación espiritual de este israelita musulmán primigenio que recuerda al viaje escatológico o Mi'ráy de Muhammad al Séptimo Cielo. El libro reseñado incluye la transcripción del relato aljamiado conservado en la colección de manuscritos árabes y aljamiados conocida como «de la Junta» (hoy en la Biblioteca del Centro de Humanidades del CSIC), la traducción árabe de! relato de Buluqiyá tal y como lo recoge al-Taiabï en su Kitàb qisas al-anbiyà\ y la versión de la historia en las Mil y una noches según la traducción de Juan Vemet. Todo ello precedido por un largo estudio de la editora. Es a ese estudio al que voy a dedicar mi atención en esta reseña. El estudio, bella y sugerentemente escrito, como es habitual en los libros de López-Baralt, adolece también de las características de otros escritos suyos y en particular, de un desconocimiento notable de la producción académica española (y francesa) sobre aljamía y sobre arabismo, que suele detenerse en Asín Palacios o, en este caso, en Vemet. Estas carencias empobrecen el estudio, que queda convertido en una especie de ensayo más bien ligero y de muy agradable lectura, lo que hace el éxito de las obras de López-Baralt. Para la autora, la versión de la historia de Buluqiyá que ella edita ftie, por «un refimdidor hispano-musulmán» «preparada amorosamente para los oídos ansiosos de sus hermanos de fortuna (los moriscos) y «apenas ha perdido belleza y, mucho menos, colorido imaginativo» (p. 34) y son estos los aspectos (belleza y colorido imaginativo), los que a la autora más le interesan, así como una idea que impregna su estudio y que podríamos definir como los poderes consoladores de las bellas letras en tiempos de tribulación («gozoso» y «deleite» son términos muy usado en sus páginas) así como otros intereses que son los habituales de sus obras: la riqueza de la literatura producida por musulmanes españoles, su influencia en la española y la pérdida para ésta de tal ingrediente de tan gran riqueza imaginativa. Yo quiero referirme en esta reseña más bien a otros aspectos escatológicos y polémicos de estos mismos textos, según se deduce de la literatura reciente sobre este tipo de relatos, y a la conexión que la autora establece entre el relato de Buluqiyá y los Libros Plúmbeos de Granada. López-Baralt sitúa, como debe ser, el relato de Buluqiyá en la literatura llamada de Qisas al-anbiyá' y (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es de 'ayâ' ib, y, en virtud de alguno de los temas literarios de Buluqiyá, en particular, el de la profecía encontrada en un cofre secreto, establece la relación de este relato con otros relatos legendarios árabes como es el de la torre secreta de Toledo que abrió Don Rodrigo, o con el hallazgo del pergamino de la Torre Turpiana de Granada. Pero las conexiones son más extensas y más profiíndas y atañen a ese carácter de polémica religiosa y predicción escatológica o profética que ambos textos tienen. La colección conocida como «Manuscritos de la Junta» (por haber pertenecido a la Junta de Ampliación de Estudios antes del CSIC, su heredero administrativo) incluye además del relato aljamiado de Buluqiyá, un ejemplar en árabe del Qisas al-anbiyá' de Ibn Watïma [véase Hermosilla, M. J., "Una versión inédita del Kitáb ba' d al-jalq wa-qisas al-anbiyá' en el Ms. LXIII de la Junta", Al-Qantara, VI (1985) A3-ll\ y varios relatos aljamiados del género de historias de los profetas, género que había sido muy común en al-Andalus [véase, con una extensa bibliografía, Tottoli, R., "The Qisas al-anbiyá' of Ibn Mutarrif al-Tarafi: Stories of the Prophets from al-Andalus", Al-Qantara XIX (1998),'131-160]. Otras colecciones de manuscritos aljamiados, como la de la Real Academia de la Historia, contienen también relatos del mismo género que ayudan a enmarcar en su contexto el relato aquí presentado [A. Vespertino Rodríguez, Leyendas aljamiadas y moriscas sobre personajes bíblicos, Madrid, 1983]. Vespertino recoge, entre otras, la historia del diálogo de Moisés con Dios en el Monte Sinaí, una historia también de contenido de polémica religiosa a favor del Islam que figura a su vez en los Libros Plúmbeos y que tiene una larga trayectoria hasta llegar a sus versiones aljamiadas. En las versiones aljamiadas de este diálogo Dios ordena a Moisés que rece por Muhammad y los futuros musulmanes; Moisés entonces, como Buluqiyá, desea saber más sobre Muhammad y pregunta a Dios sobre él. El carácter de polémica religiosa de los Plomos ya ha sido puesto de manifiesto por L. Bernabé Pons al demostrar la conexión de los Plúmbeos con el Evangelio de Bernabé, un supuesto evangelio islámico anterior al Islam producido en medios moriscos ["Los mecanismos de una resistencia: los libros plúmbeos del Sacromonte y el Evangelio de Bernabé", Al-Qantara XXIII (2002), 477-498]. Pero sobre todo, las conexiones entre los Plomos y la literatura de qisas al-anbiyá' se le habría hecho más clara a López-Baralt de haber consultado el trabajo de Philippe Roisse, "L' Histoire du Sceau de Salomon ou de la coincidentia oppositorum dans les «Livres de Plomb»" [Al-Qantara XXIV (2003), 359-408]. En ese trabajo, Roisse edita y traduce uno de los Libros Plúmbeos, el dedicado a la historia de Salomón, y demuestra su similitud con el que se incluye en la obra de al-Tabari sobre las historias de los profetas. A mí me parece que las semejanzas entre la historia de Buluqiyá y los Plomos son notables. En el caso de éstos, sus protagonistas, Cecilio y Tesi-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es fon, son árabes, cristianos primigenios, que parten a los confines del mundo en un viaje en el que son portadores de la Verdad del Evangelio, un Evangelio sospechosamente cercano al Islam y anterior a la revelación del Profeta. El primer hallazgo, el pergamino, aparece también en un cofi-e metálico fiíertemente sellado que contiene una profecía [véase P.S. van Koningsveld y G.A. Wiegers, "The Parchment of the «Torre Turpiana»: the original document and its early interpreters", Al-Qantara, XXIV (2003), 327-358]. Es éste un tema de ñierte presencia en la tradición legendaria árabo-musulmana de carácter escatológico. Por ejemplo, en el Qisa? al-anbiyâ' de al-Kisá'í, Dios ordena a Adam que abra un cofi'e secreto que le había regalado. En ese cofi-e el primer hombre encuentra una tela blanca en la que está escrita la lista de los faraones y profetas futuros, el último de los cuales, con quien concluye la Revelación, es el profeta Muhammad. López-Baralt recoge esta historia (p. 16) pero hay muchas otras y todas tienen un carácter profético, escatológico. Como ejemplo: el historiador egipcio al-Maqrîzï relata que cuando la conquista de San Juan de Acre, los cruzados cristianos encontraron un cofre de mármol rojo sobre una mesa de oro. Cuando consiguieron abrir el cofre encontraron una predicción escrita «en letras romanas» que profetizaba la llegada de los árabes, encabezados por su Profeta, que domeñaría a todos sus enemigos e impondría su religión sobre todo el género humano [A. Abel, "Changements politiques et littérature eschatologique dans le monde musulman", Studia Islámica, II (1954), 39]. Esta versión del tema del cofi'e fuertemente sellado que contiene una profecía recuerda efectivamente el simbólico cofre que el rey Rodrigo encontró en Toledo en una torre cerrada con múltiples candados. El cofre estaba situado sobre la mesa, de oro, de Salomón y contenía un pergamino secreto en el que se profetizaba la llegada de los musulmanes a la España visigoda y la terrible aniquilación que a ésta le aguardaba [Hernández Juberías, J., La Península imaginaria. Este episodio, que aparece recurrentemente en la historiografia árabe sobre al-Andalus, figura también en la historia ficticia que escribió Miguel de Luna, uno de los probables autores de las falsificaciones sacromontanas, atribuyéndola a un fingido historiador árabe llamado Abulcacim Tarif, Historia verdadera del Rey Don Rodrigo (ed. facsímil de Granada, 2001, con estudio preliminar de L. Bernabé Pons, véase Cap. VI «Que trata cómo el Rey Don Rodrigo abrió la torre encantada de la Ciudad de Toledo pensando sacar algún tesoro, y cómo halló en ella los pronósticos de la pérdida de España»), historia de la que Miguel de Luna se presenta, de nuevo como en el caso de los Plomos, como mero traductor. Luna enriquece su versión de la historia con una cueva situada bajo la torre en la que se encuentra una inscripción en «letras en lenguage Griega, aunque cifradas, dudosas en el sentido de la lectura». Luna introduce en su libro, en el capítulo siguiente a aquel en el que relata la historia de la torre cerrada y derruida en Toledo, otro pronóstico claramente emparentado con qisas al-anbiyâ': una mujer se acerca al conquistador ara-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es be, el capitán Tarif, recién desembarcado en la península y le reconoce como aquel del que habla un pronóstico que le había transmitido su padre, según el cual un hombre milagroso había de ganar la península y su seña había de ser «un lunar peloso, tan grande como un garvanço,.. situado sobre el hombro de la mano derecha». Esta historia está inspirada en la del monje Bahïra, que aparece en todos los compendios de «historias de los profetas», un monje cristiano que fue el primero en reconocer la calidad profética de Muhammad al ver que tenía sobre el hombro derecho un lunar, la marca de la profecía, otro tema de gran productividad en la literatura morisca (M. García-Arenal, "'Un réconfort pour ceux qui sont dans l 'attente'. La historia de Moisés, como la de Buluqiyâ o la de Bahïra, tienen un claro contenido de polémica religiosa a favor del Islam bajo la forma de un sabio y venerado judío o cristiano que no puede por menos que reconocer la verdad de la revelación de Muhammad incluso antes de su advenimiento. No se trata de negar la calidad literaria ni el deleite que tal tipo de relatos, entre ellos el de Buluqiyá aquí editado, causaría en su audiencia morisca; sino señalar que, sobre todo, tales relatos tienen un carácter de polémica religiosa cuyo fin es reforzar la identidad islámica de los moriscos en contexto cristiano a la vez que inspirar esperanza y consuelo a través de su contenido escatológico: preconizan la conversión, al final de los tiempos, de toda la grey humana a una sola y verdadera ley, la islámica, la última y definitiva victoria de los moriscos sobre la engañosa y perecedera mayoría cristiana. Forman parte de mitos de identidad y de exclusión del otro. Si creo necesario hacer uso, y establecer discusión, con la bibliografía existente, no es por el afán de una vana erudición académica, sino porque ésta pone de manifiesto los aspectos, enriquecedores, que la autora soslaya y que tienen que ver con el profundo conflicto entre grupos religiosos que se produce al tiempo, y en paralelo, a la simbiosis y el enriquecimiento cultural. El proponer lo uno con exclusión de lo otro nos dificulta y limita la comprensión de fenómenos como el de la literatura aljamiada. MERCEDES GARCÍA-ARENAL MARTÍNEZ ENAMORADO, V., Al-Andalus desde la periferia. La formación de una sociedad musulmana en tierras malagueñas (siglos VIII-X), Málaga, Diputación Provincial, 2003, 782 pp. El libro reseñado procede de la TD de su autor, dirigida por M.^ I. Calero y leída en la Universidad de Málaga en el año 2000. El territorio al que hace referencia es la actual provincia de Málaga y el período, el comprendido entre los siglos VIII y X. Pese a la precisada delimitación territorial del ámbito (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es del estudio, el autor parte de un planteamiento amplio, a partir del cual revisa las aportaciones más relevantes dentro de su temática de estudio y, además, integra su propio análisis en las coordenadas teóricas que actualmente conforman parte sustancial del debate historiográfico acerca de la sociedad andalusí, en especial respecto a su proceso inicial de desarrollo. De esta forma, el autor, superando el restrictivo horizonte de la historia local, logra vincular su labor con las que se vienen realizando desde hace años sobre diversos espacios geográficos andalusíes. El autor apunta inicialmente un amplio desfase historiográfico entre el ámbito de su estudio y otros territorios peninsulares -«[En la zona malagueña] brillan por su ausencia los trabajos de arqueología espacial». «En la región de Málaga, todo está por hacer»-, si bien advierte que su obra sólo pretende ser un punto de partida para investigaciones de mayor alcance (p. Por otro lado, centra su atención en el estudio del poblamiento rural, pues parte del convencimiento de que «Al-Andalus sólo se va a comprender desde la óptica de los grandes olvidados, los campesinos y su forma de hacer paisaje» (p. Sin duda, el estudio del ámbito rara! ha sido la tradicional «cenicienta» de los estudios andalusíes, lo cual constituye una de las más graves lagunas en el estudio de al-Andalus, dada la gran desproporción entre su importancia en la conformación de dicha sociedad y la escasa atención que se le ha prestado hasta épocas muy recientes. En este sentido, no cabe sino felicitar al autor por la oportunidad del tema elegido y también por el exhaustivo, riguroso y bien documentado tratamiento que da al mismo. No obstante, asumiendo la centralidad del estudio de lo rural para un correcto conocimiento de la formación andalusí, cabría tal vez matizar su potencial carácter explicativo, al menos en el sentido de exclusividad con el que lo expresa el autor. Por otro lado, desde el punto de vista metodológico, no es menos cierto que, aunque la Arqueología ha de llevar el mayor peso en ese desarrollo, el estudio del ámbito rural y del campesinado andalusí también habrá de abordarse necesariamente a través de los ricos y abundantes testimonios jurídicos, sólo analizados de forma incipiente hasta ahora, sobre todo por V. Lagardére, y de la literatura geopónica, respecto a la cual existe una mayor tradición historiográfíca. A este respecto, sigue siendo un problema aún no abordado con profundidad cómo se produce la evolución del campesinado de época visigoda, ampliamente esclavizado a comienzos del siglo vm, según P. Bonnassie, hacia las relaciones contractuales típicas de la jurisprudencia andalusí, ya atestiguadas con total claridad en el siglo ix. El libro está estructurado en ocho capítulos. El primero consiste en la reconstrucción de la geografía del territorio malagueño durante la época de estudio. El segundo se centra en la estructura agropecuaria del mismo, analizando la transformación de los paisajes naturales. El tercero, de dimensión marcadamente historiográfíca, analiza con profundidad las principales ideas aportadas sobre la sociedad andalusí en las últimas décadas por P. Guichard, M. Barceló y M. Acién. Presta especial atención al debate en tomo a la no-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es ción de las sociedades tributarias y asimismo a las aportaciones basadas en la Arqueología espacial o extensiva, por ejemplo en relación con el papel de las fortificaciones rurales o a la importancia de los espacios hidráulicos. Los siguientes capítulos se ocupan propiamente del poblamiento, no sólo del rural. A saber, el cuarto habla de la terminología castrai empleada en las dos coras que conforman el territorio estudiado, Rayya y Tákurunná. El quinto aborda la terminología de unidades territoriales, administrativa y de poblamiento. El sexto revisa la información toponímica y poblacional que, referida a dichas demarcaciones, existe. El séptimo se ocupa de la geografía tribal de las mismas en la línea de lo iniciado por P. Guichard, distinguiendo entre zonas de asentamiento árabes -como los yundíes-y áreas de ocupación beréber, destacando la profusa toponimia de tipo «bena». Por último, el octavo capítulo es una recapitulación de los anteriores, destacando la propuesta relativa al concepto de \2L formación de al-Andalus, que posee un carácter central en la obra, como queda de manifiesto mediante su empleo en el título de la misma. Según sus propias palabras, el autor dedica esta última sección a «describir los distintos procesos sociales en la constitución de las fortalezas y de los distritos cástrales vinculados a ellas» (p. Es la parte que posee un carácter más «histórico», pues el proceso de evolución del poblamiento se presenta de forma secuenciada, desde la época previa a la conquista musulmana hasta la implantación del califato. Cierran el libro unos completos índices -onomástico y de colectividades y toponímico-que facilitan su consulta. Atendiendo a la metodología, el libro sigue una de las líneas de actuación más fiíictíferas y sólidamente asentadas en los últimos veinte años. A partir de Guichard -de cuyos trabajos nuestro autor es, en gran medida, tributario-cobra protagonismo el análisis de la sociedad andalusí a través de sus manifestaciones poblacionales, en especial las del ámbito rural, iniciándose así una nueva etapa en el estudio de al-Andalus. Tal proceder obliga a tomar como base la Arqueología, sin dejar de lado las siempre inexcusables fiíentes escritas. La obra que nos ocupa combina las metodologías de tres disciplinas: la Historia, la Arqueología y el Arabismo, si bien se constata un cierto desequilibrio en ese sentido -como reconoce el propio autor cuando manifiesta que el suyo no es un libro de Arqueología, ya que «el mayor volumen de información manejado procede de la historiografía» (p. En este sentido, se aprecia en ocasiones (p. 243) un optimismo tal vez excesivo al valorar la capacidad de la Arqueología para responder interrogantes sobre cuestiones sociales, llegando incluso, muchas veces, a concedérsele la exclusiva para ello. Sin embargo, no cabe hablar de reduccionismo en el planteamiento del autor. Por el contrario, la atención prestada al registro documental es, cuanto menos, tan destacable como la concedida al material. Así lo revela el ñierte peso que en el libro tiene el análisis de las fuentes documentales, expresado, entre otros aspectos, tanto en la toponimia como en la terminología, así la poblacional, a la que dedica exhaustivos análisis, como Junto a la riqueza metodológica y al riguroso y profundo análisis de la documentación empírica, la segunda gran aportación del autor radica en la introducción de reflexiones teóricas, que en determinados casos implican una actitud de crítica historiográfica basada en una rigurosa exigencia de pulcritud conceptual. En este sentido, destaca el rechazo por el autor de los conceptos paleoandalusí y, sobre todo, del de transición, en este caso desde un doble punto de vista. De un lado, por su carácter excesivamente genérico e indefinido (pp. 149-150) y, por otro, respecto a su aplicación concreta a la época del emirato, oponiéndose así a las propuestas de M. Acién, formuladas en diversos y bien conocidos estudios. Frente a ello y en la línea de las opiniones vertidas por otros investigadores, el autor formula de manera expresa la mayor capacidad explicativa del concepto áQ formación, ya utilizado en su momento por M. Barceló aunque sin llegar a definirlo ni a proponerlo como alternativa al de Acién, algo que sí hace explícitamente nuestro autor, lo que cabe señalar como una de sus principales aportaciones (p. Asimismo, este concepto ha sido empleado en estudios recientes y relevantes, como el libro de A. Fernández Félix sobre la formación de la sociedad andalusí a través del estudio de al-'Utbiyya (Cuestiones legales del islam temprano: la'Utbiyya y el proceso de formación de la sociedad andalusí, Madrid, CSIC, 2003). Si bien una reseña no es el lugar apropiado para entrar en un debate de hondo alcance, sí cabe realizar algunas consideraciones en tomo a la mencionada propuesta. Por un lado, y con independencia de que se acepten o no las ideas de Acién, que han sido ampliamente debatidas, no parece que pueda considerárselas faltas de definición, pues al menos desde 1987 está claro su contenido esencial, consistente en la transición desde el feudalismo visigodo a la sociedad islámica, basada en el modo de producción tributario. Por otra parte, teniendo en cuenta su relevancia en la propuesta del autor y su propia exigencia de rigor conceptual, se echa en falta una más concreta definición del concepto deformación. Tal vez ello obedezca a que, como el autor indica, la explicación de la formación «vendrá dada fimdamentalmente por el espacio rural» (p. 201), suponiéndose que habrá que esperar a una mayor profundización en el conocimiento de ese ámbito. Sin embargo, se acusa la necesidad de una mayor precisión ya que, al menos en apariencia, la formación no se define como algo completamente distinto a la transición. Así se observa en lo relativo a la dinámica de cambio y continuidad pues, según indica el propio autor, la formación «resume el proceso histórico y social que tras la conquista iniciada en el año 711 se inicia en el centro y sur de la Península hasta conformar un tipo de sociedad que alcanza sus rasgos de plenitud en la segunda mitad del siglo x» (p. Aquí, al menos, la coincidencia entre ambas propuestas es clara, pues el momento de inflexión del proceso át formación se sitúa en el califato, al igual que el inicio del fin de (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es la transición, según la propuesta de Acién. Más explícito y prolijo se muestra, en cambio, en la crítica de determinados aspectos concretos, de base empírica, como, por ejemplo, lo relativo al empleo por Acién del concepto ummahàt al-husün. En cualquier caso, parece que la explicación de la formación a través de lo rural se opone al ya conocido postulado de Acién del predominio de lo urbano en la sociedad islámica, algo también criticado por el autor (pp. 205 y 226), con lo cual asistimos nuevamente a la formulación de dos planteamientos contrapuestos que afectan a cuestiones de fondo. Al margen de estas observaciones, es evidente que el autor lleva a cabo una gran labor de investigación, tanto por la relevancia del tema planteado como por la forma concienzuda de abordar los problemas que el mismo suscita. Desde el punto de vista metodológico, asume la difícil tarea de aunar el análisis de una base empírica muy heterogénea, integrando la interpretación de los datos de los registros material y documental, lo cual no está al alcance de todos los investigadores. Asimismo, trata las fuentes con la pulcritud y exhaustividad necesarias y adereza el rigor metodológico con la aportación conceptual y la critica historiográfica, lo cual añade calidad a su análisis y le otorga una dimensión de mayor alcance. Por lo tanto e independientemente de que se suscriban sus planteamientos, no cabe duda de que estamos ante un trabajo bien concebido y coherente con sus propios postulados que, por su carga teórica, contribuye a enriquecer el debate historiográfico sobre la naturaleza y características esenciales de la sociedad andalusí. En definitiva, la obra reseñada está llamada a convertirse en referencia inexcusable y, por lo tanto, texto de obligada consulta en cualquier estudio que sobre el ámbito malagueño o el mundo rural andalusí se llevare a cabo. Nos encontramos ante la obra de síntesis más completa sobre la polémica occidental cristiana contra el Islam que ha aparecido desde la publicación, en 1960 de la obra de Norman Daniel (Islam and the West: The Making of an Image, éd. rev. Oxford, 1993) y la breve de Richard Southern (Western Views of Islam in the Middle Ages, Cambridge, Mass., 1962). Uno de los méritos principales del libro de Tolan, aparte de su concisión, es el intento de ofrecer una panorámica lo más amplia posible de las respuestas que generó la aparición del Islam en teólogos y autores de diversos géneros literarios del occidente cristiano entre los siglos vii y xiii. Como texto de introducción al tema de la dialéctica entre el Islam y el cristianismo para estudiantes y no especialistas ocupa, pues, un lugar que hasta ahora no había sido llenado. El autor viene avalado por sus anteriores trabajos sobre la obra de Pedro Alfonso, y como editor del volumen Medieval Christian Perceptions of Islam: A Collection of Essays (Nueva York, 1966), así como sus artículos sobre aspectos parciales de otros autores y obras mencionados en el presente libro. La aparente desproporción temporal que sugiere la estructura de la obra en tres partes -la primera sobre los orígenes de la imagen mutua de musulmanes y cristianos (siglos vii-viii), una segunda sobre la creación de la imagen polémica (siglos viii-xii) y una tercera dedicada a los «sueños de conquista y conversión» del siglo xiii-viene explicada por el lugar central que los siglos XII y XIII tienen en la aproximación de Occidente al Islam tanto intelectual como mediante la confrontación militar, según el autor. Es evidente que la riqueza de obras de dicha época y la escasa innovación que suponen los tratados polémicos de los siglos posteriores pueden justificar esta apreciación de Tolan. Pero también parece que el interés personal del autor por este período, que denomina «de cristalización de las imágenes europeas del Islam» ha condicionado la mayor extensión de los capítulos consagrados a él. En cuanto a los contenidos, la primera parte se ocupa de la imagen mutua de musuhnanes y cristianos en los siglos vii y viii. El primer capítulo analiza, a partir sobre todo de la influyente obra de Isidoro de Sevilla, la cosmogonía de los autores cristianos del siglo vii; su definición de las diferencias entre cristianos, judíos, paganos y herejes; su visión providencial de la historia del mundo y de qué manera se inscribió en todo ello la aparición del Islam y la llegada de los árabes a las fronteras de la cristiandad. El segundo capítulo se dedica, en cambio, al desarrollo de una historia del mismo corte providencialista durante los primeros tiempos del Islam y a la explicación de los principales puntos de la doctrina islámica y de la figura de Mahoma, como punto de partida para comprender los ataques y deformaciones de esta tradición a manos de los polemistas cristianos, tema que se trata brevemente en el capítulo tres. Éste se centra en analizar varios aspectos de la primitiva polémica antiislámica durante los siglos vii y viii. Primero, la comprensión de la conquista árabe como castigo a los pecados cometidos por los cristianos, por medio de los escritos y sermones de Sofronio, patriarca de Jerusalén, o del monje Anastasio, del monasterio de Santa Catalina en el Monte Sinai, entre otros. En segundo lugar, la percepción de los musulmanes como precursores del Anticristo en un texto tan conocido como el Apocalipsis del Pseudo-Metodio. En tercer lugar, la inserción del Islam entre las doctrinas consideradas heréticas, como una desviación más del cristianismo. A este respecto comenzaron los intentos de reñitación de la doctrina islámica tanto desde la apología del cristianismo, como desde la polémica propiamente dicha, aunque los mismos autores practicaron ambas en muchos casos, como el paradigmático de Juan Damasceno. El cuarto punto analizado es el movimiento martirial que surgió como reacción a las primeras conversiones masivas al Islam. Las historias de martirio relatadas por las fiíentes cristianas (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://al-qantara.revistas.csic.es incluyen casos de lo más variado y llevan a la conclusión de que el triunfo del Islam entre los pueblos recién sometidos se debía sobre todo a su «mundanidad». También se trató de defender al cristianismo utilizando el propio lenguaje teológico islámico e intentando demostrar, como antes se había hecho con el judaismo, que los textos sagrados islámicos apuntaban a la veracidad de la figura de Jesucristo, sobre todo mediante las famosas disputas e intercambios de cartas retóricas sobre los contenidos de ambas creencias. Finalmente se llama la atención sobre el origen de un género que alcanzaría gran popularidad durante los siglos siguientes: el de las biografías más o menos satirizadas del Profeta, que pronto serían traducidas y reinterpretadas en Occidente. Después de este rápido repaso a los géneros y temas preferentes de la primera imagen generada por el Islam en Occidente, que se reiteraron hasta la saciedad durante el resto de la Edad Media, Tolan se centra en la segunda parte de su libro en las reacciones que suscitó la rápida conquista de la Península Ibérica y el dominio islámico en los autores de los siglos siguientes. Particularmente afortunada es la aproximación a Beda el Venerable en el capítulo cuarto, pues lejos de estudiar su obra como fuente de auctoritas (defecto habitual en la bibliografía anglosajona), intenta encuadrar su crítica del Islam en los conocimientos reales que el monje británico pudo adquirir desde su monasterio. El resto del capítulo se dedica a las fixentes hispanas sobre el Islam, tanto de tipo cronístico, como aquellas relacionadas con el movimiento de los mártires de Córdoba. Insiste particularmente Tolan en la dificultad de acceso a muchas fiíentes para aquellos lectores que no se encontraban en la frontera geográfica directa con el Islam, circunstancia que motivaría, sin duda, la falta de información que demuestran las fuentes francesas y alemanas previas a las cruzadas, tal como se nos relata en el capítulo siguiente, completado con un estudio de los testimonios de la manipulación de la realidad militar y el enfrentamiento ideológico que supuso este movimiento. El capítulo seis se dedica al estudio de la figura de Mahoma como heresiarca a través de las biografías polémicas del Profeta, y de su posterior reelaboración por el abad cluniacense Pedro el Venerable. La tercera parte de la obra, y en la que más cómodo se encuentra el autor, se dedica al desarrollo de las imágenes polémicas del Islam en el siglo xiii, haciendo una división según los tipos de fuentes utilizadas: en primer lugar, las históricas y legales (capítulo 6); y más tarde las crónicas cruzadas (capítulo 8), la literatura fi-anciscana (capítulo 9), los autores dominicos involucrados en las misiones de predicación (capítulo 10) y, finalmente, el más complejo de los escritores sobre el Islam, el mallorquín Ramón Llull (capítulo 11). Se echa de menos la mención en la bibliografía de algxmos estudios importantes en el ámbito español, como la excelente síntesis sobre la polémica islámica llevada a cabo por M. Fierro ["La religión", en El retroceso territorial de al-Andalus. Almorávides y almohades, ss. XI-XIIL Historia de Espa- Asimismo, parece que el escaso espacio dedicado a Raimundo de Peñafort y su obra desmerece a la aportación de éste al problema que nos ocupa. La brevedad de la bibliografía, dividida por temas, y la concisión de las notas finales pueden explicar la ausencia de títulos imprescindibles sobre el tema en idiomas distintos del inglés, aunque es evidente que se ha decidido primar criterios editoriales sobre los meramente sapienciales. Aun así, es ésta una monografía largamente deseada, que ha hecho suspirar a los que, a la hora de realizar nuestras tesis doctorales, carecimos de una obra semejante para introducimos en las complejidades del pensamiento teológico medieval. Las repetidas referencias a los estudios de orientalismo tan en boga en el mundo anglosajón están de más en el contexto hispánico, pero sin duda sería deseable que alguna editorial española se hiciera cargo de su traducción (la versión francesa ha sido recientemente publicada como Les Sarrasins.
orientar la restauración con los criterios más adecuados y poder se-leccionar tratamientos absolutamente compatibles con los materiales originales. de la obra, que el oratorio ha tenido intervenciones importantes en las que, no sólo se hicieron reparaciones, sino que también se adaptó el espacio a las necesidades y gustos de cada momento. En este sen-- procedió a la toma de muestras 2. Ésta se llevó a cabo en el momento sido muy importante. Se han recogido 120 para el estudio de pigmen-tos, 27 para el de aglutinantes y 50 para el análisis de morteros. árido y posibles adiciones de materia orgánica) como de la capa de 3. En esta publicación nos limitaremos a exponer los resultados de los muros sur y del mi aunque el proceso de trabajo ha abarca-- --pre con el uso de pigmentos de etapa industrial, por lo que conside-atribuirse a reposiciones de las restauraciones. ron ser la goma arábiga y la cola animal, se trata pues de un temple magro. Posteriormente, en sucesivas intervenciones de restauración, ber impregnado en ocasiones los estratos originales internos. merosas intervenciones que la enmascaran. Por lo tanto, y puesto babilidad consecuencia de la restauración, pero la calidad del relie------original conservada en capas subyacentes. de titanio, amarillo de bario, etc.) nos permiten descartar estos es-tratos como originales. --dad de contaminación de los estratos subyacentes por la impregna-el momento descartar categóricamente otras opciones.